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[203]

            
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Sáficas

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- II -

Anyoransa. -A Epicaris (288)

 
                               Sueña el poeta en las nocturnas horas
Sueño de amores que el amor inspira;
Visión divina su dormida frente
              Pasa tocando.
 
Así descansa el inocente niño
En el regazo de su tierna madre;
Sobre él el ángel de doradas alas
              Tiende su mano.
 
¿Quién no ha soñado una región más pura
Que siempre baña refulgente lumbre?
Nunca en sus mares la cuadriga Febo
              Rápida esconde;
 
Crece en sus prados la purpúrea rosa
Libre del cardo y la punzante espina;
Teje Citeres de florido mirto
              Bella corona.
 
Juega veloz en deleitosos huertos
Aura cargada de perfumes leves;
Arenas de oro en su corriente rauda
              Llevan los ríos.
 
Nunca la escarcha sus campiñas cubre,
Nunca el granizo sus sembrados hiere,
Jamás la nieve la escarpada cumbre
              Ciñe del monte. [204]
 
No se marchitan las gayadas flores,
Siempre renueva su verdor la tierra;
Fecundo aliento productor de vida
              Lleva en su seno,
 
Aura vital que por doquier circula
Desde la piedra a la robusta encina,
Y en cuanto existe omnipotente inflama
              Fuego divino.
 
Amor respira el deleitoso suelo,
Amor exhalan las abiertas rosas,
Y allá en la selva el ruiseñor repite
              Trinos de amores.
 
Lavan del río en las serenas aguas
Ninfas hermosas sus gallardas trenzas,
O tejen de oro, en escondida gruta,
              Tela preciada.
 
Nunca el jardín de la hechicera Armida
Mostró a los ojos tan gentil encanto,
Como la tierra que en dorada imagen
              Sueña el poeta.
 
Allí domina en elevado alcázar
Reina del bosque y la floresta umbría,
Cifra inmortal de la belleza suma,
              Cándida virgen.
 
En ella encarna la celeste idea
Que en la alta mente del Señor reside,
Áurea cadena que la tierra enlaza
              Con el Empíreo.
 
Fuego de vida su mirar destella,
Toca la tierra su ligera planta,
Y entre las nubes al Olimpo claro
              Alza su frente. [205]
 
No vista humana a resistir alcanza
El puro brillo de sus ojos bellos,
Do se refleja de increados soles
              Lumbre perenne.
 
Ni puede el hombre penetrar su acento
Que, resonando en la celeste esfera,
Presta al concento de los orbes de oro
              Número y ritmo.
 
La vaga imagen que en el sueño viera
Traduce el vate en la mujer que adora;
Himnos y flores, del amor tributo,
              Pone a sus plantas.
 
Tal a su Laura concibió el toscano;
Tal adorara en Beatriz el Dante,
Que puso en ella del saber divino
              Símbolo eterno;
 
Tal Ausías March a su edetana altiva,
Lirio entre cardos, celebró gimiendo,
Y el divo Herrera a la de negros rizos
Bella Eliodora.
 
Tal una imagen de beldad y gloria
Yo persiguiera en infantiles sueños;
Buscó su numen mi agitada mente
              Sobre la tierra
 
Y aparecióme en la tendida playa
Donde potente se elevó Favencia,
Reina de reyes en pasados tiempos,
              Reina de naves.
 
Cual de la blanca y ondulosa espuma
Del mar Egeo, que la Grecia baña,
Vieron los dioses con asombro alzarse
              Nítida concha; [206]
 
Y como perla de su oculto seno,
Mostrar la diosa de Citeres bella
Los lácteos miembros que el Amor torneara
              Plácidamente;
 
Tal a mi vista apareció radiante,
Dulce Epicaris, tu beldad suprema,
Que festejaban con amante arrullo
              Ondas y vientos.
 
Mórbida imagen de estatuaria griega,
Mármol semejas que labrara Fidias.
¡Oh si en tu gloria resonara acaso
              Lira pelasga!
 
Hija, cual yo, de la Cantabria fuerte,
Sólo en tocar las laletanas costas
De nueva luz y de hermosura nueva
              Tú las vestiste.
 
Huyó contigo mi perdida calma
De nuestra patria a los augustos lares,
Y desde entonce, en soledad oscura
              Yo me lamento.
 
Pero un reflejo de la clara estrella
Que de mi vida alumbrará el camino
Viene tal vez a consolar mi duelo
              Lánguidamente.
 
Y la anyoransa que en mi pecho anida.
Tal vez anhela por la cara tierra,
O reproduce la divina imagen
              De mi adorada.
 
Vuela, alma mía, a la región hermosa
Donde arrullara mi ondulante cuna
Del mar profundo y el airado viento
              Ronco silbido; [207]
 
Tráeme veloz en tus flotantes alas
Dulce recuerdo de mi amada ausente,
Y en la anyoransa a consolarme vuelva
              Plácido sueño. (289)

Barcelona, 1873. [208]

 
 
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Cantos latinos

A imitación de los que componían los goliardos o estudiantes juglares de la edad media

 

I

  Ave Salmantina
Civitas gloriosa,
Gloria litterarum
Semper speciosa.
 
   Ecce tibi venit
Pauper scholaris,
Hujus vitæ et morum
Forte recordaris.
 
   Gaudens in taberna
Ludere et cantare,
Vinum sine nummis
Semper degustare.
 
   Gaudens in quadriviis
Domnam osculari,
Virgines et nuptas
Celer insectari.
 
   Quando venit lena
Leniter insidens,
Ego dico: «adsum»
Tacite subridens.
 
   Fuit obnoxia feminis
Vita Salomonis,
Femina desecuit
Comam et vim Samsonis. [209]
 
   Stagirita clericus
Dicitur insanuisse;
Pro onere suam puellam
Humeris imposuisse.
 
   Oh sapiens Aristoteles,
Quam dulce onus portabas!
Interdum hujus crura
Pro libito tractabas.
 
   Quis nescit Virgilitumque
Pendentem de cistella?
Ridebat omnis Roma,
Ridebat ejus puella.
 
   Sed post luxerunt omnes
Cum ignem extinxisset,
Et solum inter femora
Infidæ reliquisset.
 
   Nec Decretalia lego,
Nec libros Pandectarum,
Erit mihi solus Naso
Magister Sententiarum.
 
   Et Pamphilum pertracto
De vetula scribentem,
Et Apulejum Aphrum
Sub asino rudentem.
 
   Hoc ignorantur laici,
Sed scitur in scholis;
Non sum peritus juris
Sed in amorum dolis.
 
   Uror amore puellæ
Nec jam maturam sperno;
Illa est decora facie,
In hac sapientiam cerno. [210]
 
   Non solum pulchritudine
Sed venustate capior,
Et lascivienti risu
Cultu et munditiis rapior.
 
   Et mauras et judaeas
Simul fideles amo,
Et fremens sicut cervus
Pro eis semper clamo.
 
   Versatus sum Parisiis
In prato Clericorum,
Edoctus sum Germaniæ
In terra Goliardorum.
 
   Scio ludere alea,
Et cantilenas pangere,
Et rhytmice saltare,
Crumata et tibiam tangere.
 
   Scio vina discernere
In poculis commixta,
Agnosco odorem aquæ,
Fugio velut arista.
 
   In potatorio carmine
Nulli secundus cedo,
Et carmina pro poculis
Omni pincernæ reddo.
 
   Sum vagus sicut ventus
Et liber sicut avis,
Me rapiet usque ad mortem
Illa stultorum navis.

Santander, enero de 1878. [211]

 
 
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Cantos latinos goliardescos

 

II

   In tabernam ingrediamur
Scholares et goliardi;
Eja, age, surge, domine,
Nobis porge vinum bonum,
Ut tui nomen celebremus
Et cum tibiis personemus.
 
   Bonum verbum, dulcis risus,
Et jucunda semper facies;
Nunc, sodales, est bibendum,
Inter pocula canamus;
Eja, age, surge e lecto
Et nos accipe sub tecto.
 
   Curre, curre, cela uxorem,
Si sit juvenis et pulchra;
Curre, curre, natam cela
Ne marcescat flos innuptæ;
Quamquam semper in taberna
Filia pulchra sit pincerna.
 
   Venustatem et munditias
Nunquam ponas juxta Bacchum,
Quia cum Baccho calet Venus;
Haeret ignis in medullis,
Et non sufficit prudentia,
Clericorum ait scientia.
 

CORO

   Aperi portas, janitor,
Audi ut sibilat ventus,
Turboque mixta grandine
Segetes lætas verberat. [212]
 
 
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A C...

   Preguntas, prima mía,
Por qué medito y callo;
Decírtelo querría,
Mas ni palabras hallo,
Ni osa afirmar mi lengua
Lo que soñó mi amor.
   Allá en remota altura,
Espléndido y sereno,
De gracia y hermosura
El ideal heleno
Mis infantiles sueños
Tal vez acarició.
 
   Emblema del deseo
Del ánima encendida,
Del seno del Egeo,
A embellecer mi vida
Las Horas y las Gracias
Brotaban a la par.
 
   Las Gracias que derraman
Belleza en los mortales,
Las que al artista llaman
A amores celestiales,
Las que ensalzaba Píndaro
En cántico triunfal. (290)
 
   De ellas procede al hombre
Virtud, valor y gloria;
De ellas el alto nombre, [213]
La peregrina historia,
Cuanto levanta el alma
A célica región;
 
   Cuanto de ritmo vago,
De mística armonía,
De número y halago
Naturaleza cría,
Reflejo es de las Gracias,
Es eco de su voz.
 
   Las vi agitar terribles
Las cántabras espumas;
Y mansas y apacibles,
Sin nubes y sin brumas
El golfo de Parténope
Ceñir y embellecer.
 
   Las admiré doquiera,
Y el ánimo extasiado
A la superna esfera
Volar quiso inflamado;
Un rayo de aquel fuego
Pedí para mi sien.
 
   «Yo anhelo ver la idea
En forma traducida,
Y que esa forma sea
La lumbre de mi vida.
¡Que las helenas Gracias
Me envuelvan en su luz!»
 
   Aquel extraño anhelo
Al fin cumplirse miro;
Desciende ya del cielo
La diosa en raudo giro,
Hermosa cual las Gracias,
Hermosa como tú. [214]
 
   Las Gracias animaron
Sus ojos y su frente,
Y su cabeza ornaron
De oro crespo y luciente;
Pusieron en sus labios
Riquísimo panal.
 
   Nadie en sí propio fíe,
Si vio belleza tanta,
Hermosa cuando ríe,
Hermosa cuando canta,
Dulcísima sirena
Del gaditano mar.
 
   ¡Es la Beldad suprema
Que imaginó mi mente,
O símbolo ni emblema,
Mas realidad presente;
¡Morir puedo tranquilo,
Que mi alma al fin la vio!
 
   Su planta luminosa
Apenas toca el suelo,
Su nombre como diosa
Pregúntaselo al cielo,
Su nombre acá en la tierra
No he de decirlo yo.

Sevilla, marzo de 1878. [215]

 
 
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A Epicaris

Soñé, mi amada, en la ideal belleza, (291)
Fuente de toda luz y toda vida,
Que de Dios en la mente concebida
Es arquetipo (292)de inmortal grandeza.
 
Y yo la contemplaba en su pureza,
De veste candidísima ceñida,
En la tierra su planta sostenida,
Oculta entre las nubes su cabeza.
 
Espíritu celeste, alma del mundo,
Que presta al orbe su fecundo aliento,
Soplo que anima la materia impura;
 
Y al despertar de sueño tan profundo,
Vi encarnarse y tomar forma y acento (293)
La belleza ideal en tu hermosura. [216]
 
 
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A mi doctísimo amigo y paisano Don Gumersindo Laverde Ruiz

Restaurador de los estudios de filosofía española

 
   Noble campeón de la española ciencia,
Por quien renace la inmortal memoria
De Soto y Suárez, la olvidada gloria
De Lulio y Foxo, Vives y Valencia.
 
   Ellos del ser la inescrutable esencia,
Del pensamiento la agitada historia,
Del espíritu humano la victoria
Y el potente afirmar de la conciencia,
 
   Con lengua revelaron soberana;
Mas sus nombres cubrió silencio triste
Hasta que tú avivaste el sacro fuego.
 
   Por ti, que tal tesoro descubriste,
No envidiará ya más la gente hispana
Al germano tenaz, al sabio griego.

Santander, 15 de noviembre de 1875. [217]

 
 
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En Roma

   ¡Y nada respetó la edad avara...
Ni regio pueblo ni sagradas leyes!
En paz yacieron extranjeras greyes
Do la voz del tribuno resonara.
 
   No ya del triunfador por gloria rara
Siguen el carro domeñados reyes,
Ni de Clitumno los hermosos bueyes
En la pompa triunfal marchan al ara.
   Como nubes, cual sombras, como naves
Pasaron ley, ejércitos, grandeza...
Sólo una cruz se alzó sobre tal ruina.
 
   Dime tú, oh Cruz, que sus destinos sabes:
¿Será de Roma la futura alteza
Humana gloria o majestad divina? (294)

Roma, 17 de enero de 1877. [218]

 
 
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A la memoria del eminente poeta catalán Don Manuel Cabanyes

Muerto en la flor de su edad el año 1833

Oda

(/On oi (qeoi\ filou=sin a) poqnh?skei ne/oj (295)

                  (El varón amado por los Dioses muere joven.)

MENANDRO.

 
¡Feliz quien nunca en la acordada lira (296)
Al poder tributó venal incienso,
Ni elevó al solio de opresores viles
          Su profanado canto!
 
¿Por qué de Horacio el numeroso acento
Adula el sueño al opresor del mundo?
¿Por qué soñada alcurnia en su alabanza
          Teje de Mantua el vate?
 
¡Feliz quien nunca en el marmóreo alcázar,
Su voz hiriendo regios artesones,
Himno entonó que servidumbre inspira,
          Preso en dorados lazos!
 
¡Feliz quien nunca del inquieto vulgo (297)
El furor excitó, temió las iras,
Ni arrastró de su musa desgarrado
          El manto por las plazas! [219]
 
Odio patricio y ambición insomne
El brazo armaron del terrible Alceo,
Envenenó la Némesis plebeya
          De Béranger el alma.
 
¡Maldición para aquel que en muelle halago (298)
Vierte en su ritmo corrupción infame, (299)
Y las flores de Chipre regaladas
          Torpemente deshoja,
 
Cual Ovidio y Petronio las mancharon
Con labio impuro al profanar los dones
Que sobre ellos vertieran las sagradas
          De Mnemósine hijas!
 
¡Hélade antigua! generosas sombras,
Píndaro, Homero, Sófocles, Esquilo,
Que nunca infieles de la Urania Venus
          Fuisteis al puro culto,
 
Abrid del templo las doradas puertas.
¡Paso al virgen (300)mancebo laletano,
Que en sus hombros la túnica del genio
          Ostenta no manchada!
 
¡Dulce Cabanyes! en humilde tumba
Cubre tus restos el materno suelo;
Sobre ella vela el numen de la lira...
          El de la gloria duerme.
 
De la región etérea donde moras,
Propicio acoge mi modesta ofrenda;
Para cantarte, de tu lumbre un rayo
          Vierte sobre mi frente. [220]
 
Tú la belleza con afán buscaste
Como a los griegos se mostró y latinos,
Mórbida y rica, transparente y tersa (301)
          Cual de Paros el mármol. (302)
 
Y esa increada idea realizando, (303)
Cuerpo la diste, movimiento y vida, (304)
Forma gentil, de Helénica pureza, (305)
          De sencillez graciosa. (306)
 
Libre como tu espíritu tu musa
Rima desdeña y números sonoros; (307)
Campo la diste que a extender bastara
          Su altivo pensamiento.
 
Dieron el tono a tus audaces himnos
De Ofanto el cisne y el cantor (308)del Tormes,
Robusto (309)Alfieri, Fóscolo indomado,
          Lusitano (310) Filinto.
  
Y cual la abeja del ameno Tíbur,
Flores libando en los vergeles todos, (311)
Sonó tu voz en Laletania fértil (312)
          Madre de trovadores. (313) [221]
 
Émulo de Lucrecio, describiste
El monstruo crudo que del Ganges vino
A emponzoñar con su hálito funesto
           Las fuentes de la vida; (314)
 
Y como Horacio al navegante execra,
al oro cantas, domador del mundo,
Maldiciendo en tremendas armonías
          Su corruptor imperio.
 
Trajo la historia a tu inspirada mente
Los claros nombres de la edad pasada;
Un rey jurando en manos del ardido
          Esposo de Jimena; (315)
 
Por los desiertos mares conduciendo
Iberas quillas, de Liguria un hombre,
Y gigante visión del ponto erguida
          Para anunciar sus hados. (316)
 
Y las que yacen en silencio antiguo
Ciudades de alto nombre entre rüinas
Ansiaste levantar al soplo ardiente
          Del vivífico estío. (317)
 
Seguiste el rumbo de la clara estrella,
Guiadora gentil de tu destino
Que embelleció con luz plácida y suave
          Tus solitarias horas. (318)
 
A los pies de la virgen que adorabas
Canto ofreciste cual su pecho puro,
Más blando que el gemir del arpa eolia
          Por los vientos herida. (319) [222]
 
Su aliento te infundió la sacra musa
Que en el Tabor y en el Calvario mora;
Viste a Jehová de cólera ceñido,
          Fulminador, tronante;
  
Y al tímido modesto (320) sacerdote
Que al ara de Adonai mueve su planta,
Y a quien en incruento sacrificio
          El Hombre-Dios desciende. (321)
 
Áureos tus versos son; su eco robusto
Vigor inspira, varonil grandeza;
Dignos de edad más fuerte y generosa
          Que la nuestra menguada.
 
Llegó a tu mente un rayo de aquel fuego
Que iluminó los pórticos de Atenas,
Como llegó al cantor de la Cautiva,
          A Andrés Chénier divino.
 
Joven moriste... Apenas a la vida
Se abrieron ¡ay! tus penetrantes ojos.
Joven sucumbe el que los dioses aman,
          ¡Triste ley de los hados!
 
De Némesis y Delia los clamores
No a su amador libraron de la tumba,
Ni al sollozar sus élegos dolientes
          Las Parcas se ablandaron.
 
De Catón y Pompeyo las cenizas
En sus urnas de horror se estremecieron
Y un ¡ay! lanzaron sus sagrados (322)Manes,
          Al expirar Lucano. [223]
 
Rota cayó en el Sorga aquella lira
Que moduló en el Tajo los amores
Y llevó a extrañas gentes el sonoro
          Nombre de Garcilaso.
 
Rindió su cuello a la segur impía
El que al Enfermo celebró y al Ciego;
El numen de la gloria remontole
          Sobre el cadalso impuro.
 
Horrible mal devora a Leopardi,
Titán vencido pero no domado;
A Byron ve caer heroicamente
          Missolonghi en su arena.
 
Jóvenes todos... como tú, Cabanyes,
Vieron pasar en desplacer sus días,
Con el estigma del dolor impreso
          En sus alzadas frentes.
 
No fue en la tierra el fin de tu viaje; (323)
Libre de los escollos tu barquilla, (324)
Viste de paz las fúlgidas moradas (325)
          Donde inmortal reposas.
 
Breves y oscuros de la tierra al seno
Fueron tus días en quietud llevados,
Sin que el clamor de la mentida fama
          Tu nombre pregonase.
 
Hoy, mientras ciñen profanados lauros
Frentes vulgares, tu memoria muere.
¡Oh si en tu honor mi canto más durara
          Que mármoles y bronces!

Santander, 4 de febrero de 1875. [224]

 
 
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En el abanico de mi prima

En ósculo de amor indefinible
     Se unieron nuestras almas,
Antes de descender del bajo mundo
     A la negra morada.
 
¿Cuándo será que tornen a enlazarse
     Las divididas ramas,
Y que una misma savia poderosa
     Haga crecer a entrambas?

Abril de 1878. [225]

 



            
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Apéndice

Poesías de la primera juventud (Inéditas o poco conocidas)

  [226] [227]
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D. Alonso de Aguilar en Sierra Bermeja

Poema heroico en octavas reales
(Van adjuntos el poemita, traducido de los metamorfóseos de Ovidio y titulado: Píramo y Tisbe, la traducción de la égloga VIII de Virgilio y diferentes poesías del autor)

Primera edición con notas

Santander, 1871

  [228]

Advertencias

  [229] [230] [231]

Historia del poema (326)

     Con el título de Un poema épico de Menéndez y Pelayo publicó Artigas, en el segundo trimestre de 1923 en nuestro Boletín, un breve artículo, en el que se daban noticias sobre este Poema, que hoy nos decidimos a publicar íntegro a pesar de que, con letra de su mano, dejó escrito don Marcelino: «Prohíbo que se publique ni dé a conocer nada de este poema más que su título».
     ¿Por qué fue tal prohibición y qué alcance puede tener? Esto es lo que vamos a explicar a los lectores para poner en claro nuestro proceder, en primer término, y para que nos absuelvan del pecadillo que cometemos, si por tal lo juzgan.
     Como se verá por la portada que va al frente, en 1871, o sea el año en que terminaba Menéndez Pelayo su Bachillerato en Artes, como entonces se llamaba, concluía también su famoso poema de D. Alonso de Aguilar en Sierra Bermeja. «Comenzose este poema, dice en una de sus cuartillas autógrafas, a 15 días del mes de Mayo de 1871 en Santander». Cuando a fines de septiembre de este año salió para Barcelona con su tutor don José Ramón Luanco, llevaba ya pergeñado todo el borrador de la famosa composición poética. «Acabose este poema, dice en otra parte, a 12 días del mes de Setiembre en Santander».
     He aquí un chico que sin cumplir los 15 años había compuesto, ya un largo poema heroico en sonoras octavas reales. Torcuato [232] Tasso comenzó su primer poema Rinaldo a los 16 años y no lo terminó hasta los 18; y perdónesenos este recuerdo que no viene a establecer comparaciones, inoportunas y, hasta si se quiere, desorbitadas, sino a mostrar lo madrugador en todo del talento de Menéndez Pelayo.
     Con su poema en el baúl -con baúl se viajaba entonces y con baúl viajó él toda su vida- llegó Menéndez Pelayo a Barcelona; y con el poema escrito en cuadernillos de folio, uno para cada canto, y arrollados debajo del brazo, iba de acá para allá, ahora a las clases, luego a la biblioteca, haciendo en las octavas las enmiendas que se le iban ocurriendo. Su tutor Luanco, hombre de buen humor, le embromaba frecuentemente a cuenta de las musas, no por mortificarle, sino por verle reaccionar y defenderse. El instrumento, es decir, el rollo poético de Marcelino, era objeto de cuchufletas y hasta de pareados, de los que don José Ramón era buen improvisador.
     Pero don Marcelino Menéndez Pintado, el padre del juvenil poeta, lo había tomado muy por lo serio; él iba copiando con su clarísima letra las octavas que, bien pulidas ya y con su última lima, le enviaba el hijo a Santander: «Bien por la lección de Poética, le decía en 10 de enero de 1872; pero al dármela te olvidaste, hijo mío, de que yo estoy poco fuerte en eso; así es que al mandarte la octava para que la reformases, si te parecía conveniente, sólo lo hacia porque no me sonaba bien; por lo demás, con haberme dicho que estaba ajustada a las buenas reglas, bastaba; de todos modos mándamela otra vez, porque no me he quedado con copia».
     Y Marcelinito no sólo le devolvía aquella octava ajustada a las buenas reglas para que el padre la copiase tal como quedó en su primera y correcta redacción, sino otras muchas octavas nuevas para otro canto más; canto histórico que podía servir de introducción al Poema. Este canto, al que llama el padre Cuarto, pero que en realidad es el Primero, o el de Introducción histórica, sin numerar como lo insertamos en esta edición, fue compuesto ya todo él en Barcelona y resulta un añadido nada pertinente al asunto del Poema, aun tomando las cosas ab ovo.
     Sin embargo al padre -que hemos visto por la corrección de la octava que no podía presumir de crítico literario- le agradaban [233] los nuevos versos: «Me gustan mucho las primeras octavas del Canto Cuarto y tengo grandes deseos de que lo concluyas para poder enseñarlo a algunos amigos. No dejes de decirme el juicio que del poema forme el señor Milá».
     Yo no sé si leyó Menéndez Pelayo el Poema a su maestro Milá y Fontanals; era demasiado grave y serio aquel don Manuel; pero a quien sin duda se lo leyó fue a don Joaquín Rubió y Ors, su catedrático de Historia, padre de su, desde los primeros momentos, íntimo amigo Antonio, en casa del cual pasaba la tarde muchos domingos, y comía frecuentemente. El mozuco santanderino entretenía a toda aquella familia reunida, recitando versos propios y de otros autores que conservaba frescos en su memoria. Más tarde el simpático Gayter del Llobregat escribía a su exdiscípulo y ya colega en la cátedra, al recibir la primera edición de sus Odas, Epístolas y Tragedias, disculpándose de su incompetencia para juzgar bien tales poesías: «Una cosa puedo sin embargo señalar y me glorio en ello, y es que adiviné en usted al poeta de dotes no comunes y de privilegiado ingenio antes de que los demás supiesen que hacía usted versos».
     Sí, señor, aquellas épicas octavas que había recitado en casa de Rubió y Ors y que tal vez había oído también su maestro Vidal y Valenciano y que le aplaudían los compañeros cuando entre clase y clase se las leía, que obtuvieron muchos plácemes para el padre al enseñárselas orgulloso a algunos amigos, merecían ir a las prensas; había que publicar el Poema.
     De eso se trató aquel verano del 1872 cuando Marcelinito regresó a Santander en vacaciones. El tío Baldomero, hermano de su padre, que por entonces vivía en Madrid, como escritor y hasta autor dramático aliquando, y como político, debía relacionarse con don Benito Pérez Galdós, quien tenía autoridad en varias revistas literarias de la que, por gracia de la aceptación de la Corona de España por Don Amadeo de Saboya, acababa de volver a ser Villa y Corte. Y habló en efecto don Baldomero a don Bonito, y prometiole éste que publicaría el poema de su sobrino: «Baldomero me ha escrito, le decía su papá en carta de 17 de octubre del 72, diciéndome que ha visto a Pérez Galdós, el cual ha quedado en avisarle cuando se vaya a publicar el Poema; pero no le ha dicho cuándo será». [234]
     Y en espera de ese aviso de Galdós quedan padre e hijo impacientes y soñando con ver pronto en letras de molde el famoso Poema; Sueñan ambos, pero no la madre, poco letrada, es cierto, pero muy equilibrada señora, a quien preocupan ya tantos afanes literarios de su hijo, tanta absorción por los libros y tantas distracciones en las cosas más triviales de la vida; la preocupan y hasta la encelan. Es un insensato, dice ella con frecuencia; parece que quiere más a su Ovidio y su Oracio (sic) que a su madre.
     El Poema no acaba de salir a pública luz; pero eran ya tantos los que de él habían oído hablar, los que habían leído algunas octavas, que la impaciencia por conocer la composición hubo que calmarla dando una lectura en público: «El viernes, le escribe el padre en 23 de octubre del 72, se celebró por fin la sesión literaria en este Ateneo, en la cual se leyó la Introducción y el Primer Canto del Poema; para lo cual de acuerdo con Juan, (327) saqué una copia con las correcciones que tú habías hecho, sólo que le pareció a Juan que no debíamos suprimir las primeras octavas. Gustó mucho y la prensa local, al hacer las reseñas de la sesión, te dedica frases muy lisonjeras; otro día te remitiré las reseñas, pues hoy no tengo los periódicos».
     Todo era parabienes y enhorabuenas; la gente de letras de Santander, después de la lectura que en el Ateneo había dado don Víctor Oscáriz, catedrático de Retórica en el Instituto, no hacía más que hablar del famoso Poema y de su jovencísimo, casi infantil, autor. Pero en Madrid no marchaban las cosas tan esperanzadoramente como en un principio. Pérez Galdós comenzaba a disculparse con aquello de la abundancia de materiales, según comunicaba al tío Baldomero en los primeros días de noviembre; y transcurrió todo aquel año del 72 sin que saliesen a luz las octavas reales del estudiante santanderino.
     A principios de 1873 interviene Pereda con Galdós y le apremia para que dé a la estampa el D. Alonso de Aguilar en Sierra Bermeja. D. Benito no se niega, pero expone nuevas dificultades: ¡Es tan largo aquel poema para darlo en un artículo de revista! Así lo dice para conocimiento del propio autor y de su buen padre. Éste comenta con el hijo en carta de 7 de febrero del 73: [235] «También a mí me ha escrito Baldomero, diciéndome lo mismo que a ti; mucho siento la mutilación que va a sufrir el Poema, pero no estoy conforme en lo de suprimir el primer canto; en lo que Juanito opina lo mismo que yo, creyendo uno y otro que debes dejarlo al criterio de Pérez Galdós y esperar el resultado que ya no se hará esperar mucho tiempo».
     Mas a pesar de la supresión de ese primer canto histórico sobre la Discordia, supresión muy acertada, pues aligera y queda más ceñido al asunto el relato, Galdós no se daba prisa a publicar el tan traído y llevado Poema; «para las Calendas Griegas» opina don Marcelino, padre, que va dejando este negocio. Menéndez Pelayo gestiona entonces la publicación de sus versos en Barcelona. Ha leído sus cantos a varios amigos literatos y todos se los aplauden; pero como Galdós, con estos o los otros pretextos, ninguno se decide a publicarlos.
     Va sintiendo desvanecerse su primera ilusión, sus sueños de poeta novel; no consigue ver en letras de molde aquel su primer ensayo, para el que ya, desde 1871, tenía hecha la portada anunciadora de la primera de las Obras del Bachiller en Artes, Marcelino Menéndez y Pelayo.
     Aquello se ponía serio. Luanco, su tutor, ya no le gastaba bromitas con el instrumento; el padre había terminado de hacer copias y más copias de cantos enteros, y ya en sus cartas no le habla más de Baldomero ni de Pereda, ni de Galdós, ni de D. Alonso de Aguilar. Hay en la correspondencia como un tácito convenio de no volver a tratar aquel asunto desagradable.
     Hay además otras cosas que están cambiando rápidamente. Aunque sus papás le llaman todavía Marcelinito, le recomiendan ya que se afeite de vez en cuando para que esté presentable; va a cumplir los 17 años; estudia el segundo curso de Facultad y, lo que es más importante... se ha enamorado. Es ya un hombre y empieza a ver el mundo con otros ojos; no son las aventuras guerreras de D. Alonso las que le seducen; ahora, su dulce Belisa le ha embargado por completo los sentidos:
                                  «Yo vi, señora, tu beldad riente
En la sonante playa laletana,
Donde eleva Favencia la romana
Hacia las nubes su murada frente. [236]
   Te vi, te amé, mi corazón fue preso
Entre los rayos de tus claros ojos,
Entre las redes de tu crencha hermosa;
   ¡Feliz quien pueda, de tus labios rojos
Ebrio de amor arrebatar un beso,
Y venga sobre mí la muerte odiosa!»
     Y allá van ahora sonetos en serie a su primer amor, aquella «hija cual yo de la Cantabria fuerte», que le traía anyoranzas de su tierruca y despertaba en él nueva inspiración. ¡Pobre D. Alonso de Aguilar! En el fondo del baúl -mundo del estudiante yacía fajado como una momia egipcia en su ataúd. Ya no volvió a acordarse de él. Quizá al regresar a su hogar en el verano de 1873 echó una mirada, entre enfadada y desdeñosa, al famoso rollo, y lo guardó detrás de aquella nueva estantería que acababa de mandar construir su padre, y de la que le había cedido dos terceras partes para que colocase su ya abundante biblioteca.
     Aquel curso del 73 al 74 fue a estudiar en la Universidad de Madrid, y desde allí mandaba colaboración para Miscelánea Científica y Literaria, de Barcelona. Algunas de aquellas «diferentes poesías del autor», que habían de acompañar al D. Alonso de Aguilar, cuando se publicase el primer volumen de las proyectadas Obras de Marcelino Menéndez Pelayo, Bachiller en Artes, aparecieron en la revista barcelonesa durante el 1874.
     Terminada brillantemente su carrera en el curso del 73 al 74, doctor ya en letras en 1875, sin haber cumplido los 19 años, comenzó, de vuelta a su hogar, a hacer proyectos y a revisar apuntes y papeles. Y entre éstos debió de aparecer su D. Alonso, el héroe de Sierra Bermeja, cubierto no del polvo de las batallas, sino del de los anaqueles. D. Marcelino pasó una mirada comprensiva sobre el Poema, y se sonrió inteligentemente, sin pizca de resentimiento ni amargura. Ni los sonetos clásicos que había dedicado a su Belisa le satisfacían; ensayaba entonces nuevas formas poéticas, escribía en verso blanco, huyendo del martilleo de la rima, traducciones de clásicos griegos y latinos, sáficos y laverdaicos, que enviaba a su amigo y maestro D. Gumersindo, quien amorosamente y parándose en los detalles más nimios, se los retocaba aconsejándole. Caminaba a pasos de gigante al molde más acabado de su expresión poética: la Epístola a Horacio, La [237] Galerna del Sábado de Gloria, la Carta a mis amigos de Santander. Se había convencido de lo que tal vez ya por entonces le habría dicho su amigo D. Juan Valera, quien, hablando de su asombrosa facilidad para versificar, había de expresarse pocos años después con bella frase en el discurso con que le recibió en la Real Academia de la Lengua: «su Pegaso pide más que espuela, freno».
     El freno que él supo ir poniendo a su desbordada fantasía, la armonía interna, la euritmia y engarce sonoro de versos y estrofas, que disciplinadamente le hace pasar casi sin sentir, del verso libre a la maravilla de su prosa, en la que a veces los párrafos son también como estrofas de un canto.
     Y si en este aspecto de la forma poética estaba ya muy lejos de las octavas de su infantil poema, más aún se había distanciado en cuanto a los asuntos. Ya no canta las armas y los esforzados guerreros al modo clásico, ni los tiernos amores, queriendo emular al divino Herrera, a Dante y a Petrarca:
                                  «Que al nombre celestial de mi Belisa
Al olvido darían su tormento
Dante, Petrarca y el divino Herrera».
     Continúa haciendo versiones de clásicos; pero tanto en éstas, como en las poesías originales, hay una nueva fuente de inspiración, temas de más trascendencia, una rara mezcla de paganía y cristianismo, un nuevo arte de «verter añejo vino en odres nuevos». Y todo ello encuadrado en un fondo filosófico en el que sobresalen las puras, bienaventuradas, ideas platónicas.
     En aquel verano de 1875 es cuando traduce La Hechicera, de Teócrito, la hechicera que con sus conjuros hace volver al amor que se aleja; dos composiciones de Catulo, aquel Catulo cuyos versos se había aprendido de memoria repasándolos en la edición microscópica que le había regalado Posada Herrera, y que llevaba de chico en el bolsillo del chaleco; dos odas de Horacio, de su Horacio, el «monarca de la lira», al que tal vez ensayaba ya dirigir su famosa Epístola; un fragmento de Petronio sobre cuyo Satyricón había tratado largamente en su tesis doctoral; el Himno de Prudencio, poeta cristiano, A los mártires de Zaragoza; y los Sepulcros del descreído Hugo Fóscolo; y aquella inspiradísima [238] Paráfrasis de una oda teológica de Sinesio de Cirene, en versos que no hubiera desdeñado el mismo Fray Luis de León.
                                  «Huyo de la falacia
De profanos amores,
Por el eterno amor que nunca sacia;
De mundanos loores,
Por el divino aliento de la Gracia.
 
   ¿Es comparable el oro,
O la beldad terrena,
O de los reyes el tesoro,
O la amorosa pena,
Al pensamiento del Señor que adoro?»
     Sí, era ya otro; estaba alcanzando en tan temprana edad la madurez de un hombre de estudios; había dado a luz varios trabajos de crítica literaria: sobre las Obras inéditas de Cervantes, publicadas por D. Adolfo de Castro, sobre Pedro de Valencia, Noticias para la historia de nuestra métrica, Noticias literarias sobre los jesuitas españoles extrañados del reino en tiempo de Carlos III, varias Noticias bibliográficas, su peregrina tesis doctoral La Novela entre los latinos; tenía dispuesto para la imprenta su estudio sobre Trueba y Cosío y más de 50 biografías para su Biblioteca de Traductores, tres de ellas premiadas en un solo concurso de La Ilustración Española y Americana. Era colaborador de esta revista, de la Revista Histórico-Latina y de la Miscelánea Científica y Literaria, de Barcelona, de la Revista Europea y de La Tertulia; se había hecho ya amigo de Valera, de los Pidales, y de otros muchos hombres de letras madrileños; formaba con los de Santander la Sociedad de Bibliófilos Cántabros y recogía datos para escribir toda una colección o biblioteca de Escritores montañeses; poseía ya sólidos conocimientos científicos, históricos y filosóficos -a pesar de haber querido suspenderle Salmerón en Metafísica el año anterior- como pudo demostrarlo, pocos meses después, al comenzar la polémica sobre La Ciencia Española.
     Era por tanto natural que aquel candoroso poema infantil, en el que hay versos que recuerdan mucho los de Quintana, Gallego, el Duque de Rivas, etc., y en los que las imitaciones [239] de los grandes poemas clásicos La Ilíada y La Eneida son tan patentes y directas que a veces parecen calcos, hiciese sonreír a su autor y no quisiera éste que tal ingenuidad poética, que tantas desazones le había proporcionado de niño, viese la luz pública. Y entonces fue -por el mismo carácter de letra ya casi hecha se puede reconocer también la época -cuando, en una de las copias del poema, escrita por su padre, no en el original autógrafo que también se conserva, estampó su prohibición de que se diese a conocer del poema más que el título.
     Había que prevenirse; porque su buen padre y su tío Juan -Juanito- y algunos entusiastas amigos, a los que las sonoras estrofas retumbaban aún en los oídos, eran muy capaces de organizar, durante sus proyectadas ausencias, nuevas lecturas públicas del poema, como aquella del Ateneo en el año 72, o de imprimirlo, al menos en edición privada, para que lo conociesen íntegro sus paisanos, sus profesores y amigos.
     Este es, a mi modo de ver, el sentido claro de la prohibición de don Marcelino de que se diera a conocer su Poema. La puso al frente de una de las copias del padre, porque para él y los suyos estaba escrita principalmente; si Menéndez Pelayo hubiera deseado que el Poema no se diera jamás a la estampa lo hubiera roto; habría destruido el original y todas las copias en lugar de conservarlas tan cuidadosamente.
     No era para darlo entonces a la estampa aquel su ensayo infantil, que nada podía añadir al lauro de poeta, al que aún aspiraba por entonces con todo entusiasmo; pero se daba ya cuenta Menéndez Pelayo de que su personalidad de escritor había de pertenecer a la historia, y que aquellos sus primeros pasos por el camino de la poesía podían interesar al historiador, al biógrafo de mañana. Publicarlo él o consentir que sus deudos publicasen el poema de D. Alonso de Aguilar hubiera sido una inocentada; el que ahora, a los 42 años de muerto su autor y en vísperas de la conmemoración del Centenario de su nacimiento, en el que se han de hacer estudios serios sobre las distintas facetas de la personalidad literaria de don Marcelino, lo demos nosotros a conocer, nos parece un deber, que nos agradecerán muchos y que al mismo autor no había de desagradar.

Enrique Sánchez Reyes [240] [241]

 

Advertencia histórica

     Aunque es bastante conocido el hecho que sirve de argumento a este poema, creemos oportuno dar algunas noticias históricas tomadas de los escritores del siglo XVI y de algún otro posterior. «El año 1500, dice Mármol, los moros de la Sierra y Alpujarras, se rebelaron, diciendo que se les quebrantaban los capítulos de las paces con que se habían entregado. Sabidos estos alborotos en Sevilla, el Rey Católico partió para Granada, a 27 de enero y mandó al Conde de Tendilla y a Gonzalo Hernández de Córdoba que fuesen sobre el castillo de Güéjar, donde se habían recogido algunos moros de los alzados; los cuales fueron luego sobre él y tomándole le destruyeron, no sin gran daño de la gente de armas que llevaban. El Conde de Lerín fue sobre Andarax, porque los moros de aquella taha (comarca), se habían hecho fuertes en el castillo de Lanjar y ganándole por fuerza de armas, voló con pólvora la mezquita mayor. Y el Rey D. Fernando entró por el valle de Lecrín, cercó y ganó el castillo y lugar de Lanjarón, viernes a siete días del mes de marzo, llevando consigo al alcaide de los Donceles, a Gonzalo Mejía, al comendador mayor de Calatrava y a otros muchos señores y caballeros.
     «Siendo pues opresos los rebeldes con increíble presteza y allanadas las cosas de la Alpujarra, volvió el Rey a Sevilla. El año 501 se alzaron varios lugares de la Serranía de Ronda y Sierra Bermeja y Villaluenga, y sus Altezas enviaron contra ellos al Conde de Ureña y a D. Alonso de Aguilar. Mas no les sucedió tan prósperamente, pues fueron desbaratados en un lugar, llamado Calaluí, cerca de Ginalguacil, martes en la noche a dieciséis días del mes de marzo, muriendo D. Alonso de Aguilar a manos [242] de un moro llamado el Ferí, vecino de Ben-Estepar. Escapó D. Pedro, su hijo, con los dientes quebrados de una pedrada y el Conde de Ureña y los demás, con grandísimo trabajo.» Hasta aquí Mármol, libro I, cap. XXVIII. (328)
     Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés, en sus Quincuagenas (Bat. Iª, Quin. Iª, Dial. 36), asegura que D. Alonso fue muy gentil capitán y valiente lanza y muchas veces dio testimonio de su animoso esfuerzo.
     Abarca, en su obra titulada Reyes de Aragón, hace el siguiente elogio del héroe castellano: «Fue sugeto de grande autoridad entre los grandes de su tiempo, por su linaje, por sus prendas personales y por los altos puestos que ocupó así en la paz como en la guerra. Hizo ésta a los infieles, por espacio de cuarenta años, bajo el estandarte de su casa en la niñez y como caudillo de sus gentes más adelante o como virrey de Andalucía y capitán de los ejércitos reales. Fué el quinto señor de su cristiana y belicosa casa que pereció combatiendo por su patria y religión contra la maldita secta de Mahoma y debe creerse que su alma recibió en el cielo la gloriosa palma del soldado cristiano, puesto que iba fortificado con los santos sacramentos de la Confesión y Comunión, que aquella misma mañana recibiera.» (Reyes de Aragón, tomo II, página 340 y 341.)
     Bleda afirma en su Crónica de los Moros de España (Valencia, 1618; libro 5.º, capítulo 26) que abierto el sepulcro del héroe muchos años después de su muerte, se encontró introducido en sus huesos el hierro de la lanza con que fue herido por el Ferí de Benestepar.
     Era D. Alonso natural de Córdoba y hermano mayor del Gran Capitán. Paulo Giovio (Vita magni Gonsalvi) hace derivar el nombre de Aguilar del águila, enseña de los guerreros de su casa. Por los servicios de sus antepasados en tiempo de San Fernando, se les concedió el derecho de usar el apellido Córdoba, por el cual fue conocido siempre Gonzalo. Distinguiose mucho en las guerras de Portugal y de Granada, y por su valor y pericia militar llegó a merecer la confianza de sus soberanos. Tuvo en su juventud largas rivalidades con su primo el Conde de Cabra. [243] «El año 876 de la Égira (1471 de la Era Cristiana), dice Conde, pidió campo al Rey de Granada D. Diego de Córdoba contra D. Alonso de Aguilar, con quien estaba enemistado y habiéndolo pedido al Rey de Castilla, su señor, no se lo había concedido. Recibiole bien Abul-Hacén y le señaló campo en la vega, y como detenido por su señor el rey, no viniese el día aplazado D. Alonso de Aguilar, el Rey de Granada le declaró por vencido. Estaba presente cierto caballero, pariente del cristiano Aguilar y se ofreció a tener campo por el ausente y pelear con su contrario, asegurando que D. Alonso era tan buen caballero que no faltaba por su voluntad a la aplazada lid y que no consentiría que se le declarase por vencido ni por cobarde. El rey Abul-Hacén no le permitió salir a pelear, diciendo que había dado seguro a don Diego de Córdoba y como aquel caballero porfiase, el Rey le mandó matar por su falta de respeto, y por intercesión de D. Diego de Córdoba, a quien el Rey estimaba mucho, le perdonó.» (329)
     Hallose D. Alonso en la desgraciada expedición de la Ajarquía y a él se debió en gran parte la victoria de Lucena y la prisión del rey Boabdil. Concurrió a las conquistas de Málaga, de Baza y de Granada, y coronó sus hazañas con la gloriosa muerte que recibió en Sierra Bermeja. A este funesto combate asistió, aunque no lo refiera Mármol, D. Juan de Silva, Conde de Cifuentes, asistente de Sevilla, que mandaba trescientos caballos y dos mil infantes. Apenas sufrieron pérdida sus gentes, pues quedó al pie de la Sierra, custodiando el campamento y protegió la retirada del Conde de Ureña y de D. Pedro de Córdoba, a quien dieron los Reyes Católicos el título de Marqués de Priego. En 1570 el Duque de Arcos, descendiente del Marqués de Cádiz, atravesó aquel sitio para sofocar la segunda rebelión de los moriscos granadinos. Veíanse por doquiera lanzas, arneses y armaduras destrozadas, blanqueban los huesos de los que perecieron al lado del señor de Aguilar, porque hacía medio siglo que ningún castellano había puesto su planta en aquellas rocas inaccesibles. (330) [244]
     El pueblo acusó al Conde de Ureña de haber abandonado a su compañero de armas en la Sierra, y Bleda ha conservado dos versos de un romance en que se le increpa en estos términos:
                              Decidme, Conde de Ureña,
¿Dónde D. Alonso queda?
     «Salió como buen caballero, dice Mendoza, aunque dando ocasión a los cantares y libertad española.»
     Ginés Pérez de Hita, en su Historia de las Guerras Civiles de Granada, atribuye a D. Alonso varios hechos conocidamente fabulosos y refiere su muerte con alguna diversidad en las circunstancias.
     Fue tan célebre en Castilla el desastre de Sierra Bermeja, que sobre él se compusieron tres bellísimos romances insertos en la obra de Hita y en el Romancero General (Madrid, 1614, por Juan de la Cuesta).
     El jurado de Córdoba, Juan Rufo, en su poema La Austríada, impreso en 1585, Toledo, dedica a D. Alonso este breve y honroso recuerdo:
                             Tendrá Córdoba siempre el dolor vivo,
Igual con la razón y el sentimiento,
Que se debe a la muerte presurosa
De un hijo, por quien ella fué famosa.
 
   ¡Oh cara, ilustre prenda, quién pudiera
Tu ingenio y tu valor mayor que humano,
En voz cantar que perdurable fuera,
Por todo cuanto abraza el oceano!;
Que si el acerbo fin no previniera
El largo paso de tu orgullo ufano,
Tú fueras, D. Alonso, en todo el mundo,
Mayor que fué tu hermano sin segundo.
     El que desee más pormenores puede consultar las obras siguientes: Historia de los Reyes Católicos, de Andrés Bernáldez, Cura de los Palacios, publicada modernamente en Sevilla por la Sociedad de Bibliófilos Andaluces; Anales de Sevilla, de Ortiz [245] de Zúñiga (Madrid, 1677); Zurita, Anales de Aragón (Zaragoza, 1585), Garibay, Compendio Historial; Sandoval, Historia del Emperador Carlos V (tomo I, página 5.ª); Mariana, Historia de España; Prescott, Historia de los Reyes Católicos, etc. Además de los autores citados en la presente noticia, Hernando de Baeza, Relaciones acerca de los últimos tiempos del Reino de Granada, publicadas por la Sociedad de Bibliófilos Españoles.

M. Menéndez Pelayo. [246] [247]

 
 
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Invocación

Et pius est, patriae facta referre, labor.
(Ovidio, Trist., lib. 11, 322.)
  
   Oh musa celestial, tú que cantaste
La cólera del hijo de Peleo,
Tú que al piadoso Eneas celebraste
Cuando surcó las ondas de Nereo,
Y al desterrado Dante acompañaste
En las negras orillas del Leteo
Del Averno los antros recorriendo
Al divino Virgilio en pos siguiendo;
 
   Tú que inspiraste al vate lusitano
Cuando cantó las naves que surcaban
Las espumas del férvido Oceano,
Y al reino de la aurora navegaban
Mientras en la región del aire vano
Los vientos blandamente respiraban
Y el céfiro ligero se mecía
Y las cóncavas velas impelía; [248]
 
   Divina Clío, tú que en el Parnaso
Inspiraste al cantor de Godofredo,
Tú que dictaste de Sorrento al Tasso
Las glorias de Reinaldo y de Tancredo,
Que meciste la cuna a Garcilaso
Al pie de las murallas de Toledo,
Tú, que al Homero inglés, a Milton ciego,
De sacra inspiración le diste el fuego;
 
   Préstame, oh musa, tu sagrada lira,
La lira que pulsó el divino Herrera
Cuando la triste Lusitania mira
Llorar su error del Tajo en la ribera;
El Betis su doliente son admira,
Y su sonora voz en la pradera
Las ninfas y los faunos aplaudieron
Y su canto sublime repitieron,
 
   Quiero alzar a mi patria un monumento,
Que el tiempo no destruya ni el olvido,
Que si humilde es mi voz, débil mi acento,
Grande es el de Aguilar y esclarecido.
Los siglos correrán cual un momento,
Los imperios caerán que han existido,
Su gloria quedará cual firme roca
Que el mar en vano con sus aguas toca. [249]
 
   Ya el pendón de Castilla tremolaba
En las torres de Baza y Almería,
Ya el Conde de Castilla gobernaba
De Muley Alhamar la monarquía,
La Alhambra, el Albaicín y la Alcazaba,
La morisca ciudad de Andalucía
Mostraban ya la cruz en sus almenas
Donde brillaron lunas agarenas.
 
   En la bella ciudad que el Genil riega
Y el Darro con sus aguas fertiliza,
No cruzan ya su deliciosa vega
Los agarenos en revuelta liza,
Ni el granadino ya las cañas juega,
Ni en opuesto escuadrón hace ya riza,
Ni ostenta ya sus cifras y pendones
Ni cabezas suspende en los arzones.
 
   Ni una sonrisa de su mora bella
Hace que el musulmán de amores arda,
Ni una palabra de sus labios sella
Amor eterno, que inviolable guarda;
Ni a los peligros lánzase por ella,
Ni a Granada abandona en noche tarda,
Ni la dirige ya sus tristes ojos
Para volver cargado de despojos. [250]
 
   A las arenas líbicas lanzados,
De la Numidia a los peñascos duros,
Tendían sus ojos, de llorar cansados,
De la ciudad a los perdidos muros;
Y al contemplar los campos tan amados
En la desierta playa mal seguros,
Elevaban al cielo sus clamores
Y mostraban inútiles furores.
 
   Y ya las barras de Aragón unidas
De Castilla a los ínclitos leones,
En el Mediterráneo tan temidas,
Dilataban su nombre y sus blasones;
Sus armas, por Gonzalo conducidas,
Sometían indómitas naciones;
De sus corceles al fogoso vuelo
Parténope sintió temblar su suelo.
 
   Porque ya la cristiana monarquía,
Del Pirene nevado al mar de Atlante,
Sus armas dilataba y extendía,
Doquier llevando su pendón triunfante;
Del Católico Rey la sien ceñía,
Cual blanca perla o fúlgido diamante,
De Aragón la corona esclarecida,
Ya de Castilla a la diadema unida. [251]
 
   Y rota al fin la artificial barrera,
Que ambos pueblos un día separaba,
Al aire ondeaba sólo una bandera,
Y España en torno se agrupaba
Y Patria y Religión su enseña era;
Y ante ella el Universo se inclinaba,
Que Dios sus estandartes bendecía
Y un Apóstol sus haces dirigía.
 
   Y en alas de la fe y de la esperanza,
Siguiendo luego a un genovés osado,
Sus leños entregaron sin tardanza
A las iras del hondo ponto hinchado;
Y surcaron en plácida bonanza
Ondas de un mar jamás atravesado,
Y náyades y faunos y tritones
Saludan al partir sus galeones.
 
   Y el viento juega en las tendidas lonas
Y el aire cruzan las pintadas aves,
Y vense ya del monte las coronas,
Y espumas cortan las ligeras naves;
Y un mundo al cetro de Castilla donas
Tú, Dios, que solo su destino sabes
Y les conduces a abrasada arena
Del mar azul por la extensión serena. [252]
 
   Y en las remotas playas de Occidente,
Ocultas hasta entonces e ignoradas,
Bajo los rayos de su sol ardiente
Por el salvaje habitador pobladas,
En cuya virgen selva sólo siente
Rugir el viento en rápidas oleadas,
Enclavaron la cruz de sus pendones
Entra barras, castillos y leones. [253]
 
 
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Canto I

 

... Bella, horrida bella,                                  
Et Tybrim multo spumantem sangitine cerno.
(Virgilio, Æneid, VI, 86.)

Argumento. -Levantamiento de los moriscos en la Alpujarra. -Llegada del Ferí de Benestepar. -Su discurso. -Contestación de Gazul. -Se disponen para el combate y eligen por caudillo al Ferí.

 
     Era el primer albor de la mañana,
  Y roto de la noche el denso velo
  Su cetro abandonaba ya Diana;
  Brillaba el sol iluminando el suelo,
  Y desterrando la tiniebla vana
  Voló su carro en el azul del cielo;
  Y entre las sombras de la noche fría
  Surgió la claridad del nuevo día.
  
     Un ronco grito en la Alpujarra suena
  Y el eco le repite en la montaña;
  Por los quebrados valles ya resuena
  Que el Verde Río con sus aguas baña;
  Convoca la trompeta sarracena [255]
  De los hijos de Agar la furia y saña,
  Que armados de su bélico heroísmo
  Hacen temblar el firmamento mismo.
  
     Armada multitud cubre la tierra
  Y cubre las fragosas Alpujarras
  Y corona la cumbre de la sierra
  Y brillan las moriscas cimitarras;
  Resuena el grito de venganza y guerra
  Y de África el león muestra sus garras,
  Y monta ya el caudillo sarraceno
  Indómito corcel que tasca el freno.
  
     Y deja su guarida el mahometano,
  Y corre presuroso a la venganza,
  Y con sangre del pueblo castellano
  Quiere teñir los hierros de su lanza.
  El númida veloz, el africano
  Dejaron el desierto sin tardanza,
  Y en sus corceles, cual ligero viento,
  Llegaron de Gazul al campamento.
  
     Las lágrimas regaron la mejilla
  Del triste granadino desterrado
  Mientras el estandarte de Castilla
  Estuvo de laureles coronado; [255]
  Lloraron su deshonra y su mancilla
  Y su trono en el polvo derribado,
  Mientras brilló en los muros de Granada
  La Cruz en Covadonga tremolada.
  
     La rabia concentrada, que un momento
  Sin cesar en su pecho viva ardía,
  Estalló al fin, cual el furioso viento,
  Que ruge en medio de la selva umbría;
  Como el Vesubio, que por bocas ciento
  Arroja lava, que en su centro hervía,
  Y convierte en escombros las ciudades,
  Hoy cenizas y vastas soledades.
  
     Vertió su copa la discordia un día
  Y Marte despeñó su carro ardiente,
  Y entre las sombras de la noche fría
  El árabe blandir su lanza siente;
  Muerte, desolación y guerra impía
  Corrieron a las playas de Occidente,
  Rasgaron las entrañas de la tierra,
  Volaron a la cumbre de la sierra.
  
     En sitios señalados reunidos
  De la nación infiel los más ancianos,
  Por las diversas tribus elegidos, [256]
  De los errantes pueblos mahometanos,
  Por el peligro de la guerra unidos,
  La venganza común de sus hermanos
  En secreto consejo meditaban
  Y el final rompimiento dilataban.
  
     Rodeaba la tienda del consejo
  En torno la apiñada muchedumbre;
  Mirábase en el mar, como un espejo,
  El dios autor de la celeste lumbre,
  Y de sus claros rayos el reflejo
  Doraba de la sierra la alta cumbre,
  E iluminando la azulada esfera
  Llegaba a la mitad de su carrera.
  
     Por la nevada sierra un caballero
  A galope tendido descendía
  Y con semblante y ademán guerrero
  Su caballo hacia el llano dirigía;
  Y con espuela de templado acero
  Del corcel los ijares oprimía;
  Llegó por fin al campo de la tienda
  Y al brioso alazán paró la rienda.
  
     Venir parece de región distante,
  Cubre el polvo su negra vestidura,
  Negras plumas ostenta en el turbante [257]
  
  Y negro es el color de su armadura;
  Tristeza muestra su feroz semblante,
  Es arrogante y noble su estatura
  Y el peso de la lanza que blandía
  Ni Ayax de Telamón sustentaría.
  
     Negro turbante la su sien ceñía;
  De su escudo los timbres y blasones,
  Que la adarga en su centro contenía,
  Eran rotos castillos y leones;
  Y a sus pies una letra que decía:
  «Yo humillo de Castilla los pendones,
  En España mi nombre fue temido,
  Siempre fui vencedor, nunca vencido».
  
     Pende el alfanje del siniestro lado
  Y enristra el adalid pesada lanza,
  Y muestra un pendoncillo tremolado
  El alegre color de la esperanza;
  Corre el caudillo en su corcel montado
  Mostrando su valor y su pujanza,
  En sus ojos demuestra y en su rabia
  La salvaje fiereza de la Arabia.
  
     El bruto cordobés, hijo del viento,
  Alta la crin y de cerviz erguido,
  Con ligero y airoso movimiento, [258]
  Con paso resonante y atrevido,
  Estribando su brazo en duro asiento,
  Tascando el leve freno guarnecido,
  Rompió por las legiones apiñadas
  Y la tierra temblaba a sus pisadas.
  
     Llegó el desconocido caballero
  Hasta el centro del campo mahometano
  Y fijaron su vista en el guerrero
  Los jefes del ejército africano;
  Nadie le conoció, por extranjero
  Y criado en el suelo mauritano,
  Y él impuso silencio a los campeones
  Y dirigioles luego estas razones:
  
     «Soy el sostén del pueblo mahometano,
  La gloria de las lunas agarenas,
  Yo humillé el estandarte castellano,
  Yo rompí de Granada las cadenas,
  Yo llevé a la victoria al africano,
  Yo conduje las huestes sarracenas
  Y en la guerra este nombre merecí,
  Yo de Benestepar soy el Ferí.
  
     Yo teñí en sangre del Genil la orilla,
  Yo me hallé en la defensa de Granada,
  Y yo vi la bandera de Castilla [259]
  De la Alhambra en el muro tremolada;
  La misma enseña que brilló en Sevilla
  En la Torre del Oro enarbolada,
  La misma enseña que brilló en Toledo,
  Ciudad de Leovigildo y Recaredo.
  
     Si cobarde Boabdil cayó en Lucena
  En poder del ejército cristiano,
  Si teñida con sangre sarracena
  Su corona rindió al rey castellano,
  Si él mismo se forjara las cadenas
  Que pesó sobre el pueblo mahometano,
  ¿Cómo habían de darnos justas leyes
  Rey sin corona, ejércitos sin reyes?
  
     ¿Es ésta la nobleza de Granada?
  ¿Es ésta de sus reyes la memoria?
  ¿Es ésta la bandera desplegada,
  Que llevaba sus hijos a la gloria?
  Con sangre nuestra tierra fue regada
  Y dejó nuestras haces la victoria,
  Y el reino de Alhamar corrió a su ruina
  Irritando la cólera divina.
  
     Reinó el furor en vuestros corazones
  Sin quedar un destello de esperanza,
  Escuchasteis la voz de las pasiones, [260]
  Escuchasteis la voz de la venganza,
  Y vieron de Castilla las legiones
  Teñida en propia sangre vuestra lanza,
  En sangre que aumentaba cual torrente
  Del Genil y del Darro la corriente.
  
     Cristalino Genil, que te deslizas
  Por apacibles cármenes y vegas;
  Dorado Darro, tú que fertilizas
  Los campos con tus ondas y los riegas;
  Darro, que con el Betis rivalizas,
  Genil, que de Granada al muro llegas,
  ¡Visteis teñir en sangre las espadas
  Contra los mismos hijos afiladas!
  
     ¿Dónde está la ciudad, la que extendía
  Su nombre hasta las playas del Oriente,
  Y del viento en las auras se mecía
  Embalsamando el regalado ambiente?
  El Darro su corriente dirigía
  Por los frescos jardines de Occidente,
  Y mansión de perpetua primavera
  Del Darro y del Genil fue la ribera.
  
     Ya cayó la potencia granadina,
  Muerto está su valor y su pujanza,
  Sombras mil se levantan de su ruina, [261]
  Rota y sin brillo está la antigua lanza;
  El rayo de la cólera divina
  Tomó de sus ofensas la venganza,
  Y lanzó en el sepulcro del olvido
  El reino de Alhamar fuerte y temido.
  
     Doblaron la rodilla al extranjero
  Esos fuertes caudillos musulmanes,
  Y no hubo entre nosotros un guerrero
  Que resistiera en pie sus alazanes;
  Y Boabdil al dejar el suelo ibero,
  Huyendo de la guerra los afanes,
  Por Granada lloró y por sus placeres;
  ¡Tiempo era de llorar como mujeres!
  
     Envuelto entre las ruinas de Granada,
  De la Libia en los secos peñascales,
  De la Libia sedienta y abrasada,
  Más fiero que los tigres y chacales,
  Volví la vista a la ciudad amada
  Y corrí a los desiertos arenales;
  Juré vengar la afrenta recibida
  Y mi patria vengar de su caída.
  
     Siguiendo la bandera desplegada
  Corramos hacia el templo de la gloria,
  En ruinas sepultemos a Granada, [262]
  ¡El fuego alumbrará nuestra victoria!
  Y empuñando la mano ardiente espada,
  De nuestros triunfos la inmortal memoria
  Escribamos con sangre en sus almenas,
  Y rompamos por fin nuestras cadenas.»
  
     Calló el Ferí, sus últimos acentos
  Por las concavidades retumbaron
  Y llevados en alas de los vientos
  En lejanos espacios resonaron;
  Dejaron los ancianos sus asientos
  Y los mozos sus armas empuñaron
  Y al joven capitán, al extranjero,
  Contestó así Gazul, viejo y guerrero:
  
     «También Toledo vio y Sevilla un día
  Triunfante el estandarte mahometano,
  Y la fértil y rica Andalucía
  Obedeció la ley del africano;
  Imperio poderoso que temía
  El reino de Aragón y el castellano,
  Imperio que Almanzor llevó hasta el Duero
  Y dilató con su glorioso acero.
  
     Lleva al combate, a la victoria lleva
  Las indomables huestes sarracenas,
  Tu mano la pesada lanza mueva, [263]
  Dirige las legiones agarenas;
  El nuevo triunfo, la victoria nueva,
  Quebrante de tu patria las cadenas,
  Que por jefe y caudillo te aclamamos
  Y perpetua obediencia te juramos.»
  
     Las últimas palabras del anciano
  El pueblo repitió con voz de trueno,
  Adelantose el jefe mahometano
  Hasta el centro del campo sarraceno
  Y juró destruir el castellano
  Imperio y el poder del nazareno,
  Y romper de su patria las cadenas
  Y conducir las huestes agarenas.
 
     Mil valientes por jefe le aclamaron
  Y vibrando las corvas cimitarras
  Obediencia y respeto le juraron,
  Y el eco resonó en las Alpujarras;
  El pendón granadino tremolaron.
  ¡Castellano león, muestra tus garras,
  Que con guerra amenaza ya tu seno
  El oculto enemigo sarraceno!
 
     La clara luz del sol se oscurecía
  Y cubriendo la tierra denso velo,
  Entre las sombras de la noche fría [264]
  Pálida luna iluminaba el suelo;
  Y sus trémulos rayos dirigía
  Por las espesas nubes que en el cielo,
  Confusas y sin orden, semejaban
  Fantásticos espectros que cruzaban.
 

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