Pistoxenos ya nos mostraba, hace más de 2.000 años, a Apolo tocando su phorminx ante un cuervo, informante permanente del dios y castigado por él a ser negro para toda la eternidad por haberle transmitido la mala noticia de que la bella Coronis, de la que Apolo estaba enamorado, se había casado con otro. Conocida es también la imagen de Pistoxenos en la que Heracles va o vuelve de la clase de música seguido por su criada tracia Geropso que le lleva la phorminx.
Es lícito que nos preguntemos cómo sería realmente el instrumento. Una leyenda olímpica refiere cómo su primer constructor, Hermes, echa mano de materiales naturales para fabricarlo. A las pocas horas de haber nacido y con divina precocidad sale de la cueva en que su madre Maya lo había dado a luz y se encuentra con una tortuga. Hermes deja sin carne el interior de la testudo marginata, agujerea su caparazón para ajustar en él unas cañas que asegura con un trozo de piel de vaca, añade un puente entre ambas y tiende siete cuerdas entre el fondo del caparazón y la caña que forma el travesaño superior. Si leemos de este modo el himno estamos hablando de un instrumento diferente al que algunos estudios organológicos nos proponen, ya que Hermes no inventa el puente ni la tapa armónica y se conforma con tensar unas cuerdas entre la caña transversal y el caparazón, usando, eso sí, la forma arqueada de éste para no tener que crear las clavijas de afinación. Estaríamos, por tanto, ante un instrumento de siete cuerdas afinado en un tetracordo con la nota más grave en la cuerda central y las otras tres cuerdas, repetidas a ambos lados de esa misma cuerda, afinadas en intervalos más agudos según se separaban del centro de la concha.