Las golondrinas, que cuando vuelve la primavera vemos registrar
los rincones todos de nuestras casas, ¿buscan sin discernimiento y
eligen sin deliberación entre mil lugares aquel que encuentran
más cómodo? ¿Y en la admirable contextura de sus
construcciones, los pájaros no pueden adoptar ya la forma cuadrada, ya
la redonda, bien en forma de ángulo obtuso o recto, sin conocer las
condiciones y efectos de cada una de estas formas? ¿Se sirven las aves
unas veces del agua y otras de la arcilla, sin saber que la dureza de los
cuerpos se reblandece con la humedad? ¿Tapizan de musgo sus viviendas o
de plumón, sin considerar que los tiernecillos miembros de sus
pequeñuelos encontrarán así mayor blandura y comodidad?
¿Se resguardan del viento y de la lluvia y colocan sus nidos al oriente
sin conocer as diferencias de aquéllos ni considerar que los unos les
son más favorables que los otros? ¿Por qué la araña
espesa su tela en un lugar y en otro la elabora menos fuerte,
sirviéndose ya de la más recia, ya de la más débil,
si sus movimientos no son reflexivos y deliberados?
De sobra reconocemos en la mayor parte de sus obras multitud de
excelencias en los animales de que nosotros carecemos, y cuán
débil es toda nuestra habilidad para imitarlos. En nuestras obras, que
son menos delicadas, reconocemos las facultades que nos es preciso emplear, el
esfuerzo de nuestra alma para la realización de las mismas;
—392→
¿por qué de los animales no pensamos lo mismo?
¿por qué atribuimos a no sé qué inclinación
natural y baja las obras que sobrepasan lo que nosotros somos incapaces de
realizar, ni por naturaleza ni por arte? Con ello, sin advertirlo, les
achacamos ventajas inmensas sobre nosotros, puesto que la naturaleza, por
virtud de una dulzura maternal, como por la mano, los acompaña y los
guía a la práctica de todos los actos y comodidades de su vida,
al par que a nosotros nos abandona al azar y a la fortuna, y nos obliga a
mendigar por arte todo aquello que necesitamos para nuestra
conservación, y nos rechaza siempre los medios de alcanzar, ni siquiera
por la más violenta contención de espíritu, a la natural
habilidad de los animales, de suerte que la brutal estupidez de éstos
sobrepasa en comodidades de todo género cuanto nuestra divina
inteligencia alcanza; atendido lo cual, tendríamos razón llamando
a la naturaleza madrastra cruel o injustísima; pero nos
equivocaríamos, pues nuestra manera de ser no es tan desordenada ni
deforme.
La naturaleza cuida universalmente por igual de todas sus
criaturas y ninguna hay a quien no haya provisto suficientemente de todos los
recursos necesarios para la conservación de su ser, pues las vulgares
quejas que oigo proferir a los hombres (como la licencia de sus opiniones tan
pronto los eleva por cima de las nubes como los rebaja a los antípodas),
de que nosotros somos el solo animal desnudo sobre la tierra desnuda; ligado,
agarrotado, no teniendo nada con que armarse ni cubrirse, sino los despojos de
los otros seres, y de que a todas las demás especies la naturaleza las
revistió de conchas, corteza, pelo, lana, púas, cuero, borra,
pluma, escamas o seda según las necesidades de cada una, o las
armó de garras, dientes y cuernos para la defensa y el ataque, al par
que las instruyó en todo cuanto les es pertinente, como nadar, correr,
volar y cantar, mientras que el hombre no sabe ni andar, ni hablar, ni comer
sin aprendizaje previo, y por sí solo únicamente a llorar
acierta:
Tum porro puer, ut saevis projectus ab
undis
navita, nudus humi jacet, infans,
indigus omni
vitali auxilio, quum primum in
luminis oras
nixibus ex alvo matris natura
profudit,
vagituque locum lugubri complet; ut
aequum est,
cui tantum in vita restet transire
malorum?
At variae crescunt pecudes, armenta,
feraeque,
nec crepitacula eis opus est, nec
cuiquam adhibenda est
tales lamentos son completamente falsos;
hay en el ordenamiento de las cosas del mundo una equidad más grande y
una relación más uniforme. Nuestra piel está provista tan
suficientemente, como la suya, de resistencia contra las injurias del tiempo;
pruébanlo varias naciones que no conocen todavía el uso de los
vestidos. Los primitivos galos iban casi desnudos; nuestros vecinos los
irlandeses, que viven bajo un cielo tan frío, apenas se resguardan de la
intemperie; pero por nosotros mismos podemos juzgar mejor de esa posibilidad,
pues todas las partes del cuervo humano que nos place llevar descubiertas al
viento y al aire, resisten ambos elementos, como la cara, los pies, las manos,
las piernas, los hombros, la cabeza, si la costumbre a ello nos convida. Si hay
en nuestro organismo una parte poco resistente y que debiera resguardarse del
frío, es el estómago, donde tienen lugar las funciones de la
digestión; sin embargo, nuestros padres lo llevaban descubierto, y
nuestras damas, tan blandas y débiles como son suelen a veces ir
descotadas hasta el ombligo. La envoltura de las criaturas tampoco es
indispensable: las madres de Lacedemonia criaban las suyas dejando en completa
libertad todos los miembros, sin sujetarlos ni envolverlos. Nuestro llanto es
común a la mayor parte de los animales, y no hay casi ninguno que no se
queje y gimotee, aun largo tiempo después de nacer, cosa bien adecuada a
la debilidad que en ellos reconocen. Cuanto al alimento, lo mismo que los otros
seres lo reclamamos nosotros y nos es tan natural e instintivo como a los
animales;
Sentit enim vim quisque suam quam
possit abuti582:
¿Quién pone en duda que un
niño cuando llega a la edad en que ya no le basta el pecho de su madre
pide que le den de comer? La tierra produce espontáneamente y ofrece al
hombre lo suficiente para la satisfacción de sus necesidades, sin otro
cultivo ni artificio: ved cómo en todo tiempo los animales encuentran en
ella de qué nutrirse: las hormigas aprovisionan víveres para las
estaciones más estériles del año. Esas naciones que
acabamos de descubrir, tan copiosamente provistas de carnes y bebidas
naturales, sin ningún género de industria, nos enseñan que
el pan no es
—394→
nuestro único alimento, y que sin el cultivo
la madre naturaleza nos provee plenamente de todo cuanto nos es indispensable,
verosímilmente con mayor abundancia y riqueza que al presente en que
empleamos toda suerte de labores y artificios.
el desarreglo y desbordamiento de nuestros
apetitos sobrepasa las invenciones que empleamos para aplacarlos.
En cuanto a las armas o medios de defensa nosotros disponemos
de muchas que nos son más naturales que a la mayor parte de los otros
animales, de movimientos más ágiles de nuestros miembros, y de
aquéllos y de éstos sacamos mayor partido sin necesidad de
instrucción previa. Aquellos que están habituados a combatir
desnudos se les ve arrojarse en peligros semejantes a los nuestros, que
luchamos armados. Si algunos animales nos aventajan en los medios de pelea
nosotros llevamos ventaja a muchos otros. La costumbre de fortificar el cuerpo
y de resguardarlo tiénela el hombre por instinto natural. El elefante
aguza y afila los dientes de que se sirve para la guerra, pues tiene algunos
que guarda para la lucha, los cuales reserva y no emplea para otros servicios.
Cuando los toros se lanzan al combate esparcen y arrojan el polvo en derredor
suyo; los jabalíes aguzan sus colmillos; cuando el icneumón
emprende la lucha con el cocodrilo, cubre todo su cuerpo de limo bien compacto
y bien prensado y se provee así de una coraza: ¿por qué no
decir que el hombre busca su defensa de una manera análoga en la madera
y en el hierro?
En cuanto al hablar, puede decirse que si no nos es natural,
tampoco nos es necesario. De todas suertes entiendo que un niño a quien
se hubiera dejado en plena soledad, apartado de todo comercio humano, que
sería un ensayo difícil de practicar, encontraría alguna
manera de palabra para expresar sus concepciones: no es creíble que la
naturaleza nos haya negado ese medio con que dotó a muchos otros
animales: ¿pues qué otra cosa es sino hablar esa facultad que en
ellos vemos de quejarse o mostrar contento, llaman se unos en ayuda de otros o
invitarse al amor, todo lo cual ejecutan por medio de su voz?
¿Cómo no han de hablar entre ellos? Nos hablan a nosotros y
también nosotros les hablamos; ¿de cuántos modos no
conversarnos con los perros
—395→
y éstos nos entienden y nos
contestan? De distinto lenguaje nos servimos con los pájaros, con los
cerdos, con los bueyes, con los caballos, y cambiamos de idioma según la
especie:
Entiende que Lactancio atribuye a los
animales no sólo la facultad de hablar, sino también la de
reír; y la diferencia de lenguaje que se ve entre nosotros, según
las localidades, encuéntrase también en los animales de la misma
espacie. Aristóteles alega a este propósito el canto diverso de
las perdices según la región que habitan
Sería digno de saberse qué
lenguaje emplearía el niño de que hablé antes, pues lo que
por conjetura se dice no ofrece asomos de verosimilitud. Si contra mi parecer
se alega que los sordos de nacimiento no hablan nunca, contestaré que la
razón no reside solamente en que no pudieron recibir la
instrucción de la palabra por el auxilio del oído, sino
más bien que este sentido que les falta está íntimamente
ligado con el de la palabra y ambos se mantienen en muy estrecha
relación; de suerte que las palabras que articulamos las hablamos
primero mentalmente y las hacemos entender a nuestros oídos antes de
enviarlas a los extraños.
Todo lo precedente tiene por objeto mantener la semejanza que
existe entre las cosas humanas y las que a los animales son peculiares. El
hombre no está ni por cima ni por bajo de los otros seres. Todo cuanto
bajo el firmamento existe, dice el sabio, vive sujeto a ley y fortuna
parecidas:
Preciso es limitar al hombre y colocarle
dentro de las barreras de este orden natural. El hombre, sin embargo, no
encuentra inconveniente en traspasarlas, estando como está sujeto y
dominado por idéntica obligación que las demás criaturas
de su misma naturaleza y de su mismo orden, y siendo como es de
condición mediocre, sin prerrogativa alguna ni excelencia verdadera ni
esencial; la que se apropia por reflexión o capricho, carece en absoluto
de fundamento. Si, en efecto, acontece que el hombre solo es entre todos los
animales el único que goza de esa libertad de imaginación y de
ese desorden de pensamientos que le representan a un tiempo mismo lo que es y
lo que no es, lo verdadero como lo falso, superioridad es ésta que paga
bien cara y de la cual tiene bien poco por qué glorificarse ni
enaltecerse, pues de ella nace la fuente principal de los males que lo agobian:
el pecado, la enfermedad, la irresolución, el desorden, la
desesperación. Digo, pues, para volver a mi propósito, que no hay
razón alguna para suponer que los animales ejecutan por fuerza o
inclinación natural las acciones mismas que nosotros realizamos por
discernimiento e industria, y que debemos concluir que parecidos efectos
suponen facultades análogas, y acciones más complicadas,
más ricas facultades, y reconocer, en suma, que el mismo discernimiento
e idéntico discurso de los que nos acompañan en nuestros actos,
acompaña igualmente a los animales, o acaso algunas otras facultades
superiores a las nuestras. ¿Por qué imaginamos en los
demás seres esa obligación natural y fatal, nosotros que no
experimentamos ningún efecto semejante? Además, es mucho
más digno el ser encaminado a obrar ordenadamente por natural e
inevitable constitución, y acerca más a la divinidad, que el
obrar ordenadamente por virtud de una libertad temeraria y fortuita, y
también un medio más seguro de obrar bien encomendar a manos de
la naturaleza las riendas de nuestra conducta que si nosotros las
manejáramos. Hace nuestra vanidosa presunción que estimemos mejor
deber a nuestras fuerzas que a la liberalidad divina nuestro valer y
suficiencia; enriquecemos a los otros animales con los bienes naturales y
nosotros renunciamos a ellos para honrarnos y ennoblecernos con las facultades
adquiridas; enorme simpleza, a mi entender, pues yo tendría en mucho
más las gracias que me pertenecieran por entero, las ingenuas, que las
que se mendigan por medio del aprendizaje; ni reside en nuestro poder tampoco
alcanzar una recomendación más alta que la de ser favorecidos por
Dios y por la naturaleza.
Los habitantes de Tracia, cuando tienen que marchar sobre un
río congelado, se sirven como guía de un zorro que camina delante
de ellos. El animal aproxima su oído al hielo hasta tocarlo para
advertir si el agua corre cerca o lejos;
—397→
de la observación
encuentra que la masa es más o menos espesa, y así avanza o
retrocede. ¿Por qué no hemos de suponer que ese zorro hace un
razonamiento idéntico al que nosotros podríamos hacer en caso de
ejecutar la misma experiencia: «Lo que produce ruido, se mueve; lo que se
mueve, no está helado; lo que no está helado, es ruido, y lo que
es líquido no sostiene nuestro cuerpo.» Atribuir la habilidad del
animal solamente a la fineza extrema de su oído sin otra
reflexión ni deducción, es pura quimera y no podemos aceptarla.
Igual opinión deben merecernos tantas suertes de procedimientos y
astucias como los animales emplean para librarse de nuestras acometidas y
persecuciones.
Y si en pro de nuestra superioridad queremos argumentar que
nosotros empleamos para fines útiles la maestría de los animales,
sirviéndonos de ella cuando nuestra voluntad nos lo ordena, diré
que esto en nada difiere de la ventaja o superioridad que unos hombres tienen
sobre otros; lo mismo dispone el hombre de sus esclavos. Las climacides en
Siria eran unas mujeres que se destinaban, colocadas en igual posición
que las bestias, a servir de estribo a las damas para subir al coche. La mayor
parte de las personas libres abandonan a cambio de comodidades insignificantes
la vida y el ser al poder de otro. Las mujeres y concubinas de los tracios se
disputan el ser elegidas para ser sacrificadas en la tumba de sus maridos.
¿Han encontrado jamás los tiranos número bastante de
hombres consagraos a su culto, y no los arrastraron a todos a la muerte como
los dominaron en vida? Ejércitos enteros se comprometieron con sus
capitanes; la fórmula del juramento en la ruda escuela de los
gladiadores llevaba consigo las siguientes promesas: «Juramos dejarnos
encadenar, quemar, azotar y recibir la muerte con la espada, y sufrir todo
cuanto los gladiadores legítimos sufren e su amo»; y
religiosamente consagraban el cuerpo y el alma al servicio del mismo:
constituía el juramento una
obligación sacratísima, así que algunos años
entraban en ella hasta diez mil y todos perecían. Cuando los escitas
enterraban a su rey, estrangulaban sobre su cuerpo la que había sido
más favorecida entre todas sus concubinas, su copero, el caballerizo, el
chambelán, el hujier y el cocinero; y cuando se celebraba el aniversario
mataban cincuenta caballos montados por cincuenta pajes previamente empalados,
desde la cintura a la garganta, y los dejaban así en formación
alrededor de la tumba
—398→
del monarca. Los criados que nos sirven lo
hacen con dificultad menor y nos suministran menos atenciones que las que
nosotros prodigamos a los pájaros, a los caballos y a los perros.
¿A qué desvelos no nos sacrificamos en aras del bienestar y
comodidad de todos esos animales? Ni los servidores más abyectos hacen
de buen grado por sus amos lo que los príncipes se honran en ejecutar
por sus animales. Viendo Diógenes apenados a sus parientes porque
carecían de medios para rescatarle de la servidumbre: «Es locura,
decía, desesperarse por tal cosa: el que me cuida y me mantiene es mi
criado»; aquellos a cuya guarda están encomendados los animales
deben considerarse más bien como servidores que como servidos. Los
animales tienen algo de más generoso que los hombres, pues jamás
ningún león se puso al servicio de otro león, ni
ningún caballo al servicio de otro caballo, por miseria de ánimo.
Como el hombre caza a las fieras así los tigres y los leones cazan a los
hombres: los unos y los otros practican un ejercicio semejante; los perros
persiguen a las liebres, los sollos a las tencas, las golondrinas a las
cigarras, los milanos a los mirlos y a las alondras:
Compartimos el fruto de nuestra caza con
nuestros perros y nuestros pájaros, como el trabajo y la habilidad que
desplegamos en el ejercicio de ella. Al norte de Anfípolis, en Tracia,
cazadores y halcones salvajes distribuyen el botín en partes iguales. En
la región que se extiende a lo largo del Palos Meótides, el
pescador deja a los lobos una parte de su presa igual a la que se reserva; si
no lo hace así, los lobos desgarran al punto sus redes. De la propia
suerte que nosotros tenemos un modo de cazar en el cual la habilidad es
más eficaz que la fuerza, que es la que se hace con el auxilio de lazos,
y también la pesca de caña con anzuelo, vense también
ingeniosidades parecidas en los animales. Aristóteles refiere que la
jibia lanza de su cuello una membrana larga, como una caña de pescar, la
cual extiende o recoge a voluntad, a medida que advierte que algún
pececillo se aproxima; le deja morder el extremo de la membrana, mientras el
astuto animal se mantiene oculto en la arena o en el légamo, y luego,
poco a poco, la retira hasta que el pez está próximo y de un
salto puede atraparlo.
Cuanto a la fuerza, no hay animal en la naturaleza toda
expuesto a mayores peligros que el hombre. No ya el elefante,
—399→
la
ballena o el cocodrilo y otros animales semejantes nos llevan inmensa ventaja,
pues cualquiera de esas fieras corpulentas es capaz de destruir un gran
número de hombres: los piojos bastaron para acabar con la dictadura de
Sila590. El
corazón y la vida de un emperador glorioso no son el desayuno de un
gusanillo.
¿Por qué aseguramos que sólo el hombre
dispone de conocimiento y de ciencia, que se sirve de uno y otro para discernir
de las cosas que le son útiles o dañosas para la
conservación de su salud o para la curación de sus enfermedades,
y que sólo a la especie humana es dado conocer las virtudes del ruibarbo
o del polipodio? Cuando vemos que las cabras de Candia, después de haber
recibido alguna herida, eligen entre mil y mil hierbas el fresnillo para su
curación; cuando la tortuga se come la víbora, busca al punto el
orégano para purgarse; al dragón limpiarse y aclararse los ojos
con el hinojo; a la cigüeña echarse lavativas con agua de la playa;
a los elefantes, no sólo arrancarse las flechas de su propio cuerpo y
extraerlas del de sus compañeros, sino también de sus amos, de lo
cual da testimonio el del rey Poro, a quien venció Alejandro. Los dardos
y venablos que recibieran en el combate se los quitan con destreza tal, que
nosotros no acertaríamos a hacerlo con igual suavidad. ¿Por
qué, pues, no decir igualmente que tales artes son hijas también
de ciencia y discernimiento? Alegar, para deprimirlas, que obedecen sólo
a maestría natural, no es despojarlas de aquellos dictados, es, por el
contrario, dotar a los animales de mayor suma de razón que la que
nosotros tenemos, puesto que, sin aprendizaje, disponen de tan singular
destreza. El filósofo Crisipo, que no favorecía mucho las
cualidades de inteligencia de los animales, menos que ningún otro
filósofo, considerando los movimientos del perro que ha perdido a su amo
o persigue cualquier presa, y se encuentra en una encrucijada a la cual
concurren tres caminos diferentes, y al ver que el animal olfatea un camino y
luego otro, y después de haberse asegurado de ambos sin encontrar las
huellas que busca, se lanza por el tercero sin titubear, no puede menos de
confesar que ese perro raciocina del modo siguiente: «He seguido la
huella de mi amo hasta esta encrucijada, necesariamente ha debido partir
después por uno de estos tres caminos, y como no pasó por
éste ni por el otro, preciso es que haya tomado el de más
allá.» Asegurándose el can, sigue diciendo el
filósofo, en la conclusión a que su argumento le lleva, ya no se
sirve de su olfato para examinar el tercer camino, ni para nada lo sondea, sino
que se deja llevar por la fuerza de su razón.
—400→
Ese rasgo,
puramente dialéctico, ese uso de proposiciones divididas y conjuntas, en
que no se echa de menos la enumeración suficiente de las partes,
¿no vale tanto que el perro lo conozca por sí mismo como por la
doctrina del sabio Trebizonda591?
Sin embargo, los animales tampoco son incapaces de recibir la
instrucción humana; enseñamos a hablar a los mirlos, cuervos y
loritos. Esta facilidad que en ellos reconocemos de suministrarnos su voz
cadenciosa, testifica que esos pájaros están dotados de
raciocinio, el cual les hace capaces de disciplina y voluntad para aprender a
emitir sonidos articulados. A todos nos admira el ver la diversidad de monadas
como los titiriteros enseñan a sus perros; las danzas en que no dejan de
ejecutar ni una sola cadencia del son que escuchan, tantos movimientos y saltos
como ejecutan a la voz que se les dirige. Todavía contemplo yo con
admiración mayor los perros que sirven de guía a los ciegos, lo
mismo en los campos que en las ciudades; ved cómo se detienen en
determinadas puertas donde acostumbran a dar limosna a sus amos, cómo
evitan el encuentro con toda suerte de vehículos al atravesar los sitios
en que a primera vista parece haber lugar suficiente para pasar. Yo he visto a
un perro que acompañaba a un ciego a lo largo de un foso, abandonar un
sendero cómodo y tomar otro camino peor para apartar a su amo del
peligro. ¿Cómo se había hecho comprender a aquel animal
que su misión era solamente la de mirar por la seguridad de su amo,
haciendo caso omiso de su comodidad por servirle? ¿Por qué medio
había conocido que tal ruta, suficientemente espaciosa para él,
no lo sería para un ciego? ¿Puede todo esto comprenderse sin
raciocinio ni discernimiento?
No hay que olvidar tampoco el perro que Plutarco cuenta haber
visto en Roma en el teatro de Marcelo, hallándose en
compañía del emperador Vespasiano, el padre. Ese perro
pertenecía a un titiritero, que era también actor, y el animal
tomaba parte en las representaciones como su amo Entre otras cosas, era preciso
que hiciera el muerto durante algunos minutos, a causa de haber comido cierta
droga: después de tragado el pan con que se simulaba el veneno,
comenzaba a tiritar y a temblar como si estuviera aturdido; finalmente, se
dejaba caer redondo, como sin vida, y consentía que le arrastrasen de un
lugar a otro, conforme el argumento de la obra lo exigía; luego, cuando
echaba de ver que la oportunidad era llegada, empezaba primero a moverse, cual
si despertara de un sueño profundo, y levantando la cabeza miraba a
todos lados de un modo que dejaba pasmados a todos los asistentes.
—401→
Los bueyes que trabajaban en los jardines reales de Susa,
hacían dar vueltas a enormes ruedas para elevar el agua; a esas ruedas
estaban sujetos los alcahuciles (muchas máquinas semejantes se ven en el
Languedoc). Habíaseles enseñado a dar cien vueltas cada
día, y tan hechos estaban que no fueran más ni menos, que no
había medio humano de hacerles dar una más. Cuando llegaban a la
ciento se detenían instantáneamente. El hombre necesita
encontrarse en la adolescencia para saber contar hasta ciento, y las naciones
recientemente descubiertas no tienen idea alguna de la numeración.
Mayor fuerza de raciocinio supone dar instrucción a otro
que recibiría; de suerte que, dejando a un lado lo que Demócrito
asegura y prueba de que la mayor parte de las artes las hemos recibido de los
animales, como por ejemplo: el tejer y el coser, de la araña; el
edificar, de la golondrina; la música, del cisne y del ruiseñor,
y de la imitación de otros animales aprendimos la medicina,
Aristóteles afirma que los ruiseñores enseñan el canto a
sus pequeñuelos, empleando para ello tiempo y desvelos, por donde se
explica que los que nosotros enjaulamos pierden mucho en la gracia de su canto,
porque no aprendieron con sus padres. De aquí podemos deducir que esos
pajarillos realzan su habilidad con el estudio y la disciplina, y aun entre los
que vuelan en libertad no hay dos cuyo canto sea idéntico: cada uno
aprovechó la lección conforme a su capacidad. Por la rivalidad
del aprendizaje entran en lucha los unos con los otros, con ímpetu y
arrojo tales, que a veces el vencido fenece falto de aliento, del cual se priva
antes que de la voz. Los más jovenzuelos rumian pensativos y se
esfuerzan en imitar algún fragmento del canto; oye el discípulo
la lección de su preceptor y la repite con el mayor esmero; los unos
permanecen mudos mientras los otros cantan y todos atienden a la
corrección de los defectos, y a veces sienten los resultados de las
reprensiones del maestro. Arriano cuenta haber visto un elefante de cuyos
muslos pendían dos címbalos y otro sujeto a la trompa; al son de
los tres, sus compañeros danzaban en derredor del músico,
agachándose o levantándose, según las cadencias que la
orquesta marcaba, y cuya armonía era gratísima. En las
diversiones públicas de Roma se veían ordinariamente elefantes
adiestrados en el movimiento y la danza, que ejecutaban al son de la voz;
veíaseles también bailar en parejas adoptando posturas
caprichosas, muy, difíciles de aprender. Otros había que
ensayaban su lección y que se ejercitaban solos para recordarla y no ser
castigados por el maestro.
La historia de la urraca, de que nos habla y da fe Plutarco,
merece también particular mención. Teníala un barbero, en
Roma, en su establecimiento, y el animalito hacía
—402→
maravillas imitando cuantos sonidos oía. Ocurrió que, en
una ocasión, se detuvieron frente a la tienda unos trompeteros que
tocaron largo tiempo; después de haberlos oído, todo el
día siguiente la urraca permaneció pensativa, muda y
melancólica, de lo cual todo el mundo estaba maravillado, pensando que
el sonido de las trompetas la habría aturdido, y que, con su
oído, su canto hubiera quedado extinto; pero al fin descubrieron que, en
realidad, la urraca estaba sumida en profundas meditaciones, abstraída
en sí misma, ejercitando su espíritu y preparando su voz para
imitar la música de aquellos instrumentos; así que lo primero que
hizo después de su silencio, fue remedar perfectamente el toque de las
trompetas con todos sus altos y bajos, y vencido ya el nuevo aprendizaje,
desdeñó como insignificantes sus habilidades anteriores.
Tampoco quiero dejarme en el tintero el caso de un perro que
Plutarco dice haber visto (y bien advierto que no procedo con mucho orden en
mis ejemplos, pero téngase en cuenta que lo mismo hago en todo mi
libro). Hallábase Plutarco en un navío y se fijó en un
perro que hacía grandes esfuerzos por beber el aceite que estaba en el
fondo de una vasija, donde no podía alcanzar con su lengua a causa de la
angostura de la boca del cacharro; el can se procuró piedras que
metió dentro de la vasija hasta que el líquido rebosó, y
pudo con toda comodidad tenerlo a su alcance. ¿Qué acusan esas
faenas, sino un entendimiento dotado de la mayor sutileza? Dícese que
los cuervos de Berbería hacen lo propio cuando el agua que quieren beber
está demasiado baja. Estos casos se asemejan a lo que refería de
los elefantes un rey del país donde estos animales viven: cuando por la
destreza de los cazadores uno de aquéllos cae en los profundos fosos que
se les preparan, que se cubren luego de broza menuda para atraparlos, los
demás llevan, con diligencia suma, gran cantidad de piedras y madera, a
fin de que con tal argucia pueda escapar el prisionero. Pero los actos de estos
animales se relacionan por tantos otros puntos con la habilidad humana, que si
fuera a detallar menudamente cuanto de ellos la experiencia nos enseña,
probaría fácilmente mi aserto, esto es, que existe mayor
diferencia de tal a cual hombre, que la que se encuentra entre tal hombre y tal
animal. Un individuo, a cuya guarda estaba encomendado un elefante en una casa
de Siria, robaba en cada comida de su pupilo la mitad del pienso que
tenía orden de darle; un día quiso el propio amo servir la comida
al animal, y vertió en el pesebre la medida cabal que había
prescrito para su alimentación; el elefante miró con malos ojos a
su desconocido servidor y separó con su trompa y puso a un lado la
mitad, declarando con ello el engaño de que venía siendo
víctima. Otro que estaba a cargo de un individuo que ponía
piedras en el
—403→
pesebre para aumentar la medida, aproximose al
puchero donde hervía la carne para su cena y lo llenó de ceniza.
Ambos sucedidos sólo son casos aislados, mas lo que todo el mundo ha
visto y todo el mundo sabe, es que en los ejércitos que guerreaban en
los países de Levante, una de las resistencias mayores la
constituían los elefantes, de los cuales se obtenían resultados,
sin ponderación mayores que los que se alcanzan hoy con la
artillería, que, con escasa diferencia, hace sus veces en una batalla
bien conducida (puedan juzgar de esto más fácilmente los que
conocen la historia antigua):
Siquidem Tyrio servire solebant
Annibali, et nostris ducibus,
regique Molosso,
horum majores, ot dorso ferre
cohortes,
partem aliquam belli, et euntem in
praelia turrim.592
Necesario era que los romanos tuvieran
cabal confianza en la habilidad de aquellos animales y en sus facultades
reflexivas para dejar a su albedrío la vanguardia de un ejército,
precisamente el lugar en que la menor parada que hubieran hecho, el más
insignificante incidente que les hubiera obligado a volver la cabeza hacia sus
gentes, habría bastado para desquiciarlo todo, a causa del enorme
tamaño y del peso de sus cuerpos. Menos ejemplos se vieron de que los
elefantes se lanzasen sobre las tropas a quienes habían de ayudar, que
ocasiones hemos visto de pelear y matarse entre sí los soldados de un
mismo bando. Encomendábaseles la ejecución, no sólo de
movimientos sencillos, sino también de operaciones complicadas.
Análogos servicios prestaban los perros a los españoles en la
conquista de las Indias, y los pagaban sueldo y los daban participación
en el botín. Estos animales mostraban tanta destreza y juicio en la
persecución y vencimiento de sus enemigos y en el logro de la victoria,
en avanzar o retroceder, según los casos, en distinguir los amigos de
los enemigos, como de ardor y valentía.
El hombre admira y se fija más en las cosas peregrinas y
singulares que en las ordinarias. Por esta razón me he detenido en
enumerar tantas que son prodigiosas. A mi ver, quien examinara de cerca cuanto
vemos entre los animales que viven entre nosotros, encontraría sucesos
tan admirables como los que se nos dice que acontecieron en países y
siglos remotos. Idéntica es la naturaleza, e inalterable es su curso: el
que hubiera concienzudamente penetrado el estado actual de la misma,
podría con seguridad conocer las leyes que se cumplieron en el pasado y
seguirán en lo porvenir cumpliéndose. Yo he visto algunos hombres
entre
—404→
nosotros, que vinieron por mar de lejanas tierras, y como no
entendíamos nada de su lenguaje, y porque sus maneras, su continente,
sus vestidos, no guardaban ninguna analogía con los nuestros, todos los
considerábamos como brutos y salvajes; todos achacábamos a
estupidez y animalidad el verlos mudos, ignorantes de la lengua francesa,
ignorantes de nuestros besamanos y de nuestras reverencias rastreras, de
nuestro porte y modales, en los cuales, según nuestro modo de ver, debe
tomar su patrón la naturaleza humana. Cuanto se nos antoja
extraño lo condenamos sin remisión, y hacemos lo mismo con todo
lo que no entendemos, como sucede con las ideas que de los animales nos
formamos. Tienen éstos muchas cualidades que se asemejan a las nuestras,
que se relacionan con nuestro modo de ser, y sólo de ellas por
comparación podemos formarnos una idea más o menos conjetural;
mas de las que les son peculiares y características, ¿qué
conocimiento tenemos? Los caballos, los perros, los bueyes, las ovejas, los
pájaros y la mayor parte de los animales que viven con el hombre,
reconocen nuestra voz y la obedecen; todavía hacía más la
murena de Craso, que se acercaba a su mano cuando la llamaba, y lo propio hacen
las anguilas de la fuente de Aretusa. Yo he visto muchos estanques en que los
peces acuden para comer a la voz de los que los cuidan:
de lo cual podemos deducir la admirable
inteligencia de esos animales, como también puede con verosimilitud
suponerse que los elefantes ejercen algunas prácticas religiosas, pues
se les ve, después de lavarse y purificarse, levantar la trompa como si
fueran sus brazos, fijar la mirada hacia el sol levante y permanecer durante
largo tiempo en actitud meditativa y contempladora a determinadas horas del
día; y ejecutan esta ceremonia por inclinación propia, sin
enseñanza ni precepto. Mas aunque en los animales no viéramos
ningún asomo de culto, no por ello nos es dable asentar que no tengan
religión ni tampoco sacar consecuencias de lo que de ellos nos es
desconocido. Algo podemos derivar de sus acciones cuando se asemejan a las
nuestras, como la que advirtió el filósofo Cleanto, el cual
refiere que vio salir un hormiguero de su nido conduciendo el cuerpo de una
hormiga muerta a otro hormiguero, del cual varias le salieron al encuentro como
para parlamentar con las primeras, y luego de haber permanecido juntas algunos
minutos, volvieron a su casa los del segundo para dar cuenta de la entrevista a
sus conciudadanas, e hicieron así dos o
—405→
tres viajes, sin
duda por la dificultad de la capitulación, hasta que por fin las
últimas trajeron a las primeras un gusano de su guarida en calidad de
rescate por el muerto; las primeras cargaron con el gusano y lo llevaron a su
casa, dejando a las otras el cuerpo de la difunta. Tal es la
interpretación que dio Cleanto a ese espectáculo, testimoniando
con ello que los animales que carecen de voz, no dejan, sin embargo, de
mantener práctica y mutua comunicación; si nosotros no los
comprendemos, nuestra es la torpeza y consiguientemente la de meternos
neciamente a hablar de lo que no entendemos. De suerte que los animales
ejecutan acciones que sobrepasan con mucho nuestra capacidad, a las cuales nos
es imposible llegar por la imitación y que ni quiera por
imaginación podemos concebir. Aseguran algunos que en aquel gran combate
naval que Antonio perdió contra Augusto, la galera de éste fue
detenida en medio de su camino por el pececillo que los latinos llaman
remora a causa de la propiedad que
tiene de detener los navíos a que se sujeta. El emperador
Calígula, navegando con una gran flota por las costas de la
Romanía, sufrió el mismo percance; sólo su galera fue
detenida de pronto por aquel pececillo, al cual mandó coger, pegado como
estaba en la base de su barco, malhumorado de que un animalillo tan
insignificante pudiera hacer frente al mar, a los vientos y a la violencia de
los remos con permanecer sólo sujeto por la boca a los navíos.
Calígula se admiró, no sin razón, de que al verlo de cerca
dentro del barco no tuviera ya la misma fuerza que cuando estaba en el agua. Un
ciudadano de Cizique alcanzó en lo antiguo reputación de
entendido meteorólogo o por haber observado las costumbres del erizo, el
cual tiene su madriguera abierta por distintos lugares en la dirección
de los diversos vientos; y como posee la facultad de prever el que
reinará, tapa el agujero del mismo lado que ha de soplar; visto esto por
aquel individuo, hizo saber a su ciudad el viento que reinaría. El
camaleón toma el color del lugar en que permanece; el pulpo adopta el
color que le place, según los casos, ya para guardarse del peligro que
teme, ya para atrapar la presa que busca; la modificación en el primero
significa cambio de pasión y en el segundo cambio de acción. El
hombre experimenta algunas mutaciones impulsado por el horror, la
cólera, la vergüenza y otras causas que alteran el aspecto de su
fisonomía; todas las cuales son efectos del sufrimiento, como le ocurre
al camaleón; si la ictericia nos pone amarillos, en esta amarillez no
toma parte alguna nuestra voluntad. Esos actos que vemos realizar a los
demás animales, y que prueban en ellos mayor habilidad y destreza de las
que nosotros somos capaces, acreditan en ellos la existencia de alguna facultad
superior que no conocemos, como tampoco muchas otras de sus cualidades
—406→
y fuerzas, de las cuales no alcanzamos rastro alguno.
De todos los medios de predicciones empleados en los tiempos
pasados, las más antiguas y seguras eran las que se deducían del
vuelo de las aves; nada tenemos nosotros tan admirable que a ello se asemeje.
El concierto y el orden, en el movimiento de sus alas, por virtud del cual se
alcanza la noción de las cosas venideras, menester es que sea encaminado
por algún medio excelente a una tan elevada conclusión: atribuir
resultado tan peregrino a natural instinto sin el concurso de la inteligencia
ni del raciocinio, es tomar las cosas demasiado al pie de la letra sin
detenerse a interpretarlas; es formarse una idea absolutamente falsa. Prueba
concluyentemente mi aserto, entre otros animales, la torpilla, que no
sólo posee la facultad de adormecer los miembros que se ponen en
contacto con ella, sino que aun al través de los hilos y de la red
transmite una adormecida pesadez a las manos de los que la mueven o manejan, y
hasta dícese que vertiendo agua sobre ella siéntese llegar el
adormecimiento hasta la mano, de abajo arriba, al través del agua. Tan
maravillosa propiedad no es inútil al animal, quien la advierte y emplea
para apoderarse de la presa que busca, ocultándose bajo el cieno a fin
de que los otros peces, al deslizarse por encima, se adormezcan con la frialdad
que les comunica y caigan en su poder. Las golondrinas, las grullas y otras
aves viajeras, cambian de residencia según las estaciones del
año, mostrando suficientemente con tal costumbre, que ejercen a
voluntad, la facultad adivinadora que posee y de que se sirven aseguran los
cazadores que para escoger entre varios perrillos el que deben reservarse como
superior a los otros, basta con colocar a la madre en condiciones de poder
elegirlo ella misma; separando los animalitos de la perrera, el primero que
ella coja será siempre el mejor; o bien simulando poner fuego por todas
partes al lecho de los perrillos, aquel que primero sea auxiliado
aventajará a los demás. Infiérese de aquí que los
animales son hábiles para adivinar y que nosotros carecemos de tal
facultad, o bien que son dueños de alguna virtud singularísima
para juzgar a sus pequeñuelos, diferente de la nuestra y mucho
más penetrante.
La manera de nacer, engendrar, amamantar, obrar, vivir y morir
de los animales es análoga a la humana; cuantas ventajas atribuimos a
nuestra condición en menoscabo de la suya son gratuitas; la razón
del hombre es incapaz de advertir esa superioridad. Para la conservación
de nuestra salud, los médicos nos proponen como ejemplo el vivir a la
manera de las bestias; la siguiente receta se oye en boca del pueblo
constantemente: «Mantened calientes los pies y la cabeza; en todo lo
demás vivid como los irracionales.»
—407→
El acto principal entre todos los naturales es la
generación; el hombre y la mujer tienen para ella los órganos
mejor dispuestos que los animales, a pesar de lo cual los médicos
preceptúan que nos las arreglamos animalmente en este punto:
desechando como perjudiciales esos
movimientos indiscretos e insolentes que las mujeres ponen en práctica,
y encaminándolas a imitar el ejemplo y uso de los irracionales de su
sexo, más tranquilo y moderado:
Si procediendo conforme a justicia debe otorgarse a cada uno lo
que se le debe, diremos que los animales sirven, aman y defienden a sus
bienhechores; persiguen ultrajan a los extraños y a los que les ofenden,
por donde practican una justicia semejante a la nuestra, y vemos también
que proceden con igualdad equitativa en el cuidado de sus pequeñuelos.
Cuanto a la amistad, los animales la practican sin ningún género
de duda más constante y más viva que los hombres. Hircano, el
perro del rey Lisímaco, no quiso abandonar el lecho de su amo cuando
éste murió, ni tampoco comer ni beber, y el día que
quemaron el cuerpo se arrojó al fuego y se abrasó. Parecida
acción ejecutó también el perro de un individuo llamado
Pirro, que no quiso moverse del lecho de su dueño desde el instante en
que murió, y cuando se llevaron el cadáver se dejó
conducir con él, lanzándose también en la hoguera donde el
cuerpo de su amo fue quemado. Nacen a veces en el hombre ciertas inclinaciones
al afecto sin que la reflexión intervenga, las cuales derivan de una
causa fortuita y algunos llaman simpatías; los animales son tan capaces
como nosotros de tenerlas: vémoslos tomarse cariño
recíproco, ya por el color del pelo o por el aspecto del semblante, y
donde quiera que se encuentren unirse al punto con ademán contento y
muestras de buena acogida, al par que rechazan la compañía de
otros y a veces los odian. Como nosotros, los animales tienen sus preferencias
en sus amores
—408→
y efectúan una selección entre las
hembras; tampoco están exentos de nuestros celos y envidias
irreconciliables y extremos.
Los apetitos son o naturales y necesarios, como el beber y el
comer, o naturales e innecesarios como el comercio con las hembras, y
también los hay que no son naturales ni necesarios; entre éstos
figuran casi todos los de los hombres, como superfluos y artificiales. Es
maravilla lo poco que ha menester la naturaleza para su contentamiento y
cuán poco nos deja que desear. Los aprestos de nuestras cocinas son
ajenos a los preceptos naturales; dicen los estoicos que el hombre
podría sustentarse con una aceituna al día; la delicadeza de
nuestros vinos tampoco incumbe a su regla, ni los atractivos que
añadimos a los placeres del amor:
Estos apetitos extraños que la ignorancia del bien y las
ideas falsas han incrustado en nosotros son tan numerosos, que alejan por
completo de nuestra vida los exclusivamente naturales, ni más ni menos
que si en una ciudad hubiera tan gran número de extranjeros que bastaran
a expulsar a los que nacieron en ella, o acabaran con la autoridad y
poderío antiguos, usufructuándolos y haciéndose
señores de ella. Los animales son mucho más ordenados que
nosotros y saben contenerse con mayor moderación dentro de los
límites que la naturaleza nos ha prescrito; pero no con tanta
escrupulosidad que deje de quedarles alguna analogía con nuestra vida
licenciosa, y así como se vieron deseos furiosos que empujaron a los
hombres al amor de las bestias, hubo también animales a quienes
ganó el amor humano, y que experimentaron afecciones monstruosas de una
especie a otra. El elefante rival de Aristófanes, el gramático,
se enamoró de una joven vendedora de flores en la ciudad de
Alejandría, a quien aquél amaba, y desempeñaba su papel
como el más apasionado de los galanes: paseábase por el mercado
de frutas, cogía algunas con su trompa y se las llevaba a su amada;
procuraba no perderla de vista e introducía su trompa en su seno por ajo
del corpiño y le tentaba los pechos. Hablan también algunos de un
dragón enamorado de una joven, y de una oca enamorada de un niño
en la ciudad de Asopa, de un carnero que idolatraba a la artista Glaucia. Todos
días vemos monos furiosamente prendados de amor por las mujeres. Vense
igualmente ciertos animales que se dan al amor siendo ambos del mismo sexo.
Opiano y otros autores refieren algunos ejemplos en testimonio del respeto
que
—409→
las bestias en sus matrimonios profesan a la parentela; mas en
este punto la experiencia nos muestra lo contrario con frecuencia sobrada:
¿Puede encontrarse un caso más peregrino de
maliciosa sutilidad que el de la mula del filósofo Thales? Iba la
caballería cargada de sal y tuvo que atravesar un río, y habiendo
tropezado, los sacos se mojaron de tal modo que la sal se deshizo y la carga se
aligeró; advertida esta circunstancia por la mula, se metía en
los arroyos que encontraba al paso cuando llevaba el mismo cargamento, hasta
que su amo, echando de ver su astucia, la cargó de lana; entonces no
produciéndola el baño el efecto apetecido dejó ya de
meterse en el agua. Algunos animales representan al desnudo el aspecto de
nuestra avaricia, pues se les ve con ansia extrema apoderarse de cuanto pueden
y esconderlo cuidadosamente aunque ningún empleo hayan de hacer de ello.
En punto a los quehaceres domésticos nos sobrepasan con ventaja, no
sólo por la previsión que ponen en amontonar y guardar para el
porvenir, sino que poseen para ello los conocimientos necesarios: las hormigas
crean sus granos y semillas a fin de que se mantengan frescos y secos cuando
notan que principian a enmohecerse y a volverse rancias, evitando así
que se corrompan y se pudran. La previsión y precaución que
emplean para morder los granos de trigo sobrepasa a cuanto pueda imaginar la
prudencia humana: como el trigo no permanece siempre seco ni bien conservado,
sino que se ablanda y deshace convirtiéndose en una pasta lechosa cuando
la germinación se produce, pierde entonces para las hormigas sus
propiedades nutritivas; por eso muerden el extremo del grano por donde la
germinación empieza.
Por lo que respecta a la guerra, que es la más aparatosa
de todas las acciones humanas, quisiera yo saber si con nuestra preponderancia
en ella aspiramos a ganar alguna prerrogativa, o, si por el contrario,
pretendemos testimoniar nuestra debilidad e imperfección, pues que la
ciencia que tiene por misión el destruirnos y acabarnos, arruinar
aniquilar nuestra propia especie, no tiene por qué ser deseada de los
animales, quienes la desconocen598:
Sin embargo, las luchas no les son completamente ajenas, como
lo prueban las furiosas acometidas de las abejas y las empresas de los
príncipes de los dos ejércitos enemigos:
Jamás leo esta divina
descripción sin ver en ella estereotipada la absurda vanidad del hombre,
pues esos movimientos guerreros que nos embargan a causa de su horror y
espanto; esa tempestad de gritos y alaridos;
ese espantoso concierto de tantos millares
de gentes armadas de tanto furor, tanto ardor, tanto valor reunidos, son casi
siempre movidos o detenidos por causas vanas e insignificantes:
toda el Asia se perdió y
consumió en guerra a causa de la mujeriega chismografía de
París: la voluntad de un solo hombre, el despecho, el placer, los celos
domésticos, razones, en fin, que ni siquiera debieran impulsar a
arañarse a dos vendedoras de sardinas, son la causa primordial de
alteraciones enormes y trastornos colosales. Los mismos promovedores y actores
de las guerras nos lo declaran; oigamos al emperador más grande, al
más poderoso, al más victorioso que jamás haya existido, y
veremos cómo se burla y toma a risa, ingeniosísima y
graciosamente, muchos combates de mar y tierra en los que expusieron o
perdieron la vida quinientos mil hombres que siguieron la fortuna del emperador
y agotaron la riqueza de dos mundos por coadyuvar a sus empresas:
(Empleo mi latín con harta libertad,
aprovechando el consentimiento, que me habéis otorgado)604; de suerte que ese monstruo de aspectos y
movimientos tan vistosos, que parece amenazar el cielo y la tierra:
un soplo de viento contrario, el cruce de
una banda de cuervos, el tropiezo de un caballo, el paso casual de un
águila, una soñación cualquiera, una voz, una
señal, la bruma de la mañana, bastan para dar con él por
tierra. Lanzadle un rayo de sol a los ojos, y al punto le veréis
aturdido; arrojadle un puñado de polvo a la vista, como a las abejas de
que habla el poeta, y al instante todas nuestras banderas, todas nuestras
legiones perderán la brújula, sin exceptuar siquiera la del gran
Pompeyo, pues si la memoria me es fiel, Sertorio le venció en
España, ayudado de tan débiles armas, que también
emplearon Eumeno contra Antígono y Surena contra Craso:
Láncese contra él una turba de abejas y estos
animalillos acabarán con su fuerza y con su arrojo. Sitiando poco ha
—412→
los portugueses la ciudad de Tamly, en el territorio de Xiatime, los
moradores de aquélla condujeron a la muralla gran número de
colmenas, que en el país abundan, y por medio de fuego las arrojaron tan
diestramente contra sus enemigos, que éstos se vieron obligados a
abandonar su empresa, no pudiendo soportar los asaltos y picaduras. Con tan
ingenioso medio defendieron su ciudad y ganaron la libertad, y la buena fortuna
hizo que concluido el combate no faltara ni una sola abeja en su panal. Las
almas de los emperadores y las de los zapateros de viejo provienen del mismo
molde; al considerar la trascendencia de las acciones de los príncipes,
el peso e influjo de las mismas, pensamos acaso que son el resultado de alguna
fuerza igualmente trascendental, pero nos equivocamos de medio a medio; los
monarcas son guiados en sus actos por idénticos resortes que nosotros en
los nuestros; la misma razón que nos indispone con el vecino ocasiona
entre dos príncipes una guerra; si el motivo que nos impulsa a castigar
a un lacayo lo experimenta un soberano, arruina al punto una provincia; su
voluntad es tan ligera como la nuestra, pero su poderío mayor.
Análogos son los apetitos que mueven a un insecto microscópico,
que los que agitan a un elefante.
En punto a fidelidad todos los animales aventajan al hombre.
Ninguno hay que le supere en malas artes. Nuestros cronistas hablan del
encarnizamiento con que algunos perros vengaron la muerte de sus amos. El rey
Pirro encontró un perro que custodiaba el cadáver de un hombre, y
habiéndole dicho que el animal llevaba tres días sin moverse de
aquel lugar, mandó que dieran sepultura al muerto y se llevó el
perro consigo. Un día que el monarca asistía a las maniobras de
su ejército, el animal vio a los matadores de su amo, corrió tras
ellos en medio de grandes ladridos, lleno de rabia, y por este primer indicio
preparó la venganza de la muerte, que la justicia se encargó de
castigar. Otro tanto hizo el perro del poeta Hesíodo, denunciando a los
hijos de Ganystor de la muerte que habían cometido en la persona de su
amo. Otro perro que guardaba un templo de Atenas vio a un sacrílego
ladrón que se llevaba las joyas más valiosas; ladró al
malhechor, pero como los guardianes no se despertaron siguió tras
él, y cuando amaneció se apartó un poco sin dejar de
perderle de vista ni un momento: cuando el ladrón le daba de comer nada
quería recibir de su mano, pero a los demás que encontraba en su
camino los acariciaba moviendo la cola y aceptaba cuanto le ofrecían; si
el ladrón se detenía para dormir, el perro se paraba en el lugar
mismo; y por fin, como los guardianes tuvieran noticia del animal, se
informaron de sus señas, siguieron sus huellas, y dieron con él
en la ciudad de Cromyón y con el ladrón también, a
quien
—413→
condujeron a la ciudad de Atenas, donde fue castigado. En
reconocimiento de los buenos oficios del can, los jueces ordenaron que fuese en
adelante mantenido a expensas del erario, y que los sacerdotes cuidaran de
él. Plutarco refiere este hecho como verídico y dice que
ocurrió en su siglo.
Cuanto a la gratitud bastará citar el caso que refiere
Apión608,
como testigo ocular. Un día que se celebraba en Roma para divertimiento
del pueblo un combate de fieras, principalmente de leones de gran altura, se
vio uno entre los demás que por su furiosa actitud, fuerza y grosor de
sus miembros y rugido soberbio y espantoso, atraía la atención
general. Entre los esclavos que comparecieron ante el pueblo en esta lucha de
fieras hubo uno de Dacia, llamado Androclo, que pertenecía a un
cónsul romano. Tan luego como el león lo vio, se detuvo de
pronto, cual si hubiera sido ganado por una sorpresa repentina, y luego se le
acercó muy despacio, blanda y apaciblemente, como para reconocerle con
mayor seguridad; luego que se hubo bien asegurado de quién era,
empezó a mover la cola, como hacen los perros que acarician a sus amos,
y a besar y lamer las manos y los muslos del pobre esclavo, transido de espanto
y loco o miedo. Androclo recobró la calma por la benignidad del
león, y la tranquilidad por haberle reconocido; entonces se acariciaron
e hicieron fiestas de tal suerte que era el verlos un contento singular. El
pueblo daba gritos de alegría; el emperador mandó llamar al
esclavo para que le explicase la causa de un acontecimiento tan portentoso, y
entonces Androclo relató la admirable historia siguiente:
«Cuando mi amo era procónsul en África me vi
obligado a abandonarle por la crueldad y malos tratos que conmigo empleaba;
todos los días daba orden de que me azotaran, así es que me vi
precisado a escapar de la presencia de un personaje que tanta autoridad
tenía en la provincia, y el medio más fácil que
encontré a mano fue trasladarme a las soledades y parajes arenosos e
inhabitables de aquel país, resuelto, si los medios de subsistir me
faltaban, a darme la muerte. Como el sol es abrasador a la hora del medio
día y el calor insufrible, encontré una caverna oculta e
inaccesible e hice de ella mi guarida; no tardé mucho en recibir la
visita de un león con una garra ensangrentada y herida, que se quejaba y
gemía de los dolores que sufría. Cuando le vi entrar tuve mucho
miedo, pero el animal viéndome oculto y atemorizado en un rincón
de su vivienda, se me acercó con dulzura extrema, presentándome
su garra herida y mostrándomela cual si me pidiera que se la curase;
entonces le extraje una gruesa astilla que tenía incrustada, y como me
hubiera familiarizado con él un poco, le oprimí la
—414→
herida, la lavé y la sequé del modo que mejor me fue
dable. El león, sintiéndose mejor de su mal y aliviado del dolor,
se durmió con la pata entre mis manos. De entonces en adelante vivimos
juntos en la caverna por espacio de tres años, alimentándonos con
la misma carne, pues de los animales que mataba en sus cacerías me
dejaba los mejores pedazos, que yo guisaba con el calor del sol, a falta de
lumbre, y que me servían de sustento. Como andando el tiempo me cansara
de una vida tan animal y salvaje, un día que como todos los demás
habla salido a sus cacerías, me alejé de la caverna, y cuando
habían trascurrido tres, fui sorprendido por los soldados, que me
condujeron del África a esta ciudad y me pusieron en manos de mi
señor, quien me condenó a perecer entre las garras de las fieras.
En conclusión; a lo que yo veo, el león fue cazado poco tiempo
después y hoy ha querido recompensarme de la cura que le hice y de los
auxilios que le presté.»
Tal fue el sucedido que Androclo refirió al emperador y
luego al pueblo, siendo puesto en libertad a petición de todos y
absuelto de su condena: por voluntad general se le hizo presente del
león. Viose luego, dice Apión, al esclavo conduciendo su
león con una cuerda pequeña, como se lleva a un perrillo,
paseándole por las tabernas de Roma, en las que le daban dinero; el
león se dejaba cubrir con las flores que le arrojaban, y todos
exclamaban al verlos: «¡He aquí el león
huésped del hombre; he aquí el hombre que curó al
león!»
Lloramos frecuentemente la pérdida de los animales a
quienes profesábamos cariño; otro tanto hacen ellos cuando
nosotros fallecemos:
Post, bellator equus, positis
insignibus, Aethon
il lacrymans, guttisque humectat
grandibus ora.609
Hay pueblos en que las mujeres pertenecen a
varios hombres, y otros en que cada individuo tiene la suya; lo propio se ve en
los animales y la fidelidad marital mejor guardada que en el género
humano. En punto a la confederación y unión610que mantienen entre sí para socorrerse y
auxiliarse, vense bueyes, cerdos y otras especies que al grito del ofendido
toda la cuadrilla acude en su ayuda y se une para defenderle; cuando el escarro
traga el anzuelo del pescador, sus compañeros se reúnen en gran
número alrededor de él, y roen y parten la caña; si ocurre
que alguno cae en la red, los otros le presentan la cola por fuera, el
prisionero
—415→
la estrecha cuanto puede y así le arrastran
hacia fuera a dentelladas hasta que consiguen librarle. Los barbos, cuando uno
de sus compañeros es atrapado, se colocan los demás la
caña contra el espinazo, y sacan un pincho armado de dientes como una
sierra, con la ayuda del cual la cortan. Cuanto a los particulares servicios
que nos prestamos en la vida, lo propio puede verse entre los animales en
muchas especies. Cuentan que la ballena nunca va sola, sino que la precede un
pececillo semejante al gobio de mar, que por eso se llama
guía; la ballena le sigue
dejándose guiar en línea recta o en redondo, con la misma
facilidad que el timón hace girar al navío. En recompensa de tal
servicio, el cetáceo no hace daño alguno al pececillo, que duerme
en su boca con seguridad completa; sabido es que todo cuanto entra en las
fauces de este monstruo, lo mismo un animal que un buque, es al punto
deglutido. Mientras el animalillo permanece dormido la ballena no se mueve, y
tan pronto como sale al agua, el cetáceo le sigue sin detenerse; si
acontece que le pierde de vista, el animal va errando por todas partes y a
veces choca contra las rocas como un barco sin timón, Plutarco da
testimonio de haber visto esto en la isla de Anticyre. Parecida unión
existe entre el pajarillo llamado reyezuelo y el cocodrilo; el primero sirve al
segundo de centinela, y cuando su enemigo el icneumón se acerca para
combatirle, el pajarillo, temiendo que le sorprenda dormido, le despierta con
su canto y con el pico para advertirle del peligro; vive de los restos de las
comidas del cocodrilo, que le da asilo familiarmente en su boca, y le permite
picotear en sus mandíbulas y en sus dientes para que recoja los
pedacitos de carne que le quedaron; cuando el cocodrilo quiere cerrar la boca,
el pajarillo lo advierte, que la va cerrando poco a poco para no causarle
daño. La concha que llaman nácar vive de modo análogo con
el pinotero, que es un animalillo semejante a él y le sirve como de
hujier y portero, colocado en la abertura de las valvas, que mantiene siempre
entreabiertas hasta que ve entrar algún pececillo propio a su
nutrición; entonces él se interna, va picando la carne viva y la
obliga a cerrar las valvas; luego los dos juntos comen la presa así
encerrada. En la manera de vivir de los atunes se advierte una ciencia singular
de las tres partes de la matemática, y en punto a astrología
estos animales la enseñan al hombre, pues se detienen en el lugar en que
el solsticio de invierno los sorprende, y no se mueven hasta que llega el
equinoccio siguiente; por esta razón Aristóteles mismo los supone
competentes en astronomía. En cuanto a la geometría y
aritmética, estos animales construyen siempre sus cuadrillas en forma
cúbica, cuadrada por todas partes, de suerte que forman un cuerpo de
batallón sólido, cerrado alrededor, con
—416→
seis caras
iguales; nadan luego en esta disposición cuadrada, tan ancha
atrás como delante, de suerte que quien ve una y cuenta un rango puede
fácilmente contar los demás, porque la profundidad es igual a la
anchura y ésta a la longitud.
En punto a magnanimidad es difícil probarla mejor que
citando el ejemplo de un perro enorme que fue enviado de las Indias al
emperador Alejandro; presentáronle primeramente un ciervo para que
luchara con él, luego un jabalí, después un oso, y no hizo
ningún caso de ellos, ni siquiera se dignó moverse del lugar en
que se encontraba; pero apenas hubo visto un león se levantó al
punto, dando con ello a entender claramente que sólo al último
consideraba digno de sostener la lucha. En lo tocante al arrepentimiento y
reconocimiento de las faltas cometidas, refiérese que un elefante,
habiendo dado muerte al que le cuidaba, empujado por la cólera, sintiose
acometido de una tristeza tan intensa que se resistió a comer,
dejándose morir de hambre. En punto a la clemencia refiérese de
un tigre, el más inhumano de todos los animales, a quien dieron un
cabrito para que lo devorase, que pasó dos días sin comer antes
de decidirse a tocarlo, y al tercero rompió la jaula en que estaba
encerrado para buscar otras provisiones por no querer devorar el animal que le
presentaban, que era su amigo y huésped. Y por lo que se refiere a la
amistad que se engendra por el trato entre los animales, ordinariamente nos
acontece ver reunidos gatos, perros y liebres.
Pero lo que la experiencia enseña a los que viajan por
mar, -principalmente por el mar de Sicilia-, sobre la condición de los
alciones sobrepasa cuanto el humano entendimiento pueda idear; ¿de
qué otra especie animal honró jamás la naturaleza los
partos, el nacimiento y la manera de criarse? Cuentan los poetas que una sola
isla, la de Delos, que flotaba sobre las aguas, se afirmó para coadyuvar
a la procreación de Latona; pero el Criador de todas las cosas hizo que
el mar todo se detuviera, afirmara y aplanara, sin olas, vientos ni lluvias,
mientras el alción engendra a sus pequeñuelos, precisamente cerca
del solsticio, el día más corto del año; y por virtud de
tan privilegiado animal tenemos siete días y siete noches en lo
más crudo del invierno en que nos es dable navegar sin peligro alguno.
Las hembras no reciben otro macho que el suyo propio, y le asisten toda la vida
sin abandonarle jamás; y si cae enfermo o se inutiliza, cargan con
él, le llevan por todas partes y lo auxilian hasta la hora de la muerte.
Mas nadie ha podido conocer todavía la naturaleza de la maravillosa
construcción con que el alción fabrica el nido de sus
pequeñuelos ni adivinar los materiales de que se compone. Plutarco611, que
—417→
vio y tocó algunos nidos, cree que
es con las espinas de algún pez como el alción une, liga y
entrelaza, colocando unas a lo largo, las otras de través,
proveyéndolo de curvas y redondeces, de tal suerte que forma un barco
redondo presto a navegar. Tan luego como la construcción termina, el
alción lo somete a la prueba de las olas, en el punt donde el mar,
sacudiéndolo sin violencia, le hace ver las partes que no fueron
sólidamente ligadas, y fortifica la en que advierte que su estructura
flojea se deshace por el choque de las ondas. Por el contrario, los puntos que
están bien unidos se fortifican y constriñen merced al
sacudimiento del agua, de tal suerte que no pueden romperse ni deshacerse o
deteriorarse a pedradas ni con el hierro, si no es con mucho trabajo.
Más digna de admirarse todavía es la disposición y figura
de la concavidad, pues está formada y dispuesta de manera que no puede
recibir ni contener otra cosa que el ave que la edificó; a todo lo
demás es impenetrable, cerrado y firme, de tal modo que nada puede
meterse dentro, ni siquiera el agua del mar. He aquí una
descripción clara, sacada de una obra que merece crédito, pero
que no acaba de hacernos ver claramente las dificultades de tal arquitectura,
así que podemos concluir que es inexplicable el sentimiento vano que nos
hace considerar como inferior o interpretar desdeñosamente lo que no
somos capaces de imitar ni de comprender.
Para llevar todavía un poco más lejos la
correspondencia y semejanza que existe entre nuestras acciones y las de los
animales, diré que como el hombre, poseen el privilegio, de que nuestra
alma se glorifica, de acomodar a su condición cuanto concibe, despojando
de cualidades mortales y corpóreas cuanto a ella llega; el de ordenar
las cosas que estima dignas de unirse al espíritu, desligándolas
de sus cualidades corruptibles y dejarlas aparte como cosa superflua y
material, tales como espesor, longitud, profundidad, peso, color, olor, dureza,
suavidad, blandura y todos los accidentes sensibles, para acomodarlos a su
condición espiritual e inmortal. Así, por ejemplo, las ciudades
de Roma y París, que mi alma se representa tales cuales son, puede
concebirlas sin magnitud ni lugar, sin piedras, yeso ni madera: de
idéntica facultad parece que los animales gozan, pues un caballo
acostumbrado al sonido de las trompetas, a oír el disparo de los
arcabuces y el cheque de las armas en los combates, a quien vemos agitarse y
temblar estando dormido, extendido sobre su lecho, cual si estuviera en medio
de la pelea, es seguro que concibe un sonido de tambor sin oírlo y un
ejército sin que vea armas ni soldados:
la liebre, que un galgo imagina en
sueños, tras la cual la vemos jadeante, levantar la cola, sacudirlas
patas y representar a maravilla los movimientos de la carrera, es una liebre
inmaterial, sin huesos y sin piel:
los perros guardianes que vemos
gruñir cuando sueñan, y después ladrar y despertarse
sobresaltados, como si advirtieran la llegada de algún extraño;
este desconocido, que su alma divisa, es un hombre espiritual de imperceptible,
sin dimensiones, color ni ser:
Consueta domi catulorum blanda
propago
degere, saepe levem ex oculis
volucremque soporem
discutere, et corpus de terra
corripere instant,
proinde quasi ignotas facies atque ora
tuantur.614
Por lo que a la belleza corporal respecta, antes de
considerarla, sería preciso saber si estamos de acuerdo en cuál
es su naturaleza. Probable es que no sepamos en qué consista la belleza,
así la de la naturaleza como en general, puesto que a la del hombre y a
la de cada uno en particular damos tan gran diversidad de formas. Si
algún precepto nos inclinara a ella, todos la reconoceríamos como
reconocemos lo tangible y lo palpable; el calor del fuego, por ejemplo. Cada
cual la acomoda a su inclinación
para los indios es atezada y negra, con los
labios gruesos e hinchados y la nariz achatada; cuelgan éstos gruesos
anillos de oro en el cartílago para que caiga sobre la boca, e
igualmente acostumbran a llevar gruesos círculos incrustados de piedras
finas pendientes del labio inferior para que se acerque
—419→
a la
barba; la gracia más exquisita entre esos pueblos consiste en mostrar
desmesuradamente la dentadura. En el Perú las orejas de mayor
tamaño son las más bellas, y valiéndose de procedimientos
diversos alárganlas cuanto pueden; una persona viva y sana cuenta que
vio en una nación oriental el cuidado de agrandar las orejas tan
acreditado, lo mismo que el cargarlas de pesadas joyas, que podía con
toda facilidad meter el brazo con manga y todo por el agujero de una oreja.
Otras naciones ennegrecen los dientes con superior esmero y desdeñan el
verlos blancos; en otras los tiñen de color rojo. No es solamente los
países vascos donde las mujeres se creen más hermosas
rapándose el pelo de la cabeza; lo propio ocurre en otras partes, y, lo
que es más peregrino, en ciertas regiones polares, según Plinio
atestigua. Los mejicanos incluyen entre las cualidades estéticas la
pequeñez de la frente, y así como se cortan el pelo de las otras
partes de cuerpo hacen que en la frente crezca aplicando remedios para ello; el
tamaño de los pechos debe ser desmesurado y las mujeres se esfuerzan por
poder ofrecérselo a sus hijos para encima del hombro. Tal cosa para
nosotros sería horrible. Para los italianos la belleza corporal ha de
ser gorda y maciza, para los españoles delgada y esbelta; éstos
la prefieren blanda y delicada, aquéllos fuerte y vigorosa; quién
exige melindres y dulzuras, quién majestad y fiereza. Así como
Platón encuentra la belleza en la forma esférica, los partidarios
de Epicuro la ven en la piramidal más bien, o en la cuadrada, y no
pueden transigir con un dios en forma de bola. Mas de todas suertes, en esto,
como en todo lo demás, tampoco la naturaleza nos concedió
ningún privilegio, sobre los otros seres; y si nos consideramos bien
hallaremos que si hay algunos animales menos favorecidos que el hombre en punto
a belleza, hay otros y en gran número que nos aventajan,
a multis animalibus decore
vincimur616, hasta entre los que como nosotros se muevan en la tierra; pues
por lo que toca a los marinos, dejando a un lado la figura, que no puede
compararse por lo distinta con la nuestra, tanto se aparta en color, limpieza,
pulidez, disposición, en lo demás nos ganan, como asimismo nos
son muy superiores todas las aves. La prerrogativa que los poetas encuentran en
el hombre por su recta estatura, que mira al cielo, ¿de dónde
procede?
no puede menos de convenirse en que es
más poética que verdadera, pues hay muchos animales cuya mirada
se dirige exclusivamente al firmamento, y la derechura de los camellos y de los
avestruces, creo que es más gallarda que la nuestra. ¿Qué
clase de animales es la que no tiene la faz elevada ni mira frente a frente
como nosotros, ni descubre en su posición natural así el cielo
como la tierra, como le ocurre al hombre? ¿Ni qué cualidades
corporales de las que nosotros tenemos y que Platón y Cicerón
describen no pueden aplicarse a mil categorías de irracionales? Los que
más se nos acercan son precisamente los más feos y repugnantes de
toda la escala, pues así por la apariencia exterior como por el aspecto
del semblante, son los monos:
interiormente y cuanto a los órganos
vitales, es el cerdo. Cuando yo considero al hombre enteramente desnudo, sobre
todo al sexo que parece estar adornado de cualidades más bellas, y
reparo en sus tachas e imperfecciones, me convenzo de que más que
ningún otro animal, hemos obrado prudentemente al cubrir nuestras
fealdades. Debe perdonársenos el que nos hayamos cubierto con los
despojos de aquellos a quienes la naturaleza favoreció más que al
hombre, para adornarnos con su belleza, y esconderlos bajo la lana, la pluma,
el pelo o la seda. Observemos, además, que el hombre es el único
animal cuyos defectos ofendan a sus semejantes y el único también
que se guarda de los demás cuando practica sus actos naturales. Es
también una circunstancia digna de tenerse en cuenta el que los
entendidos en la materia aconsejen como un remedio eficaz en las pasiones del
amor la vista al descubierto del cuerpo de la amada, y que para verter el jarro
de agua fría sobre el amor baste con ver al descubierto la persona
amada
y aunque tal remedio pueda proceder a veces
de una condición algo delicada y fría, es una cosa que prueba
nuestra debilidad el que por medio de la frecuentación y el trato que
lleguemos a hastiarnos los unos de los otros. No es tanto pudor, como artificio
y medida prudente, lo que hace que nuestras damas sean tan circunspectas en
rechazarnos la entrada en sus tocadores antes de que se hayan pintado y
acicalado para mostrarse en público:
—421→
Nec Veneres nostras hoc fallit; quo
magis ipsae
omnia summopere hos vitae postscenia
celant,
quos retinere volunt, adstrictoque
esse in amore.620
Nada hay en muchos animales de que no
gustemos y que no plazca a nuestros sentidos; de tal suerte, que hasta de sus
mismos excrementos y secreciones obtenemos no sólo manjares exquisitos,
sino nuestros más ricos perfumes y nuestros ornamentos más
preciados. Claro está que todo lo dicho no va sino con el común
de los hombres y mujeres: sería un verdadero sacrilegio incluir a esas
divinas criaturas, sobrenaturales y extraordinarias bellezas, que a veces
resplandecen entre nosotros como astros, bajo una envoltura corporal y
terrestre.
Por lo demás, la parte que en los animales reconocemos
de los beneficios que la naturaleza les otorgó, les es más
ventajosa que la nuestra: atribuímonos bienes imaginarios
sobrenaturales, bienes futuros y lejanos, de los cuales la humana capacidad no
puede darse cuenta, o beneficios que nos aplicamos falsamente, merced a la
licencia de nuestro juicio, como la razón, la ciencia, el honor; a los
otros seres dejamos en cambio los que sólo son materiales y palpables:
la paz, el reposo, la seguridad, la inocencia y la salud, que es el más
hermoso y rico presente que de la naturaleza podemos recibir; de tal suerte,
que hasta la filosofía estoica declara que si Heráclito y
Ferecides hubieran podido cambiar su sabiduría por la salud, y librarse
con tal trueque el uno de la hidropesía y el otro de la enfermedad
cutánea que la atormentaba, lo hubieran hecho de buen grado. Por donde
conceden todavía mayor valor a la sabiduría, comparándola
y contrapesándola con la salud, que en esta otra proposición
perteneciente también a la secta estoica: si Circe hubiera presentado a
Ulises dos brebajes diferentes, uno para convertir un loco en cuerdo y el otro
para trocar el cuerdo en loco, Ulises hubiera aceptado el de la locura, mejor
que consentido en que Circe cambiara su forma humana en la de un animal, y
añaden que la propia sabiduría le hubiera hablado de esta manera:
«Abandóname, déjame como estoy antes que acomodarme bajo la
figura y cuerpo de un asno.» ¿Cómo? ¿esa portentosa
y divina sapiencia la dejan los filósofos por esta forma corporal y
terrestre? No son pues la razón, la reflexión ni el alma lo que
nos hace superiores a los animales; es si nuestra belleza, nuestra hermosa tez
y nuestra bella disposición orgánica, por la cual nos precisa
echar a un lado nuestra inteligencia, nuestra prudencia y todas las
demás cualidades. Yo acepto de buen grado esa confesión ingenua y
franca; en verdad conocieron
—422→
que aquellas prendas de que tanto nos
gloriamos, no son mas que fantasía vana. Aun cuando los animales
tuvieran en su mano la virtud toda, la ciencia, la sabiduría y la
firmeza de alma de los estoicos, no dejarían por eso de ser animales y
no podrían por lo mismo ponerse en parangón con un hombre
miserable, insensato y malo. En fin de cuentas, lo que a nosotros no se asemeja
nada vale; Dios mismo, para alcanzar valer, es preciso que se nos asemeje, como
más adelante veremos; de todo lo cual se deduce que no es por razones
sólidas, sino por testarudez vana y loca por lo que nos tenemos por
superiores a los otros seres y nos alejamos de su sociedad y
condición.
Pero volviendo a mi propósito diré que, por
nuestra parte, somos víctimas de la inconstancia, irresolución,
incertidumbre, duelo, superstición, ansia por las cosas venideras, a
veces aun después de nuestra vida; de la ambición, avaricia, los
celos, la envidia, los apetitos desordenados, furiosos e indomables; de la
guerra, mentira, deslealtad, detractación y curiosidad. En verdad hemos
pagado cara la tan decantada razón de que nos gloriamos y la capacidad
de juzgar y conocer, si la hemos alcanzado a cambio infinito número de
pasiones de que incesantemente somos presa, dado caso que no queramos
también ensalzarnos, como hace Sócrates, de la noble prerrogativa
sobre los demás animales a quiénes la naturaleza
prescribió cierto límite y época en el placer
venéreo, mientras que al hombre le dejó amplio campo a todas
horas y en todas ocasiones.
Ut vinum aegrotis, quia prodest raro, nocet
saepissime melius est non adhibere omnino, quam, spe dubiae salutis: in opertam
pernicien incurrere; sic haud scio, an melius fuerit, humano generi motum istum
celerem cogitationis, acumen, solertiam, quam rationem vocamus, quoniam
pestifera sint multis, admodum paucis salutaria, non dari omnino, quam tam
munifice et tam large dari621.
¿Qué provecho fue el que alcanzaron Varrón
y Aristóteles por el entendimiento peregrino que les adornaba?
¿Acaso los libró de las molestias humanas? ¿Eximioles
siquiera de los accidentes a que está sujeto cualquier ganapán?
La lógica, ¿procuroles algún consuelo contra la gota?
Porque supieran que ese humor tiene su asiento en las junturas, ¿se
vieron menos libres de él? ¿Aviniéronse con la muerte por
saber que algunos pueblos encuentran en ella contentamiento?
¿resignáronse con la infidelidad matrimonial por tener noticia de
que en algunos países las mujeres pertenecen
—423→
a varios
hombres? Muy por el contrario; habiendo el primer, lugar como sabios, el
primero entre los romanos, el segundo entre los griegos, en la época
más floreciente de las ciencias romana y griega, ningún indicio
tenemos de que disfrutaran de ninguna particular ventaja en el transcurso de
sus vidas, antes bien, el griego tuvo que emplearse en lavar algunas manchas de
la suya. ¿Hase demostrado que la salud y los placeres sean más
gustosos para los que conocen la astrología y la gramática?
Cien artesanos he conocido, y cien labradores, que fueron
más prudentes y dichosos que los rectores de universidad; a los primeros
quisiera yo asemejarme. A mi juicio, la doctrina debe incluirse entre las cosas
necesarias para la vida, como la gloria, la nobleza, la dignidad, o cuando
más, en la misma escala que la riqueza, la belleza y otros
méritos que son de verdadera utilidad: nosotros las damos precio, no a
su cualidad intrínseca. Para la vida social apenas si necesitamos otras
leyes ni otros preceptos que los que precisan las grullas o las hormigas en la
suya, quienes, sin erudición ni ciencia, se conducen de un modo
ordenadísimo. Si el hombre fuera sensato, miraría las cosas
según la mayor o menor utilidad que procurasen a su individuo. A
considerar cada hombre por las acciones y desórdenes que realiza,
encontraranse más excelentes y en mayor número entre los
ignorantes que entre los sabios en toda suerte de virtudes. Valía
más la antigua Roma, así en la paz como en la guerra, que la Roma
sabia, causa de su propia ruina; y aun suponiendo que en todo lo demás
fuera idéntica, la hombría de bien y la inocencia pertenecieron a
la antigua, pues ambas cualidades sólo se avienen con la sencillez. Mas
dejando a un lado este punto, que me llevaría más lejos de lo que
pretendo, añadiré únicamente que sólo la humildad y
la sumisión engendran los hombres de bien. No es posible del al
albedrío de cada individuo el conocimiento de su deber; es preciso
prescribírselo, no dejarlo a la elección de cada cual. De otro
modo, considerando la variedad infinita de opiniones y razones, nos
forjaríamos deberes que nos llevarían a devorarnos los unos a los
otros
—424→
como dice Epicuro. La primera ley que Dios impuso al hombre
fue la de una mera obediencia; una orden sencilla y sin complicaciones en que
el individuo nada tuviera que conocer ni que cuestionar, pues el obedecer es
oficio propio del alma razonable que reconoce un ser celeste, infinitamente
superior y bienhechor. De la obediencia y la sumisión nacen todas las
demás virtudes, como de la rebeldía emanan todos los pecados. La
primera tentación que experimentó la humana naturaleza por
mediación del demonio, el primer veneno, nos fue inoculado por la
promesa de ciencia y conocimiento:
Eritis sicut dii, scientes bonum et
malum624; las sirenas, para engañar a Ulises y llevarle a sus
peligrosos lagos, según Homero refiere, ofreciéronle
también el don de la ciencia. El tormento humano es la sed de saber; he
aquí por qué la religión católica recomienda tanto
la ignorancia, como el único camino de obedecer y creer:
Cavete ne quis vos decipiat per philosophiam
et inanes seductiones, secundum elementa mundi625. Los filósofos de todas las sectas convienen en que el
soberano bien reside en la tranquilidad del alma y del cuerpo, ¿pero
dónde encontrarla?
Ad summum sapiens uno minor est
Jove, dives,
liber, honoratus, pulcher, rex
denique regum;
Praecipue sanus, nisi quum pituita molesta
est.626
Diríase que la naturaleza, para consuelo de nuestra
condición miserable y caduca, sólo nos dio como patrimonio la
presunción; así lo afirma Epicteto: «Nada hay en el hombre
que le pertenezca de una manera cabal sino el uso de su raciocinio»: humo
y viento sólo constituyen nuestro patrimonio. Dice la filosofía
que los dioses participan de la salud en esencia y de la enfermedad en
inteligencia; el hombre, inversamente, posee los bienes imaginativamente, y los
males esencial y materialmente. Por eso hicimos bien en avalorar las fuerzas de
nuestra fantasía, pues todos nuestros bienes no son más que
sueños. Ved una muestra del orgullo de este calamitoso animal:
«Nada hay, dice Cicerón, tan dulce como la ocupación de las
letras, por virtud de la cual, la infinidad de las cosas, la inmensa magnitud
de la naturaleza, los cielos, la tierra y los mares nos son descubiertos; ellas
son las que nos enseñaron la religión, la moderación, la
grandeza de ánimo; las que arrancaron nuestra alma de las tinieblas,
para mostrarla
—425→
todas las cosas altas, bajas, primeras,
últimas y medias; las letras nos procuran los recursos de vivir
dichosamente y hacen que transcurra nuestra vida sin dolores ni pecados.»
Creeríase que es del dios vivo y todo poderoso de quien se habla. Y si
consideramos los efectos, mil mujercillas de aldea vivieron una existencia
más sosegada, dulce y tranquila que la suya:
palabras hermosas y llenas de
magnificencia; mas, sin embargo, un accidente bien ligero puso el entendimiento
del que las trazó628 en estado
más lamentable que el de un pastor, a pesar de ese dios tan decantado y
de su divina sapiencia. De la misma descarada presunción es lo que
promete Demócrito cuando dice: «Voy a hablar de todas las
cosas», y el ridículo título que Aristóteles aplica
a los hombres cuando los llama «dioses mortales», y la
opinión de Crisipo sobre Dion, de quien decía que igualaba a Dios
en virtud; Séneca dice que, si bien debe a Dios la vida, de su
individualidad exclusiva depende el bien vivir. Idea orgullosa, análoga
a ésta:
In virtute vere gloriamur; quod non
contingeret, si id donum a deo, non a nobis haberemus629. Séneca asegura también que la fortaleza del sabio
es la misma que la de Dios, sólo que trasplantada en la humana
debilidad, por donde el Hacedor nos supera. Tan temerarios principios abundan
de un modo estupendo. A ningún hombre ofende tanto el verso comparado
con Dios como contemplarse deprimido en el mismo rango que los demás
animales, prueba evidente de que guardamos mayor celo por el propio
interés que por el de nuestro Creador.
Es preciso pisotear esta vanidad estúpida, sacudir de
una manera viva y arrojada los ridículos fundamentos en que se basan tan
falsas opiniones. En tanto que el hombre crea poder disponer de una fuerza,
jamás reconocerá lo que a su dueño debe; sus ilusiones no
tendrán límites, menester será presentarle al desnudo.
Veamos meramente algún ejemplo de su filosofía: Dominado
Posidonio bajo
—426→
el peso de una enfermedad tan dolorosa que le
hacía retorcerse los brazos y castañetear los dientes,
creía burlarse del sufrimiento, exclamando contra aquélla:
«Es inútil que así me tortures, pues no dirá que
seas un mal.» Lo mismo experimentaba los efectos que mi lacayo; pero
desafiábalos para poner de acuerdo Al menos la lengua con los principios
de su secta:
re succumbere non oportebat, verbis
gloriantem630. Encontrándose Arcesilao enfermo de gota, Carneades, que
le fue a ver, quiso alejarse embargado por el sentimiento; pero el paciente le
llamó, y mostrándole los pies y el pecho, dijo: «Nada
pasó de los primeros al segundo; mi pecho se mantiene a maravilla,
puesto que se da cuenta de experimentar el mal y quisiera desembarazarse de
él; mas no por ello el corazón se aflige ni se abate.»
Serenidad más afectada que verídica a mi entender. Afligido
Dionisio Heracleotes por una vehemente irritación de los ojos, viose
obligado a prescindir de sus resoluciones estoicas. Mas aun cuando la presencia
de ánimo produjera los efectos que esos filósofos declaran,
rebajando la fuerza de los infortunios que nos circundan, ¿qué
hace la ciencia que la ignorancia no realice con mayor pureza y evidencia? El
filósofo Pirro, que corría en el mar los azares de una tormenta
impetuosa, exhortaba a los que le acompañaban para que no entrasen en
cuidados, a que imitasen el ejemplo de un cerdo que miraba la tempestad
tranquilo. La filosofía, en último recurso, presenta a nuestra
consideración, para que los imitemos, los ejemplos de un atleta o de un
mulatero, quienes ordinariamente ni temen la muerte ni ningún tormento,
y son capaces de firmeza mayor de la que la ciencia proveyó jamás
a ningún hombre que por inclinación natural no estuviera
naturalmente predispuesto a la fortaleza. ¿Cuál es la causa de
que se puedan cortar los tiernos miembros de un niño, o los de un
caballo, con mayor facilidad que los nuestros, sino la ignorancia? ¡A
cuántas personas puso enfermas la sola fuerza de imaginación!
Frecuente es ver gentes que se hacen purgar, sangrar y medicinar para curar
males que no existen sino en su imaginación. Cuando los males
irremediables nos faltan, la ciencia nos procura los suyos: tal color de la tez
presagia una fluxión catarral; las estaciones cálidas os acarrean
la fiebre; esa cortadura de la línea vital de la mano izquierda os
advierte que presto seréis víctima de alguna seria
indisposición; la ciencia, en fin, va derechamente contra la salud
misma. La alegría y el vigor de la juventud no pueden caminar unidos; es
preciso extraer la sangre, aminorar la fuerza, por temor de que el exceso de
vida no os perjudique a vosotros mismos. Comparad la
—427→
existencia de
un hombre víctima de imaginaciones tales, con la de un labrador que se
deja llevar conforme a sus naturales apetitos, que mide las cosas con arreglo
al estado actual en que se encuentra, sin pronósticos ni ciencia, que no
está enfermo sino cuando realmente tiene el mal encima; mientras el otro
tiene la piedra en el alma antes de tenerla en los riñones. Como si no
tuviera ya tiempo para sufrir la enfermedad cuando realmente ésta sea
llegada, hay quien la anticipa y la toma la delantera.
Innumerables son los espíritus a quienes arruinan la
propia flexibilidad y fuerza. Ved la mutación que ha experimentado por
su propia agitación uno de los ingenios más juiciosos y mejor
moldeados en la pura poesía antigua, superior en esto a todos los
demás poetas italianos que jamás hayan existido. ¿No tiene
que estar reconocido a la vivacidad que le mató? ¿A la claridad
que le cegó? ¿Al acertado y constante ejercicio de sus facultades
que le dejaron sin razón? ¿A la curiosa y laboriosa
investigación científica que le condujo a la estupidez? ¿A
la rara aptitud para los ejercicios del alma que le dejaron sin alma ni
ejercicio? Experimenté más despecho que compasión al verle
en Ferrara631en tan lastimoso estado,
sobreviviéndose a sí mismo, desconociéndose y
desconociendo sus obras, las cuales vieron la luz sin que él las
revisara, aunque las tuviera delante de sus ojos. Aparecieron sin corregir e
informes.
¿Queréis que el hombre vive sano, que se gobierne
ordenadamente y se mantenga en postura segura y firme? Envolvedle en las
tinieblas, en la ociosidad, e inoculadle la pesantez de espíritu;
precisa que nos estupidecemos para penetrar en los dominios de la prudencia, y
que nos dejemos deslumbrar para ser guiados. Y si se me repone que la ventaja
de ser poco sensibles a los dolores y a los males, lleva consigo el
inconveniente de hacernos menos delicados para el disfrute de los bienes y los
goces, dirá que así es en efecto; más la miseria de
nuestra condición es causa de que tengamos más ocasiones de huir
los males, que de gozar los bienes, y el placer mayor no nos produce tanto
efecto como el dolor más ligero,
segnius homines bona quam mala
sentium632: no nos damos cuenta del bienestar
que acompaña a la cabal salud, pero en cambio nos tortura la enfermedad
más insignificante:
Pungit
in cute vix summa violatum plagula
corpus;
quando valere nihil quemquam movet. Hoc juvat
unum,
quod me non torquet latus, aut pes:
cetera quisquam
vix queat aut sanum sese, aut
sentire valentem633:
—428→
nuestro mayor bien es la privación
del mal, por eso la secta filosófica que colocó el placer en
primer término, hízolo consistir en la ausencia de dolor. La
ausencia del mal es la mayor suma de bien que el hombre pueda esperar, como
decía Enio:
El mismo cosquilleo y aguzamiento que se encuentra en ciertos
placeres, y que parece trasportarnos a un estado superior a la salud y a la
ausencia de dolor, ese goce activo, que se mueve, que nos inflama y nos muerde,
tampoco alcanza más allá que a la ausencia del dolor mismo. El
apetito que nos empuja hacia las mujeres, obedece sólo a la necesidad de
expulsar el malestar que nos produce el deseo ardiente y furioso, y no busca
otra cosa más que saciarlo y ganar la calma, quedándose libre de
la fiebre. Lo propio acontece con los otros placeres. Así que, si la
simplicidad nos encamina a preservarnos del mal, nos conduce un estado dichoso,
dada nuestra naturaleza. Mas no hay que suponerla tan aplomada que sea
absolutamente incapaz de sentimientos, pues Crántor tenía
razón al combatir la insensibilidad de Epicuro de ser tan profunda que
la acometida misma y el nacimiento de los males no hicieran en él la
menor mella. «Yo no alabo esa insensibilidad que no es posible ni
deseable; me conformo con estar bien, pero si caigo enfermo, quiero saber que
lo estoy; y si se me aplica el cauterio o se me opera con el bisturí
quiero sentir sus efectos.»635 Quien desarraigara la noción del dolor, extirparía
igualmente la del placer, y en conclusión aniquilaría al hombre:
Istud nihil dolore non sine magna mercede
contingit immanitatis in animo, stuporis in corpore636. El hombre participa del bien y del mal: ni el dolor debe
siempre huirse, ni marchar constantemente en seguimiento de los placeres.
Constituye un argumento poderoso en pro de la ignorancia el que
la ciencia misma nos arroje entre sus brazos cuando no encuentra a mano el
medio de hacernos superiores al peso de los males; la ciencia se ve obligada a
transigir con nuestra libertad, encomendándonos a la ignorancia y
cobijándonos bajo su protección para ponernos al abrigo de los
golpes y de las injurias de la fortuna. «¿Qué otra cosa
significa el precepto de apartar nuestra mente de
—429→
los males que
nos agobian para convertirla al recuerdo del placer perdido; ni el servirnos
para consuelo de los males presentes del recuerdo del placer que en otro tiempo
disfrutamos; ni el llamar en nuestro auxilio la alegría desvanecida para
oponerla a lo que nos tortura?»
Levationes aegritudinum in avocatione a
cogitanda molestia, et revocatione ad contemplandas voluptates,
ponit637.
Así pues, donde la fuerza le falta pretende emplear el artificio, y
hacer ejercicios gimnásticos allí donde la faltan el vigor del
cuerpo y la fuerza de los brazos, pues no ya al filósofo, al más
simple mortal que siente los efectos de la fiebre, ¿qué alivio le
procurará el recuerdo de la dulzura del vino griego? Entiendo que esto
servirá más bien a empeorar la situación:
De igual naturaleza es este otro consejo que la filosofía
recomienda: guárdese sólo en la memoria el recuerdo de la dicha
extinta y bórrense las penas que sufrimos; como si de nuestro
albedrío dependiera la ciencia del olvido: otra prueba de nuestra
insignificancia:
¡Cómo! ¿y la filosofía, que debe
hacerme fuerte para combatir los azares de la fortuna; que debe templar mi
ánimo para pisotear todas las humanas adversidades, cae también
en la flojedad de hacerme esquivar las desventuras por medio de esos rodeos
ridículos y cobardes? Porque la memoria nos representa, no precisamente
lo que queremos, sino lo que buenamente la place; y nada se imprime de un modo
tan vivo en nuestra mente como aquello que deseamos olvidar: es un excelente
remedio para guardar y grabar en nuestra alma algún hecho, el pretender
olvidarlo. Es falso este principio de Cicerón:
Est situm in nobis, ut et adversa, quasi
perpetua oblivione obruamus, et secunda jucunde et suaviter
meminerimus640; pero este otro es verdadero:
Memini etiam quae nolo; oblivisci non possum
quae volo641. ¿De quién es este principio? De aquel
qui se unus sapientem profiteri sit
ausus642.
—430→
Qui genus humanum ingenio superavit,
si omnes
praestinxit, stellas exortus uti
aetherius sol.643
Aminorar y desalojar la memoria, ¿no
es seguir el verdadero camino de la ignorancia?
Igualmente vemos otros preceptos
análogos, por virtud de los cuales se nos consiente tomar prestadas del
vulgo ciertas apariencias frívolas, siempre y cuando que nos sirvan de
consolación y contentamiento; donde no pueden curar la herida se
conforman con adormecerla y paliarla. Yo creo que si en la mano de esos
filósofos estuviera disponer de algún medio con que socorrer el
orden y la firmeza en una vida que se mantuviera tranquila y plácida,
merced a alguna débil enfermedad del juicio, la aceptarían de
buen grado:
Encontraríanse muchos
filósofos del parecer de Lycas, quien a pesar de vivir una existencia
ordenada, dulce y apacible, rodeado de los suyos, no faltando a ninguno de sus
deberes ni para con su familia ni para con los extraños,
preservándose a maravilla de las cosas que podían serle
perjudiciales, había tomado la manía, por algún ligero
trastorno de sus sentidos, de creer que se encontraba en todo momento en los
espectáculos y en los teatros, y que presenciaba la
representación de las mejores comedias. Luego que fue curado por los
médicos de aquella ilusión, faltó poco para que les armase
un proceso con objeto de que le restablecieran en la dulzura de sus pasadas
imaginaciones:
situación análoga a la de
Thrasilao, hijo de Pythodoro que creía que todos los navíos que
salían del puerto de Pireo y todos los que llegaban, hacían los
viajes exclusivamente para su provecho; alegrábase cuando no
ocurrían averías a los barcos y acogía con júbilo
la llegada de cada uno. Su hermano Crito hízole recobrar la sensatez,
pero
—431→
Thrasilao echó de menos el estado en que había
vivido anteriormente, el cual contribuía a su felicidad. Es lo que dice
este verso griego antiguo, «que es mucho más ventajoso no ser tan
avisado»:
Y el Eclesiastés añade «que al exceso de
sabiduría acompaña el exceso de pena; quien adquiere la ciencia,
adquiere también trabajos y tormentos».
El hecho mismo en que la filosofía conviene en general,
el último remedio que recomienda a toda suerte de desdichas, que
consiste en poner fin a la vida, cuando no podemos soportarla:
Placet? pare. Non placet? quacumque vis,
exi... Pungit dolor? Ve fodiat sane. Si nudus es, da jugulum; sin tectus armis
Vulcaniis, id est fortitudine, resiste648; y esta orden de los griegos a los que invitaban a sus
festines.
Aut bibat, aut abeat649 que suena mas propiamente en la boca de un gascón que en
la del orador romano, porque el primero cambia fácilmente la V en B:
¿que viene a significar sino la
confesión de su impotencia y la recomendación no sólo de
la ignorancia para ponerse a cubierto, sino de la estupidez misma, de la
insensibilidad y del no ser?
Tal era el parecer de Antístenes,
«que creía en la necesidad de aprovisionar juicio para obrar con
cordura o cuerda para ahorcarse»; y el de Crisipo, que aseguraba, a
propósito de un verso de Tirteo que era preciso
De la vertu, ou de mort
approcher:
acercarse a la virtud o a la muerte. Crates
decía que los males del amor se curaban con el hambre o con el tiempo;
—432→
y a quien ambos medios desplacían, recomendábale la
cuerda. Sexto, de quien Plutarco y Séneca hablan con gran encomio, lo
abandonó todo para consagrarse exclusivamente al estudio de la
filosofía, y decidió arrojarse al mar viendo que sus progresos
eran demasiado lentos y tardío el fruto: como la ciencia le faltaba, se
lanzó a la muerte. He aquí cuáles eran los términos
de la ley estoica en esto punto: «Si por acaso aconteciese a alguno una
desgracia irremediable, el puerto está cercano y el alma puede salvarse
a nado fuera del cuerpo, como apartada de un esquife que se va a pique, pues el
temor de la muerte, no el deseo de vivir, es lo que al loco retiene amarrado al
cuerpo.»
Del propio modo que la sencillez de alma hace la vida
más grata, truécase también en más inocente y
mejor, como dije antes: los ignorantes y los pobres de espíritu, dice
san Pablo, se elevan hasta el cielo y lo disfrutan; nosotros, en cambio, con
todo nuestro saber nos sumimos en los abismos del infierno. Y no hablo de
Valiente652,
enemigo jurado de la ciencia y de las letras, ni de Licenio, ambos emperadores
romanos, que llamaban a aquéllas peste y veneno de toda nación
bien gobernada; ni de Mahoma, que según he leído prohibió
a sus sectarios el estudio de las ciencias. El ejemplo del gran Licurgo y su
autoridad por todos reconocida, merecen ser tenidos en cuenta: en aquella
maravillosa organización lacedemonia, tan admirable y durante tanto
tiempo floreciente, estado feliz y virtuoso, si los hubo, fue desconocido el
ejercicio de las letras. Los que vuelven del nuevo mundo, descubierto por los
españoles en tiempo de nuestros padres, nos testimonian cómo esas
naciones, sin leyes ni magistrados, viven mejor reglamentadas que las nuestras,
donde se cuentan más funcionarios y leyes que hombres desprovistos de
cargos, y que acciones:
Decía un senador de los
últimos siglos de Roma, que el aliento de sus predecesores apestaba a
ajos, pero que el estómago
—433→
guardaba el perfume de las
conciencias honradas; y que, al contrario, sus conciudadanos olían bien
exteriormente, pero por dentro hedían en fermento toda suerte de vicios,
lo cual vale tanto a lo que se me alcanza como si se dijera que los adornaban
saber y competencia grandes, pero que la hombría de bien brillaba por su
ausencia. La rusticidad, la ignorancia, la sencillez, la rudeza, marchan de
buen grado con la inocencia; la curiosidad, la sutileza, el saber, arrastran
consigo la malicia. La humildad, el temor, la obediencia, el agrado, que
constituyen las piedras fundamentales para el sostenimiento de la sociedad
humana, exigen un alma vacía, dócil y poco prevalida de sí
misma. Los cristianos saben a maravilla que la curiosidad es un mal inherente
al hombre, y el primero que causó su ruina el deseo de aumentar la
ciencia y la sabiduría fue la causa de la perdición del
género humano, fue el camino por donde se lanzó a la
perdición eterna; el orgullo nos pierde y nos corrompe, el orgullo es el
que arroja al hombre del camino ordinario, lo que lo hace adoptar las
novedades, y pretender mejor ser jefe de un rebaño errante y desviado
por el sendero de la perdición, ser preceptor de errores y mentiras, que
simple discípulo en la escuela de la verdad, dejándose guiar y
conducir por mano ajena al camino derecho y hollado. Es lo que declara esta
antigua sentencia griega:
,
«la superstición sigue al orgullo y le obedece como a su
padre».654 ¡Oh presunción eterna, cuánto,
cuantísimo nos imposibilitas!
Luego que Sócrates fue advertido de que el dios de la
sabiduría le había aplicado el dictado de sabio, quedó
maravillado, y buscando o investigando la causa, como no encontrara
ningún fundamento a tan divina sentencia, puesto que tenía
noticia de otros a quienes adornaban la justicia, la templanza, el valor y la
sabiduría como a él, y que a la vez eran más elocuentes,
más hermosos y más útiles a su país, dedujo que la
razón de que se le distinguiera de los demás y se le proclamara
sabio, residía en que él no se tenía por tal y que su dios
consideraba como estupidez singular la del hombre lleno de ciencia y
sabiduría; que su mejor doctrina era la de la ignorancia, y la sencillez
la mejor ciencia. La divina palabra declara miserable al hombre que se
enorgullece: «Lodo y ceniza, le dice, ¿quién eres tú
para glorificarte?» Y en otro pasaje: «Dios hizo al hombre
semejante a la sombra», de la cual ¿quién juzgará,
cuando por el alejamiento de la luz, aquélla sea desvanecida? No somos
más que la nada.
Estamos tan lejos de que nuestras fuerzas puedan llegar a
concebir la grandeza divina, que entre las obras de nuestro Creador, aquellas
llevan mejor el sello de la magnificencia y son más dignas del Ser
supremo que menos están a nuestro alcance. Constituye un motivo de
creencia para
—434→
los cristianos el encontrar una cosa
increíble; más está de parte de la razón cuanto
más se aleja de la humana razón; pues si fuera conforme a
ésta, ya no sería milagro; y si fuera análoga a otra, no
llevaría ya el sello de la singularidad.
Melius seitur Deus, nesciendo655, dice san Agustín; y Tácito:
Sanctius est ac reverentius de actis deorum
credere, quam scire656, y Platón entiendo que hay alguna levadura de impiedad en
el inquirirse con curiosidad extremada de Dios, del mundo y de las causas
primeras de las cosas.
Atque illum quidem parentem hujus
universitalis invenire, difficile; et quum jam inveneris, indicare in vulgus,
nefas657, dice Cicerón. Nuestros labios profieren las palabras
Poder, Verdad, Justicia, que encierran la significación de algo grande,
pero esa grandeza de ningún modo la vemos ni la concebimos. Decimos que
Dios teme, que Dios monta en cólera, que Dios ama,
son esos atributos que no pueden residir en
Dios conforme los suponen nuestras mezquinas facultades; ni podemos tampoco
imaginarias a la altura de la grandeza en que Dios las reúne.
Sólo él puede conocerse y ser intérprete de sus obras; si
se nos muestra, es para rebajarse, descendiendo en nosotros que nos arrastramos
sobre la tierra. «Siendo la prudencia la elección entre el bien y
el mal, ¿cómo puede convenir a Dios, a quien ningún mal
amenaza? ¿cómo la inteligencia y la razón, de que nos
servirnos para llegar de lo incierto a lo evidente, puesto que para Dios nada
hay desconocido? La justicia, que recompensa a cada uno según sus
merecimientos, la que fue engendrada por la sociedad de los humanos,
¿cómo puede residir en Dios? Ni la templanza, que es la
moderación de los apetitos del cuerpo, los cuales nada tienen que ver
con la divinidad; la fortaleza en el soportar el dolor, el trabajo, los
peligros, no le pertenecen tampoco, que ninguna comunicación ni acceso
tienen para con él. Por eso Aristóteles le considera exento por
igual de virtudes y de vicios:
Neque gratia, neque ira teneri potest; quae
talia essent, imbecilla essent omnia659.
La participación grande o pequeña que en el
conocimiento de la verdad tenemos, no la adquirimos con nuestras propias
fuerzas; Dios nos lo probó sobradamente escogiendo a personas humildes,
sencillas e ignorantes, para
—435→
instruirnos en sus admirables
designios. Tampoco alcanzamos la fe por virtud de nuestro esfuerzo, porque la
fe es un presente purísimo de la liberalidad ajena. No por la
reflexión ni con la ayuda del entendimiento acogemos la religión,
sino, merced a la autoridad y mandamientos ajenos. La debilidad de nuestro
juicio nos ayuda más que la fuerza, y nuestra ceguera más que
nuestra clarividencia. Con el auxilio de nuestra ignorancia, más que con
el de la ciencia, logramos tener idea de la divina sabiduría. No es
maravilla que a nuestros medios naturales y terrenales sea imposible lograr el
conocimiento sobrenatural y celeste: pongamos sólo de nuestra parte
obediencia y sumisión, pues como nos dice la divina palabra:
«Acabará con la sapiencia de los sabios y echará, por
tierra la prudencia de los prudentes; ¿dónde está el
controversista del siglo, el sabio, el censor? ¿No redujo Dios a la nada
la ciencia mundana? Y puesto que el mundo no llegó al conocimiento
divino por sapiencia, plugo a Dios que por la ignorancia y la sencillez de la
predicación fueran salvados los creyentes.»660
Y, si en fin, pretendiéramos persuadirnos de si reside
en el poder del hombre encontrar la solución de lo que investiga y
busca, y si la tarea en que viene empleándose de tan dilatados siglos a
hoy le enriqueció con alguna verdad, fundamental y le proveyó de
algún principio sólido, yo creo que, hablando en conciencia, se
me confesará que toda la adquisición que alcanzó al cabo
de tan largo estudio es la de haber aprendido a reconocer su propia flaqueza.
La ignorancia que naturalmente residía en nosotros ha sido
después de tantos desvelos corroborada y confirmada. Ha ocurrido a los
hombres verdaderamente sabios lo que acontece a las espigas, las cuales van
elevándose y levantan la cabeza derecha y altiva mientras están
vacías, pero cuando están llenas y rellenas de granos en su
madurez comienzan a humillarse y a bajar los humos. Análogamente, los
hombres, que lo experimentaron todo y lo sondearon todo, como no encontraron en
ese montón de ciencia ni en la provisión de tantas cosas
heterogéneas, nada fundamental ni firme, sino sólo vanidad,
renunciaron a su presunción y concluyeron por reconocer su
condición natural. Es lo que Veleyo reprocha a Cotta y a Cicerón,
diciéndoles «que la filosofía les enseñó a
convencerse de su ignorancia». Ferecides, uno de los siete sabios,
escribió a Thales, momentos antes de expirar, diciéndole
«que había ordenado a los suyos, luego que lo hubieran enterrado,
que le llevaran sus manuscritos para que si satisfacían a aquél y
a los otros sabios, los publicaran, o para que los destruyeran, de encontrarlos
insignificantes. Mis escritos, añadía, no contienen ningún
principio cierto que me satisfaga; así que no tengo
—436→
la
pretensión de haber conocido la verdad ni la de haberla alcanzado; hago
entrever las cosas más que las descubro». El hombre más
sabio que haya jamás existido, cuando le preguntaron qué era lo
que sabía, respondió que sólo tenía noticia de que
no sabía nada. Con lo cual corroboraba el dicho de que la mayor parte de
las cosas que conocemos es la menor de la que ignoramos, es decir, que aquello
mismo que creemos saber es una parte pequeñísima de nuestra
ignorancia. Conocemos las cosas en sueños, dice Platón, pero las
ignoramos en realidad.
Omnes pene veteres, nihil cognosci, nihil
percipi, nihil sciri posse dixerunt; angustos sensus, imbecilles animos, brevia
curricula vitae661.
Del propio Cicerón, que debió al saber toda su fortuna, dice
Valerio que, cuando llegó a viejo, amaba ya menos las letras; y que
mientras las cultivó, hízolo sin inclinarse a ninguna
solución, siguiendo la que le parecía probable, propendiendo ya a
una doctrina, ya a otra y manteniéndose constantemente en la duda de la
Academia:
Dicendum est, sed ita, ut nihil affirmem,
quaeram omnia, dubitans plerumque, et mihi diffidens662.
Sería muy ventajoso para mi propósito considerar
al hombre en su común manera de ser, en conjunto, puesto que el vulgo
juzga la verdad, no por la calidad de las razones sino por el mayor
número de hombres que de igual modo opinan. Pero dejemos tranquilo al
pueblo,
Qui vigilans
stertit
mortua cui vita est prope jam, vivo
atque videnti663;
que ni juzga ni siente según su
propia experiencia, que no emplea sus facultades y las deja ociosas; quiero
considerar al hombre superior. Considerémosle, pues, en el reducido
número de personajes escogidos que, habiendo sido naturalmente dotados
de facultades excelentes, las perfeccionaron y aguzaron por estudio y por arte,
y llevaron su entendimiento a la región más alta que pueda
alcanzar. Tales hombres guiaron su alma en todos sentidos y la dirigieron a
todos los lugares, la auxiliaron y favorecieron con todos los recursos
extraños que la fueron favorables, la enriquecieron y adornaron con todo
lo que pudieron hallar para su perfeccionamiento en el mundo exterior o
interior; en ellos, pues, se encierra la perfección suprema de la humana
naturaleza; ellos proveyeron el mundo de reglamentos y leyes, o instruyeron a
los demás hombres por medio
—437→
de las artes y las ciencias y
los dieron ejemplo con sus admirables costumbres. Me limitaré
sólo a esos hombres, a su testimonio y experiencia, y veremos hasta
dónde llegaron y los progresos que hicieron: los defectos y enfermedades
que nos muestre esa selección, debe el mundo todo considerarlos como
propios.
El que se consagra a la investigación de la verdad llega
a las conclusiones siguientes: unas veces la encuentra, otras declara que no
puede descubrirla por ser superior a nuestras facultades, y otras que permanece
buscándola. Toda la filosofía se halla comprendida en estas tres
categorías: buscar la verdad, la ciencia y la certeza. Los
peripatéticos, los discípulos de Epicuro, los estoicos y otras
sectas creyeron haberla encontrado y echaron los fundamentos de las ciencias
que poseemos, que consideraron como incontrovertibles. Clitomaco, Carneades y
los académicos desesperaron de encontrar la verdad y juzgaron que
nuestras facultades eran incapaces para ello; éstos dejaron sentado el
principio de la humana debilidad, y fueron los que contaron mayor número
de adeptos, superiores también en calidad. Pirro y otras
escépticos o epiquistas, que según testimonian algunos antiguos
sacaron sus doctrinas de Homero, de los siete sabios, de Arquíloco y de
Eurípides, y entre aquéllos incluyen también a
Zenón, Demócrito y Jenófanes, declaran que se encuentran
en el camino de la investigación de la verdad, y juzgan que los que
creen haberla encontrado, son víctimas de un error grande, considerando
además que hay una vanidad demasiado temeraria en los que aseguran que
las fuerzas humanas no son capaces de alcanzarla, pues el fijar la medida de
nuestros alcances en conocer y juzgar la dificultad de las cosas, suponen una
ciencia extremada, de que dudan que el hombre sea capaz:
La ignorancia que se conoce, que se juzga y
que se condena no es una ignorancia completa; para serlo, sería
necesario que se ignorara a sí misma, de suerte que la tarea de los
pirronianos consiste en dudar de las cosas e inquirirse de las mismas no
asegurándose ni dando fe de nada. De las tres acciones que el alma
realiza: la imaginativa, la apetitiva y la consentiva, aceptan sólo las
dos primeras, la última mantiénenla en situación ambigua,
sin inclinación ni aprobación hacia la más ligera idea.
Zenón representaba gráficamente las tres facultades del alma del
siguiente modo: con la mano extendida y abierta, la apariencia; con la mano
entreabierta, y los dedos un poco doblados, la facultad
—438→
consentiva, y con la mano cerrada significaba la comprensión; y si con
la mano izquierda oprimía el pulso más estrechamente,
representaba la ciencia. Ese estado de su juicio, recto e inflexible, que
considera todos los objetos sin aplicación ni consentimiento, los
encamina a la ataraxia, que es un estado de alma apacible y tranquilo, exento
de las sacudidas que recibimos por la impresión de la opinión y
ciencia que creemos tener de las cosas, de la cual emanan el temor, la
avaricia, la envidia, los deseos inmoderados, la ambición, el orgullo,
la superstición, el amor a lo nuevo, la rebelión, la
desobediencia, la testarudez y casi todos los males corporales; y hasta se
libran los pirronianos del celo de su disciplina, merced a sus procedimientos
de doctrina, porque nada toman a pechos y nada les importa ser vencidos en las
disputas. Cuando dicen que los cuerpos buscan su centro de gravedad,
entristeceríales el ser creídos, y prefieren que se les
contradiga para engendrar así la duda y aplazamiento del juicio, que es
el fin que persiguen. No establecen sus proposiciones sino para combatir los
reparos que les hagamos. Cuando se aceptan las suyas, combátenlas del
mismo modo: todo les es igual, a nada se inclinan. Si sentáis que la
nieve es negra, argumentaran no es blanca; si aseguráis que no es ni
blanca los mantendrán que es lo uno y lo otro; si sostenéis que
no sabéis nada, ellos asegurarán que no estáis en lo
cierto, y si afirmativamente aseguráis encontraros en estado de duda,
tratarán de convenceros de que no dudáis, o de que no
podéis asegurar a ciencia cierta que dudéis.
Merced a esta duda llevada al último límite, se
separan y dividen de muchas opiniones, hasta de aquellas que mantuvieron la
duda y la ignorancia. ¿Por qué no ha de ser lícito a los
dogmáticos, de los cuales unos dicen verde y otros amarillo, profesar la
duda como nosotros? ¿Hay algo que pueda someterse a vuestra
consideración para aprobarlo o rechazarlo que no sea fácil acoger
como ambiguo? Puesto que los demás son arrastrados por las ideas de su
país, o por las que recibieron de su familia, o por el azar, sin
escogitación ni discernimiento, a veces antes de hallarse en la edad de
la reflexión, a tal o cual opinión, hacia la secta estoica o la
de Epicuro, a las cuales se encuentran amarrados y sujetos como a una presa de
que no pueden libertarse ni desligarse,
ad quamcumque disciplinam, velut tempestate,
delati, ad eam, tanquam ad saxum, adhoerescunt665;
¿por qué no ha de serles dado mantener su libertad y considerar
las cosas libremente, sin ningún género de servidumbre?
hoc liberiores et solutiores, quod integra
—439→
illis est judieandi potestas666.
¿No es mucho más conveniente el verse desligado de la necesidad
que sujeta a los demás? ¿No es mil veces preferible permanecer en
suspenso a embrollarse en tantísimos errores como forjó la humana
fantasía? ¿No vale más suspender el juicio, que sumergirse
en mil sediciosas querellas? ¿A qué partido me inclinaré?
«Inclinaos al que os plazca, siempre y cuando, que adoptéis
alguno.» Respuesta necia que sin embargo, todo dogmatismo nos conduce,
puesto que con él no nos es permitido ignorar lo que en realidad
ignoramos. Adoptad la doctrina más acreditada, jamás será
tan incontrovertible que no os sea indispensable, para sustentarla, atacar y
combatir mil y mil doctrinas opuestas; así que, mejor es apartarse de la
lucha. Si es lícito a cualquiera abrazar tan firmemente como el honor y
la vida las ideas de Aristóteles sobre la eternidad del alma y rechazar
las de Platón sobre el mismo punto, ¿por qué ha de
impedirse que los escépticos las pongan en tela de juicio? Si Panecio se
abstiene de emitir su opinión sobre los arúspices, sueños,
oráculos, vaticinios y otros medios adivinatorios en que los estoicos
creen, ¿por qué el sabio no ha de osar poner en duda lo terreno y
lo extraterreno, como Panecio los oráculos, por haberlo aprendido de sus
maestros, conforme a la doctrina de su escuela, de la cual aquél es
sectario y también jefe? Si el que formula un juicio es un niño,
desconoce los fundamentos del mismo; si es un sabio, es víctima de
alguna preocupación. Los pirronianos se reservaron una ventaja inmensa
en el combate, desechando todo medio de defensa; nada les importa, que se les
ataque, con tal de que ellos ataquen también. Todo les sirve de
argumento. Si vencen, vuestra proposición cojea; si sois vosotros los
vencedores la suya; si flojean, acreditan su ignorancia; si vosotros
incurrís en esa falta, acreditáis la vuestra; si aciertan a
probar que nada puede ser conocido, todo marcha a maravilla; si no logran
demostrarlo, todo va bien igualmente:
Ut quum in cadem re paria contrariis in
partibus momenta inveniuntur, facilius ab utraque parte assertio
sustineatur667:
más bien se complacen en demostrar que una cosa es falsa, que en hacer
ver que es verdadera, y en patentizar lo que no es que lo que es realmente, e
igualmente lo que no creen que lo creen. Las palabras que profieren son:
«Yo no siento ningún principio; no es así, ni tampoco de
otro modo, la verdad no se me alcanza, las apariencias son semejantes en todas
las cosas; el derecho de hablar en pro y en contra es perfectamente
lícito; nada
—440→
me parece verdadero que no pueda parecerme
falso.» Su frase sacramental es
, es
decir, «sostengo, pero no me decido». Estos son sus estribillos y
otros de parecido alcance. El fin de los mismos es la pura, cabal y
perfectísima suspensión del juicio; sírvense del
raciocinio para inquirir y debatir, mas no para escoger ni fijar.
Imagínese una perpetua confesión de la ignorancia, y un juicio
que jamás se inclina a ningún principio, sean cuales fueren las
ideas, y se comprenderá la doctrina pirroniana; la cual explico lo mejor
que me es dable, porque muchos encuentran difícil el penetrar bien en
sus principios. Los autores mismos que de ella trataron, muéstranla un
tanto obscura, y no todos coinciden en la determinación de sus
miras.
En las acciones de la vida los pirronianos proceden como todo
el mundo, déjanse llevar por las naturales inclinaciones, lo mismo que
por el impulso y tiranía de las pasiones, acomodándose a las
leyes y a las costumbres, y siguen la tradición de las artes:
Non enim nos Deus ista scire, sed tantummodo
uti, voluit668. Déjanse guiar por lo que a los demás conduce, sin
interponer observación ni juicio, por lo cual no me parece muy
verosímil lo que de Pirro se cuenta. Diógenes Laercio nos le
presenta como estúpido e inmóvil, viviendo una existencia
selvática e insociable, aguardando con toda tranquilidad el choque de
los carros en las calles, colocándose ante los precipicios, y rechazando
el sujetarse a las leyes. Todo lo cual va más allá de su
disciplina: no pretendió Pirro convertirse en piedra ni en cepo, sino
que quiso ser hombre vivo para discurrir y razonar, gozar de todos los placeres
y comodidades naturales, y hacer uso de todos sus órganos corporales y
espirituales, ordenada y normalmente. Los privilegios fantásticos,
imaginarios y falsos que el hombre usurpó al pretender gobernar, dictar
órdenes, establecer principios y afirmar la verdad, desecholos,
renunciando a ellos. Ninguna secta filosófica existe que no se vea
obligada a practicar y seguir infinidad de cosas que ni comprende ni advierte,
si quiere vivir en el mundo; cuando se va por el mar ignórase si tal
designio será útil o inútil; el viajero tiene que suponer
que el barco que le lleva es excelente, experimentado el piloto y la
estación favorable; circunstancias todas solamente verosímiles, a
pesar de lo cual vese obligado a aceptarlas y a dejarse guiar por las
apariencias, siempre y cuando que éstas no aparezcan al descubierto.
Tiene un cuerpo y un alma, los sentidos le empujan, el espíritu lo
agita. Aun cuando el hombre encuentre en su mente la manera de juzgar de los
pirronianos, y advierta que no debe formular ninguna opinión determinada
por hallarse sujeta a
—441→
error, no por eso dea de ejecutar todos los
actos que le impone la vida. ¡Cuántas artes existen cuyo
fundamento es más bien conjetural que científico, que no deciden
de la verdad ni del error y que caminan a tientas! Reconocen los pirronianos la
existencia de la una y del otro, e igualmente la posesión de los medios
para investigarlos, pero no para separarlos. Vale infinitamente más el
hombre dejándose guiar por el orden natural del mundo, sin meterse a
inquirir causas y efectos; un alma limpia de prejuicios dispone naturalmente de
ventajas grandes para gozar la tranquilidad; las gentes que inquieren y
rectifican sus juicios, son incapaces de sumisión completa.
Así en los preceptos relativos a la religión como
en las leyes políticas, los espíritus sencillos son más
dóciles y fáciles de gobernar que los avisados y adoctrinados en
las causas divinas y terrenales. Nada surgió del humano entendimiento
que tenga mayores muestras de verosimilitud, ni sea de utilidad más
grande que la filosofía pirroniana, que presenta al hombre
desposeído de todas armas, reconociendo su debilidad natural, propio
para recibir de lo alto cualquiera fuerza extraña, tan desprovisto de
ciencia mundana como apto para que penetre en él la divina, aniquilando
su juicio para dejar a la fe mayor espacio, ni descreyente ni amigo de fijar
ningún dogma contra las opiniones recibidas; humilde, obediente,
disciplinado, estudioso, enemigo jurado de la herejía, y
eximiéndose, por consiguiente, de las irreligiosas y vanas ideas
introducidas por las falsas sectas: carta blanca, en fin, dispuesta a recibir
de la mano de Dios los signos que al Altísimo plazca señalar.
Cuanto más nos encomendamos y sometemos a Dios y renunciamos a nosotros
mismos, mayor valer alcanzamos. «Acepta en buen hora y cada día,
dice el Eclesiastés, las cosas según el aspecto con que a tus
ojos se ofrezcan; todo lo demás sobrepasa los límites de tu
conocimiento.»
Dominus scit cogitationes hominum, quoniam
vance sunt669.
He aquí cómo de las tres sectas generales de
filosofía, dos hacen profesión expresa de duda e ignorancia; en
la de los dogmáticos, que es la tercera, fácil es echar de ver
que la mayor parte de los filósofos si adoptaron la certeza fue
más bien por presunción; no pensaron tanto en establecer
principios incontrovertibles, como en mostrarnos el punto adonde habían
llegado en el requerimiento de la verdad.
Quam docti fingunt magis, quam
norunt670. Declarando Timeo a
Sócrates cuanto sabía del mundo, de los hombres y los dioses,
empieza por decir que le hablará como de
—442→
hombre a hombre, y
que bastará con que sus razones sean probables como las de cualquiera
otro, porque las exactas no están en su mano ni tampoco en la de
ningún mortal. Lo cual imitó así uno de sus
discípulos:
Ut potero, explicabo: nec tamen, ut Pythius
Apollo, certa ut sint et fixa, quae dixero; sed, ut homunculus, probabilis
conjectura sequens671;
y en lo que sigue sobre el discurso del menosprecio de la muerte,
Cicerón interpretó así las ideas de Platón:
Si forte, de deorum natura ortuque mundi
disserentes, minus id, quod habemus in animo, consequimur, haud erit mirum:
aequum est enim meminisse, et me, qui disseram, hominem esse, et vos, qui
judicetis; ut, si probabilia dicentur, nihil ultra requiratis672. Aristóteles amontona ordinariamente gran número
de opiniones y creencias contradictorias para compararlas con sus ideas, y
hacernos ver que toca de cerca la verosimilitud, pues la verdad no se demuestra
con el apoyo de la autoridad y testimonio ajenos; por eso Epicuro evitó
religiosamente alegar en sus escritos los pareceres de los demás.
Aristóteles es el príncipe de los dogmáticos y nos
enseña que el mucho saber engendra el dudar; en sus obras se ve una
obscuridad buscada y tan inextricable, que no es posible conocer a ciencia
cierta lo que dice; sus doctrinas son el pirronismo bajo una forma resolutiva.
Oíd la protesta de Cicerón, que nos explica lo que acontece en la
mente de los demás, fundándose en sus propias ideas:
Qui requirunt, quid de quaque re ipsi
sentiamus, curiosius id faciunt, quam necesse est... Haec in philosophia ratio
contra omnia disserendi, nullamque rem aperte indicandi, profecta a Socrate,
repetita ab Arcesila, confirmata a Carneade, usque ad nostram viget aetatem...
Hi sumus, qui omnibus veris falsa quoedum adjuncta esse dicamus,tanta
similitudine, ut in iis nulla insit certe judicandi et assentiendi
nota673. ¿Por qué no sólo Aristóteles, sino
la mayor parte de los filósofos simularon dificultades sin cuento y
entretuvieron la curiosidad
—443→
de nuestro espíritu
dándole materia para que royera ese hueso vacío y descarnado?
Clitómaco afirmaba que jamás había podido comprender la
opinión de Carneades después de haber leído y
releído sus escritos. ¿Porqué rehuyó Epicuro la
sencillez en los suyos y a Heráclito se le llamó el tenebroso? La
dificultad es una moneda de que los sabios se sirven, como los jugadores del
pasa-pasa, para que quede oculta la insignificancia de su arte. La estupidez
humana con ella se cree pagada:
Clarus, ob obscuram linguam, magis
inter imanes...
Cicerón reprende a algunos de sus
amigos porque emplearon en la astrología, el derecho, la
dialéctica y la geometría más tiempo del que esas artes
merecían, lo cual les apartaba de los deberes de la vida, que son
ocupación más provechosa y honrada. Los filósofos
cirenaicos desdeñaban igualmente la física y la
dialéctica; Zenón, en el preliminar de sus libros
de la República, declara
inútiles todas las artes liberales; Crisipo decía que todo lo que
Platón y Aristóteles habían escrito sobre la lógica
era cosa de divertimiento y ejercicio, y no podía resignarse a creer que
hubieran hablado formalmente de una materia tan fútil; Plutarco dice
otro tanto de la metafísica; Epicuro hubiéralo dicho
también de la retórica, de la gramática, de la
poesía, de las matemáticas y de todas las ciencias, excepto la
física. Sócrates consideraba todas las ciencias como
inútiles, menos la que tiene por fin el estudio de las costumbres y el
de la vida. Sea cual fuere la cuestión que se le propusiera,
hacía siempre que el cuestionador le diera cuenta de la situación
de su vida presente y pasada, la cual consideraba y juzgaba, estimando
inferior, y subordinado a aquél todo aprendizaje diferente:
parum mihi placeant eae litterae quae ad
virtutem doctoribus nihil profuerunt675; así que, la mayor parte de las artes fueron
desdeñadas por el saber mismo; pero los sabios no creyeron desacertado
ejercitar en ellas su espíritu, aun sabiendo de antemano que no
podían esperar ningún resultado provechoso.
Por lo demás, unos consideran a Platón como
dogmático, otros como escéptico, quiénes en ciertos puntos
o primero, quiénes en otros lo segundo; Sócrates, ordenador de
sus diálogos, anima constantemente la disputa, pero jamás la
resuelve, ni le satisface ninguna conclusión, y declara que su ciencia
no es otra que la de argumentar. Homero consideraba que todas las sectas
filosóficas tenían igual fundamento;
—444→
con tal
principio mostraba que debe sernos indiferente seguir cualquiera de ellas.
Dícese que de Platón nacieron diez escuelas diferentes, no es de
extrañar por tanto que ninguna otra doctrina sea tan inclinada a la duda
y a no aseverar nada, como la suya.
Decía Sócrates que las parteras, al adoptar la
profesión cuyo fin es sacar al mundo felizmente lo que engendran los
demás, abandonaban el oficio de engendrar; y que él, merced al
dictado de sabio que los dioses le habían concedido, dejaba de procrear
hijos espirituales, conformándose con ayudar y favorecer con su concurso
a los demás, revelándoles su naturaleza y engrasando sus
conductos para facilitar el paso de su fruto, juzgarlo, bautizarlo,
alimentarlo, fortificarlo, fajarlo y circuncidarlo, ejerciendo su entendimiento
en provecho ajeno.
La mayor parte de los filósofos dogmáticos, como
los antiguos advirtieron en los escritos de Anaxágoras,
Parménides, Jenófanes y otros, escribieron de una manera dudosa y
ambigua, inquiriendo más que instruyendo, aunque a veces entremezclaran
su estilo con algunos toques doctrinales. Lo propio se nota en Séneca y
Plutarco, quienes sientan principios antitéticos, lo cual se echa de ver
leyéndolos con detenimiento. Los que ponen de acuerdo la doctrina de los
jurisconsultos, debieran en primer término armonizar las ideas
contradictorias de un mismo autor. Platón gustaba filosofar por
diálogos para poner en boca de distintos personajes la diversidad y
variación de sus propias fantasías. Examinar las ideas desde
distintos puntos de vista vale tanto o más que considerarlas desde uno
solo; la utilidad es mayor. Tomemos un ejemplo en nosotros mismos: las
resoluciones son el fin del hablar dogmático resolutivo; así
nuestros parlamentos las presentan al pueblo como más ejemplares,
propias a mantener en él la reverencia que debe a las asambleas,
principalmente por la competencia de las personas que las forman; emanan no
tanto de las conclusiones cotidianas, comunes a todo juez, como del examen y
consideración de raciocinios opuestos y diferentes, a que los principios
se prestan. El más amplio campo para las discusiones de unos
filósofos con otros, reside en las contradicciones y diversidad de miras
en que cada uno de ellos se encuentra embarazado como en un callejón sin
salida, unas veces de intento para mostrar la vacilación del
espíritu humano en todas las cosas, otras obligado a ello por la
volubilidad e incomprensibilidad de las mismas, lo cual pone de manifiesto la
evidencia de aquella máxima que dice «que en un lugar resbaladizo
y sin resistencia debemos suspender nuestro crédito»; pues como
asegura Eurípides, «las obras de Dios nos proporcionan
obstáculos por diverso modo»; principio semejante al que
Empédocles sentaba en sus libros, como agitado de un furor
—445→
divino por el requerimiento de la verdad: «No, no, decía, nada
experimentamos, nada vemos, todas las cosas nos están ocultas, ninguna
existe que podamos reconocer.» En lo cual coincidía con estas
palabras de la Sagrada Escritura:
Cogitationes mortalium timidae, et incertae
adinventiones nostrae, et providentiae676. No hay que extrañar que los mismos
filósofos que desesperaron de encontrar la verdad, la buscaran con tanto
ahínco y placer; el estudio es una ocupación grata, tan grata que
los estoicos incluyen entre los demás placeres el que proviene del
ejercicio del espíritu, recomiendan la moderación y encuentran
intemperancia en el saber excesivo.
Estando Demócrito comiendo le sirvieron unos higos677 que sabían a miel, y al instante se
echó a buscar en su espíritu la causa de tan inusitado gusto;
para ponerse en camino de averiguarla, iba a levantarse de la mesa, con objeto
de ver el sitio de donde los higos se habían sacado, cuando su criada,
que se hizo cargo de la extrañeza del amo, le dijo, riendo, que no se
rompiera la cabeza con investigaciones, pues el sabor a miel dependía de
que guardó la fruta en una vasija que la había contenido.
Disgustose el filósofo con la mujer por haberle quitado la
ocasión de inquirir, y robado el objeto de su curiosidad: «Me has
dado un mal rato, la dijo, pero no por ello dejaré de buscar la causa
como si fuera natural»; y no hubiera dejado, gustosísimo, de
encontrar un fundamento verosímil, a lo que en realidad era falso y
artificial. Esta anécdota, de un filósofo grande y famoso, nos
demuestra claramente la pasión hacia el estudio que nos empuja a la
persecución de las causas mismas de cuya solución desesperamos.
Plutarco refiere un caso análogo de un hombre que se oponía a que
se le sacara del error por no perder el placer de buscarlo; de otro se habla
que no quería que su médico le curase la sed de la fiebre por no
perder el gozo de calmarla bebiendo.
Satius est supervacua discere, quam
nihil678. Acontece que en algunos alimentos que tomamos existe solamente
el placer, sin que sean nutritivos o sanos; así lo que nuestro
espíritu obtiene de la ciencia no deja de ser grato, aunque no sea ni
alimenticio ni saludable; análogamente, lo que nuestro espíritu
alcanza de la ciencia tampoco deja de procurarnos goces que no son saludables
ni provechosos. La reflexión de las cosas de la naturaleza, dicen los
filósofos, es alimento propio a nuestro espíritu, porque eleva
nuestra alma y hace que desdeñemos las cosas bajas y terrenales por la
comparación con
—446→
las superiores y celestes; la
investigación misma de lo oculto y grande es gratísima hasta para
quien no logra alcanzar sino el respeto y temor de juzgarlas. La imagen vana de
esta curiosidad enfermiza vese más palmaria todavía en este otro
ejemplo que se oye con frecuencia en sus labios. Eudoxio deseaba, y para
lograrlo rogaba ardientemente a los dioses, que le permitieran una vez siquiera
ver el sol de cerca, penetrarse de su forma, grandeza y hermosura, aunque el
fuego del astro le abrasara. Quería a costa de su vida alcanzar una
ciencia de cuya posesión no podía sacar ningún provecho, y
por un pasajero conocimiento perder cuantos había adquirido y cuantos
adquirir pudiera en lo sucesivo.
Dudo mucho que Epicuro, Platón y Pitágoras dieran
como moneda contante y sonante sus doctrinas sobre los átomos, las ideas
y los números; eran sobrado cuerdos para sentar como artículos de
fe cosas tan inciertas y debatibles. Lo que en realidad puede asegurarse es
que, dada la obscuridad de las cosas del mundo, cada uno de aquellos grandes
hombres procuró encontrar tal cual imagen luminosa: sus almas dieron con
invenciones que tuvieran al menos una verosimilitud aparente que, aunque no
fuera la verdad, pudiera sostenerse contra los argumentos contrarios:
Unicuique ista pro ingenio finguntur, non ex
scientiae vi679. Un
hombre de la antigüedad, a quien se vituperaba por profesar la
filosofía, en la cual, sin embargo, no hacía gran caso,
respondió «que en eso consistía la esencia del
filosofar». Han querido los sabios pesarlo todo, examinarlo todo, y han
hallado tal labor adecuada a la natural curiosidad que forma parte integrante
de nuestra naturaleza. Algunos principios sentáronse como evidentes para
beneficio y provecho de la paz pública, como las religiones, por eso las
doctrinas, que constituyen el sostén de los pueblos, no las ahondaron
tan a lo vivo, a fin de no engendrar rebeldía en la obediencia de las
leyes ni en el acatamiento de las costumbres. Platón, sobre todo,
presenta al descubierto esa tendencia; pues cuando escribe según sus
ideas, nada sienta como evidente; pero cuando ejerce de legislador, adopta un
estilo autoritario y doctrinal, en el cual ingiere sus invenciones más
peregrinas, tan útiles para llevar la persuasión al vulgo como
ridículas para la propia convicción individual, convencido de lo
blandos que somos para recibir toda suerte de impresiones, sobre todo las
más osadas y singulares. Por eso en sus leyes cuida mucho de que en
público se canten exclusivamente poesías cuyos argumentos tiendan
a algún fin útil; siendo tan fácil imprimir toda clase de
fantasmas en
—447→
el humano espíritu, es injusto el no
apacentarlo con mentiras provechosas, en vez de suministrarle otras que sean
inútiles o dañosas. En su
República, dice de una manera
terminante «que para provecho de los hombres hay con frecuencia necesidad
de engañarlos». Fácil es echar de ver que algunas sectas
persiguieron con más ahínco la verdad, y que otras, en cambio,
enderezaron sus miras a lo útil, por donde ganaron mayor crédito.
La miseria de nuestra condición hace que aquello que como más
verídico se presenta a nuestro espíritu, deje de aparecernos como
más povechoso para la vida. Hasta las sectas más avanzadas, la de
Epicuro, la pirroniana y la llamada nueva académica, vense obligadas, en
última instancia, a plegarse a las necesidades de la vida y de las leyes
civiles.
Exceptuando las religiones y las leyes, los filósofos
tamizaron todas las ideas, ya en un sentido, ya en otro; cada cual se
esforzó por interpretarlas a tuerta o a derechas; pues no habiendo
encontrado nada, por oculto que estuviera, de que no hayan querido hablar,
necesario les fue forjar locas conjeturas; y no es que las consideraran como
fundamentales ni irrevocables para la demostración de la verdad,
sirviéronse de ellas como de simple ejercicio para sus estudios.
Non tam id sensisse quod dicerent, quam
exercere ingenia materiae difficultate videntur voluisse680. Y si así no fuera,
¿cómo explicarnos la inconstancia, variedad y vanidad de
opiniones formuladas por tantos talentos admirables y singulares? Y, en efecto,
¿qué cosa hay más vana que pretender que adivinemos la
divina Providencia por medio de las analogías y conjeturas que hemos
ideado? ¿someterle y someter al mundo a nuestra capacidad y a nuestras
leyes? ¿servirnos a expensas de la Divinidad de la escasa inteligencia
que el Señor se dignó concedernos, y no siéndonos dable
más que elevar la mirada a su trono glorioso, haberle rebajado
trasladándole a la tierra en medio de nuestra corrupción y de
nuestras miserias?
Entre todas las ideas de la antigüedad relativas a la
religión, me parece la más verosímil y aceptable la que
reconoce a Dios como un poder incomprensible, origen y conservador de todas las
cosas; todo bondad, todo perfección, aceptando de buen grado la
reverencia y honor que los humanos le tributaban, sean cuales fueren las formas
del culto:
Este celo universal por la adoración de la Divinidad fue
visto en el cielo con buenos ojos. Todos los pueblos alcanzaron fruto de las
prácticas devotas. Los hombres perversos y las acciones impías
alcanzaron siempre el castigo que merecieron. Las historias paganas encuentran
dignos y justos los oráculos y prodigios empleados en provecho del
pueblo y dedicados a sus divinidades fabulosas. El Hacedor, por su misericordia
infinita, se dignó, a veces, fomentar con sus beneficios temporales los
tiernos principios que, con la ayuda de la razón, nos formamos de
él al través de las imágenes falsas de nuestras
soñaciones. Y no sólo falsas, sino también impías e
injuriosas son las que el hombre se forjó de Dios. De todos los cultos
que san Pablo encontró en Atenas, el que le pareció más
excusable fue el consagrado a una divinidad oculta y desconocida.
Pitágoras se acercó más a la verdad al
juzgar que el conocimiento de esta Causa primera y Ser de los seres, debla ser
indefinido, sin prescripción, imposible de formular que no era otra cosa
que el supremo esfuerzo de nuestro espíritu hacia el perfeccionamiento,
cada cual amplificándolo conforme a la fuerza de sus facultades. Numa
quiso acomodar a esta creencia la devoción de su pueblo, hacer que
profesara una religión puramente mental, sin objeto determinado ni
aditamento material; idea vana e impracticable, pues el humano espíritu
es incapaz de mantenerse vagando en esa infinidad de pensamientos informes;
precísale concretarlos en cierta imagen a su semejanza. La majestad
divina consintió en dejarse circunscribir en algún modo dentro de
los límites naturales: sus sacramentos sobrenaturales y celestiales
muestran signos de nuestra terrenal condición; su adoración se
exterioriza por medio de oficios y palabras sensibles, pues el hombre es quien
cree y ora. Dejando aparte otros argumentos pertinentes a este punto, digo que
no me resigno a creer que la vista de nuestros crucifijos y las pinturas del
suplicio de nuestro Redentor, los ornamentos y ceremonias de nuestros templos,
los cánticos entonados al unisón de nuestra mente y la
impresión de los sentidos no llenen el alma de los pueblos de una
eficacísima unción religiosa.
Entre las divinidades a que se dio forma corporal, conforme la
necesidad lo requirió a causa de la universal ceguera, creo que yo me
hubiera afiliado de mejor grado a los adoradores del sol682, así por su grandeza y hermosura
—449→
como por ser la parte de esta máquina del universo que está
más apartada de nosotros, y, por lo mismo, tan poco conocida, que los
que la tributaron culto son excusables de haberla admirado y reverenciado.
Thales, el primer filósofo que trató de
investigar la naturaleza divina, consideraba a Dios como un espíritu que
con el agua hizo todas las cosas. Anaximánder opinaba que los dioses
morían y nacían en diversas épocas, y que eran otros
tantos mundos, infinitos en número. Anaxímenes decía que
el aire era dios, causa generadora de todas las cosas creadas y en perpetuo
movimiento. Anaxágoras fue el primero que creyó que todas las
cosas eran conducidas por la fuerza y dirección de un espíritu
infinito. Alcmeón consideraba como divinos el sol, la luna, todos los
cuerpos celestes y además el alma. Pitágoras hizo de Dios un
espíritu esparcido entre la naturaleza de todas las cosas, del cual
nuestras almas se emanaron. Parménides un círculo que rodea el
cielo y alimenta el mundo con el ardor de su resplandor. Empédocles
decía que los dioses eran los cuatro elementos de que todas las
demás cosas surgieron. Protágoras se abstuvo de emitir
opinión alguna. Demócrito, ya que las imágenes y sus
movimientos circulares, ya que la misma naturaleza de donde esas
imágenes surgen, y también nuestra ciencia e inteligencia.
Platón emite opiniones de diversa índole en el diálogo
titulado
Timeo dice que el padre del mundo no puede
nombrarse; en las
Leyes, que es necesario abstenerse de
investigar su ser, y en otros pasajes de esos mismos tratados hace otros tantos
dioses del mundo, el cielo, los astros, la tierra y nuestras almas, y admite
además los que como dioses fueron reconocidos por las antiguas leyes en
cada república. Jenofonte emite sobre la divinidad ideas tan encontradas
como Sócrates, su maestro; tan pronto dice que no hay que informarse de
cuál sea la forma de Dios; tan pronto que el sol es dios, o que el alma
es dios, como que no hay más que uno o que hay varios. Speusipo, sobrino
de Platón, hace de Dios cierta fuerza vital que gobierna todas las cosas
y las considera como fuerza animal; Aristóteles ya afirma que Dios es el
espíritu, ya que el mundo; otras veces dice que la tierra tuvo un origen
distinto de la divinidad, y otras que Dios es la cumbre solar.
Jenócrates cree en la existencia de ocho dioses; cinco, que son otros
tantos planetas; el sexto, compuesto de todas las estrellas fijas; el
séptimo y el octavo, el sol y la luna. Heráclides Póntico
oscila entre las anteriores opiniones, y por fin se inclina a creer que Dios
carece de sensaciones, haciendo de él la tierra y el cielo. Teofrasto
divaga de un modo semejante entre todas
—450→
las ideas anteriores,
atribuyendo el orden del mundo unas veces al entendimiento, otras al firmamento
y otras a las estrellas. Estrato afirma que la divinidad es la propia
naturaleza dotada de la facultad de engendrar, aumentar o disminuir,
fatalmente. Zenón la ley natural, ordenando el bien y prohibiendo el
mal; considera aquélla como un ser animado y no admite como dioses a
Júpiter, Juno y Vesta. Diógenes Apoloniates se inclina a creer
que es el aire; Jenófanes afirma que la divinidad es de forma redonda,
que ve, oye y no respira, y no tiene ninguna de las cualidades de la naturaleza
humana. Aristón cree que la forma de Dios es incomprensible; la
considera desprovista de sentidos, o ignora si es animada o inanimada. Cleanto
ya cree que es la razón, ya el universo, ya el alma de la naturaleza, ya
el calor que envuelve y lo rodea todo. Perseo, oyente de Zenón, sostuvo
que se distinguió con el nombre de dioses a todos los seres que
procuraron alguna utilidad a la vida humana, y a las cosas mismas provechosas.
Crisipo hizo una amalgama confusa de todas las ideas precedentes, e
incluyó entre mil formas de la divinidad los hombres que se
inmortalizaron. Diágoras y Teodoro negaban en redondo que hubiera
dioses. Epicuro hace a los dioses luminosos, transparentes y aéreos;
asegura que están colocados entre dos fuertes, entre dos mundos, a
cubierto de todo accidente; revisten la fortuna humana, y disponen de nuestros
miembros, de los cuales no hacen uso alguno:
Ego deum genus esse semper dixi, et
dicam caelitum;
sed eos non curare opinar, quid agat
humanum genus.683
¡Confiad ahora en vuestra filosofía; alabaos de
haber encontrado la verdad en medio de semejante baraúnda de cerebros
filosóficos! La confusión de las humanas ideas ha hecho que las
multiplicadas costumbres y creencias que se oponen a las mías me
instruyan más que me contrarían; no me enorgullecen tanto, cuanto
me humillan al confrontarlas, y han sido causa, además, de que todo
aquello que expresamente no viene de la mano de Dios, lo considere como sin
fundamento ni prerrogativa. Las costumbres de los hombres no son menos
contrarias en este punto que las escuelas filosóficas, de donde podemos
inferir que la misma fortuna no es tan diversa ni variable como nuestra
razón, ni tan ciega e inconsiderada. Las cosas más ignoradas son
las más propias a la definición; por eso el convertir a los
hombres en dioses, como hizo la antigüedad sobrepasa la extrema debilidad
de la razón. Mejor hubiera yo seguido a los que adoraron la serpiente,
el perro o el buey, porque la naturaleza y el ser de esos animales nos son
menos
—451→
conocidos así que, tenemos fundamento mayor para
suponer de ellos todo cuanto nos place, al par que para atribuirles facultades
extraordinarias y singulares. Pero haber trocado en dioses los seres de nuestra
condición, de la cual debemos conocer toda la pobreza, haberlos
atribuido el deseo, la cólera, la venganza, los matrimonios, las
generaciones y parentelas, el amor y los celos, nuestros miembros y nuestros
huesos, las enfermedades y placeres, nuestra muerte y nuestra sepultura,
constituye el límite del extravío del entendimiento humano:
Formae, aetates,
vestitus, ornatus noti sunt; genera conjugia, cognationes, omniaque traducta ad
similitudinem imbecillitatis humanae: nam et perturbatis animis inducuntur;
accipimus enim deorum cupiditates, aegritudines, iracundias685; haber atribuido a la divinidad, no ya la fe, la virtud, el
honor, la concordia, la libertad, las victorias, la piedad, sino también
los placeres, el fraude, la muerte, la envidia, la vejez, la miseria, el miedo,
las enfermedades, la desgracia y otras miserias de nuestra vida débil y
caduca;
Quid juvat hoc, templis nostros
inducere mores?
O curvae in terris animae et
caelestium inanes!686
Los egipcios, con una prudencia cínica,
prohibían, bajo la pena de la horca, que nadie dijera que Serapis e
Isis, sus divinidades, hubieran sido un tiempo hombres, y sin embargo, nadie
entre ellos ignoraba que en realidad lo habían sido; sus efigies,
representadas con un dedo puesto en los labios, significaban a los sacerdotes,
según Varrón, aquella orden misteriosa de callar su origen mortal
por razón necesaria, suponiendo que el declararla apartaría a las
gentes del culto que a Serapis e Isis se tributaba. Puesto que era tan vivo en
el hombre el deseo de igualarse a Dios, hubiera procedido con mayor acierto,
dice Cicerón, aproximándose las cualidades divinas y
haciéndolas descender a la tierra, que enviando al cielo su
corrupción y su miseria; mas considerando bien las cosas, los humanos
hicieron lo uno y lo otro, impelidos de semejante vanidad.
Cuando los filósofos especifican la jerarquía de
sus dioses
—452→
y se apresuran a señalar sus parentescos,
funciones y poderío, no puedo resignarme a creer que hablen con
fundamento. Cuando Platón nos descifra el jardín de Plutón
y los goces o tormentos materiales que nos aguardan después de la ruina
y aniquilamiento de nuestro cuerpo, acomodándolos a las sensaciones que
en la vida experimentamos
Secreti celant calles, et myrtea
circum
silva tegit; curae non ipsa in morte
relinquunt687;
y cuando Mahoma promete a sus fieles un
paraíso tapizado, adornado de oro y pedrería, poblado de
doncellas de belleza peregrina, lleno de manjares y vinos exquisitos, bien se
me alcanza que todo ello es cosa de burla de que ambos echaron mano para
llevarnos a sus opiniones y hacernos participar de sus esperanzas, bien
acomodadas con nuestros terrenales deseos. Así algunos de los nuestros
cayeron en parecido error, prometiéndose después de la
resurrección una vida mundanal acompañada de toda suerte de
placeres y dichas terrenales. ¿Cómo creer que Platón, que
engendró concepciones tan celestes y que se aproximó tan de cerca
a la divinidad, que se le llama divino, haya estimado que el hombre, esta
misérrima criatura, tuviera ninguna analogía con el
incomprensible poder divino? ¿Cómo es verosímil que
creyera que nuestros lánguidos órganos, ni la fuerza de nuestros
sentidos, fueran capaces de participar de la beatitud o de las penas eternas?
Menester es reponerle valiéndonos de la humana razón por el tenor
siguiente: si los placeres que nos prometes en la otra vida son como los que en
la tierra experimenté, nada tienen de común con lo infinito; aun
cuando mis cinco sentidos se vieran colmados de gozo y mi alma poseída
de todo el contento que puede desear y esperar, bien sabemos todo el que puede
soportar; todo reunido nada significa. Si subsiste algo humano, no hay nada
divino; si aquello no difiere de cuanto puede pertenecer a nuestra
situación terrenal, no cuenta para nada; mortal es todo contentamiento
de los mortales. Si el reconocimiento de nuestros padres, de nuestros hijos, de
nuestros amigos, podemos disfrutarlo en el otro mundo; si allí
perseguimos todavía tal o cual placer, estamos dentro de las comodidades
terrenales y finitas. No podemos dignamente concebir la grandeza de las
encumbradas y divinas promesas si en algún modo nos es dable
concebirlas; para imaginarlas dignamente es necesario considerarlas como
inimaginables, indecibles, incomprensibles y absolutamente distintas de las
habituales a nuestra experiencia miserable. El corazón y la vista del
—453→
hombre, dice san Pablo, son incapaces de considerar la dicha que Dios
tiene preparada a quien lo sigue. Y si para hacernos capaces de ello se
transforma y cambia nuestro ser por medio de las purificaciones, como
Platón afirma, la metamorfosis tiene que ser tan completa que,
según la doctrina física, ya no seremos nosotros:
será otro ser diferente el que
reciba las recompensas:
Quod mutatur... dissolvitur; interit
ergo:
trajiciuntur enim partes, atque
ordine migrant.689
¿Creeremos, por ejemplo, que
según la metempsicosis de Pitágoras, en la vivienda que imagina
para las almas, el león en que se traslade el alma de César tenga
las mismas pasiones ni que sea el mismo Julio César? Si tal cosa fuera
cierta, tendrían razón los que sostienen esa idea contra las
doctrinas de Platón, reponiéndole que el hijo podría
cabalgar sobre su madre convertida en mula, y objetando con otros absurdos
semejantes. ¿Pensamos acaso que en las mutaciones que tienen lugar de
unos animales en otros de la misma especie, los recién venidos no son
distintos de los que les precedieron? De las cenizas del fénix dicen que
se engendra un gusano y luego otro fénix; ¿quién puede
imaginar que el segundo no sea distinto del primero? a los gusanos de seda se
les ve como muertos y secos; el mismo cuerpo produce una mariposa, de la cual
surge otro gusano que sería ridículo suponer que fuera
todavía el primero. Lo que una vez dejó de existir no existe ya
jamás:
Nec, si materiam nostram collegerit
aetas
post obitum, rursumque redegerit, ut
sita nunc est,
Y cuando Platón dice que sólo
la parte espiritual del hombre será la que goce de las recompensas de la
otra vida, hace una afirmación desprovista de fundamento:
Scilicet, avolsus radicibus, ut
nequit ullam
dispicere ipse oculus rem, seorsum corpore
toto691;
—454→
pues en ese caso no será ya el
hombre, ni por consiguiente nosotros, los que participemos de aquel goce,
estando como estamos formados de dos partes principales y esenciales, cuya
separación es la muerte y ruina de nuestro ser.
Con mayor razón, ¿en qué principio de su
justicia pueden fundarse los dioses para recompensar las acciones buenas y
virtuosas del hombre después de su muerte, puesto que las divinidades
mismas les encaminaron a ejecutarlas? ¿Por qué los dioses se
ofenden y vengan en el hombre las acciones viciosas, puesto que ellos
engendraron en las criaturas la condición que las movió a
incurrir en falta, de la cual podrían apartarlas con la más
ligera moción de su voluntad? Epicuro podría reponer lo
antecedente a Platón con fundamento sobrado, si sus labios no
profirieran frecuentemente esta sentencia, «que la naturaleza mortal no
puede establecer nada sólido ni cierto sobre la inmortal». El
humano entendimiento es víctima de constantes extravíos en todo,
pero más especialmente cuando trata de formarse idea de las cosas que
atañen a la divinidad. ¿Quién mejor que nosotros puede
estar convencido de ello? Aunque le hayamos auxiliado con principios seguros e
infalibles, aunque hayamos iluminado sus pasos con la santa luz de la verdad
que plugo a Dios comunicarnos, vémonos a diario, por poco que nuestra
mente se aparte del ordinario sendero, por poco que se desvíe de la ruta
trazada y seguida por la iglesia, que al instante se pierde, embaraza y cae en
mil obstáculos, flotando y dando vueltas en el vasto mar revuelto, y sin
freno de las opiniones humanas, sin sujeción ni objetivo. En el momento
que pierde nuestra razón aquel seguro y tradicional camino, se divide y
disipa en mil rutas diferentes.
No puede el hombre salirse de su esfera ni imaginar nada que de
sus alcances se aparte. Mayor presunción supone, dice Plutarco, el que
los hombres hablen y discurran de los dioses y de los semidioses, que el que
una persona desconocedora de la música pretenda juzgar a un cantor, o
—455→
que un hombre que jamás pisó un campo de batalla
quiera cuestionar sobre las cosas de la guerra, presumiendo conocer por ligeras
conjeturas un arte que le es ajeno. A mi entender, la antigüedad
creyó glorificar a la divinidad colocándola al mismo nivel que el
hombre, revistiéndola con facultades humanas, adornándola con
nuestros caprichos y proveyéndola de todas las necesidades que
atestiguan nuestra flaqueza. Así la ofrecieron manjares para que los
comiese, bailes y danzas para regocijarla, vestidos, para que se cubriese y
casas para que viviera; la regalaron con el incienso y la música, con
flores y ramos, y para mejor acomodarla a nuestras viles pasiones, adularon su
justicia inmolando víctimas humanas, regocijándola con la
disipación y ruina de los seres por los dioses creados y conservados.
Tiberio Sempronio hizo quemar en holocausto de Vulcano las armas y ricos
despojos que ganara contra sus enemigos en Cerdeña; Paulo Emilio, los
que adquirió en Macedonia en loor de Marte y Minerva; tan luego como
Alejandro hubo llegado al Océano Índico, arrojó al mar
para ganar el favor de Thetis muchos vasos de oro, convirtiendo además
sus altares en espantosa carnicería, no sólo de inocentes
animales, sino también de seres humanos. Muchas naciones, la nuestra
entre otras, sacrificaron a los hombres, y creo que no exista ninguna que haya
estado exenta de tal costumbre:
Los getas se consideran como inmortales y
su muerte tiénenla por el encaminamiento hacia su dios Zamolsis. Cada
cinco años le envían un emisario para proveerlo de las cosas que
ha menester; el delegado se elige a la suerte, y la manera de despacharlo es
como sigue: primeramente le informan verbalmente de su misión, y
después tres de los que le asisten sostienen derechos otros tantos
dardos, sobre los cuales lanzan al emisario. Si éste resulta herido y
muere de repente, es signo indudable de favor divino; si escapa a la muerte, le
consideran como perverso y execrable, y proceden a una nueva prueba de igual
modo. Amestris, madre de Jerjes695, siendo
ya de edad avanzada, hizo enterrar vivos a catorce jóvenes de las
principales casas de Persia para rendir gracias a algún dios
subterráneo, conforme a la religión de su país. Hoy
todavía se alimentan con sangre de criaturas de corta edad los
ídolos de Themixtitan, y no gustan de otro sacrificio que no sea el de
—456→
esas almas infantiles y puras. ¡Justicia hambrienta de
sangre inocente!
Los cartagineses inmolaban a Saturno sus
propios hijos, -el que no los tenía los compraba-, y el padre y la madre
tenían obligación de asistir a la muerte de las tiernas
víctimas, adoptando un continente de alegría y
satisfacción.
Capricho singular el de querer pagar a la bondad divina con
nuestra aflicción, como los lacedemonios, que tributaban culto a Diana
con los alaridos de los muchachos a quienes azotaban en holocausto de la diosa,
a veces hasta darles muerte. Proceder salvaje el de querer gratificar al
arquitecto con el derrumbamiento de su edificio, y el de pretender librar de la
pena que merecen los culpables con el castigo de los inocentes; la desgraciada
Ifigenia con su muerte en el puerto de Áulide, descargó ante Dios
al ejército griego de los delitos que éste había
cometido:
las hermosas y generosas almas de los dos
Decios, el padre y el hijo, lanzáronse al través de las tropas
enemigas para procurar el favor de los dioses a los negocios públicos de
Roma.
Quae fuit tanta deorum iniquitas, ut placari
populo romano non possent, nisi tales viri occidissent?698 Añádase a lo dicho, que no es al delincuente a
quien incumbe el hacerse castigar a su albedrío cuando le viene en
ganas; el juez es quien debe ordenar la pena y no puede considerar como castigo
lo que mejor acomoda al que lo sufre; la venganza divina presupone nuestro
absoluto disentimiento, así por su justicia como por el quebranto que
merecemos. Ridículo fue el capricho de Polícrates, tirano de
Samos, quien para interrumpir el curso de su continua dicha, al par que para
compensarla, lanzó al mar la joya más preciada que poseía,
juzgando que con este mal voluntario podía hacer frente a las
vicisitudes de la fortuna; la cual, para burlarse de su insensatez, hizo que la
misma alhaja volviera a sus manos, pues se encontró en el vientre de un
pescado. ¿A qué vienen los desgarramientos y desmembramientos de
los coribantes y de los ménades, y en nuestra época los de los
mahometanos, que se acuchillan la cara, el vientre y los miembros para
congraciarse con su profeta, puesto que la ofensa que le infirieron reconoce
por causa
—457→
la voluntad, y no el pecho, los ojos, los órganos
genitales, la apostura, los hombros ni la garganta?
Tantus est perturbatae mentis, et sedibus suis
pulsae furor ut sic dii placentur, quemadmodum ne homines quidem
saeviunt699. Nuestra natural contextura, no sólo debemos considerarla
para nuestro servicio, sino también para el de Dios y el de los
demás hombres; es una acción injusta el ofenderla
voluntariamente, como igualmente el quitarnos la vida, sea cual fuere la causa.
Tengo también por traición y cobardía grandes el mutilar y
corromper las funciones de nuestro cuerpo, las cuales son puramente materiales
y se hallan sometidas por naturaleza a la dirección del alma, por evita
a ésta el cuidado de sujetarlas a la razón;
ubi iratos deos timent, qui sic propitios
habere merentur?... In regiae libidinis voluptatem castrati sunt quidam; sed
nemo sibi, ne vir esset, jubente domino, manus intulit700. De tal suerte mancharon su
religión con perversas prácticas:
Ahora bien: ninguna de nuestras cualidades puede parangonarse
ni relacionarse en modo alguno con la naturaleza divina; todas la manchan y
marcan con otras tantas imperfecciones. La belleza, poder y bondad infinitos,
¿cómo han de poder asemejarse ni tener correspondencia alguna con
una cosa tan abyecta como nosotros, sin el extremo perjuicio y decaimiento de
la divina grandeza?
Infirmus Dei fortius est hominibus: et stultum
Dei sapientius est hominibus702. Preguntado Stilpón el filósofo si los dioses
recibían placer de nuestras honras y sacrificios: «Sois
indiscretos, contestó; retirémonos aparte para hablar de este
asunto.» Y sin embargo nosotros le prescribimos límites; nuestra
razón mide su poderío (llamo razón a nuestras visiones
imaginarias; como tales las reconoce la filosofía, la cual declara
«que el loco y el perverso están extraviados por razón, que
en ellos reviste una forma particular»); queremos subyugar a Dios a las
vanas y débiles apariencias de nuestro entendimiento; a él, que
nos creó y creó asimismo nuestra facultad de conocer. Porque nada
se hace de la nada, Dios no pudo formar el mundo sin servirse de materia.
¿Acaso el Hacedor
—458→
Supremo ha puesto en nuestras manos las
llaves de los últimos resortes de su poder? ¿Comprometiose por
ventura a no sobrepasar los límites de nuestra ciencia? Supón,
¡oh criatura! que hayas podido advertir en la tierra alguna huella de la
divinidad; ¿piensas, por ello que el Señor haya empleado cuantos
medios residen en su poder, ni que haya puesto todo su saber en la
composición del universo? Tú contemplas solamente el orden y
concierto de esta cuevecilla donde habitas; la divinidad tiene una
jurisdicción infinita más allá; esta parte que aquí
ves no es nada en comparación del todo:
Lo que a ti se te alcanza es una ley
restringida; tú ignoras que es universal. Sujétate a aquello de
que dependes, mas no agregues a Dios, que no es tu compañero, ni tu
conciudadano, ni tu camarada. Si en algún modo se te mostró, no
fue para rebajarse a tu pequeñez, ni para otorgarte el cargo de veedor
de su poder: el cuerpo humano no puede volar a las nubes; para ti hizo el
Criador todo su bien. El sol recorre sin cesar su carrera. Los límites
de la tierra y de los mares no pueden confundirse; el agua no tiene forma ni
resistencia; un muro sin demolirse no deja paso a un cuerpo sólido; el
hombre no puede conservar su vida en medio de las llamas; no puede estar en el
cielo y en la tierra ni en cien lugares a la vez, corporalmente; para ti
instituyó Dios estos preceptos, y a tu individuo incumben. El Criador
testificó a los cristianos que los libertó cuando le plugo.
¿Por qué siendo como es todopoderoso había de sujetar sus
fuerzas a cierto límite? ¿En favor de quién había
de renunciar a su privilegio? En nada alcanza tu razón mayor
verosimilitud ni fundamento mayor que cuando te convence de la pluralidad de
los mundos;
Terramque, et solem, lunam, mare,
cetera quae sunt,
los hombres más famosos de los
pasados siglos, así lo creyeron y también algunos del nuestro;
llevoles a tal convencimiento la humana razón, puesto que en este
universo que contemplamos nada existe aislado ni idéntico,
todas las especies hanse multiplicado en
diverso número, por lo cual parece inverosímil que Dios haya
hecho este solo monumento sin compañero, y que la materia de esta forma
haya sido agotada en este exclusivo individuo;
Quare etiam atque etiam tales fateare
necesse est,
esse alios alibi congressus
materiaï,
qualis hic est, avido complexu quem
tenet aether706:
señaladamente si es un ser animado
como sus movimientos parecen dar a entender y Platón afirma; muchos de
entre nosotros lo confirman igualmente, o al menos no lo niegan, como
también lo acredita la antigua opinión de que el cielo, las
estrellas y otras partes del planeta son criaturas compuestas de cuerpo y alma,
mortales en orden a su composición, pero inmortales por voluntad del
Criador. Así que, si existen otros mundos como creyeron Epicuro,
Demócrito y casi todos los filósofos, no sabemos si los
principios y leyes de la tierra son comunes a los demás. Acaso su
organización sea distinta; Epicuro los supone análogos o
desemejantes. En este mundo vemos una variedad infinita en las regiones
apartadas; en ese nuevo rincón del universo que nuestros padres
descubrieron no se ve trigo, ni vino, ni ninguno de los animales de nuestros
climas; todo es diferente. En los pasados siglos, considerad en cuántos
lugares desconocieron la existencia de Baco y Ceres. Según Plinio y
Herodoto707, hay hombres en ciertos países que se asemejan muy
poco a nuestra especie, y existen seres mestizos y ambiguos entre la humana
naturaleza y la esencialmente animal; hay localidades en que los hombres nacen
sin cabeza, tienen los ojos y la boca en el pecho, o son andróginos; en
otras andan a gatas; en otras no tienen más que un ojo en la frente, y
la cabeza más parecida a la de un perro que a la nuestra; en algunas, la
mitad inferior del cuerpo es la de un pez, y viven en el agua; lugares hay en
que las mujeres paren a los cinco años, y no viven más que ocho;
otros en que los hombres tienen la cabeza y la piel de la frente tan duras, que
son impenetrables al hierro, que rebota cuando con ellas choca; en ciertos
sitios los hombres no tienen barba; hay pueblos que no conocen el fuego; otros
en que la esperma es de color negro; ¿qué decir de los
países en que los hombres se convierten en lobos o jumentos, y
después otra vez en hombres? Y si es verdad, como Plutarco afirma, que
en una localidad de las Indias haya hombres sin boca, que se alimentan con la
percepción de ciertos olores, ¡cuán limitadas y falsas
además
—460→
son nuestras ideas! Nada puede imaginarse tan
ridículo ni tan incapaz de razón y sociedad como todos esos
seres. El concierto y la causa interna de nuestro mundo, serían casi
siempre cosa peregrina y singular para todos ellos.
Mayormente, ¿cuántas cosas conocemos que se
hallan en contradicción con las reglas que a la naturaleza hemos
prescrito? ¡Y, sin embargo, pretendemos juzgar los límites del
poder de Dios mismo! ¿Cuántas cosas son para nosotros milagrosas
y contra el orden natural? Cada hombre y cada pueblo lo juzga todo conforme a
la medida de su ignorancia. ¡Cuántas propiedades ocultas y raras
encontramos en las cosas! Para nosotros seguir la marcha de la naturaleza no es
más que seguir las huellas de nuestra inteligencia, en tanto que puede
seguirlas, y lo más que nuestra vista alcanza. Todo lo que está
más allá considerámoslo como monstruoso o irregular.
Según lo cual, aquellos que sean más hábiles y avisados,
hallaranlo todo disparatado, pues a éstos persuadió la humana
razón de que no existe fundamento alguno para afirmar nada, ni siquiera
que la nieve es blanca: Anaxágoras decía que era negra; de si
existe algo en el universo o no existe nada; si hay ciencias o sólo
ignorancia; todo lo cual Metrodoro Chio negaba que el hombre pudiera afirmarlo.
Eurípides dudaba que viviéramos, «si la vida que vivimos es
vida, o si lo que llamamos muerte es realmente la vida»:
y no sin razón, porque llamamos
existir a este instante que no es más que un relámpago dentro del
curso infinito de una noche eterna, y una interrupción brevísima
de nuestra natural y perpetua condición, puesto que la muerte llena todo
lo que antecede, y sigue a aquel momento, y todavía una buena parte del
mundo. Otros afirman que no hay movimiento, que nada se agita; tal opinaban los
discípulos de Meliso, en atención a que si no hay más que
Uno, ni este movimiento esférico puede incumbirle, ni tampoco el de un
lugar a otro, como Platón sostiene, asegurando que en la naturaleza no
hay generación ni corrupción. Protágoras dice que nada hay
en aquélla si no es la duda; que acerca de todo puede cuestionarse y
hasta de este mismo principio, es decir, si realmente puede cuestionarse de
todas las cosas. Nusífanes entiende que los objetos aparentes son
inciertos, y que nada hay más seguro que la duda y la incertidumbre.
Parménides cree que de lo aparente en general no hay nada que tenga
fundamento, que no hay más que Uno; Zenón que ni siquiera ese Uno
existe, y que no existe nada, porque si el Uno fuera, tendría que estar
en otro o en sí mismo; si está en otro, ya son dos
—461→
y
si está en sí mismo son también dos, el continente y el
contenido. Según estos dogmas, la naturaleza de las cosas es sólo
una sombra falsa y vana.
Siempre consideré que esta manera de hablar es
indiscreta e irreverente en boca de un cristiano: «Dios no puede morir;
Dios no puede contradecirse; Dios no puede hacer esto o aquello.» Me
parece reprochable el encerrar así los límites del poder divino
bajo las leyes de nuestra palabra; las ideas que para nuestra mente representan
tales proposiciones, debieran por lo menos representarse de un modo más
reverente y religioso.
Nuestro hablar adolece de debilidades y defectos, como todo lo
que constituye la naturaleza humana. La mayor parte de los desórdenes
del mundo son puramente gramaticales; nuestros procesos no nacen sino de los
debates que acarrea la interpretación de las leyes; y la mayor parte de
las guerras, de que somos incapaces de formular claramente los convenios y
tratados de los príncipes. ¡Cuántas contiendas y querellas
sanguinarias produjo el no conocer a ciencia cierta el sentido de la
sílaba
Hoc!710 Tomemos la cláusula que la lógica presenta como la
más clara; si afirmamos que «hace buen tiempo» y decimos
verdad, será que haga sin duda buen tiempo. ¿No es una manera
clara de expresarse? Pues, sin embargo, nos inducirá a error, como puede
verse por el ejemplo siguiente: si decís «Yo miento», y sois
verídicos, mentís realmente. El arte, la razón y la
conclusión de la segunda proposición son semejantes a los de la
primera, y, sin embargo, las dos nos presentan obstáculos. Los
filósofos pirronianos no pueden explicar sus concepciones con
ningún lenguaje; para ello habrían menester de uno nuevo, pues el
nuestro se compone de proposiciones afirmativas, las cuales van contra la
esencia misma de sus doctrinas; de tal suerte, que cuando dicen «Yo
dudo», incurren ya en contradicción, pues afirman que saben que
dudan. Así que, tuvieron necesidad de guarecerse en la siguiente
comparación con la medicina, sin la cual la tendencia de la secta de que
hablo sería inexplicable. Cuando dicen «Yo ignoro», o
«Yo dudo», añaden que ambas proposiciones desaparecen por
sí mismas, junto con todo lo demás, a la manera que él
ruibarbo empuja hacia fuera los malos humores, y él mismo sale al propio
tiempo. Tal estado de espíritu enunciase interrogativamente de una
manera más segura, diciendo:¿QUÉ SÉ YO?, que es mi
acostumbrada divisa.
Ved cuál los hombres se prevalen hablando de Dios
irreverentemente. En las controversias actuales que tienen por asunto nuestra
religión, por poco que cerquéis a vuestro
—462→
adversario
os dirá sin ambage alguno «que no reside en poder de Dios el hacer
que su cuerpo esté en la tierra, y en el paraíso y en varios
lugares a la vez». Plinio, expresándose también
irreverentemente, decía que al menos constituye un consuelo grande para
la pequeñez del hombre el considerar que Dios no lo puede todo; pues no
es dueño, decía, de quitarse la vida aunque lo quisiera, lo cual
constituye la mayor ventaja que en nuestra condición reside; no puede
convertir a los mortales en inmortales, ni resucitar a los muertos, ni que el
que vivió no haya vivido, ni hacer que el que disfrutó de honores
no los haya disfrutado; no teniendo otro poder si no es el olvido sobre las
cosas que fueron. Y para sentar hasta ejemplos risibles en las relaciones del
hombre con su Criador, concluye diciendo que Dios no puede impedir que dos
veces diez no sean veinte. Los labios de un cristiano no deben proferir
jamás semejantes términos. Y parece que los hombres se sirven de
lenguaje tan altivo y loco para igualarse al Hacedor Supremo:
Cuando declaramos que la infinidad de los siglos pasados y los
que están por venir no son para Dios sino un instante; que su bondad,
sapiencia y poderío son idénticos a la esencia divina, nuestras
palabras lo dicen, más nuestro entendimiento no comprende ni alcanza lo
que expresan nuestras palabras. Y sin embargo, la temeraria presunción
del hombre quiere hacer pasar a Dios por el tamiz de su entendimiento, por
donde se engendran todas las soñaciones y todos los errores de que el
mundo se ve lleno, por querer aquilatar en su balanza cosa tan distante de la
pequeñez terrenal712.
Mirum, quo procedat improbitas cordis humani
parvulo aliquo invitata successu713. ¡Con cuánto desdén reprenden los estoicos a
Epicuro, el cual juzgaba que la esencia de la dicha pertenecía
sólo a Dios, y que el sabio no participa de aquélla sino como de
una sombra remotísima! ¡Y cuán temerariamente unieron el
destino de Dios al de los hombres! Yo creo que algunos que se llaman cristianos
incurren todavía en la misma imprudencia. Thales, Platón y
Pitágoras lo rebajaron a la necesidad. Esta altivez de pretender
—463→
descubrir a Dios con nuestros ojos mortales, fue causa de que un
hombre insigne diera a la divinidad forma corporal, y lo es también de
que a diario atribuyamos a Dios los acontecimientos importantes de nuestra
vida. Como a nosotros nos producen mella, creemos que han de producirla
también a Dios, quien a nuestro modo de ver considera con mirada
más atenta que los sucesos insignificantes de nuestra existencia
ordinaria los que nos son trascendentales:
magna dii curant, parva
negligunt714; oíd su ejemplo, él os iluminará con las
luces de su razón:
nec in regnis quidem reges omnia minima
curant715. ¡Como si para el Criador no fuera lo mismo conmover los
cimientos de un imperio que estremecer la hoja de un árbol! ¡Como
si su providencia no se ejerciera lo mismo en el desenlace de una batalla que
en el salto de una pulga! La mano del Hacedor gobierna todas las cosas de igual
modo, con la misma fuerza, con idéntico orden; nuestro interés
para nada influye en sus designios, las medidas que tomamos no le importan ni
para nada influyen en sus actos:
Deus ita artifex magnus in magnis, ut minor,
non sit in parvis716. Nuestro orgullo hace que nos equiparemos a Dios, lo cual es la
mayor de las blasfemias. Porque nuestras ocupaciones son para nosotros pesada
carga, Estrabón dispensó a los dioses de todo deber, como hacen
sus sacerdotes; hace producir y conservar a la naturaleza todas las cosas, se
explica así la formación del mundo y descarga al hombre del temor
de los juicios divinos;
quod beatum aeternumque sit, id nec habere
negotïï quidquam, nec exhibere alteri717. Quiere la naturaleza que entre las cosas análogas exista
relación semejante; así pues, del número infinito de
mortales infiere que hay igual número de inmortales. Las cosas infinitas
que perjudican y matan, presuponen igual número que aprovechan y
conservan. Como las almas de los dioses, sin lengua, ojos ni oídos, se
entienden entre sí y juzgan de nuestros pensamientos, así las
almas de los hombres, cuando se encuentran libres, desprendidas del cuerpo por
el sueño o por algún encantamiento, adivinan, pronostican y ven
las cosas que serían incapaces de ver unidas al cuerpo. Los hombres,
dice san Pablo, convirtiéronse en locos, en fuerza de querer ser
cuerdos, y cambiaron la incorruptible gloria de Dios en la imagen corruptible
del hombre. Considerad, siquiera sea ligeramente, las extravagantes y
aparatosas deificaciones de los antiguos:
—464→
luego de celebrar con
soberbia pompa la ceremonia de los funerales, cuando el fuego prendía en
lo alto de la pirámide y llegaba al lecho del difunto, dejaban escapar
un águila, la cual, volando a las nubes, significaba que el alma del
muerto se encaminaba al paraíso. Pueden verse mil medallas,
señaladamente la que representa a la honrada Faustina718, que muestran al águila llevando a cuestas hacia el cielo
a las almas deificadas. Es lastimoso que nos engañemos así con
nuestras propias imitaciones e invenciones;
como los muchachos, que se asustan de la
misma cara que tiznaron y ennegrecieron a sus compañeros720:
quasi quidquam infelicius sit homine, cui sua
figmenta dominantur721.
Hay diferencia grande entre honrar al que nos ha criado y
rendir culto al que nosotros hemos hecho. Augusto tuvo más templos que
Júpiter en los cuales se le veneró, y se creyó en sus
milagros lo mismo que en los de Júpiter. En recompensa de los beneficios
que de Agesilao recibieran, anunciáronle los tasianos que le
habían canonizado. «¿Vuestra nación, contestó
aquél, tiene el poder de convertir en dios a quien le viene en ganas?
Santificad primero, para ver cómo le va a uno de entre vosotros, luego,
cuando yo haya visto los efectos, agradeceré en el alma el don con que
me brindáis.» La insensatez del hombre no reconoce límites,
puesto que siendo incapaz de forjar el animal más microscópico
fabrica dioses a docenas. Oíd encarecer a Trimegisto el humano
poderío: «Entre las cosas admirables, dice, sobrepasa a todas las
demás el que el hombre haya llegado a conocer y a crear la naturaleza
divina.» He aquí algunos argumentos de la escuela misma de la
filosofía:
«Si Dios existe es un ser animado; si
es animado tiene sentidos, y si tiene sentidos está sujeto a accidentes.
Si carece de cuerpo, tampoco tiene alma, y por consiguiente es incapaz de
acción; si tiene cuerpo es perecedero.» Y con esto héteme
al hombre victorioso y triunfante. «Nosotros somos incapaces de haber
hecho el mundo; por consiguiente existe alguna fuerza superior que en él
ha puesto la mano. Sería una estúpida arrogancia el que nos
considerásemos
—465→
como los seres más perfectos de este
universo; hay pues algo mejor que es Dios. Cuando contempláis una
residencia pomposa y rica, aunque no sepáis a quién pertenece, no
suponéis que haya sido expresamente construida para albergue de ratones;
así pues, ese divino monumento colocado sobre nuestras cabezas, ese
celestial palacio debemos considerarlo como la vivienda de algún
morador, cuya grandeza es mucho mayor que la nuestra. ¿Lo más
alto, no es siempre lo más digno? Por eso nosotros estamos colocados
aquí abajo. Nada sin alma ni razón puede crear un ser animado
capaz de esa facultad: el mundo nos produce, luego hay en él alma y
razón. Cada una de las partes de nosotros mismos es menor que nuestro
ser cabal; nosotros formamos parte del mundo, de donde se desprende que
éste se halla dotado de sabiduría y razón en mayor dosis
de lo que nosotros lo estamos. Es cosa hermosa tener un gobierno de
extensión dilatada, por eso el del mundo pertenece a alguna naturaleza
privilegiada. Los astros no nos dañan; son por consiguiente seres llenos
de bondad. El hombre, lo mismo que los dioses, tiene necesidad de alimento, los
segundos se nutren con los vapores de aquí bajo. Los bienes terrenales
no pertenecen a Dios, ni a nosotros tampoco. Recibir ofensas e infringirlas
muestran imperfección análoga; es por consiguiente insensato
temer a Dios. Dios es bueno por naturaleza; el hombre, por industria, lo cual
es más meritorio. La sabiduría divina y la humana se diferencian
sólo en que aquélla es eterna; y como la duración ninguna
cualidad añade a la sabiduría, hétemos compañeros.
Tenemos vida, razón y libertad, y noción de la bondad, de la
caridad y de la justicia, atributos todos que le son propios.» En
conclusión el deísmo y el ateísmo, todos estos argumentos
en pro y en contra de la divinidad, los forja el hombre ayudado por la idea que
de sí mismo se forma. ¡Qué patrón y qué
modelo! Ampliemos, elevemos y abultemos cuanto nos plazca las cualidades
humanas; ínflate, pobre criatura, una, dos y mil veces
Profecto non Deum, quem
cogitare non possunt, sed semetipsos, pro illo cogitantes, non ulum, sed se
ipsos, non illi, sed sibi comparant724.
Puesto que en los fenómenos naturales los efectos no
dejan ver las causas sino a medias, ¿con cuánta más
razón en este punto serán vagas y obscuras? Ésta sobrepasa
el orden de la naturaleza; su condición es demasiado elevada,
—466→
demasiado alejada y demasiado soberana para consentir que nuestras
conclusiones puedan sujetarla y contraerla. Somos incapaces de llegar a ella
con el concurso de nuestras exiguas fuerzas; nuestro camino es demasiado
rastrero; lo mismo está el hombre cerca del cielo en lo alto del monte
Cenis que en lo más hondo del mar. Consultad con vuestro astrolabio si
de ello queréis convenceros. Los filósofos paganos hacen figurar
a Dios hasta en el contacto carnal de las mujeres, cuántas veces y en
cuántas generaciones: Paulina, mujer de Saturnino, rica matrona romana,
creyendo pernoctar con el dios Serapis se encontró entre los brazos de
un amante por el alcahuetismo de los sacerdotes de aquel templo. Varrón,
el autor latino más sutil y sabio, escribe en sus libros de
teología que el sacristán del templo de Hércules
jugó con este dios una cena y una muchacha; en caso de que ganara, se
descontarían los gastos de las ofrendas del templo, y si perdía
sufragarla las costas; el sacristán perdió y pagó su cena
y a la muchacha. Esta se llamaba Laurentina, y vio por la noche el Dios entre
sus brazos, el cual la dijo que el primero con quien al día siguiente
tropezara la pagaría espléndidamente su salario; y en efecto
encontrose con Tarancio, joven rico, que la llevó a su casa y andando el
tiempo la hizo heredera. La muchacha a su vez, creyendo ser grata a
Hércules, dejó todos los bienes al pueblo romano, por lo cual
tributáronsela honores divinos. Como si no bastara que por el lado
paternal y por el maternal Platón fuera originalmente descendiente de
los dioses, ni tampoco el tener a Neptuno por fundador de su raza,
considerábase en Atenas como cosa cierta que Avistón, habiendo
querido gozar de la hermosa Perictione y no acertando a realizar sus deseos,
fue advertido en sueños por Apolo de que la dejara intacta hasta que
hubiera dado a luz. Teníase por asegurado que los padres de
Platón fueron Apolo y Perictione. En las historias se encuentran
numerosos ejemplos de cornamentos análogos, procurados por los dioses a
los pobres humanos, y de maridos desacreditados en favor de rango de sus hijos.
En la religión de Mahoma vense por la creencia de los pueblos fieles al
profeta gran número de Merlines725, o lo que ellos mismo,
hijos sin padre, absolutamente espirituales, engendrados con el auxilio de la
divinidad en el vientre de las doncellas, los cuales llevan un nombre que tiene
en la lengua árabe esa significación.
Precisa notar que en cada cosa nada hay más elevado ni
más estimable que el propio ser de la misma; el león, el
águila, el delfín, nada conciben que aventaje a su especie; todos
ponen en parangón sus propias cualidades con las demás cosas
existentes; las cuales podemos estrechar o
—467→
ensanchar, y es todo
cuanto pende de nuestra mano, pues fuera de aquella relación y de este
principio, nuestra imaginación no puede llegar; nada puede adivinar, la
es imposible de todo punto ir más allá. Nacen de aquí
estos antiguos principios: «De todas las formas de la naturaleza es el
hombre la más hermosa, por consiguiente Dios está incluido en
ella. Nadie sin virtud puede ser dichoso; tampoco la virtud puede existir
independientemente de la razón, ni ésta puede residir en otro ser
que no sea el hombre.» Dios por consiguiente reviste figura humana:
Ita est in formatum et anticipatumque mentibus
nostris, uthomini, quum de Deo cogitet, forma ocurrat humana726. Por eso, decía con gracia Jenófanes, que si como
es verosímil, los animales se forjan sus dioses correspondientes,
idearanlos parecidos a ellos y se glorificarán como nosotros;
¿qué razón hay para que un ansarón no sostenga el
razonamiento siguiente: «Todas las partes del universo tienen
relación con mi individuo; la tierra me sirve de apoyo, el sol me
alumbra, las estrellas ejercen influencia sobre mi ser; los vientos, y los
mares me procuran bienestar y comodidades; ningún otro animal se ve
más favorecido que yo bajo la bóveda celeste, yo soy el
niño mimado de la naturaleza? ¿No es el hombre quien me acaricia,
me sirve y procura vivienda? En beneficio mío siembra y recolecta; si le
sirvo de alimento, también devora el hombre a sus semejantes, y
también yo me nutro de los gusanos que le matan y le roen.»
Así hablará la grulla727, y todavía con más
altivez que el hombre, por la libertad que su vuelo la procura, merced al cual
goza del privilegio de cernerse en las regiones más altas:
Tam blanda conciliatris, et tam sui est lena
ipsa natura!728 Así pues, colocándose el hombre en esa textura
concluye que para él son los destinos, para él solo el universo
mundo; el sol alumbra y la tormenta estalla para nosotros; el Criador y las
criaturas, todo es para nosotros: es la conclusión y fin o adonde se
dirige la universalidad de las cosas. Considerad lo que la filosofía
registró hace ya más de dos mil años sobre las cosas
celestiales: según aquélla los dioses no obraron ni hablaron sino
en beneficio del hombre, ni les atribuye distinto oficio ni misión.
Vedlos aquí que contra nosotros vienen a las manos:
Por el celo que los caunianos ponen en la
dominación de sus dioses peculiares échanse el arma a la espalda
el día que los festejan y sacuden el aire con sus espadas, arrojando y
expulsando así de su territorio a los dioses extraños. El poder
de los mismos lo acomodamos a nuestras necesidades: curan unos los caballos;
otros los hombres; quién las epidemias, la tiña, la tos;
quién una clase de sarna, quién otra:
adeo minimis etiam rebus prava religio inserit
deos731: quién es causa de que prosperen las
vides, quién los ajos; los unos tienen a su cargo el gobierno de la
lujuria, los otros el comercio; cada clase de trabajadores tiene su dios
correspondiente; los unos poseen sus partidarios en oriente, los otros en
occidente:
los hay tan raquíticos e
insignificantes, pues el número de ellos asciende a treinta y seis
mil736, que precisa reunir
cinco
—469→
o seis para producir una espiga de trigo; cada uno lleva su
nombre del lugar donde se encuentra; tres en una puerta: el del frente, el de
los goznes y el del dintel; cuatro a una criatura, protectores de sus
envolturas, de lo que come, de lo que bebe y de lo que mama. Algunos gozan de
una existencia real; la de otros es incierta y dudosa; otros hay que
todavía no pudieron entrar en el paraíso:
ejercen algunos profesiones diversas:
físicas, poéticas o civiles; otros hay que participan de la
divinidad y de la humana naturaleza, mediadores entre Dios y las criaturas, que
reciben una adoración de segundo orden; son infinitos en oficios y
títulos; los unos buenos, malos los otros, los hay viejos derrengados, y
hasta mortales, pues según Crisipo, cuando el día sea llegado de
la última conflagración del mundo, todos los dioses
perecerán a excepción de Júpiter. Forma el hombre mil
comunicaciones ridículas entre el Criador y él, y no es peregrino
que así acontezca teniéndose como se tiene por compañero
suyo:
He aquí la razón que nos dan en este punto
Scévola739, pontífice máximo,
Varrón, teólogo eminente, en sus respectivas épocas:
«Es necesario, dicen, que el pueblo ignore muchas cosas verdaderas y crea
muchas otras que son erróneas»:
Quum veritatem, qua liberetur, inquirat
credatur ei expedire, quod fallitur740. La vista humana no puede advertir las cosas sino bajo las
formas que nos son habituales. ¿No os acordáis del salto que dio
el pobre Faetón por haber pretendido manejar las riendas de los caballos
de su padre con sus mortales manos? Nuestro espíritu experimenta por su
temeridad suerte idéntica. Si preguntáis a la filosofía la
materia de que están formados el cielo y el sol, ¿que os
responderá si no dice que de hierro, o con so Anaxágoras de
piedra, o de otra substancia que nos sea familiar? ¿Se pregunta a
Zenón qué cosa es naturaleza? «Un fuego, dice, que merced a
cierto
—470→
artificio engendra metódicamente.»
Arquímedes, maestro en la ciencia que se atribuye la prioridad sobre
todas las demás en verdad y certeza, contestará: «El sol es
un dios de hierro inflamado.» ¡Gallarda idea fruto de la belleza o
inevitable necesidad de las geométricas demostraciones! No tan
útiles sin embargo ni tan evidentes, puesto que Sócrates
entendía que bastaba en punto a conocimientos geométricos con
saber medir la tierra que hollamos bajo nuestras plantas; y que Polieno, que
fue en esa ciencia doctor famoso e ilustre, no la desdeñara al fin, como
falsa y de apariencia vana, luego que hubo gustado los dulces frutos de los
sosegados jardines de Epicuro. Sócrates en Jenofonte, a propósito
de Anaxágoras, a quien la antigüedad tuvo por más competente
que ningún otro filósofo en las cosas celestes y divinas, dice
que vio su cerebro perturbado, como acontece a todos los hombres que persiguen
de una manera inmoderada los conocimientos que no están a sus alcances.
Decía que el sol era una piedra candente, sin reparar en que la piedra
no brilla cuando está en el fuego, ni fijarse en que dentro de él
se consume, como tampoco en que el fuego no ennegrece a los que están
frente a él, ni en que nos es posible mirarle fijamente, ni en que el
fuego mata las hierbas y las plantas. Al entender de Sócrates, y
también al mío, el mejor juicio en punto a las cosas
ultraterrenas es abstenerse en absoluto de formar ninguno. Platón,
hablando de los demonios en su diálogo
Timeo, exprésase en los siguientes
términos: «Empresa es ésta que sobrepasa nuestras luces
naturales; preciso es en este punto creer a los antiguos que se dijeron por
ellos engendrados; es ir contra la razón el negar la fe a los hijos de
los dioses, aunque lo que digan no esté probado por razones ineludibles
ni verosímiles, puesto que están seguros de hablarnos de cosas
que les son familiares y habituales.»
Veamos ahora si conocemos con alguna mayor claridad las cosas
humanas y naturales. ¿No es empresa ridícula que para explicar
aquellas a que por confesión propia no podemos llegar andemos forjando
concepciones falsas, hijas de nuestra invención, como sucede cuando
tratamos de explicarnos el movimiento de los planetas que, como no podemos
comprender, porque nuestro espíritu no es siquiera capaz de penetrar la
naturaleza de sus funciones, le apliquemos toda suerte de resortes materiales,
pesados y puramente terrenales?
supondréis acaso, como
Platón, que fueron cocheros, carpinteros y pintores los que instalaron
allá arriba máquinas
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de movimientos diversos,
dispusieron los engranajes y el concierto de los cuerpos celestes, de colores
múltiples, alrededor del huso de la necesidad: