El pobrecito embustero
Farsa en tres actos1
Víctor Ruiz Iriarte
Óscar Barrero Pérez (ed. lit.)
En más de uno de los comentarios publicados con motivo del estreno en Madrid, el 4 de abril de 1953, de El pobrecito embustero, se expuso la idea de que el primer acto de la pieza era el más conseguido (así, los comentarios aparecidos en los diarios abc del 5 de abril de 1953 y Hoja del Lunes del día siguiente). De «simpatía y romanticismo, delicadeza y bondad» se hablaba en la crítica de Marca (5 abr.), y de «ingenio, ternura, poesía y emoción» en la de El Alcázar (6 abr.), firmada por v.s.r. (Víctor de la Serna Répide). En fin, la herencia de Arniches, pertinentemente señalada en diferentes lugares de su libro por Víctor García Ruiz, era evocada por Antonio Rodríguez de León en su reseña para España, de Tánger (Sáinz de Robles 300).
El argumento tenía algunos puntos de conexión con obras anteriores de Ruiz Iriarte, como El aprendiz de amante y Las mujeres decentes. La primera había sido estrenada en 1947 en Valencia y en 1949 en Madrid y desarrollaba la historia de un amor basado sobre una identidad falsa, la de un hombre que fingía ser quien no era, con objeto de suscitar el enamoramiento de una mujer. El triángulo amoroso formado se resuelve, como cabía esperar, a favor del matrimonio en peligro. La segunda se basa en la duplicidad de identidades de un personaje que se presenta, alternativamente, como aristócrata y como taxista. Se trata de argumentos que podrían servir de referencias para El pobrecito embustero, pero también, por ejemplo, para Cuando ella es la otra o Juego de niños, porque el engaño es la base en que se sustentan las tramas de estas y otras comedias posteriores de Ruiz Iriarte.
El pobrecito embustero era un paso más en el recorrido que el espectador reconocía en un autor con quien, a esas alturas, parecía haber conectado ya. Y eso que, si hay que atenerse a lo escrito por Carlos Fernández Cuenca en su crítica para la revista Teatro (n.º 7, mayo 1953), el resultado de público podría haber sido mejor si hubiese sido distinto el escenario, porque quizá el Teatro Cómico, especializado en otro tipo de obras, no era el más adecuado para la obra de Ruiz Iriarte.
De nuevo el autor ofrecía una farsa, y como tal se presentaba la obra. De hecho, más de una vez en el curso de esta se utiliza la palabra farsa para definir la trama ideada por Lorenzo a partir de la confusión creada por el «quid pro quo» que equivoca a Pedrín. Sin embargo, ya en alguno de los comentarios aparecidos con motivo del estreno se advertía el hecho de que, como efectivamente sucede habitualmente en las obras del autor que se presentaban bajo esa denominación, los límites con la comedia más humana se difuminaban. Así lo señalaba el comentarista de Pueblo, v. f. a., Victoriano Fernández Asís, en su reseña del día 6 de abril:
De hecho, como anotaba el reseñista de Madrid (6 abr.), hay un momento de la obra especialmente humano en el que el tono farsesco desaparece e incluso la comedia apenas es reconocible en el drama de una Magdalena preterida desde su infancia y refugiada ahora en el consuelo de la práctica religiosa. El espectador que hubiera visto, pocos meses antes, La soltera rebelde, reconocería en el personaje bastantes parecidos con Lupe2. De modo que, aunque el público y algunos críticos gustasen más del tono distendido del primer acto, es la moraleja del tercero la que confiere a la obra calidad humana.
La vida es injusta, parece querer decirnos Ruiz Iriarte. Lo es con su personaje central, Lorenzo, un hombre cuyas cualidades no son reconocidas más allá de la pequeña ciudad de provincias en que vive y del modesto ejercicio de profesor de instituto a que dedica sus desvelos despreciados por unas alumnas que hacen burla de él y unos compañeros que lo ningunean. Pero es injusta también con Magdalena, que obtenía en su infancia las máximas calificaciones, sin que eso le sirviera para quitarse de encima el baldón de necia mientras que su hermana Victoria, pese a sus pésimas notas, veía reídas todas sus gracias. El autor se preocupa de contraponer simbólicamente los nombres de estos dos personajes, cuyas vidas parecían marcadas por las decisiones de sus padres ante el Registro Civil. La vida es injusta, de manera especial, al no haber emparejado a estas dos personas afines, que hubieran sido felices por la similitud de sus aspiraciones existenciales. Tanto Lorenzo como Magdalena son personas modestas que comparten una infancia carente de afectos. Los dos tuvieron hermanos preferidos por los demás frente a ellos. Cuando fueron adultos, siguieron mostrándose incapaces de ver reconocidas sus cualidades.
Lorenzo reconoce que su vida ha sido «un continuo fracaso». Aunque Magdalena no llegue a expresarlo de esta forma, parece evidente que su soltería, como el de La soltera rebelde, no es deseada, porque hubiera querido encontrar en su vida a alguien como su cuñado. Ese modesto logro le habría bastado para sentirse cercana a la felicidad. «¿Por qué es así de injusta la vida, don Julián? ¿Por qué hay hombres que solo por nacer ya se atraen el amor y la admiración de los demás? ¿Por qué a otros nos cuesta tanto, tanto, despertar en los demás una chispa de cariño, algo que no sea piedad, y lástima, y burla?», pregunta dramáticamente Lorenzo.
Quizá porque muchas veces no nos percatamos de que quienes nos quieren están a nuestro lado. Lorenzo tiene cerca a la joven Loreto. Ella y Pedrín representan el grupo de jóvenes que Ruiz Iriarte había utilizado en Juego de niños y La soltera rebelde. El futuro se abre ante Loreto y Pedrín de la forma ingenua que cabe esperar de su edad, pero los primeros pasos no han sido prometedores porque el ejemplo que les dan los mayores no ha sido positivo: «La vida es muy triste», se lamenta Pedrín ante lo que ve a su alrededor. Él, dicho sea de paso, es esa promesa de seductor que encarna Manolín al final de Juego de niños.
La obra sugiere una reflexión entre metafísica y moral. Es del primer orden en el segundo acto, cuando el engaño todavía funciona, momento en que Lorenzo afirma que «la muerte es la única verdad cierta de nuestra vida». Termina siendo del segundo tipo, que es la que realmente importa al autor, al final de la obra, cuando el protagonista comparte con el espectador su reflexión sobre el cariño repentino que todos parecemos sentir por quien acaba de morir o está en trance de muerte. Pero, dice, «ese amor repentino que todos sentimos junto a la persona que se va a morir no es un verdadero amor. Es miedo... ¿Comprende usted? Es miedo y remordimiento por no haberle querido antes todo lo que deberíamos haberle querido».
La historia de El pobrecito embustero puede recordar a Arniches, pero también el popular cuento del pastor mentiroso, a quien nadie cree, como le sucede a Lorenzo cuando sufre un accidente real. El pobrecito embustero es, otra vez, una historia de engaños y de personas que fingen ser lo que no son. En ese ámbito tan caro a Ruiz Iriarte que es el espacio de provincias no hay más remedio que inventar, como les sucedía a los poco escrupulosos inventores de la farsa de La señorita de Trevélez. Rosalía justifica así su invención de un marido ficticio: «Solo tengo una disculpa. Tú no sabes lo que es la vida de una mujer con imaginación en el último rincón de una provincia».
En Villanueva la mentira parece socialmente institucionalizada, a juzgar por la respetabilidad que parece haber alcanzado. Miente Victoria al falsificar la historia de su vida matrimonial; miente Rosalía al inventar la imagen de un marido que no es el suyo; miente Lorenzo al fingir una inexistente muerte cercana; miente, a su manera, Linda Martín, puesto que su profesión es la de actriz y, por ejemplo, en nada se parece ella a la Isabel la Católica a quien interpreta en el cine; miente doña Águeda, quien muestra ahora por Lorenzo un interés que jamás había sentido antes; miente el médico, don Julián, cómplice en el engaño de Lorenzo; hasta Pedrín miente, puesto que oculta la verdadera realidad del matrimonio de sus padres. Solo Loreto, representante de una nueva generación, podría ser declarada inocente en un juicio en que se investigara la veracidad de las afirmaciones de los personajes principales.
Pese a su mentira, Lorenzo es una figura que se hace entrañable al espectador porque este simpatiza con el «solitario», el «sabio ridículo», el «pobre hombre» que en definitiva reconoce ser ante los ojos de los demás. La farsa, en el último acto, no llega a ser drama, pero ya no hay carcajadas con las que premiar las ingeniosidades del autor porque reconocemos en la tristeza de Lorenzo y en su soledad situaciones próximas a nosotros. Lorenzo ha mentido únicamente para recoger «unas migajas de ternura, que me hacían tanta falta, tanta falta...». Por si fuera poco, ahí no terminan las reflexiones pesimistas, porque minutos después hay que añadir las de Magdalena sobre su infancia y su infeliz vida adulta. Pocas frases más aceradas que esta para concluir su triste evocación: «Deja... Me voy. Me voy a rezar un poco».
La comedia que había empezado siendo farsa debe terminar satisfaciendo las exigencias del público. Difícilmente reprochable, en ese sentido, resulta el balsámico discurso que sigue a la feliz reunión de todos en torno al personaje central: «Si solo vivimos para eso. Para querer. Para que nos quieran...» Fin de la obra. Una vez más hay que recordarlo: esto es teatro.
Óscar Barrero Pérez
Universidad Autónoma de Madrid
- García Ruiz, Víctor, Víctor Ruiz Iriarte. Autor dramático, Madrid, Fundamentos, 1987.
- Sáinz de Robles, Federico Carlos, ed. Teatro español. 1952-1953. 2.ª ed. Madrid: Aguilar, 1958.
Esta obra se estrenó en Madrid, la noche del Sábado de Gloria, 4 de abril de 1953, en el Teatro Cómico, con el siguiente reparto:
| PERSONAJES |
ACTORES |
| ROSALÍA. | CARMEN CARBONELL. |
| MAGDALENA. | PILAR BIENERT. |
| LINDA. | MAYDA MONTERREY. |
| LORETO. | BERTA RIAZA. |
| CLOTILDE. | LOLITA GÁLVEZ. |
| DOÑA ÁGUEDA. | MARUJA CARRASCO. |
| LORENZO. | ANTONIO VICO. |
| PEDRÍN. | JORGE VICO. |
| DON JULIÁN. | JOAQUÍN PUYOL. |
En un pequeña ciudad de una provincia.
Escenografía: Emilio Burgos.
Dirección de escena: Antonio Vico.
|
Sala de una antigua casa construida en la época isabelina3. La vieja arquitectura está intacta y limpia, pero algunos muebles y objetos han sido renovados al paso de los años. A la derecha, un sofá muy amplio. Sillones cómodos. Las cortinas, antiguas, son muy ricas. Algún paisaje pintado al estilo de los pintores de fin de siglo. Un gran retrato de un general de 1890 en uniforme de gala. A la izquierda, una mesa camilla. Un alto balcón al fondo, sobre una plaza pequeñita; detrás de los cristales se distingue, a lo lejos, la torrecita de la iglesia con su reloj. Una puerta en el chaflán que forman las paredes del fondo con la de la derecha. Dos puertas a la izquierda. Todo tiene el eco de un viejo esplendor conservado con mimo. Por la tarde, en otoño. |
||||
|
(Al levantarse el telón, la escena está sola. Muy lejos, el reloj de la iglesia da cinco campanadas. Aquí, en el interior del piso, otro reloj, que no se ve, responde con otras cinco campanaditas tímidas, seguidas de un melodioso son de cajita de música. Un silencio. Dentro surgen voces de mujeres.) |
||||
|
MAGDALENA.- (Dentro.) ¡Clotilde! |
||||
|
CLOTILDE.- (Dentro.) ¡Voy! (Surgen en escena, a un tiempo, MAGDALENA, por la izquierda, y CLOTILDE, por el fondo. MAGDALENA ya no es demasiado joven. Viste de oscuro, con un excesivo recato provinciano. Está gozosamente excitada... CLOTILDE es una joven doncella de la casa, con un aspecto de salud impresionante. También, al parecer, está muy nerviosa.) ¡Señorita! |
||||
|
MAGDALENA.- ¿Está preparado el chocolate? |
||||
|
CLOTILDE.- Sí, señorita. |
||||
|
MAGDALENA.- ¿Todo lo demás está listo? |
||||
|
CLOTILDE.- Sí, señorita. Creo que sí. |
||||
|
MAGDALENA.- Mira si no falta nada en la alcoba del señorito Pedrín... |
||||
|
CLOTILDE.- Ya he mirado. |
||||
|
MAGDALENA.- Ponle otra manta. |
||||
|
CLOTILDE.- Ya tiene dos. |
||||
|
MAGDALENA.- No importa. Ponle otra manta. A los forasteros siempre les ponemos tres mantas... (Sale.) |
||||
|
CLOTILDE.- Sí, señorita. |
||||
|
(Va a salir también CLOTILDE, pero, en el acto, surge ROSALÍA. Es algo más joven que MAGDALENA y mucho más vistosa y femenina. Viste bien. Tiene unos ojos bonitos, que aún le brillan impacientes. También, como MAGDALENA, está muy agitada.) |
||||
|
ROSALÍA.- ¡Clotilde! |
||||
|
CLOTILDE.- ¡Señora! |
||||
|
ROSALÍA.- ¿Estás segura de que funciona la ducha en el cuarto de baño? |
||||
|
CLOTILDE.- El verano pasado funcionaba. |
||||
|
ROSALÍA.- Si no funciona, avisa al fontanero. Los que vienen de América son muy aficionados a darse duchas... Tienen esa manía. |
||||
|
CLOTILDE.- ¿En invierno también? |
||||
|
ROSALÍA.- También. Ya te digo que es una manía. |
||||
|
CLOTILDE.- ¡Jesús! |
||||
|
(Con su última frase ha salido ROSALÍA. Ahora va a salir CLOTILDE, pero antes aparece en el fondo LORENZO. Es un hombre de unos cincuenta años, de aspecto un poco estrafalario y terriblemente abandonado. Tiene algunas canas. Su rostro expresa un beatífico ensimismamiento. Ojos cansados, de lector impenitente. Su traje está francamente anticuado. Usa una vieja corbata de lazo sobre un alto cuello duro de los que ya no se llevan. Trae en la mano un libro abierto y las gafas puestas. Entra, aunque está en su casa, con muchísima timidez.) |
||||
|
LORENZO.- ¡Chiss! ¡Clotilde! |
||||
|
CLOTILDE.- ¡Ay! |
||||
|
LORENZO.- ¿Está ahí ya? |
||||
|
CLOTILDE.- Sí, señor. Acaba de llegar con la señora y la señorita, que han ido a buscarle a la estación. |
||||
|
LORENZO.- ¡Ah! ¡Claro! Es que arriba, en el despacho, cuando me pongo a leer no me entero de nada. (Con ansiedad.) ¿Ha preguntado por mí? |
||||
|
CLOTILDE.- Sí, señor. |
||||
|
LORENZO.- Oye, ¿cómo es? |
||||
|
CLOTILDE.- Pues... es un hombrecito. |
||||
|
LORENZO.- ¡Je! Un hombrecito, claro. ¡Un hombrecito! Y tanto que lo es. De Méjico a Madrid, en avión. Y de Madrid aquí, en tren. Él solito, como un hombre. Oye, Clotilde, ¿tú crees que yo le haré buen efecto? ¿Eh? Fíjate... |
||||
|
(CLOTILDE le mira de arriba a abajo y mueve la cabeza con cierto escepticismo.) |
||||
|
CLOTILDE.- Pues... ¿Qué quiere que le diga, don Lorenzo? ¿Por qué no se pone el señor otro traje? |
||||
|
LORENZO.- ¿Otro? Pero, mujer, si me he puesto el más nuevo que tengo... Lo compré en Madrid en el último viaje. En una tienda muy buena, por cierto. |
||||
|
CLOTILDE.- ¿Sí? |
||||
|
LORENZO.- Sí, hija. En la calle de Toledo. |
||||
|
CLOTILDE.- ¡Ah! Entonces... |
||||
|
(Dentro, airadas, surgen las voces de ROSALÍA y MAGDALENA. LORENZO, al oírlas, hace, involuntariamente, movimientos de retroceso, en busca de la salida.) |
||||
|
ROSALÍA.- (Dentro.) ¡Clotilde! |
||||
|
LORENZO.- ¡Ay! ¡Mi mujer! |
||||
|
MAGDALENA.- (Dentro.) ¡Clotilde! |
||||
|
LORENZO.- ¡Mi cuñada! ¡Huy! Me parece que las dos están un poquito nerviosas. (Consulta su reloj de bolsillo.) Mira, luego conoceré al muchacho, cuando vuelva de dar mi lección en el Instituto. Antes quiero comprarle un regalito. ¡Je! Una sorpresa. Ya te digo que quiero causarle buen efecto. Pero guárdame el secreto... ¿Me oyes? |
||||
|
CLOTILDE.- ¡Sí, señor! |
||||
|
LORENZO.- ¡Chiss! ¡Chitón! |
||||
|
(Y con un dedo en los labios sale, muy feliz. Entra, al tiempo, MAGDALENA.) |
||||
|
MAGDALENA.- Pero, mujer..., ¿no nos oyes? |
||||
|
CLOTILDE.- ¡Sí, señorita! |
||||
|
MAGDALENA.- ¡La merienda! ¡Vamos!... |
||||
|
CLOTILDE.- Sí, señorita. |
||||
|
MAGDALENA.- ¡Ay, Jesús, Jesús! |
||||
|
(Sale CLOTILDE. MAGDALENA, sola, comienza a poner en la mesa camilla una pequeña mantelería para merendar. Un silencio. Aparece ROSALÍA.) |
||||
|
ROSALÍA.- ¡Magdalena! |
||||
|
MAGDALENA.- ¿Qué? |
||||
|
ROSALÍA.- Se parece a nosotras, ¿verdad? |
||||
|
MAGDALENA.- (Sonríe.) ¡Oh, no! Se parece a su madre. |
||||
|
ROSALÍA.- Bueno, quiero decir que se ve que es hijo de una hermana nuestra; tiene el aire de la familia. |
||||
|
MAGDALENA.- Eso, sí. |
||||
|
ROSALÍA.- Ya sé, ya sé que Victoria es la más guapa de nosotras tres. Por eso fue siempre la más afortunada en todo. Porque ríete tú: para lo que nos sirve a las mujeres el talento... En el colegio, cuando éramos niñas, Victoria era la última de la clase, y, sin embargo, hay que ver qué gracia le hacía a todo el mundo. En cambio, tú te llevabas matrícula de honor, y todos decían que eras tonta. |
||||
|
MAGDALENA.- (Con sofoco.) ¡Rosalía! ¿Eso decían? |
||||
|
ROSALÍA.- ¡Sí! Lo decían... Por eso, cuando nos hicimos mayorcitas, Victoria era la que se llevaba los chicos de calle. ¡Digo! ¡Y cómo se los llevaba! No le fallaba uno. Y, como no podía menos de ocurrir, se casó... |
||||
|
MAGDALENA.- (Tímidamente.) Tu también te casaste. |
||||
|
ROSALÍA.- (Furiosa.) ¡No me lo recuerdes! |
||||
|
MAGDALENA.- ¡Ay, Rosalía! |
||||
|
ROSALÍA.- (Indignadísima, casi llorando.) Yo me casé con un profesor de Historia del Instituto... ¡Con un chiflado que se pasa la vida arriba, en el despacho, pensando en Isabel la Católica, mientras yo me aburro y me desespero en este rincón! |
||||
|
MAGDALENA.- (Casi sin atreverse.) Mujer... Algunas personas dicen que Lorenzo es un sabio. |
||||
|
ROSALÍA.- ¡Sí! Un sabio que con sus manías y sus rarezas es el hazmerreír de toda Villanueva... Victoria, en cambio, se casó con un hombre extraordinario, que se la llevó de aquí el mismo día de la boda para no volver más. Y ahora, después de veinte años en América, cuando ya son millonarios, Victoria nos manda este hijo para que conozca España... |
||||
|
MAGDALENA.- (Con entusiasmo.) ¡Por patriotismo! |
||||
|
ROSALÍA.- ¿Tú crees? |
||||
|
MAGDALENA.- ¡Sí! Victoria es muy patriota. Ya lo decía la pobre mamá... |
||||
|
ROSALÍA.- ¡Sí! En América todos los españoles son muy patriotas. Pero no vuelven. Aquí, en provincias, quisiera yo ver ese patriotismo. |
||||
|
(Entra CLOTILDE. Trae una gran bandeja con jícaras y tazas, pasteles y bollitos y demás provisiones para la merienda, que deposita en la mesa camilla.) |
||||
|
CLOTILDE.- Con permiso. La ducha no funciona. Pero ya he avisado al fontanero. El hombre se creía que era una broma... ¡Ah! Le he preparado otra manta... Y el edredón. |
||||
|
ROSALÍA.- Anda... Dile al señorito Pedrín que le esperamos para merendar. |
||||
|
CLOTILDE.- Sí, señora. |
||||
|
(Sale CLOTILDE. ROSALÍA mira en torno con angustia.) |
||||
|
ROSALÍA.- ¡Ay, Dios mío! ¿Qué pensará Pedrín de este pueblo? |
||||
|
MAGDALENA.- (Con dignidad.) ¡Rosalía! ¡Villanueva no es un pueblo...! |
||||
|
ROSALÍA.- ¡No seas ridícula! Para un muchacho que viene de América, esto no puede ser más que un pueblo... Un pueblo feísimo. |
||||
|
MAGDALENA.- (Con el natural orgullo.) ¡La iglesia es monumento nacional! |
||||
|
ROSALÍA.- Bueno... Pero no se lo digas. |
||||
|
MAGDALENA.- ¿No? |
||||
|
ROSALÍA.- No... No hay que empeorar las cosas. |
||||
|
MAGDALENA.- (Con alguna nostalgia.) Claro que si, al menos, viviéramos en Valladolid... |
||||
|
ROSALÍA.- ¿En Valladolid? Querrás decir si viviéramos en Madrid. |
||||
|
MAGDALENA.- (Muy sincera.) Pues mira, hija: yo, entre Madrid y Valladolid, me quedo con Valladolid... Es más animado. |
||||
|
ROSALÍA.- ¡Magdalena! |
||||
|
MAGDALENA.- ¡Ay! ¿Qué? |
||||
|
ROSALÍA.- ¿Qué le habremos parecido tú y yo? |
||||
|
MAGDALENA.- ¡Figúrate! (Sonríe.) Unas pobres tías provincianas... |
||||
|
(ROSALÍA mira a MAGDALENA y se mira luego a sí misma. Con cierta esperanza.) |
||||
|
ROSALÍA.- ¿Las dos? |
||||
|
MAGDALENA.- (Se pica.) ¡Naturalmente! ¿Qué te has creído? |
||||
|
ROSALÍA.- (Se indigna también.) ¡Ah! ¡Pues eso sí que no! Ya irá viendo ese niño que aquí estamos muy al tanto de todo lo que sucede en el mundo. Para algo estamos suscritos a «Primer Plano» y oímos Radio Madrid todos los sábados...4 |
||||
|
(Se oye dentro un grito de CLOTILDE.) |
||||
|
CLOTILDE.- (Dentro.) ¡Ay! |
||||
|
ROSALÍA.- ¿Qué es eso? |
||||
|
(Aparece CLOTILDE muy sofocada. Viene huyendo.) |
||||
|
CLOTILDE.- ¡Señora! El señorito Pedrín ha cogido el espadín del general, que en paz descanse, y está dando estocadas a todo lo que encuentra. |
||||
|
MAGDALENA.- ¡Dios mío! |
||||
|
ROSALÍA.- ¡El espadín del abuelo! |
||||
|
CLOTILDE.- Sí, señora. Como que si una servidora no corre... |
||||
|
ROSALÍA.- ¡Oh! |
||||
|
MAGDALENA.- ¡Oh! |
||||
|
PEDRÍN.- (Dentro.) ¡Alto! |
||||
|
TODAS.- ¡Ay! |
||||
|
(Huyen las tres al otro lado de la escena. Aparece PEDRÍN. Es un muchacho que, seguramente, todavía no ha cumplido los diecisiete años. Viste muy deportivamente: pantalón claro, un grueso «sweater» y un pañuelo de vivos colores al cuello. Al entrar, blande en alto un espadín de los que usaban los jefes militares de fin de siglo con los antiguos uniformes de gala. Entra con el ímpetu necesario para hacer frente a cien enemigos.) |
||||
|
PEDRÍN.- ¡Atrás! |
||||
|
TODAS.- ¡Ay! |
||||
|
PEDRÍN.- ¡Prepárate, Clotilde, vas a morir! |
||||
|
CLOTILDE.- ¡Socorro! |
||||
|
(El muchacho, lleno de nobilísimo entusiasmo, se lanza a fondo sobre las tres mujeres. Ellas escapan.) |
||||
|
MAGDALENA.- ¡Ay! |
||||
|
ROSALÍA.- ¡Ay, Pedrín! No seas loco. |
||||
|
PEDRÍN.- ¡Zas! Esta para ti y esta para ti. Una por aquí y otra por allá... |
||||
|
MAGDALENA.- Estate quieto, Pedrín. |
||||
|
ROSALÍA.- ¡Por Dios, Pedrín! |
||||
|
(Las tres mujeres, acorraladas por los ímpetus de PEDRÍN, se han refugiado detrás del sofá. El chico, con aire de vencedor generoso5, cesa en su persecución.) |
||||
|
PEDRÍN.- Bien... Ya vale. El príncipe gana y las brujas se esconden en el bosque. |
||||
|
CLOTILDE.- (Muy ofendida.) ¡Nos ha llamado brujas! |
||||
|
(CLOTILDE sale. ROSALÍA y MAGDALENA ríen. PEDRÍN levanta el espadín y lo contempla embelesado.) |
||||
|
PEDRÍN.- Oye... ¿A cuántos tíos mató el bisabuelo con este sable? |
||||
|
MAGDALENA.- (Indignada.) ¡Jesús! Pero ¿qué idea tiene este chico de los generales? |
||||
|
ROSALÍA.- Mujer... Ten en cuenta que viene de Méjico. Mira, Pedrín. El abuelito nunca mató a nadie. ¿Comprendes? Y muchísimo menos con este sable. Este sable lo llevaba con el uniforme de gala para los desfiles, para los bailes en palacio y para ir a la ópera... |
||||
|
PEDRÍN.- (Entusiasmado.) ¡Qué tío bárbaro! |
||||
|
ROSALÍA.- (Boquiabierta.) ¿Quién? |
||||
|
PEDRÍN.- El viejo... |
||||
|
MAGDALENA.- ¡Ay, Dios mío! ¡Pobre abuelito! |
||||
|
PEDRÍN.- (Frente al retrato.) ¿Era este? |
||||
|
ROSALÍA.- Sí... Este es tu bisabuelo. |
||||
|
PEDRÍN.- (Muy complacido.) Tiene cara de bravo, ¿eh? |
||||
|
ROSALÍA.- ¡Era un valiente! Ya lo dice la Historia de España... (Transición.) ¿Qué estás mirando, Pedrín? |
||||
|
PEDRÍN.- (Que mira en torno, complacidísimo.) ¡La vieja Europa! |
||||
|
MAGDALENA.- ¡Ay! (Muy bajito.) ¿Por qué dice eso? |
||||
|
ROSALÍA.- (Muy bajo6.) Es que ya se está metiendo con el pueblo... |
||||
|
(MAGDALENA da un paso, muy decidida.) |
||||
|
MAGDALENA.- Bueno... Te hemos preparado el chocolate. Y tortitas. Y estas yemas de las monjas. ¿Querrás una copita después del chocolate? Tenemos anís y coñac, y un «chartreuse»7 que hago yo y está de rechupete... |
||||
|
ROSALÍA.- Pero, ¡Magdalena, mujer! ¿Cómo te atreves a ofrecer a Pedrín jarabe de ese que haces tú? A un chico que viene de América... ¡Con la de cosas ricas que habrá bebido él por ahí! |
||||
|
PEDRÍN.- ¡Huy! En América hay de todo. Hasta Jerez. |
||||
|
ROSALÍA.- ¿Jerez? |
||||
|
PEDRÍN.- ¡Jerez! Y whisky para los pobres... Pero yo no bebo nunca. (Naturalísimo.) En casa sólo bebe mamá. |
||||
|
(ROSALÍA y MAGDALENA pegan un respingo y se miran atónitas. Se quedan casi sin voz. Ya están los tres sentados en torno de la mesa camilla.) |
||||
|
ROSALÍA.- ¿Dices que tu madre bebe? |
||||
|
PEDRÍN.- (Divertidísimo.) Sí, sí... |
||||
|
ROSALÍA.- Bueno... Beberá un poquito. |
||||
|
PEDRÍN.- (Muy ufano.) Cuando mamá empieza a tomar copas, los tumba a todos. |
||||
|
(ROSALÍA y MAGDALENA se miran, sobresaltadísimas.) |
||||
|
ROSALÍA.- ¿Has oído? |
||||
|
MAGDALENA.- ¡Sí! |
||||
|
ROSALÍA.- ¡Los tumba a todos! |
||||
|
PEDRÍN.- (Con noble y filial orgullo.) ¡Mamá es estupenda! Es la primera en todo. Tenemos al lado del río una casita para el «week-end», ¿sabes? Pues hay que ver a mamá en el río, haciendo ciento veinte con su lancha de motor. Un fenómeno. Además, como es tan guapa, siempre tiene alrededor tres o cuatro que le hacen la corte... Pero, con mamá, ¡van listos! |
||||
|
MAGDALENA.- Lo creo... Victoria es una señora. |
||||
|
PEDRÍN.- Por eso... Coquetea con todos. |
||||
|
MAGDALENA.- ¡Virgen! |
||||
|
ROSALÍA.- ¡Ay! |
||||
|
PEDRÍN.- (Ríe, encantadísimo.) ¡Sí, sí! |
||||
|
ROSALÍA.- Oye... ¿Y qué dice tu padre? |
||||
|
PEDRÍN.- Papá está muy orgulloso de mamá. |
||||
|
ROSALÍA.- ¡Ah! ¿Sí? |
||||
|
PEDRÍN.- ¡Claro! Porque, lo que él dice: no todos tienen la suerte de haberse casado con una mujer educada a la antigua española... |
||||
|
MAGDALENA.- (Apuradísima.) ¡Ay, Rosalía! De manera que Victoria bebe, y hace ciento veinte, y coquetea... |
||||
|
PEDRÍN.- ¡Huy! Y más... |
||||
|
ROSALÍA.- (Aterrada.) ¿Más? |
||||
|
PEDRÍN.- Y más cosas que me callo, para que no digáis que me ciega la pasión. |
||||
|
(Comen. De pronto, PEDRÍN deja su taza en la mesa, las mira, mira en torno y sonríe.) |
||||
|
ROSALÍA.- (Muy inquieta.) ¿De qué te ríes, Pedrín? |
||||
|
PEDRÍN.- ¡Pchs! Mis cosas. (Sonríe.) Todo está igualito que yo me lo imaginaba. Esta casa, con el retrato del bisabuelo... Y el piano. Y el chocolate a las seis, en la mesa camilla. Pero algo falta... ¿Dónde está ese viejo que viene de visita todas las tardes? |
||||
|
MAGDALENA.- ¡Ah! Don Julián, el médico. Ya no tardará. |
||||
|
PEDRÍN.- Lo sé todo porque, desde niño, mamá me habla de Villanueva, de su casa, de sus hermanas. (Sentimental.) Es que allá los españoles tenemos tanta nostalgia... |
||||
|
ROSALÍA.- (Muy bajo.) Si dice lo de la madre patria, le suelto un cachete... |
||||
|
MAGDALENA.- ¿Qué? |
||||
|
ROSALÍA.- No, nada... |
||||
|
PEDRÍN.- A vosotras os hubiera reconocido en cualquier parte. Claro que en algunas cosas me confundo. ¿Cuál de las dos es la beata? |
||||
|
ROSALÍA.- (Rapidísima.) Esta. |
||||
|
MAGDALENA.- (Indignadísima.) ¡Rosalía! |
||||
|
PEDRÍN.- (Con ojo crítico.) Se le nota... Tiene pinta. |
||||
|
MAGDALENA.- ¡Niño! |
||||
|
ROSALÍA.- Pero, hija, ¿vas a negar que te has quedado soltera porque te pasas la vida en la iglesia? ¡Ay, qué chico! ¡Qué chico este! |
||||
|
MAGDALENA.- ¡Oh! |
||||
|
PEDRÍN.- Pero al que estoy rabiando por conocer es al tío Lorenzo. |
||||
|
(Bruscamente se corta la risa de ROSALÍA. Se pone en pie, inquietísima.) |
||||
|
ROSALÍA.- ¿De..., de verdad? |
||||
|
PEDRÍN.- ¡Claro! ¿Y cómo no, si debe de ser un hombre tremendo? |
||||
|
MAGDALENA.- ¡Rosalía! ¿Qué dice este chico? |
||||
|
ROSALÍA.- ¡Calla! |
||||
|
PEDRÍN.- Yo también quisiera ser un hombre valiente y aventurero, como tío Lorenzo. Resulta que, como mis padres no le conocen, porque tú te casaste después que ellos se fueran a América, allá sólo sabemos de tu marido lo que tú nos contabas en tus cartas... ¡Y qué cartas! Las leíamos dos y tres veces. Yo soñaba con el tío Lorenzo. Siempre llevo en el bolsillo la fotografía suya que nos mandaste hace muchos años. La traigo para que me la dedique. De pequeñito ya me decía mamá: «Cuando seas mayor, si eres formal, irás a España para conocer al tío Lorenzo...». Y aquí estoy. (Cariñoso.) ¡Je! No tengáis celos vosotras, pero la verdad es que la mayor ilusión de mi viaje es conocer al tío Lorenzo. ¡«O-key», tiítas! (Se vuelve. Con el espadín en alto, presenta armas ante el retrato del general.) ¡A la orden, viejo! ¡Viva España! |
||||
|
(Sale corriendo, con su espadín. Un silencio. ROSALÍA y MAGDALENA se miran, atónitas.) |
||||
|
MAGDALENA.- ¿Has oído? Este chico aguarda a Lorenzo como a un héroe. ¿Quién ha engañado a Pedrín? ¿Qué le decías en esas cartas? ¿Qué es lo que te has inventado? |
||||
|
ROSALÍA.- Otro marido. |
||||
|
MAGDALENA.- ¡Jesús! |
||||
|
ROSALÍA.- (Humilladísima.) Reconocerás que el que tengo no es para presumir... |
||||
|
MAGDALENA.- ¡Rosalía! |
||||
|
ROSALÍA.- ¡La culpa la tuvo Victoria! ¿Te acuerdas de sus primeras cartas de recién casada? Eran unas cartas largas, largas, que no se acababan nunca. Solo nos hablaba de los negocios de su marido, de los triunfos de su marido, de los millones de su marido... ¡Y dale con su marido! Si supieran muchas mujeres que presumir de marido es de muy mala educación... |
||||
|
MAGDALENA.- ¡Ay! ¿Por qué? |
||||
|
ROSALÍA.- Porque es una ofensa personal para las demás. |
||||
|
MAGDALENA.- ¡Oh! |
||||
|
ROSALÍA.- Conozco muy bien a Victoria, y sé que todo lo hacía para hacerme rabiar. Porque su marido no será tanto, ni muchísimo menos. Por eso, cuando me casé, en la primera carta que le escribí a la vuelta del viaje de novios, ya le conté una mentira. (Avergonzadísima.) ¿Te acuerdas de mi viaje de novios? Fuimos a Pamplona. |
||||
|
MAGDALENA.- Sí, hija. ¡Menuda suerte! |
||||
|
ROSALÍA.- ¡Magdalena, no seas idiota! |
||||
|
MAGDALENA.- ¡Ay, ay, ay! |
||||
|
ROSALÍA.- A mí me mortificaba muchísimo tener que decirle a Victoria que mi viaje de bodas había sido a Pamplona. Ella había estado en París... ¿Comprendes? Y entonces le escribí diciéndole que Lorenzo y yo habíamos estado en Italia... |
||||
|
MAGDALENA.- ¡Dios mío! ¿Tuviste valor? |
||||
|
ROSALÍA.- ¡Anda! Y hasta le mandé una postal con la torre inclinada de Pisa. Un poco más derecha, porque la foto era antigua... Pero no lo notaron. |
||||
|
MAGDALENA.- ¡Qué horror! |
||||
|
ROSALÍA.- Después... Resulta que estas cosas se van haciendo casi sin darse una cuenta. Como en cada una de sus cartas Victoria me contaba un nuevo triunfo de su marido, yo, en cada una de las mías, para no quedar en ridículo, le contaba una nueva hazaña del mío. Porque para ellos Lorenzo no es un profesor de Instituto...8 Tampoco es un sabio. |
||||
|
MAGDALENA.- ¿No? |
||||
|
ROSALÍA.- ¡No! Los sabios están muy desacreditados. Ahora hay muchos... Si Victoria hubiera sabido que yo me casaba con un sabio se hubiera muerto de risa... La conozco. |
||||
|
MAGDALENA.- ¡Dios mío! Entonces..., ¿qué es Lorenzo? |
||||
|
ROSALÍA.- (Casi con orgullo.) ¡Militar! |
||||
|
MAGDALENA.- ¡Ave María Purísima! |
||||
|
ROSALÍA.- (Mirando el retrato.) Como el abuelo... Lo hice por seguir la tradición. Por el honor de la familia. Espero que me lo agradecerás. |
||||
|
MAGDALENA.- (Casi en9 un grito.) ¡Rosalía! |
||||
|
ROSALÍA.- Victoria cree que Lorenzo es un héroe de la guerra, ¿sabes? Tiene muchas condecoraciones. Es célebre, valiente, audaz. También tiene mucho partido con las mujeres. ¡Como es tan guapo! |
||||
|
MAGDALENA.- ¿Qué dices? Pero si le conocen... Les mandaste una fotografía. |
||||
|
ROSALÍA.- Esa fotografía no es de Lorenzo... |
||||
|
MAGDALENA.- ¿No? |
||||
|
ROSALÍA.- No. Es de su primo Alfredo, vestido de etiqueta. |
||||
|
MAGDALENA.- ¡Virgen! |
||||
|
ROSALÍA.- Lo hice para dejar a Lorenzo en buen lugar, porque Alfredo en esa foto está muy favorecido... |
||||
|
MAGDALENA.- ¡No puedo creerlo! ¿Cómo has podido mentir tanto, durante tantos años, sin que yo me enterara? |
||||
|
ROSALÍA.- Tú no te enteras nunca de nada, Magdalena. |
||||
|
MAGDALENA.- Eso es verdad... |
||||
|
ROSALÍA.- Siempre era yo la que tenía correspondencia con Victoria. A veces a mí misma me daban miedo tantas mentiras. Pero como se me ocurrían cosas tan bonitas... Además, jamás creí que Victoria y su marido volvieran a España. Y muchísimo menos pude pensar que nos mandaran a su hijo. Antes, la gente no viajaba tanto... (Rabiosísima. Con lágrimas.) ¿Comprendes ahora por qué desde que llegó Pedrín estoy tan nerviosa? ¿Qué va a pasar cuando Pedrín conozca al auténtico Lorenzo? |
||||
|
MAGDALENA.- ¡Oh! |
||||
|
(Fuera, en la calle, se oye un jolgorioso murmullo de voces infantiles. ROSALÍA se pone en pie nerviosísima.) |
||||
|
ROSALÍA.- ¡Ayyyyyy!... ¿Qué es eso? ¡Clotilde! |
||||
|
(Asoma CLOTILDE.10) |
||||
|
CLOTILDE.- No se asuste la señora... No es nada. Es que las niñas del Instituto se vienen riendo del señor. Como todas las tardes. |
||||
|
(Se retira. ROSALÍA y MAGDALENA corren hasta el balcón y miran a la calle a través de los cristales. Están consternadas.) |
||||
|
ROSALÍA.- ¡Qué horror! |
||||
|
(Vuelven lentamente las dos a primer término. Cesa el jolgorio de las niñas en la plaza. Una brevísima pausa. Y en el fondo aparece LORENZO con su abrigo y su sombrero. Trae también en la mano una jaula con un pajarito. Viene muy sofocado, pero sonríe.) |
||||
|
LORENZO.- ¡Je! Esas chicas... Esas chicas son el demonio. No hay quien pueda con ellas. No respetan nada. ¡Je! (Azaradísimo.11) Oye, Rosalía. Mira lo que he comprado para Pedrín. ¡Un pajarito! Un pajarito precioso... Ya le he puesto nombre. ¡Se llama Napoleón! ¿Te gusta, Rosalía? Y a ti, Magdalena, ¿te gusta? (Un silencio. ROSALÍA y MAGDALENA desvían sus ojos de LORENZO y su pajarito. Él baja la cabeza y sonríe, un poco humillado. Se queda mirando al pajarito y sonríe.) Bueno. No te ofendas, Napoleón. Por lo visto, la señora y la señorita no están en casa... ¡Ea! ¡Ajajá! |
||||
|
(Deja la jaula con muchísimo mimo en la mesa camilla. Se vuelve para despojarse del abrigo, y al volverse vemos que las chicas, en la calle, le han prendido en el abrigo un papel blanco, que es la silueta de un muñequito recortado. ROSALÍA y MAGDALENA, al verlo, gritan horrorizadas.) |
||||
|
ROSALÍA.- ¡Ayyyy...! |
||||
|
MAGDALENA.- ¡Ayyyy...! |
||||
|
(LORENZO, asustadísimo, se detiene en seco y se vuelve.) |
||||
|
LORENZO.- ¡Caramba! (Tiene el abrigo, que casi se le cae entre las manos... Y comprende. Sonríe, azarado.12) ¡Oh! Esas chicas... Esas chicas... |
||||
|
MAGDALENA.- ¡Qué vergüenza! |
||||
|
LORENZO.- (Humildemente.) Yo no tengo la culpa, Rosalía. No puedo con ellas. |
||||
|
ROSALÍA.- ¡Qué vergüenza! |
||||
|
MAGDALENA.- Rosalía... |
||||
|
ROSALÍA.- ¡Déjame! |
||||
|
(Sale, llorosa y desesperada, sin mirarle, ROSALÍA. Tras ella, MAGDALENA. Queda LORENZO solo en escena. Arranca del abrigo el papelito, lo mira y lo estruja con tímida rabia. Después, lentamente, se deja caer en un sillón al lado de la mesa camilla. Alza la cabeza. Sus ojos se encuentran con el pajarito. Sonríe.) |
||||
|
LORENZO.- ¡Je! Pío, pío, pío... |
||||
|
(Irrumpe fogosamente PEDRÍN. Lleva su espadín, pero ahora se toca, además, con un antiquísimo «kepis»13 del bisabuelo. Al ver a LORENZO, se detiene bruscamente.) |
||||
|
PEDRÍN.- ¡Tía Rosalía! ¡Oh! Perdón... |
||||
|
LORENZO.- (En pie. Alborozadísimo.) ¡Pedrín! |
||||
|
PEDRÍN.- ¿Me conoce usted? |
||||
|
LORENZO.- (Contentísimo.) ¡Claro! |
||||
|
PEDRÍN.- ¿De veras? (Muy curioso.) ¿Quién es usted? |
||||
|
LORENZO.- ¿Yo? (Se ríe.) Pero ¿es que no lo adivinas? Anda, hombre, anda... |
||||
|
PEDRÍN.- (Con aire de triunfo.) ¡Ah, ya! |
||||
|
LORENZO.- (Felicísimo.) ¿Ya? |
||||
|
PEDRÍN.- ¡Ya! Usted es don Julián, el médico. |
||||
|
LORENZO.- (Anonadado.) ¿Cómo? |
||||
|
PEDRÍN.- Sí, sí. Usted es ese amigo que viene de visita todas las tardes. (Muy efusivo, le coge una mano.) ¿Cómo está usted, doctor? ¡Estupendo viejo! Ya solo me queda por conocer a tío Lorenzo. Pero con ese no dudaré... |
||||
|
LORENZO.- (Atónito.) ¿Estás seguro? |
||||
|
PEDRÍN.- ¡Segurísimo! Tengo una fotografía. |
||||
|
LORENZO.- (Intrigadísimo.) ¿Dices que tienes una fotografía? A ver, a ver... |
||||
|
PEDRÍN.- ¡Mírela! |
||||
|
(Le tiende una pequeña fotografía, que LORENZO toma con verdadero afán.) |
||||
|
LORENZO.- ¡Santo Dios! |
||||
|
PEDRÍN.- ¿No es un gran tipo? |
||||
|
LORENZO.- Te diré... Un tipo de una vez. |
||||
|
PEDRÍN.- ¿Está parecido? |
||||
|
LORENZO.- (Modestamente.) Yo creo que no. |
||||
|
PEDRÍN.- ¿Es que está muy cambiado? |
||||
|
LORENZO.- Hombre... Un poco. |
||||
|
PEDRÍN.- Bueno. De todas maneras, no puede haber cambiado mucho. Mi padre dice que los hombres bravos no envejecen... |
||||
|
LORENZO.- (Asustadísimo.) Pero ¿es que tu tío Lorenzo es un bravo? |
||||
|
PEDRÍN.- ¡Huy! Y de los buenos. |
||||
|
(LORENZO, desoladísimo, se deja caer en un sillón.) |
||||
|
LORENZO.- Oye... ¿No exageras un poco? |
||||
|
PEDRÍN.- ¡Quia! (Se ríe.) Y conmigo no disimule, viejo, que bien sé que es usted amigo de la casa y conoce usted todas las fechorías de tío Lorenzo. |
||||
|
(En este instante surge en la puerta del fondo LORETO. Es una diminuta muchacha de catorce o quince años, de aspecto desaliñadísimo. Lleva dos trenzas rematadas con dos lacitos. Tiene mucha timidez, hasta el punto de que parece que siempre le14 acaban de dar un susto. Lleva un cartapacio escolar bajo el brazo. Viste una faldita y un jersey y zapatos sin tacones.) |
||||
|
LORETO.- ¡Chiss! ¡Don Lorenzo! |
||||
|
LORENZO.- ¿Qué quieres, Loreto? |
||||
|
LORETO.- Don Lorenzo, yo quiero decirle a usted que yo no soy de las que se ríen de usted... Eso es. Para que lo sepa. Porque todas no somos iguales... Eso es. Que la culpa de todo la tiene Purita, la pelirroja, que es malísima... Eso es. Para que lo sepa. Que yo le quiero a usted mucho, don Lorenzo. Para que lo sepa. |
||||
|
LORENZO.- Ya lo sé, Loreto. Ya lo sé. |
||||
|
LORETO.- Usted es un sabio, don Lorenzo. Para que lo sepa. |
||||
|
LORENZO.- Calla, hija, ¿quieres? |
||||
|
(PEDRÍN, desde que entró LORETO, está mirando, atónito, a uno y a otro. Ahora clava sus ojos en LORENZO y le mira de arriba abajo.) |
||||
|
PEDRÍN.- (Muy bajo.) ¿Qué dice esta chica? (Un silencio.) Entonces, ¿es usted? ¿Eres tú... tío Lorenzo? |
||||
|
LORENZO.- (Muy bajo.) Sí... |
||||
|
PEDRÍN.- ¡Oh! ¿Por qué me han engañado? |
||||
|
(Vuelve a mirarle, y a punto de echarse a llorar, escapa. Sale. Quedan LORENZO y LORETO. Un silencio.) |
||||
|
LORETO.- Me parece que he metido la pata. (Con mucha humildad marcha lentamente hacia el fondo. Ya en la puerta, se detiene y pregunta, tímidamente.) Oiga: ese chico que estaba aquí, ¿es forastero? |
||||
|
LORENZO.- Sí. |
||||
|
LORETO.- Pues es muy guapito. |
||||
|
(Sale. Queda LORENZO solo. Se derrumba. Aparece ROSALÍA.) |
||||
|
ROSALÍA.- Lorenzo... ¿Qué ha pasado? Pedrín está llorando. |
||||
|
(LORENZO se revuelve en una brusca transición hacia ella.) |
||||
|
LORENZO.- ¡Vete! |
||||
|
ROSALÍA.- (Asustada.) ¡Lorenzo! |
||||
|
LORENZO.- ¡Vete, Rosalía! ¡Quiero estar solo, solo, solo!... ¡No puedo más! ¿Sabes por qué llora Pedrín? Porque ha descubierto que el estupendo tío Lorenzo que tú le habías pintado en tus cartas es este infeliz que tienes delante... Por eso llora. ¿Lo oyes?15 Vete, Rosalía, vete. Estoy muy harto de tus fantasías, de tus mentiras, de tus imaginaciones... No puedo más. (Indignado.) ¡Le mandaste una fotografía que no es la mía! ¡Te inventaste otro marido, porque te avergüenzas de mí! ¡Porque no me quieres! ¡Porque no me has querido nunca! ¡Vete, Rosalía, vete! ¡Déjame! |
||||
|
(Y en el fondo aparece DON JULIÁN. Es un señor de bastante edad, de rostro bondadosísimo y alegre. Uno de esos seres encantadores, que siempre tienen a punto en los labios una risa limpia.) |
||||
|
DON JULIÁN.- ¡Hola! ¿Se puede? Ya sé, ya sé que ha llegado el sobrinito de las Américas. ¡Digo! Lo sabe todo Villanueva. No se habla de otra cosa en el café y en el Casino... Pronto se os llenará la casa de curiosos. Pero que conste que yo soy el primero y el más curioso de todos. ¡Je! Vamos a ver, vamos a ver. ¿Dónde está ese barbián? Estoy deseando conocerle... |
||||
|
ROSALÍA.- Buenas tardes, doctor. |
||||
|
(Y sale. DON JULIÁN, sorprendido, se queda mirando a LORENZO.) |
||||
|
DON JULIÁN.- ¡Caramba! Lorenzo, hijo... ¿Qué ocurre? |
||||
|
LORENZO.- ¡No puedo más, doctor! Estoy a punto de echarme a llorar! |
||||
|
DON JULIÁN.- ¡Caray! ¿Por qué? |
||||
|
LORENZO.- (Abrumado.) Porque no me quieren... |
||||
|
DON JULIÁN.- ¡Hombre! |
||||
|
LORENZO.- (Transición.) ¡No me quiere nadie! ¡Nadie! Rosalía se avergüenza de mí, doctor. Soy todo lo contrario a ese marido ideal que ella sueña. Esta humilde persona es muy poco para su maravillosa fantasía. A mi cuñada, que solo piensa en sus rezos, no le importo nada. Y fuera de esta casa, en el pueblo, tampoco me quiere nadie. Yo lo veo. No puedo engañarme. Mis compañeros, los profesores del Instituto, me rehúyen. Rara vez me invitan a sus reuniones. El director me odia... Y todo por nada. Porque una vez, en la apertura de curso, habló de los Reyes Católicos y dijo que la toma de Granada fue en mil cuatrocientos noventa y uno...16 Yo, que estaba a su lado, le dije, muy bajito, que la toma de Granada fue en mil cuatrocientos noventa y dos17. Bueno, pues le sentó como un tiro. Todavía no me lo ha perdonado. Pero yo no tuve la culpa... La culpa es de los Reyes Católicos, que se retrasaron un año. |
||||
|
DON JULIÁN.- Eso es verdad. |
||||
|
LORENZO.- Para mis alumnas solo soy un pobre profesor medio chiflado. ¡Y cómo se ríen de mí! ¡Ay, don Julián! Son terribles esos demonios. Usted no sabe cómo me hacen sufrir. Mis clases son un verdadero martirio. Mientras hablo siento dentro de mí un temblor y una angustia... Siempre estoy temiendo que una torpeza mía provoque la primera carcajada de cualquiera de ellas. Hay una pelirroja, con la nariz coloradita, que la tiene tomada conmigo y no me deja vivir. Y ya sabe usted que mis temas no son para tomarlos a broma, ni mucho menos. Hoy les he hablado de la batalla de Covadonga. Pues ya ve usted; las chicas me oían tan divertidas, que, la verdad, me parece que ninguna de ellas se ha creído lo de la batalla de Covadonga... |
||||
|
DON JULIÁN.- ¡Caray! ¿Es que ponen en duda la Historia de España? |
||||
|
LORENZO.- Yo creo que sí. |
||||
|
DON JULIÁN.- ¡Qué barbaridad! |
||||
|
LORENZO.- En cambio, doctor, me gustaría que asistiese usted a una clase del profesor de inglés. ¡Cómo le escuchan las muchachas! ¡Con qué devoción! Cuando recita una escena de Shakespeare, hasta le aplauden. Para mí que lo confunden con Shakespeare... (Un suspiro.) Yo he intentado por todos los medios lograr el cariño de esas chiquillas; pero he fracasado... No sé. No sirvo. No soy simpático. No tengo ángel. Eso es todo. Y así siempre, siempre. Ya de niño, en Pamplona, mi hermano era el preferido de mis padres. Después, de muchacho, cuando fui a estudiar a Madrid, intenté buscar amigos, relaciones, afectos... Pero como si no. Un día fui a un banquete de confraternidad política y me dieron una paliza... |
||||
|
DON JULIÁN.- ¡Santo Dios! |
||||
|
LORENZO.- Como lo oye. Claro, me volví en seguida a Pamplona. (Se deja caer muy cansado en un sillón.) Ahora acabo de perder mi última esperanza. Era Pedrín. Ese chiquillo era mi última ilusión. Mi último refugio. Desde hace varios días vengo discurriendo la manera de hacerme querer de ese muchacho. Y estaba seguro de que esta vez lo iba a conseguir. Le esperaba como un hijo. Pero ya es inútil. Pedrín no me querrá jamás. Porque yo no soy bastante bravo... (Un levísimo silencio. Sonríe.) ¡Je! ¡Esta es mi vida, doctor! Un continuo fracaso... A usted se lo digo porque usted no se ríe de mí, como todos. Pero no sé si podrá usted comprenderme. Porque a usted le quieren. Usted es don Julián, el mejor médico de Villanueva, y tan alegre y tan bueno, que salva las vidas y cura las enfermedades. |
||||
|
DON JULIÁN.- ¡Pamplinas! Yo no soy más que un viejo matasanos. |
||||
|
LORENZO.- (Transición.) ¿Por qué es así de injusta la vida, don Julián? ¿Por qué hay hombres que solo por nacer ya se atraen el amor y la admiración de los demás? ¿Por qué a otros nos cuesta tanto, tanto, despertar en los demás una chispa de cariño, algo que no sea piedad, y lástima, y burla? |
||||
|
DON JULIÁN.- (Conmovido.) Vamos, vamos... |
||||
|
LORENZO.- No puedo seguir viviendo así. Me ahoga esta soledad... ¿Qué haría yo? ¿Qué podría hacer yo? Hay dos palabras que por oírlas cerca de mí hubiera dado algunos años de mi vida. Son unas palabras casi tontas, que oí hace muchos años en un teatro. Era una comedia que tenía una escena de amor muy tierna y muy bonita. Ella se acercaba al galán y le decía, muy bajito, tan bajito que casi no se la oía: «¡Querido mío!». ¿Se da usted cuenta? No es nada. Dos palabras. ¡Pero juntas dicen tanto, tanto!... Oírlas debe de ser como un sueño18. ¡Je! «¡Querido mío!» (Se calla. Alza los ojos un poco avergonzado.) ¿Se ríe usted de mí? |
||||
|
DON JULIÁN.- ¿Quieres callarte? (Un silencio.) Lorenzo, hijo. Como todos los hombres de talento, en la vida eres un inocentón. Tú, arriba, en el despacho, entre tus libros, te tuteas con Felipe Segundo, con Luis Dieciséis19 y con el Gran Capitán; pero abajo, entre nosotros, en este pícaro mundo, estás perdido. No sabes ganarte ese cariño de la gente que tanto necesitas. Eres raro, eres insociable. Todos te tienen por un chiflado. Te pasas las noches encerrado, leyendo librotes antiguos. Por las tardes te vas a pasear solo, como si huyeras, a la orilla del río, en vez de ir un ratito al Casino o20 dar una vueltecita por la Avenida, como todo el mundo... Pero, hombre de Dios, si ni siquiera se te ve los domingos por la mañana en el Parque, para oír el concierto de la Banda. Y eso que todos los domingos tocan «El tambor de Granaderos»... (Le mira con honda pena y suspira.) En fin, ya sé que todo lo que yo pueda decirte es inútil. No cambiarás. Eres una calamidad, hijo. Pero no sufras. Siempre, siempre, hay alguien más desgraciado. Hoy ha estado en mi consulta Jerónimo, el librero de la calle Mayor. Y está muy mal, ¿sabes? Muy mal. ¡Pobre Jerónimo! |
||||
|
LORENZO.- ¿Está grave? |
||||
|
DON JULIÁN.- Gravísimo. Apenas vivirá un mes... |
||||
|
LORENZO.- ¡Doctor! |
||||
|
DON JULIÁN.- No tiene remedio, hijo. No tiene remedio... |
||||
|
LORENZO.- ¿Se lo ha dicho usted? |
||||
|
DON JULIÁN.- No. ¿Para qué? Sería una crueldad inútil. Se lo diré luego a la familia. Y pasará lo de siempre. Durante estos dos meses le cuidarán con todo amor; le querrán como no le han querido nunca... |
||||
|
LORENZO.- ¿Usted cree? |
||||
|
DON JULIÁN.- Seguro. Le darán todos los mimos... |
||||
|
LORENZO.- ¡Qué maravilla! |
||||
|
DON JULIÁN.- Y luego se morirá. |
||||
|
LORENZO.- (Admirado.) ¡Qué suerte! |
||||
|
DON JULIÁN.- (Atónito.) ¡Lorenzo! ¿Estás loco? |
||||
|
LORENZO.- ¡Oh, no! Estoy pensando en ese mes de felicidad que le espera a Jerónimo. Lo de menos es morirse... |
||||
|
DON JULIÁN.- (Un respingo.) Oye, tú... |
||||
|
LORENZO.- Lo que importa es que durante un mes va a vivir como en un sueño. Serán los días más hermosos de su vida. Todo serán atenciones, cariños, mimos y cuidados... |
||||
|
DON JULIÁN.- (Indignado.) Pero, ¡demonio, si se va a morir!... |
||||
|
LORENZO.- (Soñando.) ¡Qué importa eso! Yo también moriría muy feliz después de vivir un mes así... (Transición.) ¡Doctor! |
||||
|
DON JULIÁN.- ¿Qué? |
||||
|
LORENZO.- ¿Está usted seguro, seguro, de que yo estoy sano? |
||||
|
DON JULIÁN.- ¡Segurísimo! |
||||
|
LORENZO.- ¿No hay esperanza? |
||||
|
DON JULIÁN.- ¡Demonio! ¿Qué estás pensando? Mira, no quiero oírte decir esas cosas... ¡Vaya con el hombre! ¡Rosalía! ¡Magdalena! ¡Magdalena! ¡Rosalía! ¡Caramba, caramba!... |
||||
|
(Sale DON JULIÁN muy indignado. Se queda solo LORENZO. Se sienta otra vez junto a la mesa camilla. Se encara, risueño y feliz, con el pajarito.) |
||||
|
LORENZO.- Un mes, Napoleón. ¡Nada menos que treinta días de felicidad!... ¿Comprendes? ¡Qué suerte tienen algunos! (Se calla. Se ensimisma en sus ideas, que deben ser lisonjeras21, porque sonríe. Una pausa. Entra CLOTILDE con intención de cruzar la escena en silencio. LORENZO la sigue con la mirada. Cuando la muchacha va a desaparecer, LORENZO se pone en pie y la llama.) ¡Chis! ¡Clotilde! |
||||
|
CLOTILDE.- ¿Me llama el señor? |
||||
|
LORENZO.- (Amablemente.) Sí, mujer. Ven aquí... Mírame. |
||||
|
CLOTILDE.- Sí, señor. |
||||
|
(La muchacha se acerca, mirándole un poco sorprendida. Él sigue sonriendo.) |
||||
|
LORENZO.- ¡Je! Vamos a ver... ¿Qué harías tú...? ¿Eh? ¿Qué harías tú ante un hombre que se va a morir dentro de un mes? |
||||
|
CLOTILDE.- (En suspenso, con los ojos muy abiertos, aterrada.) ¡Jesús! |
||||
|
LORENZO.- ¿Eh? |
||||
|
CLOTILDE.- ¿Qué dice usted? |
||||
|
LORENZO.- (Muy sonriente.) Sí, sí... Piénsalo bien. ¿Eh? ¿Qué harías? |
||||
|
CLOTILDE.- (En un grito.) ¡Señorito! |
||||
|
LORENZO.- (Muy asustado.) Oye, tú... |
||||
|
CLOTILDE.- ¡Ay, Dios mío! ¡Ay, Virgen Santísima! Entonces, por eso ha estado usted aquí tanto rato hablando con el doctor... (Otro grito.) ¡Señorito! |
||||
|
LORENZO.- Pero, chica... |
||||
|
CLOTILDE.- (Avanza impetuosamente.) ¡Señorito de mi alma! ¡Mi pobre señorito! ¡Ay! (Se lanza a él, emocionadísima, le echa los brazos al cuello y le besa apasionadamente.) |
||||
|
LORENZO.- (Asfixiado, casi no se le oye.) ¡Clotilde! |
||||
|
CLOTILDE.- ¡Ay! ¡Ay, mi señorito! ¡Ay, que se va a morir! (Y con verdadera desesperación se desprende de él y se lanza fuera.) ¡Ay, señorito de mi alma! |
||||
|
(Sale CLOTILDE. LORENZO la ve marchar estupefacto.) |
||||
|
LORENZO.- ¡Clotilde! ¡Oye, Clotilde!... (Ya solo, se lleva una mano a la mejilla, como palpando los besos de la criada. Y se ríe bajito.) ¡Je! (Se ríe más.) ¡Je! |
||||
|
(Dentro se oyen dos gritos casi simultáneos de ROSALÍA y MAGDALENA.) |
||||
|
ROSALÍA.- (Dentro.) ¡Lorenzo! |
||||
|
MAGDALENA.- (Dentro.) ¡Lorenzo! |
||||
|
LORENZO.- ¡Caramba! |
||||
|
(RETROCEDE, muy asustado. Aparece ROSALÍA, con los ojos muy abiertos.) |
||||
|
ROSALÍA.- ¡Lorenzo! ¿Es verdad? |
||||
|
LORENZO.- ¡Rosalía! |
||||
|
ROSALÍA.- ¿Es verdad lo que dice Clotilde? ¡Dilo! |
||||
|
LORENZO.- Verás... Yo te explicaré. |
||||
|
ROSALÍA.- ¡Sí! Es verdad. No hay más que mirarte... |
||||
|
LORENZO.- ¡Demonio! ¿Tú crees? |
||||
|
(Entra MAGDALENA.) |
||||
|
MAGDALENA.- ¡Lorenzo! |
||||
|
LORENZO.- ¡Magdalena! |
||||
|
ROSALÍA.- ¡Ay, Lorenzo! (Muy aprisa, nerviosísima.) Padre nuestro, que estás en los cielos, santificado sea el tu Nombre... |
||||
|
(Aparece también CLOTILDE. Está hecha un mar de lágrimas.) |
||||
|
CLOTILDE.- ¡Señorito! ¡Pobre señorito! |
||||
|
LORENZO.- (Tratando de poner orden.) Bueno, bueno. Yo os explicaré... |
||||
|
ROSALÍA.- ¡Tú te callas! |
||||
|
LORENZO.- Mujer... |
||||
|
ROSALÍA.- ¡No! Luego nos lo contarás todo y hablaré con don Julián. Ahora, lo primero es cuidarte. No puedes22 seguir así. ¿Tienes calor? |
||||
|
LORENZO.- ¡Quia! |
||||
|
ROSALÍA.- ¿Tienes frío? |
||||
|
LORENZO.- Un poco. En estas casas antiguas siempre hace frío... |
||||
|
ROSALÍA.- ¡Magdalena! |
||||
|
MAGDALENA.- (En su mundo.) Dios te salve, María, llena eres de gracia... |
||||
|
ROSALÍA.- ¡Magdalena! |
||||
|
MAGDALENA.- ¡Ay! ¿Qué? |
||||
|
ROSALÍA.- Trae una manta. |
||||
|
MAGDALENA.- ¡Voy! |
||||
|
ROSALÍA.- ¡Y tú una bufanda! |
||||
|
CLOTILDE.- ¡Sí, señora! |
||||
|
(MAGDALENA y CLOTILDE salen aprisa.) |
||||
|
LORENZO.- Rosalía... |
||||
|
ROSALÍA.- (Enérgicamente.) ¡Silencio! Ni una palabra. Ni un gesto. No hables, no te muevas. Con esto de la tensión hay que tener mucho cuidado... |
||||
|
LORENZO.- (Muy interesado.) ¿Tú crees que es la tensión? |
||||
|
ROSALÍA.- Estoy segura. |
||||
|
LORENZO.- ¿Y eso es de cuidado? |
||||
|
ROSALÍA.- De muchísimo cuidado. |
||||
|
LORENZO.- Pues estoy listo... |
||||
|
ROSALÍA.- ¡Siéntate! |
||||
|
(Le coge y le lleva hasta un sillón23, donde le acomoda. Surgen MAGDALENA y CLOTILDE.) |
||||
|
MAGDALENA.- ¡La manta! |
||||
|
CLOTILDE.- ¡La bufanda! |
||||
|
ROSALÍA.- ¡Venga! ¡Aprisa! |
||||
|
(Entre las tres le cubren las piernas con la manta y le rodean el cuello con la bufanda. Él está emocionadísimo.) |
||||
|
LORENZO.- Rosalía... Magdalena... Yo... |
||||
|
LAS TRES.- ¿Qué? |
||||
|
LORENZO.- ¡Yo voy a llorar! |
||||
|
CLOTILDE.- ¡Pobre! |
||||
|
MAGDALENA.- ¡Pobre! |
||||
|
ROSALÍA.- ¡Pobrecito!... No hables, no hables. Ahora te traeremos tu chocolate... |
||||
|
LORENZO.- ¡No! Chocolate, no. |
||||
|
ROSALÍA.- ¿No? |
||||
|
LORENZO.- ¡No! Odio el chocolate. Desde hace veinte años meriendo chocolate todas las tardes. Y lo detesto. ¿Te enteras? Me da náuseas. |
||||
|
ROSALÍA.- ¡Dios mío! Entonces, ¿qué quieres merendar? |
||||
|
LORENZO.- Un huevo frito. |
||||
|
ROSALÍA.- (Enérgicamente.) ¿Un huevo frito? ¡Dos!24 |
||||
|
LORENZO.- (Conmovido.) ¡Rosalía! ¿Serás capaz? |
||||
|
ROSALÍA.- Tendrás dos huevos fritos... ¡Y con jamón! |
||||
|
LORENZO.- (Soñando.) ¡Con jamón! ¡Qué felicidad! |
||||
|
ROSALÍA.- ¡Vamos, aprisa! |
||||
|
MAGDALENA.- Vamos. El pan nuestro de cada día... |
||||
|
CLOTILDE.- ¡Ay, ay, ay! |
||||
|
(Salen las tres. Queda LORENZO solo, envuelto en su manta y en su bufanda. Sonríe inefablemente. Pía el pajarito en su jaula.) |
||||
|
LORENZO.- ¡Je! ¿Has visto? |
||||
|
(Aparece DON JULIÁN hecho una furia.) |
||||
|
DON JULIÁN.- ¿Qué dicen esas mujeres? ¿Es que se han vuelto locas? |
||||
|
LORENZO.- ¡Je! |
||||
|
DON JULIÁN.- ¿Qué les has dicho? Mírame, Lorenzo. |
||||
|
LORENZO.- Yo casi no he dicho nada. Se lo han creído ellas. |
||||
|
DON JULIÁN.- ¡Ah! ¡Pues esto, no! Sería demasiada mentira. Ahora mismo les diré la verdad: que el que se va a morir es el librero. |
||||
|
LORENZO.- ¡No! (Con angustiosa súplica.) Por piedad... ¡No haga usted eso! |
||||
|
DON JULIÁN.- (Abrumadísimo.) Pero Lorenzo: se trata de mi prestigio. Todos van a creer que yo he diagnosticado tu muerte. ¿Y en qué lugar quedo yo si no te mueres antes de un mes? |
||||
|
LORENZO.- Por favor, don Julián, cállese. No diga nada todavía. Déjeme usted pensarlo bien un poco de tiempo. Yo no sabía que los moribundos eran tan felices. Si lo hubiera sabido me hubiera puesto grave muchísimo antes. ¿No me ve usted? En toda mi vida me han mimado tanto como en estos pocos minutos. Me han hecho caricias, me han puesto una manta y me van a dar huevos con jamón, que es mi delirio... |
||||
|
DON JULIÁN.- ¡Lorenzo! |
||||
|
(Aparece PEDRÍN. Se dirige tímido25 a LORENZO, que, enternecido, abre los brazos.) |
||||
|
PEDRÍN.- ¡Tío Lorenzo! |
||||
|
LORENZO.- ¡Pedrín!... |
||||
|
PEDRÍN.- ¿Me perdonas, tío Lorenzo? Yo no tuve la culpa... Además, no sabía. ¿Me perdonas? |
||||
|
LORENZO.- Pedrín, hijo... ¡Je! ¿Lo ve usted, doctor? ¿Lo ve? ¡Si hasta me van a querer! |
||||
|
TELÓN |
||||