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Fígaro al Estudiante

Mariano José de Larra

Como no quiero que me llame usted mal criado, señor Estudiante, ni menos ser postrero en cortesanía, me apresuro a contestarle; sea empero la última, si usted es de mi parecer, o la última siquiera en que hablemos uno de otro. Porque, si es usted tan galán como parece, no me dirá sino lisonjas, y por vida mía que me ruborizo. Yo por el contrario no pudiera, alabándole, decirle lisonjas; mis encomios no serían más que justicia, y paréceme desigual la partida para mí. De alabanza en cumplimiento, y de fineza en alabanza, vendríamos a enternecernos y llorar, y puedo asegurar a usted que no estoy para llantos. Además no somos diputados, y no habemos menester todavía de echar mano de esos recursos oratorios. Si lo fuéramos algún día, entonces podríamos a mansalva decir, usted de mí, «mi digno amigo», y yo de usted, «mi tierno compañero», y alabarnos uno a otro sin conciencia, sobre todo si fuésemos enemigos y si tratásemos de sacrificarnos uno a otro en la revolución primera que ocurriese.

Por su firma parece que usted estudia. Hace usted mal, a fe mía. Si lo hace usted por saber, válgame Dios que yo tenía más alto concepto formado de su buen juicio. Aquí no se trata de saber, sino de medrar.

Si lo hace usted por seguir carrera, pardiez que me asombra la determinación. ¿Pues tiene usted más que matricularse en la universidad que a usted peor le parezca, que siempre será la primera que le ocurra, y marcharse luego a la guerra, que es donde en el día se medra, y a los pocos años de andar siguiendo a Gómez, le abonan a usted las campañas por cursos, como está mandado, y queda usted hecho médico o abogado, o lo que a usted más le agrade, y mata usted así dos pájaros de una pedrada? ¿Ni qué carrera quiere usted más lucida, ni que más se asemeje por lo rápida a una carrera de caballo, que la que ya tiene con tan buenos auspicios empezada? ¿Pues no es usted ya periodista? ¿Qué otra cosa han sido hombres que hemos visto llegar al Ministerio y arrellanarse en la silla, como quien llega a la posada y se acuesta?

Apéese usted, santo varón, de esa luna, donde lo ve todo efectivamente al revés, y vea las cosas y los libros en este país, claras aquéllas como yo se las refiero, y claros éstos como generales y oradores.

Empieza usted su carta confesando con raro candor que usted se convence. ¿Está usted en sí? Ha hecho usted bien en irse a la luna, porque aquí, amigo, nadie se convence, y eso que media España anda todo el día ocupada en convencer a la otra media. Sin ir más lejos, ahí tiene usted al gobierno, que son seis nada menos, empeñado en convencernos a todos de que ellos son los únicos que saben mandar, y a los periodistas, que somos más de seiscientos, empeñados en convencerle de que cualquiera de nosotros lo haría mejor; y ni ellos convencen a nadie, ni nosotros a ellos. En este embrollo, está el mal en que todos queremos ser ministros, y así es imposible que nos convenzamos nunca; para conseguirlo sería preciso dar sillas y no razones, y por eso acabamos tan a menudo a silletazos. Vea usted, pues, lo que hace, que si él es el único que se convence, vendrá usted a parar en que todos le mandemos.

Me echa usted luego en cara que digo una cosa y hago otra; amigo, yo no vivo en la luna, sino en Madrid; digo hoy una cosa para poder hacer otra mañana. ¿De qué diablos le sirve a usted tanto como estudia? Pues si usted desea casarse y le dice a la novia que harán luego mala vida; si necesita dinero y va y dice al que se lo presta que no se lo ha de pagar; si anhela ser diputado y le cuenta a su provincia que no trata de representarla, sino de llegar al poder; si ambiciona ser ministro y le confiesa a la nación que quiere tiranizarla, ¿le parece a usted, señor Estudiante, que llegará jamás por ese sistema a tener ni mujer que le quiera, ni amigo que le preste, ni provincia que le elija, ni secretaría que despachar? ¿A sus ojos de usted no está suficientemente probado todavía que para conseguir hay que decir una cosa antes y hacer otra después? Pues dígame, ¿por dónde han logrado los que en el día tienen? No, sino haga usted lo contrario, y verá cómo le va.

Si usted no sabe más, señor Estudiante, bueno será que siga estudiando, pues, sea dicho en puridad de verdad, veo que no sirve para otra cosa. Y en acabando puede usted pretender una cátedra de humanidades, que dará gozo oírle a usted. Y aun yo que me voy por el otro camino, y que por él llegaré como los demás a ser ministro, prometo a usted con el tiempo dejarle cesante por el ministerio de mi digno cargo en cuanto cumpla veinte años un sobrino mío, que probablemente querrá a esa edad gozar el sueldo de la cátedra de usted, y que será el mejor catedrático del mundo, porque desde pequeñito prometía ser un zote, y le da por la intriga que es un contento, de tal suerte que no sirve, vive Dios, sino para sobrino de ministro, que es precisamente para lo que le crío.

Y con eso queda de usted su afectísimo.

Fígaro

El Mundo, 3 de enero de 1837.

[Nota editorial: Otras eds.: Fígaro. Colección de artículos dramáticos, literarios, políticos y de costumbres, ed. Alejandro Pérez Vidal, Barcelona, Crítica, 2000, pp. 623-625; Artículos políticos y sociales, ed. José R. Lomba y Pedraja, Madrid, Espasa-Calpe, 1981, pp. 247-250; Artículos, ed. Carlos Seco Serrano, Barcelona, Planeta, 1981, pp. 605-607; Obras completas de D. Mariano José de Larra (Fígaro), ed. Montaner y Simon, Barcelona, 1886, pp. 555-556.]