Antes de embalsamar el cadáver del lord difunto, se debió abrir el testamento, como lo tenía mandado, viniendo a este fin al mesón el escribano. Eusebio estaba retirado en su aposento, avasallado de la tierna aflicción de la pérdida de su amigo, a quien no había desamparado hasta el último aliento, no sólo por empeño de afecto y de gratitud, sino también para que pudiese hacer toda la posible impresión en su ánimo y le quedase viva la memoria de su trance, que tanto contribuye para fortalecer los sentimientos y máximas virtuosas. Hardyl había también sentido no poco su muerte; pero uno y otro estaban muy ajenos de imaginarse que el lord hubiese querido dar a Eusebio una prueba de su generoso afecto en el testamento.
Por lo mismo fue mayor su sorpresa cuando, después de haberlo leído el escribano en presencia de los testigos, entró en el aposento de Eusebio a darle parte con enhorabuena de la manda que el lord Som... le hacía de trescientas libras esterlinas de renta durante su vida sobre unos bienes libres que tenía en el ducado de Devonshire. Pero cuán lejos estaba de esperar ni de desear tal manda; tan extraña se le hizo a su agradecida admiración, sin disminuirle por eso el sentimiento de la muerte de quien tan generoso se mostraba para con él. El llanto con que recibió la nueva que el escribano le daba muy alegre, manifestaba que no decían bien, ni convenían tales enhorabuenas a su desinteresado sentimiento, y que apreciaba la donación sin que llegase a manchar su tierno reconocimiento ninguna sombra de codicia.
Como la enfermedad sobrevenida al lord tan impensadamente hizo diferir a Eusebio y Hardyl la partida de París, difirieron también ellos el dar respuesta a las cartas de John Bridge y de Henrique Myden, para poderles decir el día que partían, remitiendo su determinación al entero recobro de la salud del lord o su muerte, si moría. Resolviéronse pues hacerlo luego que murió, pero la inesperada manda del difunto puso nuevo estorbo a su resolución, como también el accidente que aconteció por causa de aquella misma manda, haciéndoles diferir dos días más su partida. Sir Eduardo Towsend, pariente del lord Som..., fue el que dio el motivo para ello.
James, el camarero del lord, que se halló presente a las instancias que hizo Eusebio a su amo para recabar de él aquellos doce luises para las doncellas, al tiempo que se los entregó a sir Eduardo, le contó también el medio por el cual los había obtenido, haciéndole un elogio de Eusebio. Dos días después, habiéndose agravado la enfermedad del lord y pronosticando los médicos su muerte, sir Eduardo quiso escribir otro billete a Eusebio agradeciéndole sus buenos oficios y rogándole de nuevo quisiese hacer memoria al lord Som... de su desgraciada familia en caso que el cielo dispusiese de su vida.
Llegó el billete a Eusebio cuando ya el lord había entrado en delirio imposibilitando todo recurso; Eusebio, no obstante, respondió a sir Eduardo, diciéndole el sentimiento conque quedaba por haberle llegado tarde su instancia, pero le añadía que, con todo, esperaba consolarlo. Decíalo esto Eusebio porque tenía intención de enviarle, en caso de que el lord muriese, otros doce luises de su bolsillo; pero como después de su muerte se hallase con la novedad de la manda de trescientas libras esterlinas que el lord le hacía, ocurrió luego a su generosa compasión, que no podría hacer mejor empleo de aquella donación que trasladarla a la necesitada familia de sir Eduardo, interpretando la voluntad y buenas intenciones del difunto en favor de su infeliz pariente, si hubiera tenido tiempo para persuadírselo.
Estaba todavía en el cuarto de Eusebio el escribano que fue a darle la noticia del testamento cuando llamaron a comer y, despedido el escribano, Eusebio fue a la mesa lleno de sus piadosas intenciones en favor de sir Eduardo Towsend. La muerte del lord, sus prendas, su riqueza y otras partidas amables ocuparon los discursos de los comensales, durando todavía en tratar del mismo asunto hasta después de acabada la comida; pero los interrumpió una extraordinaria vocería y alboroto que aturdía el mesón y alteró a los que estaban sobremesa, mucho más cuando vieron entrar en la sala en donde estaban a Wilks, criado del lord difunto, que huía de Taydor, criado de Eusebio, que lo perseguía con el cuchillo en la mano, teniendo el rostro ensangrentado.
¿Qué es? ¿Qué picardía es ésta?, exclama el duque de D... levantándose de la mesa con los demás forasteros. Hardyl y Eusebio, asustados de ver a Taydor ensangrentado y con el cuchillo en la mano, lo llaman. Taydor obedece; deja de perseguir a Wilks y acude al llamamiento de su amo, a quien cuenta el motivo de la riña que habían trabado sobremesa él y Altano con los criados del lord difunto, por querer defender su entereza de las insolentes murmuraciones de los criados del lord Som..., los cuales decían que él había sobornado a su amo para sacarle la manda de las trescientas libras esterlinas.
Aunque el lord había hecho testamento a instancias de Eusebio y aunque en el mismo testamento dejaba generosamente mandados a sus criados, en vez de agradecer éstos a Eusebio sus piadosos oficios, llevaron muy a mal el ver heredado de su amo un extraño, hasta poner sus lenguas en la honradez e integridad de Eusebio. ¡Tan sutil y maligna es la envidia! Y como todas las circunstancias concurrían para verificar las sospechas de esta ruin pasión, dejáronse apoderar de ellas todos los forasteros que supieron la manda, sin exceptuar al mismo duque de D...
Eusebio hasta entonces no había experimentado el sentimiento que causa la calumnia personal, no habiendo tenido motivo para ello, pues la calumnia de Blund en Londres recaía también sobre Hardyl; ni supo el motivo de verse en la cárcel, sino al mismo tiempo que quedaba justificada su inocencia. La calumnia ignorada no se siente. Su tiro asesta al oído, por donde hace penetrar la maledicencia su agudo dardo al corazón del calumniado, después que derribó su estimación y honradez en el ajeno concepto.
Si fue, pues, amarga y sensible a Eusebio la murmuración de los criados del lord, júzguelo aquel que llega a experimentar igual calumnia en semejantes o diversas circunstancias. Avergonzado vivamente de estas voces, no sufre más su rostro encendido y turbado la presencia y ojos de los forasteros, que se levantaron de la mesa para oír a Taydor, pareciéndole que todos le decían lo mismo con sus miradas y pensamientos; de modo que, sin dar ningún pretexto, se retira a su cuarto.
Hardyl, después de haber apaciguado los criados, va también al cuarto de Eusebio, y viéndolo apoyado de codo sobre la mesa, cubriéndose con la mano la frente, le dice: ¿Qué sentís, Eusebio, que os retirasteis tan desazonadamente al cuarto? -No oísteis el motivo de la riña de los criados y la infamia que me ponen de haber arrancado del moribundo lord la manda que me hizo? -¿Pues qué, habéis sentido esto? ¡Gran motivo por cierto de sentimiento! A la verdad no me lo esperaba de vos. ¿Y qué palos os han dado, ni qué herida os hicieron para sentirlo como lo sentís? ¿Una vez que se la lleva el viento puede hacer tanta impresión en quien estudia despreciar los agravios? -Si me hubiesen maltratado o perdido el respeto, tal vez no lo hubiera sentido, ¿pero acusarme de cohechador de esa manda?...
-¡Bueno está eso! ¡Querer poner coto a las lenguas maldicientes! ¿Y qué diferencia hacéis de la injuria y agravio a la calumnia, para que debáis sentir menos aquéllos que ésta? -La injuria limita sus tiros al cuerpo sin dañar a la reputación de la persona; la calumnia zahiere y emponzoña en el concepto ajeno la estimación que maltrata. -Según eso, sentís el perder esa estimación en la opinión ajena; ¿obráis, pues, por oculto deseo de ser estimado y de ser tenido en buen concepto de los otros? No extraño, pues, que os haya sido tan sensible el perderlo: la consecuencia era justa. Eusebio no supo qué responder; Hardyl prosiguió a decirle:
Tenéis, Eusebio, un nuevo motivo para reflexionar que la raíz de ese sentimiento está prendida de nuestra delicada vanidad, la cual se reviste del manto del honor, no para hacer menos sensibles los tiros de la calumnia, sino para hacerlos más dolorosos. Entrad en los escondrijos de vuestro corazón, donde siempre quedan repuestos y renacen de continuo estos imperceptibles efectos de la vanidad, pues conviene afanarse en sofocarlos, si queremos que no nos causen los disgustos y desazones que sentimos; porque, disgusto y desazón, es muy grande el escocimiento vindicativo que engendra la calumnia en el corazón y que a las veces impele los hombres a fatales extremos. Para evitarlos, pues, importa prevenir el sentimiento con la reflexión de las máximas de la sabiduría, sin las cuales no es posible conseguirlo.
Verdad es que muchos hombres llegan a tal imprudencia y descaro, que no sienten nada perder su estimación ni envilecerse a los ojos ajenos, dando ellos mismos motivo para ello con su culpable y oprobiosa conducta; pero éstos son la hez de los hombres y los más desvergonzados libertinos. Todos los demás, de recto y honrado proceder, fórmanse un falso principio del honor, como si debieran sentir por obligación indispensable la calumnia y como si el honor les infundiese derecho de obtener su reparación. Cabalmente no hay cosa en que más tropecemos a cada paso que damos en el mundo. La envidia, la malicia, el odio, el rencor, la enemistad aguzan de continuo sus lenguas para zaherir. ¿Quién es aquel que ande exento de sus heridas? El casamiento más honesto, la caridad más pura, la integridad de la más recta justicia o del desinteresado empleo, la intención más buena y santa, en fin, todo se hace blanco del arco siempre empuñado de la calumnia.
¿Cómo no se ha de sentir la pérdida de la estimación? ¿Se ha de sufrir con paciencia oírse ir en ajenas lenguas, como ruin, deshonesto, injusto y cohechador de mandas? ¿Esta estimación de sí mismo no es justa en el hombre? ¿No es el freno mayor de las costumbres? Esa es, Eusebio, la otra capa con que se cubre también nuestro amor propio y nuestra presunción. ¿Pero con ella nos libramos acaso del sentimiento y desazón que nos causa la calumnia? No hay duda que el aprecio de nuestra estimación es un móvil excelente para obrar bien; y estoy por decir que es el solo motivo por el cual obran bien los hombres; pero no me negaréis que los que obran bien por ese motivo, lo hacen por principio de vanidad y por deseo de ser estimados y respetados de los otros.
No sucede así en el que obra bien por sola satisfacción de su conciencia y de su interior consuelo, esto es, por puro amor de la virtud, principio más noble y mil veces preferible al otro de la vanidad, aunque yo me guardaré bien de culparlo enteramente; al contrario, se debería inculcar a los hombres de él, pues no todos pueden ni saben hacer estudio de la sabiduría; pero a vos que hacéis estudio de ella, ¿os convendrá por ventura ser antes bueno por principio de presunción, que por el del puro amor de la virtud?
Ésta no atiende a otro fin ni a otra recompensa de su obrar, que a los bienes mismos que nos acarrea. Todos los demás los reputa inciertos y dudosos, debiendo depender de las pasiones y caprichos de los otros hombres; los cuales, dan o quitan a su antojo su estimación y concepto, alaban o calumnian según sus humores les dictan, porque podéis ser un Foción, un Arístides, un Sócrates, un Dios, que la calumnia no respetará por eso vuestro proceder. El que tiene, pues, por su parte la satisfacción de su conciencia, ármese del desprecio de la calumnia; éste es el broquel en que se embotan sus tiros; no nos presenta otro la virtud para repelerlos y para no sentirlos o, a los menos, para sobreponernos al sentimiento que nos causan.
Porque, ¿qué pretende el que herido en lo vivo de su honor, se irrita, se enardece, patea y se transporta para exigir satisfacción de la calumnia? Si lo examináis bien, quisiera sólo acallar y dejar satisfecha su resentida vanidad con la venganza de quien lo calumnió. Si llega a obtener esto, aunque sea con el castigo o ruina de quien lo ofendió, ¿deja de sentir por eso toda la amargura de la hiel que derramó sobre él la ofensa? ¿No queda expuesto y juguete de las zozobras, angustias, desvelos y ansias que le infunde el resentimiento? Aunque obre, corra y se afane para quedar justificado y destruir la opinión contraria, ¿la llega por eso a destruir enteramente? Ésta suele siempre reservarse algunas ocultas sospechas para fomento de su amor propio; el cual no suele holgarse mucho que se justifique plenamente el calumniado.
Al contrario, todo lo remedia de un golpe el desprecio. Mas, ¿cómo se conseguirá este remedio? Con la reflexión; ¿sabéis que ésta es la antorcha de la sabiduría? Tomémosla en la mano y vamos a ver los males que se nos siguen por ser calumniados. El perder el concepto de hombre bueno, de honrado, de íntegro de la ajena opinión. Mas el que obra por puro amor de la virtud, y por satisfacción de su conciencia, ¿por ventura no estudia el no hacer caso de la estimación y del ajeno concepto? ¿Por qué, pues, se ha de resentir si pierde aquello que no pretendía y que despreciaba?
¿Qué viene a ser este gran concepto de los hombres? Un acto de entendimiento leve, incierto, fugaz, sujeto al capricho, al humor, al engaño y liviandad de las pasiones, que ni depende de nosotros el conseguirlo ni está en nuestra mano el conservarlo. Y ved aquí cómo venimos a dar en los principios de Epicteto, que siempre debemos llevar presentes: no te afanes en desear lo que no depende de ti el conseguir, ni ames demasiado lo que, conseguido, puedes perder con dolor si lo pierdes.
Sensible, no hay duda, es a los hombres vanos el que otros pongan sus lenguas en su proceder, en su nacimiento, en su estado y condición; pues esto los humilla y la humillación es dolorosa. Raro es el hombre que sepa apreciarla y aprovecharse de ella. Mas el sabio la abriga y la acaricia en su seno, para que le fomente los sentimientos de la modestia y de la moderación, con los cuales su ánimo, exento de resentimiento, se levanta sobre los tiros de la maledicencia y de la calumnia, contemplando con risa compasiva, desde el trono de su firme entereza, los esfuerzos de las apocadas pasiones de los hombres, que se desazonan en vano para despedazarlo.
Consultad ahora, Eusebio, los afectos de vuestro corazón resentido y triste por esos dichos de los criados y ved qué venganza y satisfacción pretendéis. -Ninguna, Hardyl, ninguna; bastante justificado quedo con mi conciencia. -Ese solo testimonio os debe bastar. Tarde o temprano la virtud misma, sin despegar sus labios, llega a disipar la niebla con que el aliento de la calumnia pretendía ofuscarla, sacando entre ella su rostro más puro y bello que la luna el suyo entre la opaca nube que ofuscaba su plácido resplandor, prosiguiendo en silencio luminoso e imperturbable su brillante carrera, sin que puedan detenerla las roncas voces de quien la ladra.
Esto debiera bastaros, Eusebio, para sacudir de vuestro ánimo esa tristeza... -No me queda ninguna; os lo aseguro, Hardyl, me habéis sosegado enteramente, y para daros una prueba de ello, voy inmediatamente a proponer al duque de D... la donación que determiné hacer de la manda del lord a sir Eduardo Towsend. -Id en hora buena, os esperaré aquí en el cuarto.
Estaba todavía el duque en su apartamento cuando Eusebio fue a verse con él, hallándolo sentado y leyendo un libro. Milord, le dice, no podéis ignorar la herencia que me dejó en su testamento el lord Som... -No lo ignoro, amigo, y sé que tales mandas no se obtienen de los moribundos sin sugerimiento de los asistentes; mas ya que tuvisteis tan buena habilidad, disfrutad de vuestra buena maña y que buen provecho os haga. Dicho esto, sin mirar al rostro de Eusebio, prosigue su lectura.
¡Qué impensado y terrible rayo para el honrado corazón de Eusebio! Si Hardyl no acabara de fortalecer sus sentimientos, diera con él en el suelo. Eusebio, de hecho, se conmovió vivamente, pero la imagen de la luna en su plácido resplandor, presentándose entonces a su ánimo no menos que las otras reflexiones de Hardyl, hacen levantar su corazón de aquel repentino abatimiento y, volviendo sobre sí, dice con noble moderación al duque, y con sosegada expresión: Milord, procuraré que no me haga mi maña sino buen provecho, para esto me tomé la libertad de venir a consultaros. -¿A consultarme a mí? Id allá, que no necesitan de consejos vuestros artificios.
Perdonad, milord, vuelve a decirle Eusebio con más reportada modestia; dejadme acabar, os ruego, pues no entra aquí artificio, sino deseo de socorrer a un desdichado. -¿Cómo socorrer? ¿A quién? -A sir Eduardo Towsend. -¿A sir Eduardo Towsend? -A ese mismo, pariente que es, como sabéis, de mi buen amigo y bienhechor difunto. -¿Y en qué queréis socorrerlo? ¿Qué tengo yo que ver en esto? -Tenéis que ver, milord, como albacea que sois del testamento, pues mi voluntad es hacer donación entera de las trescientas libras esterlinas que me dejó el lord Som... en favor de sir Towsend y de sus hijas; vos podéis favorecerlos mandando hacerme una minuta de donación para que pueda legalizarse.
El duque, sorprendido de tan impensada y generosa proposición de Eusebio, que lo cubría de confusión, justificando en dos palabras su inocencia y aterrando al mismo tiempo al maligno juicio que había formado de él, y los injustos y violentos reproches que acababa de hacerte con insolencia, no resistió a la conmoción que le excitaba su desinterés; y levantándose con ímpetu de la silla, lo abraza, diciéndole: Perdonad, joven digno de mi veneración, y dejad que expíe con este abrazo mi juicio indiscreto y temerario. -Milord, nada hay aquí que perdonar ni que sea digno de vuestra veneración. Satisfago a la inclinación de mi genio en socorrer a una infeliz familia- Si hubiese llegado a tiempo el recurso que me hizo sir Eduardo, me lisonjeo que hubiera yo conseguido de la generosidad del lord Som... el trasladar esa misma manda a su pariente.
-No sé oponerme, don Eusebio, a una tan noble determinación que admiro; es demasiado respetable para mí. Sólo sí quisiera proponeros que os reservéis parte en esa misma manda, para que tengáis el gozo de disfrutar de la liberalidad de vuestro amigo. -No espero, milord, disfrutar de mayor gozo que el que me dará una donación entera. El estado de sir Towsend y de sus hijas necesita de toda ella; y la memoria del lord Som... queda muy grabada en mi corazón, para que pueda llegar jamás a borrarse en él. -Puesto que así lo queréis, os enviaré la minuta; podéis hacer llamar al escribano para legalizarla y será empeño mío el hacer percibir a sir Towsend la renta cobrada en Inglaterra.
Eusebio da las gracias al duque y se despide de él, para volver al cuarto donde Hardyl lo esperaba, haciendo llamar primero al escribano. Entonces cuenta a Hardyl lo que le había pasado con el duque, diciéndole cuán útil le había sido su discurso sobre la calumnia para estar sobre sí y para no alterarse de las repulsas del duque. Con este motivo, Hardyl, después de haber loado su moderación, continuó en tratar sobre los bienes que acarreaba al hombre el despreciar los dichos de los otros y sus agravios, pues aunque repetidas veces había tratado de esto mismo, su elocuencia hallaba nuevas expresiones e imágenes para dar mayor fuerza a sus máximas.
Entretanto, habiendo hecho el mismo duque la minuta, se la trajo en persona al cuarto y, luego que llegó el escribano, se legalizó la donación con mil demostraciones respetuosas del duque y de los testigos. Despedidos éstos, Eusebio envía un billete a sir Eduardo Towsend por medio de Taydor, en que le participaba la donación. Entretanto el duque de D... a quien llegó también a inficcionar la calumnia inventada de los criados del lord Som... contra Eusebio, con el escándalo de la riña, no quiso dejarla pasar sin dar pruebas a Eusebio del aprecio y estima que le había merecido; a este fin, llamando a los criados, les mandó que fuesen todos juntos a pedir perdón a Eusebio.
Hardyl se hallaba solo con él cuando uno tras otro entraron en el cuarto en triste formalidad llevando impresa en sus rostros la mortificación que les causaba el orden del duque y la confusión de su maligno y envidioso juicio, después que supieron del mismo duque la donación generosa que acababa de hacer Eusebio de las trescientas libras a sir Eduardo Towsend y a sus hijas. James era el que llevaba la voz, diciendo a Eusebio el orden con que venían para pedirle perdón de la calumnia. Eusebio les dijo que no tenía por qué perdonarlos, bien sí motivo para rogarles que hiciesen las paces con sus criados; y a fin de que las pudiesen celebrar con más alegre solemnidad, entregó a James dos luises de oro, diciéndole que aquella bagatela podía contribuir para ello.
Todos los semblantes y corazones de aquellos criados se mudan de repente, y quieren manifestar a Eusebio su alegre reconocimiento y su respeto besándole la mano; pero rehusándolo Eusebio partieron llenos de alborozo para ir a encontrar a Altano y a Taydor, y satisfacer a los deseos de su amo sobre las paces; haciéndolas en una opípara merienda en que ensalzaron la virtud de Eusebio con mayores veras que aquellas con que quisieron denigrar su integridad.
Así vio Eusebio plenamente justificada su inocencia y entereza sin pretenderlo ni buscarlo, granjeándose por lo mismo mayor respeto y veneración de los otros forasteros sabedores del caso, que se hallaban en la misma posada. Faltaba en ella otro espectáculo no menos tierno e interesante, para prueba del acatamiento que se granjea la virtud en los corazones de aquellos que experimentan sus beneficios y adorables influjos.
El moro que había llevado los billetes de sir Towsend al mesón, y la respuesta última que dio Eusebio en otro billete a las instancias que le hacía el mismo sir Towsend, para que lo encomendase al lord antes que muriese, habiendo venido otra vez para informarse del estado de la salud del enfermo, después que había muerto y que se había publicado el testamento, como supo de James las circunstancias de la manda que el lord había hecho a Eusebio, sin hacer mención de sir Eduardo, volvió a casa de su infeliz amo, a quien contó todo había dicho y el cohecho de Eusebio para sacarle aquellas trescientas libras esterlinas, siendo así que nada obtener para su pariente.
Towsend, a pesar de los doce luises que había recibido poco antes, aunque sabía del mismo James cuando éste se los entregó que los debía a las instancias de Eusebio, no pudo con todo refrenar los transportes de su sentimiento, viendo desvanecidas para siempre sus esperanzas con la muerte del lord, y dejándose arrebatar del dolor y enojo, sabiendo por medio de James que el testamento se había hecho a instancias de Eusebio, prorrumpe en baldones e improperios contra la avaricia de éste en presencia de sus hijas. ¡Oh hombres! Antes de dar crédito a la sutil malicia de la calumnia, esperad a verificarla, si no queréis veros juguete a cada instante de vuestra fácil y engañada credulidad.
Towsend, fomentando su dolor con la memoria del testamento y de la manda del lord hecha en favor de un extraño, quiso volver a leer el billete en que le decía Eusebio haber negado tarde su recurso; pero que con todo, quedaría consolado. Mas esto mismo que debía alimentar sus esperanzas, sirvió para irritarlo más, sabiendo que el lord nada le dejaba, y tomándolo por toreo del que había conseguido las trescientas libras de renta para sí, comenzó a llorar amargamente, considerando el miserable estado a que se veía reducido sin esperanza, faltándole la que sólo le quedaba en la liberalidad de su pariente difunto.
Sus infelices hijas, añadiendo a esta nueva desolación y tristeza la que las devoraba por los trabajos a que se veían expuestas, y por la que conservaban de la muerte de su madre, que había fallecido poco antes que dejasen la Inglaterra, prorrumpen en nuevos sollozos y lamentos, y se abandonan a la desesperación, reconociéndose sin amparo en un país extraño, expuestas en la flor de su juventud a todos los horrores de la miseria y precipitadas del asiento de las comodidades, de los honores y riquezas en que habían nacido, en la sima horrible de la necesidad y de la pobreza.
Hallábanse en este tristísimo estado, en compañía de su desesperado padre, buscando alivio a su dolor en sus mismos llantos y lamentos, cuando llegó Taydor con el billete en que Eusebio le participaba la donación que le hacía de las trescientas libras esterlinas. Towsend, avisado que había un hombre que quería entregarle un billete en propias manos, enjuga sus rabiosas lágrimas para verse con él. Sir Towsend, le dice Taydor, mi amo os envía este billete. -¿Vuestro amo? ¿Quién es? -Don Eusebio, M... Towsend fija en Taydor sus ojos encendidos de cólera, y estaba ya para enviarlo enhoramala a él y al billete, pero la necesidad, pronta siempre a formarse esperanzas aun donde menos las espera, hizo contener el ímpetu de su enojo, mas no de modo que no dijese a Taydor con enfado: Dad acá ese billete; y se lo quita de la mano.
Towsend vuelve a sentarse, abre el billete, empieza a leerlo con dudas, que se resentía todavía de su cólera, y no se lo deja acabar de leer enteramente el repentino enternecimiento que le causó tan inesperada e increíble noticia, dejando caer su frente confusa sobre la mano en que tenía el billete, apoyando el codo sobre el brazo de la silla. ¿Qué es, qué es, padre mío?, dice levantándose la mayor de las hijas, creyendo que su padre tuviese alguna noticia infausta. Towsend levanta entonces su rostro regado de llanto para prorrumpir en sollozos.
La otra hija, asustada entonces, acude también a consolar a su padre y ambas a dos se ponen a llorar con él, sin saber por qué llorase, preguntándole el motivo. ¡Oh hijas mías, les dice, hemos sido bien injustos para con ese caballero, digno sólo de nuestra adoración! Nos cede, nos cede las trescientas libras esterlinas que creímos haber obtenido para sí. Las hijas quedan atónitas, dudando de lo que su padre les decía, quedándoseles cuajado el llanto en sus empañados ojos, mirando a su padre sin saber qué decirle. Éste, después de haber acabado de leer el billete, se vuelve a Taydor y le dice: Ve, buen hombre, y cuenta a tu amo lo que has visto. A mí sólo me toca decirle en persona a qué grado llega mi eterno reconocimiento.
Taydor parte y da este mismo recado a Eusebio, sin que este pudiese una imaginarse el modo con que Towsend quería agradecerle su donación. Al otro día que la otorgó Eusebio, se hizo el entierro del lord Som... fuera de París, habiéndolo retardado el trabajo de la urna en que lo habían de depositar después de embalsamado. Eusebio quiso asistir a él. ¿Cómo podía dejar de dar esta prueba de reconocimiento a su perdido amigo?
Vuelto al mesón, conservaba todavía su rostro las señales del llanto y del sincero sentimiento que le causó el ver encerrar para siempre el cadáver. Llamado a mesa, su silencio y su inapetencia merecieron las atentas instancias que le hacía el duque de D... para que se esforzase a comer; mas ellas contribuyeron sólo para incitarlo con mayor violencia al llanto que procuraba reprimir; de modo que se vio precisado a dejar la mesa y retirarse a su cuarto. El duque y Hardyl acudieron poco después para consolarlo y sosegarlo, lo que consiguió Hardyl con pocas palabras. Quiso quedar con todo el duque de D... para hacerle compañía, y acaso trataban de la desgracia de Sir Towsend, cuando éste, acompañado de sus hijas, hace le den recado de su llegada.
Eusebio, a tan inesperado aviso, se conmueve y llama en su ayuda la moderación y modestia, para que no padeciesen menoscabo las intenciones de su generosa compasión ni la pureza de sus sentimientos, y para no dejarse llevar de la vanidad que comenzó a halagar su corazón con la venida del padre acompañado de sus hijas. Entran éstas precedidas del padre, todo enlutado por la muerte de su mujer. Hasta la gran valona que le caía sobre el pecho era de luto, entrando en el cuarto con el sombrero en la mano y con rostro grave y modesto. Cubría sus canas una peluca redonda cenicienta. Las hijas, vestidas también de negro de cabeza a pies, seguían con singular modestia los mesurados pasos de su padre, llevando impresas en sus hermosos, aunque tristes, semblantes, las señales de su dolor, buscando con los ojos enternecidos, entre aquellas tres personas que allí veían y que no conocían, a su bienhechor.
Esto mismo hizo parar al grave sir Towsend, suplicando le excusasen, si no sabía conocer entre ellos a sir Eusebio M... Aquí lo tenéis, dijo el duque de D... señalando con la mano a Eusebio. Sir Towsend entonces, inclinándole la cabeza con los brazos abiertos, le dice: ¡Ah! ¿Con qué palabras podré encarecer, joven digno de mi adoración, el agradecimiento que os debe un desdichado caído en el oprobio de la miseria? De ésta se dignó sacarlo sin conocerlo vuestra adorable beneficencia. Una gran demostración de liberalidad puede obtener expresiones grandes del más vivo reconocimiento, mas la vuestra, sir Eusebio, excediendo los términos de la humana bondad y misericordia, agota todas las expresiones de la humana gratitud y hácese acreedora a las demostraciones debidas a la suprema beneficencia. Recibidlas (prosigue a decir Towsend con las lágrimas en los ojos y arrodillándose delante de Eusebio), recibidlas de este miserable padre que, habiendo comenzado a sentir las angustias de la pobreza, está bien ajeno de unir a esta prueba de su gratitud eterna la indigna adulación que este mi llanto desmiente.
Eusebio, enternecido y confuso de la postura y llanto de aquel respetable anciano, quería evitar sus demostraciones, haciéndole vivas instancias para que se levantase del suelo. Pero Towsend, llevado del ardor de su gratitud, caminaba de rodillas, buscando y pidiendo la mano que Eusebio rehusaba darle para besársela, diciendo que de allí no se levantaría hasta tanto que no le concediese desahogar en ella su eterno reconocimiento. Hardyl, interesado en las instancias de Towsend, dijo a Eusebio que le diese la mano que le pedía. Eusebio condesciende, le alarga la mano, y tomándola Towsend la apretaba en las suyas, besándola dos y tres veces; y sin soltarla, se vuelve a sus hijas, diciéndoles: Esta es, hijas mías, la mano adorable que nos sacó de los horrores de la necesidad y del oprobio y que desarmó el rencor de nuestra cruel suerte, digna por esto de vuestra adoración y mía.
Las hijas, oyendo esto, póstranse a los pies de Eusebio, alargando sus manos para esperar que Eusebio les ofreciese la suya; mas Eusebio, oprimido de la confusión y del enternecimiento, al ver las doncellas arrodilladas a sus pies y al padre que no quería soltarle la mano, dejase caer también de rodillas, y echando sus brazos al cuello del arrodillado sir Towsend, aplicóle su rostro sobre el hombro en que resonaban confundidos los ardientes besos del viejo venerable con los sollozos de Eusebio. ¡Oh qué sollozos! ¿Quién explicará la inundación de la celestial dulzura de donde nacen? ¡Oh virtud adorable! Tú, que recoges con tu divino velo ese precioso llanto de Eusebio, muéstraselo a los hombres y exige de sus ojos respetuosos el tributo del dulce enternecimiento que arrancas de estos míos.
El duque de D... y Hardyl, presentes a aquel tiernísimo espectáculo y conmovidos de su vista, se empeñan en hacerlos levantar y lo consiguen a fuerza de instancias, después que hicieron reponer en pie las doncellas, a quienes hizo asentar Hardyl, y luego a sir Towsend que no acababa de desahogar los vivos sentimientos de su gratitud. El duque, para distraerlo, preguntóle el motivo de su desgracia. Towsend, después de haberse enjugado el llanto, le dijo: No sé milord, si sabéis que serví cuarenta y dos años en la marina del rey. -No lo ignoro, sir Towsend, como tampoco el valor y desempeño con que lo habéis servido. -Oíd, pues, el origen de mi desgracia después que el rey se dignó darme el gobierno del puerto de Plymouth.
Había casi un año que disfrutaba del premio de tantos años de fatigas y desvelos en el descanso de mi gobierno, cuando me llegó la noticia infausta de la muerte del lord M... a cuyas solicitaciones y protección debía yo la gracia que finalmente alcancé; pues sin el favor del lord, no creo que me hubieran servido de mérito mis honrados sudores y servicios. ¡Ah, quién sabe que no me hubiese sido mejor morir entre el número de los desatendidos! No, milord, el hombre no sabe lo que se desea, ni conoce que tal vez es un bien la contrariedad de su suerte de que se queja. Si yo hubiera continuado a experimentar la adversa, tal vez no hubiera dado motivo al lord W... para que se acordase de un castigo que le di sirviendo él años atrás de alférez en mi navío, pues aunque el dicho castigo fue leve y muy inferior a su desobediencia, bastó con todo para que él conservase su resentimiento y se vengase luego que se vio levantado al ministerio.
Apenas me quedaba memoria del caso, pero el ensalzamiento del mismo lord W... después de la muerte del lord M... me lo acordó, con la ocasión de hablar, como acontece, de la persona que vemos levantada. Esto no impidió que, animado yo de las lisonjas y esperanzas que formamos de los poderosos que conocimos, no le escribiese una carta de parabienes por el empleo que el rey le acababa de confiar; mas no teniendo yo respuesta a una carta tan atenta, reputé su silencio efecto de la vana altanería del lord en su nuevo empleo, sin recatarme de dar quejas contra él en presencia de quien quiso tal vez hacerse mérito de comunicarlas al mismo; pues uno de los capítulos de la acusación que hizo contra mí a los Comunes, era que hablaba mal de los ministros de su Majestad. Aunque no sé decidir si era ésta también calumnia semejante a las demás, entre las cuales era la principal y la más atroz la de alta traición de que me acusaba, por la secreta correspondencia que dijo mantenía con los enemigos de la Inglaterra para favorecer la entrada en el reino al pretendiente Stuart, protegido de Luis XIV.
Bien va todo eso, ¿pero y las pruebas de esa acusación?, preguntó el duque de D... ¡Oh, milord!, dijo Towsend, ¿faltan jamás pruebas, las más evidentes, a la venganza armada del poder contra la inocencia? Oid y pasmaos de lo que sabe y puede maquinar un poderoso rencor.
Antes que saliese la armada que equipaba Luis XIV para introducir en Inglaterra al pretendiente, quedó apresado de una fragata del rey un armador de Brest. Éste fue conducido solemnemente, para dar mayor color al inicuo artificio, por el Támesis hasta la escalera del Temple. Entre las supuestas cartas encontradas al armador y que decía no había tenido tiempo de echar al mar, había una del ministro Colbert, con el sobrescrito para mí, en la cual me participaba el desembarco y el modo con que lo había de hacer la armada francesa; añadiendo en ella que, en caso que aquel desembarco se malograse, serviría de llamada para que con mayor seguridad de los franceses pudiesen éstos apoderarse del puerto de Plymouth, con otra armada que saldría al mismo tiempo a este fin; pues aunque pequeña, lo conseguiría, supuesta la traición del gobernador de aquella plaza, entendiéndolo de mí.
A una tan evidente apariencia de verdad, nacida de tan refinado artificio, existiendo la carta con la firma del mismo Colbert, y encontrada a un armador velero a quien se le dio caza por largo tiempo, y a la confesión del mismo capitán del armador, a quien apremiaron con promesas para que dijese el lugar de la playa en que había de dejar la carta y el nombre del marinero que la había de recibir; y finalmente a la delación del mismo lord W... sostenida de la elocuencia de los oradores, ¿cómo queréis que no se dejasen deslumbrar los Comunes?
Como quiera, yo fui declarado traidor, y antes que me viniese el orden para que me presentase, tuve secreto y diligente aviso de un íntimo amigo mío de lo que se intentaba contra mí, aconsejándome que saliese sobre la marcha de Inglaterra, aunque fuese en camisa. Hallábame yo muy ajeno de tan improvisa desgracia a la cabecera de la cama de mi mujer moribunda, cuando me llegó este funesto aviso. El profundo dolor que me tenía postrado por la pérdida inevitable de mi mujer, a quien amaba tiernamente, se convirtió en estúpido terror, sin saber alzar los ojos del suelo, donde los clavé después de haberlos apartado de aquella fatal carta.
Todas las terribles consecuencias de tan fiero golpe se presentaron de tropel a mi angustiada mente y la acometen con tanta fuerza, que prorrumpo en amargos sollozos, no sabiendo encontrar remedio ni reparo a mi inminente ruina y desventura, si no la evitaba con la fuga, como mi amigo me aconsejaba. ¿Pero cómo dejar desamparada a mi querida mujer en tal estado? ¿A quién encomendar mis dulces hijas, solo consuelo de mi avanzada edad? ¿A dónde huir? ¿Cómo encontrar medios para ejecutarlo sin nota de mis perseguidores? A estas ocurrencias no resiste mi angustiado corazón y quedo sin sentidos en la silla en que acababa de leer la carta.
Los criados, mis infelices hijas, acuden a socorrerme y lo consiguen; yo vuelvo en mí, pero para verme hecho juguete de mayor dolor, reconociendo a mis dolientes hijas que me preguntaban la causa de aquel accidente. Por respuesta las arrimo a mi seno, bañándolas con mis lágrimas y desahogando con ellas los sentimientos de mi dolor, de mi cariño, de la rabia y desesperación que sucesivamente exasperaban mi pecho. Hiriendo al mismo tiempo a mi alterada fantasía la memoria de mi mujer moribunda, me obliga a desprenderme de ellas con ímpetu violento y a precipitarme con los brazos tendidos, hechos mis ojos fuentes de lágrimas, sobre la cama y sobre la mano de mi mujer para besársela, lamentándome de mi cruel suerte.
¡Mas ay, milord!, la yerta frialdad de aquella mano hiela el furor de mis transportes, llamando mi asustada sorpresa para enterarme si estaba muerta. Lo estaba ya, ¡triste de mí!; su muerte fue semejante a un tranquilo sueño, envidiable a su desventurado y viudo marido. ¡No sé cómo resistí entonces al fiero acometimiento de la desesperación que se apodero de mi pecho, obligándome a romper mis vestidos, a mesarme los cabellos entre el llanto y lamentos de mis hijas y criados!
En estos excesos de mi rabioso furor, se presentan a mi agitada imaginación los ministros de la justicia, como si viniesen a prenderme. Huyamos, hijas mías, exclamo entonces fuera de mí. Huyamos, si no queréis ver a vuestro miserable padre víctima de la más negra y detestable venganza. ¿Mas a dónde, padre mío, me dice Nelly llorando y asustada, a dónde queréis que huyamos? -No lo sé, hija mía, huyamos; y asiéndola del brazo me encaminaba ya todo turbado, cuando se me presenta Tautel, un moro que compré niño en la Jamaica y que me sirve desde entonces, aun después de haberle yo dado la libertad que se había merecido por su fiel amor y servidos.
A éste resuelvo comunicar mi desventura y a ése debo mi desdichada salvación. Tautel, oída mi relación, me ruega con lágrimas que me sosiegue, que me fíe de su cariño, y que mientras él volvía recogiese todo el dinero y lo más precioso de mis haberes. Hicímoslo así mis hijas y yo, a pesar de nuestra suma aflicción y de las lágrimas con que regábamos lo que nos venía a las manos para empaquetarlo.
Era ya tarde cuando volvió Tautel, pidiéndome que firmase un orden para la guarda del puerto, a fin de que dejasen salir sin registro aquella noche un esquife con cuatro personas. Hícelo yo sin saber lo que me hacía, enajenado del dolor y rendido y sumiso como un muchacho a los consejos de Tautel. Éste se va con el orden firmado y vuelve dándonos priesa para partir. Dos solos fardillos era nuestro matalotage y entre la poca lencería iban envueltas algunas joyas y mil libras esterlinas con que me hallaba.
¡Oh Tautel!, le digo al verlo cargar con los dos fardos, ¿partir sin dar antes sepultura a mi mujer? No me lo sufre el corazón; no es posible; morir quiero antes de cualquier modo; muramos, hijas mías, antes que desamparar a vuestra respetable madre. Los nuevos sollozos y lamentos de mis hijas y míos detienen nuestra resolución; pero Tautel la combate diciéndome: ¿Pues qué, vos, señor mío, la queréis enterrar con vuestras manos? La vida, la salvación de vuestras hijas y la vuestra, ¿no os impelen a la huida sin que deba resentirse por ello vuestra piedad, dejando de asistir al entierro, al cual, de cualquier modo, no debierais asistir? ¿No lo pueden ejecutar los criados que aquí quedan? Voy a decirles que la aflicción os obliga a ausentaros por dos días de la casa llena de tristes memorias de vuestra mujer difunta.
Dicho esto, se sale y, dejando encargado a los criados el funeral, vuelve para ayudarme a mudar de vestido, y así, mal arropado y como impelido y forzado de Tautel, dejo atónito y penetrado de los más vivos sentimientos, acosado del temor y movido de la desesperación, la casa que habitaba. Mis hijas, despavoridas, gimiendo y temblando por la vida de su padre a cuyos brazos estaban asidas, me detenían o me impelían, según eran los efectos del miedo que las sobresaltaba en la oscuridad de la noche, aunque ésta fuese clara.
Así llegamos precedidos del fiel Tautel al lugar en donde había dejado el esquife y, acomodados en él, nos separa de la orilla al impulso el remo. La luna, en su mayor esplendor, hacía relucir la trémula placidez del mar en calma. Ningún viento corría; solos los alciones con sus tristes acentos parecía que acompañasen a lo lejos los gemidos del pavor y dolor que mal podían sofocar mis desoladas hijas, con las cuales estaba yo abrazado en el esquife, llorando no menos amargamente que ellas, aunque iba más enajenado del dolor que me despedazaba, sin saber el lugar a donde Tautel nos llevaba.
Esta incertidumbre llega a herir mi imaginación y háceme volver sobre mí, para saber de Tautel cuáles eran sus intenciones; me reconozco entonces salido del puerto y expuesto al ancho mar que Tautel se esforzaba a ganar, remando con todo su ahínco. ¿Tautel, le digo entonces, a dónde nos llevas? Consuélanos, si es posible esperar consuelo en medio de tan acerbas angustias y desventuras. Voy a poneros en salvo, me responde, fiaos de mí y sosegad vuestro corazón. Pero Nelly, no pudiendo sosegar su afán en tan penosa incertidumbre, insta a Tautel para que nos sacase de ella. Dejando él entonces de remar, nos dice que tenía notada una cueva espaciosa, conocida de pocos y algo lejos del lugar donde nos encontrábamos, y a donde nos llevaba a esconder mientras buscaba mejor proporción para hacernos a Francia.
Esta respuesta fue para mí lo que para el cansado y sediento caminante, en el mayor ardor del estío, la fresca fuente a la sombra de un ameno bosque. Ella disipó en parte el terror con que asombraba a mi ánimo la cruel fortuna, pareciéndome que cansada dejase de perseguirme, mas la falta del sueño y el ocio triste de aquella pausada navegación, comenzaron a sugerirme de nuevo mil funestas ideas que ofendían la fidelidad de mi libertador, viéndome sólo con mis dos hijas doncellas y sin fuerzas para defenderlas, si la ocasión llegaba a corromper las intenciones de Tautel; y aunque la confianza que en él tenía sosegaba en parte mis terribles temores y sospechas, éstas, con todo, me llevaban en continuo sobresalto.
Así pasamos en claro toda aquella noche, fluctuando mi ánimo entre mil funestos pensamientos, mucho más que el esquife con las plácidas olas, por más que el buen Tautel, las pocas veces que hacía descansar los remos al escálamo, nos procurase consolar prometiéndonos la cercanía de nuestro seguro refugio, a donde jamás acabábamos de llegar.
Las estrellas comenzaban ya a esconderse de los primeros albores de la aurora que despuntaba, dejándonos ver más clara la tierra que costeábamos, cuando Tautel, dudoso si había o no pasado la cueva, acercándose a la playa para certificarse de ello, acierta a dar en un pequeño seno que formaba el mar donde, apenas entrados, descubrimos a dos pescadores que remendaban sus redes extendidas cerca de una casilla sola, que nos presentaba aquel pequeño pero delicioso anfiteatro de la naturaleza.
¡No os puedo ponderar, milord, cuán dulce vista fue aquélla para mí! ¡Qué suave envidia no me merecieron aquellos pobres y olvidados pescadores! El desasosiego y tumultos del fasto y de la ostentación, el esplendor de la ambición y de la grandeza, son por ventura delirios de la vanidad de los hombres. Así a lo menos me lo pareció entonces a la vista de aquellos dos pescadores en el silencio y tranquilidad de aquella amena ensenada. Si los pobres supiesen apreciar su estado no dudo que ellos solos fueran los felices en la tierra.
Tautel, conociendo que había errado el sitio, iba a virar para salir de aquel frondoso seno cerrado de verdes montecillos, cuyas blandas laderas y amenidad doraban ya los resplandores del día amanecido. Pero yo, sintiendo en mi pecho un fuerte impulso de confianza que me daba la vista de aquellos quietos pescadores, le digo a Tautel que se acerque hacia ellos, y aunque pareció obedecer con alguna repugnancia, se acercó, suspendiendo ellos su trabajo para mirarnos.
Hago señal con la mano al más anciano para que me ayudase a salir del esquife que Tautel no pudo impeler fuera del agua, pero al levantarme del asiento para darle la mano, me reconoce el pescador y quitándose con respeto la gorra, me dice: ¿Vos aquí sir Towsend? ¿Qué milagro es éste? Bienvenido seáis. Yo, sorprendido y algo asustado al principio de ser conocido de aquel hombre, fijo en él mis pasmados ojos y lo reconozco también: había servido algunos años de marinero en mi navío. Guinc, ¿vos aquí?, le digo, ¿es ésta vuestra dichosa habitación? Aquí vivo, me responde, con mi familia; será feliz si os dignáis honrar mi pobre casilla con vuestra presencia.
Ningún rey de la tierra pudiera hacerme una oferta más agradable, ni que pudiera yo aceptar con más intenso consuelo, que aquella que el buen Guinc me acababa de hacer; y habiendo ayudado a salir a mis hijas del esquife, seguimos a Guinc que nos encaminaba a su casa, donde, apenas entrados, lo llamo aparte y le digo: Guinc, ¿sabéis lo que es el amor de padre y lo que nos obliga hacer? Un señor poderoso del reino intenta robarme una de mis hijas, no habiendo yo querido dársela en casamiento. Esto me precisa a pasarla a Francia, y si lo consigo por vuestro medio, satisfaré colmadamente vuestro servicio. Si os atrevéis a venir en mi pequeño barco, responde Guinc, os prometo de poneros en un lugar seguro en la costa de Francia, a pesar de la guerra declarada y de los armadores enemigos; puesto que el tiempo no es muy favorable, iré a prevenir lo necesario, y entretanto podéis tomar descanso.
Un estrecho abrazo que le di por respuesta en el transporte de mi agradecido júbilo, lo empeña mucho más en servirme. Su oficiosa mujer y una hija que acudieron a su llamamiento, acomodan sobre un colchón de ovas mis hijas trasnochadas; y mientras ellas y yo rendimos al sueño nuestros pechos aliviados de los pasados afanes y temores, Guinc y su hijo, que era el otro pescador que estaba con él remendando las redes cuando aportamos, disponen el barco ayudados de Tautel y lo proveen para partir, entretanto que su mujer y su hija preparaban la comida.
Quisiera manifestaros, milord, la dulzura de los tiernos sentimientos que, a pesar de mi desventura, probó mi ánimo, cuando ya algo tarde, despertado de aquella buena gente llamándome a comer, me vi sentado a ello en su compañía. Mesa capaz para tantos no la había, debióse formar de dos tablas de barco, asentadas sobre cuatro colmenas, aunque cubiertas de un razonable mantel. Coronábanla dos grandes platos de peces asados, a que se reducía toda la comida, sobrada para tantos afanes y muy corta para la buena y oficiosa voluntad de aquellas gentes que quisieran darnos el alma. ¡Con qué expresiones afectuosas excusaban su pobreza y nos rogaban que compadeciésemos su sincera cordialidad! No espero ya, milord, tener en mis días más delicioso convite ni que tanto regale mi ánimo.
Quise recompensar la hospitalidad de Guinc y de su mujer, y las atenciones de su hija, dándoles unas ajorcas de perlas engastadas en oro que llevaba entre mis joyas; y entre los afectos y expresiones de su respetuoso agradecimiento y del de mis hijas para con ellas, dándonos priesa el animoso Guinc, zarpamos finalmente, seguidos de los votos y de los ojos de aquellas buenas mujeres, hasta que nos cubrió el uno de los montecillos que se levantaba a la embocadura de aquel seno, saliendo nosotros de nuevo al espacioso mar, a quien rizaba un blando nordeste que prometía sernos largo tiempo favorable.
Guinc, su hijo y Tautel eran los marineros. El sol teñía ya de su rojo esplendor el horizonte occidental, descubriendo todavía parte de su ancha y encendida faz al dilatado mar que doraba de sus inflamados rayos. La vela alzada toma de lleno el viento. Nos entregamos a su soplo favorable, que nos hacía volar, cortando la proa la espuma que con lisonjero murmullo se desvanecía en su rápido curso.
Así caminamos toda aquella noche y parte del siguiente día en que, comenzando a arreciarse el mismo viento, Guinc se atreve a meterse en el golfo confiado en la ligereza de su barco, y dirige el rumbo hacia las costas de Francia. La llegamos a avistar cuando ya la mar comenzaba a embravecerse y, aunque entonces vimos que se esforzaba en venir contra nosotros un armador de Boloña a quien era contrario el viento que nosotros teníamos en popa, la presencia de ánimo e intrepidez de Guinc: nos libró de caer en sus manos, aunque acrecentó los temores y afanes de mis hijas y los míos, dirigiendo osadamente el curso hacia el armador en vez de evitarlo. Éste, viendo la confianza con que navegábamos hacia tierra, debió sin duda creernos pescadores de Calais, para donde Guinc dirigía el rumbo; pero en vez de llegar a aquel puerto, torció hacia una cala en donde nos desembarca felizmente, dejándonos en la playa y diciéndome que aquello era lo más que podía hacer su atrevimiento.
Después de los abrazos que le dimos, acompañados de lágrimas con que le agradecí tan grande servicio le entrego cincuenta libras esterlinas, y aunque las agradecía él con vivas demostraciones, nos hubo de dejar y hacerse a la vela. ¿Qué más podía yo pretender de mi fortuna cruel en mi huida de Inglaterra? Pero, ¿cómo podían no crecer mis afanes al reconocerme sólo con mis hijas, al cielo raso, y con Tautel cargado con los pesados fardos? ¡Qué tristes ideas no me infundió aquella larga y silenciosa playa a que me veía expuesto, sin descubrirse habitación, sino la de un pequeño lugarejo que se levantaba en el fondo de aquella cala! ¿Qué hacer? ¿A quién acudir en medio de una nación enemiga, o que tal la hacía la guerra declarada?
Las ansias de escapar a la pesquisa de mis enemigos nacionales, no me hizo prever ninguna circunstancia de las que debían embarazar mi determinación; pero metido en el lance y pisando ya la playa que antes era de mí tan deseada, trocáronse mis deseos en mortales dudas y angustias, acrecentadas de los gemidos y afanes de mis pavorosas hijas, que no me dejaban dar un paso para alejarme de aquella orilla.
¿Toma por ventura a su cuenta el cielo proteger alguna vez la desgraciada inocencia? A él acudimos, mis hijas y yo, en medio de nuestras terribles zozobras, y sin duda atendió a nuestros ardientes votos y ruegos, haciéndonos apechugar con aquel arenal que pisábamos con fatiga. Mas apenas habíamos caminado medio cuarto de legua, que dimos sin pensar con un hermoso niño, el cual se entretenía en recoger conchas en la orilla del mar, algo lejos del lugar hada donde nos encaminábamos.
Mostraba ser por su vestido de padres ricos, lo que mucho me consoló, moviéndome a decirle en lengua francesa si moraban allí cerca sus padres. El niño alzó sus inocentes ojos ocupados en recoger aquel despreciable tesoro, y los fija en nosotros, especialmente en Tautel, cuyo negro color parecía que lo amedrentaba y que le impedía darme respuesta a la pregunta que le hacía; de modo que vimos llegar un eclesiástico que iba en su busca antes que él me respondiese.
El eclesiástico nos saludó con afable sorpresa, extrañando vernos allí, creyendo que hubiese naufragado nuestro navío en aquella costa, pues conoció que éramos ingleses, antes que yo le confiase mi desgracia y le pidiese amparo, implorando su humanidad en tan críticas circunstancias. A la verdad la experimentamos de él, consolándonos sobremanera luego que nos dijo que el padre de aquel niño, a quien él educaba, era hijo de un inglés que años atrás se había establecido en Calais, después de haber abjurado la religión protestante, y que su hijo, padre de aquel niño, era rico mercader, llamado Guillermo Wombels, que se hallaba allí cerca en su casa de campo, a donde luego nos encaminó, presentándonos al dicho Wombels, del cual recibí todos los agasajos que pudiera esperar de mi mayor amigo luego que le confié toda mi desgracia.
Largo fuera, milord, contaros la cordial hospitalidad y generosa beneficencia con que me trató y lo que hizo en mi favor, librándonos el cielo por su medio de los embarazos y peligros que encontraba nuestra libertad durante la guerra, hasta que nos hizo encaminar a esta capital, donde supe que se hallaba el lord Som... nuestro pariente, esperando mucho de su generosidad, aunque quedaron burladas mis lisonjas. Sin duda debieron preocupar su ánimo las voces esparcidas de mi supuesta traición para tratarme como me trató, permitiéndolo tal vez el cielo, para que experimentase el exceso de la beneficencia de este joven caballero en la mayor desesperación de mi miseria, a que me redujo la nueva desgracia de perder por el camino uno de mis fardos, y cabalmente aquél en que llevaba mis joyas y dinero, solos bienes que me quedaban en la tierra, después que supe en Calais que se habían confiscado todas mis haciendas.
Aquí dio fin Towsend a su relación, llorando él y sus hijas, y prorrumpiendo en nuevas demostraciones de gratitud a la generosa donación de Eusebio. El duque de D... mucho más interesado entonces en favor del desgraciado Towsend y de sus hijas, le dijo que se encargaba de hacerle percibir la renta de las trescientas libras donde gustase. Towsend le agradece el favor y vuelve a renovar las demostraciones de su gratitud a Eusebio; pero, queriendo postrársele otra vez de rodillas, Eusebio lo previno con firme y enérgica resolución de no aceptar tales demostraciones, rehusándole también la mano que le pedía para besársela por despedida, que efectuó con lágrimas y bendiciendo a su singular y munífico bienhechor.
Partido Towsend con sus hijas, se despide también el duque de D... encareciendo a Eusebio la conmoción que le había causado la demostración de Towsend y de sus hijas, y alabándole su admirable generosidad para con aquel desgraciado. Sobre esto continuaron a tratar Hardyl y Eusebio quedando solos, diciendo Eusebio el sumo alborozo que sentía por haber socorrido aquella desgraciada familia, especialmente después que Towsend descubrió el motivo de su desgracia. Hízole hacer Hardyl sobre ella algunas reflexiones, acortando su discurso la entrada de Altano y Taydor, que esperaban saliesen aquellos señores para componer los baúles, pues habían ya determinado Eusebio y Hardyl partir al otro día de París, como lo ejecutaron con el mismo coche y caballos con que comenzaron su viaje
La sazón era fría todavía y hacíala desapacible el blanco y nubloso cielo que acababa de descargar copiosas nieves, cubriendo los campos y caminos que presentaban a la vista de los viajantes los desnudos troncos de los árboles y sus erizadas cabelleras blanqueadas de la nieve; rompían al vasto silencio que reinaba a la redonda, los silbidos del cierzo entre los deshojados ramos y los graznidos de las hambrientas cornejas, que iban revoloteando a bandadas por aquellas nevadas llanuras.
Altano, Taydor y los cocheros iban envueltos en peludos gabanes, de que los armó la compasión de su amo, atendido el rigor del tiempo en que se veían obligados a partir por las instancias de Henrique Myden y por las circunstancias del pleito. Eusebio, a pesar de la aridez del camino, sentía en sí no poco alborozo por acortársele a cada paso la distancia que lo separaba de Leocadia, lisonjeándose de su recobrada salud y resarciendo la molestia de los malos caminos el deseo de llegar al término deseado, hacia el cual se encaminaban por el camino de León antes que por el de Bayona, deseando Eusebio ver las fábricas y telares celebrados de aquella ciudad.
Esto y los malos caminos que acababan de experimentar luego que llegaron a León, los hizo detenerse en aquella ciudad más tiempo de lo que habían determinado, esperando que se mejorasen los caminos con el buen tiempo y que se concluyesen algunos modelos que Eusebio mandó hacer de algunos telares de seda. Solían Hardyl y Eusebio frecuentar en León la casa del mercader a quien iban encomendados, y para quien llevaban letras de cambio. Al día siguiente que llegaron a aquella ciudad, les convidó el mismo mercader a una visita que convocó en atención a los mismos. El número de las personas era bastante crecido, y entre otras cosas de que trataban en la conversación, mereció alguna atención la novedad de los duendes que se oían en una casa de la ciudad, viéndose precisados a desampararla los que la habitaban por los ruidos de arrastradas cadenas y de maullidos de gatos que se oían en sus desvanes.
Al oír esto Hardyl, preguntó a uno de los que contaban estos ruidos, y que era otro rico mercader de León, si la casa en que se oían los duendes estaba aislada o contigua a otras, y respondiéndole el mercader que contigua, Hardyl replicó: Si es así, extraño que no les haya dado gana a los duendes de inquietar las casas vecinas, pudiéndolo hacer tan fácilmente. El mercader comienza a darle razones serias por que no lo hacían, ensartando patrañas y necedades de que tanto se alimenta la credulidad del vulgo, acrecentada del miedo de la exaltada fantasía y de las hablillas de la gente.
Hardyl le dijo entonces que extrañaba que el público no tomase providencia sobre ello, dejando cundir en el pueblo tales embelecos, en grave daño de la sociedad por las desazones, sustos y zozobras que padecían los ánimos, no siendo tampoco indiferente el perjuicio que ocasionaba el dejar fomentar tan ridículas ideas en la gente, y tan ajenas del recto juicio. ¿Pues que, queréis poner duda, le dice el mercader, en lo que tiene verificado toda la ciudad? No lo tendrá bastante verificado, responde Hardyl, y si queréis ver cómo se desengaña, apostemos cincuenta luises para dote de dos doncellas pobres, que arrojo yo a esos duendes de la casa en que se oyen.
A tan inesperada y atrevida proposición de Hardyl, se conmueve toda la visita, rogando los crédulos y temerosos a Hardyl que no lo hiciese; y otros, curiosos del éxito, instigando al mercader para que aceptase la apuesta. La disputa se empeñó tanto que el mercader la acepta, y Hardyl determinó poner en ejecución su empeño al día siguiente, si el gobierno se lo permitía; pero no habiendo dificultad por su parte, lo efectuó, esparciéndose por la ciudad la empresa del forastero sobre la apuesta de los cincuenta luises para dote de dos doncellas pobres.
Tratando de ella Hardyl y Eusebio luego que salieron de la visita, preguntále Hardyl si tendría ánimo para acompañarlo. -¿Y cómo queréis que me sufra el corazón dejaros ir solo? Pues aunque estoy tan lejos de dar fe a esos fantasmas imaginarios cuanto vos de temerlos, pudiera con todo nacer algún accidente que os estorbase salir con el intento; y así contad conmigo, pues tampoco me amedrenta lo que creo firmemente no existe. -Habremos de padecer alguna incomodidad y tener algún gasto, pero lo podremos dar por bien empleado, atendido el bien que a muchos se les puede seguir del desengaño, y el que les viene a las doncellas, a quienes van a dotar los duendes.
A más de esto conviene que nos quedemos a dormir en la misma casa aduendada; y para ello debemos hacer llevar camas para nosotros y para Altano y Taydor, pues es bien que ellos nos acompañen por lo que pudiese ocurrir; porque como siempre hacen de duendes los vivos, importa precaverse antes de éstos que de los imaginarios.
Llegada la hora de encaminarse a la casa, como viese la gente ir el carro con las camas que seguía a los forasteros, allegábase el pueblo curioso y asustado al mismo tiempo, llenando la calle en que estaba la casa de los duendes, para ver el éxito de aquella ruidosa y temible empresa que tal les parecía. Hardyl y Eusebio, seguidos de Altano y de Taydor, entran en la casa vacía de todo mueble. Su silenciosa soledad arremetía, las pisadas resonaban con mayor eco, las voces naturales de Hardyl, de Eusebio y de Taydor, parecían más roncas y de otro temple a los oídos de Altano.
Habían recabado de éste Hardyl y Eusebio, a fuerza de persuasiones y promesas, que los acompañase, empeñando en ello su reputación, y se resolvió finalmente, aunque de mala gana, a no desamparar a su amo; y aunque fue el postrero a entrar en la casa, diose priesa, entrado ya en el zaguán, para dejar detrás a Taydor, cuando iban ya a tomar la escalera, sin atreverse a desplegar sus labios, pálido, temblando y creyendo dar de hocicos a cada paso con algún duende, o que le agarrase las piernas.
Taydor, que le iba detrás para hacer bulla, le daba de cuando en cuando algún tirón del gabán con lo que lo hacía saltar, acompañando el salto con un juramento más redondo que su cabeza. Habían ya registrado con menuda atención y advertencia todos los cuartos y rincones, no para ver si daban con duendes, sino para descubrir indicios de engaño y de fraude de los vivos; pero no encontrando ninguna señal, resolvió Hardyl hacer subir las camas que quedaban todavía en la calle sobre el carro, en que trabajaron no poco Altano y Taydor, ayudándoles el mismo Hardyl y Eusebio, no habiéndose atrevido el carretero a entrar en la casa, ni otro ninguno del inmenso gentío que cubría toda la calle, esperando en ella de pies que Hardyl bajase con alguna cabeza de duende o que los duendes lo descalabrasen.
Colocadas finalmente las camas, faltaba lo principal, que era el registro del desván donde anidaban los ruidosos fantasmas; pero al subir Hardyl y Eusebio la corta escalera que llevaba a él, Altano, desamparado enteramente del esfuerzo que había cobrado con el trabajo de subir las camas, comienza a decir con voz lastimosa a Eusebio: Por Dios, mi señor, no acometa vmd. ese desatino si no quiere morir de mala muerte como lo oí decir de muchos que quisieron hacer los valientes. Vámonos de aquí y dejemos esta casa endiablada que se la lleve Barrabás, y no exponga vmd. su vida por una demanda tan desatinada. Si no quieres subir, le dice Eusebio, quédate aquí y nos guardarás las espaldas. -¿Qué espaldas puedo guardar, mi señor don Eusebio, pues ni aun para guardar cabras estoy? Vea vmd. que de un puntillazo no le echen los duendes por los aires como una pelota. Y entonces, ¿qué espaldas le podré guardar?
Mientras Altano decía esto, Hardyl forcejaba en abrir la puerta; mas siendo vanas sus tentativas, echando de ver que la puerta estaba cerrada y enclavada por dentro del desván, determinó echarla a tierra. Para esto, siendo necesaria herramienta, dio orden a Taydor que fuese a buscarla, pues de Altano no había que esperar que diese un paso a solas aunque le ofrecieran un reino. Estando allí los pies parados en la escalera esperando que Taydor volviese con la herramienta, Hardyl dijo a Eusebio: Ved qué advertidos fueron los duendes y cuán poco los que los temieron, pues si éstos hubiesen tenido ánimo para venir a registrar el desván y certificarse de la causa de los ruidos, a buen seguro que los duendes hubiesen desistido de sus mañas.
Apenas acababa de decir esto Hardyl, cuando oyen sobre sus cabezas un recio golpe, como de una gran piedra tirada con fuerza, luego un galopeo como de caballos y, parado esto, comenzó nuevo ruido de cadenas arrastradas con pausa, e inmediatamente con rapidez. Entonces sí que se le cuajó la sangre en las venas a Gil Altano, haciéndole abrir la horrible consternación un palmo de boca, y mostrando los dientes como pintan a los rabiosos condenados, gimiendo de pavor como si remedase el gruñido del perro, luego batiendo los dientes con tanta violencia que parecía le hubiesen acometido tercianas.
Hardyl, el mismo Hardyl, necesitó llamar a cuenta su repentino sobresalto, y Eusebio hubo también de hacerse fuerza para contrastar los primeros movimientos del temor que lo asaltó al oír aquellos extraordinarios ruidos. Sabían que no había nadie en la casa; veían, la puerta del desván cerrada, ¿quién pudo pues arrojar con tanta fuerza aquel peñasco, que tal pareció al golpe? ¿Qué caballos podía haber en el desván? ¿Quién podía arrastrar aquellas cadenas con tanta violencia, después de haberlas paseado con pausa sosegada?
Uno de los motivos que hace al miedo tan terrible y poderoso es la fuerza que tiene de deslumbrar y preocupar la razón y de trastornar la fantasía. Aquél cree verdaderamente ver despierto y de pies lo que no ve, y sentir lo que no siente. Tal huye despavorido de un imaginario gigante y de un objeto que le forja la fantasía. Tal juraría que acabó de oír claramente la voz de un difunto, de un espectro, de un santo que lo llamó. ¿Qué mucho que el vulgo, ajeno de reflexión, sea juguete en todas las partes del mundo de esta pasión que le infundió la naturaleza como móvil de su conservación?
Ella nos hace evitar los peligros y recatarnos de todo aquello que nos parece pudiera causar la destrucción de nuestro ser. Aves, peces, fieras, hombres, todo ser sensible teme porque teme perecer. No es posible desarraigar enteramente el miedo del corazón, como no se pueden desarraigar tampoco las demás pasiones; pero bien se puede sufrir freno como ellas, y sus fuerzas disminuirse con la reflexión, inquiriendo el origen de lo que nos amedrenta y sobreponiendo el miedo al conocimiento de la razón, o para contenerlo, o para sofocarlo, siendo esto también uno de los efectos del estudio de la sabiduría.
Ninguno teme menos que aquel que más reflexiona, especialmente sobre estos motivos y causas que alteran la fantasía; porque, fortalecido su ánimo de los conocimientos de la verdad y de los engaños a que está expuesta la imaginación, se acostumbra poco a poco a hacer frente a los miedos y luego a despreciarlos, sin que baste para esto el natural valor si no anda prevenido de la reflexión. Porque uno acometerá solo con intrepidez a un escuadrón entero, y no tendrá ánimo para entrar solo en un lugar a oscuras, ni velar a un difunto, aunque alumbrado de mil antorchas. ¿Tiene por ventura mayor motivo de temer a un cadáver yerto e insensible, o la oscuridad de un aposento, que al acero ardiente empuñado de un feroz enemigo? No, por cierto. Pero su fantasía, avasallada de la opinión, trastorna su mente y enajena sus sentidos. De aquí las apariciones, las brujas, los duendes, los trasgos, las hablas de los difuntos,
Et contum, e stygio ranas, in gurgite nigras,
y tanta conseja del vulgo con que dejan fomentar las preocupaciones de su rudeza, aquellos mismos que debieran destruir esta ciega credulidad que tanto daño acarrea.
Hardyl, vuelto luego sobre sí de aquel repentino sobresalto, después de haber indagado la causa de aquellos ruidos, dice a Eusebio: Se hubieran podido ahorrar estos duendes tanta algazara, y en vez de ella hubieran hecho mejor de acometernos cara a cara. Eusebio, habiendo cobrado ánimo con estas palabras de Hardyl, le pregunta cuál pensaba que pudiese ser la causa de aquellos ruidos. La causa particular no sé atinarla, le responde Hardyl, pero la general la podéis conocer tan bien como yo; pues sin brazos las cadenas no se mueven, ni se galopea sin piernas, señal que los duendes quieren amedrentarnos de lejos para hacernos desistir de la empresa.
Señor don Eusebio, por Dios, exclama entonces Altano tiritando y ciscándose de miedo, que se me aflojaron los muelles y arrojo el alma por los calzones, ¿a dónde iré a remediarme, cuitado de mí? ¿Quién diablos me metió en ensayar este desatino? Bueno está esto, le dijo Hardyl, ¿ahora que necesitamos de ti para que vayas delante con el cuchillo desenvainado, nos sales con eso? -¿Pues qué, estuvo en mi mano, voto a tal, el que no se me saliese? -Ahora lo percibo; hazte allá que nos apestas. -No, vive Dios, que no me moveré del lado de mi señor don Eusebio. Vámonos de aquí, mi señor, por lo que más ama en este suelo se lo pido: por mi señora doña Leocadia, por mi señor don Henrique Myden, vámonos y dejemos que hundan los demonios de duendes esta casa maldita que no nos importa un bledo.
¿Pero hasta ahora, le dijo Eusebio, qué mal te han hecho los duendes? ¿No vale más que sufras un poco para perderles el miedo en adelante? Así te desengañarás por tus ojos y conocerás que son los vivos los duendes verdaderos y no los muertos. -Señor, que los duendes no son ni vivos ni muertos. -¿Pues qué son? -¿Quién lo puede saber? Sólo sé que no son ni vivos ni muertos. -¿Qué es, pues, lo que puedes temer de ellos, si no son ni muertos ni vivos?-Que me den un susto que me mate. -¡No se puede negar Eusebio, dijo entonces Hardyl, que tenéis un excelente y esforzado criado! ¡Ir a ciscarse de miedo a lo mejor! -Señor Hardyl, sé exponer mi vida por mi señor don Eusebio; pero ir a meterse con duendes, sólo la temeridad de vmd. lo pudiera acometer.
Las pisadas de Taydor, que subía a priesa la escalera, hacen callar a Altano; Taydor llega preguntando qué era lo que había sucedido, pues la gente estaba muy conmovida y alborotada en la calle por los ruidos de cadenas que habían oído. Dad acá ese escoplo y martillo, le dice Hardyl, y no nos detengamos en ruidos. A pocos golpes se desenclava la puerta rota y deja la entrada libre al desván, a donde sube Taydor delante de Hardyl con la espada desenvainada. Altano, asiéndose entonces del brazo de Eusebio, le rogaba con las mayores veras que no subiese ni lo obligase a subir. Pero Eusebio, viendo a Taydor y Hardyl escalera arriba, esperando que Altano se desengañaría si lo hacía subir, lo arrastra según estaba asido a su brazo y hácelo entrar en el desván.
Lo primero que llamó la curiosidad de Hardyl y de Eusebio fue el golpe de la piedra que oyeron sobre sus cabezas, y acudiendo a donde lo oyeron, hallaron algo apartado un grueso ladrillo que la fuerza del golpe había hecho partir por medio, señal que no había caído accidentalmente del techo, sino que había sido arrojado con fuerza. Penetrando luego juntos en otra división del desván, Taydor tropieza con una cadena de gruesos eslabones que yacía tendida allí en el suelo y cuyo ruido hizo tomar la escalera de corrida a Gil Altano, quedando allí en el remate de ella cogido de la barandilla, vuelto el rostro hacia la entrada de la división para ver si comparecía algún fantasma.
Hardyl acude al ruido del tropiezo de Taydor con la cadena, y dice a Eusebio: Ved aquí las armas de los duendes; quién sabe que no demos también con ellos. Al decir esto, he aquí un grueso gato negro, azorado del grito y de la estocada que le tiró Taydor para matarlo, atraviesa el desván como una furia. Eusebio y Hardyl se conmueven del grito de Taydor y de la repentina vista del gato que les pasó entre las piernas. Altano, que estaba de pies temblando en la escalera y ojo alerta a lo que podía ser la causa de aquel grito de Taydor, viendo salir de repente aquel negro gato, que se le representó ser un demonio o espectro infernal, deslumbrado del horrible pavor que le trastornó los sentidos, da consigo escalera abajo, arrojando un grito tan agudo y dando tan recio golpe con la caída, que penetró los oídos y corazones de Hardyl y de Eusebio.
Acuden asustados al ruido, y ven a Altano tendido sin sentidos y atravesado en el descanso en donde paró. Sintió entonces Hardyl, y no menos Eusebio, haberlo expuesto a aquel lance, temiendo que se hubiese descalabrado. Llévanlo entre los tres a la cama. El susto había sido mayor que la contusión que recibió en las costillas y que la herida que tenía en la frente, de la cual le manaba harta sangre. Remediála Taydor con unas telarañas, de que abundaba la casa, empapadas en el aceite del velón que había de arder aquella noche, después de haberle lavado la herida con agua fría, que contribuyó para hacerlo volver en sí del susto.
Entonces fueron los lamentos, las quejas, los reniegos, las maldiciones contra Hardyl, contra el momento en que puso los pies en aquella casa endiablada, y en confirmarse en que era realmente el demonio el que había visto en figura de gato negro, sin que valiesen persuasiones para desengañar a su trastornada fantasía.
De hecho, ¿quién otro que Hardyl, que casi toda su vida había hecho estudio de vencer y dominar sus afectos y pasiones, se hubiera atrevido a acometer aquella empresa? ¿Qué otro que Eusebio, enseñado del mismo Hardyl a sojuzgar al miedo, no sólo con la reflexión sino también con el ejercicio de vencerlo, se hubiera empeñado en acompañarlo, ni hubiera resistido al golpe de la piedra, al ruido de las cadenas ni a la vista del gato, preocupada de antemano su imaginación de la fama de los duendes, aunque fuese tan natural verse un gato en un desván? Taydor mismo, aunque hombre de valor, ¿se hubiera jamás atrevido a entrar en aquella casa, ni subir al desván, si no lo hubiera animado y sostenido el ejemplo de sus amos? ¡Qué mucho que sea tan crédulo el temor del vulgo y que preste tanta fe a cosas cuya verdad hace el mismo miedo imposibles de averiguar!
Viendo Hardyl algo recobrado a Gil Altano y que no acababa con sus maldiciones y reniegos, no quiso exponerlo de nuevo a otro accidente; y así, haciendo que Taydor quedase con él, se subió otra vez al desván con Eusebio, para registrarlo a su satisfacción. La vista del gato, que hubiera amedrentado y deslumbrado a cualquiera otro, sirvió a Hardyl para sospechar que hubiese comunicación entre las casas vecinas y que ella facilitase el hacer impunemente los duendes a los que los hacían. La luz escasa que daban los agujeros que servían de ventanas al desván, no le dejo reparar a primera vista en un boquerón que había en que daba a la casa vecina, cubierto por de dentro con una tela de arpillera muy tupida. Pero al tantearlo con la mano, le dice a Eusebio: Ved aquí el nido de los duendes; a buen seguro que no se nos escapen; por aquí salió el gato, vamos a ver dónde fue a parar.
Dicho esto, se encaminan a la otra división del desván y en la pared de la otra casa descubre otro agujero de casi igual tamaño, por donde podía meterse un hombre cómodamente, pero sin estar tapado como el otro; de modo que, poniéndose Eusebio de rodillas y abajándose un poco, vio un mozo que sobre las puntas de los pies se entraba por una puerta. Aquí está el duende, Hardyl, dijo entonces Eusebio bajando la voz, ahí hay un hombre que sin duda fue el que tiró el ladrillo y arrastró la cadena, pues parece que se fue a esconder de nosotros. Me basta, le dijo Hardyl, haber visto estos agujeros. Necesitamos manejarnos con prudencia para no enredar con la justicia estas vecinas familias. Apostaría que son amores o enemistados los que engendraron a estos duendes, pero la comunicación de las casas inmediatas me hace sospechar que ande por medio algún libre trato. Paréceme que podremos conseguir nuestro intento de desterrar los duendes, haciendo tapiar los agujeros sin dar parte a la justicia.
Resueltos, pues, a hacer esto, bajan abajo y dan orden a Taydor para que hiciese venir a un albañil con los materiales necesarios para tapiar los agujeros. Toda la calle estaba llena de la gente que esperaba con ansia el éxito de aquella empresa, que ocupaba los discursos y curiosidad de toda León; y al ver el pueblo salir a Taydor de la casa, le abre el paso, preguntándole qué había visto, qué habían encontrado. El taciturno Taydor, sin darles respuesta, iba rogando le enseñasen dónde podría encontrar un albañil y encaminándolo la gente con la voz y con las señas a un edificio vecino en que trabajaban diez o doce albañiles, Taydor les propone si quería venir alguno de ellos a tapiar ciertos agujeros; mas sabiendo la casa a que habían de ir; lo rehusaron todos, tal era la medrosa credulidad que había preocupado las fantasías de todo el pueblo.
Al fin, a fuerza de persuasiones y de promesas, y entre ellas la de dos luises de oro por tapiar dos agujeros, se resolvió aceptarla uno de los peones que trabajaban allí a destajo, con otro mozo que traía los materiales. Al cabo de rato que Hardyl y Eusebio se esforzaban en sosegar y desengañar la imaginación de Altano, llega Taydor con los albañiles. Hardyl y Eusebio quieren ir delante para enseñarles lo que debían hacer y estar presentes a la obra; pero el peón que llevaba los materiales, al llegar a subir la escalera del desván, se deja apoderar del miedo y lo infunde a su compañero, rehusando ambos entrar en el desván. Fue necesaria toda la elocuencia de Hardyl para persuadirles que ejecutasen lo prometido; y si Eusebio no se hubiera movido a cargar con el saquillo de yeso y con algún ladrillo para llevarlos arriba, como los llevó, tal vez no hubieran conseguido su intento.
Con su ejemplo, vencida la tímida obstinación de los peones, acaban de subir los demás materiales; tapian los agujeros, y satisfechos de los dos luises que Taydor les había prometido, aprietan escalera abajo; mas como el vencimiento del miedo, a vista de ajenos ojos, engendra vanagloria, los peones dejándose llevar de ella delante del inmenso gentío que los cortejaba con su ansiosa curiosidad, cuentan a todos las cadenas que habían encontrado y los agujeros que acababan de tapiar, por donde se internaban los vivos a hacer los duendes.
Esta noticia cunde en un momento por toda la ciudad, y llegando a oídos del dueño de la casa, que era un caballero principal, y reclamando el daño que se le ocasionaría si quedaba por alquilar su casa durando tan ridícula preocupación, acude al presidente. Éste, debiendo satisfacer en justicia a la delación y movido también por la curiosidad del caso, quiso ir en persona a registrar la casa acompañado de los alguaciles, sabiendo que estaban en ella los forasteros.
Había ya pasado la mayor parte de la tarde, que emplearon Hardyl y Eusebio en el registro del desván y en hacer tapiar los agujeros, quedando solos con Altano, pues no habían de desampararlo, habiendo ido Taydor a llamar a un cirujano para que remediase al dolor de la contusión de que Altano se quejaba. Oyendo ellos ruido de gente que subía, salen a ver lo que era y se encuentran con gran sorpresa suya con la justicia. El presidente, después de haberse informado de Hardyl del caso, le ruega quisiese acompañarlo al desván pues quería registrarlo por sus ojos.
Hardyl y Eusebio iban a tomar la escalera, cuando oyen los gritos de Altano, que decía desde la cama: Por Dios, mi señor don Eusebio, que no puedo quedar solo; venga vmd. pues si no, me salgo en camisa. Oyendo el presidente aquellos gritos, pregunta qué venía a ser; Hardyl le cuenta la causa del susto que había tenido aquel criado que gritaba y la caída que dio en la escalera del desván; pero, aunque fue corta la relación, no lo fue tanto para el miedo de Altano, el cual, viendo que Eusebio ni le daba respuesta ni comparecía, a pesar del dolor de la contusión, salta de la cama en camisa como estaba y sale corriendo afuera, a donde se hallaba el presidente y los alguaciles.
Éstos, al ver salir de repente aquella extraña figura en camisa con el pañuelo blanco en la cabeza, que le servía de venda a la herida y que hacía resaltar más la tez de su rostro, como venían sus ánimos preocupados en los duendes, aprietan a correr escalera abajo dando gritos de consternación, creyendo verdadero duende a aquel encamisado. El presidente necesitó también de todas sus luces y de estar prevenido que aquel era el criado, para no dar al traste con su gravedad, viendo aquella figura que se acerca hacia ellos, a pesar de las voces que le daba Hardyl para que se fuese a la cama. Pero él, jurando que no iría si no lo acompañaba su amo, precisó a éste a seguirlo para quitarlo de la vista del presidente.
Quedó éste solo con Hardyl, admirando la fuerza del miedo en los ánimos de los alguaciles que lo desampararon; pero éstos, no pudiendo salir de la casa por la mucha gente que estaba apiñada a la puerta, tuvieron tiempo para avergonzarse y para dejarse persuadir de Taydor que entraba con el cirujano, que el hombre en camisa que habían visto era el otro criado y no duende, y sacando fuerzas de su vergüenza, siguieron a Taydor y pudieron acompañar al desván al presidente precedido de Hardyl. Después de quedar enterado él mismo de lo que había hecho, le dijo a Hardyl que no había necesidad de que quedasen a dormir allí aquella noche; pero diciéndole Hardyl que contribuiría su quedada para mayor desengaño del pueblo y que por lo mismo estaba en ánimo de hacerlo si se lo permitía, no quiso oponerse el presidente a su determinación y se despidió.
Entretanto, el cirujano, habiendo visitado la contusión de Altano, esperaba que Taydor trajese los remedios que había ordenado para la cura. En ella les cogió la noche y debieron cenar allí mismo, haciéndose traer la cena del mesón, sin que los molestase ningún ruido de cadenas, que se llevaron los alguaciles por orden del presidente, y sin que los duendes les diesen sobresalto con otros golpes. Sólo Altano, que se sentía aliviado de su dolor y más avispado con la presencia de los amos y de Taydor, los majaba con cuentos de duendes que sabía y que ensartaba uno tras otro para no dejarlos dormir, no teniendo sueño y temiendo el silencio de la noche; y si Hardyl no le hubiese mandado con afectado enojo que callase, no hubiera parado la tarabilla hasta bien entrado el día; si le hubiese ocurrido el cuento del mago Trigueros, a buen seguro que no quedara en alto todavía.
Con esto pudieron dormir sosegadamente, y amanecido el día, Eusebio preguntó luego a Altano por su dolor. Esta voz fue para él la mejor medicina, poniéndose a vestir con un denuedo que parecía hubiese de ir a dar la encamisada al enemigo. El presidente había tenido la advertencia de hacer velar poniendo algunas guardas a la puerta de la casa, para prevenir todo lo que pudiese acometer la malignidad, y las sospechas que le hicieron concebir los agujeros de las casas medianeras se verificaron, confesando uno de los mozos vecinos, a quien mandó prender, que había sido él el que hacía todos aquellos ruidos para que la casa de enmedio quedase deshabitada y poder tratar más libremente a una criada de la otra casa inmediata de quien estaba enamorado.
Hardyl y Eusebio, habiendo conseguido su intento de desterrar los duendes y de desengañar a todo el pueblo preocupado de ellos y de sus miedos, fueron aquella misma mañana a la casa del mercader a exigir los cincuenta luises de la apuesta, firmada en presencia de testigos, para el dote de las doncellas. El mercader prometió darlos de buena gana luego que se hubiesen sorteado los nombres de las doncellas.
Si el animoso empeño de Hardyl ocupó los discursos y la curiosidad de aquellos ciudadanos sobre los duendes y sobre la apuesta, el fin piadoso de ésta conmovió también sus ánimos y su curiosidad para asistir al sorteo que, por elección del mismo Hardyl, se había de hacer en la iglesia de San Justo, parroquia a la cual pertenecía la casa de los duendes, queriendo también que fuesen de aquella parroquia misma las doncellas pobres cuyos nombres se habían de sortear.
Hizo aquella función más solemne la presencia de muchas damas y caballeros que acudieron. Once doncellas pobres eran las candidatas, las cuales estaban de pie en medio del crucero y rodeadas de inmenso pueblo esperando el sorteo. El cura ocupaba delante de ellas la mesa, sobre la cual se veía la cajuela que contenía sus nombres, escritos antes escrupulosamente en presencia de Hardyl y del mercader. Luego que éste depositó los cincuenta luises sobre la mesa, comenzaron las suertes.
Un hijo de un caballero de los presentes fue llamado para sacar los dos primeros nombres que debían ser los premiados. Los ojos de la gente que había apacentado su curiosidad en los rostros de las doncellas, llamados del meneo de la cajuela en las manos del cura, pendían de la del niño que la metía para sacar el nombre, y los ansiosos corazones de las doncellas esperaban que la voz del cura pronunciase el suyo. Fue recibido con júbilo el de Ana Cardillac, buscando todos con los ojos aquella a quien la suerte coronaba, y pasando la esperanza a los corazones de las otras, lisonjeando a cada una de su nombramiento.
Dorotea Freiret fue el segundo que el niño sorteó, dando a leer el cura los dichos nombres escritos a Hardyl y al mercader. Llamadas de éste las sorteadas doncellas, les entregó a cada una veinte y cinco luises en un bolsillo entre el alegre murmullo de la gente, que aplaudía no sólo a la suerte de las doncellas, sino al piadoso fin de aquella loable apuesta por tantos títulos; y como Hardyl era el reconocido autor de ella, el cura se lo señaló con la mano y con la voz a las muchachas, para que le agradeciesen sus piadosas miras. Ellas lo hicieron con todo su modesto alborozo, participando de aquel mismo gozo sus padres que se hallaban presentes, los cuales agradecieron a Hardyl su beneficencia con respetuosas demostraciones.
Este feliz éxito tuvo la sublime animosidad de Hardyl, cuya memoria no pudo dejar de durar por mucho tiempo entre los ciudadanos de León. A la verdad él no purgó la tierra, como Hércules y Teseo, de los monstruos y fieras que la inquietaban. Tales hazañas son sólo dignas de la credulidad de aquellos tiempos en que la virtud pendía del brazo y del esfuerzo; pero purgó bien sí las perturbadas fantasías de los hombres, de los espectros vanos que ella se forja, mucho más temibles tal vez que un Sinis, que un Cerción, que un Escirón y que un Procustes.
| Minor admirado suminitis. | |||
| Debetur monstris. |