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ArribaAbajo- II -

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ArribaAbajoCántaros de aguas estancadas

Estoy en ese campo que creo conocer.

Pensé que iría a chocar con las ánimas que tanto torturaron mis sueños.

La verdad es que fui a buscarlas.

Estuvo mal desde un comienzo, porque nadie va para entrevistarse con los espíritus si no es a caballo, en carreta o, por último, a pie, pues a ellos no les gustan las intromisiones prepotentes de ánimas aún no bien asentadas, como si ya tuvieran oficio.

Desandar el camino se hace más fácil que formarlo, me parece, y se llega antes de tiempo, por capricho.

Rumilda revuelve armarios como antes. Saca olores transformados. Busca el preciso.

No se da cuenta de la luz que se abre y cierra en la pieza. No quiero asustarla en ese lugar donde los sustos encuentran sitio en cada movimiento, en cada esquina, en cada repliegue de tierra.

«Soy yo», quiero decir en tono de campo, tono de excusa.

Rumilda endereza el cuerpo y se da vuelta. Algo le llega y es su forma de saludar, el escudo de ese volcán interno siempre a punto de estallar que queda retenido en la cara, volviéndola ancha, casi achatada.

Detrás de esa cara esconde lo que no debe decir.

Rumilda parece hecha de restos, un agregado de otras Rumildas que habitan la misma pieza y dejan esos olores que ahora busca.

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«La última vez que te vi estabas jugando carrera con una lagartija; te perdiste con ella», parece decirme.

«Es que la tierra es grande y a veces los ojos buscan ir más allá», quiero decir.

«Te hubieras quedado por esos lugares porque las lagartijas acá abundan», hubiera dicho, estoy seguro.

Le falta otro diente; nunca creyó en los hechos a medida. «Lo que se va por algún motivo debe ser», había dicho convencida la primera vez.

Se acepta y sigue en esos recortes de mapa que desconoce la ciudad, y para cada cosa la palabra justa, como cuando ella vio el bebé recién nacido y se le ocurrió que era un bebé «con poco uso».

Rumilda no ha tenido propios.

Quizás fue culpa mía, un olvido como de los que me dejaban varios días alojando en otros lugares, acurrucando otros cuerpos.

Es que parecía plaga esa lluvia y ella atrayendo el agua con eso de que «cuando no llueve mucho llueve demasiado» y, parada en la puerta, parecía despojo de algo y hasta le salía humo por la boca de algún cigarro fumado cuando aún fumaba.

Lo dejó cuando se le cayó el diente que lo solía afirmar.

Era difícil soportar el tiempo a su lado, un tiempo con olor a tiempo como todas las cosas de por allá. No tuve ocasión de pescarlo. Los hombres somos más difíciles para eso, como si tuviéramos un acuerdo o privilegio del Hacedor para sus iguales.

La miro en ese ir y venir de manos gastadas, toda ella un ánima vieja.

De vez en cuando se le da por buscar cosas que nunca las tuvo o que ya no existen.

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Dice que es para acallar llamados que buscan cualquier ventana para apoyar la carga.

Quizás ese gruñir el sueño, o reventarlo con palabras que no son palabras para después afirmar que no duerme, es otra forma de esos llamados.

Quizás por eso era difícil entenderse con ella, siempre preocupada por lo que ya no tenía.

Es probable que me esté buscando en ese revoltijo con resortes propios.

Me fui como se van casi todos, con ganas de sentir tierra nueva bajo los pies.

Pero Rumilda debió saber que era una cuestión de necesidad, ella que dice saber tanto.

Uno se sacude el tiempo cuando no molesta, cuando pasa casi sin ser visto. Porque esa es otra cosa que ella nunca entendió.

Y se fue juntando.

Dice que completé los tres años, que el campo lo desconoce a uno cuando se acumula así.

No dejó que metiera mano o pala y me fui secando, sentado horas frente a la casa mientras ella le contaba a los sembradíos quién sabe qué historias para ponerlos en mi contra.

Hasta armó cama aparte porque dijo que «ella no sería cántaro de aguas estancadas».

Y no era fácil estar sin estar totalmente, como remiendo de algo, como de paso en la propia casa.

Vino un acostumbramiento con olor a rancio, como el que van dejando las hormigas rojas en su última presencia, de esas grandes que por viejas se retiran a cuevas de donde no vuelven a salir.

Y ella empezó con esos signos de brujería que no eran tales sino la misma locura encarnada en toda ella, no sólo en la mente.

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Los ojos se le dispararon y corría «para encontrarlos», dando vueltas a su alrededor como animales buscándose la cola hasta caer rendidos.

Después abría el armario para buscar al hijo, un muñeco de trapo al que mecía y mecía en el sillón hasta quedarse dormida.

A veces amarraba el muñeco a su vientre, caminando con las piernas abiertas, sentándose igual, probando su estado para sentirlo.

Pero el día que corrió al campo y cavó el hoyo, «porque había llegado el momento», su locura destapó mi miedo, dejándolo al aire. Mis ojos se negaron a dormir, pero luego se entregaron cuando el aguante colmó su propia medida.

Me di cuenta de que no volvería a verme con los ojos abiertos, que ya iba camino de ser presa atrapada, que era así como Rumilda cobraría mis faltas, porque las fuerzas escondidas detrás de ella «la estaban obligando».

Me enterraron en el mismo agujero que ella había iniciado en esos raptos de madre a punto de parir.

Quizás fue una más de las formas de seguir controlando mi andar.

Pero Rumilda no es capaz de hacer diferencias entre ánimas vivas o arrumbadas en forma eterna.

Esa es la ventaja que le llevo. Ahora la tengo más enloquecida que nunca con mi presencia que no puede ver, con mis encuentros nada silenciosos con otros espíritus, en esas visitas que ahora puedo hacer pasándola por alto, jugando con su locura hasta que su recuerdo enloquezca y no pueda encontrarme después para seguir siendo como siempre fue, Rumilda cuadrada entera, y me persiga para tener el hijo, para atormentarme con lo que no pude, porque bien se había dado por enterada de que esas ausencias buscando   —55→   nuevo corral no eran más que tapujos para esconderme, porque eso de ser medio hombre es más bien medio nada y lo de los «cántaros de aguas estancadas» un armado suyo, una locura más, y que los espíritus conscientes la rechacen, la aíslen y vague sola, sin protección, sin que le lleven el apunte hasta que ni siquiera ánima pueda ser.



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ArribaAbajoLo de adentro y lo de afuera

Hay que caminar largo para llegar al viejo convento, en esa elevación visible a gran distancia que se desdobla con cada paso en un juego aparente de alejarlo.

Con la lluvia de la víspera las marcas de los zapatos se extienden, dando la impresión de huella de gigantes.

Blanca ríe.

Ya no está en edad de juegos, pero le queda esa alegría inquieta que marca los extremos de los ojos con rayas profundas. «Con algún transporte hubiera sido más fácil», dice para sí misma, y no importa si es en voz alta o a gritos porque sólo el silencio responde, cayendo en la vertiente opuesta al convento, y los gritos se deshacen como piedras lijadas por el agua y ruedan igual hasta perderse en el torrente.

«Es necesario hacerlo a pie», piensa, «para alargar o acortar a gusto la llegada».

Algunas gotas tardías siguen cayendo de las hojas.

Blanca lleva un chaleco atado alrededor de la cintura, ajustando sus caderas anchas. No siempre fueron así. Es una cuestión de tiempo, de su insistencia con ciertas partes.

No recuerda cuándo fue la última vez que hizo el mismo trayecto. Cree que en esa ocasión todo estaba más seco. Se le hace difícil el cálculo. Además, nunca fue buena para eso -ni para otras cosas, quizás-, un ir y venir cambiando sus formas y, en el momento del recuento, es como si se tratara de arena escapando de su mano abierta, porque siempre estuvo abierta a   —58→   todo pero no se las pudo con eso de cuestionar esas mismas aberturas.

El camino es desnivelado, como si la dificultad diera más valor a lo que al final fuera a obtenerse; y ¿qué hay al final? Sólo esa inmensa abadía que asusta con cada una de sus torres, verdaderos dedos apuntando al cielo, recordando que allá se decidirá por fin lo que no pudo hacerse de otro modo.

Se detiene y se sienta sobre una piedra.

No hay mucho para ver. Solamente es posible escuchar, y Blanca conversa con lo que escucha, acostumbrada a esa comunicación sorda, única, personal, íntima, sin eco, que lleva los vientos y publica historias en el aire hasta que todo el mundo se entera.

«Cuidado con las corrientes de aire», aún recuerda.

Ríe con el recuerdo, porque a veces dan para la risa.

Antes lo hacía con el espejo, consigo misma, para probar eso de «tiene belleza para dar y prestar»; pero nunca se le fueron los humos, menos aún cuando conoció a Bernardo, con quien practicó esa «bondad de santa», como decían, sin que ella lo supiera.

Tampoco le advirtieron sobre él, un abandonado de aguas turbias que apareció de estampa llena aflojando corazones; y ella fue la elegida y se dejó elegir, como si bastase una sola voluntad para formar un acuerdo; y luego ramos de palabras de todos los colores y ella llenándose de palabras, resbalando en ese tobogán hasta caer horizontalmente con manos y dedos señalando el resbalón.

Después, Bernardo se refugió en el ahorro de palabras, de su presencia, en el goteo ocasional hasta desaparecer con la misma magia con la que había aparecido. Y quedó ella ya no tan Blanca, más bien blanquecina,   —59→   y había que esconderla, sacarla de bocas prontas a degustar penas ajenas; y el convento se alzó como solución, como cárcel, como cortadero de alas para pájaros alborotados; y ella recorrió ese mismo camino que no ha sufrido cambios.

Allá la llevaron. Sintió un descenso del corazón cuando la puerta de hierro juntó sus hojas, cayendo trancas, y lo demás quedó afuera.

Fue ahí donde entendió diferencias en las que nunca había pensado: «lo de afuera y lo de adentro». Tuvo que acostumbrarse a penumbras constantes, a encierros olorosos, al ejercicio diario para aplacar esa revolución interna que hacía terrible el encierro. ¿Tenía cuántos? Sí, 18 años que bullían su natural efervescencia. Vistió de blanco, de negro, sin esas treguas prohibidas. Vistió colores de duelo sin estarlo. Se volvió opaca como esos mismos tonos, endurecida casi, en el proceso de formar una nueva piel... Después, fue cosa de no pensar en otro acontecer, de ir cayendo en la aceptación sin salida, agudizando los sentidos para dar trabajo a la imaginación, vivir hilvanándola hasta que, como cualquier pena, le anunciaran que ya estaba cumplida.

Pero nadie vino ni se preocupó más por ella, porque estaba a resguardo de preocupaciones, segura en ese lugar, asegurando la tranquilidad de los otros...

Y, cuando no dio más, cuando la vieron desprenderse de esas ropas en plena meditación, en pleno retiro, gritar donde el susurro era práctica, invocar a los dioses para terminar con el exilio obligado, ya no había mucho que perder o ganar, ya no volvería a soslayar tentaciones mundanas, ya se había consumido el peligro.

Blanca salió de la abadía.

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Llevaba un traje gris que le quedaba estrecho, extraído de los excesos que almas caritativas envuelven en paquetes y envían al convento para necesidades que golpean sus puertas. No necesitó espejo para cálculos obtusos. Llevaba su cuenta de rabia y rebeldía sin posibilidad de poder cobrarla.

Ahora regresa porque lo de afuera ya no le pertenece. Ha estado demasiado tiempo guardada. Es como si le hubieran puesto un cerebro manso, sin altibajos, reducido por falta de estímulos. Viste el mismo traje gris porque es extraña a otros colores.

Llega al convento y golpea.

No siente el remezón cuando cierran la puerta. Mantiene la sonrisa que iguala a muchas caras de adentro. Deja lo de afuera porque es más lo que ha acumulado adentro.



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ArribaAbajoDe costado

«Sí», dijo cuando le ofrecí la taza de café, y le alcancé el azúcar.

Se hubiera facilitado el movimiento de la mano entre el azucarero y la taza de haber tenido terrones. Siempre me faltan las cosas justas en el momento preciso.

Con desesperación, vi caer el exceso por el camino y alrededor de la taza. Tomó el café sin haberlo revuelto.

Era así.

Tenía algo de extraño metido entre los ojos celestes que parecían calar las profundidades más recatadas de uno, sin permiso, sin preámbulo, casi sin intentarlo.

Me levanté con gesto de ayuda, retorciendo en el piso unos granos que empezaron a subir por algunos nervios, pero su mano derecha ya se había levantado, interrumpiendo mi acción.

Volví a sentarme.

Venía de lejos, de haber atravesado cielos distintos en donde estuvo con gente diferente, envuelto en un olor extranjero.

Tuve miedo de que preguntara lo que todos preguntan cuando el tiempo se balancea como una hamaca y cuelga en el centro, miedo de que quisiera llegar a ese centro fláccido, pesado, desconocido por la distancia, por la separación.

No habló de derechos.

No era necesario.

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De todos modos imponía, se imponía con esa forma de ser, costumbre de ser, y me pareció de pronto que no son los granos de azúcar los que saben pulsar mejor los nervios, esas clavijas que saltan por uso frecuente o mal uso.

Pensé que no debí haberme levantado.

Era como volver atrás con actitudes que siempre quise cambiar.

Pero ahí estaban, frescas, difíciles de vencer.

Sonrió de costado.

También era costumbre.

«La risa entera descontrola el alma», solía decir.

Creo que sólo lo tuve de costado.

Así comenzaba el día, en la mesa estrecha de la cocina angosta donde dos cuerpos apenas cabían.

Y se puso de perfil y lo pude ver, sólo en esa dimensión, como siempre, sin que se debiera a una cuestión de espacio.

Muchas veces me volvía y revolvía en la silla o cambiaba los anteojos para modificar lo que estaba viendo.

Una sensación de que espíritus extraños iban plegando las cosas, los muebles, para que fuera visible un solo lado, para que todo se viera en un ajuste perfecto con su risa, con la parte de su cuerpo...

Pero no, no podía ser, no se puede llegar a extremos de esa naturaleza en el trajín diario.

Era yo, debía ser yo la de las medidas alteradas.

Se me ocurrió pensar de pronto qué hubiera pasado si el momento mágico de la suma de dos seres llegara a tres...

Por más que la sola ocurrencia hacía difícil ese vivir de reojo, al acecho, en guardia.

Entonces, como animal también de costumbre o de imitación, empecé a comportarme del mismo modo,   —63→   a formar ángulos cortantes con las partes de mi cuerpo, a ocultarme, a seguir el juego sin quererlo -porque ya parecía un juego-, a olvidar que un cuerpo, tiene cuatro partes, a mirarme en el espejo y creer normal lo que estaba viendo, a caminar del mismo, modo...

Entonces chocaron nuestros ángulos, dolientes, filosos, y salieron chispas y el golpe fue tan fuerte que quedamos frente a frente, como hacía tiempo no nos habíamos visto.

Tuvo vergüenza. Yo también, pero él se puso de costado, saliendo por la puerta como un papel, con una maleta fina, casi una raya que le hacía juego. Siempre le dio importancia al juego.

Ahora está sentado frente a mí.

Le queda la sonrisa de costado.

«Es lo último que desaparece, pienso.

No tiene objeto que me siga mostrando un lado nada más.

Me cuenta cosas raras, moviendo brazos y ojos.

Yo le sigo con los ojos porque no me sale lo demás, porque lo estoy viendo entero, de frente y de costado, de largo y de ancho, y comprendo que no he perdido gran cosa.

Quizás un poco de memoria.



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ArribaAbajoEntre flores y luces

Cayó la imagen y la sonrisa, fija en el rostro se estrelló contra el suelo. Se había estado meciendo, inquieta, indecisa, pero sonriente.

Inclinada, haciendo una reverencia parecida a las tantas realizadas en el escenario, resbaló de su pedestal.

El nombre, aún adherido en la base, temblaba con el frío nocturno. Era sólo un nombre. El contorno firme de la mujer de cartón que había sido aplaudida empezó a ablandarse con la lluvia. Antes de convertirse en una masa pegajosa, el hombre la tiró con fuerza en la parte trasera del camión recolector. La imagen se lanzó en una danza, en medio de las aspas trituradoras, hasta desaparecer junto con el resto de los desperdicios. Con el agua y el movimiento se le había borrado un ojo. La sonrisa, disminuida, se volvió extraña, sorprendida. Y eso fue todo.

Malena está parada en el borde de la vereda, mirando cómo una nueva figura es colocada. Reemplaza a la suya. Es más joven, no más bonita pero con rostro insinuante y la boca hecha un punto fruncido, roja, ofreciéndose como ella lo había hecho.

Creyó siempre que las reglas funcionaban de la misma manera en todas las profesiones: «a mayor experiencia, mejor sueldo».

Ella tenía la experiencia, pero las luces, dirigidas para resaltar recodos que electrizaban al público, sólo la hacían pestañear incómoda, tratando de hundir con   —66→   fuerza el estómago. ¡Si no existieran las primeras filas!

Solían aplaudir hasta que, condescendiendo, Malena retomaba su puesto en escena entre flores que caían a sus pies. Y al salir, después del abrazo del dueño del cabaret, abriéndose paso entre los admiradores de quienes nunca supo sus nombres, en el camarín era ayudada a desvestirse y volver a vestir.

Creyó que siempre sería así.

Llegaba a último momento, cuando el director de escena, con las manos enrojecidas de tanto restregárselas, ya había anunciado varias veces que «dentro de algunos instantes Malena estará con ustedes». La esperaban con las partes del vestuario listas para que ella se deslizara zigzagueando dentro de ellas. Todo su cuerpo mantenía una ondulación inquietante que aseguraba la sala llena.

Eran como coletazos de sirena que, tras la cadencia del sonido, fijaban los ojos sin afectar los oídos.

Y los Ulises se dejaban llevar...

No fue un ataque de gordura el que tuvo. No, todo lo contrario. Empezó a secarse, a sentir que su cobertura le sobraba, como una almohada vieja con el relleno apelmazado. Hasta los sueños empezaron a perturbarla y veía, con los ojos cerrados, cómo medían su piel sobrante y luego formaban, con ella a su alrededor, verdaderos vestidos con drapeados que colgaban de su barriga y pechos fofos.

Pero también estaba la florista en sus sueños... Y ella no podía unir esos extremos de pesadillas dispares. Terminaba envolviendo flores mustias en trozos   —67→   de piel vieja. En ese momento despertaba, con la angustia corriendo en sudor escarchado por su cuerpo.

«Te aguantamos al máximo», le dijo el dueño del cabaret, el que fue su amigo, mucho más que amigo... quien, a medida que ella reducía su figura, iba engrosando el vientre, un vientre enorme que se marcaba a través del pantalón y que, con la fuerza del crecimiento, hacía desaparecer las nalgas. Hombre de nalgas flacas y pura panza. Pero hombre.

Malena empezó a tener miedo cuando el hombre dejó de impulsarla a escena con la palmada de rigor en el lugar de rigor, cuando las visitas de fin de función en la oscuridad del camarín empezaron a espaciarse, cuando le dijo que se vería mejor en la segunda fila del coro, cuando en el silencio del local vacío, sin luces, se filtró un forcejeo ahogado detrás de los trajes suspendidos de los colgadores, entre promesas desmesuradas y negativas a medias, cuando reconoció la voz de boca de corazón en esos trajines y la cambiaron de camarín...

Malena llega como todas las noches, como siempre lo hizo. Casi se puede decir que respeta un horario. Ahora no viene sola. Trae una pequeña silla plegable y un canasto con flores que no son frescas. Se sienta, sin hacer ruido, al lado de la figura firme de cartón, y la mira. Se olvida de las flores.

Cuando la retiran, poco antes del cierre, sabe que es tarde y ella también se va.

Cada noche las flores están menos frescas.



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ArribaAbajoLas 5 es buena hora

Francisca le susurró al oído, susurro de migas del sandwich que estaba masticando con la boca bien cerrada; pero el susurro supone también acumulación de aire y obliga a que algunas consonantes no sean tan respetuosas de las reglas de urbanidad, por más que se es urbano y las cosas hay que decirlas. Después de todo, es derecho en vigencia.

Francisca le dejó el lóbulo con la marca del lápiz indeleble comprado en la última sesión de maquillaje -de esas itinerantes, como algunos conciertos y muestras de libros, pero más íntima- en donde, por gracia de otros susurros igual de sibilantes pero en voz más alta, prometedora de grandes cambios, se pueden comprar todos esos productos de marcas creadas que ni siquiera existen en el comercio.

Así son esas cosas «exclusivas».

Se había acercado tanto que María de la Paz no comprendió con el primer sandwich, pero no era posible hacerlo tan notorio. Así que tomó otro de la bandeja plateada -«¡qué va ser de plata, mujer!»- y, antes de hacerlo desaparecer entero en la boca sin estropear el rouge, lo abrió, constatando la calamidad que hacía obligatoria otra aproximación y en una de esas identificar el perfume de María de la Paz, quien dijo no recordar la marca -«francés, por supuesto»-, con ojos caídos y vueltos a levantar, con esa superioridad que aniquila cualquier reacción siguiente, con todo en la punta de la lengua, la marca y los restos de sandwich, tocando con el índice y el pulgar el cuadrado de 10 por 10 de lino puro -«para esa medida   —70→   bien puede ser lino»-, llevándolo a las comisuras para luego cubrirse la boca en pantalla y por fin soltar: «no son de pollo; sólo un paté corriente» ante la mirada atónita de María de la Paz, de esas que Francisca reconocía como propias. La cara se le llenó de un «no te creo», confirmado por la cabeza en descenso de Francisca al tiempo que la dueña de casa hacía sonar la campanilla, tras lo cual apareció un delantal blanco con puños negros -igual que esos cisnes tan raros y codiciados- quien, en actitud de «zombie» de años de entrenamiento involuntario, «¿se sirve?», ofreció; pero Francisca, contando con los dedos, confirmó los seis que ya había comido, llevándose las manos para tocarse la cintura y las caderas para al final decir «gracias» con el desinterés propio de la saturación.

Entonces se dieron cuenta, dejando de lado el problema del relleno inadecuado, de que a Marcela, la dueña de casa, le sobraba un lado del hombro o le faltaba en el otro, o era probable que tuviera escoliosis, no se puede saber. Pero con escoliosis y todo a nadie podrá hacer creer que es una hechura de Armand, a no ser que se trate de esos prêt-à-porter que se están haciendo en serie «para gente en serie», como suele decir María de la Paz, quien no habla mucho para no perder palabra del desborde de Francisca, el que no es ocasional, sino preparado con anticipación más bien, «con el relleno que corresponde»; de esa forma ella está al tanto de todo sin necesidad de gastar dinero semanalmente para comprar «Viva Joven» pues, con los tiempos que corren, hasta los pantys están en esa onda y por lo menos para un par -no muy bueno, claro- alcanza, «y no digan después que somos frívolas...»

«¿Cómo está Celeste?», pregunta en medio de un hueco silencioso a Marcela. «Lástima que se haya ido   —71→   de la casa con todo esto a su alrededor», continúa al tiempo que hace un ademán con los brazos, abarcando muebles, paredes, lámparas, todo, sin esperar respuesta, dándose vuelta hacia María de la Paz para exclamar, en el colmo de la sorpresa: «¿sabes qué hora es?»

María de la Paz entabla una lucha con el zorro disecado que conserva la cabeza e insiste en resbalar por el vestido de seda hasta que por fin, con un movimiento «ya está bueno», lo enrosca, quedando el cabello apenas sobresaliendo alrededor de la cara semi-oculta.

Los tacos resuenan por turno. «Cuidado con los flecos», alcanza a decir alguien, pero uno, el taco más fino, se engancha y varios brazos se extienden para impedir la caída casi inevitable.

«¿Es una alfombra típica?», pregunta Francisca con la ironía pintada hasta en las cejas. Marcela queda con un plato en la mano, aún ofreciendo. Las mejillas se le llenan de marcas y formas de distintos colores de moda.

Cierra la puerta y separa el bullicio andante que se aleja.

Adentro, en la cocina, el cisne se desprende de sus plumas blancas y negras, preparándose para iniciar un monólogo alterado con la pileta llena.



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ArribaAbajoDespués de clases

El piano estaba siendo elevado con cuerdas.

Era un piano azul.

Desde abajo daba la impresión de ser una enorme nube en ascenso, una nube gruesa de temporal no anunciado.

Protegida por la sombra del portal de la entrada del edificio, con la cabeza hacia atrás, Verónica observa. No era dada a esos espectáculos, a esas puestas en escena que necesita la gente de la calle para detenerse: basta que alguien levante la cabeza al cielo para que, de inmediato, por agregados solitarios, se forme un grupo. Como si no tuvieran qué hacer. Le hizo pensar en lo fácil que resulta arrear una multitud. No sorprende que, con la atracción de un dulce, un depravado pueda llevarse a un niño. Pero, ¿qué le pasa? Debe de estar loca para sortear tantos pensamientos como si no fueran más que naipes desparramados por un golpe de corriente.

No es eso: es el piano elevándose, aireando sus intimidades, porque cada tecla sabe algo de ella. Y ahora está suspendido de unas cuerdas, colgando a vista y paciencia de ocios detenidos.

No hubo otra solución que elevarlo de ese modo.

Las entradas de los edificios son cada vez más angostas, las escaleras igual, y los ascensores, un cuadrado con límite de peso para pasear rostros que no se miran, ojos que temen involucrarse si descuidan una sonrisa.

Y las salidas, ¿dónde están las salidas que se esconden, que buscan recodos, que inventan laberintos,   —74→   que simplemente no están o no existen? El piano. ¡Dios mío!, el piano está caminando en el aire. Parece una enorme araña subiendo por sus propias cuerdas. Pero, no puede ser, Verónica no tocaría una araña; ella toca el piano, o el piano baja las teclas para hacerle creer que toca, como la tocaban a ella cuando bajaba la guardia.

Esos hombres lo dejarán caer. El instrumento está alto y el viento es fuerte, un viento súbito. Lo penetra y los sonidos se quejan. Es una escala de lamentos. Ella no quiso que la tocaran como a un piano, pero era alumna.

Tenía voz de gacela, de gacela asustada. Quería correr pero el miedo, el peligro de perder la zapatilla de cristal y no ser más gacela, la dejó donde estaba mientras sentía el cambio en la voz, y el temor del cambio, el inicio de deseos, la angustia de que la profesora no la llamara: «Verónica, ven, tú serás la solista con tu voz de gacela». Y ella, levantando el manto de alas albas de su delantal almidonado, dejaba su asiento para dirigirse a la sala de música con sus largas piernas silenciosas, casi levitando en medio de las miradas de envidia.

El instrumento va dejando mensajes verticales de altura. Verónica casi puede leerlos: «Gacela virgen cae en manos de fauno sin escrúpulos».

«Verónica llegará lejos. Los ojos le vuelan igual que el cabello», decía la profesora de música. La dejó en clase después de hora para «seguir afinando su voz de gacela». Quedaron solas en la sala de música,   —75→   con el reloj de pared empujando el tiempo, golpeándolo hasta hacerlo galopar, o deteniéndolo, no se dio cuenta, pero su corazón lo imitaba del mismo modo. La profesora le soltó el cabello atajado con una cinta, hablándole con muchas «eses». Verónica no sabía si eran susurros o seseos o sofocaciones provocadas por los cuellos cerrados y las mangas largas que usaba sin cambio de estación. La desvistió, envolviéndola en «eses», y la hizo sentar a su lado en el banquillo del piano. Luego empezó a tocar. «Canta», le dijo, y con el sonido aún resonando la recorrió entera, palpando todos sus nacimientos, sus entradas y salidas, como si fuera un edificio. Ella guardó obediencia de alumna. Después siguió siendo alumna, sin interés en el aprendizaje, no estaba segura. Llegó a descomponerse durante esas «clases extras», como decía la profesora. Empezó a perder la voz, la palabra, a regocijarse con el silencio, a vomitar silencios, quedándose vacía para volver a acumularlos.

Verónica enfermó.

«Son esas exigencias después de hora, un exceso», dijo una tía de larga soltería.

Dejó de tener la voz nueva. Le aparecieron los desgastes del uso, las grietas oscuras, verdaderos precipicios del alma y, dentro de los precipicios, el piano; despierta o dormida, el piano, el temor de volver a tocarlo, de abrirlo, de desatar sonidos con el nombre de la profesora y, al mismo tiempo, el deseo de tocar hasta agotarlo y agotarse hasta que quede mudo y su deseo encerrado en el secreto de la mudez.

Verónica sigue observando desde donde no la pueden ver. Tiene que volver a abrirlo para matar el temor, matar a la profesora, enfrentar al fauno...   —76→   Pero para eso hay que abrir el piano antes de que llegue arriba y no pueda hacerlo frente a los demás. Tiene que abrirlo. Todo está adentro. Tal vez recupere la voz y olvide el recuerdo, el martillo del recuerdo, todo al mismo tiempo.

Pero también la profesora está adentro, y Verónica sólo es alumna. Ella puede volver a decirle «canta», y no podrá hacerlo delante de la gente, y la nota, le bajará la nota, Margarita será la primera y ella siempre segunda a pesar de su voz de gacela.

Verónica queda paralizada por la memoria.

Se frota la cabeza con ambas manos para alejarla, suelta un grito largo, desafiante, y sale del escondite, corre, empuja a los hombres que izan el piano, la gente se desparrama, también corre y el piano cae al pavimento, salta la tapa, saltan las teclas, queda zumbando algo inentendible, desafinado, vuelan cuellos altos y mangas largas y ella, Verónica, queda libre de sonoridades ajenas, apagada de mechas equivocadas.



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ArribaAbajoDe falanges rectas y torcidas

A la «dama de hierro» se le está torciendo un dedo. Es un problema que preocupa, asusta, pone en peligro a izquierdas y derechas.

Es como si de pronto la Estatua de la Libertad estuviera con ciática, inclinada sobre sí misma, sin poder ser vista en la ilusión de la distancia por barcos que se acercan con cabezas peleando el primer vistazo o apuntada por dedos en señal de reconocimiento.

No puede ser.

¿Es un chiste?, ¿un malentendido?, ¿una palabra descuidada?, ¿una insinuación?, ¿un intento alevoso?

Pero, tantas cosas se pueden hacer con un dedo doblado que no hay razón para que los titulares se agranden, la opinión frunza el ceño, los augures se inquieten o los otros enarbolen esperanzas.

Pero ocurre.

Cuando me rompí la pierna, caída en el anonimato de un suelo rugoso, un chofer sin nombre me levanta. Espero paciente, queriendo ser de hierro, que alguien repare en las lágrimas dolorosas cubiertas con una sonrisa. Resbalan. Hay que ocultarlas. El sufrimiento es de todos, después de todo. Nada personal. Uno más en la maraña de sufrientes.

Puedo manejar el automóvil con la pierna derecha. Para eso se han hecho los cambios sin cambio. Bajo del auto. No está la alfombra roja pero sí los dos bastones. Me equilibro como todo el mundo. Una mujer estacionada delante de mí me hace gestos con la mano recogida hacia arriba. Es para que me apure.

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En estos tiempos se anda a menudo con la mano recogida, que no es el problema de la «dama de hierro».

Levanto un bastón, pero no... No es de las que entienden.

A saltos cruzo la calle entre microbuses de dedos pegados a la bocina.

«¿Le ayudo?», me pregunta un extraterrestre.

Lo miro enojada. «¡No me importune!»

El dedo de la «dama de hierro» es inspeccionado.

Un atrevido trata de enderezarlo.

Es una cuestión de estado. La corona se inquieta, aunque no tanto, en medio de un pestañeo malicioso.

Es una afección zurda que enarbola con firmeza el derecho de la otra.

El hombre de la escalera no reparó en mi pequeñez andante, andante con moto, no, sin ella, sólo andante, más bien con falta de atención, perdida en la ciudadela fantástica de sueños que no se realizan.

La escalera atraviesa los sueños y deja un chichón nada imaginario.

«El tropezón con la realidad es siempre estrepitoso», pienso ahora. «La realidad pesa».

Me espera mi madre. Vuelve a sacudir mi fantasía y me baja de la luna culpable de tantos males, con golpes que hieren más que la escalera, «para que aprenda»; y la verdad es que se aprende, se aprende a pisar más fuerte para que los demás lo oigan. Los barcos de papel se hunden como cualquier fantasía.

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«No le habrá pasado por deshojar margaritas», me digo: «me quieres, no me quieres, mucho, poquito, nada»; zas, al llegar a «nada» se le dobla el dedo.

«En resumen: el miedo es internacional, no conoce de segregaciones», afirma el hombre, queriendo ser internacional para impresionar localmente. «Llega por donde quiere. Ni siquiera hay una preselección. Forma ojos colgantes de los lugares más insólitos», dice con gran conocimiento, por más que el mal de ojo es de culturas sin cultura. Pero, ¡quién entiende la dirección de los vientos! Soplan como malos de la cabeza, olvidados de cualquier orden, y sin orden no hay dirección, y el laberinto gira, consumiendo sentidos que caen sin querer, que se cuecen en su salsa...

Con la cartera colgando me doy la última mirada en el espejo. Abro la puerta. Timbre. Miro la puerta, la muevo, pero no, es el timbre a las diez de la mañana de un domingo, un atropello insano. Me inclino en el espacio. Dos mujeres están detrás del portón. «¿Le podemos molestar?» Ya lo han hecho, pero me acerco. «¿Va saliendo? ¡Qué mundo el que vivimos! Todos hablan de la paz, pero si verdaderamente no empezamos a hacer algo... ¿no cree?» «¿Dónde podemos encontrar la paz?», continúa la mujer que habla mientras la del cabello recogido y los lentes sonríe. «¿Usted se ha preguntado dónde?» Sonrisa sin respuesta. «Dio su vida por la humanidad. No es fácil dar la vida de uno», prosigue. Humaredas negras de cifras negras me vienen a la mente. Se lo digo. Me mira con desconfianza. Le agradezco su interés, su   —80→   dedicación, pero ya no escucha. Se aleja, convencida de mi no convencimiento. No lo puedo evitar. De repente me vuelvo erizo. Es una cualidad adquirida.

«Elefante muere por acoso sexual. Seis elefantas declaradas culpables. Espécimen tenía récor registrado en el Guinness».

«Todos los récores se rompen en algún momento», pienso. «Es el cansancio por mantener el estandarte para que los demás lo vean».

Entonces vienen otros que esperan su turno, acechando el desgaste. Se dobla la voluntad, el dedo, cualquier cosa. Se esconde para no ser anotado en el libro, falta o superación, lo increíble y lo que no lo es, todo en el mismo saco con tintas diferentes.

En otro extremo del mundo, en un concurso, una falange, independizada de su mano, señalando el cielo, gana competencia. Podrá medirse a nivel internacional.

¡Se leen tantas cosas!

Tuerce la boca hacia un lado para confirmar la voluntad de hierro haciendo juego con el dedo. Es alguien que quiere torcerle la mano y ha comenzado por el dedo; pero el hierro resiste.

Se invocan fuerzas para que cambien temperaturas, mucho calor al rojo vivo para derretirla. Se funden corrientes en chispazos enceguecedores, se levantan y bajan palabras, gestos. Todo cae, pedazo a pedazo, pero el dedo sigue doblado, flotando su capricho; y no queda más que levantarlo, hacerlo visible como bastón de mando en un monumento a ojos vista, a historia escrita, antes de que la ciencia lo enderece.





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ArribaAbajo- III -

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ArribaAbajo¿De qué verdad me hablas?

Creo que fue un atrevimiento el tuyo, Aristóteles. La pena es que lo dijiste tú, dejándolo como legado espinoso que es necesario tomar con cautela para que los dardos no nos alcancen

Te lo reconozco, era otra época; pero, aún así, escribir que «la menor desviación de la verdad es luego multiplicada por mil» fue una mala jugada, quizás un estado de ánimo alterado, unas ganas de jodernos para todo el resto de vida terrenal porque, a decir verdad, la verdad misma da para mucho, y es fibra plástica, elástica, amoldable, transformable, común de dos o de menos pero nunca más, una pelota arrastrada por un cordel que se suelta, cargamento de armas, armas cargadas para silenciar verdades, verdades que explotan en silencio, monasterio de prohibición de palabra, sublimación del gesto, encierro de verdades para que no se filtren, en fin, tantas cosas que, claro, cómo podías saberlo en esas lejanías de togas barriendo el suelo, sentado sobre alguna roca parlante con la que te enredabas en lucubraciones que sólo eran monólogos.

No comprendo en qué parte tenías alojada la conciencia, o si eso existía en su forma primaria y lo de la verdad no fue más que un desprendimiento natural. ¡Quién sabe! Es fácil el acomodo en el tiempo de uno para lanzar afirmaciones que se convierten en ojo que lo ve todo. Desconfío de la gente que se toma esas atribuciones, erigiéndose en jueces. ¡Si para ser procesado y recibir la pena siempre falta tanto! Además, ¿a quién puede molestar alguna alteración de las   —84→   seis letras que en cualquier momento pueden ser escritas con mano firme sin que el cielo se desplome o se incomoden los ángeles? ¿A quién?

Reconozco que pudiste haberlo hecho con buena intención. Pero, ¿cómo saberlo? ¿Y si sólo fue una trampa tirar la piedra y luego esconder la mano? ¿Ah? Si la verdad no es más que una progresión de mentiras aceptadas por la evolución natural y lógica de los significados. Eso no lo sabías; no lo podías saber. No podemos quedarnos en el olvido de épocas que sólo sirven para rescatar uno que otro hecho y hacer posible la división de la historia para luego obligar a la lengua a un tartamudeo de la memoria.

La verdad, Ari, me sorprendes. Puedo llamarte así, ¿verdad?

Tenía siete años cuando, perdida en alguna ensoñación, dejé caer el kilo de harina que traía del almacén por encargo de mi madre. Junté hasta el último polvo. Mi madre tomó el paquete en la mano, pesándolo a pulso, y «por fin el italiano dio el peso justo», dijo. ¿Me desvié de la verdad en ese momento, Ari? La verdad es que me parece más acertada la teoría de la relatividad. Claro que con Albert no tengo tanta confianza, por una cuestión de cercanía, ¿sabes? Suena raro, pero es así.

Hoy en día no existen más que verdades, Ari, teñidas de verde, rojo, azul, un arco iris de verdades; y todas son válidas de uno u otro modo porque, quienes afirman la bondad de sus verdades, están convencidos. ¿Qué me dices de eso? No es suficiente que hagas gestos que la distancia distorsiona. Necesito tu pronunciamiento actualizado. No, no es desvarío mío, todo hay que actualizarlo. No puedo en estas épocas pasearme con una toga como lo hacías tú. Ni modo. Me pondrían a buen resguardo.

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¿Sabías que la verdad forma bandos, conexiones, enlaces, desmembramientos de territorios, alteraciones de fronteras, enrejados de ventanas, superpuestas en las que verdades lloradas, defendidas, ciertas o inciertas, quedan encerradas en verdaderos atropellos hasta que un entendido en verdades a medias juega el placer de su decisión? No sé cómo hacer para traerte de donde estás y puedas así revisar tu enunciado, acomodarlo a las calculadoras que son demasiado rápidas y quizás no haya necesidad de multiplicar por mil esas desviaciones de las que hablas.

«Yo acuso», dijo el escritor al desmantelar falsas afirmaciones; pero éstas tenían muchos nombres y había que acallar la verdad de uno solo para beneficio de tantos. Fue una cuestión de cantidad.

Los cabellos del hombre se volvieron grises en la defensa de su razón.

No tolero la acumulación, el consumo descontrolado ni el autoabastecimiento, por exceso de convicciones que llegan al colmo de ser enunciadas como emulación del verbo y aplaudidas por una masa que no tiene idea de la multiplicación de esas «mínimas alteraciones».

Me voy llenando de dudas con esa balanza con la que trato de detectar filtraciones que van formando los grandes temores.

«La mentira llevada a la perfección se convierte en la mejor verdad». Te estoy dando algunas pautas para tus correcciones futuras.

«¿Me quieres de verdad?», se pregunta.

¿Ves, Ari? También se puede querer de mentira.

Y el acusado traga y traga su verdad sin derecho, con todos los ojos clavados en él, mientras el fiscal, con la ira eructando en todo su cuerpo, hace llorar al libro que contiene la frase: «es culpable hasta que   —86→   pruebe lo contrario». Pero, ¿cómo lo va a probar el hombre si todo lo que dice lo consideran falso, y de tan falsas que parecen las palabras en boca de un inculpado se condena solo, sin necesidad de ayuda?

Hoy día sólo funcionan los reveses de la verdad y, a los que se animan a emplear la palabra en toda su magnitud, a llamarla desde sus orígenes dormidos, ya sabes como los llaman. ¿Qué? ¿Que sea más preciso? ¿Te has vuelto loco? Cáptate, Ari. Dime, entre una verdad con apellido y otra huérfana o no reconocida, ¿por cuál optarías? Responde con cautela, tómate tu tiempo. No, tu tiempo ya no corre.

Entonces, ¿dónde estamos y para qué hacer tanta historia de lo que dijiste? Mira, Ari, quédate donde estás. Ya veré el modo de sortear esta cuestión que está comenzando a sacarme de mis casillas.

Y todo el mundo se cuelga del árbol de la verdad teniendo cuidado de prenderse de la mejor rama, y las ramas acostumbradas al forcejeo, ya ni se sueltan.

Después de todo, eso de «la verdad os hará libres» sirve únicamente para molestar a los que siguen penando detrás de rejas por haber tenido la osadía de recordarlo.

Perdona, Ari, pero todo es cuestión del bando en que uno se encuentre y de lo que está en juego. Acá, entre nosotros, sabemos que algunos no titubean en tirarse a la trinchera contraria como salvación.

¿Y lo de casarse «hasta que la muerte os separe», jurado y sacramentado ante jueces severos en medio de recogimiento casto?

Creo que Calderón la acertó con lo del «Gran Teatro del Mundo». Es lo que hacemos con la conciencia más pura: representar, ajustando el acontecer que nos rodea a nuestro deseo, ni siquiera necesidad, y la verdad se acomoda en sus diversas acepciones hasta que   —87→   es aceptada -porque todos están en el mismo juego, a pesar de las muletas que tratan de disimular el cojeo evidente- y se vuelve una mera cuestión visual. No pongas cara de inquisidor ni te sorprendas. Calcula con tu regla todo lo que ha pasado en este tiempo. No, no lo hagas; morirías de nuevo y eso aún no es aceptado por verdades de ningún tipo.

Sigue con tu monólogo. Quizás se te ocurra algo mejor.

Oye, ¿hiciste algún gesto con la mano, de esos que indignan hasta los poros, o es tu forma de despedirte?

Nos estamos hablando, ¿verdad?



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ArribaAbajoEsa noche hizo frío

Esa noche hizo frío, un frío sin salida, un frío de callejón.

«Caminar sin pisar las rayas de la vereda, cantar marcando el paso, coincidir el paso con el canto, respirando sólo por la nariz para no soltar ni cinco de calor. En boca cerrada no entra frío».

Méndez traía el pensamiento adiestrado. Era como alardear de militar, a pesar de que su relación no había pasado del servicio, y eso porque no pudieron encontrar una excusa visible o de las otras para que lo declararan «inapto», aunque como carta de presentación llegaba a ser igual que certificado de enfermedad contagiosa, de esas que sólo se escriben porque da asco pronunciarlas.

Después le atrajo esa medida cuadrada de vértices sellados.

Pero es el frío el que lo devora con lamidas de ida y vuelta, con estirones de boca, anticipo de mueca de fantasma.

Pero no es militar. Sólo Méndez, nochero de maestranza, indicador certero de que lo que cuida, vale.

«No hay que incentivar el apetito de los que no pueden comer».

La noche hace ruidos de susto y las sombras dibujan caras.

«Si la noche no tuviera ese color», piensa Méndez.

Las piernas no se estiran del todo. Quedan retrasadas en una flexión de rodilla, la gota, retención de agua, el tiempo quizás jugando turnos con las partes   —90→   del cuerpo, adueñándose, corriendo telones de forma, acercando el fondo...

«Te sacaremos el alma», resuena en el aire, o el oído, en la razón, y el frío no se diferencia del miedo.

Méndez hizo lo que tenía que hacer.

Es la noche la que resbala como babosa, pegándose, palpando su resistencia.

«De noche se hacen las cosas, se ajustan cuentas, se engaña para afuera y para adentro», piensa en ese recorrido de vuelta y revuelta -cincuenta metros deben ser-, corto para tanto repaso mental, de nunca acabar cuando las sombras mismas se quejan...

«El pan nuestro de cada día». Mira hacia el interior donde algunas luces marcan trabajos nocturnos para que cunda el orden por ese temor generalizado de que «estalle la paz» y no haya costumbre para utilizarla.

Los diarios aparecerán con grandes trozos de titulares en blanco.

Hay altas rejas y alambradas de púa para que cualquier intruso osado pierda el instinto junto con lo otro. Pero las rejas dejan entrar miradas, retardan el paso, observan, y de ahí para adelante es un trampolín enjabonado para la imaginación.

Van a levantar muros.

«Mejor así», piensa Méndez, pero quedará más solo que nunca, cortado de cuajo de esas luces que rajan la penumbra y pasean siluetas de hombres.

«Uno no ve caras en esos trances. Tampoco pone nombres. Son listas desconocidas y uno cumple, lo entrenan para que cumpla», se defiende hablando solo, acto de contrición sin interlocutor, conciencia puesta a prueba, desgastada por mal uso.

Era también de noche entonces, en esa extensión ancha y larga, casi deshabitada, con suficiente lugar   —91→   para que el aire crujiera hasta romperse con ese sonido resbaladizo que huye, rebotando hasta que se pierde como si no quisiera ver lo que deja atrás, marionetas desarmándose mientras caen en el mismo pozo.

«Usted, Méndez, estará a cargo», y él, orgulloso por la confianza, afinó la voz para que la orden fuera firme, fuerte, y no diera lugar a dudas o debilidades.

«El débil es el que ha perdido la oportunidad de ser fuerte», le enseñan, y él no se encoge cuando no debe.

Pero nada tenía contra esos infelices de barba crecida por días de espera, porque ya no valía la pena afeitarse...

«A las ocho en punto, Méndez, cuando los lobos tapan ruidos», le dijeron, riendo, y él «sí, señor», porque así debía ser.

«Es responsable este Méndez», escuchó en un escape de puerta y viento.

Levantó la cabeza y enderezó el resto para alejar susurros que pueblan el sentido, antepasados que no reposan del todo, «por el camino del bien, hijo, sin pisar límites que lleven al otro lado»; pero es sólo recuerdo borroneado por tintas de otra calidad y «sólo lo de hoy importa», pensó, queriendo que ya fuera pasado y también quedara difuso, pero últimamente cree irse para atrás, como si no caminara más que en esa dirección.

Por eso trabaja de noche y después duerme sin que tantas manchas recorran el aire igual que duendes perseguidos. Pero no eran duendes. Ya no sabe qué eran con ese fondo iluminado contra el que los pusieron.

Es peor cuando la obstinación pone caras; y pueden ser cercanas.

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«Usted, Méndez, resérvese para el final».

«Sí, señor», respondió por costumbre.

Agacha la cabeza para olvidarse que es Méndez, sobre todo para que los demás no sepan; pero si es cosa de olfatearlo para darse cuenta que arrastra olor a cartucho con fecha de vencimiento, porque está en ese vencimiento y se le hace poca la cabeza para tantas direcciones, «porque de cualquier lado pueden venir, especialmente de noche, Méndez, para que sepa lo que es hundirse sin verse a uno mismo».

Cada noche es otra espera, cada año un adversario sin desafío, cada ruido el último, y él, esperando, sabiendo, aniquilándose de a poco, porque fue el que levantó la mano y dio la orden y todos descargaron el arma hasta el final, pero él, Méndez, fue el último, el del tiro de gracia.

Esa noche hizo frío, frío sin salida, proyectil que busca resguardo, y él no era más que un resto de noche sin posibilidad de avance, un punto muerto sin ayuda de su arma como alguna vez pensó, porque siempre le tuvo miedo.

Fue el frío que lo invadió, fue el temor agregado al frío, fueron sombras nuevas con caras cubiertas por el resplandor de adentro, quizás ésas que habitaban sus pesadillas soñadas en mantos de traspiración, aproximándose y alejándose en un juego de espejos de circo.

No se ocultaron para que el miedo le llegara a Méndez a niveles de cagazo y se diera cuenta de que el hombre puede alcanzar condiciones de mierda por voluntad de otros hombres.

Fue una ráfaga silenciosa que «nadie escuchó» en el vecindario, cansado de presencias de tantos Méndez.



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ArribaAbajoHistoria de aparecidos y desaparecidos

Era la época en que los desaparecidos se eclipsaban, solos, por propia voluntad, cuando las ganas de seguir, deambulando por terrenos demasiado abonados se hacía difícil, casi insostenible. Entonces se apretaba el gatillo, no del arma, sino el detonante nada más, una especie de interruptor muy adecuado, de esos que se cargan con baterías especiales que se tienen siempre a mano para salir de apuros y que a veces resulta. Si resulta que se está en ese «a veces», con el correr de las murmuraciones -acompañadas por cualidades especiales del sujeto- se convierte en aparecido. Y eso es algo serio.

Los vieron bajando de la última lomada, donde una mancha de sombra descubre la inoperancia de algunos rayos de sol.

Reían con esa risa verde que asusta porque está desparramada por todo el cuerpo.

Venían a buscarlo y eran tres, porque era mejor contar con cierta fuerza hasta conocer la verdadera del desaparecido, la que decían era mucha y que también la llevaba desparramada, aunque no estaba muy claro cómo o en qué partes; pero eso era justamente lo que los ponía nerviosos.

No estaban acostumbrados a dudas.

Apenas los vieron sobre el terreno plano, ya sin sombra que los prolongara de cuerpo entero imposible de evitar, supieron que venían a buscarlo.

  —94→  

Los del pueblo sabían, pero dejaron de saberlo cuando empezaron a preguntar.

Era una forma de costumbre anidada en años de imitar a sus ancestros que eran sabios y dejaban la cara dura «para dar trabajo al que quiera esculpirla», según decían.

«Saben lo que quieren saber», dijeron ya sin risa, al tiempo que lo revolvían todo porque «si lo niegan debe estar», iban diciendo las manos detectoras.

«Lo han visto por el camino», dijo una voz de niño salida de alguna parte sin que se viera al niño. «¿De cuál?», espetaron todos. «Del camino no más», se oyó de nuevo.

«Modesto Brizuela. Tenemos nombre y todo».

«No», dijo el brujo viejo, «ese prójimo se fue junto con la última subida del río, cuando las aguas no dejaban de caer y todos lloramos porque no querían detenerse, y fue peor. Sí, recuerdo bien».

«Está muy viejo, hasta para recordar», dijo otro. «Ayer no más lo vimos rondando el lugar de las ánimas inquietas, como buscando un asiento propio».

«Esas son puras zonceras», le rebatieron, «suele venir cuando la luna chorrea hasta que no queda más que un hilo». Y, al final, todos lo habían visto después de no saber nada de Modesto Brizuela, «aunque el cuerpo, eso sí que no, nunca de cuerpo, señor, porque él tiene su forma de hacerse ver y sólo con los que quiere».

Y se sentaron a esperar los tres hombres, «porque entre tanto que se dice saltará de repente eso que se guarda», dijeron; y la paciencia de recién llegados los hizo dormir.

No les dieron comida, «porque usted sabe, señor, Modesto se lo lleva todo cuando aparece».

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Al otro día no despertaron por culpa del cielo cubierto. Hubo que decirles que era la amanecida, que los relojes no engañan, y tenían uno -para consultas importantes- que fue de alguien que no era del pueblo y había pasado a preguntar también. «Pero, usted sabe, cuando uno no puede responder se le aceleran los nervios, sí señor».

Junto con abrir los ojos, se pusieron firmes y alisaron sus ropas, levantando cabezas para acomodarlas bien en su lugar.

Los dedos hacen circular en las manos el sombrero de paja. Salen palabras que no llevan sentido, insistiendo en que quieren ayudar, pero «usted entiende, uno es ignorante por tradición».

Y con la cabeza baja, para que no desconfíen, se van a lo suyo.

El hambre fue poniendo más verdes a los tres hombres.

«No hay forma de llegar a sus mentes», se quejan.

Los canales parecían chocar en el aire y las caras duras entendían, «pero el campo está verde también, señor; no es tiempo de cosecha. Nosotros no necesitamos tanto, por la tradición, usted sabe».

Fueron pasando lunas chorreadas y aguas cayendo sin intención de parar.

Los tres hombres cada vez preguntaban menos. Era difícil levantarse de esas sillas que les habían dado, como si estuvieran untadas con pegamento.

Los del pueblo iban a verlos todos los días, «porque uno se preocupa, señor, y por aca tratamos bien a los que llegan, pero las épocas son malas, voluntad no falta, eso no, pero respetamos a los aparecidos, por   —96→   tradición, y uno nunca sabe cuándo va a dar una vuelta ese Modesto Brizuela, el que ustedes buscan».

Pero los tres hombres escuchaban cada vez menos, hasta que la lengua empezó a hinchárseles «por falta de ejercicio», dijeron los que sabían, y quedaron con las bocas abiertas.

No fue difícil transportarlos al lugar donde guardaban a los desaparecidos, esa pira siempre humeante de cuerpos sin ánimas, «porque de ellos no queda nada», dice alguien, «ni siquiera el color».

«¿Modesto Brizuela? No señor, nunca hemos escuchado ese nombre. No, no sabemos nada». «¿Desaparecidos? No señor. Sólo aparecidos, y muy de cuando en cuando. Pasen no más, sí señor, asiento no más. A veces se columpian de ese árbol grande; hay que tener paciencia».

Y los visitantes se acomodan en las sillas untadas y miran el árbol, hasta que los ojos quedan fijos.

«Siempre vienen de a tres», dice el brujo viejo, y se sienta a esperar.



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ArribaAbajoDe un solo espanto

Nada tenía que ver el encono antiguo de Edelmiro, aplacado a intervalos -oscurecido, se podría decir sin que por eso fuera posible olvidar, porque son esas cosas que quedan metidas como cuñas y empiezan a molestar con el menor movimiento, con una mirada de escape involuntario y se posa en el bigote del delegado, bigote satisfecho en línea recta, con la panza llena de alimentos propios y ajenos.

El lugar es chico, con una sola calle principal, principal testigo de ocurrencias sordas y ciegas cuando se quiere, porque para eso basta una orden, sólo una. Y Edelmiro no está para esas cosas.

Le gustan los asuntos que tienen un solo lado, el que se pueda ver, y no entiende de distintas formas para ver un mismo lado.

Hay cosas que sencillamente no entiende.

Primitiva tenía quince años, edad de pueblo que se acomoda a lo que sea, que transcurre siguiendo destinos sabidos de antemano, cuando el delegado la mandó llamar y Edelmiro la dejó ir porque hay llamados que no se discuten.

Estaba aún en edad de jugar con figuras, esas láminas que se esconden en los libros para engañar los ojos y dar vuelta la imaginación, en edad de trepar alturas llevándose la tierra misma sin importar las caídas que se puedan tener.

Se puso el vestido más almidonado para alejar el calor y las sandalias blancas de plástico, regalo de su   —98→   madrina, a las que llamaban «charol» porque tenían brillo.

Caminó lentamente una distancia sin medida, sin pavimento, hasta subir por la calle empedrada.

Las sandalias iban resbalando sobre los cantos redondos o puntiagudos.

Primitiva jugaba con las salientes de ventanas, repasándolas con la punta de los dedos.

Ese día se lo vio al delegado con los bigotes tiesos y la barriga más pronunciada que de costumbre.

Nadie reparó en Primitiva cuando regresó con la lengua muerta y los ojos más oscuros. Se volvió taciturna, como otras del pueblo.

Cumplió el delegado, eso sí, y dejó a Edelmiro trabajar tranquilo; consiguió también ese alimento especial para engordar animales que le llegaba directamente para ser distribuido.

Eso lo reconoce.

Desde un comienzo se preocupó de alimentar mejor al ternero negro, una especie de manía según su mujer.

Se le dio también por cepillarle el lomo, limar sus pezuñas y trenzarle la cola -terminada con un gran lazo negro- que espantaba con gracia más moscas que ningún otro ternero.

Eran logros considerados «de su propia hechura» por el delegado. Además, formaban parte del «ensayo, sobre el progreso», resumen de los frecuentes discursos al aire libre «aunque llueva», según los anuncios, un agregado interminable de palabras y frases que eran luego pasadas en limpio en tinta china y letra gótica por el ayudante de turno e iban oscureciendo el rostro y la misma actitud de Edelmiro.

Primitiva siguió yendo a la escuela hasta que la barriga se le hizo muy grande.

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Temprano se presentó Edelmiro esa mañana ante el delegado para dar cuenta de la desaparición del ternero negro, sin mayor emoción, con esa cara limpia de sentido, sumisa de norte a sur, recitando palabras sueltas, buscando el resto en la memoria iletrada.

Pero Doroteo llegó antes, con su rostro de encargado del cementerio, tiritando aún el miedo del recipiente de barro con restos ensangrentados del ternero negro, todavía humeantes, frente al panteón de la familia del delegado entre cuatro velas; una, encendida, puesta sobre la cabeza del ternero.

Doroteo contó, con culpa, el macabro suceso ocurrido en su misma jurisdicción.

Le chorreaba un sudor prematuro para esa hora y el pañuelo lo iba secando para después recorrer el borde del sombrero -que temblaba de puro respeto en la mano- y sacarle el polvo del camino.

«Parece cosa de payé», dijo Doroteo con el rostro desencajado, como queriendo purgar la culpa con la confesión.

«Es ternero joven, de los más peligrosos, bien cuidado. No había más nada, señor, ni fotos clavadas boca abajo, ni tierra de otras tumbas, nada señor, como payé a medias de gente sin conocimiento», insistió Doroteo para disminuir el peligro.

Pero el delegado ya estaba corriendo su sudor propio tempranero.

Hizo llamar de inmediato al cura párroco y ordenó una serie de oraciones a distintas horas del día y de la noche, por si acaso, mandando poner dos ángeles más en el mausoleo y flores frescas alrededor.

Pero ya el revuelo era general y hablaron de «gente muy mala» o, por último, «importada» según el   —100→   delegado, «porque esos ritos extraños son desconocidos en estas tierras», «que nadie le va a hacer correr», al que la conciencia la tiene como el mismo arroyo».

Pidió intervención policial, para lo que hubiere lugar, y las noches las dormía con el ojo izquierdo.

A pesar de puertas cerradas y guardias sin derecho a sueño, un charco de sangre apareció misteriosamente bajo su cama antes de la hora de levantarse, emanando vapores calientes que llegaron casi a quemarle.

Aseguraba que un ejército de sanguijuelas se ensañaba cada noche con él, obligándolo a usar uñas de metal para rascarse, apareciendo de mañana con rasguños repartidos.

Lanzó un pelotón para recorrer el pueblo, obligando respuestas.

Edelmiro estaba tranquilo porque ya había hecho la denuncia.

Siguió trabajando los días, sin agregar o restar palabra a lo acontecido. Tampoco asintió o negó cuando «de seguro que es un caso de abigeato», dijeron los vecinos.

Sólo siguió siendo Edelmiro.

Pero la cosa no paró ahí.

Aparecieron señales en distintos sitios al mismo tiempo, como un acuerdo de manos, y las presas del animal y los interiores reemplazaron hasta la bandera del local.

El delegado se mostraba cada vez menos, porque el payé ya lo sentía adentro.

Una foto suya, desmejorada, tomada por quien sabe quién, se encontró al lado de uno de los ángeles del panteón en actitud poco decorosa.

Adelgazado hasta en los bigotes, se estaba pareciendo al ternero. Una mancha negra le prendió en la frente.

  —101→  

Murió esa misma noche. Dejó el deseo escrito de no ser enterrado en el mausoleo familiar.

Nadie supo cómo regresó el ternero al corral de Edelmiro, entero, con el lomo brillante y la cinta negra en la cola.

Por un largo tiempo tuvieron que manejarse sin delegado, porque ninguno hizo siquiera el intento -lo que no fue gran problema- y la paz se distribuyó sin barullo, sin necesidad de que estuviera alguien para darle fuerza de ley.

El mausoleo de la familia desapareció, quedando los dos ángeles sin soporte -«prendidos de alguna brisa, probablemente», murmuraba el pueblo- hasta desaparecer también ante los ojos de Doroteo, quien, por toda respuesta, se rasca la sien izquierda pasando el brazo derecho sobre la cabeza, especialmente cuando grupos de peregrinos venidos de otros pueblos interrumpen la tranquilidad del cementerio y en la puerta resuenan los gritos de las marchantes «rica botifarra, mosto helado» y tiene que correr de un lado a otro persiguiendo a alguno que hasta pretende cobrar la entrada.



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ArribaAbajo«El orden de los faroles...»

«El orden de los faroles no altera el alumbrado», dicen por allá, donde los decires se juntan y tampoco llevan un orden. Sólo se repiten, casi con fuerza de ley, y afianzan dudas para que no se vuelvan insoportables, remarcando hasta el cansancio cuando las calles nocturnas de ese lugar desprendido del mapa -o del recuerdo- parecieran cerrar un ojo o abrirlos por turno, no está muy claro. Alguien se había ensañado, dejando algunas luces intercaladas; las otras colgaban en pedazos muertos.

«Pero, ¿quién necesita tanto?» «Para lo mucho que hay que ver», corrió el reguero de frases, porque eran verdaderos especialistas, maestros que rejuntaban palabras huérfanas, sin sentido, para ponerlas en su sitio, pero eso de «poner en su sitio» hacía circular con fuerza también la sangre, porque daba que pensar; y la memoria, que se aferra de lo bueno y de lo malo, formó un nombre: Policarpo Riquelme, quien pareció haberla inventado.

Lo llamaban Polí.

No se supo quién había deshecho el resto, como un farol cualquiera.

No era del lugar. «Nació por ahí no más», decían, haciéndole sentir extranjero porque había venido del otro lado del río; un trasplantado cualquiera.

Parecía llevar cuentas en una libreta que asomaba del bolsillo superior de la chaqueta, junto a un pañuelo color invierno.

Iba siempre trajeado, con un sombrero que le quedaba chico pues era «pura cabeza», pero dicho con voz bien baja para que no se le ocurriera anotar.

  —104→  

«Tiene ojos por todo el cuerpo, por más que saluda sin mostrarlos. Sale de cualquier recodo, asoma detrás de un árbol en medio del campo, anda bajo los mismos pies de uno».

Y va inquietando.

Hortensia empezó a seguirlo, a acercarse cada vez más hasta caminar a su lado al mismo tranco.

La encontraron con los ojos abiertos, demasiado abiertos para ser reales, tendida al pie de un farol apagado.

«A veces la lengua se desdobla y corre como fuego», dijeron, arrastrándola de los brazos sin explicar lo que ya estaba explicado.

Polí sacó la libreta y anotó.

Llevaba muchas cosas escritas y las páginas hinchadas abultaban el bolsillo. Anotaba por anotar, para que lo vieran.

Pero era eso de los faroles a lo que había venido; y estaba perturbado.

Hasta el sueño le iba jugando noches, como en una ruleta, dejándole un ojo abierto y después el otro, en un reposo a medias, intercalado.

Y creía ver, sí, a ese Mariano Zelada parado en la puerta, llenando el marco, para desaparecer de igual modo.

Pero era él, estaba seguro, y amanecía antes para seguir andando, para encontrarlo, para cumplir el encargo y regresar con la presa.

Empezó a sentir lo que hacía sentir a otros, trepando por todo su cuerpo bajo la sábana que estiraba hasta el cuello, por precaución, sintiendo la piel húmeda como si una babosa la hubiera recorrido, y a amanecer de nuevo, más temprano aún con la babosa ya parte de él, caminando solo las calles que dejaban solas para mayor abandono o reposo.

  —105→  

¡Y a quién buscar si a nadie veía!

Los días se duplicaban, triplicaban, iguales en recorrido y sudor y falta de gente. Y su afán de sorprender el alba, de correr carreras, lo dejó sin noche, sólo caminando, caminando solo, apurando el paso por ese frío plegado en sus mismos dobleces, en las arrugas de su cuerpo.

Y pasaron las lluvias y la estación seca y volvieron a pasar, y seguía Polí en su búsqueda, en su cacería de presa invisible aunque lo vio aquella vez en el recuadro de la puerta, pero no recordaba cuándo...

Se puso a pensar a qué había venido a ese lugar que no era suyo, donde el recuerdo se le volvía extraño, dudoso, al punto de no poder anotar.

Se acercó al río, pero estaba en suba y no había forma de cruzarlo; y cómo iba a cruzarlo sin Mariano Zelada.

Quiso anotar lo de la subida del río pero ya no quedaban hojas.

Entonces se decidió a preguntar, lo que no creyó necesario cuando el traje era aún nuevo y la libreta tenía lugar para escribir.

Entonces supo que Mariano Zelada no estaba, que antes venía de vez en cuando, hasta que sucedió eso de los faroles que los dejó cojeando para alterar el orden y el alumbrado y no se viera su contorno ni el del caballo corriendo su propia locura, «porque era loco, por si usted no lo sabe, y nos dejó con miedo, diciendo como tontos esa frase sin sentido hasta que por fin se lo llevó el diablo, según supimos».

Policarpo Riquelme estaba muy cansado para cruzar el río y regresar.



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ArribaAbajoCon el perdón de las sanguijuelas

Plutarco Coronel no era hombre «de dejarse pasar así no más», pensaba para sus adentros. Tenía las agallas como espuelas afiladas por noches dormidas con los ojos puestos.

«Con una mirada corto un cabello en el aire», acostumbraba decir, con los pulgares colgando del chaleco invierno-verano.

«Es para que no pase ni el viento», afirmaban los que sabían. «Se baña y duerme con él; se lo afloja cuando come para que le corra el gusto».

Vive solo y de cuando en cuando ordena venir a alguna mujer, «de esas que abundan», para no ejercitar bocas ociosas que saben que eso ha dejado de interesarle hace mucho, cuando por «arreglo de cuentas» le enviaron una que tenía sanguijuelas hasta de colores (con el perdón de las sanguijuelas), o eso fue lo que pensó Plutarco durante todo lo que duró esa plaga que debió ser desprendida de a una con jirones de piel hasta desmantelar el ejército.

Pasó un tiempo en posición de parto, helándose por dentro y por fuera en ese invierno casualmente más frío que ningún otro en la historia del lugar, donde hasta el clima era vulnerable para coimas fantasmas imposibles de rastrear en Paso Perdido.

Llevaba control de cualquier suceso por medio de un grupo de avance que podía movilizar en horario continuado, con la obligación estricta de que cada cual mantenga un diario de vida al día, hasta de los sueños hablados, que suelen ser los peores porque fluyen   —108→   por canales directos de la misma conciencia con el peligro de volverse ciertos.

Le habían otorgado el dominio total de Paso Perdido.

El acto ceremonial se realizó con asistencia obligatoria y nadie, verdaderamente nadie, dejó de asistir, impresionando profundamente a las autoridades visitantes.

Un porcentaje mínimo envió certificados médicos por correo, los que fueron abiertos in situ para aliviar trámites innecesarios y disminuir la «horrorosa burocracia».

Las embarazadas y los lisiados se presentaron para dar testimonio gráfico de sus inasistencias, con la colaboración de carretas que ofrecieron sus servicios gratuitos.

El campo lloró de sed, «pero, qué es un día», dijo Plutarco; y no hubo quien agregara más.

Todo funcionaba por decreto, con atrasos y adelantos en el tiempo, autorizados en pliegos de papel con el sello de Plutarco, una imagen a semejanza de los dioses griegos para evitar el desgaste de los dedos en cuestión que podía ocasionar la firma.

De esa forma, Plutarco aspiraba a tener alguna influencia en soles y lunas y quizás, quién sabe, eso de Rey Sol no puede ser patrimonio absoluto de ninguno de los que «declaramos y luchamos por la democracia».

Las festividades religiosas fueron activadas, agregando a cada una el día siguiente como feriado oficial para no cortar abruptamente el estado de gracia.

Plutarco iba a la cabeza de las procesiones, ayudando a portar la imagen.

Se llegó a decir -porque era aconsejable- que la imagen traspiraba a la par que Plutarco en esos   —109→   días calentados a fuego, dándole gran placer y resistencia, embutido en el chaleco, desfilando para ser visto, golpeándose con la mano libre el sitio equivocado para no causar agitaciones innecesarias a su corazón.

Algunos fieles lo tocaban al pasar como medida precautoria, «para aplacar cualquier exceso de alma seca», como decían en susurros obligados por paredes no muy seguras.

Cuando Osías Blaires llegó al pueblo, algunas cabezas dieron vuelta para observar al extraño que había aparecido como ánima, posiblemente de algún lugar tan alejado como ese.

No se presentó ante Plutarco, formando «tienda aparte», como se dice, lo que Plutarco atribuyó a «cosas de indio», restándole importancia.

Algunos grupos empezaron a oler vientos turbios, paseando la plaza sin adelantar terreno en medio de suposiciones apenas insinuadas por los más arriesgados.

Una atmósfera de enfrentamiento se dejaba sentir, acariciando deseos en remojo.

«Que la cosa sea entre toros hasta sacarse los cuernos», dijeron bocas sin nombre.

Pero el temor a lo nuevo, a lo desconocido, empezó a cundir.

«Es como la mala hierba», se escuchaba, «se la arranca de raíz o lo sepulta a uno».

Osías caminó calles, levantando un sonido ya escuchado.

Los ojos resbalaban puertas y ventanas, vestidos y pantalones, metiéndose por cualquier resquicio involuntario ante la cara muda, apagada, de Osías, sin color exacto con inclinación al cetrino, haciendo bajar las demás caras.

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Cuando llegó el momento, entró sin anunciarse al territorio de Plutarco y le entregó el aviso sin preaviso, junto con la medida sana de recortarle el sueldo a la mitad para solventar «otros gastos de administración».

Osías ostentaba una fuerza traída indudablemente de lugares y manos más importantes.

Encogido por el recorte, Plutarco leyó una declaración honrosa, con la frente en alto, el deber cumplido, la conciencia consciente y el agradecimiento de por vida en la plaza, lugar obligado de eventos afines, junto al «Monumento de Llama Eterna a los Recortados en Acción».

No hubo aplausos ni lágrimas de despedida.

Sólo un cielo amenazante e igual calor mientras Plutarco guardaba sus agallas, por tiempo indefinido, en la caja forrada de terciopelo rojo, haciendo gran esfuerzo para no cortarse.

Empequeñecido en un abrir y cerrar de miedo, Plutarco tomó el camino de regreso sin vuelta y con causa para confundirse con los de su nueva condición.

Días después, las diez familias con residencia permanente en Paso Perdido depusieron los miedos nuevos, infundados, acomodándose sin sobresaltos a los temores iguales a los de antes, en un presente sin término predecible, con cielos que continuaban encapotados y vientos del sector sur con leve posibilidad de cambio.



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ArribaAbajoTodo sera en silencio


«Te ofrezco mis antepasados,
mis muertos, mis fantasmas».



Borges                


Los acarreaban sin resistencia, porque ya se habían entregado.

Eran cuerpos con ganas de seguir siendo humanos, con almas sometidas a sorteo por demonios ambulantes, tomados de las ropas como niños temerosos de perderse para engañar al que continuaba engañando frente a esa columna de huesos caídos, de igualdad llevada a su máximo significado, de nombres ausentes por falta de uso.

Eran tantos que no valía la pena sumarlos, o la cuenta se perdía en números y más números que no cabían en libros contables. Algunos eran borrados, con esas tintas que siempre existieron, en un intento por confundir la memoria con dos números en uno, visible sólo el de encima. Fueron tantos que marcaban las presas para identificarlas como ganado, premio millonario para la muerte que esperaba a piernas abiertas, llenándose el vientre en su eterna competencia con la vida.

Quizás desde entonces Zita no puede resistir las fichas ni los números, las sumas o las restas, como si la aritmética se hubiera refugiado en un pliegue de su memoria para volverse invisible, para que no forme parte de la pieza humana, para que el recuerdo no sepulte hasta su propio nombre.

  —112→  

Zita repite y se asegura, o quiere convencerse, de que sigue siendo Zita.

La cara se le había vuelto una hoja de afeitar, los rulos, estopa de relleno de muñeca, los ojos, ríos profundos de noches sin término mientras el silencio pesaba, pasaba, iba retumbando hasta agotar la paciencia del oído y, dentro de la quietud agotadora, el trueno de música de cámara de gases accionada a un ritmo sin tiempo, sin medida o fin, sólo ritmo marcado a viva fuerza mientras las resonancias eran apagadas para que todo fuera en silencio...

Pero el silencio llegó lejos, distorsionado en cada trecho por distancias, por espacios que iban reventando a su paso, corriendo para llegar a alguna parte antes de volverse sordos, antes de estrellarse sin testigos contra algún ángulo terrestre.

Eran ruidos, o gritos, o pesadillas de gritos, o sueños inventados, o experimentos para calibrar la magnitud de los gritos, aplacarlos si eran excesivos o picanearlos para que alcanzaran el tono deseado.

Zita no recuerda en qué nivel la pusieron.

No recuerda si gritó o la empujaron a gritar cuando la abrieron de piernas, de brazos, de entrañas, para probar y seguir probando...

Sólo recuerda destellos que van y vienen formando imágenes distintas, con caras o sin ellas, porque la memoria se destroza cuando los hilos se van soltando.

Tiene noches que son más oscuras que otras y días que no los distingue de las noches.

Tiene hermanos, padres, parientes, que fueron sepultados en espacios circenses, en un espectáculo «granguiñolesco» en medio de la adoración del silencio de tantos...

No sabe qué se siente en una relación de familia porque no había alcanzado a sentirla.

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Se le caen pedazos de memoria que vuelve a juntarlos en un rompecabezas que no cuadra.

De tanto en tanto el silencio sacude lienzos que desprenden muñecos alumbrando algún nombre. Son lienzos blancos con nombres negros, identidades que fueron cambiando, caras que dicen que no son lo que se les acusa ser; y se los lleva a banquillos para ser reconocidos por ojos que no ven porque lloran, o poetas que temen ser traicionados por lágrimas intrusas, pero alcanzan a temblar la voz: «no, hay que dejar que los muertos mueran dos veces».

Zita está y no está.

Es algo que le han dejado en herencia, y las herencias no se eligen.

Se enfrenta, bajando los ojos como si la culpa estuviera equivocada. Sólo levanta la mano y señala, porque aún funcionan algunos resortes, y los resortes se enredan, se vencen, pero se los vuelve a tensar para cortar ese silencio que quieren seguir imponiendo.

Ahí están, los de este lado y los del otro, los que creen y los que nunca han creído, achacando a histerias colectivas ese empeño por resucitar silencios «que nunca existieron», según dicen.

Zita está ahí, presente de cuerpo nada más.

De pronto se evade y grita.

Queda en esa actitud y pienso si esa boca, sin posibilidad de cerrarse, no habrá servido en verdad de modelo para ese cuadro con un enorme grito detenido que aún retumba en sordina o en círculos concéntricos Progresivos hasta que queda fijo en el fondo de una garganta; y el artista lo mira, horrorizado de su propia   —114→   obra, y todos se sienten hermanados ante tamaño error. Pero, ¿dónde estás, Zita, que te resistes a esa fraternidad?

Está inmersa en sucesos detenidos en fechas pasadas como si no pudiera continuar agregando días que vive a medias, consumiendo un futuro condicionado a esas fechas que siguen explotando en su cerebro lleno de burbujas de miedo.

Toma trenes que la llevan o la traen, no está segura, porque ha perdido el sentido de la dirección y tampoco se da cuenta de que todo ha terminado; y cuando sube, queda parada en la escalera, donde ya no hay puertas que puedan cerrarse con ella y tantos miedos juntos adentro...

Hay guirnaldas de flores y cantos, y danzas que bailan calles, y gente en ellas aturdiendo sus sentidos saturados, y sirenas que se desgañitan ululando porque el silencio de tantos se ha acabado. Y ella llora, porque es su forma de expresarse; seguirá llorando hasta que pueda darse cuenta de que hay otras formas de sentir.

Zita cruzó fronteras tras fronteras.

Fue un viaje de clase única, sin mucha clase, sin documentos, sin identidad certificada, sólo recuerdo de haber sido parte de una importación de artículos suntuarios por los que no hubo que pagar impuestos, con entrada de gracia, parte de trofeos devueltos al término de una derrota, derrotada ella misma pero atajándose con uñas y dientes a un soplo de vida interno, porque había que contarlo para horadar el silencio, para silenciar bocas llenas de animales en estado primario que van extendiendo regueros de odio,   —115→   de dudas, sin entender que el cielo y el infierno también son terrestres porque el hombre los lleva adentro, y de él depende la elección.

Zita aún vive.

Está donde debe estar.

Es puro ojos en ese duelo de carne viva, aún humeante, mientras el hombre del banquillo niega y hay quienes todavía no han optado por la elección.

«Mañana», piensa, «es posible que mañana lleguen más ojos que lastimen a los del acusado y el demonio, harto de tanto trabajo infernal, asqueado por atribuciones robadas, le aseste el último golpe, rompiendo el silencio».





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