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El ciprés del Generalife

Luis de Montes y Quiñones

Pilar Vega Rodríguez (ed. lit.)

¿Cuál es el viajero que al recorrer en Granada los encantados bosques de la Alhambra y los embalsamados jardines de Generalife, no se haya detenido en el patio del estanque de esta casa de placer de los reyes moros, sorprendido al ver los robustos cipreses que bordan sus orillas, elevando hasta el cielo sus verdes copas, tan agudas como las agujas de las torres de una catedral gótica? ¿Y cuál es también el que no se dirige atraído por una fuerza indefinible hacia el segundo de los de la izquierda, y no se queda absorto contemplando aquel robusto tronco, cuya superficie está mutilada por mil partes; y cuando ha sacudido de su imaginación los recuerdos que el árbol venerable le despierta, no corta una astilla de su porosa corteza, y la conserva como una reliquia preciosa para enseñarla con orgullo en los países más remotos del mundo?

Hemos visto al célebre Washington Irving parado en frente del colosal ciprés, con los ojos clavados sobre su elevada copa, pasar horas enteras abismado en los recuerdos que le despertaba, y salir solo de su enajenamiento para acercarse con religioso respeto, y cortar una delgada astilla, que deseaba enseñar a sus amigos del nuevo mundo.

El ilustre Chateaubriand dice que cuando volvió de sus viajes a Oriente y Occidente, llevó a París dos cosas de un precio inestimable para él; una piedra del río Jordán en Judea, y un pedazo de la corteza del ciprés de Generalife en Granada.

¿Qué es lo que ha dado al mismo esta celebridad universal? ¿Qué acontecimientos pasaron a su sombra? ¿En qué historia hizo un papel interesante? He aquí lo que vamos a averiguar. —194—

I

Corrían los años de 1491. El rey moro de Granada Abó-Abdhelí1, después de su infructuoso ataque contra la plaza de Jaén y de la batalla de Riofrío, en la que había perdido el estandarte real, aunque en cambio hizo una gran presa de ganados a los cristianos; fue a pasar los calurosos días del estío a los frescos cármenes2 de Aynadamar, en las orillas del río Darro, acompañado de varios jefes de las turbulentas tribus de los zegríes3 y gomeles4.

Acabando una tarde de comer, suscitóse la conversación sobre la última batalla, y el monarca granadino no pudo menos de confesar que sin el valor y esfuerzo de los caballeros abencerrajes y gazules, hubieran sido completamente derrotados por el obispo D. Gonzalo, caudillo de los cristianos5; cuando levantándose de repente un caballero zegrí, y dirigiéndose al rey, le dijo:

-No son tan valientes como los caballeros de Jaén, pues han sido rechazados por estos.

-Y a no mediar ellos y sus tribus adictas, ¿hubiéramos escapado ninguno de la derrota de Riofrío? -contestó el rey.

-Hacen bien en ser valientes -añadió un gomel-; pues son traidores y desleales.

-Imposible -exclamó Abó-Abdheli-: los abencerrajes son tan leales como valientes.

-¡Por vida de Alá, señor!, que estáis ciego: ¿y no conocéis que esa orgullosa tribu anda haciendo mil favores a los cristianos, ya con libertar a los que hace prisioneros, ya con aliviar la suerte de los cautivos, en desprecio de vuestras órdenes, tanto para mostrar al pueblo que vos no la imponéis respeto, cuanto para hacerse partidarios en la corte del rey castellano, y tener allí amigos que les acojan en un día de desgracia?

-¿Y no reparáis -añadió Mahomat-Zegrí- el fastuoso porte e insultante lujo de que hacen gala en tiempo de tanta calamidad?

-Desengañaos, señor -repuso otro gomel-: los abencerrajes son traidores; tiempo es ya de arrancar la venda que os impide ver su escandalosa conducta. No contentos con haber esclavizado al pueblo, no contentos con igualarse a nuestras reales tribus invadiendo los altos destinos del reino, han atacado a V. A. en lo más vivo de su honor.

-¿Qué queréis decir? -contestó el rey poniéndose pálido.

-Queremos decir, que su caudillo Albin-Hamad ha seducido a la reina Moraima, y que ambos os hacen traición6.

-¡Infamia! -gritó Abó-Abdheli, empuñando con trémula mano su gumía-. ¡Pruebas! ¡pruebas al instante! ¡Ay de sus cabezas si esto es cierto! ¡Ay de las vuestras si me engañaseis!

-¿Recordáis, señor, las zambras que en Generalife dispusisteis para celebrar las bodas de la hermosa Haxa y del valiente Reduan?7 -dijo el zegrí Mahomet-; —195— pues en aquella noche salí del salón de baile a respirar el perfume de las flores y jardines, y al pasar por una calle de arrayanes junto al estanque, con mis sobrinos Mahamat y Alamut, y con Mahandin gomel, oímos al pie de un ciprés un ligero murmullo: no pudimos ver los que lo producían, pues les ocultaban unos espesos rosales que hay al pie; mas separándonos con cautela y escondiéndonos detrás de otros, vimos salir a poco una mujer con el velo echado, a quien conocí al pasar junto a mí, pues la iluminaba un rayo de luna: era la sultana Moraima... Aguardad, señor -prosiguió Mahomet-; detrás la seguía el traidor Albin-Hamad, el que cogiendo rosas blancas y encarnadas, la hizo una guirnalda y se la colocó en la cabeza, diciendo: «¡Oh! ¡cuán hermosa estás, amada mía, con esta corona de flores!». —«La prefiero -contestó ella-, a la de oro con que ha ceñido mis sienes ¡el imbécil Abo-Abdheli!».

-¡Callad! -gritó con voz de trueno el desgraciado monarca-: ¡muerte, muerte a la infiel! ¡Exterminio a esa infame raza! Juro por el Profeta que he de hacer rodar sus cabezas, y que sus impuros cuerpos reducidos a cenizas, se esparcirán por el aire para escarmiento de traidores y aleves. ¡Al Generalife! -prosiguió-, ¡al Generalife!

II

Hallábase una mañana el ejército castellano formado en los campos de Talavera de la Reina, pasándole revista los reyes D. Fernando V8 y Dña. Isabel para disponerse a marchar muy en breve a la vega de Granada, a fin de poner cerco a esta ciudad, única que aún poseían los moros; y los diferentes capitanes andaban al frente de sus aguerridos tercios9 estimulándolos con la esperanza de un seguro vencimiento y de un riquísimo botín, cuando apareció en los cuarteles de D. Juan Chacón, señor de Cartagena10, uno de los más famosos caballeros del ejército, un corredor que venía de tierra de moros, el cual conducido a su presencia, le entregó una carta sellada con armas reales.

Importante noticia debía de contener esta, pues se vio al jefe contraer los labios y arrugar la frente, señal de una vivísima agitación, y apenas concluyó de leerla, llamó a su escudero Ferrán y le dijo: «Avisa al alcaide de los Donceles, a D. Alonso de Aguilar y a D. Manuel Ponce de León11, y diles que me hagan el favor de venir al punto».

Pocos momentos habían pasado, cuando aparecieron los tres esforzados guerreros, y se acercaron a D. Juan Chacón, quien les dijo: «A mi tienda, señores, pues tengo que comunicaros nuevas de la mayor importancia».

Siguiéronle en efecto, y apenas tomaron asiento, sacó D. Juan del limosnero una carta, la que desplegó y presentó al alcaide, quien la leyó en esta forma:

«La infeliz y desgraciada sultana reina de Granada, hija del ilustre Morayzel; a vos D. Juan Chacón, señor de Cartagena: salud.

La noticia que hasta aquí llega de vuestro valor y de vuestras virtudes, —196— han impulsado a una reina desgraciada, ultrajada en lo más vivo de su honor, a acudir a vuestro amparo y generosidad. Sabed, ilustre caballero que irritados los jefes de las tribus zegríes, gazules12 y mazas de la preferencia que tanto yo como toda la corte hacíamos de los de la tribu de abencerrajes, en razón a sus virtudes y valentía, han llegado a persuadir al rey de que aquellos son traidores, y que... ¡oh colmo de iniquidad!... yo daba acogida a las amorosas palabras de uno de ellos, violando con ajeno varón el tálamo de mi real esposo.

El rey, en el primer ímpetu de su cólera, mandó llamar a todos los caballeros de su tribu bajo un falso pretexto, al real alcázar, y conforme iban entrando, los degollaban de su orden y a su presencia, en el salón inmediato al patio de los Leones. Treinta y seis han perecido de esta suerte, y la raza hubiera sido completamente exterminada, si el pajecillo de uno de ellos no hubiese visto la triste suerte que a los demás estaba reservada, y no les hubiera avisado. Con semejante noticia armaron a sus parciales, y atacaron la Alhambra; estando la ciudad muy a pique de convertirse en una espantosa carnicería, que afortunadamente pudo evitarse, mas no, que toda la cólera del rey cayese sobre la desdichada que os implora.

El rey mi señor, de acuerdo con sus pérfidos consejeros, ha dispuesto que dentro quince días se celebre juicio de Dios en el palenque13 que se formará en la plaza de Bibarrambla, donde serán mantenedores14 los cuatro zegríes que me han acusado, y moriré en una hoguera si no presento campeones que defiendan mi inocencia.

Esta es mi triste situación, ilustre D. Juan: a vos acudo persuadida de que no desoiréis las plegarias de una dama; a vos acudo, pues tengo más seguridad en los caballeros cristianos, que en ningunos otros, por su indomable valor y galantería. Acorredme en tan lamentable cuita, vos y aquellos amigos a quienes juzgareis oportuno dar noticia de ella para que os acompañen, seguros de que haréis una acción cristiana socorriendo a la inocencia calumniada, y os granjearéis la voluntad y el agradecimiento de la desventurada reina de Granada.- Moraima».


-¿Quién vacilaría en socorrerla? -dijo D. Manuel Ponce de León-: vamos a Granada al punto, y cuando haya sepultado mi tizona15 en el pecho de uno de sus calumniadores, le obligaré a que preconice16 su inocencia. ¡Cuenta conmigo!

-Y conmigo -dijo D. Alfonso de Aguilar-; pues no puedo creer tan fea acción en tan noble mujer.

-Y conmigo -añadió el alcaide de los Donceles-; que, aunque mora, es una reina afligida por tan vil ultraje, y es propio de nobles caballeros deshacer el agravio donde quiera que lo encuentren.

- ¡Gracias, amigos míos, gracias! -contestó D. Juan Chacón-: no esperaba menos de vuestro valor y amistad. —197—

-Una duda me ocurre -repuso Aguilar-, y es que no podemos ir sin licencia del rey.

-Basta ya de hablar -exclamó el esforzado Ponce de León-; dispongamos luego las armaduras, y al anochecer saldremos de Talavera sobre nuestros caballos de batalla. Mediante el auxilio de la Virgen Santísima venceremos a los calumniadores, y proclamaremos la inocencia de la afligida Moraima.

-Pienso -contestó el prudente alcaide-, que será mejor disfrazarnos de turcos, a fin de no ser conocidos en Granada ni de los esclavos cristianos, ni de los guerreros moros, que más de una vez nos vieron el rostro en medio de las batallas, y sintieron la punta de nuestras espadas en sus flancos.

-Disfracémonos -contestó Chacón-, y Santiago nos ayude en tan arriesgada empresa.

-¡Hasta mañana, señores! -les dijo el alcaide.

-¡Hasta mañana! -contestaron los tres esforzados adalides del ejército Fernando V.

III

Inmenso gentío coronaba las ventanas, miradores y azoteas de la anchurosa plaza de Bibarrambla, una mañana del mes de julio, e inmensa era la concurrencia que asomaba por las calles a ella anejas, venida de la vega, de la sierra y de todo el reino, a ver el juicio de la reina, expirado ya el plazo que los jueces la dieron para su defensa. Guardaban las entradas, conteniendo las turbulentas oleadas del pueblo que pugnaba por penetrar en el recinto, fuertes destacamentos de zegríes, gomeles y mazas, que a duras penas podían conservar el orden. En uno de los frentes de la plaza había un altísimo tablado, sobre el cual se alzaba un estrado cubierto de paños negros y bastos, donde debía permanecer la reina, que en otro de brocados de seda y oro presidiera las cañas y justas mantenidas en su honor poco tiempo hacía; a un lado del tablado había un segundo estrado para los jueces, y al extremo de la plaza, una hoguera encendida, en la que habían de quemar a la infortunada Moraima, si aquel día no se presentaban sus caballeros para combatir en el palenque sito al pie del tablado, contra los cuatro mantenedores de la acusación.

Grande efervescencia había reinado aquella mañana entre las tribus de los almoradíes17, almohades18, aldoradines, gazules, venegas, alabeces19 y marines, habiendo proyectado arrancar a la reina a viva fuerza de manos de sus verdugos y dar de puñaladas al rey, embistiendo en seguida con sus rivales los zegríes y sus parciales; pero contenidos por Muza hermano de Abó-Abdheli20, se sosegaron por no empeorar la situación de la ciudad, demasiado dividida a causa de sus querellas interiores; presentáronse sin embargo con fuertes armas debajo de sus marlotas21 de luto, resueltos a romper aquel día con sus enemigos, y cambiar de monarca al par que satisfacer rencores antiguos y mal apagados.

Serían las ocho de la mañana, cuando entró en la plaza la litera donde venían la reina y su esclava Esperanza de Hita22, la misma que le había impelido a pedir —198— el auxilio de los caballeros cristianos. A su aspecto, rompieron en hondos sollozos y en amargas lágrimas todos los espectadores, al par que maldecían la crueldad del rey y las intrigas de los zegríes. Todos los ilustres jefes de las tribus amigas de los abencerrajes, colocáronse al rededor del tablado, al que subió la reina con su esclava; en tanto que Muza, un azarque23, y un almoradí nombrados jueces del campo por Abó-Abdhelí, ocupaban sus respectivos sitios.

A pocos momentos se oyeron sonar las trompetas, y aparecieron los cuatro acusadores de la reina, armados de punta en blanco, cabalgando poderosos caballos de batalla: sobre las armas llevaban marlotas moradas, y del mismo color los pendoncillos24 y plumeros25. En las adargas26 llevaban unos alfanjes27 teñidos en sangre, con esta letra: Por la verdad la derrama. Adelantáronse acompañados de sus parciales los zegríes, gomeles y mazas, y penetrando en el palenque al son de añafiles28 y atambores29, colocáronse a la izquierda del tablado, y delante de él Mahomet-Zegrí, Hamete-Zegrí, Mahomad-Gomel y Mabandin, mantenedores de la acusación.

Volaban las horas con indecible rapidez, y el sol había llegado al medio de su carrera sin que se presentasen defensores de la reina: el pueblo empezaba a agitarse, y los parciales de aquella, trataban de acometer a las tribus contrarias y trabar una reñida pelea para saciar su sed de venganza; pero conteníanse al ver a Moraima serena, y con la vista fija sucesivamente en el cielo y en el camino de la vega. Ya eran las dos de la tarde, y nadie parecía: entonces Malique-Alabez30, Aldoradin y otros dos caballeros, se acercaron al tablado, y pidieron a la reina con vivas instancias que los nombrase sus defensores.

-Agradezco en el alma vuestra generosa oferta -les contestó-; pero esperemos otras dos horas, y si no vienen los caballeros que tengo prevenidos, os aceptaré con reconocimiento.

Retiráronse; mas no había pasado media hora, cuando por la puerta de la Vega se oyó un gran ruido, y viose aparecer a pocos instantes cuatro caballeros vestidos a la turca, montados en poderosos bridones.

Llevaban marlotas azules con guarniciones de plata y oro; los albornoces31 eran de seda azul, y los turbantes también listados de oro y azul: sobre el bonete llevaban una media luna, y desprendíanse de ella plumas azules, verdes y rojas: los pendoncillos eran igualmente azules, bordadas en ellos las armas de sus escudos, siendo las del primero un lobo en campo verde en acción de despedazar a un moro, con esta letra: Por su mal se devora; las del segundo, un león rampante en campo blanco; las del tercero, un águila dorada en campo rojo, con las alas abiertas subiendo al cielo y llevando entre las garras una cabeza de moro chorreando sangre; y las del cuarto, un estoque con filos tintos de sangre, sobre campo blanco, en cuya punta había clavada la cabeza de un moro.

Bella era por cierto la apostura de los bizarros caballeros, y bien manifestaban por el modo con que regían sus corceles, ser muy diestros en todos los ejercicios de caballería. Llegados que fueron al pie del tablado, demandó el —199— primero licencia para hablar, y obtenida, dijo en arábigo, dirigiéndose a la reina:

-Señora, nosotros somos cuatro caballeros turcos que arribamos a España con intento de escaramuzar con los caballeros cristianos; pero habiendo sabido al atravesar la vega de Granada el conflicto en que os halláis, venimos presurosos a ofreceros nuestros brazos y nuestras vidas; y si permitís que batallemos en vuestro nombre, juramos pelear hasta que los calumniadores proclamen vuestra inocencia.

-¡Acepto! -contestó la reina, al ver una señal que la hizo su esclava Esperanza de Hita.

Haciéndole entonces una profunda reverencia, picaron sus caballos y penetraron en el palenque, con admiración de todos los circunstantes.

Llegados en frente de los mantenedores, encaróse con ellos el turco del estoque en campo blanco, y les dijo:

-¿Por qué tan sin razón acusasteis a esa noble señora?

-Por haberla visto cometer adulterio -contestó Mahomet-Zegrí-, debajo de un ciprés de Generalife.

-¡Miente como un villano quien tal dice! -contestó el turco; y blandiendo la lanza con suma presteza, dióle tal golpe con el cuento de ella, que le lastimó el brazo. Irritado el zegrí, arremetió para vengarse, lo que visto por los jueces, dieron la señal a los trompeteros, y los seis restantes trabaron una reñida escaramuza.

Al-Hamete cayó en suerte al caballero del león rampante, Mahandin al del lobo, y Mahomad-Gomel al del águila.

Pocos minutos después, volaban las lanzas en astillas y los plumeros a pedazos. Eran en verdad valientes los moros, pero habíanselas con quienes vencieran más de una vez a otros más bravos que ellos; así que menudeaban sus furibundos golpes con tanta rapidez, que no les valía a los zegríes ni su destreza en las armas, ni la velocidad de sus caballos: sin embargo, Mahomad logró herir en el muslo al caballero del águila, el cual encendido en cólera, cayó sobre él con la espada levantada, y sacudiéndole un fiero mandoble, le abrió la cabeza en dos pedazos. Al verle a sus pies, marchóse con mucho sosiego debajo del tablado, recostándose sobre el arzón para ver el fin de la pelea.

Un aplauso universal resonó en la inmensa plaza, y tornaron los colores de la alegría y de la esperanza a las mejillas de la reina.

No andaban tan aventajados los otros caballeros; pero excitados por la sangre que se vertía de sus anchas heridas, y por el triunfo de su compañero, cayeron a su vez con tanta furia sobre sus adversarios, que en poco tiempo les hicieron vomitar el alma en medio de un torrente de negra sangre. Mahomet-Zegrí era quien todavía se resistía; pero acometido por el caballero del estoque, cayó a sus pies con una herida mortal; e instado por éste para que confesase la verdad, dijo con voz débil en presencia de los jueces del campo: «Es falsa la acusación que levantamos contra la pura e inocente reina, habiéndolo hecho para —200— vengarnos de la preferencia que daba a los abencerrajes; y también estos son inocentes de los crímenes que se les han imputado».

Mil vivas y algazaras32 resonaron en la plaza, y acudiendo los caballeros moros a los vencedores, condujéronlos a los pies de la inocente Moraima, la que derramó lágrimas de alegría, y al alzarse las viseras, le dijo su esclava Esperanza:

-Ahí tenéis a D. Juan Chacón, señora mía.

-El que acompañado de los esforzados caballeros D. Manuel Ponce de León, duque de Arcos, D. Alfonso de Aguilar y D. Diego Fernández de Córdoba, alcaide de los Donceles, ha acudido a vuestro llamamiento haciendo triunfar vuestra inocencia -respondió el señor de Cartagena.

-¡Gracias, esforzados caballeros, gracias! No en vano confiaba en vuestro valor y generosidad. Creed, guerreros ilustres, que mi agradecimiento no tiene límites, y que quisiera mostrároslo de alguna manera.

-Dadnos a besar vuestra real mano y estaremos suficientemente pagados -contestó D. Juan; e hincando la rodilla en tierra, se la besaron.

En seguida montaron a caballo, y a pesar de las súplicas de la reina, de Muza y de los jefes de las tribus amigas, partieron a escape hacia la puerta de la Vega, dejando al inmenso pueblo atónito y admirado de su valor y generosidad.

Un año después, cuando se entregó la ciudad a los muy altos y poderosos reyes de Castilla y León D. Fernando y Doña Isabel, la reina Moraima abjuró su creencia, y adoptó la religión cristiana, siendo su madrina la reina católica. Tomó el nombre de doña Clara de Granada, y retiróse al convento de santa Isabel la Real en el Albaicín, fundado por la reina castellana, donde a poco tiempo murió.

Solo el ciprés del Generalife ha sobrevivido, como melancólico recuerdo de tan peregrina historia.

Luis de Montes33.

FUENTE

Montes y Quiñones, Luis de, «El ciprés del Generalife», La Alhambra: Relatos de Granada. Recuerdos de Andalucía. Colección de artículos escogidos de la publicación de igual nombre, que a cargo del Liceo artístico-literario de aquella ciudad, redactaban sus mejores literatos, Ramírez y Rialp, 1863, pp. 193-200.

Edición: Pilar Vega Rodríguez.