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Capítulo LI


De cómo estando el gobernador Pedro de Villagra en la ciudad de Santiago, llegó al puerto el capitán Costilla con docientos hombres y tres piezas de artillería que el licenciado Castro, gobernador del Pirú, enviaba a Chile, y de lo demás que acaesció


En el tiempo questas cosas pasaban en Chile, el licenciado Castro, gobernador del Pirú por muerte del conde de Nieva, su predecesor, bien informado de cuán falto estaba el reino de gente, y la guerra ordinaria que había, como celoso del bien común y por servir al rey, mandó hacer docientos hombres de guerra, en la cual todos ellos aprobaron muy bien; ayudándoles con dineros de la caja real, conforme a su hábito y a la nescesidad que cada uno tenía. Estos soldados, que entre ellos había algunos caballeros y hombres nobles, encomendó y dió cargo al capitán Costilla, vecino de la ciudad del Cuzco en el Pirú, y con provisión secreta le encomendó que llegado al reino de Chile se informase del gobierno que traía Pedro de Villagra, y que si le hallase bien quisto le entregase toda la gente que llevaba, y si le hallase mal puesto la diese al general Rodrigo de Quiroga. Con esta orden y confianza despachó el licenciado Castro al capitán Costilla del puerto de los Reyes. Dijeron algunos que en el armada venían que el licenciado Castro, para el efeto dicho, le dió el nombre de gobernador en blanco, para que, conforme a la instrucción que traía, lo hiciese.

Salió a la vela en dos navíos grandes; en el uno venía su persona, y en el otro un caballero de Burgos llamado Diego Barona; tuvo tan buen tiempo en su navegación, que en tres meses llegó a la ciudad de la Serena. Estuvo allí seis días refrescando la gente, y al seteno se hizo a la vela para el puerto de Valparaíso, que está de la ciudad de Santiago diez y seis leguas, donde descargan los navíos que vienen del Pirú. Allí desembarcó toda la gente y sacó el artillería; alojados con orden se mandaba velar de noche y tener guardia ordinaria de día, como hombre recatado. Habiéndose informado en la ciudad de la Serena del gobierno que traía Pedro de Villagra, le dijeron estaba malquisto en la ciudad de Santiago y en las demás del reino; en Valparaíso, de las personas que se pudo informar, le dijeron lo mismo. Con esta nueva se inclinó dar la gente al general Rodrigo de Quiroga, que estaba en el reino bien quisto, y siempre lo estuvo, por tener de ordinario gran virtud este nobilísimo hombre. Pedro de Villagra, como supo era desembarcado, le escribió dándole el parabién de su venida, y que le hiciese saber la gente que traía, para quién la traía o con qué orden venía; con esta carta escribió [a] algunos caballeros y hombres principales que con él venían ofreciéndoles caballos y servicio, de que venían faltos. El capitán Costilla respondió que la gente traía para dársela como a gobernador del rey; con esto se aseguró algo, aunque con sospecha, porque Costilla se estaba en el puerto sin venir a la ciudad, y sabía Pedro de Villagra se comunicaba con el general Rodrigo de Quiroga y con Martín Ruiz de Gamboa, los cuales le proveían en la mar de bastimento con caballos y carretas para él y toda la gente que traía. Viendo que se tardaba, estuvo indeterminable si iría al puerto o no; resumióse de esperalle en la ciudad; y para más descuidallo decía Costilla a los que le iban a ver que la gente que el presidente Castro le había dado, que era la que él traía de su mano, la tenía de entregar al gobernador Pedro de Villagra, que ansí se lo habían mandado: dando a entender ser ansí, porque al descubierto no le pudieron sacar cosa alguna que paresciese al contrario, ni los que con él venían en toda la jornada tal habían podido alcanzar. Pedro de Villagra, sospechoso por algunas aparencias, sabiendo que breve partiría del puerto, le envió al camino un alcalde ordinario con dos regidores, para que en la parte que le hallasen tratasen con él y exhibiese las provisiones y recaudos que traía del licenciado Castro, gobernador del Pirú, para que conforme a ellas se proveyese lo que más convenía al servicio del rey. El capitán Costilla le respondió, después de habellos oído, que no había nescesidad de aquellas cosas que parescían manera de alboroto, que llegado donde Pedro de Villagra estaba le entregaría la gente. Hallábase cuando esto pasó distante de la ciudad de Santiago seis leguas, y siempre caminando. El alcalde se volvió y dió nueva de lo que con él había pasado y lo que había respondido. El general Rodrigo de Quiroga, con algunos amigos suyos, se estuvo en su casa, y no salía por el pueblo, por cuya causa le dijeron a Pedro de Villagra que habían visto meter armas y arcabuces en su casa. Oído esto, salió con treinta hombres a la plaza, y con ellos fué a la casa del general Rodrigo de Quiroga, y mandó le dijesen estaba allí; los que dentro estaban no le quisieron responder. Pedro de Villagra quiso entrar, defendiéronle la entrada diciendo no estaba en su casa, tuvieron palabras los soldados de una parte a otra. Pedro de Villagra mandó le trajesen dos barriles de pólvora para derriballe la casa: no hubo efeto, porque no se determinaba en lo que hacía y había de hacer sino tarde, y por su mucha tardanza se determinaba mal. Mandó ansí mesmo que le trajesen el estandarte de la ciudad, a quien todos los vecinos y estantes están obligados a acudir; el que lo tenía, que era un regidor, no se lo quiso dar, antes se fué con él a la casa del general. Quiso ansí mesmo mandar repicar la campana, que es con la que se da arma al pueblo; fuéronle a la mano sus amigos, diciéndole que no consistía en fuerza lo que había de hacer, sino en quien mejor papel tuviese, pues por él habían de determinar la justicia de cada uno, y que dado caso que quisiese salir al camino al capitán Costilla con mano armada, le era mucho inferior, porque demás de la gente que traía de los que estaban en la ciudad, habían salido más de treinta hombres e ido a juntarse con él, y que la demás que quedaba era cierto tocando la campana se habían de juntar en la casa de Rodrigo de Quiroga y le habían de acudir todos los más. Por este respeto lo dejó de hacer, y quiso esperar que llegase para saber la certidumbre que traía, aunque desde a poco pidió un caballo, y con algunos amigos se fué a ver con Costilla dos leguas de la ciudad, que se rescibieron bien dándose el bien venido: y tratado de algunas palabras amigables, le dijo que llegado a la ciudad su merced sabría lo que el licenciado Castro mandaba; que no tuviese pena, pues sería breve.

Pedro de Villagra se volvió, y desde a poco entró el capitán Costilla con la gente que traía, todos en escuadrón, con el artillería en batalla y las mechas de los arcabuces encendidas. Con esta orden llegó a la plaza y pidió se juntase el cabildo, verían el recaudo que traía; juntos alcaldes y regidores, presentó un papel en que en él venía nombrado por gobernador del reino de Chile el general Rodrigo de Quiroga. Fuéle respondido mostrase por dónde el licenciado Castro podía proveer gobernador en Chile, porque Pedro de Villagra lo era por el Audiencia de los Reyes. Costilla les respondió que el licenciado Castro daría cuenta al rey de lo que hacía, y que no había nescesidad de más recaudo, sólo aquél. Sobre esto hubo votos en los del cabildo; unos votaron en favor de Pedro de Villagra y otros de Rodrigo de Quiroga: estuvieron indeterminables, que no podían entender cómo el licenciado Castro podía deshacer, sin más razón de aquella Voluntad suya, lo que había hecho toda una Audiencia; mas como vían doscientos hombres en escuadrón puestos en la plaza y los ciento y treinta arcabuceros y la determinación de Costilla, aunque ellos eran amigos de Pedro de Villagra, que era una cautela que los que gobernaban a Chile en aquel tiempo tenían, como hacían las elecciones, procuraban grangear a los del cabildo y tenellos propicios para casos semejantes, viendo que menos no podían hacer, y que todo el pueblo estaba a la parte del general Rodrigo de Quiroga, lo rescibieron por gobernador conforme a su proveimiento, y esto con mucho regocijo, que adelante le salió a todos muy bien, porque fué buen gobernador y de mucha virtud.

Rescebido al gobierno, luego prendió a Pedro de Villagra y lo envió preso al puerto, con orden que le embarcasen en un navío, donde estuvo con guardas más de treinta días, hasta que el capitán Costilla se fué al Pirú y lo llevó consigo, no por delito que había cometido, sino por sacalle del reino, que Pedro de Villagra era vecino del Cuzco, que en aquella ciudad le había dado de comer el marqués de Cañete cuando envió a su hijo don García al gobierno de Chile.

Era Pedro de Villagra natural del Colmenar de Arenas, y cuando gobernó el reino de Chile tenía de edad cincuenta años, bien dispuesto, de buen rostro, cariaguileño, alegre de corazón, amigo de hablar, aficionado a mujeres, por cuya causa fué mal quisto; fué amigo de guardar su hacienda, y de la del rey daba nada; aunque después de un año que fué gobernador, viendo que lo murmuraban generalmente, comenzó a gastar de la hacienda del rey, dando algunos entretenimientos a soldados. Tuvo el tiempo que gobernó buenos y malos sucesos en las cosas de guerra y de gobierno. Gobernó dos años, pocos días más.




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Capítulo LII


De lo que hizo el gobernador Rodrigo de Quiroga después que fué rescebido al gobierno


Después de preso Pedro de Villagra y enviado al puerto con guardas que con su persona tuviesen cuenta, el capitán Costilla estuvo en la ciudad de Santiago el tiempo impetuoso de invierno, y a la entrada de primavera se embarcó y fué al Pirú, llevando a Pedro de Villagra en su navío, que después se supo en el Audiencia de los Reyes había puesto demanda al capitán Costilla en que decía estando sirviendo al rey quietamente en el reino de Chile, entró con número de gente armada y le prendió. Este pleito anduvo en el Audiencia, aunque no se determinó: dijéronme que cuando llegó el capitán Costilla al puerto de los Reyes, y se dijo en Lima que Pedro de Villagra venía preso, le dijeren los oidores al licenciado Castro: « ¿Vuestra señoría mandó prender a Pedro de Villagra?», y que les respondió: «Fué trato gallego», porque el licenciado Castro era natural de Galicia.

Rodrigo de Quiroga, teniendo a su cargo el reino, proveyó por su teniente general a Martín Ruiz de Gamboa, hombre suficiente por la plática de guerra que tenía, solícito y de buen entendimiento y discreto, al cual en un navío lo envió a la ciudad de Valdivia, para que de aquella ciudad y las demás a ella conjuntas trajese la más gente que pudiese, porque quería a la entrada del verano hacer la guerra a la provincia de Arauco y poblar la ciudad de Cañete, que Francisco de Villagra había despoblado, dándole comisión para que con los oficiales del rey que allí estaban pudiese hacer acuerdo y gastar de la hacienda real todo lo que le paresciese y tuviese nescesidad. En este mismo tiempo Pedro Fernández de Córdoba fué rescebido en la ciudad de Valdivia por teniente del gobernador, Pedro de Villagra. Estando en su cargo, comenzó a proceder contra el cabildo y pueblo por la resistencia que habían hecho a Gabriel de Villagra, teniendo presos en sus casas a unos y en la cárcel pública a otros, siendo tratados a su parescer ásperamente. Llegó a aquella ciudad un soldado que traía una carta habida en la de la Concepción, la cual decía cómo Rodrigo de Quiroga era rescebido al gobierno y proveía en todas las cosas como gobernador. Esta carta hubo uno de los alcaldes, y con ella aquella noche habló a todos sus amigos, diciéndoles cómo Pedro de Villagra no era gobernador, y pues había nuevo gobierno, le parescía no debían de perder aquella coyuntura, y que por la mañana llamasen al capitán Pedro Fernández de Córdoba, diciéndole habían venido despachos para el cabildo, que su merced se hallase presente, si le paresciese. Resumidos en este acuerdo, por la mañana se juntan en cabildo y se lo envían a decir. Descuidado de aviso cordobés, aunque era de Córdoba, no advertido de lo que le podría resultar, fué al ayuntamiento: estando dentro, le dijeron viese aquella carta, y por ella le constaría que Pedro de Villagra no era gobernador, sino Rodrigo de Quiroga; que su merced debía deponer el cargo. Respondióles que no habiendo más información de aquélla, no era bastante recaudo. Queriéndole quitar la vara, puso mano a su espada, y como estaba en lugar angosto, teniéndole en medio, se abrazaron con él; como eran muchos, quitáronle las armas y la vara, y le pusieron dos pares de grillos y guardas. Él les dijo que le diesen parescer de letrados de que su cargo era espirado, que él lo depondría. Juntáronse para este efeto el licenciado Agustín de Cisneros, natural de Medina de Ríoseco, y el licenciado Molina, de Almagro y el licenciado Peñas, de Salamanca; tratando dello, dijo el licenciado Peñas, porque me hallé yo presente, que no quería dar su parescer si no se lo pagaban. Este fué el que por el parescer que dió entre Francisco de Villagra y Francisco de Aguirre sobre quién debía gobernar, le dieron quatro mill pesos. Con esta respuesta se desavinieron, y quedó para otro día, que no se concertaron más ni se trató de parescer. Desde a tres días, estando todos comiendo, se quitó los grillos, y al pasar por donde estaban los guardas le defendió uno dellos la salida, al cual dió una cuchillada en un brazo; haciéndole lugar se metió en la iglesia. Acudió luego todo el pueblo al repique de una campana, y cercaron la iglesia donde se había metido con un foso y muchos maderos con ímpitu de bárbaros, sin que le pudiesen meter comida ni otra cosa alguna, y una vez que le quiso meter una bota de agua un fraile de la Orden de San Francisco, mirándole si llevaba algo, le hallaron la bota; demás de quitársela, lo echaron de allí. Bien pudieran sacallo de la iglesia si quisieran; dejáronlo de hacer, porque se metieron con él algunos hidalgos sus amigos, y porque no hubiese alguna muerte, queriendo evitar más el daño que el escándalo y alboroto: de esta manera que hemos dicho estuvo dos días. Viendo que se perdían por sed y hambre, acordó darse al vulgo, deponiendo ante todas cosas el cargo de teniente de gobernador: desta manera salió de la iglesia. Depuesto el cargo, se fué a la Ciudad Rica, donde era vecino.

Desde a ocho días siguientes llegó a la ciudad de Valdivia Martín Ruiz de Gamboa, quedando concertado con el gobernador que para tantos días de enero del año de sesenta y seis estuviese con la gente que había de traer en el río de Biobio, abajo de la ciudad de Angol dos leguas. Llegado Martín Ruiz a la ciudad de Valdivia, fué rescebido con infinita alegría, y porque salían de la pelaza en que habían estado con Pedro Fernández de Córdoba, corrieron toros y otros autos de placer.

El general proveyó por la comisión que llevaba tenientes de gobernador en todas las ciudades, y comenzó a hacer gente para acudir con tiempo donde tenía de hallar al gobernador; y para buen aviamiento hizo acuerdo con los oficiales del rey para pagar la ropa que se tomase de los mercaderes. Hizo gasto de quince mill pesos en ropa, caballos y armas, con tanta solicitud, que en cuatro meses se aprestó y salió de la ciudad de Valdivia para la Imperial, que es el camino por donde tenía de ir con ciento y diez hombres bien aderezados de caballos y armas.

El gobernador, después que despachó a su teniente general, como arriba se ha dicho, para su buen aviamiento, proveyó por su maestre de campo al capitán Lorenzo Bernal, teniendo entendido que era hombre que se le podía encomendar mejores cargos, por su buen entendimiento de guerra, comprando caballos de los vecinos de Santiago, en descuento de los pesos de oro que debían al rey, con que aderezar los soldados que trajo el capitán Costilla, que todos venían a pie. Mandó hacer fustes de sillas, muchas celadas y las demás cosas necesarias para la guerra; todo lo cual se hizo con gran presteza, y se proveyeron todos; y para llegar al río de Biobio al tiempo concertado con su general, partió de la ciudad de Santiago con trecientos hombres y ochocientos amigos. El artillería envió por la mar a la ciudad de la Concepción. Por sus jornadas se puso en el río, y otro día, llegó el general con ciento y diez hombres. Pasado el río, que era por donde se tenía de entrar a hacer la guerra, se juntaron los dos campos.




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Capítulo LIII


De cómo el gobernador Rodrigo de Quiroga hizo consulta de guerra con todos los capitanes que llevaba en su campo por dónde se entraría a hacer la guerra a Arauco y a Tucapel, y de lo que se acordó


Juntos que fueron los dos campos, el gobernador mandó al maestro de campo que tomase reseña de toda la gente para saber el número que había de hombres que tomasen armas; halló eran por todos cuatrocientos, en que había docientos y sesenta arcabuceros. Luego mandó juntar los capitanes antiguos que venían en su campo, y por honrar algunos hombres principales de los que habían venido con el capitán Costilla, mandó se hallasen presentes. Después de haber hecho compañías de toda la gente de a pie y de a caballo, y señalado los capitanes y el número que cada compañía había de tener, juntos en consulta de guerra trataron algunos que en el fuerte de Catiray, donde habían los indios desbaratado al licenciado Altamirano y muerto a Pedro de Villagra, había mucha junta de gente que los estaban esperando, y que pues tenía el gobernador tanta gente y tan buena con tantos arcabuces, no era bien pasara delante sin desbaratallo, pues era cierto los indios en su religión tenían aquel lugar por adoratorio y cosa invencible por haberles ido siempre allí bien, y que habían de entender que para cristianos no había cosa dificultosa, sino todo llano, y que agora tenía el gobernador aparejo para dárselo a entender, y que un campo tan grande como el que tenía no se juntaba en Chile tan fácilmente; que no se debía perder tan buena ocasión: éstos eran algunos de los capitanes antiguos, y el que más insistía en ello era el capitán Francisco de Ulloa. Otros que más atentamente medían las cosas, decían que no se debía de pelear en fuerte alguno, sino después de bien reconoscido, viendo que estaba puesto en parte cómoda, o a lo menos con el menos riesgo, ya que no con conoscida ventaja, y no torpemente aventurallo a cosa incierta; y que no era de capitanes prudentes juzgar las cosas al más o menos, sino pesadas con gran cordura, pues era cierto que si desbarataban a los indios en el fuerte que tenían, no aventuraban a ganar cosa alguna sino maderos y piedras, detrás de las cuales estaban metidos, porque tenían las espaldas una quebrada grande, y junto a ella otras muchas, que si les decía mal se echaban por ellas, sin perder más gente de la que al primer ímpetu les podían matar, que serían bien pocos por respeto de la defensa grande que tenían. Después de haber tratado el pro y contra sin que se resumiesen en cosa alguna, el maestre de campo fué con cincuenta soldados a reconoscer el fuerte, o de la manera que estaban, y llevó por delante una mujer india con una carta que diese a un mestizo que decían estaba con los indios. Llegó cerca del fuerte sin ver indio alguno; desde allí envió la india con la carta no pasando adelante. Los indios de guerra desde lo alto estaban mirando el camino que llevaba, y no parescieron por dejallo llegar hasta el fuerte sin salir a él; mas desque vieron había parado y no pasaba adelante, salieron de las emboscadas donde estaban metidos más de diez mill indios, y muy desvergonzadamente se vinieron a los cristianos. El maestre de campo mandó se retirasen la cuesta abajo; los indios vinieron tras dél un poco, y viendo que no esperaba, se pararon.

El gobernador volvió a tratar el camino que se llevaría para entrar en Arauco; decíanle que desbaratando aquel fuerte cualquier camino era bueno. El maestro de campo afirmaba no era de tratar en aquello, sino dejallos en su fuerte e irse por la montaña de Talcamavida, que era desembarazada, porque los indios que en el fuerte estaban, viendo que los despreciaban, habían de salir y venillos a buscar, y que él entonces pelearía con ellos de la manera que quisiese; y que si todavía el señor gobernador era de parescer, porque estaba indeterminable, se fuese a combatir, que él se desistía del cargo y pelearía como soldado: decía estas palabras con tanta determinación, por espiriencia que tenía, que movía a los oyentes. El gobernador, como prudente, entendiendo que aquello era lo mejor, mandó se fuese por el camino de Talcamavida.

Los indios de guerra, como eran muchos convocados de todo el reino, viendo que los dejaba, salen del fuerte y se le van a poner delante en una loma por donde había de pasar, y hacen luego un fuerte de poca defensa: puestos en él y al derredor, esperaron. El maestro de campo llevaba el avanguardia con cincuenta hombres; llegado donde los indios estaban, reconosció eran perdidos. Salieron a escaramuzar con él y peleó un rato al principio; luego salió tanta gente en favor de los que escaramuzaban, que le convino retirarse una loma abajo, y tan sin orden, que algunos cayeron de los caballos envueltos con los indios. Despojaron de las armas a Gabriel de Zúñiga, el cual, por el buen socorro que tuvo y buen ánimo para defenderse, no murió. Tomás Pastene cayó el caballo con él, y por el socorro que tuvo del maestro de campo no fué muerto, aunque él se defendió con buen ánimo; el campo se alojó en un llano junto a los indios, lugar conviniente. Luego otro día el maestro de campo con trecientos hombres volvió a combatir con los indios, creyendo los hallara en el fuerte; mas ellos, como hombres de guerra, conosciendo su perdición en la parte que estaban, desmampararon el sitio que tenían: cuando llegó, ya se habían ido. Tuvo algunos émulos que decían lo había hecho no acertadamente, pues como hombre de guerra y tan ejercitado, conosciendo que los indios estaban en parte que se les podía hacer mucho daño, no los había de dejar, sino entretenellos y enviar por gente, porque en aquel suceso bueno se castigaba toda la provincia. El maestro de campo se descargaba diciendo: indios que habían tenido ánimo para desamparar el fuerte en donde primero estaban, y se les habían venido a poner delante, no era de entender habían de huir, sino pelear, pues con él habían escaramuzado y le habían hecho volver las espaldas, que era más acrecentamiento de ánimo para no irse hasta probar su fortuna.»




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Capítulo LIV


De cómo yendo el gobernador Rodrigo de Quiroga para entrar en Arauco por la montaña de Talcamanida pelearon los indios con él, y de lo demás que sucedió


Después que los indios desampararon el fuerte, se retiraron a la montaña de Talcamavida, por ser tierra áspera y de muchas quebradas, por donde de nescesidad el campo había de caminar para entrar en Arauco; y como eran muchos, se fortificaron con piedras y maderos, no para pelear dentro de aquel sitio que por fuerte tenían, sino para estar seguros no los tomasen descuidados; y en el entre tanto que el gobernador llegaba a aquel paso, pusieron dos emboscadas dentro del monte para que habiendo el campo pasado hiciesen arremetida en la retaguardia, y que ellos saldrían entonces de su fuerte y se le pondrían delante, para que todos a un tiempo diesen en los cristianos: con esta orden los turbarían y harían alguno suerte con que tomasen ánimo para lo de adelante. Andaban entre estos indios algunos principales hombres de guerra y los más nombrados, entre ellos Llanganaval, señor en el valle de Arauco; Millalelmo, Loble, a quien todos seguían. Dada esta orden, estuvieron en el puesto que les fué señalado, esperando que los cristianos llegasen. El gobernador caminó en batalla con todo el campo; el maestro de campo llevaba el avanguardia. Llegado al fuerte, salen los indios a él y se le ponen delante; los emboscados salen al mesmo tiempo y arremeten a la retaguardia con grande ánimo. El general Martín Ruiz, que la llevaba a su cargo, defendiendo y peleando, mandaba recoger los bagajes: fué la voz de mano en mano que los indios habían desbaratado la retaguardia. El gobernador mandó al maestro de campo que volviese a dalles socorro con algunos arcabuceros. Luego, recogiendo los bagajes y dejando soldados para guarda dellos, con la resta que le quedaba rompió con tanta determinación en los indios que los desbarató y pasó por ellos, alanceando algunos; siguióse el alcance camino de Arauco más de una legua, aunque se hizo poco efeto por ser mala tierra para caballos y muy a propósito de los indios, que como es gente suelta andan desenvueltamente por los cerros como quiera. El maestro de campo llegó a la retaguardia, y recogido, echados los indios por las quebradas, y muertos algunos con los arcabuces, volvió [a] alcanzar al gobernador, que estaba hecho alto, y por ser tarde alojó su campo cerca de allí. Otro día llegó al valle de Chiculingo y cortó las simenteras a los indios.

Desde allí se fué otro día al valle de Arauco, y estuvo algunos días llamando aquellos principales viniesen a darle la paz. Viendo que estaban olvidados de ella, mandó les cortasen los panes que tenían muy buenos. Andando ocupado en cortar estas chacaras de maíz, hubo entre dos soldados cierta diferencia en que el uno dió una cuchillada al otro. Los amigos del que había recibido la cuchillada tomaron las lanzas y le dieron ciertas lanzadas de que murió. El que lo hirió tenía muchos amigos, y por no dar ocasión que hubiese alguna revuelta, mandó el gobernador al maestro de campo lo prendiese y hiciese justicia, la cual, a contemplación de algunos amigos suyos, dilató y quedó sin castigo, aunque después le fué mal agradescido. Desde allí pasó el gobernador a poblar la ciudad que Francisco de Villagra había despoblado, buscando sitio competente cerca de la mar para poderla socorrer con navíos, porque donde la había poblado don García de Mendoza estaba de la mar siete leguas, y si los naturales se rebelaban y quitaban las simenteras, no se podían aprovechar de los bastimentos que por la mar llevasen, a causa de ser lejos, y que yendo por ellos había de ir gente que bastase para su defensa, si indios de guerra saliesen al camino; porque repartidos los que iban y los que quedaban estaban todos en ventura y suerte de perderse. Por este respeto el gobernador, como hombre que tenía tanta plática y espiriencia de guerra, buscó donde poblar aquella ciudad a propósito, y para el efeto que deseaba halló que en el río del Levo había puerto razonable para navíos grandes y muy bueno para pequeños, y en comarca que se podían proveer de lo nescesario, y el río apacible con menguantes y crecientes. Asentó el campo allí para poblar, y quedando a la ligera hacer la guerra a los naturales, trayéndolos de paz, o destruirlos. Luego otro día pobló y le puso el nombre que de antes tenía ansí como don García se lo había puesto, habiendo tres años que Francisco de Villagra la había despoblado por su mala orden de gobierno. Repartidos solares a los vecinos que en ella habían de ser, comenzó a llamar de paz los principales que le viniesen a servir; a esta voz vinieron los comarcanos, y siendo informados otros muchos les perdonaba lo pasado, animáronse para venir a servirle; y dió ansí mesmo orden se hiciese un fuerte cerca del río en parte conviniente, para estar al seguro, con dos torres, donde estaban cuatro piezas de artillería y los españoles recogidos dentro en él. Y porque los vecinos de Santiago habían gastado mucho en aquella jornada, como de ordinario lo han hecho con todos los gobernadores, siguiéndolos y sirviendo al rey, aunque dello nunca fué informado, pues es cierto han merecido mucho, porque el sustento ordinario de todo el reino ha dependido de ellos, rescibiendo soldados en sus casas, curándoles sus enfermedades, dándoles de comer a ellos y a sus criados y caballos, vistiendo a los desnudos, dando caballos a los que estaban a pie, gastando en general sus haciendas sirviendo al rey; que de justicia habían de ser jubilados, lo que no se ha hecho ni hace, sino derramas e pensiones, si en el reino se echan por los gobernadores con las colores que quieren, ellos han sido los primeros que las pagan y lo son en el día de hoy, sin tener atención a lo que tengo dicho, porque en las Indias el rey don Felipe, nuestro señor, no es tan señor dellas como lo son sus gobernadores, que les paresce que el tiempo que gobiernan lo han todo heredado de sus padres. Y es verdad, por la profesión que tengo de cristiano, no me mueve a lo que dicho tengo sino decir verdad. Vuelto al gobernador Rodrigo de Quiroga, por estar lejos de sus casas, que había casi cien leguas de camino, y entraba el invierno, agradesciéndoles lo que en servicio del rey habían hecho, les dió licencia se volviesen; y porque el camino de Ilicura, saliendo por él al valle de Puren, se hacía mucho efeto el hollarlo, y castigar aquellos indios, mandó al maestro de campo que fuese a aquella jornada con ciento y treinta hombres. Entre todos los que habían de ir fueron de los vecinos de Santiago todos los que en el campo andaban y algunos otros de las demás ciudades del reino, con acuerdo que el maestro de campo, como hombre que sabía la tierra, hiciese lo que le paresciese que convenía. Seguiendo su camino, entró por el valle de Ilicura cortando las simenteras a los naturales y quemándoles las casas llenas de comidas, que son legumbres y bastimentos del año de atrás. ¡Gran lástima verlas arder!, sin querer aquellos bárbaros venir de paz, porque estaban de las vitorias pasadas tan altivos, que todo lo despreciaban, dándose poco por su perdición. Desde allí fué al valle de Puren, que es muy fresco en todo tiempo y muy fértil. Los indios, como vieron los españoles dentro de su tierra, desampararon sus casos y se metieron huyendo en una ciénaga grande, que tiene dos leguas de monte y agua, donde se hacen fuertes, y no se les puede entrar si no es muy de propósito, y ha de ser por muchas partes y con posible de gente; por cuyo respeto se queda muchas veces sin castigo este valle.Después de haber destruido todo lo que en él tenían sembrado, el maestro de campo, porque no paresciese no hacer efeto su ida, entró en la ciénaga, que por ser el año seco no era dificultosa la entrada ni andar por ella; tomaron los soldados muchas mujeres y muchachos y algunos indios de guerra que se castigaron, y reservando algunos los envió por mensajeros a llamar los señores principales viniesen a dar la paz. Los indios daban esperanza della, y como no se efetuaba no se les dejaba de hacer la guerra. El invierno venía entrando recio; los vecinos que allí estaban importunaban al maestro de campo los dejase ir a sus casas, diciendo el gobernador les había mandado estuviesen en Puren quince días y no más, que ya eran pasados treinta; pues tenían jornada tan larga y entraba el invierno, no les hiciese mala obra. Queriendo darles contento, pues tan bien lo merecían, los dejó ir y se volvió a la ciudad de Cañete, donde el gobernador estaba, con sesenta hombres, habiendo licenciado otros sesenta entre vecinos y soldados antiguos. Llegado al gobernador, después de haberle dado cuenta de lo hecho, dió orden de ir al valle de Arauco y hacer asiento en él hasta atraer de paz aquellos indios y reedificar el fuerte que despobló Pedro de Villagra.




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Capítulo LV


De cómo el gobernador Rodrigo de Quiroga salió de la ciudad de Cañete a hacer la guerra y atraer de paz la provincia de Arauco, y de lo que hizo


Después que el maestro de campo hizo espaldas a los vecinos de Santiago y de las demás ciudades, para que con seguridad fuesen su camino, vuelto a la ciudad de Cañete el gobernador, se ocupó aquel invierno en traer de paz la provincia, guardándola a los principales que la daban, y castigando a los que estaban en rebelión y contumacia. Llegada la primavera, salió con ciento y treinta soldados a la provincia de Arauco, por ser de más gente y lo más poblado de todo el reino. Los indios en esta provincia, por ser fertilísima, a cuya causa cada un indio, teniendo las mujeres que puede sustentar multiplican mucha generación, y como son muchos no pueden vivir quitándoles el valle; los cuales, entendiéndolo ansí, cuando ven pujanza de gente, aprovéchanse del tiempo, y como ven que en saliendo a dar la paz se la tienen de rescebir, vinieron luego disculpándose. El maestre de campo les mandó por orden del gobernador no estuviesen en los montes, sino en sus casas, como lo solían hacer antes que los cristianos entrasen en sus tierras: respondiéronle que lo harían ansí. Luego se llamaron unos a otros, y asentaron en sus casas y haciendas; demás de estos indios vinieron otros muchos, y se abrió camino para ir desde allí a la Concepción por Andelican, que es muy cerca cuando se puede caminar. Arauco, como es la cabeza, todos los demás principales siguiendo su opinión, vino de paz Colocolo, que era el principal capitán de todos, y que sustentó el cerco en la casa de Arauco, estando en ella el maestro de campo; demás déste, vinieron otros muchos.

Gastóse aquel verano en acabar de quietar aquellos indios y hacelles que fuesen a la ciudad de Cañete a servir en aquello que los cristianos los quisiesen ocupar. El gobernador esperaba a su general, que había ido a la ciudad de Santiago para traer indios amigos y ganado, que faltaba bastimento en el campo. Para aquel tiempo concertado, vino y llegó en coyuntura tan buena que las vacas que a cuenta del rey habían traído y carneros eran acabados. Trajo el general con los amigos mill cabezas de puercos, que es el mejor bastimento de todos para en la parte donde estaban, los cuales eran del gobernador de su propia hacienda, que en gastar de la del rey fué tan templado, que antes gastaba de la suya que plado, que antes gastaba de la suya que mandar se gastase algo de lo que al rey pertenescía, si no era en caso forzoso.

Llegado el general, trató el gobernador con él, que con la gente que tenía consigo asentaría lo que estaba de guerra, y acabaría de allanar todo lo demás y ponelle de paz; que le parescía en el reino había muchos soldados que no se habían querido hallar en aquella guerra por respeto de no tener que dalles, a causa de estar todo repartido por los gobernadores pasados; huían de andar en ella, pues no sacaban más del trabajo, y que déstos en las ciudades de Valdivia, Osorno y las demás a ellas comarcanas había muchos, y otros que a la fama acudirían, juntos todos poblaría una ciudad en la provincia de Chile. Habiendo mucho antes desto escrito y enviado comisión al tiniente que en la ciudad de Valdivia tenía, que con toda la diligencia posible hiciese una fragata y que estuviese acabada para Navidad, que es en mitad del estío en el reino de Chile, como lo es en España del invierno, y con comisión que le dió para que de la caja del rey pudiese gastar dos mill pesos para el aviamiento y despacho desta fragata; y de otra que le mandó dar y le andaba sirviendo, y al presente había venido de la ciudad de Valdivia cargada de trigo para que los vecinos hiciesen simenteras, y de otros bastimentos nescesarios para pueblo nuevamente poblado, en la cual fragata mandó embarcar algunas piezas de artillería pequeñas y una pieza de campo de bronce. Con esto se partió a la vela para la ciudad de Valdivia, y al general despachó se fuese para que pudiese hacer su jornada. Antes que entrase el invierno salió de Cañete, camino de la ciudad de Angol, que es una travesía para caminar con seguridad estando la provincia de guerra, por ser despoblado y pocas veces usado de los naturales; el día que salió de la ciudad, los indios comarcanos, como gente que jamás tuvo paz verdadera, sino de traidores, y que siempre esperan coyuntura para hacer maldades, tuvieron aquel día aparejo para matar mucho servicio que iba a herbajar; bien descuidados no llevando escolta que los guardase dieron en ellos y mataron más de cuarenta yanaconas de servicio. Llámanse así porque son indios extranjeros y sueltos que sirven a cristianos y es éste su nombre. Salieron soldados de Cañete al castigo y mandólo el gobernador al maestro de campo, el cual vino y castigó algunos no tanto cuanto su culpa merescía.




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Capítulo LVI


De cómo el gobernador Rodrigo de Quiroga salió de la ciudad de Cañete con ciento y cincuenta hombres de a caballo a correr la provincia, y de cómo los indios vinieron sobre la ciudad y de lo que acaesció


El gobernador Rodrigo de Quiroga, con ánimo de sosegar y asentar la provincia de Tucapel y todo lo demás que estaba de guerra, por estar algo apartado servían mal y ponían voluntad de no servir a los que estaban de paz, y hablar a los naturales dándoles a entender se apartasen de cosas pasadas y perseverasen en la amistad que habían dado, no fuese de condición de la que otras veces tan encubiertamente daban; y para poder ir con gente que le pusiese temor y pudiese castigar a los contumaces por haber malos pasos de montañas en muchas partes que había de pasar, llevó ciento y treinta soldados no teniendo aviso de lo que traían los indios encubierto para el tiempo que saliese gente conforme al número que les paresciese ser a propósito para efetuar su intinción, estando de muchos días atrás palabrados y resumidos con espías que de ordinario tenían que les daban aviso de todo lo que se hacía. En tratando el gobernador de hacer la jornada, luego fueron avisados de todo, y como a gente tan inconstante, olvidada de todo bien rescebido, enviaron mensajeros por toda la provincia dando dello aviso, y como tenían los ánimos aparejados para semejantes maldades, con grande secreto se juntaron número de doce mill indios, trayendo por sus capitanes a Millalelmo y Loble, indios belicosos y valientes, con otros muchos hombres principales de guerra. Después de informados que el artillería que los españoles tenían, la mayor parte della habían llevado en la fragata por mar a Valdivia, y que la que quedaba era de poco provecho, porque dos piezas grandes ellos las habían ayudado a embarcar con otras diez pequeñas, y que la que estaba en el fuerte no era de temer, que aun cristianos que la supiesen tirar no los había, y que los más valientes que ellos conoscían eran idos con el gobernador, y los que estaban en el fuerte eran soldados mal pláticos de guerra y para poco; con esta nueva, paresciéndoles que ya lo tenían todo en sus manos, vinieron sobre la ciudad: los yanaconas que de fuera andaban tocaron arma. El capitán Agustín de Ahumada había quedado para tener aquella ciudad a su cargo; como vido los indios que acercándose venían, mandó recoger el ganado y caballos dentro del fuerte y mandó limpiar el foso y reparar los lugares que estaban de poca defensa, lo cual pudieron hacer, aunque el tiempo fué breve por ser pequeño el sitio en que estaban. Los indios iban con grande ánimo a dar asalto al pueblo; el capitán Ahumada mandó cargar el artillería, que aunque habían llevado en la fragata la que el indio dijo, quedaban dos piezas grandes en los dos cubos; en cada uno dellos, una. Estas dos mandó que dos soldados tuviesen cuenta con ellas, no se ocupasen en otra cosa. Los indios venían cerrados en sus escuadrones para batir el fuerte. Un soldado que se llamaba Ortuño, vizcaíno, con cólera de su nación, no pudo esperar con su ánimo que no disparase una pieza de campo que a su cargo tenía, y aunque los indios estaban lejos, hizo tan buena puntería, que dándole fuego dió la pelota junto al escuadrón y de recudida acertó a un indio valiente en la cara que le hizo pedazos la cabeza y murió luego.

Viendo Millalelmo que aquel tiro desde tan lejos había hecho aquel efeto, dijo a la espía: «¿Tú no me dijiste que estos cristianos no tenían artillería? ¿por qué me has engañado?» El indio le respondió: «Lo que yo te dije es la verdad: el artillería que fué en la fragata yo la ayudé a embarcar, que fueron diez tiros pequeños y dos grandes, y que la que quedaba era de poco provecho; bien podía ser tuviesen alguna pieza enterrada que yo no la viese.» El sitio del fuerte estaba en un llano; reconosciendo que habían de ir al descubierto a combatillo, y que con el artillería antes que llegasen los matarían, acordaron de tomar por delante una pared que junto al fuerte estaba para su defensa. Por otra parte, vido Millalelmo que un soldado arcabucero, estando el río en medio, con ser bien ancho derribó un indio muerto, dándole por los pechos la pelota, por donde entendió que acercándose más rescibirían mucho daño; por la cual causa puso su gente repartida, de manera que no pudiese ningún cristiano salir ni entrar, con mucha guardia, teniendo espías que les daban aviso en donde el gobernador estaba; intentaban sacar trincheas por donde se llegasen a combatir el fuerte, tratando qué orden tendrían para salir con su empresa. Sucedió que en el campo del gobernador, como había veinte días que andaba fuera de la ciudad bien descuidado de lo que pasaba, un soldado le pidió licencia, y tras de éste, otros diez: yendo su camino toparon cerca del fuerte muchas mujeres cargadas de vino, y otras que venían. Preguntándoles de dónde venían, responden que de llevar de comer a los indios de guerra que estaban con los cristianos peleando. Con esta nueva tuvieron miedo, y estuvieron en si pasarían adelante o no; al fin parescióle que no habría tanta gente que les estorbase la entrada, porque no sabían de la manera que los indios estaban sitiados. Estos diez soldados, llegando cerca con ánimo de hombres ejercitados en la guerra, los caballos al galope, entraron dando voces, diciendo: «Arma, cristianos, que aquí viene el maestro de campo.» Los indios, como vieron el caso repentino, tocaron arma con sus cuernos, como estaban acostumbrados, y acudieron a tomar las armas. Los españoles, como sabían las entradas del fuerte, pudieron entrar en él pasando por el lugar que los indios dejaron desamparado por respeto de recogerse a su escuadrón, no sabiendo el número de la gente que venía. Los que estaban en el fuerte se pusieron a caballo y salieron fuera, entendiendo que el gobernador venía, mas como se informaron que no era más gente de los diez soldados que habían entrado, y vieron los indios se estaban en su escuadrón quedos, se volvieron al fuerte con más ánimo del que habían tenido.

El maestro de campo dejó al gobernador en un asiento llamado Engolmo, y fué adelante con treinta soldados; preguntando a un indio que topó: «¿Dónde estaban los indios, que no parescen?», respondióle: «Son idos al bucara»; entendió que habían ido a servir, como lo hacen cuando están de paz. Yendo más adelante una legua, llegó a otros pueblos, y como no hallase gente en ellos preguntó a una mujer a dónde estaban los indios, en qué andaban: respondióle eran idos a pelear con los cristianos que estaban en el fuerte; siendo de otros bien informado, halló era verdad. Luego caminó a toda la prisa que pudo hasta donde el gobernador estaba, contándole el caso; aunque el gobernador ya lo sabía, y estaba con cuidado por su tardanza, se partió camino del pueblo al mayor paso que pudo, por llegar a tiempo que pudiese hacer algún efeto. Los indios, como vieron el socorro que había entrado, entendieron que el gobernador lo había enviado adelante como a mensajeros que diesen aviso para que mejor se defendiesen; creyendo que el campo sería breve allí, se dividieron y fué cada uno la vuelta de su tierra; que el gobernador llegara a aquella coyuntura hiciera una grande ejecución de justicia, mas quiso la suerte de los indios que aunque se fueron y levantaron el cerco no fuese sin castigo de algunos, porque el gobernador, que venía caminando con mucho cuidado por la salud de aquella ciudad, llegando cerca topó muchos indios de los de guerra que se volvían a sus casas. Viéndose todos a un tiempo, aunque huyeron, alancearon muchos, y otros que tomaron vivos castigó por justicia. Desde a poco llegó a la ciudad, que estaba cerca, fué bien rescebido; luego mandó hacer la guerra y castigar a todos los que encubiertamente habían consentido en la rebelión; castigáronse algunos, y los demás sosegaron por entonces.




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Capítulo LVII


De cómo el maestro de Campo pasó a invernar de la otra parte de Arauco sobre Tavolevo, y de lo que hizo


Llegado el gobernador a la ciudad de Cañete, paresciéndole que sería posible como los indios habían venido sobre aquella ciudad, hubiesen ido ansí mismo sobre la de Angol por estar más desproveída de gente, se informó de algunos principales, los cuales le dijeron la tenían cercada y puesto sitio en tres partes, tan apretada y aparente a los que habían estado en Angol, que creían ser ansí, y que los cristianos se perderían breve. Teniendo esta nueva por verdadera, conforme a lo que en otras cosas había visto, mandó a el maestro de campo fuese a deshacer aquella junta y castigallos, que si no fuese verdad no se perdía cosa alguna en hacer aquel camino, porque a los vecinos animaría y castigaría los indios que pudiese haber, los cuales echaron esta nueva, no para más efeto de pervertirlos, como paresció; porque llegado, halló ser mentira, como de ordinario las tratan, mayormente cuando se ven derribados, y que son inferiores. Pues vuelto el maestro de campo, trató con el gobernador que para acabar de asentar los indios que estaban entre Arauco y la ciudad de Angol de la otra parte de la Cordillera, le parescía ir a invernar en aquella comarca, pues no había otra parte más cómoda para deshacer el desinio de aquellos naturales, viéndose apretados por todas partes. Para hacer esta jornada, con orden del gobernador salió de Arauco con ciento y veinte soldados a caballo. Después que hubo corrido la tierra de Mareguano, que es donde tenían hecho el bucara y fuerte para pelear con el gobernador, estando dentro en él, mandó a los yanaconas quemar mucha parte de la defensa que en él había, y hizo asiento en una tierra llamada Millapoa para desde allí llamar aquellos indios, y castigar en sus personas y haciendas a los que no quisiesen tener quietud. No embargante esta orden, los naturales, aunque le tenían dentro en sus casas, no tuvieron pensamiento de servir, sino andarse por los montes, dándose poco por el frío y temporales del invierno, antes lo desvelaban de cada día con nuevas falsas que echaban en su campo algunos indios que en correrías tomaban, y otros que de maña le venían a ver. A cabo de tres meses que allí estaba con nescesidad generalmente de toda cosa, sin haber hecho más de haber desanimado aquellos indios, los soldados que con el maestro de campo estaban, como hombres que nuevamente habían entrado en la guerra, pasaban mucha nescesidad por falta de servicio: ellos propios, siendo hombres nobles, iban por la yerba y paja para cubrir unas chozas pequeñas en que estaban, y no tenían que comer, ni lo hallaban, y andaban descalzos; importunaban mucho al maestro de campo se volviese a Cañete, donde el gobernador estaba, dejando aquella guerra para el verano adelante, pues del tiempo que allí habían estado ningún provecho dello había resultado. El maestro de campo, entendiendo vendrían de paz se estuvo más tiempo del que los soldados quisieran, porque ya no se hacía tanto fruto que se asentasen aquellos indios, quitábaseles la ocasión de ir ellos mismos a inquietar a otros, por cuya tardanza los soldados comenzaron a tratar mal dél en secreto, con vituperios de palabras; y como a los que mandan ninguna cosa se les esconde, aunque las decían entre ellos y no en público, todo lo sabía, de lo cual nasció una mala voluntad que contra él tomaron. El cual, como hombre que tenía el supremo mando, comportaba con buen ánimo todas aquellas cosas, dándoles las mejores palabras que podía; esta enemistad duró entre estos soldados algunos días, que nunca perdieron el rencor que le tenían, mientras tuvo mando ni aun después. Viendo el maestro de campo cuán desgustosos andaban y que de su estada no sacaba ganancia alguna, y como de ordinario se informaba de lo que los indios hacían y trataban, supo se andaban juntando para pelear con él. Considerando el sitio que tenía para de invierno, aunque era el mejor que había en aquella comarca, era malo, cercado de ciénegas, y sólo una loma por donde podían andar, y ésa angosta y de muchas quebradas. Por no esperar en mal sitio suceso dudoso y con gente descontenta, partió una noche y se vino al valle de Arauco, y fué a tan buena coyuntura que si muy de pensado lo quisiera hacer y tuviera nuevas de Arauco, no le sucediera mejor, porque llegó a tiempo que andaban los principales del valle en banquetes y fiestas tratando de pelear. Con su llegada cesó el bullicio que traían y les habló a todos poniéndoles temor para lo de adelante y presente; diciéndoles volvería breve, se fué a Cañete, donde el gobernador estaba.




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Capítulo LVIII


De cómo el general Martín Ruiz de Gamboa, por orden del gobernador Rodrigo de Quiroga, fué a poblar la ciudad de Castro y de lo que hizo. Está esta ciudad poblada en cuarenta y tres grados


El general Martín Ruiz salió de la ciudad de Cañete por orden del gobernador para ir a poblar en lo que se llama Chilue, porque no sólo se contentaba Rodrigo de Quiroga con restaurar lo que Francisco de Villagra había perdido, mas poblar al rey una ciudad nuevamente, reparando lo que tenía presente y acrecentando por sus capitanes lo de lejos, y tan sin costa del rey que se juntaron en breves días en la ciudad de Osorno ciento y diez hombres, que era por donde se había de entrar a hacer la jornada: que como tuvieron nueva iba [a] aquel efeto, acudieron de muchas partes soldados para ir en su compañía. Viendo la orden que tenía y se reparaba para llevar bastimentos y cosas pesadas por la mar, como hombres que sabían cierto iba a poblar, y ansí todos los que quisieron embarcaron sus ropas y las demás cosas que tenían, quedando ellos a la ligera. Antes que pasase el verano salió de Osorno y llevó consigo algunos vecinos de la misma ciudad que tenían sus repartimientos de indios en comarca de la ciudad que iba a poblarse. Estos para que le ayudasen a pasar los caballos y soldados [por] un brazo de mar que divide la tierra firme de Osorno de la isla de Chilue, puestos todos en este desaguadero,que corre la mar por él en sus menguantes y crescientes con más braveza que un río grande por impetuso que venga, y es menester para pasar de un cabo al otro conoscer el tiempo, porque muchas veces se ha visto perder los caballos y meter la corriente a los cristianos dentro en la mar grande y han escapado los que ansí han ido con gran trabajo, porque el pasaje que tienen en unas piraguas hechase de tres tablas y una por plan, y a los lados a cada un lado una, cosidas con cordeles delgados, y en la juntura que hacen las tablas ponen una caña hendida de largo a largo, y debajo della y encima de la costura una cáscara de árbol que se llama maque, muy majada al coser: hace esta cáscara una liga que defiende en gran manera el entrar del agua. Son largas como treinta y cuarenta pies y una vara de ancho, agudas a la popa y proa a manera de lanzadera de tejedor. Destas piraguas, que es el nombre que les tienen puestos los cristianos, que ellas se llaman en nombre de indios dalca, se juntaron cincuenta. Reman a cada una conforme como es, de cinco indios arriba hasta once y doce y más: navegan mucho al remo. En estas piraguas pasó en cuatro días trescientos caballos a nado por la mar adelante hasta llegar a la otra costa, longitud de una legua castellana, y ciento y diez hombres juntamente con los caballos, que fué un hecho temerario, porque de ninguna nación, griegos ni romanos, se halla escrito haber ningún capitán hecho caso semejante. Estando de la otra parte, informado de la dispusición de la tierra, halló que no había camino por donde pudiese llevar el campo, si no era por la costa de la mar, a causa de ser montosa la mayor parte de la isla y llevar muchos caballos de carga. Tuvo muchos inconvinientes para que no hubiese efeto la jornada que llevaba, diciendo echaba a perder el reino, en tiempo que tanta nescesidad tenía de gente no convenía sacar ninguna más. Martín Ruiz, como hombre prudente y que entendía no se movían de celo que tuviesen del reino, sino de envidia, puesto como estaba con la gente junta y a pique de hacer viaje, paresciéndole no estaba bien a su presunción, habiéndolo primero pesado tantas veces y resumido en que se hiciese, caminó la costa de largo ocho días. Al cabo dellos dejó el campo, con orden que caminase detrás dél, y pasó adelante con treinta soldados a caballo, para ver si había lugar conviniente donde asentar el campo, y desde allí buscar sitio para poblar, pues se hallaba en mitad de la isla, y viendo era bien poblada, halló un asiento y por ser tal pobló en él, junto a la mar, ribera de un río, rodeada de hermosas fuentes criadas de naturaleza de muy buena agua, y hermosa campaña abundantemente regalada de muchas pesquerías de toda suerte de pescados; púsole nombre la ciudad de Castro, y a la provincia, Nueva Galicia. Luego se informó de los indios y tomó por memoria los repartimientos que podía dar a soldados que con él habían ido, dejando justicia en nombre del rey. Después de nombrado concejo y puesta horca, se embarcó en un navío del rey y anduvo navegando hasta el arcipiélago, que es de muchas islas, y esta isla grande es la principal de todas ellas: tiene de longitud sesenta leguas, y de latitud seis y ocho, y ansí al poco más o menos. Está apartada de la Cordillera Nevada cuatro leguas, y hay entre la isla y la Cordillera un otro brazo de mar que tiene de ancho dos leguas. Este brazo de mar viene de hacia el estrecho de Magallanes, y rompió por aquella parte de que hizo tantas islas, y salió por estotra, que es por donde Martín Ruiz pasó con las piraguas. Desde allí adelante va la costa hasta el estrecho de Magallanes áspera, aunque de muchos puertos, porque la mar va cerrando siempre con las haldas de la Cordillera Nevada y no hay lugar donde se pueda poblar ningún pueblo otro hasta el estrecho. Pues habiendo navegado por estas islas y tomado plática de todas ellas, echó en tierra al capitán Antonio de Lastur que llamase de paz los principales de una isla grande llamada Quinchao, de muchos naturales, el cual lo hizo tan bien, que trajo la mayor parte dellos consigo a dar la obediencia al general en nombre del rey, y para buen efeto dejó en la ciudad de Castro un capitán que la tuviese a su cargo y mandase visitar aquella provincia, con orden que si lo que él había repartido saliese alguna parte incierta lo remediase con la mejor orden posible, no permitiendo se hiciese agravio ninguno.

Dejada esta orden se vino por la mar alegre en haberle sucedido tan bien su jornada. De allí se partió, aunque con triste nueva, por la muerte de su mujer, moza y rica, que estuvo cerca de tenerle compañía, para irse a ver con el gobernador, y por ser en mitad del invierno y por aquella tierra [que] en aquel tiempo hace bravos temporales de Norte, no pudo navegar y fué a darle cuenta por tierra de lo que había hecho. Llegado a Cañete, donde el gobernador estaba, fué bien rescebido, como hombre que tan buena cuenta había dado de lo que llevó a su cargo. Luego, desde a pocos días, le llegó nueva al gobernador que el rey don Felipe había proveído Audiencia para el reino de Chile, y que eran llegados a la ciudad de la Serena tres navíos, y en ellos venían dos oidores, y que el rey les mandaba asentasen el Audiencia en la ciudad de la Concepción. Con esta nueva dejó al maestro de campo encargada la gente y se vino a la Concepción, y con él el general Martín Ruiz.

Los oidores llegados a la Serena fueron rescebidos por el capitán Álvaro de Mendoza, natural de Extremadura, por tiniente de gobernador, con muchas invenciones que mandó se hiciesen para alegrallos. Después de haber descansado pocos días del trabajo de la mar y rescebido algunos caballeros de los que vinieron a Chile con Costilla, que estaban quejosos del maestro de campo por causas que, aunque fueran verdaderas, eran bien livianas, dándoles buena esperanza a todos, se vinieron en sus navíos al puerto de Valparaíso, que es escala de la ciudad de Santiago, y fueron visitados de todos los nobles que en la ciudad había, dándoles el parabién de su venida y festejándolos como mejor pudieron, porque Santiago es un pueblo fértil, vicioso de todas cosas, muy bastantemente proveído para la vivienda de toda suerte de hombres. Se holgaron allí; rogándoles y pidiéndoselo por merced en nombre de toda la república fuesen [a] aquella ciudad, no lo quisieron hacer, diciendo no traían orden para parar en pueblo alguno si no era en la Concepción, donde el rey les mandaba asentar su Audiencia. Dijéronles era invierno y por aquella costa reinaba mucho el Norte; que les podía suceder algún caso adverso; no lo quisieron hacer resumidos en su opinión, de que después fueron bien arrepentidos; y porque fueron informados que la ciudad de la Concepción estaba falta de todo bastimento, mandaron embarcar en los tres navíos que traían el más trigo que pudieron y se hicieron a la vela por el mes de julio, año de sesenta y siete.

Navegando con buen tiempo, les dió una tramontana al principio bonancible y de buena navegación, como ella suele venir, y desde a poco embraveciéndose la mar, y el viento tomando fuerzas, sobreviniendo la noche, iban con grandísima tormenta, que aunque iban su derrota, no se entendían ni sabían qué orden tener para sustentarse; y ansí navegando a la ventura, encomendándose a Dios, cesó el Norte y saltó luego en travesía, que es otro viento peor. Este los echó la vuelta de tierra, y como era tan escuro, y la mar andaba hecha fuego, el navío de Marroquí, que era uno de los tres y el mejor dellos, vino con el temporal tan cerca de tierra que sin entenderse el piloto, dió en unas peñas y en el momento fué hecho pedazos. Murieron en él muchos hombres principales y nobles, en especial el capitán Reinoso, que había servido a su majestad mucho en las Indias; Pedro de Obregón, que ansí mismo había servido a su majestad; Gregorio de Castañeda y otros muchos hombres principales, que algunos dellos venían del Pirú de negocios que tenían, y otros se habían embarcado en la Serena y puerto de Valparaíso; sólo escapó un pobre hombre llamado Lorenzo, ginovés, y dos indios que sin saber cómo ni de qué manera se hallaron en tierra, que los echó la mar; no supieron dar otra razón alguna. Los otros dos navíos, al amanescer, se hallaron junto a tierra, y queriendo dar en ella, por escapar las vidas, fué Dios servido, como era de día bonanzó un poco el viento, y con este buen socorro doblaron una punta, y detrás de ella hallaron un puerto que se llama de la Herradura, donde dieron fondo y estuvieron al seguro dos leguas de la Concepción; desde allí se fueron los navíos a Talcaguano, que es el puerto de aquella ciudad. Los oidores se vinieron por tierra; fueron rescebidos con mucha alegría del pueblo. El gobernador les entregó el gobierno del reino y se fué a Santiago, donde tenía su casa.

Era Rodrigo de Quiroga, cuando tomó el gobierno a su cargo, de edad de cincuenta años, natural de Galicia, de un pueblo pequeño llamado Tor, dos leguas de Monforte y diez y seis de Ponferrada; hombre de buena estatura, moreno de rostro, la barba negra, cariaguileño, nobilísimo de condición, muy generoso, amigo de estremo grado de pobres, y ansí Dios le ayudaba en lo que hacía; su casa era hospital y mesón de todos los que la querían, en sus haciendas y posesiones. Se pudo converdad decir dél, lo que decían los griegos de Cimón, aquel valeroso natural de Atenas, hijo del gran Milciades. Costóle tener el gobierno dos años poco más que gobernó, de sus haciendas gastadas y perdidas por su ausencia. Gran cantidad de pesos de oro. Gobernó bien con próspera fortuna sin tenerla adversa, ni salió de la guerra en todo el tiempo que gobernó, antes si alguna cosa se hacía que conviniese al bien público, era el primero que ponía las manos en ella, y ansí se trataba como un soldado particular, teniendo mucha cuenta y muy puesto por delante el gobierno que a su cargo tenía, para que en tiempo alguno no le fuese reputado ni puesto por cargo haber dado ocasión alguna a mal suceso. No se le conosció vicio en ninguna suerte de cosa, ni lo tuvo; tanto fué amigo de la virtud.




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Capítulo LIX


De cómo los oidores llegaron a la Concepción y asentaron el audiencia, y de las cosas que hicieron


Ido el gobernador Rodrigo de Quiroga, los oidores asentaron el Audiencia conforme a la orden que de España traían dada por su majestad y Consejo de las Indias; comenzaron a oír de negocios que había muchos, y pleitos de indios, a causa que por estar pobres no podían illos a seguir a la Audiencia de los Reyes, [y] por respeto de las ordinarias guerras no tenían aprovechamiento de sus indios; luego se movieron muchos para venir a la Concepción y pedir lo que cada uno le parescía tenía derecho por título de los gobernadores pasados. Los oidores nombraron luego oficiales de Audiencia y señalaron cárcel, de corte y procuradores para los negociantes que pedir quisiesen, y oían cada día de negocios públicos, y como habían tomado todo el gobierno del reino a su cargo, después que salían de Audiencia se ocupaban de cosas y proveimientos de guerra. Eran estos señores dos, y sin presidente, porque otro oidor que su majestad había proveído juntamente con ellos, llamado licenciado Serra, murió en Tierra-Firme antes de llegar al Pirú; el uno de los dos, natural de Estepa, llamado licenciado Juan de Torres de Vera, y el otro, natural de Montilla, cerca de Córdoba, por nombre licenciado Egas Nenegas: ambos de conformidad tenían el gobierno.

Queriendo sustentar lo que estaba de paz y atraer lo de guerra a quietud, rogaron al general Martín Ruiz de Gamboa, que lo había sido de Rodrigo de Quiroga, se encargase de hacer la guerra a los indios alzados. Hubo demandas y respuestas, porque Martín Ruiz les pedía le diesen provisión bastante para podello hacer, dándole el supremo cargo. Los oidores no estuvieron en se la dar hasta ser informados de lo que convenía al bien público, y ansí se dilató algunos días, hasta que después, por vía de ruego, se fué a encargar de los soldados que andaban con el maestro de campo Lorenzo Bernal y estaban en la ciudad de Cañete; finalmente de todo, escribieron por vía de acuerdo a todo el común lo respetasen y tuviesen por su capitán, como hasta allí lo había sido; con esta orden se partió y llegó a Cañete, mandando en todo lo que entendía que convenía hacerse. El maestro de campo estaba en la casa fuerte de Arauco, que quería venir a verse con los oidores; enviáronle a decir no viniese, sino que se estuviese en la guerra como estaba; y para hacer gente en las ciudades de arriba para que con más posible se pudiese campear al seguro, enviaron al capitán Alonso Ortiz de Uñiga, natural de Sevilla, con provisión, que por la orden que se acostumbraba en el reino y a él le paresciese, hiciese la más gente que pudiese en las ciudades de Valdivia, Osorno, Imperial, Ciudad Rica, y con ella viniese a la Concepción.

Llegado el capitán Alonso Ortiz a la ciudad de Valdivia, presentó en el cabildo la provisión que llevaba y comenzó a apercibir a las personas que podían ir en su compañía; y otros que eran tratantes y hombres que no seguían la guerra, se componían por dineros para con ellos ayudar a los que estaban pobres con que se aderezasen; juntó en breves días sesenta soldados bien aderezados, y a vueltas dellas muchos otros que venían a negocios, y las ciudades por dalles el bien venido, les enviaron procuradores y que demás de la orden que llevaban tratasen cada uno lo que les paresciese conviniente a su república, conforme a la instrucción que para ello les daban. Llegó el capitán Alonso Ortiz a la ciudad de la Concepción con su gente; fué rescebido de los oidores alegremente. Después de haber descansado algunos días del camino, por respeto del servicio que traían y por no haber cosa nueva, a causa que el general Martín Ruiz, estando en la ciudad de Cañete, tuvo nueva: que los indios de aquella provincia hacían un fuerte, dos leguas de aquella ciudad, como gente que no sabía tener quietud, y se juntaba de cada día más número, apercibió ochenta soldados y envió al fuerte de Arauco dar aviso dello al maestro de campo se hallase con él, el cual vino, y con la gente que trajo y la que el general tenía se juntaron ciento y quince soldados. Llegado al fuerte el maestro de campo, reconosció y dijo al general su merced hiciese cuadrillas, porque en todo caso convenía pelear; que el fuerte estaba por acabar, y por aquella parte podrían pelear a mucha ventaja, aunque los indios eran muchos; el fuerte que tenían era una trinchea lunada con dos puntas a manera de luna cuando está de tres días. Estas puntas fenescían en una quebrada muy honda, y por la frente tenían de más de fondo muchas sepolturas hondas del estatura de un hombre, algunas cubiertas de manera que no se conoscían. Ellos estaban detrás de su trinchea número de tres mill indios, y los más cercanos tenían lanzas largas a medida de las sepolturas para que cayendo en ellas los soldados sin salir a ellos, desde lo alto los pudiesen matar con las lanzas. El general ordenó cuadrillas de a quince hombres cada una, porque mejor pudiesen pelear y socorrerse, y las dió [a] algunos soldados que de valientes eran conoscidos: a don Diego de Guzmán, natural de Sevilla, le dió una; y [a] Alonso de Miranda, otra, y a Luis de Villegas, otra. Desta manera repartió todos los soldados, y con algunas alcancías de fuego que hacen entre los indios mucho efeto para desbaratallos; estando juntos, quedó el general a caballo para proveer lo que conviniese, y treinta soldados, consigo con que pudiese socorrer a la salud de los que habían de pelear a pie. El maestro de campo, con algunos amigos, quiso pelear a pie para poder mejor animar y acaudillar su gente; hablándoles primero, au que en breves palabras, les dijo: aquellos indios habían tenido ánimo esperarle allí, confiados en la fuerza que tenían de trinchea y sepolturas hondas; que no desmayasen, pues al fin eran indios, y que peleando con determinación de hombres, como otras veces habían hecho, no le esperarían el primer ímpitu: que les rogaba mirasen y tuviesen cuenta a no se detener en dar socorro a los que cayesen en los hoyos, sino que pasasen adelante, teniendo tino a la vitoria, porque si se paraban a socorrellos eran desbaratados. «¿Qué más quieren los indios-decía el maestro de campo-que vernos olvidados de las armas, socorriendo a los que están caídos en las sepolturas? Saliendo ellos nos han de tomar ocupados en aquella obra; es cierto a su ventaja pelearán con nosotros, como lo han hecho en otras partes, sino que pasemos adelante peleando animosamente, quitaremos a los indios la ocasión de pelear y matar a los que en los hoyos cayeren, y desta manera ellos saldrán sin que les ayude nadie, ni habrá quien se lo estorbe.» Con esta orden fueron caminando hacia el fuerte. Los indios los dejaron llegar; yendo tan cerca dél, que querían intentar a entrallo, cayó un soldado en un hoyo, luego cayeron otros: los indios los alcanzaban y daban de lanzadas; los demás soldados no se quisieron ocupar en dalles socorro, sino, conforme a la orden que tenían, asaltar la trinchea. Con esta determinación les quitaron el poder herir a los que estaban en las sepolturas, que con este beneficio salieron dellas sin peligro. Los cristianos echaban muchas alcancías de fuego entre los indios, y de su suerte y poca plática de guerra no prendía el fuego, porque las tiraban arrojadizas a manera del quien tira piedras, no habiéndolo de hacer así. El maestro de campo, como había reconoscido por dónde se les podía entrar, acometióles por aquella parte, y muchos soldados con él: los indios pelearon defendiendo la entrada. El general Martín Ruiz estaba a caballo, puesto a la frente del fuerte con treinta hombres haciendo rostro a los enemigos, y encomendó al capitán Andicano con quince soldados a caballo tuviese cuenta con una punta que hacía el fuerte para resistir a los enemigos, si por allí quisiese salir alguna manga. El maestro de campo se acostó al remate del fuerte, que era uno de los dos cuernos que acababan en la quebrada; por allí pelearon también y con tanto ánimo lanza a lanza y [a] arcabuzazos, los enemigos gran cantidad de flechas. Estuvo en peso, un rato la batalla haciendo cada una de las partes todo lo que podía; hasta que viendo los indios la determinación grande de los cristianos y que peleaban como hombres desesperados, volvieron las espaldas para huir; y como no lo podían hacer a causa de estar tan apretados, los mataban con las espadas: dándoles por las espaldas los hacían apretar a los que junto con ellos estaban, de manera que el vaivén los hacía desamparar el sitio que tenían. En este medio, un soldado acertó a echar entre ellos una alcancía; ésta prendió de suerte que quemó algunos indios de los que cerca estaban; viendo su muerte y pérdida presente se echaron huyendo por la quebrada que a las espaldas tenían sin que pudiesen los cristianos seguilles el alcance. Murieron pocos indios por respeto de ser mala la tierra para caballos y no podellos seguir. De los cristianos muchos hubo heridos y ninguno muerto. Desde allí anduvo el general Martín Ruiz por la provincia llamando a los naturales le viniesen a servir, los cuales, viendo que no tenían seguridad en parte alguna, porque donde quiera que iban los seguía e perseguía, comenzaron a venir de paz dando algunas desculpas, y como les eran admitidas, venían de cada día más, hasta que les quitó el temor: tratándoles bien por una parte y castigando los malos por otra, se asentaron y servían todos los comarcanos.




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Capítulo LX


De cómo los oidores dieron provisión de general a don Miguel de Velasco y le encargaron la guerra, y de lo que hizo


Ya dije atrás cómo algunos soldados que estaban desgustosos del maestro de campo Lorenzo Bernal se quejaron a los oidores de su orden y manera de mandar en la ciudad de la Serena y por el camino, y las quejas que dél dieron: decían que los trataba mal de palabra y que era áspero de condición e insufrible; y como llegaron a la Concepción los soldados que en el campo estaban, entre algunos bulliciosos y amigos de cosas nuevas trataban de escrebir una carta a los oidores quejándose dél, pidiéndoles que le quitasen del cargo que tenía, o les diesen licencia para irse a donde quisiesen; esta carta firmaron muchos persuadidos unos por otros. Visto por aquellos señores, que aunque venían de España y no tenían plática ninguna de cosas de Indias, mayormente de guerra, como hombres discretos lo enviaron a llamar que se viniese a la Concepción. Llegado que fué, desde a pocos días le proveyeron por corregidor en aquella ciudad, queriendo tenerlo cerca de sí para casos repentinos y cosas de guerra; y porque algunos hombres principales que junto a ellos estaban les informaron que el capitán don Miguel de Velasco era hombre que se le podía encomendar cualquiera cosa por importante que fuese, lo proveyeron por capitán general para todos los casos de guerra, y escribieron al general Martín Ruiz el proveimiento que habían hecho. Teniendo todo buen cumplimiento con él, Martín Ruiz le entregó la gente y se vino a la Concepción. Don Miguel llegó a la ciudad de Cañete: usando del cargo y mando, anduvo por la provincia hablando a los principales que sirviesen a los cristianos y estuviesen en sus casas.

En este tiempo saliendo de la ciudad de la Concepción un sacerdote clérigo de misa que iba a la Nueva Galicia, donde era cura y había venido [a] aquella corte, a negocios que tenía, camino de la ciudad Imperial ocho leguas de ella, en una quebrada fué muerto de unos salteadores que lo estaban aguardando, esperando si pasarían cristianos donde pudiesen hacer asalto; y llegando allí cuatro que iban juntos, al clérigo y [a] un amigo suyo que iban delante, los mataron a vista de los otros dos, que como los vieron alancear volvieron hacia la ciudad de Engol huyendo por no podelles dar socorro, que el uno dellos era fraile y el otro estaba enfermo. Llegados a Engol dieron aviso de lo subcedido, luego salió el capitán que allí estaba a castigar los culpados y tomó algunos dellos. Después que mandó enterrar los muertos, envió los malhechores a la Audiencia para que aquellos señores los castigasen, porque en este tiempo estaban en general tan temerosos todos que ningún capitán quería matar indio alguno, sino con amonestaciones y palabras atraellos a quietud, cosa que por ello se les daba poco, porque vían que los oidores trataban los indios, como no los conocían, amorosamente, y decían que el mal tratamiento les hacía querer antes morir en la guerra que servir a los cristianos; lo qual no procedía sino de ser ellos belicosos, como después lo vieron por esperiencia. Estos indios que fueron en la muerte del clérigo no los castigaron, antes los enviaron al general para que los castigase; resultó dello, llegados los indios, que don Miguel, como vido que no los habían querido castigar, los mandó soltar, los quales iban diciendo por donde pasaban que el general don Miguel de miedo no los había osado matar, y que los oidores eran como clérigos, por respeto de vellos andar sin espadas y con ropas largas; esto dañó más la provincia de lo que estaba con esta nueva.

Después que llegó a la Concepción mandaron aquellos señores que todos los que habían venido apercibidos para la guerra saliesen luego de la ciudad y fuesen a Arauco, donde estaba el general, y a los procuradores de las ciudades mandaron ansí mesmo que fuesen con los demás: de que algunos dellos se teman por agraviados, porque como veníanlos oidores de Castilla y tenían poca plática de las cosas de Chile, después que una cosa mandaban se resumían en que no había de haber replicado, sino complirse; porque un hidalgo llamado Santestevan, que vino por procurador de la ciudad de Osorno, siendo apercebido con los demás dió algunas razones en su descargo para no ir, y no siéndole admitidas, dijo al licenciado Egas Venegas: «Entendíamos que vuestras mercedes venían a este reino a desagraviarnos y dolerse de nuestros trabajos», el cual lo mandó llevar al cepo, y ansí por no verse preso fué la jornada. Y otro soldado antiguo y viejo le fué mandado por el licenciado Juan de Torres de Vera que fuese aquella jornada, el cual dijo que no tenía caballo en que ir, y le mandó que fuese a pie o en un barco por la mar. Llamábase Diego de Carmona, y con pena de muerte le mandó notificar saliese luego del pueblo, y fuese en cumplimiento de lo que le mandaba, y ansí fué como pudo. Ya desde entonces començaban a sentir cuánto mejor les iba con los gobernadores que con Audiencia, maldiciendo a los que la habían enviado a pedir. Llegados a Arauco, el general don Miguel los consoló a todos como los conoscía tan atrás, y dió aviso a los oidores, diciendo que muchos soldados que allí estaban pasaban nescesidad, y que con la ordinaria guerra estaban rotos y muy pobres, que era justo se les enviase alguna ropa con que cubrir las carnes; mandaron luego que en dos barcos les llevasen paño, camisas y otras cosas con que se aderezasen y se la repartiese como le paresciese.




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Capítulo LXI


De las cosas que acaescieron después que el general don Miguel recibió la gente que le enviaron los oidores, y de lo que hizo aquel verano


Llegada la ropa que don Miguel envió a pedir, la repartió entre algunos soldados que estaban rotos; diciendo a los demás siempre se tendría cuenta con sus nescesidades para remediallas, se partió de Arauco y anduvo toda la provincia asentando como mejor podía los naturales, gente tan malvada y que de ordinario piensan traiciones y se ocupan en ellas. Vuelto al valle de Arauco, porque llegaron a la ciudad de la Concepción algunos vecinos de Santiago y con ellos número de treinta hombres con mucho ganado, los oidores mandaron que con la gente que en aquella ciudad estaba, aunque tenían negocios, se partiesen y juntasen con el general que estaba en Arauco, por respeto del ganado que llevaban. Creyendo los indios saldrían al camino a quitárselo, como otras veces habían hecho, fueron por todos sesenta hombres y llegaron a la cuesta grande: dejando allí a los que iban para andar en la guerra, se volvieron a la Concepción. El general don Miguel vino al río de Biobio para tratar desde allí con los oidores algunas cosas que convenían. Después de haberse comunicado por mensajeros, se volvió al valle de Arauco, que es la fuerza de toda la gente que tiene la provincia, mandando a los indios que trabajasen en la reedificación de la casa que había comenzado el gobernador Rodrigo de Quiroga; y para quitalle de este cuidado proveyeron los oidores a un hijodalgo de Madrid, llamado Gaspar Verdugo, por capitán, y le dieron provisión que dentro en la casa fuerte con él y con los soldados que consigo tuviese no se pudiese entrometer ninguno otro capitán; en el cual tiempo, don Miguel quiso pasar la cordillera de la otra parte a las vertientes de la ciudad de Angol. Está esta cordillera entre Arauco y la tierra de Angol, y es de mucha montaña, y para hacer esta jornada consideró sería bien acertado castigar aquellos indios destruyéndolos, o compelelles a dar la paz; y para mejor efeto mandó que todos los soldados dejasen su ropa en aquel fuerte y ninguno llevase bagaje de ninguna suerte, y ansí la dejaron con personas de su servicio, cada uno que tuviesen cuenta con ella y la guardasen. Hecho esto, se partió con ciento y cuarenta soldados, los sesenta arcabuceros y anduvo de la otra parte de la cordillera más tiempo de dos meses, sin que dello resultase más de gastalles las simenteras y comidas que tenían porque donde paraban, como llevaba muchos caballos y servicio, destruíanlo todo como si jamás nunca se hubieran sembrado. Andando con esta orden haciendo la guerra más días de los que creyeron, parescióles, pues tan presto no habían de volver donde habían dejado su ropa, era bien importunar al general enviase algunos soldados que la trajesen. Siendo persuadido de muchos, envió un soldado llamado Hernando de Alvarado, deudo suyo, con doce hombres. Los indios, cuando le vieron salir del campo y supieron por las espías que dentro dél tenían que iba por la ropa y había de volver por aquel mismo camino, llamaron por mensajeros a los ausentes, diciendo tenían en la mano una suerte provechosa. A esta voz, se juntaron grande número dellos en lo alto de la montaña, esperando quitalles la ropa y las vidas con ella. Hernando de Alvarado, como llegó Arauco, quiso luego partirse con los caballos cargados. El capitán que estaba en el fuerte tenía algunos indios que le eran amigos, y para el efeto pagados que le servían de espías: éstos le dijeron que mucha gente de guerra esperaban a los cristianos en la montaña. Luego que lo supo, informó [a] Alvarado, el cual como hombre impetuoso y que no quería más de su voluntad, no quiso dejar de hacer su camino, diciendo el general estaba cerca, y que para pasar lo alto de la montaña quería apercebir veinte hombres de los que estaban en aquella fuerza. El capitán Verdugo le dijo no se los daría, que era perdellos y poner en condición lo demás. Alvarado quiso mandar a los soldados se aprestasen; ellos le dijeron no lo conoscían por su capitán, sino a Gaspar Verdugo. Desto vinieron a enojarse y tratarse mal de palabras y casi querello poner a las manos. El capitán Verdugo hizo de todo una información y la envió a los oidores, los cuales por su carta le dieron [a] Alvarado cierta corrección, el cual con tan poca gente no se atrevió volver donde el general estaba, que como vido tardaba, informándose de los indios el cómo y dónde estaban, supo esperaban en el camino la ropa que les había de venir, y como allí no se hacía efeto alguno para traer aquellos naturales a la paz, que tan precitos estaban en su opinión, partió con todo el campo. Los indios, cuando vieron su determinación, no quisieron pelear con él, viendo que traía mucha gente, y ansí llegó sin estorbo alguno al valle de Arauco. Haciendo allí estada algunos días por orden de los oidores, dió licencia a los que tenían negocios en la Audiencia, y desde a poco licenció a todos los vecinos que vinieron con el capitán Alonso Ortiz de Uñiga apercebidos para la guerra, quedando los soldados que habían rescebido paga del rey. Entre éstos había muchos hombres nobles que en público delante de otros se quejaban de los oidores, diciendo que el rey los había enviado al reino de Chile a tenello en justicia, y que ésta en los casos que se ofrecían en letigios, era cierto que lo hacían bien y daban la justicia a los que la tenían, mas que en dar los aprovechamientos que había en el reino no guardaban buena orden, porque los daban a sus parientes y a otros que eran de sus tierras, sin debérselo aquel reino, estando tan adelante muchos hidalgos que desde el tiempo de Valdivia habían trabajado mucho y ayudádolo a ganar, y muchas veces aventurado sus vidas sirviendo al rey, y al presente lo andaban, y que la instruición que su magestad les había dado, mandaba en el proveer de los tales cargos tuviesen cuenta con los hombres beneméritos y antiguos y que ellos no lo hacían ansí. Desto todo daban la culpa al licenciado Egas Venegas, que como oídor más antiguo, usando oficio de presidente, dispensaba ansí como tengo dicho. Desto resultó una plática que se estendió por el reino, afeándolo, diciendo era justo apartarse de la guerra, pues los que andaban en ella no sacaban más de trabajos, hambres y muertes, y los provechos daban a quien les parescía, no habiendo nunca andado en ella. Demás desto, venían algunos soldados de el campo con licencia de los oidores, y como no tenían que dar de comer a su servicio, pedíanles algún trigo de lo del rey que tenían a su cargo los oficiales. Y como llegaban a negociar con el licenciado Egas, después de haberlos oído, los enviaba al licenciado Juan de Torres de Vera, que con buen comedimiento los volvía a enviar al licenciado Egas, y en las licencias para algunos soldados que andaban en la guerra era lo mesmo; y como no estaban vezados a negociar por aquella orden con los gobernadores, y que era un hombre solo y andaba de ordinario con ellos, sentían la falta que les hacía y proponían muchos de no andar en el campo, sino apartarse de guerra tan infinita. Y vino después a ser ansí, que aunque les daban socorro, que es paga del rey a docientos pesos y más, no querían rescebillos, y algunos de menor condición se metían en las iglesias y otros se escondían por los montes porque no les compeliesen; que aunque los oidores eran afables y partían lo que tenían amigablemente con quien lo quería, siempre los tuvieron por odiosos y de secreto no estaban con ellos bien.

En esta coyuntura vino el doctor Bravo de Seravia por gobernador del reino y presidente de la Audiencia y voz de capitán general. Llegado a la ciudad de la Serena, que es el primer puerto de Chile, luego se tuvo nueva en la ciudad de Santiago y desde allí hicieron mensajero a la Concepción, de que rescibieron los oidores y todo el reino gran contento y alegría con nueva tan nueva en general, porque los quitaba de trabajo, teniendo a su cargo las cosas de justicia y gobierno, porque no sabían cómo juntar campo el verano siguiente sino con gran pesadumbre, diciendo que un gobernador estiéndese por vía de gobierno a lo que quiere, lo que ellos no podían hacer con tanta libertad: y ansí hicieron alegrías en la Concepción, y los soldados que en la guerra andaban se alegraron mucho, y los demás que estaban por las ciudades del reino se comenzaron, [a] aderezar cada uno conforme a su posible para irle a servir, a causa que el doctor Seravia traía gran fama de hombre prudente, buen cristiano y de mucha discreción. Los oidores, para mejor ayudalle en las cosas de guerra, proveyeron al capitán Gaspar Verdugo, que estaba en el fuerte de Arauco, y le mandaron fuese a las ciudades donde el capitán Alonso Ortiz de Zúñiga había hecho gente el verano de atrás, y que a todos los que dejó apercebidos para la guerra aquel verano los trajese consigo. Para ello le dieron provisión conforme a la orden que se tenía, mandando a los corregidores le ayudasen en todo lo que mandase, para que hubiese buen efeto su pretensión.




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Capítulo LXII


De cómo llegó el doctor Saravia al reino de Chile y del rescebimiento que se le hizo en la ciudad de Santiago


Rescebida por el doctor Saravia la provisión que esperaba de gobernador de Chile, puso luego en orden su casa para venir a su gobierno: embarcándose con buen tiempo en el puerto de los Reyes, llegó a la ciudad de Coquimbo, que por otro nombre se llama la Serena. Fué rescebido por el cabildo de aquella ciudad y por el comendador Pedro de Mesa, natural de Córdoba, que era corregidor puesto por el Audiencia, con mucha alegría, aderezando las calles por donde había de pasar conforme a su posible, porque Coquimbo tiene nueve vecinos y no más, a causa de tener pocos indios: que Valdivia cuando pobló aquella ciudad más fué por el puerto que tenía para navíos y por la escala que allí hacían los que viniesen por tierra, que por otro respeto alguno, y por tener aquel paso seguro, teniendo atención a lo de adelante; que a lo que agora vemos no se engañó, porque muchos se han avecindado en ella, y de cada día se va ampliando y es al presente buen pueblo. Después de ser allí bien rescebido en contentamiento del pueblo, trató cómo venir por tierra con su casa, mujer e hijos que consigo traía. El corregidor le proveyó de todo lo nescesario, ansí caballos como refresco, por el camino que tocaba a su juridicción; y ansí, después de haber descansado del trabajo de la mar, desde a pocos días se partió y dejó a su mujer en aquella ciudad para que desde a doce o quince días viniese a Santiago; y para el efeto de venilla sirviendo quedó el capitán Juan Jufre, el cual les ofreció su casa donde posasen. El gobernador lo acetó, y Juan Jufre despachó la aderezasen con todos los aposentos altos, que había muchos. Ansí mesmo, la justicia e regimiento de Santiago, como tuvieron nueva de su venida, enviaron algunos hombres que proveyesen los pueblos por donde había de pasar, de que tuviesen bastimento en abundancia para todos los que viniesen. Hízose ansí, porque la comarca de Santiago es fértil, abundosa de toda recreación; y dentro en la ciudad el capitán Juan Barahona, natural de Burgos, corregidor proveído por el Audiencia, mandó hacer muchos arcos triunfales, aderezando las calles por donde había de pasar con tapicería y otras cosas que les daban mucho lustre; y a la entrada de la calle principal mandó hacer unas puertas grandes a manera de puertas de ciudad, y en lo alto de ellas un chapitel que las hermoseaba mucho, puestas muchas medallas en un lienzo con las figuras de todos los demás gobernadores que habían gobernado a Chile, con muchas letras y epítetos que hacían al propósito; y de fuera de las puertas una mesa baja cubierta de terciopelo carmesí, y encima de una. almohada de terciopelo puesto un libro misal para tomalle juramento. Llegando a vista de la ciudad, le salió a rescebir toda la gente de a caballo, que era mucha, los más en orden de guerra con lanzas y dargas, y muchos indios de los que estaban en el cercuito de Santiago armados a su usanza con muchas maneras de invenciones, lo rescibieron acompañándolo hasta las puertas de la ciudad, donde estaba el capitán con todo el cabildo esperando. Llegado cerca, 1e ofrecieron en nombre de la república un hermoso caballo overo, aderezado a la brida, con una guarnición de terciopelo dorada, el cual rescibió y se puso en él, y llegando a las puertas salió la justicia con todo el cabildo bien aderezados de negro y le dieron el bien venido. Luego le pidió el corregidor en nombre de la ciudad: «V. S. jure poniendo la mano encima de estos evangelios, teniendo el libro abierto, que guardará a esta ciudad todas las libertades, franquezas, exenciones que hasta aquí ha tenido, y por los demás gobernadores antecesores de V. S. le han sido dadas y guardadas.» Dijo a estas palabras que lo juraba ansí. Abrieron luego las puertas de la ciudad y descogeron un palio de damasco azul con muchas franjas de oro que lo hermoseaban, teniéndolo descogido delante de la puerta para metelle dentro dél; pidiéndoselo por merced los alcaldes y regidores, no lo quiso acetar, sino que iría fuera del palio, mostrando mucha humildad. Llegó el corregidor Juan Barahona a tomalle el caballo por la rienda queriéndole servir en caso tan honroso como es costumbre; no lo quiso consentir, dando a entender la llaneza que traía, hasta que siendo importunado lo permitió, mas no quiso entrar debajo del palio, sino ir detrás dél como dos pasos: desta manera lo llevaron a la iglesia mayor y desde allí a su posada. Desde a pocos días entró fray Antonio de San Miguel, obispo de la Imperial y primero consagrado en el reino de Chile: ordenaron vecinos y soldados muchos regocijos de toros, juegos de cañas, regocijándole en todo lo que podían. Desde a quince días llegó su mujer, doña Gerónima de Sotomayor: fué rescebida con mucho regocijo y alegría de todo el pueblo, de lo cual fué y era merecedora por las muchas partes que tenía de virtud.




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Capítulo LXIII


De cómo el gobernador Saravia salió de Santiago para ir a la Concepción, y de cómo nombró por su general a don Miguel de Velasco, y de las cosas que acaescieron


Rescebido el gobernador Saravia en la ciudad de Santiago, se entendió el deseo que traía de acabar la guerra que tantos años duraba y tan dañosa era para todo el reino, y como hombre que tenía espirencia de haber visto y leído que muchas veces de soldados sencillos salen avisos discretos e importantes para buen efeto de guerra, trataba y comunicaba de ordinario la orden que tendría para acaballa con brevedad, que esta brevedad en adelante le dañó mucho: su conversación lo más del tiempo ocupaba en esto, y porque juzgó que la hacienda del rey estaba empeñada por el ordinario gasto, pidió a los vecinos de Santiago ayudasen al rey con alguna parte de los tributos que los indios les daban, pues iba por todos el asentar el reino. Comunicado entre ellos, se resumieron darle la octava parte del oro que durante el tiempo de ocho meses que los indios andan en las minas le sacasen, condicionalmente que no llevase a la guerra ningún vecino, ni hijo suyo ni criado que tuviesen en sus haciendas, aunque después que le hubieron hecho obligaciones por ello, no lo cumplió, porque llevó nueve vecinos, de que se quejaban en general; mas como de nescesidad habían de pasar por ello, llevábanlo con buen ánimo. Demás desto, hizo acuerdo con los oficiales del rey para gastar lo que fuese nescesario de la hacienda real y dar socorro [a] algunos soldados que estaban pobres y no tenían posible para poder ir en su compañía. A éstos mandó dar de ropa en las tiendas que los mercaderes tenían puestas a docientos pesos, más y menos conforme a la nescesidad que cada uno tenía, para que se pudiesen aviar y aderezar. Después que hubo cumplido con todos y dádoles armas, caballos y ropas que montó el gasto como poco más de ocho mill pesos, salió de la ciudad de Santiago a la primavera con ciento y diez soldados bien en orden, y dejó su mujer e hijos en casa del general Juan Jufre muy servidos y regalados, como si estuvieran en la suya propia.

El gobernador Saravia entró tan bien puesto en Santiago, que con grande amor le daban los vecinos sus hijos primogénitos que fuesen con él aquella jornada, y por el camino le fueron sirviendo y acariciando, proveyendo a toda la gente que consigo llevaba hasta el río de Maule, que parte términos con la Concepción. Allí, por orden del general Juan Jufre, le proveyó su hijo de muchos caballos cargados de bizcocho y otras maneras de matalotaje para el camino y gastar en la guerra, y ansí mismo de carneros y puercos para su servicio y gasto ordinario; que fué principal presente en grado de amistad. Pasado el río, cambió una jornada con el campo, y otro día llegando al camino que atraviesa de la Concepción y va a Engol, porque tenía pensado ir [a] aquella ciudad a verse con los oidores, encomendó el campo al capitán Diego Barahona, natural de Burgos, y habló a todos que le respetasen por su capitán; tomó el camino de la Concepción y el campo fué camino de Angol.

En la Concepción como supieron su venida, le salieron a rescebir el general don Miguel de Velasco y muchos capitanes otros, e los indios y repartimiento del capitán Diego de Aranda, vecino de aquella ciudad, el cual le hizo allí un espléndido banquete. Siguiendo su camino, acompañado de tan principal gente, tratando en cosas de guerra llegó a la Concepción. Fué rescebido por los oidores y pueblo con mucha alegría, aunque por estar de guerra y los vecinos muy pobres a quien era dado el rescebimiento, no hubo cosa alguna notable. Hospedólo en su casa el licenciado Egas, oidor de aquella Audiencia, con muchos regalos y buena conversación y muy principal mesa, porque era cumplido y generoso en lo que hacía. Estando en tan buena conversación, porque no se le pasase el tiempo conforme al deseo que tría, trató con los capitanes que en aquella ciudad estaban y le habían venido a ver y rescebir, la orden que tendría en hacer la guerra: tomando parescer con todos, y oyendo lo que cada uno decía, se resumió en que el general Martín Ruiz de Gamboa, como hombre tan reputado y que también lo entendía, llevase a su cargo la provincia de Tucapel y Arauco, y con sesenta soldados anduviese por toda ella asentando y castigando a los que hubiese culpable: le dió comisión bastante para todo lo que quisiese hacer, y trató con el general don Miguel que se encargase del campo y de todo lo tocante a la guerra, como lo había hecho hasta allí gobernando, los oidores; no lo quiso acetar escusándose con algunas razones. El gobernador Saravia quiso entonces llevar consigo al maestro de campo Lorenzo Bernal, que lo mandase todo como hombre que tenía plática de guerra y sabía la tierra y conoscía las mañas y cautelas de los indios, finalmente esperiencia civil y militar de lo que convenía. Entendido esto por algunos hidalgos mancebos que junto al gobernador andaban y estaban mal con el maestro de campo del tiempo que con él anduvieron en el campo del gobernador Rodrigo de Quiroga y eran amigos de don Miguel fueron allí, le importunaron que aceptase el cargo, pues era tan honroso, y por no ser del maestro de campo mandados; de esta manera persuadido, lo aceptó. Y conforme a lo que el gobernador tenía de plática mandó al maestro de campo, que en aquel tiempo era corregidor en la Concepción, que con sesenta soldados se pusiese entre los dos ríos, Biobio y Niviqueten, y que el gobernador con lo principal del campo se pondría de la otra banda del río, tomándolo en medio, desharían aquellas ladroneras que los indios tenían, quitándoles el no poder pasar a ninguna parte de nescesidad, viéndose tan apretados habían de servir o quedar destruídos. Esto trató en acuerdo de guerra, y lo puso por obra por la orden dicha, que fué buena si adelante no se desbaratara, porque en aquella sazón tenía encomendada la fuerza de Arauco al capitán Gaspar de la Barrera, natural de Sevilla, con treinta hombres de guerra, y la ciudad de Cañete estaba poblada y la tenía a su cargo el general Martín Ruiz de Gamboa, con sesenta hombres, los treinta dellos para traellos consigo y acudir adonde le paresciese. Algunos hombres que tenían plática de guerra le dijeron al gobernador Saravia que no debía de ir allá, sino estarse en aquella ciudad, y desde allí proveer lo que fuese necesario, pues tenía capitanes tan pláticos que tantos años la habían seguido o quiso venir en ello, diciendo que si se quedaba en aquella ciudad se quedarían muchos soldados antiguos y capitanes que no querrían ser mandados por otros, y que por este respeto de meter más gente en el campo le convenía andar en él, no para más de representar su persona a todos, y que don Miguel hiciese lo que él entendiese que conviniese, pues todo se lo había encargado. Con esta orden salió de la Concepción, y llegando a los Llanos, que es ocho leguas de camino, le salió a ver un indio hermano de Lloble, alcual trató bien y lo envió por mensajero a llamar a su hermano, dándole un anillo que pidió a un soldado que iba con él para que entendiese por aquel anillo que no rescebiría mal alguno y podría venir seguro. Lloble no se fió, porque había pocos días que había muerto por orden suya un soldado llamado Gavilán, que llevaba unas ovejas, y por este respeto estaba temeroso. De allí caminó al río de Biobio y lo pasó en unas balsas de madera, y porque tuvo nueva que la ciudad de Engol estaba desproveída de bastimentos, no quiso entrar en ella, y se fué al estero de Rancheuque, donde tenía su campo asentado. El capitán Diego de Barahona le estaba esperando; fué de todos rescebido con mucho amor por las muestras que daba de humano y afable. El capitán Gaspar Verdugo se juntó en este asiento con el gobernador y sesenta soldados que trajo en su compañía de la ciudad de la Valdivia comarcana: puestos debajo del mando de don Miguel eran doscientos y veinte, todos soldados viejos y de mucha plática de guerra. Luego dió cargo del estandarte real a un caballero de Cáceres llamado don Alonso de Torres, y proveyó a don Gonzalo Mejía por sargento mayor, natural de Sevilla, y quiso ansí mesmo hacer compañías y repartir en ellas la gente, que era la mejor orden de guerra a lo que decían hombres prudentes que en su campo andaban. Fuéle al camino el general y alférez general y sargento mayor, diciendo que no había necesidad para tan poca gente tantos capitanes, no entendiendo que para casos repentinos y aun pensados era muy acertado proveimiento; mas cuando las cosas van guiadas por pasión en todo se yerra.




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Capítulo LXIV


De cómo el gobernador Saravia hizo consulta de guerra con los capitanes que llevaba, y la plática que propuso por dónde se acertaría mejor a hacer, y de lo que se proveyó


Puesto el gobernador en el estero de Rancheuque en el mes de diciembre del año de sesenta y ocho, mandó juntar en su tienda todos los capitanes que en su campo llevaba y algunos soldados, que aunque no eran capitanes ni lo habían sido, tenían mucha plática de guerra por haberla usado mucho tiempo. El gobernador les dijo que lo que le paresciese que convenía hacerse por el bien público lo advirtiesen dello, como hombres que tenían plática de toda la tierra: que él había venido del Pirú con voluntad de quitar una guerra tan enojosa y dañosa a todo el reino de tantos años atrás, y que la mesma voluntad tenía al presente: que claramente le dijesen lo que cada uno entendía; que aunque dejó tratado con el general Martín Ruiz de Gamboa y con el maestro de campo Lorenzo Bernal otras cosas, si convenía mudar de parescer lo haría, porque en las cosas de la guerra no se ha de mirar a sustentar una cosa, sino a lo que más conviene. Después de haber tratado en ello, hubo varios paresceres, que unos decían por Puren era lo mejor a causa de estar aquella comarca cerca de la ciudad Imperial y por ser tierra de más tempranas simenteras que otra alguna y más fértil, y estar aquellos indios culpables mucho tiempo había, y que estando el campo puesto en aquel valle aseguraba la ciudad Imperial y el camino real desde Angol a ella, y que aquellos indios habían enviado a decir que querían dar la paz, perdonándoles la muerte de don Pedro, y como era cabeza Puren de lo demás a ello comarcano, sería parte, haciendo aquellos indios amigos, que los otros viniesen con facilidad al servicio, y que comenzándose a enhilar se acababa breve la guerra, porque quando los ánimos están dudosos, pequeña ocasión basta para moverlos a la parte que quieren. Otros decían era mejor comenzar la guerra por donde estaban, conforme a la orden que el gobernador dejaba dada en la Concepción y que no era bien inovar cosa alguna. Después de haberlo tratado, viendo no se conformaban, se resumió en lo que tenía acordado y proveyó fuese su general con cincuenta soldados a caballo a ver y reconoscer la comarca en donde estaba, si había bastimento para sustentar el campo, de trigo, cebada y otras legumbres. Pues yendo a ver y reconoscer la disposición de la tierra, vino otro día y trajo lengua, había mucha comida en la campaña, de la cual bastantemente sería el campo proveído. Comenzó a enviar mensajeros por la provincia llamando de paz a los naturales, los cuales no daban oído a cosa alguna que sonase a paz, antes se convocaron por sus humos y tratos ordinarios de guerra, que por ellos se entienden para pelear juntos. Muchos caciques y hombres principales tratan entre ellos, juntos como estaban, qué orden tendrían para pelear con los cristianos, porque illos a buscar eran muchos y se ponían en sitios a su ventaja, por donde si iban en su demanda se perderían. Resumiéronse en hacer un fuerte dentro del cual se hallaban bien, porque aventuraban a perder poco diciendo si los cristianos quisiesen pelear con ellos, allí pelearían como otras veces lo habían hecho; y si no poco se perdía, pues entre tantos indios era poco el trabajo que podían tener, y que para buen efeto no paresciese indio ninguno por la tierra llana, que viendo los cristianos no parescían, sería posible venillos a buscar. Luego se juntaron por sus mensajeros y escogeron un cerro alto a manera de una bola: en aquél comenzaron a hacer su trinchea y hacer algunas sepolturas, y porque hallaron que tenía piedras y no podían sacar la trinchea como querían, hincaban maderos y entre ellos ponían piedras grandes y otros maderos atravesados. Hecha su albarrada, estuvieron esperando lo que Saravia haría: el cual mandó que con los indios amigos que en su campo traía saliesen soldados por su orden y les cortasen las simenteras, arrancándoles el maiz, papas, frisoles, derribándoles los trigos y cebadas, que tenían muchas y muy buenas, dejando la tierra por donde andaban que parescía no haberse sembrado jamás. Era ésta la más brava guerra que se les podía hacer, y como las simenteras eran muchas para que a menos trabajo se pudiesen destruir, mandó al capitán Alonso Ortiz de Zúñiga fuese a echar cuatro soldados de la otra parte de la cordillera que cae en Arauco, con una carta suya al capitán Gaspar de la Barrera, que tenía a su cargo aquella plaza, que luego apercebiese trecientos indios con sus armas, que para tal día enviaría por ellos, y que él saliese con la gente que le paresciese del fuerte hasta la primera dormida, que allí se toparía con el general que iría a recibillos, para que con más facilidad se destruyesen aquellos indios de guerra, gente tan malvada. Gaspar de la Barrera los apercibió y tuvo juntos para aquel día. En el entre tanto el gobernador Saravia tomó para su consejo de guerra cuatro soldados los que su general le nombró, amigos suyos, diciendo que con ellos podía tratar en general todas las cosas que se ofreciesen tocantes a la guerra a causa que tenían plática y espiriencia militar; aunque después sabido en el campo se murmuraba, diciendo no se tenía atención al bien general, más de sólo amistad privada, y mandaba de allí adelante se procediese en el cortar las simenteras, mudando de cada día el campo por hacelles mayor daño, compeliéndoles a venir de paz; y para ponelles más temor fué informado cerca de allí estaban en un monte juntos muchos muchachos y mujeres con algunos indios que los guardaban, envió al capitán Alonso Ortiz con ochenta soldados una noche. Llegó a la que amanescía donde estaban, y con los indios amigos que llevaba, como gente suelta, tomó mucha chusma con algunos indios de su guarda y grande cantidad de ganado de toda suerte. Vuelto al campo, el gobernador los salió a rescibir e hizo mucha honra de palabra, y lo trajo consigo. Otro día luego quiso ir a ver el fuerte que los indios habían hecho, cuando quisieron pelear con el gobernador Rodrigo de Quiroga, que no le fué poco dañoso, porque a lo que después se entendió, los indios se animaron en su obra viendo al gobernador que lo mandaba todo ir a ver aquel fuerte y que ansí había venido para entender de qué manera estaba, paresciéndoles era camino para llevallo al que los hacían, que aún no le habían acabado. En esto se llegaba el tiempo, que con el capitán Gaspar de la Barrera estaba concertado, para traer los amigos de Arauco por orden del gobernador. Salió el general don Miguel con cien caballos, buenos soldados: llegado al lugar donde se habían de ver todos a un tiempo, durmieron aquella noche juntos. Otro día por la mañana se partieron don Miguel para el campo con trecientos amigos, y Gaspar de la Barrera a la plaza de Arauco. Martín Ruiz de Gamboa, a quien el gobernador Saravia había encomendado la provincia de Arauco y Tucapel, vino allí a verse con él y pedille gente para volver a la provincia y poder castigar a los principales que intentaban novedades y no se hallaba con gente para podello hacer: resultó que de los indios que trajo y plática que él tenía, se supo en el campo el fuerte que los indios hacían. El gobernador, informado de Levolican, por otro nombre don Pedro, indio belicoso, le dijo que era verdad los indios de guerra hacían un fuerte y en la parte que lo hacían, y el gran deseo que tenían de pelear con él. Luego se estendió por el campo la nueva por cierta y Saravia, se inclinó a pelear con ellos en la parte que estuviesen.




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Capítulo LXV


De cómo el gobernador Saravia envió al general don Miguel a deshacer una junta de indios, y cómo después de venido le mandó ir a deshacer el fuerte de Catiray, y donde lo desbarataron, y lo demás que acaeció


Teniendo nueva el gobernador Saravia, que cerca de su campo había una junta de indios, no sabiendo para qué efeto, quiso tomar lengua dello, y si se pudiese hacer, dar en ellos una mañana y antes que tuviesen aviso desbaratallos, castigando los que se pudiesen haber. Tratado con don Miguel, se apercibieron cien soldados para a la segunda vela que estuviesen con sus armas en orden. Aquella hora partió don Miguel: caminando todo lo que de la noche quedaba, llegó al amanecer donde los indios estaban en un monte arrimados en una quebrada, que siempre toman por reparo para sus necesidades, que es para caballos gran defensa. Don Miguel se detuvo en hacer cuadrillas de la gente que llevaba para pelear si se ofreciese, y con orden de guerra caminando, cuando llegó no los halló allí; o fué que tuvieron aviso de las espías que tenían secretas en el campo, o que cuando se detuvo en hacer las cuadrillas los indios le vieron, o fueron de sus centinelas descubiertos, halló huella de mucha gente y de haber estado allí algunos días. Oyéronse cornetas, que iban tocando hacia la parte donde el fuerte se hacía, vieron algunos con sus lanzas ir por un camino delante dellos la vuelta del fuerte; no los pudo seguir a unos ni a otros, por ser camino de montaña y muy áspera para caballos, que de ninguna manera se podía caminar si no era a fuerza de gastadores. No habiendo hecho ningún efecto, se volvió al campo e informó al gobernador dello; rescebió desgusto en ver lo poco que se hacía para castigar los indios en las personas, que en las haciendas no se les podía hacer mayor daño del que rescebían. Díjole el gobernador por qué no había seguido el alcance. Don Miguel le respondió que la disposición de la tierra no dió lugar a más, que él iba con ánimo de pelear, si hallara con quien. Saravia le replicó a esto y le dijo que peleara con los árboles; apartáronse desgustosos ambos. El gobernador otro día siguiente mandó juntar su acuerdo de guerra y algunos soldados que habían sido capitanes y tenían plática de la tierra de Chile; con ellos trató era informado los indios hacían un fuerte cerca de allí para pelear con él en aquel lugar que llaman Catiray, donde otras veces habían peleado, teniéndolo por su adoratorio y pronóstico de buena fortuna, entendiendo que allí no les podía faltar; le parescía se debía ver y reconoscer sitio donde se pudiese llevar el campo cerca de donde estaban: que puestos allí se buscarían mañas y ardides cómo desbaratallos y pelear con ellos en aquel asiento donde a su parescer e idolatría tienen cierta la victoria, porque desbaratándolos allí, en una sola batalla se conquistaba lo que estaba de guerra y lo de paz se afirmaba más en amistad, quitándoles su loca imaginación, dándoles a entender que para cristianos no había parte alguna donde pudiesen estar seguros, porque de presente se hallaba con docientos y veinte soldados y dos piezas de artillería, y de los soldados los noventa arcabuceros, con más de seiscientos amigos. Que se debía procurar quitallos de allí con buena orden, lo cual con el ayuda de Dios se haría fácilmente, y que para buen efeto fuesen juntos Martín Ruiz de Gamboa y don Miguel de Velasco con los demás capitanes que en el campo andaban. Pues iba por todos, mirasen por el bien público; y en todo caso les encargaba reconosciesen dónde se podía llevar el campo que estuviese cerca de los enemigos. Todos los de su acuerdo de guerra, viéndole inclinado, se resumieron en que era bien proveído; ansí mandó el gobernador a don Miguel apercibiese la gente que le pareciese bastante, y que si le paresciese, llevase dos piezas de artillería y algunas hachas y azadones para limpiar el camino, pasos estrechos; y para que con más gente se hiciese, escribió al maestro de campo Lorenzo Bernal, que andaba cerca de allí haciendo la guerra con cincuenta caballos, le enviase veinte. Lorenzo Bernal los envió y escribió no mandase hacer aquella jornada, que era informado había mucha gente y no se aventuraba a ganar, y que si todavía era de parescer se hiciese, le diese licencia para irle a servir; el gobernador no le respondió por entonces. Su general don Miguel abominaba aquella jornada y quisiera mucho no hacella, mas no se atrevía [a] declararse con Saravia, porque no le tuviese por hombre que en un negocio importante como era aquél no quería aventurar su persona; y aunque muchos caballeros mancebos que en el campo andaban y eran sus amigos le ponían calor y decían bravezas que habían de hacer, todavía andaba triste y se conoscía dél era jornada aquella contra su voluntad, y que no se hacía por su consejo ni parescer, sino compelido por nescesidad que tenía de sustentar su honra y reputación, diciendo aquellas palabras que dijo Pompeyo en Farsalia, queriendo dar la batalla a César, compelido de algunos caballeros romanos que en su campo andaban, que por ser tan notorias no las trato aquí; y ansí envió de su parte al capitán Alonso Ortiz de Uñiga tratase con el gobernador Saravia no mandase hacer aquella jornada, poniéndole por delante muchas cosas, el cual no sólo no lo quiso hacer, más ni aún oíllo. También desde a poco de la casa del gobernador salió una plática en que decían que los que tenían los cargos hacían la guerra perezosamente y no la querían acabar por estarse en ellos a causa de sus aprovechamientos y de sus amigos; porque sin cargos estarían en sus casas como hombres privados, y con ellos mandaban y eran respetados; y mirando los que esto decían que no hay mayor gloria para el capitán que sigue la milicia que en su tiempo acabar la guerra y que dél quede aquella memoria.

Pues volviendo a don Miguel de Velasco, con ciento y cuarenta soldados salió del campo al cuarto de la luna, con intención de reconoscer el sitio que los indios tenían y ver dónde se podía llegar cerca del fuerte para llevar la resta del campo, y con mejor orden al seguro desbaratar aquellos bárbaros. Mas cuando las cosas están ordenadas por Dios y quiere castigar a los que mandan por sus culpas, ciégales el entendimiento, como acaesció en aquella guerra que tan dañosa fué a todo el reino, porque muchos soldados, hombres prudentes que tenían tino a lo de adelante y andaban en el campo, decían en público era torpeza de capitanes querer pelear con unos indios metidos en un corral cercado de maderos puestos en un cerro, lugar a propósito, donde si les va mal después de haber hecho su posible, tienen a las espaldas la huída y por ella se van retirando, sin que les puedan cercar el sitio que tienen. ¿Qué mejor guerra se les podía hacer ni más cruel que quitalles las simenteras como se las destruían? Y era cierto que entrando el invierno todos perecerían de hambre: pues estaba poblada la ciudad de Cañete y la casa fuerte de Arauco, y al presente todo se hallaba reparado, sin perder un hombre se acabaría de conquistar y castigar lo que estaba de guerra, pues era lo menos de la provincia. Que aquel año con el daño que se les hacía quedaban castigados, y el de adelante se acabaría de asentar todo, haciendo la guerra atentadamente y no con temeridad, pues tenían delante la pérdida de Francisco de Villagra, que por la muerte de su hijo en Mareguano despobló la ciudad de Cañete y estuvo en condición de perder lo demás del reino por una loca osadía, y a él le costó morir de dolor. El indio Levolecan, por nombre de cristiano llamado don Pedro, decía: «¿Qué quieren buscar los cristianos en aquel fuerte que los indios tienen? Pues aunque los desbaraten no pueden tomar ningunos ni castigarlos por respeto de la mala tierra en que están tan a su propósito.» Que él bien sabía que allí no tenían oro ni ropas de precio, sino maderos, piedras, y que déstos no se habían de mantener; que no haciendo cuenta dellos, desampararían el fuerte y vendrían a buscar al gobernador, si con él quisiesen pelear, y que entonces podrían pelear los cristianos, si tanta gana de pelear tenían, porque la guerra que se les hacía era cierto la mejor quitándoles las simenteras: que los indios a ellos comarcanos no les habían de dar de comer de ordinario, si no lo sembraban ellos, y que se les quitaba la oportunidad para todo.» Esta plática andaba por el campo que a todos parescía bien, y decían que hasta aquel indio, con ser enemigo de cristianos y contra su nación, les decía lo que convenía; mas ninguno había en el campo que lo osase tratar con el gobernador Saravia a causa que era tan impaciente en oír lo que no le daba gusto o le era en contrario, que no los quería oír, y ansí le dejaban para que su fortuna hadada hiciese dél lo que tenía determinado; y ansí resumido en que se fuese a hacer el efeto acordado, se pusieron en camino.

Los indios fueron avisados por sus espías, y con la orden que les dió Millalelmo, que aquella noche llegó con su gente de guerra, se estuvieron quedos esperando que llegasen los cristianos. De los indios de Arauco y de su comarca con muchos repartimientos otros que estaban de paz, se juntaron con los de guerra para satisfacer la enemiga que con cristianos tenían. Llanganabal, cacique principal en Arauco con Millalelmo y otros capitanes, mandaron a los indios recogiesen gran cantidad de piedras e hiciesen dellas montones por la frente del fuerte y que dejasen llegar los cristianos a él para poder mejor aprovecharse dellas. El fuerte que tenían era un alto cerro, delante dél hacía un poco llano; por los demás lados al derredor tenían laderas que el f uerte las señoreaba y una quebrada grande y por junto al llano tenía una puerta, por ella entraban los indios y salían. Don Miguel llevaba la vanguardia, y Martín Ruiz la retaguardia. Llegado con el avanguardia a los indios mandó apear los arcabuceros y los demás soldados que le paresció ser hombres sueltos para andar desenvueltamente; por aquella ladera los repartió en cuadrillas y les señaló caudillos a quien acudiesen. Quedó él a caballo con veinte y cuatro soldados, y mandó que los indios amigos de Santiago los llevase a cargo Francisco Jufre, hijo del general Juan Jufre, soldado arcabucero que entendía la lengua, y que con ellos pelease con los que del fuerte habían salido. Estos comenzaron a ir hacia los indios de guerra jugando de sus flechas con tan buena determinación a causa de llevar las espaldas seguras: yendo los cristianos cerca dellos, los llevaron retirando hasta metellos dentro del fuerte. Los soldados que iban a pie llegaron hasta la trinchea que los indios tenían por delante, disparando sus arcabuces. Los enemigos les tiraban gran cantidad de piedras, gruesas como membrillos, y como los tomaban de arriba hacia abajo, e los indios que las tiraban eran escogidos de mucha fuerza, iban con tanta braveza que a los que acertaban, si era en pierna se la quebraban, o brazo, y si en la cabeza, lo desatinaban; finalmente, a una rociada desbarataron los arcabuceros y derribaron muchos. Luego salieron por la puerta del fuerte muchos indios y anduvieron peleando con los cristianos y amigos, aunque no se apartaban de su albarrada. Cermeño, soldado de buena determinación, quiso asaltar la trinchea; poniéndolo en efeto, encima della lo mataron a langadas. Don Miguel envió un capitán con veinte hombres por las espaldas para que por allí acometiese a los indios; éstos subieron en lo alto sin que les sucediese mal: no hicieron efeto alguno, porque a un tiempo ellos llegaban y el trompeta tocaba a retirar. Los indios mataron dos soldados de los que derribaron a pedradas, sin que los pudiesen socorrer, y como reconoscieron que habían herido muchos, y que los caballos no les podían hacer ningún daño a causa que el sitio no era para ellos a propósito, salieron con la orden que sus capitanes en aquella hora les dieron. Todos juntos cerrados con grandísimo ímpetu, les mandaron rompiesen con los cristianos lanza a lanza, pues les tenían ventaja grande que los tomaban de arriba hacia abajo, entendiesen que con sólo el encuentro que les darían, aunque no se aprovechasen de las armas, los llevarían por delante desbaratados, y que los indios amigos que los cristianos tenían no hiciesen cuenta, que más tino tendrían a salvar sus vidas que no a pelear. Con esta orden salieron del fuerte, y de la manera que sus capitanes lo dijeron ansí les sucedió, porque como tenían hollado aquel sitio y la tierra de Catiray es tierra fofa, levantaron tan grande polvo con la arremetida que hicieron, que sin verse los unos a los otros, los llevaron por la cuesta abajo desbaratados. Juan Álvarez de Luna, que llevaba a cargo los veinte hombres que se dijo iba a acometer por las espaldas, viniéndose retirando, dijo a Francisco Benítez, soldado a caballo: «Señor Benítez, v. m. me haga espaldas hasta juntarme con los demás, que me siguen estos indios»; el cual le respondió no era este tiempo de llamar a nadie por su nombre, mas yo lo haré así aunque me pierda; y ansí lo hizo, que sin perderse le favoresció hasta que se puso en seguro. Los cristianos andaban entre los indios y no se vían ni entendían hacia dónde habían de ir; los indios pasaron adelante dejando muchos atrás de los que a pie venían, entrellos Martín Ruiz y don Miguel con la gente que tenían de a caballo. Levantado el polvo, acudieron a socorrer los que venían a pie; favorescieron a muchos que andaban peleando con los indios, mas como eran muchos y los cristianos pocos y los tenían desbaratados, heríanlos a gran ventaja suya. Algunos se metieron en el monte creyendo escapar por allí; otros tomaron a las ancas y algunos las colas de los caballos; los indios les iban siguiendo alanceando a los que alcanzaban, y como el camino era de montaña y había algunos pasos estrechos que los cerraban cañas gruesas, impidíanse los unos a los otros; allí los alcanzaban y daban de lanzadas, quitándoles las lanzas y sacándoles las espadas de la cinta para derriballos de los caballos; los fueron siguiendo hasta que salieron de aquellos pasos, donde los dejaron. Los demás indios se ocuparon en buscar a los que se habían metido en el monte y en hacer pedazos a los que atrás habían quedado. Esta fue la rota que en Catiray los indios dieron al doctor Saravia, hombre amigo de su voluntad y opinión. Murieron de los cristianos cuarenta y dos buenos soldados; hubo muchos heridos, aunque de heridas no peligrosas, y entre los muertos muchos caballeros conoscidos, como Sancho Medrano, natural de Soria; don Alonso de Torres de Cáceres, y don Diego de los Ríos, hijo del capitán Gonzalo de los Ríos; Juan de Pineda, de Sevilla; Alonso Aguirre, de Córdoba, y otros muchos que dejo: todos mancebos de mucha esperanza en virtud y valor, aunque al presente de todo alcanzaban mucha parte. De los amigos no murió ninguno, que como era cuesta abajo llevaban siempre la vanguardia sin que les hiciese daño: defendíanse con sus flechas. El general don Miguel recogió su gente en un arroyo, e hasta que todos llegaron estuvo en él, y de allí se vino al campo desbaratado. A dos horas de noche comenzaron a llegar soldados que venían heridos, éstos dieron nueva de su perdición. El gobernador Saravia la recibió con buen ánimo, y consolaba algunos dellos que venían desbaratados; don Miguel no le fué a ver a su tienda. El gobernador le envió a llamar, entonces vino y entró diciendo: «Mis pecados han sido la causa de mi perdición; pluguiera a Dios que en mí solo se acabara.» Saravia le consoló y mandó que se tuviese cuenta con la vela del campo, porque algunos soldados no de buen ánimo habían cargado sus bagages creyendo irse: los mandó alancear, aunque no tuvo efeto. Con este proveimiento cesó el miedo hasta por la mañana, que mandó retirar su campo a los llanos de Angol.

Muchos daban la culpa de esta pérdida al general don Miguel en haber peleado en parte tan en daño suyo, habiéndolo reconoscido, sino retirarse sin pérdida, pues la verdadera prudencia de un capitán es conoscer el daño que le puede venir para reparallo con tiempo, y con esta prevención triunfa del enemigo, pues tanta espiriencia tenía de la guerra de indios, especialmente en Chile. Don Miguel decía que por su reputación y por satisfacer al gobernador Saravia no pudo hacer menos, casi compelido de muchos caballeros mancebos que consigo llevaba, que éstos, como hombres que no tenían plática de guerra, y estaban en amistad y deudo juntos con el gobernador, por lo que había entendido de atrás, siempre se lo pondrían por cargo.




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Capítulo LXVI


De lo que hizo el gobernador Saravia después de la pérdida de Catiray


Otro día por la mañana Saravia mandó retirar el campo a la tierra llana de Angol; dejando a Martín Ruiz de Gamboa de retaguardia, llevó su general al avanguardia, y él se fué en batalla. Llegado al estero de Ranchen que aquella noche hizo dormida en él, y desde a dos horas, a la primera vela los indios de guerra pusieron fuego cerca del campo a una cabaña de yerba seca en una ladera: encendiéndose el fuego se extendió por el campo, comarcano.

Los indios amigos que el gobernador traía consigo y estaban alojados junto al estero, como vieron el fuego, tocaron arma: luego tocó la trompeta, y se puso en arma el campo. Los arcabuceros de a pie con el artillería; los de a caballo acudieron a la tienda del gobernador. Don Miguel los puso en orden de batalla, para pelear si los indios viniesen a ella, cargada la artillería; los amigos todos en escuadrones, esperando lo que sería. El gobernador mandó se fuese a reconoscer: hallaron no haber indios, mas de haber puesto fuego [a] aquel campo: entendiendo esto, cada uno se fué a su tienda, y se doblaron las velas para seguridad.

Otro día por la mañana Saravia hizo consulta de lo que haría: fué tratado se diese aviso al maestro de campo, que andaba cerca de allí, de lo sucedido, y a la ciudad de Angol, y que su señoría apercibiese gente de la que allí había para que luego fuese a dar socorro a la ciudad de Cañete que estaba desproveída de gente, y si los indios iban sobre ella se perderían, y era grande inhumanidad dejallo de hacer. Para quitalles aquella ocasión, y dar aviso al capitán Gaspar de la Barrera mirase por sí, de docientos hombres que el gobernador Saravia tenía consigo, apercibió ciento y cuarenta. Déstos no quería ir ninguno, y decían algunos dellos estar heridos, y otros que no querían ir a Tucapel, que ansí se llama la provincia a donde habían de ir, y estaba de allí diez leguas de camino y no más, sino que Saravia y los de su consejo de guerra, que lo habían perdido contra el parescer de todo el campo, lo fuesen ellos a remediar. Estaban tan desenvueltos con sus palabras, que ninguno quería ir: dábanse poco por amenazas y promesas que el gobernador les hacía, tan remisos estaban en su opinión. El gobernador no sabía qué se hacer ni qué orden tendría: vista la dureza de los soldados, determinó ir en persona aquella jornada. Algunos hombres principales le dijeron no quisiese aventurar su persona de aquela manera, que puesto que allá no sabía cómo le sucedería, mejor le era quedarse en Angol para el reparo de todo lo demás. Viéndolo ansí congojado, el capitán Alonso Ortiz de Zúñiga, don Diego de Guzmán, Alonso de Córdova con otros capitanes que en su campo andaban, se ofrescieron de ir con cualquier capitán que enviarlos quisiese, y muchos otros que en amistad estaban con ellos prendados se ofrescieron a lo mismo: fué parte para que hubiese efeto el ir a socorrer la ciudad de Cañete. Hízose el apercebimiento, quitando a unos y poniendo a otros [hasta el] cumplimiento de ciento veinte hombres a caballo. De allí se fué el gobernador una legua adelante para descuidar a los indios, dándoles a entender se iba a Angol, que estaba de allí dos leguas, por quitalles la ocasión de no esperallos en el camino, que era mucho dello montaña por donde habían de ir. Aquella misma tarde casi al anochecer tocó la trompeta a partir. Fué la partida peor que el principio, porque algunos de los apercebidos hombres bajos y de poca presunción, se escondieron, y otros se huyeron a Angol, y algunos a Santiago: tanto era el temor que tenían de ir a Tucapel; aquella hora hubo algunos soldados antiguos que dando causas para no ir aquella jornada, no le siendo admitidas, decían hacer dejación de todo lo que a su majestad habían servido y trabajado en Chile, para no pretender cosa alguna en el reino de allí adelante de merced que pidiesen, y ansí quedaron sin ir allá los que esto hicieron. Saravia, para más animallos, envió con ellos a su hijo Ramiro Yáñez, mancebo de mucha virtud; el mando sobre todos llevaba el general Martín Ruiz, que por su buena inteligencia, solicitud y cuidado, poniéndose a todo trabajo, hubo efeto [a] animar a los amigos y enemigos para ir a hacer aquel socorro; y como tenía a su cargo aquella provincia por la comisión que había llevado quando desde la Concepción le envió Saravia, érale dado proveer todo lo que le paresciese que convenía. El general don Miguel fué con él; por respeto de llevar más gente quiso tomar su compañía en aquel camino: fueron sus amigos y aficionados a él. A la hora que comenzó [a] anochecer hicieron camino por la montaña hasta el cuarto de la luna, que fatigados de sueño y perdido el camino pararon a la asomada del valle de Cayocupie, cuatro leguas de Cañete. Por la mañana, después de haber castigado unos indios, que disimulados se habían juntado con ellos, y eran espías que los iban a contar y saber el número que eran y el camino que hacían, se partió y llegó a la ciudad, sin que en ella tuviesen nueva de su venida: tan descuidados estaban, que si luego fueran los indios sobre ella, gozaran de otra vitoria mejor que la de Catiray. El gobernador se fué a Engol y mandó recoger los arcabuces que había, y aderezallos de lo que estaban faltos para la nescesidad que dellos se entendía había de haber, y porque le paresció que Cañete estaría en falta de bastimentos, envió a Pedro Guajardo, natural de Córdoba, a la ciudad de Valdivia a los oficiales del rey, que luego cargasen un navío que estaba surto en el río de aquella ciudad con todo el bastimento que pudiesen y lo enviasen a Cañete; y para que si lo que Dios no quisiese, tuviesen dél nescesidad, se aprovechasen como mejor les paresciese. Quedando concertado entre el gobernador y don Miguel que para tal día señalado sería de vuelta y estaría en Angol, y creyese, si para aquel tiempo no venía, era perdido. Llevó a Martín Ruiz por principal cuidado socorrer el fuerte de Arauco y abrir aquel camino para tratarse unos con otros, demás de hacer más cuerpo de gente para sujetar y castigar la provincia.




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Capítulo LXVII


De lo que hizo el general Martín Ruiz de Gamboa después que llegó a Cañete, y de lo que le sucedió


Llegado a Cañete Martín Ruiz, fué rescebido de la poca gente que en ella había, conforme a la nescesidad que de su venida tenía para seguridad de sus vidas, mujeres e hijos. Después que hubo descansado algunos días, trató ir al fuerte de Arauco y juntarse con el capitán que allí estaba, para que abierto aquel camino se pudiesen tratar y socorrer unos a otros, pues no había más longitud de ocho leguas, temiéndose que los indios no pusiesen cerco [a] aquella fuerza, que sería posible por falta de bastimento perderse, a causa que no estaban de sazón los que en el campo había, y éstos para habellos de recoger, habían de ser a lanzadas con los que estaban a la defensa y podían perderse. Apercibió cien soldados a la ligera, sin cargas algunas más de sus armas, y algunos caballos que llevaban de respeto para si se ofreciese caso en que los hubiesen menester, hallarlos descansados. Tocando la trompeta a partir, pasaron el río que está junto a la ciudad, y cuando es baja mar puédese pasar a los estribos, y cuando la marca crece no puede vadearse a causa que hinche mucho por allí. Después de pasado hizo dormida [a] dos leguas. Los indios, por orden de Milalelmo y de otros muchos capitanes, después que desbarataron al general don Miguel en Catiray, despacharon mensajeros por toda la provincia, manifestando el buen suceso que habían tenido, y enviaron de presente muchas cabezas de cristianos para que creyesen era ansí como les decían, rogándoles que todos tomasen las armas y no perdiesen tan buena oportunidad como al presente tenían para libertarse; y como todos en general son amigos de novedades, conosciendo el tiempo serles favorable, de conformidad quisieron aprovecharse dél, y ansí se juntaron grande número de indios. Puestos en un lugar llamado Quiapo, tratan era cierto que por plática que tenían de atrás, [que] los cristianos que estaban en Cañete era imposible dejar de salir de allí para ir al fuerte de Arauco a tratarse con los que allí estaban, que les convenía guardar aquel paso, porque no se pudiesen juntar los unos con los otros, y que para el efeto estaba muy a propósito una quebrada grande y montuosa cerca de allí en medio del camino, que era el más derecho para ir a Arauco; y que para saber cuándo saldrían de la ciudad era bien enviar algunos indios pláticos que estuviesen entre el servicio de los cristianos y entendiesen lo que hacían, para dalles aviso de todo. Pues como Martín Ruiz salió de la ciudad, fueron luego avisados por sus espías, cuántos eran y en dónde dormían; aquella misma noche dieron aviso unos a otros, porque estaban repartidos a la guarda de tres caminos que había para que no se les pasase sin sentillos. Los que estaban en las otras guarniciones las dejaron y acudieron a tomalles las espaldas, que era el camino por donde habían de volver por respeto de unas ciénagas que en él había. Martín Ruiz fué caminando sin ver indio alguno: los que llevaban el avanguardia llegaron a la quebrada donde estaban emboscados: cuando los vieron venir cerca, se metieron entre los árboles y matas, y otros que les tomó la voz en lo llano fuera del monte se meten entre unos lampazos: tendidas las armas en tierra se ponían las hojas en la cabeza por no ser descubiertos, y ansí hizo alto la vanguardia hasta que llegasen los capitanes que atrás venían. Con su llegada sucedió juntamente llegar una gran tempestad de agua, y ansí puestos al campo, tratan qué orden tendrían para hacer su jornada. Estando en esto los indios, como los vieron parados y que no pasaban adelante, creyeron que los habían visto y por este respeto no caminaban de temor. Concebida esta imaginación, se salen por muchas partes dando grandísima grita y tocando muchas cornetas. El general Martín Ruiz quedó haciendo rostro a los indios, y trató con don Miguel volverse atrás con veinte hombres a dar orden, con el servicio que llevaban, se aderezasen ciertos pasos cenagosos que atrás quedaban, porque si la necesidad les compeliese a volver por aquel camino, pudiesen salir sin peligro a la tierra llana, y en el entre tanto procuraban cómo poder pasar adelante haciendo su camino peleando con los indios: echarlos de allí desocupando el paso que le tenían tomado como gente plática, dejando las flechas, no haciendo cuenta dellas, habiendo visto por esperiencia el poco efeto que hacían para dañar a los cristianos con ellas por respeto de ir tan armados: estaban todos proveídos de lanzas largas, con las cuales resistían a los caballos y alanceaban a los que en ellos iban. Con la determinación dicha los apretaron en tanta manera, por ser el lugar estrecho y no poder pelear en él a caballo, les hicieron volver las espaldas, y en su alcance fueron hasta pasar los pasos cenagosos que don Miguel había mandado aderezar. Los indios que guardaban los otros caminos, por presto que llegaron, ya habían salido a la tierra llana: por allí los fueron siguiendo, y aunque alguna vez Martín Ruiz revolvía con algunos soldados valientes que consigo llevaba y alanceaba algunos indios que iban desmandados siguiendo el alcance, no por eso dejaban los demás de seguirlos, como lo hicieron, dos leguas de camino, en el cual alcance les tomaron treinta caballos de los que llevaban de rienda, y les mataron algún servicio; y ansí con esta pérdida llegaron al río una hora de noche, que por estar crecido no lo pudieron pasar. Esperando que bajase la marea, estuvieron en su ribera aquella noche faltos de toda cosa y quejosos de su mohindad, diciendo que en ventura de Saravia tenían todos aquellos casos de guerra mohinos y tan adversos. Por la mañana entraron en la ciudad tristes y desconsolados, perdida la esperanza de socorrer a los que estaban en el fuerte de Arauco.




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Capítulo LXVIII


De cómo Martín Ruiz salió a buscar bastimento para sustentarse en la ciudad, y de lo que le sucedió


No habiendo hecho ningún efeto la ida de Arauco, el general tuvo nescesidad de salir a buscar bastimento, porque dentro de la ciudad no lo había para tanta gente, pues estaban ya las simenteras de los indios de sazón para podellas coger, mandó que se aprestasen los que quisiesen ir con él. Salieron ochenta soldados a caballo con algunos bagages, y cogieron todo lo que pudieron traer esta vez, y otra que ansí mesmo fueron a buscallo. Los indios, a lo que se entendió, que lo pudieron estorbar, no lo quisieron hacer; por más descuidallos no paresció ninguno en toda la comarca, como gente que andaba a huida, y en una quebrada que estaba dos leguas de Cañete, de muchos maizales, se emboscaron e hicieron allí asiento secreto, esperando si los cristianos venían a coger aquellos maíces, que a su parescer era imposible dejallo de hacer, por ser lo más conjunto que otra parte alguna donde hubiese comidas, que es el nombre que dan a los bastimentos y vituallas en la tierra de Chile. Puestos en aquel lugar, desde él se repartieron en otras dos emboscadas muy a su propósito.

Martín Ruiz salió tercera vez por bastimento, porque como tenían muchos caballos y servicio, gastábase mucho y duraba poco lo que se traía. Apercibió para esta jornada ochenta soldados, y por la plática que tenía de haber muchos maíces en aquella quebrada, fué allá aunque bien recatado de lo que podía ser. Los soldados se dividieron a coger de las simenteras, que había muchas. Martín Ruiz tomó un alto que hacía sobre la quebrada, llamado Payllataro: abajo andaban soldados y servicio cargando los caballos. Los indios, paresciéndole era tiempo, salieron de una emboscada y mostráronse: luego se tocó arma y a recoger. La fuerza de los indios se vinieron a donde Martín Ruiz tenía tomado el alto, con largas lanzas y con tanta determinación, que los cristianos, viéndose repentinamente acometidos, y en lugar mal acomodados para pelear a caballo, sin infantería y contra gente de a pie, por ser valles pequeños y estrechos de barrancas que lo cerraban, tocando la trompeta a recoger se hicieron a lo llano. Los que estaban en lo bajo de la quebrada quisieron subir a lo alto y tomar el camino que llevaban los demás; no lo pudieron hacer, porque los indios estaban a la defensa. Queriendo dalles lado y tomar otro camino, se embarazaron en unas ciénagas pequeñas: no habiendo otro paso puestos allí sino aquél, de nescesidad habían de pasar a su ventura por entre los indios que estaban a pie con sus lanzas en las manos agurdándolos. Al pasar por entre ellos peleando, mataron al capitán Juan de Alvarado, vecino de Osorno, y a Sebastián de Garnica, que poco había el rey don Felipe, por lo que en Chile había servido, le había hecho merced de tres mil pesos en su caja para ayuda de costa, siendo informado los tenía merescidos, los cuales no pudo gozar, y a Francisco López, valiente soldado; hirieron a otros muchos. El servicio que estaba en lo bajo de la quebrada cogiendo los maíces, no teniendo socorro, dieron los indios en ellos y mataron algunos, aunque los más se escondieron por el monte y de noche se fueron a la ciudad; tomaron muchos caballos de carga. Aquel día llegaron todos los que escaparon de esta refriega a la ciudad. Los enemigos, con la fresca victoria, vinieron a ponerse sobre ella quitándoles el poder salir a buscar bastimentos, pues sabían no los tenían y pasaban nescesidad, todo lo cual se escusara si las justicias de Valdivia proveyeran con brevedad el enviar bastimento en el navío que tenían, surto en el río, aunque después se disculpaban con Saravia diciendo habían hecho todo lo posible en el despacho del navío, a causa que el trigo que en él habían de embarcar estaba lejos de la ciudad, no se podía hacer con tanta brevedad como decían.




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Capítulo LXIX


De las cosas que acaescieron en la ciudad de Cañete después del suceso de Payllataro


Estando en la nescesidad que hemos dicho la ciudad de Cañete, falta de todas cosas, llegó el navío que venía de Valdivia cargado de trigo y otros muchos bastimentos: fué rescebido con general alegría, como hombres que tan nescesitados estaban y en gran manera faltos de toda suerte de vituallas, y también porque si a tanta nescesidad llegaban, podían enviar a la Concepción las mujeres, niños, con las demás cosas que impidían, y que los soldados a la ligera se irían por tierra, pues eran ciento y cuarenta y estaban bien proveídos de caballos muchos y muy buenos, aunque después no les sucedió tan bien como al principio lo trataban. El general mandó sacar en tierra trigo y tocinos con que se sustentaban de ordinario. El trigo daban a los caballos por tenelles alentados y con fuerza para lo que se les ofreciese.

En este ínterin hubo discordia entre los generales, porque don Miguel quiso irse a ver con Saravia y dalle razón de cómo estaba aquella provincia. Tratándolo con Martín Ruiz, se desavinieron, porque decía no era cosa, estando la provincia tan de guerra, salir gente ninguna; porque de más de dar avilantez a los naturales, los podían matar en el camino, y que se había de entender estarían todos [los pasos] tomados y los indios a la defensa: que demás desto él era allí justicia mayor en general con todos y se había de hacer lo que mandase, porque era lo que más convenía al bien general. Algunos capitanes y soldados que junto a don Miguel andaban, le ponían calor en que se fuese a ver con el gobernador, pues no se había de presumir que Martín Ruiz le había de tener tan oprimido; esto con intención de irse ellos con él. Llegaron estos tratos y palabras a tanto, que fué nescesario entrar de por medio algunos soldados desapasionados y dar traza en el negocio, porque no viniesen en rompimiento. Acordóse que en un barco que había allí de dos que los oidores habían enviado [a] aquella ciudad con refresco desde la Concepción, cuando supieron la nescesidad en que estaban: a estos barcos les dió un temporal de tramontana, como lo hace muchas veces por la costa de Chile, y fué ensoberbeciéndose de tal manera que se perdió el uno, y el otro, viéndose perdido, alijó lo que llevaba, y con esta diligencia escapó. En éste, de conformidad los dos generales, enviaron un hidalgo, llamado Pedro Lisperguer, natural de Bormes en Alemania, hombre plático y de buen entendimiento, por ser amigo de ambas las partes; que por ser extranjero era hombre sin sospecha, y de su persona, noble, criado desde niño en la casa del duque de Feria: por las razones dichas lo enviaron aquellos caballeros, que otros muchos había a quien podello encomendar. Pues llegado a la Concepción, que estaba de allí diez y seis leguas de camino, trató con los oidores, por estar Saravia en la ciudad de Angol y no poder ir allí por respeto de estar aquel camino cerrado de enemigos; díjoles la nescesidad en que aquella ciudad estaba, que sus mercedes proveyesen lo que al servicio del rey les paresciese convenir más, porque los capitanes no se llevaban bien, y sería posible haber alguna pasión entre ellos. Los oidores les escribieron y encomendaron tuviesen conformidad en todo; pues tenían la cosa presente, mirasen lo que más convenía. Luego desde a poco, viendo no era cosa [de] ir gente alguna por tierra desde aquella ciudad [a] Angol, donde Saravia estaba, se concertaron que don Miguel saliese por la mar con veinte hombres, los que él quisiese, para informarle de lo presente y pasado, porque con brevedad enviase a mandar su voluntad. Concertados en la manera dicha, se embarcó don Miguel en una fragata que había llegado de la ciudad de Valdivia con bastimento. En ella navegó a la Concepción, y llegado, se partió desde a dos días a donde Saravia estaba, que se holgó con su venida, porque después que dél se partió nunca más tuvo nueva que cierta fuese hasta que llegó allí; e informado de su general en el peso que quedaba la guerra en aquella provincia, no pudiendo desde allí dalles ningún remedio, sino era con sólo el deseo, mandó apercebir ochenta soldados y vecinos a caballo para irse a la Concepción; que muchos días antes se hubiera ido, si tuviera gente para ir con seguridad, porque se creía [que] los indios le esperaban en el camino, como después se supo por cierto. Pasando el río Biobio por vado, que pocas veces se halla en él por ser río grande e de mucha cresciente de aguas, se ahogó un caballero de Sevilla que servía de sargento mayor, llamado don Gonzalo Mejía, por socorrer una mujer de su servicio que se ahogaba. Desde allí mandó don Miguel ir veinte hombres con un capitán a tomar lengua entre los indios y saber el camino de la manera que estaba, y si se podía caminar con seguridad. Otro día salió a donde el gobernador iba caminando y trajo tres indios; preguntado a cada uno por sí, se afirmaron que Millalelmo con muchos indios de guerra le esperaba en el camino para pelear con él, y que había hecho un fuerte entre dos quebradas a la junta del camino que iba de Santiago y el camino que llevaba, para guardallos ambos sin que se escapase a la Concepción. Con esta nueva estuvo indeterminable por dónde entraría que fuese a menos riesgo. Tratado con sus capitanes, acordaron de llegar más adentro; para informarse mejor púsose siete leguas a la entrada de los montes, en un asiento llamado Quines, y porque no se tomó allí razón de lo que pretendía pasó el río de Itata, camino de Reynoguelen, intento a muchas cosas. Pasado el río, tuvo acuerdo de lo que haría: algunos le decían se fuese al río de Maule, que estaba de allí veinte leguas, y por la mar se iría a la Concepción en una fragata, y que en lo que tocaba al campo se andaría por aquella tierra llana como le paresciese, y a tiempo convenible todos se entrarían una noche en la Concepción, pues no había más de siete leguas de camino. A Saravia le parescía era mucho perder de reputación, y por este respeto no se determinaba en cosa ninguna. Desde allí envió a Juan Álvarez de Luna por los caciques de Reynoguelen para informarse dellos. Venidos otro día, le dijeron el camino estaba seguro, y que ellos no habían entendido que gente de guerra ninguna lo estuviese aguardando, aunque después se supo que mintieron, porque como todos son unos, acuden más a su natural que a la amistad que tienen con cristianos. Saravia volvió desde allí a Quines, donde los indios, que con los de Reynoguelen venían y habían andado muchas veces aquellos caminos, le dijeron que ellos le llevarían por un camino mal usado a dar a la costa de la mar, sin que los enemigos lo entendiesen, y que desde allí entrarían al seguro en la Concepción. Informado bien, se retificaron en que lo harían ansí como decían. Andaba en este tiempo Saravia muy desgustoso y mohino viendo que los caminos se le cerraban y todo se le hacía mal, por donde se conoscía el arrepentimiento que en su ánimo tenía por no haberse desde el principio guiado con prudencia de guerra y parescer de hombres viejos antiguos que la entendían. Pues como fué anochecido, dejando los fuegos encendidos, se partió para la Concepción con las guías que tenía, que le llevaron por buen camino hasta una legua de la ciudad, donde mandó poner en orden la gente que llevaba, y dió su estandarte a un caballero de Sevilla llamado don Diego de Guzmán, que en orden de guerra caminando se fué a la Concepción. Salióle a recebir el Audiencia y todos los demás vecinos y soldados como a gobernador del rey.




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Capítulo LXX


De las cosas que pasaron entre el gobernador y general Martín Ruiz después que llegó Saravia a la Concepción, y de cómo se despobló la ciudad de Cañete


Llegado que fué Saravia a la Concepción, lo hospedó en su casa el licenciado Juan de Torres de Vera, oidor en aquella Audiencia, en la cual posada fué regalado y servido los días que en ella estuvo, porque era generoso y muy cumplido Torres de Vera en toda suerte de cosa que hiciese. Luego otro día trató de enviar a Cañete un barco y escrebir a Martín Ruiz se comunicase con Gaspar de la Barrera, que estaba en Arauco, a fin que se abriese aquel camino, y todos juntos pudiesen hacer algún efeto en la provincia. Martín Ruiz le respondió no se podían juntar, ni era posible, porque los indios tenían cerrado el camino, y que no era parte para podello sacar de allí, ni tratarse con él: que su señoría viese lo que era servido hiciese, porque la gente que consigo tenía estaba descontenta, y que los indios de ordinario estaban sobre la ciudad a la mira, esperando saliese gente del pueblo para dar en la parte que les paresciese podían hacer más efeto, y que de su estada allí no resultaba ningún provecho [a] aquella provincia para traer los naturales de paz. Saravia, viendo esta caña, trató con sus amigos lo que podía hacer: desta plática, después de resumido en lo que le paresció para cumplir con los oidores y pueblo, resultó que hizo junta otro día en su casa de los capitanes que en aquella ciudad estaban, y oficiales del rey y señores oidores se hallasen presentes para más autoridad. Propuesta su oración en general, les dijo que Martín Ruiz le había escrito no podía dar socorro a la fuerza de Arauco por efeto de no hallarse con gente; que le parescía, puesto era ansí, se debía dar orden cómo dalle remedio, antes que los indios pusiesen cerco [a] aquella fuerza, porque no les podía dar socorro, ni era posible en el tiempo presente ni aun el año de adelante, pues estando seis leguas dellos Martín Ruiz no lo había podido hacer con ciento y cincuenta soldados que tenía: que les rogaba le diesen su parescer de lo que podía hacer al presente que más acertado fuese, y que si convenía despoblar aquella fuerza se lo dijesen, y la ciudad de Cañete también, y claramente dijese cada uno su parescer de lo que entendía; que él pretendía reparar lo demás, [mal] no se hallaba con gente para podello hacer, y que con la que allí estaba se podía sustentar lo poblado, y que no parasen en decir que era flaqueza despoblar aquella ciudad y fuerza de Arauco, que dello él daría cuenta y descargo al rey.

Los que allí estaban, que eran soldados, le dijeron que en despoblar aquella ciudad no se perdía cosa alguna, pues siempre que hubiese gente se podía volver a poblar, y que era gran costa a la hacienda real sustentar allí docientos hombres de bastimento por la mar y ropa de vestir, sin que de ello resultase ningún aprovechamiento al rey ni a los vecinos de ella, pues no había granjas, ni heredamientos, ni casas que tuviesen edeficios razonables, sino solamente unos paredones mal reparados, y no podían hacer simenteras ni criar ganados: que todo se les había de llevar por la mar a mucha costa, y que sacándolos de allí, con ellos reparaba las demás ciudades que estaban faltas de gente; y que los que estaban en la fuerza de Arauco no hacían ningun efeto que bueno fuese para el reino, más de estarse allí metidos, donde podía ser perderse. Los oidores eran de contrario [parescer], que no quisieran se despoblara aquella fuerza, sino que se sustentara, como ellos lo habían hecho en su tiempo; e pesábales se perdiese.

Oído el parescer de todos, Saravia mandó aderezar una fragata y dos barcos para que fuesen a la isla de Santa María, que está de la playa de Arauco dos leguas, y allí tomasen lengua si estaba cercada aquella fuerza o no, y con una carta suya envió a Juan Álvarez de Luna, con orden que, si no estuviese cercada, viniese de noche a la playa y echase dos indios en tierra que sabían el camino, y pagados, porque con mejor voluntad lo hiciesen, y diese aviso con uno de los barcos a Martín Ruiz, que estaba en Cañete; escribiéndole Saravia que ningún socorro le podía dar, que mirase lo que le convenía hacer, como hombre que lo entendía y tenía la cosa presente, hiciese lo que le pareciese más acertado. Martín Ruiz quisiera que Saravia le mandara despoblar claramente, el cual no le quería decir lo hiciese, porque no paresciese se lo mandaba, sino que él de su autoridad lo hacía. Martín Ruiz le respondió se aclarase su señoría, porque él no se podía sustentar, y que si quería se despoblase aquella ciudad se lo mandase por mandamiento, y si no lo quería hacer, que él de su voluntad se estaría allí todo lo que le sucediese hasta ponerse en lo último, y que le parescía que primero que él saliese, se diese orden en la fuerza de Arauco, porque saliendo de aquella ciudad era cierto los indios habían de ir sobre ella. Esta carta rescibió el gobernador en respuesta de la suya, y decía eran muchas prevenciones las de Martín Ruiz, porque decía no quería hacer cosa que le parase perjuicio adelante. Al capitán Gaspar de la Barrera le escribió que de ninguna manera le podía dar socorro más de aquel que le enviaba con la fragata y barco, ni Martín Ruiz, que estaba en Tucapel, se lo podía dar por tierra; que viese lo que le convenía: no diciéndole que desamparase la fuerza, sino que no le podía socorrer. La fragata y barco llegaron a la playa tres horas de noche; luego echaron en tierra los dos indios: éstos fueron con la carta al fuerte sin hallar estorbo alguno. Llamaron a la puerta, la vela dió aviso, el capitán mandó entrasen y juntos todos los soldados leyó la carta de Saravia. Tratando luego en lo que harían, les pareció no perder tan buena oportunidad como tenían delante, y ansí todos juntos se resumieron de embarcar el artillería, municiones, con el servicio y todo lo demás que tenían, e irse a la Concepción. Por mucha priesa que se dieron, no pudieron despacharse con tanta brevedad que, cuando lo acabaron de llevar a la playa y embarcar, ya era de día. Los indios, cuando reconoscieron que se iban, comenzaron a juntar [se] para pelear con ellos, por ser aquel valle muy poblado de gente. Los soldados, después de embarcada la artillería con lo demás, vieron los indios que se venían acercando a ellos, apellidándose unos a otros. Allí se vió algunos soldados, queriendo embarcarse con más priesa de la que la nescesidad les compelía, dejar sus caballos en la playa con silla y freno sin se lo quitar, que aunque vían a otros más reportados y sin alteración darse maña a lo que tenían presente, no aprovechaban delles más ánimo del que ellos tenían, y ansí se embarcaron treinta y seis soldados que en aquella fuerza estaban. Dejaron sesenta caballos en la playa, muchos dellos muy buenos: levantando velas, se vinieron a la Concepción. Los indios tomaron todos los caballos, y fueron al fuerte a quemallo y ponello por tierra, como lo hicieron; de los caballos los más dellos comieron, algunos dejaron para su servicio. Saravia, después de despoblada aquella fuerza, envió un barco a Martín Ruiz, dándole cuenta dello para que no estuviese atenido a lo que de antes había dicho, volviéndole a decir no le podía socorrer. Martín Ruiz hizo de todo una información, como él la quiso ordenar, aunque al dicho de algunos de quien yo me informé fué verdadera, para su descargo adelante, si en algún tiempo se le pidiese, en la cual se contenían muchas cosas. Comunicándolo con todos los que en la ciudad estaban, y tratando de lo que se podía hacer, se resumieron irse a la Concepción. Mandó luego embarcar las mujeres, niños, con las demás alhajas que cada uno tenía, no dejando en tierra cosa alguna, sino los caballos, que fué harta pérdida, porque quedaron trecientos caballos, los mejores del reino, sueltos por aquel campo: mirando muchos dellos al navío a la vela, hacían grandísima lástima a cuyos eran, pues sabían no habían de haber otros tales como los que dejaban en poder de aquellos bárbaros. Los indios, como los vieron embarcar, vinieron a la ciudad a quemar las casas y derribar los edeficios a vista de los cristianos: ¡tanta era la enemiga que con ellos tenían!; otros fueron a los caballos y tomaban dellos todos los que podían llevar. No sólo tuvieron este suceso adverso, mas al salir a la mar, como el navío iba tan cargado y balumbado, un golpe de mar le echó tan a la costa, que casi acostado del todo estuvo para perderse y por la mucha presteza de los marineros que lo regían, escapó. Después, con buen tiempo, llegó a la Concepción otro día, y queriendo surgir en un río llamado Andalien, que entra en la mar junto a la ciudad, tocó en tierra, y al momento se trastornó y quedó al través, que parescía andaba la fortuna buscando en qué hacer daño al gobernador Saravia, y por su respeto, a todo el reino de Chile, por seguir su opinión, que era amigo della en toda suerte de cosa. Perdiéronse cuatrocientas hanegas de trigo que en él venían para el sustento de aquella ciudad.



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