Cercó, «rodeó».
Lo hiciese hombre de fiera, lo matase y así pudiese recuperar su naturaleza de hombre.
Con sus menguantes la luna, nueva alusión a los cuernos (ahora refiriéndose a la luna), elemento que aparece de un modo obsesivo en muchos fragmentos del poema.
Blasones, sobre la posibilidad de identificar a la dama que canta Barahona, a partir de estos (supuestos) blasones con mil corazones pintados, cfr. Francisco Rodríguez Marín, Luis Barahona de Soto, op. cit., pp. 180-181.
Endimión, con respecto a este personaje, que no está en las Metamorfosis ovidianas, escribe Juan Pérez de Moya:
«Amar Endimión a la Luna, como dice Plinio, y ser desechado della hasta que Endimión guardó treinta años los ganados de la Luna; que volvió tanto en su amor que le decendía a besar, y tener della cincuenta hijas, aunque algunos dicen que fueron solas tres, es de saber que muchas cosas fingieron los poetas para pura historia y memoria de algunos varones ilustres, disfrazando sus hazañas con fabulosos ornamentos; y así lo que se dice de Endimión se dijo para perpetua memoria de la vida deste varón. Endimión fue hijo de Acthilio y habitó en una cueva de un monte de Ionia, región de Asia, llamado Latmo, de quien dicen que perpetuamente dormía y fue amado de la Luna. Endimión, según san Fulgencio, fue un gran sabio, el cual primero halló el arte y orden del movimiento de la Luna. Y porque para esto había menester muchos tiempos de consideración, por no tener principios de nadie, gastó treinta años en el dicho monte; y porque para observar esto era menester velar de noche, por esto dicen que salía de noche», Juan Pérez de Moya, Philosofía secreta, ed. Carlos Clavería, op. cit., p. 376.
Só, forma apocopada de «soy».
El rústico..., referencia al pirómano Eróstrato que incendió el fastuoso templo de Diana en Éfeso. De este lamentable hecho se indica lo siguiente: «Este templo, tal y tan grande cual está dicho, se le antojó a un mal hombre de le poner fuego y así lo hizo; y, siendo preso, confesó que lo había hecho no por más de porque quedase fama dél. Y dice Valerio Máximo, en el título "De la cobdicia de la fama", y Aulo Gelio, en el libro segundo, que fue mandado con grandes premias que nadie escribiese su nombre, porque no consiguiese la fama que había deseado; pero aprovechó poco: que Solino y Estrabón dicen que se llamaba Heróstrato», Pedro Mexía, Silva de varia lección, ed. Antonio Castro, Madrid, Cátedra, 1990, II, p. 249. Con relación a Eróstrato, el editor del libro indicado nos dice que era un griego de origen plebeyo que, buscando la notoriedad, incendió el templo de Diana en Éfeso (356 a. C.). Los efesios lo condenaron a la hoguera y prohibieron, bajo pena de muerte, pronunciar su nombre, lo que no impidió que alcanzase póstuma perduración.
Otro, elipsis, hay que sobrentender el término «incendio», en este caso de amor.
Orión, personaje mitológico, cuya historia es la siguiente: Orión, que era un hermoso mancebo y cazador infatigable, sobresalía entre todos los héroes de su tiempo por su estatura y por su fuerza. Un poeta escribe a este propósito: «cuando Orión caminaba al través de los mares más profundos, sus hombros sobresalían por encima de las aguas». Diana le eligió para que formara parte de su séquito y le confirió los primeros empleos de su corte, prodigándole patentes muestras de su protección bienhechora; suerte afortunada que parecía que no había de acabarse jamás. Su vanidad, empero, fue la causa de su ruina. Un día después de llevar a cabo una brillante cacería y mientras era objeto de halagadores elogios, se jactó de que no había monstruo alguno ni en las selvas ni en los montes ni en el desierto, del cual no pudiese él triunfar, envaneciéndose de que ni los tigres, ni las panteras ni aun los leones eran capaces de producirle espanto alguno. La Tierra, que se creyó desafiada por tanta jactancia, mandó contra este gigante un simple escorpión cuya mordedura le causó la muerte. Desconsolada Diana por la muerte de uno de sus más intrépidos cazadores, obtuvo de Júpiter que fuese transportado al cielo y colocado entre los astros, donde forma una de las más brillantes constelaciones del firmamento llamada Orión», ápud Juan Humbert, Mitología griega y romana, op. cit., p. 163.
Ha, «tiene».