201
Unamuno escribió en 1914 que El Greco había venido España «para darnos, mejor que ningún otro, la expresión pictórico gráfica del alma castellana; y reveló, con sus pinceles, nuestro naturalismo espiritual. Y digo naturalismo espiritual y no realismo idealista, porque el alma castellana de don Quijote y de los místicos no son, en efecto, idealistas, sino espiritualistas... El Idealismo es de nuestro mundo, pagano, platónico, del Renacimiento. Nuestro espiritualismo castellano es místico, de otro mundo, medieval»
(Citado en José Álvarez Lopera, De Ceán a Cossio: La fortuna crítica de El Greco en el siglo XIX, Madrid, 1987, p. 98).
202
El epíteto de don Quijote, «de la Mancha», es casi seguro un juego de palabras para informar al perspicaz lector del Siglo de Oro de la procedencia geográfica y genética del famoso caballero: mancha se aplicaba a los conversos, cuya sangre no estaba limpia. La cercana asociación de El Greco con la comunidad conversa de Toledo y su perspectiva religiosa heterodoxa ha sido analizada por David Davies en su artículo «The Ascent of the Mind to God: El Greco's Religious Imagery and Spiritual Reform in Spain», en José Álvarez Lopera (ed.), El Greco: Identity and Transformation. Crete. Italy. Spain, Madrid, 1999, pp. 187-215.
203
Américo Castro, España en su historia; en: Américo Castro. Obra Reunida, volumen III, Madrid, 2004, p. 174. En La realidad histórica de España, Castro vuelve a atacar, acusando tanto a Unamuno como a Ortega y Gasset de presentar una visión fantasiosa de la Historia de España. En la segunda edición de dicha obra, publicada en 1962, Castro escribió: «[Ortega y Gasset] llamó "sevillano" a Trajano, y "godo" al Cid, mientras afirmaba que los árabes no habían sido "ingrediente" en la historia de los españoles; y ni de soslayo tuvo presentes a los hispano hebreos. Un tamaño error en persona tan esclarecida no ha de ser censurado, sino entendido. Los mejores españoles, aquellos sin los cuales muchos no pensaríamos como hoy lo hacemos, buscaban refugio en remotos y brumosos "españolismos", o en las capas profundas
y
silenciosas de lo humano español, en la "intrahistoria" de Unamuno, en las latencias de la vida que corre y subsiste -según él decía- sin "expresarse en libros y papeles y monumentos"»
(La realidad histórica de España, 9.ª ed., México, 1987, VI).
204
Claudio Sánchez Albornoz, España, un enigma histórico, 2 vols., Buenos Aires, 1956.
205
Sobre la visión antisemítica de Sánchez-Albornoz, véase el capítulo «Lo judaico en la forja de lo hispánico»; en: España, un enigma histórico. Bension Netanyahu examina esas páginas en: «Una visión española de la historia judía en España: Sánchez Albornoz»; en: Ángel Alcalá (ed.): Judíos. Sefarditas. Conversos: La expulsión de 1492 y sus consecuencias, Madrid, 1995, pp. 89-121.
206
Claudio Sánchez Albornoz, España, un enigma histórico, 2 vols., 2.ª ed., Buenos Aires, 1962, p. 57. Sánchez-Albornoz creía que las culturas romana y visigótica tuvieron influencia sobre la cultura española; sin embargo, esa influencia siempre fue guiada o templada por la herencia temperamental. En cuanto a la influencia musulmana en el carácter español, creía que, como la de los judíos, era insignificante. Según el medievalista, la cultura islámica -es decir: la cultura de Oriente- no penetró en Al-Andalus antes de la onceava centuria, cuando a la vez las fuerzas cristianas españolas comenzaron a recuperar gran parte de la península. La mayoría de musulmanes, es decir, de neo-musulmanes descendientes de hispano-romanos, más todos los mozárabes, estaban inmunizados contra la aculturación árabe gracias a su herencia
temperamental así como su separación física del mundo árabe real (Ibid., pp. 157-175). La visión de que la cultura árabe apenas penetró en la Península Ibérica durante las tres primeras centurias de la ocupación islámica, es descrita como «simple y claramente errónea»
por el islamista e hispanista Thomas F. Glick en la introducción de su obra Islamic and Christian Spain in the Early Middle Ages, Princeton, 1979.
207
España, un enigma..., p. 61.
208
Ibid., prólogo.
209
Esta fácil comparación ha sido perpetrada hasta hoy día por un grupo de académicos españoles conservadores cuyos trabajos se han ofuscado deliberadamente contra la ideología de Sánchez-Albornoz de una España castiza. Este es el caso de José Luis Gómez-Martínez en Américo Castro y el origen de los Españoles: historia de una polémica. Escrita en 1975, en los inicios de la Transición, afirmaba su pretensión de presentar un ensayo desinteresado sobre el debate entre Castro y Sánchez-Albornoz, mientras descaradamente daba al último toda la autoridad intelectual y moral. En esa obra escribió: «Sánchez-Albornoz, en cierto modo representando a los historiadores [cursivas mías], hizo causa personal el combatir las teorías de Castro, no sólo refutando aquello que le parecía erróneo, sino proporcionándonos también su propia versión del pasado español»
(p. 52). Unas páginas después afirma, «El ataque más sistemático y más comprensivo a la obra de Castro fue sin duda el de Sánchez-Albornoz. Su obra, y en especial dos voluminosos tomos de España, un enigma histórico, pudieran parecer suficientes, dada la intensidad y agudeza con que están escritos, para finalizar la apenas comenzada polémica. El resultado, sin embargo, fue muy distinto. España, un enigma histórico motivó una contraofensiva enérgica y decidida de Castro [y sus discípulos] [...] quienes haciendo bandera común con Castro, comenzaron a publicar innumerables artículos, en su gran mayoría con fuerte carácter polémico [...]. Los discípulos de Sánchez-Albornoz, como era de esperar, hicieron causa personal el defender a su maestro, que por lo general permaneció fiel a su máxima: "No toreo sino miuras y no armo caballeros sino a príncipes"»
(Véase: José Luis Gómez-Martínez, Américo Castro y el origen de los Españoles: historia de una polémica, Madrid, 1975). Más recientemente, José Andrés-Gallego desestima la España en su historia de Castro citando una nota escrita en una copia del trabajo de Rafael Altamira. Andrés-Gallego escribe: «Son llamativas las líneas que escribió Rafael Altamira en la primera página de su ejemplar del libro de Castro: "Libro lleno de prejuicios contra España, derrotista clarísimo, y de desconocimiento de la historiografía española. Para el autor no hay más que la filología y su literatura, y el exagerado elogio de sus amigos actuales, que también son derrotistas, ya que se proclaman los españoles que más valen"»
. Y Andrés Gallego continúa, «En 1957 [sic], Claudio Sánchez-Albornoz, catedrático también de la Central y republicano radical -en realidad azañista- ministro de Estado en 1933, embajador en Portugal en 1936 y presidente del Gobierno de la República en el exilio desde 1959, respondía a Américo Castro con España, un enigma histórico, donde reivindicaba documentalmente el peso primordial de la aportación romano cristiana»
(Véase: José Andrés-Gallego, Historia de la historiografía española, Madrid, 2003, pp. 344-345).
210
Ley de Reforma de la Enseñanza Secundaria de 1938, citada en: Rafael Valls Montes, «El bachillerato universitario de 1938», en La universidad española bajo el régimen de Franco. Actas del Congreso celebrado en Zaragoza el 8 y 11 noviembre de 1989, dirigido por Juan José Carreras Ares, Zaragoza, 1991, p. 198.