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[Ministerios en Oaxaca] En Oaxaca había muerto el año antecedente en 23 de julio el ilustrísimo señor don fray Bernardo de Alburquerque, con notable sentimiento de aquel colegio, a quien perfectamente reconciliado, había favorecido mucho. En su última hora dio un ilustre testimonio de la sincera estimación que profesaba a la Compañía, mandando que le asistiesen, como lo hicieron, con el mayor esmero y vigilancia. Esta misma protección hallaron en su sucesor el ilustrísimo señor don Bartolomé de Ledesma, del orden de predicadores. Los estudios y ministerios de la Compañía florecieron en aquella ciudad, y crecía cada día más el afecto que desde el principio habían manifestado aquellos republicanos. En lo temporal se pasaba con bastante descanso. El seminario para que había dejado su caudal, don Juan Luis Martínez, deán de aquella iglesia, no   —173→   había podido subsistir, y se había repartido la renta, parte en el convento de la Concepción, y parte en nuestro colegio, según que al prudente arbitrio de sus albaceas, lo había permitido el piadoso testador.

[Veracruz] En Veracruz se trabajaba con igual suceso, admirando los vecinos la constante aplicación de los padres a sus penosos ministerios. El tierno amor con que miraban a la Compañía, les hizo advertir que el sitio del colegio era sumamente incómodo para la asistencia diaria a los enfermos y a la gente de mar, que todos por la mayor frescura y proporción de sus oficios y negocios, procuraban alejarse a las orillas del río. Determinaron, pues, rondar el colegio a la vecindad del surgidero, donde con más frecuencia y menos trabajo, se pudiese ocurrir a todas las necesidades del pueblo, y sin que los sujetos tuviesen la menor parte en la negociación, buscaron quien comprase la antigua casa, con cuyo costo y la acostumbrada liberalidad de los vecinos, se fabricó otra con una proporcionada iglesia en el más bello, más saludable y acomodado sitio. Bien se merecía toda esta afición el celo infatigable de los padres Alonso Guillén y Juan Rogel. No pareciendo bastante esfera a su caridad la gente de la ciudad ni el hospital de ella, en que tenían un ejercicio no interrumpido de mortificación y de paciencia, capaz de fatigar cualquier espíritu menos fervoroso; sabiendo que en la pequeña isla de San Juan de Ulúa morían algunos a quienes la enfermedad no daba lugar aun para aquella corta travesía, penetrados del más vivo dolor de que muriesen sin los santos Sacramentos; pretendieron y alcanzaron del excelentísimo señor don Martín Enríquez; se fabricase allí una especie de hospital, como algunos años antes lo había mandado fabricar en el sitio mismo donde hoy está la nueva Veracruz, y se dice un cuarto de él y lo necesario para el sustento de uno o dos de los nuestros, que estarían allí de pie todo el tiempo que el despacho o descarga de los navíos tuviese ocupada en aquella isla a la gente de mar. Cuando este trabajo daba algunas treguas, se les veía recorrer las estancias vecinas, doctrinando la gente ruda, ejercicio utilísimo y el más propio del instituto de la Compañía; sobre qué jamás deja de derramar el cielo copiosas bendiciones.

[Valladolid] El colegio de Valladolid, cuyas necesidades había remediado en parte desde el año antecedente la piedad del señor don Martín Enríquez, acabó de ponerse sobre un pie regular con la liberal donación de don Rodrigo Vázquez. El maestro Gil González en su Teatro de Michoacán, hace a este piadoso caballero y a don Macor Velázquez, fundadores   —174→   de este colegio. Del segundo no hemos podido hallar qué fundamento tuvo el escritor. Del primero solo consta haber dado a la casa una estancia con tres mil cabezas de ganado menor, limosna, que aunque suficiente para dar descanso a un colegio de pocos sujetos, y que tenía ya algunas otras, aunque pequeñas fincas, pero no bastante para que podamos darle el título de fundador. En el último despacho había venido orden de nuestro padre general; para que conforme a lo dispuesto, se partiese entre Pátzcuaro y Valladolid la renta de ochocientos pesos a que se habían querido obligar los señores prebendados, y que en Pátzcuaro quedase solo una residencia inmediatamente sujeta al rector de Valladolid, como estuvo efectivamente hasta el año de 1589, en que determinó otra cosa el padre general Claudio Acuaviva.

[Fundación del Seminario de San Gerónimo] Tal era la bella disposición de los demás colegios de la provincia, cuando en la residencia de la Puebla se padecía la más estrecha necesidad, y según toda apariencia, se podía temer su total ruina. Las murmuraciones de algunas personas, por otra parte respetables, habían encendido una llama que cada día parecía deber tomar más cuerpo. Había cesado la mayor parte de las antiguas limosnas; sin embargo, en medio de las tribulaciones, con la venida del nuevo prelado el ilustrísimo señor don Diego Romano, comenzó a rayar alguna luz de serenidad. Este celoso pastor que en Valladolid de Castilla acababa de fundar a la Compañía el insigne colegio de San Ambrosio, se mostró siempre muy afecto a los jesuitas, que favoreció abiertamente en todas ocasiones. Con esta protección, se pensó en abrir estudios de gramática, y se encomendó este cuidado al padre Antonio del Rincón. El desinterés de la Compañía en este ministerio tan importante, y el afable y religioso trato de los padres en la dirección de aquella juventud, comenzaron a granjear los ánimos y hacer renacer en ellos la antigua afición. Desde fines del año de 1579 se había formado el proyecto de un colegio seminario, y con el cuidado y solicitud, se acabó de plantear a principios del año de 80. Un escritor, bastantemente respetable por su literatura y su carácter, dice haberse fundado este colegio el año de 1585, citando para esto la autoridad del padre Colin en su historia de Filipinas. Si este autor no hubiera hecho profesión de engañar al público y obstinádose en defender una causa insostenible, hubiera visto en la misma historia que cita, que el padre Alonso Sánchez, que llegó a Filipinas por setiembre del año de 81, había ya sido rector del Seminario de San Gerónimo; y bien que este haya sido equívoco del cronista de   —175→   Filipinas, pues el padre Alonso Sánchez no fue rector de San Gerónimo, sino de San Bernardo en México, sin embargo, se viene luego a los ojos la mala fe del autor, que atribuiríamos gustosamente a descuido si muchos otros pasajes de aquel su bárbaro discurso no nos tuvieran convencidos de su maliciosa infidelidad. Ayudó mucho para la fundación de este colegio el noble y piadoso caballero don Juan Barranco, a quien debieron también algún alivio las necesidades de aquella residencia que habría erigido en colegio y magníficamente dotado, si prevenido poco después de la muerte no se hubiese dignamente empleado su opulento caudal en el convento de las señoras religiosas de San Gerónimo, a quien conservó toda su vida muy particular devoción, y que verosímilmente tuvo un grande influjo en la advocación del seminario. Al principio fueron como treinta o pocos más los convictores, cuyo número ha crecido después mucho, y dado un gran lustre a aquella ciudad con los insignes sujetos que de él han salido para los claustros, las audiencias, los coros y las mitras.

[Muerte de don Alonso de Villaseca, en 8 de setiembre de 1580] El colegio máximo de México y toda la provincia de Nueva-España, tuvo que llorar a fines de este año la muerte del señor don Alonso de Villaseca, tenido, con razón, como el padre común de todos los colegios. Había muchos días que sus achaques no le habían permitido salir de las minas de Ixmiquilpam. Aquí le visitaban frecuentemente los padres visitador, provincial y algunos otros. Muchos días antes mandó llamar al padre Bernardino de Acosta, su confesor, en cuyas manos entregó su espíritu al Señor. En los días últimos de su enfermedad, mandó a su colegio en barras veinticuatro mil pesos. Los diez y seis para la fábrica, y el resto para limosnas a los pobres, a arbitrio de los padres. Hizo también dos escrituras en que cedía dos cuantiosas deudas, la una de ocho mil y trescientos pesos aplicó a su colegio, y otra de veintidós mil y cien pesos, de que dio cuatro mil al hospital Real, dos mil al de Jesús Nazareno, tres mil a las recogidas, dos mil y ocho cientos a varios pobres y dotes de doncellas, y el resto de diez mil y trescientos a disposición de los padres visitador y provincial para otras obras de piedad, que les tenía comunicadas. Su cuerpo se trajo embalsamado en una litera de Ixmiquilpam al santuario de Nuestra Señora de Guadalupe, donde se detuvo tres días, pagándole así Dios las cuantiosas limosnas con que había procurado promover el culto de su Madre. Entre ellas se cuentan una estatua de plata de la misma Señora, de treinta y nueve marcos y dos onzas de peso: una rica colgadura de   —176→   terciopelo carmesí, y una capellanía de misas que fundó en el mismo santuario. Los tres días que estuvo allí depositado el cadáver, mientras que en México se disponían unas magníficas exequias, se le cantaron otras tantas misas de cuerpo presente, y luego fue conducido a su casa. De aquí salió para nuestro colegio, acompañado de los señores arzobispo, virrey, audiencia, ciudad y tribunales, con innumerable pueblo. Los señores de la real audiencia disputaron a los padres el honor de cargar el féretro. Esta singularísima demostración no intentaban hacerla sin un motivo poderoso. En un motín que había precedido algunos años antes, en ocasión que gobernaba la audiencia, hubiera sido necesario ceder este tribunal a las violencias de la plebe, si don Alonso de Villaseca a la frente de doscientos caballos, armados a su costa, de los criados y familiares de sus haciendas, no se hubiera presentado ofreciéndose al rey con su persona y bienes para el remedio de aquel desorden. Un servicio tan importante y oportuno, de que no había podido borrarse la memoria, movió a aquellos ministros de su Majestad para que procuraran corresponderle con una significación tan distinguida de aprecio. Sin embargo, contentos con haber mostrado su gratitud, cedieron al mucho mayor derecho que asistía a los nuestros para tomar por suya la acción. Se había erigido en la iglesia un suntuoso túmulo adornado de jeroglíficos muy propios e ingeniosas poesías alusivas a las insignes prendas y virtudes del difunto. Por nueve días se le hicieron honras, cantando la misa alguno de los señores prebendados, y la última el señor arzobispo don Pedro Moya de Contreras, con no interrumpida asistencia de la música de la Catedral y sermones, en que procuró mostrar aquel colegio su inmortal agradecimiento. Murió el día de la Natividad de Nuestra Señora, 8 de setiembre de 1580.

Fue don Alonso de Villaseca, hijo legítimo de don Andrés de Villaseca y doña Teresa Gutiérrez de Toramo, cuya nobleza declaró la real chancillería de Valladolid en 22 de agosto de 1623: nació en Arsisola, pequeño lugar de la diócesis de Toledo, y aunque no se sabe determinadamente el año que vino a las Indias; pero consta que el de 1540 ya era muy rico y muy conocido en la América, donde había casado con doña Francisca Morón, hija única de padres muy poderosos. Era hombre rígido y severo, de muy pocas palabras, pero sobre que se podía contar seguramente. Su grande liberalidad para con los pobres y obras de insigne piedad, se ocultaban a la sombra de un semblante austero, o porque no esperaba la recompensa sino del cielo, o porque   —177→   su genio esquivo le hacía tomar por adulaciones aun las muestras de un sincero agradecimiento. Sus resoluciones eran todas hijas de una madura atención. Habiendo sido de los primeros que pretendieron la venida de los jesuitas a la América, estuvo después cuatro años para declararse por fundador del primer colegio, observando cuidadosamente la conducta de los sujetos, siempre socorriéndolos; pero manteniéndolos siempre en una suspensión que cuasi llegó a desconfianza. Lo que dio a este colegio pasó de ciento y cuarenta mil pesos, extendiendo al mismo tiempo sus liberalidades a cuantas casas religiosas y obras de piedad se hicieron por entonces en México. A pesar de su circunspección y silencio, se publicó bastantemente después de su muerte su caridad en opulentísimas limosnas, que constaron de sus papeles. Entre ellos se hallaron cartas del gran maestre del orden de San Juan de Jerusalén, conocida hoy por los Caballeros de Malta, en que aquel gran príncipe le daba las gracias por una de más de sesenta mil pesos con que socorrió aquel cuerpo ilustre en la triste situación en que se hallaba, después del largo sitio que aquella isla había tenido que sufrir de los Otomanos el año de 1565. Otras del santo Pontífice Pío V por ciento y cincuenta mil pesos que había remitido a Su Santidad para el culto de los sagrados Apóstoles San Pedro y San Pablo en su templo Vaticano y sustento de los pobres de Roma. En diversas ocasiones se hallaron dados para redención de cautivos diez mil y más pesos, más de cuarenta mil para los santos lugares de Jerusalén, y cuasi otros tantos para la parroquia y pobres de su patria Arsisola. En lo que dejamos escrito en el párrafo antecedente, se ve que en solos los días últimos de su vida, dio a los pobres treinta y nueve mil pesos, ¿quién, pues, podrá decir cuantas fueron sus limosnas en todo lo restante, y singularmente en las epidemias, que en su tiempo cuasi asolaron la ciudad? Tal fue el fundador del colegio máximo de San Pedro y San Pablo, al pie de cuya estatua pudo ponerse aquel glorioso epígrafe: Stabilita sunt bona ilius in domino, et eloeymosinas ilius narrabit omnis ecclesia. Descansaron sus huesos en la antigua iglesia de Xacalteopam, hasta que se concluyó la fábrica del nuevo templo por los años de 1603; de que hablaremos a su tiempo.

[Muerte del hermano Diego Trujillo, y estado del colegio de la Puebla] A la muerte del fundador, siguió la del hermano Diego Trujillo, natural de Madrigalejo, que dejando, las armas se alistó en la Compañía el año de 1576. Se aplicó desde luego con sumo cuidado a la mortificación de sus pasiones, de que en cinco años de religión dejó muy singulares   —178→   pruebas. Lo más de este tiempo pasó en el humilde oficio de hortelano, a que sentía al principio grande repugnancia. Le doto el cielo de un espíritu de oración, que se puede decir que jamás interrumpía, y en que mereció del Señor singulares favores. El padre Pedro Morales certificó después, que había tenido noticia cierta del día de su muerte, que fue a los 9 de noviembre del mismo año. Dos días después el padre don Juan de la Plaza, concluida su visita, tomó posesión del oficio de provincial que había obtenido ocho años el padre Pedro Sánchez. Señaló luego por rector del colegio de México al padre Pedro Antonio Díaz; de Puebla, al padre Pedro Morales; de Oaxaca, al padre Francisco Báez; de Valladolid, al padre Diego López de Mesa. En Veracruz continuó el padre Alonso Guillén, y en Tepotzotlán, el padre Alonso Ruiz. La asignación del padre don Pedro de Morales a la residencia de la Puebla, fue en las circunstancias la más acertada. En esta casa se había comenzado a hacer un gran fruto con el colegio seminario, a pesar de la pequeña persecución, de que quedaban algunas reliquias en los ánimos. Las necesidades domésticas habían tenido algún alivio; pero muy luego se acabó aun la esperanza que habían hecho renacer algunas cortas limosnas. Don Melchor de Covarrubias, noble republicano, prometió catorce mil pesos para la fundación del colegio. La dotación no pareció bastante para un colegio de la segunda ciudad del reino, en que eran necesarios estudios de todas las facultades. Esta repulsa agrió mucho a aquel insigne caballero, y cerró la puerta a muchos socorros, que parecía prometer el afecto con que miraba a la Compañía. El padre Plaza en atención a estas circunstancias, había intentado deshacer aquella residencia hasta que el tiempo ofreciese oportuna ocasión, en que pudiesen trabajar con más descanso. En efecto, hubiera sido necesario tomar dentro de poco tiempo una resolución tan agria, si con el nuevo gobierno del padre doctor Pedro de Morales no se hubiese mejorado la situación de aquella casa. Era el padre dotado de una singular dulzura y amenidad en su conversación, de un pronto expediente, y de una franqueza y abertura de genio, que se insinuaba fácilmente y dominaba a cuantos le trataban. Añadíase la gentileza del cuerpo, la hermosura y la modesta alegría de su semblante, sobre escrito, que cuando concuerda con las prendas interiores del alma, les da para con los hombres más severos no sé que estimación, tanto más grande, cuanto más conforme a aquel deleite, que se gusta pocas veces en hallar perfectamente de acuerdo la   —179→   razón con los sentidos17. Con estas bellas cualidades, se atrajo muy breve el padre doctor Morales la estimación de toda la ciudad. El padre Antonio del Rincón, daba un espectáculo muy diferente. Este operario infatigable, atendía al mismo tiempo a las clases de gramática, a la educación, dirección de los colegiales en el Seminario de San Gerónimo, y a la instrucción de los indios, cuyo idioma poseía en un grado eminente. Los pocos ratos que le dejaban libres estas graves ocupaciones, los empleaba en explicar la doctrina, y exhortar a los presos en las cárceles y obrajes, que había muchos en aquella ciudad, y que podían llamarse, con razón, escuelas de maldad, y unos pequeños ensayos del infierno. La blasfemia, la obscenidad, los perjuros, las más atroces calumnias, eran el ordinario estilo de sus conversaciones. La pobreza, la hambre, la desnudez, la reclusión, los arrojaban en un continuo despecho; el poco tiempo que no les ocupaba un crudo y siempre involuntario trabajo, lo daban a la embriaguez, al juego y a la más vergonzosa torpeza. El celo incansable del padre Antonio del Rincón, le hacía buscar estas almas estragadas, y entrar, digámoslo así, a la parte de sus miserias para ganarlas a Jesucristo. Fuera de esto, tomó el trabajo de explicar todos los domingos la doctrina en la iglesia del hospital de San Pedro, vecino a nuestra casa, mientras que algunos otros padres repartidos por las salas hacían fervorosas exhortaciones, y confesaban a los enfermos, ministerio que hasta ahora se continúa en aquella casa, con grande aplicación y constante fruto.

[Sucesos de Manila] Entretanto los padres Antonio Sedeño y Alonso Sánchez navegaban a llevar la luz del Evangelio a las islas Filipinas. El hermano Gaspar de Toledo que los acompañaba, joven de muy inocentes costumbres y digno hermano del padre don Francisco Suárez, murió a pocos días de navegación. Los demás habiendo llegado a la costa oriental de la isla de Luzón, en un tiempo en que ya los vendavales muy temibles en aquellos mares, no permitían pasar el estrecho, desembarcaron en aquellas playas y caminaron por tierra hasta Manila, donde llegaron a principios de setiembre del año de 81. Hicieron los padres esta navegación con tanta pobreza, que mendigaban de los pasajeros su cotidiano sustento, aunque las órdenes de su Majestad eran muy francas, y grande el cuidado del señor obispo en procurarles toda la posible comodidad, a que con grande edificación renunciaban. Llegaron a Manila sin más tren   —180→   que una caja da libros, ni más ropa que unas sotanas raídas, sin manteos, que la larga navegación y viajes por tierra habían dejado inservibles. Con ocasión de haber ido en compañía de unos religiosos de San Francisco, estos caritativos padres que habían quedado muy edificados de su virtud, les procuraron alojamiento en su misma casa. Tres meses poco menos, se mantuvieron en el convento, hasta que informados de la buena disposición de las naturales del país, determinaron pasarse a vivir entre ellos en un pueblo muy cercano, y cuasi arrabal de la ciudad, que llamaban Lagio. Tomaron una pequeña casa en que la caja de los libros les servía de mesa para tomar algún sustento, que ordinariamente era solo arroz, y tal vez algún peje.

[Intenta el señor arzobispo se encargue la Compañía del colegio de San Juan de Letrán] La religiosidad y celo de nuestros operarios en los demás colegios de Nueva-España, esparcía tan bello olor de edificación, que movido de ella el señor arzobispo don Pedro Moya de Contreras, pretendió se encargase la Compañía del cuidado y administración del hospital y colegio de San Juan de Letrán. El católico rey don Felipe II por cédula fecha en Valladolid a 8 de setiembre de 1557, en una instrucción dirigida a los virreyes de Nueva-España, les encarga el aumento y administración de este colegio, señalando rentas de su real erario para la subsistencia de los niños que en él hubieran de educarse, y les da las ordenanzas más prudentes para su conservación, haciéndole algunas otras mercedes, de que en general se hace mención en la ley XIV, título 23, libro 1 de la Recopilación de Indias.

Toda esta recomendación le había granjeado a este colegio la actividad y fervoroso celo de su venerable fundador el hermano fray Pedro de Gante, religioso lego del orden seráfico. Este piadoso varón, mucho más recomendable por su singular piedad que por la ilustre sangre de los reyes de Escocia, e inmediato parentesco con el emperador Carlos V, después de haber catequizado y bautizado por su mano más de un millón de indios, y quebrado más de diez mil ídolos18, se entregó a la educación de los niños y niñas indias para quienes fundó distintos colegios, que hasta el año de 1572, en que murió, gobernó por sí mismo con admirable prudencia y utilidad. Varón verdaderamente humilde, y digno de que el nuncio apostólico de España, el reverendísimo fray Vicente Lunel, ministro general de la orden, y el Sumo Pontífice Paulo III,   —181→   lo exhortasen a recibir el orden sacerdotal que recusó siempre, aun cuando el emperador Carlos V le brindaba con el arzobispado de México. Digno de que el ilustrísimo señor don fray Juan de Zumárraga, primer prelado de la iglesia de México le propusiese a capítulo general de Tolosa como uno de los obreros más fervorosos y más útiles que tenía la Nueva-España, y de que su sucesor don fray Alonso de Montúfar del orden de Santo Domingo, se gobernase en todo por su dirección y su consejo. El colegio, que mientras vivió este santo hombre estuvo siempre en una ventajosa situación, cayó después en sumo abatimiento. Para precaver conforme a las intenciones de su Majestad su total ruina, intentó el dicho señor arzobispo, y aun pidió a nuestro muy reverendo padre general se encargase de él la Compañía. El padre Everardo Mercuriano en carta fecha en Roma a 25 de febrero del presente año, respondió así a su Ilustrísima: «En el particular que vuestra señoría reverendísima me propone del hospital y colegio de San Juan Leterano, no he tenido información alguna. Al padre Plaza, a quien envié en mi nombre a visitar esa provincia, doy orden para que trate con vuestra señoría reverendísima este negocio, de suerte que sea guiado todo a mayor gloria divina, y al modo de la Compañía, como sé que vuestra señoría reverendísima lo desea y pretende, a quien Nuestro Señor tenga en su continua protección para bien de su santa Iglesia, etc.». El padre Juan de la Plaza, ya entonces provincial, después de conferenciado y examinado a fondo este negocio, con el señor ilustrísimo y los padres consultores, fue de dictamen de no poderse admitir el honor que se pretendía hacernos, sin contravenir a las costumbres más venerables y al estilo común de nuestra Compañía, a que de ningún modo intentaba oponerse aquel prudentísimo prelado19.

[Auto sobre el colegio Seminario de San Pedro y San Pablo] El colegio Seminario de San Pedro y San Pablo, dejado a la administración de sus patronos, experimentaba mutación en cada uno de los cabildos. Antes de cumplirse el año de haberlo dejado la Compañía, se celebró otra junta a de agosto de 1581, desde el año antecedente con ocasión de la diversidad de dictámenes, que aun en las más santas y bien gobernadas asambleas, suele traer perniciosas consecuencias, había determinado el excelentísimo señor don Martín Enríquez que presidiese siempre a los cabildos alguno de los señores oidores, como en efecto asistió en esta el doctor don Hernando de Robles. Procediéndose a la elección   —182→   de rector, el señor don Pedro López propuso que el colegio volviese a la dirección de la Compañía. Concordaron otros votos, cuya resolución aprobó el presidente y confirmó la real audiencia con un auto muy honroso a nuestra religión, del tenor siguiente.

En la ciudad de México a 18 días del mes de agosto del año de 1581, los señores presidente y oidores de la audiencia real de Nueva-España, habiendo visto lo pedido por el doctor Damián de Torres, Pedro Gallo de Escalada, Alonso Ximénez, y otras personas que dicen ser patronos de ciertas colegiaturas que se han instituido en el colegio de San Pedro y San Pablo de esta ciudad, cuya administración han tenido los padres de la Compañía de Jesús. Dijeron: que para que mejor se perpetúe la fundación de dicho colegio, y en él se consiga el fin que se pretende a más próspero estado del servicio de Dios Nuestro Señor y bien y provecho de los colegiales que en él residen y hubieren de residir, así en virtud y buenas costumbres, como en las ciencias de las letras, de que tanta necesidad hay en esta tierra, para la doctrina y buen ejemplo de los naturales de ella; ha parecido se debe encargar al rector que es, o fuere, de la Compañía de Jesús, el gobierno y régimen de dicho colegio en lo espiritual, reservando en los dichos patronos el derecho que tienen a presentar en las dichas colegiaturas a los que hubieren de subrogar los presentados. Por lo cual, sin embargo de lo por ellos pedido, e intentado, rogaban y encargaban al que es o fuere rector de la dicha Compañía, se encargue, reciba y tome debajo de su gobierno el régimen y administración de dicho colegio, en lo tocante a lo espiritual, y para ello ponga un vice-rector el que le pareciere para que lo rija y administre, conforme a las constituciones y estatutos que les diere y ordenare, el cual pueda remover y quitar cada y cuando le pareciere, y el tal rector tenga cuidado particular de visitar el dicho colegio, e inquirir y saber si en él se conserva y guarda lo que para su buen gobierno se hubiere ordenado e instituido, corrigiendo lo que se debiere corregir y enmendar; de manera, que siempre haya la perfección que pide semejante obra, y en ella se sirva a Nuestro Señor, y los colegiales vayan en aumento de virtud y ciencia. Y porque hasta ahora no está asentado el orden que se ha de tener en lo temporal de dicho colegio y cobranza de sus rentas y distribución de ellas, mandaban y mandaron, que los doctores Plaza, provincial, y Pedro Sánchez, religioso de la dicha Compañía, y el doctor Pedro López y Álvaro de Figueroa, vecinos de esta ciudad, dos de los dichos patronos, personas   —183→   nombradas y señaladas en el cabildo, que tuvieron en 22 de noviembre del año pasado de 580, con asistencia del dicho don Hernando de Robles, hagan las ordenanzas que para el buen gobierno de dicho colegio parecieren y fueren necesarias, teniendo respeto y consideración a que las rentas de él se distribuyan y gasten a más utilidad y provecho de dicho colegio, excusando las cosas superfluas que podían ser causa de empobrecer el dicho colegio, o que se le siguiese alguna, penuria o pobreza. Y las dichas ordenanzas y constituciones que los susodichos así hicieren, se guarden y cumplan por los dichos colegiales y patronos que hoy son, y adelante fueren, y por las demás personas a quien tocaren y pudieren tocar, so las penas que en ellas les fueren impuestas, lo contrario haciendo; las cuales desde luego, les imponían y habían por impuestas, y para que más puntualmente se guarden y cumplan después de hechas, se traigan al real acuerdo para que se aprueben o confirmen. Así lo proveyeron y mandaron, y que este auto se asiente en los libros de los patronazgos de dicho colegio. Rubricada de su excelencia y los señores doctores Farfán, Miranda, Sedeño y Robles. Pasó delante de mí. Miguel López de Agüero. En consecuencia de este auto, el padre Pedro Díaz, rector del colegio de México, tomó a su cargo el seminario, y señaló por vice-rector al licenciado Bernabé Sánchez de Betamos, que lo había administrado con crédito desde 22 de noviembre del año, antecedente, y en este estado se prosiguió hasta el año de 1588, en que le aconteció nueva mudanza.



[Misión a Guatemala y villas de Zamora y Guanajuato] El siguiente año de 82, no olvidado el padre provincial Juan de la Plaza de la palabra que había dado a la ciudad de Guatemala, determinó enviar en misión algunos padres: escogió para este efecto al padre Antonio de Torres y al padre Alonso Ruiz con un hermano estudiante, que bajo la conducta de tales maestros, aprendiese el grande arte de los ministerios apostólicos. El camino largo y de los más pesados y escabrosos del reino, les ofreció desde luego bastante materia de sufrimiento. El fruto de la misión correspondió bien al celo de los misioneros y al gran deseo y aplauso con que fueron recibidos en la ciudad. Instaron tercera vez para que quedase de asiento allí la Compañía, y escribieron prometiendo gruesas limosnas, que seguramente hubieran cumplido, si el padre provincial no hubiera tenido justos motivos que le obligaron a no condescender por entonces. Al mismo tiempo salió del colegio de México otra misión para las millas y lugares vecinos en que fue mayor el trabajo y no inferior el suceso. Para estas pasajeras expediciones,   —184→   se formaban los sujetos en el colegio con el continuo ejercicio de la mortificación y de las demás virtudes religiosas, cuyo buen olor se difundía por todo México. El importante ministerio de la explicación de la doctrina, ocupaba varios sujetos por las calles y plazas. Mendigaban a veces el sustento en las porterías de los conventos, no solo los novicios, pero aun los estudiantes y sacerdotes que en este, como en las demás humillaciones y mortificaciones domésticas, precedían a la juventud con heroicos ejemplos. Pedían otros limosna por la ciudad para los hospitales y las cárceles, y a su celo piadoso se debe la cofradía de la misericordia que fundaron algunos de los republicanos para el socorro de los presos. No había género alguno de miseria o de escándalo, que no procurase remedio la industriosa caridad de aquellos fervorosos operarios. Consiguieron se fundase una casa para mujeres divorciadas en que tuviese refugio su honestidad y su fama, todo el tiempo que estaban apartadas de sus maridos.

No florecía solamente el espíritu apostólico en el colegio capital de la provincia, antes de aquí se comunicaba a los demás con un fervor que no disminuía la distancia de los lugares. De Pátzcuaro, salieron para los pueblos vecinos. De Valladolid se hizo una fervorosa misión a la villa de Zamora, población considerable al Oeste de Pátzcuaro, y cuasi en los confines del obispado de Michoacán. Llegaron los padres a tiempo que estaban divididos los ánimos. El cura de aquel partido creía haber recibido injuria de cierto religioso que pocos días había predicado con alguna libertad que el beneficiado interpretaba a sátira. Esta disensión había prorrumpido en públicas demostraciones, con no poco escándalo del pueblo que fácilmente toma partido en semejantes lances, conforme el interés o el capricho. Los misioneros tomaron a su cargo disipar antes de todo aquella sombra que verosímilmente no hubiera permitido hacer a la misión considerable fruto. Efectivamente, como personas eclesiásticas, virtuosas y prudentes, después de algunos días convinieron fácilmente en una recíproca amistad. Se abrazaron públicamente en la iglesia con mucha edificación de todo el lugar. Este heroico ejemplo de caridad, de mansedumbre, y de humildad cristiana, fue un poderoso exordio que dispuso los ánimos a la misión. El predicador, sin dar lugar a que se enfriaran aquellos primeros movimientos y lágrimas que les había sacado aquel tierno espectáculo, habló con tanto espíritu de las estrechas obligaciones de la caridad evangélica, que públicamente se pidieron muchos perdón de pasadas   —185→   injurias, y toda la villa pareció por mucho tiempo una sola familia. ¡Tanto poder tiene para arrastrar a los súbditos el ejemplo de sus mayores! Las confesiones y comuniones, y la reforma de las costumbres fue tan sensible, que corriendo la fama vino en persona el vicario de Guanajuato, real de minas no poco distante de Zamora, a suplicar a los misioneros que quisiesen pasar a su partido. Pareció necesario condescender con el celoso pastor: le acompañó uno de los padres, no sin bastante riesgo de los chichimecos que con frecuentes correrías inquietaban los contornos. El vicario contribuyó mucho de su parte al grande fruto de la misión. Predicaban juntamente con mucha vehemencia; pero el trabajo de las confesiones cargó todo sobre el misionero hasta que se le enviaron compañeros, que por largo tiempo tuvieron que recoger una mies abundante. En el colegio se habían añadido a las demás ordinarias tareas la administración y gobierno del colegio de San Nicolás. Este, según la mente de su venerable fundador, lo había dirigido la Compañía todo el tiempo que estuvo en Pátzcuaro después de fundada allí la residencia, y por motivos urgentes lo había dejado después de pocos meses de trasladada a Valladolid la catedral. A poco tiempo se reconoció en aquella juventud tanto atraso en las letras y tanto descarrío en las costumbres, que verosímilmente se hubiera arruinado del todo. Determinaron, pues; por común acuerdo del cabildo suplicar al padre provincial Juan de la Plaza, se encargase de él la Compañía. No se juzgó conveniente aceptar sin algunas condiciones bien ajenas de la opinión que algunos mal afectos habían procurado esparcir en el público. La primera, que los trescientos pesos que para el rector había dejado señalados el señor don Vasco; se repartirían para alimentos de colegiales pobres. La segunda, que el cabildo debería señalar un mayordomo seglar en cuyo poder entrase la renta, y a quien los ilustres patronos pudiesen tomar cuenta y remover a su arbitrio sin alguna intervención de nuestra parte. Con estas condiciones, que aprobaron los señores prebendados de común acuerdo, determinó el padre provincial señalar al mismo padre Juan Sánchez que había estado antes con grande aceptación en aquel cargo; sin embargo de tanta moderación, no faltaron algunos a quienes su interés en la causa armó contra la Compañía. Ganaron estos la voluntad de algunos capitulares, diciéndoles que estando a nuestro cargo el seminario, breve impetraríamos bulas de su Santidad para administrarlo con independencia del cabildo, quitándoles el patronato que tan prudente y sabiamente les había concedido   —186→   el fundador. El ilustrísimo señor don fray Juan de Medina y el alcalde mayor disiparon con facilidad estos mal fundados discursos, y el padre Juan Sánchez que ya se revolvía del camino, entró en Valladolid y gobernó por algún tiempo el seminario hasta que por otro semejante motivo pareció necesario abandonarlo.

[Puebla] No hubo menos que sufrir por este tiempo en la Puebla de los Ángeles a causa del seminario de San Gerónimo. Se decía públicamente que el colegio se aprovechaba de las rentas, y que manteniéndose los padres a expensas del colegio, admitían el salario que por un motivo de vanidad parecían rehusar en lo público. Una calumnia tan negra y que tocaba en el honor de la Compañía, movió al padre Antonio del Rincón a pretender que se deshiciese el seminario, y se habría deshecho en efecto, si no hubiéramos hallado en el señor don Diego Romano, obispo de aquella ciudad, la misma protección que en el señor don Juan Medina. Tomó por suya la causa de los jesuitas, de quien en todas ocasiones se mostraba padre. Su autoridad hizo cesar muy en breve aquellas voces sediciosas. Sostuvo el seminario, y alivió con nuevas limosnas a nuestro colegio que honraba muchas veces con su presencia. Un nuevo accidente acabó de ganar al público en favor de la Compañía, dando al mismo tiempo crédito a los estudios, y un establecimiento sólido al dicho seminario. Llegó acaso por aquellos días en peregrinación a aquel colegio uno de los hermanos estudiantes en compañía de su maestro, que teniendo ocupado todo el resto del año en sus tareas eclesiásticas, empleaban el tiempo de las vacaciones en estas apostólicas correrías con muchas creces de mortificación y de humildad, y grande edificación y provecho de los pueblos. Se dispuso un acto literario dedicado al ilustrísimo, y se convidó todo lo más florido de la ciudad, para la víspera de San Gerónimo, titular del seminario. Una función nunca antes vista en aquel país, atrajo a nuestra casa infinito concurso de todo género de gentes. Se recibió al señor obispo con una oración latina, y se procedió después a la disputa, en que replicaron algunos señores prebendados y maestros de las religiones con notable lucimiento y aplauso del público, que nada entendía menos. El colegio seminario y los jesuitas quedaron en una grande estimación para con la ciudad: crecieron en lo de adelante las limosnas con el afecto de los republicanos, y dentro de muy poco tiempo veremos comenzar a levantarse el más grande y bien dotado colegio de toda la provincia. Tanto es cierto que las mayores empresas suelen nacer de   —187→   los más tenues principios, y que la aprensión en los ánimos de los hombres es más poderosa a veces que la verdad. [Veracruz] El padre doctor Pedro de Morales, atento a todo lo que para utilidad del público abraza la Compañía, envió a la villa de Atlixco algunos padres en misión, y al mismo tiempo dio providencia para que de la residencia de Veracruz, agregada a este colegio, saliesen otros para el ingenio de Orizava y estancias circunvecinas. En una y otra parte se lograron copiosísimos frutos. Los lectores agradecerán que nos tomemos la pena de entrar siempre en una relación circunstanciada de los trabajos y sucesos de este género de expediciones, mientras no ocurran algunos acontecimientos extraordinarios que deban interesar su atención.

[Oaxaca. Caso raro] Tal fue el que se experimentó en una misión por el obispado de Oaxaca. Un hombre de una vida estragada llegó, entre otros muchos, a confesarse. La gracia del Señor obró en él con tanta vehemencia, que no pareciéndole suficientes sus serios propósitos, añadió voto de romper con una amistad que hasta entonces le había sido ocasión de muchas caídas. Perseveró por algún tiempo en estas santas disposiciones, hasta que arrebatado un día de la vista pasajera de aquel objeto, consintió y aun intentó poner por obra el deseo criminal. Caminaba ya al precipicio, cuando un repentino accidente lo derribó en tierra privado de sentido. Acudió prontamente el misionero; pero no estaba en estado de confesarse. Sus voces espantosas, su semblante y las contorsiones violentas de todo el cuerpo, parecieron de un hombre poseído del demonio. El padre, penetrado del más vivo dolor, mandó retirar toda la gente que había atraído aquel triste espectáculo. Se puso de rodillas pidiendo a Dios por aquella alma. Oyó Dios a su santo, y dentro de poco rato, pronunciando el Dulce Nombre de Jesús, volvió en sí el infeliz, diciendo como había consentido en aquel pecado, de que el Señor, con un misericordioso castigo, había querido avisarle. Me vi, dijo, cercado repentinamente de muchas negras y espantosas sombras, que con la eficacia de la oración se han disipado. Se confesó con muchas lágrimas, y procedió después ejemplarmente. Con tan sólidos consuelos pagaba Dios los trabajos de estos fervorosos ministros en esta y las demás misiones.

[Intenta la Compañía ausentarse de Tepotzotlán] Entre tanto había más de un año y medio que en Tepotzotlán entregados al penoso estudio de las lenguas ejercitaban con los indios el mismo empleo nuestros operarios. Todos estaban ya bastantemente instruidos en la lengua mexicana, mazaguatl y otomí, y podía en nuestros   —188→   colegios enseñarlas a otros muchos. Pensó, pues, el padre provincial retirar los sujetos a México y dar lugar a que se proveyese el curato en algún sacerdote secular como antes se había practicado en Huizquiluca. No pudieron entender los indios la resolución del padre Plaza sin una extrema sorpresa. Se presentaron al señor arzobispo, que se había instado muchas veces para que en calidad de curas administrasen aquel partido los jesuitas como santísimamente lo han practicado hasta ahora en la América las demás religiones. Ya que esto no había podido conseguirlo por falta de la necesaria licencia del general, pretendió que nos quedásemos en el pueblo para alivio y consuelo de los indios, señalando Su Ilustrísima distinto párroco que administrase el partido, y haciéndonos donación del sitio que entonces ocupábamos. [Preséntanse los indios al señor arzobispo] Todo esto explicará mejor un edicto un auto de Su Ilustrísima, que por convenir mucho a la justificación de lo que después habremos de decir, no podemos dejar de vaciar en todo su tenor. «Don Pedro Moya de Contreras, por la gracia de Dios arzobispo de México del consejo de Su Majestad. Por cuanto los padres de la Compañía de Jesús de esta ciudad, deseosos de la conversión, doctrina y aprovechamiento espiritual de los indios de este arzobispado y de otras partes de Nueva-España; considerando que para hacer en ellos el fruto que desean les era necesario y forzoso aprender la lengua otomí por haber de ella gran falta de ministros, y juntamente la mexicana por ser la más universal de estos reinos, y que para este efecto y aprender dichas lenguas con más disposición y brevedad convenía residir entre ellos; trataron con nos que les señalásemos un pueblo cercano a México donde cómodamente pudiesen poner en ejecución su intento; y nos, teniendo respeto y atención a su santo y piadoso celo, y notable utilidad que de él resultaría a estas nuevas plantas, estimando su deseo y voluntad, les deputamos el pueblo de Tepotzotlán por ser cerca y de lengua otomí y mexicana, y más acomodado por lo susodicho que otro ninguno de la comarca; y así, con nuestra permisión y orden del reverendo padre doctor Plaza, provincial de la dicha Compañía, habrá un año y medio que fueron al dicho pueblo algunos padres y hermanos a estudiar las dichas lenguas, lo cual han continuado con tan particular cuidado, que todos las saben, administrando en este tiempo los sacramentos y doctrina, y cosas de nuestra santa fe católica a los indios de aquel partido y otros comarcanos, donde los ministros no son suficientes en las dichas lenguas. Por lo cual, y porque aquel partido no careciese de tan singular y provechosa   —189→   doctrina, pedimos y rogamos diversas veces al padre provincial se encargase la Compañía de la cura y administración de él, como la tienen los demás órdenes en los pueblos donde residen. Pero juzgando no lo podían hacer, y entendido por el gobernador y principales de dicho pueblo, que los padres y hermanos que en él estaban se querían venir, presentaron ante nos una petición de este tenor. Don Martín Maldonado, gobernador del pueblo de Tepotzotlán, y todos los alcaldes y principales del dicho pueblo, parecemos ante vuestra señoría ilustrísima y decimos: que habrá año y medio, poco más o menos, que los padres de la Compañía de Jesús han residido en dicho pueblo y nos han ayudado en la doctrina y administración de los santos Sacramentos con extraordinario fruto de nuestras almas y conciencias, según es público y notorio. Y ahora liemos sabido que nos quieren dejar, diciendo que no pueden ser curas de alma, de lo cual a todos nos ha resultado gravísimo desconsuelo, viendo que si nos desamparan cesarán y perecerán tantos y tan buenos ejercicios como han puesto en orden, así para la educación de los niños, como para la doctrina de los adultos. Y pues vuestra señoría es padre y pastor a quien incumbe procurar, como lo procura, semejante trasto a sus ovejas, y ovejas tan desamparadas como somos nosotros, pedimos y suplicamos a vuestra señoría ilustrísima, por reverencia de Jesucristo nuestro Señor, sea parte para que los dichos padres de la Compañía no nos desamparen, aunque vuestra señoría provea beneficiado en el dicho pueblo, que para ellos y él daremos casas en que vivan. Y así, siendo vuestra señoría servido, señalamos para los padres de la Compañía las casas y huerta en que al presente residen, por estar ya acomodados al modo que es necesario para sí, y para ayudarnos al beneficiado que fuere, señalamos una casa del pueblo que está cerca de la iglesia, a donde le acomodaremos como fuere justo. A vuestra señoría ilustrísima suplicamos, por amor de nuestro Señor, admita la donación que por esta le hacemos, renunciando y cediendo en manos de vuestra señoría todo el derecho que a ellas tenemos, y en que recibiremos grande bien y merced. -Don Martín Maldonado, gobernador, etc.-. En cuya virtud procuramos con instancia que la Compañía no saliese de dicho pueblo, sin embargo de que proveyésemos en él nuestro vicario y beneficiado para la administración de los Sacramentos, como haber solía, lo cual a nuestro ruego ha tenido por bien conceder el padre provincial. Por tanto, considerando los motivos de los ya referidos, y la utilidad que ese sigue y adelante resultará de que la compañía esté en el dicho pueblo, para que los presentes y futuros de ella estudien en él las dichas lenguas, y mediante   —190→   ellas comuniquen su doctrina y predicación en toda esta Nueva-España en la mejor vía y forma que podemos; hacemos gracia y donación, pura, perfecta e irrevocable de las dichas casas y huertas, donde solían y acostumbraban vivir los vicarios y beneficiados de aquel pueblo de la dicha Compañía de Jesús para que sean suyas, y como suyas vivan y residan en ellas ahora y para siempre jamás. Con tanto, que si en algún tiempo dejaré la Compañía las dichas casas y huerta, y de residir en dicho pueblo, vuelvan al señorío y posesión de la iglesia y del beneficiado que en ella fuere, el cual desde ahora viviera en las casas que en la dicha petición se declara que están cerca de la iglesia de dicho pueblo. Dada en México a 22 días del mes de junio de 1582. -Petrus, Archiepiscopus mexicanus».

En consecuencia de esta determinación, se pusieron luego los edictos para el beneficio, y entre todos los rivales, tuvo el señor arzobispo la benignidad de escoger el más adicto a la Compañía, reconociendo con suma prudencia, como había ya dicho al padre Plaza, las disensiones que podrían sobrevenir entre dos poseedores de una misma iglesia. Aun con toda esta precaución, el suceso no verificó sino demasiadamente los justos temores del ilustrísimo.

[Ocupación de los padres en Filipinas, y embajada del padre Alonso Sánchez] En Filipinas por este mismo tiempo dos jesuitas de bien diferente carácter hacían al público los más importantes servicios. El padre Antonio Sedeño se instruyó con brevedad en la lengua más universal de la isla, y comenzó luego a ejercitar con los naturales del país todos los ministerios de la Compañía. El padre Alonso Sánchez, después de haber ayudado y sido como la alma del primer sínodo que convocó el celoso obispo, fue enviado a Macao, única ciudad que ocupaban los portugueses en las costas de la China, a la embocadura del río de Cantón a 22 grados y 9 minutos de la latitud. Los portugueses, que se habían establecido en ella desde el tiempo del emperador Kia-tsmg, en recompensa del importante servicio que hicieron al estado, haciendo retirar al pirata Chang-si-la que tenía sitiada a Cantón, los navíos por portugueses, que se hallaban en la rada, hicieron frente a este corsario a instancias de los mandarines que les convenía tener propicios para el comercio. En su fuga sorprendió la ciudad y puerto de Macao, en que fue muerto por los europeos. Esta se hizo muy en breve el centro de todo el comercio de la isla. Sus nuevos dueños fortificaron la plaza con una gruesa muralla y dos castillos del lado de la tierra, por el Norte, donde un istmo muy angosto une la ciudad con la isla del mismo   —191→   nombre. Hemos dado estas señas circunstanciadas, porque en todos los antiguos manuscritos y aun en la historia de Filipinas del padre Colin la hallamos con el nombre de Machan o Machain una de las molucas, difundir una suma obscuridad a todo este pasaje de la historia. El fin de esta expedición fue traer a los portugueses de Macao al reconocimiento y homenaje de Felipe II, en quien por la muerte desgraciada del rey don Sebastián, se habían unido las dos coronas de Castilla y Portugal. El padre Alonso Sánchez desempeñó esta comisión con todo aquel suceso y brevedad que se esperaba de su actividad y su elocuencia. Después de haber sido arrojado a las costas de la China, y visto varias ciudades cuya curiosa relación podrá verse en la citada historia de Filipinas, arribó a Macao. La Providencia dispuso encontrase allí personas de grande representación, por cuyo medio ganase los ánimos para una sujeción tan no esperada y tan contraria a la inclinación portuguesa. Se halló con el ilustrísimo don Melchor Carnero, obispo de Nicca, y tres patriarcas de Etiopía con el padre Alejandro Valegñano, conductor de los príncipes del Japón, que pasaron a Roma a rendir la obediencia en nombre de su nación al Sumo Pontífice Gregorio XIII. Acción que vio con pasmo la Europa como prueba nada equívoca de los trabajos y sudores de la Compañía, que en vano ha procurado después desfigurar la envidia. Ayudaron también al feliz éxito de aquella ardua empresa, el ilustrísimo don Leonardo Sea, obispo de Macán, y don Juan de Almeida, gobernador de aquella plaza. Unos espíritus tan racionales entraron luego en las ideas del padre Alonso Sánchez, y su autoridad, junta a las privadas conversaciones y poderosa energía del enviado, reunieron lo restante del pueblo para la jura del nuevo monarca. Macao fue la primera ciudad de la Asia que reconoció a Felipe II, y a su ejemplo y diligencias del padre Alonso Sánchez, le rindieron todas las demás una gustosa y pronta obediencia. Este solo ejemplo daría a conocer que la fidelidad y el celo para con los reyes sus soberanos ha sido siempre uno de los caracteres que han distinguido a la Compañía, y bastaría para convencer y llenar de confusión a sus antiguos y modernos calumniadores, si una ciega e inveterada pasión fuera capaz de convencerse o de avergonzarse.

Concluida tan felizmente esta negociación, y no hallando barco en que volver derechamente a Manila, se embarcó en uno que habla para el Japón y debía volver luego a Filipinas. En este viaje naufragó a la costa oriental de la isla de Formosa. Esta región, cuya situación   —192→   y naturaleza había sido hasta ahora tan poco conocida de los geógrafos, acaba de recibir una grande luz en este siglo con el nuevo mapa que del imperio de la China trabajaron por tarden del emperador Canchi los misioneros jesuitas, y publicaron el año de 1717. El tomo 8.º de las Cartas edificantes y la historia general de viajes que compilo monsieur Prevost, nos da una idea completa de este país. Una larga cadena de montañas lo parte de Norte a Sur. La costa occidental la ocupan los chinos desde los años de 1561. La oriental unos isleños bárbaros de quienes verosímilmente no podían los náufragos esperar buen cuartel. Una gran parte de la tripulación había perecido en el mar. El padre Alonso Sánchez mostró bien toda la extensión de su caridad y de su genio en unas circunstancias tan críticas. Muy lejos de aquel abatimiento que inspiran las desgracias, animaba a todos con su ejemplo. Trató lo primero de fabricar algunas barracas en que pudiesen hospedarse, y luego de fortificarlas contra los insultos de los paisanos que se dejaban ver a lo lejos armados de sus flechas. Se le ofreció fabricar algunas de las reliquias del navío maltratado un pequeño barco en que volver a Macao. Este trabajo era necesario, pero muy difícil. Todo lo allanó con su industria y con su ejemplo. Era el primero en cualquier género de fatiga, y haciendo alternativamente los oficios de capitán, de constructor, de vigía, de cocinero, de piloto, logró conducir después de algunos meses pasados en una suma incomodidad aquella pobre gente, segunda vez a Macao. El capitán don Juan de Almeida escribió al gobernador de Filipinas don Gonzalo Ronquillo, en estos términos. «Fue nuestro Señor servido que la nao que iba al Japón se perdiese, y que entre las personas que escaparon fuese uno el padre Alonso Sánchez que mostró bien en la ocasión su valor y espíritu en lo mucho que allí hizo en servicio de Su Majestad y de vuestra señoría que le son en grande obligación, así por lo mucho a que se arriesgó en emprender este viaje, como en los muchos trabajos que en él ha pasado. ¡Qué bien supo escojer vuestra señoría para esta empresa persona tal cual se requería!, etc.». De aquí volvió con felicidad a Manila por marzo de 1583.

[Año de 1583] Sus grandes talentos no permitieron que se le dejase por largo tiempo en quietud. En efecto, a fines de este mismo año le fue necesario hacer segundo viaje a Macao, en cuyo éxito interesaba no menos el rey que los particulares de aquella república. El padre Antonio Sedeño, solo con un hermano coadjutor en toda la isla de León, empleó este tiempo en enseñar a los naturales las artes más necesarias para   —193→   la vela. El cultivo de los campos, la arquitectura y otras semejantes mecánicas, en que después han mostrado tanta habilidad en los filipinos que lo reconocen por maestro. Edificó la primera casa de piedra que se vio en aquel país, y fue la del señor obispo, y sucesivamente otras muchas, manejando él mismo con una humildad que encantaba la escuadra y el nivel, y sufriendo los yerros de aquellos peones novicios con una paciencia y dulzura inalterable. La Nueva-España no nos ofrece en todo este intervalo cosa alguna digna de atención fuera de los ordinarios ministerios y misiones, si no es la reunión de los tres colegios seminarios. [Reunión de los tres seminarios en el San Ildefonso] Estando la provincia escasa de sujetos pareció mejor que los colegiales de San Miguel, San Gregorio y San Bernardo, se redujesen a uno solo, a quien desde entonces parece habérsele dado el nombre de San Ildefonso, que con tanta gloria ha conservado hasta el presente. Con el nombre de San Miguel se instituyó poco después una especie de congregación de indios en el colegio de Puebla, y el de San Gregorio se reservó al seminario de la misma nación en México.

[Año de 1584. Seminario de San Martín de Tepotzotlán] A estos precedió el Seminario de San Martín, fundado a diligencias de la Compañía en el pueblo de Tepotzotlán. Don Martín Maldonado, cacique de los principales del pueblo, después de haber hecho al colegio la donación de casa y huerta que arriba referimos, fue el autor de este pensamiento. En una asamblea de los de su nación, propuso que en los tiempos de la gentilidad, sus antepasados, tenían en las principales poblaciones casas de comunidad, y maestros que instruyesen la juventud en las obligaciones políticas, y en las ceremonias de su bárbara religión. Este cuidado, dijo, nos interesa infinitamente más en la ley santísima, que por nuestra dicha profesamos. La caridad de estos padres nos excusa la pena de buscar maestros, que jamás podríamos hallar tan cabales. Yo pensaba, pues, agregar nuestra juventud a su dirección en una casa común, donde gozasen mejor de su doctrina, y se formasen a la virtud con sus domésticos ejemplos. Para su subsistencia, desde ahora destino una parte de mis tierras. Se determinó luego dar a la Compañía unas casas vecinas a la iglesia y plaza del pueblo, y se añadieron algunos otros cortos retazos de tierra. Aquí se juntaron como treinta colegiales hijos de caciques. Fuera de la religión y la urbanidad, se les enseñaba el canto eclesiástico y demás ceremonias para el servicio de los altares. Se ocupaban en la dirección de este colegio uno o dos sujetos de la Compañía, sabios en la lengua mexicana y otomí, y tenían cuidado de la escuela de leer y escribir, donde   —194→   se cultivaban en el uso de nuestra lengua. Esto que mandó después tan apretadamente el concilio mexicano, como uno de los medios más oportunos para la propagación de la fe, y que los reyes de España habían encargado en muchas cédulas, y últimamente insertaron en más de un lugar de su sabia y piadosa recopilación de leyes de Indias, fue materia de ofensión para algunos espíritus preocupados. El grande esmero y aplicación con que se cultivaban los genios de los indios, enfureció a aquellos que querían se mantuviesen en su antigua rusticidad para tenerlos siempre expuestos a sus violencias. Por otra parte, al beneficiado, que se había proveído el año antecedente por adicto que se mostró a los principios a la Compañía, presto le comenzó a dar celos la grande estimación y ternura con que nos miraban los indios, y el concurso libre y voluntario a las exhortaciones y confesonario nuestro. Después de haberse quejado inútilmente y de haber padecido largo tiempo un tormento, en que a nadie podía culpar sino a sí mismo, hubo de renunciar el beneficio. Lo mismo hicieron consecutivamente algunos otros; y siendo así que gozaban plenamente de todo el ejercicio de su jurisdicción, y en ninguna manera se les disminuían las obvenciones, por no recibir nosotros aun aquellas limosnas de misas que se reciben lícitamente en todas partes, sin intervención alguna de la autoridad o el interés, se hizo crimen a los jesuitas del celo con que les aliviaban la pesada carga del oficio parroquial y cuidado de las almas.

[Pretende el señor arzobispo se gradúen los jesuitas en la universidad sin propinas] Era ya por este tiempo virrey de México y presidente de su real audiencia el mismo arzobispo don Pedro Moya de Contreras, que por muerte del excelentísimo señor don Lorenzo Suárez de Mendoza, que había muerto a 20 de junio 1583, conde de la Coruña, había tomado posesión del gobierno, juntamente con el cargo de visitador general, de que aun en vida del mismo conde le había venido cédula. Este príncipe, cada día más inclinado a favorecer a la Compañía, y por la autoridad y cargos que le merecían sus grandes cualidades, cada día más en estado de poderlo hacer, resolvió conceder a los jesuitas el privilegio de graduarse en la universidad sin propinas algunas, creyendo que sobradamente le pagaban con el cuidado de la instrucción de la juventud, en que daban a la real universidad tanto lustre, con lo cual pretendía abrir camino a su antigua pretensión, de que tuviese la universidad algunos maestros de la Compañía. Sentían con el arzobispo y virrey muchas personas del claustro, algunos por inclinación, pocos por lisonja, y los demás por fuerza. Nuestra religión, no tuvo por bien admitir este honor.   —195→   Creyó siempre que la profesión de cuarto voto, según nuestras constituciones, era un premio muy sobrado al literario trabajo de sus miembros. Que un privilegio tan singular no podía dejar de ser muy odioso y aun nocivo al cuerpo en que por este camino podía temerse se introdujera la ambición, y las competencias siempre expuestas, tanto entre sí, como en los seculares en la oposición a las cátedras. El sabio visitador conoció todo el peso de estas razones, y experimentó no sola una vez, que en las honras que pretendía hacer a los jesuitas jamás hallaba contradicción sino en ellos mismos.

[Aumentos en los colegios de Puebla, Pátzcuaro y Valladolid] Este recato y circunspección colmaba el Señor de bendiciones, no solo en el fruto espiritual de los ministerios, pero aun en lo temporal de los colegios. A Pátzcuaro favorecía mucho por este tiempo doña Beatriz de Castilleja, nieta del último rey de Michoacán, y su hija doña Juana, casada con un cacique principal, don Juan de Puruata, señor de San Ángel Tzurumucapeo, y gobernador que fue muchos años de la ciudad. Dio esta familia ilustre al colegio la mayor parte de las tierras de la hacienda de San Antonio o la Jareta. En Valladolid, el piadoso caballero don Luis Rodríguez, había prometido al padre rector una corta limosna. Entró a la iglesia a hacer oración ante la devota imagen de Nuestra Señora del Populo, que pocos años antes había traído de Roma el padre Pedro Díaz. En el fervor de su oración creyó que no podía hacerle mayor obsequio, que ofrecerle una gran parte de su hacienda para culto suyo y sustento de aquella casa religiosa. En efecto, quedó sorprendido el superior al ver que en lugar de algunos carneros que esperaba, le puso en la mano la escritura de una donación que él y su mujer hacían de mancomún al colegio, de una hacienda de cuatro mil cabezas de ganado menor y algunas piezas de esclavos. El colegio de la Puebla, que hasta entonces había sido el más necesitado, comenzaba a respirar con la benevolencia y frecuentes limosnas de don Melchor Covarrubias, con esperanzas bien fundadas de una breve y opulenta dotación. Por otra parte, las varias y fervorosas misiones del padre Hernando de la Concha, al obispado de Jalisco y ciudad de Guadalajara, habían dispuesto los ánimos de aquellos ciudadanos y de su ilustrísimo obispo, tan en favor de la Compañía, que no esperaban sino oportunidad para pretender un colegio.

[Audiencia de Manila y nuevos misioneros] Hacia este mismo tiempo envió su Majestad a Filipinas la primera audiencia, y su señaló gobernador y presidente de ella al doctor don Santiago de Veras, ministro de suma fidelidad y entereza, que había manifestado bien en las   —196→   audiencias de Santo Domingo y México, en que había servido a su Majestad muchos años. Este piadoso caballero, no dio paso alguno a la disposición de su viaje antes de pedir al padre provincial algunos misioneros que le acompañasen a Manila. Aunque eran pocos los sujetos para los colegios y ministros de Nueva-España, sin embargo, no se pudo dejar de condescender a las instancias del presidente, ni de atender a la necesidad de aquella nueva colonia, en cuyos frutos y gloriosos trabajos tanto interesaba la Providencia. Destináronse para la misión los padres Hernán Suárez, castellano, como superior, el padre Raymundo Prat, o Román de Prado, catalán, el padre Francisco Almerico, italiano, y el hermano Gaspar Gómez, coadjutor temporal. Llegaron estos padres a Manila a principios del año de 1585. El padre Hernán Gómez, se entregó luego a los ministerios más penosos, con un extraordinario celo, de que fue muy presto la víctima. El padre Almerico se dedicó a aprender la lengua de los chinos y japonés, para la instrucción de aquellas naciones desamparadas. El padre Raymundo Prat, tomó a su cargo a los indios, cuya lengua aprendió con facilidad, y de que fue todo el resto de su vida un ministro incansable. Poco después de su llegada, volvió de Macao el padre Alonso Sánchez, después de haber experimentado en el viaje, cuanto tienen de furiosos los mares en las costas de la India Oriental, y un sumo peligro de caer en manos de los bárbaros en la Ensenada de Cochinchina, de que se libró por una extraordinaria providencia. Con su vuelta, prosiguió el sínodo, que el señor obispo había querido suspender en su ausencia, y en que había encargado al padre Sánchez llevase digeridas las materias y asuntos de importancia, sobre que siempre inquiría de los primeros su parecer, sin ofensión de alguno de aquella docta asamblea, que admiraba en el padre Alonso Sánchez un fondo tan grande de doctrina, junto con una modestia humilde y una constante integridad.

[Concilio Mexicano] No era menos la opinión de piedad y sabiduría con que en semejante ocasión servían los jesuitas en México a la iglesia y al estudio. Habíase juntado en México aquel año concilio provincial a diligencias del ilustrísimo y excelentísimo señor don Pedro Moya de Contreras. Asistieron los ilustrísimos señores don Diego Romano, obispo de la Puebla, don fray García Gómez Fernández de Córdova, del orden de San Gerónimo, obispo de Guatemala, don Bartolomé de Ledesma, del orden de predicadores, obispo de Oaxaca, don fray Juan de Medina Rincón, del orden de Agustín, obispo de Michoacán, don fray Domingo de Arzola, del orden   —197→   de predicadores, obispo de Guadalajara, don fray Gregorio Montalvo, del orden de predicadores, obispo de Yucatán. Se convocaron teólogos de todas las religiones, el reverendo padre maestro fray Pedro de Pravia, de la orden de Santo Domingo; el reverendo padre maestro fray Melchor de los Reyes, de la orden de San Agustín; el reverendo padre fray Juan de Salmerón, del orden de San Francisco; y el padre doctor Juan de la Plaza, de la Compañía de Jesús. Consultores juristas fueron don Juan de Zusnero, arcediano de la santa iglesia de México; el doctor don Juan de Salcedo, catedrático de prima de cánones en la real universidad, y secretario del concilio; el doctor don Fulgencio Vic, y el padre doctor Pedro de Morales, rector del colegio de la Puebla, hombre igualmente docto en las profundidades de la teología, y en las sutilezas del derecho. Fuera de estos, el señor arzobispo en cualidad de virrey y capitán general, nombró por su teólogo y consultor al padre Pedro de Hortigosa, a quien veneraba como a su maestro. Sus decisiones eran oídas con veneración en toda aquella venerable asamblea. Trabajó por orden del concilio en la formación de sus decretos y sus cánones, juntamente con el doctor don Juan de Salcedo, a quien como a secretario cupo el mayor peso de todo este negocio. Se lo encomendó después su traducción a la lengua latina, y últimamente entre él y el padre doctor Plaza, por común consentimiento de todo aquel cónclave, formaron el Catecismo de Doctrina cristiana, que se vio por mucho tiempo en estos reinos. Comenzó el concilio a 20 días del mes de enero en la iglesia de San Agustín, y se concluyó a 17 de setiembre del mismo año de 1585. Después de visto por el real consejo, se remitió a Roma, y Sixto V, después de la aprobación de una junta destinada a este efecto, lo confirmó en 27 de octubre de 1589. La majestad del señor don Felipe IV, dio licencia para su impresión el año de 1621, y mandó se guardase en estos reinos, como consta de la ley 7, título 7, libro 1 de la Recopilación de leyes de Indias. El señor Urbano VIII, se dice haber extendido su observancia a las islas Filipinas, por bula expedida a 11 de marzo de 1626. Ello es cierto que en tiempo de su celebración, el ilustrísimo señor don Domingo de Salazar, primer obispo de Manila, que había juntado allá un sínodo, propuso varias dudas y artículos al concilio mexicano, y estuvo a su resolución.

En el intervalo del concilio había venido de España destinado provincial de esta provincia, el padre Antonio de Mendoza, que como el padre Plaza tomó muy a su cargo la conversión e instrucción de los   —198→   indios, sobre que traía de Roma órdenes muy precisas. En el colegio de la Puebla, determinó que al Seminario de San Gerónimo, que estaba entonces contiguo a nuestra casa, se agregase y dispusiese una iglesia en forma de jacal, bastantemente capaz, donde el padre Antonio del Rincón cultivase aparte los indios, sin perjuicio del concurso de los españoles, que no les dejaba lugar en nuestro templo.

[Misión de Teotlalco] Dispuso asimismo, atento siempre al mayor provecho de los indios, una misión al partido de Teotlalco, a petición del señor obispo de la Puebla. Era esta una región de su dilatadísima diócesis extremamente necesitada. La escasez de ministros en aquellos tiempos, había obligado a sujetar a la administración y vigilancia de un solo beneficiado más de sesenta pueblos. El sumo desamparo espiritual en que vivían estos infelices, junto con las memorias aun recientes de su gentilidad en las cumbres y en las quebradas de sus montes, los había precipitado de nuevo en todos los desórdenes, haciendo un monstruo de religión en que juntaban con el Dios verdadero adoración a las más viles criaturas. Algunos adoraban al fuego, otros a ciertos genios que imaginaban presidir a la caza, a las semillas, o a los árboles. Aun aquellos en quienes no había pasado la corrupción hasta el espíritu, pasaban una vida estragada en la embriaguez, en la deshonestidad, en el homicidio y en el hurto. Se conoció muy presto que aquella inundación de vicios, no tanto provenía de la obstinación de los ánimos, como de la falta de instrucción. Luego que supieron la venida de los padres a su país, salían de los pueblos a recibirlos coronados de flores con mucha música, aunque grosera, extremamente agradable a los ministros de Dios, que de aquella benevolencia se prometían copiosos frutos para el cielo. Explicaron en los pueblos principales, a que concurrían en tropa aquellas pobres gentes, los misterios de nuestra fe, corregían los vicios y condenaban los abusos. El suceso fue mayor que la expectación. Era increíble el ardor con que venían a confesarse después del sermón, sin dejar a los misioneros otro descanso que el sólido consuelo de sus sinceras conversiones. Acabada la confesión, traían a la presencia de los padres los ídolos de varias materias, los quebraban y los pisaban, burlándose del demonio, que bajo de aquellas monstruosas figuras los había tenido engañados. Se hizo, como para una pública y solemne expiación de los pasados escándalos, una devota procesión en cada uno de aquellos pueblos. Iban los padres repartidos entre el pueblo con sogas al cuello, coronas de espinas en la cabeza y   —199→   los pies descalzos, rezando en alta voz algunas devotas oraciones. Los indios les seguían en trajes de penitencia, según les dictaba su fervor y permitía el sexo y la edad. Muchos tomaron fuertes disciplinas; muchos vistieron áspero cilicio, y todos derramaban lágrimas, ofreciendo al Señor el holocausto más agradable en la compunción del espíritu. Este piadoso ejercicio fue como una disposición para la comunión general, que se hizo el día señalado con innumerable concurso y común regocijo de aquellos miserables. A la partida salían los padres acompañados de todos aquellos sus nuevos hijos en Jesucristo, cuanto gozosos de haber destruido entre ellos el reino de la idolatría y de la impiedad, tanto acongojados y sin poder contener el llanto a vista de su ternura y de las sinceras instancias con que procuraban detenerlo, para que los defendiesen, como decían, del demonio, y les enseñasen el camino del cielo.

Muy semejante a estos fueron los frutos que cogió en tierra de los chichimecas el padre Juan Ferro, insigne operario del colegio de Pátzcuaro. En esta casa, derribándose un lienzo para dar mayor capacidad a la habitación, se halló enteramente incorrupto el cuerpo de una india virgen, entre otros muchos que la humedad del terreno había ya consumido. Se hicieron las más exquisitas diligencias para saber el nombre, patria y calidad de aquella persona a quien el cielo favorecía con tan maravillosa incorrupción. Preguntados los más ancianos y de mayor autoridad entre los indios y antiguos vecinos españoles, respondieron haber oído de sus padres que en aquel mismo lugar había fabricado el venerable obispo don Vasco de Quiroga un recogimiento para indias que quisiesen servir al Señor en castidad y pureza de alma y cuerpo, con reglas y constituciones que él mismo les había dictado, llenas de sabiduría. Que entre estas esposas de Jesucristo se sabía haber florecido una de muy especial virtud, cuyo nombre ignoraban y de quien habían oído referir a los antiguos cosas singulares, y se persuadían sería suyo aquel cadáver, que el Señor había querido honrar con tan sensible protección. Por el mismo tiempo los padres Francisco Ramírez y Cristóbal Bravo, corrían los partidos al Sur de Michoacán, bien recibidos en todas partes y con fruto correspondiente a la aceptación y al trabajo de los misioneros.

Del éxito admirable de la misión que Teotlalco habían hecho los padres del colegio de la Puebla, tan a satisfacción del ilustrísimo que la había pretendido: del continuo y penoso trabajo de los ordinarios ministerios   —200→   en nuestra iglesia; del lustre y experimentado desinterés de nuestros estudios; y sobre todo, de la grande aplicación al bien y provecho de los indios en el nuevo jacal o ermita de San Miguel, junto con el genio amable y sincero del padre doctor Pedro de Morales, que se había atraído la veneración y el aprecio de toda la ciudad; resultó que el noble caballero don Melchor de Covarrubias se moviese a tratar de la fundación del colegio, añadiendo mucho más a lo que había prometido, y a lo que desde algún tiempo antes había dado en continuas limosnas. [Segunda congregación provincial] A fines del año, se celebró en México, a 2 de noviembre, la segunda congregación provincial, y quedó elegido por procurador a entrambas cortes el padre doctor Pedro de Hortigosa.

[Principios del colegio de Guadalajara] Dijimos poco ha, como con la ocasión del concilio mexicano había venido de Guadalajara su ilustrísimo prelado el señor don fray Domingo de Arzola, del orden de predicadores. Este celoso prelado, concluido el sínodo, suplicó al padre provincial enviase a su ciudad y obispado algunos padres en misión, como se había hecho muy recién llegada la Compañía, y añadió, que estimaría se detuviesen allí como en residencia, mientras que tomaba con su cabildo y ciudad las medidas para un establecimiento fijo. Se enviaron aquella cuaresma los padres Pedro Díaz y Gerónimo López, gran lengua mexicana para el catecismo e instrucción de los indios, y el hermano Mateo de Illescas. El obispado de Guadalajara comprende seis grandes provincias; Guadalajara, Jalisco, los Zacatecas, Chiametlán, Culiacán, Sinaloa, a que se ha agregado después de su descubrimiento y reducción la California20. Tiene por el Oriente el arzobispado de México; por el Poniente el seno Californio y la Península del mismo nombre; al Sur la costa del mar Pacífico, y al Norte las provincias de Topía, Nuevo-México, etc. El temperamento es templado, y declina más al calor que al frío. El aire puro, el cielo sereno, fuera de los meses lluviosos. En este tiempo las aguas son copiosísimas, y por lo común acompañadas de las más espantosas tempestades de truenos y rayos, que se experimentan en la América. El terreno es montuoso, por la mayor parte arenoso, seco y expuesto a temblores. Tiene minas de plata en abundancia, fierro algún poco, oro ninguno. En este obispado se hallan los grandes lagos de Chapala, de Icatlan y Zacualco. El menor tiene más de doce   —201→   leguas de circuito. Al de Chapala, su vasta extensión le mereció entre los antiguos geógrafos Mare Chapalicum, con que lo llama Abraham Ortelio.

La audiencia y Catedral de esta diócesis, estuvo antiguamente en la ciudad de Compostela, de donde se pasó a Guadalajara el año de 70, según Laet, aunque algunos quieren que haya sido diez años antes. Cerca de Compostela, a las orillas de un pequeño río que desagua en el grande de Guadalajara, está el pueblo de Tepic, famoso por el prodigio de la Santa Cruz que allí se venera, cuya relación no dejará de ser muy agradable a los piadosos lectores. La escribió como testigo ocular el padre Antonio de Covarrubias, y lo confirman constantemente cuantos han estado en aquel sitio. [Descripción de la Cruz de Tepic] En el llano (dice) que llaman de Jalisco, de la jurisdicción de Compostela en el reino de la nueva Galicia, como un cuarto de legua escaso del pueblo de Tepic, al pie de la alta sierra de Jalisco, y como a dos leguas del pueblo así llamado, está muy cerca del camino real, en una loma que hase formado en el suelo, una imagen muy perfecta de la Santa Cruz, la cual es toda de un género de grama crecida, como de media vara de alto, y todo el año está verde y bien formada, de la misma suerte que en los jardines se forman cuadros e imágenes curiosas con riego de pie; siendo así que en tiempo de seca es esterilísimo todo aquel llano, y aun en tiempo de aguas la yerba crece muy poco y es toda diversísima de aquella que forma la Santa Cruz: de suerte, que está tan distinta y bien formada, que luego se viene a los ojos. El largo que tiene la Santa Cruz, son ocho varas y una ochava; los brazos cuatro varas y cinco ochavas; el grueso de vara y media cabal. Tiene por corona uno como tarjón o rótulo en que no se distinguen caracteres algunos, de tres varas cabales. De la misma forma a los pies, hace una basa o peana de tres varas y una cuarta, el grueso a proporción, y todo excelentemente formado, y cantoneados los remates con mucha gracia y hermosura. El rumbo fielmente tomado con una buena aguja de marear, está la cabeza al Norte, cuarta al Nordeste, y la peana al Sur, cuarta al Suroeste. Al pie de esta milagrosa Cruz está una capilla pequeña pero aseada, dedicada a la Santa Cruz, la cual tiene en un costado, como capilla adjunta cerca del presbiterio esta maravillosa Cruz de grama, con una cerca de cal y canto, casi del alto de la capilla; pero sin techo por haberse notado que se marchita y seca en impidiéndole estar a cielo descubierto. Divídese de la capilla principal con   —202→   un arco y una reja de madera, y los vecinos acuden con mucha devoción a esta Santa Cruz, como a su refugio, y cuentan algunas maravillas y favores recibidos del Señor en este santuario. Celébranle fiesta todos los años el día 3 de mayo, con la mayor solemnidad. No he podido averiguar el tiempo en que apareció esta maravilla. No debe de ser muy antigua, porque una buena señora anciana, vecina de aquella tierra, me ha dicho varias veces que citando ella fue a vivir allí no había tal Cruz, y que después se apareció, y generalmente por la incuria de aquellos vecinos, no hay cosa cierta en esto. Parece sí, no ser cosa natural, así por la forma en que está, y permanecer siempre verde y fresca en una tierra criaza y seca, como por haberla cavado varias veces para ver si había en aquel puesto alguna cosa enterrada, y haberse luego vuelto a formar la Santa Cruz. Del centro de ella se saca continuamente tanta tierra, que se podía formar un montón mayor que todo el santuario, y jamás se reconoce diminución. Dista de nuestro ingenio poco más de cinco leguas, y nuestro bienhechor Alonso Fernández de la Torre labró la dicha capilla, y tuvo siempre a su cuidado el culto y aseo de aquel santo lugar. Hasta aquí el padre Antonio de Covarrubias.

A la pasada maravilla, añadiremos lo que escribiendo a nuestro padre general, afirma el padre Rodrigo de Cabredo con fecha de 1.º de mayo de 1615. Dice, pues, que habiendo llegado un padre en misión al valle de Banderas, vinieron a él así españoles como indios, a decirle que quizá le había traído allí nuestro Señor para descubrir lo que tenían noticia por tradición de padres a hijos y era que mucho antes que viniesen los españoles, llegó a aquel lugar un varón llamado Matías o Mateo, y que predicó en esta tierra, y le habían muerto los indios porque le reprendía sus vicios. Que los españoles hallaron aquí una provincia entera, que se abría corono y la llamaban la provincia de los Coronados; que hallaron también cruces sobre la serranía de Chacala, que divide este valle del de Chela; que en esta serranía se ve hasta hoy un lugar ameno, donde está un pequeño estanque de agua con varios géneros de peces, aun de los que solos se hallan en la mar, y al pie de dicho estanque está una Cruz de piedra muy bien labrada con cinco renglones esculpidos en la peana, con caracteres antiguos y extranjeros. Además de esto afirman que en una peña de la dicha sierra está esculpido un Cristo devotísimo, debajo de él unos renglones de caracteres antiguos, y las letras, según decían estos españoles, tenían muchos puntillos y deben de ser hebreos. Óyense todos los años el   —203→   mes de abril unos golpes muy sonoros como de campana, que les causa grande admiración, por oírse al mismo tiempo en todo el valle, que tiene catorce leguas de travesía, y el sonido viene de la misma sierra de Chacala, de hacia aquella parte que baila el mar con sus crecientes. Tienen también estos indios por tradición, que este santo hombre, desde aquella altura se ponía a predicar, y que le oían en aquellas catorce leguas hasta el mar, más de cien mil almas, que entonces poblaban este valle. Se ve en esta serranía una peña tajada, en la cual, a manera de escaleras, están estampadas las huellas de este santo varón, y dicen los indios que en castigo de la muerte que le dieron los de Chila, ha muchos años que está despoblado aquel valle por una peste en que murieron más de veinte mil indios que lo habitaban; se ven las ruinas de los antiguos edificios, y está tal la tierra, que ni aun ganado puede morar en ella, como lo han experimentado los españoles que varias veces han querido poblar allí algunas estancias.

Tienen por cierto está enterrado el cuerpo de este hombre santo en un lugar de la dicha serranía, tan venerado y respetado entre ellos que no osan subir a él, y añaden a esto los antiguos españoles, que queriendo muchos años ha, cavar en aquel lugar para descubrir el tesoro de sus preciosas reliquias, les cayó a todos tal pasmo, que no podían jugar los brazos. No pudo el padre llegar a ver todo esto aunque la gente se lo rogaba con instancia, por írsele cumpliendo los días que llevaba de patente, y haber de dar vuelta a su colegio; pero parece que ha querido Dios confirmar la verdad de esta relación, porque después acá vino el cura de aquel valle a la dicha ciudad de Guadalajara, y contó al señor obispo lo que había sucedido a un buen hombre napolitano llamado Bartolomé, hombre sencillo y muy buen cristiano, a quien el padre trató y confesó en su misión. Es pescador, y estando una mañana echando un lance a la baja mar con su gente, vio venir sobre las aguas una resplandeciente Cruz, la cual vieron todos los que con él estaban. Quedaron despavoridos, y no pudiendo huir, hincados de rodillas en la playa encomendándose al Señor, aguardaban a que llegase, y afirmaba este buen hombre haber visto en medio de la Cruz un varón venerable vestido de blanco, que le dijo: Bartolomé, no te vayas, que no lo quiere Dios. Trataba él de dejar aquella pesquería y poblar otra mejor algunas leguas mar arriba: vete a Compostela y dile al cura que procure vivan bien sus feligreses, por cuyos pecados no descubre Dios un tesoro que tiene escondido en este valle. Quedó el   —204→   hombre temerosísimo, dio cuenta al cura, y este vino a referir el caso al ilustrísimo señor don fray Juan del Valle, monje Benito, obispo de Guadalajara.

Hemos referido con las mismas palabras del padre Rodrigo Cabredo esta tradición misteriosa, porque aunque nada se había averiguado después, ni que según sabemos se haya hecho diligencia para ello, pero esta noticia, aunque vaga y confusa, añadida a otras del mismo género, que se han hallado constantemente entre los indios de Michoacán, de Oaxaca, de Yucatán, del Brasil, del Paraguay y de la isla Española, forman una especie de argumento bastantemente eficaz para persuadirnos que en efecto alguno de los apóstoles, o de los primeros discípulos, predicó en estas regiones la ley de Jesucristo, aunque no sea permitido averiguar el modo, ni el camino con que para este efecto pudo disponerlo la Providencia. Al obispado de Guadalajara ennoblecen, fuera de esto, los dos famosos santuarios de nuestra Señora do San Juan y Zapopam, de que hay autorizados muchos y muy ruidosos milagros. Estas regiones, se dice, haberlas descubierto el primero, Gonzalo de Sandoval, enviado por Hernán Cortés, y después haberlas sujetado el año de 1531 Nuño de Guzmán. Las frutas, las semillas y las legumbres de América y de Europa, se dan allí con abundancia y de una delicadeza de gusto muy superior al de España. El algodón, el cacao, es muy común en el país, y aquel barro precioso de que forman los búcaros, tan apetecidos en la Europa. Nuño de Guzmán fundó las ciudades de Guadalajara, Compostela, Santa María los Legos el año mismo de 31. Los primeros moradores de este país, parecen haber sido los chichimecas, a quienes desalojaron después los mexicanos en su marcha, y el idioma de estos es el más común, aunque se hablan fuera de él otros dos. La provincia en que está Guadalajara, se llamó antiguamente la provincia de Ibarra, con el nombre de un lugarteniente de Nuño de Guzmán, que en honra de su general dio a la nueva ciudad el nombre de su patria. Cerca de la ciudad corre un caudaloso río que desemboca en el mar del Sur. Concediole el emperador Carlos V título de ciudad y escudo de armas a 8 de noviembre de 1539. Reside allí real audiencia, fundada por el mismo emperador, año de 1548. El mismo año a 31 de julio, se erigió el obispado, cuyo primer obispo fue don Pedro Gómez Malaver. Las calles son anchas y bien dispuestas; las aguas no son muy saludables; a ellas se atribuye la ordinaria enfermedad de piedra, que allí se padece   —205→   a causa de ser lo más de su terreno de una piedra blanca, blanda y esponjosa, de cuyas partículas están impregnadas las vertientes de aquellas cercanías. Ha tenido esta ciudad prelados de un mérito muy relevante el señor don Francisco de Mendiola, el señor don Domingo Arzola, el señor don Pedro Suárez, el señor don Juan Sánchez Duque, don Alonso de la Mota, el seño Mimbela, el señor Garabito21. Hay en la ciudad conventos de Santo Domingo, San Francisco, San Agustín, la Merced, Carmelitas descalzos, Belemitas, San Juan de Dios y colegio de la Compañía: cuatro conventos de monjas y un beaterio; dos colegios seminarios y cuatro hospitales. La catedral es un bello edificio, y muy famoso por la rara maravilla de los sombreros. Este fenómeno, sea natural o milagroso, es muy digno de atención, y ha ocupado constantemente la consideración de muchos cuerdos. El efecto constante es haberse observado en los sombreros colgados de los señores obispos un movimiento las más veces circular y algunas en cruz, en unos más frecuentemente que en otros, cuando se abren sus sepulcros, y tal vez en otras notables ocasiones. Las ventanas superiores de la iglesia están guarnecidas de vidrieras: se ha hecho repetidas veces la experiencia, abiertas y cerradas las puertas, y no parece tener el viento influjo alguno, ni por la naturaleza del movimiento, ni por su duración, ni por su velocidad, que unas veces crece insensiblemente, y otras comienza desde luego con grande ímpetu. El hecho tiene por garantes a cuasi todos los que han entrado en aquella catedral. Dejamos a los físicos la averiguación, y no reprobamos la veneración de los piadosos. El religioso obispo, sabiendo la venida de los padres, los recibió en su misma casa, donde los tuvo nueve meses sin permitir que pasasen, como pretendían, al hospital. De aquí salían a predicar en la iglesia catedral y en otros lugares a propósito. El suceso prodigioso de la misión, que bendijo copiosamente el cielo, confirmó en los ánimos el deseo que tenían de ver establecida allí la Compañía. La ciudad y el señor obispo escribieron al padre provincial. La carta del cabildo dice así: «Ilustre y muy reverendo padre nuestro. La gracia del benditísimo Espíritu Santo sea para siempre la ánima de vuestra paternidad, amén. Esta ciudad ha merecido gran consolación con la merced y caridad que vuestra paternidad le hizo en enviar a ella al padre Pedro Díaz, juntamente con el padre Gerónimo López y un hermano estudiante, Mateo de Illescas, de quienes ha tenido, especialmente   —206→   con la predicación del padre Pedro Díaz, grandísimo regalo y contentamiento, en tanto grado, que nos obliga por el bien de ella y de todo este reino, a suplicarle se de orden cómo se funde en esta ciudad monasterio de la Compañía, acudiendo para esto generalmente toda ella, y así con ánimo de acudir a ello. Y esta ciudad ha acudido a su Majestad fuese servido hacernos merced en ayudar para tan importante obra, y como cosa más principal fue lo primero que se le pide entre otras cosas, teniendo de vuestra paternidad tanta confianza, que en obra tan meritoria no pusimos duda. Y así ha de ser vuestra paternidad servido hacer nos modo de dar licencia para ello y para que el padre Pedro Díaz, se nos quede en esta ciudad por ser tan acepto a ella. Y para que luego se ponga en ejecución la fundación, no resta más de ser vuestra paternidad servido hacernos esta merced de mandar se dé la licencia con la brevedad posible, porque luego se ponga en obra y se cumpla el deseo que esta ciudad tiene que ver que esto venga en efecto, y será con el favor de nuestro Señor reformación para todo este reino que está con harta necesidad de esto. Y en acudir vuestra paternidad a concedernos esta merced, será echarnos en muy grande obligación de más de la que tenemos, sin que a vuestra paternidad se le ponga cosa por delante que sea inconveniente, pues no lo hay, que a todo lo que se ofreciere para el cumplimiento de esto, están las voluntades de todos tan prontas, que no hay en ello dificultad ninguna. Damos todos muchas gracias a nuestro Señor por acordarse de esta ciudad, y a vuestra paternidad que fue medio para el que tanta necesidad había de ello, quien se ha servido ordenarlo todo, de forma que su divina majestad más se sirva, y como sabe que esta ciudad y reino lo ha menester, y guarde a la ilustre y muy reverenda persona de vuestra paternidad para que siempre ayude a las cosas de su santo servicio y con mucho acrecentamiento para que lo sea de gloria en su eternidad. Amén. De Guadalajara y mayo 1.º de 1586. Ilustre y muy reverendo padre nuestro, B. a Y. P. L. M. S. S. Pedro Enciso. -Alonso Covarrubias. -Gaspar de Mota. -Pedro Núñez.

No fueron menores los conatos del ilustrísimo don Domingo de Arzola y de su ilustre cabildo. Estos señores convinieron en que de las rentas del hospital, que estaban a su cargo, y de que había rezagados 36000 pesos, aplicaron 10000 a la fundación del colegio con beneplácito de su Majestad y licencia de Roma, cuya impetración encargaban a la Compañía, aunque con la condición de que sola aquella hacienda que con los 10000 pesos se comprase, sería exenta de diezmos, y si acaso adquiriese la Compañía algunas otras no debiese usar en ellas del privilegio que   —207→   tiene en esta parte, sino que hubiese de venderlas dentro de un año a personas no exentas de la paga de los diezmos. De todo esto dio noticia el señor obispo al padre Antonio de Mendoza en carta de 16 de julio de 1586, cuya respuesta ha parecido necesario poner aquí a la letra para que mejor se conozcan los términos en que aceptó y quiso obligarse la Compañía, advirtiendo que los señores oidores y oficiales de la real caja habían prometido igualmente quinientos pesos en cada un año. La respuesta del padre Antonio de Mendoza dice:

Ilustrísimo y reverendísimo señor hame sido buen testimonio del amor y estima que vuestra señoría, tiene a la Compañía el haber allanado a su cabildo en lo que toca a diezmos, y sería género de mucha ingratitud no desear acudir con todas nuestras fuerzas a servir la mucha merced que vuestra señoría nos hace, y así esté vuestra señoría cierto de que todos lo deseamos con muchas veras, y cuanto a la suficiencia que la Compañía tenía en lo temporal con los quinientos pesos de la caja real y con la hacienda que se comprare de los diez mil que vuestra señoría y el cabildo dan, como todo sea cierto, es razón que nos contentemos, y en la condición de que no podamos tener otra hacienda más que esta, tampoco entiendo se reparará, pues aun esa holgaríamos de no tener, si por otra vía nos pudiésemos sustentar. Solo hay de considerar de presente, que todo esto que se nos da así de parte de la Iglesia como de la audiencia, no tiene seguridad ninguna hasta haber beneplácito de su Majestad, y es cosa dudosa si su Majestad lo daría o no. Y que se saquen del hospital 10000 pesos para la Compañía no parece que tiene tan buen nombre para que ella lo traté con su Majestad, cuanto para que lo trate vuestra señoría y su cabildo, porque a nosotros se nos atribuyera a codicia, y no muy ordenada, y a vuestra señoría se le debía atribuir al celo del bien de sus ovejas; y cuanto a incurrir la Compañía en esta nota sería perder el negocio al tratarlo ella, y así ni a él ni a nosotros nos contiene en ninguna manera encargarnos de esto. El traer confirmación de su Santidad por lo que toca a los diezmos, entiendo será más fácil, y de esto bien se encargará la Compañía. Los 500 pesos de la caja real también es razón que los señores de la audiencia traten con su Majestad los perpetúe a la Compañía, dándoselos libremente y sin condición de que lea la cátedra de la lengua, y como por estipendio de ella, porque de esta manera no los puede aceptar la Compañía. Y supuesto que todo esto está ahora sin firmeza y perpetuidad, está claro que yo no podré obligar por ello a la Compañía a cosa perpetua, porque sería contrato muy desigual y oneroso mucho a la Compañía;   —208→   pero por la esperanza que hay de que nuestro Señor perfeccionará lo que ha comenzado, y por el mucho deseo que tenemos de servirá vuestra señoría y esa ciudad, yo enviaré luego la gente que el padre Pedro Díaz escribe ser necesaria. Al padre Gerónimo López y a los demás, tendré yo siempre por muy bien empleados en servir a vuestra señoría en lo que mandare en casa y fuera, y aunque tiene algunos achaques de viejo, pero la mucha voluntad y afición que tiene al servicio de vuestra señoría, entiendo que le darán fuerzas y aliento para la jornada, etc.

En este estado salió el ilustrísimo a la visita de su diócesis, llevando consigo al padre Gerónimo López, cuyo celo y pericia en el idioma mexicano lo fue de mucha utilidad y alivio. Los demás comenzaron luego a dar a su habitación alguna forma. El hermano Mateo de Illescas tomó a su cargo la educación de la juventud en las clases de gramática, que recibió toda la ciudad con sumo aplauso y agradecimiento. Los nobles caballeros don Luis y don Diego de los Ríos, no menos hermanos en la sangre que en la piedad y tierno amor que profesaban a nuestra Compañía, viendo la incomodidad de la morada hicieron donación de un grande y cómodo sitio en el centro mismo de la ciudad, y para la fábrica. Don Melchor Gómez de Soria, canónigo de aquella santa iglesia, provisor y vicario general de aquel arzobispado, mandó a casa 3000 pesos con que se pudo poner en buen orden la práctica de los ministerios y el ejercicio de las clases, con tan buen olor de todo aquel pueblo, que escribiendo al provincial, después de su visita el mismo prelado; no puedo, dice, dejar de pasar esta ocasión sin dar a vuestra paternidad aviso de la mucha doctrina, ejemplo y edificación que recibimos en esta ciudad y tierra, de la persona del padre maestro Pedro Díaz, del padre Gerónimo López y del padre Mateo de Illescas, etc..

[Noviciado de Tepotzotlán] Tales fueron los principios del colegio de Guadalajara, que por no tener aun la suficiente dotación, se mantuvo con el nombre de residencia algún tiempo. En este intermedio pareció mejor al padre Antonio de Mendoza pasar a la residencia de Tepotzotlán el noviciado que había estado hasta entonces en el colegio de México. El retiro de aquel pueblo se creyó más proporcionado para crear los novicios en una perfecta abstracción y despego de todo lo temporal, y por otra parte se daba mejor forma y más desahogo a los estudios y ministerios del colegio máximo.

[Partida del arzobispo virrey don Pedro] A 11 de junio de este mismo año de 86 salió de México para Veracruz el ilustrísimo y excelentísimo señor don Pedro Moya de Contreras, primer inquisidor,   —209→   arzobispo, virrey, gobernador y visitador general de Nueva-España, que con sus grandes prendas y singular prudencia había ilustrado desde el año de 1571, uno antes que viniesen los primeros jesuitas, para que solicitase tan eficazmente su venida y tuviese la Compañía en él un constante protector y un padre amorosísimo. Llevó en su compañía al padre doctor Pedro de Hortigosa, a quien veneraba como a maestro. Unos cuantos días antes de salir de México se retiró con el padre procurador y algunos otros de los padres más autorizados a la granja de Jesús del Monte, que llamaba con extrema dignación la casa de sus estudios. De allí salió para su largo viaje, llevando tras de sí los votos de toda la ciudad, y muy singularmente de los jesuitas. Tuvo por sucesor en el arzobispado al ilustrísimo don Alonso de Bonilla, a quien había traído de compañero en el cargo de inquisidor, y en el virreinato, al excelentísimo señor don Álvaro Manríquez de Zúñiga, marqués de Villa-Manrique. En España, donde su Majestad lo ocupó en la provincia del real y supremo consejo de Indias, conservó hasta la muerte una suma benevolencia para con la Compañía.

[Viaje del padre Alonso Sánchez a la Europa] En Filipinas, poco después que había vuelto de Malaca el padre Antonio Sánchez, se había comenzado a tratar de la diputación de un sujeto que informase a Su Santidad y a su Majestad católica del estado eclesiástico y político de aquellas islas. Las letras y actividad del padre, y el feliz suceso de las dos antecedentes expediciones, clamaban muy alto en favor suyo para que no se pudiesen poner los ojos en alguna otra persona. En efecto, el Ilustrísimo, con su venerable cabildo, el presidente y real audiencia, la ciudad, las religiones y todos los órdenes de ciudadanos, reunieron sus votos en el padre Alonso Sánchez. Solo él y el padre Antonio Sedeño se oponían a esta empresa. A uno y otro parecía muy ajeno del instituto mezclarse en esta especie de embajada. El padre Sánchez, después de tan largos viajes, suspiraba por el recogimiento y la quietud de la oración y penitencia a que naturalmente, si podemos decirlo así, lo conducía su genio austero. Era de temer que los superiores de México y de Roma no llevasen a bien una resolución tan extraña. Para obligarlo en favor de todas aquellas provincias a aceptar la comisión, expidió la real audiencia, en 5 de mayo de 586, un auto de ruego y encargo al padre Antonio Sedeño, suplicándolo se sirviese conceder su licencia al padre Alonso Sánchez, y aun imponerle como a súbdito precepto de santa obediencia, para que hiciese aquella jornada, tan del servicio de Dios nuestro Señor y de su Majestad, y de tan conocida   —210→   utilidad espiritual y temporal de aquellas regiones. Con tales instancias no pudo menos el padre rector que conceder la licencia con harto sentimiento del mismo padre Alonso Sánchez, que hubo de bajar el cuello a un yugo tan pesado. Hízose a la vela del puerto de Cavite, a 23 de junio de 1586, y llegó a Acapulco, después de varias y horribles tempestades, a principios de enero de 1587. Las borrascas que había padecido en el mar no fueron sino unos preludios de las muchas contradicciones que le restaban que sufrir en la Nueva-España y en la Europa. Luego que en México expuso a sus superiores el cargo y comisión de su embajada, los domésticos y extraños, aunque por mil y diferentes modos, procuraron con todas sus fuerzas oponerse. Al padre Antonio Mendoza y sus consultores parecía muy extraño mezclarse un religioso en asuntos seculares y de jurisdicción tanto civil como eclesiástica, cuyo éxito, por feliz que fuese, no podía dejar de ser muy perjudicial al buen nombre y estimación de la Compañía. Aconteció al mismo tiempo hallarse en México una misión de religiosos que deseaban abrirse paso al imperio de la China para trabajar en la conversión de aquellas dilatadas regiones. Al padre Alonso Sánchez, a quien algunos de ellos habían consultado, le pareció conveniente desengañarlos y hablar también al señor virrey sobre este punto, uno de los principales de su comisión, en que fuera de sus particulares instrucciones, tenía para juzgar con acierto la ventaja de haberse hallado y padecido no poco en aquellos mismos países. Con estos informes pareció mejor sus pender por entonces el viaje de aquellos misioneros. Estos miraron su detención como una traza del infierno para impedir el grande fruto que verosímilmente creían deberse prometer de sus apostólicos señores, se desencadenaron contra el padre, y aun después de algunos años dos de sus historiadores no dejaron de traspasar al papel muy vivos aun sus resentimientos, a que tomaríamos la pena de responder, si el juicioso autor de la historia de Filipinas, no hubiera ya mostrado en dos rasgos muy cortos la poca fe que merecen semejantes autores. De esta persecución triunfó el padre Sánchez con la paciencia a la contradicción de sus superiores, satisfizo con la razón, hablando con tal peso y energía en la consulta, que no pudieron dejar de condescender y aplaudir su celo industrioso, que de los intereses y asuntos bajos y temporales del rey y la república, sabía sacar el único e importante asunto de su instituto, que es el servicio de Dios y bien de las almas.

[Primeros estudios en Manila] Entretanto había llegado a Manila cédula de su Majestad, despachada al   —211→   doctor don Santiago de Vera, presidente de Filipinas, para que en ellas se fundase colegio de la Compañía, a que se había dado algún principio, con la piadosa liberalidad de don Gabriel de Rivera, del ilustrísimo señor obispo y otras personas. Los padres, por orden del padre provincial Antonio de Mendoza, habían ya fabricado casa e iglesia en la ciudad, dejado el arrabal de Laguio, cuya incomodidad y situación había causado la muerte al padre Hernán Suárez, infatigable operario. Con esta ocasión se dio algún principio a los estudios, por el que pareció más necesario a juicio del Ilustrísimo. El padre Raimundo Prat se encargó de leer a los sacerdotes teología moral en casa, y poco después se establecieron los estudios de gramática el año de 1594. No podemos dejar de notar en este punto el error cronológico del autor de la crónica del Santo Rosario, que hablando de la fundación del colegio de Santo Tomás el año de 1620, dice: Después de fundado este colegio, hay para oponerse a los beneficios personas que hayan estudiado, que antes no las había, ni aun quien quisiese estudiar, etc. No sé con qué verdad pudo hablar este escritor, cuando desde el año de 1586, se comenzó a leer la teología moral en nuestra casa, se plantaron el año de 1594 los estudios de gramática, cuyo primer lector fue el padre Tomás de Moya; después los de filosofía, a dirección del padre Miguel Gómez, cuando desde el año de 601, con trece colegiales, se dio principio al real colegio de San José, cuya fundación, según reales cédulas, debía haberse ejecutado desde el año de 1585, en que su Majestad se dignó mandarlo; y finalmente, cuando este colegio, en juicio contradictorio, ganó la antigüedad al de Santo Tomás, por sentencia de aquella real audiencia, en 16 de mayo de 1647.

El padre Alonso Sánchez, partió de Nueva-España y llegó a Sevilla por setiembre del mismo año. El rey católico le dio dos horas de audiencia, e hizo un grande aprecio de su dictamen, mandándole asistir a las juntas de su consejo, para la prudente resolución de los negocios. Persuadió a aquellos señores y consiguió se deshiciese la audiencia real de Manila, aunque después de muerto el padre volvió a restablecerse. Hizo elegir un gobernador, y a su elección se confirió este cargo a Gómez Pérez Dasmarinas, gobernador que poco antes había desempeñado con crédito el gobierno de Murcia y Cartagena. Tenía ya muy inclinados los ánimos de los consejeros a la conquista de la China, y si no le hubiera sido preciso pasar a Roma, donde fuera de su comisión le llamaba con mucha instancia el padre general Claudio   —212→   Acuaviva, acaso se hubiera intentado esta grande empresa. El cardenal de Mendoza lo introdujo a besar el pie a la santidad de Sixto V, que le dio audiencia por más de una hora. La muerte de este gran pontífice, y la corta vida de Urbano VII, Gregorio XIV e Inocencio IX, que entre los tres apenas pasaron de un año, no dio lugar a poderse concluir con tanta brevedad las conferencias de los cardenales, a que se había remitido la decisión, que muy a satisfacción dio finalmente Clemente VIII, añadiendo un breve lleno de amor paternal al obispo, gobernador, clero y religiones y pueblo de las islas Filipinas, fecha a 25 de marzo de 1592. Volvía de Roma con todos sus despachos, ansioso de volver a Filipinas, donde en su ausencia había, no poco, padecido su honor. El padre general, en aquellos tiempos en que la Compañía padecía en España una cruda persecución, creyó sería de mucha importancia en la provincia de Toledo la actividad del padre Alonso Sánchez. Las turbaciones de aquellas provincias no podían sosegarse sin una congregación general. En efecto, se decretó esta, y de esta nueva provincia fue destinado con general aceptación para pasar segunda vez a Roma, a donde se disponía a partir, cuando un dolor de costado le acabó la vida en pocos días en el colegio de Alcalá. Hemos pasado algunos años adelante de lo que lleva la serie de los tiempos, por señalar con la muerte de este hombre raro, lo que nos pertenece de la historia de Filipinas, que habiendo sido elegido a diligencias del padre Alonso Sánchez por vice-provincia, aunque conservó muchos años cierta dependencia al provincial de México, no nos parece deber ya tener lugar en nuestro asunto, especialmente habiendo tenido a los padres Francisco Colin y Pedro Murillo, que con tanta elegancia como exactitud han escrito su historia.

[Ventajoso establecimiento del colegio de la Puebla] No podemos pasar más adelante sin dar razón de la nueva forma y aumentos que logró este año el insigne colegio del Espíritu Santo. Hemos hablado ya más de una vez del insigne caballero don Melchor de Covarrubias, que muy a los principios de haber ido allí la Compañía, había ofrecido catorce mil pesos para la fundación de aquel colegio. No habiendo por entonces a los superiores parecido suficiente la dotación, quedó no poco mortificado y algún tanto sentido con los jesuitas. El padre doctor Pedro de Morales, procuró después mitigar sus resentimientos, que la fuerza misma de la razón había ya no poco debilitado. Comenzó a frecuentar nuestra casa, y a ver por sus ojos el trabajo, que por la ajena salud se tomaban con tanto ardor nuestros   —213→   operarios. Hacia algunas limosnas, y comenzó a inclinarse a dotar plenamente el colegio. El padre provincial Antonio de Mendoza, no podía admitir la fundación sin licencia del padre general, a quien se escribió desde luego, y su paternidad muy reverenda, condescendió prontamente, dando muchas gracias a don Melchor de Covarrubias, y admitiéndolo a la parte de los sacrificios y obligaciones, que a sus fundadores reconoce la Compañía. La carta de nuestro padre general Claudio Acuaviva, estaba firmada a los 24 de enero de 1586. Prometió don Melchor de Covarrubias veintiocho mil pesos de contado, y una libranza de trece mil pesos, a que daba esperanza de añadir en su testamento el remanente de sus bienes, de que hacía heredero al colegio. El padre provincial Antonio de Mendoza pasó a dar la última mano a este importante asunto, y en 15 de abril de 1587 se otorgaron las escrituras, pesando el piadoso fundador por su misma mano el dinero. Su liberalidad premió el Señor con unos interiores sentimientos de júbilo y de piedad tan singulares, que, como él mismo dijo al padre provincial, no había sentido en su vida gusto alguno de aquella cualidad. Por la singular devoción que tuvo siempre a la tercera persona de la Augustísima Trinidad, quiso que se pusiese a su colegio el nombre del Espíritu Santo, y señaló para el día de la fiesta y sucesora suya en el patronato a Santa María Magdalena, a quien había profesado siempre un tiernísimo afecto. Así después de tantas penalidades y congojas temporales, recompensó Dios la heroica paciencia y sufrimiento de aquellos sus siervos, que fiados en su providencia, habían perseverado nueve años entre persecuciones y pobrezas, erigiendo sobre estos solidísimos cimientos el segundo colegio de la provincia, en la segunda ciudad del reino.

[Descripción de la ciudad de Puebla] Tal es, si no en antigüedad, a lo menos en grandeza y población, la Puebla de los Ángeles. Está situada a los 19 grados 20 minutos, según otros, 30 de latitud boreal, y a los 277 grados y algunos minutos de longitud. La gloria de su fundación la parten, según Martiniere, don Sebastián Ramírez de Fuenleal y don Antonio de Mendoza. No sabemos que tenga esta opinión más fundamento que el haber aquel primer virrey de Nueva-España amplificado y aumentado mucho esta ciudad, que ya había fundado algún tiempo antes el ilustrísimo don Sebastián Ramírez, que encomendó singularmente este cuidado don Juan de Salmerón, oidor de la real audiencia de México, que llevó consigo, por disposición del ilustrísimo presidente, al venerable fray Toribio de Motolinía,   —214→   religioso franciscano, a cuya piedad y celo de sus fervorosos compañeros, debo esta ciudad las luces de la fe, y aun todo su ser, pues a diligencias de los hijos de San Francisco se resolvió a su fundación don Sebastián Ramírez. La población indios de que ocupa aquel hermoso valle, llamaban en su idioma Coetlaxcoapan, unos, otros Huitzilapam. La nueva colonia de españoles, se llamó desde luego Puebla de los Ángeles.

Habiendo el oidor, en fuerza de su comisión, convocado los indios comarcanos en número de más de diez y seis mil entre Tlaxcala, Cholula y Huexotzingo en 16 de abril de 1530, después de haber celebrado el santo sacrificio, se tendieron los cordeles y se dio principio a las fábricas y partición de los solares entre cuarenta moradores. Las casas de solo adobe y paja, no necesitaban mucho tiempo para su construcción. Dentro de pocos días, que parece haber sido o el 2 de octubre en que se celebra la festividad de los Santos Ángeles, o el 8 del mayo en que la iglesia honra a su patrón San Miguel en su aparición sobre el monte Gargano, comenzaron a habitarla sus primeros pobladores22. La iglesia catedral, que hoy reside en la Puebla, estuvo en Tlaxcala desde el año de 1524, de donde se trasladó el de 1550. El obispado es de los más grandes y ricos de la América. Se extiende desde el uno al otro mar, sobre más de cien leguas de largo, y sesenta de ancho, y confina con los de México y Oaxaca. Una larga cordillera de montes corre cuasi por medio de todo él hasta el mar, cinco leguas al Norte del puerto de Veracruz. Entre ellos sobresale mucho el volcán de Orizava, en figura cónica, cuya cima, aun estando en tierras calientes, está perpetuamente cubierta de nieve. Un misionero francés lo juzga por más alto que el famoso pico de Tenerife, tenido hasta ahora por el monte más encumbrado de toda la tierra. Dista como treinta leguas del mar, y se ve como otras tantas antes de llegar al puerto. Las principales poblaciones de españoles son: Veracruz, Atlixco o villa de Carrión, Jalapa, villa de Córdoba, Orizava, Tepeaca y Tehuacán, Huexotzingo, Cholula y Tlaxcala; son muy antiguas poblaciones de indios. Estas dos últimas fueron en su gentilidad muy considerables y perpetuas rivales. Cholula, obedecía a los emperadores mexicanos; Tlaxcala, era una república que peleaba, por la libertad. Una y otra se hicieron   —215→   célebres en la conquista de Nueva-España: Cholula, por su traición23 y su saqueo; Tlaxcala, por su fidelidad y su valor, que le mereció la singular benevolencia y atención de nuestros reyes. Uno de los lugares más dignos de atención de esta diócesis, es el famoso santuario de San Miguel del Milagro. La aparición del Santo Arcángel es universalmente contestada y confirmada por la constante tradición. Lo cierto es que la constitución misma del lugar en que mandó se le fabricase templo, está dando bastantemente a conocer que no pudo ser humano pensamiento. Persevera en el mismo sitio un pozo cuyas aguas, se dice, ser una celestial medicina para todo género de dolencias. La iglesia está situada en una hoya o profundidad, a que se baja por muchas gradas. Todo cuanto allí se ve inspira una veneración y un respeto, que hace muy creíble la milagrosa aparición. Aconteció veinte años después de la conquista y toma de México, el de 1541, y diez años después de la prodigiosa imagen de Guadalupe. El ilustrísimo señor don Pedro Nogales, a los principios de este siglo, fabricó de nuevo aquel santuario, y le añadió casas y hospedería para los muchos que acuden a venerar la sagrada imagen, cuya devoción promovió singularmente con su ejemplo, retirándose allí frecuentemente a entregarse con más atención a los fervores de su piedad. El clima de la Puebla y sus contornos es templado, aunque inclina más a caliente y seco; el terreno extremamente fértil de trigo y frutas delicadas de Indias y de Europa. Dista de México la ciudad veintidós leguas al Sudeste, por donde divide una y otra diócesis la Sierra Nevada, y el volcán que los indios llaman Popocatepetl, por los penachos de espeso humo, que muchas veces le observaron en su gentilidad los naturales. Después de conquistado el reino el año de 1594, vomitó grandes llamaradas y mucho humo por algunos meses, hasta el de octubre. Lo mismo aconteció el de 1663 y el siguiente, muy a los principios de enero: se destacó con espantoso estruendo un gran pedazo de la cima, siguiéndolo cantidad de ceniza y mucha piedra liviana y calcinada. La última vez que se ha   —216→   visto despedir este humo y alguna tenue luz, fue el día 25 de julio de 1660. Está la ciudad situada en una hoya o valle hermoso, que baña el río Atoyac, no muy caudaloso en este paraje, si no es en tiempo de aguas. Algunos grandes barrios están del otro lado del río, como el de San Francisco, Analco, etc., en considerable altura, respecto a lo demás que está a nivel del río. La Catedral, San Agustín, la Soledad, San Javier, el colegio del Espíritu Santo, son sus más bellos edificios. Tiene dos conventos de Santo Domingo y una recolección de San Francisco, de San Diego, y un hospicio de misioneros apostólicos, extramuros de la ciudad, de la Merced, del Carmen, de San Juan de Dios, de Belén, de San Hipólito, Oratorio de San Felipe Neri, de San Agustín, tres colegios de la Compañía de Jesús; el uno, nuevamente fundado para solo ministerios de indios, cuatro parroquias y algunas otras con derechos de tales: once conventos de monjas, tres seminarios; el uno tridentino, a dirección de clérigos seculares, el real de San Ignacio de estudios mayores, y el más antiguo de San Gerónimo, de estudios de gramática; los dos a cargo de la Compañía de Jesús, colegio de niñas, casa de recogidas, el hospital de San Cristóbal para niños expuestos, el hospital real de San Pedro, fuera de otros que están a cargo de familias religiosas. Tiene más de cuarenta templos que merezcan este nombre, fuera de otras muchas capillas y ermitas, que en cualquiera otra ciudad menos grande podrían pasar por tales. Hay dentro de la ciudad muchos ojos de agua, aunque los más infestados de azufre, de que son muy medicinales los del ojo, que llaman de San Pablo. A causa de los vapores sulfúreos, y de la situación coronada toda de altos montes, es el terreno expuesto a tempestades formidables, de que sin embargo ha conseguido bastante alivio, después que se juró por patrón, y se erigió un hermoso templo al gloriosísimo Patriarca señor San José. En el convento de San Francisco, yace el venerable siervo de Dios fray Sebastián de Aparicio, y en el monasterio de la Concepción, la venerable Sor María de Jesús, que esperamos ver en los altares.


 
 
FIN DEL LIBRO SEGUNDO
 
 


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