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«... Calle de Alcalá, casa de Candelas, tal vez. Valle se sienta en la mesa final, saca un número de Alrededor del Mundo, revista que publica cuadros clásicos en sus portadas, lo pone sobre una botella de agua, y se queda absorto, inefablemente sonreído ante la Primavera de Botticelli... Valle se va quedando solo en el fondo del café, más vacío, más yerto cada vez, frente a la Primavera y a la botella de agua». Juan Ramón Jiménez, Ramón del Valle Inclán (Castillo de quema), artículo de El Sol, Madrid, 26 enero, 1936. También recoge este testimonio Melchor Fernández Almagro, en Vida y literatura de Valle-Inclán, pág. 64.
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«La princesa Gaetani era una dama todavía hermosa, blanca y rubia: tenía la boca muy roja, las manos como la nieve, dorados los ojos y dorado el cabello» (27). Recuérdese cómo, en líneas generales, este retrato coincide con el ideal femenino de belleza plástico-literario del siglo XVI.
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Ob. cit., pág. 213, nota.
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Sin embargo, la literatización de sí mismo no le impide a Bradomín reírse a veces de ella. A continuación de los extremos verterianos, dice: «Desgraciadamente, quedeme sin superarlos, porque tales romanticismos nunca fueron otra cosa que un perfume derramado sobre todos mis amores de juventud. ¡Locuras gentiles y fugaces que duraban algunas horas, y que, sin duda por eso, me han hecho suspirar y sonreír toda la vida!» (108).
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Recuérdense, a este propósito, las citas de Ovidio, Aretino, Petrarca, etc., sembradas por las restantes Sonatas.
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«Artistas literarios como Larreta -Valle-Inclán es otro- son efectivamente precursores de los artistas de la cámara. Ellos son los primeros en haber hecho estudios de gestos y también de ademanes, de movimientos corporales que reproducen y materializan los movimientos e intenciones del alma, con el enfocamiento de la atención a un reducido espacio, al rostro y aun a una parte del rostro: a las manos, a los pies de los personajes, para indicar al lector -en el cine al espectador- que todo allí es intencional, tanto lo quieto como lo cambiante». (Ob. cit., pág. 221).
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Otros ejemplos: «Me detuve, mirándoles alternativamente» (23). «Inclineme con solemne pesadumbre: ¡Acatemos la voluntad de Dios!» (25). «En aquel momento, uno de los familiares que velaban a monseñor Gaetani asomose a la puerta de la alcoba, y allí estuvo sin hacer ruido, dudoso de turbar nuestro silencio, hasta que la princesa se dignó interrogarle, suspirando entre desdeñosa y afable» (35). «Yo acudí presuroso a levantar el cortinaje de la puerta» (65). «Nos miramos de hito en hito, con un profundo convencimiento de que fingíamos por igual» (67). «Con la sonrisa en los labios, llegué hasta donde la noble señora hablaba suspirando. Cogí audazmente su mano, y la besé, haciéndole sentir la presión decidida y fuerte de mis labios. Vi palidecer intensamente sus mejillas y brillar el odio en sus ojos; sin embargo, supe inclinarme con galante rendimiento y solicitar su venia para retirarme. Ella repuso fríamente» (179).
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Más ejemplos significativos: «Bajo la bóveda, el rumor de los rezos se hizo más grave, y el argentino son de la campanilla revoloteaba glorioso sobre las voces apasionadas y contritas» (26). «En el silencio de la cámara sólo el resuello de su respiración se escuchaba. Al cabo de un momento pudo decir con afanoso balbuceo» (37). «Sonaba su voz [la de María Nieves] con un murmullo alegre, continuo, como el borboteo de una fuente (203). «Quedamos silenciosos: Era la caída de la tarde» (154). «... desde un balcón frontero llegaban con vaguedad de poesía y de misterio los arrullos de dos tórtolas, que cuidaba una vieja enlutada y consumida» (186). «Criados silenciosos velaban en los largos corredores... Sólo se oía el rumor de sus pisadas y el chisporroteo de los cirios que ardían en la alcoba» (70). «Quise acercarme, pero el rumor de unas pisadas bajo la avenida de los cipreses me detuvo» (132). «Los frailes seguían murmurando sus responsos, y la iglesia iba quedando en soledad y silencio» (86). «... a lo largo de los corredores sentíase el sordo murmullo del pueblo que entraba a visitar el cadáver» (76). «Algunos pájaros sin nido habían buscado albergue bajo el alar, y con estremecimientos llenos de frío sacudían el plumaje mojado, piando tristemente. En la plaza resonaba la canturria de una procesión lejana» (182). «Llegaba a mí, sofocado y continuo, el rumor de las fuentes sepultadas entre el verde perenne de los mirtos, de los laureles y de los bojes» (159). «De pronto, me pareció sentir leve rumor, como de alguno que camina recatándose» (138). «En el silencio perfumado cantaba un ruiseñor, y parecía acordar su voz con la voz de las fuentes» (129).
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Comp. «Temblaba en las agujas el hilo de oro, y bajo los dedos de las cinco doncellas nacían las rosas y los lirios de la flora celeste que puebla los paños sagrados» (60). «Bajé al jardín, donde volaban los vencejos en la sombra azul de la tarde» (159). «La iglesia del convento tenía las puertas abiertas, y en el fondo brillaba el altar iluminado» (182). «Dentro, apenas si se distinguía la forma de las cosas...» (194). «La cámara donde agonizaba monseñor Estéfano Gaetani estaba sumida en religiosa oscuridad» (27).
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[Las señoras ancianas] «... sonreían al oír las voces juveniles que llegaban en ráfagas perfumadas con el perfume de las lilas que se abrían al pie de la terraza» (127). «Abiertas las ventanas, una ligera brisa entró en la habitación. Era alegre, perfumada y gentil como un mensaje de la Primavera» (103). «Al inclinarme sobre la balaustrada, yo sentí que el hálito de la Primavera me subía al rostro» (53). «En aquel instante, no sé qué vago aroma primaveral traía a mi alma el recuerdo de las cinco hijas de la princesa» (45). «El olor de la cera llenaba el palacio» (70). «Quedaban todavía los olores de la cera en el palacio» (97).