Escena primera
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El castillo del Barón de Attinghausen.
Una sala gótica; adornan los ángulos algunas
panoplias.
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El BARÓN DE ATTINGHAUSEN, anciano de ochenta
y cinco años, de noble y elevada estatura, vestido
de pieles, apoyado en un bastón, con un cuerno de
gamuza a guisa de adorno. KUONI y seis servidores más,
en pie en torno suyo, armados de guadañas y rastrillos.
ULRICO DE RUDENZ se adelanta vestido de caballero.
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RUDENZ.-
Héme aquí, tío, ¿qué me queréis? |
ATTINGHAUSEN.-
Permitidme antes que siguiendo la antigua
costumbre de mi casa, beba la copa del desayuno con mis servidores.
(Bebe en una copa que pasa luego de mano en mano.) Antes
iba yo mismo con ellos al campo y al bosque, y como presidía
sus trabajos, les llevaba con mi bandera al combate, pero
ahora sólo puedo darles mis órdenes, y si el
calor del sol no viene hasta mí, no puedo salir a
buscarle al monte. Cada día va limitándose
el espacio que puedo recorrer, hasta que llegue a punto tal,
que sea el último; aquel en que la vida se detiene.
No soy más que mi propia sombra; bien pronto no quedará
de mí otra cosa que mi nombre. |

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KUONI.-
(A RUDENZ,
ofreciéndole la copa.) Bebo a vuestra salud, mi noble
señor. (RUDENZ titubea.) Vaya, bebed; no hay aquí
más que un solo corazón y una sola copa. |
ATTINGHAUSEN.-
Retiraos, hijos míos; a la noche hablaremos de los
asuntos del país. (Se van. A RUDENZ.) Te veo muy engalanado
y equipado. ¿Te dispones a salir para Altdorf a ver el gobernador? |
RUDENZ.-
Sí, querido tío, y no me atrevo a
demorar por más tiempo la partida. |
ATTINGHAUSEN.-
(Sentándose.) ¿Tanto te urge? ¿Tan medidas tienes
las horas que no puedes reservar un instante a tu buen tío? |
RUDENZ.-
Veo que no tenéis necesidad de mí
y que soy un extraño en esta casa. |
ATTINGHAUSEN.-
(Después de haberle mirado largo rato.) Sí,
por desgracia, y por desgracia también eres extranjero
en tu patria. No te conozco, Ulrico; llevas vestidos de seda,
te adornas con plumajes, cuelga de tus hombros manto de escarlata,
tratas con desprecio al villano, y te avergüenzas de
su amistoso saludo. |
RUDENZ.-
Con gusto le concedo lo que
se le debe, pero le niego el derecho que se arroga. |
ATTINGHAUSEN.-
Gime la comarca bajo la cruel opresión del soberano,
y semejante tiranía llena de dolor el alma de todo
hombre de bien. Sólo tú permaneces insensible
a la general consternación; todos observan que te
alejas de los tuyos para ponerte del lado de los enemigos
de tu país, y te mofas de nuestros males, y corres
tras frívolos placeres, mendigando el favor de los
príncipes, mientras mana sangre tu patria bajo el
azote de los opresores. |
RUDENZ.-
¿Y por qué yace
oprimido este país?... Quién lo arroja en brazos
de la desgracia? Bastaría una sola palabra, una sola,
para verse libre al instante de este yugo y tener un emperador
favorable a nuestro bien. ¡Ay de quienes cierran los ojos
del pueblo y le fuerzan a que rechace su verdadera prosperidad!
El propio interés es la causa de que impidan a los
cantones prestar juramento al Austria, al igual que las comarcas
vecinas. Orgullosos de sentarse con los nobles en el banco
de la nobleza, quieren al emperador por soberano, para no
tener así soberano. |
ATTINGHAUSEN.-
¡Tales palabras
me veo obligado a escuchar y de tu boca! |
RUDENZ.-
Me habéis
provocado, dejadme acabar. ¿Qué puesto ocupáis
vos mismo en este país, caro tío? ¿No os animará
otra ambición que ser señor de estos lugares
o simple landammann, y compartir vuestra soberanía
con estos pastores? ¿Acaso no sería más glorioso
para vos, tributar homenaje a un rey y figurar en su brillante
séquito, que ser el igual de vuestros siervos y sentaros
en el tribunal al lado de simples villanos? |
ATTINGHAUSEN.-
¡Ah! Ulrico, Ulrico; reconozco en semejantes palabras el
lenguaje de la seducción, que penetró en tu
oído y envenenó tu alma. |
RUDENZ.-
Sí,
no lo niego; llegó al fondo de mi alma la mofa de
estos extranjeros que llaman a nuestra nobleza, nobleza de
campesinos. No puedo resignarme a vivir en la ociosidad de
mi patrimonio, a malgastar en vulgares ocupaciones mis florecientes
años, mientras otros jóvenes caballeros se
agrupan en torno al estandarte de Habsburgo para recoger
el lauro. Al otro lado de estas montañas existe un
mundo donde algunos alcanzan fama inmortal con sus proezas.
Mi casco y mi escudo se cubren de orín colgados de
las paredes de esta sala, y el son de la trompa guerrera,
la voz del heraldo que invita al torneo, no llegan a estos
valles. Sólo oigo aquí el monótono rumor
de los cantos pastoriles y de las esquilas de los ganados. |
ATTINGHAUSEN.-
¡Ah! ¡ciego!... Fascinado por vanos resplandores
desprecias el suelo natal, te sonrojan las piadosas y antiguas
tradiciones de tus ascendientes. Día vendrá
en que viertas ardientes lágrimas y suspires por el
paterno techo. Esta melodía de las esquilas de los
ganados que en tu orgulloso hastío desdeñas,
despertará en tu ánimo penosas ansias, si suena
para ti en tierra extranjera. ¡Oh! ¡cuán vivo hechizo
el de la patria! No naciste para vivir en el engañoso
mundo, ajeno a tu corazón puro, y honrado como es;
en la corte orgullosa del emperador te sentirías extranjero
siempre, porque el mundo exige virtudes diversas de las que
heredaste en estas montañas. Ve, vende tu alma libre,
recibe en feudo tus propias tierras, conviértete en
lacayo de los príncipes, cuando puedes ser tu propio
dueño, príncipe de tu patrimonio, de tu libre
suelo. ¡Ah! Ulrico, Ulrico; sigue con los tuyos, no vayas
a Altdorf, no abandones la sagrada causa de la patria. Postrer
representante de mi raza, mi nombre se perderá conmigo,
y mi casco y mi escudo que cuelgan allí, serán
encerrados conmigo en mi tumba. ¿Habré de morir pensando
que aguardas tan sólo a que cierre los ojos para abandonar
mi casa señorial y recibir de manos del Austria mis
nobles bienes, que yo recibí libremente de Dios?
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RUDENZ.-
En vano querréis resistir al rey; el mundo
le pertenece. ¿Lucharemos solos y obstinados para romper
la fuerte cadena que forman en torno las comarcas vecinas?
Al rey pertenecen las plazas públicas y los tribunales,
los caminos por donde transitan los mercaderes; hasta las
bestias de carga que suben al San Gotardo le pagan tributo.
Nos ciñen sus posesiones como una red. ¿Nos protegerá
el imperio?... ¿Acaso podrá defenderse él mismo
contra el creciente poder del Austria? Si Dios no viene en
nuestra ayuda, ningún emperador puede prestárnosla.
¿Cómo fiar en la promesa del emperador, cuando el
mismo imperio, en los desastres de la guerra y para subvenir
a sus necesidades, enajena y vende los lugares puestos bajo
la protección del águila? No, tío; en
estas épocas de cruel discordia, fue siempre el más
prudente partido aliarse a un jefe poderoso. La corona imperial
pasa de una a otra familia, con lo que perece el recuerdo
de nuestros servicios y de nuestra fidelidad, mientras que
bajo una monarquía poderosa y hereditaria, nuestros
buenos servicios son otras tantas semillas que darán
su fruto en tiempos venideros. |
ATTINGHAUSEN.-
¿Tan discreto
eres?... ¿te figuras ser más perspicaz que tus nobles
antepasados, que para conservar el precioso tesoro de la
libertad, combatieron heroicamente y sacrificaron a ella
sus bienes y su vida?... Ve a Lucerna y observa cómo
pesa sobre aquel país la dominación del Austria.
Vendrán aquí a contar nuestras ovejas y nuestros
bueyes, a medir los Alpes, a vedarnos la caza y el vuelo
de las aves en nuestros bosques libres, a poner vallas a
los puentes y a las puertas, a sostener sus guerras con nuestra
sangre... ¡Ah! ¡no; si es fuerza verterla, sea al menos por
nuestra libertad, menos cara que la esclavitud! |
RUDENZ.-
¡Y qué podemos nosotros, tribu de pastores, contra
los ejércitos de Alberto! |
ATTINGHAUSEN.-
Aprende,
mancebo, a conocer a esta tribu de pastores. Yo la conozco,
yo la guié a la batalla y por mis propios ojos la
vi combatir en Favenz. Vengan, pues, a imponernos un yugo
que estamos resueltos a no soportar. ¡Ah! Recuerda a qué
raza perteneces, no desdeñes por frívola vanidad
y por mentidos esplendores, el verdadero tesoro de tu dignidad.
Ser jefe de un pueblo libre que sólo se consagra a
ti por amor, que te sigue siempre fiel al combate y a la
muerte, ésta ha de ser tu gloria, este tu orgullo.
Estrecha fuertemente los vínculos que contrajiste
con nacer, únete a tu pueblo, a tu cara patria, entrégale
el corazón por entero. Aquí están las
profundas raíces de tu poderío; allí,
aislado, en un mundo extranjero para ti, no serás
más que débil caña rota al embate de
todos los vientos... ¡Oh! vente; tiempo há que no
nos has visto, prueba de pasar un día con nosotros,
no vayas hoy a Altdorf... ¿Oyes? no vayas hoy; concede un
solo día a los tuyos. (Le toma la mano.) |
RUDENZ.-
He dado mi palabra... Dejadme... estoy comprometido. |
ATTINGHAUSEN.-
(Soltando su mano; con grave acento.) Estás comprometido.
Sí, desgraciado, pero no de palabra, ni con juramento;
estás atado con los lazos del amor. (RUDENZ vuelve
la cara.) Oculta el rostro cuanto gustes. Una mujer, Berta
de Bruneck, es quien te atrae a la casa del gobernador y
te encadena al imperio. Para lograr su mano haces traición
a tu patria. Mira no te engañes; para seducirte, te
la muestran como futura esposa, pero no está reservada
a tus inocentes deseos. |
RUDENZ.-
Harto escuché. Adiós.
(Se va.) |
ATTINGHAUSEN.-
Detente, joven insensato... Se aleja...
No puedo detenerle; no puedo salvarle. Así abandonó
Wolfenschieszen la causa de su pueblo y otros le seguirán;
que la seducción extranjera obra con fuerza en nuestras
montañas, y arrebata a la juventud. Día fatal
aquel en que el extranjero vino a estos felices y tranquilos
valles a corromper la inocencia de nuestras piadosas costumbres.
La novedad se introduce aquí con violencia; y se pierden
las antiguas, venerables tradiciones, y vienen otros tiempos,
y otras ideas ocupan a la generación actual. ¿Qué
hago ya aquí? Cuantos vivieron y obraron conmigo,
yacen sepultados. Mi tiempo se halla en la tumba. ¡Dichoso
aquel que nada tiene que ver con los que vienen! (Se va.)
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Escena II
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Una pradera rodeada de bosques y escarpadas
rocas. Sobre las rocas algunos senderos con barandilla y
escaleras practicables. En el fondo, el lago; brilla sobre
él un arco-iris lunar. Altas montañas coronadas
de nieve, en último término. Es de noche, la
luna ilumina el paisaje, el lago y los ventisqueros.
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MELCHTHAL,
BAUMGARTEN, MEIER DE SARNEN, BURKHART DE BUHEL, ARNOLDO DE
SEWA, NICOLÁS DE FLUE, STRUTH DE WINKELRIED y cuatro
campesinos, todos armados.
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| MELCHTHAL.-
(Dentro.) El camino
se ensancha; seguidme sin temor; reconozco las rocas y la
pequeña cruz que las corona; hemos llegado ya; estamos
en Rutli. |
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(Salen con antorchas.)
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WINKELRIED.-
Escuchad. |
SEWA.-
Todo está desierto. |
MEIER.-
No hay todavía
ningun compatriota. Los de Unterwald llegamos los primeros. |
MELCHTHAL.-
¿Es muy tarde? |
BAUMGARTEN.-
El vigilante de
Selisberg acaba de cantar las dos. |
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(Suenan campanas a lo
lejos.)
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MEIER.-
Silencio; ¡oigamos! |
BUHEL.-
La campana
de la ermita de los bosques que llama a maitines en la orilla
opuesta, en el país de Schwyz! |
FLUE.-
El aire es
puro y extiende muy lejos el sonido. |
MELCHTHAL.-
Id, encended
algunas fogatas para alumbrar a los que vengan. |
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(Se van dos
campesinos.)
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SEWA.-
Tenemos una hermosa noche de luna; el
lago, terso como un cristal. |
BUHEL.-
Fácil les será
la travesía. |
WINKELRIED.-
(Señalando el lago.)
¡Ah! mirad, mirad hacia allí; ¿nada veis? |
MEIER.-
¡Sepamos qué! ¡Ah! sí; realmente, el arco íris
a estas horas de la noche. |
MELCHTHAL.-
Producido por el
resplandor de la luna. |
FLUE.-
Esta es maravillosa y rara
señal; muchos hay que no la vieron en su vida. |
SEWA.-
Y es doble... ¿veis? Se ve otro más pálido
al rededor del primero. |
BAUMGARTEN.-
Mirad una barca que
pasa por debajo del arco. |
MELCHTHAL.-
Stauffacher en su
batel; el buen hombre no se hace esperar mucho. |
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(Se dirige
con BAUMGARTEN a la ribera.)
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MEIER.-
Los de Uri son los
que tardan más. |
BUHEL.-
Se ven obligados a dar una
larga vuelta por la montaña para escapar a la vigilancia
de la gente del gobernador. |
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(En esto, dos hombres han encendido
una fogata en medio de la escena.)
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MELCHTHAL.-
(Desde la
ribera.) ¿Quién va?... ¡El santo y seña! |
STAUFFACHER.-
¡Amigos de la patria! |
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(Todos se dirigen al foro al encuentro
de los recién llegados; se ve salir de la barca a
STAUFFACHER, ITEL REDING, HANS de MAUER, JORGE de HOFE, CONRADO
HUNN, ULRICO de SCHMID, JOST de WEILER y tres más.
Van también armados.)
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TODOS.-
(A la vez.) ¡Bienvenidos!
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(Mientras los demás se detienen en el foro y se saludan,
MELCHTHAL y STAUFFACHER se adelantan.)
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MELCHTHAL.-
¡Ah!
Stauffacher; le vi... le vi al que ya no puede verme; puse
la mano sobre sus ojos, y el extinguido rayo de su mirada
inflamó en mi corazón ardiente sentimiento
de venganza. |
STAUFFACHER.-
No hables de venganza, que no
se trata aquí de vengar el mal cometido, sino de precaver
el que nos amenaza. Dime ahora, ¿qué habéis
hecho en el país de Unterwald? ¿a quién habéis
reclutado para la causa común? ¿qué piensan
vuestros compatriotas? ¿cómo habéis podido
escapar a la traición? |
MELCHTHAL.-
A través
de las imponentes montañas de Sárnen, y los
vastos desiertos de hielo, cuyo silencio turba tan sólo
el graznido del buitre, o el balido de las ovejas, llegué
por fin a los Alpes, donde los pastores de Uri y Engelberg
se saludan de lejos con gritos, y apacientan en común
los ganados. Templé mi sed con el agua de los ventisqueros
que mana a borbotones de las hendiduras. Me detuve en la
solitaria granja; no había nadie para recibirme; llegué
a poco en poblado. El rumor de la atrocidad nuevamente cometida
había cundido ya por aquellos valles, y no llamé
a una sola puerta, donde mi desgracia no me valiese la más
honrosa acogida. Hallé los ánimos sublevados
a causa de los nuevos actos de violencia, porque así
como los Alpes producen siempre las mismas plantas, y manan
las fuentes en un mismo sitio, y hasta las nubes y los vientos
siguen invariables la misma dirección, así
las antiguas costumbres pasaron de padres a hijos, y las
viejas tradiciones se rebelan contra la temeraria novedad.-
Tendiéronme la vigorosa mano, y descolgaron del muro
las armas enmohecidas; llameó con júbilo en
su rostro el valor, cuando pronuncié los venerados
nombres de los hijos de nuestras montañas, el vuestro,
el de Walther Furst. Han jurado hacer cuanto os pareciere
justo, han jurado seguiros hasta la muerte. Así, bajo
la sagrada protección de la hospitalidad recorrí
mi camino yendo de granja en granja, y cuando llegué
al valle natal, donde cuento con muchos parientes, hallo
por fin a mi padre, ciego, desnudo, tendido en la paja, viviendo
todavía por merced de algunos amigos bienhechores... |
STAUFFACHER.-
¡Dios mío! |
MELCHTHAL.-
No he llorado,
no malgasté en impotentes lágrimas, la fuerza
de mi intenso dolor; concentrándole en el fondo del
alma, como precioso tesoro, pensé tan sólo
en obrar. Recorrí los tortuosos senderos de los montes,
no hay valle por oculto que esté, en donde no haya
entrado; llamé a la puerta de todas las cabañas,
hasta llegar a los eternos hielos... en todas partes arde
el odio contra la tiranía; porque la avaricia de los
gobernadores extiende sus latrocinios hasta el último
confín de la naturaleza animada, hasta allí
donde la tierra se niega a dar fruto. Con mis sarcásticas
frases inflamé los ánimos de aquella honrada
gente, y están con nosotros no sólo porque
lo juraron, sino con alma y vida. |
STAUFFACHER.-
En poco
tiempo habéis realizado grandes cosas. |
MELCHTHAL.-
Hice más. Más que nada, arredran al campesino
las dos fortalezas de Rossberg y de Sárnen; porque
tras esas murallas de peñascos, halla asilo nuestro
enemigo y aflige desde allí a la comarca. Quise juzgar
de ellas por mis propios ojos, y he estado en Sárnen
y he visto la fortaleza. |
STAUFFACHER.-
¿Osasteis penetrar
hasta la guarida del tigre? |
MELCHTHAL.-
Iba disfrazado con
un hábito de peregrino... He visto al gobernador,
entregado a la licencia... Juzgad si pude dominarme... Vi
a mi enemigo y no le maté. |
STAUFFACHER.-
La fortuna
favoreció ciertamente tal temeridad. (En esto, los
demás conjurados se adelantan y se acercan a los dos
interlocutores.) Pero decidme ¿quienes son estos amigos vuestros,
esta buena gente que os ha seguido? Presentádmelos,
a fin de que nos unamos con entera confianza y latan de acuerdo
los corazones. |
MEIER.-
¿Quién habrá que no
os conozca, maestro Stauffacher, en los tres cantones? Yo
soy Meier de Sárnen, y este es el hijo de mi hermana
Struth de Winkelried. |
STAUFFACHER.-
Conozco este nombre.
Un Winkelried fue quien mató el dragón en los
pantanos de Weiler, perdiendo la vida en el combate. |
WINKELRIED.-
Era mi abuelo, maestro Werner. |
MELCHTHAL.-
(Presentando
a dos de sus compañeros.) Estos viven al otro lado
de Unterwald; son vasallos del monasterio de Engelberg. Espero
que no desdeñareis su auxilio, bien que no sean independientes
como nosotros, ni libres propietarios de su patrimonio. Aman
a su país, y gozan por otra parte de buena reputación. |
STAUFFACHER.-
Venga esa mano. Feliz quien no depende de
nadie; mas la rectitud ennoblece toda condición.
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CONRADO HUNN.-
Ahí tenéis a maestro Reding,
a nuestro antiguo landammann. |
MEIER.-
Bien le conozco, es
mi adversario; pleitea contra mí por una antigua herencia...
Maestro Reding, discordes ante el tribunal, aquí estamos
de acuerdo. (Le estrecha la mano.) |
STAUFFACHER.-
Muy bien
dicho. |
WINKELRIED.-
Escuchad; ya llegan. ¿Oísteis
la bocina de Uri? |
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(Por ambos lados de la escena, van bajando
algunos hombres armados y con antorchas.)
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MAUER.-
Mirad;
¿no baja con ellos el piadoso siervo de Dios, nuestro digno
pastor en persona? Ni la fatiga del camino, ni la oscuridad
de la noche le arredran, cuando se trata de atender a nuestro
bien. |
BAUMGARTEN.-
El sacristán y Walther le acompañan,
pero yo no veo a Tell entre ellos. |
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(Salen WALTHER
FURST,
ROESSELMANN, párroco de Uri, PETERMANN el sacristán,
el pastor KUONI, el cazador WERNI, el pescador RUODI y cinco
más. La asamblea se compone de treinta y tres personas.
Todos se adelantan, y forman círculo en torno al fuego.)
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WALTHER FURST.-
Así es fuerza que nos escondamos
en la propia patria, en el suelo natal, y que como asesinos
nos deslicemos en la sombra, y en medio de la noche cuyas
tinieblas sólo cobijan el crimen y las punibles conspiraciones,
vengamos a defender nuestro derecho, tan claro y evidente
como la luz del día! |
MELCHTHAL.-
¿Y qué importa?
Lo que resolvamos en el seno de la noche oscura, ha de brillar
a la luz del sol, con toda libertad y por dicha nuestra. |
ROESSELMANN.-
Oíd, amigos y confederados, lo que
Dios inspira a mi corazón. Formamos una asamblea general,
y podemos obrar en nombre de un pueblo entero; acatemos,
pues, los antiguos usos del país, del modo que los
acatamos en tiempos tranquilos. Lo que fuere ilegal en esta
reunión, la fuerza de las circunstancias lo legitimará;
que Dios está presente donde se ejerce la justicia,
y nos hallamos bajo la bóveda del cielo. |
STAUFFACHER.-
Pues bien; acatemos los antiguos usos. Reina la noche, pero
nuestros derechos son perfectamente claros. |
MELCHTHAL.-
Si la asamblea no es completa, el corazón de nuestro
pueblo está con nosotros, y figuran aquí los
mejores ciudadanos. |
CONRADO HUNN.-
No poseemos ahora los
antiguos libros, pero sus leyes se guardan inscritas en nuestros
corazones. |
ROESSELMANN.-
Formemos al instante el círculo
y plántense en medio las espadas, signo de poder. |
MAUER.-
El landammann va a ocupar su puesto, teniendo al
lado a los asesores. |
PETERMANN.-
Hay aquí tres pueblos;
¿a quién el derecho de presidir la asamblea? |
MEIER.-
Que Schwyz y Uri se disputen semejante honor; los vecinos
de Unterwald renunciamos a él espontáneamente. |
MELCHTHAL.-
Renunciamos a él, porque venimos a pedir
el concurso de nuestros amigos poderosos. |
STAUFFACHER.-
Empuñe pues, Uri la espada. Su estandarte precede
al nuestro en las expediciones del imperio. |
WALTHER FURST.-
No; este honor debe pertenecer a Schwyz, tronco de nuestra
raza al cual nos gloriamos de pertenecer. |
ROESSELMANN.-
Permitid que buenamente ponga punto a esta generosa controversia.
Schwyz usará de su prerrogativa en el consejo, y Uri
en el campo de batalla. |
WALTHER FURST.-
(Presentando la
espada a STAUFFACHER.) Tomad, pues. |
STAUFFACHER.-
No yo;
este derecho pertenece al más anciano. |
HOFE.-
Ulrico
Schmid es el más anciano de los presentes. |
MAUER.-
Hombre honrado si los hay, pero no es de condición
libre, y en Schwyz sólo pueden ser jueces los que
poseen un patrimonio exento. |
STAUFFACHER.-
¿No está
aquí Reding, el antiguo landammann?... ¿Acaso hallaríamos
otro más digno que él? |
WALTHER FURST.-
Sea
él nuestro landammann y presidente de la asamblea.
Los que digan sí que alcen la mano. (Todos alzan la
mano derecha.) |
REDING.-
(Adelantándose, en medio
de ellos.) No puedo poner la mano sobre los sagrados libros,
pero juro por los eternos astros que no me apartaré
de la justicia. (Colocan dos espadas delante de él,
y todos se agrupan en torno suyo. Schwyz en medio, Uri a
la derecha, Unterwald a la izquierda. Reding se apoya en
su espada.) Qué causa ha podido congregar a los tres
pueblos de estas montañas, a media noche, en esta
triste orilla ¿Cuál será el objeto de esta
nueva alianza, concluida bajo el cielo estrellado? |
STAUFFACHER.-
(Adelantándose.) No vamos a contraer una nueva alianza,
sino a ratificar la antigua unión del tiempo de nuestros
padres. Vosotros lo sabéis, confederados; aunque el
lago y las montañas nos separan, y cada pueblo se
gobierna por sí, pertenecemos a una misma raza, corre
por nuestras venas la misma sangre y una es la patria de
todos. |
WINKELRIED.-
Entonces será verdad lo que dicen
las canciones y habremos arribado aquí, venidos de
lejanas tierras, ¡Oh!... decidnos lo que sepáis sobre
esto, para que la pasada alianza fortifique la nueva. |
STAUFFACHER.-
Oíd lo que cuentan los viejos pastores. Había
en las comarcas del Norte un gran pueblo que sufrió
cruel carestía. En tan miserable estado, decidiose
que la décima parte de la población, designada
por la suerte, abandonase el país; hízose así.
Muchedumbre de hombres y mujeres partió llorando hacia
el Sud y abriose camino con la espada a través de
la Alemania hasta que llegó a estos bosques, a estos
collados. Aquella multitud infatigable, descendió
al silvestre valle donde el Muotta desliza sus aguas por
entre las praderas; no se veía en parte alguna vestigio
humano; una sola choza se elevaba en la solitaria ribera,
habitación de un hombre que aguardaba allí
a los caminantes para conducirlos en su barquichuelo. Agitado
el lago por la borrasca, no pudieron atravesarlo, y como
observaran detenidamente el país y vieran en él
hermosos y ricos bosques, límpidas fuentes, creyeron
hallarse en su patria y resolvieron quedarse allí.
Fundaron entonces el viejo villorrio de Schwyz; largos días
de penosas labores emplearon en arrancar las raíces
de los árboles que hasta allí se extendían.
Después cuando el suelo no bastó a contener
aquella numerosa población, fueron desparramándose
hasta las montañas negras, y la vecina comarca, donde
otro pueblo, escondido en las eternas nieves, habla otra
lengua. Quedó fundado Stanz en el bosque de Kern,
y Altdorf` en el valle de Reuss. Mas todos guardaron siempre
el recuerdo de su origen, y entre aquellos hombres de extranjera
raza que vinieron aquí a establecerse sobresalen los
de Schwyz... A impulsos de la sangre, por el corazón
nos reconocemos mutuamente. (Tiende la mano a sus compañeros.) |
MAUER.-
Sí; tenemos un mismo corazón, una
misma sangre. |
TODOS.-
(Tendiéndose la mano.) Formamos
un pueblo solo y obraremos de común acuerdo. |
STAUFFACHER.-
Los demás soportan el yugo extranjero y viven sometidos
a sus vencedores. En este mismo país muchos hombres
hay sometidos a extraños deberes y que legan a sus
hijos la servidumbre. Pero nosotros, legítima descendencia
de los antiguos suizos, hemos conservado siempre nuestra
libertad, |
unca hemos hincado la rodilla ante príncipe
alguno, y sólo voluntaria, espontáneamente,
acudimos a la protección del emperador. |
ROESSELMANN.-
Sí, voluntaria, libremente, buscamos su amparo y su
protección. Esto es lo especificado en la carta del
emperador Federico. |
STAUFFACHER.-
Sí; pues por libre
que sea el hombre necesita un soberano, un jefe, un juez
supremo al que acudir en caso de litigio. He aquí
por qué: nuestros padres rindieron homenaje al emperador
por el suelo conquistado a las selvas, al que se titula emperador
de Alemania e: Italia, y como los demás hombres libres
de su imperio se obligaron con él a prestar el noble
servicio de las armas, porque el único deber de los
hombres libres es proteger al imperio que les protege. |
MELCHTHAL.-
Toda otra obligación es signo de servidumbre. |
STAUFFACHER.-
Cuando nuestros abuelos seguían el estandarte del
imperio y combatían en sus batallas, espada en mano
fueron a Italia con los emperadores, para ceñirles
la corona de Roma, pero en su país se gobernaban a
sí mismos según las antiguas leyes, según
los antiguos usos, y al emperador sólo estaba reservado
el derecho de vida y muerte. Delegó a este efecto
sus atribuciones en uno de sus principales condes que no
residía en nuestro país. Para la pena capital
nuestros abuelos se dirigían a él, y a campo
raso, clara y simplemente pronunciaba la sentencia sin temor
a los hombres. ¿Es ésta una prueba de esclavitud?
Si alguien sabe estas cosas de otro modo que lo diga. |
HOFE.-
No: todo pasaba como habéis explicado. Nunca hemos
sufrido el despotismo. |
STAUFFACHER.-
Rehusamos obedecer
al mismo emperador, cuando sostuvo la causa del clero a costa
de la justicia. Los moradores de la abadía de Einsiedeln,
querían quitarnos los pastos que poseemos de antiguo;
el abad se fundaba en un vicio título en el cual se
le concedían las tierras sin dueño, porque
se callaron que fuesen nuestras. Entonces dijimos: -Este
título ha sido sorprendido al emperador; él
no puede dar lo que nos pertenece, y si el imperio no hace
justicia, podremos prescindir de él en nuestras montañas.
-Así hablaban nuestros padres, ¿y nosotros sufriremos
un nuevo y vergonzoso yugo? ¿Soportaremos de un lacayo extranjero
lo que ningún emperador pudo obtener de nosotros?
Nosotros conquistamos este suelo con el esfuerzo de nuestro
brazo y convertimos en habitable región estas selvas,
guarida de las fieras, y exterminamos la raza del dragón
venenoso que vivía en los pantanos; nosotros rasgamos
el velo de nieblas que ayer flotaba tristemente sobre este
desierto, y quebramos las rocas y abrimos entre precipicios
seguro, paso al caminante. Nuestro es el suelo, mil años
ha. ¿Y el criado de un soberano extranjero osara forjar nuestras
cadenas y cubrirnos de oprobio? ¿No habrá algún
remedio para tamaños males? (Los conjurados manifiestan
su agitación.) No; el poder de la tiranía tiene
sus límites; cuando el oprimido no halla justicia
en la tierra y se hace insoportable el peso que le abruma,
acude a Dios en demanda de valor y alivio, e invoca la eterna
justicia que reside en los cielos, firme, inmutable como
los mismos astros. Renuévanse entonces los primitivos
tiempos, en que el hombre luchaba con el hombre, y en último
recurso se echa mano a la espada. Obligados estamos a defender
por la fuerza nuestros más preciosos bienes; combatimos
por nuestro país, por nuestras mujeres, por nuestros
hijos. |
TODOS.-
(Desenvainando la espada.) Combatimos por
nuestras mujeres, por nuestros hijos. |
ROESSELMANN.-
(Adelantándose.)
Antes de acudir a las armas, pensadlo bien, podéis
obrar pacíficamente con el emperador; basta una sola
palabra, y los tiranos cuya cruel opresión os agobia,
se os mostrarán lisonjeros. Tomad el partido que con
frecuencia se os propuso; separaos del imperio y reconoced
el poderío del Austria. |
MAUER.-
¿Qué dice
el párroco?... ¿Nosotros prestar juramento al Austria? |
BUHEL.-
¡No le escuchéis! |
WINKELRIED.-
Este consejo
es propio de traidores, de enemigos del país. |
REDING.-
Haya paz, amigos. |
SEWA.-
¿Nosotros rendir homenaje al Austria
después de semejante ofensa? |
FLUE.-
¿Nos dejaremos
arrebatar por la violencia lo que rehusamos a la blandura? |
MEIER.-
Entonces seríamos esclavos, y mereceríamos
serlo. |
MAUER.-
Quien proponga que cedamos al Austria, sea
privado de sus derechos de suizo. Landammann, pido que esta
sea la primera ley promulgada aquí. |
MELCHTHAL.-
Sea.
Quien hable de ceder al Austria sea privado de todos sus
derechos, despojado de todo honor, y ninguno de sus compatriotas
le reciba en su hogar. |
TODOS.-
(Tienden la mano derecha.)
Así lo queremos todos. Tal sea la ley. |
REDING.-
(Después
de un momento de silencio.) Queda acordado. |
ROESSELMANN.-
Sois libres, libres gracias a esta ley. El Austria no obtendrá
por la fuerza, lo que no pudo obtener con amistosas gestiones. |
WEILER.-
Volvamos a la orden del día. |
REDING.-
Confederados:
¿hemos usado ya de todos los medios de conciliación?
Tal vez el soberano ignora cuánto sufrimos; tal vez
sufrimos contra su voluntad. Antes de acudir a la espada
hagamos un último esfuerzo para que lleguen hasta
él nuestras quejas. La violencia es siempre terrible
aun tratándose de una causa justa, y Dios sólo
acuerda su auxilio cuando no se puede obtener justicia de
los hombres. |
STAUFFACHER.-
(A CONRADO HUNN.) A vos os toca
darnos noticias sobre esto; hablad. |
CONRADO HUNN.-
Fui a
ver al emperador en su palacio de Rheinfeld, para manifestarle
nuestro descontento, a causa de las crueles vejaciones de
los gobernadores y pedirle a la vez la carta de nuestros
antiguos privilegios que cada nuevo soberano confirma. Allí
encontré a los emisarios de innumerables pueblos de
Suabia y orillas del Rhin, quienes recibían sus títulos
y regresaban alegremente a su patria. En cuanto a mí,
delegado vuestro, dijéronme que me avistara con los
del Consejo, y éstos se limitaron a despedirme con
buenas razones. -«El emperador no tiene tiempo esta vez,
pero no os olvidará.» Ya me volvía descorazonado,
cuando al cruzar por la sala del castillo, vi al duque Juan
que lloraba y junto a él a los nobles señores
de Wart y Tegerfeld. Me llaman y me dicen: -« Resistid con
las propias armas y no esperéis justicia del soberano.
¿No estáis viendo cómo despoja a su propio
sobrino y detenta su legitima herencia? El duque reclama
los bienes de su madre; llegó a la mayor edad y se
halla en el caso de gobernar por sí mismo su patrimonio
y sus vasallos. ¿Sabéis qué respuesta ha recibido?
El emperador ha puesto en su cabeza un solideo, diciéndole:
este es el ornamento de tu juventud.» |
MAUER.-
¿Oís?
No esperemos del emperador ni rectitud ni justicia... acudid
a la propia ayuda. |
REDING.-
No nos queda otro partido. Veamos
ahora el modo de encaminarnos a nuestro fin con la debida
prudencia. |
WALTHER FURST.-
(Adelantándose.) Queremos
sustraernos a odiosa dominación y conservar íntegros
los derechos que nos legaron nuestros padres, mas no ambicionar
otros nuevos. Conserve en paz el emperador los suyos, y sirva
a su señor el que lo tenga. |
MEIER.-
Yo soy feudatario
del Austria. |
WALTHER FURST.-
Pues continuad cumpliendo con
ella vuestras obligaciones. |
WEILER.-
Yo pago un tributo
a los señores de Rappersweil. |
WALTHER FURST.-
Pues
continuad pagándolo. |
ROESSELMANN.-
Yo he prestado
juramento a la abadía de Zurich. |
WALTER FURST.-
Dad
a la abadía lo que es suyo. |
STAUFFACHER.-
Yo no dependo
más que del imperio. |
WALTER FURST.-
Hágase
lo que deba hacerse, pero nada más. Lo que deseamos
es arrojar del país a los gobernadores y a sus sicarios,
y derribar sus fortalezas, si es posible, sin verter sangre.
Reconozca el emperador que nos hemos visto forzados a violar
nuestras obligaciones y el respeto que le debemos. Si ve
que nos mantenemos dentro justos límites, tal vez
la prudencia política enfrenará su cólera,
porque un pueblo que sabe guardar moderación con las
armas en la mano, inspira legítimo temor. |
REDING.-
Pero oíd -¿cómo llevaremos a feliz término
la empresa? El enemigo está armado y no ha de ceder
sin combatir. |
STAUFFACHER.-
Cederá cuando vea que
también lo estamos nosotros; cederá si sabemos
ganarle por la mano. |
MEIER.-
Lo cual está pronto
dicho, pero es difícil ejecutarlo. Dos fortalezas
protegen al enemigo, y serán temibles si viene el
rey. Antes de desenvainar una sola espada, debiéramos
apoderarnos de Rossberg y de Sárnen. |
STAUFFACHER.-
Si tardamos mucho, alguien prevendrá al enemigo y
demasiada gente estará en el secreto. |
MEIER.-
No
hay un solo traidor en los tres cantones. |
ROESSELMANN.-
El mismo celo puede hacer traición a nuestros planes. |
WALTER FURST.-
Si se demoran, el edificio de Altdorf estará
terminado y el gobernador irá a fortificarse en él. |
MEIER.-
Mucho os acordáis de los propios intereses. |
PETERMANN.-
¡Y vosotros estáis injustos! |
MEIER.-
(Levantándose.) ¡Injustos nosotros! ¡Los de Uri osan
decirlo! |
REDING.-
En nombre de vuestro juramento, silencio! |
MEIER.-
Si, si Schwyz se pone del lado de Uri, forzoso será
ceder. |
REDING.-
Me veo obligado a reprenderos ante la asamblea,
porque turbáis la paz con vuestra violencia. ¿No nos
reúne aquí una causa común? |
WINKELRIED.-
Podríamos aguardar hasta el día de la fiesta
del Señor; es costumbre que en tal día todos
los vasallos acudan al castillo con sus presentes. Diez o
doce hombres se reunirían allí sin que nadie
recelara, y podrían traer ocultos algunos aguijones
de hierro y armar con ellos sus bastones, porque nadie entra
armado en el castillo. El grueso del ejército aguardaría
en tanto emboscado cerca de allí, y cuando los otros
se hubiesen apoderado de la entrada, llamarían con
un toque de bocina, saldríamos todos y fácilmente
nos hacíamos dueños de la fortaleza. |
MELCHTHAL.-
Yo me encargo de entrar en Rossberg. Una doncella del castillo
me dio pruebas de alguna afección y podré persuadirla
a que me tienda una escalera para visitarla de noche. Una
vez allí, haré entrar a mis amigos. |
REDING.-
¿Estáis todos conformes en diferir la ejecución?.
(La mayoría levanta la mano.) |
STAUFFACHER.-
(Contando
los votos.) Veinte contra doce. |
WALTHER FURST.-
En cuanto
hayan caído en nuestro poder las fortalezas, daremos
la señal de una a otra montaña, encendiendo
algunas fogatas. El pueblo se reunirá inmediatamente
en el principal lugar del cantón, y cuando vean los
gobernadores que estamos decididos a resistirnos, creedlo,
no empeñarán la lucha, y aceptarán de
buen grado un salvoconducto para pasar la frontera. |
STAUFFACHER.-
Sólo temo las fuerzas de Geszler; rodeado de terribles
sicarios, no ha de abandonar el campo de batalla sin efusión
de sangre, y hasta expulsado del territorio será terrible
enemigo. Es difícil y quizá peligroso perdonarle. |
BAUMGARTEN.-
Colocadme donde se corra el riesgo de perder
la vida; la expongo con gusto por mi patria, esta vida que
salvó Guillermo Tell. He defendido mi honor y mi corazón
se siente satisfecho. |
REDING.-
El tiempo trae consejo. Aguardad
con paciencia; también conviene fiar algo a la ocasión...
pero mirad... mientras seguimos aquí deliberando,
brilla la roja aurora en las cumbres. Vaya, separémonos,
antes que el sol nos sorprenda. |
WALTHER.-
No os inquietéis;
la noche se retira lentamente de los valles. |
|
|
(Todos, cediendo
a espontáneo impulso, se descubren y contemplan con
piadoso recogimiento la salida del sol.)
|
ROESSELMANN.-
Por
esta luz que a nuestros ojos brilla, antes que alumbre a
los que duermen envueltos en la bruma de las ciudades, juremos
el pacto de la nueva alianza. Queremos ser un solo pueblo
de hermanos a quienes nunca, ni la desgracia, ni el peligro
podrán separar. (Todos repiten la misma fórmula,
levantando los tres dedos de la mano derecha.) Queremos ser
libres como lo fueron nuestros padres, y preferimos la muerte
a la esclavitud. (Todos repiten estas palabras.) Queremos
poner nuestra confianza en el Dios todo poderoso, y no temer
nunca el poder de los hombres. (Lo repiten también
y se abrazan.) |

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STAUFFACHER.-
Emprenda cada cual en santa
paz su regreso y vuelva a reunirse con sus amigos. Conduzca
el pastor tranquilamente sus ganados a los establos de invierno,
y con sigilo cuide de reclutar partidarios para nuestra empresa.
Soportad cuanto sea soportable hasta el momento decisivo.
Dejemos que crezca la lista de los ultrajes... hasta el día
en que los tiranos pagarán de una vez sus deudas con
todos y cada uno. Fuerza es dominar nuestro justo furor...
quede reservada la particular venganza para la venganza de
todos, que ocuparse hoy de la propia injuria, fuera en perjuicio
de la causa común. |
|
|
(Mientras se alejan en profundo
silencio, y en tres diferentes direcciones, toca la orquesta
una brillante sinfonía. La escena permanece solitaria
breve rato, y brillan los rayos de la aurora en las lejanas
nieves.)
|