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Las golondrinas, que cuando vuelve la primavera vemos registrar los rincones todos de nuestras casas, ¿buscan sin discernimiento y eligen sin deliberación entre mil lugares aquel que encuentran más cómodo? ¿Y en la admirable contextura de sus construcciones, los pájaros no pueden adoptar ya la forma cuadrada, ya la redonda, bien en forma de ángulo obtuso o recto, sin conocer las condiciones y efectos de cada una de estas formas? ¿Se sirven las aves unas veces del agua y otras de la arcilla, sin saber que la dureza de los cuerpos se reblandece con la humedad? ¿Tapizan de musgo sus viviendas o de plumón, sin considerar que los tiernecillos miembros de sus pequeñuelos encontrarán así mayor blandura y comodidad? ¿Se resguardan del viento y de la lluvia y colocan sus nidos al oriente sin conocer as diferencias de aquéllos ni considerar que los unos les son más favorables que los otros? ¿Por qué la araña espesa su tela en un lugar y en otro la elabora menos fuerte, sirviéndose ya de la más recia, ya de la más débil, si sus movimientos no son reflexivos y deliberados?

De sobra reconocemos en la mayor parte de sus obras multitud de excelencias en los animales de que nosotros carecemos, y cuán débil es toda nuestra habilidad para imitarlos. En nuestras obras, que son menos delicadas, reconocemos las facultades que nos es preciso emplear, el esfuerzo de nuestra alma para la realización de las mismas;   —392→   ¿por qué de los animales no pensamos lo mismo? ¿por qué atribuimos a no sé qué inclinación natural y baja las obras que sobrepasan lo que nosotros somos incapaces de realizar, ni por naturaleza ni por arte? Con ello, sin advertirlo, les achacamos ventajas inmensas sobre nosotros, puesto que la naturaleza, por virtud de una dulzura maternal, como por la mano, los acompaña y los guía a la práctica de todos los actos y comodidades de su vida, al par que a nosotros nos abandona al azar y a la fortuna, y nos obliga a mendigar por arte todo aquello que necesitamos para nuestra conservación, y nos rechaza siempre los medios de alcanzar, ni siquiera por la más violenta contención de espíritu, a la natural habilidad de los animales, de suerte que la brutal estupidez de éstos sobrepasa en comodidades de todo género cuanto nuestra divina inteligencia alcanza; atendido lo cual, tendríamos razón llamando a la naturaleza madrastra cruel o injustísima; pero nos equivocaríamos, pues nuestra manera de ser no es tan desordenada ni deforme.

La naturaleza cuida universalmente por igual de todas sus criaturas y ninguna hay a quien no haya provisto suficientemente de todos los recursos necesarios para la conservación de su ser, pues las vulgares quejas que oigo proferir a los hombres (como la licencia de sus opiniones tan pronto los eleva por cima de las nubes como los rebaja a los antípodas), de que nosotros somos el solo animal desnudo sobre la tierra desnuda; ligado, agarrotado, no teniendo nada con que armarse ni cubrirse, sino los despojos de los otros seres, y de que a todas las demás especies la naturaleza las revistió de conchas, corteza, pelo, lana, púas, cuero, borra, pluma, escamas o seda según las necesidades de cada una, o las armó de garras, dientes y cuernos para la defensa y el ataque, al par que las instruyó en todo cuanto les es pertinente, como nadar, correr, volar y cantar, mientras que el hombre no sabe ni andar, ni hablar, ni comer sin aprendizaje previo, y por sí solo únicamente a llorar acierta:


Tum porro puer, ut saevis projectus ab undis
navita, nudus humi jacet, infans, indigus omni
vitali auxilio, quum primum in luminis oras
nixibus ex alvo matris natura profudit,
vagituque locum lugubri complet; ut aequum est,
cui tantum in vita restet transire malorum?
At variae crescunt pecudes, armenta, feraeque,
nec crepitacula eis opus est, nec cuiquam adhibenda est
almae nutricis blanda atque infracta loquela;
nec varias quaerunt vestes pro tempore caeli;
denique non armis opus est, non moenibus altis,
queis sua tutentur, quando omnibus omnia large
tellus ipsa parit, naturaque daedala rerum581:



  —393→  

tales lamentos son completamente falsos; hay en el ordenamiento de las cosas del mundo una equidad más grande y una relación más uniforme. Nuestra piel está provista tan suficientemente, como la suya, de resistencia contra las injurias del tiempo; pruébanlo varias naciones que no conocen todavía el uso de los vestidos. Los primitivos galos iban casi desnudos; nuestros vecinos los irlandeses, que viven bajo un cielo tan frío, apenas se resguardan de la intemperie; pero por nosotros mismos podemos juzgar mejor de esa posibilidad, pues todas las partes del cuervo humano que nos place llevar descubiertas al viento y al aire, resisten ambos elementos, como la cara, los pies, las manos, las piernas, los hombros, la cabeza, si la costumbre a ello nos convida. Si hay en nuestro organismo una parte poco resistente y que debiera resguardarse del frío, es el estómago, donde tienen lugar las funciones de la digestión; sin embargo, nuestros padres lo llevaban descubierto, y nuestras damas, tan blandas y débiles como son suelen a veces ir descotadas hasta el ombligo. La envoltura de las criaturas tampoco es indispensable: las madres de Lacedemonia criaban las suyas dejando en completa libertad todos los miembros, sin sujetarlos ni envolverlos. Nuestro llanto es común a la mayor parte de los animales, y no hay casi ninguno que no se queje y gimotee, aun largo tiempo después de nacer, cosa bien adecuada a la debilidad que en ellos reconocen. Cuanto al alimento, lo mismo que los otros seres lo reclamamos nosotros y nos es tan natural e instintivo como a los animales;


Sentit enim vim quisque suam quam possit abuti582:



¿Quién pone en duda que un niño cuando llega a la edad en que ya no le basta el pecho de su madre pide que le den de comer? La tierra produce espontáneamente y ofrece al hombre lo suficiente para la satisfacción de sus necesidades, sin otro cultivo ni artificio: ved cómo en todo tiempo los animales encuentran en ella de qué nutrirse: las hormigas aprovisionan víveres para las estaciones más estériles del año. Esas naciones que acabamos de descubrir, tan copiosamente provistas de carnes y bebidas naturales, sin ningún género de industria, nos enseñan que el pan no es   —394→   nuestro único alimento, y que sin el cultivo la madre naturaleza nos provee plenamente de todo cuanto nos es indispensable, verosímilmente con mayor abundancia y riqueza que al presente en que empleamos toda suerte de labores y artificios.


Et tellus nitidas fruges, vinetaque laeta
sponte sua primum mortalibus ipsa creavit;
ipsa dedit dulces foetus, et patula laeta;
quae nunc vix nostro grandescunt aucta labore,
conterimusque boves, el vires agricolarum583:



el desarreglo y desbordamiento de nuestros apetitos sobrepasa las invenciones que empleamos para aplacarlos.

En cuanto a las armas o medios de defensa nosotros disponemos de muchas que nos son más naturales que a la mayor parte de los otros animales, de movimientos más ágiles de nuestros miembros, y de aquéllos y de éstos sacamos mayor partido sin necesidad de instrucción previa. Aquellos que están habituados a combatir desnudos se les ve arrojarse en peligros semejantes a los nuestros, que luchamos armados. Si algunos animales nos aventajan en los medios de pelea nosotros llevamos ventaja a muchos otros. La costumbre de fortificar el cuerpo y de resguardarlo tiénela el hombre por instinto natural. El elefante aguza y afila los dientes de que se sirve para la guerra, pues tiene algunos que guarda para la lucha, los cuales reserva y no emplea para otros servicios. Cuando los toros se lanzan al combate esparcen y arrojan el polvo en derredor suyo; los jabalíes aguzan sus colmillos; cuando el icneumón emprende la lucha con el cocodrilo, cubre todo su cuerpo de limo bien compacto y bien prensado y se provee así de una coraza: ¿por qué no decir que el hombre busca su defensa de una manera análoga en la madera y en el hierro?

En cuanto al hablar, puede decirse que si no nos es natural, tampoco nos es necesario. De todas suertes entiendo que un niño a quien se hubiera dejado en plena soledad, apartado de todo comercio humano, que sería un ensayo difícil de practicar, encontraría alguna manera de palabra para expresar sus concepciones: no es creíble que la naturaleza nos haya negado ese medio con que dotó a muchos otros animales: ¿pues qué otra cosa es sino hablar esa facultad que en ellos vemos de quejarse o mostrar contento, llaman se unos en ayuda de otros o invitarse al amor, todo lo cual ejecutan por medio de su voz? ¿Cómo no han de hablar entre ellos? Nos hablan a nosotros y también nosotros les hablamos; ¿de cuántos modos no conversarnos con los perros   —395→   y éstos nos entienden y nos contestan? De distinto lenguaje nos servimos con los pájaros, con los cerdos, con los bueyes, con los caballos, y cambiamos de idioma según la especie:


Cosi per entro loro schiera bruna
s'ammusa l'una con l'altra formica,
forse a spiar lor via e lor fortuna.584



Entiende que Lactancio atribuye a los animales no sólo la facultad de hablar, sino también la de reír; y la diferencia de lenguaje que se ve entre nosotros, según las localidades, encuéntrase también en los animales de la misma espacie. Aristóteles alega a este propósito el canto diverso de las perdices según la región que habitan


Variaeque volucres...
Longe alias alio jaciunt in tempore voces...
Et partim mutant cum tempestatibus una
raucisonos cantus.585



Sería digno de saberse qué lenguaje emplearía el niño de que hablé antes, pues lo que por conjetura se dice no ofrece asomos de verosimilitud. Si contra mi parecer se alega que los sordos de nacimiento no hablan nunca, contestaré que la razón no reside solamente en que no pudieron recibir la instrucción de la palabra por el auxilio del oído, sino más bien que este sentido que les falta está íntimamente ligado con el de la palabra y ambos se mantienen en muy estrecha relación; de suerte que las palabras que articulamos las hablamos primero mentalmente y las hacemos entender a nuestros oídos antes de enviarlas a los extraños.

Todo lo precedente tiene por objeto mantener la semejanza que existe entre las cosas humanas y las que a los animales son peculiares. El hombre no está ni por cima ni por bajo de los otros seres. Todo cuanto bajo el firmamento existe, dice el sabio, vive sujeto a ley y fortuna parecidas:


Indupedita suis fatalibus omnia vinclis586:



hay alguna diferencia, hay órdenes y gradaciones mas siempre bajo la apariencia de una misma naturaleza


Res... quaeque suo ritu procedit; et omnes
foedere naturae certo discrimina servant.587



  —396→  

Preciso es limitar al hombre y colocarle dentro de las barreras de este orden natural. El hombre, sin embargo, no encuentra inconveniente en traspasarlas, estando como está sujeto y dominado por idéntica obligación que las demás criaturas de su misma naturaleza y de su mismo orden, y siendo como es de condición mediocre, sin prerrogativa alguna ni excelencia verdadera ni esencial; la que se apropia por reflexión o capricho, carece en absoluto de fundamento. Si, en efecto, acontece que el hombre solo es entre todos los animales el único que goza de esa libertad de imaginación y de ese desorden de pensamientos que le representan a un tiempo mismo lo que es y lo que no es, lo verdadero como lo falso, superioridad es ésta que paga bien cara y de la cual tiene bien poco por qué glorificarse ni enaltecerse, pues de ella nace la fuente principal de los males que lo agobian: el pecado, la enfermedad, la irresolución, el desorden, la desesperación. Digo, pues, para volver a mi propósito, que no hay razón alguna para suponer que los animales ejecutan por fuerza o inclinación natural las acciones mismas que nosotros realizamos por discernimiento e industria, y que debemos concluir que parecidos efectos suponen facultades análogas, y acciones más complicadas, más ricas facultades, y reconocer, en suma, que el mismo discernimiento e idéntico discurso de los que nos acompañan en nuestros actos, acompaña igualmente a los animales, o acaso algunas otras facultades superiores a las nuestras. ¿Por qué imaginamos en los demás seres esa obligación natural y fatal, nosotros que no experimentamos ningún efecto semejante? Además, es mucho más digno el ser encaminado a obrar ordenadamente por natural e inevitable constitución, y acerca más a la divinidad, que el obrar ordenadamente por virtud de una libertad temeraria y fortuita, y también un medio más seguro de obrar bien encomendar a manos de la naturaleza las riendas de nuestra conducta que si nosotros las manejáramos. Hace nuestra vanidosa presunción que estimemos mejor deber a nuestras fuerzas que a la liberalidad divina nuestro valer y suficiencia; enriquecemos a los otros animales con los bienes naturales y nosotros renunciamos a ellos para honrarnos y ennoblecernos con las facultades adquiridas; enorme simpleza, a mi entender, pues yo tendría en mucho más las gracias que me pertenecieran por entero, las ingenuas, que las que se mendigan por medio del aprendizaje; ni reside en nuestro poder tampoco alcanzar una recomendación más alta que la de ser favorecidos por Dios y por la naturaleza.

Los habitantes de Tracia, cuando tienen que marchar sobre un río congelado, se sirven como guía de un zorro que camina delante de ellos. El animal aproxima su oído al hielo hasta tocarlo para advertir si el agua corre cerca o lejos;   —397→   de la observación encuentra que la masa es más o menos espesa, y así avanza o retrocede. ¿Por qué no hemos de suponer que ese zorro hace un razonamiento idéntico al que nosotros podríamos hacer en caso de ejecutar la misma experiencia: «Lo que produce ruido, se mueve; lo que se mueve, no está helado; lo que no está helado, es ruido, y lo que es líquido no sostiene nuestro cuerpo.» Atribuir la habilidad del animal solamente a la fineza extrema de su oído sin otra reflexión ni deducción, es pura quimera y no podemos aceptarla. Igual opinión deben merecernos tantas suertes de procedimientos y astucias como los animales emplean para librarse de nuestras acometidas y persecuciones.

Y si en pro de nuestra superioridad queremos argumentar que nosotros empleamos para fines útiles la maestría de los animales, sirviéndonos de ella cuando nuestra voluntad nos lo ordena, diré que esto en nada difiere de la ventaja o superioridad que unos hombres tienen sobre otros; lo mismo dispone el hombre de sus esclavos. Las climacides en Siria eran unas mujeres que se destinaban, colocadas en igual posición que las bestias, a servir de estribo a las damas para subir al coche. La mayor parte de las personas libres abandonan a cambio de comodidades insignificantes la vida y el ser al poder de otro. Las mujeres y concubinas de los tracios se disputan el ser elegidas para ser sacrificadas en la tumba de sus maridos. ¿Han encontrado jamás los tiranos número bastante de hombres consagraos a su culto, y no los arrastraron a todos a la muerte como los dominaron en vida? Ejércitos enteros se comprometieron con sus capitanes; la fórmula del juramento en la ruda escuela de los gladiadores llevaba consigo las siguientes promesas: «Juramos dejarnos encadenar, quemar, azotar y recibir la muerte con la espada, y sufrir todo cuanto los gladiadores legítimos sufren e su amo»; y religiosamente consagraban el cuerpo y el alma al servicio del mismo:


Ure meum, si vis, flamma, caput, et pete ferro
    corpus, et intorto verbere terga seca588:



constituía el juramento una obligación sacratísima, así que algunos años entraban en ella hasta diez mil y todos perecían. Cuando los escitas enterraban a su rey, estrangulaban sobre su cuerpo la que había sido más favorecida entre todas sus concubinas, su copero, el caballerizo, el chambelán, el hujier y el cocinero; y cuando se celebraba el aniversario mataban cincuenta caballos montados por cincuenta pajes previamente empalados, desde la cintura a la garganta, y los dejaban así en formación alrededor de la tumba   —398→   del monarca. Los criados que nos sirven lo hacen con dificultad menor y nos suministran menos atenciones que las que nosotros prodigamos a los pájaros, a los caballos y a los perros. ¿A qué desvelos no nos sacrificamos en aras del bienestar y comodidad de todos esos animales? Ni los servidores más abyectos hacen de buen grado por sus amos lo que los príncipes se honran en ejecutar por sus animales. Viendo Diógenes apenados a sus parientes porque carecían de medios para rescatarle de la servidumbre: «Es locura, decía, desesperarse por tal cosa: el que me cuida y me mantiene es mi criado»; aquellos a cuya guarda están encomendados los animales deben considerarse más bien como servidores que como servidos. Los animales tienen algo de más generoso que los hombres, pues jamás ningún león se puso al servicio de otro león, ni ningún caballo al servicio de otro caballo, por miseria de ánimo. Como el hombre caza a las fieras así los tigres y los leones cazan a los hombres: los unos y los otros practican un ejercicio semejante; los perros persiguen a las liebres, los sollos a las tencas, las golondrinas a las cigarras, los milanos a los mirlos y a las alondras:


Serpente ciconia pullos
nutrit, et inventa per devia rura lacerta...
Et leporem aut capream famulae Jovis et generosae
in saltu venantur aves.589



Compartimos el fruto de nuestra caza con nuestros perros y nuestros pájaros, como el trabajo y la habilidad que desplegamos en el ejercicio de ella. Al norte de Anfípolis, en Tracia, cazadores y halcones salvajes distribuyen el botín en partes iguales. En la región que se extiende a lo largo del Palos Meótides, el pescador deja a los lobos una parte de su presa igual a la que se reserva; si no lo hace así, los lobos desgarran al punto sus redes. De la propia suerte que nosotros tenemos un modo de cazar en el cual la habilidad es más eficaz que la fuerza, que es la que se hace con el auxilio de lazos, y también la pesca de caña con anzuelo, vense también ingeniosidades parecidas en los animales. Aristóteles refiere que la jibia lanza de su cuello una membrana larga, como una caña de pescar, la cual extiende o recoge a voluntad, a medida que advierte que algún pececillo se aproxima; le deja morder el extremo de la membrana, mientras el astuto animal se mantiene oculto en la arena o en el légamo, y luego, poco a poco, la retira hasta que el pez está próximo y de un salto puede atraparlo.

Cuanto a la fuerza, no hay animal en la naturaleza toda expuesto a mayores peligros que el hombre. No ya el elefante,   —399→   la ballena o el cocodrilo y otros animales semejantes nos llevan inmensa ventaja, pues cualquiera de esas fieras corpulentas es capaz de destruir un gran número de hombres: los piojos bastaron para acabar con la dictadura de Sila590. El corazón y la vida de un emperador glorioso no son el desayuno de un gusanillo.

¿Por qué aseguramos que sólo el hombre dispone de conocimiento y de ciencia, que se sirve de uno y otro para discernir de las cosas que le son útiles o dañosas para la conservación de su salud o para la curación de sus enfermedades, y que sólo a la especie humana es dado conocer las virtudes del ruibarbo o del polipodio? Cuando vemos que las cabras de Candia, después de haber recibido alguna herida, eligen entre mil y mil hierbas el fresnillo para su curación; cuando la tortuga se come la víbora, busca al punto el orégano para purgarse; al dragón limpiarse y aclararse los ojos con el hinojo; a la cigüeña echarse lavativas con agua de la playa; a los elefantes, no sólo arrancarse las flechas de su propio cuerpo y extraerlas del de sus compañeros, sino también de sus amos, de lo cual da testimonio el del rey Poro, a quien venció Alejandro. Los dardos y venablos que recibieran en el combate se los quitan con destreza tal, que nosotros no acertaríamos a hacerlo con igual suavidad. ¿Por qué, pues, no decir igualmente que tales artes son hijas también de ciencia y discernimiento? Alegar, para deprimirlas, que obedecen sólo a maestría natural, no es despojarlas de aquellos dictados, es, por el contrario, dotar a los animales de mayor suma de razón que la que nosotros tenemos, puesto que, sin aprendizaje, disponen de tan singular destreza. El filósofo Crisipo, que no favorecía mucho las cualidades de inteligencia de los animales, menos que ningún otro filósofo, considerando los movimientos del perro que ha perdido a su amo o persigue cualquier presa, y se encuentra en una encrucijada a la cual concurren tres caminos diferentes, y al ver que el animal olfatea un camino y luego otro, y después de haberse asegurado de ambos sin encontrar las huellas que busca, se lanza por el tercero sin titubear, no puede menos de confesar que ese perro raciocina del modo siguiente: «He seguido la huella de mi amo hasta esta encrucijada, necesariamente ha debido partir después por uno de estos tres caminos, y como no pasó por éste ni por el otro, preciso es que haya tomado el de más allá.» Asegurándose el can, sigue diciendo el filósofo, en la conclusión a que su argumento le lleva, ya no se sirve de su olfato para examinar el tercer camino, ni para nada lo sondea, sino que se deja llevar por la fuerza de su razón.   —400→   Ese rasgo, puramente dialéctico, ese uso de proposiciones divididas y conjuntas, en que no se echa de menos la enumeración suficiente de las partes, ¿no vale tanto que el perro lo conozca por sí mismo como por la doctrina del sabio Trebizonda591?

Sin embargo, los animales tampoco son incapaces de recibir la instrucción humana; enseñamos a hablar a los mirlos, cuervos y loritos. Esta facilidad que en ellos reconocemos de suministrarnos su voz cadenciosa, testifica que esos pájaros están dotados de raciocinio, el cual les hace capaces de disciplina y voluntad para aprender a emitir sonidos articulados. A todos nos admira el ver la diversidad de monadas como los titiriteros enseñan a sus perros; las danzas en que no dejan de ejecutar ni una sola cadencia del son que escuchan, tantos movimientos y saltos como ejecutan a la voz que se les dirige. Todavía contemplo yo con admiración mayor los perros que sirven de guía a los ciegos, lo mismo en los campos que en las ciudades; ved cómo se detienen en determinadas puertas donde acostumbran a dar limosna a sus amos, cómo evitan el encuentro con toda suerte de vehículos al atravesar los sitios en que a primera vista parece haber lugar suficiente para pasar. Yo he visto a un perro que acompañaba a un ciego a lo largo de un foso, abandonar un sendero cómodo y tomar otro camino peor para apartar a su amo del peligro. ¿Cómo se había hecho comprender a aquel animal que su misión era solamente la de mirar por la seguridad de su amo, haciendo caso omiso de su comodidad por servirle? ¿Por qué medio había conocido que tal ruta, suficientemente espaciosa para él, no lo sería para un ciego? ¿Puede todo esto comprenderse sin raciocinio ni discernimiento?

No hay que olvidar tampoco el perro que Plutarco cuenta haber visto en Roma en el teatro de Marcelo, hallándose en compañía del emperador Vespasiano, el padre. Ese perro pertenecía a un titiritero, que era también actor, y el animal tomaba parte en las representaciones como su amo Entre otras cosas, era preciso que hiciera el muerto durante algunos minutos, a causa de haber comido cierta droga: después de tragado el pan con que se simulaba el veneno, comenzaba a tiritar y a temblar como si estuviera aturdido; finalmente, se dejaba caer redondo, como sin vida, y consentía que le arrastrasen de un lugar a otro, conforme el argumento de la obra lo exigía; luego, cuando echaba de ver que la oportunidad era llegada, empezaba primero a moverse, cual si despertara de un sueño profundo, y levantando la cabeza miraba a todos lados de un modo que dejaba pasmados a todos los asistentes.

  —401→  

Los bueyes que trabajaban en los jardines reales de Susa, hacían dar vueltas a enormes ruedas para elevar el agua; a esas ruedas estaban sujetos los alcahuciles (muchas máquinas semejantes se ven en el Languedoc). Habíaseles enseñado a dar cien vueltas cada día, y tan hechos estaban que no fueran más ni menos, que no había medio humano de hacerles dar una más. Cuando llegaban a la ciento se detenían instantáneamente. El hombre necesita encontrarse en la adolescencia para saber contar hasta ciento, y las naciones recientemente descubiertas no tienen idea alguna de la numeración.

Mayor fuerza de raciocinio supone dar instrucción a otro que recibiría; de suerte que, dejando a un lado lo que Demócrito asegura y prueba de que la mayor parte de las artes las hemos recibido de los animales, como por ejemplo: el tejer y el coser, de la araña; el edificar, de la golondrina; la música, del cisne y del ruiseñor, y de la imitación de otros animales aprendimos la medicina, Aristóteles afirma que los ruiseñores enseñan el canto a sus pequeñuelos, empleando para ello tiempo y desvelos, por donde se explica que los que nosotros enjaulamos pierden mucho en la gracia de su canto, porque no aprendieron con sus padres. De aquí podemos deducir que esos pajarillos realzan su habilidad con el estudio y la disciplina, y aun entre los que vuelan en libertad no hay dos cuyo canto sea idéntico: cada uno aprovechó la lección conforme a su capacidad. Por la rivalidad del aprendizaje entran en lucha los unos con los otros, con ímpetu y arrojo tales, que a veces el vencido fenece falto de aliento, del cual se priva antes que de la voz. Los más jovenzuelos rumian pensativos y se esfuerzan en imitar algún fragmento del canto; oye el discípulo la lección de su preceptor y la repite con el mayor esmero; los unos permanecen mudos mientras los otros cantan y todos atienden a la corrección de los defectos, y a veces sienten los resultados de las reprensiones del maestro. Arriano cuenta haber visto un elefante de cuyos muslos pendían dos címbalos y otro sujeto a la trompa; al son de los tres, sus compañeros danzaban en derredor del músico, agachándose o levantándose, según las cadencias que la orquesta marcaba, y cuya armonía era gratísima. En las diversiones públicas de Roma se veían ordinariamente elefantes adiestrados en el movimiento y la danza, que ejecutaban al son de la voz; veíaseles también bailar en parejas adoptando posturas caprichosas, muy, difíciles de aprender. Otros había que ensayaban su lección y que se ejercitaban solos para recordarla y no ser castigados por el maestro.

La historia de la urraca, de que nos habla y da fe Plutarco, merece también particular mención. Teníala un barbero, en Roma, en su establecimiento, y el animalito hacía   —402→   maravillas imitando cuantos sonidos oía. Ocurrió que, en una ocasión, se detuvieron frente a la tienda unos trompeteros que tocaron largo tiempo; después de haberlos oído, todo el día siguiente la urraca permaneció pensativa, muda y melancólica, de lo cual todo el mundo estaba maravillado, pensando que el sonido de las trompetas la habría aturdido, y que, con su oído, su canto hubiera quedado extinto; pero al fin descubrieron que, en realidad, la urraca estaba sumida en profundas meditaciones, abstraída en sí misma, ejercitando su espíritu y preparando su voz para imitar la música de aquellos instrumentos; así que lo primero que hizo después de su silencio, fue remedar perfectamente el toque de las trompetas con todos sus altos y bajos, y vencido ya el nuevo aprendizaje, desdeñó como insignificantes sus habilidades anteriores.

Tampoco quiero dejarme en el tintero el caso de un perro que Plutarco dice haber visto (y bien advierto que no procedo con mucho orden en mis ejemplos, pero téngase en cuenta que lo mismo hago en todo mi libro). Hallábase Plutarco en un navío y se fijó en un perro que hacía grandes esfuerzos por beber el aceite que estaba en el fondo de una vasija, donde no podía alcanzar con su lengua a causa de la angostura de la boca del cacharro; el can se procuró piedras que metió dentro de la vasija hasta que el líquido rebosó, y pudo con toda comodidad tenerlo a su alcance. ¿Qué acusan esas faenas, sino un entendimiento dotado de la mayor sutileza? Dícese que los cuervos de Berbería hacen lo propio cuando el agua que quieren beber está demasiado baja. Estos casos se asemejan a lo que refería de los elefantes un rey del país donde estos animales viven: cuando por la destreza de los cazadores uno de aquéllos cae en los profundos fosos que se les preparan, que se cubren luego de broza menuda para atraparlos, los demás llevan, con diligencia suma, gran cantidad de piedras y madera, a fin de que con tal argucia pueda escapar el prisionero. Pero los actos de estos animales se relacionan por tantos otros puntos con la habilidad humana, que si fuera a detallar menudamente cuanto de ellos la experiencia nos enseña, probaría fácilmente mi aserto, esto es, que existe mayor diferencia de tal a cual hombre, que la que se encuentra entre tal hombre y tal animal. Un individuo, a cuya guarda estaba encomendado un elefante en una casa de Siria, robaba en cada comida de su pupilo la mitad del pienso que tenía orden de darle; un día quiso el propio amo servir la comida al animal, y vertió en el pesebre la medida cabal que había prescrito para su alimentación; el elefante miró con malos ojos a su desconocido servidor y separó con su trompa y puso a un lado la mitad, declarando con ello el engaño de que venía siendo víctima. Otro que estaba a cargo de un individuo que ponía piedras en el   —403→   pesebre para aumentar la medida, aproximose al puchero donde hervía la carne para su cena y lo llenó de ceniza. Ambos sucedidos sólo son casos aislados, mas lo que todo el mundo ha visto y todo el mundo sabe, es que en los ejércitos que guerreaban en los países de Levante, una de las resistencias mayores la constituían los elefantes, de los cuales se obtenían resultados, sin ponderación mayores que los que se alcanzan hoy con la artillería, que, con escasa diferencia, hace sus veces en una batalla bien conducida (puedan juzgar de esto más fácilmente los que conocen la historia antigua):


       Siquidem Tyrio servire solebant
Annibali, et nostris ducibus, regique Molosso,
horum majores, ot dorso ferre cohortes,
partem aliquam belli, et euntem in praelia turrim.592



Necesario era que los romanos tuvieran cabal confianza en la habilidad de aquellos animales y en sus facultades reflexivas para dejar a su albedrío la vanguardia de un ejército, precisamente el lugar en que la menor parada que hubieran hecho, el más insignificante incidente que les hubiera obligado a volver la cabeza hacia sus gentes, habría bastado para desquiciarlo todo, a causa del enorme tamaño y del peso de sus cuerpos. Menos ejemplos se vieron de que los elefantes se lanzasen sobre las tropas a quienes habían de ayudar, que ocasiones hemos visto de pelear y matarse entre sí los soldados de un mismo bando. Encomendábaseles la ejecución, no sólo de movimientos sencillos, sino también de operaciones complicadas. Análogos servicios prestaban los perros a los españoles en la conquista de las Indias, y los pagaban sueldo y los daban participación en el botín. Estos animales mostraban tanta destreza y juicio en la persecución y vencimiento de sus enemigos y en el logro de la victoria, en avanzar o retroceder, según los casos, en distinguir los amigos de los enemigos, como de ardor y valentía.

El hombre admira y se fija más en las cosas peregrinas y singulares que en las ordinarias. Por esta razón me he detenido en enumerar tantas que son prodigiosas. A mi ver, quien examinara de cerca cuanto vemos entre los animales que viven entre nosotros, encontraría sucesos tan admirables como los que se nos dice que acontecieron en países y siglos remotos. Idéntica es la naturaleza, e inalterable es su curso: el que hubiera concienzudamente penetrado el estado actual de la misma, podría con seguridad conocer las leyes que se cumplieron en el pasado y seguirán en lo porvenir cumpliéndose. Yo he visto algunos hombres entre   —404→   nosotros, que vinieron por mar de lejanas tierras, y como no entendíamos nada de su lenguaje, y porque sus maneras, su continente, sus vestidos, no guardaban ninguna analogía con los nuestros, todos los considerábamos como brutos y salvajes; todos achacábamos a estupidez y animalidad el verlos mudos, ignorantes de la lengua francesa, ignorantes de nuestros besamanos y de nuestras reverencias rastreras, de nuestro porte y modales, en los cuales, según nuestro modo de ver, debe tomar su patrón la naturaleza humana. Cuanto se nos antoja extraño lo condenamos sin remisión, y hacemos lo mismo con todo lo que no entendemos, como sucede con las ideas que de los animales nos formamos. Tienen éstos muchas cualidades que se asemejan a las nuestras, que se relacionan con nuestro modo de ser, y sólo de ellas por comparación podemos formarnos una idea más o menos conjetural; mas de las que les son peculiares y características, ¿qué conocimiento tenemos? Los caballos, los perros, los bueyes, las ovejas, los pájaros y la mayor parte de los animales que viven con el hombre, reconocen nuestra voz y la obedecen; todavía hacía más la murena de Craso, que se acercaba a su mano cuando la llamaba, y lo propio hacen las anguilas de la fuente de Aretusa. Yo he visto muchos estanques en que los peces acuden para comer a la voz de los que los cuidan:


       Nomen habent, et ad magistri
vocem quisque sui venit citatus593:



de lo cual podemos deducir la admirable inteligencia de esos animales, como también puede con verosimilitud suponerse que los elefantes ejercen algunas prácticas religiosas, pues se les ve, después de lavarse y purificarse, levantar la trompa como si fueran sus brazos, fijar la mirada hacia el sol levante y permanecer durante largo tiempo en actitud meditativa y contempladora a determinadas horas del día; y ejecutan esta ceremonia por inclinación propia, sin enseñanza ni precepto. Mas aunque en los animales no viéramos ningún asomo de culto, no por ello nos es dable asentar que no tengan religión ni tampoco sacar consecuencias de lo que de ellos nos es desconocido. Algo podemos derivar de sus acciones cuando se asemejan a las nuestras, como la que advirtió el filósofo Cleanto, el cual refiere que vio salir un hormiguero de su nido conduciendo el cuerpo de una hormiga muerta a otro hormiguero, del cual varias le salieron al encuentro como para parlamentar con las primeras, y luego de haber permanecido juntas algunos minutos, volvieron a su casa los del segundo para dar cuenta de la entrevista a sus conciudadanas, e hicieron así dos o   —405→   tres viajes, sin duda por la dificultad de la capitulación, hasta que por fin las últimas trajeron a las primeras un gusano de su guarida en calidad de rescate por el muerto; las primeras cargaron con el gusano y lo llevaron a su casa, dejando a las otras el cuerpo de la difunta. Tal es la interpretación que dio Cleanto a ese espectáculo, testimoniando con ello que los animales que carecen de voz, no dejan, sin embargo, de mantener práctica y mutua comunicación; si nosotros no los comprendemos, nuestra es la torpeza y consiguientemente la de meternos neciamente a hablar de lo que no entendemos. De suerte que los animales ejecutan acciones que sobrepasan con mucho nuestra capacidad, a las cuales nos es imposible llegar por la imitación y que ni quiera por imaginación podemos concebir. Aseguran algunos que en aquel gran combate naval que Antonio perdió contra Augusto, la galera de éste fue detenida en medio de su camino por el pececillo que los latinos llaman remora a causa de la propiedad que tiene de detener los navíos a que se sujeta. El emperador Calígula, navegando con una gran flota por las costas de la Romanía, sufrió el mismo percance; sólo su galera fue detenida de pronto por aquel pececillo, al cual mandó coger, pegado como estaba en la base de su barco, malhumorado de que un animalillo tan insignificante pudiera hacer frente al mar, a los vientos y a la violencia de los remos con permanecer sólo sujeto por la boca a los navíos. Calígula se admiró, no sin razón, de que al verlo de cerca dentro del barco no tuviera ya la misma fuerza que cuando estaba en el agua. Un ciudadano de Cizique alcanzó en lo antiguo reputación de entendido meteorólogo o por haber observado las costumbres del erizo, el cual tiene su madriguera abierta por distintos lugares en la dirección de los diversos vientos; y como posee la facultad de prever el que reinará, tapa el agujero del mismo lado que ha de soplar; visto esto por aquel individuo, hizo saber a su ciudad el viento que reinaría. El camaleón toma el color del lugar en que permanece; el pulpo adopta el color que le place, según los casos, ya para guardarse del peligro que teme, ya para atrapar la presa que busca; la modificación en el primero significa cambio de pasión y en el segundo cambio de acción. El hombre experimenta algunas mutaciones impulsado por el horror, la cólera, la vergüenza y otras causas que alteran el aspecto de su fisonomía; todas las cuales son efectos del sufrimiento, como le ocurre al camaleón; si la ictericia nos pone amarillos, en esta amarillez no toma parte alguna nuestra voluntad. Esos actos que vemos realizar a los demás animales, y que prueban en ellos mayor habilidad y destreza de las que nosotros somos capaces, acreditan en ellos la existencia de alguna facultad superior que no conocemos, como tampoco muchas otras de sus cualidades   —406→   y fuerzas, de las cuales no alcanzamos rastro alguno.

De todos los medios de predicciones empleados en los tiempos pasados, las más antiguas y seguras eran las que se deducían del vuelo de las aves; nada tenemos nosotros tan admirable que a ello se asemeje. El concierto y el orden, en el movimiento de sus alas, por virtud del cual se alcanza la noción de las cosas venideras, menester es que sea encaminado por algún medio excelente a una tan elevada conclusión: atribuir resultado tan peregrino a natural instinto sin el concurso de la inteligencia ni del raciocinio, es tomar las cosas demasiado al pie de la letra sin detenerse a interpretarlas; es formarse una idea absolutamente falsa. Prueba concluyentemente mi aserto, entre otros animales, la torpilla, que no sólo posee la facultad de adormecer los miembros que se ponen en contacto con ella, sino que aun al través de los hilos y de la red transmite una adormecida pesadez a las manos de los que la mueven o manejan, y hasta dícese que vertiendo agua sobre ella siéntese llegar el adormecimiento hasta la mano, de abajo arriba, al través del agua. Tan maravillosa propiedad no es inútil al animal, quien la advierte y emplea para apoderarse de la presa que busca, ocultándose bajo el cieno a fin de que los otros peces, al deslizarse por encima, se adormezcan con la frialdad que les comunica y caigan en su poder. Las golondrinas, las grullas y otras aves viajeras, cambian de residencia según las estaciones del año, mostrando suficientemente con tal costumbre, que ejercen a voluntad, la facultad adivinadora que posee y de que se sirven aseguran los cazadores que para escoger entre varios perrillos el que deben reservarse como superior a los otros, basta con colocar a la madre en condiciones de poder elegirlo ella misma; separando los animalitos de la perrera, el primero que ella coja será siempre el mejor; o bien simulando poner fuego por todas partes al lecho de los perrillos, aquel que primero sea auxiliado aventajará a los demás. Infiérese de aquí que los animales son hábiles para adivinar y que nosotros carecemos de tal facultad, o bien que son dueños de alguna virtud singularísima para juzgar a sus pequeñuelos, diferente de la nuestra y mucho más penetrante.

La manera de nacer, engendrar, amamantar, obrar, vivir y morir de los animales es análoga a la humana; cuantas ventajas atribuimos a nuestra condición en menoscabo de la suya son gratuitas; la razón del hombre es incapaz de advertir esa superioridad. Para la conservación de nuestra salud, los médicos nos proponen como ejemplo el vivir a la manera de las bestias; la siguiente receta se oye en boca del pueblo constantemente: «Mantened calientes los pies y la cabeza; en todo lo demás vivid como los irracionales.»

  —407→  

El acto principal entre todos los naturales es la generación; el hombre y la mujer tienen para ella los órganos mejor dispuestos que los animales, a pesar de lo cual los médicos preceptúan que nos las arreglamos animalmente en este punto:


More ferarum,
quadrupedumque magis ritu, plerumque putantur
concipere uxores: quia sic loca sumere possunt,
pectoribus positis, sublatis semina lumbis594;



desechando como perjudiciales esos movimientos indiscretos e insolentes que las mujeres ponen en práctica, y encaminándolas a imitar el ejemplo y uso de los irracionales de su sexo, más tranquilo y moderado:


Nam mulier prohibet se concipere atque repugnat,
clunibus ipsa vini Venerem si laeta retractet,
atque exossato ciet omni pectora fluctus.
Eicit enim sulci recta regione viaque
vomerem, atque locis avertit seminis ictum.595



Si procediendo conforme a justicia debe otorgarse a cada uno lo que se le debe, diremos que los animales sirven, aman y defienden a sus bienhechores; persiguen ultrajan a los extraños y a los que les ofenden, por donde practican una justicia semejante a la nuestra, y vemos también que proceden con igualdad equitativa en el cuidado de sus pequeñuelos. Cuanto a la amistad, los animales la practican sin ningún género de duda más constante y más viva que los hombres. Hircano, el perro del rey Lisímaco, no quiso abandonar el lecho de su amo cuando éste murió, ni tampoco comer ni beber, y el día que quemaron el cuerpo se arrojó al fuego y se abrasó. Parecida acción ejecutó también el perro de un individuo llamado Pirro, que no quiso moverse del lecho de su dueño desde el instante en que murió, y cuando se llevaron el cadáver se dejó conducir con él, lanzándose también en la hoguera donde el cuerpo de su amo fue quemado. Nacen a veces en el hombre ciertas inclinaciones al afecto sin que la reflexión intervenga, las cuales derivan de una causa fortuita y algunos llaman simpatías; los animales son tan capaces como nosotros de tenerlas: vémoslos tomarse cariño recíproco, ya por el color del pelo o por el aspecto del semblante, y donde quiera que se encuentren unirse al punto con ademán contento y muestras de buena acogida, al par que rechazan la compañía de otros y a veces los odian. Como nosotros, los animales tienen sus preferencias en sus amores   —408→   y efectúan una selección entre las hembras; tampoco están exentos de nuestros celos y envidias irreconciliables y extremos.

Los apetitos son o naturales y necesarios, como el beber y el comer, o naturales e innecesarios como el comercio con las hembras, y también los hay que no son naturales ni necesarios; entre éstos figuran casi todos los de los hombres, como superfluos y artificiales. Es maravilla lo poco que ha menester la naturaleza para su contentamiento y cuán poco nos deja que desear. Los aprestos de nuestras cocinas son ajenos a los preceptos naturales; dicen los estoicos que el hombre podría sustentarse con una aceituna al día; la delicadeza de nuestros vinos tampoco incumbe a su regla, ni los atractivos que añadimos a los placeres del amor:


Neque illa
magno prognatum deposcit consule connum.596



Estos apetitos extraños que la ignorancia del bien y las ideas falsas han incrustado en nosotros son tan numerosos, que alejan por completo de nuestra vida los exclusivamente naturales, ni más ni menos que si en una ciudad hubiera tan gran número de extranjeros que bastaran a expulsar a los que nacieron en ella, o acabaran con la autoridad y poderío antiguos, usufructuándolos y haciéndose señores de ella. Los animales son mucho más ordenados que nosotros y saben contenerse con mayor moderación dentro de los límites que la naturaleza nos ha prescrito; pero no con tanta escrupulosidad que deje de quedarles alguna analogía con nuestra vida licenciosa, y así como se vieron deseos furiosos que empujaron a los hombres al amor de las bestias, hubo también animales a quienes ganó el amor humano, y que experimentaron afecciones monstruosas de una especie a otra. El elefante rival de Aristófanes, el gramático, se enamoró de una joven vendedora de flores en la ciudad de Alejandría, a quien aquél amaba, y desempeñaba su papel como el más apasionado de los galanes: paseábase por el mercado de frutas, cogía algunas con su trompa y se las llevaba a su amada; procuraba no perderla de vista e introducía su trompa en su seno por ajo del corpiño y le tentaba los pechos. Hablan también algunos de un dragón enamorado de una joven, y de una oca enamorada de un niño en la ciudad de Asopa, de un carnero que idolatraba a la artista Glaucia. Todos días vemos monos furiosamente prendados de amor por las mujeres. Vense igualmente ciertos animales que se dan al amor siendo ambos del mismo sexo. Opiano y otros autores refieren algunos ejemplos en testimonio del respeto que   —409→   las bestias en sus matrimonios profesan a la parentela; mas en este punto la experiencia nos muestra lo contrario con frecuencia sobrada:


Nec habetur turpe juvencae
ferre patrem tergo; fit equo sua alia conjux;
quasque creavit, mit pequdes caper; ipsaque cujus
semine concepta est, ex illo concipit ales.597



¿Puede encontrarse un caso más peregrino de maliciosa sutilidad que el de la mula del filósofo Thales? Iba la caballería cargada de sal y tuvo que atravesar un río, y habiendo tropezado, los sacos se mojaron de tal modo que la sal se deshizo y la carga se aligeró; advertida esta circunstancia por la mula, se metía en los arroyos que encontraba al paso cuando llevaba el mismo cargamento, hasta que su amo, echando de ver su astucia, la cargó de lana; entonces no produciéndola el baño el efecto apetecido dejó ya de meterse en el agua. Algunos animales representan al desnudo el aspecto de nuestra avaricia, pues se les ve con ansia extrema apoderarse de cuanto pueden y esconderlo cuidadosamente aunque ningún empleo hayan de hacer de ello. En punto a los quehaceres domésticos nos sobrepasan con ventaja, no sólo por la previsión que ponen en amontonar y guardar para el porvenir, sino que poseen para ello los conocimientos necesarios: las hormigas crean sus granos y semillas a fin de que se mantengan frescos y secos cuando notan que principian a enmohecerse y a volverse rancias, evitando así que se corrompan y se pudran. La previsión y precaución que emplean para morder los granos de trigo sobrepasa a cuanto pueda imaginar la prudencia humana: como el trigo no permanece siempre seco ni bien conservado, sino que se ablanda y deshace convirtiéndose en una pasta lechosa cuando la germinación se produce, pierde entonces para las hormigas sus propiedades nutritivas; por eso muerden el extremo del grano por donde la germinación empieza.

Por lo que respecta a la guerra, que es la más aparatosa de todas las acciones humanas, quisiera yo saber si con nuestra preponderancia en ella aspiramos a ganar alguna prerrogativa, o, si por el contrario, pretendemos testimoniar nuestra debilidad e imperfección, pues que la ciencia que tiene por misión el destruirnos y acabarnos, arruinar aniquilar nuestra propia especie, no tiene por qué ser deseada de los animales, quienes la desconocen598:

  —410→  

Quando leoni
fortior eripuit vitam leo?, quo nemore unquam
exspiravit aper majoris dentibus apri?599



Sin embargo, las luchas no les son completamente ajenas, como lo prueban las furiosas acometidas de las abejas y las empresas de los príncipes de los dos ejércitos enemigos:


Saepe duobus
regibus incessit magno discordia motu;
continuoque animos vulgi et trepidantia bello
corda licet longe praesciscere.600



Jamás leo esta divina descripción sin ver en ella estereotipada la absurda vanidad del hombre, pues esos movimientos guerreros que nos embargan a causa de su horror y espanto; esa tempestad de gritos y alaridos;


Fulgur ibi ad caelum se tollit, totaque circum,
aere renidescit tellus, subterque virum vi
excitur pedibus sonitus, clamoreque montes
icti rejectant voces ad sidera mundi601;



ese espantoso concierto de tantos millares de gentes armadas de tanto furor, tanto ardor, tanto valor reunidos, son casi siempre movidos o detenidos por causas vanas e insignificantes:


       Paridis propter narratum amorem
Graecia Barbariae diro collisa duello602:



toda el Asia se perdió y consumió en guerra a causa de la mujeriega chismografía de París: la voluntad de un solo hombre, el despecho, el placer, los celos domésticos, razones, en fin, que ni siquiera debieran impulsar a arañarse a dos vendedoras de sardinas, son la causa primordial de alteraciones enormes y trastornos colosales. Los mismos promovedores y actores de las guerras nos lo declaran; oigamos al emperador más grande, al más poderoso, al más victorioso que jamás haya existido, y veremos cómo se burla y toma a risa, ingeniosísima y graciosamente, muchos combates de mar y tierra en los que expusieron o perdieron la vida quinientos mil hombres que siguieron la fortuna del emperador y agotaron la riqueza de dos mundos por coadyuvar a sus empresas:

  —411→  

Quod futuit Glaphyran Antonius, hanc mihi poenam
    Fulvia constituit, se quoque uti futuam.
Fulviam ego ni futuam!, quid, si me Manius oret
    paedicem, faciam?, non puto, si sapiam.
Aut futue, aut pugnemus, ait. Quid, si mihi vita
    carior est ipsa mentula?, signa canant.603



(Empleo mi latín con harta libertad, aprovechando el consentimiento, que me habéis otorgado)604; de suerte que ese monstruo de aspectos y movimientos tan vistosos, que parece amenazar el cielo y la tierra:


Quam multi libyco voluntur marmore fluctus,
saevus ubi Orion hibernis conditur undis,
vel quam solo novo densae torrentur aristae,
aut Hermi campo, aut Lyciae flaventibus arvis;
scuta sonant, pulsuque pedum tremite excita tellus605;



esa hidra de tantos brazos y cabezas no es, en conclusión, sino el hombre siempre débil, calamitoso y miserable: un hormiguero revolucionado,


It nigrum campis agmen606:



un soplo de viento contrario, el cruce de una banda de cuervos, el tropiezo de un caballo, el paso casual de un águila, una soñación cualquiera, una voz, una señal, la bruma de la mañana, bastan para dar con él por tierra. Lanzadle un rayo de sol a los ojos, y al punto le veréis aturdido; arrojadle un puñado de polvo a la vista, como a las abejas de que habla el poeta, y al instante todas nuestras banderas, todas nuestras legiones perderán la brújula, sin exceptuar siquiera la del gran Pompeyo, pues si la memoria me es fiel, Sertorio le venció en España, ayudado de tan débiles armas, que también emplearon Eumeno contra Antígono y Surena contra Craso:


Hi motus animorum, atque haec certamina tanta,
pulveris exigui jactu compressa quiescent.607



Láncese contra él una turba de abejas y estos animalillos acabarán con su fuerza y con su arrojo. Sitiando poco ha   —412→   los portugueses la ciudad de Tamly, en el territorio de Xiatime, los moradores de aquélla condujeron a la muralla gran número de colmenas, que en el país abundan, y por medio de fuego las arrojaron tan diestramente contra sus enemigos, que éstos se vieron obligados a abandonar su empresa, no pudiendo soportar los asaltos y picaduras. Con tan ingenioso medio defendieron su ciudad y ganaron la libertad, y la buena fortuna hizo que concluido el combate no faltara ni una sola abeja en su panal. Las almas de los emperadores y las de los zapateros de viejo provienen del mismo molde; al considerar la trascendencia de las acciones de los príncipes, el peso e influjo de las mismas, pensamos acaso que son el resultado de alguna fuerza igualmente trascendental, pero nos equivocamos de medio a medio; los monarcas son guiados en sus actos por idénticos resortes que nosotros en los nuestros; la misma razón que nos indispone con el vecino ocasiona entre dos príncipes una guerra; si el motivo que nos impulsa a castigar a un lacayo lo experimenta un soberano, arruina al punto una provincia; su voluntad es tan ligera como la nuestra, pero su poderío mayor. Análogos son los apetitos que mueven a un insecto microscópico, que los que agitan a un elefante.

En punto a fidelidad todos los animales aventajan al hombre. Ninguno hay que le supere en malas artes. Nuestros cronistas hablan del encarnizamiento con que algunos perros vengaron la muerte de sus amos. El rey Pirro encontró un perro que custodiaba el cadáver de un hombre, y habiéndole dicho que el animal llevaba tres días sin moverse de aquel lugar, mandó que dieran sepultura al muerto y se llevó el perro consigo. Un día que el monarca asistía a las maniobras de su ejército, el animal vio a los matadores de su amo, corrió tras ellos en medio de grandes ladridos, lleno de rabia, y por este primer indicio preparó la venganza de la muerte, que la justicia se encargó de castigar. Otro tanto hizo el perro del poeta Hesíodo, denunciando a los hijos de Ganystor de la muerte que habían cometido en la persona de su amo. Otro perro que guardaba un templo de Atenas vio a un sacrílego ladrón que se llevaba las joyas más valiosas; ladró al malhechor, pero como los guardianes no se despertaron siguió tras él, y cuando amaneció se apartó un poco sin dejar de perderle de vista ni un momento: cuando el ladrón le daba de comer nada quería recibir de su mano, pero a los demás que encontraba en su camino los acariciaba moviendo la cola y aceptaba cuanto le ofrecían; si el ladrón se detenía para dormir, el perro se paraba en el lugar mismo; y por fin, como los guardianes tuvieran noticia del animal, se informaron de sus señas, siguieron sus huellas, y dieron con él en la ciudad de Cromyón y con el ladrón también, a quien   —413→   condujeron a la ciudad de Atenas, donde fue castigado. En reconocimiento de los buenos oficios del can, los jueces ordenaron que fuese en adelante mantenido a expensas del erario, y que los sacerdotes cuidaran de él. Plutarco refiere este hecho como verídico y dice que ocurrió en su siglo.

Cuanto a la gratitud bastará citar el caso que refiere Apión608, como testigo ocular. Un día que se celebraba en Roma para divertimiento del pueblo un combate de fieras, principalmente de leones de gran altura, se vio uno entre los demás que por su furiosa actitud, fuerza y grosor de sus miembros y rugido soberbio y espantoso, atraía la atención general. Entre los esclavos que comparecieron ante el pueblo en esta lucha de fieras hubo uno de Dacia, llamado Androclo, que pertenecía a un cónsul romano. Tan luego como el león lo vio, se detuvo de pronto, cual si hubiera sido ganado por una sorpresa repentina, y luego se le acercó muy despacio, blanda y apaciblemente, como para reconocerle con mayor seguridad; luego que se hubo bien asegurado de quién era, empezó a mover la cola, como hacen los perros que acarician a sus amos, y a besar y lamer las manos y los muslos del pobre esclavo, transido de espanto y loco o miedo. Androclo recobró la calma por la benignidad del león, y la tranquilidad por haberle reconocido; entonces se acariciaron e hicieron fiestas de tal suerte que era el verlos un contento singular. El pueblo daba gritos de alegría; el emperador mandó llamar al esclavo para que le explicase la causa de un acontecimiento tan portentoso, y entonces Androclo relató la admirable historia siguiente:

«Cuando mi amo era procónsul en África me vi obligado a abandonarle por la crueldad y malos tratos que conmigo empleaba; todos los días daba orden de que me azotaran, así es que me vi precisado a escapar de la presencia de un personaje que tanta autoridad tenía en la provincia, y el medio más fácil que encontré a mano fue trasladarme a las soledades y parajes arenosos e inhabitables de aquel país, resuelto, si los medios de subsistir me faltaban, a darme la muerte. Como el sol es abrasador a la hora del medio día y el calor insufrible, encontré una caverna oculta e inaccesible e hice de ella mi guarida; no tardé mucho en recibir la visita de un león con una garra ensangrentada y herida, que se quejaba y gemía de los dolores que sufría. Cuando le vi entrar tuve mucho miedo, pero el animal viéndome oculto y atemorizado en un rincón de su vivienda, se me acercó con dulzura extrema, presentándome su garra herida y mostrándomela cual si me pidiera que se la curase; entonces le extraje una gruesa astilla que tenía incrustada, y como me hubiera familiarizado con él un poco, le oprimí la   —414→   herida, la lavé y la sequé del modo que mejor me fue dable. El león, sintiéndose mejor de su mal y aliviado del dolor, se durmió con la pata entre mis manos. De entonces en adelante vivimos juntos en la caverna por espacio de tres años, alimentándonos con la misma carne, pues de los animales que mataba en sus cacerías me dejaba los mejores pedazos, que yo guisaba con el calor del sol, a falta de lumbre, y que me servían de sustento. Como andando el tiempo me cansara de una vida tan animal y salvaje, un día que como todos los demás habla salido a sus cacerías, me alejé de la caverna, y cuando habían trascurrido tres, fui sorprendido por los soldados, que me condujeron del África a esta ciudad y me pusieron en manos de mi señor, quien me condenó a perecer entre las garras de las fieras. En conclusión; a lo que yo veo, el león fue cazado poco tiempo después y hoy ha querido recompensarme de la cura que le hice y de los auxilios que le presté.»

Tal fue el sucedido que Androclo refirió al emperador y luego al pueblo, siendo puesto en libertad a petición de todos y absuelto de su condena: por voluntad general se le hizo presente del león. Viose luego, dice Apión, al esclavo conduciendo su león con una cuerda pequeña, como se lleva a un perrillo, paseándole por las tabernas de Roma, en las que le daban dinero; el león se dejaba cubrir con las flores que le arrojaban, y todos exclamaban al verlos: «¡He aquí el león huésped del hombre; he aquí el hombre que curó al león!»

Lloramos frecuentemente la pérdida de los animales a quienes profesábamos cariño; otro tanto hacen ellos cuando nosotros fallecemos:


Post, bellator equus, positis insignibus, Aethon
il lacrymans, guttisque humectat grandibus ora.609



Hay pueblos en que las mujeres pertenecen a varios hombres, y otros en que cada individuo tiene la suya; lo propio se ve en los animales y la fidelidad marital mejor guardada que en el género humano. En punto a la confederación y unión610que mantienen entre sí para socorrerse y auxiliarse, vense bueyes, cerdos y otras especies que al grito del ofendido toda la cuadrilla acude en su ayuda y se une para defenderle; cuando el escarro traga el anzuelo del pescador, sus compañeros se reúnen en gran número alrededor de él, y roen y parten la caña; si ocurre que alguno cae en la red, los otros le presentan la cola por fuera, el prisionero   —415→   la estrecha cuanto puede y así le arrastran hacia fuera a dentelladas hasta que consiguen librarle. Los barbos, cuando uno de sus compañeros es atrapado, se colocan los demás la caña contra el espinazo, y sacan un pincho armado de dientes como una sierra, con la ayuda del cual la cortan. Cuanto a los particulares servicios que nos prestamos en la vida, lo propio puede verse entre los animales en muchas especies. Cuentan que la ballena nunca va sola, sino que la precede un pececillo semejante al gobio de mar, que por eso se llama guía; la ballena le sigue dejándose guiar en línea recta o en redondo, con la misma facilidad que el timón hace girar al navío. En recompensa de tal servicio, el cetáceo no hace daño alguno al pececillo, que duerme en su boca con seguridad completa; sabido es que todo cuanto entra en las fauces de este monstruo, lo mismo un animal que un buque, es al punto deglutido. Mientras el animalillo permanece dormido la ballena no se mueve, y tan pronto como sale al agua, el cetáceo le sigue sin detenerse; si acontece que le pierde de vista, el animal va errando por todas partes y a veces choca contra las rocas como un barco sin timón, Plutarco da testimonio de haber visto esto en la isla de Anticyre. Parecida unión existe entre el pajarillo llamado reyezuelo y el cocodrilo; el primero sirve al segundo de centinela, y cuando su enemigo el icneumón se acerca para combatirle, el pajarillo, temiendo que le sorprenda dormido, le despierta con su canto y con el pico para advertirle del peligro; vive de los restos de las comidas del cocodrilo, que le da asilo familiarmente en su boca, y le permite picotear en sus mandíbulas y en sus dientes para que recoja los pedacitos de carne que le quedaron; cuando el cocodrilo quiere cerrar la boca, el pajarillo lo advierte, que la va cerrando poco a poco para no causarle daño. La concha que llaman nácar vive de modo análogo con el pinotero, que es un animalillo semejante a él y le sirve como de hujier y portero, colocado en la abertura de las valvas, que mantiene siempre entreabiertas hasta que ve entrar algún pececillo propio a su nutrición; entonces él se interna, va picando la carne viva y la obliga a cerrar las valvas; luego los dos juntos comen la presa así encerrada. En la manera de vivir de los atunes se advierte una ciencia singular de las tres partes de la matemática, y en punto a astrología estos animales la enseñan al hombre, pues se detienen en el lugar en que el solsticio de invierno los sorprende, y no se mueven hasta que llega el equinoccio siguiente; por esta razón Aristóteles mismo los supone competentes en astronomía. En cuanto a la geometría y aritmética, estos animales construyen siempre sus cuadrillas en forma cúbica, cuadrada por todas partes, de suerte que forman un cuerpo de batallón sólido, cerrado alrededor, con   —416→   seis caras iguales; nadan luego en esta disposición cuadrada, tan ancha atrás como delante, de suerte que quien ve una y cuenta un rango puede fácilmente contar los demás, porque la profundidad es igual a la anchura y ésta a la longitud.

En punto a magnanimidad es difícil probarla mejor que citando el ejemplo de un perro enorme que fue enviado de las Indias al emperador Alejandro; presentáronle primeramente un ciervo para que luchara con él, luego un jabalí, después un oso, y no hizo ningún caso de ellos, ni siquiera se dignó moverse del lugar en que se encontraba; pero apenas hubo visto un león se levantó al punto, dando con ello a entender claramente que sólo al último consideraba digno de sostener la lucha. En lo tocante al arrepentimiento y reconocimiento de las faltas cometidas, refiérese que un elefante, habiendo dado muerte al que le cuidaba, empujado por la cólera, sintiose acometido de una tristeza tan intensa que se resistió a comer, dejándose morir de hambre. En punto a la clemencia refiérese de un tigre, el más inhumano de todos los animales, a quien dieron un cabrito para que lo devorase, que pasó dos días sin comer antes de decidirse a tocarlo, y al tercero rompió la jaula en que estaba encerrado para buscar otras provisiones por no querer devorar el animal que le presentaban, que era su amigo y huésped. Y por lo que se refiere a la amistad que se engendra por el trato entre los animales, ordinariamente nos acontece ver reunidos gatos, perros y liebres.

Pero lo que la experiencia enseña a los que viajan por mar, -principalmente por el mar de Sicilia-, sobre la condición de los alciones sobrepasa cuanto el humano entendimiento pueda idear; ¿de qué otra especie animal honró jamás la naturaleza los partos, el nacimiento y la manera de criarse? Cuentan los poetas que una sola isla, la de Delos, que flotaba sobre las aguas, se afirmó para coadyuvar a la procreación de Latona; pero el Criador de todas las cosas hizo que el mar todo se detuviera, afirmara y aplanara, sin olas, vientos ni lluvias, mientras el alción engendra a sus pequeñuelos, precisamente cerca del solsticio, el día más corto del año; y por virtud de tan privilegiado animal tenemos siete días y siete noches en lo más crudo del invierno en que nos es dable navegar sin peligro alguno. Las hembras no reciben otro macho que el suyo propio, y le asisten toda la vida sin abandonarle jamás; y si cae enfermo o se inutiliza, cargan con él, le llevan por todas partes y lo auxilian hasta la hora de la muerte. Mas nadie ha podido conocer todavía la naturaleza de la maravillosa construcción con que el alción fabrica el nido de sus pequeñuelos ni adivinar los materiales de que se compone. Plutarco611, que   —417→   vio y tocó algunos nidos, cree que es con las espinas de algún pez como el alción une, liga y entrelaza, colocando unas a lo largo, las otras de través, proveyéndolo de curvas y redondeces, de tal suerte que forma un barco redondo presto a navegar. Tan luego como la construcción termina, el alción lo somete a la prueba de las olas, en el punt donde el mar, sacudiéndolo sin violencia, le hace ver las partes que no fueron sólidamente ligadas, y fortifica la en que advierte que su estructura flojea se deshace por el choque de las ondas. Por el contrario, los puntos que están bien unidos se fortifican y constriñen merced al sacudimiento del agua, de tal suerte que no pueden romperse ni deshacerse o deteriorarse a pedradas ni con el hierro, si no es con mucho trabajo. Más digna de admirarse todavía es la disposición y figura de la concavidad, pues está formada y dispuesta de manera que no puede recibir ni contener otra cosa que el ave que la edificó; a todo lo demás es impenetrable, cerrado y firme, de tal modo que nada puede meterse dentro, ni siquiera el agua del mar. He aquí una descripción clara, sacada de una obra que merece crédito, pero que no acaba de hacernos ver claramente las dificultades de tal arquitectura, así que podemos concluir que es inexplicable el sentimiento vano que nos hace considerar como inferior o interpretar desdeñosamente lo que no somos capaces de imitar ni de comprender.

Para llevar todavía un poco más lejos la correspondencia y semejanza que existe entre nuestras acciones y las de los animales, diré que como el hombre, poseen el privilegio, de que nuestra alma se glorifica, de acomodar a su condición cuanto concibe, despojando de cualidades mortales y corpóreas cuanto a ella llega; el de ordenar las cosas que estima dignas de unirse al espíritu, desligándolas de sus cualidades corruptibles y dejarlas aparte como cosa superflua y material, tales como espesor, longitud, profundidad, peso, color, olor, dureza, suavidad, blandura y todos los accidentes sensibles, para acomodarlos a su condición espiritual e inmortal. Así, por ejemplo, las ciudades de Roma y París, que mi alma se representa tales cuales son, puede concebirlas sin magnitud ni lugar, sin piedras, yeso ni madera: de idéntica facultad parece que los animales gozan, pues un caballo acostumbrado al sonido de las trompetas, a oír el disparo de los arcabuces y el cheque de las armas en los combates, a quien vemos agitarse y temblar estando dormido, extendido sobre su lecho, cual si estuviera en medio de la pelea, es seguro que concibe un sonido de tambor sin oírlo y un ejército sin que vea armas ni soldados:

  —418→  

Quippe videbis equos fortes, quum membra jacebun
in somnis, sudare tamen, spirareque saepe,
et quasi de palma summas contendere vires612:



la liebre, que un galgo imagina en sueños, tras la cual la vemos jadeante, levantar la cola, sacudirlas patas y representar a maravilla los movimientos de la carrera, es una liebre inmaterial, sin huesos y sin piel:


Venantumquenes canes in molli saepe quiete
jactant crura tamen subito, vocesque repente
mittunt, el cerebras reducunt naribus auras,
ut vestigia si teneant inventa ferarum:
expergefactique sequuntur inania saepe
cervorum simulacra, fugae quasi dedita cernant;
donec discussis redeant erroribus ad se613:



los perros guardianes que vemos gruñir cuando sueñan, y después ladrar y despertarse sobresaltados, como si advirtieran la llegada de algún extraño; este desconocido, que su alma divisa, es un hombre espiritual de imperceptible, sin dimensiones, color ni ser:


    Consueta domi catulorum blanda propago
degere, saepe levem ex oculis volucremque soporem
discutere, et corpus de terra corripere instant,
proinde quasi ignotas facies atque ora tuantur.614



Por lo que a la belleza corporal respecta, antes de considerarla, sería preciso saber si estamos de acuerdo en cuál es su naturaleza. Probable es que no sepamos en qué consista la belleza, así la de la naturaleza como en general, puesto que a la del hombre y a la de cada uno en particular damos tan gran diversidad de formas. Si algún precepto nos inclinara a ella, todos la reconoceríamos como reconocemos lo tangible y lo palpable; el calor del fuego, por ejemplo. Cada cual la acomoda a su inclinación


Turpis Romano Belgicus ore color615:



para los indios es atezada y negra, con los labios gruesos e hinchados y la nariz achatada; cuelgan éstos gruesos anillos de oro en el cartílago para que caiga sobre la boca, e igualmente acostumbran a llevar gruesos círculos incrustados de piedras finas pendientes del labio inferior para que se acerque   —419→   a la barba; la gracia más exquisita entre esos pueblos consiste en mostrar desmesuradamente la dentadura. En el Perú las orejas de mayor tamaño son las más bellas, y valiéndose de procedimientos diversos alárganlas cuanto pueden; una persona viva y sana cuenta que vio en una nación oriental el cuidado de agrandar las orejas tan acreditado, lo mismo que el cargarlas de pesadas joyas, que podía con toda facilidad meter el brazo con manga y todo por el agujero de una oreja. Otras naciones ennegrecen los dientes con superior esmero y desdeñan el verlos blancos; en otras los tiñen de color rojo. No es solamente los países vascos donde las mujeres se creen más hermosas rapándose el pelo de la cabeza; lo propio ocurre en otras partes, y, lo que es más peregrino, en ciertas regiones polares, según Plinio atestigua. Los mejicanos incluyen entre las cualidades estéticas la pequeñez de la frente, y así como se cortan el pelo de las otras partes de cuerpo hacen que en la frente crezca aplicando remedios para ello; el tamaño de los pechos debe ser desmesurado y las mujeres se esfuerzan por poder ofrecérselo a sus hijos para encima del hombro. Tal cosa para nosotros sería horrible. Para los italianos la belleza corporal ha de ser gorda y maciza, para los españoles delgada y esbelta; éstos la prefieren blanda y delicada, aquéllos fuerte y vigorosa; quién exige melindres y dulzuras, quién majestad y fiereza. Así como Platón encuentra la belleza en la forma esférica, los partidarios de Epicuro la ven en la piramidal más bien, o en la cuadrada, y no pueden transigir con un dios en forma de bola. Mas de todas suertes, en esto, como en todo lo demás, tampoco la naturaleza nos concedió ningún privilegio, sobre los otros seres; y si nos consideramos bien hallaremos que si hay algunos animales menos favorecidos que el hombre en punto a belleza, hay otros y en gran número que nos aventajan, a multis animalibus decore vincimur616, hasta entre los que como nosotros se muevan en la tierra; pues por lo que toca a los marinos, dejando a un lado la figura, que no puede compararse por lo distinta con la nuestra, tanto se aparta en color, limpieza, pulidez, disposición, en lo demás nos ganan, como asimismo nos son muy superiores todas las aves. La prerrogativa que los poetas encuentran en el hombre por su recta estatura, que mira al cielo, ¿de dónde procede?


Pronaque quum spectent animalia cetera terram,
os homini sublime dedit, caelumque fueri
jussit, et erectos ad sidera tollere vultus617;



  —420→  

no puede menos de convenirse en que es más poética que verdadera, pues hay muchos animales cuya mirada se dirige exclusivamente al firmamento, y la derechura de los camellos y de los avestruces, creo que es más gallarda que la nuestra. ¿Qué clase de animales es la que no tiene la faz elevada ni mira frente a frente como nosotros, ni descubre en su posición natural así el cielo como la tierra, como le ocurre al hombre? ¿Ni qué cualidades corporales de las que nosotros tenemos y que Platón y Cicerón describen no pueden aplicarse a mil categorías de irracionales? Los que más se nos acercan son precisamente los más feos y repugnantes de toda la escala, pues así por la apariencia exterior como por el aspecto del semblante, son los monos:


Simia quam similis, turpissima bestia, nobis!618



interiormente y cuanto a los órganos vitales, es el cerdo. Cuando yo considero al hombre enteramente desnudo, sobre todo al sexo que parece estar adornado de cualidades más bellas, y reparo en sus tachas e imperfecciones, me convenzo de que más que ningún otro animal, hemos obrado prudentemente al cubrir nuestras fealdades. Debe perdonársenos el que nos hayamos cubierto con los despojos de aquellos a quienes la naturaleza favoreció más que al hombre, para adornarnos con su belleza, y esconderlos bajo la lana, la pluma, el pelo o la seda. Observemos, además, que el hombre es el único animal cuyos defectos ofendan a sus semejantes y el único también que se guarda de los demás cuando practica sus actos naturales. Es también una circunstancia digna de tenerse en cuenta el que los entendidos en la materia aconsejen como un remedio eficaz en las pasiones del amor la vista al descubierto del cuerpo de la amada, y que para verter el jarro de agua fría sobre el amor baste con ver al descubierto la persona amada


Ille, quod obscaenas in aperto corpore partes
    viderat, in cursu qui fuit, haesit amor619:



y aunque tal remedio pueda proceder a veces de una condición algo delicada y fría, es una cosa que prueba nuestra debilidad el que por medio de la frecuentación y el trato que lleguemos a hastiarnos los unos de los otros. No es tanto pudor, como artificio y medida prudente, lo que hace que nuestras damas sean tan circunspectas en rechazarnos la entrada en sus tocadores antes de que se hayan pintado y acicalado para mostrarse en público:

  —421→  

Nec Veneres nostras hoc fallit; quo magis ipsae
omnia summopere hos vitae postscenia celant,
quos retinere volunt, adstrictoque esse in amore.620



Nada hay en muchos animales de que no gustemos y que no plazca a nuestros sentidos; de tal suerte, que hasta de sus mismos excrementos y secreciones obtenemos no sólo manjares exquisitos, sino nuestros más ricos perfumes y nuestros ornamentos más preciados. Claro está que todo lo dicho no va sino con el común de los hombres y mujeres: sería un verdadero sacrilegio incluir a esas divinas criaturas, sobrenaturales y extraordinarias bellezas, que a veces resplandecen entre nosotros como astros, bajo una envoltura corporal y terrestre.

Por lo demás, la parte que en los animales reconocemos de los beneficios que la naturaleza les otorgó, les es más ventajosa que la nuestra: atribuímonos bienes imaginarios sobrenaturales, bienes futuros y lejanos, de los cuales la humana capacidad no puede darse cuenta, o beneficios que nos aplicamos falsamente, merced a la licencia de nuestro juicio, como la razón, la ciencia, el honor; a los otros seres dejamos en cambio los que sólo son materiales y palpables: la paz, el reposo, la seguridad, la inocencia y la salud, que es el más hermoso y rico presente que de la naturaleza podemos recibir; de tal suerte, que hasta la filosofía estoica declara que si Heráclito y Ferecides hubieran podido cambiar su sabiduría por la salud, y librarse con tal trueque el uno de la hidropesía y el otro de la enfermedad cutánea que la atormentaba, lo hubieran hecho de buen grado. Por donde conceden todavía mayor valor a la sabiduría, comparándola y contrapesándola con la salud, que en esta otra proposición perteneciente también a la secta estoica: si Circe hubiera presentado a Ulises dos brebajes diferentes, uno para convertir un loco en cuerdo y el otro para trocar el cuerdo en loco, Ulises hubiera aceptado el de la locura, mejor que consentido en que Circe cambiara su forma humana en la de un animal, y añaden que la propia sabiduría le hubiera hablado de esta manera: «Abandóname, déjame como estoy antes que acomodarme bajo la figura y cuerpo de un asno.» ¿Cómo? ¿esa portentosa y divina sapiencia la dejan los filósofos por esta forma corporal y terrestre? No son pues la razón, la reflexión ni el alma lo que nos hace superiores a los animales; es si nuestra belleza, nuestra hermosa tez y nuestra bella disposición orgánica, por la cual nos precisa echar a un lado nuestra inteligencia, nuestra prudencia y todas las demás cualidades. Yo acepto de buen grado esa confesión ingenua y franca; en verdad conocieron   —422→   que aquellas prendas de que tanto nos gloriamos, no son mas que fantasía vana. Aun cuando los animales tuvieran en su mano la virtud toda, la ciencia, la sabiduría y la firmeza de alma de los estoicos, no dejarían por eso de ser animales y no podrían por lo mismo ponerse en parangón con un hombre miserable, insensato y malo. En fin de cuentas, lo que a nosotros no se asemeja nada vale; Dios mismo, para alcanzar valer, es preciso que se nos asemeje, como más adelante veremos; de todo lo cual se deduce que no es por razones sólidas, sino por testarudez vana y loca por lo que nos tenemos por superiores a los otros seres y nos alejamos de su sociedad y condición.

Pero volviendo a mi propósito diré que, por nuestra parte, somos víctimas de la inconstancia, irresolución, incertidumbre, duelo, superstición, ansia por las cosas venideras, a veces aun después de nuestra vida; de la ambición, avaricia, los celos, la envidia, los apetitos desordenados, furiosos e indomables; de la guerra, mentira, deslealtad, detractación y curiosidad. En verdad hemos pagado cara la tan decantada razón de que nos gloriamos y la capacidad de juzgar y conocer, si la hemos alcanzado a cambio infinito número de pasiones de que incesantemente somos presa, dado caso que no queramos también ensalzarnos, como hace Sócrates, de la noble prerrogativa sobre los demás animales a quiénes la naturaleza prescribió cierto límite y época en el placer venéreo, mientras que al hombre le dejó amplio campo a todas horas y en todas ocasiones.

Ut vinum aegrotis, quia prodest raro, nocet saepissime melius est non adhibere omnino, quam, spe dubiae salutis: in opertam pernicien incurrere; sic haud scio, an melius fuerit, humano generi motum istum celerem cogitationis, acumen, solertiam, quam rationem vocamus, quoniam pestifera sint multis, admodum paucis salutaria, non dari omnino, quam tam munifice et tam large dari621.

¿Qué provecho fue el que alcanzaron Varrón y Aristóteles por el entendimiento peregrino que les adornaba? ¿Acaso los libró de las molestias humanas? ¿Eximioles siquiera de los accidentes a que está sujeto cualquier ganapán? La lógica, ¿procuroles algún consuelo contra la gota? Porque supieran que ese humor tiene su asiento en las junturas, ¿se vieron menos libres de él? ¿Aviniéronse con la muerte por saber que algunos pueblos encuentran en ella contentamiento? ¿resignáronse con la infidelidad matrimonial por tener noticia de que en algunos países las mujeres pertenecen   —423→   a varios hombres? Muy por el contrario; habiendo el primer, lugar como sabios, el primero entre los romanos, el segundo entre los griegos, en la época más floreciente de las ciencias romana y griega, ningún indicio tenemos de que disfrutaran de ninguna particular ventaja en el transcurso de sus vidas, antes bien, el griego tuvo que emplearse en lavar algunas manchas de la suya. ¿Hase demostrado que la salud y los placeres sean más gustosos para los que conocen la astrología y la gramática?


Illitterati num minus nervi rigent?622



¿y la vergüenza y la pobreza menos importunas?


Scilicet et morbis, et debilitate carebis,
et luctum et curam effugies, et tempora vitae
longa tibi post haec fato meliore dabuntur.623



Cien artesanos he conocido, y cien labradores, que fueron más prudentes y dichosos que los rectores de universidad; a los primeros quisiera yo asemejarme. A mi juicio, la doctrina debe incluirse entre las cosas necesarias para la vida, como la gloria, la nobleza, la dignidad, o cuando más, en la misma escala que la riqueza, la belleza y otros méritos que son de verdadera utilidad: nosotros las damos precio, no a su cualidad intrínseca. Para la vida social apenas si necesitamos otras leyes ni otros preceptos que los que precisan las grullas o las hormigas en la suya, quienes, sin erudición ni ciencia, se conducen de un modo ordenadísimo. Si el hombre fuera sensato, miraría las cosas según la mayor o menor utilidad que procurasen a su individuo. A considerar cada hombre por las acciones y desórdenes que realiza, encontraranse más excelentes y en mayor número entre los ignorantes que entre los sabios en toda suerte de virtudes. Valía más la antigua Roma, así en la paz como en la guerra, que la Roma sabia, causa de su propia ruina; y aun suponiendo que en todo lo demás fuera idéntica, la hombría de bien y la inocencia pertenecieron a la antigua, pues ambas cualidades sólo se avienen con la sencillez. Mas dejando a un lado este punto, que me llevaría más lejos de lo que pretendo, añadiré únicamente que sólo la humildad y la sumisión engendran los hombres de bien. No es posible del al albedrío de cada individuo el conocimiento de su deber; es preciso prescribírselo, no dejarlo a la elección de cada cual. De otro modo, considerando la variedad infinita de opiniones y razones, nos forjaríamos deberes que nos llevarían a devorarnos los unos a los otros   —424→   como dice Epicuro. La primera ley que Dios impuso al hombre fue la de una mera obediencia; una orden sencilla y sin complicaciones en que el individuo nada tuviera que conocer ni que cuestionar, pues el obedecer es oficio propio del alma razonable que reconoce un ser celeste, infinitamente superior y bienhechor. De la obediencia y la sumisión nacen todas las demás virtudes, como de la rebeldía emanan todos los pecados. La primera tentación que experimentó la humana naturaleza por mediación del demonio, el primer veneno, nos fue inoculado por la promesa de ciencia y conocimiento: Eritis sicut dii, scientes bonum et malum624; las sirenas, para engañar a Ulises y llevarle a sus peligrosos lagos, según Homero refiere, ofreciéronle también el don de la ciencia. El tormento humano es la sed de saber; he aquí por qué la religión católica recomienda tanto la ignorancia, como el único camino de obedecer y creer: Cavete ne quis vos decipiat per philosophiam et inanes seductiones, secundum elementa mundi625. Los filósofos de todas las sectas convienen en que el soberano bien reside en la tranquilidad del alma y del cuerpo, ¿pero dónde encontrarla?


Ad summum sapiens uno minor est Jove, dives,
liber, honoratus, pulcher, rex denique regum;
Praecipue sanus, nisi quum pituita molesta est.626



Diríase que la naturaleza, para consuelo de nuestra condición miserable y caduca, sólo nos dio como patrimonio la presunción; así lo afirma Epicteto: «Nada hay en el hombre que le pertenezca de una manera cabal sino el uso de su raciocinio»: humo y viento sólo constituyen nuestro patrimonio. Dice la filosofía que los dioses participan de la salud en esencia y de la enfermedad en inteligencia; el hombre, inversamente, posee los bienes imaginativamente, y los males esencial y materialmente. Por eso hicimos bien en avalorar las fuerzas de nuestra fantasía, pues todos nuestros bienes no son más que sueños. Ved una muestra del orgullo de este calamitoso animal: «Nada hay, dice Cicerón, tan dulce como la ocupación de las letras, por virtud de la cual, la infinidad de las cosas, la inmensa magnitud de la naturaleza, los cielos, la tierra y los mares nos son descubiertos; ellas son las que nos enseñaron la religión, la moderación, la grandeza de ánimo; las que arrancaron nuestra alma de las tinieblas, para mostrarla   —425→   todas las cosas altas, bajas, primeras, últimas y medias; las letras nos procuran los recursos de vivir dichosamente y hacen que transcurra nuestra vida sin dolores ni pecados.» Creeríase que es del dios vivo y todo poderoso de quien se habla. Y si consideramos los efectos, mil mujercillas de aldea vivieron una existencia más sosegada, dulce y tranquila que la suya:


    Deus ille fuit, deus, inclute Memmi,
qui princeps vitae rationem invenit eam, quae
nunc appellatur Sapientia; quique per artem
fluctibus e tantis vitam, tantisque tenebris,
in tam tranquilla et tam clara luce locavit627:



palabras hermosas y llenas de magnificencia; mas, sin embargo, un accidente bien ligero puso el entendimiento del que las trazó628 en estado más lamentable que el de un pastor, a pesar de ese dios tan decantado y de su divina sapiencia. De la misma descarada presunción es lo que promete Demócrito cuando dice: «Voy a hablar de todas las cosas», y el ridículo título que Aristóteles aplica a los hombres cuando los llama «dioses mortales», y la opinión de Crisipo sobre Dion, de quien decía que igualaba a Dios en virtud; Séneca dice que, si bien debe a Dios la vida, de su individualidad exclusiva depende el bien vivir. Idea orgullosa, análoga a ésta: In virtute vere gloriamur; quod non contingeret, si id donum a deo, non a nobis haberemus629. Séneca asegura también que la fortaleza del sabio es la misma que la de Dios, sólo que trasplantada en la humana debilidad, por donde el Hacedor nos supera. Tan temerarios principios abundan de un modo estupendo. A ningún hombre ofende tanto el verso comparado con Dios como contemplarse deprimido en el mismo rango que los demás animales, prueba evidente de que guardamos mayor celo por el propio interés que por el de nuestro Creador.

Es preciso pisotear esta vanidad estúpida, sacudir de una manera viva y arrojada los ridículos fundamentos en que se basan tan falsas opiniones. En tanto que el hombre crea poder disponer de una fuerza, jamás reconocerá lo que a su dueño debe; sus ilusiones no tendrán límites, menester será presentarle al desnudo. Veamos meramente algún ejemplo de su filosofía: Dominado Posidonio bajo   —426→   el peso de una enfermedad tan dolorosa que le hacía retorcerse los brazos y castañetear los dientes, creía burlarse del sufrimiento, exclamando contra aquélla: «Es inútil que así me tortures, pues no dirá que seas un mal.» Lo mismo experimentaba los efectos que mi lacayo; pero desafiábalos para poner de acuerdo Al menos la lengua con los principios de su secta: re succumbere non oportebat, verbis gloriantem630. Encontrándose Arcesilao enfermo de gota, Carneades, que le fue a ver, quiso alejarse embargado por el sentimiento; pero el paciente le llamó, y mostrándole los pies y el pecho, dijo: «Nada pasó de los primeros al segundo; mi pecho se mantiene a maravilla, puesto que se da cuenta de experimentar el mal y quisiera desembarazarse de él; mas no por ello el corazón se aflige ni se abate.» Serenidad más afectada que verídica a mi entender. Afligido Dionisio Heracleotes por una vehemente irritación de los ojos, viose obligado a prescindir de sus resoluciones estoicas. Mas aun cuando la presencia de ánimo produjera los efectos que esos filósofos declaran, rebajando la fuerza de los infortunios que nos circundan, ¿qué hace la ciencia que la ignorancia no realice con mayor pureza y evidencia? El filósofo Pirro, que corría en el mar los azares de una tormenta impetuosa, exhortaba a los que le acompañaban para que no entrasen en cuidados, a que imitasen el ejemplo de un cerdo que miraba la tempestad tranquilo. La filosofía, en último recurso, presenta a nuestra consideración, para que los imitemos, los ejemplos de un atleta o de un mulatero, quienes ordinariamente ni temen la muerte ni ningún tormento, y son capaces de firmeza mayor de la que la ciencia proveyó jamás a ningún hombre que por inclinación natural no estuviera naturalmente predispuesto a la fortaleza. ¿Cuál es la causa de que se puedan cortar los tiernos miembros de un niño, o los de un caballo, con mayor facilidad que los nuestros, sino la ignorancia? ¡A cuántas personas puso enfermas la sola fuerza de imaginación! Frecuente es ver gentes que se hacen purgar, sangrar y medicinar para curar males que no existen sino en su imaginación. Cuando los males irremediables nos faltan, la ciencia nos procura los suyos: tal color de la tez presagia una fluxión catarral; las estaciones cálidas os acarrean la fiebre; esa cortadura de la línea vital de la mano izquierda os advierte que presto seréis víctima de alguna seria indisposición; la ciencia, en fin, va derechamente contra la salud misma. La alegría y el vigor de la juventud no pueden caminar unidos; es preciso extraer la sangre, aminorar la fuerza, por temor de que el exceso de vida no os perjudique a vosotros mismos. Comparad la   —427→   existencia de un hombre víctima de imaginaciones tales, con la de un labrador que se deja llevar conforme a sus naturales apetitos, que mide las cosas con arreglo al estado actual en que se encuentra, sin pronósticos ni ciencia, que no está enfermo sino cuando realmente tiene el mal encima; mientras el otro tiene la piedra en el alma antes de tenerla en los riñones. Como si no tuviera ya tiempo para sufrir la enfermedad cuando realmente ésta sea llegada, hay quien la anticipa y la toma la delantera.

Innumerables son los espíritus a quienes arruinan la propia flexibilidad y fuerza. Ved la mutación que ha experimentado por su propia agitación uno de los ingenios más juiciosos y mejor moldeados en la pura poesía antigua, superior en esto a todos los demás poetas italianos que jamás hayan existido. ¿No tiene que estar reconocido a la vivacidad que le mató? ¿A la claridad que le cegó? ¿Al acertado y constante ejercicio de sus facultades que le dejaron sin razón? ¿A la curiosa y laboriosa investigación científica que le condujo a la estupidez? ¿A la rara aptitud para los ejercicios del alma que le dejaron sin alma ni ejercicio? Experimenté más despecho que compasión al verle en Ferrara631en tan lastimoso estado, sobreviviéndose a sí mismo, desconociéndose y desconociendo sus obras, las cuales vieron la luz sin que él las revisara, aunque las tuviera delante de sus ojos. Aparecieron sin corregir e informes.

¿Queréis que el hombre vive sano, que se gobierne ordenadamente y se mantenga en postura segura y firme? Envolvedle en las tinieblas, en la ociosidad, e inoculadle la pesantez de espíritu; precisa que nos estupidecemos para penetrar en los dominios de la prudencia, y que nos dejemos deslumbrar para ser guiados. Y si se me repone que la ventaja de ser poco sensibles a los dolores y a los males, lleva consigo el inconveniente de hacernos menos delicados para el disfrute de los bienes y los goces, dirá que así es en efecto; más la miseria de nuestra condición es causa de que tengamos más ocasiones de huir los males, que de gozar los bienes, y el placer mayor no nos produce tanto efecto como el dolor más ligero, segnius homines bona quam mala sentium632: no nos damos cuenta del bienestar que acompaña a la cabal salud, pero en cambio nos tortura la enfermedad más insignificante:


Pungit
in cute vix summa violatum plagula corpus;
quando valere nihil quemquam movet. Hoc juvat unum,
quod me non torquet latus, aut pes: cetera quisquam
vix queat aut sanum sese, aut sentire valentem633:



  —428→  

nuestro mayor bien es la privación del mal, por eso la secta filosófica que colocó el placer en primer término, hízolo consistir en la ausencia de dolor. La ausencia del mal es la mayor suma de bien que el hombre pueda esperar, como decía Enio:


Nimium boni est, cui nihil est mali.634



El mismo cosquilleo y aguzamiento que se encuentra en ciertos placeres, y que parece trasportarnos a un estado superior a la salud y a la ausencia de dolor, ese goce activo, que se mueve, que nos inflama y nos muerde, tampoco alcanza más allá que a la ausencia del dolor mismo. El apetito que nos empuja hacia las mujeres, obedece sólo a la necesidad de expulsar el malestar que nos produce el deseo ardiente y furioso, y no busca otra cosa más que saciarlo y ganar la calma, quedándose libre de la fiebre. Lo propio acontece con los otros placeres. Así que, si la simplicidad nos encamina a preservarnos del mal, nos conduce un estado dichoso, dada nuestra naturaleza. Mas no hay que suponerla tan aplomada que sea absolutamente incapaz de sentimientos, pues Crántor tenía razón al combatir la insensibilidad de Epicuro de ser tan profunda que la acometida misma y el nacimiento de los males no hicieran en él la menor mella. «Yo no alabo esa insensibilidad que no es posible ni deseable; me conformo con estar bien, pero si caigo enfermo, quiero saber que lo estoy; y si se me aplica el cauterio o se me opera con el bisturí quiero sentir sus efectos.»635 Quien desarraigara la noción del dolor, extirparía igualmente la del placer, y en conclusión aniquilaría al hombre: Istud nihil dolore non sine magna mercede contingit immanitatis in animo, stuporis in corpore636. El hombre participa del bien y del mal: ni el dolor debe siempre huirse, ni marchar constantemente en seguimiento de los placeres.

Constituye un argumento poderoso en pro de la ignorancia el que la ciencia misma nos arroje entre sus brazos cuando no encuentra a mano el medio de hacernos superiores al peso de los males; la ciencia se ve obligada a transigir con nuestra libertad, encomendándonos a la ignorancia y cobijándonos bajo su protección para ponernos al abrigo de los golpes y de las injurias de la fortuna. «¿Qué otra cosa significa el precepto de apartar nuestra mente de   —429→   los males que nos agobian para convertirla al recuerdo del placer perdido; ni el servirnos para consuelo de los males presentes del recuerdo del placer que en otro tiempo disfrutamos; ni el llamar en nuestro auxilio la alegría desvanecida para oponerla a lo que nos tortura?» Levationes aegritudinum in avocatione a cogitanda molestia, et revocatione ad contemplandas voluptates, ponit637. Así pues, donde la fuerza le falta pretende emplear el artificio, y hacer ejercicios gimnásticos allí donde la faltan el vigor del cuerpo y la fuerza de los brazos, pues no ya al filósofo, al más simple mortal que siente los efectos de la fiebre, ¿qué alivio le procurará el recuerdo de la dulzura del vino griego? Entiendo que esto servirá más bien a empeorar la situación:


Che ricordarsi il ben doppia la noja.638



De igual naturaleza es este otro consejo que la filosofía recomienda: guárdese sólo en la memoria el recuerdo de la dicha extinta y bórrense las penas que sufrimos; como si de nuestro albedrío dependiera la ciencia del olvido: otra prueba de nuestra insignificancia:


Suavis laborum est praeteritorum memoria.639



¡Cómo! ¿y la filosofía, que debe hacerme fuerte para combatir los azares de la fortuna; que debe templar mi ánimo para pisotear todas las humanas adversidades, cae también en la flojedad de hacerme esquivar las desventuras por medio de esos rodeos ridículos y cobardes? Porque la memoria nos representa, no precisamente lo que queremos, sino lo que buenamente la place; y nada se imprime de un modo tan vivo en nuestra mente como aquello que deseamos olvidar: es un excelente remedio para guardar y grabar en nuestra alma algún hecho, el pretender olvidarlo. Es falso este principio de Cicerón: Est situm in nobis, ut et adversa, quasi perpetua oblivione obruamus, et secunda jucunde et suaviter meminerimus640; pero este otro es verdadero: Memini etiam quae nolo; oblivisci non possum quae volo641. ¿De quién es este principio? De aquel qui se unus sapientem profiteri sit ausus642.

  —430→  

Qui genus humanum ingenio superavit, si omnes
praestinxit, stellas exortus uti aetherius sol.643



Aminorar y desalojar la memoria, ¿no es seguir el verdadero camino de la ignorancia?


Iners malorum remedium ignorantia est.644



Igualmente vemos otros preceptos análogos, por virtud de los cuales se nos consiente tomar prestadas del vulgo ciertas apariencias frívolas, siempre y cuando que nos sirvan de consolación y contentamiento; donde no pueden curar la herida se conforman con adormecerla y paliarla. Yo creo que si en la mano de esos filósofos estuviera disponer de algún medio con que socorrer el orden y la firmeza en una vida que se mantuviera tranquila y plácida, merced a alguna débil enfermedad del juicio, la aceptarían de buen grado:


Potare, et spargere flores
incipiam, patiarque vel inconsultus haberi.645



Encontraríanse muchos filósofos del parecer de Lycas, quien a pesar de vivir una existencia ordenada, dulce y apacible, rodeado de los suyos, no faltando a ninguno de sus deberes ni para con su familia ni para con los extraños, preservándose a maravilla de las cosas que podían serle perjudiciales, había tomado la manía, por algún ligero trastorno de sus sentidos, de creer que se encontraba en todo momento en los espectáculos y en los teatros, y que presenciaba la representación de las mejores comedias. Luego que fue curado por los médicos de aquella ilusión, faltó poco para que les armase un proceso con objeto de que le restablecieran en la dulzura de sus pasadas imaginaciones:


Pol!, me occidistis, amici,
non servastis, ait; cui sic extorta voluptas,
et demptus per vim mentis gratissimus error646;



situación análoga a la de Thrasilao, hijo de Pythodoro que creía que todos los navíos que salían del puerto de Pireo y todos los que llegaban, hacían los viajes exclusivamente para su provecho; alegrábase cuando no ocurrían averías a los barcos y acogía con júbilo la llegada de cada uno. Su hermano Crito hízole recobrar la sensatez, pero   —431→   Thrasilao echó de menos el estado en que había vivido anteriormente, el cual contribuía a su felicidad. Es lo que dice este verso griego antiguo, «que es mucho más ventajoso no ser tan avisado»:


imagen.647



Y el Eclesiastés añade «que al exceso de sabiduría acompaña el exceso de pena; quien adquiere la ciencia, adquiere también trabajos y tormentos».

El hecho mismo en que la filosofía conviene en general, el último remedio que recomienda a toda suerte de desdichas, que consiste en poner fin a la vida, cuando no podemos soportarla: Placet? pare. Non placet? quacumque vis, exi... Pungit dolor? Ve fodiat sane. Si nudus es, da jugulum; sin tectus armis Vulcaniis, id est fortitudine, resiste648; y esta orden de los griegos a los que invitaban a sus festines. Aut bibat, aut abeat649 que suena mas propiamente en la boca de un gascón que en la del orador romano, porque el primero cambia fácilmente la V en B:


Vivere si recte nescis, decede peritis.
Lusisti statis, edisti satis, atque bibisti;
tempus abire tibi est, no potum largius aequo
rideat, et pulset lasciva descentius aetas650:



¿que viene a significar sino la confesión de su impotencia y la recomendación no sólo de la ignorancia para ponerse a cubierto, sino de la estupidez misma, de la insensibilidad y del no ser?


    Democritum postquam matura vetustas
admonuit memorem, motus languescere mentis;
sponte sua letho caput obcius obtulit ipse.651



Tal era el parecer de Antístenes, «que creía en la necesidad de aprovisionar juicio para obrar con cordura o cuerda para ahorcarse»; y el de Crisipo, que aseguraba, a propósito de un verso de Tirteo que era preciso


De la vertu, ou de mort approcher:



acercarse a la virtud o a la muerte. Crates decía que los males del amor se curaban con el hambre o con el tiempo;   —432→   y a quien ambos medios desplacían, recomendábale la cuerda. Sexto, de quien Plutarco y Séneca hablan con gran encomio, lo abandonó todo para consagrarse exclusivamente al estudio de la filosofía, y decidió arrojarse al mar viendo que sus progresos eran demasiado lentos y tardío el fruto: como la ciencia le faltaba, se lanzó a la muerte. He aquí cuáles eran los términos de la ley estoica en esto punto: «Si por acaso aconteciese a alguno una desgracia irremediable, el puerto está cercano y el alma puede salvarse a nado fuera del cuerpo, como apartada de un esquife que se va a pique, pues el temor de la muerte, no el deseo de vivir, es lo que al loco retiene amarrado al cuerpo.»

Del propio modo que la sencillez de alma hace la vida más grata, truécase también en más inocente y mejor, como dije antes: los ignorantes y los pobres de espíritu, dice san Pablo, se elevan hasta el cielo y lo disfrutan; nosotros, en cambio, con todo nuestro saber nos sumimos en los abismos del infierno. Y no hablo de Valiente652, enemigo jurado de la ciencia y de las letras, ni de Licenio, ambos emperadores romanos, que llamaban a aquéllas peste y veneno de toda nación bien gobernada; ni de Mahoma, que según he leído prohibió a sus sectarios el estudio de las ciencias. El ejemplo del gran Licurgo y su autoridad por todos reconocida, merecen ser tenidos en cuenta: en aquella maravillosa organización lacedemonia, tan admirable y durante tanto tiempo floreciente, estado feliz y virtuoso, si los hubo, fue desconocido el ejercicio de las letras. Los que vuelven del nuevo mundo, descubierto por los españoles en tiempo de nuestros padres, nos testimonian cómo esas naciones, sin leyes ni magistrados, viven mejor reglamentadas que las nuestras, donde se cuentan más funcionarios y leyes que hombres desprovistos de cargos, y que acciones:


Di citatorie piene e di libelli,
d'esamine, e di carte di procure
avea le mani e il seno, e gran fastelli
di chiose, di consigli, e di letture
per cui le facultà de poverelli
non sono mai nelle città sicure.
Avea dietro e dinanzi, e d'ambi i lati.
Notai, procuratori, ed avvocati.653



Decía un senador de los últimos siglos de Roma, que el aliento de sus predecesores apestaba a ajos, pero que el estómago   —433→   guardaba el perfume de las conciencias honradas; y que, al contrario, sus conciudadanos olían bien exteriormente, pero por dentro hedían en fermento toda suerte de vicios, lo cual vale tanto a lo que se me alcanza como si se dijera que los adornaban saber y competencia grandes, pero que la hombría de bien brillaba por su ausencia. La rusticidad, la ignorancia, la sencillez, la rudeza, marchan de buen grado con la inocencia; la curiosidad, la sutileza, el saber, arrastran consigo la malicia. La humildad, el temor, la obediencia, el agrado, que constituyen las piedras fundamentales para el sostenimiento de la sociedad humana, exigen un alma vacía, dócil y poco prevalida de sí misma. Los cristianos saben a maravilla que la curiosidad es un mal inherente al hombre, y el primero que causó su ruina el deseo de aumentar la ciencia y la sabiduría fue la causa de la perdición del género humano, fue el camino por donde se lanzó a la perdición eterna; el orgullo nos pierde y nos corrompe, el orgullo es el que arroja al hombre del camino ordinario, lo que lo hace adoptar las novedades, y pretender mejor ser jefe de un rebaño errante y desviado por el sendero de la perdición, ser preceptor de errores y mentiras, que simple discípulo en la escuela de la verdad, dejándose guiar y conducir por mano ajena al camino derecho y hollado. Es lo que declara esta antigua sentencia griega: imagen, «la superstición sigue al orgullo y le obedece como a su padre».654 ¡Oh presunción eterna, cuánto, cuantísimo nos imposibilitas!

Luego que Sócrates fue advertido de que el dios de la sabiduría le había aplicado el dictado de sabio, quedó maravillado, y buscando o investigando la causa, como no encontrara ningún fundamento a tan divina sentencia, puesto que tenía noticia de otros a quienes adornaban la justicia, la templanza, el valor y la sabiduría como a él, y que a la vez eran más elocuentes, más hermosos y más útiles a su país, dedujo que la razón de que se le distinguiera de los demás y se le proclamara sabio, residía en que él no se tenía por tal y que su dios consideraba como estupidez singular la del hombre lleno de ciencia y sabiduría; que su mejor doctrina era la de la ignorancia, y la sencillez la mejor ciencia. La divina palabra declara miserable al hombre que se enorgullece: «Lodo y ceniza, le dice, ¿quién eres tú para glorificarte?» Y en otro pasaje: «Dios hizo al hombre semejante a la sombra», de la cual ¿quién juzgará, cuando por el alejamiento de la luz, aquélla sea desvanecida? No somos más que la nada.

Estamos tan lejos de que nuestras fuerzas puedan llegar a concebir la grandeza divina, que entre las obras de nuestro Creador, aquellas llevan mejor el sello de la magnificencia y son más dignas del Ser supremo que menos están a nuestro alcance. Constituye un motivo de creencia para   —434→   los cristianos el encontrar una cosa increíble; más está de parte de la razón cuanto más se aleja de la humana razón; pues si fuera conforme a ésta, ya no sería milagro; y si fuera análoga a otra, no llevaría ya el sello de la singularidad. Melius seitur Deus, nesciendo655, dice san Agustín; y Tácito: Sanctius est ac reverentius de actis deorum credere, quam scire656, y Platón entiendo que hay alguna levadura de impiedad en el inquirirse con curiosidad extremada de Dios, del mundo y de las causas primeras de las cosas. Atque illum quidem parentem hujus universitalis invenire, difficile; et quum jam inveneris, indicare in vulgus, nefas657, dice Cicerón. Nuestros labios profieren las palabras Poder, Verdad, Justicia, que encierran la significación de algo grande, pero esa grandeza de ningún modo la vemos ni la concebimos. Decimos que Dios teme, que Dios monta en cólera, que Dios ama,


Inmortalia mortali sermone notantes658:



son esos atributos que no pueden residir en Dios conforme los suponen nuestras mezquinas facultades; ni podemos tampoco imaginarias a la altura de la grandeza en que Dios las reúne. Sólo él puede conocerse y ser intérprete de sus obras; si se nos muestra, es para rebajarse, descendiendo en nosotros que nos arrastramos sobre la tierra. «Siendo la prudencia la elección entre el bien y el mal, ¿cómo puede convenir a Dios, a quien ningún mal amenaza? ¿cómo la inteligencia y la razón, de que nos servirnos para llegar de lo incierto a lo evidente, puesto que para Dios nada hay desconocido? La justicia, que recompensa a cada uno según sus merecimientos, la que fue engendrada por la sociedad de los humanos, ¿cómo puede residir en Dios? Ni la templanza, que es la moderación de los apetitos del cuerpo, los cuales nada tienen que ver con la divinidad; la fortaleza en el soportar el dolor, el trabajo, los peligros, no le pertenecen tampoco, que ninguna comunicación ni acceso tienen para con él. Por eso Aristóteles le considera exento por igual de virtudes y de vicios: Neque gratia, neque ira teneri potest; quae talia essent, imbecilla essent omnia659.

La participación grande o pequeña que en el conocimiento de la verdad tenemos, no la adquirimos con nuestras propias fuerzas; Dios nos lo probó sobradamente escogiendo a personas humildes, sencillas e ignorantes, para   —435→   instruirnos en sus admirables designios. Tampoco alcanzamos la fe por virtud de nuestro esfuerzo, porque la fe es un presente purísimo de la liberalidad ajena. No por la reflexión ni con la ayuda del entendimiento acogemos la religión, sino, merced a la autoridad y mandamientos ajenos. La debilidad de nuestro juicio nos ayuda más que la fuerza, y nuestra ceguera más que nuestra clarividencia. Con el auxilio de nuestra ignorancia, más que con el de la ciencia, logramos tener idea de la divina sabiduría. No es maravilla que a nuestros medios naturales y terrenales sea imposible lograr el conocimiento sobrenatural y celeste: pongamos sólo de nuestra parte obediencia y sumisión, pues como nos dice la divina palabra: «Acabará con la sapiencia de los sabios y echará, por tierra la prudencia de los prudentes; ¿dónde está el controversista del siglo, el sabio, el censor? ¿No redujo Dios a la nada la ciencia mundana? Y puesto que el mundo no llegó al conocimiento divino por sapiencia, plugo a Dios que por la ignorancia y la sencillez de la predicación fueran salvados los creyentes.»660

Y, si en fin, pretendiéramos persuadirnos de si reside en el poder del hombre encontrar la solución de lo que investiga y busca, y si la tarea en que viene empleándose de tan dilatados siglos a hoy le enriqueció con alguna verdad, fundamental y le proveyó de algún principio sólido, yo creo que, hablando en conciencia, se me confesará que toda la adquisición que alcanzó al cabo de tan largo estudio es la de haber aprendido a reconocer su propia flaqueza. La ignorancia que naturalmente residía en nosotros ha sido después de tantos desvelos corroborada y confirmada. Ha ocurrido a los hombres verdaderamente sabios lo que acontece a las espigas, las cuales van elevándose y levantan la cabeza derecha y altiva mientras están vacías, pero cuando están llenas y rellenas de granos en su madurez comienzan a humillarse y a bajar los humos. Análogamente, los hombres, que lo experimentaron todo y lo sondearon todo, como no encontraron en ese montón de ciencia ni en la provisión de tantas cosas heterogéneas, nada fundamental ni firme, sino sólo vanidad, renunciaron a su presunción y concluyeron por reconocer su condición natural. Es lo que Veleyo reprocha a Cotta y a Cicerón, diciéndoles «que la filosofía les enseñó a convencerse de su ignorancia». Ferecides, uno de los siete sabios, escribió a Thales, momentos antes de expirar, diciéndole «que había ordenado a los suyos, luego que lo hubieran enterrado, que le llevaran sus manuscritos para que si satisfacían a aquél y a los otros sabios, los publicaran, o para que los destruyeran, de encontrarlos insignificantes. Mis escritos, añadía, no contienen ningún principio cierto que me satisfaga; así que no tengo   —436→   la pretensión de haber conocido la verdad ni la de haberla alcanzado; hago entrever las cosas más que las descubro». El hombre más sabio que haya jamás existido, cuando le preguntaron qué era lo que sabía, respondió que sólo tenía noticia de que no sabía nada. Con lo cual corroboraba el dicho de que la mayor parte de las cosas que conocemos es la menor de la que ignoramos, es decir, que aquello mismo que creemos saber es una parte pequeñísima de nuestra ignorancia. Conocemos las cosas en sueños, dice Platón, pero las ignoramos en realidad. Omnes pene veteres, nihil cognosci, nihil percipi, nihil sciri posse dixerunt; angustos sensus, imbecilles animos, brevia curricula vitae661. Del propio Cicerón, que debió al saber toda su fortuna, dice Valerio que, cuando llegó a viejo, amaba ya menos las letras; y que mientras las cultivó, hízolo sin inclinarse a ninguna solución, siguiendo la que le parecía probable, propendiendo ya a una doctrina, ya a otra y manteniéndose constantemente en la duda de la Academia: Dicendum est, sed ita, ut nihil affirmem, quaeram omnia, dubitans plerumque, et mihi diffidens662.

Sería muy ventajoso para mi propósito considerar al hombre en su común manera de ser, en conjunto, puesto que el vulgo juzga la verdad, no por la calidad de las razones sino por el mayor número de hombres que de igual modo opinan. Pero dejemos tranquilo al pueblo,


Qui vigilans stertit
mortua cui vita est prope jam, vivo atque videnti663;



que ni juzga ni siente según su propia experiencia, que no emplea sus facultades y las deja ociosas; quiero considerar al hombre superior. Considerémosle, pues, en el reducido número de personajes escogidos que, habiendo sido naturalmente dotados de facultades excelentes, las perfeccionaron y aguzaron por estudio y por arte, y llevaron su entendimiento a la región más alta que pueda alcanzar. Tales hombres guiaron su alma en todos sentidos y la dirigieron a todos los lugares, la auxiliaron y favorecieron con todos los recursos extraños que la fueron favorables, la enriquecieron y adornaron con todo lo que pudieron hallar para su perfeccionamiento en el mundo exterior o interior; en ellos, pues, se encierra la perfección suprema de la humana naturaleza; ellos proveyeron el mundo de reglamentos y leyes, o instruyeron a los demás hombres por medio   —437→   de las artes y las ciencias y los dieron ejemplo con sus admirables costumbres. Me limitaré sólo a esos hombres, a su testimonio y experiencia, y veremos hasta dónde llegaron y los progresos que hicieron: los defectos y enfermedades que nos muestre esa selección, debe el mundo todo considerarlos como propios.

El que se consagra a la investigación de la verdad llega a las conclusiones siguientes: unas veces la encuentra, otras declara que no puede descubrirla por ser superior a nuestras facultades, y otras que permanece buscándola. Toda la filosofía se halla comprendida en estas tres categorías: buscar la verdad, la ciencia y la certeza. Los peripatéticos, los discípulos de Epicuro, los estoicos y otras sectas creyeron haberla encontrado y echaron los fundamentos de las ciencias que poseemos, que consideraron como incontrovertibles. Clitomaco, Carneades y los académicos desesperaron de encontrar la verdad y juzgaron que nuestras facultades eran incapaces para ello; éstos dejaron sentado el principio de la humana debilidad, y fueron los que contaron mayor número de adeptos, superiores también en calidad. Pirro y otras escépticos o epiquistas, que según testimonian algunos antiguos sacaron sus doctrinas de Homero, de los siete sabios, de Arquíloco y de Eurípides, y entre aquéllos incluyen también a Zenón, Demócrito y Jenófanes, declaran que se encuentran en el camino de la investigación de la verdad, y juzgan que los que creen haberla encontrado, son víctimas de un error grande, considerando además que hay una vanidad demasiado temeraria en los que aseguran que las fuerzas humanas no son capaces de alcanzarla, pues el fijar la medida de nuestros alcances en conocer y juzgar la dificultad de las cosas, suponen una ciencia extremada, de que dudan que el hombre sea capaz:


Nil sciri si quis putat, id quoque nescit
an sciri possit quo se nil scire fatetur.664



La ignorancia que se conoce, que se juzga y que se condena no es una ignorancia completa; para serlo, sería necesario que se ignorara a sí misma, de suerte que la tarea de los pirronianos consiste en dudar de las cosas e inquirirse de las mismas no asegurándose ni dando fe de nada. De las tres acciones que el alma realiza: la imaginativa, la apetitiva y la consentiva, aceptan sólo las dos primeras, la última mantiénenla en situación ambigua, sin inclinación ni aprobación hacia la más ligera idea. Zenón representaba gráficamente las tres facultades del alma del siguiente modo: con la mano extendida y abierta, la apariencia; con la mano entreabierta, y los dedos un poco doblados, la facultad   —438→   consentiva, y con la mano cerrada significaba la comprensión; y si con la mano izquierda oprimía el pulso más estrechamente, representaba la ciencia. Ese estado de su juicio, recto e inflexible, que considera todos los objetos sin aplicación ni consentimiento, los encamina a la ataraxia, que es un estado de alma apacible y tranquilo, exento de las sacudidas que recibimos por la impresión de la opinión y ciencia que creemos tener de las cosas, de la cual emanan el temor, la avaricia, la envidia, los deseos inmoderados, la ambición, el orgullo, la superstición, el amor a lo nuevo, la rebelión, la desobediencia, la testarudez y casi todos los males corporales; y hasta se libran los pirronianos del celo de su disciplina, merced a sus procedimientos de doctrina, porque nada toman a pechos y nada les importa ser vencidos en las disputas. Cuando dicen que los cuerpos buscan su centro de gravedad, entristeceríales el ser creídos, y prefieren que se les contradiga para engendrar así la duda y aplazamiento del juicio, que es el fin que persiguen. No establecen sus proposiciones sino para combatir los reparos que les hagamos. Cuando se aceptan las suyas, combátenlas del mismo modo: todo les es igual, a nada se inclinan. Si sentáis que la nieve es negra, argumentaran no es blanca; si aseguráis que no es ni blanca los mantendrán que es lo uno y lo otro; si sostenéis que no sabéis nada, ellos asegurarán que no estáis en lo cierto, y si afirmativamente aseguráis encontraros en estado de duda, tratarán de convenceros de que no dudáis, o de que no podéis asegurar a ciencia cierta que dudéis.

Merced a esta duda llevada al último límite, se separan y dividen de muchas opiniones, hasta de aquellas que mantuvieron la duda y la ignorancia. ¿Por qué no ha de ser lícito a los dogmáticos, de los cuales unos dicen verde y otros amarillo, profesar la duda como nosotros? ¿Hay algo que pueda someterse a vuestra consideración para aprobarlo o rechazarlo que no sea fácil acoger como ambiguo? Puesto que los demás son arrastrados por las ideas de su país, o por las que recibieron de su familia, o por el azar, sin escogitación ni discernimiento, a veces antes de hallarse en la edad de la reflexión, a tal o cual opinión, hacia la secta estoica o la de Epicuro, a las cuales se encuentran amarrados y sujetos como a una presa de que no pueden libertarse ni desligarse, ad quamcumque disciplinam, velut tempestate, delati, ad eam, tanquam ad saxum, adhoerescunt665; ¿por qué no ha de serles dado mantener su libertad y considerar las cosas libremente, sin ningún género de servidumbre? hoc liberiores et solutiores, quod integra   —439→   illis est judieandi potestas666. ¿No es mucho más conveniente el verse desligado de la necesidad que sujeta a los demás? ¿No es mil veces preferible permanecer en suspenso a embrollarse en tantísimos errores como forjó la humana fantasía? ¿No vale más suspender el juicio, que sumergirse en mil sediciosas querellas? ¿A qué partido me inclinaré? «Inclinaos al que os plazca, siempre y cuando, que adoptéis alguno.» Respuesta necia que sin embargo, todo dogmatismo nos conduce, puesto que con él no nos es permitido ignorar lo que en realidad ignoramos. Adoptad la doctrina más acreditada, jamás será tan incontrovertible que no os sea indispensable, para sustentarla, atacar y combatir mil y mil doctrinas opuestas; así que, mejor es apartarse de la lucha. Si es lícito a cualquiera abrazar tan firmemente como el honor y la vida las ideas de Aristóteles sobre la eternidad del alma y rechazar las de Platón sobre el mismo punto, ¿por qué ha de impedirse que los escépticos las pongan en tela de juicio? Si Panecio se abstiene de emitir su opinión sobre los arúspices, sueños, oráculos, vaticinios y otros medios adivinatorios en que los estoicos creen, ¿por qué el sabio no ha de osar poner en duda lo terreno y lo extraterreno, como Panecio los oráculos, por haberlo aprendido de sus maestros, conforme a la doctrina de su escuela, de la cual aquél es sectario y también jefe? Si el que formula un juicio es un niño, desconoce los fundamentos del mismo; si es un sabio, es víctima de alguna preocupación. Los pirronianos se reservaron una ventaja inmensa en el combate, desechando todo medio de defensa; nada les importa, que se les ataque, con tal de que ellos ataquen también. Todo les sirve de argumento. Si vencen, vuestra proposición cojea; si sois vosotros los vencedores la suya; si flojean, acreditan su ignorancia; si vosotros incurrís en esa falta, acreditáis la vuestra; si aciertan a probar que nada puede ser conocido, todo marcha a maravilla; si no logran demostrarlo, todo va bien igualmente: Ut quum in cadem re paria contrariis in partibus momenta inveniuntur, facilius ab utraque parte assertio sustineatur667: más bien se complacen en demostrar que una cosa es falsa, que en hacer ver que es verdadera, y en patentizar lo que no es que lo que es realmente, e igualmente lo que no creen que lo creen. Las palabras que profieren son: «Yo no siento ningún principio; no es así, ni tampoco de otro modo, la verdad no se me alcanza, las apariencias son semejantes en todas las cosas; el derecho de hablar en pro y en contra es perfectamente lícito; nada   —440→   me parece verdadero que no pueda parecerme falso.» Su frase sacramental es imagen, es decir, «sostengo, pero no me decido». Estos son sus estribillos y otros de parecido alcance. El fin de los mismos es la pura, cabal y perfectísima suspensión del juicio; sírvense del raciocinio para inquirir y debatir, mas no para escoger ni fijar. Imagínese una perpetua confesión de la ignorancia, y un juicio que jamás se inclina a ningún principio, sean cuales fueren las ideas, y se comprenderá la doctrina pirroniana; la cual explico lo mejor que me es dable, porque muchos encuentran difícil el penetrar bien en sus principios. Los autores mismos que de ella trataron, muéstranla un tanto obscura, y no todos coinciden en la determinación de sus miras.

En las acciones de la vida los pirronianos proceden como todo el mundo, déjanse llevar por las naturales inclinaciones, lo mismo que por el impulso y tiranía de las pasiones, acomodándose a las leyes y a las costumbres, y siguen la tradición de las artes: Non enim nos Deus ista scire, sed tantummodo uti, voluit668. Déjanse guiar por lo que a los demás conduce, sin interponer observación ni juicio, por lo cual no me parece muy verosímil lo que de Pirro se cuenta. Diógenes Laercio nos le presenta como estúpido e inmóvil, viviendo una existencia selvática e insociable, aguardando con toda tranquilidad el choque de los carros en las calles, colocándose ante los precipicios, y rechazando el sujetarse a las leyes. Todo lo cual va más allá de su disciplina: no pretendió Pirro convertirse en piedra ni en cepo, sino que quiso ser hombre vivo para discurrir y razonar, gozar de todos los placeres y comodidades naturales, y hacer uso de todos sus órganos corporales y espirituales, ordenada y normalmente. Los privilegios fantásticos, imaginarios y falsos que el hombre usurpó al pretender gobernar, dictar órdenes, establecer principios y afirmar la verdad, desecholos, renunciando a ellos. Ninguna secta filosófica existe que no se vea obligada a practicar y seguir infinidad de cosas que ni comprende ni advierte, si quiere vivir en el mundo; cuando se va por el mar ignórase si tal designio será útil o inútil; el viajero tiene que suponer que el barco que le lleva es excelente, experimentado el piloto y la estación favorable; circunstancias todas solamente verosímiles, a pesar de lo cual vese obligado a aceptarlas y a dejarse guiar por las apariencias, siempre y cuando que éstas no aparezcan al descubierto. Tiene un cuerpo y un alma, los sentidos le empujan, el espíritu lo agita. Aun cuando el hombre encuentre en su mente la manera de juzgar de los pirronianos, y advierta que no debe formular ninguna opinión determinada por hallarse sujeta a   —441→   error, no por eso dea de ejecutar todos los actos que le impone la vida. ¡Cuántas artes existen cuyo fundamento es más bien conjetural que científico, que no deciden de la verdad ni del error y que caminan a tientas! Reconocen los pirronianos la existencia de la una y del otro, e igualmente la posesión de los medios para investigarlos, pero no para separarlos. Vale infinitamente más el hombre dejándose guiar por el orden natural del mundo, sin meterse a inquirir causas y efectos; un alma limpia de prejuicios dispone naturalmente de ventajas grandes para gozar la tranquilidad; las gentes que inquieren y rectifican sus juicios, son incapaces de sumisión completa.

Así en los preceptos relativos a la religión como en las leyes políticas, los espíritus sencillos son más dóciles y fáciles de gobernar que los avisados y adoctrinados en las causas divinas y terrenales. Nada surgió del humano entendimiento que tenga mayores muestras de verosimilitud, ni sea de utilidad más grande que la filosofía pirroniana, que presenta al hombre desposeído de todas armas, reconociendo su debilidad natural, propio para recibir de lo alto cualquiera fuerza extraña, tan desprovisto de ciencia mundana como apto para que penetre en él la divina, aniquilando su juicio para dejar a la fe mayor espacio, ni descreyente ni amigo de fijar ningún dogma contra las opiniones recibidas; humilde, obediente, disciplinado, estudioso, enemigo jurado de la herejía, y eximiéndose, por consiguiente, de las irreligiosas y vanas ideas introducidas por las falsas sectas: carta blanca, en fin, dispuesta a recibir de la mano de Dios los signos que al Altísimo plazca señalar. Cuanto más nos encomendamos y sometemos a Dios y renunciamos a nosotros mismos, mayor valer alcanzamos. «Acepta en buen hora y cada día, dice el Eclesiastés, las cosas según el aspecto con que a tus ojos se ofrezcan; todo lo demás sobrepasa los límites de tu conocimiento.» Dominus scit cogitationes hominum, quoniam vance sunt669.

He aquí cómo de las tres sectas generales de filosofía, dos hacen profesión expresa de duda e ignorancia; en la de los dogmáticos, que es la tercera, fácil es echar de ver que la mayor parte de los filósofos si adoptaron la certeza fue más bien por presunción; no pensaron tanto en establecer principios incontrovertibles, como en mostrarnos el punto adonde habían llegado en el requerimiento de la verdad. Quam docti fingunt magis, quam norunt670. Declarando Timeo a Sócrates cuanto sabía del mundo, de los hombres y los dioses, empieza por decir que le hablará como de   —442→   hombre a hombre, y que bastará con que sus razones sean probables como las de cualquiera otro, porque las exactas no están en su mano ni tampoco en la de ningún mortal. Lo cual imitó así uno de sus discípulos: Ut potero, explicabo: nec tamen, ut Pythius Apollo, certa ut sint et fixa, quae dixero; sed, ut homunculus, probabilis conjectura sequens671; y en lo que sigue sobre el discurso del menosprecio de la muerte, Cicerón interpretó así las ideas de Platón: Si forte, de deorum natura ortuque mundi disserentes, minus id, quod habemus in animo, consequimur, haud erit mirum: aequum est enim meminisse, et me, qui disseram, hominem esse, et vos, qui judicetis; ut, si probabilia dicentur, nihil ultra requiratis672. Aristóteles amontona ordinariamente gran número de opiniones y creencias contradictorias para compararlas con sus ideas, y hacernos ver que toca de cerca la verosimilitud, pues la verdad no se demuestra con el apoyo de la autoridad y testimonio ajenos; por eso Epicuro evitó religiosamente alegar en sus escritos los pareceres de los demás. Aristóteles es el príncipe de los dogmáticos y nos enseña que el mucho saber engendra el dudar; en sus obras se ve una obscuridad buscada y tan inextricable, que no es posible conocer a ciencia cierta lo que dice; sus doctrinas son el pirronismo bajo una forma resolutiva. Oíd la protesta de Cicerón, que nos explica lo que acontece en la mente de los demás, fundándose en sus propias ideas: Qui requirunt, quid de quaque re ipsi sentiamus, curiosius id faciunt, quam necesse est... Haec in philosophia ratio contra omnia disserendi, nullamque rem aperte indicandi, profecta a Socrate, repetita ab Arcesila, confirmata a Carneade, usque ad nostram viget aetatem... Hi sumus, qui omnibus veris falsa quoedum adjuncta esse dicamus,tanta similitudine, ut in iis nulla insit certe judicandi et assentiendi nota673. ¿Por qué no sólo Aristóteles, sino la mayor parte de los filósofos simularon dificultades sin cuento y entretuvieron la curiosidad   —443→   de nuestro espíritu dándole materia para que royera ese hueso vacío y descarnado? Clitómaco afirmaba que jamás había podido comprender la opinión de Carneades después de haber leído y releído sus escritos. ¿Porqué rehuyó Epicuro la sencillez en los suyos y a Heráclito se le llamó el tenebroso? La dificultad es una moneda de que los sabios se sirven, como los jugadores del pasa-pasa, para que quede oculta la insignificancia de su arte. La estupidez humana con ella se cree pagada:


Clarus, ob obscuram linguam, magis inter imanes...
Omnia enim stolidi magis admirantur, amantque,
inversis quae sub verbis latitantia cernunt.674



Cicerón reprende a algunos de sus amigos porque emplearon en la astrología, el derecho, la dialéctica y la geometría más tiempo del que esas artes merecían, lo cual les apartaba de los deberes de la vida, que son ocupación más provechosa y honrada. Los filósofos cirenaicos desdeñaban igualmente la física y la dialéctica; Zenón, en el preliminar de sus libros de la República, declara inútiles todas las artes liberales; Crisipo decía que todo lo que Platón y Aristóteles habían escrito sobre la lógica era cosa de divertimiento y ejercicio, y no podía resignarse a creer que hubieran hablado formalmente de una materia tan fútil; Plutarco dice otro tanto de la metafísica; Epicuro hubiéralo dicho también de la retórica, de la gramática, de la poesía, de las matemáticas y de todas las ciencias, excepto la física. Sócrates consideraba todas las ciencias como inútiles, menos la que tiene por fin el estudio de las costumbres y el de la vida. Sea cual fuere la cuestión que se le propusiera, hacía siempre que el cuestionador le diera cuenta de la situación de su vida presente y pasada, la cual consideraba y juzgaba, estimando inferior, y subordinado a aquél todo aprendizaje diferente: parum mihi placeant eae litterae quae ad virtutem doctoribus nihil profuerunt675; así que, la mayor parte de las artes fueron desdeñadas por el saber mismo; pero los sabios no creyeron desacertado ejercitar en ellas su espíritu, aun sabiendo de antemano que no podían esperar ningún resultado provechoso.

Por lo demás, unos consideran a Platón como dogmático, otros como escéptico, quiénes en ciertos puntos o primero, quiénes en otros lo segundo; Sócrates, ordenador de sus diálogos, anima constantemente la disputa, pero jamás la resuelve, ni le satisface ninguna conclusión, y declara que su ciencia no es otra que la de argumentar. Homero consideraba que todas las sectas filosóficas tenían igual fundamento;   —444→   con tal principio mostraba que debe sernos indiferente seguir cualquiera de ellas. Dícese que de Platón nacieron diez escuelas diferentes, no es de extrañar por tanto que ninguna otra doctrina sea tan inclinada a la duda y a no aseverar nada, como la suya.

Decía Sócrates que las parteras, al adoptar la profesión cuyo fin es sacar al mundo felizmente lo que engendran los demás, abandonaban el oficio de engendrar; y que él, merced al dictado de sabio que los dioses le habían concedido, dejaba de procrear hijos espirituales, conformándose con ayudar y favorecer con su concurso a los demás, revelándoles su naturaleza y engrasando sus conductos para facilitar el paso de su fruto, juzgarlo, bautizarlo, alimentarlo, fortificarlo, fajarlo y circuncidarlo, ejerciendo su entendimiento en provecho ajeno.

La mayor parte de los filósofos dogmáticos, como los antiguos advirtieron en los escritos de Anaxágoras, Parménides, Jenófanes y otros, escribieron de una manera dudosa y ambigua, inquiriendo más que instruyendo, aunque a veces entremezclaran su estilo con algunos toques doctrinales. Lo propio se nota en Séneca y Plutarco, quienes sientan principios antitéticos, lo cual se echa de ver leyéndolos con detenimiento. Los que ponen de acuerdo la doctrina de los jurisconsultos, debieran en primer término armonizar las ideas contradictorias de un mismo autor. Platón gustaba filosofar por diálogos para poner en boca de distintos personajes la diversidad y variación de sus propias fantasías. Examinar las ideas desde distintos puntos de vista vale tanto o más que considerarlas desde uno solo; la utilidad es mayor. Tomemos un ejemplo en nosotros mismos: las resoluciones son el fin del hablar dogmático resolutivo; así nuestros parlamentos las presentan al pueblo como más ejemplares, propias a mantener en él la reverencia que debe a las asambleas, principalmente por la competencia de las personas que las forman; emanan no tanto de las conclusiones cotidianas, comunes a todo juez, como del examen y consideración de raciocinios opuestos y diferentes, a que los principios se prestan. El más amplio campo para las discusiones de unos filósofos con otros, reside en las contradicciones y diversidad de miras en que cada uno de ellos se encuentra embarazado como en un callejón sin salida, unas veces de intento para mostrar la vacilación del espíritu humano en todas las cosas, otras obligado a ello por la volubilidad e incomprensibilidad de las mismas, lo cual pone de manifiesto la evidencia de aquella máxima que dice «que en un lugar resbaladizo y sin resistencia debemos suspender nuestro crédito»; pues como asegura Eurípides, «las obras de Dios nos proporcionan obstáculos por diverso modo»; principio semejante al que Empédocles sentaba en sus libros, como agitado de un furor   —445→   divino por el requerimiento de la verdad: «No, no, decía, nada experimentamos, nada vemos, todas las cosas nos están ocultas, ninguna existe que podamos reconocer.» En lo cual coincidía con estas palabras de la Sagrada Escritura: Cogitationes mortalium timidae, et incertae adinventiones nostrae, et providentiae676. No hay que extrañar que los mismos filósofos que desesperaron de encontrar la verdad, la buscaran con tanto ahínco y placer; el estudio es una ocupación grata, tan grata que los estoicos incluyen entre los demás placeres el que proviene del ejercicio del espíritu, recomiendan la moderación y encuentran intemperancia en el saber excesivo.

Estando Demócrito comiendo le sirvieron unos higos677 que sabían a miel, y al instante se echó a buscar en su espíritu la causa de tan inusitado gusto; para ponerse en camino de averiguarla, iba a levantarse de la mesa, con objeto de ver el sitio de donde los higos se habían sacado, cuando su criada, que se hizo cargo de la extrañeza del amo, le dijo, riendo, que no se rompiera la cabeza con investigaciones, pues el sabor a miel dependía de que guardó la fruta en una vasija que la había contenido. Disgustose el filósofo con la mujer por haberle quitado la ocasión de inquirir, y robado el objeto de su curiosidad: «Me has dado un mal rato, la dijo, pero no por ello dejaré de buscar la causa como si fuera natural»; y no hubiera dejado, gustosísimo, de encontrar un fundamento verosímil, a lo que en realidad era falso y artificial. Esta anécdota, de un filósofo grande y famoso, nos demuestra claramente la pasión hacia el estudio que nos empuja a la persecución de las causas mismas de cuya solución desesperamos. Plutarco refiere un caso análogo de un hombre que se oponía a que se le sacara del error por no perder el placer de buscarlo; de otro se habla que no quería que su médico le curase la sed de la fiebre por no perder el gozo de calmarla bebiendo. Satius est supervacua discere, quam nihil678. Acontece que en algunos alimentos que tomamos existe solamente el placer, sin que sean nutritivos o sanos; así lo que nuestro espíritu obtiene de la ciencia no deja de ser grato, aunque no sea ni alimenticio ni saludable; análogamente, lo que nuestro espíritu alcanza de la ciencia tampoco deja de procurarnos goces que no son saludables ni provechosos. La reflexión de las cosas de la naturaleza, dicen los filósofos, es alimento propio a nuestro espíritu, porque eleva nuestra alma y hace que desdeñemos las cosas bajas y terrenales por la comparación con   —446→   las superiores y celestes; la investigación misma de lo oculto y grande es gratísima hasta para quien no logra alcanzar sino el respeto y temor de juzgarlas. La imagen vana de esta curiosidad enfermiza vese más palmaria todavía en este otro ejemplo que se oye con frecuencia en sus labios. Eudoxio deseaba, y para lograrlo rogaba ardientemente a los dioses, que le permitieran una vez siquiera ver el sol de cerca, penetrarse de su forma, grandeza y hermosura, aunque el fuego del astro le abrasara. Quería a costa de su vida alcanzar una ciencia de cuya posesión no podía sacar ningún provecho, y por un pasajero conocimiento perder cuantos había adquirido y cuantos adquirir pudiera en lo sucesivo.

Dudo mucho que Epicuro, Platón y Pitágoras dieran como moneda contante y sonante sus doctrinas sobre los átomos, las ideas y los números; eran sobrado cuerdos para sentar como artículos de fe cosas tan inciertas y debatibles. Lo que en realidad puede asegurarse es que, dada la obscuridad de las cosas del mundo, cada uno de aquellos grandes hombres procuró encontrar tal cual imagen luminosa: sus almas dieron con invenciones que tuvieran al menos una verosimilitud aparente que, aunque no fuera la verdad, pudiera sostenerse contra los argumentos contrarios: Unicuique ista pro ingenio finguntur, non ex scientiae vi679. Un hombre de la antigüedad, a quien se vituperaba por profesar la filosofía, en la cual, sin embargo, no hacía gran caso, respondió «que en eso consistía la esencia del filosofar». Han querido los sabios pesarlo todo, examinarlo todo, y han hallado tal labor adecuada a la natural curiosidad que forma parte integrante de nuestra naturaleza. Algunos principios sentáronse como evidentes para beneficio y provecho de la paz pública, como las religiones, por eso las doctrinas, que constituyen el sostén de los pueblos, no las ahondaron tan a lo vivo, a fin de no engendrar rebeldía en la obediencia de las leyes ni en el acatamiento de las costumbres. Platón, sobre todo, presenta al descubierto esa tendencia; pues cuando escribe según sus ideas, nada sienta como evidente; pero cuando ejerce de legislador, adopta un estilo autoritario y doctrinal, en el cual ingiere sus invenciones más peregrinas, tan útiles para llevar la persuasión al vulgo como ridículas para la propia convicción individual, convencido de lo blandos que somos para recibir toda suerte de impresiones, sobre todo las más osadas y singulares. Por eso en sus leyes cuida mucho de que en público se canten exclusivamente poesías cuyos argumentos tiendan a algún fin útil; siendo tan fácil imprimir toda clase de fantasmas en   —447→   el humano espíritu, es injusto el no apacentarlo con mentiras provechosas, en vez de suministrarle otras que sean inútiles o dañosas. En su República, dice de una manera terminante «que para provecho de los hombres hay con frecuencia necesidad de engañarlos». Fácil es echar de ver que algunas sectas persiguieron con más ahínco la verdad, y que otras, en cambio, enderezaron sus miras a lo útil, por donde ganaron mayor crédito. La miseria de nuestra condición hace que aquello que como más verídico se presenta a nuestro espíritu, deje de aparecernos como más povechoso para la vida. Hasta las sectas más avanzadas, la de Epicuro, la pirroniana y la llamada nueva académica, vense obligadas, en última instancia, a plegarse a las necesidades de la vida y de las leyes civiles.

Exceptuando las religiones y las leyes, los filósofos tamizaron todas las ideas, ya en un sentido, ya en otro; cada cual se esforzó por interpretarlas a tuerta o a derechas; pues no habiendo encontrado nada, por oculto que estuviera, de que no hayan querido hablar, necesario les fue forjar locas conjeturas; y no es que las consideraran como fundamentales ni irrevocables para la demostración de la verdad, sirviéronse de ellas como de simple ejercicio para sus estudios. Non tam id sensisse quod dicerent, quam exercere ingenia materiae difficultate videntur voluisse680. Y si así no fuera, ¿cómo explicarnos la inconstancia, variedad y vanidad de opiniones formuladas por tantos talentos admirables y singulares? Y, en efecto, ¿qué cosa hay más vana que pretender que adivinemos la divina Providencia por medio de las analogías y conjeturas que hemos ideado? ¿someterle y someter al mundo a nuestra capacidad y a nuestras leyes? ¿servirnos a expensas de la Divinidad de la escasa inteligencia que el Señor se dignó concedernos, y no siéndonos dable más que elevar la mirada a su trono glorioso, haberle rebajado trasladándole a la tierra en medio de nuestra corrupción y de nuestras miserias?

Entre todas las ideas de la antigüedad relativas a la religión, me parece la más verosímil y aceptable la que reconoce a Dios como un poder incomprensible, origen y conservador de todas las cosas; todo bondad, todo perfección, aceptando de buen grado la reverencia y honor que los humanos le tributaban, sean cuales fueren las formas del culto:


Jupiter omnipotens, rerum, regumque, deumque
progenitor, genitrixque.681



  —448→  

Este celo universal por la adoración de la Divinidad fue visto en el cielo con buenos ojos. Todos los pueblos alcanzaron fruto de las prácticas devotas. Los hombres perversos y las acciones impías alcanzaron siempre el castigo que merecieron. Las historias paganas encuentran dignos y justos los oráculos y prodigios empleados en provecho del pueblo y dedicados a sus divinidades fabulosas. El Hacedor, por su misericordia infinita, se dignó, a veces, fomentar con sus beneficios temporales los tiernos principios que, con la ayuda de la razón, nos formamos de él al través de las imágenes falsas de nuestras soñaciones. Y no sólo falsas, sino también impías e injuriosas son las que el hombre se forjó de Dios. De todos los cultos que san Pablo encontró en Atenas, el que le pareció más excusable fue el consagrado a una divinidad oculta y desconocida.

Pitágoras se acercó más a la verdad al juzgar que el conocimiento de esta Causa primera y Ser de los seres, debla ser indefinido, sin prescripción, imposible de formular que no era otra cosa que el supremo esfuerzo de nuestro espíritu hacia el perfeccionamiento, cada cual amplificándolo conforme a la fuerza de sus facultades. Numa quiso acomodar a esta creencia la devoción de su pueblo, hacer que profesara una religión puramente mental, sin objeto determinado ni aditamento material; idea vana e impracticable, pues el humano espíritu es incapaz de mantenerse vagando en esa infinidad de pensamientos informes; precísale concretarlos en cierta imagen a su semejanza. La majestad divina consintió en dejarse circunscribir en algún modo dentro de los límites naturales: sus sacramentos sobrenaturales y celestiales muestran signos de nuestra terrenal condición; su adoración se exterioriza por medio de oficios y palabras sensibles, pues el hombre es quien cree y ora. Dejando aparte otros argumentos pertinentes a este punto, digo que no me resigno a creer que la vista de nuestros crucifijos y las pinturas del suplicio de nuestro Redentor, los ornamentos y ceremonias de nuestros templos, los cánticos entonados al unisón de nuestra mente y la impresión de los sentidos no llenen el alma de los pueblos de una eficacísima unción religiosa.

Entre las divinidades a que se dio forma corporal, conforme la necesidad lo requirió a causa de la universal ceguera, creo que yo me hubiera afiliado de mejor grado a los adoradores del sol682, así por su grandeza y hermosura   —449→   como por ser la parte de esta máquina del universo que está más apartada de nosotros, y, por lo mismo, tan poco conocida, que los que la tributaron culto son excusables de haberla admirado y reverenciado.

Thales, el primer filósofo que trató de investigar la naturaleza divina, consideraba a Dios como un espíritu que con el agua hizo todas las cosas. Anaximánder opinaba que los dioses morían y nacían en diversas épocas, y que eran otros tantos mundos, infinitos en número. Anaxímenes decía que el aire era dios, causa generadora de todas las cosas creadas y en perpetuo movimiento. Anaxágoras fue el primero que creyó que todas las cosas eran conducidas por la fuerza y dirección de un espíritu infinito. Alcmeón consideraba como divinos el sol, la luna, todos los cuerpos celestes y además el alma. Pitágoras hizo de Dios un espíritu esparcido entre la naturaleza de todas las cosas, del cual nuestras almas se emanaron. Parménides un círculo que rodea el cielo y alimenta el mundo con el ardor de su resplandor. Empédocles decía que los dioses eran los cuatro elementos de que todas las demás cosas surgieron. Protágoras se abstuvo de emitir opinión alguna. Demócrito, ya que las imágenes y sus movimientos circulares, ya que la misma naturaleza de donde esas imágenes surgen, y también nuestra ciencia e inteligencia. Platón emite opiniones de diversa índole en el diálogo titulado Timeo dice que el padre del mundo no puede nombrarse; en las Leyes, que es necesario abstenerse de investigar su ser, y en otros pasajes de esos mismos tratados hace otros tantos dioses del mundo, el cielo, los astros, la tierra y nuestras almas, y admite además los que como dioses fueron reconocidos por las antiguas leyes en cada república. Jenofonte emite sobre la divinidad ideas tan encontradas como Sócrates, su maestro; tan pronto dice que no hay que informarse de cuál sea la forma de Dios; tan pronto que el sol es dios, o que el alma es dios, como que no hay más que uno o que hay varios. Speusipo, sobrino de Platón, hace de Dios cierta fuerza vital que gobierna todas las cosas y las considera como fuerza animal; Aristóteles ya afirma que Dios es el espíritu, ya que el mundo; otras veces dice que la tierra tuvo un origen distinto de la divinidad, y otras que Dios es la cumbre solar. Jenócrates cree en la existencia de ocho dioses; cinco, que son otros tantos planetas; el sexto, compuesto de todas las estrellas fijas; el séptimo y el octavo, el sol y la luna. Heráclides Póntico oscila entre las anteriores opiniones, y por fin se inclina a creer que Dios carece de sensaciones, haciendo de él la tierra y el cielo. Teofrasto divaga de un modo semejante entre todas   —450→   las ideas anteriores, atribuyendo el orden del mundo unas veces al entendimiento, otras al firmamento y otras a las estrellas. Estrato afirma que la divinidad es la propia naturaleza dotada de la facultad de engendrar, aumentar o disminuir, fatalmente. Zenón la ley natural, ordenando el bien y prohibiendo el mal; considera aquélla como un ser animado y no admite como dioses a Júpiter, Juno y Vesta. Diógenes Apoloniates se inclina a creer que es el aire; Jenófanes afirma que la divinidad es de forma redonda, que ve, oye y no respira, y no tiene ninguna de las cualidades de la naturaleza humana. Aristón cree que la forma de Dios es incomprensible; la considera desprovista de sentidos, o ignora si es animada o inanimada. Cleanto ya cree que es la razón, ya el universo, ya el alma de la naturaleza, ya el calor que envuelve y lo rodea todo. Perseo, oyente de Zenón, sostuvo que se distinguió con el nombre de dioses a todos los seres que procuraron alguna utilidad a la vida humana, y a las cosas mismas provechosas. Crisipo hizo una amalgama confusa de todas las ideas precedentes, e incluyó entre mil formas de la divinidad los hombres que se inmortalizaron. Diágoras y Teodoro negaban en redondo que hubiera dioses. Epicuro hace a los dioses luminosos, transparentes y aéreos; asegura que están colocados entre dos fuertes, entre dos mundos, a cubierto de todo accidente; revisten la fortuna humana, y disponen de nuestros miembros, de los cuales no hacen uso alguno:


Ego deum genus esse semper dixi, et dicam caelitum;
sed eos non curare opinar, quid agat humanum genus.683



¡Confiad ahora en vuestra filosofía; alabaos de haber encontrado la verdad en medio de semejante baraúnda de cerebros filosóficos! La confusión de las humanas ideas ha hecho que las multiplicadas costumbres y creencias que se oponen a las mías me instruyan más que me contrarían; no me enorgullecen tanto, cuanto me humillan al confrontarlas, y han sido causa, además, de que todo aquello que expresamente no viene de la mano de Dios, lo considere como sin fundamento ni prerrogativa. Las costumbres de los hombres no son menos contrarias en este punto que las escuelas filosóficas, de donde podemos inferir que la misma fortuna no es tan diversa ni variable como nuestra razón, ni tan ciega e inconsiderada. Las cosas más ignoradas son las más propias a la definición; por eso el convertir a los hombres en dioses, como hizo la antigüedad sobrepasa la extrema debilidad de la razón. Mejor hubiera yo seguido a los que adoraron la serpiente, el perro o el buey, porque la naturaleza y el ser de esos animales nos son menos   —451→   conocidos así que, tenemos fundamento mayor para suponer de ellos todo cuanto nos place, al par que para atribuirles facultades extraordinarias y singulares. Pero haber trocado en dioses los seres de nuestra condición, de la cual debemos conocer toda la pobreza, haberlos atribuido el deseo, la cólera, la venganza, los matrimonios, las generaciones y parentelas, el amor y los celos, nuestros miembros y nuestros huesos, las enfermedades y placeres, nuestra muerte y nuestra sepultura, constituye el límite del extravío del entendimiento humano:


Quae procul usque adeo divino ab numine distant,
inque deum numero quae sint indigna videri.684



Formae, aetates, vestitus, ornatus noti sunt; genera conjugia, cognationes, omniaque traducta ad similitudinem imbecillitatis humanae: nam et perturbatis animis inducuntur; accipimus enim deorum cupiditates, aegritudines, iracundias685; haber atribuido a la divinidad, no ya la fe, la virtud, el honor, la concordia, la libertad, las victorias, la piedad, sino también los placeres, el fraude, la muerte, la envidia, la vejez, la miseria, el miedo, las enfermedades, la desgracia y otras miserias de nuestra vida débil y caduca;


Quid juvat hoc, templis nostros inducere mores?
O curvae in terris animae et caelestium inanes!686



Los egipcios, con una prudencia cínica, prohibían, bajo la pena de la horca, que nadie dijera que Serapis e Isis, sus divinidades, hubieran sido un tiempo hombres, y sin embargo, nadie entre ellos ignoraba que en realidad lo habían sido; sus efigies, representadas con un dedo puesto en los labios, significaban a los sacerdotes, según Varrón, aquella orden misteriosa de callar su origen mortal por razón necesaria, suponiendo que el declararla apartaría a las gentes del culto que a Serapis e Isis se tributaba. Puesto que era tan vivo en el hombre el deseo de igualarse a Dios, hubiera procedido con mayor acierto, dice Cicerón, aproximándose las cualidades divinas y haciéndolas descender a la tierra, que enviando al cielo su corrupción y su miseria; mas considerando bien las cosas, los humanos hicieron lo uno y lo otro, impelidos de semejante vanidad.

Cuando los filósofos especifican la jerarquía de sus dioses   —452→   y se apresuran a señalar sus parentescos, funciones y poderío, no puedo resignarme a creer que hablen con fundamento. Cuando Platón nos descifra el jardín de Plutón y los goces o tormentos materiales que nos aguardan después de la ruina y aniquilamiento de nuestro cuerpo, acomodándolos a las sensaciones que en la vida experimentamos


Secreti celant calles, et myrtea circum
silva tegit; curae non ipsa in morte relinquunt687;



y cuando Mahoma promete a sus fieles un paraíso tapizado, adornado de oro y pedrería, poblado de doncellas de belleza peregrina, lleno de manjares y vinos exquisitos, bien se me alcanza que todo ello es cosa de burla de que ambos echaron mano para llevarnos a sus opiniones y hacernos participar de sus esperanzas, bien acomodadas con nuestros terrenales deseos. Así algunos de los nuestros cayeron en parecido error, prometiéndose después de la resurrección una vida mundanal acompañada de toda suerte de placeres y dichas terrenales. ¿Cómo creer que Platón, que engendró concepciones tan celestes y que se aproximó tan de cerca a la divinidad, que se le llama divino, haya estimado que el hombre, esta misérrima criatura, tuviera ninguna analogía con el incomprensible poder divino? ¿Cómo es verosímil que creyera que nuestros lánguidos órganos, ni la fuerza de nuestros sentidos, fueran capaces de participar de la beatitud o de las penas eternas? Menester es reponerle valiéndonos de la humana razón por el tenor siguiente: si los placeres que nos prometes en la otra vida son como los que en la tierra experimenté, nada tienen de común con lo infinito; aun cuando mis cinco sentidos se vieran colmados de gozo y mi alma poseída de todo el contento que puede desear y esperar, bien sabemos todo el que puede soportar; todo reunido nada significa. Si subsiste algo humano, no hay nada divino; si aquello no difiere de cuanto puede pertenecer a nuestra situación terrenal, no cuenta para nada; mortal es todo contentamiento de los mortales. Si el reconocimiento de nuestros padres, de nuestros hijos, de nuestros amigos, podemos disfrutarlo en el otro mundo; si allí perseguimos todavía tal o cual placer, estamos dentro de las comodidades terrenales y finitas. No podemos dignamente concebir la grandeza de las encumbradas y divinas promesas si en algún modo nos es dable concebirlas; para imaginarlas dignamente es necesario considerarlas como inimaginables, indecibles, incomprensibles y absolutamente distintas de las habituales a nuestra experiencia miserable. El corazón y la vista del   —453→   hombre, dice san Pablo, son incapaces de considerar la dicha que Dios tiene preparada a quien lo sigue. Y si para hacernos capaces de ello se transforma y cambia nuestro ser por medio de las purificaciones, como Platón afirma, la metamorfosis tiene que ser tan completa que, según la doctrina física, ya no seremos nosotros:


Hector erat tunc quum bello certabat; at ille
Tractus ab Aemonio, non erat hector, equo688;



será otro ser diferente el que reciba las recompensas:


Quod mutatur... dissolvitur; interit ergo:
trajiciuntur enim partes, atque ordine migrant.689



¿Creeremos, por ejemplo, que según la metempsicosis de Pitágoras, en la vivienda que imagina para las almas, el león en que se traslade el alma de César tenga las mismas pasiones ni que sea el mismo Julio César? Si tal cosa fuera cierta, tendrían razón los que sostienen esa idea contra las doctrinas de Platón, reponiéndole que el hijo podría cabalgar sobre su madre convertida en mula, y objetando con otros absurdos semejantes. ¿Pensamos acaso que en las mutaciones que tienen lugar de unos animales en otros de la misma especie, los recién venidos no son distintos de los que les precedieron? De las cenizas del fénix dicen que se engendra un gusano y luego otro fénix; ¿quién puede imaginar que el segundo no sea distinto del primero? a los gusanos de seda se les ve como muertos y secos; el mismo cuerpo produce una mariposa, de la cual surge otro gusano que sería ridículo suponer que fuera todavía el primero. Lo que una vez dejó de existir no existe ya jamás:


Nec, si materiam nostram collegerit aetas
post obitum, rursumque redegerit, ut sita nunc est,
atque iterum nobis fuerint data lumina vitae,
pertineat quidquam tamen ad nos id quoque factum,
interrupta semel quum sit repetentia nostra.690



Y cuando Platón dice que sólo la parte espiritual del hombre será la que goce de las recompensas de la otra vida, hace una afirmación desprovista de fundamento:


Scilicet, avolsus radicibus, ut nequit ullam
dispicere ipse oculus rem, seorsum corpore toto691;



  —454→  

pues en ese caso no será ya el hombre, ni por consiguiente nosotros, los que participemos de aquel goce, estando como estamos formados de dos partes principales y esenciales, cuya separación es la muerte y ruina de nuestro ser.


Inter enim jecta est vitaï pausa, vageque
deerrarunt passim motus ad sensibus omnes692:



no decimos que el hombre sufre cuando los gusanos roen sus miembros que desempeñaron las funciones vitales, ni cuando la tierra los consume:


Et nihil hoc ad nos, qui coitu conjugioque
corporis atque animae consistimus uniter apti.693



Con mayor razón, ¿en qué principio de su justicia pueden fundarse los dioses para recompensar las acciones buenas y virtuosas del hombre después de su muerte, puesto que las divinidades mismas les encaminaron a ejecutarlas? ¿Por qué los dioses se ofenden y vengan en el hombre las acciones viciosas, puesto que ellos engendraron en las criaturas la condición que las movió a incurrir en falta, de la cual podrían apartarlas con la más ligera moción de su voluntad? Epicuro podría reponer lo antecedente a Platón con fundamento sobrado, si sus labios no profirieran frecuentemente esta sentencia, «que la naturaleza mortal no puede establecer nada sólido ni cierto sobre la inmortal». El humano entendimiento es víctima de constantes extravíos en todo, pero más especialmente cuando trata de formarse idea de las cosas que atañen a la divinidad. ¿Quién mejor que nosotros puede estar convencido de ello? Aunque le hayamos auxiliado con principios seguros e infalibles, aunque hayamos iluminado sus pasos con la santa luz de la verdad que plugo a Dios comunicarnos, vémonos a diario, por poco que nuestra mente se aparte del ordinario sendero, por poco que se desvíe de la ruta trazada y seguida por la iglesia, que al instante se pierde, embaraza y cae en mil obstáculos, flotando y dando vueltas en el vasto mar revuelto, y sin freno de las opiniones humanas, sin sujeción ni objetivo. En el momento que pierde nuestra razón aquel seguro y tradicional camino, se divide y disipa en mil rutas diferentes.

No puede el hombre salirse de su esfera ni imaginar nada que de sus alcances se aparte. Mayor presunción supone, dice Plutarco, el que los hombres hablen y discurran de los dioses y de los semidioses, que el que una persona desconocedora de la música pretenda juzgar a un cantor, o   —455→   que un hombre que jamás pisó un campo de batalla quiera cuestionar sobre las cosas de la guerra, presumiendo conocer por ligeras conjeturas un arte que le es ajeno. A mi entender, la antigüedad creyó glorificar a la divinidad colocándola al mismo nivel que el hombre, revistiéndola con facultades humanas, adornándola con nuestros caprichos y proveyéndola de todas las necesidades que atestiguan nuestra flaqueza. Así la ofrecieron manjares para que los comiese, bailes y danzas para regocijarla, vestidos, para que se cubriese y casas para que viviera; la regalaron con el incienso y la música, con flores y ramos, y para mejor acomodarla a nuestras viles pasiones, adularon su justicia inmolando víctimas humanas, regocijándola con la disipación y ruina de los seres por los dioses creados y conservados. Tiberio Sempronio hizo quemar en holocausto de Vulcano las armas y ricos despojos que ganara contra sus enemigos en Cerdeña; Paulo Emilio, los que adquirió en Macedonia en loor de Marte y Minerva; tan luego como Alejandro hubo llegado al Océano Índico, arrojó al mar para ganar el favor de Thetis muchos vasos de oro, convirtiendo además sus altares en espantosa carnicería, no sólo de inocentes animales, sino también de seres humanos. Muchas naciones, la nuestra entre otras, sacrificaron a los hombres, y creo que no exista ninguna que haya estado exenta de tal costumbre:


Sulmone creatos
quator hic juvenes, totidem, quos educat Ufens,
viventes rapit, inferias quos inmolet umbris.694



Los getas se consideran como inmortales y su muerte tiénenla por el encaminamiento hacia su dios Zamolsis. Cada cinco años le envían un emisario para proveerlo de las cosas que ha menester; el delegado se elige a la suerte, y la manera de despacharlo es como sigue: primeramente le informan verbalmente de su misión, y después tres de los que le asisten sostienen derechos otros tantos dardos, sobre los cuales lanzan al emisario. Si éste resulta herido y muere de repente, es signo indudable de favor divino; si escapa a la muerte, le consideran como perverso y execrable, y proceden a una nueva prueba de igual modo. Amestris, madre de Jerjes695, siendo ya de edad avanzada, hizo enterrar vivos a catorce jóvenes de las principales casas de Persia para rendir gracias a algún dios subterráneo, conforme a la religión de su país. Hoy todavía se alimentan con sangre de criaturas de corta edad los ídolos de Themixtitan, y no gustan de otro sacrificio que no sea el de   —456→   esas almas infantiles y puras. ¡Justicia hambrienta de sangre inocente!


Tantum relligio potuit suadere malorum!696



Los cartagineses inmolaban a Saturno sus propios hijos, -el que no los tenía los compraba-, y el padre y la madre tenían obligación de asistir a la muerte de las tiernas víctimas, adoptando un continente de alegría y satisfacción.

Capricho singular el de querer pagar a la bondad divina con nuestra aflicción, como los lacedemonios, que tributaban culto a Diana con los alaridos de los muchachos a quienes azotaban en holocausto de la diosa, a veces hasta darles muerte. Proceder salvaje el de querer gratificar al arquitecto con el derrumbamiento de su edificio, y el de pretender librar de la pena que merecen los culpables con el castigo de los inocentes; la desgraciada Ifigenia con su muerte en el puerto de Áulide, descargó ante Dios al ejército griego de los delitos que éste había cometido:


Et casta inceste, nubendi tempore in ipso,
hostia concideret mactatu maesta parentis697:



las hermosas y generosas almas de los dos Decios, el padre y el hijo, lanzáronse al través de las tropas enemigas para procurar el favor de los dioses a los negocios públicos de Roma. Quae fuit tanta deorum iniquitas, ut placari populo romano non possent, nisi tales viri occidissent?698 Añádase a lo dicho, que no es al delincuente a quien incumbe el hacerse castigar a su albedrío cuando le viene en ganas; el juez es quien debe ordenar la pena y no puede considerar como castigo lo que mejor acomoda al que lo sufre; la venganza divina presupone nuestro absoluto disentimiento, así por su justicia como por el quebranto que merecemos. Ridículo fue el capricho de Polícrates, tirano de Samos, quien para interrumpir el curso de su continua dicha, al par que para compensarla, lanzó al mar la joya más preciada que poseía, juzgando que con este mal voluntario podía hacer frente a las vicisitudes de la fortuna; la cual, para burlarse de su insensatez, hizo que la misma alhaja volviera a sus manos, pues se encontró en el vientre de un pescado. ¿A qué vienen los desgarramientos y desmembramientos de los coribantes y de los ménades, y en nuestra época los de los mahometanos, que se acuchillan la cara, el vientre y los miembros para congraciarse con su profeta, puesto que la ofensa que le infirieron reconoce por causa   —457→   la voluntad, y no el pecho, los ojos, los órganos genitales, la apostura, los hombros ni la garganta? Tantus est perturbatae mentis, et sedibus suis pulsae furor ut sic dii placentur, quemadmodum ne homines quidem saeviunt699. Nuestra natural contextura, no sólo debemos considerarla para nuestro servicio, sino también para el de Dios y el de los demás hombres; es una acción injusta el ofenderla voluntariamente, como igualmente el quitarnos la vida, sea cual fuere la causa. Tengo también por traición y cobardía grandes el mutilar y corromper las funciones de nuestro cuerpo, las cuales son puramente materiales y se hallan sometidas por naturaleza a la dirección del alma, por evita a ésta el cuidado de sujetarlas a la razón; ubi iratos deos timent, qui sic propitios habere merentur?... In regiae libidinis voluptatem castrati sunt quidam; sed nemo sibi, ne vir esset, jubente domino, manus intulit700. De tal suerte mancharon su religión con perversas prácticas:


Saepius olim
relligio peperit scelerosa atque impia facta.701



Ahora bien: ninguna de nuestras cualidades puede parangonarse ni relacionarse en modo alguno con la naturaleza divina; todas la manchan y marcan con otras tantas imperfecciones. La belleza, poder y bondad infinitos, ¿cómo han de poder asemejarse ni tener correspondencia alguna con una cosa tan abyecta como nosotros, sin el extremo perjuicio y decaimiento de la divina grandeza? Infirmus Dei fortius est hominibus: et stultum Dei sapientius est hominibus702. Preguntado Stilpón el filósofo si los dioses recibían placer de nuestras honras y sacrificios: «Sois indiscretos, contestó; retirémonos aparte para hablar de este asunto.» Y sin embargo nosotros le prescribimos límites; nuestra razón mide su poderío (llamo razón a nuestras visiones imaginarias; como tales las reconoce la filosofía, la cual declara «que el loco y el perverso están extraviados por razón, que en ellos reviste una forma particular»); queremos subyugar a Dios a las vanas y débiles apariencias de nuestro entendimiento; a él, que nos creó y creó asimismo nuestra facultad de conocer. Porque nada se hace de la nada, Dios no pudo formar el mundo sin servirse de materia. ¿Acaso el Hacedor   —458→   Supremo ha puesto en nuestras manos las llaves de los últimos resortes de su poder? ¿Comprometiose por ventura a no sobrepasar los límites de nuestra ciencia? Supón, ¡oh criatura! que hayas podido advertir en la tierra alguna huella de la divinidad; ¿piensas, por ello que el Señor haya empleado cuantos medios residen en su poder, ni que haya puesto todo su saber en la composición del universo? Tú contemplas solamente el orden y concierto de esta cuevecilla donde habitas; la divinidad tiene una jurisdicción infinita más allá; esta parte que aquí ves no es nada en comparación del todo:


    Omnia cum caelo, terraque, marique,
nil sunt ad summam summaï, totius omnem.703



Lo que a ti se te alcanza es una ley restringida; tú ignoras que es universal. Sujétate a aquello de que dependes, mas no agregues a Dios, que no es tu compañero, ni tu conciudadano, ni tu camarada. Si en algún modo se te mostró, no fue para rebajarse a tu pequeñez, ni para otorgarte el cargo de veedor de su poder: el cuerpo humano no puede volar a las nubes; para ti hizo el Criador todo su bien. El sol recorre sin cesar su carrera. Los límites de la tierra y de los mares no pueden confundirse; el agua no tiene forma ni resistencia; un muro sin demolirse no deja paso a un cuerpo sólido; el hombre no puede conservar su vida en medio de las llamas; no puede estar en el cielo y en la tierra ni en cien lugares a la vez, corporalmente; para ti instituyó Dios estos preceptos, y a tu individuo incumben. El Criador testificó a los cristianos que los libertó cuando le plugo. ¿Por qué siendo como es todopoderoso había de sujetar sus fuerzas a cierto límite? ¿En favor de quién había de renunciar a su privilegio? En nada alcanza tu razón mayor verosimilitud ni fundamento mayor que cuando te convence de la pluralidad de los mundos;


Terramque, et solem, lunam, mare, cetera quae sunt,
non esse unica, sed numero magis innumerali704:



los hombres más famosos de los pasados siglos, así lo creyeron y también algunos del nuestro; llevoles a tal convencimiento la humana razón, puesto que en este universo que contemplamos nada existe aislado ni idéntico,


Quum in summa res nulla sit una,
unica quae gignatur, et unica solaque crescat705;



  —459→  

todas las especies hanse multiplicado en diverso número, por lo cual parece inverosímil que Dios haya hecho este solo monumento sin compañero, y que la materia de esta forma haya sido agotada en este exclusivo individuo;


Quare etiam atque etiam tales fateare necesse est,
esse alios alibi congressus materiaï,
qualis hic est, avido complexu quem tenet aether706:



señaladamente si es un ser animado como sus movimientos parecen dar a entender y Platón afirma; muchos de entre nosotros lo confirman igualmente, o al menos no lo niegan, como también lo acredita la antigua opinión de que el cielo, las estrellas y otras partes del planeta son criaturas compuestas de cuerpo y alma, mortales en orden a su composición, pero inmortales por voluntad del Criador. Así que, si existen otros mundos como creyeron Epicuro, Demócrito y casi todos los filósofos, no sabemos si los principios y leyes de la tierra son comunes a los demás. Acaso su organización sea distinta; Epicuro los supone análogos o desemejantes. En este mundo vemos una variedad infinita en las regiones apartadas; en ese nuevo rincón del universo que nuestros padres descubrieron no se ve trigo, ni vino, ni ninguno de los animales de nuestros climas; todo es diferente. En los pasados siglos, considerad en cuántos lugares desconocieron la existencia de Baco y Ceres. Según Plinio y Herodoto707, hay hombres en ciertos países que se asemejan muy poco a nuestra especie, y existen seres mestizos y ambiguos entre la humana naturaleza y la esencialmente animal; hay localidades en que los hombres nacen sin cabeza, tienen los ojos y la boca en el pecho, o son andróginos; en otras andan a gatas; en otras no tienen más que un ojo en la frente, y la cabeza más parecida a la de un perro que a la nuestra; en algunas, la mitad inferior del cuerpo es la de un pez, y viven en el agua; lugares hay en que las mujeres paren a los cinco años, y no viven más que ocho; otros en que los hombres tienen la cabeza y la piel de la frente tan duras, que son impenetrables al hierro, que rebota cuando con ellas choca; en ciertos sitios los hombres no tienen barba; hay pueblos que no conocen el fuego; otros en que la esperma es de color negro; ¿qué decir de los países en que los hombres se convierten en lobos o jumentos, y después otra vez en hombres? Y si es verdad, como Plutarco afirma, que en una localidad de las Indias haya hombres sin boca, que se alimentan con la percepción de ciertos olores, ¡cuán limitadas y falsas además   —460→   son nuestras ideas! Nada puede imaginarse tan ridículo ni tan incapaz de razón y sociedad como todos esos seres. El concierto y la causa interna de nuestro mundo, serían casi siempre cosa peregrina y singular para todos ellos.

Mayormente, ¿cuántas cosas conocemos que se hallan en contradicción con las reglas que a la naturaleza hemos prescrito? ¡Y, sin embargo, pretendemos juzgar los límites del poder de Dios mismo! ¿Cuántas cosas son para nosotros milagrosas y contra el orden natural? Cada hombre y cada pueblo lo juzga todo conforme a la medida de su ignorancia. ¡Cuántas propiedades ocultas y raras encontramos en las cosas! Para nosotros seguir la marcha de la naturaleza no es más que seguir las huellas de nuestra inteligencia, en tanto que puede seguirlas, y lo más que nuestra vista alcanza. Todo lo que está más allá considerámoslo como monstruoso o irregular. Según lo cual, aquellos que sean más hábiles y avisados, hallaranlo todo disparatado, pues a éstos persuadió la humana razón de que no existe fundamento alguno para afirmar nada, ni siquiera que la nieve es blanca: Anaxágoras decía que era negra; de si existe algo en el universo o no existe nada; si hay ciencias o sólo ignorancia; todo lo cual Metrodoro Chio negaba que el hombre pudiera afirmarlo. Eurípides dudaba que viviéramos, «si la vida que vivimos es vida, o si lo que llamamos muerte es realmente la vida»:


imagen708
imagen709



y no sin razón, porque llamamos existir a este instante que no es más que un relámpago dentro del curso infinito de una noche eterna, y una interrupción brevísima de nuestra natural y perpetua condición, puesto que la muerte llena todo lo que antecede, y sigue a aquel momento, y todavía una buena parte del mundo. Otros afirman que no hay movimiento, que nada se agita; tal opinaban los discípulos de Meliso, en atención a que si no hay más que Uno, ni este movimiento esférico puede incumbirle, ni tampoco el de un lugar a otro, como Platón sostiene, asegurando que en la naturaleza no hay generación ni corrupción. Protágoras dice que nada hay en aquélla si no es la duda; que acerca de todo puede cuestionarse y hasta de este mismo principio, es decir, si realmente puede cuestionarse de todas las cosas. Nusífanes entiende que los objetos aparentes son inciertos, y que nada hay más seguro que la duda y la incertidumbre. Parménides cree que de lo aparente en general no hay nada que tenga fundamento, que no hay más que Uno; Zenón que ni siquiera ese Uno existe, y que no existe nada, porque si el Uno fuera, tendría que estar en otro o en sí mismo; si está en otro, ya son dos   —461→   y si está en sí mismo son también dos, el continente y el contenido. Según estos dogmas, la naturaleza de las cosas es sólo una sombra falsa y vana.

Siempre consideré que esta manera de hablar es indiscreta e irreverente en boca de un cristiano: «Dios no puede morir; Dios no puede contradecirse; Dios no puede hacer esto o aquello.» Me parece reprochable el encerrar así los límites del poder divino bajo las leyes de nuestra palabra; las ideas que para nuestra mente representan tales proposiciones, debieran por lo menos representarse de un modo más reverente y religioso.

Nuestro hablar adolece de debilidades y defectos, como todo lo que constituye la naturaleza humana. La mayor parte de los desórdenes del mundo son puramente gramaticales; nuestros procesos no nacen sino de los debates que acarrea la interpretación de las leyes; y la mayor parte de las guerras, de que somos incapaces de formular claramente los convenios y tratados de los príncipes. ¡Cuántas contiendas y querellas sanguinarias produjo el no conocer a ciencia cierta el sentido de la sílaba Hoc!710 Tomemos la cláusula que la lógica presenta como la más clara; si afirmamos que «hace buen tiempo» y decimos verdad, será que haga sin duda buen tiempo. ¿No es una manera clara de expresarse? Pues, sin embargo, nos inducirá a error, como puede verse por el ejemplo siguiente: si decís «Yo miento», y sois verídicos, mentís realmente. El arte, la razón y la conclusión de la segunda proposición son semejantes a los de la primera, y, sin embargo, las dos nos presentan obstáculos. Los filósofos pirronianos no pueden explicar sus concepciones con ningún lenguaje; para ello habrían menester de uno nuevo, pues el nuestro se compone de proposiciones afirmativas, las cuales van contra la esencia misma de sus doctrinas; de tal suerte, que cuando dicen «Yo dudo», incurren ya en contradicción, pues afirman que saben que dudan. Así que, tuvieron necesidad de guarecerse en la siguiente comparación con la medicina, sin la cual la tendencia de la secta de que hablo sería inexplicable. Cuando dicen «Yo ignoro», o «Yo dudo», añaden que ambas proposiciones desaparecen por sí mismas, junto con todo lo demás, a la manera que él ruibarbo empuja hacia fuera los malos humores, y él mismo sale al propio tiempo. Tal estado de espíritu enunciase interrogativamente de una manera más segura, diciendo:¿QUÉ SÉ YO?, que es mi acostumbrada divisa.

Ved cuál los hombres se prevalen hablando de Dios irreverentemente. En las controversias actuales que tienen por asunto nuestra religión, por poco que cerquéis a vuestro   —462→   adversario os dirá sin ambage alguno «que no reside en poder de Dios el hacer que su cuerpo esté en la tierra, y en el paraíso y en varios lugares a la vez». Plinio, expresándose también irreverentemente, decía que al menos constituye un consuelo grande para la pequeñez del hombre el considerar que Dios no lo puede todo; pues no es dueño, decía, de quitarse la vida aunque lo quisiera, lo cual constituye la mayor ventaja que en nuestra condición reside; no puede convertir a los mortales en inmortales, ni resucitar a los muertos, ni que el que vivió no haya vivido, ni hacer que el que disfrutó de honores no los haya disfrutado; no teniendo otro poder si no es el olvido sobre las cosas que fueron. Y para sentar hasta ejemplos risibles en las relaciones del hombre con su Criador, concluye diciendo que Dios no puede impedir que dos veces diez no sean veinte. Los labios de un cristiano no deben proferir jamás semejantes términos. Y parece que los hombres se sirven de lenguaje tan altivo y loco para igualarse al Hacedor Supremo:


       Cras vel atra
       nube polum Pater occupato,
    vel sole puro; non tamen irritum,
quodcumque retro est, efficiet, neque
    diffinget, infectumque reddet,
       quod fugiens semel hora vexit.711



Cuando declaramos que la infinidad de los siglos pasados y los que están por venir no son para Dios sino un instante; que su bondad, sapiencia y poderío son idénticos a la esencia divina, nuestras palabras lo dicen, más nuestro entendimiento no comprende ni alcanza lo que expresan nuestras palabras. Y sin embargo, la temeraria presunción del hombre quiere hacer pasar a Dios por el tamiz de su entendimiento, por donde se engendran todas las soñaciones y todos los errores de que el mundo se ve lleno, por querer aquilatar en su balanza cosa tan distante de la pequeñez terrenal712. Mirum, quo procedat improbitas cordis humani parvulo aliquo invitata successu713. ¡Con cuánto desdén reprenden los estoicos a Epicuro, el cual juzgaba que la esencia de la dicha pertenecía sólo a Dios, y que el sabio no participa de aquélla sino como de una sombra remotísima! ¡Y cuán temerariamente unieron el destino de Dios al de los hombres! Yo creo que algunos que se llaman cristianos incurren todavía en la misma imprudencia. Thales, Platón y Pitágoras lo rebajaron a la necesidad. Esta altivez de pretender   —463→   descubrir a Dios con nuestros ojos mortales, fue causa de que un hombre insigne diera a la divinidad forma corporal, y lo es también de que a diario atribuyamos a Dios los acontecimientos importantes de nuestra vida. Como a nosotros nos producen mella, creemos que han de producirla también a Dios, quien a nuestro modo de ver considera con mirada más atenta que los sucesos insignificantes de nuestra existencia ordinaria los que nos son trascendentales: magna dii curant, parva negligunt714; oíd su ejemplo, él os iluminará con las luces de su razón: nec in regnis quidem reges omnia minima curant715. ¡Como si para el Criador no fuera lo mismo conmover los cimientos de un imperio que estremecer la hoja de un árbol! ¡Como si su providencia no se ejerciera lo mismo en el desenlace de una batalla que en el salto de una pulga! La mano del Hacedor gobierna todas las cosas de igual modo, con la misma fuerza, con idéntico orden; nuestro interés para nada influye en sus designios, las medidas que tomamos no le importan ni para nada influyen en sus actos: Deus ita artifex magnus in magnis, ut minor, non sit in parvis716. Nuestro orgullo hace que nos equiparemos a Dios, lo cual es la mayor de las blasfemias. Porque nuestras ocupaciones son para nosotros pesada carga, Estrabón dispensó a los dioses de todo deber, como hacen sus sacerdotes; hace producir y conservar a la naturaleza todas las cosas, se explica así la formación del mundo y descarga al hombre del temor de los juicios divinos; quod beatum aeternumque sit, id nec habere negotïï quidquam, nec exhibere alteri717. Quiere la naturaleza que entre las cosas análogas exista relación semejante; así pues, del número infinito de mortales infiere que hay igual número de inmortales. Las cosas infinitas que perjudican y matan, presuponen igual número que aprovechan y conservan. Como las almas de los dioses, sin lengua, ojos ni oídos, se entienden entre sí y juzgan de nuestros pensamientos, así las almas de los hombres, cuando se encuentran libres, desprendidas del cuerpo por el sueño o por algún encantamiento, adivinan, pronostican y ven las cosas que serían incapaces de ver unidas al cuerpo. Los hombres, dice san Pablo, convirtiéronse en locos, en fuerza de querer ser cuerdos, y cambiaron la incorruptible gloria de Dios en la imagen corruptible del hombre. Considerad, siquiera sea ligeramente, las extravagantes y aparatosas deificaciones de los antiguos:   —464→   luego de celebrar con soberbia pompa la ceremonia de los funerales, cuando el fuego prendía en lo alto de la pirámide y llegaba al lecho del difunto, dejaban escapar un águila, la cual, volando a las nubes, significaba que el alma del muerto se encaminaba al paraíso. Pueden verse mil medallas, señaladamente la que representa a la honrada Faustina718, que muestran al águila llevando a cuestas hacia el cielo a las almas deificadas. Es lastimoso que nos engañemos así con nuestras propias imitaciones e invenciones;


Quod finxere, timent719:



como los muchachos, que se asustan de la misma cara que tiznaron y ennegrecieron a sus compañeros720: quasi quidquam infelicius sit homine, cui sua figmenta dominantur721.

Hay diferencia grande entre honrar al que nos ha criado y rendir culto al que nosotros hemos hecho. Augusto tuvo más templos que Júpiter en los cuales se le veneró, y se creyó en sus milagros lo mismo que en los de Júpiter. En recompensa de los beneficios que de Agesilao recibieran, anunciáronle los tasianos que le habían canonizado. «¿Vuestra nación, contestó aquél, tiene el poder de convertir en dios a quien le viene en ganas? Santificad primero, para ver cómo le va a uno de entre vosotros, luego, cuando yo haya visto los efectos, agradeceré en el alma el don con que me brindáis.» La insensatez del hombre no reconoce límites, puesto que siendo incapaz de forjar el animal más microscópico fabrica dioses a docenas. Oíd encarecer a Trimegisto el humano poderío: «Entre las cosas admirables, dice, sobrepasa a todas las demás el que el hombre haya llegado a conocer y a crear la naturaleza divina.» He aquí algunos argumentos de la escuela misma de la filosofía:


Nosse cui divos et caeli numina soli
aut soli nescire, datum722:



«Si Dios existe es un ser animado; si es animado tiene sentidos, y si tiene sentidos está sujeto a accidentes. Si carece de cuerpo, tampoco tiene alma, y por consiguiente es incapaz de acción; si tiene cuerpo es perecedero.» Y con esto héteme al hombre victorioso y triunfante. «Nosotros somos incapaces de haber hecho el mundo; por consiguiente existe alguna fuerza superior que en él ha puesto la mano. Sería una estúpida arrogancia el que nos considerásemos   —465→   como los seres más perfectos de este universo; hay pues algo mejor que es Dios. Cuando contempláis una residencia pomposa y rica, aunque no sepáis a quién pertenece, no suponéis que haya sido expresamente construida para albergue de ratones; así pues, ese divino monumento colocado sobre nuestras cabezas, ese celestial palacio debemos considerarlo como la vivienda de algún morador, cuya grandeza es mucho mayor que la nuestra. ¿Lo más alto, no es siempre lo más digno? Por eso nosotros estamos colocados aquí abajo. Nada sin alma ni razón puede crear un ser animado capaz de esa facultad: el mundo nos produce, luego hay en él alma y razón. Cada una de las partes de nosotros mismos es menor que nuestro ser cabal; nosotros formamos parte del mundo, de donde se desprende que éste se halla dotado de sabiduría y razón en mayor dosis de lo que nosotros lo estamos. Es cosa hermosa tener un gobierno de extensión dilatada, por eso el del mundo pertenece a alguna naturaleza privilegiada. Los astros no nos dañan; son por consiguiente seres llenos de bondad. El hombre, lo mismo que los dioses, tiene necesidad de alimento, los segundos se nutren con los vapores de aquí bajo. Los bienes terrenales no pertenecen a Dios, ni a nosotros tampoco. Recibir ofensas e infringirlas muestran imperfección análoga; es por consiguiente insensato temer a Dios. Dios es bueno por naturaleza; el hombre, por industria, lo cual es más meritorio. La sabiduría divina y la humana se diferencian sólo en que aquélla es eterna; y como la duración ninguna cualidad añade a la sabiduría, hétemos compañeros. Tenemos vida, razón y libertad, y noción de la bondad, de la caridad y de la justicia, atributos todos que le son propios.» En conclusión el deísmo y el ateísmo, todos estos argumentos en pro y en contra de la divinidad, los forja el hombre ayudado por la idea que de sí mismo se forma. ¡Qué patrón y qué modelo! Ampliemos, elevemos y abultemos cuanto nos plazca las cualidades humanas; ínflate, pobre criatura, una, dos y mil veces


Non, si te ruperis, inquit723;



Profecto non Deum, quem cogitare non possunt, sed semetipsos, pro illo cogitantes, non ulum, sed se ipsos, non illi, sed sibi comparant724.

Puesto que en los fenómenos naturales los efectos no dejan ver las causas sino a medias, ¿con cuánta más razón en este punto serán vagas y obscuras? Ésta sobrepasa el orden de la naturaleza; su condición es demasiado elevada,   —466→   demasiado alejada y demasiado soberana para consentir que nuestras conclusiones puedan sujetarla y contraerla. Somos incapaces de llegar a ella con el concurso de nuestras exiguas fuerzas; nuestro camino es demasiado rastrero; lo mismo está el hombre cerca del cielo en lo alto del monte Cenis que en lo más hondo del mar. Consultad con vuestro astrolabio si de ello queréis convenceros. Los filósofos paganos hacen figurar a Dios hasta en el contacto carnal de las mujeres, cuántas veces y en cuántas generaciones: Paulina, mujer de Saturnino, rica matrona romana, creyendo pernoctar con el dios Serapis se encontró entre los brazos de un amante por el alcahuetismo de los sacerdotes de aquel templo. Varrón, el autor latino más sutil y sabio, escribe en sus libros de teología que el sacristán del templo de Hércules jugó con este dios una cena y una muchacha; en caso de que ganara, se descontarían los gastos de las ofrendas del templo, y si perdía sufragarla las costas; el sacristán perdió y pagó su cena y a la muchacha. Esta se llamaba Laurentina, y vio por la noche el Dios entre sus brazos, el cual la dijo que el primero con quien al día siguiente tropezara la pagaría espléndidamente su salario; y en efecto encontrose con Tarancio, joven rico, que la llevó a su casa y andando el tiempo la hizo heredera. La muchacha a su vez, creyendo ser grata a Hércules, dejó todos los bienes al pueblo romano, por lo cual tributáronsela honores divinos. Como si no bastara que por el lado paternal y por el maternal Platón fuera originalmente descendiente de los dioses, ni tampoco el tener a Neptuno por fundador de su raza, considerábase en Atenas como cosa cierta que Avistón, habiendo querido gozar de la hermosa Perictione y no acertando a realizar sus deseos, fue advertido en sueños por Apolo de que la dejara intacta hasta que hubiera dado a luz. Teníase por asegurado que los padres de Platón fueron Apolo y Perictione. En las historias se encuentran numerosos ejemplos de cornamentos análogos, procurados por los dioses a los pobres humanos, y de maridos desacreditados en favor de rango de sus hijos. En la religión de Mahoma vense por la creencia de los pueblos fieles al profeta gran número de Merlines725, o lo que ellos mismo, hijos sin padre, absolutamente espirituales, engendrados con el auxilio de la divinidad en el vientre de las doncellas, los cuales llevan un nombre que tiene en la lengua árabe esa significación.

Precisa notar que en cada cosa nada hay más elevado ni más estimable que el propio ser de la misma; el león, el águila, el delfín, nada conciben que aventaje a su especie; todos ponen en parangón sus propias cualidades con las demás cosas existentes; las cuales podemos estrechar o   —467→   ensanchar, y es todo cuanto pende de nuestra mano, pues fuera de aquella relación y de este principio, nuestra imaginación no puede llegar; nada puede adivinar, la es imposible de todo punto ir más allá. Nacen de aquí estos antiguos principios: «De todas las formas de la naturaleza es el hombre la más hermosa, por consiguiente Dios está incluido en ella. Nadie sin virtud puede ser dichoso; tampoco la virtud puede existir independientemente de la razón, ni ésta puede residir en otro ser que no sea el hombre.» Dios por consiguiente reviste figura humana: Ita est in formatum et anticipatumque mentibus nostris, uthomini, quum de Deo cogitet, forma ocurrat humana726. Por eso, decía con gracia Jenófanes, que si como es verosímil, los animales se forjan sus dioses correspondientes, idearanlos parecidos a ellos y se glorificarán como nosotros; ¿qué razón hay para que un ansarón no sostenga el razonamiento siguiente: «Todas las partes del universo tienen relación con mi individuo; la tierra me sirve de apoyo, el sol me alumbra, las estrellas ejercen influencia sobre mi ser; los vientos, y los mares me procuran bienestar y comodidades; ningún otro animal se ve más favorecido que yo bajo la bóveda celeste, yo soy el niño mimado de la naturaleza? ¿No es el hombre quien me acaricia, me sirve y procura vivienda? En beneficio mío siembra y recolecta; si le sirvo de alimento, también devora el hombre a sus semejantes, y también yo me nutro de los gusanos que le matan y le roen.» Así hablará la grulla727, y todavía con más altivez que el hombre, por la libertad que su vuelo la procura, merced al cual goza del privilegio de cernerse en las regiones más altas: Tam blanda conciliatris, et tam sui est lena ipsa natura!728 Así pues, colocándose el hombre en esa textura concluye que para él son los destinos, para él solo el universo mundo; el sol alumbra y la tormenta estalla para nosotros; el Criador y las criaturas, todo es para nosotros: es la conclusión y fin o adonde se dirige la universalidad de las cosas. Considerad lo que la filosofía registró hace ya más de dos mil años sobre las cosas celestiales: según aquélla los dioses no obraron ni hablaron sino en beneficio del hombre, ni les atribuye distinto oficio ni misión. Vedlos aquí que contra nosotros vienen a las manos:


Domitosque Herculea manu
telluris juvenes, unde pariculum
—468→
    fulgens contremuit domus
Saturni veteris.729



Consideradlos participando en nuestros desórdenes, correspondiendo así a las muchas veces que nosotros hemos tomado parte en los suyos:


Neptunus muros, magnoque emota tridenti
fundamenta quatit, totamque a sedibus urbem
eruit: hic Juno Scaeas saevissima portas
primat tenet.730



Por el celo que los caunianos ponen en la dominación de sus dioses peculiares échanse el arma a la espalda el día que los festejan y sacuden el aire con sus espadas, arrojando y expulsando así de su territorio a los dioses extraños. El poder de los mismos lo acomodamos a nuestras necesidades: curan unos los caballos; otros los hombres; quién las epidemias, la tiña, la tos; quién una clase de sarna, quién otra: adeo minimis etiam rebus prava religio inserit deos731: quién es causa de que prosperen las vides, quién los ajos; los unos tienen a su cargo el gobierno de la lujuria, los otros el comercio; cada clase de trabajadores tiene su dios correspondiente; los unos poseen sus partidarios en oriente, los otros en occidente:


Hic illius arma,
hic currus fuit.732
O sancte Apollo, qui umbilicum certum terrarum obtines.733
Paliada Cecropidae, Minoia Creta Dianam,
    Vulcanum tellus Hypsipylea colit,
Junonem Sparte, Pelopelïadesque Mycenae;
    Pinigerum Fauni Maenalis ora caput;
Mars Latio venerandus erat734,



hay quien no posee más que un lugar pequeño o una familia; otro vive solo, otro acompañado voluntaria o inevitablemente,


Junctaque sunt magno templa nepotis avo735;



los hay tan raquíticos e insignificantes, pues el número de ellos asciende a treinta y seis mil736, que precisa reunir cinco   —469→   o seis para producir una espiga de trigo; cada uno lleva su nombre del lugar donde se encuentra; tres en una puerta: el del frente, el de los goznes y el del dintel; cuatro a una criatura, protectores de sus envolturas, de lo que come, de lo que bebe y de lo que mama. Algunos gozan de una existencia real; la de otros es incierta y dudosa; otros hay que todavía no pudieron entrar en el paraíso:


Quos, quoniam caeli nondum dignamur honore
quas dedimus certe terras habitare sinamus737:



ejercen algunos profesiones diversas: físicas, poéticas o civiles; otros hay que participan de la divinidad y de la humana naturaleza, mediadores entre Dios y las criaturas, que reciben una adoración de segundo orden; son infinitos en oficios y títulos; los unos buenos, malos los otros, los hay viejos derrengados, y hasta mortales, pues según Crisipo, cuando el día sea llegado de la última conflagración del mundo, todos los dioses perecerán a excepción de Júpiter. Forma el hombre mil comunicaciones ridículas entre el Criador y él, y no es peregrino que así acontezca teniéndose como se tiene por compañero suyo:


Jovis incunabula Creten.738



He aquí la razón que nos dan en este punto Scévola739, pontífice máximo, Varrón, teólogo eminente, en sus respectivas épocas: «Es necesario, dicen, que el pueblo ignore muchas cosas verdaderas y crea muchas otras que son erróneas»: Quum veritatem, qua liberetur, inquirat credatur ei expedire, quod fallitur740. La vista humana no puede advertir las cosas sino bajo las formas que nos son habituales. ¿No os acordáis del salto que dio el pobre Faetón por haber pretendido manejar las riendas de los caballos de su padre con sus mortales manos? Nuestro espíritu experimenta por su temeridad suerte idéntica. Si preguntáis a la filosofía la materia de que están formados el cielo y el sol, ¿que os responderá si no dice que de hierro, o con so Anaxágoras de piedra, o de otra substancia que nos sea familiar? ¿Se pregunta a Zenón qué cosa es naturaleza? «Un fuego, dice, que merced a cierto   —470→   artificio engendra metódicamente.» Arquímedes, maestro en la ciencia que se atribuye la prioridad sobre todas las demás en verdad y certeza, contestará: «El sol es un dios de hierro inflamado.» ¡Gallarda idea fruto de la belleza o inevitable necesidad de las geométricas demostraciones! No tan útiles sin embargo ni tan evidentes, puesto que Sócrates entendía que bastaba en punto a conocimientos geométricos con saber medir la tierra que hollamos bajo nuestras plantas; y que Polieno, que fue en esa ciencia doctor famoso e ilustre, no la desdeñara al fin, como falsa y de apariencia vana, luego que hubo gustado los dulces frutos de los sosegados jardines de Epicuro. Sócrates en Jenofonte, a propósito de Anaxágoras, a quien la antigüedad tuvo por más competente que ningún otro filósofo en las cosas celestes y divinas, dice que vio su cerebro perturbado, como acontece a todos los hombres que persiguen de una manera inmoderada los conocimientos que no están a sus alcances. Decía que el sol era una piedra candente, sin reparar en que la piedra no brilla cuando está en el fuego, ni fijarse en que dentro de él se consume, como tampoco en que el fuego no ennegrece a los que están frente a él, ni en que nos es posible mirarle fijamente, ni en que el fuego mata las hierbas y las plantas. Al entender de Sócrates, y también al mío, el mejor juicio en punto a las cosas ultraterrenas es abstenerse en absoluto de formar ninguno. Platón, hablando de los demonios en su diálogo Timeo, exprésase en los siguientes términos: «Empresa es ésta que sobrepasa nuestras luces naturales; preciso es en este punto creer a los antiguos que se dijeron por ellos engendrados; es ir contra la razón el negar la fe a los hijos de los dioses, aunque lo que digan no esté probado por razones ineludibles ni verosímiles, puesto que están seguros de hablarnos de cosas que les son familiares y habituales.»

Veamos ahora si conocemos con alguna mayor claridad las cosas humanas y naturales. ¿No es empresa ridícula que para explicar aquellas a que por confesión propia no podemos llegar andemos forjando concepciones falsas, hijas de nuestra invención, como sucede cuando tratamos de explicarnos el movimiento de los planetas que, como no podemos comprender, porque nuestro espíritu no es siquiera capaz de penetrar la naturaleza de sus funciones, le apliquemos toda suerte de resortes materiales, pesados y puramente terrenales?


Temo aureus, aurea summae
curvatura rotae, radiorum argenteus ordo741:



supondréis acaso, como Platón, que fueron cocheros, carpinteros y pintores los que instalaron allá arriba máquinas   —471→   de movimientos diversos, dispusieron los engranajes y el concierto de los cuerpos celestes, de colores múltiples, alrededor del huso de la necesidad:


       Mundus domus est maxima rerum,
quam quinque altitonae fragmine zonae
cingunt, per quam limbus pictus bis sex signis
stellimicantibus, altus in obliquo aethere, lunae
bigas acceptat742: