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«Sí, señor: este pueblo está ahora la mar de tranquilo. ¡Paz octaviana, dice el registrador, él sabrá qué embeleco es ese...! No hay lugarejo igual por aquí, pero, no se vaya usted a creer, nuestros desvelos nos ha costado. Que no todo viene tan de cara como parece, qué va. Aquí, mire usted, pues que, como en todas partes, a ver, todo era bullicio, escandalera... Que si la droga, que si el rock a todo trapo, los quintos dándole al esqueleto y a la bebecua, y tirando cohetes cuando llega el sorteo, y de cencerrada cada lunes y cada martes... ¡Que no se vivía, se lo digo yo, que no se vivía...! ¡Semanas enteras sin pegar un ojo...! ¿No ve que Luzbelillo había convertido este pueblo en su cuartel general, o sea, en su gura, para que me entienda...? Embaucó, menudo es él, al señor juez, un bendito, y al comandante del puesto, otro infeliz, y a la directora de la graduada, una presumida redicha que no paraba de jactarse de hacer, en un periquete, raíces cuadradas y cúbicas y de las otras... Sí, sí, no sabía lo que la esperaba, que don Diablo, harto de tanta sabiduría, se encocoró y le colocó, —56→ en un rellano de la escalera, una tástana de plátano. Y doña Goyita, natural de Villagodos, en el secano, se atizó la gran porracera. Lo peor no fue eso, ni el estrépito que muy maleducadamente armó... ¡Como si no se hubiera caído nadie antes que ella, y más con el auxilio de artimañas diabólicas...! Ya le he dicho que era presumidilla, a ver si no. Lo jorobón de veras fue que las cervicales se le salieron de su orden y geometría, o sea, entiéndame, que las trastabilló de raíz, usted me contará, esa manía tan tozuda de sacar y sacar raíces... Eso se paga, ya lo creo. En fin, que por fas o por nefas, Luzbelón se quedó de dueño del cotarro. Era el mandamás primero. Consecuencia: íbamos de mal en peor, y sin remedio. Añada usted a todo esto que le acabo de contar que se pinta solo para hacer trampas en los juegos. Lo cual le divierte con locura: cambia y repite los naipes, desvía los balones en los partidos, saca el tren de las vías cuando entra en agujas, no deja tranquilos a los novios la noche de bodas... Usted conoce a la Amparito, la de la funeraria, sí, hombre, sí, la que se casó con Orfelín, el que... el que... ¡Bueno, el que sabe si los pollitos son mozo o moza, o sea, vamos, o gallos o sus labores...! ¿Me comprende...? Que ustedes, la gente de estudios, a veces, ¿eh...?, a veces... Pues, a esa, Luzbelito le embadurnó la cama con polvos de pica-pica y, en vez de noche de bodas, se disfrutaron una arrascadera de aúpa. ¡Hasta sangrar...! Les pagamos, entre todos los vecinos, —57→ una semana de baños de lodos marinos en Benicasim, mano de santo, ande, fíjese. En este pueblo, otra cosa no habrá, pero solidaridad... Le digo a usted que...
Sí, ya, no sigo, no; veo que usted adivina los trampantojos que Luzbel se gasta, ya, menos mal. Ya le digo, mientras estuvo aquí, así, a cara descubierta, es que no se vivía, qué se iba a vivir. Además, que se me olvidaba, se había hecho uña y carne con la colonia de veraneantes, una colección de mendruguetes bien trajeados, que tampoco paraban de dar berridos. ¡Venga a llevar las motos a lo bestia, venga a rondar con guasa viva y a treinta o cuarenta voces! ¡Claro, claro, fue una gran tristura tener que prescindir de él...! ¡Tan graciosillo, tan buen muchacho, tan leal amiguete, tan sentimental...! Ya era de casa, nos entendíamos lo que se dice de rechupete, pero, a ver, la que pasa... ¡La gente mayor...! ¡Ir a esos con la historia de Satanás en casa...! Nada: no se avinieron. Digo yo que sería cosa de la edad. Ellos, los viejales, le llamaban don Satanás, y también señor del Abismo. ¡Lo decían con mayúsculas, caray...! ¿Él...? Tan ufanote, sonriendo, silbandillo... ¡Nunca se enfadó por los motes que le endilgaban los jovenzanos, seis u ocho diferentes cada día, y algunos bien gordos, bien...! Le encantaba meter ruido, gritería, estampidos, zambombazos... Pero nada más. Estará usted de acuerdo conmigo que eso también lo —58→ hacen muchos bautizados, lo que pinta mucho más feo, ¿no...? ¡Ah, pues entonces...! ¿Corregirle la plana...? Natural, hombre, cómo no. Luchamos todo lo que pudimos para volver a ser humanos, decidir por cuenta propia y en silencio, y lejos de las asechanzas del malo, y eso, ya le digo, a pesar de lo simpático que nos caía. En un principio, recurrimos a recetas tradicionales y ortodoxas, a fin de echarle sin que pudiese recurrir, o sea, con la documentación en regla. Pero el remedio... ¡Que fue peor que la enfermedad, como se suele decir...! ¿Usted no dice eso alguna vez...? ¡Ah, creía...! ¡Es una frase bonita, que, de propina, suele ser verdadera...! Con la medida, nos salió un divieso de tamaño natural: don Jacinto, el predicador que habíamos traído la Cuaresma del cincuenta y tres... ¡Bueno, ya no me acuerdo bien qué año fue...! ¡El año en que se hundió el pantano, que también fue ella...! Yo siempre tuve para mí que en aquello hurgó la mano de Luzbelón. ¡Repare, no le vimos aparecer por aquí mientras duró el zafarrancho, el agua, los cienos, los cadáveres, los tíos del gobierno valorando los deterioros, la comisión del obispado buscando el sitio donde estuvo la iglesia...! ¡Una condena, no le digo más...! ¡Oiga, oiga, yo se lo estoy contando a mi manera, también con usted...! ¡No me interrumpa! Si quiere, me escucha y, si no, tal día hizo un año y usted se larga con viento fresco a escardar cebollinos y a mí me deja en paz, que quiero ir a ver el concurso de la tele y necesito estar bien dispuesta, —59→ que, luego... Bueno, ¿qué...? ¿Sigo o doy cerrojazo...? Pues váyase callando y punto redondo, y esté atento, y no me distraiga. Le iba diciendo que don Jacinto nos traía fritos, lo que se dice con el alma en un hilo, pidiéndonos arrepentimiento, sacrificios, ayunos, reparto de bienes... ¡Qué pesadez, ese estribillo a todas horas! ¡Y durante muchos años, más de veinte...! ¡Algo cargante!, ¿no verdad, usted? Esa monserga del reparto de bienes, para colmo, tenía aire de no ir contra Luzbel, sino contra la faena política, o sea, que el pater nos salía subversivo y revolucionario, y eso, ya... Que aquí, y a ver si se enteran de una vez, aquí, en nuestro municipio, somos todos cristianos viejos. ¿Luzbel, entre tanto...? ¡Sentadito en la plaza, en la olma, fumando cigarrillos americanos y devorando, poquito a poco, la matanza...! A ratos, en un rincón de la posada, delante de unos tintorros, leía el Boletín Oficial de la Diócesis o ponía vídeos pornográficos. De acuerdo, sí, señor: lo mismito que se le acaba de ocurrir a usted decidieron las fuerzas vivas: que todo aquel empanadismo en la conducta era otra argucia de Luzbel para seguir jorobándonos, aunque con disimulo. ¡Ya le digo, más de veinte años duró la jorobancia, eso es...!
A la cancamurria demoníaca, sucedió otra, no sé si mejor o peor, pero igual o más de latosa. A la tardecita, don Jacinto se acercaba a —60→ la salida del cine y no vea lo que sermoneaba a las parejas jovencillas. Se paraba en la puerta del Ayuntamiento, insultaba a las autoridades, que si el impuesto tal o cual, y que si el presupuesto contra las plagas y las chabolas, y que si los del barrio aquel no tenían agua en su casa, y que si no hacían nada útil para que el pueblo tuviese un hospital, y los nativos se pudiesen poner enfermos graves con cierta satisfacción, caramba, o un Instituto para que los rapacinos no pasaran frío en la calle, y que se habían pulido la mitad del dinero que había sacudido el gobierno, un pellizco que para qué... Pero todo se le quedaba chiquito ante la manía contra las muchachas y su afición a ventilar las carnes. Don Jacinto, a la vista está, ya se habrá percatado usted, era algo jodión. Por eso, la Junta de Vecinos, el día del Centenario de la toma del lugar por los franceses, o los ingleses, o los turcos, qué más tiene, aquí siempre nos ha remanecido algún foráneo impío que nos ha tomado el pelo o del todo o modestamente, por las buenas o por las bravas... Pues que, tras larga discusión, atiborrada de juramentos y blasfemias y amenazas, se acordó quitar de en medio al predicador. Mientras arreciaban los gritos para ponernos de acuerdo en el procedimiento, y que no quedara mal del todo la empresa (que tenía sus peligros, ¿no verdad?), Luzbel, el bendito, estaba en un rincón de la sala, arrellanado en un butacón, cerca de la chimenea encendida, y leyendo una novela recién premiada, un trovo —61→ de llorar mucho y algún que otro tiroteo. A ratos perdidos, se ve que para descansar, o si la trifulca era muy llamativa, dejaba de leer, se plantaba las gafas de lejos y canturreaba, rematadamente mal por cierto, cuplés de adulterios, hijos malvendidos, suegras asesinas y ternezas así. Les ponía mucha ronquera, o sea, bastante tiesura, todo hay que decirlo. ¡Un carota, no hará falta que lo repitamos...! ¿Que cómo hicimos para sacudirnos al pater...? ¡Ah, sí, se me olvidaba, perdóneme usted, se me había ido el santo al cielo! Pues por fin se llegó a un consenso. Era forzoso decir consenso, corría andancio de eso. Pues verá: se organizó una batida, cada cual con sus chismes propios y alguno que otro prestado. ¡Dios mío, qué batida, no se imagina...! ¿No lo leyó usted en los periódicos? ¡Si hasta se hizo un taller para adiestramiento de novicios! ¡Lo que había que ver...! Vinieron todos los peces gordos, tipos muy emperifollados y un sí es no es algo cursilones, con mucho miedo de mancharse... Los zapatos brillantes, nada de cazcarrias en los bajos del pantalón, visibles las marcas de la corbata o de las pastillas para la tos... ¡Oiga, qué escogidicos ellos...! Y las señoras, esas, pobres... Que si un tazón para limpiarse las uñas después de los arenques, que si otra servilleta después del gazpacho, que si un cojincito para el asiento, y un pellizco de bicarbonato para pasar los embutidos y los discursos. Y todas, muy acaloradas, venga a atizarle tientos al abanico... Se ve que los maridos las maltratan a —62→ todas a la vez, no paraban de hablar de sus derechos y de cómo defenderse del asalto. A una flacucha y ya canosa tuvimos que devolverla por correo certificado. Empezó a sacar cosas del bolso que traía y, a la hora de marchar, no le dio tiempo a recoger con orden todos los chirimbolos volcados encima de la mesa, las sillas, el alféizar de la ventana que da a la Plaza, junto a la olma: perdió todos los transportes. Hubo que pagarle dietas extraordinarias. ¡Figúrese, dietas, algo para regular la digestión, se ve que la desventurada anda ya corrompidilla! ¡Ah, y no le he dicho lo de los veraneantes...! ¿Le dije que casi todos son cazadores...? Pues escuche, escuche: después de tantos días, y meses, y quizá años de darse postín y fardar de ser unos águilas en el oficio, pues venga tiros y más tiros y no atinaron ni uno. Rompieron todos los cristales del pueblo y exterminaron a los veteranos de la guerra que se reunían a declamar sus heroísmos al abrigo de la olma, mañanita arriba, oyendo a los pájaros y silbandillo Con el quinto, quinto, quinto / con el quinto regimiento... Con el comandante Carlos, no hay milicianos con miedo... y primores parecidos. Se echa de ver que a los cazadores se les descangalló la veleta, se les puso el mundo al revés, o sea, que la situación era muy grave, vamos, mortal de necesidad. En su persecución de las carcajadas diabólicas, estampido va, detonación viene, una ráfaga disparada con cierta disciplina (hicieron dos filas de tiradores, una de bisoños delante —63→ y otra de veteranos detrás, ya ve usted, como si con esa chorrez se pudiese engañar o domesticar a Luzbel, más que revenido de puro vejestorio. ¡Ay, la falta de enseñanza religiosa es la causa de que la masa en activo no sepa que Satanasito sabe más por viejo que por diablo...! Y, si así nos luce con Satanás, ya me dirá usted cómo podemos salir de escaldados con el predicador. ¡Señor, qué torpones...!). Pues que esas filitas fueron las culpables de que nos dieran el primer premio nacional al pueblo mejor adornado: la ráfaga atinó en el depósito del agua, el que está, ¿sabe?, en lo alto del cerrillo de San Antón, nuestro santo patrono y protector, y, por los agujeritos, brotaban unos chorros que eran un encanto, vaya que sí. Ordenados, cantarines, con reflejos de oro al bañarlos el Sol: talmente los varales del palio, no le digo más. Los chavalines acudían a beber de los chorros, y las autoridades tuvieron que testificar, venga pólizas y más pólizas, y recomendaciones, cada ocurrencia... Unos grullos, mejorando lo presente; yo no sé cómo... Don Jacinto, aunque todo había ido manando en su contra, aseguraba que era agua milagrosa, del Jordán o poco menos, que, aparte de curar los empachos y la cagalancia, volvía rubias las pelambreras negruzcas. El médico, recién destinado aquí, sin saber de la misa la media en lo que a nuestras mañas toca, considere, apenas lleva un mes aquí, pues el mediquín proclamaba a gritos que era agua mineral, qué historia de viejas era eso de —64→ milagrosa. ¡Mineral y a darse con un canto en los dientes! Y para fastidiar al predicador, no le veo otra razón, le ponía al agua una procesión de apellidos a cuál más feo: fosfatosa, carbónica, diurética, bromúrico-pestilente, sulfurosa, herrumbrosa, y qué sé yo cuántas bondades más. Cosa mala, a la vista está. ¡Ya ve, hasta agua sedienta le endilgó, pobrecilla, que lo decía algo tartajoso, de lo malo que debe de ser eso...! En fin, que cualquiera se atreve a preparar una manzanilla con ese jugo... Y la gente, con la boca abierta: el médico nos decía, en medio de la plaza, a pleno sol, que el agua tenía virtudes curativas y que, según la dosis, la hora y la fe con que se tomara, hacía engrosar o causaba flacuras casi transparentes. ¡Y todo eso un agua sin anuncios, sin viajantes, sin patentar...! ¡Dios había venido a vernos, alabado sea! Usted se ponía debajo de algún chorrito, se humedecía los labios, y ¡fuera la rocalla de los riñones y metidas en razón las seseras descarriadas...! Ande, ¿qué le parece...? ¿La gente, qué decía la gente...? Pues de acuerdo, a ver si no. La posadera afirmaba que los garbanzos y las castañas pilongas, de varias cosechas atrás, al dejarlas cinco minutos nadando en el zumo del depósito, se volvían mantequilla de Soria. Perfumada y toda la pesca. Como siempre, hubo algunas discusiones y pareceres enemigos, lo que dio lugar a campeonatos, apuestas y, para terminar, una media docena de asesinatos. ¡Hay tanto cabezorro...! ¡Qué descanso, leñe, qué descanso el —65→ día en que, agotado su tesoro, el depósito de las narices dejó de verter agua, se le secaron los manantiales...! Obligamos a los cazadores a bajar, a fuerza de brazos y cubos, el agua que quedaba por debajo de los agujeros, que a nadie, entre las muchas cualidades que le colgaban al agua, se le ocurrió destacar que valía para lavarse, recoña, ¡qué pandas de cenutrios...! Yo no puedo jurar si el agua era o no milagrosa, pero lo que sí digo es que el pueblo se llenaba de forasteros. Acudían al barullo, ya sabe usted, la golosina de los periódicos, de la tele, la radio, todo el mundo dando sus opiniones y todo el mundo con un alifafe que curarse o una enfermedad de la que envanecerse... Reconocerá usted conmigo que era una ocasión pintiparada para lucirse, para adornar la sobremesa nacional sonriendo a los compatriotas en el telediario. Yo no me dejé retratar, que aquel día tenía los zapatos mejores en reparación, ¿sabe?, me urgían unas medias suelas nuevas... Luzbel, al que nadie daba la menor importancia, iba de un lado a otro, se frotaba las manos hasta echar chispas y susurraba no sé qué historias de la vanidad, la soberbia, la envidia... Chinchorrerías, ya lo comprenderá usted. Lo cierto es que la soledad iba creciendo, creciendo... ¿Le he dicho que aún quedaba alguien, contando con los palurdones que acudían al río revuelto...? ¿Sí...? Pues ya los quitamos de en medio. Emperrados en librarnos del huésped carboniento, Luzbel, mal carbonero sea, y de moscardones y chistosos, —66→ el alcalde se agenció un tipo de esos que, en los circos, siluetean a la parroquia con puñales, tirándoselos de lejos, ya sabe usted cómo, no me va a salir ahora con que no ha visto nunca ese deporte, emocionante de veras... ¡Estoy en mis trece: usted lo ha visto, alguna vez, y, como todo quisque, ha temido que se le fuera la mano al artista y el pinchito... ¿eh? ¡Jobar con el pinchito...! ¡Pues el tal tipejo se pulió una generación entera en los ensayos...! Fue una bendición del cielo que aún no rigieran los seguros. También fue mala pata, hombre, porque eso de que los duelos con monises son más chicos es verdad, verdad de la buena. ¡Que me deje usted contar todo a mí, y no se meta a explicar lo que no sabe, ya estoy en la recta final...! ¡Jesús, qué elemento más charlatán es usted...! ¡No le interesan a usted más que las comportas de Belcebú...! Pues el muy bribón, para que se entere, cambió de planes, empeñado en demostrarnos que no podíamos con él. La noche misma de los agujeritos de marras, se aparecía por los olivares adentro, venga relámpagos y más relámpagos, quemó las parvas en cuatro o seis eras y daba unas carcajadas que nos ensombrecían de terror, nos ponían los pelos como leznas, pero que algo bueno tuvieron: como con esta vida de ahora, tan dirigida, ya no puede quedar nada en secreto, remanecieron nubes de turistas, a retratar la relampaguina, y a oír y grabar las carcajadas... Y a compartir su presagio de malaventura, que muchos se estrellaron en las curvas —67→ al regresar de la excursión. Fueron tantos los grupos organizados que devoraron más de la mitad del ganado, vaciaron las bodegas y, para desengrasar, espachurraron a unos cuantos pasmarotes que se empecinaron en sacar en procesional rogativa al santo patrono del pueblo, apresuradamente, sin respeto ni pesquis alguno... ¡En plena tormenta luzbelicosa, a quién se le ocurre...! El aguacero se llevó por delante todo lo que encontró, incluso el tridente de Luzbel, pobrecillo, no le voy a contar el cabreo que le atacó... Y, ay, lo que son las cosas, le digo a usted... Alguno de estos memarras forasteros ha dicho en la tele que ha encontrado a Luzbel, tan guapico de suyo, con bastante tripa, vago de lenguaje, un desencanto de todas todas. Ni siquiera es amigo de las grandes actrices del cine y se maneja con ideas burguesas, apolilladas... ¿Usted me quiere explicar qué pretenden decir estos grullos del asfalto? Ojo: a cada uno lo suyo: esto de grullos del asfalto es invento de don Jacinto, que no se le escapa una. Yo, ya lo habrá notado, no digo palabrones, estaría bueno.
Y a todo esto, ya que hemos vuelto a tropezar con don Jacinto... Seguía tan pancho, venga a amenazarnos con el infierno. Y Luzbelín, poco más o menos, bueno, una pizca más prudentito que don Jacinto. A pesar de que las cosas iban de mal en peor, se tomó, una tarde de sesión en la olma, un acuerdo por la tremenda: se preparó —68→ un viaje a Jolibú y se trajeron, no a John Wayne, que ya la había diñado, sino a Clint Eastwood, que, no me diga, ¡eso se llama puntería...! ¿Sí, eh...? ¡Naranjas...! ¡Que se lo cree usted...! Ese no le dio al cura, se ve que por respeto a la tonsura, pero nos dejó sin habitantes, jobar, qué señor... A los cuatro días estaban las calles más vacías que vacías. Y encima no podíamos resollar, ni siquiera con cautela... Se enfurecía de un modo... Amenazaba con suicidarse del disgusto, lo que habría acarreado una protesta internacional, con tanques, portaviones, misiles... ¡Ni los rabos iba a dejar...! Y el héroe del desierto americano, mientras nos daba sus razones, liquidaba a los pocos perros y borricos remanentes. Una petición de auxilio al Poder Central fue contraproducente. Vinieron los delegados una mañana fresca, septiembre adentro, una luz pálida, íntima, bajando de los montes, ya sonaba mejor el río... ¡Ah, el otoño aquí, en el somontano, la tarde reduciéndose, los primeros estremecimientos del frío...! Pues que aparecieron no sé cuántos ministros, una peste, para imponerle la Gran Cruz de los Méritos, fundada por una reina antigua, y le dieron la llave de oro del lugar y, de recuerdo, una cajita de conchas con música, (la mazurca de Luisa Fernanda, un dúo de La Revoltosa), y dos cajas de chocolatinas, una para propio consumo y otra de suvenir para la familia. Le nombraron socio de honor del Círculo de Cazadores, con derecho a uniforme y a pensión susceptible de —69→ aumento cada Navidad, de acuerdo con el coste de la vida. Este detalle le ha conmovido mucho y, en justo pago, ha enseñado a los chavalines a poner cepos para cazar a don Demonio si se le ocurre presentarse por el barrio. Ya sin munición, el hombre se largó tan contento, y eso que don Jacinto le propinó un sermón muy arisco. Pero no le entendió nada, ¿sabe...? Don Jacinto es de Castellfullit de la Roca, orillas del Ampurdán, algo más allá de Barcelona, a manderecha según se sube, y así... El gringo no sabía más que cuatro palabrejas en mexicano, ándale, mano, chingada, cuate, tamalito... Y poco más. Un ignorantón, reconózcalo usted. Entre nosotros, ha aprendido muchas más, todas purititas guarrerías. Se marchó contento, ya le digo, podía no, y nosotros nos quedamos como sordos. Don Jacinto emigró al pueblo de al lado y allí brujulea, dándole a las tabas sin descanso, y sin olvidar sus vocales grasientas, gordezuelas, sebo fundido en as que parecen es, y con unas eles que enseñan el galillo. Ha cambiado su régimen y devora chorizo y butifarras, que para eso hay una fábrica en las afueras del pueblo, y no cesa de echar en cara a los perversos su conducta: no me extraña, hay tanta gente mala, chismosa, enredadora... Aquí, ya no rezongaba nadie, habría sido predicar en el desierto. Nos nació este silencio que usted se dispone a disfrutar: a ver si no la jeringa y procura no romperlo, entérese de que pueden volver las andadas, las balaceras, las zancadillas, las pedreas... Un respirillo —70→ por una temporada no viene mal, ¿no verdad, usted? ¡Ay, ay...! ¿Ha oído usted eso...? Es la risa de Luzbel. Anda el hombre un poco preocupado, ahora le dejan vivir, va estando machucho, pero tiene que pagar impuestos y parece que acabará por irse. Una pena para todos esa desconsideración, ¿no? Sobre todo en estos momentos en que no ha quedado nadie con quien regañar. Barrunto que se jubilará y le tendremos aposentado aquí por los siglos de los siglos, amén. En medio de todo, ya es como de casa... Y más vale diablo conocido que unos cuantos por probar... ¿Cómo dice...? ¡Claro, hombre, claro, faltaría más...! Siempre queda otra. Repare en qué extremos podemos caer: ¿recuerda al Pascualín, el de la revolcá?, sí, hombre... ¡Jesús, qué mala memoria tiene usted para las notabilidades del pueblo, caramba...! Haga un esfuercillo para recordar. Pascualín, el que canta todos los días, al caer la tardecita, en el atrio de la iglesia vieja. Pues ese, ya veo que cae usted en su figura, ese afirma... Acérquese, se lo quiero decir al oído, no le gusta a casi nadie este notición, la gente seria refunfuña, hace la señal de la cruz, vamos, que esconden la cabeza bajo el ala, si lo sabré yo. Pues Pascualín dice... Acérquese bien, al oído, que no nos oigan, que aquí, las paredes... Dice que somos una recua de despistados. Que en este mundo nuestro, que no nos hagamos ilusiones, que ni Luzbel ni ningún otro de los diablos mayores, ni predicador jacintísimo que valga... Que nos tienen a todos bien —71→ hundidos en la buchaca, y que nos toleran soñar que disponemos del aire, y que el día menos pensado, entre el cura y Satanás, ¡al fuego de cabeza...! ¡Leña, chisporroteo, y a joderse...! ¡Nada más! Y que por ahora nos salva el ser tan poquitillos en el pueblo: nos necesitan para ejercer su oficio y no quedarse en el paro... ¡Ah, se ríe usted...! Oiga, oiga, que no es moco de pavo el asunto. Que lo dice con toda seriedad y sin confundirse jamás. Pero, claro, la de siempre, como soporta la fama de ser el tonto del pueblo... ¡Misa que dijera...!
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«Te veo esta mañana aturullado, vamos, como si te escarbase la conciencia algún remusguillo... ¿Olvidos, quizá...? ¿Trabajos atrasados y que ahora te reclaman...? ¡Paciencia, chico, que el día es largo y la vida corta, y todo tiene su afán y su sazón...! Venga, vamos a poner un poco de orden aquí...». «Sí, es verdad, ando una miaja enredado. Precisamente, iba a pedirte no socorro, pero sí que me echases una manita. Es un problema casero. Seguro seguro que tú has pasado por trances parecidos: siempre hay una vieja amistad familiar o parentela, que piensa, con la mejor voluntad, claro, faltaría más, que eres conocido, un adelanto de “famoso”, y que, en consecuencia y sin apelación, podrás sacar del pozo al rapaz marmolillo-frescales que toca en negra suerte a todas las familias. En fin, que hay que ayudar a que no se desperdicie el poco talento sano que le quede... ¿Ponerle a estudiar, dices...? ¡A quién se le ocurre...! ¡Tú me dirás para qué, si ahí está el ejemplo de fulanito, y el de menganito, y el de tantos más, que eran unos majagranzas pluscuamperfectos y enciclopédicos, y, —76→ ahora, míralos, cambiando de coche todos los veranos, y a cuál más ostentoso! Así que nada, nada: tú búscale un hueco en algún sitio, aunque no aparente más que para este invierno, que, ya se encargará él, habilidoso que es, de ir ascendiendo...». «Sí, claro que me ha pasado, y reconozco que es dificilillo complacerles, porque, a veces, el recomendado se dedica a unas faenas que no hay manera de encajar en el sistema». «¡Eso me pasa, eso! ¡Faenas, has dicho...! ¡Faenas muy graves, relacionadas nada menos que con el mismísimo diablo, que se queda con la boca abierta cuando el patrocinado se pone a trabajar...! Verás: ya me estaba poniendo el abrigo, que, por cierto, qué mañana inverniza, friolenta, con un palmo de escarcha, daba miedo salir a la calle... Pues que oigo, en el hondón del pasillo, casi con disfraz de ultratumba, la voz apenada y mimosa de mi mujer, con la amonestación recordatoria: “¡A ver si no te olvidas del asunto de Florito! ¡El chico quiere la beca, se la merece, y no le importa que no sea muy suculenta, aunque, claro, siempre será mejor que le evite quebraderos de cabeza, angelito...! ¡Ya se las arreglará él para conseguir las ventajillas que vaya necesitando...!”. Y ya ves: al instante, mi entrecejo, con arrugas de pocos amigos. ¿Que quién es Florito...? ¡Claro, hombre, en qué estoy pensando! Se me olvidaba que tú aquí eres importado. ¡Pues Florito es una institución, o lo fue, en nuestra muy leal, muy heroica villa...! ¡Tienes la suerte de no haber contribuido —77→ a su fama! ¡Ya de chiquitillo era lo más célebre! Le llamaban en cualquier acontecimiento que hubiese que celebrar. Reunía a los compañeros de clase y organizaba teatro, títeres, danzas, chirigoteos de mil formas. En bodas y cumpleaños, en bautizos y comuniones, todo quisque pedía: “¡Que venga Florito, que es tan oportuno, tan célebre, tan salado él...!”. Florito acudía y, en un decir Jesús, envuelto en una cortina, o con un chisme de la cocina en la cabeza, un embudo, un harnero, un rallador, la mazuela de un almirez, se convertía en Escipión el Africano, en el Cid Campeador, en Colón gritando ¡Tierra!, en Guzmán el Bueno con su puñal damasquinado, de clase pudiente, o en Newton relamiéndose ante la manzana. Era lo que había que ver. Tuvo medallas, premios, entrevistas por la prensa, la radio, la televisión...». «¡Hombre, tú no te preocupes más...! Así no le será difícil encontrar ocupación fija y con dedicación exclusiva... ¡Que se redacte un curriculum detallado y lo envíe a los concejales de Festejos y Educación Popular! ¡Menuda joya, el niñato! ¡Tendrá ya una calle en el pueblo, y habréis dado su nombre a un parque, y a la Glorieta de la Estación, y al Instituto Nacional de Enseñanza Media, cualquier plan...! Aunque, ahora me hago cargo, a lo mejor, los libros, a Florito... De los libros, ¿qué...?». «¡Fenómeno! Hasta don Olegario, el párroco que había entonces, palmó de viejales, y que era el profe de Literatura en el Centro local, le citaba en los sermones, y le ponía como ejemplo a —78→ cada dos por tres. Un día del Corpus, juró y perjuró que si Cristo bajaba al pueblo (¡por equivocación, claro!) seguro que vendría para decir ante todos los vecinos, incluidos los réprobos, que ya eran muchos: “¡Dejad que los niños se acerquen a mí, pero el primero Florito, que me cuente eso de un conde que prende fuego a su palacio después de que lo habitara un traidor...! Si me demuestra que lo hizo pasablemente, a lo mejor me animo y os mando a todos a... ¡Y calentitos...!”. La mamá de Florito tuvo que ser asistida, hombre, a ver, no era para menos, se desvaneció de la emoción, no todos los días se escuchan las voces de lo alto, ¡qué me vas a contar! ¡Y para uno de la propia sangre...! Y, ahora que me acuerdo, don párroco tuvo que frenarse aquel día en las loas, que la mamá de Florito se cayó sin las debidas precauciones y como, además, pataleó conmovida, pues que enseñó algo más de lo que la ortodoxia aconsejaba, y eso, compréndelo, no estaba ni medio bien hacerlo delante de la dignidad eclesiástica y en asunto casi de protocolo celestial... No, hombre, no; eso fue un desliz grande, ya lo creo... Pero volvamos al asunto, que el patatús se pasó enseguidita: la gente se chifló hablando del incendio devastador de aquel palacio, que nadie sabía por dónde estaba. Llamaron a Información del Cuartel General de Bomberos y nadie supo dar razón alguna de la chamusquina famosa. Algún jubilado tenía barruntos, pero era ya incapaz de poner orden en sus datos. Se —79→ ve que a todos les gustaban las llamas, pero lejos. Nadie recapacitó en la advertencia divina, incompatible su amenaza con las bondades seculares de la administración celeste...». «¡No te metas en dibujos y déjalo todo como está...! Las palabras del párroco me pueden servir de apoyo para enchufar al chico en algún sitio. Aquí, las gentes siguen confiando más en el cielo que en los mortales, aunque sean parientes cercanos. Y, dime, ¿qué más gracias tenía Florito?». «Florito imitaba muy bien los gestos y los ruidos de las alimañas del Gabinete de Naturales del Instituto, y, a los profesores, eso, ya... No digamos. Insisto: un tesoro de chaval, de veras. Luego vinieron las cosas mal dadas y los Floritos tuvieron que largarse del pueblo, ya sabes, esas inquinas de la guerra, eternas, y el rapaz no ha vuelto hasta hace unos días. Por eso la intercesión familiar para tenderle una mano si lo necesita. Florito no protestó por la forzada evacuación, no dijo ni pío: sólo citaba a Quevedo, de cuando en cuando, o algún tipo parecido, vamos, gente con la que la policía ya no tiene nada que hacer: “Si quieres pasar por bueno y patriota, vete donde no te conozcan”. En la capital, vida atropellada, a salto de mata, a Florito se le olvidó el Romancero, también el Tenorio, y bailó cosas muy diferentes de la Danza de Espadas en honor de la Virgen del Teso. Imitaba bailes procaces para los turistas y para las películas del oeste que fabricaban en Almería». «Bueno, mi querido amigo, también considera que la edad...». —80→ «Supo conservar su aire fortachón, hasta el punto de que le contrataron opíparamente para anuncio de un perfume for men, en la tele, donde lucía su lujosa musculatura. Así pudo pagarse un viaje por el extranjero, emanciparse y saborear la vida a gusto. También estuvo en Barcelona, donde fue aclamada su interpretación de L’hereu Riera en la puerta de la Catedral... ¡Le declararon hijo adoptivo de la ciudad...! Y en las fiestas de moros y cristianos de Alcoy, en combate singular, se volvió tarumba despanzurrando a la morisma... ¡Le dieron de premio quince mil librillos de papel de fumar y la ropa que llevaba el sultán desmantelado...! Y estuvo en muchos sitios más, ya no me acuerdo, pero él, precavido, guarda los billetes usados para que sus biógrafos dispongan de documentación fidedigna, eso es. Florito se ha convertido en persona seria, ya se sabe, los años encalman, lo acabas de decir tú, y ha acabado de pacífico contribuyente. Y ahora quiere sacar un título de cortos estudios, auxiliar sanitario, agente de compraventa, santero, guarda jurado, colocador de acentos en los carteles de Obras Públicas... Tú date ya por avisado de mi petición de auxilio. Mira a ver si tienes algo por ahí... El chico, guapetón y muy mirado, nada de fanfarrias, la semana pasada se acordó de su pueblo y decidió darse un voltio por los andurriales de su infancia. Esto, no me digas que no, es cosa muy de agradecer». «¡Conmovedor...! ¡Buen corazón!, ¿no verdad...?». «Debió de ver en algún sitio el cartel de los —81→ festejos para conmemorar las victorias de... las victorias de... ¡Bueno, esas, qué...! ¡Aquí no hace falta ser tan rigurosos en las citas! ¡Hay batallas para dar y tomar y repetir y alquilar! Todo el mundo remaneció por la Plaza a la hora del paseo, en la tardecita, cuando Floro, tan peripuesto, acudió también, confiadísimo, como si no hubiese faltado una sola tarde, y deseoso de toparse con los amigos que aún le quedan por este destierro. Ya sabes, en estos casos y con el tracamundeo de estos años... Todos los presentes mayorcitos repetían que le habían visto nacer, le preguntaron si ya había superado la escarlatina aquella que tuvo a los cuatro años, y por un eczema repugnantillo que le salía en las corvas al llegar la primavera... Todos rememoraron cómo le socorrieron cuando el rayo aquel, que fue a caer en su establo y mató una vaca ratina, a ver, el rayo busca los cuernos... Floro no recordaba nada de tanto mimo almacenado, pero, buen chaval, asentía, daba las gracias y prometía buscar una foto recordatoria...». «Así, así es, así pasa... A mí también, cuando voy a mi pueblo, me sacan a relucir los bofetones que me daba el maestro por no saberme un largo poema a la vacuna contra las viruelas, ni atinar con el máximo común divisor o múltiplo, o como sea. ¡Una murga, sí señor, una murga! Floro se sonreiría mucho, ¿no...? ¡Esos arrebatos de la bondad colectiva...!». «Lo peor fue que todos dieron en la matraca de que Floro repitiese alguna de las chuscadas que le habían convertido —82→ en gloria nacional. Le insistían, hipando, para que les diera una representación que volviese a embelesarles y que, de paso, demostrase que Floro era el orgullo de sus paisanos. Los colegas de su edad que quedaban en el pueblo continuaban allí por cobardicas, no tuvieron arrestos para huir, y las pestes sucesivas no habían podido con ellos porque el aire del pueblo no permite podredumbre alguna. O, y era el caso más frecuente, porque el gobierno, celoso cuidador de su felicidad, no les había dejado más que lo puesto, para evitar que la disipación o la frivolidad dejasen temblando su bienandanza eterna. Pero los gobiernos no pueden con el alma, ¡ah, el alma!, ahí es nada ese nidito de los penares y los deseos. Y todos se sabían aún de coro aquello de En esta apartada orilla, la luna y lo que sigue, y alguno más fiel al pasado recitaba a medias Señol jues, pasi usté alanti... (¡Bueno, la verdad, con algún tartajeo, a ver, tantos años, esta repajolera memoria!). A la salida del sermón vespertino, la Reina de la Feria le reconoció inmediatamente como el tío del for men. Se ve que la miss, una rellenita que sabe latín, es de las que se tragan todos los anuncios. ¡Pues hubo que llevársela a rastras, que arruinaba del sobo al Florito, tan modoso, vamos, hombre...!». «Y Floro, ¿se decidió? ¡No iba a dejar a sus fans con dos palmos de narices!». «Ante los ruegos machacones, Floro carraspeó, se alisó las solapas, se enderezó el pañolín del bolsillo alto, estiró los puños hasta dejar bien visibles los —83→ gemelos de oro, tosió, volvió a carraspear, hinchó el pecho... En un respiro profundo, todos pensamos que cogía carrerilla para algo, recitar, correr, trepar a un balcón, figúrate, no hay quién adivine sus salidas... ¡Pues que se le reventó la pretina! Acudieron a cubrirle, no estaba ni medio bien una falta al pudor en aquella hora de la convivencia ciudadana. ¡Hombre, hay libertad de costumbres, pero ciertos extremos! Hay que tener en cuenta que Florito ya no es el rapacín inocentón que representaba al ángel que ponía al fresco a Adán y a Eva después de digerir la manzanita, ceremonial mensual en honor del santo patrón del colegio... ¡Sí, ese, a fines de marzo! Curada la avería, Floro agarró en brazos a Anselmito, el más peque de Anselmo, antiguo personaje del Tenorio y el único al que había seguido escribiendo por Navidad. Y pidió permiso para insuflarle, al chiquillo, que le veía pintiparado para ello. Anselmo se limitó a sonreír, con cara de bobo, se echaba de ver que lo de insuflar le caía algo lejano y, si me apuras, con bastante mala leche. Florito puso su boca junto a la del muchacho y sopló, sopló, el silencio invadió de alarmas la Plaza entera, Florito seguía soplando, soplando, Anselmito se fue inflando, inflando, hasta despegarse del suelo, planeó indeciso, en grandes eses desvaídas, asustó a las cigüeñas de la torre, se agarró al mástil del Ayuntamiento, el de la bandera... Y allí, a horcajadas en la barandilla, fue soltando el aire con mil cautelas. ¡Naturalmente, por la boca, —84→ hasta ahí podíamos llegar...! Anselmo padre, nervioso, quería tirarle un tiro al crío, para que el aire saliese por el agujero a toda prisa. Floro le convenció de que se podía caer, supitaño, al suelo y, en vez de un hijo, recuperase una oblea. Esto le calmó. Cuando el rapaz alcanzó su oreada delgadez, fueron llevados los dos a hombros, por la multitud, al Ayuntamiento. Y el Concejo, en sesión extraordinaria, nombró a Floro Hijo Predilecto e Insuflador Mayor del Reino, y se creó el Instituto Nacional de la Insuflatividad, del que Floro fue elegido, nemine discrepante, Director Permanente Emérito». «¡Suertudo, leñe, suertudo! ¡Le pagarán bárbaro...! ¡Ya no tienes que pensar en recomendarle...! ¡Está resuelto...!». «Espera, espera, que ya te diré... A Anselmito se le designó Mayordomo Mayor de la Cofradía de los Santos Vendavales y le regalaron un Diploma en el que se destacaba su coraje al lograr devolver el aire por la boca, sin transgresión maleducada alguna y sin liberar huracanes, tifones, trombas, todas esas calamidades que los vientos enfurecidos prodigan». «¡Habréis salido en el Informe Semanal...! ¡Tienen muchas imágenes de barullos así...! ¡Este Florito ha nacido de pie!». «Florito se esfumó arropado por los discursos, no le gusta mucho la fama estruendosa. Bufó tanto para insuflar al crío que necesitará un período de reposo». «¡No querrá que le arrebaten el secreto del insuflón...!». «¡De menos nos hizo Dios, tú...! ¡Ay, hijito, no se acaba esto así como así, en un lago terso de facilidades, —85→ qué va...! Florito ha escrito pidiendo sus papeles y ya sabemos por dónde anda. Por eso, el aviso familiar para la recomendación. Para esos posibles estudios, necesitará papeles, papeles... Ya le he escrito una carta de presentación y encomio. Durante la insuflación, hinchamiento o englobe, que así ha llamado la prensa el hecho heroico, estuvo sentado cerca de él un tipejo rarillo, con dos adminículos frontales, entre cuernos y lobanillos, que solicitó de Floro unos instantes de diálogo. Todos pensamos que era la inevitable entrevista, una jorobancia de esas. Pues era el mismísimo diablo: quiere asociarse con Floro para llevar a sus dominios a la gente. Insuflados los clientes, les será a ellos más fácil el traslado, sobre todo de tanto español hinchado. Ya no tienen personal suficiente para conducirlos con seguridad. Y, para colmo, se están contagiando los guías encargados del viaje, sí, se están dejando vencer por tanta gente retumbona como se ven obligados a cargar. Don Diablo prometió buena paga, y Florito, ante el hecho de un español en tan destacado cargo, no lo dudó un momento: buen sueldo, alimentado, vivienda cómoda, Jefe absoluto del Negociado, participación en las ganancias... Y el sentimiento de patria... ¡Hombre, puede mucho el sentimiento de patria, qué me vas a decir a mí...! Y no olvides el poco trabajo, soplar y soplar hasta conseguir la ingravidez. El finchado local suele ser un tío bastante pesado. El carguito no se libra de las envidias. Una —86→ Asociación cervantista (¿tú sabes qué puede ser eso...?) ha demandado a Florito y le reclama derechos de autor por haberse atrevido a inflar un chico y no un perro... ¡Habrase visto...! ¡A estos señores tendré que enviarles recomendaciones pro-Florito! La valía personal aquí cuenta poco...».
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«¡Mira, no es por nada, pero bromitas de esas a mí...! ¡Vade retro...! ¡Satanás y sus componendas son cosa mía...! ¡Estaría bueno que, a estas alturas, me vinieras tú con incumbencias de esa calaña...! ¡A mí no me la das tú...! ¡Yo ya soy perro viejo! ¡Ponerte ahora de patrocinadora y protectora de Satanás, a quién se le ocurre...! ¡Di complicidad, lo entenderemos mejor...!». «Pues es verdad que me ha hecho muchos favorcitos el muy carboniento, pero también me ha pasado facturas de infarto... ¡Si lo sabré yo...! ¡Pero una debe estar a las duras y a las maduras, eso es...!». «Chica, te sueltas, hablando del enemigo, como si lo tuvieras ya en casita, metidito en tu redoma particular, o encadenado a la pata de la cama. Y, la verdad, eso, ya, en nuestros días... ¡No cuela, tú comprenderás...! ¡Que eso ya no se lleva ni como lugar literario para distraer a niños de guardería...! ¡Que ahora hasta Satanás puede estudiar ciencias en la Universidad, y enseñarte el NIF, cielito...!». «¡Le tengo, sí, vete enterando! ¿Y qué...? ¡Fíate de la Virgen y no corras...! Pateta está siempre despierto, ya lo —90→ dice el refrán: El Diablo no duerme. Pero no añade que lleva el tenedorón afilado, para ensartarte a las primeras de cambio. ¡Menudo es el chaval haciendo pupa...! ¡Y que no se acumula experiencia ni nada que digamos...! El diablo lo traza y lo tapa con una manta, y el mismo diablo lo saca con un tamborino a la plaza... ¡Así lo decía mi abuela, que fue quien me enseñó a torear a Luzbelito, grandísimo farsante!». «A ti, según cacareas, te inunda de favores ese desconsiderado maligno... ¿O es cuento tuyo...?». «Te lo creerás o no, pero es un tipejo curioso, el negro rabudo. En medio de todo, algo rarillo sí que pinta, un sí es no es su pizca de blandengue. Ya ves, parece un contrasentido, pero dirías, al verle, que, a pesar de su brillante carrera, aún le falta un par de pasadas por el horno. ¡Ea, que aparenta poco consistente...! ¿Entiendes...? Al principio, parece un chico corriente, algo sobón. Esta debilidad se le nota mucho, a ver, tiene las manos muy calentorras y, de propi, muy sucias. Él dice que es consecuencia del oficio. Calcula, chico, ya tantos años en su trajín... Y piensa que muchos de los desventurados que arrastra a su territorio caen muertos del canguelo y tiene que cosecharlos a brazo. Y, la que pasa, se les aflojan los resortes y adivina quién te dio. A fin de cuentas, hay que tenerle lástima, piedad cristiana, Carlitos, que si no fuese por el respeto que te impone, Dios sepa qué tracamundanas te perseguirían». «¡Ya, ya, pobrecito él, que es de mantequilla...! Vamos, que va a resultar uno de esos —91→ niñatos que salen de copeo los viernes por la noche, dispuestos a pasar a la historia maldurmiendo en la Comi y apareciendo en los periódicos al día siguiente, sección sucesos y catastrofilia... Pero, dime, ¿qué favores te ha proporcionado, que tanto rendibú le dedicas...? ¡Aguanta, aguanta un momento, voy a apuntar en mi cuaderno de originales que catastrofilia significa amor hacia el catastro, y no es lo que quise decir, aunque es también otra catástrofe...!». «Sigamos». «Siempre me las hace a medio, las ventajillas, y es mejor, porque, así, no te tiene del todo en el bote, o sea, que, con algo de zorrería, puedes darle esquinazo si te conviene. Figúrate la última: venía por mí con las del veri, se le notaba en el brillo de los ojos, en el rabo tieso que tieso, las uñas de la mano siniestra crecidicas... ¡Despedía llamaradas...! ¡Daba miedo verle, vaya que sí...! De vez en vez, ensalivaba las puntas del tenedor, para que entrasen en la carne flaca al primer empellón... No le gustan mucho los cuerpos deteriorados por las heridas... Yo me escondí detrás de un cuadrito de Santa Bárbara bendita que tenemos en el zaguán y allí le esperé... ¡No, no te quedes así, mi niño, espabila...! ¡Si yo te contara...! Es verdad que las llamas asustan, a quién no. Pero las bocanadas surgen siempre en línea recta, derechitas, como quien dice sin timón y sin mapa. ¡Hala, adelante, a pescar lo que se pueda...! ¡Es un simplón! Con un regate, por pequeño que sea, un zigzag de nada, te libras de ellas. ¡Eso, eso, igualito que —92→ las de la tarasca, o las de los diablos del Corpus...! O sea: los toros, desde la barrera. E insistiendo en las maniobras con una miaja de paciencia, pues que le puedes dejar sin combustible: apagón y sanseacabó. Claro que no te libras de su tarea anterior: quema las plantas, las ropas, los muebles, estalla las botellas y las bombillas, pulveriza los botiquines y, desde luego, pobre del que, en ese trance, agarre por su cuenta. ¡Va dado...! Yo, cuando remanecía con esa facha, en plena furia, ya te digo, me escondía detrás de Santa Bárbara. Te estaba contando que, cuando vio a la Santa, cuatro de diciembre, patrona de la Artillería, con su castillito y sus granadas apiladas como sandías, y vio que disponía el cañón para la faena... ¡Pues que se acagazó...! Pálido, tembloroso, con hipo, algún retortijón que otro... Ya ves, tanto hablar de Satanás y luego no sabe lo que va de lo vivo a lo pintado, que ya me contarás tú de dónde van a salir obusismos del cañón de mi Santa Bárbara, un cuadrito que le tocó a mi abuela Dolorines en una rifa a beneficio de las Adoratrices y sus huéspedas descarriadas, allá por 1880... Y, además, tampoco carbura en materias artilleras: el cañón estaba viejísimo, no creo que pudiera causar muchos estragos... ¡De la Guerra de Secesión americana, que los mandaron de recuerdo cuando por fin hicieron las paces, sí, eso, los envió por correo diplomático el capitán Clark Gable, el mismito, si no es coincidencia, de Lo que el viento se llevó...! ¡De ayer es la fecha...! Satanás, ya una pizca más —93→ encalmado, me pidió algo de monises, parece que la subida del Iva le tenía jodidito y refunfuñón. Necesitaba dinero para pagarle la posada al tío Ramoncín, el sacristán, que le proporciona manutención, dieta mediterránea, lavado de ropa y extraordinarios de tinte, correo y pasta de dientes... Y habitación, claro: el clerizón compinche le alquila el pajar alto para que pueda dormir escondido. Por lo menos, que no le vean las autoridades, que, de descubrirle, enseguida empezarían con banquetes, primeras piedras, concursos literarios y demás puñeterías al uso. Vamos, a estrujarle sin pudor alguno. Yo le pedí una notita escrita con sus necesidades más apremiantes detalladas: es muy útil guardar documentos para tu archivo, o para revenderlos al cabo de unos añitos. Me la trajo escrita al margen de la Hoja Parroquial: le urgían sobremanera 500 pesetas. Cuando volvió a buscarlas, yo le esperaba con el paraguas en la mano, un paraguas que heredé de mi padre, un chisme que tiene, en la punta, un pincho extensible, para alejar a los perros latosos y agresivos... Le pinché en el tafanario varias veces, le armé un pitote de no te menees, le amenacé con el juzgado, donde, ya sabes, tengo buenos amiguetes. Y le di 50 pesetas llamándole ignorantón: no sabe que cincuenta se pone con un solo cero, no con dos, como él había escrito en su nota-documento. ¿Cómo lo ves...?». «¡Anda, Dios...! ¡Esa sí que es buena...! ¿Qué hizo...?». «¡Largarse más corrido que una mona...! Tan asustado, que se —94→ dejó la moneda encima de la mesa, y yo, al verle huir temeroso, mirando a todos lados, me aproveché de la coyuntura tan regalada y le pillé el rabo con la puerta...». «¡Jo...! ¡Habrás hecho un vídeo con ese paso! ¡Seguro que te lo premian en la tele...! ¡Jolines con el cornudo...!». «Pues no reaccionó. Todo es cuestión de rapidez, de reflejos. El que da primero... Le tengo vencido para siempre... ¡Qué niñerías se te ocurren...! ¡Qué oraciones ni qué niño muerto...! ¡Un mordisquito, chaval...! ¡Caletre se llama la figura...!». «Pero... ¡Me estás tomando el pelo, y al hijo de mi madre y seguro servidor tuyo, no ha nacido quien...!». «¡Venga, hombre, venga, deja esa vanidad ridícula...! ¡Español tenías que ser...! ¡Por eso sois esclavos de Satanás, por cursilones y pretenciosos! ¡Aquí, todos Cristóbal Colón; aquí, todas Agustina de Aragón...! Yo hice lo que hice y ya no puede Satanasito regresar al Infierno. ¡Ni de vacaciones turísticas...! Se tendrá que quedar conmigo, le dedicaré a las faenas domésticas. Es para lo único que sirve, y con limitaciones». «¡Lo que me faltaba por oír...! Hablaste de un mordisquito... ¿Le mordiste? ¿Dónde...? ¿Qué embeleco es ese...?». «¡Le quité el revesín, lo mismito que a los gatos...! O sea: le arranqué, con los dientes, la puntita del rabo. Asomaba por la puerta, ofreciéndose... Esta curación se hace ahora, por septiembre, cuando Luzbelín está algo cansado por el trajín del verano, tanta romería, tanta verbena, tantos patronazgos, no digamos las playas y los cursos de verano, y el barullo de las —95→ Expos y de los Juegos Olímpicos... Total: adivina: suponte qué sobreabundancia de trastabillados. Muchos carcamales caen al suelo entontecidos, a ver, tú me dirás, esta luz tan honda de los atardeceres, ya fresquitos, el crujir de las hojas amarillas desplomándose, el olor a mosto, tan pegajosillo... ¡Ay, septiembre, qué días deshaciéndose en colores, en suavísima tristeza...! Reconocerás que es un castigo atroz eso de ir de aquí para allá agavillando almas torponas... Bueno, el diablo, así, sin revesín, no se puede ir a otra parte, y lo mismo les pasa a los gatos. Y no se precisan candados ni cerrojos. ¿Que no sabes lo que es el revesín...? Oye, tú, ¿dónde vives...? ¡Claro, metidito en tus libros, en tu Universidad, no sabes nada de nada de nada. ¡Con lanzar maulliditos en inglés...! Pues, no, mi niño, no. Hace falta cultura. ¡Cul-tu-ra...! ¿Estamos...? El revesín es el mal café, la montaneriza, la cimarronez, la mala intención... ¡En fin, está claro: las cualidades naturales de un ángel sublevado y secesionista...!». «¡Bueno, tú, sin faltar, y ya me dirás a quién miras...! ¡Reconozco que has hecho un buen negocio! Pero, oye, me intriga... ¿No se quejó...? ¿No protestó...? ¿Ni intentó defenderse...? Claro, ya sé, con la puerta por en medio... Pero el estirón... Dicen que la sangre del diablo, donde cae, abre volcanes, pozas sin fondo... A mí me huele que algo tiene que pasar, una explosión, una epidemia fulminante, una plaga sangrienta... Y, desde luego, estoy seguro de que se vengará, ya lo creo que se vengará». —96→ «Algo intentó, sobre todo coceó de lo lindo, aunque su condición ultraterrena ya le avisaba de que era inútil quejarse. ¡Pero soltó un berrido...! No te digo más: la torre de la iglesia se ha torcido, ya nos han demandado los de Pisa por plagiarlos, y la mayonesa que estaban preparando en la cantina de la estación se cortó, y la Cleo, la hija del factor, ha malparido, y doña Manolita, la maestra vieja, del susto apretó a correr y la han recuperado en el cuartelillo, abrazada al cabo Rodrigáñez, aún medio dormida. Una buena operación de mercadotecnia para los satanases, no me digas que no, a ver si no, con esta población de pasmarotes... Yo, ahora, me dispongo a paladear mi triunfo, no quiero pensar ni un instante más en que vivo acorralada por esta legión de palurdos. A Luzbelín ya le he empadronado, ¿sabes?, así podré dar la dirección exacta en los festejos que el Ayuntamiento nos va a dedicar... ¡Ahí es nada, tener al demonio en persona por estos andurriales, en mi casa, vamos, en mi domicilio! Ya verás, ya, qué manera de crecer el turismo. He puesto el tridente y los cuernos en el balcón, adornan la mar y, dada su simbología, no se consideran anuncios y no pago impuestos. Tan sólo hay que estar atentos a las posibilidades de terremotos, inundaciones, huracanes y menudencias así: el tenedorcico atrae los rayos y nadie sabe cómo puede acabar el compadreo. Ahora voy a intentar inscribirle en la Seguridad Social, para que me lo vigilen, no sea que el revesín vuelva —97→ a crecerle y, como el pelo de Sansón, nos haga la pascua... ¡Sería una gran pena!, ¿no crees...?».
