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ArribaAbajoLibro segundo

Continuaba a sentir Eusebio la dulce impresión de la ternura que le causaron las vivas demostraciones de Adelaida, fomentándosela Hardyl que le decía la suma y pura satisfacción que él mismo también sentía por haberla sacado del miserable estado en que la encontraron y por haberla restituido tan felizmente a su familia. Renovaron con esto la memoria de la suma perfidia y maldad del infame Lorvál, extrañando Eusebio que encubriese tan impío y ruin corazón bajo la mentirosa apariencia de su blanda modestia y circunspección, nuevo motivo para que procediese Eusebio con mayor cautela y desconfianza en el trato con los hombres, sintiendo el verse precisado a poner freno a la efusión de su bondad por los dobleces y engaños de los mismos.

Tratando de estas cosas llegaron al lugar en que le sucedió el caso con el cochero, contándole Eusebio la manera cómo se había portado con él, dándole dos luises y prometiéndole, a más de esto, satisfacer todos los gastos de su cura. Esto fue lo primero que atendió después que llegó a París, procurando informarse del mesonero, que fue el que hizo venir el fiacre del lugar donde paraba dicho hombre; y sabiendo que había ido a curarse al hospital, como sentía repugnancia de ir a tales lugares por el asco que le causaron las salas de Bicetra, creyóse dispensado de la palabra que le dio de satisfacer los gastos de la cura, pues ésta nada le costaba al herido.

Pero la delicada honradez de Eusebio no podía descansar con esta mezquina excusa, que le sugería la repugnancia que sentía de ir al hospital, y la miró como indigna de la generosidad de su corazón; y aunque le ocurrió enviar a uno de sus criados con el equivalente de la cura, pero por lo mismo que no podía desprenderse de la repugnancia de ir él mismo en persona, quiso vencerla, comunicando a Hardyl esta especie. Hardyl se la aprobó, no porque le obligase el cumplimiento de la palabra, no subsistiendo el motivo para cumplirla, sino porque la honradez del corazón se fortalecía con el cumplimiento de tales menudencias, las cuales, si se dejaban de ejercitar por reputarlas de poca consideración y porque no nos obligan, engendraban dejadez en el ánimo para cumplir con las de mayor monta; de donde procedía el sobrado amor de sí mismos en la mayor parte de los hombres, que los endurece para no hacer ni cumplir sino aquello que les trae cuenta y que les viene bien, o que no les debe costar ninguna incomodidad; porque si ésta les muestra su mala cara, háceles olvidar sus promesas o no se las deja cumplir.

Esta indiferencia e insensibilidad, principalmente sobre lo que se promete, destruye la hombría de bien que caracteriza al corazón español, continuaba a decirle Hardyl, por más que se pretenda atribuir esta buena partida a la soberbia nacional. ¿Pero no vale más que el hombre sea honrado y cumpla con lo que promete por principios de noble soberbia, hija del verdadero honor, que no que se muestre sin fe y sin palabra por altanera insensibilidad, hija de un ánimo ruin y de viles sentimientos? ¡Cuán pocos son los hombres que proceden y obran bien por solo amor de la virtud! ¿Pero, aunque la honradez deje de tener la virtud por fin, dejará por eso de ser estimable? Y aun así, ¿no dispone insensiblemente al corazón para recibir las impresiones de la humanidad?

Después de haberle hecho Hardyl un largo discurso sobre esto, quiso ir con él al hospital, y habiéndose informado de la cama en que estaba el herido cochero, lo van a visitar. Eusebio fue el primero a preguntarle por el estado de su salud. La venda que le cubría la cara de medio abajo, dejando libre la frente desgreñada y los ceñudos ojos, le daba un horrible aspecto; y las torcidas miradas con que acompañaba las voces roncas e ininteligibles por la venda que le cubría la boca, manifestaban el rencor con que correspondía a la humanísima atención de Eusebio. Éste, aunque no pudo comprender lo que decía, echó con todo de ver la rabia que le bullía en el corazón; y así, para no irritarlo más, resolvió entregarle otros dos luises, diciéndole sólo que había venido a cumplir la palabra que le dio de satisfacer los gastos de su cura y que allí tenía el equivalente, poniéndole los luises envueltos en un papel debajo de la almohada, dejándoselos poner el herido sin hacerle ninguna demostración de gratitud. Eusebio, con todo, se despidió de él con la misma afable humanidad, porque no llevaba pretensión de ser correspondido, usando sólo con aquel infeliz de su honrada generosidad, por satisfacer a los impulsos de su bondadoso corazón.

¡Pobre Eusebio, que vas a comparecer a los ojos de aquellos que, desde el trono de la comodidad y de la abundancia, engreídos de su riqueza y fausto, adorados de la adulación y del respeto de sus inferiores, te contemplan tan humano, y comedido con quien tan gravemente te injurió! ¿Querrán por ventura dignarse de aprobar tu sublime paciencia y tu admirable sufrimiento al golpe del látigo que sobre ti descarga, sintiendo ellos mismos encendérseles la sangre de enojo y armarse su venganza de rayos contra quien te ultraja? ¿O bien tacharán tu noble moderación de poquedad de ánimo o despreciable cobardía? ¿Con qué ojos mirarán tu determinación de ir a ver por ti mismo a tu feroz ultrajador? Como quiera que la miren, cualesquiera que sean sus sentimientos, ¿equivaldrá por ventura la enardecida venganza del honor, que hubiesen podido tomar en tal lance, a la respetable mansedumbre de tu sufrimiento?18. ¿Su dura insensibilidad, o su vengada altanería, hubiera probado después el celestial consuelo y la superior satisfacción que recompensará toda tu vida tu magnánimo sufrimiento y tu noble beneficencia?

Penetrado del gozo interior que le dejaba el vencimiento de su repugnancia, y de la limosna que acababa de hacer al enfermo, salía Eusebio del hospital en compañía de Hardyl para volver al mesón siendo hora de la comida, pero debieron esperar a la mayor parte de los forasteros que no acababan de llegar. Recompensaron ellos la impaciencia en que tenían a algunos de los que los estaban esperando con la singular noticia que traían, y que fue la causa de su tardanza, diciendo a gritos: Milagros, señores, milagros; venimos de ser testigos de ellos; ciegos que recobraron la vista, tullidos que quedaron sanos. Decían esto pálidos y acezando, llevando impresos en sus rostros y sentimientos los efectos de la admiración e infundiendo en los que los oían la misma pasmada palpitación que ellos sentían.

Toda extraordinaria maravilla la causa, especialmente aquella que nos parece participar del terrible impulso de la mano omnipotente. Una aurora boreal que tiñe la tenebrosa esfera de su rojo esplendor; un cometa que extiende la formidable brillantez de su cola luminosa, amedrenta los ciegos corazones de los mortales, haciendo en ellos maravillosa impresión. Un milagro, a vista de inmenso pueblo, trastorna y enajena los ánimos más firmes. ¡Qué mucho que aquellos forasteros saliesen fuera de sí habiendo sido testigos de tantos como decían!

Eusebio, que estaba sentado en la mesa al lado de Hardyl, cotejando su fría indiferencia con la sorpresa y agitación que veía en los otros mientras conversaban sobre los dichos milagros, le dijo al oído con voz baja: ¿Qué, será verdad, Hardyl, todo esto que cuentan? -Lo veremos; pero me acuerdo haber oído en una comedia española:


De las cosas más seguras,
la más segura es dudar.



Tal vez durarán esta tarde los milagros; y si así sucede, podremos ir a verlos también nosotros. Volviéndose entonces a uno de aquellos forasteros que contaban los milagros, le preguntó en dónde se obraban. En el barrio de San Marcelo, le respondió él, y en el sepulcro del diácono Pâris. Hardyl calló y prosiguió a comer. Mas otro forastero, al oír esto, le dijo: ¿Cómo es posible que el diácono Pâris haga milagros, si sé muy bien que era jansenista?. Aténgome a lo que yo mismo vi le respondió el otro. Y aunque el que le hizo la pregunta sobre la imposibilidad de hacer milagros un jansenista, no acababa de creerlo, se encogió de hombros, sin saber replicar al terrible argumento de haberlos visto hacer él mismo con sus propios ojos; siendo así que lo podía aterrar tan fácilmente, negándole que los hubiese visto. Pero si parece mal desmentir a un hombre honrado en sus barbas, lo es mucho más tratándose de milagros, cuya maravilla preocupa la opinión del hombre y la avasalla a la admiración.

Esto no impidió que se trabasen de razones sobre el jansenismo y sobre los milagros, sin tomar partido Hardyl ni Eusebio en tales materias, dejándoles disputar. El empeño hubiera durado hasta después de acabada la comida, si no los hubiese interrumpido una gran algazara y vocería. La disputa distraída de estas voces, al tiempo que preguntaban por la causa de ellas, se ven comparecer en la sala en donde comían un ciego acompañado de mucha gente, a quien acababa de restituir la vista el nuevo taumaturgo. Renuévase entonces la admiración en todos y el entusiasmo de los apasionados. Hardyl mismo sintió que titubeaba la firmeza de su juicio, con tanto mayor motivo para ello por cuanto aquel mismo ciego solía estar de asiento a la puerta de aquel mismo mesón pidiendo limosna, y habiéndosela dado él mismo algunas veces.

Los otros forasteros, que solían verlo también de continuo a la puerta, no contentos de mirar sanos y abiertos los ojos de aquel hombre, le presentaban varios objetos para quedar más satisfechos y certificados de aquella maravilla. Saliéronse luego unos tras otros para ir a fomentar su admiración en el mismo sepulcro. Salió también Hardyl con Eusebio. Las calles, casas, tiendas y plazas resonaban del eco de los milagros; jamás la gran ciudad de París se vio tan llena de prodigios. Las gentes salían desaladas de sus casas; ni la edad decrépita ni el sexo hallaba obstáculos para ser testigos de aquellos portentos. Los mismos enfermos dejaban sus camas sin ningún reparo, animados de la esperanza y del fervor de su fe para ir a recobrar la salud. Alquilábanse a peso de oro las sillas de manos, y los imposibilitados a conseguirlas o a pagarlas hacíanse llevar en brazos.

Era tan grande la afluencia de la gente que por todas partes se encaminaba al barrio de San Marcelo, que Hardyl y Eusebio llegaron a él sin tener necesidad de preguntar, siguiendo sólo el hilo de la gente. Mas al acercarse, como se apiñase el gentío impelido de las ansiasde ver milagros, Hardyl dijo a Eusebio: Escabullámonos de aquí, no sea que nos ahoguen, pues a buen seguro que no nos restituya la vida ese prodigioso diácono, si la perdemos por tan inconsiderada curiosidad. Apenas acababa de decir esto, cuando se levanta una gran vocería de la gente que decía: ¡Un muerto resucitado! ¡Un muerto resucitado! Al oír esto Eusebio, no puede resistir a los deseos de su curiosidad, y dice a Hardyl, que había doblado una bocacalle para escapar de aquel tumulto: Esperemos a ver si pasa por aquí ese hombre resucitado.

¿Mas qué esperáis saber de él?, le pregunta Hardyl, ninguno de los que volvieron a la vida nos dejó memorias de lo que vieron en el otro mundo, ni de cómo les fue por allá; por esto, sin duda, fingieron los antiguos que las aguas del río Leteo causan olvido; de modo que ni aun especie les queda de su muerte a los que murieron. Con todo, si queréis satisfacer vuestros curiosos deseos, nos podremos informar primero quién es ese muerto resucitado, y luego que el entusiasmo del pueblo se habrá sosegado, iremos a verlo a su casa. Persuadido de esto Eusebio, sálense a pasear por el Baluarte. El mismo fanatismo, las mismas voces del pueblo se oían por donde quiera que caminaban. La materia prestaba para largo discurso; Hardyl la siguió, diciendo a Eusebio: ¿No os parece que tenemos dos buenos casos a la mano para certificarnos de la verdad de esos milagros? -No sé qué casos queráis decir. -El del ciego del mesón y el de la cura del calesero sin nariz que dejamos en el hospital, si acaso se la repone entera el diácono Pâris porque, a la verdad, yo creyera antes al milagro de un miembro añadido al que está sin él, que a un muerto resucitado.

¿Pero podéis dudar de la vista restituida al ciego del mesón? -De lo que no dudo es de que últimamente veía. ¿Pero quién me podrá asegurar que estuviese antes ciego? ¿Sabéis cuántos picarones sacan renta de sus fingidas desgracias? -¿Mas qué necesidad tenía de fingirlo, o de dejarlo de fingir después, si con esto cesa la renta que decís que podía sacar de ese engaño? -¡El interés, Eusebio, tiene tantas miras y dobleces! Dios sabe cuánto le valió el milagro. Lo podéis inferir por las generosas limosnas que sacó en el mesón. A más de que, si sanó en aquel barrio ¿qué le cuesta ir a cegar a otro, después que se haya disipado el entusiasmo del pueblo? ¿Sabéis cuántos fines y motivos pueden mover al corazón humano? Un milagro falso y aparente puede tener resortes tan imperceptibles y tan ocultas manecillas que sacarían de tino si se llegasen a penetrar.

Mas el pueblo está bien ajeno de ir a indagar tales cosas; y aunque la admiración no deslumbrara a su rudeza, ¿quién fuera tan atrevido que quisiese poner duda en ellas, creyendo profanar los arcanos de la omnipotencia, si les ocurre introducir en ellos los recelos de una prudente reflexión? De aquí tanta caterva de falsos milagros, confundidos con los verdaderos, introducidos o fingidos del interés, y abrazados de la credulidad del vulgo. De aquí el confundir la santidad con la maravilla y el quilatar la virtud por los prodigios, con que insensiblemente se fomenta la hipocresía de los que aspiran a ganarse el concepto de la gente con exterioridades devotas y penitentes, las cuales pueden ponerlos en lances de hacer o decir cosas que huelan a milagro, o a revelación y profecía, porque las circunstancias del lugar, del tiempo, o de las personas que son testigos pueden dar un gran crédito a lo que no hay, deslumbrados de la veneración y concepto que los tales se granjearon19.

¿Pero cómo queréis saber si es verdadero o falso el milagro del ciego del mesón? -Dejadme hacer a mí, pues por saber una verdad que puede redundar en mayor conocimiento del corazón humano, bien podremos sacrificar algunos luises. Entretenidos en estos discursos, se restituían al mesón después del paseo, al tiempo que encontraron al lord Som... que volvía también a él; e informado de lo que trataban, les dijo con un género de enfadada admiración que venía de casa de la duquesa de P... la cual acababa de dar mil escudos por los rotos calzones del diácono Pâris. Eusebio lo extrañaba tanto, cuanto se desatinaba el lord Som... por la extravagante devoción de la duquesa. Pero Hardyl les dio motivo con otros ejemplos que les contó de piedades semejantes, para que no les extrañasen tanto; y como el lord continuase la conversación sobre los milagros que había oído, Hardyl le contó el del ciego del mesón, al cual no se había hallado presente el lord Som... por haber comido aquel día en casa de la duquesa. Luego le propuso si quería entrar a la parte de lo que se pudiera gastar para certificarse de la verdad de tales milagros.

El lord vino de buena gana en ello y remitieron la prueba al otro día. Pero como el gobierno se asombrase del gran entusiasmo del pueblo, quiso poner la mano mandando cerrar el sepulcro y prohibiendo que ninguno se acercase a él, con lo cual se agotaron enteramente los milagros y cesó el fanatismo por ellos, sin pensar más Hardyl en la prueba que había determinado hacer sobre el ciego. Pero como de allí a pocos días saliese temprano del mesón del lord Som... y encontrase a la puerta de él al mismo ciego amilagrado, que había vuelto a su antigua ceguera, sube arriba para avisar a Hardyl de esta novedad, exhortándolo a que hiciese la prueba que quería hacer. Hardyl condesciende y, llamando a Gil Altano, le da orden para que vaya a la puerta del mesón a decir al ciego que había unos forasteros que lo deseaban ver; y que lo ayudase a subir.

Entretanto, el lord, Hardyl y Eusebio esperaban en el cuarto al ciego, que de allí a poco, acompañado de Altano, arrastrando los pies y haciendo tropezar el palo en las sillas y puertas que encontraba, entra diciendo Deo gracias, ¿cuál es el alma bendita que desea apiadarse de este ruin pecador, a quien por sus pecados no permitió el Señor, ni su Madre Santísima que gozase más tiempo del prodigioso milagro obrado en él por la intercesión del bienaventurado san Pâris? -¿Tantos pecados habéis cometido, hermano, después acá, le dijo Hardyl, que hayáis desmerecido por ellos no disfrutar más del prodigioso efecto de la intercesión del bienaventurado diácono? -Dios me libre, señor; pecado, ninguno que yo sepa; pero las permisiones de Dios son tan inescrutables. A la verdad, le dijo Hardyl, es bien que no nos metamos en ellas; y, así, dejándolas aparte, desearía saber milord Som... que está aquí presente, si erais ciego de nacimiento.

Que bien haya su excelencia, mi señor milord Som... pero por gracia de Dios cegué hace sólo seis meses. -Linda gracia es ésta, le dijo Hardyl, que recae sobre ceguera de seis meses; pero os entendemos por discreción. ¿Antes, pues, de cegar teníais algún oficio? -Era aguador para servir a vuesa excelencia. -Lo siento sobremanera, dijo Hardyl, y no sé si será mayor ahora vuestro sentimiento por haber cegado de nuevo, que la primera vez que cegasteis, tal vez, por enfermedad.

-Por gota coral, cabalmente. -Cabalmente, hermano, la gota coral no trae consigo tales consecuencias; pero en vos debió ser sin duda tan fuerte que os debió cegar. -Así es, excelentísimo señor; y antenoche volví a sentir los malos efectos de esa enfermedad, de donde me procedió repentinamente esta nueva ceguera. Bendito sea Dios.

De aquí infiero, prosiguió a decir Hardyl, que ese glorioso san Pâris no se cuidó mucho de curaros radicalmente, porque si hubiese ido a la causa del mal no os vierais ahora otra vez ciego; y háceseme tanto más sensible esta vuestra nueva desgracia, por cuanto milord Som... sintiéndose propenso a favoreceros, había determinado poneros tienda en que pudieseis ganaros la vida muy honradamente si no hubieseis cegado. -(¡Pesia tal, si lo hubiese sabido un poco antes!) exclamó el ciego entre dientes; e inmediatamente prosiguió a decir: Loada sea mil veces la generosidad de su excelencia, mi señor milord Som... ¡Ah, altísimo señor, apiádese vuestra excelencia de este infeliz, que tiene que mantener, a fuerza de importunidades, su mujer y dos hijas, a las cuales se les abriría el cielo si vuesa excelencia se dignase ponerles esa tienda que dice!

Bien, dijo el lord Som... pero primero sepamos qué tienda quisierais poner estando ciego como estáis. -Tienda de perfumador, mi señor; una de mis hijas es muy diestra en hacer pomadas, polvos, jaboncillos de olor, albayaldes, aguas de la reina y otras cosas que acabadas de labrar, se despachan luego en París. Con esto pasaríamos una vida decente, sin irme yo dando de hocicos por esas esquinas e importunando a la gente. -¿Pero deberá costar mucho el poner esa tienda?, dijo Hardyl. -Ciertamente que necesitaría yo para ello de veinte o treinta luises, ¿pero qué son treinta luises para su excelencia, mi señor milord Som...? -Son bastante, dijo Hardyl, para hacer mirar antes cómo se dan. ¿Treinta luises? ¡Como quien nada dice! Siendo ellos bastantes, con poca industria que tengáis, para enriqueceros dentro de pocos años y si tuvierais vista y ojos sanos para poder reduplicar tanto el caudal que llegaseis a ser un rico mercader, y pasar, con el tiempo, de aguador y mendigo a persona principal en el reino.

(¡Cuerpo de mí!, dijo aquí el ciego). Pero, con todo prosiguió a decirle Hardyl: El lord Som... no tendrá dificultad de poneros esa tienda si le satisfacéis un capricho que le vino. -¿Un capricho? ¿Nada más que un capricho? Enhorabuena; veamos cuál es ese capricho, y si lo puedo satisfacer. -El capricho, hermano, es el saber si el milagro que obró en vos el diácono Pâris es verdadero, o bien hecho a fuerza de soborno. -(¡Cátate aquí, Antón, entre el martillo y la bigornia!). ¿Mas señor, qué puedo yo saber de soborno? -Lo podéis saber, si se os dio dinero para que fingieseis el milagro, como se dio a otros que yo sé para este mismo fin. El tío Antón comienza a rascarse la cabeza y a titubear. Hardyl prosiguió a decir: No veo por qué debáis tener reparo en confesar la verdad, pues los que estamos aquí somos todos forasteros. Milord Som... es inglés, que debe partir dentro de pocos días, y nosotros españoles, que partiremos también presto, prometiéndoos de guardaros un secreto inviolable si nos decís la verdad; pues como dije esto no es más que un capricho, y si lo satisfacéis, tienda puesta.

¿Pero no vio, vuecelencia, que antes que se obrase en mí el milagro estaba ciego a la puerta de este mesón? -Podíais hacer el ciego sin serlo de hecho. Esto es cosa común en las ciudades grandes, efecto de la miseria y de la necesidad; pues al cabo vale más hacer el ciego que no alcahuete y capeador. Antes bien fuerais digno de alabanza de haberlo hecho así, como lo sois de nuestra compasión. Y así veis, hermano Antón, que os es honrosa la palinodia. Ea, alzad esos párpados; pues si la necesidad os los hizo cerrar, otro mayor y más honrado interés os los debe hacer abrir. El picarón del ciego comienza a reír socarronamente, diciendo: Señor, por vida de los treinta luises, que no puedo obedecer a Vuecelencia, si no me manda traer agua caliente.

Ea pues, Altano, dijo Hardyl, corre a traerla. ¿Pero para qué necesitáis del agua caliente? -Señor, llevo pegados los párpados con cola de pescado, porque si no, no pudiera recatarme en muchas ocasiones de parecer ciego. -¿No erais, pues, ciego antes del milagro y fingisteis serlo, y lo dejasteis de ser porque os sobornaron para ello? -Señores, pactos claros: lo descubriré todo con la condición que su excelencia prometa darme los treinta luises para la tienda, pues se trata de dejar un oficio que me vale no poco, aunque a costa de una gran privación, cual es la de la vista. -Mi palabra la tenéis ya, dijo el lord Som... y si no os contenta mi promesa, os juro sobre mi honor que os serán pagados los treinta luises para la tienda.

Diciendo esto el lord, entra Altano con un barreño de agua caliente, y dice al ciego: Aquí tiene el tío Antón el milagroso colirio; mundo es menester correr para saber creer. ¿Dónde está?, dijo el ciego, dadla acá; y Altano se la presenta. Pero como el ciego metiese la mano para lavarse los párpados estando hirviendo el agua todavía, la retiró arrojando un ¡ay! desaforado; y luego, batiendo castañetas en el aire y soplándose los dedos con tan burlescos ademanes que el lord, Eusebio y Altano, no pudiendo refrenar la risa, prorrumpen en carcajadas tendiéndose por aquellas sillas; y estuvo a punto de acabar así aquella comedia, sin desata el nudo, que era lo que más les importaba. Porque el ciego enojado, creyendo que le hubiesen querido dar aquel chasco por la extremada risa de que tanto más reventaban cuanto eran más ridículos y airados los visajes que hacía, quiso tomar la puerta para irse, diciendo al aire: Pícaros, bribones: ¿entre vosotros el lord Som...? Un hi... de pu... debe ser él.

Por buena suerte, en vez de tomar la puerta, se encamina hada la ventana, al tiempo que Hardyl, sintiendo ver al ciego tan enojado, mandó seriamente a Gil Altano que se fuese; y tomando al ciego del brazo, comenzó a sosegarlo diciéndole que estaban bien lelos de quererle hacer ninguna mala burla con aquel accidente del agua, que había sido sólo inadvertencia del criado que la trajo; luego le rogaba no quisiese perder aquella ocasión que la fortuna le presentaba; y que si no se persuadía de su sinceridad, que podía volver con los ojos despegados para certificarse. El lord acudió también a él, haciéndole las mismas protestas y renovándole su promesa; Eusebio no estaba para decirle cosa alguna, mordiéndose la risa que todavía le duraba.

Tanto hicieron y tanto le dijeron que recabaron de él que volvería aquella tarde con los párpados despegados y que, luego que le contasen los treinta luises, contaría el soborno del milagro, y no de otro modo. Con esto le dejaron ir, haciendo que Taydor lo acompañase, y quedando ellos con mayores ansias de saber lo que deseaban admirando el ingenio del ciego y la fuerza de la cola con que se pegaba los párpados, pues en ninguna ocasión los debiera abrir más presto, si lo pudiera hacer, que en la del agua hirviendo y en la del enojo que tomó por la risa de Altano y de Eusebio.

Aquella tarde lo esperaron tanto que el lord Som... temiendo que no viniese más, se despedía ya de Eusebio y de Hardyl para salir de casa, al tiempo que se lo ven comparecer con un palmo de ojos, pareciendo otro hombre. Diéronle los parabienes por haberse determinado a recobrar el uso de un sentido tan precioso, y compadecieron la necesidad que lo había obligado a privarse de él. Agradecióles el tío Antón sus buenos términos diciéndoles que el dinero tenía tanta fuerza para con los necesitados, que no debían extrañar si hacía y deshacía tales milagros, pues hacía y deshacía otras cosas peores.

Eso lo sabemos, dijo Hardyl, lo que ignoramos es el modo como os sobornaron y lo que os dieron para que fingieseis el milagro, y quién fue el que os cohechó. Aunque la historia es algo larga, dijo el tío Antón, cumpliré con mi empeño lo más brevemente que pueda, haciendo antes solemne protesta: por esa luz bendita de que ahora gozo, que es la pura verdad lo que diré a vuesas excelencias, con la esperanza de los treinta luises que se me prometió, bajo palabra de honor. No pongáis duda en ello, dijo el lord; y para quitaros todo recelo, voy a dar orden a mi mayordomo que me traiga los treinta luises. Dicho esto, vase a la puerta, y llamando a uno de sus criados, manda que avise al mayordomo que le traigan aquella cantidad. Luego comenzó el tío Antón a decir así:

Lo primero que deben saber vuesas excelencias es que tengo un hermano, el cual, haciendo el oficio de carbonero, solía llevar algunas veces carbón a los padres del... y como era devoto, cayó tan en gracia su buen genio y devoción al padre procurador, que quiso tenerlo en el convento para que sirviese a los padres, y a fuerza de instancias y de promesas lo consiguió. Después de algún tiempo que estaba con ellos, me encontré con él un día (me acuerdo que fue en el puente nuevo, frente a la estatua de Enrique cuarto) y me dijo que deseaba de mí un servicio muy importante y que esperaba que no se lo negaría, pues había de redundar en provecho mío.

Obtenido mi consentimiento, me propuso si quería hacer el ciego. Al oír una tal proposición, creí que se hubiese vuelto loco, pero insistiendo él seriamente y proponiéndome que se me daría un franco diario y que sería mucho más lo que recogería de las limosnas haciendo el ciego, me resolví a abrazar el partido, pues me ahorraba del trabajo de un oficio muy cansado y que me daba tan corta ganancia. Él me sugirió también la cola que debía usar para pegarme los párpados de modo que no se conociese; después de haberlo probado, resolví venir a este mesón de Luxemburgo, como al más concurrido de París, lisonjeándome de hacer mejor mi agosto. La elección no me salió vana, ni tenía más que desear, echando de ver en poco tiempo la mejora del oficio por las abundantes limosnas que recogía y por los ocho francos al principio de cada semana que me venía a dar mi hermano. Este no quiso con todo decirme el motivo de tan extraña pretensión e hiciese el ciego, ni quien era el que alargaba aquella propina. Mas haciéndoseme cada día más extraño el motivo que podía tener mi ceguera, creció tanto mi curiosidad, que para obligarlo a que me lo declarase, le dije que no sabiendo yo por cuanto tiempo debía privarme de la luz, se me hacía ya tan pesada aquella ficción, que me vería obligado a recobrar el uso de tan necesario sentido, si no me decía el tiempo en que había de persistir en aquella briba, y el motivo por el cual pretendía que yo la hiciese.

Mi hermano, aficionado entrañablemente a aquellos padres e interesado en sus devotos designios, me dijo que tuviese paciencia por un poco más de tiempo, pues sólo me duraría hacer el ciego el tiempo que durase la enfermedad del diácono Pâris, por cuanto hacía algún tiempo que se hallaba enfermo el mismo, dando pocas esperanzas de larga vida; y que luego que hubiese muerto, me vendría a dar el aviso, y que me conduciría a su sepulcro, donde podría publicar a voz en grito mi recobrada vista por el mérito del difunto dejándome de pegar los ojos aquel día para poder abrirlos en el lance, pues así convenía para la mayor gloria de Dios y de su santo.

Confieso a vuesas excelencias que me hallaba ya tan bien en aquel nuevo estado, que sentía que el santo diácono me privara con su muerte de los ocho francos cada semana, porque, al cabo, la privación de la luz era voluntaria y sentía mayor gozo al ver mis hijas y mi mujer cuando, vuelto a casa, me despegaba los párpados; pero no pudo dispensarse de morir el buen diácono, aunque tardó mucho menos de lo que yo hubiera querido. Habiendo venido entonces a darme el aviso de su muerte mi hermano, debía hacer el papel del milagro que me valió bastante; mas esto no recompensaba ni los francos, ni la holgura de mi ceguera, habiendo abierto sólo los ojos para ver con horror el oficio de aguador, al cual debía volver si quería sustentarme a mí y a mi familia, pues ya sabía toda París que no era ciego.

Arremetí, pues, con mis cubetos, los cuales se me hacían más pesados que si fueran de plomo; pero esto no era lo peor, sino el haber perdido las casas a las cuales acostumbraba llevar el agua, sin saber dónde llevarla, hasta que, girando con ella por las calles sin poder despacharla, me llega la noticia que el gobierno había mandado cerrar el sepulcro. Viendo agotado con esto el poder del santo, que sólo había contribuido para hacerme perder mi oficio, me dije a mí mismo: ¿Qué remedio, Antón? Váyase enhorabuena la fama del diácono y volvamos a nuestras viñas; el milagro se hizo, canonícelo quien quiera. ¿Quién podrá negar que no abrí los ojos cerrados al tocamiento del sepulcro? ¿Quién creerá jamás que hiciese desde tanto tiempo atrás el ciego sobornado para recobrar cabalmente la vista en la muerte del diácono?

Al contrario, si me vuelven a ver ciego, vendrán muy afanadas las devotas y otros buenos creyentes a decirme. ¿Qué es esto, tío Antón, qué nueva desgracia os acontece? ¡Altos juicios de Dios, señores míos, les diré yo, altos juicios de Dios! Y cátatelos aquí encogidos de hombros y sin saber qué decir ni qué pensar, se volverán por donde vinieron, después de haber dejado su tanto en el gazofilacio. Volviendo pues a casa, pido la cola, vuelvo a pegar mis pestañas, tomo mi bastón, hágome acompañar de mi mujer y me repongo de mi poste, donde, apenas llegado, vino a herir tan felizmente a mi oído la voz amable, aunque algo gruesa y pronunciada a la esguizara... -Miente el grandísimo bellaco, exclamó Gil Altano que estaba presente, que ningún esguizaro le habló a él, ni a la perra de la bruja que lo parió.

El tío Antón, al oírse esta rociada, se vuelve fríamente a Altano, diciéndole: ¿Pues qué, fuisteis vos el que me vinisteis a llamar? Sin duda seríais también el del agua caliente. Yo, yo fui, le dice Altano, y ojalá te hubiera despellejado, pues ni soy suizo, ni lo fue ninguno de los míos. -Perdonad, amigo, me desdigo y os agradezco que me acompañaseis a este cuarto, en donde por verdadero milagro de su excelencia mi señor milord Som... abriese para siempre mis ojos a la luz, para ver y tocar con ella a mi fortuna, como firmemente lo espero de su palabra de honor y de su generosidad. Per saecula saeculorum amen.

¿Pero todo eso preguntó Hardyl, es verdad? -¡Y cómo si lo es!, dijo Antón, sin duda por esto el gobierno, informado de otros casos semejantes al mío, habrá hecho cerrar el sepulcro. -Qué necesidad tenía Antón, dijo entonces el lord Som... de fingir lo que no ocurriera al diablo; ved aquí las fuentes de gran parte de los milagros. Y habiendo entrado un poco antes su mayordomo con los treinta luises, hízoselos contar y dejarlos sobre la mesa. ¡Qué vista tan deliciosa para quien se había privado del uso de sus ojos! ¡Qué miradas tan anhelantes no vibraba su alma sobre aquel montón de oro que había de ser el cimiento de su fortuna! ¡Cuántos dejan de ser ricos y se quedan pobres por faltarles proporciones semejantes a la que el lord Som... ofrecía al tío Antón, quedando atascada su industria en su miseria!

No se atrevía tocar Antón aquella preciosa cantidad después que se la alargó el mayordomo; y pareciéndole un sueño lo que veía, estregábase los ojos como quien dudaba de haber recobrado la vista. Díjole entonces el lord que se llevase aquel dinero y que cuando hubiese puesto la tienda, pues sólo se lo daba para esto, viniese a darle aviso porque quería ir a verla y certificarse si lo había empleado en ella como decía. Antón, recogiendo los luises con demostraciones de extático reconocimiento y júbilo, prometió hacer lo que le encargaba; luego, inclinándose para besar la mano a tan generoso bienhechor, rehusándolo el lord, se salió sin acordarse que estaban allí presentes Eusebio y Hardyl, tan enajenado lo tenía su alborozo. Partido Antón, Eusebio quiso satisfacer al lord la parte del gasto, poniéndose a contar sobre la mesa los veinte luises que, a tenor de la proposición que le hizo Hardyl, se le debían, pues venía a quedar así repartido el gasto entre los tres, diez por cada uno de los treinta que el lord había entregado al ciego. Mas el lord protestó que no recibiría cosa alguna, diciendo que quería quedar solo acreedor al que había a él solo agradecido la dádiva. Y aunque Eusebio, tocado en su pundonor, le hiciese serias instancias para que recibiese aquellos veinte luises, no lo pudo conseguir.

Esta particularidad contribuyó para que se hiciese más íntima y más familiar su amistad, de modo que el lord Som... ya no sabía pasarse sin Eusebio. Y aunque Eusebio era serio y modesto, mezclaba tan dulce amabilidad en su reservado porte que, a pesar del respeto que exigía de los que le trataban, hacíase acreedor a su cariño, sin dejar él de hacer confianza de quien podía merecérsela. La experiencia le enseñaba más cada día a estar siempre sobre sí sin manifestarlo y a respetar a los que no conocía, sin fiarse de ninguno, costándole no poco irse a la mano por la bondad de su corazón.

Esta justa reserva íbale fomentando insensiblemente la prudencia, hija de la circunspección, y le enseñaba a tomar tino y conocimiento de las personas con las cuales debía tratar. Ninguno conoce mejor al hombre que el que se precave de él. Y así, jáctanse neciamente de conocer al mundo los que se echan de pechos en él, lisonjeándose de saber nadar en todos sus golfos y de triunfar de sus engaños. Conócelo mucho mejor el que, advertido de sus traidores bajíos y falsas bonanzas, mira tranquilo y seguro desde la playa a los que, presumidos de sus fuerzas y discernimiento, luchan a brazo partido con las olas, las cuales presto o tarde hacen escarmiento de su necia presunción.

La modesta reserva de Eusebio, aunque afable, podía merecer el título de tímida y de encogida a los ojos de aquellos que piensan valer más por darse un aire libre y desvanecido que llaman despejo, el cual les fomenta la descarada franqueza con que pretenden sobreponerse a los demás; dando a más de esto un aire marcial a sus afeminados modos y una especie de donosa galantería a su afectada presunción, con la cual, en vez de granjearse el ajeno concepto y estimación, como se lisonjean, hácense al contrario más despreciables, no habiendo cosa ninguna que se haga más risible y digna de menosprecio que la desvanecida afectación del necio. Este defecto nace comúnmente de la opinión que los tales se forman de sí mismos y del desvanecimiento que les infunde la riqueza por hallarse con medios para adornar su presencia con el rico traje.

Eusebio tenía dos fuertes preservativos contra estas flaquezas: conservaba el traje sencillo de cuáquero y el continuo ejercicio de la virtud contenía sus pensamientos en los límites de una moderada superioridad, la cual no se manifestaba al exterior, reservándola sólo para los sentimientos de la virtud que no se sujeta a exteriores apariencias. Otra partida que hacía apreciable su trato y amistad eran las luces y conocimientos que había adquirido con el estudio y que conservaba frescos su feliz memoria, contribuyendo ésta para hacer más amena su conversación, y no para afectar que sabía. Calidad rara en un joven dedicado al estudio de sobreponerse a la vanidad que comúnmente infunden las letras.

Libre de este vano prurito, no traía de los cabellos lo que no venía al caso ni tomaba la mano para interrumpir al que la tenía en el discurso, mucho menos contradecía al que erraba o citaba falso delante de otros; por ansia inmoderada de adquirir concepto a costa de la ajena humillación prefería el modesto silencio, aunque llevase visos de ignorancia y de encogimiento, a la molesta descortesía, contentándose de evitar el error que notaba en otros. Olvidaba que sabía la lengua griega y latina, luego que dejaba tales libros de las manos; y aun a los que sabían que las poseía, les ahorraba la importuna molestia de citar los autores y de sacarlos a plaza, viniese o no viniese al caso, si a ello no era incitado. Y aun entonces lo hacía con tan juiciosa parsimonia, como si el que le preguntaba y el que oía sin haberle preguntado, estuviera también enterado de lo que decía.

Londres y París le dieron muchas ocasiones de ejercitar en esto su moderación; pero en especial la posada en que entonces se hallaba por concurrir en ella muchos caballeros ingleses. Generalmente la nobleza inglesa es la más culta e instruída, efecto ciertamente de la educación. Mas ésta debe su adelantamiento a la filosofía, después que, desprendida de las telarañas y sacudido el moho en que por tantos años la tuvo envilecida la barbarie de las escuelas, dilató sus luces bajo el amparo de la libertad y disipó las tinieblas de las preocupaciones, las cuales, atando el alma y encogiendo el entendimiento del hombre, no le permitían alzar el vuelo al templo de la sabiduría, sino que, como esclavo, lo tenían atado a la argolla de la ignorancia, alimentándolo de sutilezas ridículas y de insulsas puerilidades, temiendo que con la libertad cobrase fuerzas y alas vigorosas para levantarse en vuelo semejante al de Ícaro.

No hay duda que son peligrosos los progresos del entendimiento si no los rige la virtud por el camino de las ciencias. La mente del hombre, exenta y libre de las ataduras de la ignorancia, cree levantarse sobre la tierra y acercarse al seno de la Divinidad, cuyos secretos pretende indagar. Desvanecida de las luces que adquiere, fórjase leyes y principios a su antojo, tomando sus deslumbrados caprichos por norma de la verdad y desdeñando sujetarse al común sentimiento de los demás hombres, a quienes mira desde el trono en que le parece que la colocó la ciencia, como a ganado vil que pace en prado concejil. Su razón altiva, solicitada y adulada de sus pasiones, déjase llevar de sus presumidos antojos; y éstos, sin el freno de la virtud que los pudiera contener, arrástranla al despeñadero del error.

Pero al contrario, el alma contenida de la virtud y educada en el seno adorable de la moderación, de la integridad, del recato, de la templanza y modestia, se levanta, bien sí, en las alas de sus conocimientos al templo de la sabiduría; pero cubre desde allí sus ojos respetosos ante el divino acatamiento, y adorando los secretos inescrutables de su poder y de su providencia, toma nuevas luces de su resplandor para indagar las verdades de la naturaleza, recibiendo de éstas vigor para sacudir las tinieblas de las preocupaciones y de los perjuicios de la ignorancia, y para volver sobre sí misma las luces adquiridas. Purifica así con ellas sus siniestros afectos y sentimientos, y perfecciona su ser, que es la mira principal de la verdadera filosofía y digno tributo del hombre a su divinidad. Ésta, infundiendo en nuestros corazones los destellos de sus divinos atributos, fecunda con ellos las semillas de las virtudes para que, con el uso de la razón iluminada, halle en ellas remedio contra los males que lo cercan y fomento de la felicidad, que en vano el hombre pretende encontrar fuera de su mismo corazón.

En estas máximas había sido educado el lord Som... que era uno de los muchos que se hallaban en la misma posada con Eusebio: pero no tuvo a Hardyl por maestro y no le hicieron poner por obra los sabios consejos que recibía, y los ejemplos opuestos desmentían a sus ojos la enseñanza que le dieron sus maestros. Su alma, no estando amoldada a la virtud, se dejó torcer fácilmente y pervertir de sus ardientes pasiones, provocadas de la grandeza, de la ostentación y de la fortuna que lo acariciaban desde la cuna. No era, pues, de extrañar que, cuan culto e instruido era su talento en las ciencias y erudición, tuviese su corazón tan corrompido y fuesen tales sus máximas que lo hiciesen un consumado libertino. La religión era para él un espantajo formado para el rudo pueblo. La virtud, sueños de los filósofos y un ente de razón que no existía sino en las ideas de la gente devota.

Su suma felicidad era el mal interpretado epígrafe de la escuela de Epicuro; la norma de su obrar, sus antojos. Revestía, no obstante, su conducta con un noble y afable despejo sin resabios de afectación, conservando en su interior las buenas calidades de humano, benéfico y generoso, que pueden hermanarse con los vicios. En algunos de éstos no iba tan recatado el lord Som... que no lo echase de ver Eusebio; pero sabía prescindir en su amistad de la conducta de su amigo, aunque se aprovechase de las ocasiones que le daba su confianza para declararle sus contrarias máximas, no sólo acerca de la religión, sino también sobre las costumbres.

Cuanto más amigable oposición encontraba el lord en los sentimientos de Eusebio, tanto más se le avivaban los deseos de pervertirlo, llevando a mal que un joven tan instruido se anduviese por los tristes andurriales, como le decía, de la filosofía moral, y mucho más que en medio de París fuese con las calzas atacadas de cuáquero. Y sobre esto lo motejaba principalmente; porque, como hubiese maquinado corromperlo, comenzando por el lance que luego le jugó, quería disponer su ánimo para ello, ocurriéndole el estratagema de Eutrapelo, de quien dice Horacio que:


Cuicumque nocere volebat,
Vestimenta dabat pretiosa Beatum enim jam
Cum pulchris tunicis, sumet nova consilia, et spes;
Dormiet in lucem; scorto posponet honestum Officium.



Lo que prueba que el interior necesita de tomar exteriormente preservativos contra los vicios, para fortalecer más los sentimientos interiores del ánimo.

Lisonjeándose, pues, el lord Som... de salir con sus intentos si llegaba a conseguir que Eusebio dejase su traje de cuáquero, insistía siempre sobre ello. Mas Eusebio, en vez de mostrarse resentido, le decía al contrario que no tendría ninguna dificultad de dejarlo y de vestirse a la francesa, ni de llevar el vestido más rico, si no fuera porque estando tan acostumbrado a vestir sencillamente, le causaría mil engorros el nuevo traje; no sólo por el perdimiento de tiempo y las molestias que llevaban consigo el deberse peinar, componerse y asearse, sino también porque si tomaba el traje francés, lo avasallaría a mil etiquetas e inconveniencias de que lo libraba enteramente el vestido de cuáquero.

El lord, no encontrando medio de reducirlo, piensa que lo recabaría por vía de apuesta; y así, comenzó a decirle que tales no eran los motivos como decía, sino que era efecto de preocupación, y que apostaría otros treinta luises para las hijas del ciego que no se vestía a la francesa.

Eusebio, picado de aquella apuesta, la acepta con el fin de ganar los treinta luises para aquella pobre familia. Sobre la marcha se llama al sastre; Eusebio se deja tomar medida y el sastre promete para el otro día el vestido acabado, como lo cumplió. Una de las condiciones que el lord Som... exigía era que se había también de peinar; y a ella vino bien Eusebio porque, aunque veía a bulto los engorros que llevaba aquel traje, no creía que le habían de molestar tanto; pero luego que vio entrar el peluquero con sus hierros, peines, pomadas y polvos, y que comenzó a empapirotarlo y aplicarle los hierros calientes para hacerle los rizos, sintió haber admitido la apuesta, y hubiera venido bien en perderla antes que dejarse martirizar, si Hardyl, riendo del antojo del lord, no le dijera que lo más estaba ya hecho, y que así tuviese un poco más de paciencia y acabase de probar los efectos molestos a que los hombres se sujetan para no faltar a los caprichos de la moda y de los devaneos a que los obliga.

Con esto se dejó peinar; se calza de nuevo y pónese finalmente el vestido, que le venía pintado, diciéndole Altano mil lindezas. Vestido ya del todo, sale para ir a exigir del lord Som... los treinta luises. El lord lo recibe con grandes demostraciones de alborozo y con encomios de su bella presencia, dándole los parabienes por haberse despojado del hombre viejo y del traje ridículo de cuáquero; pero acerca de los treinta luises le dice que no lo creía enteramente vencedor de la apuesta, pues se debía entender que había de salir fuera de casa con aquel vestido y dejarse ver en algunas visitas. Que tal había sido su intención en la apuesta y que para prueba de ello le prevenía que, habiendo estado la noche antes en casa de la duquesa de la Val... y habiéndole contado su apuesta con él, había ella mostrado deseos de verlo, y que aquella misma mañana recibiría recado suyo para que fuese a comer a su casa.

Aunque Eusebio sostenía que las condiciones de la apuesta debían ser claras y no interpretativas, quiso con todo ceder a las pretensiones del lord. Llegó entretanto el billete de la duquesa, que dio motivo para que el lord se lo llevase consigo fuera de casa, convidándolo a ver aquella mañana, antes de ir a casa de la duquesa, el gabinete del rey de Francia, preparándolo poco a poco para el terrible lance que había determinado jugarle aquella misma noche. Estaba bien lejos Eusebio de imaginárselo ni de temerlo; pero por fortuna encontró en el mismo gabinete del rey un preservativo contra las asechanzas del lord, sin reputarlo entonces Eusebio por tal, pues ignoraba el peligro que había de correr su virtud.

¿Quién creyera que pudiese conservar tanta fuerza un objeto insensible, hallado acaso en aquel gabinete, para fortalecer los virtuosos sentimientos de Eusebio en la ocasión más peligrosa? Así el talabarte que había llevado el joven hijo de Evandro, determinó el ánimo vacilante de Eneas para triunfar de Turno. Iban el lord y Eusebio cebando su curioso y erudito gusto en los objetos que se les presentaban. Eusebio mirábalos con reflexión, el lord Som... con delicada ligereza, creyendo ver bastante lo que miraba. Pero no es lo mismo ver que mirar; tantas cosas se presentan a los ojos, que no llegan a los del alma. La vista del sabio es la reflexión.

Como el lord fuese, pues, como ligera mariposa desflorando lo que veía, pasósele por alto una preciosidad, la cual, fijando la atención de Eusebio, llegó casi a sacarle tiernas lágrimas. Era un escudo de plata maciza que hicieron labrar, según se cree, los reconocidos celtíberos a la continencia de Escipión, cuando tomada Cartagena restituyó al joven Alucio su prometida esposa. Eusebio no acababa de desprender su vista de aquel precioso monumento, que atestiguaba la gran impresión que hizo en los ánimos de los españoles la generosa virtud de aquel joven general, mandando labrar aquel escudo para consagrar la memoria de un hecho digno de la veneración de todos los siglos.

El lord Som que había pasado adelante, viendo que su compañero quedaba extático, prestándose a las reflexiones que le hacía nacer aquel escudo que con fatiga sostenía en sus manos, le dijo: ¿Qué viene a ser eso, don Eusebio?-Ved, milord, una adquisición digna de un rey. -Preciosa cosa, voto a tal, ¡no sé cómo se me pasó! ¿Pero creéis que sea del tiempo que nos quieren dar a entender? - ¿Qué, milord, os hace fuerza el caso? -Por qué lo decís, don Eusebio? -Porque parece que no quisierais que se hubiese labrado en aquel tiempo. -¡Qué modesta malicia! ¿Y aunque yo no lo creyera, que podéis inferir de ahí? -El hecho de Escipión, milord, nada perdiera; no necesita su excelsa generosidad de escudos de plata para eternizarse, pero el que se grabase a gasto de los celtíberos o de los romanos de aquel tiempo, probaría la gran fuerza de la virtud en quien experimenta sus adorables efectos. Consultad vuestro corazón.

Sutilizáis, don Eusebio, sin desatarme la dificultad, y sois bien bueno si creéis que el continente mozo, a la vista de seis legiones romanas, lo fuese también en los baños de Baias y en el retiro de Literno. -Mi malicia fue a lo menos modesta; mas la vuestra, milord...-Cuanto le falta de modesta, tanto adquiere de verdadera. -¿Pero las pruebas, dónde están? -¡Bueno está eso! ¿Queréis que los historiadores os vayan a sacar los trapos de sus protagonistas?-¿Luego queréis atribuir la continencia del Escipión en aquel caso al reparo de ser notado de sus soldados, siendo así que éstos se la presentaron como de derecho de la victoria, y no a su virtud? -Me acertáis el pensamiento; y vamos adelante, que la duquesa nos espera.

Eusebio no quiso disputar más; acabaron de ver el gabinete y luego se encaminaron a la casa de la duquesa. Había varios señores de distinción, y entre ellos algunos que alojaban en la misma posada con el lord Som... y con Eusebio, los cuales, sabiendo la apuesta y viendo a Eusebio vestido a la francesa, lo exhortaban a que continuase en llevar aquel traje que le daba mucho realce. La duquesa se mostraba también interesada en ello; pero Eusebio, después de haberles dejado decir, se les puso a contar por respuesta un apólogo a que no tuvieron que responder. Sobremesa, con el motivo contar el lord Som... el escudo que había visto en el gabinete del rey y de la disputa que tuvo con Eusebio, dio ocasión a algunos de los convidados para tomar partido en una cuestión que era de suyo tan curiosa, dividiendo sus pareceres, unos en favor del lord Som..., otros en el de Eusebio.

Pero éste, viendo que las flacas razones que traían sus partidarios en defensa de Escipión daban presa a las máximas y a los presupuestos del libertinaje con que parecía que triunfaban los adversarios, entra entonces con modesto calor y empeño a defender la causa, probándola no sólo por la educación moral, sino también por la física que recibían los romanos con las severas costumbres de aquellos tiempos de Roma: por el ejercicio continuo de sus fuerzas que todos hacían y en que se ocupaba el mismo Escipión, por la pasión de la gloria que podía preponderar en él a los estímulos de la concupiscencia, por el empeño que contrajo con su patria en las críticas circunstancias en que el formidable Aníbal, habiendo ajado el poder de los romanos, amenazaba su total destrucción; empeño que, cargando sobre su edad de veinte y cuatro años, era el objeto de la esperanza de Roma, y que por lo mismo debía ocupar todos los desvelos y pensamientos de quien se llevó los votos del pueblo y del Senado en tan ardua pretensión de reparar la gloria de su patria y de ofuscar la de tan terrible enemigo.

El tratarse la cosa en lengua inglesa que hablaban todos los convidados, fue motivo para que Eusebio pudiese explayarse en otras razones, que tocaban más de cerca la disputa sobre la continencia de Escipión. La duquesa se holgó que le hubiesen dado motivo a Eusebio para razonar sobre aquella materia por la complacencia que tuvo de oírlo, formando, así ella como los demás, una opinión ventajosa de sus prendas y talento, sin exceptuar el mismo lord Som..., el cual sacó de todo esto mayores deseos de probar a Eusebio, para ver si sus obras correspondían a sus virtuosos sentimientos. Y como tenía ya determinado ejecutarlo aquella misma noche, deseaba que llegase la hora de llevárselo a la casa de placer en donde el lord mantenía con grandes gastos una linda cortesana; pues para poderlo efectuar más fácilmente y sin nota, había tramado el lord que la duquesa convidase a comer a Eusebio solo, sin Hardyl, a fin que éste no pudiese impedirles ni trastornarles la ida a la dicha casa.

Acabado, pues, el convite, se lo lleva el lord a paseo en su mismo coche sin haberle prevenido antes sus intentos; y para disimularlos más, hízole hacer aquella noche dos visitas a dos damas inglesas. Luego se lo llevó a su templo de Gnido que así llamaba el lord a la casa a donde lo llevaba. Entrados en ella, le dice Eusebio: ¿Dónde vamos, milord? ¿Qué casa es ésta? -Os aseguro, don Eusebio, que salí con hambre del magnífico convite de la duquesa y véngome a cenar aquí. -Os haré compañía de vista, pues no tengo apetito para gustar el más exquisito bocado. -Mejor para mí; pero a lo menos tomaréis un trago de Borgoña en honor de la digestión.

Suben arriba. El primor, el gusto, la elegancia de los muebles competían con los adornos de los pequeños cuartos. Una suave fragancia, esparciendo sus perfumes, embalsamaba al ambiente por donde quiera que pasaban. ¡Qué casa tan deliciosa, milord! ¿Quién es el dueño? -Lo vamos a ver; y dicho esto, les sale al encuentro un portento de hermosura. ¡Qué perfilado rostro! ¡Qué ojos! ¡Qué primor de talle y de presencia! ¡Qué ternura de juventud! ¡Qué gracias! ¡Qué atrayente afabilidad, mezclada de dulce insinuación y confianza! Eusebio queda enajenado y encogido. Adelante, don Eusebio, que aquí están vedadas las ceremonias, le dice el lord; y asiéndolo del brazo amigablemente, lo introduce y presenta a la deidad, que le recibe con amable sonrisa.

Los dorados espejos y cornucopias duplicaban el resplandor de las velas encendidas, venciendo la claridad de los aposentos a la que recibían del día. Aplómanse sus cuerpos en los mullidos asientos; el lord da orden que cuanto antes traigan la cena. Apenas acaba de salir su criado Wilks con este orden, cuando otra deidad, no menos peregrina que la primera entra a recibir el homenaje del admirado Eusebio. Éste, al verla, se esfuerza a levantarse del mórbido y bajo asiento en que estaba, para saludarla, al tiempo que, advirtiendo el lord su ademán, le dice: Qué hacéis, don Eusebio, afuera ceremonias, no hay que moverse. Eusebio no sabía qué pensar de todo aquello que veía, pareciéndole un encanto. La nueva venida diosa, que era la que le estaba destinada y que de antemano estaba instruida de lo que debía hacer y del modo cómo se había de comportar con Eusebio, se le asienta al lado y lo entretiene con su encantador discurso mientras llegaba la cena.

Un aire de dulce recato hacía resaltar su tierna hermosura y el modesto continente de su persona; se excusaba la inmodestia de su vestido. Mas esto ¿qué era en cotejo de lo que estaba por venir? ¿Hay valor en lo humano para escapar inocente de tales lazos, de tales atractivos? Eusebio, que no conocía la casa en que se hallaba y que no podía atinar quiénes eran aquellas señoritas que parecían ser las amas, refrenaba sus provocados deseos; y la memoria de lo que le pedía el decoro y la modestia hacíale contener sus ojos, esperando de momento en momento que llegase la cena y que, acabada ésta, se volverían al mesón.

Aunque el lord Som... mostraba en su porte, discursos y agasajos con ellas alguna superioridad y confianza, no se había hasta entonces propasado en ningún ademán ni expresión que pudiese dar que sospechar a Eusebio; antes bien, sus discursos coincidían con los enfados y molestias que lleva consigo la grandeza y todas sus etiquetas, hasta que, finalmente, presentan la cena.

Siéntanse los cuatro a la mesa, sin que ninguna otra persona de edad, varón ni mujer, hubiesen parecido. Los mismos criados del lord eran los que servían a la mesa: primera reflexión que hizo Eusebio para sospechar que el lord lo había traído a casa de sus favoritas. Aunque Eusebio no creía tener ganas de cenar; pero el haber tardado la cena y los manjares delicados, servidos con sumo primor en aquel delicioso aposento, comenzaron a darle apetito, y las instancias cariñosas de Hernestina, que era la cortesana que había hecho venir el lord Som... para vencer a Eusebio, lo empeñaron en probar algunos platos.

Un trago del mejor vino del mundo, don Eusebio, y que tal vez no habréis probado jamás, le dijo el lord. -¿Qué vino es, milord? -Este es vino de Tokay. -Dad acá, milord, dice Armanda, que quiero tener el gusto de servir a don Eusebio. Éste quiere muy poco y levanta el vaso contra la botella que Armanda le servía con empeño; pero el vaso quedó casi lleno. Eusebio lo prueba, se embalsama. ¡Vino exquisito, dice, no lo probé jamás, ni lo probé igual! -Creed, don Eusebio, que los antiguos no fingieron deidades iguales a las del vino y del amor. Y desde que Horacio me hizo saber que Catón enardecía su virtud con el vino, juré de no dar otro confortativo a la mía. Hernestina, esa botella que tenéis ahí a la mano creo que es Picolit, si no yerro; otro vino que tampoco probó don Eusebio. -Cabalmente, milord, es Picolit. Y puesto que Armanda sirvió a don Eusebio de Tokay, quiero yo servirle el Picolit.

Perdonad, señora, dice Eusebio, un trago más será capaz de trastornarme. -¿Y queréis darme este sonrojo? ¡Oh! no será así; dad acá el vaso, venga el vaso. -Echad aquí un sorbo primero, Hernestina, dijo el lord, y luego se lo daréis a don Eusebio, pues quiero tocar vaso con él. -No es posible, milord, dijo Eusebio, no estoy acostumbrado a estos excesos. -¿Exceso un trago de vino? -Llueve sobre mojado, milord, y la mesa de la duquesa sabéis que no fue escasa. -¿Pero otro trago qué mal os puede hacer? -El que hace un grano de arena al navío que no lo puede llevar -¡Linda comparación! Pues a fe que Catón no se anegó en una taza de Falerno. -A lo menos probadlo si no lo queréis beber, dice Hernestina, ¿me negaréis también esta gracia? -No merece tanto mi obstinación; tratándose de probarlo solamente, aquí estoy. Eusebio presenta el vaso y Hernestina se lo deja con violencia medio lleno. Eusebio lo aplica a los labios y lo gusta, diciendo: Sea ésta la última prueba que doy a milord de mi amigable condescendencia. El temor de dar al través con su razón, hízolo sacrificar el gusto, dejando el vino en el vaso.

Tantos consejos que había oído y tantas pruebas que había hecho sobre la templanza y sobriedad, algún efecto debían causar en sus sentimientos. El hombre ejercitado en obrar bien, obrará bien muchas veces, aunque sea maquinalmente, o por mejor decir, sin pensar obrar bien. La naturaleza sigue el hábito de la inclinación, según las dobleces que ésta toma. ¿Pero si entonces se le quiere negar el mérito a una obra buena, se concederá por ventura el demérito al que por los mismos términos obra mal? ¿Cuándo el ejercicio de la virtud no acarrease otro provecho al hombre que el obrar bien, aunque sea maquinalmente, desviándolo del mal, no fuera éste un gran provecho de la educación en la virtud? ¿Cuántos son los que pecan, encenagándose a las veces en los vicios, no porque los impelan a ello sus pasiones, sino por sola costumbre de pecar? ¿Dejaron de ser por eso menos culpables o más dignos de excusa?

Los delitos no son tan temibles por sí solos, cuanto porque insensiblemente llevan otros tras sí, sin que el hombre los pueda precaver, tragando hasta las heces del veneno que inficiona su inclinación. Este es el motivo porque causa mayores estragos el vicio, atrayendo con tanta mayor fuerza nuestros ánimos, cuanto más insensiblemente los induce a mal obrar. ¡La ponzoña del mal es tan dulce!, ¡tan amargo el antídoto de la virtud!, ¡son tan pocos los que no nauseen la medicina, aunque sepan que les ha de dar la salud!, ¡son tantos los que tragan la muerte con gusto, porque la beben sin reflexión! ¿Si el hombre antes de ceder a las fuertes instigaciones del vicio, mirase los funestos efectos que puede tener, se dejaría llevar por ventura con tanta facilidad de sus dulces, aunque engañosos alicientes?

¿Mas quién es el que reflexiona sobre su obrar? El que ejercitado desde niño en la virtud, aprendió también con ella a sacudir la falsa opinión que se forman los hombres de su dura insipidez, porque no llegan a saborearla; el que, conteniendo con el freno del temor sus malas y torcidas inclinaciones, está siempre sobre sí y no pierde de vista los malos pasos y despeñaderos a donde lo pueden llevar; el que, fomentando con las máximas de la sabiduría la integridad de su corazón, previene los lances en que ella puede padecer quiebra y con recelo los evita; el que, puesto sin culpa suya en la ocasión, conserva en ella los santos sentimientos y el temor del mal que aquéllos le fomentan. ¿Mas éstos, cuántos son? Pocos, es verdad; mas, ¿esto debe servir de razón para no precaver los males, porque parece arduo y difícil el precaverlos?

Si Eusebio, halagado y desvanecido de tantos objetos provocativos, les hubiera abierto su corazón, prestándose por sobrada condescendencia a la libre efusión de una loca alegría, alma del libertinaje; si la modesta severidad de su genio, contraída a fuerza de irse a la mano de contenerlo en otras ocasiones, no le hubiera engendrado un cauto encogimiento que lo hiciera estar sobre sí; si las máximas y el ejercicio de la templanza no le hubieran facilitado la privación de aquellas cosas que, suaves en apariencia, lo podrían emponzoñar, Eusebio ciertamente hubiera quedado víctima del engaño del lord Som...

Éste, pues, mancomunado con Armanda y Hernestina contra él, al verlo tan sobrio y desganado, instan con porfía con sus ruegos y con su ejemplo. El champaña sucede al vino de Borgoña. Pero Eusebio estaba firme en su sobria resolución. En vano hacían borbollar en los vasos la caída del suave Fontiñan para provocarle las ganas; Eusebio se niega a todas sus instigaciones.

Viéndole el lord tan seriamente desganado, acaba cuanto antes la cena. Los criados desocupan la mesa y desaparecen. El lord se levanta y toma otro asiento. La instruida Hernestina va a ocupar el asiento que habían colocado en frente de una de las cornucopias de la pared opuesta, en la cual el lord Som... había hecho abrir una ventanilla, de modo que desde el aposento inmediato podía ver todo lo que pasaba en el cuarto de la cena, sin ser, ni por sueños, notado; porque la ventanilla quedaba cubierta de la cornucopia y ésta tenía raído la mitad del azogue que formaba el espejo, reducido a transparente cristal. El fin de su loca curiosidad era ver si Eusebio resistía sin testigos a las solicitaciones de Hernestina, a la cual había prometido veinte luises si lo rendía. Pensamiento de la más refinada disolución, y antojo del más descabezado libertinaje.

Vámonos, milord, dijo Eusebio al levantarse de la mesa, Hardyl estará con cuidado. -¿Ahora salís con el pedagogo? Seguro estará que no habréis ido a echaros en el Sena; ¿no queréis que cenen los criados? -Voy, voy a darles priesa, dice Armanda, y se sale con este pretexto. El lord no tardó a seguirle prevaliéndose del mismo motivo, pero con el fin de ir a ponerse cuanto antes tras la cornucopia, dejando solo a Eusebio con Hernestina.

Contaba ésta dieciocho años. La delicadeza de su agraciado talle y de las tiernas facciones de su rostro hacíala parecer de menor edad. Aunque muchacha de partido, su hermosura y las gracias que vencían a su hermosura, habían ennoblecido su vil oficio, prestándose sólo a personas de alto carácter y riquezas que podían darle trato correspondiente a su noble hermosura. Revestía su tierna presencia de un aire tan recatado que, a pesar de las sospechas que le habían causado a Eusebio las circunstancias de la cena, dudaba todavía de su carácter. A todo esto añadía Hernestina una gran cultura de lenguaje y ternura de sentimientos, que exprimía con las lánguidas aunque ardientes miradas de sus dulces ojos, sin que se echase de ver el arte que las animaba.

¡Oh, Eusebio!, ¿con quién las has?, ¿será poderosa tu virtud para resistir a tantos y tan terribles atractivos? El que se dejó tan fácilmente arrebatar de la vista de Henriqueta Smith, el que tan presto consagró su corazón a Leocadia, el que se dejó transportar de los agasajos de la hija de Howen, ¿podrá resistir solo a solo, sin sujeción de dependencia, a las gracias y hermosura de Hernestina que lo convidan? No pudiera ciertamente, si hubiese buscado él mismo la ocasión, si el desengaño que sacó de los inadvertidos ímpetus de su amor no hubiese fortalecido su reflexión; si amedrentado de los funestos efectos del vicio, no hubiese aprendido a amar y abrazar con preferencia la virtud por íntima persuasión, poniéndole por guarda el modesto encogimiento, alma del pudor y preservativo más fuerte contra el vicio.

A este modesto encogimiento debió Eusebio la fortaleza de sus buenos sentimientos para no rendir su corazón a los incentivos de Hernestina. Jóvenes, fomentad esta noble y fuerte timidez con que armó la naturaleza vuestra inocencia. Ella es mil veces preferible a la desenvoltura y descarada franqueza a que os exhortan tal vez vuestros padres inconsiderados e inadvertidos, para que por ellas se eche de ver vuestro ingenio, sin pensar que os fomentan con ello el atrevimiento y desvergüenza con que buscáis después y encaráis al vicio. Amad este cauto y modesto recelo que fomenta la virtud y que, lejos de dar a vuestro exterior el tosco encogimiento como pretenden, al contrario, lo ennoblece con decoro y con suave majestad, que exigen respeto y veneración, haciéndose ésta más amable en un rostro que todavía conserva su delicada belleza.

Antes que desapareciese Armanda y el lord, habiendo ido Hernestina a ocupar el asiento que daba en frente de la cornucopia con el fin de atraer allí a Eusebio, éste, al contrario, por efecto de su recato, fue a asentarse en una silla que cabalmente caía debajo de la cornucopia, de modo que el lord y Armanda no podían ver lo que con tantas ansias deseaban, si Eusebio no se movía. Esto los puso a todos en consternación. Hernestina callaba, esperando el momento que Eusebio se moviese y pensando a lo que debía hacer para atraerlo. Eusebio no sabía tampoco qué decirle, teniendo ocupado su pensamiento en la ida del lord con Armanda. Estábale diciendo esto mismo lo que debía hacer con Hernestina, dándole impulsos para que fuese a agasajarla.

¿Pero, y si llega el lord, decíase a sí mismo, y me sorprende? ¿Si Hernestina cede a mi recuesta y está inficionada del mal que tanto horror me causó en la infeliz Adelaida y en las salas de los apestados en Bicetra? ¿Habrá por ventura ideado el lord esto para probar mi constancia, después que defendí que el hombre podía sobreponerse a su concupiscencia con el motivo de la disputa que tuvimos sobre el hecho de Escipión? Porque, aunque él no vea lo que hago con ella, ¿no puede haberla cohechado para que se lo cuente después? Sobre todo, ¿si viene en el lance y me coge en él? No; estemos aquí. ¡Oh Escipión, oh Escipión!

Estas reflexiones, que como rápidos rayos pasaron por la imaginación de Eusebio, fortalecieron su espíritu. ¿Cómo lo hará, pues, Hernestina para atraerlo a su asiento? ¿Qué medio sabrá ensayar para vencerlo? Estábanse desatinando sobre esto el lord y Armanda detrás de la cornucopia, ansiosos e impacientes de que tardase tanto el momento. ¿Mas será fácil a Hernestina el conseguirlo? ¿Tendrá poder bastante para provocar y rendir al que, armado de su recato y del temor de desmentir sus sentimientos con el hecho si el lord lo sorprendía, se mantenía firme en la resolución de conservar su decoro? ¿Pero faltan por ventura expedientes al ingenio y astucia de la mujer? ¡Oh arte incomprensible del sexo!

Estos excesos (comenzó a decir Hernestina después de algunos suspiros) siempre se pagan. ¡Tengo tanta experiencia de ello; y jamás escarmiento! Ahora veo, don Eusebio, cuán bien hicisteis de iros a la mano; sí os hubiera imitado, no me sucediera lo que me sucede, ¡ah!; y escupe. Luego prosigue: Tengo tan delicado el estómago, que cualquiera exceso me daña. ¡Oh cielos!; suspira y escupe otra vez. -¿Qué es señora?, le dice Eusebio, ¿os hizo mal la cena? ¡Oh, y si me hizo mal! Me vienen ganas de provocar. Por Dios, don Eusebio, muero...

Eusebio, conmovido, se levanta y se encamina hacia ella, diciéndole que tomase un sorbo de agua de la reina. Mas ella diole entonces a ver su intención con unos ojos que hacían más poderosa la solicitación, que toda la elocuencia que pudiera emplear para el efecto. Eusebio lo conoce; pero todo el horror que le causó la vista de Bicetra preocupa su mente y corazón; es impelido de la fuerza de su temor, se desprende de ella, fuera de sí, como consternado novillo que escapa del altar del sacrificio con la herida recibida debajo de la levantada segur del sacerdote.

La descarada solicitación de la mujer es, tal vez, como la lanza de Aquiles, que puede curar las heridas mismas que acaba de hacer. La naturaleza les dio las esquivas gracias como su mayor incentivo. ¿Pero Eusebio irritado y provocado de tan delicada hermosura, que se le rendía enteramente, pudo sobreponerse a sí mismo? ¿Hay fuerzas en lo humano para ello? Las hay. Las tiene el que no acostumbró a disputar su ánimo en disolutas liviandades; el que, apartado de los malos ejemplos y discursos deshonestos, no fomentó con sus alicientes la libertad del corazón y el descarado atrevimiento del vicio; el que, acostumbrado desde la niñez al yugo de la virtud, en vez de prestar su ánimo a la desvanecida jovialidad, contrajo la severa integridad y reserva modesta que engendran al recato y que sofocan al engreimiento de la disipación.

El lord Som..., viendo desde la cornucopia que Eusebio iba a salir del aposento, corre a su encuentro, haciendo del que nada sabía del lance, y diciendo con risa: Habéis perdido un buen rato, don Eusebio, la cena de mis criados, a quienes hice apurar las botellas... -Milord, por Dios, vámonos que es tarde y siento pena por Hardyl. -Enhorabuena, nos iremos luego que estén puestos los caballos; he dado el orden para ello. Entretanto sentémonos, pues, al cabo, no estamos entre espinas. Y encaminándose hacia Hernestina, haciendo del que reparaba en su desmayo, le preguntó qué tenía, sonriéndose con ella, pues conoció desde el otro cuarto el arte de que se había valido para atraer a Eusebio.

Hernestina, algo confusa, continuaba en fingir su mal de estómago con tal arte que el mismo lord llegó a creerlo verdadero, acudiendo él mismo la chimenea para llevarle la bujeta que le pedía y que hizo servir ella para acabar con su ficción, aunque con los ojos dijo al lord lo que no podía con las palabras en presencia de Eusebio, que paseaba el cuarto con modesto desabrimiento. Tardó poco a entrar Armanda, a quien seguía uno de los criados para avisar al lord que el coche estaba dispuesto. El lord comenzó entonces a despedirse de ellas, diciendo a Hernestina que supiese que había hombres insensibles, pues había venido aquella noche para darle esta lección, aunque sentía que a ella le hubiese dado el dolor de estómago. A éstas añadió otras cosas alusivas a la pérdida de los luises, que Armanda procuró cortar para que Eusebio no conociese la trama, volviéndose a él para ofrecerle su casa.

Eusebio le dio las gracias con seria afabilidad, aunque por ella no pudieran sospechar ni el lord ni Armanda que salía disgustado, si no hubieran sido testigos de lo sucedido. Salen finalmente de aquella casa y el lord, aun después de estar en el coche, procuraba mantener su libre jovialidad, como si nada supiera del hecho ni hubiese tenido parte en él. Eusebio tampoco quiso mostrársele resentido, no estando cierto que el lord hubiese tramado aquel engaño, aunque le quedasen vivas sospechas que lo tenían en un silencio que daba a entender mucho más que cuanto pudiera decir con las palabras. Aunque el lord deseaba que Eusebio se le explicase, y aunque lo incitaba a ello moviendo por rodeos la conversación sobre Hernestina; pero viendo que nada le contestaba de cuanto le había pasado con ella, acabó de confirmarse no sólo de la solidez de sus sentimientos y de su virtud, resistiendo a las solicitaciones de aquella hermosa cortesana, sino también de su noble honradez y entereza ocultándole el hecho.

Con este desengaño, viendo el lord impaciente que Eusebio nada le decía, llevado de otro impulso nacido del mismo principio de su franco y libertino corazón, le toma la mano y, apretándosela, le dice: Id allá, don Eusebio, que sois digno de la admiración de Som... -Yo digno de vuestra admiración, milord, ¿y por qué? Entonces el lord Som... le confiesa que todo lo que pasó con Hernestina había sido trama suya para probarlo y para ver si sus obras correspondían a sus máximas. Que lo estaba viendo todo desde el cuarto inmediato por una ventanilla que había hecho abrir en la pared detrás de una cornucopia que estaba enfrente, habiendo hecho raer al azogue del espejo; y le añadió que su intención era, si se rendía, de ir a sorprenderle en el lance y hacer bulla del caso.

¿Hay más dulce contento ni más pura satisfacción en la tierra, ni que llene el ánimo del más sólido consuelo, que el vencimiento de una pasión? Si Eusebio lo probaba en su corazón por haberse sobrepuesto a los incentivos de su amor ahora que el lord le manifiesta la intención que tenía de ajarle el placer si se hubiera rendido, siente inundársele el ánimo de sumo alborozo; ni se acordaba haber sentido jamás tan viva complacencia por haber resistido al lance, pensando a la horrible confusión y vergüenza que hubiera arrastrado todos los días de su vida si el lord lo hubiese sorprendido.

Lleno de este purísimo consuelo llega al mesón donde el lord se separa de él, pidiéndole amigablemente perdón con la misma franqueza con que lo había introducido en la casa que dejaban.



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