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El destino, el barro y la coneja

Luis Hernáez



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«...obra mala de la mala arcilla, mi semejante y mi hermano.»

José Mª Eça de Queiroz, «El Mandarín»                








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ArribaAbajoTarea de Redacción

Tema: Narración Breve


Alumno: Fermín Pereira

Grado: 5º «A»

Desarrollo:

Una vez había un señor hacendado que vivía muy feliz con su familia y su hacienda y se llamaba Gerardo. Todos le decían don Gerardo porque era un señor muy importante y tenía mucho dinero y quería mucho a su familia.

Una vez vino un peón porque don Gerardo tenía muchos peones en su estancia y le dijo para que le preste un poco de dinero porque su hijo estaba enfermo, este peón se llamaba Fernando. Entonces don Gerardo se enojó porque el peón vino a molestarle y lo echó a Fernando y él mientras se iba de la estancia caminando dijo no importa, alguna vez ha de necesitar de mí.

Otra vez estaba Fernando pescando para dar de comer a su familia y vino el hijo de don Gerardo que se quería bañar. Ese chico no sabía nadar bien y casi se ahogó y entonces pidió socorro. Y entonces Fernando sin pensarlo dos veces así vestido se tiró al agua y lo salvó.

Cuando lo llevó al hijo de don Gerardo a la estancia, don Gerardo lloró de alegría cuando lo vio a su hijo vivo y quiso darle a Fernando cualquier cosa y Fernando no quiso y le dijo esto es para enseñarle que en la vida no tenemos que portarnos mal con la gente y tenemos que saber perdonar porque si yo no le perdonaba su hijo se iba a morir.

FIN

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Me levanté del camastro a duras penas, vencido a medias por la modorra pero empujado por el ansia de algo distinto, algo que paliara el tedio de los días de encierro, lluvia y lluvia, día y noche y el agua rodeando el campamento aislándonos, inmovilizándonos, diluyéndonos en la sucesión de días y noches sin nada más que hacer que comer lo poco que quedaba y dormir, porque ni siquiera hablar queríamos, agotados los temas, repetidos hasta el cansancio los comentarios de si ya escampa, de que sigue, de que no.

La cortina gris del día, de noche se hacía rosada desdibujando todo lo exterior en una imprecisión molesta y agobiante. Nunca antes me había detenido a pensar cuán llamativa puede ser la forma de una vieja falleba de puntas retorcidas o las vetas de una tabla que se pierden sin remedio en un corte y a veces, en rara coincidencia, se reencuentran en otras de otra tabla y continúan y así.

Estábamos cercados y aburridos, éramos como una isla vacilante en medio de un mar impreciso. Todo a nuestro alrededor, el ambiente, los árboles, la pieza misma, adquirían semblanzas dispares de tanto mirarlo y volverlo a mirar sumergidos en el tedio de los días iguales, era ya largo nuestro encierro, incluso nuestros cuerpos, me avergoncé, comenzaban a apestar porque tres días sin baño ni lavado son muchos días con la humedad, el frío y el aburrimiento.

La figura de Roberto se recortaba contra la cortina de lluvia finita de afuera, con las manos en los bolsillos recostado contra el marco, apoyado en un pie, la otra pierna floja, indolente, casi enlazada. Sintió que me levantaba, no se dio vuelta ni me miró pero sintió que me levantaba porque comenzó   —10→   a hablar, o sea, primero se rió un poco, escupió afuera haciendo un sonido sordo y habló.

-Por fin la agarré a Marina, el sábado.

Tomé la poca agua que quedaba en el termo azul y eructé. Sentí un gusto ácido a yuyo fermentado, a moho, a lodo me pareció. Saqué la boquilla del termo y puse el agujero bajo un chorrito que caía de las chapas.

-Detrás de lo de don Mareco -volvió a escupir- la recosté contra el tejido del gallinero, y allí nomás.

Yo estaba en cuclillas mientras mi termo se llenaba. Cerca de mis ojos estaban sus pies saliéndole de las zapatillas de goma los dedos romos y endurecidos, curtidos en frío y tierra, con pelos negros y gruesos, casi como de chancho, casi como las crenchas con las puntas por poco doradas, requemadas por el sol, de su cabeza. Sentí como una nube frente a mis ojos y un zumbido sordo en los oídos y luché para que no me temblaran las manos.

-Todos la agarran a Marina.

Mi termo estaba casi lleno y el chorrito chisporroteó en el charco cuando me incorporé. Tomé un poco y sentí el agua de lluvia liviana, como inflada.

Me acosté reencontrando en la espalda el calor aún no diluido en el mismo hueco del colchón apelotonado, mis pies encerrados en los zapatos cargados de barro reseco en la misma cúspide sobresaliente exagerada por la excesiva curvatura del elástico.

Toqué el cartoncito arrugado en el bolsillo de mi camisa y recordé cuando hacía un momento los había contado: cinco cigarrillos, no más. Tenía una caja entera en el fondo de mi bolso y miré de reojo la última caja de Roberto sobre su almohada, a mi no me gustan los de él, pero a él sí los míos.

Sé que tuvo que escucharme porque no había por qué no y el no contestarme es su forma de respuesta, nunca podré acostumbrarme, jamás podré entender a esta gente.

Son pocos cinco, pensé. Aún cuando ahora acabara de llover no podríamos salir hasta mañana de tarde, y no va a acabar de llover, por lo que se ve. Uno a las cinco, otro a las siete, después de cenar y a las diez, comenzaría mañana con   —11→   uno además de la caja entera, son pocos.

-No todos.

Lo dijo. Al final, lo dijo (y siento la sangre agolparse detrás de mis oídos).

Se sentó en su cama y encendió un cigarrillo de los suyos, casi me dolió el humo, pero ni siquiera comenzando a las cinco tendría suficiente. Sé lo que quiso decir al decir: no todos, así como sé que me ve aunque no me esté mirando. A través de la perspectiva de mi pecho y antes de las piernas entreabiertas me doy cuenta por el bulto que se insinúa de que, aún sin quererlo, me estoy imaginando el tejido del gallinero en la noche del sábado con viento arremolinándose y en el fondo, a un costado y vistas de reojo por sobre el hombro, las rendijas de luz en el cuadro de la ventana, me siento el color en mi cara y me doy vuelta y me pongo de costado para que no lo note.

Está Marina en el tejido conmigo, conmigo, o con Roberto, lástima, es así (y siento un golpe de sangre en el estómago), y yo entre las gallinas, respirando las plumas y las pelusas de las gallinas, viendo cimbrarse el tejido por el peso de las nalgas de Marina, por el peso de los empujones de Roberto.

No, yo empujaba (¿por qué no puede ser así?) pero en una pieza con una ventana profunda, mucho cielo y algo de viento, las sábanas enrojecidas por el polvo que no se limpia en los arroyos aunque las golpeen mucho, o que se adhiere no sólo de los cuerpos sino, incluso, cuando están secándose al sol en las alambradas. No todos, es cierto lo que dijo. Yo no, por ejemplo, y por eso lo dijo, hijo de puta. Sentí la necesidad de herirlo de alguna forma.

-Te vas a quedar sin cigarrillos.

-Vos tenés más.

Pasa lo mismo que cuando sentimos las necesidades de hacer. Yo espero temeroso la noche, a que él duerma, tenso y avergonzado, tratando de no hacer ningún ruido, o al día siguiente, o al otro, mi vientre hinchado, molestia general en todo el cuerpo, la piel erizándose periódicamente y las sienes martillando, preferible a que me vea bajarme el pantalón y sentarme (¡mi Dios!, no puedo ni siquiera imaginarme). Él, sin   —12→   embargo, con el pantalón debajo de las rodillas saca medio cuerpo afuera colgado del marco y ni siquiera se moja los pies y soy yo el que siente vergüenza porque no sé hacia dónde mirar o qué hacer para que todo parezca tan natural como para él. No te los voy a dar, le digo, no, no le digo (no me animo). Y entonces arremeto:

-Cualquiera la puede agarrar, si quiere.

-Seguro, cualquiera.

Noto que se burla.

-Ella se mete siempre con todo el mundo, está siempre a la espera del que le ofrece más, antes era diferente, pero ahora se mete con cualquiera.

-Seguro.

La sangre subiendo a mi cabeza no me deja respirar, podría matarlo ahora mismo, abandonaría su cuerpo lleno de sangre o estrangulado en la pieza en penumbras y me iría chapoteando en el barro, el agua hasta la cintura, víboras presentidas en cada recoveco de los troncos, arañas de agua saltando alrededor mío y encima las nubes espesas chorreando, mis hombros comenzando a temblar bajo las ropas hechas un cartón mojado, mis pantalones apretados a mis piernas, ¿y el otro?, se preguntarán, tiene que haber sido él, el cuerpo ya está hinchado, habrá huido antes de que dejara de llover, pero sin embargo nadie sabe que estamos aquí los dos, podría haber estado él solo, o nosotros dos, o los cuatro, o más, nadie sabe.

-¿Y qué te dijo después?

Me pregunto por qué a veces mis palabras traicionan mis pensamientos, como si otro las dijera, como si fuera empujado por una fuerza extraña que me usa. No hubiera querido preguntar eso, darle el gusto de saber que me interesa, hubiera querido algún tipo de venganza porque sé que se está burlando.

Me pareció que brillaron sus ojos, pero me pareció nomás, cualquiera sabe que los ojos de las personas no brillan. Yo no la hubiera arrimado contra el tejido, no la hubiera forzado, a estirones, violentamente... las piernas me tiemblan (no puedo dominar mis pensamientos, van más rápidos que yo) los músculos de la barriga tensos, casi acalambrados, (¿qué necesidad hay de todos estos dolores si hubiera tenido que ser   —13→   todo gusto?), con un brazo tratando de inmovilizar los suyos entre nuestros pechos apretando su espalda, mi cabeza empujando la suya, mis labios buscando su boca, la otra mano recorriendo su costado, mis dedos lastimados con el alambre bajo sus nalgas. Roberto se levantó y fue hasta la puerta y tiró afuera la colilla.

-No va a pasar hasta mañana.

Maldito hijo de puta, pensé, maldito hijo de puta, gozás cuando te lo pregunto.

Y de repente, como un sobresalto me golpea el recuerdo de aquella tarde, hace mucho tiempo, con aquella chica de la avenida de las ovenias en el pueblo dormido en la parada de los colectivos. O en la otra parte, o en la otra, porque siempre me pasa igual. Y en el colectivo, después, la agarré contra el respaldo del asiento del chofer, pero ella no estaba y yo realmente no lo hacía.

Levantó la ollita del improvisado soporte de cascotes alrededor de las brasas en un costado de la pieza. Comimos el arroz pastoso y humeante, yo no había fumado el de las siete entonces no fumando el de las diez comenzaría mañana con tres y la caja entera y no con uno y ahora podría fumar el de después de la cena. Roberto engullía las bolas de pasta y de vez en cuando con la manga se secaba los labios engrasados, parecía un animal, los músculos de los labios apretados brillando de grasa.

-Y después, Roberto, ¿qué te dijo después...?

Siento en la oreja la cosquilla de su jadeo (quizás podría pensar mejor si dominara mi imaginación pero no puedo) vencida ya toda resistencia, cimbrado al máximo el alambre, aquietadas un instante las sombras de la noche, el viento detenido vacilante en precario equilibrio sobre las hojas, que no se me manche el pantalón, carajo, y quién, al final de cuentas, lo va a notar a la luz amarillenta del farol a través de los vasos de cerveza. No hubiera querido que fuera así, Marina, hubiera querido amarte bien, quiero demostrarte que te amo, ¿por qué puede nadie burlarse de vos, por qué por protegerme y defender mi orgullo tengo que ensuciarte, ¿quién soy yo para decir que te metés con cualquiera?

  —14→  

Nunca más volví al pueblo dormido ni volvía ver a la chica de la avenida de las ovenias, nunca más. Y sin embargo quedó en mi memoria con empecinamiento inútil, cuántas veces quise revivir lo pasado para corregirlo, cómo pienso siempre después que tomé caminos equivocados antes. Y entonces siento como una opresión en el pecho y pienso: qué estoy haciendo como aquí, qué estoy haciendo aquí, esto no es para mí, quiénes son ellos, no los entiendo, no me quieren.

No puedo comer toda la pasta pegajosa de mi plato de latón. Roberto terminó de orinar desde la puerta y se dio vuelta.

-Dame un cigarrillo.

Es el que hubiera ahorrado a las diez pero no se lo niego porque quiero saber lo que puede contarme si quiere. Y pienso: qué parecidas son siempre las cosas, cómo siempre encuentro razones para callarme cuando sé demasiado bien que debería hablar. ¿Y no es acaso por eso que huí del pueblo dormido, cuando no me animé a decirle que sólo quería agarrarla y ella quería venir conmigo? Pero a lo mejor no quería, a lo mejor, eso es. Ella no tuvo la culpa, y Roberto tampoco, ellos sólo se aprovechan de mí.

Cuando Roberto salió del almacén después de dejar su vaso casi lleno en la mesa y se borró de la mancha amarillenta de la luz del farol, busqué con mis ojos a Marina detrás del mostrador y no la encontré, quise taladrar con mis ojos la ventana cerrada que daba al patio buscándola y pude presentirlo todo aunque no había nada, o quizás precisamente por eso, y la cerveza me pareció más amarga y don Mareco me pareció más sucio y ladino y Marina me pareció una puta redomada, y eso que yo todavía no estaba seguro de que se había ido para estar con Roberto. Recién ahora, encerrados por la lluvia, cercados, sucios y malolientes por la lluvia y el frío, por el aburrimiento, pude saber lo que ya sabía que era cierto en cada temblor de mis tripas cuando lo recordaba, lo que supe que era cierto cuando vi que Marina no estaba detrás del mostrador cuando Roberto salió sin decir nada, cuando la noche del sábado comenzaba a nublarse.

Después mientras se sentaba tomó el vaso con la espuma reseca pegoteada casi hasta el borde y derramó el resto de   —15→   cerveza al costado, en el piso de ladrillos.

-¿Cómo podés tomar esta mierda?, parece meada de burro, carajo; don Mareco, una bien helada, vamos a chupar, carajo.

Parecía feliz, ya hubiera tenido que convencerme, pero hacía lo posible por no creerlo. Me fui enseguida porque el camino hasta el campamento era largo y la noche se estaba poniendo mala, arremolinándose el polvo con las ráfagas desordenadas, silbando de tanto en tanto los alambres de las cercas, y porque ya no quería estar con él.

Miro la piel casi marrón casi amarilla del cuello de Roberto y la carne redondeada que se adivina en su pecho a través de la abertura de su camisa y me comparo: qué pudo encontrar Marina allí, pero eso no es nada, pienso, siento a través de nuestros platos su olor que no es a sudor, ni a leña, ni a sebo, o es quizás a todos juntos y me comparo: no sé qué pudo encontrar Marina allí, pero eso no es importante, por lo visto.

-Y... después nos reímos, nos reímos mucho los dos sin hacer ruido, claro... Es que casi soltamos el tejido.

Ahora lo miro acostado en su cama, la mano con los dedos gruesos y ásperos entrecerrados descansando sobre el pecho que sube y baja en la respiración profunda, la cabeza ladeada, un mechón de las crenchas oscilando sobre una oreja, los muslos apretados en el pantalón, los pies descalzos, redondos, gruesos, despide vida, eso es, aún dormido despide vida.

-¡Qué bárbaro...! ¿cuánto le tuviste que dar?

Cuando la vi recostada contra el troncón semilustrado por el roce de las manos del portoncito, las manos en los bolsillos del sacón azul de lana desteñida, casi rojiza en los hombros, casi blanca en los puños, aunque en ese momento no lo pude ver sino antes, tantas veces, los dos pies muy juntos, la cabeza adelantada hacia la calle, inclinada de costado mirando a lo lejos, me sintió llegar seguramente y lo hizo por eso, hacia el final de la calle donde no se veía nada sino de vez en cuando encima, en el cielo, el rosado resplandor de un relámpago.

-No me pidió nada.

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Roberto tiró la colilla del cigarrillo, del mío que le di y se levantó. Parado en la puerta sacó el brazo un momento y se volvió, en su mano brillando unas gotitas finas que secó contra el pantalón. Dice que no le pidió nada, pienso, y esa idea comienza a martillarme.

-Chau, Marina.

-E'a, chau... y cómo ya te vas, tan temprano.

Y a medida que lo pienso cada vez me es más difícil convencerme de lo contrario porque me pareció feliz, o sea, no era precisamente eso, era como una cierta indiferencia, como si lo que hubiera hecho hubiera sido tan aceptado, tan grato y ahora pienso, pero no, no puede ser, tan sin importancia. Pero debía ser por algo, debía tener alguna finalidad.

-No te creo; no puede ser que no te haya pedido nada.

Y ahora duerme, sumergido en las ondas profundas de las sombras, relajados sus músculos, silbando levemente el torbellino entre sus dientes, los labios entreabiertos, las poderosas fosas de su nariz aspirando todo el aire del mundo para satisfacer las ansias y las necesidades de su fuego (sangre de fuego, pensé, sangre de fuego y carne caliente y viva). No le gustó que le dijera que no le creía y entonces me miró como desde otra parte y a alguien como a quien no vale la pena tratar de convencer y se comenzó a reír mientras con sus dedos rodeaba el bulto que formó al apretarse.

-Esto es lo que me pidió...

Ahora duerme y estamos solos y yo podría matarlo, pero él no tiene la culpa y yo no podría matarlo, desde luego. Claro que hubiera sido tanto mejor que Marina le pidiera algo y no lo que él dice, no sé qué hubiera significado que ella lo hiciera por pedirle algo, pero hubiera sido mejor.

Y me pasa igual que cuando me di cuenta de que nunca más iba a volver al pueblo dormido. Nunca más voy a volver a verla a Marina porque estuve cerca y a punto de tocarla y no supe llegar, o se esquivó, o yo me resbalé y caí o alguien me dio un empujón o no sé, pero aunque no quiera es como algo que me está empujando y sé que nunca más.

Sin hacer ruido me acerco hasta la puerta, el cielo sigue tan rosado como hace dos días y el charco llega casi hasta el   —17→   umbral, casi no sopla el viento y calmó el frío, va a seguir la lluvia. Roberto duerme profundamente y siento un poco de pena, parece mentira, con todo lo que sufro siento pena por todo lo que voy a dejar, pero no aguanto más.

Me saco el pantalón, no me animo a sacarme los zapatos porque no sé qué habrá entre el barro, y lo enrollo como una pelota para meterlo en el bolso, los cigarrillos quedan en el fondo y no los saco porque no voy a poder fumar bajo la lluvia y para no tener tentación de dejarle alguno. Salgo y camino con el bolso tirado sobre el hombro y el agua barrosa me envuelve las piernas.

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No puede dejar de recordarlo, ella, porque hay demasiado de su presencia en todas las cosas que la rodean, hasta en la forma de volar la polvareda empujada por el norte enloquecido y feroz o en el ruido del agua explotando en la palangana enlozada (de las últimas así, casi todas ahora son de plástico) cuando los hombres se lavan cuando vuelven del trabajo y van a comer. En todas partes hay mucho de su presencia que no se notaba cuando él estaba pero que cuando se fue comenzaron a llamarle la atención, como cuando uno escupe al lavarse la cara, que si uno escupe no se da cuenta pero si no puede hacerlo siente como que no lo hace todo.

Es cierto que otros llenan su vacío, y demasiado, probablemente, pero no él. Le parece que dejó pasar algo, le parece que algo le falta, le parece que nada hubiera sido igual si no se hubiera ido, desgraciado, y nunca dijo nada (ni la más pequeña insinuación para que ella pudiera tomarlo en cuenta). O quizás fuera solamente que al idealizarlo en su ausencia lo revestía de una realidad que no era precisamente la de él, esto no lo pensaba ella, claro, no en esta forma, y adquiría en su insatisfacción caracteres mentidos, mucho más bellos, más perfectos de lo que nunca hubieran podido llegar a ser, mentidos. O quizás realmente fuera sólo amor, pero esto ella no podía comprenderlo, no sabía cómo darse cuenta.

Entonces dejó el plato lleno de milanesas en el estante y cerró la puerta del armario con el fino tejido de alambre para que casi todas las moscas se quedaran afuera y aprovechó para mirar la calle donde reinaba el silencio característico de los sábados a la tarde y su promesa de sentarse horas y horas en el almacén de don Mareco y hablar y acordarse de un montón   —19→   de cosas y probar suerte con Marina, sabía que era así como lo decían, que ella dice sí al que le da la gana pero si no le gustás es de balde, decían, también lo sabía, y claro que es así, pensaba ella, ¿por qué no?

Ya estaban en el cajón las cervezas con los dos pedazos de hielo que don Mareco le compró el camioncito de mañana, cubiertas con la viruta mojada y su lejano olor a orín y los vasos de vidrio verde y grueso en las estanterías forradas de hojas viejas de papel diario todas recortadas, con agujeros, puntas y dibujitos.

Roberto se rió de él y todos los otros también se rieron de él porque se escapó en la lluvia y nadie sabía por qué aunque todos se burlaban porque creían que fue tonto, sólo ella pensaba que era difícil entender por qué lo había hecho, porque tenía que ser por algo importante y no tonto como los otros decían y, lo que es peor, estaba poco a poco dándose más cuenta, triste.

Pudo verlo a Roberto sentado frente a la mesita de más al fondo con los otros y la cerveza a raudales en los vasos, brillando en las puntas encrespadas de su cabello los destellos amarillentos del farol, recostado indolente en la silla echada atrás, las piernas groseramente abiertas como mostrando y diciendo aquí está esto presente y ella sabiendo que era para ella y dándole rabia porque era en esos momentos cuando más extrañaba su presencia tranquila, la de él, el que se fue, el nunca saber qué estaba pensando realmente cuando la miraba con sus ojos como preocupados, buscando, como queriendo decir algo y desesperándose.

Cuando las cortó en pedacitos, las milanesas ya estaban frías y todavía sus dedos brillaban de aceite cuando llevó el plato a la mesa y afuera era ya noche cerrada y el único lugar con luz y ruido era la casa de don Mareco. Roberto se había sentado de costado al mostrador y los otros alrededor no le dieron paso para que ella tuviera que acercarse a la mesa por detrás y don Mareco no pudiera ver cómo por debajo del mantel y alzando un poco su pollera Roberto le acariciaba el muslo.

-Gracias, mi reina.

Don Mareco tampoco tenía que ver su enojo, pero se   —20→   enojó. Y más cuando al alejarse sintió las risitas calladas como si ya Roberto les hubiera contado lo que hizo, como si no hiciera falta que Roberto les contara nada porque era seguro que lo había hecho, como si fuera algo simpático que ese estúpido le tocara la pierna, y sin darse cuenta se secó los dedos en el vestido, a lo mejor para alejarse un poco más de todo eso, como si el aceite de las milanesas en los dedos tuviera algo que ver, qué cosa más estúpida.

Aquel otro sábado fue diferente, se dijo, con el viento fuerte y la lluvia que después duró hasta el jueves y Roberto que estaba simpático y demasiado cumplido y no como ahora que parece decir date cuenta que aquí está presente esto y los otros que ya saben, seguro, que también él estuvo conmigo, y qué van a decir. Pero a veces es tan dulce que te digan lo que te dicen, qué difícil es a veces entenderlo todo.

Sin embargo, aún así, a cada rato recordaba sus ojos desesperados (por qué te fuiste, decime) y esa mirada nerviosa tratando de descifrar cada uno de sus gestos, sus oídos oyendo cada una de sus palabras, sintiendo junto a ella pero a distancia sus ilusiones, sus momentáneas tristezas, sus explosiones inesperadas de gracia, de gracia y buen humor y eso, lo sabía con certeza, era mucho más dulce que las dulces palabras de Roberto que después se burlaba, y era un estúpido.

Por eso cuando vio que eran las diez y media y que se podía ir a dormir sin que don Mareco se enojara salió de detrás del mostrador y no se fue a dormir sino que salió al patio sintiendo en sus nalgas al caminar las miradas pesadas de Roberto y los otros y las risitas con que en el grupo se sorteaban los turnos de prueba y trataban mutuamente de infundirse valor. Pero están cagados si creen que hoy, pensó. Y se llegó a sentir casi importante, qué tenía que ver que los otros después rieran y comentaran, que fue así y así, vos sabes que esto tiene así, vos sabes que yo también estuve, qué puta, y qué bien estuvo y todas esas cosas, ¿qué me pueden importar?, ahora están nerviosos porque todo depende de mi (y quiso reírse porque estaba segura de que ellos jamás se imaginarían lo que ella estaba pensando).

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Y, efectivamente, estaba segura de lo que iba a hacer, o sea, de lo que no iba a hacer.

Claro que más tarde, sentada todavía en el taburete contra la enredadera se rió mucho con Martín que se había acercado sonriente y silencioso con su botella de cerveza recién abierta y su vaso, con sus cigarrillos y su chicle (su vaso olía a todo eso, también), y se divirtió bastante. Eso no tiene nada que ver, porque aunque después no quiso decirle que no, quiso pensar que era porque le daba lástima siento tan bueno y teniendo tantas ganas, así como le confesaba, y no que porque era simpático y le daba gracia y porque le gustaba esa forma rara que tenía de pararse, poniendo su pierna larga y fuerte adelante como para sostener lo que venía no importa lo que venía.

Y no le gustó, en realidad, no tanto como ella esperaba (aunque esto no lo reconoció en ningún instante), casi ni le había comenzado a gustar cuando ya el estúpido le había ensuciado y, en ese momento, por la rabia que sintió o por lo que sea, entrecerró los ojos y le pareció recordar entre los puntitos de la oscuridad sus ojos, los de él, desesperados, buscándola y siguiéndola como antes (y antes no se había dado cuenta).

Y se sintió más tranquila porque esa noche, antes de Martín y con Martín incluso, había decidido serle fiel y lo sería, aún cuando lo odiaba, cada vez más, por haberla querido tanto y nunca haberle dicho nada (tan lejos estaba de ella que ni siquiera osaba preguntarse si la seguiría queriendo ahora).

Y desde entonces comenzó a ser una cosa rara. Cada vez fue para Roberto y los otros más fácil llegar a ella, ya no hacía falta sortear al que iría segundo o al siguiente a probar porque siempre el que iba primero se quedaba y ya casi ni siquiera hacía falta conversarla porque siempre el que llegaba se quedaba, si es que alguien se quedaba, claro, pero eso sí, nunca más de uno por sábado o víspera de feriado, nunca. Y nunca tampoco decirle cosas que le hicieran poner triste y cargada de añoranza porque era como si se alejara de todos y no viera ni escuchara nada. Lo mejor, entonces, y pronto Roberto y los otros se dieron cuenta, era no decirle nada porque podía dársete vuelta la tortilla y salirte el tiro por la culata porque ella sabía   —22→   muy bien: una cosa era que ella quisiera acercarlo a él, que se fue, a través de hacerle porquerías aunque él no lo supiera y ella misma no supiera por qué exactamente y otra, demasiado distinta, era que estos pelotudos, malditos hijos de puta, quisieran hacerle doler una vez más su amor tratando de hacerle recordar su dulzura, su nerviosismo escondido en el temblor de la punta de sus dedos cuando ella le acercaba el vaso (y recién ahora se daba cuenta de todo eso, qué lástima), o su mirada esquiva, como cargada de relámpagos fingidos en el reflejo de la luz bailoteante del farol pero que era, y esto ahora ella lo sabía muy bien, pero recién ahora, más que nada, desesperada.

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No, Don Mareco, no sé cómo no se da cuenta... no está bien lo que esta diciendo.

-Y por qué no va a estar bien... Yo sólo defiendo mi propiedad, lo que es mío; es una vergüenza lo que está haciendo esta descarada en mi propia casa y delante de mis ojos.

Pero las cosas no se manejan como usted quiere hacerlo, a su gusto y paladar, sin importarle un comino lo que piensan o sufren los otros... Eso que usted quiere hacer, echarla de casa, es algo inhumano: ¿qué va a hacer ella?, no tiene a nadie a quién recurrir...

-Qué tan inhumano va a ser que la saque de mi casa... Esta es de la clase de gente que siempre te hace cagadas; usted no los conoce y por eso dice eso.

Claro, y usted es el gran conocedor de caracteres, lo pienso y no se lo digo (pero estoy molesto).

-Sí, ellos son así... Yo la traje a esta chica cuando era todavía una criatura y no servía para nada pero Candelaria no dejó de joderme y joderme hasta que la traje, que no me iba a molestar, que cómo no me daba lástima, que pronto iba a poder hacer los mandados, que todas esas cosas, pero yo sabía que no podía ser una cosa buena esa criatura si siempre supe que tanto su padre como su madre fueron una porquería. Su padre fue un entregador y su madre fue en realidad la culpable de que lo mataran a Quiñónez para proteger a su machete, el entregador, claro, qué se puede esperar de gente así, pero lo mismo se jodieron los dos. Porque lo que hicieron es una porquería.

Eso fue hace ya mucho tiempo, don Mareco... ¿veinte años?, ¿más...?

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-¿Y qué me importa? Más tiempo o menos tiempo, lo mismo es cierto y la cagada es la cagada; y yo no quería traerla.

Pero la trajo. Y le sirvió.

-Me sirvió y no me sirvió. Comenzó a ayudar en la cocina y a servir a los clientes y a hacer los mandados y eso. Pero demasiado pronto comenzó a mirar por sus costados a y a joder y a busconear, pronto comenzó a mostrar lo que era... Yo no digo que no haga, va a hacer desde luego aunque le diga que no, pero no acá, ¿verdad?, eso nomás digo... Claro que lo va a hacer, ellos son así, como la yegua que lo hizo matar a Quiñónez, ¿sabe a qué me refiero?, no, creo que no, pero ya lo va a saber.

No sé.

-Me imaginaba. Y sí... era gente de otra Compañía, lo que pasa es que Quiñónez arrastraba detrás suyo a gente de muchos lados. Quiñónez venía, hacia el sur buscando el río, quería pasar al otro lado para salvarse y el machete de esa yegua era de su tropa, he, su tropa... diecisiete nomás eran pero estaban bien armados. No tenían más dinero, ni comida, ni balas ni un carajo, pero sus livianas eran hermosas y las mantenían bien, o sea, como podían. Quiñónez tenía un tordillo alto y nervioso, pura fibra, desde arriba te miraba, vamos a decir, como enojado o casi riendo y nadie podía decir que tuviera miedo, nadie podía decir que supiera lo cerca de su culo que estaba el arreador. Y mire que le faltó poco para salvarse... Ellos, sabe, lo entregaron en Pasaje Isla, el río ya se podía ver desde ahí y nada más a Quiñónez le faltaba un puesto que pasar. Yo vi cuando lo traían de tardecita, cuando lo llevaban hacia la Capital. Sus cabellos blancos le hacían parecer una cabeza importante, más superior, te daba respeto mirarlo, era desde luego más hombre que todos los otros y nadie se animaba a hablar y todos miraban con la cabeza baja, menos él. Tenía las manos atadas atrás y las riendas de su caballo las llevaba el Sargento que iba adelante, su pecho parecía más grande y él parecía cansado, más viejo, mucho más viejo que cuando se iba de ida, antes de que la bandida lo entregara en Pasaje Isla o en la otra parte, pero allí fue donde lo apresaron.

  —25→  

¿Fue durante la revolución?

-No, pero qué revolución va a ser... Fue después, cuando los del Destacamento los perseguían... Ellos eran los últimos: no querían pelear más y se iban.

Puedo imaginar esa huida desesperada. Sabían muy bien que los del Destacamento no los iban a dejar en paz: era un grupo muy fuerte, aún cuando en ese momento estuvieran huyendo asustados.

-Jamás; qué van a huir... Y bueno: ¿y qué quiere? Claro que huían... ¿qué iban a hacer con diecisiete livianas y sin balas ni un carajo? A don Pereira le carnearon un animal, tenían hambre y estaban cansados, abandonados por todos y desesperados. Pereira nunca les perdonó. Pereira nunca le perdonó a Quiñónez muchas cosas. El quiso decir después que fue porque le habían matado un animal que él mezquinaba mucho, que era un mochito que había criado con mamadera al costado de la casa porque la madre lo abandonó al nacer, y que no les había negado comida pero que les pidió que fuera otro, pero eso es algo que me parece no tiene importancia. Pereira fue el único que permaneció montado al costado de la calle, casi frente a lo de doña Rosa Contreras, cuando pasó el grupo con Quiñónez que tenía las manos atadas y todos creímos que le iba a decir algo pero no lo dijo. Iban hacia la Capital pero no llegaron, no llegaron a ninguna parte nunca, nadie sabe dónde lo desgraciaron y después se dispersaron cada uno por su lado, era lo único que a los rejuntados del Destacamento los ataba unidos por la zona. Muchos le odiamos a Pereira por su falta de respeto, no tenía por qué hacerle eso a Quiñónez, nosotros no le perdonamos eso. Yo no sé cómo puedo hablarle a usted, de todo esto pero tiene que saber, hay muchos que no quieren saber, usted sabe, verdad, a quién me refiero, pero sabiendo uno entiende muchas cosas, muchas cosas encuentran explicación.

Es difícil comprender y aceptar mucho de lo que usted dice, don Mareco... La enemistad de Quiñónez y Pereira, por lo menos para mí, siempre estuvo redada de un hálito de importancia... algo así como de cosa que sucede entre personas importantes... no puedo describirlo muy bien. Pero resultó ser   —26→   que el odio comenzó por algo más ruin, más vergonzoso, comenzó porque Quiñónez le robó un animal...

-No, desde luego que no; usted dice cada cosa... Fue desde mucho antes. Por otro lado, Quiñónez era una buena persona, un gran señor, tenía hambre y estaba desesperado porque no encontró la ayuda de sus parientes que él estaba buscando. Muchas veces le dije a Candelaria que no perdonaría esa traición, nunca, y menos a esa hija de sinvergüenzas, hija de sinvergüenzas, a ella misma le dije eso, imagínese un poco, qué se puede esperar de alguien así, pero Candelaria jodía y jodía y le dije que sí.

¿Qué tiene que ver una cosa con la otra? Lo que hayan hecho sus padres no tiene nada que ver con Marina, me parece.

-Claro que sí, claro que tiene que ver, ¿por qué no?, ella es la misma puerqueza que ellos y o sino vea nomás lo que hace ahora rejuntando cuanto machote viene al almacén para revolcarse con ellos en mi propia casa. Ciertamente que ahora vienen más muchos y no hay cerveza que alcance, por suerte, porque también comen milanesas y eso, y eso es lo que deja un poco.

En verdad, las cosas le van bien, don Mareco; se queja, se queja, pero le van bien... se nota. Está comenzando a crecer, usted.

-Y sí, ahora voy a traer una heladera a querosén, son muy buenas, y quiero hacer alguna que otra comodidad, vamos a decir, poca cosa nomás porque no podemos tanto, pero después Marina se va a tener que ir, la sinvergüenza, va a salir cagada como su madre, hasta el final, sin respiro, se lo merece, carajo.

Eso no es justo, don Mareco; todo aquello, lo que sea, sucedió hace ya bastante tiempo, y, además, Marina no tiene nada que ver: eso de los pecados de los padres a ser expiados por los hijos parecería remontarnos al Antiguo Testamento. Tomarse venganza en ella es verdaderamente injusto.

¿Y qué me importa? Usted a veces dice grandes tonterías... ¿qué es esa cosa de testamentos y eso? Quiñónez era un buen hombre y no le hizo mal a nadie sino cuando lo necesitó nomás y o sino, no. Cuando desgració a esos dos   —27→   hermanos Florentín es porque ellos habían dicho por ahí que lo iban a capar, y lo hubieran hecho, así como lo hicieron con aquel Villalba de las afueras de Cordillerita que después se puso gordo como una vejiga, sí, claro que lo hubieran hecho porque eran los dos muy peligrosos, todos en la zona los conocían: el mayor con su Mauser 38 siempre cargado completo y el menor, que era algo renco y con un ojo un poco torcido desde aquella vez, cuando era chico, que un caballo le dio una patada en la cabeza, con su facón de diez pulgadas y su arreador de cuero trenzado casi finito como una liña y con una pelotita de acero en la punta que te arrancaba un pedacito de carne a más de seis metros o te rompía la cabeza como una luz o te cortaba la oreja. Con este arreador mató muchas víboras, porque todos saben que la cabeza de las víboras atrae los metales, ¿no es cierto?, eso no es nada nuevo. A Villalba dicen que lo agarraron un atardecer cerca del arroyo detrás del aserradero, un poco alejados, y sólo Tení los vio porque estaba en el arroyo bañando su caballo pero a él no le vieron y él no se animó a hacer nada y se escondió entre los matorrales para mirar cuando vio que el mayor le apuntaba la cabeza a Villalba con su Mauser y le hacía acostar en el pasto. El menor le bajó el pantalón y de un estirón le sacó y le hizo abrir las piernas. Villalba no se animaba a gritar pero estaba blanco como un papel y no se podía atajar y movía y movía la cabeza diciendo no, se había arriesgado mucho al denunciarlos en el Destacamento, todos lo sabían, porque para qué, todos también sabían que los Florentín robaban todos los animales que querían y nunca nadie les dijo nada, ni los apresaban ni nada, nunca nadie se animó. Villalba quiso resistirse cuando el menor atajó con una mano el facón filoso como una navaja y con la otra le manoseó para formar un bulto con su bola pero el Mauser se juntó más a su sien y se quedó quieto. Entonces el menor hizo un corte y apareció como un capullo de algodón sucio, qué notable, ¿no es cierto?, y vació la bolsa. Anotá un novillo más, le dijo a su hermano, y los dos se rieron. Dicen que Tení dijo después que al ver eso se le frunció hasta el culo y sin poder dominarse, sin acordarse siquiera de que estaba desnudo, se arrastró por el matorral sin animarse a levantar, como esos   —28→   perros desesperados, alejándose, arañándose todo, hasta que pudo vomitar... Quiere decir que ya lo habían hecho, ¿no le parece?, y quiere decir que si le amenazaron a Quiñónez era porque lo iban a volver a hacer. Y todo porque una noche Quiñónez la embarazó a una hermana de ellos y la estúpida cuando se dio cuenta tuvo miedo de ellos y tomó unos yuyos para abortar antes de que se notara, y se murió. Quiere decir que Quiñónez tenía que defenderse, y por eso nomás les mató. Quiero que vea la cantidad de gente que por aquella época tenía recuerdos y cicatrices de los Florentín.

Los Florentín, por lo que me dice, sólo estaban tratando de vengar a alguien que querían mucho... A mí la muerte de «la estúpida» me parece injusta; me parece triste e injusta.

-No hay por qué. Desde luego que no hay por qué; ella lo quiso, ¿no es cierto?, así como los Florentín se buscaron lo que encontraron. ¿O es que Quiñónez tenía que dejar que le cortaran las bolas en cualquier cañada o, por ejemplo, a la entrada de la misa un domingo de mañana delante de toda la gente, que hasta de eso eran muy capaces? Eso hubiera sido muy justo, seguramente... Usted no sabe lo que eran los Florentín, todo el mundo les tenía miedo porque eran fuertes y traicioneros y no necesitaban ni siquiera decirse nada para saber dónde iban a pegar y siempre lo hacían juntos y al mismo tiempo y de la forma más peligrosa. Recuerdo cuando Acostita, el petisito que trabajaba en el aserradero del bajo lo jodió al menor, casi le costó la vida. Estos petisitos así son siempre unos jodidos, parecen esas lauchitas vivarachas dispuestos siempre a joder para divertirse. Resulta que le dijo al bizco que le quería vender un pantalón que se había comprado y que estaba ya casi terminado y que él no lo iba a usar, se cuidó muy bien de hablar claro, o sea, de no mentir en ninguna de las cosas que decía. Entonces el bizco creyó que la modista lo tenía ya casi terminado y le dio la plata por adelantado, contento porque lo jodía a Acostita porque era muy barato el precio que éste le había pedido. Al otro día Acostita le mandó el pantalón dentro de una bolsa de papel madera por el hijo de doña Rosita, aquel Juancito Contreras que después se hizo Comisario de Compañía hasta que lo desgraciaron los   —29→   revolucionarios en la Costa Esmeralda, mucho se habló de eso porque era una familia muy querida y él era un muchacho muy correcto, que cuando eso era todavía muy chiquito, porque él no se animó a traerlo, Acostita, claro. El rengo Florentín revisó su pantalón recién comprado y vio que en realidad estaba casi terminado: era tan viejo y usado que sólo le quedaba la pretina y un poco de bolsillo y a Acostita sólo le salvo la vida el hecho de que al mayor le diera tanta risa la jodida de su hermano que no le permitió que lo matara. ¡ah, qué tiempos...!. Pero Quiñónez pudo matarlos, y habrá matado seguramente a muchos otros más, así como la gente dice, pero siempre con justicia, o sea, con motivos que eran justos. O sea, él mismo no los mató sino que los hizo matar por su gente. Se reunieron a la entrada de ese pique medio escondido que queda al costado de Cañada Villagra, usted no lo ha de conocer, no creo. Y allí esperaron los ocho cuando venían saliendo los Florentín y el primer machetazo le dieron al mayor más abajo de su cintura mientras los otros se ponían frente a los caballos haciendo mucho ruido para que se encabritaran y no pudieran huir. Y el rengo no pudo usar su arreador porque había muchas ramas bajas, porque eligieron muy bien el lugar pensando en eso, y la luz era muy poca porque el monte era muy tupido y la luna también estaba un poco tapada por las nubes. Eran fuertes los Florentín y más el mayor, porque incluso con las tripas por salirle se defendía como un tigre y pudo llegar a disparar dos veces y uno de sus disparos le acertó al negrito Mongelás en el hombro y desde entonces le quedó ese brazo seco y amarillento, o a lo mejor fue nada más que el cinturón grueso que usaba y la faja apretada le protegieron del golpe y el machete nada más que le había cortado el primer pellejo de su barriga. Allí mismo los degollaron a los dos y los dejaron entre los yuyos y dicen que cuando le contaron a Quiñónez esa misma noche que todo estaba solucionado, dicen que se quedó muy contento porque dijo: y claro, mis bolas valen más que sus cabezas, era un hombre grande, Quiñónez, ¿se da cuenta?

No me animo a decirle, don Mareco, pero me deja estupefacto, sólo lo pienso. Y, para saber más, trato de acallar mis reparos (a veces me resulta imposible), y le comento: gente   —30→   peligrosa, ¿no?, la de Quiñónez... Esa misma gente es la que huyó después con él, supongo.

-No, es decir, algunos solamente, los otros eran nuevos, los que le siguieron, digo, porque eso fue mucho antes de la revolución: Quiñónez siempre fue caudillo y siempre tuvo gente cerca suyo y no sucedió aquí, como le dije. Esto fue en su valle cuando era mozo, detrás de Cordillerita, un poco lejos pero todos lo supimos, así como sabíamos todo lo que hacía Quiñónez, porque a cada parte que él llegaba, siempre iba precedido por sus historias, esto fue incluso mucho antes de que conociera a la señora Adelita y se casara con ella, no sé luego qué pensó para hacer una cosa así pero yo nunca dije nada, digo nomás que hubiera tenido que pensar que eso era una equivocación, pero hay momentos en que el hombre no piensa con su cabeza y se equivoca, hasta los hombres tan importantes y queridos como Quiñónez.

No logro entenderlo muy bien, don Mareco... Usted dice que Quiñónez era un gran hombre, justo, valiente... A mí no me parece ni muy valiente ni muy justo hacer emboscar entre ocho a dos hombres desprevenidos.

-Los Florentín eran dos sinvergüenzas muy peligrosos y además por qué hacer tanto escándalo por una tontería, lo que está hecho está hecho y se acabó. No se supo nunca luego quién los enterró o si los enterraron o no, porque nadie los quería, y además la gente de Quiñónez cuidó un buen tiempo que nadie se acercara para que no se armara ningún bochinche con los que querían ir a curiosear y después salir con el cuento por todas partes y después, por mucho tiempo, ya nadie quiso pasar por ese pique. Salieron con la historia, algún tiempo después, aunque nadie creyó demasiado, de que aparecían dos cuerpos como sombras que salían de la picada con collares de fuego y sin cabeza, claro, porque si eran los Florentín no podían desde luego tener cabeza, y nadie creyó demasiado esas historias, pero nadie quiso probar, por si acaso.

Aún con el riesgo de que no quiera seguir hablando conmigo no puedo resistirme y lo interpelo: no creo que nunca podamos ponernos de acuerdo; por todo lo que me dice   —31→   entiendo que usted tiene una forma muy peculiar de interpretar lo que es obrar con justicia.

-Yo sí que no entiendo lo que usted me dice, y no me hace falta desde luego entender. Usted parece que tiene esas ideas traídas quién sabe de dónde y no sé por qué no quiere entender las cosas como son; pero sin embargo se interesa y quiere saber y eso me parece muy bien, claro que me parece bien. Pero si lo que no entiende es mi comportamiento, no sé por qué es, porque es muy sencillo: Yo soy muy honesto y mi vida es muy limpia y muy honesta y no voy a permitir que una descarada venga a ensuciar mi propia casa y mis costumbres. Así que: patitas a la calle.

Claro, pero recién después, ¿no es cierto?, antes es más provechoso que sigan sin dar abasto las cervezas, ¿verdad?

-Y claro que sí, y eso no tiene nada que ver; pero después de terminar la ampliación se tendrá que ir, mientras tanto tendré que sufrir en silencio y aguantar sufriendo todo lo que hace esa desconsiderada que no sabe apreciar el beneficio que aquí se le da... Ni siquiera piensa en la vieja que la quiere y es tan preocupada y mucho menos en mí, que cuido tanto por ser honesto y que mi casa sea honesta, y la ensucia.

Sin embargo no la va a echar hasta después de haber pagado la reforma de su local con las cervezas especiales que ella hace consumir.

-Sin embargo, sin embargo, usted parece que sólo sabe decir sin embargo. Y claro que con eso vamos a pagar la reforma, con algo tiene que recompensarme por todo lo que hice por ella, pero después se va a joder, como la yegua de su madre que lo entregó a Quiñónez por salvar a su machete. Pero después lo mismo cagaron. Por suerte estoy yo para que paguen sus culpas, mala gente. Mala sangre, esa, usted no sabe, pero yo soy fuerte, hasta el final.

  —32→  

Siento allí, en el costado del pie justo debajo del tobillo una pinchada profunda, como venida de lejos o como una explosión retardada sumando dolor cada vez más fuerte y oleadas de sangre martillándome los brazos, las piernas y el estómago, como si después de haberme asustado hubieran comenzado a introducir en mi carne un alambre caliente que se va haciendo más grueso y más áspero, más caliente, más grueso cada vez y más áspero. Atino a girar con un movimiento violento la cabeza bajo el sol agotador y con el costado del ojo veo las gotas de sudor que caen desprendidas de mi frente, de la punta de mi nariz enrojecida y pelada, de mi barbilla erizada de pelos negros cargados de polvo mojado hecho una pasta pegajosa y molesta. El movimiento reflejo de mi brazo hace que el machete la parta en dos pero aún así, entre los canutos verdosos de las cañas, se agita cortada en medio y ante mis ojos se agiganta la movediza, increíblemente rápida lengua partida.

Siento al inclinarme un peso en la parte de atrás de los muslos y un cosquilleo erizado que se inicia en mi entrepierna y se extiende por la barriga y el pecho (Dios mío, Dios mío, ¿qué me está pasando?), mi pensamiento comienza a trabajar con velocidad enloquecida, no puede ser el veneno aún, no hay tiempo para eso, debe ser solamente el susto (entonces, ¿por qué me estoy cayendo?).

Los otros me ven y corren, los veo solamente a medias, la otra parte de mi visión cubierta por la hojarasca del piso, la tierra mucho más abajo y muchas alimañas, y los párpados encogidos entrecerrando los ojos, el barullo de las pisadas se agiganta pero no escucho sus voces y me asalta el antiguo y   —33→   reconocido sentimiento del ridículo y mi temor a las burlas, ¿será que me estoy desmayando?

Miro desde el suelo la perspectiva de sus piernas rodeandome y los pechos sudorosos y brillantes del sol, sol por todas partes, por todas partes sol, las cabezas perfiladas y los rostros borrados por el resplandor enloquecido, alguien con un palo alejando los pedazos, no los escucho, no los escucho, y las hojas secas, largas y fibrosas que me envuelven, por qué a mi me tuvo que pasar, por qué no a otro, si ni siquiera me pasó entre el barro cuando me escapé en la lluvia.

De repente sobre mí una sombra y el olor picante de una piel sudada y en la lengua un momento el sabor salado de una gota, el pecho se levanta y prendidos mis brazos a su movimiento siento que me voy apartando del suelo, ya no están en la piel de la espalda las lenguas fibrosas de las hojas de caña y allá lejos mis pies también se levantan, los levantan, pero muy lejos. Más cerca está la punta de la tetilla oscura coronando un músculo tenso, lo veo en un destello y de nuevo la sombra que lo cubre todo y el silencio y siento que me llevan por el vaivén de mi peso, a veces en los brazos, a veces en las piernas, trastabillan y en un costado, y así.

Mi frente parece que está a doscientos metros de altura coronada de fuego, dentro mismo de la hoguera y quiero tocármela para tratar de bajarla pero mi mano es demasiado pesada y de repente está abajo, tan abajo que me empuja contra la almohada y me hunde cada vez más, los oídos comienzan a zumbarme, lo que es mil veces peor que las olas tranquilas de silencio en que me estaba meciendo.

Y de repente Marina está frente a mí, desencajada, los ojos húmedos y sus labios entreabiertos temblando, como no sabiendo qué decir, por qué ahora nos sucede esto, vida, cuando por fin pudimos reconocer nuestro amor, cuando pudimos decirnos todo lo que nuestros corazones escondían, perdoname, mi vida, por defenderme del dolor dije de vos cosas malas, dije que te metías con cualquiera, todo está disculpado, corazón, vivamos, sólo nos toca vivir, y la explosión de ese pensamiento en mi estómago aplaca las últimas ondas y se hace un destello de claridad, eso es mentira, es solamente otro engaño de   —34→   la fiebre, como el subir y el bajar, como el flotar de mi frente, como todo eso.

Entonces, sumido una vez más en el frescor de las sombras (aunque mi frente sigue aún en medio de la hoguera, allá arriba) pienso, y me da rabia, que es demasiado penoso pensarla tanto y no tenería, demasiado doloroso, llegar incluso hasta a idealizar en mis labios el sabor suave de su vientre y martillearme de repente la certeza de su nauseabunda realidad (abusada, burlada) haciéndome convencer cada vez más de mi desgracia, de la miseria, la oscuridad y las sombras de todo lo que me rodea.

No puedo creer que ella le haya pedido eso a Roberto, no así como él me lo dice refregándoselo, ni siquiera que le haya gustado, pero no le digo nada. Roberto me mira y se sonríe, la pelotita de su cuello sube y baja mientras de entre sus labios salen dos semillas de mandarina.

-Siempre me pregunta por vos...

Prefiero mirar la cáscara que se quema entre las brasas porque no quiero ver si se da cuenta del color de mi cara cuando siento como una cosquilla en el costado y en el cuello y afuera sigue lloviendo despacio.

A través de una rendija de la ventana entra un poco de luz, tengo un sabor asqueroso en la boca y quiero agua pero ni siquiera sé quién está para pedirle. Aunque la pieza está a oscuras creo identificar perfiles familiares (¡cuántas veces me habré despertado!), veo mi ropa colgada de un clavo y una esquina doblada del almanaque refleja el rayito de luz de la ventana. Debajo de la puerta hay una raya luminosa, afuera es de día y hay mucho sol. Trato de incorporarme pero tengo una viga de hierro atravesada sobre el pecho y no me deja mover. Pruebo los dedos, sí, la mano está libre, y con inmenso trabajo busco la viga. No hay nada, sólo mi pecho pegajoso de sudor, caliente, y trato de cerrar los ojos porque la frente comienza a subirme cada vez más rápido, cada vez más alto. Tengo los ojos cerrados y poco a poco se restablece la calma. Mi pierna desde la rodilla para abajo es una masa, la miro, es una pelota negra y no la puedo mover, sale afuera de la sábana con que me cubrieron. Levanto la sábana humedecida y grisácea en la   —35→   penumbra de la pieza y me sorprende verme totalmente desnudo, sí, ahora lo recuerdo, ya me desperté otras veces y quería morirme de vergüenza cuando me limpiaban (quiénes son, qué hacen, cierren la puerta, cierren la puerta, por lo menos cierren la puerta, por favor).

Y ese recuerdo me asustó porque quería orinar y al incorporarme la cabeza comenzó a darme vueltas y el alambre de fuego comenzó a entrarme otra vez por el tobillo y sentí que mi pierna era más gruesa que un tronco y casi con su misma corteza descascarada, me pareció, pero quería orinar y no lo iba a hacer en la cama, no otra vez, no otra vez, y al tratar de levantarme el pozo se abrió a mis pies profundo y negro.

Siento que el hedor sale de mí y ellos son unos idiotas porque piensan que no escucho, que sus voces y sus risas cuando comentan sus cosas, porque no van a hablar sólo de mí, claro, es bastante ya lo que hacen viniendo a verme, no me llegan, que no me duelen la compasión y la curiosidad con que contemplan mi cuerpo desnudo y la puerqueza de mi pierna podrida. Yo sé que no tengo por qué importarles, no tienen por qué quererme, así como yo no los quiero, no los entiendo realmente y no los quiero... pero sin embargo la pieza que me dieron es todo lo que me pueden dar y me la ofrecieron, y este colchón que después no va a servirles más tengo que agradecerles, también me hubieran podido dejar librado a mi suerte. Pero es claro que me duele y me atormenta y por eso prefiero no pensar, sobre todo al darme cuenta de que no sé en qué lugar o con qué compañía hubiera preferido vivir mi desgracia, la que estoy viviendo. En ninguna parte en especial, me digo, y con nadie, con nadie, no encuentro a nadie.

Hundido en el lecho por una rendija de mis ojos los miro rodeándome, veo que me están mirando, sé que me están oliendo, me siento desvalido, un niño desprotegido, víctima inocente, humillada y casi compadecida, estoy desnudo, querría cubrirme, querría que el vello se agigantara y me cubriera esa parte pero permanece inmóvil bajo las miradas curiosas, me siento inerme, querría proteger los restos de mi intimidad pero no me muevo, no tienen que darse cuenta de que estoy despierto.

  —36→  

Mucho tiempo después seguí sintiendo la pierna, incluso me dolía la mordedura de la víbora (¡que increíble!) cuando había amenazo de lluvia, sobre todo, o cuando hacía mucho frío. Muchos días pasé sentado bajo el alero con mi silla un poco inclinada y una pelota de ropa bajo el muslo para que no se me cargara la herida.

Martín vino llegando una tarde por el lado de Capellanía, él no sabía nada, ni que yo estaba ni lo que me había pasado, pero al llegar no sé cómo ya se lo habían contado, aunque los otros tampoco sabían que me conocía, uno que vino de hacia donde vos venís, le habrán dicho, o cualquier otra cosa.

Cuando lo vi salir de detrás de la última barraca y acercarse por el patio central tuve el loco deseo de esconderme para que no me viera, y lo hubiera hecho de serme posible moverme con rapidez pero el muñón aún me dolía y en el fondo ansiaba mucho hablar con él (el pecho me saltaba de emoción).

Me pareció verme en su gesto indeciso y su mirada nerviosa cuando meses atrás me acerqué a la plantación a pedir trabajo, yo también llegué así, como desorientado, sin saber exactamente qué quería, qué ubicación quería conseguir. Mal trabajo, por otro lado, el que aquí se conseguía, especial para corridos: unos meses sí, durante la zafra, y después cada cual por su lado, sin siquiera haberse conocido bien, sin saber realmente quién era o qué hacía el que estaba a tu lado, unidos solamente por la situación del momento, sudando como vos, rumiando el cansancio bajo el sol y el calor como vos, tomando a veces una cerveza en el almacén o cualquier otra cosa pero sin querer demasiado el trabajo ni el lugar ni a la gente porque para qué, si después te tenías que ir y nada más, hasta otro año o nunca más. Por eso digo que podían haberme dejado librado a mi suerte y no lo hicieron, me dieron casa y a veces compañía y hasta algunas bromas y burlas (que me gustaron como nunca lo hubiera creído, tantas ganas tenía de saber que estaba con alguien) y eso es algo que tengo que agradecerles porque es buena gente, pero eso al llegar no lo sabía, como tampoco lo sabe Martín que llega como asustado y nervioso.

Trae su bolsón de plástico azul colgado al hombro y sus championes marrones de suela gruesa y más que verlo a él son   —37→   esos detalles los que violentamente me hacen saltar hacia lo que dejé allá al escaparme en la lluvia, tantas veces había visto ese bolsón colgado en la pieza que ocupábamos en el campamento los cuatro, o sea él y yo con Roberto y Martínez, tantas veces le habían hecho bromas por el olor de los championes al descalzarse para dormir cuando volvíamos los sábados de noche casi borrachos y felices o a veces algo como apenados por la incertidumbre del día libre que venía, -qué hacer para ser más felices- que tan rápido iba a pasar y al que le seguía toda una semana de trabajo otra vez.

Con su cercanía se me representó Marina con toda claridad y maldije el hecho de que él me viera así, hubiera preferido que nadie se enterara (porque me daba vergüenza) pero ya era tarde para esconderme aunque no hubiera valido de nada, desde luego, porque él ya lo sabía y además que de todas formas no importaba, todo estaba muy lejos y acabado, aunque eso pensé porque todavía no sabía nada de lo que supe después, enseguida.

-Muchas veces preguntó por vos. A veces hasta nos reíamos de ella cuando preguntaba por vos y hasta le hacíamos bromas: ¿por qué tanto querés saber?

Siento en la cabeza como un mareo, me parece que eso ya me lo habían dicho, sí, durante la fiebre, eso es, lo había soñado. Quiero descubrir en su cara si se burla o qué, está sentado a mi lado y fuma, el bolso en el piso, recostado en la silla que lo dieron en la cocina, dentro de poco va a anochecer y alrededor de su cabeza hay dos o tres mosquitas dando vueltas.

No sé si es porque es de noche y no veo su cara pero no se burla, no tiene por qué, y en vez de agigantarme de alegría siento una pena profunda, Dios, Dios, es resentimiento, creo que es rebelión.

Por algo digo que nada es como tiene que ser, porque pasan las cosas demasiado tarde, cosas que en su tiempo hubieran cambiado todos los sufrimientos en alegrías, o suceden en forma innecesariamente cruel, hasta que ya no hay alternativa.

Cuando escapé del pueblo dormido lo hice nada más que por mi indecisión y sólo quedó en mi memoria el justificativo   —38→   de la duda, pero martillando la conciencia de que nunca más volvería a revivir las tardes caminando con ella en la avenida de las ovenias, vida que dejé de vivir por mi propia decisión y después fue tarde, la chica ya no estaría, las ovenias quizá no estarían y yo ya no sería el mismo.

Mirando desde lejos lo vivido, lo que más me duele es no poder volver atrás a reparar las equivocaciones, pero eso no me pasa sólo a mí, le pasa a todo el mundo, y no es al final de cuentas lo que más me duele: lo que me apena es que mis equivocaciones no son cosas que hice mal... son cosas que dejé de hacer. Cuando huí en la lluvia perdí mi posibilidad de saber lo que ahora estoy sabiendo, o sea, que mi huida no tuvo razón de ser, fue innecesaria (la vitalidad, la virilidad, la fuerza de Roberto no eran una bofetada para mí si mi espejo era Marina, por lo visto), así como después supe que fue por una estupidez que tuvieron que cortarme la pierna, cortarme la pierna, cortarme la pierna, cortarme la pierna.

Si la víbora no me hubiera picado, digo, o más aún, si hubieran sabido que su veneno podían combatirlo fácilmente con el suero porque era un veneno tonto, creo que ni siquiera era una víbora venenosa (todo se juntó para adquirir caracteres alarmantes: la insolación, el susto...) no hubieran tenido que abrirme, en medio de la desesperación, los tajos en cruz sobre los dos puntitos de sangre oscurecida con el cuchillo sucio, para succionarme el veneno, herida que después se pudrió y me encangrenó la pierna (Santo Cielo, si hasta parece una broma), o si no hubiera venido aquí la víbora no me hubiera picado y todo eso, pero es tarde para todo y ya no tiene importancia.

  —39→  

Mi cruz es ese hijo, doña Simeona, me voy a ir de este mundo con un amor muy grande, el que siento por mi hijo, que me hace sufrir, pero por otro lado sin poder perdonar, porque no puedo perdonar, ¿sabe?, no puedo. No es posible que la gente pasee por la vida sin mirar alrededor... ¿Sabe lo que me dijo? Tenemos solamente una vida, Adelita, me dijo, y nuestra obligación es vivirla. Señor Santo del Cielo, yo me pregunto: ¿y nosotros, qué?

Traté mucho de comprenderlo, doña Simeona, Dios sabe que hasta ahora trato de comprenderlo porque no quiero morirme sin perdonarlo pero no puedo, perdóneme, no puedo atajarme, pero no llore usted, no, bastante hace ya con venir a verme para que encima yo con mis lágrimas ocasione su llanto, pero es que no quiero morirme sin perdonarlo.

Claro que voy a hablar de morirme, ¿acaso puedo yo hablar de otra cosa? Me estoy despidiendo de todos los que me rodean y cargando en sus conciencias la idea de mi fin. Así les recuerdo, de alguna forma, su propio fin... con ese gesto estúpido que es el último daño que puede causar el derrotado, el último golpe dado a ciegas no importa a quién lastime, con la satisfacción de poder causar algún mal, pero esto no se lo digo, claro, lo pienso mientras con los ojos entrecerrados, el pañuelo blanco estrujado cerca de mis labios, la cabeza recostada en las almohadas humedecidas, finjo un adormecimiento repentino de mi cuerpo exhausto.

Yo le aseguro que hubiera sido por mí sola yo lo hubiera perdonado, doña Simeona, pero es el recuerdo de ese hijo el que me lastima y se clava en mis entrañas como una garra infectada, es el dolor en que sumimos a ese hijo querido el   —40→   que no me permite olvidar todo y perdonarlo, no hay derecho, no se puede jugar así con las personas.

Es incomprensible lo que nos pasó, lo que nos hizo, un hombre así no tiene que tener mujer y menos que menos tener hijos... A mí muchos no me comprendían y creían que lo hacía por tenerlo conmigo pero qué va a ser por eso, ya no me importaba tenerlo o no tenerlo y lo mejor era que estuviera lejos, aunque muchas veces deseé su amor, muchas veces, doña Simeona, en la noche no podía dormir y ha de ser por orgullo que no quería reconocerlo y creo que es por eso más que nada que le comencé a odiar. Pero no le odio, doña Simeona, ¿sabe?, tengo demasiado miedo de odiarle, no quiero pecar así, y mucho menos ahora que sé que me voy a morir. Quién me hubiera dicho que iba a terminar así, sabiendo que voy a morirme, esperando que todo mi cuerpo se duerma como se durmieron mis piernas, que ya están muertas, como se duerme mi espalda, como se duermen las puntas de mis dedos, fríos después del hormigueo profundo, y sola. Estoy sola, doña Simeona, papá hubiera estado conmigo ahora que lo necesito, pero ya no está, ya murió, ya se fueron todos, mamá, los amigos... ya no está nadie cerca de mí, ¿cómo voy a perdonarlo?, que viva con su libertad loca devorándolo todo a su paso, que siga agostando la hierba con sus pies ardientes de movilidad y locura, que siga consumiendo el esfuerzo, la energía y las sonrisas de los que lo rodean, que viva como quiera... Usted sabe muy bien que por mí no hablo,


pero mi hijo, mi hijo querido del alma, esto
solo lo pienso porque los sollozos no me dejan
hablar, se va a seguir consumiendo en la hoguera
que él encendió.

Hablo por ese pobre infeliz inocente que ya nuca va a tener a nadie que lo consuele, yo ya no estaré y su padre nunca va a hacer nada por él.

¿Qué me quiere decir usted, doña Simeona, con que ya no está?, ¿que ya está muerto? Para mí no está más muerto de lo que estaba cuando me abandonó, cuando nos abandonó a los dos... ¿Qué me importa a mí que lo hayan enterrado,

  —41→  
nadie sabe si lo enterraron, nadie sabe cómo
murió, nadie sabe de él nada de nada, nunca
nadie supo nada de él, nadie

y su cuerpo se haya deshecho en podredumbre?, igual se está deshaciendo el mío y él no lo sabe, y sigo odiándolo y maldiciéndolo y añorándolo con todo mi corazón...


la miro y sé que piensa que estoy desvariando
y no me importa, esa es la ventaja que tene-
mos cuando sabemos que estamos llegando a
nuestro fin: ya no necesitamos fingir.

Cómo se ve, doña Simeona, que usted nunca tuvo un hijo, que nunca supo lo que es tener un ser al que se quiere más que a sus ojos. Si hubiera sido madre no me hubiera criticado... Claro que me critica, claro que piensa que me equivoqué al criar a mi hijo, a mi hijo, ¿sabe?, porque es mi hijo, mi hijo. ¿Qué quería?, que lo dejara rodar por la pendiente sin fin que es la vida de ese... lo maldigo, sí señora, lo maldigo una y mil veces porque no sólo me mató a mí sino que también mató a su hijo... Qué me va a enseñar usted a mí de comprensión y comprensión... ¿Comprende acaso el tumor hambriento que me está devorando los riñones?, ¿lo comprende?, ¿comprende acaso que yo esté sola y él ni siquiera hace nada por estar con su hijo?, y no empiece de nuevo con historias, ya sé que está muerto pero para el caso es lo mismo, ¿comprende acaso su malsano egoísmo...? ¿Qué es lo que comprende usted? Nada. Nada comprende. Entonces, cállese.

Usted se acuerda de cómo era yo, doña Simeona, yo era linda y era la joya de mis padres, qué tonto parece todo eso al decirlo ahora, pero eso es lo que son los hijos de los padres... joyas. ¿Y qué soy ahora? Señor Santo, ¿cómo no voy a llorar?

Yo hubiera tenido que aceptar el irme a vivir con él en los campos de Cordillerita... Pero yo no soy de allí, doña Simeona, no sé si me entiende, en ningún sentido soy de allí, me hubiera muerto mucho antes si aceptaba ir a enterrarme en vida allí, lejos de todo lo que siempre fue mío, mis amistades, mis salidas, mi ambiente... ¿Y qué quería? ¿Acaso a él le era imposible adaptarse y venir? El me conoció como de aquí, yo no fui a buscarlo, nunca lo llamé yo. Por eso siempre tuve a   —42→   mi hijo conmigo, y le di lo mejor... No entiendo qué es lo que quiere decir con que va a ser siempre un extraño en todas partes... No. ¿Para qué voy a mentirle? Estoy al borde de la verdad, detenida por un instante en lo alto de la colina, sin poder echarme atrás y teniendo adelante el vacío sin límites esperando la misericordia del Juez y aquí no cabe la mentira, es estúpido mentir. Claro que entiendo lo que significan sus palabras: la ausencia de raíces, la ausencia total de amor, la agobiante y desmedida continua presencia del resentimiento, la falta de cariño, de calor de vida, claro que entiendo


yo le enseñé a odiarlo, sutilmente, despacio,
Señor del Cielo, ¡cuánto daría porque no fuera
cierto...!

lo que significan sus palabras... qué dolor siento en mi corazón, doña Simeona, a quién va a recurrir, dónde va a encontrar la calma de sus tormentas, pobre corazón desgajado...


los demás completaron mi trabajo, pero los
demás no tienen la culpa, ellos no tienen la
culpa, yo le enseñé a avergonzarse de su padre
(yo lo obligué, realmente) y a odiarlo, y
nunca tendré perdón, su pena caerá sobre mi
pena, su dolor caerá sobre mi dolor

ese es el dolor grande que llevo de esta vida en mi corazón... que Dios nos perdone, doña Simeona, amén.

  —43→  

Es casi de día pero las sombras se hacen más pesadas por la llovizna finita que flota en el aire llenándolo todo con un ambiente de casi irrealidad, fingidamente más frío, como mirado con ojos recién abiertos del sueño o a través de un vidrio empañado.

Afuera, en el patio, con las riendas tiradas sobre el alambre de la cerca, el caballo de Marcial Espinoza sacudió la cabeza dejando escapar de la boca un vapor espeso que pronto se diluyó. Más atrás estaban los dos hombres montados, en silencio, encerrados en la caparazón informe del poncho.

-O sea, eso es lo que me contaron, no sé si es cierto, pero lo cierto es que Quiñónez no pensó ni siquiera hasta ese momento que Candé lo iba a traicionar.

Quiñónez estiró los pies enfundados en los zapatones cargados de barro y humedecidos y los acercó a las brasas que brillaban cubiertas a medias por la ceniza en la fogata en el centro de la cocina.

-No me gusta, Marcial, no quiero saber nada de eso.

El calor llegó a sus plantas a través de las suelas y el barro y retiró los pies mientras recibía el mate. Marcial parecía nervioso; no había querido sentarse.

-¿Por qué?, sólo a vos te buscan.

-No es cierto.

-Y bueno, pero sólo a vos te podemos hacer pasar, a vos solo, no podemos arriesgarnos con tanta gente.

-Y claro, a quien se buscaba realmente era a Quiñónez, los otros a nadie le importaban.

No es cierto eso, don Mareco, no puedo creerlo; usted mismo me contó que era un grupo muy bien identificado, que   —44→   mucha gente los perseguía, que los conocían a todos...

-Y qué iban a hacer... Marcial lo dijo muy bien, sólo a Quiñónez podían salvarlo. Al final de cuentas, uno debe sacrificarse, debe saber sacrificarse y seguir y servir a su jefe hasta las últimas consecuencias.

Quiñónez recibió el mate que Candé le pasaba, inmensa la panza, los pies hinchados, arrastrando sus pasos en la tierra apisonada de la cocina, el cuerpo cubierto con un liviano vestido de algodón y un saquito de lana verdoso y desteñido, la piel brillosa, como encerada de frío.

-No me gusta.

-Mirá tío, es la única posibilidad. Yo estoy arriesgando demasiado para salvarte, te buscan por todas partes, demasiada gente. Yo solo no puedo hacer más.

-¿Y Panchito?

-Él es otra cosa... No pude encontrarlo, él no sabe que yo estoy ahora aquí.

-¿No sabe?

-No.

-Tu hermano no te hubiera dejado venir.

-No sé. No tiene importancia.

Quiñónez piensa que sí sabe que no lo hubiera dejado venir y que sí tiene importancia, se levanta y va hasta la puerta, tose y escupe afuera. Las formas se desdibujan con la llovizna y empiezan a convertirse en bultos grises a partir de la alambrada que rodea la chacra, desde el fondo se escucha el arrastrarse de una lata contra la tierra en el chiquero, el espulgarse de un perro un poco más cerca y al costado, casi contra las tablas de la pared del rancho una gallina escarbando, es, desde luego, un compromiso y peligro muy grande el que corre esta pobre gente al darnos cobijo, piensa.

-Está clareando más.

-No nos queda mucho tiempo, tío.

-Candé, ya no vamos a tomar más mate... andá nomás afuera.

-Ahí fue cuando se equivocó, creo yo, no hubiera tenido que hacerla salir.

¿Qué otra cosa podía hacer, don Mareco?

  —45→  

-Cualquier cosa, no sé, pero allí fue cuando ella salió y lo denunció.

En el corredor estaban los hombres sentados recogidos en sus ponchos en círculo apretado y silencioso alrededor del fuego, el mate girando incansable, humo picante en los ojos cargados de sueño y el viento corriendo libremente, como un metal helado en el cuello y un molesto erizarse de la piel en la espalda y sobre los riñones. Luciano se levantó de mala gana cuando Candé lo llamó con un gesto, le daba vergüenza que los otros la vieran con él así como estaba (la panza hinchada, arrastrando su carromato, moviéndose como una tonta, ya le dije, carajo, que no viniera cuando estoy con mis amigos, no puedo verla más, carajo).

-Nos va a dejar, Luciano.

-Tadeo ya lo había dicho mientras comían al costado del potrero de Pereira aquella vez, o sea, lo había dado a entender con mucha malicia, haciendo saber que sabía que Quiñónez los podía en una de esas abandonar, pero Quiñónez lo había desairado con desprecio, nunca fue gran cosa, Tadeo. Era su segundo... qué va a ser su segundo. Le fue fiel hasta que quiso serle fiel y después no, y eso no es ser fiel, y el segundo de uno tiene que ser como uno, en las buenas y en las malas, hasta el final. Y él fue el que comenzó a calentar es la cabeza a los otros. Cuando llegaron desesperados a la casa de Pereira aquella vez, Pereira en medio de su odio, y además que siempre fue muy malo, se burló de Quiñónez, como si él hubiera tenido la culpa de sus parientes cobardes. Te abandonaron tus parientes, le dijo a Quiñónez burlándose, eso no está bien, ¿verdad?, y él se enojó mucho. Y porque Tadeo seguramente ya había hablado con Pereira o por la razón que sea es que no quería que mataran ese animal.

-Vamos a matar a otro, Quiñónez, ya que te pidió, y además que no hace falta que sea éste, si puede ser cualquier otro.

-Que sea éste. Y a mis parientes me los refriego por el culo.

-Claro que Pereira esto no pudo escucharlo porque ya Luciano y Benítez lo habían acompañado hasta la casa y no   —46→   lo dejaron salir hasta después del atardecer, cuando ellos emprendieron la marcha. A Quiñónez le dio mucha rabia lo que le dijo Pereira.

Mientras la carne se cocinaba sobre las brasas Candé y Dorotea tajeaban los trozos restantes y les sacaban la grasa.

-Dorotea era una rubita bajita y muy flaca, una de las hijas que el español Salinas dejó por la zona en sus recorridas buscando fibras para hacer tejidos porque él en su tierra, decía, había sabido que la fortuna aquí estaba al alcance de cualquiera, que cualquiera podía conseguirla con sólo estirar la mano, en las fibras, por ejemplo, hombre, ¿sabéis acaso vosotros la riqueza que tenéis desperdiciada en eso?, solía decir en esa su lengua que tan bien sabía hablar, y en el almacén casi todos reían, mientras tomaban el trago, pero le querían mucho. Y aunque nunca encontró las fibras que le iban a hacer rico, se llenó de hijos por ahí, aunque nunca los cuidó ni los quiso, hasta que una vez se murió tísico, solo, en uno de los puestos de los campos de Quiñónez en Cordillerita. Qué mal terminó el español, decían, o sea, los que alguna vez se acordaban de él. Sus hijos se repartieron por toda la zona, por donde pudieron, y Dorotea vino a ser la hembrita que Tadeo arrastraba consigo siguiéndolo a Quiñónez.

Las lonjas delgadas de carne eran encimadas una sobre otra con sal gruesa de por medio en el cajón de madera para trasportarlas. Por los agujeros de los costados comenzó a gotear agua sanguinolenta. Después de desollar el animal, Francisco y Tení habían estirado el cuero sobre el alambrado que daba a la casa.

-Antes de montar para irse, Quiñónez se acercó al alambrado y levantó su cuchillo, ese facón con mango de plata con hermosos dibujitos que llevaba siempre, para que Pereira lo viera desde la casa, no se podía saber si estaba o no en la ventana porque ahí ya era demasiado oscuro, pero seguramente estaba, no iba a estar en otra parte, estaba ahí mirando cómo se iban. Y Quiñónez le mostró bien el cuchillo y después hizo dos buenos tajos bien largos en el cuero que se comenzaba a secar, ni siquiera el cuero le dejó, y es porque tenía mucha rabia.

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