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51

Para la relación con Flaubert, cfr. G. Laffite, «Mme. Bovary et La Regenta», en Bulletin Hispanique, XLV, 1943, n.º 42, pp. 157-163. El magnífico estudio de C. Clavería, «Flaubert y La Regenta», en Cinco Estudios de literatura española moderna, Madrid, 1945, pp. 11-28, recogido en la compilación de Martínez Cachero (en 47), pp. 179-193. Este trabajo, de gran interés, compara la lucha de las dos protagonistas con el medio ambiente (p. 185): «Si bien en la obra de Clarín se tiene la impresión de algo más desarrollado y profundo, de un carácter de mujer complejo, difuso y extremoso». Cfr. J. J. Danzelger, La description du milieu dans le roman français de Balzac à Zola, París, 1938 (de interés para el tema). Cfr. relación de citas que Clarín hace de Flaubert, en el estudio de Clavería, p. 193, nota 50.

 

52

Para la evolución de la crítica respecto a la valoración de La Regenta, cfr. las Historias de la literatura de: Del Río (valoración de aspectos estilísticos y narrativos, aunque la encuentra «tendenciosa y a ratos prolija»); de Guadiana, J. I. Ferreras, La prosa del siglo XIX, Guadiana, Madrid, 1975, 2.ª ed., pp. 116 ss. (obra mal comprendida por la crítica. Comparación con Bovary, olvida que, aquí, también retrato de Magistral. No novela de frustración, sino de toda una ciudad. Puede pasar por naturalista, aunque no caiga en ningún exceso fisiológico); de Zavala, Puértolas y Aguinaga, Castalia, Madrid, 1979, vol. 2, pp 155 ss. (elogios por análisis social y crítica de la realidad de Restauración..., etc., bien fijadas las fuentes ideológicas, valoración de tinte agresivo, actual y correcta interpretación del tema). Cfr. también el magnífico trabajo de G. Sobejano «La inadaptada», L. Alas: La Regenta, cap. XVI, en Comentario de Textos, vol. 1, Castalia, Madrid, 1973, 3.ª ed. Una valoración más actual de Clarín en la introducción de A. Ramos Gascón, Pipá, Cátedra, Madrid, 2.ª ed., 1978. Sobre la problemática de dependencia entre materia-espíritu de Clarín, en etapa naturalista. Se refiere inteligentemente a la etapa espiritualista de Clarín, que no es negación del naturalismo anterior, sino -como escribe en «Estanislao Sánchez Calvo: necrología», 1.er trimestre, Revista de Sociología y Derecho, Madrid, 1895- de encontrar «una expansión espiritual al movimiento científico contemporáneo» (p. 60). Cfr. también la magnífica edición de La Regenta por Gonzalo Sobejano, Ed. Castalia, Clásicos Castalia, n.º 110-111, Madrid, 1981, 2 vols., que he conocido cuando ya se encontraba en prensa este trabajo. Esta edición se basa en la segunda y última en vida de Clarín, con prólogo de Galdós, Librería Fernando Fe, Madrid, 1900. Cfr. la introducción de Sobejano que toca alusivamente algunos aspectos relacionados con el naturalismo de la novela. Para problemas de crítica textual son de interés las pp. 68-76 de su introducción. Este trabajo se redactó en 1982. Después aparecieron las ediciones de La Regenta de Juan Oleza en Cátedra -cfr. 2.ª edición-, de Baquero Goyanes en Espasa, Selecciones Austral, y Sobejano en Castalia. También el libro espléndido de Martínez Cachero sobre el tema.

 

53

Cfr. López Jiménez (véase nota 24 de este estudio): «Don Fermín de Pas está inspirado en el abate Faujas de La conquête de Plassans (1874), de Zola, cuya influencia me parece tan importante, por lo menos, como la de Madame Bovary, de Flaubert».

 

54

Cfr. introducción a la edición de Martínez Cachero (citada en 1), donde se transcribe la correspondencia de Clarín al respecto, excusándose ante las autoridades clericales (página LXXXV, Apéndice).

 

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Cfr. N. Abbagnano, Historia de la filosofía, Montaner y Simón, Barcelona, 1973, vol. 3, pp. 264 ss. (exposición breve y acertada sobre el tema). Para un estudio más amplio: J. Ward, «Mill’s Science of Ethology», en International Journal of Ethics, I, 1891.

 

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Con respecto a Stuart Mill, me parece que existe una evidente influencia, que ignoro si le llegó directamente o no, sobre Clarín. No he podido consultar la biblioteca de Clarín, que se halla clausurada y dividida cuando escribo estas páginas. Cabe que esta relación pretendida con Mill sea una deformación de mi apreciación crítica profesional. Pero creo que Clarín era más naturalista de lo que él creía, y tenía también una influencia utilitarista mayor de lo que él creía -no obstante nótese que Mill ocupa una posición peculiar y original dentro del utilitarismo-.

Permítame el lector insistir, pero son demasiadas coincidencias. Cfr. el magnífico Diccionario de Filosofía de Ferrater Mora, Sudamericana, Buenos Aires, 5.ª ed., 1965, vol. II, pp. 204-205 (hay edición posterior, 1980, muy ampliada), de donde espigo estos textos sobre Mill:

«[...] En particular la última [crisis] puede explicar la vehemencia del filósofo (expresada siempre con correcta frialdad) contra el imperio de las conveniencias sociales sobre las individuales. [...] Coincidiendo con Comte en la posición antimetafísica, pero discrepando de él en diversos puntos capitales, particularmente en los problemas del método y en el reconocimiento de la psicología como ciencia efectiva. [...] La psicología de J. S. Mill es de carácter netamente asociacionista. [...] Mill establece cuatro reglas o ‘cánones’ de la inducción destinados a averiguar las relaciones de causalidad, esto es, los ‘antecedentes invariables e incondicionales’ de todos los fenómenos; la regla de concordancia, la de diferencia, la de residuos y la de variaciones concomitantes».

Y, finalmente: «Los hechos sociales son el resultado de la concurrencia de todas las circunstancias, y de ahí que puedan ser en principio previsibles, pero en ellos se introduce como uno de sus factores principales el factor individual, que desempeña un papel a veces preponderante. Por esta salvedad del reconocimiento del factor individual, la ciencia social de J. Stuart Mill no queda reducida más que en su aparato exterior a una mera estática de los factores externos; en realidad, es una dinámica de fuerzas cuyo resultado, aunque previsible, debe incluir como factor el deseo del individuo, su creencia y su voluntad. Por eso es Mill, al propio tiempo que un riguroso empirista y determinista en materia social y política, un resuelto liberal que amplía los cuadros del utilitarismo de Bentham con un socialismo ético. La posterior reflexión de Mill tiende a la superación del utilitarismo por medio de una afirmación del valor superior de la vida moral y del altruismo frente a la estimación unilateral del egoísmo como motor principal de las acciones humanas. En esta superación hay que incluir sin duda su reconocimiento de los valores religiosos como factores susceptibles de colaborar en la marcha del hombre en busca del ideal moral». (Véase amplia bibliografía en op. cit., p. 205.)

¿Coincidencia o casualidad? ¿Influencia directa o ideas de época? Carezco de datos para decidir una respuesta. Simplemente me limito a señalar que la obra de Mill explica aspectos de la narrativa de Clarín -en cuanto concepción ideológica-. Y que la relación entre ambos autores me parece bastante evidente.

 

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Un texto interesante de Clarín es la traducción de Travail de Zola: Zola, Trabajo, trad. L. Alas «Clarín», Casa Maucci, Barcelona, 1901. En la introducción de Clarín se lee: «Zola es el primer novelista de su país, a mi ver, entre los vivos; y acaso también del mundo entero. Tolstoi, espíritu más profundo, no es tan fuerte ni tan variado y abundante como Zola, con serlo mucho. Mi alma está más cerca de Tolstoi que de Zola, sin embargo; tal vez, principalmente, por las fórmulas dogmáticas en que Zola expresa sus aventuradas negaciones [...]. Sin admitir, ni con mucho, todas las ideas de Tolstoi, admito su manera de ser religioso. A Zola, en un libro como Trabajo, sólo puedo traducirlo yo por espíritu de tolerancia. Zola, en la forma a lo menos, aparece aquí ateo; Zola es materialista, hedonista, y hasta fraterniza, por fin, con el colectivismo y el anarquismo.

»Yo creo en Dios, en el espíritu, en el misterio; y las graves cuestiones sociales no creo que hoy se puedan resolver científicamente; porque el adelanto humano, a tanto, no ha llegado todavía. Las rotundas afirmaciones de Zola sobre Dios, el alma, la evolución, el fin de la vida, la llamada cuestión social, las rechazo, aún más que por su contenido, por la inflexibilidad dogmática. Zola, como Augusto Comte, del cual es en Trabajo, en lo esencial, fiel discípulo, es un católico al revés; y así como se ha probado que el organismo positivista era una iglesia católica, con su papa a la cabeza, el mismo Comte; la utopía de Trabajo es un catolicismo ateo y hedonista con su pontífice, Lucas. Y los fanáticos de la antigua cepa, los dogmáticos del pasado, me dirán: -Y entonces, ¿por qué traduces a Zola?

»Por tolerancia; porque mi religión, mi filosofía, son así.

No me escandalizo. Yo creo en Dios, pero no creo que Dios sea una palabra. Creo en los deístas con el signo negativo. Con el gran respeto que Zola me inspira, creo que él no es ateo más que de nombre.

»Todo su Trabajo, con el amor necesario, la abnegación por la felicidad suprema, postula a Dios, como dicen los filósofos. Sólo que es contradictorio poner la mayor dicha en la dicha de los demás, y después darnos como contenido de la felicidad los placeres más ordinarios (aunque Zola no diga nunca sino bonheur, donde en rigor debiera decir plaisir). Pero bendigo estas contradicciones de Zola, que son las que, según espero y, sobre todo, deseo, pueden llevarle, a fuerza de lógica, al alto espiritualismo, única morada digna de su alma fervorosa, tierna, poética, que ya no sabe más que volar en torno del amor [...]» (pp. V -VI).

«[...] En España tuve el honor de ser el primero, allá en mi juventud, casi adolescente, que defendió las novelas de Zola, de entonces (para mí las mejores de las suyas), y hasta su teoría naturalista, con reservas, como un oportunismo, pero sin admitir la supuesta solidaridad del naturalismo estético y del empirismo filosófico. En el Ateneo, en discusiones, en periódicos, diarios y revistas (v. gr. La Diana, de Reina), expuse mis ideas antes que se publicara el libro de la señora Pardo Bazán, La cuestión palpitante, con un prólogo mío. Era yo entonces, sin embargo, tan idealista como ahora, así como ahora tan naturalista como entonces. El gran genio, la fuerza inmensa de Zola, en la primera mitad de los Rougon, era lo que yo defendía ya con entusiasmo, sin reserva [...]» (p. VIII).

En definitiva, este texto define al Clarín de la etapa espiritualista, que reconoce un naturalismo de juventud -al que corresponde La Regenta-, suavizado ahora con la distancia de los años: era entonces tan idealista como ahora, y ahora tan naturalista como entonces (bella frase que, sin embargo, no creo se corresponda con la realidad). Clarín enfoca aquí su pasado desde su perspectiva espiritualista de la segunda época (cfr. Su único hijo).

Pido excusas al lector por lo extenso de la cita, pero creo que merecía la pena.

A este respecto, nótese que este texto corresponde con la segunda edición -última en vida del autor- de La Regenta, en 1900. Sería muy interesante, y apunto la sugerencia, comparar esta edición de 1900 -que ahora reedita Sobejano (cfr. nota 51)- con la de 1884-1885 -que reeditó Martínez Cachero (cfr. nota 1)-. Tal vez Clarín hiciera alguna modificación atenuando el carácter demoledor y crítico de su primera edición, o tal vez respetara el texto original como obra de juventud. La comparación excede las posibilidades de este trabajo.

En todo caso, este texto de Clarín a la traducción de Travail sólo es exponente -importante- de una evolución ideológica. Pero sigue en pie la tesis que mantengo: Clarín fue, en la primera edición de La Regenta, más naturalista de lo que expresan sus artículos y afirmaciones de época. Clarín fue más naturalista de lo que él creía. Y, analizada desde este punto de vista, es cuando La Regenta nos entrega su verdadero sentido, como he tratado de demostrar en estas páginas.