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ArribaAbajo- II -

Trabalengua


No todo es cuestión de conciencia; los remedos a veces la reemplazan.



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ArribaAbajo«Tudo bem»

«Psiu, psiu», llaman. El negro corre de una mesa a la otra. Se tiene hambre cuando se está de vacaciones y el calmarla produce tanto placer como el hambre en estado de ocio.

El negro lleva sonrisa blanca, librea oscura, corbata moño y un toque rojo saliendo detrás de la corbata.

Sonríe con brillo, sonrisa de aceite.

Los ojos están puestos para eso, el baile en los ojos, el juego en los ojos, lo oculto en los ojos para que la sonrisa parezca sólo eso.

Es una ciudad pequeña de playa pequeña.

El cuerpo se viste y se desviste sin que nadie preste atención, cuerpos a vista de hombres y paciencia de mujeres, comidos en la cintura, redondeados donde debe ser, hacia arriba y hacia abajo. Hay una sensación de paraíso reencontrado, y el purgatorio está muy lejos para pensar en él.

El negro toma un pedido, revolotea alrededor de las mesas y se torna invisible mientras la impaciencia revuelve el laberinto del intestino, y ya no importa   —54→   si es grueso o delgado porque se juntan con el nerviosismo.

Como por encanto, las bebidas llenan las mesas y se toma por esa necesidad de consumir, y se consume por táctica del dueño, para volver a ordenar.

Hay varias mesas, quizás una docena, y el negro está solo para tanto baile.

Un ayudante recoge vasos solitarios, platos con restos de mordiscos desiguales.

Me resisto a aumentar la masa y sacar el «psiu» de pecho.

Quedo sentada, esperando.

Mi acompañante levanta la mano y pronuncia un tímido: «¡jefe!»; pero el negro debe saber que no es lugar de jefes y la sonrisa no se desvía.

Las pizzas atraviesan el aire con distintos olores y cada olor es un atentado, un cuchillo escarbando las profundidades del deseo.

Espero con ansias una equivocación, por obra y gracia de Laurel y Hardy o Los Tres Chiflados y que una de esas circunferencias crepitantes sobre la base de madera aterrice en el centro de nuestra mesa, y el agua que desciende por los contornos de la boca se funda con la pizza y sólo quede masticar el placer.

Pero los «psiu» están en su apogeo, agregado a eso de no querer caer en atrevimientos ajenos por una cuestión de educación, conciencia, todos somos iguales, «we are the world», que se va machacando a diario y entra de a poco en algunos, y la historia se desprende de los libros, y «tolerancia» se escribe con   —55→   «c», lo que nunca me importó demasiado porque la pronunciación es la misma y el significado nadie lo entiende, pero siempre hay una maestra en la vida de uno, causante de traumas con «eses» y «ces», con diptongos y tantas otras cosas que lo marcan a uno para el resto de su vida y el complemento de muerte que lo acompaña y, cuando no hay otra cosa que hacer porque no la hay, se piensa y se sigue pensando sin que nada se arregle; pero es el negro con su danza nada macabra -un contoneo que no puede adquirirse así como así- y el no poder llamarlo con el «psiu» mágico, lo que desencadena todo. Y ya no es el negro a quien veo sino a Xica da Silva, con la peluca rubia y el vestido de lamé plateado viajando a lomo de burro detrás de uno de los representantes de Pedro II mientras el hombre va a reunirse con su mujer, y todos saben que se entiende con Xica, y a ella le importa poco que él tenga mujer porque ya aprendió de antes, de mucho antes, la ley del orden de las cosas, y las cosas tienen su momento, uno solo, y ella está en el suyo, y también tiene el baile como el negro; pero termino con mis pensamientos y todo lo que ellos arrastraron, y seguimos en esa espera sin término, y la lengua se me pone en posición -porque para todo hay un aguante- pero no puedo, yo, mujer, lanzar chasquidos de hombre, no está bien, es parte de lo que me enseñaron, parte y todo porque el todo depende de esa parte, y no puedo, sencillamente no puedo, y miro con rabia a mi acompañante, quien no es capaz de satisfacer mi necesidad derretida y vuelta cólico estomacal, náusea de hambre, lo miro con un mensaje bien descifrable, pero él también tiene   —56→   costumbres iguales a las mías y pretendo que las olvide para no cargar con la culpa, y decido quedarme con el hambre y todo ese bagaje que me echa a perder tantas cosas, justo cuando, en un tropezón de ojos, el negro, sorprendido, se acerca y dice, de hombre a hombre: «¿vocé nao pensam comer nada?»; y pedimos, y manoseo de nuevo el pensamiento, y me respondo el por qué de haber andado tanto, de un lugar a otro, queriendo encontrar helado de portuguesa entre una lista imposible de repetir de sabores diferentes, y la sorpresa de caras de charol que muestran su desagrado con un brillo más agudo sin haber hecho la relación en ese momento, sin haber sumado instantes, y caras y memorias trasmitidas de oreja a oreja, rezagos que se mantienen negros, porque la piedra ya fue lanzada y yo, pobre infeliz, turista desordenada, la lanzo de nuevo por esa inquietud de cuerpo ocioso mientras ojeo, a la distancia, la pizza en camino, suspendida sobre aromas que forman redondelas en el aire y, cuando ya la tengo frente a mí, «¿tudo bem?» pregunta la voz lustrada, y yo contesto: «tudo bem» al tiempo que clavo el tenedor y me olvido de recorridos estériles por laberintos de hambre.



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ArribaAbajoPara no volverse loco

Se fue como él quiso, de un viaje, con lo necesario en la valija que nunca sería abierta, sabiendo la vía que pisaba porque ese momento que llaman «de la verdad» ni al más tonto se le escapa.

No era suficiente llorar por su partida. Era, sí, un comienzo al entrever esa separación que iba a hacerse larga con el tiempo.

No recuerdo si el bar estaba en la esquina o la esquina en el bar, pero sólo era necesario entrar en esa calle para que saltara a la vista.

Parado, en la puerta, había que pasear primero la mirada por el interior y decidir si valía la pena entrar o no, si en la mesa de siempre estaban los de siempre, los que uno quiere que estén.

Generalmente estaban.

Era un acuerdo no suscrito pero respetado, sobre todo después de las jornadas largas cuando el cansancio busca una silla y la mano el vaso. El resto viene solo.

Era una de esas tardes que se van antes que uno se dé cuenta porque a lo mejor no existen en invierno.   —58→   Llega la noche, corriendo, y después otro día y más trabajo.

«Entren que ya es de noche», dice la madre, viendo con temor cómo la pelota de trapo se pierde entre las ruedas de algún automóvil mientras corremos para evitar el desastre inevitable.

«Si recién son las cinco y media», insiste Julián, el que siempre se anima.

«Pero es de noche», contesta la madre, y es como esas sentencias sin apelación. El grupo se abre en varias direcciones y el lánguido «hasta mañana» sale de varias bocas a un tiempo.

«Hay que hacer otra pelota», dice una voz. «Se me acabaron los calcetines viejos y mi mamá ya se está dando cuenta de que cada vez quedan menos de los otros», agrega el que se aleja.

Julián repasa el cigarrillo con los dedos y se lo cuelga del labio. Palpa los bolsillos buscando el encendedor.

Después de varios intentos, pide a alguien un fósforo.

Aspira con ganas, como si todo dependiera de la fuerza de la bocanada. Expulsa el humo con un suspiro contenido.

«Y ¿cómo van las cosas?», pregunta Raúl.

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«Como siempre», contesta Julián, la cosa no da para más. Ella se muere, Raúl, se muere».

Raúl baja la cabeza. «¿No deberías estar allá?»

Julián hace un gesto. Entra una mujer y la mira. No sabe por qué la mira, no tiene nada especial. Vuelca el vaso al querer tomarlo.

«¡Mierda!» Se levantan varios cuerpos juntos para evitar el líquido que cae desordenado. El mozo seca la mesa. Julián vuelve a presionar el vaso. Después sigue el sudor con un dedo formando surcos, caminos o hileras, terminando por deshacer todo con una pasada vertical, pero el líquido frío es caprichoso y suda, a pesar de manos también caprichosas.

«Lo peor es que estamos en invierno», dice, «y ella lo sabe, se da cuenta, habla todo el tiempo de que ya lo tiene adentro, el frío digo, no importa cuántas frazadas le pongan».

Ninguno contesta. Hay gestos que quieren ayudar a sentir. Parecen suficientes.

Los cigarrillos van desbordando el cenicero hasta que el mozo, cansado, lo retira.

«Menos mal que no tuvieron hijos», dice Raúl.

«No lo había pensado. Al final por lo menos queda algo. Va a ser como si nunca nada hubiera ocurrido, sólo que tengo quince años más, ¿te das cuenta? Quince años juntos y después...; será como caminar con la mitad del cuerpo, seguir viviendo de esa forma, no tener a quien enchufarle el mal genio de una noche sin dormir».

«Otra cerveza», pide, y se la toma sin dibujar el vaso.

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«Ni siquiera sé si seré capaz de llorar, Raúl. Tanto tiempo esperando, esperando que algo pase, que se defina para aquí o para allá, pero...»

«Ya Julián, ya».

Termina la cerveza y se levanta. Acomoda el pantalón, mete la mano en el bolsillo y deja un billete sobre la mesa. Se despide con un gesto.

«Pobre Julián, le ha tocado duro».

«Es extraño. El único del grupo que se casó. Estás loco, le decíamos, vas a abandonar la cofradía. Él también reía. Después nos preguntó qué esperábamos para seguirle los pasos, que él mismo se arrepentía de no haberlo hecho antes, con menos años y menos mañas. Pero a él le llegó el momento, nada más. Cuando nos dijo que iba a casarse cantamos aquella estrofa que repite varias veces "¡libertad!, ¡libertad!". Dicen que ya estaba enferma cuando se casó. Para mí que lo engatusaron. La envolvieron con papel de regalo, y ella sonreía. No hables, le dijeron, y ella sonreía. Después empezó con sus historias. La verdad es que tenía los cables pelados. Ahora es un verdadero cortocircuito el que tiene. Lo que me revienta es que le haya sido fiel», dice Raúl.

«¡Qué fidelidad!, era lástima, o agotamiento».

«Encima le comió una fortuna. Fue perdiendo todo, hasta las ganas de salir. Recuerdo cuando iba a su casa muy de cuando en cuando y lo veía con esa bata desteñida, una a rayas como salida de baño, dándole de comer. Cuando le daba el ánimo se vestía, como hoy, para no volverse loco, conversar con alguien,   —61→   tomar una cerveza para tragar la angustia. Hoy estaba tranquilo, sin embargo».

«Vamos a cerrar», dice el mozo.

Se levanta el grupo. Son tres clientes con derecho a las mismas sillas, la misma mesa. Siempre se quedan hasta que el mozo dice la frase.

Afuera está húmedo.

Julián tenía razón. Empieza a hacer frío. Pronto tendrán que cambiar la cerveza por café. Es casi una forma de medir los años, ver pasar las estaciones...

Caminan en grupo. Llevan la misma dirección. Al dar vuelta la esquina tienen que separarse, como siempre. Pero no, esta vez no.

Juntos dan vuelta el cuerpo.

«Debe haber sido fulminante», dice Raúl.

«Desertor, doble desertor», agrega uno de los otros.



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ArribaAbajoCiudad de barro

Hay marcas pequeñas y grandes, como si ya hubiera sido habitada, rescate de temporales que han pasado de largo sin verla, quizás tan escondida en su recuerdo de horno al aire libre donde cuerpos cansados se secan al sol.

Un hombre afina una guitarra en algún lugar, lugar oscuro de sonido ocre.

Las cuerdas se rompen porque es mucha la tensión, y el hombre sabe pero la mano se empecina buscando, siguiendo en un apuro de acordes antes de que el oído se olvide de escuchar mientras las nubes caen como plomo acuñado en el cielo, o es rotura de cielo, o fusión con el infierno, y hay palomas cazadas en pleno vuelo que cuelgan secas en actitudes distintas, plegando o abriendo alas, como las tomó el juego, juego de estatua «te reíste y estás afuera; se te movió un cabello», y van deshaciéndose, dibujando el aire con plumas que fueron blancas, recuerdo de plumas... greda fresca que no pudo ser cocida por más que el viento avanza, avanza como lo hacen los invasores, con armas ocultas para que el golpe sea   —64→   más certero, inadvertido, golpe que llega porque ya está, porque lo han traído.

«Que no te tome una corriente; te quedará el cuello duro», y lo que tanto se repite se vuelve verdad vía convencimiento, y los ojos, los que aún no se han pasado de punto en el horno, se solazan con Pompeya, Herculano, tanta belleza de estatua, sobrantes de producción cuando el horno se situó en las alturas, y todo cae o baja de las alturas, obligando al escondite, no, último recurso abajo, muy abajo, y ¿qué hay del medio? ¿Por qué es tan terrible lo del medio?; una excusa, un hacer creer, «es el hijo del medio». Y todo se explica al tiempo que se cierran cortinas que han viajado mucho, cortinas navegadas como los vinos, cortinas que cercan, van cercando, y restos de hombre llenan de comida un precipicio para evitar tentaciones de último momento, «guerra al hambre, campaña contra el hambre, la hambruna no existe, es creación desequilibrada del que nunca estuvo acostumbrado a comer»; y se forman cadenas de ciudades para llenar el abismo, para evitar el viento con cara de muerte hasta que nada queda para consumir, sólo consumidos que se tiran al hoyo penetrado en la tierra, un redondo que cuadra el sin sentido desde donde observan el futuro que ya pasó como ráfaga, como sin querer, con miedo de quedarse para no formar costumbre; y ríen la última risa agradecida a la mano que accionó la palanca o se equivocó al accionarla, que reventó el tanque o estanque que hizo llover una lluvia distinta, lluvia nueva de tiempos nuevos, lluvia con propulsión a muerte y todos, o casi todos, en posiciones raras, escuchando por   —65→   algún poro no cerrado por completo al guía que explica en tres idiomas que «claro, es increíble pero lo cuenta la historia, se cocieron a aire lento, como podría decirse, pero debió ser un aire muy especial», termina diciendo en medio de una avalancha de risas en tres idiomas.



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ArribaAbajoDe indios

Está llena de historia y la historia la hizo solitaria y pesada.

Salió en la mañana no más, por ese camino formado por pisadas de pies anchos.

Es el camino hecho por ellos, que lleva al gran camino alisado donde la mujer abuela se marea porque a los ojos los lleva el viento que forman los automóviles demasiado rápidos.

Por el costado de tierra sigue caminando. Le resulta más fácil. Los pies están acostumbrados y se clavan donde ella quiere.

En la choza, tres niños, india e indio forman familia. No necesitan casarse. El acuerdo es suficiente.

La hacienda es grande y las chozas se pierden en el recuerdo del hacendado. Son muchas, y los indios todos iguales, y los problemas del patrón tan grandes como la misma extensión del terreno.

No hay tiempo ni memoria.

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Los ojos de la india cuelgan y el indio lo sabe.

Le han dado el último bocado porque para eso es padre y responsable de los otros, y debe mantenerse más fuerte.

Sale a recorrer buscando, siempre buscando, porque la tierra se ha cansado y se resiste.

Sólo el agua cayendo sin ser llamada, por días enteros, y después el sol quemante, como si no hubiera otra forma de vida que esas que Dios manda y termina por entorpecer las ganas del suelo.

No hay pala, ni brazo, ni decisión que pueda cambiar el color de su costra cuando se va muriendo.

Entonces el indio vuelve a salir y a buscar, y las manos vacías del regreso se le hacen pesadas, y las palabras también.

La cara tiene una mezcla de resignación y rebeldía atajadas.

De lejos ve la mancha cubriendo el camino, una mancha negra que apura las piernas y desorbita los ojos, como puesta con la intención de engañar, de mortificar el deseo. Pero está ahí, aún caliente de sangre, el toro muerto quién sabe cómo, pero está ahí.

Lo toca con el temor en las manos frías, quizás excesivamente ávidas, como no queriendo importunar el descanso, o pensando que la alucinación de la mente afiebrada lo haga desaparecer.

Pero sigue ahí, con la inmensidad del cuerpo desparramado por la muerte. Activa el olfato y le parece bien, y no duda en sacar el machete, el que tiene para cortar raíces y ramas y seguir engañándose, y la furia   —69→   del golpe revienta una vena y el chorro sin dirección lo mancha entero, pero no le importa, porque está contento.

Es una pierna completa la que carga en el hombro débil.

La abuela india camina con el paso lento acostumbrado a grandes distancias. Es un tranco que imita al del burro en el seguimiento continuo. No hay apuro porque sabe que va a llegar, y cualquier momento da igual.

Cuando llegue estará bien y así será recibida.

La pierna del toro es demasiado grande y las ansias por comerla también, porque las tripas duelen consumidas por la pereza.

El machete sigue cayendo así como los pedazos que la mujer acomoda como puede sobre la rejilla.

El fuego es pobre y la desesperación como una llama. Y, cuando el olor saliva la boca, empiezan a comer, y siguen comiendo porque no pueden parar lo que tanto tiempo esperaron.

El perro también come porque es de la familia, y todos, en el colmo de la dicha, inflan el vientre hasta que la saciedad los para.

Y llega la abuela y llora con ellos porque los ve retorcerse y apretar el vientre que acaban de llenar.

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La abuela se da cuenta y quiere evitar el sueño de los que ya están cayendo en el suelo que se hace poco para sobarlos y, mientras les habla en ese idioma que les llega por propio, los acerca al camino y la procesión penosa en busca de alivio recorre la distancia inacabable.

La fiebre sube de los estómagos llenos y el camino parece desplegarse como algo doblado que continúa agregando pedazos.

Cae el perro y el indio más chico cerca del toro negro que chorrea sangre porque le falta una pierna.

La vieja india va detrás, siguiéndolos. Cree que el viento habla, pero no, no es el viento, ni el rumor de los árboles. Es el indio. Habla solo, pero no para sí sino para la india, su mujer, y la vieja escucha porque cuando eso ocurre no hay vuelta atrás.

Y el indio joven le dice que hubiera querido hacerla reina pero no tuvo tiempo, que no quiere esperar más para decirlo porque allá, donde se van a encontrar, no estarán solos y a lo mejor no se anima, y el corazón suelto habla.

La india joven sonríe al tiempo que el indio cansado y satisfecho y los niños completan el grupo que cae porque calmó el hambre.

La abuela india desenvuelve el camino. Termina la visita que no pudo comenzar.

No llora ni está triste porque se cuenta la historia que acaba de escuchar -esa de indios de último momento- para acompañar el regreso.



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ArribaAbajoSuite con vista al mar

La sábana mustia guarda en sus pliegues el olor del sueño, un olor que entrecierra los ojos y expande la modorra.

El cuarto nada tiene de especial: una habitación simple o corriente de hotel que no se considera corriente por tener recortado, en el triángulo irregular que forma el balcón, un pedazo de mar, pedazo caro de mar visto desde un lugar ajeno.

Y el agua se desplaza descargando su furia, y se retira y vuelve a atacar aunque no hay adversario.

La mujer golpea la baranda metálica con un objeto también metálico que no sabe por qué lo tiene. No lo recuerda.

Recorre con los dedos la línea que forman los ojos donde se pierde el mar, como si estuviera a su alcance. Se da vuelta y entra a la habitación, siempre con el objeto metálico en la mano. Pero está sola. Deja de hablar porque le molesta su propio sonido.

No sabe por qué está sola.

Ráfagas de soledad en pareja alcanzan un punto retardado en su memoria.

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Lo escudriña con la intensidad de la acción, pretendiendo abrirlo como si se tratara de un paquete.

Sus pasos se alargan estrechando la habitación, o acortan para ganar espacio, mientras va cayendo en un signo de interrogación que se vuelve laberinto.

Se interna porque, como él suele decir, «nada la detiene».

«¿Nada la detiene? No es cierto; siempre dije que no era cierto».

Se pierde y se encuentra en cada recodo y no sabe si le consuela el perderse o encontrarse.

Habían partido juntos, o por lo menos cree recordarlo con cada golpeteo obstinado en la sien que masajea para bajar la intensidad o el ritmo.

Le perturba el contorno de su propio cuerpo que la sombra marca en el suelo, en las paredes. Siente que la persiguen y está sola, y el objeto metálico continúa con ella, como parte de esa soledad tenaz que bate la penumbra.

Pero, ¿por qué un solo cuerpo, una sola sombra, una soledad, si eran dos...?

El coche corre desenfrenado, casi como la pasión que habían excluido de todo lo demás y de los demás al comienzo, hasta que la soltura de lo exagerado dejó de ser diversión y el «largar la rienda» fue sofocando las sensaciones.

Pero siguieron sintiendo.

Fue sigilo, reserva, ocultación.

«Un descanso arreglará las cosas».

«Sí, estoy cansada», dijo la mujer.

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«Era dócil, hasta un poco pasiva», comentaron después.

«Me ahogo», solía decir apretándose el cuello, bajando luego las manos hasta el pecho.

Ningún especialista encontró la causa del ahogo.

Y la indiferencia no fue suficiente. Era un pliegue de alivio que ablandaba el cuerpo hasta que el impulso de «ser» fue acallado por «parecer», y no era lo mismo, ella lo sabía, una verdad que la llevaba adentro sin haberla aprendido.

Cargaron el auto, sin apuro, sin excitación.

Sólo después el camino liso presionó la angustia y quisieron llegar pronto para disminuir el silencio.

«No es caro y es bueno», dijo el hombre mientras lo envolvía. Ella lo miró fijamente, sin entender. No había relación. No era preciso que fuera bueno. Con tal que funcione...

La cartera hizo espacio para ese objeto que la deformaba.

No hubo intención, sólo un despellejarse de las fibras del sentimiento, un desgaste de la razón, un...

La entrada en la habitación fue silenciosa, cortada por el taconeo de los zapatos demasiado altos y el golpe apagado de la maleta al ser puesta sobre un banco.

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«Con vista al mar», el hombre había pedido.

Estuvieron un largo rato juntos en el balcón, mirando cómo la espuma, desde lejos, parecía hervir.

Los ojos paseaban la incomodidad de la ausencia de palabras sin querer encontrarse, hasta que el hombre «salgo un rato», dijo.

Ella no contestó. Dándose vuelta entró en la habitación.

Al sentarse en la cama, el cuerpo cansado se echó totalmente. Se quedó mirando el techo. Después, pestañeó varias veces para alejar unos puntos ridículos que iban y venían en el aire, acercándose demasiado para luego desaparecer.

Cerró los ojos, con los puntos adentro.

No supo si se había quedado dormida. Todo se balanceaba sin parar. Tenía claro que no estaba en su casa, por el olor especial de la habitación, olor de humedad estancada, de colchones innumerablemente dormidos, de biblias en cajones de la mesa de noche que nunca fueron abiertas, del desinfectante del baño.

Con las dos manos apretaba la cartera donde lo había vuelto a poner. La abrió y sacó el objeto envuelto en papel madera. Tenía que esperar porque él no estaba.

Tenía que esperar...

No, la paciencia no era una de sus virtudes, no, y menos ahora que tenía los puntos metidos en los ojos y las náuseas revolviéndole el estómago con todo ese olor amalgamado, insufrible.

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Volvió al balcón.

El objeto metálico se acomodó en su mano. Lo miró sin verlo, empañados de nuevo sus ojos por el desborde de puntos.

Cuando sintió el disparo, creyó que venía de lejos, hasta que el sonido, aumentado por el laberinto al revés, se posesionó de su mente hasta terminar en silencio total.

El hombre entró en la habitación, con la cara extendida por la sonrisa. En la mano, un enorme ramo de flores.

A ella le gustaban las rosas.

Le gustaban...



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ArribaAbajoEleucadio

Siempre le había molestado el nombre. No supo si su padre se había solazado en la búsqueda o simplemente fue un puñado de letras que tomó al azar y las lanzó, así, como se lanzan los dados en una mesa de juego.

Las letras fueron formando E-l-e-u-c-a-d-i-o. Respetuoso de los vaivenes del azar, se lo puso.

Según había dicho, «las cosas importantes las decido con los dados». Así había sido su vida, toda su vida.

«Te recordarán, hijo», afirmaba con el vozarrón cargado de tinto. «Un nombre así no se olvida».

Pero era justamente el recuerdo lo que Eleucadio quería evitar; el que tuviera orígenes griegos y se identificara con pueblos desaparecidos y una cultura viva y resonante, no menguaba su disgusto.

Su padre lo supo después, cuando las letras ya estaban ordenadas y el nombre puesto.

Entonces se le ocurrió buscarlo en la enciclopedia, por si acaso.

Y estuvo más contento que nunca con el acierto.   —78→   Y lo llamaba varias veces durante el día, sin necesidad, solamente porque quería pronunciar el nombre, y movía y removía los labios y al mismo tiempo los dedos de la mano, como queriendo palpar la importancia de su decisión y acercar la lejanía idealizada.

Pero Eleucadio corría cada vez que su padre lo llamaba; lo hacía tantas veces en el día que, al final, apagaba su voluntad, se comportaba como esos perros adiestrados que saben que de esa manera conforman al amo.

A Eleucadio le tocó el tiempo de crecer.

Y creció entero.

Empezó a responder en forma intercalada los llamados del padre, a dejar de correr, a posesionarse del nombre, a considerarlo y verlo demasiado fuerte e importante, a sentir responsabilidad.

Un día, sencillamente no acudió.

«Ele», llamó el padre, acentuando la primera letra con la fuerza de la orden.

«Eleú», continuó, cambiando de lugar el acento y alargando la terminación hasta dejarla flotar como ánima buscando un cuerpo.

Al final fue el cañonazo, de un golpe seco, que salió de la boca abierta.

«¡¡Eleucadio...!!»

Le pareció que alguien retomaba la terminación y la seguía expandiendo. Y la «o» sonó exclamativa hasta que sintió, nítidamente, cómo rebotaba en los peldaños de la escalera de piedra, escalera de caracol   —79→   al revés que se inicia en una saliente rocosa del fondo del jardín y cae inclinada buscando el nivel de la tierra.

Pero la costumbre de revolver letras y formar el nombre no dio resultado.

Eleucadio no apareció.

Todos lo tomaron como algo natural, que así debía ser o resolverse.

«Ya volverá», masculló el padre, «tendrá que volver».

«No te necesita», escuchó que alguien decía, aunque era una voz sin boca. «Con el nombre tiene suficiente».

Había partido con lo puesto, partida sin retorno.

Al pasar por la cocina, tomó lo que pudo caber en sus manos para que el estómago no lo recriminara.

Fue dejando atrás quebradas, saltando sus alturas como salvaje.

Muchas cosas dejaron de tener importancia y el camino le mostró algo que veía por primera vez, como un gran descubrimiento.

Hasta se dio cuenta de que la tierra era mansa, y lo ayudó así, a su manera.

Cuando acabaron las quebradas, empezó a sentir el frío del cambio de estación.

Tampoco le importó demasiado pero se dio cuenta de que era tiempo de detenerse.

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Se presentó en el primer rancho que parecía casi al alcance de la mano.

Pero el campo era largo y el cansancio igual; lo que creyó cerca no lo era.

Golpeó la puerta con la mano endurecida por el nombre que la hacía fuerte.

Entró y se quedó mucho tiempo.

No quiso contar historias arrastradas y golpeadas por el resentimiento. Lanzaba su nombre como lazo, enganchando al que lo preguntaba.

Había tenido un entrenamiento largo y consiguió que «Eleucadio» fuera su mejor carta de presentación.

No llegó a tener hambre cuando decidió atravesar un tiempo sin rumbo.

Y estaba agradecido.

Era otra cosa que conocía por primera vez.

Aún le resultaba difícil alcanzar el día tranquilo, con los ojos que se abren solos porque ya están saturados de noche y sueño.

Aún escucha esa «o» que siempre se despeña y salta en la cama, queriendo alcanzarla antes de que se rompa.

De pronto, en plena faena, se le da por inclinar la cabeza y correr, correr hasta que un árbol lo detiene, solamente porque creyó sentir, le pareció escuchar...

«¡Ya vuelvo!», grita, para sacarse de encima ese resto de animal domado.

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Su nombre dejó de decirse al descuido, como tratando de hacerlo pasar con rapidez, como palabra que molesta pronunciar.

Empezaron a masticarlo igual que el tabaco, moliendo esa ristra de sonidos hasta sacarlo entero, de una sola tirada.

Ambos se fueron amoldando.

El nombre llegó a convencer al hombre.

Los brazos y la cara fueron cambiando de color.

Eleucadio era el reflejo de la tierra que era preciso remover.

«Eleú está durmiendo», dice la madre mientras aplaca con las manos cualquier ruido.

«¡Hasta cuando!», vocifera el padre. «¡Lo llamé tres veces!»

Eleucadio espanta los demonios que cabalgan su mente. No tiene necesidad de los dados. Envueltos o desenvueltos, se alejan o aproximan; caras pequeñas, que llegan a reducirse hasta perder el tamaño humano, se agrandan con la misma facilidad, volviéndose desproporcionadas.

Es un espejo que se abre para dar paso al desfile de lo que sucedió.

Hundido en el sillón que balancea el pensar y el sentir del cuerpo. Eleucadio sabe que tiene que regresar   —82→   y medirse libremente con su padre, componer lo dañado y borrar para siempre a sus perseguidores nocturnos antes de que las pesadillas se posesionen del cuarto y para él no quede lugar.

Se vistió pausadamente.

Las manos se enganchaban en los hilos de la camisa nueva. Se calzó las botas que había lustrado la noche anterior; colgó la cadena del reloj -que llegaba a ser antiguo de tan viejo- en el bolsillo izquierdo, levantó la tapa y miró la hora antes de guardarlo en el otro bolsillo.

Montó el caballo y lo azuzó, pegando un grito que remontó el aire y se perdió en las alturas.

No era un trayecto para demorarse con caballo joven y jinete mordido por los recuerdos. No era el mismo que había recorrido con las puras piernas y la rabia envasada a todo lo largo. Era un galope que cortaba el espacio, tiempo, corazón, campo.

No vio horizonte ni fue molestado por el sol.

Tampoco supo cuántas veces este se volvió luna y de nuevo sol. Eso sí, llevaba los ojos metidos en las órbitas en una sola posición, agujereando el viento, puestos al fondo de lo que todavía no alcanzaba a divisar.

Y así llegó, frenando el caballo en seco mientras las chispas de la herradura incitaban un relincho ensordecedor.

Eleucadio se deslizó de la montura y tocó el suelo con las piernas juntas. En una argolla colgante enganchó las riendas y entró. Entró prepotente y huraño, hecho todo un Eleucadio.

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Fue demasiada prepotencia para lo poco que encontró en el hecho que parecía quedarle grande al hombre que alguna vez fue fuerte. Su madre continuaba aplacando ruidos mientras un silencio que iba extendiendo la pieza se lo tragaba todo.

«Lo he llamado tres veces», dice de pronto, forzando los ojos que quieren dormirse.

«Lo sé, padre», responde Eleucadio mientras se acerca enderezando la cabeza, erguido, como si una dolencia antigua le impidiera inclinarse.



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ArribaAbajoLos alacranes son de cuidado

Y la tarde se iba como no queriendo, con ese arrastre de cosa vieja inservible, como luz de gas en desuso.

Se iba, a pesar de todo.

Se iba, casi con todo.

Por aquí y por allá algún destello de pura consideración, hasta cerrarse por falta de combustible.

Porque así ocurre, sobre todo cuando la carestía no tiene respeto alguno por la oscuridad, o por los que quieren traspasarla o, por último, para evitar la competencia cuando la cara entera de ese astro nocturno ríe ante la desesperación humana que cobija el miedo en sombras.

Y eso de «me gusta la caída de la tarde» es un temblor de ánimas que empiezan a poblar el aire disfrazado de cigarras que, a su vez, son sucedidas por otros oradores que, «aunque no vienen preparados», entablan un verdadero intercambio de mensajes que llenan misteriosamente los poros hasta hacerlos saltar, entre latidos sin ritmo preciso -más bien impreciso- que aceleran el flujo sanguíneo; una verdadera batalla entre rojos y blancos que nada tiene que ver con la política.

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Y uno se embarca en ese acontecer que chilla quizás qué historias desconocidas, un alfabeto de sonidos, sonidos de paso, de alerta, de molestia, de enervar sin proponérselo, en esa oscuridad redonda que hace gente de los árboles.

Eufrosina advierte que «los alacranes son de cuidado», pero nadie presta atención a ese ir y venir de sensaciones que son demasiadas para escucharla, porque ella siempre dice tantas cosas y ya es costumbre no escucharla, y los pies descalzos buscan el alivio del piso frío y a nadie le gusta que lo molesten, porque el alacrán cree que es una aplanadora, y levanta la cola y, «chácate», se defiende, por más que queda contraído, y viene otra aplanadora para asestar el golpe final.

«Alguien que chupe y lo escupa», dice Eufrosina en medio de bocas de asco; pero la suya nada tiene que perder porque ni forma le quedan a esos labios recogidos para afuera, verdaderas sopapas quizá de tanto hacer lo que otros no quieren, y chupa el veneno y lo larga lejos, «para que no vuelva», dice, hasta que el pie se para de nuevo sobre sí mismo mientras ella se pasa un amasijo de hojas por la boca y los labios.

Entonces es el momento de revisar las camas, porque aparecen en pareja, o por último en compañía, como si fueran a un banquete, y nadie quiere ser el primero -el del hallazgo- porque no es lo mismo buscar una prenda que un alacrán. Y se levantan   —87→   sábanas y contrasábanas y el colchón parece inofensivo, con frunces sospechosos, eso sí; es su forma previa a la espuma plástica y tiene que aguantar intromisiones, sin protestar.

«Ahí está», dicen varias voces combinadas en su falta de atrevimiento, voces acusatorias que buscan a Eufrosina, y ella no resiste esa costumbre, que ya es maña, de sacar de apuro a los otros y, mientras las manos se retiran, ella entra de cuerpo entero, cubriendo miedos ajenos, y asesta la gracia del golpe, uno sólo, para que el alacrán estire pata y cola a un tiempo y la noche vuelva a calmarse hasta que sienta el empujón del día y se retire sin chistar.

Pero no fue así.

Un olor alacranado, mezcla rara de ácido y dulce -olor rancio de historial largo, acumulado-, se posesionó de Eufrosina, guardiana de la tranquilidad. Hasta fue tomando un color oscuro, no sólo en las redondelas de verrugas y lunares heredados sino también en las ramificaciones que la hacían parecer un verdadero peligro, las uñas dadas vuelta como colas de alacrán y el pelo erizado, igual que otras protuberancias que la imaginación llenó de líquido venenoso que podía activarse al menor roce.

No hubo más remedio que matarla.

Son esas necesidades que no necesitan explicación, necesidades necesarias que dejan de lado cualquier otra necesidad.

Pero el problema fue que nadie recordó eso de «los alacranes son de cuidado», ese dicho suyo para evitar desdichas.

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Nadie recordó.

Y la caza obligatoria levantó un cerco guerrero a su alrededor y, a medida que soltaban palos sobre Eufrosina, saltaban alacranes, caían por todas partes, una verdadera multiplicación con atisbos bíblicos que no servía para nada, una abundancia imposible de detener, una Eufrosina que empezó a devorar a sus agresores, a protegerlos, como era su costumbre, para no dejar que otros alacranes se metieran con los suyos.



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ArribaAbajoTrabalengua

Empecé a tartamudear cuando se me trabó la lengua como consecuencia de esa doble aseveración, la segunda más impaciente que la primera, que llevó lo que acababa de decir, no al horizonte -como lo esperaba convencida- sino a la horizontalidad...

No fue un temblor, de esos frecuentes que remueven hoy en día la tierra y remecen la historia.

Es uno de esos movimientos que llevan el temor incorporado, una trampa que conduce a un descender de piernas desiguales por escaleras que renguean.

A veces trato de memorizar frases enteras para evitar la angustia de las letras pegadas que no forman palabras.

Incluso pensé en emitir mensajes escritos, pero ocurre que la mano tiembla y las letras de contornos ondulados no son otra cosa que un tartamudeo de la mano.

Me paro ante el espejo para modular con toda la extensión de la boca, repitiendo y multiplicando formas distintas hasta que el dolor se engancha en alguna parte del oído.

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En cuadernos antiguos, de hojas tostadas por el encierro, he encontrado trabalenguas escritos con letra gótica (cuando me puse los anteojos me di cuenta de que no era gótica sino contornos indecisos), de esos que sirven para probar la destreza de los otros.

Los he ensayado y consigo entonces bloquear acabadamente ese órgano.

Es cuestión de soltarse, pienso, mientras todo el rostro se descompone en facciones que están lejos de parecer inteligentes. Pero igual lo hago cuando no me ven, por más que tengo la impresión de arrastrar la actitud tonta del rostro ejercitado y creo que voy adquiriendo una apariencia extraña.

Trato de convencerme de que no es así.

Busco fotografías antiguas y las comparo con actuales, pero no me aclaran gran cosa. Sólo observo una proporción de tiempo que no ayuda; más bien divierte el problema provocando otro.

Maquillada y con los tacos altos golpeando el suelo, pretendo que la fuerza suba del cemento y fortalezca las palabras arremolinadas en mi mente, pero la apariencia es equívoca y me siguen y el discurso queda más encerrado que nunca.

Lo he probado todo, o casi todo.

Soy perseverante.

En el cine sigo automáticamente, como adivinando -sin que ya importe el idioma- los círculos cerrados, abiertos o intermedios que forman las bocas de los protagonistas pero, al mismo tiempo, dentro de la concentración que casi me aísla, veo sombras   —91→   a mi lado que, entre miradas recelosas, buscan asientos más alejados.

Entiendo, por más que me parece peor el ruido enervante de las cáscaras de maní que caen alrededor y el aroma, fácilmente confundible, se expande produciendo más de un fruncimiento de nariz.

El psicólogo me aconseja que para destrabar la lengua debo trabarla primero, pero últimamente me doy cuenta de que tengo que ayudarlo porque se queda enredado en la demostración.

Al igual que cuando era niña y leía los letreros colgantes, recorro las calles volviendo a esa etapa por una necesidad presente, pero las calles no son mías como entonces.

Hay cosas establecidas que me obligan a ir hacia adelante, y el menor traspié en sentido contrario no es bien visto.

Temo que la lengua quede tan atascada que después necesitaré alguna máquina especial para volverla a la posición normal.

Queriendo ocultar el defecto, casi no hablo, pero sonrío en exceso. Creo que de tanto guardar las palabras se van a apolillar.

No siempre fui así.

Comenzó con un titubeo, justo cuando estaba por pololear, y mi madre, con ese ojo especial que podía ver doble -como insistía al afirmar que por el otro no veía-, reemplazó mi conversación con la suya y al poco tiempo lo convenció.

No recuerdo que me preguntaran si estaba de acuerdo o no, o a lo mejor lo hicieron y de tan asustada   —92→   superpuse los monosílabos, y al no quedar en claro si era «sí» o «no», decidieron seguir adelante.

Y mi madre no cesaba de hablar de la suerte que había tenido, que algunas por mucho menos se quedan solteras, y eso de quedarse soltera parecía muy grave, casi incurable, y llegué a pensar que a lo mejor también era visible y me puse contenta porque de buena me había escapado.

Además -comentaban mis abuelas, en voz baja-, muchas veces eso se arreglaba con el matrimonio.

Por haberlo recogido en algún lado sabía de otras cosas que también se arreglaban con el matrimonio, como la mirada bizca y los pies planos, por más que no llegué a entender cómo ni en qué consistía el casamiento. Seguramente algo se trababa y destrababa y de esa manera había aprendido el psicólogo.

Pero el matrimonio no lo arregló, con el agravante de que estoy casada y me doy cuenta de que, a pesar del problema, no soy nada tonta y el remedio de acción prolongada -como la penicilina que se llama marido «hasta que la muerte los separe»- ha desatado una alergia que es peor que el tartamudeo, y se me ha dado por envidiar a las solteronas y, cuando se me escapa involuntariamente esta aberración, las solteronas irreversibles piensan que la locura se ha agregado a la tartamudez, y yo las miro y quisiera hacer con ellas lo mismo que hizo mi madre conmigo para deshacerme de la alergia y poder seguir preocupándome del otro problema, pero no lo logro porque se me forman pirámides de palabras que caen sobre sí mismas como acordeones que inhiben la intención.

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El psicólogo me ha propuesto que me separe por algún tiempo de mi marido, que descarte las palabras difíciles de pronunciar, que lo acompañe al cine y busque una atmósfera distinta, porque hay que probar de todo y, cuando menos se espera...

Pero me estoy acostumbrando a mi marido.

Claro que casi no hablo y últimamente se me tuerce un ojo, el derecho, y se pierde el círculo oscuro. Con esfuerzo lo enderezo, pero ese no es el problema porque de todas maneras puedo ver. Sólo que, cada vez que me ocurre, mi marido se sobresalta y entonces trago hasta la última vocal y lo que sale es difícil de traducir.

Estoy embarazada. Me han dicho que esa puede ser también una fórmula. Y a lo mejor lo es, pero a veces hay que repetir la medicina. Pero ya no importa tanto. Estoy tranquila: no he vuelto al psicólogo, recojo el ojo cuando se dispara, la alergia la tiene ahora mi marido, en el cine como maní como los demás, y yo, ya no trabo ni destrabo la lengua.

Sencillamente, he dejado de hablar.





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