Débese tomar por espejo de príncipes, la integridad y rectitud deste gran Monarca, pues jamás se vio en el mundo ni la gente con más sosiego, ni sus estados con más paz, ni los pobres más amparados, ni los poderosos más reprimidos que en su tiempo. Porque con la vara de su justicia lo tenía todo allanado de manera, que como en el tiempo de Salomón, dice la escritura divina -3, Reg. 4- que habitaban Judá e Israel sin temor alguno, y en el tiempo de Simeón Macabeo, cada cual labraba su tierra con paz y quietud. Así en sus felicísimos tiempos, de mar a mar, por el valor de tan justo Rey, todo se conservó en paz, y todos en concordia hacían una música muy acordada en la República. El pobre halló justicia, la viuda tuvo quien se doliese della, el pequeño fue oído en juicio, y el que menos parece que podía, ese podía mucho con tal amparo.
Tuvo la virtud de la justicia muy en su punto, porque no hubo jamás siglo alguno en que los pobres tuviesen mayor acción contra los poderosos, para pedir sus agravios: todo lo cual sucedía con la protección que tenían en la justicia de tan católico príncipe. De aquí nació tener pacíficos sus estados, y castigarse con solicitud los delitos; y con ser su justicia tan recta, no le faltó la mezcla de la suavidad y clemencia, porque jamás usó del rigor del castigo, sin haber primero probado el medio de la suavidad y blandura, exhortando antes de levantar la vara del castigo, como padre piadoso a sus hijos, y cuando esto no aprovechaba, supo usar admirablemente del rigor, y así tuvo la moderación con el rigor tan en su punto, y tan cerca la una de la otra, que muchos temieron la poca distancia que juzgaban del placer al cuchillo cuando fue menester.
Usó también altamente de la justicia distributiva, teniendo gran cuidado de inquirir y saber los buenos sujetos que había en sus reinos, para premiar la virtud y las letras; escribiendo en razón desto a los prelados y otras personas dignas de crédito, para que le informasen, encargándoles las conciencias con palabras muy encarecidas y eficaces, en orden a que fuesen fieles en decir sus pareceres acerca desto. Y así tenía particular memoria de los que una vez llegaban a su noticia, para echar mano dellos cuando estaban más olvidados; como lo vimos en don Francisco de Contreras, a quien dio grandes cargos sin pretender él ninguno, y ponía en las sillas episcopales hombres, (que como dice San Pablo -2. ad Thesalonic. 4.)- fuesen doctos; y sentía mucho su muerte, como sintió la del cardenal Tavera, a quien amaba en extremo, por ser tan fiel ministro suyo.
No era menos solícito en la distribución de los oficios seglares, pues sin atender a otra cosa, mas que a solo el valor y merecimiento de las personas, daba o quitaba los cargos y echábase bien de ver que era solo este el motivo que tenía en las provisiones, pues en llegando a su noticia que algún ministro faltaba en la ejecución de su oficio, luego le quitaba el cargo; no privándole, no con ignominia, sino mandándole ir a descansar a su casa, u ocupándole en otra cosa. Y así fue tan fiel en los actos desta virtud de la justicia que, afirman los que conocieron su celo y trataron las cosas de su conciencia, que jamás hizo injusticia a nadie, entendiendo él que la hacía, aunque se pudo engañar alguna vez como hombre, y así lo protestó al tiempo de su muerte.
A todos generalmente se mostró siempre incorrupto, entero, libre, igual, sin aceptación de ninguno. Sentenciáronse en su tiempo grandes pleitos de quitar y dar estados con maravilloso silencio, sin alboroto ni ruido; y sus ministros fueron reverenciados, y obedecidos y reformados en gran manera. Y los pobres se acogían a este muro y defensa, y con decir cualquiera dellos, si no me hace justicia me iré al Rey, se turbaba un tribunal entero, cuanto más un juez ordinario.
Fue tan recto en sus cosas, que constándole de los graves delitos de Antonio Pérez, su secretario y vasallo, no quiso acelerar la justicia para castigalle, sino proceder con él por la vía ordinaria, como si fuera igual suyo, para satisfacer al mundo de su justicia y justificar la causa de la condenación del delincuente, en caso que hubiese de ser castigo de su delito.
Fue tan amigo de la justicia, que el año de mil quinientos sesenta y ocho, hizo una junta del cardenal Espinosa, Ruy Gómez de Silva y el licenciado Briviesca, de su Consejo de Cámara, para causar proceso justificando la prisión y causa del príncipe don Carlos, su hijo, y envió al archivo de Barcelona por el que causó el rey don Juan, el segundo de Aragón, contra el príncipe de Viana Carlos cuarto, su primogénito, y lo mandó traducir de catalán en castellano, para ver cómo estaba fulminado y causado. Y ambos están en el Real Archivo de Simancas, para perpetua memoria, y los puso en el dicho archivo el año de mil y quinientos noventa y dos don Cristóbal de Mora, de su Cámara; y están en un cofre verde en que se conservan.
Jamás quiso que se perdonase delicuente por dineros ofrecidos en gran cantidad en casos graves, diciendo: «Se habian hecho las penas para los ricos, asi como para los pobres, y que no habian de ser los Tribunales como las telas de las arañas, que detienen la mosca, y dejan pasar el lagarto». Y así fue en él hacer justicia tan libre e igual, que no temieron los inocentes, y estuvieron siempre temerosos los culpados, y la prontitud del castigo igualaba los ricos a los pobres, y los poderosos a los humildes, haciendo justicia recta entre sí y el vasallo; y entre el vasallo y vasallo.
Trayendo pleito don Francisco de Pelafoz, señor de Ariza, con Su Majestad, que fue el primero que tuvo titulo de Marqués de Ariza, como caballero noble y vasallo fiel, renunció su pretensión y causa en manos de Su Majestad, para que hiciese en ella lo que más fuese servido. Lo cual visto por el prudente Rey, le envió a decir: «Que pues habia fiado de sus manos su hacienda y estado, mandaría se mirase bien su justicia. Y asi con todo amor y serenidad nombró dos Jueces para que le desengañasen si con buena conciencia podia renunciar el pleito». Éstos fueron Rodrigo Vázquez, de su Consejo, y don Rodrigo Zapata (a quien nombró, con ser primo hermano del de Ariza) que era Oidor del Consejo de Indias, y resolviendo que Su Majestad no tenía justicia, se allanó y envió a decir a don Francisco: «Que de allí adelante se serviria del, como de tan fiel vasallo y leal caballero».
Habiendo mandado degollar en Zaragoza a don Juan de Lanuza, el mozo, Justicia de Aragón, por las inquietudes de aquel reino, llevaron a enterrar su cuerpo al monasterio de San Francisco, a la sepultura de sus pasados, y por orden de Su Majestad llevaron las andas donde iba el cuerpo difunto y la cabeza el conde de Oñate don Francisco de Bobadilla, don Luis de Toledo, don Antonio Manrique, y don Agustín Mejía, y otros caballeros principales, cinco en cada parte de las andas, mostrándose en esto Su Majestad tan recto y prudente, que quiso castigar la persona y honrar el magistrado.
Pareciole acto de justicia dar honra a los virtuosos y sabios, en vida y en muerte, y así habiendo honrado en vida notablemente al cardenal Espinosa, su Presidente, le honró también en la muerte. Pasando por Martín Muñoz, patria del dicho Cardenal, donde yace, en una capilla que labró en vida, en esta capilla oyó misa Su Majestad, y mandó que la misa se dijese por el Cardenal, y acabada que se cantase un responso a canto de órgano, honrando con señaladas palabras la memoria y servicios del cardenal, diciendo a sus hijos: «Aquí está enterrado el mejor Ministro que he tenido en mis coronas».
Fue tan recto, que con haberle escrito don Sancho Busto de Villegas, Gobernador del Arzobispado de Toledo, en las ausencias de don Bartolomé Carranza de Miranda, su Arzobispo, aquella carta tan estimada de los curiosos de España, en que le suplicaba con la humildad que debía, no usase de un breve que le había concedido el Pontífice Romano para poder vender los vasallos de las iglesias de España (que no hizo efecto ninguno, porque las necesidades de la Corona y públicas, eran muchas) con todo eso le dio Su Majestad el Obispado de Ávila, y lo honró y estimó grandemente.
Para el aumento y conservación del amor de las repúblicas y reinos a sus reyes, y para darle a cada cual lo que es suyo, fue consejo de personas de grande prudencia, que los reyes tuviesen alguna persona, o personas de prendas, buen natural y acertada prudencia, a quien cometiese el cuidado de oír a los agraviados y mal contentos. Este consejo fue estimado y aprobado del Rey prudente, como medio necesario y conveniente para templar los ánimos y tener una noticia general de todo lo que pasa y se dice, y remediar lo posible, y le cuadró tanto a Su Majestad que cometió la ejecución dél al mismo que se la dio, y le iba remitiendo algunos negocios para que tuviese más ocasión de obrar lo que pretendía por aquel camino, y en breve tiempo llegó la satisfacción de la prueba, y se conoció lo bueno que estaba encerrado en este artificio para la conservación de reyes y reinos.
Estando en El Escorial el año de mil quinientos y setenta, negociando con Su Majestad el doctor Velasco, Consejero de su Cámara, después de una grave consulta sobre un negocio de Hacienda Real, salió de la presencia del Rey santiguándose, y viéndolo, el príncipe Ruy Gómez de Silva, y don Antonio de Toledo, gran Prior, y el Duque de Feria, le preguntaron de qué se santiguaba. Y respondió, que comunicando a Su Majestad el negocio más grave e interesado para él, le respondió: «Doctor advertid, y al Consejo, que en caso de duda siempre sea contra mí».
Jamás permitió dar aviso de su parte a los jueces en negocio suyo, dejando al fiscal en manos de su juicio y de sus letrados, ni menos para cosa que desease fuera de tribunal, quiso (habiendo parte en materia de hacienda) se dijese que gustaría dello el Rey, porque sabía que el manifestar su voluntad los príncipes, era una tácita violencia para los ánimos.
Estando en el bosque de Segovia despachando un correo una tarde para Flandes, se detuvo después de haber enviado al campo a que le esperase la Reina, y en esta sazón riñeron los dos cocheros que le servían, y el uno dio una cuchillada al otro, y lo vio el Rey desde su ventana. Llegando al coche miró al delincuente, y dijo a don Diego de Córdoba: «¿Cómo no le habian prendido?» Respondió, que porque no había quien llevase el coche, sino él: a lo cual replicó Su Majestad: «Metedle en prisión porque sea castigado, y dadme un caballo». Y así se hizo, posponiendo este gran Rey su comodidad al derecho de la justicia.
Dio en el palacio de Madrid una puñalada un criado de una dama a un mozo de oficio, y llevándole preso el alcalde Salazar, dio voces hacia el terrero, pidiendo favor a su ama, que acaso lo advirtió y pidió a un caballero con quien se correspondía hiciese como no fuese a la cárcel, el cual hizo cuanto pudo con el Alcalde, y a su instancia y de otros caballeros, soltó el preso, y refirió al Rey el hecho. Mesurose Su Majestad, y le dijo: «Vos anduvísteis bien, porque el galan no pudo hacer menos con su dama». Y aunque Su Majestad dijo esto, como tan gran cortesano, por cumplir con lo que debía a la justicia y rectitud, mandó a la camarera mayor castigase a la dama, para enseñar a no poner en riesgo a los caballeros, por cosa en que podía haber otro medio para remedialla.
Juan Soler, vecino de Elche, procurador en el pleito sobre la incorporación en la Corona de Aragón del Marquesado de Elche, se quejó al Rey de que, por complacer al Duque de Maqueda, contra quien él pleiteaba, el cardenal Quiroga, Inquisidor General, le detenía el título de una familiatura del Santo Oficio de la Inquisición tres años había (que tuvo su padre y abuelo) y le suplicaba lo mandase remediar. Su Majestad con su gran rectitud lo remedió, de manera que otro día por la mañana el fiscal Arenillas de Reinoso, llamó al dicho Juan Soler, y le dijo: tomad vuestra familiatura que el Rey escribió al Cardenal sobre ello, no solo mandando, mas reprendiendo.
Vio en sus alcázares de Segovia que el bulto del rey don Pedro tenía escrito (el cruel), y la punta de su estoque en la peana, donde los otros reyes la tenían en alto, «mandó quitar el cruel, y poner el justiciero», y mandó adornar las estatuas de todos con inscripciones que no tienen más renglones unas que otras, ni un renglón más letras que otro.
Alonso Sánchez de Segura, ciudadano de Toledo, favorecedor del común se oponía contra los corregidores, y acudía con querellas justas al Rey: conocíale Su Majestad, y gustaba de oírle, y de hacerle luego despachar, y habiéndole dado vejaciones por esto los corregidores, sabido por Su Majestad, le mandó dar su Real Provisión, para que no le molestasen, ni prendiesen por caso que no tocase a parte o en defensa de la república. Gustó Su Majestad tanto deste hombre, que tardando ocho meses en venir, le dijo: «¿Pues cómo no habeis venido por acá? ¿qué ha sido la cáusa?» Tanto era el amor que tenía a los que volvían por la república, y deseaba se administrase verdadera justicia.
Honró mucho la dignidad sacerdotal, y así, a un caballero que disparó un arcabucete contra un canónigo de Toledo, lo hizo degollar, y lo mismo hizo con otro que dio a un sacerdote una bofetada.
Autorizó grandemente las cosas de justicia, por ser esto uno de los mejores medios que los príncipes sabios pueden tener para gobernar sus estados en paz, y ser ellos tenidos en veneración.
Huyendo don Antonio, Prior de Crato, del enojo del rey don Enrique de Portugal, y pensando volver en su gracia con la demostración de salir a cumplir el destierro en que le había condenado por sus inquietudes, se pasó a Castilla, a la parte de Extremadura, donde le pudo detener el Rey Católico, quien tenía fundada su pretensión y derecho al reino de Portugal, y no faltaba quien se lo aconsejase, adivinando las inquietudes que había de causar en el reino de Portugal. Mas nunca Su Majestad quiso tomar este consejo, porque no pareciese que se aprovechaba de la fuerza ni de otra cosa más de lo que el derecho y la justicia le concedía.
Con estar certificado del derecho que tenía a dicho reino de Portugal, habiendo tomado las armas, y formado ejército, se detuvo industriosamente más de mes y medio sin hacer movimiento, porque los portugueses no perdiesen el mérito de llamarle a aquella sucesión, por la cual Dios lo había escogido, y porque tuviesen tiempo de tratar entre sí de su justicia y obligación, y para hacer capaces deste derecho a los demás pretensores, para que no impidiesen la tranquilidad pública.
Resplandeció en él tanto la justicia que con tener el más fundado derecho al dicho reino de Portugal de cuantos pretendientes hubo, después de la muerte del dicho rey don Enrique, hizo examinar este negocio en las universidades y en los estudios de los más insignes da juristas de su tiempo, como lo afirma Pedro Andrea Canonherio, doctor, teólogo, filósofo y médico, en unas cuestiones y discursos sobre Cornelio Tácito, tratando esta cuestión, Au jus status a jure belli differat, donde refiere lo siguiente: Caute consultat, omnia penderet: et Regem Hispaniarum Philipum secundum imitatur; qui ut asserit Hieronimus connestagius in historia de unione Regnorum Lusitaniæ, et Castellæ, in bello adversus Lusitanos, anxius, et scrupulosus fuit Regis optimi animus, adeo, ut rei examinandæ nullum fere modum, aut finen fecerit, ceterorumque; omnium judicio doctissimorum hominum prius satisfactum fuerit de illius causæ justitia, quam unius Regis conscientia satisfieri potuerit, et deinde Regno potitus, quam amanter, quam pie, quam paterne, gentem illam universam complexus sit, quantisque; eos beneficiis, et amoris suis, et fiduciæ ornaverit universi mundi oculis perspicitur, ut inquit Andreas Philopatrus in responsione ad edictum Reginæ Angeliæ. Sectione 2.
Fue tan recto, que cometió al maestro fray Lorenzo de Villavicencio, de la orden de San Agustín, su predicador, el descargo de su conciencia real, acerca de los daños del bosque de Valsain, por la abundancia de venados y otras cazas que en él se hallan y salen a otros términos y heredades.
Con ser el conde de Chinchón don Diego Fernández de Cabrera y Bobadilla, de su Consejo de Estado, y de los más favorecidos que tuvo acerca de su persona, suplicándole un día le concediese para casar a su hija doña Mencía, una de las mayordomías de su real casa, o del príncipe su hijo, que con esta condición tendría marido. Le respondió: «Los oficios de mi casa y de mi Reino, no se instituyeron para darlos en casamiento, cásese, que si lo mereciere tendré cuidado de honrarle».
Fue tan amigo de que se hiciese justicia sin dilaciones de los litigantes, que teniendo por presidente de su Real Consejo al cardenal Espinosa, que fue admirable en el despacho, dijo: «Tengo un hombre á medida de mi deseo».
Por ser tan amigo de lo justo y verdadero aborreció en sumo grado la mentira, y fue esto en tanta manera, que una gracia ganada con Su Majestad por largos años, se perdió por una mentira, y fue tan acérrimo defensor de la verdad, que solo el extrañar una mentira con palabras comunes bastó a quitar la vida a un personaje, diciéndole: «Pues asi me engañais?» Esta palabra le hirió de manera que en llegando a su casa adoleció y acabó su vida en breve.
Era tan amigo de dar a cada cosa lo que era suyo, y tan honrador de los buenos (oficios de la verdadera justicia) que visitando en Palencia el colegio de la Compañía de Jesús, estuvo con atención gran rato mirando aquel edificio, y al cabo preguntó con admiración: «¿Quién lo habia hecho?» Y como le dijesen que don Francisco de Reinoso, abad de Husillos, que después fue obispo de Córdoba, respondió: «Bien parece de su mano, es un Santo don Francisco».
Llevándole el dicho don Francisco a Su Majestad, estando en el Escorial, un pie de San Lorenzo, con los carbones pegados que le abrasaron, (la cual reliquia era de Husillos, su abadía), mandó que visitasen al dicho don Francisco todos los caballeros de la Cámara, y entre ellos lo visitó García de Loaisa, que fue arzobispo de Toledo, y dijo al Rey: Gran rato he hablado con don Francisco de Reinoso, y estoy maravillado de su bondad, tengo por cierto que no hay en las naciones mejor clérigo y que todos no valemos para sacristanes suyos. Calló el Rey, aprobando lo dicho, porque era amigo de honrar a todos los que lo merecían.
Con su gran rectitud declaró que los aragoneses debían gozar, y gozasen en las Indias lo mismo que los castellanos, por cuanto el descubrimiento dellas, y principio de las conquistas, se hizo gobernando el católico rey don Fernando, con intervención de muchos de sus vasallos, hijos y naturales de Aragón, y así hizo capaces a los desta nación para que gozasen de los oficios, beneficios, prelacías, dignidades eclesiásticas y seculares, y de todos los privilegios y preeminencias que gozan los naturales del reino de Castilla.
Luego que entró a ser Rey de Portugal, acrecentó los salarios a los oidores de los doce tribunales de Lisboa, para que teniendo bastantemente con qué pasar sin tener necesidad de nadie, administrasen con toda integridad y limpieza sus oficios.
Buscándose un grande artífice para las obras de San Lorenzo el Real, dijo a Su Majestad un republicano, que él tenía un hijo único en aquella facultad, pero que estaba huido por una resistencia a la justicia. Y con tener necesidad de aquel artífice, volvió el rostro muy severo, y dijo: «Guardad vuestro hijo no os le ahorquen».
Fue tanta su rectitud que, firmando la nómina de pagamento de los Consejos, la examinó, y la volvió diciendo: «que un Cirujano de la casa de Castilla, habia muerto antes del tercio».
Fue tan grande su rectitud, que habiendo muerto el cardenal Espinosa, Presidente de Castilla, mandó al doctor Francisco Fernández de Liébana, de los Consejos de Castilla y Cámara, «dijese lo que entendia de las personas que serian mas a propósito para ocupar lo que dejaba el Cardenal», y le propuso en un papel cuatro personas, que fueron Juan de Ovando, Presidente de Indias; el doctor Velasco, plático en las cosas de España, Italia y Flandes; don Antonio de Padilla, Presidente de Órdenes; don Diego de Covarrubias, Obispo de Segovia, a quien dio titulo de prelado de inculpable vida. Vio Su Majestad el papel, y respondió a todo; y llegando a Covarrubias, que estaba puesto en postrero lugar, escribió lo siguiente: «Es como decís, y asi lo entiendo, guardareis este papel hasta que yo le pida». Miró mucho Su Majestad este negocio, y se resolvió en elegir al dicho Obispo, por ser tan amigo de la rectitud, virtud y letras que todo se hallaba en el buen Covarrubias.
Cuando Su Majestad pasó a Flandes, estando en Génova sobre la prisión de un caballero, llamado don Antonio de Arce, se alborotaron la guarda y arcabuceros que lo llevaban y las guardas de la ciudad y que no los dejaban entrar dentro; con lo cual la ciudad se alteró, y hubo tan gran ruido y revuelta, que cerraron las puertas de la ciudad; y hubo grandes inquietudes en los ánimos de todos. Solo Su Alteza no se inquietó, y con grande cordura y sosiego mandó «al Príncipe de Oria fuese a saber qué era aquello, y asi lo hizo, y apaciguó». Después fue entregado aquel caballero al Alcaide, y llevado a las galeras de España, donde fue puesto a buen recado; y llegado a Castilla lo mandó degollar; ejercitando en Flandes su prudencia, en Castilla su justicia.
Esta virtud descubrió grandemente este católico Rey en lo último de su vida, no quedando atrás lo mucho que campeó en el discurso della, pues se manifestó maravillosamente con admiración del mundo en las grandes empresas que acometió por mar y tierra. Dos fueron entre todas las más insignes. La primera contra la soberbia otomana y arrogancia turquesca, en la batalla naval de Lepanto. La segunda contra la protervia de la perfidia inglesa, enemiga capital de la Iglesia, y perseguidora de los ministros de Cristo. Estas dos empresas le hicieron glorioso entre todas las naciones del orbe, por ser ellas tan arduas y tan justificada la causa, la intención tan recta, y el bien tan común y tan importante. Y aunque fueron los sucesos tan desiguales en estas dos jornadas, la gloria que se le debe por ellas no es desigual, porque en lo que tocó a las empresas de parte de su invictísimo pecho, no fue menos justificada la causa en la segunda que en la primera: la disposición de los medios no menos prudente; la intención no menos piadosa y recta, y así la gloria en cuanto a la empresa no fue menor.
Fue tanta su fortaleza, que se hubo en medio de los sucesos prósperos y adversos, con rara y maravillosa igualdad de ánimo, mostrando en la entereza y serenidad con que pasaba por todo, que tenía superioridad sobre ambas fortunas de tal manera, que si alguno entre todos los reyes se debe título de fuerte, es al invictísimo ánimo deste gran monarca, por que siempre fue el mismo en las cosas prósperas y adversas. Quién podrá contar en el discurso de una vida tan larga, en un imperio tan dilatado, y en tanta diversidad de negocios, los varios sucesos que tuvieron sus cosas, ya de bonanza, ya de tormenta, cuántas gloriosas empresas, cuántos casamientos tan acertados, cuántos nacimientos de príncipes herederos, y cuántas otras buenas fortunas; pero no tuvo menos adversidades, pues ni le faltaron muertes de hijos, ni pérdidas de armadas, ni tristes sucesos de guerra, ni asaltos de gente contraria en sus reinos, sin otras cosas de mucha pena, que traen consigo los cetros y las coronas. Pues en medio de tantas cosas adversas y prósperas, que bastaban a descomponer un bronce, tuvo siempre tal fortaleza, que fue el mismo en todo, como el Fénix. Llegaba por una parte la nueva alegre del nacimiento del hijo; y por otra la triste embajada de la muerte del valeroso hermano, y con ser las nuevas tan diferentes, era siempre el mismo, y a lo uno y a lo otro, mostraba un mismo semblante. Venía un correo con la nueva de una señalada victoria, y de ahí a pocas horas otro, con otra nueva de una pérdida de ciudad o fuerte; y entre tan contrarios sucesos su ánimo era siempre el mismo, sin que en él se conociese mudanza.
Esta misma constancia tuvo en las enfermedades, como se vio en el dolor de la gota por tantos años, que por ser tan grande no podía sufrir sobre la parte lesa una sábana muy delgada, pues póngase a una parte este dolor tan vehemente, y a otra un Rey tan delicado y tan oprimido desta enfermedad, que la tenía en casi todos los miembros del cuerpo y abiertos algunos dellos manando materia, y que entre tantos tormentos, ni se quejase, ni se mostrase mal acondicionado, ni diese señal de impaciencia, ni fuese molesto a los que le servían, antes los consolaba, y estaba alabando a Dios, resignando su voluntad muchas veces en la de Jesucristo. Esto es cosa más admirable, que vencer enemigos, conquistar ciudades, ganar nuevos reinos, y hacerse señor del mundo, como Alejandro.
Pues que si paramos un poco en aquel acto admirable de la constancia y fortaleza que tuvo en un conflicto tan lastimoso come el que padeció cuando le abrieron una rodilla. ¿Quién tendrá palabras para ponderallo? Extraño caso que pasase un hombre tan enfermo, tan debilitado y tan flaco, por un acto tan doloroso, sin arrojar un suspiro, sin derramar una lágrima, sin dar una muestra de sentimiento, tomando por alivio que su confesor le leyese en alta voz la pasión de Cristo, escrita por San Mateo, y ordenándole que reparase en la oración del huerto por aquellas palabras, «no se haga mi voluntad, sinó la tuya», cuando padecía aquel doloroso martirio. Y reconociendo el sapientísimo Rey la merced que había recibido de la mano de Dios por este medio, vuelto a su confesor con grande sosiego, le mandó que diese gracias a Dios, sin declararle la causa, por dar de mano a la gloria que desto podía resultarle en la opinión de los que estaban presentes, aguardando mayor gloria con solo haberla vencido, que con las demás virtudes que resplandecieron en este caso.
Manifestose su gran fortaleza en que avisándole muchos días antes que se moría, no solamente no temió este golpe, antes se alegró y regocijó con las nuevas de la muerte, cuya cercanía la admitió como la de un huésped muy deseado, y se confesó, y reconcilió muchas veces, dando vueltas a su conciencia. Y estuvo tendido en su cama cincuenta y tres días cosido de espaldas, sin ser posible volverse de ningún lado, ni hacerle la cama en todo este tiempo, penetrado su cuerpo de agudos dolores, conformándose en todo con la voluntad del Señor, y deseando la hora de su partida.
Diciéndole uno de su cámara muy alegre, que los médicos afirmaban que podría vivir con aquella enfermedad dos años, sin hacer caso desto, lo que respondió, fue decirle: «Cuando me muera dad aquella Imágen de Nuestra Señora á la Infanta, que era de mi madre, y la he traido conmigo cincuenta y seis años». Llegó a tanta conformidad y gusto con el morir, que dio él mismo la traza de cómo lo habían de amortajar, diciendo así: «Habéisme de atar al cuello una cuerda, de donde cuelgue sobre el pecho una Cruz de palo; con este Crucifijo tengo de morir, que es con el que murió el Emperador mi señor: allí están las velas de Nuestra Señora de Monserrate, aparadme aquí una y tenella á punto; desta manera será la caja, asi me habeis de sepultar». En la protestación que hizo a su confesor, le dijo: «Padre, vos estais en lugar de Dios, y prometo delante de su acatamiento, que haré lo que me dijéredes que he menester para mi salvacion, y asi por vos estará lo que yo no hiciere, porque estoy aparejado para hacerlo todo».
Ordenó que su hijo el rey don Felipe tercero se hallase presente al darle la extremaunción, y dijo: «He querido que os halleis presente a este acto, para que veais en qué para el mundo y las Monarquías. Encargóle mucho mirase por la Religión Cristiana, y defensa de la Santa Fé, y por la guarda de la justicia, y procurase gobernar y vivir de manera que, cuando llegase á aquel punto se hallase con seguridad de conciencia». Mandose descubrir las llagas grandes que tenía, y le dijo: «Ved hijo, como trata el mundo y el tiempo á los Reyes, y la igualdad con que padecen todas las miserias á que está sujeto todo hombre, y considerad que aunque yo he vivido con el cuidado que me ha sido posible de cumplir con mis obligaciones, aquí me ha castigado Dios hartas faltas que debo haber hecho, con lo que ha sido servido que padezca, y allá no se cómo será; mirad que hará á quien se derramáre mas». Y mostrándole tras esto un crucifijo, y una disciplina llena de sangre, le dijo: «con este Crucifijo, murió hijo, vuestro abuelo, el Emperador mi señor, tan Católico como yo, y con su ayuda acabó, haced vos lo mismo reverenciando esta santa Imágen de Dios, como lo debeis, y hizimos su Majestad y yo, y mereceréis las mercedes que puede haceros; y esta sangre de esta disciplina, no es mia, sinó del Emperador mi señor, y yo ejercité mal este bien, pero la he guardado, porque demás que es nuestra, aprovecha para que nos acordemos, de que nosotros mejor que nadie, tenemos necesidad de derramarla en esta forma; tomad y guardad estas Reliquias, teniéndolas en mucho, y quedad con Dios bendecido dél como de mi». Y bendiciéndole como pudo, le dejó y no le vio más.
Tuvo en su muerte, la vela de Nuestra Señora de Monserrate en la mano, tan firme, que aun después de muerto, apenas se la podían quitar; en cincuenta días, comulgó catorce veces; y todas sus conversaciones, eran hablar de la muerte, hasta pedir que le tomasen la medida al ataúd de su padre, y mirasen cómo estaba envuelto, que así lo quería él estar, y que lo enterrasen sin otra ceremonia, mas que la de un pobre religioso del convento de San Lorenzo.
No se vio en el mundo hombre tan trabajador, como lo fue Su Majestad, nunca tuvo hora ociosa, siempre le hallaban sobre sus papeles, sobre sus consultas y negocios; por los bosques, por los jardines cargado de papeles, escribiendo y despachando sin cesar. El día que iba a caza, volvía con ansias de volver al trabajo, como un oficial pobre que hubiera de ganar la comida con ello; y así no hubo ministro suyo, por ocupado que fuese, que trabajase tan sin cesar como Su Majestad en que descubrió su gran constancia y cuidado.
Mostró su gran paciencia y tolerancia en que fue muchas veces ofendido de enemigos, de rebeldes, de traidores, de malos ministros, de necios negociantes que le llegaban a dar pesadumbres, y jamás le vio ninguno descompuesto, ni alterada la cólera, ni perdida la paciencia, ni dicha una palabra más alta que otra, sino con perpetua serenidad en su punto, y con igualdad nunca vencida: oh gran Monarca.
Cuando se fundaba el templo de San Lorenzo el Real, no le faltaron a Su Majestad desabrimientos por el poco gusto que daba su habitación a los religiosos fundadores, que habían venido de otros monasterios, donde estaban bien hallados, y llegó esto a tanto sentimiento, que se consultó el poner en tres partes del edificio (y casi estuvo resuelto), tres conventos de las tres órdenes militares, Santiago, Calatrava y Alcántara. Mas Su Majestad mostró su constancia, en lo que había aprendido, conservando la religión de San Jerónimo, en esta real casa, asistiendo a la perseverancia de los habitadores y en su abono.
La misma constancia tuvo el año de mil y quinientos setenta y siete, cuando domingo en la noche, a veinte y uno de julio, víspera de la Magdalena, cayó un rayo en la torre del Poniente, donde estaban las campanas de prestado, el cual dio en la aguja del chapitel junto a la bola, y bajó a emprender el cuerpo dél, de manera que puso en peligro el resto de la casa. El Rey asistió al reparo, y el Duque de Alba, y otros caballeros, y al fin le tuvo. Este suceso había pronosticado Micón, judiciario catalán, allegándose a esto el ser este año de mil y quinientos setenta y siete, septenario y prodigioso, porque por sus once sietes estaba temido de atrás, y así cayó el rayo en julio, sétimo mes, y a veinte y un días del que son tres sietes, y en el sétimo de la Luna, y habiendo entrado el Sol en el sétimo grado del signo de león. Grandes mutaciones de estados ha habido en el número de siete, pero Dios sobre todo. No acobardó este suceso el ánimo: invicto de Su Majestad, antes cobró nuevos alientos para proseguir la obra, visitándola muchas veces, y continuando su fábrica, con notable constancia.
Grande fue la constancia que tuvo en los últimos trances de su vida, confiando siempre con gran firmeza en Dios, porque aunque se le representaban con aprensión fuerte los abismos de la justicia de Dios, la cuenta tan por menudo y tan estrecha que le había de dar de tantos días, tantas acciones, tantos pueblos, tanta sangre derramada, resistía con la gracia de Dios las tentaciones del enemigo valientemente, y a los más violentos asaltos de su enfermedad se oponía con decir el salmo cuarenta y uno de David, representando debajo de la comparación de un ciervo perseguido de los perros y cazadores, el excesivo ardor de su alma deseosa de llegar a la viva fuente que es Dios.
En la obra de San Lorenzo el Real, gastó Su Majestad seis millones (autor hay que dice se gastaron veinte y cinco) y los que calumnian este gasto, pecan de necios y de apocados, que no consideran que Alejandro, que no fue Magno, respecto de Felipe segundo, fundó diez o doce ciudades, y una dellas para sepultura de su caballo Bucéfalo; la Reina de Candia edificó para sepultura de su marido, aquel mauseolo que fue una de las maravillas del mundo; todo cese con las grandezas de Felipe, y con edificar casa para Dios.
Fundó la universidad y colegios de Duay, en Flandes, en que se enseñasen las ciencias, aplicole las rentas que a Su Majestad pertenecían en esta villa, y le dio sus casas de morada, y también acrecentó las escuelas de la Universidad de Lobaina. Fue el primer Catedrático de Teología de Duay, aquel doctísimo varón Francisco Richiardoto.
Favoreció a las universidades destos reinos, a quien visitaba y oía lecciones, como lo hizo en Valladolid el año de mil y quinientos noventa y dos, oyendo las lecciones a cinco catedráticos.
Habiendo fundado el Emperador su padre una famosa villa en el Condado de Namur, la mudó a otro sitio más fuerte en el Condado de Henao, a una legua de Claramont, y la llamó de su nombre, esto es, Felipe villa.
Si queremos echar mano de las expensas y gastos que hizo en cotas magníficas, hablen sus obras, pues habrán de quedar cortas cualesquier palabras: hablen los edificios, los alcázares, los templos, los bosques, los jardines y otras cosas, que por ser obras de su real magnificencia, están dando voces, manifestando la excelencia incomparable de su real pecho. Con esta liberalidad y real magnificencia levantó de punto muchas casas y estados, y acrecentó la amplitud y grandeza de los estados reales. Edificó para sepultura suya y de su prole regia, el templo de San Lorenzo, de que se ha hecho mención, obra la más alta, heroica y perfecta que se halla hoy en el mundo, a quien meritísimamente se da el nombre de la octava y perfecta maravilla del mundo, pues ella sola encierra en sí más grandeza que las otras siete que fueron tan nombradas en el orbe, pues demás de ser edificio sin par, la traza, policía y concierto, riqueza y otras innumerables particularidades le acompañan. Dedicose este real templo al glorioso mártir español San Laurencio, porque en día señalado de su festividad, a diez de agosto del año de mil y quinientos cincuenta y siete, hubo la señalada victoria de San Quintín, la cual fue causa de quietud, paz y sosiego grande, que por ella sucedió a otros reinos, y a toda la cristiandad. Puso Su Majestad en este templo los cuerpos del grande emperador don Carlos y de la emperatriz doña Isabel, sus padres, trayendo al uno del monasterio de San Yuste, donde estaba sepultado, y al otro de la Real Capilla de Granada; y el de la reina doña Juana, hija de los Reyes Católicos. Así mismo están en este real templo los cuerpos de sus dos tías María y Leonor, Reinas de Hungría y Francia; y el de la princesa doña María, su primera mujer, y el de las reinas doña Isabel y doña Ana, sus mujeres, tercera y cuarta, y del excelentísimo don Juan de Austria, su hermano; y de los príncipes sus hijos don Carlos, don Fernando y don Diego; e infantes, don Carlos y doña María, y del príncipe Vencislao, su cuñado y sobrino; después fue llevado el cuerpo de la reina doña Ana, su segunda mujer, desde Badajoz; y aquí finalmente yace el católico rey Felipe segundo, y su hijo Felipe tercero, que gozan de Dios, y otros de la prole regia.
Hizo el edificio por donde se sube el agua al Alcázar de Toledo, y puso muy adelante su obra, y casi hizo de nuevo el de Segovia con la grandeza y belleza que se ve, en que gastó gran suma de dinero. Edificó allí la casa de la moneda con su ingenio, para batirla con el movimiento del agua, obra tan artificiosa que, en un día se labran treinta mil ducados de moneda de plata de preciosa estampa con bien poca gente.
Hizo el estanque del pantano de Alicante con que se riega mucha tierra, que antes era estéril por falta de agua. Para el mismo efecto hizo el caz de Tajo, en la vega de Colmenar de Oreja.
En la ribera del mismo Tajo, hizo en Aranjuez la casa que allí se ve tan suntuosa con la capilla y casas de oficiales. Fundó en la misma ribera los molinos que llaman de Valdajos.
Puso el Pardo en gran perfección, juntándole cuatro torres, galerías, y foso con jardines, imitando a una casa de campo de que gozó siendo Rey en Inglaterra. Esta casa real está a dos leguas de Madrid en medio de un bosque junto al río Manzanares, que naciendo de la sierra de Segovia, y pasando por este bosque entre verdes álamos y sauces entra en el río Jarama. En contorno desta casa, está una ancha cava y en el fondo della muchos compartimientos, visos y maletas de yerbas medicinales y flores admirables, traídas con mucha curiosidad de diversas regiones, y se miran adornadas las paredes de la cava de jazmines, yedra y rosas, y en cada esquina una fuente de agua, que sale por mascarones de piedra. Es la casa labrada de piedra parda berroqueña, con dos corredores altos y bajos, el uno a la entrada, y el otro a la frontera; y en las paredes de los lados se ven pintados dos círculos en cada una, que el uno muestra por la sombra del sol las horas del día, y el otro, las de los planetas. Antes que se quemara esta casa había en ella famosos tableros, y lienzos de pintura del Ticiano, Antonio Moro, Jerónimo Bosco, Antonio de las Villas, Flamenco, y de otros, entre los cuales tiene excelente lugar el Pelegrín. Ahora lo está también gallardamente adornada y enriquecida. Para ensanchar esta recreación, hubo Su Majestad de doña Luisa de la Cerda, la dehesa de Palomarejo, cerca de sus términos, y le dio en trueque la villa de Hernán caballero, entre Malagón y Ciudad Real. Y fue de tanta recreación para Su Majestad la dicha dehesa, que la mandó cercar.
Aumentó el Alcázar de Madrid, para su ordinaria habitación, sobre lo que en él dejó edificado el Emperador su padre; perfeccionole con pinturas y jardines de recreación, y maravillosos estanques a la vista. Hizo junto dél las caballerizas reales, y puso la armería de las personas reales encima dellas. Prosiguió con el intento de su padre en el adorno y ampliación de Madrid, dando asiento a su corte en esta villa. Fabricó una famosa puente, sobre el río Guadarrama, porque perecían muchas personas en su vado en el invierno.
Compró el heredamiento de Orihuela, donde está una famosa mina de azufre, que se descubrió en su tiempo, y se comenzó a beneficiar para la labor de la pólvora; y en Pamplona hizo el ingenio de agua para labralla, en esta obra mueven los mazos de los mocarros las ruedas.
Fortificó a Fuenterrabía e hizo el castillo de Frejenil desde sus cimientos.
Levantó desde los cimientos la importante ciudadela para defensa y seguridad del Reino; y el baluarte que llaman de Santa Engracia, en la Taconera, capaz de jugar en él cuarenta cañones gruesos.
En Jaca hizo otra fortificación, con otros fuertes menores en el camino de Francia. Gastó mucho en la de Rosas. Dio principio a la de Peñíscola, en Valencia. Fundó las torres grandes de la boca del puerto de los Alfaques de Tortosa. Hizo otra en la entrada que el río Ebro hace en el mar con buena artillería, para impedir el hacer aguadas las fustas de corsarios llamada la Ampolla. Hizo otra muy buena en la boca del río Júcar en Cullera, para el mismo efecto contra los corsarios. Edificó las torres que hay desde Colibre hasta Ayamonte, para darse aviso en toda la costa, con que se tiene brevemente de la arribada de los enemigos.
Fundó en los reinos de Nápoles y Sicilia, otras tales para el mismo efecto, que le hacen admirable, siendo una dellas el fuerte de San Felipe, en Puerto Hércules.
Fundó con su hacienda y limosnas que hizo, los hospitales de los españoles de la India Occidental.
Comenzó la fortificación de Cartagena y el muelle de Málaga, y lo dejó muy adelante; y en Gibraltar acabó el Mandracho, para las galeras de la guardia del estrecho, y para impedir en aquel paraje naos enemigas.
Hizo el castillo nuevo de Setubal, en Portugal, y aumentó el de Othon viejo; fortificó el de San Gian, con la entrada que hace en el mar de Poniente, cercándole del agua, y añadiéndole cortinas y baluartes.
Fundó el fuerte de Cabeza Seca, en el corriente del Tajo, para asegurar del todo la entrada. Reparó, acomodó y coronó de artillería el castillo de Lisboa, puesto en un monte en el medio y eminencia de la ciudad. Hizo el baluarte de la ribera del Tajo en su orilla; asimismo el fuerte de Peniche, el de San Antón, y el morro en la Coruña, y otros para la seguridad del puerto y de la tierra.
Allanó la navegación desde Toledo a Lisboa por el río Tajo, y el año de mil y quinientos y ochenta y dos, viernes a diez y nueve de enero, llegó a la vega de Toledo por la ribera del Tajo una chalupa, que Su Majestad había enviado desde Lisboa, para dar principio a la navegación que deseaba hacer, y pasó hasta Aranjuez y volvió a Toledo para bajarse a Lisboa.
Hizo en África fábricas de fortificación en que gastó millón y medio.
En el estado de Milán, hizo reparar las ruinas que habían causado las guerras en las plazas fuertes y en Flandes mucho más.
Edificó el castillo de Aovers, que costó un millón, y lo reedificó después que lo recuperó el Duque de Parma, e hizo otros en Valencianes, y en Manillas, y en Frejelingas con que se aseguraron los Estados.
En Toscana fortificó a Orbitelo, Talamón, Puerto Hércules y Galta.
Dio su ayuda a Ferdinando Duque de Baviera, para que echase a fuerza de armas del Arzobispado de Colonia al arzobispo Tricesio y sus aliados, gente perversa.
En tierra de Labor, llave del reino de Nápoles, reparó a Civitela del Tronto; y el castillo y fuerte de Brindez; e hizo de nuevo el de la Isla con excesivo gasto.
En Otranto, hizo cortinas y baluartes con buena artillería para su defensa.
En Nápoles acabó la fortificación del castillo de San Elmo; y se hizo un baluarte junto a Castel del Olho, a la parte del mar, que llaman del Duque de Alcalá.
Junto a Castelnovo, fabricó las atarazanas que contienen sesenta arcadas o naves, para fabricar y varar galeras.
Con su ayuda, avisos y socorros, ganó el archiduque Alberto, el año de mil y quinientos noventa y seis la villa de Cales, y luego la de Ardres, y la de Hulst; y el año siguiente ganó a Amiens, Dourian y otras plazas de mucho nombre, en la guerra que se hacía a Francia, por la parte del Ducado de Picardía.
Fabricáronse con su orden y ayuda en el atarazanal, magacenes para la guarda y conservación de las municiones de las armadas, capaces de grandes cantidades, y piezas donde se forjan máquinas, armas, y artillería.
Allanó e hizo enlosar caminos en el dicho Reino, por donde era imposible pasar en el invierno, por los fangos y barrizales, poniendo oficiales para su fábrica y reparos, que hoy se llaman sobrestantes de estrada.
En su tiempo, y con su ayuda, se comenzó a hacer fundición de artillería en Nápoles, Sicilia y España.
En Palermo, hizo el muelle y fortificó el castillo; y en Cerdeña a Caller.
Hizo plantar un pago de viñas en los vinares de las sierras de Ávila, que goza la Orden de San Jerónimo.
Fundó un castillo en la isla tercera, excusando con esto el tener ocupado un tercio de españoles.
Fortificó La Habana con dos fuertes antes de entrar, donde surgen las naos, sin el fuerte llamado de San Cristóbal, en que se amarran, y el morro. Trajo el agua desde muy lejos y tajó la isla por la marina, que está inaccesible.
En Santo Domingo, hizo una fortaleza con artillería y un morro en una punta a la salida, para tomar la derrota de Cartagena.
En Puerto Rico hizo la fortaleza y castillo dentro del puerto, junto a la ciudad; y antes había hecho en la boca otros dos fuertes, el uno escondido en el manglar, y el otro en la punta de afuera.
En la Margarita, y río de la hacha, hizo fuertes, y en Santa Marta.
En Cartagena, hizo un fuerte en el primer surgidero a la mano izquierda con veinte piezas; otro frontero, en la punta al de las carabelas y galeras, y el que llaman Gesemaní.
En San Felipe de Puertovelo, hizo el castillo a que asistió don Francisco del Balverde, con otro fuerte, y las casas reales.
En la Puebla de los Ángeles, fundó un colegio de quinientos niños indios para doctrinarlos, con diez mil pesos de renta; atendió a su fundación don Sebastián Ramírez de Fuenleal, Presidente de la Audiencia Real de Méjico, que fue Obispo de Cuenca.
En el río de Chagre, hizo otro fuerte.
Hizo las casas reales de Panamá.
Hizo otros fuertes en Paita y Guayaquel, y la fortaleza del puerto del Callao de Lima, con mucha y buena artillería.
Por su orden, y con su ayuda se fundó el Colegio Real de la Ciudad de los Reyes; y en las casas reales de Lima, se fundó Capilla Real con un Capellán mayor y cinco menores, señalando a cada uno quinientos pesos de renta, con obligación de decir perpetuamente misas por Su Majestad y sus progenitores y virreyes.
Hizo tantas fortificaciones en las Indias, que fuera cosa prolijísima el referirlas; como también lo fuera de las casas de las audiencias, para la administración de justicia, seminarios, universidades, hospitales y otras obras pías, todo lo cual se hizo parte con sus rentas, y parte favorecidas con su autoridad y consejo.
Asimismo, son tantos los monasterios e iglesias que fundó, que solo un fraile de San Agustín edificó por su orden cuarenta.
A Sigismundo, príncipe transilvano, envió con grande gasto el Tusón de Borgoña, el año de mil quinientos y noventa y siete, y lo recibió con muchas ceremonias y fiestas.
Mandó a la villa de Valencia, como Administrador General y perpetuo del Maestrazgo de la Orden y Caballería de Alcántara, diese quinientos ducados para el monasterio de frailes Descalzos Franciscos, que se edificó en la dicha villa llamado San Bartolomé, y acudió a la obra con mucha liberalidad.
En San Gil, parroquia de Madrid, que ahora es monasterio de frailes Descalzos de San Francisco, fundó dos capellanías siendo Príncipe; y estas capellanías se pasaron a la iglesia parroquial de San Juan, cuando se edificó el dicho monasterio en tiempo de su hijo el rey don Felipe tercero.
Dio al convento de San Jerónimo de Guisando, siete mil ducados para proseguir el edificio de su iglesia.
Al convento de San Benito el Real de Valladolid, dio siete mil ducados.
A fray Marcos de Villalba dio dos mil ducados; y pocos días antes de su muerte, le envió tres mil para ayuda al edificio de San Bernardo de Salamanca.
Dio mil ducados al monasterio de Santo Domingo de Mérida.
Dio cuatro mil ducados para edificar la iglesia de San Juan de la Penitencia de Alcalá de Henares, aunque era dotación del cardenal don fray Francisco Jiménez, por estar en aquel convento su colegio de las hijas de sus criados.
Dio a la iglesia Mayor de Valladolid, para que se edificase, el privilegio de la impresión de las cartillas para enseñar a los niños.
Dio cuatro mil ducados a los frailes Carmelitas Descalzos de Madrid para la fábrica de su convento de San Hermenegildo.
A los clérigos menores dio un protomedicato de Nápoles, que vendieron en diez y ocho mil ducados, para el edificio de su iglesia y casa que hacían en Madrid, que fue el primero que tuvo su religión en España, y se fundó el año de mil y quinientos y noventa y cuatro.
Ayudó a la fundación del convento de San Francisco de Paula de los Mínimos, de la villa de Madrid; y escribió una carta en favor suyo desde Toledo, donde tenía su Corte.
En la dicha villa de Madrid mandó a la Orden de la Santísima Trinidad fundase convento, y él mismo vino a ver y tantear el sitio del edificio, y mandó se acabase con perfección y grandeza, y él mismo escribió la traza de su mano, que se guarda en el archivo de esta santa casa; y dio al convento limosnas y reliquias, y otras dádivas grandiosas en señal de la estimación que tenía deste sagrado instituto.
Dio al hospital de Antón Martín más de tres mil ducados para su fundación; y siete mil en que se vendió una escribanía del Perú. Ayudó grandemente en la dicha villa a la fundación del hospital de la Anunciación, que es albergue de pobres, y es el General de la villa; y se edificó el año de mil y quinientos y noventa y seis.
En Ulima, ciudad de Flandes, yendo a aquellos estados siendo Príncipe, mandó reparar la iglesia, y dar ornamentos y cálices para una capilla y sagrario en la sacristía donde estuviese el Santísimo Sacramento con limpieza; lo cual se hizo el año de mil y quinientos y cuarenta y nueve.
Al monasterio de San Jerónimo el Real de Madrid, para hacer la reja de la iglesia, dio la reja de la Capilla Mayor de Santa Cruz de Segovia, monasterio de Santo Domingo.
Al monasterio de San Antonio de la Cabrera, de la Orden de San Francisco, dio un famoso ornamento de carmesí con cenefas de brocado, y fue a ver esta santa casa pasando a Buitrago.
Fundó en las cosas confiscadas de Antonio Pérez, el colegio de Santa Isabel; y le dotó en seis mil ducados de renta, de hacienda que dejó el cardenal don Gaspar de Quiroga, Arzobispo de Toledo.
Ayudó al convento de San Felipe de Madrid, que es de frailes Agustinos, y mandó Su Majestad se llamase San Felipe, y señaló el sitio para la obra, dando copiosas limosnas para ella, deseoso del aumento de la religión católica, en tiempo que la sacaban de su posesión antigua, el perverso Lutero y sus secuaces en el imperio de Alemania y reino de Inglaterra. Hizo también el cuarto del dormitorio y sacristía del dicho convento, por donde se llamó el Real; y tiene tres escudos de sus armas, en donde mira a la calle por la parte del oriente. A Nuestra Señora de Taignera en el Arzobispado de Valencia, dio grandes limosnas y entre ellas un cáliz de mucho valor, y visitó esta santa casa el año de mil y quinientos ochenta y seis.
Favoreció con larga mano el edificio del Carmen Calzado de Madrid, que se fundó el año de mil y quinientos setenta y tres; a quien también ayudó largamente la reina doña Ana y doña Juana, princesa de Portugal; y la señora emperatriz doña María, dio al convento una espina de la corona de Cristo nuestro Señor.
Fundó en Arévalo el convento de frailes Descalzos de San Francisco, en la iglesia y casa de San Lázaro, que eran del Patronazgo Real.
En su muerte mandó edificar un convento de San Agustín en Huesca, en las casas en que nació San Lorenzo; y dio orden de esto al Conde de Chinchón, y a su confesor.
Fundó en Madrid la casa de las niñas huérfanas, llamada de Nuestra Señora de Loreto, el año de mil y quinientos ochenta y uno, como lo dice un letrero que está a la entrada de la iglesia.
Dio a Nuestra Señora de Guadalupe diversas cantidades en preseas, especialmente un escritorio de acero, embutido de oro, con un crucifijo de oro para custodia del Santísimo Sacramento, que vale ocho mil ducados, y mandó en su muerte se diesen a este gran santuario veinte mil, para hacer el retablo.
Favoreció con dádivas y mercedes la casa de la Compañía de Jesús de Madrid, cuya iglesia se acabó el año de mil y quinientos sesenta y siete, y asistió a la primera misa que se dijo en ella, y mandó a los padres pusiesen en esta casa estudios de latinidad.
Para la fábrica del convento de Vallecas, sito en Madrid, ayudó con dos mil ducados. Dio copiosas limosnas para la enfermería de San Francisco de Madrid.
Dio el sitio para fundar en esta dicha villa el convento y colegio de San Agustín, que fundó doña María de Aragón el año de mil y quinientos ochenta y uno, como lo dice el mismo Rey en una cédula suya, expedida en Helvas de Portugal, a veinte de enero del dicho año.
Envió al doctor Francisco Hernández, natural de Toledo, a las Indias Occidentales, a que escribiese una historia de todos los animales y plantas de aquellas remotas regiones. Él lo hizo como hombre docto y diligente en poco más de cuatro años, y escribió quince libros grandes de folio que yo he visto en el Escorial, con sus mismos nativos colores de sus plantas y animales, poniendo el mismo color que tiene el árbol y la yerba, en raíz, tronco, ramas, hojas, flores, frutos; el que tiene el caimán, la araña, la culebra, la serpiente, el conejo, el perro y el pez con sus escamas; las hermosísimas plumas de tantas diferencias de aves, los pies y el pico, y aun los mismos talles; colores y vestidos de los hombres, y los ornatos de sus galas y de sus fiestas; y la manera de sus corros y bailes, y sacrificios (cosa que tiene singular deleite y variedad en mirarse). En los unos destos libros puso la figura, forma y color del animal, y de la planta, partiéndolos como mejor pudo, y en otros a quien se remite por sus números pone la historia de cada cosa, las calidades, propiedades y nombres de todo, conforme a lo que pudo colegir de aquella gente bárbara, y de los españoles que allá han nacido, vivido y criádose. Hizo fuera de estos quince libros, otros dos de por sí; el uno es índice de las plantas, y la similitud y propiedad que tienen con las nuestras. El otro es de las costumbres, leyes y ritos de los indios, y descripciones del sitio de las provincias, tierras y lugares de aquellas regiones y nuevo mundo, repartiéndole por sus climas. A los gastos de todo esto acudió Su Majestad con larga mano, y al adorno destos tomos que están encuadernados hermosamente, cubiertos y labrados de oro sobre cuero azul, manezuelas, cantoneras y bullones de plata muy gruesos, y de excelente labor, y artificio de los borradores, y rascuños que se pintaron en los campos, discurriendo por soledades y desiertos se adornaron lienzos de pinturas, que están en la galería y aposento de Su Majestad en San Lorenzo el Real. No le excedió en esta parte Alejandro Magno, que mandó a Aristóteles su maestro, escribir el libro de Natura animalium.
Erigió en Indias muchos obispados; hizo Obispado la iglesia de Valladolid, y Arzobispado la de Burgos; y aumentó las prebendas de Granada, e hizo otras cosas dignas de su gran prudencia.
Recibió a los religiosos ingleses con buena voluntad y amor, y los favoreció grandemente para la fundación de sus seminarios, y mandó que se mirase por ellos en sus reinos con cuidado. Y procuró el amparo de los que habían huido de la persecución anglicana, que fueron muchos; en particular los monjes cartujos de Belén y monjas de Sión, monasterios fundados el año de mil y cuatrocientos diez y seis por el rey de Inglaterra Enrique sexto, riberas del río Támesis, dos leguas de Londres, frontero el uno del otro en correspondencia.
Habiéndose fundado seminario de ingleses en Duay por el papa Pío V, año de mil y quinientos sesenta y ocho, estuvo allí algunos años, hasta que los herejes se levantaron contra el dicho Rey Católico, y echaron el seminario de allí por estar debajo del amparo de Su Majestad. El cual se pasó a la universidad de Reims en Francia, el año de mil y quinientos setenta y dos, y perseveró en ella quince años. Y después, habiendo cesado los alborotos de Flandes volvió el seminario a Duay el año de mil y quinientos noventa y tres, donde persevera hasta ahora. Y Su Majestad, movido de santo celo y amor paternal que tenía a los ingleses católicos, le dio una pensión de mil y seis cientos florines cada un año, y el año de mil y quinientos ochenta y dos, le acrecentó otros dos mil escudos más de renta, para que con más comodidad pudiese tener mayor número de obreros evangélicos; y este seminario fue el primero que se fundó después del santo concilio de Trento.
Por orden del Rey Católico, y con su ayuda, el doctor Vendebil, de su Consejo, y después Obispo de Tornay en Flandes, fundó otros dos seminarios, a que ayudó grandemente Su Majestad.
Dio quinientos ducados al monasterio de Santa Juana de la Cruz, de monjas de la tercera Orden de San Francisco, que está a un cuarto de legua de la villa de Torrejón de Velasco.
Hizo a su costa el retablo del convento de San Jerónimo de Yuste, cuya pintura es obra del valiente Ticiano.
Habiendo dado al convento de Predicadores de Valencia, cuatro o cinco mil ducados en veces, a lo último de su enfermedad mandó dar limosna para sustentar una lámpara perpetuamente, y mil ducados para la portada de la iglesia.
Dio seis mil ducados para la canonización de San Raimundo, a la Orden de Predicadores. Al convento de San Lorenzo el Real anexó la abadía de Parraces, con autoridad del papa Pío V, y le dio copiosísimas rentas.
Fundó en las universidades de Salamanca y Alcalá los colegios que llaman del Rey, y al de Alcalá dio buenas rentas.
Hacía mercedes a la sangre vertida antes que a la heredada, y a esta causa por haber derramado tanta Julián Romero, Maese de Campo, natural de Cuenca, le dio el hábito de Santiago, sin información de sus calidades (aunque las tenía), y hacía merced de las encomiendas a los que habían militado, y a los hijos segundos de los señores que le habían servido, porque lo continuasen con más ánimo y comodidad. La misma hacía a los que le servían en su casa y cámara, siendo merecedores de remuneración los servicios de sus pasados.
Viniendo a este Reino los embajadores del Japón2 el año de mil y quinientos y ochenta y cuatro, les dio en Madrid grata audiencia, aguardolos con el Príncipe y las Infantas, sus hijas, con capa y espada, en pie arrimado a un bufete. Oyolos Su Majestad con su acostumbrada benigninad; recibió las cartas que le dieron en lengua japona, y asimismo traducidas en español, y los presentes que le hicieron de cosas de su tierra, mostrando a todo singular benignidad, y llegándole a besar la mano, no la quiso dar, antes los fue abrazando uno a uno. Y mandó que el Príncipe y las Infantas, sus hijas, hiciesen lo mismo. Entretúvose con ellos casi una hora preguntándoles cosas del Japón, y últimamente les dijo si oirían de buena gana unas vísperas solemnes en su capilla, y aceptando la merced que les hacía, les mandó llevar a ella, donde tuvieron asiento junto al altar en el banco de los Grandes. Partieron al Escorial; donde por su mando les mostraron aquella maravilla del mundo. De allí volvieron a Madrid y se despidieron de Su Majestad, el cual les mandó hacer la costa hasta embarcarse, mandando al Corregidor de Murcia que les tuviese prevenido un famoso navío, y les dio cartas para el Conde de Olivares, su embajador en Roma, mandándole que los honrase y favoreciese. Llegaron a Murcia, adónde y en el camino se les hicieron honrosos acogimientos, y de allí pasaron a Roma con prospera navegación. Averiguose por cosa cierta, que desde el Japón a Madrid, por el camino que trajeron, anduvieron más de siete mil leguas.
En el viaje que hizo a Flandes siendo Príncipe, llegando a Girona se le hizo solemne recibimiento, y fueron a la noche a palacio muchas damas, casadas y doncellas, y danzaron al son de sus gaitas; y las salió a mirar un rato, y mandó dar a los que tocaban las gaitas treinta escudos. Llegando a Aguas muertas, a ochenta millas de Colibre, le trajeron un presente de la villa, de pan, y vino, y aves, y otras cosas de comer; y mandó dar al que lo trajo doscientos escudos, y a los del esquife en que vino, ciento. Partiendo de la isla de Santa Margarita, y pasando a vista de Niza, salió un gentil-hombre del Duque de Saboya en una fragata, en que trajo un gran presente de pan, y vino, y carne, en que había vacas, terneras, y aves, y mucha caza muerta, y viva, y muchas frutas, y conservas. Mandole dar doscientos escudos, y a los de la fragata cincuenta; y trayéndole de algunos lugares frutas y cosas de comer, mandó dar a todos mucho más de lo que ello valía.
Visitando en este viaje en Génova, a la Princesa de Oria, y a la viuda mujer de Joanetín Doria, mandó dar a la Princesa un diamante jaquelado de hechura de corazón, que valía dos mil ducados; y a la mujer de Marcos Centurión, un joyel con cuatro diamantes y tres perlas, que valía mil y quinientos ducados; y al príncipe Doria, otro joyel con dos diamantes, que valía siete mil ducados.
Partiendo de Génova a Gavia, a donde hizo noche, la ciudad de Génova le había enviado un gran presente de cosas de comer, en que había vacas, terneras, carnes y muchas aves, cazas, perniles de tocino, queso, frutas, conservas, pan, vino y cebada. Lo mandó todo repartir por los señores y caballeros de la Corte y oficiales de su casa, y mandó dar a quien lo trajo el presente doscientos escudos, y a los arrieros cada uno diez escudos.
Llegando a Milán le presentó la ciudad veinte mil escudos; y la ciudad de Mesina le envió allí trece mil: y mandó Su Alteza dar a la Princesa de Asculi, mujer del don Fernando, una sortija con un diamante que valía cinco mil escudos; y a su hija un collar de diamantes, y rubíes, y perlas, que valía tres mil escudos; y a la Duquesa, su nuera, otro diamante que valía mil y quinientos escudos.
Llegando a Duise, un lugarejo del estado, le tenían hecha una puente de madera sobre barcas en un río con un famoso arco lleno de mil diferencias de frutas; por él pasó Su Alteza, y del lugar le trajeron un gran presente, y mandó dar mil ducados a los que lo trajeron.
Fue devotísimo del monasterio de Nuestra Señora de Monserrate, y fuera de otras mercedes que le hizo, le mandó dar en tres veces veinte y cinco mil ducados. Vio la iglesia nueva, y como tenía tanto voto en cosas de arquitectura, le contentó la fábrica, y echó de ver que un templo de tanta grandeza pedía retablo muy suntuoso. Y para que se hiciese lo que tocaba a la escultura y pintura, mandó dar luego catorce mil ducados, y después para el dorado proveyó de otros nueve mil, y entre las mandas que dejó por su testamento, fue una de dos mil ducados para una lámpara de plata que hoy día arde entre las demás delante del altar de esta serenísima Señora, la cual salió grande, bella y vistosa, digna de la devoción de un tan valeroso y prudente Monarca.
Al conde Federico, hermano de San Carlos Borromeo, dio el Principado de Oyra en el reino de Nápoles, y después lo confirmó a San Carlos, que rentaba diez mil ducados al año, y el santo se privó dél, distribuyendo lo que le había rentado el tiempo que lo tuvo a los pobres de Jesucristo y lugares píos.
Remuneró con liberalidad los méritos de sus celosos ministros; dio a su maestro Silíceo el Arzobispado de Toledo, y acudió con ventajas a los señalados en letras, justicia y guerra.
Jamás proveyó a los que procuraban oficios desproporcionados a sus sujetos; y siempre tuvo cuidado de dar y distribuir los grandes cargos y oficios, especialmente los que tocaban a ley y justicia, a personas de gran satisfacción y méritos.
Hizo mercedes relevando en todo o en parte del subsidio de que le hicieron gracia los pontífices romanos, desde el papa Pío IV que le concedió el primer quinquenio para el sustento de las galeras (esto es, cuatrocientos y veinte mil ducados en cada uno de cinco años) a las comunidades siguientes:
A todos los monasterios de monjas de la corona de Castilla, lo que les cupiese enteramente en las diez pagas.
A la Orden de Santo Domingo, en la provincia de España; en parte, en las diez pagas. A la dicha orden en la provincia de Andalucía, en parte en las diez pagas.
Al estado eclesiástico del Arzobispado de Granada, en mitad, en las diez pagas.
Al estado eclesiástico de Almería, en todo, en las dichas diez pagas.
Al estado eclesiástico del Obispado de Guadix, en todo.
A la clerecía de Baza, en la mitad.
A la Clerecía de Huesca, en la mitad.
Al estado eclesiástico del reino de Mallorca, Menorca e Ibiza, en todo, con que acudiese a la fortificación y guarda de las dichas astas; conforme a las órdenes que les fuesen dadas por los virreyes y gobernadores dellas.
Al estado eclesiástico de Cerdeña, en parte.
Al monasterio de San Lorenzo el Real del Escorial, en todo.
Al estado eclesiástico de la villa de San Sebastián, en todo. A la clerecía del Arciprestazgo de Fuenterrabía, incluso en el Obispado de Bayona, en todo.
A la clerecía de la villa de Santander, monasterio de Santa Catalina de Monte Corbán, y colegio de la Compañía de Jesús de la diócesi del Arzobispado de Burgos, en todo.
Al estado eclesiástico del reino de Valencia, en parte.
Al estado eclesiástico de la provincia de Tarragona y Obispado de Elna, en parte.
A los dos colegios de Santo Domingo de los nuevos convertidos de la ciudad de Tortosa, en parte.
En razón del escusado hizo también mercedes a las dichas comunidades, y al hospital de Villafranca de Montes de Oca; y al hospital de Mater Dei, de Tordesillas, como todo consta de su cédula despachada en Segovia a siete de julio del año de mil y seiscientos y nueve.
Fundose con su favor y amparo el colegio de los Irlandeses en la universidad de Salamanca, mandando por sus cartas a la ciudad y universidad, amparasen a los que venían perseguidos y desterrados por sustentar la Fe.
Muerto el rey don Sebastián en la guerra de África; Muley Hamet, Rey de Marruecos, quiso tener en su favor al Rey Católico, pidiéndole la paz que había entre él y el Moluco, y en razón desto le ofreció en presente el cuerpo del rey don Sebastián, y a don Juan de Silva, embajador del dicho Rey Católico, que le tenía en prisión. Venida esta embajada a la corte de Castilla, fue bien oída del Rey, y aunque aceptó la libertad de su embajador, no quiso recibir el cuerpo del Rey, antes ordenó que fuese entregado a los portugueses, y así Andrea Gasparo Gorzo, en nombre del Jerife, lo entregó por auto público al Gobernador de Ceuta, en nombre del Rey Católico, el cual como tan liberal, en recompensa de la oferta del Moro, envió a África a Pedro Vanegas de Córdoba, con un presente de joyas de cien mil ducados de valor, así para continuar las pláticas de la paz como para pedirle demás de su embajador al Duque de Barcelós, que estaba en prisión, que se lo concedió el Moro, y envió después libre a la frontera.
Estando el Rey en Portugal, después de haber conquistado aquel reino, hizo traer de África los huesos del dicho rey don Sebastián, junto con los del rey don Enrique que estaban en Almería, y quiso antes de su partida a Castilla, darles grandiosa sepultura en el monasterio de Belén, junto con los otros reyes portugueses, a donde para este efecto se fue por espacio de tres días; asimismo hizo traer a este monasterio de algunas otras partes del Reino veinte cuerpos reales de los padres, hijos y nietos del rey don Manuel, para que todos juntos fuesen colocados con suma grandeza en aquel lugar, y se les hicieron a todos suntuosas honras con grande aparato, con asistencia de todas las religiones, con nombre de Enrique, porque a los otros se les habían hecho antes.
Dos veces trajo dispensación a su costa de Su Santidad, para que el hermano Francisco del Niño Jesús, residente en el hospital de la Altozana de Alcalá, se quedase entre los pobres y no se entrase fraile carmelita descalzo, que tenía hecho voto de serlo; remitiendo Su Majestad este negocio a letrados, por el gran bien que el hermano hacía a los pobres de Jesucristo. Este punto se hallará más dilatado en el capítulo de su celo y cuidado de lo más perfecto y útil.
Aunque hacía mercedes a los que le servían, fue tan mirado en esto, que premiaba con mayores ventajas a los que habían hecho mayores servicios, aunque ellos estuviesen descuidados de pedir mercedes, y se hallasen distantes, pareciéndole que el hacérselas mayores a estos, pertenecía al acto de justicia distributiva, no obstante que ellos no lo pidiesen, o por estar retirados, o por no estar advertidos.
Fue muy liberal, no para gastos propios, pues solo gastaba en su casa cien mil ducados, y en solo Flandes gastó cien millones, y se derramó mucha sangre cristiana, a lo cual ayudó grandemente el Potosí, pues dél solo le vinieron trescientos millones de oro, y esta liberalidad procedía de su santo celo, como el que tuvo en Inglaterra cuando casó con la serenísima reina María, que por no dar libertad a los herejes, los tenía tan sujetos, que quedó en Proverbio. Tempora Mariana quando unusquisque, timebat sibi.
Acrecentó con juros de sus mismas rentas reales la casa del Marqués de Cortes; haciendo esta merced a don Juan de Benavides, que se crió desde niño con Su Majestad, siendo doña Inés Manrique su abuela, aya deste Católico Príncipe, a quien casó con doña Jerónima de Navarra, hija única y heredera de don Pedro de Navarra, Mariscal y Marqués de Cortes el año de mil y quinientos y cincuenta y cuatro, y cenó con ellos la noche de sus bodas, y les hizo otros muchos favores y mercedes, advertido de sus servicios.
El año de mil y quinientos y ochenta, en veinte y uno de marzo, estuvo aposentado en un convento de frailes Descalzos de San Francisco, llamado San Gabriel, de Badajoz, pasando a Portugal, y estuvo desde la mañana, a hora de misa, hasta la tarde a puestas de Sol. Fue este día señalado, porque en él cumplía Su Majestad cincuenta y tres años, y entraba en cincuenta y cuatro, y por ello hubo en la iglesia deste convento jubileo, porque oyó el Rey misa en ella. Y por Breve Apostólico concedido a Su Majestad, se ganaba indulgencia en la iglesia en que asistía el día de su nacimiento el dicho Rey. Al ofertorio de la misa ofrendó Su Majestad en un paño cincuenta y cuatro doblas, como lo acostumbró todos los años en este día, conforme a los años que tenía, y porque la dicha ofrenda era de los capellanes de su Real Capilla que decían la misa; y por no ser los frailes menores capaces de limosnas pecuniarias, mostró Su Majestad su liberalidad con los pobres frailes descalzos, mandando hacer una gran cisterna y patio nuevo, en el cuarto en que estuvo aposentado, de quien había mucha necesidad; en la casa en que se gastó al cuatro doble de lo que era la ofrenda.
Imprimió a su costa la Biblia que llaman Regia, como en otra parte se ha dicho, a propósito de otra virtud con exquisitos gastos, estampose en Anvers en la oficina de Christophoro Plantino, su Real Impresor. Y asistieron a ella entre otros, el doctísimo y eruditísimo español Arias Montano, el cual en el postrer tomo in apparatu sacro, añadió siete libros; Andreas Massio, flamenco, varón eruditísimo en las lenguas latina, griega, hebrea y siríaca; Juan Livencio, famoso en la lengua griega; y aquí fueron grandes amigos Arias Montano y Justo Lipsio, y a este dio Su Majestad título de su historiador, y le honró y acrecentó en hacienda, a instancia de don Pedro Enríquez, conde de Fuentes, que gobernaba en aquella tierra por Su Majestad los estados de Flandes. Y asimismo dio a Abraham Ortelio título de su geógrafo, cuando a este tiempo le dedicó aquel insigne libro llamado Teatrum orbis terrarum.
Los títulos que dio este Católico Rey por servicios hechos a su corona, son los siguientes:
Títulos de Duques.
Creó Duque de Alcalá de los Ganzules, a don Perafán de Ribera, segundo Marqués de Tarifa y sexto Conde de los Morales, y Adelantado de la Andalucía.
De Osuna, hizo a don Pedro Girón, quinto Conde de Ureña y Notario mayor de Castilla.
De Feria, a don Gómez Suárez de Figueroa, quinto Conde de la misma Feria y Señor de Zafra.
De Pastrana, a Ruy Gómez de Silva, Príncipe de Evoli.
De Baena, a don Gonzalo Fernández de Córdoba.
Títulos de Condes.
De Galve, a don Baltasar de la Cerda.
De Santa Gadea, a don Martín de Padilla, Adelantado mayor de Castilla.
Del Villar don Pardo, a don Fernando de Torres y Portugal.
De Villanueva de Cañedo, a don Antonio de Fonseca.
De Barajas, a don Francisco Zapata.
De Mayalde, a don Juan de Borja.
De Fuentes de Valdepero, a don Pedro Enríquez de Acevedo.
De Fuensaldaña, a don Juan de Vivero.
De Uceda, a don Diego Mesía de Ovando, cuyo título cesó y se dio de Marqués de Loviana.
Títulos de Marqueses.
De Mirabel, a don Fadrique de Zúñiga y Sotomayor.
De la Mota, a don Rodrigo de Ulloa.
De Ladrada, a don Antonio de la Cueva.
De la Algava, a don Francisco de Guzmán.
De Santa Cruz, a don Álvaro de Bazán.
De Estepa, a Adán Centurión Ultramarino.
De Almazán, a don Francisco de Mendoza.
De Algecilla, a don Rodrigo de Mendoza y Silva, primogénito del Duque de Pastrana.
De Villalba, a don Lorenzo Suárez de Figueroa, primogénito del Duque de Feria.
De Villalba del Río y del Camino, a don Fadrique Enríquez de Rivera.
De Villamanrique, a don Fadrique de Zúñiga.
De Velada, a don Gómez Dávila.
De Valdaracete, a Melchor de Herrera, que después le hizo Marqués de Auñón.
De Peñafiel, a Don Juan Téllez Girón, primogénito del Duque de Osuna.
De Flechilla, a don Duarte de Portugal.
De Águila Fuente, a don Pedro de Zúñiga.
De la Bañeza, a don Pedro de Zúñiga y Bazán.
De Almenara, a don Íñigo de la Zerda y Mendoza.
Del Carpio, a don Diego López de Haro.
De la Guardia, a don Gonzalo Mesía.
De Hardales, a don Luis de Guzmán, Conde de Teba.
De Frómista, a don Jerónimo de Benavides.
De Alcalá de la Alameda, a don Pedro López Portocarrero.
De Guelamo, a don Diego de Zúñiga, Abad que fue de Paraces.
De Cuéllar, a don Francisco Hernández de la Cueva, primogénito del Duque de Alburquerque.
Al cardenal Michael Boleno, hizo Marqués del Bosque.
Con sus largas limosnas se hizo la capilla de Nuestra Señora de Atocha, sita en el convento de Santo Domingo de Madrid, extramuros, y se puso la santa imagen miraculosa, día de la Anunciación, año de mil y quinientos ochenta y ocho; y el convento en reconocimiento de la merced que había recibido de Su Majestad, y de las grandes limosnas que había dado para la dicha capilla, el mismo día que se puso la miraculosa imagen, dijo una misa cantada por Su Majestad, la cual se ha ido continuando siempre el dicho día de la Anunciación de la Virgen, y otra el día de San Felipe y Santiago, y pocos días antes que muriese tomó el patronazgo de la dicha capilla, y lo mandó asentar en los libros de su patronazgo real.
El pueblo de Fuencarral a dos leguas de Madrid, dio a Su Majestad la ermita de Nuestra Señora de Valverde, y el título, la imagen, ornamentos, y plata. Y Su Majestad lo dio a Juan Ruiz de Velasco, de su Cámara, Caballero del hábito de Santiago, a quien amó mucho Su Majestad, dándole a entender, gustaría fuese de frailes de Santo Domingo. Y el dicho Juan Ruiz de Velasco, Alcaide de las Torres y Castillo de la ciudad de León, y su mujer doña Isabel de Novares y Santoyo, en treinta de abril del año de mil y quinientos y noventa y ocho, hicieron escritura de fundación con la Orden de Santo Domingo, y dieron a la casa trescientos ducados de renta en un juro sobre las alcabalas de Uceda, y asimismo dieron en preseas y cosas para la sacristía y convento más de diez y seis mil ducados.
Duardo Nonio, jurisconsulto portugués, que fue Oidor del Consejo Real de aquel Reino, en el libro que escribió de Vera Regum Portugaliae Genealogia. Hablando deste Católico Rey, dice lo siguiente: Multa Philippus magnifice et liberaliter gessit: et in eos qui aliquid in superiorum Regum obsequium egere, munera contulit majora, quan ab illis Principibus accipi solebant. In primis justium administrandi gratia multa constituit, leges sancivit, alias emendavit. E duodecim tribunalibus quae Olisipone erant, alterum in civitatem Portuensem transtulit, ibique; juridicum Conventum statuit. Senatorum utriusque; curia stipendia auxit quo caste et nullius ope egentes, justitiam administrarent: muneribus etiam, et honoribus benemeritos ornavit.
A la casa de Nuestra Señora de Valvanera, monasterio antiquísimo de la Orden de San Benito, no sólo confirmó Su Majestad las mercedes que le habían hecho los reyes antepasados, sino que también se la hizo de nuevo, dándole cincuenta y dos mil maravedís de juro perpetuo en las tercias de Jubera y de otras partes, para sustentar perpetuamente siete lámparas que están ardiendo en su nombre, entre otras muchas, delante del altar de la Santísima Virgen.
Fundó la iglesia del apóstol San Bernabé en la villa del Escorial; en la cual están sepultados muchos criados suyos, nobles y honrados, y asimismo grandes artífices de todas naciones, que trabajando en la obra de San Lorenzo el Real, acabaron allí la vida.
Hizo el claustro del convento de Nuestra Señora de la Esperanza, que es de la Orden de San Francisco, junto a la villa de Ocaña; y en este convento edificó un cuarto para su habitación.
Ayudó grandemente al convento del santo desierto de Bolarque, de Carmelitas Descalzos, enviando para elegir y asentar las cosas en sus principios a don Francisco de Contreras, Oidor de su Consejo, que fue Presidente de su Consejo Real y Comendador mayor de León. Y así es Su Majestad patrón de aquel santo desierto, y están sus armas reales en la iglesia dél, y el dicho Presidente edificó en él un cuarto para su habitación. En este santo convento se dice todos los días una misa por Su Majestad, y está puesta esta memoria en la tabla de la sacristía, para recuerdo perpetuo.
Dio un terno negro de mucho valor al convento del Santo Sepulcro de Jerusalén, para celebrar los divinos oficios; y muchas limosnas ordinarias con particular devoción y obediencia a aquellos santos lugares, donde se obró nuestra redención. Y para conservación del monasterio de San Francisco daba cada un año gran cantidad de dinero, con que se sustentaba la amistad y buen tratamiento de los turcos de la guardia, teniéndoles siempre viandas para que comiesen, conque hallándose obligados, miraban por la custodia de los frailes como cosa propia.
Caminando a Flandes, siendo príncipe, llegó a las Pomas de Marsella en su navegación, y saliendo en tierra subió a la cumbre de un cerro a pie, donde vio a Marsella. Cenó en un tendejón, y volvió a dormir a la galera, donde le envió el Gobernador de Marsella un presente de cosas de comer; y mandó dar al que lo trajo una cadena que pesaba trescientos escudos, y a los del esquife en que vino, mandó dar cincuenta.
El año de mil y quinientos y setenta, dando los moriscos rebeldes del reino de Granada, sobre Alozaina, lugar de ochenta vecinos cristianos, las mujeres se acogieron al castillo con solo ocho hombres, por estar los demás en sus labranzas. Pusiéronse las mujeres los capotes y sombreros de sus maridos, y se asomaron a los muros desta manera, una dellas llamada María de Sangredo, doncella, viendo muerto a su padre por los moriscos, con su vestido y armas defendió un portillo, y mató a un moro, e hirió a otros muchos con jaras. Supo Su Majestad el caso, y le hizo merced de la hacienda de un moro rico de Tolox, para su casamiento.
Concluyéndose el año de mil y quinientos y noventa y cinco las diferencias y largos encuentros de los genoveses, por el gran cuidado, vigilancia y medios acertados que puso Su Majestad; la República le dio las gracias, y el Católico Rey abrió comercio de sus estados para Génova, y envió a esta gran ciudad diez mil escudos de limosna para que se repartiesen entre los pobres y monasterios, librados sobre las tratas de Nápoles y Sicilia.
A Camargo, maestro de sus ministriles, dio en veces más de cincuenta mil ducados, supliendo el amor, que mucho vale y puede, buena parte del merecimiento.
Cuando la necesidad le hacía negar alguna cosa, aseguraba al poderoso de su buena voluntad, mandando ofrecerle otra para que conociese hacía caso dél, y deseaba hacerle merced, con que se contentaba a veces tanto el que pretendía como si le diera lo que le había pedido. Antes hacía mercedes a la sangre vertida que a la heredada, y por esto dio el hábito de Santiago a Julián Romero, natural de Cuenca, Maese de Campo en los ejércitos de Flandes, sin información de sus calidades (aunque las tenía).
Honró, e hizo grandes mercedes a los grandes artífices de su tiempo, de manera que si algún bien hay en España en esto, fue por su causa. Testigos son de esta verdad Juan Bautista de Toledo, natural de Madrid, que mereció ser llamado en Roma el valiente español, y fue en ella aparejador de la fábrica de San Pedro, en tiempo de Micael Angelo, e hizo en España el modelo de la fábrica de San Lorenzo el Real; Juan de Herrera, matemático, insigne Trazador mayor y Aposentador de Palacio; Francisco de Mora, que sucedió en los dichos oficios de Trazador mayor y Aposentador de Palacio, tío mío, hermano de mi madre, uno de los más valientes hombres en la arquitectura que ha tenido la Europa; Juan Fernández Navarrete, otro Apeles Español, que fue mudo, y otros muchos que sería cosa prolija haberlos de referir.
El año de mil y quinientos y cincuenta y seis, después de haber renunciado en Su Majestad el Emperador su padre sus reinos y señoríos, celebró en Anvers el capítulo veinte y dos de la Orden del Tusón, y por su gran liberalidad dio el Tusón a los príncipes que se siguen:
Don Carlos, Príncipe de España.
Fernando, Archiduque de Austria, hijo del emperador don Fernando.
Enrique, Duque de Brunswik.
Don Gonzalo Fernández de Córdoba, Duque de Sesa y Terranova, y Conde de Cabra.
El duque de Medina de Rioseco, y Almirante.
El duque de Cardona.
Filipo de Memoransi, Conde de Horno.
Guillermo de Nasau, Príncipe de Orange.
Antonio de Oria, Marqués de San Esteban.
Don Francisco Fernández Dávalos, Marqués de Pescara y del Basto.
Sforcia, Conde de Santa Flor.
El capítulo vigésimo tercio desta dicha Orden, celebró Su Majestad en la ciudad de Gante en Brabancia, estando de partida para España; y señaló once collares, que envió a diversos príncipes, que fueron:
Francisco, que después fue Rey de Francia.
Gundivaldo, Duque de Urbino.
Filipo, Señor de Aschincourth.
Guillermo de Croy, Marqués de Renti.
Florencio de Mimoransi, Señor de Montigul.
Philipo, Conde de Ligni.
Carlo de Lanoy, Príncipe de Sulmona.
Antonio de Lalaing, Conde de Hechistracta.
Marco Antonio Colona.
El barón de Henhasem.
Otros muchos collares dio Su Majestad en lo restante de su vida, de que hacen memoria las historias de esta Orden.
Con su gran liberalidad dio en el reino de Portugal los títulos siguientes:
A don Francisco de Sa, hizo Conde de Matosinhos y de Penaguido.
A don Bernardo de Castro, hizo Conde del Basto.
A don Francisco Mascareñas, hizo Conde de Villadhorta, que ahora se llama Santa Cruz.
A D. Eduardo Albicastro hizo conde de Sahugal.
A D. Pedro de Alcazona hizo Conde de Idaña.
A don Cristóbal de Mora hizo Conde de Castil Rodrigo.
A D. Francisco Emanuel hizo Conde de Atalaya.
A don Rodrigo González de la Cámara, hizo Conde de Villafranca.
Al Marqués de Villareal le dio título de Duque de Villareal.
Asimismo renovó algunos condados antiguos en los caballeros siguientes:
En don Juan Gonzalo Atayde, renovó el Condado de Atouguía.
En don Manuel Albicastro, el de Villanueva.
En don Fernando Notoya, el de Linares.
En don Juan Pereira, el de Feria.
En don Luis Meneses, el de Taronca.
En don Antonio de Castro el de Montesanto.
Y al heredero del Duque de Avero, que era Marqués de Torres Nuevas, hizo Duque de las mismas. Tuvo Cortes Su Majestad en este Reino en la villa de Tomar, el año de mil y quinientos y ochenta y uno, en diez y seis de abril.
Perfeccionó el palacio de Madrid con pinturas y jardines de recreación, a propósito de alegrar la vista y recrear el ánimo, y no le acabó aunque tuvo hecha la traza y tanteo del gasto, diciendo a Francisco de Mora, mi tío, su Trazador mayor «dejemos algo que haga el Príncipe». Hizo las caballerizas y puso la armería encima dellas con grande adorno y grandeza.