Recobrada Felisinda, llama a su confidenta Filena, la toma por las manos y bañándolas con sus lágrimas le dice:
«Yo soy muerta, Filena. Nunca podré creer que Valdemaro rinda su amor a Felisinda. ¿No viste aquel desmayo? ¿No advertiste aquellas lágrimas? Pues mira, todo es por su hermana, todo por Andrónico, todo por su patria. No es digna Felisinda de que Valdemaro vierta una sola lágrima por su amor, no... Todo me causa susto: su inacción, su embarazo... ¡Ay de mí!, todo me da fatiga».
«Señora, le replicó Filena, hasta ahora no he visto en Valdemaro ninguna señal que pueda daros motivo de desconfianza. Aquel llanto, aquel silencio, aquel desmayo que os parecen ofrendas que sacrifica a su hermana y a su patria, ¿por qué no pueden tener otro destino, por qué no pueden ser tributos que rinde a vuestro amor? Aquella indecisión, aquel rubor, aquel empacho que os da tanta sospecha, ¿por qué no pueden ser amantes artificios para aumentar más vuestra llama y hacer más estimables sus afectos? Yo no sé que Valdemaro pueda portarse de otra suerte. Considerad su situación y veréis que el ansia de llegar a su patria y el deseo de corresponder a vuestra caricias, el vínculo con que el natural cariño le une con su hermana y el fuerte lazo con que amor le está uniendo ya con vos no pueden dejar de tener agitado su corazón y constituida su alma en el más duro conflicto».
«¡Ah, Filena!, dijo Felisinda, si mi amor tuviera la menor parte en el motivo de su agitación sería yo dichosa, pero recelo...».
«Son vanos recelos, interrumpió Filena, y mucho más si consideramos... pero nada hay que recelar. Valdemaro, impelido del deseo de llegar a su patria y de encontrar a su hermana, finge resistir a vuestros afectos, pero yo sé que se abrasa interiormente. Descansad ahora y dejad a mi cargo el dirigir esta empresa».
Dicho esto, marcha inmediatamente a la estancia de Valdemaro, hállalo enajenado sobre la cama, llámalo por su nombre, y sin lograr más respuesta que una ligera ojeada le dice con sagaz arrogancia:
«Y ¿cuándo ha de ser vuestra partida, desagradecido joven? Si tantas lágrimas y desmayos os ha de ocasionar el insípido amor de una hermana, que tal vez existe sólo en vuestra idea, partid enhorabuena, desocupad presto este palacio; y os advierto que no aguardéis a que os vea Felisinda, porque le será insufrible vuestra vista y no podrá reprimir su enojo».
«Pero, señora, dijo Valdemaro, ¿qué repentina causa...?».
«No es tiempo de satisfacciones, interrumpió Filena. Un corazón ingrato sólo es capaz de pretextar razones fementidas; marchad presto».
«Pero el horror de esos montes, señora, replicó Valdemaro, la ignorancia del camino, la oscuridad de la noche...».
«No, no; nada puede suspender la ejecución de la orden que os íntimo, dijo Filena; marchad presto».
« ¡Qué nueva confusión es ésta!, exclamó Valdemaro. Mas decidme, señora, ¿qué exige Felisinda de este infeliz, en qué puedo complacerla?».
«Una seña de gratitud no más podría dejar satisfecho el corazón de mi señora, que sólo desea colmaros de venturas, respondió Filena; pero sois incapaz de reconocer beneficios. Esas lágrimas, esos desmayos que inútilmente sacrificáis a vuestra hermana, a vuestra patria y a vuestro Andrónico, porque todo ha fenecido ya para vos, sólo Felisinda los merece. Si fuerais capaz de agradecimiento vuestro mismo corazón os parecería recompensa tibia a la piedad amable que con vos ha usado Felisinda. Felisinda hubiera podido exterminaros en el mismo instante que fijasteis el pie en este distrito, Felisinda podría teneros confundido entre prisiones, Felisinda puede todavía reduciros a la situación más infeliz; pero su piedad, su generoso corazón, su noble bizarría, su grande alma no le dan lugar a tales excesos; por eso manda compasiva que al nacer el nuevo sol os halléis ya fuera de este país».
«¡Ah, señora, y cuán mal conoce Felisinda al infeliz Valdemaro!, dijo el mismo. Si Felisinda viera la lucha atroz que sufro en mi interior, más benignamente se compadecería. No tiene Felisinda la menor parte en la causa de mis lágrimas y de mis desmayos. Su amor y el de mi hermana, las obligaciones que le debo y las que debo a mi patria... ¡Ah, qué batalla de afectos tan acerba! Si pudiera irme y quedarme a un mismo tiempo, satisfacer a Felisinda y acudir a mis obligaciones, socorrer a mi hermana y no dejar a Felisinda, reinar en este país y empuñar el cetro... ¿Qué pronuncio? ¿Deliro acaso? Me enajené; no estoy en mí.
Señora, vos que habéis sido la mensajera del rígido decreto de Felisinda, decidle que voy a ejecutarlo sin tardanza, que abrazo gustoso la muerte que me aguarda entre la sombra y horror de esas montañas sólo por servirla; pero hacedle también presente que Valdemaro no ha cometido ningún exceso que le haga merecedor de tan intempestivo mandato, que sin motivo alguno condena su inocencia a los peligros de una oscura noche y de un camino incierto; y decidle en fin que si no se debiera todo a su patria sería todo de Felisinda, que por complacerla sólo olvidaría a su hermana, olvidaría...».
Al proferir estas palabras llora, suspira, corre presuroso hacia la puerta, pero deteniéndole Filena le dice:
«¿Dónde vais, precipitado? Deteneos, lamento vuestra pena. Yo la haré patente a Felisinda y procuraré, a lo menos, que suspenda la ejecución de su mandato hasta que amanezca».
Con esto se retiró Valdemaro y Filena, viendo bastante bien lograda su astucia, parte a verse con Felisinda. Cuéntale cuanto le acaba de suceder y la persuade que en Valdemaro se oculta otro personaje más ilustre de lo que parece. Fórmase al instante en el corazón de Felisinda una nueva guerra; crece el amor en que se abrasa por Valdemaro y crecen también las desconfianzas de alcanzarlo por esposo. ¡Qué ideas no fabrica para obligarle, qué artificios no inventa para enamorarle! Forma mil proyectos que le parecen exquisitos en el mismo instante que los forma, pero poco después los reprueba por inútiles; quiere llamar a Valdemaro para que le relate otra vez su historia, imaginando descubrir la calidad de su linaje; dale la orden a Filena, mas apenas acaba de darla cuando de repente la revoca. ¡Cuán horrible alternativa sufre un corazón enamorado! Pero después de infinitos proyectos que formó, deshizo y volvió a formar en su imaginación, sin poner ninguno en práctica, piensa disponer una caza por los vecinos bosques para hacer alarde noble de sus marciales alientos y probar si de esta suerte prendería mejor el corazón de Valdemaro.
Todo yacía en profundo sueño; no se oía dama alguna por las salas, los criados estaban sumergidos en muda quietud y todo el palacio respiraba silencio; solamente se percibía o algún suspiro de Valdemaro o algún sollozo de Felisinda. Mas Filena, obedeciendo al mandato de su señora, parte presurosa a dar órdenes para que se prevengan caballos, armas, lebreles y cuanto pueda servir de brillo, gusto y opulencia al proyectado ejercicio.
Apenas la aurora vino a declararse cuando rompe el silencio la grita de los monteros, el relincho de los caballos y el generoso latido de los perros. Valdemaro, avisado por Filena, sale de su estancia gentilmente aderezado con un vestido de monte que le envió Felisinda. Era de púrpura, y el bordado de oro que guarnecía la orla tan delicado y primoroso que parecía haber apurado sus esfuerzos la mano que lo había labrado. Sobre un gallardo y fogoso caballo ricamente enjaezado, que tascando feroz el espumoso freno y sacudiendo impaciente la undosa crin daba indicios de no sujetar a nadie su altivez, sale a breve rato Felisinda, tan hermosa, tan desembarazada y tan bizarramente compuesta que fuera fácil equivocarla con Diana, cuando por las faldas del celebrado Cinto iba a caza con sus Ninfas. Todos respiraban placer menos Valdemaro, que, sorprendido de la novedad, los ojos bajos, lleno de rubor el rostro y poseído de una desconocida turbación, apenas podía sufrirse a sí mismo. Danle un caballo no menos fuerte ni menos generoso que el de Felisinda; móntalo con gentil desenfado y parten de palacio con marcial estrépito.
Llegan al bosque, repártese la gente y toma cada uno el puesto que se le señala. Iban Valdemaro y Felisinda por una misma parte; y cuando ya el ruido de las bocinas y el latido de los perros habían espantado la caza sale bramando de lo interior del bosque un oso feroz. Espántase el caballo que monta Felisinda, vánsele las riendas de la mano y cae al primer vaivén. Arremete entonces hacia ella el feroz bruto, llenos de fuego sus ojos, abierta la inflamada boca y levantadas las manos; pero Valdemaro, noblemente valeroso, se arroja del caballo, acomételo con ímpetu y se abraza con él. Apriétalo fuertemente entre sus brazos y hácele arrancar del pecho espantosos bramidos que amedrentan la selva. Las rabiosas espumas que arroja de su boca cubren la espalda de Valdemaro y llegan a blanquear las vecinas matas. Crece el combate, redóblase el furor y no desfallece el esfuerzo; pero así como después de los repetidos choques del furioso aquilón cae la robusta encina desde la cumbre del Apenino, haciendo estremecer la tierra del contorno, así con igual estrépito cayó la enorme fiera debajo de Valdemaro y queda ahogada entre sus brazos. Satisfecho de su victoria acude a socorrer a Felisinda, que todavía no estaba recobrada del susto, rocíale el rostro con el agua de un arroyo que corría allí cerca y logra restablecerla.
Ya había concurrido la gente que andaba esparcida por el monte; e informada del inminente riesgo de su señora, de la lucha atroz de Valdemaro y de su vencimiento, despojan al bruto de su piel o para que sirva de adorno a los umbrales de palacio o para que se vista de ella Valdemaro, en señal del triunfo, cuantas veces hubiere de salir a caza.
Hecho esto con aplauso de todos manda Felisinda tomar la vuelta de palacio; pero ella, quedándose a lo lejos con advertido descuido en compañía de Valdemaro, le habla de esta suerte:
«Esta fineza que acabo de recibir de vuestra heroica mano, la vida que acabáis de darme, generoso joven, me deja sin recurso para el agradecimiento; fineza es que excede todo valor y todo precio. Este país agradable, cuyos términos apenas puede descubrir la vista, los árboles que los pueblan, las quintas que le adornan, las aguas que le bañan, el palacio que lo domina... Nada he dicho: las perlas del oriente, el oro del Arabia y cuanto tesoro oculta la tierra en sus entrañas serían recompensa corta a tan excesivo favor. Sin embargo, una sola cosa, que aprecio más que cuanto he dicho, me queda para ofreceros; si la aceptáis tendré el honor de ser vuestra esposa. Esto es en suma: Felisinda se os ofrece por esposa».
Aquí calló; pero advirtiendo que Valdemaro había quedado suspenso, sin determinarse a proferir palabra, prosiguió de esta manera:
«Ya sé que la oferta que acabo de haceros es corta satisfacción a tanto merecimiento, cuando la bizarra acción no más...».
«Mi bizarra acción, señora, interrumpió Valdemaro, es hija de la generosidad de mi ánimo; yo no he hecho más que lo que debiera hacer cualquier noble. He manifestado mi gratitud a los inmensos favores que me habéis dispensado desde que la fortuna, no sé si próspera o adversa, me trajo a vuestro palacio; y he dado a entender bastantes veces si lo habéis notado, que ni me es desagradable vuestra compañía ni desapacible el paraje que habitáis. No penséis, pues, que el ofrecimiento con que me honráis es corta satisfacción a mis méritos; pensad, sí, que mis méritos no son acreedores a tan excesivo como inesperado ofrecimiento, ofrecimiento que estimo tanto cuanto siento no poderle aceptar. Patria, hermana, Andrónico, todo me separa de vos; por eso, señora, el más subido favor que podéis hacerme es darme libertad para marchar y proporción para llegar a algún puerto desde donde pueda dirigirme en busca de mi tierna hermana y del anciano Andrónico. Esta sola gracia es la que tendrá presente Valdemaro, adonde quiera que lo arroje la contraria suerte».
«¡Qué es lo que escucho! dijo Felisinda. ¡Vos partiros!
«Sí, he de partirme, respondió Valdemaro. Mi obligación, la quietud de mi hermana, el consuelo de Andrónico, el sosiego del pueblo y lo que más es, el orden del cielo, todo me impele, señora, todo me aparta de vos».
«Pues si habíais de abandonar a Felisinda, replicó ella, ¿por qué no la dejabais entre las garras de esa fiera que acabáis de ahogar en vuestros brazos? ¿Por qué arriesgasteis temerariamente vuestra vida por librar la mía?».
«Libré, señora, vuestra vida a costa de la mía, respondió Valdemaro, porque me precio de noble, porque sé agradecer beneficios y, en suma, porque os amo».
«¿Vos me amáis? replicó Felisinda. Si me amarais olvidaríais hermana, patria, padres; atropellaríais cuantos embarazos se os pudieren oponer, romperíais... Pero, ¿cómo es posible que me améis, cuando para no complacerme os basta la memoria de una patria que huye de vos, de una hermana que ya no existe, de un Andrónico que ha concluido ya la carrera de su vida? Decid que Felisinda os es desagradable... Decid... ¡Ah, si Felisinda estuviera tan fuertemente impresa en el alma de Valdemaro como Valdemaro lo está en la de Felisinda! Si Felisinda...».
Un torrente de lágrimas que no puede reprimir impide el curso a sus palabras. Calla, y acompañados del silencio llegan a palacio.
Ocúltase Felisinda en la más retirada estancia sin permitir que nadie le hable, y entregada toda a sí misma se deja llevar del ímpetu de su pasión.
«Felisinda despreciada?, se dice a solas. ¿Mi amor desdeñado, desatendidas mis lágrimas? ¡Qué es esto! ¿Podré sufrirlo? ¡Ay, amor, y cuán mal te conocía! Mi espíritu altivo, que nunca supo rendirse a tus halagos, mi orgullo que siempre desdeñó tus artificios, ¿ahora se ven abatidos al vil extremo de mendigar caricias? ¿Y de quién? De un ingrato, de un aleve, de un presuntuoso extranjero. ¿Estas son sus virtudes, éstas sus gracias? ¿Es ésta aquella dulce compasión que excitan en su alma los desvalidos? ¿Es éste el héroe que vence monstruos de dificultades por encontrar a su hermana... Mas, ¿cómo el tibio amor que inspira la naturaleza puede agitarle tanto? El amor de una hermana, ¿sería capaz de hacerle vaguear por mares y por tierras, hecho siempre juguete vil de la fortuna? ¡Qué sospechas me confunden! No, otra hoguera más voraz arde en su pecho. ¿Por qué no podría ser su amante la que busca en calidad de hermana? Para una hermana ausente bastaba un tibio recuerdo tal cual vez, mas no tantas... ¡Ay de mí, qué celos me atormentan! No, no es su hermana, su amante es la que busca. ¿Qué espero, pues? El alma que tiene fija en otra parte, ¿cómo podrá inclinarla a Felisinda? Ea, Felisinda, ya tienes descubierta la causa de los desvíos de Valdemaro... Mas, ¿cómo no te declarabas antes, extranjero aleve? Si triunfa de mi amor la fuerza de ese amor que ocultas, ¿cómo no lo confiesas sin doblez? ¿Tú haces alarde de tu sinceridad, tú te precias de noble, tú eres leal? Ésa no es lealtad, alevosía es infame... Pero, ¿de qué me quejo? Mi pasión me ciega. Vete, extranjero ingrato, corre a enlazar tus brazos con esa infeliz amante que te aguarda, marcha, parte veloz... Mas, ¿qué digo? ¿Partirse? ¿Pues podría permitir que se partiera para que disfrutase otra las caricias que a mí me niega, podría consentirlo? En la oscura prisión pagará su alevosía».
Dicho esto sale de la estancia con precipitación y al primer paso encuentra con Filena.
«¿También tú piensas seducirme?, le dice con aspereza. ¿Cómo te atreves a persuadirme que Valdemaro interiormente se abrasa por mi amor? ¿Qué puedes prometerte de ficción tan injuriosa? ¿Interesas algo en engañarme?».
«¿Yo engañaros, señora?», respondió Filena sobresaltada.
«Tú, tú misma, tú, alevosa, replicó Felisinda; en nadie se halla fidelidad», dijo; y ocultándose otra vez en la estancia cierra de golpe la puerta.
«¿Y qué puede pretender Filena? dice a breve rato. ¿Qué motivo la impele a seducirme? ¿Querrá tal vez granjearse el amor de Valdemaro, o prendada ya de su valor y bizarría querrá que lo detenga yo en palacio para que en tanto disfrute siquiera el placer de verlo? ¡Qué horrible misterio es este que se me oculta! Concertados ambos, ¿conspirarán contra mí, querrán armarme traición? Pero, ¿no tengo bien penetrada el alma de Filena? ¿Puede haber engaño en ella? No, no puede haberlo, su fe me es bien conocida. ¿Qué recelo, pues? Filena es fiel, y cuando ella afirma que Valdemaro me ama, le será bien notorio su afecto. ¡Qué necias sospechas formé de Valdemaro! ¡Cuán pronto me dejé llevar de una vergonzosa pasión! No, Valdemaro no es traidor, es noble, y. si alguna pasión amante le estorbara corresponder a mis cariños la confesaría sin rubor. Sola su hermana le desvía, sólo Andrónico le separa de mí. Pero esto importa poco; pasiones tan débiles como las que inspira la naturaleza desaparecerán a vista de las que enciende el hechicero amor. Pues, ¿que vacilo ya? Repetiré a Valdemaro mi oferta y la aceptará sin resistencia. Él habrá meditado a solas la fortuna que aquí se le ofrece, habrá previsto los trabajos que le amenazan apenas fije el pie fuera de este agradable recinto, y la diferencia enorme de una suerte a otra le pondrá en la precisión de admitir la que le ofrezco».
Esto dijo, y al instante llama a Filena para desembarazarla de la admiración y pasmo en que la había puesto poco antes.
En tanto que Felisinda discurría de esta suerte se hallaba Valdemaro atropellado de una rápida sucesión de contrarios afectos. Su corazón ardía en amantes llamas por Felisinda, pero las obligaciones que debía a su heroica sangre las extinguían de algún modo; tal vez tenía por cierta la muerte de Andrónico y de su hermana, pero a las veces la miraba como especiosos inventos de Filena para seducirlo. Pensaba que la providencia lo habría conducido a aquel país para que acabara felizmente sus días con Felisinda, pero veta que no era esto lo que tantas veces se le había predicho.
«¿Qué esperas a resolverte?, se decía a sí mismo. ¿Dejarás que te vuelva la espalda esta no esperada felicidad que ha venido a buscarte? Si tuvieras esperanza de volver a Dinamarca y poseer el trono que violentamente ocupa Cristerno, podías muy bien despreciarla; pero, ¿cómo es posible, que veas otra vez Dinamarca? Dinamarca acabó ya para ti. Todavía es muy joven la mano que rige el cetro; cuando no tenga fuerza para sostenerlo ya estaré confundido con el polvo que pisan los pasajeros. Sí, que no puede mi corazón tener esfuerzo para resistir a los crueles y repetidos golpes de la desgracia; y si tal vez quiero poner el pie en la otra parte de esos montes, sabe Dios si al primer paso encontraré con mi precipicio. No, fuera locuras, fuera delirios. Este fértil país que domina Felisinda ha de ser mi centro. ¡Con cuánta libertad gozaré de su hermosura en estas apacibles selvas donde la paz, el amor y la alegría son tan solemnemente venerados! Libre de sustos y de sospechas, no tendré más cuidados que el de corresponder a sus amantes caricias ni más emulación que la de que mi amor compita con el suyo. ¿Qué me detengo? Adiós cetro, adiós corona, adiós reino, yo os dejo gustosamente por Felisinda; Felisinda ha de ser mi esposa».
Hecha esta resolución, intenta buscar a Felisinda para comunicársela, pero al primer paso que da fuera de la estancia párase dudoso, se detiene un rato y dice:
«¿Conque ya estoy resuelto? ¿Reducido estoy a unirme para siempre con Felisinda? Pero, ¿cómo tendré valor para abandonar un pueblo que gime inconsolable bajo el tirano yugo de Cristerno? ¿Podré preferir los halagos de una mujer encontrada por acaso a las obligaciones que debo a mi hermana? ¿No es ella la que sacudió de mi inocente cuello la cruel cadena que le oprimía? ¿No es ella la que me envió recomendado a la Suecia para que desde allí partiese a vengar la muerte de mi padre, a borrar con la sangre de mi hermano la execrable injuria que me hizo y libertar al pueblo de la injusta opresión que sufre? ¿Por qué, pues, no correspondo agradecido a sus finezas? ¿Por qué no pongo en ejecución sus nobles designios?
Si los vientos contrarios se han opuesto a mi viaje, si la adversa suerte me lleva siempre errante, ¿debo por eso abatirme? No, que no es digno de gloria un corazón que se rinde a los golpes del infortunio. Si pudiera evadirlos encerrándome en este recinto... Pero no, es locura. Los débiles brazos de Felisinda no podrán servirme de abrigo, ella tal vez no busca más que su propio gusto. ¡Cuán en breve pasará del uno al otro extremo! Prueba bien clara tengo de su inestabilidad. ¿No es ella la que ayer decretó mi destierro? ¿Ella misma no es la que estaba tan inexorable que ni admitía disculpas ni reconvenciones? Así lo dijo Filena; ni la sombra de la noche, ni el horror de los montes, ni la incertidumbre del camino eran poderosos para que suspendiera por un rato a lo menos la ejecución de su sentencia.
No dudo que el haberla librado del riesgo que la amenazaba en la fiera muerta a mis manos habrá podido trocar sus afectos; pero, ¿quién pudo cambiarlos antes para que del destierro que me intimó pasara al placer de la caza que dispuso? No, no es amor lo que astutamente fina me exagera Felisinda; pero aunque lo fuese, ¿debería rendirse a sus halagos el hijo del grande Heroldo? No es posible.
Dijo, y lleno de una noble osadía parte a buscar a Felisinda para desengañarla, pero apenas la encuentra se siente mudado de improviso. Como aquel soldado bisoño que antes de entrar en la batalla nada le asusta, ni las balas le acobardan, ni le intimidan las espadas, antes neciamente valeroso piensa atropellarlo todo, pero que apenas se pone al frente del ejército contrario se amedrenta al estrépito de las armas y al tumulto de los combatientes, desmaya al clamor de los moribundos, se le huye la tierra debajo de los pies y apenas puede tener las armas en sus manos trémulas, así puntualmente le sucedió a Valdemaro luego que se puso en presencia de Felisinda. Su hermosura, que la realzaba portentosamente cierto enojo amable que mostraba en el rostro, y un ligero desfallecimiento que se la notaba en sus miembros le perturbó de repente. Ya no sentía en su ánimo aquel esfuerzo que antes experimentaba, las palabras que tenía en la lengua para decirle se volvían al interior del pecho, tiradas de una fuerza desconocida, el corazón le palpitaba con violencia, sus miembros se hallaban entorpecidos y todo él poseído de un extraordinario descaecimiento.
Presto conoció Felisinda su turbación, y pensando que provenía de otra causa le dijo:
«¿Qué os embaraza? Cuando yo he pasado por el rubor de confesaros mi pasión amante, ¿tenéis ahora reparo de mostrar una correspondencia no más que me es tan debida? ¿Acaso es el amor alguna infame pasión indigna de corazones nobles? ¿Qué reparo tenéis, pues, de confesármelo, cuando ella misma se está manifestando en el rostro a pesar de vuestro esfuerzo?».
«Mal interpretáis, señora, los movimientos de mi semblante, respondió Valdemaro. No puedo negar que os amo; os amo con sinceridad, y tanto que me había olvidado de mí mismo por entregarme a vos; pero tampoco puedo negar que obré arrebatadamente, obré conforme al impulso de un corazón apasionado, no según la decisión de un entendimiento libre. Ved ahí de donde nace la turbación que veis retratada en mi aspecto. Venía resuelto a pronunciar un sí que había de dar el último nudo al lazo con que comenzaba el amor a unirnos, pero me asaltó una reflexión tan poderosa que derribó mis proyectos».
Al paso que hablaba iba cobrando el esfuerzo que había perdido, y como el soldado que en el calor de la batalla olvida los peligros y rompe por cuantos embarazos se le oponen, así Valdemaro, sin atender a los hechizos de Felisinda, prosigue diciendo:
«¿Será razón que prefiera una extranjera sangre a mi sangre propia? ¿Será justo que por gozar tranquilamente vuestra hermosura en estas florestas deje abandonado un reino que funda en mí sus esperanzas? ¿Podré redimirlo de la enorme vejación que sufre si me quedo en este país, entregado al ocio dulce del amor? Mis vasallos expuestos al rigor de un rey intruso, mi trono, mi corona y cetro... Mas, ¿quién me inspira este lenguaje? Señora, mi hermana no tiene otro amparo que el que yo pueda darle y no es justo que la deje sin consuelo entre las penas que la afligen. Pensad si puedo en otra cosa daros gusto, que, pues en ésta no me es posible, estoy resuelto a marchar este mismo día».
Así como más furiosamente se precipita el caballo que corre si le dan la espuela, y se encrespa con mayor furia el voraz incendio si le añaden combustibles, así el enamorado corazón de Felisinda se enardeció más vivamente al oír estas razones de Valdemaro. Queda suspensa, reflexiona un rato, se aviva el deseo, desmaya la esperanza, se agita el corazón y palpitándole en el pecho dice con amante timidez:
«¿Qué nuevas excusas pretextáis ahora, qué me decís?».
«Que es preciso dejaros, respondió Valdemaro. Cuán grande es mi dolor lo podéis bien conocer si reparáis...».
No pudo hablar otra palabra porque un nudo le atravesó la garganta. Alzó amorosamente los ojos para mirar los de Felisinda, y viéndolos ya empañados de lágrimas mezcló con ellas las suyas a pesar de toda resistencia.
«¿Conque es preciso dejarme?», dijo Felisinda.
«Preciso, respondió Valdemaro. Mi antigua obligación, mi hermana, el pueblo... ¡Tirano amor! ¡Ah, si nunca hubiera puesto el pie en este paraje...!».
«¡Fatal momento aquel, interrumpió Felisinda, en que os vieron mis ojos! ¿Qué infeliz destino os condujo a este sitio, si tan presto...? Pero no, no habéis de partir, antes me veréis muerta a vuestros pies. ¿Qué resolvéis?».
«¡Qué atroz batalla de afectos!, exclamó Valdemaro. ¡Oh débil corazón mío! ¿Dónde está el valor que poco antes tenías? ¡Ah, cuán diferente aspecto tienen los peligros cuando se miran de cerca! Ahora poco, parece que ya no temía los insultos que pudiera hacerme el amor, pero ya veo... ¡Infelice de mí! ¿Así se cumplen, Alberto, vuestros presagios? Amado Andrónico, ¿cómo les disteis fe tan presto? ¡Ah, qué vanas salen vuestras promesas, Gésner amable! Piromanto solo me hizo ver la verdad de mi destino. Pero si he de tener en fin una muerte tan violenta, si el dolor de ver morir a mi hermana ha de redoblar tan cruelmente los dolores de mi muerte, menos mal será que yo mismo me quite la vida; de esta forma ni mi hermana pasará por el dolor de verme morir ni yo tendré la pena de ser testigo de su muerte».
«¿Deliráis acaso?, preguntó Felisinda. Dejad esos temerarios designios, adorado dueño mío; pensad que vuestra muerte ha de apresurar también la mía. Si me amáis, que abandonéis os ruego pensamientos tan funestos. ¿Quién, estando en compañía de Felisinda, podrá daros la muerte? ¿Y cómo es posible que veáis la de vuestra hermana, cuando acabó ya el curso de su amarga y trabajosa vida? Pensad, pensad en vivir con Felisinda; quedaos en este bello paraje, formado quizá desde el principio para que vos le gocéis; sí, para que le gocéis en compañía de Felisinda, que el cielo destinó sin duda para esposa vuestra. ¿Qué resolvéis en fin?».
«Darme la muerte, respondió arrebatadamente Valdemaro. Este mismo puñal, que tantas veces...».
«¡Ay de mí, exclamó Felisinda, arrojándose con ímpetu sobre Valdemaro! ¿Qué es lo que hacéis?».
Por presto que se arrojó no pudo detener el impulso, sólo pudo cambiar el blanco, pues el golpe fatal que se dirigía a Valdemaro cayó sobre ella misma, hiriéndola el funesto hierro en el brazo izquierdo. Tiñe luego la sangre sus ricos vestidos, riega el suelo y cae desmayada. Valdemaro queda inmóvil y pasmado; cáesele de la mano el sangriento puñal y no sabe qué hacer; mas viendo que Felisinda se iba desangrando la toma en sus brazos, levanta el grito, clama sobresaltado. Acude la gente de palacio, y viendo la desgracia de su señora lanzan terribles quejas, improperan a Valdemaro pensando que había sido el agresor, convocan a la vecina gente, acuden todos y fórmase un motín. Arrebatan unos a la desmayada de entre los brazos de Valdemaro para curarla, otros cargan sobre éste para aprisionarlo y llenándole de golpes y de injurias y arrastrándolo de los cabellos por aquellas salas lo conducen a una triste cárcel, sin darle lugar siquiera para proferir palabra.
«¿Y qué ha de ser de mí ahora?, decía entre sí mismo. ¿Quién podrá librarme de terrible golpe que la muerte va a descargar sobre mí, cuando no hay ninguno entre tantos que no medite mi ruina? Mi hermano me persigue, Andrónico y Gésner me engañan, Alberto me ayuda a precipitar, mi hermana no puede remediarme, y aquí donde se trataba de mi felicidad sólo se fragua mi perdición. Si recorro los mares, o quieren sepultarme en sus abismos o me arrojan a la tierra por no sufrirme; si camino por la tierra no encuentro más que lazos, tropiezos y precipicios; si levanto los ojos al cielo, lo veo irritado contra mí. Mas, ¿por qué me fatigo en vano? A cualquier parte que vuelva los ojos veo retratada mi destrucción; ¿por qué, pues, no ha venido ya la muerte...? Mas, ¿qué pronuncio? ¿Cuándo acabaré de llamar a la muerte para mi remedio? ¿Cuándo sabré poner toda mi confianza en Dios? ¿No puede ser que por castigo de esta execrable injuria tantas veces repetida venga sobre mí tanta inmensidad de trabajos? Si yo no hubiera empuñado el fatal acero para matarme no me vería ahora en tan infeliz situación. ¡Ah!, cuando me veo en la margen del precipicio conozco mi error y vuelvo sobre mí; pero luego me abandono a mis pasiones cuando estoy distante del peligro. De esta suerte vivo entre desaciertos, arrepentimientos y reincidencias. ¡Ay de mí, triste! ¿Por qué no me dejo gobernar de aquel que sabe lo que me conviene? ¿No tengo bien experimentado cuán en mi favor se muestra la providencia suprema? Todos los males que sufro son frutos de mi ciega obstinación, y no sólo tengo en mí mismo el origen de mis males sino que lo soy también de los ajenos. Felisinda herida por mi causa, Felisinda próxima a morir, Felisinda...».
Esto dicho, pone el codo sobre la rodilla, reclina la cabeza sobre la palma de la mano, clava los ojos en el suelo y queda discurriendo confusamente consigo mismo.
Felisinda, ayudada de los medicamentos y demás diligencias de sus solícitos vasallos, se recobra de su desmayo y apenas abre los ojos, sin cuidarse del dolor de la herida, los vuelve a todas partes para buscar entre la multitud a su idolatrado Valdemaro. Como no le vio, dijo con un esfuerzo propio de su pasión:
«¿Y qué se ha hecho Valdemaro?».
«Descansad, señora, le respondieron pensando adularla, que ya lo tenéis asegurado en la cárcel».
«¿Pues quién os ha dicho que debe ser culpado el inocente?, replicó con un aire de majestad que hizo temblar a los que la oyeron. No me hirió Valdemaro, amor me hirió, de él me quejo; poned a Valdemaro en mi presencia y despejad la estancia».
Obedecieron todos sumisamente y al instante le presentaron a Valdemaro. Venía cubierto de mortal palidez, penetrado de una tristeza cruel, llena su alma de aflicción y enrasados en lágrimas los ojos. Apenas le vio Felisinda se le trabó la lengua y no pudo hablar palabra; sólo tuvo aliento para decir a Filena que cerrase la puerta de la sala y los dejase solos.
«¿Qué es lo que queréis, señora?, dijo Valdemaro puesto de rodillas y arrimada la cabeza al lecho de Felisinda. Yo soy la causa de vuestro mal».
«No os engañáis, le respondió Felisinda. Vos sois la causa de mi mal, es verdad; pero no me quejo de que lo seáis; quéjome de que no queráis darme remedio. Beso y adoro ciegamente el sangriento hierro que me hirió; aprecio infinito la herida si la roja sangre que tiñó el suelo sirve de ablandar vuestro corazón y mejorar mi suerte; pero si la herida, si la sangre... ¡Ay de mí! ¿Aún pensáis en partiros? ¿Pensáis aún en dejar a Felisinda, a Felisinda, que muere por amaros? ¡Oh, amarga ausencia! Valdemaro... ¡Infelice de mí! Si no os mueve mi llanto, si no os enternecen mis sollozos, muévaos a lo menos el pensar que vuestra partida me ha de dar la muerte. ¿Cómo ausente de vos podré llevar la amarga vida que medito? Volveré mis cansados ojos para mirar ese rostro amable que imprimió en vos el mismo Adonis y no veré más que una importuna sombra que doblará mis penas. Desde lo más profundo de mi triste soledad, llevada de mi amante desvarío, os llamaré por vuestro mismo nombre mil veces en el día y aun muchas más por la noche, pero no tendré más respuesta que el silencio o el eco amargo que renovará mis penas. El suave sueño ya no visitará mis tristes ojos, huirá el descanso de mi cuerpo y la dulce quietud no hallará paso para entrar en mi corazón. ¡Desdichada Felisinda, qué de rigores te amenazan! Y bien, ¿lo podréis consentir, amado Valdemaro? Valdemaro, por el amor que os tengo, por estas lágrimas que vierto, por lo que vos mismo sois os ruego que antes de partiros, si es que no basta mi llanto a deteneros, os ruego que con el mismo puñal que me hirió rasguéis mi pecho; no os detengáis, romped, abrid mil puertas para que salga el alma, pues no quiero tener una prenda que os es desagradable; no, no quiero ya un corazón que no es digno de vuestro amor».
Dijo, y sin esperar respuesta vuelve la cabeza a la parte contraria y da libre curso a las lágrimas y a los suspiros.
Nunca se halló Valdemaro tan perturbado como en esta ocasión, ni jamás le pareció Felisinda más hermosa ni más amable. El amoroso desmayo que se le advertía en el rostro, el, expresivo descaecimiento con que ponderaba sus penas y las afectuosas lágrimas que acompañaban sus palabras añadían un prodigioso lustre a su belleza y abrían nuevas heridas en el enamorado corazón de Valdemaro. No quiso malograr el halagüeño hijo de Venus ocasión tan oportuna. Al instante comenzó a dispararle algunas de aquellas flechas que se hacen irresistibles aun a los espíritus más fuertes, y hablándole al interior, le dice:
«¡Qué especie de crueldad es ésta! ¿Así dejas morir a Felisinda entre las penas que la afligen, cuando tú solo eres la causa de ellas? ¿Cómo tan presto olvidas las máximas del encarecido Andrónico? Ni te dejas gobernar por la providencia ni abres las entrañas a los clamores de los afligidos, como tantas veces te aconsejó él mismo. Filena probó que la providencia te ha conducido a este paraje; Felisinda clama, suspira y llora por el remedio que tú solo puedes darle; pero tú, llevado de tus ambiciosos deseos, desprecias las órdenes de la providencia y atropellas las leyes de la compasión. Mira cómo insensiblemente te vas precisando tú mismo a ejecutar maldades no menos enormes que las que cometió tu hermano, por no hacer violencia a los asaltos furiosos de tu ambición.
Ni pienses que podrás disimularla con el especioso pretexto de la obligación de socorrer al oprimido pueblo ni a los desgraciados Andrónico y Ulrica-Leonor. Estos últimos no necesitan de ningún socorro, cuando han acabado ya el curso de sus cansadas vidas; y el pueblo, teniendo ya un rey que lo gobierna, en nada piensa menos que en sacudir un yugo que, lejos de serle pesado, considera ya suave.
¡Infeliz y engañado joven! El crédito que ligeramente diste a las necias predicciones de Alberto no te deja ver el abismo que se va abriendo para tu perdición. Apoyado sobre tan débiles cimientos pensabas que no faltarían guías seguras y manos hábiles para preservarte de todo lazo y conducirte sin tropiezo hasta la eminencia del trono, pero mira cuán bien lo acredita lo sucedido. Sin la asistencia de Andrónico, sin la compañía de tu hermana y sin más consejero que tu corazón ambicioso te ves reducido a la más infeliz situación; y cuando no quieras admitir la fortuna que te ofrece Felisinda, te verás obligado a obedecer a las perversas máximas de la Desesperación.
No, Valdernaro, no; busca tu seguridad en el dulce regazo de Felisinda; quédate a gozar las delicias que te ofrece este país agradable. ¿Por qué atropellas la providencia? ¿Por ceñir una corona que está enlazada de riesgos, cuidados, afanes y molestias? ¿Por empuñar un cetro cercado de espinas? No te engañes a ti mismo; otra corona más suave y otro cetro más dulce te ofrece Felisinda. Sin más cuidados que el de tu dulzura y tranquilidad, sin más desvelos que los que exige el gusto de Felisinda y tu gusto propio, sin más atención que la que piden las ternezas de dos amantes podrás formarte un círculo de vida en el que no haya nada de uniforme».
Esto sugirió el amor al afligido Valdemaro, y como si despertara entonces de un profundo sueño le dijo a Felisinda:
«Volved, señora, hacia mí vuestros amables ojos. ¿Acaso soy indigno de vuestro amor? ¿Cómo apartáis de mí la vista? ¿Queréis con vuestros desvíos añadir nuevos rigores a las penas que sufro? Suspended, señora, el llanto, reprimid vuestros suspiros. ¿Queréis encender más con ellos la amante llama que me devora? Mi amor no necesita de incentivos; vuestra hermosura y gentileza, vuestras virtudes... No más; baste deciros que os amo. ¿Os admiráis? Os amo; mal lo dije, os idolatro. Sólo siento, señora... ¡Cruel destino! Envidia tiene ya mi triste corazón a los que nacieron libres a los que, sin más cuidado que el de su propio interés, pueden dejar que corra sin límites su libertad. ¡Cuán feliz sería si hubiera yo nacido como ellos, cuán libremente os entregaría mi mano y mi corazón! En estas apacibles selvas..., en este suntuoso palacio... Pero, ¡vanos proyectos! Yo, sujeto a obligaciones; yo... El clamor del oprimido pueblo, señora, las injusticias del intruso rey, la infeliz situación de mi hermana, el desamparo de Andrónico... Señora, Valdemaro os adora, quisiera que el destino, pero...».
Sin poder proferir otra palabra deja a Felisinda vacilando entre temores y esperanzas y se retira a la estancia inmediata, impelido de un confuso tropel de cavilaciones. Hallábase su corazón lo mismo que un bajel combatido de contrarios vientos, que ya se hunde hasta la arena, ya se eleva sobre las nubes, ya se inclina hacia un lado, ya se dobla hacia el otro. No podía ni mantenerse firme en ninguno de cuantos medios elegía; los que aprobaba en un instante a breve rato los despreciaba, y los que le parecían útiles se le antojaban impracticables. En esta confusión quédase dormido, y al momento se le presenta una imagen toda celestial. Sobre una nube que llevaba copiados todos los colores de que se viste la diosa Iris baja un venerable y majestuoso personaje. La gravedad apacible de su anciano rostro, el brillante golpe de luz que despedían sus ojos, el olor suave que exhalaba su cuerpo y la inefable belleza de que estaba revestido dejaron embriagado el espíritu de Valdemaro y como embebido en su soberano éxtasis.
«No extraño que no me conozcas, le dijo. Tus ojos cubiertos de sombras no son capaces de percibir lo que es puramente celestial. Yo soy tu padre Heroldo, a quien tu necio hermano abrió, aunque con violencia, la puerta para entrar en la mansión eterna del descanso. La distancia infinita que media entre esta tierra infeliz y la patria dichosa en donde habito no me ha impedido ver ni su sacrílega ambición, ni los infortunios de Ulrica-Leonor, ni la tirana opresión del pueblo ni tus desgracias. Todo lo he visto, y todo lo he visto con ojos serenos porque en aquella mansión feliz no puede haber cosa que lleve mezcla de dolor. Si esto fuera posible lo hubiera yo tenido más de ver la ligereza de tu corazón y la poca confianza en la providencia suprema, que de todos tus desastres. Semejante a una ligera caña que se dobla a cualquier impulso, te has dejado arrebatar sin discernimiento; pues si aún no sabes dirigirte a ti mismo, ¿cómo gobernarás tu pueblo? Si tienes tan poca firmeza que te doblas a cualquier afecto, ¿cómo tendrás esfuerzo para sostener el peso de la monarquía? Y si no tienes valor para sufrir tus desventuras, ¿cómo llevarás después en tu seno las miserias de tus vasallos?
He aquí por qué el cielo te va dilatando la posesión de un trono que te pertenece de justicia. Tu brazo sobradamente débil no podrá mantener siempre recta la espada y tu floja mano no podrá sostener la balanza sin titubear. El cielo te ama, y quiere por lo mismo que, antes de colocarte en el trono, tengas prevenido un buen fondo de sabiduría y probidad para poder gobernar al pueblo según las leyes de la justicia; que reformes tu corazón para que puedan tus vasallos tener en él un modelo de virtud que imitar, y que arranques de raíz, o a lo menos que sujetes las pasiones que puedan perturbarte, para que no te engañes como hasta ahora en tus resoluciones.
¿De dónde ha venido creer tan fácilmente que la providencia te ha conducido a este país para que disfrutes los placeres que te ofrece Felisinda? ¿De dónde creer con tanta ligereza la fingida muerte de Andrónico y Ulrica-Leonor? ¿Te parece que el cielo puede faltar a sus promesas? ¿Cómo podría permitir que después de haber vencido tantos obstáculos te dejases ahora enredar de los amantes lazos de Felisinda? ¿Sufriría que Felisinda oscureciera la gloria que te has adquirido hasta ahora? ¿Permitiría que abandonases a tu pueblo, que gime bajo el yugo del pérfido hermano, para que te unieras con el de un pasajero amor a Felisinda? ¿Cómo podría permitirlo, cuando por decreto irrevocable está firmada la ruina de Cristerno y la elevación de Valdemaro? No, hijo mío, no; sacude el torpe letargo en que vives y oye las quejas y clamores de tus vasallos. No les cierres los oídos, acude a socorrerlos y a restituirles la felicidad que Cristerno les ha usurpado. Marcha luego sin dejarte ver de Felisinda, corre al vecino bosque, vence la aspereza del más elevado monte, dobla su cumbre y encamínate a Stralsund, cuyos muros descubrirás de lejos. Allí encontrarás a Andrónico y a Ulrica-Leonor, proseguiréis juntos vuestra navegación, se os ofrecerán nuevos trabajos, pero sus extremos los coronará después el gusto de verte en el trono para la felicidad de tu pueblo».
Esto dicho, despierta Valdemaro, y sin detenerse en averiguaciones ni reflexionar sobre las circunstancias del sueño parte ocultamente de palacio y pone en ejecución cuanto se le acaba de decir.
Felisinda, teniendo por sospechosa su tardanza, llama a las criadas y les manda que lo hagan venir a su presencia. Obedecen al instante, buscan por todas las estancias de palacio, recorren el jardín, vuelven a su señora y le dicen que Valdemaro no parece. No basta el dolor de la herida ni el descaecimiento de sus fuerzas para detenerla. Levántase mal arropada, busca por todo el palacio, y viendo que en ninguna parte halla vestigios de la prenda por que muere cae desmayada. Recóbrase a breve rato, abre flojamente sus tristes ojos, vuélvelos hacia todas partes, llama repetidas veces a su idolatrado Valdemaro, y no logrando más respuesta que el silencio atropella por entre los brazos que la detenían. Deja el palacio, y arrastrada de su ciega pasión se embreña en el triste bosque, corre acá y allá desatinadamente, no atiende a los clamores de sus criados que la seguían de lejos, llama por su propio nombre a Valdemaro; pero Valdemaro no responde. Rompe desesperada las vendas de la herida, rasga con furia sus vestidos, esparce por el aire los cabellos que arranca con ambas manos, sube con vacilantes pasos a la cumbre de un alto monte y se precipita temerariamente.
En tanto Valdemaro, siguiendo su destino, se iba acercando a Stralsund.
No hubo cosa alguna que pudiese impedir el paso a Valdemaro en el viaje a Stralsund. Ni el sol le molestaba de día ni el frío le ofendía de noche. Los más ásperos senderos le parecían suaves, fáciles los montes más impracticables, el camino breve, el cansancio alivio. De esta suerte, o fuese por el desahogo con que respiraba viéndose libre de la tirana opresión en que lo tenían los amores de Felisinda, o por el vehemente deseo que tenía de verse con Andrónico y su hermana, o por disposición de la providencia llegó felizmente y en breve tiempo a la ciudad de Stralsund.
Al instante se encamina al puerto y llega justamente cuando acababan de desembarcar Andrónico y Ulrica-Leonor en compañía de Rosendo y Parimando, el capitán de la misma nave que había perdido. Publican los ojos el júbilo de tan feliz encuentro, y con repetidos abrazos declaran el regocijo que no podían expresar las lenguas.
Después de haber buscado habitación para los días que habían de detenerse en aquella ciudad, y después de haber dado todo desahogo a sus alegres afectos, se refirieron mutuamente sus aventuras. Andrónico contó el continuo sobresalto en que los tenía la tardanza de Valdemaro y de sus compañeros cuando se desviaron del navío, el nuevo tormento que comenzó a martirizarles cuando al amanecer se hallaron en otro horizonte sin que el viento les permitiera volver a la costa donde los habían dejado, el temor del precipicio de Valdemaro viéndole abandonado a sí propio sin ninguna mano hábil que pudiera desviarle de los peligros, y cómo finalmente, impelidos del viento, habían aportado en aquella ciudad sin saber el destino que les guiaba.
Consecutivamente refirió Valdemaro lo que le sucedió en las fiestas que se celebraron en la playa, el triunfo que había ganado en los dos combates, la pérdida de sus compañeros y cuanto le aconteció hasta llegar al palacio de Felisinda. Contó la tormenta de afectos en que tantas veces había peligrado su corazón, la capciosa astucia con que Filena le aseguraba la muerte de Andrónico y de Ulrica-Leonor, el volcán amante que en su pecho ardía por Felisinda, el riesgo de que la libró en el monte ahogando entre sus brazos al feroz bruto, la resolución de desposarse con ella, el funesto acaso de herirla con el mismo golpe con que quería darse a sí mismo la muerte, el alboroto de palacio y su prisión. No pasó por alto el mayor y más inminente riesgo en que se había visto cuando Felisinda, después de haberlo hecho desencarcelar, le habló desde el lecho, ni tampoco dejó de decir cómo se le habría entregado por esposo si no se lo hubiera estorbado la aparición de su padre Heroldo entre sueños. Finalmente contó su salida de palacio sin verse con Felisinda y el arribo a Stralsund.
«¡Ah, querido Andrónico!, exclamó inmediatamente. Nunca había yo experimentado los efectos que causa la ciega pasión de amor. Imaginaba que todo era dulzuras y placeres, pero he venido a conocer, bien a costa mía, que no es sino disgustos y amarguras. Al principio me parecía ir caminando por un espacioso llano guarnecido de flores y delicias, pero luego vi que me iba introduciendo por una estrecha senda sembrada de espinas; volví la vista hacia atrás y no vi camino para salir de ella; estaba ya cerrado el paso. Mi corazón se hallaba oprimido de angustias, mi alma no conocía las dulzuras de la tranquilidad, mis suspiros oscurecían el aire por dondequiera que iba y no podía poner el pie en parte alguna sin que la regasen mis lágrimas. La noche, que parece había de dar alivio a mis congojas, las aumentaba extraordinariamente; y por la mañana, cuando la aurora comenzaba a dar nuevo esplendor a la tierra con su vista, me hallaba nuevamente cubierto de tristeza y humedecido el lecho con mi llanto. ¡Qué turbación en lo interior! El entendimiento ya no tenía luz para conocer leyes, respetos ni obligaciones; Felisinda me dominaba. La valentía de sus palabras, la portentosa fuerza de sus expresiones, el dulce hechizo de sus lágrimas y el mágico atractivo de su belleza me arrastraban por donde querían, y me hubieran finalmente enredado en sus amantes lazos a no haberme abierto los ojos aquel sueño feliz.
Pero lo que me atormentaba sin ponderación más que todo esto era verme precisado a creer que la providencia me había conducido al país agradable de Felisinda para concluir mis días a su abrigo; y que, conforme a vuestras sabias máximas, debía yo rendir mi voluntad a la providencia, abandonando el cetro o, por decirlo mejor, no porfiando para empuñarlo, supuesto que el cielo no me lo había de permitir. Parangonaba estas razones de Filena con las predicciones de Alberto, y no hallando conexión no sabía qué partido tomar. Luego me acudía a la memoria la visión que tuve en la tenebrosa cueva de Piromanto; y la terrible muerte que había de arrebatar mi vida con la de mi hermana me cerraba el paso para salir de la sombra de Felisinda. ¿Qué medio había de elegir entonces? Todo, conforme a vuestra doctrina, lo consideraba como efecto de la providencia, y no pudiendo hallar modo de conciliar extremos tan opuestos me vi reducido a darme la muerte, que era la única puerta que encontraba para salir de tanta confusión.
Si la providencia, me decía a mí mismo, gobierna todas las cosas y todas las ordena siempre para nuestro bien, ¿cómo podría permitir que se opusiesen a mi felicidad tantos obstáculos como renacen a cada instante, tantas barreras que me disputan el paso, tantas dificultades insuperables a mis débiles fuerzas? ¿Hubiera permitido acaso ni el parricidio enorme que cometió Cristerno ni la infamia con que oscureció mi honor ni la desgraciada fuga que hice de palacio? ¿Permitiría después que Piromanto me amedrentara con tan horrorosos espectros hasta conducirme a la margen del precipicio, que los vientos, los mares, los elementos todos se opusieran a mi destino, que Felisinda preparase tantos lazos para prenderme y usase de todos los encantos de su hermosura y discreción para seducirme? ¿Permitiría, en fin, que mi mano empuñase tantas veces el funesto hierro para matarme? ¿Qué gloria puede resultarme de todas estas permisiones?».
«La misma, y aun sin comparación mayor, respondió prontamente Andrónico, que la que le resulta a un soldado cuando, rompiendo esforzadamente por entre las trincheras y parapetos de los contrarios, llega valeroso a fijar una bandera en lo más alto de sus muros. La misma que le resulta a un piloto cuando, sabiendo contrastar los furiosos embates de una borrasca, llega tranquilamente al puerto. La providencia de Dios, como ya tantas veces os he dicho, asiste en todas las cosas y todas las ordena para nuestra felicidad; pero, ¿pensareis que nos la querrá conceder sin probar antes nuestra paciencia con los repetidos golpes de los trabajos? ¿Nos querrá dar de balde, digámoslo así, una corona de infinito valor? No puede cogerse la rosa sin lastimarse la mano con las espinas, y para que podamos llegar a la posesión del día feliz se hace preciso que pasemos por la tenebrosa noche de trabajos y contradicciones.
Pero mirad en esto mismo cuánto brilla la divina providencia y cuán bien procura ordenarlo todo para nuestra felicidad. A medida de los trabajos nos da esfuerzo para sufrirlos, y a proporción de las tentaciones nos da también auxilios para vencerlas. ¿Hubierais podido salir de la triste cárcel en que os encerró vuestro hermano ni libraros de tantos peligros en que os habéis visto si la mano de la providencia no os hubiera socorrido? Dios ha permitido que os vierais muchas veces a pique de daros la muerte; pero, ¿qué secreta fuerza no habéis sentido siempre en lo interior que os detenía el bárbaro impulso? Y aun cuando en el palacio de Felisinda parece que el acero iba a romper irremediablemente el lazo de vuestra vida, permitió Dios que Felisinda recibiera la herida para que con un mismo golpe despertarais ambos del infeliz letargo en que vivíais. ¡Ah! Si Dios con su sabia providencia no empleara todos los acontecimientos de esta vida para nuestro bien, ¡cuántas veces nos hubiéramos sepultado en el abismo de nuestra perpetua ruina! Aun aquellos accidentes que parece no tienen conexión alguna con nuestra felicidad sirven las más veces para que la logremos más seguramente. El parricidio infame de Cristerno abrió a vuestro padre la entrada para la patria celestial que habría tal vez hallado cerrada si hubiera sido más larga su vida. La infamia que os atribuyó sirve para que os labréis una corona de gloria con el sufrimiento, y al mismo Cristerno sirve para hacerle conocer de cuántas maldades es capaz un hombre que se abandona al torrente impetuoso de sus pasiones».
Apenas acabó Andrónico de proferir estas palabras cuando Valdemaro, después de haber estado suspenso un largo espacio, dijo:
«He aquí por qué el cielo no me permite ceñir la corona de Dinamarca. Me dejo arrebatar sobrado de la corriente de mis pasiones, no tengo firmeza bastante para contrastarla; y mi corazón, semejante a una ligera hoja que arrebata el viento, se deja llevar de cualquier accidente; menos que no se engendre un nuevo corazón en mi pecho, no seré capaz de empuñar el cetro. Si ahora cuando están lejos de mí los graves cuidados que cercan al trono, si ahora que no tengo que cargar sobre mis hombros el peso de las necesidades, inquietudes y quejas de los vasallos, si ahora que no tengo que dirigir a nadie más que a mí mismo me hallo las más veces sin acción y sin saber qué partido tomar, ¿qué será después, cuando me vea oprimido con el peso de la corona? Sin conocimiento del corazón humano, sin arte para evitar los riesgos de la precipitación, sin prudencia ni política bastante para mantener los intereses del estado, sin perspicacia para penetrar los secretos de los gabinetes, sin inteligencia para examinar los motivos que deben abrir una guerra, y finalmente sin más caudal que un corazón sujeto a mil pasiones, que unos ojos cubiertos de sombras y que un juicio corrompido, ¿cómo me atreveré a subir al trono sin que al primer movimiento no vacile y caiga en el precipicio?
En vano se me asegura que mi elevación al trono será la felicidad de mi pueblo; porque, ¿cómo podré hacer felices a los extraños cuando no puedo hacerme feliz a mí propio? Por conseguir esta dicha he padecido trabajos inmensos, he superado inmensas dificultades, pero de cada obstáculo que atropello se levantan infinitos más incontrastables. Todo se opone a mis designios y yo quiero atropellarlo todo; ¿qué resultas podrá tener esta ciega porfía sino la que logra el que se obstina en navegar contra la rápida corriente? ¡Ah!, no conozco en mí ninguna de tantas admirables cualidades como se requieren para empuñar el cetro; ¿cómo podré porfiar en empuñarlo cuando sé que todos los pasos que se dan hacia una dignidad que no se merece son otras tantas intrusiones escandalosas?
No, no quiero engañarme; experiencia bien costosa tengo en mi hermano Cristerno de lo que puede hacer un hombre que se deja llevar de su pasión dominante. ¿Deberé arriesgarme a mil necios desvaríos por seguir mis ideas ambiciosas? No, no quiero sacrificar mi quietud a mis deseos, que, por más disimulados que sean no dejarán de tener anexo algún resabio de ambición. Reine Cristerno enhorabuena, que Valdemaro no quiere ocupar un puesto en el que para mantenerse recto se necesita un fondo de virtudes que yo no tengo todavía. Volvamos, amado Andrónico, a la isla de Alberto o a la deliciosa vega de Gésner, que más aprecio la paz y sosiego que allí se goza que toda la opulencia y fausto de la corona».
Ninguno pudo dejar de admirarse de este nuevo modo de pensar en Valdemaro, y tanto más se admiraron cuanto le habían visto antes tan inexorable contra Cristerno y tan empeñado en destronarlo; pero Andrónico, queriendo que Valdemaro fundase sobre las mismas razones que acababa de decir todo el edificio de su seguridad, le dijo:
«Nunca, mi querido Valdemaro, me habéis parecido más digno del cetro que cuando más lo estáis despreciando. Esas mismas reflexiones que sabiamente hacéis me obligan a creer que conocéis harto bien los riesgos de que está enlazada la corona, y consiguientemente que sabréis evitarlos con destreza. Cualquiera que sabe prevenir los peligros sabe también apercibirse para no tenerlos; y el que conoce los precipicios de un camino sabrá mejor que otro alguno cautelarse para no caer en ellos.
Sé muy bien que los afanes, fatigas, manejos, instancias y las importunidades con que se solicita una dignidad son pruebas incontestables del poco mérito del que las practica; y por el contrario, la resistencia a los ruegos y a las instancias y la negación a las persuasiones y solicitudes son argumentos del mérito que le acompaña. Mas no por esto debéis tener por intrusiones sacrílegas, como decís, los pasos que habéis dado para llegar al trono, porque nadie podrá culpar de delincuentes vuestros deseos, cuando se dirigen a lo que justamente podéis aceptar. Cuando no os perteneciera de justicia el trono de Dinamarca, podríamos decir que son culpables los deseos, reprensibles las solicitudes y temerarias las diligencias que habéis practicado hasta ahora; pero, ¿qué cosa podéis desear con más equidad que un cetro que se os debe de justicia, que una corona que os han arrebatado sacrílegamente, que un trono que os han usurpado con tanta violencia?
No, amado Valdemaro, no; vos debéis proseguir animosamente vuestro viaje y atropellar cuantas dificultades se os opongan hasta veros en la eminencia del trono. Esperad en el poder del Señor y no le provoquéis ya más con vuestras antiguas desconfianzas. Estad perfectamente persuadido de que el espíritu de Dios, que no puede engañarnos, nos conduce por la mano, nos libra de los precipicios a que quieren arrastrarnos nuestras pasiones, nos levanta del suelo cuando estamos más decaídos y nos da esfuerzo para vencer las dificultades que se nos oponen. Y cuando vos mismo estáis experimentando estas incontestables verdades, ¿podréis dudar que la providencia os preservará de todo lazo hasta que lleguéis a la consecución del justo fin a que aspiráis?».
«Pero cuando el cielo me ponga el cetro en las manos y la corona en la cabeza, ¿qué haré?, preguntó Valdemaro. ¿Sabré acaso precaverme contra los hombres que tienen tantos modos de disfrazar su ambición? ¿Cómo sabré desviar del trono a los perversos y buscar a los sinceros y justos, cuando cada uno procura encubrir sus delitos con aparentes virtudes? ¿Cómo sabré correr el velo de la hipocresía con que ocultan sus artificios? Un corazón corrompido y lleno de hediondez sabe vestirse de inocencia para granjearse la benevolencia de los poderosos; un alma que exhala el hedor de los vicios que la infestan sabe respirar los olores más suaves de la virtud, y un hombre vil y despreciable sabe aparecer edificativo y lleno de piedad. ¿Qué sagacidad no es menester para penetrar tantos artificios?
Si tuviera la fortuna de rodear mi trono de hombres sinceros y fieles no temería inclinar mi cabeza para recibir la corona, pero, ¿cómo pueden quedar hombres de bien en Dinamarca cuando Cristerno parece que formó el empeño de exterminarlos? En toda Dinamarca no quedará huella de virtud; la verdad habrá desertado de sus términos, la piedad se habrá retirado a los montes y sólo se verán entronizados el error y el vicio. Esta consideración me acobarda demasiadamente y me hace mirar con pavor un cetro cuyos hechizos me arrebataban en otro tiempo».
«Así como nunca suele ser tan impetuosa la furia de un torrente, respondió Andrónico, que en una o en otra orilla no perdone alguna reliquia para que levante la cabeza en medio de la ruina, así tampoco suele ser tan general la relajación que no se encuentren algunos hombres de probidad y de virtud. Por más dominante que se halle la depravación, por más que la relajación extienda su brazo corrupto, siempre hay algunos retiros que esconden hombres justos y que no han inmolado su entendimiento al error. No penséis, pues, que en Dinamarca falten personajes que puedan servir de columnas firmes para sostener el trono; y aun cuando estos faltaren, veríais siempre triunfantes la verdad y las leyes que no pueden padecer corrupción, y que son los únicos apoyos sobre que debe estribar el buen régimen de la monarquía».
No quiso Valdemaro replicar a Andrónico porque en el discurso de su vida había aprendido, bien a costa suya, cuánto arriesga cualquiera que se resiste a los consejos de un sabio por seguir las máximas de un capricho; y sometiéndose a las disposiciones de Andrónico y a los designios de la providencia variaron la conversación y comenzaron a tratar sobre la continuación de su viaje.
No estuvieron ociosas en este tiempo las furias infernales. La Desesperación, viendo malogrados los designios de Plutón, bate impaciente sus negras alas, atraviesa las lóbregas estancias del abismo, entra en el oscuro retrete donde se esconden las demás furias y les ruega que la acompañen a la presencia de su rey. Gustosas acuden a socorrerla, y vistiéndose de sus furores dejan el tenebroso albergue y se presentan ante el terrible solio.
«¿Es posible, oh poderoso rey, le dice la Desesperación, que jamás haya de venir a veros sino para llorar agravios y presentaros quejas? Valdemaro burló los encantos de Felisinda, ha triunfado de ella haciéndola morir desastradamente y ahora corre sin embarazo a colocarse sobre el trono de Dinamarca. Ya lo sabéis, no tengo necesidad de repetíroslo. Si es razón que triunfe de vos y que haga burla de vuestro poder, vos lo debéis contemplar; que a mí, desdichada, no me queda otro recurso que el de mi tormento. Sin embargo, si vuestra voluntad quiere por un breve tiempo sujetarse a la mía, os prometo y juro por vuestra amada Proserpina que dentro del término de dos días el Miedo, la Temeridad y yo pondremos a vuestros pies a Valdemaro, a Andrónico, a Ulrica-Leonor y a cuantos intentaren atropellar vuestro honor, vuestro respeto y vuestras fuerzas».
«No es justo que os niegue petición tan razonable y en la que tanto interesa mi honor, respondió Plutón. Os doy mis facultades para que de la tierra y del abismo elijáis cuantos instrumentos os parezcan a propósito para lograr feliz éxito en vuestra empresa. Eolo mandará a vuestro arbitrio el inmenso número de vientos que tiene bajo su jurisdicción; Neptuno mi hermano hará ensoberbecer las ondas de los mares; y yo, ¿qué podré negaros cuando se trata de mis intereses?».
Apenas dijo cuando, con la misma velocidad que se disparan de la nube los rayos para causar estragos hacia las cuatro partes del horizonte, partieron del abismo las tres furias. El Miedo vuela a Stralsund, corre al puerto, entra en la nave y aguarda oportunidad para introducirse en los corazones de Andrónico y Ulrica-Leonor. La Desesperación y la Temeridad, después de haber prevenido a Eolo y a Neptuno para que conspirasen con sus fuerzas al logro de sus proyectos, se paran atentas junto al palo mayor de la nave para insinuarse en Valdemaro cuando les parezca conveniente.
No bien se hicieron a la vela con el designio de arribar a Suecia y tomar las provisiones necesarias para arrojarse sobre Cristerno y destronarlo, cuando los desapiadados Eolo y Neptuno dieron libertad a los vientos y a los mares para que ejerciesen sus furores al arbitrio de la Desesperación.
Al instante retira el sol sus luces, el cielo se cubre de nubes, los rayos cruzan con violencia por la atmósfera, los truenos infunden horror hasta en las rocas, las ondas se enfurecen y la triste nave se deja arrebatar por todas partes como si fuera forjada de ligero corcho. Rechinan las maromas, crujen las tablas, rásganse las velas, las jarcias se destrozan, rómpense los cables y se estremece violentamente toda aquella voluble máquina. Pierde el tino el piloto, descaece el capitán, desmayan los marineros y el Miedo, que nunca había tenido entrada en el ánimo de Andrónico, se le apodera ahora y lo deja acobardado a un lado de la nave junto a Ulrica-Leonor, que temblando y palpitándole el corazón en el pecho estaba para dar el último aliento. La Desesperación y la Temeridad se introducen en el corazón de Valdemaro, hácenle creer que su ánimo es superior a los peligros que le cercan y que la desenfrenada tormenta que a todos intimida no debe acobardarle. Esforzado con este nuevo engaño corre temerariamente de una parte a otra de la nave, da y ejerce a un mismo tiempo las órdenes que ni podían ejercer ni sabían dar los otros y procura infundir valor en los acobardados; pero, pensando encontrar con sus temerarias faenas la vida para todos, no halló sino la ruina para sí mismo. Una furiosa ola le arranca de la nave y le sepulta en las aguas.
Con la misma velocidad que la cariñosa madre corre a sostener al hijo tierno que ve caer en algún precipicio, así Ulrica-Leonor corrió hacia el borde de la nave cuando vio caer en el mar a su desgraciado hermano. Andrónico y los circunstantes, a pesar del Miedo que les ocupaba, corren tras Ulrica-Leonor, pensando que iba también a precipitarse, cógenla por las faldas del vestido, cae de golpe sobre la cubierta y queda desmayada. Rosendo se arroja intrépido a la mar, lucha con las embravecidas ondas, se fatiga por salvar a Valdemaro pero, cansado en vano, se recoge otra vez a la nave. Cruza entonces Andrónico las manos sobre el pecho, clava sus tristes ojos en el cielo y dice:
«¿Es posible lo que veo, Dios mío? ¿Podéis por ventura faltar a vuestras promesas...?».
Sin poder proferir otra palabra baja otra vez la cabeza y comienza a bañar con sus lágrimas el rostro de la desmayada Ulrica-Leonor.
El capitán y los más principales de la nave no se hallaban menos angustiados que Andrónico. El afecto que dulcemente les habían robado las amables prendas de Valdemaro y las no menos recomendables de su hermana les hacían sentir sobre toda ponderación la desgracia del uno y la aflicción de la otra. Todos mezclaban sus lágrimas con las del dolorido Andrónico, y transportados en tan cruel congoja parece que habían olvidado los peligros de la borrasca.
«Ésta es la única y desgraciada reliquia que nos queda del grande Heroldo, decía Andrónico, teniendo a Ulrica-Leonor en sus brazos. ¡Heroldo amable! ¡Y bien podéis mirar desde esa mansión feliz donde habitáis, bien podéis mirar sin enterneceros la desgraciada muerte de vuestro hijo Valdemaro, la grave angustia de esta hija vuestra que tengo recogida en mis ancianos brazos y la aflicción acerba que me oprime! ¡Y cómo no besan mil veces vuestros puros labios la peana del trono del Omnipotente, para implorar...! ¡Valdemaro infeliz, desgraciado Valdemaro...! Mas, ¿cómo el cielo no ha exterminado ya al infame Cristerno, causa de tantos desastres? ¡Dios mío! ¿Vive aún Cristerno y Valdemaro ya no existe? ¿Cristerno, el pérfido Cristerno...? Mas, ¿a dónde me arrebata el exceso de mi pasión? Señor, en vuestra presencia derramo mi alma: no se esconde a vuestros ojos la enorme angustia que me aflige... ¡Ah, si yo pudiera trasladar mi vida al cuerpo yerto de Valdemaro! Valdemaro sería útil al pueblo, cuando yo no puedo servir más que de embarazo. ¿Cómo no trocáis, Señor, las suertes? Valdemaro, hijo mío, hijo mío Valdemaro... ¡Ay de mí! ¿Cuán a poca costa... mi muerte sola...? Pero, Señor, vos sois incomprensible en vuestros juicios; yo los adoro sumisamente... Vos no podéis faltar a vuestras promesas».
De esta suerte procuraba dar Andrónico algún desahogo a su oprimido corazón; y el capitán, viendo que calmaba la borrasca, mandó que colocasen a Ulrica-Leonor en un lecho para que con menos incomodidad pudieran aplicarle remedios para restablecerla. Hiciéronlo en efecto y los marineros comenzaron a poner en orden lo que había desbaratado la borrasca.
Estando en estas faenas vieron venir un poderosísimo navío con todas las velas tendidas, y habiendo llegado a distancia proporcionada derribó las velas de repente, hizo señal para pedir atención, y levantando la voz dijo el capitán:
«Oh vos, cualquiera que seáis, comandante de ese navío, si acaso tenéis en vuestro poder o sabéis en dónde habitan dos personajes tan decantados por sus desgracias como ilustres por su linaje, llamado el uno Valdemaro y el otro Ulrica-Leonor, decídmelo o entregádmelos de buen grado, porque si no será preciso hacéroslos entregar por fuerza».
Quedó extraordinariamente sorprendido Parimando al oír la arrogante demanda del extranjero. Pensó inmediatamente que sería algún enviado de Cristerno para prender a sus dos hermanos, como varias veces había oído decir; y no queriendo errar en la respuesta mandó avisar a Andrónico, que estaba en la guarda de Ulrica-Leonor. Salió al instante y después de haber cumplimentado al capitán extranjero le dijo:
«Señor, si queréis hacernos el honor de pasaros a este ya desde ahora vuestro navío, nosotros os lo agradeceremos como es justo y vos podréis darnos señas más individuales de esos personajes que buscáis; quizá os daremos noticia de su paradero».
«Admito vuestros corteses ofrecimientos, respondió el capitán extranjero, y quiera el cielo que podáis hacerme nuncio de felices nuevas».
Pasó el recién llegado capitán al navío de Parimando, y habiéndose formado asamblea de los más principales caballeros de ambos navíos dijo:
«El abominable Cristerno, ese hijo desnaturalizado que hizo víctima de su ambición a su padre Heroldo, que manchó la inocencia de su hermano Valdemaro con el negro atentado del parricidio y le usurpó con sacrílega violencia el trono que el cielo le tenía destinado, murió desastradamente a sus mismas manos; él mismo se atravesó el infame pecho con su espada».
No fue poderoso Andrónico para reprimir las lágrimas ni pudo dejar de esparcir por el aire los suspiros que no era capaz de sofocar en el pecho. Arrebatado de un impulso irresistible deja el asiento, levanta hacia el cielo su anciana cabeza, dirige acá y allá sus trémulos brazos y exclama:
«¡Justos cielos, que angustia es ésta! ¿Es posible lo que oigo y es posible que Valdemaro sea muerto?».
«¡Qué! ¿Es muerto Valdemaro?», preguntó sobresaltado el capitán extranjero.
«Valdemaro es muerto», respondió Andrónico.
«¡Infeliz Dinamarca!, exclamó el extranjero. ¡Tanto tiempo hace que eres teatro de tragedias y desgracias! Lloraste inconsolable la muerte violenta de tu insigne Heroldo, gemiste después oprimida bajo el tirano yugo de Cristerno, y cuando comenzabas a respirar libre de tan injusta opresión, cuando comenzabas a recobrar la antigua alegría con la esperanza de ver ocupado tu trono por Valdemaro, el digno hijo de Heroldo, la muerte, la cruda muerte... Pero, ¿para qué queremos ya nuestras vidas, oh miserables dinamarqueses, prorrumpió con nuevo ímpetu volviéndose hacia los suyos; ¿para qué queremos nuestras vidas? Muramos, muramos todos a una: yo soy el primero que envainaré la noble espada en mi pecho...».
«Si con nuestras vidas, dijo Andrónico asiéndole por el brazo, pudiéramos recobrar la de Valdemaro, ya hubiera ofrecido yo la mía al duro hierro; pero nosotros, en vez de obligar al cielo con nuestras súplicas, no hacemos más que irritarle con nuestras desordenadas resoluciones. No sentiréis vos tanto como yo la desgracia de Valdemaro, no; el capitán Lobdrock no compadecerá tanto la muerte de Valdemaro como la compadece el desterrado Andrónico».
«¿Qué oigo?, preguntó Lobdrock. ¡Andrónico! ¿Vos sois Andrónico, aquel sabio ministro a quien tanto tiempo llora Dinamarca? Permitid que os estreche entre mis brazos... ¡Oh, qué feliz hallazgo, qué alegría, si no la acibarara la muerte de Valdemaro! Y si es muerta su hermana Ulrica-Leonor...».
«No es muerta, respondió Andrónico bañado en lágrimas; pero está casi sin vida en esta misma nave; todavía no la hemos podido restablecer del mortal desmayo que le causó la muerte de su hermano...
Pero, ¿cómo es posible que falte el cielo a sus promesas?, prosiguió con nueva fuerza. ¡Cuántas veces nos ha asegurado que Cristerno caería del trono que ocupaba con ignominia y que Valdemaro entraría a poseerlo! ¡Alberto...! ¡Con cuánta puntualidad hemos visto verificado lo que me vaticinó aquel inmortal anciano! ¿No se ha cumplido ya la ruina de Cristerno? Pues, ¿cómo deja ahora de cumplirse lo que más interesaba a nuestro sosiego y a la felicidad de Dinamarca? ¿Es posible que en esto solo se engañe Alberto y nos falte el cielo? No es posible. Yo lo estoy viendo y no me atrevo a creerlo; el cielo es infalible».
Apenas dijo, cuando los del navío dinamarqués, llamando a su capitán, salieron diciendo a voces:
«Señor, los remedios que mandasteis aplicar a ese mancebo que poco ha recogimos han sido muy de provecho, pues ya comienza a dar señales de vida».
Así como, después de una desenfrenada borrasca que todo lo ha puesto en desorden, comienzan los apacibles céfiros a serenarlo todo con sus dulces soplos, quedando las vecinas riberas en una suspensión alegre, del mismo modo quedó el agitado corazón de Andrónico cuando acabó de oír las nuevas de los marineros. Sin más motivo que la confianza que siempre tenía fija en las promesas del cielo sintió renacer en su alma una alegría rara vez experimentada, que le prometía felices sucesos aun en medio de tantos desastres.
«¡Gran Dios!, exclamó. ¡Si será Valdemaro!».
«¿Qué, se anegó Valdemaro?», preguntó Lobdrock.
«Una inclemente ola, respondió Andrónico, le arrebató desde el borde del navío poco antes de ahora... ¿Qué alegres esperanzas siento renacer en mi alma, qué dulce inquietud es ésta, corazón mío? Acudamos pronto, Lobdrock; desvanezcamos nuestros temores, veamos qué mancebo es ése... ¡Ah, Dios mío, haced que en este día brille más que nunca vuestra inescrutable providencia!».
Inmediatamente pasaron al otro navío Andrónico, Parimando, Lobdrock y otros principales. Andrónico, regando con sus lágrimas la encanecida barba y fijando tal vez los ojos en el cielo con la más viva expresión, iba infundiendo nuevas esperanzas en sus compañeros, y apenas pusieron los pies en el navío vieron tendido boca abajo sobre un lecho a un mancebo que apenas podía respirar. Míranlo atentamente Andrónico y Parimando, y como si un mismo espíritu les moviera los labios exclamaron:
«¡Eterno Dios, cuán infalibles son vuestras promesas!».
Y diciendo esto se abraza Andrónico con el mancebo, báñale el rostro con sus alegres lágrimas, llámale repetidas veces con el dulce nombre de hijo, y tanto le estrecha entre sus brazos que parece quería infundirle el mismo espíritu que le animaba.
«Valdemaro, hijo mío, le dice, hijo mío Valdemaro, ¿es posible que os vuelvo a recobrar, que os aprieto contra mi anciano pecho...? Dinamarqueses, éste es vuestro rey».
Como cuando una madre viuda y desconsolada recobra de improviso al hijo único que la cruel fortuna le había arrebatado en la flor de su edad, dulcemente enajenada no sabe cómo expresar el contento que la inunda, del mismo modo, transportada la tripulación no sabe cómo manifestar el golpe de alegría que sintió viendo en el navío al mismo Valdemaro que poco antes lloraba sin consuelo. Unos arrojan al viento los sombreros, otros disparan la artillería, éstos se encaraman por los palos a coronarlos de grímpolas y gallardetes, otros se zambullen en el agua para desahogar su alegría y todos por diferentes maneras procuran manifestar el contento que les cabe.
Tan alegre estrépito acabó de infundir en el corazón de Valdemaro los espíritus que había perdido. Comienza a mover los brazos, abre los ojos, mira como extático a los circunstantes y dice:
«¡Qué es lo que veo! ¿Vivo yo aún? ¿Qué nuevos semblantes son estos? Parimando.... Andrónico... Pero, ¿y mi hermana, qué se ha hecho mi hermana, vive?».
«Sí, dulce hijo mío, vive vuestra hermana, respondió Andrónico. ¿Por ventura podía faltar el cielo a sus promesas? No era posible. Volved vuestros amables ojos hacia todas partes y os veréis rodeado de vuestros fieles vasallos los venturosos dinamarqueses, que han venido solícitos a buscaros, viéndose libres del insufrible yugo de vuestro hermano, que miserablemente se dio la muerte».
«¡Qué escucho! ¿Cristerno es muerto?, preguntó Valdemaro. Sostenedme, amado Andrónico, apoyadme sobre vuestros brazos... No es tan feliz esa nueva como imagináis. ¡Infeliz hermano! Digno eres por cierto de muerte tan desastrada, pero yo te compadezco. ¿Puedo dejar de sentir tu desgracia? No, no se ha extinguido todavía la dulce llama que la naturaleza enciende en los corazones de dos hermanos. Cristerno, desgraciado Cristerno... ¡Oh gran Dios, cuán miserable es el hombre cuando le abandonáis a la ceguedad de sus pasiones! ¡Qué días de horror y de tinieblas...! Lamentad su desgracia, dinamarqueses, sentid que Cristerno se hubiese hecho digno de muerte tan desastrada».
Dicho esto, se reclina otra vez sobre el lecho y da libre curso a sus lágrimas; pero acordándose al instante de su hermana, se levanta de improviso, y deseoso de ver la situación en que se hallaba ordena pasar al navío de Parimando. Hállala desmayada todavía, tómala en sus brazos, báñale el desfallecido rostro con sus lágrimas, y se restablece. Abre los ojos, y viéndose en los brazos de su hermano dice como quien acaba de despertar de un profundo sueño:
«¡Ay de mí, qué violencia! ¿Estoy despierta ya? ¡Qué sueños tan funestos! Ahora poco hace, oh hermano, apenas me rendí al sueño, vi levantada una tan furiosa tormenta que ni podían maniobrar los marineros ni les quedaba esperanza de salvarse. Embravecióse por instantes, y subiendo las enfurecidas olas hasta la cubierta del navío se os llevaron tras sí a sus abismos. Quíseme arrojar también para morir en vuestra compañía, no lo consintieron estos caballeros y me quedé oprimida de dolor tan vehemente que aún ahora parece que lo estoy sufriendo en el alma; y me hubiera quitado la vida a no despertar tan pronto y ver que ha sido ilusión».
Esta sencilla relación de Ulrica-Leonor hizo correr lágrimas de alegría por los rostros de los circunstantes, viendo que tenía por ilusión lo que había sido realidad.
Después de esto la informó Andrónico de todo lo sucedido en Dinamarca y le hizo saber cómo el capitán Lobdrock había llegado poco antes con la noticia, juntamente con la comisión para buscar a Valdemaro y conducirlo a Dinamarca, que ansiosa lo esperaba para ceñirle la corona. Pero queriendo Valdemaro saber los motivos de la funesta muerte de su hermano, rogó a Lobdrock que los refiriese con puntualidad, como lo hizo inmediatamente en esta forma:
«Ya sabéis cómo, colocado Cristerno en el trono que usurpó con escandalosa violencia, comenzó a trastornar el buen orden que había en Dinamarca. Viéronse abatidos los hombres de probidad, ensalzados los infames aduladores, repartidos todos los cargos entre la gente de corrompidas costumbres, tratados con ignominia los personajes más celosos del reino; en una palabra, se vieron desterrados los Andrónicos, los Hiarnes, y puestos en fuga los Gesneros, los Halleres y demás ministros que sostenían con rectitud la corona sobre la cabeza del grande Heroldo.
¿Qué felicidades podía prometerse el pueblo de un rey tiránicamente intruso, que no sabía extender la mano sino para oprimir? Todos aparecían temblando en su presencia porque, en vez de aquella majestad agradable que deben respirar los soberanos, se veían estampados sobre su frente el ceño y la fiereza; ni aun aquellos que lograban su privanza tuvieron jamás la fortuna de verle sin sobrecejo.
La religión y la política, que inspiran benignidad para perdonar flaquezas, celo para reprimir escándalos y una sabia sagacidad para establecer un trono más importante sobre los corazones de los vasallos, fueron desterradas de palacio. El espíritu de justicia y de verdad, que es la brújula de los soberanos, huyó lejos del trono, y lo abandonaron la prudencia, la equidad, la dulzura y demás gracias que constituyen un príncipe agradable a Dios y a los hombres.
¿Cómo podría sufrir Dinamarca tan abominable rey cuando acababa de perder el amable Heroldo? Dinamarca, que esperaba ver reemplazado por Valdemaro el trono que iba a desocupar sosegadamente su anciano padre, ¿cómo podría sufrir el tirano yugo de Cristerno? Dinamarca comenzó a pensar seriamente sobre su esclavitud, y observó a breve tiempo que podía sacudirla sin dificultad, porque aquellos ministros aduladores que él mismo había elegido se quejaban ya de su infelice suerte. Enormemente oprimidos bajo el terror que les infundía una cabeza feroz, estaban resueltos a fomentar cualquiera empresa facciosa que pudiera conspirar a su ruina.
No tardó mucho a herir los oídos del rey el infausto eco de este sordo rumor, ni tardaron a atormentarle con más crueldad los remordimientos de su conciencia. Aun más que el bien fundado recelo de alguna sublevación le atemorizaban su padre muerto y su hermano infamado. En vano doblaba las guardias, en vano exterminaba a los que más temía, porque cuanto más excesos cometía su ferocidad tanto mayores eran los remordimientos que le despedazaban. Las guardias podían tal vez librarle de alguna tropelía del feroz vulgo, mas no calmar sus temores ni desvanecer las horribles visiones que le espantaban. O fuese efecto de su dañada fantasía o fuese realidad, se dice que veía repetidas veces en el cielo sobre su mismo palacio un horrible cometa con la figura de una espada, y que al mismo tiempo oía espantosas voces en el aire que le amenazaban con su ruina. Lo cierto es que el infeliz Cristerno, antes que experimentase ninguna rebeldía en sus vasallos, se pasó el infame pecho con su espada y lanzó su abominable alma envuelta en la sangre que le salía por la herida.
Los dinamarqueses, viéndose libres de tan tirana opresión, comenzaron a respirar con desahogo, y sin pensar más que en la feliz quietud que iban a recobrar salen ansiosos en busca de Valdemaro y de su hermana. Cada uno va por su parte, deseoso de ser el feliz descubridor, y pues yo he tenido la fortuna de serlo justo es que de nuevo lo publique».
Dijo, y haciendo la señal comenzaron otra vez los marineros a disparar la artillería y hacer otras demostraciones del contento que les inundaba. Luego se hicieron a la vela ambos navíos y en breve llegaron a Copenhague, donde fue recibido Valdemaro con general aplauso y coronado después entre el alborozo y aclamaciones de toda Dinamarca.