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ArribaAbajo- XV -

Monsalud se ocupó durante gran parte del día en diversos asuntos que no podía abandonar, por muy perturbado que su ánimo estuviese. Cuando fue a su casa, mucho más temprano que de costumbre, Solita con toda la inocencia de su alma, le dijo estas palabras:

-Hermano, hoy sí que te ha soltado pronto tu novia.

La muchacha se quedó muda de asombro y terror al ver que la broma no era recibida, como de costumbre, con simpatía y buen humor. El semblante de su hermano indicaba una agitación extrema, y sus labios descoloridos articulaban sílabas silenciosas.

-Déjame en paz -le dijo con bruscos modos-. No seas impertinente.

Solita temblaba como un criminal arrepentido. Su impertinencia se le representaba en la imaginación cual horrendo delito. Después de meditar breve rato, creyó que el mejor medio para lavar su falta era pronunciar algunas palabras que destruyeran el deplorable efecto de las anteriores.

-¿Te pasa algo? -preguntó con mucho interés-. ¿Estás enfermo?

Monsalud alzó la cabeza, mostrando a los atónitos ojos de Solita los suyos, llenos de extraño fuego.

-No me pasa nada. Ya hace media hora que estás plantada en la puerta -dijo el hermano en tono durísimo-. ¿Me dejarás al fin en paz? Sola, Sola, ¿por qué eres tan pesada?

Esta reprensión era demasiado fuerte para el alma asustadiza de la hija del realista. Sintió una congoja que le desgarraba el corazón, y casi, casi estuvo dispuesta a arrojarse de rodillas delante de su hermano,   —320→   pidiéndole que la perdonase. Pero el temor de enojarle más la contuvo. Tal era su sobresalto, que hasta temía molestarle con el ruido de sus pasos al retirarse. Hubiera deseado poder huir sin moverse, sin correr, sin andar, desapareciendo como una sombra o apagándose como una luz.

-Te he dicho que no necesito nada -repitió Salvador, deteniéndose ante ella, después de dar varios pasos por la habitación.

Un instante después Monsalud se hallaba solo consigo mismo. Midió la pieza de largo a largo varias veces con agitado paseo; sentose luego, y apoyando los codos en la mesa, puso la cabeza entre las manos, como si necesitara aquélla de estos dos puntales para no caerse del busto. Al cabo de un rato de dolorosa meditación sobre su desaire, la voluntad, o mejor dicho, la misteriosa fuerza reparadora que en el orden físico poseemos, empezó a trabajar dentro de él. Trataba de consolarse, imaginando razones positivistas que atenuaran el desconsuelo total de su alma, curando además la profunda herida abierta en su amor propio. Pero en estos casos de sensibilidad hondamente excitada, las razones positivistas, por ingeniosas que sean y aunque emanen de la dialéctica más segura, son como los medicamentos que el criterio vulgar llama paños calientes, que o no hacen nada o exacerban el mal.

El dolorido razonaba admirablemente, y mientras mejor razonaba, argumentando contra su propio dolor, más crecía éste, con más fuerza hincaba su agudo diente, más avivaba sus inextinguibles ascuas. Una lógica incontrovertible demostraba que habría sido gran error contraer matrimonio con Andrea: en el carácter de la americana había un germen maléfico cuyas consecuencias érale fácil prever a la razón fría.

Pero armas tan sutiles no eran poderosas contra la sensibilidad inflamada. Calmada ésta, consideraba Monsalud con elevación el mal que padecía, generalizando sus desgracias y sometiendo todas las ocurrencias desdichadas de su vida a una ley fatal, que presidía sus tristes destinos, como las estrellas de la antigua nigromancia.

-Otra equivocación -decía-, otra caída, otro desengaño. Todo aquello en que pongo los ojos se vuelve negro. Si mi corazón se apasiona por algo, persona o idea, la persona se corrompe y la idea se envilece. Conspiro, y todo sale mal. Deseo la guerra, y hay paz. Deseo la paz, y hay guerra. Trabajo por la libertad, y mis manos contribuyen a modelar este horrible monstruo. Quiero ser como los demás, y no puedo. En todas partes soy una excepción. Otros viven y son amados; yo no vivo ni soy amado, ni hallo fuente alguna donde saciar la sed que me devora.   —321→   ¿Amigos? Ninguno me satisface. ¿Artes? Las siento en mí; pero no tengo educación para practicarlas. ¿Amor? Siempre que me acerco a él y lo toco, me quemo. ¿Religión? Los volterianos me la han quitado, sin ponerme en su lugar más que ideas vagas... Dios mío, ¿por qué estoy yo tan lleno y todo tan vacío en derredor de mí? ¿En dónde arrojaré este gran peso que llevo encima y dentro de mi alma? Voy tocando a todas las puertas, y en todas me dicen: «Aquí no es, hermano; siga usted adelante». Voy siempre adelante. Algún ser existe, sin duda, que está sentado junto a su casa, esperándome con ansiedad; pero yo paso y vuelvo a pasar, subo y bajo, entro y salgo con mi carga a cuestas, y no doy jamás con la puerta de mi semejante. Voy aburrido y desesperado, ando sin cesar. «¿Será aquél?», me pregunto. Creo haber acertado, y una brutal mano me lanza al camino diciendo: «Sigue adelante, que aquí no es...». «Aquí no es, aquí no es, aquí no es». En toda mi vida no oiré sino estas desesperantes palabras. «Aquí no es», me dijo Jenara. «Aquí no es», me dijo el partido jurado. «Aquí no es», me dijo la emigración. «Aquí no es», me dijo la patria. «Aquí no es», me dijeron las logias del año 19. «Aquí no es», me han dicho los liberales de ahora. «Aquí no es», me acaba de decir Andrea. No es en ninguna parte, y yo moriré de cansancio y fastidio en medio del camino. ¡Maldita sea la hora en que nací! Hijo soy del crimen, y la expiación de él tomó carne y vida en mi persona miserable... ¿Por qué soy tan distinto de los demás, que en ninguna parte encajo? ¿Por qué ningún hueco social cuadra a mi forma? Mejor es desbaratarse y morir, ¡Dios mío!, que estar siempre de más...

Al concluir esta serie de razonamientos, que brotaban en su cerebro como chispas de un hierro candente herido en la fragua por el martillo, dio repetidos golpes con la frente en la dura tabla de la mesa.

¡Pobre hombre! La verdad es que teniendo los medios vulgares para ser feliz, no podía serlo, sin duda por repugnar a su naturaleza los vulgares medios. Pero se equivocaba al echar la culpa de sus contrariedades al destino, a las estrellas, a una crueldad sistemática de la Providencia, como es frecuente en los que razonan poco; las causas de su constante desaliento y de sus caídas teníalas dentro de sí mismo, y se atormentaba constantemente en virtud de una poderosa fuerza crítica, compañera de todos sus actos. Sin quererlo, su mente le presentaba con claridad suma todas las abominaciones y fealdades de hombres y de la vida, exagerándolas quizás, pero sin perder ninguna. Por eso, cuando el natural orden de compensaciones que preside a la existencia le conducía a una situación lisonjera y optimista, el amor,   —322→   por ejemplo, se abrazaba a ella con la desesperación del náufrago; y despertando todas las fuerzas de su ser, las dirigía al caro objeto; se apasionaba y exaltaba tanto, como si toda la vida debiera condensarse en una semana y el universo entero en las sensaciones y los espectáculos de un día. Cuando el desengaño llegaba, natural invierno que con orden incontrovertible sigue al verano de la pasión y del entusiasmo, le sorprendía a tanta altura que sus caídas eran desastrosas. Otros caen de una silla y apenas se hacen daño. Él, que siempre se encaramaba a las más altas torres, quedaba como muerto.

Otra causa le hacía infeliz, la desproporción inmensa entre sus condiciones sociales o de nacimiento y la superioridad ingénita de su inteligencia y de su fantasía. La fantasía le incitaba a todas horas con vivaces estímulos: era como un aguijón constante que intentara hacer correr a quien carece de pies. Considerad una inspiración ardiente sin medios de manifestarse, semejante a la curiosidad óptica del ciego; una inspiración que daba el fuego sin combustible, el agua sin vaso, la idea sin la palabra, sin la línea, sin la nota; considerad un alto ingenio que no sabe más que leer y escribir en una época en que el arte tiene que ser letrado porque han desaparecido los bardos y los trovadores de camino, y comprenderéis cómo pesa sobre un alma la fantasía cuando la falta de educación la ha privado de sus sentidos propios. Es verbo inencarnado que lucha en las tinieblas con horrendo torbellino, queriendo ser forma y sin satisfacer jamás su anhelo doloroso.

Salvador tenía pasión por la música. Al establecerse en Madrid el año 18 creía en su candor (pues su alma era en el fondo excesivamente candorosa), que aquel arte estaba al alcance de todo el mundo. Ignoraba las inmensas dificultades técnicas, jamás vencidas después de la infancia, que caracterizan el arte más amable y más profundamente patético en la vaguedad soñadora de su expresión. Con estas ideas, Monsalud compró un piano. Creía que en el clave todo es, como vulgarmente se dice, coser y cantar. El desengaño vino al instante, y el pobre joven se encorvaba con desesperación sobre el ingrato instrumento, y sus dedos de hierro herían las teclas sin poder hacerles hablar más que un lenguaje discorde y estrepitoso. Al mismo tiempo trataba de explorar el mundo de aritmética y de armonía comprendido en las cinco rayas de la cábala musical, y su mente caía rendida ante un trabajo que exige paciencia sinfín y árida práctica. Un día le sobrevino un arranque de ira durante los estudios musicales, que asemejaban su casa a un conservatorio de locos, y tomando un martillo, dijo a las teclas:

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-¿No queréis responderme? Pues tocad ahora.

Y las despedazó. La caja no tuvo mejor suerte, y una vez vacía, la   —324→   llenó de legajos. El clave sufrió la suerte de los hombres que a cierta edad se vacían de ilusiones y se llenan de positivismo.

La poesía escrita le cautivaba sobremanera. También se le antojó ser poeta escrito, lo cual es muy distinto de poeta sentido; pero tropezó con el inconveniente de no saber de nada, grave contrariedad que estorba mucho, aunque no tanto como al músico la ignorancia técnica de su arte. El poeta puede salir de su atolladero con libros, y en aquel tiempo, aunque pocos, había libros. Lo que principalmente faltaba era espíritu literario, que es la atmósfera del artista; faltaban público y amigos tocados de la misma debilidad versificante, porque cuanto respiraba, respiraba entonces con los pulmones de la política. Salvador creyó, sin embargo, que en sí mismo encontraría todo lo necesario, es decir, poeta, espíritu poético, público y hasta el aplauso, que también es musa. Compró libros, empezó a desflorar aquí y allí; pero ¡ay! a las primeras tentativas vio que le faltaba una musa imprescindible, una musa sin cuya condescendencia no es posible hacer absolutamente nada: le faltaba tiempo. No sabemos lo que habrían hecho Homero y el Dante con su inmensa inspiración si no hubieran podido consagrar a los versos ni aun medio minuto; si hubieran tenido que ganarse la vida trabajando dieciséis horas en áridas cuentas y fatigosos menesteres; si la obligación sagrada de mantener a su madre les hubiera quitado toda ocasión de renunciar al trabajo lucrativo para emprender la gloriosa, agitada y vagabunda vida de la imaginación.

Un día Salvador se sintió muy malhumorado. Cogió los poetas, y acordándose de Felipe II, les trató como a herejes.

Aún le quedaba un respiradero, un escape, una vía libre, aunque muy estrecha, para salirse a sí mismo y quebrantar la ley de concentración y encierro que le estaba emparedando el alma, digámoslo así; le quedaba el periodismo, y entonces había una prensa no despreciable, donde la juventud podía hacer sus juegos. El Espectador y El Universal, que hoy nos hacen reír, eran órganos hasta cierto punto afinados y sonoros. Salvador no dejó de hacer la prueba; pero bien pronto aquel displicente espíritu crítico de que antes hablamos le hizo aborrecibles las redacciones, como le hizo aborrecibles más tarde las logias, los clubs y la política.

Mas de repente descendió para él de ignorado cielo la hermosa figura de Andrea. Entonces las artes todas, que antes no habían tenido nota ni palabra, se realizaron. Andrea era la música, la poesía, la pintura, la estatuaria, hasta la arquitectura y la danza; era también, si se quiere, el periodismo, la gran política, la vida toda en fin. El arte tiene distintos   —325→   caminos para satisfacer el alma: unas veces va por el camino de los lienzos y de las notas; otras por los derrumbaderos de la pasión, entre tormentos y goces infinitos. Como quien lo tiene todo, como quien recoge a manos llenas abundantes frutos y flores en todas las ramas del gran árbol del espíritu, Salvador estaba satisfecho: las teclas habían respondido, y sin notas ni versos, poesía y música habían saciado su sediento afán.

Corrieron días felices. Él, sin embargo, se proporcionaba el placer de atormentarse pensando en la probabilidad de perder a su amada; y su cavilación, despertando otros recuerdos y estableciendo los términos sistemáticos de su desgracia, llegó a darle la seguridad completa de un conflicto. El alma se defendía rabiosamente contra aquella alevosa guerra de distingos y sutilezas. Por adorar, hasta adoraba los defectos de Andrea, mejor dicho, veía en ellos gracias nuevas y donaires desconocidos, por cuyo motivo, en el momento de la catástrofe, le hemos visto rechazando las razones positivistas con que el pérfido intellectus trataba de arrancarle su hermoso sueño. Andrea era para él la totalidad de las satisfacciones humanas y el ideal de la vida. La amaba en globo, con sus defectos, conociéndolos y aceptándolos como se aceptan sin la más leve protesta de los ojos las manchas del Sol. Ni por un momento pensó en apartarse de ella por causa de tales lunares, accidentes encantadores que se confundían con las perfecciones, sin que el ciego amor pudiera decir dónde acababa Dios y empezaba Satán. El egoísmo estupendo del amor ahogaba entonces en Monsalud la potencia crítica que en él hemos reconocido. Para que uno y otro se separaran era preciso, pues, que mediase una gran violencia o una traición de ella. Ésta vino, como hemos visto, y el pobre hombre, dolorido y desesperado por la conmoción de la caída, meditaba en la noche que siguió al día del desengaño, buscando una especie de recreo en su propia pena, y golpeaba en la tabla del bufete con su cabeza, cual si ésta fuera un caldero lleno de absurdos, que merecía ser roto y desocupado.

Entre tanto, Solita, llena de consternación por lo que había visto y oído, se retiró. No se apartaba de su mente la idea de que Salvador sufría algún mal muy grande. ¿Cómo consolarle, cómo aliviarle al menos? Por último, cavilando durante largo rato, sus ideas variaron.

-Ya adivino lo que es -dijo-. Salvador está triste y enojado porque tiene malas noticias de la causa de mi padre.

Al instante corrió en busca de Doña Fermina. Manifestole lo que había pasado, y las dos deliberaron si debían esperar a que él revelase la causa de su malestar o interpelarle desde luego sin miedo.

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-Esperemos -dijo la madre-. Si da en callar, no le sacaremos una palabra.

No había concluido de decirlo, cuando sintieron la voz de Monsalud.

-¡Madre, madre!... ¡Soledad!

Corrieron allá.

-Madre... Soledad... -repitió Salvador viéndolas entrar-. Aquí no tiene uno quien le acompañe... le dejan a uno morirse de tristeza. Ni siquiera vienen a preguntar si se me ofrece algo.

El semblante del joven expresaba una reacción viva en sentido consolador. En lo más extremado de su pena, sintió que ésta se agrandaba con el aislamiento, y un poderoso instinto de restauración le impulsaba a rodearse de personas queridas.

-Hijo, si estamos aquí... Sola me ha dicho que la has despedido con dos piedras en la mano -dijo Doña Fermina.

-Ha sido una broma -indicó Monsalud, sintiendo remordimiento por haber tratado mal a su protegida-. Solilla, siéntate aquí y trabaja en mi cuarto. Necesito que me acompañes.

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-¿Tienes que decirnos algo desfavorable del pobre D. Urbano?

-Nada, nada; todo lo contrario. Espero sacarle pronto de la cárcel. Hoy precisamente han variado las cosas.

Solita miró con expresión de incredulidad a su hermano.

-¿No lo crees?... Pronto verás que no te engaño... Una circunstancia imprevista lo arreglará todo. ¿Estás enfadada conmigo porque te dije impertinente?

-¡Qué tonto eres! -respondió la de Gil de la Cuadra, toda ruborosa y turbada-. Nada de lo que tú hagas o digas me puede enfadar. ¿Qué importa una palabra de más o de menos? Bien sé que eres muy bueno para mí.

-Gracias, hijita. Haces bien en tener esa confianza en el hombre que va a ser...

-¿Qué?

-Padrino de tus muñecos. Tengo ganas de ser padrino de algo. Sin embargo, más vale que no sea yo padrino de ellos.

-¿Por qué?

-Porque se morirían.

-¿Pero es verdad que no nos engañas? ¿Hay esperanzas de que el Sr. D. Urbano?... -volvió a preguntar Doña Fermina.

-Sí; tengo mucha esperanza de lograr mi objetivo. ¡De qué caminos tan extraños se vale la Providencia!

-¿Pero es cierto, es verdad lo que dices? -exclamó Sola derramando lágrimas de ternura-. ¡Mi padre libre!

-El corazón -dijo Doña Fermina- me ha estado diciendo todo el día que se nos preparaba un acontecimiento feliz.

-Y yo -añadió Solita con emoción profunda-, también he tenido hoy unas corazonadas... Anoche soñé que me asomaba al balcón y que veía a mi padre entrando en la calle. El pobrecito me saludaba con la mano, dándose tanta prisa a entrar y subir la escalera, que tropezaba a cada momento.

-Es particular -dijo la madre-. Yo también soñé anoche una cosa parecida.

-Es particular -dijo Monsalud-. Sin duda es ésta la casa del sueño. Hace poco me quedé aletargado y soñé...

-¿Que mi padre estaba libre?

-Sí; pero mira de qué modo tan extraño. Yo me dirigía por la calle de la Cabeza a la cárcel de la Corona. Llegué a la puerta y me salió al encuentro, ¿quién creerás que me salió al encuentro?

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-¿Un centinela?

-¿Un carcelero?

-Un perro.

-Lo mismo da.

-Un perro, no de tres cabezas, como el del Infierno, sino de una sola; pero tan horrible, que su vista me hacía temblar de sobresalto y pavor. Sus ojos despedían fuego, y su espantosa boca, llena de cuajarones de sangre, se abría hasta las orejas dejando ver feroces dientes agudísimos y una lengua que vibraba como hoja de metal. Era la bestia más repugnante y fea que imaginarse puede. Pero lo más raro era que aquel horrendo animal hablaba.

-¿Hablaba?...

-Yo le dije que iba a buscar a un infeliz encerrado en la cárcel. El perro fijó en mí sus ojos de fuego, cuya claridad me llegaba al alma, estremeciéndome todo.

Las dos mujeres se estremecían también, y los ojos de Solita no estaban menos espantados que si tuvieran enfrente al temible can.

-El perro dio un gruñido -continuó Monsalud-, y con su voz, que resonaba como si saliera de honda caverna, me dijo: «Está bien, amigo mío...».

-¡Amigo mío!... Pues no dejaba de ser cortés.

-Está bien, amigo mío -me dijo-; puedes llevarte al preso con una condición. Ya sabes que yo me alimento de corazones. Dame el tuyo, y hemos concluido.

-¿Y se lo diste?... pero hombre... pero hijo... -gritó Doña Fermina con impaciencia.

-Me clavé las uñas en el pecho, apreté fuertemente, metí la mano...

-¡Jesús! -exclamó Solita, apartando el rostro.

-Metí la mano, me saqué el corazón y se lo arrojé a la bestia, que con su feroz boca lo cogió en el aire. Entré, y cuando salía, sacando al señor Gil, vi que el perro mascullaba el pedazo de carne, saciándose en él. ¡Ay, cuánto me dolía!



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ArribaAbajo- XVI -

Salvador se inquietaba bien poco de un acontecimiento que por aquellos días, los primeros de Marzo, agitaba hondamente el mar de la política, produciendo borrascas, zozobras y naufragios. ¿Necesitaremos recordarlo, a pesar de haber hablado de él, por cierto con mucha discreción, el marqués de Falfán de los Godos? Olvidando las prácticas constitucionales o haciéndose el tonto, que es la opinión más autorizada, añadió el Rey al discurso de la Corona un parrafillo de su invención, en el cual se quejaba de los insultos que diariamente recibía, y acusaba con este motivo a los ministros y a las autoridades de Madrid. Alborotose el Congreso, alborotáronse más los clubs, los ministros estaban con medio palmo de boca abierta, sin saber lo que les pasaba, y mientras el Rey les destituía arrebatadamente, dábales el Congreso un voto de confianza y una pensioncita de sesenta mil reales; admirable almohada para reclinar la gloriosa cabeza después de una caída.

Su Majestad, firme en el propósito de hacerse el tonto (y quien crea otra cosa no sabe hasta dónde llegaba la malicia del astuto Rey neto), pidió consejo a las Cortes para la formación del nuevo Ministerio, inaudita aberración constitucional, pues el Gabinete caído tenía mayoría. Los diputados contestaron al mensaje del Rey con un refunfuño de desconfianza, achacaron a la mano oculta los insultos consabidos, y negáronse a proponer los nuevos- ministros, dando a entender al Soberano que el Ministerio Argüelles era el mejor de los ministerios posibles. Fernando consultó entonces al Consejo de Estado, y de esta consulta salió el Ministerio del 4 de Marzo.

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Era natural que el nuevo Gabinete no gustase a nadie. Los tibios le tenían por exaltado, y los exaltados por tibio. Procedente, como el anterior, de la mayoría, el Gabinete Valdemoro-Feliú, representaba las mismas ideas, la propia indecisión, idéntica dependencia de manejos secretos; representaba también la debilidad frente a los alborotadores, las pedradas al coche del Rey, la tolerancia de las grandes conspiraciones y la persecución sañuda de las pequeñas. De entonces data, si no estamos equivocados, la célebre frase de los mismos perros con distintos collares. Más adelante, cuando Feliú pasó de Ultramar a Gobernación, el Gabinete se enderezó como una planta cuya savia se regenera, y supo desplegar contra los alborotadores y los clubs una energía que hasta entonces no se había visto en el Gobierno después de la revolución.

Tal era la situación política a principios de Marzo. En el Gobierno, debilidad; en el Congreso, confusión; en Palacio, solapadas intrigas, cuyas resultas se verán más adelante. El pueblo, desbordado y sin reconocer ley ni freno alguno, expresaba su voluntad ruidosa y groseramente en los clubs. A fuerza de oír hablar de su soberanía, empezaba a creer que consistía ésta en el uso constante de la iniciativa revolucionaria y en el ejercicio atropellado de la sanción popular en asonadas, violencias y atrocidades sin cuento. Romero Alpuente, un vejete furibundo a quien después conoceremos, había dicho que la guerra civil era un don del Cielo. Istúriz, joven y exaltado, había dicho que la palabra Rey era anticonstitucional. Moreno Guerra, había dicho que el pueblo tiene derecho a hacerse justicia y vengarse a sí propio. Golfín, que la anarquía purgaba a la tierra de tiranos. Otro llamaba al Trono cadalso de la libertad.

Entre tanto las sociedades secretas estaban desconcertadas; porque si bien el nuevo Ministerio saliera de ellas como el anterior, no había gran seguridad de que se dejase gobernar por los Valerosos Príncipes.

-Estamos -decía Campos-, en la situación más oscura que puede imaginarse. Yo no he tenido nunca a Feliú por muy afecto a nuestro Orden, y temo mucho que se nos vuelva en contra. Sin embargo, anoche nos ha echado un discursejo con muchos ofrecimientos y palabrotas; pero no me fío, no me fío.

Esto lo decía el gran Cicerón sentado junto a una mesa del café de La Fontana, teniendo enfrente a Salvador Monsalud, que entre sorbo y sorbo de café leía El Espectador. Cómo se habían juntado después de su violenta separación, cómo habían ido allí, apareciendo amistosamente   —331→   reconciliados merced a un par de tazas y otras tantas copas, es cosa que se explica fácilmente. Campos fue a casa de Monsalud una mañana, anunciándole que tenía que hablar de asuntos igualmente graves para los dos, y aunque el joven le recibió con los peores y más ásperos modos, como Cicerón no se daba por ofendido y era hombre que respondía con risas a las palabras duras, bien pronto uno y otro, a pesar de su desacuerdo, hallaron un término común de reconciliación pasajera. Campos convidó a Aristogitón a pasar un par de horas en La Fontana, y una vez allí sentáronse en el más apartado y oscuro rincón del local, tras la tribuna y no lejos del mostrador. Casi estaban solos, porque en tal hora el célebre club de los amigos del orden descansaba de sus fatigas.

-Pero a pesar de todo, nosotros no hemos perdido nada todavía -añadió Campos-, y yo quiero ver quién es el guapo que se atreve a dar un golpe a las sociedades secretas, autoras no sólo de la revolución de España, sino de las de Portugal y Nápoles. Este poder inmenso no se pierde por una veleidad ministerial... Conque, amado Aristogitón, yo planteo nuestra cuestión en los mismos términos en que la planteé en mi casa hace ocho días, cuando te pusiste como un basilisco, y aun creo que intentaste pegar a tu maestro... Pero, hombre de Dios, ¿no me haces caso de lo que te digo? Mientras hablo, tú lees.

-Oigo perfectamente -dijo Monsalud, dejando el periódico y tomando la taza-. La cuestión planteada en los mismos términos de aquel día...

-Cuando me quisiste pegar -repitió Campos con burla-. Después me estuve riendo de ti dos horas. Si yo fuera un hombre terrible, te hubiera echado por el balcón; estaba en mi derecho.

-No lo niego. Si yo hubiera sido un hombre imprudente, le hubiera roto a usted la cabeza; también estaba en mi derecho por haber sido engañado. Usted intentó comprarme con viles ofertas de destinos y menudencias.

-Y ahora te compro por el precio que tú te has puesto: por la concesión de una gracia a que das suma importancia. La cosa en sí es la misma: no varía más que el precio y la clase de moneda. Tú me dejas en paz a mi sobrina...

-Y usted me pone en la calle a un pobre preso que será ahorcado si las cosas siguen por el camino que llevan.

-Perfectamente. Trato clarísimo y que no da lugar a engaños ni malas interpretaciones. Do ut des.

Campos como hombre que ve adelantar satisfactoriamente una negociación   —332→   de importancia, respiró con fuerza, embaulando después media taza. Robespierre 2 subió a sus rodillas. Uno y otro se acariciaron.

-No debieras extrañar -añadió-, que yo quisiera favorecerte con un buen destino y aun alejarte. A mí me gusta hacer las cosas con delicadeza. De este modo se llega al objeto sin ofender a nadie, sin ruido y sin dimes ni diretes. Creí que tú, hombre listo, me entenderías después del primer avance, y tomando lo que te daba, te dispondrías a callar y obedecer, dejándome el campo libre. Pero no entendiste. Tienes un candor honradillo que exige se te digan las cosas claras, y en verdad, a mí me repugnaba hablarte con claridad en asunto tan espinoso.

-Algo creí entender; pero como no contaba con la traición de Andrea, no pasé de sospechas vagas.

-¡La traición! -dijo Campos con gravedad irónica-. Pero hombre... ¡qué palabrotas se estilan ahora! Di más bien que mi sobrina comprendió lo que sacaba del noviazgo contigo. Por mi parte, de algún tiempo acá me desvelo porque disfrute una posición tónica y como corresponde a sus méritos. Es tiempo ya de que tenga un padre vigilante y cariñoso. Te confieso, amigo Aristogitón, que cuando sospeché tus niñadas con ella, y mas aún, cuando las sospechas se trocaron en certidumbre... ¡ay! sentía impulsos de despedazarte. Pero meditando bien, resolví tener mucha calma, abordar la cuestión con astucia, evitar un escándalo que pudiera turbar la paz espiritual del buen Falfán de los Godos. De esta manera todos quedan contentos. No creas que me ha costado poco cautivar a Andreílla. La pícara se nos escapaba como una mariposa cuando creíamos tenerla segura; pero conquistado tú, que eres el Montjuich, la rendición de la ciudadela es inevitable... ¿Te das por conquistado?

-Me doy por conquistado.

-¿Renuncias por completo y en absoluto a ella? ¿Huirás de su trato y de su vista, y en caso de que la casualidad te la ponga delante, harás con ella como si nunca la hubieras conocido?

-Lo haré.

-¿La despreciarás, la arrojarás de tu lado, le harás ver de una manera indudable que tú y ella sois como el agua y el fuego, que no se pueden juntar?

-Como el agua y el fuego.

-Y si la tempestad arrecia, ¿serás capaz hasta de hacerla creer que estás enamorado de otra?

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-También.

-Vamos, eres un hombre. Tus declaraciones merecen una salva. Echemos pólvora fulminante en el cañón y disparemos.

Los masones llamaban pólvora fulminante al ron. El cañón y la salva ya sabemos lo que eran.

-¡Fuego! -dijo Monsalud, llevando la copa a sus labios.

-¡Fuego! -repitió Campos.

Los del Arte Real, en sus tenidas de banquetes, pronunciaban esta voz de mando para indicar los brindis.

-¿Pero a qué vienen tantas exigencias, que parecen pruebas masónicas -dijo Salvador-, si Andrea no necesita de mis desdenes para obedecerle a usted? ¿No ha dado su consentimiento?

-¡Ah!, ¡ah!... fíate de consentimientos. Dicen que la palabra veleidad es femenina en todas las lenguas. Prueba de que todas las mujeres son veleidosas. Es verdad que Andrea, a fuerza de ruegos, de razones, de regalos, de mimos, de promesas, me prometió ser marquesa... ¡marquesa,   —334→   ya ves qué pedrada!... y la muy tonta... Por algo se ha dicho que entre el sí y el no de una mujer no se puede poner la cabeza de un alfiler.

-Ella apetece más. La ambición, una vez desarrollada, no se satisface fácilmente. Creerá que Falfán de los Godos no es bastante rico.

-Si es millonario. No va por ahí la corriente -dijo Campos con desaliento-. Es que Andrea vuelve los ojos a este tunante y se arrepiente, se arrepiente la muy pícara de la promesa que me dio. Desde el otro día... Pero yo quisiera saber qué tienes tú para trastornar de este modo un cerebro, que después de todo es un cerebro de la raza de Campos, fecunda en gente sesuda.

-Andrea tiene conciencia; no es una muchacha corrompida -afirmó Monsalud, disimulando el interés que aquella parte de la conversación le producía.

-¡Qué conciencia ni conciencia!... Resabios tontos de su enamoramiento infantil. Yo sé que eso desaparecerá; pero por de pronto me tiene inquieto. Desde aquel día que tú y yo estuvimos a punto de machacarnos las liendres, no sabes cómo se ha puesto esa muñeca. Está loca, rematadamente loca, y anoche tuve que encerrarla, porque quería salir.

-¿Salir?

-A buscarte; y se nos escapará, porque la niña es sutil. Por eso quiero estar seguro de ti. Querido Aristogitón, si tú no me ayudas, todo se pierde. No puedes tener idea de cómo está esa criatura. En mi casa no se oyen más que suspiros, y con las lágrimas que unos ojitos negros han derramado estos días se podía haber hecho otro estanque del Retiro. Sorprendila ayer desenvainando el puñal que conserva como recuerdo de su padre. ¡Ay! qué susto. Te aseguro que si no llego a tiempo, tenemos en casa una degollina, un suicidio, una de esas gracias que mi sobrina ha leído en las historias de griegos y romanos, y que ahora las novelas sentimentales tratan de poner en moda. ¿Has leído el Werther? Es un Dido macho que se mata por amor.

Salvador estaba pálido y no acertaba a decir nada.

-Por esta causa he querido prevenirte, asegurarme de tu formal renuncia, que espero cumplirás con honradez. Es posible que recibas alguna esquelita, aunque la hemos privado de tinta y papel; es también muy probable que la mariposa tienda sus alas y se eche a volar poéticamente por las calles de Madrid, y te busque y te encuentre... Veo que suspiras... mira, no vengas tú también con suspiros. En una mujer, pase; pero un hombre es un hombre, Salvador, y, sobre todo, un hombre que tiene a su padre en la cárcel a punto de ser ahorcado, debe tener corazón   —335→   de bronce, portarse caballerosamente y cumplir su palabra.

-Yo la cumpliré -murmuró Salvador.

-Bueno, señor Caballero Kadossch. ¿Tú repites las ofertas que hace poco me has hecho?

-Las repito.

-¿Acabaste para mi sobrina? -preguntó Cicerón en un tono que indicaba la idea de las resoluciones categóricas.

-Acabé -respondió Salvador en el propio tono del suicida que dice adiós a la vida.

-¿De modo que no harás caso de esquelitas, ni de recados, ni de visitas?

-No.

Se frotó los ojos con la mano derecha, cual si quisiera reducírselos a polvo.

En aquel momento arrojaba su corazón al perro.



  —336→  

ArribaAbajo - XVII -

-Pues lo pasado, pasado -dijo Campos-. Amigos otra vez. Olvidemos las ofensas que mutuamente nos hayamos hecho.

-Pasemos la trulla.

Trulla era la cuchara de albañil, y la idea de pasarla indicaba olvidar y perdonar las injurias, idea que bien podía expresarse hablando como la gente.

-Ahora me toca a mí -dijo Salvador.

-Ahora te toca a ti -añadió Campos sacando dos cigarros habanos y ofreciendo uno a su amigo-. Ahí va esa pólvora del Líbano. Fumemos.

-¿Usted me promete que Gil de la Cuadra no será condenado a muerte?

-Eso no.

-¿Usted me promete que se sobreseerá su causa?

-Tampoco.

-Entonces...

-Lo que prometo es que tu padre, tu tío, tu pariente o lo que sea, saldrá de la cárcel.

-¿Cómo?

-Escapándose de ella, lo cual no es fácil, pero sí posible, sobre todo si tú y yo nos proponemos hacerlo. No hay que pensar en que el Gobierno suelte la presa absolutista que tiene entre las garras. Es preciso ofrecer un par de víctimas al pueblo, y como no se le puede dar un león, se le da un conejo. Ya sabes que el cura Merino ha aparecido en Castilla; el Abuelo ha levantado también una partida cerca de Aranjuez   —337→   y Aizquíbil recorre con su gente el país de Álava. El Pastor entra también en campaña, y a varios de su partida que han sido pescados, se les encontraron muchos ochentines de los que acuñó el Gobierno hace poco. Estos ochentines se dieron todos a la Casa Real, de modo que no hay duda alguna respecto a la mano que está moviendo esta vil máquina de las partidas.

-El Rey.

-Sí, y cuando los Ministros le hicieron notar la coincidencia, respondió tranquilamente: «Es muy extraño eso», y no dijo más. La Corte trabaja con desesperación por encender la guerra civil, y los curas y los guerrilleros, amparados por ella y por las juntas extranjeras, harán un esfuerzo terrible para restablecer el absolutismo. Nos aguarda un porvenir de rosas. Ya sabes lo que significan en nuestro amado país estas dos fuerzas: curas, guerrilleros.

-No tengo ilusiones en ese particular. La estupidez de los liberales, su corrupción y falta de sentido, anuncian a voces que volverá el absolutismo.

-Pues bien; cuando por todas partes no se ven mas que peligros; cuando el Gobierno se mira amenazado y provocado por los absolutistas, ¿no es natural que si logra poner la mano encima de alguno, apriete firme hasta ahogarle?

-Es natural. Los pobres gazapos que se han dejado coger, pagarán las culpas de los lobos y de la Corte que los azuza.

-Evidentísimo. Por consiguiente, amigo Monsalud, no hay que pensar en que el Gobierno perdone a ninguno de los que hoy están presos por conspiraciones realistas.

-Serán condenados...

-A muerte. El juez, Sr. Arias, confiesa privadamente que no halla motivo para tanto; pero la presión popular y la necesidad de hacer un escarmiento, la conveniencia de amedrentar a la Corte, levantará el cadalso. Aquí tienes la libertad en tales trances que no puede pasarse sin el verdugo.

-¿De modo que no hay que soñar con un sobreseimiento?

-Locura. Vinuesa no se escapa de la horca. Los demás serán condenados a presidio... Puesto que no podemos evitar la sentencia, tratemos ahora de salvar a tu hombre. Yo estoy tan comprometido a ello moralmente como tú. Planteemos la cuestión. Primer punto. Todo el personal de la cárcel está en poder de gentuza comunera o milicianos nacionales de los más majaderos.

  —338→  

-Lo sé, y he resuelto hacerme comunero.

-Admirable idea -dijo Campos en tono de lisonja-. Y si procuras retener en la memoria todos los disparates y gansadas de los hijos de Padilla para contármelos, tu idea será sublime.

-Yo iré allá tan sólo con el fin de contraer amistades que me sirvan para nuestro objeto.

-Excelente plan. En tanto el Grande Oriente se encarga de hacer en el personal de cárceles alguna variación.

-Cosa facilísima.

-No tanto, joven, no tanto. Tú no sabes cuánto se ha alambicado ya en la cuestión de destinos. No se puede estar trasegando la gente todos los días. Lo peor de todo es que hacemos una variación, y al punto nos conquistan los comuneros el nuevo personal. Se varía otra vez, y la defección se repite. Hacemos tercera hornada; pero llega un momento en que no se puede más, porque se acaban los carniceros, panaderos y pasteleros que quieren ser funcionarios públicos en las porterías de los ministerios, en cárceles, en correos... Por este camino va a desaparecer en Madrid toda la clase menestral.

-Pero los cambios traen numerosas cesantías.

-Pero los cesantes, esos insignes patricios desairados, no quieren volver a las panaderías, carnicerías y molinos de chocolate de donde salieron. Encuentran más fácil encastillarse en las fortalezas de Padilla, donde, haciendo comedias, se van adiestrando en la oratoria y en el arte de conspirar.

-¿Y cómo viven?

-Ese es el misterio. Lo evidente es que tienen dinero. ¿Ves esa turbamulta de vagos que aúllan en los cafés, que alborotan en la plaza de Palacio, que apedrean las casas de los Ministros, que van a cantar coplas indecentes junto a las rejas de la prisión de Vinuesa?... Pues todos ellos viven, y viven bien.

-Los ochentines del Pastor harán ese milagro.

-Eso creo yo. Los ochentines...

-Pero contra los ochentines, el Gobierno tiene los empleos públicos. Póngame usted en la cárcel de la Corona a un empleado que se preste a favorecer nuestro plan.

-Precisamente hay una vacante. Me he informado hoy.

-Mejor que mejor.

-Bueno; pues elige tú el candidato.

Salvador meditó breves instantes.

  —339→  

-Lo mejor será un hombre de bien, pues no se trata de salvar a ladrones y asesinos; se trata de hacer una buena obra, librando a un pobre anciano inocente, inocente, sí... porque Gil de la Cuadra, aun conspirando con todas sus fuerzas, no es capaz de hacer daño a un semejante ni a la sociedad.

-Pues mi opinión es que elijamos un tonto. Es fácil de encontrar.

-Ya tengo mi hombre -dijo vivamente y con alegría Monsalud.

-¿Has hallado el tonto?

-Un maestro de escuela.

-Viene a ser lo mismo. Apuesto a que has pensado en Sarmiento.

-No, lo echaríamos todo a perder -dijo Salvador arrepintiéndose-. Sarmiento es sencillo, pero su fanatismo rabioso le transfigura, haciéndole cruel. Me parece que debemos elegir un discreto.

-Bien puedes coger la linterna de Diógenes. Échate a buscar el discreto.

-Ya lo hallé -exclamó Monsalud, dándose una palmada en la frente.

-¿Quién?

-Yo mismo.

-Hombre... la idea no es mala -repuso Campos sonriendo-. Pero la verdad... ese destino no es propio para ti. Vales tú mucho más.

-¿Y qué me importa?

-El duque del Parque no querrá tener a su servicio a un sota-alcaide.

-Dejaré el servicio del duque del Parque.

-¿Pero no se te ocurre otra persona?

-No me fío de nadie. Estoy decidido. Seré sota-alcaide.

-Vas a bregar con la gente más cruel, más perdida y más infame de la sociedad. El personal de cárceles allá se va con el de encarcelados.

-No me importa. He tenido una idea feliz.

-Pues adelante, y realicemos la idea feliz. Serás sota-alcaide. En tanto que te nombro... pues no creas que es cosa de un momento: lo menos hay treinta candidatos... hablaré a Copons.

-¿El jefe político?

-¡Ah! -exclamó Campos con gozo-. Le tengo cogido, le tengo preso en mis redes. Precisamente anda tras de mí para que le favorezca en ciertas pretensiones que trae en Gracia y Justicia. Una bicoca; tres primos que fueron beneficiados y ahora se les ha antojado ser deanes. Son de la pacotilla de los que llaman modestos... ¡pobrecitos! Copons es muy exaltado; el Gobierno, que le puso en lugar de Palarea, no está muy contento   —340→   con él. Necesita todo el arrimo del Grande Oriente para no venir a tierra. Muy bien; esto va a pedir de boca. Tu padre, tu abuelo, o lo que sea, se ha salvado.

Hablaron algo más, determinando algunos detalles del plan, y se separaron. Campos tenía que revisar unas cartas detenidas por orden superior. Salvador debía consagrarse a sus ocupaciones. Cuando volvió a su casa, entregáronle un billete que acababa de llegar. Habiendo conocido en el sobre la letra de Andrea, sintió tanta ansiedad como pavor. La carta estaba trazada a prisa, con indecisos rasgos, y decía:

«Arrepentida, arrepentida, arrepentida de lo que he hecho.

»Ven al instante. Estoy esperándote en el Retiro, junto al Observatorio. Me he escapado de mi casa. Querido mío, mi vida y mi muerte: si no me perdonas, si no vienes al instante a mi lado, me moriré de desesperación.

»Lo que he hecho contigo es una villanía, una ofuscación.

»Un poco tarde lo he conocido; pero lo conozco al fin, lo confieso y te pido perdón.

»Te adoro, y ni Dios podrá hacer que yo pertenezca a otro. Eres mi dueño y puedes abofetearme, puedes matarme si me porto mal.

»Salvador, sácame del infierno en que estoy. Ven, no tardes ni un segundo. No vuelvo más a mi casa. Iré contigo a donde quieras: seré tu esposa, tu criada o lo que tú quieras... Sácame los ojos y dentro de ellos verás tu cara. Ya me parece que te siento venir... ¿Vendrás?... En el Retiro junto al Observatorio. Voy corriendo, no sea que llegues antes que yo. Adorado mío, te quiere con toda su alma y te ofrece el corazón y la vida,

ANDREA».

Soledad, que entraba cuando Salvador concluía de leer la carta, notó su palidez y agitación.

-¿Qué tienes, hermano? -dijo llena de pesadumbre-. ¿Ese papel te dice algo desfavorable a mi pobre padre?

-No, no -dijo el hermano con desesperación-. Es todo lo contrario. Sola, abrázame, abraza a tu hermano.

La muchacha se arrojó llorando en brazos de Salvador.

-¿Pero te causan pena las buenas noticias?

-¡No, no!... La carta no dice nada -exclamó él, sofocando la tempestad   —341→   que bramaba en su alma-. Estoy alegre, hermana, hermana querida, abrázame otra vez. Tu padre se ha salvado.

Pasó Monsalud todo el día y toda la noche en un estado de agitación muy viva. A la mañana siguiente, cuando entró en casa del duque del Parque, un criado le dijo: «Han estado aquí dos mujeres buscándole a usted. Parecían ama y criada».

-Si vuelven -repuso-, dígales usted que he salido de Madrid.

Para evitar un encuentro que temía, salió del Palacio por una puerta de servicio que daba a otra calle. Pero más tarde, al entrar en su casa, D. Patricio Sarmiento repitió la noticia.

-Aquí han estado dos damiselas a preguntarme cuándo volvía usted. Parecen ama y criada... ¡oh, edad dichosa esta en que nos vienen a buscar dos y tres veces en el breve espacio de unas horas!... Yo también en mis juveniles años...

Sarmiento exhaló un suspiro.

-Si vuelven, dígales usted que he salido de Madrid y que no volveré hasta dentro de un mes.

-¡Cuánta esquivez!... Pero en esa edad feliz... También uno ha tenido sus dulzuras ¿eh? No crea usted: este arrugado semblante y este flaco y débil cuerpo no han sido siempre así. Aquí, amiguito Salvador, aquí se sabe lo que es afán de amores; aquí se comprende bien eso de despreciar a una por apasionarse de la otra, volando de flor en flor cual inconstante mariposa... ¿Pues y estar penando días y días por una mirada, sólo por una mirada?... ¡ay!, ¿y aquello de estar cavilando por qué me miró así, o dejó de mirarme?... Todos hemos tenido nuestro Abril, todos hemos revoloteado y sacado la miel hiblea del cáliz de las frescas flores, Sr. Monsalud.

Cuando este se dirigió después de medio día a una tienda de la calle Mayor, donde solía hacer tertulia, un mancebo le dijo la muletilla:

-Han estado dos hembras a ver si había usted venido.

Más tarde pasó por la parte baja de la calle de Atocha. Detúvose de repente porque un objeto lejano llamó su atención: era el Observatorio astronómico. Singular trastorno debió de producir en las ideas del joven la vista del hermoso edificio, porque apresuró el paso como quien huye de un fantasma temible.

¡Cosa extraña! Al anochecer, cuando fue al local ocupado por la masonería en la calle de las Tres Cruces, con objeto de hacer unas preguntas   —342→   a Sócrates, o como si dijéramos, a Canencia, un portero le cantó el atormentado estribillo de todo el día:

-Aquí han estado dos damas a preguntar si vendría usted esta noche.

Después marchó a La Cruz de Malta, café situado en la calle del Caballero de Gracia. Aguardábale allí D. José Manuel Regato.



  —343→  

ArribaAbajo- XVIII -

En la calle que hoy se llama de Isabel la Católica, y antes de la Inquisición, pasando así bruscamente del nombre más horrible al más hermoso, hay una casa que hoy lleva el número 25 y antes tenía el 2, edificio perteneciente en su juventud al conde de Revillagigedo y que después fue Conservatorio de Música y Declamación. Diversas oficinas se han sucedido en dicha casa, y hoy sirve de albergue, si no estamos equivocados, a una Dirección del ramo de guerra. Pero lo más importante de este caserón en su variada y larga historia, es que dentro de él estuvo la Asamblea de los Comuneros durante los tres llamados años. Ya se habrá comprendido quiénes eran estos bravos hijos de Padilla. Cualquiera que haya vivido en España y prestado atención a sus cosas políticas, comprenderá que en aquella época, como en todas, los descontentos y los cesantes y los atrevidos y los pretendientes y los envidiosos, que son siempre el mayor número, no podían tolerar que determinada pandilla gobernase siempre el país y las Cortes. Este afán de renovación periódica del personal político que en otras partes se hace por razón de ideas y de aspiraciones elevadas, se suele hacer aquí, y más entonces que hoy, por el turno tumultuoso de las nóminas. Esto es una vulgaridad tan manoseada, y ha trascendido de tal modo hasta llegar a las inteligencias más oscuras, que casi es de mal gusto ponerlo en un libro.

Los comuneros querían reformar la Constitución, porque no era bastante liberal todavía. Los ministeriales (nos referimos a la primera mitad de 1821) o doceañistas, o si se quiere, los masones, convencidos de que su Constitución era la mejor de las obras posibles, y que la mente   —344→   no concebía nada más perfecto, querían que se conservase intacta y sin corrección ni reforma como la Naturaleza. De repente apareció un tercer partido llamado de los anilleros que quiso modificar la Constitución en sentido restrictivo, aspirando a una especie de transacción con la Corte y la Santa Alianza. Sobre estas tres voluntades giraba aquel torbellino que empezó con una sedición militar y terminó con una intervención extranjera.

Los comuneros, que nacieron del odio a los masones, como los hongos nacen del estiércol, creyendo que los ritos y prácticas de la Masonería eran una antigualla desabrida, anti-española, prosaica y árida, imaginaron que les 3 convenía establecer un simbolismo caballeresco y nacional, propio para exaltar la imaginación del pueblo y aun de las mujeres, que por entonces tenían parte muy principal en estos líos. Siendo la representación primaria de los masones un templo en fábrica y los hermanos, arquitectos o albañiles, los comuneros, formaron su partido de Comunidades, divididas en Merindades y Torres y Casas-Fuertes, y a sus logias llamaron Castillos y a sus Venerables Castellanos, Alcaides a sus Vigilantes, y así sucesivamente. En los ritos y ceremonias modificaron todo lo que hay de teatral en la Masonería; pero dándole forma caballeresca, e ideando ilusorias fortalezas, puentes levadizos, barbacanas, recintos, salas de armas, cuerpos de guardia, almacenes de enseres y demás mojigangas, todo creado por sus exaltadas fantasías, de tal modo, que más que militantes caballeros parecían rematados locos.

Su color distintivo era el morado, así como los masones adoptaron el verde. La Asamblea general recibía el nombre de Alcázar de la Libertad, y el recinto donde se reunían, llamado Plaza de Armas, estaba adornado con embadurnados lienzos y telones, representando torreoncillos con banderolas, lanzas y las indispensables inscripciones patrioteras. El Presidente llamaba a los socios la guarnición y a los neófitos reclutas. Abríanse y cerrábanse las sesiones con fórmulas que harían reír a la misma seriedad, siendo de notar principalmente el parrafillo con que se despedían después de discutir largamente sobre mil innobles temas sugeridos por el egoísmo, el hambre o la envidia: «Retirémonos, compañeros, a dar descanso a nuestro espíritu y a nuestros cuerpos, para restablecer las fuerzas y volver con nuevo vigor a la defensa de las libertades patrias».

Poco después de las diez de la noche Salvador Monsalud, acompañado del Sr. Regato, penetró en el Alcázar de la Libertad de la calle de la Inquisición. Era el local grande y espacioso, consistente en una serie   —345→   de salas abovedadas a las cuales se descendía por media docena de escalones. Pobres farolillos que aquí no cometían la fatuidad de llamarse estrellas las alumbraban, y un sordo rumor de gente anunciaba desde el vestíbulo que la colmena se había llenado ya de zánganos.

-El ceremonial nos manda esperar aquí -dijo Regato a su recluta, deteniéndose en la primera sala-. Voy a llamar al Alcaide.

Durante el breve rato de espera Monsalud tuvo que resignarse a oír las felicitaciones de D. Patricio Sarmiento que a la sazón entraba, y que atronó la estancia con sus gritos y encarecimientos por el feliz suceso de aquella iniciación. Todo su porvenir caballeresco comunero diera el joven por sacudírselo de encima; pero al fin sacole de tan mal paso el Alcaide apareciendo con Regato, y en seguida vendaron los ojos del recluta, mandándole que marchase apoyado en el brazo del comunero proponente.

-¿Quién es? -preguntó una voz.

-Un ciudadano -respondió Regato con toda la seriedad posible-, que se ha presentado en las obras exteriores con bandera de parlamento a fin de ser alistado.

La misma voz gritó:

-Echad el puente levadizo.

Oyó entonces el neófito un espantable ruido que en derredor suyo sonaba, con tal estrépito que no parecía sino que todos los alcázares y torres de España caían en ruinas; mas no se turbó por esto su esforzado corazón, ni aun se le mudó la color del rostro, que para mayores trances tenía coraje y alientos el bravo recluta. Además bien sabía él, como todos, que aquel rumor provenía de una plancha de hierro semejante a las que usan en los teatros para imitar los fragorosos ecos del trueno, y que el ruido del hierro y cadenas era producido por una sarta de cacharros que tras de la puerta agitaba bestial paleto simulando de este modo con notoria perfección el acto de bajar el puente levadizo.

Quitáronle la venda; retiráronse Alcaide y proponente, y quedó solo con el centinela, que estaba enmascarado. Estaba en el Cuerpo de guardia, y allí como en la Cámara de Meditaciones, debía el candidato reflexionar sobre su situación y contestar por escrito a varias preguntas referentes a las obligaciones y derechos del comunero. Monsalud observó el local de cuyas paredes pendían varias armaduras mohosas y algunas espadas mojadas en sangre de cabrito, que para tan terrorífico uso suministraba un día sí y otro no el conserje de la Sociedad. Leyó los letreros conteniendo sentencias vulgares de la religión de honor, y   —346→   se dispuso a tomar asiento junto a la mesa donde debía extender sus respuestas.

El centinela, que había permanecido tieso y grave, desempeñando su imponente papel, soltó de repente la risa y dijo al neófito:

-¿También tenemos por aquí al Sr. Monsalud?

Monsalud miraba a su interlocutor y no veía más que una máscara horrible, una figura espantosa con casco empenachado de gallináceas plumas y un babero a guisa de celada de encaje.

-¿Qué, no me conoce usted? Soy Pujitos -dijo el centinela quitándose la máscara.

-Cómo te había de conocer, vecino, si parecías un valiente. ¿También tú te diviertes con estas mojigangas?

-Vaya un modo de prepararse... Llamar mojigangas a una cosa tan seria, que va a derribar el Ministerio y a poner un Gobierno republicano. Sr. D. Salvador, ¿usted viene aquí a burlarse? Le aviso que los que se han burlado de esto no lo han hecho dos veces. Con que escriba el papelito y me volveré a poner la careta. Acabe usted pronto, que me sofoco y este demonche de cartón huele muy mal.

-¿No te fatiga esta tarea? ¿No es mejor que descanses en tu casa toda la noche después de haber trabajado todo el día?

-¡Quia!, si yo no hago más zapatos -dijo el gran patriota con expresión de hombre perspicuo-. El Sr. Regato me ha prometido darme un destino en la Contaduría de Propios. D. Patricio me enseña a echar la firma, que es lo que necesito, y salga el sol por Antequera.

-Ya sabía que eres de los que vocean en los motines, patean en La Cruz de Malta y apedrean el coche del Rey. ¿A cómo pagan esto?

Pujitos se puso serio al oír tamaña injuria.

-Vamos -dijo-. Está visto que usted viene aquí a mofarse. Pero siempre seremos amigos, o mejor dicho, compañeros de armas. Escriba el papelito y despache pronto. Me pongo la careta porque el Alcaide va a venir.

-No hay prisa. Dime, Pujitos, ¿vienes aquí todas las noches?

-Todas, desde el primer día. Soy caballero fundador, y el día lo paso en las cosas de la Milicia. Soy teniente, ¡uf!, ¡usted no sabe el trabajo que da esto! A la parada, a pasar lista, a revisar los uniformes, a hacer ejercicio de tiro, a aprender los reglamentos, a echar unas copas con los oficiales para discutir lo que ha de hacerse el día siguiente... Y luego guardias y más guardias.

-¿Haces guardias de noche?

  —347→  

-Pues no. Anoche me tocó en el Principal, y mañana me toca en la cárcel de la Corona.

-¡En la cárcel de la Corona... mañana! -dijo Monsalud con interés-. Ya sé... es donde están presos esos cleriguillos que han hecho planes horribles para quitar la libertad.

-Y algunos que no son clérigos. Pero esos tunantes morirán, o no hay justicia en España. Dicen que el Gobierno quiere condenarles a presidio nada más: esto se llama protección, ¿no es verdad?

-¿Y me has dicho que eres teniente?

-Nada menos; y si no fuera por las intrigas que hay en el batallón...

-Yo también seré miliciano y me afiliaré en tu batallón, gran Pujos -dijo Monsalud riendo-. Se me figura que entre tú y yo hemos de hacer algo extraordinario.

-Me alegraría de ello.

-Nos veremos pronto, y hablaremos... quizás mañana... Pero el tiempo pasa y hay que contestar a estas endiabladas preguntas.

-Escriba usted... Me parece que vienen ya.

Salvador escribió sus respuestas que fueron llevadas a la Plaza de Armas para que las examinara la guarnición. No tardaron el Alcaide y el proponente en conducirle vendado otra vez a la puerta del salón de sesiones, que estaba cerrada. Por dentro una voz gritó: -¿Quién es?

-Esta voz áspera y hueca como una campana rajada -dijo Monsalud para sí-, es la de Romero Alpuente.

Entre tanto el Alcaide respondía:

-Soy el Alcaide de este castillo, que acompaño a un ciudadano que se ha presentado a las avanzadas pidiendo parlamento.

-Por Dios, amigo Monsalud -indicó en voz baja Regato-, no se ría usted; le suplico encarecidamente que sofoque toda manifestación de burlas. Usted no quiere creerme y yo repito que esto es serio, pero muy serio.

Abrieron la puerta de la Plaza de Armas, que más parecía bodega que plaza, con diversas series de asientos ocupados por los caballeros, y un estradillo donde estaba el Presidente, teniendo detrás fementido torreón de lienzo embadurnado, y un harapo que llamaban estandarte de Padilla, y una urna donde se debían colocar todas las cenizas de los comuneros que se pudieran haber.

El Presidente le preguntó su nombre, edad, pueblo natal, empleo o profesión; luego le habló de las obligaciones que contraía y del valor y constancia que había de mostrar para desempeñarlas. Levantáronse en   —348→   seguida los caballeros, y Monsalud vio que todos ellos tenían una banda morada en el pecho, y una como espada o asador en la mano.

  —349→  

-Ya estáis alistado -le dijo el Presidente-. Vuestra vida depende del cumplimiento de las obligaciones que habéis contraído, y vais a jurar. Acercaos y poned la mano sobre este escudo de nuestro jefe Padilla, y con todo el ardor patrio de que seáis capaz, pronunciad conmigo el juramento que debe quedar grabado en vuestro corazón.

Hecho lo que al neófito se le mandara, empezó este la retahíla del juramento, que abrazaba diversos puntos, y que concluía con la consabida conterilla que tanto ha hecho reír a la generación siguiente: «Juro que si algún cab. com. faltase en todo o en parte a estos juramentos, le mataré luego que la Confederación le declare traidor; y si faltase yo, me declaro yo mismo traidor y merecedor de ser muerto con infamia por disposición de la Confederación de cab. com., y para que ni memoria quede de mí después de muerto, se me queme, y las cenizas se arrojen a los vientos».

-Cubríos -le dijo el Presidente-, con el escudo de nuestro jefe Padilla.

Tomó entonces el joven un mohoso broquel que le presentaron, y cubiertos pecho y cara con tal defensa, pusieron en él todos los demás comuneros la punta de sus espadas, mientras el Presidente dijo entre otras majaderías:

-Si no lo cumplís, todas estas espadas no sólo os abandonarán, sino que os quitarán el escudo para que quedéis al descubierto y os harán pedazos en justa venganza de tan horrendo crimen.

Poseídos algunos caballeros, como gente candorosa, del papel que estaban desempeñando, hincaban con excesiva fuerza la punta de sus asadores o espadas en el escudo o sartén que resguardaba la cara y busto del joven. El Sr. Regato, temeroso de que por desmedido celo de los caballeros se agujerease el escudo y perdiera un ojo su ahijado, creyó necesario interrumpir por un momento la majestad del ceremonial, diciendo:

-Cuidado, señores, que es de hojalata 4

La farándula no había terminado aún, porque tras la ceremonia del escudo, el Alcaide calzó la espuela al caballero, dándole espada y banda, con lo cual y con acompañarle a recorrer las filas para que fuera dando la mano uno por uno a todos los confederados, el novel comunero descansó a la postre de tantas fatigas.



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ArribaAbajo- XIX -

Salvador observó la diversidad de fisonomías que presentaba en su innoble recinto la Plaza de Armas, y halló entre sus compañeros de caballería muchas caras conocidas. Había unos pocos que eran diputados en el Congreso, y estaba también el célebre Mejía, que algunos meses después fundó El Zurriago. Aunque el elemento principal de la Sociedad era la juventud, había bastantes viejos, no todos tan inocentes como D. Patricio Sarmiento. Milicianos nacionales los había por docenas; la gente de poca instrucción y de locos apetitos burocráticos imperaba, y en todos los incidentes de la sesión salía a la superficie un espumarajo de gárrula patriotería, que era la fermentación de aquel elemento. No habrían trascurrido veinte minutos después de la admisión del nuevo caballero comunero, cuando un hombre desenfrenado que se ocupaba del asunto puesto a discusión, pronunció estas palabras:

-Yo propongo a nuestra Asamblea que cesen las contemplaciones con la Corte y que se dé el grito de ¡viva la República!

Alborotose la guarnición con tales palabras, que algunos calificaron de admirable ocurrencia, otros de desatino mayúsculo, y si bien el Presidente trató de volver la discusión al terreno que marcaba el tema, no fue posible conseguirlo. Entonces el Sr. Regato, manifestando ruidosamente que deseaba decir algunas cosas estupendas que agradarían a la reunión, usó de la palabra, en estos términos:

«Señores, lo que ha dicho nuestro ilustre y valerosísimo compañero de armas, el caballero X..., ha asombrado a muchos; pero a mí no me asombra, porque yo soy más liberal hoy que ayer, y mañana más que   —351→   hoy, porque mi lema, señores, es adelante y siempre adelante. Estamos cansados de sufrir, estamos cansados de esperar. ¿Os aterra la palabra república? Pues yo digo que a mí no me ha aterrado nunca esa palabra, ni me aterra hoy. Perdamos el miedo y seremos fuertes. Amenacemos y nos temerán. Somos los más, somos lo más granado de la España liberal. La Europa nos contempla, el Piamonte nos imita, Nápoles nos copia, Portugal se llama nuestros discípulo. Señores, seamos dignos de la Europa liberal, y ante nosotros temblarán el Trono y los masones».

Después de dar las gracias por los aplausos y de limpiarse el sudor, el orador prosiguió así:

«No creáis que la idea republicana es nueva en España. Padilla y Lanuza, nuestros maestros, fueron republicanos. Viniendo a los tiempos modernos, en la proclamación de los derechos del hombre hecha por Muñoz Torrero en las Cortes del año 10, veo yo también la idea republicana.   —352→   Leed las obras de Marina y de Sempere, y veréis que en ellas palpita la república. (Gran estupor.) Ahora, señores, volved los ojos a todos los ámbitos de la hispana península (El orador, excitado por la admiración general, se cree en el caso de tener estilo), volved los ojos por doquiera, ¿qué veis? (Gran silencio; indicio cierto de que nadie veía nada). Pues veréis allá en las Andalucías, allá en la populosa ciudad de Málaga, bañada por las ondas del Mediterráneo, a Lucas Francisco Mendialdúa que concibió el plan de establecer la República, como consta en la proclama que imprimió, encabezada con las mágicas palabras República Española y firmada por Un tribunal del pueblo. Como acontece a los grandes genios innovadores, como aconteció a Colón, Galileo, Savonarola, etc., etc.... Mendialdúa fue preso 5Pero así como de la noche sale el claro día, de las cárceles sale la libertad. (Atronadores aplausos.)

»Volved ahora los ojos al llamado reino de Aragón y veréis allí a nuestro insigne jefe, al valiente entre los valientes, al político entre los políticos, al altísimo Riego, que desempeña el cargo de capitán general en aquella extensa y rica provincia. ¿Creéis que no hace nada? Indigno sería esto de su perspicua mirada, que cual la mirada del águila penetra en lo más alto del cielo. No creáis que nuestro jefe está mano sobre mano, no; nuestro jefe trabaja por la República. (Asombro general e innumerables bocas abiertas.) En Zaragoza están a la sazón algunos beneméritos patriotas franceses, cuyos nombres no pronunciaré 6 Esos patriotas, pertenecientes a la gran Confederación francesa, están de acuerdo con nuestro jefe, no lo dudéis, están de acuerdo. Unidos todos, discurren cuál será el mejor medio de ponernos la República en España... ¡Guay de nosotros si no les ayudamos!... ¡guay de nosotros si nos dormimos mientras ellos velan!... ¡guay, guay!... Lo que puedo aseguraros es que si no nos ven dispuestos y valientes, irán con su proyectillo a Francia. Aquel país no se anda con chiquitas ni repara en niñerías. Estad seguros de que si nuestro jefe se presenta en el Pirineo enarbolando la bandera tricolor y gritando, ¡viva la República!, todo el ejército francés se le unirá en seguida, y llegará a París en triunfal paseo, como Napoleón cuando volvió de la isla de Elba. (Los comuneros acogen esta bola con grande algazara, señal cierta de que se la han tragado.)

»Ahora volved los ojos a Galicia, donde está el general Mina; volvedlos luego a Barcelona, donde está el gran patriota Jorge Bessières y   —353→   veréis que estos campeones de la libertad tampoco están mano sobre mano. ¿Seremos menos aquí? ¿Nos espantaremos de la libertad? No, señores. Adelante, siempre adelante. ¡Viva la libertad! Yo, el más humilde de esta Asamblea; yo, que he venido aquí porque me repugnaban los infames manejos de los de allá; yo, que estoy pronto a derramar hasta la última gota de mi sangre, hasta la última, señores, por el triunfo de la causa; yo, que jamás recibí destino de los tibios ni lo solicité; yo, que soy hombre puro, si hay hombres puros en España, os propongo con el corazón henchido de patriotismo que aceptéis desde luego la idea republicana, como ha propuesto mi esclarecido amigo el ciudadano X...».

Varios oradores pidieron la palabra. Después de una breve disputa sobre quién había de usarla, D. Patricio Sarmiento se levantó y habló de este modo:

-Después del elocuentísimo discurso del fénix de los ingenios comuneros, D. José Manuel Regato, ¿qué puedo decir yo, que soy un triste maestro de escuela, un oscuro preceptor de la tierna juventud? Pero si de algo sirven los consejos de un viejo que se ha quemado las cejas estudiando la historia del pueblo romano, quiero alzar esta noche mi humilde voz en este augusto recinto para enseñaros lo que no sabéis. Vuelvo los ojos en torno mío y veo zapateros, sastres, talabarteros, comerciantes, taberneros, colchoneros y otros artífices, gente toda muy honrada, muy patriota, muy digna, pero que no está versada en la historia romana. (Rumores de disgusto.) No trato de ofender a nadie: afirmo un hecho y nada más; y como yo creo que para tratar ciertos asuntos es necesario haberse quemado las cejas... (Interrupciones donosas), haberse quemado las cejas, como me las he quemado yo, de aquí infiero... Esas interrupciones y cuchicheos no hacen mella en mi ruda entereza, no señor; (El orador se amostaza) y así digo como el gran Temístocles: «pega, pero escucha». ¿De qué se trata? De adoptar la idea republicana. Bien; yo pregunto a la docta Asamblea: ¿Cuándo se estableció la República en Roma? Y la docta Asamblea me contestará que el año 509 antes de Jesucristo. Muy bien contestado. ¿Y cuándo concluyó la República de Roma? El año 29. Total de tiempo en que existió la forma republicana: 480 años. Está muy bien. (Más fuertes rumores.) Ahora pregunto: ¿cuáles fueron las causas que determinaron a los romanos a cambiar de forma de Gobierno?

Los rumores se trocaban en tumulto, y una voz gritó:

-¡Que se calle ese pedante!

-¡Que se vaya a la escuela!

  —354→  

-Al indocto grosero que de este modo me interrumpe -gritó D. Patricio agitando los brazos y poniéndose muy encendido-, le contestaré que él es quien debe ir a la escuela a aprender lo que ignora.

-¡Aquí no se quieren estafermos! -aulló una voz, de la cual no se tendrá idea sino considerando de qué modo puede hablar el aguardiente.

-Señores -dijo el Presidente con aquel formulismo parlamentario que algunos hombres quieren llevar a donde quiera que se oiga el sonsonete de un discurso-, no demos a España y a Europa el triste espectáculo de una discordia entre individuos de esta nobilísima Asamblea. No se diga que andamos a la greña como los masones, a quienes yo aplico aquello de riñen los pastores y se cubren los hurtos. (Prolongadas risas.)

-¡Que se calle D. Patricio!

-¡Que se calle Pelumbres!

-Pues a mí no me da la gana de callarme... a ver -exclamó una voz que salía del formidable pecho de un hombre tiznado, fiero, corpulento, que parecía personificación de una fragua-. Y si a mí no me da la gana de callarme, a ver quién es el guapo que me cierra el pico... ¡a ver!

Diciendo esto, se levantaba el Sr. Pelumbres entre la multitud apiñada en los bancos. Su figura, así como su voz, pondrían miedo en toda Asamblea que no fuera la de los Comuneros.

-Ciudadano Pelumbres -dijo el Presidente-, ¿qué dirá la Europa si no guardamos la compostura propia de hombres de Gobierno?... ¿qué dirá?

-Eso es, ¿qué dirá? -repitieron D. Patricio y los que deseaban que hablase.

-Es preciso tener moderación -continuó el Presidente-. Puesto que el ciudadano Sarmiento estaba en el uso de la palabra, continúe su erudito discurso, que tiempo tiene de hablar el ciudadano Pelumbres. Yo le concederé la palabra, esperando en tanto de su finura y buen sentido que no interrumpa al orador en este importantísimo debate.

Ya entonces empezaba a ser costumbre el llamar importantísimo debate a cualquier inútil disputa suscitada por la envidia o la vanidad.

-Señor Presidente -gruñó Pelumbres, tambaleándose como un yunque sin equilibrio-, lo que digo es que el ciudadano Sarmiento es un animal... y a mí no me soba nadie.

Cayó en el asiento como quien se echa a dormir.

-Señor Presidente -dijo con trémula voz Sarmiento-. La Asamblea conoce bien mi carácter y mis servicios... no necesito responder a los   —355→   cargos que me ha dirigido el ciudadano Pelumbres, porque la Asamblea sabe muy bien que yo...

-Sí, sí -gruñó la Asamblea.

Estaba el buen Sarmiento en pie, con el cuerpo doblado por la cintura, recogiéndose a un lado y otro los faldones de la levita, como quien se va a sentar y no se sienta.

-Agradezco las manifestaciones de simpatía de este ilustre Areópago -dijo el orador-, y me parece que no debo molestar más al ilustre Areópago, y que los injustos cargos que el ciudadano Pelumbres me ha dirigido, no deben contestarse sino con un magnánimo silencio.

-Bien, muy bien.

-Por lo cual me siento, dejando a nuestro esclarecido Presidente la alta honra de continuar este importantísimo debate, para que nos diga su opinión, que es lo que más nos importa.

Rumores diversos manifestaban el deseo de que hablase el Castellano. Romero Alpuente 7 se dispuso a hacer el gusto a sus presididos. Antes de atender a su discurso, convendrá decir que el célebre demagogo de los tres años no era un jovenzuelo fogoso, como algunos creen, sino un vejete atrabiliario y furibundo, alto, flaco, descuadernado, anguloso, de gárrula elocuencia, de vulgares modos. Era tanta su fealdad, debida en primer término a la longitud de sus narices, que no es fácil se encontrara entonces ni se haya encontrado después su pareja. Alcalá Galiano, al lado suyo, se tenía por un Adonis.

Había sido magistrado de la Audiencia de Madrid, y en su vida privada era el hombre más inofensivo, más manso y para poco que imaginarse puede. El mismo que en público encarecía la necesidad de cortar no sé cuántos miles de cabezas, era incapaz de matar un mosquito. ¡Pobre carnero viejo que, habiendo leído algo de Robespierre y de Marat, quería parecerse a ellos! Pero sólo los tontos confundían su clueco balido con el rugir de leones y panteras. Sus discursos, que alborotaban las Cortes y los clubs, eran un conjunto de garrulidades terroríficas, de chascarrillos y vulgares idiotismos. Carecía de formas literarias, y su   —356→   lenguaje familiar era a veces tan divertido como sus amenazas demagógicas, que aquella bendita generación no tomaba siempre en serio. Algunos le llamaban el Guzmán (el gracioso) de las Cortes. Tuvo además el pobre D. Juan Romero Alpuente la desgracia de que en lo mejor de sus triunfos parlamentarios le saliera un enemigo folletinista, que usando el nombre de D. Pedro Tomillo Al-vado, le puso de hoja de perejil.

«Caballeros comuneros -dijo Alpuente con voz que no tenía nada de temerosa-, o hay confianza en los hombres del partido, o no hay confianza en los hombres del partido. Si hay confianza en los hombres del partido, no se planteen cuestiones prematuras. Si algo debe hacerse se hará. No conviene precipitarse, no conviene comprometerse. Las cosas vendrán por sus propios pasos. El partido es el partido, y el que no crea que el partido es como debe ser, espere a ver en qué para el partido y se convencerá. (Rumores. Asentimiento general.)

»Por consiguiente -prosiguió, satisfecho del éxito de su exordio-, esperemos llenos de patriotismo, y no hablemos por ahora de republicanismo. El partido es un partido que debe estar preparado para empuñar el timón de la nave del Estado si se le llama con este fin. (Muestras de regocijo.) Y se le llamará, ciudadanos caballeros, ¿pues quién lo duda? El segundo Gobierno constitucional sigue la misma desatentada senda que el primero. El país está lo mismo hoy que ayer. El pueblo soporta las mismas cadenas; los tiranos no han cambiado, los mandarines siguen, los peligros crecen. El Gobierno cree que va a durar mucho, ¿pues no lo ha de creer? Pero yo quiero ver cómo se las compone con las tramas de la Junta Apostólica en Galicia, con los guardias destituidos, con los obispos rebeldes, con la conspiración de Vinuesa, con la del Abuelo, con los tumultos de Zamora, con el motín de Alcoy, donde han sido destrozadas todas las máquinas, con el robo de la valija de Aragón, con los sucesos de Valladolid... Me parece que les cayó que hacer, ¿eh? (Risas.) Yo pregunto, ¿cuál es el medio de que se acaben los trastornos? Establecer la libertad en toda su integridad. Esto es axiomático. Que los absolutistas vean una mano terrible dispuesta a caerles encima en cuanto chisten, y entonces se meterán bajo una silla. Y no me hablen a mí de conspiraciones demagógicas y republicanas. Aquí no hay nada de eso, y si lo hay es amaño de los constitucionales masones para desacreditar a nuestro partido. Ellos tienen el lema de dar palos y gritar 'que nos pegan', lo cual ya no hace efecto porque se va descubriendo la picardía. (Carcajadas y bravos.)

»Seamos prudentes, seamos cuerdos. Sigamos defendiendo nuestros   —357→   sacrosantos principios... Hoy más libertad que ayer y mañana más que hoy... No nos arredremos, no volvamos la cara atrás. Adelante, siempre adelante. Pero vayamos con pie seguro. A su tiempo se enseñarán los dientes. Pues qué, ¿creen que si logramos empuñar el timón de la nave del Estado (esta figura de la nave era la única que se había asimilado en su carrera parlamentaria el orador comunero), vamos a estarnos mano sobre mano, sin hacer nada, como el Gobierno de la coletilla? Y ahora viene el repetir lo que ya se dijo en 1511:


    ¡Mirad qué gobernación!
¡Ser gobernados los buenos
por los que tales no son!

»No, señores, es preciso que no se pueda decir de nosotros lo que de estos mandarines chinos. No seguirá el tole tole de oprimir al patriota y ensalzar al que no lo es. Se encomendarán los destinos de la Nación a los comprometidos por el sistema, no a los que no lo están. Se harán castigos ejemplares, se volverá todo del revés para que los pillos bajen y los patriotas suban. (Muy bien.) No se dará el caso de que de los veinte millones de españoles, suden y trabajen los diez y ocho y apenas puedan llevar a la boca un pedazo de pan moreno, para que los otros dos millones se abaniquen y vivan rodeados de placeres. Entonces se permitirá que eso que llaman los infames populacho se reúna donde le dé la gana y grite y diga todos los defectos del Ministerio. La suspirada libertad será un hecho y no llevarán albarda más que los que quieran llevarla 8(Grandes aplausos).

»En suma, señores, el partido declara por mi conducto que no quiere ser vasallo; que planteará el sistema en toda su pureza. Si para esto es preciso la violencia, venga la violencia. Si es preciso la guerra civil, venga la guerra. La Providencia salvará al partido. No olvidéis, señores, que el Criador del Universo bendijo también los esfuerzos que hicieron Matatías y sus hijos para evadirse de la justa dominación del impío Antíoco Epifáneo. Entre tanto, desechemos la idea de República. La Constitución establece la Monarquía y nosotros respetamos al Rey constitucional. No se diga que el partido ha sido el primero en alterar la augusta ley. Dejémosles que ellos se caigan solos; y si nos hicieren ascos y no quisieren nuestra ayuda para mantenerse derechos, ¿me entiende usted?, si prefieren apoyarse en la Santa Alianza y en sus diplomáticos, enviados,   —358→   farsantes, zascandiles, espías y soplones, en los que fueron pajes de escoba del Rey Pepillo, en los serviles españoles de todas clases y ropajes, con bandas, cruces y calvarios, en los de mitra, bonete e hisopo; en los seráficos, angélicos, en los tostadores y sus familiares, plumistas, guardas, alfileres, corchetes y agarrantes, en los que dicen el Rey mi amo... entonces nos retiramos, dejándoles que vayan a donde quieran, pues como dicen en mi tierra, cuanto más se desvía el borrego mayor topetazo pega».

Atronadoras exclamaciones de entusiasmo acogieron la frase final del discurso de Romero Alpuente, orador que, como se ha visto, no ha dejado de tener herederos en la política española.

Una voz que parecía cien voces, gritó:

-¡Viva Riego!

Contestó un alarido, y desde entonces el importantísimo debate se convirtió en un importantísimo aquelarre. Romero Alpuente se fue, y en su lugar el Sr. Regato se dispuso a presidir (no hay otro verbo que pueda emplearse propiamente) el resto de lo que no hay más remedio que llamar sesión.

Un orador pidió que se hiciesen manifestaciones contra la Santa Alianza en la persona de sus plenipotenciarios, idea que fue acogida con satisfactorio y general asentimiento por la Asamblea, y procediose al nombramiento de una comisión que se encargase de ajustar las cuentas a los cristales de las casas donde vivían los embajadores de Austria y Rusia. No se había calmado la efervescencia causada por este suceso cuando un joven de buen porte tan correcto de traje como de estilo y hasta afeminado, pronunció un discurso de energúmeno sobre el plan de Vinuesa y el escarmiento que debía hacerse en la persona de aquel malvado aborto del Infierno, compendio de todos los crímenes.

Aseguró también que Vinuesa estaba conspirando dentro de la cárcel, y que si no se ponía remedio en ello, imaginaría un nuevo plan absolutista para matar la libertad. Acusó al infante D. Carlos de complicidad con el cura de Tamajón, y afirmó que todo porrazo dado a Vinuesa sería porrazo dado a la Corte. Aumentando en fogosidad a cada instante, llegó a sostener que el Gobierno se estaba portando traidoramente en este negocio, y que a él (al orador) le constaba que había intenciones de absolver al de Tamajón y aun darle una mitra, si era menester. Aseguró que el pueblo no debía consentir tal iniquidad, porque si la consentía no era digno de la fama que había adquirido en Portugal, Nápoles y el Piamonte, países que nos habían tomado por   —359→   modelo, estableciendo la libertad al mágico grito de «¡vivan los discípulos de España!».

Al discurso del joven contestó otro joven de muy distinta figura, educación y modales, (pues en aquella asamblea había locos de todas clases) diciendo que la culpa de todo la tenían los masones, que dando a la Nación el nombre de populacho y haciendo el bu con la anarquía, estaban poniendo las cosas como en los tiempos ominosos. Hizo reír al auditorio, afirmando que bien pronto se prohibiría con pena de pecado mortal pronunciar el nombre de Riego; pero que él (el orador) estaba resuelto a exhalar el último suspiro diciendo ¡Viva Riego! en atención a que Riego había enjugado el llanto del pueblo español. Esta figura, tan original como patética, produjo gran entusiasmo, con el cual, excitándose el espíritu del orador, dijo que él sabía el modo de resolver el asunto de Vinuesa; que el pueblo, como soberano que era, podía hacer su real gana, porque el Gobierno recibía dinero de la Santa Alianza para ir arreglando la cama al despotismo, y esto no se debía consentir.

Mezclando berzas con capachos, aseguró que él había entrado en la prisión de Vinuesa y le había visto escribiendo planes y más planes; que corría mucho dinero absolutista para sacarle de la prisión y ponerle al frente de un Gobierno despótico, y que el orador y Pelumbres, al salir una mañana de la taberna, habían oído una conversación sospechosa entre dos clérigos, de la cual dedujeron que Vinuesa se comunicaba constantemente con sus cómplices. Concluyó diciendo que él (el orador) no se pararía en barras, y que si los conspiradores vieran media docena de cabezas clavadas en otras tantas pértigas junto a la Mariblanca de la Puerta del Sol, doblarían la cerviz (única palabra pedantesca que se permitió el orador en su largo discurso) ante el pueblo re-soberano.

Después de este joven plebeyo, otro joven decente habló de los que clavaban constantemente el puñal en las entrañas de la madre patria, y anunció su resolución de ocupar el primer puesto el día del peligro, sacrificando su existencia al triunfo de la libertad. Puso cual no digan dueñas a los masones, acusándoles de afrancesados e impostores, pues muchos, dijo, profanaban el nombre de Riego, tomándole en sus asquerosas bocas, siendo así que para pronunciar palabra tan angélica debían enjuagarse un mes antes con miel rosada. Afirmó que Calatrava era un bajo adulador, Feliu un traidor, Martínez de la Rosa un mandria, Cano Manuel un bobo, Toreno un pedante, Argüelles un embustero. Después de mucho divagar, propuso a la Asamblea que se diese un voto de gracias   —360→   a D. José Manuel Regato por lo bien que había conducido todos los asuntos de la Comunería desde su origen. Regato estuvo a punto de llorar de emoción, y para demostrar de un modo incompleto su agradecimiento, convidó a cenar a varios de los más granaditos. La sesión terminó alegremente entre las alegres endechas del himno, que sonaban bajo las bóvedas de la fortaleza:


    Es en vano calumnie la envidia
al caudillo que adora el ibero;
hasta el borde del hondo sepulcro
nuestro grito será: ¡viva Riego!

El lector no será español si no recuerda al punto la música.



  —361→  

ArribaAbajo- XX -

En lo restante de la noche oíase por aquellos barrios el aullido de la Orden de Padilla, suelta por las calles. El himno, el lairón, cántico que por aquellos días había sustituido al feroz trágala, sonaba de calle en calle, como el ronquido de vinoso trasnochador. Íbanse perdiendo en el silencio de la noche, a medida que los grupos desaparecían, entrando en las tabernas, botillerías y cafés patrióticos. En uno de estos se vio que a deshora penetraba el Sr. Regato, acompañado de Pelumbres, Pujitos, dos de los jóvenes que pronunciaron discursos aquella noche, Salvador Monsalud y otros. Cenaron alegremente, sin dejar de la boca los negocios políticos, y sus proyectos eran atrevidos y grandiosos como las concepciones del genio. El Sr. Regato, no sólo pagó todo el gasto, sino que ofreció dinero a los más necesitados, los cuales no tuvieron escrúpulo en tomarlo patrióticamente, por aquello de que tripas llevan pies, que no pies tripas.

Si Salvador Monsalud no se separara antes de tiempo de tan escogida sociedad, pretextando una enfermedad que no tenía, hubiera visto que el Sr. Regato, hombre opulentísimo, aunque nadie le conocía rentas, ni sueldo, ni industria, recompensó largamente a todos, dándoles lo necesario para la existencia y sostén de sus respectivas familias. Cuando esto pasaba, habíanse retirado también los dos oradores con el gran Pujitos, y sólo quedaban en compañía del generoso comunero Pelumbres el herrero, D. Bruno, Chaleco, y otros padres de la patria, de cuyas hazañas no puede tenerse idea sino presenciándolas, como las presenciará el lector en lo restante de este libro.

  —362→  

Salvador Monsalud fue a su casa cerca del día. Su cabeza era un volcán. Los discursos que había oído, las caras de los oradores, la fisonomía astuta de Regato, la candidez estúpida de otros, el ramplón jacobinismo de Romero Alpuente, hervían dentro de ella. Trató de dormir, pero la Asamblea sin apartarse de sus excitados sentidos, continuaba zumbando y gesticulando con sus cien voces roncas y sus doscientas manos amenazadoras. Al punto comprendió que era producto infame de candidez y de perversidad, la gárrula bastardía del entendimiento, explotada por una diplomacia satánica. Comprendió que se había metido entre hombres, la mitad tontos, la mitad feroces, pero que marchaban juntos a un fin claro, con alianza parecida a la del asno y el lobo en más de una fábula. Del esfuerzo que necesitaba hacer su espíritu para descender al trato con tales gentes no hay que hablar, porque se comprenderá fácilmente.

Había avanzado la mañana, sin que el novel hijo de Padilla hubiera podido conciliar el sueño, cuando entró Campos lleno de zozobra y agitación.

-Esto ya pasa de broma -le dijo-. La niña no parece. Hemos estado en el Retiro, y no está en el sitio que me indicaste. Valiente bromazo nos está dando la tonta... ¡Por los clavos de Cristo!, si no diera la casualidad de que Falfán de los Godos está fuera de Madrid, no sé cómo podríamos ocultarle que su novia se ha escapado de mi casa anteayer, y a estas horas 9no sabemos dónde está.

-En la carta que enseñé a usted me decía que no volvería a su casa.

-Temo cualquier necedad... Salvador, estoy muy inquieto -dijo Campos perdiendo aquella serenidad que indicaba en él un gran contento de la vida-. Sin duda esa loca está vagando por Madrid, y te busca de casa en casa, de café en café, como una perdida. ¡Qué deshonra!

-Creo lo mismo. Pero esto tiene que concluir.

-¿Estuvo ayer aquí?

-Dos o tres veces. Como no me ha encontrado en ninguna parte presumo que volverá. Si vuelve, Sr. Campos, ofrezco remitírsela a usted sin pérdida de tiempo.

-Es que debes hacerlo -dijo Cicerón con energía-. Es que si no lo haces, faltas a la solemne palabra que me diste, y entonces, amiguito, no hay nada de lo dicho. Ya tengo en mi casa tu nombramiento para la cárcel de la Corona; pero como yo no recoja hoy mismo esa oveja descarriada, creeré que me estás engañando, creeré que estás de acuerdo con ella, que la escondes en alguna parte, y...

  —363→  

El plácido semblante de Campos se enrojeció todo por la congestión que determinaba la ira.

-Mi determinación es irrevocable -contestó el joven-. Supongo... casi estoy seguro de que volverá hoy. Avisaré a Lucas para que la deje subir.

-¿Convendrá traer acá dos individuos de la policía y un coche, que debe esperar en la calle de Bordadores? Conozco a Andrea y sé que no cederá por buenas.

-Nada de eso me corresponde a mí. Usted puede emplear los medios que quiera para llevársela. Yo no tengo que hacer sino poner fin a sus correrías y convencerla de que por más que me busque, no me encontrará en ninguna parte.

-Te comprendo -dijo Campos con viveza y señales de contento-. Tomaré mis medidas. No me moveré en todo el día de la tienda de Requejo, y Sarmiento y yo nos pondremos de acuerdo para que si la oveja viene a este aprisco no se nos escape.

Después de este diálogo, que se prolongó un poco más, aunque sin ofrecer en el resto de él nada digno de contarse, Campos se retiró. Monsalud, contra su costumbre, hizo propósito de permanecer en su casa todo el día. Sin hacer nada en ella, tenía la agitación y la movilidad exaltada de quien trae entre manos una ocupación grave. Iba y venía de una pieza a otra; hacía a su madre y a su hermana preguntas que ninguna de ellas entendía; se asomaba al balcón; hacía subir a D. Patricio para darle órdenes; censuraba a veces que la casa no estuviese mejor dispuesta, y reprendía luego a las dos mujeres porque se agitaban para arreglar las habitaciones.

Cerca del medio día se retiró a su cuarto. Solita entró en él. Llevaba un pañuelo atado alrededor de la cabeza para resguardarse del sutil polvo que zorros y escobas levantaban, y cubría su cuerpo con una falda bastante antigua, pieza de desecho cuyas funciones se concretaban a los días de limpieza. La figura de la joven no era con tal atavío un modelo de elegancia.

-Hermana, estás que no se te puede mirar -dijo Salvador observándola con cierta pena-. Es preciso que te pongas guapa.

-¿Yo?... ¿Cuándo? -repuso la joven con la mayor turbación-. ¿Y a qué vienen ahora esas guapezas?

-Me gustaría verte hoy arregladita y linda, como tú sabes ponerte cuando quieres. No es esto decir que me disguste verte así. Acá entre los dos, siempre estás bien; pero...

  —364→  

-¿Vamos a algún baile? -preguntó Sola con malicia.

-No vamos a ningún baile -dijo Salvador con la torpeza que acompaña a las ideas de difícil explicación-; pero quisiera verte hoy como realmente eres; quisiera que cuantos entraran aquí te admirasen y reconocieran en ti...

-Tú te burlas de mí -dijo Solita llena de rubor-. Yo siempre estaré mal.

-¡Oh!, te equivocas -manifestó Salvador con un tono que antes era de benevolencia que de convicción-. Vamos, también querrás sostener que no eres guapa. Más de cuatro quisieran...

-No sé por qué me dices esas tonterías.

-Mira, hermana, te agradeceré que te pongas tu mejor vestido, que te arregles bien; pero muy bien.

-Ya sabes que estando mi padre en la cárcel no puedo ir a paseo ni al teatro.

  —365→  

-Si no pretendo llevarte a ninguna parte -dijo Salvador con impaciencia-. En fin, ¿te compones o no?

-Me compondré.

-Hazme ese gusto, hermana. Así no estás bien, y tú vales mucho. Yo quiero que se vea que tengo una hermana simpática, bonita... ¿me entiendes?

-Como si hablaras en griego.

-Pues vístete: ponte tu mejor vestido, ya sabes. Figúrate por un momento que soy tu novio. Vaya, ¿no tendrías interés en agradar a tu novio; no tendrías interés en que él te encontrara siempre linda?

-Si dijera que no, sería una melindrosa -respondió Soledad fingiendo que ponía en orden las sillas para que, vuelto el rostro, no se le conociera la emoción que experimentaba-. Pero como no eres mi novio ni lo serás...

-¿Te vistes, sí o no?

-Al momento, hombre, al momento.

Voló fuera del cuarto. Algún tiempo después regresaba vestida y ataviada con lo mejor que tenía.

-¡Oh!, ¡qué bien! -dijo Monsalud con sincera admiración-. Hermosa prenda se va a llevar ese bruto de Anatolio. Hermanita, estás preciosísima: te lo digo sinceramente.

El rostro de Soledad se encendió más, y viose en aquel puro cielo de modestia una chispa de vanidad que lo iluminó momentáneamente. Salvador no mentía, porque de muy distintas maneras está preciosa una mujer. En las incorrectas facciones de la hija del absolutista, en su descolorido semblante que a intervalos se inflamaba, en sus ojos donde jugueteaba el alma escondiéndose en la penumbra del pudor o mostrándose en la claridad del cariño, había lo bastante para turbar la paz de cualquiera.

-Siéntate a mi lado -le dijo Salvador-; parece que estás asustada.

-¿Yo?... no.

-Dame acá esa mano. Tienes las manos más bonitas que he visto. ¿Por qué las tienes tan frías y temblorosas?

-Es que las tuyas echan fuego y cuanto tocan lo encuentran helado.

-Ahora te has puesto como el papel... ¡qué palidez! Pues mira... así descoloridita es como estás mejor. En tu cara se ve tu alma bondadosa. Me consuela mucho verte a mi lado. Necesita uno personas así, que le compadezcan mucho, que le tengan lástima, que le mimen.

  —366→  

-Y por qué te he de compadecer, si tienes todo lo que deseas, si estás como nadie. Yo sí que soy digna de lástima.

-Pero tú tendrás a tu padre, y yo jamás, jamás recobraré lo que he perdido.

Ambos callaron, inclinando cada cual su cabeza cargada de pesos enormes.

-Me parece que siento ruido -dijo Solita vivamente-. Bueno será prevenir a Rosa, para que si llega esa mujer que ayer estuvo tres veces y que tanto te molesta, no la deje entrar.

-No; ya he advertido a Rosa que la deje pasar -dijo Salvador con turbación-. Quizás no venga más.

El ruido cesó y la casa continuaba en silencio.

-Me alegro de que mi madre haya salido hoy -indicó Salvador.

-Me parece que está ahí -repuso Solita poniendo atención-. Siento pasos en la escalera.

-No; no es mi madre -indicó Monsalud con ansiedad vivísima.

-Los pasos son precipitados... Se oye una voz de mujer... ¿Voy a ver?

-No; estate aquí, y no te muevas de mi lado.

Callaron los dos. Solita miró a su hermano como asombrada. Salvador clavaba sus ojos en la puerta, donde no había nada todavía; pero de antemano su alma llena de ansiedad, observaba lo que había de venir.

Andrea apareció en la puerta. Estaba desfigurada por enfermiza palidez; sus ojos miraban todo con febril extravío, y el desmelenado cabello así como el vestido en desorden indicaban largas horas de insomnio, de lucha y de amargura.

Su primer movimiento fue un impulso poderoso hacia el hombre que buscaba y que había encontrado. Viose en su semblante la contracción que acompaña a un repentino desbordamiento de lágrimas. Pero dio tres pasos, y viendo que no estaba solo, se detuvo. ¡Qué choque de ideas en aquella cabeza! El impulso, el tierno avance expansivo, habían encontrado un obstáculo, un muro frío, y contra este la exaltada mujer se estrellaba palpitando y llena de congoja. Sus ojos atónitos, enrojecidos por el llanto, preguntaban sin pestañear: «¿qué chiquilla es esta?».

Salvador se levantó. Estaba lívido.

-Tengo que hablarte -balbució Andrea, viendo que daba un paso hacia ella.

Después dirigió a Soledad miradas recelosas e impacientes, como diciendo: «¿qué hace aquí esta mujer extraña? Que se vaya».

  —367→  

-Es un error -dijo Salvador-. Usted no tiene nada que decirme, y se ha equivocado, sin duda. Yo no sé quién es usted.

-¿No sabes quién soy?... Yo te lo diré -exclamó Andrea, cruzando las manos-. ¡Que se marche esa mujer!

Con imperioso gesto señaló la puerta.

Soledad, tan aterrada como curiosa, pero sumisa siempre, se levantó. Salvador le dijo severamente:

-Quédate.

-¡Con que es decir!... -gritó Andrea con espantosa alteración de voz y semblante.

-Que usted es quien no está en su sitio aquí y debe retirarse -respondió el joven-. Sin duda ha padecido una equivocación.

-¡Perverso!... ¿dices eso de veras?

Andrea, al decir estas palabras, que salían de su pecho como bramidos, adelantó con los brazos abiertos hacia su amante. Los brazos tropezaron con dos manos de acero que los retorcieron, rechazando el hermoso cuerpo a que pertenecían.

-¡Oh, qué vil soy!... -gritó la indiana cayendo al suelo de rodillas-. ¡Rebajarme así!...

-¡Rebajarse así una marquesa!... -murmuró Salvador con sorda voz-. Señora, sentiré mucho que se ponga usted mala. ¿Quiere usted que se mande traer un coche para llevarla a su casa?

Andrea se levantó de un salto. La mirada que arrojó a su amante, como una saeta furibunda, turbó tanto a Monsalud, que este en breve rato no supo qué decir.

-Yo creí que eras un caballero -dijo la americana.

Se le conocía que estaba haciendo esfuerzos terribles para conservar una actitud digna. Los impulsos naturales la incitaban a gritar, a arrancarse el cabello, a coger entre las manos al hombre, como se coge un abanico, un juguete cualquiera, y destrozarle, haciéndole pedazos pequeñitos.

Monsalud se dirigió hacia la puerta. Sus ojos y su gesto decían: -Váyase usted.

-¡Pero si tú me oyeras!... -murmuró Andrea, pasando súbitamente de la ira a una aflicción profunda.

-No, no puedo oír a quien no conozco -repuso el hombre volviendo el rostro.

-¿No me conoce usted? -gritó Andrea con voz semejante a un rugido.

  —368→  

Parecía que se alzaba sobre las puntas de los pies. La mujer crecía. Sus brazos, tiesos hacia atrás; sus puños cerrados; sus labios descoloridos que temblaban; su fina nariz, que con nerviosas contracciones también expresaba la pasión desbordada; los músculos de su hermoso cuello, tirantes; sus ojos, que amenazaban entre llamaradas de despecho; el golpe violento de su pie en el suelo, como buscando apoyo para levantarse más... todos estos accidentes hubieran puesto miedo en el corazón más acostumbrado a tales embates.

-¿No me conoce usted? -repitió.

-No -repuso Monsalud.

-¿No me conoció usted?

-Tal vez, pero... ya no me acuerdo.

-Pues me conocerá usted -dijo Andrea con sofocada voz.

Dio algunos pasos fuera de la habitación; pero de súbito, con brusco movimiento, se volvió y entró resueltamente. Detúvose; miró a Solita. Hubo un momento de esos en que se ve inminente e inevitable el peligro de un choque material, aun contando con la reconocida dignidad de las personas.

Con la voz más áspera, más impertinente, más insolente y procaz que puede imaginarse, Andrea hizo esta pregunta:

-¿Y tú quién eres?

Solita quedose muerta de espanto. Su propia turbación le impidió correr hacia su hermano y abrazarse a él, buscando un refugio.

-Eso no se pregunta a los que están en su casa, sino a los que vienen de fuera.

Al oír esto Solita se reanimó. En aquel momento pensaba una cosa. Pensaba que si ella fuera mujer valerosa, echaría a escobazos de la casa a la insolente dama.

-¡Oh, qué vil soy! -repitió Andrea corriendo otra vez hacia la puerta-. ¡Rebajarme así...!

Apartando el rostro para no ver el de su amante, salió precipitada y atropellándose, de la casa. Habiéndosele unido su criada en la escalera, ambas bajaron.

Salvador se dejó caer en una silla, y apretando la cabeza entre las manos, se clavaba en el cráneo las uñas.

-¡Oh! ¡Dios mío!, ¡qué infeliz soy!... Sola, Sola, ¿has visto?... ¡Maldito sea yo mil veces! ¡Maldito sea el día en que nací!

-Pero esa mujer -balbució la muchacha, saliendo de su estupefacción-, es un demonio... Comprendo que te cause tanto furor...

  —369→  

-¡No es demonio, es un ángel; y no me causa furor, sino que la adoro!... ¿No la viste? ¿Has visto mujer más hermosa?

-Tú...

-¡La adoro, me muero por ella!... Pero tú eres una tonta y no puedes comprender esto. Sola, hermana mía, lloro porque... no puedo... ten compasión, ten lástima, mucha lástima de mí.

Solita tuvo tanta lástima, que se echó a llorar.



  —370→  

ArribaAbajo- XXI -

La calle de la Cabeza es una de las más tristes de Madrid. Compónese toda ella de casas viejas y feas, entre las cuales descuellan la enorme fachada meridional de la del marqués de Perales y otra que tiene grabada sobre la puerta esta inscripción: Aparta, Señor, de mí lo que me apartó de ti. Contrastando con las vías cercanas, aquella no tiene tiendas, y la mayor parte de las puertas están cerradas, a excepción de las cocheras y cuadras que por allí mucho abundan. Hacia el Ave María la calle se eleva, como si quisiera subir a los balcones de las casas. Hacia la Comadre se hunde, buscando los sótanos. Algunas acacias, que se asoman por encima de altos muros junto a San Pedro Mártir están mirando con tristeza al escaso número de transeúntes. Se oyen tan pocos ruidos allí que la calle no parece estar en Madrid y a dos pasos del Lavapiés. Toda ella tiene un aspecto sombrío, un tinte lúgubre, una mala sombra que no puede definirse, una atmósfera que abruma, un silencio que hiela. Las calles, como las personas, tienen cara, y cuando esta es antipática y anuncia siniestros designios, una fuerza instintiva nos aleja de ella.

Vulgarmente se cree que en la calle de la Cabeza no ha pasado nunca nada digno de contarse. Por el contrario, es una calle trágica, quizás la más trágica de Madrid. La tradición que le da nombre, y que no carece de mérito en lo que tiene de fantasía, es como sigue: Vivía por aquellos barrios un cura medianamente rico. Su criado, por robarle, le asesinó, cortándole ferozmente la cabeza, y con todo el dinero que pudo encontrar huyó a Portugal. No fue posible descubrir al autor del crimen,   —371→   y enterrado el clérigo, bien pronto su desastroso fin quedó olvidado. Pero el asesino, después de haberse dado muy buena vida en Portugal durante muchos años, volvió a Madrid hecho un caballero, aunque no tanto que olvidase su primitiva condición de criado. Solía ir él mismo al Rastro todas las mañanas a hacer su compra, y un día adquirió una cabeza de carnero. Llevábala bajo la capa, y como chorreaba mucha sangre, que iba dejando rastro en el suelo, fue detenido por un alguacil, que le mandó mostrar lo que oculto llevaba. ¡Horrible espectáculo! Al echar a un lado el embozo, el criado alargó en la derecha mano la cabeza del sacerdote a quien le diera muerte.

¡Milagro, milagro! Este fue el grito general. Confesó todo el asesino y le llevaron a la horca, acompañado de la cabeza del sacerdote que había sido de carnero, y cuya vista horrorizaba y edificaba juntamente al pueblo. Murió, según dicen, con grandísima devoción y arrepentimiento, y hasta que no entregó su alma a Dios, no recobró la testa del cura su primitiva forma carneril. Felipe III, que a la sazón nos gobernaba, mandó labrar en piedra una cabeza que se puso en la casa del crimen para memoria de aquel estupendo suceso.

En este siglo la calle de la Cabeza presenció muy de cerca el horrible asesinato del marqués de Perales el l.º de Diciembre de 1808 10Cuando las revueltas políticas del 14, vio encarcelar a los diputados y ministros, y aquel silencio tétrico fue turbado en más de una ocasión por los rugidos de la plebe furiosa embriagada. Nuestra narración nos lleva ahora a la citada calle y a uno de sus edificios más antipáticos y más feos: la cárcel eclesiástica o de la Corona, que estaba en la esquina de la calle Real de Lavapiés, y que todavía existe, aunque destinada a cuadras o cocheras.

Un portalón daba entrada al patio, que no había sufrido variaciones esenciales y tenía en dos de sus lados columnas de piedra para sostener la crujía alta. Las prisiones estaban en el piso bajo y en los sótanos, y consistían en calabozos inmundos, algunos con rejas a la calle. Dos puertecillas abiertas a un lado y otro del zaguán indicaban el cuerpo de guardia y las habitaciones de algunos empleados de la cárcel. Todas y cada una de las partes del edificio, dentro y fuera, arriba y abajo, ofrecían repugnante aspecto de incuria, descuido y degradación.

La ignominia de la cárcel empezaba desde la puerta. En la esquina del edificio se veían multitud de inscripciones terroríficas e indecentes.   —372→   A conveniente altura, una de esas manos de artista que tanto abundan en España había pintado una horca de la cual pendía un cura, y debajo se leía Tamajón. En la misma puerta otro artista había trazado una especie de cuadro de ánimas donde varios curas recibían tizonazos de los demonios, y más lejos varios milicianos nacionales, caracterizados en la pintura tan sólo por el morrión, asaban un cerdo que llevaba el nombre de Vinuesa. En el portal repetíanse las horcas y además otra pintura ingeniosa. Un grotesco y ventrudo muñeco, que tenía en la panza el consabido letrero, abría la boca. Como si esta fuera la de un horno, varios milicianos o figurillas de morrioncete metían por ella con sendas palas un objeto en que se leía Constitución. Por debajo una escritura infernal rezaba el Trágala, perro, tú servilón.

Vinuesa estaba en un calabozo del piso bajo. En la puerta negra habían trazado con tiza la horca y el ahorcado, repetidas formulillas, como Muera el traidor, y una cuarteta que decía:


    ¡Considera, alma piadosa,
en esta nona estación,
el árbol de que colgaron
al cura de Tamajón!

Dentro del calabozo no reinaba oscuridad profunda. Veíase al infeliz reo arrojado en el suelo sobre un jergón inmundo. Era un hombre viejo, aunque entero, de cuerpo pequeño y que debió de ser fornido; pero la larga prisión habíale extenuado considerablemente. Su pelo entrecano; su barba blanca, muy crecida por no haberse afeitado durante el encierro; su rostro en que se pintaban resignación y amargura, dábanle aspecto venerable que sin duda no tenía cuando andaba suelto por la Villa, o haciendo planes en su casa de la inmediata calle de San Pedro Mártir. Vestía sotana suelta, raída y llena de jirones, y un gorro negro de punto, calado hasta más abajo de las orejas, le cubría la cabeza. Cuando no estaba echado sobre el miserable jergón, se ponía a pasear de un ángulo a otro o se sentaba en la única silla, apoyando los brazos sobre una mesa negra, y la cabeza en los brazos para dormir un poco. En la mesa negra estaba pintada también con tiza la horca y un diablillo que tiraba de los pies del ahorcado. En las paredes se leían varias estrofas de las más indecentes del Lairón. Pero al desgraciado preso no le mortificaba tanto leerlas como oírlas, y este era su principal tormento.

Todos los chulillos que pasaban de vuelta para el Lavapiés a la madrugada; todos los rondadores guitarristas que iban a recorrer las calles; todos los grupos de vagos que regresaban de los clubs o de las logias; todos los patriotas que salían de las tabernas a hora avanzada, y los chiquillos al salir de la escuela por las tardes o al ausentarse de ella para ir de huelga o pedrea al Mundo-Nuevo, hacían escala al pie de la reja del calabozo de Vinuesa; así es que este oía constantemente durante diez y ocho horas de las veinticuatro del día, los famosos versos:


Dicen que vienen los rusos
por las ventas de Alcorcón.
       Lairón, lairón.
Y los rusos que venían
eran seras de carbón
       Lairón, lairón.

Estas eran las estrofas comunes, pues las picarescas e indecentes, en que se atribuían al cura de Tamajón las mayores atrocidades y desvergüenzas, no pueden copiarse. El populacho veía en Vinuesa un galanteador de muchachas, corruptor de doncellas, tercero, mancebista y cuanto abominable y ruin puede imaginarse. Nada de esto es verdad. Su único delito había sido el plan que conocemos; pero si hubiera faltado a las leyes morales con perversidad e indecencia, habría purgado sus culpas   —374→   con el infierno expiatorio que tenía en la prisión. Era este un lúgubre ventanillo cuadrado y pequeño, con una cruz de hierro en el vano. Por allí entraba la voz terrible del populacho cantando infames coplas, amenazando e insultando sin cesar al pobre reo. Vinuesa aborrecía el nefando agujero por donde le entraba la luz y la ira de la nación vengativa; y por verle tapado, aunque le dejase a oscuras, diera lo restante de su vida y la esperanza de libertad. Si lograba conciliar el sueño, no dejaba de ver aquel boquete horrible, que en su mente febril representaba como el ojo y la boca de la inmunda canalla, que sin cesar le vigilaba y le escupía.

Gil de la Cuadra estaba encerrado en un calabozo de otra crujía, y no gozaba de la preeminencia de vistas a la calle. En su encierro había bastante claridad, y tenía mejores muebles que Vinuesa, entre ellos una cama en alto. También su puerta se ornaba con inscripciones; pero en lo interior no las había. Mortificábanle principalmente los gritos, cantos y disputas de los milicianos nacionales, que tenían su cuerpo de guardia en el zaguán, y que alborotaban en el patio mucho más de lo conveniente.

Bastante después del encierro sintiose atacado de dolores en las articulaciones de las piernas, y no dudó que su reumatismo constitucional le iba a hacer una nueva visita. Guardó cama, resignándose al suplicio de sus dolores con paciencia cristiana, y tuvo varias alternativas de alivio o recrudescencia. A falta de auxilios médicos, disfrutó de los cuidados de un calabocero algo piadoso, que por haber padecido del mismo mal, no sólo poseía recetas y cierta ciencia práctica, sino también una compasión hacia todos los reumáticos.

De esta manera transcurrieron muchos días. Lo que más hondamente perturbaba la naturaleza moral y física del ex-oidor era la incomunicación y con esta la negra tristeza en que vivía, si aquello era vivir. Solo, febril, contemplando perpetuamente su situación, midiendo sin cesar la considerable distancia que le separaba de su hija, pasaba las largas horas del encierro, y veía la lenta serie de noches y días, marchando como las ruedas de una máquina de tormento. A ratos oraba, a ratos derramaba amargas lágrimas; por breves momentos recibía consuelo de su propia imaginación, representándose la libertad y la paz de su casa; pero estas bellas sombras pasaban pronto, y el calabozo le ponía delante sus cuatro paredes inalterables. Conocido el estado de su ánimo, lleno de amargura, se comprenderá cuáles serían su asombro y emoción al ver que un día se abrió la puerta del calabozo, que entró   —375→   un hombre, y que en aquel hombre reconoció, después de congojosas dudas, la persona auténtica de Salvador Monsalud.

Este corrió a abrazarle y Gil de la Cuadra se desmayó de alegría.

-¡Mi hija, mi hija!... -murmuró cuando recobraba el uso de la palabra-. ¿Ha muerto?, ¿vive?

-¡Ánimo, Sr. Gil! -gritó Monsalud-. Pronto verá usted a su hija, que está buena como nunca, y muy contenta al saber que pronto estará usted libre.

-¡Yo libre! -exclamó el anciano abrazando a su amigo.

-Todavía no; pero pronto será.

-¿Y Anatolio?

-No ha venido aún.

Siguió haciendo preguntas, menudeándolas con tanta prisa que casi no daba tiempo a la contestación, y al fin se ocupó de su causa que había dejado para lo último. Monsalud, en breves términos, le explicó, si no todo, gran parte de lo que había hecho, así como las circunstancias de su presencia en la cárcel y el destino que desempeñaba.

-Tengo la seguridad -dijo-, de que conseguiré un objeto en el cual he empleado tanta actividad, tanta fuerza, tanta paciencia. La santidad de la obra emprendida, que es el cumplimiento de una de las primeras leyes cristianas, me hace creer que esta vez, como otras, mi trabajo no será estéril. He sufrido contrariedades, amigo mío, contrariedades graves; pero al mismo tiempo he empezado a conocer uno de los mayores goces que puede sentir el hombre y que hasta ahora...

-No había usted conocido.

-Al menos en tan alto grado.

-El goce incomparable de hacer bien a un semejante -dijo Cuadra con voz balbuciente por la emoción.

-Ese, sí, y el de poder dar forma al agradecimiento expresándolo en hechos.

-¡Oh!, sí, también es un goce inaudito.

-Y tranquilizar la conciencia.

-Es verdad.

-Porque el recuerdo de las grandes faltas -añadió Monsalud-, no se atenúa sino con la práctica constante de buenas acciones.

-También, también.

-Todo me anuncia que esta vez mi afán no tendrá, como otras veces, un éxito desdichado. El corazón mío, que es la desconfianza misma, me está diciendo ahora: «triunfamos, triunfamos de seguro». Será usted   —376→   libre, amigo mío, y lo será pronto. Sólo le recomiendo a usted un poco de paciencia. Consuélese usted con saber que me tiene muy cerca, y que estoy discurriendo los medios de rematar nuestra obra.

Gil de la Cuadra, arrojándose en brazos de su protector, lloró como un niño.



  —377→  

ArribaAbajo- XXII -

Mientras esto ocurría, todo Madrid se alarmaba con una estupenda noticia. Por todos los barrios, por todos los clubs, por todos los círculos corría una noticia, que muchos suponían increíble, por lo disparatada, y otros aceptaban con resignación como una nueva prueba de los desaciertos y traiciones del Ministerio. El fiscal de la causa formada contra Vinuesa no pedía para este más que diez años de presidio. El pueblo irritado, a quien habían hecho creer que la muerte del arcediano no era bastante castigo para las culpas de este, vio en los diez años de presidio una pena tan suave, que más que pena le parecía recompensa. De los demás conspiradores absolutistas nada se decía aún; mas era probable que recibirían en pago de sus infamias algunos años de encierro, es decir, confites.

No es preciso indicar que en todo Madrid, y principalmente en los barrios bajos era un Evangelio la opinión de que había corrido mucho dinero para absolver a los malhechores, y los más listos decían:

-¿Pues qué?, el Rey no podía dejar perecer a sus amigos.

En esto se equivocaban, porque Fernando se distinguía de todos los malvados por un funesto sistema de abandonar cobardemente a cuantos le habían servido, y aun gozarse de un modo incalificable en la desgracia de ellos, como lo prueban, entre otras muchas cosas, las célebres palabras que pronunció ante los guardias fugitivos y vencidos el 7 de Julio. La verdadera causa de la lenidad relativa del fiscal y más tarde del juez, fue que el Ministerio y los masones habían llegado a comprender cuán bárbara y soez era la excitación vengativa del populacho, a   —378→   pesar de haberla excitado ellos mismos en Febrero y Marzo, y quisieron rendir homenaje a la humanidad y la justicia, evitando un sacrificio inútil. Hemos llamado lenidad a la pena anunciada, porque con respecto al furioso ardor de la canalla lo parecía; pero en rigor de justicia era una atrocidad, que sólo tiene disculpa en las infames transacciones a que obligan los yerros políticos.

En los comuneros la noticia fue chispa arrojada a la mina. La fortaleza reventó y una explosión de salvajismo, de barbarie, de odio y necedad atronó la Plaza de armas. Los honrados y los inocentes, que no eran los menos bajo el estandarte de Padilla, hacían coro a los malvados, por la solidaridad que entre todos reinaba. Eran los primeros envueltos en el torbellino, y sin saberlo, estaban tan locos como los demás, mejor dicho, los honrados y los inocentes eran los verdaderos locos, porque los perversos conservaban bajo la borrachera de venganza su nefanda razón. Pero en realidad, la noticia de la blandura del juez, más les agradaba que les afligía. Servíales de pretexto para poner en ejercicio su ideal de barbaridades, atropellos y desafueros, y de admirable tema para gritar contra el Gobierno, llenándoles de befa y escarnio. Acogieron, pues, el suceso con el frenesí del beodo a quien dan aguardiente, y se hartaron de furia, de exaltación política, poniéndose como demonios en la sesión que celebraron la noche de la noticia.

Romero Alpuente, a quien respetaban, no pudo presidir la sesión, porque le fue imposible sofocar el tumulto. Regato emitía con su habitual tono de importancia las opiniones más furibundas. Mejía sudaba gritando, y con el rostro encendido, gesticulaba sin poder conseguir que le oyeran. Pelumbres daba golpes en los bancos con un bastón semejante a la lava de Hércules. D. Patricio, renunciando a ser oído por toda la Asamblea, pronunciaba, ora frases áticas, ora apóstrofes demostenianos en un pequeño grupo que se formó a su lado. En suma, la Plaza de Armas más que guarnición regular, parecía un ejército indisciplinado, un manicomio insurrecto o un infierno en que fuese ley la libertad individual para hacer diabluras. Cada cual pedía una cosa distinta, y es incomprensible que no se rompieran la cabeza unos a otros, único medio y fórmula de conciliar todas las opiniones.

Era que comúnmente la Asamblea en pleno no resolvía nunca nada, siendo más bien doctrinales, digámoslo así, sus sesiones que ejecutivas. La alta dirección de la Comunería estaba, como la de los masones, en un pequeño consejo, en cuyo seno ha llegado la hora de que nos introduzcamos osadamente. Hemos presentado en otro libro la camarilla de Palacio 11   —379→   Tócales ahora su vez a las camarillas populares, poderes igualmente misteriosos y perturbadores, y la dificultad de nuestro trabajo aumenta, porque las camarillas eran dos: la del populacho o de los exaltados, y la de los constitucionales o moderados. Procedamos con método.

Camarilla del populacho. -No tenía local fijo. Reuníase algunas veces en un departamento reservado del café de Lorencini; otras, en el mismo local de la Asamblea o en casa de Regato. La reunión de ella que nosotros vamos a presenciar no fue celebrada en ninguno de estos parajes, sino en una taberna de la calle de la Estrella. De los veinte diputados comuneros no asistió ninguno; de los periodistas, sólo Mejía; de los que tenían cargos oficiales en la Asamblea de Padilla, sólo Regato; de los viejos, sólo D. Patricio Sarmiento; pero no faltaba ni uno siquiera de los amigos de Timoteo Pelumbres, ni tampoco la pandilla de milicianos nacionales, en la cual alzaba el gallo con altanera superioridad Pujitos. Sumaban entre todos once personas, y para poder discutir con   —380→   más libertad, Regato mandó al tabernero que cerrase, luego que todos estuvieron dentro, y cuando el vino empezó a hacer su oficio para que las lenguas pudiesen desempeñar mejor el suyo.

-Queridos compañeros -dijo Regato-, estamos perdidos.

Esta frase hábil produjo la sensación apetecida.

-Perdidos, porque el Gobierno nos va a meter el diente, y los hombres gordos de nuestro partido se esconden en su casa llenos de miedo.

-Romero Alpuente -dijo uno-, tiembla como una gallina mojada.

-Desde que se ha dicho que el Gobierno va a pegar, nuestros diputados ya están buscando vendas.

-Está visto que para reclutar gente valerosa -dijo Regato, a quien agradaba mucho la veneración con que era oído-, no hay que contar con la gente de lengua y pluma. ¡Pobre pueblo, siempre sudando por gobernar como manda la ley de Dios, y siempre engañado por tanto pillo! Está visto que mientras el pueblo no diga: «pues quiero y esto ha de ser», y lo haga como lo dice, no tendremos libertad.

-Pero cuando el pueblo quiere portarse como quien es -manifestó Pelumbres-, vienen los futraques, llenos de jabón y pomada, y sacan los catecismos de la política para decirnos cosas lelas y de mil flores... con lo cual se acaba todo, y en buenas palabras resulta que somos unos zopencos y ellos unos Salomones. Nosotros trabajamos y ellos comen.

-Señores -repitió Regato dando un suspiro-, estamos perdidos. El Gobierno, viendo que no servimos 12 para nada, (y no me vuelvo atrás...) que no servimos para nada, va a pegar, pero a pegar muy fuerte.

Breve silencio siguió a estas palabras.

-Los palos serán para el que los aguante, que yo...

-Los palos serán para todos -afirmó Regato en el tono de la mayor competencia-. Yo sé de buena tinta lo que trama el Gobierno; lo sé todo, y pues venimos aquí para ver cómo nos defendemos, lo voy a decir.

-El Gobierno va a cerrar los cafés.

-Y a reformar la Milicia Nacional de modo que no entren sino los que él quiera.

-Y a corregir la Constitución.

-Y a poner dos Congresos: uno como el que está, y otro de clérigos, obispos, generales, marqueses, camaristas y toda la recua de alabarderos, persas y serviles.

-Y a suprimir todos los periódicos -indicó Pujitos, dando a entender de este modo sus aficiones literarias.

-Y a mandar a Riego a Filipinas.

  —381→  

-Todo eso y mucho más hará el Gobierno -dijo Regato-; pero como a quien más aborrece es a los buenos patriotas, empezará su obra acogotando a los buenos patriotas, que somos nosotros.

-Nosotros -repitieron algunos.

-Y pasando la mano por el lomo a los serviles, que serán los mandarines de mañana. ¿Qué significa la libertad de Vinuesa?

-¿La libertad?

-La libertad, sí. Para los bobos, eso de los diez años de presidio significa... diez años de presidio; pero para nosotros, que somos tan listos y vemos un mosquito en la punta de una torre, esa pena no es más que la absolución del cura.

-Es lo mismo que yo pensaba.

-Le sacan de la cárcel; hacen la pamema de llevarle a Ceuta; métenle en cualquier convento, donde habrá abundancia de buenas magras, pollos con tomate, gran trago de vino y muchachas bonitas; dicen luego que se ha escapado, y al poco tiempo, indulto. Tras el indulto viene la canonjía y tras la canonjía la mitra.

-Pues estamos bien -dijo uno con impaciencia, golpeando el suelo con su bastón-. Protesto.

-Protesto yo también -exclamó Pelumbres.

-Si la Sociedad de los Comuneros, que empezó con tan buen pie, no saca ahora la cabeza, ¿para qué sirve?

-Para nada, Sánchez, para nada -repuso un hombre que era tratante en cueros-. Dende que oí discursos y vi papeles y toma la palabra, daca la palabra, se me cayeron las alas del corazón... ¡botijos!, yo no sirvo para esto.

-Es muy posible que el Gobierno tenga la alevosa intención de indultar a Vinuesa y aun darle una mitra -dijo con gravedad un individuo de aspecto decente, furibundo patriota cándido que tenía dos tiendas y un buen nombre que no hace al caso-; yo creo cuanto ha dicho el amigo Regato, porque el Gobierno es en la superficie liberal y en el fondo absolutista.

-Si Riego estuviera en Madrid, otro gallo nos cantara, amigos -indicó Regato-. Yo de mí sé decir que si tuviera dos docenas, dos docenas nada más de buenos patriotas, intentaría cualquier sublimidad.

-Cualquier hazaña épica, digna de perpetuarse en mármoles -dijo D. Patricio-. Sr. Regato, manifieste usted con claridad su pensamiento. ¿Se trata de que Madrid se levante en masa y arroje del gobierno a ese Ministerio, y convoque otras Cortes, y le caliente las orejas al Rey neto?

  —382→  

-Eso es difícil hoy; pero no lo será dentro de seis meses, cuando estemos mejor organizados y se multipliquen las Casas fuertes de los regimientos y se reciba el dinero que nos han prometido de América. Contentémonos ahora con dar una prueba de nuestro mucho poder, de lo que somos y lo que valemos, para que tiemble el cobarde tirano y nos tengan miedo los mandarines.

-Ved aquí, amigos míos -dijo Sarmiento-, cómo admirablemente concuerda con mi opinión la del Sr. Regato. Siempre he sostenido la necesidad de elevar la voz para que nos oigan, de alzarnos sobre las puntas de los pies para que nos vean, de presentarnos en todas partes para que nos toquen, mientras llega la hora sublime de los bofetones.

-Yo no entiendo de estas máquinas sutiles -manifestó, con la ingenuidad de la barbarie, el llamado Sánchez, que era miliciano y había sido primero cortador de carne y después empleado en cárceles-. Yo lo que sé es que si conviene dar porrazo se dé porrazo. No hay más que dos políticas: dar y recibir.

-En lenguaje sencillo -dijo Mejía-, ha expresado Sánchez la idea de que mientras no se puede realizar una insurrección que dé la victoria al pueblo, se hagan manifestaciones patrióticas con objeto de que se nos considere como un elemento importante, capaz de cualquier cosa en el Gobierno o en la oposición.

-A eso iba -indicó Regato con acento magistral-. En pocas palabras, señores; el Gobierno dice blanco, pues nosotros decimos negro; el Gobierno quiere coles, nosotros lechugas; el Gobierno dice por aquí no se va, nosotros decimos, por ahí iremos.

-El Gobierno dice, no más clubs, nosotros respondemos vengan clubs.

-El Gobierno quiere poca Milicia, nosotros mucha Milicia.

-El Gobierno perdona a los absolutistas, pues condenémosles nosotros.

-Condenémosles, caballeros -gritó el tratante en corambres-. ¡Botijos! Si nosotros no hacemos la justicia, ¿quién la va a hacer?

Dando golpecitos en la mesa con el fondo del vaso, después de beberse el contenido, entonó esta canción:


Ay le le, que toma que toma,
ay le le, que daca que daca,
ya no bastan las razones,
apelemos a la estaca.

-El ciudadano D. Bruno ha tocado el punto más delicado de la política   —383→   actual -dijo Regato-. El pueblo, señores, no debe consentir la impunidad de quien ha trabajado y trabaja aún en contra del pueblo.

-¡Botijos!... no.

-De ninguna manera.

-Consentirlo sería gravísimo desacierto -afirmó Sarmiento.

-Como me llamo Pelumbres, tan cierto es que todo el día he estado pensando en que debíamos hacer justicia, porque podemos y debemos hacerla. Y si el pueblo no es soberano para esto, ¿para qué lo es?

-A fe de Mejía, sostengo que cuando los jueces son inmorales y corrompidos, el pueblo no tiene más remedio que echársela de juez.

-Pues con una palabra basta -afirmó el tratante en pellejos.

-Es preciso sacar a Vinuesa de la cárcel antes que le indulten.

-Y ahorcarle -dijo Sánchez, apretándose su propia garganta.

-En la plazuela de la Cebada.

-En la plaza de Palacio, delante del balcón de Su Majestad -gruñó Pelumbres.

-Admirable y sensata idea -dijo Regato-; pero me parece irrealizable. No es preciso que se lleven las cosas a ese extremo de perfección.

-No puedo aconsejar tranquilo la muerte de un hombre -afirmó Sarmiento con gravedad-; pero hay sacrificios necesarios, indispensables, y el cura de Tamajón debe morir. También hay en la cárcel de la Corona un dichoso Gil de la Cuadra, ex-vecino mío, que es uno de los servilones más furibundos, y un conspirador terrible.

-Gil de la Cuadra -dijo Regato haciendo memoria-. ¡Ah!, ya. Le protege Salvador Monsalud, después de haberle enamorado a su mujer, como me consta. Váyase lo uno por lo otro.

-El traidor Monsalud se dirá de aquí en adelante -indicó Pelumbres-. Ese canalla, después de entrar en nuestra sociedad ha admitido un destino del Gobierno.

-En la cárcel de la Corona precisamente -indicó Mejía-. No lo hubiera creído. Puesto de confianza, señores. Aquí hay gato encerrado.

-Tengo a Monsalud por una persona decente -dijo D. Patricio-. Es amigo mío y no le creo capaz de servir a los masones. Le he oído hablar pestes de esos señores.

-Sea lo que fuere -dijo Sánchez-, ello es que antes de meter semejantes tipos en nuestra sociedad, debiéramos pensarlo mucho.

-Es justa la censura, aunque confieso que yo le presenté -dijo Regato-; pero no hay motivo para desconfiar de tal joven. Tengo motivos para creer que puedo dominarle en un momento dado. Ese hombre será   —384→   mío cuando yo quiera. En vez de importarnos que esté empleado en la cárcel, debemos felicitarnos de ello. Sacaremos partido de esta circunstancia.

-¡Re-botijos!... ¡Si está en mi lugar y en el puesto de que me echaron hace dos meses esos mamones!... ¿pues no ha de importarme? Es un caballerito a quien tengo atravesado aquí.

-Dejemos esta cuestión mezquina, señores, y volvamos a lo principal -dijo Regato-. ¿Hay aquí gente de valor?

-Basta y sobra; pero si se quiere cosa mayor, con dar la voz en ciertos barrios se tendrá toda la gente que se quiera.

-Sr. D. Bruno, ¿se puede ir a donde se quiera?

-Al cabo del mundo. Digan hora y lugar y allá estaremos todos. No saldrá tan mal como la noche de los embajadores del Ruso y el Turco.

-Mañana... mañana... -dijo Regato meditando-. ¿Cuál será la mejor hora?

-Por la noche.

-No, por el día.

-A las doce del día -gritó el más decente de todos-. No se trata de ninguna traición, sino de una obra de justicia.

-¡Excelente idea! A las doce del día.

-Coram populo -murmuró Sarmiento.

-¡Botijos!, a las doce en punto.

-Y ahora -dijo Regato levantándose-, a prepararse. La cosa puede ser sencilla si el Gobierno deja a la Milicia en la guardia de la cárcel. Pero si pone tropa...

-Si se atreve a poner tropa, entonces...

-Que ponga tropa -gritó Pelumbres dando un puñetazo-, y se hará justicia a la tropa.

Eso es, justicia a la tropa.

Porque no es más que justicia.

  —385→  

-Esta noche hay otra vez Asamblea, señores -dijo Regato con misterio-. Mucho cuidado con los caballeros comuneros de corbatín almidonado y palabrejas cultas. Dirán, como esta noche, que estamos locos.

-¿Se guardará secreto?

-Hasta donde se pueda; pero hay que reclutar gente, mucha gente.

-¡A la Fortaleza, a la Fortaleza!

-En la Fortaleza hay espías y traidores que todo se lo cuentan al Gobierno.

-Si el Gobierno lo sabe, mejor -vociferó Pelumbres-. ¿Qué apostamos a que voy a Palacio y se lo digo yo mesmo al Rey?

Una carcajada general acogió estas palabras.

-Las cosas claras. Se va a hacer justicia. Yo lo digo a todo el que me quiera oír. ¡Muera Tamajón!

-¡Muera Tamajón! -repitieron todos menos Regato.

Este con voz apagada y razones conciliatorias quiso aplacar a sus amigos; pero estaban muy encariñados con la idea emitida por el dos veces gato, para dejársela quitar. Hay que pensarlo mucho antes de arrojar la piltrafa a esta especie de carnívoros; pero una vez arrojada, el que aspire a quitársela se expone a recibir un mordisco o arañazo. Así lo comprendió el fundador de la Comunería. Cuando los individuos de su alto Consejo salieron a la calle rumiando el sangriento manjar que les había puesto en la boca, el cobarde Regato se asustó un poco; pero aún tenía seguridades de no ser sospechoso, y entre Pelumbres y D. Bruno marchó resueltamente a la Asamblea, que aún estaba abierta.



  —386→  

ArribaAbajo- XXIII -

Poco después de este suceso las Plazas fuertes y Salas de armas encerraban un partido en ebullición. Pasada la media noche la mayor parte de los comuneros sabían que estaba acordada para el día siguiente la muerte de Vinuesa. A la madrugada, sabíanlo también los masones por su bien servido espionaje, y conmovido el Grande Oriente ante amenaza tan audaz, deliberó con calor y afán tan importante asunto. Lo que allí se dijo verase a continuación.

Camarilla constitucional. Reuníase casi siempre en el Grande Oriente, con asistencia de muchos hombres que se tenían por lumbreras, de otros que realmente lo eran y de muchos que si carecían de soberbia o de mérito, cobraban buenos sueldos en las oficinas de Reino. En la Masonería había, según los datos más verosímiles, cincuenta y dos diputados. De los ministros, la mitad por lo menos cargaban el mandil. Pocos eran entonces los hombres notables, por su talento oratorio o por su pluma, que no doblasen la cerviz ante el misterio eleusiaco, y muchos que después han figurado en los partidos reaccionarios adoraron la Acacia. Tal fue el atractivo del Orden masónico, que aun se dice trataron con él clérigos no apóstatas y un general de franciscos que después fue arzobispo 13Para que nada faltase, los del Arte-Real vieron en las logias a un Infante, que recibió el nombre de Dracón, con la risible particularidad de que le llamaban Bracón. Un general muy célebre era designado Bruto II. Puede dudarse que el mismo Fernando VII recibiese salario masónico;   —387→   pero no que los nombres más ilustres y respetables del presente siglo, los nombres de Argüelles, Calatrava, Quintana, San Miguel, Flores Estrada, Galiano y otros figuraron en las listas de Maestros, siendo probable que todos ellos fueran Sublimes perfectos.

La camarilla, en la hora que nos es permitido asistir a ella, estaba formada por seis individuos nada más, cuyos nombres, a excepción del de Campos, deben mantenerse en secreto. Si en el trascurso de la relación son conocidos, enhorabuena; pero no se culpe al novelador de haber manoseado nombres pertenecientes a personas de distinto valor, pero todas respetables, algunas de las cuales han respirado hasta hace poco... y quizás haya alguna que respire todavía.

Los de la camarilla se reunían en la logia, pero allí estaban familiarmente y sin ceremonias de rito, como clérigos en la sacristía. De los seis, cuatro eran diputados; y de estos, dos habían sido ministros y uno lo era en aquellos días. De los dos restantes, uno casi no era masón, hallándose en la categoría de durmiente, y el otro era Campos. Atención.

Tiene la palabra un joven de treinta y tres años, alto, elegante, fino, airoso. Sus modales y su vestido eran como su estilo, la corrección misma. Su rostro morenísimo y su gran boca dábanle aspecto de fealdad; pero tenía la belleza de la expresión y un claro sello de hidalguía y caballerosidad que cautivaba. Sus ojos eran negros y vivísimos, llenos de esa luz particular que indica poderosa erección de la fantasía; sus cabellos alborotados y fuertes, algo parecidos a los de Chateaubriand, rodeaban una espaciosa y limpia y celeste frente, emblema del privilegiado artista. Era su voz grave y persuasiva, y si su estilo carecía de arrebato, tenía en cambio la serenidad más simpática y un acento que subyugaba oídos y corazones.

-Nosotros -dijo señalando a su amigo que junto a él estaba-, estamos decididos a no asociar nuestro nombre a los errores que se están cometiendo. Amamos la libertad con delirio; pero aborrecemos los excesos del populacho y la ignominiosa licencia. Antes que empujar a la Nación por este carril que la precipitará en el abismo, nos retiraremos de la política, perderemos toda influencia, perderemos nuestro propio prestigio, y entonces la vergüenza de haber contribuido a este desorden nos servirá de expiación. No se nos oculta que el absolutismo volverá, y quizás pronto, si a tiempo no se pone mano en reparar el Reino que se desquicia; y el absolutismo vendrá porque las instituciones vigentes no ofrecen condiciones de vida saludable y duradera, porque carecen de fuerza para contener en límites razonables la iniciativa popular y son incapaces   —388→   de fundar nada sólido. Que el Gobierno, sabedor de la inicua amenaza de los exaltados, evite que se consume un horrendo delito; haga entender   —389→   a esa gente que su destino y misión no es todavía ni será en mucho tiempo dirigir la cosa pública; establezca el imperio de la razón, de la calma, del buen sentido, y entonces variaremos de opinión. Mientras esto no suceda, la división será completa, y si hoy permanece oculta por nuestra prudencia, mañana trascenderá a las Cortes, y de las Cortes a todo el país.

-Y se formará el partido anillero o de los amigos de la Constitución -dijo un viejo alto y flaco, nervioso y lleno de vivacidad, que respondía entre masones al nombre de Coriolano, y era célebre por un folleto contra los absolutistas y varios escritos de Economía política-. Esta nueva escuela será funesta. Tendremos al fin tantos partidos como hombres, y no habrá un solo individuo que se resigne a pensar como los demás.

-La Sociedad de los amigos de la Constitución -dijo el compañero del primer orador que junto a él se sentaba-, responde a la necesidad imperiosa de establecer un término medio entre las antiguas leyes, que viven encarnadas en el país, y los principios liberales. ¿Por qué no hemos de decirlo? Yo, por lo menos, tengo mi ideal en la Carta francesa, con las dos Cámaras y el voto absoluto.

Oyose un murmullo de desaprobación.

-Condenemos igualmente -dijo con gravedad el de los cabellos alborotados y la boca grande-, toda clase de reuniones como esta, que o sirven para fomentar el jacobinismo y ofrecer un secreto peligroso a las intrigas y a las ambiciones, o no sirven para nada.

-Estamos disputando sobre si nos hemos de dividir más todavía, mientras una cuestión palpitante, fundada en una alarma quizás falsa, reclama nuestra atención. Este asunto no tiene espera. Nos está llamando, y nosotros le volvemos la espalda para discutir sobre si debemos ponernos un anillo en el dedo o un triangulillo de latón en el ojal.

El que esto dijo era un hombre de más de cuarenta años, moreno como el anterior, de facciones bastas y gruesos labios. Su cuerpo era fuerte y algo pesado; carecía de soltura, gracia y flexibilidad; pero en cambio parecía poseedor de una gran energía. Lástima que esta energía, circunscrita al entendimiento y al estro poético, no trascendiese a la voluntad.

Completaban su persona cabeza admirable, abultada y lobulosa; ojos grandes y hermosos; una frente a la cual no faltaba sino el laurel para ser olímpica; expresión grave y tono sentencioso en la voz. Allí dentro le llamaban Pelayo.

-Es verdad, es verdad -dijeron los demás-. A la cuestión.

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-Los comuneros han decidido sacrificar a D. Matías Vinuesa -manifestó Campos, que parecía secretario de la Junta.

-Causa horror el ver que estas atrocidades se cometan; pero causa más horror aún que se anuncien -afirmó el que oímos al principio de la sesión.

-Yo no lo creo -dijo el poeta-. Los que se ocupan en propagar alarmas han escogido esta para el día de mañana. Reconozco que el pueblo está irritado...

-Con razón -manifestó Coriolano-. La sentencia del juez es capaz de sublevar al pueblo más generoso. ¿Por qué se vocifera tanto contra el populacho, cuando sus excesos no son más que el rechazo, digámoslo así, de las osadías de los absolutistas? No, no está el mal en la canalla, que es honrada y generosa: no morirá la libertad en manos del pueblo, sino en manos de los que quieren establecer una transacción imposible con el despotismo.

Coriolano, que se había expresado con energía, miró a los dos anilleros. Estos callaban, aunque uno de ellos era gran retórico.

-No disculpo ni disculparé a los exaltados que protestan contra la sentencia del juez -dijo Pelayo con calor-, pero téngase presente que ha tiempo quedan impunes los mayores atentados y crímenes de los absolutistas. Dicen que Vinuesa es tonto; yo no lo creo. Su plan indica maquiavelismo, y por lo menos las intenciones de este clérigo han sido perversas. Ganar y corromper la tropa, sublevar al pueblo, sorprender a los principales diputados y a las primeras autoridades, sacrificarlas inmediatamente a la seguridad y a la venganza del partido conspirador y alzar sobre la sangre de aquellas víctimas el pendón de la tiranía y de la intolerancia; estos son los proyectos contenidos en los atroces papeles de Vinuesa. Convicto y aun confeso el miserable preso, no debe librarse de la suerte rigurosa a que se exponen siempre los que traman semejantes atentados contra la existencia de un Gobierno establecido. El juez que ha despachado esta causa ha dicho públicamente que cualquiera de los cargos que obraban contra el reo era capital, y que por consecuencia era imposible salvarle. ¿A qué este cambio repentino? ¿Por qué con   —391→   tales antecedentes, Vinuesa no ha sido condenado más que a diez años de presidio? Semejante condescendencia ha llamado justamente la atención pública. Hasta se asegura que la Audiencia en vez de agravar la pena la suavizará más. Dícese que han mediado presentes a los cuales la integridad del juez ha resistido con nobleza y con honor; pero que después han intervenido ciertos recados imperiosos de Palacio, a cuyas fulminantes amenazas no ha podido sustraerse el magistrado, haciéndole blandear desgraciadamente en su fallo 14

-Siempre han de achacarse todos los yerros a la incorregible mano oculta -dijo con desabrimiento el retórico.

-¡Siempre se han de achacar al populacho!-exclamó colérico el que respondía al nombre de Coriolano-.La plebe es causa de todo. La Corte y el Rey no hacen más que rezar. Con tan admirable sistema de crítica, resulta infaliblemente que la Constitución es detestable y que debe convertirse en Carta.

-El populacho y la Corte -afirmó el retórico- son igualmente culpables. Pero si se encomienda al primero el castigo de la última, esta vencerá.

-Eso es lo que no sabemos -repuso con inquietud y cierta excitación el economista-. Por de pronto, tenemos que, según lo que acaba de decir nuestro discreto amigo, la irritación del pueblo contra Vinuesa y contra el juez Arias está justificada.

-Braman de cólera los genios impacientes -sostuvo Pelayo- al contemplar semejante impunidad, y hasta los más templados prevén y lloran las tristes consecuencias que necesariamente ha de producir... Pero no puedo creer que un partido popular haya acordado fría y villanamente el sacrificio del reo. Tanta bajeza es inverosímil.

-Es cierta -dijo Campos, que hasta entonces, reconociendo su inferioridad, había permanecido mudo-. La Asamblea comunera es un volcán que vomita sangre.

-Pero ¿no queda duda de que han acordado eso?

-No queda duda. Lo sé por los espías que tengo allí.

-Si el Gobierno se hace cómplice de iniquidad tan grande -dijo con honrada convicción el de los alborotados cabellos-, merece la execración del género humano.

Uno que hasta entonces no había pronunciado palabra adelantó su cuerpo hacia la mesa, tirando de la silla, y habló de este modo:

  —392→  

-No puedo callar después de lo que he oído. Se quiere que el Ministerio lo hago todo, y nadie le ayuda, nadie, señores, cuando tiene que defenderse contra la oposición de moderados y exaltados, y contra las conspiraciones de absolutistas y comuneros, que se dan la mano para trastornar al país. Pero el Gobierno no merecerá la execración del género humano. ¿Acaso es él quien ha alentado las conspiraciones de los serviles? Si ha habido cohecho 15 en el asunto de la causa de Vinuesa, la venalidad estaba consumada antes del 4 de Marzo en que entramos nosotros. No podemos estar mudando jueces todos los días.

-No se trata de mudar jueces; se trata de impedir que una gavilla de asesinos deshonre la revolución.

-¡Patrañas! Señores, es preciso acostumbrarse a no ver asesinos en todas partes.

El que esto decía era un hombre casi anciano, masón, bastante listo y de mucha práctica en los negocios administrativos. ¿Por qué ocultar su nombre, que por sí se vela bastante con su propia oscuridad? Era don Mateo Valdemoro, ministro de la Gobernación. En la hora de la madrugada en que le vemos, quedábale sólo un día de poltrona.

-Yo creo que hay por lo menos exageración -dijo Pelayo.

-Aunque sea exageración, deben tomarse precauciones -indicó Campos.

-Pero, señores, es ridículo que por una alarma necia, llenemos las calles de artillería -indicó el ministro, creyendo que emitía una idea feliz-. Parecería una provocación, y lo que no es más que una alarma insignificante, podría trocarse en formidable motín. Nada me mortifica tanto como la idea, muy generalizada, de que el Gobierno simpatiza con Vinuesa, con el Abuelo y con los demás absolutistas presos.

-¿Entonces el plan del Gobierno es cruzarse de brazos y dejar hacer? -preguntó con severidad el literato.

-El Gobierno castigará los desmanes.

-¿Qué desmanes?

-Los que se cometan; pero no hará alarde de despotismo, no provocará al pueblo.

-Porque le tiene miedo.

-No tiene miedo, sino prudencia. La excitación que existe contra Vinuesa es natural y lógica. Si acuchillamos al pueblo, porque no simpatiza con los absolutistas, pasaremos por serviles, y nuestro lema es Constitución.

-Yo sigo creyendo que no habrá nada -dijo Pelayo, hombre que en   —393→   su gran talento, tenía la más patriarcal buena fe-. Repito que el pueblo es bueno.

-Si no le instigaran los tunantes...

-Es más -añadió el ministro-. Si acuchillamos al pueblo, daremos un gustazo a la Corte, Vinuesa estará libre dentro de dos meses, y las cárceles llenas de liberales.

-Pues ahorquen ustedes a Vinuesa -dijo con la mayor viveza el retórico-. Esto sería lógico. Lo absurdo es absolverle y permitir las horribles venganzas del populacho.

-Siempre el populacho... es decir, el gato -indicó Coriolano.

-Si ahorcamos a Vinuesa, exacerbaremos a los serviles y a la Corte -dijo el ministro en tono de perspicacia-. Prudencia por un lado y por otro, es lo que conviene. ¿No es sistema de ustedes contemporizar con todos?

El de los erizados pelos, es decir el retórico o el literato, a quien esta pregunta se dirigía, estuvo un momento sin saber qué contestar.

-Sí, contemporizar -repuso al fin-, establecer un equilibrio perfecto, dando la mano a unos y a otros; pero no a los infames, no a los asesinos.

-Estamos juzgando un suceso que no ha pasado todavía ni pasará probablemente -dijo Pelayo-. ¿A qué hablar de asesinos? Yo defiendo y defenderé siempre al pueblo. Si alguna vez asesina, hácelo con el puñal que le entregan los de arriba.

-Sea de oro, sea de hierro, lo que importa es que no haya puñal -objetó el retórico-. En una palabra, señores, estamos reunidos para acordar si se debe impulsar al Gobierno a tomar una medida enérgica.

-¡Una provocación!... Yo opino como el ministro -manifestó Pelayo-. El pueblo es bueno, es generoso; pero no debe ser provocado.

-Pues preparémonos a que sea nuestro dueño -dijo el que había demostrado más seso-. Señores -añadió levantándose-, mi compañero y yo nos retiramos para no volver más aquí.

El viejo economista tiró al retórico de los faldones de su levita, diciéndole con buen humor:

-Señor cartista: no nos deje usted tan despiadadamente. Somos amigos y zanjaremos nuestras diferencias de familia. Discutamos.

-Me parece que se ha discutido bastante. ¿No ha llegado aún la ocasión de hacer algo?

Aquel hombre que tan bien se expresaba, demostrando tener en su espíritu el instinto de la eficacia política, era de voluntad flaca, como los   —394→   demás. La sensatez de sus ideas era un fenómeno comprendido dentro de la serena esfera de las aptitudes literarias, y al expresarse con tanta cordura, hablaba su talento, no esa facultad prodigiosa en que se confunden perspicacia y acción, conformando al hombre político. La misma perplejidad que tanto combatía le contaminó cuando fue ministro. Amaba la Carta; pero cuando pudo ocuparse de ella con éxito, pensaba demasiado en la de Horacio a los Pisones.

-Todo puede arreglarse -dijo Pelayo-. Por sí o por no, y aunque hay en esto mucho de ponderación, creo que se debe quitar la guardia de milicianos que está en la cárcel de la Corona, y reemplazarla con tropa de línea.

-Eso me parece una necesidad imperiosa -añadió Campos, atreviéndose, contra su costumbre, a algo más que callar y tomar lo que le dieran.

-Al menos eso probaría cierta prudencia en el Gobierno -dijo el de la Carta deteniéndose, mas sin volver a sentarse.

-No, la verdadera prudencia -objetó Valdemoro-, consiste en no poner ni quitar ninguna guardia, porque eso sería origen de sospechas, hablillas, escándalos y seguramente de disturbios graves.

-Adiós, señores -dijo el simpático y cortés joven de treinta y tres años.

-Mudar la guardia me parece una provocación -repitió el ministro consultando fríamente el rostro de los tres que a su lado quedaban.

Ninguno dijo nada.

-Si se hace con maña y habilidad -dijo Pelayo-, quizás no.

-Señores -manifestó el ministro con la inquietud propia del que se ve abrumado de responsabilidad-. Es muy fácil resolver todas esas cuestiones fuera del Gobierno, y cuando uno se mete tranquilamente en su casa sin dar cuenta a Dios ni al Diablo de lo que hace. Ustedes hablan, como los libros, un lenguaje discreto; pero la práctica, señores, la práctica es cosa muy distinta. ¡Mudar una guardia! Parece la cosa más sencilla del mundo dicho así, como si se tratara de mudarse una camisa; pero los que estamos dentro del Gobierno vemos las cosas de su tamaño. Repito que mudar mañana la guardia es pegar fuego a una hoguera. El Gobierno trabajará; el Gobierno tiene algunas influencias en las clases populares; aún puede contar con algunos comuneros que le sirven... No pasará nada, respondo de que no pasará nada.

-Mi compañero y yo -dijo el retórico dispuesto a retirarse definitivamente-, apreciamos la buena voluntad del Gobierno; creemos que sus   —395→   intenciones no pueden ser mejores; pero no podemos seguir asintiendo en esta junta secreta a los actos de debilidad y a la indeterminación que caracteriza a la política presente. En las Cortes evitaremos todo lo posible la escisión, pero nuestra conciencia nos impide continuar aquí. Está probado que la Sociedad a que hemos pertenecido estorba toda política formal, y es un aliciente para las ambiciones, para los disturbios populares, y aun para las sediciones del ejército. Hace tiempo que deseamos la ruptura; hoy se nos presenta una ocasión y la aprovechamos. Gobiernen ustedes en armonía misteriosa con los manejos de la Corte, porque las dos políticas contrarias que bajo tierra y en la oscuridad funcionan luchando, se acuerdan en una cosa, en hacer polvo y ruinas de la grandeza y poderío del Reino. Inspiren ustedes al Gobierno y a las Cortes, dominándoles por medio de la amenazadora extensión de estas Sociedades, y haciéndose pagar su protección con los destinos, las fajas, las mitras, las cruces que aquí se reparten. Yo renuncio a los beneficios y a la responsabilidad de esta labor oscura y funesta. Adiós, amigos míos; la diferencia de opiniones no entibia la amistad de toda la vida, la amistad de Cádiz en los días de gloria, la amistad del Peñón de la Gomera en los días terribles. ¡Quiera Dios que no volvamos a abrazarnos en los presidios de África!

Dicho esto se retiraron. ¡Ay! Desgraciadamente para España, en aquellos hombres no había más que talento y honradez; el talento de pensar discretamente y la honradez que consiste en no engañar a nadie. Faltábales esa inspiración vigorosa de la voluntad, que es la potente fuerza creadora de los grandes actos. Los que salían, a pesar de su sensato hablar, eran tan niños como los que se quedaban en el Grande Oriente. Entre todos juntos y fundiéndolos a todos, a pesar de la aptitud versificante y poética de algunos, no se habría podido obtener el brazo izquierdo de un Bonaparte, ni de un Cisneros, ni de un Washington, ni siquiera de un Cromwell o un Robespierre. ¡Extraña ineptitud ocasionada por la servidumbre! En la uña del dedo meñique de una mujer, Isabel la Católica, había más energía política, más potencia gobernadora que en todos los poetas, economistas, oradores, periodistas, abogados y retóricos españoles del siglo XIX.

¿Qué resolvió el Grande Oriente, después de la escisión? Cosas graves. Mudar algunos mandos militares, negar dos canonjías, recomendar a los pueblos la elección de dos diputados masones, adjudicar tres subastas, escribir las bases de una transacción contra los comuneros, leer algunas cartas que hablaban de conspiración, enterarse de las confidencias   —396→   hechas por empleados de Palacio, subvencionar un periódico, adjudicar trece destinos a otros tantos masones, dar una pensión a la viuda de un perseguido a causa del Sistema, echar tierra sobre un expediente de contrabando, etc.

¿Cuál de las dos camarillas es más responsable ante la historia, la del populacho o la de los hombres leídos? No es fácil contestar. La primera, en medio de su barbarie, había resuelto algo en el asunto del día; la segunda, a pesar de su ilustración, no había resuelto nada.



  —397→  

ArribaAbajo- XXIV -

Salvador conoció desde la noche del 3 al 4 el infame proyecto de sus compañeros de caballería. Si no pudo injerirse en la camarilla, asistió a la Fortaleza. Oía y callaba, esperando utilizar las circunstancias; y como había adquirido y fomentado buenas relaciones con comuneros de todas clases, creía seguro salir adelante con su buen propósito. El plan de hacer justicia en la persona de Vinuesa le pareció irrealizable, porque contaba con la energía de las autoridades. Sintió impulsos de poner en conocimiento de Campos algunas preciosas noticias y datos adquiridos   —398→   en la Asamblea, para que aquel las comunicase al Gobierno; pero su natural honrado y leal se sublevaba contra la delación.

En la mañana del 4 entró en la celda de Gil de la Cuadra, y le dijo:

-Ánimo, señor reo; esta noche saldremos de aquí. Tengo todo preparado.

El anciano, de rodillas, apoyando su cuerpo en el lecho, cruzó las manos y se puso a rezar fervorosamente.

Poco después Salvador atravesaba el patio de la cárcel, cuando se sintió llamar. A su lado vio una cara entre burlona y suspicaz, unos taimados ojos verdosos que gatunamente le miraban, una mano blanca que con suavidad le agarraba el brazo. Era el Sr. Regato. Vestía el uniforme de capitán de la Milicia.

-Amiguito -le dijo-, tenemos que echar un párrafo. Subamos.

Instaláronse solos en una pieza del piso alto, y D. José Manuel habló de este modo:

-Tengo el corazón oprimido, amigo Salvador. Ya sabe usted que el pueblo está furioso... y con razón, con muchísima razón. El Gobierno se empeña en perdonar a Vinuesa, regalándole más tarde una mitra, y el pueblo, que después de todo es soberano, se empeña en que Tamajón debe ser ahorcado. ¿Qué tal? Aquí tiene usted dos reyes que se desafían sobre el cuerpo de un pobre sacerdote.

-No creo posible que esos hombres feroces consigan su objeto... Tal ignominia no pasará en España. Lo espero así para honor de esta Nación.

-¡Oh!, no conoce usted los arranques del pueblo español. La resolución de los comuneros, nuestros amigos, es definitiva. Ya he tratado de contenerles, porque no me gusta el derramamiento de sangre; pero me ha sido imposible. Intentarán hacer justicia.

-Pero no lo conseguirán. El Gobierno es malo; pero está compuesto de hombres honrados.

-El Gobierno se cruzará de brazos, amigo mío -dijo Regato, poniendo gran interés en aquel diálogo-. He visto a Campos al amanecer y me ha dicho que el Grande Oriente reprueba la justiciada del pueblo, pero que no hace nada.

-Dicen que se quitará la guardia de milicianos.

-Error; no se quitará guardia ninguna. El Gobierno arde en sentimientos humanitarios; pero no quiere hacer frente al oleaje popular, por temor de ser arrastrado. Teme que se le acuse de servil; teme las murmuraciones y se ruboriza si le dicen que protege al absolutismo.

El asombro no dejó hablar a Monsalud durante breve rato.

  —399→  

-Eso no puede ser -exclamó al fin pálido de ira-. ¡Tal infamia no cabe en corazones españoles!

-El Gobierno no hará nada. Quizás algunos de sus individuos se aprestarían a la resistencia si supieran lo que va a pasar, pero no lo saben. Los masones se lavan las manos como Pilatos; han cogido miedo a la comunería. En verdad que somos temibles.

-Lo que usted me cuenta, Sr. Regato -dijo Salvador levantándose con inquietud-, aparece una pesadilla horrible. Según usted, es muy posible que esa canalla abominable trate hoy de invadir este edificio, sin que el Gobierno se lo impida.

-¡Es verdaderamente espantoso! -exclamó Regato afectando sensibilidad-; pero me parece que podrá evitarse una desgracia... Compadezco con toda mi alma a ese pobre D. Matías. ¿No es verdad que es una lástima que le maten así tan brutalmente?

-No; no puede ser. Esto se quedará en amenaza ridícula.

-Que no es amenaza ridícula digo... -afirmó Regato acercando más su asiento al de Monsalud y pasándole la mano por el hombro-. Mire usted; a mí se me ha ocurrido que podríamos salvar al pobre arcediano.

-¿Cómo?... -preguntó vivamente Monsalud con el interés que le inspiraban siempre las buenas obras.

-Le asombrará a usted que me inspire lástima ese desgraciado. Yo soy así, más liberal hoy que ayer, y mañana más que hoy; pero bien está la sangre en las venas donde Dios la ha puesto, ¿eh?

Monsalud, recordando lo que había oído a Campos respecto al sospechoso liberalismo de Regato y algunas noticias que él mismo había adquirido, se explicó fácilmente la compasión del comunero.

-Yo no soy amigo suyo, ni lo fui nunca -prosiguió D. José Manuel recogiéndose dentro de su reserva como el caracol en su casa-. Los demonios le lleven. Lo que quiero decir es que pudiéndose evitar la muerte de un semejante, debe evitarse.

-Parece difícil y sin embargo es sencillo. Cálmese el furor de la canalla; póngase una buena guardia en el edificio, y todo está concluido.

-Ninguna de esas dos cosas puede hacerse.

-Pues entonces...

-Usted no carece de talento -dijo Regato sonriendo-, y sin embargo no comprende mi idea. Siga aquí la guardia de milicianos... Supongamos que viene eso que usted llama populacho...

-Y que los milicianos, recordando que son hombres de honor, españoles y cristianos, defienden la entrada.

  —400→  

-No... supongamos que no la defienden.

-Entonces entra la canalla.

-Eso es, entra...

-Abre el calabozo.

-Abre el calabozo... y no encuentra a Vinuesa.

-¡Ah!, ya... que se escape...

-O que se esconda.

-Pero sus enemigos le buscarán.

-Que le busquen. Con tal que no le encuentren...

-Pero ya sabe usted que cuando la ferocidad popular pide una víctima, si no se le da...

-Sacrifica al primero que encuentra.

-Es posible que la falta de Vinuesa la pague otro preso quizás más inocente que él... No, no me conviene ese plan.

-¿Y qué nos importa que la falta de Vinuesa la pague otro?

Monsalud miró a Regato con tanta severidad, que el dos veces gato entornó sus párpados para mirar al suelo.

-¡Ah!, ya comprendo -dijo afectando buen humor-. Usted no quiere que le toquen a su Gil de la Cuadra, que es, entre paréntesis, el más malo de todos y el que merecería cualquier castigo.

-Es verdad que le protejo -dijo Salvador.

-Como que se ha metido usted en esta inmundicia sólo por salvarle.

-También es verdad.

-Como que fue usted conmigo a los comuneros sólo con el fin de hacerse amigos entre la gente exaltada.

-También es cierto. Ese conocimiento tan hábil de mi conducta y de mis intenciones me mueve a declarar que poseo del mismo modo parte de los secretos de una persona a quien yo conozco.

-Con tal que no se refiera usted a las infames calumnias que dicen contra mí los masones...

-Yo no me refiero a calumnias. Usted ha desempeñado su misión incitando al pueblo a lanzarse en una vía de atrocidades sangrientas.

-Calumnia.

-Usted cumple también su misión, procurando que después del atentado quede vivo el arcediano; y con tal que el pueblo consume su bestial proyecto y tenga una víctima... poco importa lo demás.

-Yo no quiero que haya víctimas -dijo Regato comprendiendo que era mejor hablar con franqueza-. Lo que quiero es que Vinuesa no corra peligro, y que si ha de haber sacrificio, recaiga en la cabeza de   —401→   algunos de tantos pillos como llenan esta cárcel y la de Villa. Contaba con eso y cuento todavía.

-¿Y qué papel debo yo desempeñar en esto? -preguntó Monsalud con cierta perplejidad-. Porque usted me habla en el tono del que solicita ayuda.

-Exactamente. El alcaide de la cárcel es hombre con quien no se puede contar. Usted que ha venido aquí por una intriga; usted que ha venido aquí con el exclusivo objeto de salvar a un hombre, es quien puede hacer esta buena obra.

-¿Cómo? -preguntó el joven deseando saber hasta dónde iba el diabólico entendimiento del agente secreto de Su Majestad.

-Aprovechando la borrachera que tomará hoy al medio día, según su santa costumbre, el Sr. Alcaide...

-¿Para poner en libertad a Vinuesa?

-Eso no puede ser, porque los milicianos no lo permitirían. Soy listo y comprendo que si fuera posible este modo de escapar, ya lo habría usted intentado en favor de Gil.

-Seguramente.

-Lo que yo quiero es que mude usted a Vinuesa de calabozo.

-Le buscarán.

-No le buscarán, si se pone otro en su lugar.

-Eso es entregar un hombre a los asesinos.

Regato no supo qué contestar. Estaba impaciente y nervioso, y agitábase en su silla tomando diferentes posiciones a cada minuto.

-Hombre de Dios -gritó al fin-. Me sorprenden esos escrúpulos. ¿No hay en la cárcel un Barrabás? Que muera Barrabás y que se salve Jesús. Concedo con muchísimo gusto que Gil de la Cuadra no sea el sustituto.

-Esa farsa infame no es propia de mí -contestó el joven-, si el populacho quiere una víctima, no seré yo quien fríamente se la entregue,   —402→   como el leonero que escoge la res más gorda para darla a las fieras con que se gana la vida.

-Sr. D. Rígido -dijo Regato sin poder disimular su enfado-, maldito si le sientan a usted esos humos de juez severo. ¿A qué tanta nimiedad y sutileza de abogado para un asunto tan sencillo? Usted ha empleado toda clase de recursos para sacar de aquí al que con más justicia está preso.

-Usted juzga mal a mi amigo -repuso Monsalud con serenidad-, y es extraño porque le conoce bien. No aparece complicado más que por unas cartas que se hallaron entre los papeles de Vinuesa, y el juez debe de haber comprendido que apenas merece castigo, pues sólo le condena a cuatro años de presidio, pena relativamente leve en estos tiempos.

-Nada de eso hace al caso -dijo Regato como hombre afanado que se decide a marchar derechamente hacia su objeto-. Usted creerá tal vez que yo no correspondería a su buena voluntad con otra buena voluntad, a su beneficio con otro beneficio.

Diciendo esto, el dos veces gato se llevó la mano a un cinto, y desliándolo hizo sonar su contenido, un metal precioso que hace enloquecer a los hombres. Monsalud sintió un impulso de ira y crispando los dedos miró el cuello del agente de Su Majestad. Pero la razón no le abandonaba, y calculó que era muy prudente contenerse para imaginar algún ardid que sin comprometerle, le librara de las enfadosas sugestiones de aquel hombre.

-Guarde usted su dinero, Sr. Regato -dijo con serenidad-. Yo no soy Pelumbres.

Regato no dijo nada y puso el cinto sobre la mesa.

-Este soberbio no cede con cualquier bicoca -pensó-. Será preciso hacer un sacrificio, un verdadero sacrificio.

-Yo creí -indicó Salvador disimulando su ira con una apariencia festiva-, que ya no le quedaban a usted más ochentines de los que el Gobierno dio a la Casa Real.

-Son onzas de oro -dijo Regato con naturalidad-. Ya sé que usted me dirá mil lindezas y pedanterías. No parece sino que es un crimen aceptar obsequios en pago de un servicio leal. Bueno, señor mío, usted se lo pierde. Viva usted de sus rentas, viva de sus fincas, ya que donosamente rechaza lo que le cae...

Levantose en seguida y dando varios pasos en diferente sentido, se detuvo ante el joven, le puso la mano en la cabeza y se la movió con gesto entre cariñoso y amonestador.

  —403→  

-Y si no -añadió-, no hay nada de lo dicho. Por eso no hemos de reñir. Cada uno tiene su conciencia como se la hizo Dios. Hay escrúpulos respetables. Yo no censuro que haya personas así... tan atiesadas. Lo que siento es que se va usted a ver en un mal paso, caballerito. Si yo le he propuesto lo que ha oído, es por encargo de varios amigos, y ellos no son como yo, mansos y pacíficos y que con todo se conforman, sino muy fieros y vengativos. Capaces son de darle un disgusto a mi señor D. Rígido... ¿Qué cree usted? -prosiguió poniéndosele delante y clavando en él sus ojos cuya pupila brillaba con dorados y verdes reflejos-. Ya anoche estaban mis amigos muy incomodados con usted, llamábanle traidor por haber aceptado un destino de esa canalla masónica.

Monsalud seguía meditando.

-Y en rigor... -añadió el agente de Su Majestad-, la conducta de usted no ha podido ser más sospechosa. Anoche tuve que platicar mucho para defenderle a usted... «Es un traidor», decían. «Pues si no nos sirve en su destino de carcelero, haciendo lo que le mandemos, lo pasará mal...». En fin, como son unos bárbaros, no es de extrañar que digan barbaridades. Yo me miraría muy bien antes de enemistarme con ellos.

El otro seguía meditando.

-Yo se lo digo a usted con franqueza -continuó Regato animándose al ver la perplejidad del joven-, porque somos amigos, porque tengo particulares simpatías con usted, conociendo como conozco sus méritos, su buen corazón y mucho entendimiento. Tenga usted muy presente mi advertencia, pero muy presente. Si se resiste a ayudarme, no salga usted solo por las noches, ni vuelva a poner los pies en la Asamblea ni en sitio alguno donde nos reunamos. Además, los antecedentes políticos de usted no son tales que pueda el caballerito estar tranquilo, si alguien se propone hacerle daño.

-No creo tener enemigos -dijo casi maquinalmente el joven.

-Téngalos o no, usted es un hombre que no ha dejado de cometer errores en su vida.

Salvador le miró con tristeza.

-Y entre ellos se cuenta -continuó Regato-, el haber tenido relaciones con Amézaga, el poseedor de los secretos del Rey en Valencey.

-¡Yo!... -dijo Monsalud lleno de estupor.

-No me lo negará usted a mí. Amézaga, que se cortó el pescuezo con una navaja de afeitar antes que se lo retorciera el verdugo, concluyó como debía concluir. Usted que le ayudó en la publicidad de los célebres   —404→   secretos, no fue objeto de persecuciones ni aun de sospechas, porque supo esconderse; pero ¡ay, insigne joven!, usted no podrá librarse de una causa el día en que cualquier mal intencionado quiera hacerle daño... Usted tuvo correspondencia con Amézaga...

La cara atónita de Monsalud estaba diciendo: -Es verdad.

-Amézaga le escribió a usted varias cartas que le comprometen, pero de una manera... La causa está abierta. Ya sabemos que este es uno de los asuntos en que Su Majestad no perdona. Se trata de sus chicoleos en Valencey, de sus diabluras con los Bonapartes... en fin, esto es grave, y no hay Gobierno, por patriotero que sea, que no apoye a nuestro Rey.

-Eso es historia antigua -dijo Salvador con desdén.

-Antigua, sí; yo no he visto las cartas de Amézaga dándole instrucciones a usted y a otros conspiradores para publicar las aventurillas de Su Majestad; pero el amigo mío que las posee, me ha dicho que son terribles. Con la mitad de aquello se sube al cadalso en todos tiempos.

Salvador sentía viva agitación.

-En el año 19, usted conspiraba; usted se vio obligado a esconderse hoy aquí, mañana allí, para burlar a la policía. En una de estas mudanzas un amigo mío se apoderó de un paquete de cartas que tenía mi Sr. D. Salvador en la gaveta de su mesa. Según me ha dicho, las había políticas, amorosas, familiares, de todas clases.

-Es verdad que perdí unas cartas; ¿pero qué...?

-Que el poseedor de ellas las guarda como oro en paño. Ni siquiera a mí me las ha querido mostrar. ¿Sabe usted quién es? Alonso Sánchez, que fue de la policía y ahora está cesante y como cesante desesperado. Posee una admirable colección de papeles curiosos... Es amigo mío, muy amigo mío.

Monsalud no contestó. Regato, al decir lo que antecede, apretó el brazo contra su cuerpo, complaciéndose en sentir bajo el uniforme el contacto de un cuerpo semejante en tamaño y dureza a un paquete de papeles. Había mentido como un bellaco. Las cartas firmadas por Amézaga y dirigidas a Monsalud en Julio del 14 las tenía él, juntamente con otras de dudoso valor político por ser esquelas de amores o de familia. Habíalas recibido del agente de policía y las guardaba, como otros muchos tesoros epistolares, esperando que llegase la ocasión de utilizarlas. El astuto intrigante daba gran importancia a todo papel que en su mano por cualquier evento caía, y los tenía clasificados por autores con una escrupulosidad cariñosa, semejante al celo de los anticuarios y bibliófilos.

  —405→  

Aquella mañana antes de dirigirse a las cárceles de la Corona, abrió una arqueta que encerraba numerosos paquetes, parecidos a expedientes, y después de recorrerlos brevemente con la vista, sacó uno que decía: Amézaga, Salvador Monsalud. Guardolo en un profundo bolsillo interior con que había dotado a su casaca de miliciano, para que el uniforme, según decía festivamente, no fuera prenda inútil.

-Sr. Regato -dijo Monsalud-. Todo eso de los papeles de Amézaga me tiene sin cuidado en lo referente a lo que usted me propone hoy. Pero me gustaría recobrarlos, ¿por qué he de decir otra cosa?

-¡Bribón! -dijo Regato para sí, oprimiendo dulcemente el bulto de papel-. Como no cedas ni a las onzas, ni a las amenazas, te venceré con esto.



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ArribaAbajo- XXV -

Ninguna importancia dio Monsalud a tal incidente. Fijábase ante todo en la amenaza de concitar contra él el odio de los Pelumbres y comparsa. Esto le pareció un verdadero percance, porque Regato en tal especie de guerra era omnipotente. Considerando la maldad de aquel hombre, vio un peligro real y cercano, comprendió que no eran palabras vanas las referentes a la brutalidad vengativa de los amigos del agente de Su Majestad. Su mente se llenó súbitamente de las ideas evocadas por el peligro, y pensó en los medios de librarse del que con una mano ofrecía oro y con otra porrazos.

-Este tunante -pensó Monsalud-, no me perdonará. No soy quien soy, si dejo a este reptil en disposición de morderme.

Cuando esta idea cruzó por su mente, tuvo otra felicísima: seguir aparentando perplejidad para que Regato le creyese inclinado a una inteligencia.

-Mucho lo piensa -dijo para sí D. José Manuel-. Su indecisión es buena señal. No se enfurece, no grita, no dice una palabra de su honor. Sacaré el dinero para que viéndole... pues...

-Déjeme usted pensar un rato lo que debo hacer -dejo Monsalud.

Conservando una seriedad ficticia, Regato empezó a contar dinero sobre la mesa.

-No se trata de ningún desafuero -dijo-, sino de un servicio. Mi objeto sólo es que Vinuesa no muera, y que la irritación del pueblo pase sobre él como pasan las olas por encima de una roca sin conmoverla. Si el pueblo registra demasiado los calabozos y quiere hacer alguna atrocidad   —407→   en cabeza absolutista, lo más acertado me parece sacar a Vinuesa de su encierro, esconderle en las bohardillas... y nada más. El Alcaide es un borracho y un fanático. No me atrevo a hablarle porque estamos reñidos desde hace tiempo. Ni él me traga a mí ni yo a él, ¿entiende usted? Va para un año que no pongo los pies en esta casa y no conozco a nadie en ella. Pero usted puede hacerlo todo. Los milicianos que están de guardia no es fácil que se enteren.

-¡Oh!, sí, es muy fácil -dijo Monsalud.

-Pide mucho -pensó Regato-, habrá que hacer un sacrificio mayor.

¡Ah!, tunante -pensó Monsalud mirándole fijamente pero sin dejar conocer su idea-; tú has creído jugar conmigo, y yo, aunque no soy agente de Su Majestad, ni dispongo de fuerza alguna, ni de grandes caudales, te voy a sentar la mano de tal modo que has de acordarte de mí toda tu vida.

La sonrisa del triunfo presente o anunciado por el corazón alteró el semblante pálido y serio de Salvador; pero Regato, sin advertir nada, continuaba manoseando las peluconas.

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-Te juro, miserable -prosiguió Monsalud, pensándolo-, que el lazo que voy a armarte y en el cual vas a caer como un pajarillo inocente, se deja atrás a tus diabólicos ardides. Cuenta, cuenta dinerito.

-¿Lo ha pensado usted? -preguntó Regato.

-Hombre, sí que lo he pensado... ¡Qué demonios! Este es un país donde las personas honradas no pueden conservar su honradez. No hay medio de vivir; todo cuesta un ojo de la cara.

-Tiene apuros... -pensó Regato-. Cayó. La historia de siempre.

-Por el momento -dijo Salvador-, guarde usted ese dinero. Puede pasar alguien, oír su seductor sonido y entonces... las sospechas...

-Está bien, muy bien -manifestó el comunero miliciano encerrando las onzas en el cinto.

-Y ahora discurramos lo que se ha de hacer.

-Es muy sencillo, sacarle del calabozo sin que lo vea nadie, y subirle a las bohardillas. Salga usted a ver si ya el Sr. Alcaide está durmiendo la mona. A los demás empleados de la cárcel se les puede dar algo... Eso a juicio de usted.

Monsalud empezó a dar paseos por la habitación. El plan que rápidamente había concebido para dar una severa lección y un castigo muy duro al agente presentósele muy difícil de realizar.

-Atarle aquí, ponerle una mordaza y subirle a las bohardillas -pensó-, es muy aventurado. Gritará... Da la maldita casualidad de que no hay un solo calabozo vacío. ¿Pero no habrá algún calabozo vacío?... El 17 se ocupó ayer... el 14 no se desocupará hasta mañana.

Siguió meditando.

-No debe perderse el tiempo -dijo súbitamente Regato-. Entremos ambos en el encierro de Vinuesa. Son las tres y media. El Alcaide duerme la siesta. Hable usted con los calaboceros que puedan estorbar. Los milicianos están en el cuerpo de guardia, y si hay algunos en el patio, se les convidará a todos a café. Mande usted traer copas y café, diciéndoles que es hoy su cumpleaños.

Monsalud se echó a reír.

-No está mal cumpleaños el que a ti te espera -pensó.

Ya tenía un nuevo plan.

-Espéreme usted aquí -dijo-. Voy a dar una vuelta por la cárcel. Veré si duerme el Alcaide, diré dos palabras a los calaboceros, aunque se me figura que no serán necesarias tantas precauciones. La prisión de Vinuesa está bajo la escalera, y no será preciso pasarle por el patio, ¿entiende usted?

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-Entiendo... ¡Oh!, las cosas se presentan bien -dijo Regato-. En fin, vaya usted... No olvidarse de las copas. Con los milicianos no se puede contar sino engañándoles, lo cual es facilísimo. Dígales usted que se han recibido noticias de que viene Riego con su ejército, con veinte ejércitos como los de Jerjes, a conquistar Madrid. Yo no bajo, porque se me pegarían, no dejándome respirar.

Monsalud salió de la pieza, recorrió la cárcel, habló brevemente con el Alcaide que en aquel momento se disponía a dormir la siesta. Este, recomendándole mucha vigilancia, le dijo:

-Me parece que no tendremos la jarana que se anunció. Alarmas, alarmas de los desocupados. No se ha visto ahora un solo grupo sospechoso en toda la calle, y me parece que tendremos un día tranquilo. Además, la Milicia no toleraría ningún desmán. Está decidida a que nadie traspase el umbral de la cárcel.

Pasado algún tiempo después que el Alcaide se encerró en su cuarto, Salvador convidó a los milicianos, siguiendo las advertencias de su sobornador, y dio luego varias órdenes a los dos calaboceros que estaban a la sazón en la casa, enviándoles a puntos de donde no pudiesen volver antes de un cuarto de hora. Con estas ligeras precauciones había seguridad completa, como se verá ahora mismo.

Bajo la escalera de la cárcel, en el oscuro hueco que formaba el primer tramo, había una puerta pequeña y poco visible. Era la puerta del calabozo en que estaba Gil de la Cuadra. Aquella prisión era la única en la cual se podía entrar sin atravesar el patio y las crujías bajas del edificio. Monsalud tomó un pedazo de tiza, y en la puertecilla dibujó groseramente una horca con su correspondiente ahorcado, cuidando de poner debajo Tamajón. En seguida subió: de un cuarto oscuro destinado a trastos sacó dos objetos que guardó cuidadosamente, dirigiéndose al punto en busca de Regato. Pocos momentos después ambos estaban frente a la puerta del calabozo.

-¿Con que aquí está ese desgraciado? -dijo el agente de Su Majestad-. Sí, ya veo la célebre horca y los letreros.

Monsalud abrió, y entraron. Al principio la oscuridad no les permitió ver objeto alguno.

-Sr. D. Matías -dijo Regato adelantando en las tinieblas.

-¿Quién es? -murmuró Gil de la Cuadra.

-Sr. Vinuesa...

Monsalud cerró por dentro.

Pasó un rato antes de que el agente conociese el engaño.

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-¿Qué es esto? -gritó-. Engaño, traición... ¡Salvador!

-Engaño, traición -repitió este.

-Infame, abre pronto, o te ahogo -exclamó el gato, ciego de ira y amenazando con las crispadas zarpas el cuello del joven. Haciendo un movimiento rápido, echó mano a la espada.

Monsalud levantó el brazo derecho y descargó sobre el agente una bofetada olímpica, una de esas bofetadas supremas y decisivas, que recuerdan la quijada de asno de que se servía Sansón. Regato cayó al suelo. En pocos segundos Salvador le amordazó.

-Ahora -le dijo-, desnúdate... ¡pronto!

Nunca el agente se había parecido tanto a un gato. Arañó al joven, y falto de habla, bufaba sordamente.

-Desnúdate pronto, o te aplasto, reptil. Necesito tu uniforme de miliciano.

Gil de la Cuadra miraba con estupor aquella escena.

-Necesito tu uniforme.

Monsalud tiraba de las mangas, desabrochaba los botones. En poco tiempo el morrión, los pantalones, la casaca y la espada de Regato, fueron arrojados al rincón opuesto. Inmediatamente el joven sacó una larga cuerda y con mucho trabajo, porque el gato se defendía rabiosamente, le ató con tal fuerza que no podía moverse. Las argollas que había en la pared de la prisión sirvieron para sujetar al nuevo preso, que hubo de quedar adherido, clavado al muro como un murciélago.

-Sr. Gil -dijo Monsalud imperiosamente-, póngase usted ese vestido de miliciano. Pronto será de noche. ¡A la calle!

Gil de la Cuadra no apartaba los ojos del triste espectáculo que tenía delante.

-Pronto... ¡el uniforme! -repitió Monsalud-. Saldrá usted ahora y le ocultaré en mi cuarto hasta que sea de noche... Pronto.

Gil de la Cuadra obedeció, y en silencio empezó a vestirse.

Hubo una pausa de silencio profundo. Pero luego sintiose un rumor que crecía, crecía, y de rumor se trocó en mugido sordo, confusas palabras de gente, gritos, pasos, puertas que se cerraban. Sonaron varios tiros.

Monsalud, después de asegurar con toda su fuerza la cuerda que ataba a Regato, salió lleno de zozobra del encierro.



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ArribaAbajo- XXVI -

Poco después del medio día una horda de caníbales se reunía en la Puerta del Sol, mejor dicho, se diseminaba, marchándose cada animal por su lado, después de acordar juntarse por la tarde en el mismo sitio. Así lo hicieron, y las autoridades miraban aquello como se mira una fiesta. Después de las cuatro los grupos volvieron a invadir la Puerta del Sol. Había en ellos una frialdad solemne y lúgubre, como de quien no fía nada al acaso ni a la pasión, sino al cálculo y a la consigna. La autoridad seguía no viendo nada, o negligente o cómplice o imbécil que las tres cosas pueden ser. Los grupos susurraban, y por un momento vacilaron; pero al cabo de cierto tiempo dirigiéronse por la calle de Carretas y las de Barrionuevo y la Merced, a la cárcel de la Corona. Llenose la calle de la Cabeza en su mayor parte. Destacábase al frente de uno de los grupos el ciudadano Pelumbres, arengando como una bestia que hubiese aprendido durante corto tiempo y por arte milagroso, el lenguaje de los hombres. Casi todos llevaban armas menos él.

Considerando que su persona no estaba completa, pidió una navaja; mas como nadie se hallase dispuesto a tal generosidad, dirigió su mirada de buitre a todas partes. Hacia la calle de San Pedro Mártir estaban construyendo una casa. Pelumbres se acercó a la empalizada; vio algunas piedras de granito a medio labrar y encima de ellas un gran martillo.

-Para el sastre la aguja -dijo-, la lezna para el zapatero; el cuerno, para el toro, y para el herrero el martillo.

Cuando se dirigió con su arma al hombro a la esquina de la calle de Lavapiés, sus compañeros rompían a hachazos la puerta de la cárcel. Los milicianos, no queriendo sostener una lucha contraria, según su criterio, al progreso, ni tampoco entregarse sin resistencia, habían asegurado la puerta con un solo cerrojo, y en el zaguán se disponían intrépidos a descargar sus armas... al aire.

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La puerta no se resistió mucho. Lo que empezaron los hachazos, dos docenas de coces lo concluyeron. Disparáronse al aire varios fusiles de   —413→   milicianos, la turba penetró en el patio de la cárcel, rápida como un brazo de agua, rugiente y soez. Hay un grado de ferocidad que la Naturaleza no presenta en ninguna especie de animales; sólo se ve en el hombre, único ser capaz de reunir a la barbarie del hecho las ignominias y brutalidades de la palabra. Viendo a los hombres en ciertas ocasiones de delirio, no se puede menos de considerar a la hiena como un animal caritativo.

El calabozo de Vinuesa era bastante conocido de casi todos los que entraron. Cómo lo abrieron no se sabe. La turba que en la calle era gruesa, se afiló para entrar en la cárcel. Para penetrar por una puertecilla estrecha tuvo que aguzarse más. Parecía una serpiente de largo cuerpo y cabeza estrecha, introduciendo su boca por una hendidura. El cuerpo se agrandaba en el patio; enroscándose salía a la calle, daba varias vueltas por las inmediatas, y la cola, parte en extremo sensible y movible, culebreaba en la plazoleta de Relatores. La cola se componía de mujeres. Cuando Vinuesa vio que entraban en su calabozo aquellos hombres terribles, comprendió que su fin era inminente. Poniéndose de rodillas y cruzando las manos, gritó:

-¡Perdón, perdón!

El calabozo retumbaba con las imprecaciones. Viose en el aire un círculo rápido y espantoso trazado por un pedazo de hierro adherido al extremo de un palo, que blandían manos vigorosas. El martillo describió primero un círculo en vano, después otro... y la cabeza del infeliz reo recibió el mortal golpe. Siguiole otro no menos fuerte y después diez navajas se cebaron en el cuerpo palpitante.

Lavaban los asesinos el martillo en la fuente de la calle de Relatores, cuando el Gobierno resolvió desplegar la mayor energía. ¡Qué sería de esta Nación si la Providencia no le deparase en ocasiones críticas el tutelar beneficio de su Gobierno! La noticia del crimen corrió por Madrid, y la villa, que es y ha sido siempre una villa honrada, se estremeció de espanto y piedad. El Gobierno se estremecía también, y declaraba con patriótico celo que no descansaría hasta castigar a los culpables. Para que nadie tuviera duda de su gran entendimiento y perspicacia política, mandó que inmediatamente se pusiera fuerza del ejército en el edificio, y por si alguien tenía dudas todavía de su diligente y paternal actividad, ordenó que al instante, sin pérdida de un momento, se instruyesen las oportunas diligencias. Quejarse de un Gobierno así es quejarse de vicio.



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ArribaAbajo- XXVII -

Cuando Gil de la Cuadra y Regato se quedaron solos, siguieron oyendo aquel rumor de voces que resonaba en el patio de la cárcel. Durante más de un cuarto de hora el estrépito fue grande. Gil de la Cuadra, comprendiendo que el populacho había invadido el edificio, se puso de rodillas, y cruzando las manos, rezó en voz alta.

El otro desgraciado se hinchaba y gruñía. De su rostro congestionado afluía copioso sudor. Trataba de romper sus ligaduras y de escupir su mordaza; pero unas y otra habían sido puestas por buena mano. Por último, después de repetidos esfuerzos, de su boca pudo salir una voz, más que voz, silbido, que decía: -¡Piedad, piedad!

Gil de la Cuadra se acercó a él y limpiole el sudor de la frente. Las miradas de Regato eran tan expresivas pidiendo compasión; las contracciones de su cara tan violentas, que el primer preso no pudo resistir el estímulo de sus sentimientos compasivos, y le quitó la mordaza.

-¡Ah... gracias, gracias! -exclamó el agente de Su Majestad, aspirando con delicia el aire fétido de la prisión-. Aire, aire... me ahogo aquí.

-Pero con esto concluyen mis complacencias -dijo Cuadra-. No le quitaré a usted la cuerda; eso no.

-Toque usted mi cintura -murmuró Regato-. ¿Qué suena en ese cinto? Dinero. Todo eso y la libertad... pero suélteme usted.

-No puedo.

-¡Y el populacho ha entrado en la cárcel! ¿Ha sentido usted, Sr. Gil?

  —415→  

-Sí, me pareció que entraba en el patio una ola del mar... Ahora parece que ha cesado el rumor. Se alejan.

-Se alejan, sí. Pero aún se sienten voces. Ese malvado volverá a entrar aquí... ¡Favor, pueblo!... ¡Pueblo mío, favor!

Los gritos de Regato no traspasaban los muros de la prisión.

-Sr. Gil -exclamó con acento de desesperación-: saque usted mi espada y máteme. Un hombre de mi temple no puede soportar este suplicio.

-Calma, calma, Sr. D. José Manuel -dijo Cuadra poniendo la mano sobre la cabeza del agente-. Yo suplicaré a mi amigo que no le haga a usted daño alguno... Pero tarda, tarda.

-¡Su amigo!, ¿pues no tiene la vileza de llamarle su amigo? -dijo Regato poniéndose tan encendido como cuando tenía la mordaza.

-Mi amigo, mi protector, mi salvador... pues si él no existiera, ¿qué sería de mí?... pero tarda, ¿no es verdad que tarda?

-¡Estúpido viejo! -gritó Regato fuera de sí-, ten vergüenza, y córtate la mano antes que estrechar con ella la mano de ese hombre...

-¡Yo!... En mi corazón no existe ya ni puede existir el odio. Y si existiera, para ese joven no tendría sino amor, una admiración respetuosa, un afecto paternal.

-Es verdad que hay cariños muy singulares -dijo Regato sonriendo con infernal malicia-. Yo conocí a un sujeto que sacaba a paseo, llevándole a cuestas, al cortejo de su mujer.

Gil de la Cuadra creyó que Regato sufría enajenación mental. Lleno de compasión se acercó a él.

-Vendrá pronto -le dijo-. Yo intercederé por usted... pero tarda, ¿no es verdad que tarda? Ahora apenas se oye ruido.

-Intercederá usted -añadió Regato con afán de perversidad-. Y si le pide algo en cambio, le dará usted su mujer... no, porque murió; pero aún tiene usted una hija. Sin embargo, como él la tiene en su casa, se habrá cobrado por adelantado.

-Sr. Regato -dijo Cuadra con severidad-. El lenguaje de usted es propio de un loco.

-¡Imbécil, imbécil!, el de usted es propio de un ciego... ¡Pobre doña Pepita! Era una excelente señora, y tan guapa... seguramente si no hubiera dado con un esposo tan crédulo como usted...

-Sr. Regato -exclamó Cuadra con enojo-. Le digo a usted que se calle.

-No digo más sino que aquella señora era una buena pieza.

  —416→  

-La desastrosa situación de usted me impide contestar a esa insolencia como se merece.

-¿De veras cree usted que la hermosa dama era un modelo de virtudes?

-Sí, canalla, sí lo creo -gritó trémulo de ira Gil de la Cuadra, llevando su vacilante mano a la espada.

-Pues mis noticias son que pecó varias veces. Dígalo Salvador Monsalud que fue su cortejo... ¡Oh, Dios mío! Estoy preso, estoy atado... pero en mi horrible situación me das armas; me das este veneno que escupo y con el cual mato.

-¡Miserable!...

Gil de la Cuadra corrió hacia él y le oprimió el cuello.

-Ahógame, necio -gruñó Regato-, ahógame. Mi último suspiro será para echarte en cara tu vilipendio. Ese hombre, ese amigo mío...

-¡Qué dices!...

-Te burló, te burló. En Francia, todos los españoles lo sabían menos tú...

Gil de la Cuadra vacilaba. Una idea cruzó como un relámpago por su cerebro; una idea confusamente mezclada con recuerdos, palabras, coincidencias, detalles.

-El majadero no lo cree -dijo Regato, ya libre de las manos que le apretaban el cuello-. Voy a darle pruebas para que calle.

-¡Pruebas! Usted está loco. Cállese usted. Esto es una farsa... ¡Pero ese hombre no viene, Santo Dios!

-Pruebas, sí. Ponga usted la mano sobre el costado derecho, en la pechera del uniforme mío que tiene puesto. ¿Qué hay en ese bolsillo?

-Un bulto, una cartera.

-Un paquete. Sáquelo usted.

-Ya está. Cartas...

-Lea usted...

-¿Qué esto? Una carta firmada Amézaga.

-Siga usted, hojee usted ese precioso libro. Tras esa joya vendrá otra.

Gil de la Cuadra, acercándose al ventanillo por donde entraba una débil luz, recorría una tras otra y con ardiente curiosidad las cartas.

-A prisa, a prisa. Pase usted todas las primeras. ¿Qué viene ahora?

-Una lista con varios nombres.

-Adelante... ¿Y ahora?

-Una...

  —417→  

Gil de la Cuadra calló de improviso. El corazón saltole en el pecho. Quedose frío, mudo, atónito, lleno de espanto, como el que se ve en el borde del abismo y comprende en veloz juicio que no hay más remedio que caer.

-¡Ah! -dijo Regato-. El imbécil ha puesto al fin la mano sobre el delito de su esposa. Es tan bruto que necesita tocarlo para comprenderlo.

Gil de la Cuadra seguía leyendo.

-¿Qué dice la carta? -añadió el agente-. Tras esa vienen otras muchas. Yo he pasado buenos ratos leyéndolas. ¡Cómo palpita en ellas la pasión! ¡Qué vehemente ardor!... Y los dos amantes disimulaban bien... ¡Cuántas precauciones para engañar al bobillo! ¡Se encuentran en esas cartas traiciones inauditas, alevosías de él y de ella! La señora parecía más apasionada que... nuestro amigo.

Gil de la Cuadra seguía leyendo. De repente se desplomó. Un ay 16 de dolor, una exclamación aguda y penetrante, parecida a las que exhalan los que sufren repentina muerte, salió de sus labios. Cayó al suelo. Su mano estrujaba un papel.

-El incrédulo parece convencido... ¡Miserable viejo, ahí tienes a tu Providencia, ahí tienes a tu Salvador, ahí tienes a tu amigo querido!... ¡Le has entregado a tu hija!

Cuando esta última palabra resonó en la prisión, estremeciose el cuerpo del anciano herido en su alma. Irguiendo la cabeza, abrió los ojos, diose furibundo golpe en la frente con la palma de la mano, y repitió:

-¡Mi hija!

Un instante después Gil de la Cuadra estaba sentado en el suelo con los ojos fijos, el cuerpo encorvado, los labios entreabiertos, atónito, lelo, estúpido.

Abriose la puerta. Monsalud entró.



  —418→  

Arriba- XXVIII -

-Vamos, Sr. Gil -dijo-. Vamos al punto.

Nadie contestó. El joven aguardó un instante. Traía una luz.

-¡Ah! -exclamó viendo que Regato continuaba en su sitio-. Pasará usted aquí la noche, hasta que haya un alma compasiva que le saque. Han asesinado a Vinuesa. Dicen que habrá esta noche nueva visita a los calabozos.

Regato no contestó nada. Monsalud se dirigió a Gil de la Cuadra.

-Vamos -le dijo-. ¿Por qué se arroja usted al suelo en el momento de salir?

Extendió el brazo para alzarle; pero el anciano, rechazándolo con fuerza. Él solo se levantó.

-Vamos fuera -repitió Monsalud-. Llegó el momento... ¡libertad!...

-De ti, de tu mano -exclamó Gil de la Cuadra con profunda ira-, no la quiero.

Salvador, estupefacto y espantado, no supo qué decir.

-Vamos -exclamó al fin.

-No quiero.

-Salgamos.

-¡Contigo jamás!

-¿Qué dice usted?... amigo... por favor.

-¡Miserable, apártate de mí! -gritó Cuadra dirigiendo a su libertador una mirada en que se reconcentraba todo el desprecio de que es capaz un alma-. Me manchas, me ofendes, me repugnas.

  —419→  

-¡Qué locura! Vamos pronto -dijo Salvador tomándole por un brazo-. Piense usted en su hija que espera.

-¡Mi hija, mi pobre Solita! -exclamó el anciano cubriendo con ambas manos su rostro.

Este recuerdo, estas ideas produjeron conmoción profunda en su ánimo. De súbito el instinto de libertad surgió poderoso en su alma. Corrió hacia la puerta y salió. Monsalud fue tras él.

-Déjame, no me toques, malvado... ¡Te desprecio, te aborrezco, me causas horror!

Salvador se detuvo. Su conciencia había dado un grito espantoso.

-No me has salvado, no me has salvado, no; es mentira -murmuró Gil de la Cuadra-. Tú no puedes haber hecho una buena acción. Déjame, déjame. No quiero verte más.

Estaban en el patio de la cárcel.

Era el momento en que los soldados enviados por el Gobierno ocupaban el edificio, arrojando de allí a los milicianos.

Gil de la Cuadra, huyendo de Monsalud que corría tras él, cayó al suelo. El joven se le acercó. Le habían ocurrido no sabemos qué palabras que le parecieron convincentes. Acercose un soldado, y golpeando con el pie a Gil de la Cuadra, dijo:

-Un miliciano borracho. A la calle pronto.

El anciano no podía moverse. Monsalud tomándolo en brazos, le sacó fuera de la cárcel.

-¡Déjame, déjame, maldito! -murmuraba el anciano.

Quiso andar, quiso huir, pero le faltaban las fuerzas. Monsalud le sostenía, y así llegaron hasta la plazuela de Lavapiés, donde aguardaba un coche. Salvador cargó de nuevo al anciano y lo entró en él. Solita le recibió en sus brazos.

-Entra tú también, hermano.

Gil de la Cuadra había perdido el conocimiento; pero seguía diciendo: -¡Maldito!

-Yo no -repuso Salvador-. Adiós, hermana, ya sabes dónde has de ir.

-Pero tú... Entra de una vez.

-No, adiós; jamás volveremos a vernos... Adiós.

Cuando el coche partió hacia las afueras de Madrid, Monsalud, dirigiose hacia el interior de la villa. Más de una vez se detuvo ante cualquier esquina en la actitud desesperada de un hombre que ha decidido estrellarse la cabeza contra las paredes. Andaba sin dirección   —420→   fija y pasaba de una calle a otra. En una de las vueltas estuvo a punto de ser atropellado por una carroza que entraba en el ancho pórtico de histórico palacio. Era la carroza del marqués de Falfán de los Godos, y conducía a los que ya eran marido y mujer. En la frente de esta no se había secado aún el agua bendita que tomara antes de salir de la parroquia.




 
 
FIN DEL GRANDE ORIENTE
 
 


Madrid.-Junio de 1876.