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ArribaAbajo- IV -

-¿Quién mierda escribió esta nota?

El vozarrón del doctor Humberto Cardozo, director-propietario del diario La Mañana, retumbó por toda la redacción y apagó súbitamente la sinfonía infernal conformada por el eco de los chismes, el ring de los teléfonos, el bip de los faxes y el tecleteo de las computadoras.

El Oso Rodríguez le dio un mordisco a su eterno y enorme cigarro, mientras su corpulenta humanidad arrancaba chirridos al sillón giratorio. Levantó los ojos del escritorio por encima de sus gruesos anteojos para observar al Gran Patrón parado en la puerta, sacudiendo una y otra vez un ejemplar de la edición del día, abierto en la página quince, donde un enorme dibujo ilustraba lo que sería el eclipse solar. Más abajo había una foto del depuesto dictador en uniforme militar.

-Fue Claudia Villasanti, doctor -respondió el jefe de redacción, sin perder su acostumbrada parsimonia-. Es redactora del Área Social.

-¿Vos estabas enterado del contenido?

Por detrás de las paredes de cristal de su despacho, El Oso vio a toda la redacción pendiente del diálogo. Algo grave debía haber sucedido para que el Gran Patrón se arriesgara a salir de su bunker y exponerse transitar entre los mortales.

-Por supuesto -reconoció-. Yo mismo edité el material. ¿Algún problema?

-Buscá a la chica y traela a mi despacho.

-¿Ahora...? Estoy terminando de armar la página editorial.

-¡Inmediatamente! -exclamó el director, encargándose de remarcar su autoridad.

-Si usted lo ordena, doctor- respondió El Oso, con un tono de humildad que arrastraba un imperceptible acento burlón, mientras le daba otro mordisco a su cigarro. Le gustaba tenerlo en la boca sin encenderlo nunca, como una manera de sobrellevar la prescripción médica que le prohibía fumar.

El doctor Cardozo esbozó una sonrisa incómoda y sus rasgos se suavizaron.

-Por favor... -dijo. Si no lo conociera bien, El Oso hasta hubiera   —44→   creído que se trataba de una súplica.

El director dio media vuelta y cruzó la redacción, respondiendo a algunos saludos de los periodistas. Era alto y delgado, atractivo y seductor. Su pelo canoso y su onda de ejecutivo yuppie lo habían situado entre las diez personas más elegantes del país, según el ranking de la revista TeVeo. Claro que, como decía maliciosamente El Oso, un traje Armani de mil dólares vuelve elegante hasta a un sapo de los esteros.

Claudia lo vio pasar frente a su escritorio y no pudo evitar que se le escapara un suspiro. Se recriminó a sí misma por sucumbir tan fácilmente a la seducción del poder. Particularmente consideraba al empresario un adversario político. El Movimiento «Corazón Verde», un pequeño partido de la izquierda ecologista al cual ella pertenecía, acusaba al doctor Humberto Cardozo, propietario de grandes empresas agropecuarias dedicadas al cultivo y la exportación de soja, de ser uno de los principales responsables de la tala masiva de bosques y la acelerada destrucción del medio ambiente. Sin embargo no podía dejar de reconocer que el Gran Patrón, abanderado del neoliberalismo, había combatido tenazmente a la dictadura desde su diario, hasta el punto de que La Mañana mereció una arbitraria clausura durante tres años, para volver a editarse durante la democracia como el medio periodístico más responsable y pluralista del país. Pero la cuestión que más le angustiaba era otra: «¿Por qué estos capitalistas de mierda, en lugar de parecerse a los cerdos burgueses que ilustran los manuales de marxismo, son tan endiabladamente churros?».

-Dejá lo que estás haciendo y vení conmigo -le ordenó El Oso al pasar cerca de ella. Quiso reclamar, pero ya su jefe caminaba presurosamente hacia el bunker del director y no tuvo más remedio que levantarse y seguirlo.

Entraron a una lujosa sala donde una diosa rubia, de infartante minifalda, escribía a máquina mientras atendía tres teléfonos a la vez. Los interlocutores estaban recibiendo la misma adorable disculpa de que el señor director se encuentra en una importantísima reunión y apenas se desocupe, con muchísimo gusto, le va a devolver personalmente su gentil llamado. Sin dejar de hablar ni escribir un solo segundo, con una sonrisa más ancha que la avenida Mariscal López, les invitó a pasar.

Detrás de la puerta encontraron un despacho tan grande como un salón de baile. La moquet del piso invitaba a tumbarse y dormir sin preocupaciones durante varios días. Un gran mural del pintor Carlos Colombino cubría la pared detrás del escritorio, pero también hubiera   —45→   podido cubrir toda el área sur del Estadio Defensores del Chaco. De la pared del costado emergían más de una docena de monitores de televisión sintonizados en los principales canales del país y del mundo. En unos sillones que parecían sacados de la película «Blade Runner» estaban sentados el Gran Patrón y otro sujeto. Este era un hombre de estatura mediana, fornido y bronceado, de pelo corto, con un llamativo lunar junto la boca. Sus ojos, de color marrón, tenían una mirada dura pero melancólica. Vestía un traje gris claro, de aspecto barato aunque elegante, y parecía estar permanentemente en guardia. Tenía en la mano una carpeta de color azul.

-Pasen, por favor. Siéntense -invitó el doctor Cardozo-. Les presento al señor Martín Olmedo, director de la Agencia «Yacaré SRL, Investigaciones privadas». Usted habrá oído hablar de Jorge Rodríguez, nuestro jefe de redacción.

-Por supuesto -dijo el hombre, extendiendo la diestra-. El Oso es uno de los periodistas a quien más admiro.

-Y ella es...

-Claudia Villasanti, una de nuestras mejores reporteras -dijo El Oso.

-Sientense, ¿un café?

-Gracias.

Antes de que hubieran terminado de acomodarse en los sillones de ciencia-ficción, sin que el director hubiese dado una orden expresa, apareció la diosa de minifalda con una bandeja repleta de humeantes tacitas de café. Las sirvió con una elegancia que ya hubieran envidiado los mejores mozos del Excelsior y se volvió a esfumar detrás de la puerta.

-Esperen un rato, que esta noticia me interesa -dijo el doctor Cardozo y apuntó con un control remoto hacia los televisores.

Las múltiples imágenes se convirtieron en una sola inmensa pantalla fragmentada que abarcaba toda la pared. Una viñeta de la Red Privada de Comunicación dio paso a una edición especial del Noticiero 13 y, acto seguido, apareció el bello rostro de Menchi Barriocanal anunciando una transmisión en vivo desde la zona de Lambaré, donde una multitud de familias sin vivienda habían invadido los verdes y extensos campos del Yatch y Golf Club, territorio exclusivo de los ricachos del país.

La cámara abrió con un paneo de los lujosos veleros anclados junto a la exclusiva playa sobre el río Paraguay y luego efectuó un zoom-out para mostrar el contraste con las precarias carpas de los ocupantes,   —46→   instaladas a pocos metros de la legendaria boite donde los nenes-bien de Asunción acostumbraban reventar la noche. Una muchedumbre harapienta, armada de banderas y pancartas, coreaba cánticos y consignas. Los carteles exhibían provocativas leyendas como «Los chuchis andan de joda y los cachis que se jodan», «No tenemos techo y ellos tienen mansiones hasta para sus helechos», «Nosotros también queremos jugar al gol».

Con voz excitada, un reportero narró los pormenores de la invasión registrada en horas de la madrugada y relató que en ese preciso instante estaban llegando al lugar dos camiones llenos de Cascos Azules, como se denominaba a los efectivos anti-motines de la Policía Especializada de Operaciones (PEO). La cámara enfocó a los uniformados saltando de los vehículos con los fusiles al aire y equipos de guerra, formando rápidamente un cerco alrededor del campamento de los invasores.

Una mujer arrebató el micrófono al reportero y, con gran dramatismo, dijo que el Gobierno colorado iba a ser el responsable directo de lo que allí podía suceder, que ellos iban a resistir hasta la muerte como los héroes de Cerro Corá y que...

El doctor Cardozo oprimió el control remoto y la imagen se fragmentó de nuevo en una docena de señales diferentes. El sonido desapareció, mientras la palabra «mute» titilaba en cada una de las pantallas.

-El país es un caos -comentó-. La situación se está volviendo ingobernable.

Recogió el ejemplar del periódico que estaba sobre la mesita y lo volvió a exhibir en la ya famosa página quince.

-El asunto que nos ocupa es este bendito artículo. Sinceramente, me parece bastante grave y temerario lo que insinúan en el texto. Lo del probable regreso del Tiranosaurio y su insólita vinculación con el tema del payé y el eclipse solar. ¿Cómo se les ocurrió realizar tan disparatada especulación?

-¡Vamos, jefe! -le reprochó El Oso, con su cigarro entre los dientes- Hace rato que la gente de la calle viene diciendo lo mismo. Se hacen bromas y chistes sobre el tema.

-Estoy hablando de responsabilidad periodística. ¿En qué fuentes confiables, en qué datos científicos o técnicos se basaron, para construir una hipótesis como esa?

-El reportaje es bastante simple y concreto -intervino Claudia-. Nos limitamos a reproducir lo que afirman nuestros entrevistados.

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-Sí, claro... Una caterva de embusteros que se hacen pasar por brujos y payeseros -se burló el doctor Cardozo, encarando a la muchacha-. Mi estimada jovencita, permítame recordarle que usted no está escribiendo para el semanario Crónica, ni para la revista Te Veo, sino para el periódico más responsable, objetivo e imparcial del país. Estoy dispuesto a permitir cualquier otra cosa, menos que hagan prensa amarilla en las páginas de La Mañana.

-Jefe... -acotó El Oso, con aire de insolencia- ¿Debo refrescarle la memoria sobre ciertos temas que abordamos por exclusivo encargo suyo?

La mirada que el director dirigió a su jefe de redacción hubiera bastado para pulverizar el Panteón de los Héroes, pero El Oso se limitó a sonreír mientras engullía de un sorbo su taza de café.

-Perdone que interrumpa -dijo el detective-. Pero he leído que uno de estos... eeeh... payeseros, que pronostican el posible regreso del general, vive en un lugar distante de la Frontera Seca con el Brasil.

-Sí, en la colonia Yryvucai -respondió Claudia-. Queda allá por donde el diablo perdió el poncho.

-¿Y cómo hizo para obtener el testimonio?

-La señorita Villasanti viajó hasta el lugar -explicó el Oso.

-Y el personaje este... ¿les dijo cómo se enteró de que el Tiranosaurio podría regresar?

-Claro -afirmó Claudia, con absoluta seriedad-. Lo leyó en el fuego.

-Disculpe. Pero, ¿no le dio alguna fundamentación un poco más sólida? ¿No habló de algún movimiento extraño que haya observado en la zona? ¿Desplazamiento de aviones, hombres armados?

-No. No sé de lo que me está hablando.

-¿Adónde quiere llegar? -preguntó el doctor Cardozo.

-Es llamativo. Las pistas que yo poseo conducen al mismo lugar: Yryvucai.

-¡Oigan, no entiendo nada! -protestó El Oso- ¿Me pueden decir por qué tanta alharaca acerca de una simple especulación periodística? Nadie va a creer realmente de que el Tiranosaurio pueda volver al Paraguay.

-Eso es lo malo -dijo el director-. Nadie lo cree.

-¿Y entonces? ¿Dónde está el problema? Sólo hemos hecho un poco de novela periodística en base a un insistente rumor popular.

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-El problema está en que no es sólo una novela. Lo que ustedes han publicado puede convertirse en una catastrófica realidad.

-¿Qué? -El Oso abrió la boca casi del tamaño de un bache de la avenida Artigas. Su enorme cigarro rodó sobre la moquet.

-Miren -la voz del doctor Cardozo se había vuelto lúgubre-, los que les voy a revelar es estrictamente confidencial. Les pido que no lo repitan bajo ningún sentido, al menos sin mi autorización. Hace aproximadamente un mes vino a visitarme un amigo, dirigente de un partido de oposición, para confiarme un asunto muy delicado. Se había enterado accidentalmente de la existencia de un siniestro plan, desarrollado por sectores de ultra-derecha, para traer de regreso al ex-dictador.

-¡No joda! -exclamó Claudia.

-Fue la misma reacción que tuve al escucharlo. Pero el tipo me mostró un mensaje que había interceptado uno de sus dirigentes de base. Era un papel dirigido a un viejo caudillo de la zona de Curuguaty. En él le comunicaban que la «Operación Fecha Feliz» había sido finalmente decidida y estaba en plena marcha, y que pronto iba a recibir más instrucciones. La firma era simplemente un sello con la figura de un escorpión, estampada con tinta de color amarillo.

-¿Qué significa? -preguntó la muchacha.

-Fue lo que quise saber. Por eso llamé al amigo Olmedo, que ya anteriormente había realizado un trabajo de investigación para mí, con mucha eficacia. Me gustaría que lo escuchen con atención.

En ese momento, El Oso señaló con un gesto hacia los monitores de tevé. Todos se dieron la vuelta a observar. El canal de la RPC estaba transmitiendo en directo el momento en que los cascos azules arremetían contra los manifestantes. No había sonido y las expresiones de terror de las mujeres parecían escenas de una película muda. Explotaban llamaradas blancas sobre las siluetas humanas que corrían hacia cualquier dirección. La imagen se movía como si el camarógrafo estuviera borracho.

-¡Mierda! Esto se pone cada vez más feo -dijo el doctor Cardozo, y le hizo un gesto a Martín.

-La primera vez que tuve noticias del Comando Escorpión Amarillo fue en el 88 -comenzó el detective-, unos seis meses antes del derrocamiento del Tiranosaurio. En esa época yo prestaba servicios en el Cuartel Central de Policía. Una noche, mientras farreábamos en un quilombo de Cuatro Mojones, uno de mis camaradas se emborrachó perdidamente y me empezó a hablar de un grupo de fuerza muy especial,   —49→   altamente especializado y de carácter ultra-secreto, que estaba siendo seleccionado por un coronel de la Inteligencia Militar. Me confesó que a él lo habían reclutado hacía apenas dos meses. Buen sueldo, muchos regalos y sobre todo poder e influencia. Le pregunté si era un cuerpo especial de la policía como la FOPE, formado para reprimir las manifestaciones contra el Gobierno. Me dijo que no, que era un grupo totalmente aparte, bajo directa responsabilidad de unos altos militares y políticos del régimen. Me habló durante casi una hora de la amenaza del comunismo internacional, que estaba a punto de destruir todo lo mejor que habíamos logrado. Alguien tenía que detenerlos me dijo. «Neutralizarlos» fue la palabra. No lo podían hacer ni los canas ni los milicos, debido a la gran presión política internacional. Por eso habían decidido crear el Comando Escorpión Amarillo. Su primer gran trabajo iba a ser el llamado Plan Ene, que consistía en una larga lista de políticos opositores, dirigentes sociales, religiosos, periodistas, artistas e intelectuales, que tenían que ser eliminados en los meses siguientes.

Permaneció callado durante un largo silencio que nadie se atrevió a interrumpir. Le dio un sorbo a su taza de café, antes de proseguir:

-La idea era hacer aparecer los crímenes como si hubieran sido cometidos por un nuevo grupo de terroristas, vinculado a Sendero Luminoso, que supuestamente estaría empezando a operar en el país. Eso también iba a permitir al Gobierno reprimir legalmente a los opositores que no figuraban en la lista del Comando. Era un plan muy arriesgado, cierto, pero los jerarcas estaban desesperados por la descomposición interna del régimen y por la oposición popular cada vez más creciente. El Plan Ene tenía que empezar a ejecutarse el l0 de mayo del 89, día previsto para una gran marcha de protesta nacional. Pero vino el golpe de Estado en febrero y todo se fue a la mierda.

-Me cuesta creerlo -dijo El Oso-. ¿Por qué nunca se supo de la existencia de ese grupo, aun después de la caída de la dictadura? No existe el más mínimo antecedente en el «Archivo del Terror».

-Esa era la estrategia: no dejar antecedentes. Oficialmente, el Comando Escorpión Amarillo nunca existió. Los fondos no provenían del Estado sino de gente de la mafia, del narcotráfico, de los chinos y de organizaciones internacionales de ultraderecha, como la Liga Mundial Anticomunista. Parece que llegaron a reclutar a unos 30 hombres, todos de envidiable estado físico y de escaso intelecto. Se entrenaban en Paraguarí, en un campo de la Artillería. Supe que tenían asesores taiwaneses, ex-mercenarios   —50→   mercenarios de la Triple A argentina y de la Mano Blanca salvadoreña. Les lavaban el cerebro y los capacitaban en artes marciales, técnicas de espionaje y operación de conflictos de baja intensidad. Muchos de los miembros no se conocían entre sí. La clave para sus contactos era un medallón con la figura de un escorpión de color amarillo.

-¿Qué sucedió con el grupo después de golpe? -preguntó Claudia.

-Como a la mayoría, el golpe les tomó completamente de sorpresa. Lo cual es una prueba de que como espías eran unos reverendos inútiles. Ni olieron lo que se estaba cocinando. Después, varios de los jefes y financistas del Comando cayeros presos, otros se fugaron del país con toda la plata y los que se libraron no querían ni acordarse del tema. El grupo se desbandó y nunca más se oyó hablar de él. Hasta que apareció este asunto del mensaje.

-¿Cuál es la vinculación que le ha encontrado usted?

El detective hurgó en la carpeta azul y extrajo algunas hojas mecanografiadas, a las que dio una rápida lectura.

-El mensaje que interceptó el amigo del doctor Cardozo estaba firmado con el mismo sello que usaban los miembros del Comando, Cuando lo vi, empecé a retornar las pistas para ver si el grupo había vuelto a las andadas. Hablé con uno de sus antiguos miembros, que ahora trabaja como guardaespaldas de un político independiente. El tipo me juró por su misma abuela que el Comando estaba extinguido y que a él nunca más lo habían buscado para nada similar. Llegué a creer que todo no pasaba de una broma pesada o una falsa alarma, hasta que, hace una semana, se divulgó la noticia del robacoches brasileño que se baleó con los policías en un bar de Yryvucai. Había algo en el tema que me olía sospechoso. Moví mis contactos en la Policía y así pude averiguar que, en el momento de ser acribillado, el sujeto llevaba al cuello un medallón con la figura de un escorpión amarillo. Además, en su billetera encontraron esta nota.

Les mostró la fotocopia del texto manuscrito. Claudia y El Oso se aproximaron para leerlo con avidez.

-¿Qué significa? -preguntó la muchacha,

-Está muy claro. Ni siquiera es un mensaje cifrado. Dice, en portugués, que todo está combinado para cuando llegue la «Fecha Feliz», en que «el día será noche», obviamente refiriéndose al eclipse. Además, dice, «el cielo arderá en llamas». Es la misma terminología que usaban algunos instructores militares en la Escuela de Policía para anunciar que los aviones de guerra surcarán el firmamento.

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-¡Dios mío, es terrible! -exclamó Claudia- ¡Está todo tan claro! ¡Van a aprovechar el eclipse para traerlo de nuevo! ¡El viejo Ecumenario tenía razón!

-¿La gente del actual Gobierno lo sabe? -preguntó El Oso..

-He intentado llamar la atención de algunos amigos en Palacio -intervino el doctor Cardozo-. Se me rieron en la cara. Los políticos de la oposición también. Todos están tan enfrascados en sus rencillas internas y no se dan cuenta de que el país se acerca cada vez más al borde del precipicio. Me dijeron que era una novela que estaba inventando para vender más el diario. Después de lo que ustedes publicaron, nadie los va a convencer de lo contrario.

El Oso señaló de nuevo hacia la pared de los televisores. La RPC estaba mostrando imágenes de varios manifestantes ensangrentados y heridos, siendo retirados en camillas por un equipo de paramédicos.

-Entiendo que eso es parte del plan -agregó Martín-. Desestabilizar al gobierno, armar quilombo por todas partes, crear una sensación de caos y alarma social para que, cuando llegue el momento, la gente crea que sólo alguien con mano fuerte puede volver a poner un poco de orden.

-Eso ya sucedió en el 54 -dijo El Oso-. Guerras civiles, revoluciones, hambre... Entonces el Tiranosaurio apareció como el hombre providencial que ofrecía paz y seguridad. Al parecer quieren repetir la historia.

-Pero ahora la gente ya no es tan boluda... -opinó Claudia-. Tiene más conciencia democrática.

El doctor Cardozo apuntó con el control remoto a los monitores. Esta vez, la señal del Sistema Nacional de Televisión llenó la pared. Era un informe acerca de los hurgadores de la Laguná Cateura, el principal Vertedero de basuras de la ciudad. Sobre un lúgubre fondo musical de Vangelis, una legión de espectros humanos avanzaba por un horizonte apocalíptico de desperdicios y objetos en ruinas, atravesando nubes de moscas. Vestían harapos y llevaban enormes ganchos en la mano como amenazadoras armas. Dos mujeres se disputaban un trozo de carne podrida que acababan de encontrar en una bolsa.

-Pregúntele a esa gente de qué le sirve la conciencia democrática -dijo Cardozo-. Pregúntele que diferencia encuentra entre un dictador militar, corrupto y paternalista, o un presidente civil que democráticamente los mata de hambre.

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-Y entonces, ¿qué vamos a hacer? -preguntó Claudia.

-Necesitamos pruebas contundentes -dijo con tono enérgico el director. Se levantó del sillón futurista y empezó a caminar por el enorme despacho, gesticulando como si discurseara ante un auditorio-. No me voy a quedar con los brazos cruzados mientras un bando de tránsfugas cavernarios regresan a hacer pedazos todo aquello por lo que tanto hemos peleado. Quiero que ese siniestro plan sea desenmascarado en la portada de La Mañana. Quiero que quede grabado para siempre en la historia el día en que nuestro periódico salvó a la democracia.

-Suena bien -dijo El Oso-, pero ¿cómo lo piensa conseguir?

-Yo tengo una corazonada -intervino Martín-. Todo conduce a ese lugar en la frontera: Yryvucai. El mensaje que tenía el robacoches está dirigido a un tal «Dom Pablo». No puede ser otro que Pablo Ferreira, el todopoderoso comerciante brasiguayo, presumible jefe de los cárteles de Alto Paraná y Canindeyú. Dicen que sus «fazendas» en la zona fronteriza son más grandes que un país. ¿Se acuerdan que, hace algunos meses, La Mañana publicó una serie de notas sobre la existencia de pistas clandestinas de aterrizaje en el medio del monte, en donde estarían llegando los cargamentos de contrabando para Ciudad del Este? Algunos parlamentarios de la Comisión Investigadora de Ilícitos intentaron verificar la denuncia, pero fueron corridos a balazos por una banda de pistoleros. Después intervino la Caballería a realizar una inspección. Informaron que no habían encontrado absolutamente nada.

-¿Cuál es su idea? -insistió El Oso.

-Darme una vueltita por allá. Creo que puedo hallar algo interesante.

-Me parece bien -dijo el doctor Cardozo, recostándose contra el borde de su inmenso escritorio de roble labrado-. Pero quiero que se lleve a varios periodistas y fotógrafos con usted. Y a un buen grupo de agentes de seguridad.

-¡Perfecto! Y mejor si antes de viajar lo anunciamos en una gran conferencia de prensa, ¿eh? Nada que ver. Prefiero ir solo. Es mi forma de trabajar.

-Está bien -aceptó el doctor-. Pero si llega a encontrar algo, quiero fotografías buenas y exclusivas, junto al testimonio escrito de mis mejores periodistas. Debe acompañarlo aunque sea uno de ellos.

-¡Quiero ir yo! -propuso Claudia.

-Jovencita, perdone, pero esto no es un juego -rechazó Cardozo-.   —53→   Prefiero que vaya un profesional. No sé... Saucedo Rodas, Colmán Gutiérrez...

-¡Ja... esos habrán sido muy combativos durante la dictadura, pero ahora se han vuelto más sedentarios que un funcionario público! -se burló la muchacha-. Además, yo ya conozco la zona y puedo conseguir ayuda de la gente.

-¿Vos que creés, Oso...?

-Claudia puede hacer un buen trabajo. Además es su tema, tiene derecho...

-¿Y usted, Olmedo?

-No creo que ese brujo indio de la entrevista se haya enterado de tanto sólo con mirar el fuego. La chica podría ayudar a sacarle más cosas. Pero no me entusiasma mucho cumplir el papel de niñera a esta altura de la vida...

Las mejillas de Claudia se pusieron rojas de indignación.

-Pues sepa que a mí tampoco me atrae en absoluto la idea de viajar con un cana. Desde chica le tengo alergia a la policía.

-Bueno, ya veo que se van a entender de maravillas -dijo con una sonrisa el doctor Cardozo- Prepárense para el viaje. Pídanle al administrador todo lo necesario. Quiero que salgan mañana mismo. Además, lleven un equipo de radio y repórtense cada seis horas a la central. ¡Y por favor, cuídense mucho!

Mientras los demás se levantaban, el director recogió el control remoto y apuntó de nuevo a la pared de los televisores. La RPC mostraba en ese momento a una vociferante multitud de campesinos que bloqueaba una ruta en algún lugar del interior del país.

-Váyanse -ordenó el director, con voz cansada-. Váyanse y traten de hacer algo positivo, antes de que condenen a transmitir el fin del mundo por la televisión.



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Un sol enorme como la deuda externa se asomó en cámara lenta por detrás de las colinas. El horizonte exhibía un color tan irreal que a Claudia le pareció copiado de una película de Spielberg. Tenía la sensación de que en cualquier momento se iban a cruzar con Indiana Jones galopando a contraluz, en busca de alguna reliquia extraviada como los mejores sueños de su adolescencia.

La flamante Toyota 4 x 4 avanzaba hacia el panorámico amanecer por una estrecha cinta de asfalto que parecía suspendida en medio de la verde llanura. Desde la radio Joaquín Sabina cantaba que hay más de cien palabras, más de cien motivos / para no cortarse de un tajo las venas / más de cien pupilas donde vernos vivos / más de cien mentiras que valen la pena.

Ninguno de los dos había dicho gran cosa desde que salieron de Asunción, cuando aún estaba todo oscuro y los perros vagabundos andaban olisqueando restos de basura por las veredas desiertas de la ciudad dormida. El entusiasmo que Claudia había mostrado al abordar la camioneta, cuando Martín la recogió en la puerta de su casa, pronto se fue enfriando ante la parquedad del detective, quien respondía con monosílabos a todos los intentos de la muchacha por iniciar una conversación.

-¿Está enojado por algo en especial, o la cara de culo es parte de la personalidad de los investigadores privados? -le preguntó por fin, cuando los rayos del sol convirtieron en una llamarada su larga cabellera.

Martín la miró con expresión sorprendida. Luego esbozó una sonrisa forzada y regresó la vista al camino. La luz del sol le daba directamente en la cara y le obligaba a arrugar la frente.

-Permítame decirle que su vocabulario es bastante vulgar y chabacano -dijo.

-Encima de cara de culo, moralista -observó la muchacha.

El detective clavó los frenos y el cuerpo de Claudia se deslizó bruscamente hacía el tablero de la camioneta. Martín estacionó en la banquina, apagó el motor y la encaró con seriedad.

-Déjeme decirle algo, muchachita. Esto no es una excursión a las Cataratas del Yguazú, ni usted es mi guía de turismo. Por tanto, no se   —55→   sienta en la obligación de recitarme el decálogo de las relaciones públicas. Es más: le voy a pedir que abra el pico la menor cantidad de veces que le sea posible y deje que yo me encargue de manejar cualquier situación. Usted limítese a registrar lo que le interesa, sin intervenir para nada. ¿Está claro?

La reportera sintió que sus venas se convertían en volcanes a punto de erupción.

-¡Váyase a la mierda! ¿Quién carajo se cree que es para atreverse a darme órdenes? ¡Un maldito cana represor, machista, retrógrado, pyragué, torturador, garrotero...!

-Por favor... si desea insultarme, no se reprima. -dijo Martín y se bajó del vehículo.

-¡Hijo de puta...! ¿Adónde va? ¡No me deje con la palabra en la boca! -gritó Claudia y descendió detrás del detective. Su rostro parecía un tomate a punto de reventar. Buscó al hombre y por un momento le pareció que se había esfumado en el aire. Luego oyó ruidos en la parte posterior de la camioneta y fue a buscarlo. Un camión cargado con bolsas de naranjas pasó por la ruta y el chófer le lanzó un atrevido piropo en guaraní, lo cual acrecentó su furia. Encontró al detective parado frente a los yuyales de la banquina y se acercó hasta ubicarse casi frente a él.

-¡Escúcheme cuando le estoy hablando, desgraciado...!

-Y usted, por lo menos, permítame terminar de orinar. Mire que la puedo salpicar...

Claudia bajó la vista y vio lo que el hombre estaba haciendo, a pocos centímetros de su cuerpo. No pudo evitar sonrojarse y se dio vuelta, fastidiada. Se puso a caminar por la ruta hasta detenerse a unos diez metros frente a la camioneta. Una vaca que estaba acostada en la cuneta se molestó por su presencia y se incorporó con un mugido de protesta.

-¿Entonces...? ¿No está de acuerdo en respetar mis condiciones? -le gritó Martín, quien había regresado hasta la puerta del vehículo.

-¡De ninguna manera!

-¡Pues entonces lo siento mucho! ¡Pediré que vengan a buscarla desde Asunción!

-¿Qué...?

Cuando la periodista quiso reaccionar, ya el detective había puesto en marcha la camioneta y avanzaba en su dirección. La esquivó con un seco golpe de volante y pasó raudamente a su lado.

-¡Espere, mal nacido!

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La chica corrió unos metros detrás, hasta ver que la camioneta se alejaba sin remedio. Súbitamente se sintió sola y perdida en medio de ese vasto horizonte inundado de luz. Un flash de la memoria le trajo una dolorosa imagen, una niña de cinco años con los ojos llorosos caminando por una inmensa plaza llena de personas extrañas que reían y reían sin parar, mientras ella gritaba desconsoladamente mamá... mamá, pero mamá no aparecía por ningún sitio. Entonces, como en aquel lejano y brumoso día, cayó de rodillas sobre el asfalto y, con el rostro hundido entre las manos, empezó a sollozar quedamente. Tardó en darse cuenta de que el vehículo regresaba en marcha atrás, hasta detenerse junto a ella.

-¿Por qué no hacemos un trato? -propuso el detective, abriendo la portezuela. Claudia enjugó sus lágrimas y subió a la cabina sin decir palabra. Cerró la puerta con un golpe seco y la camioneta se puso de nuevo en movimiento.

-Usted es un maricón -dijo la muchacha unos veinte minutos más tarde, pero sus palabras ya no tenían un tinte de furia, sino de resignación.

-¡Vaya! Estamos mejorando con el vocabulario.

-¿Por qué insiste tanto en humillarme?

-Sólo quiero establecer las reglas del juego. Yo ya he participado de este campeonato varias veces y sé como parar los goles. Usted no.

-Entonces, ¿para qué cuernos me trajo?

-Para que me ayude. Pero si insiste en asumir esa actitud, lo único que va a lograr es cagarnos la vida a los dos.

-¡Caramba! Creí que usted nunca decía groserías.

-Puta carajo. Usted me está contagiando.

El detective sonrió y la muchacha lo miró con cierta perplejidad. Se observaron detenidamente a los ojos durante un largo segundo. De pronto, los dos comenzaron a reír.



Se detuvieron a desayunar en el Cruce de Coronel Oviedo. El sol todavía no estaba tan alto, pero el calor empezaba a volverse insoportable. El aire se había inundado de un provocativo olor a chipas recién horneadas, a empanadas y milanesas fritas, a naranjas y mandarinas. Entraron a un parador y se sentaron junto a una ventana que daba hacia la ruta, desde donde podían observar el tráfico de locura que se desarrollaba en la   —57→   rotonda. Los vendedores ambulantes se trepaban a las ventanillas de los colectivos y se disputaban los clientes a gritos y empujones, mientras un grupo de aduaneros e inspectores fiscales simulaban revisar las carrocerías de los camiones que llegaban desde distantes puntos fronterizos.

El comedor estaba casi vacío. Un mozo flaco y despeinado les sirvió enormes platos de bife coyguá con mandioca. Comieron en silencio, disfrutando de las caricias de un ruidoso ventilador de pared que cada treinta segundos les arrojaba una breve ráfaga de aire fresco y hacía volar las servilletas de papel.

Por la puerta de entrada apareció un hombre gordo, vestido con una camisa blanca de mangas cortas y una grotesca corbata púrpura que le colgaba del cuello como una lengua de dinosaurio. Cargaba encima más anillos, pulseras y cadenas de oro de las que se hubieran podido exhibir en las vitrinas de la Joyería Luxor. Se acercó al mostrador y pidió una coca cola. La bebió como si acabara de atravesar todo el Chaco a pie y luego paseó la mirada por el recinto. Se aproximó decidido a la mesa donde estaban la periodista y el detective.

-Buen día, los señores. Veo que se van de viaje, ¿no? -dijo, y se sentó en una de las sillas sin esperar invitación.

-Así es -respondió Martín, con fingida cordialidad.

-Seguramente al Brasil. ¿De paseo o de compras?

-De paseo, pero algo vamos a comprar seguramente.

El hombre dirigió la mirada al exterior, a través de la ventana, como si estuviera profundamente desilusionado de lo que veía.

-Ahora es mucho más difícil. Antes podías traer cualquier cosa y pasabas sin ningún problema, arreglando directamente con los muchachos nomás. Ahora hay que tener contactos únicamente.

-¿Y es muy difícil conseguir esos... contactos? -arriesgó Martín.

-Si hablás con las personas indicadas no hay inconveniente. ¿Piensan traer muchas cosas?

-Bueno... algo para la casa. Y a mí me interesa traer una red de computadoras para una empresa que estoy instalando en Asunción.

-Entonces les recomiendo no entrar por Ciudad del Este, porque allí ahora se está controlando mucho, por culpa de esos periodistas maricones que a cada rato te están pescando para ver si pillan algo. ¡Son una plaga! No te dejan luego trabajar tranquilo. En cambio, si entran por Salto del Guairá les va a ser más fácil, porque allí es frontera seca. Mirá che raá, yo te voy a dar una tarjeta para un socio que trabaja en la Aduana de   —58→   allá y él te arregla todo.

El hombre metió la mano en uno de los bolsillos y extrajo una tarjeta de cartulina blanca impresa con letras doradas que rezaban «Indalecio Esquivel y Asociados, Despachos de Aduana». Había varias direcciones y números de teléfono.

-En fin... -aclaró Martín- no va a ser gran cosa, porque no tenemos mucho efectivo encima.

-E'á, no te preocupes. Te vamos a dar muchas facilidades. Podés pagar financiado, por cuota, con cheque o tarjeta de crédito.

-¿Qué...? -se asombró Claudia-. ¿Se pueden pagar coimas hasta con tarjetas de crédito?

-¡Schssst! -se desesperó el hombre, haciendo señas ala muchacha para que bajara la voz-. No hable así señora, por favor. Digamos que es una contribucioncita nomás para los muchachos. Este pues es el país de los amigos. El Paraguay es tan chiquito que casi somos todos parientes. Y en familia pues no nos vamos a joder. Tenemos que ayudarnos todos. ¿No le parece?

El mozo se acercó a ver si necesitaban algo y enseguida volvió a retirarse. Martín miró a la calle. Vio que el chófer de un colectivo internacional que llegaba de Sao Paulo le pasaba un sobre a través de la ventanilla a un oficial vestido con uniforme verde olivo. El militar observó a los costados, agarró el sobre y lo hizo desaparecer bajo la ropa con una destreza que hubiera hecho empalidecer al mago Nizugan.

-Quizás usted pueda ayudarme -dijo el detective en voz baja, aproximándose al despachante-. Tengo unos amigos que están interesados en adquirir una mercadería muy delicada...

-Mi amigo, aquí ningo no hay cosa que no se pueda conseguir -respondió el hombre, inflando el pecho con gesto de orgullo-. ¿De qué se trata?

Ocultando la mano entre el cuerpo y el mantel, el detective le hizo el gesto de disparar el gatillo de un arma. El despachante puso cara seria.

-Eso es más complicado -observó-. ¿De qué tipo?

-De guerra.

-A la pucha -el hombre se rascó la cabeza, preocupado-. Eso es bien jodido. ¿Como para qué pico querés?

-Usted mismo lo dijo. Las cosas ya no son como antes. Somos muchos los que queremos recuperar la tranquilidad perdida.

El despachante miró fijamente al detective, calculando si podía   —59→   confiar en él. Martín le sostuvo la mirada, Finalmente el hombre asintió con la cabeza.

-Bueno... si es para eso. Mirá, yo no quiero que me comprometas. Yo no sé nada. Pero algo escuché de un tipo que se encarga de esas cosas. Si pasás por la colonia Yryvucai, en Canindeyú, andate al Hotel Lapacho Hilton. Preguntá por un tal Chico Tarová. Es un brasileño medio paraguayo. A lo mejor él te puede ayudar. Pero no te vayas a olvidar: yo no sé nada, no te dije nada, ¿eh? Nadaité luego.

-Tranquilo. No se vaya a preocupar.

-Al pelo entonces. Y ahora discúlpenme, pero tengo que volver al laburo. Imagínense, estar allí en la ruta todo el día, parado bajo el sol, con este calor de mierda. Pero qué le vamos a hacer chamigo, hay que sacrificarse manté por la patria.

El hombre se incorporó con dificultad de la silla y caminó sin muchas ganas hacia la salida, como quien se dirige a cumplir una condena inevitable. Martín apartó el plato que tenía delante de él y encaró a su acompañante.

-Tenemos que seguir viaje. ¿No vas a terminar tu desayuno?

-No -dijo Claudia-. Siento que me va a dar una terrible indigestión.



Eran como las diez de la mañana cuando llegaron a Carayaó, un pequeño pueblito sobre la Ruta Tres, en los límites del Departamento de Caaguazú. Les llamó la atención la gran cantidad de gente que se movilizaba por las calles. Había más concurrencia que en una fiesta patronal.

Martín detuvo la camioneta junto a un grupo de jóvenes que estaban tomando tereré bajo la sombra de un enorme curupica'y. Les saludó en guaraní y preguntó qué diablos estaba sucediendo.

-Los campesinos van a cerrar otra vez la ruta dentro de media hora -contestó un morocho flaquito que vestía una camiseta del club Cerro Porteño.

-¿Y qué es lo que van a pedir en esta ocasión? -quiso saber Claudia.

-La verdad que no sé. Tienen una lista tan larga de reclamos, que hasta ellos mismos ya se olvidan o se confunden.

  —60→  

-¿Ustedes están con ellos?

-¡No, nde bárbaro! La vez anterior tratamos de ayudarles, sólo para divertimos un poco, pero ligamos una garroteada tan fenomenal que hasta ahora me están doliendo los huesos. Hoy vamos a mirar desde bien lejitos nomás.

Martín les agradeció con un gesto de saludo y condujo la camioneta hacia un local que exhibía el logotipo de Bremen Chopp y decía en letras toscas «Bar Pención Restaurante El Rei. Mesa de villar. Juego electrónicos. Anexo Despensa, Carnisería y Farmacia». Era una construcción de madera, de grandes corredores al frente, en donde numerosos parroquianos estaban sentados en mesas rústicas, enfrascados en una feroz competencia de quién vaciaba mayor cantidad de botellas de cerveza. Adentro, niños descalzos y harapientos se divertían jugando con una máquina de Nintendo, convencidos de estar peleando en una nave espacial atacada por feroces alienígenas.

-¿Qué vamos a hacer? -preguntó Claudia-. ¿No deberíamos seguir viaje antes de que se cierre la ruta?

-Por el contrario -dijo Martín-. Vamos a quedarnos un rato a disfrutar del espectáculo. A lo mejor encontramos algo interesante.

-Me impresiona mucho su método científico de investigación. Todo es «a lo mejor», «por si acaso», «a ver que pasa».

Martín le dedicó una sonrisa complaciente y estacionó la camioneta a un costado del bar y sus anexos. Descendieron y empezaron a caminar. Un viento cálido barría las calles y jugaba con las faldas de las mujeres. Vieron que una muchedumbre entusiasta se iba juntando en la plaza, cerca de la Iglesia, donde un panchero afortunado remataba latas de cerveza y gaseosa. A su lado, un rubio flaco manipulaba una chillona radiograbadora, desde donde Los Fantasmas del Caribe desentonaban la versión pirata de «Caramelo».

Al otro lado de la ruta, en el patio de la Comisaría, estaba el campamento de los Cascos Azules. Achicharrados bajo sus pesados uniformes, contemplando la muralla humana que iba creciendo amenazadoramente en la distancia, los muchachos de la Policía Especializada de Operaciones parecían más que nerviosos. Entre los que dirigían el operativo, Martín encontró a un viejo conocido suyo, el comisario Custodio Bogarín. Lo había visto por última vez hacía unos siete años, durante un «interrogatorio» en Investigaciones. En esa época llevaba sombrero tejano a lo Charles Bronson y un teyu ruguai en la mano   —61→   derecha. Ahora vestía el «democracy look»: saco y corbata, con un walkie-talkie prendido a la oreja.

Se alegró de ver al detective. Martín presentó a Claudia como su asistente y el comisario le dedicó un piropo sin muchas ganas. Parecía abrumado por lo que podía suceder en las próximas horas, como si estuviera a punto de librar una batalla que sabía perdida de antemano.

-No entiendo a los políticos -les dijo, en tono de confidencia-. Antes nos daban medallas por freírle las pelotas a sus contrarios. Ahora les acariciamos apenas con unas balitas de goma y ya piden nuestras cabezas...

-¿Extrañás mucho la época anterior? -le preguntó Martín.

-Al principio me costó acostumbrarme. No podía dormir por las noches. Cerraba los ojos y veía a montones de tipos barbudos en camiseta que me rodeaban y se reían de mí. Me arrojaban libros... ¡montañas de libros! Yo me despertaba gritando, todo sudado. ¡Era terrible! Entonces un socio abogado, que es bastante leído en estos asuntos, me recomendó que me fuera a ver a un amigo suyo que era sicólogo. Él me ayudó a entender lo que me pasaba. Me explicó que eran proyecciones del subconsciente, crisis de adaptación y necesidades insatisfechas. Desde entonces me sicoanalizo una vez por semana y todo ha mejorado.

-¿Pudiste superar todos tus traumas?

-A veces siento que me pica un poco la mano, pero se me pasa después de jugar un rato con el encendedor de la cocina y el perro del vecino. Hay que adaptarse a los nuevos tiempos, Martín.

Desde la calle, varios campesinos se acercaron a llevarse el viejo tronco de timbó que los soldaditos usaban como asiento frente a la Comisaría. El oficial de guardia trató de prohibirlo, pero una de las mujeres que venía en el grupo le respondió que lo necesitaban para bloquear la ruta. El oficial insistió y varias mujeres lo corrieron a sombrillazos, gritándole «represor, represor».

Custodio hizo una mueca de fastidio. Martín comentó que en la época del Tira no sucedían esas cosas y le preguntó al comisario si él había conocido particularmente al general.

-El pasado está pisado, Martín. Ahora vivimos en democracia. Tenemos que predicar la unidad y la concordia entre los paraguayos, mirar hacia el futuro sin volver la vista atrás, con optimismo y esperanza.

-Hay quienes quieren traerlo de vuelta.

-Bueno, a decir verdad... Lecayá no permitiría nunca que suceda   —62→   todo este quilombo. Aquí hace falta alguien que ponga un poco de mano dura. Los bolches se nos están subiendo todos encima de la cabeza.

-¿Sabés algo de los ex-guerrilleros centroamericanos que, según el ministro del Interior, se están infiltrando en estas manifestaciones de bloqueo de las rutas?

-¡Los tenemos completamente detectados! -se entusiasmó-. Se hacen pasar por seminaristas y están repartiendo material subversivo entre los campesinos. Mirá lo que agarró un informante nuestro durante una reunión en el patio de la Iglesia...

Sacó del bolsillo un paquetito de papel diario primorosamente envuelto. En el interior había una cartulina impresa, del tamaño de una postal.

-Tiene la foto de un barbudo guerrillero castrista -describió-. Y al otro lado un poema subversivo, incitando a la rebelión de las masas. ¡Esta vez les agarramos!

Se lo pasó al detective y se quedó mirándolo como un niño que acaba de realizar una buena acción y espera que lo premien con un chupetín. Martín sintió mucho tener que desilusionarlo:

-Es la foto del actor Robert Powel, interpretando a Jesucristo en la película de Zeffirelli. Y lo que está escrito al otro lado es el «Magnificat», la oración de la Virgen María durante la Anunciación. Está en la Biblia.

-¿Eh...? -el comisario se puso amarillo-. Bueno... pero... a lo mejor está todo cambiado. Mirá que dice que van a echar a los ricos de su trono y van a poner en su lugar a los humildes. Eso es lucha de clases. Marxismo puro...

-Pero es textual. Asimismo dice el Evangelio.

-No te vayas a dejar engañar, Martín. Estos tipos son unos jodidos. De Rusia los echaron a patadas y ahora vienen aquí a jodernos las pelotas. Quieren crear gua'u una guerrilla como en Chispas, en el Perú.

-Chiapas. Se dice Chiapas. Y no es en el Perú, sino en México.

-Igual nomás nosotros les vamos a cortar las alas a estos gallitos. Para eso luego nos estamos modernizando. Vengan, les voy a mostrar la última tecnología que nos acaban de mandar los yanquis.

Los llevó hasta el corredor de la Comisaría, donde había un enorme bulto cubierto con una lona negra. Al fondo, otro grupo de campesinos se aproximaba buscando materiales para la barrera. Custodio quitó la lona y, con un gesto de orgullo, descubrió una estrafalaria combinación de lavarropas y cortadora de césped.

  —63→  

-¡Aquí lo tienen! Lo llamamos «el amansador de los revoltosos». Arroja cien granadas de gas lacrimógeno por minuto, tira chorros de agua a cinco kilómetros de distancia y emite gruñidos que le harían parar los pelos al mismísimo pombero. ¡Los campesinos van a correr de susto cuando lo vean!

-La verdad, parece bastante estrambótico -comentó Claudia.

-Su eficacia está científicamente comprobada. La policía de Los Angeles ya lo probó con los negros. ¡Ni se le acercan!

-¿Y estás seguro que los campesinos paraguayos le van a tener miedo? -preguntó Martín.

-Ya vas a ver...

-¿Cien por ciento seguro?

-Claro, chamigo... ¿por qué pio dudás?

-Porque allí veo que unos campesinos se están llevando tu máquina para usarla en el bloqueo de la ruta.

Cuando se repuso del asombro y se dio vuelta a mirar, el grupo ya se alejaba arrastrando el pesado engendro, dejando un surco blanco sobre el pavimento. Custodio corrió hacia el patio, tratando de movilizar a sus hombres, pero todos parecían muy ocupados peleándose por la única jarra de tereré.

Allí ya no había nada que hacer. Claudia y Martín salieron al sol y caminaron lentamente por el borde de la ruta hacia la barrera que estaban construyendo los campesinos. Iban riéndose y no se dieron cuenta de que una enorme Montero roja se les venía encima. El detective apenas tuvo una fracción de segundo para empujar a la muchacha y saltar a un costado. La camioneta se detuvo con un espantoso chirrido y un fuerte olor a goma quemada. La ventanilla polarizada descendió con un suave zumbido hidráulico, despidiendo una refrescante ráfaga de aire climatizado, y asomó el rostro de un hombre gordo, fresco como una lechuga y vestido con un elegante traje azul, escondido tras unos anteojos más oscuros que la conciencia de Cururu Piré. Tenía la mano izquierda sobre el volante, mientras con la derecha sostenía un teléfono celular.

-¡Te digo que hay que votar por el subsidio...! ¡Esperáme un rato...! -le ordenó al teléfono. Y luego, mirándolos con rabia: -¿Están locos? ¿Por qué no se fijan por donde caminan? ¡Casi me mato por culpa de ustedes!

-Si usted se ocupara de manejar en lugar de hablar por teléfono, sería más fácil.

  —64→  

-Pero... ¡vos sos Martín... Martín Yacaré!

Se quitó los anteojos y entonces Martín pudo reconocerlo. Había engordado varios kilos desde la última vez que lo había visto, cuando le tocó realizar algunos trabajos para el estudio jurídico que tenía con otros abogados. Después supo que había sido electo diputado en una lista de la oposición.

-Se lo ve saludable, doctor Fattelli. ¿Qué hace en este lugar perdido?

-Soy miembro de la comisión parlamentaria para mediar en el conflicto agrario. ¿Me esperás un cachito? Estoy hablando con Asunción. ¡Hola...! ¿Angelito? ¿Ya van a votar?

Mientras sostenía el teléfono, con la mano libre abrió una computadora portátil sobre el tablero de la camioneta. Un complejo y colorido gráfico, parecido al de un tablero de ajedrez tridimensional, se pintó en la pantalla de cristal líquido.

-Ya lo tengo, Angelito. Vamos ganando por seis votos de diferencia. Para asegurar, conseguí también el voto del diputado Morfatti. Recordale el tema de las estancias y va a agarrar viaje. ¡Te llamo de nuevo!

Apagó el celular, cerró la computadora y les dedicó una sonrisa de hielo.

-Eso es lo que yo llamaría «política vía satélite» -comentó el detective.

-Hay que saber usar la tecnología, Martín. Ya ves: en este preciso momento se está llevando a cabo una votación muy importante en el Congreso sobre una ley de privatización de empresas públicas y no podemos darnos el lujo de perder. Hay demasiados intereses por detrás. ¡Pero eso no nos impide estar aquí, solidarizándonos con la suerte de nuestros hermanos del campo!

-¿Y ya tienen alguna propuesta de solución para las demandas campesinas? -preguntó Claudia.

-Propuestas hay muchas. Pero aquí, entre nos... ¿a quién le interesa que haya solución? Mientras los campesinos sigan armando quilombo, se jode el gobierno y gana puntos la oposición.

-Pero... ¿no les preocupa el sufrimiento de las familias sin tierra?

-Claro que sí... ¡Nos preocupa mucho! Pero no crean todo lo que dicen. ¡Muchos están protestando sólo por influencias izquierdistas!

-Quizás también tengan hambre... -dijo Martín.

  —65→  

-Todos tenemos hambre alguna vez. Y no por eso nos ponernos a cerrar las rutas. Bueno... los veré más tarde. El deber me llama. ¡Au revoir!

Se calzó los anteojos, levantó el vidrio y condujo la camioneta hasta cerca de la multitud. Cuando bajó, saludando con una mano en alto, se oyeron algunos aplausos.

-¿Tenés tu credencial de periodista? -le preguntó Martín a la muchacha.

-Sí. ¿Por...?

-Colgátela en un lugar visible. Vamos a meternos entre la gente.

Se aproximaron a la muchedumbre congregada al costado de la ruta. En un sector, sobre la banquina, estaban amontonados los elementos que iban a utilizarse para el bloqueo: piedras, troncos, tambores, cubiertas, chatarra, incluyendo la extraña máquina de la policía. Lenguas de fuego brotaban del asfalto. Había varios periodistas con grabadoras, walkies y cámaras de televisión. Martín se fijó a ver si encontraba a alguien que respondiera a la descripción del comisario, pero no halló ni rastro de los «rojos». A no ser por los ojos de algunos campesinos que salían de un bar y no podían hallar la tierra firme.

Un viejo agricultor se paró sobre un tronco y empezó un encendido discurso en guaraní. Habló del hambre y la miseria que golpeaba duramente a las familias del campo. Dijo que los campesinos eran la mayoría de la población, los que mantenían. la economía del país, los que mandaban a sus hijos al cuartel y daban de comer a los poguasu de la ciudad, los que ponían los muertos en las guerras y las revoluciones, los que desde el principio de los tiempos seguían siendo los eternos postergados, los siempre engañados por las promesas incumplidas de los políticos. Nos piden un poquito más de paciencia, dijo. Nos dicen que mañana se van a solucionar todos nuestros problemas como por arte de magia, pero no se dan cuenta de que hace más de un siglo que les venimos teniendo paciencia. Ya estamos cansados de tener paciencia, dijo. Ya no queremos esperar más. Por eso hoy vamos a cerrar esta ruta, para empezar a abrir el nuevo camino, dijo, y la multitud estalló en una larga y cerrada sinfonía de gritos y aplausos.

Había honda emoción en los rostros curtidos. Algunas mujeres, con racimos de niños en los brazos, tenían los ojos humedecidos. A poca distancia, los Cascos Azules se acercaban amenazadoramente, en cerrada formación, blandiendo sus escudos, fusiles y cachiporras.

-Disculpe.. ¿de qué diario son ustedes? -preguntó una voz a sus   —66→   espaldas.

Claudia y Martín se dieron la vuelta y se encontraron con un hombre delgado, con ojos de ratón y barba de varios días. Vestía un jeans de buena marca, camisa a rayas, un sombrero pirí con los colores del Club Olimpia y la inscripción «Recuerdo de Caacupé». Llevaba un bolso indígena colgado en bandolera. Tenía un acento medio aporteñado y parecía tan campesino como Tom Cruise.

-Somos del diario La Mañana -respondió Claudia.

-¡Qué bien! Yo soy Esculapio Ramírez, dirigente de la ocupación «Lo mitá nibaé». Por si quieren hacerme una entrevista.

-Sí, claro. -dijo la muchacha- ¿Cuál es el objetivo de cerrar las rutas?

-Pues, no dejar pasar a los vehículos.

-Hablo del objetivo político.

-Bueno... Usted sabe que la macro economía refleja una crisis coyuntural, producto de las salvajes políticas neo-liberales impuestas por el imperialismo, que golpean duramente al proletariado agrícola.

-¿Usted cree que los políticos pueden ayudar a encontrar alguna solución?

-Bueno, sí... algunos podrían servirnos de gran ayuda. Usted sabe, con los brasileños llevándose nuestros bosques, cada vez es más difícil encontrar troncos para usar como barrera.

-Perdón, ¿usted a qué se dedica?

-Soy campesino sin tierra.

-Esa no es una profesión.

-Cuando no hay trabajo, sí.

-¿Usted ha cultivado alguna vez la tierra?

-¡Por supuesto! Tengo las manos lastimadas de estar arrancando capullos de algodón bajo el frío viento sur.

-Pero... ¡el algodón se cosecha en el verano!

-¿Ah sí? Es que... nosotros plantamos una variedad «inverní».

La chica iba a contestarle algo, pero un campesino se acercó al grupo y dijo que tenía que hablar con urgencia con el entrevistado. Esculapio les pidió disculpas y se alejaron unos pasos. Escucharon que el otro les decía que lo había pensado mejor y le iba a vender su «derechera» porque alguien había «pillado» la propiedad de un alemán hacia Curuguaty y se irían para allá esa misma noche. Esculapio metió la mano en el bolso, sacó una chequera y escribió sobre la espalda del campesino.

  —67→  

Después arrancó el cheque y se lo pasó al otro, quien se alejó radiante hacia el bar que quedaba al otro lado de la carretera.

-Tengo mucha sed -dijo Claudia-. ¿Podríamos tomar una gaseosa?

Se acercaron al panchero que estaba cargando nuevas latitas de cerveza en su conservadora. En ese momento, escucharon que el rubio flaco de la grabadora le decía «oye chico, pásame otra birra» con un fuerte acento tropical. Martín pensó que había encontrado a uno de los cubanos castristas que con tanta insistencia buscaba el ministro del Interior. Distraídamente le preguntó si no se habían conocido en un bar de La Habana y el otro, con voz de García Márquez, le respondió:

-Jamás anduve por allá, compadre. Soy colombiano, para servirte.

-¿Y qué haces por estos parajes tan lejanos?

-Tengo una discoteca de música tropical. Cachaca, como le dicen ustedes. A la noche, después de cada bloqueo de ruta hacemos un gran baile. ¡Ni te imaginas el éxito! ¡Todo muy chévere, compadre!

En seguida, mientras terminaban de beber una coca cola, les hizo escuchar «la última primicia» que le había llegado desde Colombia. Era una canción de Los Marcianos del Trópico y hablaba de que las rutas del corazón / sólo se cierran con la pasión / por eso te canto esta canción / pues sólo tú eres mi ilusión.

-Vamos -le dijo Martín a la muchacha-. Esto ha llegado al límite.

Se despidieron del colombiano, subieron a la camioneta y lograron pasar justo en el momento en que los campesinos se acercaban a cerrar la barrera.

A través del retrovisor, Martín observó que los Cascos Azules acariciaban con impaciencia sus fusiles y cachiporras.



  —68→  

ArribaAbajo- VI -

Se cruzaron con hombres tristes de piel áspera como piedra. Mujeres sin edad con bebés dormidos en los brazos. Niños escuálidos de barriga hinchada que se divertían arrojando ramas de arbustos al paso de la camioneta.

Las escenas iban brotando al costado de la carretera como repetidas estaciones de un interminable vía crucis. En medio de la polvareda, Serrat se quejaba suavecito del dinero, dinero / dinero vil metal mensajes de amor de curso legal.

Pasaron por pueblos extraviados en algún recodo del tiempo. Ranchos tapizados de polvo y soledad. Lentos y pesados camiones de carga que se iban llevando el monte, sin prisa y sin pausa, árbol por árbol. Bucólicos troperos arreando rebaños de ganado en animadas expediciones hacia los frigoríficos brasileños.

A ratos el viento levantaba remolinos de tierra color sangre contra el parabrisas. Martín luchaba con el volante para que las ruedas del vehículo no cayeran en las profundas grietas del camino.

Divisaron bosques en llamas. Desiertos de carbón detrás del humo y la bruma. Restos de árboles agonizantes que extendían sus muñones hacia el cielo. Fantasmas haraposos que marchaban hacia ninguna parte en medio de los troncos calcinados.

-Parecen secuencias de la película «Apocalipsis Now» -comentó Claudia.

-Sin embargo, no es obra de Ford-Coppola, sino de las multinacionales brasileñas -respondió Martín-. No se trata de una película. Son los montes de Canindeyú en su agonía final. La imagen real de un país devorado por su propia ilusión de desarrollo.

-Y pensar que los tecnócratas del Gobierno hablan de esta zona como una tierra de promisión...

-Pudo haberla sido. Hace poco más de una década, todo el Departamento de Canindeyú era un paraíso ecológico, un vergel casi intocable que albergaba las últimas reservas de montes vírgenes en la Región Oriental. En esa época corría la leyenda de que se iba a construir una enorme represa hidroeléctrica en la zona de los Saltos del Guairá,   —69→   donde estaban algunas de las más bellas cascadas del mundo. Fue el «sueño de la frontera», que atrajo a todo tipo de gente: desde humildes labradores que dejaron el pellejo en medio del monte, hasta legiones de inmigrantes brasileños, ávidos comerciantes, autoridades corruptas y aventureros inescrupulosos. Al final, la hidroeléctrica se construyó a cientos de kilómetros más abajo, en Itaipú, y las aguas represadas ahogaron totalmente las hermosas cascadas. El sueño se convirtió en pesadilla, dejando un territorio desbastado por las topadoras y por la corrupción fronteriza, con un alto índice de colonización cultural brasileña y una creciente espiral de violencia. Lo irónico es que muchos de los pobladores de Canindeyú hasta hoy ni siquiera conocen la luz eléctrica.

Con la mano derecha, Martín abrió la guantera y extrajo una cantimplora. Desenroscó la tapa y bebió un largo sorbo de algo que olía fuertemente a alcohol. Se la ofreció a la muchacha, quien negó con un gesto.

-Para ser un policía sabés muchas cosas y tenés una visión muy crítica de la realidad.

-Desde chico me gustó leer. Me devoraba las novelas de Agatha Christie y Conan Doyle. Soñaba con ser Sherlock Holmes o el inspector Poirot para salir a las calles a imponer justicia y castigar a los criminales. Después, cuando ya la Escuela de Policía se había encargado de convertir en puré todos mis huesos y mis mejores ideales, cayó en mis manos una novela escrita por un tal Raymond Chandler. Contaba la historia de un detective cínico y camorrero que en lugar de resolver sus casos con la inteligencia deductiva prefería abrirse paso hasta la verdad a fuerza de trompadas y borracheras. Philip Marlowe me ayudó a entender que los peores criminales no siempre son los marginales siniestros que te asaltan en una esquina, sino los tipos de refinada elegancia que visten uniforme o se sientan en lujosas oficinas.

¿Es cierto que te echaron de la Policía por lo de la huelga?

El detective la miró con una sonrisa intrigada, mientras hacía un esfuerzo por mantener la dirección firme y beber otro sorbo de la cantimplora.

-¿Me estás haciendo una entrevista para el diario?

-No, carajo. Pero si vamos a andar juntos unos cuantos días tenemos que empezar a conocernos.

-Lo de la huelga fue sólo una excusa. Ya me tenían marcado desde mucho antes, en la época de la dictadura, cuando me negué a participar   —70→   en una garroteada contra los manifestantes de Clínicas.

-Siempre quise saber qué cosas pasan por la cabeza de un cana cuando está golpeando a un tipo que pudo haber sido su compañero de juegos en la escuela.

Martín se estremeció.

Sintió que una voz le hablaba desde el fondo de sus recuerdos.

¿Te acordás?, le dijo la voz.

Una potente luz te hiere los ojos.

Volutas de humo bailan en el haz del reflector.

Olor a mierda, a cigarrillos, a agua podrida, a miedo y sudor.

¿Te acordás?

Música estridente, a todo volumen.

La felicidad, de Palito Ortega, una canción que vas a odiar durante el resto de tu vida.

¿Te acordás, Martín?

Risas, jadeos roncos, maldiciones.

Y, puta... esos gritos.

Esos tétricos, terribles, desesperados gritos que retumban por todo el recinto.

Esos gritos que nunca dejarán de perturbarte el sueño.

Fantasmas hinchapelotas que te van a perseguir para siempre, vayas adonde vayas, hagas lo que hagas.

No hay manera de huir.

No hay manera de olvidar.

No...

Se secó el sudor con la manga de la camisa y se bebió de un trago todo el contenido de la cantimplora. Los ojos se le pusieron brillosos.

Intentó explicar.

-Primero te convencen de que el tipo ese es un hijo de puta y que se lo tiene bien merecido. Vos solo estás cumpliendo con tu deber. Hasta que un día sentís que algo viscoso se te ha pegado en las manos, y no se te sale de la piel. Por más que te laves, y friegues, y friegues... con agua, con jabón de coco, con lavandina, con gasoil, con ácido... no se te sale nunca de la piel. Y entonces te mirás al espejo y descubrís que en realidad el hijo de puta sos vos.

Claudia percibió que la voz del detective se quebraba, pero no dijo nada.

Un guasu virá emergió sorpresivamente en la carretera. Miró con   —71→   curiosidad hacia el vehículo y lo desafió a perseguirlo en una veloz carrera que se prolongó durante varios metros, hasta que el animal pareció aburrirse. Entonces, con un ágil y elegante salto, desapareció en medio de la espesura.



Un gran cartel de madera, a la entrada del centro poblado, decía «Bienvenidos a Yryvucai, tierra de paz y progreso». Pero el espíritu del letrero se desmentía automáticamente con los enormes agujeros de bala que cubrían toda su superficie. Traspasadas por la luz diáfana del atardecer, las huellas de las ráfagas proyectaban una imagen tan hospitalaria como una postal del castillo de Drácula.

Dos senderos de tierra desnivelada, separados por un corralón lleno de yuyos, fingían ser la avenida principal. A los costados se veían edificios chatos de ladrillo y cemento, casas de madera sin pintar, galpones y cobertizos con letreros que anunciaban bares, churrascarías, tiendas, almacenes de venta al por mayor y menor. En un terreno baldío estaba instalada una enorme y colorida carpa, parecida a la de un circo. Un altavoz ubicado en la cúspide pregonaba con voz chillona y atropellada que ¡Jeeesús es la única salvación para los espíritus corrompidos por los pecados de este mundo arrepiéntete hermano pecador salva tu alma no faltes esta noche al gran culto de la Iglesia Los Elegidos de Dios en la extraordinaria Carpa de la Fe habrá ceremonia de sanación divina con la presencia del gran predicador Aloisio Junqueira llegado directamente desde Corumbá Mato Grosso do Sul y recuerda que el sábado próximo tendremos una gran feijoada gratis para todas las familiaaaas...!

Martín detuvo la camioneta en una esquina, indeciso.

Un niño de piel oscura se acercó corriendo, mientras apuntaba a la rueda derecha delantera de la camioneta.

-¡Señor, señor...! ¡Epytá un poquiño, porque amaliciá o ye furá la nde peneu!

-¿Qué dice el mitaí? -preguntó Claudia.

-Parece que tenemos una rueda pinchada.

-No lo entiendo, ¿en qué idioma habla?

-Es el «portuguarañol». La lengua de los brasiguayos. Una jeringonza producida por la mezcla arbitraria del portugués, el guaraní y   —72→   el español.

-Carajo. No lo puedo creer.

El detective descendió del vehículo y se acercó a verificar. La cubierta estaba bastante desinflada, pero aún podía resistir unas cuantas cuadras. Preguntó dónde podían arreglarla.

-Hay una borracharía amoité, frente al buteco -explicó el niño, mostrando un punto distante al final de la calle.

-¿Y el hotel Lapacho Hilton, dónde queda?

-Apeté nomás, al dar uma volta a la cuadra.

Martín extrajo su billetera y le pasó un billete de mil guaraníes. El chico lo aferró con cierto temor y miró el retrato del Mariscal López como si le pudiera contagiar alguna peste.

-¿No tenés diñeiro de verdad? -preguntó.

-Claro que es de verdad. Es dinero paraguayo, legal.

-No, coape ninguéin quiere. Tein que ser cruzado o real. Plata de Brasiu.

-De acuerdo. Más tarde, cuando cambie te lo voy a dar. ¿Cómo te llamás?

-Altair Gómez.

-¿Sos brasilero o paraguayo?

-No sé. Mi pai es brasilero. Mi mai catu paraguaya.

-Está bien, Altair. Nos veremos más tarde.

El detective subió a la camioneta y manejó hacia la dirección indicada. Era un galpón colmado de chatarra y herramientas, donde dormían restos de autos y camiones del siglo pasado. Un negro musculoso y casi sin dientes los recibió con amabilidad y les prometió que les llevaría el vehículo al hotel en una hora. Después le pidió a un adolescente con uniforme colegial que los acompañara caminando hasta el Lapacho Hilton.

El sol acababa de ocultarse detrás de los montes y las edificaciones iban cobrando un contorno cada vez más difuso. Claudia se fijó en que había postes con cables de electricidad y faroles en las esquinas, pero ninguno estaba encendido. Tampoco se prendían los focos y fluorescentes adheridos a las paredes de las casas. A través de algunas puertas vio que los pobladores se iluminaban con lámparas a gas, faroles a querosene y enormes velas.

-¿Está cortada la luz eléctrica? -preguntó.

-La instalación se inauguró hace más de un año, un poco antes de   —73→   las elecciones -explicó el muchacho-. Vino el ministro de Obras Públicas con el candidato del partido y se hizo una gran fiesta. Dijeron que una semana después se iba a conectar, pero hasta hoy no pasa nada. Nuestras autoridades se van cada mes a Asunción y siempre les prometen «dentro de poquito». La heladera que compramos en mi casa ya tiene todo telarañas.

-Pero, aquí a dos cuadras hay luz eléctrica -observó Martín.

-Los que viven sobre la divisoria internacional tienen luz que viene del Brasil, pero no se puede meter en territorio paraguayo. Algunos enchufan nomás los cables en forma pirata y estiran hacia acá, pero tienen que desconectar cada vez que vienen los inspectores de la Eletrobrás a controlar.

-¿Quiere decir que en el Hotel tampoco hay luz eléctrica? -consultó Claudia, con inquietud.

-Tenían un generador propio, pero explotó hace un mes cuando dos borrachos intentaron conectar un proyector de películas porno durante una farra y se electrocutaron. Desde entonces no se pudo arreglar más. Si quieren comodidad, es mejor que pasen al lado brasileño, en la ciudad de Amizade. Allí van a encontrar todo más mejor.

-¿Y por qué no hacemos eso? -se entusiasmó la chica, encarando al detective.

-No. Ya lo hemos discutido -respondió Martín, con firmeza. Esta noche nos quedamos aquí.

-Allí está -señaló el muchacho-. Ese es el Lapacho Hilton.

Ninguno de los dos esperaba encontrarse con un cinco estrellas en medio del monte, pero la fachada del local les dejó el alma por el suelo. Era una especie de enorme cobertizo construido con tablas de petereby, al estilo de los «salones» del viejo oeste americano. Es cierto que no estaban los caballos atados al palenque, pero eso no le quitaba la creciente sospecha de que en cualquier momento se abrirían las puertas batientes y saldría corriendo John Wayne, disparando a mansalva sus Colt 45.

El muchacho los guió al interior. Allí, el ambiente no mejoraba mucho. Altas lámparas a gas iluminaban una amplia sala cargada de humo, alcohol y frituras. Había varias mesas dispersas, llenas de sujetos que jugaban a las barajas y reían en voz alta, mientras hacían entrechocar vasos y botellas. Parecía que acababan de participar en un campeonato de quién-tiene-más-pinta-de-malandro y probablemente todos habían merecido el primer premio. Un agradable olor a carne asada llegaba   —74→   desde una parrilla, en el patio. En un rincón que simulaba ser un escenario, dos peones con sombreros tejanos y chaquetas de cuero con flecos aporreaban una guitarra, mientras se lamentaban porque «elafoi embora / nao vai mais voltar / lo que vou fazer / ¡oh! vou me matar».

«Ojalá lo hagan» pensó Martín y avanzó hacia un largo mostrador ubicado a un costado del local, detrás del cual sonreía un gordo de enormes bigotes. Contra la pared asomaba una estantería repleta de botellas con marcas tan misteriosas como la identidad de Jack el Destripador.

-¡Amigos! ¡Hermanos! -los saludó el gordo, con un fuerte acento argentino-. ¡Bienvenidos al Lapacho Hilton, el mejor hotel de Yryvucai! ¡El lugar ideal para descansar, divertirse, hacer turismo y gozar de la vida!

-¿Tiene habitaciones con baño privado? -preguntó Martín, mientras bajaba los bolsos en el piso.

-Eeee... pues no señor, se lo vamos a deber. Pero tenemos amplios baños al fondo, que pueden ser usados a cualquier hora. ¡Y con una vista panorámica hacia la más bella vegetación, para disfrutar de los encantos de la ecología!

-¿Qué? ¿Vienen con un zoológico incorporado?

-¡Ja, ja... muy gracioso el señor! -festejó el gordo- ¿Desean una habitación compartida o dos separadas?

-Separadas.

-Muy bien, pues entonces les daré la cinco y la ocho. ¡Las mejores que tenemos! -el hombre rebuscó en un tablero y descolgó dos enormes llaves de metal, amarradas con alambre a tabletas de madera con números pintados-. Por favor, caballero, permítame su cédula de identidad para el registro.

El detective le pasó los documentos y el hombre empezó a anotar los datos en un cuaderno. Los músicos se habían callado y ahora bebían cerveza en una de las mesas. Claudia advirtió que todas las miradas del salón estaban fijas en ellos. Vio las caras hoscas, inexpresivas, surcadas por golpes y cicatrices. De golpe se sintió asustada y con miedo. Se preguntó qué diablos estaba haciendo en ese lugar oscuro y perdido, rodeada de seres extraños y amenazadores, respirando un aire de violencia contenida que parecía a punto de explotar. Retrocedió unos pasos y chocó contra el cuerpo de Martín. Se miraron. El detective percibió la palidez en el rostro de la muchacha y le regaló una sonrisa reconfortante.

-Hay una persona a la que me gustaría conocer -dijo Martín en   —75→   voz alta, recostado contra el mostrador y abarcando con su expresión toda la sala-. Un amigo en Coronel Oviedo me dijo que podía encontrarlo en este lugar.

-Diga usted, señor. ¿Quién es esa persona, a ver si le podemos ayudar? -dijo el gordo, alzando la vista del cuaderno de registros.

Martín se tomó su tiempo. Recorrió la sala con una mirada dura, esperando que se creara un silencio de expectativa con sus palabras.

-Se llama Chico. Chico Tarová.

Nadie dijo nada. Durante un largo silencio, Claudia tuvo la impresión de escuchar nítidamente el zumbido de una mariposa negra que revoloteaba alrededor de una de las lámparas. Luego el gordo tosió como si se hubiera atorado.

-Bueno... -carraspeó, nervioso-. Disculpe usted, señor, pero esa persona no anda por aquí en este momento. Hace rato que no viene. No sabemos nada de él.

-Pues cuando lo vea, dígale que lo estoy buscando. Es un asunto de negocios. -dijo el detective, mientras guardaba sus documentos- ¿Puede mostrarnos las habitaciones?

-Sí, sí... vengan, por aquí, por favor...

El gordo tomó las llaves y se dirigió hacia una puerta del fondo. Claudia y Martín se despidieron del estudiante, recogieron sus bolsos y avanzaron entre las mesas, sintiendo que los ojos se clavaban como flechas en sus espaldas. Pasaron cerca de la parrilla, donde un negro con un cuchillo enorme que chorreaba grasa los saludó con una sonrisa.

Salieron a un corredor que daba a un patio inmenso y oscuro. Al fondo se adivinaban los contornos de la selva. Pasaron frente a varias puertas numeradas en orden decreciente. Las tablas del piso crujían y se hundían bajo sus pies. Se detuvieron frente a la puerta número ocho y el gordo abrió con la llave.

-¿Quién desea tomar esta habitación? -preguntó, mientras encendía un farol a querosene que había sobre un estante. El resplandor mostró una cama con mosquitero, un armario, una mesa, una silla y una imagen de Nuestra Señora de la Aparecida colgada de la pared.

-Quedatevos aquí, vas a estar más cerca de la recepción -indicó Martín a la muchacha. Ella asintió con un gesto que no demostró mucho entusiasmo y depositó el bolso sobre la mesa.

-¿Qué vamos a hacer ahora?

-Nos instalamos y te paso a buscar para cenar.

  —76→  

-Los baños están allá al fondo, señorita -explicó el gordo-. No tenemos ducha. Hay que cargar el agua de los tambores en las palanganas de plástico. Cualquier cosa que necesite, no dude en llamar.

-Gracias.

Salieron. Claudia cerró la puerta y se dejó caer de espaldas en la cama. Sentía que sus huesos habían pasado por una trituradora y que el polvo se adhería a su cuerpo como una segunda piel. Miró su reloj. Faltaban diez minutos para las ocho de la noche. Era temprano. Pensó que tal vez sería bueno darse un baño y luego devorarse medio costillar con una cerveza bien helada. Varios mosquitos comenzaron a volar en círculos por la habitación, como saludándola. Pensó que era viernes a la noche y seguramente Mario, su novio, estaría dando clases en la facultad. ¿Saldrían a bailar más tarde con la boluda de Macarena? Quizás terminarían la noche haciendo el amor en su departamento. Pensó que en realidad le importaba un pepino. Cerró los ojos y se dejó envolver por la modorra hasta quedarse profundamente dormida.



El gordo abandonó a Martín en una habitación parecida a la de Claudia, que en lugar del cuadro de la Virgen tenía un póster de Madonna. El detective descargó su bolso sobre la cama y ubicó algunas ropas en el armario. Encontró una toalla descolorida por el uso pero que parecía limpia. La recogió y se dirigió al fondo, iluminándose con una pequeña linterna. Los baños estaban en una construcción separada, al final del corredor, y consistían en recintos divididos por tabiques con ranuras y pedazos de lona, donde el viento entraba como por un colador y se podía espiar a los vecinos. Se rió al pensar en el gesto que haría Claudia al encontrarse en esa situación. Encendió un cabo de vela que halló en un estante, llenó con agua una enorme vasija de plástico, se desvistió y disfrutó de la fresca caricia del agua arrancándole la pesada costra de polvareda.

Cuando sintió que estaba lo suficientemente limpio como para enfrentarse nuevamente al mundo, se secó, se ató la toalla a la cintura y recogió su ropa. Al salir oyó un ruido en el patio, algo que se movía en un árbol cercano. Martín buscó con el haz de la linterna mientras maldecía por no haber traído el revólver de la habitación. Escuchó el suave crack de una rama al quebrarse y unos chillidos agudos. Concentró la luz en el   —77→   lugar y encontró la cara peluda de un monito mirikiná que sonreía con picardía en medio de las hojas.

-Ne añaray, me asustaste -le dijo Martín-. ¿Cómo te llamás?

El animal le dedicó un breve concierto de chillidos y dio un salto al vacío, hasta quedar suspendido de su fina y larga cola.

-Se llama Macumba -dijo una voz seca, cortante, en alguna parte de la oscuridad-. No se le acerque mucho, porque le encanta morder a la gente.

Martín se sobresaltó y rastreó el patio haciendo bailar la luz de la linterna. El haz mostró a una figura recostada contra un poste en el centro del patio. Era un hombre flaco y alto, vestido de negro, con un sombrero de fieltro que le caía sobre los ojos y ocultaba parte de su rostro. Una enorme pistola asomaba entre su cinturón.

-Me dijeron que usted me andaba buscando -dijo la voz, mientras encendía un cigarrillo. La llama del encendedor mostró un mentón duro, surcado por una enorme cicatriz que le llegaba hasta la boca. -Soy Francisco Méndez. Más conocido como Chico Tarová.

-¡Mierda!... -exclamó Martín-. Mucho gusto.

El detective se sintió ridículo e indefenso, parado en medio de la oscuridad, mojado y semidesnudo, sin nada más que un montón de ropa sucia entre las manos y la luz de una linterna que iba apagándose lentamente por falta de baterías. Se reprochó haber sido tan estúpido como para dejarse sorprender.

-Usted dirá qué precisa, no tengo mucho tiempo. -habló de nuevo la voz-. Y apague esa maldita linterna.

-Disculpe, comprenderá que estoy un poco incómodo. ¿No desearía pasar a mi habitación? Así hablaremos con más tranquilidad.

-No. Yo nunca me descuido con los extraños. Hablemos aquí.

-Está bien. Un amigo común me dio su nombre y me dijo que usted podría ayudarme a conseguir algunas mercaderías.

-¿Cómo se llama ese amigo?

-Su apellido es Esquivel. Trabaja como despachante de aduanas en Coronel Oviedo. En la pieza tengo su tarjeta.

-Esquivel... No me suena. ¿De qué clase de mercadería se trata?

-¿Se lo digo así, en voz alta? -Martín miró hacia los costados, pero no se veía nada en la oscuridad-. Alguien puede escuchar.

-No se preocupe. Aquí nadie hace nada que yo no quiera. Hable.

-Armas. Necesito comprar armas. Muchas. Como para un pequeño   —78→   ejército.

-¿Para quién?

-No le puedo dar el nombre de mis clientes.

-¿Y qué piensan hacer con las armas?

-Tengo entendido que mis clientes quieren arreglar algunas cosas de la política por su propia cuenta.

-Pues lamento decirle que se equivocó de persona. No le puedo ayudar.

-Pero a lo mejor conoce a alguien por aquí que tenga acceso al mercado. Por favor, indíqueme. No tengo otro contacto.

El hombre se quedó en silencio. Sólo se veía el punto rojo del cigarrillo ardiendo entre sus dedos. Martín oyó el silbido del viento y los rumores de la selva. Macumba seguía emitiendo chillidos y moviendo las ramas del mismo árbol.

-Mire, yo a usted no le conozco y no le tengo ninguna confianza -dijo la voz-. El tema en que se está metiendo es muy peligroso. Hay gente que puede molestarse. Yo le recomiendo que se vuelva a la capital y le diga a sus clientes que se queden tranquilos.

-¿Por qué? Si hay gente que tiene los mismos intereses, podríamos ayudarnos.

-¡Está loco! ¿Qué se cree, que esto es un juego? -la voz sonó amenazadora-. Por decir cosas así, aquí le pueden meter un balazo entre los ojos.

-Disculpe. Es que tengo mucha plata prometida detrás de esto. -Martín fingió humildad y súplica- No quiero perder el negocio. ¡Ayúdeme, por favor!

Otra vez el silencio. Finalmente la voz sonó más serena.

-Bueno. Veré si hay quien pueda ayudarlo. Quédese aquí unos días. No haga ni diga ninguna estupidez. Alguien se pondrá en contacto con usted, muy pronto.

El brillo dorado cayó al suelo y algo lo cubrió hasta apagarlo. La oscuridad se hizo absoluta. Cuando Martín volvió a encender la linterna, junto al poste no había nadie, como si el hombre nunca hubiera estado en ese lugar.

El detective se dirigió a su habitación. Sintió que a pesar del reciente baño su cuerpo estaba transpirado. Cerró la puerta y arrojó la ropa sucia a un rincón. Metió la mano en el bolso y extrajo un revólver   —79→   calibre 32, de caño corto, guardado en una pequeña cartuchera. Revisó el tambor. Estaba lleno. Lo dejó sobre la cama. Se vistió con unos Jeans y una camisa de algodón suave que despedían un agradable olor a limpio. Se calzó unos mocasines, se peinó, recogió su billetera y guardó el arma con la cartuchera en la cintura, bajo la camisa. Resultaba un poco incómodo pero daba mucha seguridad.

Salió al corredor con la linterna en la mano y llaveó la puerta. Caminó hasta la pieza número ocho y llamó con tres golpes secos. Escuchó murmullos, pasos, y el ruido de la llave tratando de hacer funcionar la cerradura. La puerta se abrió y asomó la cara somnolienta y despeinada de Claudia, iluminada de perfil por el tenue resplandor del farol.

-Me quedé dormida. Ni pude bañarme siquiera. ¿Qué hora es?

-Las nueve menos cuarto. Es hora de cenar. ¿Venís?

-¿Me esperás un ratito? Me voy a dar un baño rápido y vuelvo.

-De acuerdo, pero tené mucho cuidado. Hay un mono llamado Macumba al que le gusta morder a la gente. Y un pistolero vestido de negro que aparece y desaparece de la nada.

-¿Estás hablando en serio?

-Muy en serio. Vení, te acompaño. Lavate un poco la cara y dejá el baño para más tarde, porque de lo contrario nos quedaremos sin cena.

La chica buscó una toalla y salió. Cerró la puerta. Caminaron hacia los baños. La luz de la linterna era cada vez más opaca. Martín le mostró uno de los recintos y Claudia puso cara de espanto.

-Vamos, nadie te va a comer -dijo el detective, mientras encendía el cabo de vela y llenaba una palangana con agua del tambor. Luego salió y cerró la puerta-. Lavate tranquila. Te prometo que no te voy a mirar.

-Gran consuelo -dijo ella y empezó a quitarse la remera. También se desprendió el sostén. La luz de la vela proyectó la sombra de su bello busto contra la pared de lona y el detective hizo un esfuerzo para no seguir mirando. Cerró los ojos y escuchó el ruido del agua deslizándose sobre el cuerpo de la muchacha. Sintió que comenzaba a tener una erección y trató de pensar en otra cosa. Le vino a la mente el rostro del Tiranosaurio. ¿Qué podía estar haciendo en ese momento en Brasilia? ¿Viendo la televisión, muriéndose de aburrimiento y soledad, de nostalgias del poder?

Un grito agudo estalló dentro del baño. Martín extrajo el revólver y se lanzó contra la puerta con toda su fuerza. Encontró a Claudia con el torso desnudo, acurrucada contra la pared, aterrorizada, señalando hacia   —80→   adelante. Siguió el gesto con la vista y encontró al mono parado sobre uno de los tabiques, enseñando sus afilados dientes con expresión divertida.

-Te presento a Macumba -dijo-. Cuidado que muerde.

Reponiéndose del susto, la muchacha extendió cuidadosamente la mano hacia el animal, que en principio la miró desafiante, pero luego bajó la cabeza, dejándose acariciar el cogote con quejidos de placer.

-¡Muy tierno! -comentó el detective, mientras guardaba el revólver y cubría con la toalla el torso de la chica-. Ahora sólo falta que nuestro temible pistolero negro aparezca transformado en una monja de catequesis.



El salón del hotel estaba más concurrido que la calle Palma en el Día de la Primavera. El campeonato de los cara-de-malandros había pasado a convertirse en una especie de congreso internacional, con delegaciones que competían ruidosamente en cada una de las mesas. Los músicos llorones habían sido sustituidos por otra pareja similar, a quienes se había sumado un viejito con un acordeón remendado, que se esforzaba penosamente por recrear un shoti nordestino. Dos muchachas vestidas de manera provocativa, con todo el maquillaje de la ciudad sobre sus rostros, servían las mesas y se dejaban toquetear, protestando sin mucha convicción.

-¡Ey, amigos! -gritó el gordo desde atrás del mostrador, al ver a Claudia y a Martín-. ¡Aguarden un cachito que ya les preparo una mesa!

Impartió órdenes a un muchacho que estaba divirtiéndose con los músicos. El chico fue hasta el fondo y volvió al poco rato con una mesa plegadiza de madera y algunas sillas, que instaló en uno de los pocos sitios libres que quedaban, cerca del mostrador. Una de las mozas trajo una carpeta de plástico con dibujos de frutas y la extendió sobre la mesa. Luego les hizo un gesto sonriente a la reportera y al detective para que tomaran asiento.

-¿Quieren tomar una caipiriña para abrir el apetito?

-Tráigalas -pidió Martín-. Y dos cenas completas.

La moza se marchó y al rato volvió con las bebidas. Claudia bebió un trago y cerró los ojos con deleite. Martín le contó los detalles de su encuentro con Chico Tarová y su sospecha de que el mismo era contacto o quizás integrante del comando Escorpión Amarillo.

-¡No lo entiendo! -exclamó la muchacha-. Te juro que no   —81→   entiendo tus métodos de investigación. En lugar de seguir una pista en forma discreta y silenciosa, venís aquí, te parás en medio del salón y le gritás a todo el mundo que estás buscando a ese tipo para algo turbio. ¿No te parece que eso los va a poner en alerta?

Martín sonrió y bebió un largo trago de la caipiriña, haciendo chasquear los labios. Recorrió con la vista el salón. Junto a la mesa de enfrente, los músicos comenzaban a cantar una versión de la guarania «India» en portugués, mientras un grupo de peones borrachos trataban de hacerles coro: «India, a tua imagen / sempre conmigo vai / dentro do meu coraçao / tudo o meu Paraguai».

-Mirá, yo nací en un pueblito campesino de Caaguazú, llamado Yhú -relató-. Una de nuestras diversiones favoritas cuando niños era ir al monte a buscar miel silvestre. La miel más sabrosa es la producida por unas abejas pequeñitas, llamadas yateí, que esconden sus panales entre los troncos de los árboles. Es muy difícil encontrarlos. Entonces, lo que hacíamos era llevar enormes garrotes y empezar a golpear los árboles uno por uno, hasta que por casualidad le pegábamos al que tenía escondido el panal. Las abejas salían en enjambre a atacarnos. Nosotros les prendíamos fuego a unas antorchas de trapo liado a unos palos largos y con eso los ahuyentábamos. Así recogíamos la miel.

La moza los interrumpió. Traía una bandeja con cubiertos, que fue ubicando sobre la mesa. Les regaló su sonrisa y volvió a marcharse.

-Eso es lo que estoy haciendo ahora -prosiguió Martín-. Ya que no sabemos dónde está la miel, estoy golpeando los árboles, para ver si aparece el enjambre.

-¿Y las abejas nunca les llegaban a picar?

-¡Oh sí! Todo el tiempo. Teníamos la piel acribillada por las picaduras, pero la dulzura de la miel y la emoción del juego compensaban ampliamente cualquier dolor.

-En este caso, ¿no hubiera sido mejor que fuéramos directamente a ver al brujo indio, don Ecumenario?

-No, ya te lo dije. No creo en la magia. Y no me gusta depender de otra gente sin haber realizado previamente mi propio reconocimiento del terreno. Iremos mañana.

La moza regresó acompañada por el muchacho del bar y empezó a ubicar sobre la mesa varias fuentes de ensaladas, arroz, feijao, farofa, mandioca, abobriña frita...

-¿Y esto? -se asombró Claudia- ¿Cuántos más van a cenar con   —82→   nosotros?

-Esperá que el parrillero empiece a traer las carnes. Hasta que no lo insultes o lo golpees, no dejará de servirte.

Como respondiendo a una invocación apareció el negro con su cuchillo que chorreaba grasa y una ristra de longanizas clavadas a un asador de metal. Claudia permitió que le dejara algunas en el plato, pero Martín las rechazó y dijo que prefería esperar el cupí.

-¿Qué es el cupí? -preguntó la muchacha.

-Un asado que se hace con la carne extraída de la joroba de los toros cebú. Un manjar de reyes, ya lo verás.

La reportera puso cara de asco y se sirvió la ensalada de tomates.

Un bullicio de gritos y risas llegó desde la calle. Todos los rostros se volvieron hacia el sitio, los músicos callaron y el rumor de la sala fue disminuyendo gradualmente, hasta convertirse en un opresivo silencio. En la puerta de entrada aparecieron varios hombres con aspecto militar, vestidos con chaquetas de camouflage para-í. Eran jóvenes y robustos, portaban grandes pistolas en la cintura y parecían con ganas de llevarse al mundo por delante. Algunos tenían latitas de cerveza en las manos, pero a juzgar por sus demostraciones de equilibrio ya se habían bebido una bodega entera. Tres mujeres acompañaban al grupo y no dejaban de reír. Los soldados se turnaban en abrazarlas, como si temieran que se les fueran a escapar.

-Creo que ha aparecido el enjambre -comentó el detective.

Un moreno enorme y musculoso, con pinta de Rambo, comandaba al grupo. Se plantó en medio del salón y paseó la mirada por la muralla de caras hoscas que observaban en silencio. El tipo tenía una expresión tan amistosa como la del rey Herodes en un cumpleaños infantil.

-¡No se preocupe, mi capitán! -le dijo el gordo del hotel, saliendo a su encuentro con una sonrisa nerviosa-. En un minuto les preparo una mesa para todos.

-No. Quiero ese lugar -dijo Rambo, apuntando a una de las mesas próximas, donde varios peones bebían con entusiasmo un oscuro líquido que tenía una remota semejanza al vino.

-¡Vocé nao tein direito...! -protestó uno de los peones, con voz aguardentosa.

El gordo se desesperó haciendo gestos para acallarlo, pero ya era inútil. Rambo se acercó hasta el peón que había osado contestarle, lo aferró con las dos manos de la camisa, lo levantó en vilo y lo arrojó como   —83→   una pelota de básquet a unos cinco metros de distancia por encima de las mesas, hasta estrellarse contra la pared con un impacto que de seguro se habrá escuchado hasta en Río de Janeiro.

-¡Rapai de mierda! -gritó, desafiante-. ¡Si no les gusta el aire, regresen a su país!

Los demás peones que estaban en la mesa comenzaron a levantarse lentamente, con expresión asustada, retrocediendo de espaldas hacia la pared. Rambo se sentó a la mesa, seguido por los demás soldados y las mujeres.

-¡Cerveza para todos!-ordenó uno de los uniformados. Y luego, dirigiéndose a los músicos: -¡Y ustedes toquen algo, pero que no sea en portugués, carajo!

Los músicos, aterrorizados, iniciaron una lamentable versión de la galopera: «En un baiho de Asunción, yenchi viene, yenchi vai...»

Los demás clientes hicieron como que no habían visto nada y trataron de concentrarse en sus vasos de bebidas. Las mozas del hotel trajeron varias botellas de cerveza a la mesa de los milicos y trataron de resistirse sin mucho éxito a los manoseos y a las provocaciones.

-Ya lo ves -le dijo Martín a Claudia, en voz baja-. Serán hijos de puta, pero por lo menos son unos hijos de puta nacionalistas y patriotas.

El parrillero se les acercó en ese momento con unos jugosos trozos de costillas de cerdo y Martín aprovechó para preguntarle quiénes eran los recién llegados.

-Son del Destacamento Militar de la Caballería. Llegaron de Asunción hace dos meses, nadie sabe para qué. Una vez por semana aparecen en el pueblo para farrear y armar quilombo.

El negro se marchó con el asador chorreando grasa por el piso.

-¿Creés que tengan algo que ver con el Comando? -preguntó Claudia.

-¿Te fijaste lo que era el Destacamento de la Caballería, a la entrada del pueblo? ¡Es un cuchitril más pequeño que el baño del hotel! Regularmente, ninguno de estos destacamentuchos de frontera tiene más de un sargento y media docena de soldaditos. Pero aquí tenés a un capitán y a más de una docena de oficiales de alta graduación. ¿Qué te figurás que puedan estar haciendo en este lugar?

Los músicos arrancaron con una interpretación de «Adiós Lucerito Alba» que más bien se parecía a una sertaneya. Un milico que estaba bastante borracho y eufórico sacó a bailar a una de las mujeres y otros dos   —84→   lo siguieron. Daban saltos de gorila en medio del salón, tropezando con las mesas, mientras los demás aplaudían. Dos soldados más se levantaron y fueron a buscar a las mozas del bar, quienes se dejaron arrastrar con el mismo entusiasmo que un rebaño de ovejas conducidas al frigorífico. Un rubio de pelo corto se levantó y se acercó tambaleante hasta la mesa del detective y la reportera. Se paró frente a Claudia y, tratando de no perder el equilibrio, se inclinó en un gesto de galantería que resultó grotesco.

-¿Bailamos, señorita?

-No gracias, no tengo ganas -contestó la joven, cortante.

El rubio parpadeó, perplejo. Le costaba entender que rechazaran su invitación.

-Vamos... es solo un bailecito -insistió, aferrando del brazo a la muchacha y tratando de levantarla.

-¡He dicho que no! ¡Y quíteme las garras de encima, imbécil! -exclamó la periodista, apartando con violencia las manos del rubio.

-¡Puta...! -gritó el milico enfurecido y tomó de los hombros a Claudia, alzándola con brusquedad- ¡Vas a bailar conmigo, quieras o no!

Con un solo impulso, Martín saltó de su silla y golpeó con el puño derecho el mentón del rubio. Se escuchó un impacto seco, como una rama que se quiebra, y el milico retrocedió trastabillando varios pasos, hasta caer aparatosamente sobre una de las mesas vecinas.

El baile y la música se interrumpieron. En pocos segundos, varios uniformados rodearon al detective, quien esquivó una bota militar que volaba hacia su cabeza y paró dos golpes de puño con el antebrazo, pero ya no pudo impedir que una rodilla se hundiera en su estómago y vaciara todo el aire de sus pulmones, jadeando pesadamente se dobló en dos y un fuerte golpe en la nuca terminó por arrojarlo de bruces contra el piso.

-¡Suéltenlo, hijos de puta...! -gritó Claudia. Un soldado que era medio bizco le dedicó una sonrisa burlona. La muchacha tomó una gran fuente de ensalada y se la estrelló contra la cabeza. El otro puso los ojos en blanco y se desplomó en cámara lenta.

Martín sintió que varios brazos de hierro lo levantaban del suelo y lo inmovilizaban. Alguien le quitó el arma de la cintura. Vio a Rambo acercarse sonriente con una reluciente Browning 9 milímetros en la mano. Más allá, el rubio hacía esfuerzos por incorporarse, frotándose la mandíbula que había comenzado a sangrar.

-Te creés muy valiente, compadre. ¿Por que no te hacés el gallito   —85→   ahora?

Rambo levantó la pistola y la apuntó directamente al rostro del detective, quien pudo ver la punta de la bala brillando al final del caño.

El disparo retumbó en toda la sala y Martín cerró los ojos esperando recibir el impacto en el cuerpo, pero extrañamente no sintió nada. Buscó con la mirada y entonces vio al hombre de impecable uniforme que estaba parado en la puerta, con el revólver humeante todavía apuntando hacia el techo.

-¡Capitán Gómez, guarde esa pistola! -gritó el recién llegado.

El rostro de Rambo se volvió más blanco que un cheque de contrabandista. Con gran celeridad hizo desaparecer su arma dentro de la cartuchera y se cuadró con un golpe de tacones que resonó como un cañonazo.

-¡A su orden, mi coronel! ¡Si me permite explicarle, sólo nos estábamos divirtiendo un poquito, mi coronel! ¡No íbamos a perjudicar a nadie, mi coronel!

El coronel era un tipo de baja estatura y un poco excedido de peso. Tenía poco más de cuarenta años y era una de esas personas que rebosan autoridad hasta en la forma de respirar.

-¡Cállese la boca y suelten inmediatamente a ese hombre! -ordenó-. ¡Es una vergüenza que estén deshonrando el uniforme de la patria con estas bajezas! ¡Van a pagar hasta el último guaraní por todo lo que hayan destruido y se van a regresar inmediatamente a su cuartel!

-¡Como usted mande, mi coronel!

Martín advirtió que las mismas manos que lo habían golpeado con tanta saña ahora le acomodaban la ropa y le sacudían el polvo. Uno de los uniformados le dedicó una sonrisa resignada, que parecía un pedido de disculpas. Otro de ellos le devolvió el revólver. Hacían lo posible por mostrar que eran buenos chicos, quizás un poco traviesos pero de gran corazón. Sólo el rubio, sostenido por uno de sus compañeros, lo seguía mirando con rabia.

Rambo los apuró con un gesto y empezaron a abandonar el local. El coronel también guardó su arma y se dirigió junto al detective y a la muchacha. Detrás de él se acercó un hombre ya de edad, vestido con un elegante traje de lino de color claro y un sombrero de tela. Parecía uno de esos honorables abuelos de las películas en blanco y negro.

-¿Se encuentran bien, amigos? -preguntó el militar.

-Sí, no se preocupe -contesto Martín.

  —86→  

-Soy el coronel Jorge Romero, de la Quinta División de caballería -dijo, extendiendo la mano-. En nombre de las Fuerzas Armadas, les pido disculpas por el injustificable comportamiento de mis hombres. Si les han ocasionado algún perjuicio, estoy dispuesto a repararlo.

-Su oportuna intervención evitó que eso sucediera. Mi nombre es Marcelo Sandoval -mintió el detective-. Ella es mi compañera, Claudia.

-Mucho gusto, señora. Permítanme presentarle al señor Pablo Ferreira, un ilustre poblador de esta próspera región que nos está honrando con su amable hospitalidad.

El abuelo saludó con una elegante inclinación de sombrero y besó la mano de la reportera.

-¿Están de visita, o por algún motivo en especial? -preguntó el coronel.

-Estamos conociendo esta zona tan poco promocionada de nuestro país -dijo Claudia, fingiendo un aire de esposa tonta y feliz-. Y de paso, haciendo algunas compritas.

-¿Algo en especial?

-¡Oh no! Sólo algunas cositas para la casa.

-Y ustedes... ¿están en alguna misión especial? -indagó Martín. Digo, si no es una indiscreción.

-En realidad, no. Sólo estamos realizando un operativo rutinario de control en la frontera.

-¿Están alojados en el Destacamento?

-No. Allí todavía no tenemos la suficiente comodidad. Así que hemos establecido nuestro campamento en la estancia del buen amigo Don Pablo -el coronel miró su reloj-. Bueno, ya no les queremos molestar. Una vez más, disculpen todo lo sucedido y que les vaya muy bien. ¡Buenas noches!

Martín tuvo que estrecharles la mano y Claudia correspondió con una sonrisa a los saludos. Al retirarse, el coronel extendió unos billetes al gordo del hotel, quien se deshizo en gestos de agradecimiento.

-¿Será que te equivocaste? -preguntó Claudia.

-No creas, mirá eso... -el detective le señaló con discreción hacia la puerta.

Una figura sombría se desprendió de una de las mesas del fondo e interceptó al militar y al estanciero, en el momento en que ambos salían del local. Se saludaron con excesiva cordialidad e intercambiaron sonrisas hasta que la boca de la noche se los tragó a los tres.

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-¿Quién es?-quiso saber la muchacha.

-Nuestro amigo, el pistolero negro. Parece que son compadres del alma.

-De cualquier manera, eso no prueba nada.

-Quizás no, pero me muero de ganas de realizar una divertida gira turística por la estancia del bueno de Don Pablo.



Una hora después, cuando ya los músicos habían vertido varios ríos de lágrimas y la mitad de la concurrencia estaba tumbada sobre las mesas, Martín y Claudia convinieron en que iba a resultar más saludable emprender la retirada. El detective pidió la cuenta y estuvo discutiendo un largo rato con la moza, que insistía en que pagaran en moneda brasileña. Tuvo que intervenir el gordo para que la mujer aceptara el importe en guaraníes.

Salieron al patio, ahora suavemente iluminado por una medialuna que bailaba entre los árboles. Claudia parecía un poco mareada por la campiña y el detective tuvo que sostenerla varias veces para que no se cayera. Los chillidos del mono se dejaban oír en alguna parte de la espesura y había una agradable sensación de frescura en el aire.

-Ahora sí, voy a darme el baño -dijo la muchacha, al abrir a la puerta.

-¿Querés que te acompañe?

-¿Para qué? El mono me puede cuidar muy bien.

-Ya. Si necesitás algo, estaré cerca.

Martín llegó hasta su cuarto y encendió la lampara. Se cambió la ropa por un short y una remera. Se calzó unas zapatillas livianas, extrajo del bolso una botella de whisky y salió al patio. Se recostó contra un tronco y bebió un sorbo largo, sintiendo el agradable sabor de la bebida en el paladar. A la distancia, el resplandor de la vela dibujaba la silueta del cuerpo desnudo de Claudia contra la pared de lona del baño. Martín sonrió y alzó la vista hacia el cielo estrellado. Estuvo largo rato con la mente en blanco, escuchando deleitado el concierto de las aves nocturnas en el monte, cuando el grito de mujer lo sobresaltó.

-¡Oh no, otra vez! -protestó-. ¿No era que ya se habían hecho amigos?

Miró hacia los baños. Vio la silueta de la muchacha que se movía   —88→   como si ejecutara una extraña danza. De pronto divisó otra silueta humana y se asustó. Hubo un estampido seco y la luz se apagó. Martín dejó la botella en el suelo y corrió hacia el lugar. Entró al baño pero no encontró a nadie. Había un enorme boquete en la pared de atrás, por donde entraba la claridad de la luna. La toalla y las ropas de la chica estaban tiradas en el piso. El detective volvió a maldecir por no haber traído el revólver y recogió un grueso pedazo de madera cubierto de clavos que se había desprendido de la pared. Salió por el hueco y sintió que los arbustos le arañaban la pierna. Buscó desesperadamente entre las sombras de los árboles, hasta oír un gemido a pocos metros. Corrió hasta el lugar y vio el cuerpo desnudo de Claudia que se debatía sobre los hombros de un tipo alto y grande como un ropero.

El detective alzó el pedazo de madera y lo descargó con mucha fuerza contra la espalda del ropero. Escuchó que el hombre lanzaba un grito de dolor, mientras sentía que los clavos se hundían en la carne y unas gotas tibias le salpicaban el rostro. El cuerpo de la muchacha cayó al suelo. El ropero se volvió y, a pesar de la escasa luminosidad, Martín vio la mueca de furia y de dolor dibujados en su rostro. Sin darle tiempo a reaccionar, el detective le hundió la madera en el estómago y luego le dio otro golpe en la cabeza. El ropero gritó de nuevo y cayó pesadamente entre los arbustos. Jadeante y sudoroso, Martín aguardó con el palo alzado que el otro volviera a levantarse. Lo vio arrastrarse entre los arbustos, incorporarse con dificultad y luego echar a correr hasta perderse en dirección a la selva.

-¿Estás bien? -el detective dejó caer la madera y ayudó a la muchacha, que sollozaba de rodillas.

-¡Intentó estrangularme! -gritó Claudia con desesperación, abrazándose al detective-. ¡Me quería matar!

-Calma, ya pasó.

-¿Quiénes son estos tipos? ¡Por Dios! ¿Qué es lo que está sucediendo en este país?

Martín acarició la espalda desnuda y llena de tierra, que se sacudía en espasmos convulsivos. Tomó sus manos y advirtió que la chica aferraba algo en el puño derecho. Le abrió los dedos con suavidad y encontró una cadenilla rota unida a un medallón.

-¿Qué es esto? -le preguntó.

La reportera abrió sus ojos húmedos de lágrima y trató de fijarse.

-No sé. Creo que se lo arranqué del cuello mientras luchábamos.

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La claridad era muy tenue, pero aun en la oscuridad más absoluta el detective hubiera reconocido la figura del escorpión amarillo esculpida en el medallón.



Se bañaron juntos, iluminados apenas por la mágica luz de la luna que arrancaba un suave destello en la piel de la muchacha. Él la ayudó con mucha ternura a quitarse toda la tierra y la sangre que se le habían adheridos al cuerpo. Ella se dejó conducir con la pasividad de un bebé recién nacido. Ese hombre duro y extraño, a quien había comenzado a odiar, le despertaba ahora una confianza ciega y una insólita mezcla de sentimientos que no conseguía explicar.

El detective la envolvió en la toalla y la llevó hasta su habitación.

-Esperame aquí, cerrá con llave y no le abras a nadie más. Vuelvo enseguida.

Salió al patio, recogió la botella de whisky y se dirigió a su pieza. Desde el monte llegó el canto lúgubre de una lechuza y Martín sintió un estremecimiento en los huesos, como si le acabaran de anunciar una desgracia. Se cambió la remera mojada y sucia, guardó el revólver y la botella en el bolso, arrolló el colchón y se lo cargó sobre los hombros. Cerró la puerta y regresó al cuarto de Claudia.

-¿Qué hacés? -preguntó la reportera al verlo llegar con el colchón y el bolso. Se había vestido con una larga remera que le llegaba hasta encima de las rodillas.

-Vengo a dormir contigo.

-¡Ey! No vayas a creer que...

-No creo nada. ¡No seas boluda! Esos tipos pueden regresar...

La muchacha se ruborizó. Se apartó y lo dejó pasar. Volvió a cerrar la puerta y le dio dos vueltas a la llave. Martín bajó el bolso y desenrolló el colchón en el piso, junto a la ventana. Colocó una almohada como respaldo y se sentó, recostándose contra la pared. Abrió el bolso, extrajo el arma y la ubicó a un costado, al alcance de la mano. Después sacó la botella y bebió casi con desesperación. Suspiró profundamente y entonces su mirada se encontró con la de Claudia, que lo observaba con cierta curiosidad, parada al costado de la cama.

-¿No te parece que exagerás un poco con la bebida? -preguntó ella.

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-¿Y a vos no te parece que exagerás un poco con las preguntas? -respondió él, y bebió otro largo sorbo.

-Entonces, invitáme por lo menos.

Eacute;l le pasó la botella y ella se sentó en la cama. Bebió con los ojos cerrados, sintiendo que el líquido le quemaba la garganta. Empezó a toser y él se echó a reír. Ella le devolvió la botella y se tumbó sobre las sábanas.

-¿De veras creés que van a volver esta noche?

-No lo sé. Pero estoy harto de que siempre me agarren desprevenido.

-Le pegaste muy fuerte al árbol. El enjambre se volvió peligroso.

-Quizás la colmena es más grande de lo que yo creía.

-¿Ellos ya saben quiénes somos?

-No lo creo. Pero van a hacer todo lo posible por averiguarlo.

-Entonces, ¿qué mierda vamos a hacer?

-Mañana tempranos nos mudamos de aquí. Vamos a aceptar la hospitalidad de tu amigo el hechicero.

-¿Podrías apagar la lámpara? Me muero de sueño.

Eacute;l se levantó y tapó el tubo del farol. La llama se extinguió por completo, dejando una oscuridad pesada y terrible. Trató de orientarse hasta tropezar con la punta del colchón. Volvió a sentarse, de espaldas a la pared. Buscó el bolso con las manos y extrajo un paquete de cigarrillos con un encendedor, El resplandor de la llama mostró por un fugaz instante su rostro somnoliento y su cabello despeinado. Después sólo quedó la brasa ardiente y el fuerte olor a tabaco.

-Martín... -dijo ella, con una voz que sonaba enredada por el sueño y la borrachera.

-¿Sí?

-Perdoname por todo lo que te dije esta mañana.

-No te preocupes. Es mejor que te duermas.

-Eso no significa que haya cambiado mi opinión sobre los canas hijos de puta.

-Está bien. Dormite de una vez.

El canto de la lechuza volvió a llenar la noche. El detective buscó la pistola y se sintió reconfortado al acariciar con los dedos el frío del metal.

-Martín...

-¿Qué diablos pasa ahora?

-Vos hablás muy poco de tu vida.

-No hay mucho que contar.

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-¿Cuantos años tenés?

-En abril voy a cumplir 39.

-¡Sos un lecayá! ¡Martín Yacaré, estás en el viejazo total! -ella se empezó a reír.

-¿No era que tenías sueño?

-Sí, pero no me puedo dormir. No sé qué me pasa.

-¿Querés que te cuente un cuento?

-No, contame más sobre vos. ¿Por qué mierda te dicen Yacaré?

-Es una vieja historia de cuando era joven. Quizás alguna vez te cuente.

-¿Es por algo de mujeres...? ¿Por entrarle en yacaré a alguna mujer?

-Nada que ver. Más bien por lo de la piel dura... Pero es una historia muy tonta. No la quiero contar.

-Dale sí, contame, no seas mbore.

-Dije que no.

-Esta bien, la puta. No te enojes. Decime, ¿estás casado?

-Estuve. Fue hace tiempo. No funcionó.

-¿Por qué? ¿Ella se enamoró de otro?

-Digamos que la llama de la pasión se fue apagando sola. Resultó bueno mientras duró.

-Yo tengo un novio que es un pelotudo total. Un día de estos me voy a animar y lo voy a abandonar.

-Está bien. Ahora dormite.

-La joda es que estoy en pedo por él.

-No sé si será por él. Pero de que estás en pedo, me doy cuenta. Ella empezó a reírse bajito. Su risa parecía casi un sollozo.

-Martín...

-¿Hmm...?

-Tengo miedo.

-Lo sé.

-Tengo un miedo de la gran puta, carajo.

Eacute;l aplastó el cigarrillo contra el piso y se incorporó. Llegó hasta el costado de la cama y extendió la mano. Encontró la piel de la muchacha y comenzó a acariciarla suavemente. Sintió algo húmedo y tibio en sus mejillas. Levantó la sábana y se acostó a su lado. Ella se abrazó con fuerza contra su cuerpo y recostó su rostro sobre el pecho. Estuvieron así un largo instante que pudo haber durado toda una eternidad, escuchando los   —92→   ruidos de la noche y el latido de sus propios corazones. Ninguno de los dos se dio cuenta del momento en que se quedaron dormidos.



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