En la carrera
Felipe Trigo
[Nota preliminar: edición digital a partir de la edición de Madrid, [s.n.], 1909, y cotejada con la edición de Turner, 1988.]
Primera parte
I
Las cinco luces ardían sobre la mesa en que se había servido, más suculento que de ordinario, el desayuno, y el carbón, hecho una grana, en la estufa. Pero advirtió Amelia (que lloraba menos) cómo entraba franca por el balcón la claridad del día, y torció la llave de la araña.
Con este lívido fulgor de amanecer aparecieron más ajados los semblantes. Gloria no se quitaba el pañuelo de los ojos. La madre sollozaba sobre el hombro del «niño», dándole consejos, y el niño, el joven Esteban, comía de un modo maquinal cuanto le habían puesto en el plato. No hablaba. No hablaban. Un ómnibus que acababa de pasar había conmovido a todos como el coche de los muertos, y otros ómnibus, que se acercaba ahora con gran estruendo de hierros y de ruedas, los aterró.
-¡Ahí está! ¡Hala, vamos..., que parecéis unas criaturas! ¡Ni que el viaje fuera al Polo! -animó Amelia levantándose, porque había parado el ómnibus. Y al ir por su marido, le vio llegar poniéndose la pelliza, y le apostrofó dulcemente-: ¡Vaya, hijo! ¡Pues ya no puedes tomar nada!
Sin embargo, le sirvió café con leche, que sorbió de pie el grave capitán de Ingenieros. Mientras, habían formado un solo grupo de llanto Gloria, Esteban y la madre. Ésta quiso que el viajero se calentase los pies antes de salir. Las criadas ayudaron a un mozo a bajar el equipaje. Y por último tuvo Amelia que arrancar al pobre hermano de los brazos de las otras, empujándole al pasillo...
-¡No, no!-repuso todavía-. ¡Que digo que no vais a la estación!... ¡Estáis asustando al muchacho!
Ella lo prohibió enérgica desde la noche antes, para cortar la escena de duelo junto al tren.
-¡Adiós!-lanzó la mamá desgarradamente, soltando el hombro de Esteban. Y deploró todavía-: ¡Ha debido acompañarle tu marido hasta Madrid! ¡Le va a pasar algo!
Y no sabían, no, que despedían para siempre en el viajero, la buena madre y la niña hermana que lo idolatraban, que le sabían tímido y tan bueno, y que habían dormido hasta esta misma noche junto a él en vecindad de bien contiguos cuartos.
A Esteban, en la calle, tuvo su cuñado que subirlo al coche, que partió con su estrépito de hierros y colleras. Un pañuelo flameó en la ventanilla...
Al restituir la atención al interior, advirtió el joven que iban señoras, dos curas viajantes... Cruzaron la Puerta de Palmas y galopaban por el puente. La mañana estaba fría, pero serena. El llevaba los guantes de algodón que le compró su madre.
Miró arriba, por el río. La densa niebla velábale en una esfumación de dibujo carbonoso los molinos, las baterías de las murallas..., el Vivero, el fuerte de San Cristóbal... Cada una de estas cosas, de estos sitios, tan vivos de recuerdos, le absorbía en nueva pasión de despedida que hacíale olvidar los demás.
El coche se detuvo entre coches y tranvías.
Pasaron al andén. Era extraña la impresión que le causaba, hoy, al que lo había visto mil veces: algo así como... «de cosmopolita», de paraje «del mundo», no de Badajoz, y por donde se podía ir a todas partes. El «rápido» esperaba en una línea. En otra, con la máquina a la inversa, el tren de Portugal. Los dos echaban humo. La máquina de este tren era más chata, y los coches más anchos, y azules. Faltaban once minutos para que el suyo partiese. Un mozo se había encargado de facturarle el baúl: y el grave y afectuoso cuñado, Ramón, a quien respetaba como a un padre, le resguardó del frío metiéndole en la fonda. Sentados cerca de una puerta, Esteban no quiso nada; y Ramón pidió coñac, por tomar algo.
Sí, sí; esta impresión que hoy le causaba a Esteban la estación, «de sitio por donde pudiera irse a todas partes»..., se le imponía; y por primera vez hacíase cargo de que Badajoz no era un aislado rincón donde él hubiera pasado preso de cariños su niñez, sino un pueblo que estaba abiertamente en los caminos de la tierra. Fuera, entre abrigos de hombres y guardapolvos de señoras que le parecían franceses, ingleses..., leía en un edificio de ladrillo, junto al cual había carabineros y guardinhas: «Aduana», «Alfandega», «Custtomhouse»... en español, en portugués, en inglés.
Entró un revisor del «rápido». Conocía a Ramón, y se sentó con ellos. Era grande y tenía una voz clara de corneta. Tomando aprisa su tazón de café con tostada, que le dejaba colgando en cada fuerte pelo del bigote la nata y la manteca, charló con el grave capitán, que siempre hablaba poco. Decía «ajos»... De pronto se encaró con Esteban.
-¿Va a Madrid el muchacho?
-Sí -le respondió el capitán.
-¿Qué estudia?
-Medicina.
-Vamos, ¡ha pasado aquí la Nochebuena!
-No. Va por primera vez. En octubre, que debió ir, estuvo malo.
-Pues, hijo, ahora, a estudiar, ¡y cuidado con el pito, no te lo vuelvan flauta!
-¿Qué pito? -preguntó el chiquillo ingenuamente.
Rióse el revisor, brutal, tragando un tercio de tostada...; y entonces, comprendiéndolo Esteban, se encendió en vergüenza, delante de Ramón. Éste se apresuró a cambiar de charla por librarle de sonrojos, y le encomendó al amigo para el viaje.
-Bueno -aceptó el revisor-, ¡pues te vas a ganar alguna bofetada si no andas como un huso! ¿Llevas merienda?
-Sí.
-Entonces..., descuida... ¡que te buscaré!
Cogió su cartera y salió.
Ramón salió también con Esteban y lo instaló en un departamento de segunda. Le hacía advertencias -por tratarse de un viajero que no había viajado sino de muy niño con su madre-: «No apearse en marcha.» «Al bajar los vidrios, cuidado con los dedos.» «Y, principalmente, debía siempre reparar si estaba o no el cristal alzado..., porque muchos lo rompían con la cabeza al asomarse violentamente para ver cualquier cosa del camino». Luego le entregó el talón, que trajo el mozo, y le regaló diez duros.
Partía el tren.
-¡Adiós! ¡Adiós! ¡Dale otro abrazo a mamá... y a Gloria, y a Amelia! ¡Adiós!
Pero ya Ramón saludaba militarmente a alguien que iría en primera, más atrás..., y en el andén se te ocultó al viajero entre furgones de vías muertas.
Un fantástico desfile de siluetas, a través de la niebla que se iba esclareciendo. Una congoja en el corazón de Esteban. «¡Adiós! ¡Adiós!», repetía su corazón, con el casi espanto de esta soledad en que ya se hundía, saludando a la torre de San Juan, a la torre del Castillo, a su casa, a su madre, a... a...
¡Sí, sí, también! ¡Oh, claro, sí!... ¡La había olvidado! ¡La había olvidado esta mañana, en su escena dolorosa de familia!..., a la pobre novia, a su Antonia adoradísima de su vida y de su alma...
Por un rato, por todo el tiempo que el tren corrió los llanos de frente a Badajoz, Esteban lo fue mirando hechizadamente..., dolidamente, con una intensa voluntad de devoción en su pesar de olvidos para ella...
Un puente de hierro, otro después, inmediato (¡los de Gévora!)... y he aquí perdida la ciudad en la niebla y la distancia. El viajero cayó sobre el asiento.
¡Esto era hecho!
No sabía qué hilos acababan de romperse entre él mismo y su pasado. ¡Qué hilos... que volvíanse magnéticos, flotando por el aire..., hacia lo nuevo, hacia lo inmenso, hacia Madrid!
¡Madrid!
Todo llega, puesto que había llegado este viaje.
Pero Madrid, el Madrid enorme, el grandioso, el tan soñado a martirios de ilusión..., era una ilusión de fuego que aún más le abrasaba con la inminencia de verle... ¡Y apartó de él el pensamiento, como de algo enconadamente cruel que enloquece o emborracha!
Ateníase al viaje, por lo pronto..., a la también bella realidad del viaje, con una perspectiva de veinte horas de tren -en este primer día nuevo, intenso, de esta intensa y nueva vida, que empezaba. Iba solo..., y lamentó que antes Ramón, puesto en la puerta, hubiera estorbado que subiesen viajeros..., viajeros tal vez... con quienes iniciar alguna aventura: «-¿Sois español?... Y a su armonioso acento, tan armonioso y puro que aún ahora sólo el recordarlo me embelesa...»
El coche estaba limpio. Los divanes, tapizados de una fría y fuerte trama gris, como de crin. Todo lo miraba y de todo se enteraba. Las perchas de red, en donde iban su maleta y su atamantas; la comba lámpara del techo, por debajo de la cual podía correrse la pantalla de resorte; el llamador de alarma; el doble juego de persiana y de cristal en las ventanillas, reforzado aún por la azul cortina que ostentaba de la poderosa compañía las iniciales... M. Z. A... ¡Todas, todas estas cosas de la especie de ambulante saloncito que tenía el prestigio de estar corriendo siempre desde Badajoz hasta Madrid y Alicante y Zaragoza!... ¡Media España! Brindábasele a quien podía pagarlo. Y la idea, al estudiante que iba a buscarse el porvenir, le produjo una honrada excitación a ser hombre de provecho...; hombre capaz de ganar lo suficiente para viajar algún día en primeras, en berlinas..., como su hermana y Ramón. Se recogió hacia adentro, espió por las mirillas del tabique: daban al departamento central del mismo carruaje; iban unos cuantos señores y dos guardias civiles. En seguida leyó las instrucciones del timbre de alarma: ¡bien, bien, esto le parecía serio! La vida empezaba a instruirle formalmente. Y se sentó.
Pero sus ojos quedaron fijos en un detalle burlesco. Alguien se había entretenido raspándole letras al letrero que debía decir «10 asientos», debajo de la percha, y decía:
| «10 as...n.os» |
¡Qué estupidez! Le dolió que en la solemnidad de un tren hubiera quien se dedicase a burlas de mal gusto... como en los retretes.
Hallábase azogado. Se fue a una ventanilla y bajó el cristal «cuidando de los dedos». Campos de trigo. La niebla luchaba rota con el sol encima de las llanuras verdes; pero lo dejaba todo como lavado y nuevo, con la impregnación de su humedad, y todavía flotaba espesa sobre las cañadas, sobre los arroyos. Algunos chozos y montones de traviesas, al lado de la vía, goteaban; y las ramas de unos eucaliptos, agitadas al paso velocísimo del tren, salpicaron al viajero.
¡El «rápido»! Merecíase el nombre. Corría a más no poder. Volaba. Las casetas, los terraplenes en que se metía a menudo, los palos del telégrafo, cruzaban como cosas que iban llegando poco a poco y que alguien quitase después de un puntapié... ¡Allá atrás quedaban recobradas a su inmóvil realidad junto a la vía! El suelo, principalmente a ras de los estribos, borrábase en una loca fuga de rayas; dijérase que eran los estribos los que estaban quietos, trepidando, nada más, sobre aquella fantástica escapada de la tierra.
Pero la impresión de marcha obteníala mirando hacia la cabeza o la cola del convoy. Más aún cuando la marcha amenguó, porque se llegaba a un pueblo.
« ¡Talavera! ¡Dos minutos!»
No se veía el pueblo, sólo la estación, humilde, en una de cuyas ventanas asomaba la hija de un empleado, entre macetas. Poca gente. Uno subió. Otro bajó, por los terceras. El peatón aldeano del correo cogió las cartas.
El «rápido» volvió a correr, haciéndole honor a su nombre. Esteban volvió a querer «empaparse» bien de esta verdad suya de hombre que viajaba... que viajaba. Nada de ver pasar el tren, como otras veces: iba ¡dentro! Era pues, «un viajero». Comprendió que el portugués del cuento gastase estas tarjetas: Luis Acosta, Ex Pasajero de 1ª clase do Correio D'Oporto.
¡Ah!... Oporto, Lisboa, ¡Madrid!...; no, ¡no! Tornó a separar de Madrid su pensamiento, como de una ilusión que marea, y atúvose a este feliz prólogo del viaje...
El tren, cuando se forjaba Esteban la ficción de creerlo, botando nada más sobre la tierra fugitiva, parecíale la acera de casas de una calle. Cada cual tenía su sala, su vida singular de algunas horas.
En las rectas miraba la sucesión de dorados pasamanos, la lenta oscilación lateral de los coches, en bruscos desencajes de argollas de cadena o de escamas de reptil y los jirones de vapor que, entre los bandos de espantadas alondras, rodaban y caían pesadamente a los sembrados. En las curvas veía la majestad de la locomotora gigantesca, negra, brillante, triunfal..., unas veces luciendo limpias sus bielas plateadas que agitábanse con vaivén de furia como los brazos de un loco...
Así miraban al tren de recelosas las mulas de los campesinos, los burros de los arrieros que iban por las sendas con calma incomprensible... ¿Cuándo llegarían, a donde fueran, estos pobres hombres?... ¡Oh, ni cuándo llegarían a alcanzar el tren estos pobres perros de majada que se quedaban atrás como los postes!
Otro pueblo, Montijo, grande, y lo rozaba la vía. Tras él veíase la Puebla de la Calzada, y más lejos torres y camposantos de aldeas...
-«Allí -me dijo, señalando un cementerio», se acordó nuevamente de Campoamor, cuando el tren volvió a correr.
Pero le iba dejando yerto el viento de la marcha, que le llenaba además de carbonilla, y cerró el cristal, yendo a sentarse al lado opuesto. El sol entraba ahora por aquí. Esto era una casita singular que se movía, y unas veces caíale el sol por la derecha y otras por la izquierda. Le daba rabia que no subiese nadie con él, y confiaba en las estaciones de importancia. Llevaba su guía, naturalmente, y la hojeó. Luego, por un rato abstraído en vagas ansias de aventuras, el isócrono estruendo de las ruedas le fue rimando un vals..., un vals que le escuchó en la pasada tarde a la mujer de Zacarías Collado.
Una de las tantas «despedidas» a que le llevó su madre a la vista de este viaje en regla, y creyéndole en el caso de cumplir por primera vez «etiquetas de hombre». No estaba Zacarías, y ella, Renata, la bella Renata Mir, tocó el piano. Él volvía la hoja, y al indicarle que la volviese, ella le dejaba siempre en abandono su mirada azul... ¡Esta Renata pudiera ser una «mujer de aventura»..., rica, casada con un simple, viajera impenitente!... La fama, al menos, lo decía. El no la había visto apenas hasta ayer.
Sacó el retrato de su novia y quedóse contemplándolo. El sol entraba por los vidrios y llenaba el coche de un claro y tibio calor de estufa. Sacó también un pitillo y lo encendió. Emboquillados. Íntegra aún la cajetilla, para el viaje. En la gran invitación de soledad, bajó su atamantas, se puso las zapatillas y la gorra, extrajo también el paquete de cartas de Antonia (escondido en casa con apuros), y dedicóse con toda calma a releerlas... ¡La adoraba!
En realidad, estas cartas constituíanle de ella lo más íntimo, lo más encantador. Hablarla... no había podido hablarla nunca como novio. Amiguita de su hermana Gloria, la veía con ésta en casa, pero de refilón y a escape, porque les daba vergüenza a las dos, y apenas si se atrevió a acompañarlas en San Francisco algunas tardes.
Le ensimismaron de tal modo las cartas, que no se dio cuenta de que de tiempo en tiempo paraba el «rápido» en pequeñas estaciones... Jamás saboreó con tal reposo la grande idealidad de este amor, en su conjunto. Quería a Antonia..., como a su misma hermana Gloria... Y le llamó la atención otra estación donde había una fábrica de harinas. Se asomó. Eran hermosos edificios rodeados de jardines: Aljucén. Dos señoras, del tren de Cáceres, subieron al compartimiento contiguo. Las miró por la mirilla. Una rubia guapa. Otra, la mamá. ¡Esto se animaba!... Si pronto no viniese alguien con él, se mudaría con las señoras. Las cartas, desparramadas por el asiento, tacháronle de ingrato... «No, no; era... una ansia..., un afán sin forma, ¡de viajero!» Y al partir el tren miró la guía, leyó que distaba Mérida muy poco, y recogió las cartas y las guardó en el bolsillo, con el fin de ver los acueductos...
Bordeaban el Guadiana. Había molinos, encinas, toros, chopos y sauces en las riberas. El sol esplendía sobre su triunfo de la niebla en un paisaje idílico. Desde un prado de esmeraldas, tres grullas miraron al tren. Junto a un paso a nivel desmandóse en dispersión un hato de carneros. Y el tren, el «rápido», seguía... veloz, triunfaba, imponente... Pitaba y no cesaba de cruzar alcantarillas. La histórica ciudad surgió detrás de un enorme puente de hierro de otra línea. Cruzó el «rápido» otro puente de hierro, al lado del puente de piedra de un arroyo, y aún Esteban vio admirado otro gran puente lejano... como si fuese Mérida la ciudad de los arcos y los puentes. El viajero iba de un lado a otro del coche, para no perder cosas nuevas. Un acueducto romano, huertas, alamedas, la estación y otro acuerdo romano, más allá, y uno árabe. Bella y blanca, Emérita Augusta, coronábase de torres y palmeras; sus casas próximas, alineadas ante una extensa tapia que pregonaba anuncios industriales, eran depósitos de comercio y rientes hotelillos rodeados de verdor...
Bajó el viajero, se perdió por el andén entre la gente y las carretillas de equipaje, y compró periódicos y una moneda de Nerón en el quiosco. Ante la fonda recreóse contemplando a las damas. Al tornar al coche, con su súbito recelo de que le hubiesen robado la maleta, encontró que dos señores acababan de subir. ¡Menos mal!..., aunque hubiese preferido compañía del sexo débil. Saludó y se puso a esta ventana donde daba el sol nuevamente.
Un tren partió hacia Andalucía, otro hacia Cáceres; y luego el «rápido». Vio las ruinas del Hipódromo, al pasar. Sacó la cajetilla, con la delectación de otro cigarro, y... ¡oh!, ¿cómo fue?..., se le cayó, botó contra el estribo, rodó por la cuneta... ¡Sus emboquillados!... ¡Su única provisión de tabaco para el viaje! ¡Habría fumado al sol tan ricamente!... Tardó poco de entrarse. La vehemencia de sus antojo por fumar le atormentaba, y confióse en los viajeros, que habían visto el percance.
Pero, ¡nada!... Hombres de negocios, charlaban en un rincón, revisando planos y papeles. Esteban miró el Nuevo Mundo, y después El Imparcial, y después El Liberal comprados en Mérida. Admirábase de cuán poca curiosidad les inspiraban él y el paisaje a estos señores. Debían de ser ingenieros..., o más bien ayudantes, sobrestantes..., juzgando por su ropa. Sufría de no poder averiguarles esto y sus nombres. El les diría de buena gana que iba a estudiar... ¡a Madrid! ¿Habrían estado ellos en Madrid?... De su conversación dedujo que iban tan sólo a Castuera.
Lo peor es que se ofrecían sus petacas mutuamente, sin brindarle. Una hora, dos horas de martirio para el joven. Pasaban pueblos, y hasta grandes, como Don Benito y Villanueva, y comprobaba que no vendían tabaco.
Si no fuese el revisor amigo de Ramón, le habría pedido.
¡Qué lástima! ¡Él, que con un sol tan dulce y un cigarro iría haciendo observaciones tan curiosas! Por ejemplo, estos campos y sus gentes, muy distintos ya de los de Badajoz, y que le daban una honda emoción de distancia... de lejanía de sus cosas y su tierra... Ahora, con los borricos, si quisiesen ir a Badajoz los arrieros, tardarían... un mes. Se perderían, además, en estos encinares. Porque desde mucho rato, marchaba el «rápido» entre dehesas, entre montes, con su rauda firmeza de acero y de vapor. Las cosas y los árboles cercanos escapaban hacia atrás, siempre hacia atrás..., mientras que los que estaban lejos y unas azules sierras con que se cerraba el horizonte aparentaban perseguirse en una galopada quimérica y en igual sentido que el tren; esto le daba a la campiña un aspecto de inmensa ola volteadora.
«Las doce», vio en la estación de Magacela. Sacó su reloj y le corrigió tres minutos, por el gusto de llevarlo exacto. Toma de agua. Cruce con un mixto. El pueblo estaba increíblemente encaramado en la cúspide de un monte.
Pero en media hora más volvió a cambiar el paisaje. Tierras áridas, de canchos. Charcos y manadas de cerdos. Los pueblos, del mismo color terroso y sucio de los cerdos, distaban mucho unos de otros. De Campanario a Castuera transcurrió una eternidad entre silbidos y lamentos y como fatigas de la máquina. Y en Castuera se bajaron los dos señores... sin saludar. Junto al caserío de tonos de arcilla veía tinajas... En los vagones, tinajas... y al lado opuesto, minas de plomo (según la guía).
-¡Auh! -ladraba la gente para hablar, con un armónico sonete.
Esteban, contrariado, un poco defraudado por el viaje, que empezaba a fatigarle, y a pesar de la grande emoción de país lejano que le metían en el alma estas gentes, no pudo menos de recordar a Campoamor, irónico para con su mala estrella: «Al arrancar el tren subió a mi coche...»
Y arrancaba el tren en verdad y subió a su coche el revisor hercúleo, riéndose y diciéndole:
-¡Vamos, hijo! ¿Qué tal vas? ¡Ya te he visto formalito! ¡Eso es bueno!... Conque... ¡saca la merienda! ¿No hay hambre?... Recontra, ¿como tú trajeses mi faena! Arsa, ¡a comer! Yo me vuelvo en el correo desde Almorchón, ¿sabes?
Porteaba un gran frasco de vino. La comida fue excelente. Pollo, jamón, tortilla, carne mechada, chorizos, pasteles, queso, higos, camuesas... «Pero, tú, ¿vas a Madrid o a Pekín, hijo del alma?», admiraba el revisor, devorando como un buitre. Y le dio seguidos tres disgustos: uno, a decirle, a preguntas de él, que... «¡qué suero iba a tardarse un mes, en burro, desde aquí hasta Badajoz!... ¡Un día! ¡Si se creería éste que iba ya por las Quimbambas!»...; otro, decirle... «que este 'rápido', aunque así le llamaban por bambolla, no era 'rápido' ni música..., correo mixto, por clasificación oficial... ¡y que se asomase, si no a ver las jaulas de borregos!»...; y el tercero, en fin, ¡que no fumaba! ¡Adiós, pues, cara ilusión de un cigarro para postre! El buitre, agradecido, hubiéraselo brindado, aun sin pedírselo él.
El último trago fue en las agujas de Almorchón. Recogió el revisor su botella, se limpió en unos papeles, y dejó el coche perdido de huesos y de pringue... Las tres de la tarde. Esteban vio bajo la marquesina..., ¡oh, sí!..., ¡que vendían tabaco! Compró dos cajetillas, y se metió en la fonda, encendiendo con ansia un cigarro para tomarse un café. Las mesas se llenaban. Había señoras.
Cuando volvió al coche, comprando de paso el Heraldo y la Semana Ilustrada, se asombró; lleno: siete cazadores y tres perros. Entre mantas, escopetas y cananas, se acomodó como pudo.
-¿Le molestan a usted estos perros, señor?
-¡Oh, no! -le respondió finísimo Esteban al finísimo cazador que le dirigía la palabra.
Eran gentes de fuste de Sevilla -acababan de llegar por el tren de Bélmez-. Se conocía, no sólo en esta libertad, tomada del conductor sin duda, para llevar perros en segunda, sino en sus buenos trajes de campo. En nueva disculpa afirmáronle «que iban cerca, a Los Pedroches... y que por eso permitíanse molestarle con semejante invasión». Pero Esteban, aunque estrecho, se alegraba. Esto matizábale ya un tanto el viaje. Uno resultaba marqués; otro, duque... y les acompañaba un torero: el Bombita. Por atenderles a su conversación pintoresca, no atendía apenas al paisaje, bello otra vez, de sierras de encinas.
Pasado Cabeza de Buey -donde todos admiraron la estación, llena de lindas muchachas- y un túnel, les empezó el anochecer, entre montes. El duque, el marqués, el Bomba y demás amigos hablaban de mujeres. El coche se llenaba de humo, y a los canes tenían que darles patadas con frecuencia..., pues no dejaban de molestar entre los pies, buscando huesos, royendo huesos. «¡Corci, ni que hubiese aquí comido un escuadrón! ¡Y qué puercos!», se lamentó el Bombita, quitándose de la polaina un pellejo de chorizo. «¡Sí -apoyó Esteban, rojo como un pavo-, vino una familia de un pueblo antes... que comió!» Y todo lo siguió soportando con paciencia, horas y horas, entre los montones de mantas y encogidas las piernas sobre un perro. Al despedirse estos señores, le dejarían dormir, tras de haberle dicho, en mutuos ofrecimientos amistosos, de qué era marqués el marqués y duque el duque... Quizá le diesen tarjetas, el Bomba también, ¡el gran Bomba...!, que él mostraríales en Madrid a los paisanos...
A las diez, en fin, pudo estirarse. En Los Pedroches bajaron los aristócratas, saludándole con leves cortesías. Entre los aristócratas y los perros habían acabado de dejarle el coche hecho un asco, de meadas, de cerillas y colillas. Sacudió un asiento y se tumbó, protegido de una manta contra el frío. No podía dormir; pero aburríase de no ver fuera, por la oscura noche, más que la reflexión de la mortecina candileja en los cristales. El golpeante fragor de la carrera volvía a rimarle el vals de Renata Mir.
Una excitación erótica, que aun, así de espaldas, aumentábanle el tren, la trepidación, el insomnio..., el haber comido y fumado mucho. Se la iniciaron vivamente, en verdad, los sevillanos, con tanto hablar de bellezas y queridas. ¡Ah, si Sevilla era esto, de lujos y mujeres..., qué no sería Madrid!... Renata iba con él, en cálida imagen; y no su novia, su Antonia, su ángel adoradísimo de ilusión y de poesía, una vez disipado el campoamoriano ambiente de este viaje. ¡Le había mirado Renata Mir de un modo!
¡Madrid! ¡Madrid!... Oh, ¡Madrid!
Se le pintaba, ya no lejos, con un prestigio... «que le dolía en el corazón». Bien se merecía este largo viaje que iba volviéndosele molesto. Ya no sentía más deseos que... ¡llegar! ¡Y quedábanle tantas horas de la noche!...
Pero Madrid había sufrido una trasfiguración en la mente del viajero. Por culpa de las románticas novelas que él leyó, apareciásele como una ciudad fantástica llena de castillos y situada en una altura... Una ciudad de fastos principescos y de amor, con guante y con espada... «¡Calle de Fuencarral!»... Soñó algunas noches que iba por ella, y que encontraba al «vizconde de Rudaguas con el barón del Destierro, con sus capas y tizonas... buscando dónde batirse». Ahora, en cambio, por culpa del Bomba y del duque y del marqués, se le representaba como un emporio de vicio y de riquezas, donde estuviesen todas las mujeres de postal.
Y temblaba, con el mismo santo horror, lleno de hechizos, que habíale hecho temblar en las tres o cuatro veces que le llevaron a niñas los del instituto. Era un temblor honrado de remordimiento y de vergüenza, pero tan delicioso..., que en esta soledad y en este desamparo del tren y de la noche se dedicó a rememorar aquellos lances.
¡No, no, aquí no podrían llegar a turbarle tal meditación las sombras puras de su novia, de su hermana Gloria, de su madre!
Una, la primera..., se llamaba Olvido, y le había costado una peseta. Otra, que le costó dos, Martirio, y con Martirio volvió a los cuatro meses. La última, ¡oh, la última!, de ella recordaba más, porque fue en septiembre, y hubo su poco de juerga. Piedad. Se reunieron tres, y tres mujeres. Cada uno puso la mitad de lo que les habían dado en sus casas por el sobresaliente del grado. Porque fueron los tres sobresalientes, buenos chicos... Cita en el puente. Después..., cantina de la estación...: vino..., escabeche..., pájaros fritos..., una guitarra..., ay... aay... aeay... yayay... Tiro de piedras por la calle y ar que le dé que perdone...
El tren botaba, volando, silbando..., rimándole con su estruendo golpeante los «flamencos» cantares de la juerga con flamencas...
Ay... aay... aeaeaeay...
Tres horas más tarde, cansado de oír nombres de estaciones, agotadísimo sobre las duras crines del asiento, también botaba el tren, también volaba silbando..., pero rimándole al viajero, en una especie de vago dormitar, una especie de gran reacción saludable de toda su buena alma abierta a las caricias de su madre, de sus dos hermanas, ¡de su novia!...
«Seré formal, muy formal -iba pensando-. Me juntaré más con Luis Cerrato, que es el mejor. ¡Él no hubiera ido nunca a aquellas cosas! ¡Ya se sacrifica mi madre bastante, al darme la carrera, para que yo no lo sepa agradecer!...»
Y encogía los pies de vez en cuando, porque los estiraba, en la otra mitad del asiento, uno de los tres viajeros entrados en Ciudad Real, y que dormían aquí como en la gloria. Roncaba otro de un modo tan descomunal, en el compartimiento inmediato, que oíase muchas veces, no obstante el tabique, y en plena marcha del tren...
-¡Qué bárbaro! ¡Qué manera de roncar!... ¡el tío!...
«¿Sois español?», y a su armonioso acento...
Abrió los ojos, porque la luz y el frío del alba le entraron por la portezuela. Subían al coche dos damas muy guapas, muy blancas, muy bien portadas de abrigos y sombreros. Esteban se incorporó y recogió su manta, dejándolas asiento, porque los otros viajeros dormían como benditos. Se arregló las mechas del pelo y la gorra. Si a él le habían visto en el sueño con la cara idiota que a los otros, pálidos, con las bocas abiertas y llenos de carbón, no debió serles agradable. El coche parecía una ambulancia de muertos, todo sucio y en desorden. Alguno había vomitado o vertido vino por una ventanilla, y veíanse los chorretones secos en el polvo del cristal... Las señoras, en pie, cuchicheaban y reían..., apartando en el suelo del vagón, con sus delicadas botas, los restos de huesos y papeles pringados de la pantagruélica merienda...
Pero... ¿cómo que... Getafe?... ¿Getafe?... ¡Se lo estaba oyendo a las señoras!
-Perdón, ¿es Getafe donde estamos?
-Sí, señor -le respondió una de ellas.
¡Luego hallábanse a minutos de Madrid! ¡Luego él se había dormido profundamente! Púsose en pie de un salto. Creyó que iba a faltarle tiempo para envolver en el atacapas sus zapatillas, su gorra, su almohadilla, su guía..., ¡tanto chisme! Y, sin embargo, lo dejó arreglado en un momento. La charla de las damas despertó también a los demás, que se levantaron bostezando... ¡Qué caras!...
Llanos fuera del coche. Sembrados miserables. El «rápido»..., ¡bueno!, el correo mixto, volaba según iba acercándose a Madrid. Otro tren, en otra línea, apareció a lo lejos, también a escape. Era de coches enormes, con una locomotora rara y colosal... Algún exprés. Esteban deploró que teniendo otras provincias estos trenes, la suya, únicamente, por todo lujo, tuviese un correo mixto.
La galantería habíale hecho quedarse en medio del vagón, por cederle la ventana a las señoras; y como además iba de espaldas a la marcha, no veía aquel Madrid que ya tal vez se divisase.
-¡Villaverde! -otra parada. La última.
A partir de aquí, corrieron unos campos raquíticos, de huertas, y empezaron a dejar a uno y otro lado, algo después, talleres y coches parados... Coches, muchos coches por muchas vías. Máquinas, furgones, grúas... Más talleres y más coches... Algún que otro edificio suntuoso a distancia..., y el «rápido», el... (¡bueno!), se metía debajo de una ciclópea techumbre comba de hierro y de cristal, donde aún lucían muy blancos contra la luz rosa de la aurora los voltaicos focos, y donde ocho o diez trenes parados cabían en la inmensidad de andenes y de vías como juguetes... Unos cientos de personas que no constituían, sin embargo, más que un perdido y silencioso grupo en la hermosa, en la limpia estación de maravilla, acudieron al correo de Badajoz... Esteban iba ya en la portezuela. Parecíale que Madrid le recibía por una catedral de luz... Buscaba a Cerrato con los ojos... ¿No habría venido a esperarle?... Dos uniformados mozos le abordaron..., y entonces, ya en el andén, vio al amigo y compañero.
-¡Hola, Luis!
-¡Hola, muchacho! ¡Esteban! ¡Demonio!
Se abrazaron. Echaron entre la gente, tras la carretilla de los mozos. Cerrato le aconsejó a Esteban que se abotonarse el gabán, no fuesen a robarle... El aturdido viajero se abrochó, comprobando al tacto su cartera de billetes, y a un tiempo mismo preguntaba por los paisanos y lo miraba todo... Se parecía a una hormiga, bajo esta diáfana grandeza de estación. Salieron, y quería no perder de vista al mozo de equipajes... Pero Cerrato le metió en un coche de punto, a esperar, y confió en el mozo, mientras éste sacaba el baúl, con sólo tomarle el número.
Diez minutos después, corrían rampas arriba para desembocar en Atocha. Esteban sufrió el asombro de nuevas maravillas: la estación por fuera, el Ministerio de Fomento, el Botánico..., la espaciosidad del Prado llena de jardines... El asfalto, sobre todo, le chocaba; una fisura de espejo, pues, este piso de Madrid, mojado ahora de rocío... Las gentes, por otra parte, las mujeres, iban muy peinadas y compuestas al salir el sol; en Badajoz no se veía a estas horas más que despelujadas criadas a la compra... Luego, en el trecho del Museo al Banco de España y la Cibeles, que tornaron a asombrarle, reparó un momento en el cambio de Cerrato, que antes ya habíale sorprendido: blanco, muy blanco, igual que todas estas gentes de Madrid, incluso los cocheros...; llevaba guantes nuevos frambuesa, y las botas como acabadas de limpiar... ¡Parecía mentira! ¡Un muchacho casi sucio en Badajoz... y apenas con tres de Corte! Oh, sí, sí... pero el abrumo de suntuosidades se le impuso de nuevo la calle de Alcalá, a partir del Banco y del Ministerio de la Guerra. Derivaron pronto a la derecha por la del Caballero de Gracia, hacia la de Jacometrezo... Y ésta sólo pudo admirar a Esteban por la altura de las casas, que lo parecían más con sus seis pisos e innumerables balcones en la estrechez tortuosa.
Lo que ya no le gustó, francamente, fue el portal de la en que entraron..., tras haber visto tantísima magnificencia. Menos aún la escalera, y más que menos el pasillo del principal, abierto por la patrona, y que olía... a coles cocidas. Salváronlo a tientas. Doña Rosa (la patrona) tenía reservada para él la habitación del gabinete: en otra cama... (pero ¡qué peste a coles cocidas!) dormía Eduardo Mesonero Romanos, como un lirón. Mientras lograban despertarle, doña Rosa le explicaba a Esteban que «la peste era del gas... porque lo había en la escalera». Eduardo mal despertó, por fin, y saludó con jovial modorra al llegado...
-Mira. ¡Acuéstate!... ¡Ya hablaremos a las dos!... Anoche, ¿sabes?..., ¡anduvimos de jaleo!
Luis se llevó a Esteban a los cuartos de los otros. Camas a pares. Jaime Fagoaga con Morita («un chiquillo muy resuelto que estudiaba para ingeniero, valenciano»); Luis Cerrato con la Burra, junto al comedor, y únicamente, en el pequeño dormitorio de la sala, Antonio Mazo estaba solo. Despertaban todos con gran dificultad. La Burra, ¡la pobre Burra!, sí se conservó despierto, porque iban a dar las ocho, hora de clase.
-Bueno, hombre..., ¡hoy no! Tú irás desde mañana. ¡Vendrás cansado! -le aconsejaron a Esteban, mientras tomaban los tres el chocolate.
Y como era cierto; como había dormido poco en esta noche y nada en la anterior, en cuanto salieron Luis y la Burra, se volvió al cuarto que habíanle designado y se acostó, procurando no volver a despertar a Eduardo.
Venía rendido y penetrábale este frío fino de Madrid hasta los huesos. Exageraba su devoción, queriendo asistir desde ahora mismo a San Carlos. Pero..., ¡reconcho!, ¡qué peste esta del gas... a coles!... Y la cama era estrechita, la alcoba era pequeña, el gabinete, así, así... Echaba bien de menos las holguras de su casa... A los pies, y a modo de edredón, se puso el gabán y la chaqueta.
II
A las doce le despertó una estruendosa música veloz como de piedras. Fue al gabinete y miró por la entreabertura del balcón: era un piano de manubrio. Se vistió, respetando el sueño de Eduardo, en esta alcoba, y el de los demás en las demás, y almorzó solo y salió sin compañía. Iba a telegrafiarle a su madre la llegada. La precisa dirección del telégrafo se la había dado doña Rosa, quien le advirtió también que «por una peseta podría volverse en coche desde cualquier parte, en caso de extravío»...
Lo primero que le volvió a chocar fue la altura de las casas. Luego, la gente y las enormes lunas de las tiendas. Bien pelados los hombres, bien peinados y con impecable pulcritud en los cuellos y las botas. Las mujeres, muy blancas, lucían, jóvenes y viejas, cuerpos airosos. En Badajoz, fuera de un pequeño grupo que tenía fama de elegante, solían verse bigotes sin rizar y barbas descuidadas. Es decir, que aquí todos los hombres eran elegantes, y que llevaban corsé hasta las verduleras. Se fijó; incluso dos o tres jóvenes muy flacos y con raídos gabancetes de color indefinible lucían cuellos de brillo y las botas rotas charoladas; debían ser poetas, escritores...
En la Red de San Luis le pasmaron la grande animación y los tranvías eléctricos, unos tras otros. Los de Badajoz, chicos, de mulas, y con tres o cuatro viajes al día desde San Juan a la estación... Pero ¿por qué tanta gente?... Viernes hoy; nada de domingo ni de fiesta. Imposible dar seguidos cuatro pasos. Creyó reconocer a uno de Badajoz. En la Puerta del Sol, que recordó de las postales y que le pareció pequeña, creyó reconocer a otro de Badajoz. ¡Y no! ¡Falsos parecidos!
Un guardia le indicó la bocacalle de la Paz. Puso el telegrama y regresó hacia la Puerta del Sol, metiéndose en un café para escribirle a la novia.
-¿Quiere el señor...?
-Café. Y dos cartas.
Tratábale cortés el camarero, aun siendo casi como el revisor de gordo y grande. «El señor...» Y doña Rosa habíale llamado «don Esteban». Buena educación, los madrileños. En Badajoz le decían de tú los del billar del Suizo. En Badajoz, aun siendo buenos los cafés, no había ninguno como éste... Paredes, techo, todo lleno de espejos y pinturas modernistas.
Le fatigó la manía de ir refiriéndolo todo a Badajoz y comprobó, en seis diversos espejos, que su aspecto no era de chiquillo. Poco menos alto que Ramón y sombra de bigote. Diecisiete años cumplidos en octubre.
Ya tenía delante la carpeta.
«Mi Antonia idolatrada: Lo primero que hago en Madrid es escribirte. Tu alma...»
Se interrumpió. Arregló el café, de azúcar, y encendió un cigarro. Debía escribirle una de aquellas cartas que volvíanle loco el corazón, y sentíase poco firme la cabeza, en una especie de vértigo. Hallábase Antonia acostumbrada a las bellas frases ideales. Nunca se hablaron como tales novios, era verdad, por vergüenza de ella y por la madre; pero les dejaba ésta escribirse, y en tanta carta, él iba siendo un maestro en decir cosas bonitas.
-«Tu alma, vida de mi vida...» Volvían a distraerle las ventanas. Una barbaridad de gente. Optó por enviar hoy a Antonia, y a su casa, seis líneas de saludo. Y pagó después, y salió a la calle.
Echó las cartas en un estanco.
Los paisanos debían de haberse levantado. No obstante, prefirió vagar solo por Madrid, recibiendo en la plena libertad de su emoción las impresiones. Total, una peseta de coche, si se perdía.
Iba lo más de la gente hacia la calle de Alcalá (cuyo rótulo leyó frente al café) y se acopló, con el mismo lento paso, en esta dirección. De puro querer ver no veía nada. Coches, tranvías, automóviles..., letreros por todas partes, palacios... En cuanto reparaba en la gente, creía que algunos eran de Badajoz... La sensación de soledad lo desolaba. No conocía a nadie..., absolutamente a nadie, de tantos miles de personas. En cambio, placíale ir reconociendo algunos edificios: la Equitativa..., el Banco..., el Ministerio de la Guerra...
Embocó por Recoletos, siguiendo el mayor aflujo de viandantes y de coches. La tarde estaba fría, despejadísima. Las distancias envolvíanse, al sol pálido naranja, en una neblina singular, que lo velaba tenuemente. Una chimenea del Ministerio soltaba el humo en recta ascensión al cielo. Magnífico todo este paseo, con sus múltiples hiladas de grandes árboles, con sus anchas calzadas entre ellos, con sus monumentos de mármol en las glorietas... Y nunca se acababa. No tenía fin. Lo bordeaban palacios que se perdían en sus verjas y jardines. El de la Biblioteca creyó Esteban que fuese el Real. Una hora después, junto al Hipódromo, pensó que no, que el Palacio Real sería este otro de tantas escaleras. Un guardia le enteró: «Palacio de la Exposición, y el grupo Isabel la Católica.»
¡Qué correctos los guardias! Le dio las gracias.
El sol acababa de ponerse.
Y como la gente y los coches volvíanse desde allí, él también emprendió por las mismas interminables avenidas el retorno.
Impresionábale Madrid hermosamente, pero con una espléndida realidad moderna y ancha de hermosura, que aveníase mal con su ensueño novelesco. ¡Las novelas y los cuentos de su madre le habían hecho un romántico! Con el caer de la tarde, arreciaba el frío, este fino frío tan... «refinado». Por eso estarían tan encarnadas y lindas las mujeres. Tan frescas -como conservadas en carámbano-. La sensación era así, tal que, a no estar muertos, debieran entre el hielo sentirla los pescados que vio en las pescaderías. Cuando volvió a encontrarse en el monumento de Colón, encendían las luces. Un derroche, en fantasmagoría muy bella. Filas de focos por en medio, sobre el rápido hormigueo de coches y automóviles. Filas de manojos de farolas esplendentes, en el verde del ramaje, que cobraba translucencias de esmeralda. Colmándole el número de trenes raros que había visto defilar, tal que eléctricos landós que parecían cortados de sus troncos, cestos con jaquitas como cebras, tílburis guiados por mujeres y hondas victorias con damas y perros más feos que Carracuca..., vio otro en que iba dentro el señor, y guiando detrás y por encima el lacayo. Respiró frente a la Cibeles, con el orgullo de haber sabido no perderse. Sentía cansancio y hambre; mas no tomó tranvías, por completarse este triunfo de llegar a casa a pie y sin preguntar. ¿Habría andado esta tarde cuatro leguas?
Los paisanos, ya en la mesa, le recibieron en grande fiesta de cariño. Se le presentó a Morita el valenciano; estudiante de Caminos, una especie de bebé rizoso y rubio que pellizcaba a Margot, la criada, ganándose sopapos. La cena tuvo una animación de pajarera. Se hablaba de actrices, de «niñas»..., y se nombraba cada cosa por su nombre. Esteban hallaba a éstos muchísimo más descarados que en la taberna misma de Prudencia, en Badajoz. Planeó acostarse pronto, imitando a Cerrato, y la Burra, con el fin de madrugar, y el bando de «informales» le arrancó de casa. A la Burra también. Solamente se quedó Cerrato, que era incorruptible.
-¡Hombre, bueno fuera que no salieses la primera noche! -decíanle a Esteban.
-Sí. ¡Y yo salgo por ti! -añadía la Burra.
Le enseñaban cosas. Calle de Jardines, ¿eh?... Calle de la Aduana, ¿eh?..., nenitas y Academia de la Lengua... Poco a poco iría aprendiendo. En la Puerta del Sol cruzaron por el medio, entre la bable de carruajes, sin más que por observarle a Esteban su recelo de ser a cada instante atropellado. Ellos sorteábanlos con agilidad de madrileños-¡Eee-eh!-. Nada, rozándoles. La Burra, sobre todo, era en esto sorprendente. Un eléctrico le tocó los vuelos de la capa, como un toro tomado a la navarra. Sin embargo, al tercero de estos lances con otros coches, un landó, de puro querer «ceñírselo» la Burra, le cogió el talón con una rueda... Creyéronle lastimado..., ¡no, por milagro!... Le había descosido y medio arrancado el tacón, nada más... Y tuvo que seguirlos, por la acera de la calle de Alcalá, renqueando..., porque el tacón lengüeteaba. Los otros reíanse, como siempre, de la Burra, recio, peloso, torpón, y queriendo lucirse de titiritero con tal garbo. La Burra, como siempre, sonreía.
Todos querían saciar la curiosidad provinciana de Esteban. «¡Mira: el Universal!» «¡Mira: la Montaña!» «¡El Colonial!» «¡El Ministerio de Hacienda!»... Bajo la explosión luminosa de unos focos tiraron de él. Cervecería de Candela. «¡Vas a ver camareritas, hombre!»
Temprano aún, había poca gente por las mesas. Pidiéronle cinco cafés a la Juana, una muchacha como un hechizo, que les sonrió los piropos. Las otras enfilábanse sentadas junto al mostrador. Si una linda, otra más linda..., ¡rediez! Eduardo, Morita y Fagoaga sabían sus nombres: Amalia, Petrita, Carmen, Enriqueta... Nombres honestos y sencillos, como ellas, pensaba Esteban, y no como aquellos pestorejos de Olvido y Martirio y Piedad que le parecieron en Badajoz divinidades. Sus cuerpos creeríanse irreprochables modelos de corseteras para lucir primores de blusas y de encajes. Una batería de barbianas. Ahora sí, en lo de la honestidad (supuesta por la frescura de flor de sus rostros) fue en lo que tuvo que rectificarse Esteban: al volver la Juana con los cafés, Morita le dio un pellizco a cambio de un codazo. ¡Y la rectificación no pudo menos de alegrarle, por cuanto significase para él propio el posible trueque de aquellos pestorejos... con estas maravillas!...
-¿De modo que... Juanita y todas ésas...? -se informó.
-¡Claro! -le dijeron-. Tienen líos..., novios...
Sí, sí; comprendía Esteban que su miedo y sus reparos con las chais de Badajoz no le acosarían con cualquiera de ésta que quisiere ser... su novia. Por lo pronto, advirtiendo que Juanita, la más guapa, estaría tal vez copada por Morita o por alguno de éstos, púsose a elegir en las de enfrente. Se decidió, en intención, por una rubia... Pero, ¡demonio, quién podía elegir... si al levantarse otras dos le vio, a una, una pechuga, y a otra, unas caderas modernistas que despatarraban!
La sala iba llenándose. Eduardo, Fagoaga y Morita, en calidad de parroquianos, conocían de vista a muchos. La Burra, no -lo que le tenía chafado ante Esteban, y aun forzado a compartir la admiración de éste hacia los conocidos nombres que iban diciendo los demás-. «Mira, aquel de la cadena gorda y los brillantes es un jugador.» «Aquél, Niceto Pérez, campeón ciclista.» «Aquél, un novillero, El Mangas.» «Además, algunos famosos, en una peña de artistas que se fue formando a cosa de las diez.» «¿Ves?... Aquél es Valle-Inclán, y el que está a su lado, Romero de Torres, el pintor.»
-Sí, hombre sí, Valle-Inclán, ¡el de las gafas! En Fornos, luego te enseñaremos a Dicenta, a Tovar, el de los monos... que suelen ir.
-¿Y Jacinto Benavente?
-¡Ah, ése! ¡Le verás en Lara! ¡Le hacen salir cien veces cada noche!... ¡Qué bárbaro es!
Las camareras andaban ya dispersas entre la gente y el humo. Juanita no volvió a hacer caso más que de un señor gordo que había ocupado con otros una mesa. En cuanto servía a los demás, volvía, y charla que te charla con el gordo. Explicáronle a Esteban: un millonario de Cabra, que andaba detrás de Juanita; con sólo fijarse, notaría que iba convidando a cuantos llegaban, que pagaba con un duro cada vez, y que dejábala la vuelta. Decíase que llevaba así dos años, y que le estaba ya la dichosa Juana, sin haberla tocado «ni al pelo de la ropa», por seis mil duros. «¡Coba que se traía la niña!»
-¡Cómo! Pero... ¿ella?
-Ni esto. Igual que las demás. ¡Bobo! ¿No ves tú que su interés está ahí, en chupar de las propinas? ¡Mientras haya memos! ¡Ya que le cayera a cada una uno como ése!
Esteban sufrió gran decepción viendo cómo evaporábasele «su rubia» en tal competencia fabulosa de propinas. ¡Bien estas mujeres habíanle parecido guapas de más para estudiantes! Y lo que no comprendía era que sus paisanos viniesen a verlas con tantísimo entusiasmo... ¿Para qué?
-¡Zamacuá! -oyó que le decía la Burra vivamente, metiéndole por el ijar un codo.
-¿Qué?
-¡Zamacuá! ¡Que ése es Zamacuá! -apremió la Burra, para él y para todos, radiante de poder mostrar una persona conocida.
Cruzaba un señor alto, guapo, afeitado... El autor de El payaso inimitable, y Fagoaga y Morita y Eduardo tuvieron que romper en carcajadas.
-¡Ganso!... ¿Zamacois?... ¡Zamacois, hombre, Zamacois!
La Burra protestó; él lo pronunciaba bien. Sabía francés y decíalo como es de debido. Además, recordaba aquello de: Le vua-lá zamacuá! Ja..., ja..., ja... Pero las risas siguieron luego de probado que Zamacois tenía tanto de francés como la Burra de arcángel.
Últimamente empezaban a aburrirse y dibujaban cosas en el mármol. Daban las once. Fuéronse a Apolo. Sólo la Burra, abochornado por la plancha y porque tenía que madrugar, se les despidió en la puerta. El tacón le rastreaba.
-Bueno, ¿sabes? -decíale a Esteban, con su autoridad de excelente ex colegial de la Guardia, Eduardo Mesonero Romanos-. Fíjate en que es sábado mañana. Lo enlazas con el domingo, para ver Madrid, y desde el lunes..., ¡a clase! Yo también tengo que empezar.
Cedía Esteban, comprendiendo que su insatisfecha curiosidad de este gran pueblo no le dejaría calma para los libros, y volvía a admirarse de la espléndida iluminación de la ancha calle.
-¡Chacho! ¡Se gastarán aquí una millonada en luces!
-¿Eh? ¡Se puede leer en todas partes! Verás. ¡Compra el Heraldo!
Las había muy diferentes. Blancas, las de los focos del centro y de las tiendas; mecheros Aüer, de gas; amarillas, de una intensidad enorme, las de Fornos y las del Lion d'Or...; y además unas rutilantes barras azules que dábanles verdor de muertos a cuantos pasaban por su zona poderosa.
Apolo le gustó a Esteban, por lo amplio y por lo bello del escénico decorado. Representaban una obra de los Quintero, y de una verdad maravillosa. Los cómicos también la interpretaban con una verdad maravillosa... ¡Maravillosa, sí, era la palabra! Igual que se le llamaba a El Escorial la octava maravilla, sin duda porque lo mereciese su monumental magnificiencia, en cada cosa y en cada arte llegábase a un punto de insuperable perfección que volvíalo maravilloso. Así él había visto esta tarde portales de fotógrafo, cuyos retratos suspendían el ánimo con su elegancia, con su brillantez de luz. Así, él estaba viendo a estos actores, a este Carreras graciosísimo, como en una gris entonación real de... discreta gracia; ¡en Badajoz gritaban y hacían descompuestos viajes los actores, destruyéndose los chistes de puro dislocarlos! Sí, era lógico que en Madrid, capital de España, todo correspondiese a la suntuosidad de sus calles y paseos...; sus autores, sus fotógrafos, sus camareras, sus actores... Y esto, en imponente y práctica lección de vida volvía a suscitarle a Esteban una infinita voluntad de trabajar, de trabajar..., de trabajar mucho, para llegar a ser maravilla en su carrera. ¡Qué diferencia entre el médico del Almendral, por ejemplo, y el médico del rey!
-Oye, todas esas de los palcos..., ¿ves?
-Sí.
-¡Qué sombreros, qué boas, qué abrigos de pieles!... ¡Como princesas!... ¿Te gustan?
-¡Ya lo creo!
-Pues ¡zorras!, ¡todas!
¡Hombre, no; casi todas! -le corrigió Eduardo a Fagoaga, ante el estupefacto «provinciano»-. Y además, son cocottes..., ¿sabes? La que más y la que menos, ¡pide cien duros!
Esteban llenó sus ojos de aquel rielar de joyas y de sedas de los palcos, y volvió a sentir, en un temblor del corazón, la absoluta urgencia de trabajar, de ser notable, de ganar a montones el dinero. Hacía falta, y mucho, para todo, en Madrid, en la verdadera vida... así que se salía de la mortal modestia provinciana... Por segunda vez, en pocas horas, lo mismo que los regios chalets y palacios que había mirado por la tarde, negábansele a su pobreza, a su insignificancia absoluta, estas mujeres, que venían a ser maravillas de belleza en el Madrid de maravilla...
El romántico, que le había otorgado al «sentimiento» un excesivo valor de único tesoro en la vida, se desorientaba un poco ante esta suposición del triunfo indiscutible del dinero, brutal, en medio de la vida de una gran ciudad... maravillosa. Se acordó de Antonia, y en ella se refugió con humildad. Su maña para redactar cartas gentiles, parecíale aquí completamente ineficaz y despreciable.
Al salir de Apolo volvieron a subir despacio la calle de Alcalá entre la procesión de gente que procedía también de Price y la Zarzuela; y quisieron entrar en Fornos. Pero se opuso Esteban. ¿Es que no iba a ver más que cafés y la calle de Alcalá?... Les rogó que diesen un paseo por otras partes antes de volver a casa; y aunque de mal talante, cedieron los amigos. -Siguieron, pues. Le llevaron, Arenal abajo, a la plaza de Isabel II, para que viese el Real. Salía también el público y se fueron a la puerta de los coches. Lujos, más lujos de auténticas duquesas. Un desfile brillantísimo, y en él los reyes; pero Esteban sólo pudo ver a los caballerizos juntos a los coches cerrados.
Plaza de Oriente, al rato, ya desierta en su llana amplitud luminosa cortada de jardines. Ante el palacio, ante «el verdadero Palacio Real», Esteban comprendió necia su equivocación de por la tarde. La pesadumbre de esta blanca mole de piedra horadada por ventanas y balcones infinitos, y que tendíase en arcos por los lados, hablaba definitivamente de historia y majestad. A su pie, las filas de triples farolas encendidas y los báculos eléctricos, que lanzaban su fulgor a las fachadas, parecían columnillas de juguete.
Fagoaga los guió a mirar, desde el parapeto de Caballerizas, la esquina del Diamante, allá por las penumbras y sobre el Campo del Moro, donde casi todos los inviernos «se helaba un centinela». Y volvieron a cruzar ante el frente principal y ante las galerías de la plaza de Armas, con el fin de que Esteban contemplase un panorama fantástico en el Viaducto.
¡Ah, el famoso Viaducto! Ciclópea altura. Por debajo, la calle de Segovia. Eran impresiones muy diversas las que iba recibiendo Esteban en Madrid. ¡Cuántos se habrían quitado aquí la existencia! Fijábase en la profundidad y se figuraba una mujer cayendo, una obrerita de luto, cabeza abajo, por el aire, y con las ropas voladas y con los pies muy pequeños y juntos... Era la estampa de una novela que él leyó. La obrerita se llamaba Herminia, y se mataba enamorada, deshonrada... Para comprobar lo que tardaría en el descenso suicida una persona, arrojaron el Heraldo, hecho un burujón... Inmediatamente acercáronse dos guardias, dos guardias que aquí velaban siempre impidiendo los suicidios. Además, hiciéronle los amigos notar a Esteban que desde años atrás habían elevado con otra supletoria la barandilla de hierro. Se comentó el horrible efecto de un cráneo al chocar contra las piedras, y el de un transeúnte de allá abajo que se viese venir encima en un gachó del arpa, de las nubes. Y calmada la trágica emoción, Esteban tendió la vista al frente, al panorama: un cuadro de magia, en verdad, sobre un dilatadísimo caos de sombra que por todas partes constelábase de luces. Las de la calle perdíanse con las de la carretera y las barriadas exteriores. Dos grupos, a la izquierda, marcaban los cementerios de San Isidro y San Justo. Luego, las del puente de Segovia, las de los ventorros y huertas y caseríos del Manzanares, las de la Casa de Campo. Unas formaban líneas, otras triángulos, otros complejos arabescos, hasta extinguirse en una dispersión de chispas ligerísimas que cerraba negro el horizonte...
Un reloj de Palacio dio las tres. Fueron tres campanadas musicales y solemnes, en medio de la noche, que le parecieron a Esteban impregnadas de una regia autoridad cual no tendría ningún otro reloj de España.
Emprendieron por la calle Mayor la vuelta, y todavía, a las cuatro, en la sala de la casa, con una botella que buscóse Fagoaga en la cocina, comían, con gran animación de gritos y de charla, los restos de la abundantísima merienda del viajero. La Burra, despertado, desde su cama, y a gritos también, pedíales por Dios que se callasen...
Al día siguiente se levantaron sin sol en los balcones, que se subía a la una y siete (observación de Morita... «por tener el reloj en el Monte cazando»). Café en Candelas tras el almuerzo. Luego, en el Lion d'Or, partida de carambolas. Esteban, un maestro; pero su ansia de «Madrid», de las calles, logró arrancar a los amigos de compras: un bastón, cuellos, sombrero y pañolitos de color, cuya punta asomase en el bolsillo. Los que tenía él de estos efectos, aunque flameantes, no eran novedad, y sí, en cambio, los de Eduardo y de Morita y Fagoaga, cuidadosos de la moda en sus detalles. Quisieron inmediatamente los amigos volver a jugar carambolas, y Esteban protestó: ¿iban a pasarse la vida en los cafés?... Acordóse, pues, enseñarle en el Frontón Central el juego de pelota. Fue un asombro más, para Esteban, la espaciosidad del Frontón y la agilidad de aquellos pelotaris. Nuevamente veía tomada una cosa vulgar en maravilla. Las pelotas rebotaban blancas en el muro como proyectiles elásticos, que recogían por todas partes en la cancha gris y a distancias increíbles los diestros jugadores. Creyérase a sus cestas dotadas de una mágica propiedad de atracción y de aprehensión. Voleas, reveses, graciosos y elegantes movimientos rapidísimos, bien medidos, que unas veces hacíanles casi tenderse para tomar a ras del suelo la pelota, y otras correr tras ella y esperar el bote o cortarla de un salto por el aire...
Salieron de noche, y Esteban, como a Apolo, prometió volver. Otro café en Candelas, tan pronto como cenaron, y nuevamente billar, desde las diez... en partidas de dos con dos, que se fueron picando y enzarzando, y que alargáronse, en fin, sin saberse cómo, hasta la madrugada.
«Bien, me queda un día, el domingo»..., pensó Esteban al dormirse, con su propósito de trabajar desde el lunes, más firme sobre el remordimiento de este trasnochar insensato.
Les saludó a la vida el domingo, bien dadas las dos. Almuerzo y plan de paseo general, con la Burra también y con Cerrato. Pero propuso Eduardo ir a la corrida de novillos, y los pobres paisanos del cuarto del comedor desistieron, consultando sus caudales. Fuese, pues, únicamente la partida de los «ricos» a Candelas, a florear y contemplar a Juanita y a Petrita; y después hacia la plaza. Esta le impresionó a Esteban como un prodigio árabe, de dos pisos de palcos, toda de piedra y de hierro, tan bien pintada, colosal... «En Badajoz...» «¡Hombre, déjate de Badajoz!», se le burló Fagoaga. ¿Novillos? ¿En qué se diferencia esto de una corrida formal? ¡Caray con los novillos! Fue contando Esteban los caballos muertos, y sumaron siete. Callándoselo ya, pensaba que «en Badajoz no había sino dos corridas por agosto, mientras que aquí, sin bullas ni jarana, habíalas cada domingo, igual que había cuarenta teatros y cines a diario, y pelotaris y conciertos... en una especie de fiesta y de feria continua... ¡Oh Madrid, Madrid! ¡Este Madrid!»
En el comedor de doña Rosa, Margot, gracias a la viva discusión de toros, tuvo esta noche, mientras le servía la cena a los huéspedes, que defenderse menos de los pellizcos de Morita. Pero los toros dan una española propensión a juergas terrible..., y por los cuatro amigos se le concedió la preferencia, al salir, al género sicalíptico. Eslava. Escote y un palco para todas las secciones. Según iban saliendo las tiples, se las nombraban a Esteban los demás. La Carmen Andrés. La Jiménez, con una cara de rosa como un... sol. La... ¡ciento y la madre! Hubo tangos dislocantes, pantorrillas, apoteosis de flores y mujeres desnudas y luces de color... El público bramaba. Eduardo no cesaba de mirar al paraíso con gemelos.
-¿Eh? ¡Yo creo que están allí las de casa de la Filo!
Miraron Morita y Fagoaga.
-¡Sí, aquélla es la Merengue!
-¡Hombre, pues las vamos a esperar! ¡Nos vamos a ir con la Merengue!
Temblaba Esteban. Quería y... no quería. No decía nada. Los siguió, con la boca seca, al terminarse la función, y fueron a situarse, en la calle, a la salida de la «entrada general». ¡Era la Merengue, con la Lola y con la Filo! Saludáronse; presentaron a Esteban y partieron del brazo de ellas, por entre las gentes y la plena luz voltaica de la calle del Arenal. La Merengue habíase cogido a Esteban, llamándole simpático. Y Esteban iba con la Merengue avergonzado y sorprendido de poder llevarla de este modo sin causar escándalo a nadie... ¡Oh Madrid, Madrid!
-¿De a cuánto son? -le preguntó a Eduardo cautamente, en un momento propicio, mientras abría la Filo el portal de la calle de Tudescos.
-De a dos duros... ¡Pero a nosotros, uno!
No tenían la cara de las actrices sicalípticas, en verdad; más eran reinas comparadas con la Olvido y aquella guiñapería de Badajoz. La casa, además, decentísima. Sala moderna, alfombra, batas de raso, otras que allí estaban. El comedor, adonde pasáronles, al oír que pedían ellos boquerones y aceitunas y montilla, mejor que la sala aún. En quince minutos quedó organizado un festín, y sin lazo azul en la badana el sombrero comprado por Esteban ayer tarde: lo quería, para ponérselo en el pelo, la Merengue. Se asombraba el joven de lo fácil que era aquí una juerga..., como aquella que le costó dos días de pensarlo y de misterio en Badajoz, y tanta facilidad le alegraba y le aterraba. Cuando no hubo en los platos más que raspas y huesos de aceitunas, no había tampoco en el comedor más que él y la Merengue..., que era irresistible: debían de llamarla la Merengue por esto, por dulce y por gachona y juguetona... ¡Tardaban, tardaban los otros! ¡Si al menos volviesen pronto!... No pudo aguantar más, y también desapareció con la Merengue.
-¡Agua! -se le oyó a ésta reclamar en el pasillo.
Y una criada con barba, que entró a retirar los trastos, reunió en un solo vaso los fondos del montilla y se lo bebió. En seguida vio un medio cigarro en el borde de la mesa y lo encendió, poniéndoselo en la boca.
-Oye -decíale Eduardo a Esteban, media hora después, camino de casa-. Tú, al principio, no querías. ¿Por qué?
Esteban disculpó su miedo:
-¡Chacho! ¡Porque se me puso enfrente el ama, y me estaba repugnando! ¡Es más fea que Carracuca!
Riéronse de la comparación. Morita preguntó quién era Carracuca. Los otros dos le reprendieron a Esteban estos términos extremeños. No se decía en Madrid «Chacho», ni «Carracuca», ni «Mangaluchanos», ni «pestorejo», ni «eschangaos»...; como tampoco «cinematógrafo», «delegación», «tranvía», etc. Decíasele a una mujer guapa, «negra» o «morucha»; a una fea, «furcia» o «furciales»..., y los nombres largos se abreviaban, como «cine», «delegada», «la comi», «tran»...
-Bueno, pues esa negra..., ¿y se dice aunque sea rubia (porque la Merengue es rubia)?..., pues esa negra me ha gustado, porque se parece a la Esperanza, aquella del maestro, la de Badajoz. Los amigos volvieron a reírse.
-¡Quita, hombre! -dijo Eduardo-. ¡Qué manía! ¡Si es que cuando estamos recién llegados de allá todos nos parecen de la tierra! ¡Tú te curarás!
Guardó silencio Esteban, un poco corrido y no gustándole ni chispa, principalmente, la última palabra. Y menos le gustó al ver en casa cómo Jaime Fagoaga, en cuyo cuarto formaron la tertulia del último cigarro, se «curaba» con yudoformo y algodones, no manías..., sino algo que ya venía curándose de tiempo.
A solas, últimamente, en lo oscuro de su alcoba, cuando Eduardo se durmió, Esteban se sentía aterrado. La flauta a que aludió el revisor no le pareció de tan disparatada advertencia. Rezó y prometió formalizarse desde el nuevo día y para siempre, si Dios quería esta vez librarle de... ¡como aquellas otras cuatro! ¡Ah, fuese tan tremendo haber venido a estudiar a Madrid y tener que gastar todo el dinero y el tiempo en curarse!
Rezaba, rezaba..., pensando en su madre, en sus hermanas, en su Antonia, tan ideal y tan bonita..., ¡tan pura!
III
Lunes, al fin.
Pero... ¡las once!
El perínclito Mesonero Romanos volvió a acurrucarse debajo de las sábanas, un momento despertado por Esteban, y éste se levantó con enorme voluntad.
Sintió en el comedor a la Burra y a Cerrato, que almorzaban de vuelta de unas clases para ir a otras, y almorzó también. Doña Rosa, enlutada y triste, viuda con un chico, y a quien todavía un ojo le lloraba, dábale al nuevo huésped consejos:
-Usted, don Esteban, no debe hacer la vida que esos otros. Júntese aquí con don Luis y don Manuel -claro es que ella decíale su propio nombre a la Burra-, que son formales. ¡Ah, si supieran sus pobres madres de ustedes!
Casi una madre le pareció al joven, en su honrada emoción de hoy, esta señora grave, alta, seca, medio cana. Margot, además, no estando los otros, servía los platos con muy dulce honestidad, y el comedor mismo recibía del hondo patio un difusa y como eucarística luz de sacristía.
Cogió la Burra una manzana (que se guardaba siempre para luego, porque tenía el defecto de ser algo glotón), y los tres se fueron a San Carlos.
A Esteban, en la Anatomía, le sorprendió la extensión del aula y el número de alumnos. Ni pasaban lista ni preguntaban. «En el Instituto, en Badajoz...» ¡No, bah! ¡Renunciaba a su manía comparativa! A las dos, sala de Disección. Y demasiado fuerte todo esto en San Carlos, ciertamente. Ya en la clase habían mostrado una pieza artificial, de músculos, que parecía un kilo de ternera.
Iba casi temblando, entre Cerrato y la Burra. El olor a muertos y a cloruro, que le perseguía desde que entró en el edificio, acentuósele al subir la escalinata, y su impresión en el vasto anfiteatro fue un pasmo de terror y de grandeza. Enorme aquello: cuarenta, cincuenta mesas de mármol... En cada una un cadáver, o un pedazo de cadáver, y tres o cuatro estudiantes con blusas negras y amarillas. Sábanas ensangrentadas y cubos que iban recogiendo las picaduras de carne, de labios, de dedos... Una cabeza sin piel lucía un ojo desprendido en la caverna musculosa de la órbita; en el otro conservaba el párpado y aparecía guiñado horriblemente... ¡Oh, aquel ojo, aquel ojo..., que le miraba siniestro desde la eternidad, que le miraba con un trágico furor, como diciéndole en nombre de todos los muertos: «¿Tú también vienes a ultrajar nuestro reposo?»
Esteban serenábase con un esfuerzo enorme, por no revelarles su emoción a la Burra y a Cerrato, que le observaban. La Burra, además, fanfarrón, aunque siempre grave, tocó una pelvis podrida, limpióse apenas la negra sangre con el paño y cogióse de la boca, con los mismos dedos, el cigarro... ¡Cochino!... Querían que todo lo viese. Un cadáver entero de mujer, flaco, como la mayor parte de los que bajaban de las clínicas, extenuados por el mal y la miseria; tenía rapada la cabeza, los senos como dos piltrafas, las caderas puntiagudas y los órganos pubianos, igualmente afeitados a cortaduras y a raspones, cárdenos y saniosos..., con una horrenda y repugnante tirantez amoratada de larga costra medio seca... Era la primera vez que veía Esteban tan ostensiblemente la intimidad de una mujer, y se acordó con asco de Martirio, de Olvido, de Piedad... de la Merengue también, que le había parecido casi linda... ¡Cómo deploró no haberla resistido!... Del corazón, del estómago, levantábasele una especie de formidable decisión de no volver a acostarse con ninguna.
-¿Será vieja? -le inquirió a Cerrato.
-No, joven. Veinte años a lo más. ¡Mira! -y Cerrato giró hacia él la cabeza de la muerta, sin arrugas en la faz, donde semidormían los ojos, como hondas y cuajadas ceras grises.
-¿Los tiene azules?
-Color pizarra -mostró Cerrato, alzándola un párpado.
El párpado quedó levantado, y el ojo, rugoso y fuliginoso, estrábico con respecto al otro. Esteban se volvió. Pidió en seguida, con tal de salir de este alcázar macabro, lleno de sol y cristales, que le enseñasen las clínicas. Subieron, y algo se le suavizó la emoción tremenda con las camas limpias, con el orden, con la blanca caricia de las hermanas, que le habló de Dios sobre tanto desastre inmundo de la carne. Rezó, y se le soltó una lágrima. Recordó a su madre..., y pensó que era muy dura para él esta carrera de médico que, porque lo fue su padre, habíanle elegido los demás... Bien, se resignó. La encontraba heroica, augustamente terrible, como una lucha de la Verdad frente a la Vida y la Muerte.
Podría decirse que salió de San Carlos... «consagrado». Las pobres gentes que cruzaban por la calle a la alegría del sol y de los árboles parecíanle muñecos sin sentido. Creerían que iban a vivir eternamente, sin darse cuenta de que llevaban debajo de las ropas estos ascos de cadáveres. Le extrañó cómo la Burra pudiese florear a una modista. Le dijeron que había una novela, La Altísima, donde Felipe Trigo recogía y ennoblecía y hacía triunfar, con respecto a la carne misma de la vida, todas estas mismas emociones, y creyó, sin antojo alguno de leerla, que la Altísima y su autor tendrían que ser unos poéticos farsantes como aquellos otros novelistas y novelas que le dieron tiempo atrás ideas tan falsas de Madrid... Por último, lleváronle a enterarse de los precios de una blusa, de los libros, de los huesos y de un estuche de disección, todo lo cual iba a comprar al día siguiente.
No comió carne... en la cena. La sopa de macarrones con queso de bola, rallado, le recordó la amarilla grasa y las peladas tibias de los muertos. La charla general le entretuvo. Por novedad, comía con ellos Antonio Mazo, que solía comer siempre en los cafés y no parecer por casa en semanas. Estudiaba también Medicina, último año, y... (ni estudió ni habíase matriculado siquiera en ninguno). Hijo único de ricos y mayor que estos paisanos, llevaba una vida de «juerga sorda», misteriosa, solitaria, aparte de los demás..., sin perjuicio de presentarle a su padre en cada junio cuatro sobresalientes.
-¡Qué hombre más celebre! -solía decir la Burra- ¡Lo gordo va a ser cuando este año acabe... y le llame algún enfermo en Badajoz!
Pero lo decía en secreto, que le guardaban todos, a cuenta de la admiración que infundíales su diplomática reserva y su elegancia, y aun la especie de paternal protección que, en sanos consejos y advertencias, este Antonio singular les dispensaba. Jamás aludíase, si no era en voz baja y entre paréntesis, a que... (¡no tenía aprobado un solo año!). Doña Rosa misma y Margot creíanle casi doctor. Él le disponía al pequeñín de doña Rosa todas las purgas de azúcar de cerezas.
-¡Qué hombre más célebre!
Al acabarse la cena, y enterado Antonio Mazo de que a Estebita lo llevaron «a niñas» los tres golfos y que iba a adquirir lo preciso para emprender formalmente el estudio, lo metió en su habitación, seguido por la Burra, y «abundó» en la misma opinión de doña Rosa: «No debía reunirse con ellos: ni estudiaban una jota ni... estudiarían.»
-¡Con Luis y con éste, hombre! Y toma, ten, que voy a regalarte..., ¡verás!
Le dio una blusa nueva, libros nuevos, un estuche de disección flamante y un cajón de huesos que yacía bajo la cama. Todo lo que, por única vez, había comprado él en el primer curso. A la Burra le tenía prestado un esqueleto. Ayudó la Burra, y llevaron los efectos al gabinete de Esteban.
-¡Oye, oye! -rebelóse Eduardo, en su pulcritud de estudiante de Leyes, viéndolos entrar con el fúnebre equipaje-. ¡Lo que es los huesos, no! ¡O los escondes! ¡Qué conchi, tener aquí esa porquería!
Rogó que los confinase Esteban en su mesita de noche, a fin de que no rodaran por el cuarto entre los guantes y las cosas, y la Burra desocupó el mueble de zapatos e instaló los huesos. Pero no cabía la calavera, y la dejó sobre el mármol.
Eduardo se marchó con Morita y Fagoaga.
-¡Mira! -habíase disculpado con el amigo y compañero de cuarto-. Ya que tú te has puesto, ¡estudia!... Yo voy a empezar en febrero, ¡como un bárbaro, eso sí! ¡Después de todo estamos casi a quince!
El casi tragábase unos días. Se estaba a 10, nada más. Esteban, Cerrato y la Burra, en el comedor, y con mantas liadas a las piernas, pusiéronse a estudiar. La mesa era una hermosa y amplia pieza chapeada. La lámpara tenía tres bombillas. La Burra mojaba en vino pastas que habíanle sobrado de los postres... Y Esteban, mirando los huesos que los compañeros habíanse situado ante libros, concedíale a última hora su atención a la puerta de la calle. «¡Sereno! ¡Sereno!», oía llamar. Se abría la puerta de tiempo en tiempo; sonaban en la escalera ruido de gentes que subían y... ¡no! ¡Nunca eran los otros!
Dando las doce, Luis se levantó con disciplina militar. Le secundó la Burra, mansamente, y, desoyendo las exhortaciones de Esteban, que habría querido hacerles continuar hasta la una, hasta las dos, hasta que volviesen los otros, metiéronse en la alcoba y cerraron los cristales.
Inspirábale un infinito terror a Esteban aquel opuesto lado de la casa adonde caía su alcoba. Desde la escalera acá dormían la patrona y éstos, y Margot, por la cocina; pero desierto y negro lo demás de allí adelante..., en donde él iba a figurarse, por lo oscuro, el muerto del ojo desprendido... Tenía miedo, en fin; un miedo inconfesable, lleno por el horror de San Carlos. ¡Él, que siempre había dormido cortina al medio con su madre y con su hermana!
Sin aguardar a que la Burra y Cerrato se durmiesen (porque luego no se atrevería a aventurarse por el pasillo), apagó la lámpara y llegó a sus habitaciones con un fósforo.
-¡Oh, Dios! -entró por el gabinete de un salto. La funda blanca del sofá, en la sala, parecía la sábana de un muerto.
Había cerrado tras sí, y no osaba entrar en la alcoba por la calavera. Quedó crispado en este abandono frío, con la luz de la bombilla por única compaña. Madrid antojábasele un gran pueblo cruel, sin corazón, sin cariño, sin piedad. Para sentir los ruidos de la calle, entreabrió el balcón, y le helaba el frío. Al poco volvió a cerrar.
Se sentó y fumó.
Dolorosamente meditaba en cuán mal se hace no dando a cada uno, para determinadas carreras, una especial educación. Esto debió preverlo su cuñado, ya que no su buena madre. Era, normalmente, él poco más que un niño de teta, a quien de pronto se suelta de los mimos y las faldas, lanzándolo, en un tren, a este hundimiento en un cuarto solitario, tras aquella carnicería macabra..., diabólica, espantosa, del... anfiteatro.
Levantándose, quitó de la percha una camisa, que simulaba, con una gorra encima y unos pantalones debajo, un hombre ahorcado.
¡Cuánta trascendencia, en mitad de su amargura vergonzosa, veíale a la irreflexión de su cuñado, de su familia, por culpa de la cual sufriría él aquí esta angustia indominable! Tanta, que podría determinarle el porvenir, con la fuerte fatalidad tristísima de lo que es irremediable, precisamente, por corresponder a la categoría de lo infinitamente baladí e infinitamente bochornoso. Así, él, ¡ah, contradicción!, heroico, hallábase afrontando su pánico, frío y mudo ante las evocaciones de los muertos antes que correr a despertar a los amigos y contarles su miseria, antes que ir a suplicarle un socorro de campaña maternal a Doña Rosa..., antes también que obedecer para con su propia madre al impulso de escribirla: «Dejo mi carrera por cobarde»... ¡Nunca, nunca..., jamás! Pero así, al propio tiempo, rendíase a la evidencia de que, contra toda honrada voluntad que le aferró al deber, esta noche, esta noche, si volviera Eduardo, iríase con Eduardo al infierno mismo, con tal de retornar juntos a la hora de acostarse.
La persuasión le desolaba, definitiva y absoluta, como imponen estas absurdas cosas las entrañas... Sería un estudiante más que no estudiase, sujeto a la compañía de Eduardo por la pusilanimidad..., yendo, con violencia o sin violencia, a donde no importaba...; acostándose a las tres... sin asistir a las clases...
Fue otra vez a cambiar de posición la camisa, que antes dejó en la silla: una manga caía hasta el suelo, como el brazo inerte de un cadáver. Además, bajo la mesa había un gato negro disecado..., y lo volvió de espaldas.
¡La una! Los otros no llegarían hasta las tres. Resolvió emplear la larga espera estudiando, y cogió la Anatomía... Pronto la cerró. Sus láminas reavivábanle la pavorosa evocación de aquel anfiteatro..., de aquel picadillo terrible de carnes y de piel..., de la mujer afeitada..., de hombre que tenía el ojo recolgando..., de la calavera también, aquí, en la alcoba. Creía que entre las dos cortinas, por el suelo, se le pudiese aparecer la calavera caminando a saltos de su articulado maxiliar.
Volvió a levantarse y empujó al gato detrás de una butaca, pues dijérase que le arañaba suavemente el pantalón. Procuró en seguida distraerse escribiéndole a la novia. Luego leyó todas las cartas de la novia. De poco en poco volvía la vista a la cortina, a la puerta de la sala, detrás y a la butaca..., para convencerse de que no asomaban dedos por debajo y de que no era verdad que el gato sacase el rabo en rítmico zigzás...
Oyó la una y media, las dos, las dos y cuarto... La noche, hueca, negra, imponente, silenciosa, seguía cruzando lenta por la estancia, como el manso caudal interminable de un río sin fondo y sin orillas por álveo de un molino del infierno. Sí, Esteban había visto, de noche, abandonados y siniestros molinos negros del Guadiana, sobre el agua negra, cuyo recuerdo veníasele aquí maldito a su emoción. Últimamente se entretuvo en cuentas. Restando y sumando, comprobó que había gastado, entre las compras y el jaleo de los pasados días, trece duros. Sin embargo, el obsequio de Mazo era importante: pagada y todo la patrona, sobrábanle..., ¡qué enormidad!..., cuatrocientas setenta y cinco pesetas. Lo que hubiese tenido que invertir en sus preparativos del curso. Y convenían los billetes con la nota del papel:
| Blusa | 15 pesetas | ||
| Estuche de disección | 60 pesetas | ||
| Huesos | 40 pesetas | ||
| Libros | 360 pesetas | ||
|
____________________ |
|||
| 475 pesetas | |||
O séanse, ¡noventa y cinco duros!... ¿Se los devolvería a su madre?... Lo tendría que meditar. Por una parte, Antonio, en un momento de apuro, pudiese querer sus libros para venderlos o empeñarlos..., y por otra, parecíale bien reservarse la suma para ir gastando mensualmente un algo más durante el año en pañuelos, bastones, pitilleras extraplanas...
Repentinamente, se le erizó un poco el pelo. Un ruido. ¡El reloj dando las tres!... Y casi en seguida, ¡ah, por fin!... Y la respiración libertada de Esteban le llenó el alma de frescuras... Llegó Eduardo. Venía solo, con sus puños impecables, con sus flamantes gemelos de oro y venturina. Habíanse enzarzado los otros dos con unas «negras»...
-¡Chico! Pero... ¿te has llevado estudiando la noche?
-Sí. Sabes que... ¡como tengo atraso de estos meses!
Se acostaron, y no se durmieron, charlando, charlando, hasta las cinco.
Luis y la Burra fueron incapaces de levantar a Esteban a las sietes para la Física y la Química, en la Universidad. Le recogieron a las once, hora de la Anatomía. Madrid, transformado en el corazón de Esteban la noche antes, causábale una impresión de sala de disección colosal que olía a amoníaco. A borrársela no bastó ni su paseo por la tarde con los dos buenos compañeros. Vio el Retiro y el barrio de Salamanca. Con la proximidad de la noche íbale invadiendo la inquietud de este dilema: o pasársela como la anterior o irse con Eduardo y Fagoaga y Morita a la holganza y al asco aquel de la Merengue. Los dos últimos habíanla visto y le habían traído sus recuerdos. Entre una y otra cosa detestables, halló la salvación: acostarse a las nueve, desde la mesa misma, y tratar de dormirse mientras velasen en el comedor la Burra y Luis, y Margot y doña Rosa en la cocina...
Tal lo hizo. A Margot le dio el encargo de despertarle a las cinco para estudiar de madrugada, disculpándose con los otros dos a cuentas «de un hábito adquirido». Mas fue viendo desesperadamente que no lograba el sueño. A las doce, cuando sintió que los amigos se acostaron..., él se hallaban excitadísimo, y sufrió la sensación lamentable de pavor y de abandono. Volvió a encender la luz.
En vano quitó de aquí la calavera por la tarde, llevándola tras de la butaca, con el gato. Figurábase que el gato y la calavera reñirían: una endiablada lucha muda, irritadísima, de mordiscos y arañazos. En la disección había visto esta mañana un cráneo abierto, sin sesos, aserrado en redondel y con los colgajos de peloso cuero caídos sobre el rostro y un fuerte busto de marinero tatuado y sin cabeza y sin piernas. Además, vio arrancar un hígado de un vientre... ¡Todo esto danzaría por las tinieblas en cuanto apagase la luz!... Y, sin fuerzas para afrontar el dilatado espanto de la noche, saltó de la cama y dirigióse a la cocina, buscando una botella. Él, que no bebía jamás, bebióse media de tres tragos. Y así, vuelto a la cama, logró dormirse borracho..., pesadamente, entre mareos que hacíanle andar alrededor de la habitación...
Ni sintió llegar a Eduardo, a las cuatro, ni consiguió Margot, a las cinco, despertarle... Pero sí a las siete, zarandeándole, la Burra. Se levantó aturdido aún, con mal cuerpo...; sintió más el frío del agua en la jofaina y de la niebla y la escarcha por las calles, y asistió a la Universidad. ¿A qué, sin embargo, si no había estudiado las lecciones?
Tratando de corregir esto en la nueva noche, estudió con los amigos, y a las doce, tras un ensayo de permanecer en el comedor, recurrió al vino prontamente. El esqueleto que tenía la Burra aparecíasele en la oscuridad de los cristales. Se fue a su cuarto y se durmió..., borracho.
El éxito hízole repetir el mismo juego en los días siguientes. Sólo que, al quinto, advirtió con pena que se le estragaba el estómago y que no le quedaba la cabeza para estudiar ni pensar...
Odió a Madrid con toda el alma. Harto de ver calles y paseos con Luis y con la Burra, penetrado de frío hasta los tuétanos, deambulaba cada tarde bajo el peso de un aburrimiento colosal. A los coches y palacios y alegrías incomprensibles, sólo él profundizábales su fugacidad y su limitación de anfiteatro..., de muerte. Luis prefería, por cálculo de higiene, las grandes caminatas por el campo, por las cercanías del Hipódromo, por Vallecas, por los dos Carabancheles..., al sol. ¡Qué burla de campo y de sol al lado de los extremeños! Porque lo singular en la reacción de Esteban era que todo lo de la corte, gentes y cosas, que al llegar le obsesionaban como parecidas en una amplificación magnificente a las de Badajoz, impresionábanle, al fin, con una vil desemejanza rabiosa, irreductible..., en otra obsesión evocadora de plácidas sencilleces que hubiera él para siempre perdido. Por volver a Badajoz hubiera dado medía vida. Consideraba el número de días que faltaban hasta junio, y ahogábasele el corazón en la inmensidad del tiempo y de esa insípida ciudad que hubiese antes de matarle de tedio y desafecto. Nadie le conocía, ni nada le importaba a él. Hasta los buenos camaradas de allá, del Instituto, volvíanse aquí egoístas, recelosos. Le había propuesto a la Burra cambiar de alcoba, pretextando su intimidad con Luis, y ni uno ni otro accedieron: en primer lugar, alegaban que ellos dos pagaban menos junto al comedor, y cuando les allanó el obstáculo la aclaración de que él sería quien siguiese pagando igual, a pesar del trueque, disculpábase la Burra con reparos sobre si Eduardo resultábale o no engreído por demás con su apellido de estirpe y sus pujos de elegancia... En cuanto a Mazo, la Burra también había descubierto la arteria de su generosidad; al explícarle a Esteban: «¡Bah, te ha regalado los libros y esas cosas porque eres también de Badajoz, como él, y busca que le guardes el secreto de su estudio! ¡Mira si me las negaba a mí, que le he sacado el esqueleto a fuerza de rogar, y haciéndome más falta!»
IV
A pesar de todo, con la Burra hallaba su triste corazón la mayor comunidad de sentimientos. Luis, que en el grado fue su competidor de premios y de honores, continuaba siendo aquí un estoico, tan indiferente a su humildad y a la aspereza de esta vida emocional que rodeábalos como atento al ideal de su carrera. Pálido, pequeñito, serio y con un prematuro y largo bigote lacio color castaña, aun sólo llevándoles tres años a ellos dos, no hablaba más que de la Anatomía... En cambio, cuando, sentados por el Retiro o en cualquier piedra del campo, Esteban y la Burra poníanse cordialmente a recordar de sus familias, de sus casas respectivas, de Badajoz y de Alanje, ni los miraba siquiera...: cogía un bicho de la hierba y se dedicaba a examinarlo, arrancándole las patas.
En casa, igual: Luis Cerrato era el único impasible, a la hora de la cena, ante las airadas discusiones que les afrontaban Esteban y la Burra a Fagoaga y a Eduardo. Morita, mientras, dábale pellizcos a Margot. Dos bandos: el de los defensores de Madrid, y el de los de la provincia. Esteban acusaba a Madrid de no tener murallas, ni río como el Guadiana, ni torres como la de San Juan. Los otros recomendábanle que viese la de la calle de Atocha. La Burra osaba blasonar del balneario de su pueblo. Doña Rosa, que nació en Logroño, intervenía contra la corte algunas veces.
Pero esta noche, en la animación del vino, con que ya iba disponiéndose para su fúnebre borrachera de después, Esteban creyó notar que no siempre a Margot le enojaban los pellizcos de Morita. Le asaltó una idea... «Si esta muchacha, al menos, quisiera acompañarte por las noches...» Ni fea, ni guapa, con su carita de rubia granujienta. Daba igual. Aunque tendría él que enmascararlo de otra cosa, por no delatarle su insigne cobardía, tratábase, nada más, de un servicio, de que le acompañara, en rigor. De los noventa y tantos duros, sería capaz de ofrecerla la mitad, por todo el año. Y dejó que la Burra siguiese defendiendo la provincia. Se le acercó Margot con la ensalada, y él jugó diestramente el codo contra el muslo de Margot, que tuvo apenas una sonrisa de extrañeza. Miró a Margot desde entonces confiadísimo.
A las diez, el plan no le parecía tan realizable. Llamada Margot al comedor, al silencio del estudio «para que le trajese las zapatillas del cuarto», volvía a encontrarla honrada y seria, sin Morita. A las once, lleno ya de grandes dudas, se dirigió a la cocina con el fin de insinuarse. No se atrevió. Explicarla sus temores le pareció ridículo. Además, de tanto pensar en... «lo que pudiese suceder» cuando éstos se acostasen, el misterio de los muslos de Margot habíale ido librando de aquellas repugnancias de la muerte. ¡Muerta, sí, muerta aquella pobre! Carne podrida que nada tenía que ver con la viva carne de Margot! Ilustrándose con un ejemplo, pensó en la sandez que fuese comparar una rosa seca encontrada en la basura con una rosa viva, abierta en el rosal.
De todas suertes, no había hecho sino duplicar su dolor de imposible, a las doce; su dolor por el pánico frío de soledades, y por la renuncia de la rosa viva y rubia que era Margot. ¡Bah, Morita habíale dicho en días pasados que la ofreció dinero inútilmente! Resignóse contemplando la botella. Bebió, bebió más de la mitad, para apagar también esta vez su excitación amorosa. Aguardó el efecto, y se trasladó a su habitación y se acostó.
Todo le giraba en torno. Había bebido mucho. El mareo, en cuanto cerraba los ojos, le hacía creer que hundíase blandamente con la cama por los aires. Luego sufrió angustia del estomago, y lleno de un sudor frío, tuvo que levantarse a devolver el vino en el cubo del lavabo.
Fue una desdicha. Sereno al poco, sus miedos le tornaban, más ingrato ante la imposibilidad de tolerar el vino nuevamente, y la de distraerlos estudiando, tal como le había quedado la cabeza. Lloró. Comprendió que no podría continuar en adelante tal sistema de imbécil narcotismo, y le aterró definitiva la consideración de las innumerables noches que tendría que pasar en desvelo y en tormento. Recordaba a Badajoz, a su novia, a su madre y a su hermana. Vio, por último, que su entrega a tanta infantil debilidad... ¡se le aumentaba!
Indignado, se levantó, fue al gabinete y cogió con rabiosa y brava desesperación la calavera; la palpó, la miró...; en seguida le dio al gato disecado un puntapié que le hizo chocar contra la puerta. ¡Sí, nada de temores! Poníase las zapatillas, y estaba confirmándose en que iba, ahora, en busca de Margot, no por procurarse cobardemente compañía, sino... por ella, por ella, ¡como un hombre! Encendió un cigarro, a fin de guiarse con su lumbre en las tinieblas.
Pero al llegar a la cocina le volvió el desfallecimiento. Hacíale temblar el frío y el ansia por Margot. Ante su puerta entornada, porque el cuarto era tan chico que apenas si cabía un catre, el gran misterio del amor le subyugó. Olía a ajos, y no cedía la puerta, apuntalada por detrás con una silla.
-¡Margot! ¡Margot! -llamó suave.
Trataba de apartar la silla, entrando el brazo. Imposible. Atrincherábase a su vez contra la cama.
-¡Margot! ¡Margot!... ¿Duermes, Margot?
-¿Quién anda ahí? -lanzó la muchacha despertando.
-¡Soy yo, Margot! ¡Ábreme!
-¿Y quién es usted?
-Esteban. ¡Ábreme, Margot!
-¿Y qué quiere?
-Nada..., ¡verás! ¡Ábreme, Margot!
-¡Vamos, hombre! ¡Ya está usted largándose!
Y como esto lo dijo ella casi a voces, Esteban suplicó violentando más la puerta:
-¡Calla, mujer! ¡Abre un momento!
-¡Qué calla ni qué abre, concho! ¡Pues bueno fuese! ¡Que ya se está largando!
Esta vez, lo desabrido del rechazo no le permitió dudar que despertaría la gente. Le temió al escándalo. Comprobó unos segundos de silencio que nadie habíale oído aún, y deslizó en retirada:
-Me voy, no te incomodes... Pero si tú quisieras ir a buscarme, te daría...
-¡Cuerno!
-¡Bueno, adiós! Conste que he venido a que me hicieses un té. ¡Si no quieres, déjalo! ¡Es que me ha hecho daño la cena!
Encendió para el regreso una cerilla. Iba aterido. Iba, principalmente, avergonzado. Acababa, estúpidamente, de atentar al honor de una muchacha. Entre su emoción de bochorno y miedo, érale dormirse más imposible que nunca. En el gabinete imaginaba al gato echando sangre, como si lo hubiese herido del puntapié. Obstinábase en resolver la situación de una vez, para siempre. Le bastaría vivir en donde constantemente velase alguien por las noches. Por ejemplo..., imprentas, boticas que nunca se cerraban, funerarias o un cuartel de la guardia civil... Podría ofrecerse en las boticas para el servicio de día, y ahorrándose además el pupilaje. El inconveniente era que no sabía despachar... Otros sitios en que de noche andaba todo el mundo en vela..., ¡ah, sí! ¿Por qué no irse de huésped a una casa de prostitución? Pagaba allí catorce reales, y por dos más, por seis más, le admitirían... con derecho solamente, claro es, a la comida y al cuarto..., ¡lo que le importaba!
La idea, algo estrambótíca, brindábasele no del todo inaceptable. Por lo pronto resolvió dormir con la Merengue esta noche. Consultaríala el proyecto. Quizá en la misma casa hubiera un cuarto aislado... Terminó de vestirse, cogió del baúl la cartera de billetes y llamó al sereno por el balcón para que le abriese la puerta.
Era la una. El aire helado de la calle le aterió. Púsose a buscar la de Tudescos, y se perdió en el viejo laberinto de este barrio. Encontrábase borrachos y mujeres descocadas que se le ofrecían con palabrotas. Pintadas, inmundas, le dieron asco. Entonces se encaminó hacia Fornos, esperando encontrar a los amigos. Llegó... y no estaban.
El lujoso café, bien abrigado, tenía gran animación. Sentía hambre. Pidió un bistec. Había mujeres, más que audaces algunas, con los grupos masculinos de las mesas. Abundaban los fracs, entre los hombres, de vuelta acaso del Real.
Una infinitamente dulce sensación de compañía y de comodidad fastuosa, sobre todo, íbale invadiendo. Frente a él, con un señor, había una bella dama que le miraba insinuante. Era más guapa que la Juana de Candelas. Le miraba, le miraba... Él la miraba, la miraba, devorando su bistec. Comprendía, en este Fornos de dorados y de estatuas y de luces... que no todo Madrid era el anfiteatro de San Carlos. Pronto se fue el señor, dejando sola a la dama, y ésta le sonrió. ¡Ah! Tembló el corazón del joven. Debieron de temblarle también en su cartera los billetes. ¡Íntegros se los daría a una mujer así, de... maravilla, como las de Apolo, y que debía pedir cien duros!
¡Si supiera ella, engañada al verle con su bistec, que no tenía más que noventa duros para un año, y que no había venido por otra elegante razón... que el no poder dormirse de miedo!
Nuevamente la divina mujer le sonrió, con señas. ¿Le llamaba? ¡Le llamaba! Esteban, turbado deliciosamente, fue como a la atracción de un abismo.
-¡Hola!
-¡Hola! ¡Siéntate, hombre -le acogió con gran llaneza la espléndida morena-blanca, que tenía muy negro el pelo y en bandós.
Pasaban dos de frac, y se pararon a decirla cosas al oído. Esto acabó de confirmarle a Esteban la alcurnia de ella. Es decir, que, estudiante o no, su conquista... era del reino de los fracs y los palacios. Miraba a la puerta con ganas de que entraran y le viesen Morita y Fagoaga y Eduardo.
-¡Qué solo estabas! -díjole por fin la espléndida.
Y charlaron. Ella tenía que hablar con el caballero que salió. Cuestión de una hora..., de menos, porque esperábala en un coche. Mas, si quería Esteban, a las tres podrían citarse. Camila (su nombre) vivía en la calle de Barbieri, en un pisito. Le daría la llave... ¡Si él la daba cualquier cosa en prenda de que iría!... Y lo negro de sus ojos, lo rojo de sus labios, el blanco deslumbrador y puro de sus dientes, pusieron al muchacho en condiciones de darla..., no cualquier cosa, sino la vida y el alma que encontrase en un bolsillo. Sacó el reloj. ¡Cuán poco tenía que ver esta viva mujer maravillosa con aquella pobre muerta de San Carlos!
-¡Toma!
-¡No! -esquivó ella, dándole la llave, al tiempo que le tiraba del pico del pañuelo-. ¡Este pañuelo! ¡Que, además, me lo regalas!
Era uno de los comprados en la calle del Príncipe, verde lagarto, con argollitas de salmón. Camila se levantaba.
-Cuarto segundo, ¿sabes?... Llegas y entras. Si tardo algo, te acuestas... Pero no, no tardaré. A las tres en punto.
-Bien -vaciló el mísero estudiante, cayendo en la realidad del conflicto en que podía ponerle esta belleza-. Pero vamos a ver, Camila..., ¡yo no soy rico!..., cuánto querría usted... por ¿comprende?
-¡Ah, qué rico! ¡Que no es rico!... Hombre..., ¡cuatro duros!
Echó a andar, y el joven quedóse estupefacto. Era coja Camila, coja en toda regla..., con muleta que había tomado del diván al despedirse. Pero aún volvió a mirarle desde lejos, al salir, y Esteban comprendió que bien valdríalo todo aquella cara.
Sintió no haber mirado si llevaba dos zapatos. ¿Le faltaría una pierna?... En fin, de todas suertes, se explicaba que siendo tan bonita, no tuviese las tarifas de las de los palcos de Apolo. Además, de cuatro duros a cincuenta o a cien..., ¡un buen pico!..., ¡querría decirse que él, por cuatro duros, iba a disfrutar de una belleza mutilada -de desecho-, pero belleza y bien belleza!
¡Caramba con los desechos de Madrid! También el día de la corrida decían que eran desechos de Veragua los toros, y hubo que verlos.
«¡Hombre, pero que tenga siquiera las dos piernas», deseábase a la tres menos minutos, pagando el gasto.
Puesto que el lance le salió harto más barato que temió, tomó un coche. A la calle y media, ¡pum!..., la de Barbieri. No la imaginaba tan cerca.
Llamó al sereno y subió. Hubo de chocarle, en la escalera, sólo con su cerilla larga desde el primer piso, su audacia inverosímil... Venía a una casa extraña, donde pudieran asesinarle, y maldito si te importaba ni le inquietaban los muertos de San Carlos. En el principal izquierda, una chapa anunciaba un almacén; y enfrente decía un cartel manuscrito:
NO LLAMAR
ESTA PUERTA ESTÁ CONDENADA
El letrerito «se las traía».
En otras circunstancias habríale hecho correr despavorido, con el pelo en punta, como un loco...; y, ¡psch!, continuó su ascensión guapamente.
En el segundo derecha, abrió. Creyó que iba a encontrar gente despierta, compañeras o criadas de Camila, y le detuvo el silencio negro del pasillo. Vio una llave de luz, y encendió. Marchó desorientado, pero sin miedo, confiándose contra toda clase de fantasmas en la enorme llave del portón, defensa mejor que una escopeta, y se halló en un comedorcito. La casa no tenía aspecto de ser grande. Iba encendiendo bombillas sin saber dónde meterse. Dio en la cocina y vio un cuarto pequeño con cama, sin criada. En el pasillo otro cuchitril vacío; en fin, un lindo gabinete, un tocador y una alcoba de lujo, con gruesa alfombra y lecho de damasco. No había más habitaciones ni nadie en la vivienda.
Se sentó y seguía asombrándose de estar absolutamente solo en plena noche y en una casa extraña, sin miedo... Esto, aparte la vibración de sus entrañas por la linda coja que vendría (¡hombre, que tuviese las dos piernas!), estaba proporcionándole una gran tranquilidad con respecto al porvenir. «El miedo era, pues, una simpleza desterrable con otra emoción un poco fuerte o con una firme voluntad.»
Hízole un bien el advertir en el bajo de un ropero un par de botas... y otro par en un rincón: luego tenía Camila las dos piernas... puesto que tenía los dos pies.
Sonó el timbre, imperioso. Salió el joven y se encontró con Camila, que le retornó a la habitación tranqueando en la muleta. Soltada ésta y el abrigo, la bella incomparable quedóse en un ceñido lujo de heliotropo que le moldeó en la marquesita los dos muslos. Cortés y bondadoso... y además, así sentada, sus dos pies asomábanse al borde de la falda sin defectos.
-¡Eres un buen chico! ¡Puntual!
-¡Sí! ¡Y tú también! -repuso Esteban indicando el relojillo de la mesa-. ¡Las tres y cinco!
Y como ella advirtió el mágico embeleso y la gran curiosidad llena de recelo y compasión que alternativamente al joven estábalo infundiendo con su faz y su cojera, se apresuró a explicarle:
-Tú, quizá, nunca me habías visto en Fornos, de pie, otras noches, ¿verdad?... ¿Te habías fijado en que soy coja?... Pues, hijo, hace dos años; en una juerga, de un vuelco de automóvil, se me partió esta rodilla, y los médicos dijeron que, habiendo de quedárseme sin juego, cómo quería yo la pierna, recta o algo doblada. Preferí lo último, porque una pierna tiesa al sentarse... y sobre todo en la cama... ¡En la cama, tú veras, no se me nota!
Le cogió y fue a atraerle y a besarle, pero él pidió, libre ya de su gran preocupación:
-¿A ver? ¿Y cómo tienes la rodilla?
-¡Mira! -dijo ella alzándose la falda.
-¡No! ¡Digo la otra! ¡La mala!
-Pues ¡la mala! ¡Si es ésta, tonto! ¡Mira las dos!
Las medias bronce, caladas. Las figas de grandes lazos por encima. Dos piernas perfectas, como para un escaparate. No había ni la menor diferencia entre las dos.
Esteban cayó en los brazos de la hermosa. Si era de desecho, él, sintiéndolo por ella, bendecía este ligero defecto que ponía a su alcance a la que dos años antes les cobraría miles de pesetas a los de frac y automóvil...
-Oye -díjole al notar que le impulsaba ella a la cama, después de un tremendo beso de su blanda boca de perlas y coral-, lo que me estaba admirando es lo confiada que eres... Si llego a ser un ladrón, te robo...
-¡Ah! ¡qué simple! Pero ¿te crees que una no distingue?... ¡No tienes tú facha de ladrón!
Le alzó en su regazo, y pusiéronse los dos a desnudarse. Temblaba Esteban, a cada seda y a cada lazo, cada vez más íntimos, que a ella le iba descubriendo de reojo...
V
Al llegar a casa, al mediodía, se le recibió en el comedor ruidosamente: «¡Hombre, el santito..., el forastero!... ¡Cómo ya se bandeaba por Madrid!»... Novedades, también, que le pusieron del color de los tomates: «Margot habíase despedido, porque uno fue a su cuarto -y este uno... ¡era él!, ¡era él!... ¡y el que robaba las botellas!»
-¡Sí, tú, borracho, ladrón!
-¡Tú, borracho, perdido!
-¡Borracho!
-¡Violador!
-¡Sacamantecas!
Servía el almuerzo una asturiana larga, herpética, tal de cara que un demonio, y doña Rosa contemplaba resignada al promotor de la catástrofe.
-Sí, señor, borracho..., ¡so golfo! -distinguíase Fagoaga en los reproches-; y se estaba creyendo doña Rosa que era yo el de las botellas... ¡Pues a ti te ha visto Margot!... ¡muchas noches! ¡Margot! ¡Margot!
Morita lamentábase a su vez:
-Nuestra Margot, que ha tenido que largarse... ¡Sátiro! ¡Por ti!
Lo cual ya no pudo resistirlo la ingénita bondad de doña Rosa.
-¡Por todos! -acusó, y miraba al valenciano-, ¡que no le para una decente!... Diga, don Esteban, que anoche... no fue uno al cuarto de la chica, sino dos; y el segundo hasta la hizo rodar con la silla y con el catre!
La chillería se volvió contra Morita. En medio de un escándalo infernal, y ante la nada ingrata estupefacción de la gallega, fuese descubriendo que entre esta noche y otras noches, ninguno había dejado de ir al cuarto... ¡Burra inclusive! Y doña Rosa defendió a Cerrato, que protestaba... ¡Sólo Cerrato quedó incólume de culpas!
Poco después, en Candelas, Esteban les mostraba a los amigos un retrato que a Camila le sacó por otro duro más. Dedicatoria muy dulce. Habíales dejado creer que durmió con la la Merengue por deslumbrarles más con el retrato, y los deslumbró, si bien sufriendo derechazo una sorpresa.
-¡La Coja!
-¡La Coja de Fornos!
-¡Hombre, la Coja!
¡Los tres la conocieron! Sus exclamaciones, de admiración y de envidia, sin duda; pero a Esteban le contrarió que supiesen su defecto.
-¡Ah, sí, la Coja! -dijo también Juanita, al verla, mientras echaba el café.
En seguida entre ellos hubo una gran curiosidad por saber «qué tenía en la pierna y... cuánto llevaba». Esteban les refirió el accidente de automóvil, ponderó la noche que con ella había pasado, y les dijo, sobre el precio, la verdad..., aunque traía el propósito (que hubiese realizado a no saberse que era coja) de decirles que le cobró «solamente veinte duros», por razón de simpatías, y aun mejor, nada -en plena gloria de conquista, y según podían certificarlo el retrato y una llave. (La de ella, que él se trajo por olvido en el gabán.)
-¿Eh?... Para que vaya cuando quiera -dijo sacándola.
-Pero ¿Para ti?
-Pero ¿de la Coja?
-¡La llave de la puerta de la casa de la Coja!
Contemplaron la llave con unción. Coja y todo, no creyeron nunca que se diese esta mujer por cinco duros...; y aunque no fuesen las de tal precio sus... habituales..., merecía el capricho, ¡vaya!..., una vez...
-¿Eh? ¡La llave de la puerta de la casa de la Coja! -le participó a Juanita, que volvía con copas de agua. Y en general el ansia por dejar a Juanita advertía de que alternaban ellos «con hembras de postín». Fagoaga repitió:
-La llave de la puerta de la casa de la Coja.
-¡Hombre! -bromeó Juanita-. La llave... de la puerta... de la casa... de la Coja!... ¡Parecen cuatro disparos de revólver!
Celebraron la ocurrencia, y se vio, además, que era verdad; y que no había medio de expresar la frase de otro modo. Trataron de hacerlo, ayudados por Juanita. ¡Nada, nada! «La llave -de la puerta -de la casa -de la Coja» y cuanto se le quitase o mudase o añadiese habría de estropearlo...
Pero Esteban, ni aun con la infantil jovialidad y fresca gracia de esta bella Juana ante los ojos, lograba dominarse la decepción tremenda, casi de abominación, de asco material a todas las mujeres y a sí mismo, que en la tan «ponderada noche» le había dejado Camila. Acababa de mentir él por necia vanidad, en la «ponderación». Aparte el previo halago de su cara guapa y de su cuerpo hermoso y de sus lujos, le causó el mismo desengaño frío y veloz que la Merengue y la Piedad y la Olvido y la Martirio. Un abrazo de un momento, entre no podría saber qué divinos espantos de hermosura ni qué malditos miedos y bochornos de vicio y de indecencia..., y he allí una mujer fatigada y no por él ciertamente, que se dormía, que se dormía, que se durmió... Él también se durmió a las cinco, a las seis..., harto de sentirla roncar en lo oscuro, y llorando sin lágrimas, quizá por las muchas de dolorosa compasión que su madre y sus hermanas tuvieran que verter con sólo adivinarle refugiado de sus pobres cobardías en un lecho semejante. ¿Por qué no habíanle habituado a dormir en un desván y a visitar de noche el cementerio, desde chico, si pensaron darle tal carrera?... En esto insistía el bondadoso fondo del muchacho como en la clave de equívoco y secreto capaz de convertirle en un granuja.
Y era, tal vez, un equívoco y un eterno disimulo de secretas repugnancias la vida toda, en todos. Predominaba en su ser esta tarde el asco hacia la «feminidad de las mujeres», que había vuelto a colmarle la Coja con otro abrazo más idiota aún, de despedida, y miraba a Juana, a Amalia, a Carmen, a las camareras que tan limpias y gentiles rebullían por el café..., sin explicarse cómo Dios hubiese puesto, en criaturas tan preciosas así vestidas y honestas, un estigma de animalidad que viniera a constituir el centro de la atracción y repulsión bestia de los hombres.
Habría tenido que creerse hoy un definitivo mentecato si le hubiese dado sus ochenta duros a Camila. Aun los cuatro le pesaban. No valían uno, en concepto tal, todas las mujeres. Eran ya cinco las que habíanle demostrado esto, de un modo igual, y era tiempo de que él lo diese por sabido. Carmen, Petra, Juanita... con sus sonrisas de gracia y seducción a los señores espléndidos, le parecían el diabólico sarcasmo de unas huchas vivas que fuesen recibiendo las monedas por una hendidura lamentable... como los trastos automáticos que él había visto en los paseos.
Salieron, y este sentimiento de degradación humana, error de Dios, si no fuese castigo, al crearnos tan miserablemente parecidos a los perros, le persistió por las calles. Bajo cada traje de cada elegante dama no podía evitarse adivinar la tacha bestia del carnal misterio que había dejado de serio para él. Continuaba, no obstante, siendo, a juzgar por sus brutas miradas y piropos, la ambición del hábito arraigado en los hombres por su perversidad y para su afrenta. ¡Ah, si supieran ellas, las puras, qué instantáneo cambio al asco había de provocarles su carne a los que mirábanlas con ansias como inextinguibles!... De un vuelo, el alma del chiquillo trató de refugiarse en la idealidad celeste de su novia, de su Antonia... Y de otro vuelo..., de otro vuelo..., al pensar por vez primera que también aquella niña sería mujer... que... hubiese de esperarle algún día como la Coja..., el místico se amparó en no supo qué últimos recursos de ascetismos y conventos. Urgíale delimitar la extraña contradicción de su conducta.
Habían entrado los cuatro en el billar y no quiso ser de la partida, por quedarse en el balcón con el doble espectáculo interior y exterior de su conciencia y de las gentes. Anochecía. Rebosaba la calle de Alcalá. De codos contra los hierros, era un filósofo que en el hormigueo de multitud buscaba «el sentido de la vida...».
Camila habíaselo hecho perder. Camila, mujer hermosa, más que casi todas las que pasaban, más que hubiera nunca de serio Antonia misma, le había traído a esta convicta situación, a esta desesperada verdad «de que no daban menos desencanto las hermosas que las feas». Entonces..., ¿qué representaban en el mundo el amor y la mujer?
Para meditarlo, suspenso como hallábase entre su cariño al dulce ángel y el asco por todas las demás, se puso un punto de partida: «había diferenciado siempre el amor del alma y los impulsos de la carne». Su primero y espontáneo impulso de estos dos, fue aquél, el digno, el noble..., el natural y legítimo, por tanto. Una especie de amplificación «incorpórea de su culto religioso, de su gran fervor de niño bueno, hacia otra rubia vecinita (antes que Antonia) que no llegó a saberse idolatrada... Si alguien le dijese que a cualquiera de ambas las manchaba él con bajos pensamientos, sería capaz de darle un puñetazo. Los instintos bestias despertáronsele después, excitados por criaduchas.
Y..., siendo el hecho éste, ¿no era cierto que, sobre haberle llegado de fuera el estímulo carnal, rindióse a él, como sus propios amigos, con tremendas resistencias?... ¡Nunca olvidaría las vacilaciones, las preparaciones, los conciliábulos que le costó la primera vez el decidirse! ¡Nunca olvidaría el supremo disgusto de la vida que luego le quedó..., tan distinto de sus orgullos y alegría en aquella ideal adoración por el ángel de ojos claros!
Sus amigos, él, todos, tomaban, pues, «la mujer» lo mismo que tomaban la cerveza, sin gustarles y mintiendo lo contrario, por entrar en la costumbre fumar, habíales costado, asimismo, borracheras espantosas. Y Esteban, en verdad, según le había cobrado afición al tabaco, comprendió que acabaría por tenérselo a la cerveza y la mujer, a estas dos cosas tan amargamente insípidas. Se hallaba en el período de intermitentes repugnancias. A la vista no podía ser más atractivo un bock de la dorada y cualquiera de estas lindas que pasaban por la calle.
Volvió su alma a Badajoz, a su madre, a sus hermanas..., a su novia. «El ideal sería que cada mujer y cada hombre viviesen de sí propios, unidos solamente por el santo amor que hiciese de la tierra un perpetuo y vasto templo del espíritu.»
¡Oh! Pero se asombró: ¿quién perpetuaría entonces a estos santos? ¿Cómo él mismo podría estar pensando aquí tanta hermosa tontería si...? ¡Oh!, ¡oh! ¿tendría «la cama»..., tendría, pues, el tedio aquel que luego inspiraban las insípidas mujeres, una imposición fatal como origen mismo de todas las noblezas de la vida?... Sin esto que, sancionado o no por bendiciones, estimábalo él grosería animal y despreciable, no hubiesen nacido él y Santa Teresa de Jesús...
¡Oh!
Una febril idea en excitación arranca otras, y dos más saltáronle engarzadas: primera, que él habíase estudiado, en rigor, como «animal» en la historia natural del Instituto. Segunda, que no dejaba de ser extraño, si tan «antianimal y puro» fue su amor a la rubia, a su Antonia, ahora..., que el instinto de su alma hubiésele llevado a fijarse en ellas..., en ellas... y no en cualquier amigo, con todo desinterés e indiferencia de sexo. ¿Por qué?
Cerró los ojos, y abatió a la mano la frente, con el codo en el balcón. Esto le había abrumado. El alma..., el alma... tan inmaterial y noble..., parecía dotada... pues... también... de una orientación instintiva, firmísima, inconsciente... que nunca se equivoca... hacia la... ¡«feminidad de las mujeres»!
Los compañeros, entre tanto, jugaban al billar.
-¡Ahí va la reunión! -decía Morita, bien ajeno de tener a tres metros un filósofo.
Y la filosofía y el miedo hicieron que resueltamente perseverase en acompañar todas las noches a los tres, con un principio de conformidad escéptica, estoica, que es lo primero que siempre da la filosofía. Sólo que, honradísimo en el fondo, y dispuesto, por tanto, a no ceder en sus deberes, si bien no iba a las clases, porque levantábase a la una, estudiaba por las tardes.
Durante más de cuatro días le continuó su cruel desilusión, y se alegró de comprobar que no siempre acaban con «niñas» los trasnocheos de los amigos. Cinematógrafos, billares y café, generalmente; y, de cuando en cuando, banca. Sí, jugaban ellos, en el Círculo Industrial, horas y horas si traíanles suerte sus vacas de a dos duros...; y mientras, él, si afición al juego, miraba o se sentaba a filosofar por los divanes.
«Tabaco, vino y mujer, echan al hombre a perder», decía el refrán. ¿Eh? Pues... ¿y si le añadiesen las cartas y el ajenjo? Podría cualquiera aficionarse a todas las barbaridades y estupideces como a las mujeres, y trató de no jugar ni una vez, para evitarlo.
Allí conoció a otros paisanos, amigos de Fagoaga, ricos como Fagoaga, y también de Almendralejo. A uno, pequeño y gordo, llamábanle por rico El rey de Almendralejo; a otro, Wandervill, y era muy notable: alto, flaco, con un bigotito como un fino trazo de carbón y con un perfil caricaturesco de jilguero. Contaba treinta años, y había venido con mil reales para hacerse sobrestante. Expertísimo en las cartas, apenas llegado de su pueblo, hacía unos meses, jugó y ganó con los mil reales seis mil duros. Otro estudiante de Chinchilla, a quien llamaban Castelar, le pagó con un magnífico caballo una deuda del golfo; y Wandervill, que no sabía equitación y que seguía en su primitivo y humilde pupilaje de ocho reales, daba por el del caballo treinta al día... Lo montaban los amigos.
Verdad es que Wandervill comía siempre en los cafés, con el Rey de Almendralejo. Los conocían en todos, y todas las chais y todas las floristas y revendedores de teatro. Tiraban el dinero. Una noche, festejando otra ganancia de mil duros (pues se habían hecho los banqueros de ruleta en el Círculo Industrial y ganaban sumas fabulosas), mandaron cerrar el Café del Brillante, a las tres, con orden de convidar a los que quedasen dentro. Chulos, en mayoría, cada mesa quedó convertida en un festín. Hacían esto por las cantaoras, dos pintarrajeadas andaluzas, que al fin se fueron del brazo de sus respectivos tocaores... Entonces, el Rey de Almendralejo rompió un espejo y se meó por todo el establecimiento. La cuenta subió a mil seiscientas pesetas... ¿Cómo Esteban ni Fagoaga, ni ninguno, podrían corresponder a obsequios tales?... ¡Donde aquéllos estaban, no había otro remedio que dejarse agasajar!
Y lo triste era que derrochaban sin gracia, entre la gente de medio pelo, en el Círculo Industrial y por los cafés y mancebías de menos fuste. El mismo retrato de la Coja -que a pesar del mal recuerdo llevábalo Esteban consigo- les parecía una divinidad. En cambio, hacían atrocidades en casa de la Flora, en casa de la Ojitos y en la de la Churrete y la de las «académicas» francesas... Empelotaban a unas cuantas, que temblaban arrecidas comiendo boquerones, o mandábanlas sacar y apilar sus trajes para prenderlos fuego. Por lo demás, respetaban a los guardias y serenos, y aun a las mismas mujeres cuando alguna se plantaba ante cualquier enormidad.
Esteban, al poco de tratarlos, se explicó sus toscas aficiones por sus propios gustos de rumbo y majería: en otros cafés, en Fornos, por ejemplo, y con otras hembras, la Coja siquiera, no habrían podido obtener esta sumisión de las gentes miserables.
Los acompañaba porque los acompañaba Eduardo, de quien venía él a ser una especie de rabo por las noches, y una hosca conciencia de su no menos miserable sumisión y cobardía, forzábale a rehusar en lo posible los convites. Serio él y borrachos todos los demás en las tontas francachelas que solían poner remate a las veladas del Círculo, iban hasta acabando de extinguirle la lujuria en fuerza de soeces espectáculos.
Esteban, muchas tardes, luego de estudiar, purificábase yendo a las iglesias. Le gustaban las más grandes, San Francisco o San Isidro, solas a esta hora del anochecer, como para que él extendiese mejor su alma por tantas causas lacerada. Allí, sentándose en los bancos, rezaba o meditaba. Pedía que Dios le perdonase no ir a misa los domingos, en razón a estar durmiendo, y que iluminase a algún ministro de Instrucción Pública con el fin de que fuesen trasladadas las universidades al campo. En las grandes ciudades era imposible que estudiase ningún estudiante forastero, dejado a su libertad entre tentaciones y peligros.
Luego, salía, y dirigíase lentamente por las calles hacia cualquier café, en donde les escribía a su madre y a la novia. Iba muy triste. Parecíale que, como él, sobre el barro helado de las nieblas o las lluvias, todo el mundo debía tener fríos los pies y el corazón. Creía que, como a él, entre los eléctricos resplandores de tanto escaparate, a nadie le importaba nadie. Madrid era una especie de centro de negocios por donde pasara aprisa toda España y con ganas de escapar. Madrid era un pueblo anodino, sin madrileños: las chais eran de Sevilla, de Valencia...; los camareros, de Asturias, y de Galicia, los aguadores y los mozos de cordel. Además, él lo pudo observar en San Carlos: todos los estudiantes tenían y llamaban «paisanos» a los demás de sus provincias, menos los de Madrid..., que ni parecían tales estudiantes; los típicos eran los vizcaínos, los castellanos, los andaluces, los extremeños..., los que empeñaban los libros y el gabán y vivían en casas de huéspedes.
El Madrid magnificante y culto que le mintieron los primeros días la Castellana y Apolo y los portales de fotógrafo no existía ya para Esteban; ni tampoco apenas el Madrid siniestro del hospital y de los miedos por la noche: ahora sólo le impresionaba como una ciudad estúpidamente grande y llena de coches, de automóviles, de tranvías..., es decir, cruzada sin cesar y en todas direcciones, con riesgo de muerte para los de a pie, por mil expresos a la carrera.
«¡Eh!..., ¡eeép!»
«Grú-grú-grú.»
Y tenía uno que apartarse. ¡Hombre, qué concho!
En los cafés, después de todo, era únicamente donde no había automóviles, ni ciclistas, ni hacía el frío que en las casas de huéspedes, y los mozos trataban con respeto.
«Mi Antonia mía del corazón...»
Antes de seguir, releía la carta de ella: «Querido Esteban: Me gusta mucho lo que me dices siempre. Anteayer salí a tiendas con mamá, y por la tarde al Vivero...» Un laconismo gentil. Ni contándole cada domingo y cada jueves lo que hacía en la media semana lograba llenar dos caras del plieguecillo heliotropo. Y otras veces tenía que interrumpir los bellos párrafos que él en cambio le escribía, porque llegaba Encarnación, la camarera. Sí; a pesar de que los cafés con mozos solían ser más confortables, él le iba mostrando preferencia a esta especie de bar, de tupi, servido por muchachas. Encarnación era frescota, y la cabe de Toledo no le daba el empaque que a aquellas de Candelas la calle de Alcalá.
-¿Le escribe usted a la novia?
-Sí.
-¡Es guapa! ¿Tiene ahí el retrato?... A ver, hombre, ¡que lo vea otra vez!
Esteban sacó el retrato de la Coja y se lo dio. Habíale armado a Encarnación un lío feliz de mentiras, porque ella, así, concedíale celosa y envidiosa la importancia «de su espléndida querida».
-¿Y dónde dice que está?
-En Cádiz. Ella es gaditana. Un mes para ver a su madre.
-Y mientras, usted, flores que te flores a ésta y a la otra... ¡Hijo, parece mentira lo que son ustedes!
-¡Psch!..., ¡ya tú ves, mujer! ¡Sois aquí todas tan bonitas!... ¡Y tú, la más! Como que, si quieres, ya te digo que te espero cuando quieras. ¿Esta noche?
Encarna sonrió, devolviéndole el retrato. Placíala esta competencia con la ausente. El joven parroquiano se le iba interesando.
-¡Esta noche -dijo con esquivez provocadora de coqueta- voy al baile!
-¡Toma, pues mejor! ¿A qué baile?
-A La Virginia. En la calle de las Fuentes.
-¿Baile particular?
-No, público, hombre. De máscaras. Como el de la Zarzuela.
-¿En la Zarzuela dan baile?
-¡Claro! ¿No estamos en Carnaval?... ¡Voy!
Llamábanla del mostrador, con tres golpes de timbre. No las dejaban charlar mucho con nadie desde que en el mes último mató de un navajazo a un parroquiano el novio de una de ellas.
Esteban sólo pudo volver a decirla al pagar:
-Oye, Encarna..., y ¿si yo fuese al baile esta noche?
-¡Hombre, qué sabemos! ¡Vaya usted!
Cita.
Daban las ocho. Con una emoción de Madrid menos triste, aunque arreciaba la lluvia, tomó el caminito de su casa. Durante la cena, él, que tanto por desorientarlos sobre sus místicas visitas a los templos como por explicarles sus abstenciones en las juergas les tenía hecho creer que los amigos que se entendía gratis con Camila (por lo cual, o por no gastarse de un golpe cuatro duros, ninguno la buscó), díjoles que iría con ella a «un baile». «¡Anda!, ¿al Real? ¿A la Zarzuela? ¡Hoy es el de Escritores y Artistas!» Dejó que le envidiaran, sin determinarlo, y recibió de ellos los informes oportunos: «La entrada de señora, nada; la de hombre, dos pesetas, o quince o veinte pesetas; el guardarropa, otras cuantas; el disfraz para Camila, a nada elegante que fuese, diez duros; la cena, sus cinco... El coche..., el confetti..., las flores..., en fin, que podía irse preparando»...
Los dejó en el Círculo, a la una, y se absolvía de sus embustes pensando que en estas cosas de mujeres mentían todos mucho más. Morita, por ejemplo, contaba que en Alcira le quiso una marquesa. ¡Vamos, hombre!
Tuvo la impresión de no preguntar el número. Sin embargo, las luces y un grupo de gente le indicaron el baile. Dos reales su entrada. Descendió a un enorme sótano. Una murga tocaba en un tablado, y bañaba todo el mundo pisándose, estrujándose. Olía a sudor y a anís. Las máscaras y el suelo estaban inundados de confetti. Pero el sótano era grande, enorme, como el salón de un gimnasio o la cuadra de un cuartel, y en vano se enfiló a la entrada del ambigú donde vendían el aguardiente, buscando a Encarna. Aparte de que casi todas las mujeres se tapaban con careta, aun las que más lucían las pantorrillas. Un horno, en suma. De las bóvedas pendía la luz de acetileno en candilejas.
Y aunque el joven, pensando en la modestia de este baile, sonreíase cuando los otros le hablaban del Real, en verdad que lo hallaba harto modesto..., chabacano.
En un segundo schotis descubrió a la camarera bailando con un chulo. Le vio, le sonrió y no le saludó.
Estaba de pañuelo de Manila azul, despeinada de tanto apretujón, y la borracha, al parecer, como casi todas. Debían de ser, en general, mujeres de la vida. Los hombres, de gorra y chaquetilla, salvo pocos con bombín y traza de tenderos o estudiantes.
A la hora y media se convenció de que Encarna no dejaba a su pareja. Le había burlado. Y no sabiendo a dónde ir, por si los paisanos se habían marchado del Círculo, prefirió quedarse en un rincón, fumando y saboreando copas de aguardiente. ¡Ah, la soledad terrible de su cuarto!
Púsose a filosofar, observando a los que venían de la sala para volverse más borrachos cada vez. La murga hacía resonar sus pimporrazos. Hubo dos conatos de pelea, pero a esto le tenía Esteban mucho menos miedo que a la sombra de su alcoba. Las mujeres parecíanle cosas muy extrañas: veía que se besaban y tentaban, allí por otras mesas, y no sintió ni la más leve intención de llevarse a una por un duro. A pesar de lo cual él estaba aquí por Encarna; y gracias a ella, que despreciábale al fin, había vuelto a sentir aquel contento de la vida que le aliviaba sus murrias. De modo que «la mujer» podría ser... luego... todo lo ingrata que fuese; pero, antes... nada como ella llenaba el pecho de esperanza y alegría. ¡Qué cosa más chocante!
Hubo un momento, a las dos, en que escasearon las mesas, y un grupo invadió la del filósofo. Tres muchachas y dos hombres que convidaban a pasteles y a montilla. Una de las mujeres, vestida con dominó color de rosa, dejábase abrazar que era un portento; otra de bebé rechazaba los abrazos y lloraba por Vicente..., por Vicente..., «un novio que la dejó...»; y entre su histerismo y su tierna borrachera quería contarles la historia a los demás, que no hacían caso. Entonces decidió contársela a Esteban; y al empezar otra polca, en el salón, seguía ella hablando y llorando y riendo por Vicente... sin haberse dado cuenta de que los otros se marcharon.
-Pero, mujer, ¡que se han ido tus amigas!
-¿Qué amigas? ¡Si yo no las conozco!
-¿Ni a ellos?
-¡Ni a nadie! ¡Figúrate que lloro porque me han dejado sola!
-¿Quiénes?
-Unas compañeras. Se fueron a las dos.
Sino que lloraba porque sí, por mimo y por el vino, y continuó en seguida hablando de Vicente... Pidió Esteban más vino y más pasteles y algo de jamón. Esta muchacha, nerviosa y bonita, con una redonda cicatriz en una sien, como de haberle quemado un carbunclo cuando chica, decíase fiel a su Vicente, y honrada, además, menos con Vicente. «Por eso no podía ella consentir que nadie la tocase.» Y le gustaba Esteban «por decente», y accedió a irse del baile con él.
-Lo único que te pido es que antes de las seis me dejes en la calle de Serrano, donde sirvo.
-Pero... ¿estás sirviendo tú?
-De doncella. Mis amos y mi tía no saben que he venido. Nos escapamos yo, otra doncella y la cocinera. Me gustas porque te pareces a Vicente.
Ya esto lo explicaba la bebé al fresco de la noche, bajo el paraguas en que Esteban la acogió. Dejábase guiar, del brazo, y en la plaza de Isabel II resultó que no sabían uno ni otro a dónde ir. Ella conocía menos aún que el joven el Madrid de los secretos... O lo que es lo mismo, nada. «Luego no mentía al decir que no era chai...aunque hubiérase juntado con chais... en La Virginia. ¡Luego era en verdad una linda doncellita de casa de algún conde!...
-Pues ¡nada! Por aquí -resolvió Esteban, tirando de esta interesantísima Martina, por la calle de Hileras, hacia casa de la Filo.
Pesábale llevarla a un burdel tan indecente, pero... ¡qué remedio! El sereno los abrió. La Filo los recibió arriba y los metió en la alcoba de la sala.
-¡Al pelo vais a estar! ¡Todas de baile! ¡No ha parado aquí esta noche ni el gato!
Y a las siete, rendido y contento Esteban, sin borrachera Martina, y aturdida un poco solamente con su traje de bebé a pleno sol por las calles, tomaron un simón para ganar la de Serrano a toda prisa. ¡Iban sus amos a verla regresar, tal vez! Además, tenía que comprar al paso dos kilos de chuletas. Veinte casas antes de su casa, dejó el coche. Pero le dio más vergüenza ir sola, de máscara, y todavía se hizo acompañar por Esteban hasta la carnicería. ¡Fue de ver aquella bebé, con su capelina de percalina rosa toda estropeada, entrando con un papel de dos kilos de chuletas en el portal de la casa suntuosa!
Pero, ¡ah!, ¡cómo la cerveza del amor, con tal chiquilla, le había parecido a Esteban buena!
Sí, si, era honrada..., ¡ya lo creo! Sin duda, en esto no había más que atenerse a las honradas..., a las que lo toman también con afición..., ¡no por oficio!
Un día en medio y domingo al otro. La vio y pasaron la tarde juntos, según habían acordado la otra noche al separarse. Ella no hablaba ya de Vicente.
Por dos semanas más volvieron a reunirse los domingos. Sólo que a la tercera se llevó el joven un disgusto. Habíase enterado la tía de Martina de «los pasos» de ella, y la mandó al pueblo, provincia de Burgos, nada menos, con sus padres. Esto se lo dijo ella, por triste despedida, en una carta.
¡Martina le había dado el sabor de las mujeres! Y ya, con afición, con verdadera afición, trataba de consolarse el triste con no importaba qué Merengues o demonias en las juergas del Rey de Almendralejo y Wandervill.
Odiaba más a éstos cada día. Su ejemplo de fastuosidad idiota y de vagancia parecíale ser lo que mantenía la corrupción de los paisanos. Y, sin embargo, a ellos les debió la salvación, de una manera imprevista..., providencial, ciertamente. Ocurrió que una racha de moralidad en las autoridades madrileñas cerró las casas de juego, y como el Círculo Industrial no era otra cosa, no era más que una chirlata, fue suprimido. Entonces, Wandervill y el Rey de Almendralejo, a invitación de Fagoaga, se instalaron con las cartas en el comedor de doña Rosa. Por las tardes, golfo; por la noche, monte. Y hasta la Burra apuntaba. La casa llenábase de humo, en fuerza de formar todos ellos y los amigos que llevaba cada cual. Pero duraba hasta el alba la partida, y el orden, en medio del mismo desorden (por razón de aquella eterna paradoja en que todo resolvíasele), se impuso para Esteban. Perfecto. Absoluto. Dormía, dormía como un bendito con la no distante compañía del comedor, desde que daban las diez, y hasta se olvidaba de las niñas por las clases y los libros.
¡Dios se le apiadó! La casa de gente en vela que no pudo encontrar venía a buscarle.
¡Así iba serenamente febrero transcurriendo!
En un clavo, como un recuerdo doloroso, yacía... la llave de la puerta de la casa de la Coja.
VI
Una mañana, al salir con Cerrato para San Carlos, Esteban se encontró en el mismo portón una visita. Un señor. «Parecía de Badajoz.» ¡Sí, esta vez no fue visión de su casi olvidada mamá!...,de Badajoz: Collado, Zacarías Collado.
-¡Hola! ¿Cómo estamos?... ¿No es usted Esteban Sicilia?... Pues muchas memorias de su madre. Acabamos de llegar, yo y la Renata.
No se habían hablado nunca. Apenas si de vista conocíanse. Esteban le recordaba como una de las clásicas figuras de Badajoz, tal que a Daguirri el fosforero, a Bonifacio el de los sermones, y a Charepe. En otra categoría y con más respeto, es decir, sin que le siguieran los chiquillos nunca, este Zacarías, el lelo, solía verse con su alta y flaca figura desvaída, con sus barbas lacias y su boca abierta, siempre solo por las calles, una veces a pie, otras en un caballo que tranqueaba o trotaba a su placer, baja la cabeza y las riendas en el cuello.
Le invitó a entrar en la sala, y Cerrato se marchó, porque era tarde.
-Pues, sí, hemos venido yo y la Renata. Su madre de usted está buena, y tan gorda. Íbamos a almorzar y la Renata me dice: «Anda, ve y dile a Esteban que estamos.» Yo creo que ella quiere que usted nos lleve por Madrid, es una pintura; porque no sabemos nosotros. Yo vine cuando chico. Ahora es que venimos a cuestión de médicos. Paramos en el Inglés.
En el corazón de Esteban brincó la dulcísima memoria de aquel único momento en que había hablado con Renata Mir, con la rubia y elegante Renata Mir, aureolada en Badajoz con fama de viajera aventurera y que le dedicó su azul mirar tan tierno cuando él volvía la hoja en el piano. Consultó el reloj, y vio que llegaría tarde a la clase; además, no importaba faltar hoy, por honor a los paisanos..., por honor a...¡Oh!
Salió con Zacarías. A éste le había traído un mozo del hotel, que esperaba abajo. Pusiéronse en marcha y el joven estudiante no cesaba de admirar la facha de babieca que veíale a Zacarías con su asombro de Madrid... ¡No había estado en Madrid! La «célebre viajera», según el marido le informó, había preferido siempre sus dehesas, Sevilla, Montemayor, Portugal...
La encontraron, con vaporoso matiné y transminantes perfumes, en una confortable sala que tenía la alcoba entre columnas. La alfombra era color de oro viejo con cenefa verde oliva. Esteban fue acogido por Renata como un antiguo amigo. «¡Oh, sí, íbamos a salir, de que almorcemos! ¡Almuerce con nosotros! Venimos de temporada. Tienen que ver a éste los especialistas. Usted querrá guiarnos por Madrid, ¿verdad?» Y de paso, los ojos azules, azules como un azul romántico y siniestro de miosotis, mirábanle, mirábanle... acariciábanle... sin la menor inquietud por Zacarías, que se había sentado en un sillón a quitarse lo negro de las uñas.
Era casi alta, y su pelo de un rubio profundo de caoba, encantador. El matiné, flojo y diáfano, dejaba dentro vislumbrar suelta y frágil su cintura presa en el corsé limón y el raso cielo de la enagua..., y arriba encajes y carne de los hombros. Tuvo que mudarse, con el fin de bajar al comedor, para lo cual, y sin dejar de hablar, por cierto, esquivóse apenas detrás de la cortina. Esteban sentíala en la alcoba trastear charladora y adorable, y a veces veía sus brazos alargarse a coger de encima de la cama algunas ropas.
-¡Sí, mujer, abrígate! Creo que estás para Madrid muy fresca! -habíala aprobado el marido.
Salió al poco, ella monísima, exquisitamente vestida para calle, e incluso con gran sombrero y un largo abrigo café, de pieles caras. Los dedos teníalos cuajados de sortijas. A nada que se movía al espejo, en últimos detalles, todo lo inundaba alrededor de esencias. Se perfumó el pañuelo, y perfumó cortés el del joven. Nunca éste se alegró tanto de tenerle de alta novedad, de aquellos de la calle del Príncipe. Su cuello, su corbata, su sombrero, su bastón... también irreprochables, como el terno caqui acinturado. ¡Qué diferencia de su porte al del pobre Zacarías!
Bajaron. Por la escalera, él le ofreció el brazo a Renata.
-Eh, concho, ¿dónde vais?..., ¡que nos pongan esto! -les gritó el marido.
Quería bajar en el ascensor. Explicáronle que hacía falta para subir, solamente. Se resignó y bajó detrás, pisando al menos por la tira de alfombra, «ya que lo pagaban».
Esteban no almorzó, porque había almorzado en casa. Renata le obsequiaba dándole aceitunas. Pero tenía que vigilar al marido, en ciertos platos, a fin de que no hiciese el ridículo ante la distinguida concurrencia, y ella misma, además, no cesaba de mirar por las contiguas mesas a las damas. Estos silencios utilizábalos el joven para tratar de comprender cómo había podido casarse tal mujer con tal idiota, que debía llevarla ocho a diez años. Zacarías representaba treinta y cuatro o treinta y cinco. Renata, rabiando, veintitrés.Por otra parte, también Esteban sufría un poco la extrañeza del comedor suntuoso, lleno de arañas y dorados, como Fornos, acostumbrado él al de doña Rosa. Renata no descomponía en el ambiente de buen tono. ¡Renata, que le miraba, que le seguía mirando..., que...! ¡Oh!
¡Ella le había mandado llamar!
¡Tan bonita y tan llena de brillantes! Un diente montado sobre otro, en la divinamente blanca dentadura, le daba un agrio seductor a su sonrisa.
-Sí, tengo el encargo de verle, en nombre de su mamá y sus hermanas, y sobre todo..., de Antonia. Como vecina y buenas amigas las dos, ¡qué mona la chiquilla!, ¡qué linda!... ¡Ella sí que es linda!... Hemos hablado de usted con frecuencia. ¿Eh?... Por eso me he atrevido a molestarle, cierta de que lo agradecerá.
Manifestó que Antonia le leía las cartas..., las bellas y largas cartas de tres pliegos que le llegaban de Madrid. Y aun antes de hacerse «un madrileño» el novio, leía Renata sus cartas... todas; por donde ella también, sin que Esteban pudiera sospecharlo, saboreaba aquellas cosas. Tal fue la razón de que le hubiese conocido con más gusto la noche en que le llevó su madre.
-¡Oh! -hizo el joven, como a una grata explicación retrospectiva.
-Pero esas cartas..., ¡vamos!, ¡perdón!..., ¡son mentiras bonitas que dicen ustedes los hombres! ¡La pobre Antonia se las cree! ¡Le quiere a usted como una loca!
-¿Qué ponen hoy en el Real? -preguntaba Zacarías, oyendo hablar del Real en otra mesa.
No le atendieron ni su mujer ni el paisanito, más que intrigados por las cartas y la novia, al tiempo que servía biscuit glacé el camarero. Esteban, contento de ser tratado como hombre, como experto hombre por esta bella mujer de Badajoz, oíala y comprobaba, en un espejo tras ella, que la barba le azuleaba a él en fuerza de afeitarse..., que todo él habíase como ensanchado y crecido en los tres meses de ruda batalla de Madrid.
-¿Qué ponen hoy en el Real? -volvió a preguntar Zacarías.
No le contestaban. Sacó el camarero un Imparcial, miró los espectáculos, y dijo:
-Orpheo.
-¡Será Orfeón, concho! -rióse Zacarías, que lo juzgó equivocación del torpe mozo.
Renata, con un rápido mirar, le atajó las risotadas. Cuando el camarero se fue le amonestó. Debía preguntarle a ella todo lo que quisiese preguntar.
-¡Es tan simple este infeliz! -se lamentó con Esteban, no queriendo confesarle tonto declarado-. ¡Es un niño, por completo!
Sin embargo, breve, al salir, y en tanto caminaron por la calle Echegaray, Zacarías delante, ella y el joven detrás, contábale a éste que su boda fue una boda de familia. No supo lo que hizo. ¡Una criatura! ¡Quince años!... Su marido había ido quedándose después, así... como corto, poco a poco.
La Carrera y la calle de Sevilla causáronles admiración. Era un tranquilo día de marzo, y muchos los coches y la gente. Ellos habían visto, como lo mejor, Lisboa, y no podía compararse. Miraban todo. Preguntaban. A Renata, en casa de Thomas, se le antojó una bolsita de mano. En La Favorita, una sombrilla. Pesábale su abrigo de piel. Zacarías regateaba en las compras; tenía tendencia a ir delante, pero acercábase a menudo a preguntar y a indicarles que «eran de Badajoz» los que pasaban. Esteban, reconociendo su «manía», la manía de todo forastero, hallaba un gran placer sirviéndoles de guía. Los elogios a las tiendas y edificios salían de su boca sin violencia. Madrid le parecía lleno de una luz y de una hermosura insuperables.
Dirigiéronse al Retiro. La débil atención de Zacarías se fatigaba. Desde el Banco de España, echó delante, con las manos siempre en los bolsillos del gabán, y mirando por su cuenta. Renata, con su recuerdo de Lisboa, que al fin le disminuía la curiosidad por otra gran capital, conversaba con el joven. El sol, desde que entraron en el parque, hízola quitarse el abrigo y llevarlo al brazo. Su charla recaía en Antonía, sin cesar. «¡Oh, si en vez de a mí la tuviese usted a su lado!», insistíale al novio. Y como el novio oíaselo por cuarta vez, lo menos, y siempre sufriendo el martirio azul y extraño de aquellos ojos de miosotis, repuso ahora:
-¡Yo voy muy bien, Renata, con usted!
-¿Porque le hablo de ella?
-Eso es igual. ¡Hábleme de lo que guste!
Hablaron de «los sentimientos», entonces, en términos generales. Las cartas de él reveláronle a Renata una romántica pasión exaltadísima, como no creía que en la realidad existiese. Ella, al menos, poníalo en duda. Nunca lo pudo saber, porque la obediencia de chiquilla que la había conducido al matrimonio le impidió gozar ensueños e ilusiones. Y eran..., habían sido su avidez. Un cariño reducido a su parte material le repugnaba...
Zacarías quiso embarcarse en el estanque. Se opuso su mujer, viendo que no había señoras en las lanchas, y Esteban los llevó a la Casa de Fieras. La libertad del joven fue mayor.La de Renata la misma, pues no se reservaba del marido, que aquí, en tanto ellos charlaban por delante de las jaulas, quedábase a ver comer al tigre o a reírse con los monos.
Al cabo de una hora cruzaban nuevamente el Paseo de Coches y perdíanse entre los bosquecillos y los lagos. El sol iba declinando.
La disquisición sentimental parecía irisarse de alma a alma, en la pareja, con los mismos ópalos que el cielo. Era Renata la que escuchaba al fin, y Esteban el que, cautivándola, admirábase de estar diciendo cosas profundas, todavía más bellas y profundas que en las cartas, donde asimismo aparecíase como un maestro. Para ello no tenía más que expresar sus emociones. Renata era una exquisita niña desdichada a quien él debiera generosamente consolar. Tan generosamente, que por piedad, por delicadísima consideración hacia el martirio suyo en una boda que sólo pudo ofrecerla del amor su aspecto repulsivo, impersonalizaba, espiritualizaba más su natural romanticismo, no obstante su inmenso calor de humanidad. Es decir, que simulaban ambos seguir refiriéndose a Antonia hasta cuando él, mirándola las manos y la boca, encarnaba los más altos idealismos en unos labios rojos, y en unos dientes blancos, y en unas manos llenas de sortijas. De rato en rato llegaba completamente a pararlos la conversación. El romántico no se acordaba ya de Madrid ni de su papel de cicerone. Pasaron ante el Angel Caído sin mirarlo. Volvieron por el parterre sin preocuparse de los juegos de los niños. Y tornaban siempre a los boscajes y a las sendas solitarias, y cortaban flores, al descuido, que Renata deshojaba lentamente. Pero una vez, la flor cortada era una gardenia. Desde los dedos de Renata pasó a la mano del joven, que la besó y se la puso en el ojal. Ella sonrió.
-¡Veremos lo que dura!
-¡Veremos! -subrayó Renata la «promesa», en sutil y galante desafío.
El marido, unas veces caminaba precediéndolos, y otras detrás. Para acordar con ellos el paso y la distancia, deteníase y los miraba, aburridísimo, con las manos siempre en los bolsillos.
-Pero ¡por Dios! ¡Acérquese! ¡Hable con nosotros! -habíale invitado Esteban al principio.
Él contestaba:
-¿Yo?... ¡Allá ustedes! ¡No tengo que meterme en lo que no me importa!
Convencido el estudiante de que en realidad «no le importaba» esta locuacidad de su mujer, que por lo demás, no se recataba lo más mínimo aunque lo tuviere cerca, no volvió a invitarle.
Pero habíase puesto el sol, había tenido que volver a ponerse el abrigo Renata, por consejos del cuidadoso Zacarías, y salieron del Retiro.
La conversación se continuó hasta las ocho en el Lion d'Or, tomando soda. Tres «horizontales», y ninguna con el sólido lujo de Renata, los miraban. Sin embargo, habíanse instalado ellos en el fondo, con un perfecto desdén hacia las gentes, y nada les preocupaba fuera de ellos mismos. El marido compró y hojeaba el Blanco y Negro, el Nuevo Mundo, Los Sucesos... Esteban, después de detallar prolijamente su inolvidable recuerdo de Renata en el tren, por sólo haberla hablado la noche antes media hora, sintió colmada su alegría al oírla que la cuestión de los médicos retendríalos en Madrid por todo marzo. Ella le convidó a cenar y él no aceptó, por ir a mudarse de traje para el teatro. Convinieron, camino del hotel, en cuya puerta les dejó, que volvería a las nueve.
No tardó en llegar a casa diez minutos. En dos, se cambió el traje caqui por el negro. Deplorando no tener otros que le permitieran variaciones, se puso otra corbata.
Pero servía la cena más tarde doña Rosa y él la reclamó. Fueron llegando los demás cuando terminaba los garbanzos. Antonio Mazo, también, esta noche. Se habló de los paisanos a preguntas pícaras de Luis, y Antonio dio informes de la boda. Él no trataba a Renata; sabía todo Badajoz que la casó su familia con el tonto porque poseía éste buenas fincas. Y nada de tonto luego de casados, como a Esteban le habían dicho: lo era de «nacencia», sin remisión... ¡Valiente cosa adelantarían los médicos!
-¡Hala con ella, Estebita! -azuzó viendo al muchacho levantarse más que listo-. ¡Pero ojo al tonto! ¡Dicen que es un garañón!
La broma le pareció al joven de mal gusto, e impía para el infeliz. Sin embargo, salvado en prisas el camino del Inglés, halló que más ingenua y groseramente, aún Zacarías confirmábale lo mismo. Estaba en el salón de tertulia, y le salió al encuentro y allí lo recibió: «No tardaría la Renata; vestíase arriba»... Hablaron de los especialistas, por no saber Esteban qué otra conversación pudiese interesarle, y el tonto declaró a las pocas vueltas:
-Bueno, quien viene a curarse es la Renata. Dice que diga que yo; pero es ella. Como no tiene familia, creen que lo da de la matriz. En Badajoz han dicho los médicos que la tengo lastimada... porque, vamos, porque es una pintura, porque dicen que no guarda proporción..., que soy muy hombre.
«¡Burro!», pensó el estudiante viendo bajar por la escalera a Renata con su traje claro de teatro.
Y no pudo evitarse, ante su gentil delicadeza de muñeca fina, imaginársela chillando debajo del imbécil. Esto le aumentó el romántico interés hacia la que tantas razones tendría para abominar del matrimonio, de lo material, de lo infinitamente bestia y grotesco.
-¡La mía gardenia! -saludó con italiana construcción, a fin de acentuar la «galantuomía» de su ademán de minué.
La había cambiado de chaqueta. En la negra, la flor blanca resaltaba más.
Renata se inclinó también, y sonrió, abotonándose un guante. Costábale trabajo, con el otro puesto, y reclamó el auxilio del amigo. Tembló la mano de éste, electrizada por la tibia piel suave. Los azules ojos de miosotis pagaron el favor con una de aquellas miradas quietas y profundas.
-¿A Lara? -preguntó el dichoso en el vestíbulo.
Y la ayudaba todavía a ponerse la capa salmón, forrada de níveo raso. Le parecía que íbala envolviendo en sus cuidados y en su alma poco a poco; que iba tomándole los aromas mismos de su vida en esta impregnación de sus perfumes.
-Sí, a Lara.
Por un rato la emoción les hizo enmudecer. Él llevaba abierta la solapa del gabán para que no se estropease la gardenia. Pasaban por una tienda de flores y ocurríasele entrar y comprarla crisantemos.
Ella, uno, se lo prendió en el corazón; los otros los conservó en la mano izquierda.
-¡Gracias!
-¡Veremos lo que duran! -intimó el joven, refiriéndose al que Renata consagró, y aceptándole a plena vida el cielo azul de otra mirada.
-¡Sí, veremos!
«Corazón y mano izquierda.» Le pesaba no saber el lenguaje de las flores.
Detuvo a un cochero de punto. Hallábase como perdido en el océano de la galantería. Era el segundo coche que tomaba en Madrid. Su estrechez, él sentado enfrente, pudo permitirle tocar con las rodillas las de ella. No quiso; le bastó el leve roce de las sedas. Su trato con Renata llevaba por sí propio sesgos exquisitos que debía respetar. «Eh... eeép», decía el cochero en la bocacalle, de Preciados, y uno huyó. ¡Quizá la Burra, sin saber lo que iba dentro de este coche!
Recordando sus regateos de las tiendas, a pesar de los codazos de Renata, comprobó que era roñoso Zacarías: por pura fórmula se echó mano al bolsillo cuando Esteban pagó el simón y las butacas.
Últimas filas. Lleno el teatro. Renata situóse entre los dos. Al principio revisó con sus pequeños gemelos los palcos, y hablaron de «la preciosa bombonera» y de la gente. Esteban ya sabía que le llamaban a Lara «la preciosa bombonera». Su satisfacción de cicerone resurgía aunque limitada por su ignorancia del nombre de los cómicos. Menos aún podía satisfacer las curiosidades de Renata sobre quiénes fuesen los caballeros y señoras que alguna vez la dirigían los anteojos. Sus pies tocáronse una vez, pero ella lo esquivó. Sin embargo, a la mitad de la graciosísima comedia, cuyas frases de dos enamorados se dedicaban ellos con sonrisas, sus antebrazos habían establecido sobre el brazo del asiento un contacto suave.
Mientras se renovó el público para la segunda sección, los gemelos de Renata parecían buscar a alguien.
Últimamente inquirió:
-¿Conoce usted a Julián Enríquez?
-No. ¿Quién es?
-No, nadie. Un chico de aquí que estuvo en Badajoz de secretario del gobierno. Debe ir mucho por Fornos.
A la mitad de la segunda obra, el contacto de los brazos habíase complicado. El de Esteban, tras el de ella, recogíaselo como un nido. De tiempo en tiempo acentuaban dulcemente la presión.
A la salida tomaron chocolate en un café. Desquitábanse de lo que no habían podido hablar en Lara. El marido abría la boca con bostezos que hacíanle crujir ternillosamente las mandíbulas.
-Pero, ¡hombre!, ¿te aburres?
-Hija, Renata, ¿te parece que no hemos andado hoy más que un galgo?
Siguiendo el ejemplo de Renata, delante de él, Esteban refería «a Antonia» cuanto iba diciendo. Treta feliz para los dos, porque consentíale a su antojo florearla, y a ella aceptarle sin rebozo los floreos. Sólo que Antonia, aquí... era rubia.
-¿Rubia? ¿Tú no ves, mujer? -permitíase anotar entre dos bostezos el marido-. ¡Mira que... rubia Antoñilla! ¡Lo que éste la querrá, cuando no se le recuerda ni el pelo!
Sonreían los dos en el diván, subrayando con el tacto de sus codos el candor del pobre simple, y continuaban charlando, y el otro bostezando.
-Oye, Renata, tengo sueño. Ve cómo se me abre la boca, sin querer..., ¡aaaaúh!... No, no: me contengo la barba con la mano. ¡Ya sé yo de uno que se descuajaró!... ¡Aaaaúh!
Eran las dos y media.
Salieron. No quedaba nadie.
La mañana siguiente invirtiéronla en los médicos, Renata y el esposo. Esteban, en sus cátedras. A la una, según acuerdo, reuniéronse con el fin de pasar la tarde en la Moncloa. El crisantemo y la gardenia lucíanse en las solapas respectivas, algo lacios. Renata llevaba una levita color pasa, que armonizaba con el pelo y el sombrero y la sombrilla. Hacía calor. El marido, agricultor terrible, iba hoy siempre detrás, observando los viñedos, los sembrados, las jaulas de los faisanes y de las gallinas de Guinea. Idilio a veinte pasos de él, bajo la abierta sombrilla. El recuerdo de la novia se iba borrando en la pareja que vagaba, que guiaba, que bajaba cuestas o cruzaba los ribazos herbosos en que Esteban daba el brazo, cortés. A menudo se olvidaban de desenlazarlo, y así continuaban discutiendo si un cariño de hombre podía durar una existencia. Al anochecer, en una pradera de trébol, viéronse semicercados por una valla de alambres.
El joven la salvó y como en los pasados obstáculos, trató de ayudar a su dulce compañera. Imposible, por encima, sin cogerla en brazos. Los alambres tenían pinchos. Entonces, ella, a un intento de pasar por entre dos, se enredó la falda y enseñaba la tensa seda heliotropo sobre la bota imperial; gritaba apuradísima..., acudió el marido y la libró del percance. Esteban habíase vuelto de espaldas, prudente, mas no sin haber podido comprobar: «Parece delgada y no lo es. ¡Fina y maciza!» En efecto, jadeaba Zacarías, de haberla pasado por lo alto.
-¡Pareces tonto, hombre! ¡Vas siempre a cien leguas!
-Pero, hija, ¡que queréis..., si siempre estáis hablando de lo mismo!
Por la noche, sintiendo el cansancio del día anterior y de esta tarde, no salieron. Esteban pasó una vela deliciosa, oyéndola al piano. Tomaban té con pastas, a las doce. Zacarías se puso a teclear el No me mates, La Marsellesa y el principio de la Marcha Real, que estaba ahora aprendiendo. Últimamente se cansó, y vuelto en la banqueta, con las manos en las rodillas, mirándolos, abría una boca colosal, en sus bostezos ternillosos, proyectando la legua abarquillada por la punta, igual que los podencos.
-¡Aaaaúh! ¡Vamos, hijos, son las tres! ¡Me parece que os habéis dado una ración!
Y placíales tanto charlar, que con una gentil indiferencia de Renata hacia la corte, en toda la semana repitieron sus paseos por los parques soledosos y sus veladas del hotel. Apenas les concedían algunas horas, en las mañanas que «no hubo médico», a la parada del Palacio, a San Francisco el Grande y al Museo del Prado, y eso para desfilar igualmente embebecidos con su charla ante las músicas de reyes y los altares de santos y los Murillos y Velázquez... Por las noches, la Zarzuela, el Cómico, algún cine... Algo breve que les permitiese recalar en un café cualquiera hasta las once, y refugiarse en su piano de la fonda hasta la una, hasta las dos, hasta las tres...
Madrid le parecía al afortunadísimo muchacho una ciudad de magia. No sentía el frío, en estas retiradas tan tarde, desabrochado el gabán y suelta la blanca bufanda de flecos... Una ciudad del amor, a estas horas. No se veían más que parejas. Pero la reina, la diosa, allá quedaba en el hotel. La idolatraba.
Era tan suya, tan suya... como si ya lo hubiese sido.
¿Qué importaba el tiempo en las inmensidades de la vida y del amor?
VII
Y esta noche, al volver, Esteban por sí propio comprobaba que hay un grado de la dicha que llega hasta el tormento. Sus labios traían la quemadura de un ascua fresca de la gloria. Fueron besos en la mano llena de sortijas, cuando ella se entreasomó al pasillo a despedirle. La mano resistió, pero... ¡entregada!
Daban las tres.
Cogió el dichoso la gardenia -la pobre gardenia de diez días, que ya sólo era un despojo- y desde la solapa la guardó eucarísticamente en el baúl. Se apoyó en las barras de la cama, y quedóse absorto, abrumadísimo. No había cenado en casa. Vio dos cartas sobre un fémur. Eran de su madre y de la novia. Las cogió, rompió los sobres, las miró..., no pudo decir que las leyó. ¡Cuán lejos todo eso!
Empezó lentamente a desnudarse. Se olvidaba, y sorprendíase tirando de una bota sin haberla desabrochado. A los tres botones volvía a pararse. «¡Sí, los besos, en la completa sazón para la que ya tenía rendida el alma! Mañana..., otro en los rizos de la sien; pasado, en la boca; al otro...»
Aquí el programa se perdía, y se sacó Esteban la otra bota. «¿Consentiría desde traspasado mañana en ir devolviéndole los besos..., o haríale falta seguir como robándoselos tres días más?»
Ya en el lecho, arropado, advirtió que tenía puestos el cuello y la corbata. Al quitárselos, permaneció sobre el codo. «Bah, rápido lo demás; una mujer decente es como el agua: lento y difícil ponerla en punto de ebullición; pero... una burbuja..., y toda hierve!»
Pensaba esto con un aplomo de experiencia que le sorprendió. ¡Como si no fuese la vez primera que le pasaba a él con una mujer así... con una mujer decente! Martina, aun resultando en verdad su iniciadora, quedaba en el ínfimo nivel de fregatriz simpática, que se iba con no importase quién desde un baile. Y sentíase tan grande su amor, luz radiosa en su cerebro y en su alma, que alumbrábale la vida como el sol alumbra el mar. «Sabía», él, por revelación. Su sol, Renata, desde el primer momento. No se concebía de otra manera que se hubiese conducido junto a ella con tal seguridad.
La torpeza que hacíale ser aventajado incluso por la Burra floreando a las modistas, habíasele tornado con Renata en ligereza, en ágil y segura sencillez. Corría su amor, herido en el fondo de su vida, como corre una fuente herida en su caudal. Espontáneo. Sin violencias de mentiras, ni artificios. Sin prisas de propósito, propósito el mismo de sí mismo, que los iba determinando y especializándolos de un modo natural en cada instante. Un maestro, pues, de falso galanteo, creía el joven que pudiese haberlo, o que pudiese serlo la experiencia; un maestro de amor, no, tan inútil como un maestro de hacer saltar a los gatos o de hacer cantar a los mirlos.
Renata, con su sola presencia y la sola comunión franca con su espíritu, le devolvió el divino sentido de la vida. Culto y Ansia. Cielo y tierra. Humanidad. Veíala a un tiempo material y etérea, como una armonía del universo. Fusión perfecta, integración definitiva y absoluta de aquellas sus inmensas adoraciones puras del altar, guiadas hacia Antonia por un instinto poderoso, y de aquellas delicias innegables, tan sólo por limitadas tristes, de la carne de Martina. Al lado de Renata, bajo el resplandor celeste de su alma, y por ella ennoblecido, adivinaba en las elegantes sedas su cuerpo, su deidad, su dignidad de mujer diosa, brasa y luz.
Una razón de física, en la conciencia del estudiante reflexivo que tendía a unificar la idea de Dios y la del péndulo, comprobábale su acierto: si aquí alcanzábale el fulgor del alma de Renata en una emanación que atenuaba la distancia, y que aumentaba, lo mismo que el de un arco voltaico velado por su globo, según que la distancia era menor, hasta ser en su proximidad gloriosamente intolerable, justo era creer que desnuda, sin sus sedas, como el foco sin su opaca bomba, brillase deslumbrante e inmortal su alma en su carne misma..., carbón de la belleza y de la vida... y del alma, que no sería entonces sino eso..., ¡un resplandor!
¡Oh, el alma un resplandor de la materia ardiendo en vida y en belleza! Hermosamente herética, la idea. Le llevaba a otra avenencia entre Dios y la historia natural, donde él se estudió como mamífero del mismo grupo que los cerdos y con el desaliento subsiguiente a haberlo hecho la psicología considerarse no sabía qué soplo azul... Ahora, el Amor, maestro de maestros, ciencia de las ciencias, decíale que la psicología y la historia natural eran tal vez dos cosas tan estúpidamente partidas, a pretexto de materialidades e inmaterialidades, como dos libros que antitéticamente pretendiesen estudiar, el uno la luz, el otro la lámpara. ¡Si, el amor! Comprendía Esteban que su alma hallábase clavada, por rayos de celeste inmaterial materia, a aquel cuerpo, a aquella preciosa vida de mujer que harto físicamente pudiera suprimirle, por ejemplo, un atropello de tranvía.
Y la paradoja, la perenne paradoja, le dejó suspenso otra vez, parecíale extraño que precisamente al delimitársele la vida como algo fugaz y transitorio, menos que nunca le pareciese la mujer un vaso de cerveza.
«¡Perdóname!», le pidió su pensamiento, en Renata, a todas las bellas mujeres nobles a quienes calumnió su corazón por culpa de las viles y viciosas. Percibió la monstruosidad de las masculinas torpeza y despreocupación que a él también le iban arrastrando: juzgar de las mujeres por las prostitutas, infelices procedentes de la capa social más degradada, era lo mismo que si las honorables damas, entregándose a mendigos y rateros, juzgasen por ellos a los hombres. ¡Absurdo!
Sus ojos, con la paralización de la piedad y la injusticia, miraban en la alfombrilla del suelo un papel. La carta de Antonia. Se había rodado de la cama. La cogió y la puso en la mesita, lleno de respeto, lleno de amargura. «Sabía, sabía», por la ciencia divina de Renata. No sólo podía decir que no quería a la pobre novia, sino que no la quiso nunca. Un culto transportado desde una imagen de un altar a otra lejana imagen de una reja. Certero el instinto, en la humanización de ideales del niño que volvíase hombre; pero las circunstancias adversas. No hablándola, contemplándola de lejos, recibiendo siempre sus cartas infantiles y no el efluvio total y directo de su ser, lógico era que aquel «amor» se hubiese flotante sostenido como vacío ensueño que hubiera de abatirse y contemplarse sobre una mujer como Renata. De Antonia, si alguien le hubiese dicho veinte días atrás que él la deseaba, le habría dado un puñetazo. De Renata, si alguien le dijese que él no la tendría suya, suya en sus brazos y en su alma y en sus dientes..., sería capaz de darle un tiro.
¡Renata era suya, y sería suya, porque él era de Renata! Y pensándolo y diciéndolo así, su corazón «la enaltecía».
Restituido a sí propio por esta enorme verdad, notó el silencio de la casa..., del comedor. Lo más raro fue que, al entrar, había ido a la cocina, en busca de agua, sin darse cuenta de que no estaban los jugadores esta noche..., sin acordarse de que doña Rosa habíaseles plantado en la anterior, porque no quería hallarse expuesta a visitas policiacas, y porque le estropeaban los muebles.
Luego... ¡esto sin nadie y el esqueleto en el cuarto de la Burra, y aquí la calavera, y los huesos, y el gato!...
¡Bien! Esteban torció la llave de la luz, y dispúsose a dormir...
No sólo era su voluntad no tener miedo, sino que, además, no lo tenía.
No lo tenía.
Ni pensando en los pobres muertos de San Carlos, tan abandonados por él.
¿A qué ir, si no estudiaba? Después de marzo, daríale otro empujón a los libros, cuando Renata partiese y él descansase en el triunfo de esta felicidad suprema que le importaban por encima de todas las cosas de la vida.
Olía a ella, a su perfume..., que diariamente poníale en el pañuelo, y él, aquí, para dormir, bajo la almohada.
Soñó con ella, con sus manos de sortijas. Soñó que pasaba otra barrera de alambres, y que tenía ajorcas de brillantes y esmeraldas en los pies y en las rodillas...; y su carne, por encima, era de un nácar del cielo.
Despertó a las doce, cuando Eduardo, y le habló de ella.
-¿Por qué no vais a Fornos por las noches, que la conozcamos?
-¡Que la conozcáis!
-Vamos, de vista.
-¡Ah!
Esteban se vestía, y salió, a pelarse, porque era domingo y cerraban pronto los barberos. Se encontró luego en la calle de Sevilla, tan cerca del hotel, que no pudo resistirse a la tentación de saludar a su Renata, antes del almuerzo.
El ascensor le dejó casi enfrente de las habitaciones de ella; pero habíanle advertido abajo que don Zacarías no estaba, y una emoción tremenda le hizo retardarse en el pasillo. ¡Sola! ¡Peinándose quizás!, ¡con aquellas batas leves!... ¿Cuál debería ser su entrada y su conducta? Tocó la puerta, con misterio. Le abrió Renata, y tuvo un semigesto de sorpresa. Él pasó sin decir una palabra, observando con pesar que ella no echaba la llave nuevamente.
Renata tenía en la mano un libro. Hallábase peinada y vestida como para salir. Se acercó a Esteban, que ya se había sentado en el sofá, y se sentó en una butaca.
Ante la turbación vigilante de ella, quebrábase el aplomo del joven.
-¿Leía usted? -dijo por fin.
-Sí, este libro.
-¿Novela?
-Versos. De un amigo.
-¿De un amigo?
-De Julián Enríquez. De ése que le dije en Lara la otra noche que estuvo en Badajoz. ¡El poeta!
-¡Ah! Y los versos son... ¿a usted?
-No, nada... ¿cómo? Enotro libro sí me tiene algunos dedicados. Éste... es que al volver de la consulta, ahora, lo vi en un escaparate y lo compré.
Determinó inmediatamente, viendo el disgusto de Esteban, que la tal amistad databa de cuando ella se casó, seis años antes. Sabíase de memoria los versos dedicados, y los dijo. Hablaban de amor..., ¡como todos! Julián estuvo de secretario del gobierno un año. Luego fue a Gerona. Después, a las Canarias. Cruzáronse cartas algún tiempo, y al fin..., ¡lo que pasa!..., se habían ido enfriando la amistad y la correspondencia... Él, no sabía el librero si hallábase en Madrid; pero si estuviese y se enterase de que ella estaba, claro es que vendría inmediatamente a visitarlos.
-Sí, créalo usted, ¡le vería con gusto!
El dolor tenía trémulo a Esteban. Lo advertía Renata, y se apiadó.
-¡Sé un amigo! ¡Un amigo! Y bien menos propasado que... otros. Yo no debiera hoy recibirle a usted, sencillamente. Y menos, sola. Zacarías está a echar cartas al correo.
En la confusión de Esteban quedó predominante el tono del reproche, afable, perdonador, puesto que «no debía recibirle»... y habíale recibido. El libro y el poeta borráronse con sus celos momentáneos.
-Sí. Ya sé que no está Zacarías. Abajo me lo han dicho.
-Pues no ha debido subir, después de lo de anoche. ¡Bah! ¡Y lo que Antonia tendría que pensar de usted si supiese!... Yo, francamente, Esteban -terminó seria y mimosa-, no me podía imaginar que nuestras charlas de Antonia le condujesen a esto!
-¡Renata! -saltó él apasionado, con una firme precisión que la sorprendió y que le sorprendía a él mismo, de tanto hallar siempre las mejores elocuencias en el simplicísimo sistema de no velar sus emociones. Usted sabe que Antonia no ha sido entre los dos más que un pretexto! ¡Usted sabe... que yo no quiero a Antonia, que yo he dejado de quererla por usted...!
-¡Ah, por Dios! ¡Qué atrocidad!
Calláronse. Y como el tímido de los primeros días, a quien ella tuvo que animar delante del marido; como el suelto y hábil de los días siguientes, a quien ella delante del marido tuvo que atajarle sus más que audaces charlas muchas veces..., aquí, ahora, sin el marido, era un infantil expedito extraño que pretendió goloso cortar el silencio cogiéndole las manos otra vez, como anoche. Ella se levantó y se refugió junto al piano.
-¡Oh, Esteban -dijo-, olvida usted que soy casada!
Quedaba él en el sofá, sin intentar perseguirla, pero con una profunda calma anhelosa en los ojos, y se limitó a encogerse de hombros, replicando:
-¿Y qué?
A la angélica insolencia, Renata no supo contestar. Se sentó al piano y tecleó, torpe, encendida su faz, bajo el pelo rubio, como un jirón de aurora.
Hubo otra pausa llena por las notas sueltas, por arpegios.
Esteban pidió desde su sitio:
-¡Toque usted!
Fue obedecido, y la escuchó primero encendiendo un cigarro, observando de paso cómo temblaba en sus dedos la cerilla... (pero no de cortedad ni cobardía); luego, acercándose a volverle la hoja, como siempre.
Sólo que no había hoja -o al menos no era, él no sabía qué vals tocaba ella, de estos papeles que estaban abiertos delante- y no tenía nada que volver.
La música salía con marras de los dedos. Mas a cada instante, porque más a cada instante, y de insensible modo, íbase aumentando la lánguida inclinación del oyente hacia Renata.
De pronto, ella ahogó un gemido: Esteban habíala abrazado del cuello, y la besaba la sien... Se debatía, la sorprendida..., la sorprendida al menos por esta dulce violencia sofocadora de los brazos, que la dejaban indefensa recibiendo aquellos besos, y al fin las protestas de su boca fueron cortadas con otro..., al tiempo que subía al rojo fuego el rojo aurora de su faz... ¡con otro beso en los labios, en los dientes, loco y blanco y húmedo..., que la venció..., que nunca quería acabarse, y que la desmayó en derrota sobre el hombro del ansioso...; se hizo el fuego palidez, y la faz de seda dormía su muerte en aquellos brazos bajo aquel beso feroz de los labios a que no sabía si sus labios iban contestando, al fin, estremecidos, o era que quisieran aún continuar, dulcemente aprisionados, sus protestas...
-¡Por Dios! -logró ella luego suspirar, huyéndole la boca y quedándose prendida por el pelo en un botón.
Esteban la libertó, deshizo el enredo de su manga, y fue a caer borracho de gloria en el sofá. Se había hartado de sus labios. Ahora no sabía si querría que le matase.
Y Renata, que había abrumado de bruces hacia el teclado su vergüenza, se levantó lentamente. Nada decía. Estaba otra vez encarnadísima.
Colgábale una peina en un rizo suelto sobre el rostro, y fue a ordenárselo al espejo.
«Quizás, mejor -pensaba Esteban-, hacía esto por ocultarle a él su turbación, de espaldas.»
-Renata, siéntate aquí -dijo, dando en la tapicería una palmada que le dejó tendido el brazo.
No le contestaba, y él volvió con calmosa resolución a levantarse. Entonces, ella giróse en susto:
-¡Esteban, por favor! No creo haberle dado pie para que usted... ¡No..., no!..., ¡siéntese! Mi marido puede...
Se detuvo, a medio camino de su ruego, y Esteban a mitad de camino de su audacia. Unos pasos habíanles hecho dirigir las miradas a la puerta.
¡El marido!
-Hola, Renata.
Entraba con el sombrero hasta el cogote y atestados de paquetes los bolsillos del gabán, y su boca abierta acentuó su asombro de ver aquí el paisano.
-¡Hola! -le saludó también.
Puso los paquetes, que sacaba con trabajo, en la consola, y preguntó:
-¿Qué hacíais?
Su mujer le preguntó también en vez de responderle:
-¿Diste con la tienda? ¿Traes las botas?
-Sí, mira. Acabadas de acabar. He esperado a que le pongan los botones.
De un papel rosa desenvolvió las finas y altas botas de tafilete color bronce. De otro, un enorme pastel comprado en La Pajarita, al paso del correo. Además, traía un ratón mecánico, dos «Toribios» y sobres comerciales, de la Puerta del Sol, «por la cuarta parte de su precio». Verdad que no se le hacían falta para nada; pero aprovechó la ocasión: «El vendedor decía que era del saldo de un comerciante que habíase vuelto loco»...
Aun comprendiendo Esteban que la contrariedad del infeliz pudiera más que a otra cosa referirse al regocijo que, por tales compras, con su mujer, turbábale un extraño, tembló a la idea de cómo pudo sorprenderlos si llega poco antes. ¿Qué efecto le habría hecho ver a Renata abrazada?... ¡La simpleza tendríala en el entendimiento Zacarías, pero en los ojos, no!... Así, en la lucha de sus ojos con el entendimiento simple, ya, en un café, él sentado enfrente y ellos como siempre en el diván, habíale oído decir la otra noche: «Hija, Renata, desapartaros un poco, ¡que le estáis llamando a la gente la atención!»
Por cuanto a Renata, ahora examinaba las adquisiciones del marido, le preguntaba los precios, y no le hablaba a Esteban. No le miraba tampoco, esquivando en una especie de triste hostilidad las frases que amable y honestamente él deslizaba en la honrada conversación del matrimonio. Pensó el joven que debía marcharse, lo manifestó..., y sufrió en seguida la pena de la silenciosa alegría que pareció causarle a ella la noticia. ¡Oh, no le decía ni «adiós», ni le despedían sus ojos de miosotis!... Pero desde la puerta la oyó decir mansamente:
-Zacarías, ya que has traído el pastel, que lo coma Esteban con nosotros. ¿No quiere almorzar con nosotros, Esteban?
El sol que resurgía. Aceptó y no tuvo más que esperarlos. La bajó del brazo. El marido precedíalos con el pastel.
Durante el almuerzo acordaron ir a los Carabancheles, en tranvía, para recordar los pueblos extremeños. Cumplido el programa, pasaron la tarde bien, salvo la dificultad de hablarse directamente de... los besos, y de las cien cosas más que Esteban hubiese querido dejar establecidas. Calles de aldea. Callejones con bardales y gallinas. Iglesias de ingenua construcción y muchos perros. Zacarías marchó casi todo el tiempo al lado de los dos.
Esta noche fueron al Real, y a paraíso. Llano gusto de Renata, le hizo traer las entradas al marido, mientras Esteban los dejó para cenar. En los teatros grandes placíanles los anfiteatros, las modestas delanteras numeradas..., por economía (según Zacarías declaró, «¡es una pintura!»), y porque a ella y al amigo no les iba mal en la estrechez de los asientos. La intimidad, bajo la música de Wagner, y con el antepecho por valla protectora, pasó del disimulo a las delicadas intenciones. Los contactos de los codos al descuido ganáronles los pies..., subieron a las rodillas..., y a plenas conciencia y tolerancia de la esquiva, tras un enojo del terco acosador. Una sonrisa y una mirada de resignación sellaron el pacto y una elástica morbidez de calor muy dulce sintió Esteban contra todo el plano externo de su pierna desde entonces. Los wagnerianos crescendos del metal despertaron al final a Zacarías.
Todo esto tenía una sencillez que encantaba al estudiante. En plena corte había sabido formarse una vida de aislamiento. Aceptábala sin prisa, confiado a su ritmo natural; pues aunque sus ansias fueran la aceleratriz, el regulador era el marido, que no se separaba de Renata. Volvió en las dos mañanas siguientes a la fonda, por si anduviese aquél a sus compras o al correo..., y ¡nada, firme, tecleando la Marcha Real mientras ella se adornaba al tocador prolijamente! Hubo de conformarse con los besos en las manos, al despedirle en el pasillo, y con otro que pudo darle en la nuca al cruce de una puerta. Pasaban juntos doce o trece horas cada día. Los paseos campestres, deliciosos. En tanto Zacarías iba delante, o detrás, ellos hablaban ya libremente de sí mismos, de su amor, aunque recogido y sostenido por Renata, en la fase de las declaraciones tenacísimas, que no acababa de aceptarle en toda su extensión..., con todas sus consecuencias. Él se lo explicaba: Renata, casada a los dieciséis años con un tonto, no había sido la novia, nunca, y quería gustar y prolongar todo lo posible, en un verdadero amor, este preámbulo de traviesos idealismos. Por eso le hacía lucir en el ojal el despojo seco de lo que fue gardenia, y ella en la escarcela conservaba el crisantemo. Por eso complacíala que él fuese convirtiendo en reliquia cada trébol, cada brizna de hierba, cada papel de caramelo y cada platilla de bombón que sus dedos consagraban. Por eso él generoso manteníase con ella en la más exquisita corrección, conteniéndole a sus manos impacientes toda irreverencia en aquellas confianzas del teatro. Lo que sí le molestaba algunas veces, en los poéticos paseos que duraban desde la una hasta las ocho, eran las ganas de orinar: antes reventar que ceder a tamaña grosería, y se admiraba lo que resiste una mujer. El marido, sí, solía ausentarse cuando entraban en los cafés de vuelta, o sencillamente resguardándose un poco contra el boj de los jardines.
En la Vaquería del Retiro, esta tarde, por ejemplo, el desasosiego del joven iba siendo mucho. No le dejaba gusto para hablar, ni casi para atender con su tic amable de sonrisa. Renata distraíase mirando los paseantes. De pronto la oyó, toda alborozo:
-¡Julián! ¡Julián Enríquez! ¡Mira, allá, por el estanque, Zacarías!... ¡Corre y llámale! ¿Le ves?
-¡Le veo! -dijo Zacarías; y partió como una flecha.
Un momento después, Julián Enríquez era recibido a todo honor de confianzas y alegrías. Hablábales de tú, nada menos, al marido y a la mujer; y para saludar a ésta y decirse mutuamente si encotrábanse más flacos o más gordos, le retuvo entre las suyas ambas manos. Bajo una lluvia de preguntas, se sentó, y vino la presentación, por Renata:
-Esteban Sicilia, paisano nuestro.
Pero el tumulto de preguntas sin respuestas se fue fijando poco a poco. Renata y el poeta, y el mismo Zacarías trabaron una voluble y veloz conversación de cuanto desconocían de sus vidas en tres años. No se escribían desde no recordaban cuándo, porque él había rodado mucho. Estuvo para casarse dos veces..., la última en Logroño. Gotas de ajenjo, el libro que acababa de publicar, pensaba habérselo enviado...
¡Cómo le sonreía ella! ¡Cómo le miraba!... Esteban, contrariadísimo, relegado al mismo desdén que los sorbetes que tenían delante, observaba la extrema distinción de Enríquez y la música como extranjera de su voz. Delgado y alto, de unos veintisiete años y de una estirada cara particular, aristocrática; vivos y hundidos los pequeños ojos y muy juntos en la confluencia de las cejas con el estrecho arranque de la nariz; finos y húmedos los labios, entre los largos dientes de impecable blancura y la sedosa sombra de un bigotillo, cuyos rizosos pelos, igual que los de la barba, podrían contarse. Vestía un terno inglés, de cuadros, de «última», y tenía lentes de oro de puente recto, y calcetines con flores. Cansado Esteban de escucharlos y de apretar las piernas, se levantó:
-Bueno, Renata -dijo-, hasta después. Voy a ver a un compañero, aquí en la calle de Lagasca.
-Pero... ¿se marcha? -dijo Renata sorprendida.
Los ojos de miosotis, bruscamente compasivos ante esta brusquedad, pedíanle que se quedase, y con tal fijeza y tal fervor, que al notarlo Enríquez, por vez primera miró también con atención al estudiante. Este pensó:
«Sí, nada más que amigos». Pero, ya hecho el intento, que haríale quedarse descansado, partió, prometiendo volver aquí, si le esperaban. «Sólo tenía que recoger unos apuntes.»
Iba a la carrera... Buscaba un urinario. Salió del parque. No lo encontró hasta la calle de Alcalá, junto a la Cibeles. Esperó a que uno se quitase, y otro que tuvo detrás, en seguida, le esperó a él... ¡un mes! Aquello no llevaba trazas de acabarse... Y descansado, no menos a escape, volvió a la Vaquería.
¡Amigos, sí! Renata le atendió compartiéndole su afecto, y dándole a Esteban ocasiones para comprobar él mismo que no desmerecía del otro en ingeniosidad y seguridad: si ágil el poeta, él profundo, con una intuición del amor y de las cosas impropia de su juventud. Porque claro es que no podían sino girar en torno del amor un poeta, una mujer y un apasionado: aquél comparaba los ojos de Renata a los lirios; Esteban, a dos luces de un ensueño de turquesa. Pronto echó de menos, sin embargo, la libertad que a ella le restaba la compañía de quien no era tonto. Julián Enríquez, lejos de marcharse, les acompañó de regreso hasta el hotel, y prometió volver para el teatro.
¡Oh, los días siguientes! Con ellos, con ellos Enríquez, a todas partes, a todas horas. Pero ¿es que no tenía nada que hacer este hombre?... Y una de ropa, ¡ah!... chaqués, americanas, frac, esmoquin, levita... Todo de una flamante novedad que ni los príncipes. Esteban al principio volvíase loco combinando las tres prendas de su traje caqui con las otras tres de su traje negro... ¡Imposible competir! A Enríquez conocíale todo el mundo, lo mismo los hombres por la calle que las damas de los palcos, títulos, según él, y púas de aquellas de Apolo (aunque estuviesen también en la Zarzuela y en Eslava) según la conciencia de Esteban. Ahora, sí, de lo que el elegantísimo poeta andaba no tan bien era de cuartos. Notábasele en que con su elegancia y todo se sometió al modesto plan de diversiones, convidado las más veces y tratando de corresponder con butacas de periódicos y billetes para las Caballerizas, para la Casa de Campo, para las tribunas del Senado y del Congreso, donde por cierto, una tarde, Zacarías, con un sonoro bostezo colosal, se atrajo la expectación de la Cámara.
Era de una memez completamente incorregible el pobre Zacarías. Les llamaba «las merluzas» a los tritones de piedra de las fuentes. Grande admirador y amigo de Julián, preguntábale del todo; y cuando éste, en una revista política del Cómico, satisfacia su curiosidad diciendo: «Ése es Romanones. Ése es Maura. Ése es Canalejas», llegó a creer que se trataba de los auténticos prohombres.
-¡Vamos, parece mentira que venga aquí a estas jeringonzas!... ¿Y por dinero?, ¿verdad?... ¿Cuánto les pagan?
Se le disuadió del error, y desde entonces le pareció menos interesante la revista.
Enríquez, con conocer a los cómicos y a tanta gente, acaparaba la atención, incluso de Renata. Y Esteban rectificaba de nuevo su juicio: «¡Más que amigos, más que amigos, los dos!»... Habíales sorprendido alusiones a recuerdos, como sorprendíales miraditas y sonrisas con sindéresis. No por esto ella, ecuánime y contenta por lo visto ante la doble adoración, se las negaba a él. Reducíase el cambio a que en los divanes del café y los asientos del teatro dejábanla ambos en medio, situándose el marido cerca del poeta. Y desde el poeta al estudiante, así, poco a poco, se entabló una sorda lucha en que iba desplegando sus recursos cada cual. Uno, su frac y su esmoquin, con lo que aparecía algunas noches en retardo por la fonda, diciendo que iba del té de una marquesa; su frivolidad, su vanidad de conocimientos artísticos mundanos -puesto que sabía música, óperas, francés, italiano, inglés, hacer versos y prestidigitaciones, los nombres de todos los perfumes y dirigir un cotillón-; otro, su aplomo y la profundísima intuición de sus pasionales idealismos, extrañamente voluptuosos, tal como Renata habíaselos ido forjando en la carne y en el alma.
Observador Esteban, y sutil y sereno, además, así que pudo recobrarse del deslumbramiento que al principio le produjo el poeta mariposa, no tardó en notar la práctica ventaja que en lucha tal le iba sacando: Renata, mientras parecía extasiarse oyéndole poéticos relatos de viajes y salones, oyéndole bohemios versos al champaña y a Lulú, era a él, a Esteban a quien le oprimía la pierna con la pierna debajo de la mesa. Primero, temió (y principalmente en la camilla con brasero que había hecho poner en el hotel el friolento Zacarías) que pudiese hacer lo mismo al otro lado la otra pierna de Renata; de que no, persuadiéronle algunas rápidas inquisiciones por debajo del tapete, como a mover la lumbre. Esto, de paso, le decía que si hubo un conato de amorosa inteligencia entre ambos, no llegó a la intimidad, Dios que supiera por qué; mas también resultábale indudable que lo hubo, y que le gustaba, que le había gustado en otro tiempo Enríquez a Renata. ¿Podía, si no, explicarse su conducta? ¿No eran esos los «derechos adquiridos» a que ateníase él cuando en los entreactos del teatro salía como a fumar y a hacerse mirar por ella entreasomándose a las puertas?
¡Oh!, una de estas noches, ya de vuelta a la camilla de la fonda, Esteban no podía con su rencor. Venían del Lírico, y el juego de aquel estratégico fumar y de aquellas miradas a distancia habían pasado de lo justo..., de lo justo por parte de ella, para calmar a un antiguo enamorado y aun para quitarle la idea, siendo casada al fin, de que fuese Esteban su amante. Al revés, diríase que buscaba dos, aspirando a que uno y otro lo supiesen. ¡Coqueta! ¡No le bastaba haberle entorpecido a él sus charlas deliciosas de abandono, la marcha rápida hacia el triunfo que los besos iniciaron, con retener junto a ellos a Julián en fuerza de afable acogimiento! Empezó a no hallarla respetable; empezó a menospreciarla. La veía junto al piano escuchándole al poeta tocar y cantar Elixir d'amore, y maldito si se preocupaba Esteban más que de calentarse los pies en el brasero. Ella le llamó. Luego volvió a llamarle. A la tercera vez, notándole el enojo, y puesto que no iba, vino a sentarse al lado. El cantor vino también y Zacarías se puso a teclear el No me mates. Pero nada reducía el desdén del joven; y siendo imposible conversar con él, Renata se resignó a escuchar la lectura que en su libro Gotas de ajenjo emprendió Julián Enríquez.
Pronto bajo la mesa un menudo pie buscó cauto al del celoso. Pero éste retiró el suyo, y todavía lo alejó otro poco, nada después, al advertir que el menudo y terco pie le perseguía. ¡Bien! Así oyeron tres sonetos: El Gnomo, Nereidas y Niña de marfil. Renata avanzó ahora una rodilla, y la de Esteban se esquivó; pero hallábanse tan cerca, que a un segundo intento más resuelto las piernas del esquivo fueron alcanzadas contra un palo de la mesa; restaba... aguantarse o levantarse; y entonces, el arisco, lleno de indignación, prefirió imponerle a la coqueta su voluntad si quería ser perdonada: cruzó ambos pies, dejando el de ella prisionero, y le puso una mano sobre el muslo. Renata bajó inmediatamente su mano izquierda al interior de la camilla, y trató de separársela: no lo consiguió; no podía tampoco libertarse el pie; y era esta vez a ella a quien no le quedaba otro remedio que aguantarse o levantarse. Las manos, habiendo logrado nada más la vigilante que la asaz irreverente bajase un poco a la rodilla, siguieron enlazadas.
Leía el poeta... A Sísifo, El mar de Egeo, El fauno y las bacantes... Renata le escuchaba, roja..., porque el juego oculto complicábase..., ¡ah, sí! No sólo en su pierna aprisionada tenía ella que atender a la mano prisionera, sino que la otra del joven, oculta también bajo la mesa, impunemente, suavemente, poco a poco, ¡oh!..., le iba deslizando la falda media arriba, a pellizcos...; torcióse, no siéndole posible otra defensa, y acercando las rodillas logró sujetarse la ropa entre las dos...
Leía el poeta. A Nínive, Barca de amor... Esteban le escuchaba, pálido, admirando lo que puede una mujer con cada fuerza de su cuerpo cuando no quiere una cosa. Aquellas sedas del vestido y aquellas batistas y encajes de la enagua quedaban como atados: por único triunfo dejábanle a la punta de los dedos un corto trecho de media sobre la bota imperial... Cansado de no recorrer sino aquel segmento de tersuras estallantes, le confió a su otra mano una diplomática misión: la sacó a la luz, sacó un lápiz del bolsillo, y escribió en el margen de un Heraldo: «No seas tonta. He de quitarte una liga.» Leído esto al desgaire por Renata, él rasgó la tira de papel, se la guardó y tornó al empeño. La mística, enunciaba el lector; y fuese por hacerle frente en algunos previos comentarios, o porque las alarmas de la oyente hubiéranse calmado en parte al conocer la limitación de los propósitos del loco, es lo cierto que éste se encontró con menos resistencia en su críptica tarea. Deslizando, deslizando, siempre deslizando, y tomando lenta posición de lo ganado, acariciaba más ampliamente cada vez la hermosa curva tibia y tersa de la media...; luego llegó por la altura a otros encajes que debían ser del pantalón, pero tan ceñidos con los mismos de la enagua, que sus dedos se perdieron..., y no sabían últimamente si se habían insinuado por encima o por debajo... ¡Oh, sí, por encima! ¡No era piel lo que tocaba, sino holanda!... Tarde, sin embargo, para retroceder en lo que tanto iba costándole, ya pasada la rodilla, se aplicó a inquirir el borde de la media. Encontraba lazos y escudetes de metal y cintas, sin saber de lo que fuesen; en cambio, no encontraba por su sitio el relieve de broche alguno de la liga. Todo redondo. Todo suave. Todo en fuego, como un horno, según transponían sus dedos, siempre en busca de la liga, hacia la parte interior... Pero de pronto juntárose otra vez poderosamente las rodillas: una indagadora ascensión ligerísima debió de hacerle temer a Renata designios de profundidades..., y los dedos, la mano torpe, quedó inmóvil otra vez como por una blanda tenaza de horno de la gloria entre el principio de los muslos... Leía el poeta, leía. Ella escuchaba, escuchaba, encarnadísima como si fuera a arder en luz. ¡Y él, Esteban, se iba muriendo!... ¡La noción de las finísimas telas abrasadas por la carne de horno le era irresistible! Una vez más maldijo su comparación de la mujer con la cerveza, y no podía ni retirar la inmovilizada mano, para librarse y librar a esta celeste mujer de una emoción que se les iba haciendo ostensible y peligrosa. En efecto, el poeta, extrañado por no se supiera qué nueva torsión de Renata o por qué estremecimiento, la miró... ¡y no volvió a leer! Todo también casi repentinamente volvió a su orden bajo la camilla...; pero había comprendido Enríquez: cerró el libro y se le tendió un velo de tristeza por el rostro.
Sólo el marido continuaba tecleando la Marcha Real.
-¡Vamos, hijos! -dijo al notar el silencio y girando en la banqueta-. ¡Me parece que os habéis dado una ración! ¡Son las tres, muy cerca!... ¡Aaaaúh!
Su bostezo tuvo cinco saltos de ternilla.
Se levantaron Esteban y Julián, y se fueron.
VIII
La vida, ¡si!..., cada vida una contradicción; pero resuelta en armonía de disparates cuando su clave de absurdo se encuentra. Esteban, luego de estudiar a Enríquez al retirarse por la noche del hotel y tomarse juntos en un tupi el coñac de última hora, comprendía que el poeta ingenuo, aun habiéndole a él preferido, aun suponiéndole acaso «completamente vencedor», no se hubiese retirado en absoluto. Los buscaba hacia el final en los teatros, y los llevaba a los más céntricos cafés: Fornos, entre ellos, donde habían visto a Renata los paisanos, y donde había sido visto él por la Coja, sin que le reconociera... afortunada o desdichadamente.
-¡Qué guapa esa mujer! -había dicho al paso Renata.
Y Esteban, a no ser por el miedo de que luego la hallase ridícula al verla salir cojeando, hubiese dicho quizás: «¡Pues es mi... amiga!»
Bien, la clave de absurdo de Enríquez eran la superficialidad y la frivolidad. Una superficialidad de ambulante espejo que refleja cuanto halla alrededor. Una frivolidad infinita de cocota que se paga sólo de apariencias. De cada medio, recibía aquello que el medio fuese también externamente; y hombre-espejo, incapaz de alterar en su cristal las imágenes, entre señoras tintábase de espiritualidad y les declamaba sus versos idealistas; entre horizontales, de mundanidad, y les recitaba sus versos perversos; y entre las astrosas golfas, en fin, que buscaba en sus callejeos de amanecer, de vicio, y les decía sus versos... cochinos.
Confesaba que su única gran preocupación constituíanla las mujeres, con su variedad de prestigios escrupulosamente respetados: cada día, a menos de sentirse como si algo le faltase, tenía que saborear, por todo lo alto, un espíritu, y por todo lo bajo, una boca. Y como el vestuario de marqués (que a más de servirle para desfogar romanticismos en tertulias honestas y honorables, le servía para ser fraternal amigo de elegantes pecadoras) consumíale mensualmente medio sueldo; y como con los míseros quince duros que de la otra mitad le restaban, tras haber pagado su modesto hospedaje de diez reales, no podía subvenir entre las pecadoras elegantes a «su diaria necesidad de una mujer», de ahí que recurriese a las golfas tarifadas por dos o tres pesetas. Treinta golfas al mes, cuando no era mes de treinta y uno. Para no ser visto llevándolas del brazo, muchas veces él de frac y gabán de pieles, y ellas arrastrando las chancletas, había elegido esa hora de Madrid en que se apagaban los faroles y se recogen los serenos. Su oficina era una oficina de Fomento a que no se iba más que de once a dos.
Con el coñac delante, y esperando la llegada de las golfas, solía leerle a Esteban cartas de novias antiguas, de damas casadas, también, que habíanle sostenido amores (como Renata en Badajoz, probablemente) del más alto y puro idealismo. Rectilíneo en sus sentimientos, en sus procedimientos, habríale parecido tan extraño e imposible torcer hacia lo físico un amor sentimental, como convertir a la mitad una suma, por ejemplo, en una división o una resta. No sabía, y tal vez sufría con ello, al darse cuenta de que otros lo lograban; pero hombre espejo, hombre mariposa, además, a quien (salvo aquella palidez aristocrática y una leve tosecilla) no le iba mal con su harén barato y de incesante variación, su pena, al advertir la índole de preferencias que mostrábanse Esteban y Renata, debió de ser fugacísima... aliviada por las miraditas que más bien ella desde entonces le aumentó, y aun borrada tal vez completamente con la «exterioridad», con la «superficialidad» -¡oh, el superficial!- que en Fornos le permitía lucirse ante las otras, ante las lindas cocotas por él y a pesar suyo adoradas de un modo fraternal, como hombre fortuna junto a ésta!
Lo más probable, desde el punto de vista en que logró fijar al pintoresco Enríquez el muchacho reflexivo, estaba en que venía de paso a resumirle y a explicarle a él, a servir de inicial explicación de mucha gente. Porque él, también él, Esteban, antes que la vida le fuese aleccionando, se halló delante de las catalogaciones sociales partido en dos -o en diez, de manera irreductible: para las Merengues, bruto; para las Antonias, ángel..., sin perjuicio de ser al mismo tiempo generoso y embustero, caballeresco y rufián- tal que con la camarerota de la calle de Toledo al confundirle la noción del retrato de la Coja y la de las cartas que a Antonia le escribía... La divergencia de su ser habíasela fundido Renata para siempre, para siempre. ¡Qué bien sabía ya, el hombre hecho del chiquillo fragmentario, que el humano amor es beso y sueño y carne y alma! ¡Qué bien sabía, sin que nada ni nadie jamás pudiera destruirle semejante persuasión, que eran tan nobles y divinas sus manos en los muslos de Renata, como su alma envolviéndola desde cerca o desde lejos!
Tan magnífica fusión, tal reducción de lo... irreductible, necesitaba esta calma, esta tendencia suya a la melancolía y al aislamiento, esta especie de manía por pararse a contemplarlo y meditarlo todo, infrecuente en los demás. Por eso, unos, como Fagoaga, Wandervill y el Rey de Almendralejo, resolvían de plano el conflicto volviendo la vida juerga, y materia de lascivia a todas las mujeres; otros, como Cerrato, convirtiéndola en un seco austerismo de estudio y de deber donde las ternuras se asfixiaban. Por tipo y muestrario pintoresco de lo que un hombre puede ser en la continuación intacta de un niño -o mejor, de la desorientación inconexa de un niño al mirar los aspectos sociales de la vida- que daba este simpático y feliz Enríquez desdichado.
Pero la fusión... no le pareció a Esteban tan magnífica al levantar la Anatomía buscando unos gemelos. Vestíase en el gabinete, mientras Eduardo en la alcoba lavábase los pies, y tuvo el dolor de un estudio abandonado. No por miedo, ahora, puesto que dábale lo mismo dormir junto a treinta calaveras, aunque fuese; sino por otra solicitación emocional. Detúvose también a meditarlo. Lo emocional tenía, pues, en la vida una preponderancia enorme. Todos, familia y maestros, habíanse preocupado de prepararle mentalmente para enviarle a Madrid haciéndole seguir una carrera que debía resolver su porvenir. De lo emocional, en cambio, no se preocupaba nadie. Y..., ¡sí!, ¡sí!, lo emocional, abandonado a sí mismo, surgíale a cada paso con una importancia abrumadora, terrible, por encima de los libros, y reclamando para el porvenir, que ajenas voluntades le marcaban, su imperio contrario y decisivo.
Esteban se sorprendió al espejo una gravedad solemne de... «considerador del porvenir». Estudiante, ¿no debía estudiar la vida, en la edad precisa de estudiar? ¿No debiera prepararse el porvenir con un conocimiento adquirido paralelamente en la vida y en los libros?... Este mismo dolor honrado del olvido de sus libros, de sus clases, decíale que los amaba y que volvería a ellos en la ausencia de Renata..., ¡el libro divino que íbale enseñando, por luminosos despertares de él, de corazón para arriba, a no avergonzarse de ser un poco animal de corazón para abajo! No había medio de conocer nada de lo demás ni los demás, si no empezaba uno por conocerse a sí propio, y éste debía ser el fundamento del célebre Nosce te ipsum.
-Chacho -pidió Eduardo-, ¿me das unas tijeras que habrá ahí?
Las vio sobre la cómoda y se las llevó.
Era un filósofo que le llevaba a otro unas tijeras. Sólo que este otro filósofo que estaba hoy, domingo, aseándose los pies, aprendió sus filosofías en la Guardia, ya hechas por los jesuitas, y por Kant y Hegel; y como filosofías de libros, perfectamente anaqueladas yacían por su cerebro, prontas a toda discusión, de ser preciso, y sin que de nada le sirviesen en esta cosa aparte de la vida madrileña y de los muslos de mujeres. Encima de la cama tenía el reloj, las llaves y una buena porrada de plata y de billetes.
-¿Eh? ¡Ganancias! -le oyó decir al ver que Esteban reparaba en el dinero.
Es decir, que febrero ya pasó, que marzo transcurría, y que maldito si Eduardo, antiguo «primeros premios» de la Guardia, y sin tener grandes razones, se ocupaba del estudio. Esteban vio más clara la necesidad de ir afrontando lo emotivo con serenidades conscientes; vio más claro el peligro de ir dejándose arrastrar por lo animal sin dominarlo, sin armonizarlo, sin infundirle alma y fusionarlo, como a los libros mismos, y le oyó hablar nuevamente del Gran hotel Wandervill.
-Bueno, pero eso..., ¿qué es?
-¡Hombre, no te enteras! Ya te lo conté anteanoche..., y tú, chiflado con Renata... ¡como quien oye llover! Pues un piso que hemos tomado en la calle de la Luna, encima de La Chaleca, con niñas también, para disculpa del juego. Al frente hemos puesto a la Merengue; y otra ha sido llevada por Mazo, que ahora anda con nosotros, o mejor dicho, con el Rey de Almendralejo y Wandervill, porque se asocia a la timba. ¡Vente una noche!
Esteban no dijo que sí ni que no. Sin interés por cuanto no fuese Renata, habló de Renata. A Eduardo iba contándole sus cosas día por día. No sólo porque como compañero de cuarto tenía más ocasión de confidencia, fumando y charlando de cama a cama al despertar, sino también porque confiaba en su discreción y cortesía. Era el único que no le ponía envidiosos defectos a Renata, después de verla en Fornos. Los otros, tal que si tuviesen ellos derecho a aquilatar bellezas con sus pulpos de la Chirlo y la Merengue, permitíanse hallarla un poco chicos los ojos y respingada la nariz. ¡Vamos, hombre!
-Lo que encuentro -atrevióse Eduardo a formular, luego de oírle que ella seguía mirando a Enríquez- es que debe ser... algo coqueta.
-¡No! -rechazó el enamorado-. Yo también llegué a creerlo. Pero fíjate en que, sabiendo que sabe él que me prefiere, y habiendo tenido su conato en Badajoz, le debe despistar... ¡Qué me importa que de largo le sonría, si yo a su lado...!, ¿comprendes?
Llamábanle para el almuerzo, y salió.
Comió solo, y con la preocupación de este juicio de Eduardo. Coqueta. Coincidía, en verdad, con lo que él había pensado algunas veces.
Tomó el postre a la carrera, y se fue al Inglés, tan aprisa como siempre, pero con más ansiedad... Anoche la había intimado a que «le esperase sola esta tarde, mandando al marido a las tiendas y a casa del doctor». ¿Le esperaría?
Tuvo una sorpresa. Lejos de estar sola, estaba con tres: Zacarías, Enríquez y un desconocido. «Don Mateo Galván, diputado a Cortes», presentáronle. ¡Oh, valiente diputado! Entraban ganas de darle una limosna. Pequeñito y feo, viejo, lleno de manchas. El nombre, sí le sonó inmediatamente a Esteban como el de un archimillonario de La Torre. «¡Más rico que Galván!», solía decirse en Badajoz como un adagio. Volvió a mirarle, al notar no se supiese qué melosidades que dispensábale Renata, y completó su retrato: lo menos cincuenta años, entrecano, barba recortada, y negro y arrugado y con el pelo laso sin peinar, tal de sucio que esos notarios de aldea que no se lavan nunca. Cada pelo del bigote le apuntaba para un lado, y tenía la boca seca y los dientes amarillos. Roña pura; a menos que fuera que le diese a su cara este aspecto de guarro la tostadura del sol y unos anchos lunarotes pardos y en relieve. Sí, Esteban se fijó: sus orejas parecían lavadas, y su camisa limpia, a pesar de la caspilla que poblábale el cuello del chaqué. Y en fin, de que era «el rico», en persona, hacíale fe, en un dedo peloso y garrotoso, un brillante lo mismo que un boliche.
De la conversación dedujo el joven que se conocían Renata y él de muchos años, por tener dos dehesas colindantes. Julián Enríquez también le conocía desde que estuvo en Badajoz de secretario del gobierno, y tratábale con respetuosa confianza. Por lo visto, habían pasado los dos juntos campestres temporadas con Zacarías y su mujer. Lo que no pudo Esteban precisar fue si Enríquez durante esas temporadas se alojó en la finca de Galván, o en la de Zacarías, lindes por medio. En suma, por parte de Renata, resultaba todo esto una mezcla extraña de atracciones, de sonrisas, de miraditas también, que comprendía lo mismo, si no más, al viejo que a los jóvenes...; y para nombrarle decía «Mateo», sencillamente..., y no «Galván», o «don Mateo», como sería lo natural... ¿Qué había aquí de extraordinario?
Salieron, y no llevaba Galván aires de dejarlos. Formaban en torno de Renata un grupo extravagante. Desgalichado y largo, Zacarías; Galván, facha de pueblo; Enríquez, atildado de flamante levita novedad; y él... pasable, con el terno caqui. La gente miraba a esta señora guapa y bien vestida que llevaba dos delante y que iba en medio de otros dos, sin que haya que decir que si uno de éstos que se le constituyó a un lado era Galván, el del otro lado era Esteban. ¿Qué había aquí, qué había aquí, gran Dios, para que Renata le rindiese tanta sumisión a este hombre?
Mala, desapacible la tarde, Galván los volvió desde la Castellana hacia el Congreso, hoy vacío por ser domingo. Zacarías mostrábase alborozado con el viejo amigo que podía entrar en el Congreso sin billetes. Renata, viendo con qué respeto le saludaban y abrían puertas los ujieres, le aumentaba también sus deferencias, sus sonrisas...; y Esteban, solo (porque Enríquez habíase despedido en la calle del Florín), iba detrás, cruzando salones y salones, y con un odio en el alma para esta mujer que sin duda era, o había sido, la amante del ricacho. Salón de conferencias: alfombra soberana, mesa de jaspe, divanes dorados, chimeneas... Despacho de ministros: poltronas, terciopelos... Ambigú: como un café de lujo... Escritorio: cada diputado su timbre y su papel..., y luego corredores y mamparas y más mamparas... y nuevas salas y un reloj con horarios de todos los países... y, últimamente, el salón de sesiones, desde abajo, suntuoso, formidable...
-¿Dónde se sienta usted? -inquirió Renata, que no podía evitarse el hablar como en la iglesia, tomada por tanta grandeza y maravilla.
-¡Ahí! ¡Justamente, detrás del jefe del Gobierno! -contestó el sucio diputado-. ¡Este es el banco azul!
-¡Sí, ya lo hemos visto! ¡Hemos venido arriba algunas tardes! -repúsole Renata.
Y el marido, sentándose en el banco azul -«con el fin de decir que se había sentado donde Maura»-, deploraba que Galván no hubiese llegado a Madrid hasta hoy para haberle oído ya discursos. Sin embargo, fatigado, tras de hora y media de Congreso, no se levantó; y cuando los otros subían a unos escaños, lanzó un bostezo graduado, de los de la lengua fuera, que hizo volverse a los ujieres.
-¡Anda! ¡Toma! ¡Les choca a éstos!... ¡Se conoce que no me oyeron la otra tarde! ¡Y en mitad de una sesión, amigos!
Era, ante los galoneados servidores, y reforzada ahora por la amistad con este diputado, una jactancia del hombre independiente que no tenía por qué evitarse bostezar... en donde le diese la gana. Estaba desparratado en el banco azul; y, al revés que su mujer, hablaba a voces, lo mismo que en el campo, deseando ya largarse del templo de las leyes.
Anochecía cuando salieron.
Galván estuvo con ellos en la Maison Dorée y por la noche en la Zarzuela. Esteban pudo juzgarlo como un maestro ironista, más antipático aún con su agrio sonreír de cara dura, negra (tal que sonríen los carboneros), manifestado para él, sobre todo, desde que a su vez le advirtió no indiferente a Renata. Porque Renata, en verdad, poco a poco, iba estableciendo con los dos iguales confianzas; la única diferencia con respecto a la semejante situación del día en que encontraron a Enríquez estaba en que Galván era un pegajoso sin pizca de romanticismos. Renata le tenía entregado a Esteban el pie izquierdo, sólo el pie, entre las butacas... En cambio hablaba más con «¡Mateo!», inclinando el busto hacia su lado. ¡Coqueta!
Al día siguiente Esteban se encontró a Galván en el hotel a la una y media. Había almorzado allí, sin que se supiese en qué secreto instante de la pasada tarde le hizo ella el convite. El vino de la mesa..., o Dios supiese qué, les daba una harto ostensible comunidad de ternuras y alegrías. Fueron a la Moncloa, siguiendo la tradición de modestas diversiones, a las que de buen talante se plegó el tacaño millonario, y el estudiante sintióse «extraño» junto a los dos todo el tiempo. En vano ofreció su brazo para bajar las cuestas... Renata, o las bajaba sola, o se lo aceptaba a Galván. Para la noche, ya tenía a las nueve Zacarías cuatro butacas del Cómico. Sino que llegó Enríquez, de frac, y en la dificultad de encontrarle otra contigua, trocáronlas por un palco. Dolido Esteban, se quedó hacia el fondo, viendo a Renata reír, durante toda la primera función, con Galván y con Enríquez. Ella procuraba serle grata a éste, cuya elegancia, cuya compañía en público le parecía decorativa... ¡Coqueta! ¡Oh, la coqueta! Pensó marcharse. Se le partía el corazón. Pero notando al fin Renata su seriedad, su martirio, sentóse, en el entreacto, junto a él. Tal resolución, sin reserva de «Mateo», que había quedado con Zacarías en la baranda, mientras salió a fumar Enríquez, volvíale la vida al joven.
No pudiendo de otra cosa, ella le habló de la obrita; ponía en su voz un gran mimo; estaba guapa como nunca; encendida por la animación y el calor; los ojos de miosotis resaltaban más azules. Sin embargo, notó al muy poco Esteban que los ojos de miosotis, incluso auxiliados por gemelos, miraban en una dirección y, siguiéndola, descubrió a Enríquez, que, desde una lejana puerta, la miraba. Esto le indignó. Se levantó y se fue.
Fumó en los corredores, y el odio y la curiosidad lleváronle a otra puerta. Enríquez habíase vuelto al palco, y pronto descubierto por Renata, él, Esteban, los gemelos de nácar trajéronle, lo mismo que al otro antes, miradas largas que además fueron advertidas por Enríquez y Galván. La rabia de tan mísero consuelo le llevó de nuevo junto a ella con la ciega decisión de monopolizarla, de no apartarse de su lado. Y un minuto después, ¡oh!, el juego se repetía con el viejo mamarracho... ¡Era éste el que había salido, el que estaba en la misma puerta que los otros dos acababan de dejar... y a quien ahora dirigíanse los gemelos y sonrisas de Renata! El estudiante, sintiéndose en el alma hundimientos desastrosos, apreció la situación de un modo claro, repentino. «Esta mujer únicamente valía algo por su pelo, por su boca, por sus muslos..., y él los tendría, como remate de la lucha imbécil en que inducíalos a los tres!» Cuando volvió Galván, porque la segunda función iba a empezarse, a su sonrisa agria de irónico carbonero respondió él con otra sonrisa. Entendido y aceptado el desafío de mañas, de paciencia.
Mas, ¡oh, qué terrible desafío! Antes de media semana pudo el joven convencerse. Entre él, pelagatos estudiante, y un archimillonario, por mezquino y todo que éste fuera, había distancias de abismo. Galván había abierto la lucha por el lado del dinero, rompiéndoles la antigua y humilde mutualidad en sus diversiones, y a las primeras de cambio dejó a Enríquez fuera de combate. Un palco para la Comedia, y al salir, cenilla en Fornos: o lo que es lo mismo, doce o trece duros. En la noche próxima, y por indicación de Galván (aunque por empeño de Renata lo pagó en turno Zacarías), palco del Español. Desaparecido el poeta, Esteban se esforzó en su turno y pagó palco en la Princesa, con cenilla en Fornos asimismo...; pero como le oyó hablar del Real al millonario, para el día siguiente, al retirarse a casa en este amanecer consultó apurado su cartera: quince duros, tres pesetas y cuatro perras grandes... de sus casi dos mil reales famosos, reforzados cada mes con los diez durejos de sus gastos, quedaba esto... ¿A dónde iría con otro palco, siquiera, de teatro principal?
Afortunadamente, fundándose Renata en que no estaba su marido presentable, ni ella, por no haber traído los trajes escotados de baile que tenía, contentáronse en la ópera con sillón de anfiteatro. Y eso sí, Galván, aunque cuando más vestido más fachoso, iba de frac o levita en estas noches. Esteban volvíase el juicio nuevamente variando las combinaciones de su traje caqui con su traje negro, y no pudiendo más, se desquitaba en las corbatas..., ¡una colección! Al llegarle otra vez el turno (y con no poco asombro del rico, que en esta segunda rueda esperaría verle desertar), agotó heroico su dinero en otro palco..., ¡ah, y del Español! ¡y en día de moda! A la mañana siguiente le pidió a Eduardo treinta duros luego de contarle sus cuitas.
¡Sí, hombre, sí! ¡Hala con él! -le excitó el animoso Eduardo dándole el dinero-. ¡Que se amuele! ¡Mira, es tan miserable el tío ladrón, que dicen por mi pueblo que les pone en primavera paja a los caballos y anteojos verdes para que se crean que es forraje!
Pero, ¡ah, las miserias de un ricacho! Con su traje mugriento y sus corbatas y todo, de tirilla, Galván, viendo que era seguido en la batalla, la arreció, y un día dispuso una gira a El Escorial; tren en primera, suculenta merienda con champaña, de Lhardy. Al otro día, correspondiendo, Renata obligó al marido a costear otra gira en Aranjuez...; y ¡adiós los treinta duros, si Esteban convidase a otra en Toledo, o en Ávila, o en el infierno! Achantóse, y a disculpa de cansancio por las giras, limitó en dos tardes su atención, siguiendo lo que ya desde otra Galván y Renata iban poniendo por costumbre, a coche para la Castellana, con cocheros de librea. Y odiaba a Renata, que a todo esto seguía con los dos coqueteando, como Zacarías bostezando, igual a pie que en coche, con los tres. ¡Imposible, sí, imposible lucha semejante!... Renata, rica también, con riqueza del pobre Zacarías, parecía seguirla complacida en sus orgullos de coquetas... ¡Feliz, dijérase, de ver sufrir y sacrificarse por ella al estudiante, y hasta con Galván, tal vez, y al mismo tiempo en complicidad para así imponerle inicuamente la derrota!... ¿Qué clase de mujer, entonces, era esta mujer...? A ratos creíala una aturdida; una enamorada que, puesta en apuros por un antiguo amante, y detestándole ya, pero teniendo que entretenerle sin remedio, trataba de conservarle a él con un tira y afloja bien difícil. Otros ratos llegaba a creer que se le burlaban los dos, secundando ella las ironías suaves de «Mateo» con estúpido descaro -«Bueno, bueno... ¿de modo que iremos a Toledo uno de estos días?»- lanzaba mirándole Galván; y recogía Renata, sonriendo entre los dos con piedad intolerable: «¡Pero a condición de que no gaste Esteban más! ¡No puede! ¡Es hijo de familia!...» Al hijo de familia sentábale la cosa peor que si le dijesen hijo del hospicio.
Iba odiando a la adorada. Iba poco a poco contestando a los odiosos con crudezas. Las situaciones llegaron a ser trágicas, y Galván le tuvo miedo. Pero volvía Renata a amansarle con miradas, con sonrisas, con bombones y con flores, y seguían tan lindamente.
-Mira, yo que tú -le aconsejaba Eduardo-, lo que hacía es buscarla a solas y hablarla francamente.
-Pero ¿cómo? ¿Acaso, Dios, no he ido tres mañanas al hotel? Dos, habían salido, y una, estaban durmiendo; esperé y a la hora del almuerzo, ¡pum!, ¡el tío! Por lo visto, ninguno de los que la conocen tienen que hacer... Ya ves, yo que al principio creí que él, por el Congreso, me dejaría las tardes libres..., me he llevado el primer chasco. ¡Ni por Dios! ¡Así discutan la Biblia!
-¿Y estás seguro, al menos, de que no se acuestan juntos?
-Seguro. ¡Ah, si no! Aparte de que yo le estorbo como él a mí, el marido no la deja. Creo que está escamado a su manera, con tanto sobarle por izquierda y por derecha a la señora. Sí, sí, tenías razón, Eduardo; es una coqueta, y más ¡Lo que voy a darle a Galván alguna vez va a ser una bofetada que le vuelva loco!
-¡Hombre, no! Debes dominarte. Un escándalo te la quitaría para siempre, para en Badajoz..., allá en las vacaciones, y donde te hará buena falta una querida... ¡Coqueta y todo, es una mujer de buten, qué diablo! ¿Qué te importa a ti esperar?
Prudente el consejo. Esteban se hizo las entrañas a seguirlo. Partió y quiso su fortuna que esta misma tarde encontrase a Renata libre de su rival. Se posesionó del confidente junto a ella, y con el matrimonio tomó el café de sobrealmuerzo. Pronto, aburrido Zacarías, fuese a teclear el No me mates. Ella, sin embargo, esquivando seguirle en las explicaciones que asaz francas le intentaba Esteban, por miedo a que el marido los oyese, y negándose a ir a la camilla, por temor a la próxima llegada de «Mateo», consentíale solamente un leve contacto de la pierna, y una vaga adoración como en días mejores, sobre el pretexto de Antonia. Salió de pronto Zacarías a algo urgente, y rápido, certero, Esteban, enlazó a Renata y la besó en la boca, quieras o no quieras. Los besos la vencían y veíasele la dulce languidez en los fuegos de su rostro..., pero debatíase enérgica, inquieta por la llegada de Galván, y fueron breves... Le reñía: le obligó dulce a quedarse en el sofá, pasando ella a la butaca. Hablábala él de Badajoz..., de convenios..., de esperanzas..., y ella sonreía y se las alentaba nada más dándole bombones y violetas... Le rodó el pañuelo de la falda; lo cogió Esteban y se obstinaba en guardárselo... «¡Para mí!» «Bien; pero conste que... robado, como todo lo que hace!» «¡No! ¡Es que robado no lo quiero! Ni yo robo los besos... A un ladrón no se le vuelve a dejar por segunda vez al alcance de la gloria! ¿Para mi?» Se lo alargaba, diciendo esto, y ella, sin tomarlo sonreía... Al fin dijo: «¡Bueno guárdelo!» Y un segundo después entraba Zacarías, y a los pocos minutos, Galván.
¿Qué le chocó a Galván de la alegría insólita de Esteban, y de algún ricillo suelto y de la cara aún roja de Renata?... No se sabe. Lo que sí pudo apreciar el estudiante fue que, en todo el paseo de hoy, Galván acaparó las gentilezas de ella con la fuerza de sus «derechos adquiridos»; y al regreso, sin que nadie le invitara, se quedo a cenar. Esteban no tuvo el desparpajo de imitarle, siempre delicado en cuestiones de convite.
¡Oh, cuando esta noche volvió el joven al hotel, la situación era inversa! Mateo, el alegre; Renata, roja y otra vez ligeramente despeinada; además procaz para con él, incomprensiblemente procaz, secundando al otro en sus pullitas. Y esta fue la disposición de alma con que partieron hacia el teatro Español.
Esteban iba que hubiese dado chispas, si le tocan, como un cable del tranvía. Al llegar al palco se apoderó rotundo de un asiento de adelante, con Renata. Así vio, sin verlo, el primer acto. Realmente atendía a la aproximación excesiva que en la oscuridad iba tomando la silla del odioso con respecto de la odiada. Fue torpe, dejándole el puesto tras ella. La luz del entreacto se los mostró en una vecindad desde la cual los dos le sonreían de un modo singular, y Galván mirábale con insistencia, oliendo el ramo de violetas que él le había comprado a Renata a la puerta del teatro. No pudo resistirlo, y Esteban se sacó del bolsillo, y las olió también, las violetas que ella habíale dado por la tarde.
-¡Sí, todos tenemos violetas! -dijo.
Mas no bastaba; y sacando también bombones, púsose a desliarles el talco con la punta de una horquilla que se encontró en el chaleco. Clavando uno con la horquilla, se lo brindó a Renata, y ésta lo rehusó, sin dejar de sonreír, pero crispada por la insolencia. Tampoco, aunque la sonrisa volvíase nerviosa e insegura, dejaba de sonreír a Galván, quien sacó a su vez bombones y se los ofreció a Renata... ¡Ella los cogió!
¿Sí?... ¡Perfectamente! Había que continuar la cínica exposición de lo que hubiese dado a cada uno. Esteban se llevó la mano al bolsillo del pecho, tiró del pañuelo de ella y púsose con toda lentitud a buscar las iniciales, a ostentarlas luego, como quien se limpia la boca: ¡las iniciales... R. M. bordadas con lausí!
Y lo que entonces ocurrió no tuvo nombre: Mateo tiró de otro pañuelo, se lo puso, jugando en la boca, y hacia fuera hacía caer el ángulo ¡que tenía también las iniciales R. M.!
Esteban se levantó, lanzó el pañuelo suyo a la falda de la pérfida, que sonreía, que sonreía levemente perdido el color... y se retiró al antepalco. Cogió su abrigo, su sombrero y fue a partir; pero ante su ira quiso hacerla saber que se iba para siempre. En el pedazo de un sobre escribió con lápiz: «Es usted una coqueta enteramente despreciable. Firmado. Esteban Sicilia.» Dobló el papel, lo enseñó doblado, a fin de convencerse más de que habían estado viéndole escribirlo, y buscó el abrigo de ella y lo entró en la faltriquera.
-¡Buenas noches, Zacarías! -dijo; y partió.
Habría sido la ocasión de bofetadas, a no haberle contenido la piedad hacia el pobre Zacarías... ¡Pobre niño, pobre tonto, que asistió a toda la escena con un bobo disgusto indescifrable!
Vagó por las calles frías. El odio, determinadamente para Renata, le escaldaba el pecho. ¡El otro no era sino una contrafigura de la idiota, de la inicua, en estos escarnios que le preparaba a su marido en las narices! Y el odio, quitándole toda niebla de poesía al abismo de indignidad y de perdición que le tenía abocado, le devolvía la serenidad capaz de hacerle comprender que se apartaba a tiempo: de los treinta duros de Eduardo, le quedaban tres: tendría en abril que devolvérselos, dejando por pagar a la patrona..., mintiéndole a su madre, para nivelarse en dinero, las mismas patrañas de espejos rotos que Fagoaga y Morita...; pero habría tenido, en verdad, sin resolución salvadora de esta noche, que estar «rompiendo espejos» todo el curso. En resumen, le quedaba este sarcasmo: ¡diez besos y tentarle las piernas a Renata le habían costado ciento y pico de duros! Lección. Él había aprendido. Él era, después de todo, un sensible autosujeto de estudio; pero el estudiante, con su nuevo caudal de conocimiento de sí mismo y de la vida, debía volver ahora a los libros y a las clases. Su comprensión de todo iba a ser más honda. Y le admiraba, le admiraba su serenidad sobre los inmensos rescozores de su rabia.
Se recogió a la una. Pero la serenidad le abandonó en el soledoso gabinete. Reflexionando, llegó a la precisión, a la decisión de razonarle a la imbécil su desprecio en una carta. Se puso, y la escribió, hasta las tres, rompiendo borradores, para hallarle una acerada forma. Colmado luego, se acostó. Daría esta carta al día siguiente.
No eran las doce, al día siguiente, cuando él, antes de almorzar, dirigióse a Fornos y mandó con un botones la enérgica misiva. En diez minutos volvió el chiquillo diciendo: «Que tenga usted. Que ha dado orden de no recibir nada de usted la señora.» ¡Hombre! No había contado con esto. Se levantó, se fue a almorzar..., y volvía por la calle de Jacometrezo a cosa de la una, dispuesto a dar la carta por sí mismo.
Insistía en la negativa de subirla, nuevamente, el portero del hotel.
-¡Bien, la entregaré en persona! -dijo Esteban.
Y se metió en el ascensor, tan resuelto y tan adusto, que el portero no tuvo otro remedio que ponerle el número y despacharle para arriba.
Entró. Saludó. Tomó asiento en una silla. Hallábanse Zacarías, Renata y Galván. La presencia de Esteban había causado un asombro de silencio. Lo sostuvo él un poco, un reto seco, y dijo al fin:
-Esta mañana, Renata, le he enviado una carta con un chico.
Renata fulguró, contestándole:
-Esta mañana..., ni nunca, yo no tengo por qué recibir cartas de nadie.
-Pues mire, ¡la traigo aquí! -dijo Esteban mostrando el sobre entre los dedos.
-¡Pues mire, se la lleva! -dijo ella casi en furia.
-La carta, sin embargo, es para usted. Tendrá usted, por tanto, que leerla.
-¿Yo?... Le digo que a mí no tiene nadie que escribirme.
Le volvió la espalda, con el puño en la mejilla y el codo en el brazo del sofá, y «Mateo» intervino:
-Renata, como todo lo de usted puede verlo su marido, que le dé la carta a él.
Necia treta, si creyó que iría a turbar al joven, que contestó inmediatamente.
-Por mí, no hay dificultad, se la daré..., y aun la leeré yo mismo, si les place. Lo único que quiero es dejar sabido que se entera de mi carta aquella para quien la escribí; y lo único que siento es que a algunos pudiera molestarles lo que digo en ella. Ahora, ustedes vean si se la entrego a Zacarías y la lee Renata en mi presencia, o si yo la leo. ¡Por mí no hay dificultad!
Esto dicho a Galván con una feroz y helada calma de atraco, le hizo ponerse verde, de negro que era.
-¡Léala! -contestó, procurando fijar en insignificancia la cosa con una sonrisa de cadáver.
Esteban rompió el sobre y leyó pausadamente:
-«Renata: Me alejo de usted sin dolor. Usted me llamó, y yo me despido. ¿Quién de los dos es el despreciado?... ¡Hay mujeres que no valen ni la pena de esperarlas... en un juego de idioteces! Adiós, Renata; haría usted mal si me creyera celoso: me voy de su lado con asco, y nada más. Celos, es imposible que me los dé ninguno de los tres hombres que, hasta ahora, junto a usted, hubiesen podido inspirármelos: uno es un desgraciado que bastante tiene con soportarla «oficialmente»; otro es un figurín infeliz a quien usted le da lo mismo que el maniquí de una modista; y el tercero, en fin, un fachilla mentecato que, por todo hacer, tiene en el mundo la misión de tontear con una tonta. Esto quería decirle, y esto lo deja dicho. -Esteban.»
Bajó el pliego, y los miró.
Renata, torcida de ira, tenía la faz oculta entre los dedos. Galván, muy serió, jugaba con mano convulsa y distraída a morderse los pelos del bigote. Solamente Zacarías, apoyando en las rodillas sus largos brazos en paréntesis, miraba consternadamente a su mujer y movía en lúgubre silencio la cabeza (la pobre cabeza que no se daba clara cuenta de las cosas), como queriendo expresar: «¡Concho, y que esta mujer se meta en estos líos...» ¡Pobre!... Alzando la suela del zapato, daba golpecitos en el suelo.
Esteban se levantó, dejó la carta en la camilla y saludó:
-¡Buenas tardes!
Por la escalera iba pasmado de la insigne cobardía de Galván.
Y llevábase un consuelo:
«¡Ella le deja; le deja ahora, por cobarde!»
IX
Madrid, tras dos semanas de lluvia, que había mojado ya los renuevos tiernos de los árboles, resurgía en una definitiva y dulce primavera oliente a acacias, a lilas, a nardos. De vuelta de las clases, Esteban se paraba en los paseos a contemplar las platabandas de alhelíes y a las yemas verdegay que formaban en las oscuras ramas de los cedros sumidades muy vistosas. Esto, y las grecas y festones hechos con los tonos claros de picadas hierbas sobre el trébol, recordábanle las zapatillas de cañamazo y lana dulce que a su hermana él había visto bordar alguna vez. Los jardineros madrileños eran buenos bordadores, y en medio de cada florón del jardín, una estatua blanqueaba.
Le daban ahora tanta envidia estas estatuas, al sol, bajo las ramas y los pájaros, oyendo no lejos el eco de una fuente, como frío y compasión habíale dado tiempo atrás el pobre Goya, sentado y sin poderse mover de su sillón de bronce de la escalinata del museo, ni en los más terribles días de huracán y de granizo.
El Prado le embelesaba. Desde la sombra de un banco veía a los niños jugar. Los había preciosos. Las había preciosas, niñas también como ángeles. Las cofias pálidas, llenas de cintas, caían a maravilla sobre los tirabuzones rubios, negros, y sobre las caras de rosa. A veces conversaba con algunos más pequeños, despedidos en enfado por los otros. Hacíale gracia ver cómo pasaban del llanto a la sonrisa, y del recelo a la confianza, con unos pocos barquillos. Las niñeras y las institutrices, en cambio, coqueteaban alrededor, creyendo que toda la maniobra de él sería por cortejarlas.
No era así. Precisamente un afán de paz y de pureza, de compasión cándida y bella contra aquel crudo desastre del anfiteatro y contra aquella horrible asturiana de su casa traíanle a respirar un poco la inocencia de los niños y las flores. Llegaba aquí desde San Carlos; llegaba aquí, después de haber revolcado en su cama algunas noches, al pedirle el vaso de agua de dormir, al estafermo aquel de la asturiana, que al desabrocharse enseñaba tres chalecos. Además, estas institutrices y niñeras, tan lindas muchas, le llevarían, en todo caso, una constancia y un tiempo que hacíanle falta para los libros.
Su vida se había fijado en una armonía de orden sin dinero; pero armonía forjada en desengaños y tormentos sobre una conformidad estoica. Si la dicha está en la paz, era dichoso. Un gran maestro, Madrid. En cuatro meses le había enseñado más que Badajoz en tantos años. Agotadas las sensiblerías que púsole en vaporización violenta este gran pueblo, consideraba cada cosa bajo una significación que se avenía bastante bien con las demás: lo mismo la carnicería de San Carlos y las estatuas y el sol, que sus lujurias fugaces con la asturianucha Andrea y sus ansias puras por los niños. ¡Todo de la vida... de la amplia! Vida tan vasta y una en el fondo. Se le había ocurrido un tarde volver a San Francisco, y le costó trabajo creer que un cura, si le confesase, llegara a tomar como pecado que se acostase él con la asturiana. Esto era a lo sumo... «buen estómago» por parte de quienes apechugaban con semejante bicharraco, la Burra también, y Morita. La religión debía de estar equivocada en sus rigores. ¿Cómo iba a ser pecado una cosa que sin perjudicar a nadie venía para él a convertirse en base de su orden y en salud? Estaba más gordo. La Burra, lo mismo, más lúcido, y desde antes. Ágiles los dos, hasta para el estudio, como unas máquinas a las que de un modo natural se les quitan las escorias. La misma fealdad de Andrea los contenía.
«¡Salve, Andrea!»..., contaban ambos, con Morita, que se había arruinado por el juego, cuando ella entraba a algo, interrumpiendo el estudio de los tres. ¿Reparar en herpetismo? ¡Viva el herpetismo! Los chalecos procedían de «un hombre» aguador que tuvo ella. De cuando en cuando largábanla dos reales. Y preferíanla con chalecos: sin ropa, su pecho parecía una jaula de costillas. Más larga, en cambio, que el día San Juan. Pero entre este vestigio de mujer y una mujer, Esteban sabía encadenar las gradaciones, como entre el amarillo rabia y los tonos de ópalo de una escala de matices. Extremos, diferencias de distancias, capaces de producirle también todas las diferencias de emoción «sin acusarle partido». ¡Oh, no, no!, cómo en esto él tenía gran seguridad: el bestia se le había refundido con el idealista, en la integridad de un ser humano, que podía, a lo más, popularizarse.
Un método, en fin, el suyo, perfectamente tolerado, y hasta embellecido dentro de su limitación, por un fuerte y amable dominio de sí propio, que sabía, como estos jardineros, adornar los eriales con flores; que sabía, que había aprendido a sentir, desde cada pequeño rincón de la vida, el efluvio de la existencia universal. Todo le hablaba de su fugacidad en la eternidad. La asturiana rodeábale de una filosófica compasión inmensa como criatura desdichada y fea sin culpa de no valer más que dos reales; pero no acertaba a ver en dónde hubiera más vileza o más grandeza, si en ella dándose fría, o en él y la Burra y en Morita aceptándola. Treinta, cuarenta, cien años más, y todo lo mismo para siempre -«todos calvos»-, ellos y el rey y la bella condesita de Dios-Padre y la asturiana. Se reirían mucho las gentes de una estrella situada a treinta billones de leguas del sol si contemplasen nuestras cuitas de reparos, de distingos y de cuellos bien planchados... Por eso habían perdido los muertos de San Carlos, para Esteban, su prestigio de fantasmagoristas tremebundos. ¡Pobres muertos! Uno, tieso, que habían acabado de transportar baúles. Otra, como la asturiana, que ya no serviría más en ninguna casa de estudiantes. Los partía con la piadosa amargura que si hundiese en sí mismo indoloramente el bisturí, y ellos le iban enseñando que, cuando él cruzaba una pierna sobre otra, era que entraba en juego «el músculo de los sastres», y cuando alzaba un brazo, el «gran serrato», el «pectoral» y el «deltoides». Y por todo lo demás, «¡al pelo!», según le había dicho aquella vez el ama de la Merengue. Una carta a su casa, manifestando que, por no darles doña Rosa de comer bien, él tuvo que ir comprando meriendas por las tardes, a consecuencia de lo cual debíale veinte duros, y la mamá que se los mandó de extraordinario; cinco duros más, arrimados de los diez de sus gastillos; otros cinco al pupilaje pellizcados, que subsanaría el mes siguiente, y hele aquí con Eduardo en paz. Metido ya en tal tarea de estudios hasta junio, ¿necesitaba él para tabaco y para sellos y el tranvía más de quince pesetas mensuales?... El café lo hacían en casa con una cafetera comprada a escote.
No eran lo mismo ni la Burra ni Morita. Aquél se renegaba de su perpetua falta de dinero, sin decirlo; y éste, con su ruina, resignábase peor: debía cuatro mil y pico de reales, luego de agotadas sus no pequeñas peticiones familiares, y de empeñado todo, los trajes, las botas, la capa y el gabán, hasta el punto de no poder salir más que de noche y por lo oscuro. Preso, y sin libros ni caja de compases -empeñados igualmente-, hacía como que trazaba planos en un papel de barba con lápiz. En realidad leía novelas y pensaba diablerías. Allá a las once le entraba un hambre feroz; y no siéndole posible distraérsela durmiendo, porque tras de almorzar acostado había seguido en la cama hasta las siete de la tarde, se iba al comedor, traía el convoy, mendrugos y un plato, y convidaba a pan con aceite. Otras veces calábase la gorra, cogía de la cocina cuatro botellas sin nada (porque las llenas las guardaba ya hacía tiempo doña Rosa), y las vendía en la próxima taberna: a quince céntimos, componíanle lo necesario para traer boquerones, queso y un bollo. La Burra, atraído por estos refrigerios y por las amenidades y chistes con que el saladete valenciano cortaba a ratos el estudio suyo y el de Esteban, tenía dejada la compañía de Cerrato el inflexible, quien, al revés, huyó, refugiándose a estudiar dentro mismo de su alcoba. A las doce, siempre puntual. Cerrato había apagado la luz; a las doce y media, cuando mucho, fumando en la sala el cigarro de sobremesa del aceite. Esteban y la Burra se acostaban; y entonces, Morita, a fin de esperar a Fagoaga y a Eduardo, con quienes solía empalmar la charla al ser de día y aun comer algo de pasteles, o se iba a la cama de Andrea o se quedaba imaginando travesuras.
Parecía el sereno de la casa. Todo el que subía la escalera era examinado por él, en la mirilla, sin luz -con un buen humor inagotable. ¡Uuuuh!, le hizo una vez cavernosamente a un señor que iba al segundo; y el señor subía que echaba lumbre. Otra vez fueron dos señoras del tercero: les conoció el canguis en el modo de marchar cerilla en alto, y las puso hacia arriba en dispersión con un ti-pi-ti-pi-ti, sonora y perfectamente modulado. Daban las dos, las tres, no llegaban los otros, y se volvía otro rato con Andrea, que siempre despertaba fácilmente. Al cuarto de hora estaba en la sala de nuevo afeitándose.
Porque, esto sí, nunca estuvo mejor rasurada su barba de seis pelos. Empleaba la navaja y el jabón de Mazo, siempre liberal y con su cuarto abierto en soledad a todo el mundo. Afeitábase Morita, pues, por la tarde y por la noche, empleando cuidados exquisitos, empolvándose después, y arriscándose el pañolillo al cuello y la chaqueta rota por los codos. A lo mejor, veía que se había dejado un poco de pelusa rubia en la mejilla, y se volvía a darse jabón por todas partes y a pasarse la navaja.
Pero su diversión principal, su víctima propiciatoria, era la Burra. Le ponía en la cama sal, o cepillos recortados. Le cogía los calzoncillos, de que al dormir se despojaba por costumbre, y le echaba nudos imposibles de quitar por la mañana. Cuando no, le humedecía los calcetines, y por lo menos era indefectible, cada noche, que el gato disecado pasase desde el gabinete de Esteban a diferentes sitios del cuarto de la Burra, donde lo viese éste (supersticioso y con más rabia para el gato que Esteban mismo) al despertar: junto a la almohada, hacia los pies, bajo la cama, a fin de que lo cogiese al tomar las botas, en la mesilla de noche, en lo alto de las perchas, al lado del esqueleto, mirando a la Burra de pie con sus ojos amarillos de cuentas de rosario. El gato, pacientemente trasladado por la Burra al gabinete, volvía de noche a la alcoba.
Con respecto a Esteban, sus bromas tenían otro cariz y se realizaban por la tarde. Como se quedaba solo, mientras el vecino de alcoba andaba al sol por los jardines, y la Burra y Cerrato en sus metódicos paseos, él, Morita, en cuanto oía al cartero, y a doña Rosa entrando la correspondencia, se echaba en la cama, pasábase al gabinete, y armando sobre la cómoda una Babel de sillas, por medio de un alfiler clavaba las cartas en el techo.
-¡Hoy, nada de la novia! -decíale a Esteban al llegar, que ya él habíase levantado (y si no, se levantaba).
Paseaba al mismo tiempo descompuestamente y miraba al techo como un loco; Esteban descubría la carta, cada vez en sitio diferente, claro es, viéndose negro al alcanzarla, con paraguas, con bastones... sin acabar de entender cómo las subía allí este diablo de Morita.
Las risas de ambos, una tarde, se cortaron por la repentina seriedad de Esteban a las primeras líneas que leyó. La novia noticiábale que Renata Mir acababa de llegar, después de una temporada en la dehesa, y que al ir a verla, encontrándose allí por cierto con don Mateo Galván, una y otro le dijeron que él andaba en Madrid haciéndole el amor a cuantas tropezaba; con tal motivo, Antonia, que decía explicar al fin por qué las cartas de él fueron breves y tardías, quería que le devolviera las suyas y acabar las relaciones.
¡Oh! ¡Indignábase el lector! A la vez que la baja venganza de Renata, llegábale la confirmación de que no dejó ella al ridículo, al cobarde que se dejó insultar y dejó insultarla en su presencia. Ya Eduardo, en los días que subsiguieron al de la última visita al Inglés, habíale dicho que continuaba Galván yendo a Fornos con Renata y Zacarías, tan fresco. Desahogándose, y como a Eduardo, le contó
todo el lance a Morita. Antonia no le inquietaba: aparte de no saber si la quería o no la quería (no la conocía, sencillamente) creyó indudable que dejaríala satisfecha poniendo de embusteros a los otros. Si eran capaces, que le probaran la acusación con hechos, ¡con nombres!
Y efectivamente, no debieron ser capaces..., porque una semana después, no mentados más ni Renata ni Galván por Antonia, seguía tan dulce la gentil correspondencia..., o lo que es igual, seguía
Morita, los jueves y domingos, clavando las perfumadas cartas en el techo.
-¡Hombre, lo que sí debemos de cuadrarnos -proponía una noche el valenciano, comiendo aceite- es con doña Rosa! ¿Por qué nos ha de hacer tragar ese espantajo de criada?
-¡Vamos! -defendió Esteban-. ¡Encima de que lo sabe y se aguanta!
-Pues por lo mismo. ¿Qué más le da tenernos otra menos horrorosa?... ¡Con ir los tres y decirle que o toma una guapa o nos mudamos, en paz!
-¡Como Margot siquiera! -exclamó la Burra ávidamente.
La cosa merecía reflexionarse.
A Esteban, sin embargo, se le ocurrió en seguida un reparo harto atendible:
-Bueno, como Margot..., sólo que, ¿y si luego la que traiga es también como Margot... y no quiere?
-¡Tienes razón! -fallaron en redondo los dos cómplices.
Siguieron ateniéndose, en los días siguientes, a la Andrea.
Y estudiaban, estudiaban mucho Esteban y la Burra, siempre con la ociosa y pintoresca compañía del valenciano.
Así se pasaba abril.
Pero desde el 20 les cayó, y en clase de elemento perturbador, mas bien, al principio, un nuevo compañero: Eduardo.
Otro inutilizado por la batalla de Madrid. Las últimas pesetas le habían volado con la Coja.
-¡Eh! ¡La llave de la puerta de la casa de la Coja! -al sacarla, y sacar también su retrato, le habían salido del bolsillo papeletas de empeño a montón. Del reloj, de las sortijas, del alfiler de corbata y joyas de familia..., porque teniendo él un gusto innato de limpieza y elegancia, no pignoraba nunca las prendas de vestir.
Esteban creyó al pronto que la llave y el retrato eran los suyos. Fue, por convencerse, a la cómoda y al clavo de su cuarto... y ¡nada! ¡Dos retratos y dos llaves! La Burra miraba los retratos con envidia. Morita, también, por no habérsele ocurrido una mujer así, en tanto tirar dinero con guiñapos. Hablaron de la estupidez de Wandervill, y no se estudió esta noche. Por causa del Gran hotel Wandervill, estaban sujetos unos pocos a cargantes diligencias judiciales. Aquello había sido un desorden y un desastre. La policía los llevó a todos una noche al gobierno. Gracias a que el Rey de Almendralejo pudo avisar a un amigo de su padre, diputado, y éste les logró la libertad. Pero habíanle descubierto a Mazo cosas muy notables, por la lumia que él llevó a la chirlata-chamizo. Sus juergas sordas eran de lo más original. Muy grave y estirado por las calles, siempre solo. Almorzaba en el Buffet Italiano, siempre solo. Jugaba ordinariamente al tresillo en el Café Francés, siempre solo, es decir, con desconocidos, con franceses. Luego les hacía con mucha seriedad y circunspección, en la Cervecería Inglesa, media hora de tertulia política, a unos amigos de su padre, y a partir de esto, en que acababa el hombre respetable, empezaba el no menos solitario y original juerguista de que les había dado cuenta la lumia: desde luego que cenaba siempre en casa de la chais; si no tenía gana de jarana, charlaba con ellas un rato y volvíase a jugar a la timba, por ahí, pero si la tenía, y sobre todo si la casa le era nueva, se informaba del número de niñas, le plantaba al ama tantos duros como pupilas tuviese, y se acostaba, haciendo que, una tras otra, todas se las fuese el ama conduciendo. En cambio, si ya le eran conocidas, pasaba la noche con una nada más..., y ellas en estos casos habían ido mutuamente averiguando que se comportaba siempre igual..., cinco abrazos..., ni uno más ni uno menos..., y llamábanle Revólver.
-¡Nada, pues ahora nosotros a estudiar..., a estudiar como unos bárbaros! -proclamaba Mesonero.
Mas como el hábito de vagar y trasnochar le hicieron imposible dormir y levantarse a las horas que los metódicos paisanos, se dedicó por lo pronto a secundar a Morita en sus lecturas de novelas y en sus juegos de las noches. Eran serenas y las pasaban al balcón, desde las tres, esperando a Fagoaga y dialogando con las golfas de la calle. A ratos echaban y hacían sonar sobre la acera un duro falso, atado con una guita, y que obligaba a los transeúntes a volverse locos buscando y gastando fósforos. Otras veces se divertían lanzando al aire cerillas encendidas en paracaídas de papel, y por las tardes, mediante algunas perras, resto de los pasados esplendores de Eduardo, obligaban a pararse y a tocar a un mismo tiempo a cuatro organilleros, con lo que armaban un guirigay de mil demonios por toda la vecindad. Salían a los balcones las muchachas, y ellos se reían con ellas y les tiraban besos y flechas de prospectos de teatro.
Sin embargo, llegó una noche en que Eduardo se aburrió y se fue a acostar, y a las muy pocas quedó reglamentado. Estudió desde entonces con los otros, recordando sus tiempos de la Guardia.
A Morita, impertérrito gandul, le dejaron de sereno; pero prometiendo mantearle si no dejaba dormir tranquilo a todo el mundo.
Y estudiaban, estudiaban «como bárbaros»..., mañana, tarde y noche, sin ir a las clases siquiera, por estudiar más, cierto ya Esteban de no perder el año, según se iban acercando los exámenes.