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El crisol [Fragmento]

Fernando Santiván





El espíritu ingenuo de Bernabé no supo defenderse de la invasora seducción. La recibió de frente, con la honradez de su naturaleza recta, sin diplomacias de sabia galantería. Nada temía ni tampoco esperaba nada. Nunca se le había ocurrido pensar en la posibilidad de un matrimonio: y si alguien se lo hubiera insinuado siquiera, seguramente se habría echado a reír. Sólo sabía que la quería con la violencia de su temperamento primitivo, y se entregaba a su adoración con el amoroso desinterés de un creyente que se arrodillaba ante la Virgen. Era Adriana para él un ser intangible, colocado en el mundo como símbolo de pureza, de inteligencia y de bondad. Nada más. ¡Y de pronto, un hombre, un desconocido, la tomaba, la guardaba para sí, descendíala de su blanco pedestal hasta la oscura materialidad de un tálamo! Su razón le decía que era justo que Adriana ocupara su puesto en el mundo, que perteneciera a un hombre de su clase y formara su hogar. ¿Pero por qué eligió a ese Atilano Becerra y no a otro? A Bernabé no le era posible concebir la gracia fina de Adriana junto al solemne y teatral ex ministro. ¿Cómo armonizar el talento adorable de la artista y la monótona prosopopeya del tonto grave? Tales pensamientos lo torturaron durante la semana. Sin embargo, sosteníalo una esperanza. Quería interrogar a la joven. Por que Adriana se limitó a anunciarle simplemente la noticia del noviazgo, y en el tono confidencial con que lo hizo no había alegría ni satisfacción, sino, apenas, la atolondrada complacencia de quien piensa comunicar a un confidente cualquier asunto curioso y digno de comentario.





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