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ArribaAbajoDespués del combate


¡Oh, hermosa noche, plácida, admirable!
Transido y fatigado
En torno a esta fogata deleznable
Cuya luz ilumina el campamento,
Por fin voy a dormir!...
Mi bravo regimiento
En las altiplanicies acampado
De un arenal estéril, que domina
El valle verde y gris, donde termina
En alto promontorio convertido,
Reposa en este instante
Entregada su suerte a la cautela,
Al ojo vigilante
De alerta y abnegado centinela...
¡Ay! Cuántas reflexiones en mi espíritu
Encienden los reflejos vacilantes
De este fogón, que en medio de la calma
Y plácido silencio circundantes,
Por la más leve brisa alborotado
En rauda variedad de ondulaciones,
Ya rugiente, ya altivo, ya humillado,
Ora vibrando en flámulas,
Ora en chispas, petardos y explosiones,
Remeda con voluble inconsistencia
Del espíritu humano la demencia!
¡Cómo hablan a mí alma
Esos soberbios astros
Cuya serena calma
De hondo contraste sirve a las pasiones
Hirvientes y fogosas
Que agita nuestros fieros corazones!
Arriba paz: abajo encono, guerra;
Luz en el cielo y en la tierra sombra...
¡Incomparable ceguedad que asombra!
¡Odiosa ley que la conciencia aterra!

¡Vayan por lo que valgan estos versos, improvisados al verdadero «amor» de la lumbre, pues nunca fue para mí tan dulce el calor de unos tizones!

Y vaya también por lo que tenga de cierto el dicho, mediante el cual se asegura que lo que se ve negro entre las sombras nocturnas suele resultar azul o color de rosa con luz de sol al siguiente día.

Tal es mi caso. ¡Viva y mil veces viva, y otras tantas bendito sea el capricho que me vino un día de meterme a guerrero!

Así comienzan las páginas del borrador de mi diario, después de una forzosa interrupción de varios días.

Los incidentes de la batalla, recién narrados, tenían allí reservadas las hojas necesarias para anotarlos.

¡Más vale tarde que nunca! Hoy solamente, al terminar el capítulo que precede, me ha sido dado llenar esos claros que dejaban incompleto mi manuscrito.

Para no serle del todo infiel, concluiré copiando lo que sigue y conservándole, por tanto, la forma original, que constituye para mí su mérito único.

Muy verdadera será la copla cantada por el aporreado sargento de aquella zarzuela española que motivó mis primeras emociones teatrales en la época de mi niñez:


«Siempre sin comé,
Siempre sin cená;
¡No hay vía más perra
Que la del melitá!...»

¡Pero ni la sed, ni los cabeceos, ni las piernas porfiadas, ni estas remendadas botas, este traje destruido y estas barbas de chivato (con todo lo cual debo parecer un postillón después de cincuenta leguas de diligencia), son bastantes a disminuir el regocijo con que pienso en la hora de mi entrada triunfal al frente de mi mitad, y en los aplausos de mis parientes, amigos y conocidos!... ¡Haberse batido ayer en Tacna y hallarse hoy sano y salvo y cristiano de pólvora!... ¡Dormir pronto en la ciudad, probablemente en una deliciosa casa, como en Locumba! ¡Comer en el hotel con un chateau! ¡Tirar estos harapientos arreos de uniforme! ¡Pasearse, como hecho de nuevo, por las calles, guiñar el ojo a las tacneñas!... ¿Hay felicidad mayor en el mundo?...

28 de mayo de 1880.

El día ha amanecido hoy hermosísimo.

La acción ha debido costar al enemigo gran número de bajas y pertrechos de toda especie, pues en la tarde, al recorrer el campo, he podido apreciar en toda su importancia nuestra victoria.

Algunos amigos, artilleros, nos invitaron ayer a comer en su campamento.

Alrededor de las fogatas, encendidas con leña del valle de Tacna, hemos recordado de nuevo los diversos incidentes de la batalla y cada una de las observaciones hechas particularmente. Todos estamos de acuerdo en creer que los peruanos no volverán a atacarnos y que mañana muchos de nosotros dormiremos en la ciudad.

Se hacen grandes elogios de la conducta de nuestros oficiales. Según ellos, los que han podido observar el comportamiento en la batalla de algunos como Ignacio Carrera, José María Pinto, Federico Maturana (el bravo ayudante mayor y uno de los más entusiastas y atrevidos entre todos), Elías Casas Cordero, Eduardo Lecaros, Rafael Ovalle, Patricio Larraín Alcalde y tantos otros, no han podido menos que admirar su resolución y sangre fría. Del comandante Holley se dicen muchas cosas buenas.

Yo puedo atestiguar el brillante comportamiento de Joaquín y Arístides Pinto, Martiniano Santa María y Florencio Baeza, a quienes tuve de vecinos.

La visita al campo de batalla ha renovado todas mis impresiones de anteayer. He tenido particular complacencia en recorrer los puntos en que, si la memoria no me engaña, debí hallarme en mayor peligro.

De paso he reconocido los cadáveres de muchos soldados de mi regimiento y, en especial, de mi compañía, por serme más familiar el rostro de éstos. Entre ellos, ¡oh sarcasmo del destino!, el de Francisco Canchú, muerto al final de la batalla, al volver, entusiasta, al fuego y ya en el borde mismo de las barrancas desde donde se divisaba la ciudad.

La vista de su cadáver me conmueve hondamente...

Ayudado por un compañero, le doy yo mismo sepultura.

También he reconocido a otro individuo a quien defendí en un consejo de guerra que se le siguió en Iquique por desertor... ¡Infelices! ¡Quién les hubiera dicho entonces que el escapar a los rigores de la pena capital no sería sino para caer, más tarde, bajo el plomo del enemigo!

Nuestro parlamentario ha sido recibido a balazos. No me extraña semejante actitud de parte de un pueblo que en estas circunstancias ha desconocido hasta los más simples y rudimentarios principios del derecho internacional. Los cónsules extranjeros han hecho, sin embargo, entrega de la ciudad a nuestras autoridades, y se susurra que, entre los primeros, entraremos nosotros. ¡Ojalá sea así, pues tarda ya demasiado el momento en que hemos de ver premiados nuestros sacrificios!

Durante todo el día las ambulancias han recorrido las alturas de la Alianza y a cada instante pasan camillas con heridos de las tres nacionalidades. Los pobres cholos llevan un aire de víctimas sacrificadas y de cierta expresión de dulzura en el semblante. Los bolivianos, por lo contrario, no sé si será idea, pero parecen tener más conciencia de que han caído prisioneros y denotan una especie de ferocidad rebelde que no les va mal. ¡Cómo se ve la diferencia de caracteres entre ambos pueblos!

En cuanto a los nuestros, a pesar de que las torturas de sus horribles heridas les descomponen la fisonomía, se manifiestan altivos y ufanos del triunfo. Todos les dicen palabras de confraternidad y alivio y les baten palmas.

Los que han logrado bajar al pueblo y vuelven llenos de provisiones, tales como frascos de licor y cigarros, se apresuran a rodear a los heridos para participarlas con ellos.

También a nosotros nos ha tocado alguna parte, pues los asistentes nos han brindado con el resultado de sus expediciones, y gracias a las pocas monedas que han hecho el viaje por el desierto, se han procurado botellas de cerveza, algunos fiambres y un queso especial que hace las delicias de nuestros paladares, no acostumbrados ya a tales regalos.

Nos ha parecido inútil levantar tiendas: hemos dormido bajo nuestras mantas extendidas sobre pabellones de fusiles.

Los heridos del Esmeralda son numerosos. Entre ellos se hallan el mayor Coke y tres oficiales: en cuanto a individuos de tropa aún no es posible apreciar su número. Muy sentido ha sido entre todos el teniente Aníbal Guerrero Vergara, excelente compañero y excelente amigo, que, por uno de esos presentimientos inexplicables, anunciaba su fin. ¡Entre un montón de cadáveres lo hemos encontrado atravesado por siete balazos!

El tiroteo cesa enteramente en los alrededores y los últimos ecos de la batalla han expirado en todo el valle.

Mañana ocuparemos militarmente Tacna.




ArribaAbajoTacna

Unas cuantas anécdotas


Primero de junio de 1880.

Por más que haya un adagio que dice que el hábito no hace al monje, es lo cierto que esto de un pantalón más o menos nuevo, con un cuello de camisa más o menos blanco y planchado, una barba acepillada y con forma, en vez de otra desgreñada e inculta, son cuestiones de tal manera importantes en la vida, que me imagino que en ocasiones habrán debido decidir de la suerte de muchos individuos.

Recuerdo que hace tiempo leí un libro lleno de talento, en el cual figuraba un personaje que hizo camino en el mundo sólo gracias a aquellos accesorios. El autor de la novela se propuso probar que a menudo la sociedad juzga a un prójimo por el modo cómo lleva cortada y arreglada la ropa y, en páginas admirables de ingenio, logró establecer su teoría hasta el extremo de convencer al lector de que nada hay en el mundo como una levita salida de los talleres del mejor sastre, y un cuello cortado por el modelo del camisero más en boga.

Y si no, pregúntenlo los incrédulos a quienes, como nosotros, de la noche a la mañana se hayan visto transformados de andrajosos y sucios peregrinos en dandis irreprochables, por el poder de cepillos y peluqueros...

Hace tres días que entramos en la ciudad, habiendo cruzado las principales calles antes de hospedarnos en el cuartel que se nos ha designado.

Perfectamente formados los restos del regimiento y marchando por cuartas en columnas, con la banda de música a la cabeza, en el mayor orden, hemos sido objeto de inspección constante por parte de todos los curiosos, nacionales y extranjeros, que ocupaban los balcones de las casas y las puertas de los almacenes.

De cuando en cuando nos ha parecido, también, ver entreabrirse una cortina y asomarse tras ella, tímidos, pero más curiosos aún que tímidos, unos ojos negros, que nos miraban un instante al través de los vidrios.

Pero, ¡ay!..., ¡nuestra ilusión sólo duraba un instante, pues apenas veía ella que la observábamos desaparecía!

¡O, quién sabe, también, si el vernos tan feos, con nuestros trajes llenos de polvo y nuestros cabellos largos de patibularios no les infundía miedo... pobrecillas! Y así debía de ser, en efecto, pues hoy, acicalados y relucientes, hemos vuelto a pasar frente a la misma ventana y los mismos ojos nos han mirado, y esta vez con más atención... ¡hasta podría asegurar que nos han seguido algunos momentos!...

Tacna es una bonita ciudad. Sus calles, aunque algo angostas, con edificios bajos como los de la generalidad de las que conservan el carácter que les imprimió la dominación española, guardan, sin embargo, cierta regularidad.

La tarde de nuestra entrada nos ocupamos en recorrer la población.

Por hallarse del todo tranquila, se nos permitió libertad absoluta, quedando sólo en el cuartel los oficiales de servicio.

Dispersos en grupos, visitábamos cuanto juzgábamos digno de llamar nuestra atención, y a la verdad que en esta operación no nos mostrábamos exigentes, pues la falta de costumbre de ver tiendas, carruajes, hoteles y teatros nos hacía encontrarlo todo maravilloso.

Me han llamado sobre todo la atención las indias bolivianas, denominadas rabonas, que se hallan en gran número, por no haber podido las más seguir a sus fugitivos camaradas.

Son éstas unas mujeres que recuerdan todas a la Maritornes de Cervantes: chatas de cara, y de cuerpo robustas, desgreñadas y vestidas con bayetas de colores fantásticos; muchas de ellas llevan sus hijos a la espalda, en una bolsa, a la manera de los indios del Chaco y de Arauco. Hablan un idioma especial que no es precisamente el quichua, y que se asemeja más al aimará, pero que, probablemente, participa de ambos.

Según se nos ha dicho, estas indias sirven mucho a su ejército durante las marchas, ayudando a los soldados a llevar el rollo, la caramayola y aun el rifle, pues son tan fuertes como ellos e igualmente resistentes a las fatigas.

La miseria que reina en Tacna entre el bajo pueblo parece horrorosa. Y, sin embargo, el ejército no carecía de víveres a pesar del bloqueo de Arica.

Dicen los extranjeros que todos los días había bailes y fiestas, y que los más celebrados entre los jefes han sido los bolivianos, mientras estuvieron al frente de las fuerzas.

De cierto jefe se asegura que se hacía escoltar en las calles por un séquito de más de veinte ayudantes, de modo que a larga distancia podía saberse por el ruido de los sables la aproximación de tan interesante persona. Parece, también, que el mismo empleaba la mayor parte de su tiempo en banquetes y darse bombo. Tenorio por naturaleza, se hacía notar entre las bellas por sus fastuosos obsequios y por los retratazos, a modo de serenatas, que encomendaba a las mejores bandas de sus regimientos.

Muy indignados están, en general, los extranjeros y aun las mujeres peruanas con la conducta de sus defensores. Si ha de creerse a la vox populi, los derrotados que pasaban por las calles saqueando los almacenes y, en especial, los puestos de licores, eran apostrofados por las mujeres del pueblo, quienes les querían obligar a volver al campo de batalla, con todo género de insultos pero, sin lograr hacerse oír.

Los peruanos culpan de su derrota a los bolivianos y éstos a los peruanos. La verdad es que los regimientos de Campero han sufrido un sinnúmero de bajas.

He visitado los hospitales en compañía de algunos amigos. Nuestros soldados están bien atendidos y se manifiestan conformes con su suerte. Dicen que la patria los recompensará, y esperan ansiosos la vuelta al hogar.

Las señoritas de Tacna se han demostrado humanitarias y valientes. Muchas de ellas se ocupan en atender a los heridos, sin distinción de nacionalidades.

Ayer, sobre todo, ha sido muy frecuentado uno de los hospitales. En la sala de los amputados tuve la fortuna de cruzar mi primera palabra con una encantadora tacneña, rubia, de ojos divinos y talle flexible. Se ocupaba, en compañía de otras dos, igualmente hermosas, en distribuir cigarros a los pobres heridos, cuando la casualidad me acercó a ellas.

Iba yo acompañado de Ignacio Carrera. No necesitaba más.

Con un pretexto cualquiera, el galante mocho (sobrenombre que familiarmente le dábamos) se aproximó, resuelto a entrar en conversación, y comenzó por ofrecerles sus servicios como auxiliar. La respuesta fue un delicioso movimiento de desdén de ésos que llamamos un torcido o un dengue y que se manifiesta tan especialmente por cierta actitud altiva de la cabeza acompañada de una dilatación o estiramiento brusco del labio inferior.

Pero Ignacio no era hombre de desconcertarse por tan poco. Manifestó cuánto sentía que su oferta hubiera hallado tan mala acogida y, quitándose del ojal de la casaca un botón de rosa té que llevaba a pesar de la severidad del uniforme, que nadie como él sabía respetar, expresó el deseo de que, por lo menos, ésa fuera más afortunada.

-¡Será robado!... -le replicaron, y enseguida- ¡Porque todos ustedes son unos ladrones, que nos han arrebatado nuestra Tacna!

Recuerdo que un viejo pariente mío, reputado como muy conocedor de la índole femenina, decía que no hay nada más significativo que esos enojos de mujer y esos modos de que ellas se valen intencionalmente cuando desean que se las festeje. En su manera de ver, en la contestación de nuestra linda rubia debía entenderse algo así como si quisiera decir:

-Sigue, sigue ofreciéndome la flor, porque si no creeré que eres un nene.

Era, pues, preciso contestar al duro apóstrofe hecho con la cara más mona del mundo, y contestarlo con mucha oportunidad.

-¿Y por qué, entonces -insistió mi amigo-, si somos así como ustedes nos creen, ninguno de nosotros se ha robado aún el oro de esas magníficas trenzas?... ¡Vamos, confiesen ustedes que habríamos comenzado por ahí!...

No había réplica: la rebelde enemiga quedaba vencida y no tenía más que... aceptar la flor.

A partir de ese momento, quedamos en situación de que se nos escuchase y, aunque mi compañero Carrera había hecho todo el trabajo de ataque, cumplíame también participar del botín. Un cuarto de hora de conversación, durante el cual debimos defendernos de mil cargos, fue el premio del asalto.

Y ya que cito este hecho, no estará de más que anote aquí mi primera «aventura», que se refiere al modo cómo Joaquín Pinto Concha y yo encontramos un alojamiento inesperado la primera noche que dormimos en Tacna, y que fue precisamente la de la misma tarde del hospital.

De calle en calle y visitando tiendas, almacenes y monumentos, habíamos caído en una especie de avenida que conducía a varias encrucijadas un tanto separadas del centro de la población.

Al doblar la primera esquina, nos detuvimos enfrente de una fotografía que nos pareció bien montada y se nos ocurrió entrar con el objeto de mirar los retratos.

Pisábamos apenas el umbral de la puerta y ya el dueño del establecimiento, que al divisar uniformes chilenos se había levantado respetuosamente, nos hacía mil cortesías con otros tantos ofrecimientos apresurados de su casa, sus planchas, su amistad y «cuanto pudiera sernos agradable». Llevados de la curiosidad, nos hicimos mostrar algunas fotografías, pidiendo a nuestro buen peruano que escogiera las de las bellezas más reputadas del lugar.

Entre montones de tarjetas que nos iba exhibiendo, con mil disculpas por el desarreglo, motivado, según él, por el poco negocio que se hacía a causa de la guerra, nos llamó la atención un grupo de adorables cabezas de mujer. Dos preciosas caritas con ojos inmensos, profundos y velados por pestañas que les hacían aparecer adormidos a su sombra; bocas con labios provocadores, cabellos que invitaban a ser entretejidos por manos apasionadas, ¡tales eran las que formaban el grupo!...

-¿Quiénes son estas hermosas muchachas? -preguntamos.

-Las de G...

-¿Tacneñas?

-Sí, señorías...

Este título nos era dado indistintamente con el de comandantes, extrañándonos no oír el de excelencias, ¡que hasta ése habría podido dictar el miedo a nuestro anfitrión!

-¿Y viven esas señoritas aún en el pueblo?...

-Muy cerca de aquí: a cinco minutos de camino.

-Gustosísimo, pues el famoso «pues» o «puis» de los peruanos aparecía ya. ¿Quieren ustedes que los encamine el zambo?...

-Pues venga el zambo...

El que así se denominaba era un negrillo de trece a catorce años. Apareció temblando.

En un segundo quedó impuesto de lo que se trataba. Para quitarle el susto le dimos una moneda acompañada de un coscorrón, que le hizo mostrar, tranquilizándolo, sus dos hileras de dientes, blancos como granos de choclo.

El negro adelante, nosotros siguiéndole, a medida que andábamos íbamos deliberando cómo hartamos para divisar a nuestras deidades del grupo. La cuestión era llegar hasta la casa, rondarla un poco, o sino, golpear a la puerta con un motivo cualquiera y siempre imbécil en tales circunstancias, y entrar después en relación con el padre, la madre o Perico de los Palotes, con tal de verlas. Nuestras intenciones eran perfectamente inocentes, y al fin, ¿qué tendría de particular salir por una vez de las reglas tiránicas de las conveniencias estrictas, cuando se trataba de dar gusto a la vista, privada durante tanto tiempo de semejantes regalos?...

Al cabo de un momento de discusión, durante el cual habíamos fijado diez proyectos que rechazábamos enseguida, por no parecernos convenientes, se nos ocurrió uno que, lejos de ser nuevo, debía habérsenos venido a la mente antes que otro cualquiera. Era aquello lo del huevo de Colón. Buscábamos alojamiento: los hoteles estaban llenos de oficiales, éramos jóvenes de modales más o menos caballerescos, que debían necesariamente infundir confianza; no podíamos pasar otra noche en despoblado o mezclados entre las tropas; la cosa era clara: pedíamos hospitalidad a los vecinos, ofreciendo en cambio, con nuestra sola presencia, la tranquilidad en el hogar, turbado sin duda por el temor de atropellos nocturnos de parte de los soldados chilenos, ya que a pesar de su calma y disciplina ejemplares, el hecho sólo de ser vencedores y ocupantes por asalto de una ciudad, podía hacerles temibles, sobre todo cuando para juzgarlos se había dado crédito a todas las especies falsas propaladas maliciosamente de antemano con el fin de intimidar. Pues, señor, la dificultad quedaba resuelta y el plan de ataque combinado.

A tiempo llegábamos a esta conclusión, pues el negro, que se había detenido al frente de una casa de aspecto pasable, nos la indicaba como la que buscábamos. Listos, le dimos otra moneda y lo despachamos, sin coscorrón esta vez, que para ello no nos dio siquiera ocasión... ¡Con tal ligereza de piernas echó a correr!...

Llamamos a la puerta y nadie nos respondió... Volvimos a golpear... inútilmente. ¡Diablos!... ¡La cosa empezaba mal!... Redoblamos, sin embargo, los golpes, pues estábamos resueltos a no abandonar la aventura hasta no haber quemado el último cartucho. Esta vez el éxito coronó nuestra constancia. Bastante turbado y con aire de sorpresa, un señor alto, grueso y de largas patillas, apareció tras de la puerta, medio entornada aún, y asomó hacia afuera la cabeza.

Antes de interrogarle nosotros y junto con ver nuestros uniformes:

-Dispensen ustedes, señores -nos dijo-, pero como no recibimos a nadie, no esperaba el honor de la visita de ustedes...

-Caballero -le replicamos-, tócanos a nosotros dar antes a usted todo género de excusas; pero colocados en la difícil situación de quedarnos sin alojamiento por esta noche, llenos como lo están nuestros cuarteles de tropas y repletos los hoteles de jefes y empleados civiles, nos hemos permitido llamar a su puerta para pedirle una cama por esta noche y mientras nos llega nuestro equipo que aguardamos de un momento a otro. Aceptaremos (y excusado es decirlo) las condiciones que por la hospitalidad quiera imponérsenos. Somos oficiales y garantizamos la honorabilidad de nuestras personas.

Nótese que habíamos dicho condiciones en vez de precio: de ninguna manera hubiéramos querido ofender en lo más mínimo la delicadeza de quien debía ser excelente papá de nuestras deliciosas cabecitas del grupo.

-¡Sean ustedes bienvenidos!... -fue la contestación que con la mayor amabilidad del mundo recibimos, y tanto que no pudimos menos que mirarnos con extrañeza, pues no nos esperábamos tal fortuna...

Sin embargo, nos llamaba la atención notar en el acento de nuestro anfitrión algo de catalán o portugués, que nos hizo pensar o que el fotógrafo nos había engañado maliciosamente o que el bellaco negro se había equivocado, y en vez de la casa buscada nos hubiera señalado... ¡Terrible sospecha!... Algún hotelillo o fonda española o lusitana...

Pero sin darnos tiempo para reflexionar más...

-Pasen ustedes, pasen ustedes -agregó.

Lo hicimos así sin melindres, y nos encontramos casi de repente en un saloncito coquetamente amueblado, que nada tenía por cierto del de un establecimiento de aquel género...

-Caballeros -repitió nuestro bondadoso desconocido-, no extrañen ustedes que les reciba con tanta franqueza y sin más ceremonias; pero en mi carácter de neutral...

Al oír la palabra neutral no pudimos evitar un movimiento de sorpresa que íbamos ya a manifestar, cuando vimos abrirse la puerta de comunicación, que probablemente conducía a las habitaciones interiores, y por ella adelantarse una señora alta, hermosa y de fisonomía simpática y bondadosa.

-¿Cómo están ustedes? -nos dijo con una entonación andaluza de las más puras-; ¿en qué podemos ser a ustedes útiles?...

-¡Caracolillos! -dijimos para nuestras casacas- ¡A este paso!...

-¡Nuestra casa está a la disposición de ustedes!...

-Mil gracias -replicamos inclinándonos, pero a cada momento más y más intrigados.

Y no era para menos... ¿Cómo esta familia de peruanos nos brindaba así, sin más auto ni traslado, su hospitalidad, en circunstancias en que el enemigo había forzado a bayonetazos el paso a la ciudad que les viera nacer?...

Tal idea nos preocupaba, sobre todo cuando, por lo que habíamos oído y presenciado en Iquique, las familias de nacionales se habían negado siempre, con dignidad perfecta, a recibir en sus salones a los enemigos de su patria... ¿Qué podía ser, pues? Pero... ¿quién nos metía a discurrir...? ¡Cada uno conoce su cuento, pensamos, y es muy cierto lo de que más sabe el loco en su casa, que el cuerdo en la ajena!

Sin vacilar más, por tanto, dimos las gracias otra vez, cortésmente, pero mirando de cuando en cuando, y así como si la vista se nos fuese de aquel lado, hacia la puerta que acababa de abrirse, ya que, según marchaba la aventura, no sería raro, en algunos segundos más, ver entrar por ella a nuestros dos pimpollos del grupo que, a su vez, habrían de ofrecernos su amistad y sus sonrisas.

-¡Si supiera usted -continuaba entre tanto nuestra interlocutora- cuán asustadas hemos estado y cómo hemos pedido a Dios que la batalla se decidiera por uno u otro bando indistintamente, pero con tal que no durara mucho tiempo, para evitar la efusión de sangre!...

-Señora, es demasiada galantería de parte de usted el decir que el triunfo de los suyos o de los nuestros le habría sido igual; descuide usted, nosotros comprendemos muy bien sus sentimientos y no tema que tomemos a mal...

-¡Pero no -interrumpió-, nosotros..., como extranjeros!...

-¡Cómo!... ¿No es usted peruana?...

-No, señor, españoles -contestó el esposo-, y, aunque lamentamos muy de veras, como es natural, la desgracia del Perú, no tenemos, por lo demás, motivos de odio a Chile...

-¿El nombre de usted, si no es indiscreción?

-Me llamo P...

P..., había dicho; P..., bien claro. ¡Y el señor a quien buscábamos se llamaba G!...

¡Tarde lo veíamos; el bribonazo del fotógrafo nos había engañado!... ¡Canalla!... Si en aquel momento le hubiéramos tenido por delante, le habríamos dado de planazos... ¡Y ya no había remedio!

Esto nos lo dijimos con los ojos, seguramente, y con la mirada también debimos hacernos mutuamente comprender que lo mejor sería poner «a lo hecho pecho», como suele decirse, y quedarnos, por tanto, metidos en el lance que, al fin, quién sabía cuántos buenos resultados no podía reservarnos...

La cosa no se hizo esperar.

Después de un momento de charla en que los esposos P... se demostraron personas de educación exquisita y excelente corazón, como buenos españoles, y nosotros jóvenes discretos y de fiar, quedó hecha la declaración de parte de los dueños de casa de que con aceptar, no sólo por esa si no también por las siguientes noches y días, una cama y un asiento a la mesa, llevábamos la más absoluta tranquilidad y confianza a la casa, tanto más cuanto que las muchachas...

-¡Hum!

-Tanto más cuanto que las muchachas no habían podido dormir aquellas últimas noches por miedo a un asalto.

-¡Pobrecitas!... Pues denles ustedes todo género de seguridades: estando nosotros aquí nada tendrán que temer... ¿Tienen ustedes hijas?

-No, señores; una sobrina solamente, pero por el momento hay además en casa hospedada una amiga nuestra, viuda, peruana (aquí el señor P... bajó la voz y habló con misterio) con sus dos hijas; todas excelentes señoras, cuyos parientes, un tío y un primo, se hallan en el ejército, sin que sepan la suerte que han corrido: no creen, sin embargo, que hayan muerto, pues pertenecía el uno a la reserva y el otro era médico de ambulancias...

Se nos presentaba una ocasión de hacernos idolatrar y estábamos resueltos a aprovecharla. Si los guerreros en cuestión (uno de ellos a lo menos) se hallaban prisioneros, nos sería fácil atenuar su suerte. Lo prometimos, pues, al señor P..., quien no tardó en comunicar la noticia a sus huéspedes.

Este solo hecho bastó para que un momento después, reunidas en conversación, triste y lloriqueadora al principio, pero agradable y aún alegre más tarde, olvidando por un momento rencores y aun el riesgo que probablemente corrían (sobre todo si iban corriendo) el primo y el tío, todas las personas de la casa, sin que faltara ni la viuda ni sus hijas, nos hicieran pasar un buen rato, hasta que, sonando la hora de llamada, nos vimos obligados a despedirnos, habiéndosenos antes dado el santo y seña, con que después de la retreta deberíamos anunciarnos al volver por la noche para tomar posesión de nuestro alojamiento.

Salimos, pues, encantados con nuestra suerte y pensando de antemano en la cara que pondrían los compañeros al escuchar la narración de nuestra aventura.

A la hora señalada nos hallábamos de nuevo enfrente de la casa del señor P..., frescos, bien peinados, los tiros y conteras relucientes, cual cumplía a perfectos militares, y armados, por añadidura, de sendos bouquets, confeccionados por la mejor florista disponible de Tacna.

Para abreviar concluiré diciendo que hoy aún nos encontramos viviendo en casa de nuestro amigo español, quien se manifiesta cada día más atento con nosotros. La sobrinita es deliciosa: una andaluza completa de figura y gracia, con ojos hermosísimos y mucho garbo y mucho «salero», como dicen sus paisanos.

Entre la charla y el juego de naipes hemos pasado estas últimas noches.

El departamento que nos han dedicado los esposos P... es cómodo y elegante. Tenemos en él cuanto necesitamos: nuestras camas son deliciosas, y tanto que enrollados en sus sábanas se nos han pasado ya dos listas de diana.

El recuerdo de nuestras penurias de la campaña y la consideración de que no hay para qué ser por el momento demasiado severos con nosotros, nos han merecido disculpa de parte de los jefes.

¡Gozar del sol mientras dure!...

Pero debo una explicación sobre lo sucedido con el fotógrafo y el negro, que manifestará cómo por una equivocación de este último las muchachas del grupo se quedaron sin nuestra visita; lo que, por otra parte, en nada ha de haberles afectado, supongo...

Llamado el zambo a comparecer a nuestra presencia, fue interrogado acremente por su amo, quien le exigió la descripción de la casa enfrente de la cual nos había hecho detenernos: esto es, de sus puertas y ventanas, del color de sus paredes, etc.

Lo sucedido era lo siguiente: el negro había tomado otra parecida, muy parecida en verdad, según lo atestiguamos después; pero con algunas diferencias notables, entre otras las de tener cinco ventanas en vez de seis...

-Pero, en cambio -interrumpimos nosotros-, y para consuelo del negro, hemos encontrado tres muchachas en vez de dos... con que ya lo ve usted... ¡Nos sobra el material!...

La plaza fuerte de Arica, último baluarte peruano, con su morro colosal y sus minas de dinamita, sus baterías flotantes y todo el material del ferrocarril cayeron, como Tacna, en nuestro poder, después de una reñidísima refriega en que la guarnición, compuesta de más de dos mil hombres, fue pasada a cuchillo.

Refugiada en sus posiciones y bien provista de pertrechos de guerra, la división del coronel Bolognesi se decidió a sucumbir antes que rendirse.

Los detalles de la acción, bastante honrosa para los batallones peruanos, nos fueron llegando poco a poco, pues nuestras divisiones destrozadas habían quedado en Tacna, mientras la reserva sola acometía el asalto de las fortalezas del puerto.

Sabíamos que el enemigo había empleado los últimos recursos permitidos por el derecho de gentes para defenderse y que aun esos les habían sido insuficientes.

Se han citado después hechos heroicos de algunos peruanos, y se ha dicho que jefes como Moore (el antiguo comandante de la Independencia, perdida por él en el combate de Iquique) lavaron con muerte gloriosa un pasado poco honroso.

Desesperando los pocos que sobrevivían de hallar salvación en la clemencia de los nuestros, que no les daban cuartel (encolerizados como estaban por los medios de que se echaba a mano para resistirles), se arrojaban desde lo alto del morro al mar, haciéndose trizas sobre las rocas al caer en el fondo del precipicio. ¡Cuántos perecieron así! Este nuevo desastre del Perú nos daba por el momento la absoluta dominación de la provincia de Tarapacá.

Entre tanto, el ejército acantonado en Tacna y distribuido en divisiones escalonadas, que se extendían hasta muy cerca de la frontera boliviana se reposaba de las fatigas de la campaña y atendía al restablecimiento de sus heridos.

La ciudad tomaba cada día nueva animación. Las familias de extranjeros se dejaban ver y aún recibían las visitas de muchos oficiales que en poco tiempo se hacían amigos de la casa. ¡Hubiérase dicho que Tacna preveía ya que los reivindicadores de sus derechos no habrían de abandonarla tan pronto!...

En cuanto a las familias nacionales, a pesar del luto que las desgracias de la patria les hacía llevar forzosamente, algunas, que directamente no estaban obligadas a guardarlo por no haber perdido deudos en las batallas, fueron poco a poco abriéndonos sus puertas, aunque siempre con alguna reserva, lo que, por otra parte, era perfectamente natural. Nosotros correspondíamos con toda delicadeza a esa distinción: jamás tratábamos la cuestión de la guerra. No se «hacía música» ni se bailaba; pero en cambio se disponía de todos los otros recursos que presenta la buena sociedad.

Diversas tentativas hechas durante el primer mes para obtener de los dueños de casa que consistieran en que, por fin, los pianos dejaran oír sus voces, fueron inútiles. Por lo demás no insistíamos demasiado, temerosos de herir su susceptibilidad. Sin embargo, no desesperábamos.

Recuerdo que una noche estábamos de visita en casa de una familia muy amable: eran los días del jefe de la casa y nos habíamos reunido unos cuantos oficiales y algunas muchachas amigas de la familia.

Sabiendo de antemano lo que sucedería, nos habíamos completado para obtener a toda costa música y baile.

Las primeras horas pasaron en conversación grave: un momento después el ponchecito, el champagne, comenzaron a hacer su papel y a encender los entusiasmos.

De repente resonaron en un rincón de la sala, y como perdidas entre la charla y animación, las palabras piano, baile...

Todos pudieron oírlas perfectamente y, sin duda alguna, como todos, los dueños de casa.

Sin darse por entendidos, no pudieron, sin embargo, disimular una sonrisa, suficientemente perceptible para los que estábamos empeñados en apoderarnos de la menor oportunidad que pudiera sernos propicia.

Por cierto que no dejamos pasar la que se nos presentaba.

-¡Baile, música!... -dijimos en coro.

Y entre los «que no se puede», «¡que sí se puede!...», «que es impropio...», «¡que no lo es!...», una de las muchachas, menos escrupulosa que los papás, interrumpió, dejándose oír con toda resolución:

-¡Pongámosle una condición a los chilenos! -exclamó.

-¡Venga la condición!... ¡Venga la condición! -repetimos a una voz.

-¡Pues canten ustedes la canción peruana en coro antes! -prosiguió.

¡La canción peruana!... Preciso era confesar que la cosa era fuerte... Pero, qué significaba para nosotros, jóvenes todos, muchachos los más, gritar a toda voz: «¡Somos libres, seámoslo siempre!», etc., palabras con que principia el himno de aquella nación tan desgraciada?...

Esto lo pensamos probablemente en un segundo y casi todos al mismo tiempo, pues después de consultarnos un instante con la mirada, nos precipitábamos de golpe al piano, y mientras unos afinaban la garganta, otros comenzaban ya la primera copla, seguidos por las muchachas que, saltando por sobre los aturdidos viejos, a quienes no habían dado un segundo para volver de su asombro, se disputaban el placer de «atacar» el instrumento.

Entre risas y desentonos, se acabó la primera copla.

En este punto las cosas, y aprovechándose de una ligera pausa en medio de la confusión, uno de los compañeros, excelente músico, tomó posesión del banquillo y preludió los compases de un lindo vals de Strauss... El efecto fue el del «baile irresistible», del cuento de Sarmiento. Diez parejas se formaron como por encanto y el baile se hizo general...

En adelante, ya mi libro empieza a hacerse flojo y monótono.

Al entrar de nuevo en la vida de guarnición y mientras los ejercicios diarios y las fiestas de la ciudad ocupaban nuestro tiempo, mis anotaciones se limitaban a hechos sin interés, simples recuerdos privados, que hoy me hacen sonreír al recorrerles...

Ansioso de volver a la patria, llamado constantemente por mi familia, cuando ya se preparaba la expedición a Lima, que debía inaugurar la segunda campaña, obtuve, previo formal compromiso de honor con mis jefes de regresar en un mes más, licencia para ir a Chile.

Por circunstancias especiales incluiré, en capítulo separado, la narración de la travesía, rumbo a la patria, a bordo del transporte Lamar y mis conjeturas sobre el misterioso naufragio del histórico navío, escrito todo ello varios años después.




ArribaAbajoEl Lamar

La hora era ya avanzada. El sol se ponía tras de la línea del horizonte, hundiendo lentamente su disco rojo y agigantado, que parecía crecer y enrojecerse aún al sepultarse en las profundidades del Océano.

El Lamar, que hasta ese momento se había mantenido amarrado a uno de las boyas del oeste, largaba, por fin los cables por la proa en el puerto de Arica y, cargado hasta los topes con un sinnúmero de soldados heridos o enfermos, salidos de los hospitales militares del campamento para ser trasladados a bordo en camillas, fijaba rumbo al sur, después de doblar rápidamente la punta del Morro.

Una hora más tarde, las casas del puerto asaltado, las colinas, los fuertes con sus muros y cañones formidables, el Morro mismo, minutos antes tan majestuoso, se borraban poco a poco a la vista y desaparecían, por fin, entre la bruma y la lobreguez crecientes...

Al caer de la noche todo era ya en torno nuestro un caos impenetrable. Pero a pesar de que a proa como a popa, a babor como a estribor, una espesa neblina nos envolvía en su oscuro y húmedo manto, el buque andaba a toda máquina sobre la superficie callada y tranquila de los mares de aquella región excepcional del continente sudamericano, en donde, a menudo, traidoras calmas, suelen desesperar, por la frecuencia y tesón con que se presentan, a las tripulaciones de los barcos que, obligados de repente a detenerse en su marcha, aguardan allí en vano, y a veces durante días enteros, el soplo de la brisa bienhechora que ha de hinchar la lona del velamen e impulsarlos hacia el puerto de su destino.

En otras ocasiones, por lo contrario, tempestades terribles conmueven esa región. El viento de la costa se alza airado; la superficie del mar pierde súbitamente su serenidad; las olas comienzan a crecer y a rugir con furor; el huracán aumenta por instantes, y al cabo de una o dos horas, la más espantosa de las borrascas pone en riesgo la vida de los valientes veleros que hayan tenido la desgracia de ser sorprendidos allí y a quienes no queda, en tal caso, otro recurso que huir, torciendo el rumbo, a capear el temporal.

Dos días después estábamos al frente de Antofagasta.

Hasta entonces el tiempo había sido espléndido, y los pobres enfermos y heridos de a bordo que regresaban a la patria gozaban a plenos pulmones del aire fresco y vivificante que, casi sin precauciones, se dejaba penetrar por las escotillas del entrepuente, en donde se había organizado el hospital flotante.

Algunos, menos afortunados, sin embargo, habían sido relegados a la cubierta del buque, único sitio disponible, pues el gran número de pasajeros hacía que el espacio faltara en lugar más conveniente.

Allí, acondicionados en un rincón de la popa, se hallaban tendidos treinta o cuarenta de esos infelices, resguardados apenas de la intemperie y del sol por una tienda de lona que el viento de la marcha bastaba en ocasiones para desquiciar y desarmar casi del todo. Ello era causa de un continuo ir y venir de marineros que, bajo las órdenes del capitán, motivadas por las reclamaciones sucesivas de oficiales y practicantes, se dirigían hacia allá renegando, a renovar una costura o a reforzar una amarra.

Entre los heridos de cubierta había un cabo dragoneante, un pobre chillanejo horriblemente maltratado por la fractura de una pierna y la amputación reciente del brazo izquierdo: todo ello ocasionado por cuatro o cinco balazos recibidos con porfiada y cruel fatalidad en el heroico asalto de las fortalezas de Arica.

Extenuado por la fatiga del dolor y por la debilidad, sus sufrimientos se habían acrecentado aún con el ataque repentino de una terrible fiebre terciana, cuyo germen, cogido en el seno de los valles envenenados del interior, estallaba a la sazón, agravando su mal en tal manera, que sólo un cambio radical de clima podría hacer quizás -a juicio de los médicos-, el milagro de arrebatarle a una muerte segura.

Y el pobre Casimiro (éste era su nombre) se había resignado contento, a abandonar el hospital militar de la guarnición, con la esperanza vana de aspirar un soplo de vida en las brisas saladas y tónicas del mar, o morir en la travesía; pero «¡Morir siquiera...» -como lo decía con voz desfallecida a sus camaradas de martirio, al mismo tiempo que una sonrisa amarga y doliente dilataba sus labios-, «...morir siquiera en el camino hacia la patria!».

Por pedido particular suyo, al trasportarle después al navío se le había acondicionado sobre cubierta, en «la carpa de los sobrantes», como decían en su lenguaje seco de soldados los oficiales encargados de su custodia...

¡Pobre Casimiro! Recuerdo que con empeño especial solíamos algunos de nosotros ir varias veces durante el día a informarnos de su estado. Siempre lo encontrábamos valiente, heroico, luchando con voluntad de hierro contra sus terribles sufrimientos.

-Anoche ha tenido delirio -nos decía el practicante que le asistía.

Y alguno de los otros heridos, sus vecinos de cubierta:

-¡Ya le va quedando poco! -agregaba con tono compasivo y amistoso-. ¡Ya le va quedando poco! ¡Pobre Casimiro!...

Aquel barco sombrío, aquel cielo triste y a cada instante más opaco y plomizo; aquel aire frío enervante de tarde nublada de invierno; aquel infeliz moribundo tendido sobre una camilla desvencijada y estrecha, con su cuerpo a la intemperie, casi desnudo por consecuencia de su mal, y cubierto, sin embargo, de un copioso sudor tísico, devorado por el calor desesperante de la fiebre, agitándose convulsivamente con el exterior de una verdadera agonía, ¡qué cuadro!

-¡Pobre Casimiro! ¡Cuán poco le va quedando! -volvían a exclamar los soldados, sus vecinos.

La mañana siguiente amaneció hermosa. El cielo despejado, la brisa fresca, pura y marina. El mar tranquilo.

Todo el día, navegando a distancia de la costa, avanzamos sin variar de rumbo, hacia el Sur.

Recuerdo que durante más de tres horas permanecí sobre el puente, paseándome a trechos a lo largo de la cubierta. Desde allí me deleitaba en mirar cómo el buque rompía las olas con la proa y formaba estrías de espuma blanca, blanca como copos de nieve.

A lo lejos, muy lejos, por el lado de babor, una faja vaga, perdida, dibujaba en perfiles suavemente ondulados los accidentes de las primeras costas de «Chile viejo».

Aquello debía ya de ser Atacama.

Sólo, el barco aislado en el azul inmenso, semejante a un punto perdido en una vasta circunferencia, parecía tener vida en medio de aquel desierto grandioso formado por el cielo y el mar.

Sobre su cubierta había movimiento y ruido. Los marineros, sin trabajo por el momento, recostados de espaldas, cantaban y risoteaban, fumando sus pipas, cuyo olor acre y penetrante se mezclaba al de la brea, contrastando singularmente con el perfume delicioso de las emanaciones salinas, sanas, tónicas y vírgenes de todo germen de veneno y corrupción.

La noche llegó por fin, noche tranquila, melancólica. Los marineros dejaron de cantar sus canciones, y el eco de sus últimas voces quedó entonces ahogado por el sordo mugido de la mar sonora. Se encendieron las luces a bordo, y el grumete de servicio izó lentamente por las cuerdas de la jarcia el fuego rojo del vigía que, allá en la cumbre, en lo más alto del palo mayor quedó por fin suspendido, solitario, brillando con el destello tenue de un rubí en medio de la oscuridad misteriosa de la noche.

Todo eso lo veía y sentía desde allí, adelante, en la proa, donde me encontraba.

Pero atrás, al otro extremo, hacia la popa, en la región del buque destinada a la tienda de «los sobrantes», ¡cuán distinto espectáculo!

Los enfermos, apiñados en los rincones de la triste ambulancia, al frágil amparo de una techumbre movediza de lona; tendidos en desorden sobre sus camillas estrechas, dormían en sueño agitado bajo el fulgor vacilante y turbio de un farolito de aceite, balanceado sobre sus cabezas por el movimiento del navío...

Ruido ninguno, ¡un vago eco de mar, o un quejido de dolorosa angustia!

¡Héroes sublimes de mi patria! ¿Serán algún día conocidos siquiera vuestros valientes sacrificios?

Al cuarto día de navegación, el tiempo comenzó a descomponerse. Hacia la hora del crepúsculo y cuando doblábamos precisamente una punta que supuse ser el cabo de Lengua de Vaca, un viento de proa, frío y veloz, que ya desde algunas horas antes había comenzado a soplar arremolinando y encrespando las olas, se hizo más sensible y violento.

El cielo, al mismo tiempo, fue cubriéndose de nubes pardas, oscurecidas más y más a cada instante.

-¿Tendremos tempestad? -pregunté al capitán, que en ese momento pasaba a mi lado, y parecía observar el horizonte con ojo inquieto.

-Mucho lo temo -me contestó-. Nos acercamos ya a la región borrascosa de Coquimbo. Vea usted... -agregó, extendiendo el brazo en dirección a la popa, aquella punta, aquella que acabamos de dejar allá atrás es el cabo de Lengua de Vaca.

Era el capitán Wakeley un verdadero lobo de mar.

Pequeño, sólido, esmeradamente afeitado, de ojos vivos y penetrantes, activo, inteligente, diestro en la maniobra, aunque de oficio marino mercante, servía por entonces bajo los pendones de la nación, con su barco armado como él súbitamente en guerra por las premiosidades del servicio, en calidad de conductor de tropas y de pertrechos.

Su buque era su hogar y el océano sa patria; su pipa su delicia, y su perro su único amigo, fiel e inseparable.

La tormenta no se hizo esperar. Al caer de la noche el viento soplaba ya silbando con furor entre la jarcia y los masteleros del transporte, que a cada balance crujía y se tumbaba de costado, al mismo tiempo que el agua se embarcaba por las bordas, salpicando el puente y los compartimientos de proa.

La borrasca aumentaba visiblemente por momentos.

Las olas, rebramando a su vez, rodaban furiosamente y chocaban entre sí hasta reventar en torbellinos de espuma.

Envuelto en su capa de hule impermeable, encapuchonado, de pie sobre la toldilla, el capitán Wakeley que, en previsión del peligro había tomado su puesto de vigilancia, lanzaba órdenes con voz breve, observando al mismo tiempo los movimientos convulsivos de su buque.

El cuadro que presentaba el navío en toda su extensión era en esos instantes desconsolador.

Arriba, tendidos sobre cubierta, aguantábanse los soldados enfermos y heridos, apretándose los unos contra los otros, resistiendo a duras penas a los balances; rodando, en muchas ocasiones, hasta estrellarse contra las bordas, renegando de la borrasca los más fuertes, y dejando escapar quejidos de dolor los más abatidos.

Más lejos, hacia el centro, al pie de la chimenea por cuya boca se escapaba serpenteando una columna espesa de humo negro de carbón de piedra, uno que otro marinero amarraba un cable y ejecutaba con dificultad casi invencible las órdenes del contramaestre.

Y adentro, en el fondo, como si luchara también, la máquina poderosa, cuyas claridades se escapaban chispeando por las claraboyas y reverberos de cristal, palpitaba con convulsiones nerviosas y sonidos broncos que hacían estremecer el barco, como si sus calderas fuesen a estallar por exceso de vapor.

Era forzoso, en verdad, activar la presión, pues la nave, pugnando jadeante contra el viento y la mar contrarios, avanzaba con dificultad.

En esos momentos me acerqué al capitán, y le interrogué con una mirada.

-¡He ahí el verdadero y único peligro! -me contestó con su franqueza habitual- Lo que siempre he temido para el Lamar, es que una tempestad de esta clase pueda hacerlo pasarse por ojo.

Un estremecimiento involuntario conmovió todo mi cuerpo al oír estas palabras.

No necesitaba, en efecto, ser del oficio para comprender el significado y la gravedad de ellas en boca del experto marino.

Ya lo había oído en otra ocasión: el Lamar era de construcción defectuosa. «Pasarse por ojo» quiere decir en lenguaje de marinos «hundirse de proa», sepultarse súbitamente tragado por una ola, en una brusca cabeceada.

Esta situación duró aún varias horas, al cabo de las cuales la tempestad pareció comenzar a agotar poco a poco sus fuerzas.

Una calma relativa siguió a la terrible borrasca, hasta que, por fin, en altas horas de la noche, cerca ya del amanecer, el viento «cayó» casi del todo y el mar se tranquilizó a su vez.

A la mañana siguiente, al subir de nuevo a la toldilla del capitán, pude observar que la superficie de las olas aparecía apenas rizada por una brisa fresca del sur.

Sobre el puente todo había recuperado ya su aspecto habitual.

Pero en la proa, allá en la tienda misma de «los sobrantes», un grupo agitado y bullicioso compuesto por un puñado de marineros y sirvientes de a bordo mezclados con los enfermos que, medio incorporados sobre sus lechos, con la palidez del terror en el semblante, indicaban con señas las bordas del buque y las olas del mar a los curiosos que iban aproximándose, denotaba que algo extraño ocurría y ocupaba la atención general.

Llevado a mi vez por la curiosidad, me dirigí hacia la proa y abordando a un grumete:

-¿Qué ocurre? -le pregunté.

-Una desgracia irreparable, mi teniente -me contestó con voz sombría-. El cabo Casimiro ha desaparecido anoche, en medio de la tormenta, barrido, sin cruda, por una ola... O si no -agregó pensativo- como atrozmente desesperado, quizás, ha debido en un acceso de delirio arrojarse al mar...

El grito de alarma en tal caso (si alguno alcanzó a dar el infeliz Casimiro), no debió ser oído en el buque...

Las previsiones del capitán Wakeley no se cumplieron, por fortuna para nosotros, en aquella ocasión.

El Lamar fondeó por fin sin novedad, a los tres días, en el puerto de su destino.

Pero dos años después, en una tarde de invierno, en que, si mis datos no me engañan, la lluvia caía a torrentes sobre el mar, y el horizonte, a lo lejos, presentaba al navegantes el mismo aspecto negro, brumoso y amenazador de la noche de mis recuerdos, el histórico barco levó anclas en su fondeadero, con brisa fresca del norte, con su máquina en perfecto estado, sanas sus calderas, su tripulación refrescada, y desde entonces, ¡no volvió a saberse de él!...

Ni quedaron tampoco indicios del naufragio: que cuando las aguas del mar se separan airadas para sepultar a su presa en sus senos infinitos, las olas borran al punto la huella pasajera de la catástrofe, sin que en la superficie quede la menor señal para dar fe de la siniestra historia, siquiera fuese ella escrita allí con caracteres de sangre.

Si su destino fue el que en la noche aquella de la borrasca descrita en estos recuerdos oí predecir al marino británico, que en la hora del naufragio (según lo he sabido después), por fortuna suya, no lo mandaba ya, la muerte del pobre Lamar ha debido ser rápida, instantánea...

Al pasarse por ojo en los mares bravíos donde la tempestad lo sorprendiera, habrá sido tragado por el abismo, de un solo golpe, súbito, voraz...

Y sin saber por qué, se me viene también y al mismo tiempo a la memoria el recuerdo del infeliz Casimiro, cuyo triste fin asocio al del barco fatal que un día le llevara sobre su cubierta, «camino a la patria».

¡Ay! Uno y otro se quedaron en dicho camino; uno y otro no volvieron jamás a ella, y uno y otro hallaron, aunque en distintas fechas, idéntica y misteriosa tumba en los senos infinitos del mar!