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Vid., al respecto el estudio de Juana Toledano Molina, «El tema de Acteón entre Barahona de Soto y Mira de Amescua» en Mira de Amescua en candelero, Actas del Congreso Internacional sobre «Mira de Amescua y el Teatro Español del siglo XVII», Granada, Universidad, 1996, I, pp. 545-552.



 

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Lope de Vega, Antología poética, ed., Miguel García-Posada, Barcelona, Acervo, 1983, p. 91. Se trata del final del conocido soneto que comienza «Desmayarse, atreverse, estar furioso».



 

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Gustavo Adolfo Bécquer, «La corza blanca», Leyendas, apólogos y otros relatos, ed., Rubén Benítez, Barcelona, Labor, 1974, p. 302. La descripción de la escena becqueriana sigue en términos parecidos: «Aquí una de ellas, blanca como el vellón de un cordero, sacaba su cabeza rubia entre las verdes y flotantes hojas de una planta acuática, de la cual parecía una flor a medio abrir, cuyo flexible tallo más bien se adivinaba que se veía temblar debajo de los infinitos círculos de luz de las ondas. / Otra, con el cabello suelto sobre los hombros, mecíase suspendida de la rama de un sauce sobre la corriente de un río, y sus pequeños pies color de rosa hacían una raya de plata al pasar rozando la tersa superficie. En tanto que éstas permanecían recostadas aún al borde del agua, con los azules ojos adormidos, aspirando con voluptuosidad el perfume de las flores y estremeciéndose ligeramente al contacto de la fresca brisa, aquéllas danzaban en vertiginosa ronda, entrelazando caprichosamente sus manos, dejando caer atrás la cabeza con delicioso abandono e hiriendo el suelo con el pie en alternada cadencia», ibid., pp. 302-303.



 

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Rodríguez Marín, Luis Barahona de Soto, op. cit., p. 551.



 

34

Ibid., p. 242.



 

35

La «Fábula de Acteón» se editó en el siglo XVIII, en la recopilación de Juan José López de Sedano, Parnaso español. Colección de poesías escogidas de los más célebres poetas castellanos, Madrid, Antonio de Sancha, 1778, tomo IX, p. 89 y ss., y más tarde en el siglo XIX, por Nicolás Böhl de Faber, Floresta de rimas antiguas castellanas, Hamburgo, 1821-1825, composición núm. 951, aunque, según Rodríguez Marín, en el último caso, el texto está bastante modificado en muchas ocasiones, con resultado negativo, cfr. Francisco Rodríguez Marín, Luis Barahona de Soto, op. cit., p. 637, n.º 3; iguales arreglos improcedentes observa por lo que respecta a la edición de Sedano, ibid., p. 179.



 

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Dierdes, forma sincopada y antigua de diéredes, «diéresis». Es frecuente en muchos textos del siglo XVI, como ocurre en San Juan de la Cruz: «Pastores, los que fuerdes, / allá por las majadas al otero, / si por ventura vierdes...», «Cántico espiritual», Poesías, ed. Paola Elia, Madrid, Castalia, 1990, pp. 105-106.



 

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El sentido de esta quintilla viene a decir que la condición esquiva de la amada es similar a la que presenta Pomona, convencida finalmente por el hablar o los razonamientos de Vertumno; pero esta amada del poeta es irreductible y sabe defenderse de esos discursos, sin que le causen efecto, es decir, sin que ceda a las pretensiones amorosas. La siguiente quintilla tiene un matiz esperanzador.



 

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Mayor fortaleza, el desdén de la amada.



 

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Del texto se deduce que Pomona es una especie de hamadríade, o ninfa que vive en el seno de los árboles y que muere con ellos. Sobre este personaje mitológico, especie de dios menor, cercano al mundo de los pastores, como los faunos o los silvanos, está compuesta la «Égloga de las hamadríades», de Barahona. Cfr. nuestro trabajo «La Égloga de las hamadríades, de Luis Barahona de Soto», Angélica. Revista de Literatura, 1, 1991, pp. 7-30, y Luis Barahona de Soto, Tres Églogas, ed. Antonio Cruz Casado, Lucena, Excmo. Ayuntamiento / Publicaciones de la Cátedra Barahona de Soto, 1997. Como la composición indica, aunque las hamadríades suelen morir con las plantas de que son tutoras, Pomona fue luego transformada en una diosa, que no perece. El hacer de Pomona una hamadríade está ya en el original de Ovidio. Es frecuente el tratamiento de estas divinidades menores en los tratados mitológicos: «Dríades son las deidades de los árboles, como lo dice Luis Vives. Dris quiere decir encina en griego, y aquí se toma el nombre específico por el genérico. Pontano dice que son unas diosas que nacen con los árboles y con ellos perecen y se acaban. De éstas dijo Virgilio: Interea Dryadum sylvas, saltusque sequamur / Intactos. "Entretanto nosotros, oh Mecenas, / sigamos a las Ninfas de las selvas / en bosques, que todos son apenas". Lilio Giraldo dice que Dríades y Hamadríades son ninfas ilustres y que por otro nombre se llamaron Querquetelana Nymphae. Festo dice que son las que presiden en los encinales», Primera parte del teatro de los dioses de la gentilidad, autor el padre fray Baltasar de Vitoria, predicador de San Francisco en Salamanca y natural de la mesma ciudad. [...] En Valencia, en casa de los herederos de Crisóstomo Garriz, por Bernardo Nogués, año de 1646, pp. 27-28; el texto lleva una fecha tardía, pero fue compuesto antes de 1619, en que Lope de Vega da su aprobación.



 
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