—89→
La casa había sido construida para vivienda por albañiles italianos llegados al país a principios de siglo y con reputación de arquitectos: detrás de la fachada de pretensión renacentista, una construcción convencional. En el zaguán, gradas de un mármol que no termina de romperse; al final de las gradas, una mesa sucia y un hombre sentado mirando hacia la calle (conjunto con pretensiones de recepción); a sus espaldas, una puerta cancel abierta, que permite ver tipos en calzoncillos en el patio interior, a su izquierda, dos habitaciones grandes que se comunican y comunican con el zaguán, con balcones abiertos sobre la calle céntrica y poco concurrida.
Poco pudo ver Benito cuando llegó subiendo los peldaños de mármol con dificultad. El de la mesa lo miró de mala manera, apuntó su nombre en un cuaderno escolar, lo condujo a una habitación muy chica y sin ventanas. Cuando cerró la puerta (una puerta de hierro), el recién llegado, en la oscuridad total, dispuso como pudo los periódicos que encontró en el piso. Estaba muerto de hambre, pero prefirió dormir, olvidando los aprietos del momento. Aprietos que habían comenzado en la siesta del día anterior, cuando reparaba su camión y fueron a buscarlo. Uno de los hombres era Flores, al otro no podía conocerlo. En un primer momento, Benito pensó en resistir, recordando que tenía una pistola a mano en la guantera del camión, pero inmediatamente se dio cuenta de que sería peor: ellos nunca andaban solos ni desarmados. Así que obedeció la orden de seguirlos y, al subir a la camioneta colorada estacionada frente al portón de su casa, vio que en ella había otros hombres con metralleta y que, vigilando la calle, había —90→ más. En el trayecto, nadie dijo una palabra ni él se sintió con ánimo de preguntarles nada; cuando llegaron a destino, quisieron descenderlo de la camioneta por la fuerza. ¡Déjenlo!, dijo Flores, evitándole violencias innecesarias porque Benito tenía mucho miedo y estaba dispuesto a bajar de la camioneta por sí mismo y rápido como bajó, sin necesidad de apremios de ninguna clase. Le permitieron sentarse en un banco largo de madera, que compartió con otros; le aseguraron que en corto tiempo lo dejarían libre. Pero por la siesta no estaba el hombre que quería hablar con él (era de siesta) y por la tarde parecieron haberse olvidado de Benito, a quien, por la noche, permitieron dormir en el banco de madera, que ya los otros habían dejado libre. Benito era chofer y campesino; tenía el hábito de dormir en los lugares y posiciones más incómodas (su problema era no dormir cuando manejaba); tenía el hábito de la resignación y la paciencia. No trató de preguntar nada a los hombres que parecían ignorarlo y que tenían aspecto de perros medio dormidos y acostumbrados a morder. A la mañana siguiente, con discreción, preguntó si ya estaba el jefe; le contestaron que no tenía por qué hacer preguntas. Se habían levantado con rabia, aunque no contra él; suerte fue que lo ignoraran, ocupados en maldades más urgentes. Al mediodía, Flores lo encontró sentado en el banco del día anterior, otra vez ocupado por otra gente. Sin preguntarle nada, le hizo llegar un plato de un guiso indescriptible que envidiaron los vecinos. Y eso fue lo último que comió hasta bien entrada la noche, cuando recibió la orden de seguir a unos hombres armados que lo metieron en una camioneta colorada (quizás la misma que lo había conducido a aquel lugar lleno de gente asustada y de gente sádica). Cuando subió a la camioneta, pensó que irían a matarlo. No lo mataron, pero tenían libertad de hacerlo en cualquier paraje apartado de aquella ruta de tierra que llevaba del pueblo a la capital y que Benito conocía bien por recorrerla habitualmente en su trabajo. En el camino, trató de darse ánimos pensando que era preferible no quedar encerrado en un corral de campaña; pensó también que, de haber algo grave, ya lo hubiesen maltratado como —91→ maltrataron a sus compañeros de secuestro -esos no tienen consideración con nadie ni con nada. Cuando llegaron a la ciudad, los tipos seguían con la cara de siempre pero Benito comenzó a tranquilizarse; no lo habían abandonado -muerto- en algún recodo del camino. Terminó de calmarse cuando llegó a destino; cuando lo encerraron en la celda sucia se dispuso a dormir y durmió sin pensar en los apuros del momento.
No lo incomodó la agitación que se apoderaba de la casa por la noche sin dejar dormir a los vecinos -incluyendo la música ruidosa de una radio puesta a todo volumen.
Se despertó temprano, sin saber que ya había amanecido y tuvo que esperar bastante antes de que vinieran a abrir la puerta de hierro y ofrecerle algo que podía ser comida. Cuando el sol estuvo más alto, vio que la puerta tenía una mirilla que dejaba entrar un poco de luz; vio también lo que ya había sentido: la suciedad de la celda, que tenía vestigios de encierros anteriores y que formaba parte de un conjunto de jaulas de cemento llamado departamento de investigaciones. Investigaciones tenía mala fama pero, se dijo Benito, mejor estar en investigaciones, donde al menos apuntan tu nombre, que pudrirse en una comisaría de campaña donde pueden olvidarse de que me tienen preso; aquí van a tener que acordarse de que estoy preso, siempre resulta mejor. No pensó protestar porque lo hubiesen apresado sin ninguna formalidad, ¿para qué? Eso agravaría las cosas. Lo prudente era pasar desapercibido, no ganarse el encono personal de nadie, tratar de hacer algún contacto dentro de la policía. La familia de Benito estaba en la Argentina y no podía socorrerle; lo indicado era hacer llegar un mensaje a su patrón para que lo pusiera en libertad. El hombre era militar, tenía un pequeño campo y estaba satisfecho con los servicios de su chofer; al enterarse del apresamiento, interpondría su influencia para que la policía se dejara de molestarle. Militar manda más que policía, era el dicho, y Benito había podido comprobarlo el día en que tuvo un feo accidente de tránsito. La policía local lo apresó pero un telefonazo del mayor Barrios lo puso en libertad inmediatamente. En realidad, —92→ la policía tenía razón, pero ese ya no era problema de Benito, al contrario. Más bien se sentía seguro considerando el peso de su protector, que lo libró del encierro aquella vez, y lo libraría del encierro también esta. Debe ser por eso que no me pegaron, se dijo. (El mismo comisario que lo había apresado por el accidente fue quien lo volvió a apresar y en la misma comisaría local, pero sin golpearlo como acostumbraba hacer).
La presencia de Flores en investigaciones le hizo creer que, a través de él, podría hacer llegar un mensaje a su patrón, el mayor Barrios. Flores, al fin y al cabo, era compueblano, lo conocía, podía comprender que para Benito y la mayor parte del pueblo el gobierno era una cosa fatal como el mal tiempo, ¿qué sentido tiene oponerse al granizo? Viene de arriba por la voluntad de nadie y hay que tolerarlo como se pueda. Sólo está en el poder de un chofer pobre evitar accidentes en la ruta y eso es lo que Benito siempre había tratado de hacer, sin ocuparse de imposibles como la política. Es lo que Flores, de haber querido, hubiera explicado a la superioridad en descargo de Benito. Pero Flores no quería comprometer su carrera abogando por un preso político; a él le habían ordenado agarrarlo porque lo conocía -casi podía decirse porque eran amigos- y no para interponer una amistad de años en favor de Benito. Cumplía órdenes, y eso se lo hizo saber en tono cortés pero impersonal, advirtiéndole que le resultaría mejor hablar por las buenas, y desde el primer momento, porque de cualquier manera sabemos todo. Benito, con la confianza que puede dar un trato de años, le dijo que no podía contarles cosas que no sabía y que perdían el tiempo con él. Le habló como no hubiera hablado a cualquiera de aquellos policías perrunos, que no permitían una réplica. El otro no pareció molesto, pero le recordó que, donde comenzaba el deber, terminaba la amistad (frase clisé de la policía). Después de la conversación con Flores, tuvo que prestar una larga declaración ante un hombre que pasaba a máquina, cuidadosamente, todo lo que decía. Fue por la mañana, cuando investigaciones tenía la apariencia de una oficina pública cualquiera, llena del olor de las fritangas que comían los —93→ empleados mientras escribían, hablaban por teléfono, escuchaban varias radios que transmitían programas diferentes. Los balcones abiertos sobre la calle hubieran sido, en otra parte, delicia de terroristas, pero aquí servían para iluminar la antesala del jefe, la habitación grande situada entre el zaguán y su despacho, donde esperaban turno campesinas viejas, jóvenes demasiado pintadas, abogados con anillos de oro falso. El oficial de guardia, cuando no apuntaba nombres en su cuaderno anotador avon, trataba de memorizar el dictado de introducción al derecho, asignatura de la facultad. El jefe recibía las peticiones y propuestas tomando café con leche con galletitas dulces, a veces sin despegar la vista de Patoruzú. No era un hombre malo fuera de servicio, decían, y se lo había visto en la intimidad del hogar jugando con sus hijos, que le hacían cosquillas en los pies. En servicio, sin embargo, podía ser muy diferente, y en especial cuando, por razones profesionales, tenía que quedar en investigaciones después de cerrada la oficina al público y marchados los dactilógrafos, telefonistas y super-numerarios. (Entonces algún curioso, desde la calle, podría ver, a través de la cancel siempre abierta, los hombres en calzoncillos que cargaban de agua la bañadera vieja de metal con soportes que simulaban patas de grifo colocada en medio del patio interior rodeado de celdas. Pero la curiosidad, en este caso, tendría consecuencias que nadie querría afrontar, y la calle permanecía vacía).
Benito, que había preferido olvidar lo que ya sabía sobre la policía, tuvo que dar crédito a las murmuraciones (término oficial) cuando vio a su patrón, el mayor Barrios. Se había mantenido firme moralmente gracias a la esperanza de la intervención del militar; al verlo comprendió que no tenía esperanzas. Tuvo que admitir, por la evidencia, que la situación era muy seria -más de lo que se había imaginado. En casos normales, hubieran respetado el uniforme del mayor Barrios; no lo hubieran devuelto a su celda con dos dientes rotos y las marcas moradas de la picana eléctrica. Si a un hombre de posición no respetaban, menos irían a respetarlo a él, a un Benito —94→ cualquiera, un nadie comprometido a causa del patrón.
-Es inútil, mi amigo -Flores parecía tranquilo- ¿no ves que conviene decirnos la verdad?
Benito trató de protestar, pero Flores ya lo había dejado en compañía de otros presos. Estaban todos desnudos y maniatados; oían ruidos de golpes, lamentos, imprecaciones. Oían la radio que transmitía música para disimular. De tanto en tanto, alguien abría la puerta para vocear un nombre. El aludido se incorporaba, penosamente, y ya no volvían a verlo por la noche. Cuando llegó su turno, Benito se sintió casi aliviado: prefería el suplicio real a la tortura de imaginárselo.
-¿Vas a hablar o no?
Flores estaba casi desnudo y la pregunta resultaba retórica: si lo habían llevado hasta la pileta, era porque, después de algunos golpes y tentativas corteses, ya habían decidido interrogarlo por las malas. Por formalismo, Flores le preguntó, por última vez, quién le había dado las espoletas. Benito pensó que se perdería confesando y prefirió repetir que nadie -lo que había repetido hasta el momento. Entonces se sintió levantado de los cabellos y los pies y empujado para abajo en la bañadera de agua sucia, donde supo contener la respiración mientras lo mantuvieron sumergido. Cuando el aire comenzó a faltarle, lo levantaron para permitirle respirar. Pudo inspirar el aire necesario para resistir esa nueva inmersión y otras más; creyó que podía engañarlos cuando advirtió que lo estaban probando...
En la pileta no se les moría nadie, o se morían solamente pocos debido a la paciencia con que torturaban en investigaciones. Lo que podía ser un castigo insoportable comenzaba siempre con el escarnio de los malos tratamientos dosificados para medir la resistencia de cada cual. Benito fue un trabajo particularmente duro por ser un hombre fuerte y también por ser humilde, hecho a la idea de recibir humillaciones de los grandes -y soportarlas. Pero el mayor Barrios, torturado con su uniforme militar, sintió que los vejámenes acababan con todo lo que había querido y creído ser y se rindió enseguida. En —95→ ambos casos se castigó lo necesario, cuenta habida de la opinión del hombre que, una vez, tuvo que aplicar a Benito una inyección y ordenar que lo dejaran en paz sabiendo, como médico, que el preso estaba al borde de un colapso.
El careo fue en el cuartel de policía, adonde habían sido llevados los conspiradores, algunos en pantalones de fútbol que les habían dado después de haberlos dejado sin ropa a fuerza de golpes (no se les permitió recibir ropa de muda por estar incomunicados). Los hombres semidesnudos y sucios se sentían disminuídos ante los uniformes de gala de las personalidades vistas en retratos de los periódicos. El jefe de inteligencia estaba borracho y el de investigaciones satisfecho, habiendo delegado su poder en el comisario Riveros (un hombre gordo que maltrató ocasionalmente a Benito pero se reservó para los presos más importantes). El presidente, que dominaba la sala desde un óleo enorme, se representaba en la persona de un secretario de apariencia vampírica, que parecía tener buena relación con el jefe de policía, que había reunido en su despacho a comandantes y ministros, para informarles del descubrimiento de la conspiración. Frecuentemente, alguno de los jefes enfrentados a quienes se habían propuesto asesinarlos se permitía hacer alguna pregunta, pero la voz cantante la tenía Riveros, distinguido por la obscenidad y violencia que lo hacían el más celoso defensor de los intereses del gobierno y la integridad del presidente. Cuando lo consideraba necesario, Riveros interrumpía una pregunta o exigía una rectificación, tratárase de un preso o superior jerárquico.
¡No se haga el tonto porque vuelve a la pileta conmigo! Benito había intentado responder a la pregunta de un general: tuvo que hacerlo en los términos dictados por Riveros, quien exigía más que una simple confesión, por maldad o por orgullo. Él no quería ser el responsable de una investigación cualquiera sino que exigía mucho más y más de uno tuvo que aumentar su propia culpa tratando de adivinar pensamientos ajenos. Benito tuvo que ampliar las declaraciones del mayor Barrios con aditamentos que terminaron por complacer la fantasía de los —96→ presentes. ¿Yo también?, le preguntó, desde un rincón, un hombre cuya cara no podía distinguir; le contestó que no pero después tuvo que rectificarse por imposición de Riveros. Para evitarse posteriores sufrimientos se confesó culpable de un fallido asesinato contra un hombre que nunca había visto. Tuvo que incluirlo en la numerosa lista de las víctimas después de que el mayor Barrios con una veracidad que no podía ser real, confesó cómo, cuándo y donde había dado a su chofer las espoletas que debían activar la carga de gelinita. También tuvo que dar detalles falsos acerca de su relación con un hombre que recién conoció en la cárcel y que lo había comprometido al confesar. Tuvo que acusar a muchos para salvarse.
Hablando después con el mayor, mientras se esperaba la sentencia, Benito llegó a disculparlo. Soy asmático, le explicó el oficial, no podía soportar la pileta. Benito le perdonó que lo hubiese traicionado como él mismo había traicionado a otros.
Le costó más trabajo disculparse.
El castigo precisado vendría en la sentencia, que se demoraba en salir y le dejaba tiempo para confesarse; decidió hablar con alguien y después de varios meses de aislamiento, optó por un sacerdote de cuya discreción se dudaba, el único autorizado a visitar a los presos políticos.
El cura lo oyó con simpatía, después pasó por el despacho del jefe. Es inocente, dijo. El jefe suspendió por un momento la lectura de Patoruzú, miró al religioso con quien acostumbraba salir de pesca (cuando la conversación era banal, hablaba sin despegar los ojos de la revista).
-Ya sé -lo contestó sin sorpresa- pero no se puede ya modificar el parte.
—97→
-Nos estás macaneando, pues, chamigo.
Núñez deploró la falta de yerba en el cocido para sus adentros, pero no estaba en condiciones de criticar el desayuno ni rechazar la crítica convincentemente.
-¿Pero por qué?
-Sabés demasiado bien, Núñez, son puros cuentos los que nos traés.
-No creas.
-Por favor, Núñez, ¿acaso que no somos amigos? Por tu bien te digo, porque el jefe ya se está cansando y vos sabés muy bien.
La conversación quedó interrumpida con la llegada de Reina, que venía con la llave en la mano. Núñez comprendió que le correspondía hacer méritos y se levantó metiéndose una galleta en el bolsillo.
Tuvo que esperar dos horas antes de volver a roer la galleta, que ya se lo había perdido en el bolsillo, horas que pasó cruzando semáforos en rojo (bajo la mirada resignada de un agente de tráfico), haciendo colas interminables, comprando regalos de Navidad. Finalmente, Reina le dio licencia y pudo volver a la oficina para guardar el auto del jefe y ver con desesperación que no quedaba ni una miga del desayuno ni del refrigerio que solían servir a las nueve de la mañana y que, curiosamente, se había vuelto más pobre a fin de año, porque aumentaba la demanda de harina para fines particulares. Núñez tuvo que roer resignadamente su pobre galleta mientras se cortaba el pelo.
-¿Y ese quién es? -le preguntó al peluquero, refiriéndose al recién llegado.
—98→-Raterito.
Quizás tuviera ya veinte años, pero el aspecto era el de un adolescente, y la estatura de un chico de catorce años. (Se enteró después de que, gracias a ese cuerpo esmirriado, podía pasar fácilmente entre los tirantes de los techos que levantaba).
-Nde plata eterei -dijo, al cabo de un cierto tiempo, el peluquero- ya estuviste haciendo compras.
-Plata de ella -contestó, de mal humor, Núñez, pensando que todavía no se le había pagado el sueldo y que el jefe no estaba contento, así que era inútil insistirle.
-¡Navidad, Navidad! -dijo un recién llegado, que venía de otra dependencia y que pasó al raterito una flor de coco para que la oliera- ¡Hay que estar contento en Navidad! ¡Pasále a los demás!
El raterito pasó la flor de coco a sus compañeros de infortunio, que tuvieron que aspirarla y hacer gestos de alegría. Después se pusieron a cantar un villancico, que a Núñez le quitó el malhumor. Era una linda forma de comenzar el día, pero los problemas no se resolvían con cambios de humor. Y lo angustiante era que pensaban despedirlo y que tenía que inventar algo y pronto. Ya le habían dicho demasiadas veces que no servía porque no era capaz de recabar una simple información. Y el hecho de que no le hubiesen pagado su sueldo todavía era una invitación para que pasase a reclamarlo al despacho del jefe, donde este podía pagarle el sueldo finalmente y ponerlo en la calle.
Maquinalmente, Núñez se metió en el Rubio. Hacía tiempo que no entraba en el Rubio, desde que armó el escándalo que provocó quejas y reprensiones, pero ahora el mozo lo recibía bien. Le preguntó que quería y Núñez eligió algo para comer, tratando de llenarse el estómago mientras ideaba algo.
Salió sin pagar y fue a pararse en la esquina de siempre. No tenía sentido estar allí; era demasiado tarde para ver la puerta del garaje abierta, sentir el calentamiento del motor, la salida del doctor, el ritual diario. Si tenía que pasar algo debía ser en otra parte, pero Núñez, con una especie de ética del trabajo —99→ encima, había decidido cumplir con su propia rutina. Y así pasó más de una hora mirando sin ver nada, hasta que se acercó al garaje para ver, a través de la mirilla en la puerta de madera, que el auto había salido, como ya sabía. Después fue a una casa de la calle México, donde lo invitaron con sidra, y se pasó un buen rato tomando sidra, hasta que al final tuvo que dormir la siesta. Una mujer le cedió el catre, contenta de que el huésped se pusiera a dormir sin molestarla. Durmió hasta que la radio comenzó a difundir una música que no le gustaba, y entonces decidió volver a la oficina. Dio el parte «sin noticia» más por aburrimiento que por probidad ya que, de cualquier manera, nadie leía sus informes ni los aceptaba, insistiendo en que él nunca había dicho más de lo que los demás decían, más de lo que cazaba al vuelo de las conversaciones de los compañeros de trabajo y se atrevía a presentar por escrito como investigación.
Al llegar a la guardia, se encontró con el jefe en persona.
-Buen día, Núñez -dijo el jefe con fingida cordialidad- Feliz Navidad, compañerito.
El jefe estaba muy cambiado. Núñez creyó haberlo complacido contándole una escapada de Reina, pero el jefe, que no tenía nada de celoso en lo profesional, posiblemente se lo repitió, y la Reina comenzó con su labor de zapa... eso debía ser, se decía Núñez, no había otra explicación posible; siempre había cumplido con su deber, siempre había sido el mismo pero ahora, de golpe, todo lo que él hacía estaba mal y lo acusaban de borracho (no llegaba a tanto, y no se emborrachaba ahora más que antes).
En el escritorio del jefe, Núñez vio dos palos y una cadena. Se llama lun cha ku, le dijo el jefe, es un arma oriental. Trató de hacer algunas demostraciones, pero la cosa se le voló de la mano y fue a parar contra el vidrio de uno de los anaqueles. ¡Añaracó pe guaré! El jefe nunca renunciaba a sus pretensiones de artemarcialista, pero el día del régimen lo iba postergando y se empachaba con galletas y cocido demasiado dulce.
El cocido no le vino mal a Núñez, que tomó la invitación —100→ como un signo positivo. Después de repetida la dosis, Núñez notó que el jefe estaba de buen humor y no muchas ganas de trabajar. Y, exagerando un poco sus actividades de la mañana, le informó sobre el doctor Barrios y su enfermera.
-Es su mujer -le dijo, contando que, al terminar el trabajo, solía llevarla hasta su casa y que, pocos días atrás, había estado alojado en casa de ella un hombre que, según los informes del barrio, venía de la Argentina. Aprovechando el interés del jefe, amplió su parte: la mujer, Sofía Benítez, era febrerista, y le constaba que visitaba regularmente la Argentina, donde mantenía conversaciones con personas del MOPOCO. En esto último exageró un poco los datos que tenía, tratando de dar a sus investigaciones un carácter de absoluta seriedad y dedicación al trabajo.
-Ese argentino que me dice -interrumpió el jefe- ¿usted lo vio?
-Sí. Los tres subieron en el coche del doctor y se fueron...
-¿Por qué no los siguió?
-No tenía para mi taxi, señor.
-Pero Núñez, ¿qué hace con su sueldo?
-Todavía no cobré, señor.
-¿Todavía? Todo tiene solución -sonriendo con gesto magnánimo, se valió del intercomunicador para decir a quien correspondiera que prepararan el cheque para Sinforiano Núñez.
Con el cheque en la mano, Núñez calculó cuánto tiempo le llevaría cobrarlo en el Banco Central, pero se justificaba la espera porque podía pedir permiso y al fin y al cabo, plata es plata.
El cheque le permitió pagar sus deudas en la pensión y contraer deudas nuevas. Al día siguiente, por casualidad, llegó temprano a la oficina, a tiempo para el desayuno. Poco después llegó el jefe y lo llamó a su despacho.
-A ver un poco, chamigo -tenía dificultad para hablar- vamos a ver... Usted me dijo que había visto a... a Torres con esa pendeja... Reina.
—101→-Como le informé, señor.
-¿Y estuvo en el asado?
-No, ella no. Torres y sus amigos no más.
-¿No lo volvió a ver?
-¿Torres? Él se fue a Alemania y...
-Bueno, manténgame informado, Sinforiano. Y avíseme si lo ve al bolche de Torres.
-¿Y el doctor Barrios?
-¡Y ocúpese de él! Para eso se le paga. No le pido que se vaya hasta Alemania a traérmelo a Torres, le digo que me avise si le ve, porque hay rumores de que entró al país. Y la pendeja...
-¿Reina, señor?
El jefe vaciló unos minutos y después le dijo que se ocupara de su trabajo. Ya no fue a pararse frente a la casa particular de Barrios, sino frente a su consultorio, en la calle España.
A la media hora de estar parado, la muchacha se le acercó con un café. Núñez agradeció la atención, aunque era una manera evidente de decirle que lo reconocían como pyragué. Pero las órdenes eran observar el consultorio, «el movimiento del consultorio», así que permaneció parado hasta que el doctor Barrios subió al coche después de saludarlo y se fue. Seguirlo con taxi estaba por encima de las posibilidades de su posición de informante, que sólo le permitía sobrevivir mediante el beneficio extra-salarial de comer gratis en ciertos restaurantes. Sin embargo, tenía coartada: la omisión del informe de lo que hizo Barrios entre mediodía y las tres de la tarde se compensaba plenamente con la descripción detallada de lo que hizo su enfermera, quien almorzó en un bar de las proximidades pero, en vez de volver a casa para la siesta, se quedó en el consultorio (no podía saber qué hizo en el consultorio, pero en esto había que contar con la colaboración de la compañía telefónica). Además, el doctor Barrios salió del consultorio con su valija médica muy cargada. En cuatro meses de observación, Núñez había aprendido el tamaño exacto de la valija y podía notar —102→ cualquier variación en el tamaño de la carga. ¿Panfletos? Era muy posible; él había escuchado parte de una conversación relativa al posible funcionamiento de una imprenta clandestina en el consultorio de Barrios. «Parece panfletos», anotó.
Es a lo mejor un detalle sin importancia, se dijo, mientras esperaba que Barrios volviese de dormir la siesta para abrir el consultorio; un detalle sin importancia puede ser importante, le habían dicho cuando comenzó a trabajar en Investigaciones. ¿Y si no estoy seguro? Ponga entonces «parece» para ayudar a los otros investigadores. Así que «parece panfletos» resultaba lo más adecuado aunque ya le habían comentado que cansaba el exceso de «parece» en sus informes que no decían nada, aparte de las suposiciones de quién dormía con quién. Y eso no dejaba de ser interesante, el condimento de cualquier informe, pero siempre que el informe, además, dijera algo. Anécdotas picantes aisladas no valían nada, aunque muchas veces se hubiera comenzado por allí: por la denuncia de una mujer despechada o golpeada, que llevaba a descubrir algo más. Sólo que el pobre Núñez no encontraba nunca la punta de uno de esos ovillos. Por intuición, en parte, por necesidad de justificar su sueldo, en parte, había dado crédito al chisme de una vecina acerca de los viajes de Sofía Benítez a Formosa; de allí pasó a su trabajo como enfermera del consultorio del doctor Barrios; de allí, trató de relacionar la distribución de ciertos panfletos con el médico; ¿qué mejor lugar para repartir panfletos que un consultorio?, había oído decir. Y se apropió de la idea y redactó un informe relacionando a la enfermera con el médico y a estos dos con los panfletos y el MOPOCO. ¿No tenía lógica? Ella tenía un hermano en la Argentina, el MOPOCO estaba en la Argentina. Ella viajaba a la Argentina. ¿Y si no encontraban nada?
Consultó el asunto a la hora del desayuno. Gómez lo tomaba del pelo a menudo, pero tenía mayor experiencia en el oficio y le tenía aprecio (eran compueblanos).
-Barrios es afiliado.
-¿Estás seguro?
—103→Para confirmarlo, Gómez lo llevó a los archivos, que conocía bien: allí estaba la afiliación del médico, capturada cuando lo capturaron a él, unos años atrás. Fueron unos meses de encierro y después no se supo nada más de él, pero en su juventud había sido agitador político, y era difícil que se hubiera enmendado: esa gente no cambia.
-¿Pero después si hacen el allanamiento y no encuentran nada?
-Mirá, cheraá, hablá bien con el jefe. Él es un hombre muy comprensivo. No le vayas a mentir, decile no más lo que viste, lo que te parece, mostrale los antecedentes del tipo, lo que hizo, la gente con que se junta. El jefe tiene que decidir. Si no encuentran nada, no hay problema, siempre que no le mientas. Pero si le inventás una historia y se descubre, allí estás sonado.
* * *
Núñez esperó como siempre en el lugar de siempre; la muchacha se le acercó con el café, todo parecía normal.
-Está arrestada.
Ella comprendió que no le convenía salir corriendo y se dejó llevar, sin resistencia, a la camioneta celular. Núñez se sintió como cuando volteó su primer pajarito de un honditazo; podría decirse que se sentía agradecido a su presa. Era una joven muerta de miedo que casi aplastaron las demás personas que trataron de meter en la colorada, hasta que comprendieron que necesitaban refuerzos. Llegaron varias camionetas más, y entre todas llevaron a investigaciones a Barrios, su enfermera, su muchacha y todos los pacientes que hacían turno en el consultorio. Para asegurar, se llevaron también las fichas médicas y ocuparon el consultorio. El vendedor de diarios se salvó por poco de un largo arresto cuando vino a cobrar y los pacientes pudieron salir después de dos días. En esos dos días no pudieron dormir: por la noche, la radio comenzaba a funcionar a todo volumen hacia las diez; por la mañana, el prejuicio policial exigía levantarse muy temprano, para mirar —104→ cómo los otros desayunaban a través de la mirilla de la puerta.
Las celdas eran de cemento y dimensiones reducidas, sin camas ni colchones. El hacinamiento hacía que los presos tuvieran que turnarse para dormir, para tratar de dormir en el suelo, usando el cuerpo del otro como almohada. Pero la posición, bien incómoda, creaba mayores incomodidades cuando alguien tenía que entrar o salir de la celda: tenía que hacerlo pasando sobre los demás y liberándose del entrevero de los cuerpos. En muchos casos, el trabajo era innecesario, porque no los llamaban para interrogatorio sino para molestarlos. Los policías, que tampoco dormían, desarrollaban un resentimiento especial contra los que les daban trabajo, un trabajo que los dejaba con sueño, neurastenia, desgarros musculares y puños deshechos.
Naturalmente, no todos recibían el mismo tratamiento. Las órdenes, que pretendían evitar complicaciones, eran de respetar a los que entraban por averiguaciones, los que en principio no tenían ninguna acusación política encima y estaban presos para ser interrogados y nada más. Pero del personal mal pagado no puede esperarse mucho y el local no permitía demasiada consideración para nadie. Investigaciones era un patio minúsculo rodeado de celdas y el ruido de la radio, en principio para acallar el ruido de los interrogatorios, no permitía dormir a nadie. A pesar de las estrictas prohibiciones y el control, los detenidos no dejaban de mirar para el patio a través de las mirillas de las puertas, y los que tenían sueño lo perdían fácilmente. Además, estaba la maldad adicional de alguno que otro pyragué mal pagado, como el que, sin mediar orden, decidió asustar a la enfermera del doctor Barrios con relatos y amenazas de violaciones.
Finalmente, la condujeron a la pileta.
-¡Ah, pero es rubia! -dijo un hombre bastante chico, a quien se llamaba el mariscal López. Los demás festejaron el chiste. Vamos a ver ahora si tu macho te puede defender.
Los otros se pusieron a mirar a la mujer con especial interés, haciendo comentarios como buen gusto tenía el doctor —105→ y ella comprendió que no podía esperar consideraciones y olvidó casi el hecho de que estaba desnuda. Pensó que podía desmayarse pronto al recibir el primer golpe, que se lo dieron con el puño cerrado, no con la mano abierta, como ocurrió al llegar a la policía.
-Sabemos que cogías con el doctor.
(A su llegada, habían sido más bien apremios psicológicos e intimidación. La obligaron a permanecer parada y de espaldas contra la pared, al lado del doctor Barrios, separada del resto de los presos. No faltó un oficial que, acercándosele desde atrás, le agarrara el pecho con las dos manos, pero entonces no querían lastimarla físicamente. El jefe casi parecía un abuelo: canoso, gordo, de voz suave. Sin embargo, el tono de la voz iba cambiando en la medida en que Sofía decía no saber nada).
La relación entre coger con el doctor y el trotskismo no son evidentes, pero el jefe insistía en la existencia de una relación necesaria. Sofía trató de explicar, primero, que su relación con Barrios era puramente profesional y, segundo, que su relación con su hermano era estrictamente familiar.
-Sabemos que se conocen.
El otro era un joven de unos 22 años, paraguayo residente en la Argentina. Lo habían apresado semanas atrás, acusado de ser enlace del ERP, sin haber podido descubrir sus contactos locales. El joven insistió en que no conocía a Sofía, en que había residido demasiados años afuera como para conocer a nadie en el Paraguay. Dijo -quizás forzado- que tenía contactos con el ERP pero que lo habían apresado al cruzar la frontera, imposibilitándosele la comunicación con cualquier persona de por aquí. Dijo que nunca había visto el mimeógrafo cuyo conocimiento no pudo negar Sofía, y que para el jefe hacía de cuerpo del delito. El joven, el mimeógrafo, los viajes de Sofía a la Argentina y sus relaciones sexuales con el médico eran temas obsesivos del interrogatorio.
-¿Por qué no contás todo, mi hija, porque de cualquier manera te vamos a sacar la verdad?
—106→Sofía comenzó a inventar una historia verosímil y, hasta donde pudo imaginarse, aceptable para la policía, pero el jefe dio por terminado el interrogatorio. La desnudaron y le ataron las manos a la espalda con cables de electricidad y tuvo que esperar un tiempo interminable hasta que vinieran a buscarla, hasta que terminaran con los otros.
-Linda la chica del doctor -dijo el mariscal López- no vayan pues a estropearla, lo mitá.
Un golpe le rompió la boca, otros más la alcanzaron en el estómago. El mariscal López estaba un poco cansado, había trabajado mucho aquel día. Recién cuando terminó el ablandamiento entró en acción, asiéndola de los cabellos y sumergiéndola en la bañadera.
La paciencia del mariscal López era admirable: en las primeras inmersiones, el hombre medía la capacidad de la víctima, y se tomaba el tiempo y el cuidado necesario para vencer la resistencia de atletas y cardíacos sin llegar a extremos. Cuando Sofía comprendió que estaba en el poder de los carceleros, trató de resistir todavía ahogándose, respirando agua deliberadamente. Pero esos trucos no engañaban al mariscal López, demasiado experto y que podía ver a través del agua ya turbia los movimientos de la víctima. La tentativa de suicidio prolongaba -sin evitar- el procedimiento. El mariscal López llamaba al médico y le entregaba al cuestionado para ponerlo en forma para después. Podía esperar horas y días, pero se cobraba la morosidad de los renuentes demorándoles el castigo con maldad y con arte; incluso se la cobraba después de confesados, por no haber querido colaborar. No pasaba de castigo moral, en muchos casos, pero no dejaba de ser castigo: los retobados, más de una vez, fueron puestos en el grupo de los candidatos a la pileta; después de haber visto el castigo de los otros y haber esperado turno, se los devolvía a sus celdas por la madrugada, sin haber sido tocados pero suficientemente escarmentados.
Sofía pudo comprender intuitivamente todas estas cosas en los breves intervalos lúcidos que tenía entre los interrogatorios. —107→ Una vez, recuperó el sentido sintiendo la picazón de una inyección; era, supuso, algún estimulante muy fuerte, porque la hizo sentirse muy bien, pero también comprender que la ponían bien para seguir degradándola y entonces no le cupo más remedio que confesar. Declaró que Barrios y ella habían imprimido panfletos en el mimeógrafo encontrado por la policía en el consultorio médico. Le aceptaron la disculpa de que no sabía para quién iban los panfletos, porque eso concordaba con el informe de Núñez, según el cual Barrios sacaba panfletos del consultorio en la valija. Y, a partir de ese momento, le fue mejor. Le fue mejor porque la consideraron un personaje secundario en la historia: una enfermera con quien el médico se acuesta para hacer dar vueltas a la manija del mimeógrafo y llevar mensajes a la Argentina.
-Dicen que el mariscal López...
-¿Cómo? -el ruido de la radio resultaba ensordecedor.
-Dicen que el mariscal López le agarró a la enfermera.
-¡Ñaró co tipo! -el tono denotaba cierta admiración- ¡Hay que ser para agarrarle a una así!
-Nada que ver con Playboy -la comparación con las fotos desfavorecía a la mujer sucia de vómitos y materia fecal.
-Vas a tener para muchos Playboy, Núñez, el jefe está contento contigo.
-¿En serio, picó?
-Puro.
El jefe se tomó el trabajo de instruir a Núñez con una larga disertación acerca de la peligrosa red política destruida, que comprendía los contactos clandestinos de Sofía Benítez con la gente del ERP, el ingreso clandestino de jóvenes paraguayos residentes en la Argentina, el consultorio del doctor Barrios, centro difusor de informaciones y de propaganda. Núñez se dijo que, al fin, le había tocado la suerte de presentar una denuncia que sirviera de base a una investigación exitosa. El jefe pareció adivinarle el pensamiento, porque comenzó a recordarle las virtudes del trabajo paciente, constante, sistemático, donde todo es importante. Finalmente, y después de una larga cátedra de —108→ subversión (que indicaba, aunque Núñez no pudiera entenderlo, que el jefe tampoco estaba convencido de los descubrimientos pero que los utilizaba para justificarse ante su superior), le preguntó si tenía alguna nueva denuncia.
-Sí, señor, lo he visto a Torres y sé donde está. Si usted me ordena puedo...
-No se moleste, Núñez, ese ya está agarrado.
Y, efectivamente, unos días después, por la mañana, llegó el licenciado Torres a la oficina del jefe, para hablar con este, que no lo recibió sino que lo envió a la pileta sin más trámite. Después de varias sesiones, Torres se confesó cabecilla del plan secundado por Barrios, Sofía y otra gente más. La policía anunció públicamente el desmantelamiento de la conspiración y las acciones de Núñez mejoraron.
Hablando en confianza con Gómez, Núñez le confesó que, ni remotamente, había sospechado nada de Torres, que se había marchado del país con una beca pero había tenido la ocurrencia de regresar y dejarse capturar; todo había sido cuestión de suerte, y no comprendía como el jefe había podido atar todos los cabos sueltos.
-Reina -le explicó Gómez.
-Pero el jefe me ordenó que la siga a ella... Acaso ella y Torres...
-Todo está previsto -dijo Gómez, usando el slogan comercial- esa pendeja hace lo que le dice el jefe y él le dijo que se meta con Torres. Si la controla es por las dudas, todos estamos aquí bajo control.
-Yo pensé que Torres...
-Ese es un vyro, chamigo, que se hizo echar por Reina. ¿De dónde un seco como él puede ligar una pendeja así?
-Hay cosas que no entiendo.
-Ya entendés todo lo que tenés que entender y no te conviene luego entender más -Gómez hablaba con un cierto tono paternal, tratando de evitar a su amigo el problema de las preguntas innecesarias-. Y ahora me debés una cerveza y está todo solucionado.
—109→Núñez consideró que una cerveza resultaba muy mezquino porque tenía que ser un almuerzo. Es cierto que ya había empeñado todo su sueldo, y que su sueldo no había aumentado después del éxito de la investigación, pero se trataba de un éxito que, algún día, redundaría en aumento de sueldo -mientras tanto, seguía siendo un simple informante de investigaciones, traído a la institución por un compueblano, el oficial Gómez. Sin embargo, le parecía justo demostrar reconocimiento, y el almuerzo fue pagado y todo lo que podían permitir las finanzas de Núñez. Él, al fin y al cabo, había presentado la denuncia en base a los consejos de Gómez, que tenía más cancha pero que, en vez de apuntarse un punto haciendo la denuncia personalmente, prefirió cederle la oportunidad al amigo, para dejarlo bien y, para impedir que lo echaran del empleo como, posiblemente, ya tenían pensado hacerlo.
—111→
Yo nací protestando. Che retobada co. Ha de ser porque mi abuela ya era así. Mi mamá, cuando se embarazó de mí, tenía quince años nada más. Le echaron de la casa y mi mamá se casó con otro después, ella tenía su carácter también. Yo me quedé después en la casa de una madrina que tenía estancia y me enseñó muchas cosas. Pero después me llegó una edad y vi que no podían tratarme como familiar porque no era, aunque me decían que en la casa de ella tenía todo y nada me había de faltar. Y cierto, pero los pobres siempre están por debajo de los que tienen; yo tenía todo y no tenía nada. Y yo quería ser independiente. Entonces me decían que fuera de la casa hay peligros: la sociedad, el hombre. Pero yo me fui a vivir en Barrio Jara, con una tía, hasta conseguir algún trabajo. Yo quería trabajar en una fábrica de Asunción, no me quería ir a Ytororó. Y al final entré a trabajar en una fábrica textil y enseguida comencé a organizar...
Después viene la orden de despedir a seis obreras; comenzaron a echar de la textil a las obreras que no eran coloradas. Entonces hablamos con el patrón pero el patrón nos dice que no era cosa de ella, era «orden superior»; tenían que echar a las que no eran coloradas. Entonces yo comencé a protestar y me dijeron que no podía protestar porque era colorada y yo les dije: soy la más indicada para defender a mis compañeras de trabajo. Me dijeron que yo tenía que hacer lo que mandaba mi partido, pero yo les dije a las compañeras: vamos hacer una huelga hasta que vuelvan nuestras compañeras. —112→ Y cuando estaba en la calle, hablando entre compañeras viene un hombre del partido colorado y me dice: usted está organizando a las compañeras para que no trabajen. Yo le digo: No, no es para eso, es para que todas puedan trabajar. Y usted inmediatamente vuelve al trabajo, me dice. Y usted está traicionando a los trabajadores, le dije y allí mismo rompí mi afiliación al Partido Colorado y le tiré por la cara, y esa fue la primera vez que caí presa, en el año 1947.
Yo tuve mucho miedo cuando me llevaban a la comisaría porque entonces era muy joven. Pero después caí demasiadas veces y le fui perdiendo el miedo. No es del otro mundo. Ni siquiera la última vez, cuando me tuvieron presa catorce años.
En enero de 1968 me apresaron aquella vez y allí me tuvieron 22 días incomunicada en Investigaciones. De allí me pasaron a la chacarita con otras mujeres, seis en total, que quedamos en esa comisaría como un año y medio...
A las cinco de la mañana nos sacaban de la celda para vaciar las latas donde hacíamos nuestras necesidades. Media hora tenía que ser, pero el sargento acortaba el tiempo y teníamos que volver volando a nuestra celda para pasar adentro todo el día. A veces abría la puerta para gritar que somos comunistas, criminales, que vendemos el país al extranjero. A veces en plena noche, cuando ya estábamos durmiendo, nos despertaba amenazándonos, desenvainando el sable. A veces entraban de golpe para ver si escondíamos armas, ponían nuestra celdita patas para arriba, tirando nuestra ropa por el piso sucio. ¿Qué armas podíamos tener si estábamos tan vigiladas y pasaban días sin que nos permitieran salir y ni teníamos luz y no nos permitían coser ni hacer cualquier cosita para pasar el tiempo?
Un día la pared comenzó a rajarse porque había llovido dos días enteros y entonces nos mudaron a Fernando de la Mora. Era una celda peor, húmeda, muy baja, con la letrina en el medio para todas nosotras y al lado mismo tenían la pileta y oíamos cómo se ahogaban los muchachos o los veíamos colgados por los tobillos con trapos en la boca para que no puedan gritar y sentíamos los golpes y algunas compañeras tuvieron crisis de histeria.
—113→Creo que si estaba sola me volvía loca. Pero éramos seis y entre las seis nos ayudábamos. Y al final los conscriptos nos trataban mejor. Eran todos muchachos humildes nuestros guardias, casi todos hijos de campesinos. Y nosotras les entrábamos preguntándoles de su valle, de qué hacían sus padres, cuántos años tenía. Veinticinco de cada treinta de ellos no sabían leer. Los uniformes se los daban grandes y entonces nosotras se los achicábamos y para eso conseguimos que nos dieran hilo y aguja y al final conseguimos hasta una máquina de coser, porque fuimos ganando posición, y eso que al principio nada teníamos y para las cinco de la tarde ya no teníamos más nada que hacer porque la pieza era oscura y sin electricidad. Pero les fuimos conquistando y ellos vieron que no éramos como les decían; les decían que éramos peligrosas, les instruían contra nosotras, hasta que vieron dónde estaba la verdad.
El comisario les enseñaba maldades porque nos hacía falta agua un día y otro día comida. Entregábamos nuestros platos y nos devolvían vacíos porque ya no había más. Entonces nosotras gritábamos, armábamos un gran bochinche y así con el tiempo fuimos ganando terreno. (Creo que nos ayudó también mucho la Cruz Roja porque ellos se interesaron por los presos políticos, hicieron mucho por nosotras). El comisario nos decía que si protestábamos iba a ser peor. Y yo recuerdo el día de calor que nos negaron el agua y como el comisario pasaba por ahí le pedimos a gritos y entonces llamó a un soldado y le dijo traiga agua para se callen esas viejas y el soldado fue y volvió con un vaso de agua para las seis.
Como cinco años y medio estuvimos en Fernando de la Mora hasta que nos pasaron a Emboscada que no fue mucho mejor porque la celdita tenía 3 metros por 3.25 y teníamos que dormir en el suelo, como animales. La letrina también dentro de la pieza y ni siquiera nos daban agua para limpiarla aunque teníamos nuestro brasero y allí también hacíamos la comida; teníamos que aguantar no más tanta suciedad. Y el agua sucia que nos daban nos daba diarrea, y suerte que intervino el Comité de Iglesias y también la Cruz Roja.
—114→El día que llegó nos pusieron camas y yo les dije, delante del doctor que no sabíamos si las camas eran no más por la Cruz Roja y después las iban a llevar. El doctor se hizo el sorprendido, pero sabía todo y era él justamente uno que torturaba en Investigaciones, el que controlaba hasta donde podían torturar sin que se mueran porque para eso era un médico. Así que se hizo el tonto y cuando el Cruz Roja preguntó qué queríamos dijimos que un poco de aire y el doctor dijo que corría bastante aire y entonces le dijimos que si corría tanto se podía quedar él en nuestra celda... Creo que pasó calor con la visita, y eso que habían lavado bien la pieza para cuando llegó la Cruz Roja y hasta cama nos pusieron; hasta nos dejaron bañarnos aquella vez, porque pasábamos muchos días encerradas normalmente, raro que no nos enfermó la suciedad...
Después vino el caso aquel de la conspiración.
¡Vaya uno a saber, ellos siempre inventaban pretextos!
Y entonces llegaron a Emboscada como 400 personas, ya no cabíamos más. Hombres y mujeres. Jovencitos. Estaba la mamá de los López que desaparecieron, ella con sus nietos. Había como 20 niños esa vez. Incluso algunas tuvieron hijos en la cárcel.
Pero con todo pude ver a mi marido otra vez, después de ocho años y medio. Ya no sabía más si todavía vivía, porque te estoy hablando de 1976, y a nosotros nos metieron presos en 1968, y desde entonces no supimos más uno del otro... Cuando lo vi en el patio le grité ¡Alfonso!, y él se volvió y fue como si ayer no más nos habíamos separado y las mujeres dijeron es el encuentro del siglo.
Y yo pensé después que iba a tener vergüenza de él por todo el tiempo pero no; no son nada ocho años cuando se tiene un poco de firmeza.
Lástima que no pudimos estar juntos porque a los tres meses se lo llevaron a otra cárcel y eso porque entre los dos no nos callábamos sino que nos apoyábamos; cometieron un error al ponernos juntos. Porque como te dije la Cruz Roja estaba controlando un poco la situación de los presos políticos —115→ y el gobierno tenía vergüenza, quería mejorar un poco su mala reputación y por eso fue que nos dieron mejoras y tenían que escuchar cuando nos quejábamos porque los guardias se comían la comida que nos mandaban nuestros parientes o nos robaban la ropa o les molestaban a las mujeres cuando formaban fila horas al sol para visitar a los parientes presos (cuando, al final, nos veíamos y queríamos hablar con las visitas se metía un oficial en el medio y decía se terminó la visita). Y todas estas cosas fuimos denunciando y aunque nos amenazaban tenían que ceder y cedieron bastante y nos trataron mejor; hasta llegamos a tener media hora de visita de los parientes.
Pero a Alfonso le mandaron a otra cárcel porque entre los dos protestábamos siempre.
Y un día me dicen que me prepare para salir pero ya no les creo. Ya era 1978 y diez años tenía adentro y muchas veces me hicieron preparar todas mis cosas y hasta me llevaron a la puerta pero después me mandaron de nuevo adentro. Así que no podía creer.
Pero aquella vez salí no más por la puerta y cuando estaba afuera me parecía mentira pero me soltaron no más.
Después ya conseguí un terrenito para organizar mi chacra y estaba trabajando un día cuando siento que vienen y mi sobrina dice viene la policía y le digo que ya escuché. ¿Y si escucha por qué no viene?, me dice el comisario ese, un tipo lleno de anillos y brazaletes, oro por todas partes, daba asco. Y mi compañero pregunta por qué también a ella; el comisario dice que soy la primera que debe ir. Así que no había caso y nos llevaron a los dos. Y aquella vez sí que no sé por qué; recién habíamos salido de la cárcel, ni tiempo habíamos tenido para política (aunque la verdad que tampoco me iba a quedar muy quieta mucho tiempo). Y allí me fui de vuelta en Investigaciones. Dormí en el piso con el frío que hacía dos semanas hasta que me llevan después a la cárcel de mujeres.
Yo tenía más miedo del Buen Pastor que de Investigaciones porque en Investigaciones te maltratan los guardias pero los presos son decentes (todos políticos), pero en el Buen —116→ Pastor hay de todo tipo y yo que no soy miedosa para nada, tuve miedo de estar entre mujeres así...
La policía me mandaba provocadoras pero yo no me dejaba echar aunque me ofrecían revistas políticas y guaunte que también esas mujeres estaban en contra del gobierno. Yo me callaba, pero la jueza dijo que yo era comunista, ¿cómo podía saber si no había hablado ella conmigo y a las provocadoras nunca les dije una palabra?
Así que me condenaron y me tuvieron presa hasta 1982.
Y allí otra vez me dicen que me prepare y que tengo que pasar por el tribunal antes de quedar en libertad y no sé para qué porque los tribunales no valen. Un periodista me pregunta si qué pienso de mi libertad y le digo no creo. Y otra vez me llevan en Investigaciones, dicen que para hacerme un prontuario y me toman las fotos pero después me quieren hacer firmar una declaración que no le firmo y entonces de nuevo presa y me declaro en huelga.
Pensé que iba a morir de hambre, pero no les iba a decir que sí porque ya demasiado habían jugado conmigo y yo pensé que iban a tenerme recorriendo de cárcel en cárcel y entonces ya mejor morir si hay que morir.
Tres días hice huelga de hambre y después me metieron en una camioneta de policía y me llevaron a la Argentina pero los gendarmes dijeron que no querían recibirme y entonces volvemos a Asunción y al pasar por el puente sobre el río Paraguay me dicen que me van a tirar y la verdad es que me alzan entre los dos y yo creí que me tiraban pero después me meten en otro vehículo y me llevan al Brasil.
El oficial entra no más en la comisaría de Foz de Iguazú como si era su casa y les dice que me dejen. Y el oficial brasilero me dice que tengo que hablar con el comisario y mientras tanto me dan un colchón roñoso para pasar la noche y entonces me doy cuenta de que están de acuerdo el Paraguay y el Brasil y me sorprende que Argentina no les siguiera el juego.
Así me hacen esperar dos días, dicen que porque el —117→ comisario no está pero sé bien que era un juego; al final me dicen que puedo irme no más adonde quiero pero no tengo adónde.
Sola en el Brasil.
Por suerte que me encuentro una familia paraguaya que me trata muy bien y así estuve viviendo en el Brasil un tiempo, hasta que tuve problemas con mi visa y por suerte unos compañeros que están también fuera del país se movieron y vine hasta Alemania.
No sé qué puedo hacer aquí pero algo he de hacer, siempre se puede, y me gusta también saber que en todas partes hay gente que se preocupa por los presos antiguos... hay más antiguos que yo, que estuve adentro catorce años, casi de seguido (si cuento todas las veces que estuve presa han de ser muchos más).
A veces yo me miro en el espejo y miro mi cabello blanco y me digo che tuya pero en el fondo sigo siendo joven y como te dije y he de repetir cien veces que no he de descansar un minuto... He de seguir trabajando para moverle el piso a ese tirano todo lo que pueda, no he de perdonarle esos catorce años de mi vida robada...
—119→
Se levantó de mal humor porque le dije un cariñito pero peinecito va peinecito viene mirándose al espejo como si no me escucha y como si los años se cambian de balde como me dijo aquella vez que vimos entre los dos la vieja y dos metros de revoque encima y casi nos hacemos pis de risa y hay que saber envejecer con dignidad me dijo pero con los otros muy fácil siempre se les ve luego su defecto pero te llega el turno y ya no es tan fácil y pensás que nadie nota la arruguita al lado de tu labio ni en tu frente ni tu cabello teñido como el suyo que se ponía al sol y se quedaba todo colorado daba risa y encima una vez me dice la gente de nuestra edad muy caradura como si no era más joven mucho más joven y encima aquella vez no me contesta mientras se va peinando y eso sí que es grave porque sé demasiado bien que su buena hora es por la mañana así que si se levanta de mal humor ya es muy serio y para algo le conozco y no me va a engañar ni te pienses que no me daba cuenta.
Ay sí demasiado fácil decir pero cuando te toca el turno ya es difícil porque también tenés que ser un poco tolerante pues y no tenés que arruinar por una zoncera una cosita de esas. Yo por ejemplo me daba cuenta que me mentía un poco y acaso que le voy luego a creer que la primera vez conmigo y que antes de eso casamiento y nada. Nambré. Pero también tenés que comprenderle luego un poco hay lo que es así que te quiere hacer creer y entonces decile que sí no más. No te puedo decir que seas un santo una que otra cosita siempre ha de haber y no es que me gusta pero ha de haber y lo importante es el —120→ respeto. Y eso sí que no puede decir (como anda diciendo por ahí) porque nunca le falté.
Comprensión luego lo que no le faltaba porque me dijo no se puede y esperáme un rato y le aguanté no más y no es cualquiera que te puede aguantar un casamiento yo de segundo plato. Pero después se divorcia y tenemos que continuar escondido porque no se puede así me dice. Y le doy la razón todo un Poder y vos sabés cómo son esas cosas. Le podía perjudicar en su carrera. Así que seguí no más de segundo plato y nada le pedía. No más quería que se porte bien y se portaba y yo sabía bien porque me decía tempranito tengo la campaña política y se iba en el campo con el Presidente para hacer discurso. Y yo sabía bien (tengo informante) que se portaba bien incluso cuando se quedaba a dormir afuera. Ha de ser que el Presidente le tenía corto pero se portaba bien: al viejo no le gusta que hagan esas cosas cuando salen de gira y todo el mundo derechito. Después que anden por su cabeza. Eso no le importa al viejo. Pero los Poderes del Estado tienen que ser decentes por lo menos para campaña presidencial. Y yo le comprendía. Yo no le iba a pedir luego que me mande su auto chapa JUDICIAL que después le prestó su secretario para chocar todo mal y eso fue...
Pero como te digo entonces magistrado muy decente. Siempre bien vestido y no le ibas luego a agarrar en falta. Y ahora anda diciendo que me pescó en la Plaza Uruguaya y bueno qué tanto ha de decir Juanchi él en el Salesiano con el padre Eli... Entonces para qué me pide que vuelva... Se le subió a la cabeza no más cuando le conocí no era así. Una familia muy trabajadores ocho hermanos y Juanchi comenzó como dactilógrafo por lo menos así me dijo pero ahora no sé si me decía la verdad. Pero también puede ser porque antes era otro. Muy trabajador. Dice que incluso ACCIÓN CATÓLICA y ha de ser porque su juventud fue diferente. No sé quién le pagó su estudio me parece que un tío porque al principio tenía dos trabajos y de mañana solamente el Tribunal. Pero le ayudó después y entonces ya estudiaba por la noche y su Derecho terminó al —121→ final. Juanchi me decía con sobresaliente pero después por ahí (aquí todo se sabe) me enteré que pasó raspando y que los profesores luego le ayudaban porque le conocían del Tribunal. Y dicen que flor de coimero incluso cuando Secretario porque cuando se recibió le ascendieron. Y le ascendieron a Juez y cuando eso fue que yo le conocí y no le vayas a creer que la Plaza Uruguaya...
Como te digo un señor muy decente casado y todo y desde luego que lo nuestro no podían saber. La envidia que nos tienen. Por eso justamente que tenía a veces que salir con el coronel. No me gustaba nada pero qué le iba a hacer. Él me explicaba bien. Si no se iba luego iban a decirle cuñai así que cuando iban en la estancia tenía que hacer con los demás. Y a mí me daba miedo porque me contó una vez que le dijo a la mujer quédese quieta y le pasó un balazo justo entre las piernas. Y allí todos borrachos y con pistola y por allí le podían lastimar. Pero qué le ibas a hacer si era luego edecán del Presidente y si le decías que no quedabas mal y si te ibas en la estancia tenías que hacer la puerqueza entre todos porque o sino te miraban mal. Y pensar que yo le permitía eso nunca le dije nada pero si por allí Juanchi me pescaba... pobre... demasiado celoso luego era y yo tenía que aguantarle todo porque su carrera y también soy pobre y qué le vas a ser. Yo no tengo estudio y esperaba que me dea algo pero nunca me quiso poner a mi nombre la casa y por mi cuenta no más tuve que trabajar para juntar unos pesitos y ahora no necesito de su plata y decite que no se crea tanto porque ahora el que necesita es él. Tiene su familia tiene que hacerse del chuchi en el Centenario y no tiene. Y eso no me vas a decir a mí porque sé que hasta su traje compra a cuotas.
Todo le quitó la barra.
Mientras que a mí mirame no has de decir luego que me falta. Sí, vos te acordás. Bueno mi hija. Todos tenemos que rebuscarnos. O sino qué. Pero no vayas a creer tampoco lo que dicen porque dicen todo por culpa mía yo le perjudiqué. Cómo si daba para perjudicar ese trabajito que tenía no más —122→ que me supe ganar mis amigos y en la vida luego...
Pero no. Eso fue idea de él. Si era por mí todo seguía muy decente nunca le pedí que me quite en la parrillada ni nada yo sabía tener la discreción. Incluso su oficina yo le arreglé como podía porque vos sabés que antes luego era kilombo y después arreglaron más o menos para que sea Corte pero apenas si le adecentaron y cuando le dieron a Juanchi un desastre, te querías poner a llorar. Puro mueble roto, sillas sin sus patas y la pared se te venía encima. Tuvimos que hacer todo de nuevo. Y esas cosas Juanchi luego no entiende si le pasan presupuesto aprueba no más pero a mí no me engañan y cuando vi lo que pedía le mandé a paseo y contraté constructor más económico para que le arregle el piso y el revoque y el techo y el cielorraso que se caía encima. Entonces cuando vino el Presidente se quedó muy contento porque vos sabés que el viejo quiere que hagas algo aunque sea pintar cordón de la vedera. Así que se sorprendió grande cuando entró en la Corte porque había visto antes todo pata para arriba y le dijo a Juanchi a ver si arregla. Y le arregló no más o sea yo arreglé porque Juanchi para esas cosas un cero como se dice. Incluso lo demás también yo le arreglaba porque vos sabés que uno medio viejón como Juanchi se deja atropellar de balde y las secretarias no le hacían caso pero cuando llegaba yo en la Corte todos derechitos. Y no que me hacía por nuestra amistad sino que sabía ponerles cada uno en su lugar.
Eso la gente sabían por eso cuando querían algo no más conmigo hablaban esos hipócritas. Porque después no me saludaban en la calle pero cuando se trataba de hablar con Juanchi hasta me hacían regalo. Yo sabía bien lo que decían por mí pero sabía que Juanchi estaba donde estaba por el Presidente así que mientras cumpla nada le podía pasar y eso le recordaba siempre. Discreción. Eso me decía. Pero quién le faltó a la discreción. No era yo. Nunca nos hacíamos ver en público y eso que él ya era personalidad. Pero yo pensaba en su carrera. No quería perjudicarle y eso que podía. Ni siquiera cuando comenzó a descomponerse porque le subió a la cabeza. —123→ Ni siquiera allí yo le hice ni le dije nada en público y eso que ya sabía que me faltaba. Dejáte papá dejáte no ves que por tu plata no más te quieren. Toda esa gentuza que le llevaban luego a farrear como si era un pendejo cualquiera. Parece que peor si a los veinte no hiciste porque a los cincuenta y cinco querés hacer y entonces se estropean. Demasiado tontos pues los hombres cuando les dicen que todavía pueden y por su linda cara pero lo que buscan es su billetera porque para eso están. Pero Juanchi feliz se sentía un nene y se teñía su pelo y se peinaba de un lado para otro para tapar la pelada con el mismo pelo que hacía pasar cincuenta veces de derecha a izquierda y de izquierda a derecha y cada día llegaba más tarde porque se miraba en el espejo por ahí le decían viejo puto.
Entonces no vayas a creer que no sabía. Claro que sabía pero qué podía hacer. Estamos pues para aguantar la sociedad es terrible. Todos le aconsejaban mal a mi pobre viejo y entonces aguantarme no más. Pero después le dije (qué podía hacer) por lo menos respeto o sea que sepa hacer porque yo sabía bien para qué la heladera nueva en su despacho y el pendejo malcriado me miraba de reojo como si no sabía que le prestaba el auto chapa I para hacer su macana. O sea que por lo menos no se arriesgue así porque las cosas se hacen disimuladamente cuando se es persona importante. Eso por lo menos lo que trataba de hacerle entrar en su cabeza pero no había caso. Usaba su despacho de bulín y hasta con película pornográfica y alguna vez entonces tenía que reventar como reventó el asunto.
Y esto para que veas que no es cierto lo que te dijo porque si era por mí Juanchi seguía donde estaba. No era por mí que hablaban como dice sino por él. Sobre todo cuando tuvo el accidente y él no me hizo luego caso.
Encima la tipa tenía razón y no vayas a creer que yo le simpatizo porque esa clase luego no puedo ver. La tipa entró toda pintada (no le aguanto a las que se pintan) y dijo que tenía que hablar con Juanchi. Tenía razón porque el pendejo malcriado le chocó su auto con el auto chapa I y lo mejor que podía hacer era arreglar por las buenas.
—124→Entonces yo le dije espere y la verdad que la tipa todavía se podía contentar si le pagaban la reparación del coche pero Juanchi muy campante estaba que no tenía cabeza. Cómo no le dijo pero pasó la semana y la tipa vino como dos o tres veces en la Corte y no le quiso recibir y al último terminó rematando por mí. Me retó bien grande como si tenía la culpa. Y el pendejo se reía en el despacho con Juanchi.
Hasta que se enojó la rubia y habló con el Presidente dicen que y parece que se juntan las desgracias. Allí también se armó el kilombo del pasaporte que pusieron por mí pero fue el secretario y eso lo que le hizo firmar al vyro del Juanchi. Juanchi parecía esas normalistas culpa del pendejo y firmaba no más lo que le daban yo nunca luego le iba a perjudicar así. Pero después me quitaron mi título de abogado y casi me metieron preso por culpa del bochinche que se armó con el pasaporte falso. Sobre todo que se fueron a hacer zoncera en Norteamérica y el Embajador norteamericano personalmente le llamó a Juanchi y yo recuerdo bien lo asustado que estaba. Después fue que le llamó el Presidente y eso que ya no me quiso más contar pero salió del Palacio y se encerró en la pieza y no se quería levantar ni a tomar la leche. Él dice que no pero sé que se puso a llorar. Porque cuando putea el Presidente luego es muy terrible y hasta te patea y te juega. Encima que le quieren hacer devolver la plata del pasaporte y ni siquiera tiene porque repartió todito y apenas si tocó. Y él ni siquiera guarda porque es tonto yo sé bien. Toda la plata que tenía tiró con sus pendejos y ahora no le queda más nada...
Demasiado me hizo sufrir cuando era autoridad y ni segundo plato te voy a decir porque peor. Te creés que me gusta llegar en su despacho y que el pendejo me diga que no está y yo sé bien que estaba no más que no me quiere recibir. Y no te cuento cuando me venían a contar las limpiadoras lo que hacía en su despacho porque todos sabían que la Corte usaba de bulín... Claro que sabía... Yo le aguantaba no más porque soy pobre y también porque le quería al fin y al cabo sacrifiqué mi juventud por él por un viejo engreído... Ahora que me —125→ necesita manda por mí. Por qué no mandaba antes cuando me decía que se quedaba a trabajar y yo sabía bien por dónde andaba...
Ni regalado.
Decile que se quede donde está que yo ya no necesito...
Y si necesito cualquiera pero no él y en todo caso prefiero seguir solo...
—127→
Está insoportable, dice la tía Julia pero esta vez no le importa a María Rosa que la tía Julia la llame insoportable, aunque sabe muy bien que cada vez que la llaman insoportable viene una paliza, antes o después, pero esta vez está dispuesta a seguir con el berrinche y no se deja vestir y el zapatito no le calza porque, al tratar de ponérselo, el botoncito se le va para adentro y le lastima el pie, y eso le viene bien a María Rosa que no está dispuesta a dejarse vestir como su mamá, la Merceditas, que también tendría ganas de patalear como María Rosa, pero que se deja abotonar con aire resignado los miles de botones de un vestido blanco que le queda ajustado a pesar de la reforma, porque viene a ser el vestido que llevó hace tiempo su hermana, también para el casamiento.
A María Rosa le gustan los casamientos. Allí está la foto en la mesa de la sala. Es la única mesa presentable de la casa, por eso la pusieron en la sala, al lado de un sofá prestado. El marco no llega a ser de plata, pero tiene un trabajo un tanto elaborado, y eso lo convierte en un marco especial. Y la foto es de lo más especial: una mujer joven, que a María Rosa le parece muy linda. Alguna vez vas a ser así, le han dicho a la nena, y ella se imagina de blanco, como la tía Julia de la foto de familia. Es posible que no recuerde la fiesta, pero de tanto representársela recuerda. Recuerda sus zapatos nuevos, los dulces que le dieron, recuerda hasta el color de la torta. Se recuerda mirando la foto donde, con la tía Julia y el novio, aparecen ella y su mamá y su papá. Quiere ser así cuando sea grande, como la mujer del traje largo, pero esta vez está furiosa con la tía Julia y no se deja peinar y llora por cualquier cosa. Está enojada con todo el mundo y es por eso que la tía, pobre, —128→ no le da una paliza como se merece porque está insoportable. No es que María Rosa sea tan insoportable; ella solamente se porta mal con la tía Margot. La tía Margot es una mujer muy servicial, en opinión de la familia, pero María Rosa no quiere saber nada de ella. En realidad, no es su tía, pero tiene que llamarla así porque es una señora buena, que siempre se ocupa de vos y no podés ser malcriada ni malagradecida. Y la nena obedece pero, cuando puede, hace de las suyas. Cuando puede, hace pipí en el cine. Cuando puede, derrama el chocolate -un chocolate caliente, demasiado caliente, y que le quemó la boca varias veces, pero la tía Margot se lo sirve para que se vea que le da todos los gustos. ¡Qué paciencia tiene, cómo se ocupa de la nena! Pero la nena entiende más que la familia, acepta lo que los grandes no quieren admitir, no acepta lo que no quiere aceptar. No es mucho lo que puede hacer, pero le queda el derecho a la protesta y sabe aprovecharlo. Lo aprovecharía mejor si, en vez de la tía Julia, la vistiera la tía Margot, pero la tía Margot (¡tan servicial!) se ocupa de vestir a la mamá. La nena quedó en manos de la tía legítima, sabiéndose que, con la otra tía, el escándalo sería mayor.
Está bien calculado, por supuesto, pero no quiere decir que el berrinche del angelito sea poca cosa. Ya la peinaron dos veces y tuvieron que volver a peinarla, tuvieron que arreglarle el moño, tuvieron que ajustarle, otra vez, el cinto. Agarrada del borde de la mesa de la sala, grita como si la estuvieran matando. Si no tuviera los ojos velados por las lágrimas, podría mirar la foto que le gusta tanto, otra vez, para ver a su papá tan elegante, con su traje azul marino, como ella nunca lo ha visto. Ella lo suele ver de entrecasa, a veces en piyamas, y cuando se trata de visitar a su papá no se resiste y se deja peinar aunque le duelan los tirones del peine y pide que le pongan agua de colonia. Le parece muy divertido esperar, aunque sea al sol, mientras la gente dice ¡qué calor!, y ella casi asfixia a un cachorrito recogido de la calle, besuqueándolo. Tiene que mostrárselo a su papá antes de que crezca, porque los perritos chiquitos son todos lindos, pero cuando crecen pueden ser feos —129→ como el perro de al lado. A María Rosa le gustan las filas porque suele haber chicos y entonces ella puede ponerse a jugar tuca'e hasta que su mamá, la Mercedes, le estira los tongos. No suele estirarle los tongos porque sí, pero a veces la mamá está muy nerviosa, como cuando tienen que formar fila bajo el sol. Y no es que la señora sea muy nerviosa, sino que tiene razón. Hay cosas que María Rosa no puede entender, pero al final de la fila hay una mesa, y mientras que ella se queda parada hablando con los nenes, la señora tiene que pasar un momento en la habitación de al lado y, cuando sale, suele estirarle los tongos a María Rosa por cualquier cosa. Eso no le duele mucho, porque enseguida ven a su papá, que se fue al cuartel cuando ella era muy chica y no puede acordarse y que tendrá que pasar un tiempo más en el cuartel antes de volver a la casa, para vivir con ella.
Eso le contaron a María Rosa y ella cree también que su papá es militar por el anillo que lleva. Todos los militares llevan anillo; ella no distingue entre militar y policía; le parece que los uniformes son iguales. Y, aunque no estén uniformados, cree poder distinguirlos por los anillos. Por eso le tomó simpatía, al principio, al hombre que bajó del auto, un enorme impala que se estacionó frente a la casa. Todo el barrio salió a mirar el auto, que desentonaba en un barrio tan pobre, pero nadie se atrevió a rayarle la pintura, porque sabían de quién era. Sabían, además, otras cosas. Eso porque la casa era del tipo de la construcción culata yoguai: una sucesión de habitaciones, un corredor al costado. Mercedes recibía al hombre en el corredor (no lo hacía pasar en la pieza) y la muralla divisoria era baja, permitiendo fisgar a la vecina de al lado. Entonces podía oír las largas conversaciones de pocas palabras y larguísimos silencios y los gritos de María Rosa que trataba de llamar la atención del visitante, a quien, por el anillo, había considerado militar como su papá. A la nena le parecían divertidas las visitas que ponían tan nerviosa a la mamá, pero terminó poniéndose de más en más insoportable. Es que los chicos, como decía la tía Margot, adivinan todo, y hasta el momento no hay problemas, —130→ pero cuando entre en la escuela y los demás nenes le digan la verdad, te podés imaginar, querida...
Y así la pobre Mercedes, que ya tenía bastantes problemas, tenía que tener también problemas anticipados, como si ya no le bastara con tener que recorrer las oficinas de personajes importantes que le hacían decir que no estaban después de haberle hecho esperar horas y horas. A veces la recibían inmediatamente, pero podía resultar peor, porque entonces comenzaban los comentarios de una mujer tan joven como usted no puede pues estar tan sola y es demasiado linda y las demás proposiciones que Mercedes no aceptaba aunque tenía que hacer milagros para pagar (con atraso) el alquiler de la casa que, más que casa, era rancho, y aunque el dueño no quisiera reconocerlo y se negara a hacer las reparaciones necesarias como terminar con las goteras o reponer la canaleta demasiado vieja que no permitía que corriera el agua que se acumulaba en el techo y que caía más por dentro que por fuera de la casa. Sus bordados y demás trabajitos la ayudaban a medias, porque en el barrio la evitaban todos, aunque no por recibir otro en la casa teniendo marido como decían para justificarse. Nadie se quería meter con la Mercedes y siempre se buscaba algún pretexto. Casi fue una lástima que se casara (por segunda vez) porque así terminaban los pretextos. Una solución conveniente, para los adultos, pero que no convencía para nada a la nena, que pensaba convertirse en el infierno de su nuevo papá.
Vamos a ver si puede mandar en su casa, decían los vecinos con evidente buen humor, en casa de herrero, cuchillo de palo. Hablaban del hombre del impala y del anillo que a María Rosa le recordó el anillo de su papá. Pasear en auto le había resultado divertido la primera vez, pero enseguida se cansó. Más bien, le siguió gustando, pero era muy terca y, cada vez que el hombre la invitaba a dar una vuelta, ella decía que no, y aunque el paseo pudiese terminar en una heladería, y a la nena te gustasen los helados, que estaban por encima de las posibilidades de la mamá. Así que casamiento de conveniencia para todos, como no se cansaba de repetir la tía Margot, quien, dicho sea de paso, tuvo que ver bastante en el asunto.
—131→Nadie conocía bien los tejemanejes de la tía Margot, demasiado comadre y servicial solamente por cálculo o por capricho, ni por qué el impala, antes de aparecer frente a la casa de María Rosa por primera vez, había pasado largo tiempo estacionado frente a la casa de la tía Margot. El caso es que la señora participó en el asunto, y eso es lo que María Rosa parecía intuir; daba la impresión de que trataba de vengarse de quien le había robado la mamá, y que le atribuía mayor culpabilidad a la mujer que al hombre. No sin cierta razón, ya que el inspector Benítez (era policía, por eso llevaba un anillo parecido al de los militares, aunque el papá de María Rosa no era militar como ella creía) era un hombre muy tímido cuando no podía mandar. Le había echado el ojo a la Mercedes, que le parecía bien como señora, pero no se atrevía a llegar a la casa, temiendo, con razón, un desprecio. Así se lo explicó a doña Margot, señora que se llevaba bien con la policía y que podía querer a la gente a su manera. A la Merceditas no la quería para eso (había sido intermediaria de relaciones dudosas), sino que le parecía bien que una mujer sola tuviese hombre porque le podía pasar que, como otras, después de hacer rebotar a cuantos se le acercaron con buenas intenciones, terminara casándose por cualquiera, por necesidad. Le pareció muy serio el inspector Benítez, un mozo de intenciones serias y que la podía proteger, ¿cómo iba a andar esa criatura sin papá? Doña Margot tenía experiencia, no era como la pobre Merceditas, demasiado joven, que se creía lo que le decían cuando le decían que una semana más. Si la Mercedes no hacía lo que desde luego no iba a hacer esos señores importantes que le prometían la libertad de su marido nunca lo iban a dejar salir. Iban a dejarlo preso, como tenía que quedar un hombre que no tenía consideración por su familia, ¿cómo se fue a meter en un asunto político tan feo? Pero esto no pensaba decírselo a ella, pobre Mercedes, que se hacía ilusiones esperando que saliera de la cárcel su marido, de un momento a otro, y que perdía su tiempo mientras dejaba pasar una oportunidad así. Hay que tener paciencia, fue el consejo de la comadre. El inspector estaba muy desalentado, pero tenía que esperar, ¿acaso ya no lo había recibido? Lo admitió en la casa después de larga espera, y la —132→ visita tenía más de visita de pésames que de relación sentimental, con la nenita malcriada que le saltaba entre las piernas y le arrugaba todo el traje de hilo recién planchado y que tenía que aguantar para quedar bien con la mamá. Hay que tener paciencia. El inspector la tuvo después de la primera visita a la Mercedes, conseguida mediante la insistencia de tía Margot, que le tenía cariño a la Mercedes (la quería, porque o sino la hubiera rehuido, como el resto del barrio, para no comprometerse). Y al cabo de cierto tiempo las visitas fueron más frecuentes y la mamá se mostraba más amable, aunque la chiquilina se portaba cada día peor, y no sabia cómo la iría a sujetar después del casamiento. Casamiento gracias a la intervención de Doña Margot, directora de escuela con una fea fama de alcahueta, que convenció a la Mercedes de que no ganaba nada con despreciar a un hombre que podía vengarse en su marido preso. Las negociaciones fueron largas y la vecina que las oyó las repitió casi literalmente, pero algunas insisten en que Mercedes se casó de apuro (en el fondo le envidian que haya conseguido un marido así). Otras dicen que fue por pura conveniencia y que se olvidó de su pobre marido, que lleva años preso sin proceso.
Nadie disculpa a la Mercedes, quien tampoco tratará de disculparse contando que habló con su marido, y que al preso le pareció conveniente el matrimonio porque no se sentía capaz de amparar a sus mujeres y una casa sin hombre nunca se respetó en el barrio (merodeadores y ladrones las habían molestado más de una vez). El preso le aconsejó casarse de nuevo, ¿pero cómo iría Mercedes a explicárselo al barrio sin dejar peor a su marido? Podrían perdonarle que perdonara la infidelidad (supuesta) de Mercedes, pero no que la empujara a un nuevo casamiento, aunque no hubiera otro medio. Ella, por su parte, detestaba al inspector Benítez, pero, como él había prometido interceder por el perseguido político (promesa quizás falsa), pensó que hacia lo correcto aceptando la proposición matrimonial.
—133→
Roi la Nueva York.
Y menos mal que traje mi campera US NAVY. Por lo visto resulta. El Ministro no quería. Casi luego me hace dejar en el aeropuerto de Asunción. Dice que es demasiado cachafaz. Pero si elegancia quiere por qué picó me da un viático miní para el viaje y encima de segunda. Yo pensé que venía todo pago y me caigo de espalda cuando me dice la pendeja: 2,50. Una latita peor que pilsen. Por lo visto aquí no te perdonan. Hice bien en economizar ese cincuenta dólares que me dieron para mi trajecito porque aquí me va a faltar. Aquí no hay amigos ni parientes ni nada. Y tengo que pasar desapercibido (como dice Ministro). Entonces mejor bajarte del avión medio cachafo como esos turista pobretón. No puede ser de traje y con un dedo metido en el chaleco tipo Bat Masterson para que te miren todo. Encima que tenemos mala fama no tenés luego que llamar la atención de nadie y mucho menos de la policía que son bien desgraciados con nosotros.
No sé qué se creen estos infelices carajo.
Le tratamos demasiado bien cuando se van en nuestro país. Nunca le hemos de revisar pasaporte oficial. Pero el infeliz apenas vio mi pasaporte con su categoría OFICIAL bien grande se pone a revisar como si era de contrabandista. Acaso picó voy a tratarle de pasar droga. No. Pero tengo que abrirle la valija para mostrarle mi calzoncillo uno por uno. No sé que mira tanto la de al lado. Y el infeliz ve bien que no entiendo inglés pero me habla rápido. Ni un esfuerzo. Allá le hacemos repetir cien veces hasta que se entienda pero aquí ni no te quieren luego escuchar. Y también es la culpa de los perros. Algún pequeño —134→ sacrificio pues tenían que hacer para comprar otro disco y no solamente el BBC todo rayado y que te sirve solamente si te vas a Londres (me habían dicho luego). Lo único que tienen igual es hello y no me sirve porque ni siquiera me saluda este guanaco. Aprovecha que no soy un importante. Encima me putea.
Pero mi dulce de guayaba no le voy a dar porque me comprometí a entregar. Y ahora que se me abrió la lata y se manchó mi camisa sí que no le he de regalar así no más. Demasiado sacrificio me costó. No. Lo que pasa es que no tienen por aquí. Ese guava que lo dicen los cubanos no vale nada y por eso es que quieren tanto el nuestro. La ley es puro bola. Ese tipo quiere quitarme mi dulce para comer él. Cómo después yo le explico al Embajador. Mbore. Si me van a quitar que me firmen recibo. Que hagan todo su análisis si quieren para ver si traigo o no traigo bomba atómica pero después me devuelven. Y no les pienso aceptar excusas porque sé muy bien que para análisis basta una cucharita.
Menos mal.
Como en las películas cuando ya le están por matar al bueno y llega el detective (aunque ha de ser detective mejor que estos). Precisamente cuando ya me confiscaban mi encomienda tiene que ser. Por lo menos se da cuenta de que no es mi culpa y que no le miento si le digo que le traje. Eso es lo importante. Después que el aduanero coma en su casa no es mi problema. Yo por lo menos tuve buena voluntad. Y eso puede ver muy bien el viejo. Tiene nicó su carácter. Quien hubiera pensado. Cuando le conocí por allá parecía demasiado pasivo. Por lo visto sabe defenderse. Porque le grita grande al policía y el otro medio ya recula. Se le quiso hacer del ñembotavy cuando le mostró su pasaporte DIPLOMÁTICO pero ya comienza a darse cuenta de que no puede macancar. Tiene que respetarle a nuestro Embajador aunque sea por el cargo. Nosotros por allá siempre le respetamos al de ellos y tienen que apreciar.
Y bueno. Te gusta que tus compatriotas te apoyen como paraguayos y sobre todo cuando estás en el extranjero porque —135→ aquí no hay luego amigos. Se nota bien. Y también que traigo mi misión que le dicen y su trabajo es ocuparse de los compatriotas como yo.
Gracias señor Embajador. Encantado. Le voy a agradecer porque no tengo auto.
* * *
Cuando vuelva en Asunción le voy a dar un buen bife. No puede ser pues que no comprenda. Una oportunidad como esta no se me ha de presentar dos veces pero está macaneando desde que se enteró que yo venía en Norteamérica. Como un James Bond me dijo luego Ministro, medio en broma pero también es cierto que tiene que ser con prudencia. No es cuestión que me vean tampoco subiendo en el avión y que le cuente a todo el barrio: mi marido se va para Norteamérica. Y yo le dije al Ministro que no sabía nadie y en todo caso le dije a la patrona que en Buenos Aires no más. Por eso luego estiró su cara cuando me dio en el aeropuerto su recado y la patrona con toda la familia y hasta la suegra agradeciéndole porque me mandaban en misión oficial. No me puteó porque había gente pero seguro que ya me agarra cuando vuelva y mientras tanto pierdo puntos como se dice. Encima la patrona tiene su pariente periodista y quitó en el diario mi foto con el anuncio. Eso si que no le tiene que gustar al jefe. Menos mal que yo ya no estaba más (se publicó después si ella no bolea). Pero todavía no le basta. Sigue jugando por el teléfono como si la llamada era para Villa Morra. Apenas corta y ya me vuelve a llamar y los pendejos se pelean para hablar y no sueltan más el tubo y la vecina esperando para darme la dirección. Después resulta que todavía no encuentra y la patrona me dice esperáte un ratito mientras se va a volver. Media hora para que entienda la letra escrita por el papel sucio y quiere la vecina que le vuelva a llamar para contarle si le encontré o no a ese su primo que lo único que sabe es que vive en la calle Broadway y se llama Quico. Encima la telefonista es amiga de Graciela y seguro que graba y esa infeliz va a contarle a —136→ todo el mundo para perjudicarme otra vez. Casi me echan del Impuesto Interno por su culpa y ahora la desgraciada esa me va luego a dejar mal con mis superiores de balde. Vengativa. Muy vengativa. La patrona por lo menos mezquina mi trabajo. En ese luego nunca me va a perjudicar. Sabe que al fin y al cabo trabajo para ellos y no me trata de perjudicar porque si esta vuelta salgo mal vamos a quedar todos en la calle y mi situación luego no es de lo mejor que se diga. Pero demasiado tavyrona no más es. Puta digo. Apenas le cuelgo me vuelve a llamar collect y no hay manera de decirle que sale caro y que también que me pueden controlar. Aquí el Embajador me dice que no controlan pero en todas partes es igual. Siempre se controla y sobre todo ahora que dicen que todos somos unos maleantes y paraguayo que entra con su pasaporte OFICIAL y todo casi le mandan preso.
Pero también la suegra demasiado jode porque la casa es de ella. Si tengo plata lo primero que he de hacer es comprar para mi casa propia para salvarme de la vieja. Siempre metiéndose en mi casa. Llega en cualquier hora y sin golpear porque tiene y se cree. Y la patrona le contó que me dieron un encargo oficial y entonces para mandarse más la parte de lo que se manda tiene que contarle a todo el mundo que me van a ascender después de mi vuelta que es reservado. Y si contás el macra antes de tiempo lo único que se gana es que no te asciendan y encima que te pongan en la lista negra de los que no sirven para nada y ni siquiera para mandarle a su mujer. Pero si es que me sale esto carajo ahí sí que vamos a comenzar a enderezar las cosas. Para comenzar la suegra afuera. Y después a la patrona vamos a decirle que no necesito de ella y si quiere continuar vamos a tener que cambiar. Qué tanto. Hace rato ya terminó lo de Graciela y ella sabe muy bien pero igual no más me echa en cara siempre. Dice que si no era por ella me echaban del Impuesto Interno y que la próxima vez aprenda para no meterme con esa clase y faltarle al respeto a la familia. Y cierto nicó tiene su razón pero qué le vas a hacer cuando la pendeja se te pone a mano. No le podés decir que —137→ no. Esa demasiado grande le perjudicó a mi compañero que le dijo que no. Y a mí me perjudicó porque no quise formalizarle. Cómo iba a ser si ya soy casado. Y el jefe viene a ser amistad de mi suegra que me consiguió el empleo y me iba a fundir si le dejaba a mi patrona. Menos mal que también me defendió cuando Graciela yaguareó por mí. O si no me echaban tranquilamente y no sé en qué lo que estaría trabajando si no era vender la lotería por la calle.
No servís para eso me decían los perros. Ni para vender la lotería por la calle. Por eso me hallo en el fondo cuando pienso que ellos saben. Tienen que saber porque cuando estaba en Relaciones para quitar mi pasaporte Julio andaba por ahí (no sé por qué) y vio el pasaje y abrió su ojo así de grande. Ya le tiene que haberle contado a todos y también habrá corrido que entré junto al Presidente. Ese sí que no le voy a contar a nadie ni siquiera a la patrona. Si me pregunta le digo que no es cierto. Chismes de los compañeros de trabajo. Pero los muchachos luego saben (se sabe todo) que entré junto al Presidente con el Ministro y él me dijo: Vaya un poco Pedro a ver lo que se dice en Norteamérica. Me pasó la mano (él puede ser luego muy amable). Me preguntó si hablaba un poco el inglés y la verdad que sí porque la última semana me pasé encerrado con el curso de la BBC (algo es algo).
Lo que quiero saber es para qué me mandaron pero el Embajador ya me dijo que no tengo para qué saber. Que me ponga cómodo no más en el hotel y escuche música hasta que vengan a buscarme. Y eso es lo único que puedo hacer porque me asusta luego estar en la calle ya me robaron mi reloj. Y tuve suerte de que dejé en la caja mis dólares y me quitaron solamente 20 porque algo tenés que tener. O si no se enojan porque no pueden robarte nada y te matan de rabia. Así que un 10, un 20 tenés siempre que llevar para eso. Y una pendeja te cuesta por lo menos 50 (lo más barato) pero si te vas con ella es posible que te joda. Y esta es la gran civilización. Gente maleducada no son ni un poco amables con el extranjero como nosotros y se creen que nos pueden maltratar. Allá los perros —138→ creen que yo estoy por lo menos con tres artistas de cine y un feroz whisky. Y dejáles no más. Para qué le voy a decir que no es así que me pasé encerrado todo el día en el hotel esperando que me llamen por teléfono o que me vengan a buscarme. Ellos también cuando farreaban seguro que no ligaban tanto como decían pero igual me contaban sus historias con pendejas para dejarme con las ganas nunca me invitaban. Y ahora ya me toca el turno a mí. Voy a dejar que crean que estuve paseándome en cadillac todo el tiempo con chofer y todo. Ese cadillac limousine que le dicen por aquí. Uno se sienta de estos lados y tiene que gritar para que le oiga el chofer de tan grande que es. Una habitación completa. Y conste que no boleo tanto pero... No. Ese ya no le tengo que contar porque chau. Bastante ya con los chismes de mi señora para que yo también sea ñeengatú. Voy a contarle historias en los Ángeles por ejemplo Hollywood digamos. Total si se pilla no pasa nada fuera de la farreada de los perros. Pero su farreada luego no me importa. Para que me ha de preocupar. Después de esto voy a volver a la oficina mirándole fuerte a todo el mundo. Si me echa no me importa. Y tampoco me ha de echar. Porque corrió la voz de que me fui junto al presidente Stroessner y que me recibió muy bien. No se van a animar. Y mi asunto por aquí...
Nambre. Todo te va a salir al pelo chamigo Peter. Has de volver a Asunción con plata. No te vayas más a preocupar. Preparate no más para este fin de semana fantástico en Washington y cuidáte no más de su ómnibus no te vayas a engañar. Esta gente en vez de pintarle número pinta perro por su micro. Encima todos son igual modelo y ni siquiera tienen calcomanía y no es luego fácil en cuál te has de subir de los Greyhound. Pero vale la pena apeligrarse un poco. Ya me llamó Embajador para contar que consiguió su yuca. Mandioca en castellano. Vamos a bajarle con un lindo asadito y también partido. Hace falta también un poco de distracción y no pasarte esperando que te llamen por teléfono algún contacto.
Llamada por teléfono no más. Yo pensé que este asunto iba a ser como las películas pero lo único que hacés esperar —139→ de balde. Y menos mal. Tampoco quiero estar en cinta de Kojak.
* * *
Casi viene a ser una desgracia con suerte.
El pobre Embajador le pidió bien a esos desgraciados que se queden un poco más en la Embajada para hacer una fiestita entre compatriotas pero los tipos le dijieron que no que no les pagaba para eso. El incluso le prometió darles día libre si salían un poquito más tarde por el asadito pero no hubo caso. Hasta que comenzaron a mirar por la ventana y se dieron cuenta de que no podían salir. Algunos son incluso opositores (dice que) pero tampoco podían porque los manifestantes iban a cagar a patadas al primero que agarre. Así que se tuvieron que quedar igual comieron de mala gana su asado pero no jugaron partido. Esta juventud ya no tiene más vergüenza dice Embajador. No puede conseguir que en vez de andar macaneando por ahí con su marihuana practiquen un poco de deporte. Pero esta vuelta se jodieron igual y casi me alegró más ver cómo se asustaban ellos que camandulean con los izquierdistas y ahora ve que son (incluso dice que algunos de la Embajada les pasaron datos). Una vergüenza pues la policía en un país que se cree civilizado tendría que hacer algo en vez de permitir que digan todas clases contra nuestro país. Lleno de carteles. El Embajador ya ni se inmutó porque tiene experiencia. No es la primera vez que ve estas cosas en otros sitios también fue así. Pero estos que viven de lo que les paga nuestro país y encima tienen la desfachatez de hablar mal se pusieron todo blanco cuando vieron los manifestantes con pancartas contra el presidente Stroessner y los derechos humanos y dice hasta que mandamos drogas por todas partes como si los que compran somos nosotros en vez de ellos. ASESINO. NARCOTRAFICANTE. Vergüenza luego da lo que nos dicen. Por suerte nuestro Embajador es un hombre sereno. Él preparó el asadito tranquilamente y les hizo pasar a los periodistas para que vean que somos gente educada y no lo que ellos piensan. Me parece que les impresionó muy bien. Vamos a ver ahora lo que dicen porque son muy letrados. Te —140→ dicen todo que sí pero después publican otra cosa.
Por culpa de ellos es que nuestro país está tan desprestigiado. Ni siquiera conocen. Nunca estuvieron por allá. Pero escriben igual y repiten cosas que les dijieron porque les falta tema. Todos son iguales. La ética los periodistas no conocen como dice...
¿Quién será?
Yo la conozco a esa de algún lado. Dice Embajador que es uno de los pocos personales leales que tenemos. Su papá luego estuvo en misión militar en el Paraguay y por eso.
Ya recuerdo.
Esa es la chica-í de Julio. No puede ser que no me recuerde ella también. A lo mejor tiene vergüenza. Pero vergüenza estas no tienen. ¡Qué van a tener! Si ella fue la que le agarró a Julio aquella vuelta. Y me parece que si no era por Julio también conmigo. Ha de ser. Porque demasiado interés ya me parecía. Se arrimaba todo mal por mí. Y esto que es. Y quien es este. Estaba medio agarrada de él y se recostaba por mí como si le importara quién podía ganar. Ustedes saben todo decía respirándome por mi cuello. Y yo tratando de arreglar un poco los padrones y bastante nervioso. Le dije bien a Julio que no meta pendejas en la pieza porque me podía traer problema con lo mal hablada que son la gente y lo envidiosa que son. Graciela pensó que la pendeja venía conmigo y le contó al Director. Y el Director enojado aprovechó para rematar por mí aunque no tenía yo la culpa. Me dijo que me prestó su oficina para trabajar y no para que le deje llena de cigarrillos y le tome su whisky. La verdad es que Julio abusó. Culpa de la pendeja. Ella primero fue la que le dijo que me diga para hacer allí. En la oficina del Director. Y yo no supe negarme de vyro y el resultado que le vacían la heladera y le dejan hecha una puerqueza toda la oficina. Director luego no me dijo nada en el momento pero después explotó cuando perdimos. Y no perdimos por culpa mía pero explicale a él cuando está enojado. No te quiere oír. Tampoco yo podía culparle a Julio porque encima él se enojaba conmigo y no ganaba nada. Pero él fue —141→ el que dijo que no. Que teníamos que ser decentes como si se puede ser decente con opositores como Olivetti que se enteró de mi problema con Graciela y se le acerca en la cantina y le pregunta como si no te importa si ella es mi novia. Ella le pregunta por qué pregunta eso y él le dice que preguntaba no más. Y por supuesto que así le despertó su curiosidad pero primero se hizo rogar un buen rato antes de decirle que se decía de que yo metía pendejas en la oficina del Director que me prestó para que dirija nuestra campaña electoral. Entonces se pone a pescarme y descubre que salía la norteamericana que ni siquiera andaba conmigo sino con Julio pero no le pudo ver a él sino que vio desde lejos y nos confundió (ese infeliz por lo menos tres o cuatro veces usó la oficina y prometió que solamente una vez). Desde luego que Graciela no me dijo nada sino que muy amable como suele hacer cuando quiere joderte. Pero habló con sus amigas y le convenció y cuando viene la votación perdemos por unos cuantos votos cuando dijimos que íbamos a ganar ajustado. El Director se puso furioso y me hizo pagar por la zafaduría de Julio que le convirtió su oficina en bulín pero si ganábamos no me iba a decir nada aunque Graciela le fuera a contarle que le hacía cualquier cosa en su oficina que me entregaba con confianza. Y no era mi culpa. Yo le dije a Julio que teníamos que conseguir unos cuantos de Ramón Aquino para nuestra elección de centro pero él andaba en que hay que ser decente y que igual ganábamos y así fue que perdimos Diplomacia y si no era por mi suegra que le conocía al Director yo perdía mi puesto. Casi prefiero estar sin puesto que soportar los plagueos de mi señora y mi suegra combinados y el malhumor de Impuesto que no me echa pero me hace pagar día a día y si no era por eso no aceptaba un trabajo como este.
Pura desesperación.
Ahora que vigilan más que nunca no tenía ganas pero no más quería demostrarle a los perros que siempre me trataron mal porque no soy un chuchi que no me corro como ellos. Primero les ofrecieron a ellos que tanto se hacen de los valientes y recién cuando ellos se corrieron me metí. Vamos a ver ahora —142→ qué me van a decir cuando llegue de vuelta. Porque he de volver y bien. Yo no soy como ellos que tuvieron todo siempre que tienen todo fácil. A mí lo que tengo me cuesta y no me he de quedar como pichi de Impuesto Interno. Bien me tiene que salir porque siempre luego me han salido bien. O si no iba a estar en otra parte y no precisamente en la Embajada paraguaya como un jefe con mozo que me sirve y todo. Por lo menos va a ser un lindo viajecito si es que sale mal y no van a decir que tuve miedo y ese me han de tener muy en cuenta.
* * *
Se mira pero no se toca dice don Luis. Yo tengo ganas de tocar para ver si es verdadero. Creía que esa clase en la película no más existía. Pero es así no más. Quién podría creer. Yo mismo tengo ganas de tocarme para ver si es cierto. Nunca imaginé. Un club como este donde entra fácil el hotel Guaraní y las pendejas que te atienden en bolas. Los perros no me van a creer pero para eso voy a llevar la tarjeta. Incluso voy a ver si consigo que una me firme y parece que sí. Don Luis se encarga de todo. Ya me prometió. No más que adentro del club tranquilo aquí en todo caso se arregla para después. Lástima que no conviene foto para que los perros vean esas hieleras con su botella adentro. Cada una sale como 30 dólar. No me gusta mucho pero hay que aprovechar. No todos los días tomo 30 dólar de trago.
Vamos a meterle otro más vale la pena. Estos colombianos chupan como esponja. Y champagne. Allá cuando llegamos a unas cuantas cervezas nos creemos ídolos pero la verdad es que el champagne se aguanta más. No te deja ni un poco de dolor de cabeza.
No le digas Peter cabrón se llama Pedro.
Formal co caraí. Ya es la tercera vez que me quita a festejar como los reyes. Canilla libre. Encima quiere darme plata para mis gastos. Aparte de lo otro. Y pensar que casi desperdicio todo. Cuando me llamó el comisario en Asunción casi le digo no. Trabajo peligroso me dijo y si le pasa algo usted se aguanta. Yo me asusté porque si el comisario dice peligroso ha de ser —143→ peligroso. Él no se asusta así nomás. Acepté porque andaba sogüé y demasiado harto de las puteadas de mi jefe. Encima no sabía todavía si me iban a echar o no del Impuesto o cuanto tiempo más me iban a retar de balde. Así que le dije que sí un poco al tanteo y se quedó contento. Sabía que usted era el hombre. Parece que comenzó a simpatizar conmigo desde antes o sea la vez de la elección del Centro. Esa vez ya estaba todo perdido por culpa de la boluda de Graciela y el boludo de Julio. La votación ya estaba casi lista y nos reunimos los de nuestra lista para ver que podíamos hacer. Yo dije que si no entraban los muchachos de Ramón Aquino en Diplomacia por lo menos nosotros podíamos liquidar el tablero de electricidad para que se quede a oscuras y empezar a repartir unos cascotazos porque ellos eran la mayoría pendejas y se iban a disparar. Los perros no aceptaron pero el comisario se enteró y la primera vez que hablamos me dijo que tenía razón. Parece que le gustó mi idea. Después de eso varias veces más nos volvimos a ver incluso esa vez que nos fuimos en la cajonería que queda cerca de la facultad de Medicina. A los muchachos no les gustó la idea pero yo les dije: igual no más nos van a decir pyragüé si quieren. Ya estaba decidido desde luego así que para qué le íbamos a discutir al comisario una orden no podía discutirse y teníamos que aguantarnos si a nuestros compañeros no le gustaba. Era obligación. Así que cuando había algún trabajo de confianza me dejaba a mí. Incluso prefería que yo le haga los informes porque dice que le hacía mejor. Y a lo mejor eso me salvó también de mi despido. Aunque tampoco había plata carajo y ese servicio no se puede hacer siempre gratis. Lo menos cuando se necesita como yo pero tampoco es que me arrepiento porque esas cosas me permitieron luego una oportunidad como esa con champagne y pendejas por un trabajito reí que no me va a costar un peso aparte de la responsabilidad. Porque responsabilidad es. No se puede negar. Pero quien no se aventura no cruza la mar como dice don Luis. El tipo luego no es lo que se dice. Porque vos ves en las películas Scarface por ejemplo y pensás que todos son malevos. Que una vez que entrás no salís más si no es muerto pero puro bola. Propaganda norteamericana. La verdad —144→ es que esta gente es normal. Muy comprensiva. Yo esperaba encontrarme con un mafioso cuando la limousine paró pero don Luis muy sencillo. Me preguntó qué hacía. Le dije que en realidad estudio Diplomacia y esta es mi primera vez. Me preguntó si no tenía miedo y le dije que tenía miedo de que me agarre la policía porque son unos perros por aquí. El se rió. Me dijo muy bien el que no tiene miedo miente. No sé si me adivinaba el pensamiento pero me dijo que yo no estaba comprometido con ellos que tenía que cumplirles esta vez y después veía si me gustaba el trabajo y quería trabajar con ellos otra vez. Si no quería me iban a pagar igual y quedábamos como amigos y se terminó ahí. Yo le dije que le agradecía y que acepté el trabajo porque necesitaba y que no sabía si iba a poder volver pero que le agradecía mucho su comprensión. Él me dijo algo en inglés que no entendí. Después me explicó que mejor así que sea un estudiante porque no iban a sospechar de mí. No tenía que asustarme porque los controles no son para la primera vez sino para la persona que va y viene muchas veces y que por eso necesitan a veces usar a gente sin experiencia y por una vez o dos. Además de lo que estaba convenido me pasó un poco más de plata para un trago. No le quise aceptar pero me dijo que no tenga vergüenza que él también había comenzado desde abajo y sabía lo que era ser joven. Después me dijo otras cosas que tuve que memorizar para informar en Asunción al comisario y al ministro. Parece tontería pero por lo visto está en clave. Supongo que ellos allá ya entienden y no me van a pedir que le explique lo que repito como lorito. Tuve ganas de preguntarle si el presidente Stroessner también sabe pero ya son cosas que no debemos preguntar ni caure. Así que todo muy bien y todo lo que yo llevo de vuelta llevo en la memoria (no me pueden probar) salvo una valija que viaja a mi nombre con el cargamento.
* * *
Por supuesto que vinieron las dos al aeropuerto a recibirme. Cómo se van a perder una oportunidad así para hacer —145→ escándalo. Es mío decía mi patrona yo soy su esposa legítima. Pero Graciela que nunca lo quisiste y por lo menos hoy déjalo que descanse donde siempre quiso descansar. Las dos tirándose de los pelos y tirándome el cajón. Un espectáculo vergonzoso como comentaba la suegra de tanto en tanto secándose las lágrimas mientras las otras dos se tiraban de los pelos como bandas. Vergonzoso para una situación así. La suegra al final desempató la pelea porque dijo que llamaba a la policía si Graciela no se iba. Y se fue llorando pero vaya a saber pensando qué. La patrona ya no va más poder vivir tranquila porque esa mujer es una perra. Ni siquiera le dejó estar tranquila esa tarde porque apenas llegamos en casa ya estaba ella en la puerta voceándose de vuelta frente a todos los vecinos. Se pasó gritando como medía hora hasta que la policía vino y ella se fue pero enseguida no más comenzó a pararse enfrente de la puerta otra vez más tranquila para decirle a la gente que quería oír lo mala que era mi mujer y que ella (Graciela) era la única que siempre me quiso y que yo había seguido en la familia no más porque tenía necesidad económica. Eso ya no era cierto pero yo ya no podía hacer nada. Así que Graciela habló todo lo que quiso hasta que se cansó y se fue pero entonces comenzó la patrona cuando me comenzó a abrazar y descubrió que tenía una herida. Entonces llamó al médico y me desvistieron y me encontraron otra bala más abajo aunque el documento no decía nada. Eso le pareció demasiado raro al doctor porque dice que en el papel ese tenía que estar todo pero eso es la ley y nada más. La policía puede ser muy mala en cualquier parte. No necesita documento. Y si necesita arregla no más la autopsia a su manera. La policía norteamericana misma fue la que me hizo eso y me mandó de vuelta después sin una palabra para hacerlo saber a mi gobierno que el próximo que vaya a Norteamérica para curiosear como yo, va a volver también con agujero de bala y en un cajón.
—147→
-Esa bala venía venía para Pedro Velazco -murmuró el viejo, hablando casi para sus adentros- es justo que no haya sido para Pedro Velazco.
El ómnibus traqueteaba sobre el pavimento desparejo y nadie parecía notar que el viejo hablaba solo porque el de al lado no lo oía. Los habían empujado estribera arriba, dentro del ómnibus, frente al hospital de clínicas, donde subían hasta los muertos de las familias pobres, según se dice, y sin que el conductor tratara de impedírselo, comprendiendo que era el único transporte.
-Si era plata...
El viejo no podía sabor si hablaba solo o sólo recordaba el día en que llegó a la casa aquel sobrino con la buena noticia de que ya tenía trabajo. El muchacho, por fin, aportaba a la casa de la familia demasiado numerosa. Semanas después de conchabo, llegó con su primer sueldo que el viejo, aún necesitándolo, recibió sin agradecer ni comentar nada.
-Plata podíamos conseguir -comenzó a pensar- y, si faltaba, nos aguantábamos como siempre aguantamos. Al final de cuentas, mi hijo, no éramos ricos ni podíamos decir que verdaderamente nos faltaba...
Recordando pasadas estrecheces, recordó el refrán de que siempre hay alguien que está peor que uno. Pensó en sus vecinos, los Velazco. En Pedro, maestro constructor. Su padre, don Ramón Velazco, también había sido constructor y vivía con el hijo, después de haber hecho, según decía, todas las casas del barrio, incluyendo la del viejo, que le quedaba al lado. Los Velazco eran todos gente muy trabajadora, muy conocida, y casi ricos entre los pobres del barrio; por eso podían permitirse festejar el 6 de enero, y aunque los niños del barrio, por envidia, ya se encargaron de contarle a Pedrito, de 7 años, que no había —148→ Reyes Magos. Y el chico quiso sorprender a su padre colocando los juguetes al lado de sus zapatos, sin perder la esperanza de que realmente fueran los Reyes. Y se sorprendió. Cuando escuchó los ruidos en el patio a oscuras, se asomó a la ventana para ver que eran tres. Iba a preguntar si eran los Reyes cuando sonaron los primeros tiros contra don Pedro Velazco, que corría buscando cubierta de los árboles del patio y se escapó de la policía huyendo por las casas de los vecinos que conocía mejor.
Y eso le parecía mal al viejo.
Le parecía mal que la policía hubiese atropellado la casa de Velazco, levantado el techo y destrozado los roperos en busca del mimeógrafo que imprimía los panfletos del partido comunista. El viejo no quería saber nada de comunistas pero para él los vecinos eran vecinos y no le gustaba para nada que aquel día de Reyes, además de entrar tirando contra todo el mundo, hubiesen golpeado a las mujeres y se hubiesen llevado a toda la familia, incluso el niño, para la comisaría, después de haber molestado a todos los vecinos y haberse metido en la misma casa del viejo persiguiendo a tiros a don Pedro Velazco. Tampoco le parecía bien que los atracadores se hubiesen robado todo lo que podía robarse -radio, televisión, dinero, herramientas de trabajo. Y terminó de indignarlo la insolencia de los dos pyragué que quedaron en casa de Velazco durante el tiempo que los pobres tuvieron que aguantarse presos, pyragué que se comieron las gallinas y patos de la casa tomada y exigieron a los vecinos que se los cocinasen, pidiendo cigarrillos y plata a los hombres y prestaciones inaceptables a las mujeres del barrio. Y, para completar, le balearon al sobrino. Sobrino de malas vueltas, mentiroso y flojo, y que balearon por error, tratando de acertarle a don Pedro, que se merecía un tiro menos que el herido pero, al final de cuentas, sobrino. Para el viejo la familia era sagrada, incluso ese muchacho flojo que no quería pero que llevó a la casa porque no tenía adónde ir y que se metió en compañías y en trabajos dudosos (para evitarse problemas con la esposa aceptaba los aportes mensuales del chico, plata que no le gustaba recibir). Y todo fue por culpa de una denuncia que no se pudo probar: no se encontraron panfletos ni mimeógrafos ni nada. Pero los Velazco se pasaron —149→ varios meses encerrados y el pobre Pedro, que al principio había conseguido huir, tuvo que entregarse porque le tenían su gente como rehén.
Cuando salió, salió mucho más viejo. Prefería no hablar de cuando apresaron a su padre (la madre estaba casualmente en la Argentina aquel 6 de enero y se salvó por eso), cuando apresaron a su mujer, Cristina, y a su hijo. También se llevaron al hermano de ella, Fermín, pero golpearon primero a la mujer. Fue en el despacho del jefe: mientras el comisario hablaba por teléfono, el oficial ya preparaba su tejuruguay. Solo llamaron al marido, al maestro Velazco, cuando la mujer ya había recibido varios golpes. Decile a tu mujer que hable, o si no... ¿Acaso podía ordenarle delatarle? Por otro lado, una mentira oportuna podía salvarla, pero Pedro prefirió callarse y tuvo que ver a su mujer desnuda y ultrajada y soportar el encierro colectivo (serían 30) en una celda reducida, donde le permitieron como único beneficio permanecer en compañía del niño, que sufría más si lo dejaban en el patio, expuesto al humor de la comisaría. Metido en la confusión de brazos y piernas (dormían en el piso, y por turno, porque no había espacio para tenderse todos), Pedrito se sentía más seguro. Más seguro que Fermín, que ya tenía 19 años, pero no pudo soportar que lo dejaran tanto tiempo colgado de los tobillos, ni que lo golpearan en los talones, ni que lo castigaran con la picana eléctrica. Tuvo que confesarse culpable, sin saber exactamente de que, pero su cuñado asumió la responsabilidad y lo ayudó diciendo que al pobre chico lo había afiliado al partido comunista usando del parentesco, pero que no sabía nada de lo que estaba haciendo. Pedro Velazco, finalmente, consiguió la libertad de su padre y de su hijo, después de varios meses, y se declaró culpable de pertenecer al partido comunista paraguayo. No dio nombres sino después de corrido el tiempo suficiente para que los posibles perseguidos se pusiesen a salvo. Pero los posibles nombres ya no podía saber el pobre viejo que llevaba a su sobrino en el ómnibus, después de haberlo retirado del hospital de clínicas en deplorable estado.
La bala que le habían metido en la pierna tirando contra Velazco fue una herida de menor importancia, pero la pésima atención de un médico policial la llevó a complicaciones y la —150→ internación en el hospital de clínicas no resultó por la falta de medicamentos. Gastando lo que tenía y pidiendo préstamos, el viejo conseguía reunir la plata requerida pero siempre tarde, y la infección degeneró en gangrena y el muchacho no se quiso dejar cortar la pierna. Como ya no tenía sentido dejarlo más tiempo en el hospital, para que terminara (como los muertos pobres) en el anfiteatro para ser disecado por los estudiantes, el viejo decidió llevárselo a la casa. Y esta era también una cuestión de dignidad: pagaría un entierro como debe ser. Nada pretencioso pero sí decente.
-Ay, mi hijo, por lo menos hubieras sido honrado -dijo- y ya había compasión en su voz. Un hombre joven siempre puede enderezarse y es triste lo que te está pasando. No te hubieras metido pues en esas juntas, ¿de qué te sirve ahora? ¿Acaso que vinieron siquiera a verte?
No habían venido. Se habían limitado a darle una orden de consulta médica en el policlínico policial y después se desentendieron del herido. Ni una sola vez lo visitaron en el hospital de clínicas. Ni una sola vez, ni rogando, el viejo consiguió sacarles nada para el compañero que se estaba muriendo. Ellos, que habían sido amigos sólo cuando se trataba de devolverlo por la noche con olor a cerveza o de salir en grupo para decir zafadurías a las chicas del barrio, poniendo así en aprietos a la familia, que siempre había sido respetuosa. Y así el sobrino se descomponía de más en más y sus mismos amigos terminaron por matarle.
Es que la bala aquella contra Pedro Velazco la tiró un policía y el que la recibió, él también, era policía... y ni siquiera eso. Había comenzado a recibir dinero como informante y, como informante, denunció a la comisaría que en casa de los Velazco eran las reuniones del partido comunista, y que allí se imprimían los panfletos del partido comunista, con un mimeógrafo que tenían en la sala y ni siquiera tapado.
Traicionar a un vecino es lo más feo, en opinión del viejo, quien podría comprender que Velazco le negase el saludo por la traición del sobrino, cosa muy fea y sólo compensada en parte por el gesto del tío, que recomendó al maestro constructor, y a tiempo, llevarse a otra parte el mimeógrafo y avisar a los restantes camaradas que la policía les caería encima.
—151→
-¿Qué hay por aquí, muchachos?
-Y... esperando, don Fermín.
-¿Les parece que vienen?
-Han de venir...
Don Fermín se ríe cuando ve el bulto enorme de Chingolo, siempre exagerado. Yo le digo que se cuide, porque puede haber desgracia, pero él que no, nadie le va a enseñar como lleva el arma. Dice que tampoco hay que cuidarse porque no viene nadie y, si viene, basta con salirle al paso. Pero yo sé bien que se equivoca porque anduve recorriendo las compañías y veo que la gente es diferente.
-¿Cómo es diferente?
No hay caso de explicarle a Chingolo. Él, cuando tiene una idea en la cabeza, ya no quiere saber nada. Dice que para mediodía ya vamos a estar de vuelta en Asunción y que el único problema es aburrirse de esperar que vengan.
-¿Nadie tiene un cigarrillo?
Don Fermín no fuma nunca, esta es la excepción. Yo le paso un benson y nos pregunta qué sabemos. Y eso me parece mal, porque el señor es del pago y tiene que conocer lo de por acá mejor que nosotros.
-¿Les parece que vienen?
-Eso dicen.
Don Fermín mira su reloj de vuelta.
-Todavía no hay nadie.
Don Fermín se va para el camino, con su gente y se te puede ver que está nervioso. Chingolo y yo seguimos bajo el árbol, esperando. Chingolo ya va perdiendo la confianza, la —152→ prepotencia que tiene cree que tiene razón: dijo que es así y entonces tiene que ser así. Por las dudas, cambia de lugar su 9mm. (Ahora ya no se la puede ver porque la tapa la campera.) Es lo que yo le había dicho: no es cuestión tampoco de provocar a nadie. Mostrar un arma te obliga a utilizarla; cuando se muestra por mostrar: nunca falta alguien que quiere ver si es que uno tiene o no decisión y lo comienza a molestar. Entonces hay que tirarle derecho al cuerpo o hacerse el tonto y que le pierdan el respeto del todo... Sobre todo cuando se está en pago ajeno hay que tener un poco de respeto y aquí la gente no nos quiere porque somos de Asunción...
-Son cuatro gatos -dice Chingolo.
Cuatro gatos, cierto, pero pueden llegar muchos más. Todavía es temprano, y la fiesta es para mediodía. Hay olor a asado y yo no voy a intervenir como el ocurrente que quiso tirarles la carne a la basura y entre las viejas lo corrieron a sillazos. Está con un brazo roto y encima lo farrean porque se dejó correr por vieja.
Una mujer, toda de azul, nos mira.
-¿La reconocés?
-Es la de Fretes.
-Víbora como el hermano.
Al Ramón Fretes lo hemos encontrado en la plaza, apalabrando gente. Tiene la misma cara de la hermana, que nos mira fijo y comenta algo con los otros, que se ponen a mirarnos entre todos. No podemos escuchar lo que se dicen, pero es sobre nosotros. Están como a treinta metros, como clavados en el suelo, con cara de campesinos retobados, con pantalones, medias, vestidos y banderas azules.
-Ahora tiene que ser -dice Chingolo. Yo no lo puedo abandonar y voy con él caminando hasta el grupo. Parecen no escuchar lo que les dice don Fermín. Don Fermín les dice que se vayan, que se dispersen, pero ellos siguen donde están, sin decir una palabra, con el empaque de la mula cuando ya decidió hacer lo que le da la gana.
Chingolo y yo llegamos para apoyar a don Fermín, que —153→ tiene cuatro más. Pero está comprobado que los otros van a seguir esperando a que les llegue más gente, para pasar entre todos. Pueden pasar por cualquier parte, esto es un descampado grande, pero van a pasar precisamente por aquí para hacernos sentir que pasan por aquí. No tiene sentido darles el gusto.
En el camino a la Delegación de Gobierno, se nos cruza una camioneta. Ese también contribuyó, nos explica, siente que también un ganadero colorado se haya prestado a eso. Es la primera vez, nos dice, pero siempre existe primera vez, nos consta, con esa costumbre campesina de dar el gusto a los compueblanos. Cuando le pidieron el permiso, don Fermín no quiso quedar mal. Después se arrepintió, pero tampoco quiso retirar el permiso. La cabra tira al monte. Por más leales que sean, estos siempre tienen debilidad con sus paisanos, y nos hacen intervenir cuando el lío está empezado. Y aquí hay lío, eso me ha dicho mi olfato, y tampoco se precisa mucho olfato para saber que hay lío cuando cuelgan a la entrada de un rancho una bandera de esas.
-¡Vamos a sacarla inmediatamente! -dice Chingolo, con ganas de parar nuestro jeep, darle dos o tres guachazos al dueño del rancho para que la próxima vez no tenga el irrespeto de colgar una bandera liberal. Yo le hago ver que tenemos tiempo para arreglar las cuentas a la vuelta, pero que ahora nos esperan en la Delegación de Gobierno y que ya estamos atrasados. ¡A la vuelta me van a ver!, dice Chingolo, pero a la vuelta, es lo más posible, ya el tipo habrá quitado la bandera y vamos a tener los brazos bastante cansados de guachear -vamos a pensar solamente en volver a Asunción, bañarnos, cervecear un poco, ver si alguien tiene que pasar por primeros auxilios. Primeros auxilios. Alguien va a terminar allí, porque el pueblo está demasiado levantado y eso no se arregla solamente poniendo cara de malo como piensan mis socios. Ni se arregla tampoco metiendo bala de entrada. Eso es armar líos y nos mandaron justamente para evitar los líos. Estamos para controlar la situación, como dice el inspector.
Cuando llegamos a la Delegación de Gobierno, el —154→ inspector nos está esperando. No dice nada, pero se ríe. Parece que nos adivina el pensamiento. Sabe que le damos la razón, que reconocemos ahora que teníamos que haberle hecho caso. No tenía razón tomar en serio al delegado de gobierno, a don Fermín, que nos aseguró yo puedo controlar la situación por la mañana temprano. A la media mañana ya comprende que a la gente con hambre no se la ataja así no más, sobre todo cuando ya corrió la voz de que los ganaderos de la zona regalaron varios novillos y hay carne para el que quiera comer. Estos vienen como las moscas al olor de la carne; algunos caminaron diez o quince kilómetros para llenarse la panza por primera vez en varios días y llevarse de vuelta al rancho un buen pedazo. Almuerzo para toda una semana. Y claro, don Fermín es de aquí, tiene que seguir siendo autoridad del pueblo, él no quiere ser demasiado malo. Por eso no fue personalmente sino que mandó a un subordinado para prohibir el asado cuando estaban listas las brasas y las estacas y la carne. El pobre secre quiso cortar la piola que sostenía la carne cuando entendió que no pensaban obedecerle, pero ganó que lo moliesen a palos. Y se fue, bien garroteado, junto a don Fermín para contarle lo que le habían hecho. El jefe sabía lo que le iba a pasar pero mañana va a hacer creer al pueblo que fue una iniciativa del secre y el Delegado no tuvo nada que ver. Y también nos va a echar la culpa a los gendarmes de lo que pase, pero para eso estamos. Para llegar como los bomberos adonde haga falta y dejar la población tranquila. Ventaja de llegar de afuera, uno no tiene compromisos con nadie. Y aunque los tuviera... Dicen que el inspector es de aquí; por eso los Fretes le odian tanto. Pero el inspector es caso aparte: él va a seguir cumpliendo órdenes sea donde sea y le importa un rábano las caras de los Fretes. Dicen que Fretes dijo que lo quiere matar (no sé cual, son todos iguales) y el inspector, para ver si se anima, le hizo llegar la historia de lo que ocurrió en Santa Elena. Con lujo de detalles. Pero nuestra gente es muy cobarde, ni así se van a decidir. Aquí lo tienen a mano y son varios de la familia que andan juntos por el pueblo y nada. Puede que personalmente el inspector se —155→ encargue hoy de darle unos palos porque es el jefe de todo esto. Uno de los jefes. Y seguro que ya está comiendo en la quinta de Galeano, mientras nosotros tenemos que pasar calor y arruinar nuestro fin de semana por culpa de ellos, que no saben más que armar bochinche y ni siquiera eso saben hacer.
-Mucha gente, señor delegado, mucha gente -el tipo baja del jeep con dos soldados, tiene un walkie-talkie que no anda. Nada funciona aquí. Ni el delegado ni la policía local. Vamos a terminar haciendo lo que el inspector había dicho: controlar el camino de Galeano. De lo contrario tenemos que tratar de controlar todo el pago, incluso el pajonal de la entrada del pueblo, pero para eso no hay ejército que baste. Perdimos el tiempo patrullando caminos vecinales, porque la gente igual no más se metió en el pueblo y del pueblo rumbeó para el asado, para don Galeano.
El delegado, Chingolo y yo, subimos en la camioneta, pero con vehículo no se puede avanzar a no ser que pases por encima de la gente. Los que van por el borde, a propósito, se ponen en el medio cuando nos ven llegar.
Llegamos caminando al cementerio, donde el delegado había puesto cuatro conscriptos con punto 30. Allí me lo veo al Fretes (uno de ellos) con una pancarta azul que va de un lado a otro del camino. ¡Abra paso!, dice viniéndose para el soldado, preparando el sostén de la pancarta, que es un bruto palo. El conscripto nos mira como pidiendo instrucciones; el delegado le hace seña de que lo deje pasar.
-¡Delegado tembó!
Yo tengo ganas de decirle: ahí está don Fermín, eso le pasa por ser demasiado bueno. Pero me hago el sordo, y el hombre también se hace el sordo, y quedamos un buen rato sin decir nada, viendo como nos pasa por delante, y sin pedir permiso, todo ese montón de rotosos.
-Me debés un whisky -le digo a Chingolo.
Él está peor que yo y es demasiado avaro como para perder una botella de whisky. Menos mal que hay testigo, porque o sino quedaba sin cumplir esa promesa (habíamos apostado si —156→ era fácil el trabajo o no).
-¿Donde está tu pistola? -para divertirme le digo. Él, que comenzó mostrando su beretta, ¿qué puede hacer con eso? No es documento, le dijo el inspector en la Delegación de Gobierno y le pasó el punto 30 con su dotación de proyectiles.
Chingolo no contesta. Mira su fusil y me pregunta:
-¿Te parece...?
Sé lo que quiere decir; le contesto que sí vamos a tener necesidad de eso.
Claro, cuando no se tiene experiencia, uno se asusta viendo tanta gente, que no es tanta sino que la calle es muy angosta, y entonces parece que no terminan nunca de pasar. Impresiona un grupo de 300 personas en el campo, donde tanta gente no se junta casi nunca, y cuando no se sabe contar, uno cuenta 3.000, como debe de estar haciendo ahora mismo mi camarada. (Si no me paga mi botella, por lo menos he de divertirme bastante con alguien más nervioso que yo.)
Sí, decididamente, está contando. Entonces yo le amargo la vida diciéndole que ya hay mucha gente en casa de Galeano y mucha gente viene por el otro camino (aunque no hay otro). Pero él sigue contando hasta que nos llega la orden. Entonces cerroja su fusil.
-¿Y el seguro?
No le puso el seguro.
Yo, por las dudas, le hago sacar la bala de la recámara y, por las dudas, asegurar. No sea que me pegue un tiro sin querer. Tenemos que hacer una carrera bastante larga por el costado del camino, pasando alambrados de cinco hilos (no sea que en una de esas se le enganche el gatillo ni que me confunda con otro). Tenemos que adelantarnos a la manifestación y colocarnos a unos doscientos pasos de la propiedad de Galeano para hacer barrera. Los que ya están adentro, van a quedar adentro, pero por mucho tiempo. Vamos a dejarlos con Galeano hasta que se mueran o entreguen. Los que vienen tendrán que volver por donde vienen, menos unos cuantos, que pensamos llevar para Asunción. Vamos a cobrarnos un poco del mal —157→ momento que pasamos nosotros, bajo el sol, mientras ellos asadean tranquilamente y hablan mal del gobierno. Porque el asado es un pretexto para hacer política, y eso tenía que entender perfectamente don Fermín cuando le hablaron de cumpleaños.
¡Cómo se siente el asado, carajo, hasta olor a cerveza luego se siente, y la polka liberal! ¡Menos mal que esta vuelta no se salva nadie, todos los cabecillas van a terminar encerrados, y con eso nos ahorramos por mucho tiempo otra corrida así!...
Bueno, ahora ya estamos preparados. Cerramos con el cordón todo el camino y el que quiera pasar tiene que pasar por encima de nosotros, que ya estamos en posición de combate, y parece que ya comenzaron a entender. Dejan de revolear sus banderas azules, dejan de hacer hurras. Ven el uniforme de la gendarmería, saben que con nosotros no se jode. Podrán decirle groserías al comisario del pueblo, que tiene sus parientes en el pueblo, pero para nosotros no hay parientes.
El Fretes de la pancarta se para en seco, se para toda su línea. Parece que en un momento pensaron en atropellar, pero oyeron el cerrojo del punto 30 y eso quiere decir que hay bala en la recámara y dedo en el gatillo y que les estamos apuntando. Somos los gendarmes, nosotros, no los policías de campaña, y no nos faltan ganas de balearlos... hicieron bien en parar...
¡Fretes tiene una cara! Ahora que está tan cerca del inspector, puede aprovechar para preguntarle qué pasó con los comunistas de Santa Elena. Puede preguntarle si, en el grupo aquel que entró en el monte con pala no había un Fretes, y si no le hicieron cavar su propia tumba...
Por lo visto, imponemos respeto. Hasta el delegado de gobierno, que se había dejado faltar en su propio pueblo, ahora está más confiado. Aprovecha el momento, se acerca al tipo de la banderola azul y lo apunta (el tipo había tratado de avanzar); lo apunta y grita que se pare porque o si no...
-¡Tire, delegado, tire!
El tipo se abre la camisa para mostrarle el pecho. El delegado amartilla su revólver y el inspector no lo ataja. Va —158→ a ser un muerto de balde, parece que se enojó el delegado.
Y va la primera bala.
Nosotros, como contagiados, mandamos la primera descarga de fusilería y unos caen al suelo.
-¡Tiren, carajo!
Nunca lo vi tan nervioso al inspector. Tiene ganas, parece, de balear sin consideraciones a las criaturas que se ponen a llorar, a los viejos que siguen de pie, insultándonos, a los que no se paran y siguen avanzando, dispuestos a llevarnos por delante si no los matamos en serio.
Y es que, de morir, no ha muerto nadie.
Los tiros fueron al aire y los caídos fueron los que hicieron cuerpo a tierra para protegerse. La marcha de los demás les hace levantarse otra vez y entre todos caminan contra nuestros fusiles, que ya les van quedando contra el pecho y que apartan a manotazos.
Somos demasiado pocos contra demasiados.
-Yo cumplo órdenes.
El delegado se disculpa ahora pero lo ignoran; siguen caminando, traspasan nuestra línea de tiradores, caminamos con ellos hacia la fiesta de Galeano, llevados por el empuje del gentío (son miles). Por delante las banderas liberales y el desprestigio de nosotros.
-¡Delegado liberal! ¡Delegado liberal!
El pobre delegado se ve ridículo encabezando la marcha forzadamente. ¡Denle la bandera al delegado!, ¡hagan hurras los gendarmes! A Chingolo le han puesto una cinta azul en la trompetilla del arma; él ya ni trata de arrancarla. Yo prefiero seguir caminando entre la chusma con la cabeza para abajo, sin mirar para la cara del inspector.