El enigma del convento. Capítulo primero
Jorge Eduardo Benavides

A Eva, cuya paciencia conventual me ayudó a resolver
todos los enigmas de esta historia... que dura casi diez años.
Desde muy temprano, cuando el amanecer aún quedaba lejos en el horizonte y por las callejuelas ásperas de Santa Catalina corría un viento frío, las novicias y las monjas aguzaban el oído para escuchar los pasitos raudos de Ana Moscoso, Anita, aquella infeliz que buscaba los rincones más recónditos del convento para llorar, que alcanzaba el huerto de detrás de la calle del templo para pasar una escasa media hora solitaria, pobre chica, o que simplemente se convertía para las demás en un rumor de pasos confusos, un rastro de desconsuelo callejeando sin norte de aquí para allá, como huyendo de cualquier contacto humano tanto como de su desdicha. Había entrado al convento hacía menos de un mes y la madre superiora exigió a las alborotadoras monjitas que quisieron darle la bienvenida con frutas y pasteles, con copitas de vino de Vítor, que la dejaran en paz, porque la muchacha, que aún no se había decidido a tomar los hábitos -y mejor así, pues ya sabían ellas que el dolor, el dolor mundano, no era buen consejero cuando se trataba de abrazar a nuestro Señor-, parecía realmente un alma en pena.
Por eso mismo, déjenla en paz, había insistido la madre superiora cuando unas cuantas monjas vinieron hasta su despacho en comisión para decirle que la chiquita Moscoso apenas salía de su celda, que su criada ya no sabía qué hacer para que comiera, que lloraba todo el día. Ella escuchó con paciencia, las manos quietas sobre el regazo, el rostro impasible, dejando que se quitaran la palabra unas a otras hasta que por fin todas callaron, confusas o amedrentadas ante el silencio de la superiora. Era mejor que la dejaran tranquila, insistió ésta con voz suave, que buscara ella sola el sosiego en el dulce consuelo que traía la oración, que el Señor estaría allí para reconfortarla cuando ella misma se diera cuenta de que no estaba sola en su dolor. Ante el amago de la hermana Mariana de la Visitación -cómo no...- de insistir, la superiora levantó el dedo índice: Nada de importunarla con excesivas atenciones ni mucho menos estar pendientes de su vida, que hasta la buena voluntad se vuelve pecado cuando se convierte en pesada insistencia, agregó recordándoles a san Nicolás de Tolentino, y tuvo que alzar un poco la voz para acallar la ola de murmullos levantiscos que precedieron a sus palabras.
Pero tampoco le había dado mayor importancia a aquello la superiora porque el convento requería urgentes atenciones y el magro presupuesto del que disponían apenas si alcanzaba para remendar estucos, tarrajear paredes, cambiar muebles carcomidos o comprar unas frazadas para las monjas más ancianas, que vegetaban en celdas frías y ya innobles. Por no hablar de la colación, sobre todo ahora que muchas hermanas pasaban necesidades y tenían que hacer milagros para que las menos favorecidas comieran bien. ¡Qué tiempos!
Y además, que la perdonara Dios por esto, pensó, el dolor le retorcía el ánimo como un clavo al rojo vivo. Era cierto: aunque hacía esfuerzos por no contestar de malos modos cuando alguna hermana venía a contarle minucias, pecadillos que atormentaban su corazón, apenas si podía disimular un gesto torcido de impaciencia. Sólo la madre Rosario de la Misericordia se había dado cuenta de que el malestar recrudecía. Se lo dijo la otra tarde -con la confianza de los más de cuarenta años que hacía que se conocían-, cuando despachaban precisamente el asunto del pago pendiente a los carpinteros que habían arreglado unas escaleras de la despensa. Le estaba doliendo nuevamente, ¿verdad?, preguntó la madre mirándola con sus ojillos aguados y su ceceo peninsular que no había perdido en todos estos años. Sí, confesó la superiora bufando, le dolía. «Y mucho», pero su voz cortante le advirtió a la madre Rosario de la Misericordia que la superiora no estaba para confidencias de ninguna clase, de manera que pasaron a resolver los temas realmente urgentes.
Por eso, por las preocupaciones económicas y también por el dolor sordo y persistente, se había olvidado un poco de aquella niña, Anita Moscoso. Y sí, también tenías que decírtelo, porque su presencia y su llanto te traían un lejano dolor que ya creías olvidado. Y ya ves: no hay olvido posible para algunos sinsabores...
-Seguro que viene por una pena del corazón, madre -le había insistido esa mañana la monja Catalina de la Encarnación, resollando por el esfuerzo de subir hasta la celda de la superiora, cerca del antiguo rosedal de sor Donicia de Cristo, que el Señor la tenga en su gloria.
Al principio, la superiora la hubiera despachado con una reprimenda, porque el otro día había quedado muy claro que la orden era no incomodar a la chica Moscoso ni hablar más del asunto. Pero antes de soltar la filípica que la molestia física exacerbaba, recordó que la madre Catalina de la Encarnación no estuvo en el grupito de las otras monjas y que además era un alma cándida, una inocente que vivía en las nubes y cuya preocupación por las demás era sincera, empecinada, llena de una buena intención que sin lugar a dudas no merecía reprimendas mayores.
-¿Una pena del corazón? -enarcó una ceja la madre superiora, acostumbrada al lenguaje algo melodramático de la madre cocinera, y continuó con su bordado. Luego le hizo un gesto a la monja para que no se quedara en la puerta, mujer, que pasara.
-Sí, madre -dijo la monja cocinera avanzando hasta donde la priora daba puntadas con primor.
Se quedó un momento admirando la exquisitez de aquella celda inundada por una luz como de éxtasis, las cortinas de seda color cereza, la alfombra turca a los pies de la cama, la manta tan pulcra y olorosa a azahar, los candelabros de plata con sus velones azules, los geranios sobre el alféizar de la ventana que ya empezaban a recibir agradecidos el primer chorro de sol de la mañana...
-¿Y bien, madre? -dijo la superiora subiéndose un poco los anteojos que resbalaban por su nariz, fingiendo volver al bordado.
-Al parecer ha sufrido un desengaño -explicó un poco atropelladamente la madre cocinera-. Un tontolaba que la dejó por otra, una limeña, vieja y fea, pero adinerada, según dicen. Una alimaña.
La superiora volvió hacia la madre Catalina de la Encarnación una mirada severa, qué lenguaje era ése, madre, se cruzó de brazos dejando momentáneamente su labor sobre la mesita de caoba. La madre Catalina se encendió como asaeteada por una antorcha, que la disculpara, no había querido ser impertinente, pero le parecía tan rota la pobre Anita Moscoso, tan amargada por tamaña traición... Nadie en el convento sabía qué hacer para reanimar a la chiquilla, y todas temían por el quebranto de su salud, que ni comía los mazapanes que ella preparaba, ni tampoco las naranjas, las manzanas ni las golosinas que todas las demás le dejaban en su celda, y su sirvienta también lloraba afectada porque no sabía qué hacer para que la niña comiera, se estaba quedando como un palillo...
-Ya, me hago cargo de la situación.
La madre superiora acarició el bordado cuidadosamente, puso ambas manos sobre su regazo y se volvió hacia la monja como para interrumpir su vehemente descripción de lo que ocurría con aquella muchacha.
En realidad, la había aceptado en el monasterio pese a que su intuición le aconsejaba lo contrario, pero el señor Moscoso y Chirinos seguía contribuyendo generosamente con Santa Catalina, le explicó el procurador del convento, en estos tiempos mezquinos en los que tenían que batallar hasta con los miembros del cabildo catedral y ya por último hasta con el obispo Goyeneche, sí, señor, nada menos, para que las menguadas cuentas de Santa Catalina permitiesen que el monasterio no se viniese abajo. De manera que no estaban en condiciones de ignorar la generosidad del señor Moscoso y Chirinos, y aceptar a su hija como refugiada temporal y quizá luego como novicia... Era un poco extraño, sí, fuera del orden habitual, continuó el procurador Iriarte, pero ¿cómo decirle que no a aquel padre enfurecido y desesperado, cómo obviar además que aquella mozuela -tendría qué: dieciocho, diecinueve años, quizá menos- venía escapando de un episodio turbulento? De manera que la superiora lo consultó con el consejo y las religiosas dijeron que sí. Y ya ves: te ha alborotado a las monjas con su tormento. Y a ti te ha traído un desorden, un eco, un desabrigo para el cual te creías ya a salvo, y mira tú.
La madre cocinera la observaba con unos ojos brillantes, llenos de expectación, como si la superiora pudiese resolver aquel problema, como si una palabra suya pudiese sofocar tanto sufrimiento, pobre niña.
-Ya lleva casi un mes entre nosotras, ¿verdad? -preguntó la superiora como calibrando una medida, y sor Catalina de la Encarnación se apresuró a asentir vigorosamente con la cabeza-. Entonces dile que quiero verla, que venga aquí ya mismo.
-Sí, madre superiora, sí -dijo la monja y lo repitió varias veces, antes de escabullirse de la celda con los mofletes nuevamente encendidos, ahora una sonrisa achinando sus ojos, congestionando aún más su rostro redondo y lleno de pelusilla dorada-. Dele consuelo, madre, pobre chica.
Sí, pobre chica, porque ella, la madre superiora, también oyó llorar a la desgraciada hacía una semana más o menos. Había sentido sus pasos instantáneos y sin brújula antes del amanecer, cuando los rezos de laudes quedaban ya extinguidos del todo, precisamente un día en que el ambiente de su celda parecía asfixiarla y las preocupaciones la obligaron a salir arrebujada en una manta a respirar esa paz bendita que sólo encontraba en el corazón mismo de la noche, como cuando joven. Daba una vuelta por el claustro de los Naranjos, entregada al rezo algo distraído de un misterio, cuando escuchó el llanto apagado que emergía de la oscuridad de una callejuela, y por un instante -tan apagado, tan de ultratumba le debió de sonar- se sobresaltó pensando si acaso se trataba de un ánima perdida. Pero aquel gañido lleno de estornudos mínimos y ruidosos sorbeteos pronto se le hizo mucho más terrenal. Estuvo tentada de alzar la voz, de preguntar que quién andaba, pero se arrepintió al instante: había visto tanto dolor aquí en el convento, tanta necesidad de un consuelo mucho más humano que el que procura la oración, que no quiso inmiscuirse. Que aquella desdichada, como muchas otras, como tú misma alguna vez, llorase hasta hartarse. El dulce y amargo alivio de las lágrimas.
Además, la llegada de Ana Moscoso había ocurrido en el peor momento, cuando menos tiempo tenía para atender estas pequeñeces que pautaban el ajetreo trivial y rutinario del convento: que si una discusión regada de llanto por una ofensa de chiquillas, que si la competencia de dos monjas por quién hacía los mazapanes y los buñuelos más dulces, que si el fervor excesivo de aquella hermana durante la misa de sextas, algún pavoneo innecesario durante el domingo de mercado, en fin, nada que una reconvención y una llamada al orden, a las oraciones y a la búsqueda y consuelo de nuestro Señor no pudieran solventar. Pero ahora -tenías que reconocerlo-, a los quebraderos de cabeza por motivos económicos y al dolor que volvía con fuerza se le agregaba otra cosa, mucho más silente y artera, de la que apenas se había dado cuenta porque era como una incomodidad inidentificable, un malestar y una zozobra que le desasosegaban el alma. Porque de un tiempo a esta parte la madre superiora notaba en la congregación una turbiedad llena de malicia, atufada de rencores y silencios malhumorados, una enajenación oscura que parecía borbotear en una marmita de agravios callados: y es que nuevamente se había levantado entre las monjas aquel rumor nefasto, aquella historia que la madre superiora creía sepultada bajo el escombral del tiempo, de los tumultos de principios de siglo, cómo pasaban los años, María, y que la había devuelto a una sensación de permanente sobresalto, como si el mismísimo Satanás hubiese metido su feo pie de chivo entre las paredes de Santa Catalina...
Al poco sonaron en su puerta tres golpecitos. De no haber estado recogida y en silencio, la superiora apenas los hubiera oído. «Adelante», dijo y al instante asomó la cabecita de la chica, su nariz afilada, los ojos enrojecidos bajo un par de cejas espesas. La superiora la hizo pasar con un gesto que pretendía ser liviano, y pudo percibir el desasosiego de la muchacha, que temblaba como un gorrioncillo y no dejaba de estrujarse las manos, ¡pequeña!, pensó la religiosa con un arrebato de ternura y nostalgia, ahí estás tú, María. Fíjate, ¿así eras? Sí, enflaquecida por el dolor, aturdida por el sufrimiento y la extrañeza de encontrarte allí, aquí, de pronto, huyendo del siglo como esta infeliz.
Antes de invitarla a sentarse -la muchacha obedeció no como si hubiese sido una gentileza sino una orden fulminante-, la superiora se quedó un momento meditando en silencio, sin saber por dónde comenzar un diálogo con la chiquilla encogida que tenía enfrente.
-¿No estás a gusto entre nosotras, hija mía? -creyó oportuno empezar por esa pregunta aunque de inmediato se arrepintió: ¿qué hubieras dicho tú a su edad y en sus circunstancias, María, qué dijiste tú cuando te lo preguntaron?
Ana Moscoso negó vehemente con la cabeza gacha.
-Has de saber que ese sufrimiento que te retuerce las entrañas es pasajero -la superiora se incorporó algo bruscamente, sin poder evitar una mueca de dolor y fastidio-. Aunque ahora no lo creas, aunque ahora pienses que tu vida se ha acabado para siempre, pasará. Siempre ha sido así.
Ana, Anita Moscoso no se atrevió ni a moverse, sintiendo que la superiora caminaba dificultosamente a sus espaldas, quizá buscando inspiración para seguir hablándole.
-A esta santa congregación han acudido, desde tiempos inmemoriales, las jóvenes como tú, que vienen no al llamado del Señor, sino huyendo del dolor que procura casi siempre la vida allí afuera, la vida en el siglo -suspiró o soltó un leve resoplido de hartazgo-. Pero muchas de ellas han encontrado algo mejor que jamás pensaron encontrar en su huida: el amor y la renuncia. La devoción y el sacrificio. Y ese regalo inesperado que nos ofrece nuestro Padre misericordioso debe recibirse con júbilo. Pero naturalmente, cuando alguien viene como has venido tú, como han venido tantas y tantas, es imposible darse cuenta. El Señor es todo paciencia y amor, y cuando menos lo esperes, descubrirás que ha sido Él quien ha guiado tus pasos hasta aquí y no el vano dolor del que crees huir.
-Pero mi dolor es tan intenso, tan insoportable que creo que voy a enloquecer, madre -Anita Moscoso habló con una voz casi infantil y llena de tormento, a punto de llorar.
Por un momento la superiora se volvió a ella con ternura y le puso una mano en el hombro.
-¿Y crees que ese dolor es un privilegio tuyo? ¿Que eres la única mujer que sufre por un amor, por un desengaño, infeliz?
Ana Moscoso se atrincheró nuevamente en un silencio hosco y la superiora advirtió cómo su hombro huesudo se tensaba. ¡Otra niña que cree estar descubriéndole al mundo lo que es el sufrimiento! Qué puerilidad, pensó sintiendo un amago de molestia, quizá de indignación. Con todos los problemas inmediatos y reales que debes resolver, María, y te entretenías con esta chiquilla, en lugar de permitir que el tiempo hiciera su labor. El tiempo y la oración...
Pero la superiora no sabía por qué se veía obligada a hablar, ¿por qué, María? Quizá acicateada por el desasosiego de los últimos tiempos, en que inexplicablemente la habían vuelto a emboscar los recuerdos.
-Pues bien, te contaré una historia que también ocurrió aquí, hija mía, para que veas que por desgracia tu caso no es el único, igual que este que conocerás tampoco fue el primero. Verás que tu dolor es simplemente el dolor de todos los que aman. Y que ese dolor puede hundirte para siempre en los infiernos o purificar tu alma si encuentras el consuelo del Altísimo.
¿Así era, María? ¿O sólo eran fórmulas que de tanto escuchar y repetir habías convertido en un resguardo para no pensar más en todo aquello? Pero Anita Moscoso la miraba, compungida y al mismo tiempo expectante, dispuesta a escuchar aquella historia que la superiora, sin saber exactamente el motivo, iba a contarle. ¿Por qué, María? No encontró respuesta y de pronto se encontró hablando.
-Has de saber que en este santo convento, cuando las guerras de independencia, entró una chica. Traía un dolor, como tú, sería más o menos de tu edad. La estoy viendo. Eran sin embargo tiempos más convulsos y difíciles para todos los que le tocó vivir a aquella desdichada. Yo era muy joven también, cuando todo aquello...