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Ramírez Pagán está completamente olvidado por los manuales corrientes en España. Se conserva de él una única obra, Floresta de varia poesía, Valencia, 1562. La dedicatoria al Duque de Segorbe es la única fuente biográfica que poseemos. Nació en Murcia, hacia 1525. Estudió en Alcalá. Desempeñó cargos en la casa ducal en Valencia. J. G. Fucilla ha estudiado las imitaciones de italianos que realizó, en Modern Philology, 1930, Two generations..., pág. 282. En la Floresta se encuentran varios sonetos a Figueroa y una Epístola a Jorge de Montemayor, prueba de la amistad del poeta con estos escritores.

 

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El extremeño Francisco de Aldana, el Divino en opinión de Cervantes, es otro poeta -un gran poeta- olvidado por lo común. Hasta hace bien poco no hemos tenido un estudio sobre su personalidad: El capitán Francisco de Aldana, por A. Rodríguez Moñino, publicado en Castilla, de Valladolid, 1943. Francisco de Aldana tiene una biografía heroica de militar y político: Asiste a la campaña de Harlem, aconseja al rey de Portugal sobre la expedición a Marruecos, y muere al lado de éste en el desastre de Alcazarquivir (1578).

Sus poesías fueron recogidas y publicadas por su hermano Cosme. La obra conservada nos lo presenta con varias facetas. Al lado de la poesía heroica, de milicia, poesía que exhorta a la continuidad en la marcha expansiva del imperio español, figuran composiciones de fondo amoroso, con los acostumbrados nombres pastoriles. Pero la mayor parte de la obra conservada la componen poemas de tipo religioso, meditativo, ascético, de una gran calidad de sentimiento. La Epístola a Arias Montano es una clara prueba de la hondura de su lírica.

Por su vida y por su obra, mezcla de esfuerzo militante y de desengañada añoranza de reposo, Aldana tiene los caracteres típicos de las dos generaciones. Su vida -y su muerte- le une a Garcilaso. Pero lo más sincero y logrado de su pensamiento poético nos hace ver su deseo de alejamiento, de meditación. «Es ante todo un hombre de contemplación y de emoción filosófico-religiosa», dice Rodríguez Moñino. Y este rasgo lo acerca a los componentes de la segunda generación, y aun más allá. Ramírez Pagán también tiene, aunque en menor escala, esta doble vertiente.

De una o de otra manera, Aldana es un gran poeta, y, como tal, difícil de catalogar en restringidos esquemas.

 

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Pedro Laínez es recordado por Cervantes en el Canto de Caliope, y por Lope de Vega en el Laurel de Apolo. Estuvo en Italia entre 1570-76. Debió de nacer en el primer tercio del siglo. Fue ayuda de cámara del príncipe D. Carlos. Schevill (ob. citada) nota el estrecho parentesco de su lenguaje con el de Garcilaso. Véase además del citado trabajo de Scheviññ en el Homenaje a Menéndez Pidal, las notas al Canto de Caliope en la edición Bonilla-Schevill (Galatea, II, pág. 353).

 

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Es relativamente abundante la bibliografía dedicada a observar las traducciones de estos poetas. El lector curioso puede encontrar una lista en Fucilla, Two generations..., pág. 379, lista en la que sobresalen los copiosos trabajos de J. P. W. Crawford. A esta relación pueden añadirse otros trabajos del propio Fucilla sobre Lomas Cantoral, en Revista de Filología Española, 1930, XVII, y mi edición de Francisco de la Torre, Clás. Cast., CXXIV. Francisco de Figueroa cuenta con la edición y estudio de A. González Palencia en Bibliófilos Españoles: allí remito.

 

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Para Petersen, la colaboración en las mismas revistas puede considerarse como un síntoma de esta comunidad personal. El apéndice a que me refiero equivale, salvadas las distancias, a una moderna publicación.

 

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El marqués, a quien Herrera dedicó alguna de sus poesías, murió inesperadamente a los 25 años. Su maestro, Medina, que le tenía un gran afecto, se sintió tan acongojado que, abandonando la ciudad, se retiró a una casita de los arrabales, donde se hizo con una magnífica colección de libros, medallas, cuadros, etc. Datos sobre este hecho concreto y sobre todas las amistades de Herrera pueden leerse en A. Coster, F. de H. el Divino, París, 1908.

 

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Gonzalo Argote de Molina nació en Sevilla en 1548. En su juventud intervino en la expedición al Peñón de los Vélez, y en la represión de la sublevación de Granada (1568). Tenía en su casa de cal de Francos su Museo, famosísimo por sus objetos de arte y sus libros. Pacheco cuenta una visita del Rey Felipe II a la colección del erudito. Conocemos un catálogo de manuscritos de su propiedad, que fue publicado por A. Millares, en Revista de Filología Española, 1923, X, págs. 137-152. Publicó el Conde Lucanor y la Embajada a Tamorlán. Murió en Gran Canaria, en 1598.

 

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Véase Rodríguez Marín, Luis Barahona de Soto, Madrid, 1903.

 

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«En la época clásica, en el siglo de oro, el hombre medio está encajado en sí mismo: vive con un repertorio inequívoco de sinceras creencias sobre su circunstancia. Su mundo es transparente y contiene un mínimo de problemas. Ahora advertimos plenamente lo que esto quiere decir. No quiere decir que haya resuelto todos los problemas que lo son para nosotros, ni mucho menos todo lo que el intelectualista llama problemas, esto es, el número infinito de cuestiones que el ser de las cosas puede suscitar. No: ha resuelto los suyos, se entiende, la mayor y más grave parte de los suyos, de los que su concreta circunstancia le ha planteado. Lo mismo diremos de las soluciones: son soluciones para él, se siente acorde consigo, sabe a qué atenerse frente a los grandes temas de su existencia. Esta perfecta y admirable ecuación a que llega en sazones tales el hombre con su circunstancia, da a su vida los caracteres específicos que solemos reunir bajo el título de clasicismo. Pero ello mismo revela el cuidado con que es preciso andar cuando se da a lo clásico un valor normativo. En rigor, el clásico sólo es clásico, esto es, perfecto, para él mismo. Querer que otra época viva de los clásicos es invitarla a su íntima falsificación. Lo que del clásico parece aprovechable y ejemplar no es el contenido particular de sus ideas, sino la ecuación entre éstas y su vida, la congruencia con que suele comportarse. En los siglos de oro suele ser efectivo oro casi todo lo que reluce». (Ortega y Gasset, Esquema de las crisis, págs. 75-76.)

 

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Dámaso Alonso, La poesía de San Juan de la Cruz, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1942, pág. 97: «Siempre he creído ilustrador comparar el descubrimiento de la dulce nueva de Garcilaso para un adolescente de mediados del siglo XVI con lo que representó para los muchachos de mi generación el descubrimiento de Rubén Darío, con mi hallazgo de esa poesía, por ejemplo, año de 1915, en la sequedad adusta de un verano de Medinaceli. ¡Qué novedad de voz, qué extrañeza de colorido, qué inaudita musicalidad, qué incógnito mundo de arte! Así -con la misma avidez, pero Dios mío ¡con cuán diferente fruto!- creo que el adolescente indeciso aún en la vida debió de beber la dulzura de Garcilaso, empaparse de la nueva música, hecha de ritmo y de amorosa nostalgia».