Selecciona una palabra y presiona la tecla d para obtener su definición.
Anterior Indice




ArribaAbajoParte II


ArribaAbajoCuadro I

 

Se oye un rock and roll. La luz deja ver un rincón de la habitación de VICENTE.

 
 

VICENTE es un hombre de unos cuarenta años, que viste pantalón de franela y chaqueta deportiva. Está sentado junto a la radio y oyéndola en actitud de manifiesto arrobo. Cuando RODRIGO y JAIME entran en escena les hace señas para que no interrumpan su audición. Ambos le obedecen. El diálogo empieza cuando el rock and roll ha concluido.

 

VICENTE.-   ¿No os gusta? Es la orquesta Flowers. La mejor de Estados Unidos.  (Tararea los últimos compases.)  Tiene un ritmo estupendo.

RODRIGO.-   ¿Eres aficionado a la música, Vicente?

VICENTE.-   La clásica, no. ¡Qué horror! Odio sus grandes dioses. Las tabarras de los conciertos, los gorgoritos de las tiples, las orquestas-copes, queridos. Con sus doscientos violines y sus cien clarinetes. No, no me cazará vivo ninguna. Pero esta, sí. Yo me río del rey de Baviera que tocaba en la Filarmónica de Munich, pero comprendo a su colega de Tailandia, con un sexteto de jazz en su palacio. Bueno... ¿y por qué no os sentáis? Ahora caigo que a lo mejor no os lo he dicho. Sentaos, sentaos... ¿Cómo andas, Jaime? ¿Y tú, Rodrigo? ¿Qué os trae por aquí? Beber... Beberéis un poquito, ¿eh? ¿Conforme?

JAIME.-   No, Vicente, no. Vamos, al menos yo.

RODRIGO.-   Tampoco yo.

VICENTE.-   La ley de los contrastes... Porque ayer, por la noche...

JAIME.-   No te referirás a mí.

VICENTE.-   ¿Pues a quién si no? ¿A ver?... No tienes un aire muy tranquilizador. Ojeras, cara cansada... ¿Y tú Rodrigo? A ti no te vigilé porque estabas sentado en la esquina y te veía mal... Pero si pensamos que bebimos diecisiete botellas y que éramos doce y que yo no bebí ni una copa...

RODRIGO.-    (Le interrumpe.)  ¿Ni una copa?

VICENTE.-   Como lo oyes, galán, ni una. Dividimos diecisiete entre doce, resultará que tocamos a...  (Piensa, con súbita seriedad.)  ¿A cuánto tocamos por cabeza? A una enormidad, ¿no?

RODRIGO.-   A una enormidad, sí. Anda, siéntate tú también, Vicente, y deja tus cálculos para otra ocasión, porque venimos a verte por algo muy serio.

VICENTE.-   No me asustéis. Los sustos hacen un daño tremendo. El organismo se resiente aun cuando al principio ni se note. ¿Qué es lo que pasa?

JAIME.-   Vicente: me encuentro en una situación dramática.

VICENTE.-   ¿Tú?  (Transición.)  Esto sí que es bueno... Tú, el hombre equilibrado, el rey del sentido común, el emperador de la sensatez...

RODRIGO.-   No, él exactamente no.

JAIME.-   Mi hija... mi yerno, es lo mismo.

VICENTE.-   ¡Ah, ya!... Dejadme a ver si lo adivino. Martín Nadal andaba en líos de política.

JAIME.-   No, no es eso.

VICENTE.-   ¿Mujeres? ¿Se ha ido Martín detrás de alguna?... Enamorada de él estaba... ¿quién era, demonio, quién era?

JAIME.-   No, Vicente. No lo adivinas. Martín ha tenido un mal momento... El caso es que... ha falsificado unos papeles importantes... y ha sustraído algún dinero... Y necesita reponerlo. Y no sabe de dónde sacarlo.

VICENTE.-   Me quitas una preocupación, Jaime.

JAIME.-   ¿Por qué?

VICENTE.-   Creí que era algo más grave. Mira, te soy sincero. Si Martín se hubiese dejado llevar de su temperamento -porque Martín es impulsivo, no te olvides que yo le conozco desde chico- y se hubiese metido en algún lío de política o de zarandajas, mal asunto. Yo te diría: «Muchacho, no ha habido suertecilla». Y allá cada uno que se las arreglase como pudiese. O si se tratase de faldas. Porque las faldas arrastran de un modo que da miedo. Sobre todo al principio. Después, ya no. Uno está deseando soltárselas... Pero si no es ninguna de las dos cosas...

JAIME.-     (Con una leve expresión de sorpresa.)  No, no... Se trata de algo diferente. Ya te lo he dicho... de dinero.

VICENTE.-   Ah, siendo así... El dinero... ¿qué vale el dinero? Si es tan fácil ganarlo... Yo he ganado mucho, mucho. ¿Y sabes cómo? Veraneando. Ah, eso sí: veraneando como nadie. Os contaré el truco. Yo me compré unos terrenos. Pagué, firmé la escritura, me puse a bien con la Hacienda y con el Registro de la Propiedad y me fui a Biarritz. ¡Cómo lo pasé, chicos! ¡Bárbaro! Llego a fines de septiembre, pregunto por los terrenos y me dicen: «Valen el doble». ¿Ah, sí? Pues hale, el avión y a Argentina, donde tenía unos asuntos que arreglar. ¿No habéis estado nunca en Mar del Plata? El paraíso terrenal, os lo aseguro... Vuelvo a España a fines de marzo, pregunto y me dicen: «Te dan el triple de lo que pagaste». Muchacho -pensé para mis adentros- aquí lo conveniente es seguir veraneando. Y en efecto, a Biarritz otra vez. Cuando empezaba a caer la hoja a Sudamérica. Montevideo, Pocitos, Carrasco, Punta del Este... Y en abril, el avión o el barco y a España. Las ferias, las corridas, las piscinas... Ocho años así, fijaos, sin usar el abrigo, dieciséis veranos seguidos. Estupendo. Y entretanto sin hacer nada, sin escribir una carta ni visitar a nadie, aquellos terrenos iban subiendo, subiendo de valor cada vez más... Producían dinero físico, como podían haber producido ciruelos, espárragos, maíz... Y yo iba cortándolos, como una pieza de tela, con unas grandes tijeras, delante de un corredor de fincas, muy serio y apilando lo que me entregaban en esta habitación hasta llenarla. Por eso yo no doy valor ninguno al dinero, porque no me ha hecho madrugar, ni estudiar de noche, ni me ha sacado ampollas de las manos... ¿Cuánto necesitas?

JAIME.-   Verás... Debo prevenirte. No es una pequeñez... Pero, naturalmente, yo no te lo pido como un regalo sino, simplemente, como un préstamo..., ¿entiendes? Porque yo pienso devolvértelo dentro de cuatro años o cinco religiosamente.

VICENTE.-   Déjalo, no hablemos de eso.  (Se dirige a la gramola.)  Lo que siento mucho, es que no os guste el jazz. ¿A qué no sabéis cuántos discos tengo? Decid un número.

JAIME.-   No sé... ¿Cien? ¿Doscientos?

VICENTE.-   ¡Qué va! Muchos más. Pasan de mil. Los he clasificado por orquestas. De la de Flowers, tengo ocho. El último es el que estaba oyendo cuando entrasteis... Se llama... Ah, el título en inglés es muy complicado. Quiere decir algo así como: «La primavera lleva los brazos desnudos». ¿Lo pongo otra vez?

RODRIGO.-   No, déjalo, Vicente. Andamos con un poco de prisa, ¿sabes? Porque si antes de mañana no conseguimos arreglar las cosas, podría pasar algo muy desagradable.

VICENTE.-    (Frenando de pronto.)  Sí, sí... Ya comprendo... Perdonadme. Me he olvidado de que vuestro espíritu no está en condiciones para saborear una música así... Tenéis prisa, claro, claro. A lo mejor necesitáis ingresar ese dinero en una cuenta o entregárselo personalmente a alguien en su propia mano... Y yo os estoy retrasando... Torpe, a veces soy muy torpe. Mi mujer me lo dice siempre: «No te pones nunca en la situación de los otros. Eso te hace antipático».

JAIME.-   No te preocupes, Vicente... Y por cierto, aún no te he dicho la cantidad que me hace falta. Temo que tu buena voluntad no sea bastante.

VICENTE.-   ¿Qué necesitas?

JAIME.-   Como necesitar, un millón de pesetas, pero...

VICENTE.-     (Le oye en silencio, un silencio enigmático.)  Ya.

JAIME.-   Me doy cuenta de que es mucho...

VICENTE.-   ¿Hoy, hoy?... No...

JAIME.-   Yo no te pido tanto, Vicente. Con tal de que me dejes la tercera parte o algo parecido, yo creo que el resto puedo encontrarlo por otro lado.

VICENTE.-   Trescientas mil pesetas, por ejemplo...

JAIME.-   Pues... sí.

VICENTE.-   ¿Os importa?

 

(Pone de nuevo el disco y se va bailando. JAIME y RODRIGO se miran sin explicarse bien la actitud de VICENTE.)

 

RODRIGO.-   ¿Qué le pasa?

JAIME.-   No sé bien. Algo extraño... ¿Estaré en vías de resolver mi problema, Rodrigo?

RODRIGO.-     (Sin demasiado convencimiento.)  Pues... claro que sí.

JAIME.-   Tengo una sensación rara... hasta un cierto malestar, no te lo niego.

RODRIGO.-   ¿Y por qué?

JAIME.-   Lo ignoro. Tú hiciste hincapié en que viniésemos a ver a Vicente antes que a Lauro.

RODRIGO.-   No me faltaban razones. Vicente es generoso, abierto. Va a demostrarlo. Lauro Urquía es otra cosa.

JAIME.-   ¿Te ha sucedido algo con Lauro?

RODRIGO.-   Nada grave, aunque a esa visita no te hubiese acompañado yo.

JAIME.-   Mira por donde, también yo hubiera preferido ir solo.

RODRIGO.-   Quién sabe si será innecesario que vayas.

JAIME.-   Dios lo quiera.

VICENTE.-    (Trae un cheque en la mano. Habla fantasmalmente.)  ¿He tardado mucho?

JAIME.-   No, no.

VICENTE.-   No encontraba el talonario.  (Baja la voz.)  Las mujeres. Su orden no tiene nada que ver con el nuestro. Y quieren imponérnoslo. Es como si nos obligaran a cambiar de idioma. ¿Dónde creéis que guardaba el talonario? ¿En el cajón de mi despacho, como es lógico? Pues, no, señor, en la cómoda de su cuarto. Pero, yo soy un detective sensacional... Ea, aquí está: hice un cheque al portador.  (Se lo entrega.) 

JAIME.-   Ah, muy bien.

VICENTE.-   Voy a daros un consejo. Trabajad siempre con ese Banco. No hay otro que lo iguale.

JAIME.-   Sí...  (Lee el cheque.)  Pero... ¿qué has escrito aquí, Vicente?

VICENTE.-   No sé... lo que habíamos hablado.

JAIME.-   No, Vicente, no... Te equivocaste.  (Le mira escrutadoramente a ojos, adivinando la razón de todo.)  No son tres millones. Son trescientas mil pesetas o... como máximo un millón.

VICENTE.-   Ah, es facilísimo de arreglar...  (Recoge el cheque y se dispone a enmendarlo sobre la gramola.)  se le quita un cero y...

 

(VICTORIA entra en escena. Es una mujer de mediana edad.)

 

VICTORIA.-   ¿Es usted Jaime Albéniz?

JAIME.-   ¿Cómo está, señora?

RODRIGO.-   Soy Rodrigo Sanz.

VICTORIA.-   He oído hablar a mi marido de ustedes.

JAIME.-   Somos amigos casi desde la infancia.

VICTORIA.-     (A VICENTE.)  ¿Por qué no escribes en tu mesa de despacho? Estarás mejor.

VICENTE.-   Sí, tienes razón.  (Se levanta. Sonríe a RODRIGO y a JAIME con un aire desconcertante.)  Mi mujer tiene razón siempre.  (Y hace mutis.) 

VICTORIA.-   He de prevenirles de una cosa. ¿No saben que mi marido está incapacitado?

RODRIGO.-   ¿Cómo dice?

VICTORIA.-   Perdónenle. Deben ayudarme todos ustedes.

JAIME.-   ¿A qué señora?

VICTORIA.-   Llevaba una larga temporada bien de los nervios. Ha vuelto a recaer. Mañana entrará en un sanatorio.

 

(Los tres se miran sin palabras. Sobre el silencio de los tres, se hace el...)

 

 
 
OSCURO
 
 


ArribaAbajoCuadro II

 

La antealcoba de LAURO.

 
 

JAIME aguarda ser recibido. LAURO entra por la lateral. Viene despeinado, como si se acabase de levantar de la cama. Lleva un pijama y una bata. Es un hombre de la edad de JAIME.

 

LAURO.-   Querido Jaime...  (Le abraza largamente. Se desprende de él unos instantes y vuelve a abrazarle de nuevo.) 

JAIME.-   ¿Qué tal, Lauro?

LAURO.-   Chico, lo que sentí perderme la comida de anoche. Pero era el primer día sin fiebre después de una gripe de casi una semana. Y María Eugenia empezó con que si hacía frío, o si no lo hacía y consiguió llenarme de aprensión.

MARÍA EUGENIA.-    (Entra por la misma lateral de su marido. Viste un traje de casa. Lleva en la mano unos frascos de medicina y una americana.)  Y en buena hora lo digas... ¿Qué tal Jaime?

JAIME.-   ¿Qué tal, María Eugenia?

MARÍA EUGENIA.-   ¿Tú sabes que es la tercera bronconeumonía del año? Tiene una facilidad para cogerlas que es de preocupar, palabra... Y una bronconeumonía mal curada es muy peligrosa, te lo advierto.

LAURO.-   Acabarás haciendo de mí un viejecito con tisanas, gorro de dormir y bastón.

MARÍA EUGENIA.-     (A JAIME.)  Hay que hablarle así, porque es la única forma de que lo entienda. ¿Tengo razón o no, Jaime?

JAIME.-   Lauro: yo creo que tu mujer no dice ningún disparate. A la fiebre hay que hacerle tres reverencias, como a los Jefes de Estado. Y no salirse de la habitación sin haber cumplido con el protocolo.

MARÍA EUGENIA.-   ¿Ves, Lauro, ves?

LAURO.-   Calla, hombre, que no te puedes imaginar lo que me ilusionaba reunirme con vosotros. Porque el año pasado no sé lo que sucedió. Ah, sí, había ido a Barcelona a la presentación de Nido de Águilas.

JAIME.-   Vi la película. Qué éxito enorme, ¿verdad?

LAURO.-   Veintidós semanas en tres cines simultáneamente... Pero, en fin, ayer que estaba en Madrid, quería yo haberos dado un abrazo a todos. Y el doctor Tirteafuera.

MARÍA EUGENIA.-   Bueno, bueno... De ingratos está empedrado el infierno. Otra vendrá, no te preocupes, que te hará la vida más agradable.

JAIME.-     (Se ríe.)  ¿Qué es eso de «otra vendrá»?

LAURO.-   Mi mujer no duda que a las dos semanas de haber desaparecido del mundo de los vivos la habré sustituido. Y, o por modestia, o por convicción, ya oyes, asegura que con ventaja.

MARÍA EUGENIA.-   Si no a las dos semanas, sí a los dos meses. Tú lo verás, Jaime.

JAIME.-   Yo no pienso ver nada de eso. Pero estoy seguro de que Lauro sería tan perfecto viudo como casado.

LAURO.-   No hay viudos, Jaime, no hay viudos. Ellas nos entierran siempre.

MARÍA EUGENIA.-   Porque los hombres volvéis a casaros en seguida. Cubrís las bajas con una rapidez vergonzosa. Por eso no existís como clase.

LAURO.-   Ni tenemos tampoco ningún valor literario, ni cinematográfico, ni romántico. Un viudo no cuenta para nada, y si alguien me ofreciese una película que tuviese a un viudo de protagonista, yo le mandaría con viento fresco... Aunque fuese una superproducción.  (Tras una leve pausa.)  Un divorciado, eso es otra cosa.  (Vuelve a pensar para sí.)  Y, sin embargo, ya ves, un anulado, no.

JAIME.-   De acuerdo, Lauro. Hay dos clases de anulados. Los que se echan al cesto de los papeles, por inservibles, o los que esperan en la Vicaría como en los cines por sesiones, para reincidir de nuevo. Ninguno de los dos grupos es demasiado interesante.

MARÍA EUGENIA.-   Las anuladas, sí.

LAURO.-   Ah, querida. Eso es diferente... Todo el mundo está deseando saber lo que hay detrás de una anulación como lo que hay detrás de una celosía o de la tapia de un jardín... Bueno. Al pobre Jaime le estamos dando la lata con estas tonterías. Y además...  (Ahora comprende que tocando ese tema ha cometido una indiscreción grave y se aflige sinceramente. En un tono de voz contrito.)  Perdóname. Ignoro por qué ha salido a relucir en la conversación un tema tan absurdo.

JAIME.-   No te preocupes. No me doy por aludido.

 

(Mutis de MARÍA EUGENIA.)

 

Yo no figuro en ninguna de esas tres categorías. Yo no soy viudo, ni divorciado, ni anulado. Mi mujer se enamoró de Jorge Parra y se fue a vivir con él. Eso es todo. Hace de esto tiempo ya. No hay heridas que duren abiertas tanto tiempo. Por lo demás, creo ser «cinematografiable». Si por una distracción de la Censura, te llevasen una película con mi caso, mi consejo sería que la rechazases... Como si se tratase de un viudo.

LAURO.-    (Se ríe bondadosamente.)  Querido Jaime... Eres un tipo estupendo. Y ya sabes lo que siempre me alegra verte... Y lo que te recuerdo. El lunes último hablé mucho de ti, y te telefoneé. Pero no contestaba nadie en tu casa.

JAIME.-   ¿El lunes?... Lo pasé fuera.

LAURO.-   Ya lo supuse.

JAIME.-     (Sin comprender nada.)  ¿Y por qué el lunes... especialmente?  (Comprende al fin y sonríe con cierta melancolía.)  Ah, ya...

LAURO.-   Catorce de octubre... ¿Cuántos años? ¿Quién lo diría?

JAIME.-   ¡Qué barbaridad!... Veintidós nada menos.

LAURO.-     (Con cierto patetismo.)  Son cosas que no se olvidan, Jaime.

JAIME.-   ¡Bah!... Tú hubieses hecho igual.

LAURO.-   No te quites méritos. Te expusiste a... lo más que se puede exponer uno en la vida, que es a perderla.

JAIME.-   Era la zona roja, Lauro.

LAURO.-   Lo que hiciste fue heroico.

JAIME.-   ¡Bah!... en aquel ambiente... Se vivía en continua excitación, con los nervios a flor de piel.

LAURO.-   Es verdad. Nunca se ha sido ni tan cobarde ni tan valiente como entonces.

JAIME.-   Todo era cuestión de cara o cruz.

LAURO.-   No, no...

JAIME.-   Eran fáciles los gestos heroicos, como tú los llamas. Yo no fui un héroe ni mucho menos. ¿Sabes quién es el héroe por antonomasia? El que va tranquilamente, con su traje de domingo, hablando con la novia, y de pronto oye pedir socorro a uno que se ahoga, y se echa al agua, sin desnudarse siquiera. Ese, sí, es un héroe. El que va en el bote del Salvamento de Náufragos, ya lo es menos.  (Sonríe.) 

LAURO.-   Por mucho que te dejes llevar de tu modestia y te quites importancia, para mí y para los míos, serás siempre el hombre al que debo la vida. Créeme que haría cualquier cosa por demostrarte mi gratitud.

JAIME.-   Es muy raro oír hablar así, Lauro, a los veintidós años de lo sucedido. La gratitud es como una llama que luce mucho y se apaga pronto. Y que deja un humo que provoca la tos.

LAURO.-   ¿A qué te refieres?

JAIME.-   Es embarazosísimo hacer grandes favores. Recordarlos azara siempre. Al que los hizo toda devoción le parece poca. El que los recibió se cree obligado a hablar en falsete. Si no fuese por la ingratitud que, afortunadamente abunda mucho, los cirujanos y los buenos gobernantes, no podrían dar un paso tranquilos.

LAURO.-   Aunque te agobie, yo seré uno de los que proclamaré siempre la deuda que me une a ti.

JAIME.-   La mayoría de las deudas separan, no unen. Tu reacción, créeme, es poco frecuente. Pero dice mucho en tu favor.

 

(Suena el teléfono dentro. Se pone de pie.)

 

LAURO.-   ¿Qué te pasa? ¿Te vas...?

JAIME.-   Pues... sí.

LAURO.-   ¿Qué te trajo a mi casa?

JAIME.-   Cumplir con una obra de caridad. Visitar a los enfermos.

LAURO.-   Qué simpático. Ese teléfono no lo coge nadie.

JAIME.-   Cuando dijeron la razón por la que faltabas a la comida me propuse a mí mismo venir a ver de cerca cómo marchaba tu importante salud.

LAURO.-   Muchas gracias, hombre. Pero ya que viniste, no te vayas. Dime, ¿eres abuelo?

JAIME.-   No... Ni barruntos de serlo.

LAURO.-   El primer abuelo del grupo: título importante.

JAIME.-   Quién sabe si alguien me lo quita.

LAURO.-   La hija de Carlos se casa pronto... Por cierto, lo que no queda en el grupo es ningún soltero.

JAIME.-   Rodrigo.

LAURO.-   Ah, bueno claro... Ese, sí.  (Ríe irónicamente.)  Alguna parte le corresponde, me parece a mí, en esa soltería tan prolongada, al apellido Albéniz.

JAIME.-   No te entiendo. ¿A qué te refieres?

LAURO.-   ¿De verdad ignorabas que Rodrigo estuvo enamorado de Natalia?

JAIME.-   Es la primera noticia.

LAURO.-   Una pasión desenfrenada, Jaime. Un no dormir, un pensar en suicidarse porque no le correspondía y en asesinar cuando Martín Nadal apareció en escena y se la llevó de calle... Supongo que se habrá curado ya, porque ha pasado mucho tiempo; pero la herida fue grave. Natalia, qué caramba, lo merece. ¿Sigue tan bonita como siempre?

JAIME.-   No sé... Creo que sí.

LAURO.-   Y Rodrigo, ¿fue a la cena de anoche?

JAIME.-   Sí.

LAURO.-   Siento doblemente no haber ido yo. Me hubiera gustado darle un abrazo.

JAIME.-   ¿Te pasa algo con él?

LAURO.-   Psss... Un artículo suyo sobre Nido de Águilas, precisamente. Que sepa que no soy rencoroso. Y que estoy deseando saludarle.

JAIME.-   Cuenta conmigo.

LAURO.-     (Ante un movimiento de JAIME.)  Gracias por tu visita.  (Se asoma al foro.)  ¡María Eugenia!

JAIME.-   Mejórate, si eso es posible.

LAURO.-   Tienes razón. Sigo en casa, no sé si por mimo o por disciplina.

JAIME.-   Hasta pronto.

 

(MARÍA EUGENIA aparece en la puerta del foro. Trae una expresión enigmática.)

 

Adiós, María Eugenia.

MARÍA EUGENIA.-   Adiós, Jaime.

LAURO.-   ¿Quién llamaba al teléfono?

MARÍA EUGENIA.-   Tu secretario. Volverá a llamarte después.

LAURO.-   Un abrazo, querido.  (Hace ademán de acompañarle.) 

MARÍA EUGENIA.-   No, no... Nada de imprudencias. Yo iré con él.

LAURO.-   ¿Qué te parece?

JAIME.-   Tiene razón María Eugenia. Pero la verdad es que yo conozco el camino y no necesito que nadie...

 

(Y hace mutis por el foro, seguido de MARÍA EUGENIA. LAURO, desde la puerta, le dice adiós con la mano. A los dos segundos vuelve MARÍA EUGENIA.)

 

MARÍA EUGENIA.-   ¿Le has dado el dinero?

LAURO.-   ¿Qué dinero?

MARÍA EUGENIA.-   ¿No te lo ha pedido?

LAURO.-   ¿Qué disparates se te ocurren?

MARÍA EUGENIA.-   Me mientes.

LAURO.-   María Eugenia, te juro que no comprendo nada.

MARÍA EUGENIA.-   Escúchame, no es tu secretario el que llamó por teléfono, sino Carlos. Yo me puse al aparato y le expliqué que estabas con Jaime, por si quería algo. Entonces me contó que Jaime necesita un millón de pesetas. Su yerno se encuentra en una situación difícil, ha estafado a alguien, y Jaime anda buscando quien se lo preste. ¿De verdad no te lo ha sacado a ti? Te ablandas pronto tú, con esas historias y eres capaz de cometer una tontería.

LAURO.-   Te juro que no me ha pedido ni un céntimo.

MARÍA EUGENIA.-   No es posible.

LAURO.-   Tampoco creerás que un millón de pesetas se lleva, así, en el bolsillo de la bata.

MARÍA EUGENIA.-   Fue a visitar a Carlos hace unas horas.

LAURO.-   ¿Y qué le contestó Carlos?

MARÍA EUGENIA.-   Con mucho detalle no me lo ha dicho, pero, en esencia, ya puedes imaginártelo. Y al fracasar con él recurrió a ti.

LAURO.-   No, a mí no, te lo aseguro.

MARÍA EUGENIA.-   Y entonces, ¿a qué vino?

LAURO.-   A verme, sencillamente, porque sabía que estaba enfermo.

MARÍA EUGENIA.-   ¿Nada más que por eso? ¿No te extraña?

LAURO.-   Sí, lo reconozco.

MARÍA EUGENIA.-   Vino a tantearte, a ver cómo reaccionabas, y quizá temiendo fracasar...

LAURO.-   ¿Por qué no se sinceró conmigo?...  (Transición.)  Aunque... ya adivino la razón...

 

(Se ilumina, en el costado izquierdo de la escena un banco del jardín, en el que están sentados RODRIGO y JAIME. Ahora en los dos escenarios continúa la acción simultáneamente, como marca el diálogo.)

 

JAIME.-     (Prosigue el relato ya iniciado.)  Lauro me recordó lo que había hecho por él durante la guerra. Me dijo que me había llamado por teléfono a casa para darme un abrazo el lunes último, que era el aniversario, según él, de su nacimiento, y no le falta razón, que nació aquel día... Lauro me recibió con tanta amistad, con una gratitud tan fresca, tan como acabada de estrenar que no me atreví a pedirle nada. Me pareció que era pasarle la factura, coaccionarle a pagar con dinero contante y sonante aquella actitud mía, más o menos audaz de veintitantos años atrás, que le había librado de la muerte...

RODRIGO.-   ¿Y entonces?

LAURO.-   Yo se lo impedí, inconscientemente. Yo, que le abrumé diciéndole lo mucho que le agradecía su heroísmo, que no lo olvidaría nunca...

MARÍA EUGENIA.-   Tú te has complacido siempre, no sé por qué motivos, en acentuar tu agradecimiento, como si Jaime fuese tu segundo padre.

LAURO.-   No irás a regatearle méritos ahora.

MARÍA EUGENIA.-   Otros muchos escaparon de que los asesinasen igual que tú, pero olvidaron ya cómo y por quién. Solo que a ti te gusta presumir de romántico y cacarearlo tres veces al día, igual que si acabase de pasar.

LAURO.-   Es lo menos que puedo hacer.

MARÍA EUGENIA.-   Pones tan alto y ponderas de tal manera a Jaime que, de haberle negado tu ayuda, hubieses quedado en mal lugar.

LAURO.-   Es que no se la habría negado.

MARÍA EUGENIA.-   ¿Qué...?

JAIME.-   ¿Sabes por qué prefería ir solo a verle? Porque quería dejarle en libertad de contestarme sí o no, sin que se sintiese incómodo si se negaba. Porque Carlos y Vicente no estaban obligados a mí por nada concreto; pero Lauro sí.

MARÍA EUGENIA.-   ¿Qué vas a prestarle ese dinero? ¿Por qué? ¿A santo de qué?

LAURO.-   ¡Me salvó la vida!

MARÍA EUGENIA.-   Bueno, allá tú si insistes en anunciarlo en los periódicos o en la radio; pero tampoco lo que él hizo por ti es de las cosas que se pagan con dinero.

LAURO.-   ¿Cómo si no?

MARÍA EUGENIA.-   Como lo hiciste ya durante tanto tiempo: convirtiéndole en un héroe, besándole las manos en público, presentándolo a tus hijos como el Cid Campeador. Ayudándole, pues claro que sí, en cuanto te sea posible, pero dentro de ciertos límites. Unos miles de pesetas, si te las garantiza y, si me apuras, auque no te las garantice, bien van; pero mas, no... ¿En qué cabeza cabe? Y a los veintitantos años... ¿O es que no prescribe todo en este mundo? ¿Odias hoy lo mismo que entonces a los que te detuvieron? ¿A que si te los tropezases dudarías, inclusive, si denunciarles o no? Pero, eso sí, porque Jaime con riesgo, si quieres, que no te lo discuto, te rescató de la checa y te metió en la Embajada, ¿has de estar permanentemente dispuesto a ofrecer tu vida por la suya? Y aun en eso, ya ves, hay cierta congruencia. Si necesita Jaime una transfusión de sangre, por ejemplo -mira qué novela- y tú te ofrecieses, lo encontraría natural. Pero demonio, un millón de pesetas... Caray, menuda broma..., un millón de pesetas... Lauro, ¿es que te has vuelto loco?

RODRIGO.-   Voy a hablarle claramente.

JAIME.-   Es inútil. Presiento que no conseguirás nada.

RODRIGO.-   No puedes dejar de intentarlo por un escrúpulo de delicadeza. O porque te venza el pesimismo. Tienes el deber de exponerte al desaire, a la decepción. Te duela lo que te duela.

JAIME.-   Bien inútil es...

RODRIGO.-   Y por otra parte, ¿qué es eso de que no hayas querido coaccionarle? Vamos, vamos..., qué inocencia... Pero, ¿es que crees que hay alguien en este mundo que se saque un céntimo del bolsillo sin que se le coaccione? ¿Y cómo puedes renunciar a un arma de tanta importancia como la de su gratitud? Pues, ¿quiénes son los que pueden hacernos un favor sino aquellos a quienes se lo hicimos? ¿A quién vas a ir a pedírselo? ¿A los que no nos deben nada? No, Jaime, no. Solo hay una ley que no se abolirá nunca: la del toma y daca.

JAIME.-     (Vacilante.)  Rodrigo...

RODRIGO.-   ¿Qué argumentos he de utilizar, a qué he de recurrir para decidirte?

JAIME.-   Bien. Iré.  (Se pone en pie, inicia el mutis.) 

RODRIGO.-   Suerte, hombre.

JAIME.-   Escúchame una cosa. Por Lauro me he enterado, lo que son las casualidades, de que quisiste a Natalia. ¿Fue así...?

RODRIGO.-   Tal vez.

JAIME.-   No curaste aún...

RODRIGO.-   Ayer por la noche hubiese jurado que sí. Ahora, me lo estoy preguntando a mí mismo.

JAIME.-     (Le pone la mano sobre el hombro.)  Lo siento, palabra.

RODRIGO.-     (Se rebela.)  Pero me dolería mucho que te imaginases que es el hombre que estuvo enamorado de tu hija el que te acompaña. No, Jaime: el que va a tu lado es, sencillamente, tu amigo. Nada más.

JAIME.-     (Con emoción.)  Nada menos que amigo.

 

(Se oscurece la parte de la escena que ocupaban RODRIGO y JAIME.)

 

MARÍA EUGENIA.-   Han llamado.

LAURO.-   ¿Y qué?

MARÍA EUGENIA.-   Pudiera ser Jaime de nuevo.

LAURO.-   Es muy poco probable.

MARÍA EUGENIA.-     (Se asoma a la puerta del foro.)  ¡Eulalia!

LAURO.-   ¿Qué vas a hacer?

MARÍA EUGENIA.-     (Con tono firme.)  Si por casualidad fuese Jaime otra vez, deberán decirle que te sentiste mal y que te has acostado.


 
 
OSCURO
 
 


ArribaAbajoCuadro III

 

Cuando la luz se vuelve a hacer con la mayor rapidez, volvemos a encontrarnos en casa de JAIME.

 
 

NATALIA, vestida con un traje distinto al de su primera aparición, da muestras de visible nerviosidad. JUANA, a los pocos segundos, entra por el foro.

 

NATALIA.-   ¿Qué ha sido, Juana?

JUANA.-   Nada, nada, señorita. Cálmese.

NATALIA.-   Pero, explíqueme...

JUANA.-   Eran policías.

NATALIA.-   Bien. ¿Y qué dijeron?

JUANA.-   Todo se les volvía preguntar detalles. Que si don Martín acostumbraba a venir por aquí, que si se había marchado de Madrid y adónde, que si para arriba o si para abajo. Y yo contestando a todo que no sabía. Desde luego se fueron con la mosca detrás de la oreja.

NATALIA.-   ¿Por qué se lo parece?

JUANA.-   Porque uno de ellos miró, así, con un poquito de chunga y me dijo: «Usted lleva mucho tiempo en la casa, ¿verdad?».

NATALIA.-   ¿Y que le respondió?

JUANA.-   «Claro que sí. ¿Es algún delito?». Pero él me lo preguntaba como dándome a entender que yo, por lealtad, trataba de no comprometerle, y que si hubiese llevado menos tiempo o no estuviese encariñada con ustedes, les habría ayudado más.

NATALIA.-   Gracias, Juana.

JUANA.-   Yo no me fío ni un pelo, ¿sabe? Y no me sorprenderá que vuelvan de un momento a otro. Como no hacen más que pasearse por Madrid en coche, que hay que ver lo cómodos que son algunos empleados.

NATALIA.-   Me tiene que ayudar, Juana.

JUANA.-   Con alma y vida.

NATALIA.-   Fíjese en este número.  (Lo apunta en un papel con un bolígrafo que se saca del bolsillo.)  Mi marido le contestará, pero no lo llame por su nombre. ¿Me entiende usted? Usted pregunta por don Gabriel Solana. Se pondrá él. Entonces usted le dice: «De parte de la señora que han estado a verle unos señores y que ya le dará noticias». Nada más. Y cuelga.

JUANA.-   Bueno, bueno... Ahora mismo.  (Se dispone a servirse del teléfono que hay en la escena.) 

NATALIA.-   Pero, ¿dónde va usted? ¡No irá a llamar desde este teléfono!

JUANA.-   ¿Por qué no?

NATALIA.-   Porque puede estar intervenido. ¿No comprende? No, no... Dentro de un rato, sale tranquilamente, va a la esquina, compra un periódico, se mete en el bar que hay en la plazoleta y desde allí...  (Se interrumpe.)  Dios mío...  (Para sí.)  ¿No es espantoso lo que sucede?

JUANA.-     (Entristecidamente.)  Bueno, señorita... Todo se arreglará. Y el señorito Martín, ¿por qué ha tenido que meterse en esos líos?

NATALIA.-     (Tras una leve pausa.)  ¿Qué quiere usted, Juana?

 

(Las dos, simultáneamente, acusan con un leve movimiento algo que ha llamado su atención.)

 

JUANA.-   No se preocupe, señorita. Es el señor.  (Y hace mutis.) 

 

(Es JAIME, en efecto.)

 

JAIME.-    (Trae el aire abatido.)  Hola, hija.

NATALIA.-   ¿Qué hay?

 

(La pregunta es casi inútil. JAIME, con su sola presencia, parece responderle.)

 

JAIME.-   Nada.

NATALIA.-   ¿Cómo nada? Explícate... ¿Adónde has ido? ¿Quiénes has visitado? ¿Qué te han dicho?

JAIME.-   En esencia, una sola palabra: no. Ahora, eso sí, es asombrosa la diversidad de maneras con que se puede decir no. Unos ofreciéndome una miseria, otros, pretextando una imposibilidad falsa, otros aludiendo a la crisis para excusarse. Resulta que hoy, 20 de octubre, nada vale nada, ni las acciones, ni las casas ni los terrenos, y que nadie tiene más que lo indispensable para el almuerzo y el taxi y el periódico. Que todo el mundo está arruinado, y aun los poderosos viviendo de milagro. ¿Qué te parece? Para mayor inri, el único de los seis a quienes visité y que me firmó un cheque, era un enfermo mental.  (Sarcástico.)  Tal vez sin estar loco, nadie es capaz de hacer nada por nadie.

NATALIA.-   Pero, ¿a quiénes recurriste?

JAIME.-   No a los que de verdad no tienen donde caerse muertos, como yo, bien puedes comprenderlo. Fui a ver a Vicente, y a Lauro Urquía, y a Juan Vela, y a Ernesto Sebastián. ¿Sabes lo que me dijo Ernesto? Que si se tratase de una cosa mía personal, tal vez hiciese el sacrificio, pero que por mi yerno, de ninguna manera. Que sabía que librarle de este percance no era sino ponerle en camino de tropezar otra vez... Mi yerno... Como si fuese a Martín a quien defiendo. Es por ti, por mi hija, por quien lucho, por librarte de tantas cosas... ¿Y Manolo Cárdenas? ¿Qué crees que me ha dicho? Vive a expensas de su mujer y tiene amigas que paga lujosamente. Pero cuando he ido a pedirle que me prestase ese dinero, me ha contestado: «¿Cómo quieres que yo disponga así de lo que, en realidad, no es mío? El dinero de mi mujer, para mí, es sagrado». ¡Qué desvergüenza...! Eso sí, Lauro Urquía, que me debe la vida, se ha negado a recibirme.

NATALIA.-   En resumidas cuentas, ¿qué?

JAIME.-   Nada o casi nada... Vuelvo con las manos vacías. Puedo conseguir algunos anticipos en la oficina, reunir doscientas o trescientas mil pesetas... Yo te las daré. Quizá con ellas se conforme, por el momento, la Sociedad Roig.

NATALIA.-   La Sociedad Roig ha denunciado a Martín, la Policía está buscándole y ha venido aquí a detenerle hace tres minutos.

JAIME.-   No es posible.

NATALIA.-   Como ya comprenderás, no sobra tiempo que perder.

JAIME.-   ¿Y qué quieres que haga?

NATALIA.-   ¿Me dejas hablarte sinceramente papá? Si yo hubiese sabido de dónde pensabas sacar el dinero que necesito, te habría dicho que no malgastases unas horas en esas visitas. Un millón de pesetas es una pequeña fortuna. Para encontrar quien lo dé en nombre de la amistad, hace falta que esta sea muy verdadera. No tengo tu experiencia, pero a mí me parece que has ido a pedirle más de lo que da habitualmente. O que has confundido, a lo mejor, la Amistad, en letras grandes, con otros sentimientos más superficiales, que no obligan a tanto. De todas maneras, tú lo has dicho, vuelves con las manos vacías. ¿Y sabes por qué? Porque no has ofrecido nada a cambio.

JAIME.-   ¿Y qué iba a ofrecerles? Devolver hasta el último céntimo, lo que me prestasen y sus intereses, claro.

NATALIA.-   Por Dios... ¿Seré yo quien tenga que abrirte los ojos y decirte que eres demasiado ingenuo? Nadie se arriesga de esa manera para encontrarse con que lo mejor que puede sucederle es que no pierda y que, al final de la historia, de una historia muy larga, vuelva a verse otra vez con el millón en su cuenta corriente o en su calcetín. No, eso no es ofrecer nada. Y tú, por desgracia, no podías ofrecer las cosas que animan a esos desembolsos. La ilusión de devolver el doble o el triple... O de pagar el día de mañana, de distinta forma, con otra moneda. ¿Me entiendes?

JAIME.-   ¿Deberé, entonces, echarme al camino con la pistola en la mano?

NATALIA.-   Así, no. Tú sabes bien de dónde puedes sacar el dinero que necesito. ¿Hace falta que te lo diga yo?

JAIME.-     (La mira escrutadoramente.)  ¿Qué insinúas?

NATALIA.-   ¿Insinuar?... No, no. Estoy hablando con tanta claridad que no es preciso que dé ningún nombre, que añada una sola palabra para que me entiendas.

JAIME.-   Pues así, como tú, sin citar nombres, sin gastar palabras, te diré una sola: ¡No!

NATALIA.-   ¿Permitirás, entonces, que metan en la cárcel a Martín, que me señalen con el dedo por la calle, que nos hundamos para siempre?

JAIME.-   He hecho cuanto estaba en mi mano para impedirlo. No se me puede exigir más.

NATALIA.-   No. Te queda por hacer justamente lo decisivo, lo que es casi seguro que nos saque adelante. Y no creo que seas capaz de no dar ese paso.  (Patéticamente.)  Si es verdad que me quieres, que te he ayudado a remontar tu vida, a vivir, inclusive, como me has dicho tantas veces.

JAIME.-   Piensa lo que quieras, pero no cuentas conmigo para eso.

NATALIA.-   Me lo temía.

JAIME.-   Hazlo tú misma.

NATALIA.-   ¿Yo? ¿Y qué es lo que puedo ofrecer a mi madre? ¿Mi amor filial? Vamos, qué ocurrencia... ¿Tú crees que después de haberle negado hasta el saludo, de no haberla visto siquiera cuando estuvo a la muerte, puedo ir ahora a hacerle una escena romántica y a pedirle un millón de pesetas para que el marido de su tierna hija Natalia no vaya a la cárcel? Si se cambiasen los papeles y ella fuese quien viniese a verme, ¿sabes tú lo que haría yo? Ponerla en la puerta de la calle. No. Mi madre debió de sufrir mucho por mi actitud y aun se me ocurre que nunca pensó que me volviese tan fría y tan dura para con ella. Yo no tengo nada que ofrecerle a cambio; pero tú, sí.

JAIME.-   No querrás que comercie con ciertas cosas.

NATALIA.-   En provecho tuyo sería imperdonable, pero por mí, sí puedes hacerlo sin mancharte. Mi madre quiere disponer de su libertad y sigue sujeta legalmente a ti. Ha dejado de ser tu mujer, pero aspira a ser algo más que la amiga de Jorge Parra. Yo sé que, si tú cedieses, todo sería si no fácil, posible por lo menos. Si mañana te avienes a lo que has rehusado siempre y firmas los papeles que dejaste en blanco y la ayudas a salir de la encrucijada en que la puso la vida, Jorge Parra, estoy segura, salvará a Martín.

JAIME.-   ¿Tú me propones eso...?

NATALIA.-   Nadie da nada por nada, sino a cambio de algo. Tú tienes tu conformidad para vender. Véndela por mí.

JAIME.-   No, Natalia.

NATALIA.-   ¿Así vas a pagar mi lealtad, el haber caído de tu lado, sin una duda, desde el primer momento?

JAIME.-   Yo sé que todo eso vale mucho. Pero el precio que me pides es muy alto.

NATALIA.-   ¿Te niegas, entonces?

JAIME.-   ¡¡Sí!! Y no te admito que me presentes tus cuentas al cobro como los pagarés de un usurero. Caíste de mi lado no porque me quisieses más o menos, sino porque tú no eres como ella, por suerte tuya. Y porque sabías que tu madre se había conducido vergonzosamente y que toda la razón era mía.

NATALIA.-   Una parte, sí, la mayor sin duda. Pero mi madre no era una perdida, y alguna razón habrá tenido que yo desconozco, que nunca me quise preguntar cuál es por cariño a ti, que explique su pecado.

JAIME.-   ¡Basta ya! ¿Hasta cuándo he de tolerar tu falta de respeto?

NATALIA.-   Perdóname, estoy fuera de mí. Pero es que no admito que te des por vencido. Yo sé que en nombre del interés, se puede pedir más que en el de la amistad. Has fracasado con tus amigos: juega esta carta, todos los triunfos son tuyos.  (Contesta a una mirada de JAIME.)  ¿Por qué me miras de esa manera? ¿Te parezco otra? ¿Piensas que me he vuelto loca o cínica? ¿Es que no es verdad lo que te digo?

JAIME.-   Odio el dinero, Natalia. No hay delator más perverso. Él nos demuestra que no son amigos los que suponíamos que lo eran y que los hijos son capaces de levantarse contra los padres.

NATALIA.-   ¿Y quién puede librarse de su poder, desentenderse de él, olvidarlo?

JAIME.-   Acaso nadie. Por eso lo odio, por lo que tiene de espejo del hombre, un espejo de luz borroso que enturbia la mirada, que cambia las facciones más que ningún otro apetito y que envenena cuanto de puro llevamos dentro.

NATALIA.-   Papá: yo creo que no mides bien la importancia que tienen para mí estas horas, porque si no, no me regatearías tu socorro. Yo adoro a Martín y, por si fuera poco, me considero responsable de su desastre. Debo repararlo, cueste lo que cueste. Y temo fracasar.

JAIME.-   Ojalá pudiera darte ánimos.

NATALIA.-   El fracaso supondría para Martín la pérdida de su reputación, de sus medios de vida, vaya, la cárcel. No me equivoco, ¿verdad?

JAIME.-   Dios te ayudará, Natalia. Y descansa hoy. Mañana, tal vez, veas las cosas de distinta manera.

NATALIA.-   No, mañana me levantaré y las veré lo mismo, porque no habrán cambiado. Y aun si tú haces esta última gestión a la desesperada y no tienes éxito, aceptaré sus consecuencias más resignadamente. Pero si te niegas y nos hundimos, entonces me parecerá que ni Martín ni yo seremos los culpables de la catástrofe final, sino tú.

JAIME.-   Me envilece especular con algo que yo puedo conceder generosamente, pero a lo que es indigno poner precio.

NATALIA.-   Te pido que te metas dentro de tu conciencia y te preguntes a ti mismo si para defender la felicidad de tu hija y aun su vida, hay algún sacrificio que consideres demasiado grande.

JAIME.-   Natalia...

NATALIA.-   ¿Es que podrías vivir en paz si me desamparases? ¿Crees que los remordimientos te lo permitirían....?  (Se abraza a sus rodillas, sollozante.)  Papá: yo te lo pido, yo te lo pido...

JAIME.-     (Le acaricia el pelo.)  Hija mía...


 
 
OSCURO
 
 


ArribaCuadro IV

 

Se oye una canción en alemán, cualquiera, pero típica, a ser posible con acompañamiento de acordeón. La luz ilumina un comedor reservado del restaurante «Prosit». Hay una larga mesa con un mantel blanco, y en el extremo de la izquierda, CARLOS habla con la CAMARERA. La CAMARERA es todo lo bonita y rubia que se pueda, y va vestida con un traje de aldeana bávara. La CAMARERA mira con el rabillo del ojo a las habitaciones del interior.

 

CAMARERA.-   El teléfono sigue ocupado.

 

(Después se dedica a preparar la mesa. Coloca platos sobre el mantel, marcando diez cubiertos. Mientras, dialoga con CARLOS.)

 

CARLOS.-   Puedo esperar hasta Navidades.

CAMARERA.-   Usted estuvo aquí hace cosa de un año, ¿verdad?

CARLOS.-   Sí, sobre poco más o menos... ¡Qué buena fisonomista!

CAMARERA.-   Me acuerdo que usted dijo que no había nada en el mundo como la cerveza negra.

CARLOS.-   Es posible que la elogiase. A mí me gusta mucho.

CAMARERA.-   Se lo agradecí tanto...

CARLOS.-   ¿Y por qué?

CAMARERA.-   Porque mi tío Tomás fue representante de una casa alemana que vendía cerveza negra. Y murió del fracaso. Le echaban de todos los sitios, como si ofreciese rejalgar. Después..., ya ve usted, no es un negocio loco, pero en la casa se vende tanto o más que la rubia. O sea, que cuando oí lo que dijo, me cayó bien, porque yo quería mucho a mi tío.

CARLOS.-   Como debe ser.  (Transición.)  Vaya, pues lo celebro.

CAMARERA.-   ¿Cuántos son ustedes?

CARLOS.-   No sé exactamente. Alrededor de diez, calculo yo. ¿Sabe usted cuántos fuimos? Más de ciento.

CAMARERA.-   ¿Y dónde están los que faltan?

CARLOS.-   Algunos bajo tierra, otros... averígüelo Vargas...

CAMARERA.-   Diez... Pocos son...

CARLOS.-   Hay que empezar la noche con mucho dinero y la vida con muchos amigos para que algo nos quede todavía cuando nos llegue la madrugada y la vejez.

CAMARERA.-     (Vuelve a mirar.)  Ya tiene libre el teléfono.

 

(CARLOS se pone de pie e inicia el mutis.)

 

¿Quiere que le traiga algo?

CARLOS.-   Bueno... Deme una jarra de cerveza negra.

CAMARERA.-     (Casi ruborosa.)  ¡Qué delicado es usted!

 

(CARLOS se ríe divertidamente y hace mutis. La CAMARERA sigue disponiendo los platos durante unos segundos. Muy pronto da por concluida la tarea y se dispone a marcharse. En ese mismo momento se cruza con LAURO. LAURO entra, lanza una mirada de reconocimiento al local y pregunta a la CAMARERA, que le responde desde dentro.)

 

LAURO.-   ¿Esta es la mesa que reservó don Alfredo Alonso?

CAMARERA.-   Sí.

LAURO.-     (Mientras cuenta los puestos.)  Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez... ¡Ah, caramba!, somos bastantes.

 

(La CAMARERA entra con uno de esos historiados jarros de barro característicos de las cervecerías alemanas. LAURO mira la cerveza negra con el ceño fruncido.)

 

¿Para quién es esa pócima?

CAMARERA.-     (Herida.)  ¿No le gusta?

LAURO.-   Hay medicinas más agradables.

CAMARERA.-   La ha pedido un señor muy simpático que vino antes que usted.

LAURO.-   ¿Ah, sí? ¿Y dónde está?

CAMARERA.-   Hablando por teléfono.

LAURO.-   Mire, deme una botella de whisky, que ya me encargaré de ella.

 

(La CAMARERA hace mutis justo en el momento que entra CARLOS.)

 

CARLOS.-   ¿Qué hay, Lauro? ¿Cómo te va?

LAURO.-   Magníficamente. ¿Y a ti?

CARLOS.-   De maravilla. Veo que somos los primeros. Alfredo Alonso, por cierto, no vendrá. Tiene malo su chico.

LAURO.-   ¡Lo siento! ¿Qué sabes de los recién casados?

CARLOS.-   Las mejores noticias. Andan por Londres todavía. Y según la carta que recibimos ayer, para enero...

LAURO.-   ¿Qué? ¿Abuelo?

CARLOS.-   Sí, chico, sí.

LAURO.-   Serás el decano.

CARLOS.-   Pues, sí.

LAURO.-   A propósito, y te hago la pregunta por asociación de ideas. ¿Vendrá Jaime?

CARLOS.-   No sé... De su asunto se habló mucho. Pienso que acaso no le divierta nada aparecer por aquí, donde todos estamos enterados, más o menos, del episodio. Ya sabes que Nadal pagó, gracias a Jorge Parra, y se fue a México.

LAURO.-   Es un buen sinvergüenza el tal Nadal.

CARLOS.-   ¡Hombre, y de qué calibre!

LAURO.-   El día menos pensado tendrá que marcharse de México también. Y si no, al tiempo.

CARLOS.-   Pero eso no disculpa la actitud de Jaime.

LAURO.-   Claro que no.

CARLOS.-   Ponerle precio a su conformidad, a su aceptación de los hechos... ¡Vamos, vamos!

LAURO.-   ¿Y tú cómo te enteraste?

CARLOS.-   Jorge Parra te advierto que es un tipo estupendo. Y muy bien situado. Alguien del Club, que lo conocía, me lo contó. Además, en la compañía de seguros en la que trabajaba Jaime, y de la que, como sabes, soy consejero, se ha comentado mucho.

LAURO.-   ¿Y en qué se basa para pedir la anulación?

CARLOS.-   Lola tenía diecisiete años cuando se casó con Jaime. Por ahí van los tiros.

LAURO.-   ¿Y qué opinas? ¿Se saldrá Jorge Parra con la suya?

CARLOS.-   Cualquiera sabe. A veces las anulaciones tardan tanto en llegar, que la pasión que las puso en marcha se deshiela, se hace agua sucia, cansancio, aburrimiento...

LAURO.-   De todas formas, Jaime, créeme, me da pena.

CARLOS.-   Y a mí. Yo lo quiero muchísimo. Cuando me vino a ver -por cierto en el momento menos a propósito- le dije: «Cuenta con cien mil pesetas». Y fíjate que tenía que enviar el barco a Cartagena, que me salió por un ojo de la cara, y la boda de mi hija a diez meses vista...

LAURO.-   Bien generoso fuiste, porque con esos gastos por delante...

CARLOS.-   ¿Sabes lo que sucede? Que carece del sentido de la oportunidad.

LAURO.-   Exacto.

CARLOS.-   Y el ser oportuno o no, tiene una importancia decisiva.

LAURO.-    (Ponderativo.)  ¡Menuda diferencia! Como del día a la noche. Conmigo se portó bien durante la guerra. No es que me salvase la vida, pero se portó bien, vaya, las cosas como son. Y, en realidad, a mí no me pidió nada.

CARLOS.-   Pero había ido a visitarte con ese propósito.

LAURO.-   Seguramente, solo que no se atrevió. Después vino una segunda vez, sospecho que ya decidido, ¿comprendes? Y, chico creí que lo más diplomático era ponerle un pretexto para no recibirle. Menos violento que tener que negarme a bocajarro..., ¿eh? ¿No es cierto?

 

(Empieza a oírse, al principio con cierta lejanía, más intensamente después, una orquesta de jazz.)

 

Y te confieso que veinte o treinta mil duros como tú se los hubiera dado. Porque un amigo es un amigo... Pero, ya más...

 

(La CAMARERA entra con la botella del whisky y hace mutis en seguida.)

 

CARLOS.-   ¿Viste la Bolsa hoy? Otro bajonazo.

LAURO.-   ¿Qué charanga es esa?

CARLOS.-   No sé...

 

(La orquesta de jazz suena en la puerta, en la que aparece, exultante de euforia, VICENTE. Trae en la mano una pequeña radio portátil. CARLOS y LAURO se levantan para abrazarle, pero él les impone silencio.)

 

VICENTE.-   Fijaos, fijaos qué ritmo... Joe Martín y sus muchachos.  (Pone la radio sobre la mesa y marca unos pasos al compás.) 

CARLOS.-    (Se ríe.)  Pero, bueno... No es hora de orquestas, Vicente.

 

(Y en broma, secundado por LAURO, se abalanzan sobre la radio para pararla. VICENTE intenta defenderla, y pierde la batalla. Joe Martín y sus muchachos enmudecen.)

 

VICENTE.-   Mira que sois... No me habéis dejado oírlos.

CARLOS.-   Ya los oirás.

LAURO.-   Bueno, ¿qué tal van tus cosas?

VICENTE.-   Al pelo, chicos, al pelo.

CARLOS.-   Un abrazo, no seas rencoroso.

LAURO.-   Perdónanos, y tómate un whisky.

VICENTE.-   Os lo perdono, y sin whisky, porque soy bondadosísimo.

LAURO.-   El gran Vicente... Yo lo beberé doble, a tu salud. Carlos: ese brebaje es para ti.

CARLOS.-   Calla, hombre, que lo he pedido por compromiso. Sírveme otro whisky.

 

(LAURO se sirve.)

 

LAURO.-   ¿Anduviste fuera de Madrid?

VICENTE.-   Sí, tres o cuatro meses en Palma. Me han venido como anillo al dedo, os lo aseguro.

LAURO.-   ¿En algún hotel?

VICENTE.-   Bueno...  (Vacila.)  exactamente un hotel... acaso no... Pero qué tranquilidad, qué temperatura... inverosímil, palabra. Yo me sentía mal de los nervios y parezco otro.

CARLOS.-   Tenemos que celebrarlo.

VICENTE.-   Vicente León, segunda época.

CARLOS.-   Magnífico.

VICENTE.-   Ah, una cosa divertida: me confundí de comedor y entré en el de enfrente. Sorprendí una escena de amor apasionada.

CARLOS.-   ¿Dónde, dónde?  (Hace ademán de ir a saborearla.) 

VICENTE.-   En el de la esquina.

LAURO.-    (A CARLOS.)  No te muevas. Hoy por ti, mañana por mí.

VICENTE.-   Por cierto, la puntualidad no es nuestra característica.

CARLOS.-   Oye, ¿y quiénes somos los diez con los que contamos? ¿Tienes la lista?

VICENTE.-   No..., pero sé los nombres. Dicho sea de paso, ha habido una baja que me ha dejado perplejo.

CARLOS.-   ¿La de quién?

VICENTE.-   La de Rodrigo.

CARLOS.-   ¿Y por qué te ha extrañado tanto?

VICENTE.-   Alonso me ha dado la carta que le envió Rodrigo.

LAURO.-   ¿Qué dice?

VICENTE.-   Ojo. «Querido Alfredo: No iré a la reunión de hoy. Ni a ninguna más. Os ruego, por tanto, que no me convoquéis. Tú estás al margen de mi decisión. Pero hay algunos entre vosotros con los que me considero incompatible. Un abrazo...».

CARLOS.-   Yo sé la causa.

LAURO.-   ¿Cuál es?

CARLOS.-   ¿Tú crees que era momento oportuno este para que se nombrase a Jaime subdirector de la Compañía?

LAURO.-   No, hombre, no.

 

(JAIME se asoma por la puerta y permanece en el umbral, sin ser visto, unos breves momentos.)

 

CARLOS.-   Yo lo entendí así y propuse a otro en su lugar.

LAURO.-   Fuiste prudente.

CARLOS.-   Con Rodrigo, al que hacía un año que no veía, tuve ayer un altercado violentísimo.

JAIME.-   A Rodrigo le cegaba la pasión al defenderme.

 

(Todos se vuelven hacia él, sorprendidos.)

 

VICENTE.-     (Bullicioso, inconsciente.)  Hola, Jaime.

LAURO.-     (Más moderado.)  Buenas noches, Jaime.

JAIME.-   Porque el subdirector de la Compañía debe ser un hombre intachable y yo no lo soy.

LAURO.-   Qué cosas dices...

JAIME.-   Debe ser un hombre al que respeten los empleados, del que no cuchicheen a su paso, del que nadie sea capaz de decir que ha comerciado con el amigo de su mujer.

CARLOS.-   Por Dios, Jaime...

JAIME.-   Y yo lo he hecho y debo pagarlo.

LAURO.-   Bueno, bueno... Será mejor que no nos ocupemos de eso ahora.

VICENTE.-   Un whiskecito, Jaime...  (Se lo prepara.) 

JAIME.-   Yo soy un hombre al que la vida puso en un trance duro y que se echó a la calle a pedir socorro, y al que sus amigos abandonaron. Los otros, los que no lo eran, los que no estaban obligados a auxiliarle, tienen las manos libres para descargarlas sobre mí, pero los que me desampararon, aquellos a los que recurrí sin éxito, esos, no son quienes para crucificarme. Y no aludo a ti, Vicente, casi al margen, sino a ti, Lauro, y a ti, Carlos, y a algunos de los que dentro de poco se sentarán en esa mesa.

CARLOS.-   Sería un tema interesantísimo para una tesis doctoral... o para unos ejercicios espirituales. Pero menos atrayente como aperitivo de esta cena.

JAIME.-   Hay muchos desesperados en cada esquina, y suele suceder que los causantes de su desesperación y los que pudieron remediarla y no lo hicieron son los que les condenan. Ese ha sido tu papel, Carlos, y supongo que te habrá quedado mal sabor de boca, porque no es cómodo ser al mismo tiempo juez y culpable. He venido a decírtelo.

CARLOS.-   Pero, querido...

JAIME.-   Y ahora, oídme bien: si la ocasión se repitiese, yo volvería a hacer lo mismo.

CARLOS.-   ¿Ah, sí?

JAIME.-   Llega un momento en que el dinero deja de ser moneda de cambio y no paga nada. Y es una alegría y una enseñanza el ver cómo el amor puede más que él. Ni por escapar de la muerte me habría humillado ante Jorge Parra. Pero por salvar a mi hija de la desgracia, lo hice. Y me siento a gusto conmigo mismo. No solo en los cuentos de hadas el amor vence al dinero. También en la vida diaria lo derrota alguna vez.

CARLOS.-   Conformes. Pero si dejases de moralizar y te tomases un whisky con nosotros, ¿qué pasaría?  (Le ofrece el que preparó VICENTE.) 

JAIME.-   Que me quemaría de vergüenza la garganta.  (Y lo tira al suelo.) 

CARLOS.-    (Se pone en pie.)  ¡Ajá! El bonito número de la mala educación.

JAIME.-     (Se le acerca amenazador.)  ¡Cuidado, Carlos!

LAURO.-     (Se interpone.)  Vamos muchachos... Serenidad, serenidad...

JAIME.-   Ni un whisky, ni un céntimo, ni un favor por pequeño que sea y que venga de vosotros..., queridos amigos.  (Y hace mutis por el foro.) 

VICENTE.-   ¡Caray, qué violento!...

CARLOS.-    (Burlonamente.)  Hermanos: por fortuna, asunto liquidado.

LAURO.-   Esperémoslo, Carlos.

CARLOS.-   Si así no fuese, acabarían perdiendo toda su gracia estas reuniones de antiguos compañeros...

 

(Deja estas palabras flotando en el aire. Los tres se miran en silencio. Y, lentamente, cae el...)

 

 
 
TELÓN
 
 





Anterior Indice