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Historia de la vida y hechos del emperador Carlos V

Máximo, fortísimo, Rey Católico de España y de las Indias, Islas y Tierra firme del mar Océano

Fray Prudencio de Sandoval

Preliminares

Al Rey nuestro señor

Diversos autores han escrito los hechos del Emperador Carlos Máximo, Fortísimo, abuelo de Vuestra Majestad y señor nuestro, pero no todos uno, ni todos los que escribieron como merecen. Y si bien yo solo me he puesto a decirlos todos, cuando lo sean, no será posible contarlos como merecen, porque fueron muchos y de grandeza heroica, y yo soy muy poco.

Entendiendo el servicio que a Vuestra Majestad hacía, dejé otros cuidados en que gasté la parte mayor de mi vida, y púselos en buscar lo que a mí fue posible, para sacar cumplida esta obra de la vida y hechos de tan gran monarca, procurando tanto decir la virtud grande del alma que tuvo, como la fortaleza de su corazón, jamás vencido.

Leído he las vidas de muchos príncipes gentiles y cristianos; no sé cuál igual, y sé que muchas juntas no son semejantes en las continuas guerras, sucesos varios, suertes dudosas, levantamientos de Estados y rendimiento de ellos. Así que, mirando con atención el progreso o discurso de cincuenta y siete años, o poco más tiempo, que el César vivió, veremos un retrato de la vida humana y varias fortunas della.

De Vuestra Majestad es esta obra, pues es la imagen viva que Dios nos dio del César. Dedícola al real nombre de Vuestra Majestad, que será el oro, el fino azul y olio perpetuo con que la memoria del César fuera eterna si el mundo lo fuera. La que sin fin reina en los Cielos, guarde a Vuestra Majestad largos y felicísimos años para bien destos Reinos.

El maestro Don Fray Prudencio de Sandoval, Obispo de Pamplona.

Al emperador Carlos V, máximo, fortísimo

    Si hubo dos Martes, éste el primero,

Y Marte es el segundo destos Martes:

Porque éste es Carlos Máximo, que fiero

Más que Alcides domó remotas partes,

Y en el opuesto y ártico hemisfero

De Cristo enarboló los estandartes,

Ganando con mil ínclitas victorias

A España reinos, y a su nombre glorias.

    A la gloriosa espada fulminante

Del magno augusto Carlos, Marte ardiente,

Postró sus lises el francés valiente

y humilló el turco el cándido turbante.

    Siempre invicto lo vio, siempre triunfante

La tierra del ocaso al rojo oriente;

Y el padre de las ondas vio su frente

Rota con sus columnas de diamante.

    Mas cubierta estuviera de silencio

Fama tan justamente celebrada,

Y España sin la luz de tal memoria,

    Si tú, Livio español, docto Prudencio,

No igualaras tu pluma con su espada,

Y con sus altos hechos tu alta historia.


Del dotor Augustín de Tejada Páez.

Muy poderoso señor

Por mandado de Vuestra Alteza vi la Corónica del emperador Carlos V nuestro señor, compuesta por el padre maestro fray Prudencio de Sandoval. Y la parte de Teología trata el autor con mucha erudición y propriedad, y los Pontífices y Concilios con la veneración debida; y conviene mucho salga a luz esta obra insigne para gloria de Dios y bien de su Iglesia, y para honra de nuestra nación, y para refrescar la memoria de tan valerosas hazañas como el mundo vio en tan gran monarca, y para que las naciones extranjeras conozcan tal planta como España produjo. Esto hace bien la pluma del padre maestro, y ésa había menester la lanza valerosa de tal príncipe. Y aunque cada virtud por grande pedía un coronista entero, la Justicia, la Prudencia, la Piedad y la Fe y Religión; pero de todo da buena cuenta el padre maestro, y a cada cosa su tanto, que no tiene Aquiles que llorar, como Alejandro dijo, pues tuvo tan buen historiador como Homero. Reparte Dios sus gracias, y a unos da la del bien hacer, y a otros la del bien decir, y todo es don de Dios. Filón pedía una lengua en el mundo que declarase las excelencias de los Cielos y elementos, para que todos la supiesen: esto hace muy bien la pluma del padre maestro en declarar las guerras, la paz del Emperador, la justicia, la religión y toda su vida admirable, y, sobre todo, el fin y muerte con que el Señor le llevó para sí al Cielo, para trocar la corona mortal en la de la gloria sempiterna. Así me lo parece, en San Francisco, Valladolid, 22 de abril 1.603.

Fray Gregorio Roiz.

El Rey

Por cuanto por parte de vos el maestro fray Prudencio de Sandoval, nuestro coronista, nos fue hecha relación que habíades compuesto la historia del Emperador y rey mi señor y abuelo que está en el Cielo, en la cual se trataba de la vida tan notable y hechos dignos de memoria de Su Majestad Cesárea, en lo cual habíades tenido mucha ocupación y trabajo, nos pedistes y suplicastes os mandásemos dar licencia y facultad para le poder imprimir y privilegio par veinte años, o como la nuestra merced fuese. Lo cual visto por los de nuestro Consejo, por cuanto en el dicho libro se hicieron las diligencias que la premática por nos últimamente fecha sobre la impresión de los libros dispone, fue acordado que debíamos mandar dar esta nuestra cédula por vos en la dicha razón, y nos tuvímoslo por bien. Por la cual, por os hacer bien y merced, os damos licencia y facultad para que vos o la persona que vuestro poder hubiere y no otra alguna, podáis imprimir la dicha historia que de suso se hace mención, en todos estos nuestros reinos de Castilla por tiempo y espacio de diez años que corran y se cuenten desde el día de la data de esta nuestra cédula, so pena que la persona o personas que sin tener vuestro poder lo imprimiere o vendiere, o hiciere imprimir o vender, por el mismo caso pierda la impresión que hiciere con los moldes y aparejos della, y más incurra en pena de cincuenta mil maravedís cada vez que lo contrario hiciere. La cual dicha pena sea la tercera parte para la persona que lo acusare y la otra tercera parte para nuestra Cámara y la otra tercera parte para el juez que lo sentenciare, con tanto que todas las veces que hubiéredes de hacer imprimir el dicho libro durante el tiempo de los dichos diez años, le traigáis al nuestro Consejo juntamente con el original que en él fue visto, que va rubricado cada plana y firmado al fin del Juan Gallo de Andrada, nuestro escribano de Cámara de los que residen en el nuestro Consejo, para que se vea si la dicha impresión está conforme al original o traigáis fe en pública forma de cómo por corretor nombrado por nuestro mandado se vio y corrigió la dicha impresión por el original, y se imprimió conforme a él, y quedan impresas las erratas por él apuntadas para cada un libro de los que así fueren impresos, para que se tase el precio que por cada volumen hubiéredes de haber. Y mandamos al impresor que ansí imprimiere el dicho libro, no imprima el principio ni el primer pliego de él, ni entregue más de un solo libro con el original al autor o persona a cuya costa lo imprimiere, ni a otro alguno, para efeto de la dicha corrección y tasa, hasta que antes y primero el dicho libro esté corregido y tasado por los del nuestro Consejo. Y estando hecho, y no de otra manera, pueda imprimir el dicho principio y primer pliego y sucesivamente ponga esta nuestra cédula y la aprobación, tasa y erratas, so pena de caer y incurrir en las penas, contenidas en las leyes y premáticas de estos nuestros reinos, y mandamos a los del nuestro Consejo y a otras cualquier justicias de ellos que guarden y cumplan esta nuestra cédula y lo en ello contenido. Fecha en Lerma a diez días del mes de junio de mil y seiscientos y tres años.

Yo el Rey

Por mandado del Rey nuestro Señor, Juan de Amezqueta.

Genealogía del emperador Carlos V, máximo, fortísimo, rey de España

Antes de comenzar la historia, haré lo que los antiguos usaron escribiendo los hechos de sus príncipes. No contaré patrañas, ni ficciones fabulosas en la genealogía de Carlos, rey de España y Emperador de los cristianos, como las dijeron de Alejandro Magno, haciéndole decendiente del gran Hércules, y a Hércules hijo de Júpiter. Y de Julio César afirmaron que traía su origen de la diosa Venus. De Ciro, rey potentísimo de los persas, lisonjeándole dijeron que lo había criado y dado leche una perra. De Rómulo y Remo, fundadores de Roma, tuvieron por cierto que los crió una loba, como los veo colgados de sus pechos en monedas de aquel tiempo. De esta manera fingieron tales y otros disparates por engrandecer sus príncipes, y hacerlos de otra masa diferente de la natural de los hombres. Diré breve y verdaderamente las dos líneas de padre y madre del César rey de España, que son tales, que sin fingir parecerá ser dos sucesiones las más antiguas, continuas y nobles que de reyes ha habido en el mundo, después que Dios lo formó criando al primer hombre.

Años del mundo Línea gradual Genealogía del emperador Carlos Quinto Años antes de J.C.
1 1 Adán, fue criado en viernes el sexto día del mundo. 3960
130 2 Seth, nasció a ciento treinta de la creación 3831
235 3 Enos, nasció a doscientos y treinta y cinco. 3726
325 4 Cainán, nasció a trescientos y veinte y cinco. 3636
395 5 Malaleel, nasció a trescientos y noventa y cinco. 3666
460 6 Yareth, nasció a cuatrocientos y sesenta. 3501
622 7 Enoch, nasció a seiscientos y veinte y dos. 3330
687 8 Matusalem, nasció a seiscientos y ochenta y siete. 3274
874 9 Lamech, nasció a ochocientos y setenta y cuatro. 3087
1056 10 Noé, nasció a mil y cincuenta y seis. 2905
1559 11 Cham, a mil y quinientos y cincuenta y nueve. 2402
1656 DILUVIO Fue A 1656 2305
1927 12 Osiris, que es Mesraim, hijo de Cham, nasció en el año 2034
2240 13 Hércules Libio, hijo de Osiris, floreció en España, año 1721
2291 14 Thusco, hijo de Hércules, reinó en Italia, año 1670
2318 15 Altheo, hijo de Thusco, reinó en Italia, año 1643
2323 16 Blascon, hijo de Altheo, murió en vida de su padre, año 1638
2375 17 Camboblascon, hijo de Blascon, reinó en Italia, año 1586
2484 18 Dardano, hijo de Camboblascon y de Electra, hija de Atlante, rey de España, mató a su hermano Jasio, rey de Italia, y huyó a Frigia, donde fundó a Troya, año
Roma, hija del mesmo Atlante y de Leucaria Española, fundó a Roma año 2336, ciento y cuarenta y ocho años antes que Troya: y ansí, Troya, como Roma, fueron fundadas por la sangre española.
1477
TROYA.
2514 Dardano reinó en Troya treinta y un años, y murió 1447
2515 19 Erictonio, hijo de Dardano, reinó en Troya 75, en el año 1446
2590 20 Troe, hijo de Erictonio, reinó en Troya 60, en el año 1371
2650 21 Ilo, hijo de Troe, reinó en Troya 55; en el año 1311
2705 22 Laomedonte, hijo de Ilo, reinó en Troya 36, en el año 1256
2741 23 Príamo, hijo de Laomedonte, reinó 43, en el año 1220
Príamo pereció con su Troya en el año 1177
2784 24 Héctor, primogénito de Príamo, murió en vida de su padre.
Beroso, dice hasta Príamo, y Alejandro Esculteto pone a Héctor, de quien dice dependen los sicambros; y Pedro Mareno los sigue de aquí adelante hasta Antenor el segundo; y Esculteto pone a Heleno por hijo de Héctor, y no por hermano: y lleva razón, pues no serían dos hermanos vivos de un mesmo nombre y otro Heleno, hermano de Héctor, fue rey de Epiro, y casó después de la guerra troyana con Andrómaca, mujer de Héctor.
SCITIA Años en que murieron
2802 25 Heleo o Heleno, hijo de Héctor, metió a los troyanos en la Scitia, y murió año 1159
2819 26 Ceucer, hijo de Heleo, reinó 17 años, y murió en el año 1142
2853 27 Franco, hijo de Ceucer, reinó 36, murió año 1106
2888 28 Esdron, hijo de Franco, reinó 33, murió en el año 1073
2908 29 Celio, hijo de Esdron, reinó 20, y murió en el año 1013
2927 30 Bassabiliano, hijo de Celio, reinó 19, y murió en el año 1034
2952 31 Plaserio, hijo de Bassabiliano, reinó 25, y murió en el año 1009
2919 32 Plesron, hijo de Plaserio, reinó 28, y murió en el año 981
2994 33 Eliacor, hijo de Plesron, reinó 14, y murió en el año 967
3007 34 Zaberiano, hijo de Eliacor, reinó 13, y murió en el año 954
3009 35 Plaserio el segundo, y hijo del dicho, reinó 2, y murió año 952
3018 36 Antenor, hijo de Plaserio, reinó 9, y murió en el año 943
3031 37 Príamo el segundo, y hijo de Antenor, reinó 13, y murió en el año 930
3088 38 Heleno el segundo, y hijo de Príamo, reinó 57, murió en el año 873
3109 39 Plesron el segundo, y hijo de Heleno, reinó 21, y murió ano 852
3131 40 Bassabeliano, el segundo, y hijo el dicho, reinó 22, y murió año 830
3151 41 Alexandre, hijo de Bassabeliano, reinó 20, y murió año 810
3166 42 Príamo el tercero, hijo de Alexandre, reinó 15, y murió año 795
3239 43 Getilanor, hijo de Príamo, reinó 73, y murió en el año 722
3249 44 Almadion, hijo de Getilanor, reinó 10, y murió en el año 712
3285 45 Diluglo, hijo de Almadion, reinó 36, y murió año 676
3352 46 Heleno el tercero, y hijo del dicho, reinó 67, murió año 609
3377 47 Plaserio el tercero, y hijo de Heleno, reinó 25, murió año 584
3429 48 Diluglo el segundo, y hijo de Plaserio, reinó 52, y murió año 532
3492 49 Marcomiro, hijo de Diluglo, reinó 63, y murió en el año 469
3494 50 Príamo el cuarto, y hijo de Marcomiro, reinó 2, y murió en el año 467
3505 51 Heleno el cuarto, y hijo de Príamo, reinó 11, y murió año 456
3521 52 Antenor el segundo, y hijo de Heleno reinó 16, murió año 440
3528 53 Marcomiro el segundo, y hijo de Antenor, reinó 28 años, y por consejo de Monolpo, grande astrólogo judiciario, pasó a sus gentes de Scitia en Alemaña mediado abril del año 3528: 433
3549 ocupó las tierras que moran los frisios occidentales y geldreses y holandos, y murió en el año
Aunque Pedro Mareno y Alexandre Esculteto prosigan esta genealogía, yo me aterné de aquí adelante con Gerónimo Gebuvilero, que la sigue más de raíz, y la dirigió al cristianísimo emperador don Hernando: y cosa ofrecida a tan alto príncipe, es de creer haber sido compuesta con diligencia y cuidado.
412
ALEMAÑA.
2584 54 Antenor el tercero, y hijo de Marcomiro, reinó 35, y casó con Cambra, hija de Belino, rey de Bretaña: salió tal mujer, que todos holgaron llamarse sicambros, del nombre de ella, y murió Antenor año 377
SICAMBROS.
3605 55 Príamo el quinto, y hijo de Antenor, reinó 21, y murió año 356
3624 56 Heleno el quinto, y hijo de Príamo, reinó 19, y murió año 337
3663 57 Diocles, hijo de Heleno, reinó 39, y murió año 298
3713 58 Bassano el Magno, hijo de Diocles, reinó 36, y fue gran teólogo de aquel tiempo; y reinó por disposición de su hermano Heleno el Malo, que reinó 14, y fue tan justiciero que mató a su hijo, porque cometió adulterio; y murió año 248
3729 59 Clodomiro, hijo de Bassano, reinó 16, murió año 232
3767 60 Nicanor, hijo de Clodomiro, reinó 38, y murió año 194
3793 61 Marcomiro el tercero, y hijo de Nicanor, y filósofo, reinó 26, y murió en el año 168
3805 62 Clodio, hijo de Marcomiro, reinó 12, y murió en el año 156
3816 63 Antenor el cuarto, y hijo de Clodio, reinó 11, y murió año 145
3836 64 Clodomiro el segundo, y hijo de Antenor, reinó 20, murió año 125
3868 65 Merodaco, y hijo de Clodomiro, reinó 32, murió año 93
3889 66 Cassandre, hijo de Merodaco, reinó 21, murió año 72
3914 67 Antario, hijo de Cassandre, reinó 35, murió año 37
3951 68 Franco, hijo de Antario, reinó 27, y salió tan valeroso (conforme a su nombre, que quiere decir feroz), que de él se llamaron francos todos los suyos: murió 10
FRANCOS. Años de J. C.
69 Clogion, hijo de Franco, reinó 30 y en su año décimo nasció nuestro redentor Jesucristo: murió Clogion 20
70 Marcomiro el cuarto, y hijo de Clogion, sucedió a su hermano Herimero, que reinó 11 años y murió sin hijos; y reinó Marcomiro 19. 50
71 Clodomiro el tercero, y hijo de Marcomiro, reinó 12, murió 62
72 Antenor el quinto, y hijo de Clodomiro, reinó 6, y murió año 68
73 Raterio, hijo de Antenor, fundó entre los bátavos a Roterdam, la patria de Erasmo, y reinó 21, y fue allí sepultado año 89
74 Richimero, hijo de Raterio, reinó 24, y en su tiempo comenzó el apellido de la Marca Bradeburgense, y murió en el año 133
75 Odemaro, hijo de Richimero, y muy pacífico, reinó 14, y murió año 127
76 Marcomiro el quinto, y hijo de Odemaro, fundó la ciudad Marcomburgo, y reinó 21; y murió en el año 148
77 Clodomiro el cuarto, y hijo de Marcomiro, reinó 17: murió 165
78 Faraberto, hijo de Clodomiro, reinó 20: murió año 185
79 Sunon, hijo de Faraberto, reinó 28: murió año 213
80 Hilderico, hijo de Sunon, reinó 39, y en su nascimiento se halló el astrólogo Hildegasto, que anunció las grandes victorias que habían de ganar los francos de los romanos y franceses: murió en el año 252
81 Waltero, hijo de Hilderico, reinó 18, y robó por Italia: murió 270
82 Clodio el segundo, y hijo de Waltero, reinó 28: murió 298
83 Waltero, hijo de Clodio, reinó 3: murió 306
84 Dagoberto, hijo de Waltero, reinó 10: murió 316
Los siguientes no sirven más de a la continuación de los reyes, y no a la de la sucesión de la línea de nuestra genealogía.
Clogion, hijo de Dagoberto, le sucedió por 4 años: murió 320
Clodomiro, hermano de Clogion, le sucedió, y fundó de nuevo el ducado de Franconia en la persona de su hermano Genebaldo, y reinó 17: murió 337
Richimero, hijo de Clodomiro, reinó 15: murió 352
Teodomiro, hijo de Richimero, reinó 9, y matáronle los romanos con su madre Hastilia, y en tiempo de éste pasó Dagoberto, segundo duque de Franconia, el río Reno, y ganó a los belgas la ciudad de Tréveris: murió 360
Clogion, hijo de Teodomiro, reinó 18: murió 378
Marcomiro, hijo de Clogion, reinó 15, y matáronle los romanos con muchos de los suyos, y los francos quedaron tributarios de los romanos, sino que los que habían pasado con Dagoberto a ganar a Tréveris no admitieron tales conciertos, y dejando en guarda de lo ganado al capitán Príamo, del cual descienden los condes de Arduena y los duques de Lorena, tornaron a dar favor a los suyos: murió Marcomiro año 393
Dagoberto, hermano de Marcomiro, que no dejó hijos, le sucedió con nombre de virrey por cinco años eleto por votos, y negó el tributo al emperador Valentiniano: murió 398
Genebaldo, hijo de Dagoberto, fue eleto en virrey, y tuvo la gobernación 13 años: murió 411
No se hallando bien los francos sin reyes legítimos, convocaron una junta general de todas las personas principales, y concurrieron los diez y seis duques siguientes. El duque Faramundo de Franconia y sus hermanos los duques Marcomiro y Sunon, y el duque Clodio, hijo del mesmo Faramundo, y el duque Dagoberto, hijo del duque Marcomiro, y el duque Nicanor y el duque Faraberto y el duque Richimero, y Antenor, duque de los menipolitanos y el duque Príamo su hermano, y Bartero, duque galicano, y Heriberto, duque insulano, y los duques Sunon y Richmer, hijos de Genebaldo el postrero virey, y los duques Diocles y Meroveo. Del estado de su gentílica religión acudieron Salegastaldo, archiprésul de Júpiter, y Gastaldo Herhaldo, notario y secretario del estado, o gran chanciller, y Wisogastad, pontífice de la diosa Diana; y todos dieron sus votos a Faramundo, duque de Franconia, para rey de los francos en el año 420 de nuestro Redentor, en jueves a 24 de abril: de lo cual son autores Tritemio y San Antonino, Paulo Emilio y Gerónimo Gebuvilero: aunque Onufrio, año 417, dice haber sido eleto.
Tornando a la línea de la genealogía, digo que Dagoberto, que está en grado 84 sin el rey Clogion, tuvo otro hijo, el primero duque de Franconia, llamado Genebaldo, instituido por su hermano el rey Clodomiro; y por éste procede la sucesión, como en lo siguiente se muestra sin años.
85 Genebaldo, hijo de Dagoberto, fue primero duque de Franconia.
86 Dagoberto el segundo, y hijo de Genebaldo, fue segundo duque.
87 Clodion, hijo de Dagoberto, fue tercero duque.
88 Marcomiro el sesto y hijo de Clodion fue cuarto duque.
89 Faramundo, hijo de Marcomiro, fue duque quinto, y es el nuevamente eleto rey de los francos, y luego en siendo eleto traspasó el ducado de Franconia en su hermano Marcomiro: y él traspuso a parte de sus francos en las tierras de los franceses, a pesar de ellos y de los romanos, y las gozaron hasta Hugo Capeto por 568 años, y reinó Faramundo siete años hasta el año 427
Desde este príncipe comienzan los más autores la genealogía del emperador Carlos V.
90 Clodion el tercero, y hijo de Faramundo, fue llamado el Cabelludo por su gran melena y barba y pasó muchas de sus gentes a Francia, en las comarcas de París; y como venciese a Golduero, caudillo de los cimbros y rutenos, tomóle una hija, que casó con su sobrino Flamberto, de quien Flandes tiene tal nombre, y reinó 20: murió 447
91 Meroveo, hijo o sucesor de Clodion, en diez años que reinó, metió en Francia lo restante de sus francos, y parte asentó cabe Taxandria, y parte en los Tungros, y otros al río Axona. Este Meroveo y Teodorico, rey de los godos de España y Francia, y Aecio, capitán romano, destrozaron al cruel Atila, rey de los hunos, en la gran batalla de los campos Catalaunios en tierra de Tolosa: murió en el año de nuestro Redentor 457
Sin los autores dichos, ponen esta genealogía Hunibaldo y Tritemio; otros, 459
FRANCIA
92 Childerico, hijo de Meroveo, 27: murió 484
93 Clodoveo, hijo de Childerico y de la reina Basana o Clotilda de Borgoña, reinó 30, y fue el primero rey cristiano de esta gente, por la predicación de su mujer Clotilda: murió 514
94 Clotario o Lotario, hijo de Clodoveo y de Clotilda, y reinó 51: murió 565
95 Sigiberto, hijo de Clotario y de la reina Ingonda, quedó con Austrasia, que es Lorena, y con otras tierras en Alemaña, y casó con la goda Brunequilda, española, hija de Atanagildo, rey de España; reinó 13: murió siendo rey metense. 578
96 Childeberto, hijo de Sigeberto y de Brunequilda, fue rey de los metenses, aurelianenses, y de los borgoñones. Casó con la reina Ialeuba. Reinó 22. Hubo en ella 590
97 Teodoberto, hijo de Childeberto, fue muerto por su hermano Teodorico con sus hijos, si no fue el mayor llamado Sigeberto, que huyó a sus parientes Gofredo y Genebaldo, duques de Franconia, con los cuales estuvo 18 años, hasta que murió su tío Teodorico 616
98 Sigeberto, hijo del mal muerto Teodoberto y bisnieto del dicho Sigeberto, 95 en la línea: y aquel Sigeberto tuvo un hermano llamado Childerico, rey suesionense, y agora se llaman los remenses; y aquel gozó de ambas Francias y de Borgoña, y por intercesión de buenos, dio a este Sigiberto fugitivo las ciudades Curiense, Lausamense y Basiliense, con sus territorios, y la tierra de los helvecios, con título de duque de Alemaña, debajo de condición obligatoria que ni él, ni alguno de sus sucesores para siempre se llamasen reyes, ni pretendiesen los reinos de Francia, sino que quedasen por vasallos de los reyes de Francia. Esto se concluyó en el año de 625, y concordando con esto el riguroso Wolfgango Lacio en su genealogía austríaca, dice con gran razón que de este Sigeberto, primero duque alemán, descienden los de la casa de Habsburg y la de Austria. Tuvo Sigeberto 23 años el ducado. Murió 648
DUQUES DE ALEMAÑA
99 Ottoperto el. Grave, o Oberto, Teoberto, hijo de Sigeberto, fue segundo duque de Alemaña, y el primer conde de Abendo-Castro, que en alemán se dice Abensburg, y mudando letras Habsburg.
100 Babo el Grato, o Bebo, hijo de Oberto, fue tercero duque de Alemaña, y segundo conde de Habsburg, y parece haber muerto, año 715
101 Roterio el Justo, o Roberto, hijo de Bebo, cuarto duque, y tercero doble, casó con Hermentrudis, condesa de Geas. Reinó 51: murió 766
102 Amprinto, hijo de Roberto, quinto duque, y cuarto conde, dejó la memoria de la fortaleza y baronía ambringense en tierra de Brisgoya, y gozó sus estados 23: murió 789
103 Gontramo el Fortísimo, hijo de Amprinto, sexto duque de Alemaña, y quinto conde de Absburg, comenzó la fortaleza de la aguda piedra, que en alemán se dice Scharffenstein en los montes del valle de S. Truperto. Reinó 70: murió 859
104 Lutardo el Religioso, hijo de Gontramo, séptimo duque, y sexto conde, y también conde de Altemburg, casó con Berta, hija de Ragnero, duque de Lorena, reinó 33: murió 892
105 Wernero el Liberal, o Betzon, hijo de Lutardo, fue octavo duque alemán, y séptimo conde habsburgense, con los demás estados, que gozó 50: murió 942
106 Rapoto, hijo de Betzon, nono duque, y octavo conde, labró la fortaleza de Habsburg en Argovia a costa de su hermano Berengario, obispo de Argentina: reinó 48: murió 990
107 Berengario, hijo de Rapoto, duque deceno alemán, y conde noveno habsburgense, mereció por su clemencia renombre de Pío: reinó 41: murió 1031
108 Othon el Prudente, hijo de Berengario, onceno duque, conde deceno: reinó 50: murió 1081
109 Wernero, hijo de Othon, doceno duque, y onceno conde: reinó 49, murió 1130
110 Alberto el Rico y llamado el Liberal, fue hijo de Wernero, y treceno duque, y doceno conde: reinó 62: murió 1192
111 Alberto el Segundo y hijo de Alberto el Rico, fue catorceno duque de Alemaña, y treceno conde de Habsburg, y Lantgravio de Alsacia y casó con Heduvigina, de los condes de Chiburg, que le parió a Rudolfo, Alberto y Carlos, a los cuales, ya viejo, repartió sus estados, y se partió a la Tierra Santa, y murió en la ciudad de Acaron, donde fue sepultado: reinó 7 hasta que murió en el año 1229
112 Rodolfo el Callado, hijo del dicho Alberto, sacólo de pila el emperador Frederico II, año 1218, a 27 de abril. Fue l4 años conde de Habsburg; en el año de 1240 casó con Ana, hija del conde de Honhemburg: otros dicen que con Inés, hija de Godofredo, barón de Hohenstautem y fue coronado rey de romanos en Aquisgrán, año 1273, último de otubre: murió de 37 años, en el último de setiembre. 1291
113 Alberto, III de este nombre, llamado el Victorioso, fue hijo de Rudolfo, y quinceno conde habsburgense, y primero duque de Austria. Casó con Hedeburgis, hija de Ulrice, conde de Kiburg, dándole su padre la investidura, año 1282, por muerte del malogrado Conradino, remate de la sangre de Suevia, rebelde a la Iglesia romana, y por este ducado quedó vasallo del Imperio, cuyo es de darle. Fue Alberto rey de romanos, electo año 1299, y dice Platina que el papa Bonifacio VIII no le quiso confirmar su elección, hasta que prometió hacer su poder sobre quitar el reino de Francia a Felipe Hermoso. Mas el Papa murió, y Alberto no se acordó más de lo prometido; ni él ni el Papa juntos bastaran a ello. Murió el desgraciado Alberto al pasar de un río, cabe un lugar llamado Escafusa, a manos de su sobrino Juan, porque no le daba ciertos lugares que le tenía, y gozó de sus estados 17: murió 1308
114 Alberto el Sabio y IV de este nombre, fue hijo del sobredicho Alberto Victorioso, y sexto décimo conde de Habsburg y casó con la señora Juana, que llevó en dote el condado de los firretas en el año de 1324, y cuatro años después le nasció su hijo heredero Leopoldo. En tiempo de éste, aplicó el emperador Ludovico Bávaro el ducado de Carintia a los duques de Austria en feudo, por haber muerto sin herederos el señor de aquel estado. Fue este Alberto tan gotoso, que vino a quedar cojo de ello; y por ello se le pegó el nombre de Cojo; y habiendo reinado 70 años, murió 1378
115 Leopoldo, fue hijo y heredero de Alberto el Sabio. Fue mal muerto, porque teniendo treguas con los esguízaros, no le guardaron la postura, y sin le denunciar la guerra (como es de jure gentium) le entraron robando la tierra, y él salió por se lo estorbar, y quedó muerto en la escaramuza, habiendo reinado 11 años: murió Rodolfo, hermano de este Leopoldo, había casado en el año de 1360, con Margarita Multesch, por la cual entró en Casa de Austria el condado de Tyrol.
1389
116 Ernesto, hijo menor del sobredicho Leopoldo, heredó los estados de Austria y Estiria y Carintia y Tyrol y Habsburg: por habérsele muerto sus hermanos mayores, Leopoldo, Frederico y Sigismundo, que no dejaron herederos: y por ser tan esforzado y recio de cuerpo, le llamaron hombre de hierro y reinó 45 años: murió 1424
Aquí se debe advertir en que el sobredicho duque Ernesto dejo por heredero a Alberto V de esta línea, que mereció por su blanda condición, renombre de Manso: mas como no dejase heredero, habemos de retroceder para proseguir los herederos de la casa (y no los de la genealogía por agora) hasta Alberto el Sabio que fue 114 en la genealogía, el cual dejó un hijo llamado también Alberto y éste a otro Alberto que es sexto de este nombre, y nieto del Sabio y de éste prende la sucesión de la casa, diciendo ansí: Alberto VI y nieto de Alberto el Sabio, casó con Juana, hija de Alberto, duque de Baviera y de Holandia: murió en el año 1404 de Nuestro Redentor. 1404
Alberto el VII, hijo de Alberto VI, le sucedió, y casó con Isabel, hija del emperador Sigismundo, y sin los estados que él tenía, fue por ella rey de Hungría y de Bohemia, y fue eleto Emperador en el año de mil y cuatrocientos y treinta y nueve (o uno menos) y en su tiempo se celebraron los concilios generales Basilense y Florentino, y también el Constanciense, en el cual trabajó el emperador Sigismundo más que otro príncipe por semejante ocasión. Gozó Alberto del título Imperial dos años, y murió en la flor de su edad. 1439
Ladislao, hijo del sobredicho Alberto, fue duque de Austria, y también rey de Hungría y de Bohemia por su madre Elisabeth, y nació póstumo, que es después de su padre muerto. Este rey fue desposado con la señora Margarita, hija del rey de Francia, Carlos VII, y al punto de enviar por ella para se velar, fue toxicado por el gran hereje Pogiebracio, por se quedar con el reino de Bohemia, y sucedióle como él deseaba: murió el malogrado Ladislao en el año 1457
117 Frederico, el III entre los emperadores de tal nombre, fue hijo del sobredicho Ernesto, que queda en la línea de la genealogía debajo del número 116 y fue hermano del que dije haberse llamado Alberto el Manso, y el que primero se intituló del nuevo título de archiduque de Austria, y heredó los demás señoríos que andaban trabados con la casa de Austria. Este Frederico fue emperador coronado y gozó cuarenta y siete años del título imperial, habiendo sido eleto en el año de mil y cuatrocientos y cuarenta y cuatro años; adelante fue la gran rota de los húngaros en la desdichada batalla de Varna, donde murió el rey de Hungría, y sus gentes fueron destrozadas por el turco Amurates, el segundo de este nombre. Casó el emperador Frederico con doña Leonor, infanta de Portugal, y celebráronse sus bodas en la ciudad de Nápoles, donde le hizo la costa españolamente el rey don Alonso de Aragón y de Nápoles, que había sido prohijado por la reina Juana. Frederico negoció antes de su muerte con los príncipes eletores, que nombrasen para rey de romanos a su hijo Maximiliano, y ellos lo hicieron en el año de mil y cuatrocientos y ochenta y seis, y vino a morir en el año mesmo en haciendo elegir al hijo. 1486
118 Maximiliano, el primero de tal nombre entre todos los emperadores romanos, fue hijo del sobredicho Frederico, y archiduque de Austria y señor de los estados anexos a éste, y fue rey de romanos, mas no emperador coronado. No había más de veinte y un años cuando casó con la señora María, hija única y heredera del gran duque Charles de Borgoña, y llevó en dote a Borgoña, Brabancia, Flandes, Limburgo, Hanonia, Holandia, Artesio, Zelandia y Güeldres, con otros ditados unidos a éstos. Esta señora parió tres hijos de Maximiliano, que fueron Francisco y Filipe y Margarita, y murió de una caída que dio de un caballo, andando a caza: lo cual aconteció en el año de mil y cuatrocientos y ochenta y dos, a veinte y dos días del mes de marzo.
Maximiliano fue hombre que trabajó mucho en guerras, y no fue muy dichoso siempre, y sus flamencos se le atrevieron, y se tornó a casar, después que el rey de Francia se alzó con la duquesa de Bretaña, con quien estaba apalabrado, y se soltó a su hija, que ya tenía en su casa para casar con ella: que fueron dos cosas que él sintió con razón, y vino a morir en el año de mil y quinientos y diez y nueve, a doce días del mes de enero.
Una cosa hizo de gran cristiano y humilde: que viéndose llegar a la muerte, renunció todo título y potestad mundana, mandándose llamar de solo su nombre personal Maximiliano; y juntando a los príncipes eletores alcanzó dellos que nombrasen para la celsitud del título imperial a su nieto don Carlos y se mandó enterrar con su madre doña Leonor, y murió siendo de 59 años.
1519
119 Filipe, el primero de este nombre entre los que habemos dicho tocar a esta genealogía, fue hijo de los sobredichos Maximiliano y María, y heredó sus estados, salvo Borgoña que se quedó en Francia, y por tener derecho a ella don Filipe y el emperador don Carlos, hijo, y el rey don Filipe su heredero, se llaman duques de Borgoña, porque no puedan perscribir los franceses, ni llamarse poseedores de buena fe con achaque de que nunca reclamaron los de la parte española. Casó este príncipe don Filipe con doña Juana, princesa y heredera que salió de Castilla por muerte de sus hermanos varones, y fue hija de los Reyes Católicos don Hernando y doña Isabel, que descubrieron las Indias, y ganaron a Nápoles y a Navarra y a Granada, consiguiendo en las Indias vitoria contra el demonio y en Nápoles contra los franceses y en Navarra contra los deservicios de la Iglesia, y en Granada contra los moros. Murió don Filipe, mancebo floreciente y malogrado, mucho antes que su padre Maximiliano, en el año de mil y quinientos y siete.
Carlos, Emperador semper augusto, y quinto de este nombre, fue hijo de don Filipe y de doña Juana, cuya vida y hechos aquí describo.

Sucesión de Carlos V por los reyes de España

Si el rey don Pelayo de Asturias era de la sangre real de los godos, o de la muy antigua y ilustre que hubo en España antes que godos, alanos ni suevos en ella entrasen, se dirá en otra obra, donde es su proprio lugar. Agora ordenaré una cadena de los reyes de Asturias, Galicia, León y Castilla, no diciendo más de sólo nombrarlos, hasta llegar a la reina doña Juana. Sus casamientos de estos reyes fueron muy pocos fuera de España, hasta el rey don Hernando el Santo. Los de Navarra y Aragón, como eran vecinos de las tierras de Francia, muchas veces casaron fuera de estos reinos.

Don Pelayo fue el primero que se coronó después que se perdió España, año 714. Su reino fue en la tierra más pobre y áspera de España, que es en Asturias. Sucediéronle don Favila, único de este nombre. Don Alonso, llamado el Católico, con su mujer Hermisenda. Don Fruela, primero de este nombre. Don Aurelio, primero de este nombre. Don Silo, primero de este nombre. Don Alonso el Casto, rey bienaventurado. Don Bermudo, primero de este nombre, (no nombro a Mauregato, porque no hay gota de su sangre en la casa real, ni aun memoria en piedra ni en papel). Don Ramiro, primero de este nombre. Don Ordoño, primero de este nombre, llamado el Magno. Don García, primero de este nombre. Don Ordoño, segundo de este nombre. Don Alonso, cuarto de este nombre. Don Ramiro, segundo de este nombre. Don Ordoño, tercero de este nombre. Don Sancho, primero de este nombre. Don Ramiro, tercero de este nombre. Don Bermudo el Gotoso, segundo de este nombre. Don Bermudo el Malo, tercero de este nombre. Don Alonso, quinto de este nombre, rey excelentísinto. Don Bermudo el Junior, rey malogrado. Don Hernando el Magno. Don Sancho, segundo de este nombre, que mataron en Zamora. Don Alonso el sexto, que ganó a Toledo. Doña Urraca. Don Alonso el séptimo, emperador de toda España. Don Sancho el Deseado, y Don Hernando el segundo. Don Alonso el Noble, que fundó las Huelgas de Burgos, y Don Alonso de León. Doña Berenguela, Reina proprietaria de Castilla. Don Hernando el Santo, que ganó a Sevilla. Don Alonso el Sabio. Don Fernando de la Cerda. Don Sancho el Bravo. Don Hernando, cuarto de este nombre, a quien emplazaron los Caravajales y murió el mismo día. Don Alonso el onceno, príncipe valerosísimo. Don Pedro el Recio, o Cruel, y su hermano Don Enrique el Noble. Don Juan, primero de este nombre, que se perdió en Portugal. Don Enrique el Enfermo, a quien un judío médico suyo le dio ponzoña. Don Juan el segundo, en cuyo tiempo vivió Castilla con harta desventura por ser demasiado de bueno. Don Enrique, cuarto de este nombre, y su hermana la serenísima Reina Católica doña Isabel, que casó con su primo segundo Don Fernando, príncipe de Aragón. Y fueron reyes de Castilla, de León, de Aragón, de las dos Sicilias, de Mallorca, y de otras provincias y estados anejos a éstos. Tuvieron un solo hijo que se llamó don Juan, y cuatro hijas, la segunda que fue doña Juana, casó con Felipe el Hermoso, hijo del emperador Maximiliano año 1496, y de los dos nació el emperador Carlos V Máximo, como se dice en su historia.

Nació más el infante don Fernando, que fue archiduque de Austria, rey de Bohemia y de Hungría, rey de romanos y sucesor en el Imperio de su hermano Carlos V, tan querido de su abuelo el Rey Católico y de los castellanos, que le desearon mucho levantar por rey, por haberse criado en Castilla y tener el amable nombre de Fernando, que son fuerzas de la misma naturaleza.

Tuvo este príncipe muchos hijos y hijas, como aquí diré. De ellos fue uno Carlos, archiduque de Austria, el cual casó con María, hija del duque de Baviera. De estos señores nació la serenísima reina de España, Margarita, nuestra señora, mujer del rey don Filipe, nuestro señor, su primo segundo. Nació la reina nuestra señora en Graz de Estiria, año 1584, en el día que nació el hijo de Dios, entre las nueve y las diez de la mañana, cuando tocaban la campana para alzar el Santísimo Sacramento, que parece fue la señal de la gran cristiandad de esta princesa. Tuvo tres hermanas mayores, Catalina, Gregoria, Maximiliana, en las cuales pudiera el rey de España poner los ojos, y llevólas Dios antes. Quedó otra también mayor que se llama Leonor, y quiso Dios dar los reinos de España a la menor.

Salió de Graz (casa de sus padres) hecha princesa de España, y antes que saliese de Alemaña, en un lugar que se dice Vilaco en Tirol, llegó nueva que Filipe II, rey de España, era muerto, y que reinaba su esposo el Rey Católico nuestro señor. Y así, se llamó luego reina de España. Desposólos el papa Clemente VIII en Ferrara, cosa pocas veces vista, y notable y de harta consideración, que pasó el mar en febrero sin perderse un batel, ni padecer detrimento, ni pesadumbre de consideración. No diré otra cosa (si bien la dicen muchos) que el rey don Felipe nuestro señor, cuando se veló, era tal como la reina nuestra señora: de suerte que estaban como los primeros padres en el paraíso terrenal, y así los vemos agora con igual virtud. Y espero en la Majestad de Dios, que les ha de hacer mil mercedes, y por ellos a sus reinos.

Libro primero

Escribo los hechos famosos de un siglo inquieto. Digo los Imperios, las coronas, los cetros estimados y gloriosos de la vanidad del mundo. Refiero las guerras, las muertes de quinientos mil hombres, los mejores del orbe; las armas continuas de cincuenta años; las prisiones de reyes; el saco de Roma; los desacatos hechos a lo humano, sin perdonar lo divino; los desafíos coléricos y palabras pesadas entre los príncipes; las ligas, contratos, juramentos, amistades reales de diversas maneras violadas; los intereses, las ambiciones, las invidias mortales en los más altos y reales corazones; las voluntades fingidas; el confederarse unos con turcos, otros con herejes, vencidos del odio y por vengar sus pasiones; los incendios de los pueblos y campos; derramamientos de sangre que con rabia infernal hubo entre la gente común cuando sus príncipes se hacían cruda guerra, siendo tantos males causa principal para que la gente vil y ordinaria se levantase contra Dios y su Iglesia, sembrando en el mundo mil desatinos, sacando las brasas que, entre cenizas, antiguos herejes dejaron cubiertas, con que abrasaron los juicios humanos; pervirtiendo la luz del Evangelio con herejías desatinadas y bárbaras opiniones, que hasta estos días permanecen y valen entre gentes dañadas.

Tales, pues, y otros semejantes fueron los accidentes en la Corona que los Cielos pusieron sobre la cabeza del Emperador Carlos Máximo: que si la conociera en el principio, como en los fines, dijera della lo que un rey gentil cuando la vio puesta en el suelo: Preciosa Corona, más que dichosa, si fueras bien conocida, ninguno de la tierra te levantara: porque ni la púrpura noble, ni la diadema ni cetro real, son más que una honrada servidumbre y carga penosa. Sintióla Carlos, si bien merecedor del renombre de Máximo y Fortísimo, y lo consumió la vida en pocos años, pues cuando eran en él verdes y de edad floreciente, no siendo aún cumplidos los treinta y tres, le tocaba la gota y fatigaban otros males, y siendo ya de cincuenta no era señor de sí el que de tantos ejércitos y mayor parte del mundo lo había sido, ni tenía pies, ni manos, ni fuerzas, trabado de tanto mal. Pues para carga semejante nació Carlos V.

[Nacimiento y muerte del príncipe don Juan.]

Cuando acababa España de echar de sí el imperio de los moros africanos, que ochocientos años habían reinado en ella, siendo los Reyes Católicos don Hernando y doña Isabel, señores de la mayor parte que ciñen los dos mares Océano y Mediterráneo con los montes Pirineos, cuyo hijo único, heredero de esta monarquía, era el príncipe don Juan, que estando casado con madama Margarita -hija del emperador Maximiliano, archiduque de Austria, y de la emperatriz madama María, su mujer, hija única heredera de Carlos, duque de Borgoña-, murió en la flor de su juventud, en Salamanca, año 1497, miércoles a 4 de octubre, siendo el príncipe de diez y nueve años y tres meses y seis días, dejando a los reyes sus padres y a estos reinos con gran dolor y sentimiento.

[Margarita de Austria.]

Madama Margarita, princesa de España, digna de memoria, faltóle la fortuna en las suertes de este mundo. Estuvo en su niñez concertada de casar con Carlos, rey de Francia, que sin tener efeto fue ocasión de guerras y desabrimientos entre el emperador Maximiliano y Luis, rey de Francia. Casó, como dije, con el príncipe don Juan, dando los elementos señales de lo mal que se había de lograr este casamiento, porque embarcándose la princesa por el mes de hebrero, año 1497, en la villa de Flissinga, hasta donde la acompañó su hermano don Felipe, que fue rey de Castilla, engolfada en alto mar, se levantó borrasca y temporal tan recio, que pensaron perderse. Donde la princesa mostró un valor extraño, porque teniéndose ya por perdidos todos los de la armada, sin alteración alguna ni mudar color ni muestra de melancolía, se ató a los brazos unas joyas de oro de mucho valor, y tomando tinta y papel, con la elegancia que en prosa y verso tenía en lengua francesa, hizo el epitafio de su sepultura.

Ci gist Margote, noble damoiselle

Deux fois mariée: môrte pucelle.


Que son en latín:

Margoris hoc tegitur tumulo clarissima, quae bis

Nupta quidem mansit, sed sine labe pudor.


Y en castellano:

A Margarita preclara

Aqueste túmulo cubre,

Que aunque casada, descubre

Su virginidad más clara.


Envolvió el papel con los dos versos en un paño encerado, y atólo juntamente con las joyas de oro al brazo, para que echando su cuerpo el mar a la ribera, fuese conocida y sepultada como merecía; libróla Dios de este peligro y muerte. Vencidas tantas dificultades, perdiéndose algunos navíos y hacienda, aportaron a Santander y de allí a Burgos, donde se celebraron las bodas, y se lograron tan poco como queda dicho. Viuda volvió a Flandes, casó con el duque de Saboya con la misma ventura que la vez primera; retiróse a Flandes, donde la hallaremos muchos años gobernando aquellos Estados.

[Sucesión de los Reyes Católicos.]

Tuvieron más los Reyes Católicos cuatro hijas, que nacieron: doña Isabel, primogénita, año de 1470; doña Juana, en el de 1479, a seis de noviembre; doña María, 1483; doña Catalina, 1486. Casó la princesa doña Isabel con don Alonso, primogénito de Portugal, hijo del rey don Juan el segundo, con intento y providencia bien advertida de los Reyes Católicos, que faltando el príncipe don Juan de Castilla quedasen los reinos en príncipes naturales. La infanta doña Juana casó con don Felipe el Hermoso, archiduque de Austria, hijo del emperador Maximiliano y de la emperatriz duquesa de Borgoña, madama María. Por manera que casaron el príncipe y su hermana, infantes de Castilla, con hermano y hermana hijos del emperador: y de este casamiento de los cuatro príncipes, los dos de la casa de Castilla, y dos de la de Austria, resultó la unión de los Estados de Flandes, Borgoña y Austria con España; porque, como dije, murió el príncipe don Juan sin dejar sucesión: y la princesa doña Isabel, viuda del príncipe don Alonso de Portugal, casada con el rey don Manuel, que había de suceder en Castilla, y estaba ya jurada, murió dejando un solo hijo, a quien llamaron don Miguel de la Paz, porque del casamiento de sus padres resultó entre Castilla y Portugal, el cual también murió niño malogrado como después diré.

Nace el príncipe don Carlos en Gante a veinte y cinco de hebrero, día de Santo Matía, año de bisiesto. -Profetiza la reina doña Isabel la sucesión de su nieto Carlos.

En el año, pues, de 1500 de Cristo, cuando el mundo, según la cuenta de los hebreos, tenía cinco mil y cuatrocientos y sesenta y un años, y habían corrido desde el diluvio universal tres mil y ochocientos y cinco, y de la venida de Túbal a poblar en España tres mil y seiscientos y sesenta y tres, y de la era de César, mil y quinientos y treinta y ocho, y de la entrada de los godos en España mil y ochenta y seis, y finalmente, de la venida y señorío de los moros africanos sietecientos y ochenta y seis, siendo Sumo Pontífice en Roma Alejandro VI, habiendo veinte y seis años que los Reyes Católicos reinaban, cuando los moros de las Alpujarras habían recibido la fe católica y hecho de las mezquitas iglesias, estando ya limpio el reino de las sinagogas y juderías, año del jubileo plenísimo de Roma; para consuelo de las lágrimas que España derramaba por la muerte de sus príncipes en Gante, lunes a veinte y cinco de hebrero, día bisiesto de Santo Matía Apóstol, a las tres y media de la mañana, nació don Carlos, príncipe de gloriosa memoria, cuya vida y hechos escribo, habiéndose engendrado en estos reinos de Castilla, de los cuales había muy poco que los príncipes sus padres habían partido, y estaban en Gante. Vivía el príncipe don Miguel de la Paz cuando nació don Carlos, aunque con pocas esperanzas de larga vida. Llegó la nueva del nacimiento de don Carlos a los Reyes Católicos, sus abuelos, que estaban en Sevilla; y oyendo la reina el día de su nacimiento, dijo con no sé qué espíritu: Cecidit sors super Mathiam, cayó la suerte sobre Matías, anunciando la sucesión en los reinos que habían de ser de Carlos, como fue.

Bautismo de don Carlos. -Trece días después de su nacimiento se bautizó Carlos. -Don Diego Ramírez, fundador del colegio de Cuenca en Salamanca: fue varón notable en su tiempo. -Llámase duque de Lucemburg el Emperador, siendo niño. -Ofrecen dones al infante.

Para celebrar la fiesta del bautismo de don Carlos, quiso mostrar la ciudad de Gante el amor grande que a sus príncipes tenía. Hizo con magnificencia un pasadizo desde el palacio a la iglesia de San Juan, con muchas y varias colunas, puestas con todo el primor que pide el arte, de tal manera que parecía quedar vencido lo que es natural del artífice que lo imitaba. Tenía el pasadizo en largo tres mil y quinientos pies, y siete en ancho, y de la tierra se levantaba otros siete. Los colores de la pintura eran de oro, rojo y blanco. Había en este pórtico o pasadizo cuarenta arcos triunfales a manera de grandes y hermosas puertas. Cada uno destos arcos tenía nombre del reino o estado que en él estaba pintado, de los que el infante se esperaba que había de tener en su tiempo. Las armas del reino que cada arco representaba estaban en el medio de la vuelta del arco, y a los lados del escudo de armas dos imágines asidas de él; la una era de Flandes y la otra de Gante. Destos arcos, los tres eran más eminentes y de mayores claros: el uno era de la sabiduría y el otro de la justicia, y el tercero de la paz y concordia. A los lados destos arcos estaban, al uno las armas de Castilla y Aragón, y al otro las de Austria. Pusieron veinte y una hileras de hachas de cera blanca, encendidas con tanto concierto, que cada quinientos pies tenían tres órdenes de hachas, que por todas eran 700. Entre muchas figuras de varias historias había siete más ricas, de las cuales cuatro eran del Testamento Viejo, y tres del Nuevo, y las cuatro figuras del Testamento Viejo se mostraban cumplidas en las del Nuevo.

Estaba otro pórtico o pasadizo colgado en el aire desde lo alto del templo de San Nicolás, y de la torre Capitolina, que llaman Belforte, lleno de hachas que, con su luz, de la noche hacían día; allí estaban muchos hombres mirando como admirados el artificio y primor de aquella obra. Había una nao llena de hachas encendidas y cubierta de ricos paños de oro y seda de hermosísimas figuras, y puesto un aparador de ricos vasos de oro y plata. Y muchas banderetas. Tocábanse varios instrumentos de música y eran trecientas y cincuenta hachas de cera las que ardían en esta nao, puestas con muy buen orden por los costados desde la popa a la proa. Tardaron trece días en hacer esta obra, y puesta en perfección, a siete de marzo se hizo el baptismo.

Salieron primero los cónsules y magistrados de Gante con todos los ministros de justicia, que serían trecientos. Luego iba el presidente de Flandes acompañado de muchos varones ilustres. En el tercero lugar iban los caballeros y nobles ciudadanos en gran número. Seguíanse luego siete caballeros del Tusón ricamente vestidos; y después de ellos, con el niño en los brazos, salió madama Margarita de Bretaña, hermana de Eduardo quinto de este nombre, rey de Ingalaterra, mujer segunda de Carlos, duque de Borgoña, bisabuelo del infante. Llevábanla en hombros, sentada en una rica silla, y a su lado iba doña Margarita, princesa de Castilla viuda, que había solos dos días que llegara de España. Y estas señoras fueron las madrinas. Junto iban Carlos de Croy, príncipe de Simay, y el príncipe de Vergas, que fueron padrinos. El uno llevaba un rico estoque desnudo, el otro un yelmo o celada de oro que le ofrecieron. Salió luego la infanta doña Leonor, hermana de Carlos, que después fue reina de Portugal y de Francia.

Últimamente, como cabeza de esta procesión, iban catorce perlados, arzobispos y obispos, vestidos de pontifical, que habían de celebrar el baptismo, y por principal el obispo de Tornay, en cuya diócesis está Gante, con otros tres obispos como ministros a su lado. El uno de estos obispos era don Diego Ramírez de Villaescusa, obispo de Málaga, que después fue de Cuenca, capellán mayor de la Infanta archiduquesa, el cual fundó el insigne colegio que llaman de Cuenca en la Universidad de Salamanca.

Diéronle el nombre de Carlos en memoria de su bisabuelo Carlos de Valoys, duque de Borgoña. Tratóse qué titulo de estado darían al infante, porque el de los hijos primogénitos de Borgoña, antes de este tiempo, era conde de Carloys, y como, el título del archiduque era de mayor dignidad, no satisfacía el de conde de Carloys, y así, su padre le dio el Estado de Lucemburg con título de duque, como lo habían tenido los Césares, sus pasados, el emperador Sigismundo, el emperador Carlos, cuarto de este nombre, y Wincislao, reyes de Bohemia y Césares famosísimos. De donde comenzaron a adivinar y echar juicios, que no se engañaron, que el nuevo duque de Lucemburg había de ser un príncipe notable en el mundo. Ofrecieron al infante ricos dones. Carlos de Croy le dio la celada de oro y plata muy rica, con un ave fénix toda de oro; el príncipe de Vergas dio la espada; madama Margarita de Bretaña, un vaso de oro con muchas piedras de gran valor; doña Margarita de Austria le dio otro vaso como barquillo de oro, sembrado de piedras preciosas; la ciudad de Gante le ofreció, una gran nave de plata.

Quién crió a Carlos. -Adriano Florencio, maestro del príncipe. -Ayos que tuvo.

Quedó el cuidado de la crianza del duque de Lucemburg a madama Margarita, viuda del príncipe don Juan, que vivió gran parte de su tiempo en la ciudad de Malinas y después fue gobernadora de los Estados de Flandes, juntamente con Margarita Eboracense o de Bretaña, viuda del duque Carlos que llamaron el Peleador.

Siendo el duque de siete años, le dieron el emperador, su abuelo, y madama Margarita, por su maestro y precetor a Adriano Florencio, que aunque era de gente humilde, sus buenas letras y clara virtud le pusieron en merecerlo, y ser deán de la Universidad de Lovaina, y después Sumo Pontífice. No fue muy elocuente Adriano, mas en la Facultad escolástica fue único en su tiempo. Mereció por todo sentarse en la silla de San Pedro en Roma, como se dirá.

Los años que el duque estuvo en Malinas, fue su ayo y maestro el obispo de Bisanzon, varón grave y religioso. Después el emperador Maximiliano, su abuelo, por consejo de este obispo, encomendó su crianza a Guillelmo de Croy, marqués de Ariscocia o Ariscot, que comúnmente se llamaba príncipe de la Curia.

Tuvo otros muchos ayos el duque en su juventud, y si bien el rey don Fernando el Católico, su abuelo, y el rey de Ingalaterra se los quisieron dar de su mano, el emperador, que por la muerte del rey don Felipe era su curador, y madama Margarita, no lo consintieron, dándole siempre caballeros naturales de Flandes.

Inclinaciones de Carlos. -Ejercicios de Carlos en su niñez.

Quisiera Adriano que el duque se aficionara a las letras, y, por lo menos, que supiera la lengua latina; pero el duque más se inclinaba a las armas, caballos y cosas de guerra. Y así, cuando ya era Emperador, dando audiencia a los embajadores, como le hablaban en latín y él no lo entendía ni podía responderles se dolía de no haber querido en su niñez hacer lo que su maestro Adriano le aconsejaba. Culpan en esto a Guillelmo de Croy, señor de Xevres, su ayo, que por hacerse muy dueño del niño y ganarlo para sí solo le quitaba los libros y ocupaba en armas y caballos, que sería bien fácil por ser más inclinada aquella edad a estos ejercicios que a las letras. Hacía que leyese las historias españolas y francesas, escritas en las proprias lenguas y con el mal estilo que las antiguas tienen. Lo uno porque supiese los hechos de sus pasados en paz y en guerra; lo otro porque este caballero entendía poco la elegancia y primor de las historias latinas: que ninguno ama lo que no entiende. Supo bien el duque Carlos las lenguas flamenca y francesa, alemana, italiana, y mal la española hasta que fue hombre. Entendió algo de la latina. Los ejercicios de su juventud, demás de las armas, eran luchas, pruebas de fuerzas, juego de pelota y la caza, y todo lo que hace ágil y habilita un cuerpo para el uso de las armas y guerra.

Muere el príncipe de España don Miguel de la Paz. -Pasa la sucesión de España en doña Juana.

Murió el príncipe de España, don Miguel de la Paz, heredero de estos reinos, sin haber cumplido dos años de edad, sábado a veinte de julio de este año de 1500. Fue grande el sentimiento de los Reyes Católicos, sus abuelos, y de toda España, pareciéndoles que perdían un señor natural, nacido en este suelo (que es general en todas las naciones del mundo querer las proprias cenizas para cubrir sus brasas).

Sepultaron el cuerpo malogrado del príncipe en la capilla real de Granada, donde murió, que los Reyes Católicos habían fundado para su real entierro. Por la muerte del príncipe y de su madre la princesa doña Isabel, reina de Portugal, que murió de parto dél, pasó la sucesión de estos reinos en la infanta doña Juana, hija segunda de los Reyes Católicos, mujer de don Felipe, archiduque de Austria y conde de Flandes, padres dichosos del bienaventurado príncipe don Carlos, duque de Lucemburg.

Por qué escribió los años antes que don Carlos reinase. -Discurso de la historia.

Las vidas que de los príncipes y reyes se escriben, son más los actos de paz o guerra de los reinos y Estados de su gobierno, que sus acciones naturales y particulares; y así, contando el reino, imperio o vida de Carlos V (que verdaderamente podemos decir que comenzó desde este año en España), escribiré, si bien sumariamente, lo que tocare a los reinos de Castilla, en cuyo nombre se escribe esta historia, porque sería demasiado silencio callar lo que sucedió desde el año de mil y quinientos hasta el de mil y quinientos y diez y ocho, que Carlos vino a reinar en España.

Será esta historia española desde este año de mil y quinientos hasta el de mil y quinientos y cincuenta y seis, que renunció los reinos y Estados en su único hijo don Felipe II, y acabaré brevemente los dos años restantes, que retirado en un monasterio vivió el gran Emperador, diciendo su vida ejemplar y de verdadero penitente. En los diez y seis años primeros, desde éste de quinientos, escribe el secretario Jerónimo de Zurita largamente desde el año de 1504 en que murió la reina doña Isabel, hasta el de 1516, en que murió el rey don Fernando. Todo lo que pasó sobre venir a reinar en Castilla doña Juana con su marido don Felipe, quien desto quisiere ser bien informado vea el tomo sexto de los Anales de este autor, que yo no he de decir aquí sino lo que él dejó de escribir.

Vienen a Castilla los príncipes don Felipe y doña Juana. -Conciértase casamiento entre Carlos y Claudia, niños. -Título justo de España a Milán. -Muerte de don Alonso de Aguilar en Sierra Morena.

No había paz segura entre el emperador Maximiliano y el rey Luis de Francia; eran muchas las sospechas y recelos cuales suelen ser entre los príncipes. Ardía la ambición, del rey de Francia por conservar a Milán y ganar el reino de Nápoles. Procuró con estos fines ligarse con el emperador Maximiliano y casar a su hija Claudia, que era niña, con el príncipe don Carlos, que tenía sólo un año. El emperador y su hijo don Felipe, archiduque de Austria, eran de ello contentos, porque Claudia era única hija del rey Luis y heredera de los Estados de Bretaña.

La reina doña Isabel de Castilla tenía poca salud. Deseaban en Castilla ver a los príncipes don Felipe y doña Juana, sucesores de estos reinos, y así, en este mismo año de 1501 vinieron por Francia. Fueron bien recibidos y regalados del rey Luis, con el cual capitularon el casamiento de los dos niños, y uno de los capítulos fue que si este casamiento no llegase a efeto por culpa del rey Luis de Francia, que el emperador diese el escudo e investidura del Estado de Milán al príncipe Carlos, su nieto, duque de Lucemburg, y es así que el casamiento no se hizo por culpa del rey Luis, que es uno de los buenos títulos que la corona de España tiene contra Francia en la pretensión de Milán.

En este año, miércoles diez y ocho de marzo, mataron los moros en Sierra Bermeja, cerca de Ronda, a don Alonso de Aguilar, por ser más temerario que valiente, teniendo por punto de honra morir antes tomándose con muchos, que retirarse guardando su persona para mejor ocasión. Quitóle la vida el celo de su generosa sangre, que jamás volvió el rostro al enemigo.

Llegan los príncipes a Fuenterrabía. -Recíbelos el marqués de Denia. -Daño que han hecho los judíos en España. -Juran en Toledo a los príncipes don Felipe y doña Juana. -Muere el cardenal Mendoza. -Lealtad de los Mendozas. -Muere don Diego de Sandoval, marqués de Denia.

Llegaron los príncipes don Felipe y doña Juana a Fuenterrabía, día de San Valerio, a veinte y nueve de enero de este año de 1502. Allí esperaba para recebirlos, por mandado de los Reyes Católicos, don Bernardo de Sandoval y Rojas, marqués de Denia, con otros muchos caballeros. Estaban a esta sazón los Reyes Católicos en Sevilla ordenando cómo acabar de limpiar los reinos de la inmundicia de moros y judíos que en ellos había. Mandóseles primero que saliesen todos; después acordaron que quedasen los que quisiesen ser cristianos, que no han servido de más que de poblar los tablados de la Inquisición y manchar linajes honrados, y revolver las comunidades donde entran, y gozar los mejores frutos de España.

Llegaron los príncipes a Toledo, donde estaban ya los reyes esperándolos, sábado siete de mayo, habiéndose detenido ocho días en el camino porque el príncipe los tuvo en la cama enfermo de sarampión. Domingo a veinte y dos de mayo, fueron jurados por príncipes de Castilla y de León en la iglesia mayor de Toledo, hallándose a este acto los Reyes Católicos, sus padres, y el cardenal don Diego Hurtado de Mendoza, don fray Francisco Jiménez, arzobispo de Toledo, don Bernardino de Velasco, condestable de Castilla y de León, el duque del Infantado, el duque de Alba, el duque de Béjar, el duque de Alburquerque, don Bernardo de Sandoval, marqués de Denia, el conde de Miranda, el conde de Oropesa, el marqués de Villena, el conde de Benalcázar, el conde de Siruela, el conde de Fuensalida, el conde de Ribadeo, el de Ayamonte, con otros muchos señores de título y caballeros de Castilla, con los obispos de Palencia, Córdoba, Osma, Salamanca, Jaén, Ciudad Rodrigo, Calahorra, Mondoñedo y Málaga. Aquí les vino nueva como el príncipe de Arles, de Ingalaterra, que estaba casado con la infanta doña Catalina de Castilla, era muerto.

Estuvieron los reyes y príncipes en Toledo hasta trece de julio, que el Rey Católico partió para Zaragoza pasando por Alcalá de Henares, y a 29 de agosto la reina doña Isabel con los príncipes sus hijos fueron a Ocaña y Aranjuez, y a veinte y ocho de setiembre fue la reina a Torrijos, donde estuvo ocho días, y a Fuensalida. Y de ahí a Casa Rubios, y entró en Madrid viernes cuatro de octubre, y lunes a treinta de octubre llegó el rey a Madrid, volviendo de Zaragoza, y vino por la posta porque tuvo correo que la reina estaba indispuesta.

En este mes de octubre, a catorce de él, falleció en Madrid don Diego Hurtado de Mendoza, cardenal de Santa Sabina y arzobispo de Sevilla, patriarca de Alejandría, hermano del conde de Tendilla y de doña Catalina de Mendoza, mujer de don Diego de Sandoval y Rojas, marqués de Denia, y de doña Mencía, mujer de Pero Carrillo de Albornoz. Fue un notable perlado y gran servidor de los Reyes Católicos, como lo han sido con mucha lealtad todos los caballeros de esta familia.

También murió en este mes de octubre don Diego de Sandoval y Rojas, marqués de Denia, que en la conquista del reino de Granada sirvió valerosamente a los Reyes Católicos, y llevó del monasterio de San Pedro de Arlanza un hueso del cuerpo del conde Fernán González, por la devoción grande que tenía con él, por tenerle por caballero santo y traer la decendencia de su sangre de él. Restituyóse el hueso antes que muriese el marqués, y así está en la sepultura del conde con un testimonio de esta verdad. Sucedió al marqués don Diego, su hijo don Bernardo en el Estado, en el servicio, en la gracia y amor de los Reyes Católicos, cuyo mayordomo mayor fue.

Pendencias entre españoles y franceses.

En este año movieron guerra los franceses en Nápoles a los españoles sobre los términos, que les costó caro. Y fue el desafío -tan nombrado- en Trana, entre once franceses y once españoles a caballo, sobre decir los franceses que los españoles no eran hombres de a caballo sino de a pie, y que su rey tenía mejor derecho a Nápoles. Fueron los españoles Diego García de Paredes, que rindió a su contrario; Diego de Vera, que después fue muy conocido por lo de Argel y Fuenterrabía; el alférez Segura, y Moreno su hermano, Andrés de Olivera, Gonzalo de Arévalo, Jorge Díaz Portugués, Oñate, Martín de Triesta, mayordomo del Gran Capitán; Rodrigo Piñán; Gonzalo de Aller, que por su desventura fue rendido, aunque era muy valiente. Los jueces fueros venecianos; no se declaró la vitoria por ninguna parte. Edificóse este año el castillo de Salsas que los franceses habían derribado seis años antes.

Años 1502-1503

Casa don Manuel, rey de Portugal, con doña María, infanta de Castilla, de los cuales nació la Emperatriz, reina de España. -Nace doña Isabel, que fue Emperatriz y reina de Castilla. -Nace el infante don Fernando en el Alcalá, a las once del día. -Solemnidad del bautismo. -Don fray Francisco Jiménez, arzobispo de Toledo, bautizó al infante.

El rey don Manuel de Portugal, viudo por muerte de la princesa doña Isabel, casó segunda vez con la infanta doña María, hija de los Reyes Católicos, y hermana de la misma princesa. Fue grande el fruto que Dios les dio, y miércoles 25 de octubre, a la hora de media noche, en la ciudad de Lisboa, la reina doña María, mujer del rey don Manuel, parió una hija que llamaron doña Isabel, emperatriz que fue de Romanos, y reina de España por ser única mujer del emperador Carlos V, como en su lugar se dirá.

«Y viernes diez de marzo, año 1.503, estando la princesa doña Juana en Alcalá de Henares, parió al infante don Fernando, y el domingo adelante lo bautizaron con gran regocijo de la reina doña Isabel y de todos los caballeros de su corte. Salió la reina a misa este día, vestida de una saya francesa de carmesí pelo colorado y un joyel en los pechos; alrededor de él sacó una medalla riquísima y más un brazalete en el brazo derecho, que llegaba de la muñeca hasta cerca del codo, en el cual había rubíes y esmeraldas. Salieron con Su Alteza estas señoras: la del adelantado de Murcia traía vestida una basquiña de carmesí y sobre ella un monjil de carmesí altibajo forrado en armiños; traía unas mangas muy acuchilladas y todas las aberturas guarnecidas de oro de martillo; las mangas de la camisa eran ricas y muy grandes. Salió la mujer de Juan Velázquez con una saya francesa de carmesí, y falda muy larga aforrada con armiños, ceñida con una cinta de oro de martillo, y en ella muchas piedras de valor. Traía unas cuentas de oro, labradas con mucho primor, colgadas de la cinta, que llegaban casi al suelo, con una mantilla de raso, y todo lo al muy rico. Salieron más todas estas damas ricamente aderezadas, su hija del adelantado, y doña Leonor Manrique, y doña Inés Enríquez con infinitos cabos de oro y los cabitos de los tocados con mucho oro, y sus hijas de don Álvaro sacaron gorgueras y collares de oro y todas las otras muy bien vestidas que vinieron a oír misa con la reina en la sala grande. Vinieron el duque de Nájara y el marqués de Villena. El duque traía vestido un jubón de carmesí altibajo forrado con sus mangas anchas, y un sayo frisado sin mangas y un capuz abierto, guarnecidas las orillas, y una espada toda de oro, y la vaina y correas de hilo de oro labradas. Sacó una caperuza de terciopelo con un joyel muy rico en ella; sacó borceguíes leonados y un cinto rico. Sacó el marqués de Villena una loba de paño morado muy fino y un sayo de grana muy singular, una caperuza de terciopelo morado. Sacó monsieur de Melu una loba de terciopelo negro y un sayo con sus mangas anchas de oro tirado, y unas vueltas muy ricas. Salieron Fonseca, Juan Velázquez y Garcilaso vestidos de negro. Sacó Juan Velázquez un capuz negro y una caperuza de terciopelo. Sacó Garcilaso una cadena que pesaba tres mil castellanos; y Fonseca sacó una cadena que le dio el emperador cuando fue por embajador de Sus Altezas. Salieron muchas cadenas y muy ricas. Este día predicó el obispo de Málaga, y todo el sermón fue de alegrías y de alabanzas de la princesa nuestra señora, alabándola sobre todas las cosas de cristianísima, y que por esto le ha dado Dios tanta gracia, contando su vida desde su niñez, y de allí cómo y cuán honradamente la enviaron a Flandes con armada que nunca, sobre las aguas del mar, semejante vieron los hombres. Y después cómo Dios le deparó un marido tal y tan a su contentamiento que nunca semejante se vido, y después cómo Dios le ha dado tales hijos y, sobre todo, por ser como es cristianísima ha permitido Dios con ella que no reciba dolor en su parto, y así, estando riendo y burlándose, entre juego y burla pare, cuando no se acatan, sin más pasión ni tribulación; y de otras cosas muchas la alabó, diciendo que si hubiese de contar sus excelencias no acabaría en cincuenta años con sus noches. Y así fue acabado el sermón y la misa muy solemnemente, y la reina nuestra señora con sus dueñas y damas fue a ver a la señora princesa, donde el marqués de Villena la llevaba de brazo y el duque de Nájara iba delante, y así la vido, y estuvieron hablando un poco, y Su Alteza se volvió a comer. Luego que acabaron de comer, estaba ordenado ya el juego de cañas en el corral grande del palacio que está hacia la huerta, y la reina nuestra señora se puso a una ventana, donde estaba aderezado para Su Alteza, y sus dueñas y damas se pusieron en unos corredores apartados de allí, y así estando salió el duque de Nájara con cincuenta caballeros muy ricamente ataviados. Sacó el duque seis caballos de diestro con muy costosos jaeces, y de la misma manera todos sus caballeros muy lucidos; sacó muchas trompetas y atabales, y púsose al puesto hacia donde estaba la reina nuestra señora. Salió el marqués de Villena, que era el competidor, vestido todo de grana y morado, y otros seis caballos ricamente enjaezados. Salieron con él los continos de la reina nuestra señora, y don Alonso de Cárdenas y don Pedro Manrique, y otros caballeros, muy ricamente vestidos, y pasóse al otro puesto. Sacó asimismo muchas trompetas y atabales. Jugó el duque de Nájara las cañas, y no se tañían trompetas sino cuando él salía. El marqués no salió vez ninguna de su puesto, donde duró el juego una hora, y de allí comenzaron a escaramuzar: los unos se hicieron moros y los otros cristianos. Duró la escaramuza bien media hora, y después pasaron carrera el duque y el marqués y otros muchos, y de allí hicieron sus reverencias y acatamientos a Su Alteza, con que se fue cada cuadrilla con su cabeza hasta su posada y de allí se despidieron los unos de los otros. Y así se dio fin a la fiesta con mucha alegría, lo que no suele acaescer entrelos grandes, y Su Alteza, con sus damas, se retrajo a su palacio. El sábado siguiente, que se contaron diez y ocho de marzo, entoldaron toda la calle del palacio hasta San Juste muy ricamente y con mucha compostura para el bateo, pero llovió tanto aquel día que en todo él no cesó, y fue fuerza dejarlo para el siguiente, aunque quedaron bien mojados los paños franceses. Luego, el domingo siguiente, que se contaron 19 de marzo, se dijo la misa en el palacio con mucha solemnidad y predicó el obispo de Burgos muy singularmente, y en su sermón, entre otras cosas curiosas, dijo que los niños, aunque fuesen hijos de príncipes y de grandes señores, tenían mucha necesidad de bautizarse con la mayor brevedad que ser pudiera, y que pecaban mortalmente los que pudiéndolo hacer lo dilataban de un día para otro por el peligro que hay de sus ánimas. Movió esto a la reina nuestra señora para que en todo caso se bautizase aquel día, aunque llovió lo más de él, y así se comenzó a disponer lo necesario para ponerlo en ejecución. Y dando principio a la fiesta salió la reina nuestra señora de la misma suerte vestida que el día antes y con el mismo contento y regocijo, y las señoras y damas no menos costosamente vestidas que antes, sino mucho más. Salieron las damas flamencas de la princesa vestidas a la española muy ricamente. Salieron infinitos galanes, y fueronse a palacio en acabando de comer, y fueron a la cámara de la princesa, donde tomó al infante en sus brazos el duque de Nájara y revolviéndole un mantillo de brocado altibajo aforrado en armiños por las espaldas y por los hombros y por enciña del niño, que no se le parecía sino la cabeza. Llevaba las fuentes, muy ricas y muy grandes, todas de oro, el adelantado de Castilla; y sus tobajas encima muy ricas. Llevaba la copa en que iba la sal el conde de Fuensalida. La copa era de oro, y tan grande, que un paje ayudaba al conde a llevarla. Llevaba el plato en que iban los cirios el conde de Miranda. Llevaba el plato en que iba el capillo e todo lo otro musiur de Muhi. Todos éstos iban muy ricamente aderezados de ricos vestidos, y detrás del infante iba madama de Aluya, y cerca de ella don Álvaro de Portugal. Llevaba de brazo el marqués de Villena al duque; con el infante iba el ama que le criaba, y la llevaban de brazo dos continos de la reina nuestra señora, y tras ella iba su mujer del adelantado de Murcia, la de Juan Velázquez, y tras ellas las damas de la reina nuestra señora, y tras ellas las de la señora princesa, y los galanes que las llevaban de brazo, y así ellos como ellas muy ricamente ataviados. Así fueron todos a pie desde palacio hasta San Juste, que es la iglesia mayor, la cual se aderezó en esta manera: Entoldóse toda al derredor y por los postes de ella con paños franceses ricos, y donde es el altar mayor se hicieron unas gradas a modo de cadalso bien altas, y todas al derredor entoldadas de paños y doseles de brocado, y un altar muy rico y un dosel con las armas de la señora princesa, de gran valor. A las espaldas, encima de estas gradas, pusieron cuatro pilares de carmesí raso y un cielo de brocado que sostenía sobre ellos. Debajo de este cielo se puso una grande bacía de plata de la señora princesa, en que se han bautizado los otros sus hijos, encima de un artificio de madera, y este artificio cubierto con paño labrado de oro con las mismas armas, y encima un paño de brocado que cubría la bacía. Vistióse de pontifical el arzobispo de Toledo, y con él los obispos de Burgos, Jaén, Córdoba, Málaga y Catania, y vestidos todos de pontifical con los otros de la capilla con capas ricas, salieron en procesión fasta la puerta mayor de la iglesia, y allí esperaron al señor infante, que venía como arriba está dicho. Y llegados a la puerta de la iglesia, le recibieron con la procesión, y a la puerta se hizo el oficio acostumbrado de la Iglesia en semejante caso, y de allí se fueron donde estaban las gradas, y subieron por ellas fasta donde estaba la bacía de plata con el agua. Y allí, siendo padrinos el duque de Nájara y el marqués de Villena, y madrina madama de Luin, le bautizó el arzobispo y le puso nombre Hernando como a su abuelo, y el oficio se hizo muy suntuosamente, así por el señor arzobispo y obispos como por todos sus capellanes y cantores de la Capilla. Y hecho el oficio, tocaron las trompetas y atabales y chirimías y otros instrumentos, y viniéronse al palacio en la misma forma que fueron, donde los recibieron Su Alteza, y la reina nuestra señora, y la señora princesa, con grande gozo y contento. Este día habían de correr toros y jugar cañas los galanes y no dio lugar lo mucho que llovió, así este día como el de antes.»

Vi otra relación escrita por fray Álvaro Osorio, fraile de Santo Domingo, maestro del infante.

Referido he una memoria original con el mismo lenguaje y estilo que se escribió por algún curioso, dando cuenta a un amigo del nacimiento del infante don Hernando y solemnidad con que fue bautizado en Alcalá. Es harto notable por lo que dice de las galas de las damas y reinas, que las encarece por muy ricas y agora fueran más que llanas. Él duque de Nájara de quien habla es el duque don Pedro, que por sus hazañas se llamó el duque forte, que se echa de ver cuán estimado era de los reyes, cuán grande en el reino, como lo fueron siempre sus pasados desde el conde don Manrique o Almerique, que entró en Castilla y fue en ella un gran caballero, casando y siendo heredado en la Casa de Lara.

Cercan los franceses a Salsas. -Queda contra los franceses en ella el marqués de Denia.

En este año cercaron los franceses a Salsas, estando dentro don Sancho de Castilla, y el Rey Católico, habiendo tenido Cortes en Zaragoza y Barcelona, socorrió a Salsas, y para su ejército la reina doña Isabel estando en Soria envió mucha gente castellana, y fue tras los franceses don Fadrique, duque de Alba, capitán general, con trece mil infantes, dos mil hombres de armas y cuatro mil y quinientos jinetes, y desviados los enemigos quedó en Salsas por capitán general con tres mil infantes, dos mil jinetes y mil hombres de armas, don Bernardo de Sandoval, marqués de Denia.

Vuelve don Felipe a Flandes: trata de casar a Carlos con Claudia. -Juicio sobre el nacimiento de don Carlos.

El príncipe don Felipe, archiduque de Austria, volvió a Flandes este año, caminando por Francia, y estando en León concluyó las paces entre el emperador Maximiliano y el rey don Fernando de Castilla, y el rey Luis de Francia, y prometió de casar a su hijo Carlos con Claudia, hija del rey Luis, que había de heredar a Bretaña, no teniendo Carlos aún cuatro años, ni Claudia cinco. Las esperanzas que del príncipe don Carlos, duque de Lucemburg, se tenían, eran grandes. Había en este tiempo un astrólogo judiciario muy celebrado que se llamaba Lorenzo Miniate, de nación napolitano, y sacó un pronóstico en que decía haber nacido un príncipe muy bien afortunado que había de ser amado de todos, que quitaría grandes males del mundo, que sería guerrero y el más venturoso capitán de sus tiempos. Lo cual todos entendieron que se había de cumplir en Carlos Quinto, como fue.

Júranse en la Mejorada las paces con Francia. -Terremotos en Castilla. -Muertes de personas notables. -Marqués de las Navas. -Muere la Reina Católica en Medina del Campo, día de Santa Catalina. -Alzaron pendones en Medina por don Felipe y doña Juana.

Jurados por príncipes de España don Felipe y doña Juana, siendo necesaria su presencia en Flandes, partieron de Alcalá, el príncipe, como digo, primero, yendo por tierra y por Francia, y la princesa, viernes primero de marzo. Estuvo sábado y domingo en Valladolid, y de allí fue camino derecho a Laredo, donde se embarcó.

Domingo 31 de marzo, en la Mejorada, monasterio del glorioso San Hierónimo, de mucha religión, cerca de la villa de Olmedo, se juraron solemnemente las paces con Francia por tres años.

Viernes Santo de este año hubo grandes temblores y terremotos, especialmente en Sevilla, Zamora y otros lugares de Castilla y Andalucía, y se abrieron muchos edificios y cayeron muros que atemorizaron las gentes; que parecía comenzaba a sentir el reino la muerte de la Reina Católica que luego sucedió, porque a 26 de julio, estando en Medina del Campo, enfermaron el rey y la reina. Murieron otras personas señaladas, como fue, doña Madalena, infanta de Navarra, don Juan de Zúñiga, cardenal y arzobispo de Sevilla y primero maestro de Alcántara; don Enrique Enríquez, tío del rey; Pedro de Ávila, señor de las Navas, a quien sucedió don Esteban de Ávila, su hijo, que murió dentro de siete meses estando en Medina, y sucedióle su hijo, don Pedro de Ávila.

La enfermedad fue apretando a la reina y llegó su última hora; y cerca de ella una visita y alabanza de sus merecimientos, que fue de Próspero Colona, que entró en la corte y dijo besando la mano al rey que venía a ver una señora que desde la cama mandaba al mundo. Y ella dio su último fin, como los príncipes que ha tenido, martes diez y siete de noviembre entre las once y doce del día, siendo de edad de cincuenta y cinco años. Lloraron muchos su muerte y con mucha razón, porque fue una de las señaladas princesas y de extremado valor que ha tenido el mundo, y digna de eterna memoria. Sepultáronla en la Capilla Real de Granada con el hábito de San Francisco.

Temiéronse con su muerte alteraciones en el reino; sosególo Dios, que lo guardaba para Carlos Quinto. En el mismo día que la reina expiró, a la tarde, en Medina del Campo, alzaron pendones por la reina doña Juana, como proprietaria de estos reinos, y por el rey don Felipe, su legítimo marido, en presencia del rey don Fernando, a quien la reina dejó nombrado por gobernador. Alzó los pendones el duque de Alba, don Fadrique de Toledo, y en fin del mes se retiró el rey don Fernando a la Mejorada para ver el testamento de la reina y dar orden en su cumplimiento.

Vino allí luego don fray Francisco Jiménez, arzobispo de Toledo, con quien comunicaba el rey sus cosas, y de ahí partieron para Toro el rey y el arzobispo y don fray Diego de Deza, que ya era arzobispo de Sevilla, habiendo sido primero obispo de Jaén y después de Palencia. Estuvieron el mes de deciembre en Toro, donde al rey algunos grandes y caballeros de Castilla dieron, como dice el dotor Caravajal, del Consejo y Cámara, algunas tentativas, y él temió; de manera que algo se enflaqueció la justicia, que pierde su vigor donde entra la ambición y desordenada codicia de mandar.

Dignas alabanzas de la Reina Católica.

Diré brevemente algunas cosas que la Reina Católica dejó ordenadas para el buen gobierno de estos reinos. Mandó que no se pusiese luto por ella; que le gobernase el rey don Fernando su marido hasta que Carlos, su nieto, hubiese veinte años, si la princesa doña Juana su hija no quisiese gobernar, o no pudiese. Puso la Inquisición por la mala voluntad que, con razón, tuvo a los judíos; ordenó la Hermandad por limpiar los caminos de salteadores, no bastando contra ellos la justicia ordinaria; trajo la Cruzada contra los infieles por consejo del rey, su marido; mas viendo noventa cuentos juntos que decían haberse llegado de las Bulas, pesóle mucho y no consintió gastar un real de ellos, sino para lo que se había concedido.

Quiso gobernar sola, y tuvo desabrimientos sobre ello con su marido, hasta que los concertó el cardenal don Pedro González de Mendoza, y dijo ella aquel dicho nombrado: Si no pidiera tanto no me diera nada, y ansí quedo igual con el rey mi señor en el gobierno de mis reinos. No fue liberal, que así han de ser las mujeres, si bien es verdad aconsejaba al príncipe don Juan su hijo, y su luz, que diese liberalmente. Pesábale que sus criadas tomasen dádivas de nadie; fue muy honesta, amiga de justicia, y muy religiosa; viose en grandes trabajos en su mocedad y en harta pobreza por la desgracia en que estuvo con su hermano el rey don Enrique el cuarto y por la competencia que tuvo con la Excelente por el reino. Mandóse enterrar en la Capilla Real de Granada, que ella edificó para entierro de los reyes de Castilla; puédese poner en el número de las reinas más excelentes que ha tenido el mundo.

Cortes de Toro. -Juran por reyes a don Felipe y doña Juana. -Chancillería en Granada. -Nace María, que fue reina en Hungría. -Llévase a Miraflores el cuerpo de la reina doña Isabel, mujer de don Juan el II.

En el año de 1505, asistiendo el rey don Fernando en la ciudad de Toro, donde estuvo desde el principio de él hasta el fin de abril, se juntaron todos los títulos del reino y otros muchos caballeros y procuradores de las ciudades en voz de Cortes, y juraron por reina de Castilla a la princesa doña Juana, que estaba en Flandes, y por príncipe heredero sucesor en estos reinos a su hijo don Carlos, duque de Lucemburg.

Y con esto se quietaron algunos ánimos que estaban alterados y se allanaron las cosas que en el reino se temían, y acordaron que la Chancillería Real que estaba en Ciudad Real pasase a Granada y allí tuviese su asiento.

Llegó la nueva a la reina doña Juana de que en España la habían recebido por reina, estando recién parida de la infanta doña María, con felicísimo parto, como siempre tuvo. Esta infanta doña María casó con el desdichado rey de Bohemia Luis, hijo de Vladislao, que murió infelizmente, y fue gobernadora muchos años en Flandes y princesa de mucho valor, bien parecida a su hermano, como adelante se verá.

La reina doña Isabel, mujer del rey don Juan el segundo, y madre de la Reina Católica, cuando murió la sepultaron en San Francisco de Arévalo, y en este año trasladaron su cuerpo al monasterio de Miraflores, de la orden de los Cartujos, cerca de Burgos, donde estaba el rey don Juan, su marido.

Jornada contra Mazalquivir. -Año recio en Castilla. -Mueren personas señaladas.

Fray Francisco Jiménez, arzobispo de Toledo, fue uno de los insignes varones que ha tenido España. Fundó la Universidad de Alcalá. Fueron muy grandes los deseos que tuvo de hacer conquistas en África. A instancia suya y ayudado con dineros, el rey don Fernando envió contra Mazalquivir a Diego Fernández de Córdoba, alcaide de los Donceles, y salió del puerto de Málaga con la flota que el rey le dio. Llegó con buen tiempo hasta cercar Mazalquivir, y apretólo de manera, que lo entró en espacio de tres días, que se le rindió con poca costa de sangre, y quedó allí por alcaide. Fue después marqués de Comares. Es Mazalquivir un puerto muy bueno, sujeto al rey de Tremecén.

Fue un año éste muy recio de fríos, hielos y nieves en Castilla, y llovió muy poco. Murieron personas principales, que fueron don Pedro Álvarez Osorio, marqués de Astorga; don Gómez Juárez de Figueroa, conde de Feria; don Alonso de Fonseca, hijo del dotor Juan Alonso y de Beatriz Rodríguez de Fonseca; y don Gómez Sarmiento, conde de Salinas, y don Francisco de Velasco, conde de Siruela; don Hurtado de Mendoza, adelantado de Cazorla, hermano del cardenal don Pedro González de Mendoza, don Alonso de Fonseca, obispo de Osma, que primero fue de Ávila y Cuenca.

Desabrimientos entre el rey don Fernando y don Felipe. -Quiere el rey don Fernando casar con la Excelente. -Casa con madama Germana de Foix, sobrina de Luis, rey de Francia, hija del señor de Foix. -Larga paz entre España y Francia.

Pasó el rey don Fernando este ivierno en Salamanca. El rey don Felipe estaba en Flandes con su mujer la reina doña Juana, y entre él y el rey don Fernando, su suegro, había desabrimientos que llegaron a tanto, que el rey don Fernando envió a don Rodrigo Manrique por su embajador al rey de Portugal, pidiendo que le diese por mujer a la Excelente, que llamaron la Beltraneja, para con ella, como con reina que tuvo pensamientos de serlo de Castilla, oponerse contra el rey don Felipe en Castilla; que fue una gran flaqueza y demasiada pasión del Rey Católico.

Mas el de Portugal fue tan cuerdo, que pareciéndole desatino, no se la quiso dar, ni aun la Excelente viniera en ello, porque demás de ser ya vieja, era una santa y estimaba en poco las coronas de la tierra.

Y como no pudo ser esto, concertóse con el rey Luis de Francia que el rey don Fernando casase con madama Germana, hija de don Gastón de Foix y de hermana del rey Luis, nieta de doña Leonor, hermana del rey don Fernando, hija del rey don Juan de Navarra y Aragón, su padre, y de doña Blanca, reina proprietaria de Navarra. Concertaron los reyes, a manera de dote, que el rey de Francia cediese en el rey don Fernando la acción que pretendía a la parte del reino de Nápoles, y que si la reina falleciese sin hijos antes que el rey don Fernando su marido, sucediese en el mismo derecho, y si, primero que ella, muriese el rey don Fernando, sucediese el rey Luis en su propria parte.

Pidieron confirmación de estos capítulos al Pontífice. Hiciéronse paces entre Francia y España por ciento y un año, que no fueron ni aun semanas. Fueron por la reina y a los conciertos don Juan de Silva, conde de Cifuentes, y el dolor Tomé Malferit, vice-chanciller de Aragón.

Años 1505-1506

Llaman los castellanos a sus reyes. -Vienen los reyes a Castilla. -Ánimo de la reina doña Juana en una tormenta. -Desembarcan en La Coruña: venía la reina tan enferma, que públicamente se decía no tener juicio. -Va el rey don Fernando a recibirlos. -Título de provisiones reales. -Muerte temprana del rey don Felipe el Hermoso. -Cometa que precedió su muerte. -Sepúltanlo en Granada.

Los castellanos, deseando sus reyes, daban priesa que la reina doña Juana, con su marido el rey don Felipe y hijos, viniesen en España; y así, a nueve de enero de este año 1505, partieron de Flandes, dejando en poder del emperador Maximiliano y de madama Margarita, viuda de Saboya, al príncipe don Carlos.

Corrieron los reyes tormenta, y viéronse en peligro de fuego en la navegación. Llamábase el piloto del navío en que los reyes venían, Santiago. Tocó también la nao en tierra, o, como dicen, en banco, donde sin falta se perdieran, si una gruesa ola no los echara de la otra parte con su fuerte ímpetu. Mostró allí la reina ánimo varonil, porque diciéndole el rey que no escaparían, se vistió ricamente y se cargó de dineros para ser conocida y enterrada.

Mas librólos Dios de tan notorio peligro, y aportaron a Ingalaterra en Morilas, donde el de Ingalaterra acudió luego y les hizo reales fiestas. Es verdad que contra voluntad de los suyos desembarcó allí el rey Felipe, mas el enfado del mar lo hizo, y presto le pesó, porque hubo de dar al duque Sofolch a Mompola, el de la Rosa, sobre pleitesía que no le matasen, pero no la cumplió el rey de Ingalaterra. Díjose que, si no lo diera, le detuvieran, porque así lo había escrito el rey don Fernando al de Ingalaterra.

Abonando el tiempo, se volvieron a embarcar, y llegaron en salvamento a tomar puerto en la Coruña, domingo veinte y seis de abril. Sabía el rey don Fernando la venida de los reyes sus hijos, y pensando que desembarcaran en Laredo, partió de Valladolid para Burgos con propósito de llegar hasta Laredo. Y estando en Torquemada tuvo correo cómo habían desembarcado en la Coruña. Con esto tomó el camino de León y fue a Astorga y Ponferrada y Villafranca. Aquí supo cómo la reina iba por la Puebla de Sanabria, y aún dicen que algunos que deseaban poco amor entre los reyes dieron esta traza para desviarlos, y culpan a don Juan Manuel, embajador que había sido de los Reyes Católicos cerca del Emperador y en Flandes, que era muy privado del rey don Felipe y poco aficionado al Católico.

Fueron las vistas del rey don Fernando con sus hijos los nuevos reyes entre la Puebla de Sanabria y Asturianos, sábado a veinte de junio; de las cuales vistas salieron algo desabridos, que el reinar no quiere compañía, aunque sea de hijos. El rey don Fernando tomó el camino para Villafáfila y Tordesillas, y el rey don Felipe y la reina a Benavente, donde entraron víspera de San Juan. Quedó el rey don Fernando muy solo, que todos le dejaron, si no fue el duque de Alba y conde de Altamira y otros algunos, y los nuevos reyes, acompañados de la flor de Castilla y muchos extranjeros, que llegaban a dos mil caballeros y gente de armas.

Una de las causas de esta discordia era sobre el título o cabeza de las provisiones y despachos reales, y se concordaron con que se pusiese don Fernando, don Felipe y doña Juana, como lo he visto en provisiones despachadas en Valladolid a treinta de enero, año 1506, donde se nombran reyes y príncipes de Castilla, etc. Pero esto duró poco, por la muerte acelerada del rey don Felipe, que sucedió en Burgos, donde se había ido desde Valladolid, queriéndolo la reina así, si bien quisiera el rey no salir de Valladolid, donde se hallaba con gusto y salud.

El achaque de su muerte fue que don Juan Manuel, su gran privado, alcaide que a la sazón era del castillo, le convidó un día para que se holgase con él. Comió el rey demasiado y jugó a la pelota y hizo otros ejercicios dañosos después de comer, de manera que aquella mesma tarde, vuelto a Palacio, se sintió malo, y fuele apretando la enfermedad de suerte, que el séptimo día le arrebató la muerte y dio con él en el cielo, no habiendo reinado en Castilla cumplidos cinco meses. Pasó de esta vida a la eterna viernes a veinte y cinco de septiembre, a la hora del mediodía, siendo de edad de veinte y ocho años, ocho meses y tres días, habiendo un año y diez meses menos un día que fue alzado por rey de Castilla.

Significó su muerte un cometa muy amarillo que algunos días antes se vio encendido en el aire a la parte de poniente, y los reyes lo vieron estando en Tudela, cerca de Valladolid, de camino para Burgos.

Murió el rey quejándose de quien le había metido en aquellos trabajos con su suegro, y de no tener qué dar a los suyos. Mandó llevar su corazón a Bruselas y el cuerpo a Granada, y que las entrañas quedasen allí. Era gentil hombre, aunque algo grueso, de buen ánimo y de buen ingenio, liberal, que no sabía negar cosa que le pidiesen; y así, respondió a uno que le pedía cierto regimiento diciendo que no lo había dado porque no se lo había pedido: «y si me lo pedieron, yo lo di». Fue tanto lo que el rey don Felipe dio y enajenó de la Corona Real, que, despué de muerto, a diez y ocho días del mes de diciembre de este año, en la casa de la Vega, cerca de la ciudad de Burgos, se despachó una cédula en nombre de la reina doña Juana en que revocaba y daba por nulas las mercedes y donaciones que estando en Flandes y en estos reinos hizo don Felipe por algunas causas a grandes y caballeros de alcabalas, rentas, tercias, maravedís de juro y de por vida, vasallos y jurisdicciones, y otras cosas, en diminución y daño del patrimonio real, y que algunas de estas mercedes fueron por ventas y por empeños y por otras causas, por haberse hecho sin saberlo la reina y sin su mandamiento. Lo cual no se pudo hacer ni tuvo vigor ni fuerza, pues se hizo sin su voluntad, siendo ella la reina y señora proprietaria. Y así, lo revoca y anula, y da por ningunas las dichas mercedes, ventas y enajenaciones.

Sintió mucho esta muerte el Emperador, su padre, que le amaba tiernamente, porque demás de no tener otro hijo, era uno de los más bellos hombres de su tiempo, que por eso le llamaron Felipe el Hermoso. En el libro de la Caballería del Tusón lo he visto retratado al natural, al parecer de edad de diez y ocho años. Es por extremo hermoso, y así, dicen que, viéndole las damas francesas en París, tenían por dichosa la mujer que le había de llevar por marido. La reina doña Juana, su mujer, lo sintió con extremo, pues dicen que el sumo dolor y continuas lágrimas le estragaron el juicio más de lo que ella ya lo tenía alterado, y vivió así muchos años.

Hijos que dejó. -No quiere doña Juana reinar. Retírase a Tordesillas, y sírvenla.

Es muy notable lo que dicen de una vieja gallega, que cuando vio al rey don Felipe en Galicia tan hermoso y gallardo, diciéndole quién era, la vieja dijo que más caminos y más tiempo había de andar por Castilla muerto que vivo; y cumplióse, porque muchos años le trajo su mujer consigo en una arca betunada, y le tuvo en Torquemada y en Hornillos y Tordesillas hasta que lo llevaron a Granada. Depositaron su cuerpo en Miraflores, monasterio de Cartujos, de donde le sacó la reina para traerlo como digo.

Los hijos que dejó el rey Felipe el Hermoso, habidos en la reina doña Juana, fueron el príncipe don Carlos, el infante don Fernando, ambos emperadores, y abuelos de los reyes que tenemos. Las hijas fueron reinas de toda la Cristiandad; porque doña Leonor reinó en Portugal, después en Francia; doña Catalina fue mujer del rey don Juan de Portugal III, y suegra y tía del rey don Felipe II; doña María casó con Luis, rey de Bohemia y Hungría. Y fuera más fecundo el matrimonio de Felipe y Juana si Dios se sirviera de darle más vida.

La reina doña Juana, o por dolor o falta de juicio, viéndose sin marido, no quiso reinar. Retiróse a la villa de Tordesillas, donde pasó toda la vida, que fueron casi cincuenta años, sirviéndola gran parte de ellos, con fidelidad y amor, don Bernardo de Sandoval y Rojas, marqués de Denia, que fue su mayordomo mayor; y después de él el marqués don Luis, su hijo, y don Fernando de Tovar, su primo, señor de la tierra de la Reina, que fue capitán de la guarda y cazador mayor de Su Alteza.

Desde este tiempo se puede muy bien contar el reino de don Carlos, aunque por gobernadores, porque don Carlos estaba en Flandes y en poder de madama Margarita, su tía y tutora. Y era tan niño, que no tenía más de seis años en éste de mil y quinientos y seis.

Años 1506-1507

Velóse don Fernando con la Germana en Dueñas. -Condiciones de la reina Germana. -Retiróse el rey don Fernando a Nápoles, dejando a Castilla antes que su yerno muriese. -Los castellanos llaman al rey don Fernando. -Bandos en Castilla. -Encárganse del gobierno del reino el cardenal de Toledo y otros. -Llaman al Rey Católico. -Vuelve el rey don Fernando a Castilla. -Parte la reina doña Juana de Burgos. -Nace en Torquemada la infanta doña Catalina.

Velóse en este año, lunes a diez y ocho de marzo, día del Arcángel San Gabriel, el rey don Fernando con la reina Germana en la villa de Dueñas, queriendo remozar su vieja sangre con la juventud de la sobrina. Era la reina poco hermosa, algo coja, amiga mucho de holgarse y andar en banquetes, huertas y jardines y en fiestas. Introdujo esta señora en Castilla comidas soberbias, siendo los castellanos, y aun sus reyes, muy moderados en esto. Pasábansele pocos días que no convidase o fuese convidada. La que más gastaba en fiestas y banquetes con ella era más su amiga. Año de mil y quinientos y once le hicieron en Burgos un banquete que de solos rábanos se gastaron mil maravedís. De este desorden tan grande se siguieron muertes, pendencias, que a muchos les causaba la muerte el demasiado comer.

El dote que trajo fue que si de ella el rey don Fernando hubiese algún hijo, el rey de Francia, tío de madama Germana, renunciaba en él el derecho que tenía al reino de Nápoles.

Como los reyes no se concertaban, aunque padre y hijos, acordó el rey don Fernando de retirarse a lo que era suyo. Diéronle los reyes de Castilla los maestrazgos con más tres cuentos de renta en estos reinos por toda su vida, según la Reina Católica lo había mandado en su testamento. Y con esto, el rey tomó el camino para Aragón antes la muerte del yerno. De Aragón partió el rey para Nápoles, por los respetos que en su historia se dicen, y en el camino supo la muerte del rey don Felipe y la necesidad que había en Castilla de su real persona, mas no quiso volver por la acedía que llevaba de la ingratitud de algunos castellanos.

Con la muerte del rey don Felipe y ausencia de don Fernando, hubo novedades en estos reinos, no queriendo obedecer a la justicia. Y entre muchos se levantaron bandos. El duque de Medinasidonia fue a combatir a Gibraltar. Armáronse contra el conde de Lemos, el duque de Alba y el conde de Benavente. Hubo otras parcialidades sangrientas en casi las más ciudades; llamando unos Carlos, otros Fernando y algunos Maximiliano, y muy pocos Juana. Por lo cual tomaron la gobernación el cardenal Jiménez, el condestable don Bernardino de Velasco y don Pedro Manrique, duque de Nájara, con consejo y voluntad de los más señores.

Hicieron presidente de los Consejos a don Alonso Suárez, obispo de Jaén, natural de la Fuente del Sauz, en el Obispado de Ávila, en compañía del dotor Tello y del licenciado Polanco y de otros grandes letrados. Hicieron Cortes, y en ellas, en nombre de la reina y de todo el reino, despacharon suplicando al rey don Fernando viniese a gobernar estos reinos que eran de su hija y nieto. Lo cual él dijo que haría, porque lo deseaba, en despachando los negocios que le habían llevado, a Nápoles.

Cumpliólo el rey así, y poniendo por virrey a don Juan de Aragón, conde de Ribagorza, dio la vuelta para España, trayendo consigo a la reina Germana, su mujer, y al Gran Capitán, Gonzalo Fernández de Córdoba, con todos los caballeros españoles que habían acompañado al rey.

Domingo veinte de diciembre partió la reina de Burgos, donde había estado después de la muerte del rey don Felipe, su marido. Estaba muy preñada ya, en días de parir. Llegó viernes a Torquemada, acompañándola el cardenal y otros grandes. Trajo consigo el cuerpo del rey, su marido, que mandó sacar de Miraflores, y púsolo en la iglesia de Torquemada, acompañándole muchos frailes franciscos que cada día le decían vigilias y misas; y vino el prior de Miraflores con algunos monjes cartujos. De esta manera trajo la reina el cuerpo del rey don Felipe hasta que asentó en Tordesillas.

Posó la reina en Torquemada, en las casas de un clérigo que estaban cerca de la puerta que sale a la puente sobre el río, que ha pocos años se hundieron y servían en nuestros días de mesón. Detúvose aquí hasta 14 de enero, jueves, año 1507, en el cual día parió a la infanta doña Catalina entre las cinco y las seis de la mañana; y con esto, estuvo la reina en Torquemada hasta mediado abril, y de allí se vino a Hornillos.

Casó este año Francisco, duque de Angulema, con Claudia, hija del rey Luis de Francia y duquesa de Bretaña, que estaba prometida al príncipe don Carlos, y vinieron a Valladolid embajadores franceses con disculpas de su rey, descargándole de la falta que en esto había hecho. En este año de 1506, en el mes de mayo, en Valladolid, murió el almirante de las Indias, don Cristóbal Colón, varón señalado y digno de memoria, a quien la Corona de Castilla debe el ser señora y conquistadora del Nuevo Mundo.

Corren y dañan corsarios la costa de Granada. Jornada del rey don Fernando de Nápoles a Castilla. -Capelo a fray Francisco Jiménez.

Con la ausencia del rey don Fernando y falta del rey don Felipe, y como las costas de España estaban sin armas, tuvieron ocasión los moros berberiscos cosarios para correr y robar la costa del reino de Granada, teniendo inteligencias y avisos de los moros naturales de España, que también salteaban y robaban en los caminos, prendiendo los cristianos que vendían a los cosarios.

Pasaron el estrecho haciendo mucho daño. Quiso Dios que diesen al través cerca de Sanlúcar de Barrameda, donde perdieron veinte y una fustas y seiscientos hombres, con que volvieron destrozados. Partió de Nápoles el rey don Fernando viernes a 4 de julio, con veinte fustas y galeras y diez y seis naves. Forzóle el viento a tocar en Génova; de ahí pasó a Saona, donde le esperaba el rey Luis de Francia con deseo de verle, y a la reina Germana su sobrina.

Entró el rey Luis en la galera donde venían los reyes, para sacarlos a tierra, y les hizo muchas fiestas y los favores que las historias dicen que el rey Luis hizo al Gran Capitán Gonzalo Fernández, habiendo recibido muy malas obras de él, que son fuerzas que la virtud tiene aún en los pechos enemigos.

Desembarcó el rey en Valencia, día de Nuestra Señora de Agosto, y lunes 23 entró en Almansa, y sábado 28 de agosto en Tórtoles, donde luego vino la reina doña Juana, su hija, que estaba en Hornillos. El rey recibió a su hija con amor de padre, y ella a él con mucho acatamiento, que aunque esta señora tenía el mal que he dicho, nunca perdió el respeto debido a su padre, honrándole y obedeciéndole con toda humildad y buen conocimiento, ni se le oyeron otras palabras descompuestas cuales suelen decir los que tienen tales faltas.

A dos de septiembre visitó la reina Germana a la reina doña Juana y, aunque madrastra, le pidió la mano para besársela; y estuvieron juntos los reyes hasta fin de septiembre. Partieron a Santa María del Campo, donde se trajo el capelo para el cardenal fray Francisco Jiménez, arzobispo de Toledo, título de Santa Sabina, y se celebraron las solemnidades en un lugar que se dice Mahamum, donde también hizo el rey don Fernando el cabo de año del rey don Felipe.

A ocho de octubre partieron los reyes de Santa María del Campo y vinieron a Arcos, y quedó allí la reina. Quisiera el rey sacar a la reina de Arcos, y ponerla en otro lugar más autorizado, pero ella no quiso. Y habiendo de ser lo que ella quería, el rey dejó en su guarda gente de armas a caballo, y por capitán a don Diego de Castilla, hijo de don Sancho de Castilla, que fue ayo del príncipe don Juan. Y por mayordomo y gobernador quedó mosén Ferrer, caballero aragonés, y para acompañar y autorizar la casa de la reina, el obispo de Málaga, que era capellán mayor de la reina y había estado con ella en Flandes, como dije, y fue un insigne varón. Y siendo obispo de Cuenca fundó el Colegio que por eso se llama de Cuenca, en Salamanca, uno de los cuatro mayores, de donde han salido tantos y tan señalados varones. Quedó asimismo con la reina don Diego de Muros, obispo de Tuy, y otras personas de cuenta, varones de autoridad, y doña María de Ulloa, madre del conde de Salinas, hija de Rodrigo de Ulloa, contador mayor de Castilla.

Esto así ordenado, el rey pasó a Burgos y estuvo allí hasta fin del año. Padeció España este año una grandísima hambre y pestilencia.

Prende el marqués de Pliego un alcalde de Corte en Córdoba. -Va el rey a castigar al marqués.

El rey don Fernando, con el infante su nieto, estaban en Burgos; la reina doña Juana, en los Arcos, donde el rey acudía a menudo. Allí le vino aviso cómo el marqués de Pliego, don Pedro Fernández de Córdoba, hijo de don Alonso de Aguilar, el que desdichada y valientemente murió en Sierra Bermeja, había prendido al alcalde Fernán Gómez de Herrera, el de Madrid, en Córdoba, y lo había enviado con guardas a la fortaleza de Montilla, porque el alcalde había ido a Córdoba por mandado del rey a hacer justicia en cierto caso.

Atrevióse el marqués a esto por ser mozo y verse querido y estimado en Córdoba y por toda la Andalucía. Y así, se arrojó a otro atrevimiento mayor, estando el rey en Nápoles, que fue soltar, rompiendo las cárceles de la Inquisición, muchos presos herejes; y salióse con ello sin haber quien se atreviese contra él.

Informado el rey de los delitos, y muy enojado de lo que el marqués atrevidamente había hecho, partió para Valladolid en el mes de julio y fue a Mahamum, y detúvose allí cinco días esperando a la reina, y volvió a Arcos y tomó al infante don Fernando, su nieto, consigo, y caminó para Córdoba llevando el camino de Olmedo, el Espinar, Guadarrama y Toledo. Estuvo en Toledo seis días. De ahí partió martes 28 de agosto, y fue por las huertas y por el molinillo y Ciudad Real, Caracuel, Petroche y Damuz, y entró en Córdoba día de Nuestra Señora de Septiembre; y estuvo allí todo este mes, tratando de castigar al marqués, y porque se humilió y conoció su culpa se le mostró benigno. Mandóle estar preso cinco leguas fuera de Córdoba y que el Consejo Real conociese de su culpa, por lo cual le condenaron en perdimiento de los oficios, juros y tenencias que tenía de la corona real, que era mucho, y que la fortaleza de Montilla, por haber detenido en ella al alcalde, se desmantelase y en otras penas pecuniarias.

Y a otros que habían sido cómplices ayudantes en el delito, condenaron a muerte y destierros y les confiscaron los bienes. Derribaron y sembraron las casas de sal y el destierro del marqués quedó a voluntad del rey. Ésta se aplacó presto, y se le alzó el destierro y volvieron la mayor parte de las cosas que se le habían quitado, favoreciéndole la reina Germana y el Gran Capitán y otros grandes de Castilla.

Partió el rey don Fernando de Córdoba para Sevilla. Mandó venir allí al duque de Medina Sidonia, que no tenía más de trece o catorce años de edad. Mostróle el rey mucho amor. Estaba desposado el duque con la hija del conde de Ureña, que agora son duques de Osuna, y los Girones sospecharon que el rey lo quería casar con otra, y por esta sospecha, don Pedro Girón, hijo del conde de Ureña, de quien habrá de aquí adelante memoria, que era gobernador del estado de Medina Sidonia, le sacó una noche de Sevilla y huyeron ambos a Portugal, donde estuvieron algún tiempo. Enojóse mucho el rey de lo que don Pedro había hecho, y luego mandó tomar todas las fortalezas del estado de Medina Sidonia y poner en ellas alcaides por la reina y su hija.

Y como fuese un alcalde a Niebla para tomarla, la villa comenzó a resistir. Hiciéronle requerimientos que se allanase. Y estando rebelde, mandó el rey ir contra ella dos mil hombres de guerra, los cuales entraron en la villa por fuerza y saqueáronla, y el alcalde que iba en el ejército ahorcó algunos de los culpados. Luego se rindió la fortaleza y otros lugares, y el rey puso gobernadores en todos. Y a don fray Diego de Deza, fraile de Santo Domingo, que fue arzobispo de Sevilla y inquisidor general, maestro del príncipe don Juan, puso por gobernador de todo el estado de Medina Sidonia. Y en fin de este año, el rey se volvió para Valladolid.

Va el conde Pedro Navarro contra Berbería. -Toma el peñón de Velez. -Socorre a Arcila.

Andaban los cosarios de Berbería atrevidamente robando la costa de Granada, porque les corrían muy buenos intereses de los asaltos que hacían, y valíanse de los mesmos moros naturales de la tierra. Mandó el rey que saliese contra ellos el conde don Pedro Navarro, que fue uno de los grandes capitanes que nacieron en España, aunque acabó miserablemente por no permanecer en la fe debida a su rey y señor natural. Y siguiólos hasta la costa de Berbería.

De camino, tomó el Peñón de Velez de la Gomera, refugio de cosarios, favoreciéndose mucho del rey de Fez. Hizo el conde en el Peñón una fortaleza, donde puso presidió de españoles. De ahí pasó el estrecho a socorrer a Arcila, que la tenían cercada gentes del rey de Fez: tantos, que llegaron a ser cien mil hombres los cercadores; con la presencia del rey hízolos el conde retirar a golpes de artillería, que como la costa es baja y rasa hacían pedazos a muchos.

Era la ciudad de Arcila del rey de Portugal desde el año de mil y cuatrocientos y setenta y uno, que la ganó el rey don Alonso el V, y estaba entonces en ella don Vasco Coutiño, conde de Borba. Y si bien es verdad que hizo su deber como valiente capitán y generoso caballero, la potencia del enemigo era tanta, que perdió la villa vieja y nueva, y llegó a partido con el rey de Fez, que si no fuese socorrido dentro de tres días entregaría el castillo. Llegó don Juan de Meneses con socorro de Portugal, luego después del conde Pedro Navarro, y libróse de la ciudad que por ser de tanta importancia se aprestó para pasar a socorrerla el mismo rey don Manuel de Portugal. Y también el Rey Católico enviaba a don Antonio de Fonseca con gruesa armada. Quiso Dios que no fuesen menester estos socorros, dando vitoria a los suyos.

La reina doña Juana, en Tordesillas. -Nace en Valladolid doña Juliana Ángela de Velasco, nieta del Rey Católico. -Parto mal gozado de la reina Germana en Valladolid. -Fiestas en Valladolid por el casamiento de doña Catalina, reina de Ingalaterra.

Contento vivía el rey don Fernando porque la reina Germana, su mujer, estaba preñada y tenía grandes esperanzas de un hijo con quien las Coronas de Aragón se pudiesen apartar de Castilla. Volvió el rey del Andalucía por el camino de la Plata, Alba, Salamanca, Medina del Campo, y entró en Valladolid por el mes de hebrero. Pasó a Arcos y trajo a la reina su hija a Tordesillas, donde quedó de allí adelante hasta la muerte. Y el rey volvió a Valladolid, do quiso hallarse a los diez y ocho de marzo para honrar el parto de su hija doña Juana de Aragón, mujer de don Bernardino de Velasco, condestable de Castilla y de León. La cual parió este día a doña Juliana Ángela de Aragón, que después se casó con su primo don Pedro Fernández de Velasco, conde de Haro, hijo del condestable don Iñigo Fernández de Velasco, y de su mujer doña María de Tovar. hija de Luis de Tovar, marqués de Berlanga. Y a tres de mayo, día de Santa Cruz, jueves, entre la una y las dos, en las casas del almirante parió la reina Germana al príncipe don Juan de Aragón, que después de habérsele dado el agua santa del bautismo, murió dentro de una hora, que tenía de edad. Fue depositado el cuerpo en el monasterio de San Pablo, y de ahí le llevaron al monasterio de Poblete, de la orden de Císter, en Cataluña.

Consolóse presto el rey don Fernando de esta pérdida, o por esperar de cobrarla o por estar contento con tales nietos como tenía: porque el día de San Juan quiso jugar cañas con todos sus buenos años y regocijó mucho la fiesta en Valladolid. La causa fue que en Ingalaterra se había casado su hija doña Catalina, princesa de Gales, viuda del príncipe Eduardo, con don Enrique, rey de Ingalaterra, hermano del difunto. Y en el mismo día de San Juan se hizo en Londres la coronación y fiesta de la boda, que años adelante repudió Enrique, con torpes deseos y mala vida.

Cosarios de Berbería.

Diferentes corrían las cosas en el agua; porque de África salían tantos cosarios que no se podía navegar ni vivir en las costas de España. El Rey Católico deseaba sumamente echar la guerra en África y aun pasar él en persona a ella. Deteníanle los temores y recelos de Italia, no diese con su ausencia ocasión a nuevos movimientos en ella.

Con todo, juntó hasta catorce mil hombres de pelea, todos españoles, y una gruesa armada muy bien bastecida. Mandó hacer de la gente dos batallones, uno de cinco mil infantes, que envió en favor del papa Julio, que tenía guerra con venecianos, los cuales llegaron a Nápoles y juntándose en la Pulla con la gente del Papa, peleó con Camilo, cosario turco, donde se perdieron tres galeras por pelear unas tras otras. El otro tercio batallón tenía siete mil infantes que fueron contra Berbería, y por capitán general Pedro Navarro, conde de Oliveto, y por asombrar más a los berberiscos echaron fama que el rey en persona quería pasar en Berbería.

Jornada contra Berbería. -Conquista de Orán. -Motín en el campo. -Ganan los españoles la ciudad de Orán. -Caballeros señalados que conquistaron a Orán. -Desafío singular entre don Alonso de Granada y un infante moro.

Importaba la jornada el bien y sosiego de España. Y el coste se sacó de la Cruzada que el Papa había concedido. Y por esto fue el principal de ella el cardenal de Toledo, fray Francisco Jiménez, el cual suplicó al rey que pasase en aquella armada contra los moros, ofreciéndole prestados muchos dineros. El rey, que ya deseaba ver al cardenal fuera de Castilla, le dijo que fuese él, y húbolo de hacer, y el oficio de general. Y en el poder y patente de capitán general, que a 20 de agosto en Toledo, año 1508, el rey dio al cardenal para que hiciese esta jornada y los aprestos necesarios a ella, dice: Que por el servicio de Dios y por evitar los males y daños que los moros de allende hacían cada día en estos reinos, especialmente en las partes del reino de Granada y Andalucía, había acordado de hacer y proseguir poderosamente la guerra contra los dichos moros de allende. Y que con el mismo fin el reverendísimo cardenal de España, arzobispo de Toledo, quería ayudar en esta santa empresa y personalmente ir como general de ella. Por lo cual tenía acordado de darle esta carta.

Llevó el cardenal consigo don Rodrigo Moscoso, conde de Altamira, y a Pedro Arias de Ávila, el Justador, de los más valientes de su tiempo, y a otros muy señalados caballeros, que por ser la empresa tan santa y honrosa se ofrecieron. Partió la armada del puerto de Cartagena y llegó sin recibir daño a tomar tierra en África sobre Mazalquivir. El arzobispo, para justificar más la guerra, ofreció partido a los moros antes de hacerles daño, que diesen los cristianos cautivos; donde no, que se aparejasen para la guerra. Los moros no curaron de las amenazas.

Favoreció mucho el alcalde de los Donceles para que toda la gente desembarcase sin que los enemigos lo pudiesen estorbar. Levantóse un motín entre los soldados, diciendo a grandes voces: Paga, paga, que rico es el fraile. El cardenal temió, y metióse en la fortaleza, dejando hacer a los capitanes, que, siguiendo la orden del conde Pedro Navarro, se pusieron en escuadrón y subieron una montañuela, escaramuzando con los moros que de Orán y su tierra habían salido. Fueron vencidos los moros en la escaramuza que se trabó muy reñida, y retirándose al lugar los de dentro, temiendo que a revueltas de los suyos entrarían los enemigos, cerraron las puertas; pero los españoles, siguiendo la vitoria, arrimaron escalas y subieron por ellas. Otros, con suma diligencia, trepaban por las lanzas y picas a vistas de los moros, y a pesar suyo se pusieron sobre los muros y entraron en la ciudad y la saquearon en dos horas, jueves, día de la Ascensión, a diez y siete de mayo de este año de mil y quinientos y nueve.

En tanto que el arzobispo conquistaba a Orán, estaba en San Francisco de Valladolid el Gran Capitán Gonzalo Fernández de Córdoba, recogido y rezando, que sus oraciones valían ya con Dios como las armas valieron en la tierra, y sus manos, levantadas al cielo, como las de Moisés. Murieron en el campo y en la ciudad más de cinco mil moros, y prendiéronse otros tantos, sin faltar de los cristianos treinta. Sacaron de cautiverio más de cuatrocientos. De esta manera y con esta brevedad se ganó la ciudad de Orán y se ha conservado hasta hoy día en poder de españoles.

Los caballeros principales que se hallaron en esta conquista como capitanes generales, si bien reconociendo todo es uno, de la gente que las provincias y ciudades de España dieron, fueron don Rodrigo de Moscoso, conde de Altamira, con la gente de Galicia; don Alonso de Granada y Venegas, señor de Campotejar, y alguacil mayor de Granada, con la gente de Granada: Pedro Arias de Ávila, con la gente de Toledo; Juan de Espinosa, con la gente de Montaña; todos varones esclarecidos con vitorias ganadas en guerras, como dice Gómez de Castro en su Corónica, folio 3.

Aquí hubo un notable desafío, que un infante moro. llamado Muley Amida, hijo del rey de la Gomera, hizo contra cualquiera que del ejército cristiano quisiese de cuerpo a cuerpo pelear con él. Salió don Alonso de Granada y peleó con el moro, que era muy valiente y diestro jinete, y don Alonso lo venció y cortó la cabeza, quedando él herido en un muslo, pero no de manera que en esta y otras ocasiones este caballero no sirviese a Diós y al rey como valiente y generoso

Universidad de Alcalá. -Desabrimiento de las indias. -Pregónase en Valladolid la Liga de Cambray.

Diose luego aviso al Rey Católico de la toma de Orán y holgó grandemente de ella, y en España hicieron muchos regocijos, no por los intereses que al reino traía Orán, sino por los daños y trabajos que se evitaron en las costas de España quitando una cueva de corsarios ladrones. El cardenal dejó en Orán, por mandado del rey, al alcalde de los Donceles con título de capitán general de Berbería.

Con esta vitoria volvió muy gozoso el cardenal a España, donde tuvo algunos desabrimientos con el Rey Católico, sospechoso siempre al fraile de que no le hacía merced, y la ocasión que para esto hubo fue que quisiera el rey que el cardenal dejara el arzobispado de Toledo para don Juan de Aragón, su hijo bastardo, y que tomara en recompensa el de Zaragoza. Mas el bueno del fraile halló ser mejor lo de Toledo que la gracia de un rey viejo y codicioso. Fundó en este año la insigne Universidad de Alcalá de Henares, obra verdaderamente real y de las señaladas de la Cristiandad, y puso la primera piedra del edificio.

En este año hicieron los españoles algunos descubrimientos y conquistas en las Indias. Hay historias particulares de ellos y a esta no toca más que caminar a priesa en busca del emperador Carlos Quinto, si bien adelante haré una breve relación de esta maravillosa conquista.

En este año de mil y quinientos y nueve, en la iglesia mayor de Valladolid, diciendo la misa el obispo de Palencia, publicó la liga de Cambray. Juráronla el rey por sí y por la reina su hija; por el Papa, su nuncio Juan Rufo, obispo de Britonoro; por el príncipe don Carlos, Mercurino de Gatinara; por el rey de Francia, el señor de Guisa, y los embajadores del emperador Maximiliano.

Corre la armada española la costa de Berbería. -Da la armada española sobre Bugía. -Cura maravillosa que cirujanos hicieron en el rey moro de Bugía.

Luego que el cardenal dio la vuelta para España, el conde Pedro Navarro fue a invernar a la Formentera siguiendo el orden que el Rey Católico le había dado.

Allí se rehízo de gente, armas, navíos y bastimentos, que todos se iban a él por la fama que volaba de su buena ventura. Llevaba consigo los soldados que acababan de ganar a Orán, y los caballeros, el conde de Altamira, don Rodrigo de Moscoso, don Francisco de Benavides, conde Santisteban del Puerto, Diego de Vera, que fue insigne capitán -en este tiempo lo era de la artillería-; Diego de Guzmán, dos hijos de Alonso Enríquez de Salamanca, Pedrarias de Ávila y otros muchos señalados caballeros españoles.

Partió pues, de la Formentera el conde con su armada, día de año nuevo, y amaneció sobre Bugía la Pascua de los Reyes de este año de mil y quinientos y diez. Salieron el conde y Diego de Vera a reconocer la desembarcación o surgidero, y mandó que aquella noche saltasen en tierra todos los caballeros y soldados con la artillería, armas, munición y bastimentos. Puso luego la gente en orden, formando el ejército en dos escuadrones para el uno acometiese por mar y el otro por tierra, porque Bugía está sentada en una ladera de una gran cuesta. En plantando el artillería comenzó de jugar de mampuesto.

La cerca era flaca, y así fue fácil abrirla. Arremetieron luego los soldados y entraron en el lugar, porque resistieron flacamente los que en él estaban. La mayor pelea y mortandad fue en las calles, donde los de Bugía fueron maltratados y vencidos, porque eran poco cursados en la guerra y mucho en deleites y vida regalada, mal dañoso para el uso de las armas. Y así, se salieron de la ciudad huyendo, dejando en ella muchas cosas ricas, porque con el miedo no curaban de más que salvar las vidas. Hizo el conde en esta jornada más de lo que quería, porque el orden e intento que llevaba era hacer asiento con el rey de Bugía para que no acogiese cosarios en su tierra, y que si no quisiese, le combatiese y tomase la ciudad. Tuvo el conde aviso, luego que llegó, por un hombre que había sido siete veces moro y otras tantas mal cristiano, que había pestilencia en la ciudad, disensiones y bandos capitales entre Abderhamen y Abdalla, tío y sobrino, sobre cuál sería rey, Muley Abdalla era hijo de Muley Abdalhaziz, que fue rey de Bugía. Muley Abderhamen era rey de los barbaruces, como se vio en los capítulos de paz que con ellos hizo Antonio de Rabaneda. Pero, el Abderhamen se alzó con el reino, siendo tutor de Abdalla, y le quemó los ojos con una plancha de hierro ardiendo, uso bestial y cruel entre aquellos bárbaros, y lo usaron inhumanamente los reyes antiguos de España, tomándolo de los moros sus vecinos, como tomaban los trajes y costumbres, que tales daños causa una mala vecindad.

Muley Abdalla se soltó cuando los españoles entraron en la ciudad, y de ahí a pocos días se vino con hasta veinte hombres al conde, ofreciéndose por amigo y tributario del rey de España. El conde lo recibió con mucha cortesía y muestras de amor, y mandó que los cirujanos del ejército viesen si se podría curar el mal que el fuego le había hecho en los ojos, y ellos le curaron en pocos días porque sólo tenía pegados los párpados y no lisiada la vista. Tuvieron a milagro esta cura los moros, por donde parece que los alarbes no saben de medecina lo que solían. Abdalla, alegre por haber cobrado la vista, y agradecido por la buena obra, y ganoso de vengarse, pensando también quedar por rey, dijo al conde dónde estaba Abderhamen, y la gente y ropa que tenía.

El conde, guiado por los de Abdalla, fue con quinientos hombres cuatro leguas de Bugía, caminando de noche por no ser sentido. No bastó el recato, porque vivían con cuidado, y antes del alba fue sentido, porque el coronel Santiago y Diego de Vera, que iban delante con los arcabuceros, tocaron al arma pensando que los garrobos eran pabellones. El conde, conociendo el yerro de sus capitanes, diose priesa a caminar por coger los enemigos antes que se armasen ni alzasen la ropa. Abderhamen estaba en fuerte lugar y tenía infinitos moros alarbes, y aunque oyó tocar al arma, no curó de ella al principio, creyendo ser algunos jeques que con regocijo o ejercicio de armas hacían aquel ruido, que de los españoles seguro pensaba estar. Mas cuando se revolvió ya los tenía encima. Peleó gran rato desde fuerte puesto, pero al fin huyó, dejando la ropa, por la vida, de los españoles. Unos le siguieron hasta lo alto de la sierra y otros dieron sacomano al Real.

Murieron cinco mil moros y entre ellos el Mezuar, que es justicia mayor, y quedaron cautivos seiscientos. Y tal moro hubo en ellos, que se rescató en mil tripolinos. Tomáronse trescientos camellos y otras tantas vacas con muchas reses menores, y gran número de caballos no mal enjaezados, y algunas acémilas y sedas y paños y plata labrada. El alférez de don Diego Pacheco hubo, por aviso de un criado, la vajilla de Abderhamen, que valió cinco mil ducados; fue mayor, por concluir, el despojo del Real que el de la ciudad. Estimóse mucho aquella vitoria, porque no faltó más de un español; los demás volvieron cansados, hambrientos y con los pies corriendo sangre de unos cardos que llaman arrecafes. Y un marroquín que ya le decían obispo de Bugía, salió a recibirlos en procesión.

Desgraciada muerte del conde de Altamira, don Rodrigo Moscoso. -Los de Argel dan parias al rey de Castilla.

Deshizo el triunfo y regocijo de la victoria de Abderhamen y toma de Bugía, la desastrada muerte del conde de Altamira, que como buen caballero se había señalado mucho en aquellas guerras de África. Cuentan de dos maneras esta desgracia; que en casa de Muley Abdalla, que era en el arrabal, jugaban a la ballesta ciertos caballeros españoles, y un criado del conde de Altamira, que le servía en el juego, se descuidó al tiempo que le daba la ballesta armada y con una saeta; apretó la llave y disparó y lo mató. Caso lastimoso y que dolió mucho a todos. Fray Álvaro Osorio, hermano del conde, dice que murió en el combate, yendo detrás el conde, por la parte de la sierra, un su criado con la ballesta armada, y cayó y disparóse la ballesta y hirió al conde en una pierna, de la cual herida murió de ahí a once días en la ciudad de Bugía, mediado enero. El conde perdonó antes que de morir al mozo de espuelas, rogando a Pedro Navarro no le hiciese mal ni castigo, pues no lo hizo a mal hacer. Pero el mozo, como leal, quedó tan triste y lastimado, que publicando ir a Jerusalén nunca más pareció. Mandó pregonar el conde Pedro Navarro que todos trajesen a montón el despojo del real de Abderhamen, porque a todos cupiese parte. Despachó uno de los jeques a Argel, que libertase los cristianos cautivos, que los más eran españoles, dándose por amigo del rey don Fernando con algunas parias.

Los de Argel holgaron de pagar al rey de Castilla lo que pagaban al rey de Bugía, porque no fuese sobre ellos la armada, y soltaron los cautivos que había. En la ciudad alzaron pendones con las armas de Castilla y Aragón y diéronse por tributarios con otros dos o tres lugares.

Los vecinos de Bugía se volvieron a sus casas, viendo que los españoles no les hacían mal, aunque Abderhamen no vino, antes andaba corriendo el campo con muchos alarbes a caballo, y haciendo mal a Guitar, Teudeles y otros lugares de por allí que se habían entregado a los españoles. El conde envió al coronel Diego de Palencia con ochocientos soldados por bastimentos y munición a Nápoles, y puso por su lugarteniente, con buena guarnición, a Gonzalo Marino de Rivera. Escribió al Rey Católico lo que había pasado, enviándole presente y carta de Muley Abdalla, y también de Abderhamen (si bien es verdad que andaba remontado), para capitular con él. Y como morían muchos españoles con el excesivo calor de aquella tierra, que era por mayo, y por estar la ciudad inficionada, se partió de Bugía sin esperar respuesta del rey.

Guerra de Julio II con venecianos. -Da el Papa la investidura de Nápoles al Rey Católico. -Socorre el Rey Católico al Papa.

Este año de 1510 era pontífice Julio segundo. Viose muy fatigado en guerras que tuvo con venecianos y los anatematizó; después se reconciliaron, y el Papa tuvo grandes pasiones con el rey de Francia, Luis XII, y volvió las armas espirituales y temporales contra él y contra unos cardenales, de quien se valía el de Francia, y los anatematizó. Hizo leva de gente y les movió la guerra, ligándose con venecianos y procurando la amistad y ayuda de españoles.

Para esto escribió muy encarescidamente al Rey Católico, pidiéndole, como a tal, que tomase la defensa de la Iglesia contra los que la perseguían. Y por hacer venir en esto de mejor gana, envióle la investidura y título del reino de Nápoles con moderado tributo, que hasta entonces aún no lo tenía.

Holgó el Rey Católico mucho con la investidura y con que se le ofreciese ocasión en que mostrarse particular amigo del Papa y defensor de la Iglesia. Y así escribió luego al virrey don Ramón de Cardona que favoreciese la causa del Pontífice con todas las fuerzas posibles, y mandó a Fabricio Colona se juntase con la gente del Pontífice, con cuatrocientos hombres de armas, y que la infantería española que estaba en África pasase a Italia en favor del Papa.

Cortes en Monzón. -Orden y servicio de la Casa Real en Tordesillas.

Este año tuvo el rey don Fernando Cortes en Monzón, y vino a Tordesillas en el mes de noviembre a visitar a la reina doña Juana su hija, y ordenó su manera de vivir con acuerdo de los grandes de Castilla. Puso en su servicio doce mujeres nobles para que mirasen por ella y la vistiesen, aunque fuese contra voluntad de la reina, que no quería sino andar sucia y rota y dormir en el suelo sin mudar camisa, de suerte que no se trataba como persona real. Lo cual se remedio en alguna manera, porque las mujeres la forzaban cuando ella, por su porfía y falta de juicio, no quería.

Estuvo el rey con su hija en Tordesillas veinte días, y allí, como juez árbitro, pronunció sentencia entre don Enrique de Guzmán y el conde de Alba de Liste sobre el Estado y casa de Medina Sidonia, para que quedase con el duque y él diese al conde ciertos cuentos de maravedís. Asimismo dio otra sentencia entre el dicho duque de Medina Sidonia y don Francisco Fernández de la Cueva, duque de Alburquerque, sobre la villa de Gimena, para que quedase con el duque de Medina y él diese ciertos cuentos de maravedís al de Alburquerque.

De Tordesillas volvió el rey a Madrid, donde estaban los del Consejo Real, y estuvo allí hasta el fin de este año. Fue notable la inquietud y espíritu de caminar del Rey Católico, y así le alcanzó la muerte en un mesón y aldea muy pobre

Capitulaciones con los de Bugía y barbaruces. -Destruyen los moros con rabia a Bugía.

Regocijóse mucho en España la vitoria de Pedro Navarro, y el Rey Católico despachó luego a Alonso de Rabaneda con poder que le dio para capitular con los reyes de Bugía y barbaruces. Fue allá Rabaneda, y con acuerdo y parecer de Gonzalo Marino y Alonso de Tejada y de los otros capitanes que allí estaban, trató de concertarse con Abderhamen, que si bien poderoso, quería paz, y con Abdalla, que pedía misericordia.

Capituló con ellos, entre otras cosas, que se hiciesen dos fortalezas, a costa de la ciudad, y que las tuviesen españoles, que les diesen cada año tres mil y seiscientas hanegas de trigo para sustento de los soldados, a precio justo y convenible, mil cargas de cebada y otras tantas de leña, mil carneros, cincuenta vacas y otras cincuenta hanegas de habas. Y que Muley Abderhamen, como más rico, enviase cada un año al rey de Castilla tres halcones en parias, tres caballos y tres camellos.

Para cumplimiento y seguridad del concierto dio Abdalla en rehenes a su hijo mayor Hamet, que después fue cristiano, y Abderhamen dio a Mahamet el Blanco, que lo había habido de una cristiana, el cual se bautizó en Mallorca y se llamó Hernando, en gracia del Rey Católico, a cuyo poder venía, y se nombró el infante de Bugía.

No mucho después de aquestas capitulaciones riñeron dos jeques, los cuales llamaron a Abderhamen que los concertase y hiciese amigos. El fue, y estando tratando las amistades en una huerta, se levantó un ruido hechizo, a lo que se sospechó, y un muchacho lo hirió con un dardo en la tetilla, de que murió.

Sucedió Muley Helgalech en el reino y en la amistad con españoles. Abdalla quebró las paces con enojo y envidia, porque los españoles hacían más caso de Algualech que de él, y rebelóse apellidando libertad y Alcorán. Siguiéronle muchos, y así hubo guerra sobre los tributos. Un día se revolvieron los españoles con ellos y mataron a muchos sobre no traer las cargas de leña que eran obligados. Por la muerte de aquéllos y porque sospechaban que los cristianos trataban con sus mujeres, rabiando de celos, pusieron ellos mismos fuego a la ciudad por muchas partes, con voluntad de todos, y la dejaron quemar, sacando sus haciendas. De esta manera se despobló gran parte de Bugía, que era pueblo de casi ocho mil casas y de gentiles edificios a lo romano y a la morisca, noble, rico y con escuelas de las Facultades que los moros usan, que son filosofía, medecina y astrología. Por lo cual era nombrada esta ciudad y tenía fama entre los africanos.

Va el conde Pedro Navarro a la Fabiana. -Multitud de venados en tierra de la Fabiana. -Toman los españoles a Trípol.

De Bugía fue el conde Pedro Navarro a la Fabiana, una isleta cerca de Sicilia, a esperar al coronel Diego de Valencia, que era ido a Nápoles para traer munición y bastimentos de que había falta en la flota. Estuvo allí un mes el conde esperando a este capitán, proveyendo la armada de agua y leña que no tiene Trípol. Mataron los del ejército, en aquel poco de tiempo, si se ha de dar crédito a los que dicen que lo vieron, seis mil venados y otras tantas salvajinas, y más de sesenta mil conejos, y todo a palos y a manos, con ojeo. Baja la Fabiana ocho leguas; es toda de montes y sierras de arboledas. No tiene sino un castillejo; es abundante, según parece, de caza, de cera y miel.

Luego que llegó Diego de Valencia, partió el conde, y pasando por Pantanalea y Malta (que aún no estaban los caballeros en ella), vieron una cometa al Poniente, que declinaba al mediodía, y tomaron dél buen agüero los soldados y marineros. Estaban a cuatro leguas de Trípol, y no lo devisaban por ser tan baja por allí la tierra, y así es peligrosa la navegación, por tener pocas ondas. Envió el conde al coronel Bionelo, veneciano y caballero de Alcántara, hombre práctico en aquella costa, a espiar con una galera el puerto y la tierra. Él se acogió a tierra y se acostó, y cogió ciertos hombres, que dijeron cómo los de Trípol había ya veinte y cinco días que sabían la pérdida de Bugía y de Orán, que se lo habían dicho unos genoveses; y así, sacaron cinco mil camellos cargados de ropa, y lo más precioso, y lo habían llevado a la sierra y montes, lejos de la marina, y que habían convocado los pueblos comarcanos en defensa de la ciudad, y que cerraban las puertas de ella confiados en la altura de los muros, viendo asomar la flota.

Oyendo el coronel esto, volvió al general y se dio luego orden que saltasen en las galeras todos los soldados que cupiesen, y en las fustas y bergantines y en todos los barcos que se gobernaban con remos, para que con facilidad y presteza tomasen tierra. Amaneció la flota una legua pasada de Trípol, día de Santiago de este año de mil y quinientos y diez, porque con la obscuridad de la noche habían perdido el desembarcadero por mucho descuido de los pilotos; y así, mientras volvieron a ganar esta legua, tuvieron lugar de armarse los de Trípol y salieron a impedir la desembarcación. Presumieron de pelear a caballo, y eran muchos los de a pie, moros alarbes, berberuces, jeques y otros famosos, y tenían tiros de hierro. Las galeras ojeaban a cañonazos los moros, para desviarlos de la lengua del agua, entre tanto que desembarcaban algunos soldados. Y luego, los desembarcados, con los arcabuces y ballestas, los hicieron volver atrás muy de paso, y dieron lugar para desembarcar toda la otra gente y caballos, artillería, escalas y municiones. Hizo el conde dos batallones de su gente, que serían por todos quince mil. Quedóse él con el batallón mayor y envió el otro delante con los coroneles don Diego Pacheco y Juan de Arriaga, Juan Salgado, y Ávila, con cada mil soldados para que escaramuzasen con los enemigos, y prometióles toda la ropa de mercaderes si Trípol se tomaba, y parte de los esclavos. Ellos entretuvieron los enemigos con la escaramuza hasta que llegó el conde al lugar, y serían las nueve de la mañana.

Comenzó luego el combate, y a las once se les dio tan recio asalto, que subieron muchos por escalas encima de los muros, y se arrojaron dentro, si bien eran altas las paredes, por las picas, y sin ellas. Pelearon por las calles con los moros tanto, que descansaban a ratos, y murieran todos los españoles si tardaran poco más en abrir las puertas. Los de dentro mataron algunos y descalabraron muchos con piedras y fuego que lanzaron desde los muros, y en las calles mataron más de ciento. Como el conde entró, no pudieron sufrir la carga que les dieron, y así se retiraron, unos a la mezquita grande y otros a unos cubos de la cerca, y el jeque a la alcazaba, donde se mostraron animosos y se defendieron hasta que anocheció; y a esta hora entraron los españoles por fuerza en ella, y mataron, al primer ímpetu, dos mil personas.

A los gritos desta matanza se rindieron los de las torres al coronel Palomino; y el jeque, que se había defendido valientemente, se dio al conde, el cual entró con sus alabarderos y con algunos capitanes a tomarle, y hallóle con sus hijos y mujeres, muy acompañado de caballeros y damas.

Murieron este día seis mil moros, y hay quien diga diez mil. Costó la vitoria trecientos españoles que murieron, y entre ellos el coronel Ruy Díaz de Rojas y el capitán Francisco de Simancas, camarero del conde. El saco fue, sin los presos, grande, aunque habían sacado mucha ropa, porque afirmaron ciento y cincuenta italianos que salieron entonces de cautiverio, que Trípol era más rico que Orán, ni Bugía, ni Túnez.

Era Trípol lugar de cuatro mil casas; tenía cerca de docientos telares de seda y muchos de camelotes y alcatifas. No tiene agua sino de pozos y cisternas, y si emponzoñaran la que hay fuera de la ciudad, murieran muchos españoles.

Dio el conde parte del saco a los que no entraron, como se lo prometió, en lo cual hubo muchas fuerzas y quejas. Dio también una galera y dos fustas, que con otros vasos pequeños se tomaron en el puerto. Tomóse, dos días después que fue Trípol ganado, un exquijaco de turcos cargado de cariseas, especias y cosas ricas. Y envió el conde preso al jeque con un su yerno a Mezina, do estuvieron hasta que los soltó el Emperador libremente. Fue primero este jeque morabita, y por ser noble y tenido entre ellos por santo, le hizo el pueblo señor.

Jornada contra los Gelves.

Había en los Gelves algunos cosarios que dañaban mucho a Sicilia, Córcega y Calabria. Mandó el Rey Católico al conde que los echase de allí, y porque la isla es fuerte, a causa de ser allí la mar muy baja, fue allá desde Trípol, que hay poco más de treinta leguas, con ocho galeras y cuatro fustas, para tentarlos de paz, que le parecía que no estarían muy fuera de ella viendo lo que había pasado por sus vecinos los de Trípol, y también para reconocer la isla y la disposición que tenía, en caso que no admitiesen la paz.

Echó tres hombres en tierra junto al puente que hay de la isla a tierra. Ellos, como desembarcaron, alzaron una bandera pequeña en señal de paz, y hablaron con algunos isleños en algarabía. Los moros, que ya se recelaban de la armada española, estaban armados, y muchos de ellos se extendieron por la marina a pie y a caballo, para matarlos, y así alancearon uno contra razón y costumbre de guerra, y lo mesmo fuera de los otros dos si no se acogieran de presto al esquife, y dijéronles: Salga el conde acá con ésos que trae, o vuelva por los demás españoles que dejó en Trípol, que nuestro jeque los espera en el campo para la batalla, y sabed que los de aquí somos hombres y no gallinas como en Trípol; mas con todo eso, por lo que unos hombres deben a otros vos rogamos y aconsejamos que nos dejéis en nuestras casas y os vais, que así os conviene; donde no, echaros hemos o mataremos, si no nos vencéis.

El conde, que vio aquello, y, quebrada la puente, sintió que tenían coraje y voluntad de defenderse y aun ofender, rodeó buena parte de la isla. Y habiendo reconocido el surgidero, volvió a Trípol con no buen tiempo. Los soldados, entendiendo que los Gelves querían guerra, hicieron alegrías por la ciudad como tuvieran cierta la vitoria y el rico saco. También Pedro Navarro tenía buenas ganas de conquistar la isla y domar la soberbia que los Gelves mostraban, por el interés y colmar su fama. Habló a los soldados en esta manera haciendo reseña de ellos.

Habla el conde, animando su gente. -Viene al campo don García de Toledo.

«Caballeros, capitanes y soldados míos, españoles valerosos: Por superfluo tuviera traeros a las memorias las hazañas y valentías que habéis hecho en esta jornada de Berbería, después que salimos de España, si los de los Gelves nos hubiesen de cortar el hilo de nuestras vitorias y buena dicha: que con hombres esforzados como sois vosotros, no son menester razones, sino sacarlos al campo, mostralles los enemigos y el lugar, para que hagan lo que son obligados. No tuviera en nada que despreciaran nuestra amistad con buenas palabras, si no hubieran mojado y escarnecido de nosotros, apocando nuestra nación, deshaciendo nuestros hechos y motejando los que vencimos. Lo que peor me pareció de ellos fue desafiarnos tan loca y confiadamente. El castigo a todos toca, como toca la injuria. ¡No habría tan cobarde gente que dijese ser lícito dejarlos libres de la pena y de su atrevimiento y osadía! No creo se hallara hombre que dejase de castigar la soberbia de éstos, y más habiéndonos muerto contra razón y uso de guerra el mensajero que les enviamos. Pues menos lo dejaréis vosotros, en quien Dios puso tanto valor: siquiera porque no se alaben que de miedo no osaron los españoles entrar en su tierra. Sería grande afrenta nuestra que hubiésemos tomado por fuerza en tan poco tiempo el Peñón de Velez, un Orán, una Bugía y a Trípol, y dejásemos pasar así los Gelves, que también son infieles, cosarios, bárbaros y la nación que siempre venció España sietecientos años ha. De esta manera, gloria suya, según veis, sería.

¿Qué dirían las gentes de África, Europa y Asia, donde son los españoles tan estimados? ¿Qué harían los indios allá en el otro nuevo mundo donde habemos ido a los descubrir y conquistar, por desechar de sí nuestro yugo y mando, si una isla como los Gelves quedase por ganar por los fieros que nos hacen?»

Los soldados, a una voz, respondieron que ya deseaban estar allá. El conde nombró luego por su teniente en Bugía al capitán Diego de Vera, dándole tres mil soldados con los coroneles Samaniego y Palomino. Embarcóse con todos los demás dos días después, pero no se partió, por sobrevenirle viento contrario que duró ocho días. En los cuales llegó allí don García de Toledo, hijo mayor del duque de Alba, don Fadrique, con quince naos y mucha gente. Recibiólo el conde haciéndole mucha honra, por ser quien era y porque el rey se lo enviaba muy encomendado, veniendo el valeroso mancebo con deseos de honra y de servir a Dios y a su patria y rey, respetos dignos de quien él era.

Llegan a los Gelves. -Trabajo, sed, calor y desorden de los españoles. -Astucia grande de los moros. -Hecho valeroso de don García de Toledo. -Muere don García de Toledo. -Piérdese el conde en los Gelves.

A 28 de agosto deste año de 1510 partió el conde Pedro Navarro de Trípol, y con él don García de Toledo, mozo gallardo que daba de sí grandes esperanzas que sin duda floridamente se cumplieran si fortuna no le fuera adversa, y en menos de tres días llegó a los Gelves. Hizo surgir la flota en una ensenada que se hace cerca de Gerapol, mas por mejoría se pasó media legua arriba hacia la puente. Y aquel misino día hizo meter los que cupieron en las galeras, bergantines, chalupas y otros bajeles de bajo borde para llegar bien a tierra.

El día siguiente comenzaron a salir y sin resistencia ninguna se desembarcaron, mas con gran trabajo y cansancio, porque pasaron, sus armas a cuestas, un gran trecho de bajíos que no sufrían barcas. Sacaron algunos tiros de campo. No sacaron pan, ni agua; que fue descuido notable y su total perdición. Oyeron todos misa aquel día que tan aciago fue. Repartió el conde quince mil hombres que traía en once escuadrones, y con buen orden comenzaron a marchar contra el lugar, llevando en medió dos falconetes, dos sacres y dos cañones gruesos que los mismos soldados tiraban a falta de bestias. Era lástima ver tirar a unos los carretones de la artillería, a otros cargados de barriles de pólvora, otros con las pelotas a cuestas, y otros allanando el camino, y aún, sobre todo su trabajo, les daban de palos como a bestias, porque anduviesen.

Eran más de las diez del día cuando partieron del real; y no habían bebido y hacía grandísimo calor, como suele ser por agosto y más en aquella tierra. Crecíales tanto la sed en un arenal, que daban por un trago de agua tres tripolines, y aun veinte, y algunos cayeron muertos de sed. Por lo cual comenzaron a desordenarse y a desmayar los del coronel Bionelo y del coronel Pedro de Luján Pierna Gorda, que llevaban la vanguardia, y luego tras ellos todo el ejército, salvo los de don Diego Pacheco, que iban de retaguardia. Andaban entre la gente don García y el conde animándolos con palabras amorosas y haciéndoles promesas como la necesidad lo pedía.

Salieron, en fin, del arenal y entraron en unos espesos palmares y luego por olivares, donde sin pensar hallaron entre unas paredes caídas pozos y muchos cántaros y jarros con sogas. Allí se dobló el desorden con la priesa del beber y con que no parecían enemigos, que toda esta astucia tuvieron los moros, que aguardaban tras cantón hasta cuatro mil peones y docientos caballos, y viendo la suya arremetieron con los alaridos en el cielo, como lo tienen de costumbre, y hallándolos tan desconcertados alancearon muchos y los hicieron huir con el mismo desorden, aunque algunos quisieron más beber que huir, ni aún vivir.

Don García se apeó viendo tan gran rompimiento, y con una pica de las muchas que había tendidas por el suelo se puso delante diciéndoles: Aquí, hermanos, aquí; reparad, tened fuerte, no huyáis ni temáis, que pocos son los enemigos. Y con esto arremetió a ellos con hasta quince que se hallaron cerca de él, y apretólos tan recio que se retrajeron algo. Mas como los alarbes, de su costumbre, tan presto revuelven y siguen como huyen, revolvieron sobre él ochenta de ellos con tanto furor que lo mataron, cuya muerte dobló el miedo y la tristeza a todos. También andaba el conde por su parte deteniendo y esforzando la gente y decíales:

¿Qué es esto, hijos míos, y mis leones? No solíades vosotros hacerlo así. Acordaos de lo que decíades en Trípol: vuelta, hermanos, vuelta, no hayáis miedo, que moros son y pocos. Otras veces habéis vencido muchos más. Aquí conmigo, que nos va la vida y la honra.

Con estas y con semejantes palabras y lágrimas que le salían, les hizo volver el rostro a los enemigos, pero con tan poco aliento que de allí a muy poco volvieron las espaldas ciegamente, huyendo a todo correr hasta la mar. Y si los moros siguieran el alcance hasta el cabo escaparan muy pocos, porque los navíos estaban lejos y no había barcas en que ir a ellos. Desta manera fue la nombrada rota de Los Gelves y por ella se dijo en Castilla: «Los Gelves, madre, malos son de ganare.»

Los que murieron en los Gelves.

Murió don García de Toledo, mozo mal logrado, peleando no como caballero novel, sino como valiente capitán, muy semejante a los que ha tenido esta generosa familia. Perdió España con la muerte tan temprana de este caballero señalados servicios, porque si Dios se serviera de darle lugar para que gozara su vida, él fuera uno de los grandes hombres de su tiempo. Murieron de sed y heridas dos mil españoles, y aún otros dicen que tres mil; quedaron cautivos quinientos. Perdió el conde Pedro Navarro esta jornada por no sacar de comer y beber, que la confianza le quitó el juicio que siempre tuvo muy acertado. Dicen que andaba un renegado en un caballo rucio con capellar de grana diciendo en lengua castellana: Castellanos, ¿qué es eso? ¿de qué huís? ¿qué hacéis?; vuelta, vuelta, que no son nada los moros. Fue esta rota a treinta de agosto, año de 1510.

Varios diseños y inquietos pensamientos en Italia.

En este tiempo andaban los ánimos de los príncipes de Italia cargados de pensamientos, trazas y pretensiones, y en todo la ambición viva que como enconoso postema vino a reventar en una sangrienta y mortal guerra.

Habíanse confederado en este año muchos príncipes y ligado contra venecianos, y prevalecieran los ligados si el papa Julio, varón de gran corazón, no se hiciera de su parte. Y diose tan buena maña que deshizo la liga. Pesábale de ver al rey Luis de Francia tan poderoso en Italia. Quisiera echarle de ella, o, a lo menos, disminuir sus fuerzas. Para esto, con todo recato y secreto, por no hacerse a descubierto enemigo del francés, dio traza como Génova y Saona, que el francés tenía después que ganó a Milán, se le rebelasen, y demás de esto acometió otra nueva empresa para aumentar su potencia y dibilitar la del francés, que fue querer deshacer al duque de Ferrara, llamado Alfonso de Este, diciendo que aquel Estado era antiguo feudo de la Iglesia, y el duque haberlo perdido por delitos que había cometido.

Hizo el Papa esto con tanta determinación, que procediendo en vía jurídica con voz de fiscal pronunció sentencia y procedió con graves censuras contra el duque y contra el rey de Francia. Y entendiendo el rey los pensamientos del Papa, salió luego a ellos defendiendo la causa del de Ferrara, con quien tenía deudo y liga. Tal origen tuvo la discordia entre estos príncipes, y ella fue el remedió único de los venecianos por ganar al Papa, y al rey don Fernando el Católico le valió la investidura del reino de Nápoles. Que si bien el rey lo poseía, no se le había dado. Mas el rey, que estaba en amistad con el de Francia, quisiera los componer, pero no pudo; antes el rey de Francia comenzó luego a tratar que se convocase Concilio general, que es freno de los Papas. Para esto hacía graves cargos al Papa. Y en estas discordias, antes de venir en el rompimiento que hubo, se pasó el año de 1510.

Da favor el Rey Católico al Papa contra franceses. -Alonso de Caravajal, de Jódar. -Cisma que procuró el rey Luis de Francia. -Leen en Valladolid las censuras del Papa contra el rey de Francia. -Comienza la guerra entre el Papa y el rey de Francia. -Lígase el Rey Católico con el Papa y venecianos, y socorre.

Si bien el rey don Fernando el Católico hizo de medianero y componedor entre el Papa y el rey de Francia, todavía se inclinaba más a favorecer las partes del Papa con todo su poder. Partió de Madrid para Sivilla en principio de este año y llevó consigo a la reina Germana su mujer, mandando que el infante don Fernando su nieto fuese delante para hallar las posadas con provisiones y acomodadas para todos. El infante iba ya sano y libre de una cuartana que tuvo más de dos años. Llegó el rey a Sivilla en el mes de hebrero, y allí estuvo poniendo en orden una gruesa armada, con voz de que quería pasar en Berbería, pero las sospechas eran contra Francia. Y así, dicen que decía el rey Luis que el sarracín contra quien se armaba el Rey Católico su hermano, era él.

Detúvose el Rey Católico en Sivilla despachando correos al rey de Francia, pidiéndole no hiciese guerra al Papa, hasta el mes de junio, que salió a tener el San Juan a Cantillana. Mandó el Rey Católico que la mayor parte de la gente que había juntado en Sivilla pasase en África, y nombró por capitán general de ella a Alonso de Caravajal, hijo de Diasánchez, señor de Jódar, y por coronel de la Infantería a Zamudio. Luego partió el rey para Burgos, donde entró en el mes de agosto y se detuvo hasta el fin del año, entendiendo en estorbar el conciliábulo que el rey de Francia pasionadamente con ciertos cardenales banderizados hacía contra el Papa, el cual al descubierto se había ligado con los venecianos contra el rey de Francia. Los cuales en estas discordias cobraron algunas tierras de las que habían perdido, de manera que la guerra se comenzó y las amenazas del Concilio se pusieron en efeto porque ciertos cardenales, inducidos del rey de Francia, tomando por cabeza al cardenal de Santa Cruz, se apartaron del Papa y convocaron Concilio señalando por lugar a la ciudad de Pisa y citaron al Papa. Y de Pisa se pasaron a Milán, pareciéndoles estar en Pisa seguros. El Papa comenzó luego a proceder contra ellos y contra sus valedores como contra cismáticos, y al cabo los condenó y privó. Y el rey don Fernando, favoreciendo las partes del Papa, publicó guerra en Castilla contra todos los cismáticos, que eran el rey de Francia y otros. Y se leyeron en Valladolid, en la iglesia mayor, dicho el evangelio de la misa mayor un día de fiesta, la sentencia y la excomunión que el Papa había fulminado. Pidió el Rey Católico ayuda a su yerno el de Ingalaterra. Hizo paces con los reyes de Túnez y Tremecén. Envió al alcaide de los Donceles a Fuenterrabía para las cosas de Navarra. Y por deshacer el Papa la autoridad del falso Concilio lo echó y mandó publicar en Roma para el día de la Resurrección del año siguiente, como se hizo, comenzando luego la guerra contra el duque de Ferrara.

El ejército del rey de Francia vino en su defensa contra el del Papa y por general de él monsieur Gastón de Foix, hijo de una hermana del rey Luis, hermano de la reina Germana, cuñado y sobrino del Rey Católico, mancebo valeroso y de virtud militar rara y temprana en la edad que tenía, aunque se logró poco y mal, como se verá. Y entró tan poderosamente, que el ejército del Papa no osó esperar, y se apoderó de la ciudad de Bolonia y de otras tierras en la comarca. Y viéndose el Papa apretado, pidió socorro al Rey Católico que, según dije, estaba en Sevilla juntando gente para enviar contra África. Y viendo el Rey Católico que no era de menos importancia deshacer la cisma y atajar los infinitos males que de ella se podrían seguir que la guerra contra los infieles, junto con obligaciones particulares que tenía al papa Julio, temiendo también que el rey de Francia echaría las armas sobre Nápoles, viéndose en Italia poderoso, determinó enviar socorro al Papa despachando primero sus embajadores al rey de Francia, pidiéndole suspendiese las armas contra el Pontífice. Y estando el rey en Burgos, se ligó con los venecianos y con el Papa, cuyos embajadores vinieron allí, y envió mandar a don Ramón de Cardona, que era virrey de Nápoles, que con el mayor ejército que pudiese saliese luego en favor del Pontífice. También envió a mandar al conde Pedro Navarro que, dejada la guerra de África, pasase en Italia para hallarse en esta jornada. Las desdichas del conde vinieron tan de golpe como habían sido las buenas fortunas, y agora le llevaba su mal hado a otra mayor desventura.

Desgraciada suerte del conde Pedro Navarro. -Querquenes, bárbaros africanos. -Soberbia costosa del capitán Bionelo, y lo que costó. -Sed mortal que padeció la armada de León de Pedro Navarro. -Cortesía grande del jeque de los Gelves. -Pasa el conde en Italia. -Extraño comer de un hombre.

Rotos y destrozados en los Gelves, como dije, volvieron los españoles con su conde a embarcarse, llenos de sangre y mortal tristeza por haber perdido tanta gente y ver oscurecida la fama que habían ganado. Tuvieron bien que hacer en meterse en los navíos, porque estaban retirados una legua de tierra, que ni baja la marea para poder llegar a ellos a pie enjuto, ni hay el agua necesaria para poder nadar aún pequeñas barcas. Al fin se embarcaron, y en las naves padecieron tanta sed como habían sentido en tierra, porque las mujeres habían lavado la ropa con agua dulce de la que traían en los navíos como si fuera ya ganada la isla.

Partió, pues, el conde con toda su flota de los Gelves, y al segundo día perdió con tormenta cuatro naos con toda la gente, que fue otra segunda desgracia. Llegó en fin a Trípol, donde se rehízo. De allí salió para los Querquenes, pero luego le vino un temporal tan recio que pensó anegarse. Aquí mostró el conde grande ánimo en las palabras que pasó con Carranza, almirante del armada, que le importunaba se salvase en el batel. Demás de la tormenta, hubo asimismo gran falta de agua, y despareciéronse también los navíos de tal manera que no volvió a Trípol sino con treinta velas y con cinco mil hombres, con los cuales fue hacia los Alfaques o Alfaque; mas también le corrió fortuna, y perdió en la tormenta nueve o diez navíos con gran parte de la gente de ellos. Con todo, llegó a los Querquenes a veinte de hebrero de este año.

Son los Querquenes bárbaros africanos que viven en cabañas. Es tierra de buenos pastos, y allí traen sus ganados los de tierra firme. Quiso el conde hacer carne para la armada, y sobre ello pretendió conquistarlos. Saltó en tierra con toda su gente; hizo de ella cinco escuadrones casi de mil infantes, y con ellos y entre sus alabarderos, fue por la isla a buscar agua y carne. Bionelo, que iba el más apartado de la marina, halló tres pozos; hallados, se volvió al conde, y el conde a las naos, dejando en guarda de ellos al Bionelo con cuatrocientos infantes, los cuales, cuando vino el mediodía, tenían limpios los pozos y hecha una albarrada alrededor de ellos, arrimando las picas a ellos y entre pica y pica un arcabucero. Bionelo peló las barbas a un alférez porque limpiando los pozos no hizo luego lo que le mandaba. El alférez, por aquella afrenta, se pasó a los moros, que de miedo estaban al cabo de la isla todos juntos. Contóles el caso encomendándoseles, y díjoles cómo podían matar a los españoles que guardaban los pozos; y porque le creyesen, tornóse luego moro, y ellos con esto le creyeron y le llevaron delante por guía y espía. Llegaron los moros a los pozos a medianoche, y tan callando, que sin ser sentidos entraron dentro el albarrada, por do los metió el alférez renegado. Degolláronlos a todos como a carneros, que no dejaron sino dos para testigos de su hazaña; uno enviaron al jeque de los Gelves y otro al rey de Túnez. Pusieron fuego a los arcabuces y volviéronse haciendo grandes regocijos; pocos casos más feos que aqueste han sucedido.

Partió luego el conde de allí triste y enfadado y con grandísima falta de agua, tanto que aconteció echar a la mar en un día cuarenta hombres muertos de sed. Hubo de ir a los Gelves por agua, tan apretado se vio. El jeque le envió mucho pan blanco y zanahorias y una carta en que decía: Pésame de vuestros trabajos, buen conde; si queréis algo, pedid, que se os dará. Tomad agua y leña seguramente, que a la armada del rey de España, ni puedo ni quiero enojarla; pero guardaos de salir en mi isla con gente armada. No quiso el conde comer de aquel pan porque el jeque era falso y había muerto sin causa un hermano cuya cabeza mostró a otro su hermano preguntándole qué le parecía, y como le entendió respondió que muy bien por cierto. Dijo entonces el jeque: Bien hablaste; si no, hiciera de ti otro tanto. Estando allí el conde tomó un cárabo que venía de Túnez cargado de aceite y con tanto se fue al Capri con veinte y tres velas y cuatro mil hombres.

A este tiempo llegó al conde el mandato del rey para que pasase en Italia y se juntase con el virrey de Nápoles don Ramón de Cardona y favoreciesen la parte del Papa. Llegó el conde con su infantería a Nápoles, donde halló al virrey y a todos los caballeros del reino aprestando las armas, que fueron los mayores señores de Italia, con las más lucidas gentes y armas que pudieron haber, como en particular lo cuenta la historia de don Hernando de Ávalos, marqués de Pescara, que por no ser tan proprio de ésta lo dejo. Y juntándose con la gente que el Papa tenía, fueron a cercar a Bolonia, que el rey de Francia estaba apoderado de ella, y detuviéronse allí hasta que ya iba muy adelante el invierno y forzados del tiempo hubieron de levantarse, y porque a los cercados entró socorro.

Por cosa notable digo un presente que hicieron al emperador Maximiliano de un hombre que de una asentada comía un carnero y una ternera; que para el obispo que decía que él no sentía música más triste que la de la de los dientes de sus criados, fuera éste muy malo.

Guerra de la liga contra franceses. -La de Rávena. -Valor de españoles en la batalla de Rávena. -Marqués de Pescara, preso con el conde Pedro Navarro. -Cruel ánimo del francés vendedor. -Miedo de Roma. -Rehácese el Papa y ligados, y vuelven sobre sí. -Retírase el francés. -Álzase Lombardía por la parte del Pontífice. -Envía el Rey Católico gente contra Francia: duque de Alba, general. -Pide paso por Navarra. -Niéganle. -Da el Papa por cismáticos a los reyes de Navarra, y la conquista Castilla.

En el año siguiente de 1512 volvieron con harto coraje a las armas franceses y pontificales. Y los franceses sitiaron la ciudad de Rávena, a la cual fue luego a socorrer el campo de la liga. Y las voluntades y ocasiones llegaron a términos que con todas sus fuerzas se dieron una de las más sangrientas y nombradas batallas de Europa, domingo a doce de abril, día de la Resurrección del Hijo de Dios del año de 1512. En la cual, aunque los franceses se tuvieron por vencedores, murieron tantos de su parte, y personas tan señaladas, con su capitán general, mozo malogrado monsieur de Foix, que se pudo mucho dudar de la vitoria. Y después de rompidos los campos, quedó un escuadrón de infantería española que nunca le pudieron romper, y pasó por medio de todos los franceses dejándolos ir en salvo.

Murieron de ambas partes más de veinte mil hombres: y la común opinión es que la mayor parte fue de los franceses. Fue preso el marqués de Pescara, mal herido, que comenzaba ya a dar muestras de su gran valor; también prendieron al conde Pedro Navarro; finalmente, el vencedor, si bien perdido, comenzó a tratarse no como vencido. Hízose señor del campo, y la ciudad de Rávena se le entregó luego, donde usaron cruelmente de la vitoria, pasando a cuchillo niños, viejos y mujeres, sin perdonar a nadie, robando y derribando gran parte de ella. Con esto fue tan grande el miedo que en aquellas partes todos tuvieron, que aun en Roma no se hallaban los hombres seguros, y la desampararan si el Papa, con su gran valor, no los animara y estorbara la huida.

Diéronse tan buena maña el Papa con los capitanes y príncipes de la liga en rehacerse antes que los franceses, que con ser ellos señores de Milán, Génova, Bolonia, Rávena y Florencia, que les ayudaban con el de Ferrara, las cosas se mudaron de tal suerte, que en espacio de dos meses lo perdieron todo, y el Emperador se había juntado con el Papa y enviado mucha gente en su socorro. De manera que monsieur de la Palissa, que era general del campo francés, no se hallando con fuerzas competentes para resistir, se retiró hacia Milán y tomando la voz del Papa Rávena y las otras ciudades que estaban por franceses, el pueblo de Milán se alzó también apellidando Imperio, España, Iglesia y se salieron huyendo los franceses que estaban en ella, con los cardenales que se habían pasado de Pisa a hacer su Conciliábulo, los cuales se metieron en Francia; y luego toda la Lombardía, o Estado de Milán, se levantó, y lo mismo hizo Génova, apellidando libertad, quedando por el francés sola la fortaleza de ella, y el castillo de Milán.

Y en tanto que estas cosas pasaban, el rey don Fernando el Católico estaba en Burgos, de donde por el mes de agosto partió para Logroño, y tuvo el día de nuestra Señora en Santo Domingo de la Calzada y en Logroño, dando orden como pasar gente para favorecer al Papa. Y trató con el rey Enrico de Ingalaterra, que los dos hiciesen guerra al de Francia en el ducado de Guyena, cuya cabeza es Bayona, que en tiempo pasado fue de Ingalaterra: y agora el rey Enrico pretendía tener derecho a él. Dado, pues, el asiento, envió las naves que fueron menester para traer la gente inglesa, con que el de Ingalaterra ayudaba, y él también hizo una gruesa leva de gente de a pie y de a caballo, nombrando por general a don Fadrique de Toledo, duque de Alba, que fue varón de singular valor, esfuerzo y prudencia, muy querido del Rey Católico.

Mas habiendo de ser el paso para entrar en Francia por Navarra, el rey don Juan de la Brit, hijo de monsieur de la Brit, y doña Catalina, su mujer, reina proprietaria de Navarra, como naturales de Francia y aficionados al rey Luis, no quisieron dar lugar ni paso: antes él y ella consintieron en la cisma con el rey de Francia y se ligaron contra el Papa y contra el rey de España. Y siendo amonestados por el Papa que se apartasen de tan mal intento y cisma y se juntasen con él y con la Silla Apostólica dentro de ciertos términos que les señaló, los cuales pasados, dio facultad para les hacer guerra exponiendo las personas y bienes con el dicho reino a cualquier príncipe cristiano que lo quisiese acometer. Y el Rey Católico se contentaba con que, para que el paso fuese seguro, le diesen los reyes de Navarra tres fortalezas que las tuviesen caballeros navarros. Dos veces envió el Rey Católico a don Antonio de Acuña, obispo de Zamora, que después fue capitán de Comuneros, rogando esto a los reyes de Navarra. A lo cual no quisieron dar oídos, y estuvieron pertinaces hasta ser privados ellos y sus decendientes del derecho del reino; y fue consistorialmente aplicado al Rey Católico y a sus sucesores, en las Coronas de Castilla y de León, como parece por la bula, breve o sentencia del papa Julio, dada año de 1512, primero día de marzo en el año 10 de su pontificado, que por no ser de la historia tratar del justo derecho que la Corona de Castilla tiene a Navarra, no lo pongo aquí con otras muchas razones que hay harto bastantes y favorables a la justa obtención del reino de Navarra.

Guerra contra Navarra. -Conquista de Navarra. -Dicho notable de la reina doña Catalina de Navarra (lo mismo dicen del rey moro de Granada). -Prende el rey de Navarra a don Antonio de Acuña, embajador del Rey Católico. -Los ingleses no quieren seguir la guerra contra Francia. -Cercan franceses a Pamplona. -Socorre el duque de Nájara. -Los nobles que defendieron a Pamplona. -Antonio de Leyva, el famoso español. -Pide el francés batalla, y desafía al español. -Cercan los franceses a San Sebastián, por divertir al duque de Alba. -Incorpórase Navarra con Castilla. -Paga el tributo el rey de Tremecén en Burgos, y la gallina y pollos de oro. -Prisión del duque de Calabria. -Muere el condestable de Castilla.

Con el cual derecho y título, el rey don Fernando mandó al duque de Alba que el camino que se le había cerrado, pidiéndolo por gracia y cortesía, abriese poderosamente con las armas, entrando en Navarra, haciéndole la guerra que había de hacer contra franceses. No quisieron los ingleses ayudar a esto, diciendo que no traían orden de su rey para pelear contra Navarra, sino sólo contra Francia.

Entró el duque por Navarra con hasta mil hombres de armas y caballos ligeros y seis mil infantes, llevando consigo al conde de Lerín, condestable de Navarra. Llegó sin hallar resistencia hasta ponerse a vista de Pamplona. No le osó esperar el rey don Juan, porque le cogió desarmado. Yo oí decir a viejos, que saliendo huyendo de Pamplona, volvió la cabeza a mirarla y lloró: y que viéndole la reina doña Catalina, su mujer, con aquel sentimiento, le dijo: Bien es que lloréis, señor, como mujer, pues no habéis sabido defender el reino como hombre. Los de Pamplona, sin hacer resistencia, abrieron las puertas al duque y entró en ella, día de Santiago año 1512 y luego se dieron todas las ciudades y villas de Navarra.

Mas no por eso se descuidaba el duque, y cada día iba reforzando el campo, temiéndose que don Juan de la Brit había de volver con gente y con pensamiento de cobrar lo que había perdido. Y para justificar más el Rey Católico esta causa, volvió a enviar a don Antonio de Acuña, obispo de Zamora, con despachos, al rey don Juan de la Brit, requiriéndole con la paz y pidiéndole que se apartase de la opinión del rey de Francia que si lo hacía estaba presto de restituirle el reino. Lo cual él no quiso hacer: antes contra el derecho común de las gentes prendió al obispo embajador sin quererle dar libertad hasta que él se rescató con gran suma de dinero.

Tomada Pamplona, y poniendo en los lugares y puestos principales las guarniciones necesarias, salió el duque con el campo la vía de Francia por San Juan del Pie del Puerto y por Roncesvalles, con intención de juntarse con los ingleses y comenzar de propósito la guerra en el ducado de Guyena. Estaban ya los ingleses en Francia, esperando que los españoles llegasen, pero al mejor tiempo, dicen que, cohechados con dineros que el rey de Francia les dio, con un fingido motín o enojo se embarcaron y volvieron a su tierra, sin quererse juntar con los españoles.

En esta coyuntura desamparó monsieur de la Palissa a Milán, por acudir a cobrar el reino de Navarra, mas lo que ganó fue perder a Milán y no cobrar a Navarra, porque aunque entró por este reino con la furia que suelen los franceses, y se pasaron a su parte Estella, Olite y Tafalla y otros pueblos de Navarra, el duque tuvo tan buena maña en la defensa, que metiéndose de presto en Pamplona, la defendió valerosamente del cerco que sobre ella puso el rey don Juan de la Brit. Los franceses hicieron grandísimo daño en la tierra y saquearon dos monasterios de monjas, que estaban fuera de los muros, corrompiéndolas y violando el Santísimo Sacramento. Pasaron en este cerco cosas notables y muchas escaramuzas. Finalmente se dio a la ciudad un bravo asalto, día de Santa Catalina del mismo año, y por ser ya cerca la noche, no osaron entrarla. Otro día que lo quisieron hacer, hallaron tanta resistencia, que les fue forzado retirarse con gran daño. Después, monsieur de la Palissa, contra la voluntad del rey don Juan de la Brit, alzó el cerco víspera de San Andrés, y el día siguiente llegó a Pamplona un grueso socorro de Castilla del cual era general el duque de Nájara, don Pedro, que llamaron el Forte, y con él iban los duques de Segorbe, Luna y Villahermosa, y el marqués de Aguilar y los condes de Ribagorza y Monteagudo, con hasta quinientos caballos y seis mil infantes, con los capitanes Gómez de Buitrón, Martín Ruiz de Avendaño, caballeros muy ilustres de Vizcaya, y Gil Remgifo.

No dio mucho gusto al duque de Alba la llegada de esta gente, porque quisiera él que fuera suya toda la honra de la vitoria; lo mismo quisieran don Antonio de Fonseca, señor de Coca, Hernando de Vega, comendador mayor de León, Pero López de Padilla y Juan de Padilla, (el que de ahí a seis años alteró estos reinos), don Pedro, don Juan y don Fadrique de Acuña, hijos del conde de Buendía; también Antonio de Leyva, que fue el primero a quien el Rey Católico envió para que defendiese a Pamplona, cuando se supo la venida del francés. Pero el duque de Alba y todos estos caballeros hubieron de disimular y mostrar contento en lo exterior, y salieron a recebir al duque de Nájara y a los que con él venían.

Veinte y siete días duró la porfía del cerco, y en fin de noviembre se levantaron porque sintieron el valor de los que dentro estaban, y sabiendo la venida del socorro. De ahí a dos días volvieron los franceses a ponerse a vista de Pamplona y desafiaron a los duques pidiéndoles batalla, pero no la quisieron acetar, pareciéndoles que no era discreción poner en ventura lo que poseían con seguro, mayormente sabiendo que los franceses no se podrían detener en Navarra. Había el rey de Francia enviado por otra parte contra Guipúzcoa al delfín Francisco, que era su yerno, y fue el que diremos adelante. Y miércoles 17 de noviembre cercó a San Sebastián y quemaron a Irún y Ranzú: y viernes a 19 del dicho mes alzaron el cerco. Pretendían embarazar por allí al duque de Alba para que no pudiese socorrer a Pamplona; mas el duque lo previno tan bien, y puso en todas partes tal recado, que pudo con seguridad encerrarse en Pamplona para defenderla, como lo hizo. Al delfín no se dio lugar para hacer cosa notable más que gastar tiempo, gente y municiones. Y al mismo tiempo que monsieur de la Palissa hizo alto de Navarra, el delfín hizo lo mismo, dando todos la vuelta para Francia. Los duques de Alba y Nájara volvieron muy gozosos a Castilla. Quedó el reino de Navarra reducido a Castilla, y así, en las primeras Cortes que en el año de quince se tuvieron, lo recibió, unió y incorporó el reino todo en sí, y hubo el título y sucesión de él el príncipe don Carlos.

Acabada con tanta facilidad y felicidad esta jornada, el Rey Católico, que había estado para socorrer y dar calor a la guerra en Logroño, partió para Burgos. Y estando el rey en Burgos, vinieron allí el alcaide de los Donceles y los embajadores del rey de Tremecén, Abdalla, que se diera por tributario del rey de Castilla, y trajeron los dineros del tributo y veinte y dos caballos, un leoncillo manso y muchas cosas moriscas, una gallina de oro vaciado con treinta y seis pollicos de lo mismo, y una doncella hermosa de sangre real, y ciento y treinta cristianos cautivos.

De Burgos fue el rey a Valladolid, donde estuvo hasta en fin del año. Antes que el rey saliese de Logroño en el mes de noviembre, mandó prender a don Fernando de Aragón, duque de Calabria, hijo del rey Federico de Nápoles, porque se dijo de él que traía trato con el rey de Francia en deservicio del Rey Católico, y fue hecho cuartos Felipe Copula. El duque estuvo preso en Játiva hasta el año de 1523, que el Emperador le mandó soltar en el mes de mayo, y le hizo mucha merced, porque en el tiempo de las Comunidades se mostró muy leal a su servicio. Fallesció en este año el condestable de Castilla y León, don Bernardino Fernández de Velasco, varón excelente y muy conforme a su sangre.

Maximiliano Esforcia, duque de Milán. -Antiguo derecho que Carlos V tenía a Milán.

Las cosas de Italia procedían prósperamente en favor del Papa contra franceses; y el emperador Maximiliano, a petición del Papa y de los suizos, vino en Italia y hizo duque de Milán a Maximiliano Esforcia, hijo mayor del duque Luis, que por el rey de Francia fue despojado y preso, y murió en la prisión, dejando a Francisco Esforcia su hermano en la Corte, del cual se tratará largamente adelante. A 29 de diciembre fue colocado en el ducado de Milán, atendiendo el Emperador con esto a la necesidad presente y no al derecho que Maximiliano tenía al estado de Milán, porque la investidura teníala el príncipe don Carlos, duque de Lucemburg, desde el asiento del casamiento con Claudia, hija del rey Luis de Francia, como queda dicho, y así no era válido esto que agora se hizo, y por eso parece que permitió Dios que Maximiliano lo perdiese después, como se dirá, estando siempre en pie la justicia, título y derecho del príncipe don Carlos; y con esto damos fin al año de doce.

Monstruo que nació de una monja.

Este año parió una monja en Rávena un monstruo, por haber sido monstruoso su hecho. Era macho y hembra. Tenía un cuerno en la frente y una cruz en el pecho, y alas por brazos, y un solo pie, y un ojo en la rodilla.

Merced que hizo el rey a los guipuzcoanos. -Es Guipúzcoa provincia distinta de Vizcaya y de Álava, y una de las cuatro que contenía Cantabria. -Muerte de Julio II. -Papa León X. -Enfermó el Rey Católico en Medina.

Porque los guipuzcoanos pelearon valientemente con los franceses, y les tomaron la artillería, quiso el rey don Fernando gratificarles sus servicios, y les dio por armas la artillería con un honrado privilegio despachado este año a 28 de hebrero en Medina del Campo, donde había llegado de Tordesillas, que fue a dar los buenos años a su hija la reina doña Juana. Sucedió por este mesmo tiempo a 20 de hebrero la muerte del papa Julio, segundo de este nombre, tan metido en guerras y con tanto brío y coraje como si fuera un Julio César, o decente a su profesión, y sucedióle la muerte cuando asomaban sus buenas fortunas viento en popa; mas no hay prosperidad firme en esta vida. El celo de este Pontífice pareció siempre santo y bueno, pues era el aumento de la Iglesia, y restituirle muchas ciudades y lugares que tenían usurpados otros príncipes poderosos.

No dio una almena a pariente, y cuando murió, dejó señalados cuatrocientos mil ducados para el Pontífice que le sucediese, con que amparase y defendiese lo que él había ganado.

Fue hombre muy doto y amigo de hombres dotos, muy aficionado a leer historias verdaderas y hechos de grandes príncipes, que son la sabiduría de la vida humana, y aún despiertan para despreciarla y amar la eterna.

Sucedió a Julio en la silla pontifical el cardenal Juan de Médicis, que se llamó León X, el cual, prosiguió luego el Concilio General de San Juan de Letrán, que Julio había comenzado, y acabólo después el año siguiente, y confirmó la paz con el emperador Maximiliano y con el Rey Católico.

Pero los venecianos tomaron nuevo acuerdo por recelos que tenían del Emperador, y ligáronse con el rey de Francia contra el Papa y contra los demás confederados, y el rey de Francia, con su ayuda, y con pensamientos de tornar a cobrar a Milán, se aparejo para enviar poderosamente su ejército en Lombardía y sitiar a Milán.

Por el mes de marzo de este año enfermó el Rey Católico en Medina del Campo viniendo de Carrioncillo, porque la reina su mujer, con codicia de tener hijos, le dio no sé qué potaje ordenado por unas mujeres, de las cuales dicen que fue una doña María de Velasco, mujer del contador Juan Velázquez. Derribóle tan fuertemente la virtud natural, que nunca tuvo día de salud, y al fin le acabó este mal.

De Medina pasó el rey a Valladolid para recebir los embajadores que el rey de Francia enviaba pidiendo su amistad y paz. Capitulóse, aunque duró poco. De Valladolid fue el Rey Católico a Madrid, donde llegó Mercurino de Gatinara, embajador del emperador Maximiliano, entre el cual y el Rey Católico se hizo cierto juramento sobre la gobernación de Castilla que el rey tenía.

Mueve guerra el rey de Francia contra Milán. -Las primeras armas que Carlos V envió contra Francia.

Deseando el rey de Francia recobrar a Milán, envió un grueso ejército a Lombardía, y de tal manera se pusieron las cosas que cercaron al duque de Milán en la ciudad de Novara: pero entrándole socorro de suizos, hubieron de levantarse los franceses del cerco. El papa León X de los Médicis, quiso seguir los pasos y camino por donde había caminado Julio II, su predecesor, pareciéndole que así consiguiría la honra y gloria que Julio había adquirido, si bien es verdad que él quisiera hacer esto con moderación y sin ofender descubiertamente a nadie. Hizo lo que pudo en favor del duque Esforcia, conservando la amistad con los esguízaros, por ser útil y honrosa a la Silla Romana.

Para esto mandó pagar a los esguízaros, y envió a don Ramón de Cardona, que a esta sazón estaba alojado cerca del río Trebio. que pasase el Pó, río de Lombardía. Y se juntase con los esguízaros. Pero don Ramón sabía las treguas que entre el Rey Católico y el de Francia había, y no quiso hacer más demostración de levantar su campo, y dar a entender que quería pasar el Pó, que fue mandar a los caballos ligeros españoles que apartándose de Chiastegio y de Tortona discurriesen la tierra por la vía romana para conservar en lealtad a los amigos, que vacilaban con miedo de los franceses.

Dice Jovio que esta fingida muestra de socorro fue muy dañosa a los compañeros y amigos, porque como los moradores de Boguera, temiendo a la nación española, soberbia y robadora, cerrasen las puertas al marqués de Pescara, que con la infantería española seguía los caballos que iban delante; y como les pidiesen socorro de vitualla por sus dineros, no la quisiesen dar sino en canastas que descolgaban por el muro, fue tan grande el alboroto que levantaron los soldados enojados, que la infantería española fue en ordenanza con las armas a vengar la injuria que les hacía aquel pueblo, que no quiriéndolos recibir los tenía alojados en la campaña. Y plantando la artillería batieron el lugar, y arremetieron a una puerta, y la quebraron y rompieron, y derribaron de los muros a los que ostinadamente se querían defender, y entraron dentro sin que el marqués de Pescara se lo vedase.

Y haciendo cruel matanza saquearon el lugar, que demás de ser rico de suyo, estaba lleno de bienes, de muchos que con temor de la guerra de Francia habían huido allí.

Con el temor de esta gente, iba en su socorro Esforcia. Levantaron los franceses el cerco de Novara y al retirarse el duque y los suizos, salieron en su alcance, y se dieron una sangrienta batalla, en que los franceses fueron vencidos y echados de Italia.

Concertándose estos días el Emperador y el rey de Ingalaterra en el verano de este año, ambos a dos entraron en Francia poderosamente, haciendo el mal y daño que pudieron, ayudándoles el príncipe don Carlos de España, duque de Lucemburg, con gente y bastimentos de sus estados de Flandes, con acuerdo y voluntad de madama Margarita su tía, que los gobernaba. Y tomaron por fuerza de armas la ciudad de Tornay, que antiguamente llamaban Bagamun, y a Terouana, y otras tierras.

Y venido el invierno, se hubieron de volver a sus casas, quedándose el rey de Ingalaterra con la ciudad de Tornay.

En los cuales días los cardenales que andaban cismáticos y apartados de la Iglesia, como está dicho, se redujeron a ella, pidiendo misericordia, y el Papa los perdonó.

Don Ramón de Cardona hace guerra a venecianos. -Prisión del capitán Caravajal.

No durmió este año don Ramón de Cardona, virrey de Nápoles, con el ejército de España, porque ya que no pudo hacer al descubierto contra franceses por las treguas que, como dije, el Rey Católico y el rey Luis habían hecho, volvió las armas contra venecianos, que eran enemigos del Papa. Siendo los franceses desbaratados, según dije, por los esguízaros, fue don Ramón siguiendo a Albiano, capitán de los venecianos, que volvía de las Tombas a Padua. Pasaron a la marca Trivigiana; y sin que nadie se lo vedase, robaban y saqueaban toda la tierra de Padua y de Vincenza; porque la señoría de Venecia había mandado a Albiano y a Ballon que partiesen entre sí el ejército, y que el uno defendiese a Padua y el otro a Treviso. Y así, estos capitanes, quiriendo esperar el invierno que ya venía, no daban a don Ramón comodidad ni lugar para venir a batalla, sino solamente hacían salir fuera sus caballos ligeros, los cuales con súbitas correrías hacían daño a la gente que del campo español salía para proveerle de lo necesario; y quiriendo conocer sus designios, salían cada hora corriendo hasta los alojamientos.

Y en estas escaramuzas y correrías muchas veces llevaban lo mejor los venecianos. Fue preso por Mercurio, capitán de los albaneses, Caravajal, noble capitán español, el cual en la batalla de Rávena guiaba la retaguardia, y los caballos que iban con Caravajal, entre los cuales estaba Espinosa, varón muy esforzado, y dos capitanes de soldados, habiéndose defendido largo tiempo en los pasos estrechos del camino. En fin, fueron presos sin herida. Don Ramón de Cardona pasó adelante con su campo, y paró a dos millas de Padua, no hallando donde se alojar más adelante; porque los venecianos, en el tiempo que tuvieron paz, habían fortificado con grandísima obra a Padua, como a fortaleza y amparo de la ciudad de Venecia, y habían echado por el suelo todas las casas de campo, cercas y paredes de las huertas, y otros edificios, dejándolo raso y escombrado, sin árboles ni reparo alguno. Con lo cual, en todos aquellos grandes llanos de una hermosa vega no había lugar ninguno donde guardarse de la artillería, que estaba en los muros y torres, si llegasen a vista de la ciudad.

Viendo estas dificultades don Ramón, con parecer de Próspero Colona determinó hacer un foso, por donde la gente y artillería pudiesen llegar seguramente a los muros de Padua, con esta forma: que la tierra que se sacase del foso se fuese echando hacia el muro, para que sirviese de trinchea y reparo de la artillería de la ciudad a los soldados que fuesen y viniesen, y tendrían lugar de arrimar la artillería, y hacer trincheras, poniendo delante de ella cestones de tierra. Habiendo traído algunos días en esta obra gran número de gastadores, no pudieron acabarla, porque los venecianos salían con la caballería ligera, y lo desbarataban; y así don Ramón dejó de haber aquel reparo, que también a los capitanes particulares parecía dificultoso. Hubo entre los dos ejércitos continuas escaramuzas, y particulares desafíos, con varios sucesos.

Continúa la guerra don Ramón de Cardona contra venecianos. -Muestra del campo imperial. -Don Pedro de Castro, capitán de españoles. -Guerra cruel en los campos venecianos. -Afrenta que se hace a Venecia. -Quieren los venecianos dar la batalla a don Ramón.

Ya el estío era pasado, y don Ramón de Cardona y Próspero Colona, habiendo combatido a Padua sin hacer efeto, hallaron que les convenía hacer alto de allí, porque Padua era muy fuerte y bien guarnecida; ni se podía tomar, ni el veneciano por más que le provocaron quiso salir a pelear.

Retiráronse a Albareto cerca del río Adige. Aquí llegó el cardenal Gurcense, quejándose de que don Ramón hacía la guerra tibiamente; y que por intereses la alargaba, y que había dejado pasar el verano sin hacer cosa notable en servicio del Emperador. Demás de esto, los españoles y tudescos, que por la presa y por la honra no temen la muerte, daban voces, que los llevasen a pelear y no les dejasen acabar las vidas ociosamente. Murmuraban al descubierto de don Ramón y sus capitanes.

Viendo esto don Ramón, llamó a su tienda los capitanes de su campo, y hablóles con mucha elocuencia, diciendo que él no quería seguir su parecer en esta guerra, porque no dijesen que de cobarde o por sus intereses la difería; sino ellos como valientes y sabios capitanes viesen que delante de los ojos tenían dos ciudades, Padua y Treviso, tan fuertes, que el Emperador en persona, y poco después Rosco y Palissa, con infinitos soldados y grande aparato de guerra, no las habían podido conquistar, antes había salido con pérdida, y en tiempo que Venecia estaba bien apretada con trabajos. Y que si les parecía, debían apretar al enemigo, obligándole a salir a darles batalla, destruyéndoles la tierra a fuego y sangre, porque los que agora de cobardes estaban detrás de las murallas esperando el invierno, saldrían con deseo de vengar sus injurias a darles batalla; y si no lo hiciesen, verían la triste ruina de sus campos, y dejarlos, y aún ir cargados de rica presa a su tierra.

A unos pareció bien la determinación de don Ramón, y la loaban: Próspero Colona y otros la juzgaban temeraria, y que era meterse en las manos del enemigo, que entrarían en parte donde no pudiesen salir. Sobre esto oró largamente Próspero Colona, que tenía más de prudente y asentado capitán, que de temerario ni atrevido. Mas como don Ramón tenía el poder absoluto del ejército, hubo de valer su parecer, y el marqués de Pescara don Hernando de Ávalos, mozo brioso, amigo de ganar honra, que le siguía, iba en esta jornada por capitán de la infantería española.

Determinada, pues, la empresa, don Ramón hizo echar bando, que los soldados no llevasen mujeres, y que dejasen los mozos inútiles, y las cargas y bagaje; que solamente aparejasen las armas; y toda esta gente inútil con los soldados enfermos envió a Verona.

El día siguiente tomó muestra y alarde de su gente, y halló quince compañías de españoles de a trecientos infantes, cuyo capitán era el de Pescara; y siete compañías de tudescos de a quinientos infantes poco menos. Eran todos estos soldados viejos, y que los más se habían hallado y peleado valientemente en la de Rávena. De los tudescos era capitán Jacobo Landao. Había, demás de éstos, sietecientos hombres de armas de la antigua milicia del rey don Fernando, y otros ciento y cincuenta hombres de armas tudescos, cuyo capitán era Riciano, y Celembergo, capitanes del Emperador. Había también un escuadrón suelto de caballos ligeros, cuyo capitán era Sucarro Borgoñón.

De la parte del Papa, que conforme a los capítulos de la liga era obligado a favorecer al Emperador, estaban Orsino Magnano con una tropa de caballos ligeros, Mucio Colona, y Troylo Savelo con dos tropas de hombres de armas. Había también seiscientos caballos españoles, muchos de los cuales eran archeros, y su capitán era don Pedro de Castro. Estaba toda esta gente muy bien armada. Llevaron consigo doce falconetes de bronce.

Hecho esto levantaron de Albareto, y fueron a Bovalenta; y al primer acometimiento lo entraron y saquearon, que era muy rico. De allí llegaron al río Medoaco, que agora llaman Brenta, cuya corriente es engañosa y honda. Ataron muchas barcas que traían en carros, y así pasaron con facilidad. Metiéronse por aquella fertilísima tierra destruyendo y saqueando cuanto topaban.

No perdonaban cosa, ni lugares, ni gente, ni ganado, hasta las casas de placer -que las había riquísimas- que los venecianos en tiempo de paz habían labrado. Procedieron finalmente con un furor más bárbaro que discreto, que tal guerra nunca se vio en Italia; y llegó a tanto, que después de haber corrido y saqueado cruelmente toda aquella tierra, don Ramón de Cardona con el resto del ejército se alojó en Marguera, lugar marítimo; y mirando por allí, por un pequeño espacio de mar que hay en medio de la ciudad de Venecia, hicieron pasar la artillería por una trinchea a la ribera más cercana.

Y en vituperio de aquella nobilísima república, mandaron disparar contra ella la artillería.

Nunca Venecia se vio más alterada; pero el miedo que el espantable estruendo de la artillería puso en los corazones del pueblo, no fue tan grande como la tristeza de los senadores y magistrados, varones animosos, y en las adversidades constantes. Veían desde sus ventanas humear los campos de las casas y lugares que se quemaban: y sólo parecía que aquel pequeño espacio de mar que entre ellos y sus enemigos estaba, impedía que la ciudad no padeciese semejante ruina. Algunos desde las torres veían quemar sus proprias posesiones: lloraban sin remedio su gran desventura.

Estando el pueblo rabiando por la venganza, y llorando tantos males, llegaron las cartas de su capitán Albiano, pidiéndoles licencia para dar la batalla al enemigo; diciendo que él tenía ejército bastante, y con soldados viejos y deseosos de verse con el enemigo y vengar los males y daños que les habían hecho. La señoría le respondió que se juntase con Ballon y se pusiese en orden y saliese a campaña y se alojase a vista del enemigo, y hallando ocasión pelease con él. Con esta licencia, luego el general Albiano mandó decir una misa solemne, y dicha, habló a todos los capitanes de su ejército, diciéndoles muy buenas razones en favor de la justicia de su república, de la confianza grande que tenía de sus valientes corazones, y que los enemigos eran bárbaros, y que en el aprieto, el tudesco no entendería al español, ni el español al italiano. Que cómo habían de consentir en que aquéllos volviesen en salvo, cargados de los despojos y riquezas de su tierra. Que si Dios hasta entonces se les había mostrado airado, volvería por ellos, y les daría vitoria. Finalmente les dijo tan buenas razones, que a voces, capitanes y soldados le pidieron la batalla.

Sacó su ejército con gran alegría y esperanzas de todos, y mandó a Ballon y a la demás gente, que estaba en guarnición en Treviso, que viniesen al campo; y proveyó que Paulo Manfron fuese a los bosques y montañas, y trajese los villanos que pudiese, y puestos en orden acudiesen con ellos donde la necesidad lo pidiese. Había en el ejército del capitán Albiano cerca de sietecientos hombres de armas y poco menos de dos mil caballos ligeros, siete mil infantes, y muy gran provisión de artillería de campaña. Juntábase con esta gente Sagromoto, vicecómite, que siendo excluso de Pavía, había traído en la Marca Trivisana casi sietecientos soldados muy bien apercebidos de armas y caballos. Y demás de esto había los villanos que trajo Paulo Manfron.

Pasó Albiano con esta gente de la otra banda del río Brenta, con pensamiento de prohibir el paso del río cuando los enemigos volviesen muy cargados con la presa, y hacerlos morir de hambre teniéndolos encerrados entre ríos, o cuando quisiesen hacer fuerza, y salir en seguro, combatir con ellos con conocida ventaja.

Estaban los españoles alojados cerca del campo de San Pedro, cuando les vino nueva que Albiano con todo su ejército se había alojado de la otra parte del río de la Brenta; y que allí, deseando pelear y vengarse, había de defenderles el paso del río. Esta nueva puso fin al saquear y destruir la tierra, porque demás que todos estaban con cuidado, aun los soldados muy animosos, viéndose tan cargados de despojos, no curaban sino cómo volverían en salvo con lo robado.

Hállase confuso don Ramón, embarazado del veneciano. -Hecho animoso del marqués de Pescara.

Don Ramón de Cardona, quiriendo pasar el río y volverse a lugares seguros antes que Albiano juntase todas sus fuerzas, recogió toda la presa y llegó a río Brenta, donde los enemigos estaban alojados de la otra banda de la ribera; y hallaron las cosas muy diferentes de lo que pensaban. Los enemigos puestos en orden, el río sin puente ni barca, ni vado, la ribera puesta en armas, y toda fortificada con artillería, el peligro era notorio, y todos estaban suspensos.

Llamó entonces don Ramón a Próspero Colona, al marqués de Pescara y a todos los demás capitanes a consejo para tratar de lo que tanto importaba a la salud de todos. Los más fueron de parecer que el vado se reconociese por parte diferente de donde el enemigo estaba fortificado, y que se pasasen de noche sin ser sentidos. Enviaron a reconocer los vados, y hallaron dos leguas de allí uno bueno, porque el río iba más extendido y llano. Con esto movió don Ramón su campo, y con el silencio de la noche, dejando fuegos encendidos, y todos los caballos ligeros, para que haciendo muestra de que el ejército estaba allí, entretuviesen al enemigo, y para que luego que el sol saliese hiciesen representación en la ribera, y diesen a entender que querían pasar por allí el río, y para que acabado esto, todos hechos un escuadrón, siguiesen el campo. Apenas comenzaba a amanecer cuando el campo llegó al lugar por donde decían que se podía pasar el río, en el cual entraron luego los capitanes de la vanguardia, y pasaron a la otra banda la artillería, con la cual pasó juntamente un poco más abajo la infantería española cerrada en su ordenanza, quebrantando la caballería por más arriba el ímpetu de la corriente.

Y aunque todos pasaban por vado incierto, y a unos llegaba el agua a los pechos y a otros a la garganta, con todo eso, los españoles pasaron sin temor, y el marqués de Pescara, viéndolos dudosos por la hondura del río, se apeó del caballo, y animando a los alféreces, entró a pie delante, y a su imitación hicieron lo mismo los más principales capitanes que llevaba, quiriendo igualarse con los soldados comunes por darles más ánimo.

Luego que los españoles pasaron, entraron los tudescos, y detrás de ellos don Ramón de Cardona y Próspero Colona con el resto del ejército y caballería ligera.

Aprieto grande en que se vio don Ramón con su gente. -Próspero Colona, capitán valiente y acertado. -Rompen la batalla venecianos y tudescos. -Son vencidos los venecianos, aunque valientes. -Matanza grande.

Desengañado, pues, el enemigo, llegaron en seguimiento del campo al tiempo que la gente de don Ramón pasaba. Púsoseles delante un escuadrón de caballos albaneses; y Albiano, sospechando lo que pasaba, había enviado a reconocer, y en amaneciendo, descubierto el engaño, caminó tras los albaneses; pero como halló a los españoles en ordenanza para pelear, escaramuzó con ellos cerca del río, y no quiso pelear, o por esperar a Ballon que le había enviado a llamar, o por traer a los enemigos donde les tuviese ventaja. Habiéndole, pues, salido en vano a Albiano su primer designio, y quiriendo tomar a sus enemigos donde los pusiese en semejante aprieto, fuese a Vincenza, ciudad desierta y destruida con la guerra. Había a dos millas de Vincenza una aldea llamada Olmo, por un gran árbol olmo que está allí, que era el camino y paso forzoso por donde los imperiales habían de pasar para ir a Verona, y érales también fuerza haber de ir a esta ciudad de Verona, y con increíble trabajo y presteza rompió el camino con largo y hondo foso, estrechándole, hizo reparos, plantó la artillería y alojóse de la otra parte de aquellos estrechos, juntamente con Ballon, que a muy buen tiempo era venido.

Estaba Albiano muy contento de esta buena diligencia, porque si sus enemigos querían pasar por fuerza, pelearía muy a su ventaja, y si querían, torciendo el camino, pasar por la montaña de Basano, que era muy áspera, habían de venir a extrema necesidad: y huyendo, y perdido el bagaje, y como vencidos, perdida la honra y reputación, perseguidos de los labradores habían de caer en otra fortuna más áspera que si hubieran sido rotos en batalla.

Pasó don Ramón de Cardona con toda su gente al lugar de Olmo, con intención de caminar derecho a Verona, y como allí fue avisado que los caminos estaban rompidos, y los enemigos fortificados en ellos, tomados los pasos más peligrosos, viendo que quedaba poco del día y que sus soldados venían cansados, hubo de alojarse a quinientos pasos del ejército enemigo con harto trabajo; porque los venecianos, enderezando a aquella parte la artillería tiraban al descubierto, que aún no daban lugar para asentar las tiendas. Y así, todo lo que duró la luz del día, en el alojamiento de los españoles estaban con notorio peligro, y era tanta la furia de las balas, que les era forzoso tenderse en el suelo, y la caballería ponerse detrás de los árboles, y irse a lugares bajos y hondos, apartándose de la misma muerte.

Y aunque luego vino la noche, no se libraron del peligro, antes fue mayor y el trabajo doblado por el miedo que cayó en los ánimos de todos, sabiendo que Ballon se había ya juntado con Albiano, y que a las espaldas estaba gran número de villanos, y que todos los llanos de los caminos estaban rompidos con fosos y con montones de tierra que habían levantado. Juntábase con estos trabajos que había dos días que les faltaba pan y no comían más que carne mal asada. No había ánimo esforzado que ya no tuviese medio tragada la muerte, y esperase el día siguiente por remate de su vida. Las cabezas del ejército iban a la tienda de don Ramón, y consultaban qué remedio tendrían en tan evidente peligro; y aunque el presente estado confirmaba el parecer que tuvo Próspero Colona de que no se hiciese esta jornada, la grandeza de su ánimo hizo que sin mostrar aún turbado el rostro, anduviese visitando y animando los soldados y dándoles muy buenas esperanzas de que Dios les daría vitoria, que por su gran autoridad y crédito que de él tenían, valió mucho.

Eran todos de parecer que volviesen atrás, y que revolviesen luego sobre mano derecha, tomando el camino que va a Bassano, creyendo que con esto sacarían al enemigo a lo llano desviándole del sitio fortísimo en que estaba alojado, y que si el enemigo no quisiese pelear ni seguirlos, rodearían por las montañas de Trento, y apartándose de Venecia volverían salvos a Verona. Mandó luego don Ramón antes de amanecer juntar todo el bagaje, y sin ningún ruido hacer señal de marchar.

Había llevado hasta allí Próspero Colona la vanguardia, y porque el enemigo quedaba atrás, pidió la retaguardia, y aún la sacó por pleito, quiriendo como valiente capitán quedar a hacer rostro al enemigo y ser el primero que recibiese sus golpes. Levantóse una niebla muy espesa, y por esto no pudo Albiano saber luego la partida de su enemigo. No tenía Albiano gana de pelear, mas el proveedor Loredano dio tantas voces, culpándole que dejaba pasar en salvo al enemigo, que hubo de mandar tocar luego las trompetas y que los caballos ligeros fuesen delante.

Era, según habemos dicho, estrecho el camino a la entrada de los collados, y los venecianos habían de pasar por él. Y para ello, de necesidad habían de deshacer sus escuadrones.

Estaba delante de aquel estrecho un campo más extendido, cercado alrededor de collados bajos, donde habían hecho alto los españoles. Albiano llegó hasta allí, y habiendo enviado delante sus caballos ligeros con tres falconetes, para que fuesen haciendo daño en los contrarios y deteniendo la retaguardia, acabó de pasar los cabos estrechos y sacó toda su gente y artillería a lo llano. Y la caballería, que al principio había comenzado a pelear tibiamente, peleaba con más vigor y coraje, porque la caballería veneciana había disparado luego sus falconetes, cuando los caballos tudescos, hechos un cerrado escuadrón, dieron sobre los caballos venecianos, que les venían encima, y poniéndolos en huida los forzaron a desamparar los falconetes.

Como esto vio Albiano, que apenas había ordenado sus batallas pareciéndole que el negocio consistía en brevedad, y queriendo que los que venían huyendo no desordenasen a los demás ni les pusiesen miedo, mandó luego dar señal de batalla, y que Ballon, a quien había hecho capitán de ella, a la diestra, tomase un gran rodeo, y arremetiese a los enemigos por un lado que tenían abierto, y que Antonio Pío con él a la diestra se afirmase contra la infantería enemiga, y la cercase con las bandas de los caballos ligeros.

Ordenado esto, arremetió con su batalla cerrada en medio de los enemigos. Iba en ella la flor de todo su ejército. Don Ramón de Cardona llevaba su gente en forma cuadrada, para que si fuese necesario pelear, recibiesen el asalto con gente suelta y acomodada; y como vieron lo que pasaba, avisaron a los capitanes de la vanguardia, que luego que viesen cerca la infantería de los enemigos, trabasen con ellos la batalla. Salieron a este punto los hombres de armas venecianos de su escuadrón, y arremetieron a los caballos tudescos, que con la esperanza de la vitoria que habían comenzado a ganar, habían pasado muy adelante. Y a la primera arremetida los rebatieron, y derribando y hiriendo a Riciano y a Celembergo y a Sucaro, sus capitanes, los rompieron y siguieron hasta sus banderas.

Troillo Sabello, que estaba refirmado hacia aquella parte cerca del camino real, delante de las banderas de la infantería, viendo el peligro, hizo que la ordenanza de la infantería se abriese un poco y dejase espacio por donde colasen los tudescos, porque como venían desordenados y turbados, no desbaratasen los escuadrones de la infantería que estaban enteros. Y así como iban pasando, les decía que no pasasen, sino que a la hora se fuesen a recoger a la retaguardia.

Y hecho esto, él y Mucio Colona y Hernando de Alarcón, viendo que ya había comodidad para trabar la batalla, hicieron pasar adelante sus banderas, y cerraron furiosamente con los enemigos.

Era toda esta gente que arremetió una contra otra, casi igual en número y valor de caballería, porque de cada parte había cerca de quinientos caballos, soldados viejos de Italia. Peleaban valerosamente con deseo de la vitoria. Andaba Albiano discurriendo de una parte a otra, y animando con muy buenas razones como valeroso capitán a los suyos, que valió para poner corazón en su gente, hasta hacerles llegar rompiendo por lo más cerrado hasta las banderas contrarias, y trabarse de ellas para llevarlas: sino que les fueron muy bien defendidas. Estando de una parte y otra igual la esperanza y miedo, y la caballería peleando frente a frente, Próspero Colona discurría por los escuadrones animando; y mandó que de una parte el marqués de Pescara con sus españoles, y de otra Landao con la infantería tudesca, arremetiesen con ordenanza y paso igual contra la infantería de los venecianos.

Fue tan grande el ímpetu con que éstos arremetieron, que las compañías de Ballon, Brisigelo, a quien Albiano por tenerlos por muy valerosos había puesto en la frente contra los enemigos, apenas esperaron los primeros golpes, volviendo las espaldas casi antes de ver la cara a sus contrarios. Entonces, como la batalla, en que no había sino caballos, quedó por un lado desnuda de infantería, comenzó primero a ser herida y apretada reciamente, y después, muriendo muchos, vino a parar en huida. Porque en cayendo los primeros, no bastó lo que los caballeros más valerosos trabajaron por sustentar su campo y sostener los furiosos golpes de los enemigos.

Y con esto, la caballería veneciana, que ya había sido rebatida y estaba desordenada, de ninguna manera pudo ser detenida ni ponerse en orden. De esta manera murieron los que valientemente resistían, y las banderas echadas por tierra; y la de Albiano, capitán general, por mas que la defendió hasta morir su valeroso alférez Marco Antonio de Monte, sufrió igual suerte.

Así murieron otros nobles capitanes, en la ala siniestra, los soldados de Antonio Pío, como vieron rota y puesta en huida la batalla, en que estaba toda la fuerza de su ejército, arrojaron las armas y dieron a huir. Lo mismo hicieron los soldados de Paulo Ballon, que se detuvo en el rodeo más de lo justo, embarazándose en unas lagunas y cienos en que, por querer tomar a los enemigos en medio, se metió. Y como Albiano comenzó la batalla antes de lo que tenía pensado su gente, viendo la matanza y huida de los compañeros, huyeron antes de llegar a pelear. De esta manera perdieron los venecianos la batalla.

Escaparon muchos con la vida por la bondad de los españoles y italianos. Mas los que por su desventura vinieron a poder de tudescos, todos murieron: porque los tudescos, acordándose de la rota que recibieron en Cador, habían hecho juramento de no perdonar a nadie.

Diose esta batalla a 7 de octubre de este año de 1513. Murieron de la parte de los venecianos más de cinco mil personas: entre ellos, y lo que nunca se vio en batalla, fueron muertos cuatrocientos hombres de armas. Tomáronse veinte y cuatro piezas de artillería de campaña.

De los vencedores murieron pocos. Los villanos, que estaban por las montañas amenazando con las armas a los españoles, como vieron tan desastrado fin de su gente, huyeron como las ovejas del lobo por los montes.

Paz entre Francia y España. -Pide el rey de Ingalaterra que Carlos se casase con su hermana, como estaba concertado. -Muere el rey Luis de Francia, recién casado. -Reina Francisco. -Comienza a reinar de veintidós años.

Así pasaron las cosas del año de 1513. Ya que llegaba el de 1514, sintiéndose el rey de Francia apretado con los malos sucesos de Italia, procuró la paz con el Rey Católico. Y lo que se concluyó fue una tregua por un año; de lo cual el rey de Ingalaterra no gustó nada. Y desde a pocos días envió a pedir y requirir al príncipe don Carlos que, pues cumplía catorce anos a los 24 de hebrero del año que entraba, quisiese celebrar el casamiento con madama María su hermana, como estaba concertado de antes; y lo mismo envió a pedir al rey don Fernando y al Emperador, abuelo del príncipe. Los cuales respondieron a esto (y así lo concertaron y aconsejaron al príncipe) que el casamiento se debía dilatar algún tiempo, porque él era aún de muy poca edad para casarse, y más con mujer de más edad que él.

De esta respuesta, si bien justa y honesta, el rey de Ingalaterra mostró mucho descontento, y luego trató de casar su hermana con el rey Luis de Francia, que de pocos días estaba viudo: y el casamiento se hizo en 9 de octubre del año de 1513, y se asentaron paces entre Ingalaterra y Francia. Pero el viejo rey gozó poco de este bien, porque murió primero día de enero de este año de 1514.

Y sucedió en el reino por varón deudo más cercano, porque él no dejaba hijo, Francisco de Valois, casado con Claudia, hija del dicho rey Luis, siendo Francisco de veinte y dos años de edad, brioso y aficionado a las armas, y de grandes pensamientos y codicia de ensanchar el reino que Dios le daba; que fueron condiciones que costaron mucha sangre al mundo, y juntas con la potencia de Francia, que es grande, porque la tierra es rica, gruesa, ancha y recogida, cercada por todas partes de mares y montañas, fueron causa para que lo mas del tiempo que él vivió y reinó, tuviese guerras sangrientas con gran daño de la cristiandad, como se verá en el discurso de esta historia.

Y ya en este tiempo, el príncipe don Carlos era de catorce años y andaba en los quince, y se echaba de ver en él el valor, saber y prudencia que después mostró. Y todos juzgaban ser bastante para tomar la administración y gobierno de estos reinos, ansí en los de España como en los estados de Flandes. Y por esto, de allá pocos días, se ordenó de manera que él hubo la gobernación de los unos y de los otros reinos, como luego se verá.

Y siendo informado el nuevo rey de Francia del ser y valor de este príncipe, holgó que se tratasen algunos medios de paz y firme concordia entre los dos; porque como echaba el rey Francisco el ojo a Italia, parecíale cosa muy conveniente tener ganado tal amigo; y así, trató que Carlos casase con madama Renata, hija del rey Luis difunto, y hermana de la reina. Y para esto envió a monsieur de Vendestrie por su embajador al príncipe Carlos, acompañado de mesire Esteban de Poncher, obispo de París y después arzobispo de Sens, con otros caballeros. Fueron por tierra de Henault atravesando por el país de Brabant, y llegaron víspera de San Juan, año 1515, a la Haya en Holanda, donde hallaron al príncipe, y representaron su embajada, y trataron del dicho casamiento.

Y el príncipe holgó mucho de ello, por el deseo que siempre tuvo de la paz con los príncipes cristianos, y también porque le estaba bien tener por amigo y deudo un vecino tan poderoso, hasta verse firme en las sillas de España y demás estados que le competían.

Mas el príncipe no se resolvió en cosa sin la voluntad y parecer de su abuelo el emperador Maximiliano, sin acordarse del rey don Fernando como fuera razón.

Entra Carlos en el gobierno de Flandes. -Casamientos de las infantas hermanas de Carlos.

Estando, pues, las cosas en este estado, andando ya el príncipe don Carlos en los quince años de su edad, el emperador Maximiliano se exoneró de la gobernación de los países de Flandes, cediendo y traspasándola en el nieto. Y madama Margarita, que era su curadora, se la entregó con gran demostración de gozo de todos los estados, y solemnes fiestas y triunfos que en todas las ciudades se le hicieron: tomándole la jura los príncipes y diputados de ellos, con demostración de un gozo increíble, cual nunca se hizo con príncipe de ellos. Y escribió luego a todos los príncipes de la cristiandad, Francia, Ingalaterra, Portugal, Escocia, Dinamarca, Noruega, Suevia, Gothia, Vándalos, Pannonia, Bohemia y a otros. Y a esta misma sazón el emperador su abuelo concertó de casar la infanta María, hermana del príncipe, con Ludovico, rey de Bohemia y Hungría; y que el infante don Hernando, que estaba en Castilla con su abuelo el Rey Católico, casase con Ana, hermana del dicho rey. Lo cual se concluyó el año siguiente en las cortes o dieta que el Emperador tuvo en Viena.

Y finalmente casó el príncipe don Carlos todas sus hermanas de esta manera: María con el rey Luis de Hungría; Leonor con don Manuel, rey de Portugal; doña Catalina, que era la menor, que nació en Torquemada, con don Juan, hijo del rey don Manuel de Portugal; a Isabel con el rey de Noruega y Dinamarca. Habiendo Carlos emparentado tan estrechamente con todos los príncipes mayores de la cristiandad, esperaban las gentes una larga paz, un siglo dorado y felicísimo, aunque no lo fue sino de harto trabajo y de duro hierro.

Incorpórase de Navarra con Castilla. -Enfermó gravemente el rey don Fernando. -Micer Antonio, Chanciller de Aragón, preso por atrevido. -Sábado 15 de septiembre partió el rey. -Muere don Gutierre Padilla. -Muerte del Gran Capitán, de edad de sesenta y dos años.

En tanto que el emperador Maximiliano con su nieto el príncipe don Carlos entendía en estas cosas con tanta prudencia acordadas, el rey don Fernando el Católico, que ya estaba muy viejo y enfermo, andaba, como siempre lo hizo, de lugar en lugar, sin parar un punto; y la reina moza a su lado, que le acababa la vida.

Partió la reina Germana del monasterio de la Mejorada, cerca de Olmedo, a tener cortes en Aragón. Fue el Rey Católico con ella, hasta Aranda, por el mes de abril de este año. De allí partió el rey para Burgos, viernes 8 de mayo, donde tuvo cortes. Y se le dieron en servicio ciento y cincuenta cuentos; y se incorporó el reino de Navarra con la corona de Castilla y León.

Y una noche, 27 de junio, estuvo el rey tan malo, que pensaron que no llegara a la mañana, y fue sentido por los monteros de guarda, que le tornaron en sí.

Partió de Burgos, volvió a Aranda viernes 20 de julio, donde mandó prender a micer Antonio Augustín, su vice-chanciller de Aragón, que venía de las cortes de Monzón; y aunque le dieron otro color a la prisión, la verdad fue que el rey lo mandó prender, porque requirió de amores a la reina Germana. Y estuvo preso en Simancas mucho tiempo, hasta que con fianzas le hizo soltar el cardenal don fray Francisco Jiménez en el tiempo de su gobernación.

Partió el rey de Aranda y fue a Segovia. Posó en el monasterio de Santa Cruz de la orden de Santo Domingo. Estuvo harto malo, y aunque le dijeron que no se partiese, no se pudo acabar con él, quedando el consejo en Segovia a las cortes de Aragón, que no eran acabadas; y estuvo en Calatayud, y volvió el rey de Calatayud; entró en Madrid postrero de octubre y partió de Madrid para Palencia, estando ya muy enfermo. Llegó a Palencia víspera de San Andrés, donde fue solemnemente recibido: porque después que redujo aquella ciudad a la corona real, no había entrado en ella. Posó en la fortaleza: y allí a veinte de este mes, vino nueva que era fallecido don Gutierre de Padilla, comendador mayor de Calatrava, en Almagro: y díjose que si alcanzara de días al Rey Católico, que tomara el maestrazgo de Calatrava, porque tenía esperanzas de ser elegido.

A dos de septiembre de este año murió Gonzalo Fernández de Córdoba, Gran Capitán, duque de Sesa y Terra-Nova, cuyas hazañas tienen particular historia como la merecen. También se dijo que si viviera más que el rey don Fernando, ocupara el maestrazgo de Santiago, porque tenía bulas para ello. Pero Su Majestad hubo otra bula en el mismo mes, por medio del cardenal de Santa Cruz, para poder tener todos tres maestrazgos, como los habían tenido sus abuelos.

En este año de 1515 se hizo señor del estado de Milán el rey Francisco, como se dirá adelante. Pesábale al Rey Católico, y aun temíale, por verle tan poderoso en Italia, recelándose que daría luego sobre Nápoles. Por esto trató con el Emperador su consuegro, que se ligasen los dos y hiciesen guerra al francés, que si bien la de la salud le era cruel, no por eso perdía los buenos aceros que siempre tuvo.

Adriano viene a España. -Madrigalejo, lugar diputado para el fin del Rey Católico.

De esta manera pasó el Rey Católico el penúltimo año de su vida; y en Flandes se sabía cuán cerca estaba de acabarla. Por esto el príncipe don Carlos determinó enviar en España a su maestro Adriano, deán de Lovayna, con poderes despachados en Bruselas a primero de octubre (el año en blanco) llamándose Carlos príncipe de las Españas, y en lengua latina; que aunque los tengo, no los refiero aquí, por no cargar tanto esta obra. Baste saber que la causa que dan es haber sabido que su abuelo don Fernando, rey de Aragón, y administrador de los reinos de Castilla, León y Granada, etc., estaba tan enfermo, que se temía de su salud; y para que si Dios lo llevase de esta vida, quería tener en los reinos de España un varón de vida ejemplar, sabio y prudente, que acudiese al gobierno de ellos con fidelidad y cuidado: y que para esto enviaba a Adriano con todo su poder, prometiendo de venir él muy presto.

Y llegado, halló al Rey Católico en la ciudad de Plasencia muy enfermo, según referí; y aún dicen que no gustó nada con su vista; y caminó con él hasta Guadalupe, donde pasó con el rey muchas pláticas, y dudas que hubo sobre la venida del príncipe, que nunca el rey gustó de ella y otras cosas. Y a la verdad, la venida de Adriano a España fue, como dice un autor flamenco, por orden de Guillelmo de Croy, señor de Xevres, gran privado del príncipe, porque, como es ordinario en los tales, espantábale la sombra de la virtud de Adriano: y para hacerse dueño y sin zozobra del príncipe y de su tía doña Margarita, que gobernaba los estados de Flandes, dio traza como Adriano viniese por embajador, con achaque de que el Rey Católico trataba mal a algunos caballeros, porque cuando vino el rey Felipe a España, le habían dejado, y seguido con más muestras de afición a don Felipe.

Pudo ser éste el motivo de Xevres; mas según pareció por los poderes que, después de muerto el Rey Católico, mostró Adriano, la causa de su venida era por saber el estado de las cosas de España y para tomar la posesión del reino por el príncipe, luego que el rey muriese. Y así lo entendió el Rey Católico, y por eso no lo recibió con mucha gracia. Salió el rey de Plasencia, como dije, y vino a Zaraicejo por la puente del cardenal, en andas o litera: y de allí con asaz pasión y dolor, otro día, sin más detenerse, partió y vino a la Vertura, donde estuvo cinco o seis días.

Y de aquí fue a Madrigalejo, aldea de la ciudad de Trujillo, donde estaba pronosticada su muerte; y el viejo rey pensaba que era en Madrigal.

Sabido por Adriano cómo la enfermedad del rey se agravaba, vino a Madrigalejo desde Guadalupe, donde el rey tenía acordado de estar algunos días para ordenar cosas y tener capítulo de la orden de Calatrava, y proveer la encomienda mayor, que por muerte de don Gutierre de Padilla había vacado, la cual se tenía por cierto que había de dar a su nieto don Hernando de Aragón, hijo de don Alonso de Aragón, arzobispo de Zaragoza, su hijo; o a don Gonzalo de Guzmán, clavero de Calatrava, hermano de Ramiro, Núñez de Guzmán, ayo del infante don Fernando, dando la clavería a don Fernando de Aragón. Como el rey supo que había venido allí Adriano, y que le pedía audiencia, sospechó mal de aquella venida, y con enojo que hubo dijo: No viene sino a ver si me muero: decidle que se vaya, que no me puede ver.

Y así se fue Adriano harto confuso.

Después le mandó llamar el rey por consejo e intercesión de algunas personas, y le habló dulcemente, y le encargó que fuese delante a Guadalupe y que le esperase, que presto sería él allí.

Hay quien diga que el Rey Católico asentó y concertó con Adriano que el príncipe viniese pacíficamente y que su hermano el infante don Fernando fuese luego a Flandes, y que la gobernación de estos reinos todavía la tuviese él, los días que viviese, pues habían de ser tan pocos.

Y conforme a esto se concertaron otras cosas, para que en paz y concordia fuese la venida del príncipe don Carlos.

Aprieta la enfermedad al rey, y ordena su testamento. -Licenciado Francisco de Vargas, colegial de Santa Cruz, de Valladolid, por quien se dijo: «Averígüelo Vargas...», porque le remitían los reyes todos los negocios para que los averiguase en muchos oficios de gran confianza que tuvo en estos reinos. -Consejo sano y prudente que los de la Cámara dieron al Rey Católico.

Estando el rey don Fernando el Católico en Madrigalejo este año 1516, por el mes de enero, le dijeron cuán cerca estaba de acabar sus días. Lo cual con gran dificultad pudo creer, que el enemigo le tentaba con la pasión del vivir, para que ni confesase ni recibiese los sacramentos. A lo cual dio causa, que estando el rey en Plasencia, uno del Consejo, que venía de la beata del Barco de Ávila, que fue una embustera notable, le dijo que la beata decía de parte de Dios, que no había de morir hasta que ganase a Jerusalén; y por esto no quería ver ni hablar a fray Martín de Matienzo, de la Orden de Santo Domingo, su confesor, si bien algunas veces el fraile lo procuró. Pero el rey le echaba de sí, diciendo que venía más con fin de negociar memoriales, que entender en el descargo de su conciencia.

Pero algunas buenas personas, así criados como otros que deseaban la salvación de su alma, le apretaron y quitaron de aquel mal propósito, y el Espíritu Santo movió su corazón, y mandó llamar una tarde al dicho confesor, con el cual se confesó, y recibió con devoción el Santísimo Sacramento.

Y de la confesión resultó que mandó llamar al licenciado Zapata y al dotor Caravajal, sus relatores y referendarios, y de su Consejo y Cámara, y al licenciado Francisco de Vargas, su tesorero general y de su Cámara, todos del Consejo Real.

A los cuales, en gran secreto, dijo que ya sabían cuánto había de ellos fiado en la vida, y que porque de lo que le habían aconsejado siempre se había hallado bien, agora en la muerte les rogaba y encargaba mucho, le aconsejasen lo que había de hacer, principalmente cerca de la gobernación de los reinos de Castilla y Aragón. La cual en el testamento que había hecho en Burgos, dejaba encomendada al infante don Fernando, su nieto, que había criado a la costumbre y manera de España; porque creía que el príncipe don Carlos no vendría en estos reinos, ni estaría de asiento en ellos a los regir y gobernar como era menester: y estando como estaba fuera de ellos en la tutela de personas no naturales, que mirarían antes a su proprio interese que no al del príncipe, ni al bien común de los reinos.

A lo cual le respondieron los del Consejo, que Su Alteza sabía bien con cuántos trabajos y afanes había reducido estos reinos al buen gobierno, paz y justicia en que estaban; y que asimismo sabía que los hijos de los reyes nacían todos con codicia de ser reyes; y que ninguna diferencia, cuanto a esto, había entre el mayor y los otros hermanos, sino tener el primogénito la posesión. Y que asimismo, conocía la condición de los caballeros y grandes de Castilla, que con movimientos y necesidades en que ponían a los reyes se acrecentaban: y que por esto les parecía que debía dejar por gobernador de los reinos de Castilla al que de derecho le pertenecía la sucesión de ellos, que era el príncipe don Carlos, su nieto; porque, no embargante que el señor infante don Fernando fuese tan excelente en virtudes y buenas costumbres que en él cesaba toda sospecha; pero que siendo de tan poca edad como era, había de ser regido y gobernado por otros, de los cuales no se podía tener tanta seguridad que puestos en el gobierno no deseasen movimientos y revoluciones, para destruir el reino y acrecentarse. Y que no podría haber seguridad bastante que esto excusase, si no era dejando lo suyo a su dueño; lo cual era conforme a Dios, a buena conciencia, razón natural, y a todo derecho divino y humano, en que había menos inconveniente. Que si se acordaba de lo pasado, y de las dificultades y trabajos que él y la Reina Católica habían tenido cuando comenzaron a reinar, para reducir estos reinos a su obediencia, conocería claro en cuánta ventura y discrimen quedaba todo, dejando por gobernador al infante, estando ausente el príncipe, y viviendo la reina doña Juana su hija. Y quedando la posesión del gobierno al infante don Fernando, que estaba presente, en especial si le dejaba los maestrazgos, como se decía, que el menor inconveniente que de esta provisión se seguía, era nunca venir el príncipe en estos reinos, que en la verdad era él mayor, porque viendo a su hermano el infante apoderado, no faltaría quien le pusiese grandes dificultades que le entibiasen en más su venida. Y que el mando y gran poder convidaban al infante a lo que no era de su condición.

Revoca el Rey Católico lo que había ordenado en Burgos. -Nombran los del Consejo a fray Francisco Jiménez por gobernador de Castilla. -Que los maestrazgos no se diesen al infante don Fernando. -Señala cincuenta mil ducados en Nápoles para el infante.

Oídas estas razones y otras que le fueron bien dichas, el rey, con lágrimas en los ojos, dijo que le parecían bien y que ordenasen las cláusulas del testamento.

Y pareció que lo que tenía primero ordenado en Burgos, se debía del todo revocar y hacer que nunca pareciese, y escribir de nuevo todo el testamento, porque no quedasen testigos del primero y se engendrase algún mal concepto. Por esto fue muy secreto, que no lo supo el infante, que estaba en Guadalupe, ni Gonzalo de Guzmán, clavero de Calatrava, su ayo, ni fray Álvaro Osorio, obispo de Astorga, su maestro, que estaban con él. Dijeron asimismo los del Consejo al rey, que en lo de la gobernación de Aragón, que dejaba a don Alonso de Aragón, su hijo, arzobispo de Zaragoza, les parecía muy bien acordado, porque en él cesaban todos inconvenientes, y era natural y amado y bien quisto de aquellos reinos, y los podría gobernar en paz y justicia.

Dijo el rey, que pues les parecía que debía dejar por gobernador de Castilla y de León al príncipe, que estaba ausente, que para el entretanto que viniese o proveyese de Flandes, era necesario poner algún gobernador que entretuviese las cosas de estos reinos; que le aconsejasen quién sería el que había de nombrar, porque persona mediana, ni el Consejo con ella, no bastarían para este efeto de entretener el buen gobierno en paz y justicia. Y que dejar grande era gran inconveniente, según la experiencia de las cosas pasadas; especial, que habría discordias entre el que fuese nombrado y los otros; y no le obedecerían llanamente como era menester, y así se siguirían mayores males y daños.

Fue nombrado por uno de los del Consejo que allí estaban, el cardenal don fray Francisco Jiménez, arzobispo de Toledo, y luego pareció que no había estado bien el rey en ello y dijo: De presto ya vosotros sabéis su condición.

Y estándose un poco sin que alguno replicase, tornó a decir: Aunque buen hombre es, de buenos deseos, y no tiene parientes y es criado de la reina y mío, y siempre le hemos visto y conocido tener la afición que debe a nuestro servicio.

Y los del Consejo le respondieron que así era la verdad, que con todo lo que Su Alteza les decía les parecía muy bien. Y que era buena la elección y mejor considerados los inconvenientes que de los nombramientos de otros se esperaban.

Luego el rey tornó a decir: Pues en lo de los maestrazgos, ¿qué me aconsejáis?

Los del Consejo le respondieron que lo mismo que le habían aconsejado en lo de la gobernación de los reinos de Castilla y de León por las mismas razones. Y porque si un solo maestrazgo, puesto en persona llana, bastaba para poner disensión y movimientos en el reino, como se había visto, que muy más claro era que tres puestos en una persona real causarían los mismos males, o se podrían temer. Y para esto no habría mejor testigo que Su Alteza, porque a esta causa el Rey y la Reina Católicos habían proveído santamente en poner en sus personas reales la administración de todos tres maestrazgos; lo cual había parecido ser muy provechoso, como la experiencia lo ha demostrado.

El rey dijo: Verdad es, pero mirad que queda muy pobre el infante.

A lo cual le fue respondido por los del Consejo, que la mayor riqueza que Su Alteza podía dejar al señor infante era dejarle bien con el príncipe don Carlos, su hermano mayor, rey que había de ser, porque quedando bien con él, siempre libraría mejor. Que Su Alteza le podría dejar en Nápoles lo que fuese servido; y que así cesarían los inconvenientes de los reinos de Castilla y aprovecharía a la guarda del reino de Nápoles.

Al rey pareció bien lo que le aconsejaban, y les mandó que consultasen y ordenasen las cláusulas y provisiones necesarias así para lo de la gobernación y maestrazgos en favor del príncipe don Carlos, y cómo se señalasen cincuenta mil ducados de renta para el infante en el reino de Nápoles.

Los del Consejo se partieron del rey y fueron a ordenar las dichas cláusulas del testamento, y la suplicación para el Papa sobre los maestrazgos; aunque decían que el cardenal de Santa Cruz tenía ya hecha esta diligencia en Roma, y el Gran Capitán para sí.

Y así de aquella misma manera se trasladó por uno de los del Consejo en el dicho testamento, y fue necesario tornallo todo a escribir, porque no pareciese rastro de lo que primero había el rey ordenado en Burgos. Y con mucha dificultad se pudo tornar a escribir, porque el mal del rey apretaba y la escritura era larga.

Viene la reina Germana a la posta. -Muere el rey don Fernando.

La reina Germana, segunda mujer del rey, que estaba en las cortes de Calatayud, como supo el extremo en que el rey estaba, partió a largas jornadas andando de día y de noche, y llegó el lunes por la mañana.

Y martes siguiente, en la tarde, a 22 de enero de este año de 1516, otorgó el rey su testamento ante Clemente Velázquez, protonotario. Dejó los cincuenta mil ducados al infante don Fernando en cada un año, sobre Brindez, Tarento y otras ciudades de Nápoles en la Pulla, y dejó también a la reina Germana treinta mil florines cada un año sobre la Cámara de Sicilia, los cuales se le situaron en Castilla sobre las villas de Arévalo, Madrigal y Olmedo, y sobre el reino de Nápoles diez mil ducados. Y escribió al príncipe don Carlos, su nieto, dos cartas muy notables.

Y después de media noche, entrando el miércoles 23 de enero, entre la una y las dos, pasó de esta presente vida a la eterna. Murió en un mesón de una pobre aldea, por no haber otra mejor casa en el lugar. Que es un notable ejemplo y aviso para ver cuáles son las fortunas de esta vida y en qué paran sus grandezas, coronas y imperios, pues vino a morir en un triste y pequeño lugar y en casa alquilada y común a todos, el más poderoso rey de su tiempo y que más villas y ciudades había poseído, ganado y conquistado.

Falleció vestido el hábito de Santo Domingo. Estaba muy deshecho porque le sobrevinieron cámaras, que no sólo le quitaron la hinchazón que tenía de la hidropesía, pero le desfiguraron y consumieron de tal manera, que no parecía él. Y a la verdad su enfermedad fue hidropesía con mal de corazón, aunque algunos quisieron decir que le habían dado yerbas, porque se le cayó cierta parte de una quijada; pero no se pudo saber de cierto más de que muchos creyeron que aquel potaje que la reina Germana le dio para hacerle potente, le postró la virtud natural. Fue sepultado en Granada, porque tenía él ordenado en sus días, que fuese allí el entierro de todos los reyes de España.

Talle y condiciones del Rey Católico.

Era el Rey Católico de mediana estatura, aunque muy fornido, muy ejercitado y fuerte en las armas, mayormente a caballo, prudente y sufrido en los trabajos; de juicio claro y asentado entendimiento, bien afortunado, justiciero, apacible, llano y humano. Y así era muy amado de los suyos, aunque era poco liberal. Muy celoso del servicio de Dios, como se ve por lo que hizo en España. Finalmente fue uno de los excelentes príncipes del mundo en paz y en guerra. Téngale Dios en su gloria, amén.

Mandóse enterrar en Granada, con la reina doña Isabel su primera mujer. Mandó que no pusiesen jerga, que es luto, sobre las cabezas, ni que trajesen barbas crecidas. Que se dijesen diez mil misas. Que vistiesen cien pobres de vestiduras dobladas, y que se repartiesen entre sus criados cinco mil ducados, como pareciese a sus testamentarios. Mandó seis mil ducados para redimir cautivos, casar huérfanas y pobres vergonzantes. Mandó pagar todas las deudas que pareciesen por testigos o escripturas sumariamente sin ningún rigor de justicia, y que si no tuviesen probanza, que fuesen creídos por juramento, y siendo tales personas que pareciese a sus testamentarios que eran de crédito. Dejó para pagar sus deudas y cargos toda su recámara y todo lo que le era debido de sus rentas de los reinos y de las Indias, y de los diez cuentos que tenía situados para su gasto en las alcabalas de estos reinos hasta el día que murió. Y más señaló para esto los dichos diez cuentos por cinco años, y encargó al príncipe que lo hubiese por bien.

Dejó por su heredera y sucesora en todos sus reinos de Aragón, Sicilia, Nápoles y Navarra y en los otros señoríos a la reina doña Juana su hija. Dejó por gobernador de todos los reinos al príncipe don Carlos, su nieto, por la indisposición de la reina su madre; y entretanto que el príncipe venía a estos reinos, que los gobernase el cardenal de Castilla, fray Francisco Jiménez, y por gobernador de Aragón, y Valencia y Cataluña al arzobispo de Zaragoza, su hijo; y de los reinos de Nápoles y Sicilia a don Ramón de Cardona.

Dejó por sus testamentarios al príncipe don Carlos, su nieto, viniendo a estos reinos, y a la reina Germana, su mujer, y al duque de Alba, y a su confesor, y al protonotario Clemente, ante quien pasó su testamento, y al arzobispo de Zaragoza y a la duquesa de Cardona y a don Ramón de Cardona.

Mandó a la reina Germana, su mujer, treinta mil florines de renta en la ciudad de Zaragoza, de Sicilia, y dos villas de Cataluña, y que la gobernación y justicia dellas tuviesen personas naturales. Mandóle más diez mil ducados de renta situados en Nápoles; éstos entre tanto que no se casase, y casándose que le quedasen sólo los treinta mil florines.

Encargó a la dicha reina que viviese en alguna ciudad o lugar del reino de Aragón, porque allí sería acatada y servida.

Mando al infante don Fernando su nieto el principado de Taranto en el reino de Nápoles, con otros Estados en el dicho reino, que valían entonces hasta treinta mil ducados. Y más le mandó otros cincuenta mil ducados de por vida en las rentas del mismo reino; y los de arriba para sus sucesores, como es costumbre en aquel reino.

Mandó al príncipe su nieto todos los tres maestrazgos y los renunció en su favor por virtud de una facultad que para ello había pedido al Papa, y no era aún venida, y suplicó al Pontífice se los confirmase.

Mandó restituir los dineros que se habían cogido de la Cruzada que estaban en su Cámara, que serían hasta quince mil ducados, y que todo lo otro que se debía y estuviese cogido, se gastase en la guerra contra moros, y no en otra cosa.

Mandó a la reina de Nápoles, su hermana, todo lo que le solían dar cada un año y tenía situado en el reino de Nápoles, y encargó al príncipe que lo tuviese por bien.

Mandó a su sobrina, hija de la reina de Nápoles, cien mil ducados que le debía, y entretanto tuviese empeñadas ciertas tierras.

Mandó que viniendo el príncipe sacase al duque de Calabria de la prisión y le trajese consigo, y le encargó su buen tratamiento y que le diese entretanto y después lo que le solía dar, y que si el príncipe tardase, enviasen allá para saber su voluntad.

Encargó al príncipe el infante don Enrique y a su hijo el duque de Segorbe, y que el príncipe les diese lo que les solían dar.

Escribió, en fin, una carta al príncipe su nieto, diciendo en ella:

Carta del rey D. Fernando.

«Ilustrísimo príncipe nuestro muy caro y muy amado hijo. Como a Dios nuestro Señor ha placido de ponernos en tal estado y disposición, que más estamos para le ir a dar cuenta, que para curar de las cosas de este mundo, y la mayor lástima que de él llevamos es antes de nuestra muerte no haberos visto, por el entrañable amor que os tenemos. Y esto ser verdad conocerlo heis por nuestro testamento, porque como quiera que de otra manera pudiéramos disponer de nuestros reinos y señoríos, no quisimos sinon dejar en vos nuestra sucesión y toda nuestra memoria, la cual habemos ganado y conservado con mucho trabajo de nuestra ánima y cuerpo. Y en pago de todo esto por la obediencia que nos debéis como a padre y abuelo, os encargamos principalmente dos cosas: La primera que tengáis cargo de cumplir nuestro testamento, e acordaros de nuestra ánima. La segunda es que miréis, que honréis y favorezcáis a la serenísima reina nuestra muy cara y muy amada mujer, que en nuestro fin queda sola y desfavorecida, y con necesidad. Y si alguna consolación y descanso llevamos es en saber que en vos le quedará buen padre e hijo. Y esto de la serenísima reina, nuestra muy cara y muy amada mujer, vos rogamos tan cara y afectuosamente como podemos, y que lo que le dejamos por nuestro testamento en el reino de Nápoles para sustentación de su vida, que se lo fagáis cumplir e pagar en las rentas de Castilla, pues eso vos cuesta lo uno que lo otro, porque ella tiene voluntad de vivir en estos reinos o en los de Aragón. E porque según la gravedad de nuestra enfermedad creemos no poderos ver, e ser ésta la postrera que os escribimos, por esta carta os damos nuestra bendición, e rogamos a Dios, que es Todopoderoso, que os guarde e acreciente en vuestros Estados como yo y vuestro real corazón desea. Ilustrísimo nuestro muy caro y muy amado hijo, Nuestro Señor todos tiempos en su especial encomienda os haya. De Madrigalejo, a 21 de enero de 1516 años.

Yo el Rey.»

Pronóstico de la muerte de don Fernando. -Condiciones de los Reyes Católicos. -Nobleza y antigüedad grande de los cantábricos, vizcaínos, navarros y guipuzcoanos. -Notable prudencia de la Reina Católica.

Cierto judiciario o hechicero tenía pronosticado que el rey don Fernando había de morir en Madrigal, y aunque en su monasterio de monjas agustinas tenía dos hijas bastardas que él quería mucho, se excusaba de entrar allí, y hubo de cumplirse en Madrigalejo, siendo de edad de 64 años, y habiendo 42 que reinaba y gobernaba. Puede decir España que en los dos reyes don Fernando y doña Isabel tuvo los dos mejores príncipes juntos que desde su población conocemos, y así merecieron el renombre de Católicos, que aunque es proprio de los reyes de España, y que lo ganó don Alonso, primero de este nombre, ya por excelencia y antonomasia se entiende de estos dos reyes; aunque como en esta vida no hay cosa perfecta, fueron algo codiciosos y apretados.

Solía decir la reina que los reyes no tenían parientes, y que todas las haciendas eran suyas. Desde ellos se comenzó a decir en las cartas cuyas diz que son, y valieron mucho con ellos los vizcaínos y guipuzcoanos. Anduvieron por estas tierras honrándolos, porque se preciaban mucho estos reyes de su naturaleza, y de la antigüedad que en ella tenían por Navarra y los señores de Vizcaya, que sin duda son los españoles más antiguos y más hijos de Tubal, y que menos se han mezclado con otras naciones de las muchas que en España han entrado.

Este amor mostraban los Reyes Católicos en todos los pueblos de estas provincias, porque en llegando a cada uno de ellos, la reina se vestía y tocaba al uso de aquel pueblo, llamando a las personas de más merecimiento, y tomando de la una el tocado, de la otra la saya, y de la otra el cinto y las joyas, para tener a todos de su mano y mostrarles el amor que les tenía; y volvía estas preseas a sus dueñas muy mejoradas cuando llegaba a otro pueblo, y a sus maridos hacía muchas mercedes, y honraba y gratificaba con dones a los que la habían servido en la guerra, y de esto hay grandes privilegios entre los nobles vizcaínos y guipuzcoanos.

Piden particular historia los méritos y excelencias de los Reyes Católicos, que Dios tendrá premiados en los cielos.

Breve relación del infante don Fernando, hermano del Emperador. -Conde de Lemos tomó a Ponferrada. -La marquesa de Moya toma los alcázares de Segovia. -En este año, Deza dejó el oficio de inquisidor y lo fue Jiménez. -Monteros de Espinosa. -Talle hermoso del infante.

Por lo que he dicho del infante don Fernando, hermano del Emperador, y por el amor que estos reinos le tuvieron, haré aquí una breve relación de su nacimiento y crianza, sacada de la que hizo el maestro fray Álvaro Osorio de Moscoso, de la Orden de Santo Domingo, hermano de don Rodrigo Osorio Moscoso, conde de Altamira, el que desgraciadamente murió sobre Bugía, y ambos hijos de don Pedro Álvarez Osorio, hijo segundo de don Pedro Álvarez Osorio y de doña Isabel de Rojas, condes de Trastámara, y de doña Urraca de Moscoso. Fue este padre del convento insigne de San Esteban de Salamanca. Fue curador de su sobrino don Lope Osorio de Moscoso, conde de Altamira, que en la muerte de su padre quedó niño de seis años, y fue maestro del infante don Fernando. Y por eso quiso escribir lo que aquí dice sumariamente. Y fue después obispo de Astorga.

Nació el infante don Fernando en Alcalá, año 1503, como queda dicho. Estuvo en Alcalá algunos meses, y de ahí lo llevó la reina doña Isabel su abuela a Segovia, y de Segovia lo mandó llevar a la villa de Arévalo, para que allí se criase. Diole por aya a doña Isabel de Caravajal, mujer que había sido de Sancho del Águila, y por médico al dotor Juan de la Parra. Y mandó a don Diego Ramírez de Guzmán, obispo de Catania, que estuviese con el infante acompañando su persona, y diole otros criados, no muchos, por ser el infante de tan poca edad.

Hubo de ir el obispo por mandado de la reina con la princesa doña Juana a Flandes, donde ya antes era ido el príncipe don Felipe su marido. Y por la ausencia del obispo, en su lugar entró don Antonio de Rojas, obispo de Mallorca, que después fue el segundo arzobispo de Granada.

Y en el segundo año del infante, que fue el de 1504, murió la reina doña Isabel, y quedó el Rey Católico por gobernador. Y así proveyó en la crianza del infante su nieto, y mandó a don Pedro Núñez de Guzmán, clavero de Calatrava, que fuese ayo del infante y gobernador de su casa.

Fue don Pedro hijo de Gonzalo de Guzmán, señor de Toral, y de doña María Osorio, hija de don Pedro Álvarez Osorio, conde de Trastámara y señor de la casa de Villalobos, y fue hermano de Ramiro Núñez de Guzmán y del obispo de Catania.

Año de 1505 dio el rey don Fernando por maestro del infante a fray Álvaro Osorio, autor de esta relación. Hizo camarero del infante a Sancho de Paredes, natural de Cáceres, que había sido camarero de la reina doña Isabel.

Luego que el rey don Felipe con la reina doña Juana su mujer entraron en Castilla, año mil y quinientos y seis, mandó pasar al infante de la casa en que vivía en Arévalo a la fortaleza, porque sentía mucho descontento en el reino por la mudanza de oficios y gobiernos; y si el rey no muriera tan presto, se echara bien de ver.

Y temiéndose ya estas alteraciones, vino el clavero a besar la mano al rey en Valladolid y ver qué mandaba hacer del infante su hijo; y el rey, con deseo de ver a su hijo, le mandó traer a Valladolid. Hízose así, y llegado el infante, le mandó aposentar el rey en las casas del marqués de Astorga, a la corredera de San Pablo, donde estuvo algunos días.

Privaba con el rey don Juan Manuel y érale opuesto Garcilaso de la Vega, y don Juan procuraba echar a Garcilaso fuera del Consejo del rey y gobernación del reino; y para hacerlo con algún color, trató con el rey que el cargo del infante se quitase a Pedro Núñez de Guzmán y se diese a Garcilaso.

Estaban ya hechas las provisiones en esta manera, que a Garcilaso hacían ayo y gobernador del infante y de su casa con quinientos mil maravedís de partido, y a su mujer, aya con docientos; y a tres hijos suyos daban al mayor el oficio de mayordomo mayor, al segundo, maestro sala, y al tercero capellán mayor, cada uno con cien mil de partido; y daban más a Garcilaso la tenencia del alcázar de Madrid, porque tuviese allí al infante, y con esto echaban fuera al clavero y a todos los de su familia que servían al infante.

Estimó Garcilaso esta merced, y acetóla por favorable, especialmente ofreciéndole que se traería luego el príncipe don Carlos para que se criase en estos reinos, y que se le daría cerca de su persona el mismo cargo; porque venido el príncipe, se había de llevar el infante a Flandes.

Pero hacíansele a Garcilaso estas mercedes con condición que residiese en Madrid y que no anduviese en la corte. Esto se le hizo muy duro, y así dijo que estimaba en más servir al rey en su Corte, que todas cuantas otras cosas le podían dar, y con esto no tuvo efecto lo tratado.

Los Guzmanes sintieron la treta, y el obispo don Diego se agraviaba, quejándose con más libertad de que así quisiesen descomponer a su hermano el clavero. Sosegóse todo con no querer Garcilaso acetar lo que le daban.

Mandó el rey que llevasen al infante a Simancas, donde lo aposentaron en las casas de doña María de Luna, que caen sobre el río, y él partió para Burgos, donde estuvo algunos días gastándolos en fiestas y placeres, que tuvieron lo que suelen todos los gozos de esta vida, que fue el fin y muerte triste y temprana de este príncipe.

Luego que el rey murió comenzaron los bullicios, recelos, tratos doblados y desconfianzas en los corazones, aún de los que eran muy deudos, como siempre sucede cuando en un reino falta la cabeza.

Pusiéronse los del Consejo Real, con parecer del arzobispo de Toledo y del condestable de Castilla y otros grandes, en gobernar el reino, porque ya algunos trataban de las armas, pareciéndoles que a río tan revuelto era cierta la ganancia. El conde de Lemos se apoderó de Ponferrada, siendo de la corona real, con intención de tomar a Villafranca, con el marquesado, que decía ser suyo; contra lo cual proveyó el Consejo y se le quitó todo, y quedó en desgracia del Rey Católico.

También la marquesa de Moya, que llamaron la Bobadilla, cercó el alcázar de Segovia, y le tomó por fuerza a don Juan Manuel, a quien el rey Felipe había dado la tenencia, quitándola a la marquesa. Sucedióle bien, porque esta señora lo hizo con gracia y en servicio del rey don Fernando, a quien ella y su marido sirvieron siempre con gran fidelidad; y después de ella muerta dio el rey los alcázares a don Fernando de Bobadilla, mayorazgo de la marquesa.

Viernes a 25 de setiembre que fue la noche en que el rey murió, a la entrada del día siguiente se supo en Valladolid que el rey estaba desahuciado. dio este aviso Rodrigo de la Rúa, un hidalgo de Asturias y teniente de contador mayor por Antonio de Fonseca. Llegó el aviso al obispo de Catania don Diego Ramírez, y al punto lo dijo a fray Álvaro Osorio, maestro del infante, y le envió a Simancas para que avisase al clavero su hermano.

El cual luego se puso en armas y reconoció el lugar, para la defensa del infante, temiéndose prudentemente de lo que podía suceder, y ver desde seguro los pensamientos de los grandes de Castilla dónde tiraban, y resistirles si acaso intentasen alguna sinrazón en la persona del infante.

Mandó cerrar las puertas y reparar los muros; habló con los naturales poniéndoles delante el servicio de la reina y del infante, y halló en ellos toda voluntad.

Aún no había nueva cierta de la muerte del rey y aquella noche se dijo que venían hombres de armas de ciertos grandes con intención de tomar el lugar y apoderarse de la persona del infante. Y así, estuvieron el clavero y los suyos con cuidado y armas toda aquella noche, y a media noche el obispo de Catania envió un capitán con gente armada desde Valladolid a Simancas, para que ayudasen a su hermano. Con tal cuidado pasaron toda la noche, y al amanecer vieron asomar por un camino alto que de Valladolid va a Simancas, por la parte de las atalayas, de dos en dos hasta veinte y cinco de a caballo de la librea del rey Felipe, que eran arqueros de su guarda que venían con don Diego de Guevara y Felipe de Ávila, caballeros criados del rey.

Y como fueron descubiertos, el clavero acudió a la puerta de la villa, con mucha gente armada, pensando ser más la gente de la que parecía. Llegados cerca del muro, hablólos el clavero de lo alto de él, y les preguntó quiénes eran y qué querían. Respondieron que al clavero de Calatrava. El clavero les dijo qué era lo que querían; respondieron que el rey los enviaba con cierto despacho tocante a su servicio, que mandase abrir la puerta y se lo dirían. Respondió el clavero que retirasen la gente, y que entrasen ellos dos, y así se hizo.

Y entrados, se apartaron a una casa de la villa y hablaron con el clavero en secreto, hallándose a la Junta fray Álvaro Osorio, maestro del infante, y Suero del Águila, su caballerizo mayor, que después fue, y los dos caballeros sacaron tres cartas y las dieron al clavero, la una del rey, que se sospechó era fingida, porque según la fecha, estaba tan cercano a la muerte que no era creíble haberla podido firmar. Lo que contenía era, que el rey mandaba al clavero que luego pasase al infante su hijo de la casa en que estaba a la fortaleza que tenía con pleito homenaje un caballero flamenco, porque así convenía a su servicio, y que puesto allí tuviese la guarda que los dos caballeros ordenasen. La segunda carta era del arzobispo de Toledo, don fray Francisco Jiménez, que certificaba ser la carta del rey.

La tercera era de don Pedro Manrique, duque de Nájara, y no contenía más de que el clavero hiciese como buen caballero, pues lo era.

El clavero tuvo por cierta la carta del rey, y se allanó a obedecerla como carta de su rey. Pero en cuanto al cumplimiento y a la manera que se había de tener en ello, quería haber su acuerdo. Respondió así el clavero prudentemente, sin resolverse hasta enterarse de la salud y vida del rey o saber su muerte, si era como se decía. Y aunque a los criados del rey pesó de esta dilación, hubiéronse de sufrir a más no poder; y rogaron y requirieron al clavero, que dejase entrar la gente de guerra que estaba fuera de la villa, pues eran criados del rey y de su guarda. El clavero lo rehusaba; pero húbolo de conceder, pensando que aún vivía el rey. Y así entraron y se aposentaron en la villa y convidó el clavero a los dos caballeros que fuesen a palacio y visitasen al infante y comiesen allí, lo cual se hizo así.

Todos estos cumplimientos hacía el clavero hasta tener nueva cierta de la salud del rey. Toda aquella mañana quiso el infante andar armado, con unas coracillas que tenía, que nunca le pudieron quitar la lanza de las manos, ni hacer dejar las armas, siendo niño de cuatro años.

En el tiempo que esto pasaba en Simancas, el obispo de Catania trataba en Valladolid con la Chancillería, que pues el rey era muerto y la reina no tenía sano el juicio para gobernar, que les tocaba a ellos poner en seguridad al infante, pues eran justicia real; y tanto hizo con ellos, que mandaron dar un pregón en Valladolid que todos saliesen con armas y fuesen a Simancas a acompañar al infante, que querían traer a Valladolid, porque allí estuviese más seguro.

Y aquella mesma tarde fueron los de la Chancillería con el obispo de Catania a Simancas llevando consigo hasta tres mil hombres de a pie y caballo bien armados. Y llegados a la puente de Simancas, el obispo y los oidores entraron en la villa y fueron donde posaba el infante, y el clavero se juntó con ellos. Y los de la villa pidieron a los oidores que la gente de armas de Valladolid no pasase la puente, porque entre Valladolid y Simancas había ciertos debates, pretendiendo Valladolid que Simancas era suya; y temíanse que si los de Valladolid pasaban la puente habría alguna pendencia peligrosa. Los oidores lo mandaron así, poniéndose guardas en la puente, y los de Valladolid estuvieron en el campo de la otra banda del río hasta la noche.

Por otra parte los dos caballeros don Diego de Guevara y Felipe de Ávila hacían sus requerimientos al clavero que cumpliendo el mandamiento del rey Felipe pusiese al infante en la fortaleza y se lo entregase. El clavero se aconsejó con el obispo su hermano y oidores que eran de su parte, y dilataban las respuestas, esperando nueva cierta de la muerte del rey.

Aquel mismo día pasaron por Simancas unos carros, que llevaban muchos confesos presos por herejes que había mandado traer el obispo de Catania, que era teniente de inquisidor general por don fray Diego de Deza, arzobispo de Sevilla; y venían de Toro a Valladolid. Y queriendo ya anochecer llegó nueva cierta de la muerte del rey.

Y luego que el clavero lo supo, llamó a los dos caballeros y les dijo la triste nueva, con la cual se turbaron mucho. Y que pues el rey era muerto, ya su mandamiento no tenía fuerza, si acaso no traían firma de la reina, a la cual él obedecería. Ellos respondieron que no traían firma de la reina y que desistían y se apartaban de aquel negocio, y pidieron licencia y seguridad para quedar aquella noche allí ellos y los archeros que con ellos venían. Dada, el clavero se subió donde el infante estaba y con él el obispo de Catania y el maestro fray Álvaro su primo hermano, y tomaron al infante trayéndolo en brazos el obispo y sacáronlo de la villa y llevaron a Valladolid, acompañándole los oidores y otros caballeros de Valladolid y gente de armas.

Llegando a Valladolid bien de noche, la villa los recibió con gran alegría, y aposentaron al infante en las casas reales de Chancillería, donde estuvo pocos días.

De aquí envió el clavero a fray Álvaro Osorio a Burgos, para que hablase con la reina y diese cuenta de lo que pasaba y se había hecho sobre la entrega del infante. No pudo fray Álvaro despachar nada, ni se le dio audiencia con la reina, porque era grande la falta que de juicio tenía y con la pasión de la muerte del rey le había crecido la melancolía de manera que no se dejaba ver. Y así se volvió fray Álvaro, sin más respuesta de una que ella dio a doña María de Ulloa, condesa de Salinas viuda, que con ella estaba, en que dijo que tenía por bueno todo lo que el clavero había hecho con el infante su hijo.

Otro día después que el infante fue traído a Valladolid, le pasó el clavero de las casas de la Audiencia al colegio de San Pablo, donde fue alegremente recibido, aunque con alguna dificultad, a causa de las mujeres que venían en servicio del infante, que según los estatutos del Colegio no podían entrar.

Llegó este día una cédula del Consejo Real, que estaba en Burgos, para los regidores de Valladolid, en que les encargaba la seguridad y guarda del infante; con la cual cédula tomaron ocasión de ponerse a quitar el infante al clavero, diciendo que pues el Consejo les encomendaba su guarda, habían de estar dentro del Colegio, y lo habían de tener y guardar juntamente con el clavero, y meter gentes de armas de la villa.

El clavero no venía en ello, pareciéndole que ponía en peligro la persona del infante, y que teniendo parte en la villa algunos grandes naturales se alzarían con él. Y porque el negocio se apretaba, el clavero volvió a enviar a su primo fray Álvaro Osorio a Burgos pidiendo al Consejo que proveyese en ello. También envió la villa por su parte a Diego Bernal, su regidor, pidiendo la guarda del infante para la villa. Fray Álvaro pedía por el clavero que no se hiciese agravio y que las cosas estuviesen como estaban.

Alcanzó el fraile lo que quería por ser más justa su demanda, y porque le favorecía en ella mosén Ferrer, caballero aragonés, que el rey don Fernando había dejado por su embajador en la corte del rey su yerno, cuando se partió a Nápoles.

El Consejo dio cédula en que de nuevo encomendaba al clavero la guarda del infante principalmente, y a Valladolid juntamente con él. De manera que el clavero con los criados del infante, y los suyos, guardasen y acompañasen la persona del infante dentro del Colegio, y la villa por defuera con doscientos hombres armados, y que pusiese guardas en las puertas de la villa, y dentro del Colegio no se entremetiesen, y que estuviesen aparejados los regidores y vecinos de la villa para la guarda y servicio del infante, cuando por el clavero fuesen requeridos, y que el clavero tuviese al infante en el Colegio o lo pasase a otra casa si necesario fuese, con consejo y acuerdo de la Chancillería; lo cual todo se hizo así.

Trajo con este despacho de Burgos el maestro fray Álvaro doce monteros de Espinosa, de los que estaban en la guarda de la reina, para guarda de la persona del infante, como en estos reinos se acostumbra de tiempo muy antiguo hacer con las personas reales. Los cuales monteros estuvieron con el infante hasta que el rey don Fernando su abuelo volvió de Nápoles, y entonces el mismo rey los asentó por sus monteros y los acrecentó hasta veinte y seis.

Despachada así por el Consejo esta provisión, el infante estuvo en la guarda del clavero pacíficamente sin que se intentasen otras novedades, hasta que el Rey Católico volvió a gobernar en Castilla. Entonces trajo consigo al infante, aunque la reina su madre lo quería tener; mas el rey no lo consintió, porque como ella no tenía el juicio asentado, no le dejaba salir de unos aposentos, y hacíale comer demasiado, y temióse que con tal desorden perdería el niño la salud y aún la vida. Así lo trajo siempre consigo el rey, amándole tiernamente todo el tiempo que vivió, porque el infante era de linda y graciosa disposición, blanco y colorado, bien proporcionado en el cuerpo, derecho y bien sacado, los cabellos rubios mucho y muy bien puestos, la boca grosezuela, el rostro lleno, las narices cortas y bien hechas, los ojos grandes y hermosos, el semblante agradable, que llevaba las voluntades de todos los que le miraban. Era ingenioso y agudo más de lo que su edad pedía, y junto con la agudeza era tanta su memoria, que a cuantos con él trataban, grandes y pequeños, excedía y sobrepujaba en ella con sus agudezas no livianas, como otros niños, sino de mucho seso y peso. De manera que cuando llegó a la edad de nueve años ya parecía capaz para dar y recibir consejo. Era muy sufrido, sabía disimular, inclinado al campo y monterías. Naturalmente era amigo de justicia y de verdad en tanta manera, que cuando algunas veces jugaba con otros niños, y por el respeto que se le debía querían favorecerle a que ganase contra las reglas del juego, no lo consentía, sino todo por razón y justicia.

No era muy liberal, que en esto y en todas las demás condiciones, y en el gesto y en el andar, era un retrato parecido sobremanera a su abuelo el rey don Fernando; que por eso le amó tanto el rey y tuvo los pensamientos que vemos.

Era demás de esto, amigo de algunas artes de manos, como pintar, esculpir, y sobre todo de fundiciones de metal y hacer tiros de artillería y pólvora y dispararlos. Holgaba de que le leyesen corónicas y contasen hechos de armas. Tenía buena memoria. Era muy osado, que casi de nada había miedo. Y aunque caía o se descalabraba no se quejaba como niño, antes se preciaba de sufrirlo.

Comía demasiado. Holgábase de oír locos, y de ver y tener aves diversas y animales fieros. No era recio de fuerzas, antes delicado. Decía algunos dichos, así siendo niño de cinco hasta nueve años, tan agudos, tan sentidos, tan discretos, que todos se maravillaban, aunque después siendo hombre no tuvo tal opinión.

Esto es lo que el maestro Francisco Álvaro escribe del infante y su niñez; lo demás hasta que salió de España diré en el discurso del libro siguiente: y lo restante de su vida y hechos dirá aquél a quien tocare.

Desafío entre Gaspar Méndez de Salazar y un valiente moro.

Algunos años después que se ganó Orán, estando por general en ella el marqués de Comares, alcaide de los Donceles, venían de ordinario moros valientes a desafiar a los españoles que allí estaban, y probarse con ellos en singulares contiendas de armas. Señaladamente vino un caballero moro, valiente y generoso, que decían ser señor del Caruan, de los más principales de África, a desafiar al marqués o a otro cualquier caballero que quisiese pelear con él, cuerpo a cuerpo y lanza a lanza, con que cada una había de tener dos hierros. El marqués respondió al moro que no era su igual para hacerle aquel desafío; pero que le daría caballero principal que pelease con él. El moro lo acetó, quedando señalado día y campo y padrinos, y lo demás que convenía para su seguridad.

Esto supo Gaspar Méndez de Salazar, vecino de la ciudad de Granada, que hacía en Orán oficio de maestro de campo, y lo hizo años adelante en jornadas del emperador, donde se mostró y ganó nombre de valeroso y valiente caballero. Fue padre de Sancho Méndez de Salazar, que hoy es contador mayor del rey. Y suplicando al marqués le diese esta empresa, se la otorgó.

Vino, pues, el moro al desafío, día señalado, acompañado de muchos moros y alárabes, y de Orán salieron los caballeros que allí había, y demás de ellos la caballería e infantería en orden, para asegurar el campo y acompañar a Gaspar Méndez de Salazar, que a su lado le llevaba el marqués.

Hízose luego plaza de armas cerrada, donde estuvieron de la una parte los españoles y de la otra los africanos, todos puestos a punto de guerra, con mucho concierto y orden.

Por una parte de la plaza de armas entró el moro con gallardo denuedo en su caballo, con lanza de dos hierros y adarga y alfanje ceñido al lado. Por la banda contraria entró Gaspar Méndez de Salazar con las mismas armas con valeroso y bravo denuedo.

Y fueronse acercando el uno al otro con grande ánimo y valentía, porque ambos eran muy diestros y valientes caballeros. Duró gran rato la pelea, y finalmente Gaspar Méndez de Salazar derribó en el suelo al caballero moro muy mal herido. Y saltando del caballo, se puso de pies sobre él, diciendo que se rindiese y le dejaría con vida. El moro respondió que era caballero y que no había de hacer tal vileza; que le cortase la cabeza. Y Gaspar Méndez se la cortó y presentó al marqués con gran contento y regocijo suyo y de los españoles, y tristeza de los moros, que ya sentían el valor de los contrarios y temían la vecindad que con ellos en aquella frontera tenían.

Es Gaspar Méndez de Salazar de linaje de los Chancilleres, de la ciudad de Soria, donde se conservan unas familias nobles y hidalgas de tiempos muy antiguas.

Libro segundo

El marqués de Denia lleva el cuerpo del rey a Granada

Muerto el rey don Fernando, se juntaron en la casa donde falleció, que es de los frailes de Guadalupe, en Madrigalejo, don Fadrique de Toledo, duque de Alba, don Bernardo de Sandoval y Rojas, marqués de Denia, mayordomo mayor, y don Fadrique de Portugal, obispo de Sigüenza, don Juan de Fonseca, obispo de Burgos, Antonio de Fonseca, su hermano, y Juan Velázquez, contadores mayores; el licenciado Zapata, el dotor Caravajal, el licenciado Francisco de Vargas, todos del Consejo Supremo, mosén Cavanillas, capitán de la guarda del rey, el protonotario Clemente Velázquez, ante quien se otorgó el testamento, y otros. Allí fue acordado que el dotor Caravajal y el licenciado Francisco de Vargas fuesen al deán de Lovaina, embajador del príncipe, y le notificasen la muerte del Rey Católico, y le trajesen consigo para que el testamento se abriese y publicase en su presencia y de todos.

Los dos consejeros fueron y anduvieron toda la noche hasta llegar a las ventas ya que amanecía, donde hallaron al embajador que estaba para se partir, por haber ya sabido la muerte del rey. Y el dotor Caravajal le dio larga relación de todo lo pasado de que él quedó contento y alegre.

Y así volvieron los tres a Madrigalejo, donde los perlados y caballeros estaban esperando; y el miércoles, entre nueve y diez de la mañana, se abrió y publicó el testamento en presencia de todos, y el embajador pidió traslado de él, que le fue dado, y lo envió a Flandes con correo proprio al príncipe.

Hecho esto, el marqués de Denia tomó el cuerpo del rey y lo llevó a Granada, acompañándolo muchos caballeros y el alcalde Ronquillo.

Por todo el camino se le hicieron solemnes funerales y recebimientos, y en Córdoba se señalaron el marqués de Priego, don Pedro de Córdoba, y don Diego Hernández de Córdoba, conde de Cabra, y otros caballeros, que cubiertos de luto salieron a pie a recebir el cuerpo con mucha cera encendida, y tomaron el ataúd a hombros y después lo acompañaron hasta Granada, donde fue rescebido y sepultado como tan alto príncipe merecía.

El estado en que se puso Castilla después de la muerte del Rey Católico. -El infante don Fernando pensó quedar por gobernador.

El estado en que quedaban las cosas de España cuando murió el rey don Fernando se habrá entendido por lo dicho, y todo ha sido abrir el camino y hacer el cimiento para lo que queda por decir; porque, a la verdad, la mayor parte ha sido contar historias ajenas, pero necesarias para ésta, y proprias de nuestra patria y dichas con alguna brevedad. Mas aquí adelante, como en propria materia, contaré extensamente las cosas que tocan a Carlos V, príncipe soberano y digno de eterna memoria, pues todas las que sucedieron en su tiempo se deben tener por suyas, y atribuirse a su nombre y a su buena fortuna. Y también ellas fueron tantas y tan señaladas, principalmente las guerras y batallas, que no merecen decirse de priesa, ni con demasiada brevedad, así las que en su mocedad y en los primeros años de su imperio hizo por sus ministros y capitanes, como las que después en su madura edad ejecutó por su propria persona, que fueron muy mayores. Donde la grandeza de la materia y sucesos forzosamente obliga a alargar y levantar el estilo, si bien es verdad que tendrá una falta, pero no por mi culpa, y ésta es, que siendo lo esencial de la historia referir en ella los intentos secretos de los príncipes, los motivos de sus acciones que ellos solos las pueden saber, y el vulgo adivinar, y no los sabiendo, no puedo justificar o condenar el hecho, que es una parte de las que pide la historia: porque ya los príncipes no hacen el caso que deben de sus coronistas, ni dan este oficio a quien le debían dar, para que merezca que el rey le fíe sus pensamientos, y él los guarde y refiera fiel y secretamente. Que como la historia es alma y vida de la memoria, así lo ha de ser el coronista de las acciones reales. Lo que se me puede agradecer es que sin perdonar a gastos ni trabajos y toda diligencia, he procurado papeles originales, cartas y instrucciones firmadas del emperador y otros príncipes, que han enriquecido esta historia, de suerte que con seguridad puedo decir, que las demás que Jovio y otros han escrito, son cortas y poco verdaderas.

Mostrar lo he, aunque cargue la obra y sea algo molesto refiriendo los papeles que digo al pie de la letra, como ellos se despacharon, y otros en relación breve y verdadera.

Comenzando, pues, la historia, digo que luego que el Rey Católico murió, y el marqués de Denia, don Bernardo de Sandoval, su mayordomo mayor, partió con el cuerpo a Granada, los consejeros ya dichos, que quedaron en Madrigalejo, porque los otros con el presidente habían caminado para Sevilla, donde el rey entendía parar, dieron cartas para todos los corregidores, ciudades y villas del reino, prorrogándoles los oficios y mandándoles que los tuviesen en toda paz y sosiego. Y escribieron al cardenal de Toledo cómo, el rey le había dejado por gobernador en estos reinos, entretanto que el príncipe venía o proveía; que era menester que se llegase a Guadalupe, donde todos iban, porque allí se daría orden en la gobernación del reino, y en todas las otras cosas que se debiesen proveer.

El infante don Fernando, no sabiendo la mudanza que se había hecho en el testamento del Rey Católico, y creyendo que él quedaba por gobernador de los reinos, como el Rey Católico lo había años antes dispuesto y ordenado en Burgos, por consejo de algunos que valían con él, escribió a los del Consejo, y a otras personas, poniendo encima El infante, como hacen los reyes con sus súbditos, en que mandaba que fuesen luego a Guadalupe donde él estaba. Y como el secretario que andaba dando las cartas, llegase a dar una a uno del Consejo, y viese puesto encima El infante, parecióle que aquélla era preeminencia debida sólo al rey natural, o príncipe heredero, y que otro ninguno podía usar de ella; y movido con celo de lealtad, dijo al secretario: Decid a Su Alteza, que presto seremos en Guadalupe, donde se hará lo que mandare; pero, «Non habemos Regem nisi Caesarem.» La cual respuesta anduvo muchos días celebrada a manera de refrán, así en España como en Flandes, y parece que tuvo espíritu de profecía, porque después fue el príncipe no sólo rey, mas emperador de romanos.

Gonzalo de Guzmán, comendador mayor de Calatrava. -Diferencias sobre la gobernación del reino. -Concórdanse los gobernadores. -Asiéntase el gobierno de Madrid. -Siéntense los grandes del reino por el gobierno de él. -Valor que tuvo el cardenal Jiménez con los grandes. -Altérase en Llerena don Pedro Portocarrero, que quiere ser maestre. -Don Pedro Girón quiere el ducado de Medinasidonia.

Llegaron a Guadalupe los que estaban en Madrigalejo, y otros muchos que acudieron luego, donde estaban el infante don Fernando, el almirante don Fadrique y el deán de Lovaina, embajador del príncipe; y luego vinieron allí el cardenal de España y el arzobispo de Granada, presidente del Consejo, que iban con él por otro camino a Sevilla a esperar al Rey Católico; y hicieron las obsequias por el rey solemnemente.

Vinieron también los comendadores de Calatrava, que eran llamados para tener capítulo sobre la elección del comendador mayor, por muerte de don Gutierre de Padilla, que había fallecido en Almagro, la cual comenzaron a tratar. Pretendían la encomienda Gonzalo de Guzmán, clavero de Calatrava, ayo del infante; y alegaba que por más antiguo en la Orden se le debía; el otro era Gutierre López de Padilla, vecino de Toledo, que por la muerte de su tío publicaba debérsele; el almirante, que por las diferencias pasadas con Ramiro Núñez de Guzmán, hermano del clavero, no le debía tener buena voluntad, le hacía la contradicción que podía pública y secretamente, de lo cual se quejaba mucho el clavero al embajador del príncipe y al infante y a otros.

Finalmente el embajador del príncipe dijo a los electores que Su Alteza se tendría por servido que eligiesen al clavero mirando a sus servicios y que era ayo de su hermano el infante. Y así, todos, o la mayor parte, se remitieron a lo que el príncipe mandase; el cual consultado, quiso que se le diese a Gonzalo de Guzmán, si bien después no lo agradeció como debiera, así en la ida del infante a Flandes, estando en Aranda, como en las alteraciones que sucedieron en el reino. La clavería se dio a don Diego de Guevara, que estaba en Flandes con el príncipe y había muchos años que saliera de estos reinos, y él y otro hermano suyo habían servido largo tiempo al duque Carlos de Borgoña.

Estando así los gobernadores en Guadalupe, hubo diferencia entre ellos sobre la gobernación, porque Adriano decía que él había de gobernar sólo por el poder que del príncipe tenía dado antes que el Rey Católico muriese; el cardenal alegaba, que por el testamento del Rey Católico debía él gobernar, hasta que informado el príncipe de la muerte de su abuelo y de lo que había ordenado en su testamento, mandase lo que fuese servido; y decíase de su parte, que Adriano no debía gobernar, por ser extranjero, según la cláusula del testamento de la reina y exposición de las leyes del reino; que el poder que presentaba era dado en tiempo que vivía el Rey Católico, a quien por la cláusula del testamento de la reina, su mujer, señora proprietaria de los reinos de Castilla, pertenecía la gobernación hasta ser el príncipe de veinte años. Y así se decía que se informase al príncipe de todo, para que mandase lo que fuese servido, y en el ínterin, que entrambos gobernasen y firmasen juntos, como se hizo.

También hubo duda dónde irían a residir los gobernadores, porque no se conformaban. El cardenal dijo que no iría a lugar que no tuviese entera libertad en la gobernación; y que como por muerte del rey y ausencia del príncipe todo estaba alborotado y dudoso, le parecía que lo más seguro era en su tierra. Y así determinaron de ir a Madrid.

Con esto partieron el infante y los gobernadores para Madrid primero de hebrero de este año de 1516, y vinieron a la Puente del Arzobispo y a Calera, donde tuvieron las carnestolendas; y de allí fueron a Talavera y a Madrid, y posaron en las casas de Perolaso, donde estuvieron más de veinte meses.

Los grandes del reino estaban sentidos de que un fraile, no siendo de su calidad, y un extranjero de la misma suerte, se hubiesen alzado con el gobierno del reino: decían que el Rey Católico no podía sustituir ni poner gobernador, pues él no había sido rey, sino gobernador, después de la muerte de la Reina Católica; y que no gobernando la reina doña Juana, se había de reducir el reino a gobierno, conforme a la ley de la Partida.

Y acordaron que el duque del Infantado y el condestable y el conde de Benavente, preguntasen al cardenal con qué poderes gobernaba aquellos reinos. El cual les respondió, que con el del Rey Católico. Y replicando ellos que el Rey Católico no podía sustituir, los sacó a un antepecho de la casa donde posaba, la cual tenía bien proveída de artillería, y mostrándosela a otros caballeros, mandándola disparar ante ellos, dijo: Con estos poderes que el rey me dio, gobierno yo y gobernaré a España hasta que el príncipe nuestro señor venga a gobernarlos.

No quedaron muy satisfechos con esta respuesta, ni parecía que asomaban las cosas del reino con buen semblante. En Llerena don Pedro Portocarrero había hecho ciertos levantamientos enderezados a ocupar el maestrazgo de Santiago. Contra el cual los del Consejo enviaron al alcalde Villafaña.

En este mismo mes de hebrero, don Pedro Girón, hijo mayor del conde de Ureña, que estaba casado con doña Mencía de Guzmán, hermana de don Enrique de Guzmán, duque de Medina Sidonia, ya difunto, y de don Alonso Pérez de Guzmán, que entonces poseía aquel Estado, juntó a muchas gentes de a pie y de caballo de los vasallos de su padre y del duque de Arcos, con quien tenía amistad y deudo. Y fue sobre la villa de San Lúcar de Barrameda y la cercó para la tomar por fuerza, diciendo que era suya y todo aquel estado, por razón de doña Mencía de Guzmán, su mujer, después de la muerte del duque don Enrique su cuñado. Por cuanto pretendía que el duque don Alonso que lo poseía no había podido suceder a su hermano, por ser nacido del segundo matrimonio, en el cual decía haberle faltado bastante dispensación del deudo que tenía el duque don Juan, su padre de entrambos, con doña Leonor de Guzmán, madre del duque don Alonso, que era su prima hermana. Lo cual ya otra vez en tiempo del Rey Católico había intentado, cuando murió el duque don Enrique su cuñado, cuya hermana de padre y madre era la dicha doña Mencía, su mujer, y se había metido en la ciudad de Medina Sidonia y llamádose duque. Pero fue por mandado del Rey Católico echado de ella.

Y el duque don Alonso, amparado en la posesión, y el duque de Medina, que estaba en Sevilla, envió mucha gente en defensa de la villa por el río de Guadalquivir, contra el cual el cardenal envió a don Antonio de Fonseca, señor de Coca, con la gente de la guarda, o hombres de armas del reino. Mas no fue menester porque don Pedro Girón, después de haber estado en el cerco tres o cuatro días, sin dar combate ni hacer otro daño, se levantó y volvió a la tierra de su padre y despidió la gente de guerra. Pero si bien esto se remedió así, todavía quedaron los de la parte del duque de Medina muy recatados y alterados, y hubo en Sevilla algunos alborotos y desasosiegos entre el duque de Arcos, que era de la opinión de don Pedro Girón, y otros. Sobre esto y otras alteraciones que en el reino se tenían, acordaron los del Consejo de escribir al príncipe, avisándole primero de la muerte del Rey Católico y ofreciéndose a su real servicio.

Carta que escriben los del Consejo al príncipe.

«Muy alto y muy poderoso príncipe nuestro señor. El presidente y los del Consejo de la reina nuestra señora, madre de Vuestra Alteza, consejeros que fuimos del rey don Felipe nuestro señor, de gloriosa memoria, vuestro padre, y del Rey y Reina Católicos abuelos de Vuestra Alteza, besamos vuestros pies y reales manos. Cuanto sentimos el fallecimiento del Rey Católico, tanto damos muchas gracias y loores a nuestro Señor por suceder Vuestra Alteza en estos reinos, para buena gobernación y próspero regimiento de ellos; porque esperamos en Nuestro Señor, que si hasta aquí han sido bien regidos y gobernados, que así lo serán de aquí adelante. Suplicamos humilmente a Vuestra Alteza, pues su venida es tan deseada de todos, y tan necesaria para el bien y sosiego de estos reinos y de los naturales de ellos, súbditos de Vuestra Alteza, tenga por bien de venir a ellos, como lo esperamos, muy presto. Y pues somos criados y servidores muy leales de Vuestra Alteza como lo fuimos de vuestros padres y abuelos, nos tenga por tales para se servir de nosotros. La vida y real estado de Vuestra Alteza guarde N. S. y prospere con acrecentamiento de mayores reinos y señoríos. De Madrid 20 de hebrero 1516.»

Hace el príncipe las honras de su abuelo en la villa de Bruselas. -Aclaman en Gante a Carlos por rey de España. -El Consejo Real pide al príncipe que no se llame rey viviendo su madre.

Luego que el príncipe supo la muerte de su abuelo, mandó hacerle las honras solemnísimamente, con costosas figuras, tablas, arcos, columnas, y letras de grandísima curiosidad. El príncipe fue a las vísperas y misa de ellas, acompañado de todos los embajadores que en su corte estaban, todos cubiertos de luto. Llevaban muchas banderas y estandartes de las armas reales de España y sus reinos. Iban los heraldos, reyes de armas, con las cotas y mazas, con otras varias representaciones de majestad y grandeza.

Dijo la misa don Alonso Manrique, obispo de Badajoz, que después fue arzobispo de Sevilla y cardenal.

Un rey de armas de los que allí estaban se llegó a un caballero de los del Tusón, que tenía el estandarte real de Castilla junto a las gradas del altar mayor, y se lo tomó y subió con él las gradas arriba, y en llegando a lo más alto dellas dijo a grandes voces tres veces: El católico y cristianísimo rey don Fernando es muerto. Y a la postre dio con el estandarte en tierra. Luego desde a poco lo tornó a tomar, y alzándolo dijo a mayores voces: Vivan los católicos reyes doña Juana y don Carlos su hijo. Vivo es el rey, vivo es el rey, vivo es el rey. A este tiempo quitaron al príncipe el capirote de luto y bajaron su estoque de un tablado alto y lo trajeron al obispo, y lo bendijo y llevó al príncipe que cerca del altar estaba en un estrado alto. El cual lo tomó por la empuñadura y alzó el brazo blandiendo el estoque; y diolo luego a Guillelmo de Croy, monsieur de Xevres, y él lo dio al caballerizo mayor Mingoval, que después se llamó Carlos de Lanoy, el cual lo tomó por la punta, y así lo llevó hasta palacio.

Y acabada esta solemnidad salió el príncipe del templo, y acompañado como había venido volvió a su palacio, quitándose todos los capirotes de luto que habían traído, y los reyes de armas diciendo delante a grandes voces: ¡Vivan los católicos reyes doña Juana y don Carlos! Y escribió al Consejo de Castilla una carta que recibieron después de despachada la sobredicha; su data en Bruselas a 14 de hebrero de este año, que decía así:

Carta que escribe el príncipe a los gobernadores y Consejo.

El príncipe.

«Presidente y los del Consejo. Yo he sabido la muerte y fallecimiento del muy alto y muy poderoso Rey Católico, mi señor, que Dios tiene en gloria, de que he habido grandísimo dolor y sentimiento, así por la falta que su real persona hará en la cristiandad, como por la soledad de esos reinos; y también por la utilidad que de su saber, prudencia y gran experiencia se me seguía. Pero pues así ha placido a Nuestro Señor, debemos conformarnos con su voluntad. Por lo cual, y por el grande amor y afición que a los dichos reinos, como es razón, tengo, he acordado y determinado de muy presto los ir a ver y visitar, y con mi presencia los consolar y alegrar y regir y gobernar. Y para con mucha diligencia se haga, he aparejado todo lo que conviene. Agora yo escribo a algunos grandes y perlados, caballeros e ciudades e villas de esos reinos que asistan e favorezcan al reverendísimo cardenal de España y a vosotros para la gobernación y administración de la justicia, como el dicho Rey Católico dejó mandado y ordenado por su testamento, y obedeciendo y cumpliendo en todo vuestras cartas e mandamientos según que se obedecieron y fueron obedecidos y cumplidos en vida de Su Alteza. Mucho os ruego, que de la administración de la justicia y ejecución de ella, con el dicho cardenal tengáis el cuidado y diligencia que de vosotros se espera, en lo cual mucho servicio me haréis. En lo demás el reverendo deán de Lovaina, mi embajador, os hablará; dalde entera fe y creencia. De la villa de Bruselas a 14 días del mes de hebrero de 1516 años.

Yo el príncipe.

Por mandado de Su Alteza. Pedro Jiménez.»

Escribió también el príncipe al cardenal Jiménez:

«Reverendísimo in Cristo Padre, cardenal de España, arzobispo de Toledo, primado de las Españas, chanciller mayor de Castilla, nuestro muy caro y amado amigo. Señor: habemos sabido el fallecimiento del muy alto poderoso Católico rey mi señor, que Dios tiene en su gloria, de que tenemos grandísimo dolor e sentimiento, así por la falta que su real persona hará a nuestra religión cristiana, como por la soledad que esos reinos ternán, e también porque sabíamos la utilidad e acrecentamiento que con su vida y saber grande y experiencia se nos había de seguir. Mas pues ansí ha placido a Dios Nuestro Señor, conformémonos con su querer e voluntad. Particularmente habemos visto y entendido la buena disposición de su testamento, y especial algunos artículos y causas en que muestra bien quién Su Alteza era, y su santa intención y real conciencia. Por donde tenemos esperanza cierta de su salvación, que no es poca consolación para los que sentimos su muerte. Entre las otras cosas bien hechas dignas de estimar, habemos visto una muy singular, que estimamos dejar en nuestra ausencia (en tanto que mandamos proveer la gobernación y administración de la justicia de los reinos de Castilla) encomendada a vuestra persona reverendísima, que para la paz y sosiego de ellos fue santa obra, y por tal la tenemos. Por cierto, reverendísimo señor, aunque Su Alteza no lo hiciera ni ordenara, quedando a nuestra disposición por la noticia cierta y por las relaciones verdaderas que tenemos de vuestra limpieza y santos deseos, no pidiéramos, ni rogáramos, ni escogiéramos otra persona para ello, sabiendo que ansí cumplía al servicio de Dios y nuestro, y al bien y provecho de todos los reinos. Por la cual luego acordamos y determinamos de escribir a algunos grandes perlados y caballeros, ciudades y villas de ellas, rogando y mandando que asistan y favorezcan vuestra reverendísima persona, cumpliendo, y haciendo, y obedeciendo, y haciendo cumplir vuestros mandamientos y del Consejo Real como verán. Muy afetuosamente vos rogamos, que por nuestro descanso y contentamiento, en la administración de la justicia, paz y sosiego de ellos entendáis y trabajéis como siempre lo habéis hecho, en tanto que voy en persona a los visitar, y consolar y regir y gobernar, que será muy presto placiendo a Dios, para lo cual con mucha diligencia se apareja. Y ansimismo vos rogarnos que continuamente nos escribáis y aviséis, dándonos vuestro consejo y parecer. Lo cual recibiremos como de padre, ansí por la obligación que nos quedó de vuestra lealtad e fidelidad, cerca del servicio del serenísimo rey don Felipe nuestro padre, que santa gloria haya, cuando fue a esos reinos, como por el íntimo amor que de vuestra reverendísima persona tenemos, y gran confianza de vuestra bondad. En lo demás el reverendo deán de Lovaina, nuestro embajador, vos hablará largo; dalde entera fe e creencia. De la cual recibiremos de vos muy singular complacencia. Reverendísimo in Cristo Padre, cardenal muy caro y muy amado amigo señor, Dios nuestro Señor todos tiempos os haya en su especial guarda y recomienda. De la villa de Bruselas a 14 de hebrero de 1516.

Yo el Príncipe.

Antonio de Villegas.»

Escribió, demás de esto, a la reina Germana otra carta, diciendo:

«Serenísima, católica reina y señora. La carta de Vuestra Alteza recebimos, y de la muerte del Católico, glorioso rey, mi señor, habemos habido tanto dolor y sentimiento, que estamos con tanta necesidad de consolación como Vuestra Alteza, que no se puede más encarecer: porque quien se ve sin el favor de su real persona, por grandísima pérdida lo debe tener. Mas como sean obras humanas y naturales, y en las tales reyes e príncipes debémonos conformar con la voluntad de Dios. Y lo más afetuosamente que podemos, suplicamos a Vuestra Alteza así lo haga, teniendo por cierto, según nuestra santa fe, que pues tan próspero y bienaventurado fin le tuvo guardado, que se le quiso y escogió para sí y su ánima está en gloria, que no es pequeña causa de gozo y consolación para los que tanta razón tenemos de estar tristes. Habemos visto lo que Su Alteza nos escribió por su última y postrimera carta y lo que ordenó e dispuso cerca de las cosas que a Vuestra Alteza tocan, así para descanso de vuestra real persona, como para el acrecentamiento de vuestro real estado. Y aunque Su Alteza no lo hiciera, ni mandara, era para nos grande obligación haber Vuestra Alteza sido su mujer y nuestra reina e señora y madre, a quien tenemos y siempre ternemos por madre, para la obedecer e servir e hacer todo lo que Su Majestad manda y Vuestra Alteza pide. Lo cual esperamos en Dios que verá e conocerá por obra, cuando a él placiendo seamos en esos reinos, que con su ayuda será muy presto. Para lo cual, entretanto mande Vuestra Alteza escoger en todos esos reinos la ciudad o villa que mejor le pareciere, para la salud de su real persona y donde más a su placer y descanso esté, en la cual será obedecida e tenida y temida como reina señora natural, como lo es. Y demás de esto queremos e deseamos e ansí otra vez y muchas le suplicarnos que se esfuerce y consuele, y que en todo lo que viere no ser causa de su consolación, nos lo mande hacer, que no se pedirá con tanta gana, con cuanta voluntad para ello nos hallará. Serenísima católica reina nuestra señora, Dios Nuestro Señor, su muy real persona alegre y consuele: el real estado prospere. De la villa de Bruselas a 11 de hebrero de 1516 años, su obediente hijo, que sus reales manos besa.

El Príncipe.

Gonzalo de Segovia. Secretario.»

Al infante don Fernando su hermano escribió otra en que decía:

«Ilustrísimo infante don Fernando, nuestro muy caro y muy amado hermano. De la muerte e fallecimiento del muy alto, poderoso, Católico rey mi señor abuelo, que Dios tiene en su gloria, Nos habemos habido muy gran dolor e sentimiento, ansí por la falta que su real persona ha hecho en todo el mundo, como por la soledad y tristeza que en estos reinos deja. Mas pues ha placido a Dios Nuestro Señor y es cosa natural, debémonos conformar con su voluntad, teniendo por cierto que, según el tiempo en que le llamó y el bienaventurado fin que le tuvo guardado, le quiso para sí; e que está en camino de salvación, que es grandísima consolación para los que le perdimos y con tanta razón estamos tristes. Por ende, ilustrísimo y muy amado hermano, muy afetuosamente vos ruego que ansí hagáis vos, que vos alegréis y consoléis. Y para vuestro bien y acrecentamiento de vuestra ilustrísima persona, en mí tenéis verdadero hermano y padre, como veréis en lo que la obra y experiencia demostrará. Conviene no mucho alargar mi jornada, y también porque, placiendo a Dios, esperamos que nos veremos muy presto, para lo cual y para poner en obra nuestro camino con gran diligencia, mandamos aderezar y aparejar: a él plega de nos llevar en salvamento y que podamos cumplir tan justo deseo. Entretanto continuamente nos escribid y faced saber de vuestra salud y disposición que nos haréis placer. Y a lo que de nuestra parte el deán de Lovaina, nuestro embajador, vos dirá, dalde entera fe y creencia. Ilustrísimo infante, nuestro muy caro y muy amado hermano, Dios Nuestro Señor os guarde y tenga en su especial encomienda. De la villa de Bruselas a 15 de hebrero de 1516.»

A la carta que el príncipe escribió al cardenal y Consejo, respondieron los del Consejo en la manera siguiente:

«Muy alto y poderoso príncipe nuestro señor. Recibimos la carta que Vuestra Alteza nos mandó escribir, la cual nos dio el reverendísimo cardenal de España, y ella y todo lo que Vuestra Alteza manda proveer es tal, cual de la providencia divina y mano real de Vuestra Alteza lo esperábamos. A Nuestro Señor sean dadas muchas gracias por no desamparar las Españas, y nos dar justo príncipe por señor y caudillo de ellas. Y a Vuestra Alteza besamos los pies y reales manos por la merced que a todos hizo con tan graciosa carta, que fue mucho descanso para el dolor y sentimiento que teníamos. Parecíanos entre las otras cosas dignas de loor, notar mucho el sentimiento que Vuestra Alteza por la real persona del Rey Católico, vuestro abuelo, muestra, y el conocimiento de sus virtudes e íntimo amor que tenía para con Vuestra Alteza, cuyo galardón es el que Nuestro Señor promete a los hijos obedientes. A él plega de lo cumplir en Vuestra Alteza y le dar muy largos y muy prósperos días de vida, como deseamos. Vino la carta de Vuestra Alteza a tan buen tiempo para la paz y sosiego de estos reinos, que mejor ni más oportunamente pudiera venir. Porque luego que nuestro Señor llevó para sí al Rey Católico, el conde de Ureña y su hijo don Pedro Girón, y otros sus valedores y vasallos de Vuestra Alteza se juntaron con mucha gente de a pie y de a caballo y alborotaron la provincia de Andalucía, y hicieron muchos daños y escándalos, y tomaron y dieron causa de que se ocupasen los derechos reales. Y lo que más gravemente es de sentir, y que no se puede decir sin dolor ni sentimiento, que pusieron lengua fea y atroz en el Rey Católico vuestro abuelo. Y esto es de creer que hicieron porque no les dio en su vida vuestra sucesión, y los tenía enfrenados, no dándoles lugar que hiciesen éstas y otras cosas, para acrecentar sus casas y estados en mucho perjuicio y daño grave de la corona real de estos reinos, y bien común de la cosa pública de ellos. Las dichas turbaciones y escándalos, hicieron el dicho conde de Ureña y su hijo don Pedro Girón, y los otros sus secuaces y valedores, publicando el servicio de Vuestra Alteza, porque con este color y falsa disimulación de justicia pudiesen mejor engañar y poner en ejecución sus malos propósitos. Los cuales prosiguieron haciendo lo último de potencia. Porque crea Vuestra Alteza que si Dios no lo atajara, y la mano poderosa de Vuestra Alteza con el buen consejo del reverendísimo cardenal y el muy reverendo embajador, y con la buena industria que acá se tuvo, estaban los hechos de tal manera en aquella provincia, y de todo el reino, en disposición muy peligrosa y casi en total perdición. Éstos son, muy poderoso señor, los servicios que algunos de estos reinos dan a entender que hacen a Vuestra Alteza. ¿Qué servicio puede ser del que por su autoridad, y en menosprecio de la real, quiebra la paz y perturba la justicia de vuestros reinos, y toma la hacienda de Vuestra Alteza y es causa de robos y daños en el reino, mayormente en tal tiempo? Crea Vuestra Alteza obras y no palabras, las cuales han de dar testimonio verdadero de los que son fieles y verdaderos servidores o no lo son. Ésta es la astucia que los malos en estos reinos han tenido y tienen de ser quejosos del que de presente reina, y procurar amistad con el que ha de venir, por poner discordia para más libremente tiranizar el reino, que cuando no pueden hallar contradición y deposición de reyes de presente, buscan los de futuro. Tenga Vuestra Alteza por muy cierto que de lo que hasta aquí han usado ellos y otros con el Rey Católico, y los otros reyes vuestros progenitores de la gloriosa memoria, que aquello procurarán con Vuestra Alteza si no son castigados, porque como los buenos y fieles tienen maña para la buena gobernación de estos reinos, así los no tales tienen aprendidas y sabidas otras formas y maneras so color de bien, para poner escándalos y divisiones. Por tanto, muy poderoso señor, si Vuestra Alteza quiere bien y pacíficamente gobernar estos reinos como lo esperamos, conviene que lo pasado después que vuestro abuelo falleció, se castigue, según la gravedad del hecho, y no se disimule ni remita, pues se cometió en menosprecio de vuestra real justicia. Y así en este vuestro Real Consejo se procederá contra los culpantes conforme a las leyes del reino, y se envía para los castigar al dotor Cornejo, alcalde de vuestra casa y corte, acompañado como conviene, para que a ellos sea castigo e a otros ejemplo, para que cuando bienaventuradamente Vuestra Alteza venga a estos reinos, lo cual suplicamos sea bien presto, los halle muy pacíficos e todo bien regido e gobernado, como conviene al real servicio de Vuestra Alteza. Habemos entendido que algunas personas, por buen celo del servicio de Vuestra Alteza, le incitan que se intitule luego rey. Lo cual como artículo muy principal se ha praticado en vuestro Real Consejo con el cardenal de España y el muy reverendo deán de Lovaina, Adriano, vuestro embajador, y continuando la fidelidad que a Vuestra Alteza debemos, y lo que consejeros de tan alto príncipe deben amonestar, que es temor de Dios y verdad con todo acatamiento hablando, nos pareció que no lo debía Vuestra Alteza hacer, ni convenía que se hiciese para lo de Dios y para lo del mundo, porque teniendo como Vuestra Alteza tiene tan pacíficamente sin contradición estos reinos, que en efeto desde luego libremente son vuestros para mandar en ellos alto y bajo, y como Vuestra Alteza fuere servido, no hay necesidad en vida de la reina nuestra señora, vuestra madre, de se intitular rey, pues lo es. Porque aquello sería disminuir el honor y reverencia que se debe por ley divina y humana a la reina nuestra señora, vuestra madre, y venir sin fruto ni efeto ninguno contra el mandamiento de Dios, que os ha de prosperar y guardar para reinar por muchos y largos años. Y porque por el fallecimiento del Rey Católico, Vuestra Alteza no ha adquirido más derecho cuanto a esto que tenía antes, pues estos reinos no eran suyos. Y aun parece que el intitularse desde luego Vuestra Alteza rey, podría traer inconvenientes y ser muy dañoso para lo que conviene al servicio de Vuestra Alteza, oponiendo como opone contra sí el título de la reina nuestra señora, de que se podría seguir división, y siendo como todo es una parte, hacerse dos: donde los que mal quisiesen vivir en estos reinos, y les pesase de la paz y unión, tomarían ocasión so color de fidelidad de servir unos a Vuestra Alteza y otros a la muy poderosa reina vuestra madre, como se tiene por experiencia cierta de tiempos pasados, y agora lo ponían por obra el conde de Ureña y don Pedro Girón, su hijo, y sus valedores. Los cuales por esta vía con autoridad real consiguieran el fin que deseaban, que hasta aquí no han podido obtener. Y no se halla en España que los reyes de ella pudiesen tener verdadera contradición, sino con oposición de otro rey. Por donde parece, que pues la reina nuestra señora no puede, ni ha de hacer contradición a Vuestra Alteza en sus días, ni después, que Vuestra Alteza no se la debe hacer en título que tiene, siendo como es desnudo de administración, y también el derecho ayuda para que se pueda hacer, pues Su Alteza no nació impedida del todo. Y lo que algunos quieren decir que el hijo del rey se puede llamar rey en vida de su padre, es por sutileza del derecho, y por una manera de hablar desnuda, que no quita ni trae el derecho del padre. Lo cual no se usa en estos reinos, ni lo sufren las leyes de ellos, y entiéndese cuando con el nombre no concurre tener el hijo el ejercicio de la administración. Pero teniendo Vuestra Alteza ésta como la tiene libremente, sería quitar el hijo al padre en vida el honor. Y si alguna vez se ve en España haberse hecho sin justa causa, fue por usurpación o de voluntad del padre. Y a Vuestra Alteza hánse de traer los buenos ejemplos y no los malos, de que se ofende Dios. Y así hallamos que los hijos que aquello hicieron, reinaron poco y con trabajo y contradición. Tenga Vuestra Alteza bienaventuradamente en vida de la muy poderosa reina nuestra señora, vuestra madre, la gobernación y libre disposición y administración de estos reinos, que ella no puede ejercer, ayudándola, que con verdad se puede decir reinar, pues todo plenamente es de Vuestra Alteza. Y por el temor de Dios y honor que hijo debe a su madre, haya por bien dejarle el título enteramente, pues su honor es de Vuestra Alteza para que después de sus días, por muy largos tiempos gloriosamente goce Vuestra Alteza de todo. Y suplicamos a Vuestra Alteza no mire nuestro atrevimiento, mas al celo que tenemos a su servicio, el cual es el que debe ser y el que tuvimos a vuestros padres y abuelos y al bien público de estos reinos. La vida y muy alto estado de Vuestra Alteza guarde nuestro Señor, y prospere largos tiempos, con acrecentamiento de mayores reinos y señoríos como por Vuestra Alteza es deseado. De Madrid 4 de marzo de 1516 años.»

Muda oficios el cardenal en la casa real. -Incurre en odio de muchos. -Tratan que el príncipe se llame rey. -Consejo que Carlos tenía consigo. -Escribe el príncipe a Castilla, que conviene llamarle rey.

Luego que el cardenal comenzó su gobierno, entre otras cosas que hizo, quitó en la casa real muchos oficios que algunos tenían del rey, y a otros los salarios, y a algunos caballeros las rentas, incorporándolas en la corona real, diciendo que así cumplía a su servicio. Y tenía tales modos y maneras tan resolutas, que por ser tan determinadas murmuraban de él largamente; y como les aprovechaba poco, fueronse de la Corte mal contentos, y otros muchos caballeros pretendientes, llenos de ambición, acudieron a Flandes, donde el príncipe estaba, para dársele a conocer y ganarle.

Unos adulaban a él y a sus privados; otros le dieron ricas cosas, y algunos, bajamente, con daño de sus vecinos, con mentiras y parlerías les servían de lisonjeros.

Los más de éstos persuadían que el príncipe se llamase rey, y que tomase el gobierno de los reinos, pues la reina doña Juana, por falta de salud y juicio, se podía tener por muerta.

El emperador Maximiliano estuvo muy resuelto en ello, y escribió a Guillelmo de Croy, monsieur de Xevres, que diese orden como el príncipe se llamase rey; que convenía a su autoridad y reputación. Y en 20 de abril de este año, escribió a su nieto, llamándole rey de Castilla y de León.

Tenía el príncipe en Flandes Consejo de veinte y cuatro caballeros: seis españoles; seis flamencos; los otros de otras naciones. Y éstos fueron del mismo parecer, porque los que más ambición tenían y se hallaban cerca del príncipe, deseaban verle más poderoso. Y por autorizarlo escribieron al Papa y a los cardenales, para que así lo aconsejasen al príncipe.

Y con esto se escribieron cartas en nombre del príncipe a las Chancillerías y ciudades de estos reinos, diciendo que por algunas causas necesarias y que cumplían al servicio de Dios, y de la muy alta y muy poderosa católica reina su madre, y por el suyo, y por algunos óptimos fines, especialmente por la sustentación, conservación, amparo y defensa de los otros sus reinos y señoríos, en que ambos sucedían, estaba determinado y persuadido por el Santo Padre y por la majestad del Emperador su abuelo y por otras justas exhortaciones de varones excelentes, prudentes y sabios, y aun por algunas provincias y señoríos de la dicha su sucesión, y porque algunos no tomaban bien el acrecentamiento que de ella se le seguía, convenía que juntamente con la Católica reina su madre tomase nombre y título de rey: y que así se había hecho sin hacer otra innovación, que tal era su determinada voluntad, y que acordándose así, lo hacía saber, no por otra cosa sino porque sabía que habrían de ello placer, y para que supiesen las causas y razones y las necesidades que había, sobre lo cual el reverendísimo cardenal y su embajador, o cualquier de ellos, les hablarían y escribirían.

Y en esta forma se escribió a los gobernadores, dándoles a entender que si bien le pesaba de se llamar rey, pero que no podía hacer otra cosa, así por su autoridad como por el provecho del reino y para la reputación fuera de él. Por tanto que les encargaba que ellos por acá procurasen que fuese alzado por rey.

El cardenal lo comunicó con los del Consejo, y se consultó apretadamente. Y en fin, visto que habían descargado sus conciencias escribiendo al príncipe su parecer, y que no embargante aquello se determinaba en lo contrario.

Junta en Madrid, si sería bien que el príncipe se llame rey. -Parecer del dotor Caravajal. -Palabras formales de la consulta de cámara.

El cardenal fray Francisco Jiménez y el embajador Adriano, que posaban juntos en Madrid, en las casas de don Pedro Laso de Castilla, hicieron juntar allí los grandes y perlados que a la sazón se hallaron en la Corte, que fueron el almirante don Fadrique Enríquez, y don Fadrique de Toledo, duque de Alba y don Diego Pacheco, duque de Escalona y don Bernardo de Sandoval y Rojas, marqués de Denia; y los obispos de Burgos, Sigüenza y Ávila y otros. Juntos mandaron al dotor Caravajal, oidor del Consejo de Cámara, que hiciese relación de aquel caso, y dijese lo que le parecía; y en sustancia dijo, mostrando por muchas razones, cuánto cumplía a la autoridad del rey y bien del reino que Su Alteza se llamase e intitulase rey; en especial que ya la cosa no estaba en términos para poder dejar de llamarse así, habiéndoselo llamado el Papa y los cardenales, y el emperador su abuelo y los otros potentados de la cristiandad, y habiéndose él intitulado rey, que si no se lo hubiera llamado no tenía tanto inconveniente no se lo llamar cuanto después de habérselo llamado tornar atrás, de que se siguiría gran desautoridad y aun infamia a su persona real de los juicios que de tal mudanza el pueblo podría decir, y mucho mayor inconveniente se siguiría cuanto esto era aprobado y hecho por sus súbditos. Y que si en tomar el dicho título había algún defeto, de todo había sido Su Alteza informado plenariamente, y los del Consejo y otros le habían dicho su parecer, que como leales súbditos y vasallos debían hacer, pues no eran más obligados. Y pues que habiéndole consultado sobre la consulta veían ser ésta su determinada voluntad de se llamar rey, no habían de resistir más llamarle rey y obedecerle, pues era a todos notoria la indisposición de la reina doña Juana para gobernar. Y que no era nuevo reinar el hijo con la madre o padre, o con el hermano juntamente, porque se hallaba, entre otros muchos ejemplos, Elena emperatriz haber reinado juntamente con Constantino su hijo dos años, aunque después él la echó del reino, y ella le tornó a echar a él y le hizo sacar los ojos.

Y que esto no sólo había pasado en los reinos estraños de que tenían otros muchos ejemplos, que dejaba de decir por evitar prolijidad, mas en nuestra España había acontecido muchas veces, porque Sisnando, rey godo, tuvo por hijo a Recisvindo, que reinó en España juntamente con su padre, y don Bermudo reinó con don Alonso el Casto, su sobrino, cuatro años y medio: y don Alonso el sexto reinó seis años en León, viviendo su madre la reina doña Sancha; y don Alonso el séptimo, hijo del conde don Ramón, reinó juntamente con su madre doña Urraca, reina proprietaria de Castilla y de León; don Hernando el Santo, que ganó Sevilla, viviendo su madre doña Berenguela, fue alzado en Valladolid por rey, y reinó juntamente con ella hartos años; y otros muchos reyes de los antiguos reinaron de esta manera. De lo cual parece no ser nuevo que el hijo reine y gobierne en vida de sus padres.

Y que esto se hallaba haber pasado en tiempos antiguos por una de cuatro causas: La primera, por usurpación, como aconteció a don García, que quitó el reino a su padre don Alonso el Magno, el cual murió dentro de tres años; y don Froyla, su hermano, que después de don García reinó, no vivió sino un año y dos meses, porque ayudó al hermano contra el padre; y don Sancho el cuarto, que se alzó con el reino, quitándolo a su padre y sobrinos, vivió poco. Y esta manera de usurpación no se ha de traer a consecuencia, por ser ilícita y reprobada, porque solamente se dice para efeto de contar lo pasado, y para que no se traiga en consecuencia en los tiempos por venir. La segunda es por consentimiento del padre o de la madre o de aquél cuyo es el reino; y esto es permiso y razonable, como se prueba en los cinco ejemplos. La tercera manera es por consentimiento del reino; llamadas Cortes, como parece en el último ejemplo, concurriendo causa razonable. La cuarta es por defeto del que rige, como parece en el penúltimo ejemplo, aunque algunos quieren decir que son en tal caso menester Cortes. Lo cual no trae inconveniente que así se haga, y que se llamen para mayor seguridad o cautela, como es dicho en la tercera manera, no embargante que entre tanto parece que es menos inconveniente llamarse rey y gobernar, que tornar atrás desgraduándose de la dignidad a que por autoridad apostólica había sido llamado, pues a Su Santidad y a la Santa Sede Apostólica, entre los que no conocen superior, pertenecen semejantes materias; y la determinación de ellas, en especial donde se trata de perjuicio de la república, de que se espera en los súbditos daño por defeto del príncipe.

Donde claro se concluye que lo que se ha propuesto no es nuevo, mas muy antiguo y usado en estos reinos en semejantes casos, y asaz tolerable considerada la calidad y circunstancia del tiempo y estado de los negocios presentes.

No se conforman todos con el parecer del dotor Caravajal. -Alzan pendones en Madrid por don Carlos.

Luego que el dotor Caravajal hubo acabado su plática, los que allí estaban se dividieron, porque al almirante y duque de Alba no les pareció bien que se intitulase rey viviendo la reina doña Juana su madre, y que bastaba ser gobernador, como había quedado por el testamento del Rey Católico. El marqués de Villena dijo, que pues el rey no demandaba consejo, que él no se lo daba, que fue manera de evasión. Otros caballeros se llegaron a la opinión del cardenal.

Y estando diversos los que allí estaban en sus pareceres, el cardenal casi enojado dijo, que no se había de hacer otra cosa, ni él lo consintiría, y que cuando se determinase de quitalle el título de rey que había tomado, se determinaría a no lo obedecer ni jamás le tener por rey.

Y resueltos de esta manera el cardenal y el embajador, hicieron llamar al corregidor de Madrid, que se llamaba don Pedro Correa, y mandáronle que luego hiciese alzar pendones por el rey, diciendo «Real, Real, Real, por el rey don Carlos nuestro señor.» El cual acto fue hecho en la villa de Madrid, en este año de mil y quinientos y diez y seis, y se despacharon las cartas que dije a las chancillerías, ciudades y villas del reino y a los grandes que estaban ausentes, para que así lo tuviesen y guardasen en esta manera.

Mándase en el reino que le llamen rey. -Dase la precedencia a la reina doña Juana. -Título y cabeza de las provisiones reales.

«El muy alto y muy poderoso rey Carlos, nuestro señor, ha sido aconsejado, y persuadido por nuestro muy Santo Padre, y por el Emperador su abuelo y por los otros reyes y potentados de la cristiandad, que debía él solo de llamarse e intitularse rey, como hijo primogénito sucesor, así de estos reinos como de todos los otros que son de su sucesión, pues lo podía hacer. Y que por esta vía parecía que podría mejor regirlos y gobernarlos. Y puesto que la instancia que sobre esto le ha sido hecha ha sido con mucha importunación, y le han sido representados muchos inconvenientes que de no lo hacer se le podían seguir. Pero Su Alteza, mirando más a lo de Dios, y al honor y reverencia que debe a la muy alta y muy poderosa la reina doña Juana, nuestra señora, su madre, que al suyo proprio, no ha querido ni quiere acetarlo sino juntamente con ella, y anteponiéndola en el título y en todas las otras cosas e insignias reales, pagando la deuda que como obediente hijo debe a su madre, porque merezca haber su bendición y de los otros sus primogenitores. Movido a esto sólo por servicio de Dios y bien público, y por la autoridad y reputación tan necesaria a estos reinos y a todos los otros de su sucesión, y también para ayudar a la reina nuestra señora, su madre, a llevar la carga y trabajo de la gobernación y administración de la justicia en ellos y por otras muchas justas y razonables causas, quiere, y le place, de se juntar con Su Alteza y tomar la solicitud de la gobernación. Y en nombre de Dios Todopoderoso, y del Apóstol Santiago, guardador de los reyes de España, se intitula y llama e intitulará rey de Castilla y de los otros reinos de su sucesión, juntamente con la muy alta y muy poderosa señora la reina nuestra señora, su madre, todavía dando la precedencia y honra en el título y en todas esotras insignias y preeminencias reales, como dicho es, con intención y propósito de la obedecer y acatar en todo como a madre e reina e señora natural de estos reinos. Sobre lo cual os escribe Su Alteza remetiendo la creencia a lo que de su parte os diremos, como por su carta veréis. Y así, por virtud de la dicha ordenanza os hacemos saber, certificándoos asimismo, que por el amor que tiene a estos reinos y por el beneficio de ellos, tomará trabajo en acelerar su partida para venir muy presto a ellos.»

Y junto con esta carta se les envió el orden que habían de guardar en las provisiones y despachos que de allí adelante se librasen y expediesen, que habían de decir:

«Doña Juana y don Carlos su hijo, reina y rey de Castilla, de León, de Aragón, de las dos Sicilias, de Jerusalén, de Navarra, de Granada, de Toledo, de Valencia, de Galicia, de Mallorca, de Sevilla, de Cerdeña, de Córdoba, de Córcega, de Murcia, de Jaén, de los Algarbes, de Algecira, de Gibraltar, de las islas de Canaria, de las Islas, Indias y Tierra Firme del mar Océano, condes de Barcelona, señores de Vizcaya y de Molina, duques de Atenas y Neopatria, condes de Ruisellón y de Cerdaña, marqueses de Oristán y de Gociano, archiduques de Austria, duques de Borgoña y de Brabante, condes de Flandes y de Tirol, etc.»

Y que el escribano dijese:

«Yo Fulano, escribano de cámara de la audiencia de la reina, y del rey su hijo, nuestros señores, la fice escribir, etc.»

Despachóse en Madrid a 13 de abril 1516.

Cumplióse esto así en todo el reino sin contradición alguna, hasta que adelante venido el rey, en las Cortes que tuvieron en Valladolid año de 1518, fue jurado por rey de España.

Sienten mal en el reino que el príncipe se llame rey. -Sentimiento del infante don Fernando. -Lo que dijo un ermitaño -o demonio- al infante.

Si bien todos los del reino se allanaron en esto, no lo estaban en los corazones, unos por la afición que tenían al Rey Católico, que deseó mucho que sucediese en España el infante don Fernando, y otros por el amor de la patria, que tenían por muy duro recibir por rey un príncipe ni nacido ni criado en estos reinos ni visto en ellos otros por otros particulares intereses, que ninguna cosa se hace en esta vida que no se funde en ellos. Fue gran misericordia de Dios la que usó con estos reinos, que si algunos grandes quisieran alterarlos, sin duda pusieran en gran peligro las cosas, y el príncipe don Carlos con mucha dificultad se sentara en la silla real. También el infante don Fernando, aunque de poca edad, tenía sus sentimientos y altos pensamientos, que la persuasión de muchos que le deseaban rey, y el ver que le habían quitado la gobernación y otras cosas que el Rey Católico le dejaba en su primer testamento, le levantaron muy altas imaginaciones, tanto que le dieron unas muy malas cuartanas de pura melancolía, y por divertirse algo salía de ordinario a caza.

Y estando de esta manera en Madrid, a ocho de junio de mil y quinientos y diez y seis años, andando por el monte del Pardo en busca de la caza, salió a él un ermitaño de extraña figura y hábito, representando gran santidad y vida muy penitente, y le dijo: Que había de ser rey de Castilla y que no dudase ni se apartase de esta pretensión, porque aquélla era la voluntad de Dios.

Con esto se metió por el monte sin verlo más. Nunca se pudo saber quién fuese este ermitaño, que debió de ser algún demonio que quería alterar el reino.

Los criados también inquietaban al inocente infante, y tan al descubierto, que fue necesario quitárselos y mudarle casa como se dirá.

Aconsejan a la reina que no permita que su hijo se llame rey. -El marqués de Denia tuvo cargo de la reina por la confianza grande que de él se tenía.

Demás de esto acudían a la reina doña Juana diciendo mil cosas, poniendo en ella toda la mala voluntad que podían, haciendo pésimos oficios al príncipe don Carlos, y particularmente en esto de quererse hacer rey de España viviendo ella; y labraron tanto las murmuraciones, que aunque ella estaba falta de juicio, se le asentó en él algo de lo que los malsines dijeron y llevaba impacientemente que llamasen rey a don Carlos.

Y sucedió que cuando el rey don Carlos su hijo vino a estos reinos, que fue año de 1518, un montero de los de su guarda le dijo: Señora, el rey, don Carlos, vuestro hijo y nuestro señor, es venido. Ella se enojó mucho con el montero, diciendo: Yo sola soy la reina, que mi hijo Carlos no es más que príncipe. Y así, preguntaba por él siempre llamándole príncipe, y nunca quiso llamarle rey.

Y por temerse el rey don Carlos de los malos terceros que había con su madre, procuró que en su servicio estuviesen siempre caballeros llanos y de conocida y antigua fidelidad, y cuando en el año de mil y quinientos y diez y nueve hubo de partir de España en demanda del Imperio, la dejó en guarda y encomienda de don Bernardo de Sandoval y Rojas, marqués de Denia, y de don Hernando de Tovar, señor de la tierra de la Reina, cuyos pasados sirvieron a los reyes ha más de trescientos años con suma lealtad, y estos caballeros al rey y a la reina hasta que la sepultaron en Tordesillas.

Alteraciones en Sicilia. -Cabezas de la sedición siciliana. -Leales que se levantan en servicio del rey. -Hecho valeroso de los caballeros leales.

Al tiempo que el rey don Fernando murió en España, un caballero que había por nombre don Hugo de Moncada, era virrey de Sicilia; y como dudase si vacaba su oficio por ser muerto el príncipe que se lo había dado, que fue el Rey Católico, declararon los de la gran Corte que entretanto que el príncipe nuevo proveía otra cosa, él podía jurídicamente administrar su oficio de justicia. En este consejo y parecer que tuvo la gran Corte, no se hallaron el conde de Camarata, ni el conde de Golisano, los cuales por sí y por otros malos terceros indignaron y conmovieron con mucho secreto al pueblo contra el virrey. Los cuales después que vieron que el pueblo quedaba ya alterado, salieron de Palermo; porque el fin de ellos era revolver toda la república, para tener efeto la traición que tenían pensada. A la hora que los condes salieron de Palermo, se levantó todo el común haciendo muy grande alboroto; y cercaron la casa de don Hugo, el que posaba en la Real. Y como el alcázar esté junto a la marina, visto que le tenían cercado para le matar o prender, tomó de presto un batel, y entrándose en una nao se fue a Mecina; por manera que quiso más salvarse por la mar que no defenderse por tierra.

Aquellos sediciosos y alborotadores, viendo que en casa del virrey don Hugo no había resistencia, entraron en palacio, y saqueáronle toda la ropa, y soltaron los presos. Y el inquisidor, que se llamaba Cervera, de nación aragonés, embarcóse y salvóse también por el agua; de manera que aquéllos de Palermo se mostraron infieles con Dios, y con su príncipe traidores.

En el tiempo que esto pasaba en Sicilia, estaba el príncipe don Carlos en Flandes, y sabido por él este alboroto, proveyó de virrey para aquel reino al conde de Monteleón, caballero de mucha autoridad y opinión.

Es muy antigua costumbre en la ciudad de Palermo, que las vísperas y día de Santa María vayan todos los de la gran Corte, juntamente con el virrey, a celebrar la fiesta en la iglesia de San Jacobo de la Majara, y a esta hora estaban cuarenta hombres armados y escondidos en aquella iglesia con intención de matar los de la gran Corte; y en San Augustín estaba otro hombre para tañer la campana, que era seña para que en aquella hora se alborotase el pueblo. El virrey fue de esto avisado, aunque tarde, y no fue a vísperas y envió a San Augustín y hallaron allí al que quería tañer la campana.

Y Gerardo de Bononia, maestro que era racional del reino, fue voto que todos se armasen y ahorcasen al que quería tañer la campana y degollasen a los que estaban armados en la iglesia; mas el virrey ni lo quiso oír, ni lo osó emprender.

Muncho erró el virrey en no tomar el consejo del maestro racional, porque si al principio él matara aquella pequeña centella, no se abrasara, como se abrasó, toda la isla. Acabadas, pues, las vísperas, fueronse los cuarenta hombres que estaban armados a la Iglesia mayor, y mataron delante del altar mayor a un ciudadano viejo y honrado que había nombre micer Gagio; y de allí fueron por las calles gritando, y ellos y otros muchos que con ellos se juntaron fueron a palacio y mataron allí a Juan Tomás Paternion y saquearon la casa y prendieron al virrey y lleváronle preso al palacio antiguo de San Pedro y quitáronle la espada; y si no fuera tan recién venido le quitaran la vida.

Gerardo de Bononia escapóseles aquel día; pero de ahí a tres, por el rastro de su mujer, que le iba a ver a una casa donde estaba escondido, fue descubierto y luego le sacaron de allí y le llevaron por toda la ciudad arrastrándole y lastimándole con grandes golpes y injuriándole con muy feas palabras. Y al fin no se acordando que era natural de su reino y que era cristiano, le quemaron vivo en la plaza.

El dotor don Fernando de Guevara, hermano de fray Antonio de Guevara, obispo de Mondoñedo y coronista del emperador, juez de la gran Corte, tuvo dicha que saquearon su ropa, pero no pudieron haber su persona, y de ahí a pocos días se embarcó en una nao vizcaína y se vino a España.

Cuando aquella furia popular andaba tan rabiosa y suelta, saquearon muchas haciendas, derribaron casas y mataron muchas personas, y hacían esto más por robar y vengarse de sus enemigos que no por remediar la república. Siete días después que pasó este alboroto, determinaron soltar al virrey, porque les pareció que era hombre tan manso, que no sacaban provecho de tenerle preso, ni de soltarle podían haberle miedo.

Fueron cabezas y inventores de esta sedición Juan Lucas, Scorchalupe, Cristóforo de Venerto, Francisco Baresi, Baltasar Septino, Jacobo de la Prosa, Jacobo de Gergente, Andrea Scarfelita y Jacobo Lázaro. Estos nueve eran de los nobles de la ciudad, que otros muchos de los plebeyos fueron con ellos, indignos de escribirse aquí y ser nombrados, si bien dignos de ser castigados. Todos estos sobredichos se juntaban cada día en la iglesia de la Anunciata a tener consejo, y lo que entonces concertaban era cómo podrían tomar y conquistar el castillo de la mar, para que allí se pudiesen acoger y defender de sus enemigos.

Visto por algunos nobles el grande alboroto pasado, que cada día esperaban perderse más el pueblo, levantáronse y tomaron armas por el rey, Pompilio de Imperatore, Francisco y Nicolás de Bononia, hermanos, Petrucio de Aflito y Antonio de Vigintimilla y el barón de tierra Cimina, los cuales se fueron donde estaban juntos los sediciosos, y allí en el claustro echaron mano a las espadas, diciendo: ¡Viva el rey y su república, y mueran los que la perturban! Mataron aquel día allí a Juan Lucas, y a Cristóforo de Venerto y a Jacobo de la Prosa, y prendieron a Francisco Baresi y lleváronlo asido al palacio.

Y hecho esto, acudieron otros en favor de la justicia, los cuales antes no osaban mostrarse por el rey, ni aun hablar palabra. Uno de los sediciosos, que había nombre Pedro Espatafora, hízose fuerte en Albergaría, y fueron sobre él las naos españolas y las genovesas, que allí estaban; mas no se dieron tan buena maña en combatirle, como él en defenderse.

Fueron presos por el rey en aquellos días Bartolomé Scarchalupo y Jacobo Scarchalupo y el barón de Salonco y Scarchapelita y Lázaro y otros con ellos, hasta el número de treinta; la prisión de los cuales todos fue ocasión que el pueblo se sosegase y los sediciosos fuesen castigados.

Envía el rey don Carlos capitanes que allanen y castiguen los sediciosos de Sicilia.

Luego que en Flandes fue el príncipe don Carlos avisado del levantamiento de Sicilia, envió a mandar al conde de Potencia y a Hernando de Alarcón, que partiesen de Nápoles y fuesen en favor del virrey, lo cual complieron, y llevaron consigo cinco mil soldados y docientos caballos ligeros. Juntos pues el virrey y el conde de Potencia y Hernando de Alarcón, caminaron para Catania, donde estaban acogidos los más de los sediciosos, y allí descabezaron al barón de Arangetili, y con él a otros muchos de ellos, porque habían sido culpados en el hecho, y de ellos porque habían ocultado a los malhechores. Salidos de Catania, vinieron a la ciudad de Terme, y hicieron allí lo mismo, y de esta manera anduvieron discurriendo por todo el reino, a unos prendiendo y a otros descabezando.

Visitado, pues, y castigado todo el reino de Sicilia, vinieron a la ciudad de Palermo, y trajeron consigo veinte y siete presos, de los más culpados, a los cuales dieron muchos y muy graves tormentos; y al fin todos fueron sentenciados, que ahorcasen a los unos y despeñasen a otros. Lleváronlos todos a la marina, donde estaban hechas cuatro horcas, y en ellas colgaron a veinte y tres de ellos, y a Lázaro y su compañero, con otros dos, subiéronlos en la torre más alta de palacio, y desde allí los despeñaron y después les cortaron las cabezas, y metiéronlas en unas jaulas de hierro y colgáronlas de la torre, para que a ellos fuese castigo y a otros ejemplo.

Hecho esto, el conde de Potencia y Hernando de Alarcón se tornaron al reino de Nápoles, y el virrey llamó a todas las ciudades a Parlamento, que es como quien llama a Cortes, para dar el donativo al rey, que son trecientos mil florines. Mas el conde de Camarata y el tesorero Nicolás Vicencio y Frederico de Imperatore y micer Blasco Lanz, con todas sus fuerzas estorbaban el donativo, y hacían esto más por el interese que cada uno de ellos pretendía, que no por el celo de la república.

El cardenal Volterra, en odio de los Médicis, trataba de entregar el reino de Sicilia al francés. -El cardenal de Volterra, enemigo de Julio de Médicis. -Descargos que dan los que querían entregar a Sicilia al francés.

En el tiempo que esto pasaba en Sicilia, fue avisado él duque de Sessa, embajador que era en Roma, cómo Francisco de Imperatore iba desde Roma a Francia, con cartas del cardenal Volterra, para tratar y concertar cómo darían al rey de Francia el reino de Sicilia. Y luego que, tuvo aviso, el embajador prendió a Francisco de Imperatore y le envió al virrey de Sicilia, para que supiese de él con qué personas trataba el cardenal alborotar el reino y entregarlo al rey de Francia. Puesto al tormento confesó que el cardenal Volterra y el conde de Camarata y el tesorero Vicencio y Juan Vicencio y Frederico y César y Jacobo Espatafora, y Peruchio de Juenio, eran los que tenían ordenado entregar al rey de Francia el reino. Y que para efetuar esto, Jacobo de Espatafora se obligaba de revolver a Mecina y el Peruchio se obligaba de alterar a Catania, y el tesorero de levantar a Palermo; y que habían de prender al virrey, y tomar las fuerzas del reino.

Informado el virrey de la verdad, y vistas las letras que Francisco de Imperatore llevaba a Francia, prendió luego al conde de Camarata y al tesorero Vicencio, y presos y a buen recado los envió a Castilnovo en el reino de Nápoles, porque se temía si los dejaba en Sicilia se los soltarían a traición, o se los tomarían por fuerza.

Todos los otros que eran cómplices en la traición con el conde y tesorero, fueron presos en diversas partes, sin que ninguno de ellos se pudiese esconder, ni huir.

El príncipe don Carlos envióse a quejar al Papa del cardenal Volterra; y el Papa, sabida la verdad por las informaciones que tenía el virrey, hizo prender al cardenal y encerrarlo en el castillo de San Ángel, donde ninguno lo veía ni hablaba.

Preguntado el cardenal Volterra por qué vendía el reino de Sicilia al rey de Francia, respondió que porque el príncipe don Carlos favorecía al cardenal Julio de Médicis más que a él, el cual era su capital enemigo. Y el tesorero dijo que por no poder pagar setenta mil ducados que debía al rey de Francia. Y el conde de Camarata dijo que por el condado de Módica, que le pertenecía y no se lo daban; el César dijo que por haber el arzobispado de Palermo. Frederico y sus hermanos dijeron que por vengarse de los Bononios, los cuales tenían los mejores oficios. De manera que el fin de esta traición no era por servir al rey de Francia, sino por intereses y pasiones particulares de los que la urdían.

Castiga el virrey a los de la traición. -El conde de Camarata muestra su arrepentimiento en el tormento. -Muerte católica y humilde del conde de Camarata. -Sentimiento notable de un hijo del ronde de Camarata. -Principios sangrientos del reino de Carlos.

Después que los procesos se hicieron y concluyeron, mandó el virrey hacer un cadalso muy grande en la ciudad de Mecina, y una horca nueva, y allí los sacaron a todos y los ahorcaron de los pies, dándoles antes garrote, sacando a Francisco de Imperatore. Y al barón de Falo, los cuales guardaron para justiciar con el conde y con el tesorero, y a Vicencio de Benedicto y Claudio de Imperatore, que condenaron a cárcel perpetua en el castillo de Játiva, que es en el reino de Valencia.

Justiciados todos los susodichos, envió el virrey al reino de Nápoles por el conde de Camarata y por el tesorero, y fuelos a esperar a Vilacio, que es junto a la mar, y luego que vinieron puso a tormento al conde, el cual puesto en calzas y jubón besó la cuerda del tormento y encomendóse a Santiago de Galicia. Mas luego que le dieron el primer trato de cuerda, confesó toda la traición como la tenía ordenada.

Vista la confesión del conde de Camarata, sacáronle a justiciar, y con él al tesorero y a Francisco de Imperatore, y lleváronlos delante del castillo de Milao, donde estaba el virrey con la gran Corte, y allí les relataron sus culpas y les leyeron sus sentencias. Y como eran caballeros de tanta honra, sin comparación fue mayor la vergüenza de la traición que habían cometido, que la pena de la muerte que habían de padecer.

Oída la sentencia por el conde, en que le mandaban degollar, dijo a todos los que estaban allí que, pues muchos señores habían sido degollados sin culpa, no era mucho que lo fuese él, que era tan culpado. Hecho esto, llevaron al conde a degollar a otra plaza, y por hacerle alguna honra no le llevaron con trompeta.

Y como llegasen a un cantón, y llorasen por él todos los oficiales de la gran Corte, volviéndose a ellos les dijo: Pídoos, señores, por merced, me perdonéis el escándalo que os he dado, y que esas lágrimas que lloráis por la muerte de mi persona, las tornéis en oraciones, rogando a Dios por mi ánima.

Al tiempo que le querían descabezar llamó al verdugo y le dijo: Yo querría, amigo, morir en la confesión de Cristo, y por eso te ruego mires bien lo que te digo: y es que, puesta la cabeza en el tajón, yo diré tres veces Credo, Credo, Credo, la una baja, y la otra mediana, y la otra alta; y al tiempo que esta tercera voz me oyeres dar, entonces podrás cumplir tu oficio.

Degollado el conde, luego degollaron al tesorero y a Francisco de Imperatore, y los hicieron cuartos; y sus cabezas y la del conde las metieron en unas linternas o jaulas de hierro, y las colgaron en Palermo con las otras de los demás sediciosos.

Tenía el conde de Camarata un hijo, que había nombre don Martín; el cual, vista la traición que su padre había cometido, y la infame muerte que le habían dado, sin tener enfermedad alguna murió de pura tristeza.

Con esta sangre y otra mucha que, como veremos, se derramó, comenzó el reino de uno de los mejores príncipes que ha tenido el mundo.

El rey de Navarra quiere cobrar el reino. -El duque de Nájara, virrey de Navarra. -Desbarata el coronel Villalba al mareschal de Navarra. -Muerte desesperada del mareschal de Navarra. -Mueren don Juan de Labrit y la reina doña Catalina.

En el principio del mes de marzo de este año de mil y quinientos y diez y seis, estando en Madrid los gobernadores, casi luego que allí llegaron, tuvieron aviso que venía gente del rey don Juan de la Brit sobre Navarra. Lo cual los puso en mucha confusión y cuidado, así por no estar asentada su gobernación que nuevamente tenían, como porque no había manera como poder resistir al contrario; y porque el gobernador, o virrey, que el Rey Católico allí había dejado, que era don Fadrique de Acuña, hermano del conde de Buendía, creían que no bastaba, porque decían había sido proveído por favores de personas que lo aconsejaron al rey después que el alcaide de los Donceles dejó aquel cargo, y supieron que el rey don Juan había tomado la villa de San Juan del Pie del Puerto, y tenía cercada la fortaleza y la apretaba, aunque la defendía bien su alcaide Fulano de Ávila.

Estando los negocios de Navarra en esta dificultad y peligro, muchos fueron requeridos que no quisieron aceptar el dicho cargo, temiendo lo que podía ser, si Dios Nuestro Señor con su mano poderosa no lo remediara. En fin se le ofreció a don Antonio Manrique, duque de Nájara y conde de Treviño, que por fallecimiento de don Pedro Manrique, su padre, había sucedido en su casa y estado, así por ser uno de los más principales del reino, como por ser su tierra de aquellas partes de Navarra, donde podía tener ayuda y socorro más presto. Y después de algunos días, y algunas cosas pasadas, él aceptó y tomó el cargo; de que se sintió mucho don Iñigo Fernández de Velasco, condestable de Castilla, creyendo que la parcialidad de los agramonteses en aquel reino, con quien él y su casa tenían particular amistad, caería.

Duró este desabrimiento entre el cardenal y el condestable, con recusaciones y otros autos, hasta que vino el rey a Castilla, y aun después.

Entretanto que el duque de Nájara iba por gobernador de Navarra, el mareschal don Pedro de Navarra, que seguía las partes del rey don Juan de la Brit y de la reina doña Catalina, su mujer, se aparejó con alguna infantería para entrar en el dicho reino. Y juntó más de mil hombres de a pie y algunos de a caballo que andaban huidos del reino, y entró en Navarra por el Valderroncal, y vino a toparse con el coronel Hernando de Villalba, que con la infantería de Placencia había venido para guardar el reino; y con ser mucho menos gente la del coronel, desbarató al mareschal y le hizo huir con otros caballeros que con él venían, y los siguieron hasta prender al mareschal y a otros de los principales. Lo cual pasó en el mes de marzo de este año.

Y el mareschal y los demás presos fueron llevados a la fortaleza de Atienza, donde estuvieron mucho tiempo, y de allí fue el mareschal pasado a la fortaleza de Simancas, donde estuvo preso hasta el año de mil y quinientos y veinte y tres. Y estando en la prisión se mató con un cuchillo pequeño con que se dio por la garganta, que así lo cuentan memorias de aquellos tiempos.

Y este año por abril y junio murieron el dicho don Juan de la Brit y la reina doña Catalina su mujer. Hízose luego correo al príncipe dándole aviso de lo que pasaba, y el buen suceso de Navarra, y envió a mandar que se pusiese bastante presidio en el reino para adelante, y a agradecer y alabar lo que habían servido.

Baja el Emperador con poderoso ejército en Lombardía.

Estaba a esta sazón el rey en Bruselas deseando venir a España; pero hubo de dilatarse la jornada porque las paces con Francia no estaban bien asentadas, así por lo que se ha dicho de Navarra como porque en la misma sazón, en el mes de abril siguiente, el Emperador su abuelo, estando sentido del rey de Francia por haber ocupado el Estado de Milán, bajó en Lombardía por la parte de Verona con tan poderoso ejército, que monsieur de Borbón, que había quedado para la defensa de aquel Estado con buen número de gente, no pudo esperarle en campaña y se encerró en Milán.

Y el Emperador caminó sin hallar resistencia hasta dar vista a la misma ciudad, la cual, con todas las demás, se tiene por muy cierto que tomara brevemente si pudiera detenerse; pero ofreciéronsele dos ocasiones juntas que lo estorbaron. La una fue que los suizos comenzaron a pedir la paga con tanto desacato, que se temió de alguna rebelión o motín peligroso. La otra, la muerte del rey de Hungría, por la cual sucedieron en aquel reino grandísimos trabajos y guerras domésticas, que para quietarlos y defenderlo de los infieles era necesaria y aun forzosa la presencia del Emperador, por cuanto el rey Luis que sucedía en él estaba desposado con su nieta, y era poco mayor de trece años.

De manera que el Emperador hubo de dejar la demanda de Milán y volverse en Alemaña; y así se quedó el rey de Francia con la posesión de aquel Estado por entonces, y los venecianos, con la retirada del Emperador, desde a pocos días tornaron a ocupar la ciudad de Bresa con la amistad y favor que tenían con el rey de Francia.

Carlos asiste en Bruselas. -Don Luis de Córdoba se señala en las justas y torneos de Bruselas.

Había de visitar el rey o príncipe don Carlos los Estados de Flandes antes que partiese para España, y como no hubiese orden para poder hacer la visita tan presto, estaba quedo en Bruselas, y en su corte gran caballería de españoles y de otras naciones, que como veían que el mozo rey era aficionado a cosas de guerra, le procuraban entretener con justas y torneos y otras fiestas semejantes. Y él, aunque era de muy tierna edad, entró en persona en algunas de ellas, mostrando gracia y destreza singular en todo lo que hacía.

Y hubo algunas cosas muy señaladas y notables de fiestas y placeres, principalmente don Luis de Córdoba, hijo primogénito del conde de Cabra, que después fue duque de Sessa porque casó con hija del Gran Capitán, que en esta sazón vino a su corte, y se señaló en una justa muy celebrada y vistosa en que fue mantenedor, y sacó muchos caballeros consigo, con ropas de brocado y telas de oro con recamados, y él asimismo salió riquísimamente aderezado de la misma librea, con ricas obras y bordaduras de oro y perlas, que dio que mirar y aun que notar a los extranjeros; que con nueva codicia encendió los deseos que en algunos había de las riquezas de España.

Ordenanza de la gente que el cardenal quiso armar en el reino. -Quiere Jiménez quitar a los caballeros las alcabalas y salarios reales. -Inconvenientes de la ordenanza. -Contradicen la ordenanza de las armas Valladolid y otros lugares. -Altérase Valladolid. -Quieren poner las manos en el capitán Tapia. -Confórmanse otros lugares con Valladolid. -Quiere el cardenal castigar a Valladolid, y Valladolid defenderse. -Alista Valladolid treinta mil hombres de guerra. -Los caballeros ayudan al común contra la ordenanza. -El daño que hace la división entre los que gobiernan.

En este tiempo, que vivían en Flandes con tanto gusto, en España no le había, sino muchas pesadumbres entre los gobernadores, que eran muy mal obedecidos, principalmente de los grandes, que se desdeñaban de ellos, pareciéndoles, como dije, que un fraile y un clérigo hijos de gente humilde no les habían de mandar más de lo que ellos quisiesen.

Y como el cardenal de Toledo tuviese el valor que sus obras muestran, y sintiese el descontento de los caballeros, y que andaban removiendo humores pesados, quísoles echar un freno armando la gente común; y con voz de que para la defensa del reino convenía que en él hubiese gente ejercitada en armas, ordenó que en cada ciudad y en las villas y lugares de Castilla, hubiese cierto numero de infantería y caballos, según la calidad y caudal de los lugares. Y porque los tales tuviesen las armas necesarias, concedióles ciertas exenciones de pechos y servicios, y otras preeminencias.

Demás de esto intentó otras novedades, queriendo quitar a los caballeros las alcabalas y salarios que llevaban en las Órdenes, y aún hiciera moneda si no fuera por algunos del Consejo que le iban a la mano.

A la gente de guerra pagaba el capitán y pífano y atambor, para que de contino se ejercitasen y usasen las armas. Y aunque esta ordenanza pareció al principio muy bien, después se entendió lo contrario, por los muchos inconvenientes que de ello se siguieron; así porque los tales exentos no tenían las armas que eran obligados y se hacían holgazanes y escandalosos, dejando sus oficios y trabajos por andar armados y salir a los alardes y ejercicios de las armas, y revolviendo pendencias y haciendo delitos, como porque los pechos y demandas que habían de pagar, cargaban sobre los otros pobres, de que se tenían por muy agraviados y quejosos. Lo cual adivinando y conociendo algunas ciudades de estos reinos, no quisieron consentir en la ordenanza, y suplicaron de ella, alegando éstos y otros inconvenientes que eran de harta consideración. Entre las cuales fueron Salamanca, Burgos y León y, sobre todas, Valladolid, que no solamente suplicó por la vía ordinaria, pero insistió, y aun resistió. De manera que yendo el capitán Tapia, natural de Segovia, nombrado para la infantería que se había de hacer en Valladolid, poniendo en obra lo que se le había mandado, repartió a la villa seiscientos hombres de guerra, y mandó que estuviesen aparejados para cuando fuesen llamados, y aún que habían de ser los que él nombrase.

La villa se alteró luego diciendo que era contra sus privilegios. Juntóse todo el pueblo en la plaza mayor pidiendo a grandes voces que el regimiento saliese a ello, que el pueblo no consintiese tal cosa, y que echasen de allí luego aquel capitán; si no, que ellos le echarían.

No quedó persona en el lugar que no fuese a la plaza, y luego levantaron una voz diciendo y apellidando libertad.

Y con estas voces fueron a la chancillería donde estaban el presidente y oidores, los cuales se subieron a los corredores altos, espantados de la grita y multitud de gente, y pidiéronles que lo remediasen. Y el presidente los procuró quietar y asegurar de que se les guardarían sus libertades. Aquella multitud, no contenta con esto, fue a la casa del capitán Tapia, y le dijeron que se fuese luego de la villa, y aún querían ponerle las manos. Él dijo que en comiendo un bocado se iría.

Y como pasó la hora en que dijo que se iría y no se iba, volvió la gente y juntóse con propósito de lo matar; y él súpolo y acogióse a San Francisco, donde estuvo algunos días secretamente, que no osó salir. Y una noche salió disimulado y se fue a Madrid, y dio cuenta al cardenal, el cual se enojó reciamente contra Valladolid.

En otras ciudades, como Salamanca, Ávila, Segovia, Toledo, hicieron los capitanes pacíficamente la gente. Mas como supieron lo que en Valladolid había pasado, deshicieron la gente y echaron los capitanes fuera, mal de su grado, y enviaron al cardenal diciendo que ellos se querían conformar con Valladolid; que lo que Valladolid hiciese, que ellos también lo harían.

El cardenal quiso proceder con rigor contra Valladolid, y envió por la gente de guarda o hombres de armas, para enviar a castigar a Valladolid con mano armada y poderosa. Valladolid lo supo y determinó de defenderse, y comenzaron a aparejar las armas, que gente tan determinada como esto había. Nombraron capitanes, velaban y rondaban el lugar; el pobre que no tenía armas ayunaba para comprarlas; repartieron la vela, y a todo acudían con tanto gusto y coraje, como si les fuera la salvación o tuvieran un enemigo poderoso a cuestas.

Cesaron los tratos, hacíanse grandes gastos, hicieron lista de la gente de guerra que tenían en Valladolid y su tierra, y se hallaron treinta mil hombres apercebidos.

Y las cosas de poco en poco se fueron tanto dañando, que Valladolid se alborotó y amotinó fuera de todo término, velándose y rondándose como si estuviera cercada, y estuvo así muchos días. Y el cardenal porfiando y perseverando en su propósito, que lo tenía recio y cabezudo, perseveró Valladolid en su dureza, sin hacer efeto la ordenanza, hasta el año siguiente de 1517, que el rey escribió desde Flandes a los de Valladolid, que hiciesen lo que los gobernadores les mandasen.

Y en este tiempo era avisado de algunas personas de la villa y de los alcaldes de la chancillería, que eran Leguizama y Zárate, los cuales muchas veces se pusieron en afrenta por esta causa. Demás de esto, los señores y caballeros comarcanos no querían ver los pueblos armados ni ejercitados en guerra, porque les parecía que se hacía contra ellos, o a lo menos que no serían tan poderosos en los pueblos, ni en sus tierras proprias, como lo eran antes que aquella invención se hallase. Y así, informaban y aun ayudaban al común y confirmaban en su propósito y estorbaban al cardenal diciendo que era hacer poderoso al reino. Lo tercero dio causa a este levantamiento, que algunas veces que los de Valladolid enviaban personas de ellos mesmos a los gobernadores, hablaban con el presidente arzobispo de Granada don Antonio de Rojas, que no estaba bien con el cardenal, y con algunos del Consejo, que eran de su parte, los cuales decían que el Consejo no mandaba tal, ni les parecía bien lo que el cardenal hacía.

Y esto, referido en la villa por sus mensajeros, les daba ánimo y osadía para revelar y contradecir lo que el cardenal mandaba en nombre del rey. Y muy claro se vio allí cuánto daño hace no estar conformes los que gobiernan y cuánta verdad tiene lo que dice el Evangelio, que el reino entre sí diviso se asuela.

Escribe Valladolid al rey sobre la ordenanza. -Es Valladolid el quicio en que se rodea la justicia destos reinos. -Buen gobierno del Rey Católico. -Poder grande de España. -Pide Valladolid al rey que venga luego. -En Valladolid se han criado los reyes.

Como supo el cardenal lo que en Valladolid pasaba, escribióles el arzobispo-cardenal una carta diciendo que mirasen bien en ello, que aquella ordenanza era muy importante para el bien del reino, y que pues era gobernador de él, que le obedeciesen: que se maravillaba mucho que una villa tan leal se pusiese en armas para ir contra sus mandamientos. Valladolid respondió que ellos estaban muy llanos para le obedecer, pero que si contra sus previlegios quería pasar, tuviese por cierto que antes morirían todos que consentirlo.

El cardenal escribió al príncipe o rey Carlos avisándole largamente de todo. Súpolo Valladolid y escribió luego, diciendo así:

«El consejo, justicia, regidores, caballeros de la noble villa de Valladolid, vuestros leales vasallos y servidores, besamos las reales manos de Vuestra Alteza, a los cuales ha quedado gran tristeza y sentimiento de la muerte de vuestro abuelo, por ser esta villa el quicio en que se rodea la justicia de estos reinos: a la cual él era tan favorable y tan amigo, que los gobernó cuarenta y cuatro años en aquella paz y sosiego que César Augusto el mundo, en el cual no era menos parte que el gobernar a Castilla. Y que sea verdad la justa y santa intención de su gobernación, claramente se parece en la disposición de su testamento y postrimera voluntad, pues dejó a Vuestra Alteza por universal sucesor, para que su buen proposito vaya siempre adelante, como está cierto que será, siendo Vuestra Alteza tal príncipe, que por lo que de él sabemos y en su edad se ha visto, se puede juzgar que precederá, si preceder se puede, a las grandes hazañas de vuestros esclarecidos progenitores. Y para que Vuestra Alteza vea que esto se puede hacer con menor trabajo de estos reinos que de otra parte, traemos a la memoria a Vuestra Majestad las grandes cosas de vuestra España, en la cual no falta nada de los convenientes para señorear, que son grandes personas para mandar, ánimo y esfuerzo en toda la gente, caballos y armas e uso de ellas; la tierra tan fuerte y tan abundosa, que todos tienen necesidad de ella y ella de ninguna; que cuando otras tierras proveían a Roma de mantenimientos, España de emperadores. Y con esto, en nuestros tiempos se ha acrecentado a vuestra real corona el reino de Granada, reino muy fuerte y áspero y poblado de gente brava y feroz que novecientos años y más se defendieron, las islas de Canaria, el reino de Nápoles, el reino de Navarra, mucha parte de África, las Indias y Tierra Firme, muy abundante de mineros de oro, con otras tierras llenas de los otros metales necesarios. Y pues con todas estas cosas tan justamente llamamos a Vuestra Alteza, a Vuestra Majestad suplicamos que aunque Vuestra Alteza en estos reinos tenga al reverendísimo cardenal de España, arzobispo de Toledo, que tan sabiamente gobierna, mirando el servicio de Vuestra Alteza y bien de todos estos reinos, venga lo más presto que ser pueda, pues con vuestra real persona haréis a España señora de muchas tierras, y ella a Vuestra Alteza señor del mundo. Y pues a Vuestra Alteza es notorio los grandes provechos que con su venida se siguirían, también lo deben ser los grandes daños que de lo contrario sucederían. Porque puesto caso que sea tanta la lealtad de Castilla, que nunca de otra nación fió Julio César la guarda de su persona, es la gente en sí tan belicosa, que cuando sus príncipes no los ocupan en su servicio en grandes cosas, ellos se ocupan en las civiles, las cuales se han excusado especialmente por la grande lealtad y nobleza de esta vuestra villa. De donde todos tenían ejemplo por estar en medio de estos reinos, y que ella pida la venida de Vuestra Alteza y la desee es mucha razón, porque los príncipes de vuestra edad siempre se han criado aquí, de donde salieron a comenzar grandes cosas, que prósperamente acabaron. Las cuales acabará Vuestra Alteza con más prosperidad, pues seréis en ella recibido con más voluntad que todos y podréis con mayor prosperidad ejercer. Entre las otras cosas, muy poderoso señor, para a donde principalmente se debe creer que Nuestro Señor os guardó e hizo tan gran príncipe, que para conservación de su Iglesia y paz universal de la cristiandad y para perpetua destruición de los herejes e infieles. Para lo cual Vuestra Alteza debe venir a tomar en la una mano aquel yugo que el Católico Rey vuestro abuelo os dejó, con que tantos bravos y soberbios se domaron; y en la otra las flechas de aquella reina sin par vuestra abuela doña Isabel, con que puso los moros tan lejos, que es menester que de diez y seis años comencéis a caminar para llegar a Jerusalén, para restituir su santa casa a Dios. El cual guarde y acreciente la muy real persona y estado de Vuestra Alteza. Fecha, año 1516.»

Alteraciones de Castillo sobre la ordenanza. -Bien grande que se sacó de la resistencia que hizo Valladolid.

Hicieron un proprio con esta carta al príncipe, que estaba en Bruselas. Respondió a la villa diciendo que se pacificasen y sosegasen todos, que él prometía con el ayuda de Dios de pasar presto en España. Por otra parte escribió al cardenal, encargándole que mirase mucho por la paz de estos reinos, como de él se esperaba; y que contra los privilegios de la villa de Valladolid no innovase cosa. Mas no bastó esto para que el cardenal dejase de querer llevar adelante la ejecución de la ordenanza; y por el contrario estaban los del reino tan puestos en no lo consentir, que por ello aventuraran haciendas y vidas.

Y ayudaban muchos caballeros a las Comunidades para no consentir la ordenanza: sólo Valladolid tenía alistados treinta mil hombres de guerra, los más de ellos muy bien armados.

El almirante de Castilla, el conde de Benavente, como naturales del pueblo y principales cabezas de él, le ayudaban. El condestable de Castilla con Burgos hacían lo mismo. Los demás grandes de Castilla la Vieja y reino de León, como el marqués de Astorga, el duque de Alba y otros muchos, querían ayudar con sus vasallos, haciendas y aun personas; lo uno por el amor que tenían al bien común, lo otro porque imaginaban que el cardenal, que no estaba bien con ellos, quería armar el reino y ejercitar la gente común en las armas, para dar tras los grandes señores y quitarles las alcabalas, rentas y lugares, que, según su parecer, tenían usurpadas a la corona real.

Detúvose el cardenal, si bien le sobraba el brío y ánimo, y fuese entreteniendo, hasta que vino el príncipe a estos reinos y el cardenal se fue al cielo. Y no hay duda, y no lo diré una vez, sino muchas, que si la ordenanza fuera adelante, y los oficiales supieran qué cosa era la pica, el arcabuz, el atambor, la vela, y todas las demás cosas de la diciplina militar, que el reino se hiciera inexpugnable, y que en los levantamientos con las armas de las Comunidades, no sé si hubiera fuerzas para los vencer y allanar. Quísolo Dios ansí para bien de España, y aun de toda la cristiandad.

Por manera que por la resistencia notable que sólo Valladolid hizo, cesó la ordenanza; y aunque semejantes desobediencias de ninguna manera se han de aprobar, es cierto que de la alteración y resistencia de Valladolid en no consentir el ejercicio de las armas, se sacó un notable bien para adelante, cuando en los años de 1519, 1520, 1521, hasta el de 1522, se levantaron las Comunidades, como diremos. Que si los pueblos se hallaran armados, y ejercitados los hombres en las armas, fueran muy dificultosas de allanar las alteraciones que hubo, y aun las hubiera mayores y más sangrientas. El fin que tuvo el alboroto de Valladolid se contará en el año siguiente.

Juan Velázquez de Cuéllar. -Banquetes y comidas demasiadas. -Olmedo no quiere ser de la reina Germana.

Diré otro particular agora de Juan de Velázquez de Cuéllar, persona muy señalada en estos tiempos, de quien hay hoy decendientes caballeros nobles en Castilla la Vieja. Fue este caballero contador mayor de Castilla, hijo del licenciado Gutierre Velázquez, que tuvo cargo de la reina doña Juana, madre de la reina doña Isabel, en Arévalo. Era natural de Cuéllar. Fue Juan Velázquez muy privado del príncipe don Juan y de la reina doña Isabel, tanto, que quedó por testamentario de ellos. Fue hombre cuerdo, virtuoso, de generosa condición, muy cristiano, tenía buena presencia, y de conciencia temerosa.

Tenía Juan Velázquez las fortalezas de Arévalo y Madrigal con toda su tierra en gobierno y encomienda; y era tan señor de todo, como si lo fuera en propriedad. Trataba a los naturales muy bien, procurábales su comodo con gran cuidado, y que no les echasen huéspedes ni empréstidos, ni gente de guerra, ni otras imposiciones con que suelen ser molestados los pueblos. Daba acostamientos a muchos, de suerte que en toda Castilla la Vieja no había lugares más bien tratados.

Mandó el rey don Fernando a su segunda mujer, la reina Germana, sobre el reino de Nápoles treinta mil ducados cada año, mientras viviese. Los cuales el rey don Carlos se los quitó de Nápoles, y los situó en Castilla sobre las villas de Arévalo, Madrigal y Olmedo y diole estos lugares con la jurisdición, en tanto que él viviese.

Proveyó desde Flandes con cartas para los gobernadores que así lo cumpliesen y ejecutasen. Año de 1517, a 20 de mayo, en Madrid notificaron a Juan Velázquez las provisiones, requiriéndole que dejase las fuerzas. Y él no sólo suplicó de lo que el rey enviaba a mandar, mas salióse de Madrid y fuese para Arévalo, y hízose fuerte en la villa con gente, armas y artillería. Y para guardar los arrabales hizo un palenque de río a río fortísimo; de manera que no sólo podía defenderse, mas ofender.

Mucho le costó a Juan Velázquez aquella empresa, porque por ella cayó en desgracia del rey. Faltáronle los amigos, que le dejaron viéndole ir de caída (que así suele hacer el mundo). Desfavorecióle el cardenal. Enemistóse con la reina Germana y gastó toda su hacienda, porque el día que lo enterraron dejó diez y seis cuentos de deuda. Era casado con doña María de Velasco, sobrina del condestable y nieta de don Ladrón de Guevara, que fue muy hermosa, generosa y virtuosa, y muy querida de la reina doña Isabel, y con la reina Germana tuvo tanta amistad, que no podía estar un día sin ella; y doña María no se ocupaba en otra cosa sino en servirla, y banquetearla costosísimamente.

Y la reina Germana en este encuentro los echó de su casa, les quitó la honra y destruyó la hacienda, y fue ocasión de otros grandes trabajos que padecieron, que de esta manera trata siempre el mundo a los que más valen y privan con los reyes.

Duró muchos meses en su porfía Juan Velázquez, que ni bastaron cartas de los gobernadores, ni del rey; hasta que el cardenal envió al dotor Cornejo, alcalde de Corte, con gente que procediese contra él. El cual procedió, y después de muchos autos Juan Velázquez se allanó y derramó la gente, y entregó la fortaleza y villa de Arévalo se vino a Madrid para el cardenal, por junio del año de 1517.

Y como los males nunca son solos, muriósele su hijo Gutierre Velázquez, que era el mayorazgo, y fue tan profunda la melancolía que por sus desgracias le dio, que luego perdió la vida. Y la villa de Arévalo se entregó a la reina Germana, y tomó la posesión por ella un caballero aragonés criado del Rey Católico, que se decía Navarros, que la tuvo en nombre de la reina Germana hasta el tiempo de las Comunidades.

Y como la villa vino a poder de la reina Germana, doña María de Velasco desamparó su casa. Y dicen que permitió Dios todo esto, porque Juan Velázquez y su mujer fueron parte de introducir los banquetes y glotonerías en Castilla, que según escribió fray Antonio de Guevara, obispo de Mondoñedo, fueron muy escandalosos.

También la villa de Olmeda resistió que la reina Germana no entrase en ella, porque por haber sido este lugar suelo de muchos caballeros y gente noble que con valor y lealtad han siempre servido a los reyes, tiene privilegio para que no se pueda enajenar de la corona real. Mas viendo que era gusto del rey, y que no se le daba a la reina Germana por mas que sus días, se allanaron. Y estando el rey en Valladolid, año de 1518, a 16 de enero escribió a esta villa una carta de agradecimiento, porque habían dado la obediencia y entregado las varas a la serenísima reina de Aragón, su madre, que así la llamó algunos días, que para bien de estos reinos y pacificación, se le habían dado durante los días de su vida, y, acabados, que volviese a la corona real de Castilla.

Diego de Vera contra Argel, y piérdese. -Rompe Barbarroja los españoles sobre Argel.

Este año de 1516, por el mes de setiembre, los españoles que guardaban el Peñón dieron aviso que Barbarroja, famoso cosario, como se dirá, se había apoderado de Argel, y que temían que vendría sobre ellos; que les enviase socorro. El cardenal proveyó luego lo que pudo y de ahí a poco envió a Diego de Vera, que fue un señalado capitán, natural de Ávila, con ocho mil hombres y buena flota, para que procurase tomar a Argel, o ponerlo en servicio del rey, como solía estar.

Recogió Diego de Vera toda la gente y embarcóse, y dando a la vela, llegó prósperamente a ponerse sobre Argel. Saltaron luego en tierra todos y sacaron la artillería y munición, y puesto a punto todo lo que convenía para cercar a Argel, hizo los requerimientos, como le mandaron, con toda diligencia; mas no acertó a asentar el real ni tuvo el cuidado que convenía en tener los soldados obedientes.

Salió un día a él Barbarroja, y como vio los soldados españoles desmandados, dio en ellos con gran grita. Y fue tan grande el miedo que hubieron, que Barbarroja los desbarató casi sin daño, y con mucha facilidad mató tres mil hombres, y cautivó cuatrocientos, día de San Hierónimo de este ano.

Fue preso el capitán, Juan del Río. Diego de Vera se metió en las naves a gran priesa. Faltóle el favor del jeque Tumi que lo había prometido.

Venido Diego de Vera fue acusado de que por su culpa se había perdido esta jornada y tanta gente en ella, y fue tanto mayor la queja que de él había cuanto era grande la fama que tenía de buen capitán, porque era uno de los mejores soldados que tuvo el Gran Capitán, y uno de los once españoles que hicieron campo con otros tantos franceses, año de 1513, sobre cuál de sus reyes tenía mejor derecho al reino de Nápoles, y había bien aprobado con el conde Pedro Navarro y en el cargo general que tenía de la artillería. Mas muchas veces se duerme Homero, y suele ser, por nuestros pecados, cuando más importa que vele.

Visita el rey los Estados de Flandes. -Montería graciosa en la plaza de Cambray. -Las primeras provisiones que Carlos hizo de dignidades en España.

No hubo este año en Castilla otra cosa digna de memoria, más de las ya dichas. El rey, como dije, estaba en Bruselas, y acabadas las fiestas que allí se hicieron, y queriendo desembarazarse de lo de allá para venir en España, acordó de salir a visitar las tierras de aquellos estados: y luego lo puso por obra acompañado de los príncipes y grandes señores que en su corte estaban, y anduvo todas las ciudades y villas, siendo muy bien recibido en ellas, con fiestas y regocijos, como aquellas gentes saben bien hacer.

Y le sirvieron con dineros, conforme a su costumbre cuando son visitados de sus príncipes, principalmente en la ciudad de Cambray, que es tierra franca y cabeza de obispado, en los confines de Francia.

El obispo le hizo muchos servicios y fiestas, entre los cuales fue una grande montería en la plaza de aquel lugar, de muchos osos, jabalíes y venados, que según afirman los que lo vieron fue un hermoso espetáculo. Y también se encarece lo de la grande y famosa villa de Gante, cabeza del condado de Flandes, en la cual, como está dicho, el rey había nacido: que conforme a su grandeza, y en memoria de esto, le hicieron recibimiento de gran majestad y aparato.

Y entre las cosas que en él hubo muy de ver y notar, fue una, que por todas las calles por do había de pasar a su palacio estaban niños muy hermosos, como los suele haber en aquellas tierras, vestidos de blanco, grande número de ellos, que serían más de dos mil, puestos cada uno de ellos sobre un asiento alto o coluna de más de un estado de hombre, obrado a manera de coluna, y el niño cercado de una barandilla baja, asentado sobre una tablilla, y cada uno tenía en la mano derecha una hacha de cera encendida, la izquierda un manojo de flores, que cierto parecía más que obra humana.

Y así se hicieron otras cosas semejantes en esta villa, y en la de Amberes, y Lovaina y Malinas, y en las otras principales de aquellos estados, mostrando los naturales de ellas singular alegría.

Y con esto, habiendo dado vuelta por do le pareció que convenía, dejando lo de Holanda para el tiempo de su partida, se volvió a Bruselas, y estuvo allí el resto de este año. De donde envió alguna gente contra los de Güeldres, que según se entendió, con inteligencias del rey de Francia habían hecho algunos daños en Brabante, contra los cuales se hicieron cosas señaladas, de que yo no he podido haber entera relación para escribirlas.

Y en estos días hizo obispo de Badajoz al maestro Mota; y a don Alonso Manrique, que tenía el obispado, le dio la iglesia de Córdoba; y al deán de Lovaina, que en España estaba, le dio el obispado de Tortosa. Las cuales provisiones, aunque no sea cosa importante contarlas, se dicen aquí por ser las primeras que hizo el rey don Carlos.

Y como su venida no podía ser ya hasta el año siguiente, envió a monsieur de Laxao para dar razón de las causas que habían dilatado su venida, y otras cosas de importancia. El cual vino a Madrid, donde el infante don Fernando y el cardenal gobernador estaban, y hizo cumplidamente lo que le fue mandado.

Guerras de Italia. -Lo que dice Paulo Jovio de españoles.

En el estío de este año de 1516 hubo una sangrienta guerra en Italia entre los imperiales, venecianos y franceses. Los unos por tomar las ciudades de Bresa y Verona, los imperiales y españoles por defenderlas. Cuenta Paulo Jovio esta historia en el libro 18 de sus obras, cap. 21, hasta el cap. 1.º del lib. 19. Encarece la virtud, prudencia y valor de Marco Antonio Colona, y de los muy valientes españoles que en esta jornada se hallaron, y los hechos que hicieron, señaladamente de los capitanes Maldonado y Morejón.

Y con no ser este obispo de Nochera muy amigo de españoles, en el cap. 21 dice, hablando de monsieur de Lautrec, capitán del rey de Francia, tan nombrado que le llamaron conquistador de ciudades, que era capitán de los franceses, porque Borbón se había vuelto a Francia:

Ocleto, llamado por sobrenombre Lautrec, el cual pretendía y tenía partes para alcanzar fama de capitán virtuoso y prudente, porque como era medio español de la última parte de Gascuña, templaba con razón y espacio, el hervor y furia que los franceses suelen tener, y en su persona no se veían bajezas de hombre robador, ni placeres disolutos ni deshonestos.

Y de Luis de Icart, que era capitán en Bresa, dice hablando de la falta de gente y munición que en la ciudad tenía, cuando franceses y venecianos le cercaron:

Estas cosas, aunque como se suele decir de las faltas del cuerpo, no se podían encubrir; con todo esto, Luis Icart, como era español y prudente las encubría con todas artes; tanto, que los enemigos pensaban que los trabajos eran menores y que la guarnición de los soldados era mayor.

He querido referir aquí la opinión que de la gente española, Paulo Jovio tenía del valor en las armas, la moderación y templanza en los sucesos, la prudencia, astucia y sagacidad en las necesidades; y que una raza de español bastaba para abonar a un francés. como dice de monsieur de Lautrec.

Origen de Barbarrojas.

El origen vil de estos cosarios, sus obras hazañosas por donde llegaron a la grandeza real y ser muy temidos en toda la cristiandad y nombrados en todo el mundo, me obligan antes de comenzar el año diez y siete, a decir de los Barbarrojas el linaje, con el principio de su felicidad.

Hubo en Constantinopla un renegado albanés que se llamó Mahomedi, el cual fue gran marinero y tiró sueldo del gran Turco, y por un delito que hizo, se vino a Metelin o Metilene o Metelino, isla donde Cleopatra, reina de Egipto, se recogió en tiempo de sus trabajos cuando su querido Marco Antonio andaba a malas con Octaviano César, y esperó aquí el fin de la batalla en que se perdió su amigo o marido el Antonio. Aquí digo que llegó Mahomedi huyendo de la justicia. Casó en la ciudad de Bonava con una cristiana viuda, llamada Catalina, que tenía de su primer marido (que fue sacerdote griego) dos hijos y una hija. Tuvo en ella seis hijos. Los dos que fueron mujeres siguieron a la madre en la fe cristiana, y aun la una fue monja. Los cuatro hijos tomaron la seta de Mahoma que su padre tenía, que tal era la costumbre de aquellos bárbaros. Llamáronse los hijos Horruc, Isaac, Haradín y Mahamet. Enseñóles el padre oficios. Isaac fue carpintero, Haradín ollero, Mahamet estudió para morabita, que es religioso. Horruc (o como otros dicen, Homic) fue marinero como su padre, el cual, o por pobreza que pasaba, o por ánimo para mayores cosas, dejó la barca y los padres y a Metilin, y fuese a Constantinopla.

Pidió el oficio de su padre, diciendo que ya era muerto, y diéronselo. Siendo cómitre de una galera fue preso cerca de Candía por los caballeros de Rodas, en un encuentro que tuvieron con turcos. Anduvo al remo dos años con una cadena al pie, y como era bermejo, llamábanle todos Barbarroja, no sabiendo por ventura su proprio nombre.

Fueron las galeras de Rodas a tierra de turcos, donde Horruc se salvó a nado habiéndose primero quitado la cadena, y quitósela cortando el carcañar con un cuchillo. Estuvo malo de aquello algunos días.

En fin, tornó a Constantinopla, y pidió el sueldo que tenía. Respondiéronle los contadores de la armada, que si tenía vergüenza en demandarlo, y que luego se fuese de allí; porque Bayaceto había mandado castigar a los oficiales de aquellas galeras en que se perdió él. Entonces se halló perdido, pobre y desnudo, y no tuvo otro remedio más que hacerse ganapán y jornalero, trayendo barco ajeno.

Finalmente vino a ser timonero de una galera que con un bergantinejo armaron dos vecinos de Constantinopla en compañía, para ser cosarios, uno de los cuales murió en Tenedo. Horruc, que se acodició al oficio y a la galera, propuso de matar al otro y salir de lacería; habló con algunos que le parecieron de su condición, y hallólos a su propósito. Esperó coyuntura, y vio cómo dormía el amo y diole con una hacheta tres o cuatro golpes en las sienes y matólo.

Echóle luego en la mar; llamó a los compañeros con quien se había concertado; animólos, pidióles que le ayudasen y luego se alzó con la galera y después con el bergantín.

Así comenzaron los Barbarrojas, que tan nombrados y temidos han sido en el mundo. Sigo una relación de un genovés que trató mucho con Barbarroja, el del brazo cortado, y de otros que fueron sus esclavos. Paulo Jovio trata esto en el libro 33, cap. 1, y dice que los dos hermanos Barbarrojas, naturales de la isla de Metileno, fueron hijos de un sacerdote griego que renegó y se tornó turco; y que siendo señores de una sola fusta alcanzaron la dignidad y grandeza real, y se juntaron con un cosario llamado Camal, para que les enseñase las cosas de la mar y de guerra. Yo sigo la relación dicha.

Comienza Horruc a medrar. -Gana un navío de españoles. -Gana Horruc una urca de flamencos. -Toma una galera del Papa. -Toma cerca de Alicante una galeota de Málaga.

No osó parar Horruc en parte ninguna del señorío del Turco, por miedo del castigo que merecía tan grave delito, y así tomó el camino de poniente para Berbería. Entró en Metelino, patria suya, donde se detuvo poco, por ser ya muerto, su padre, y aun por la priesa que el miedo le daba. dio dineros a la madre, diciéndole que tuviese paciencia, que presto sería muy rico y la sacaría de lacería. Y porque lloraba la vieja por sus hijos, dejóle para su consuelo a Mahameth.

Hizo capitán del bergantín a Haradín, que le pareció más hombre que los otros hermanos, y partió trayendo consigo en la galera a Isaac.

Pasando por Nigroponte tomó una galeota turca. Quiso matar al capitán, mas porque le rogó con instancia que no le matase, jurando de ser su esclavo, y hacer cuanto le mandase, le dejó con vida.

Navegó de allí con tres velas, que ya tenía, hasta los Gelves sin topar a nadie. De los Gelves atravesó hasta Sicilia, costeó la isla buscando en qué hacer presa, hasta Lipar, donde halló una nao con trecientos españoles; los sesenta de a caballo, que iban a Nápoles. Combatióla dos días arreo sin la poder ganar; mas al fin la hubo de rendir por culpa del contramaestre, que era genovés; el cual dijo a Barbarroja en lengua turquesca, que la sabía bien, que si se lo pagaba y dejaba libre, haría de manera que a otro día se le rindiesen; y así barrenó la nave de tal suerte, que no se podía agotar el agua que hacía.

Los de la nao, viendo que se iban al fundo, le rindieron. Barbarroja, cumpliendo con el traidor, llevó la nave a la Goleta y hizo un rico presente al rey de Túnez, Muley Mauset, de artillería, caballos, esclavos y otras cosas con que le ganó la voluntad.

Era la nao tan rica y con tanta gente noble, que la llamaron la nave de la Caballería. De lo que iba en ella dio a los que le ayudaron a matar a su amo, y dio algo a los otros, para aficionarlos a bien robar. Estuvo allí dos meses holgando y breando sus navíos: uno del rey de Túnez con dos fustas a la parte que le cayese de las ganancias, y salió así a correr la mar. Encontró junto a Menorca una urca con mercaderías de Flandes y Ingalaterra; combatióla, y ganóla, y volvióse con ella hasta la Goleta, y sobre partir la presa tuvo enojo con Muley Hamet, el rey de Túnez, por lo cual se partió luego de allí sin llevar las fustas del rey moro. Juntóse con los gelves, y tomaron una galera del Papa en la playa romana, cuyo capitán era Juan de Bassia.

Tras esto anduvo mucho tiempo por el mar, haciendo el mal que la ocasión le ofrecía. Llegó a correr la costa de España, y tomó cerca de Valencia cuatro barcos de pescadores. Descubrió en Santa Pola, cerca de Alicante, dos galeotas de Málaga, una de García de Aguirre, otra de Lope López de Arriarán. Los de las galeotas, pensando que Barbarroja era don Berenguel Doms, que andaba con cuatro galeras, fueronse para él muy sin cuidado ni recelo de cosarios; cuando reconocieron que no eran las galeras que pensaban, estaban tan cerca de los turcos, que no pudiendo huir, quedó la de Lope López en poder del cosario. Éste fue, a lo que dicen, el primer salto que Barbarroja hizo en España.

Sale en busca del cosario don Berenguel, con las galeras de España. -Quiere el cosario, con el de Túnez, coger a Bugía. -Pierde Horruc un brazo.

Esperaba este enemigo hacer mayores saltos en aquella costa, cuando sintió que había salido en su busca don Berenguel con las galeras de España, sabiendo que había tomado la galeota de Málaga; y por no toparse con él, atravesó luego Horruc la mar hacia Orán y pasó por Argel y por Bugía, considerando la fortaleza y sitio de aquellas ciudades para informar de ello al rey de Túnez, que aunque estaba en su desgracia, la necesidad (como suele) le humillaba, y hizo volver hacia la Goleta, porque no tenía ni sabía dónde mejor acogerse.

Contando el rey un día lo que había sucedido en aquel viaje, y hablando en cosas de guerra, le dio a entender el asiento de Bugía, y le movió con buenas razones a ir a cercarla. El rey de Túnez se acodició a la presa de Bugía, pensando que saldría con ella, y diole dos fustas bien armadas y biscocho, y tanto de mejor gana que para otra impresa, por haber sido Bugía mucho tiempo de los reyes de Túnez. Fue, pues, a Bugía Horruc Barbarroja con cinco navíos: saltó en tierra con algunos turcos a reconocer el lugar. Dispararon los de dentro un falconete, y fue la desgracia que acertó con Barbarroja, que andaba reconociendo el lugar y sitio, y llevóle un brazo, y desde entonces se llamó Barbarroja el del brazo cortado. Por la herida hubo de dejar el cerco a consejo de sus hermanos, si bien contra su voluntad.

Corre el cosario a Cerdeña y Córcega. -Pelea con dos galeras genovesas: gana la una. -Vuelve sobre Bugía. -Maravilloso hecho de Horruc. -Socorre a Bugía Machín de Rentería. -Muere Isac, hermano de Horruc. -Levántase de Bugía.

Horruc Barbarroja fue a correr las islas de Cerdeña y Córcega, antes de volver a Túnez, por no ir vacío, ya que iba sin brazo. Topó con dos galeras y dos fustas genovesas que guardaban a Córcega. Peleó reciamente con ellas en cabo Corzo, y tomó una de las dos de Esteban Lercaro, con la cual volvió a la Goleta, y fue bien recibido del rey de Túnez.

El cual, codiciando a Bugía, dio a Barbarroja sus fustas, y envió por tierra a Benalcadi con quinientos hombres. Barbarroja fue muy alegre contra Bugía con diez o doce velas en que había dos galeras. Llegaron a un tiempo sobre Bugía, Benalcadi por tierra con más de mil y quinientos moros de guerra, y Barbarroja por el agua. Desembarcó luego la gente, armas, artillería y bastimentos (cosa que no se suele hacer) y quemó toda la flota, pegando fuego a cada navío por sí, que puso, a todos espanto. Él dijo que lo hacía por asegurarles la vitoria, y que así había de quemar los españoles de Bugía, y que fuesen hombres para vengar la destruición de aquella ciudad noble.

Los pensamientos de este bárbaro eran tener puerto suyo y acogida segura por no ir a la ajena. Asentó su real por la parte de arriba que señorea un poco el lugar. Batió y ganó el castillo viejo, sin mucha dificultad. Probó de ganar el otro castillo, que, como nuevo, era más fuerte, y en el primer combate le mataron más de trecientos turcos y moros, por lo cual no lo acometió de allí adelante tan al descubierto.

Machín de Rentería, que fortalecía el Peñón de Argel, fue a socorrer a Bugía con cinco naos vizcaínas, sabiendo que la tenía cercada Barbarroja.

También la socorrieron los de Mallorca y muchos caballeros de Valencia, mas no por eso levantó Barbarroja el cerco, sino que cada día escaramuzaba con los españoles y batía el castillo.

Acaeció que mataron un día a su hermano Isaac con un tiro que se disparó del castillo en una escaramuza, y matóle el mismo artillero que llevó el brazo a Barbarroja y con la misma pieza. Sintió Barbarroja tanto la muerte del hermano, que se matara a sí mismo si no fuera por Benalcadi. Rabiando por la muerte del hermano, y más por no poder ganar a Bugía, levantó el cerco, habiendo perdido cien turcos y cuatrocientos moros, año 1515.

Vese perdido Horruc en el cerco de Bugía. -Líganse estrechamente Horruc y Benalcadi. -Suerte por donde Horruc vino a ser rey de Argel. -Mata Horruc al jeque. -Álzase con Argel. -Llámase rey año 1516.

Fatigado y afligido estaba Horruc Barbarroja por no haber salido con su impresa, perdido el hermano, por haber quemado su armada; por verse, finalmente, sin hacienda y sin amigos. Tenía vergüenza, y aun miedo de volver a Túnez; en fin, no sabía qué hacer. Viéndole Benalcadi tan afligido y acostado de la fortuna, compadecióse de él y ofrecióle su casa y hacienda. Barbarroja le dio las gracias que merecía tal voluntad, y juraron ambos amistad perpetua, haciendo ciertos conciertos entre sí; y con tanto se fueron a Gijar, lugar de Benalcadi, quince leguas de Argel, con cuarenta turcos.

Estando, pues, allí, pobre y descontento, le hizo rey su fortuna, o su fama, y fue así: que sabiendo los de Argel que el rey don Fernando era muerto, con el cual tenían paces por diez años, se pusieron contra los españoles del Peñón por no pagar el tributo como eran obligados; y por salir con su intención acordaron de llamar a Barbarroja, que ya tenía gran fama, porque entre ellos había bandos, y no se confiaban del jeque. Los morabitas que enviaron por embajadores, dijeron a Horruc Barbarroja, después de haberle hecho muy gran acatamiento, cómo Argel, ciudad rica y fuerte, acudía antes a él que no a otro. para que los librase de servidumbre y del tributo que pagaban a los españoles, hombres que tanto mal habían hecho a él y a ellos, y que tiranizaban a Berbería; por tanto, que los amparase. Él respondió que se lo agradecía, y prometió de ir luego.

Comunicó el negocio con su amigo Benalcadi y parecióle bien. Luego partieron para Argel, Benalcadi por tierra y Barbarroja por el agua, en dos fustillas que aderezó en Gijar. Llegados a Argel publicaron que pasaban a Orán, por encubrirse del jeque. El cual, por disimular o tenerlos en poco, los convidó a cenar. Y estando hablando en las armas mató un turco al jeque a puñaladas, como Barbarroja se lo había mandado. Otros lo cuentan algo diferente, pero es cierto que lo mató y que se alzó con Argel, apellidando Libertad, Libertad, Alcorán, Alcorán. Acudió luego el pueblo al ruido. Y así, sin mas resistencia, se llamó rey de Argel este año 1516.

Quitó las armas reales de Castilla y Aragón, que estaban en la ciudad. Por más agradar al pueblo, combatió el Peñón; mas como no lo pudo tomar, diose a gobernar haciendo muchas cosas de hecho. Batió moneda, acrecentó las rentas, hizo armada y llamóse rey.

El jeque muerto se llamaba Tumi o Selim. Era señor de Metafuz, y los de Argel le hicieron su señor cuando el conde Pedro Navarro ganó a Bugía, a quien eran sujetos. Un hijo del cual vino a España y se bautizó y llamó don Carlos, y casó en Illescas.

Desbarató y venció a Diego de Vera, Barbarroja, como queda dicho, y los moros estimaron en tanto aquella vitoria, que lo tuvieron por más que hombre, y le obedecían más que al rey de Bugía, ni al de Túnez, cuando eran suyos. Por lo cual se confirmó en el reino de Argel a todo su placer.

Mas ni se confiaba de los moros, ni del los alarbes, creo que tanto por su mala conciencia como por la poca constancia de aquellas gentes; así que, para su seguridad, envió por sus hermanos. Haradín vino con dos o tres fustas de turcos desde los Gelves, adonde huyera de la Goleta cuando fue allí el arzobispo de Salerno con la flota. Mahameth trajo docientos turcos de Metelín con dos esquifes.

No quisiera el rey de Túnez tan mal vecino en Argel, y comenzó a tratar contra él, confiando en la amistad que tenía con los españoles, por lo cual Barbarroja le hizo guerra. Algunos dicen que la hizo sin darle ocasión el rey de Túnez, Baudilla; como quiera que fue, é1 envió sobre Túnez a su hermano Haradín, el cual ganó la ciudad, echando a huir Muley Baudilla. Y así fue Horruc Barbarroja rey de Argel y de Túnez.

En este mismo tiempo tomó don Berenguel Doms cuatro galeotas de cosarios, con cinco fustas y cuatro galeras que traía.

Horruc se hace señor de Tremecén.

Tremecén pagaba a Castilla ciertos tributos desde el año de 1512, que Muley Abdalla vino a Burgos a concertarse con el rey don Fernando. El cual le trajo, como dije, una doncella de sangre real muy hermosa, en presente, y ciento y treinta cautivos cristianos y veinte y dos caballos moriscos, y un leoncillo y una gallina de oro con treinta y seis pollicos y otras cosillas moriscas, que no hay acá.

Muerto Abdalla, o como otros le llaman, Boadilla, hubo muchas revueltas en aquel reino, porque Muley Abuzeyen echó de Tremecén a Muley Abuchemu, hijo de Abdalla, con favor de los alarbes. Rehízose Abuchemu, y venció y prendió a Abuzeyen, su tío. Por sacarlo de prisión y restituirlo en el reino, llamaron a Barbarroja, que ya estaba poderoso, Muley Yucef y Cidbuyaia, caballeros principales. Barbarroja fue luego allá muy alegre, pareciéndole que se le abría camino para alzarse con Tremecén, como había hecho con Argel. Tuvo resistencia que algunos cuerdamente le hicieron; mas entró por fuerza con toda su gente en Tremecén, y con ellos del bando huido, que le habían llamado.

Echó fuera de la ciudad a Abuchemu, y sacó de la prisión a Abuzeyen, y lo hizo rey. Mas de ahí a cuatro horas lo mató con otros hermanos que tenía, y con los que le habían llamado, y alzóse con la ciudad y con mucha parte del reino, el año de 1517.

Y de ahí a nueve meses, barruntando alguna conjuración o temiendo por su mala conciencia, publicó que quería volver a Argel y dejar el reino, a cuyo era. Llamó a su casa obra de setenta caballeros y hombres ricos de la ciudad, y mátalos, y robó muchas casas ricas y luego dijo que lo había hecho porque no le fuesen traidores, como lo fueron a sus reyes naturales.

Los despojados de Tremecén piden favor al rey don Carlos. -Van trescientos españoles de Orán contra Horruc. -Matan los turcos cuatrocientos españoles. -Venga su muerte el coronel Martín de Argote. -Muere Mahameth, hermano de Horruc. -Échase Argote sobre Tremecén, y ríndelo. -Desampara Horruc a Tremecén. -Síguenle los españoles. -Ardid de Horruc para los detener. -Buenos pies y manos de los españoles. -Acorralan a Horruc. -Mátale García de Tineo.

Muley Abuchemu se fue con sus hermanos Abdalla y Mecehud a Orán al marqués de Comares don Diego Hernández de Córdoba, como le lanzó de Tremecén Barbarroja. Y de allí pidió favor al rey don Carlos para que pagando el tributo acostumbrado le diese gente con que cobrar su reino.

Como Barbarroja se levantó con Tremecén matando cruelmente a tantos, fue Boracaba, jeque del campo, a Orán, y llevó al marqués treinta y dos niños nobles en rehenes para seguridad del socorro. El marqués les dio luego trecientos españoles, con los cuales Boracaba, y con su bando, puso en tanto aprieto a Barbarroja que pidió ayuda a sus hermanos. Haradín envió de Argel a Mahameth con la mayor brevedad que pudo con seiscientos hombres, que los más de ellos eran turcos, y un capitán llamado Escander, y él quedóse para guarda del pueblo, y que si Horruc faltase, no le faltase aquel reino; que ya este enemigo tenía muy levantados los pensamientos.

Como en Orán se supo del socorro que iba en favor de Horruc a Tremecén, mandó el marqués que le saliesen al camino los capitanes Rijas y Arnalt con hasta seiscientos infantes españoles.

Viniéronse los unos a los otros, mas no pelearon siendo tantos a tantos; los turcos entraron en Alcalde Benarrax, y los españoles quedaron fuera como en cerco, mas no con el recato que debían. Viéndolos una noche Rebatín, avisó a los turcos como espía doble, del descuido de los cristianos. Dieron una noche sobre ellos, y mataron y prendieron cuatrocientos; los demás llevaron a Orán la triste nueva.

Fue luego sin perder un punto de tiempo, ni el camino, Martín de Argote, coronel, con dos mil infantes y alguna caballería, y alcanzó a los turcos en Alcalá, que también se descuidaron con la vitoria. Combatió el lugar, y rindiéronsele con que no fuesen a Tremecén; mas después, como en una cuestioncilla matase un español a un turco, se revolvieron de tal manera, que no pudiendo o no quiriendo estar a la palabra que se habían dado, pelearon y murieron los turcos sin quedar uno de ellos vivo o en prisión. Allí mataron a Escander y a Mahameth, hermano de Barbarroja.

Escribo esto conforme a la relación que en Madrid hizo Zahaf Abdiguadi, embajador de Muley Hameth Almanzor, que se halló presente.

No se detuvo Argote, sino a toda furia caminó para Tremecén; y llegado, apretó el cerco que tenían puesto los trecientos españoles con los de Boracaba. Salió un clérigo renegado español a decir que no combatiesen por do querían, que era lo más fuerte. Matáronlo pensando que era espía doble.

Horruc Barbarroja se veía muy apretado dentro con poca seguridad, y fuera cercado de muchos y muy fuertes enemigos; sus esperanzas ponía en el valor de su corazón y fortaleza de su brazo, aunque solo. Sintió mucho la muerte de su hermano Mahameth, que quiso mucho a sus hermanos. Viendo el peligro notorio en que estaba, se salió de Tremecén con Benalcadi, su amigo, y con otros muchos turcos y alarbes por un postigo, sin que lo viesen, llevando consigo toda su riqueza.

Luego se publicó la huida de Barbarroja, y los españoles, con el deseo del tesoro que supieron que llevaba, volaron tras él. Argote le siguió, y llegaron a darle vista en la Zara, que es del reino de Dubdu, treinta leguas de Tremecén. Como Benalcadi vio cerca los españoles, desvióse del camino. Barbarroja echó moneda, plata y oro y cosas ricas por el suelo, pensando que la codicia detendría a los españoles; mas no le valió su ardid, si bien discreto, que los españoles tuvieron manos para asir lo que les habían sembrado y pies para alcanzar al enemigo y cansarle.

De suerte que, fatigado del camino y de sed, se metió en un corral de cabras cercado de una flaca pared de piedra seca, donde se puso en resistencia con los que le habían quedado, y peleó esforzadamente con mucha porfía, hasta que García de Tineo, alférez del capitán Diego de Andrade, un valiente soldado español, le hirió con una pica y dio con él en tierra, y le cortó la cabeza y la llevó a Orán con los vestidos. Y quedó Tineo herido en un dedo de la mano derecha con la uña hendida, que le duró la señal toda la vida, y se preció de ella, y con razón, muy mucho, y decía que estando Barbarroja mal herido en tierra le había dado aquel golpe. Acabó de esta manera Horruc Barbarroja año 1518. Y atajáronse con su muerte grandes males, que sin duda hiciera en la cristiandad, si viviera, con el poder que ya tenía. Tal fue el fin que tuvieron los afanes de Horruc Barbarroja, y los engañosos favores que le dio su fortuna, levantándole de un pobre barquero, aunque tiranamente, a ser rey de Argel, Túnez y Tremecén.

Haradín Barbarroja se queda con Argel.

Haradín Barbarroja sintió grandemente la muerte de su hermano Horruc, mas no le quitaron las lágrimas y sentimiento el cuidado que luego puso en apoderarse bien de Argel, poniendo buena guarda en las fortalezas y en su persona. Acariciaba a todos. Gobernaba la ciudad con mucha blandura, para ganar los corazones, y mató algunos españoles cautivos diciendo que vengaba en ellos la muerte de sus hermanos. Mostróles un pedazo de la camisa de Horruc, afirmando que hacía milagros, y algunos lo creyeron, porque trataba mucho con los morabitas y ermitaños, que son los santos de aquellos bárbaros. Tanto finalmente dijo y hizo, que le recibieron por rey. Lo demás que toca a la historia de este cosario, bravo y feroz, y sus fortunas en esta vida dichosa, hasta llegar a ser general de las armadas del Turco, y ser grandemente temido en toda la cristiandad, diráse en el discurso de esta obra, cada cosa en su tiempo y lugar.

Don Alonso de Granada, general de la costa y reino de Granada, contra los cosarios.

Fueron muy fatigadas las costas de la Andalucía y reino de Granada los años que corrieron desde la muerte del rey don Felipe en Burgos y ausencia del Rey Católico, y encomendóse la guarda y defensa de ellas a don Alonso de Granada Venegas, con título de general, y se le dieron ocho fustas y otros vasos armados con gente y munición. Venido el Rey Católico, le encargó lo mismo con palabras encarecidas y de estimación, diciendo los servicios que de él había recibido, que eran muy conformes a quien él era, y a la sangre que tenía, como parece por cartas originales del rey que he visto de los años de 1509, en que el Rey Católico le mandó ir con el cardenal Jiménez a la conquista de Orán, según dejo dicho, y de 1511, 1512 y 1513, en los cuales hizo este caballero obras tan señaladas, que merecían otra más larga relación y memoria, porque fue uno de los valerosos de su tiempo.

Y en este año de 1516, fatigaban cosarios las mismas costas, y llegando las quejas y sentimientos de los moradores de ellas al cardenal Jiménez y Adriano, que residían en Madrid, a 12 de abril dieron su provisión y patente diciendo: Doña Juana y don Carlos su hijo, reina y rey de Castilla, etc., para que don Alonso, su capitán general en la costa de Granada, confiando (dice) de su gran calidad, y fidelidad y otros méritos, fuese por general de ocho fustas y dos bergantines, y se juntase con las galeras de España que estaban en Málaga y corriese y asegurase aquellos mares, etc. Firmaron esta provisión, primero el cardenal, y luego Adriano.

Quién fue Xevres, privado de Carlos.

Ríndense los reyes a sus privados, fíanles el gobierno y piérdense los reinos porque no los rige su príncipe natural, sino el que no lo es, cuyo corazón no está, como el del rey, en la mano de Dios. Los daños que de esto resultan son al mundo notorios, y es fortuna del cielo cuando el rey acierta a tener el privado de sanas entrañas, bien intencionado, de puro corazón y claro nacimiento y limpio de manos. Veremos alterados estos reinos, no por deslealtad de la nación castellana, que siempre fue fidelísima, sino por la avaricia de un privado extranjero que se dijo Guillermo de Croy, monsieur de Chievre, o Xevres, duque de Sora, en el reino de Nápoles, después duque de Arscot, tres leguas de Lovaina, ayo del rey don Carlos, y por extremo poderoso con él.

Y si bien me anticipo, diré brevemente quién fue este caballero, que tan de veras ganó la voluntad del rey, teniendo a su cargo la crianza de su niñez. Para que sepamos de quién se siente y queja tanto España, porque ya que tengo de decir las quejas que Castilla hubo de Guillermo de Croy, señor de Xevres, será bien que diga algo de las virtudes y buenas partes que tenía, y porque éstas se fundan sobre un buen nacimiento, digo primero que fue su origen de los reyes de Hungría, y así traen por armas los de su familia fajas de plata y de gules de siete piezas, o en campo de plata tres fajas de gules, para diferenciarse de las de los reyes, que son de ocho piezas; porque ninguno puede traer las armas enteras de algún reino, aunque sea hijo del rey, sin alguna diferencia y señal de diminución.

Esteban de Hungría, hijo tercero de Bela, a quien Coloman, rey de Hungría, su tío, sacó los ojos, vencido del rey Esteban, su sobrino, siendo desterrado de Hungría, pasóse en Francia reinando en ella Luis el Mozo, año 1173. Tuvo por hijo a Marco de Hungría, que por sentir mucho el destierro de su padre, andando por Francia casó con Catalina, heredera de Araynes y de Croy, de donde tomaron el apellido, en la cual hubo a Guillermo, que casó con Ana, hija del conde Arnoldo de Ghisnes. De ellos nació Jaques, o Diego de Croy y de Araynes, el cual casó con Margarita de Soissons, y hubo en ella a Jaques, señor de Croy y de Araynes, Baillinville, Guyenconstretes. Tuvo por mujer a María de Picquigni, año 1313, padres que fueron de Guillelmo, señor de Croy, que casó con Isabela, heredera de Renty; en cual hubo a messire Juan de Croy, señor de Renty y gran maestre de Francia, y primero chambellan de los duques de Borgoña Felipe el Ardido y Juan de Borgoña el Intrépido, su hijo, en cuyos tiempos se pasaron a los estados de Flandes y se naturalizaron en ellos.

Tuvo por mujer Juan de Croy a Margarita de Craon, señora de Thoa sobre Maene. De ellos nació Antonio, señor de Croy, conde de Porcean, señor de Renty, Araynes, Senighem, etc., caballero del Toisón de oro. Casó con Margarita de Lorena, en la cual hubo a Felipe de Croy, padre de Guillelmo de Croy, de quien hablamos, llamado el Sabio. Fue hijo tercero de Felipe, y Felipe fue conde de Porcean, señor de Arscot, Beaumont, Senighem, Renty, Montcornet, Arames, Bierbeque, etcétera; camarero mayor del duque de Brabant. Su madre se llamó Jaquelina, o Jacoba de Luxemburgo. Fue señor de Chievres, o Xevres, después primero marqués de Arscot. Compró la baronía de Heverles. Fue su mujer de Guillelmo de Croy, madama María Magdalena de Hamal, de la cual no hubo generación.

Condiciones de Guillelmo de Croy. -El hábito del Tusón se dio a gente común. -Quieren matar a Xevres los envidiosos.

En los estados de Flandes está el señorío que llaman de Chievre, que es en castellano Xevres, en el condado de Henaut, que en los tiempos de Maximiliano rentaba ocho mil ducados, según común estimación. En tiempo del emperador Frederico, padre de Maximiliano, era señor de esta casa Carlos de Croy, que fue gran bailio del condado de Henaut, que es ser gobernador y justicia mayor. Y tenía este oficio porque era caballero valeroso y privado de Federico. Muerto monsieur de Croy, dejó dos hijos: el mayor fue conde de Porcian, el segundo se llamó Guillelmo de Croy, y por otro nombre, monsieur de Xevres, por ser señor del lugar que llaman Xevres.

Fue este Xevres hombre de buena presencia y claro juicio, hablaba bien y era en los negocios cuidadoso, y cuando en ellos había dificultades, inventaba medios para bien despacharlos. Era sufrido y de gran espera. Fue desde mozo ambicioso de honra, y procurábala por todos los medios que podía: en especial con el emperador Maximiliano, al cual él hacía muchos servicios. Fue codicioso de hacienda más de lo justo, y granjero en ella, y en la mano que tuvo en el reino era absoluto, sin querer admitir ni consultar parecer de otro.

Cuando el rey don Felipe el primero vino a España con la reina doña Juana, su mujer, y tomaron a su cuenta el reino (que fue año de 1506), dejó por gobernador de Flandes a este monsieur de Xevres. Muerto don Felipe, el emperador Maximiliano se apoderó del gobierno de Flandes y de la tutela de su nieto, y dio la gobernación a su hija, madama Margarita, viuda del príncipe don Juan de Castilla. Tornó Xevres al oficio que él y su padre habían tenido, éste es, a ser bailios en el condado de Henaut, y de allí trabajaba por volver al servicio y gracia del emperador Maximiliano y del príncipe don Carlos. Como Xevres moría por haberlo y el príncipe de Ximay por dejarlo, concertáronse presto en que Xevres le dio ocho mil ducados por el oficio que en la casa del príncipe tenía.

Andaban en aquel tiempo algunos españoles, alemanes y flamencos desfavorecidos en la Corte del príncipe don Carlos, y esto le fue harta ayuda a Xevres para alcanzar el oficio de chamarlán, y para entrar en servicio del príncipe. Y deseaban esto los desfavorecidos por hacer cabeza de Xevres, y ponerlo por competidor a madama Margarita, la cual con cierta parcialidad de flamencos favorecía los aficionados del rey don Fernando el Católico que gobernaba en España, y por otra parte el emperador Maximiliano favorecía los españoles que habían sido criados del rey don Felipe su hijo, como eran don Alonso Manrique, obispo de Badajoz, don Juan Manuel y don Diego de Guevara y otros. Los que desearon que Xevres alcanzase aquel oficio eran los que no estaban bien con el rey don Fernando y habían sido criados de don Felipe, y Xevres fue tan ingrato a sus favorecedores, que si antes andaban desfavorecidos de madama Margarita, después se quejaban que los perseguía Xevres.

Luego que se vio con el oficio de chamarlán, procuró tener mano en la hacienda del príncipe, y esto trató con el emperador Maximiliano, ofreciéndole que él granjearía de tal manera la hacienda del príncipe, que bastase para él y sobrase para socorrer las faltas del Emperador. Era Maximiliano generosísimo príncipe, y como gastaba más de lo que tenía, andaba siempre alcanzado; y así tuvo por bien que Xevres entendiese en la hacienda, con las esperanzas que daba del socorro que ofrecía. Y aunque Xevres era aborrecido de muchos, sustentábase con el favor que el Emperador le hacía. y él con los dones le ganaba y confirmaba la voluntad.

Año de 1513, cuando el príncipe entraba en los catorce años, procuró Xevres con las ciudades y príncipes de los estados de Flandes, que quitasen la gobernación a Margarita y que el príncipe entrase en ella, pues ya tenía edad conforme a las leyes de Flandes. Los que querían mal a madama Margarita se holgaban de ello. Viendo Xevres que tenía ya ganadas las voluntades de muchos, acordó de enviar al emperador una gran suma de dinero para comprarle el mismo parecer. Y así fue que el Emperador envió a mandar que se entregase al príncipe el gobierno de Flandes, pues era suyo y tenía edad competente, y que Xevres gobernase la casa como mayordomo mayor del príncipe. Ninguna cosa de estos tratos sabía madama Margarita, hasta que en el año de 1514, a 6 de enero, día de los reyes, presentaron los poderes del Emperador, y requirieron con ellos a madama Margarita, y quebrantaron los sellos con que ella sellaba, y rompieron las cartas y poderes que tenía para gobernar los estados, diciéndole que el príncipe quería gobernar su tierra. Lo cual ella, y los que estaban cerca de ella, sintieron por extremo (si bien lo disimularon) y hicieron de los alegres, como dije cuando los estados celebraron las fiestas de su nueva gobernación.

Mudados los oficios de la casa, y nombrados nuevos oidores y oficiales, acordó Xevres de llevar al príncipe por las ciudades de Flandes para tomar la posesión del Estado. Y así se fueron y dejaron a madama Margarita.

Tuvo monsieur de Xevres muchas virtudes; fue amigo de paz, deseó grandemente que el príncipe entendiese en el gobierno del reino, para que cuando tuviese edad acertase en él; en tanta manera, que todos los pliegos y despachos que venían de las provincias, se los entregaba y hacía que los viese y trajese al Consejo para consultarlos en él.

Y un día monsieur de Genly, embajador de Francia cerca de la persona del príncipe, siendo convidado de Xevres a cenar, dijo a Xevres que se espantaba mucho de que pusiese en tantos cuidados al príncipe siendo de tan poca edad, que sería mejor que él lo hiciese, pues tenía poder para ello. Y Xevres le respondió: Primo mío, soy tutor y curador de su juventud, y quiero que cuando yo muriere tenga noticia y experiencia de cómo ha de gobernar, porque si no entendiese sus negocios, sería menester después de mi muerte que se le diese otro curador, por no haber sido criado en el gobierno de su reino. Consideración por cierto harto honrada y digna de la sangre de este caballero.

Venida la nueva a España cómo el príncipe había tomado la gobernación de los Estados, los que esperaban de él mercedes y adulaban a Xevres fueron muy alegres, y los que eran servidores del Rey Católico recibieron pena. Dentro del mismo año de 1514, concertó Xevres que se celebrase capítulo de la orden del Tusón. Hízose así a 20 de setiembre, y diose el hábito, porque lo quiso Xevres, a personas bajas en sangre y estado, y de ningunos méritos, valiendo más el ser amigos de este privado, que la nobleza y conocida virtud de otros. Caso lastimoso y que pecan mortalmente y son infieles a Dios y a la orden y nobleza del reino que se fía de los que son parte en esto y defraudan el instituto ilustre y generoso de las órdenes militares, y hacen dignos a los indignos, y capaces de los diezmos y rentas que no pueden llevar, pues no son nobles y son como hurtados, y quitan la honra y el crédito a la religión con probanzas falsas y hechas con poca diligencia por particulares intereses que a tales traidores les ofrecen los pretendientes. Lloro esto no sin causa.

Como fue hecho esto en el primer año y principio de la gobernación del príncipe, notóse mucho y murmuraron todos. Y lo que peor fue, que los corazones de muchos se enajenaron del príncipe y le perdieron el amor que le tenían, y concibieron contra Xevres un mortal odio, y fue causa que entre los que estaban en servicio del príncipe hubiese escándalo.

Visto por muchos caballeros naturales y extranjeros que Xevres era absoluto señor en todo lo que quería, y que de sus amigos antiguos había perdido los más, con parecer de los embajadores de España e Ingalaterra trabajaron de quitarle la privanza, y si no, que le quitasen la vida con ponzoña o de otra cualquier manera. Mas fue descubierta la traza y trato, y así no tuvo efeto. Tales fueron los principios de la gran privanza de monsieur de Xevres. Los demás inconvenientes y daños que de ella se siguieron diré en el discurso de esta historia.

Visita el emperador a su nieto don Carlos. -Trata de venir el rey a España, y lo que importaba. -Renuévase la amistad con Francia. -Paz de Noyon entre Carlos y Francisco: Los capítulos de ella. -Entrega el emperador la ciudad de Verona.

En el principio del año de 1517 estaba el rey en Bruselas, y el Emperador su abuelo vino allí para dar orden y priesa en la partida para España. Hízosele un solemne recibimiento, saliendo el rey con toda la grandeza de su Corte. Vinieron con el Emperador, el conde Palatino, el marqués de Brandemburg, príncipes electores, y los duques de Baviera y Branzuyc, y otros grandes señores. Y por consejo y acuerdo de todos, volvieron de nuevo a Francia para asegurar la paz.

Importaba la venida del rey Carlos en España, porque con mucha razón se podía recelar que un reino tan poderoso y principal, que por más de mil años no había besado mano de rey que no hubiese nacido en su suelo, ni sufrido ausencia de un año, se resintiese y aun alterase, viéndose gobernado por un fraile y un clérigo, y que los señores poderosísimos de tan alto nacimiento que se pueden igualar con otros reyes, estuviesen tan sujetos y humildes; que eran causas para poder temer alguna gran alteración. Por estas y otras razones pareció prudentemente que se debían posponer todas las cosas de aquellas partes, y apresurar la venida. Lo cual no se podía hacer cómoda ni seguramente, sin asentar primero la amistad con el rey de Francia, porque se debía temer de aquel mozo, animoso y de tanta potencia, que habiendo vencido a los esguízaros en batalla sangrienta, y que también había rebatido honrosamente la impresa del emperador Maximiliano, y entonces amenazaba que había de recobrar por armas el reino de Nápoles y restituir en el de Navarra a un hijo mozo del rey don Juan de la Brit, que poco antes había fallecido en Francia. Y metido el rey don Carlos en España, dejando a las espaldas tal enemigo, podía temer la guerra en los Países Bajos de Flandes que confinan con Francia.

También Xevres deseaba la paz entre el rey don Carlos y el rey Francisco de Francia. Para tratar de ella, se concertó, que por ambas partes se enviasen personas tales a Noyon, que es en los confines de Langres y de Borgoña. Hízose, pues, en Noyon la paz por mano de embajadores, con estas condiciones.

La primera, que la diferencia sobre el reino de Navarra se pusiese en manos de jueces y que si pareciese justicia, el rey don Carlos fuese obligado a restituir aquel reino al hijo del rey don Juan que fue echado de él.

II. Que el rey don Carlos pague cada un año al rey de Francia cien mil ducados, para que pareciese que tenía algo en el reino de Nápoles

III. Que para firmeza de esta paz el rey don Carlos casase con madama Luisa, que a la sazón era de un año, y que si muriere, casase con otra que Dios le diese, y a falta de hija casase con Renata, cuñada del rey de Francia.

IV. Que el Emperador diese a los venecianos la ciudad de Verona por título de compra, y los venecianos al Emperador docientos mil ducados en dos pagas.

Liberalmente aceptó estas condiciones el rey don Carlos por el deseo y necesidad que tenía de pasar en España, y asimismo el Emperador, ofreciéndosele tan gran suma de dinero, no rehusó lo que le pedían, y más que él no podía sustentar a Verona ni defenderla sin hacer grandísimos gastos. Mas porque pareciese que soltaba aquella ciudad con mejor color, y se apartaba de las cosas de Italia, no entregó la ciudad a los venecianos, sino a los embajadores de su nieto el rey don Carlos, y ellos, según estaba concertado, la entregaron luego a Lautrec, capitán del rey de Francia.

Ésta es la paz de Noyon, que fue la primera concordia que entre el rey de España y el de Francia hubo, y tan mal guardada como lo veremos, aunque cuando se hizo, el rey de Francia, que fue el que nunca la guardó, mostró gran contento con ella como tenía razón, y dijo palabras de mucho amor y amistad, llamando hijo muy amado al rey de España.

También dicen que vino un legado del Papa para hallarse en esta concordia. Por manera que la paz fue general en toda la cristiandad; mas por nuestros pecados, y por la buena ventura de los enemigos infieles, duró poco, y no por falta del rey de España, con no ser en su favor nada de lo que se capituló en ella.

Apréstase el rey para venir a España. -Valladolid dura en su inquietud sobre la ordenanza del cardenal.

Asentadas estas cosas y otras que convenían al buen gobierno de los Estados de Flandes, dieron el gobierno de ellos a madama Margarita, viuda de Saboya, y el Emperador partió para Alemaña, y de ahí a pocos días salió el rey de Bruselas trayendo consigo a su hermana la infanta doña Leonor a la isla de Valqueren, y en fin de junio año 1517 entró en la ciudad o villa de Middelburch o Mediaburg, que es en Zelanda y confina con Holanda, que son dos islas que hace el poderoso río Rhin dividiéndose en brazos y tierras muy pobladas y fertilísimas. Allí tenía aparejada la flota y armada de más de ochenta naos muy gruesas para su venida a estos reinos.

Detúvose muchos días por falta de tiempo, y en España se supo luego cómo el rey estaba de partida, y se hicieron grandes oraciones y plegarias por su buena navegación, y con grandísimo deseo le esperaban.

En el principio de este año de 1517, en el tiempo que pasaban en Flandes las cosas ya dichas, la villa de Valladolid duraba en su alteración resistiendo a la ordenanza nueva que el cardenal había hecho, que aunque otros lugares y ciudades de las principales la obedecieron y comenzaron a ejecutar, haciendo sus capitanes y oficiales de guerra, Valladolid tuvo tal tesón que nunca quiso aceptarla.

Vinieron cartas del rey para la villa en creencia de los gobernadores, en que les mandaba que cesasen los movimientos y se redujesen al servicio de Su Alteza y a obediencia de los gobernadores en su nombre, por lo cual el cardenal envió cartas a la villa y personas de autoridad, que tratasen de pacificarla. Y dentro de algunos días se concluyó, porque el cardenal no quiso tratar más del cumplimiento de la ordenanza.

Y monsieur de Laxao y el deán de Lovaina escribieron dos cartas, una para la villa, y otra para el corregidor, en que decía a la villa que bien sabían por cartas del rey la voluntad que tenía a estos reinos y a su buen gobierno, y cuánto le desplacían aquellos movimientos y turbaciones que por fuerza habían de suceder en daño de sus súbditos y mal ejemplo a otros pueblos, a quien el rey es deudor de la justicia y buen tratamiento como señor natural. Que tenía por muy grave que en Valladolid hubiese acaecido cosa en contrario de esto sobre el hacer de infantería que el cardenal había mandado, y doliéndose de este escándalo, movido con el celo que los reyes sus progenitores siempre tuvieron, y con él rigieron estos reinos, les había mandado hacer cierta información sobre ellos, para que visto todo lo mandaría proveer como más conviniese al servicio de Dios y suyo, paz y sosiego de la villa.

Y que así, en virtud de los poderes y cartas de creencia que tenían, decían al consejo, justicia y regidores de esta villa, caballeros y escuderos, cómo la voluntad de Su Alteza era que luego dejasen las armas y se sosegasen y apaciguasen, y que no rondasen ni anduviesen juntos, y que no echasen sisa ni imposición alguna: mas que todo lo repusiesen, en el punto y estado que estaba antes que la gente de infantería se comenzase a hacer, hasta tanto que el rey lo mandase ver en su Consejo, y suspendiesen el hacer de la gente y todo lo que de la dicha ordenanza había nacido, para que no se hiciese novedad, ni se procedería contra persona alguna de la villa, ni contra sus bienes por la dicha causa; asegurando esto a la villa de parte del rey en Madrid a veinte de enero de 1517. Y al corregidor escribieron que por la carta de la villa verá cómo el rey quería ser informado cómo habían pasado las cosas de ella sobre el hacer de la gente; que diese orden como con brevedad se hiciese y cumpliese, etc.

Y la mayor parte de los vecinos de Valladolid, eclesiásticos y seglares, pidieron les diesen procuradores generales y cuadrillas, como decían las hubo en tiempo del rey don Alonso el onceno, que llaman el de las Algeciras; y el cardenal, por los complacer, estando en Tordelaguna, se lo concedió en la forma que estaba concedido a Burgos en la elección con muchas prerrogativas, como por el privilegio parece: así cesó todo el levantamiento o motín de Valladolid, sobre lo de la infantería nueva.

Los gobernadores extranjeros no pueden sufrir la resolución del cardenal. -Vino por gobernador a Castilla otro extranjero. -Valor grande del cardenal Jiménez.

Estando en Madrid el deán de Lovaina con el cardenal, enviaba sus quejas a Flandes diciendo que no podía hacer nada, porque el cardenal lo hacía todo y no le dejaba igualmente entender en la gobernación. Y era así que el cardenal no curaba mucho del deán en lo que a él le parecía que no iba bien guiado, aunque le escribían de Flandes. Y queriendo monsieur de Xevres y los que estaban con el rey disminuir el poder del cardenal por una manera honesta, hicieron que se enviase otro gobernador, que fue un caballero que se llamaba monsieur de Laxao, que había sido de la cámara del rey don Felipe, padre del rey don Carlos, creyendo que juntándose otro con el deán, que se disminuiría algo el poder del cardenal.

El cual vino a Madrid al principio de la cuaresma y se aposentó juntamente con el cardenal y deán en las casas de don Pedro Laso, donde le fueron dados muchos avisos, de los cuales algunos envió al rey y a monsieur de Xevres y a otros que estaban en Flandes. Pero no bastó la venida de éste para quitar un punto del poder del cardenal y que no hiciese con sumo valor lo que quisiese: y llegó a tanto, que hubo de venir otro caballero, que se llamó Armers Tors, que después fue a Portugal.

Y aun éste no bastó para que el cardenal no hiciese lo que quisiese en contra de los tres, antes andando entre el cardenal y ellos algunas diferencias secretas y queriendo todos firmar, bastó el cardenal para les quitar que ninguno de ellos firmase las provisiones que se despachaban para el gobierno del reino en nombre del rey, y él solo de ahí adelante las despachaba. Y aunque se supo en Flandes pasaron por ello, y así se salió con todo sin que ninguno fuese parte para se lo estorbar. De lo cual no poca indignación secreta se concibió contra él en Flandes, entre los que estaban cerca de la persona del rey, como pareció después.

Pleito sobre el priorato de San Juan entre don Antonio de Zúñiga y don Diego de Toledo. -Don Hernando de Andrade, primer conde y muy valeroso. -Divídese el priorato de San Juan. -El prior don Diego de Toledo muere en Perpiñán.

Estando todavía en Madrid el infante y los gobernadores este año de 1517, por el mes de julio se encontraron muy mal don Antonio de Zúñiga, hermano del duque de Béjar, y don Diego de Toledo, hijo del duque de Alba, sobre quién había de tener el priorato de San Juan, que en Castilla es de mucho interés y calidad. El rey envió a mandar desde Flandes a los gobernadores que hiciesen ciertas diligencias con el duque de Alba y con su hijo don Diego: y si aquéllas no bastasen que ejecutasen unas sentencias y ejecutoriales que se habían dado en corte romana sobre el dicho priorato en favor de don Antonio de Zúñiga, hermano del duque de Béjar.

Y sobre esto se envió despacho al cardenal con acuerdo del Consejo dado en Bruselas a 15 de enero año de 1517. Mas el duque de Alba se opuso al mandato del rey y le siguieron todos los de su apellido en favor de don Diego de Toledo; el cual desde el tiempo del Rey Católico y con su autoridad como gobernador estaba en la posesión de él, y confirmada por el gran maestre de Rodas. Y alegaban que don Diego no debía ser despojado de ella, en especial, que se pretendía el dicho priorato ser del patronazgo real, así por costumbre inmemorial, como por bula del Papa Martino concedida al rey don Juan el II y a sus sucesores.

Y que así la provisión de don Antonio no valía nada, ni debía ser ejecutada, y que ésta era cosa que tocaba a la preeminencia real, y que el fiscal debía salir a ella como otras muchas veces había hecho en semejantes casos, y no dar lugar que se innovase contra ella, y que demás de esto la provisión de don Antonio había sido hecha por Roma y la suya por Rodas: y siempre en Consejo eran favorecidas las provisiones de las encomiendas que se hacían por Rodas, como hechas según Dios y orden a personas dignas y beneméritas.

Por parte de don Antonio se decía que el Rey Católico, por favorecer a don Diego de Toledo le había hecho agravio y fuerza notoria, porque teniendo este priorato don Álvaro de Zúñiga, su tío, pacíficamente, que lo había habido en tiempo del rey don Enrique el IV, cuando se lo quitó a Valenzuela, y queriendo renunciarlo en él, y aun habiendo renunciado, estorbó que no hiciese efeto la dicha renunciación y vino a la Mejorada, donde el rey estaba, un embajador enviado por el gran maestre de Rodas no a otra cosa, y hizo colación del priorato en don Diego, en gran perjuicio y agravio de don Antonio, que tenía la renunciación; y que él había recurrido al Pontífice, que era superior de las Órdenes; en especial que no había podido estorbar el agravio que de hecho el Rey Católico le hacía, y así S. S. le había hecho y pudo hacer la colación y después había tratado pleito con don Diego de Toledo en Corte romana, y obtenido ejecutoriales en Rota, los cuales había pedido a Su Alteza, y el rey desde Flandes lo había así mandado.

El cardenal gobernador mandó requerir al duque de Alba con algunos medios buenos, conforme a la carta del rey, en especial diciéndole que no podía dejar de ejecutar los mandamientos del rey, pero que por su respeto y de su hijo y por traer los negocios a buen medio, le placía que el duque nombrase algún caballero o deudo de su casa que hiciese pleito homenaje al rey, que con esto él cesaría de hacer el secresto y ejecución que le era mandado hacer, y que por esta vía quedaba en la posesión su hijo como de antes. El duque no tuvo en nada esto, y fue avisado el cardenal que a su mesa del duque y públicamente se hablaba mal de su persona. La pasión y cólera se encendió de tal manera que el duque y su hijo tentaron de se poner en resistencia y enviaron a Consuegra para la defender; mas el cardenal, que ya estaba de otro propósito, envió gente del rey para la tomar por fuerza, y por capitán con ella a don Fernando de Andrade, que fue un gran caballero y primer conde de Andrade, el cual fue y no halló resistencia, ni quien la defendiese ni le impidiese, y así se entregó en ella y diola a la parte de don Antonio de Zúñiga, como el rey lo mandaba, de la cual fue desapoderado y quitado don Diego de Toledo después de haber poseído muchos años el priorato.

Sobre lo cual el duque de Alba se quejó al rey, y el rey, venido en España, hizo que tomasen medio, el cual se dio, que ambos fuesen priores y se dividiesen entre estos dos caballeros las rentas. Y dio el rey cierta pensión a don Antonio, por lo que le había quitado del priorato. Pero es cierto que en Rodas solamente tenían por prior a don Diego, y así todo lo que de Rodas se enviaba en España venía cometido a don Diego y no a don Antonio; ni los caballeros de la orden le tenían por prior, ni le obedecían como a don Diego de Toledo, de que se siguían hartos inconvenientes y aun escándalos, en que era necesario que la persona real pusiese la mano para los remediar. Y así quedó esta diferencia hasta que después de algunos años, estando el prior don Diego en la frontera de Perpiñán por capitán general, falleció arrebatadamente, y con esto cesaron del todo las diferencias que fueron peligrosas y notables entre estas dos grandes casas y temidas en Castilla por los bandos y parcialidades que comenzaban a levantarse entre ellas; mas el rey lo remedió prudentemente, con que los duques quedaron en paz y amor.

Pasan muchos castellanos a pretender a Flandes. -Lealtad grande de los nobles de Castilla. -Lo que podía la avaricia en este tiempo. -Vendíanse los oficios y dignidades del reino. -Avisan los del Consejo al rey. -Buen gobierno del rey don Enrique III. -Prudencia grande de que los Reyes Católicos usaban en proveer los oficios.

Antes que viniese el rey a España luego que el Rey Católico falleció, pasaron a Flandes muchas personas de estos reinos, y los más de ellos hombres de poca calidad, que en Castilla, porque eran conocidos, no los estimaban con fin de haber oficios y tener entrada en la casa real, y otros a negocios arduos, que en vida del Rey Católico no habían podido alcanzar. Otros fueron a sembrar cizaña y decir mal de sus naturales, pensando coger por aquí el fruto de sus ambiciones: que para el bien del reino, ni servicio del rey, fuera bien que nunca allá llegaran, porque pusieron las cosas de estos reinos en codicia y malos tratos, y despertaron a los flamencos a muchos males que causaron en el reino, que ya los podemos comenzar a llorar.

Y fue grande la misericordia que Dios usó con Castilla, y es de alabar y estimar para siempre la lealtad de los nobles de estos reinos, como no dieron en despeñarse, según fue la mudanza que en ellos hubo, de los tiempos de los Reyes Católicos hasta que el rey don Carlos conoció sus reinos y fue conocido en ellos.

Quisieran algunos de los que fueron a Flandes que el nuevo rey quitara el Consejo de Castilla, en el cual había hombres de letras, larga experiencia y conocida virtud, criados a los pechos del prudentísimo Rey Católico y muy celosos de su servicio y del bien del reino. Y si bien monsieur de Xevres no era de este parecer, no por eso dejaron de se meter en comprar los oficios; tanto que muchas veces no bastaban servicios pasados, ni buenas costumbres, ni ciencia, ni experiencia, si no eran acompañados de dineros. Digo esto por papeles originales de personas muy graves y religiosos de aquel tiempo, que lo sienten y lloran.

Era gran parte de este mal, el gran chanciller que se llama Juan Salvage, natural de Bruselas, que tenía consigo entre otros un dotor su familiar que se llamaba Zuquete, por cuya mano se hacían estas ventas, y era el conduto, y, en nuestra lengua, albañar de las inmundicias que cuando hay tales tratos corren.

De lo cual el rey no sabía ni entendía nada, porque todo se lo decían diferentemente de como pasaba. Y aun, lo que peor era, que por se excusar y prender más al rey, de secreto le servían con parte de aquellos intereses, dando como dicen los pies por Dios del hurto mayor.

Fue esto de tal suerte, que algunos oficios del reino y del Consejo de cámara se vendieron por dineros que se dieron a este gran chanciller, y vino a tanto el rompimiento, que uno del Consejo en nombre de Xevres, según él decía, andaba requiriendo a todos los que tenían oficios principales en la Corte, para que se compusiesen, y que les darían provisiones nuevas, de lo cual se hacía suma de veinte mil ducados que se habían de dar a monsieur de Xevres. Y así todos o la mayor parte, redimiendo la vejación, se dejaron cohechar, y si alguno no lo hizo le costó caro.

Sabido por los del Consejo, escribieron al rey diciendo:

«Que la fidelidad y buen celo con que le servían y habían servido a sus padres y abuelos, les obligaba a que le escribiesen su parecer como fieles consejeros, y teniendo solamente respeto al servicio de Dios y de Su Alteza, y al bien de esta república de España, donde eran naturales, a cuyo buen regimiento Su Alteza había sido llamado por Dios; porque con lo decir y avisar agora a Su Alteza, no les pudiese adelante ser imputado cargo ni culpa alguna, que los grandes príncipes y reyes como él era, en el acatamiento de Dios y de las gentes, son reyes en cuanto bien rigen y gobiernan. Lo cual señaladamente está en la elección y buen nombramiento de las personas que le han de ayudar a llevar tan gran carga: porque sin ayuda de muchos, por perfectos y dotados que los príncipes sean de virtudes, no la podrían llevar. Y dejados aparte los ejemplos antiguos, entre los otros sus progenitores que en esto tuvieron grande advertencia, fue el uno el rey don Enrique el III, abuelo tercero de Su Alteza, el cual siendo impedido de su persona por graves enfermedades que tuvo en su juventud, amó tanto las personas virtuosas y de letras y aprobada conciencia, que con ellos rigió y gobernó sus reinos en mucha paz y justicia. Y así sabía conocer los buenos varones, que donde quiera que estaban los llamaba y honraba premiándolos, y con esto su estado, hacienda, casa real y la justicia fue todo tan bien regido y gobernado, que de él han tomado y toman después acá sus sucesores: como por el contrario se vio muy claro en tiempo del rey don Enrique IV por algunas personas que consigo traía, que bastaron para confundirlo todo.

»Y no es menester tratar ejemplos antiguos de que los libros están llenos; baste, dicen, que el Rey y Reina Católicos de inmortal memoria, sus abuelos, fueron en esto tan excelentes, que sobrepujaron a sus antepasados, porque todos los vimos, y sabemos que muchas veces dejaban de tomar sus criados para los cargos y administraciones del reino, y los daban a extraños que no conocían, si de ellos tenían concepto de sus virtudes y habilidad y confianza que por ellos serían mejor administrados; y excluían a los que procuraban los oficios, y a otros que no los querían llamaban para ellos; y así nunca en su tiempo se pecó en la ley Julia ambitus repetundarum. Lo cual por los pecados de todos no vemos que de pocos días acá se guarda así.

»Tenían asimismo gran vigilancia de no subir a nadie de golpe, mas guardando siempre aquella gran prudencia y moderación de que otros príncipes se halla primer haber usado: procuraban los hombres y poco a poco, como sus obras respondían, eran sucesivamente colocados en otras administraciones y oficios mayores de más confianza. Y aun proveían que las calidades de las personas conviniesen en todo con los negocios que les habían de cometer. Lo cual hacían también sabia y discretamente, que las personas eran así proporcionadas a los oficios y negocios, que no había ni podía haber disonancia ni contradición alguna. Y esta manera de gobernar, que es la que Dios quiere y la república ama, alcanzaron por mucho discurso de tiempo, que bienaventuradamente reinaron, y por experiencia de grandes hechos que pasaron por sus manos: donde conocieron claro de cuánto precio y estima es la elección de buenas personas y cuán dañosa y perniciosa la de no tales.

»Y así, teniendo fin al servicio de Dios y bien de sus súbditos, proveyendo a los oficios y no a las personas, libraron sus gentes de grandes tiranías, males y daños en que estos reinos estaban puestos, con la ayuda de Dios y buen consejo de las personas que tan sabiamente elegían; y se los habían dejado a Su Alteza tan pacíficos, prósperos, ya ejercitados y bien regidos, como los había hallado, cuando en ellos bienaventuradamente sucedió.

»Y que pues Nuestro Señor había dotado a Su Alteza de tan buen natural y claro juicio y, otras muchas y singulares virtudes que le acompañaban y esclarecían su real persona, con que podía conocer, siendo servido, todo lo que le decían ser verdad, y el daño que se podía seguir de no lo hacer y la ofensa que a Dios Nuestro Señor, a quien nada se esconde, se hace, pues es cierto que la mala elección es culpa grave, y el que elige el mal es obligado a todos los daños y mal ejemplo que de tal elección se sigue.

»Le suplicaban humilmente, pues que Dios le puso en su lugar por bien de la cosa pública, agora que las cosas tenían remedio y estaba Su Alteza al principio de ellas, le pluguiese de lo querer todo mirar y encaminar al bien público y servicio de Dios y suyo, como las leyes de estos reinos lo disponen, no teniéndolo en poco, pues es la mayor cosa de todas, y de que más provecho y daño adelante se podría seguir.»

Daño que hacen malos privados, y merece infinito el que es bueno. -Cohechos del chanciller. -Escribe el rey al reino sobre dos capítulos de la paz de Noyon.

No bastó esta discreta carta que los del Consejo escribieron al rey, porque el demonio iba ya haciendo la cama a los grandes males y desventuras que dentro de tres años sucedieron en estos reinos; y porque uno de los peligros en que los reyes están, cuando se dejan apoderar de sus privados, si no temen a Dios, es que ni tienen ojos ni oídos, ni ven papel, ni oyen a nadie, sin que primero pase y se registre por mano de ellos, y ya que reciben el memorial que les dan, no lo leen, y sucede remitirlo al mismo contra quien se da. No porque el Consejo escribió al rey y se murmuraba y sentía en el reino, refrenó su codicia el gran chanciller, que aun venido el rey a estos reinos hacía lo que en Flandes, vendiéndolo todo a peso de oro y de aquellos doblones viejos que los Reyes Católicos batieron.

Llegó a tanto la rotura, que se dijo públicamente que en cuatro meses que había estado en Castilla, había enviado a su tierra cincuenta mil ducados, de que después se siguieron grandes alteraciones en el reino. Primero en las voluntades de los hombres, y después de vuelto el rey a Flandes, en obras y hechos, cumpliéndose lo que dice el derecho, que la experiencia muestra que de venderse los oficios se siguen levantamientos y discordias en los pueblos, como las hubo en Castilla, no por faltar los castellanos en la fidelidad debida a sus reyes, sino por éstas y otras intolerables demasías de malos ministros.

En este tiempo escribió el rey a los gobernadores desde Flandes, haciéndoles saber la paz y concordia de Noyon, y en particular les dijo de los dos capítulos, que había de dar al rey de Francia, por la pretensión de Nápoles, cien mil ducados cada año, hasta que se casase con madama Claudia, hija del rey de Francia; y en lo del reino de Navarra, que el rey haría con don Enrique de la Brit, pretensor del reino, toda la satisfación que en justicia debiese; por manera que tuviese causa de se contentar.

Notable carta que el Consejo escribe al rey, pidiendo su venida, y avisando de los atrevimientos de don Pedro Girón.

Era grande el peligro en que estaba el reino por estar sin rey, y el gobierno en el estado que los consejeros dicen en su carta. El conde de Ureña traía pleito con el duque de Medina-Sidonia, y no quería averiguarlo por justicia, sino por las armas, porque su hijo don Pedro Girón era un valiente caballero, y más atrevido y animoso de lo que a su grandeza convenía, y los del Consejo escribían a menudo al rey, suplicándole que, pues le constaba la necesidad que en estos reinos había de su real persona, quisiese venir a ellos con brevedad, y que las cosas que el conde de Ureña hacía, continuando lo que había comenzado en el Andalucía, pedían remedio poderoso y breve, y otras cosas que por ser notables se pondrán a la letra.

«Muy alto, católico y muy poderoso rey, nuestro señor: Recibimos la carta de Vuestra Alteza, por la cual nos hace saber las causas de la dilación de su venida al presente en estos sus reinos: y por ello besamos los pies y reales manos de Su Alteza, aunque sentimos la ausencia y dilación cuanto es razón que la sintamos, como es verdad que todos vuestros súbditos generalmente lo han sentido y sienten, porque se tienen en esto por desamparados y casi huérfanos careciendo de la presencia real de Vuestra Alteza, que es lo que más gravemente se debe sentir, pues con ella todos seríamos muy alegres y consolados de los trabajos pasados, y la república de estos reinos se ternía por muy bienaventurada, por ser regida y gobernada por mano de tan católico y excelente y justo rey y señor. Mas considerando cuánta razón tiene, y las causas por que Vuestra Alteza se mueve a diferir su partida, nos da algún consuelo, el cual tenemos a Vuestra Alteza en grande y señalada merced, y le suplicamos muy humildemente, por el bien de estos sus reinos, ponga efeto en su venida, como por su letra nos la certifica; que en verdad esto sólo más que otra cosa cumple a vuestro servicio. Y en este medio, por que Vuestra Alteza más libre de ocupación y con mayor reposo pueda entender en la buena expedición de los negocios de allá, pues son tales, y de tanta calidad e peso, ternemos mucho cuidado e diligencia (cuanto en nos fuere) para que en lo de acá se haga y esté todo bien regido e gobernado, así en la pacificación de estos reinos, como en la administración y ejecución de la justicia, como conviene al servicio de Dios y de Vuestra Alteza. Estando escribiendo ésta, envió el reverendísimo cardenal una carta del presidente e oidores de la Chancillería real de Granada, que enviamos a Vuestra Alteza originalmente para que lo mande ver, porque es bien que esté informado de todo lo que por acá pasa. Ya Vuestra Alteza sabe como por causa del conde de Ureña se revolvió toda la provincia del Andalucía, luego que el Rey Católico falleció, dando el dicho favor y ayuda al dicho don Pedro Girón, su hijo, para tomar por fuerza de armas al duque de Medina-Sidonia su estado: que fue el primer movimiento que en estos reinos se hizo, como Vuestra Alteza lo había sabido más largamente. Después acá, no contento con esto, a un oficial de la chancillería real de Granada, que fue enviado por los oidores a él para hacer ciertos autos de justicia, lo hizo, prender y tuvo preso muchos días, y agora últimamente a un relator de la Chancillería de Granada, yéndole a notificar una carta de emplazamiento con seguro de Vuestra Alteza que los oidores le dieron, sin tener acatamiento a la carta de Vuestra Alteza y seguro, y que era oficial conocido, dicen que fue maltratado y abofeteado y mesado, y le dieron una cuchillada en la cabeza, según que Vuestra Alteza lo mandará ver por la dicha carta. Asimismo, otro que fue a tierra del dicho conde a ejecutar por los maravedís del servicio de Vuestra Alteza, fue resistido, y le dieron ciertos palos, y le tiraron con una ballesta; y en fin, se vino sin hacer la dicha ejecución, porque de hecho le tomaron las dichas prendas que ya él tenía. Todas estas cosas y otras -que no se escriben a Vuestra Alteza- son de muy mal ejemplo, y dignas de muy gran punición y castigo, y los oidores se duelen de ellas y las sienten con mucha razón, porque turban la paz del reino y quiebran vuestras cartas de seguro selladas con el sello real, e señaladas del presidente y oidores, en que está toda la autoridad de Vuestra Alteza e de los reinos. E injuriar e mal tratar sus oficiales e ministros conocidos, e impedir la cobranza de vuestros dineros, no cumpliendo vuestros mandamientos reales, es rebelión conocida, y la cosa más grave que puede suceder en desacato de Vuestra Alteza. E nos parece que no conforma esto con el alzar de los pendones, que dicen hizo por vuestro servicio, antes parece que quiere continuar el dicho conde en tiempo de Vuestra Alteza lo que acostumbraba en tiempo del Rey e Reina Católicos, vuestros abuelos, aunque en verdad sus excesos no quedaban sin punición y castigo. También agora el reverendísimo cardenal nos mostró una carta que Vuestra Alteza le mandó escribir para que enviase relación con parecer nuestro de lo que había pasado en el pleito de Gutierre Quijada que trae con el conde de Ureña sobre ciertos términos. Y entre tanto se sobreseyese en la determinación del dicho pleito, hasta que por Vuestra Alteza visto, mandase lo que fuese su servicio. Y lo que en esto, muy poderoso señor, pasa, es lo que enviamos por una relación que va aparte de ésta, y por ella podrá Vuestra Alteza conocer cuán poca pasión deben tener los que en esto han entendido, según las diligencias que en ello han hecho, y le constará como la relación que a Vuestra Alteza se envió por don Juan de la Cueva, vecino de Jerez, en favor del dicho conde de Ureña, en los levantamientos de la dicha provincia del Andalucía. Y las sospechas que el conde de Ureña dice que tiene contra los del Consejo es, muy poderoso señor, no solamente contra ellos, mas contra todos los buenos jueces de vuestros reinos, porque sabe que no han de permitir ni traspasar la justicia, ni pasa en verdad que ellos le tengan enemistad, como él lo quiere decir, porque ni hubo ni hay causa por ello. Lo que con verdad se puede decir es que los del Consejo hacen su oficio limpiamente, poniendo delante el servicio de Dios y de Vuestra Alteza y el bien de la patria, y guardando la justicia a las partes igualmente. Y a quien ellos aborrecen son las malas obras de los que por diversas vías no se contentan de tiranizar y escandalizar el reino; mas querrían, si pudiesen, desautorizar y remover los buenos ministros de la justicia que los conocen y entienden. Y cuando otra cosa no pueden hacer, ponen mala voz en el reino, diciendo que Vuestra Alteza manda sobreseer la justicia, que es la cosa que más los pueblos y todos comúnmente sienten, y de que las gentes reciben mayor quebranto; y esto hacen porque tienen en tanto poner la mala voz en las cosas de la justicia, cuanto conseguir lo que pretenden. Suplicamos a Vuestra Alteza muy humilmente, que pues el poder e los reinos tiene de mano de Dios, de quien le está principalmente encargada la guarda y observancia de la justicia, en la cual los reinos reciben firmeza, y el poder real se aumenta y esfuerza, le plega así en esto como en las otras cosas que acá penden entre partes, que insisten pidiendo justicia, de mandalla hacer llanamente, sin dar sobreseimientos que no se deben dar de justicia ni con conciencia, en perjuicio de la otra parte que clama. Porque la paz y la justicia tienen entre sí tanta conformidad, que el sobreseimiento de la justicia será sobreseimiento de la paz, lo que Dios no quiera; y haciéndose justicia como debe, ninguna cosa con la ayuda de Dios puede impedir la paz con que vuestros reinos serán bien regidos y gobernados en paz y justicia, y por ello Dios nuestro Señor prosperare largamente vida y estados de Vuestra Alteza, la cual, etc.»

[Resumen.]

Recibió el rey esta carta cuando ya andaba de partida, y éstas y otras quejas de otros le ponían en cuidado y espuelas para acelerar su viaje; mas el tiempo ni los negocios que por allá se ofrecían le daban lugar.

Los gobernadores se estaban en Madrid, el cardenal con poca salud, y ellos entre sí mal avenidos.

El marqués de Villena, viendo que las cosas iban en total destruición y perdimiento, vino a Madrid con color de estar con el cardenal y acompañarle y ayudarle en lo que fuese menester en la gobernación, y a vueltas de esto apretaba la negociación del conde de Ureña cuanto él podía. Y hizo venir allí al conde, y en todo se dio tan buena maña que le reconcilió con el cardenal; por manera que todos los excesos pasados se disimularon.

Ayudaba mucho en esto don fray Francisco Ruiz, obispo de Ávila, criado y compañero del cardenal, y allí se dio título de conde de Santisteban al hijo del marqués de Villena, que había de ser sucesor en su casa.

Vino también nueva que el pontífice León décimo había creado veinte cardenales, y decíase públicamente que recibía de cada uno para sus gastos diez mil ducados, caso indigno de pensar, sobre lo cual en Roma el pasquín, y en otras partes, no callaron, y cantaban como ranas; y cabía bien lo que dice el derecho: Quamquam de episcopis, et clericis, etc.

Fue uno de los cardenales Adriano, deán de Lovaina, obispo de Tortosa, gobernador de estos reinos, y Pontífice Sumo: que de esta manera pagaba Carlos a quien le servía. Y recibió las insignias en San Pablo, de Valladolid, luego que allí llegó el rey la primera vez que vino de Flandes, como adelante se dirá.

Lutero, hereje.

No merecen los pecadores que se haga memoria de ellos, pero cuando son tan notables, y sus hechos tan feos y perniciosos que destruyen una república, es fuerza decir su nacimiento, vida y obras, para que se vea por cuyas manos permite Dios que sus escogidos padezcan, y se estraguen los reinos, muden las costumbres, y lo que más es, que pierdan la fe verdadera en que vivieron y murieron santamente sus pasados.

Comenzó a sembrar la ponzoña más dañosa que ha tenido el mundo, en este año, Martín Lutero, fraile indigno de los ermitaños de San Agustín, cuyos secuaces dieron bien en qué entender al glorioso Carlos V, y nos darán que decir en esta obra. Nació este ministro de Satanás en la villa de Islevio, lugar de Sajonia, del señorío del conde de Melat Felt, en el año de 1485, a once días del mes de noviembre, día del bienaventurado San Martín, que por eso le dieron su nombre, sin lo merecer.

Sus padres eran viles, que por eso engendraron tal hijo. Él se llamó Juan Ludder; la madre, Margarita. No se llamó Ludder como su padre, porque Ludder en tudesco quiere decir burlador o ladrón. Mudóse el apellido cuando llegó a edad de discreción, y en lugar de Ludder se llamó Lutero.

Aprendió este enemigo las primeras letras en casa de su padre, en Islevio. Oyó la gramática en Magdeburg, donde estuvo sólo un año, y fuese a Isanaco, en Turingia. Estudió allí cuatro años, y pasóse a Herfordia, donde estuvo hasta graduarse de maestro en artes y filosofía, teniendo fama entre sus condiscípulos de muy agudo y estudioso. Comenzó después a oír leyes, para ganar de comer abogando, porque de su patrimonio era muy pobre.

Siendo de edad de veinte años le acaeció un caso extraño, andando paseando una tarde solo por el campo. Comenzó de tronar terriblemente, y cayó un rayo del cielo, tan cerca de él, que por poco le matara, y no hubiera sido pequeña felicidad para él y para todo el mundo. Fue tan grande el miedo que hubo de haberse visto en tal peligro, que luego propuso dejar el siglo y tomar el hábito de San Agustín, como lo hizo allí en Herfordia. Con la mudanza de la vida, mudó los pensamientos y los estudios. Estudió teología, mostrándose siempre particular en nuevas opiniones.

Era Lutero de complexión enfermo, y particularmente le fatigaban unos desmayos como de gota coral o mal de corazón. Algunos que sabían más de él, decían que le tomaban espíritus malignos, y aun por muchas señales que en él vieron, se tenía por cierto que trataba con el demonio, y que se revestía de él, y que él mismo lo confesó, porque predicando un día antes que se declarase contra la Iglesia, dijo:

-Yo conozco muy bien al diablo, y he comido con él más de un puño de sal.

Y un día, estando con los frailes en el coro, cantándose en la misa el Evangelio que dice: Erat Jesus eiiciens daemonium, et illud erat mutum, etc, en llegando el que lo decía allí donde dice: et illud erat mutum, cayó Lutero en tierra súbitamente, dando voces. Y diciendo en latín:

-Non sum ego, non sum ego; no soy yo ése, no soy yo ése.

Queriendo decir que el espíritu que estaba apoderado de aquel maldito cuerpo, no era mudo, como se echó bien de ver después, que fue tan parlero y deslenguado cuanto nunca otro se vio jamás en el mundo.

Desde aquel día, siempre entre gente discreta se tuvo gran sospecha de Lutero, de que tenía demonio, y de que lo había de ser, y príncipe de tinieblas en la iglesia; y no faltó quien dijo que le había visto tratar visiblemente con él.

Estuvo Lutero dos o tres años sin mudarse del monasterio donde tomó el hábito, hasta el año de 1508, que se pasó a vivir al convento de Witemberga, cabeza de Sajonia. Allí comenzó a leer filosofía, porque el duque Frederico de Sajonia, por ennoblecer con letras aquella ciudad, fundó en ella una universidad.

Estando Lutero sosegado leyendo su cátedra, sucedió que el año de 1511 se levantó un pleito muy reñido entre algunos conventos de su Orden con el general de los Agustinos. Y porque la causa se había de tratar en Roma, los conventos enviaron a Lutero a Roma, teniéndole por muy diligente. Acabado este pleito, volvióse Lutero a su convento, y de ahí a pocos días recibió el grado de dotor en teología, haciéndole la costa el duque de Sajonia, que le favorecía mucho. Y luego le dio la cátedra principal de teología, con lo cual fue creciendo en fama y reputación; y no se contentando con ser conocido en su universidad, envió ciertas conclusiones al estudio de Hidelberga, y sustentólas con grande ostentación, mostrándose muy agudo en argüir, y muy extraño en las opiniones.

Poco después que comenzó a leer teología, salió a predicar en público, y como era tan desenvuelto y libre y arrogante, diose tan buena maña en el púlpito, que en pocos días llevaba tras sí toda la gente; no tanto por la dotrina que predicaba cuanto por las gracias y donaires que con poca gravedad decía en el púlpito.

Estando Lutero en esta opinión y aplauso en Witemberga, sucedió por nuestros pecados que León décimo concedió unas indulgencias para la fábrica de San Pedro. Para la predicación de ellas hizo el Papa comisario general en Alemaña al cardenal Alberto, arzobispo de Maguncia y de Magdeburg, primado de Alemaña, príncipe elector y marqués de Brandamburg. Era costumbre muy antigua en Alemaña darse a los frailes agustinos la predicación de la Cruzada. El cardenal, por su gusto o por otro respeto, diola a los frailes de Santo Domingo.

Afrentáronse grande y extrañamente los agustinos, y mostróse más impaciente que todos fray Juan Estapucio, su vicario general, y Martín Lutero que le ayudaba. Tenía Estapucio su asiento en Witemberga en el mismo monasterio do vivía Lutero, y era muy particular amigo del duque y aun pariente, con lo cual, y con que tenía muy buenas partes de ingenio y traza de hombre, era estimado.

Quejóse al duque con mucho sentimiento, en presencia de su amigo Lutero, y el uno y el otro no cesaban de decir mil males del cardenal, porque les había quitado la predicación de las bulas, y junto con esto decían otros vituperios de los predicadores y aun de las bulas; atreviéndose a decir que engañaban al mundo con ellas.

El Lutero, como hombre furioso, era el que más sin freno hablaba en esto, tanto, que se atrevió a escribir al cardenal una carta muy desenvuelta y con algunos errores en la materia de indulgencias, y luego fijó en las escuelas noventa y cinco conclusiones escandalosas y mal sonantes contra lo que la Iglesia católica tiene, ofreciéndose a sustentarlas en Witemberga y en otras ciudades comarcanas.

De estas conclusiones se alteraron luego los que eran católicos y doctos; principalmente fray Juan Tetzelio, fraile dominico, inquisidor y comisario de la Cruzada, que residía en Francfordia. El cual puso luego por muchas partes ciento y seis conclusiones católicas, contrarias a las de Lutero, ofreciéndose de sustentarlas, y mostrar que las de Lutero eran heréticas.

Con esto se puso en bandos toda la tierra con grandísima pasión. Lutero tenía de su parte al duque con la reputación y crédito grande en que estaba entre la gente vulgar e idiotas. Fray Juan Tetzelio era harto más docto que Lutero, y en el crédito y oficio que tenía le hacía notable ventaja, y hombre de venerables canas; por lo cual se corría de que Lutero se quisiese poner con él en competencia. Comenzaron estos bandos a encenderse año de 1517, hasta que en el mes de hebrero del año siguiente Lutero escribió un librillo en defensa de sus conclusiones, en el cual, aunque porfiaba en defenderlas, mostró mucha humildad. Y porque nadie pensase que su intención era sentir cosa contra la fe y común opinión de la Iglesia, dedicó el librillo al papa León, y en el prólogo puso estas palabras, si bien con la cautela y disimulación con que comienzan los herejes, que por eso se llaman raposos:

Contra mi voluntad salgo a la plaza, Padre Santísimo, porque conozco cuán indocto soy, cuán torpe de ingenio, cuán falto de dotrina; pero hame forzado a salir la necesidad, y hame sido necesario cantar con mi ronca voz de ansar, entre los dulces cantares de los cisnes. Por tanto, Beatísimo Padre, yo me humillo a Vuestra Santidad, y me pongo ante vuestros pies, con todo lo que valgo y tengo. Matadme, Padre Santo, si queréis, o dadme vida. Bien podéis llamarme vos, o echarme de vuestra presencia, aborrecerme o tornarme en vuestra gracia, que yo conoceré siempre en Vuestra Santidad la voz de Cristo, que preside en vos y habla por vuestra boca. Si merezco muerte no la quiero rehusar, etc.

Tenía necesidad el falso profeta de estas humiliaciones o sumisiones y lisonjas con que encubría en su pecho el fuego que después abrasó gran parte de Europa, engañando con esta fingida humildad a muchos y aun al mismo Pontífice, hasta hallarse con fuerzas y valedores con que poder resistir a sus adversarios católicos.

Hubo muchos herejes en el mundo; grandes enemigos ha tenido la Iglesia de mayor ingenio y aventajadas letras, sin poderse Lutero comparar a ellos; mas ninguno jamás de su atrevimiento y desenfrenada osadía.

Ganó tanto la voluntad de Frederico, duque de Sajonia, que por defenderlo perdió la libertad y los Estados. Y para ganar el pueblo tuvo extrañas trazas. Halló para desbaratar las iglesias bastante ocasión en la mala vida que muchos clérigos y frailes hacían, y como eran ricos, echó en las bocas de los seglares la dulce presa de las haciendas y ricas posesiones que las iglesias tenían, y con esto, como canes rabiosos, dieron en quitar el culto divino.

Y, finalmente, en deshacer los templos y monasterios de frailes y de monjas, y en tanta manera aborrecieron a los clérigos, frailes y monjas, que andaban a caza de ellos para matarlos como si fueran perniciosos lobos.

Permitió, dice Surio, el omnipotente Dios que este infame apóstata tuviese felices sucesos, y que el clero y la frailía viniesen en sumo desprecio por si acaso se enmendasen y corrigiesen sus pecados y excesos, y ojalá que tanto trabajo dedisset intellectum auditui, diera entendimiento al oído.

No me toca escribir los progresos de este hombre, más de que el que leyere esta historia, cuando el tiempo y los sucesos obligaren a hablar de él, sumariamente sepa quién fue; qué principio tuvo esta desventurada tragedia, que fue una vil competencia entre frailes dominicos y agustinos sobre predicar unas bulas, y plega a Dios que otras que entre algunos andan no causen semejantes trabajos a la Iglesia católica.

Fue puesto este hereje en juicio ante el dotísimo varón cardenal Cayetano; no hizo el caso que debiera para castigarle. Mil veces se desdijo, y confesó y juró al contrario de lo que entre sus valedores predicaba. En disputas fue convencido principalmente por Juan Ekio, insigne y católico dotor. Ninguno que lo fuese hacía caso de Lutero, ni lo tenía en más de lo que merece un idiota, hablador, arrogante, vicioso, sensual y bajo instrumento de Satanás, para ganar infinitas ánimas de perdición, de gente vulgar y idiotas semejantes a él, sin letras ni entendimiento verdadero, de más que vivir libremente gozando, como decían los malos, de los bienes de esta vida. Las voluntades de éstos ganó Lutero. Entre ellos tenía reputación de dotísimo, santísimo, enviado de mano de Dios para alumbrar la Iglesia, que, según la opinión de estos bárbaros, estaba ciega. Y como murió el emperador Maximiliano, que fue uno de los príncipes de mayores virtudes y más católico que ha tenido el Imperio Romano, y el favor del duque Frederico era tan grande, luego Lutero jugó al descubierto contra la Iglesia Católica Romana.

Visiones que se vieron este año en Bérgamo, en Lombardía.

Por las historias profanas y divinas, sabemos que cuando en el mundo han de suceder casos notables, el cielo los anuncia días antes y se ven visiones espantosas que los representan, como se dice en el libro II, cap. 5 de los Macabeos, que vieron escuadrones de hombres armados en los aires y gente de a caballo, que con furor espantoso se acometían y peleaban con demostración sangrienta. La cual visión duró cuarenta días.

Semejante fue lo que dice Egisipo que se vio antes de la destruición de Jerusalén, y Josefo y otros muchos autores escriben cosas portentosas que se mostraron en el mundo con gran espanto de las gentes, en señal de algunos sucesos lastimosos, como guerras, hambres, mortandad de gentes, acabamientos de repúblicas y otras de esta manera.

Podemos decir que fue éste el año primero en que Carlos V comenzó a reinar en España, y fue electo Emperador, o cerca, pues murieron sus abuelos y vino en España a ser jurado, y dentro de pocos meses, por muerte de Maximiliano, sucedió en el Imperio. Pues queriendo los cielos, o los demonios, hacer demostración de la sangre que en vida de este príncipe se había de derramar en el mundo, en este año de 1517, por el mes de agosto, en los prados de Bérgamo, que es en Lombardía, ocho días continuos y tres y cuatro veces al día se vieron salir fuera de un cierto bosque batallas de hombres a pie con grandísima ordenanza de diez o doce mil infantes cada batallón, y eran cinco los que parecían. Viéronse, demás de esto, a la mano derecha otros escuadrones de mil hombres de armas, y a la mano izquierda infinito número de caballeros a la jineta, y entre los hombres de armas y la infantería grandísima cantidad de tiros de artillería, y al encuentro de estas gentes salían otras tantas con el mismo orden y armas. Y en la vanguardia y retaguardia otras muchas compañías de gente suelta y caballeros, como capitanes, hablando unos con otros.

Y después, apartándose unos de otros un poco de intervalo, venían tres o cuatro a caballo con gran pompa y soberbia. Los cuales, según las coronas y otras insignias reales que traían, parecían reyes, y éstos acompañaban a otro que parecía el más principal, a quien se humillaban todos y hacían grandísima reverencia. Y estos príncipes se juntaban con otro que los esperaba en el camino, y estaban como en consejo, el cual parecía ser rey a quien acompañaban infinitos príncipes y caballeros, y los que estaban más cerca de su persona, más mirados y respetados de todos, parecían embajadores.

Y de allí a poco, cuando parecía que se acababa el consejo, quedaba aquel gran príncipe solo, con fiero y horrible semblante, colérico, impaciente, armado en blanco, y quitándose la manopla la lanzaba en el aire de rato a rato y sacudía la cabeza; con la vista turbada volvía el rostro atrás, mirando el orden con que estaba su ejército. Y en el mismo punto sonaban las trompetas y atambores, clarines y otros instrumentos de guerra con un estruendo y ruido inmenso de la artillería que disparaba, que no parecía sino el mismo infierno, que no creo menos sino que salían de allí.

Veíanse infinitas banderas y estandartes, con gente armada que rompían unas contra otras con un ímpetu y ferocidad horrible, dándose golpes unos a otros tan cruelmente, que parecía se hacían pedazos. La visión era tan espantosa, que los que la vieron dicen que no sabían a qué la comparar, sino a la misma muerte. Duraba la batalla media hora y luego cesaba, desapareciendo aquellas visiones.

Atreviéronse algunos a llegar al mismo lugar donde se daban aquellas batallas. Vieron infinitos puercos que se estaban allí un rato y luego se metían en el bosque: quedaba el campo hollado de caballos y hombres y rodadas de carros, y muchos árboles arrancados y quemados de fuego. Enfermaron algunos de los que se atrevieron a ver estos demonios y los campos donde hacían tales representaciones.

Vi esta relación escrita en una carta de Roma, que hallé en el archivo de Oña. Después la hallé impresa en Sevilla, y dice que la escribieron personas muy graves y dignas de verdad, así a personas de Sevilla como de otras partes, y dio el aviso de ella en el castillo de Villa Clara a 23 de diciembre año 1517. Y dice más este papel impreso, que lo mismo escribió al Papa el obispo de Pola, su nuncio en Venecia, certificando ser esto, sin duda, y que la Señoría para averiguarlo envió ciertos hombres que viesen y examinasen el caso, y lo vieron por sus ojos y aun hallaron ser más espantoso de lo que aquí he dicho.

También dicen que unos de Dalmacia dijeron con juramento a un cardenal, que viniendo en un navío por el mar de Ancona, que es en la Romania, vieron quince estados levantado en el aire un lobo con una pieza de paño colorado en la boca y en las manos. Surio dice que vieron en Alemaña salir de una iglesia que estaba en un desierto, a la hora de mediodía, muchas gentes con armas blancas, y sus capitanes: el uno con una bandera roja y un crucifijo en ella, y el otro con una blanca y en ella lunas amarillas, y que se combatían unos con otros con mucho ruido de trompetas y atambores, y la gente que los iba a ver, luego enfermaban y morían. Duraba el combate cuatro horas cada día.

Quien leyere lo que aquí diré, podrá entender si eran estas visiones pronósticos o anuncios de la calamidad de guerras que desde este año hasta el de 1557 veremos que hubo entre los reyes y príncipes cristianos y infieles, que el demonio, su inventor, por nuestros pecados las adivinaba y representaba con gozo del fruto que de ellas esperaba.

Libro tercero

Manda el rey que le muden los criados al infante don Fernando. -Los pensamientos que hubo de que el infante don Fernando fuese rey de Castilla.

Estaba ya España gozosa y alborozada con la nueva de que venía su deseado príncipe. Residían el infante don Fernando y los gobernadores en Madrid, y determinaron de irse a Aranda de Duero para esperar el aviso de su llegada.

En el mes de agosto de este año de 1517 llegaron a Aranda, aunque el cardenal no iba bien dispuesto, y con el camino se le agravó la enfermedad, y por se alegrar y librar de negocios, de ahí a pocos días se pasó al monasterio de Aguilera, que es de frailes franciscos.

Estando el infante y los gobernadores aquí en Aranda, casi en principio de setiembre, recibieron una carta del rey, su data en Flandes, en que mandaba al cardenal y al deán de Lovaina, sus gobernadores, que quitasen de la compañía del infante don Fernando al comendador mayor de Calatrava, Gonzalo Núñez de Guzmán, su ayo, y a ciertos sobrinos suyos, hijos de Ramiro Núñez, y a Suero del Águila, su caballerizo, hijo de doña Isabel de Caravajal, su aya, mujer de Sancho del Águila, y a otros criados que tenía, porque había voz de que éstos trataban con algunos grandes del reino, que favoreciesen al infante para alzarse con él.

Luego que el cardenal recibió la carta del rey, hizo cerrar las puertas de la villa y puso guarda en ellas, porque los caballeros dichos no huyesen, o hiciesen en el lugar algún bullicio, o llevasen de allí al infante para hacerse fuertes con él en alguna parte. Y así, aunque con alguna alteración, los ya dichos fueron quitados de la compañía del infante, y puesto el marqués de Aguilar en lugar del comendador mayor, harto contra voluntad del infante, que, aunque niño, lo sentía. El cual requirió al cardenal que le ayudase, o que le hiciese saber qué pensaba hacer por él en este caso. De lo cual el cardenal se maravilló mucho, entendiendo que aquellas palabras eran más sueltas y daban a entender mayores pensamientos de lo que convenía a la edad del infante, y díjole que él no podía dar otra ayuda sino cumplir y ejecutar lo que el rey mandaba, y que aquello debía él también hacer, y haberlo por bueno, como verdadero hermano. En lo cual pasaron algunas palabras de que ni el infante se tuvo por bien contento del cardenal, ni el cardenal de él. Porque antes solían ser amigos, y de aquí adelante no se trataban así.

Y de esta manera estuvo el infante con mucho descontento en Castilla, hasta que venido el rey fue llevado a Flandes, y de ahí en Alemaña.

Y todos o la mayor parte de los criados que tuvo en estos reinos, siguieron la Comunidad que dentro de dos años se levantó, y fue gran misericordia de Dios que el cardenal fray Francisco Jiménez y otros grandes de Castilla, no dieron en esto: que según lo mal que se llevaba en ella el gobierno de los flamencos, y el no haber nacido en este suelo su rey y natural señor, con grandísima facilidad se levantaran todos con el infante don Fernando, que aún sólo el nombre ganaba las voluntades de los españoles. Y sucediera, sin duda, lo que a don Sancho el Bravo con su padre y sus sobrinos; mas tenía Dios guardados estos reinos para uno de losmejores reyes que han tenido, cuya bondad ha permanecido de todas maneras en su hijo y nieto, y permanecerá para siempre como se les debe.

Embárcase el rey para España a doce de agosto. -Quémase un navío, con caballos y pajes. -Desembarca el rey en Villaviciosa. -Cúmplese una profecía. -Los que venían con el rey no querían que se viese con el cardenal. -Sale el condestable a recibir al rey en Becerril de Campos. -Visita el rey a su madre en Tordesillas, a tres de octubre de este año. -Despide el rey al cardenal, inducido de Mota. -Muere el cardenal Jiménez, con sospecha de tósigo.

Estaba aparejada la armada para partir el rey; pero no era favorable el tiempo para navegar. Y como asomaba ya el invierno, muchos eran de parecer que se dejase la jornada para el año siguiente, que fuera la total ruina y acabamiento de estos reinos, principalmente sucediendo la muerte del cardenal, con cuyo valor se entretenían los españoles y no sentían tanto la falta del rey. Mas el rey, a quien Dios guiaba, solo contra el voto de todos, ejecutó en esto su parecer.

Y mandó luego embarcar y que se hiciesen a la vela, y tuvo mediana navegación, aunque por descuido se prendió fuego en un gran navío donde venía la caballeriza del rey, y sin poder ser socorridos se quemaron en él veinte y dos pajes del rey, y el teniente de caballerizo mayor y todos los marineros y gente de menos cuenta. De lo cual el rey mostró sentimiento.

Habiendo caminado trece días, aportó en Asturias, que antes no pudo tomar puerto, y llegó a la playa de Villaviciosa, domingo 19 de setiembre año 1517, cumpliéndose lo que mucho antes se había pronosticado; esto es, que al charco vicioso vernían muchas gentes en caballos de madera, acompañando al gigante.

Algunos interpretaban que se había de cumplir en Sevilla, que llaman charco vicioso; pero más a la letra se verificó en Villaviciosa.

Fue el rey muy bien recibido por todos los caballeros y nobleza de Asturias, que aunque pobres son grandemente cumplidos y largos en regalar a buenos, pero porque la tierra era estéril se tornó a embarcar, y pasó a San Vicente de la Barquera por mar.

Venían con el rey su hermana, la infanta doña Leonor, y monsieur de Xevres, que era su camarero mayor y mayor privado, y su chanciller mayor Juan Salvage, natural de Bruselas, y el mayordomo mayor gobernador de Bressa, Lorenzo Borrebot, y Carlos de Lannoy, caballerizo mayor, y Laxao, y otros algunos españoles.

Por no poder estar la armada en Villaviciosa pasó a Santander, y el rey fue por tierra a San Vicente de la Barquera, donde estuvo algunos días.

El cardenal don fray Francisco Jiménez estaba con falta de salud en el monasterio de Aguilera, y hubo entre él y los del Consejo algunas diferencias, de manera que se apartaron de él contra su mandamiento, en especial el presidente, don Antonio de Rojas, arzobispo de Granada.

El rey envió a mandar que se volviesen con el cardenal, y así lo hicieron, y también quedaron con el cardenal los contadores y oficiales de Hacienda, los del Consejo de Cámara, que eran el licenciado Zapata y el dotor Caravajal, y el licenciado Francisco de Vargas, creyendo que serían recibidos en sus oficios, según los servicios que en ausencia del rey habían hecho. Caminaron con voluntad y parecer del cardenal para donde el rey estaba, y llegados a Aguilar de Campo, recibieron cartas de parte del rey, en que les mandaba que esperasen allí, porque faltaban los bastimentos por ser la tierra pobre y haber acudido mucha gente, y que los caminos eran malos de andar y de malas posadas. También pararon en Aguilar Antonio de Fonseca, contador mayor, y su hermano, el obispo de Burgos, y el comendador mayor de Castilla, Fernando de Vega. El licenciado Francisco de Vargas, tesorero general, y del Consejo, partió desde Aranda con dineros, y llegó a San Vicente, donde, aunque fue bien recebido, no se le dio que entrase luego en el Consejo. Los que venían con el rey alargaban y detenían el camino cuanto podían; y echaban fama que sin venir el rey a Castilla pasaba a Aragón, porque los flamencos creyeron que en desembarcando habían de venir los grandes y pueblos del reino a tomar a su rey y sacarlo de su poder. También temían al cardenal, y que se pondría en ordenar la casa, y que quitaría muchos de los que traían oficios de Flandes, y se pornían otros, y harían con el rey que hiciese algunas cosas que convenían al servicio de Dios y suyo, y bien de estos reinos. Y por esto dilataban la venida, porque el cardenal no fuese, ni avisase al rey, ni le aconsejase.

Agravaba el mal al cardenal, de lo cual tenían a menudo aviso los que venían con el rey, que estorbaban las vistas, porque el médico que le curaba les escribía y hasta qué tiempo podía vivir; y por esto alargaban la venida, esperando que el cardenal muriese antes de ver al rey.

Escribió el rey su llegada a todos los grandes y ciudades de Castilla, que recibieron gran placer y dieron muestras de alegría con las fiestas que en todas partes hicieron.

Vino el rey a Aguilar de Campo, donde fue recibido por el marqués como convenía; y allí le suplicaron los de la Cámara les dejase servir sus oficios, pues por muchas cédulas se lo tenía prometido. El rey se excusó diciendo que él iba a Valladolid, donde había de ordenar su casa; que fuesen allí y no tuviesen duda que serían recibidos, porque si allí los recibía, no se podía excusar lo mismo con el contador Fonseca y el obispo su hermano, y con el comendador mayor de Castilla y otros; los cuales iban también remitidos a Valladolid. Y con esta respuesta vinieron suspensos los unos y los otros.

En este tiempo hacían el oficio del Consejo de Cámara, el obispo Mota y don García de Padilla, que habían sido proveídos en Flandes, y decían que no por buenos medios; que el uno tuvo con monsieur de Xevres, y el otro con el gran chanciller Juan Salvage.

De Aguilar vino el rey a Becerril, donde le salió a recibir el gran condestable de Castilla, don Iñigo Fernández de Velasco, muy acompañado de caballeros, deudos de su casa. Y de ahí pasó a Palencia, donde vinieron muchos caballeros, todos los más lucidos que pudieron, y con mayor acompañamiento, que dieron bien que ver a los flamencos. Y de Palencia, llevando consigo a su hermana, la infanta doña Leonor, fue a Tordesillas y visitó a su madre, y ella dio muestras de holgarse con los dos hijos.

Acabada la visita, volvió el rey para Valladolid. Y llegando ya cerca mandó escribir dos cartas, una para el cardenal y otra para el Consejo, mandándoles que viniesen a Mojados, y la del cardenal decía que le daba gracias por lo pasado, y le rogaba que se llegase a Mojados para le aconsejar la orden de lo que tocaba a su casa, porque luego se podría volver a descansar.

Y esta carta dicen que notó el obispo Mota, a quien no le placía que el cardenal se juntase con el rey, para le hacer sinsabor con aquella manera de despedirle a cabo de tantos servicios.

Luego que llegó esta carta, el cardenal recibió tanta alteración con ella, que se le encendió la calentura de tal manera, que en pocos días le despachó, y domingo a 8 de diciembre de este año de 1517, en Roa, dio el ánima a Dios.

Fue sepultado en Alcalá de Henares, en el colegio de San Ildefonso, que él había fundado. Hizo también otros edificios y obras pías, especialmente la iglesia de San Juste, que es de las insignes de la cristiandad, por ser todos los prebendados hombres dotos y graduados, y todos los colegios y cátedras de aquella florida Universidad de Alcalá.

Y en Tordelaguna y en Illescas y Toledo y otras partes, hizo muchas cosas notables, dignas de perpetua memoria. Fue varón de altos pensamientos, con haber nacido de padres humildes. Tenía buena intención al bien público, aunque algunas veces erraba como hombre. Hay historia particular de este gran perlado, como la merece, y eterna memoria.

Recibe el rey, los del Consejo. -Entra solemnemente el rey en Valladolid. -Dice una memoria de este tiempo que fue la entrada a 19 de octubre.

El rey llegó a Mojados, donde había mandado que viniesen el licenciado Vargas y el dotor Caravajal y los demás que eran del Consejo; y otro día los hizo llamar y los recibió de nuevo en su Consejo, como lo habían sido de sus padres sus abuelos.

Y allí se consultaron algunas cosas que convenían hacerse, en especial cerca de las Cortes que se habían de tener en Valladolid. Pero los de la Cámara no fueron recebidos en la Cámara, porque los que estaban en ella desde Flandes no querían dejarlo, y negociaban por las vías que podían estarse quedos. Valíanse para esto de los allegados al rey.

Otro día partió el rey para el Abrojo, que es un devoto monasterio de frailes descalzos, riberas del río Duero, donde estuvo hasta que se aparejó en Valladolid el recebimiento, el cual fue miércoles 18 de noviembre. Salieron muchos grandes y caballeros castellanos ricamente aderezados, y después la Iglesia, y la Universidad, y la Chancillería, y el último el Consejo, al cual el rey mandó entrar dentro de su guarda.

Halláronse al recibimiento el infante don Fernando, el condestable, el duque de Alba, el marqués de Villena, el conde de Benavente, el duque de Arcos, el duque de Segorbe y muchos obispos y caballeros. Llegó la caballería a seis mil, y muchos vestidos de tela de oro y plata.

Entró el rey vestido de brocado, con mucha pedrería, y en la gorra un diamante de inestimable precio, en un caballo español, mostrándose muy brioso, que dio gran contento a todos. Llevaba el estoque el conde de Oropesa; detrás del rey, junto al palio, venían el infante don Fernando y doña Leonor, sus hermanos, y el deán de Lovaina, nuevamente criado cardenal.

Posó en la corredera de San Pablo, en las casas de don Bernardino Pimentel, que primero habían sido del marqués de Astorga.

Dentro de pocos días, después que el rey Carlos entró en Valladolid, fue a la chancillería y se asentó en los estrados de ella, y estaban a su mano derecha Xevres y el gran chanciller, y el obispo de Málaga, que después fue de Cuenca, presidente; y a la mano izquierda estaban la infanta doña Leonor y algunos grandes, y en las gradas bajas estaban los oidores, y más bajas los demás oficiales.

Hicieron relación de algunos pleitos y sentenciaron parte de ellos, y el orden que en proceder se tuvo, fue que hablaban con el rey, aunque no entendía bien, y en su presencia disputaron o arguyeron sobre la justicia que había en un pleito de don Juan de Ulloa y don Fernando su hermano, el dotor Espinosa y el licenciado Bernardino, abogados.

Da el arzobispado de Toledo a Guillermo de Croy. -Murmúrase en el reino. -Lo que valía Xevres con el rey.

Por muerte de don fray Francisco Jiménez dio el rey el arzobispado de Toledo a Guillermo de Croy, obispo de Cambray, sobrino de Mr. de Xevres. Lo cual se murmuró en estos reinos, por haber dado la mejor joya de ellos a un extranjero. Y aún se dijo que el marqués de Villena y otros grandes de Castilla suplicaron al rey que se lo diese, y que él no estaba primero en ello, ni Xevres lo había intentado. Por manera que el rey tuvo en esto y otras cosas semejantes poca culpa: porque los que le habían de avisar, se lo suplicaban.

Y es cierto que estos caballeros no ayudaban a los extranjeros porque ellos sintiesen bien de verlos en lo mejor de España, sino por congraciarse con Xevres y con los demás flamencos que valían con el rey; que son fuerzas de la ambición poderosa, aunque sea en pechos nobles, cuyos corazones se acobardan por un favor vano que les puede dar un rey o su privado.

Era el rey, en estos días, de diez y siete años y medio, poco más. Edad bien tierna para carga tan grave como era el gobierno de tantos reinos y señoríos: señaladamente los de España, cuyas leyes y costumbres no podía haber entendido, así por su poca edad como por haber nacido y criádose fuera de ellos, que aún la lengua española no la entendía del todo, ni tenía entera noticia de las calidades y condiciones de las gentes. Y así, aunque el natural del rey era bonísimo y el celo de acertar cual se podía desear en un príncipe verdaderamente cristiano y de sanas entrañas, por fuerza se había de guiar por las cabezas de otros, y como él se había criado con Xevres, y era hombre anciano y de harto ingenio, valor y nobleza conocida, dábale mano para todo, y a él lo remitía, y con su acuerdo y consejo lo gobernaba y ordenaba, y Xevres se guiaba en los negocios que tocaban a España por el maestro Mota, natural de Burgos, obispo de Badajoz, y por otros castellanos más ambiciosos que buenos.

Llama el rey a las Cortes en Valladolid. -Llegan embajadores. -Piden los franceses el reino de Navarra.

Estando, pues, el rey en Valladolid, en fin de este año de 1517, el papa León X envió el capelo de cardenal a Adriano, obispo de Tortosa, deán de Lovaina, y lo recibió en el monasterio de San Pablo con gran solemnidad, hallándose presente el rey, que quiso honrar a su maestro

A doce de deciembre se despacharon correos por todos los reinos de Castilla, llamando a las Cortes para principio del año siguiente de 1518. Y fueron llamados los procuradores de las villas y ciudades que en ellas tienen voto.

Vinieron luego a Valladolid embajadores de todos los reyes cristianos a le dar la norabuena de la venida a sus reinos de España, y solos los del rey de Francia se alargaron más de lo que convenía, sin se querer acordar de lo que habían capitulado en la paz de Noyon, que parece buscaban ocasiones para romperla. Porque de hecho, y resueltamente, venidos a Valladolid, pidieron que el rey restituyese luego el reino de Navarra a don Enrique de la Brit, hijo del rey don Juan el despojado. A lo cual respondió el rey graciosa y discretamente, entreteniéndolos con palabras generales, por conservar la paz que él mucho deseaba, por el bien de la cristiandad y firmeza de sus reinos.

Regocijos en Valladolid. -Pestilencia grande en Valladolid.

Por las fiestas de Navidad de este año se hicieron en Valladolid grandes regocijos en que los caballeros cortesanos se quisieron mostrar. Hubo justas y torneos, con nuevas invenciones y representando pasos de los libros de caballerías. En algunas de éstas entró el príncipe rey. Sobre todo se hizo una grande y maravillosa justa en la plaza Mayor, donde entraron sesenta caballeros en sus caballos, encubertados con arneses de guerra y lanzas con puntas de diamantes, y treinta contra treinta se pusieron en los puestos para encontrarse en sus hileras. Y como tocaron las chirimías y trompetas, arrancaron con tanta furia, topándose con las lanzas, otros cuerpo con cuerpo, que fue negocio muy peligroso. Los más de los caballeros cayeron en tierra y quedaron muy quebrantados, y algunos muy mal heridos. Murieron doce caballos.

Los que más se señalaron en estas fiestas fueron el condestable de Castilla, el condestable de Navarra, los duques de Nájara, Alba, Béjar, marqués de Villena, el de Astorga, Villafranca, Aguilar, conde de Benavente, el de Ureña, el de Haro, el de Lemos, Osorno, Oropesa, Fuensalida, los cuatro comendadores, los priores de San Juan y otros, que todos gastaron a porfía por servir al rey y mostrarse.

Pero como en esta vida no hay placer que no sea vigilia de pesar, después de estas fiestas y bizarrías de Valladolid entró en ella una pestilencia tan grande, que hubo día que enterraron treinta y cuarenta cuerpos, y más. Era cierto, en entrando en una casa, el morir todos, sin quedar persona con vida.

Despoblóse Valladolid, huyendo la gente de la muerte, que es terrible enemigo.

Cortes en Valladolid. -Dificultan jurar al rey viviendo su madre. -Si era bien jurar al rey viviendo su madre. -No quieren admitir extranjeros en las Cortes. -Dotor Zumel, procurador de Burgos, resiste con valor.

Pasado, pues, el año de 1517, a 4 de enero del año siguiente de 1518, habían llegado a Valladolid todos los procuradores de Cortes. Juntáronse en el monasterio de San Pablo. Lo que principalmente quería el reino eran dos cosas: que se mirase bien si convenía que jurasen por rey al príncipe siendo viva la reina doña Juana, señora proprietaria de estos reinos; y, dado que se recibiese y alzase por rey, y que se debiese hacer, que no hiciesen el juramento hasta tanto que el rey jurase los capítulos que en las Cortes pasadas, que el Rey Católico tuvo en Burgos el año de 1511, se hicieron y ordenaron por todo el reino. Uno era que el reino estuviese encabezado por cierto precio y tiempo, hasta que se pudiese admitir puja.

El primero día que se juntaron los procuradores en Cortes, asistieron en ellas, por Su Alteza. el gran chanciller flamenco por presidente, don García de Padilla, del Consejo, y otro dotor flamenco, por letrados; el obispo de Badajoz Mota, que después fue de Palencia, por perlado. Los procuradores del reino llevaron mal que extranjeros entrasen en Cortes, y juntáronse a tratar de ello, y acordaron de hablar a don García y a Mota, diciéndoles que no era justo que asistiesen en las Cortes extranjeros. Y hizo la plática el dotor Zumel, procurador de Burgos, sobre lo cual pasaron muchas palabras y alteraciones, puesto que no se pudo tomar resolución.

Y cuando los procuradores se volvieron a juntar en reino, el mismo dotor Zumel, en nombre de todos, requirió que no estuviesen en las Cortes aquellos señores que no eran naturales, y que si lo contrario hiciesen, lo recibía por agravio, y así lo pidió por testimonio ante el secretario Castañeda.

Presentaron los poderes, juraron el secreto y hicieron todo lo demás que se acostumbra.

Amenazan a los procuradores de Burgos. -Valor del dotor Zumel. -Quéjase el dotor Zumel de las lástimas que el chanciller le había dicho. -Aprietan con amenazas al dotor Zumel, porque mostraba valor. -Entra el rey en Cortes. -Propónelas el obispo Mota. -Responde el dotor Zumel, procurador de Burgos. -Juran los procuradores al rey. -No quieren jurar algunos. -Piden al rey que jure especialmente el capítulo de extranjeros. -Agraviándose los grandes que jurasen los procuradores primero que ellos. -No hubo orden en los asientos de los grandes, y en qué manera se sentaron.

Otro día de mañana vino un portero a llamar a los procuradores de Burgos de parte del gran chanciller, y fueron; y con ellos los procuradores de Sevilla y Valladolid. Estaban con el chanciller el obispo Mota y don García de Padilla, y éstos hablaron al dotor Zumel, diciéndole muchas palabras feas y amenazándole por el requirimiento que había hecho en Cortes, y que se había hecho información contra él, sobre que andaba induciendo a los procuradores del reino que no jurasen a Su Alteza hasta que él jurase al reino de guardar sus libertades y privilegios, usos y buenas costumbres, y los capítulos que el Rey Católico había concedido en Burgos antes que muriese, y las leyes y premáticas, especialmente que no daría oficios ni dignidades a ningún extranjero, ni les daría carta de naturaleza. El dotor Zumel, con mucha entereza, dijo que era verdad que él había aconsejado a los procuradores del reino todo lo sobredicho; y que era de este parecer. Los menores le respondieron con mucha cólera, y que había incurrido en pena de muerte y perdimiento de bienes; y que así, le habían de mandar prender como a deservidor del rey. El dotor respondió que lo que él había hecho no era cosa de que poder temer, usándose con él justicia, y que estuviesen ciertos que el reino no juraría a Su Alteza hasta que él jurase lo susodicho, y que el reino no había de permitir que monsieur de Xevres y otros extranjeros llevasen la moneda que había en el reino.

Sobre esto hubieron muchas palabras, y el dotor se quejó a los otros procuradores y les pidió que se diputasen personas que se fuesen a quejar al rey en nombre de todos y de las feas palabras que le habían dicho el chanciller, don García y Mota, y contóles en particular el dotor las palabras que le habían dicho, que no parecieron poco feas.

Luego se juntaron los procuradores y ordenaron una petición en que suplicaban a Su Alteza fuese servido de les confirmar todo lo susodicho. Con esta petición fueron al gran chanciller, con el cual hallaron a Mota y a don García. Este dotor les hizo una plática, diciendo las obligaciones que Su Alteza tenía de jurar y guardar todo lo que se le había suplicado. Así, porque algunas de ellas eran leyes y ordenamientos del reino; y otras, cláusulas del testamento de los Reyes Católicos juradas en Cortes, y otras eran de los reyes antepasados. Y la respuesta que Su Alteza había dado a la carta que Burgos y otras ciudades le habían enviado, era lo mismo que aquí se suplicaba, y Su Alteza había respondido que se le guardaría.

Dicho esto, y dada la petición, el chanciller, Mota y don García se entraron en una recámara y mandaron esperar a los procuradores y platicaron con Xevres todo lo que pasaba. Y luego salieron y respondieron que lo dirían a Su Alteza, aunque les parecía ser cosa muy mal mirada lo que hacían, en cuanto a dar petición al rey antes que supiesen lo que Su Alteza les querría mandar.

A esto respondió el dotor que lo hacían porque su rey estuviese advertido de lo que estos reinos le pedían, y que era justo que así se hiciese, porque después no hubiese alteración ni desacato alguno. Todo esto supo mal al chanciller y a los que estaban con él.

Idos los procuradores, acordó el chanciller de llamar al dotor Zumel, y mandó a Villegas, secretario de Su Alteza, natural de Burgos, que luego le trajese ante sí. El secretario lo hizo, y el dotor vino ante ellos, y le apretaron mucho y trataron ásperamente, y el dotor les respondió con mucha entereza y ánimo.

Como algunos de los procuradores vieron que llevaban solamente al dotor, volvieron luego a palacio y se pusieron a la puerta de la cámara del chanciller, y estuvieron allí hasta que salió el dotor, porque pensaban que el haberlo llamado sobre lo pasado era para lo prender. Los procuradores que volvieron fueron don Francisco Pacheco y Aguyago, procurador de Córdoba, y don Antonio de Mendoza y Medrano, procuradores de Granada; y juntos con el dotor se salieron de palacio.

Otro día se juntaron don Francisco Pacheco y don Martín de Acuña, procuradores de León, y este dotor, y acordaron de hablar a Xevres sobre lo que había pasado el día antes, quejándose de ello.

Y al propósito, el dotor hizo un razonamiento muy bueno a parecer de todos, pidiendo a Xevres que los favoreciese con el rey, pues tenían a su señoría por natural de estos reinos, así por la carta de naturaleza que tenía muchos años había, como por los oficios que en ellos tenía, y por ser el cardenal de Croy, su sobrino, arzobispo de Toledo. A esto respondió Xevres que él se tenía por natural de estos reinos, por las causas que habían dicho; mas que estaba cierto que Su Alteza no haría más de lo que sus antepasados habían hecho, y que juraría las leyes, privilegios y buenos usos y costumbres; pero que no juraría particularmente el capítulo que pedían en cuanto a no dar oficio ni beneficio a extranjero, con los demás que arriba están dichos. Sobre esto estuvieron altercando hasta las cuatro de la tarde, que les mandaron ir a Cortes, porque el rey los llamaba.

El rey vino aquella tarde, y con él muchos grandes y todos los procuradores y algunos perlados; y el obispo Mota hizo un razonamiento harto largo. En él dio cuenta de lo que había sucedido al rey en toda su vida hasta entonces, y de las amistades y alianzas que tenía con todos los reyes cristianos. En fin, concluyó diciendo que luego jurasen a Su Alteza los procuradores del reino.

El dotor Zumel, con acuerdo de todos los procuradores, respondió besando las manos a Su Alteza por su bienaventurada venida en estos sus reinos y la merced que con ella les había hecho, y por la que de presente les hacía en les mandar hacer saber todas aquellas cosas, y que ellos estaban prestos de le jurar, con que Su Alteza asimismo jurase al reino de les guardar todo lo que se le había suplicado.

Encontinente, sin más responder llevaron el juramento, y fueron a jurar parte de los procuradores del reino. Y el primero que fue sin le llamar fue Diego López de Soria, y otro procurador de Burgos compañero del dotor, que quiso anticiparse. El cual había siempre contradicho lo que el dotor su compañero hacía.

Díjose que los procuradores que no juraron fueron don Antonio de Mendoza y Medrano, procurador de Granada, y don Pedro de Acuña, procurador de Salamanca.

Hecho el juramento, besaron las manos al rey, y el obispo Mota dijo que Su Alteza juraba los privilegios de las ciudades y los buenos usos y costumbres, y las leyes, y que guardaría y cumpliría lo contenido en el capítulo que los procuradores de las ciudades habían dado. Y así lo juró Su Alteza, salvo que no expresó los oficios no haberse de dar a extranjeros, aunque había jurado el guardar las leyes generalmente, donde se incluía este capítulo.

Y como este capítulo no se especificó señaladamente, el dotor Zumel tornó a decir que el reino suplicaba a Su Alteza que especialmente jurase esto que tocaba a los extranjeros. Y esto dijo muchas veces el dotor porfiando que Su Alteza lo jurase. El rey respondió: Esto juro.

Algunos dijeron que Su Alteza había dicho solamente Esto juro, que se entendía especialmente lo que antes había jurado, y así quedó esta materia indecisa.

Luego mandaron jurar a los grandes del reino, que allí estaban, y dijeron al condestable que jurase, y él se rogo con el almirante de Castilla, sobre que jurase primero, diciendo que como había más tiempo que había sucedido en su casa, que no él estaría más informado de estas cosas, y a esta causa le suplicaba que respondiese a esto que les pedían.

El almirante y el conde de Benavente respondieron agraviándose de haber primero jurado que ellos los procuradores. Y asimismo de no les haber dicho cuando los llamaron, que Su Alteza los mandaba venir para este efeto. Por do parecía que no se había hecho de ellos la cuenta que era razón.

El duque de Nájara don Antonio (que no fue tan discreto y valeroso como su padre) dijo que él quería jurar luego, y que todos debían hacer lo mismo. El conde de Aguilar le dijo que hablase por sí, y que cada uno de aquellos señores haría lo que debiese y fuese obligado. Otro de los que allí estaban dijo asimismo al duque de Nájara que no sabía él qué pretendía para hablar más que por sí. E por estas cosas se defirió el jurar los grandes hasta el domingo siguiente, tres días más adelante.

En los asientos que tenían allí los grandes no había orden, si bien estaban asentados en esta manera. Su Alteza en medio de todos, y Xevres a sus espaldas y no lejos de su oído. A la mano derecha del rey estaba el infante don Fernando, su hermano: junto a él el condestable, y luego el presidente del Consejo Real, don Antonio de Rojas, arzobispo de Granada, y sucesivamente otros caballeros. A la mano izquierda de Su Alteza estaba sentado el gran chanciller; junto a él, el almirante de Castilla, luego el conde de Benavente, el marqués de Aguilar y el duque de Arcos, el duque de Alburquerque, conde de Ureña, duque de Nájara. Antonio de Fonseca, señor de Coca y Alaejos, estaba en pie, y otros caballeros que no tenían donde se sentar.

El dotor Zumel porfiaba que no juren al rey hasta que él jure las leyes del reino. -Las diligencias que se hacían por allanar al dotor Zumel. -Valerosas razones del dotor Zumel. -Hablan los procuradores al rey. -Estiman los procuradores del reino que el rey les respondiese en castellano. -Juran grandes procuradores al rey. -Valladolid fue donde comenzó la casa de Austria a reinar en España.

En todos estos días se andaba quejando el dotor Zumel, y traía a los otros procuradores que asimismo se agraviasen y que estuviesen en no jurar al rey hasta que Su Alteza les jurase especialmente todo lo que se le había pedido y suplicado. Este dotor era criado de la casa del condestable, y los procuradores que habían jurado acordaron de hablar al conde y le suplicar que mandase al dotor que no hiciese lo que hacía, porque era notorio desacato y deservicio del rey; que sabían que Su Alteza estaba de ello enojado; que su señoría lo remediase, pues podía.

También se platicó de enviar a mandar a Burgos que enviase otro procurador a Cortes y revocase el poder que tenía el dotor. Algunos del Consejo lo tuvieron por inconveniente, pareciéndoles que sonaría mal en el reino cuando se dijese la causa porque procuraban quitarle el poder.

Vino a términos el negocio que el rey habló de ello al condestable. Lo que pasaron no se pudo saber.

Los procuradores del reino hicieron cada día sus ayuntamientos, acordándose entre ellos de hablar al rey y a Xevres para que Su Alteza fuese servido de les jurar los capítulos sobredichos; y para ello enviaron a don Francisco Pacheco, procurador de Córdoba, y a don Martín de Acuña, procurador de León, y a los procuradores de Valladolid, y con ellos el dotor Zumel, el cual, a instancia de todos los otros, habló a Xevres, diciendo cuánto convenía que Su Alteza fuese servido de hacer esto que se le suplicaba, y que tanto se le pedía, por lo que a su servicio convenía, como por el bien público del reino, porque lo que se requería para el reino de los príncipes, principalmente, era tener ganadas las voluntades de sus súbditos y naturales, y que éstas no se podían ganar entrando Su Alteza quebrantando las leyes y pregmáticas y preeminencias de sus reinos, y que no convenía a su servicio que así se hiciese, que cosa que tan mal principio llevaba, no podía tener buen fin, según sucedió.

Como Xevres vio la cosa que andaba tan alborotada, respondió que no hubiese más, que después de comer hablarían al rey, porque por entonces no había lugar; y con esto se despidieron.

Después de comer, el dotor Zumel recogió los procuradores que vinieron a esto, y volvieron a palacio y esperaron hasta que el rey oyó vísperas, y después de acabadas las vísperas mandó entrar el rey los procuradores, estando presentes el obispo Mota y don García de Padilla y Antonio de Fonseca.

El dotor Zumel volvió a decir a Su Alteza lo mismo que había dicho a Xevres, y con buenas razones le apretó de manera que dio señal, como dicen, y prometió de guardar al reino lo que había jurado en la manera como se lo habían suplicado.

En esto replicaron don Francisco Pacheco y don Martín de Acuña, que mandase dar por fe lo que Su Alteza decía. Él respondió algo enojado, diciendo que bastaba.

Luego los procuradores le besaron las manos, por la merced que les hacía en haberles prometido esto que le habían suplicado y haberles hablado en lengua castellana.

Entonces los procuradores que no habían jurado acordaron de lo hacer, y el obispo Mota les prometió en presencia del rey, que Su Alteza mandaría se diese esto signado por escribano de las Cortes.

En aquel día por la mañana, antes de esto, se había mandado a los procuradores que no habían jurado, que en todo el día fuesen a jurar, so pena de perdimiento de bienes y oficios. Y el obispo Mota se lo había notificado de parte del rey, en presencia del secretario Castañeda. Y Fonseca, procurador de Salamanca, había dicho que no había jurado sino con condición que el rey jurase el capítulo susodicho, y que no pensaba ir el domingo a las Cortes, si Su Alteza no lo hiciese. Al cual expresamente mandaron con graves penas que fuese a las Cortes y que jurase, y así lo hizo.

El domingo siguiente, que fueron siete de hebrero, año de 1518, juraron al rey todos los perlados, grandes y caballeros del reino de esta manera. Su Alteza vino a las Cortes muy galán. Vinieron con él todos los grandes y caballeros muy ricamente aderezados. Vino Su Alteza en un caballo a la estradiota. El condestable le traía de la rienda a mano derecha, para tener el estribo, y de la otra el conde de Benavente y el duque de Alba. Ninguno venía a caballo, sino sólo el rey.

Los caballeros que se hallaron a esto fueron el condestable de Castilla, el duque de Alba, el de Béjar, el almirante de Castilla, el duque de Nájara, el duque de Arcos, el condestable de Navarra, el duque de Alburquerque, el marqués de Villena, el marqués de Tavara, el marqués de los Velez, el marqués de Denia, el marqués de Villafranca, el marqués de Tarifa, el conde de Benavente, el almirante de las Indias, el conde de Cabra, el conde de Ayamonte, el gran prior de San Juan, el conde de Altamira, don Pedro Puertocarrero, el conde de Lemos y otros muchos títulos y perlados de Castilla y León, todos tan soberbiamente vestidos y con tales libreas los criados y caballos, que lo menos eran telas de oro, que los extranjeros se admiraron.

Estaban sentados en la iglesia, a la mano derecha del rey, el primero el nuncio, luego los embajadores del emperador Maximiliano, su abuelo; los embajadores de Francia, y sucesivamente los otros.

La solemnidad del juramento fue así:

El domingo siguiente, en el monasterio de San Pablo, dijo la misa el cardenal de Tortosa, Adriano, y acabada, el rey salió de la cortina y se sentó en una silla delante del altar, junto al cardenal, y tomó el cardenal un libro de los Evangelios y una cruz. Y luego don García de Padilla leyó una escritura que contenía lo que se había de jurar. Y acabada de leer, el infante don Fernando juró primero sobre el libro, y pasó a besar la mano al rey, y el rey no se la dio, sino abrazándole juntó el rostro con el suyo. Tomó el juramento y homenaje al infante monsieur de Xevres, y de allí fue el infante a la infanta doña Leonor y tomóla por la mano y llevóla a jurar y después a besar la mano al rey. El rey no se la dio, sino besóla en el carrillo. Y pasáronse a la mano derecha del rey el infante en pie junto a la silla, descubierta la cabeza. Luego juraron el infante de Granada, el arzobispo de Santiago y el de Granada y otros perlados, y después los grandes y señores de título que allí estaban. A los cuales el infante don Fernando tomó el juramento y homenaje.

Leyó don García en voz alta el homenaje que los caballeros hicieron, y así a los procuradores, y tomado, tornaron a besar la mano al rey.

Luego juró el rey de guardar y cumplir lo que tenía dicho y concertado con los procuradores; y se puso que si en algún tiempo diese Dios salud a la reina doña Juana, señora proprietaria de estos reinos, el rey desistiese de la gobernación, y la reina solamente gobernase. Que en todas las cartas y despachos reales que viviendo la reina su madre se despachasen, se pusiese primero el nombre de la reina y luego el suyo, y que no se llamase más que príncipe de España.

Y acabado el juramento, los cantores levantaron Tedeum laudamus, y tocaron las trompetas y clarines.

Cortes en Valladolid, las primeras que tuvo Carlos. -Monteros de Espinosa. -Reino de Navarra.

Juntos los procuradores del reino en Valladolid, hicieron un razonamiento muy acordado al rey, respondiendo a lo que el obispo de Badajoz, presidente de estas Cortes, y don García de Padilla, letrado de ellas, de parte del rey habían propuesto, sobre que entre sí mirasen y confiriesen las cosas importantes al bien y conservación de estos reinos y acrecentamiento de ellos. Pidiendo los procuradores con muy buenas razones que el rey pusiese por obra el santo y católico propósito que mostraba en favor de sus reinos, y súbditos de ellos, y que para alcanzar el fruto de tan santos deseos, le traían a la memoria cómo por orden del cielo fue escogido y llamado para rey, cuyo oficio es regir bien, y el bien regir es administrar justicia, dando a cada uno lo que es suyo; y así le suplicaban fuese éste su fin y principal intento. Porque si bien los reyes tengan otras muchas calidades, como son linaje, dignidad, potencia, honra, riquezas, deleites, estimaciones, etc., ninguna de éstas le hace rey, según el derecho, sino sólo el administrar justicia. Y por ésta, y en nombre de ella, dice el Espíritu Santo que los reyes reinan. Que la justicia y el reinar con ella piden que cuando los súbditos duermen, los reyes velen. Y que así lo debía él hacer, pues en verdad era mercenario de sus vasallos, y por esta causa le daban parte de sus frutos y haciendas y le sirven con sus personas, cuando son llamados, y que así el rey por un tácito contrato era obligado a guardar justicia a los suyos, la cual es de tanta excelencia y dignidad, que quiso Dios intitularse de ella, llamándose juez justo. Que ella sola fue la que libró a Trajano. Que siendo tan amiga de Dios, sería así su amigo el que la guardase. Y porque la carga del juzgar es grande, y el que tiene la vara y cetro ha menester quien le ayude, fue y es necesario que el rey tuviese ministros inferiores, que lleven parte de esta carga y pesado cuidado, quedando al príncipe la suprema potestad. Que el buen rey debe buscar los tales, como los buscó Moisés cuando le mandó Dios que escogiese setenta y dos varones de su pueblo, para que le ayudasen a gobernar y descargasen de parte de su cuidado. Los cuales se habían de escoger sabios, ancianos, temerosos de Dios, enemigos de la avaricia y de otras pasiones, que ciegan y pervierten el sentido.

Que aunque ellos esperaban de Su Alteza todos estos bienes, con todo suplicaban lo siguiente:

1.º Que la reina doña Juana, madre del rey, estuviese con la casa y asiento que a su real majestad se debía, como a reina señora de estos reinos.

A lo cual respondió el rey: Que se lo agradecía, y que no tenía otro cuidado mayor ni más principal que de lo que tocaba a esto, como verían por obra.

2.º Que fuese servido de se casar lo más brevemente que pudiese, según la necesidad que de ello estos reinos tenían. Porque de tan alto príncipe quedasen a estos reinos hijos de bendición, que por muchos años reinasen en ellos.

Respondió el rey: Que miraría en ello y haría lo que más conviniese a su honra y bien de su persona, y por estos reinos y sucesión de ellos.

3.º Que el infante don Fernando no saliese de estos reinos hasta tanto que él fuese casado y tuviese hijos.

Respondió el rey: Que de ninguna cosa tenía más cuidado que del acrecentamiento del infante, por lo mucho que le amaba. Y todo lo que se mandase proveer cerca de su persona, sería para su aumento y bien de estos reinos.

4.º Que mandase confirmar las leyes y premáticas de estos reinos, usadas y guardadas, y los privilegios, libertades y franquezas de las ciudades y villas, y no consintiese poner en ellas nuevas imposiciones y lo jurase así.

Respondió el rey: Que guardaría lo que cerca de esto tenía jurado, y que no consintiría las nuevas imposiciones.

5.º Que no se diesen a extranjeros oficios, ni beneficios, ni dignidades, ni gobiernos; ni diese, ni consintiese carta de naturaleza, y si se habían dado, las revocase. Y que mandase ver la cláusula del testamento de la reina doña Isabel, que habla de esto, que la presentaron; y en lo que contra esto estaba hecho, lo mandase remediar, especialmente las tenencias, dignidades y otros beneficios que vacaron en el arzobispado de Toledo, y otros obispados se den a naturales. Y que el arzobispo de Toledo viniese a residir en estos reinos, porque gastase aquí las rentas.

Respondió el rey: Que así se haría, y guardaría de allí adelante y lo prometía. Y que ya tenía escrito al cardenal de Croy, entendiendo que convenía así a su servicio y bien de estos reinos que viniese, y que agora le volvería a escribir con mayor instancia, y trabajaría que veniese en todo aquel verano. De lo cual estuviesen ciertos que sería.

6.º Que los embajadores de estos reinos fuesen naturales.

Respondió: Que lo mandaría proveer, de manera que los reinos no reciban agravio.

7.º Que en la casa real sirviesen y tuviesen entrada castellanos, o españoles, como era en tiempo de sus pasados. Y tengan los oficios de ella, como con los reyes sus antecesores los tenían. Y en el género de porteros y aposentadores, haya de todos, porque algunos de ellos entendiesen y pudiesen ser entendidos.

Respondió: Que le placía de lo mandar así, y se haría de allí adelante.

8.º Que fuese servido de hablar castellano, porque haciéndolo así lo sabría más presto, y podría mejor entender sus vasallos, y ellos a él.

Respondió: Que le placía, y se esforzaría a lo hacer, particularmente porque se lo suplicaban en nombre del reino. Y así lo había comenzado a hablar con ellos y con otros del reino.

9.º Que no enajenase cosa de la corona real, y si había algún agraviado que pidiese justicia se la mandase guardar.

Respondió: Que guardaría lo que cerca de esto tenía jurado, y mandaría guardar justicia a cualquier agraviado.

10.º Que escribiese al Pontífice sobre el agravio que la corona real de Castilla y iglesia de Murcia reciben de la elección de Orihuela que tantas veces prometió en Cortes el Rey Católico de la deshacer; y Su Alteza lo había agora prometido en esta diligencia se apretase para que el Papa la revocase antes que él entrase en Aragón.

Respondió: Que tenía escrito al Papa por la manera que los procuradores de Murcia lo habían suplicado. Y escribiría siempre que conviniese en favor de la ciudad.

11.º Que no hiciese merced a ninguno de la tenencia de la fortaleza de Lara, que es de la ciudad de Burgos, y si tenía alguna hecha, la mandase revocar, mandando sobre todo hacer justicia.

Respondió: Que mandaría ver a los del Consejo la justicia que la ciudad tenía, y no proveería en perjuicio de ella.

12.º Que mandase guardar a los monteros de Espinosa sus privilegios y libertades, cerca de la guarda de su real persona, por ser tan antiguo y que toca a la lealtad de España.

Respondió: Que mandaría ver los privilegios y proveer lo que fuese justicia y razón, y su servicio.

13.º Que no permitiese que Arévalo y Olmedo saliesen de la corona real.

Respondió: Que no entendía haber enajenado ni apartado de su corona real las dichas villas por las haber dado a la reina Germana solamente por los días de su vida. Lo cual hacía por muchas y justas causas del servicio de Dios y suyo y bien de estos reinos. Y que para que se viese que su voluntad era de no enajenar las dichas villas, les daría todas las cartas que le pidiesen, para que luego que la reina muriese, las dichas villas volviesen y se incorporasen con la corona real, y de ahí adelante no se anajenen.

14.º Que lo que estaba encabezado, lo estuviese, y los que quisiesen encabezarse pudiesen, en el precio que estaban, guardando la cláusula del testamento de la reina doña Isabel.

Respondió: Que le placía que se hiciese así como lo pedían.

15.º Que no diese expetativa de oficios de personas vivas, y mandase revocar las dadas, ni hiciese merced de bienes de algún condenado antes de su sentencia pasada en cosa juzgada.

Respondió: Que lo guardaría así, por ser tan justo.

16.º Que no permita sacar de estos reinos oro, ni plata, ni moneda, ni diese cédulas por su cámara para ello.

Respondió: Que lo tenía por muy provechoso, y mandaría a los de su Consejo los oyesen y tratasen sobre ello, para que viesen y proveyesen lo que fuese bien de estos reinos y su servicio.

17.º Que la ley que habla de las apelaciones de tres mil maravedís abajo, se entienda en cualquier causa civil y criminal.

Respondió: Que no ha lugar esto, ni conviene.

18.º Que no se saquen caballos del reino.

Respondió: Que así lo tenía mandado desde Bruselas, y se pondrían mayores penas siendo necesario.

19.º Que los protomédicos no envíen personas que en su nombre visiten las boticas, por los daños que hacen.

20.º Que se guarden las leyes que hablan de los oficios acrecentados, para que se consuman.

21.º Que se guarden las leyes que hay en el reino, contra los que se alzan con haciendas ajenas, habiéndolos por públicos robadores.

22.º Que se vede, como lo vedó el Rey Católico, el juego de los dados.

23.º Que se revoquen todas las cédulas y cartas de suspensiones de pleitos, y de allí adelante no se diesen.

24.º Que porque había grandes novedades, después de la muerte de la Reina Católica, en los consejos y chancillerías, las mandase visitar.

25.º Que los alcaldes de corte y chancillerías no lleven más derechos de rebeldías, ni meajas, ni otras cosas de las que llevan otras justicias.

26.º Que los merinos y alguaciles de la corte y chancillerías no lleven más derechos de las ejecuciones que hacen, de los que se pueden llevar en el lugar donde las hicieren por el merino de allí.

27.º Que los alcaldes de corte y chancillerías y alguaciles den residencia, a lo menos de dos en dos años, pues en ésta es más necesaria que en todas las otras justicias del reino.

28.º Que se vean en Consejo todas las residencias, y ninguno pueda ser proveído en otro oficio hasta que su residencia sea vista y sentenciada.

29.º Que no se provean pesquisidores, sino que los corregidores más cercanos, o sus tenientes, remedien y provean en lo que sucediere, sin derechos.

30.º Que los alcaldes de la hermandad hiciesen residencia cumplido su año.

31.º Que las penas de la cámara y fisco no se librasen a jueces, ni corregidor alguno, sino que las cobre el tesorero.

32.º Que cuando algún juez fuese recusado habiendo de tomar acompañados, se tenga lo que la mayor parte sentenciare.

33.º Que la provisión que dio a estos reinos para que donde no hubiere parte querellante, que las justicias no procedan de oficio en ciertos casos, que se entienda aunque el querellante haya acusado, si después se aparta de la querella.

34.º Que los corregidores y asistentes cumplan sus oficios a los dos años, y luego se les tome residencia, y tomada, no puedan ser proveídos al dicho oficio, aunque la ciudad lo pida donde lo haya sido.

35.º Que las justicias no puedan tomar las armas de día y en lugares honestos.

36.º Que, porque en el echar de los huéspedes, donde está la Corte se hacen notorios agravios, suplicaron que se los mandase quitar.

Los demás capítulos se concedieron.

A éste respondió el rey: Que sabía que se había suplicado a los reyes sus progenitores, y no se había concedido; que lo mandaría ver y proveería lo justo, teniendo siempre respeto al bien y utilidad del reino.

37.º Que los que tenían oficios en el reino, los pudiesen renunciar veinte días antes de su muerte, conforme a las leyes. Y el rey fuese obligado a se los pagar.

38.º Que lo que los Reyes Católicos y don Felipe mandaron por título de dote, lo mandase cumplir para descargo de sus conciencias.

Respondió: Que se haría como no fuesen mandas en perjuicio del patrimonio real.

39.º Que mandase proveer de manera que en el oficio de la Santa Inquisición se hiciese justicia. Y los malos fuesen castigados y los inocentes no padeciesen, guardando los sacros cánones y derecho común que de esto hablan. Y que los jueces inquisidores fuesen generosos, de buena fama y conciencia y de la edad que el derecho manda. Y que los ordinarios sean los jueces conforme a justicia.

40.º Que el cardenal Jiménez mandó en su testamento veinte cuentos de maravedís para redención de cautivos y otros cuatro para casar huérfanas, y otros diez para un monasterio en Toledo, donde se criasen mujeres pobres y se casasen. Que lo mandase cumplir.

A este capítulo non respondió.

41.º Que no anden pobres por el reino, sino que cada uno pida en su naturaleza. Y los contagiosos estén en casa particular.

42.º Que mandase plantar montes en todo el reino, donde se hallase aparejo, y los que había se guardasen conforme a las ordenanzas de las villas y lugares, y donde no los había se hiciesen.

43.º Que por el pedir y cobrar de las alcabalas y otras rentas no se den jueces de comisión, sino que las justicias ordinarias sean jueces de las dichas rentas.

44.º Que se guardasen las premáticas que vedan el traer de los brocados, y dorado, y plateado, y tirado, y en el traer de la seda se diese orden conveniente al reino.

45.º Que mandase labrar vellón y moneda menuda por la necesidad que de ella había en el reino.

46.º Que mandase que valiesen las provisiones y mercedes que los Reyes Católicos habían hecho a procuradores y oficiales de Cortes, y las que él hiciese.

47.º Que mandase pagar a los continuos caballeros de la casa real que habían servido a sus padres y abuelos, y Su Alteza les mantuviese sus oficios.

48.º Que mandase tener consulta ordinaria para el buen despacho de los negocios, y dar audiencia personalmente, a lo menos dos días en la semana.

49.º Que en el echar de las bulas no se hiciesen fuerzas ni extorsiones, sino que cada uno tuviese libertad de tomarlas, y no se prediquen sino en día de fiesta. Y las provisiones que llevasen, fuesen rubricadas del Consejo Real.

50.º Que se pida a Su Santidad que dé orden cómo los jueces y escribanos eclesiásticos tengan aranceles y hagan residencia.

51.º Que los obispos que estando fuera del reino arriendan las rentas, no puedan arrendar la jurisdicción.

52.º Que pida al Papa que no dé reservas en los cuatro meses de los obispados. Y los perlados visiten con mucho cuidado las iglesias.

53.º Que no se resuma ninguna calonjía de las catedrales.

54.º Que Su Alteza provea cómo los clérigos puedan testar, porque, de otra manera, los papas serían señores de la más hacienda del reino.

55.º Que ninguno pueda mandar bienes raíces a ninguna iglesia, monasterio ni hospital ni cofradías. Ni ellos lo puedan heredar ni comprar, porque si se permitiese, en breve tiempo sería todo suyo.

56.º Que no permita que el Papa aneje beneficios a obispados que sean de fuera del reino.

57.º Que se provea cómo los obispados y dignidades y beneficios que vacasen en Roma, se volviesen a proveer por el rey, como patrón y presentero de ellas, y no quedasen en Roma.

58.º Que se remedien las demasías de los jueces conservadores, y se limite su jurisdicción, y no se permitan, no siendo personas de calidad, y haya número y orden en ellos, y nombrados por el rey.

59.º Que habiendo jueces en los lugares de primera instancia, no sean llevados los clérigos a las cabezas de los obispados ni otra parte, si no fuere en grado de apelación.

60.º Otro sí (dice el capítulo que se sigue), ya Vuestra Alteza sabe que el reino de Navarra está en la corona real, desde las Cortes que el rey y la reina hicieron en Burgos el año pasado de 1515. E agora el obispo de Badajoz nos dijo al tiempo que juramos a Vuestra Alteza la voluntad que tenía a lo conservar. Por lo cual besamos las manos a Vuestra Alteza por tan crecida merced como a estos sus reinos hace. Y así esto, como todo lo que por razón de la cisma se adquirió a estos dichos reinos e a su corona real e patronazgo de ella, suplicamos la mande conservar e defender como sus pasados lo hicieron, mandando defender y amparar los perlados que, por razón de lo susodicho, algo poseen. E si para la defensa de esto fuere necesario nuestras personas y haciendas, las pornemos, pues este reino es la llave principal de estos reinos.

A esto se vos responde: Que visto que el buen derecho que para tener el dicho reino de Navarra tenemos, y cuánto importa en ello para estos nuestros reinos de Castilla; y la incorporación en ellos hecha por el Rey Católico, y lo que nos encomienda por su testamento, tenemos voluntad, como nos lo suplicáis, de le tener siempre en ella, ansí le tenemos y ternemos en servicio el ofrecimiento grande que cerca de esto nos hacéis, en nombre de estos reinos, que es de tan buenos y leales vasallos como sois. Aunque creemos y tenemos por cierto que habría poca necesidad de él, pues nuestro derecho está tan conocido para tener el dicho reino, que no habrá ninguno que nos quiera poner turbación en él. Y en lo de los perlados, trabajaremos de lo hacer como nos lo suplicáis.

61.º Que a ningún pechero se diese carta de hidalguía. Ni se permitiesen hermandades de mostrencos ni frailes.

62.º Que el correo mayor, que reside en Corte, no lleve el diezmo de lo que ganan los correos de las otras ciudades y villas del reino.

63.º Que se guardase la premática que manda medir los paños sobre tabla.

64.º Que los alcaldes de Corte no pongan ni tengan escribanos de su mano, sino que se los dé el rey.

65.º Que no libren en sus casas, sino públicamente en la plaza.

66.º Que se nombren personas que tengan cuidado de mirar la orden que se ha de guardar en el despachar los pleitos por antigüedad.

67.º Que no se consientan salir las carnes y ganados del reino.

68.º Que se quitasen las nuevas imposiciones.

69.º Que no permita que por Roma ni Portugal se den hábitos de las órdenes militares ni encomiendas.

70.º Que no se hagan caballeros pardos, porque el cardenal Jiménez había hecho algunos y era en perjuicio de los pecheros.

71.º Que las franquezas que el cardenal dio, cuando quiso echar la gente de guerra en el reino, se den por nulas.

72.º Que se conservasen los derechos y bulas de los hijos patrimoniales en los obispados, cuyos son los beneficios de los tales.

73.º Que el servicio que se le había concedido, se cobrase por los mismos procuradores y ciudades y no por recetores y cobradores.

74.º Que en los tres años que se había de cobrar este servicio, no se echase ni pidiese otro tributo, sino con estrecha y extrema necesidad.

Esto fue lo que al rey se pidió en las primeras Cortes que tuvo en Castilla, y otras cosas que por ser particulares y que tocaban a solos los procuradores, no he referido.

Y las demás sí, porque por ellas parece el estado en que estaba Castilla y el buen celo de sus castellanos, así en el servicio de Dios y de su rey como bien del reino. Y a todas estas cosas respondió el rey graciosamente, y les dio las gracias con tanto cumplimiento, que todos quedaron muy pagados de él. El servicio que le otorgaron y se había de cobrar en los tres años primeros, fueron (según dice fray Antonio de Guevara) ciento y cincuenta cuentos, y según Pero Mexía, seiscientos mil ducados.

Monteros de Espinosa.

En el capítulo doce de estas Cortes suplicaron los castellanos a su rey que se sirviese de mandar guardar los privilegios de los monteros de Espinosa cerca de la guarda de la persona real. Es muy cierto y recibido, y aun constaba por escrituras del monasterio real de San Salvador, de Oña, que se encomendó esta guarda a los hombres nobles hijosdalgo naturales de Espinosa, en tiempo del conde don Sancho de Castilla, porque dos criados de su casa le avisaron que se guardase de una traición que estaba armada para quitarle la vida. Y en pago de esta lealtad el conde casó a la doncella, que era criada de su madre, con el criado que le dio el aviso, y por ser ambos naturales de Espinosa y nobles, les dio que ellos y todos sus descendientes hijosdalgo fuesen guarda de su persona y de todos los condes o señores de Castilla, y que ellos solos velasen, y guardasen su casa y retrete y cama.

Que parece a lo que Salomón ordenó en su casa de los setenta y dos varones de los más ilustres y valientes del reino que, armados, le guardaban el sueño.

Este privilegio confirmó el rey don Alonso de Castilla año de mil y docientos y ocho, y señaló los solares y casas de los monteros, y de la mesma manera lo confirmaron otros reyes de Castilla, y el Emperador hizo lo mismo estando en Barcelona, a doce de agosto año de mil y quinientos y diez y nueve.

Las preeminencias de este oficio, antigüedad y calidades de él, son harto honradas, y baste por ahora lo dicho, pues no da lugar a más la historia.

Título a don Bernardo de Sandoval y Rojas, marqués de Denia, para que se encargue del servicio de la reina en Tordesillas.

Satisfecho el rey de la antigua lealtad y grandes servicios en que los marqueses de Denia se habían señalado, escogió al marqués don Bernardo para encargarle el servicio y guarda de la reina doña Juana, su madre, que importaba en ello no menos que la quietud de estos reinos y firmeza suya en ellos, como después pareció en las alteraciones que para ejecutar sus malos intentos los que los tenían, queriéndose apoderar de la reina, echaron de su servicio al marqués y marquesa de Denia.

Confiando, pues, el rey, como digo, tanto del marqués de Denia, y estando ya Su Alteza para partir de Castilla, a quince de marzo de este año mil y quinientos y diez y ocho, en nombre suyo y de la reina su madre, dice: que, confiando de la fidelidad y buenos y leales servicios que don Bernardo de Sandoval y Rojas, marqués de Denia y conde de Lerma, y del su Consejo, había hecho a los Reyes Católicos, sus padres y abuelos, y los que a ellos hacía cada día y esperaban haría de allí adelante, porque estaban ciertos de todo ello y de la buena manera, cuidado y diligencia con que siempre había servido, y que así haría de allí adelante, le dan cargo de la administración y gobierno de la casa de la reina, que residía en Tordesillas, para que la pudiese regir y gobernar y a todas las personas de ella; y así mismo, para que en la gobernación y justicia de la villa de Tordesillas pudiese hacer lo que viese que convenía, y que todos le obedezcan, así los criados de la casa real como las justicias y vecinos de la villa.

Con la provisión hecha en el marqués don Bernardo, que duró hasta el año de 1535 en que murió, y luego le sucedió en ella, como diré, su hijo, el marqués don Luis, descuidó el Emperador del gobierno de la reina su madre, y con esto se dio conclusión a las Cortes.

Justa real en la plaza de Valladolid.

A catorce de marzo hubo justa real en la plaza de Valladolid, de veinte y cinco a veinte y cinco caballeros españoles y flamencos, que a porfía se quisieron señalar, así en los trajes costosos como en el pelear, y encuentros de las lanzas y golpes de las espadas.

Cayeron muchos, fueron heridos otros, y murieron siete, que por eso dicen que este regocijo para veras es poco y para burlas pesado. Entraron en la carrera el señor de Beauram y el señor de Sencelles, caballeros del Tusón, mantenedores, acompañados del condestable de Castilla, conde de Haro, conde de Ayamonte, conde de Aguilar y don Pedro Girón. Y la librea de los mantenedores era carmesí sembrado de dragones de plata, con otros muchos asistentes y con ricas libreas. Salieron al encuentro de éstos el prior de San Juan y don Antonio, su hermano, el hijo del duque de Cleves y otros señores extranjeros, don Juan de Mendoza, don Francisco de Bracamonte. Duraron estas fiestas desde el jueves hasta el martes de Carnestolendas, en que éstos y otros caballeros se mostraron.

Entró el rey en una de estas justas con grandísimo acompañamiento y majestad, el martes, y fue la primera vez que justó con armas. Justó contra él su caballerizo Carlos de Lanoy, caballero de quien se hará larga mención en esta historia. El aderezo que el rey sacó sobre las armas y cubiertas del caballo era de terciopelo y raso blanco bordado y recamado de oro y plata, y sembrado de mucha pedrería, obra verdaderamente real, y rompió el rey tres lanzas en cuatro carreras, aunque le faltaban diez días para cumplir diez y ocho años.

Fue Carlos V singular en usar de las armas y en el aire y postura, tanto, que afirman que de él aprendieron los mejores caballeros, y que en algunos regocijos de armas quiso entrar disimulado, y luego era conocido por la postura y donaire que tenía.

Hubo toros, cañas y otros regocijos. Hizo banquete general a todos los señores que estaban en la Corte. Hubo grandes saraos en palacio. En todo se mostró príncipe gallardo, aventajándose a todos. Y para mayor grandeza mandó que se pagasen los gastos que en estas fiestas se habían hecho a su cuenta. Y sumó el gasto cuarenta mil ducados.

De la reina Germana, y respeto que el rey la tuvo hasta que ella le perdió a Su Alteza. -Melancolía grande de la reina doña Juana.

Tuvo el rey algunos días gran respeto a la reina Germana, por haber sido mujer de su abuelo y habérsela dejado encomendada. Fue tanto, que si ella entraba y el rey estaba sentado, se levantaba de su asiento y se descubría y la hablaba la rodilla en tierra.

No duró esta cortesía mucho tiempo, porque el rey luego cobró autoridad y ella miró poco por la suya, gustando más de sus placeres, comidas, huertas y otras cosas ajenas de quien era, aunque no en lo que toca a la limpieza de su persona, que de mirar por el respeto que sus tocas pedían.

Estaba retirada estos días en el monasterio del Abrojo, legua y media de Valladolid, y el rey envió por ella y la trajo a su palacio, honrándola como a madre, que así la llamaba. Luego envió por la infanta doña Catalina, su hermana, y quiso que viniese sin que la reina doña Juana, su madre, lo entendiese. Y como la reina la echó menos, sintió tanto su ausencia que estuvo tres días sin comer bocado, y avisando al rey, mandó luego volver la hermana, y fue tras ella a se disculpar y visitar a la madre.

Vuelto a Valladolid, determinó su partida para Aragón, que quería visitar aquellos reinos y tener Cortes en ellos, donde quería ser jurado, y esperaban que personalmente fuese a visitarlos, y que, conforme a sus fueros, le recibiesen, y él se los jurase.

El infante don Fernando tenía su casa en Aranda de Duero, bien poco favorecido de su hermano el rey, porque siempre los privados desvían las personas reales de los reyes. Tratóse de que con brevedad le enviasen a Flandes, que para las cosas de allá importaba su presencia. También para asegurarse de la de acá, convenía tenerle ausente, que no quiere compañía la impaciente codicia de reinar.

Parte el rey para Aragón. -El infante don Fernando va a Flandes.

Dada, pues, la mejor orden que fue posible en las cosas tocantes al buen gobierno de Castilla, el rey partió de Valladolid para Aragón, acompañándole muchos grandes y principales caballeros, en el principio del mes de abril de este año de mil y quinientos y diez y ocho, llevando consigo a la infanta doña Leonor, su hermana, y a la reina Germana.

Tomaron el camino para la villa de Aranda, donde el infante don Fernando, su hermano, había vuelto con muy poco gusto, por la priesa que había en sacarlo de España. Detúvose el rey algunos días en Aranda, en los cuales despacharon al infante para Flandes, como estaba determinado. Y hecho esto se partió el rey para Aragón. Y con el infante fue monsieur De Beurren, mayordomo mayor del rey, dejando en su oficio a su hijo, que se llamaba como él. Y esto dicen que fue traza de monsieur de Xevres, por apartarlo de la presencia del rey, porque entre ellos había habido grandes discordias. Todos los más criados que el infante llevó fueron extranjeros. Y pocos castellanos. Hizo su viaje en una buena armada que estaba aparejada en el puerto donde se embarcó.

Y el rey prosiguió su camino para Zaragoza, en la cual entró a 15 de mayo con muy solemne recibimiento; y a 19 fue a la iglesia mayor, donde se le hizo gran fiesta y aplauso.

Sienten mal en Castillo de la ida del infante don Fernando: que le querían bien. -Quejas de los castellanos por el gobierno de los flamencos. -Rectitud del autor en decir verdad. -Sana intención y verdad con que esto se escribe. -Lo que dice Pedro Mexía. -Favores que el rey hizo a sus españoles. -Es don del cielo que un rey acierte con ministros leales. -La gravedad en el príncipe importa.

Por la ida del infante de estos reinos pesó a muchos, y se comenzó a murmurar, porque les parecía que no se debía hacer hasta que el rey se casase y tuviera hijos.

Murmuraban también en Castilla y Aragón de la gobernación que había, porque todas las cosas pasaban por la mano de Xevres y de sus amigos, y demás de que los privados de los príncipes, por justos que anden, son envidiados y aborrecidos de todos, Xevres era infamado de codicioso y avariento, y lo mismo se decía de los flamencos que servían al rey.

Y los españoles, impacientes que extranjeros tuviesen tanta mano en su tierra, quejábanse con harta demostración y sentimiento. También decían que el rey era intratable, esquivo, y que daba pocas muestras de querer bien a la gente española; que al fin era extranjero y criado entre extranjeros, enemigos de esta nación.

De todo esto diremos presto largamente que de aquí nacieron las Comunidades, que dieron bien que escribir. Yo ni loo ni condeno a nadie, con afición ni otra pasión. Ni cometeré tal pecado por cuanto Dios tiene en el suelo, ni miraré en que sea mi natural, ni que sea extranjero. Ni puedo decir lo que no vi, porque no era nacido; diré lo que he hallado en papeles, en personas y autores graves, a quien se debe dar crédito, y en los papeles originales de los Consejos, y cartas del rey y sus ministros.

Mexía, que fue un honrado caballero, coronista del Emperador, dice que Xevres era muy prudente y que sirvió al rey con mucho amor; que le procuró la paz con los príncipes cristianos, que deseaba que se hiciese justicia con igualdad, que era grave de canas y experiencia, y aun casi quiere decir que acertó el rey en darle la mano que le dio. Y dice cierto lo que fue, bien es verdad que no le salva del pecado de la avaricia.

Con todo, parece que habla Pero Mexía con alguna afición, porque respondiendo al cargo que al rey se hacía, de que extranjeros gobernaran el reino, dice que no era así, porque el rey tenía en el Consejo de su Cámara a don García de Padilla y al maestro Mota, obispo de Badajoz, y por secretario a Francisco de los Cobos, oficial que había sido del secretario Conchillos y fidelísimo ministro de su príncipe. Y es claro que aunque los tres fueron notables en valor, prudencia y experiencia, que no se sumaba en ellos lo mejor de España, ni eran bastantes tres personas para el gobierno de tan gran monarquía, y lo que ellos podían y hacían, era lo que quería Xevres; que por esto echó manos de ellos y no de los grandes de España, hasta que vio Xevres el juego perdido, que, para remediarlo, encomendaron el reino a dos de los mejores de él.

Yo diré, antes que comiencen las Comunidades, lo que dice fray Antonio de Guevara y dicen otros que vieron estos tiempos. Y fray Antonio era fraile, teólogo, obispo, caballero, coronista del Emperador, y no comunero, antes enemigo de ellos. Y así hemos de creer, como es justo de tal religioso, que hablaría sin pasión y con temor de Dios, diciendo la verdad, y procurando saberla, y si alguna pasión tuvo, antes fue contra los comuneros que en su favor, deseando, como quien era, el servicio de su rey, y pareciéndole mal lo que en contrario se hacía; y así, lo que dijere para descargo de ellos se le ha de creer, porque lo diría sin ninguna afición, con la limpieza que digo.

Al rey no se puede culpar en este tiempo, porque siendo de tan poca edad, por fuerza se había de guiar por aquéllos con quien se había criado, y que él estuviese sin culpa, mostrólo el tiempo cuando llegó a edad madura. Bien claro vieron los españoles lo que los amó y estimó, anteponiéndolos a todas las otras naciones y dándoles oficios más honrados y de mayor confianza, no sólo en España, mas en Italia, Flandes y Alemaña.

Y tuvo más otra virtud este príncipe, que nunca admitió privado que no lo mereciese ser, guiándole Dios en todo, de cuya mano vienen los bienes. Y no es pequeño que un rey acierte en escoger quien le ayude con amor, con fidelidad y deseo del bien común; que dar contento a todos es imposible. Pues Moisés, con ser escogido de Dios, y hacer milagros, y verle hablar con el Señor tan familiarmente como un amigo con otro, fue tan aborrecido de su pueblo y de sus hermanos naturales, que le quisieron mil veces apedrear.

Quejábanse más de que el rey era demasiado de grave. La gravedad que este príncipe tuvo era natural en él, que jamás usó de artificio. Y no sé si en los príncipes es más importante la gravedad que la llaneza, particularmente cuando tratan con los vasallos y gente poderosa del reino, que con los demás, cuanto más llano, más amado y querido. Baste lo dicho, que es fuera de historia, mas son menester estas salvas para lo que en el año siguiente veremos en Castilla.

Llega el rey a Zaragoza. -Cortes en Zaragoza. -Muere el chanciller. -Entra en el oficio Mercurino Catinara. -Peste en España. -Viterbo, legado del Papa. -Pide el Papa liga contra el Turco.

Volviendo, pues, a nuestra obra, entró el rey en Zaragoza, haciéndole las fiestas que aquella grande y generosa ciudad pudo, para muestras de la voluntad con que recibía a su príncipe. Después de algunos días se comenzaron las Cortes, y alargáronse tanto, que el rey se detuvo ocho meses.

Murió aquí el gran chanciller con muy pocas lágrimas de los españoles, de quien era sumamente aborrecido. Y aún él quería más su oro que sus personas ni gracias. Tuvo muy mal nombre este monsieur de Laxao.

En su lugar puso el rey a Mercurino de Catinara, varón prudente y sabio, y amigo de justicia y rectitud y gran jurisconsulto, y así sirvió al rey en el oficio de gran chanciller leal y prudentemente.

Hubo este año muy poca salud en la mayor parte de España. Murieron muchos de landres.

Estando el rey en Zaragoza, llegó allí Isidro de Viterbo, cardenal y legado del papa León X, varón insigne en letras, como parece por sus obras. La embajada que trajo era encomendar y procurar la paz con el rey de Francia. Y también la del Emperador y rey de Ingalaterra, que al mismo efeto envió a un mesmo tiempo a cada uno de estos príncipes un embajador o legado, para que así, juntos y conformes, pues eran las cabezas de la cristiandad, entendiesen en resistir a la potencia y tiranía de Selim, Gran Turco, que estaba poderosísimo, haciendo notables daños en toda la cristiandad, para lo cual pidió el legado particularmente al rey, que enviase por su parte armada de mar, y que defendiese la costa del reino de Nápoles y de Sicilia, y hiciesen guerra al enemigo.

A lo primero respondió el rey con muy alegre semblante, que él estaba con muy buenos deseos de siempre procurar y conservar la paz con el rey de Francia y con el de Ingalaterra, con los cuales la tenía asentada, prometida y jurada, la cual nunca él rompería, en cuanto en sí fuese. Y en lo que tocaba a ligarse para hacer guerra al turco, él haría por su parte todo lo posible, y mandaría aparejar la armada para que fuese a tiempo. Lo cual hizo así después, con que el legado volvió contento en Italia.

Casamiento de la infanta doña Leonor con don Manuel, rey de Portugal.

Aquí se trató que la infanta doña Leonor, hermana del rey, casase con don Manuel, rey de Portugal, que estaba viudo, y sobre ello hubo muchas juntas y varios pareceres: habiéndolos que fuera mejor que la infanta casara con el príncipe don Juan, hijo del mismo rey don Manuel. Mas monsieur de Xevres, a quien decían que el rey de Portugal había dado gran suma de dineros, porque hiciese con el de Castilla que viniese en darle su hermana, acabó que el casamiento fuese con el rey don Manuel y no con el príncipe, su hijo. Otros dijeron que la mesma infanta, por verse luego reina, había más querido al padre que al hijo. Y a mi parecer se engañó, que más vale el sol cuando nace, que cuando se pone.

Finalmente, el desposorio se hizo con poderes del rey de Portugal, a trece de julio. Y salió la infanta aquel día con corona de oro en la cabeza. Era el rey don Manuel de cincuenta años, con todo, deseaba ver su nueva esposa, y dio priesa que se la llevasen.

Entró la reina doña Leonor en el reino de Portugal, miércoles a veinte y cuatro de noviembre de este año, por Castil de Vide. De allí fue al Crato, donde el rey la esperaba con toda la nobleza de aquel reino.

De Castilla fueron con la reina el duque de Alba, don Alonso Manrique, arzobispo de Sevilla; la mujer de Xevres, don Hernando Cabrero, arcediano de Zaragoza y del Consejo Real de Castilla, que quedó en Portugal y sirvió a la reina hasta que volvió viuda a estos reinos, y otros muchos caballeros.

Y, como dije, en estos días fue cuando dio el rey el arzobispado de Toledo a Guillelmo de Croy, sobrino de monsieur de Xevres, que ya era obispo de Cambray. Y todo el reino se sintió mucho de esto, porque era extranjero, y la provisión contra lo que había jurado en Valladolid.

Confirman la paz con Francia.

En este tiempo se volvió a confirmar la paz y amistad entre los reyes de España y Francia, y el de España dio en cumplimiento del capítulo de la paz de Noyon ciento y cincuenta mil florines de oro, y de tal manera dieron muestras de amistad, aunque duraron poco, que el día de San Miguel, el rey Carlos de España trajo públicamente al cuello el collar y insignia de San Miguel, que es la más principal de la caballería de Francia; y luego, el rey de Francia, correspondiendo, día de San Andrés trajo la cadena y vellocino que llaman del Tusón.

Muchas de estas aparencias de amor hubo entre estos príncipes; mas las obras fueron muy diferentes, dañosas y pesadas, dentro de breve tiempo, que no hay más firmeza en los hombres de la que quiere el interés.

Piden los de Aragón que el rey les guarde los fueros. -Quieren los de Aragón jurar por príncipe al infante don Fernando, y condiciones con que quieren jurar al rey. -Enójase el rey de los de Aragón. -Palabras del conde de Benavente contra los de Aragón. -Pendencia entre los condes de Benavente y Aranda.

Juntáronse los grandes de Aragón en el palacio del arzobispo, tío del rey, y suplicaron les dijese qué era su voluntad, porque en ellos había el deseo de servirle, que siempre tuvieron a los reyes sus pasados. Pero con tal condición, que se les guardasen los fueros que el reino tenía. El rey respondió que así lo haría; pero que pues veían la indisposición de la reina, su madre, les pedía y rogaba que le alzasen por rey, como lo habían hecho en Castilla.

Respondieron los jurados en nombre del reino, que ellos lo harían, aunque iban contra las leyes, por ser la reina proprietaria viva; pero que Su Alteza había de tener por bien que el día que le jurasen por rey había él de jurar al infante don Fernando, su hermano, por príncipe. Y esto no para que hubiese efeto de quedar por príncipe heredero, sino para en el entretanto que Su Alteza se casaba, y Dios le diese sucesor. Y que si esto no quisiese, le jurarían por albacea y tenedor de los bienes de la reina, su madre. Y que si Su Alteza no acordase en esto, que ellos no tenían licencia para hacer otra cosa, y caso que la tuviesen, ellos, de su parte, no lo consentirían, porque era en perjuicio y daño de sus exenciones.

Enojóse mucho el rey con tanta resolución y no les respondió palabra, y los grandes que con él estaban de Castilla quedaron muy enojados de la respuesta de los aragoneses. Dijo el conde de Benavente al rey que si Su Alteza tomase su consejo, que él los traería a la melena, y que hacía pleito homenaje de servirle en esto con su persona y con toda su hacienda: que era bien hacer un ejército y sujetar aquel reino por fuerza de armas, y así les daría las leyes que quisiese y no las que los aragoneses querían.

A estas palabras del conde de Benavente respondió el conde de Aranda tan ásperamente, que todo el palacio y los grandes de la Corte se alborotaron de manera, que tuvo bien que hacer el rey en componerlos, y les mandó guardar sus casas y que ninguno saliese de ellas so pena de la vida, mas no lo cumplieron así.

Y venida la noche, se armaron los unos y los otros, y apellidaron de ambas partes mucha gente y salieron a matarse por las calles de la ciudad. No murió ninguno; pero fueron heridos veinte y siete. Fuera sin duda mayor el daño si el arzobispo, que estaba cenando, no saliera con siete o ocho grandes, que con él estaban, a los poner en paz. Y así quedaron por entonces algo quietos, hasta otro día, que el rey tomó la mano y puso treguas entre el conde de Benavente y el conde de Aranda. Después de esto se allanaron los de Aragón y quisieron conformarse con los de Castilla.

Juran los de Aragón al rey. -Sabe el rey la muerte de Horruc y levantamiento de Haradín Barbarroja. -Don Hugo de Moncada contra Argel. -Piérdese don Hugo sobre Argel por no la combatir en llegando.

Y a treinta días del mesmo mes, con auto solemne, habiéndose determinado por las Cortes, juraron al rey por su rey y señor en compañía de la reina su madre, cómo se había hecho en Castilla, y predicó aquel día el legado un excelente sermón, y las Cortes procedieron adelante.

Estando el rey aquí en Zaragoza tuvo nueva de la guerra que con el cosario Barbarroja se tenía en África, y de la muerte de Horruc Barbarroja, y levantamiento de su hermano Haradín en Argel, como queda dicho, y viendo el rey que no bastaba haber muerto y deshecho a Horruc, si quedaba Haradín con el reino de Argel y con los pensamientos altos que tenía de ser más que su hermano, envió a mandar a don Hugo de Moncada, que era virrey de Sicilia, que juntando la gente y armada que bastase fuese luego sobre Argel y echase de allí aquel tirano.

Recogió don Hugo cuatro mil y quinientos españoles, soldados viejos, y haciéndose a la vela, tomó algunos soldados en Bugía, que le dio Perafán de Ribera, y en Orán le dio más gente el marqués de Comares.

Había corrido y saqueado el marqués este año diez y siete lugares y tenía tan amedrentados los moros de Berbería, que se tenía por cierta la toma de Argel.

Como don Hugo llegó, echó en tierra la gente y sacó la artillería con otras cosas. Ganó luego la Serrezuela, que importaba mucho, y atrincheróse en ella con mil y quinientos soldados. Quisó batir y arremeter al lugar por no perder tiempo; mas Gonzalo Marino de Rivera, caballero gallego, sin cuyo parecer no se podía hacer, le aconsejó que esperase al rey de Tremecén, que vernía presto con muchos alárabes a caballo y gente de a pie, como lo había prometido, cuya gente sería buena para contra los del campo de Argel, ya que no valiesen para el combate de la cerca.

En esto y en otras cosas que trataban los del Consejo de guerra se pasaron seis o siete días. Y aún cuentan que no se avinieron como fuera razón, don Hugo y el Gonzalo Marino.

Levantóse a ocho días que llegaron un cierzo tan recio, que dio en tierra con veinte y seis navíos, sin otros bajeles. Anegáronse en esta tormenta, que fue día de San Bartolomé de este año, cuatro mil hombres. Pérdida notable y lastimosa, que quebraba el corazón ver encontrarse las naos unas con otras, y hacerse pedazos como si fueran delicados vidrios, y la gente sin entenderse, gritando y llorando tan miserable fin. Fue un caso extraño y desdichado.

Recogió don Hugo lo poco que le había quedado y navíos, y lleno de dolor se retiró a Ibiza, donde invernó. Perdióse aquella empresa por no querer el Marino dar, luego que se ganó la Serrezuela, el asalto a la ciudad; que todos tenían por cierta la victoria. Y así veremos adelante otra pérdida mayor sobre esta ciudad, por la misma ocasión de no querer, luego que saltaron en tierra, arremeter al lugar, y por hacer esta jornada a la boca del invierno. En Ibiza se le amotinaron a don Hugo los soldados porque no les pagaban, y destruyeron la isla.

Los moros de Berbería saquean la costa de Valencia. -Muéstrase cruel Barbarroja contra españoles. -Quiere Barbarroja matar a Benalcadi. -Barbarroja desampara a Argel.

Quedó Haradín Barbarroja muy ufano con la vitoria que los elementos le habían dado, y muy rico con los despojos que hubo de ella, de esclavos, artillería, madera, hierro, jarcias para labrar fustas y galeotas, de que tenía falta. Labró y armó algunas, porque era muy inclinado a las cosas de la mar, y envió al alcaide Hazán o Cartazán con cinco navíos a correr la costa de Valencia por inteligencias que tenía con los moriscos de este reino.

Entró el cosario por el río de Amposta, y robó el lugar, guiándolo un morisco de allí, sin hallar quien le hiciese daño, ni contradición alguna. Volviendo a Argel con la presa, combatió una nave española, mas no la pudo tomar.

Barbarroja dio de palos a este capitán y lo echó en la cárcel, porque halló que le había encubierto ciertas cosas de la presa de Amposta; y porque no tomó la nao, culpándole de cobarde. Mató cruelmente los cautivos españoles, en especial a los que se habían hallado en la guerra de Tremecén y muerte de sus hermanos, y quiso también matar a Benalcadi, que le vino a visitar, diciendo que no muriera su hermano en el corral de cabras si él no le desamparara. Otros dicen que el bárbaro Haradín quería hacer semejante vileza de matar a quien tan buen amigo había sido de su hermano, por quitarle las tierras, y por no tener cerca de sí hombre tan poderoso y tan bien quisto en la tierra.

Benalcadi se salió de Argel porque le avisaron y se fue a Azuaga, donde juntó mucha gente con que hizo guerra mucho tiempo al Haradín Barbarroja; el cual, viéndose apretado, soltó al capitán Hazán, y le hizo su capitán contra Benalcadi, dándole orden que le diese la batalla. Para la cual le dio quinientos turcos y otros muchos hombres, y él se quedó en Argel porque no le cerrasen las puertas; que con tales temores viven siempre los tiranos.

Hazán, afrentado con los palos que Haradín le había dado, se pasó a Benalcadi, enviando a decir a Barbarroja que mirase otra vez cómo trataba a los hombres de bien.

Luego, los dos capitanes, Benalcadi y Hazán, vinieron sobre Argel y lo tomaron, y casi todo el reino, y pusieron a Barbarroja en tanto aprieto y hambre, que no tuvo otro remedio más que tomar sus fustas y, cargado de riquezas, se echó al agua, yendo a buscar nuevo asiento y nuevos amigos. Que no tienen más firmeza los imperios tiranos.

Barbarroja corre el mar Mediterráneo. -Hace gavilla Barbarroja con otros cosarios.

A la ventura se echó Haradín Barbarroja por el mar Mediterráneo, juntándose con otros ladrones, cosarios como él, por no tener nido seguro donde acogerse con su casa, hijos y muchas mujeres. Fue a Jijar, que era de Benalcadi y metióse dentro y fortalecióse en ella. Y dejando algunos turcos de guardia, partió con cinco fustas a buscar su buena ventura.

Topóse con siete naos cargadas de trigo junto a Cerdeña. Combatiólas al cabo de Puellar, rindiólas y tomó las cinco, echando otra a fondo. Y con esta presa volvióse a Jijar.

Estando aquí le vinieron a decir que fuese a Bona, que se la entregaría Jaquenaxar Alhabe. Sabía Barbarroja cuán buena tierra era aquélla. Holgó con tal nueva, y más por ser a tal tiempo; y enviando delante un renegado de Málaga en una fusta, partió con las otras allá. Mas cuando llegó halló puestas sus banderas al revés por las almenas del castillo, y las cabezas de los suyos colgadas. Como se vio burlado, diose a correr la mar con intención de hacer mal igualmente a moros y a cristianos; lo cual, en efeto, hizo como lo propuso.

Tomó luego en la playa romana una nao genovesa, aunque con peligro, porque con un tiro le raparon el turbante de la cabeza y quedó aturdido del golpe: por lo cual degolló a todos los de la nao que pelearon. Fue a los Gelves a buscar otros cosarios, y halló a Sinán, judío; Haradín Cachidiablo, Salarraez, Tabas y otros famosos salteadores. De lo cual se holgó mucho y se agavilló con ellos.

Hízoles muchos presentes, especialmente al judío Sinán, mostrando gran tristeza por sus desventuras. Para les ganar mejor la voluntad hízoles una plática, en que les dijo, llorando, la fama malograda de su hermano Horruc, su muerte desdichada con los otros dos hermanos, su desdicha particular, que habiéndose visto señor de tres reinos, que su hermano había ganado, estaba como le veían. Pidióles con encarecimiento y lágrimas que le ayudasen a cobrar lo que había perdido. Ellos se le ofrecieron muy de voluntad. Y así se partieron de los Gelves con cuarenta velas y fueron sobre Bona.

Combatiéronla, mas no la pudieron tomar, aunque hicieron daño. Hubieron allí palabras Barbarroja y el judío, sobre si fue o no fue bien dado el segundo combate, por las cuales se volvió el judío a los Gelves, que era el mejor cosario de todos.

Vuelve Barbarroja sobre Argel. -Libran de prisión y muerte los españoles a Barbarroja. -Entra Barbarroja en Argel. -Reina Barbarroja en Argel y Túnez. -Cachidiablo, cosario, corre la costa de España. -Don Alonso de Granada va contra la carraca.

Estuvo Haradín Barbarroja en Jijar algunos días haciendo bizcocho y otras cosas para la flota y para la guerra. Fue sobre Argel. Sacó a tierra la gente y artillería con toda la munición necesaria, como quien sabía bien el lugar y asiento. Asentó el real lo mejor que él pudo. Salió Benalcadi a escaramuzar con él; y encendióse de tal manera, que fue una muy reñida y sangrienta pelea, para no ser muchos.

Peleó aquel día Barbarroja como muy valiente, y fuera con todo desbaratado y aun preso, si no le valieran sesenta españoles, de los que fueron cautivos cuando se perdió don Hugo; los cuales, con las escopetas que les dio, arremetieron a los moros la sierra abajo, diciendo Santiago, y abrieron el escuadrón de Benalcadi. Acudieron luego los turcos, y así lo echaron del campo.

Tornó a pelear Benalcadi de allí a cuatro días y fue muerto, no a lanzadas, sino a traición, porque le vendieron los suyos por cuatro mil doblas, que no hay otra ley entre aquellos bárbaros. Barbarroja hizo poner la cabeza del triste Benalcadi en un palo y mostrarla a los de Argel. Ellos entonces le abrieron las puertas de la ciudad y le recibieron por rey.

Otro día, que no se detuvo más, fue de Argel contra Hazán, y le prendió y degolló, ganándole el castillo con industria de los sesenta españoles, a los cuales dio licencia para venirse libremente a España, y una fusta que los pasase. Mas Hamet, vizcaíno renegado, estorbó tan buena obra diciendo que no le cumplía enviarlos, y les hizo dar tan mala y trabajosa vida, que se tornaron moros cuarenta de ellos.

Luego se hizo señor Barbarroja de Túnez y de otros lugares, y trajo su casa y familia de asiento a Argel. Y por no cesar en sus buenas obras, envió al cosario Cachidiablo para, que corriese la costa de España con diez y siete fustas y galeotas.

Llegó a la costa de Valencia y robó a Chinches sin resistencia ninguna, y luego a Badalona. Tomó también dos naos de trigo. Peleó junto Alicante con el galeón de Machín de Rentería, mas no lo pudiendo coger, por tener viento fresco en popa, se volvió a Argel.

También andaba por la costa de Alicante una carraca arragocesa que llamaban la Negra, haciendo grandes daños y robos, y era muy temida de todos los que navegaban.

Mandó el rey a don Alonso de Granada Venegas, caballero ya nombrado, que saliese contra ella, y hízolo tan bien, que peleó con la carraca, y defendiéndosele valientemente, la pegó fuego. Estaban los mares de España y de Italia peligrosísimos por los cosarios que los corrían.

Toma a los Gelves don Hugo de Moncada.

Don Hugo de Moncada, después de la rota que padeció en Argel, retiróse, como dije, a la isla de Ibiza, y de ella salió en busca de los cosarios de los Gelves, y dio en ellos cerca de Cerdeña, en la roca de San Pedro. Peleó con ellos de noche. Perdió dos galeras y quedó herido de una saeta en el rostro. Quiso vengarse bien de los enemigos; juntó trece galeras, setenta naos y otros bajeles en que llevó diez mil infantes, ochocientos hombres de armas, quinientos caballos ligeros, y acometió a los Gelves.

Y, peleando un día, le hirió un alarbe en el hombro, y estuvo muy cerca de ser desbaratado, no pudiendo detener los españoles y italianos. Sustentólos el escuadrón de los alemanes hasta que se pusieron en orden, y de tal suerte se rehicieron y cargaron en los moros, que los hicieron volver las espaldas.

El jeque se rindió, prometiendo de pagar al rey de España doce mil doblas cada un año. De esta manera se dejó de cantar: Los Gelves, madre, malos son de ganare.

Heme adelantado en escribir la toma de los Gelves, que no fue en este año, sino en el de 1520, estando el rey en Alemaña, por concluir con África y Barbarroja y las costas de España por algunos años.

Muere madama Claudia. -Los genoveses piden que se les dé trato con España. -Envía el rey su embajador al Turco.

En este año de 1518, estando el rey en Zaragoza, murió madama Luisa o Claudia, hija del rey de Francia, con quien, según la paz y capitulaciones de Noyon, estaba concertado que casase el rey. Quedó otra menor que aún no tenía un año cumplido, con quien pedían los franceses que esperase a casarse el rey, conforme a lo asentado en la capitulación, la cual ellos rompieron, como adelante se verá.

Llegaron a Zaragoza embajadores de la señoría de Génova, pidiendo la contratación libre en los reinos de Castilla, aunque ellos estaban sujetos al rey de Francia.

El legado del Papa instaba por la armada que el rey había de enviar para guarda de Italia, porque se temían mucho del turco Selim, que estaba soberbio, triunfante, glorioso, con las vitorias que había habido contra el soldán, y amenazaba con las armas a Italia y a Alemaña. El rey quiso saber los intentos que este enemigo tenía, y qué poder y armas. Para lo cual se acordó que enviase allá un caballero que, con color de visitarle, se pudiese informar de todo, dándole el parabién de sus vitorias que por haberlas alcanzado de infieles se sufría.

El caballero que fue con esta embajada se llamaba Loaysa, y el turco le recibió muy bien, y dio su respuesta significando en ella que deseaba la paz y amistad y treguas con el rey, como aquí diré.

Carlos, rey de España, rey de romanos.

Sentía ya la carga de los años el emperador Maximiliano; veía la cristiandad en paz; determinó de hacer rey de romanos a uno de sus nietos, a quien quedase el Imperio.

Para tratar de esto mandó juntar Cortes, que en Alemaña llaman Dieta, en el mes de julio de este año de 1518, en la ciudad de Augusta.

Y juntos los príncipes, el Emperador les declaró la intención que tenía, que era hacer rey de romanos y futuro Emperador al infante don Fernando, porque le parecía que don Carlos estaba muy bien puesto con los riquísimos y poderosos reinos de España y los demás estados que eran de su patrimonio, y que el infante don Fernando era pobre. Mas el cardenal de Trento y todos los amigos del emperador Maximiliano y enemigos de franceses eran de contrario parecer, y le aconsejaban que convenía que el Imperio se diese a don Carlos, y que este príncipe se pusiese en la mayor grandeza que pudiese, y que el Rey Católico de España, su abuelo materno, había sido de este parecer, con amar tiernamente como a hijo al infante don Fernando, y haberlo criado consigo, y tener su nombre y nunca haber visto a don Carlos; y que en su testamento lo había así dejado. Y que para el infante don Fernando se buscase otra cosa que bien le estuviese. Que al bien común y grandeza de los reinos de España y casa de Austria, y aun de la cristiandad, convenía que a don Carlos se diese el Imperio.

Quiere el rey Francisco el Imperio. -Dicho del rey Francisco sobre la pretensión del Imperio. -Embajada al Gran Turco. -Lo que dijo el Turco de los judíos de España.

Sintió el rey Francisco lo que de la sucesión en el Imperio se trataba, y codiciando esta dignidad para si, más que para su yerno, temiendo también que si al rey de España se diese, sería insufrible su potencia, con todos los medios posibles procuró con los electores del Imperio y con el pontífice León X y potentados de Italia, que al rey de España no diesen la sucesión en el Imperio, diciendo que si a tantos reinos como don Carlos tenía, se le añadía la dignidad imperial, no podrían averiguarse con él.

Envió personas graves, astutas y sagaces en Alemaña, con gran suma de dinero para corromper los electores y hacerlos de su parte y ganar para sí los votos. Entendiendo el emperador Maximiliano las diligencias del rey de Francia, procuró, con los mismos medios que el francés pensaba salir con la empresa y ganarla, y usando del mismo dinero, si hemos de creer a Francisco Guiciardino, a hacer sus diligencias, envió dos mil pesos de oro para que se distribuyesen entre los electores del Imperio. Y valiendo con el oro la gran autoridad y canas del Emperador, y que el Pontífice ayudaba, porque estaba desavenido del rey de Francia, y de hecho envió la corona de rey de romanos al Emperador, para que él la diese, no por eso se efectuó por la contradicción que el rey de Francia hacía.

El rey de España, si bien tenía correos, y avisos de todas estas diligencias, dábase por no entendido en ellas, y envió una embajada al rey de Francia, como a amigo, padre y suegro, que con este término trató el rey de Francia al de España después de la paz de Noyon, haciéndole saber sus intentos, y como a dueño de ellos; para obligarle con tal salva, y quitarle el achaque y ocasión que podía tener para que la paz faltase y no querer guardar lo acordado. Mas el rey de Francia hizo poco caso de esta buena cortesía, y al descubierto con muestras de mucho sentimiento respondió, y en suma dijo: que no le podía dar más gusto aquella pretensión de su hijo, el rey de España, que si ambos compitieran o fueran pretensores de una hermosa dama, que procurase valerse como pudiese, y que la fortuna ayudase al más dichoso.

De aquí tuvo origen la larga y mortal pasión que duró la vida de estos príncipes: de donde resultaron tantos males, años y muertes, y (lo que más es de llorar) las herejías, desobediencias a la Iglesia católica romana, que hoy día se padecen.

Estando el Emperador en Zaragoza envió, como dije, a fray Garcijofre de Loaysa, caballero de la Orden de San Juan, con cartas al gran turco Solimán, pidiéndole que no consintiese maltratar, ni impedir el camino a los peregrinos que iban a Jerusalén. El cual dijo que de grado, con tal que no acogiesen griegos en Italia. Este turco dijo que se maravillaba mucho de que hubiesen echado de España los judíos, pues era echar de sí las riquezas. La carta que trajo del turco en respuesta de la creencia que llevó del Emperador, y de la embajada que dio, decía así:

«Sultán Selino, por la divina favente clemencia grande Emperador e señor de Persia, e de Arabia, e Siria, e toda Egipto, e de Mecea, e de Jerusalén, e de Asia, e de Europa, etc. Con acatamiento de todo buen amor, al prepotentísimo rey de romanos, e de Castilla, de León, de Aragón, de Navarra, de las dos Sicilias, de Granada, e de Austria, e de Borgoña, etc. Con todo amor e honra hacemos saber a Vuestra Majestad cómo de presente pareció ante nuestra imperial majestad el noble comendador fray García de Loaysa, gentil-hombre y embajador de Vuestra Majestad, con sus cartas. El cual nos ha referido el buen ánimo y buen amor que tenéis a nuestra imperial majestad, y allende y más de esto nos ha hecho entender el deseo y demandas que de nos queréis e deseáis. Conviene a saber, que los cristianos peregrinos que vinieren a Jerusalén a la visitar, puedan venir e tornar en paz sin ningún impedimento, también para adobar e reparar e renovar las iglesias de Jerusalén, de lo que han menester, asimismo para renovar e confirmar los privilegios y estatutos que sus vasallos de sus tierras tenían del Soldán, e para tener consultas para librar sus pleitos e contiendas por todas nuestras tierras, así en Arabia como en la Turquía. En fin, todo lo entendimos cumplidamente del dicho vuestro embajador, el cual acetamos con mucho amor. Empero por el presente hacemos saber a Vuestra Majestad que el principio de este nuestro amor es fecho con este vuestro embajador, con autoridad podría satisfacer las demandas que serán necesarias con ánimo e corazón en todo aquello que pueda acaescer, según la usanza nuestra. Y así sed cierto que se hará. Pero, por el presente, Vuestra Majestad ha de hacer lo debido, y es que los vasallos e hombres nuestros, que son en nuestro territorio de la Valona e de la ribera de las otras nuestras tierras, que pasan en la Apulia y en las otras tierras de Vuestra Majestad, es necesario mandéis no los afrenten, ni hagan mal ni daño, e que los reciban por donde pasaren, e les restituyan algo si les han tomado. Y haciendo esto, crecerá el amor nuestro de día en día con mucha ventaja más que hasta aquí, e así se hará. Dada en la nuestra sala de Andrinópoli, a los diez de hebrero del nuestro profeta Mahoma, año de novecientos y veinte y cinco años.»

Parte el rey para Barcelona. -Muerte del emperador Maximiliano, siendo de edad de 63 años.

Venido el año de 1519, en el principio de él se concluyeron las Cortes de Aragón, y partió el rey para Barcelona a visitar aquel principado. Y así pensaba hacer en el reino de Valencia, si las cosas que se ofrecieron le dieran lugar.

Entró en Barcelona a quince de hebrero, y allí se publicó la muerte del emperador Maximiliano, su abuelo, que fue en Belsis, a doce de enero, miércoles, principio de este año. Dolióle mucho al rey la muerte de su abuelo, y con razón; y la Corte se cubrió de luto y se le hicieron solemnes exequias. Merecía este príncipe las honras y loores posibles, porque fue uno de los mejores que ha tenido Alemaña. César liberalísimo, bien acondicionado, católico y valeroso.

Tardó los primeros diez años de su vida en hablar, por lo cual pensó el emperador Frederico, su padre, que fuera mudo y bobo. Mas si hizo tarde, en edad madura mostró las virtudes que digo. Emprendió muchas y dificultosas guerras; pero no las acabó por falta de dineros, que son los nervios y fuerzas de ellas. Murió de una disentería o cámaras, siendo de edad de sesenta y tres años, y habiendo veinte y cinco que tenía el Imperio, después de la muerte del Emperador, su padre. Escribió su vida Pero Mexía en el libro de los Césares.

Competencias entre los reyes de España y Francia por el Imperio. -Elección que se hizo del Imperio en Carlos V, rey de España, en la ciudad de Francfort. -Electores del Imperio. -Frederico, duque de Sajonia, no queriendo el Imperio, hace por el rey de España.

Estuvo el Imperio cinco meses vaco, y en este tiempo, Carlos, rey de España, y Francisco, de Francia, no en secreto, como hasta allí, sino al descubierto, con pasión y bandos que por cada uno se levantaron, aun entre los mismos electores, andaba la negociación procurando el Imperio.

Envió cada uno de los reyes sus embajadores con grandes poderes y dineros, para la pretensión, fiando cada cual en la grandeza de los reinos que tenía, y en sus riquezas. Y en los méritos de su persona, y en los amigos, que en todas estas cosas cada uno se sentía más poderoso que el otro. Y si bien el rey de Francia tenía en Alemaña amigos apasionados, y el papa León, después que murió el emperador Maximiliano se había vuelto de su parte, que no hay más ley en los príncipes de cuanto corre el interés, aunque se llamen santos, fue la competencia entre los electores y agentes de ambos príncipes grandísima, y aun la desenvoltura de los franceses demasiada.

Corrumpían los electores con dineros y ofrecimientos, y metióse más de lo que un fraile y perlado debía, en favor de los franceses, el cardenal fray Tomás de Vío Cayetano, fraile dominico, legado del Papa, que sin razón se mostró enemigo del rey de España, de quien hablaba mal apasionadamente, quiriendo con lenguas y dineros quitarle la honra y el Imperio.

Finalmente prevaleció España, y de los siete príncipes electores, la mayor parte fue del rey Carlos, por las muchas razones que para ello había, siendo nieto y biznieto de dos tan grandes Emperadores y tan beneméritos de Alemaña y de toda la cristiandad, y un rey tan poderoso, que con su grandeza levantaría la majestad del Imperio. Y con esto, la naturaleza que tenía en Alemaña, siendo de su propria sangre y archiduque de Austria. Y así se le dio la corona del Imperio con grandísimo gusto de toda Alemaña y del rey de Hungría y Bohemia, por el nuevo y cercano parentesco que con la casa de Austria tenía, casando con la infanta doña María, hermana del rey de España, y la de Austria con la de Bohemia, por haber casado el infante don Fernando con hermana del rey de Bohemia.

Afrentábase la gente alemana que el Imperio no se diese a natural, principalmente teniéndolo tan benemérito. Eran en este tiempo los siete electores del sagrado Imperio: Alberto, arzobispo de Maguncia; Hertnao, arzobispo de Colonia; Ricardo, arzobispo de Tréveris; Frederico, duque de Sajonia; Luis, rey de Bohemia y Hungría; Joaquín, marqués de Brandeburg, Luis, conde Palatino en el Rhin. Llamados estos príncipes por el arzobispo de Maguncia, a quien toca hacer este llamamiento, se juntaron en la ciudad de Francfort, y el arzobispo de Maguncia, con largas y elegantes oraciones, persuadía a los electores se hiciese la elección en el rey de España. Y el arzobispo de Tréveris hacía la parte del rey de Francia.

Escribió estas oraciones con la coronación que se hizo en el rey don Carlos, George Sabino de Brandeburg, que se halló presente con el marqués de Brandeburg, su señor.

Estando en tal estado las cosas de la elección, que los electores no se concertaban, en concordia de ambas partes, dieron en Frederico, duque de Sajonia.

No quiso el duque aceptar la dignidad imperial que le ofrecían; y quísolo Dios así mirando por su Iglesia, y con ánimo constante persuadía que nombrasen al rey de España, diciendo que no era extranjero, como decía el arzobispo de Tréveris, sino muy natural, y de la familia más antigua y noble de Alemaña, decendiente de muchos y grandes Emperadores, príncipes y bienhechores de Alemaña, y que se había de echar mano de él, y que convenía por estas causas, y además de ellas por ser nacido en Alemaña y criádose en ella, y ser heredado y señor proprietario de grandísimos y ricos estados en la alta y baja Alemaña y, sobre todo, por ser príncipe de muy noble y generosa condición y muy poderoso, de cuya virtud se tenían grandes esperanzas, y que así se había de anteponer a todos. Y él, desde luego, le daba su voto; y que antes de elegirlo ordenasen entre sí algunas leyes convenientes al bien común del Imperio, y que entrase con obligación de guardarlas, y con esto se remediaría lo que temían los arzobispos.

Valió el parecer y autoridad del duque de Sajonia, y los electores dieron el voto a don Carlos, rey de España, a veinte y ocho de junio de 1519. Y luego se pronunció y publicó la elección de don Carlos, rey de las Españas, archiduque de Austria, conde de Flandes y duque de Borgoña, etc., habiendo corrido cinco meses y diez y siete días después de la muerte del emperador Maximiliano, su abuelo.

Los alemanes quedaron gozosos por la eleción, y Jerónimo, conde de Nagorol, mofando de los franceses, le hizo este tretraschico:

Postulat imperium Gallus, Germanus, Hiberus,

Rex genus hoc triplex Carolus unus habet.

Caesare in hoc populo fiet satis omnibus uno.

Imperium est igitur, Carole jure tuum.

       Pide el imperio el francés,

       El español y germán,

       Y lo que piden los tres,

       A sólo Carlos lo dan.

       Este César satisface

       A todos en todo el mundo,

       Donde por ser sin segundo,

       Suyo el derecho lo hace.


Publícase la eleción del Imperio.

Esperaban en Maguncia los embajadores de Carlos el suceso de la eleción del Imperio. Envióseles de parte de los electores el nombramiento hecho en su príncipe, con las leyes y condiciones que los electores habían ordenado.

Después de esto, el arzobispo de Maguncia, en la iglesia de San Bartolomé, de Francfort, pronunció solemnemente la eleción y pidió al pueblo diesen por ella muchas gracias a Nuestro Señor. Dijo y encareció las grandes virtudes del príncipe electo; dio las causas que hubo para elegirlo, dejando otros príncipes muy grandes de quien podían echar mano.

Luego, el pueblo, con notable aplauso, a grandes voces alabó a Dios con demostración de mucho contento.

Mandaron los electores que viniesen allí los embajadores, que estaban a una milla de Francfort. Ordenaron con ellos las cosas que tocaban al Imperio, hasta tanto que el nuevo Emperador venía a recebir la corona.

Hicieron capitán general del ejército imperial a Casimiro Brandeburgio. Nombraron, para que luego viniese en España con nueva de la eleción, de parte de los electores, a Frederico, duque de Baviera. Y hubo tan buenos pies en algunos, que por ganar las albricias se pusieron en camino y llegaron en nueve días desde Francfort a Barcelona, donde estaba el rey, que son, por tierra, trecientas leguas, algunas más o menos.

Capítulo del Tusón en Barcelona.

En el tiempo que pasaban estas cosas en Alemaña, el rey estaba en Barcelona. Y a cinco días del mes de marzo de este año 1519 celebró la fiesta del Tusón, y recibieron el hábito y divisa de ella el condestable de Castilla, don Iñigo de Velasco; don Fadrique de Toledo, duque de Alba; don Álvaro de Zúñiga, duque de Béjar; don Fadrique Enríquez, almirante de Castilla, don Esteban Álvarez Osorio, marqués de Astorga.

El conde de Benavente no la quiso, diciendo que él era muy castellano y que no se honraba con blasones extranjeros, pues los había tan buenos en el reino, y a su estimación, mejores.

Era valeroso el conde por extremo, y muy castellano. Del reino de Aragón el duque de Cardona; el príncipe de Bisiñano, que era del reino de Nápoles.

Hízose la fiesta en la iglesia mayor de aquella ciudad, donde acudieron todos los otros señores y caballeros que en la Corte estaban, naturales y extranjeros de estos reinos.

En estos días llegó a Barcelona Baudilla, rey de Túnez, pidiendo ayuda contra Haradín Barbarroja, que lo echó del reino. Mas el Emperador no se la pudo dar como quisiera, por haber de acudir a lo del Imperio, aunque envió contra Argel y aquellas costas, como aquí diré.

Casamiento de la reina Germana. -No quieren llamar Alteza a la reina Germana. -No quieren jurar al rey en Cataluña.

Dije de la reina Germana algunas de sus condiciones, y cómo una de ellas era hallarse mejor casada que viuda, por seguir el consejo de San Pablo. Con haberlo sido esta señora con un rey tan grande y poderoso como fue el Católico. -Gustó de casarse segunda vez con un caballero que, si bien de ilustrísima sangre, pero de ninguna comparación con el Rey Católico. Murmuróse mucho y se atribuyó a mucha liviandad de la reina; al fin, hecho proprio de mujer. El rey, por ver que era gusto de la Germana, y también por ganar el voto de un elector, quiso celebrar las bodas en Barcelona de madama Germana con el marqués de Brandeburg, hermano del elector.

Pareció tan mal su casamiento, que muchos no la querían llamar Alteza, hasta que lo mandó el Emperador; el cual se halló a estas bodas y las solemnizó lo que bastaba para una señora que de reina de Aragón, Nápoles y Sicilia, bajaba a ser mujer de un caballero de no más que moderada renta, si bien de gran calidad en sangre.

Estando el rey en estas fiestas, aparecieron siete fustas de moros, y a la tarde se juntaron con ellas otras seis, que traía un capitán turco llamado Halymecen, y llegaron a vista de la ciudad de Barcelona. No hubo con qué salir a ellas, de que el rey recibió pena notable, por la reputación que en esto se perdía, y el príncipe joven la estimaba.

Los de Cataluña no querían jurar por rey a don Carlos, diciendo que su madre era viva, ni le consintirían tener Cortes, porque no era jurado en la tierra. Y esto se hacía con tanta libertad, que mofaban de los castellanos y aragoneses porque lo habían hecho, y se tenían ellos por más hombres; mas al fin, como cuerdos, se allanaron, y mostraron ser de carne y sangre como los demás. Porfiaron veinte días, y al cabo de ellos juraron al rey, y se comenzaron las Cortes, en que dieron al rey hartos disgustos y a Xevres pusieron en tanto aprieto, que ya deseaba verse fuera de España.

Junta en Montpellier entre los embajadores franceses y españoles sobre las pretensiones de los reyes. -No se conciertan en Montpellier.

Tratóse asimismo estos días el negocio del reino de Navarra, que monsieur de la Brit, señor de Bearne, pedía, y el rey de Francia porfiaba que se determinase conforme a lo que habían asentado en Noyon.

Y para que se viese y examinase el justo título con que aquel reino se había juntado a la corona de Castilla, y el rey lo poseía; y para oír y satisfacer a lo que la parte contraria alegaba, señalaron por lugar para que ambas las partes acudiesen, la ciudad de Montpellier, que es dentro en Francia, confianza demasiada que los españoles hicieron del francés. Después de algunos días, se juntaron, por parte del rey de Francia, el gran maestre de Francia y el obispo de París y su gran secretario, Roberto; y por parte del rey de España, monsieur de Xevres, el gran chanciller, el comendador mayor de Castilla, el maestro Mota, obispo de Badajoz, el dotor Caravajal, del Consejo de Cámara; don Antonio de Zúñiga, prior de San Juan, y otros letrados y caballeros.

La causa se disputó por ambas partes, alegando por la parte de Castilla hartas razones; pero como los franceses no venían con ánimo de satisfacer ni satisfacerse, de ninguna se mostraban contentos ni pagados. De manera que sobreviniendo la muerte del gran maestre de Francia, mayordomo mayor del rey, sin dar conclusión, quedó como de antes, y los que estaban por Castilla se vinieron a Barcelona, y por ventura fue mejor, porque de ninguna manera se tuviera por bueno en Castilla ningún concierto ni medio, entregando el reino de Navarra al rey de Francia o a don Enrique de la Brit, por lo mucho que importaba no tener tan mal vecino, y por lo que a Castilla había costado ganarlo y conservarlo. Y se tuvo por gran cosa, y no pensada ni mirada, ir monsieur Xevres con los demás caballeros y letrados a tratar semejante negocio dentro del reino de Francia, donde no se podía, libre ni igualmente, tratar ni platicar la justicia de Castilla; y se temió que los que fueron quedaran presos, sino que Dios y la brevedad y presteza con que luego se volvieron, no dieron a ello lugar.

Y, sin duda, no fue muy bien advertido señalar ni admitir lugar tan peligroso, donde por fuerza se había de hacer lo que los franceses quisiesen. Es verdad que hacen a Xevres autor de esta junta, porque ya deseaba dar más gusto al francés que a los castellanos.

Concede el Papa la décima de los beneficios para la guerra contra infieles. -Llega la nueva del Imperio a Barcelona. -Malos propósitos del rey de Francia.

Estaba el rey en Barcelona cuando los caballeros volvieron de Montpellier, muy ocupado en mandar hacer a gran priesa la armada que había determinado enviar contra infieles, como el Papa lo había pedido. Por lo cual, y para los otros gastos ordinarios que en las fronteras tenía contra los infieles, el Pontífice le concedió la décima de las rentas eclesiásticas de Castilla, aunque hubo sobre ello gran contradición de parte de las iglesias.

Y se juntaron en congregación para suplicar de la concesión, donde hubo muchas alteraciones cessatio a divinis en todo el reino por espacio de más de cuatro meses, y haciéndose congregación en Barcelona, se redujo a lo de antes, y se alzó el entredicho y cesación y se abrieron las puertas de las iglesias, y en ninguna de ellas se hizo la procesión día del Corpus, aunque después la hicieron.

Y este año cayó San Juan en viernes. Y el jueves antes se hizo la fiesta del Corpus, y el miércoles se ayunó la vigilia de San Juan, que todo comenzaba ya a alterarse, divino y humano.

Del asiento que se tomó con la Iglesia, el rey se tuvo por servido, y las iglesias no recibieron agravio. En los primeros días del mes de julio llegó a Barcelona, como dije, la nueva de la eleción del Imperio, hecha en el rey. Fue de grandísimo gusto para el rey y para todos los cortesanos, y se celebró con muchas fiestas, y a 22 de agosto de este año, llegó Frederico, duque de Baviera, hermano de Luis, duque de Baviera, elector y conde Palatino, a Barcelona, con el decreto de la eleción, y dio el despacho que traía de los electores y propuso su embajada al rey.

Y el chanciller Mercurino Gatinara respondió que el rey recibía con gran voluntad la eleción que los siete príncipes electores en él habían hecho, si se cargaba de aquel cuidado tan honroso y grave por el grande amor que a su patria tenía, y que procuraría con toda brevedad dar orden en las cosas de España, para pasar en Alemaña. Y escribió a todos los electores, a cada uno de por sí, diciéndoles el agradecimiento con que estaba, y encareciendo la deuda en que le habían puesto. Y al conde Palatino dio muy ricas joyas, con que lo despachó contento y satisfecho de la merced que el nuevo Emperador le había hecho.

De esta manera pasó lo del Imperio, y el rey de Francia se quedó sin él, muy corrido y bien gastado: fue grande la suma de dineros que derramó; y sus embajadores, que habían ido a solicitar la pretensión, estuvieron esperando el fin en la ciudad de Confluencia, lugar del duque de Tréveris. Dieron la vuelta para Francia más ligeros de dineros y cuidados, aunque no de pesadumbres, de lo que habían venido.

Y al rey Francisco acabó de dañar las entrañas, que envidia y temores le fatigaban. La envidia de ver que lo que su alto corazón tanto había apetecido se le llevase el rey de España, siendo de tan poca edad. Los temores eran de ver a un rey tan poderoso y de tantas riquezas, señor de tan altos y tan extendidos estados en las dos Alemañas, alta y baja mozo brioso, naturalmente aficionado a las armas, con la dignidad y potencia imperial, que había de ser para gran daño suyo y de todo su reino y diminución de él, como sin duda lo fue.

Resolvióse de hacerle luego el mal y daño que pudiese, levantando los ánimos de todos los príncipes y repúblicas de Europa contra el electo Emperador, y hacerle descubiertamente guerra, y sembrar en las proprias tierras y vasallos de él cizaña, para que se le rebelasen.

Finalmente, luego comenzó la guerra, y en España la cizaña, o por él o por sus ministros, aunque no se echó de ver hasta que el Emperador faltó en estos reinos, que vehementes sospechas hubo, y aun claros indicios de los malos oficios que el rey de Francia en ellos hizo.

Ordénase la forma que el nuevo emperador había de tener en los despachos en España. -Títulos en las provisiones.

Tratóse luego en el Consejo en qué forma se habían de hacer los despachos, y poner en ellos los títulos reales y imperial.

Y pareció que se despachasen cédulas a todas las chancillerías y ciudades del reino, avisándoles del estilo que habían de guardar. Y así, a 5 de setiembre de este año, en la ciudad de Barcelona, se despacharon las cédulas diciendo:

Que por otra cédula les había hecho saber cómo plugo a Nuestro Señor que fuese eligido en concordia rey de romanos, futuro Emperador, por lo cual fue necesario de mudar los títulos, según una memoria que les había enviado, y manda que en las provisiones y despachos reales se pongan conforme a la dicha memoria, porque su voluntad era que la preeminencia y libertad de estos reinos se guarde como basta aquí. Y por la dicha causa del mudar de los títulos, para adelante no les pare perjuicio, etc.

Y el título y estilo que se mandó guardar fue: Don Carlos, por la gracia de Dios, rey de romanos, futuro Emperador, semper Augusto, y doña Juana, su madre, y el mismo don Carlos, por la misma gracia, reyes de Castilla y de León, etc. Siguiendo el ditado como hasta agora, y refrendando las provisiones el secretario: Yo. F, secretario de su cesárea, católicas majestades, la fice escribir por su mandado. Y en las cédulas dice: Por mandado de Su Majestad. F. Y en la carta primera que se despachó, como aquí dice el Emperador, que fue en el mismo año y día y mes, en Barcelona, y todas refrendadas por Francisco de los Cobos, usando del título que en la cédula había ordenado, dice: Que estando él muy contento con la dignidad de Rey Católico, en uno con su madre, la reina doña Juana, plugo a la divina clemencia, por la cual los reyes reinan, que fuese eligido rey de romanos, futuro Emperador. Y así convino que sus títulos se ordenasen, dando a cada uno su debido lugar.

Fue necesario, conforme a razón, según la cual el Imperio precede a las otras dignidades seglares, por ser la más alta y sublime dignidad que Dios instituyó en la tierra, de preferir la dignidad imperial a la real, y de nombrarse e intitularse primero rey de romanos y futuro Emperador, que la reina, su madre, lo cual hacía más apremiado de necesidad de razón, que por voluntad que de ello tenía, porque con toda obediencia y acatamiento la honraba y deseaba honrar y acatar, pues que demás de cumplir el mandamiento de Dios tenía y esperaba gran sucesión de reinos. Y porque de la dicha prelación no pudiese seguirse ni causar perjuicio ni confusión adelante a estos reinos de España, ni a los reyes que en ellos sucedieren, ni a los naturales sus súbditos, por ende quería que supiesen todos que su intención y voluntad era, que la libertad y exención que los reinos de España y reyes de ellos han tenido, de no reconocer superior, le sea guardada agora, y de allí adelante, inviolablemente. Y que gocen de aquel estado de libertad y ingenuidad que siempre tuvieron, y que por preferir y anteponer en los títulos de sus dignidades el del Imperio, no sea visto prejudicar a los reinos de España en su libertad y exención que tienen. Que por aquéllos, ni otros cualesquier autos que se hagan, no lo dice ni pone en señal de sujeción, tácita ni expresa, sino por guardar el honor y orden a cada uno debido, etc.

En esta forma se pregonó por todas las ciudades de España con trompetas y atabales. Y se imprimieron estas cédulas en los libros de las Chancillerías, en guarda y seguridad del derecho destos reinos.

Reino de Solimán. -Llamo de aquí adelante a Carlos «electo emperador».

Si bien no es de esta historia, porque en ella se ha de tratar largamente, y con harto sentimiento de la cristiandad, del gran turco Solimán, y de los males que en ella hizo, diré con brevedad que en este año de 1519, en los mismos días que Carlos V, a quien de aquí adelante llamaré electo Emperador, fue sublimado en el Imperio, murió en Chiurlu, lugar pequeño de Tracia, de una landre que le dio junto a los riñones, el bravo Selim, rey de los turcos, habiendo poco más de siete años que reinaba. Murió rabiando en el mismo lugar donde ocho años antes él había hecho morir inhumanamente a su viejo padre, Bayaceto.

Sucedióle en el Imperio su único hijo, Solimán, mancebo animoso, feroz, cuyo coraje y furor diabólico dio bien que hacer al electo Emperador y a otros príncipes cristianos, y que llorar a muchos, como aquí se verá.

Tomó la posesión de sus grandes Estados en el mismo mes que Carlos fue electo Emperador, que es notable que cuando permitía Dios que entrase a reinar un enemigo tan poderoso del nombre cristiano, se diese el Imperio y defensa de la Iglesia a uno de los mejores capitanes que ella ha tenido.

Quiere el emperador que le juren en Valencia y los valencianos no quieren. -Principio de los movimientos, y Germanía de Valencia.

No tenía lugar el Emperador para visitar el reino de Valencia, porque era forzosa la partida para Alemaña, que con encarecimiento se le pedía. En Castilla estaban sentidos de lo poco que había parado en ella, y de otras cosas se quejaban, que diré presto.

No habían jurado al rey en Valencia, y quisiera que le juraran antes de partirse, sin obligarle a que allá fuese, porque no era posible; que las nuevas ocupaciones le impidían. Y para contar la historia lastimosa de este reino, es fuerza que tomemos la corriente muy de atrás.

Año de 1503 a 14 de julio, un capitán turco llamado Cherrim Farax amaneció con once fustas sobre un lugar entre Valencia y Gandía, que se llama Cullera; saqueólo y cautivó a muchos antes que pudiese ser socorrido, porque el turco dio priesa a retirarse con la presa.

Recibió el Rey Católico pena con la nueva de este caso, y sabiendo que la gente común estaba desarmada, mandó que todos los ministrales, que es la gente de oficios y plebeya, se armasen de diez en diez y que tuviesen capitán para acudir a los rebatos.

Antes que el rey diese esta licencia, los caballeros estaban solamente armados. De donde resultó tener en poco a los demás y tratarlos mal. Pero como el común se dio a las armas y los caballeros a deleites, que el reino es ocasionado para ellos, vino el común a tener en nada a los nobles, y aun a aborrecerlos mortalmente, porque se daban a las moras y les tomaban por fuerza las hijas y parientas y hacían otros desafueros intolerables. Si un oficial hacía una ropa, dábanle de palos porque pedía que le pagasen la hechura; y si se iba a quejar a la justicia, costábale más la querella que el principal.

Gobernábase este reino por dos cabezas. La una era don Hernando de Torres, bayle mayor; el otro, don Luis de Cavanillas, caballeros bien acondicionados, mas remisos demasiado en sus oficios y que se dejaban llevar del que más podía.

Los populares, como se veían maltratados y que cada día los caballeros los oprimían, no sabían qué medio tener para vengarse de lo pasado y remediar lo venidero. Aconsejábanse con un pelaire que se llamaba Juan Lorenzo, hombre anciano y cuerdo. El cual trataba de pronósticos o juicios de hechiceros y tenía uno que los moros se habían de alzar y que aquel reino se había de perder. Y porque les parecía que este daño y pérdida del reino no había de ser sino por falta del uso de las armas, concertaron que de parte del reino fuesen a Barcelona, a pedir licencia al Emperador para que se pudiesen agermanar, esto es, que como se armaba una cuadrilla de diez hombres, se armase una compañía de cien soldados con su capitán y bandera, para defenderse de los moros y castigar a los malos cristianos.

En el tiempo que en Valencia se platicó esto, estaba el electo Emperador de camino para salir de Barcelona y tratando de la jornada de Alemaña a recibir la corona: y porque, como dije, la priesa que convenía haber en la jornada no le daba lugar para ir a visitar el reino de Valencia, envió a pedir a los tres estamentos del reino de Valencia rogándoles mucho que le jurasen por rey en ausencia, pues él no podía irlos a visitar personalmente por la ocasión del Imperio que se le ofrecía.

Los caballeros ni lo quisieron hacer ni aun oír, diciendo que tan buenos eran ellos como los aragoneses y catalanes: que pues con ellos había estado dos años, que por qué no estaría en Valencia dos meses.

Regía todo el pueblo Juan Lorenzo el pelaire, y un tejedor solicitaba los ánimos de todos y daba las trazas. Estos dos fueron al electo Emperador a Barcelona en nombre de los ministrales, y monsieur de Xevres tratólos muy bien por ganarles las voluntades. Y diéronles licencia que se agermanasen.

Y como pidiesen licencia para eligir trece síndicos que fuesen cabeza de todos, el Emperador les dio a micer Garcés, natural de Zaragoza y del consejo de Aragón, para que viniese con ellos a Valencia y viese si lo que pedían era justicia. El cual venido, o por ruegos o por dineros, en su presencia hizo elegir trece síndicos; de la cual eleción sucedieron grandes escándalos, porque el pueblo no los quería para corregir los vicios, sino para hacerlos cabezas de sus bandos y sediciones contra los caballeros.

Este micer Garcés era un mal hombre, que él alborotó a Zaragoza estando el Emperador la primera vez en ella; y en Valencia hizo tan mala obra, y al fin, después de algunos años, le mandó el Emperador dar garrote; castigo digno de sus obras, y le confiscaron los bienes.

Antes que micer Garcés saliese de Valencia se agermanaron todos y eligieron sus capitanes y levantaron banderas, y los domingos y fiestas andaban en orden, de lo cual los caballeros se fueron a quejar al Emperador; pero monsieur de Xevres, enojado con ellos porque no querían jurar al Emperador, y pensando que tenía al pueblo muy de su parte, no hizo caso dellos.

Ya que estaba el Emperador para partir de Barcelona, envió el cardenal Adriano a Valencia, para que concertase aquel pueblo y que le jurasen y que tuviesen las Cortes el infante don Enrique, su tío, o el arzobispo de Zaragoza, que era también su tío, o el duque de Segorbe, su primo; y que los dineros que le habían de dar de servicio se repartiesen en el reino entre aquéllos que estaban agraviados.

Don Alonso de Cardona, almirante de Aragón, y el duque de Gandía y otros caballeros con ellos, fueron de voto que jurasen al Emperador. Los demás todos, que no; diciendo al cardenal Adriano, y escribiendo al Emperador, que más querían perder sus mujeres, hijos y haciendas, que no perder sus libertades y fueros. Lo cual visto por el cardenal, en odio de los caballeros aprobó lo que el pueblo tenía hecho de la Germanía, y volvióse sin hacer más que dejar la ciudad alborotada. Porque los caballeros quedaron muy afrentados y los agermanados muy ufanos.

Los males de esta Germanía y los daños que de ella se siguieron se dirán en la relación que hiciere de las Comunidades que hubo en este reino, que no fueron las de Valencia las menos atrevidas y sangrientas.

Sentimiento de Castilla porque se daban los oficios a extranjeros y sacaban dinero del reino.

Quedó asentado y jurado por el rey en las Cortes de Valladolid que no se diesen oficios a extranjeros, ni se subiesen las rentas del reino, sino que estuviesen encabezadas de la manera que el Rey Católico en Burgos había en otras Cortes ordenado. Y fue así que no hubo cosa que menos se guardase, porque públicamente se sacaba la moneda del reino y se daban los oficios a los flamencos, y ellos los vendían a quien mejor se los pagaba: y también se les repartían los beneficios.

Y visto esto, y cuán poca cuenta se hacía de los grandes y caballeros naturales del reino, todos estaban muy desabridos y hablaban muchas cosas no debidas. Comenzaron estas quejas desde el tiempo que el electo Emperador estuvo en Valladolid, y aun después de partido a Aragón a tener las Cortes de aquel reino, que fue por el mes de marzo del año de 1518. Y se detuvo en las Cortes de aquel reino, y en el condado de Cataluña, hasta principio del año de 1520, que partió de Barcelona para Santiago, donde mandó venir los procuradores del reino de Castilla para hacer allí Cortes como aquí diré. Y sucedieron luego las alteraciones tan nombradas, que ordinariamente llaman Comunidades.

Enójase Segovia y escribe a otras ciudades sobre los pedidos.

Después que el electo Emperador partió de Valladolid para Aragón, estando en Barcelona, se movieron algunos arrendadores a hacer pujas en las rentas reales de Castilla, posponiendo el daño general por sus intereses particulares, como los semejantes lo acostumbran hacer, y ofreciendo dar a Su Alteza cierta suma de cuentos, más de lo en que estaba encabezado el reino.

Como supo esto Segovia, viendo el daño que se siguía a los pueblos de Castilla, y como era contra lo capitulado y asentado con el Rey Católico y lo que el Emperador había prometido en las Cortes de Valladolid, acordó esta ciudad de avisar y comunicar esto de que se sentía con la ciudad de Ávila, pidiendo su parecer para remediar el daño que desto se esperaba. Y que sería cosa justa que se juntasen las ciudades de Castilla y moviesen a otras para suplicar a su rey no permitiese que pasase adelante, porque era destruir los reinos y hacer vejaciones en ellos.

Y como Ávila ha tenido siempre hermandad con la ciudad de Toledo, parecióle que sería bien darle cuenta desto. Y con la carta que Segovia había escrito, envió otra suya, en la cual pedía a Toledo su parecer para remediar estas quejas.

Vistas las cartas en Toledo, acordó la ciudad que sería bien que todas las ciudades del reino que tienen voto en Cortes se juntasen y enviasen sus procuradores, para suplicar a Su Majestad no admitiese semejantes pujas, diciendo el daño que al reino se siguía.

Y Toledo escribió a Ávila, a Jaén y a Cuenca y que ellos escribiesen sobre esto a otras ciudades comarcanas, para que todas se juntasen a suplicar que se remediase daño tan general.

Y Toledo dio su poder a don Pedro Laso de la Vega, señor de Cuerva y Bates, y a don Alonso Suárez, señor de Gálvez y Jumela, regidores de aquella ciudad, y a Miguel de Hita y Alonso Ortiz, jurados della, y el Alonso Ortiz residía en la Corte, por ser continuo en la casa real. La ciudad dio el despacho de todo. Y la instrución a Gonzalo Gaitán para estos dos.

Con este despacho llegó el regidor a la montaña de Monserrate, día de San Andrés, año de 1519, donde estuvieron esperando algunos días para que se juntasen los procuradores de las otras ciudades, como se había acordado por todos.

Avisa el corregidor de Toledo al Emperador y envía copias de las cartas de las ciudades.

Luego que se comenzaron a comunicar por cartas entre las ciudades que tenían voto en Cortes sobre aquesto, el conde de Palma, corregidor que a la sazón era de Toledo, escribió una carta al Emperador y le envió los traslados de las cartas que Ávila y Segovia habían enviado a Toledo, haciendo relación de lo que pasaba, y cómo se concertaban las ciudades de enviar procuradores para suplicar a Su Majestad sobre lo que tocaba a esta puja, y lo mismo hizo el corregidor de Jaén.

Como el Emperador lo supo, mandó escribir a las ciudades, diciendo que había sabido lo que entre ellas se trataba cerca de esta puja, y porque al presente estaba ocupado en las Cortes de Barcelona y no podía entender en cosa que tocase a estos reinos de Castilla, que les mandaba que se suspendiese y sosegasen, que él pensaba venir brevemente en estos reinos, donde haría Cortes, y en ellas se trataría desta materia y de lo que más convenía al bien de estos reinos.

Las cartas se despacharon con toda diligencia a cuya causa los procuradores del reino dejaron de venir, porque a todos tomó en sus ciudades, excepto a los de Toledo, que cuando llegó la carta del mandato a la ciudad, ya era partido el regidor Gaitán y aun estaba en la corte.

Y como después de llegado Gonzalo Gaitán supieron que los procuradores de las otras ciudades no habían de venir, acordaron los de Toledo de dar su embajada al Emperador conforme a su instrución. Y así lo hicieron.

Suplica Toledo al Emperador se deje informar.

Domingo 18 de setiembre llegó un correo de Toledo a sus procuradores con cartas para el Emperador, y otras para los mismos, por las cuales les mandaban que diesen su embajada conforme a la instrución que les habían dado.

Y en la otra que venía para el Emperador suplicaban de las cartas que el conde de Palma, corregidor de Toledo, les había notificado, por las cuales mandaba al Ayuntamiento que por el presente cesase el enviar procuradores para suplicarle lo que convenía al bien de estos reinos, a causa de que estaba ocupado en las Cortes que hacía en Cataluña, de lo cual creía poderse despachar brevemente, y pensaba en viniendo a Castilla hacer Cortes, donde se podría entender en ello.

Suplicaba Toledo en esta carta deste mandato, y pedía que todavía su Majestad fuese servido de oír a sus procuradores, pues lo que con ellos enviaba a suplicar era cosa que convenía a su servicio y bien destos reinos, y era necesario que Su Majestad fuese de ellos informado.

Los de Toledo hablan y se quejan a Xevres. -Xevres no entendía la lengua castellana.

Lunes siguiente fueron los nombrados de Toledo a Molín de Reche para dar el despacho de la ciudad al Emperador, el cual era ido a caza. Y acordaron de hablar a Xevres, pues todo se había de proveer por su mano; y así le hablaron en presencia del obispo Mota, que fue el intérprete, por no saber Xevres la lengua castellana.

Diéronle la carta, y el regidor Gaitán le dijo que la ciudad de Toledo tenía a su señoría por protetor, por ser perlado della el reverendísimo cardenal de Croy, su sobrino, y que en su Ayuntamiento se había acordado de enviar a suplicar a Su Majestad algunas cosas que convenían a su servicio. Para lo cual los había enviado, y que después de su partida, el corregidor de aquesta ciudad había notificado al Ayuntamiento della una carta de Su Majestad, por la cual mandaba que cesase la venida. De la cual carta habían suplicado por la ciudad, y que se agraviaba mucho que, habiendo ella sido tan leal, y deseando siempre el servicio de Su Majestad y de los reyes sus antepasados, les mandase detener sus mensajeros, debiendo ser oída su embajada, pues era encaminada a servicio de su rey y bien de estos sus reinos.

Cerca de esto se le dijeron otras razones, a las cuales, después de los haber muy bien oído, respondió: que Su Majestad era ido a caza, que venido le hablaría, y que el día siguiente podrían venir a le besar las manos, y con esto se despidieron.

Hablan los de Toledo al Emperador. -Piden los de Toledo que no se admita puja en las rentas reales. -Piden los de Toledo al Emperador que visite el reino antes de salir de él. -Responde el Emperador que no escusa la partida. -Pide Toledo que el Emperador guarde lo que se ordenó en las Cortes de Valladolid y conceda lo que negó.

Otro día siguiente, los de Toledo besaron la mano al rey y le dieron las cartas de su ciudad, una que había traído el regidor sobre lo del encabezamiento del reino, la otra sobre la carta que Su Majestad había enviado para que no viniesen los procuradores.

Recibidas, el Emperador las dio al chanciller, a quien los remitió, que él les daría la respuesta.

Halláronse presentes Xevres y Laxao y el obispo Mota. Todos juntos, con el gran chanciller, leyeron las cartas de Toledo, y visto como eran de creencia, el gran chanciller dijo que se fuesen con él a su posada y que allí los oiría.

Llegado a su posada, él se entró con los procuradores de Toledo en una cuadra y el regidor le dijo lo primero, que la ciudad enviaba dos cartas para Su Majestad, y que diría primero lo que tocaba a la segunda carta, cerca de haber Su Majestad mandado detener los procuradores de las ciudades, diciendo lo mismo que arriba. Que la venida dellos era para hacer saber a Su Majestad algunas cosas que convenían al servicio suyo y bien de sus reinos, y por esto, que no era justo mandarlos detener. Por tanto, que la ciudad suplicaba a Su Alteza fuese servido de oír a sus procuradores lo que de su parte querían suplicarle.

Cerca de lo que tocaba a la primera carta, para que principalmente había sido su venida a Su Majestad, sobre lo que tocaba a la puja que se trataba hacer en el reino, que la ciudad suplicaba a Su Majestad mirase que admitir esta puja era gran destruición destos reinos, porque se podría seguir admitiéndose que cesasen los tratos, por estar estos reinos tan faltos de moneda. A cuya causa estaban muy perdidos, estando como estaban las rentas reales, cuanto más con la puja que de presente se trataba hacer. De donde resultaría que los tratantes que viven en los lugares realengos se irían a los lugares de los señores, porque allí no serían vejados en sus alcabalas.

Dijo también que ya Su Majestad sabía como después de su venida en estos reinos no había visitado en Castilla otro lugar sino a Valladolid, y que generalmente todos los pueblos habían deseado su venida, y que solamente había estado en ella cinco meses y lo demás había estado en Aragón y Cataluña, y que era público que Su Majestad se partía a Flandes sin visitar sus reinos de Castilla, de lo cual todos ellos quedarían muy desconsolados. Suplicaban no se partiese sin los visitar. Mas suplicaba la ciudad que mandase guardar los capítulos que había concedido en las Cortes que hizo en Valladolid, y que los que se suplicaron y no se concedieron, que Su Majestad fuese servido de los conceder de nuevo.

Que mandase venir a las personas de las ciudades a quien se había mandado detener, pues su venida era para suplicarle lo que a su servicio y bien de sus reinos convenía.

A lo cual todo respondió el chanciller que a Su Majestad convenía mucho no dilatar su partida para visitar sus Estados, y los en que nuevamente había sucedido por muerte del Emperador, su abuelo, los cuales eran muchos y muy principales; y que asimismo convenía a Su Majestad ir a tomar la corona de Emperador en Roma; y que en todo esto no podría tardar dos años, y que como lo hubiese acabado volvería en estos reinos, y entonces los pensaba visitar muy particularmente.

Dijo también que de lo que de parte de la ciudad decían, se resumía en lo del encabezamiento del reino, y en el visitarle antes de su partida.

A esto respondió el regidor que también se decía para que se guardase lo concedido por Su Majestad en las Cortes de Valladolid, y lo suplicado y no concedido se concediese.

Preguntó el gran chanciller si traían poder para esto de todo el reino. Dijo el regidor que solamente lo traían de su ciudad de Toledo, y que lo que particularmente tocaba a Toledo, se decía por Toledo, y que lo que tocaba en bien general del reino, se decía por todo el reino.

E dijo el gran chanciller que aquel mismo día trataría todo aquello con Su Majestad, y que volviesen otro día siguiente a él, y les daría la respuesta, y mandóles quedar a comer aquel día con él.

Respóndese por parte de Su Majestad a los de Toledo. -Ofrecimiento que hace Toledo. -Da el gran chanciller las causas que obligan a partirse el Emperador. -Orden que el Emperador daba para defender las costas con cincuenta galeras.

Otro día siguiente volvieron los de Toledo al gran chanciller para saber lo que el electo Emperador respondía, y les dio por respuesta que Su Majestad agradecía mucho a Toledo lo que en su servicio deseaba hacer, y que la respuesta de todo lo que habían dicho de parte de la ciudad, Su Majestad la enviaría con persona propria con toda brevedad.

También dijeron los de Toledo al gran chanciller que les habían dicho que la principal causa de la ida de Su Majestad tan en breve era por concluir cierta liga con los suizos, que si esto era así y se podía hacer con dinero, que Su Majestad se detuviese, que para cosa tan señalada como ésta, todo el reino holgaría de servir a Su Majestad con lo necesario para este efeto.

El gran chanciller respondió: que algo de esto movía a Su Majestad para partirse, porque estaba capitulado con esta gente, que esperasen a Su Majestad hasta San Juan de aquel año siguiente, sin hacer hasta entonces liga con ningún príncipe, y que si hasta este tiempo Su Majestad no fuese, que se pudiesen ligar con quien quisiesen, y sería inconveniente para lo que tocaba a Su Majestad.

Dijo más: que el Imperio, al presente, estaba sin justicia, lo cual era gran inconveniente, y que no la podía poner dende acá, sin tomar la primera corona en cierto lugar. Que por estas causas estaba determinada su partida, porque ido y puesto remedio en esto, pensaba pasar en Roma a se coronar, en lo cual todo podría estar los dos años, y que luego se volvería en estos reinos, a quien él mucho amaba.

Volvieron a insistir los de Toledo en que el Emperador se detuviese, y caso que no hubiese lugar, hacían saber a Su Majestad que las fronteras de moros en el reino de Granada estaban mal proveídas de gente que las guardase, y la que había estaba mal armada, por estar mal pagada, que sería bien que esto se remediase, y que había poco que se habían caído dos fortalezas de aquel reino, que la una era Vera, y la otra Mujacar, que eran importantes para defensa de aquella comarca, que convenía reedificarlas.

A esto dijo el gran chanciller que Su Majestad tenía gran voluntad de mandar hacer cincuenta galeras muy escogidas, que anduviesen todas las costas de sus reinos defendiéndolas de cosarios, en esta manera: Que cada puerto del reino hiciese a su costa una galera, así en el reino de Granada como de Murcia, y los otros puertos de Castilla, Valencia, Aragón y Cataluña. Las cuales, después de hechas, serían amparo y seguridad de todos los puertos, andando juntas y bien armadas, y con esto se podrían excusar los daños que los moros hacían.

En esto se concluyó por entonces, y el regidor Gonzalo Gaitán se volvió a Toledo; y su compañero, autor de esta relación que sigo, quedó en la Corte como solía.

La iglesia de Toledo se agravia sobre la décima que el Papa había concedido, y se concierta. -La iglesia de Toledo, como primada, escribió a las demás. -La décima es imposición nueva y grave. -Que el Pontífice, bien informado, no concediera la décima. -Que hace más la oración en la guerra que las armas. -Las tercias se tomaron por veinte años para la conquista de Granada.

Asimismo había acudido la iglesia de Toledo a tratar con el rey sobre la décima que el Papa había concedido a Su Majestad en las iglesias destos reinos, que se llevaba muy pesadamente. Y dieron, en nombre de la iglesia de Toledo, como cabeza de todas las de España, un memorial en que decían:

«Muy alto e muy poderoso católico rey, nuestro señor: Los procuradores de las iglesias metropolitanas e catedrales e de las religiones de vuestros reinos de Castilla, de León, de Granada que aquí venimos, besamos las manos de Vuestra Alteza como siervos, e capellanes, e continuos oradores por su corona real y estado. Cada una de las iglesias ya dichas, muy poderoso señor, recibió una carta de Su Alteza que les mandó escribir, por las cuales muestra tener enojo del deán y cabildo de la santa iglesia de Toledo, porque le fue fecha relación, que ellos escribieron, e persuadieron a los perlados e iglesias de estos sus reinos, para que apelasen de la bula y proceso que se dicernió sobre la imposición de la décima nuevamente impuesta, e cesasen a divinis en las iglesias e monasterios destos sus reinos. La verdad es, muy poderoso señor, que así en lo uno como en lo otro, la iglesia de Toledo no hizo más ni menos que las otras iglesias, ni las otras más que ella. Lo que se ha fecho e hizo, fue acordado en la congregación que se hizo en la villa de Madrid, el año que pasó de quinientos e diez y siete años, antes que Vuestra Alteza viniese a estos reinos. Lo que la santa iglesia de Toledo hizo en especial fue convocar a las otras iglesias, como primada de España, e como lo acostumbra hacer, cuando algunas cosas se ofrecen en que es menester congregarse las dichas iglesias para el bien común, como universal dellas, como lo es.

»En la misma carta, Vuestra Alteza manda que se alce la cesación a divinis de que hicieron relación a Vuestra Alteza se había puesto en todas las iglesias y monasterios sobre esta causa de la décima. Lo cierto es, muy poderoso Señor, que ninguna cesación de horas, ni de oficios divinos se hizo, sino que las personas eclesiásticas, así de los cabildos como de los monasterios de estos reinos, acordaron de se ausentar y abstener de los oficios divinales, como personas temerosas de incurrir en las penas e censuras en las letras apostólicas contenidas. Aunque así en la bula e breve, como en el proceso sobre ello fulminado, hay tales causas con que pudieran dejar de temer las censuras. Mas acordaron de sanear de todo sus conciencias, tomando la parte más segura de abstenerse, como se abstuvieron. Pero ni por eso dejaron de administrar los Santos Sacramentos, ni de dar sepultura a los defuntos que en este tiempo murieron. Lo cual no se podía dar si hubiera la dicha cesación a divinis. Agora esperamos que Vuestra Alteza mandará remediar e proveer en este negocio de manera que podamos continuar nuestras horas e sacrificios divinos como debemos, e como a la real conciencia de Vuestra Alteza pertenece proveer, pues a ello es obligado.

»Contiene la carta de Vuestra Alteza, que si algún agravio reciben las iglesias destos sus reinos, de esta imposición e décima, que cada iglesia nombre dos personas principales de cada cabildo, a los cuales Vuestra Alteza mandará oír e proveer como convenga al bien y estado destos sus reinos e clerecía. A esto somos venidos, muy poderoso Señor, ante Vuestra Real Majestad. E decimos que el agravio o agravios que el estado eclesiástico de esta imposición recibe, son tan grandes y notorios, que ellos se manifestan sin que sean especificados. Mas por mejor cumplir lo que Vuestra Alteza nos envía a mandar, decimos que esta imposición de décima es cosa muy nueva e grave, e intolerable a todo el estado eclesiástico e a todos estos sus reinos. E como quiera que en los tiempos pasados hubo muchas guerras, que fue cuando estos sus reinos se ganaron de los infieles, que duraron hasta los bienaventurados tiempos de los Católicos Reyes don Fernando y doña Isabel, de gloriosa memoria, abuelos de Vuestra Alteza, que ganaron el reino de Granada, con que se acabaron las conquistas e guerras muy necesarias contra los infieles que poseían el reino de Granada dentro de sus reinos. E si para esto no se demandó décima por ser cosa e demanda muy grave e insidiosa, mucho menos ha lugar de se demandar agora, pues no es la causa igual, sino muy diferente. Y caso que nuestro muy Santo Padre lo quisiese imponer, por la reverencia y obediencia que a Su Santidad es debida, no nos pornemos en decir que no puede; pero diremos que siendo bien informado Su Santidad no la impornía e revocaría la impuesta. Porque semejantes imposiciones se han de poner sobre cosas universales concernientes al bien público de toda la cristiandad e religión cristiana. E la ejecución de ella ha de ser universal igualmente en toda la cristiandad, e no en unos e dejando otros, porque serían de peor condición los obedientes que los inobedientes. E lo que los unos hubiesen de pagar, cargaría sobre los otros, e que sería muy injusto e había de ser gastando Su Santidad de sus rentas e los príncipes y estado militar, pues su oficio es militar e acrecentar e defender; y el oficio eclesiástico es orar. Y no menos, pero mucho más es provechoso en las guerras el orar que el militar, como parece por la Santa Escritura, que más cierta es la vitoria en las batallas por las oraciones de los sacerdotes que por las fuerzas de los caballeros e armas. E cuando no bastasen las rentas ya dichas, entonces había Vuestra Alteza de pedir socorro al estado eclesiástico, en aquella cantidad que a la sazón pareciese ser necesaria. La cual ellos repartirían entre sí, e la quitarían de sí mismos con mucha caridad. Lo cual no habría lugar, si luego en el principio Su Alteza demandase décima precisamente, sin que concurriesen las condiciones ya dichas.

»Esta orden se guardó en el general negocio del socorro de la casa santa de Jerusalén, donde se movió toda la cristiandad como a negocio universal. E así lo proveyó el papa Honorio III, de felice recordación, según parece por los derechos que sobre ello hizo. E conforme a esto lo estatuyó el papa Martino V en el gran concilio e universal que se hizo en la ciudad de Constancia. La cual orden e decretos, como justos e conformes al derecho natural e divino, nuestro señor el Papa es obligado a guardar. Mucho más habría lugar esto cuando la guerra, aunque fuese de infieles, fuese particular de algunos príncipes, que entonces no sería justo que las imposiciones fuesen universales, ni se extendiesen a otros señores. Así se ha guardado siempre en las conquistas de los reinos de España; porque para ellas no se demandó socorro a los eclesiásticos, ni aun seglares de todos los reinos. Lo cual vimos en la conquista del reino de Granada, que aunque los reyes don Fernando e doña Isabel eran reyes de Aragón, e de Nápoles, e Sicilia, puesto que muchas veces tuvieron grandes necesidades, proveyéronlas en muchas maneras, sin demandar dinero ni gente a otros sus reinos, salvo a los de Castilla e León. E así, si necesidad ocurre en Nápoles, o Sicilia, o Aragón, es cosa justa que no cargue sobre los reinos de Castilla e León, cuanto bien cumplieron las suyas, sin dar fatiga a los otros reinos ya dichos.

»Conforme a esto, el dicho señor Rey Católico don Fernando dio su fe y palabra por escrito a todo el estado eclesiástico de los reinos de Castilla y León. Por la cual prometió que no les sería en sus tiempos, ni de los reyes que después de él viniesen, para siempre pedido décima ni otra imposición alguna.

»Demás de lo ya dicho. se le debe al estado eclesiástico de los reinos de Vuestra Alteza de Castilla e de León, en satisfación de los socorros que para la guerra de Granada hubo. La cual palabra Vuestra Alteza es obligado a cumplir e guardar, por ser justa e dada en remuneración de grandes servicios fechos a la corona real, e por la costumbre que siempre tienen los reyes de España de guardar e cumplir la palabra de sus progenitores, como quieren e deben querer que sus sucesores guarden las suyas.

»E demás de esto, el estado eclesiástico de los reinos de Vuestra Alteza de Castilla e de León debe ser más exento de décima e subsidio e de otra cualquier imposición que los otros de toda la cristiandad. Porque de contino han socorrido a los reyes, de gloriosa memoria, progenitores de Vuestra Alteza, para la guerra contra los moros, con mucha cantidad de sus rentas decimales, mucho mayor que décima e décimas. El cual socorro dura hasta agora, aunque la guerra de Granada es acabada. Primeramente en los maestrazgos y encomiendas de las órdenes militares de Santiago, Calatrava e Alcántara e de San Juan, que veniendo todas las rentas decimales de derecho divino e humano, a los prelados e religiosos de la Orden de San Pedro fueron dadas e apartadas para las órdenes militares, para la conquista de los moros, que entonces era necesaria.

»Eso mismo cada un año, cuando se parten las rentas de los diezmos por todas las iglesias e obispados de estos reinos de Castilla e León, se sacasen de nueve partes las dos, que son dos décimas y media, que se dicen las tercias. Las cuales fueron dadas por el papa Eugenio al muy alto señor rey don Juan el II, bisabuelo de Vuestra Alteza, padre de la señora reina doña Isabel, por veinte años, para la conquista del reino de Granada. La cual es acabada, e los veinte años pasados, e las tercias no son tornadas a las iglesias, lo cual era justo que se tornasen.

»Allende de esto, el estado eclesiástico de los reinos de Castilla e León, paga otra continua décima cada año a Vuestra Alteza de todas sus rentas que gastan en su mantenimiento, y en todas las cosas que compran, de las cuales pagan alcabala, que es asimismo décima. Lo cual no se paga en ninguna parte de la cristiandad, ni en el reino de Aragón, que está cerca del de Castilla, e confina con el que es de Vuestra Alteza. Por manera que los de Castilla e León, como más obedientes, son mucho más agravados que los otros reinos.

»Pues si sobre todas estas décimas, que son más que décimas, se les cargase otra décima, sería carga incomportable de sufrir. Y si de esto fuera fecha relación a Su Santidad e a Vuestra Alteza, podemos creer que no la impusiera, ni Vuestra Alteza la aceptara, como creemos que no la aceptará.

»El agravio que cada uno en su estado recibe, es que las personas de los cabildos, e los otros curas e beneficiados, que tienen sus rentas tasadas e moderadas para su mantenimiento, e si hubiesen de pagar décima de la renta que tienen, no se podrían sustentar, porque habían de tomarlo de sus mantenimientos, que será cosa muy grave e incomportable.

»Otro tanto sería de los religiosos de todas las Órdenes, que por la gracia de Dios están en observancia, e no les sobra cosa, antes les falta para su mantenimiento, e si hubiesen de pagar décima de la renta que tienen a Vuestra Alteza, no se podrían sustentar, e los pobres padecerían. Pues si algo les sobra, parten continuamente con ellos de sus rentas.

»Mucho más grave daño reciben las monjas, que tienen gran pobreza, porque en cada monasterio tienen muchas más que pueden sustentar con su renta. Porque como los reinos de Castilla y de León están en mucha pobreza, por la mucha moneda que de ellos se saca, así para la corte de Vuestra Alteza como para Roma e otras diversas partes, todos los caballeros e ciudadanos e mercaderes meten a sus hijas monjas por no las poder casar, e así los monasterios están con muchas más monjas de las que pueden mantener. Y si hubiesen de pagar décima de la renta que tienen, habrían de despedir algunas de las monjas, que sería muy mala cosa e de mal ejemplo, e se perderían en el mundo.

»Otro tanto es, muy poderoso Señor, de los hospitales, que en otro tiempo no estaban ocupados como agora están. Que por la pobreza ya dicha del reino, hay hombres de honra, pobres e menesterosos, e se curan en ellos. Si hubiesen de pagar décima de la renta que tienen no podrían ser recibidos en ellos, y perescerían por no ser curados.

»Las fábricas de las iglesias, muy poderoso Señor, tienen renta, pero no tanta como la que han menester, así para reparos de las obras como para ornamentos, cera e aceite e otros gastos que de contino se hacen. Otros tiempos ayudábanles con las cuartas partes que se llevaban en los obispados, y agora con la Cruzada, ni se predican indulgencias, ni menos se les da la dicha parte. E se destruirían mucho más si hubiesen de pagar décima. De lo cual se siguiría mucho detrimento a las dichas iglesias, y el culto divino que en ellas se celebra sería mucho diminuido.

»Es bien, muy poderoso Señor, reducir a la memoria de Vuestra Alteza, por el acrecentamiento de las iglesias e monasterios, para que Vuestra Alteza haga otro tanto o más de lo que hacía el santo rey e profeta David, que aunque tuvo continua guerra con los filisteos, no dejó de allegar grandes tesoros para edificar el templo de Jerusalén. E como no plugo a Dios que él lo edificase, los dejó a su hijo, el rey Salomón, para que lo hiciese. Pues no menos, sino de más devoción son nuestros templos que aquél, pues en ellos se consagra y está de contino el Santo Sacramento del altar. Y el emperador Constantino no se contentó con dar e donar como dio e donó su Imperio a la Iglesia romana, mas con mucha devoción quiso que su palacio real fuese hecho iglesia, donde es hoy San Juan de Laterán. Y este mismo edificó la iglesia de San Pedro, de Roma, e por su misma persona sacó doce cosfinos de tierra de su fundamento, a honor y reverencia de los doce apóstoles. El glorioso rey y emperador don Alonso VII, progenitor de Vuestra Alteza, tuvo continuas guerras con los moros, e venció la gran batalla de las Navas de Tolosa. E con todos sus gastos edificó los monasterios de la Orden de Cistel, en los reinos de Castilla e León, de muy grandes edificios, como en ellos parece, e dotó de crecidos dones e rentas.

»Los Católicos Reyes don Fernando e doña Isabel, de perpetua memoria, abuelos de Vuestra Alteza, con las guerras que tuvieron en el principio de su reinado con el rey de Portugal, su adversario, e por pacificar sus reinos, que estaban casi perdidos y enajenados, y después la conquista del reino de Granada e de Nápoles y de otras provincias e islas, no por eso dejaron de hacer el gran edificio de San Juan de los Reyes en la ciudad de Toledo y el monasterio de Santa Cruz en la ciudad de Segovia, y el monasterio de Santo Tomás en la ciudad de Ávila. Y las iglesias del reino de Granada. Y con esto el gran hospital de Santiago en la ciudad de Compostela, para recibir los peregrinos que allí van de contino de todas las partes de la cristiandad. E asimismo otras obras santas e pías, por las cuales se espera en el Señor que recibirán galardón e premio en el cielo.

»E ansí esperamos en el Señor que Vuestra Alteza, como estos gloriosos príncipes, no solamente no permitirá que las iglesias hayan de pagar décimas, mas antes les hará grandes limosnas, para que sean más honradas e servidas. Porque humilmente suplicamos a Vuestra Real Majestad en nombre de todos los que habemos dicho, que nos recibimos agravio de esta imposición de décima, que Vuestra Alteza sea servido que cese, e no quiera ni permita que sea demandada e confirme la palabra real del Católico Rey don Fernando por carta firmada de Vuestra Alteza, por la cual dice seamos ciertos que en sus bienaventurados días, ni en los de sus sucesores, no se imponga décima, ni subsidio, ni imposición en el estado eclesiástico de estos sus reinos de Castilla e de León, e de Granada. Porque con esta merced, nos partamos con mucha alegría de la presencia real de Vuestra Alteza para nuestras iglesias, magnificando el nombre de Vuestra Alteza, e se digan los oficios divinos en ellas como de antes se decían. En los cuales rogaremos por su vida y real estado, que sea acrecentado con el Imperio romano. Que creemos e ternemos firme esperanza en Dios nuestro Señor, que hoy Vuestra Sacra Majestad está eligido a él, para que sea verdadero abogado e defensor de la Santa Iglesia e de la libertad de ella, como lo habemos menester.»

Los desabrimientos y dificultades con que el Emperador comenzó a reinar en Castilla, y otras partes. -Levantamientos en Austria. -Desatinos de los de Viena en Austria, semejantes a los que se hicieron en Castilla y Valencia. -Un prior cartujo, capitán de sediciosos. -A un tiempo andaban las alteraciones en España y Austria, y de una manera el mal. -Perdición grande de Austria. -Allana el Emperador a los de Austria con sola una carta.

Parece que los principios del reino deste gran príncipe fueron pronóstico o anuncio de la trabajosa vida que tuvo con continuas guerras que le envejecieron y acabaron antes de tiempo. En España vimos el desabrimiento con que de muchos fue recibido, que hasta su proprio abuelo tuvo pensamientos de quitarle el reino y darlo al infante don Fernando; y el infante (si bien niño) no estuvo fuera de ello, engañado por algunos que, por particulares intereses, lo deseaban.

Ya que vino y fue recibido y jurado por rey, en sus barbas, como dicen, se le atrevieron algunos. Murmuraban desenvueltamente y aun fraguaban lo que él vio antes que saliese de Valladolid, como presto diremos. Pues en Austria, con la ausencia larga de su príncipe, sin miedo ni empacho se atrevieron. En Alemaña, aunque le habían eligido por su Emperador, con las novedades de Lutero ya sembradas en los corazones de los hombres, amenazaban grandes males y levantamientos, y no faltaban príncipes que en odio del nuevo Emperador los favorecían y alentaban.

En Austria, luego que el buen emperador Maximiliano murió, se comenzaron a inquietar. Y fue la causa que, como los testamentarios de Maximiliano, juntándose en Viena, abriesen el testamento, y viesen que dejaba por su heredero a su nieto Carlos, y las demás cosas prudentísimamente ordenadas, sola una les dio disgusto, y fue porque mandaba que los que tenían los oficios públicos no fuesen removidos dellos hasta tanto que uno de sus nietos estuviese en Austria y él los mudase y confirmase. Los que tenían puestos los ojos donde la ambición los llevaba, parecíales que el nuevo Emperador, rey de España, ocupado con el gobierno de ella y de los estados de Flandes, que tarde o nunca iría a Austria. Y que del infante don Fernando, que no tenía más que diez y siete años no cumplidos, no había que esperar, ni por qué temerlo.

Con esto se levantaron en Viena con voz y grita popular, y se pusieron en quitar los oficios de la justicia y gobierno de toda Austria a los que los tenían desde los tiempos del emperador Maximiliano; y los que tenían oficios menores, daban voces que quitasen las varas y gobierno a los que los tenían mayores, pensando de ascender y ser mejorados en ellos.

Y como se publicó por toda Austria el levantamiento de Viena, y ninguno de los corregidores ni otra justicia mayor tuviese autoridad para reprimir y quietar la furia del pueblo, acudieron muchos caballeros, que debieran favorecer la parte del príncipe; mas por ser mal intencionados y ambiciosos, añadieron fuego a fuego, y se arrimaron a los levantados, con que todo se enconó y llegó a punto de tomar las armas contra los leales y pacíficos.

Y viendo los leales que las fuerzas que tenían no bastaban para enfrenar aquel levantamiento, temiendo el peligro en que estaban de las vidas, se retiraron, huyendo de la furia popular, todos los gobernadores y gente principal de Viena a Neustatuen, que es una plaza muy segura y fuerte, llevando consigo sus mujeres y hijos y lo mejor de sus casas, recibiendo cuando se retiraron algunas notables injurias y baldones, que la gente común de Viena les hacía, agraviándolos con palabras y denuestos: tan ciego, torpe y bruto es el vulgo levantado.

Desterraron 1os gobernadores, y como si fueran archiduques de Austria, pedían cuentas de las rentas y gastos del Estado, y las mandaban traer ante sí, y se apoderaban de ellas. Proveían los oficios públicos como querían. Daban los magistrados y gobiernos, y lo mismo hacían de los beneficios eclesiásticos. Y, finalmente, todo lo sagrado y profano profanaban a su voluntad.

Eran los principales de la nobleza hasta sesenta hombres inquietísimos, eclesiásticos y seglares, de la manera que pasó en Castilla, que todos los hombres son unos; y lo que más debe admirar, que uno de ellos era prior de los monjes cartujos mauverbacenses, mal fraile y escandaloso, que saltando las claustras de su encerramiento, salió a ser caudillo de unos rebeldes y inquietos, y con verdades y mentiras alteraba y incitaba al ciego pueblo para hacer lo que hizo, y aun para otros atrevimientos mayores.

Juntáronse con las sesenta cabezas rebeladas algunos consejeros plebeyos, que con ira, odio e invidia contra los archiduques, blasfemaban. No tomaron las armas, mas con las lenguas los dos bandos al descubierto se herían, aunque vilmente, porque no hay arma más vil y infame que la lengua desmandada.

Desta manera divididos, siguiendo unos la fe y lealtad que debían a los archiduques, sus naturales señores, los otros la rebelión del pueblo y nuevos gobernadores, duraron casi dos años. Por manera que las comunidades de España y las de Austria fueron casi en un tiempo, aunque las de Austria comenzaron algo primero.

Llegó el atrevimiento de los de Austria a tanto, que enviaron a pedir al Emperador, estando en Barcelona, que quisiese confirmar las cosas que para el buen estado y gobierno de la república habían hecho, y las varas y oficios que de nuevo habían dado. Mas el Emperador les respondió de manera, que pudieron bien entender que sabía que era archiduque de Austria, y no ellos. Y cuando los rebelados de Austria entendieron que le habían eligido por Emperador, descayeron grandemente, y los que en el servicio de su príncipe habían, como fieles, perseverado, quedaron muy gozosos, esperando que el Emperador les había de agradecer sus servicios y lo que por él padecían. Mas como oyeron que en España se habían levantado las comunidades, y que el reino estaba puesto en armas contra su rey y contra la nobleza, desmayaron mucho los leales de Austria, y los levantados tomaron nuevos bríos y continuaron con mayor osadía su levantamiento. Pensaban que en España habían de prevalecer los comuneros, y que embarazarían al Emperador, para que en muchos años no pudiese pasar en Alemaña.

Estaba con estos trabajos la provincia de Austria muy destruida, y puesta en gran peligro. No había en ella justicia, ni quien se atreviese a abrir la boca. Antes la necesidad apretaba a los buenos para que al rebelde, malo y tirano se le sujetasen y adulasen, besando las manos que deseaban ver cortadas por vivir. Y a los leales que se habían hecho fuertes en algunos lugares, ya que con armas no les podían dañar, con palabras feas, con cartas los afrentaban, y les fijaban libelos infamatorios, levantándoles mil falsedades que contra ellos fingían, y los derramaban por toda Austria y Alemaña. dio sobre ellos la justicia de Dios, ya que faltaba en la tierra, y les sobrevino una pestilencia de landres tan dañosas, que murieron infinitos, y quedaron muchos lugares asolados, sin que se salvase un vecino.

No se sembraron los campos, pudrióse el pan de los graneros, y ratones y otras sabandijas comieron lo más, y muchas posesiones y heredades ricas se quedaron para quien las quiso entrar, por no tener dueño, que la peste lo abrasaba todo. No había ciudad ni villa ni castillo ni aldea ni granja donde no hubiese heridos de peste. Y con haber caído sobre ellos plaga semejante, era tanta la dureza de sus corazones, que no por eso cesaban en su tiranía y levantamiento. Duró así la gente de Austria, hasta que el Emperador partió de España. Y llegado en Alemaña, estando en las Cortes de Wormes escribió una carta a los de Viena, con palabras tan graves y de tanto sentimiento, que les puso grandísimo temor, y les envió nuevos gobernadores, mandándoles que dejasen las varas que habían tomado, y obedeciesen a éstos, so pena de proceder contra los rebeldes y levantados, haciendo justicia de ellos, y mandó que justiciasen algunas cabezas, y les confiscó los bienes, perdonando la multitud de los demás.

Duró este levantamiento de Austria desde este año de 1519 hasta el de 1521. Podemos entender que algún ángel malo inquietaba los vasallos del Emperador. pues a una. Y a un tiempo, y de una manera, se levantaron los de España, y los de Austria y Sicilia poco antes. Y después otros.

La gente baja que hubo en las comunidades de todas partes. -Culpan al rey de Francia, que fue movedor de las comunidades.

Muchas sospechas hubo del rey de Francia; no sé yo si de un príncipe tan grande y de tan alto y generoso corazón, se podía presumir trato tan bajo, que se cartease y quisiese valer de pellejeros, curtidores, sastres, zapateros, tundidores, cuchilleros y otros tales para hacer mal a quien nunca se le había hecho, antes querido y procurado su amistad, viniendo en medios que no le estaban bien, sólo por tener paz y amor con él. Es cierto poderosa la pasión, aunque sea en corazones reales.

Y viose claramente que el rey de Francia hacía todos los malos oficios que podía en odio del Emperador, porque habiéndose aderezado una gruesa armada, en que había trece galeras y más de sesenta navíos, con muy lucida gente de infantería y caballos, para que don Hugo de Moncada fuese contra las costas de Berbería, el rey de Francia en esta mesma sazón escribió y movió algunos tratos en Italia contra el Emperador. Y se le cogieron cartas, que vinieron a sus manos.

Y con pensamientos de mover los ánimos y voluntades de muchos en Nápoles y en Sicilia y ocupar aquel reino con color de hacer guerra a los infieles, envió al conde Pedro Navarro, que estaba en su servicio desde que fue preso en la batalla de Rávena, con una gruesa armada, con la cual vino a desembarcar muy cerca del dicho reino de Nápoles, a cuya causa fue necesario que don Hugo, con la suya, volviese a defender las costas de Nápoles y de Sicilia.

Y se disimuló con el rey de Francia, dándose el Emperador por no entendido a trueque de conservar la paz, porque le importaba pasar en Alemaña a recibir la corona que instantemente le daban priesa que luego fuese. Y los españoles, que estaban hechos a gozar siempre de la presencia de su rey, llevaban muy mal que el Emperador quisiese tan presto ausentarse destos reinos.

Quiso el rey de Francia estorbar que el Emperador se coronase. - Vuelve el Emperador a Castilla año 1.520. -Entra en Burgos. -Convoca el Emperador Cortes para Santiago de Galicia.

Tuvo aviso el Emperador de las diligencias que el rey de Francia hacía para estorbarle el ir a recibir la corona. Y lo que más le puso en cuidado fue que dijeron que se confederaba con el rey Enrico de Ingalaterra, y que para esto tenían concertadas unas vistas.

Llamábanle los príncipes del Imperio; pasábase el año, que ya estaba en fin de él, y había pareceres de que no saliese de Barcelona hasta la entrada del año siguiente, y casi se habían determinado en esto. Mas viendo lo que importaba la brevedad para atajar los disinios del rey de Francia, sin quererse más detener partió para Castilla, y aunque se detuvo algunos días en Aragón, llegó a Burgos en 19 de hebrero, año de 1520. Y esta fue la primera vez que entró en esta ciudad, donde su padre había muerto.

Fuele hecho en ella solemnísimo recibimiento, de arcos triunfales y otras invenciones, en que quiso mostrar esta insigne ciudad su grandeza, como siempre lo ha hecho. Y en los pocos días que el Emperador estuvo aquí, que fueron diez, se le hicieron muchas fiestas.

Y como viniese con la determinación que tengo dicha, desde el camino escribió cartas a las ciudades para que enviasen sus procuradores a las Cortes que en la ciudad de Santiago de Galicia quería tener, donde mandó que todos estuviesen juntos a 20 de marzo o principio de abril deste año de 1520, porque allí había mandado hacer su armada en el puerto de La Coruña, y por esto quería que las Cortes fuesen en Santiago, por ser aquél su camino.

Procuraron Xevres y otros que servían al Emperador que los procuradores que se nombrasen en las ciudades fuesen personas que fácilmente otorgasen lo que en Cortes se pidiese, porque no sucediese lo que en las Cortes pasadas de Valladolid, como queda dicho. Y así hicieron en Burgos los días que el Emperador allí estuvo brava instancia porque el regimiento nombrase procuradores a su voluntad. Y aunque entre los regidores hubo alguna discordia y competencia, sacaron por procuradores al comendador Garci Ruiz de la Mota, hermano del obispo Mota, de quien he dicho lo que valía y la parte que en todos los negocios era, y del Consejo del Emperador. En todas las ciudades del reino se recibieron las cédulas en que el Emperador les mandaba enviar sus procuradores para las Cortes de La Coruña.

Pero algunas no obedecieron, no queriendo dar los poderes como se les ordenaba y mandaba por las cédulas reales, y luego comenzaron a enconarse los ánimos y soltarse las lenguas apasionadamente.

Pide rehenes con mal pensamiento el rey de Francia al Emperador. -Entra el rey en Valladolid. -Don Pedro Girón.

Supo el rey de Francia cómo el Emperador caminaba con esta priesa y determinación de pasar en Alemaña. Y queriéndole embarazar y detener, porque no acababa de tragar la corona del Imperio más que si fuera de espinas, y por otros fines malos, mandó a su embajador, que era el señor de Lansuche, que requiriese allí al Emperador, que le diese rehenes para seguro de que cumpliría lo que estaba entre ellos capitulado del casamiento con la hija que tenía de un año, y que restituyese el reino de Navarra a don Enrique de la Brit, hijo de don Juan de la Brit, rey desposeído de Navarra. Y todos eran achaques y ocasiones que buscaba para mover la guerra.

El embajador hizo este requirimiento en forma y dio por escrito que si el Emperador no daba los dichos rehenes y restituía a Navarra, que de parte del rey de Francia daba por nulo y de ningún valor el dicho concierto y concordia de Noyon, y la rompía.

Y si bien esta demanda era injusta por no se haber capitulado en la paz de Noyon nada de lo que aquí el rey de Francia pedía, el Emperador, queriendo no romper la paz, respondió graciosamente, procurando conservar y entretener la paz con dulces y honestos medios. Y con esto despidió al embajador y tomó el camino para Valladolid, con pensamiento de seguir de ahí su viaje. Lo cual ya estaba público y sabido por toda España y se sentía gravemente.

Llegó el rey a Valladolid primero de marzo de 1520. Halló en él muchos grandes y caballeros de título del reino que con encarecimiento le suplicaban que no se fuese. Y don Pedro Girón, hijo del conde de Ureña, que traía pleitos, como dije, con el duque de Medina Sidonia, era un caballero de bravo corazón y atrevióse a decir al Emperador lo que adelante diré.

Libro cuarto

Descubrimiento de la Nueva España.

Para consuelo de los trabajos que al nuevo Emperador ya le cercaban, con los movimientos que del rey de Francia se temían y los que en Austria había y asomaban en España, estando ya de partida para Alemaña, por lo mucho que su real presencia en aquellas partes importaba, si bien en Castilla sentían su ausencia y pesadamente murmuraban della, por lo que tengo dicho y diré, estando en Barcelona tuvo una de las más felices nuevas que jamás recibió príncipe: del descubrimiento de la Nueva España y gran ciudad de México por Hernán Cortés, varón digno, de eterno nombre. Que por ser cosa tan grandiosa, si bien de ella hay particulares historias y en ésta nos detenga algo, pues es tan propria destos reinos y del Emperador, en cuyo nombre se conquistó, aquel mundo nunca pensado, diré aquí sumariamente en qué manera pasó, siguiendo lo que, en suma, otros dicen.

Todos los españoles que pasaban de Castilla a las Indias Occidentales que Cristóbal Colón descubrió el año de 1492, como por la mayor parte no llevaban otro cuidado de más que hacerse ricos, no pasaban de la Española o Cuba, o de otras islas de aquel paraje, ni entendían en otra cosa que en llegar dineros y procurar volverse ricos a sus casas, para gozar dellos en la dulce patria, deseo natural a todos. Los que se movían con celo de cristiandad predicaban la fe de Jesucristo, y predicando convertían aquellas gentes idólatras cuanto podían. Otros de más alto espíritu ensanchaban su fama y nombre descubriendo nuevas tierras, poblando ciudades y dejando en ellas y en los ríos y puertos sus proprios nombres y los de sus patrias y ciudades. Así vemos que hay en aquellas nuevas tierras otra Sevilla, y otra Granada y otros lugares y nombres, los proprios que hay en España. Que antigua costumbre ha sido en el mundo de las gentes que nuevamente conquistan provincias y ciudades, quitarles los nombres viejos y ponerles los que consigo traían los conquistadores, en memoria de sus proprios nombres y patrias.

De donde ha nacido la oscuridad en los nombres de casi todas las ciudades del mundo, que de mil y quinientos años a esta parte se han mudado hasta perderse de todo punto la memoria dellos. Tanta es aún en esto la inconstancia de las cosas de esta vida.

Entre todos los indianos españoles conquistadores que en aquellas remotísimas tierras entraron a los veinte y cinco años primeros de su descubrimiento, aunque pasaron allá hombres de valor y ánimo, ninguno hubo que le tuviese tan levantado ni fuese tan atrevido que osase asentar y poblar en la Tierra Firme de las Indias. Todo el trato y habitación era en las islas: la gobernación temporal y espiritual estaba en Santo Domingo, en poder de algún caballero principal y de religiosos de la Orden de San Jerónimo que fueron allá por visitadores, para desagraviar a los naturales de la tierra, por las vejaciones que los españoles les hacían, si bien es verdad que se tenía ya noticia de la Tierra Firme, porque el mesmo Cristóbal Colón la descubrió y otros la habían visto.

Si acaso iban españoles allá desde Cuba o desde alguna de las otras islas, no era a poblar ni a predicar, sino a comprar y a vender: porque trataban con gente simple, que a trueque de agujetas y alfileres, cuchillos, tijeras o otras niñerías que entre nosotros no tienen valor, traían ellos mucho y muy fino oro y piedras y otras cosas de grandísimo precio.

El primero de los españoles que con ánimo de más que hombre osó emprender la conquista, descubrimiento y conversión de la Tierra Firme de Indias, y el que con el favor de Dios la puso por obra, y en ejecución della hizo cosas inauditas, y que si no las hubiéramos visto con los ojos no las pudiéramos creer, fue el valeroso y excelente capitán Hernando Cortés, marqués del Valle que después, con mucha razón, se llamó. Y porque mejor se sepa quién fue, y lo que hizo y cuándo y cómo, es menester que lo tomemos de raíz.

Descubrimiento de la Nueva España.

Hernando Cortés nasció en Medellín el año de 1485. Su padre se llamó Martín Cortés de Monroy, y su madre Catalina Pizarro Altamirano. Eran ambos hijosdalgo sin raza, muy honrados y buenos cristianos, aunque pobres.

Tuvo Cortés en su niñez muy poca salud: su madre, como devota y católica, quiso darle un santo por abogado, y echando suertes entre los apóstoles, cúpole San Pedro, y así tuvo con él por toda la vida particular devoción.

Aprendió algo tarde a leer y escribir, y sus padres le pusieron al estudio en Salamanca, siendo ya de catorce años; pero esto con tan poca gana suya y tan contra su voluntad cuanto fue posible. Porque su inclinación natural fue otra que letras, por ser de condición altivo, amigo de tratar cosas de armas y de entender en travesuras. Por lo cual duró muy poco en el estudio, y a pesar de sus padres se volvió a Medellín, con dos años de gramática mal entendida.

Tratáronle tan ásperamente por esto en su casa, que determinó irse por el mundo a probar ventura. Ofreciéronsele en esta coyuntura dos viajes donde pudiera ir: el uno a Italia con el Gran Capitán, y el otro a Santo Domingo con Nicolás de Ovando, que iba por gobernador. Estuvo bien perplejo sobre cuál destos caminos seguiría. Y al fin se resolvió en el de Indias, así porque Ovando le conocía, como porque para pobres era mejor ir a Indias, donde se cogía el oro, que no a Italia, que sólo llevaba puñadas y guerra sangrienta.

Estando ya determinado de ir a las Indias, quiso hablar con una mujer con quien tenía cierto trato, y hubiéranle de matar sus parientes; por lo cual, y porque luego le sobrevino una cuartana, hubo de dejar el viaje, y así se fue Nicolás de Ovando sin él.

Cuando la cuartana se le quitó, y vio que Ovando era ido, acordó irse a Italia. Fue a Valencia para embarcarse allí, y con malas compañías que topó, gastó lo poco que llevaba, y anduvo perdido poco menos de un año. Cuando pensaron que estaba en Italia, dio la vuelta para Medellín, adonde sus padres le recogieron, y poniéndole en orden lo mejor que pudieron, partió con su bendición para Sevilla, y allí esperó pasaje.

Finalmente, se embarcó para Indias solo y sin arrimo de nadie, siendo de edad de diecinueve años. Entró en la mar en el año de 1504. Tuvo muy mala navegación, y con todo el trabajo y peligro posible, tomó puerto en la Española; y aún dicen, y puédese creer, que yendo su navío perdido por ignorancia del piloto, le guió una paloma hasta ponerle en el puerto.

Recogióle luego Nicolás de Ovando en su casa, como le conocía. Entretúvose allí hasta que fue a cierta guerra con el gobernador Diego Velázquez. Acabada la guerra, como él se hubo bien en ella, diéronle una escribanía de ayuntamiento en la villa de Arua, no porque él fuese escribano ni tratase deste oficio, sino para que lo vendiese o hiciese lo que quisiese de él, porque con semejantes cosas se premiaban los servicios en las Indias.

Aquí estuvo cinco años, entendiendo en algunas granjerías, para hacerse rico.

Sucedió después el año de 11 la guerra y conquista que Diego Velázquez hizo en Cuba. Dieron a Cortés la tesorería y cargo del escritorio del tesorero Miguel de Pasamonte. Después de ganada la isla, cupiéronle a Cortés por su repartimiento los indios de Manicasao. Puso su asiento en Santiago de Baruco, y fue el primero que en aquella tierra se dio a criar ganado mayor y menor, con lo cual, y con el oro de sus minas, se hizo bien rico.

Sucediéronle tras esto unos amores con Catalina Juárez, hermana de Juan Juárez, natural de Granada, con la cual tuvo algunos embarazos, más con intención de tenerla por amiga que de casarse con ella. Y porque sus parientes de ella se tenían por afrentados, pusieron el negocio en justicia y Diego Velázquez puso en la cárcel a Cortés, de donde se soltó dos o tres veces.

Pasó grandes trabajos y peligros de la vida, hasta que ya por hacer placer a los parientes della, holgó de casarse con ella y Diego Velázquez le perdonó.

Fueron juntos a otra guerra, y a la vuelta estuvo en muy poco de ahogarse. Prosiguiéndose el descubrimiento de las Indias, hizo una jornada Francisco Hernández de Córdoba, en la cual descubrió el año de 1517 la Tierra Firme que llamaban Yucatán. Y no se detuvo en más que ver la tierra y volverse, porque los indios le recibieron muy mal y hirieron a muchos de los suyos malamente. Súpose en este viaje que Yucatán era tierra muy rica, y que andaban en ella los hombres vestidos, cosa que no habían visto en ninguna parte de las islas. Con esta buena relación, tuvo gana Diego Velázquez de conquistar a Yucatán; y para esto envió allá con armada bastante a Juan de Grijalba, su sobrino, el año de 1518.

Llevó Grijalba consigo hasta docientos españoles y algunas mercaderías, con las cuales comenzó a comprar, o por mejor decir, a trocar, o rescatar, que así lo llamaban, el oro y cosas de precio de aquella tierra. Como el negocio era algo goloso, detúvose Grijalba tanto que Diego Velázquez se temió no fuese perdido. Para saber la verdad despachó en su busca a Cristóbal de Olit, que le trajese, o si la tierra descubierta fuese tal, para que poblase en ella, comenzase la conquista.

Antes que Olit topase con Grijalba, que nunca se toparon, tornó a Santo Domingo Pedro de Alvarado, que había ido con Grijalba, y dio aviso a Diego Velázquez de la gran riqueza de Yucatán, y de lo mucho que Grijalba tenía rescatado. Lo cual puso a Diego Velázquez gana de enviar quien conquistase y poblase en aquella tierra, no tanto por ensanchar la fe, como por enriquecerse y ganar honra: para lo cual anduvo de en uno en uno, tratando con algunas personas de hacer una compañía para este viaje.

Y no hallando quien le saliese a la parada, topó con Hernando Cortés, que sabía él que tenía dos mil ducados en el cambio de Andrés de Duero, mercader, porque conoció que era persona de estómago y discreto para saber gobernar.

Parecióle luego bien a Cortés aquel negocio, y dijo que le placía de juntarse con él, y que iría él en persona al descubrimiento y conquista, pensando que por allí ganaría mucha honra, de que él era más codicioso que de dineros. Para poner en ejecución el viaje, hechos sus conciertos y capitulaciones, pidieron licencia a fray Luis de Figueroa y a fray Alonso de Santo Domingo y a fray Bernardino de Manzanedo, que tenían la gobernación de las islas, para ir a buscar a Juan de Grijalba, que aún no era venido, y descubrir, conquistar y convertir lo que pudiesen. Ya que tenía sacada la licencia y puestos a punto los navíos y todo lo necesario, llegó al puerto Juan de Grijalba, con mucho oro y plata, y con muy particular noticia de la tierra, en 3 de otubre del año de 18.

Con la venida de Grijalba mudó luego voluntad Diego Velázquez. Quisiera estorbar a Cortés el viaje, por ganar él todo lo que había en Yucatán, sobre lo cual hubo entre los dos algunas pesadumbres. Pero al fin, que quiso que no, Cortés, a pesar de Diego Velázquez, aderezó su viaje con más ánimo que si tuviera compañía. Y como era hombre acreditado, tomó fiados cuatro mil ducados, con que compró navíos y todo lo necesario.

Juntáronse luego sus amigos, prestóles dineros, puso casa y comenzó de hacer plato soñándose gran señor, con tanto sonido, que ya no se hablaba en otra cosa sino en la jornada de Cortés. No faltaba quien murmurase y aun mofase de sus cosas; pero con todo, se aprestó, y al tiempo de partir hizo ante escribano una protestación de que él iba a su propria costa, y que Diego Velázquez no tenía parte ninguna en aquel negocio.

Con lo cual partió de Cuba y llegó a Mazaca, donde le quisieron prender Alvarado y Olit y otros amigos de Diego Velázquez, mas él los entendió y se puso en salvo.

En Guaniganico, isla, saltó en tierra, hizo reseña de la gente que llevaba, halló quinientos y cincuenta españoles de pelea, sin algunos indios de servicio, y hizo de ellos once compañías de cada cincuenta hombres, y tomó para sí el nombre y oficio de capitán general.

Llevaba once navíos, y en todos puso banderas con sus armas, que fueron unos fuegos blancos y azules, y en medio una cruz colorada con una letra que decía:

Amici sequamur Crucern: si enim fidem habuerimus, in hoc signo vincemus.

Amigos, sigamos la Cruz, porque si fe tuviéremos, en esta señal venceremos.

Éste fue el aparato que metió Hernando Cortés en la más ardua y dificultosa conquista de cuantas jamás se vieron ni oyeron. Con estos poquitos compañeros, y con el favor de Dios, conquistó muchas ciudades. Convirtió infinitos indios idólatras, y gentes bárbaras y poseídas del demonio, y los trajo a la fe católica y ley evangélica, y quitó la bestial costumbre de sacrificar y comer carne humana, que algunos usaban, y otros muchos vicios. Demás de las innumerables riquezas que descubrió, y el Nuevo Mundo, que nos puso tan llano y seguro que se puede caminar agora por entre aquellos bárbaros tan bien y mejor que por Castilla la Vieja, cierto, a mi juicio, hazañas hizo Cortés con esta gente, que si como todos las hemos visto por nuestros ojos, las leyéramos o las oyéramos contar de algunos de los capitanes antiguos, las tuviéramos por fabulosas y sueños. Y pues cosas de menos valor las encarecieron tanto los autores gentiles, y no acabamos de engrandecer a Homero y a Virgilio y a otros poetas que alabaron a un Aquiles, Ulises o Eneas, ¿qué fuera, si para Hernando Cortés hubiera otros tales autores?

Mas si bien lo consideramos, no hay para qué alabar tanto a Cortés, porque el negocio que él hizo no era suyo, ni lo hizo él, sino Dios, que quiso con aquellos poquitos convertir a los muchos, y hacer de manera que la predicación del Evangelio entre aquellos bárbaros no estuviese en armas, ni en fuerzas humanas, sino que se cumpliese en sus cristianos lo que dice David en el Salmo: Hi in curribus, et hi in equis: nos autem in nomine Domini. Peleen los filisteos y gitanos con carros y caballos armados, que nosotros con sólo el nombre del Señor pelearemos.

Anima Cortés a los suyos, como buen capitán. -Entra en Aruzamil. -Reciben la fe los isleños. -Toma tierra Cortés en Yucatán. -Hierónimo de Aguilar topa con un español perdido que les sirvió de lengua.

Antes que Cortés partiese de Guaniguanico, hizo a los suyos una larga y muy discreta plática, poniéndoles delante el gran premio que en esta vida y en la otra podían esperar. Y consiguirían de los trabajos que querían comenzar, y el servicio grande que harían a nuestro Señor en aquella jornada, si con ánimo y celo de cristianos entendían en la conquista más para ganar las almas de aquellos bárbaros, que para quitarles las haciendas.

Partió de Guaniguanico a veinte y ocho de hebrero deste año de 1519. dio a los suyos por contraseña el nombre de su abogado San Pedro. Tuvo recio tiempo, que le hizo tomar tierra en Acuzamil.

Espantáronse los isleños de ver aquella flota y metiéronse al monte, dejando desamparadas sus casas y haciendas. Entraron algunos españoles la tierra adentro y hallaron cuatro mujeres con tres criaturas y trajéronlas a Cortés, y por señas de los indios que consigo llevaba, entendió que la una dellas era la señora de aquella tierra y madre de los niños.

Hízole Cortés buen tratamiento, y ella hizo venir allí a su marido, el cual mandó dar a los españoles buenas posadas y regalarlos mucho. Y cuando vio Cortés que ya estaban asegurados y contentos, comenzó a predicarles la fe de Cristo. Mandó a la lengua que llevaba, que les dijese que les quería dar otro mejor Dios que el que tenían. Rogóles que adorasen la Cruz y una imagen de Nuestra Señora, y dijeron que les placía. Llevólos a su templo y quebrantóles los ídolos y puso en lugar dellos cruces y imágines de Nuestra Señora, lo cual todo tuvieron los indios por bueno.

Estando allí Cortés nunca sacrificaron hombres, que lo solían hacer cada día. Maravillábanse de los navíos y caballos, pero más de las barbas largas de los españoles; señalaban con el dedo hacia Yucatán, y decían por señas que allí había también hombres barbudos como los españoles. Envió Cortés allá, para saber si era verdad, pero no pudieron llegar los que fueron, o tardaron tanto que no quiso Cortés esperarlos.

Tomó tierra Cortés en Yucatán, en la punta que llaman de las Mujeres, y porque le pareció aquélla ruin tierra, partió para ir a Cotoche, y quiso Dios, que siempre guía sus cosas por donde los hombres no piensan ni entienden, que hiciese agua la nao de Pedro de Alvarado. Y para remediarla fue menester volver a la isla de Acuzamil.

Estando en ella un domingo de mañana, primero de Cuaresma, vieron llegar a tierra una canoa, que así llaman allá las barcas pequeñas que son de una pieza, como artesas, en que venían cuatro hombres desnudos con sus arcos y flechas, en son de pelear. Arremetieron algunos de los españoles con sus espadas desnudas, ellos pensando que venían de guerra, cuando llegaron cerca, adelantóse el uno de los cuatro y comenzó hablar en español, de que los de Cortés se maravillaron mucho, y dijo:

-Señores, ¿sois cristianos?

-Sí somos -dijeron ellos-, y españoles.

Púsose entonces de rodillas y dijo llorando de placer:

-Muchas gracias doy a Dios, que me ha sacado de entre infieles y bárbaros. ¿Qué día es hoy, señores?, que yo pienso que es miércoles.

Dijéronle que no era, sino domingo.

Levantóle en pie Andrés de Tapia, fueronse todos juntos y muy alegres a Cortés; y preguntándole quién era y cómo había venido allí, dijo:

-Yo, señores, soy natural de Écija, y llámome Hierónimo de Aguilar. El año de 11, viniendo del Darién a Santo Domingo por dineros para la guerra que hacíamos cuando riñeron Diego de Nicuesa y Vasco Núñez de Balboa, dimos al través con una carabela junto a Amaica; y por guarecerlos, metimos a veinte Personas en el batel, de los cuales se nos murieron los siete en la mar, y los trece tomamos tierra en la provincia que llaman Maya. Prendiéronnos luego los indios, y venimos a poder de un cruelísimo cacique, el cual se comió a un Valdivia, después de sacrificado, y con otros cuatro de nosotros hizo un banquete a sus criados y amigos: yo y los demás quedamos a engordar para comernos. Otro día soltámonos de la prisión y venimos a poder de un cacique grande, enemigo del otro, que nos tuvo presos, el cual nos trató muy bien mientras vivió y ni más ni menos lo hicieron sus herederos. Hanse muerto ya todos mis compañeros, que no ha quedado conmigo sino un Gonzalo Guerrero. que ya es casado acá y está muy rico. No quiso venir conmigo, porque hubo vergüenza de que le viesen las narices horadadas al uso de la tierra.

Predica Hierónimo de Aguilar a los indios. -Primero lugar de España en Tierra Firme.

De estas nuevas holgaron todos mucho; pero púsoles gran temor oír que iban a tierra donde los bárbaros comían los hombres. Fue tan importante el haber topado con este Hierónimo de Aguilar para los negocios de Cortés, por haber siempre servido de lengua, que sin él se tuviera grandísimo trabajo. Y así se debe tener por milagro que la nao de Alvarado hiciese agua, porque de otra manera no toparan con él, ni fuera posible.

El día siguiente mandó Cortés a Hierónimo de Aguilar que predicase a los indios de Acuzamil la fe de Cristo, pues sabía su lengua. Súpolo tan bien hacer, que por sus amonestaciones acabaron de derribar los ídolos, y tomaron gran devoción con Nuestra Señora.

Eran los de aquella isla idólatras, como los demás, y retajábanse como judíos. Sacrificaban niños algunas veces, aunque pocas, y tenían un Dios, a manera de cruz, que le llamaban dios de la Lluvia.

Partidos de Acuzamil tomaron puerto en el río Tabasco, que se llama el río de Grijalba, por haber él estado allí primero. Entróse Cortés por el río arriba con los navíos menores, porque para los grandes no había agua. vio un pueblo cercado de madera, con sus troneras para tirar flechas. Saliéronle al encuentro muchas canoas, llenas de gente, con denuedo de querer pelear. Requirióles Hierónimo con la paz una y muchas veces; pidióles posada y bastimentos, y como no salieron a nada desto, hubo de pelear con ellos, y al fin vino a ganar aquel pueblo, que se decía Potonchán.

Éste fue el primer lugar que se ganó y que tuvo España en Tierra Firme de las Indias.

Durmió Cortés aquella noche dentro del templo mayor, con todos sus compañeros, sin mucho recelo, porque los indios desampararon el lugar. Otro día envió por tres partes a reconocer la tierra con gana de tomar algún cautivo para informarse de las particularidades della y para enviar a llamar al cacique sobre seguro. Trajéronle luego tres o cuatro y despachólos muy contentos para su señor, rogándole viniese sin temor alguno, porque él no venía para hacerle mal, sino para revelarle grandes secretos.

Anduvieron yendo y viniendo, pero nunca el cacique se quiso dejar ver.

Ayuda Santiago a los castellanos. -Espantábanse los indios de los caballos. -Dicho discreto de los indios. -Aquél es rico que vive contento. -Adoran los indios la cruz.

Envió Cortés otra vez tres de sus capitanes a descubrir tierra y a comprar vituallas. Desviáronse cada uno por su parte y por poco mataran los indios al uno de ellos y hiciéranlo si no acertaran a venir allí los otros dos, y Cortés que los fue luego a socorrer. Mataron los naturales algunos de los indios de Cuba y hirieron hartos de los españoles.

Sacó otro día Cortés sus quinientos hombres en campo con trece caballos y algunas piezas de artillería. Topóse en la isla con cuarenta mil indios bien a punto, peleó con ellos y venciólos con harto trabajo y dificultad.

Afirman que se vio en la batalla peleando un hombre de un caballo blanco que mató muchos indios. Creyeron todos que fuese Santiago, aunque Cortés no quiso creer sino que fuese San Pedro, su abogado. Salieron heridos más de sesenta españoles, y a otros muchos les dio un dolor de lomos que pensaron quedar contrahechos; pero con el favor de Dios se les quitó presto.

Hubo luego tratos de paz entre los españoles y los indios. Vinieron a Cortés los señores de la tierra, con muchos mantenimientos y con hasta cuatrocientos pesos de oro, y diéronse por amigos de Cortés.

Espantábanse de los caballos, que nunca los habían visto, y cuando los oían relinchar pensaban que hablaban. Hízoles entender que reñían porque se habían hecho amigos con ellos y porque no los castigaban por el atrevimiento que habían tenido en tomar armas contra ellos.

Preguntóles Cortés si tenían oro, o dónde lo había, y respondieron que no tenían minas, ni las querían, porque no hacían caso de ser ricos, sino de vivir contentos. Y no erraban mucho en ello, si bien bárbaros.

Dijeron que hacia donde el sol se cubría hallarían oro si lo querían. Preguntados que por qué no habían hecho guerra a Grijalba, y a él sí, respondieron que porque aquél iba a comprar y no a pelear. Dijo más uno de los caciques: que los caballos los habían puesto en gran temor, porque creyeron que hombre y caballo era todo uno, y que de todos los caballos, uno que iba delante los espantó más que otra cosa.

Avisóles luego Cortés cómo él era capitán y criado del rey de España, el mayor rey del mundo. Que venían no a otra cosa sino a tratar con ellos paz y amistad y a darles leyes y buena manera de vivir. Díjoles que mirasen que el demonio los tenía engañados con su falsa religión, porque no habían de adorar más que un Dios, ni sacrificar hombres, que no pensasen que los ídolos les podían hacer bien ni mal. Púsoles en el templo mayor de Potonchán una cruz: holgaron de adorarla, y mostraron con lágrimas que les contentaba lo que les decía.

Mandóles que de ahí a dos días viniesen a ver la fiesta y ceremonias del día de Ramos. Acudieron infinitas gentes, y con grande alegría dieron la obediencia al rey de España, declarándose por sus amigos y vasallos, y así fueron éstos los primeros que el rey de Castilla tuvo en aquellas tierras. Pusieron nombre al pueblo Victoria, y así se llama hoy día.

Llegan a San Juan de Ulúa. -Aconseja Cortés a sus españoles que no muestren codicia. -Teudilli, cacique poderoso, amigo de Cortés. -Pregunta Cortés por oro. -Avisan los indios a México con suma brevedad. -Motezuma envía un rico presente a Cortés. -Cortés quiere ver a Motezuma: el bárbaro lo rehúsa. -Descubre Cortés la discordia que entre los naturales había.

No le pareció a Cortés aquella tierra cual era menester para poblar en ella. Partióse luego de allí a descubrir. Topó con un río que se llamó de Alvarado, porque fue e1 primero que entró en él. Siguieron la costa de poniente, y jueves de la Cena llegaron a San Juan de Ulúa.

Antes que surgiesen, vinieron a la flota dos canoas, en que venían ciertos indios, preguntando por el capitán y quién era y a qué iba. Lleváronlos a la nao de Cortés, y hízoles muy honrado tratamiento, y envióles a Teudilli, que así se llamaba el gobernador de aquella tierra, que le dijesen que no temiese de cosa ninguna, porque su venida no era sino a traerle nuevas con que él holgaría mucho.

Otro día, viernes de la Cruz, tomaron tierra. Alojaron en unos arenales, donde los vinieron a ver muchos indios, que trajeron oro y cosas de pluma y de precio, que las dieron por alfileres y tijeras y otras niñerías, y cuentas de vidrio.

Mandó luego Cortés pregonar que nadie tomase oro, sino que todos hiciesen que no lo querían, porque no pensasen los indios que iban por sólo ello.

De ahí a dos días, que fue día de Pascua, vino al campo Teudilli con hasta cuatrocientos hombres, bien vestidos a su modo, cargados de cosas de comer, y todas las presentó a Cortés con algunas piezas de oro bien ricas. Abrazóle Cortés, y diole un sayo de terciopelo y algunas cosas de buhonería, que las preciaban ellos mucho.

No entendía Hierónimo de Aguilar aquella lengua, que no poca pena dio a Cortés; pero quísolo Dios remediar, con que de veinte mujeres que había dado a Cortés el señor de Potonchán, la una dellas sabía muy bien la lengua, y con halagos y buen tratamiento que Cortés le hizo, se tornó ella y todas las otras cristianas; y ésta se llamó Marina.

Malinchin y su compañera fueron los primeros cristianos bautizados que hubo en Tierra Firme de Indias.

Era Teudilli criado del rey Motezuma, señor grandísimo de la gran ciudad de México Tenustitlán. Comió Cortés aquel día con él a la mesa. Después de comer mandó a Marina que le dijese cómo él era embajador del rey Carlos de España, Emperador del mundo. Y que venía a dar aviso al rey Motezuma y a todas las gentes de aquellas provincias, cómo estaban engañados en adorar más que a un solo Dios; y que los ídolos que tenían eran demonios, que no pretendían sino engañarlos. Que su venida era solamente para sacarlos de la ceguedad en que estaban, y quitarles la mala costumbre que tenían de sacrificar los hombres y comerlos, y hacer otras cosas feas y abominables.

Respondió Teudilli que se holgaba mucho de tener nuevas de un tan gran señor como el rey de España, pero que no creía que fuese tan grande como su señor Motezuma, y que luego le daría el aviso de su venida.

Estaban Teudilli y los suyos admirados mirando navíos tan grandes. Espantábanse de ver correr los caballos; pero lo que más admiración les ponía era oír el estruendo de la artillería.

Preguntó Cortés a Teudilli si tenía mucho oro Motezuma, porque lo había él menester para curar a ciertos de sus compañeros de una pasión del corazón. Respondió que tenía harto.

Luego hizo pintar en lienzos de algodón el talle de los hombres, caballos y navíos que Cortés traía; y despacharon sus mensajeros para México con tanta diligencia, que llegaron allá en un día y una noche, con haber no menos que setenta leguas de camino.

Fuese luego Teudilli a Costata, donde solía residir, y dejó con los españoles dos capitanes con dos mil personas, para guisar y traer de comer.

Volvieron los mensajeros dentro de ocho días con un rico presente de oro y mantas de algodón, que valdría todo veinte mil ducados. La sustancia de la respuesta fue que Motezuma holgaba mucho de ser amigo de tan poderoso rey como el rey de España, y que tenía por gran ventura suya que en sus días hubiesen venido a sus tierras gentes nuevas y nunca vistas tan buenas y de buena conversación. Por tanto, que mirase Cortés lo que había menester, que todo lo mandaría él proveer cumplidamente; que le pesaba mucho, porque no había orden como se pudiesen ver, porque ni él podía venir a verle por estar mal dispuesto, ni Cortés podría pasar a México, por ser todo el camino de gentes bárbaras y crueles y enemigos de los reyes mejicanos.

Todas estas excusas ponía Motezuma por estorbar a Cortés la entrada de su tierra; pero cuanto más él se la quería estorbar, tanto más le crecía la gana della a Hernando Cortés.

Tornóle a replicar que no podía en ninguna manera dejar de ver a un príncipe tan grande y tan bueno, ni cumpliría con lo que su rey le había mandado si no lo visitaba; con lo cual envió a Teudilli con otra segunda embajada.

Mientras venía la respuesta, que tardó otros diez días, entendió Cortés en escudriñar los secretos de la tierra, y vino a saber que había grandes disensiones y guerra entre los señores della; porque Motezuma los tenía descontentos y como tiranizados; de lo cual él holgó infinito, porque luego vio abierto el camino para la felicidad que después le sucedió; porque hizo cuenta, y no se engañó, si él se juntaba con uno de los dos bandos, al cabo de la jornada se consumirían ellos entre sí y podría él entrar a coger los despojos de entrambos.

Llegó en esto la resolución de la voluntad de Motezuma, la cual era que no porfiase Cortés por llegar a México, porque ni había para qué, ni era posible poderlo hacer. Con esto se cerraron razones, y Teudilli llevó sus gentes y dejó solos a los españoles.

Puebla Cortés para conquistar la tierra. -Manera de sacrificar los hombres. -Habla Cortes a los suyos animándolos para la conquista. -Voto solemne en que Cortés toma en nombre del rey posesión de la tierra. -Puebla la Veracruz. -Nueva población y república.

Determinó luego Cortés de poblar en aquella tierra y conquistarla de propósito. Ante todas cosas mandó calar si había puerto por allí cerca para los navíos, con intención de hacer junto a él un pueblo, donde se recogiese su gente y navíos y contratación. No se halló más que un peñol que podía ser algún abrigo para la flota; pero era en parte donde había grande aparejo de madera y materiales para edificar. Tomó cuatrocientos de sus compañeros, y entróse con ellos por la tierra, hacia donde los indios le solían traer la comida, y andando como tres leguas topó un río y una aldea despoblada, pero las casas llenas de cosas de comer.

Había en medio del lugarejo un templo que tenía en el medio una capilleja bien alta con veinte gradas. Encima estaban ciertos ídolos de piedra y un tajón grande y navajones, todo de piedra con mucho rastro de sangre. Preguntaron a Marina qué era aquello, y dijo que allí sacrificaban hombres y con aquellos cuchillos hendían un hombre por medio y le sacaban el corazón antes que se acabase de morir y le tiraban al cielo en sacrificio.

Pasaron adelante y hallaron otras cuatro o cinco aldeas, de cada docientas casas sin ninguna gente y con muy mucha comida. Con lo cual se volvieron a los navíos harto contentos de ver el talle de la tierra y las calidades della. Y con determinación de quedar en ella de asiento hasta conquistarla si ser pudiese.

Mandó Cortés que se juntasen todos, y hízoles un razonamiento muy largo, en el cual en sustancia les dijo estas palabras: «Bien veis, señores, cuán buena tierra es ésta para poblar y conquistar. Y pues Dios nos ha hecho tan grande merced de traernos a ella, paréceme que busquemos un buen asiento y edifiquemos una villa y la fortalezcamos, para que en ella podamos sufrir los encuentros de los enemigos. Y desde allí podremos tomar amistad con algún pueblo enemigo de Motezuma y pedir socorro y tener aviso de Cuba, de Santo Domingo y de España.»

Hizo venir tras esto en presencia de todos a Francisco Hernández, escribano del rey, y por auto solemne tomó posesión ante él de todas aquellas tierras en nombre del rey don Carlos. Nombró regimiento y oficiales para la villa que quería fundar. dio las varas a los alcaldes y alguaciles; y dijo que se llamase el pueblo la Villa-rica de la Vera-Cruz. Hizo cesión y renunciación solemne ante los alcaldes del oficio que le habían dado los frailes jerónimos de capitán y descubridor, y del poder que tenía de Diego Velázquez, diciendo que ninguno dellos tenía ni podía tener jurisdición en la tierra que nuevamente él la había descubierto, y pidió por testimonio como la tenían por el rey.

Los alcaldes y regidores aceptaron luego sus oficios por tomar la posesión dellos. Hicieron su ayuntamiento y ordenaron algunas cosas tocantes a la buena gobernación de su república y nombraron por gobernador y capitán general a Hernando Cortés para que tuviese el supremo lugar, entre tanto que el rey mandaba otra cosa.

Fueron con esto a él y le importunaron aceptase aquel oficio, pues no había otro que mejor lo pudiese hacer. Hízose mucho de rogar, aunque no quería él otra cosa y al fin lo aceptó.

Pidiéndole en nombre del regimiento, les prestase los mantenimientos que tenía y vendiese los navíos, respondió que en lo de los bastimentos él holgaba de dárselos sin precio ninguno; pero que los navíos él no entendía venderlos ni deshacerse dellos. Que se tuviesen de común y se aprovechase la villa dellos sin interés alguno.

Agradeciéronle esta liberalidad. Hizo mucho al caso a Cortés entrar haciendo mercedes, cosa que suele causar gran favor a los capitanes.

Va Cortés a Cempoallan. -Rebélase un cacique contra Motezuma, trazándolo Cortés.

Fueronse con esto al peñol que dije a labrar allí la villa, y él se fue por tierra con cuatrocientos compañeros, y los navíos con los demás por la costa, que había diez leguas de donde estaban. Tomó Cortés el camino hacia donde tenía aviso que estaba una ciudad que se decía Cempoallan. Durmió la noche primera en un lugarejo en la ribera del río, y otro día vinieron a él cien hombres cargados de gallinas, y con un recaudo del señor de Cempoallan. Que le enviaba a decir que le perdonase, que por ser hombre muy grueso y pesado no había podido salir a verle; que fuese muy bien venido, y que en su casa le esperaba, que no se detuviese mucho.

Almorzaron de aquellas gallinas y fueronse a Cempoallan, donde se hizo a Cortés muy buena acogida. Dioseles a todos por aposento un patio muy grande en medio de la plaza.

Otro día vino el cacique a ver a Cortés, muy bien acompañado con un presente de oro y mantas que valdrían bien dos mil ducados. No hizo el cacique más de ver a Cortés y volverse sin hablar en negocios, y envió luego una singular comida bien guisada y de muchas cosas.

Pasados tres o cuatro días, envió Cortés a decir al cacique que si no recibía pena que le iría a visitar. Respondió que mucho en buen hora.

Fue allá Cortés con cincuenta de los suyos; hízosele un alegre recebimiento, y después de algunas cortesías entróse con él a una sala y sentáronse en sendos banquillos.

Comenzó Cortés la plática y dio al cacique larga cuenta y particular quién era el rey de España, y las razones que le habían movido a enviarle de tan lejos a visitar aquellas tierras.

Cuando Cortés hubo acabado de hablar, tomó la mano el cacique, y con un largo y no muy rústico razonamiento, presente Marina, trató particularmente de los negocios de sus tierras, y dijo cómo él y sus pasados habían tenido perpetua quietud hasta que últimamente los señores de México y Motezuma los habían tiranizado, y les hacían cada día cien mil agravios; y por salir de tan dura servidumbre, holgarían él y muchos de sus comarcanos de rebelarse contra México y juntarse con el rey de Castilla; y que aunque Motezuma era gran señor poderosísimo, pero que junto con eso tenía muchos enemigos, especialmente a los de Tlaxcallan, y Guexocinco y otros pueblos ricos y poderosos; y que si Cortés venía en ello, se le podría armar a Motezuma una liga, que no pudiese defenderse della.

Replicó Hernando Cortés que le parecía muy bien aquello, y que en él hallarían todo favor, porque la principal causa de su venida no era sino a deshacer agravios y castigar tiranías.

Finalmente, después de muy platicado el negocio, quiso Cortés volver a visitar sus navíos, y despidióse del cacique muy contento. Llevó consigo ocho doncellas, que le dio en presente a su usanza, y la una era su sobrina.

No temían los indios la muerte. -Rico presente de Motezuma.

Volvió Cortés a la mar por otro camino, en el cual topó un pueblo bien grande puesto sobre un cerro. Subió allá con dificultad y trabajo de los caballos. Habló con el cacique, y trató lo mismo que con el otro había tratado.

Estando allí, llegaron unos como alguaciles de Motezuma, que venían a coger el tributo. Alteróse tanto el cacique de verlos, que no le quedó color ni sentido, temiendo que Motezuma se enojaría de él porque hablaba con extranjeros. Animóle Cortés mucho, y por sacarle de miedo para que viese en cuán poco estimaba enojar a Motezuma, y también por dar principio a la rebelión, echó mano de los alguaciles y prendiólos; de que los indios quedaron atónitos.

Quedóse allí a dormir Cortés, y a la noche tuvo manera como de aquellos presos soltasen los dos. Y traídos ante sí, enviólos a Motezuma, para que de su parte le dijesen que le rogaba mucho tuviese por bien de ser su amigo, porque de su amistad se le siguirían grandes provechos, y sabría misterios y secretos nunca oídos.

Como el cacique supo que se le habían ido los presos, no tuvo otro remedio sino rebelarse al descubierto contra Motezuma, pareciéndole que aquel desacato no se le podía perdonar, y de presto envió mensajeros por toda la tierra, avisando a los pueblos que tomasen las armas, y no pagasen el tributo a México.

Rogaron todos a Cortés que fuese su capitán, que ellos pondrían en campo cien mil hombres. De que no poco quedó él contento, viendo que se le abría camino para lo que tenía pensado, revolviéndose los indios entre sí, y que quedaba amigo de ambas partes, y que podía engañarlos con trato doble.

En esta rebelión con tanta destreza y aviso procurada por Cortés, estuvo el punto de toda su buena ventura, porque por aquí se encaminaron sus cosas, para osar emprender todo lo que acometió, favoreciéndole Dios. Y salió con ello, que de otra manera, por muy bestiales y para poco que fueran los indios, no era posible vencer con tan poca gente tan poderosos pueblos y reyes, cuanto más que había muchos dellos muy valientes y ejercitados en las armas.

Y lo que más hace al caso para pelear, generalmente son los indios gente que no temen la muerte, ni se espantan della.

Partió con esto Cortés de Chiahuitlán, que así se llamaba el pueblo, y en llegando al peñol donde estaban los navíos, comenzaron todos con mucha priesa a labrar la villa, y estando en la mayor furia del edificio, llegaron a Cortés cuatro mensajeros de Motezuma con un rico presente que valía más de dos mil ducados. Y dijéronle de parte de su señor, que le agradecía mucho el haber hecho soltar sus criados, y que le rogaba hiciese soltar los otros, y que por hacerle placer, él holgaba de perdonar el atrevimiento de quien los había prendido, y que pues su deseo era verse con él, que se sufriese un poco, que él daría orden como se pudiese juntar.

Despidió Cortés los mensajeros muy contentos, y envió a llamar al cacique de Chiahuitlán, y díjole todo lo que pasaba, y que viese si le tenía miedo Motezuma, pues por su respeto no osaba castigar el desacato; que de allí adelante estuviese seguro y se tratase como libre, y que él, ni otro ninguno de la tierra, curase de acudir a México con tributo, y si Motezuma hablase, que le dejasen a él hacer, que él los defendería.

La manera con que Cortés se hizo señor de los indios. -Vitoria que hubo Cortés. -Socorro que vino a Cortés de sesenta hombres y nueve caballos y yeguas. -Envía Cortés un rico presente al rey y aviso de sus fortunas.

Desta manera se hubo Cortés con estos bárbaros, para hacerse señor dellos; y fue el remedio único para sacar aquella gente del engaño y ceguera bárbara en que estaban hechos esclavos del demonio.

Sucedió que en estos días hubo guerra entre Titzapazinco, lugar amigo de mejicanos, y Cempoallan. Acudió luego allá Cortés con su gente en favor de Cempoallan, y no le osaron esperar los mejicanos de Titzapazinco, que se espantaron de los caballos. Ganóles el lugar; pero no permitió Cortés que se saquease ni matasen a nadie, por no enojar a Motezuma.

Con esta vitoria quedaron aquellos pueblos libres del tributo, que nunca más se les pedió, ni ellos lo quisieron pagar. Y obligadísimos a Cortés, y los españoles tan acreditados, que el cacique que tenía guerra con otro, con solo un español que llevase en su campo, tenía por cierta la vitoria.

Cuando Cortés volvió desta guerra a la Veracruz, halló que le habían llegado sesenta españoles, y nueve caballos y yeguas, que fue un buen socorro. Daban mucha priesa en la obra de la villa, porque deseaban acabarla para ir luego a México, que era el mayor deseo que Cortés tenía. Hizo muestra de la gente y de lo que habían ganado para sacar el quinto para el rey, y halláronse veinte y siete mil ducados en oro y muy ricas piezas de pluma, y otras cosas de la tierra. Nombraron un tesorero del rey y de la villa, y de todo el montón sacó Hernando Cortés, en nombre de quinto, un rico presente para el rey. Y para enviarlo a Castilla nombró a Alonso Hernández Portocarrero y a Francisco de Montejo; los cuales, con cartas de Cortés y del regimiento de la nueva villa de la Veracruz, con una larga relación de todo lo que habían hecho, suplicando al rey mirase sus servicios, y que confirmase el oficio de gobernador y capitán general que habían dado a Hernando Cortés, y ofreciéndose de pasar adelante en la conquista de aquel nuevo mundo hasta ganarle.

Partieron con esta embajada de la Veracruz, a 26 de julio deste año de 1519. Vinieron con buena navegación a España, y llegaron a Barcelona, donde fueron bien recibidos, y el Emperador les confirmó y concedió todo lo que le suplicaban; con lo cual volvieron muy contentos a la Veracruz.

Y porque los embarazos que en los años de 1520, 21 y 22, que hubo en Castilla, han de ocupar tanto este libro que no he de tener lugar para divertirme a escribir y acabar esta relación de la conquista que Hernando Cortés hizo del gran reino de México, acabaré aquí con ella, para quedar desocupado en lo demás.

Echa a fondo su armada. -Anima Cortés a los suyos, sentidos por la pérdida de los navíos.

Deseaba Hernando Cortés la ida de México, y después que hubo pacificado algunos movimientos que comenzó a sentir entre su gente, castigando los movedores inquietos, puso luego en plática la jornada, diciendo que cuanto habían hecho valía poco si no pasaban adelante y llegaban a ver a Motezuma y sus tierras, de donde habían de sacar grandísimas riquezas.

No eran todos deste parecer, antes lo tenían por un gran desatino quererse meter quinientos hombres donde había millones de enemigos bárbaros infieles. No bastaban razones para apartarle de su propósito; y así se determinó a un hecho, al parecer temerario, que fue tratar secretamente con los pilotos, que cuando estuviese con mucha gente, le veniese a decir que los navíos se comían de broma y que no podían más navegar.

Junto con esto, concertó con otros marineros que secretamente barrenasen los navíos para que hiciesen agua y se fuesen a fondo. Estando, pues, un día comiendo con mucho regocijo, entraron tres o cuatro pilotos muy afligidos, y dijeron:

-Señor capitán, una mala nueva.

-¿Qué hay?-dijo él muy alterado.

-Señor, los navíos se comen de broma, y sin duda se irán a fondo muy presto y no vemos que haya remedio en el mundo.

Comenzó con esto de hacer grandes extremos y a fatigarse tan de veras, que nadie por entonces entendió la trama. Después de haber hecho a los marineros muchas preguntas, si sería bueno hacer esto, o lo otro, como a todo decían que no serviría de nada, dijo:

-Agora, pues, demos gracias a Dios. Y pues no hay otro remedio, y ellos se han de perder, aprovechémonos siquiera de la madera y de las jarcias.

Quebráronse luego cuatro navíos de los mejores, y antes que pudiesen quebrar más, no faltó quien descubrió el trato. Comenzaron todos a murmurar y a decir que no se quebrasen los otros, pero que quisieron que no, los hizo quebrar, sin dejar más que sólo uno.

Y viendo que algunos andaban mal contentos y tristes, hizo juntar a todos en la plaza, y con una larga plática propuso las razones que le habían movido a posponer su proprio interés y a quebrar los navíos, que le habían costado tantos dineros que apenas le quedaba otra hacienda.

Habla resueltamente Cortés a los suyos sobre ir a México. -Ofrecen los naturales a Cortés cincuenta mil hombres. -Nueva Sevilla. -La gente que llevó Cortés contra México. -Relación de un cacique: quién era Motezuma; su potencia y riqueza.

Después que hubo dicho muchas cosas para los animar y persuadirles la ida de México, vino a lo último a decir estas palabras:

-Señores y amigos míos, ya los navíos son quebrados, no hay remedio para ir de aquí. Yo creo que ninguno será tan cobarde ni tan para poco que quiera estimar su vida en más que yo estimo la mía, ni tan flaco de corazón que dude de irse comigo a México, donde tanto bien nos está esperando. Pero si acaso algunos se quieren tanto, que determinen de dejar lo que habemos de hacer en este viaje, ahí dejo sana una carabela; éntrese en ella y váyase bendito de Dios a Cuba, que yo espero en Dios que antes de mucho se arrepentirá de habernos dejado, y se pelará las barbas de invidia de la buena ventura que verá que nos ha sucedido.

Fueron de tanta eficacia estas palabras, y ocupóles tanto la vergüenza, que ninguno hubo que no alabase lo hecho y prometiese de seguirle hasta la muerte.

Antes que se pusiese en camino para México, requirió toda la tierra, y visitó los pueblos que se habían mostrado amigos y rebelados contra México. Halláronse por todos cincuenta pueblos, que se ofrecieron a sacar en campo cincuenta mil hombres en favor de la villa de la Veracruz. Hecha esta diligencia, escogiéronse de entre todos ciento y cincuenta hombres que quedasen en la villa, y con los demás salió Cortés en nombre de Dios, la vía de México, habiendo allanado una pendencia que tuvo con Francisco de Garay, que había ido de Cuba a estorbarle sus negocios.

Entró Cortés en Cempoallan, y quiso que se llamase Sevilla. Derribó los ídolos y puso imágines y cruces en los templos. Y tomando consigo ciertos rehenes y hasta mil tamemes, que son indios de carga, partió de allí en diez y seis de agosto del mismo año de 19.

Llevaba cuatrocientos españoles, quince caballos, siete tirillos y mil y trecientos indios de guerra. Caminó tres días enteros por tierra de amigos, tan regalado y servido como lo pudiera ser en Castilla. Y lo mismo se hizo con él en todos los pueblos de Motezuma, porque tan amigo era de los unos como de los otros, por su buena industria. Anduvo tres días por una tierra desierta y sin agua, con grandísimo trabajo de hambre y sed, hasta que llegaron a Zaclotán que llamaron ellos Castelblanco. Recibiólos muy bien Olintlech, señor del pueblo. que ansí lo mandaba Motezuma, que ya sabía que venía. Por hacer a Cortés muchas fiestas, hizo sacrificar cincuenta hombres. Predicóles Cortés la fe de Cristo con Marina. Diole noticia del rey de España y preguntóle si era vasallo de Motezuma. Respondió él entonces, muy maravillado: «Pues, ¿cómo? ¿Hay alguno en el mundo que no sea vasallo de Motezuma?» Preguntósele más, si tenía oro, y pidiéronle dello; dijo que oro tenía harto, pero que no lo daría si no lo mandaba su señor. Dijo entonces Cortés con mucha disimulación:

-Ruégote que me digas quién es Motezuma.

Respondió:

-Motezuma es señor de todo el mundo. Tiene treinta reyes que le pagan tributo, y cada uno dellos le puede ayudar con cien mil hombres de guerra. Sacrifícanse en su casa, cada un año, veinte mil personas. Reside siempre en la más hermosa y fuerte ciudad que hay en el mundo. Su casa es muy grande, su corte muy noble, y su riqueza increíble.

Y cierto casi en todo decía verdad este cacique; y no era él de los peores vasallos del rey, porque tenía pasados de veinte mil vasallos, y treinta mujeres suyas, que tantas podían tener cuantas podían sustentar, como los moros.

Pusiéronle todas estas cosas a Cortés algún cuidado, pero junto con eso le despertaron el deseo de verse ya con Motezuma. Detúvose cinco días en Zaclotán. Derribó los ídolos y puso cruces, como lo hacía donde quiera que llegaba. Envió de allí a una ciudad por donde había de pasar, que se decía Tlaxcallan, cuatro de los cempoalenses, que se llamaban ya sevillanos, haciéndoles saber su ida, y teniendo creído que por ser aquella ciudad enemiga de México, le recibirían bien.

Pelean esforzadamente quince indios contra los españoles. -Los de Tlaxcallan quieren engañar a Cortés. -Peligro grande en que se vieron los españoles. -Pelean y mueren infinitos indios. -Espántanse los indios del esfuerzo de los españoles. -Quieren su amistad.

Tardaron los mensajeros, y sin los esperar salió Cortés de Zaclotán con su gente. Topó en el camino un valle atajado con una cerca de piedra, de estado y medio alta, con sus pretiles y troneras para pelear, y con una sola puerta por donde se había de pasar. Era la puerta de diez pasos en ancho. Quiriendo Cortés entrar por ella, llegó a él un cacique, vasallo de Motezuma, con engaño, y díjole que no entrase por allí, que se enojaría Motezuma, y hacíalo por llevarle por otro camino, y meterle donde no pudiese salir. Avisáronle desto los sevillanos, y él quiso creer más a éstos, como amigos ciertos. que no al cacique, que no le conocía.

Habiendo andado tres leguas de aquel cabo de la cerca, envió delante seis de caballo, a reconocer el campo. Toparon quince hombres con espadas y rodelas, que a la cuenta debían ser espías, porque huyeron luego en viendo los españoles. Llamáronlos, y no quisieron esperar. Apretaron las piernas tras ellos, y ellos cuando vieron que no podían escapar, pusieron mano a las espadas. No hubo orden de hacerlos asegurar, ni rendir, antes comenzaron a pelear bravísimamente, y con tanto ánimo, que mataron dos caballos, y aun el uno de los indios dicen que de una cuchillada cortó a un caballo a cercén la cabeza, con riendas y todo. Alancearon los españoles aquellos quince con enojo, y acudió luego todo el campo contra cinco mil indios que vinieron a socorrerlos. Los cuales se fueron huyendo a Tlaxcallan, de donde le vinieron luego a Cortés mensajeros, pidiendo perdón de lo hecho, y convidándole falsamente con su ciudad, con intención de cogerle dentro y matarle.

Otro día toparon con hasta mil indios, que pelearon con buen semblante, y se fueron retirando con gentil concierto por meter a los cristianos en una emboscada de más de ochenta mil personas, donde se vieron en grandísimo peligro y salieron muchos heridos, aunque ayudándolos Dios, ninguno murió. Hiciéronse fuertes aquella noche en una aldea pequeña, y otro día de mañana tuvieron nueva que venían sobre ellos más de ciento y cincuenta mil hombres, publicando que habían de hacer dellos un solemne sacrificio a sus dioses.

Fue cierto cosa de milagro lo que en este recuento pasaron los españoles, que si Dios no mostrara su gran potencia con ellos era imposible poderse defender, porque para cada cristiano había más de trecientos indios. Cuando los campos llegaron a vista el uno del otro, comenzaron los indios a mofar de los españoles viendo que eran tan pocos, y enviáronles gallinas y maíz y cerezas, diciendo que se hartasen de aquello, porque no pudiesen decir que los mataban de hambre.

Cuando les pareció que ya habían comido. dijeron: «Vamos agora que están hartos, comerlos hemos y pagarnos han nuestra comida.» Fue la ventura de Cortés que nunca le acometieron todos aquéllos que venían, sino a pedazos, porque no hacían sino sacar del montón veinte o treinta mil, y así mataron en dos días arreo infinitos.

Y como ellos veían que de los españoles no moría ninguno, pensaban que venían encantados o que eran dioses; y por eso no quisieron al tercero día pelear, sino enviaron a Cortés un presente de cinco esclavos y de incienso y pan y gallinas, con una embajada que decía desta manera:

-Tomad, señor; si sois dios bravo, comeos esos cinco esclavos, y si sois dios bueno y manso, veis aquí incienso, y si sois hombre, tomad gallinas y pan y cerezas.

Dioseles a esto por respuesta que Cortés no era dios, sino hombre mortal como ellos, y que lo erraban mucho en no querer ser sus amigos; pues veían el mal que de no lo ser se les había seguido. Pero con todo eso no dejaron otro día de salir veinte mil dellos a pelear. Después de esto, a 6 de setiembre, vinieron a Cortés cincuenta hombres cargados de gallinas y de cosas de comer. Supo que venían por espías, y mandóles cortar las manos a todos cincuenta.

Espantáronse tanto los indios de ver que hubiese Cortés entendido que iban a espiarle, que creyeron que tenía algún espíritu que le descubría sus pensamientos, y con esto se fueron a sus casas sin osar pelear con él. Toda esta resistencia y guerra hacían los de Tlaxcallan a Cortés, pensando que fuese amigo de Motezuma, su capital enemigo dellos, y así, después que se desengañaron, le fueron muy leales servidores, y en ellos estuvo el buen suceso de Cortés, como presto lo veremos.

Embajada de Motezuma. -Pelea Cortés con la purga en el cuerpo. -Va Cortés sobre Cimpantzinco. -Desmayan los de Cortés: quieren volverse; anímalos. -Prudencia y valentía de Cortés.

Poco después que se acabó esta guerra, vinieron al campo de Cortés cuatro embajadores de Motezuma, con un riquísimo presente, ofreciéndose por amigo del Emperador, y que viese qué tanto tributo quería que se le pagase, que de todo lo que los españoles hiciesen sería él muy contento, con tanto que se volviesen de allí sin pasar a México. No porque a Motezuma le pesaría de verlos en su casa, sino porque tendría pena de verlos en tan ruin tierra, y en los trabajos que habían de padecer siendo ellos una gente tan honrada.

Agradecióles mucho Cortés el presente, y rogóles que no se fuesen tan aína, hasta que viesen cómo castigaba los enemigos y desobedientes al señor rey Motezuma.

Antes que Cortés llegase a México, enfermó de unas calenturas que le pusieron bien flaco, y aun dicen que le aconteció una cosa harto de notar, que sin duda fue milagro que Dios obró en él; y fue que habiendo tomado unas píldoras para purgarse, tocó arma contra una multitud de indios que venían sobre él, y no se le sufrió el corazón sin salir a pelear. Hizo maravillas por su mano, y ocupóse tanto en la batalla, que se le pasó la hora de purgar, y otro día al mismo punto obraron las píldoras lo mismo que habían de obrar el día antes.

Estando después desto alojados en el campo, vieron de lejos unos fuegos grandes. Tomóle a Cortés gana de ver lo que era, y salió con hasta doscientos soldados, y con harto trabajo y peligro fue a dar en una ciudad de más de veinte mil fuegos, que se decía Cimpantzinco. Como los tomó de improviso no se pusieron en resistencia; antes le trataron muy bien y él a ellos. Quedaron muy obligados, y prometieron de hacerle amigo con Tlaxcallan. Ya que con tantos trabajos y peligros había llegado bien cerca de México, sintió Cortés en los suyos flaqueza grande y temor, en tanto grado, que los más dellos trataban de volverse a la Veracruz y dejarle sin pasar adelante, con lo cual él sintió mucha pena, si bien disimuló. Para confortarlos y ponerles ánimo, hízoles un largo y muy apacible razonamiento, poniéndoles delante el servicio grande que harían a Nuestro Señor desarraigando de aquellas tierras la idolatría y otras abominaciones; y tanto les supo decir, que los dudosos quedaron firmes y los esforzados con doblado coraje, y los unos y los otros se determinaron de seguirle y morir con él en tan santa demanda. Tanta era su buena destreza, que cierto en Cortés se vieron juntas dos cosas que pocas veces suelen andarlo, que son prudencia y valentía; y así trabajaba él y peleaba en todas las ocasiones como buen soldado y gobernaba los negocios de paz y de guerra con grandísima cordura y discreción.

El general de los de Tlaxcallan viene contra los de paz. -Avisa Motezuma a Cortés que no fíe de los de Tlaxcallan. -Buena acogida que los de Tlaxcallan hacen. -Predícales Cortés la fe. -Edifica Cortés una iglesia en Tlaxcallan.

En esta coyuntura vino al real de Cortés el capitán general de los tlaxcaltecas, llamado Xicontencali, y con él cincuenta hombres principales a dársele por sus amigos, cosa que sobre todas las del mundo era la que Cortés deseaba. Puesto Xicontencali delante de Cortés, hizo una plática bien concertada con todo el reposo y buen seso del mundo, diciendo, en suma, los muchos trabajos que los suyos padecían, sólo por no se ver sujetos a Motezuma; porque a trueco de no ser sus vasallos sufrían andar desnudos en tierra fría y a no comer sal, porque en su tierra no había sal ni se cogía algodón. Pero que con ser de su natural inclinación tan amigos de libertad, todavía holgarían de sujetarse al rey de España y a él que decía ser su embajador, no más que porque él y los suyos le parecían gente virtuosa y merecedores de cualquier cortesía. Y que pues ellos con haber sido siempre tan amigos de libertad holgaban de hacerse sus vasallos, le rogaba muy mucho tuviese cuenta con tratarlos bien y no diese lugar a que nadie les hiciese desafuero ni fuerza ninguna.

Holgó infinito Cortés con tan buena embajada, de donde tanta honra y provecho le había de venir. Respondió con amor y afabilidad, prometiendo a Xicontencali todo lo que pedía. Díjole que se volviese a Tlaxcallan, que presto sería allá con él, y que si no iba luego era por despedir a los mejicanos que con él estaban.

Pesóles extrañamente a los embajadores de Motezuma de la venida de Xicontencali, y procuraron estorbar a Cortés la amistad de los tlaxcaltecas. Dijéronle que no los creyese, que le engañaban y que le querían meter en sus casas para matarle como traidores y malos.

Pidiéronle mucho les diese licencia para que uno dellos fuese a dar cuenta de todo a Motezuma, prometiendo de volver dentro de seis días, con aviso de lo que su señor mandaba que se hiciese. Dijo Cortés que le placía. Y luego se partió uno dellos.

Vino al plazo con otro muy rico presente, con el cual Motezuma envió a decir a Cortés que mirase muy bien lo que hacía y que no se fiase de los traidores tlaxcaltecas. Por otra parte decían los tlaxcaltecas mil males de Motezuma, y morían por llevar los nuestros a su ciudad, cosa que puso a Cortés en harta duda y perplejidad. Pero al fin, consideradas las calidades del negocio, determinó probar ventura y hacer de manera como cumpliendo con los unos y con los otros, se hiciese señor de todos ellos.

Partió con su campo para Tlaxcallan, adonde se le hizo un muy alegre recibimiento, como a su libertador, que tenían creído que los venía a sacar de la servidumbre de México. Detúvose allí veinte días, y en todos ellos era increíble el regalo y buen tratamiento que se les hizo a todos, hasta darles sus hijas y rogarles que se juntasen con ellas, porque deseaban que quedase entre ellos casta de tan buena gente.

Como Cortés vio que aquélla era gente de buen entendimiento y allegada a razón, y que entre ellos se vivía con concierto y orden, y se guardaba justicia, y entendió que ya estaban asegurados de él, comenzó muy de veras a predicarles la fe de Jesucristo Nuestro Señor y a persuadirles dejasen la idolatría y el abominable uso de comer carne humana y sacrificar hombres. Dioles a entender cómo los ídolos y los dioses que adoraban eran demonios, y propúsoles razones en que se fundaba nuestra religión.

Halló Cortés diferentes pareceres en esta gente. Unos decían que no osarían así luego dejar los dioses que sus pasados habían tenido tanto tiempo, a lo menos hasta ver y probar qué tal era la ley de los cristianos. Otros decían que bien harían ellos lo que se les decía; pero que temían ser apedreados del pueblo. Finalmente, porque por entonces no se pudo detener mucho Cortés, contentóse con decirles que presto volvería por allí, y les daría maestros y predicadores que les enseñasen más despacio lo que les convenía saber para salvarse.

Con todo eso pudo acabar con ellos que le dejasen hacer una iglesia en el templo donde estaban los españoles aposentados. Hacía Cortés decir allí misa solemne cada día, y venían a oírla muchos de los indios, principalmente Majisca, el más principal señor de aquella república, el cual gustaba infinito de la conversación de Cortés, y de oír los oficios divinos.

Antes que se partiesen de aquella ciudad se le vinieron a dar por amigos los de Huexocinco, ciudad principal y república a manera de Tlaxcallan. En todo lo que allí se detuvieron, no hacían los embajadores de México sino dar a Cortés priesa para que saliese de allí, de pura envidia de verle tan bien tratado.

Sale Cortés de Tlaxcallan para México. -Quieren los de México matar a traición Cortés y a los suyos. -Matanza grande en los indios. -Motezuma se allana en que Cortés vaya a México. -Consulta Motezuma al demonio.

Cuando vieron que ya se quería partir, dijéronle que se fuese por Cholulla, ciudad rica y amiga de Motezuma. Majisca, y todos los que bien sentían, eran de parecer que en ninguna manera Cortés entrase en Cholulla. Pero al fin determinó ir allá. Salieron con él de Tlaxcallan hasta cien mil hombres de guerra; pero él no quiso llevar más de cinco o seis mil, temiendo no destruyesen a Cholulla. Saliéronle a recibir más de diez mil hombres, y metiéronle en la ciudad con gran regocijo. Dioseles muy buena posada y una gallina para cada uno, que cenasen.

Allí en Cholulla tornaron otra vez a porfiar con Cortés los criados de Motezuma, que no pasase a México, poniéndole muchas dificultades. Y después, como vieron que no aprovechaba nada, procuraron matarle a él y a todos con una traición; la cual quiso Dios que se descubriese, porque una india dio aviso a Marina, y ella y Hierónimo de Aguilar a Cortés. Para el día que tenían los indios concertado su negocio, estuvo Cortés sobre aviso. dio parte a los suyos de lo que pasaba, y mandóles que cuando oyesen disparar un arcabuz, meneasen las manos, y entre tanto, que nadie saliese del patio donde posaban.

Aquella mañana sacrificaron los indios diez niños, que solían ellos hacer esto siempre que comenzaban alguna guerra o negocio importante. Hacían burla entre sí de los españoles, porque buscaban de comer, y quien les llevase el bagaje a México, y decían: «¿Para qué quieren comer éstos, pues presto han de ser comidos?» Ya que tenían los españoles puesto a punto su viaje que no les faltaba más de salir, envió Cortés a decir al pueblo que le enviasen algunos de los principales de la ciudad, porque se quería despedir dellos.

Vinieron muchos; mas él no dejó entrar más de treinta. Luego mandó cerrar las puertas, y comenzó a quejarse de la ciudad, porque no contentos con el mal tratamiento que le habían hecho, tenían ordenado de matarle a traición. Quedaron atónitos de ver que supiese tan particularmente sus tratos, y no supieron qué hacer, sino confesar la verdad. Envió luego Cortés a llamar los embajadores de Motezuma, y díjoles que no podía creer lo que aquellos presos le decían, que su señor Motezuma mandaba que le matasen a él y a los suyos. Los mejicanos dieron sus desculpas, y Cortés mandó matar algunos de los treinta presos, y que disparasen el arcabuz, con lo cual los españoles salieron del patio, y en menos de dos horas mataron más de seis mil indios y quemaron muchas casas, y entre ellas una torre donde se habían acogido los sacerdotes y los principales.

Saquearon al pueblo, y en un momento no pareció hombre de toda la ciudad. El despojo fue muy rico de oro y de cosas de pluma. Los presos, cuando vieron su ciudad yerma y destruida, rogaron a Cortés que los soltase, prometiendo de hacer venir la gente a la ciudad, con toda paz y quietud; lo cual Cortés hizo de buena gana. Otro día estaba ya tan lleno el pueblo como si no hubiera acontecido nada en él. Pidiéronle perdón humilmente, diciendo que Motezuma había tenido la culpa. Hiciéronse amigos con Tlaxcallan y con él.

Era Cholulla pueblo de más de cuarenta mil casas, dentro y fuera de la ciudad, y tenía tantos templos como días hay en el año: porque allí, como a santuario y lugar de romería y devoción, acudía toda la tierra. Cuando se quiso Cortés partir de allí, hizo llamar a los embajadores de Motezuma, y díjoles que pues su señor le trataba traición y tantas veces había procurado matarle, que él determinaba de ir a México de guerra, pues la paz no le había de ser segura. Alteráronse mucho desto, y con licencia suya fue uno dellos corriendo a México con este recado. Volvió de ahí a seis días, y trajo seis platos de oro muy ricos y muchas mantas y cosas de comer. Dijo de parte de Motezuma, que los de Cholulla mentían en lo que habían dicho contra él, y que se asegurase de él, que le sería buen amigo, y para probarlo que se fuese luego a México, que allí le esperaba con mucho deseo de verle.

Todo esto dicen que hizo Motezuma después de haber tentado los medios posibles para estorbar a Cortés aquel viaje, porque otro día, después que supo la gresca de Cololla, se metió en una cámara con el demonio, que solía hablar con él, como con casi todos los indios muy a menudo, y le preguntó si era aquélla la gente que estaba dicho que había de venir de lejos a enseñorearse de aquella tierra. Respondióle el demonio, y díjole que no temiese aquellos pocos cristianos, y que si quería vencerlos, que sacrificasen muchos más hombres de los que solía, porque todo el mal que a los de Cololla les había venido, era porque su dios estaba enojado con ellos de que ya no les sacrificaban tantos como solían. Que dejase entrar a Cortés en México, que allí le podría matar a él y a los suyos, muy a su salvo.

Con este seguro que el demonio dio, hizo Motezuma todo lo que hizo por asegurar a Cortés, y después nunca vio tiempo, ni se atrevió a hacer lo que tenía pensado, porque Dios, cuyo negocio Cortés trataba, le ató las manos.

Gran calzada de México. -Multitud de gente que recibía a Cortés. -Llega Motezuma. -Recibe Motezuma a Cortés.

Al segundo día, después que Cortés salió de Cololla, subió un cerro nevado con harto trabajo; y si allí hubiera gente de guerra, tuviera harto que hacer en pasarle. Descubríase dende allí la laguna, donde está fundada aquella gran ciudad, y otros muchos y muy hermosos pueblos. Al pie de la sierra halló una buena casa de placer, adonde se aposentó aquella noche. Tuvo allí de Motezuma otra última embajada con tres mil pesos de oro, ofreciendo gran tributo al rey de España, con tanto que no pasase adelante, y se volviese sin entrar en México. Hartos de los españoles holgaran de aceptar aquel partido, pero Cortés no quiso arrostrar a él.

Otro día llegó a un lugar, que se decía Amaquemacuam, adonde le dio el señor tres mil pesos de oro y cuarenta esclavos, con que Cortés holgó mucho; pero mucho más contentamiento le dieron las quejas grandes que aquel señor le dio de Motezuma. En este lugar y en todos cuantos Cortés entraba, tenían los indios propósito de matarle, y nunca veían cómo. Otro día llegó a un lugarejo, puesto la mitad en tierra y la otra mitad en la laguna. Dende allí determinó tomar el camino de México por una calzada muy hermosa y ancha, que parte las dos lagunas, la una de agua dulce, que corre y pasa a la otra que es salada.

Cuando llegaba cerca de México, encontró con Cacamac, sobrino de Motezuma, señor de Tescuco, lugar grandísimo en la laguna. Traían los suyos a Cacamac en unas andillas. Después le pusieron en tierra. Iban muchos dellos delante quitando las piedras y pajas del camino. Hízole Cacamac buena acogida a Cortés, pero todavía le importunaba que se volviese dende allí.

Era cosa increíble de ver el acompañamiento que llevaba Cortés de señores y gente principal. Llegó con Cacamac por importunidad a dormir a Iztacpalapán, adonde se le hizo presente de cuatro mil pesos de oro, y de mucha ropa y esclavos. Aposentólos Cuitlahuac, señor del pueblo, en un palacio suyo. Dende allí a México es la calzada anchísima de dos leguas de largo, y pueden ir por ella ocho de a caballo en hilera. Es tan derecha como una jugadera, tiene a los lados hermosos pueblos y a trechos puentes levadizas. Era tanta la gente que salía a ver a Cortés, que no cabía por el camino.

Llegando a un fuerte cerca de México, donde se junta otra calzada, salieron a recibir a Cortés cuatro mil hombres principales, todos ricamente ataviados de una mesma librea. No hacían sino pasar de largo. Cuando llegaban a Cortés humillábase cada uno, tocaba con la mano al suelo y besábala. Tardaron en pasar hora y media larga.

Andando más adelante, junto a una puente levadiza por donde corre la laguna dulce a la salada, encontraron con Motezuma. Venía a pie, y traíanle de brazo por majestad, sus dos sobrinos, Cacamac y Cuitlahuac. Traía encima de sí un riquísimo palio de oro y de pluma verde, con argentería, con todo artificio labrado. Este palio sustentaban sobre sus cabezas cuatro señores principales. Motezuma y sus sobrinos venían de una misma librea, salvo que Motezuma traía unos zapatos de oro con muchas perlas y piedras ricas. Iban delante sus criados echando mantas para que pisase. Detrás dél venían tres mil caballeros, todos muy ricamente vestidos, pero descalzos; puestos en dos hileras como en procesión. Quedáronse todos éstos arrimados a las paredes y con los ojos puestos en tierra, porque tenían por gran desacato mirar al rostro del señor.

Cuando llegó Cortés al rey, apeóse del caballo y quiso abrazarle, mas no le dejaron, porque entre ellos es gran pecado tocar al rey. Hiciéronse el uno al otro muy grandes mesuras y reverencias. Echó Cortés al cuello de Motezuma un collar de cuentas de vidrio, que parecía de margaritas y diamantes.

Volviéronse con esto hacia la ciudad, y Motezuma dejó el un sobrino con Cortés, y con el otro tomó el camino para casa. Él iba delante, y luego Cortés tras él, trabado con Cacamac por la mano. Cuando pasaban por los tres mil caballeros, hacían ellos su mesura como los otros primeros. Con esta pompa y majestad llegaron al riquísimo palacio de Motezuma. Entrando en el palacio echó Motezuma dos ricos collares a Cortés y tomándole la mano dijo: «Holgad y comed, que en vuestra casa estáis, que luego vuelvo.»

Entra Cortés en México a 8 de noviembre, año 1519. -Lo que dijo Motezuma a Cortés. -Determinación temeraria de Cortés.

Entró Cortés en México a 8 de noviembre del año de 1519. Pusiéronse luego las mesas y comió Cortés con los suyos, y Motezuma en su aposento. Cuando hubo comido, vino a visitar a Cortés con gran majestad, sentóse junto a él en un estrado riquísimo y díjole con palabras graves y muy mesuradas que se holgaba mucho de ver en su casa una gente tan honrada y principal y tenía pena que se pensase de él, que jamás los hubiese querido maltratar. dio muchas disculpas de lo que había porfiado por estorbarles la entrada en México. Al cabo vino a decir:

-De mis pasados oí muchas veces que nosotros no somos naturales desta tierra, sino que venimos aquí con un gran señor de lejas tierras; y cuando aquel señor se volvió a la suya, dejó dicho que presto volvería él o los suyos, a darnos leyes. Yo creo cierto que el rey de España debe ser aquel señor que esperamos.

Tras esto dio a Cortés una larga relación de sus riquezas, y ofrecióle muchas. Hizo traer allí ricas joyas de oro, y cosas preciosas, y repartiólas entre todos los españoles, como le parecía que cada uno merecía, y con esto se despidió.

Los seis primeros días gastólos Cortés en ver y considerar el sitio y las calidades de la ciudad. Fue muy servido y visitado de todos los grandes señores de aquella tierra, y bastantemente proveído él y todos sus cuatrocientos compañeros y seis mil tlaxcaltecas que consigo tenía.

Muchos de los españoles que no miraban a lo porvenir, estaban contentísimos en verse tan ricos y bien tratados, pensando que no habían ido allí más de por dineros. Otros estaban con grandes temores, porque no sabían en qué habían de parar aquellas fiestas; mas ninguno tenía tanta congoja y cuidado como Cortés, como aquél que le daba pena su vida y la de los demás, que tan a riesgo estaban de perderse. Mayormente que cada día venían de los suyos a ponerle muchas dificultades, encareciéndole el peligro y red inextricable en que los había metido.

Consideraba juntamente con esto la grandeza de la ciudad y el sitio y fortaleza della. Entendía muy bien cuán fácil cosa le sería a Motezuma destruirle, con sólo romper la calzada porque no pudiese por ninguna vía huir, y con quitarle la comida perecerían todos de hambre. Para remediar tantos inconvenientes, después de haber revuelto en su pecho muy grandes cosas, vino a determinarse en una de las mayores y más terribles hazañas que jamás ningún hombre pudo imaginar, que parece temeridad y más que locura, y fue prender al grande y poderosísimo rey Motezuma dentro de su casa, en medio de más de cuatrocientos o quinientos mil vasallos suyos, con solos cuatrocientos españoles. Cosa que verdaderamente espanta como la pudo pensar, cuanto más hacerla y salir con ella.

Para lo cual tomó por achaque los tratos que en Chololla y en otras partes había movido por matar a los españoles y que Qualpopoca, un señor grande, había mandado matar nueve españoles que iban en compañía del capitán Hircio, de que tenía cartas. Estas cartas traía Cortés consigo, para mostrarlas a Motezuma cuando fuese menester.

Anduvo con estos pensamientos algunos días, revolviendo entre sí la forma que tendría para poner por obra negocio tan arduo y dificultoso.

Descubre Cortés un gran tesoro. -Lo que pasó entre Motezuma y Cortés, y su prisión. -Prisión de Motezuma. -Españoles guardaban la persona de Motezuma. -Motezuma ofrecía las vidas de los hombres a sus ídolos, y comía carne humana. -Razonamiento que Cortés hizo a los indios sobre la adoración de los ídolos. -Promete Motezuma que no sacrificarán hombres. -Permite en su gran templo imágines santas.

Como de noche no dormía de pura fatiga y gran cuidado, acontecióle que andándose paseando imaginativo y cabizbajo, una noche muy tarde se arrimó a la pared de una sala, y pareciéndole que por una parte estaba más blanca que por otra, dio de presto en una malicia y cayó en la cuenta que se debía de haber cerrado allí alguna puerta. Llamó luego a dos de sus criados y hizo prestamente derribar la pared.

Y entrando por una puerta halló muchas salas y recámaras llenas de mucho oro, de mantas y de cosas preciosísimas en tanta cantidad, que quedó espantado de ver tanta riqueza. No quiso tocar a cosa ninguna dello, antes mandó cerrar la pared lo mejor que pudo, porque Motezuma no lo sintiese y se enojase.

Otro día adelante vinieron a él ciertos indios amigos y algunos españoles, y avisáronle que Motezuma trataba de matarlos, y que quería para esto quebrar las puentes. Con esto y con lo que ya tenía pensado de hacer, no quiso dilatar más la prisión de Motezuma.

Para hacerla puso secretamente algunos españoles de guarda en ciertos cantones dende su aposento hasta palacio; dejó la mitad en su posada y mandó a ciertos amigos suyos que se fuesen dos a dos y tres a tres a palacio con sus armas secretas. Como él las llevaba, envió delante a decir a Motezuma como le iba a visitar.

Salióle él a recibir a la escalera con alegre rostro. Metiéronse mano a mano los dos en una sala y tras ellos hasta treinta españoles. Comenzáronse Cortés y Motezuma de burlar en buena conversación como solían y sacó Motezuma ciertas medallas de oro bien ricas y dioselas a Cortés: que no hacía sino darle; tanto era lo que le quería; por ventura, porque pensaba tomárselo después todo.

Estando así en pláticas dijo Motezuma a Cortés que le rogaba mucho que se casase con una hija suya. A esto respondió Cortés: «Ya yo soy casado, y conforme a la ley de Cristo no puedo tener más que una mujer.» Echó luego mano a la faltriquera y sacó las cartas del capitán Hircio y comenzó a quejarse de Motezuma de que hubiese mandado a Qualpopoca que matase los españoles. Tras esto dijo que no lo hacía como rey en quererle matar a traición, mandando a los suyos que rompiesen las puentes.

Enojóse desto terriblemente Motezuma y dijo con ira y grande alteración que lo uno y lo otro era falsedad y mentira, y para que se averiguase allí luego la verdad, llamó un criado suyo, sacó del brazo una rica piedra como sello y dijo:

-Llámame acá luego a Qualpopoca.

En saliéndose el criado, volvióse Cortés al rey y díjole:

-Mi señor, conviene que seáis preso; habéis os de ir comigo a mi posada y allí estaréis hasta que venga Qualpopoca. Seréis tan bien tratado y servido como mi misma persona, y yo miraré por vuestra honra como por la de mi rey; perdonadme que no puedo hacer otra cosa, porque los míos me matarían si disimulase ya más estas cosas. Mandad a los vuestros que no se alteren; porque sabed que cualquiera mal que a nosotros nos venga, le habéis vos de pagar con la vida; id callando y será en vuestra mano escapar.

Quedóse Motezuma medio sin sentido, oyendo una cosa tan extraña y nueva para él. Y después de haber estado un rato callando, dijo con mucha gravedad:

-No es persona la mía para ir presa; y cuando yo lo quisiese sufrir, los míos no lo consentirían.

Replicó Cortés que no se podía excusar su prisión. Estuvieron en demandas y respuestas largas cuatro horas, y al cabo vino a decir Motezuma:

-Pláceme de ir con vos, pues me decís que allá mandaré y gobernaré como en mi casa.

Llamó a sus criados y mandóles que fuesen al aposento de Cortés y que le aderezasen allá un cuarto para su posada. Acudieron luego a palacio todos los españoles y muchos caballeros y señores de la ciudad amigos y parientes del rey, todos llorando y descalzos. Tomaron a Motezuma en unas muy ricas andas y lleváronle por medio de la ciudad, con grandísimo alboroto de los suyos, que se quisieron poner en soltarle; pero él les mandó estar quedos, diciendo que no iba preso, sino de su buena gana.

La prisión de Motezuma no fue tan estrecha, que no le dejasen salir de casa y despachar negocios como antes y aun salir a caza una y dos leguas fuera de la ciudad. Solamente se le vía que estaba preso en que siempre le guardaban españoles, y a la noche venía a dormir en el aposento de Cortés.

Burlaba y reía con los españoles; servíanle los suyos mismos y dejábanle hablar en público y en secreto con quien quería. Salía muy a menudo al templo, que sobremanera fue siempre religioso. Las guardas que tenía eran ocho españoles y tres mil indios de Tlaxcallan.

Díjole un día Cortés por tentarle, que los españoles habían tomado ciertas joyas y oro que habían hallado en su casa, y respondió: que tomasen en buena hora y que no tomasen ni tocasen a la pluma, porque aquél era el tesoro de los dioses; y que si más oro querían, que más les daría. Todas las veces que Motezuma salía al templo sacrificaban hombres y muchachos, lo cual le daba notable pena y desabrimiento a Cortés, porque su principal intento era estorbar aquella bestialidad y dilatar o extender la religión cristiana. A este fin dijo a Motezuma, después que le tuvo preso, que no matase ni comiese hombres, porque no se lo consintiría. Y luego comenzó a derribar ídolos.

Alteróse de esto Motezuma más que de su prisión, y los suyos ni más menos, y estuvieron en términos de matar al rey porque lo consentía y a Cortés porque lo mandaba. Por lo cual, de consejo del mesmo Motezuma, Cortés dejó de quebrar los ídolos por entonces, y contentóse con hacer al rey y a toda la ciudad un largo razonamiento, en lo cual después de otras razones vino a decirles:

-Aunque sea verdad, hermanos míos, que todos los hombres somos de una misma naturaleza y condición, pero con todo eso conviene que haya entre nosotros alguna diferencia, y que los más sabios y discretos tengan cuidado de regir y gobernar los ignorantes y enseñarles lo que les conviene saber. Entended que la causa que a mí y a estos mis compañeros nos movió a venir a estas tierras, no fue otra sino querer desengañaros y meteros en el verdadero camino de la virtud y en la senda por donde habéis de ir a la verdadera religión. No penséis que venimos acá por vuestras haciendas. Y así veréis que dellas no habemos tomado más de lo que vosotros nos habéis querido dar. No habemos llegado a vuestras mujeres ni hijas, porque no tratamos sino de salvar vuestras almas. Todos los hombres del mundo confiesan que hay Dios; pero no todos atinan ni saben acertar a conocer cuál es el verdadero, ni si es uno o muchos. Lo que yo afirmo y os quiero hacer entender, es que no hay ni puede haber otro Dios sino el que los cristianos adoramos. Uno, eterno. sin fin, hacedor y conservador de todas las cosas, que rige y gobierna los cielos y la tierra. Todos somos hijos de Dios y descendemos de un padre, Adán. Si queremos tornar a nuestro principio y a gozar de Dios que nos crió, es necesario que seamos piadosos, corregibles, inocentes, buenos y que a nadie hagamos mal de lo que con justa razón querríamos que a nosotros nos hiciesen. ¿Quién hay de vosotros que querría que le matasen? ¿Pues por qué matáis y coméis a otros? Adoráis en lugar de Dios las estatuas de madera que vosotros hecistes, que ni os pueden dar vida ni salud, ni cosa buena ni tampoco mataros. Pues si ansí es, ¿de qué sirven los ídolos, y a qué fin les hacéis estos abominables sacrificios? A sólo Dios del cielo se debe adoración y a él se le debe el sacrificio, no de hombres muertos ni tampoco de sangre humana, sino de corazones vivos. A esto venimos acá, no más de para enseñaros a quién habéis de adorar.

Y como con este razonamiento se aseguraron un poco, y por buenas razones vino a prometer Motezuma que no se sacrificarían hombres mientras él allí estuviese; y consintió que en la capilla del templo mayor que se subía a lo alto de ella por ciento y catorce gradas, se pusiese entre los ídolos un crucifijo y una imagen de Nuestra Señora y una cruz.

Veinte días después que Motezuma fue preso trajeron a México sus criados a Qualpopoca y a un hijo suyo y a quince caballeros, que pareció que habían sido culpados en la muerte de los nueve españoles. Hízolos quemar Cortés a todos públicamente, que fue otro no menor atrevimiento que los pasados. Antes que los quemase, hizo un fiero muy grande a Motezuma, y mandóle echar unos grillos por espantarle, pero quitóselos luego, y aún acometióle con que le quería soltar, mas él no quiso irse a su casa, o no lo debió de osar hacer.

Procuraba Cortés informarse en este tiempo qué rentas o riquezas eran las de Motezuma, y qué minas había de oro y plata, qué tan lejos estaba el otro mar del Sur, y si en el mar del Norte había algún buen puerto para los navíos de España, mejor que el de Veracruz. Todo esto preguntaba a Motezuma, y de todo le daba él cumplida relación. Envió a diversas partes mensajeros a reconocer y calar los secretos de la tierra. Trajeron muestras de oro y de amigos que hallarían en ella.

Tratan los indios de poner en libertad a su rey. -Motezuma quería bautizarse. -Quería renunciar el reino en el rey de Castilla. -El demonio le había dicho que en Motezuma se acabaría el reino. -Oro que dio Motezuma para el rey de Castilla.

Estando las cosas en este punto y Motezuma bien conortado con su prisión, comenzaron Cacamac y otros algunos a mover una conjuración para matar los españoles y poner a su rey en libertad. Púsose Cacamac en armas al descubierto y Cortés quiso hacerle guerra; pero Motezuma, que ya estaba convencido para volverse cristiano, se lo estorbó. Dijo a Cortés que le dejase hacer, y él guió el negocio de tal manera, que sin mucho trabajo fue preso Cacamac y vino a poder de Cortés y él le privó del estado que tenía, y le dio a Cuzca su hermano.

Después de lo cual, Motezuma hizo un llamamiento general de todos los grandes de su reino. Cuando todos fueron venidos, hízolos juntar en su posada, y puesto en medio de todos comenzó una larga plática, en la cual, después de muchas razones que trajo para fundar y sustentar su determinación, vino a decir:

-Muchas gracias doy a Dios, que me ha hecho tanta merced que haya yo alcanzado a ver, que en este mi reino se tiene noticia de aquel gran rey, que tantos años ha nuestros pasados deseaban que viniese. Sin duda tengo creído que no es otro el que acá esperábamos, sino el que envió a estos españoles que agora vemos en México. Y si por los dioses está determinado que tenga fin el reino de los de Cullua (que ansí se llamaban los mejicanos), no quiero yo resistir a su voluntad, antes quiero de muy buena gana renunciar el reino en el rey de Castilla. Yo os ruego lo hagáis vosotros, y os sujetéis a él, que así entiendo que nos cumple a todos.

Dijo esto Motezuma con tantas lágrimas y suspiros, y era tanto lo que lloraban los suyos, que Cortés y los que con él estaban no pudieron tener las lágrimas. Y cierto fue un acto de grandísima lástima, ver un rey que poco antes era tenido por monarca del mundo, de los más ricos hombres que en él había, puesto en tanta miseria, que de su propria voluntad se pusiese en servidumbre de quien no conocía.

Después que hubieron llorado gran rato, hizo Motezuma un solemne juramento y vasallaje al rey don Carlos, y luego con él todos los grandes que allí estaban, prometiendo de serles buenos y leales vasallos. Cortés lo tornó ansí por testimonio ante escribano y testigos.

Entendióse después por muy cierto, que los indios no se hicieron de rogar para hacer este auto, porque ya él diablo les había dicho muchas veces que en Motezuma se había de acabar el reino de México; hizo Cortés al rey grandes salvas, y consolóle mucho, prometiéndole que siempre sería muy bien tratado, y tan señor de todo como antes. Rogóle mucho que en reconocimiento del vasallaje que había prometido y jurado, le diese para su rey algún oro, lo cual Motezuma hizo liberalmente, y mandó luego allí traer de la casa de las aves, una inestimable cantidad de oro, y plata y joyas de gran precio.

Diose luego priesa Cortés a la conversión de los indios, diciendo que pues ya eran vasallos del rey de España, que se tornasen cristianos, como él lo era. Bautizáronse algunos, aunque pocos; Motezuma vino en bautizarse. Y fue él tan desdichado, que nunca se le aliñó, y los nuestros tan descuidados, que de un día para otro lo dilataron: después les pesó en el alma de que hubiese muerto sin bautismo.

Trata de enviar Cortés por socorro. -Arrepiéntese Motezuma. -Determínase echar a Cortés, o matarle. -Temor de los españoles.

Estaba ya Cortés en tanta prosperidad, que no le faltaba sino un poco de más gente y caballos para allanar de todo punto la tierra y rendirla, de manera que sin contradición fuese obedecido y reconocido el rey de España en ella. Para esto comenzó a tratar de enviar por socorro a Santo Domingo; pero como las fortunas de esta vida no saben tener constancia, las cosas sucedieron de tal manera, que por poco dieran con toda su felicidad en tierra. Motezuma mudó la voluntad, y comenzó a caer en la cuenta de su gran flaqueza en rendirse a un hombre tan solo. Ya no trataba tan familiarmente con Cortés, ni aun le miraba con amor como solía, lo cual hizo no tanto por lo que sus vasallos le reñían, cuanto porque el demonio se le aparecía muchas veces. y le decía que porqué no mataba aquellos españoles, que se los echase de México, que le atormentaban con aquellas misas y cruces que decían y ponían en los templos, y que no podían sufrir ni oír el Evangelio y las oraciones de aquella gente.

Con todo eso no quisiera Motezuma matar a Cortés; sino echarle de México. Y para poderlo mejor hacer, apercibió secretamente más de cien mil hombres, para rogarle que se fuese, y si no lo quisiese hacer, que aquéllos le matasen. Cuando los tuvo a punto, metióse con Cortés en una cámara, y díjole:

-Ruégoos mucho, señor Cortés, que sin excusa ninguna os salgáis luego de mi ciudad: mirad no hagáis otra cosa, porque os costará la vida, y no porfiéis, porque no se puede excusar, que mis vasallos no lo quieren sufrir; y mis dioses están enojados de mí, porque os sufro, y os tengo tanto en mi casa.

Turbóse Cortés de tan resoluta determinación como aquélla, y disimulando lo mejor que pudo, respondió:

-Pláceme de irme, pues vos lo mandáis. Pero decidme: ¿cuándo queréis que me vaya?

Dijo entonces Motezuma:

-Eso sea cuando vos quisiéredes, que tampoco os quiero dar mucha priesa, y no penséis que os quiero enviar descontento, que yo daré a cada uno de vuestros compañeros una carga de oro, y a vos, por lo mucho que os quiero, daros he dos.

Replicóle Cortés a esto:

-Ya sabéis, señor, que no tengo navíos para irme: que cuando me partí de los míos para veniros a ver, se me quebraron. Mandad que me los hagan, y luego me iré.

Dejó con esto a Motezuma contento, y luego mandó poner por obra los navíos.

Los españoles estaban harto atemorizados, y Cortés no hacía sino consolarlos, diciendo que no temiesen, que mientras los navíos se hacían o no se hacían les proveería Dios de remedio; pues trataban su negocio, no era de creer que los había de desamparar.

Diego Velázquez se arma contra Cortés. -Requiere Cortés a Narváez que no le estorbe y se junte con él. -Habla mal Narváez contra Cortés. -Va Cortés a verse con Narváez. -Prende Cortés a Narváez.

Entre tanto que todas estas cosas le sucedían a Cortés en México, no dormía el demonio, ni dejaba de buscar cómo estorbarle su buena intención. Para esto movió el corazón de Diego Velázquez, gobernador de Cuba, el cual, de pura envidia de la felicidad y buen suceso de Cortés, tomando por achaque que le usurpaba su juridición, y que siendo su súbdito se había salido de su obediencia, haciendo cabeza por sí en Tierra Firme y poblando en ella con título de capitán general y justicia mayor. Armó contra él una flota de nueve o diez navíos, y metió en ella novecientos españoles, muchos caballos y artillería y todo recaudo y envió por su capitán a Pánfilo de Narváez, para que fuese a Yucatán y prendiese o matase a Cortés.

Procuraron los frailes jerónimos y todos los oidores de Santo Domingo de estorbar este viaje a Diego Velázquez, y para sólo requerirle que no enviase a Narváez, fue a Cuba el licenciado Figueroa, oidor, de parte de los gobernadores y del rey, protestando contra él de quejarse a Su Majestad del estorbo grande que se haría en la conversión y conquista de aquellas tierras. Pero con todo eso, no se pudo estorbar que Narváez no fuese.

No fue bien llegada esta flota a la Veracruz, cuando tuvo Motezuma el aviso della, y luego envió a llamar a Cortés, que de todo estaba inocente y bien descuidado, y díjole:

-Alegraos, señor, y aparejad vuestra partida, que ya tenéis navíos en que os podréis ir.

-¿Cómo, señor?-dijo Cortés-. No es posible que tan presto se hayan hecho.

Dice:

-Sí, que en la costa están once, que agora me acaban de dar el aviso.

Fue increíble el contentamiento que Cortés recibió con aquella nueva, pensando que fuesen amigos que le venían a socorrer. Mas después, imaginando que pues a él no le avisaban, debía de ser otra cosa, diole luego el alma lo que era, y que Diego Velázquez trataba de impedir su buen camino.

De ahí a poco tuvo certificación de lo que pasaba. Sintió mucho este negocio Hernando Cortés, y pensando remediarlo con palabras, escribió a Pánfilo de Narváez, rogándole mucho no le estorbase, y que se juntase con él, pues tenía puesto el negocio en términos que con poco trabajo podían los dos hacer a Dios y a su rey un muy notable servicio. A lo cual todo Narváez no quiso dar oídos, pareciéndole que, podría fácilmente prender a Cortés

Ante todas cosas comenzó a publicar entre los indios que Cortés era traidor a su rey, fugitivo y ladrón, y que él no venía más de a cortarle la cabeza y a poner en libertad a Motezuma, porque el rey su señor estaba muy enojado del agravio que de Cortés había recibido. Por congraciarse con Motezuma envióle a decir lo mismo, y que no se dejasen vencer de un tan malvado y atrevido soldado como el que le tenía preso, que presto sería con él, y le pondría en libertad, y le volvería todo lo que aquellos ladrones le habían robado.

Destos desatinos y desvergüenzas de Narváez se enojaron mucho hartos de los que con él iban. Y aun el oidor Ayllón le puso pena de muerte de parte del rey, que no tratase el negocio tan pesadamente, porque dello se deservía Dios y el rey muy mucho, pues impedía la conversión y conquista de aquellas gentes bárbaras. Prendió por esto Narváez al oidor, y envióle a Diego Velázquez; pero él se soltó y se vino a Santo Domingo.

Fue tanta la desvergüenza y el atrevimiento de Narváez, que hizo proceso en forma contra Cortés, y por su sentencia le condenó a muerte vil, y publicó guerra contra él, como contra traidor y desobediente a su rey. De lo cual se reían harto los de la Veracruz, y aun los mismos de Narváez.

Tentó con todo esto Cortés de aplacarle con buenas razones. Escribióle una y muchas veces requiriéndole con la paz. Y cuando vio que no aprovechaban palabras, determinó irse a ver con él.

Habló a los suyos, y díjoles lo que tenía pensado. A Motezuma hízole entender que iba solamente a mandar a los que venían en la flota que no hiciesen daño ninguno en las tierras del reino de México, y que no se partiesen sin él, porque ya no tenía que hacer sino aparejar su partida. Cuando hubo de salirse para la Veracruz habló largo con Motezuma, hinchóle las orejas de viento y rogóle que estuviese allí con sus españoles, que luego daría la vuelta, no más de porque no se les atreviesen los de México.

Prometióselo ansí Motezuma, creyendo que no le engañaría, y dejando Cortés en su aposento ciento y cincuenta de los suyos, salió de México para la Veracruz, con otros docientos y cincuenta y con algunos indios de sus amigos.

Supo en el camino que Narváez estaba en Cempoallan, y diose tan buena diligencia, que llegó allá antes que Narváez le sintiese, y con pérdida de solos dos de los suyos, le prendió y le hizo llevar a muy buen recaudo a la Veracruz.

Pasáronse luego a Cortés todos los que con Narváez habían venido, sin mucha dificultad, porque los más dellos le seguían de mala gana. De suerte que pensando Cortés que venía a donde se había de perder, quiso Dios que hallase amigos. Ansí volvió a México victorioso y muy bien acompañado, tanto, que se halló con mil hombres de guerra y con cien caballos.

Supo en el camino que los indios de México se habían alzado contra los que allá quedaron, y que si no fuera por Motezuma los hubieran ya muerto, y diose grandísima priesa.

Santa María y Santiago defienden los españoles de México.

Llegó a México, día de San Juan de junio del año de veinte. Halló el pueblo sosegado; pero no le salieron a recibir, ni le hicieron fiesta alguna.

Holgóse Motezuma con su llegada; pero mucho más se holgaron los suyos con verle tan bien acompañado. Contáronle los trabajos que habían pasado, y afirmaban, y es cosa de creer, que habían muchas veces visto a Santiago y a Nuestra Señora que peleaban por ellos. Y los indios decían que no se podían defender de una mujer y de uno de un caballo blanco, y que la mujer los cegaba con polvo que les echaba sobre los ojos.

Otro día después de llegado, por ciertas palabras injuriosas que Cortés dijo a un indio, porque no hacían el mercado como solían, vino a revolverse casi toda la ciudad. Dende entonces se le desvergonzaron, y se comenzó entre ellos una crudelísima guerra. El primero día que se peleó, mataron los mejicanos cuatro españoles, y otro adelante hirieron muchos, y cada día les daban cruel arma, que no los dejaban sosegar un momento.

Una vez fue tan recio el combate que dieron a la casa del aposento de los españoles, que no tuvo Cortés otro remedio sino hacer a Motezuma que se subiese a una torre alta y les mandase que dejasen las armas. Hízolo de buena gana, y fue su desgracia, que se asomó a una ventana a tiempo que acudieron muchas piedras juntas; y acertáronle con una en la cabeza, tan de veras, que dentro de tercero día murió de la herida.

Así acabó desastradamente aquel poderoso y riquísimo rey. Era Motezuma un hombre de mediana estatura, flaco y muy moreno. Traía el cabello largo, y unas poquitas de barbas de ocho o diez pelillos, largos como un jeme. Fue muy justiciero siempre, pero de su condición muy apacible, cuerdo, gracioso y bien hablado. Motezuma, en aquella lengua, quiere decir hombre sañudo y grave.

Sería nunca acabar de decir la majestad de su casa y servicio. Mudaba cada día cuatro vestidos, y nunca se ponía uno dos veces, y por eso tenía tantos que dar a todos. Comía siempre con música y con grande aparato; servíanle veinte mujeres a la mesa, y cuatrocientos pajes, todos hijos de señores. Comía y bebía ordinariamente en barro, si bien tenía riquísima vajilla de oro y plata; no se servía con ella, porque tienen por bajeza comer ni beber dos veces en un vaso. Cuando se sacrificaban hombres, servíanle a la mesa uno o dos platos de aquella carne. De otra manera jamás comía carne humana.

Los regalos, riquezas, entretenimientos y fausto deste príncipe bárbaro son increíbles y sería largo contarlos. Las casas del rey, y otras, algunas de señores, eran riquísimas, bien edificadas; todas las demás de México, que pasaban cuando Cortés entró en ella de sesenta mil, eran harto viles, y ninguna tenía ventana, ni sobrado, ni aun puertas que se cerrasen.

El asiento de la ciudad es como el de Venecia. Tenía entonces unas calles todas de agua, otras todas de tierra, y otras de tierra y agua por mitad; agora ya son todas de tierra. No bebían de la laguna dulce, aunque no es mala el agua, sino de una fuente que traen de bien cerca por un caño. Agora los españoles han hecho otro. Tienen de cerco las lagunas entrambas, al pie de treinta leguas, y hay en ellas cincuenta pueblos, alguno tan grande como México, como es Tezcuco, y el que menos, tiene cinco mil vecinos. Andan en el agua pasadas de docientas mil barquillas y canoas. Tenían en México dos mil dioses, y los dos dellos principalísimos. Las abominaciones y crueldades que hacían por contentar a estos dioses sería largo quererlas contar. El engaño en que el diablo los traía metidos, no se puede creer. Los pecados principales que hacían eran sacrificar hombres y comerlos, aunque no sacrificaban ni comían sino de los hombres que cautivaban en la guerra. Eran viciosos de la sensualidad; pero sábese que tenían leyes con que castigaban el adulterio y la sodomía.

Muerto Motezuma, y sin bautizarse, que fue no pequeña lástima para todos, fue grandísimo el daño que a los nuestros se les siguió, porque si él viviera todo se remediara. Los indios no sintieron mucho su muerte, porque ya estaban descontentos de él, por el favor grande que había hecho a los españoles, y por la pusilanimidad con qué se dejó prender de ellos. Hicieron luego su rey a Cuautimocin, sobrino de Motezuma Cin. Esta palabra Cin, es entre indios, lo mismo que acá el don, que usan los señores y caballeros. Este Cuautimocin dio a los españoles cruelísima guerra, y jamás les quiso conceder dos días de tregua.

Guerra cruel que se hacían en México españoles y indios. -Milagro en una batalla de docientos mil indios. -Valerosa hazaña de Cortés.

Pasaron entre ellos y Cuautimocin grandes reencuentros y peleas, hasta que Cortés perdió la esperanza de poderse tener en México, y determinó salirse della. Lo cual él hizo con tanto peligro y trabajo, que de sietecientos mil ducados y más que tenía allegados, no pudo sacar casi nada.

Salióse Cortés una noche, que fue a diez días de julio del mismo año de veinte. Sintiéronle los indios, y salieron en su alcance, y murieron cuatrocientos y cincuenta españoles, cuatro mil indios amigos, y entre ellos también Cacamac y su hijo, que iban presos. Y lo que más sintieron fue que les mataron cuarenta y seis caballos, y si como no salieron los indios de la laguna, salieran, sin duda ninguna pereciera Cortés y todos sus compañeros en aquella triste noche. Pero no quiso Nuestro Señor que se acabase tan desdichadamente una empresa tan loable y santa como aquélla.

Otro día llegó Cortés a Otompan con grandísimo trabajo, porque siempre los indios le iban dando alcance, y acaeció un milagro que cierto mostró Nuestro Señor querer ayudarle visiblemente, porque llegando ya junto a Otompan acudieron sobre él pasados de docientos mil indios, y le tomaron en medio, de tal manera, que no había remedio aún de huir, cuando lo quisiera hacer. Cuando ya se vio en lo último de la desesperación, como quien quería morir con algún consuelo, apretó las piernas al caballo, llamando a Dios y a San Pedro, su abogado, y rompió por todos sus enemigos hasta llegar al estandarte real de México: dio dos lanzadas al alférez o capitán que le llevaba. En cayendo éste, comenzaron todos los suyos a huir, que tal era la costumbre de aquella gente, no pelear más en viendo caído el estandarte, y en un momento no pareció indio, pues todos se fueron huyendo, y los españoles cobraron nuevo ánimo y mataron infinitos dellos. Éste fue un hecho el más notable que de ningún capitán creo yo se puede contar ni jamás aconteció. Y tanto es más de loar Cortés de valiente en este riguroso trance, al tiempo que menos salud tenía ni esperanza della, cuando le acometió, porque iba herido muy mal en la cabeza y con un casco della menos.

Esta señalada vitoria fue parte para que tornasen las cosas de Cortés algo mejores, porque de tierra de Tlaxcallan le salieron a recibir cuatro señores principales, con cincuenta mil hombres muy bien en orden. El principal de ellos era Maxisca, su buen amigo, el cual llevó a Cortés a su ciudad y le hizo curar y regalar muy bien.

Y porque Xicontencalt puso en plática que matasen a los españoles, le echó Maxisca por las gradas del templo abajo.

Reconoce Cortés la gente y armas que tiene. -Ordenanzas que les dio para bien vivir.

Estándose curando Cortés en Tlaxcallan, cuando él menos pensaba fueron a él todos los suyos bien alterados y con determinación de dejarle. Hiciéronle un requirimiento de parte del rey, pidiéndole que los sacase de aquella tierra.

Grandísima congoja le dio este motín a Cortés, pero él supo decirles tan buenas razones, persuadiéndoles a que se asegurasen, que todos mudaron parecer y se ofrecieron de morir con él donde quiera que los llevase. Luego, en sanando Cortés, comenzó a hacer guerra a los vasallos de México, y primero a los de Tepeacac, ciudad allí cerca. Diole Maxisca cuarenta mil hombres, y con ellos concluyó a favor la guerra en veinte días, y aquella ciudad se rindió al servicio del Emperador. Hízolos a todos esclavos, y derribóles los ídolos. Fundó allí cerca una villa, y llamóla Segura de la Frontera. Juntáronse con esto Cololla y Huexocinco, que le sirvieron y ayudaron fidelísimamente hasta en el fin de la guerra. Vinosele luego a rendir Hucocolla, pueblo de cinco mil casas, rogándole que los sacase de la servidumbre de los de Cullua. Fue con cien mil hombres allá, y libróla del cerco que la tenían puesto los capitanes de Cuautimoc, y puso la ciudad en servicio del Emperador. Y lo mismo hizo de Opocacima y de Izcuezan.

Vinieron a esta fama a darse por sus amigos ocho pueblos de cuarenta leguas de Tlaxcallan, porque con sólo su nombre se persuadían ya todos que podrían fácilmente salir de la servidumbre de México.

Volvióse Cortés con estas vitorias a Tlaxcallan, por tener en ella la Navidad. Y halló muerto a Maxisca, que no fue pequeña pérdida. Hizo por él grandísimo sentimiento, y púsose luto. Murió Maxisca de una pestilencia de viruelas, que llevó allá un negro de Pánfilo de Narváez, de que murieron infinitas gentes.

Hizo luego Cortés reconocer por señor en lugar de Maxisca, a un hijuelo suyo, de doce años.

El segundo día de Pascua de Navidad hizo alarde y reseña de su gente, y halló cuarenta hombres de a caballo, quinientos y cincuenta infantes y nueve tiros con harta pólvora. Y para que no se enfriasen los amigos, ni sus españoles, echó luego fama que quería ir a cercar a México, con determinación de no alzarse della hasta destruirla, cosa que dio a los indios grandísimo contento, porque no deseaban otra cosa sino verse vengados de aquella ciudad que los tenía tiranizados.

Hizo a los suyos una larga plática, poniéndoles delante lo que otras veces, y rogándoles que, pues habían comenzado a publicar entre aquellos bárbaros la fe de Cristo, Nuestro Señor, no desmayasen hasta que de todo punto hubiesen extirpado la idolatría y las abominaciones con que Nuestro Señor era tan deservido en aquellas tan ricas tierras. Porque demás del premio que de Dios habrían en el cielo, se les había de seguir en este mundo grandísima honra y riquezas inestimables y descanso para la vejez. Mostráronle todos gran voluntad, y ofreciéndole las vidas cuanto tenían, rogáronle les dijese lo que quería dellos que hiciesen. Replicóles que les rogaba infinito se acordasen que eran cristianos, y que pues traían entre manos oficio de predicadores, viviesen como tales, y que pues habían de ser juntamente soldados, que también lo fuesen cuales convenía. Para esto sacó del seno ciertas ordenanzas, que le pareció que debían guardar. Primeramente, que ninguno blasfemase ni jurase el nombre de Dios en vano. Que ningún español riñese con otro, que no jugasen las armas ni el caballo. Que nadie fuese osado a hacer fuerza a mujer ninguna. Que ninguno corriese el campo, ni robase, ni tomase lo ajeno de amigo ni enemigo, sin acuerdo de todos. Que a los indios amigos tratasen bien de obra y de palabra, y que nadie diese herida ni palo, ni otro castigo a indio ninguno de los de carga.

Todas eran cosas santísimas y de buen cristiano y capitán. Hizo después otro razonamiento largo a los indios, y todos le ofrecieron sus vidas y haciendas para la guerra de México.

Sitia Cortés a México. -Gánase México a 13 de agosto, año 1521. -Murieron cien mil indios enemigos. -Visiones que precedieron la pérdida de México.

Mandó luego labrar trece bergantines, para echarlos en la laguna de México y cercarla por agua y por tierra. En estos bergantines estuvo toda la importancia de la conquista de México, y si por ellos no fuera, no fuera posible ganarse. No se detuvo más Cortés en Tlaxcallan de cuanto se tardó en labrar la madera de ellos. Salió de Tlaxcallan en nombre de Dios día señalado de los Inocentes del año de mil y quinientos y veinte y uno. No quiso llevar consigo más de veinte mil hombres de guerra, si bien pudiera llevar pasados de ochenta mil. Fue con tan buen pie, que sin acontecerle desmán alguno, ganó toda la tierra, hasta tomar a Tezcuco. Diola a don Hernando, un indio que se había bautizado y tomado su nombre porque fue él su padrino. Este don Hernando de Tezcuco fue muy buen amigo y su favor importó mucho para el buen suceso de la guerra.

Ganó tras esto a Iztacpalapan y rindiósele Otompan, y otros cinco pueblos allí cerca. No se ponía en todo este tiempo cerco sobre México porque aún no era llegada la madera de los bergantines, que venían de Tlaxcallan, y la traían ocho mil indios de carga con veinte mil de guerra para su defensa, y dos mil de servicio para los unos y los otros.

Finalmente, por abreviar, que ya es tiempo, después de haber diversas veces requerido con la paz al rey Cuautimoc, se vino a poner de propósito el cerco sobre la gran ciudad de México, Tenustitlan o Temixitan, en el cual pasaron cosas notables, y ansí de una parte como de otra se hicieron hazañas maravillosas, que sería largo quererlas yo aquí contar.

El cerco fue largo, que duró tres meses enteros; los de dentro se defendieron valerosamente, tanto que se les fue ganando la ciudad por miembros y barrios, como quien destroza un árbol, hasta dejarlos arrinconados en el corazón della, y jamás quisieron arrostrar a pedir misericordia, ni perdieron el ánimo, antes sufrieron hambre y necesidades tan grandes, como otros saguntinos o numantinos.

Hicieron Cortés y los suyos cosas que no se pueden creer. Vencieron dificultades con tanto loor, que no sé yo que en cerco alguno se haya pasado más trabajo que en éste, ni aun que gente alguna cercada supiera defender mejor, ni con más porfía su capa, que los mejicanos. Pero al fin, Dios nuestro Señor, cuyo negocio allí se hacía, puso su mano en esto, y fue servido que cesase ya en aquellas tierras la idolatría, y puso en poder de sus cristianos aquella gran ciudad, con que se allanó después toda la tierra, y se hizo la mayor conversión de indios infieles, bárbaros, idólatras y poseídos del demonio, de cuantas en mil y quinientos y veinte años, que atrás dejamos, se habían hecho.

Acabóse de ganar esta gran ciudad, prendiendo a Cuautimoc, a quien después quemó Cortés, porque se quiso rebelar, martes día de San Hipólito, a 13 de agosto del mismo año de 21. Vino a tener sobre ella Cortés docientos mil hombres, sin sus españoles, que nunca llegaron a mil, trece bergantines y seis mil canoas. Perdió de su parte cincuenta españoles, más de los cuarenta murieron en un día, y los sacrificaron y comieron los indios. Perdió más seis caballos, y muy pocos de los indios amigos.

De los enemigos mató de cien mil arriba, sin otros infinitos que mató la hambre y pestilencia, que les sobrevino de la hediondez de los cuerpos muertos. En el saco de esta ciudad hubo para hartar la codicia de los españoles infinito oro, y cosas de gran precio.

Muchas señales y pronósticos se cuentan que precedieron a esta insigne vitoria; particularmente dicen que se vieron batallas de gente en el aire, y que estando llorando amargamente un indio, que le querían sacrificar, vio uno como ángel, que debía serlo, que le dijo: - «No llores, hermano, y di a esos sacerdotes que te quieren sacrificar, que presto se acabarán sus sacrificios.» Éstas y otras cosas semejantes suelen acontecer siempre en las caídas y mudanzas de los grandes imperios, cual lo era éste de México.

No quieren indios médicos ni juristas. -Pueblos rebeldes. -Grandeza de México. -Notable conversión de los indios.

De lo que en esta guerra se ganó, se envió a Su Majestad un presente que le valió ciento y cincuenta mil ducados y más. Con él escribieron los españoles al Emperador grandes loores de Cortés, pero no tantos como él merecía. Suplicáronle les enviase obispos y religiosos para predicar y convertir indios, y algún cosmógrafo, que viese la mucha y muy rica tierra que habían ganado para Su Majestad, teniendo por bien que se llamase la Nueva España, que así se llama al presente, y que mandase pasar allá labradores, ganados, plantas, semillas y todo género de legumbres, y sobre todo trigo, que allá no tenían sino maíz. Y que no dejase pasar tornadizos, médicos, ni letrados, y no creo que erraban, y fuera bien si se hiciera.

Vinieron luego a dar la obediencia a Cortés por el rey de Castilla todos los reyes, caciques y grandes señores del imperio mejicano, de docientas y trecientas leguas de allí, aunque no faltaron algunos pueblos que estuvieron duros, y fue menester conquistarlos y allanarlos por fuerza, y con harta dificultad, como fueron Toctepec y Guazacualco. Pobláronse Medellín y la villa de Espíritu Santo.

Envió luego Cortés a descubrir la tierra, hasta topar con el otro mar, que llaman del Sur, adonde se pusieron cruces, y se tomó posesión por el Emperador. Comenzóse de propósito la conversión de los indios, y bautizáronse muchos de los caciques, y tras ellos, de la otra gente. Púsose gran diligencia en la reedificación de México, y en pocos días se hicieron ciento y cincuenta mil casas, no muy buenas, pero mucho mejores que las solían tener; señaladamente Cortés labró para sí una muy hermosa casa. No quedó calle ninguna de agua como antes. Con esto quedó tal México, que afirman ser hoy la mejor ciudad del mundo y la mayor.

Diosele a Cortés en pago de estos trabajos y de otros grandes servicios, el título y nombre de marqués del Valle. Y a juicio de muchos, si Gonzalo Hernández, tres años antes, no hubiera ganado y tomado para sí el renombre de Gran Capitán, bien se le pudiera dar a Cortés, pues no fueron menores sus hazañas que las de otros que han llevado y usurpado títulos y renombres semejantes.

Está hoy México ennoblecida extrañamente con la Chancillería Real y estudio general y con la contratación que en ella hay de todas las cosas necesarias para sustentar y aun regalar la vida humana.

Acudieron luego a la Nueva España, tras la fama de Cortés y de la riqueza de la tierra, muchos españoles de acá y de los que estaban allá en las islas, con los cuales se continuó la conquista, y se pusieron en servicio del Emperador más tierras y gentes que lo que es España, Francia, Italia y aún Alemaña; porque son más de cuatrocientas leguas en largo, que no hay tantas de aquí a Hungría. De suerte que por la buena industria deste famosísimo capitán, creció la cristiandad otro tanto más de lo que antes solía tener. Y cuanto por una parte nos habían ganado della los moros y turcos en muchos años, tanto ganó Cortés al demonio en tres o cuatro.

Escribió Cortés al Emperador la relación de sus vitorias, y al general de San Francisco, rogándole que le enviase frailes de su Orden para entender en la conversión. Fue luego fray Martín, natural de Valencia de Campos, con doce frailes, y él y ellos hicieron allá muchos milagros. Honrólos Cortés tanto, por dar ejemplo a los indios, que jamás hablaba con ellos sino con la una rodilla en tierra, y el bonete en la mano, y siempre les besaba la ropa antes de comenzar a hablarles. Entonces se comenzaron a bautizar los indios a gran priesa, y fraile hubo que bautizó en un día a quince mil indios, y otro dio por fe que había bautizado en veces cuatrocientos mil dellos.

De todos los sacramentos, ninguno se les hizo tan duro que no le recibiesen de buena gana. En el confesar estuvieron algo más dudosos; pero luego, en cayendo en la cuenta, le tomaron bien. No los osaron comulgar tan aína por el peligro. Casábanse dos mil juntos.

Desapareció luego el demonio, que nunca más le vieron, y solíanle ver y hablar cada hora. Finalmente, son ya todos cristianos, y hay dellos muchos virtuosos y letrados, cosa que no solía haber.

Introdújose luego entre ellos vida política. Dioseles aviso de muchas cosas que no sabían ni tenían necesarias a la vida humana; y sobre todo salieron del yugo cruel del demonio, que se holgaba con ver que se sacrificaban a él.

Tal fue la gloria de España y el favor que Dios les hizo, pues con quinientos hombrecillos quebrantó la cabeza de Satanás y sojuzgó millares de millares de gentes y las trajo a conocimiento de la verdad; y a Cortés, muchas gracias, que tanto trabajó.

Lo demás de sus hechos y de las particularidades de aquella tierra escriben particulares autores en sus historias, que hay hartas, y en ésta he dicho en relación lo mismo que otros dicen, y lo que basta para cumplimiento desta historia de Carlos V. En cuyo nombre, y por cuya dicha y (lo más cierto) virtud, se ganaron tantas y tan ricas tierras con las que después se han descubierto, donde ya hay la policía, la cristiandad y nobleza de caballeros que en Castilla, y va cada día en aumento.

Nueva población de españoles en el reino de México.

Habiendo sido estas tierras habitadas por las gentes más bárbaras y bestiales del mundo, están agora pobladas de la mejor dél, y de hijos y decendientes de las casas ilustres y generosas de España y solares muy antiguos de Castilla. Decir de todos, y de los hechos dignos de memoria que han hecho, descubriendo y conquistando anchísimas y muy remotas tierras, sería cargar esta historia y salir demasiado del propósito della; pero por ser yo su dueño se me dará licencia sin que nadie se ofenda para decir brevemente de los que me tocan.

Son ya vecinos ciudadanos de México don Luis de Velasco, virrey que fue de esta ciudad y Nueva España; y asimismo su hijo, don Luis, que también fue virrey, y después del Pirú, notable caballero, amparo y defensor de los tristes indios. En cuya casa sucedió don Francisco de Velasco, su hijo, deudos tan cercanos y derechos de la casa del condestable, que ninguno más propinco en Castilla, de los cuales tengo dicho lo que supe. Pasaron a la Nueva España don Pedro de Tovar y don Álvaro de Tovar, su hermano, hijos de don Hernando de Tovar, señor de la Tierra de la Reina en las montañas de León, que aquí he nombrado, y don Diego de Guevara, primo hermano destos dos caballeros, y hermano de don Josepe de Guevara, señor de Escalante y Triceño, virrey que fue de Navarra y un gran caballero en Castilla: cuya casa es tan noble y antigua en las montañas de Burgos que ninguna más; con dos títulos, uno de marqués de Rucandio y otro de conde de Tahalu, con otros privilegios de mucha grandeza. Y estos tres primeros hermanos fueron bisnietos del marqués de Denia, don Diego de Sandoval, a los cuales en aquellas partes ha dado Dios tan larga generación, que en la ciudad de México y fuera de ella hay principales casas y monasterios que han fundado. De que México se puede estimar, y preciar sus ciudadanos, como la mejor ciudad de España.

Libro quinto

Comunidades de Castilla. -Por qué pongo los tantos de las cartas originales.

En este libro he de tratar los levantamientos, que comúnmente llaman Comunidades, que desde el año de 1519 hasta el de 1522 podemos decir que duraron en España. Materia, por cierto, lastimosa, y que yo quisiera harto pasar en silencio por tocar a algunas casas ilustres, ciudades y villas cabezas destos reinos, que nunca desirvieron a sus reyes, antes les fueron muy leales. Ni entiendo yo que ellos pensaban que le deservían, sino que le sacaban de una opresión en que sus privados le tenían. Y consta claro en que siempre apellidaron por su rey, y que no se fuese del reino, que le querían ver y gozar de su real presencia; lo cual no pidieran si quisieran deservirle.

Veráse todo y más en el progreso desta historia y en las cartas que se escribían, que pondré aquí en la manera que las escribieron, porque así lo pide esta particular historia, materia tan peligrosa. Pues toca a la lealtad de España, de que ella tanto se precia con sus príncipes, que aún las imágines dellos ha reverenciado y respetado como a sus mismos señores que representaban.

Diré ante todas cosas el fundamento o razón que los castellanos tenían para quejarse sacado de los que lo vieron y escribieron con mucho acuerdo, respeto y temor de Dios y sin ninguna pasión.

Fundamento que tuvieron los castellanos para enojarse y alterarse.

La privanza de monsieur de Xevres era tanta, que más parecía ser Xevres el rey, y el rey su hijo, que no ser Xevres vasallo y criado como lo era. No había puerta ni oído en el rey, más de para quien Xevres quería. Lo que se despachaba bien, decía Xevres que él lo hacía, y para sí solo quería el agradecimiento; lo que salía mal cargábalo al rey, y que el rey lo había querido así. Y a la verdad ésta fue la primera ocasión por donde el inocente príncipe comenzó a ser malquisto.

Visto he un memorial que destas cosas escribió un caballero contino de la casa real, que como testigo de vista las dice, y dice que como el rey era mozo y sabía poco de negocios, no consentía Xevres que le hablase nadie sin saber primero lo que quería decir, por poner al rey en lo que había de responder. Y si no se lo querían decir primero a Xevres no se les daba audiencia ni entrada. Así lo hicieron con los que envió Toledo y con otros procuradores de ciudades, y dice:

A la verdad, en aquel tiempo estuvieron todos los castellanos muy desfavorecidos y no tratados como sus servicios y los de sus antepasados merecían.

Hallaron los flamencos los ánimos de los españoles bien dispuestos para todo mal, con mucha ambición y poca amistad entre sí; porque unos eran de la devoción del rey don Fernando el Católico, otros del rey don Felipe el Hermoso; que fueron una manera de bandos que en los ánimos de muchos duraron días.

Era segundo privado del Emperador su gran chanciller Mercurino Gatinara; y como ni el reinar ni el privar con los reyes sufre compañía ni igualdad, no se podían ver Xevres y el chanciller; que cada uno dellos presumía tanto, que a solas quería mandar y más que el otro. Éstos se hicieron cabezas de los dos bandos y los enconaron más de lo que estaban. Xevres favorecía a los que eran del rey don Fernando, y el chanciller, a los del rey don Felipe. Y todo era, como dicen, mal para el cántaro, que la triste España lo padecía.

Xevres vendía cuanto podía: mercedes, oficios, obispados, dignidades; el chanciller, los corregimientos y otros oficios. De manera que faltaba la justicia y sobraba la avaricia. Sólo el dinero era el poderoso y que se pesaba; que méritos no se conocían. Todo se vendía, como en los tiempos de Caterina en Roma.

Estaban encarnizados los flamencos en el oro fino y plata virgen que de las Indias venía, y los pobres españoles, ciegos en darlo por sus pretensiones. Que era común proverbio llamar el flamenco al español mi indio. Y decían la verdad, porque los indios no daban tanto oro a los españoles como los españoles a los flamencos. Y llegó a tanta rotura y publicidad, que se cantaba por las calles:

Doblón de a dos, norabuena estedes,

Pues con vos no topó Xevres.


De un pretendiente se dice que dio a Xevres un hermoso macho, y preguntándole otro dónde había habido tan gentil bestia, dijo que no sabía quién se lo había dado. Y como estuviese presente el que se le dio, doliéndose de la poca memoria que de él tenía, hizo pregonar su macho por perdido, dando las señas y de los aderezos que tenía. Y oyéndolo el caballero que a Xevres había preguntado, dijo: «Según las señas deste pregón, hurtado es este macho.»

Desta manera cobró el pobre pretendiente lo que había dado, y no lo perdió todo, como suelen los que desto tratan; que no hay memoria más flaca que la de un avariento poderoso que digiere el oro con mayor facilidad que la avestruz el hierro.

Y dice otro que lo vio, que no había moneda en todo el reino sinon tarjas, porque la mejor se llevaba monsieur de Xevres. Que vos diré sin lo que llevaron a Flandes por el puerto de Barcelona 750 cuentos, e por la Coroña 950 cuentos, e por otra parte 800 cuentos. Por manera que pasan de dos millones e quinientos cuentos de oro, que es para ser el más poderoso e rico rey con ello. Pues considerad con tal saca qué tal quedaría Castilla.

Demás desto, tenían los flamencos en tan poco a los españoles, que los trataban como a esclavos, y los mandaban como a unas bestias, y les entraban las casas, tomaban las mujeres, robaban la hacienda y no había justicia para ellos. Sucedió que un castellano mató a un flamenco en Valladolid; acogióse a la Madalena. Entraron tras él los flamencos, y en la misma iglesia le mataron a puñaladas y se salieron con ello, sin que hubiese justicia ni castigo.

Estaba el rey sumamente aborrecido, porque no le trataban ni comunicaban, ni conocían, ni Xevres dejaba que nadie le hablase; y si daba audiencia, estaba Xevres presente, y como no entendía bien la lengua española, era como si no le hablaran. De aquí vino a cobrar muy mala opinión. Teníanle por poco entendido, mal acondicionado. Llamábanle tudesco, enemigo de españoles, y decían que tenía falta de juicio y sin talento para gobernar: y aún le duró algunos días esta opinión, de que en esto se parecía a su madre. Unos decían que siendo tales sus condiciones, acertaba Xevres en no dejar que le viesen ni tratasen; otros que hablaban al rey juraban y porfiaban que era muy cuerdo; que no tenía la culpa destos daños, sino sus privados, y que no era maravilla que se gobernase por ellos, pues era niño y no sabía la tierra, ni conocía la gente.

Mucho deben mirar los que con los reyes pueden en quitar ocasiones de murmuración y envidia, considerando que los reyes son para todos como el sol que nos alumbra.

Estas pláticas andaban en toda Castilla, antes que pensasen en la partida del rey y Emperador como se verá en las cartas que las ciudades se escribían. Mas agora, como supieron la determinación del rey en irse, y que quería tener Cortes para pedir dineros, acabóse de todo punto la paciencia.

Por manera que tres fueron las causas principales de las alteraciones. Ver salir al rey del reino, por estar acostumbrados a tener sus reyes en España; y cuando el rey don Alonso el Sabio salió della con codicia del Imperio, perdió el reino, y hubo comunidades, no entre gente común, sino entre príncipes y reyes. La segunda, que se daban los oficios y beneficios a extranjeros. La tercera fue gritar que se sacaba el dinero de España en gran suma para reinos extraños. Y podemos añadir la cuarta: que alguna mala influencia reinó estos años, porque en todos ellos casi se alteraron en Castilla, en Sicilia, Cerdeña y aun Austria, haciendo en todas partes unos mismos desatinos, como si para hacerlos se hubieran concertado y hecho, como dicen. de habla. Así que las comunidades fueron por lo dicho y porque se iba el rey por el servicio; por el gobernador extranjero; por el mucho dinero que se sacaba del reino, y porque dieron la contaduría mayor a Xevres, y el arzobispado de Toledo a Guillén de Croy, y encomiendas y otros oficios a extranjeros; y sobre todo, lo que más se sintió fue la ida del rey al Imperio, y si le quisieran mal no lo sintieran.

Y fue muy notable la entereza de la perseverancia y fe de un caballero destos reinos, que se llamaba el marescal don Pedro, que dio en no jurar por rey a Carlos, que le parecía que por no haber nacido en España ni ser de la casa real de Castilla por vía de varón que no debía jurarle, y que era obligado a guardar esta fe como buen caballero, que había dado a don Juan de la Brit y a doña Catalina reina proprietaria de Navarra, y a su patria. Prendiéronle y confiscáronle los bienes, y pusiéronle en el castillo de Atienza. Y estando agora el Emperador en Valladolid, le mandó venir allí para que lo jurase, prometiéndole por ello libertad y restitución de su hacienda, y no lo quiso hacer; y así, le pusieron en el castillo de Simancas, donde acabó la vida en su porfía, ya sin remedio.

Aburridos, tomaban algunos ánimo para arrojarse a cosas muy peligrosas. La ciudad de Toledo sintía por extremo estas cosas, y sobre todo el irse el Emperador, antes de ser conocido ni visto. Y escribió a las ciudades de Castilla la carta siguiente:

Carta que escribe Toledo a las ciudades de Castilla.

«Magníficos, nobles y muy virtuosos señores. Caso que algunas veces os escribimos en particular, maravillarse han agora vuestras mercedes como escribimos a todos en general. Pero sabida la necesidad inminente que hay en el caso, y el peligro que se espera en la dilación dello, más seremos argüidos de perezosos en no lo haber hecho antes, que de importunos en hacerlo agora. Ya saben vuestras mercedes, y se acordarán, la venida del rey don Carlos, nuestro señor, en España, cuánto fue deseada, y cómo agora su partida es muy repentina; y que no menos pena nos da agora su ausencia, que entonces alegría nos dio su presencia. Como su real persona en los reinos de Aragón se ha detenido mucho, y en estos reinos de Castilla haya residido poco, ha sido gran ocasión que las cosas deste reino no hayan tomado algún asiento. Y porque yéndose como se va Su Majestad procediendo más adelante las cosas correrían peligro, parécenos, señores, si os parece, que pues a todos toca el daño, nos juntásemos todos a pensar el remedio, según parece y es notorio caso que en muchas cosas particulares haya, señores, extrema necesidad de vuestro consejo, y después del consejo hay necesidad de vuestro favor y remedio. Parécenos que sobre tres cosas nos debemos juntar y platicar sobre la buena expedición dellas. Nuestros mensajeros a Su Alteza enviar, conviene a saber: suplicándole, lo primero, que no se vaya de España; lo segundo, que por ninguna manera permita sacar dinero della; lo tercero, que se remedien los oficios que están dados a extranjeros en ella. Mucho, señores, os pedimos por merced, que vista esta letra, luego nos respondan la conviene que los que vieren de ir vayan juntos y propongan juntos. Porque siendo de todo el reino la demanda, darles han mejor y con más acuerdo la respuesta. Nuestro Señor, Su Majestad y noble persona guarde.

De Toledo a 7 de noviembre 1519.»

Lo que siente el reino de la carta de Toledo.

Las palabras desta breve carta todos las dieron por buenas; mas en el tiempo que se escribieron fueron muy dañosas y escandalosas, porque las cosas del mal gobierno estaban mal recibidas, y esta carta en los corazones de unos las hizo sospechosas, y en otros ciertas. Hizo tanto daño, que todos sospechaban mayores males, y decían: Pues Toledo toma la mano, algún gran mal debe de haber en el reino.

Respondieron bien a ella, aunque Burgos no alabó el consejo de juntarse, y Granada respondió que se debía de dejar para mejor coyuntura y llevar otra forma; Salamanca y Murcia se señalaron en promesas y ofrecimientos, si bien no se resolvieron en lo de la junta, y todas escribieron que mandarían a sus procuradores, que en las Cortes se conformasen con Toledo. Sevilla no respondió sí ni no. Con estas respuestas se levantaron más los ánimos de Toledo, y Hernando de Ávalos, hermano de don Juan de Rivera, que estaba nombrado por procurador de Cortes, juntándose con Juan de Padilla se hacían cabezas desta causa, y aunque el Emperador les escribió, no bastó razón y le respondieron que entendían que le servían en esto.

Recibe el reino gran pena por la partida del -rey. -Sentimientos que se murmuraban.

Luego que se publicó por el reino la determinación de la partida del Emperador para Alemaña a la coronación, a todos comúnmente pesaba dello, por el recelo que se tenía de los inconvenientes y daños que podía causar su ausencia; y como este pesar cayó sobre las quejas y sentimientos generales que había en el reino, comenzóse a sentir y murmurar sangrientamente, diciendo que el rey estimaba en poco estos reinos: que no quería sino a Alemaña: que monsieur de Xevres había robado a España: que el rey en Burgos, siendo cabeza de Castilla, no se había detenido una semana: que Xevres no quería que se tuviesen las Cortes en Valladolid, si bien lo habían suplicado todos los grandes, y pedídolo muchos otros del reino; que don Pedro Girón había dicho al rey una recia palabra, y que había tenido por bien de sufrírsela, por no ser hombre para castigarle: que Xevres convocaba las Cortes, no para más de cargar al reino otros cuatrocientos mil ducados.

Estas cosas y otras semejantes, puestas en los ánimos del común inquietaban, y los frailes pública y libremente predicaban cómo las consentían, y que los extranjeros desfrutasen a España; y que aún no se había acabado de cobrar el servicio concedido al rey en las Cortes pasadas, y ya quería echar otro para dejar de todo punto barrido y sin sustancia el reino, y llevar su riqueza a Alemaña; y que con ser Xevres en Flandes un caballero particular, se había hecho de los hombres más ricos del mundo en Castilla.

Pide el Emperador consentimiento a Valladolid para echar repartimiento en el reino. -Valladolid se altera por el servicio que el rey pedía. -Privados de quien Castilla estaba quejosa. -Encónase en Valladolid. -Pide Valladolid encarecidamente al Emperador que no se parta. -El Emperador dice que no se excusa su jornada.

Estando el Emperador en Valladolid, y el pueblo bien alterado con estos sentimientos, mandó llamar en su palacio a la justicia, regidores y procuradores mayores, y venidos les dijo que para pasar en Alemaña a recebir la corona del Imperio, tenía necesidad de dineros; que les pedía consintiesen en que se repartiesen en Castilla, trecientos cuentos de servicio pagados en cierta forma y por cabezas, pagándolos cada pueblo según la calidad que tenía: que como en Valladolid quisiesen, así lo harían los demás lugares del reino; y que si así lo hacían, les prometía de hacerles todas las mercedes que en las Cortes sus procuradores le pidiesen.

Halláronse a esta plática el arzobispo de Santiago, el obispo Mota, el conde de Benavente, el marqués de Astorga, y Xevres, que nunca del lado del Emperador se quitaba. Pidieron los de Valladolid tiempo para responder; mas no hallaban manera de poder servir al Emperador, concediéndole lo que pedía.

Sintió el pueblo que el regimiento andaba sobre lo que el Emperador pedía. Allí fue la alteración de todos los corrillos por las calles, los conventículos, las murmuraciones, con tanta cólera, que faltó muy poco para tomar las armas contra los flamencos.

Respondió Valladolid al Emperador que Su Alteza tuviese por bien de residir en estos reinos, y que no sólo los trecientos cuentos que pedía, pero aún le servirían con mucho más, y siendo necesario, con las haciendas, y vendrían los hijos para gastar en su servicio; pero que les parecía que para irse, y quedar el reino sin su persona real y sin los dineros que pedía para llevar a reinos extraños, que no era bien, ni ellos vendrían jamás en ello, ni nunca Dios tal cosa quisiese.

Sobre esta respuesta de Valladolid hubo muchas juntas y consultas, mas no se pudo acabar con ellos otra cosa. Pero los privados del Emperador, de quien Castilla estaba muy quejosa, que eran Xevres, don García de Padilla y el maestro Mota, obispo de Badajoz, volvieron a pedir al regimiento que mirasen bien lo que Su Alteza les pedía, pues importaba tanto a su servicio, y ellos lo podían bien hacer; y la necesidad de ir a recibir la corona era forzosa, y tocaba tanto a la reputación y honra destos reinos. Que mirasen cuánto había gastado Castilla con el rey don Alonso el Sabio, cuando fue a la pretensión del Imperio a Alemaña, y cuánta más razón era hacerlo agora, y podían, pues el reino era más poderoso. Y no se iba como fue el rey don Alonso a cosa dudosa, sino ya hecha y certísima.

Apretábase bravamente esto, que en tres días solos que el Emperador estuvo en Valladolid, no hacían otra cosa de día y de noche sino salir de las casas del regimiento los caballeros y regidores y procuradores de la villa, con el obispo Mota, que de parte del Emperador iba y venía a les rogar que hiciesen lo que se les había pedido. El obispo de Osma don Alonso Enríquez y algunos del regimiento fueron de parecer que se le concediese al Emperador lo que pedía. Otros estuvieron recios en que no; a los cuales echaron fuera del regimiento, tratándolos mal de palabra, llamándolos desleales y desobedientes y otras injurias.

Y como el común de la villa sabía esto, encendíase el furor bravamente, y se decían palabras muy pesadas, con sobrada cólera, y libres.

En el tercero día de los que aquí estuvo el Emperador, se publicó en la villa que el regimiento había consentido y firmado lo que el Emperador pedía. El pueblo daba voces que no se había de sufrir. Supo el Emperador lo que en el lugar pasaba, y recibió mucho enojo, y mandó luego aparejar para partirse, y dicen que dijo que no quería más que aquel consentimiento y firmas que algunos regidores habían dado; que de los demás que no habían querido venir en ello, él tomaría la enmienda a su tiempo.

Si bien se aparejaba la jornada con tanta priesa, aún no creían en el lugar que el Emperador se iría, porque le suplicaban instantemente de parte de la villa, y de otras muchas ciudades de Castilla, que siquiera se detuviese algo, y no fuese tan acelerada su partida, temiendo lo que después sucedió. El Emperador les respondió bien, agradeciéndoles su buen deseo, pero que convenía partirse sin dilación, para bien y acrecentamiento de estos reinos, y prometía que en recibiendo la corona volvería luego, a lo más largo dentro de tres años.

No satisfizo esto a los caballeros del reino, ni a las ciudades; ni al común de Valladolid, que andaba alterado demasiadamente.

Movimientos de Toledo. -Toledo pedía que se juntasen. -Valladolid dice que no conviene, que son contra derecho tales juntas. -Cuerdo consejo que Valladolid daba a Toledo. -Caballeros de Toledo que comenzaban a sentir mal del gobierno del reino. -Lo que acuerda Toledo sobre la junta. -Flojedad del corregidor de Toledo, aunque leal y bien intencionado. -Discordia en el ayuntamiento de Toledo sobre la eleción de procuradores. -Don Juan de Silva cae en desgracia del común. -Escribe el Emperador al corregidor y a otros caballeros de Toledo. -Lo que suplicaba Toledo al rey.

Antes de pasar adelante será bien digamos lo que hacía Toledo en este tiempo. Vimos la carta que escribió el año pasado de 1519 a las ciudades del reino. En 8 de junio deste año 1520 escribió otra a Valladolid, refiriendo lo que en la primera; la necesidad grande en que la ausencia del rey había puesto a estos reinos, y los grandes inconvenientes que a causa de ella se esperaban. Que convenía juntarse todas las ciudades del reino a platicar y conferir cosas tan graves. Que mirasen en la forma que se habían de juntar y adónde. Que se conformarían con Valladolid, y que Valladolid lo tratase con las ciudades y villas comarcanas. Que Toledo lo pondría luego por obra, porque estaba y estaría siempre al servicio de Su Alteza y bien de los reinos y república dellos. Valladolid respondió en 15 de junio, que de muy buena gana hicieran esta junta, y que estaban ciertos del celo y voluntad que Toledo tiene al servicio de los reyes y bien común, si les pareciera que justa y honestamente se pudiera hacer, porque estos ayuntamientos son prohibidos y vedados por derecho y por leyes destos reinos, sin licencia de Su Majestad; y si bien no fuesen vedados, en tal tiempo no serían honestos por la ausencia de Su Alteza y por el escándalo que dello se podría recrecer, mayormente estando en estos reinos gobernador por Su Majestad una tal persona; y ansimismo el presidente y los del Consejo, con quien ellos y las otras ciudades destos reinos podían comunicar cualquier cosa que les pareciese tener necesidad de proveerse.

Y concluye Valladolid:

«Así suplicamos a vuestras mercedes que les plega, que estos ayuntamientos cesen, que por lo que os deseamos servir nos pesaría mucho que de esa ciudad naciese materia de escándalo. Porque todo lo que de allí renaciese se imputaría y cargaría a los que allí se juntasen. Y si a vuestras mercedes parece que hay alguna necesidad de proveer y remediar algunas cosas tocantes a estos reinos o a esa ciudad, mande enviar sus mensajeros o procuradores ante el gobernador y los del Consejo, que nosotros les procuraremos seguro para su venida, estada y vuelta. El cual creemos que el gobernador les dará luego, y nos juntaremos con ellos en todo lo que fuere justo. Y porque creemos, según su mucha prudencia e virtud, recibirán nuestra intención con el celo que se lo decimos, no alargamos en esta más, sino que guarde Nuestro Señor, etc.»

Crecían cada día los tratos, los sentimientos, y más viendo lo que el Emperador pedía y la determinación en su partida. Los principales que en Toledo con muestras de mayor celo del bien común se declararon, eran Juan de Padilla y don Pedro Laso de la Vega, hijo de don Garcilaso de la Vega, comendador mayor de León, y Hernando de Ávalos, todos caballeros de muy ilustre sangre y emparentados con los grandes de España. Estos caballeros, que eran regidores en las juntas y ayuntamientos que la ciudad tenía, acriminaban mucho el gobierno que había por mano de extranjeros; el estado miserable en que estaba el reino; la partida del rey, y finalmente todo lo que Toledo escribió en aquella carta y otras muchas cosas que con nuevas ocasiones se fueron añadiendo, exagerándolas y encareciéndolas más de lo que convenía en sus ayuntamientos; y que a Toledo por su grandeza y haber sido cabeza de España en tiempo de los godos, convenía buscar y procurar el remedio de tantos daños.

El que parecía más conveniente era que se escribiese a todas las ciudades del reino que suelen tener voto en las Cortes, para que se juntasen en algún lugar señalado para tratar del remedio. Que se había de enviar a suplicar al rey que no se ausentase destos reinos, y pusiese remedio y orden en las cosas; que no haciéndolo así, que el reino entendiese en ponerlo y mirase por el bien común de todos. Éstas y otras cosas se propusieron aquel día. Y como tenían aparencia de bien público y de él había tanta necesidad en el reino, a la mayor parte del ayuntamiento agradaron y pareció que convenía hacerlo así.

Pero no faltaron algunos, si bien fueron los menos, que temieron que, comenzadas estas cosas, si bien fuesen con color del bien común, habían de ser causa de grandes males, y que no era acertado quererse juntar y convocar las ciudades sin licencia y autoridad real. Antonio Álvarez de Toledo, caballero muy antiguo desta ciudad, señor de Cedillo, con otros de su parcialidad, fueron deste parecer, o por lo que deseaban servir al rey, o porque andaban desavenidos de los demás (que estos bandos dañaron infinito en todas partes); o porque como prudentes y no apasionados miraban con mejores ojos el peligro que en la junta de ciudades sin autoridad de su rey había. Y éstos fueron de voto y parecer que no se escribiese a las ciudades ni se hiciese junta pública ni particular. Y que si había necesidad de que algunas cosas se emendasen, que se buscase una honesta y humilde manera como suplicarlo al Emperador. A lo cual los de la opinión contraria replicaron muchas cosas. Y así se porfió y alteraron gran pieza, y al cabo, los pocos que eran del más sano y seguro consejo, protestaron y requirieron conforme a lo que habían votado, pidiendo a la ciudad y al corregidor mirasen mucho lo que hacían, y que ellos no eran de aquel parecer que Juan de Padilla y los demás caballeros querían seguir. Y al corregidor, que era don Luis Portocarrero, conde de Palma, que estaba presente, pareció lo mismo; mas puso poco remedio en ello, quizá por estar casado con hermana de don Pedro Laso, que era de la opinión de los demás. Y a los requirimientos que le hicieron no respondió palabra; pero todavía se embarazó la resolución de manera que por aquel día no se determinaron en cosa.

Publicóse la porfía que en el ayuntamiento tuvieron los regidores, y el pueblo se alborotó y dividió en bandos y opiniones; pero la mayor parte se arrimó a la peor, cebándose el común en su pasión con título del bien de todos. Los menos, que prudentemente sentían lo contrario, avisaron luego al Emperador lo que en la ciudad pasaba, particularmente Antonio Álvarez de Toledo, que era amigo del obispo de Palencia, Mota. Llegó el aviso cuando venía de Aragón para Valladolid; mas luego, en otro ayuntamiento que los de Toledo hicieron, se pasó por ciudad con votos de la mayor parte que se escribiesen cartas a todas las ciudades destos reinos conforme a lo que el primero día se había platicado, y que al Emperador se enviasen dos regidores y dos jurados a le pedir y suplicar lo que aquí se dirá. Si bien se contradijo y requirió, lo contrario por los mismos que el día antes, no aprovechó, y se enojaron tanto entre sí, que llegaron a sacar los puñales en el ayuntamiento Juan de Padilla, que hacía la parte del común, y Antonio Álvarez de Toledo, que la contradicía como mala y peligrosa.

Fueron nombrados para ir de parte de la ciudad al Emperador, don Pedro Laso de la Vega y don Alonso Suárez de Toledo, regidores, y dos jurados, los cuales luego aderezaron su partida y se pusieron en camino.

Las cartas se escribieron para las ciudades y las enviaron; aunque antes que las recibiesen, ya en muchas dellas andaba la misma plática.

A esta sazón llegó a Toledo el llamamiento que el Emperador había mandado se hiciese para las Cortes que quería tener en Galicia. Y conforme a la costumbre que en Toledo hay, que es entrar en suertes los regidores y jurados que se hallan presentes, y han de ir un regidor y un jurado (como cayere la suerte, sea quien fuere), cupo por suertes a don Juan de Silva, regidor de Toledo, marqués que después fue de Monte-mayor, como a regidor, y al jurado Alonso de Aguirre. A los cuales, porque tenían la parte y opinión contraria, no les quiso la ciudad dar poder cumplido ni general, como el Emperador mandaba, sino especial y limitado, para ver y oír lo que el Emperador mandaba, y que dello avisasen a la ciudad para que ella les mandase lo que debían hacer, y para no otorgar servicio ni otra cosa alguna. El cual poder, don Juan de Silva no quiso aceptar, ni partir para las Cortes, esperando que le diesen el poder ordinario y bastante, y que el Emperador lo enviase a mandar así; y de tal manera se embarazó esto, que nunca se le dio el tal poder ni ellos fueron a las Cortes.

Respondió el Emperador a Antonio Álvarez de Toledo y a los demás que de Toledo le habían avisado, agradeciéndoles su fidelidad, y que se tenía por bien servido, encargándoles que perseverasen; pero que fuese con el mayor recato y cordura que pudiesen; y al corregidor conde de Palma escribió reprendiendo su tibieza y poco brío, y dándole orden de lo que había de hacer adelante. En lo cual él no acertó a tener la manera que convenía, porque era demasiado de bien acondicionado, lo que no conviene a los que gobiernan, y más en semejantes ocasiones. Por lo cual de ahí a pocos días dejó la vara, y el Emperador envió por corregidor a don Antonio de Córdoba, hermano del conde de Cabra, aunque vino a tiempo que no pudo poner remedio.

Y así, las cosas se fueron empeorando en Toledo, y creciendo los atrevimientos, haciéndose cada día grandes juntas en favor de la que ya llamaban comunidad, por orden y voluntad de Juan de Padilla y Hernando de Ávalos, que eran los que más calor y favor daban a todo.

No se fiando Toledo de los procuradores que había el regimiento nombrado, acordó de nombrar otros con poder especial para suplicar al Emperador ciertos capítulos, que se les dieron por instrución de parte de la ciudad, tocantes al bien general del reino. Fueron nombrados para ello don Pedro Laso de la Vega y don Alonso Suárez, regidores de la ciudad; y por jurados Miguel de Hita y Alonso Ortiz. Lo que estos procuradores de Toledo llevaban que suplicar al Emperador era que no saliese destos reinos, representándole los inconvenientes que podían resultar con su ausencia, porque los reinos de Castilla no podían vivir sin su rey, ni estaban acostumbrados a ser regidos por gobernadores. Que no diese oficio ni cargo en estos reinos a ningún extranjero. Que los dados se les quitasen. Que no se sacase moneda del reino para ninguna persona del mundo, porque por haberse sacado estaban tan pobres estos reinos. Que en las Cortes que agora quería tener, no pidiese servicio alguno, mayormente si se determinaba en la partida. Que las Cortes se dilatasen, y se hiciesen en Castilla, no en Santiago ni en el reino de Galicia. Que los oficios y regimientos no se diesen por dinero. Que en la inquisición se diese cierta orden como el servicio y honra de Dios se mirase, y no fuese nadie agraviado. Que las personas particulares destos reinos que estaban agraviadas, fuesen desagraviadas. Esto era lo principal que Toledo pidía, aunque como después crecieron los movimientos y atrevimientos, también crecieron las peticiones y nuevas demandas, como se verá adelante.

Alteración y desacato que hubo en Valladolid, presente el rey. -Llegan los de Toledo a Valladolid, y lo que piden en su ayuntamiento. -Responde don Hernando Enríquez a Toledo por Valladolid.

Dije la alteración en que Valladolid estaba estos días y la determinación del Emperador para partirse, yendo de camino para Tordesillas a visitar a la reina su madre.

Y como en el lugar se supo que el Emperador se quería ya partir, y aun decían que quería llevar fuera del reino a su madre, el común y vecinos lo sintieron tanto, que con sobrada pasión decían cosas muy pesadas, y los procuradores generales y los de las cuadrillas, y otros regidores, se juntaron en el monasterio de San Pablo para dar orden en otorgar el poder general a sus procuradores, para venir en el servicio que el Emperador quería pedir en las Cortes, y también para suplicar al Emperador algunas cosas de su servicio, y para le besar las manos antes de su partida. Y estando ellos en este ayuntamiento lunes por la mañana, don Pedro Laso y sus compañeros llegaron aquel mismo día a Valladolid, y se fueron a apear a San Francisco, y Alonso Ortiz que asistía en la corte los fue a visitar, y les dijo cómo el Emperador era ido a misa y que en comiendo se partiría a Tordesillas; que sería bien ir luego a palacio, que podría ser que con su llegada Su Majestad se detuviese, y los oiría.

Estando en esto, llegaron algunos vecinos de Valladolid, que supieron su venida, a les hablar y pedirles que procurasen poner remedio en los daños y agravios que el reino padecía. Allí se concertó entre ellos que la gente de la villa se apercibiese y estuviese a punto para detener al Emperador que no partiese de la villa ni saliese del reino, y que dando ellos favor, don Pedro Laso se les ofreció a juntarse con ellos a esto, y que prenderían a Xevres y algunos flamencos de los señalados del Consejo y Cámara, jurando primero los de la villa que les favorecerían en ello.

Y luego queriendo con demasiada diligencia hacer lo que su ciudad les había mandado y encomendado, antes de ir a besar las manos al Emperador, que fuera el camino más derecho, acompañándoles algunos del pueblo y procuradores de las cuadrillas, que sabiendo que eran llegados los fueron a visitar y comunicar su propósito, que era el mismo que ellos traían, fueron al monasterio de San Pablo a hablar con el regimiento y procuradores de la villa, a los cuales hicieron una plática, significando las causas de su venida, y lo que pensaban pedir en nombre de su ciudad al Emperador, justificándolo y dándoles los mejores colores que pudieron. Como verdaderamente así lo entendían, y tal fue siempre su celo, sin tener otro pensamiento, hasta que ya las cosas estaban tan adelante que no las podían remediar; y el que pudo y fue más cuerdo salió dellas, como lo hizo don Pedro Laso, y asimismo otros caballeros. Y al cabo les pidieron que, como lo habían escrito y ofrecido a Toledo, enviasen juntamente con ellos sus procuradores, que pidiesen juntos lo que Salamanca y otras ciudades pedían, para que pedido por muchos tuviese más fuerza.

Acabado su razonamiento, con acuerdo de todos les respondió don Hernando Enríquez, hermano del almirante, que no estaban determinados en lo que habían de hacer, y que allí se habían juntado para ello. Que se determinarían en lo que más fuese servicio del rey y bien de sus reinos. Que ellos hiciesen lo que les pareciese.

Los procuradores de Toledo, pareciéndoles que en Valladolid no hallaban lo que pensaban, desde allí se fueron derechos a palacio.

Lo que pasó don Pedro Girón con el rey en Valladolid, lunes, cinco de marzo. -Hablan los de Toledo al rey. -Quiere el rey prender a don Pedro Girón. -Altérase Valladolid malamente. -Dice un memorial deste tiempo. -Un bellaco portugués tañó una campana, por donde alborotó el pueblo y el reino. -La campana de San Miguel de Valladolid es la de los alardes. -Pónense en armas seis mil hombres para detener al rey en Valladolid y matar a los flamencos. -Castiga la justicia el tañer de la campana y desacato.

Llegaron a la cámara del rey cuando se alzaban los manteles. Estaban con él el marqués de Villena, el conde de Benavente, el conde de Miranda el duque de Alburquerque, el conde de Haro, el conde de Castro, el conde de Palma, el marqués de Brandemburg, el arzobispo de Santiago, el obispo de Palencia, monsieur de Xevres, don Pedro Girón, hijo mayor del conde de Ureña. Acaso cuando estos procuradores entraron estaba don Pedro Girón hablando con el rey muy en público, que todos lo podían oír, diciendo que Su Majestad sabía que estando en Barcelona, año de 1519 a primero de marzo, le había hecho merced de una cédula, en que le prometía que venido a Castilla mandaría que sumariamente se viese y determinase la justicia que tenía al estado de Medina Sidonia por parte de doña Mencía de Guzmán su mujer, hija del duque don Juan ya difunto; y que después que Su Majestad llegó a Burgos se lo había acordado y suplicado, y lo mismo había hecho allí en Valladolid, y que se partía sin mandar cumplir lo que por su cédula había prometido. Y sobre esto dijo otras palabras algo atrevidas o con sobrado valor, entre las cuales fueron que pues Su Majestad no le hacía justicia, que él entendía tomarla por su mano, y que sobre un agravio tan grande y sinrazón tan pública y conocida como Su Majestad le hacía en lo presente, habiendo permitido que se hubiese hecho con él contra su justicia y contra lo que Su Alteza debía a su real palabra, y habiendo él cumplido tan largamente con todos los cumplimientos a su lealtad debidos, no le quedaba más que decir, ni que hacer, sino que Su Majestad supiese que en defeto del remedio que no se le había dado, y de la gran sinrazón que agora se le había fecho, él podía y bien pensaba usar de todo aquello que las leyes destos reinos de España disponen en remedio de los caballeros agraviados. Y para esto bastaba pedir licencia a Su Alteza, como la pedía delante de tales personas como las que allí estaban, para usar de ella sin que se le diese.

Y en diciendo esto se hincó de rodillas y besó la mano al rey; el cual, por la libertad de don Pedro, recibió alguna alteración y le respondió estas palabras formales:

-Don Pedro, cuerdo sois, no pienso que haréis cosa por do yo sea obligado a castigaros, porque si lo ficiéredes, mandaros he castigar.

Respondió don Pedro:

-Señor, en hacer lo que digo no hago cosa que non deba, y no la faciendo, Vuestra Majestad non la fará conmigo. Que aquéllos donde yo vengo, nunca pensaron facer cosa que non debiesen, ni yo la pienso facer. Lo que yo os he dicho, señor, que haré, es entender en el remedio de mi agravio, conforme a lo que se permite por las leyes destos reinos; y si por hacer yo lo que debo, entendiéredes vos, señor, en castigarme, vos veréis si hacéis en ello lo que a vos mismo debéis.

A esto respondió el rey:

-Yo pienso haceros justicia, don Pedro, como os he dicho, y he cumplido lo que os tengo prometido.

Replicó don Pedro:

-Señor, sois mi rey, y no os quiero responder; lo que vos me prometistes aquí está en esta cédula, y luego se puede ver, y lo que ayer se fizo en vuestro consejo hoy está muy bien sabido.

Y dicho esto lo pidió por testimonio.

Entonces el marqués de Villena dijo a don Pedro que no hubiese más, y don Pedro se salió de la cámara, y con él el conde de Benavente y el condestable, que llegó después de comenzada la plática, y luego todos los otros caballeros, y se juntaron en la antecámara del rey, hablando sobre este caso y quejándose siempre don Pedro Girón del agravio que se le había hecho en no cumplir con él lo que el rey por su cédula le había prometido y asegurado.

Luego al punto que don Pedro Girón acababa de estar con el Emperador y pasar lo que tengo dicho, don Pedro Laso y don Alonso Suárez entraron a hablar al Emperador, pidiendo les mandase dar audiencia, porque le querían suplicar y informar de muchas cosas que cumplían a su servicio.

El Emperador les respondió que él estaba tan de camino como veían, que por entonces no había tiempo. Ellos replicaron, señaladamente don Pedro Laso, que mucho más iba en que Su Majestad les hiciese merced de oírlos, que dilatar un poco de tiempo la partida, y más siendo el día que era, porque era muy lluvioso; que le querían informar y suplicar cosas muy importantes a su servicio y para el bien del reino.

El Emperador, que ya sabía lo que le venían a pedir, y no se tenía por servido de la forma con que lo querían pedir, respondió que no había persona en el mundo que más cuidado tuviese de lo que cumplía a su reino que él; que se fuesen al primer lugar adelante de Tordesillas camino de Santiago, y allí los oiría.

Y con esto, se despidieron.

Enojado el Emperador de la porfía de los de Toledo y de don Pedro Girón, mandó luego llamar a algunos de su Consejo de la cámara para tratar de prender a don Pedro Girón; y como el condestable supo lo que pasaba, vino luego a palacio, y los grandes que allí estaban juntamente con él, enviaron a pedir a Xevres que se juntase con ellos para dar algún orden en este negocio de don Pedro.

En tanto que esto pasaba, comenzóse a publicar en el pueblo, que los regidores habían ya otorgado el servicio que pedía el Emperador, y que él se iba, y que quería llevar a la reina su madre fuera del reino; y como el vulgo cree fácilmente lo que oye, andaban turbados y coléricos por las calles y en corrillos, diciendo que se debía suplicar al rey que no se fuese.

Levantados todos con esta confusión sin entenderse, un hombre cordonero, de nación portugués, vecino desta villa, viendo que el rey se iba y que no había quien le suplicase que no se fuese, subió a la torre de San Miguel, que es una muy antigua parroquia de este lugar, y está en ella una gran campana, que la llamaban la campana del Consejo, y solía tañerse en tiempos de guerras y rebatos y armas que se daban, y comenzó a tañerla a la mayor priesa que pudo.

Y como los del pueblo la oyeron, sin entenderse ni saber para qué, salvo los que en San Francisco se habían concertado, tomaron las armas, con que se pudieron hallar más de cinco o seis mil hombres populares. Dicen que hubo determinación de matar a Xevres y a todos los flamencos, y detener al rey que no se fuese.

Don Alonso Enríquez, obispo de Osma, avisó a Xevres, y no le quiso creer Xevres, pensando que lo decía por congraciarse con él; y luego sintió el alboroto y ruido de las armas, y preguntando qué era, díjole don Pedro Portocarrero: «Señor, no es tiempo que os pongáis en consulta, sino que pongáis a recaudo vuestra persona, porque andan públicamente diciendo por las calles: ¡Viva el rey don Carlos y mueran malos consejeros! Y no os maravilléis desto, que como ve el pueblo que vos le lleváis su rey, querrían quitaros la vida.» Y viéndose así armados, muchos quisieran, según pareció, estorbar la partida del Emperador. Y esto fue al tiempo que el Emperador trataba de mandar prender a don Pedro Girón. Pero como Xevres y los flamencos estuvieron ciertos de la alteración del pueblo, dieron priesa en salir de Valladolid con el Emperador; y así, a 5 de marzo salió de su palacio de camino, con tanta agua y oscuridad del cielo, que nunca tal se acordaban haber visto, que parece fue un presagio o mal anuncio de las desventuras que habían de llover sobre Castilla y sus reinos.

Llegando el Emperador a la puerta de la villa, llegó allí parte de la gente que se había juntado, que por lo mucho que llovía se habían algo detenido; y algunos dellos acometieron a cerrar las puertas y embarazar el paso; pero la guarda del Emperador les resistió. Y así prosiguió su camino, y Valladolid quedó muy alborotado y lleno de escándalo: unos de lo que habían hecho, otros de verlo hacer; pero como fue sin fundamento, luego se acabó y amansó el tumulto, y quedaron confusos y atajados del desacato que habían hecho contra la majestad de su rey.

La justicia de Valladolid comenzó a hacer información sobre quién había tañido la campana, o la había mandado tañer. No pudo ser habido el portugués, y pagaron otros por él; que a unos cortaron los pies, a otros azotaron, a otros desterraron y les confiscaron los bienes, a otros derribaron las casas. Azotaron a un platero, hombre honrado, vecino de la villa, porque se le probó que había recibido unas cartas del dicho portugués; y a otros plateros y procuradores de la villa los tuvieron presos, y con harto miedo de que los habían de afrentar. Mas siendo el Emperador informado de la buena intención que en la villa había habido, y que no se habían entendido ni pecado de malicia, envió a mandar que soltasen los presos y que no se hablase más en ello.

El provisor procedió contra tres clérigos que había en San Miguel, y los echó en la cárcel; y fueron los alcaldes de corte, y de parte del Emperador le pidieron que les entregase los clérigos, porque se decía que habían sido consentidores en el repicar de la campana. Y el provisor se los entregó, y los llevaron encima de tres machos de albarda con grillos a los pies, por la Frenería, y por la Trapería y Costanilla y Cantarranas, y la justicia toda con ellos, y los pusieron en la fortaleza de Fuensaldaña, una legua de Valladolid, que a la sazón estaba por el rey, y en tenencia de los hijos de don Juan de Vivero, vizconde de Altamira, a quien se había quitado porque mató a su mujer malamente. Y allí en la fortaleza estuvieron muchos días, hasta que el Emperador se satisfizo de la verdad.

Da audiencia el Emperador a los de Toledo. -Muestra el rey su enojo a los de Toledo y Salamanca. -Don García de Padilla habla con valor a los de Toledo.

El Emperador llegó este día a Tordesillas muy mojado y cargado de lodo, y con solo Xevres, que no le pudieron seguir los suyos, y deteniéndose allí un solo día, o cinco -según dice éste-, a 9 de marzo prosiguió su camino y fue a Villalpando, donde esperaban los embajadores de Toledo, que se habían adelantado allí a esperarlo, y juntándose con ellos los procuradores de Salamanca, que eran don Pedro Maldonado, que después fue degollado, y Antonio Fernández, regidores, y también sus mensajeros, que eran Juan Álvarez Maldonado y Antonio Enríquez, que particularmente venían a pedir lo que Toledo. Los unos y los otros tenían instrución que se conformasen con los mensajeros de Toledo. Domingo, después de haber oído misa, fueron a palacio para que Su Majestad les diese audiencia. Esperándola en la sala vino a ellos don García de Padilla, y Mota, obispo de Palencia, y les dijeron de parte del Emperador, si bien se entendió que era de Xevres, que les dijesen la embajada que traían de su ciudad. Don Pedro Laso y don Alonso dijeron que a Su Majestad la habían de decir, porque así se les había ordenado por su ciudad; y si bien les porfiaron, no lo quisieron hacer.

Con esto volvieron el obispo y don García, y de ahí a poco tornaron a salir otra vez, y dijeron a los procuradores, que si no les decían a lo que venían primero que besasen las manos a Su Majestad, que no tendrían audiencia con él. Visto por los procuradores lo que pasaba, acordaron de decirles parte de su embajada; y dicha, concertóse que para las dos de la tarde volverían a palacio y tendrían audiencia.

Sospechóse que esta diligencia que hicieron don García y el obispo fue porque como en aquel tiempo el Emperador era muy mozo y sabía poco de negocios, por industria de Xevres, que era discreto, quisieron saber primero lo que los de Toledo le querían decir, para tenerle prevenido de lo que había de responder. Los procuradores volvieron a la hora que se les había señalado, y dieron al Emperador su embajada, sin consentir que estuviesen presentes sino el obispo y don García, suplicando a Su Majestad lo que tengo dicho: insistiendo principalmente en que no debía Su Majestad partir destos reinos, y concluyendo en este artículo con decir que si todavía se determinaba en la partida, que mandase dejar tal orden en la gobernación que diese parte della a las ciudades del reino. Y también que fuese servido de no pedir que se le otorgase servicio alguno y otras cosas harto justificadas que adelante veremos, que lo fueron tanto, que un portero que se llamaba Durango lloraba oyéndolas, viendo la razón que los castellanos tenían. Mas en este tiempo valíales poco, porque estaban muy desfavorecidos, y no tratados como sus servicios merecían y los de sus pasados.

El Emperador les dijo solamente, que él los había oído y les mandaría responder. Y lo mismo dijo a los de Salamanca que le hablaron después, y en sustancia pidieron lo que Toledo había pedido; y le significaron cómo tenían orden de su ciudad, que en todo se conformasen con los procuradores de Toledo. A los cuales el Emperador mandó decir por el obispo Mota y por don García de Padilla, que porque los de su Consejo estaban en Benavente para do se partiría otro día, que fuesen allí y con su acuerdo les mandaría responder. Y ellos lo hicieron así.

Y llegado el Emperador a Benavente por do era su camino, don Pedro Laso y su compañero acudieron por la respuesta de su embajada, y el Emperador mandó juntar los del Consejo de Justicia y Estado. Y todos ellos juntos, consideradas las circunstancias y las formas que habían tenido estas gentes, les pareció que antes merecían castigo que alguna buena respuesta ni satisfación de lo que pedían. Por lo cual el Emperador los mandó llamar en su cámara, y con rostro algo oscuro y severo, como después decía don Pedro Laso, les dijo él proprio que no se tenía por servido de lo que hacían, y que si no mirara cuyos hijos eran, los mandara castigar gravemente por entender en lo que entendían; y que acudiesen al presidente del Consejo y les diría lo que convenía que hiciesen.

Y ellos comenzaron a se disculpar, pero el Emperador paró poco y retiróse sin quererlos oír.

Luego los tomó aparte don García de Padilla y les dio una muy buena mano, reprendiéndoles lo que hacían, y que era atrevimiento insistir tanto en impedir la jornada que tan importante era a la honra y reputación del Emperador, y aun a la seguridad y conservación de su estado; y que eran ocasiones las cosas que ellos hacían de alterar y desasosegar las voluntades de los procuradores de Cortes y de todo el reino, por la autoridad que Toledo tenía entre todas las ciudades de Castilla; que lo mirasen y considerasen bien.

Después desto fueron también al presidente del Consejo real, que era el arzobispo de Granada, como el Emperador se lo había mandado. Y él les dijo que lo que podían tomar por respuesta, era que Su Majestad iba a tener Cortes a la ciudad de Santiago, donde los procuradores del reino se juntaban; que Toledo enviase allí los suyos, con memoria de las cosas que ellos habían suplicado, y que vistas y examinadas, el Emperador proveería lo que más conveniese a su servicio y al bien general de sus súbditos y vasallos. Y lo que ellos debían hacer, era dejar de entender en aquellas cosas, y hacer y acabar con su ciudad que enviase sus procuradores, como lo hacían todas las ciudades del reino, y no hiciesen otras novedades, como habían comenzado.

Ellos respondieron lo que les pareció, diciendo que no eran parte más de para suplicar aquello. Y no queriendo tomar el consejo que les daban, antes teniendo por caso de honra porfiar bien lo que habían comenzado, que es cosa que a muchos ha traído de pequeños errores a muy grandes, siguieron al Emperador hasta Santiago.

Por qué quiso el Emperador tener las Cortes en Galicia. -Llega el Emperador a Santiago. -Comienzan las Cortes. -Hernando de Vega, señor de Grajal, noble y antiguo caballero de Castilla. -Los procuradores de Salamanca no quieren jurar. -Don Pedro Laso y otros procuradores no quieren hacer lo que el rey quería.

El Emperador fue por León, Astorga y Villafranca del Bierzo, y en todas estas partes le iban suplicando que tuviese por bien de hacer las Cortes en Castilla, mas no aprovechó; y los procuradores de Toledo, llegados a Santiago, anduvieron solicitando los demás procuradores de las ciudades que allí habían venido, procurando traerlos a su opinión y a que pidiesen lo mismo que Toledo pedía, como sus ciudades lo habían ofrecido. Y los procuradores de Salamanca hacían lo mismo, mostrándose muy de la parte de Toledo.

Porfió el Emperador en no querer tener las Cortes en Castilla, sino a la lengua del agua, porque Xevres lo quería así: y quería esto el flamenco por el gran miedo, que tenía de que le habían de matar, que él sabía bien cuán malquisto estaba y sentía los movimientos de los lugares, que podrían comenzar por él. Y como se veía rico, deseaba sumamente verse fuera de España, y que si en las Cortes hubiese algún motín, quería estar a la lengua del agua para poner en salvo su persona y bienes. Que al Emperador no le importaba más tener las Cortes en Santiago que en Valladolid, ni Burgos, ni otro lugar de Castilla.

Llegado, pues, a Santiago en fin de marzo deste año, con muchos grandes y señores de España, las Cortes se comenzaron lunes a primero de abril deste año de mil y quinientos y veinte. Y fue presidente de ellas Hernando de Vega, comendador mayor de Castilla, padre de Juan de Vega, que fue virrey de Sicilia y varón notable; y por letrados don García de Padilla y el licenciado Zapata.

Y el Emperador se quiso hallar el primero día en ellas, y mandó hacer la proposición en su presencia, la cual fue diciendo las justas y grandes causas que tenía para hacer la jornada que hacía, y los muchos gastos que se le ofrecían, y los que había hecho en venir a estos reinos y en las armadas que había hecho contra infieles, y en enviar destos reinos al infante don Fernando su hermano; pidiéndoles le socorriesen con el servicio acostumbrado, y que en su ausencia guardasen la paz y fidelidad, que de tan leales y buenos vasallos se esperaba.

Y por su acatamiento, aunque algunos procuradores estaban en no otorgar el servicio, no manifestaron aquel día su propósito, si no fueron los de Salamanca, ya nombrados, que descubiertamente no quisieron hacer la solemnidad del juramento ordinario, sin que primero Su Majestad otorgase las cosas que habían pedido; lo cual tenido por desacato, se les mandó que no entrasen más ni fuesen admitidos en las Cortes.

Y don Pedro Laso dijo que él traía un memorial e instrución de su ciudad de Toledo para las cosas que había de hacer y consentir en las Cortes, que las viese Su Majestad, y de aquello no le mandase exceder, porque erraría; y que aquello haría y cumpliría en la mejor forma que Su Majestad fuese servido. En otra manera: que consentiría hacerse cuartos o que le cortasen la cabeza antes que venir en cosa tan perjudicial a su ciudad y al reino. Y a esta respuesta se arrimaron los procuradores de las ciudades de Sevilla, Córdoba, Salamanca, Toro y Zamora; y Sancho Zimbrón, procurador de Ávila, que de allí no los pudieron sacar. Con esto se suspendieron las Cortes por tres o cuatro días, habiendo en ellos los dichos juicios y temores que la alteración de ánimos causaba.

Pide Galicia procuradores, voz y asiento en Cortes, demanda justa por lo mucho que este reino tan antiguo y leal merece. -Contradícelo Burgos. -Enojo del conde de Villalba. -Echan al conde de la corte.

Agravióse el reino de Galicia en estas Cortes, porque no le daban procurador y que Zamora hable por ellos, siendo Galicia uno de los grandes y antiguos reinos de España y solar de gran nobleza. Juntáronse el arzobispo de Santiago don Alonso de Fonseca, que después fue de Toledo, y el conde de Benavente, y el conde de Villalba, don Hernando de Andrada. Todos estos caballeros se fueron a San Francisco, donde se hacían las Cortes, y procuraron entrar donde estaban los procuradores del reino ya juntos. Y dijeron al gran chanciller que era presidente dellas, y a los procuradores que allí estaban, que ya sabían cómo Galicia era reino por sí, diviso de Castilla, y que en tiempos pasados había tenido voto en las Cortes que se hacían en Castilla, y que de algunos tiempos a esta parte está sujeto al voto de la ciudad de Zamora, que era del reino de Castilla y León; lo cual era en gran agravio y perjuicio suyo. Que pedían por merced a los procuradores que allí estaban, y si necesario era les requerían, que les admitiesen los procuradores de aquel reino de Galicia, que estaban prestos de los nombrar y obedecer todo aquello que por Su Majestad les fuese mandado; y que haciéndolo así, harían lo que eran obligados. Donde no, que protestaban que no les parase perjuicio cosa alguna de las que los procuradores de Zamora otorgasen o hiciesen, y que así lo pedían por testimonio.

Resultó de esto algún alboroto en las Cortes, porque tomó la mano a responder un Garci Ruiz de la Mota, hermano del obispo Mota, que era procurador de Burgos, y atravesóse con el conde de Villalba en palabras de mucha pesadumbre. Y luego se supo en palacio, y el Emperador mandó al mismo obispo Mota que fuese a remediarlo. Y al tiempo que él llegaba a la puerta de la claustra, donde se hacían las Cortes, salían el arzobispo y los condes. Y como el obispo vio enojado al conde de Villalba, fuese a él por le aplacar, y comenzóle de hablar blandamente, mostrando haberle dado pena que su hermano le hubiese perdido el respeto. Y de algunas palabras que pasaron entre el obispo y el conde, sucedió que el conde le dijo: «Bonico hermano tenéis, señor obispo», y que juraba a Dios que si le hacían, que se juntaría con don Pedro Laso.

Y como don Pedro Laso andaba tan metido en lo que tocaba al reino, y no estaban muy contentos dello Xevres y los otros que gobernaban, luego se supieron en palacio estas palabras que el conde había dicho, en cuanto a juntarse con don Pedro Laso; vino un alcalde de corte y mandó al conde de Villalba que dentro de una hora saliese de la corte desterrado, y que no entrase en ella sin licencia de Su Majestad.

A la hora se salió el conde de Santiago y fuese a la Coruña, donde tenía su casa y asiento; pero luego que Su Majestad pasó de Santiago a la Coruña, mandó alzar el destierro al conde.

Grandes del reino dicen su parecer y avisan al Emperador de los malos tratos de Xevres y peligro en que se ponen las cosas. -Sabe el Emperador lo que pasaba en Toledo y trata de remediarlo. -Llaman a los regidores de Toledo que parezcan en la corte.

En este tiempo algunos de los grandes del reino que estaban en la corte, dijeron al Emperador contra monsieur de Xevres algunas palabras pesadas, y que mirase que no le aconsejaba cosa que a su servicio cumpliese. De que entre Xevres y el conde de Benavente y el arzobispo de Santiago pasaron ciertos enojos, y se comenzaron a revolver los de la corte. Y el arzobispo de Santiago y otros trataban ya de apercebirse de gente de armas secretamente. El Emperador lo sintió, y si no lo remediara hubiera harto trabajo; y el conde de Benavente y otros grandes se salieron de la corte bien descontentos.

Supo el rey los bandos y disensiones que en Toledo pasaban, y cómo no querían dar los poderes cumplidos a sus procuradores don Juan de Silva y Aguirre. Visto esto, pareció al Emperador y a los de su Consejo que sería bien que mandasen venir a algunos de los regidores que lo contradecían, y en su lugar fuesen otros regidores que andaban en la corte, criados de Su Majestad, porque sacando los unos y entrando otros, se pudiese hacer lo que Su Majestad mandaba. Para esto despacharon cédulas en que se mandaba a Hernando de Ávalos, a Juan de Padilla, a Juan Carrillo, Gonzalo Gaitán, don Pedro de Ayala y al licenciado Pedro de Herrera, todos regidores, debajo de graves penas, cada uno dellos viniesen personalmente a Santiago dentro de cierto término; y por otra parte, mandó ir a Toledo a los regidores que estaban en la corte que eran Lope de Guzmán, Rodrigo Niño y Martín de Ayala, para que idos éstos y venidos los otros, la ciudad revocase los poderes que había dado a don Pedro Laso y a don Alonso, y se diesen otros a don Juan de Silva y a Alonso de Aguirre.

Estas cédulas se notificaron a los susodichos, y suplicaron dellas, excepto el licenciado Herrera, que la obedeció y fue a la corte. Iba cada día creciendo el mal y cizaña en Toledo y en otras ciudades de Castilla, y en la corte se atrevían a hablar palabras muy pesadas y escandalosas, aprobando lo que se trataba, y que era bien general de todo el reino lo que pedían don Pedro Laso y los demás caballeros.

Procuraban los de Toledo detener las Cortes, porque faltaban procuradores de algunas ciudades. -Arma caballeros el Emperador.

Los embajadores y procuradores de Toledo y Salamanca, con otros juntos, hicieron un requirimiento a los demás: que por cuanto los procuradores que Toledo había de enviar particularmente para estas Cortes no eran venidos, y los de Salamanca no eran admitidos, que hasta hallarse presentes los unos y los otros, no se determinasen en nada, ni concediesen cosa alguna; donde no, que protestaban que no parase perjuicio a sus ciudades.

Y llevando esto escrito muy a la larga, fueron a San Francisco, donde se juntaban las Cortes, con un escribano que se llamaba Antonio Rodríguez, que después lo fue de la junta, y pidieron que les fuese dada audiencia, y si bien sobre ello hubo diversos votos, se les negó la entrada a los de Toledo, diciendo que no eran procuradores nombrados para aquellas Cortes. Ellos hicieron entonces en las puertas sus autos y protestos, diciendo que los procuradores del reino se juntaban a Cortes sin los procuradores nombrados por la ciudad de Toledo, que la culpa de no ser venidos era negligencia dellos y no de la ciudad, pues les tenía dados sus poderes, y que ellos, como miembros de ella, les requerían no se juntasen a Cortes hasta que los procuradores de Toledo viniesen, y de lo contrario protestaban; y que lo que en las tales Cortes sin ellos se hiciese, lo daban por nulo, y no parase perjuicio a la ciudad de Toledo, ni a todo el reino.

Halláronse a esto muchos principales por testigos, y en la corte hubo gran escándalo. Y don Pedro Laso y su compañero no curaron de cumplir lo que por el secretario Cobos les fue mandado; lo cual sabido por el Emperador, resultó que aquel mismo día del Domingo de Ramos, ya que anochecía, el secretario Francisco de los Cobos y Juan Ramírez, secretario del consejo de justicia, vinieron a la posada de los procuradores de Toledo, y de parte del Emperador, a cada uno por sí, notificaron y mandaron a don Alonso Suárez, que otro día lunes saliese de la corte, y dentro de dos meses fuese a servir y residir en la capitanía que tenía de hombres de armas, doquiera que estuviese, hasta que por Su Majestad le fuese mandada otra cosa, so pena de perdimiento de bienes y de la dicha capitanía; y a don Pedro Laso que asimismo saliese de la corte el día siguiente, y dentro de cuarenta fuese a residir en la tenencia y fortaleza de Gibraltar, que era suya y de su mayorazgo, y della no saliese sin licencia del Emperador, so pena de perder aquella tenencia y todos los otros bienes que tuviese, y a los jurados que luego saliesen de la corte. Y mandóse en las posadas que no los acogiesen en ellas.

Pidieron traslado, no se le quisieron dar; y fueron a la posada de Juan Ramírez, y a pura importunación se lo dio simple.

Los de Toledo sintieron por extremo el mandarlos salir de la corte con tanto rigor, y dos horas después de anochecido, don Pedro y don Alonso, con el jurado Ortiz, fueron a palacio.

Entró Ortiz a decir a Xevres cómo estaban allí aquellos caballeros que le querían hablar. Xevres le dijo que dijese a su mayordomo que pusiese velas en su aposento, y que allí le esperasen. Venido Xevres, estuvieron solos más de dos horas, de que resultó que pareció haberle pesado de haberles mandado salir de la corte.

Concertaron que por mostrar que obedecían, se saliesen cuatro o cinco leguas fuera de Santiago, y dejasen una persona que por ellos le acordase, para que él suplicase al Emperador que les alzase el destierro.

Otro día martes de mañana, salieron de la ciudad, y Alonso Ortiz quedó a solicitar con Xevres lo que quedaba entre ellos concertado, y a decirle cómo don Pedro Laso y don Alonso Suárez iban al Padrón, cuatro leguas de Santiago, en cumplimiento de lo que les había sido mandado.

Alonso Ortiz volvió a palacio y habló con Cobos para que le alcanzase de Xevres audencia. Salió Xevres; suplicóle Ortiz cumpliese lo que con aquellos caballeros había asentado. Dijo Xevres que él lo había suplicado al Emperador, mas que no lo podía alcanzar; que así, no había otro remedio más que cumplir lo que se les había mandado. Ortiz replicó que era bien mirar esto, y que no convenía al servicio del Emperador, no tanto por ser aquellos caballeros de los principales del reino, cuanto por venir en nombre de la ciudad de Toledo, que había de tomar a su cuenta la molestia que les diesen; que ellos no habían excedido ni hecho más de lo que su ciudad les había encargado, y procurado el bien del reino. Xevres dijo que no habían guardado el respeto debido a su rey, y que así merecían la pena que se les había dado, y aun mayor. Ortiz dijo que pues él era la persona más aceta al rey, estaba más obligado a mirar bien esto y considerarlo atentamente; que viese que el reino todo sabía que Toledo había enviado estos caballeros a tratar lo que a todos convenía, como lo habían hecho; y que viéndolos desterrar así, no creerían que era por haber perdido el respeto al rey -que siendo esto, doblado castigo merecían-; sino que los echaban de la corte por quitarles que no procurasen el bien destos reinos, y de esto se escandalizarían todos y resultarían males que cuando quisiesen no los pudiesen remediar. A esto respondió, Xevres estas palabras formales:

«¿Qué liviandad es ésta de Toledo? ¿Qué liviandad es? Qué, ¿este rey no es rey, para que nadie piense quitar reyes y poner reyes?»

Alonso Ortiz le respondió que se maravillaba mucho del hablar tan largo contra Toledo, siendo como era tan principal; que entendiese que era la más del reino y de mayores privilegios y grandezas, que sus naturales habían gozado por servicios señalados que habían hecho a los reyes pasados. Que siendo así, no se había de pensar della que trataba ni pensaba otra cosa sino servir a su rey. Cuanto más que si él mirase qué caballeros fueron a Flandes a servir a Su Majestad contra la voluntad del rey don Fernando, aventurando sus haciendas y personas, y las de sus parientes, hallaría que los más habían sido de Toledo. Y que esta ciudad, principalmente, tuvo el servicio del rey don Felipe; y que la ciudad que tal gente crió, que no había de creerse della que su intención fuese para otra cosa sino para servir a Su Majestad.

A todo esto estuvo presente el secretario Francisco de los Cobos.

Éstas y otras diligencias hicieron los caballeros de Toledo, y buscaron favores para que el Emperador les alzase el destierro de la corte, pero nada bastó, porque Xevres ni otros castellanos del Consejo lo quisieron.

Don Alonso Suárez, considerando prudentemente que este negocio iba de rota y en peligro evidente de perderse, cumplió lo que le fue mandado, y de ahí adelante no se metió más en estos ruidos, ni fue en cosa de las que después se ofrecieron en Castilla, en lo cual no perdió nada. Don Pedro Laso hizo lo mismo, si bien tarde, por no entender antes que deservía a su rey. Tal fin tuvo la embajada de Toledo, que con tanto corazón y porfía hicieron estos caballeros.

Antes que el Emperador saliese de Santiago, armó caballero al conde de Santisteban, mayorazgo del marqués de Villena. Hízose la ceremonia antigua con gran solemnidad en el altar y iglesia de Santiago. Tuvo el Emperador en Santiago la Semana Santa y Pascua de Resurrección, que este año fue a 8 de abril.

Toledo suplica sobre el llamamiento de sus caballeros.

Martes de la Semana Santa llegó un correo de la ciudad de Toledo para sus procuradores, despachado antes de saber de su destierro. Pasó al Padrón, como no los halló en Santiago. Enviaban con él a Su Majestad unas cartas del ayuntamiento de la ciudad y del cabildo de la iglesia mayor, y de los monasterios y cofradías, suplicando en ellas por el buen tratamiento de sus procuradores, sin saber lo que con ellos se había hecho. Demás de esto decían que don Antonio de Córdoba, hermano del conde de Cabra, corregidor que entonces era de Toledo, había notificado unas cédulas de Su Majestad a Juan de Padilla y a Hernando de Ávalos y a Gonzalo Gaitán, en las cuales mandaba que pareciesen personalmente en la corte dentro de cierto tiempo, poniéndoles pena si no lo hiciesen. Y la razón que Toledo daba para que estos caballeros no fuesen, era que estaban ocupados en algunas cosas tocantes al bien de la república, y que de su ida generalmente la ciudad recibía daño. Y así, suplicaban a Su Majestad suspendiese este mandato por agora.

Los caballeros que estaban en el Padrón enviaron este despacho con la instrucción que Toledo daba a Alonso Ortiz, que había quedado en la corte, el cual luego fue a San Salvador, monasterio de frailes, que está media legua de la ciudad, donde el Emperador se había retirado los días de la Semana Santa, y quiso entrar a dar las cartas a Su Majestad y decirle la creencia que le habían enviado, pero no le dieron lugar. Habló al secretario, Cobos, y díjole las cartas que traía de Toledo para el Emperador, y Cobos díjolo a Xevres. Xevres llamó a Ortiz, y pidióle las cartas. Él respondió que tenía orden para no las dar sino al Emperador en sus manos, que le perdonase; Xevres le dijo que el Emperador estaba recién confesado, y que había recebido aquella mañana el Santísimo Sacramento; que no le podía hablar. Volvieron a tratar del destierro de los caballeros, y encendióse la plática, de manera que Xevres se fue disgustado, y Ortiz quedó poco contento.

De ahí a poco vino Cobos, y dijo a Ortiz que Xevres le llamaba. Fue Ortiz, y con resolución le dijo Xevres que no podía tratar en cosa tocante al destierro de aquellos caballeros, y sin más palabras se metió en otro aposento. Quedó con Ortiz don García de Padilla, acriminando lo que Toledo hacía, y que su parecer era que el Emperador fuese allá, que todo era camino de diez días, y hiciese un castigo ejemplar en los movedores de aquellas inquietudes, con que los demás se quietarían. Respondióle Ortiz: «Pluguiese a Dios que así fuese, porque podría ser que Su Majestad viese notoriamente los daños que había, que él los mandaría remediar.» Quedóse así esto, y Ortiz fue aquella noche a hablar al gran chanciller con las cartas, porque vio que no tenía manera para poderlas dar al Emperador, ni daban lugar para le poder hablar. Pasaron buen rato de la noche el chanciller y Ortiz sin concluir cosa de importancia.

El Emperador estuvo en Santiago hasta el jueves siguiente, pasada la Pascua de Resurrección, y partió para La Coruña, donde entró el sábado antes de Quasimodo, acudiendo allí los procuradores de Cortes para concluir con ellas. Aquí llegaron los testimonios, suplicaciones y autos, que los regidores de Toledo habían hecho sobre mandarles parecer en la corte, con poder de la ciudad para Alonso Ortiz, encargándole que hiciese las diligencias que convenía. Él las hizo, y se presentó ante el secretario, Juan Ramírez. Pero, sin embargo desta suplicación, se dieron otras sobrecédulas con mayores penas, las cuales se llevaron a Toledo, y se notificaron a los caballeros.

Encónanse más las voluntades en Toledo.

Ya en Toledo se sabía el destierro de sus procuradores y el mal despacho que sus cosas tenían en la corte, lo cual, junto con las cédulas que habían ido llamando a los demás, enconó los ánimos, y las pasiones se aumentaban con notables crecimientos. Unos temían, otros blasonaban haciendo de los valientes, y dieron en querer levantar el pueblo contra la justicia y contra los que deseaban el servicio de su príncipe, bien y quietud de aquella ciudad, haciéndoles entender que el negocio era bien público, y que de su interés y provecho se trataba; principalmente Hernando de Ávalos y Juan de Padilla, y otros de su parcialidad; si bien es verdad que Juan de Padilla, en el principio de esta alteración, solamente fue echadizo, y Hernando de Ávalos y otros caballeros eran los movedores que industriaban a Juan de Padilla y le metían más en el fuego, porque eran personas de edad y de experiencia y sabios: lo que en Juan de Padilla faltaba, que era mozo de edad de treinta años, y de poca experiencia y no muy agudo, aunque bien acondicionado y fácil de persuadir cualquiera cosa en que le quisiesen poner, como lo hicieron estos caballeros, y su mujer, doña María Pacheco, que fue un tizón del reino.

Persuadían al vulgo mil desatinos a vueltas de algunas verdades: que el Emperador se iba; que dejaba gobernadores extranjeros; que sus privados y ministros habían robado el reino, dejando la tierra flaca, pobre y desfrutada. Lo cual con osadía se predicaba en los púlpitos.

Para comunicar su pasión y sembrarla en todos, trataron de juntar el pueblo. Hay en la ciudad una gran cofradía, que llaman de la Caridad, y tiene de costumbre hacer cada año una solemne procesión. A este fin ordenaron en estos días una, y que saliese de Santa Justa hasta la iglesia mayor. Y si bien por algunos, como fueron, principalmente, don Hernando de Silva y Antonio Álvarez de Toledo y otros de su opinión, que entendieron el fin de esta junta, la contradecían diciendo que era en deservicio del rey, trama, cautela y traza de los que andaban alterados; y el Don Hernando requirió a los cofrades que no se juntasen, ni alborotasen el pueblo con color de devoción, en deservicio del Emperador y desacato de la justicia; si no, que él, con sus amigos y criados, se lo había de estorbar; no hicieron caso, antes se holgaron que don Hernando de Silva se pusiese en esto, porque se les abría camino para lo que deseaban, de que el pueblo se indinase y alterase.

Y fue así, que el común llevó muy mal el requirimiento de don Hernando, y le aborrecieron como a enemigo de la Patria, diciendo que no solamente estorbaba y contradecía el bien del pueblo, pero las cosas divinas y de devoción. Finalmente, la procesión se hizo, pidiendo en la letanía que Nuestro Señor alumbrase el entendimiento y enderezase la voluntad del rey para bien regir y gobernar estos reinos.

Y don Hernando hubo de apartarse de su propósito, y el corregidor se lo aconsejó por evitar algún gran escándalo. Y en la procesión se hicieron algunas demasías, en desprecio de los que no seguían aquella opinión, y murmuraban pesadamente de ellos; de lo cual quedaron los unos y los otros, de ahí adelante tan enconados, y algunos tan atrevidos, que la justicia tenía muy poca fuerza, y ya el desorden y confusión era grande, y comúnmente se hacía lo que Hernando de Ávalos y Juan de Padilla querían, en el regimiento y fuera dél.

Y don Hernando de Silva determinó salirse de Toledo y ir donde el Emperador estaba.

Traza de Juan de Padilla para no obedecer las cédulas reales.

El Emperador supo esto cuando Alonso Ortiz suplicaba de las cédulas, sobre parecer en la corte los regidores de Toledo, y mandó dar las sobrecartas que dije, las cuales les notificaron. Y Juan de Padilla trató con dos caballeros deudos suyos, el uno llamado Pedro de Acuña, que estaba casado con una su hermana, y el otro, Diego de Merlo, casado con una prima hermana, personas poderosas en Toledo, diciéndoles que ya sabían cómo el Emperador había mandado parecer a él y a otros caballeros de la ciudad personalmente en la corte; y que de la primera y segunda cédula habían suplicado; pero que era venida la tercera jusión, de la cual no podían suplicar. Que tenían pensado, que para que pareciese que el no obedecer no era por falta dellos, sino a más no poder que se juntasen estos caballeros y algunos sus allegados y valedores, amigos y criados, y que hiciesen una demostración de alboroto en la ciudad, y los prendiesen y detuviesen, no consentiéndoles partir, porque hecho esto lo tomasen por testimonio, y se enviase a la corte para defensa suya, y librarse de las penas que en las cédulas se les ponían.

Los dos caballeros, Pedro de Acuña y Diego de Merlo, que se habían criado en la casa real, mirando prudentemente en lo que Juan de Padilla y los demás les pedían, parecióles que era negocio mal sonante y temerario, y no quisieron ponerse en ello. Visto por Juan de Padilla y los otros, que por aquí no tenían remedio, hablaron a los frailes de San Juan de los Reyes y de San Agustín, para que un día de las letanías que se hacen por el mes de abril, que entonces va la procesión general de la iglesia mayor a San Agustín, que estando allí el pueblo, todos los frailes se pusiesen a prender los caballeros llamados por Su Majestad, pareciéndoles que los religiosos no tenían qué aventurar, y que eran exentos de la justicia real.

Sucedió, pues, que yendo en la procesión, ya concertados en esto, Hernando de Ávalos y don Francisco de Herrera, canónigo de Toledo y capellán mayor de la capilla de los Reyes Nuevos, que después fue arzobispo de Granada solos diez días, hubieron palabras, de las cuales se levantó un ruido y alboroto, que por sosegarlo se olvidó lo que se había concertado; de manera que no tuvo efeto.

Viendo los caballeros ya dichos que no se hacía lo que deseaban, y que el Emperador no partía del reino y que se les acababa el término y plazo, y se temían que el corregidor de Toledo les ejecutaría las penas en las cédulas contenidas, enviándolos presos a la corte, acordaron de hablar a algunos hombres bajos, traviesos y escandalosos de la vida airada. Los principales fueron un procurador de causas y otro que se llamaba Jara, con otros de la misma vida, y les prometieron largas satisfaciones, dándoles orden para que con otros de su gavilla los detuviesen, pues sabían que Hernando de Ávalos y Juan de Padilla con los demás, trataban el bien del reino, y que no era bien que los dejasen ir a padecer y echarlos fuera de Castilla. Y que pues por el bien de aquella ciudad se habían aventurado con tanto peligro, eran ellos obligados a favorecerlos y no consentirlos salir de Toledo.

Oyeron de buena gana aquellos hombres esto, porque demás de ser ellos de su condición, amigos de novedades, el interés y el ver que hacían los caballeros caso dellos, los levantó y puso en lo que veremos.

Prenden a Juan de Padilla y a otros los de Toledo.

Estando, pues, ya la determinación y trama en tal estado, viendo Hernando de Ávalos y Juan de Padilla que se trataba lo que ellos querían, acordaron de hacer demostración de cumplir lo que les era mandado. Y poniéndose en orden y hábito de camino, a 16 de abril, tomando por testimonio como se partían, salió Juan de Padilla de su casa, y hasta cuarenta o cincuenta hombres que estaban avisados, le salieron al encuentro con gran ímpetu y alboroto, diciendo a voces: unos: Prendamos a Juan de Padilla que se nos va a la corte; otros: que no se había de consentir que él ni los demás caballeros saliesen de Toledo, que era perdición de todo el pueblo y gran desagradecimiento y crueldad dejarlos ir a padecer.

Y esto se comenzó con tanto bullicio, que en poco tiempo acudieron y concurrieron allí más de seis mil personas, los más de ellos con armas, dando voces y diciendo: Mueran, mueran Xevres y los flamencos que han robado a España, y vivan, vivan Hernando de Ávalos y Juan de Padilla, padres y defensores de esta república.

Con este estruendo llevaron preso a Juan de Padilla, haciendo él sus protestos y requirimientos, si bien fingida y disimuladamente, que le dejasen ir a cumplir lo que las cédulas mandaban.

Metiéronlo en la iglesia mayor en una capilla en la claustra que llaman del obispo don Pedro Tenorio, donde le hicieron hacer pleito homenaje como caballero, que estaría preso en aquella capilla y no saldría de ella sin licencia y mandado de ellos. Luego fueron y trajeron presos a Hernando de Ávalos y a Gonzalo Gaitán y a don Pedro de Avala y a otros regidores, y los metieron en la misma capilla poniéndoles guardas.

Y ellos, protestando de la fuerza, y que por ella no podían cumplir con su jornada y hacer lo que el Emperador les mandaba, quedaron muy contentos de la buena traza que para excusar el camino habían dado.

[Prosigue la alteración del pueblo.]

Hecho esto, los mismos alterados fueron a la posada de don Antonio de Córdoba, corregidor de Toledo, y le requirieron repusiese la notificación hecha a aquellos caballeros de las cédulas reales, y la diese por ninguna; y que especialmente les mandase, so pena de la vida, que no las cumpliesen. El corregidor comenzó a mostrar ánimo, mandando pregonar que todos se fuesen a sus casas y dejasen las armas; mas no hacían caso de él ni le obedecían; antes había pareceres que le matasen, y otros que le quitasen la vara, y a sus oficiales, y se diesen a otros por la comunidad.

Estando él en este peligro lleno de temor, repuso el mandato y notificación de las cédulas por auto de escribano, mandando a los caballeros que no se partiesen fuera de la ciudad, sino que estuviesen allí, porque en ello Su Majestad sería más servido. Lo cual se notificó a los caballeros presos, y ellos lo tomaron por testimonio y lo enviaron a Alonso Ortiz con sus poderes, para lo presentar en su defensa ante Su Majestad; y así se hizo, y habló a algunos del Consejo creyendo que todo se encaminaba con buena intención, y para que Su Majestad viese lo que convenía al reino, como le suplicaban.

Dicen algunos que si en aquel tiempo el corregidor de Toledo se pusiera en castigar a los que en esto habían andado, que lo pudiera bien hacer y se excusaran tantos daños y guerras como después sucedieron; porque el alboroto fue de pocos y gente baja, y en la ciudad estaban muchos caballeros que favorecieran la justicia, especialmente don Juan de Silva y otros parientes suyos y de su parcialidad, aunque algunos dellos fueron en esta alteración. Y como el corregidor no se atrevió ni tuvo ánimo, la gente común le tomó, y otros que siguieran la justicia contra los primeros alborotadores si el corregidor tuviera los bríos y ánimo que debiera; que fue tan poco, que se retiró a su posada, donde estuvo algunos días sin fuerza ni autoridad; y al cabo se salió de la ciudad temiendo que le habían de matar.

Los caballeros presos de Toledo levantan todo el pueblo.

Como Hernando de Ávalos y Juan de Padilla, incitadores del alboroto, vieron que por evitar un daño habían caído en otro mayor, parecióles que, pues el Emperador estaba tan de camino para partir del reino, que, para excusar y librarse del castigo que el gobernador que quedase había de hacer en ellos, que sería bien procurar como todo el pueblo se levantase y se hiciesen fuertes, y tener la justicia, y el alcázar y puentes de su mano, con determinación de defenderse de todo hombre. Y para esto solicitaron algunos predicadores, frailes y clérigos, que dijesen en los púlpitos los daños y agravios que el reino recibía, y que dél se sacaba todo el dinero, y que no daban los oficios y beneficios a los naturales, sino a flamencos; que los redemían y daban a peso de dinero, y el rey se los pasaba: de donde se seguía que las honras no se daban por los méritos y servicios de los pasados ni presentes, sino por el puro dinero.

Con esto los frailes comenzaron loando lo que el pueblo hacía y que el reino estaba tiranizado; que los castellanos estaban abatidos; que les querían cargar nuevos tributos: que cada cabeza de ganado pagase un tanto, y de cada casa otro, y así de esta manera; que los que se ponían en defender el reino, libertades y franquezas de él, merecían eterno nombre.

Con esto se avivó el fuego, de manera que los que cuerdamente no querían meterse en estos ruidos, de puro miedo que los habían de matar, no osaban parecer, encerrándose unos en sus casas y otros ausentándose del pueblo, y los más principales, en que había algunos regidores y jurados, se metieron en el alcázar con don Juan de Rivera, o Silva, que le tenía a su cargo. El cual luego se retiró a él con algunos de sus hijos y hermanos, con la gente de su servicio, y mandó que los vasallos de unos lugares suyos le trajesen provisión; que el súbito y no pensado caso no dio lugar a que fuese la que era menester.

Y los de la Comunidad -que ya así se llamaban-, que era todo el resto de la ciudad, siguiéndola los que presumían de más avisados y bulliciosos, entendieron en fortificar y reparar los muros y lugares de importancia, temiéndose del daño que de fuera les podía venir, que dentro ninguno temían, y hiciéronse señores de las puertas y puentes que estaban a cuenta de don Juan.

Sabe el Emperador lo que pasa en Toledo.

Habiendo llegado el rompimiento a tales términos, el conde de Palma, don Luis Puertocarrero, temiendo los daños que de esta alteración podían resultar, despachó un correo al Emperador informando de lo que pasaba en aquella ciudad, para que proveyese luego remedio.

En esto, don Pedro Laso y don Alonso Suárez, y Miguel de Hita y Alonso Ortiz, se estaban en Santiago, y si bien algunos caballeros sus amigos les habían aconsejado que se fuesen a cumplir su destierro y no estuviesen tan cerca de Su Majestad, porque, como estaba enojado de los atrevimientos de Toledo, podría ser que creyese que habían sido ellos la causa dellos, y los mandase castigar; pero los caballeros de Toledo se estaban quedos en Santiago, sin temer mucho el daño que se les podía hacer. Viendo esto el condestable de Castilla y Garcilaso de la Vega, hermano de don Pedro Laso, pidieron ahincadamente al jurado de Toledo, continuo del rey, que luego fuese a Santiago y hiciese con ellos como se fuesen, porque solamente quedaban a don Pedro Laso cinco días, de los cuarenta que se le dieron de término para estar en Gibraltar.

El jurado partió por la posta a Santiago, y les dijo lo que el condestable y Garcilaso le habían dicho y su parecer, y cuán enconadas estaban las cosas; y acabó con don Pedro Laso que se partiese otro día, como lo hizo, pasando por Zamora, donde dijo lo que sus procuradores habían hecho para inducir e indignar aquel pueblo de la manera que adelante se verá.

Toma Toledo los alcázares echando de ellos don Juan de Silva.

Alterados los ánimos de la gente plebeya de Toledo, determinaron de hacerse señores del alcázar, como lo eran de las puertas y puentes, según queda dicho. Para esto comenzaron a decir que don Juan de Silva era traidor al bien de la comunidad, y que era bien echarle de Toledo y tomarle el alcázar.

Juntóse gente para combatirle, y como después que los Reyes Católicos reinaron hubo en estos reinos tanta paz y poco uso de las armas, estaban en aquel tiempo las fortalezas mal reparadas y muy desproveídas de armas y bastimentos.

Como don Juan sintió la mala voluntad del pueblo, hízose fuerte en el alcázar, según referí, metiendo consigo algunos caballeros y otra gente, que serían por todos hasta cuatrocientos, con voluntad de defenderse del pueblo si los acometiesen. Cuando el común vio esto, determinó de tomar las puertas y puentes de la ciudad.

Fueron luego a la puerta de Visagra, y a la hora se les dio, y lo mismo la puerta del Cambrón. De la puente de Alcántara era alcaide un jurado que se llamaba Miguel de Hita, el cual fue procurador juntamente con don Pedro Laso y don Alonso Suárez; su tiniente de Hita no pudo tanto defender la torre de la puente que no se la tomasen por fuerza brevemente. Luego pasaron sobre la puente de San Martín, donde estaba por alcaide Clemente de Aguayo, hombre animoso, y estaba apercebido con algunos amigos y criados. Comenzáronle a combatir y él a defenderse valerosamente, hasta que por fuerza le entraron en la torre primera de la puente, por la parte de la ciudad.

Por que acudió tanto número de gente común y caballeros, cuidando muchos que lo que se hacía iba más bien fundado y con mejor intención de lo que después pareció; y los muchachos eran tantos, que a pedradas los hundían desde un muladar que sale a lo alto de la torre. De manera que el combate fue por tantas partes, que de fuerza la hubieron de entrar, hiriendo malamente al alcaide en dos partes. Al fin le tomaron preso, y amagaron que le querían degollar si no mandaba dar la torre de la puente que sale a la parte del campo. Él, todavía con mucho ánimo, aventurando la vida, no quiso mandar que se entregase; y teniéndole desta manera, comenzó la gente a combatir la otra torre; pero como vieron rendida la primera y a su alcaide preso, desmayaron en la defensa y diéronse a la ciudad, y así fueron entregadas todas las puentes y puertas.

Hecho esto fueron sobre el alcázar con grandísimo número de gente armada, determinados de la combatir si no se les rindiese. Doliéndose algunos religiosos de los males y muertes que de aquí se siguirían, se pusieron de por medio entre don Juan de Silva, que defendía el alcázar, y los caballeros y gente común que iban contra él. Anduvieron los tratos un gran rato, de manera que, como don Juan viese muchos de sus parientes cercanos que eran contra él, y sus amigos y aliados, y que no tenía bastimentos para se defender, acordó, para excusar los daños que podría haber en la resistencia, de entregar la fortaleza, con condición que quedase por alcaide un su criado, y que hiciese por ella pleito homenaje.

Desta manera, sábado a veinte y uno de abril, salieron don Juan y sus hijos con los caballeros, amigos y criados que dentro tenía, y se fueron a un lugar suyo cuatro leguas de allí, de donde tornó a escribir al Emperador, cómo la ciudad le había tomado el alcázar, puertas y puentes. De lo cual [el] Emperador se enojó mucho, pero no para que se determinase a enviar gente, porque todos le decían que era cosa de poco fundamento y que ello se caería.

Pasó esto antes que el corregidor se saliese de la ciudad ni dejase la vara, y así, todo el común, guiados de sus cabezas, se fueron a su posada, y le hicieron que jurase de tener las varas por la comunidad de Toledo. El cual, atemorizado, hizo lo que le mandaron, y al fin se vino a salir y desamparar el pueblo por verle tan sin remedio.

Faltando, pues, en la ciudad el corregidor y don Juan de Silva, los de la comunidad quedaron libres y señores, y hicieron sus diputados, y comenzaron a poner forma de gobierno a su voluntad, diciendo que lo hacían en nombre del rey y de la reina y de la comunidad: y de esta manera la ciudad de Toledo dio principio a sus alteraciones largas y porfiadas y bien costosas.

Detienen a don Pedro Laso. -Quién fue don Pedro Laso.

Don Pedro Laso llegó a un lugar suyo, que llaman Cueva, y de allí quiso partir a Gibraltar, como le era mandado, obedeciendo como bueno y leal, aunque eran pasados los cuarenta días del término. Como Toledo supo de su venida, enviáronle a pedir que se llegase a la ciudad. Él se quiso excusar, diciendo que iba a Gibraltar en cumplimiento de lo que Su Majestad le había mandado.

Acordaron los de Toledo de enviar cierta gente de a caballo, para que le prendiesen y no le dejasen ir, sino que le trajesen a la ciudad, y por otra parte le volvieron a escribir que se llegase a la ciudad. Don Pedro lo hubo de hacer, si bien, al parecer, contra su voluntad, y entró secretamente en su casa, sin que nadie lo supiese, mas no se pudo encubrir.

Y luego se juntó todo el pueblo, y fueron a la casa de don Pedro, y sacáronlo de ella y lleváronlo a la iglesia, yendo don Pedro a caballo y todo el pueblo a pie, con gran regocijo, loando y encareciendo el valor que había tenido; que cierto en aquel tiempo fue el más amado y estimado del pueblo, y aun del reino.

Y este favor tan grande que todos le hacían, le hizo no caer tan presto en la cuenta de su error, porque don Pedro era un caballero de sanas entrañas y sin malicia, y junto con esta bondad, amigo de justicia y del bien del reino; y por eso se metió tanto en estos bullicios. Y el que supiere quien él era, entenderá ser esto así, y que la sangre generosa que tenía, no le dejara caer de lo que sus pasados hicieron, que fueron de los grandes de España, siendo don Pedro hijo de Garcilaso de la Vega, comendador mayor de León, y uno de los señalados caballeros que hubo en el reino en tiempo de los Reyes Católicos, y de doña Sancha de Guzmán, señora de la casa de Batres, de la ilustrísima familia de los Guzmanes de León. Y fue nieto don Pedro de don Gómez Suárez de Figueroa, padre del primer conde de Feria, y de doña Elvira Laso de la Vega, hermana del marqués de Santillana, que son dos casas, la de la Vega y la de Mendoza, de las más ilustres de España.

Tal era don Pedro Laso, y así se ha de entender que serían tales sus pensamientos y deseos de servir a su príncipe, como lo entendieron adelante el Emperador y su hijo, el rey don Felipe, pues en tiempos bien turbados, cuando eran menester hombres de valor y lealtad, hicieron su embajador cerca de la persona de Paulo IV a Garcilaso de la Vega, hijo de don Pedro Laso, y le encomendaron negocios gravísimos, cuales los hubo con aquel Pontífice de tan recia condición.

Oblígame a esto la honra de un tan gran caballero, y es deuda mía darla a entender y no dejarla oscurecida, aunque detenga algo la historia.

Echan al corregidor de Toledo.

Para acabar los de Toledo de despeñarse y asegurar sus personas y asiento, pareció a todos los de la Comunidad, que ya llamaban santa, que convenía echar de la ciudad al corregidor con todos sus ministros, no obstante que él había hecho juramento de tener las varas por la comunidad.

Y para mejor hacerlo, levantaron un alboroto como que le querían matar, y de esta manera le quitaron la vara, y a sus tenientes y alguaciles; las cuales las dieron luego, temiendo el peligro de sus personas.

El corregidor, con el alcalde mayor y alguacil mayor, se fueron a guarecer en casa de don Pedro Laso, y él los recogió y amparó, y Hernando de Ávalos y otros algunos caballeros.

Y después de sosegada aquella alteración de la gente común, los sacaron fuera de la ciudad a pie, donde tenían sus cabalgaduras, y se partieron a Alcalá de Henares, de donde envió el corregidor a Pedro de Castillo, su alguacil mayor, a dar cuenta al Emperador de lo que pasaba en Toledo.

La ciudad puso mucho cuidado en las puertas y caminos, para que no saliese correo ni persona que pudiese dar aviso de lo que pasaba, y para que ninguno pudiese entrar sin saber quién era, de dónde venía y las cartas que traía. Todas estas cosas se hicieron en Toledo de voluntad y concordia de cuantos caballeros en ella se alzaron, y de toda la otra gente de la ciudad, frailes y clérigos, salvo algunos pocos que se ausentaron, si bien con peligro de la vida.

El orden que tenían para conformarse en sus desatinos era que todas las veces que querían tratar de alguna cosa, se juntaban en cada parroquia los moradores de ella, y tenían consigo dos escribanos públicos, ante los cuales, cada uno, por bajo que fuese, daba su parecer, y se asentaba ante los escribanos.

Y lo mismo se hizo después en Valladolid y las demás ciudades que se alteraron, que de otra manera mal se pudieran entender.

Llega a La Coruña nueva del levantamiento de Toledo. -Quiere el Emperador venir sobre Toledo, y castigarle.

A 8 de mayo deste año se publicó en La Coruña el levantamiento de Toledo. Unos recibieron contento; otros, pena; cada cual, según la pasión que tenía. Aconsejaban algunos al Emperador que tomase la posta y diese consigo en Toledo, y hiciese un castigo ejemplar, que con esto allanaría el reino; y el Emperador, como era mozo y brioso, estuvo en ello, mas monsieur de Xevres le apartó de tal propósito que no lo hiciese, temiendo mayores alborotos si el Emperador iba y le perdían el respeto, sabiendo la fortaleza y sitio de aquella ciudad, y estar la alteración en el principio de su furia, y que sería mayor el mal si se desvergonzaban contra su persona, como se temían que lo harían, así de temor por lo que habían cometido como por estar el furor del pueblo en sus principios bien encendido, que de fuerza el tiempo había de amansar pasados los primeros ímpetus, como de ordinario suele ser en las comunidades: encenderse con poco fuego y sin ningún fundamento, y apagarse con nada de agua.

Juntábase también con esto la gana que Xevres tenía de verse en su tierra, que siendo verdad lo que de él se decía, donde está el tesoro está el corazón y el alma toda. También el Emperador tenía precisa necesidad, por mil razones que tocaban a la reputación de su persona, de no dilatar la jornada, antes acelerarla lo posible, por la priesa que los príncipes electores daban, y porque no tuviesen lugar sus enemigos de dañar la elección del imperio, y asimismo porque le esperaba el rey de Ingalaterra; y convenía no poco, antes que el rey de Francia se viese con el inglés, como lo procuraba, y aún decían que estaban concertadas las vistas para 1º. de junio en Cales. Y entendiendo que lo de Toledo no pasaría adelante, no adivinando nadie lo que después sucedió.

Conclusión de las Cortes. -Las ciudades que negaron el servicio. -Dice el rey a los grandes la determinación de su camino. -Nombra por gobernador del reino al cardenal Adriano.

Puestas las cosas en el estado que digo, los procuradores de Toledo nunca vinieron a las Cortes, y acabáronlas los que en La Coruña se hallaron, y concedieron el servicio que Su Majestad pedía, que fueron docientos cuentos, pagados en tres años.

Otros no lo concedieron, y los que fueron en darlo, se vieron en harto trabajo con sus ciudades.

No lo quisieron dar los de Salamanca, Toro, Madrid, Murcia, Córdoba ni Toledo, cuyos procuradores nunca vinieron en ello, ni se hallaron en las Cortes: y de León negó el uno, y concedió el otro. De los que fueron en que se diese, unos tuvieron celo de servir a Su Majestad. otros por sus particulares intereses; y como el Emperador estaba tan de camino, no esperando más que al tiempo para navegar, otorgado el servicio, no obstante que algunos de su Consejo fueron de parecer que no se cobrase el servicio, como don Alonso Téllez, señor de la Puebla de Montalbán, y el obispo Mota y el licenciado Francisco de Vargas, Su Majestad mandó llamar a los grandes del reino que allí estaban, que fueron don Diego López Pacheco, marqués de Villena; don Iñigo de Velasco, condestable de Castilla; el conde de Benavente, el duque de Alburquerque, duque de Medinaceli, marqués de Astorga, conde de Lemos, conde de Monterrey; y, presentes los procuradores del reino, les dijo cómo estaba determinado de se partir, por lo que tocaba a la elección del Imperio, y que Dios queriendo, volvería en breve; y que dejaba por gobernador destos reinos al cardenal obispo de Tortosa, de su Consejo, el cual era persona muy docta y bien intencionado. Que les rogaba y mandaba que le favoreciesen, de manera que el reino fuese bien gobernado.

La mayor parte de aquellos caballeros lo contradijeron por algunas causas, y una era ser el cardenal Adriano extranjero, si bien otros lo aprobaron.

Y con esto no hizo caso el Emperador de los que contradecían, ni consintió que hubiese réplica, que no debiera.

Lo que por parte del reino se pidió al Emperador en La Coruña. -El poco caso que se hizo de lo que pedía el reino causó los males que diré.

Estando el Emperador en La Coruña, le suplicaron por parte del reino las cosas siguientes:

Que Su Majestad tenga por bien de venir brevemente en estos sus reinos, y los rija y gobierne por su persona, como lo hicieron sus pasados.

Que ninguna cosa de cuantas le suplicaban satisfaría tanto a sus reinos como su bienaventurada venida muy breve: porque no era costumbre de España estar sin su rey, ni de otra manera pueden ser regidos y gobernados con la paz y sosiego que es necesaria y conviene.

Que luego que venga en estos reinos, tenga por bien de casarse por el bien universal de ellos, y por haber generación de su real persona para la sucesión dellos, pues su edad era conveniente para ello.

Que la casa de la reina se ponga en la orden que a su real persona conviene, y a la honra destos reinos; y se pongan en ella oficiales de confianza, que sean muy bien tratados, y que se les hagan mercedes.

Que cuando volviere a estos reinos, sea servido de no traer consigo extranjeros, flamencos ni franceses, ni de otra nación, para que tengan oficio alguno que sea de calidad en el reino. sino que se sirva de naturales del reino, que con mucha lealtad y amor le servirán.

Que estando estos reinos en paz y en su obediencia, no traiga gente de guerra extranjeros para defensión de ellos, ni para guarda de su persona real, porque en el reino hay gente belicosa y para conquistar otros reinos, y porque no se piense en él, que por desconfianza dellos tiene guarda de extranjeros.

Que ponga y ordene su casa de manera que se sirva en ella como se sirvieron los Reyes Católicos, sus abuelos, y los otros reyes, sus progenitores.

Que no se den salarios a mujeres ni hijos de cortesanos que no sirvieren, si no fuere cuando en remuneración y equivalencia de los servicios del difunto quiera hacer merced a sus hijos, y porque después de la reina Católica se han aumentado en la casa real muchos oficios demasiados, que antes no los hubo, que se quiten y no se den salarios por ellos.

Que ningún grande pueda tener oficio en la casa real en cosa que tocare a la hacienda.

Que el tiempo que estuviere ausente, se paguen de sus rentas los salarios de la casa real.

Que los gobernadores que hubiere de haber en el reino mientras estuviere ausente, sean naturales por origen destos reinos de Castilla y de León.

Que los tales gobernadores tengan poder para proveer los oficios y dignidades del reino; no siendo obispados ni tenencias ni encomiendas.

Que no se den huéspedes reyes ni señores; y si de hecho los dieren, que no sean obligados a los recebir, si no fuere de su grado. Pero que yendo Su Alteza de camino, que se den posadas a su casa y corte, sin pagar dinero por el aposento de las casas y ropa, estando en el lugar de camino quince días y no más; y si más estuviere, que lo pague.

Y que asimismo se aposente la gente de guarda y de guerra en los lugares como se ha acostumbrado.

Que se den cien posadas y no más para la casa real, y éstas las pague el regimiento del tal lugar.

Que no se den posadas a los del Consejo, ni alcaldes, ni otros jueces, ni oficiales.

Que no den los reyes cédula general ni particular para que reciban huéspedes.

Que las alcabalas se reduzgan a un justo número, y se encabecen en un justo y moderado precio, de manera que los pueblos entiendan que se les hace gracia y merced.

Que el servicio que los procuradores otorgaron en La Coruña no se pida ni se cobre, ni se echen en el reino, ni puedan echar nuevas imposiciones ni tributos extraordinarios, si no fuere con necesidad evidente, que se vea que es necesario para el bien y conservación del mismo reino o servicio del rey.

Que los reyes no envíen instrución ni forma a las ciudades de cómo han de otorgar los poderes, ni el nombrar de las personas, sino que las ciudades y villas otorguen libremente sus poderes a las personas que tuvieren celo a sus repúblicas, sino que solamente se les envíe a decir y notificar la causa porque son llamados, para que vengan informados.

Que los procuradores de Cortes tengan libertad de se juntar cuantas veces quisieren y donde quisieren, libremente, y platicar y conferir los unos con los otros.

Que los procuradores, todo el tiempo, que les durare el oficio, no puedan recibir oficio ni mercedes de los reyes para sí, ni para sus mujeres, ni hijos, ni parientes, so pena de muerte y perdimiento de bienes; y que estos bienes sean para los reparos públicos de la ciudad o villa, cuyo procurador era, porque así miren mejor por lo que fuere servicio de Dios, y del rey y del reino.

Que a los procuradores se les dé salario competente a cuenta de los proprios del lugar cuyo procurador fuere.

Que acabadas las Cortes, dentro de cuarenta días sean obligados los procuradores de volver a dar cuenta a su república de lo que han hecho, so pena de perder el salario y el oficio.

Que no se pueda sacar oro, ni plata labrada ni por labrar, so pena de muerte: porque de haberse hecho lo contrario, los reinos están perdidos y pobres.

Que se labre moneda en ley y valor diferente a lo que se labra en los reinos comarcanos, y que sea moneda apacible y baja de ley, de veinte y dos quilate.

Que en el peso y valor venga al respeto de las coronas del sol que se labran en Francia: porque desta manera no lo sacarán del reino.

Otros muchos capítulos dieron tocantes a la moneda, oro y plata, y las mercedes que los reyes hacían, y otras cosas de justicia.

Y en lo más que insistieron fue en que los Consejos se visitasen rigurosamente, y las chancillerías y audiencias de todo el reino, de seis a seis años, y en el despacho de los pleitos, que se viesen por su orden, y se votasen dentro de un cierto término sin dilación alguna.

Que no hubiese juntas de presidentes, sino que cada cosa se determinase en su proprio tribunal.

Que no se diesen a un oficio de consejero, o otro cualquiera, dos oficios, sino que uno sirviese en uno sin poder tener otro.

Éstas y otras muchas cosas pidieron todos los señores y procuradores del reino: pero cayeron en manos de extranjeros, y el rey mozo y con cuidados de su camino y Imperio, y así se quedaron. Y por no hacer caso dellas, ni otras semejantes que se pedían con muy buen celo, reventó el reino, y dando en un inconveniente, se despeñó en muchos, como es tan ordinario.

Pidieron una cosa muy santa en el capítulo de las dignidades y pensiones eclesiásticas: que no se diesen a extranjeros, y que las naturalezas que se habían dado las revocasen.

Que en las audiencias eclesiásticas no se llevasen más derechos que en las seglares, y guardasen el mismo arancel: lo cual sería bien mirar hoy día.

Hubo también quejas y memoriales contra Pedrarias de Ávila, caballero señalado y de grandes servicios, hermano del conde de Puñoenrostro, que enemigos suyos le calumniaban y cargaban, diciendo que en el descubrimiento de las Indias había hecho muertes injustas, robos y insultos.

Siete consultas hubo en La Coruña, y salió dellas Pedrarias libre; y teniendo el Emperador atención a los servicios que Pedrarias había hecho en Orán, África y toma de Bujía, y los demás en las Indias, le dio por libre de estas falsas y apasionadas acusaciones y le confirmó en la gobernación y cargos que había tenido en ellas, y le hizo otras mercedes; si bien no bastantes a cerrar las bocas de sus émulos, que dieron ocasión para que extranjeros escribiesen mal deste caballero tan antiguo en el reino y valiente por su persona; y otros que por saber poco los han seguido en perjuicio de su nación y nobleza de ella.

Llega el rey a Ingalaterra.

A pesar de los caballeros que llevaban mal el gobierno de Adriano, con acuerdo de los de su Consejo, y de don Antonio de Rojas, arzobispo de Granada, y su presidente, quedó por gobernador de Castilla y de Navarra, juntamente con los de su Consejo, que fueron don Alonso Téllez, señor de la Puebla de Montalbán; Hernando de Vega, comendador mayor de Castilla; don Juan de Fonseca, obispo de Burgos; don Antonio de Rojas, arzobispo de Granada y presidente del Consejo Real de Justicia; el licenciado Francisco de Vargas, tesorero general, y que residiesen en Valladolid.

Y por capitán general del reino a Antonio de Fonseca, señor de Coca, y su contador mayor, hermano del obispo de Burgos, don Juan. Y en Aragón, por gobernador y capitán general a don Juan de Lanuza; por virrey de Valencia, a don Diego de Mendoza, hermano del marqués de Zenete.

Ordenadas, pues, en esta forma las cosas tocantes al buen gobierno del reino, a 19 de mayo, sábado, a la puesta del sol se levantó un viento recio y los pilotos dijeron que el tiempo era bueno.

Y el Emperador mandó pregonar que aquel día se embarcasen todos, porque otro, de mañana, se quería hacer a la vela.

Domingo 20 de mayo, antes que amaneciese, confesó y oyó misa y recibió el Santísimo Sacramento, y se fue a embarcar, acompañándole hasta la lengua del agua don Alonso de Fonseca, arzobispo de Santiago; don Juan de Fonseca, obispo de Burgos; don Iñigo de Velasco, condestable de Castilla y de León; don Diego López Pacheco, marqués de Villena; don Alonso Pimentel, conde de Benavente; don Juan Osorio, marqués de Astorga, y otros muchos caballeros.

Embarcáronse con el Emperador don Fadrique de Toledo, duque de Alba, y el marqués de Villafranca y su hijo, y don Hernando de Andrada, conde de Andrada; Diego Hurtado de Mendoza, de quien el Emperador fue muy servido, como dije, confirmándole las alcabalas de su tierra y ser guarda mayor de Cuenca; monsieur de Xevres y los demás flamencos.

Y con gran música de todos los ministriles y clarines, recogiendo las áncoras, dieron vela al viento con gran regocijo, dejando a la triste España cargada de duelos y desventuras.

Hicieron la navegación derechos a Ingalaterra, y en seis días llegaron, y tomó puerto la armada en la villa de Doura, frontero de Cales.

Y luego, el mismo día, que fue Pascua de Espíritu Santo, desembarcó el rey con todos sus caballeros y criados donde ya estaba el cardenal de Ingalaterra, que era gran privado del rey Enrico, y por quien él se gobernaba; y la misma noche vino allí por la posta el rey de Ingalaterra. Y fueron las muestras de amor muy grandes, y el placer con que el rey recibió y habló al Emperador rey de España.

Otro día los dos reyes fueron a San Tomás de Canturbe, tres leguas de allí, donde la reina doña Catalina, mujer del rey Enrico de Ingalaterra y tía del Emperador, estaba. Y tenía riquísimamente aderezado el aposento, en el cual estuvieron los tres días de pascua y hicieron muy grandes y solemnes fiestas.

Pasada la pascua, y habiendo estos dos príncipes tratado las cosas que les convenían y confirmado las paces, con buena gracia y amor, el Emperador se dispidió de su tía y del rey y vino a Dulao, playa en aquella misma isla, y tornó a embarcarse en su armada, que allí se había pasado; y prosiguiendo la navegación, fue a tomar puerto en la isla de Holanda, en la villa de Frigilingas.

Y de su llegada los naturales de aquellos estados recibieron increíble gozo, y lo mismo sabiéndose en toda Alemaña, en la cual era muy deseado.

También pasó de Holanda sin detenerse a Flandes, y en las villas de aquellos estados por donde pasaba le fueron hechos solemnísimos recibimientos, señaladamente en Gante, donde le esperaron madama Margarita, su tía, y el infante don Fernando, su hermano, que ya era archiduque de Austria; y de allí se acercó a la villa de Cales para se tornar a ver con el rey y reina de Ingalaterra. Los cuales, en tanto que el Emperador navegaba, se habían visto con el rey de Francia, que procuraba cuanto podía desviar al de Ingalaterra de la amistad del Emperador; de cuya potencia y acrecentamiento le pesaba más de lo justo. Y hechas estas segundas vistas, el Emperador volvió a la villa de Gante, do quería ponerse en orden para ir a recibir la corona en Aquisgrand.

Donde lo dejaremos agora, que nos llaman las lástimas y movimientos de España.

Mercedes que hizo el Emperador antes de su partida. -Generoso ánimo del condestable de Castilla y de León.

Antes que el Emperador se embarcase, dejó mandado al secretario Cobos que repartiese ciertas cédulas de merced que Su Majestad hacía a los grandes, de alguna suma de dineros para ayuda de costa. Y se les señaló en el servicio que le habían otorgado las ciudades, dando a cada grande en la ciudad o villa donde tenía más parte y su asiento; y todos las recibieron, excepto el condestable de Castilla, que, como le dio la cédula del libramiento un criado suyo, domingo de mañana, después que el Emperador fue embarcado, hubo enojo porque la tomó: que cerca de ello, el secretario Cobos le había hablado que Su Majestad lo mandaba, y el condestable le rogó que no curase de ello, que no lo recibiría, diciendo que Su Majestad no tenía necesidad de cumplir con él; que su persona y cuanto tenía era para servirle; y hizo diligencia grande para que al Emperador constase esto, y fue que como las naos fuesen partidas, mandó que una posta caminase por tierra a Flandes, de manera que llegase tan presto como la armada, para dar la cédula a don Pedro de Velasco, su criado y deudo, que enviaba con el Emperador para que la tornase al secretario Cobos.

Sentimientos varios sobre la partida del Emperador.

La partida del Emperador sintieron diversamente en España: los que tenían sana y buena intención y ánimos quietos, que la habían aprobado, teníanla por justa, no temiendo ni adivinando lo que después sucedió. Pero los que eran bulliciosos y levantados no lo tomaban así, antes parecía que andaban alegres, con vanas esperanzas de acrecentar sus estados y estimación con las disensiones y mudanzas que esperaban, por lo que el refrán dice de las ganancias que se sacan a río revuelto.

Partido, pues, el Emperador de La Coruña, como queda dicho, los grandes y señores que allí habían quedado se fueron a sus casas, y los procuradores de Cortes, a sus pueblos, con harto miedo de sus repúblicas.

Y el cardenal con los del Consejo, tomaron el camino para Valladolid: y antes que allí llegasen, tuvieron nueva de algunos movimientos de las ciudades de Castilla.

Fue muy mal aconsejado el Emperador en no hacer lo que en las Cortes le suplicaban, de que dejase por gobernador de estos reinos a un grande natural dellos, que, como a grande y poderoso le temieran, y como a natural le amaran y respetaran; y lo que después hicieron, cuando la necesidad apretaba, fuera bien que antes se hiciera.

Echando la culpa de esto a Xevres, él decía que no se había hecho, no por entender que en Castilla no había grandes señores dignos de esto y más, sino porque entre ellos había pasiones y parcialidades. Y que dándolo a unos, se habían de agraviar otros.

Prisión y miserable muerte del regidor Tordesillas. -Líbrase Juan Vázquez de la furia popular de Segovia.

Llegando, pues, el cardenal y consejeros a Benavente, les vino un correo de don Juan de Acuña, corregidor de Segovia, a darles cuenta de un caso notable y atroz que en aquella ciudad había sucedido, y fue que uno de los procuradores que fueron a las Cortes de Santiago, llamado Juan o Antonio de Tordesillas, regidor y natural de aquella ciudad, concedió el servicio real y trajo para la ciudad encabezadas las alcabalas y hecha merced de cien mil maravedís para reparar los muros, y para su persona negoció un muy buen corregimiento y recibió un oficio que la Casa de la Moneda tenía perdido.

Es costumbre en Segovia que el martes de la pascua de Pentecostés se juntan los cuadrilleros a tratar de las rentas de la iglesia de Corpus Christi. Sucedió que estando todos juntos, uno, inconsideradamente, dijo:

-Señores, va sabéis cómo es corregidor desta ciudad don Juan de Acuña, y que nunca ha puesto los pies en ella. Y no contento de tenernos en poco, tiene aquí unos oficiales que tratan más de robarnos que no de administrar justicia. Y juro a Dios que si los pasados nos robaban los cirios, que éstos nos roban hasta las estacas. Fuera desto, ya sabéis que tiene el corregidor puesto aquí un alguacil más loco que esforzado, que no le bastan desafueros que hace de día, sino que trae un perro con que prende los hombres de noche. Y lo que cerca de esto a mí me parece, es que si alguno hiciere cosa que no deba, que le prendan en su casa como cristiano y no le busquen con perros en la sierra como a moro. Porque un hombre honrado más siente el prenderle en la plaza, que las prisiones que le echan en la cárcel.

Estaba presente a estas palabras un viejo que se llamaba Melón, que tenía por oficio y costumbre muchos años había, ser porquerón, o como llaman, corchete de los alguaciles, y por esto todos los del pueblo le aborrecían. Como este pobre hombre oyó lo que aquel cuadrillero había dicho, estando ya todos callando, se levantó y dijo estas palabras en favor de la justicia:

-En verdad, señores, que no me parece bien lo que ese hombre ha dicho, y peor me parece que gente tan honrada como aquí hay den oídos a ese hombre, porque el que hubiere de decir en público de los ministros de la justicia, ha de hablar con moderación y templanza en la lengua, porque en el oficial del rey no se ha de mirar a la persona, sino a lo que por la vara representa. A lo que dice del perro que nuestro alguacil trae consigo, juro a Dios y a esta cruz que, como es mozo, más le trae para tomar placer de día que para prender de noche. Y si así no fuese, no me tengo yo por tan ruin, que no hubiera ya dado cuenta al pueblo, porque al fin estoy más obligado a mis amigos y vecinos que no a los extraños. Si los alcaldes o alguaciles hacen alguna cosa que sea contra derecho y justicia, lo que hasta agora no han hecho en ley de cristianos y aun de caballeros, estamos obligados a avisarlos y reprehenderles en secreto, antes que los disfamemos en público. Si esto que agora os digo no os parece bien, podrá ser que de lo que de aquí resultara os parezca peor, porque las malas palabras que inconsideradamente se dicen, alguna vez con mucho acuerdo se pagan.

Súpoles a todos tan mal esta palabra, que con grita y alboroto arremetieron a él y echáronle al cuello una soga, y con grande estruendo y alarido, arrastrando, le sacaron de la ciudad, y fueron tantos los golpes que le dieron, que antes de llegar a la horca murió, y muerto le pusieron en ella.

Volviendo de ahorcar a este desdichado de Melón, toparon en el Azoguejo a otro su compañero, llamado Roque Portalejo. Díjole uno de los que allí venían:

-Portalejo, hágote saber que tu compañero Melón se te encomienda, que queda ahí en la horca, y dice que te espera en ella mañana, y no será mucho que te hagan acetar este convite y que, pues fuiste compañero en la culpa, lo seas en la pena.

Respondió Portalejo:

-Mantenga Dios al rey mi señor y a su justicia, que espero en Dios que algún día os arrepentiréis, y Segovia de lo que ha consentido. Porque la sangre que se derrama de los inocentes, aunque los hombres lo pongan en olvido, siempre está ella delante de Dios clamando.

Por esto, y porque le vieron con un papel y pluma, uno comenzó a decir que escribía los que habían sido en matar a Melón; comenzaron a dar voces diciendo: «¡Muera, muera!», y con la misma furia y desorden de proceso con que procedieron contra Melón, le echaron mano y le llevaron a la horca, y lo colgaron de los pies. Y así murió el miserable.

Gastaron este día con los dos pobres. Y en el siguiente, miércoles, hubo regimiento. El regidor Tordesillas fue allá, que no debiera, a dar cuenta de lo que había hecho en las Cortes, aunque fue aconsejado que no fuese. Iba encima de una mula, vestido de sayón y tabardo de terciopelo carmesí.

Está la casa del ayuntamiento en la iglesia de San Miguel. Como el pueblo supo que el regidor había otorgado el servicio y que estaba en el ayuntamiento, acudieron allá grande número de cardadores, y, escalando las puertas y ventanas, le sacaron de la iglesia arrastrando. El Antonio de Tordesillas rogábales, diciendo:

-Oídme, señores, que yo quiero daros cuenta. Veis aquí los capítulos de lo que traigo. Sosegaos y vamos a un lugar donde os podáis enterar.

No bastaba, que la multitud de los pelaires estaba furiosa. Unos decían: «Llevémosle a Santa Olalla», y el pobre Tordesillas decía: «Sea, señores, adonde mandáredes.» Otros: «No, sino muera»; otros dijeron: «Tordesillas, dad acá los capítulos.»

Tordesillas dijo:

-Pues que así lo queréis, tomadlos allá.

Y sacó entonces un memorial que contenía todo lo que en las Cortes había hecho, y sin leerlo lo hicieron pedazos. Y a una voz dijeron:

-Vaya a la cárcel: allí se verá la traición con que ha andado.

Y llevándolo en volandas a la cárcel, comenzaron a dar voces:

-Dad acá una soga y no pare en la cárcel, sino luego vaya derecho a la horca.

Y luego, a grandes voces todos decían: «¡Muera, muera!», y trajeron la soga, y echáronsela a la garganta y dieron con él en tierra.

Y así le llevaron arrastrando por las calles, dándole grandes empujones y golpes en la cabeza con los pomos de las espadas, aunque daba grandes voces y gemidos, diciendo:

-Oídme, señores: ¿por qué me matáis? -no aprovechaba.

Pedía confesión; no querían. Salieron el deán y canónigos revestidos y con el Santísimo Sacramento; y, lo que más lástima podía hacer, un hermano del mismo regidor fraile francisco, muy grave, salió vestido como para decir misa, con el Santísimo Sacramento en las manos, con todos los frailes de San Francisco y cruces de las iglesias; y se les ponían de rodillas a estos bárbaros, y rogaban con lágrimas que no le matasen, por Jesucristo. Mas como toda aquella gente era común y vil, no hicieron caso de ellos, ni tuvieron reverencia a la Iglesia.

Pidiéronles que ya que querían matarle, que le dejasen confesar; y tampoco quisieron; y como pudo, se llegó a un fraile, y dijo en confesión tres o cuatro palabras, que más no pudo.

Y cuando llegó a la horca. ya medio ahogado de la soga que de él tiraba, le ataron por los pies y le pusieron entre los otros dos que el día antes habían ahorcado, los pies arriba y la cabeza abajo.

Así acabó la vida este pobre caballero; y, sin duda, corriera la misma suerte por su compañero, que se llamaba Juan Vázquez, si no se ausentara; pero escapóse siendo avisado.

Elige Segovia diputados y quitan las varas a la justicia y pónense en armas. -Acude el conde de Chinchón a defender los alcázares. -Lealtad del conde de Chinchón y su hermano.

Habiendo el común de Segovia hecho esto, eligieron sus diputados de Comunidad y quitaron las varas a la justicia del rey y diéronlas a otros que las tuviesen por ellos, y apoderáronse de las puertas de la ciudad.

En estos días había llegado a Segovia don Hernando de Bobadilla, conde de Chinchón, el cual es mucha parte en la ciudad, y es alcaide de los alcázares y puertas [y] Casa de Moneda de ella; que por servicios de sus pasados se lo dieron los reyes, y lo pusieron en mayorazgo.

Y el común se puso en hacerse dueño de las puertas y de otra casa suya, que tenía en la misma ciudad; y el conde recogió los criados y alcaides que tenía en las puertas y metiólos en los alcázares, por tener gente con que los defender, si se pusiesen en tomarlos, y dejólos encomendados a su hermano, don Diego de Bobadilla, y partió él para su tierra, y sacó de sus fortalezas toda su artillería que tenía en ellas, con la cual, y con algunos más criados, vino en socorro de su hermano, que los comuneros le tenían cercado y apretado en los alcázares. Y aún duró el cerco todo el tiempo que duraron las Comunidades, haciéndose cruel guerra unos a otros. Mas don Diego se defendió, y los defendió valientemente, y fueron tan buenos y leales estos caballeros, que por defender los alcázares del rey desarmaron sus proprios lugares y fortalezas, y consintieron que los comuneros se los destruyesen, por no desamparar lo que era del servicio del rey, lealtad harto honrada y digna de tales caballeros.

Consulta el gobernador el caso de Segovia. -Discúlpanse los caballeros de Segovia. -Estraga la cólera del presidente y daña y encona más los ánimos de Segovia.

El despacho que el correo de Segovia trajo a los gobernadores, avisando de la crueldad que en aquella ciudad había pasado, les dio grandísima pena y puso en harto cuidado. Sintió en el alma el cardenal estos levantamientos, y entró en consejo con los caballeros que el Emperador había dejado nombrados, que fueron: don Alonso Téllez Girón, señor de la Puebla de Montalbán, y Hernando de Vega, comendador mayor de Castilla; y el obispo de Burgos, don Juan de Fonseca; y Antonio de Fonseca, señor de Coca y Alaejos; y el licenciado Francisco de Vargas, tesorero general; el presidente del Consejo Real, don Antonio de Rojas, arzobispo de Granada, que después fue obispo de Palencia, con algunos del Consejo de Justicia y otros señores.

Después deste correo enviaron los caballeros y regidores de Segovia otro, diciendo que ellos no habían sido en la muerte del regidor ni de los otros dos hombres; ni parte para estorbarlo, por haberse amotinado una gran multitud de pelaires que habían hecho aquel insulto escandaloso, hombres forajidos extranjeros, y que ya habían huido y derramádose de la ciudad. Que si se hallase que hombre de los que eran de cuenta en ella, se hubiese hallado en ello o dado favor o ayuda o consentimiento, estaban muy llanos para cualquier castigo que quisiesen hacer en ellos.

El presidente del Consejo, don Antonio de Rojas, arzobispo de Granada, estaba tan colérico y alborotado, que con sobrada pasión habló a los mensajeros que de parte de los caballeros y regidores, y en nombre de [la] ciudad, habían venido a disculparse, y les dijo palabras muy afrentosas y hizo amenazas que acabaron de estragarlo todo; porque volviendo muy corridos a su ciudad con esta respuesta, se escandalizaron en ella, y aun se amotinaron los que estaban muy pacíficos.

Y llegando el cardenal a Valladolid, que fue a 5 de junio de 1520, un día antes de la víspera del Corpus (y el arzobispo de Granada había entrado dos días antes), juntó todos los del Consejo y les pidió su parecer; y entre ellos los hubo varios.

Y porque son de importancia para la historia, diré algunos que con curiosidad se escribieron entonces por ser notables. El primero que habló fue don Antonio de Rojas, presidente del Consejo, y dijo así:

Parecer de don Antonio de Rojas sobre lo de Segovia.

«Señores: los que somos dedicados a los Sacramentos divinos, no tenemos licencia de hablar muy osadamente en los castigos y rigores humanos, porque nuestra profesión es derramar lágrimas por los pecadores que ofenden a Dios del cielo, y no derramar sangre de los que ofenden al rey de la tierra. Bien veis, señores, que si la dignidad de arzobispo me convida a clemencia, el oficio de presidente que tengo me constriñe a justicia. Esto digo para que no toméis, señores, escándalo, si me mostrare en mi voto apasionado. Yo no niego que todas las cosas Nuestro Señor Dios las comienza con su providencia; pero también muchas de ellas prosigue y acaba con su rigor y justicia. Y esto hace él, porque los buenos se esfuercen a le servir y los malos se refrenen de le ofender, conforme a lo que dijo el profeta: Misericordiam et judicium cantabo tibi Domine.

«Veniendo al propósito de lo que hablamos, este caso de Segovia yo le tengo para mí por tan arduo y escandaloso, que no puedo pensar para él un condigno castigo. Porque donde no tiene peso la culpa, no ha de tener medida la pena. Los de la ciudad de Segovia ofendieron a Nuestro Señor, en dar la muerte al que merecía mejor que ellos la vida. La cual maldad no es menos, sino que será de Dios punida: porque la sangre de su inocencia no es sino un pregonero de su venganza. Ítem, que me parece que estos cometieron crimen laesae majestatis: y esto está muy claro, porque a este regidor no le mataron por la ofensa que él había hecho a ellos, sino por el servicio que en las Cortes hizo al rey. Y pues por el rey perdió la vida, el rey ha de tener cargo de su venganza. Y pues el rey está ausente de Castilla, y es ido a tomar la corona del Imperio a Alemaña, harto será que después que con prosperidad venga, a la mujer y hijos algunas mercedes haga; y que nosotros hagamos lo que conforme a justicia pareciere, teniendo respeto que la ofensa es tan grave como si tocara en su misma persona. Porque si en presencia serví a Su Majestad en darle buenos consejos, mucho más le serviré yo ahora, señores, en castigar en su ausencia los malos. Ítem después que el rey nuestro señor se embarcó en La Coruña, ésta es la primera desobediencia que se hace en España, a cuya causa tengo por más grave la culpa. Porque el pecado hecho en ausencia, siempre arguye mayor malicia, y do hay mayor malicia, allí se ha de dar mayor peña. Ítem, se dice de Segovia que la ciudad en general no tiene culpa, sino que en particular los pelaires pusieron al regidor Tordesillas en la horca. Querríales yo preguntar qué es la causa porque de aquéllos, pues eran pocos, no han tomado venganza: porque no hay igual testimonio de la inocencia, como es hacer de los malos justicia. A mi parecer, la ciudad de Segovia no se puede en este caso excusar de culpa, que cinco mil vecinos, si quisieran, bien pudieran resistir a cincuenta pelaires extranjeros, sino que los unos de secreto aconsejando y los otros en público obrando, hicieron aquel mal insulto. Porque si es malo los malos matar a los buenos, no es menos mal los buenos no resistir a los malos. Ítem, ya vistes, señores, el desacato que hizo la ciudad de Toledo, estando el rey nuestro señor en las Cortes de La Coruña y Santiago. El cual fue tan grande y tan escandaloso, que para mí no sé cuál fue mayor, la malicia de ellos en lo hacer, o la negligencia de Xevres en no lo remediar. Digo, pues, yo agora, que si aquello que se hizo en su presencia no se castigó, y esto que se cometió en su ausencia no se remedia, desde agora doy por abrasada y perdida a toda Castilla. Porque ésta es regla general, que en aflojando la justicia, luego toma fuerzas la tiranía. Ítem, después de la partida del rey nuestro señor deste reino, éste es el primer escándalo, en el cual es necesario que el Consejo muestre si tiene consejo. Y esto no hay cosa con que más se conozca, que en gobernar los pueblos de tal manera que seamos amados de los buenos y no menos temidos de los malos. Si la muerte deste regidor así se pasa y lo de Toledo se disimula, pensarán los cardadores de Segovia, y pregonarán los boneteros de Toledo, que esto no lo queremos de nuestra voluntad disimular, sino que no lo osamos castigar. Y de esta manera la justicia será infamada en que cobra temor: y lo peor de todo, perderá el crédito de ser temida. Resolviéndome de todo lo que he dicho, digo que mi determinada voluntad y parecer es que vaya un alcalde de corte a Segovia, y lo que debría hacer, aunque lo alcanzo y conozco, no me dan licencia mis órdenes sacras para decirlo. Pero digo esta palabra sola, y es: que [el] alcalde debe hacer con ellos peor justicia que ellos hicieron con el regidor sin justicia. Todo lo que he dicho en esta consulta, sea sola corrección de vuestra señoría reverendísima, y si a estos señores pareciere otra cosa, yo estaré contento de conformarme con ella: porque en las consultas de cosas graves no se ha de defender la opinión propria, sino tomar lo que es mejor para el bien de la república.»

[Sigue la materia anterior.]

El segundo que se señaló en aquella consulta fue don Alonso Téllez Girón, el cual en aquellos tiempos era tenido por hombre de buena conciencia, honesto en su vida, generoso en la sangre y sobre todo en el parecer que daba era muy mirado, porque nunca dio consejo si no era sobre muy pensado. Después que don Antonio de Rojas hubo hablado lo sobredicho, habló luego don Alonso Téllez y dijo:

Parecer discreto de don Alonso Téllez Girón.

«Muchas veces acontece entre los muy diestros capitanes que al punto que están para dar la batalla son diferentes en la manera y orden de dalla; y si a los tales les toman juramento de su diferencia, yo juro que no es aquella discordia, porque entre ellos haya alguna particular diferencia, sino que cada uno dellos piensa que lo que él dice es la mejor y más segura manera para aquel día alcanzar la vitoria. Esto digo, señor reverendísimo cardenal, por lo que el señor arzobispo y presidente aquí ha dicho. Lo cual ha sido muy bueno y como de prelado que cela el bien público. Pero si él y yo fueremos diferentes en los medios que se han de tomar para remediarse tan grande escándalo, no lo seremos por cierto en las intenciones para desear el deseado fin de todo ello. Yo juro en fe de cristiano y a fe de caballero y a este santo hábito de Santiago de que estoy vestido, que no hay cosa al presente de mi corazón tan deseada como es que acertásemos bien en la provisión de Segovia. Porque me da el espíritu que si erramos el juego en esta primera treta, no hemos de ser poderosos para usar de nuestra justicia. El que ha de votar en semejantes cosas, no sólo ha de mirar cómo se remedie aquel daño, pero mirar que de cumplirse lo que él vota no se siga otro mayor peligro: porque ya puede ser (lo cual Dios no permita) pensando trastejar a Segovia la destejemos y se moje toda España. Por cierto, los de Segovia ofendieron a Dios en matar a su criatura, y al rey en matarle por su causa. Escandalizaron la república por ahorcarle de tal manera. Y según esto, si no mirase más profundamente el caso, no podría ser más justa: que cuanto ellos se mostraron en aquella muerte más crueles, tanto en la pena nos mostraremos nosotros menos piadosos. Diría yo en este caso, que o nosotros somos poderosos para castigar a Segovia, o no somos poderosos de castigarla. Así también de castigar a Toledo de su rebeldía. Y hablando la verdad, a mi ver, para castigar a Segovia y corregir a Toledo es temprano. Porque siendo como somos nuevos en la gobernación, primero hemos de halagar a los pueblos para ser obedecidos, y después castigarlos, para que seamos temidos. Si no somos poderosos, como pienso que no lo somos, para castigar aquellos generosos pueblos (si mi pensamiento no me engaña) téngome por dicho, que si Segovia nos pierde la vergüenza, que nos la han de perder en todas las ciudades de España. Y también sabéis, señores, que tenemos averiguado que en la muerte de aquel regidor no se halló ningún caballero ni ciudadano, y los pelaires que lo hicieron son ya huidos. El juez que enviáremos allá, por parecer que hace algo, ha de robar a los pobres, castigar a los inocentes, desasosegar a los ricos, infamar a los caballeros y, sobre todo, escandalizar a los pueblos comarcanos de manera que, por ocasión de haber muerto a uno, echarían a perder a todos. Ítem, ya sabéis, señores, que por la mala gobernación de sus ayos, el rey nuestro señor quedó de todos mal quisto, y cierto los deste reino desean mostrárselo. Paréceme que debemos más proveer y remediar en que no se aclaren las intenciones malas de Castilla, que no en que con rigor se castiguen los cardadores de Segovia. Porque de hombres sabios es, en los males ya hechos, disimular y alargar el castigo, y en los que son de presente, poner luego el remedio. Ítem, Segovia da voces y reclama, que si cincuenta o cien tejedores hicieron aquella osadía, no es razón la ciudad pierda su inocencia. Y, por Dios, me parece que para declarar a toda una ciudad por traidora, son muy pocos los que se hallan en culpa; y lo que tengo en más, que a muchos servidores que tiene el rey dentro de Segovia los haríamos gran ofensa. Porque cuanto es de clementísimos príncipes perdonar a muchos malos por ocasión de pocos buenos, tanto es de crudos tiranos condenar a muchos buenos por ocasión de algunos malos. Ítem, a todos es notorio cómo Toledo está rebelada, y por ser como es ciudad tan poderosa, della no podemos usar justicia. Si agora castigamos a Segovia, no hacemos a ella tanto daño cuanto favor damos a Toledo, porque a todos los que agora tenemos por nuestros enemigos, le damos a Toledo por amigos. Y de esta manera serán muchos en favor de su tiranía y pocos en favor de nuestra justicia. Ítem, es de considerar que la ciudad de Segovia y la villa de Medina del Campo, a causa de los paños de los unos y las ferias de los otros, aquellos dos pueblos suelen siempre estar hermanados. Y es mi fin decir esto, que, como el artillería mejor de Castilla la tenga el rey en Medina, que llegada la cosa a ruego, que antes se la darán a Segovia para defenderse que no a nosotros para castigarla. Y desta manera, Segovia cobrará el artillería y nosotros perderemos a Medina. Ítem, Segovia hasta agora no ha tomado la fortaleza, ni ha desobedecido a la justicia, ni ha cerrado las puertas ni se ha puesto en armas; si agora un alcalde de corte va a castigarla, por ventura le daremos ocasión de que, como han huido los que eran culpados con temor de justicia, cobrarán también temor los inocentes, y ponerse han en defensa; y de esta manera, a los que tenemos agora por súbditos se nos tornarán enemigos. No quiero, señores, en mi plática ser más largo, sino que por las razones que aquí he traído y por otras que querría traer, yo no niego que Segovia no se castigue; pero es mi voto que por agora con ella se disimule. Porque de prorrogar el castigo nunca vi daño, y de acelerar la justicia nunca vi provecho.»

El cardenal toma y sigue el parecer del presidente, que fue castigar a Segovia.

A todos los que allí estaban les pareció bien lo que don Alonso Téllez había dicho. Pero acordó el cardenal de hacer lo que el presidente, don Antonio de Rojas, había votado; porque era hombre tan mal sufrido, que no podía esperar que nadie le fuese a la mano.

Viose en esta consulta un papel de un coronista del reino, natural de Córdoba, y casado en Palencia, y de gente noble, aunque se perdió, y decía:

Razonamiento del coronista Ayora, que siguió la Comunidad y fue de los excitados, fue natural de Palencia y de gente noble.

«Ilustrísimos y reverendísimos y muy magníficos señores: Estos negocios públicos que al presente se tratan en estos reinos y señoríos son tan arduos y universales, y de tan grande importancia, que a todos los naturales dellos, así presentes como futuros, tocan mucho en las ánimas, honras y vidas y haciendas. A cuya causa todos somos obligados a contribuir con todas nuestras fuerzas, diligencia y pareceres para el remedio dellos. Por ende yo, como vasallo, criado y oficial de esta real casa, me he mucho desvelado por servir y ayudar de la una parte al acatamiento del estado real, y de la otra, a la conservación de la fidelidad y obediencia que los pueblos deben guardar al rey y a la reina nuestros señores, como sus verdaderos príncipes y señores naturales, pues lo son por derecha línea y sucesión, y homenaje y juramentos públicos y privados, y por los grandes beneficios que de sus progenitores y de ellos toda la nación ha recibido y recibe continuamente. Y aun porque en el fecho de la verdad, todas las cosas de gobierno de república que los hombres han hallado desde que Dios los crió hasta hoy, la de un rey soberano es habida por la mejor, porque es más conforme a Dios y al regimiento del universo. Porque más ligeramente se puede moderar una voluntad que muchas, y impetrar della cualquier cosa justa y honesta, que no de diversas. De las cuales, por la mayor parte se suelen seguir confusiones, parcialidades y pasiones, como se mostró en Caín y Abel, y en Remo y Rómulo, fundadores de Roma, y en el triunvirato de Marco Antonio, de Lépido y Otaviano Augusto. A cuya causa, cuando Dios quiso enviar su Hijo unigénito a redemir el género humano, ordenó que el orbe de la tierra fuese sujeto a Roma, adonde su Vicario superior, y los otros sucesores, como universales ministros de nuestra santa fe católica, estuviesen como verdaderos presidentes del mundo. Y porque esto es muy manifiesto a los que algo saben, pasaré adelante. Y pues que tener buen príncipe, rey y señor natural es muy conveniente, y mejor para los súbditos, solamente debemos trabajar y procurar por todas maneras de lo conservar propicio y benévolo al propósito del bien común. Que cierto es que los gobernadores se dan por causa de los gobernados, y los reyes, por los que han de ser regidos. Que Dios siempre procura y ordena los medios para los fines como sabio y excelente Maestro y Señor. Por ende, dio la vida del Hijo por la salud del pueblo. Al cual, sintiéndose agraviado, deben recurrir, como hijos a padre, con toda humildad y obediencia, no con furor ni violencia, ni apartándose de su amor y temor e acatamiento. Y el rey, asimismo, los debe oír y acoger e remediar con sus proprias entrañas y miembros unidos consigo mismo como con cabeza. De lo cual redunda un cuerpo místico, figurado del que Cristo y su Iglesia facen. Que así como el mandamiento divino manda a los fijos honrar al padre y a la madre, para que vivan luengamente en la tierra, e para siempre en el cielo, el apóstol aconseja y amonesta a los padres que no provoquen los hijos a ira; y el buen pastor espiritual y temporal ha de poner la vida y el ánima por sus ovejas. Que Moisés decía a Dios, aunque el pueblo había idolatrado e adorado dioses ajenos, que le perdonase o que borrase a él del libro de la vida. Pues si esto debe hacer cualquier buen príncipe por sus súbditos, ¿cuánto más lo debe hacer el rey don Carlos nuestro señor por sus castellanos, por su justa clemencia y profunda bondad? Y porque allende del real y proprio título que a estos reinos y señoríos tiene, la dignidad imperial le pone mayor obligación de clemencia, y aun los grandes méritos, y servicios y obediencia de esta nación lo merecen. En los cuales tres virtudes son sin par, porque son más hábiles para todas las cosas que ningunos otros del mundo, y-suelen servir mucho más mejor que son obligados, y obedecen hasta la muerte. A cuya causa los reyes de Castilla son más poderosos y absolutos señores que ningunos otros, porque solos ellos son arbitrarios a toda su voluntad. Que todos los otros son circunspectos y limitados con leyes de tal forma, y pueden lo que pueden de derecho casi como otros inferiores jueces. Pero en Castilla los reyes usan de aquella sentencia famosa de Juvenal: Sit pro ratione voluntas. Porque los castellanos son los más obedientes súbditos de todo lo poblado. E si la obediencia tuviese figura, aquélla podrían y debrían poner por armas. Y de aquí viene que sus reyes merezcan más pena o gloria ante Dios y las gentes que ningunos del mundo; porque es en su mano esforzar a los súbditos, como quieran, a toda su voluntad. Y cuando simplemente los súbditos dicen: «Señor, esto no se debría hacer, o mírese mejor», hase de creer que ellos no lo deben cumplir, que de otra manera no lo dirían. De manera que la luenga obediencia pasada, y la importunidad y pesadumbre de vuestros vecinos, y el gran acatamiento con que los castellanos suelen hablar a sus príncipes y la novedad de algunos de ellos, non sine lata culpa de los unos y de los otros somos todos venidos en los inconvenientes que vemos. Y parece que Dios por nuestros pecados ha permitido que en alguna manera se refresque otro ejemplo, como el de Roboan. Que aunque la respuesta por palabras no fuese tan agria, ni en comparación tan odiosa, la gente vulgar de los pueblos la ha mal interpretado. Y Satanás, enemigo capital de la humana concordia, ha despertado instrumentos suyos, y levantando y tejiendo y componiendo falsos testimonios, ha sembrado mucha cizaña en la mies del Señor, haciendo creer que los quería echar nuevos yugos y cargas incomportables, que sus padres ni ellos no podrían llevar (cosas nunca pensadas). Pero, pues ya la cosa es venida a tales términos, bien es buscar y dar todo medio bueno para remediar inormes daños, con lo cual Dios y Sus Altezas serán servidos, y sus pueblos remediados. Y veamos primero la forma del castigo, porque en este parecer de fuera se tiene mayor cuidado, y aún se ha dado alguna señal de principio, mandando al alcalde Ronquillo que fuese con gente de guerra a proceder contra Segovia. Cierta cosa es que en España hay tres estados de gente, así como por las otras provincias, aunque no sin gran diferencia. El uno, de grandes y perlados y clerecía; los cuales solían tener muy excesiva autoridad sobre los otros del mundo, cuando sembraban sus rentas en la república, y empleaban sus fuerzas por ella, y entonces eran la mayor parte destos reinos, y por esto convenía haberles muy gran respeto a ellos y a todo lo que les tocaba, y el otro era los nobles caballeros y hijos de algo, fuerza y ejecución de los reyes y grandes, mientra los criaban y ayudaban y daban de comer. A cuya causa, y por su gran fidelidad y esfuerzo, era cosa justa tratarlos bien y hacerles mercedes. Y el tercero miembro era el resto, de cuya industria y trabajo todos se mantenían. En el cual, sin ningún respeto, se ejecutaban las leyes a diestro y a siniestro, para tener a ellos castigados. Y que en ejemplo suyo castigasen los otros, como quien azota al perrillo, para castigar al león. Y esta forma se ha tenido en Castilla por muy segura y provechosa en los tiempos pasados. Pero como el tiempo sea el inventor y descubridor de las cosas, este miembro postrimero ha caído en la cuenta de cómo llevaba toda la carga de lo civil y criminal. Viendo este aparejo e ocasión, han comenzado lo que habemos visto por desechar este yugo, y los grandes y perlados, aunque no tienen las fuerzas ni la estimación que solían, quédales la presunción de sus antepasados. Y con la delicadeza de sus complexiones y vida y sus estados y riqueza, paréceles que son menospreciados. Y no les pena mucho que con manos y peligros ajenos los reyes y gobernadores sean puestos en grandes necesidades, para que la una parte y la otra de necesidad recurran a ellos. Y a poca costa y menos peligro sean preciados y reputados, y sus casas hechas mayores. Y el otro miembro mediano, pensando hallar por aquí el pan que les falta, huelgan de cualquier novedad, y de callada soplan para ella de tal guisa, que casi está fecha la cuerda de tres liñuelos, que dice Salomón, que difícilmente se rompe, en especial si traemos a la memoria los ejemplos pasados y antiguos y modernos, de la fuerza y diligencia de los españoles, siendo constreñidos a su defensión; que Viriato, pastor de Extremadura, con mediana mano de españoles, se defendió gran tiempo contra grandísimo poder de romanos, y los desbarató muchas veces. E Firbirio lo mesmo hizo, y aun constriñó al pueblo romano a hacer la mayor bajeza que jamás se pensó dellos: que, desconfiados de poderlos vencer por armas, se ayudaron de traiciones, y así los hicieron matar. Y Soria, que entonces era llamada Numancia, sin torres y sin muros, no habiendo en ella más de cuatro mil hombres de pelea, se defendió catorce años contra grandes ejércitos de romanos, donde concurrían otras muchas naciones; y constriñó a Pompeo a hacer con ellos vergonzosa concordia. Y al fin fue necesario que Scipión pasase el ejército vitorioso y ufano de África, y consigo a Yugurta con la flor de Numidia, y a que juntase consigo otros cuarenta mil españoles cántabros, y de todos juntos se defendieron mucho tiempo y los pusieron en grande confusión y mataron muchos dellos. Y al fin los cercaron de cavas y muros, y los hicieron perecer de hambre, que jamás los osaron combatir. Y venidos a los tiempos modernos, Pero Sarmiento y Santa María la Blanca hacen entera fe de lo pasado, y el alcaide de Castronuño, y Utrera, e con sobra de toda razón humana. Pues en comparación destas cosas, traemos a Segovia, Guadalajara, Madrid, Burgos y Toledo, aunque cada una fuese sola, y por sí, no la hallaremos tan fácil de tomar por fuerza, como conviene publicar en el vulgo, en especial siendo juntas, y teniendo otras muchas, no menos importantes que ellas, de su opinión, y todas las otras condiciones que arriba tocamos, y que no sabremos dónde se podrían hacer tantas y tales gentes como para tan gran guerra serían necesarias, ni con qué se podrían bien pagar, en especial reteniendo en sí las rentas y servicios reales dellas, y las otras que son y se debe temer que serán de su parecer, procediendo adelante las cosas por rigor. Y pues por esta vía no se espera remedio seguro, antes mayores inconvenientes, conviene recurrir a otros medios. Y el que al presente se ofrece mejor y más aparejado es que, pues las mismas ciudades y villas, y otras, procuran congregarse para el remedio de estos males y de los otros que podrían suceder, y los estorbos que contra éstos se han intentado no dan entero remedio, aunque causa alguna dilación y embarazos, pero no podían excusar el efeto que procuran, porque de la manera que Toledo ha hecho capítulos dentro de sí, y los ha publicado, de la mesma manera lo podrían hacer los otros pueblos, y después reducirse todos a una unión y consentimiento, y concertarse por cartas y mensajeros; y ellos, unidos en conformidad, convernía que todos los príncipes cristianos fuesen de una opinión para conquistarlas, y que los infieles estuviesen a mirar. Y para esto tienen lugar e tiempo demasiado. Porque midiendo el rey nuestro señor el tiempo que habrá menester para su confederación con Ingalaterra y su coronación y establecimiento del Imperio y conducir los suizos y reformar a Italia, juzgo no ser necesario menos espacio de tres años, y esto, presuponiendo a España pacífica; lo cual es de tanta importancia y reputación, que sólo este nombre de confusión podría allá mucho dañar, y estorbar y causar muy mayor dilación. Pues cinco semanas de ausencia de Su Cesárea y Católica Majestad, han causado tantas y tan grandes alteraciones, ¿qué debemos temer que sucederá en tres o cuatro años de su ausencia? En especial que los mismos que levantaron aquellas maldades, han publicado que el rey nuestro señor iba sin voluntad de jamás volver a estas partes. Y para lo que los pueblos intentan, no hace más que sea verdad que mentira; porque la muchedumbre vulgar, por opiniones se rige, tanto y más que por verdadera sabiduría. Y como quiera que el medio que yo aquí diere convenga mucho al servicio de Sus Altezas y bien de su pueblo, me parece que conviene mucho más a los que tienen a cuestas el cargo de esta gobernación, por sanear a estas gentes alteradas de otro diabólico error: que piensan que todo el daño y trabajo en que están puestos nació de los ministros de Su Cesárea Majestad, porque de su real y sacra persona todos están a maravilla contentos y bien edificados, y tienen por cierto que en el mundo no hay tales amos, que así de lo restante forman todos sus querellas. Y pues de aquí se conoce peligro tan grande y tan aparejado, débese proveer de remedio, suplicando a Su Cesárea y Católica Majestad que envíe facultad y consentimiento para hacer Cortes y convocarlas en su real nombre para esta villa de Valladolid, donde todos ayuntados será más fácil cosa reducir a pocos presentes y bien guiados y moderados a todo buen concierto, que a muchos ausentes y descorregidos y sin mesura. Y si por ventura este medio no pareciere tan sano y expediente como conviene, y fuesen servidos de darme parte de los negocios que particularmente se tratan, yo trabajaré con toda mi flaqueza por encaminarlo todo bien e a servicio de Dios y de las Cesáreas y Católicas Majestades y bien común de mi patria, al descanso desta santa congregación.

Ayora coronista.»

Carta de un religioso sobre estos movimientos.

Estos pareceres hubo en la consulta, y siguióse sólo el del presidente, que era de rigor y tuvo el fin que aquí veremos.

Hicieron gran daño en estos movimientos algunos frailes, unos con buen celo y otros por ser inquietos y demasiado demetidos en las vidas y cuidados de los seglares, bien ajenos de la vida religiosa.

Uno, natural de Burgos, y no sabré decir quién fue, ni con qué espíritu, escribió la carta siguiente:

«Muy magníficos y reverendos e muy nobles señores, obispos e prelados e gobernadores y eclesiásticos, caballeros e hidalgos, e muy noble universidad de estos íntimos y excelentes reinos e señoríos de España: Manifiesto sea a todos los presentes cómo los sabios que han querido saber y examinar las virtudes e bondades de la tierra, niegan que en todo el universo haya otra más bienaventurada ni cumplida provincia de todas las cosas necesarias a la vida humana que nuestra España, por la mucha abundancia que en ella hay, así de pan como de vino e carne e de todas las otras cosas, etc. E si queréis para vuestra salvación que es lo que principalmente habíamos de inquirir e buscar, hay tantas reliquias, devociones e buenos templos, que ninguna falta hace Roma. Pues si pedís aparejo para hacer guerra a los infieles, ¿dónde hay tantos varones esforzados, e sabios e astutos en guerra, ni tantos mantenimientos, ni tantos ni tales caballos, ni metales, así de oro como de plata e hierro, acero para hacer armas, e otros metales para hacer artillería, tantos puertos de mar e navíos e otro cualquier aparejo necesario, e todos muy obedientes a la madre Santa Iglesia, e muy celosos del bien de la religión cristiana, e muy leales e amigos al servicio y exaltamiento de su rey natural? E como esta provincia de España sea tan católica e de tanta lealtad e bondad, siempre que en ella hay paz e buena gobernación, toda la religión cristiana tiene paz e la quiere e desea. Porque si algún príncipe cristiano quiere otra cosa, los reyes desta provincia. como fieles cristianos e amigos de paz, favorecen a las partes que tienen justicia e luego los ponen en paz. E como el demonio sea capital enemigo de los siervos de Jesucristo, visto los bienes que de esta excelente provincia se siguen en toda la cristiandad, con mucha astucia ha procurado e procura de poner en ella discordia e trabajo como al presente vemos. Que si Dios Nuestro Señor no lo remedia por su infinita bondad, se espera mucho daño e detrimento en estos reinos. Por tanto, señores, por la caridad os ruego e pido que afetuosamente roguéis al muy alto Dios e poderoso e soberano, que por el misterio de su santísima Pasión no quiera mirar a nuestros pecados, mas a su infinita bondad e misericordia. E que ponga paz e sosiego e concordia en estos reinos, en manera que su santo nombre sea loado e glorificado e bendicho; e libre estos reinos de tantas captividades e calamidades e imposiciones, y que nuestros reyes e príncipes sean ensalzados e quitos de necesidades, de las cuales son causa e tienen culpa algunos de los reyes pasados, que se mostraron más liberales de lo que era razón, dando lo que no era suyo, no lo pudiendo dar por razón, ni por derecho, ni por las leyes destos reinos. Dios se lo perdone la culpa de los males presentes; no porque haya falta en la persona de la majestad del rey don Carlos nuestro señor, pues Dios le dotó e hizo de mucha bondad, como lo es. Mas como era de poca edad, e siempre haya sido gobernado, confiándose que le dicen verdad, y como los gobernadores no sean naturales destos reinos, quieren más su provecho e interese y los servicios que los señores e grandes de estos reinos les hacen, que la honra ni provecho de los reinos. E si algunos hay naturales, son convertidos en traidores por codicia; y éstos son peores que los extranjeros, porque el uno es de linaje que sabéis e sabe, y el otro es caballero y osa. Así hacen mercaduría, que espero en Dios no les será provechosa ni honrosa. Y porque aunque en estos reinos haya muchos pecados, y todos seamos pecadores, Nuestro Señor, por su misericordia e infinita bondad, no querrá que padezca por largos tiempos tantas injurias, robos e tantas calamidades e duras sujeciones de los robadores como hasta aquí han pasado y pasan, que por ser ricos cincuenta caballeros en Castilla, son robados e maltratados contra toda razón e justicia todos estos reinos. Y pues el rey nuestro señor es informado de malos consejeros, que no miran el servicio de Dios ni de Su Majestad, ni el bien e honra de los reinos, sino a su avarienta codicia, es bien que la universidad destos reinos le hagan información verdadera con el acatamiento que deben, y hasta que sea informado no consientan que extranjeros los maltraten e gobiernen, ni les sean dados oficios ni tenencias, pues es conforme a justicia y a las leves de estos reinos, e restituyan las ciudades, villas e lugares que están enajenadas de la corona real en poder de algunos caballeros. Y no solamente en los lugares, mas sobre las rentas que quedan hay tantos juros e mercedes, que si así pasa e se consiente por más tiempo, a los reyes no les quedará sino sólo el nombre, que suelen decir rey de los caminos. Y cuando Su Majestad fuere informado de esta verdad, habrá por bien lo que las comunidades hacen e piden. Y si algunos por no estar informados, por afición que a caballeros tienen, quisieren decir que estas mercedes hicieron los reyes pasados por muchos servicios que hicieron, e que si no hiciesen los reyes mercedes a quien les sirve, no habría ninguno que sirviese, a esto digo que cualquier persona que vive con señor es obligado a le servir lealmente hasta la muerte; y porque todos sirvan de buena gana, justo es que los señalados servicios sean gratificados con mercedes. Mas estas tales mercedes tienen la condición que la limosna, porque no se ha de dar de bienes ajenos, ni de robos, sino de lo que sin conciencia se puede dar, y ha de ser de lo proprio suyo y no de lo ajeno, como dicho es. Y por esta razón los reyes pueden dar dineros, oro, o plata, o joyas, que son bienes muebles: mas no villas, ni castillos, ni vasallos, ni de mayorazgo ni de corona real, ni empeñar sus rentas, porque es en perjuicio de los reinos, e cualquier príncipe que venga con justicia lo puede quitar. Porque los reyes fueron elegidos para regir e gobernar en paz e justicia, e defender los reinos de sus enemigos, e para conservar e sustentar sus reales estados, sin les echar muchas imposiciones. Y si esto no bastase, e fuese más menester para servicio de Dios y para defensión y honra de los reinos, es justo que se reparta más e sirvan con sus haciendas e personas; mas no para enajenar los reinos e les quebrantar sus leyes e libertades; y el rey que tal cosa hace, podía ser con justa causa desobedecido. Por esto, señores caballeros, e hidalgos, e hombres buenos naturales de estos reinos, estad fuertes en defender vuestras libertades y de vuestros reinos, e no consintáis que os maltraten, pues en esto servís a Dios e a vuestro rey, e honráis a vuestra patria, porque si agora no lo hacéis, tarde o nunca otra tal disposición hallaréis. E acordaos cómo todos los otros escritores loaron sobre todas las hazañas, a aquéllos que procuraron la libertad de su patria y por esto alcanzaron fama e corona. ¡Oh ciudad de Burgos, por ser de ti natural me duelo mucho de tu honra e lloro de contino en mi corazón, porque siendo cabeza de estos reinos e sublimada sobre todas las otras ciudades, quieres perder, por codicia de diez mercaderes, la honra que con mucho trabajo ganaron tus antecesores y pasados! Bien creo que si el conde Fernán González y el Cid, que de ti fueron naturales, fueran vivos, no pasara lo que pasa, ni se hiciera lo que se hace. Mas esperamos en Dios que se levantarán otros caballeros e capitanes naturales amigos de Dios e de la justicia, que aunque no sean extremados, podrán sus fuerzas, e serán tan deseosos de la libertad como ellos. ¡Oh ciudad de Burgos!, yo te ruego, por amor del Redentor del mundo, que no te dejes ni consientas engañar, pues es cierto que en ti hay e hubo en los tiempos pasados personas muy sabias y discretas, e has tenido e tienes fama de mejor gobernada e regida que otra ninguna ciudad; e por esto sería más razón de te culpar, e a causa desto te debes tornar a la congregación de las otras ciudades, porque su intención es hacer servicio a Dios Nuestro Señor, e al rey nuestro señor rico e poderoso, y con esto libertar a su patria, pues es conforme a razón y justicia. E si a ti e a tus naturales, como discretos, os pareciere e parece que no van las cosas por buena orden, de la manera que van, póngase en razón y en justicia, y tomarse ha lo más seguro y mejor. Mas no seáis como los niños, que suelen decir: «Si no me dais una castaña, lloraré.» ¡Oh, maldita sea tal ignorancia, que os hagan entender que los que quieren hacer al rey rico e poderoso son tenidos por traidores, e los que le quieren hacer pobre contra toda justicia, sean tenidos por leales! No os apartéis de la razón, porque no vos azoten como a niños ignorantes. Muchas cosas diría de ti, ciudad, sino que respeto el ser de ti natural. ¡Oh noble provincia de Castilla Vieja, con Vizcaya, Guipúzcoa, Álava, e Montañas e Asturias, Compostela e reino de Galicia, donde hay tantos caballeros hijosdalgo, e honrados varones que siempre fuistes deseosos de la honra y libertad! Doleos de tan gran mal e daño como a vuestro rey quieren hacer, que es que le engañan dándole a entender que el reino es traidor, porque se levanta en su servicio, por le hacer rico e poderoso con su propria renta, que los señores del reino le tienen usurpada contra toda justicia; y a ellos, que lo tienen y lo quieren conservar para nunca se lo dar ni volver, los llaman leales. E aunque os digan que os traerán privilegios, no los tengáis por seguros, que otros tan fuertes privilegios como agora podrán traer, habemos visto quebrados, pocos días ha. E así se podrán quebrar éstos, porque siendo el rey pobre e teniendo necesidad, manifiesto es que se ha de remediar de sus vasallos e les puede quebrantar sus privilegios. E si hasta aquí echaba de diez uno, de aquí adelante echará de diez dos, e tornaréis a ser peor tratados que hasta aquí. Pues que así es, como buenos e leales caballeros, e hidalgos esforzados, esforzaos a favorecer la virtud e justicia e razón, pues la honrada universalidad destos reinos no quieren sino que el rey con justicia torne e tome su estado, que serán más de ochocientos cuentos de maravedís, con que a todos los caballeros e hidalgos podrá honradamente dar de comer e a nosotros no se hará sin justicia, e todos vivirán sin achaques. No seáis tibios ni aficionados a señores en tal caso, pues veis cuán poco han fecho por la honra y provecho de estos reinos; antes han sido de ellos contrarios. Y mirad que todos los buenos, que pueden favorecer a su tierra e patria, e no lo hacen, son más de reprender que los otros. E demás de esto vais contra vuestras libertades e de vuestros hijos e parientes, que después de vosotros sucedieren. Muy reverendo señor cardenal, obispo de Tortosa, siendo persona tan dota e tan buen cristiano, ¿cómo vuestra señoría está ciego en cosa que tanto va así al servicio de Nuestro Señor como al de Su Majestad, haciendo de vos tanta confianza? ¿Por qué quiere vuestra señoría reverendísima que a su causa mueran tantos cristianos pudiéndolo remediar con sólo favorecer la justicia? Tenga, señor, paciencia, que necesidad tiene de hacer penitencia grave para alcanzar perdón de tan gran pecado. Que pues la reina y señora heredera del reino es viva -que plega al Señor que viva largos tiempos-, justo fuera que pues aquellos señores de la santa Junta os rogaban e suplicaban que os juntásedes con ellos para residir donde estaba Su Alteza e os querían obedecer por gobernador, como Su Majestad lo mandaba, e seguirían vuestro consejo, gran yerro fue no lo hacer, porque al rey nuestro señor no le pesara dello, pues era en ello su madre honrada, e dellos fuera servido, e pareciera bien a Dios e a todo el mundo. Antes os quisistes juntar con la parte contraria y favorecer su mala intención; donde distes causa e causas de muchos males, daños, e muertes, e robos, si Dios no lo remedia. E aunque hagáis tanta penitencia como la Magdalena, no pagaréis tanto mal como habéis causado, pues sabéis que la santa Junta de la universidad quiere hacer al rey nuestro señor rico e próspero; y por el mal consejo que en estos reinos hay no se hace cosa que contra la conciencia real de Su Alteza no vaya. Los caballeros, por sostener y sustentar lo que tienen, le informan muy mal, le hacen pobre. Nuestro Señor lo remedie, e vuestra señoría será digno de reprensión para siempre. Querría ver a vuestra señoría, para decir lo que siento, e holgaría que alguna buena persona esta carta le diese, porque, viese alguna cosa del yerro que ha fecho, aunque había mucho más que decir. A los señores de la santa Junta de la Universidad, digo a vuesas mercedes el gran daño que a estos reinos ha venido e viene del heredar mujeres en estos reinos. E con mucha diligencia se debe buscar e poner en ello remedio para adelante, asimesmo en dar los oficios e beneficios a personas extranjeras y en los negocios y cosas de Roma y en las cosas del reino, en lo que toca a la moneda e ganados, e otras muchas cosas que dejo de decir por la prolijidad. Asimismo por el gran daño que ha venido a estos reinos, por causa de los arrendadores naturales dellos, que sin que alguno puje las rentas las tornan a pujar con condición y codicia que les den lugar a los achaques por donde destruyen el reino. Más como éstos eran del linaje de los que vendieron a Jesucristo, no era mucho vendiesen a su patria. E como fueron castigados los de Jerusalén, se habían de castigar aquéstos, e no se habían de salvar ni aun por el cielo. E porque soy religioso no quiero poner en el olvido los monasterios que tienen vasallos e muchas rentas, sino que cuando se meten en religión debe de ser con celo de servir a Dios e salvar sus ánimas. Y después de entrados que los hacen perlados, como se hallan señores no se conocen, antes se hinchan y tienen soberbia e vanagloria de que se precian. ¿Cómo habían de dar ejemplo a sus súbditos, dormiendo en el dormitorio e siguiendo el coro e refitorio, olvidándolo todo? E dánse a comeres e beberes, e tratan mal a los súbditos e vasallos, siendo por ventura mejores que ellos. Los reyes e señores que estas memorias dejaron, sus intenciones debieran ser buenas e santas; mas, a lo que parece cada día, por experiencia y ejemplo, fuera bueno no les quedara judicatura, sino que fuera del rey. Porque siendo ellos señores de la justicia, como saben que no tienen superior, con poderes y excomuniones del Papa, o de sus legados e conservadores, tratan mal a sus súbditos e vasallos, poniéndoles imposiciones nuevas de sernas y servicios, sin ser a ello obligados, sino por una mala costumbre que ellos ponen, e otras veces ruegos. E si no lo quieren hacer, luego los ejecutan con sus contratos e obligaciones; e si lo hacen, luego se llaman a posesión, por donde son mal tratados. También es gran daño que hereden e compren, porque dejándoles los dotadores buenas rentas para todo lo a ellos necesario, es gran perjuicio del reino el comprar y heredar, e asimismo en perjuicio del rey: porque de lo que en su poder entra, ni pagan diezmo, ni primicia, ni alcabala ni otros derechos. Y cuanto más tienen, más pobreza muestran e publican, e menos limosna hacen. E los perlados de los monasterios se conciertan los unos con los otros e se hacen uno a otro la barba, porque el otro le haga el copete (como se suele decir), y no miran sus deshonestidades, ni las enmiendan, ni castigan a sus súbditos las culpas, antes las encubren y celan y pasan por ellas (como gato por brasas). Aunque es muy cierto que hay muchos religiosos santos y buenos, más todavía sería bueno e santo poner remedio en este caso: porque si así se deja, presto será todo de monasterios. E aun para la honestidad, proveer de visitadores de mano del rey e de su Consejo, para que fuesen informados de los agravios que a sus vasallos hacen, así en pleitos como en otras muchas cosas. Asimismo os suplico, por amor de Jesucristo, se haya memoria de los servicios de las iglesias catedrales y parroquiales; que ya por nuestros pecados todos los malos ejemplos hay en eclesiásticos, y no hay quien los corrija e castigue. Antiguamente se daban las dignidades a personas santas e devotas e de buen ejemplo, que gastaban e repartían las rentas de sus iglesias en tres partes: scilicet, con pobres y en reparos de las iglesias, e en los gastos e costas de los perlados, como lo manda la Santa Iglesia e como lo hacía Joaquín, padre de Nuestra Señora. Agora, por nuestros pecados, no se dan ni expenden sino a quien bien sirve a los reyes e a los señores, por haber favor. Y el que tiene un obispado de dos cuentos de renta, no se contenta con ellos, antes gasta aquéllos, sirviendo a privados de los reyes, para que sean terceros e los favorezcan para haber otro obispado de cuatro cuentos; e aun así, no quedan contentos, pensando de ser santos padres. E otros algunos tienen respeto a hacer mayorazgos para sus hijos, a quien llaman sobrinos, e así gastan las rentas de la Madre Santa Iglesia malamente, y a los pobres e iglesias no solamente no les hacen bien, antes trabajan de les tomar e robar los cálices que tienen. De esta manera se han los prelados con sus iglesias. Ved cómo castigarán los malos clérigos, y si los castigan será para los robar, como vemos se hace en este obispado (por mejor decir). Ved cómo es justo que Dios castigue por sus pecados todos estos reinos. E así toman dello sus clérigos ejemplo. Y pues tan poca cuenta se hace del servicio de Dios, justo es, como dicho tengo, haya guerras, esterilidades, mortandades, terremotos y otras adversidades e tribulaciones. Por tanto, por amor de Nuestro Señor Jesucristo, esto sea mucho mirado, porque sed muy ciertos será gravemente demandado a quien lo pudiere remediar si no lo remediare, y después punido y castigado para siempre jamás en el infierno. Muchas cosas se podrían decir que dejo, por evitar prolijidad. A los lectores e oidores ruego me perdonen e suplan las faltas, si algunas hallaren, con su discreción. E con esto reciban mi intención, que es justa y santa; que es ver estos reinos honrados, e al rey nuestro señor rico e muy poderoso para hacer conquista e guerra a los infieles enemigos de nuestra santa fe católica. De manera que viviésemos en paz e sosiego, sirviendo a Dios Nuestro Salvador. E los señores se deben contentar con lo que hasta aquí han gozado, y non tener lo ajeno, pues es contra toda justicia tenerlo contra voluntad de Dios y de su dueño, que es el reino. Y así no pueden ser absueltos, según derecho, etc.»

Ciudades que se levantaron. -El conde de Alba quieta a Zamora. -Furor del pueblo contra los procuradores.

Destos papeles hubo muchos; bastará aquí éste, para que conste la intención con que procedían las comunidades, si bien adelante hubo entre ellos mil desconciertos.

En un mismo día se levantaron los de Zamora y Segovia. En Zamora comenzó la furia popular contra los procuradores, con los cuales estaban bravamente indignados, porque cuando esta ciudad supo que Toledo daba los poderes limitados a sus procuradores, quiso hacer lo mismo.

Los procuradores dijeron que no lo hiciesen, y hicieron pleito homenaje al pueblo que no vendrían en cosa sin darles primero parte de ello. El cual juramento los procuradores pidieron al Emperador que lo alzase, y consintieron en el servicio. Por esto el pueblo estaba tan rabioso con ellos, que los deseaba haber para abrasarlos.

Y siendo avisados, huyeron a un monasterio que está una pequeña jornada de Zamora, que se dice Marta. Los del pueblo fueron a sus casas, y como no los hallaron, trataron de derribarles las casas, y no lo hicieron por respeto del conde de Alba, que es a quien toda esta ciudad, con razón, respeta.

Valió mucho su autoridad para que el común no hiciese otros mil desatinos; mas éste no les pudo quitar, y fue que como no pudieron haber los procuradores, hicieron unas estatuas semejantes a ellos y las arrastraron por las calles públicas con pregones afrentosos, dándolos por traidores, enemigos de su patria, y después los pintaron en las casas del Consistorio, escribiendo al pie de cada uno quién era y lo que había hecho contra aquella ciudad y contra la fe que prometieron.

Supieron que estaban recogidos en aquel monasterio, y enviaron a requerir a los frailes que los echasen de allí; si no, que irían a poner fuego al monasterio, y aunque ellos pedían seguro para venir a la ciudad, y darles cuenta de lo que habían hecho en las Cortes, no quisieron sino poner diligencia por matarlos.

Había en esta ciudad dos bandos muy enconados: uno, del conde de Alba, don Diego Enríquez; el contrario era del obispo don Antonio de Acuña, del cual diré.

Éntranse el gobernador y presidente en Valladolid.

Quiso el gobernador meterse en Valladolid, y para entrar con la autoridad que convenía, pidió al condestable, que estaba en Villalpando, que le acompañase. El condestable lo hizo, y así entraron en Valladolid, víspera del Corpus, de donde el condestable se salió luego; y si el presidente del Consejo no se adelantara a entrar, y luego tras él el cardenal, tan bien acompañado, sin duda hiciera este lugar lo que Segovia y Zamora; porque venidos los procuradores, que fueron Francisco de la Serna y Gabriel de Santisteban, el pueblo supo que habían concedido el servicio, y lo que las otras ciudades habían hecho contra sus procuradores, y andaban de gavilla y en corrillos por las calles, murmurando unos con otros. Por lo cual, los procuradores y regimiento acordaron que hasta que el cardenal y los del Consejo entrasen en la villa, no declarar los capítulos.

Y con este miedo hicieron un correo, llamando al arzobispo de Granada, presidente del Consejo, que viniese luego, que por esto se adelantó y no esperó al cardenal. Sirvió esto de que se detuviese algunos días este lugar sin dar en lo que después dio. Más adelante salió como los otros, y bien de madre, pues se hizo el refugio y amparo de los desatinos que las comunidades hicieron.

Altérase Burgos. -Matan cruelmente a Jofre.

En los demás lugares iba cundiendo el fuego furiosamente, como si se hubieran concertado o se entendieran por atalayas y ahumadas, como suelen hacer en las costas y fronteras: así se movieron casi a un tiempo muchos lugares. En un memorial de León Picardo, criado del condestable y su pintor, leí que estando a la media noche cebando un azor en Burgos, hubo un tal terremoto y temblor de la tierra, que cayeron edificios y tejas, y los platos de las vaseras; y se le murió el azor de espanto, y movieron algunas preñadas.

Luego, en el mismo principio de junio se levantó la ciudad de Burgos con voz de comunidad y con grande alboroto y mano armada. Juntáronse todos los vecinos, gente común de la ciudad, por sus parroquias y cuadrillas, en la capilla de Santa Catalina, del claustro nuevo de la iglesia mayor, como era costumbre para eleciones de oficios y otras cosas; trataron aquí de los levantamientos y alteraciones, que ya sonaban mucho en Castilla.

No resolvieron cosa alguna más de dar muchas voces y haber entre ellos diversos pareceres; y saliendo con el bullicio y alboroto que en semejantes comunidades suele haber, estando repartidos por la nave del crucero junto a la puerta del Sarmental, se concordaron en levantarse, y luego allí lo hicieron, y apellidaron lo que las otras ciudades; nombraron dos cabezas: a Antón Cuchillero y a Bernal de la Rija. Y luego fueron con aquel alboroto a buscar a don Diego Ossorio, señor de Abarca, caballero muy principal, vecino de Burgos, y hasta la tarde no toparon con él.

Sacáronle a la plaza con muchas voces y grita, diciendo que había de ser su cabeza y los había de gobernar.

Pusiéronle en la mano una vara de justicia, y en el brazo izquierdo una adarga.

Díjoles don Diego que se sosegasen y dijesen que para qué le habían sacado de su casa y puesto de aquella manera. Respondieron que para que, como caballero, los amparase y librase de la servidumbre en que se veían. No le quisieron oír; antes le amenazaban si no lo hacía.

Estuvieron en esta porfía hasta la noche, y quedaron que don Diego se resolviese otro día.

Era don Diego, a la sazón, corregidor de Córdoba, y había venido a ver a doña Isabel de Rojas, su mujer, y a sus hijos. Despidióse luego de ellos, y aquella noche caminó para Córdoba, dejando encargada su casa a Pedro de Cartagena, señor de Olmillos, que estaba desposado con doña María de Rojas, su hija, y al deán de Burgos, don Pedro Suárez de Velasco, que fue hijo del condestable, y a Francisco Sarmiento, que era su deudo. Estos caballeros acudieron luego a las casas de don Diego Ossorio y entraron dentro, y hallaron a su mujer y hijas con harto desconsuelo por la ausencia del dueño y temor de las amenazas del pueblo, que en sabiendo la ida de don Diego, se juntaron y vinieron con ánimo de entrarle la casa, y aun saquearla y echarla por el suelo.

Los cuatro caballeros solos se pusieron a la puerta con espadas y puñales, amenazándolos de hacer pedazos a cualquiera que acometiese a entrar, y que sobre ello perderían determinadamente sus vidas. Nadie los osó acometer, y se quietaron.

Y don Pedro Suárez de Velasco fue con ellos, porque Bernal de la Rija, el Cuchillero, su caudillo, le tuvo mucho respeto, porque había recebido por monacillo de la iglesia un hijo suyo que se llamó Veloradico. Y fue de tanta importancia el tener ganada don Pedro Suárez la voluntad de este cuchillero, que sirvió de que él supiese todos los secretos y tratos que había en la Comunidad, y aun le admitían en sus conventos.

Andaban por la ciudad en escuadrones, haciendo mil insultos y desatinos, como gente perdida y sin juicio. Quisieron ir a quemar el soto de los cartujos, y yendo ya con esta determinación, don Pedro Suárez les salió al camino y les dijo que era muy bien hecho que se quemase el soto; pero que asándose el mundo de calor, era mejor guardar la leña para el invierno y no quemalla sin provecho en el campo; con esto los volvió de la puente de San Pablo.

Atreviéronse a las casas del condestable, siendo cabeza de esta ciudad; y sabiendo un día que la duquesa doña María de Tovar, marquesa de Berlanga proprietaria, señora de gran valor, los había amenazado, y hablado según ellos merecían, se juntaron y cercaron la casa, y dispararon una pieza de artillería, con que derribaron una piedra de la torre de hacia Comparada, en la esquina, que hoy día se está así. Y entraron la casa y obligaron a la duquesa a retirarse a los aposentos más secretos de ella.

Fueron a la casa de Garci Ruiz de la Mota, procurador que había sido de aquellas Cortes, hermano del maestro Mota, obispo de Badajoz y de Palencia, para lo matar; y como no pudo ser habido, porque siendo avisado huyó, derribáronle y quemáronle la casa, donde se abrasaron muchas escrituras y privilegios reales y otros papeles de importancia tocantes al rey y al reino, que estaban a su cargo. Y le quemaron la hacienda de ropa y tapicería. Y lo que quemaron en la casa de Mota valía más de tres cuentos; sacándolo a la plaza, donde hicieron la hoguera, a la cual llevaron todo el mueble que se halló en su casa de ropa blanca, y tapicería muy rica, y vestidos y cuantas arcas había en ella. Y lo sacaron y lo quemaron públicamente, sin se querer aprovechar de cosa alguna; que es harto de maravillar, considerada la condición de la gente baja.

Entre las arcas que tomaron había una donde estaban todos los títulos de escrituras tocantes al derecho del reino, y como las arcas donde estaban comenzaron a arder y se descubrieron las escrituras, hubo personas que, aunque no sabían lo que era, procuraron salvar las que pudieron; y si bien se quemaron algunas, fuera el daño mayor si no se hiciera esta diligencia. Y también como tenía estos títulos en guarda Juan Velázquez, que era contador mayor cuando falleció, el Emperador mandó hacer una memoria de ellos, y por aquí se remedió gran parte del daño. Y con el mismo ímpetu fueron y derribaron la casa de un aposentador del rey, llamado Garci Jofre, el cual, aunque era natural de Francia, había mucho que servía al Rey Católico y al Emperador; estaba casado, y avecindado en aquella ciudad. Contra el cual indignado, solamente porque el Emperador le había confirmado la tenencia de la casa y castillo de Lara, que Burgos pretendía ser suya y se la pidieron, y él dijo que tenía aquel castillo por el rey, que no lo podía dar sino a él, fueron para le matar. Y no paró en esto la furia popular comenzada contra él, porque habiendo el triste Jofre halládose allí aquel día, que iba con el embajador del rey de Francia, por mandado del Emperador, a Francia, como Jofre vio que le derribaban las casas, fuese para Lara diciendo que esperaba en Dios de tomar venganza y de hacer sus casas muy mejores con los dineros de los marranos que se las derribaban; y de sus huesos había de hacer los cimientos, y la cal había de amasar con su sangre. Sabido esto en la ciudad -que se lo dijo un carbonero, a quien Jofre lo dijo en el camino-, enviaron tras él secretamente a cierta gente de a caballo, y alcanzáronle en un pequeño lugar, Vivar del Cid, tres leguas de Burgos; y allí lo prendieron, sacándolo de una iglesia. Y el cura sacó el Santo Sacramento, rogándoles que por aquel Señor en quien creían le perdonasen; mas no aprovechó, antes le hirieron junto al altar.

Acudieron algunos caballeros a ver si lo podían librar de sus manos, y los que más hicieron fueron Jerónimo de Castro y Pedro de Cartagena. Y el Pedro de Cartagena, que era muy valiente y discreto caballero, comenzó a burlarse con ellos y desafiarlos a luchas y saltos, y con esto los entretuvo para que allí no hiciesen pedazos al pobre de Jofre; mas no bastó, y trajéronlo preso a Burgos, y metiéronle en la cárcel, en la cual, a golpes y heridas, lo mataron luego, y atado de los pies lo llevaron al suelo de su casa, dándole de estocadas. Y uno le dio una por entre los huesos, y no pudiendo sacar la espada puso el pie sobre él, como si fuera un perro, y tiró de la espada.

Y así muerto le trajeron arrastrando por las calles y lo ahorcaron, colgándole de los pies y la cabeza abajo. Sabiendo esto el condestable don Iñigo Fernández de Velasco, que estaba en Villalpando, y había recibido carta del cardenal, en que le pedía que por amor de Dios viniese a remediar esta ciudad, partió luego para Burgos, por el amor y antigua naturaleza que los de esta generosa familia en ella tienen, y se quiso encargar de la vara de justicia, y la ciudad se la dio, suplicándoselo con gran voluntad; y la tuvo algunos días, y asistió en Burgos, que fue su único remedio para que no diese aquel lugar airado en otros mil desatinos; y sucedióle después lo que adelante se dirá.

Madrid. -Sigüenza se levanta y otros lugares. -León. -Lealtad que promete León.

Un alcalde de corte llamado Hernán Gómez de Herrera tenía en Madrid su mujer y casa; y partió de Valladolid para allá, y como entró en la villa, todos se alborotaron diciendo que venía con gente a hacer pesquisa contra Toledo. Y a la voz desto, juntóse mucha gente y fueron con grande estruendo a su casa para lo prender; y el alcalde fue luego avisado y lo mejor que pudo se salió secretamente del lugar y con harto miedo, porque si la Comunidad lo prendiera no le tratara bien. Y de allí se fue aquel golpe de gente a las casas del licenciado Francisco de Vargas, y sacaron de ellas todas cuantas armas hallaron, escopetas, espingardas, ballestas, dardos, picas, y cuatrocientos coseletes y muchas alabardas, y de su mano lo pusieron en una casa fuerte, para servirse dello cuando fuese menester; y pusieron guardas en la villa, rondando y velando las calles y muros con muchos gastos y destruición del lugar, tratos y hacienda.

Levantáronse desta manera Sigüenza, Guadalajara, Salamanca, Murcia y otros muchos lugares de importancia, en los cuales pasaron los escándalos y hechos atroces, casi semejantes a los que tengo referidos, que sería un proceso casi infinito escribirlos por menudo, y de ellos hay hoy día hartos cuentos.

A 7 de junio deste año de 1520 la ciudad de León estaba muy quieta y puesta en el servicio de su rey, porque parece que la villa de Valladolid le había escrito, para saber si Toledo les había enviado a decir algo. Y dice León que hasta agora Toledo no les había escrito cosa alguna en este particular; que León estaba, como siempre estuvo, tan determinada de no hacer cosa en deservicio de la Cesárea Majestad, que en cosa que les pareciese que era contra la fidelidad debida a su rey, no la harían por todo el haber del mundo, mayormente quedando por gobernador el reverendísimo cardenal, y los señores presidente y oidores, a quien León tenía tanta obligación.

No le fuera mal a esta ciudad si perseverara en tan buen propósito.

Sabe el Emperador en Bruselas lo que pasaba en España. -Escribe a Valladolid. -Da cuenta el Emperador a Valladolid del viaje que había hecho. -Favores grandes que el Emperador hace a Valladolid. -No creen en Castilla que estas cartas son del Emperador, sino compuestas por sus gobernadores.

A 24 de junio del año de 1520 estaba el Emperador en Bruselas, y sabía lo que en Toledo pasaba y en otros lugares, y la carta que Toledo había escrito y la respuesta que Valladolid había dado.

Escribió al regimiento y caballeros desta villa, que agora es ciudad, agradeciéndoles su fidelidad y la buena acogida que habían hecho al cardenal; que todo era como de su acostumbrada fidelidad se esperaba y que aunque en todo tiempo que Valladolid lo hiciera se lo estimara en mucho, en éste mucho más, cuando otros pueblos andaban tan alterados y levantados, y les promete el agradecimiento para siempre y el hacerles merced, y les encarga que perseveren y vayan con lo que siempre hicieron adelante.

Y en el mismo día llegó otro correo al cardenal con despachos del Emperador de 24 de junio, en que venía otra carta para Valladolid, y decía en ella el buen viaje que había tenido en la navegación, y cuán bien recibido había sido de sus tíos y hermanos, los reyes de Ingalaterra, y el estrecho deudo y perpetua hermandad y amistad que con ellos tenía capitulado y de nuevo asentado; y hace saber cómo había llegado a la villa de Bruselas, donde entendía en el buen gobierno de aquellos estados, y que mediado el mes de setiembre estaría en la ciudad de Aquisgrán, para recibir allí la primera corona; que ya tenía enviadas letras convocatorias a los príncipes electores y a las otras personas del Imperio, que para esto deben ser llamadas, y que no podía ser antes por estar aquellos príncipes muy apartados, especialmente el serenísimo rey de Bohemia, su muy caro y muy amado hermano, y también porque los serenísimos reyes de Ingalaterra se venían a holgar con él; que serían a lo más tarde en Bruselas para los 22 de julio, donde esperaba en Dios que entre ellos y el serenísimo rey de Francia se asentarían tales cosas, que Dios fuese servido en ellas, y la Cristiandad recibiría gran beneficio y estos reinos de Castilla serían aprovechados.

Que asimismo esperaba allí los embajadores de los cantones de suizos, y con ellos al muy reverendo cardenal de Sion; que pensaba recibir la corona, a lo más tarde, en todo el mes de septiembre; que daría orden en proveer todas las cosas tocantes al buen gobierno del Imperio, por volverse luego a estos reinos, que él tanto estimaba por su grandeza y nobleza, en los cuales entendía estar y vivir, por tenerlos por fuerza principal de su estado real, y seguridad de todos los otros sus reinos y señoríos; que entendía, con el favor de Dios, estar en estos reinos mucho antes del tiempo que en las Cortes prometió, ofreció y juro a los procuradores; y les encarga la paz, quietud y obediencia a los mandamientos del cardenal su gobernador, presidente y Consejo, chancillerías, etc.; y que si algunas cosas, en algunos pueblos mal informados se tratasen, y algunos movimientos y alteraciones se sintiesen, este lugar con su antigua fidelidad las reprimiese y allanase, para que conozcan el amor y buena voluntad que les tenía; lo cual podían ver por las mercedes que en las Cortes pasadas les había hecho, conforme al memorial de ellas, que envió con esta carta.

La cual carta fue general para todas las ciudades y villas de estos reinos que tenían voto en las Cortes; mas como ya la pasión reinaba en los corazones de muchos, no podían creer que estas cartas fuesen del Emperador, sino fingidas, ni acababan de quitar de sí el sentimiento que de su partida tan acelerada destos reinos tenían, dejándolos, por consejo de sus privados, puestos en tanto fuego y con tanta pobreza y trabajos.

Guadalajara.

Después desto llegó nueva al cardenal cómo la ciudad de Guadalajara se había rebelado de la misma manera que las otras ciudades, poniéndose en armas. Nombraron por su capitán al conde de Saldaña, hijo mayor de don Diego de Vega y Mendoza, duque del Infantado, y dieron tras los procuradores que habían enviado a las Cortes, que fueron Diego de Guzmán y Luis de Guzmán, los cuales con temor de la muerte huyeron, valiéndose de sus caballos; y como no los pudieron haber, fueron a sus casas y se las arrasaron y araron y sembraron de sal, diciendo que como casas de traidores se habían de salar, porque no inficionasen las demás con su infidelidad.

De allí fueron al duque y le suplicaron los favoreciese y ayudase, y si no, que supiese que ningún grande había de quedar en la ciudad. El cual y el conde de Saldaña, su hijo, hubieron de otorgar con ellos, por sosegarlos.

Y como el duque viese la ciudad tan alborotada, y que el reino se encendía en vivo fuego, escribió al cardenal, rogándole que mirase que estaba a su cargo remediar tantos males, pues Dios y el rey le habían puesto en aquel lugar; y que sin pasión ni afición hiciese un perdón general. Porque si dejaba enconar más la llaga, cuando quisiese no podría darle remedio; que hiciese quitar el servicio; que las alcabalas se volviesen al estado en que estaban veinte y cinco años antes; que los oficios y beneficios se diesen a los naturales, y se quitasen los que tenían los extranjeros; que esto todo se hiciese luego.

Parecióle bien la carta al cardenal; mas sin consultar al Emperador, no se atrevió a hacer más de lo que en el consejo se ordenaba.

Ronquillo contra Segovia, con gente de armas. -Altérase Segovia de todo punto. -Resisten al alcalde: niéganle la entrada. -Salen los de Segovia a pelear con Ronquillo.

Y fue que se dio orden al alcalde Ronquillo, juez famoso en estos tiempos, que fuese luego a Segovia con la más gente que pudiese, y castigase a los delincuentes, para allanar la ciudad y autoridad de la justicia, enviaron con él mil hombres de a caballo, los más de los cuales eran de las guardas que poco había eran venidos de la jornada que don Hugo de Moncada había hecho a los Gelves. Y por capitán desta gente fue nombrado don Luis de la Cueva, caballero principal de Baeza, y Ruy Díaz de Rojas, para que si el alcalde no fuese recibido en la ciudad, procediesen contra ella hasta rendirla y allanarla.

Mas andaba la cosa de tal manera, que cuando en Segovia supieron la ida del alcalde, los que hasta entonces estaban quietos y sosegados se levantaron y inquietaron y juntaron con los demás. Y un caballero principal de la ciudad, que se llamaba don Hernando, había escrito al cardenal que él tenía la ciudad y la fortaleza y la iglesia mayor por el rey; que había echado la Comunidad fuera, en el arrabal, y que, finalmente, entre ellos había mucha parcialidad y diferencias.

Y con esto iba el alcalde derecho a se meter en la ciudad.

Y como supieron su venida y en la forma que iba, el don Hernando y la comunidad se concertaron de tal manera, que cuando llegó el alcalde, le cerraron las puertas y se pusieron en armas, y nombraron capitanes y apercibieron toda la gente. Y viendo Ronquillo la fuerza y resistencia grande, se retiró a la villa de Arévalo, y el cardenal lo envió a llamar, mandándole que, pues no se podía ejecutar la justicia, que se volviese a Valladolid hasta que hubiese consejo sobre ello. Mas el alcalde no lo hizo así, sino pasóse a Santa María de Nieva, que es cinco leguas de Segovia, y de allí hizo a los de Segovia sus requirimientos y protestos, y comenzó por pregones a hacer autos y procesos, requiriéndoles hiciesen llana la ciudad a la justicia, o pareciesen a dar razón por qué no lo habían de hacer. Y a esto los de Segovia, en la cual ya no era parte hombre de honra, sino el pueblo bravo y furioso, no solamente no obedecieron ni respondieron, pero pasados algunos días en tratos y pláticas, sin tino ni fundamento, con la mejor orden que pudieron salieron un día al campo hasta cuatro mil hombres, casi todos a pie, con voz y propósito de toparse con Ronquillo y pelear con él; y así llegaron cerca de un lugar donde el alcalde estaba; el cual con los dichos capitanes salió a ellos, y según afirman pudiera muy bien romperlos, porque, aunque eran más en número, era gente común y sin ejercicio de armas ni orden en ellas. Pero no quiso el alcalde que hubiese tal rompimiento, por excusar muertes, o por ventura dudando del fin. Sólo hubo unas ligeras escaramuzas, en que el alcalde les tomó parte de su bagaje y prendió algunos, de los cuales ahorcó parte y a otros dio otras penas. De manera que los de Segovia, con poco efeto y algún daño, volvieron a sus casas.

Y de ahí adelante Ronquillo apretó más el cerco, quitándoles el trato y bastimentos, que no pudiesen entrar en la ciudad. Mas no les hizo el mal que pudiera, porque siempre se tuvo esperanza de algún buen medio.

Hizo Segovia alarde de la gente de guerra que tenía para defenderse de Ronquillo. Y halló doce mil hombres con tanto ánimo, que aun hasta las mujeres y los niños tomaban las armas. Hicieron fuertes palenques, hondos fosos, encadenaron las calles. Y la ciudad de Ávila les ayudaba como si fuera causa propria.

Y enviaron ambas ciudades a suplicar al cardenal que no quisiese proceder contra ellos con tanto rigor, y no les dio buena respuesta. Y ellos dijeron: «Pues así lo quieren, nosotros lo remediaremos.»

Hicieron en el arrabal un baluarte muy fuerte. Pregonaron franco perpetuo, con que eran muy bien proveídos; y viéndose Segovia tan apretada, escribió a la ciudad de Toledo una carta del tenor siguiente:

Carta de Segovia para Toledo.

«Muy magníficos señores. Para nosotros bien tenemos creído que si Toledo con Segovia y Segovia con Toledo tienen partidas las tierras, no por eso dejan de tener enteras las voluntades. Porque la generosidad de la una y la antigüedad de la otra, días ha que tienen entre sí aprobada y confirmada su amicitia. Ya, señores, por fama pública habrán sabido cómo unos cincuenta pelaires y tejedores a un regidor que fue procurador en las Cortes pusieron en la horca, y por Dios Nuestro Señor que persona de manera, en dicho ni en hecho, en aquel caso no tuvo culpa. Porque do los escándalos son públicos, no suelen ni pueden los escandalosos estar escondidos. El reverendísimo cardenal, como gobernador destos reinos, y los señores del Consejo como jueces supremos, queriendo hacer de hecho más que de derecho, han proveído de tal manera, que de su provisión resulta que a nosotros nos quieren quitar la vida y a esta inocente ciudad quieren condenar por traidora. El alcalde Ronquillo es venido a Santa María de Nieva, no como juez piadoso que nos consuele en justicia, sino como cruel tirano para hacernos guerra. Porque a los escribanos ha tomado por escopeteros y en lugar de hacer tinta, háceles derramar sangre. Háseles olvidado cortar las péñolas y han aprendido a aguzar las lanzas. Mejor maña se dan en guardar la ordenanza de soldados que no en hacer procesos y registros. Finalmente, los que no tenían otras armas sino tinta y papel y escribanías, agora presumen de comernos a lanzadas hasta las puertas. Ha hecho otra cosa tan contra nosotros el alcalde Ronquillo, lo cual en el profundo de nuestros corazones ha lastimado: conviene a saber, que ha quitado la antigua posesión y jurisdición que en sus tierras proprias tenía Segovia. Porque al Espinar y a Villa-Castín ha dado facultad y licencia para que libremente pongan horca y picota. Y si esto así pasa, la ciudad perderá su tierra y nosotros quedaremos con perpetua infamia. Estamos en tanto aprieto puestos, que si algún vecino se desmanda a salir fuera de los muros, si no es de los que el alcalde tiene condenados, rescátanse por dineros. Si se tiene de él sospecha, a fuerza de tormentos le descoyuntan. Si es de los que tienen culpa, a ojo de la ciudad le ponen en la horca. Por manera que para quitarle a uno la vida, basta que se haya hallado en Segovia. Debéis, señores, considerar que, según a vosotros os han infamado de inobedientes y a nosotros nos han condenado por traidores, que si los dejamos ser poderosos en armas, que al tiempo del castigo amagarán acá e por ventura irán allá. Y el castigo de Segovia no será sino vigilia de la destruición de Toledo. Propuestos todos los inconvenientes que de aquí se pueden seguir, conviene que el alcalde Ronquillo como mortal enemigo de la república le lancemos de la tierra. Y esto hecho nos juntemos a entender en el remedio de toda España; porque si a este alcalde no le atajamos los pasos, no podrán ir adelante nuestros buenos deseos. Habrá cinco días que contra nuestra voluntad fueron unos cinco mil hombres a dar una vista a Santa María de Nieva, y como los nuestros sabían más de peines y telares que no de hacer caracoles, e por contrario, aquellos nuestros enemigos sabían más de robar e pelear que no de cardar e tejer, fueron los nuestros mal tratados, aunque de los unos y de los otros hubo heridos. El cardenal y los del consejo cada día envían gente de guarnición al alcalde Ronquillo, que aún ayer que se contaron 28 de julio le vino toda la compañía de don Álvaro. Y como la gente común se veía en tanto estrecho, algunas veces muestra el pueblo estar desmayado. Esto no obstante, tenemos proveído que toda la ciudad esté puesta en armas. Tenemos muy buen recaudo en las torres e puertas por las parroquias y cuadrillas. Tenemos ordenados sus capitanes. Dase mucha priesa a meter de fuera bastimentos. No nos queda ya sino apoderarnos del alcázar y echar fuera algunos caballeros traidores; porque tenemos jurado que el que no jurare la Comunidad santa de Segovia, le destierren la persona y le derruequen por el suelo la casa. Para corresponder, señores, a quien sois y la extrema necesidad en que estamos, conviene que primero nos enviéis el socorro para poder echar al alcalde Ronquillo de nuestra tierra que no la respuesta desta carta. Porque cuanto provecho nos haría el presuroso socorro, tanto daño nos vendría decir que mirarían en ello. Rodrigo de Cieza y Álvaro de Guadarrama, portadores de ésta, os dirán, señores, de nuestra parte algunas cosas de importancia. Las cuales no se sufre escribirlas en carta. Pedimos, señores, por merced, que en fe desta letra tengan allá crédito sus palabras. Nuestro Señor sus muy magníficas personas guarde y con vitoria de sus enemigos prospere.

De Segovia a 29 de julio de 1520.»

Con estas cartas del tenor de ésta enviaron a otras ciudades de Castilla, y todas respondieron con grandes promesas y buenas palabras; y enviaron al cardenal y al Consejo, suplicando que Segovia fuese perdonada, excepto Toledo, que, como menos escrupuloso, luego envió gente de guerra con que fue socorrida Segovia, como diré adelante.

Ronquillo insiste contra Segovia y la ciudad le amenaza y burla de él.

Luego que Toledo recibió esta carta de Segovia, quiso enviar a Segovia el socorro que pedía. Envióle cuatrocientos escopeteros y cuatrocientos alabarderos y trecientos caballeros muy bien armados; a los cuales recibieron en Segovia con grandísima alegría y perdieron el miedo que tenían a Ronquillo, y aún tomaron ánimo para salir a él y echarlo de su tierra.

Enviáronle a requerir que los dejase en paz y que se fuese de Santa María de Nieva, donde estaba, y que no tratase más de las cosas de Segovia; si no, que le echarían de allí de mala manera. Pero Ronquillo pensaba hacer su hecho y entrar en Segovia y castigarla crudamente.

Para esto convocó toda la tierra; mas no se cumplió su deseo, porque todas las ciudades y villas se levantaron, y las que a este punto lo estaban se habían confederado con tanta voluntad, dándose favor y ayuda y haciendo la causa una, y todo el resto del reino tan vedriado y a pique de seguir este camino, que había mucho que temer.

Andaba Ronquillo de lugar en lugar. Una noche se alojaba en uno, otra en otro, echando espías, prendiendo los que salían de Segovia y buscando los medios posibles para entrar en ella. Hacía en la plaza de Santa María de Nieva, autos, públicos pregones y encartamientos contra los de Segovia. Mas en Segovia reíanse dél, y dicen que la Comunidad hizo una gran horca, y que cada día la barrían y regaban, diciendo que era para ahorcar a Ronquillo, mostrándose con tanto ánimo como si tuvieran todo el mundo de su parte. Y tomó grande osadía cuando vio las espaldas que Toledo le hacía con gente de guerra y dineros.

Llama el cardenal gente de guerra. -Retírase Ronquillo. -Segovia prende gente y dineros.

Como el cardenal viese cuán de mal iban las cosas, mandó venir gente de la que estaba en Navarra. Llegaron a Valladolid buena parte de escopeteros y lanzas y hombres de armas, y enviáronlos al alcalde Ronquillo, que no tenía más que trecientas y cincuenta lanzas, y pocos peones.

Con esta gente comenzó Ronquillo a correr los términos de Segovia con quinientas lanzas, las trecientas gruesas y las docientas ginetas. Y un día llegó a Zamarramala y fijó unos carteles contra los de Segovia, dándolos por traidores y rebeldes, y citándolos que pareciesen ante él dentro de cierto término. Y luego se volvió a Nieva, donde mandó hacer un cadalso alto, y en él hizo otros autos semejantes. Y después mandó pregonar por los lugares de aquella comarca, que ninguno fuese osado de llevar bastimentos a Segovia, so pena de muerte.

Y como Segovia vio que Ronquillo los trataba tan mal, y que les quitaba los bastimentos, salieron un día tres mil y quinientos hombres, muy bien armados de coseletes y lanzas, alabardas y espadas, cada uno lo que podía; algunos hubo que no llevaba sino hondas; y con mucha grita y poco concierto, como gente común, llevando por capitán un regidor que se llamaba Peralta, fueron derechos hacia Santa María de Nieva, donde estaba alojado el alcalde con su gente y con otro concierto que el que esta multitud llevaba.

Y a dos leguas de Segovia toparon con la gente del alcalde, y dispararon unos tiros que llevaban. Los del alcalde se estuvieron quedos y con buen orden comenzaron a retirarse hacia el lugar. Los de Segovia pensaron que huían; y de todo punto desordenados arremetieron con gran grita contra ellos. Revolviéronse unos con otros, y hubo descalabrados. Los del alcalde prendieron al regidor, capitán Diego de Peralta, y los de Segovia prendieron a un alguacil llamado San Juan Gudiel, y a otros; y el alcalde se salió, y dejó el lugar a los de Segovia; los cuales pegaron fuego al cadalso, y editos contra ellos hechos. Y luego vinieron otros tres mil hombres en su socorro, y como se vieron tantos siguieron al alcalde y soltaron dos tiros gruesos y matáronle dos de a caballo, y tomaron a un pagador al pie de dos cuentos en dinero, que llevaba para pagar la gente, y enviáronlos con los otros presos a la ciudad.

El alcalde se fue siempre retirando en buen orden, y algunos de su caballos vieron que se habían entrado unos desmandados en un lugar cerca de Nieva, que serían hasta cuarenta hombres, y dieron sobre ellos y prendieron algunos, y lleváronlos al alcalde, y luego ahorcó los dos, y los otros llevó a Coca, donde se metió.

Y los de Segovia recobraron su capitán y volvieron muy contentos con la presa del dinero a su ciudad.

Desconciertos de Madrid. -Pretende el común apoderarse del alcázar. -Mujer valerosa defiende los alcázares de Madrid. -Ríndese el alcázar de Madrid y éntrale la Comunidad. -Armas muchas que en él había.

Los disparates que se hicieron en Madrid, que como dije se levantó, no fueron menores que los de las otras comunidades de Castilla. Tenía el alcázar un hidalgo honrado y fiel que se decía Francisco de Vargas. Hizo el común las diligencias que pudo por quitárselo y apoderarse de él, y de tal manera, que andaban en velas y guerra continua. Requirió muchas veces la villa, y amenazó al alcalde que se lo entregase, y si no, que habían de ahorcar a cuantos pudiesen haber de los que dentro estaban. Viéndose el alcalde tan apretado y falto de gente, salió una noche secretamente, y fuese a Alcalá, que está seis leguas pequeñas de Madrid, para traer de allí alguna gente que le ayudase. Trajo hasta cuarenta hombres, y para meterlos sin que se echasen de ver, dio orden que entrasen cabalgando de dos en dos en cada cabalgadura. Mas no se pudo hacer tan secreto, que la villa no lo entendiese.

Sabido luego, se armaron con tanto alboroto que se hundía el pueblo, unos a pie y otros a caballo, llevando algunos caballeros por capitanes.

Salieron al campo con buen concierto, y al tiempo que el alcalde quería entrar con su gente dieron sobre él; y como eran muchos y el alcalde y los suyos pocos, desbaratáronlos; y el alcalde escapó a uña de caballo y acogióse con los que le pudieron seguir a Alcalá, y de ahí adelante estuvieron con cuidado y espías para sí volvían, y dieron con gran furia sobre el alcázar, y cercáronle al derredor. Pero no de manera que se osasen mucho llegar a él; porque los de dentro se defendían bien y les tiraban pelotas de fuego, y con ballestas y piedras.

Estando el alcázar en este aprieto, llegó cerca de Madrid Diego de Vera con la gente de los Gelves. Pudo entrarse en el alcázar y proveerla de bastimentos, y maltratar a los comuneros de Madrid. Mas él venía fatigado del camino, y malcontento por no le haber dado las pagas a él ni a su gente de mucho tiempo.

También le llegaron cartas de la ciudad de Ávila, de donde era natural y tenía su casa y hacienda, diciéndole que dejase a los de Madrid y no les hiciese daño, so pena de que le derribarían las casas y abrasarían la hacienda. Con temor de esto disimuló Diego de Vera, y no quiso entrar en Madrid, ni hacía por unos ni contra otros.

Hallándose los de Madrid con poca gente y armas para combatir el alcázar, pidieron socorro a Toledo, y la ciudad les envió quinientos hombres y treinta lanzas, y por capitán de ellos al regidor Gonzalo Gaitán.

De la gente de la villa era capitán un hombre que se llamaba Negrete. Determinaron de minar el alcázar por cuatro partes, y sintiendo los de dentro que los minaban, arrojaban contra ellos muchos más tiros, y dieron con uno a un hombre que sacaba tierra con una espuerta y matáronle, y por esto dejaron de minar de día, y minaban de noche con antepechos y mantas y lo más a salvo que podían, y ponían encima de ellas los hijos y parientes de los que dentro estaban, porque por no matarlos no tirasen a los que debajo de las mantas iban. Pero con todo eso, la mujer del alcalde, que dentro estaba, se daba tan buena mana en ayudar, y aún a animar que peleasen, que no hacía falta su marido, de tal suerte que ella era el amparo y defensa de la fortaleza.

Los de la villa les enviaron a requerir que se diesen; si no, que no entraría ni saldría hombre que no fuese muerto o preso.

Ella respondió que en balde trabajaban, que no pensasen que por estar el alcalde ausente, ella ni los demás habían de hacer cosa fea ni en deservicio del rey. Que todos estaban determinados de antes morir defendiéndose, que cometer semejante traición. Que donde ella estaba, no había de hacer falta el alcalde su marido.

Como la Comunidad oyó esto, alteróse grandemente, y dijo a voces: «Mueran, muramos todos.»

Armáronse, pues, todos, y pusiéronse a punto de guerra. Cercaron por todas partes el alcázar, y asentáronle los tiros gruesos en orden contra la fortaleza. Los de dentro se apercibieron para defenderse, y disparaban los tiros que tenían, que eran muchos y buenos, y muchas armas, sino que tenían poca gente que las mandasen. Comenzaron de ambas partes a jugar el artillería. Los del alcázar derribaron las casas más cercanas, y dentro y fuera había dos artilleros muy diestros, aunque no quisieron hacer todo el mal que podían.

Metiéronse de por medio algunos religiosos para ponerlos en paz, y ya que estaba medio concertada, salió de través un caballero diciendo a altas voces: «¡Oh traidores bellacos, judíos de Madrid!; ¿qué habéis hecho? ¿Qué concierto queréis hacer en tanto perjuicio del rey y de vuestra villa? Que todo lo hacéis de cobardes.» Y hizo y dijo tales y tantas cosas, que la villa se volvió a alborotar y encender, unos favoreciéndole, otros por le matar; y entre ellos hubo una escarapela y revuelta sangrienta de cuchilladas y lanzadas, que se descalabraron muchos

Prendieron al caballero la gente común y quería que lo matasen. Lleváronlo preso hasta saber de él qué le movió a sembrar aquella cizaña, quitándoles lo que ya tenían concertado.

Otro día volvió la villa al combate del alcázar, y el artillero de fuera mató al de dentro de un tiro que le acertó; y no tuvieron quien supiese usar del artillería.

Faltóles el agua y la comida, y así se hubieron de rendir.

Entregaron la fortaleza al licenciado Castillo, alcalde mayor en la villa por la Comunidad. La Comunidad entró en el alcázar real con mucho regocijo. Halló en él ochocientos arneses enteros, mil lanzas de armas, cien alabardas, cuatro falconetes, tres tiros que cada uno tiraba bala de un quintal -así lo dice una memoria-, trescientas pelotas de hierro colado, cuatro tiros de los que tomaron al alcalde Mercado de Fruslera, veinte mil picas, dos mil y doscientas escopetas, dos mil celadas y braceletes y ballestas, dos cañones gruesos, diez y siete quintales de pólvora hecha de munición, otros ocho tiros de campo que se hallaron en la villa, cinco mil coseletes.

Todas estas armas pusieron aquí los Reyes Católicos, sin otras muchas que se llevaron cuando se hizo la jornada de los Gelves.

Servicio que hizo al Emperador Juan Arias de Ávila. -Saquean los comuneros a Torrejón de Velasco. -No quiere Diego de Vera juntarse con Juan Arias.

Cuando la villa de Madrid andaba en estas revueltas sobre apoderarse del alcázar real, enviaron a pedir ayuda a Juan Arias de Ávila, un caballero principal del reino de Toledo y de muy antigua nobleza, señor de Torrejón de Velasco, que estaba cuatro leguas de Madrid. Este caballero era discreto y de extremado valor; respondióles que no quería tratar de ruidos, sino estarse en su casa, sin mostrarse por unos ni por otros. Por otra parte, Juan Arias, como leal servidor de su rey, sacó ciento y cincuenta caballeros y otros tantos infantes, y veinte tiros gruesos, y vino en socorro del alcázar real. Como lo supo Madrid, avisó luego a Toledo y a la villa de Alcalá, y en poco tiempo se juntaron infinitos que vinieron sobre Torrejón de Velasco, no estando allí Juan Arias, porque iba su camino en socorro del alcázar de Madrid por lugares encubiertos, por no ser sentido de los de Madrid.

Saquearon y quemaron el lugar, que era muy rico por el gran mercado que en él se hace, y hirieron y mataron algunos.

La nueva de esto fue luego a Juan Arias, que lo sintió por extremo; y así volvió luego para Torrejón sin pasar adelante, con juramento que hizo que se había de vengar y satisfacer, y que cuando no pudiese de Madrid, que no dejaría lugar de la comarca que no lo destruyese. Y algunos de los suyos le aconsejaron que se juntase con Diego de Vera, que venía de los Gelves, y que con su ayuda y la buena provisión de tiros y artillería que tenía podría cercar a Madrid.

Juan Arias pidió a Diego de Vera que le ayudase; mas él se excusó, diciendo que venía cansado del largo camino, y que él no podía hacer guerra a algún lugar del rey.

Procuró Juan Arias hacer el mal que pudo en la comarca de Madrid; y así vivían todos con harto trabajo por miedo de los robos que la gente de guerra hacía, que no osaban tener los ganados en el campo.

Sucedió una noche que supo el lugar de Móstoles, que es cerca de Torrejón, que Juan Arias quería venir sobre él. Apercibióse para resistirle, tapiaron las calles y armáronse todos. Vinieron los contrarios y entraron el lugar por donde los vecinos no pensaban, y saqueáronlo. Acudieron todos sobre ellos cuando salían cargados, y quitáronselo todo, sin querer matar a ninguno. De esta manera se trataban bárbaramente unos a otros.

Lealtad grande de Juan Arias. -Dale el Emperador título de conde de Puñoenrostro.

En otro peligro no menor se vio Juan Arias de Ávila, y fue que si bien veía la poca seguridad que en la gente común había y que no guardaban fe ni palabra con deseos de servir a su príncipe y de allanar la ciudad de Toledo, se metió sobre concierto, con pocos criados, en la villa de Illescas, donde los principales alborotadores estaban con gente de armas, y llegando a tratar de los medios de paz y buen concierto, con palabras de valor y razones evidentes, rogándoles y exhortándoles, poniéndoles delante su peligro en apartarse así del servicio del rey, pudo algunas veces ponerlos en camino y asentar la paz; mas poco firme. Porque como el concierto dependía de las voluntades de tantos y los más de muy malas cabezas y dañadas intenciones, y lo que se hacía y componía un día, otro estaba de todo punto estragado, y se turbaban y alteraban con un furor popular y peligroso, perdiendo el respeto a Juan Arias y despeñándose de todo punto quisieron poner en él las manos, y desenvueltamente le pidieron que les entregase luego las fortalezas que tenía. Y viendo que no lo quería hacer, le pidieron la artillería que había en ellas; y porque también se la negó, con voz popular y estruendo se juntaron en las casas del ayuntamiento y dieron un mandamiento para que Juan Arias entregase la artillería luego; y en defeto, de no lo querer hacer, que lo matasen como a enemigo del bien común. Esto le notificó un escribano.

Pero Juan Arias, con toda entereza y buenas razones, dijo que no la podía dar. Volvieron a juntarse los de Illescas en las mismas casas, y resolvieron que se mandase luego a Juan Arias que diese sin réplica la artillería o que le matasen. Notificándole este mandamiento a Juan Arias, respondió sin ninguna turbación de ánimo que la vida que tenía era sola suya; pero que la honra y buen nombre era de sus pasados y herencia forzosa de los que de él habían de venir. Que en mano dellos estaba quitarle la vida, mas no la honra, ni él la podía dar ni perder; y que fuesen ciertos que la vida que le quitasen, les había de costar muchas vidas. Que mirasen bien lo que hacían, y que la lealtad que debía a su rey no se la quitarían aunque le quitaran mil vidas que tuviera; y en esto se resolvía.

Viendo el común la entereza de Juan Arias de Ávila, suspendieron por entonces el mal propósito que tenían, y Juan Arias pudo subir en su caballo y salirse de entre ellos con muy buen semblante, acompañado de los pocos criados que tenía, y se volvió a Torrejón.

De lo cual se arrepentieron presto los de Illescas, y se culpaban los unos a los otros de su inadvertencia, por no le haber muerto o a lo menos prendido.

Y Juan Arias se sustentó contra ellos, conservando en servicio del rey tres fortalezas con gente y armas, que fue un freno de importancia para reprimir algunas demasías de las que hubo en Toledo y su tierra.

Y Juan Arias de Ávila se mostró tan leal servidor del rey, que aventuró su hacienda y vida; y cuando supo que el condestable era virrey de Castilla, le envió el sello de su casa y armas, ofreciéndose todo por cumplir con la obligación que tenía al servicio del rey. El condestable se lo agradeció mucho, y dijo que lo representaría al Emperador, y le encomendó mirase por aquella tierra; y Juan Arias lo hizo peleando muchas veces con los comuneros. Y por estos y otros servicios, y por ser este caballero de tan ilustre sangre, el Emperador le dio título de conde de Puñoenrostro, y le escribió cartas con grandes favores, estimando y encareciendo lo que había hecho en su servicio.

En Ciempozuelos se levantaron contra el conde de Chinchón, mas él los allanó presto y castigó bien. En Alcalá pasaron otros desconciertos semejantes y en otros lugares de aquel reino, imitando a la cabeza que con tanto desatino andaba.

Desea el cardenal remediar tantos males dulcemente. -Consulta el cardenal a un caballero cómo podría sosegar a Toledo. -Parecer que un caballero de Toledo dio al cardenal sobre la pacificación destos levantamientos. -Mejor dijera Salomón (Eccles., 3): «Omnia tempus habent.»

Buscaba el cardenal Adriano, que era un santo, los medios posibles para poder remediar tantos males, con la suavidad y blandura que su gran caridad pedía. Supo de un caballero cortesano, jurado y natural de Toledo, contino del rey, que estaba en Valladolid, y escribió, como testigo de vista, gran parte de los miserables sucesos que yo cuento, y hube su proprio original. Envió, pues, el cardenal a llamar a este caballero, con otro que se llamaba Ladrón de Mauleón, natural de Navarra. Fue luego, y el cardenal le preguntó si era jurado de Toledo y si tenía poder para concordar aquel pueblo, porque él había visto en los hechos pasados, estando en Santiago y en La Coruña, que mucha parte de las cosas que allí pasaron entre Su Majestad y aquella ciudad, habían pasado por su mano.

Este caballero respondió que no tenía comisión alguna de Toledo. Pidióle el cardenal qué medio le parecía que se podría tomar para sosegar aquella ciudad, diciendo que se holgaría de tomarle y procurar que Su Majestad le otorgase. El caballero le dio gracias en nombre de la ciudad, como miembro de ella, y dijo que no sabía de cierto su voluntad, pero que a lo que podría juzgar, le parecía que se curasen aquellos daños que al presente parecían con la medecina que pedían. Y era, que Su Majestad concediese a Toledo lo que le habían suplicado por sus procuradores don Pedro Laso y don Alonso Suárez y Miguel de Hita y Alonso Ortiz, y que con esto habría buena disposición para concordar aquel pueblo que tan alterado estaba. Y que lo que principalmente le parecía que su señoría debía hacer, era mandar al alcalde Ronquillo que se volviese con su gente y no fuese a sitiar a Segovia especialmente, pues la ciudad estaba confusa por lo que había hecho, y habían enviado a su señoría los perlados de los monasterios de la ciudad, suplicándole por el perdón, y ofreciéndose a toda enmienda.

El cardenal respondió que cómo le parecía bien que quedase por castigar un exceso como el de Segovia, en haber muerto aquel regidor porque hizo lo que el rey mandaba, y quitar las varas a la justicia, y haber cometido otros crímines y excesos dignos de castigo. Respondió que a nadie podía parecer bien cosa tan fea y de tanto atrevimiento; pero que su señoría sabía que San Hierónimo dice en su vida: «Que hay tiempo de hablar y tiempo de callar y tiempo de disimular.» Que ya su señoría sabía que todas las más ciudades del reino estaban alteradas, y cada una dellas creía merecer el castigo que Segovia; porque aunque no hubiese cometido el mismo delito que Segovia en matar aquellos hombres, pero en el desacato y tomar las varas a la justicia, todas habían cometido crimen y merecían el mismo castigo; y que porque en ninguna se hiciese, todas las ciudades se juntarían a favorecer a Segovia. Que mirase que si se desvergonzaban los pueblos, no sería parte para castigarlos; y que al presente, si bien estaban alterados, a lo menos no había guerra conocida ni al descubierto, sino disensiones en los pueblos; y si se juntaban a favorécerse unos a otros, sería gran daño para el reino, como después sucedió. Que considerase cómo Segovia pedía misericordia, pues había enviado los perlados de los monasterios a ello. Que se concertase con el pueblo lo mejor que pudiese, y tomase la justicia en nombre del rey a la ciudad, y hiciese que anduviese bien acompañada, y de manera que no se le atreviesen, y secretamente se hiciese información de los movedores de tantos daños que mataron al regidor. Que descubiertos los malhechores, fuesen gravemente castigados; que ninguno sería tan sin saber que no entendiese que le castigaban por el delito pasado, porque de fuerza había de conocer en sí mismo la culpa.

Pareció bien al cardenal este consejo, y mandó al de Toledo que otro día por la tarde volviese a él, que entraría en consejo sobre esto que le decía.

Y volvió el jurado al cardenal; y dijo que él había consultado este negocio, pero que no se conformaban todos, de manera que no se podía hacer otra cosa, sino lo mandado. El jurado le suplicó lo mirase bien, que algunos del Consejo estaban apasionados y eran intereses particulares, y no se miraba principalmente al servicio de Su Majestad, y que supiese que Toledo y Madrid hacían gente para enviar en favor de Segovia; que si así fuese, podía bien ver cuánto daño se siguiría.

El cardenal dijo que volvería a tratarlo en consejo.

Toledo y Madrid nombran capitanes y forman ejército. -Juan de Padilla, capitán de Toledo. -Júntanse los capitanes de Toledo, Madrid y Segovia.

Temiéndose Toledo y Madrid, como más vecinos, que si Segovia se sojuzgaba corrían ellos peligro, eligieron capitanes y levantaron gente para enviar al socorro.

Y en Toledo nombraron por capitán a Juan de Padilla, caballero mal engañado, al cual dio Toledo comisión para hacer mil hombres, y más cien jinetes, cuyo capitán era Hernando de Ayala, con algunas piezas de artillería. Y los de Madrid levantaron cuatrocientos hombres y cincuenta jinetes.

Vino la gente de Toledo a juntarse con la de Madrid, y fueron al Espinar, donde Juan Bravo, capitán de la gente de Segovia, salió a recebirlos con la gente de guerra, que serían por todos dos mil infantes y ciento y cincuenta caballos. Y todos tres acordaron de llegar a Santa María de Nieva, donde Ronquillo estaba aposentado, para hacerle el daño que pudiesen, en tanto que la gente de Salamanca y de otras partes que venían en socorro de Segovia se juntaba.

Hiciéronlo así; mas Ronquillo y sus capitanes, perseverando en su propósito, si bien salieron en campaña a hacer rostro al enemigo, no quisieron pelear; antes, con muy buen orden, se desviaron de ellos; de manera que los enemigos se apartaron a un lugar donde ellos estaban, y ellos en otro, mudando su alojamiento.

Sabida por el cardenal la salida y junta destos capitanes, acordó de acrecentar la fuerza de su gente, y hacer forma de campo para reprimir las fuerzas de los contrarios; y para esto mandó a Antonio de Fonseca, capitán general del reino, que con los continos del rey, y con los demás que se pudiesen llegar de a pie y de a caballo, fuese a tomar la gente que tenía Ronquillo, y que del artillería del rey que estaba en Medina del Campo, tomase la que le pareciese.

Y envió a mandar a Ronquillo que de ninguna manera viniese a las manos con los dichos capitanes, sino que buenamente se juntase con Antonio de Fonseca para el efeto dicho.

La ida de Antonio de Fonseca no pudo ser tan secreta, que Valladolid, donde se ordenó, no lo sintiese; de lo cual, si bien alabados de leales, se alborotaron mucho más de lo que estaban; que no era poco, que cada día hacían juntas, como diré. Pero, no obstante el alboroto de Valladolid, Antonio de Fonseca salió disimuladamente y fue a la villa de Arévalo con la gente que había podido juntar de a pie y de a caballo, donde vino Ronquillo y los capitanes que con él estaban con la suya, y ordenaron la jornada para Medina.

Segovia tuvo aviso desta jornada y la intención con que se hacía, que era para su mal y daño, treyando la artillería; y a la hora hicieron un proprio a Medina con esta carta:

Carta de Segovia para Medina.

«Muy magníficos señores. Como cosa muy notoria, no sólo en esa noble villa de Medina, mas aún en toda España, no hemos escrito, señores, que el alcalde Ronquillo está en Santa María de Nieva, haciendo mortal guerra a esta antigua ciudad de Segovia. Y a la verdad, él no se ocupa sino en hacernos daño, e nosotros tampoco pensamos de hacerle algún servicio. Acá hemos sabido cómo el obispo de Burgos ha días que está ahí en Medina, e pide con mucha instancia la artillería. Y su fin no es sino para que su hermano Antonio de Fonseca venga con ella a Segovia. Y a la verdad, él daría de sí mejor cuenta en irse a residir a su iglesia, porque los obispos y perlados mejor parece procuren con lágrimas la paz, que no con artillería despierten la guerra. Los mercaderes desta ciudad que están allá en la feria nos han escrito que estáis, señores, en duda si daréis o no al obispo la artillería. Y en este caso decimos, que nuestra inminente necesidad tiene tanta confianza de vuestra mucha nobleza, que no sólo no la daréis de hecho; mas aún, si os viene al pensamiento, pensaréis que es tentación del demonio. Porque muy injusto sería que Segovia envíe sus paños para enriquecer las ferias de Medina, y Medina envíe su munición y artillería para destruir los muros de Segovia. Por la amistad antigua que nos tenemos y por la generosidad a que como buenos sois obligados, os pedimos, señores, por merced, que el artillería se esté queda, pues el obispo no trae cédula del rey firmada para llevarla; que no es justo se la den para destruirnos, pues a nosotros no se da para defendernos. Porque si no nos engañan nuestros letrados, la defensa nos es lícita, pero su guerra aún no está de derecho justificada. Ya hemos recebido letras de la ciudad de Toledo, como en breve se nos enviará poderoso socorro. Y a la verdad, como su causa e la nuestra se pesen en una balanza, de ninguna manera puede Segovia recibir daño sin que Toledo corra peligro. Parécenos, señores, que debéis en más tener la amistad de Toledo y el servicio de Segovia, que no el ruego del obispo don Alonso de Fonseca; porque no tiene lugar el ruego de uno, cuando es en perjuicio de muchos. Sed ciertos, señores, que no se puede dar el artillería, si no es para destruir a Segovia; y de la destruición de Segovia, ved qué puede ganar Medina. Porque vuestras ferias no se hacen de caballeros tiranos, sino de mercaderes solícitos. E porque la mano está más hecha a la lanza, que no a la pluma, no decimos más, sino que al portador de ésta, en todo e por todo, den entera creencia.

De Segovia, a 17 de agosto de 1520.»

Defiende Medina la artillería. -Quema lastimosa de Medina del Campo. -Apellida Medina la Comunidad.

Con esta carta se resolvieron los de Medina en no dar la artillería. Iba Antonio de Fonseca contra ellos con la mayor y mejor parte de la gente que estaba en Arévalo. Martes, bien de mañana, a 21 de agosto, salió de Arévalo a tomar por fuerza la artillería, si de voluntad no la quisiesen dar, como ya una vez la habían negado, habiéndoseles pedido para llevar a Ronquillo. Amaneció sobre Medina, en la cual ya estaban avisados, como vimos, por la carta de Segovia y por otros, y ellos muy puestos en orden con determinación de no dar la artillería, como lo hicieron. Y como Antonio de Fonseca tuviese amigos dentro de la villa, y el corregidor, que era Gutierre Quijada, estuviese de voluntad que se diese, comenzó a tratar por bien y medios que se la entregasen, mostrando las provisiones y recaudos que traía.

Y los de la villa decían que ellos tenían la artillería en guarda y en nombre del rey, y que no la entendían dar, sino tenerla para defensa de aquel pueblo. Pero que por servir a la corona real, que darían parte della cuando fuese menester, con tal condición que ellos mismos la habían de llevar y volver. Y como con la porfía se fuesen encolerizando, el negocio vino a las manos y asestaron la artillería en las bocas de las calles, y acudió a la plaza gran golpe de gente armada. Como vio esto Antonio de Fonseca, mandó que su gente entrase peleando; y los de la villa dispararon de las piezas de artillería y mataron algunos de los de Fonseca, y murieron otros de la villa defendiendo valientemente la entrada.

Antonio de Fonseca pensó hacerles un engaño, no entendiendo que fuera tan dañoso como salió, y fue que con todo secreto mandó hacer unas alcancías de fuego de alquitrán y arrojaban éstas por la calle de San Francisco, pensando que los de Medina acudirían a aquella parte a matar el fuego, y desampararían las puertas para poder él entrar y tomar la artillería; lo cual no salió así, porque el fuego comenzó a obrar con grandísima furia hasta que toda la calle de San Francisco y lencería ardía en vivas llamas, tanto que de muy lejos se veía. Y los de Medina mostraron tanto valor, que si bien vieron quemar sus casas, haciendas y hijos, no se apartaron de la defensa de la artillería, peleando contra Antonio de Fonseca y los suyos, hasta que los lanzaron fuera de la villa; Fonseca, muy corrido, por no poder salir con su intención, y lastimado por el mal que el fuego hizo, que él no lo quisiera.

Quemóse todo el monasterio de San Francisco, sin quedar piedra sobre piedra, y fue gran ventura que salvaron el Santísimo Sacramento en el hueco de un olmo que estaba en la huerta; y allí arrimaron un altar, donde algunos días celebraron los oficios divinos. Quemáronse todas las casas de la acera, como van por la rinconada a la calle de Ávila, y las casas de la rúa de ambas partes, y las Cuatro Calles, y la calle del Pozo, y otras muchas, que llegaron todas a nuevecientas casas, que en ellas no se salvó un colchón, porque moneda, ni mercadería, ni otra cosa quedó que no se abrasase.

Y en el monasterio de San Francisco habían metido los genoveses y burgaleses y otros mercaderes de Segovia muchas mercaderías de paños y sedas y brocados, que no se salvó cosa, y los frailes se quedaron sin monasterio ni tener en qué se abrigar.

Era cosa lastimosa ver las gentes, mujeres y niños llorando y gimiendo desnudos, sin tener dónde se acoger ni con qué cubrir sus carnes, dando voces al cielo y pidiendo a Dios justicia contra Antonio de Fonseca.

Con esta plaga quedó la villa de Medina más encendida en fuego de ira que lo habían estado sus casas con el alquitrán. El corregidor no osó esperar, porque había sido con Fonseca. El pueblo luego comenzó a apellidar Comunidad, y tomó la forma del regimiento que las otras ciudades levantadas, y escribieron luego a Juan de Padilla y a los otros capitanes contando sus cuitas, y llamándolos en su ayuda para se vengar de los culpados que habían ayudado a Fonseca. Y de quien mayor enojo tenían era de la villa de Arévalo, porque había llevado de allí la gente Antonio de Fonseca.

Y Arévalo se temió harto de Segovia por esto; y dentro en Arévalo hubo parcialidades y bandos sobre ello, siendo unos de parte de la Comunidad y otros en contra. Escribió asimismo Medina a las ciudades amigas, dándoles parte de su trabajo. Hube la carta que escribió a Valladolid y otra que Segovia escribió a Medina dándole las gracias de haber defendido tan valientemente la artillería, y el pésame del daño que habían recibido. La carta es notable, y dice:

Envía Segovia el pésame a Medina del daño que había recebido.

«Ayer jueves, que se contaron 23 del presente mes de agosto, supimos lo que no quisiéramos saber, y hemos oído lo que no quisiéramos oír. Conviene a saber, que Antonio de Fonseca ha quemado toda esa muy leal villa de Medina. Y también sabemos que no fue otra la ocasión de su quema, sino porque no quiso dar el artillería para destruir a Segovia. Dios Nuestro Señor nos sea testigo, que si quemaron de esa villa las casas, a nosotros abrasaron las entrañas, y que quisiéramos más perder las vidas que no que se perdieran tantas haciendas. Pero tened, señores, por cierto que, pues Medina se perdió por Segovia, o de Segovia no quedará memoria, o Segovia vengará la su injuria a Medina. Hemos sido informados que peleastes contra Fonseca, no como mercaderes, sino como capitanes: no como desapercebidos, sino como desafiados; no como hombres flacos, sino como leones fuertes. Y pues sois hombres cuerdos, dad gracias a Dios de la quema, pues fue ocasión de alcanzar tanta vitoria. Porque sin comparación habéis de tener en más la fama que ganastes, que la hacienda que perdistes. Nosotros conocemos que, según el daño que por nosotros, señores, habéis recebido, muy pocas fuerzas hay en nosotros para satisfacerlo. Pero desde aquí decimos, y a ley de cristianos juramos, y por esta escritura prometemos, que todos nosotros por cada uno de vosotros pornemos las haciendas, e aventuramos las vidas, lo que menos es, que todos los vecinos de Medina libremente se aprovechen de los pinares de Segovia, cortando para hacer sus casas madera. Porque no puede ser cosa más justa, que pues Medina fue ocasión que no se destruyese con el artillería Segovia, que Segovia dé sus pinares con que se repare Medina. Bien se pareció, señores, en lo que hicistes, no sólo vuestro esfuerzo, mas aún vuestra cordura en tener como tuvistes en poco la quema, y esto no por más de por mostraros fieles, amigos y confederados de Segovia. Porque hablando la verdad, no os pueden negar vuestros enemigos que en defenderla os mostráis esforzados y en dejaros quemar poco codiciosos. Mucho os pedimos, señores, por merced, se ponga gran guarda, y agora más que nunca, en la casa de la munición y artillería, de manera que no pueda alguno venir de fuera a hurtarla, ni menos pueda alguno de dentro entregarla. Porque gran infamia sería que les entregasen traidores lo que ellos perdieron por cobardes. No poco placer hemos tomado en saber que Juan de Padilla pasó por ahí por Medina, y que ha tomado a Tordesillas, y se ha apoderado de la reina nuestra señora. Sed ciertos, señores, que es tan venturoso ese venturoso capitán, que todo lo que amparare será amparado, y todo lo que guardare será guardado, y todo lo que emprendiere será acabado, porque acá lo vimos por experiencia. Que sólo del nombre de su fama, sin esperar ver su presencia, huyó el alcalde Ronquillo, de Santa María de Nieva. También hemos sabido cómo los señores del Consejo mandaron pregonar que toda la gente de guerra se apartase de Antonio de Fonseca, y que Antonio de Fonseca se ha ido fuera de España. Parécenos que la cosa a nuestro propósito va bien encaminada, y que pues estáis cerca, debéis, señores, esforzar a esos señores de la Junta, porque el Consejo no mandó aquello sino de miedo y el capitán general no huyó sino de cobarde. Ya sabéis, señores, cómo en los tiempos pasados la serenísima reina doña Isabel dio el condado de Chinchón a la marquesa de Moya, que se llamaba la Bobadilla, y esto no por más sino por ser muy gran privada; y la tierra que le dio era de tiempo inmemoriable tierra desta ciudad de Segovia, y agora que vemos la nuestra estamos determinados de cobrar lo nuestro. Porque según nos dicen nuestros letrados, todo lo que se toma contra justicia, lícitamente se puede tomar por fuerza. Los hijos de la Bobadilla no sólo tienen y mandan a nuestra tierra; más aún, tienen en tenencia perpetua este alcázar de Segovia, que es una de las insignes fuerzas que hay en España. Y hablando la verdad, estamos determinados, no sólo de recobrar nuestra tierra, pero aún de tomarle la fortaleza. Y si en esta impresa Nuestro Señor nos da, como esperamos que nos dará, vitoria, terná cobrada su tierra Segovia y lanzado su enemigo de casa. Nuestros capitanes nos han escrito cómo habéis, señores, tomado la villa de Alaejos, y que el alcalde en la fortaleza se defiende con ciertos soldados. Pues tenéis, señores, en la demanda tanta justicia, y tenéis para combatir la fortaleza poderosa artillería, no debéis de desistir de la impresa. Y si fuere necesario, nosotros enviaremos más gente al campo y socorreremos con más dineros; porque gran poquedad sería de Segovia, y no pequeña afrenta a Medina, que no se llegase al cabo esta tan justa guerra. A Alonso Fernández del Espinar, que es el portador de ésta, dar se le ha entera fe en lo que os hablare de nuestra parte y creencia. De Segovia, día y mes sobredicho. Año de 1520.»

El cardenal de Tortosa, Adriano, varón santísimo, sintió en el alma el daño que se había hecho en Medina, y escribióles una carta disculpándose y dándoles el pésame con buenas y santas razones. La villa le respondió:

Escribe Medina al cardenal contando sus quejas.

«Ilustre y muy magnífico señor. Esta villa recibió una carta de vuestra señoría en que dice cómo Antonio de Fonseca no vino a ella a sacar el artillería, ni a saquealla y quemalla por mandado del reverendo señor presidente ni de vuestra señoría. Así es de creer que siendo vuestra señoría tan deseoso de la paz y bien de estos reinos y del servicio de la corona real, no fueron en consejo que esta villa, siendo tan principal en estos reinos, fuese destruida con el sello del rey, con más crueldad que si fuera con el sueldo y gente del Turco. Porque demás de querer sacar el artillería para destruir de hecho el reino, quemaron el monasterio de San Francisco. En que mostraron más desacato a Dios que los godos sin fe y sin razón, porque era bárbara gente, en la destruición de Roma; solamente no quemaron el templo de San Pedro, mas aun perdonaron a todos los que a él se acogieron, aunque eran sus enemigos y diferentes en ley. Y los frailes perdidos y desamparados duermen en el suelo de la huerta, porque se les quemó la ropa que tenían, y tienen el Corpus Christi en un hueco de un olmo, que no les quedó donde lo poner. Y quemaron toda la calle de San Francisco y toda la Rúa y Platería, plazuela de San Juan y calle del Pozo, y las medias Cuatro Calles y toda la plaza con la iglesia parroquial de San Agustín, y la media calle de Ávila y la rinconada con toda la plaza alrededor, y parte de la calle del Almirante. Que, en fin, es toda la villa, con todo cuanto en las casas había y con todos los depósitos de los mercaderes, que es tanta suma, que dudamos bastasen las rentas reales por algunos años, para satisfacción de tan demasiados daños y universales y particulares. Porque a ninguno en toda la villa le queda que comer, y no tiene otro remedio sino ir a buscar otra nueva tierra para hacer nueva población, como hicieron los bárbaros en los tiempos antiguos que ocuparon a Italia, o andarse por este reino como los alarbes en África. Y no satisfecha su ira y crueldad, entraron a las casas y cortaban los dedos de las manos a las mujeres para sacarles las sortijas, y aljorcas y manillas; y otras acuchillaban por desnudarlas presto las ropas que traían, y a otras dieron muchas saetadas, espingardadas, y mataron con escopetas hartos niños. Y hechos estos insultos, porque no les quedase algún linaje de crueldad por ejecutar, robaron clérigos y ancianos, y ponían para hacerlo las manos sacrílegas en ellos. Si vuestra señoría entero y verdadero dolor tiene de tan grandes males nuestros, y destruirse así el reino con las inormidades que en esta villa se hicieron sin ocasión ni color, vuestra señoría dará alguna medecina a nuestras llagas y alguna consolación al deseo que esta villa siempre tuvo al servicio real. Si vuestra señoría condenare y declarare por traidores y disipadores del reino a Antonio de Fonseca y a Gutierre Quijada y al pagano y enemigo de su naturaleza y de nuestra fe, el sangriento robador el licenciado Joannes de Ávila, inventor y caudillo de la destruición desta villa, causa del desasosiego y bullicio destos reinos, y así, condenados por traidores los desnature destos reinos y nos favorezca para que nos entreguemos en todos sus lugares y haciendas, siquiera para dar ropa a los que duermen en el suelo. Pedirle queremos sienta vuestra señoría la ofensa de Dios y traición a la corona real y nuestra perdición, y tan inestimable, que no sufre satisfación y libertad hecha a vuestra señoría de la ira de Dios, que suele provocar los clamores y lágrimas que derraman las mujeres y niños de toda esta villa. Porque las calles que quedaron todas están llenas de gritos y maldiciones, pidiendo a Dios justicia y venganza. Dios provea en alumbrar a vuestra señoría para que la gente que está con él se despida y vayan a sus tierras, porque no les quemen sus casas, estando desirviendo a la corona real, so color que la sirven; y para que de corazón sienta vuestra señoría el deservicio y traición que en quemar esta villa se cometió contra el rey nuestro señor. De Medina, etc.»

Viles cabezas de las Comunidades.

Rayo es del cielo cuando con la potestad reina la ira. Enojáse demasiadamente Antonio de Fonseca, capitán general del reino, contra Medina. Abrasó como un rayo sus casas y haciendas, y mucho más los corazones y voluntades para dar como desesperados en mil absurdos. Por vengar ya sus pasiones, el común todo de este lugar se puso en armas; escribían lástimas a todo el reino, deseaban la venganza, y el que más se señalaba era más estimado.

En los bullicios y alborotos que aquí hubo, por ser valiente o atrevido, tuvo nombre un tundidor llamado Bobadilla, hombre bajo, cruel y grosero, al cual siguieron muchos de los que quedaban tan lastimados y tan apasionados. Mató a cuchilladas a Gil Nieto, como diré, cuyo criado el tundidor había sido; y después mató a un librero llamado Téllez, y a otro regidor llamado Lope de Vera. Y asimismo mataron él y otros a los que imaginaban que habían sido en que allí viniese Antonio de Fonseca a pedir la artillería, y en querérsela dar. Y derribaron las casas que allí tenía don Rodrigo Mejía y hicieron otras crueldades y desatinos semejantes.

De este atrevimiento quedó el tundidor Bobadilla tan acreditado en el pueblo, y él con ánimo tan de señor, que de ahí adelante no se hacía más de lo que él quería y ordenaba y gobernaba, como cabeza del pueblo. Y luego tomó casa y puso porteros, y se dejaba llamar señoría.

Tales cabezas como éstas tenían las Comunidades de muchos lugares, como Villoria, pellejero en Salamanca, y un Antonio, casado en Segovia, y otros semejantes en otras partes que, como por atrevidos y desvergonzados se señalaban, al punto el común echaba mano dellos, si bien es verdad que hubo muchos caballeros culpados en esto, que hicieron harto daño, atizando de secreto el fuego; y otros al descubierto, no por deservir a su rey, sino por los bandos que entre ellos había, arrimándose unos a la Comunidad por prevalecer contra los otros. Y los que más crédito y estimación alcanzaban en su república eran los que llamaban comuneros. Los otros, de fuerza, se habían de arrimar a la voz contraria: de manera que más fueron bandos y sediciones particulares que desobediencia contra su príncipe.

Escribió luego Medina a la villa de Valladolid, como amiga y vecina, una lastimosa carta llorando su desventura, diciendo en ella:

Escribe Medina sus lástimas a Valladolid su vecina.

«Después que no hemos visto vuestras letras ni vosotros, señores, habéis visto las nuestras, han pasado por esta desdichada villa tantas y tan grandes cosas, que no sabernos por do comenzar a contarlas. Porque gracias a Nuestro Señor, aunque tuvimos corazones para sufrirlas, pero no tenemos lenguas para decirlas. Muchas cosas desastradas leemos haber acontecido en tierras extrañas, y muchas hemos visto en nuestras tierras proprias; pero semejante cosa como la que aquí ha acontecido a la desdichada Medina, ni los pasados ni los presentes la vieron acontecer en toda España. Porque otros casos que acaecieron no son tan graves que no se pueden remediar: pero este daño es tan horrendo, que aún no se puede decir. Hacemos saber a vuestras mercedes que ayer martes, que se contaron 21, vino Antonio de Fonseca a esta villa con docientos escopeteros y ochocientas lanzas, todos a punto de guerra. Y cierto no madrugaba más don Rodrigo contra los moros de Granada que madrugó Antonio de Fonseca contra los cristianos de Medina. Ya que estaba a las puertas de la villa, díjonos que él era el capitán general y que venía por la artillería. Y como a nosotros no nos constase que él fuese capitán general de Castilla y fuesemos ciertos que la quería para ir contra Segovia, pusímonos en defensa della. De manera que, no pudiendo concertarnos por palabras, hubimos de averiguar la cosa por armas. Antonio de Fonseca y los suyos, desque vieron que los sobrepujábamos en fuerza de armas, acordaron de poner fuego a nuestras casas y haciendas. Porque pensaron que lo que ganábamos por esforzados perderíamos por codiciosos. Por cierto, señores, el hierro de los enemigos en un mismo punto hería en nuestras carnes y por otra parte el fuego quemaba nuestras haciendas. Y sobre todo veíamos delante nuestros ojos que los soldados despojaban a nuestras mujeres y hijos. Y de todo esto no teníamos tanta pena como pensar que con nuestra artillería querían ir a destruir la ciudad de Segovia: porque de corazones valerosos es, los muchos trabajos proprios tenerlos en poco, y los pocos ajenos, tenerlos en mucho. Habrá dos meses que vino aquí don Alonso de Fonseca, obispo de Burgos, hermano de Antonio de Fonseca, a pedirnos la artillería; y agora venía el hermano a llevarla por fuerza. Pero damos gracias a Dios y al buen esfuerzo deste pueblo, que el uno fue corrido y al otro enviamos vencido. No os maravilléis, señores, de lo que decimos; pero maravillaos de lo que dejamos de decir. Ya tenemos los cuerpos fatigados de las armas, las casas todas quemadas, las haciendas todas robadas, los hijos y mujeres sin tener do abrigarlos, los templos de Dios hechos polvos; y, sobre todo, tenemos nuestros corazones tan turbados, que pensamos tornarnos locos. Y esto no por más de pensar si fueron solos pecados de Fonseca o si fueron tristes hados de Medina, porque fuese la desdichada Medina quemada. No podemos pensar nosotros que Antonio de Fonseca y la gente que traía, solamente buscasen el artillería: que si esto fuera, no era posible que ochocientas lanzas y quinientos soldados no dejaran, como dejaron, de pelear en las plazas y se metieron a robar nuestras casas, porque muy poco se dieron de la pólvora y tiros, a la hora que se vieron de fardeles apoderados. El daño que en la triste de Medina ha hecho el fuego, conviene a saber: el oro, la plata, los brocados, las sedas, las joyas, las perlas, las tapicerías y riquezas que han quemado, no hay lengua que lo pueda decir ni pluma que lo pueda escribir; ni hay corazón que lo pueda pensar, ni hay seso que lo pueda tasar; ni hay ojos que sin lágrimas lo puedan mirar. Porque no menos daño hicieron estos tiranos en quemar a la desdichada Medina, que hicieron los griegos en quemar la poderosa Troya. Halláronse en esta romería Antonio de Fonseca, el alcalde Ronquillo, don Rodrigo de Mejía, Joannes de Ávila, Gutierre Quijada. Los cuales todos usaron de mayor crueldad con Medina, que no usaron los bárbaros con Roma. Porque aquéllos no tocaron en los templos, y éstos quemaron los templos y monasterios. Entre las otras cosas que quemaron estos tiranos, fue el monasterio del señor San Francisco, en el cual se quemó de toda la sacristía infinito tesoro. Y agora los pobres frailes moran en la huerta, y salvaron el Santísimo Sacramento cabe la noria, en el hueco de un olmo. De lo cual todo podéis, señores, colegir que los que a Dios echan de su casa, mal dejarán a ninguno en la suya. Es no pequeña lástima decirlo, y sin comparación, es muy mayor verlo, conviene a saber, a las pobres viudas, y a los tristes huérfanos y a las delicadas doncellas, como antes se mantenían de sus proprias manos en sus casas proprias, agora son constreñidas a entrar por puertas ajenas. De manera que, haber Fonseca quemado sus haciendas, de necesidad pondrán otro fuego a sus famas. Nuestro Señor guarde sus muy magníficas personas. De la desdichada Medina, a veinte y dos de agosto, año de mil y quinientos y veinte»

Lo que de parte del Emperador y Valladolid se había escrito antes que Valladolid se alterase. -Levántase Valladolid con sentimiento del daño de Medina. -Desconciertos notables que hizo el común de Valladolid. -Queman las casas de Antonio de Fonseca. -Lágrimas de Castilla. -Ronda, vela y armas en Valladolid. -Hacen jurar la Comunidad a los caballeros. -El infante de Granada, capitán de Valladolid.

Tenía el Emperador escrito a Valladolid dándole las gracias, porque se conservaba en tanta quietud, y por la buena acogida que hacía al cardenal su gobernador, y a sus consejeros. Y la villa respondió en ocho de julio deste año con muchos agradecimientos, y dando a Dios en ellos alabanzas, porque les había dado tal príncipe y Emperador, de quien esperaban que había de conquistar la Tierra Santa y ser un gran defensor de la Iglesia, como lo habían sido los emperadores y reyes de quien él venía.

Y junto con esta carta suplicaron diciendo que esta villa no sólo se había mostrado leal en servir con las armas a los reyes sus pasados, como fue a don Alonso el onceno, y don Juan el segundo, y a otros; mas en aconsejarles lo que cumplía a su real servicio; y que pues parecía que por el servicio que se había concedido en las Cortes de La Coruña, estaban tantas ciudades alteradas, que usando de su liberalidad fuese servido de hacer merced a todos, en que este servicio no se cogiese. La cual merced sería tan agradable a todos los deste reino, que venido Su Majestad, como esperaban que sería presto, le harían tantos y tan señalados servicios, que tendría por muy buena esta suplicación y conocería más claro el deseo que tenían de servirle.

Pero causó tanto escándalo en Castilla la quema de Medina del Campo, que se avivó y encendió más el fuego que en las comunidades había, y enconó las voluntades de manera que se levantaron otros muchos lugares donde no había aún llegado esta plaga.

El mismo día que sucedió el incendio de Medina, escribieron, como queda visto, a Valladolid, a las cinco de la tarde. Y con tanta furia como el alquitrán abrasó las casas de Medina, se encendieron los corazones de Valladolid con la carta y nueva dolorosa que recibieron.

Y sin algún respeto del cardenal gobernador, ni del presidente y Consejo, ni de otra justicia, olvidándose de los favores y mercedes que el Emperador les había hecho y ofrecido con sus cartas, tocaron luego la campana de San Miguel, que es la que agora se tañe a la queda. Y el pueblo se puso en armas; corriendo de todas partes se juntaron en la plaza, que ninguna cosa aprovecharon para detenerlos el conde de Benavente ni el obispo de Osma, don Alonso Enríquez, que salieron al alboroto y estruendo del pueblo y trabajaron por sosegarlos.

Y así juntos cinco o seis mil hombres fueron a las casas de Pedro de Portillo a la hora del Avemaría, porque a la sazón era procurador mayor de la villa, para que fuese con ellos al arzobispo de Granada, presidente del Consejo, para que proveyese de ciertas cosas que cumplían a la villa. Pero Pedro de Portillo no les respondió tan bien como ellos quisieran, antes los llamó alborotadores y ladrones, que andaban a robar. Y con estas palabras y el mal propósito que llevaban, se enojaron tanto que le rompieron las puertas y ventanas y entraron la casa; y Pedro de Portillo tuvo bien que hacer en escapar de sus manos escondiéndose de ellos. Y como no lo pudieron haber, tomáronle el aparador de plata que tenía puesto, y caláronle la casa y saquearon la tienda que tenía de riquísimos paños y sedas, y hicieron muy gran fuego delante de su puerta y quemaron muchas piezas de brocados y sedas, paños y tapicerías, mantas y armiños y otras cosas de gran valor, porque era riquísimo el hombre; hasta las gallinas y otras cosas; todo lo echaron en el fuego o se lo hurtaron. Y sobre el llevar cada uno lo que podía, entre sí mesmos se acuchillaban.

Aprecióse el daño en más de tres cuentos de maravedís.

Y no contentos con esto, le comenzaron a derribar la casa, y unos muchachos que seguían a sus padres pegaron fuego a la solana, donde había leña y manojos y quemábase a más andar. Pero temiendo que se prenderían las casas vecinas, lo apagaron; que si no, según este lugar es desdichado en fuegos, y los edificios dispuestos para ellos, sin duda ninguna corriera peligro gran parte de él. Esto así hecho, como estaban con aquel furor popular que el demonio había sembrado en España, dando voces fueron a las casas de Antonio de Fonseca, el que quemó a Medina. Y en venganza de aquel daño les pegaron fuego y las echaron por el suelo, saqueándole cuanto en ellas tenía, que ni una teja ni un madero quedó.

Y de allí volvieron a las casas de don Alonso Niño de Castro, merino mayor de la villa, y buscáronle para lo matar; y como no lo hallaron, derrocáronle el pasadizo de sus casas. Y de ahí fueron a casa de Francisco de la Serna, procurador de Cortes, y como se habían detenido en lo pasado, tuvo lugar de alzar gran parte de su hacienda y ponerse en salvo; pero todo lo que hallaron robaron, y cerraron las puertas y dejaron estar así las casas con propósito de las derrocar, y después le tornaron cuanto tenía en Geria, que es una aldea cerca de Simancas, pan, vino y cebada, y lo vendían a menos precio.

También fueron a buscar a Gabriel de Santisteban, otro procurador de Cortes, y no le hallaron, ni cosa que le pudiesen tomar, que todo lo había sacado y escondido, que casas no las tenía.

Y este mesmo día fueron a la del comendador Santisteban, regidor de la villa, y queriendo entrar a robar y derribar la casa, hallaron a las puertas todos los frailes de San Francisco, revestidos, como para decir misa, con cruces y con el Santísimo Sacramento en las manos; y, los pechos por el suelo, suplicaron a aquella canalla que se contentasen con lo hecho y no hiciesen más mal ni daño, y que por amor de Jesucristo les hiciesen limosna de aquellas casas del comendador, lo cual, si bien se hizo no poco en acabarlo con ellos, algunos, movidos a piedad, lo rogaron a los otros, y así todos fueron contentos de hacer lo que los frailes habían pedido.

Otros muchos regidores huyeron de los que firmaron el servicio, y anduvieron, como dicen, a sombra de tejados, perdidas sus haciendas y con peligro de las vidas.

Dice el autor que sigo, que es un natural deste lugar, que lo vio: «Que merecían todo esto los regidores, porque sus ambiciones y pretensiones desordenadas no miraron por el bien común, dejando cargar de tributos a España y sacar de ella todo el dinero, que estaba en suma pobreza y nunca Castilla lo había sentido, hasta que Xevres, poco a poco, se lo llevó todo. Que se hallaba haber llevado de la moneda de Castilla tres veces tres millones de oro; y lo que peor es, no gozar de ellos Su Majestad, porque Xevres y otros caballeros de Flandes los repartían y gozaban entre sí, que es cierto que si nuestro Señor no provee a España, tarde o nunca cobrarán lo perdido.» Ésta era la queja, éste el llanto general de Castilla, que dicen los de aquel tiempo que con gotas de sangre se habían de escribir, según los grandes males que esperaban.

Hiciéronse luego fuertes los de Valladolid, andando en sus rondas y velas con gente armada de día y de noche, con menestriles y atabales, que pasaban de mil y quinientos hombres los que hacían la vela o ronda. Y por ser los gastos que en esto se hacían excesivos, quitaron las hachas y los atambores, y que no se rondase sino por veinte hombres.

Algunas noches hallaron pólvora mezclada con alquitrán, sembrada por las calles, y se dijo que Antonio de Fonseca la había mandado echar por enojo de sus casas. Y de allí adelante hicieron la ronda y guardas de las puertas con mayor cuidado, y estaban con tanto temor del fuego de alquitrán, que regaban las casas con vinagre, pensando que habían de quemar a Valladolid como a Medina.

Juntáronse en el monasterio de la Trinidad, y eligieron nuevos procuradores y diputados. Y de allí enviaron a llamar todos los caballeros y vecinos de la villa, y les hicieron jurar la comunidad y ellos, de temor de la muerte, lo hubieron de hacer, y nombraron por su capitán general al infante de Granada, y lo hubo de hacer mal de su grado o morir, y juraron todos de obedecer y no salir de su mandado.

El infante comenzó a ejercer su cargo con mucha discreción, y porque supieron que don Alonso Enríquez, obispo de Osma y hermano del almirante, no sentía bien desto, le echaron de la villa. Y así echaron a otros muchos caballeros, porque de ninguno se fiaban, y luego enviaron mensajeros a Medina del Campo, ofreciéndole socorro; y para ello alistaron dos mil soldados y nombraron también seis procuradores para enviar a la Junta que se había de hacer en Ávila, que va la llamaban Santa.

[El autor trata de su propia persona.]

Dion Casio y otros graves escritores, siempre que se les ofrecía hablar de sus proprias personas en las materias donde habían tenido parte, no lo excusaron, si bien con modestia. Pues no siendo yo corto ni descuidado en tratar los hechos de mi nación y celebrar la honra de muchos que no conozco, justo será que si mis pasados, de quien por línea recta desciendo, hicieron cosas dignas de memoria, que no las condene, por ser parte y religioso, a perpetuo silencio, y por él queden en eterno olvido, que sería ofender a quien más debo.

Fueron mis pasados Fernán Gutiérrez de Sandoval, que casó con Catalina Vázquez de Villandrando, de la casa del conde de Ribadeo, y fue veinte y cuatro de Sevilla, por merced del rey don Juan el segundo, y alcalde mayor del rey entre moros y cristianos. Éste, con su hijo Ruy Fernández de Sandoval, se perdieron por seguir a Diego Gómez de Sandoval, adelantado mayor de Castilla y conde de Castro, que eran hijos de dos hermanos, en tiempo del rey don Juan el segundo, hasta quedar en un hospital. Y junto con esto perdió Fernán Gutiérrez de Sandoval un hijo que se llamaba Gutierre de Sandoval, que murió en Valladolid en una justa que se hizo, estando aquí la corte y el rey, año de mil y cuatrocientos y veinte y ocho, y perdió en él mucho, porque era grande el favor y merced que el rey le hacía.

Y aunque los hijos y nietos de Fernán Gutiérrez volvieron a Valladolid, donde era su naturaleza, no fue con tanta hacienda y caudal que bastase a ponerlos en el ser ilustre que solían tener, ni darles fuerzas para poder sufrir, sin descaer mucho, algún caso adverso de fortuna.

En este año de 1520 vivían en este lugar Francisco Rodríguez de Sandoval, que fue mi abuelo, padre de mi madre, y hijo de Ruy Fernández de Sandoval y nieto de Fernán Gutiérrez de Sandoval. Éste, siendo, como debía, leal a su rey, si bien los alterados de Valladolid le ofrecían las ventajas que a otros caballeros porque fuese con ellos y siguiese sus desatinos, jamás consintió en ellos, y sufrió que le derribasen las casas y saqueasen la hacienda. Y de tal manera le apretaron, que salió huyendo de Valladolid con su mujer y hijos, y se recogieron en Nuestra Señora de Duero, priorato de la Orden de San Benito, cerca de Tudela, padeciendo harto trabajo, todo el tiempo que duraron las alteraciones.

Y vuelto el Emperador a estos reinos, se le dieron memoriales de lo que Francisco Rodríguez de Sandoval había perdido por serle leal; pero no se le hizo la satisfación que según justicia merecía.

Consoláronse él y sus hijos, que si perdieron hacienda les quedó la nobleza tan conocida y antigua, con la honra de su lealtad, que es la que no tiene precio, aunque cuando falta hacienda todo se escurece, y con ella los terrones y otros borrones lucen más que estrellas del firmamento.

Miedo del cardenal y de los del Consejo, viendo furioso al pueblo. -Sálese Fonseca del reino.

El cardenal y los del Consejo, viendo lo que pasaba, no solamente no proveyeron ni mandaron cosa, pero aun juntarse a hablar en lo que se debía hacer no osaron, ni parecía posible; antes, como en tormenta de mar, cuando ya ni hay velas ni marineros, ni pilotos, perdida toda esperanza, dejan la nave que vaya do la tempestad quisiere; y así al cardenal y al arzobispo de Granada y a los del Consejo pareció que no había resistencia, sino dejar ir aquel pueblo arrebatado de tanta tempestad y furor.

Y el cardenal les hizo mil salvas y dio disculpas que nunca él había mandado quemar a Medina ni sido parte en los demás daños, antes le pesaba entrañablemente de lo que Fonseca había hecho.

Y siéndole pedido por la villa, y pareciéndole que así convenía, mandó pregonar que toda la gente que con Antonio de Fonseca estaba, lo dejasen y se fuesen a sus casas. Y envió su provisión para él, mandándole que la que tenía a sueldo la despidiese, y que diese licencia a la gente de guardas y acostamiento para que se fuesen a sus aposentos, dejando la que para guarda de su persona hubiese menester, porque no había manera para tener campo en aquella comarca, ni de do se sacase dinero para él ni bastimentos.

Hubo de obedecer Antonio de Fonseca, conformándose con el tiempo, y con alguna gente de a caballo se salió del reino, porque toda aquella tierra le era contraria, y no quiso dejarse cercar de sus enemigos en Arévalo ni en sus villas de Coca y Alaejos, antes dejándolas fortificadas y a su hijo don Fernando en Coca, se pasó a Portugal, y después, por mar, a Flandes, con el licenciado Ronquillo.

Cáceres. -Jaén. -Badajoz.

En Extremadura se alzó Cáceres. En el Andalucía, donde aún no se había descubierto esta plaga, la ciudad de Jaén comenzó la voz de Comunidad, si bien don Rodrigo Mejía, señor de Santa Eufemia, que tiene mucha parte y naturaleza en esta ciudad, trabajó lo posible en estorbar que no hiciesen los desatinos que en otras ciudades hacían; y no pudiendo, a fin de refrenar el pueblo, se encargó de la justicia y comunidad; que muchos caballeros usaron desta prudente disimulación a más no poder.

Alzóse Badajoz, y el mesmo don Rodrigo, con su buena industria, fue templando aquel pueblo, y tomaron la fortaleza al que la tenía por el conde de Feria.

Y no hay por qué abonar a los andaluces más que a los castellanos, que en todas partes fueron los disparates casi iguales, y hechos como si entre sí la gente común estuvieran muy acordados y concertados, años atrás, para hacer unos mismos desatinos.

Úbeda y Baeza. -Bandos en estas ciudades, y males que por ellos hubo. -Los caballeros no fueron comuneros, sino vengadores de sus particulares pasiones.

Úbeda y Baeza estaban divididas en bandos entre Benavides y Caravajales, ambas familias nobles y antiguas en Castilla. De los Benavides era capitán don Luis de la Cueva, primo del duque de Alburquerque. Del otro bando era Caravajal, señor de Jódar, que es un lugar cercado de más de docientos vecinos, que está dos leguas de Úbeda.

Y estando tan vivos estos bandos, un día, viniendo don Luis de Úbeda dentro de una litera, porque era hombre viejo, salió a él Caravajal, señor de Jódar, con ciento de a caballo, y diole tantas lanzadas que le mató dentro en la litera en que iba. Y hecho esto volvióse a Úbeda, a donde sabido por don Alonso, hijo del don Luis de la Cueva, y por sus parientes, en venganza de su padre, con mucha gente vinieron para el lugar de Jódar, y degollaron y mataron cuantos estaban dentro, y después pegaron fuego al lugar por muchas partes, que no podían valerse los tristes vecinos del lugar, y se echaron por las ventanas por librarse del fuego.

Y fue tanta la destruición y mortandad, que contaban haber muerto abrasados cerca de dos mil personas, entre hombres, mujeres y niños; y el daño y destruición que se hizo en el pueblo, permanece hoy día en muchas casas deste lugar, que están caídas y con las señales del fuego, que las han querido dejar así en señal de su lealtad.

Mas verdaderamente, aunque estos caballeros son tan leales como nobles, siempre fueron así, que aquí más hubo pasiones y bandos antiguos, que cosa de Comunidades. Porque los Benavides ni los de la Cueva jamás fueron comuneros, ni pretendieron deservir a los reyes, sino que en estos lugares, con la ocasión de ver alterado el reino, se valían del común para vengar sus pasiones, y prevalecían sus bandos, que esto causó más alteraciones, que pensamiento de ofender ni deservir a sus reyes.

Y es claro que si los caballeros siguieran la Comunidad por quererla, que no fueran capitanes della sogueros, cerrajeros, pellejeros ni otros tales oficiales mecánicos, y vinieron a estimar en tan poco a los caballeros, que tenían por buena ventura que los dejasen vivir, y en muchos lugares los forzaban a seguir la Comunidad.

Cuenca.

Levantóse Cuenca, como las demás ciudades, y se hicieron en ella semejantes desatinos. Fue aquí capitán de la Comunidad un Calahorra, y con él otro, frenero, a los cuales obedecía la ciudad como a señores.

Y siendo en esta ciudad y en el reino persona principal y gran parte Luis Carrillo de Albornoz, señor de Torralba y Beteta, le perdieron el respeto de tal manera, que no viviera si no disimulara y usara del mucho valor y prudencia que tenía. Y llegó el atrevimiento a tanto, que yendo por la calle en su mula, un pícaro de la Comunidad se le puso a las ancas, diciéndole: Anda, Luis Carrillo, burlando dél, y hubo de pasar por ello, porque el tiempo no daba lugar a otra cosa.

Era casado Luis Carrillo con doña Inés de Barrientos Manrique, mujer varonil, y queriendo vengar la injuria hecha a su marido y quitar aquel oprobrio de la ciudad, convidó a cenar a los capitanes comuneros, y cargándolos de buen vino, los hizo llevar a dormir cada uno a su aposento. Sepultados ya en el sueño y en los vapores del vino, mandó que los criados los matasen, y muertos, los colgaron de las ventanas de la calle; que fue una hazaña digna de esta memoria y de quien la hizo.

Ávila. -Caballeros leales de Ávila. -Don Gonzalo Chacón defiende la fortaleza de Ávila.

Ávila fue silla donde todas las ciudades pusieron la Junta. Aquí se hicieron los desatinos que no debiera consentir Ávila la leal. Fueron en ellos los del común, que los nobles siempre perseveraron en la fidelidad de sus pasados. Porque Antonio Ponce, como leal, no quiso jurar de seguir la Comunidad le comenzaron a derribar las casas; y no lo hicieron porque lo estorbaron algunos caballeros. Los demás juraron la Comunidad como en las otras ciudades, siguiéndola unos de grado y otros por no se entender, y otros de miedo.

Quisieron derribar las casas de Diego Hernández de Quiñones, porque siendo su procurador en las Cortes había otorgado el servicio; no se hizo, estorbándolo algunos buenos. Quiso el común tomar la fortaleza; sino que don Gonzalo Chacón, señor de Casarrubios, como era alcaide della, y vio los movimientos, y que Toledo había tomado los alcázares a don Juan de Silva, y Segovia había querido hacer lo mismo al conde de Chinchón, prudentemente y con disimulación fue proveyendo su fortaleza de bastimentos y armas y gente, llevándolos de noche y escondiéndose de día. Desta manera se fortaleció el alcázar, y cuando el común de la ciudad quiso acudir a tomarlo, halló más resistencia de la que pensaba.

Y viendo los de la ciudad que podían recibir daño de la fortaleza, y los de la fortaleza de la ciudad, trataron de concordarse, en que los unos a los otros no se hiciesen mal.

Y don Gonzalo Chacón lo trató con el cardenal gobernador, y con su voluntad se hizo y se otorgaron escrituras en forma ante los escribanos de la ciudad. Y con esto vivieron en paz, y los de la ciudad, en la confusión de su Comunidad, y los caballeros y gente noble, con deseo de servir a sus reyes, como lo hicieron sus pasados; siendo firme fortaleza y amparo seguro de ellos, por donde mereció Ávila renombre de leal.

En las aldeas había el mesmo desorden.

No sólo en las ciudades que he nombrado había el desorden dicho, mas en otros lugares particulares y aldeas, y con tanto desconcierto que no había ley, ni respeto entre padres y hijos, siendo unos de una opinión y otros de otra, como entre herejes.

En un lugar que se llama Medina, cerca de la Palomera de Ávila, estaba un clérigo vizcaíno medio loco, el cual tenía tanta afición a Juan de Padilla, que cuando echaba las fiestas en la iglesia decía: «Encomiéndoos, hermanos míos, una Ave María por la santísima Comunidad, porque Nuestro Señor la conserve y nunca caiga. Encomiéndoos otra Ave María por Su Majestad del rey don Juan de Padilla, por que Dios le prospere. Encomiéndoos otra Ave María por Su Alteza de la reina nuestra señora doña María de Pacheco, porque Dios la guarde, que a la verdad éstos son los reyes verdaderos, que todos los demás eran tiranos.»

Duraron estas plegarias tres semanas. Después desto, pasó por allí Juan de Padilla con gente de guerra, y posaron en casa del clérigo unos soldados, y cuando se fueron lleváronle una moza que él quería bien, bebiéronle el vino que tenía en una cubilla, matáronle las gallinas, y con esto perdió el amor que tenía a Juan de Padilla. Y el primer domingo dijo en la iglesia: «Ya sabéis, hermanos míos, cómo pasó por aquí Juan de Padilla, y cómo los soldados no me dejaron gallina, y me comieron un tocino, y me bebieron una tinaja de vino, y me llevaron mi Catalina. Dígolo porque de aquí adelante no roguéis a Dios por él, sino por el rey don Carlos y por la reina doña Juana, que son reyes verdaderos.»

Cuento algunas destas niñerías porque se vea cuán niños y ciegos estaban los hombres, y cierto no debía ser más en su mano. Y que alguna mala estrella reinó estos dos años por estas partes, pues semejantes disparates hacían los hombres.

Soria. -Toro se alza, y Ciudad Rodrigo.

La ciudad de Soria hizo lo mismo que las otras, levantándose la Comunidad. Y es así, que si hubiera de contar particularmente lo que en cada lugar se hizo, nunca acabaría. Ninguno de los que trataron de Comunidad dejó de matar a sus vecinos, derribar sus casas y dar en mil disparates, como gente sin juicio, y descomponer la justicia, quitándoles las varas y nombrando otros jueces, sin reparar ni hacer discurso, qué fin había de tener un desorden como éste, ni quién los había de conservar en él.

Alzóse la ciudad de Toro, y Ciudad Rodrigo, y juraron la Comunidad. Quitaron las varas a la justicia, que estaba por el rey, y pusieron otros de su mano. Y los caballeros que allí se hallaron, que más pudieron, echaron a sus contrarios de la ciudad: que es lo que más atizaba la Comunidad estar los lugares banderizados y querer vengar sus particulares pasiones. Y así podría decir que fueron más sediciones y tumultos civiles que levantamientos contra su rey, que jamás hubo tal voz ni entre los nobles ni gente común

León. -Sangrienta pendencia en León. -Quince ciudades de voz en Cortes se pusieron en Comunidad. -Culpa el cardenal a Xevres.

Acertara León si perseverara en el buen propósito con que respondió a Valladolid, cuando se trataba de la Junta que Toledo pedía. Pero, como tantas veces he dicho, los bandos y parcialidades que en las ciudades había, hicieron más daño que otra cosa en estos levantamientos.

También los Guzmanes estaban tan lastimados, por haberlos quitado del servicio del infante don Fernando, que fue menester poco para alterar la ciudad, en la cual son muy antiguos, muy nobles y poderosos. Traían algunos encuentros o bandos con el conde de Luna, que había ido por procurador de la ciudad a las Cortes que se tuvieron en La Coruña. Y cuando volvió con el consentimiento del servicio, no le recibieron con buen semblante.

Y dicen que Ramiro Núñez de Guzmán dijo al conde: Dicen que consentistes en el servicio y que excedistes en más de lo que vos fue mandado; si así es, mucha pena merecéis por ello. El conde le respondió: Ramiro Núñez, yo he hecho muy bien lo que debo y me ha sido encomendado, y dello no he excedido un punto. Y de allí, de palabra en palabra, vinieron a se enojar, y Ramiro Núñez le dijo: Yo vos haré conocer por la espada, de mi persona a la vuestra, cómo fuistes traidor y hicistes traición a la ciudad. Y el conde echó mano a la espada, y Ramiro Núñez a la suya, y hubo entre ellos una mala pendencia que puso a la ciudad en bandos, por ser estas dos familias antiguas cabezas della, y tener muchos amigos, parientes y veladores.

Mas como el conde estaba desfavorecido por el enojo que con él tenía el pueblo, y Ramiro Núñez con mucha gente y aficionados, cargaron sobre el conde y su gente, de tal manera, que le mataron trece hombres, y de ambas partes hubo muchos heridos, y el conde se salvó a uña de caballo.

Llegó la nueva de esto a Valladolid y el cardenal lo sintió grandemente, por no saber qué remedio poner, viendo el fuego encendido en tantas partes, que de diez y ocho pueblos de Castilla que tienen voto en Cortes, los quince estaban levantados por la Comunidad, y habían nombrado procuradores para la Junta que se había de hacer en Ávila, siendo muy gran parte de estos alborotos frailes y judíos.

Echaba la culpa de todo este mal el santo cardenal a Mr. de Xevres, que tan mal consejo había dado al Emperador, en que se pidiese aquel servicio; y lo peor era que no se cobraba. Andaba el cardenal fatigado y con hartos temores de que en Valladolid no estaba del todo seguro.

Dice esta memoria o libro que escribió quien vio estos tiempos y casos lastimosos, llorando tanta desventura y pérdidas de España, y tan sin culpa de su rey, sino por malos y avarientos consejeros:

«Ya habéis oído, como dije, que el servicio que se pedía eran trecientos cuentos; y en otra parte dije seiscientos cuentos. Aquí digo agora que dicen que son novecientos cuentos, y por esto non vos maravilléis desta diferencia non se averiguar, porque nadie pudo saber el secreto de cuánto era.»

Y dice que el Emperador no quería más del servicio ordinario que se hacía a sus abuelos, los Reyes Católicos, que eran docientos cuentos cada año, y que lo demás que agora se pedía era, sin saberlo él, para robarlo al rey y al reino.

Pronósticos y profecías en que creía el común.

Estaban las cosas de España tan turbadas, los hombres tan desatinados, que no parecía sino azote del cielo, y que venía sobre estos reinos otra destrución y acabamiento peor que la que fue en tiempo del rey don Rodrigo. Creían en agüeros, echaban juicios y pronósticos amenazando grandes males. Inventaron algunos demonios, no sé qué profecías, que decían eran de San Isidro, arzobispo de Sevilla; otras de fray Juan de Rocacelsa, y de un Merlín y otros dotores, y de San Juan Damasceno; llantos o plantos que lloró San Isidro sobre España. Y en todas ellas tantos anuncios malos de calamidades y destrución de España, que atemorizaban las gentes y andaban pasmados.

Helas visto y leído, y son tantos los desatinos que tienen, que no merecen ponerse aquí, sino espantarnos de que hubiese tanta facilidad en los hombres de aquel tiempo, que creyesen semejantes cosas.

Particularmente creían los ignorantes en una que decía que había de reinar en España uno que se llamaría Carlos, y que había de destruir el reino y asolar las ciudades. Pero que un infante de Portugal le había de vencer y echar del reino, y que el infante había de reinar en toda España. Y paréceme que ha salido al contrario.

Tales obras hace la pasión ciega, y tales desatinos persuade.

Escribe Toledo a las ciudades del reino, pidiendo que se junten.

Había Toledo escrito el año pasado de mil y quinientos y diez y nueve, antes que el Emperador partiese de estos reinos, que se juntasen las ciudades para ver lo que les convenía y lo que debían suplicar al Emperador, antes que de estos reinos partiese; y como aquella Junta no se hizo, y las cosas estaban agora en tanto rompimiento, que por todo el reino se jugaba al descubierto, como no se entendían, ni aun fiaban los unos de los otros, para entenderse y para fortificarse más la Comunidad, que llamaban santa, escribió Toledo otra carta a todas las ciudades, en que decía:

«Muy magníficos señores. Pues nuestra gente de guerra ha ya pasado allende los puertos y está en su tierra, no es necesario decir cómo la enviamos para socorrer a la ciudad de Segovia. Y a la verdad, aunque el socorro no fue mayor de lo que merecían aquellos señores, todavía fue más de lo que pensaban sus enemigos. No dudamos, señores, que en las voluntades acá y allá seamos todos unos; pero las distancias de las tierras nos hacen no tener comunicación las personas. De lo cual se sigue no poco daño para la impresa que hemos tomado de remediar el reino, porque negocios muy arduos tarde se concluyen tratándose por largos caminos. Muchas veces, y por muchas letras os hemos, señores, escrito, y pensamos que tenéis conocida la santa intención que tiene Toledo en este caso. Pero esto no obstante, queríamos mucho que personalmente oyésedes de nuestras personas lo que habéis visto por nuestras letras. Porque hablando la verdad, nunca es acepto el servicio hasta que se conozca la voluntad con que es hecho. Los negocios del reino se van cada día más enconando y nuestros enemigos se van más apercibiendo. En este caso será nuestro parecer que con toda brevedad se pusiesen todos en armas. Lo uno, para castigar los tiranos; lo otro, para que estemos seguros. Y sobre todo es necesario que nos juntemos todos para dar orden en lo mal ordenado destos reinos, porque tantos y tan sustanciosos negocios, justo es que se determinen por muchos y muy maduros consejos. Bien sabemos, señores, que agora nos lastiman muchos con las lenguas, y después nos infamarán muchos con las péndolas en sus historias, diciendo que sola la ciudad de Toledo ha sido causa deste levantamiento, e que sus procuradores alborotaron las Cortes de Santiago. Pero entre ellos y nosotros, a Dios Nuestro Señor ponemos por testigo e por juez de la intención que tuvimos en este caso. Porque nuestro fin no fue alzar la obediencia al rey nuestro señor, sino reprimir a Xevres y a sus consortes la tiranía; que según ellos trataban la generosidad de España, más nos tenían ellos por sus esclavos, que no el rey por sus súbditos. No penséis, señores, que nosotros somos solos en este escándalo, que hablando la verdad, muchos perlados principales y caballeros generosos, a los cuales no sólo les place de lo que está hecho, pero aún les pesa porque no se lleva al cabo; y según hemos conocido dellos, ellos harían otras peores cosas, si no fuese más por no perder las haciendas que por no aventurar las conciencias. Así, para lo que se ha hecho como para lo que se entiende hacer, debría, señores, bastar para justificación nuestra, que no os pedimos, señores, dineros para seguir la guerra, sino que os enviamos a pedir buen consejo para buscar la paz. Porque de buena razón el hombre que menosprecia el parecer proprio, y de su voluntad se abraza con el parecer ajeno, no puede alguno argüirle de pecado. Pedímosos, señores, por merced, que vista la presente letra, luego sin más dilación enviéis vuestros procuradores a la santa Junta de Ávila, y sed ciertos que, según la cosa está enconada, tanta cuanta más dilación pusiéredes en la ida, tanto más acrecentaréis en el daño de España. Porque no es de hombres cuerdos al tiempo que tienen concluido el negocio entonces empiecen a pedir consejo. Hablando más en particular, habéis, señores, de enviar a la Junta tales personas y con tales poderes, que si les pareciere puedan con nuestros enemigos hacer apuntamiento de la paz, e si no, desafialles con la guerra. Porque según decían los antiguos, jamás de los tiranos se alcanzará la deseada paz, si no fuere acosándolos con la enojosa guerra. No pongáis, señores, excusa diciendo que en los reinos de España las semejantes Congregaciones y Juntas son por los fueros reprobadas, porque en aquella santa Junta no se ha de tratar sino el servicio de Dios. Lo primero, la fidelidad del rey nuestro señor. Lo segundo, la paz del reino. Lo tercero, el remedio del patrimonio real. Lo cuarto, los agravios hechos a los naturales. Lo quinto, los desafueros que han hecho los extranjeros. Lo sexto, las tiranías que han inventado algunos de los nuestros. Lo séptimo, las imposiciones y cargas intolerables que han padecido estos reinos. De manera que para destruir estos siete pecados de España, se inventasen siete remedios en aquella santa junta; parécenos, señores, e creemos que lo mesmo os parecerá, pues sois cuerdos, que todas estas cosas tratando y en todas ellas muy cumplido remedio poniendo, no podrán decir nuestros enemigos que nos amotinamos con la Junta, sino que somos otros Brutos de Roma, redemptores de su patria. De manera que de donde pensaren los malos condenarnos por traidores, de allí sacaremos renombre de inmortales para los siglos venideros. No dudamos, señores, sino que os maravillaréis vosotros y se escandalizarán muchos en España de ver juntar Junta, que es una novedad muy nueva. Pero pues sois, señores, sabios, sabed distinguir los tiempos, considerando que el mucho fruto que de esta santa junta se espera, os ha de hacer tener en poco la murmuración que por ella se sufre. Porque regla general es que toda buena obra siempre de los malos se recibe de una guisa. Presupuesto esto, que en lo que está por venir todos los negocios nos sucediesen al revés de nuestros pensamientos, conviene a saber, que peligrasen nuestras personas, derrocasen nuestras casas, nos tomasen nuestras haciendas y, al fin, perdiésemos todos las vidas. En tal caso decimos que el disfavor es favor, el peligro es seguridad, el robo es riqueza, el destierro es gloria, el perder es ganar, la persecución es corona, el morir es vivir. Porque no hay muerte tan gloriosa como morir el hombre en defensa de su república. Hemos querido, señores, escribiros esta carta para que veáis que nuestro fin, y el hacer esta santa junta, e los que tuvieren temor de aventurar sus personas, e los que tuvieren sospecha de perder sus haciendas, ni curen de seguir esta impresa, ni menos de venir a la Junta. Porque siendo como son estos actos heroicos, no se pueden emprender sino por corazones muy altos. No más sino que a los mensajeros que llevan esta letra, en fe della se les dé entera creencia. De Toledo, año de mil y quinientos y veinte.»

Murcia. -El alcalde Leguízama va contra Murcia. -Alborótase Murcia contra el alcalde. -El capitán Diego de Vera detiene a los de Murcia que no hagan un desatino. -Junta Murcia ocho mil hombres contra el alcalde Leguízama.

A cinco de julio deste año, el adelantado de Murcia se quejó al cardenal y Consejo de que la ciudad de Murcia se había levantado y muerto al corregidor, y a un alcalde y a un alguacil y a otras personas; y que la ciudad estaba muy alterada y puesta en armas, y porque él había querido sosegar y pacificar aquel pueblo y les había afeado lo que habían hecho, le habían echado de él, y que habían puesto velas y rondas y procedían con grandísimo desorden.

Proveyóse en el Consejo que fuese sobre ellos un alcalde de corte llamado Leguízama, con grandes poderes y alguaciles, y que de los lugares vecinos pudiesen juntar la gente necesaria para allanarlos.

Llegó el alcalde Leguízama a Murcia, y entró en la ciudad pacíficamente. Notificó las provisiones a la justicia y caballeros y al consejo o ayuntamiento, para que le diesen favor y ayuda. Lo cual obedecieron al principio, y el alcalde comenzó a hacer su pesquisa secreta, por la cual halló algunos culpados, y comenzó a prenderlos, y el común no lo llevaba bien, y quisiera echar de la ciudad al alcalde.

Sentenció a un zapatero que le diesen cien azotes, y como lo llevaban por las calles públicas azotando, alborotóse el pueblo y armáronse muchos, y quitaron el preso con muy grandes voces y alboroto, y metiéronse en una casa para consultar lo que habían de hacer.

Y como el alcalde vio esto, fuese a toda priesa en casa del marqués de los Velez, que estaba en la ciudad; y cuando el marqués supo que el alcalde iba a su casa, no le quiso esperar, antes cabalgó a priesa y salióse de la ciudad, y fuese a Mula, que es una villa siete leguas de Murcia: el alcalde salió en seguimiento del marqués, y alcanzóle en el campo, buen trecho de Murcia; y allí le notificó la provisión que llevaba, y de parte del rey le puso pena de muerte y de perdimiento de bienes volviese luego con él a la ciudad a le dar favor y ayuda para que pudiese hacer justicia. El marqués respondió muy enojado, porque antes había pedido que mirase mucho cómo procedía, y el tiempo que era, que no usase de rigor; y no lo había querido hacer, y así dijo: «Alcalde, a otros como vos id a hacer esos requirimientos, y no a mí, que porque soy muy servidor de Su Alteza os doy esta respuesta y no otra. Pero por obedecer y acatar a la corona real, a quien en vuestro requirimiento habéis nombrado, a quien debo servicio, venga en pos de mí vuestro escribano, y responderé a lo que pedís.»

Y así volvió la rienda a su caballo y se fue la vía de Mula. Y el alcalde volvió a Murcia y se fue a su posada.

Y a esta sazón estaba la Comunidad muy alborotada, y con determinado acuerdo se juntó gran golpe de gente, así de la ciudad como de las alquerías más cercanas, y fueron a la posada del alcalde con voluntad de la quemar, con todos los que dentro della estaban. Y pusiéranlo en ejecución si no fuera por Diego de Vera, que entonces se hallaba en Murcia con toda su gente, que así como lo supo, cabalgó y fue a la posada del alcalde, adonde halló que la tenían cercada la casa con mucha gente, dando voces: «¡Muera, muera!» Pero no lo hicieron por los ruegos e instancia del capitán Diego de Vera, que les pidió no hiciesen tal cosa y que lo dejasen en sus manos, que él haría que el alcalde se fuese y que no entendiese más en el negocio.

Alcanzó de ellos con mucho trabajo e importunación que harían lo que él mandase; pero que ante todas cosas les entregasen los procesos, y dentro de una hora el alcalde saliese de la ciudad.

Diego de Vera dijo que así se haría, y entró en la posada del alcalde, el cual le entregó los procesos y él los entregó a la Comunidad, y les rogó y tomó palabra que no llegarían a la persona del alcalde ni a ninguno de sus criados, sino que los dejasen ir en paz, y que se iría luego y no pararía más en aquellas partes. Y no fue poco alcanzarse esto, y fue bien menester la autoridad de Diego de Vera, sus canas y nombre de tan gran soldado como fue, y tuvo harto que hacer en amansarlos y acabar con ellos que se fuesen a sus casas. Y luego tomó consigo al alcalde y a su gente, y salió con ellos fuera una legua de la ciudad.

Y el alcalde fue a Mula muy corrido y enojado. De allí quiso sacar gente para volver sobre Murcia, y como la ciudad lo supo, levantáronse otra vez y tocaron alarma con mucha furia, y luego avisaron a Lorca. Y de Lorca y de las aldeas de Murcia en breve tiempo se juntaron al pie de ocho mil hombres con los de Murcia, y salieron en busca del alcalde derechos a Mula.

Pero como el alcalde lo supo, no los esperó, y huyendo de día y de noche, no

aró hasta llegar a Valladolid, adonde estuvo no más de dos días; y un domingo en la noche se fue a Aldeamayor, tres leguas de Valladolid, porque no osó esperar, sabiendo que Valladolid estaba mal con él por cosas pasadas; y como en esta villa no había sino una paz sobre falso, temió no le matasen.

Sevilla.

Sevilla, que hasta agora se había estado a la mira, tuvo también su movedor, que la quiso inquietar y sacar de quicios. Fue el caso que don Juan de Figueroa, hermano de don Rodrigo Ponce de León, duque de Arcos, estando el duque su hermano en su villa de Marchena, se puso en alzar la ciudad y pueblos della en Comunidad. pensando ser capitán y gobernador. Para lo cual, teniéndolo de antes amasado y concertado con los que eran con él en este trato, domingo a diez y seis de setiembre deste año de 1520, después de la hora de mediodía, él y algunos caballeros, deudos y criados del duque su hermano se fueron a la casa del mismo duque.

Convocados y llamados allí más de sietecientos hombres, se armaron ellos y él, y poniéndose a caballo él y los otros caballeros, y la demás gente a pie, tomando cuatro piezas de artillería que en la propria casa estaban, salieron por las calles apellidando: «¡Viva el rey y la Comunidad!»

Y así caminaron hasta la plaza de San Francisco, sin que otros del pueblo se alterasen ni juntasen con ellos, más de a ver lo que pasaba.

Y en el camino hizo don Juan quitar las varas a la justicia y púsolas en otras personas por la Comunidad.

Era en este tiempo duque de Medina Sidonia don Alonso Pérez de Guzmán, que por ser menor de edad estaba debajo de la curaduría y tutela de doña Leonor de Zúñiga, su madre, la cual era de tanto valor, que viendo se encendía un fuego tan peligroso en Sevilla, hizo juntar la gente de la casa y parcialidad de su hijo contra don Juan de Figueroa, y habiendo llegado a aquella plaza los movedores de la alteración, la gente del duque de Medina Sidonia, que al rebato se había juntado, comenzaron a venir contra él por la calle de la Sierpe, siendo su capitán Valencia de Benavides, caballero esforzado, natural de Baeza, que era cuñado del duque, casado con su hermana. Estuvieron muy cerca de pelear los unos con los otros, mas pusiéronse de por medio algunos caballeros que amaban la paz. De manera que los del duque de Medina se hubieron de volver, y el don Juan, con su gente, pasó adelante, y llegando a la puerta del alcázar real, que es una casa llana y sin defensas, determinó de apoderarse de ella. Y hallándola cerrada, hizo tirar algunos tiros, con los cuales derribaron las puertas y entróse dentro con su gente.

Prendió a don Jorge de Portugal, conde de Gelves, que tenía las casas en tenencia y estaba en ellas, y siendo ya de noche, se aposentó allí. Y pensando don Juan que acudiera con él el común y pueblo de Sevilla a le favorecer, aprobando lo que había hecho, no solamente no acudió, pero de los que con él habían ido, los más le desampararon y se fueron a sus casas.

Aquella noche y otro día bien de mañana tenía hechas tan buenas diligencias la duquesa, que don Hernando Enríquez de Ribera, hermano del marqués de Tarifa, don Fadrique, que era ido en romería a Hierusalén, y los veinte y cuatros y justicias se juntaron en las casas del ayuntamiento y trataron que se sacase el pendón real, y por mandado de la ciudad por todos se combatiese el alcázar y se restituyese al alcalde que por el rey lo tenía. Tomado este acuerdo, acudió allí don Fernando de Zúñiga, conde de Benalcázar, que acaso se halló en Sevilla, y muchos caballeros de la ciudad armados, y otros del pueblo. Pero en tanto que esto se trataba, los capitanes y gente del duque de Medina, siendo su general el dicho Valencia de Benavides, por orden y mandamiento de las duquesas doña Leonor de Zúñiga y doña Ana de Aragón, su nuera, y de don Juan Alonso de Guzmán, su marido, duque de Medina, que estaba en la cama enfermo, se juntaron y convocaron a muy gran priesa y sin esperar aquel pendón real ni que la gente de la ciudad viniese, con gran ánimo y determinación fueron al alcázar y le comenzaron a combatir reciamente. Y aunque don Juan de Figueroa y los que con él habían quedado lo defendían esforzadamente, en menos de tres horas los entraron por fuerza; y en el combate y entrada murieron quince o diez y seis hombres de los unos y de los otros, y hubo algunos heridos; y don Juan de Figueroa fue preso con dos heridas que le dieron al tiempo que lo prendieron, y fue entregado sobre su fe y palabra al arzobispo don Diego de Deza, que lo pidió con grande instancia; y el alcázar se restituyó a don Jorge de Portugal. Y así se deshizo en menos de veinte y cuatro horas este nublado, que tanta tempestad amenazaba.

Pide Segovia gente a Salamanca. -El común de Salamanca echa los caballeros fuera porque no eran con ellos.

Envió la ciudad de Segovia a pedir a Salamanca gente de a caballo, para defenderse del alcalde Ronquillo, cuando los tenía cercados. El común de Salamanca y algunos caballeros fueron de parecer que se les enviase socorro, mas la mayor parte de la nobleza lo contradecía, diciendo que era en deservicio del rey y contra su justicia.

Hubo entre ellos hartos enojos; mas el común pudo más, y echó los caballeros de Salamanca, y quemaron una casa principal de un mayordomo del arzobispo de Santiago. Y los caballeros no libraran bien si no se pusieran en salvo; y viniéronse a Valladolid a decir lo que pasaba. Y este fue el principio del levantamiento descubiertamente de Salamanca, y comenzaron las rondas y velas, y hicieron la gente de a caballo y la enviaron a Segovia.

Y antes que la gente partiese, envió Salamanca, con otras ciudades, dos personas al cardenal y Consejo, suplicándoles que dejasen el castigo de Segovia, porque si no, la ciudad de Salamanca no podía dejar de socorrer a Segovia.

Levantaron por su capitán general a don Pedro Maldonado, nieto que fue del dotor de Talavera. El cual echó de la ciudad a los demás caballeros contrarios a su parcialidad, y hizo de manera que el corregidor se saliese della, dejando la administración de la justicia, más de temor que de grado. Y la ciudad puso justicia, y hizo lo que adelante se dirá.

Escriben al cardenal y los del Consejo al Emperador.

Como el cardenal gobernador vio que las cosas iban en tanto rompimiento y tan sin esperanzas de remedio, aunque él y los del Consejo lo habían con medios muy suaves procurado, acordaron el presidente y los del Consejo escribir al Emperador dándole cuenta de todo lo que en España pasaba, diciendo así:

«Sacra, cesárea, católica, real Majestad. Después que Vuestra Majestad partió de estos sus reinos de España, no habemos visto letra suya ni sabido de su real persona cosa cierta más de cuanto una nao que vino de Flandes a Vizcaya dijo cómo oyó decir, que sábado víspera de la Pascua de Pentecostés, había Vuestra Majestad aportado a Ingalaterra. Lo cual plega a Dios Nuestro Señor así sea, porque ninguna cosa nos puede dar al presente igual alegría como saber que fue próspera la navegación del armada. Han sucedido tantos y tan graves escándalos en todos estos reinos, que nosotros estamos escandalizados de verlos, y Vuestra Majestad será muy deservido de oírlos. Porque en tan breve tiempo y en tan generoso reino parecerá fábula contar lo que ha pasado. Dios sabe cuánto nosotros quisiéramos enviar a Vuestra Majestad otras mejores nuevas de acá, de su España. Pero pues nosotros no somos en culpa, libremente diremos lo que acá pasa. Lo uno para que sepa en cuánto trabajo y peligro está el reino, y lo otro para que Vuestra Majestad piense el remedio como fuere servido. Porque han venido las cosas en tal estado, que no solamente no nos dejan administrar justicia, pero aun cada hora esperamos ser justiciados. Comenzando a contar de lo mucho poco, sepa Vuestra Majestad que en embarcándose que se embarcó, después de las Cortes de Santiago, luego se encastilló la ciudad de Toledo, en que tomó la fortaleza, alanzó la justicia, apoderóse de las iglesias, cerraron las puertas, proveyóse de vituallas. Don Pedro Laso no cumplió su destierro. Fernando de Ávalos cada día está más obstinado. Han hecho un grueso ejército, y Juan de Padilla, hijo de Pedro López de Padilla, ha salido con él en campo. Finalmente, la ciudad de Toledo está todavía con su pertinacia, y ha sido ocasión de alzarse contra justicia toda Castilla. La ciudad de Segovia, a un regidor que fue por procurador de Cortes de La Coruña, el día que entró en la ciudad le pusieron en la horca, y esto no porque él había a ellos ofendido, sino porque otorgó a Vuestra Majestad el servicio. Porque ya a los que están rebelados llaman fieles, y a los que nos obedecen llaman traidores. Enviamos a castigar el escándalo a Segovia con el alcalde Ronquillo, al cual no sólo no quisieron obedecer, mas aun si lo tomaran lo querían ahorcar. Y como por nuestro mandado pusiese guarnición en Santa María de Nieva, cinco leguas de Segovia, luego Toledo envió contra él su capitán Juan de Padilla, de manera que se retiró el alcalde Ronquillo; Segovia se escapó sin castigo y se quedó allí el capitán de Toledo. Porque dicen aquellas ciudades rebeldes que no los hemos nosotros de castigar a ellos como rebeldes, sino que ellos han de castigar a nosotros como a tiranos. Los procuradores del reino se han juntado todos en la ciudad de Ávila, y allí hacen una junta, en la cual entran seglares, eclesiásticos y religiosos, y han tomado apellido y voz de querer reformar la justicia que está perdida, y redemir la república, que está tiranizada. Y para esto han ocupado las rentas reales para que no nos acudan, y han mandado a todas las ciudades que no nos obedezcan. Visto que se iban apoderando del reino los de la Junta, acordamos de enviar al obispo de Burgos a Medina del Campo por el artillería, diciendo que la diesen luego, pues los reyes de España la tenían allí en guarda. Pero jamás la quisieron dar, ni por ruegos que les hecimos, ni por mercedes que les prometimos, ni por temores que les pusimos, ni por rogadores que les echamos. Y al fin, lo peor que hicieron fue que el artillería que no nos quisieron dar a nosotros por ruego, después la dieron contra nosotros a Juan de Padilla de grado. Habido nuestro Consejo sobre que ya no sólo no nos querían obedecer, pero tomaban armas en las manos para nos ofender, determinóse que el capitán general que dejó Vuestra Majestad, Antonio de Fonseca, tomada la gente que tenía el alcalde Ronquillo, saliese con ella en campo, porque los fieles servidores tomasen esfuerzo y los enemigos hubiesen temor. Lo primero, apoderóse de la villa de Arévalo, y de allí fuese a Medina del Campo, a fin de rogarles que le diesen el artillería, y si no, que se la tomaría por fuerza. Y como él perseverase en pedirla y ellos fuesen pertinaces en darla, comenzaron a pelear los unos con los otros. Y al cabo fuele a Fonseca tan contraria la fortuna, que Medina quedó toda quemada, y él se retiró sin el artillería, y de este pesar se es ido huyendo fuera de España. Si no ha sido aquí en Valladolid, no ha habido lugar do pudiésemos estar seguros, porque la villa nos había asegurado. Pero la noche que supieron haberse quemado Medina, luego se rebeló y puso en armas la villa; de manera que algunos de nosotros huyeron y otros se escondieron. Y si algunos permanecieron, más es porque los aseguran algunos particulares amigos que tienen en la Junta por ser del Consejo y ministros de justicia. El capitán de Toledo, Juan de Padilla, viendo que ya no tenía resistencia, tomando la gente de Segovia y Ávila, se vino a Medina; tomó consigo el artillería y fuese a Tordesillas, y echó de allí al marqués de Denia y apoderóse de la reina doña Juana nuestra señora y de la serenísima infanta doña Catalina. Y esto hecho, luego se pasó a Tordesillas la Junta que estaba en Ávila. De manera que Vuestra Majestad tiene contra su servicio Comunidad levantada, y a su real justicia huida, a su hermana presa y a su madre desacatada. Y hasta agora no vimos alguno que por su servicio tome una lanza. Burgos, León, Madrid, Murcia, Soria, Salamanca, sepa Vuestra Majestad que todas estas ciudades son en la misma empresa, y son en dicho y hecho en la rebeldía; porque allá están rebeladas las ciudades contra la justicia y tienen acá los procuradores en la Junta. Que queramos poner remedio en todos estos daños, nosotros por ninguna manera somos poderosos. Porque si queremos atajarlo por justicia no somos obedecidos; si queremos por maña y ruego, no somos creídos; si queremos por fuerza de armas, no tenemos gente ni dineros. De tantos y tan grandes escándalos, quienes hayan sido los que los han causado y los que de hecho los han levantado, no queremos nosotros decirlo, sino que lo juzgue Aquél que es juez verdadero. Pero en este caso, suplicamos a Vuestra Majestad tome mejor consejo para poner remedio, que no tomó para excusar el daño. Porque si las cosas se gobernaran conforme a la condición del reino, no estaría como hoy está en tanto peligro. Nosotros no tenemos facultad de innovar alguna cosa hasta que hayamos desta letra respuesta. Por esto Vuestra Majestad con toda brevedad provea lo que fuere servido, habiendo respeto a que hay mayor daño allende lo que aquí habemos escrito, porque teniendo Vuestra Majestad a España alterada, no podrá estar Italia mucho tiempo segura. Sacra, cesárea, católica Majestad: Nuestro Señor la vida de Vuestra Majestad guarde y su real estado por muchos años prospere.

De Valladolid, a 12 de setiembre de 1520.»

Lo que sintió el Emperador y los de su corte los movimientos de España. -Afrenta de Xevres. -Trata el Emperador y busca medios para quietar a Castilla. -Varios pareceres. -Gobernadores de Castilla el condestable y almirante. -Lo que confiesa el Emperador deber al condestable. -Mercedes que el Emperador hace a los castellanos por acallarlos, que si las hubiera hecho cuando se le suplicaron, no fuera lo que fue.

Ya el Emperador sabía las alteraciones de España por vía de mercaderes de Flandes y aun por cartas de algunos particulares. Pero cuando recibió en Lovaina esta carta, sobremanera le cayó notable tristeza, porque era grande la necesidad que tenía de ir a coronarse, y era mayor la que había de tornar en España.

Divulgada esta carta de las tristes nuevas que escribían de Castilla, hubo varios pareceres, como suele, entre cortesanos que al Emperador eran acetos. Porque los flamencos culpaban a los españoles diciendo que en ausencia del rey se habían alzado, y los españoles acusaban a los flamencos, que por su mala gobernación habían dejado el reino perdido, y aún que lo habían robado. Y hablando verdad en este caso, los unos y los otros fueron bien culpados: porque a los flamencos faltóles la prudencia en gobernar y sobró la codicia y avaricia sin orden, y los españoles, si bien tuvieron razón de se quejar, ninguna tuvieron para levantarse.

Monsieur de Xevres andaba afrentado después que fue pública la rotura de España en Flandes; lo uno por saber lo que de él en la corte se decía; lo otro, por pensar que el Emperador con razón le echaría la culpa. Porque fue tan absoluto señor en el tiempo que estuvo en Castilla, que dicen que el Emperador don Carlos era rey según derecho, y monsieur de Xevres, de hecho.

Estando, pues, el Emperador en este conflito, mandó juntar los del Consejo para tomar con ellos parecer, y lo que allí les propuso fue que pensasen qué medios tendría para tomar la corona que él tanto deseaba, y para remediar a España, en que tanto le iba; porque su coronación no podía suspenderse, y el remedio de España no se podía alargar.

Los consejeros deste caso fueron alemanes, flamencos, italianos, aragoneses y castellanos, los cuales fueron tan diversos en los pareceres cuanto diferentes en las naciones. Porque los alemanes decían que le convenía subir a Alemaña. Los italianos, que era necesario visitar a Italia. Los flamencos le importunaban que se detuviese en su tierra. Los aragoneses decían que Valencia estaba alzada, y los castellanos le persuadían que se tornase a Castilla.

Como el caso era tan general y tocaba a tantos reinos, hizo bien el Emperador en tomar el consejo de muchos. Pero al fin la resolución del negocio se tomó por pocos, según los grandes príncipes suelen hacer en casos arduos.

Lo que deste Consejo resultó fue que el rey prosiguiese su camino a tomar la corona del Imperio, y que dejase bien asentadas las cosas de Alemaña, como hombre que no había de tornar cada día a ella. También se determinaron que el Emperador escribiese unas cartas amigables a todas las ciudades y villas de Castilla, a las unas mandándoles que volviesen en sí y a su servicio, y a las otras, agradeciéndoles su buen propósito; y a los caballeros les rogase y encargase y mandase que favoreciesen a los de su Real Consejo, y que a todos prometiese en fe de su palabra real, que él sería lo más presto que pudiese en Castilla. Porque de pensar la gente común que jamás el Emperador había de volver en España, vino a atreverse tanto, haciendo tales desatinos.

Determinóse también que el Emperador escribiese una carta al presidente y Consejo, condoliéndose de su persecución y trabajo, y junto con esto le enviase a mandar que en un lugar o en otro los seis dellos estuviesen siempre con el cardenal y hiciesen consejo, lo uno porque los buenos tuviesen a quien se llegar, y los malos a quien temer; porque de otra manera se deshiciera el Consejo de la Justicia, y sería perderse la real preeminencia.

También se concertó que el rey señalase otros dos gobernadores que juntamente gobernasen con el cardenal, los cuales fuesen dos caballeros limpios en sangre, ancianos en días, generosos en parientes, poderosos en estado y, sobre todo, naturales destos reinos. Todo lo cual pareció al Emperador que procedía de sano consejo, y que como estaba ordenado se pusiese en efeto; y parecióles que los gobernadores que de nuevo habían de hacer, para que gobernasen juntamente con el cardenal, fuesen don Fadrique Enríquez, almirante de Castilla, y don Iñigo de Velasco, condestable de Castilla, los cuales eran caballeros ancianos y generosos; de cuya eleción todos los castellanos quedaron contentos, porque ellos se mostraron en su gobernación cuerdos y esforzados, y en todos sus hechos fueron venturosos.

Diré aquí el valor y prudencia con que estos señores gobernaron, y aun el Emperador dice escribiendo al condestable y dándole las gracias por ello, que por sus servicios era rey de Castilla; y verdaderamente el Emperador dijo lo que fue.

Junto con esto envió a mandar que el servicio que se le había hecho en las Cortes de La Coruña no se cobrase de aquellas ciudades que estaban en su obediencia, ni de las que a ella se redujesen, que él les hacía gracias y merced dél.

Y hizo asimismo merced a todo el reino de que las rentas reales se diesen por el encabezamiento, de la manera que estaban en tiempo de los Reyes Católicos, sus abuelos. Quiso perder y hacer suelta de las pujas que se habían hecho, que eran muy grandes; y asimismo envió a ofrecer y certificar que ninguno oficio se proveería en estos reinos, sino en los que fuesen naturales; de lo cual todo envió sus cartas y provisiones bastantes.

Y con ser estas tres cosas las más principales y importantes de las que Toledo y las otras ciudades se agraviaban y lo habían pedido, y lo daban por disculpa y descargo de su levantamiento, no fueron bastantes para los quietar y traer a obediencia, porque los movedores que habían inducido a los pueblos, se hallaban ya bien con aquella vida, y estorbaban que no se supiesen estas mercedes, y cuando se sabían decían que eran promesas vanas y fingidas, hechas a más no poder, hasta desbaratarlos, y que luego darían tras ellos.

Resólvense las Comunidades que se haga la Junta. -Comiénzase la Junta de Ávila a 13 de julio. -Lo que juraron en ella.

Ya en estos días habían llegado a Toledo despachos de todas las ciudades sobre la Junta que se les había pedido en Ávila, y todos venían en que la Junta se hiciese como Toledo decía. Para la cual nombró Toledo por sus procuradores a don Pedro Laso de la Vega, a quien Toledo honraba tanto después de la venida de La Coruña, por la porfía con que allí estuvo; que le recibieron solemnísimamente, llamándole libertador de la patria, y con él enviaron a don Pedro de Ayala y dos jurados, y otros diputados del común, los cuales acertaron a salir a este efeto el mismo día que salió Juan de Padilla al socorro de Segovia.

Hízose la Junta en Ávila, por ser ciudad puesta en medio de Castilla la Vieja y reino de Toledo.

Las ciudades que se juntaron aquí fueron Toledo, Madrid, Guadalajara, Soria, Murcia, Cuenca, Segovia, Ávila, Salamanca, Toro, Zamora, León, Valladolid, Burgos, Ciudad Rodrigo.

Juntos, pues, los procuradores destos lugares, nombraron sus secretarios y oficiales para el efeto, y a 29 de julio, día de Santa Marta, comenzaron a tratar la manera que se podía tener para remediar los daños del reino, y suplicar al Emperador fuese servido dello.

Y en esto se detuvieron algunos días, hasta que se pasaron a Tordesillas, como se dirá.

Tenían la junta en el capítulo de la iglesia mayor. Halláronse en ella los procuradores de Toledo, Toro, Zamora, León, Ávila y Salamanca. Y eran presidentes don Pedro Laso, procurador de Toledo, y el deán de Ávila, natural de Segovia. En el capítulo tenían una cruz y los Evangelios sobre una mesa, y allí juraban que serían y morirían todos en servicio del rey y en favor de la Comunidad.

Y al que no quería hacer esto en Ávila le maltrataban de palabra y le derribaban la casa; pero de éstos no hubo más de don Antonio Ponce, caballero del hábito de Santiago, hijo del ama del príncipe don Juan, que los demás, con miedo del furor del pueblo, condecendían con ellos por el peligro notorio de las vidas.

Estaba en medio de los procuradores de la junta un banco pequeño, en el cual se sentaba un tundidor llamado Pinillos, el cual tenía una vara en la mano, y ningún caballero, ni procurador, ni eclesiástico osaba hablar allí palabra, sin que primero el tundidor le señalase con la vara. De manera que los que presumían de remediar el reino, eran mandados de un tundidor bajo. Tanta era la violencia y ciega pasión de la gente común.

Lo primero que aquí ordenaron fue quitar la vara al corregidor de Ávila, y escribieron al alcalde Ronquillo, que no entrase en tierra de Segovia, poniéndole graves penas si lo contrario hiciese

Quién fue don Antonio de Acuña, obispo de Zamora.

Ya que de las ciudades y lugares principales he contado el levantamiento, con la Junta general de muchas dellas, que se hizo en Ávila, diré agora los sucesos destas alteraciones tan ciegas y sin juicio, hasta el fin miserable que tuvieron, si bien con tanta misericordia cuanta de un príncipe tan singular podían esperar los que erraron.

Y porque uno de los que más se señalaron en estos ruidos fue don Antonio de Acuña, obispo de Zamora, cuyo nombre dura hoy día por haber sido hombre de tan extraña condición y por haber tenido muerte indigna de un perlado, pero digna de sus obras, pues se hizo con grandísima justificación del Emperador y con autoridad del Papa Clemente VII, como parece por el breve que hoy día está en el archivo de Simancas y yo lo he visto, diré aquí brevemente quién fue este obispo, con otras condiciones suyas.

Reinando en Castilla don Juan el segundo vivía en el reino don Luis Osorio de Acuña, caballero principal, cuales son los destas dos familias. Hubo en una doncella noble a don Diego Osorio y a don Antonio de Acuña. Fue don Luis obispo de Segovia y después obispo de Burgos, donde murió y está en particular capilla honrosamente sepultado. Su hijo, don Antonio de Acuña, quedó con el arcedianato de Valpuesta y otros bienes que su padre le dejó, y en este tiempo sirvió a los Reyes Católicos, y fue por su embajador a Francia y a Navarra en las ocasiones que dije. Diosele el obispado de Zamora. Y el Rey Católico se enfadó de él, porque don Antonio era inquieto, amigo de armas, mal sufrido y esforzado, y el que lo presumía más de lo que pedía su profesión y estado. Fue honesto en gran manera, y que no se le sintió descomposición alguna. Su natural inclinación era a las armas.

Quisiera don Antonio de Acuña hacerse dueño de Zamora. Vivía en ella el conde de Alba de Lista, como ya dije, yerno del duque de Alba, caballero esforzado y amigo de honra. Encontráronse el obispo y el conde. Enconáronse tanto sus voluntades, que no bastaron buenos medianeros para ponerlos en paz.

Y estando Zamora rebelada, que no obedecía sino a la Junta, el obispo por su parte y el conde por la suya, trabajaban por ganar las voluntades del pueblo.

Estaba el conde más bien quisto, y así tuvo más valedores, y mano en el lugar; de manera que el obispo hubo de dejarle y salió medio desesperado de Zamora, porque perdía su casa y su ciudad, y su enemigo prevalecía contra él en ella.

Fue el obispo a Tordesillas, donde estaban los procuradores de la Junta, y confederóse con ellos, pidiéndoles que le diesen favor para echar al conde de Alba de Zamora.

Todos le recibieron con gran gusto, pareciéndoles que acreditaban más su causa con perlado tan principal. Diéronle gente y artillería con que fue a Zamora, y como el conde supo en la forma que venía su enemigo, no le quiso esperar por no venir en tanto rompimiento. Desamparó la fortaleza y juntóse con los caballeros leales, como diré. De aquí adelante siguió el obispo la Junta, y el conde siguió al Consejo Real, favoreciendo cada uno a su parte en tanta manera, que no hubo dos que más se señalasen.

Tenía el obispo sesenta años de edad; mas en el brío y las fuerzas, como si fuera de veinte y cinco, era un Roldán. Conocí a quien le conoció y recibió órdenes de su mano, y aún lloraba acordándose de él; y me decía que jugaba las armas maravillosamente; que hacía mal a un caballo como escogido jinete, que traía en su compañía más de cuatrocientos clérigos, muy bien armados y valientes, y que era el primero que arremetía a los enemigos y decía: «¡Aquí mis clérigos!» Lo demás se verá en lo que aquí diremos.

Segovia pide misericordia al cardenal, y que les quitase a Ronquillo. -Castigo notable que hizo Ronquillo de dos que fueron en la muerte de Tordesillas.

Dije cuán fortificados estaban en Segovia, tomadas las calles que van a la plaza con gruesas cadenas, hechos hondos fosos y en el arrabal un fuerte palenque, y que había en la ciudad doce mil hombres armados, con voluntad obstinada y conformidad de morir por la defensa de su ciudad; y, sobre todo, que eran muy bien proveídos, porque habían hecho franco general para cuantos fuesen y viniesen, con que acudían muchos y Ronquillo no lo podía estorbar. Animábalos Toledo con que luego les enviaría un buen socorro. Envióles dineros. Lo mismo hacían Madrid, Guadalajara y Salamanca, tomando su causa por propria. Medina les aseguró el trato, ofreciendo a pagar cualquiera pérdida de personas o hacienda.

La ciudad de Ávila, viendo lo que el alcalde Ronquillo hacía contra Segovia y contra sus aldeas; que entraba en las de Ávila prendiendo, matando y justiciando, y que con provisiones del cardenal y del Consejo había quitado a Segovia todos los lugares que eran de su jurisdición y mandado que no los obedeciesen, ni fuesen a sus llamamientos, ni les diesen provisiones más que a enemigos, so pena de muerte y perdimiento de bienes, dándoles poder y facultad para que ellos pudiesen tener justicia por sí y jurisdición aparte, y otros castigos con que querían destruir la ciudad. Hicieron su ayuntamiento y enviaron en nombre y con firmas de la justicia y regidores y caballeros y religiosos y monjas y de toda la comunidad, suplicando al cardenal humilmente quisiese poner remedio en estas cosas y no proceder con tanto rigor contra Segovia. Que antes se allanaría aquella ciudad por bien y blandura que con rigor de justicia. Que mandase a Ronquillo se levantase de sobre Segovia y no les fuese molesto ni tan cruel.

El cardenal y los del Consejo no proveyeron cosa de lo que Ávila suplicaba. Y indignóse tanto, que envió a decir al Consejo que pues no le remediaban, que ellos lo remediarían.

El alcalde Ronquillo estaba en Santa María de Nieva apretando cuanto podía a Segovia y corriéndole la tierra y armando emboscadas para prender los que salían.

Sucedió que salieron de la ciudad dos mancebos; toparon con ellos las guardas, y preguntándoles de dónde eran y dónde iban, dijeron que eran de Salamanca y que venían de trabajar de Segovia y que se volvían a sus casas. Quisiéronlos dejar ir por parecerles que eran pobres, mas después echaron mano de ellos y lleváronlos al alcalde, el cual les preguntó quiénes eran, y adónde iban y de qué vivían. Dijeron que eran cardadores, y que como veían a Segovia puesta en tanto trabajo, se volvían a sus casas.

Preguntó a cada uno por sí, que de qué manera habían muerto a Tordesillas el regidor, y no se conformaron en lo que dijeron.

El alcalde comenzó con esto a apretarlos más en las preguntas, de manera que confesaron el uno que él había sacado una soga con que habían llevado arrastrando a Tordesillas, y el otro que le tiró y mesó los cabellos.

Y el alcalde los condenó a muerte y que los arrastrasen y descuartizasen al uno, y al que confesó que le había tirado de los cabellos le cortó la mano y luego lo ahorcaron; que pareció castigo del cielo meterse aquellos hombres en las manos de la justicia y confesar su pecado sin tormento.

Prende Ronquillo a Francisco de Peralta. -Líbrale Dueñas.

En otro encuentro que tuvo el alcalde Ronquillo, prendió a Francisco de Peralta, hombre principal y muy bien quisto en Segovia, y no quiso el alcalde justiciarle, sino mandó que un alguacil lo llevase sobre un asno con prisiones al castillo de Magaz, que es del obispo de Palencia, y lo tenía Garci Ruiz de la Mota, hermano del obispo, y está puesto en un cerro entre Dueñas y Torquemada.

Topó Francisco de Peralta con un hombre que le preguntó por qué le llevaban preso. Contóselo, y siendo éste de opinión que la causa que la Comunidad seguía era santa y justa, quiso librarle y quitárselo al alguacil.

Adelantóse y dio parte dello a los de Dueñas, los cuales salieron luego con mano armada a voz de Comunidad y se lo quitaron al alguacil, que tuvo bien que hacer en escaparse del común.

Y los de la villa regalaron mucho a Peralta y le dieron un caballo con que fue a Burgos, que estaba entonces por la Comunidad.

Viene Juan de Padilla con dos mil soldados. -Juan de Padilla ruega a Ronquillo que se alce de Segovia. -Retírase Ronquillo a Coca. -Manda el Emperador que se proceda rigurosamente contra Segovia.

Salió, como dije, Juan de Padilla con los dos mil hombres de guerra bien armados de Toledo, y con buena artillería pasó la tierra del duque del Infantado, sin consentir que se hiciese a nadie la menor ofensa del mundo; y en los lugares eran tan bien recebidos y tratados y con tanta voluntad como si a cada uno le fuera la vida en ello.

Pasado el puerto de la Tablada, llegaron a vista de Segovia y asentaron su real en un llano allí cerca; y otro día Juan de Padilla envió un trompeta al alcalde Ronquillo, rogándole con palabras muy comedidas que se fuese y dejase la ciudad de Segovia en paz, y no diese lugar a que entre ellos hubiese algún rompimiento y muertes, pues todos eran unos y cristianos, y que si no quisiese, que él no podía hacer menos sino amparar la ciudad y hacer lo que la ciudad de Toledo le mandaba, y que si muertes de hombres y robos y otros males hubiese, que fuese su culpa y cargo.

El alcalde estaba muy apretado con mandatos de don Antonio de Rojas, presidente del Consejo, que no se alzase de Segovia hasta allanarla y hacer justicia rigurosa de los culpados, y así no pudo responder a esta embajada como Juan de Padilla quisiera.

El cual, vista la determinación del alcalde, movió su ejército contra él; y como Ronquillo vio el gran poder de Toledo, y que no era parte para le esperar, y que, por otra parte, salían los de Segovia a punto de guerra, retiróse con los suyos hacia Coca, adonde estaba Antonio de Fonseca fortaleciendo el lugar con gente, y armas y provisiones. Y así quedó Segovia libre del alcalde, y Antonio de Fonseca y el alcalde se pasaron a la villa de Arévalo, donde los recibieron, aunque después les pesó. Pero en el arrabal, que es un gran barrio, hubo un grande alboroto, que los quisieran echar fuera, mas acudieron tarde, porque ya estaban apoderados de la villa; y Antonio de Fonseca les habló amigablemente, y con buenas y dulces palabras les rogó que hiciesen alarde, porque así cumplía al servicio de Su Majestad y al bien de aquel pueblo.

Hízose el alarde saliendo todos armados lo mejor que pudieron, y aunque contra su voluntad los llevó a Medina para traer la artillería, como queda dicho.

Llegaron cartas del Emperador para el cardenal y Consejo, en que mandaba que se procediese contra los de Segovia rigurosamente, porque las demás ciudades escarmentasen. Desembarcaron en Cartagena dos mil y quinientas lanzas y casi cuatro mil infantes que venían de los Gelves, todos soldados viejos; y el cardenal y Consejo mandaron que luego viniesen sobre Segovia, mas no fueron todos, porque por la Comunidad se ganaron parte de ellos con muy buenos partidos y pagas que les hicieron.

[Procura el cardenal con blandura matar el fuego.]

El cardenal y los del Consejo, prudentemente, quisieron primero proceder con blandura, y enviaron con ruegos a pedir a la Junta que la hiciesen en Valladolid, donde estaba el Consejo, que allí se remediarían las cosas muy a gusto. Supieron los de la Junta desta embajada, y enviaron a decir al que con ella venía antes que llegase a Ávila, mandándole que so pena de la vida no entrase en ella. Los del Consejo, viendo que no aprovechaba su blandura, les enviaron a mandar requerir, que no hiciesen aquella Junta, pues era vedada por el rey y leyes del reino, sin licencia de su príncipe. Que si algo quisiesen pedir, que viniesen a Valladolid, que el Consejo lo suplicaba al Emperador, juntamente con ellos.

Lo cual ellos no quisieron oír y enviándoles con la misma embajada al comendador Hinestrosa, no le quisieron dar audiencia ni aun dejar entrar en la ciudad.

Y de allí adelante, los de la Comunidad llamaban a los del Consejo tiranos, y los del Consejo a los de la Comunidad traidores; lo cual como se supiese en Valladolid, echaron fama diciendo que a los señores del Consejo mandaban prender los de la Junta, por cuya causa, el licenciado Francisco de Vargas, tesorero general, y el licenciado Zapata, del Consejo, huyeron una noche. Porque, como habían tenido mucha mano, el uno en la hacienda y el otro en la justicia, estaban odiosos en la república.

Pretende el cardenal que la reina firme unas provisiones para quietar los pueblos. -Quéjase la reina del marqués de Denia. -No había sabido la reina hasta agora la muerte del rey su padre. -No quiso firmar, aunque prometió que firmaría.

Procuraban cuanto podían el cardenal y presidente y los del Consejo, que la reina firmase ciertas provisiones para enviar por el reino contra los que le levantaban; porque la mayor autoridad que los de la Junta tenían en sus cosas, era decir que lo que hacían era en servicio de la reina, cuyo era este reino, y otras cosas a este tono. Fueron a Tordesillas el presidente y algunos del Consejo, y hablaron con la reina públicamente, y ella se regocijó con ellos y se quejó, diciendo que había quince años que no la trataban verdad, ni a su persona bien, como debían.

Y volviéndose al marqués de Denia, que estaba presente, dijo: «El primero que me ha mentido es el marqués.»

El marqués se puso de rodillas, y con lágrimas en los ojos dijo: «Verdad es, señora, que yo os he mentido; pero helo hecho por quitaros de algunas pasiones, y hágola saber que el rey vuestro padre es muerto, y yo lo enterré.»

Replicó ella: «Obispo, creedme que me parece que todo cuanto veo y me dicen que es sueño.»

Respondió el presidente: «Señora, en vuestras manos está, después de Dios, el remedio destos reinos, y más milagro hará Vuestra Alteza en firmar, que hizo San Francisco.»

Replicó que se fuesen a reposar y volviesen otro día. Fue así que otro día, domingo de mañana, tornaron, y sobre estar de rodillas o sentados los del Consejo, pasaron buenas cosas; porque el presidente dijo: «Señora, el Consejo no se ha de dar de esta manera.» Y mandó traer en que se sentasen, y trajeron sillas, y dijo ella: «No sillas, sino banco, porque así se hacía en vida de la reina mi señora; y al obispo dénle silla.»

Seis horas estuvieron con ella en secreto; lo que se acordó fue que volviesen a Valladolid a consultar con los demás las provisiones que se habían de hacer, y que ella las firmaría. Vinieron a Valladolid, y entre tanto vino Juan de Padilla a Tordesillas como se dirá; y luego se temieron los del Consejo que los querían prender, y aún se dijo que había ido un capitán tras los que salieron de Tordesillas.

Llega Juan de Padilla a Medina del Campo con otros capitanes de Madrid y Segovia. -Lastimoso recibimiento que se le hizo en Medina, con luto y lágrimas. -Muerte de Gil Nieto. -Va Juan de Padilla para Tordesillas. -La reina mandó que saliesen a recebir a Juan de Padilla. -Lo que dijo Juan de Padilla a la reina. -Desacuerdo grande de la reina.

Pues como Juan de Padilla vio libre a Segovia, pasó adelante con su campo, llevando ya mucha más gente, que de Segovia y otras ciudades se le habían juntado.

Y el mismo día que Valladolid se levantó descubiertamente, que fue miércoles 29 de agosto, llegaron a Medina Juan de Padilla y Juan Bravo, capitán de Segovia, y Juan Zapata, con la gente que de Toledo y Segovia y Madrid traían. Y con ellos, los de la villa recibieron gran favor y consuelo, y los salieron a recibir con pendones y banderas de luto y muchas lágrimas que movieron a gran compasión, y más viendo aquel lugar abrasado. Juan de Padilla y los caballeros que con él iban los consolaron cuanto pudieron, y el ejército fue muy bien aposentado y regalado con gran voluntad de todos.

Juan de Padilla dijo a los de Medina: «Señores, si vosotros mirárades bien en la carta que os escribí avisando que Fonseca hacía gente, y que era para venir por el artillería, quizá no hubiérades padecido este trabajo.»

Los de Medina se maravillaron, porque no habían sabido de tal carta, y allí se vino a saber que había recibido la carta el regidor Gil Nieto, y que no la había dado a la villa, y enojáronse grandemente.

Y estando en esto, por sus pecados vino allí Gil Nieto, y tratando de cosas, dijéronle: «Si en Medina no hubiera traidores, no nos hubiera venido tanto mal.»

Respondió Gil Nieto: «¿Quién son esos traidores?»

A éste salió el tundidor Bobadilla, criado que había sido del mismo Gil Nieto, y dijo: «Vos sois el un traidor, juro a Dios.»

Y diciendo esto echó mano a la espada y arremetió; diciendo y haciendo, de un tajo le cortó la cabeza, y echó el cuerpo por las ventanas del regimiento, sobre las picas de la gente de guerra, que estaban fuera, y halláronle la carta en el seno, que Juan de Padilla había escrito. En la cual vieron todo lo que Juan de Padilla había dicho; y los parientes de Nieto tomaron el cuerpo y enterráronlo; y al Bobadilla llevaron a su casa con mucha honra.

Después hizo otras muertes, como dejo dicho, y llegó a tener la estimación que dije.

Estuvo Juan de Padilla cinco días en Medina, y le dieron dos tiros de artillería y partió con su gente para Tordesillas. Él decía que iba a besar las manos a la reina y darle cuenta de lo que pasaba en Castilla. Otros dijeron que se iba a apoderar della atrevida y temerariamente.

Llegó a la villa lunes dos de setiembre. Puso el ejército en forma y cargó los dos tiros gruesos, y estuvo así hasta que hizo saber su venida a Su Alteza y a la villa. Luego la reina mandó que lo saliesen a recibir. Y la villa salió con el mayor acompañamiento que pudo, y al tiempo que querían emparejar mandó disparar los dos tiros con mucho ruido de voces y de trompetas.

Y con esta salva, tomando a Juan de Padilla en medio, entraron en la villa con el mayor aplauso que se puede pensar, y después que hubo reposado fue a palacio y la reina le dio audiencia y recibió muy bien, y le preguntó quién era. Y él respondió que se llamaba Juan de Padilla, y que era hijo de Pedro López de Padilla, que había sido capitán general en Castilla y servido a la esclarecida reina doña Isabel, su madre, y que asimismo venía a servir a Su Majestad con la gente de Toledo. Que hacía saber a Su Alteza que después que el Católico Rey, su padre, era fallecido, había habido y había en estos reinos muchos males y daños y disensiones por falta de gobernador; aunque el poderoso ilustre don Carlos, su hijo, había gobernado en España; pero por su breve partida quedaban estos reinos muy alborotados y levantados en tanto grado, que toda España estaba para se abrasar, y que agora él venía con cierto ejército de gente de Toledo para servir a Su Alteza, que viese qué mandaba, que él estaba presto de morir en su servicio.

La reina quedó muy maravillada de oír tales cosas, diciendo que ella nunca lo había sabido, porque diez y seis años había que estaba encerrada en una cámara en guarda del marqués de Denia, y que se maravillaba mucho de oír tales cosas, y que si hubiera sabido la muerte del rey, su padre, hubiera salido de allí a remediar algo destos males. Tan desacordada y sin juicio como esto estaba la reina.

Y dijo: «Id vos agora, que yo mando que tengáis el cargo, y uséis el oficio de capitán general en el reino, y poned todo recaudo en las cosas que son menester, hasta que yo provea otra cosa.»

Y dicho esto se metió en su retrete. Y Juan de Padilla volvió a su posada bien acompañado y alegre por la merced que la reina le había hecho y comisión de su cargo.

Habló muchas veces Juan de Padilla con la reina, y ella daba audiencia de muy buena gana a él y a otros de la Junta. Dijéronle una vez que el rey, su hijo, había hecho grandes daños en el reino; ella respondió que su hijo tenía poca culpa, porque era muchacho, y que la culpa era del reino, que se lo había consentido. Y mandó que la Junta del reino se hiciese allí, y que ella quería dar autoridad para ello.

Luego la Junta mandó pregonar en Medina y otras partes que todos los procuradores del reino que se hallaron en las Cortes de La Coruña viniesen a dar cuenta en Tordesillas, so pena de la vida.

Manda la reina que la Junta venga a Tordesillas. -Quitan los de la Junta al marqués de Denia del servicio de la reina. -Envían las ciudades gente de guerra en favor de la Junta. -Trata la Junta de prender al presidente y Consejo. -Lo que el fraile dijo a la Comunidad de Valladolid sobre la prisión del Consejo. -Amenazan las haciendas de los consejeros. -Siente Valladolid dificultad en la prisión del Consejo. -Votan los de Valladolid que la junta los prenda. -Los consejeros que nombradamente mandó prender la Junta. -Daño que hicieron en San Benito el Real buscando los que en él se habían escondido.

En este tiempo se hacía la Junta en Ávila, y les llegó un mandamiento o provisión de la reina en que los mandaba venir a Tordesillas. La cual luego obedecieron, porque lo debieran ellos de tramar así, que la reina no estaba para tratar destas cosas.

Los contrarios de la Junta decían que los despachos que en nombre de la reina se traían y publicaban eran falsos, y los testimonios que se daban, hechos por falsarios.

Quisieron los de la Junta quitar al marqués de Denia del servicio de la reina, por lo mal que como leal sentía de los comuneros, diciendo que ella estaba descontenta de él. Y enviaron, para que se informase de cómo servía el marqués a la reina, al maestro fray Pablo, fraile dominico, procurador de León y gran comunero; y al comendador Almaraz, procurador de Salamanca, y al bachiller de Guadalajara.

Y de la relación que éstos hicieron, que no sería santa, si bien fue en ella un fraile, resultó que quitaron al marqués y marquesa del servicio de la reina y los echaron de su casa y de Tordesillas apretadamente, sin darles una hora de término para sacar su hacienda.

Y aunque hicieron sus requirimientos, no hicieron caso de ellos; y pusieron en servicio de la reina a doña Catalina de Figueroa, mujer de Quintanilla, y algunas mujeres de la villa. Y los marqueses se fueron a una aldea, sufriendo con paciencia tal tribulación por el servicio de sus reyes.

Llegada la Junta a Tordesillas, trataron del gobierno y quietud del reino. Luego enviaron Salamanca, Ávila, Madrid y otros pueblos mucha gente de guerra, infantería y caballos pagados a costa de las mismas ciudades con sus capitanes, con orden que estuviesen en el servicio del rey y de la reina, su madre, y en favor de la Junta. Y eran ya tantos los caballeros y capitanes, que no cabían en Tordesillas, aunque los que eran de guerra estaban alojados en las aldeas.

La villa de Valladolid envió mil hombres muy escogidos y bien armados, y fue por capitán dellos don Diego de Quiñones, caballero noble y muy valiente.

Estando en la Junta todos los procuradores, caballeros, capitanes y, lo que más es de notar, muchos frailes graves y dotos, aunque no bien mirados, fueron de acuerdo que enviasen a prender al presidente y Consejo real, y que fuesen traídos a Tordesillas, y que Valladolid los prendiese o, a lo menos, que no tuviesen en Valladolid espaldas, y que diese lugar que la junta los prendiese y llevase, y dicen que no faltó voto, ni aun de los frailes, porque, decían, era necesaria su prisión para bien del reino.

Enviaron con esta embajada a Valladolid a un fraile dominico, que dice este libro que era muy honrado y muy letrado, y trajo sus cartas de creencia para la Comunidad de la villa y para el infante de Granada, que era capitán mayor de ella. El fraile dio la carta al infante, y él dijo: «Padre, en lo que a mí toca, como capitán de Valladolid, yo obedezco lo que la Junta manda; pero conviene llamar la Comunidad para que allí les digáis la embajada a todos, y ellos respondan lo que quisieren.» Llamaron luego a los diputados, jurados y procuradores menores y cuadrilleros, y les mandaron que hiciesen juntar por cuadrillas a todos los vecinos en Santa María la Mayor, a las nueve del día, y así se hizo; que otro día que era fiesta, en el mes de septiembre se juntó la mayor parte de la villa con el capitán infante de Granada, y don Pedro Girón y otros algunos caballeros. Y el fraile se subió en el púlpito, donde les representó su embajada, y con muy buenas palabras les dijo que él venía de parte de aquellos señores de la Junta, que estaban en Tordesillas, que eran la mayor parte del reino, que se habían juntado para remediar algunos de los daños y males hechos en España, con su poder y cartas de creencia, las cuales había mostrado a la muy noble Comunidad de Valladolid y al señor infante, su capitán; y porque le parecía que para cosa tan ardua como la que él traía era más acertado manifestarlo allí a todos, que no en particular, que pues estaban allí todos los procuradores, diputados y cuadrilleros, que otra vez les notificaba las cartas de creencia que traía, y que agora les hacía saber que aquellos señores de la Junta, movidos con muy santo propósito y celo del bien común del reino y servicio de Su Majestad, habían hallado que convenía para que el intento de la Junta hubiese efeto, que no hubiese Consejo real, y que debían ir allá presos, o que los enviase Valladolid. Y que porque su propósito era santo, y para servir a Dios y al rey, que él, en nombre de aquellos señores procuradores de la Junta, aseguraba las vidas a los del Consejo, pero no las haciendas; porque les hacía saber que el que culpa tenía en el Consejo del rey, que su hacienda lo había de pagar, cada uno conforme a la calidad de su culpa, y que con la hacienda que se sacaría dellos, habría para pagar parte de los daños que se habían hecho.

Y sobre esto dio el fraile muchas razones -que si era fray Pablo el prior de Santo Domingo, de León, tenía hartas letras- y que la villa lo tuviese por bien, porque si no se hacía, el reino se acabaría de perder; y que si había Junta y Consejo, gobernando la junta en contrario del Consejo, y el Consejo deshaciendo lo que hacía la Junta, era fuerza que se confundiese todo; y que luego le diesen la respuesta, porque se quería volver a Tordesillas.

Respondieron que el negocio era muy arduo y requería mucho acuerdo; que esperase hasta la noche y darían su respuesta.

Dividiéronse en sus cuadrillas para tratarlo, y a todos parecía cosa muy recia deshacer un Consejo de tanta autoridad y puesto por el rey; en especial habiendo recibido de ellos tantas mercedes este pueblo, franquezas y libertades, y que eran todos amigos que se habían fiado de ellos, y que era inhumanidad y villanía poner las manos en ellos. Por otra parte les parecía que no se podía dejar de hacer lo que mandaba la Junta, pues lo habían jurado, y que tenían allá sus procuradores, y habían jurado de obedecer todo lo que en la Junta se ordenase. Con esto acordaron de responder al fraile que si la Junta quería prender a los del Consejo, que enviase por ellos su gente y capitanes, que Valladolid no quería ser en favorecerlos ni en estorbarlos, ni ser por unos ni en contrario de otros. Lo cual todo se llevó votado por ante escribano a San Francisco, adonde aquel mismo día se juntaron, para recibir los votos, el fraile dominico y el infante capitán y don Pedro Girón y el licenciado Bernardino, con todos los procuradores menores, diputados y cuadrilleros, y Suero del Águila, capitán de la gente de Ávila, y Juan Zapata, capitán de la gente de Madrid, que venían con el fraile con mucha gente de a pie y de a caballo, que dejaron fuera de la villa, para si fuera menester llevar presos los del Consejo.

Fueron los votos conformes en lo que dije de no querer la villa hacerse parte en este negocio, y el fraile y los capitanes que con él venían, se contentaron con esto. Y allí luego el fraile nombró todos los consejeros que la Junta mandaba que fuesen a Tordesillas, que fueron don Alonso, el licenciado Zapata, el dotor Tello, el dotor Beltrán, el licenciado Aguirre, el licenciado Qualla, el licenciado Guevara, el dotor Cabrero, el licenciado Santiago, el licenciado Acuña y otros que fueron avisados y se pusieron en cobro; porque el presidente, don Antonio de Rojas, se metió en San Benito el Real y entraron en su busca y rompieron el depósito y llevaron de él trece mil ducados que estaban, de particulares.

Entraron en la bodega y rompieron las cubas. El licenciado Francisco de Vargas se salió por un albañar. Al licenciado Zapata sacaron los frailes de San Francisco en hábito de fraile hasta Cigales. El licenciado Leguízama, alcalde, también se escapó, por miedo de no se ver afrentado ni preso, como adelante se dirá. Asimismo mandaban ir al licenciado Cornejo y al licenciado Gil González de Ávila y al licenciado Hernán Gómez de Herrera, alcaldes del Consejo, y a todos los alguaciles y escribanos del Consejo, a Juan Ramírez, a Castañeda, a Salmerón, a Luis del Castillo, a Victoria, a Antonio Gallo, abuelo del secretario Gallo, que es el más antiguo del Consejo, y tanto en el servicio y lealtad de los reyes, y a todos los oficiales de contadores y a los escribanos del Crimen de la cárcel del Consejo.

Y así, todos nombrados, fue allí acordado que cada diputado de la villa tomase por escrito cuatro o cinco de los nombrados, para que, con un escribano cada uno, fuese a requerirles que se juntasen luego en casa del señor cardenal gobernador, donde se les mandaría lo que hubiesen de hacer. Lo cual se hizo así como fue mandado. Y otro día se juntaron todos los del Consejo que no pudieron huir, en el palacio del cardenal, y allí el fraile, con los capitanes ya dichos, les notificaron y mandaron de parte de la Junta, que se fuesen con ellos a Tordesillas, y que no usasen más de los oficios, y que allí les mandarían lo que habían de hacer, y que fuesen con seguro de las vidas, pero no de las haciendas. Los cuales respondieron que ellos tenían los oficios y cargos de mano de Su Majestad, a quien habían servido y servían, y que presos, que no entendían ir si ellos no los llevaban por fuerza.

No hubo más por entonces, sino que el fraile se partió para Tordesillas con este despacho. El cual volvió después a Valladolid con ciertas provisiones y cartas de creencia y con unos testimonios signados, como se dirá.

Vuelve otro fraile con despachos de la junta a Valladolid, y predícalos en San Francisco.

Pocos días después de haber llevado el fraile dominico a la Junta las diligencias que había hecho en Valladolid sobre la suspensión del Consejo real y prisión de los consejeros, volvieron a enviar a fray Alonso de Medina, maestro en Santa Teología, de la Orden de San Francisco, con ciertas provisiones de la Junta. Y venido, hizo que llamasen por cuadrillas toda la villa y que se juntasen en el monasterio de San Francisco. Lo cual así fue hecho, y junta toda o la mayor parte de Valladolid, el fraile se subió en el púlpito y mostró las cartas de creencia que traía de la Junta, y dijo allí otra vez cómo los de la Junta habían acordado que los del Consejo real fuesen presos a Tordesillas, y a los del Consejo de guerra, que eran idos y ausentados, no les acudiesen con los salarios ni renta alguna, sino que todos fuesen castigados como cada uno merecía, y que Su Alteza de la reina lo mandaba y quería que se hiciese así porque convenía al reino. Que de otra manera, los malhechores y malos consejeros perpetradores de tantos males y daños, quedarían sin castigo y los agraviados sin alcanzar justicia. Y dijo otras muchas razones de que todos quedaron bien satisfechos y con deseo de ver el castigo.

Y después de haber hecho su plática y razonamiento, mostró y leyó un testimonio signado de tres escribanos públicos, escrito en papel. Su tenor del cual era:

Testimonio de lo que la Junta trató con la reina en Tordesillas, y ella ordenó y mandó a veinte y cuatro de setiembre. -Lo que respondió la reina a la plática que hizo el dotor Zúñiga, de Salamanca.

En la muy noble y muy leal villa de Tordesillas, lunes 24 días del mes de setiembre, año del nacimiento de Nuestro Salvador Jesucristo de mil y quinientos y veinte años. Estando la muy alta e muy poderosa reina doña Juana, nuestra señora, y con ella la ilustrísima señora infanta doña Catalina en los palacios reales de la dicha villa, en presencia de nos, Juan de Mirueña y Antonio Rodríguez y Alonso Rodríguez de Palma, escribanos y notarios públicos de Sus Altezas, ante los testigos de suso escritos, se presentaron ante Su Alteza los procuradores de las ciudades y villas y lugares que tienen voto en Cortes. Conviene a saber, por parte de la ciudad de Burgos: Pedro de Cartagena, Jerónimo de Castro; por parte de la ciudad de León: don Antonio de Quiñones y Gonzalo de Guzmán y el maestro fray Pablo, prior del monasterio de Santo Domingo, y Juan de Benavente, canónigo de León; y por parte de la ciudad de Toledo: don Pedro Laso de la Vega y de Guzmán, y Pero Ortega, y Diego de Montoya Jurados, y Francisco de Rojas, y el dotor Muñoz; y por parte de la ciudad de Salamanca: Diego de Guzmán y el comendador fray Diego de Almaraz, de la Orden de San Juan, y Francisco Maldonado, de la calle de los Moros, y Pero Sánchez Cintero; y por parte de la ciudad de Ávila: Sancho Sánchez Zimbrón, regidor, y Gómez de Ávila y Diego del Esquina; y por parte de la ciudad de Segovia: el bachiller Alonso de Guadalajara y Alonso de Arellar; y por parte de la ciudad de Toro: don Hernando de Ulloa y Pero Gómez de Valderas, abad de la ciudad de Toro, y Pedro de Ulloa y Pero Merino; y por parte de la villa de Madrid: Pedro de la Sondax, y Pedro de Sotomayor, y Diego de Madrid, panero; y por parte de Valladolid: Jorge de Herrera, regidor, y Alonso Sarabia y Alonso de Vera; y por parte de Sigüenza: Juan de Olivares y Hernán Gómez de Alcocer; y por parte de Soria: el protonotario don Hernando Díez de Morales, deán de Soria, y don Carlos de Luna y de Arellano, y Hernán Bravo de Sarabia, y el licenciado Bartolomé Rodríguez de Santiago; y por parte de Guadalajara: Juan de Orbita y el dotor Francisco de Medina, regidores, y Diego de Esquivel. Los cuales hicieron a Su Alteza la reverencia y acatamiento debido a Su Majestad, y Su Alteza los recibió benigna y alegremente. Y luego el dicho Pedro de Cartagena llegó a Su Alteza e hincó la rodilla en el suelo y pidió la mano a Su Alteza, e no oímos lo que dijo, y luego llegó el dicho don Pedro Laso de la Vega y de Guzmán a Su Alteza, y hincó las rodillas en el suelo, y pidió la mano a Su Alteza y la habló largamente. Y entre las otras cosas dijo a Su Alteza que él era procurador de la ciudad de Toledo, e que Toledo era la primera e principal que se había movido para el servicio de Su Alteza y bien destos reinos, y que él había sido el que había salido para ello, y que los procuradores del reino estaban allí y venían para servir a Su Alteza y obedecerla como a su reina y señora natural. Y que suplicaban a Su Majestad que se esforzase para regir e gobernar este reino. Y ansimismo llegaron otros procuradores e hincaron las rodillas en el suelo e pidieron la mano a Su Alteza. Y luego el dotor Zúñiga, vecino de la ciudad de Salamanca y catedrático en ella, que presente estaba, hincó las rodillas en el suelo, como persona nombrada y elegida por los dichos procuradores para decir y manifestar a Su Alteza las cosas cumplideras al servicio de Dios y de Su Alteza, y bien y pacificación y remedio destos sus reinos. Y entre muchas cosas que el dotor Zúñiga dijo a Su Alteza tocantes a su servicio, le dijo cómo los procuradores del reino que allí estaban, se habían movido con santo celo y espiración de Dios a visitar y besar las manos a Su Alteza, como a su reina y señora natural, doliéndose del mal y gran daño que estos sus reinos habían padecido y padecían a causa de la mala gobernación que en ellos había habido, después que Dios había querido llevar para sí al Católico Rey, su padre, y después que el hijo de Vuestra Alteza, príncipe nuestro, entró en estos reinos de Vuestra Alteza con aquella gente extranjera, que Vuestra Alteza mejor conoció que nadie. Los cuales trataron tan mal estos vuestros reinos, que aliende de muchos y grandes males que en ellos hicieron, que aquí no se pueden decir por extenso, nos dejan casi sin algún dinero. Y asimismo, doliéndose de la opresión y manera de la estada de Vuestra Alteza, porque todos vuestros reinos están para obedecer y servir a Vuestra Alteza y traella encima de sus cabezas, como a su reina y señora natural y dejarse morir por ella. Por que humilmente suplican a Vuestra Alteza se esfuerce para regir y gobernar y mandar sus reinos, pues que no hay en el mundo quien se lo vede ni impida. Pues como la más poderosa reina y señora del mundo lo puede todo mandar. No deje todos sus reinos y súbditos y naturales, pues que por ella y por su servicio se dejarían todos morir, y sobre ello le encargo la real conciencia de Vuestra Alteza. Y al tiempo que el dicho dotor Zúñiga comenzó la dicha plática con Su Alteza, Su Majestad estaba en pie, y el dicho dotor Zúñiga de rodillas en el suelo, delante de Su Alteza, y Su Alteza le mandó levantar diciéndole: «Levantaos, porque os oiré.» Y el dicho dotor se levantó, y en pie, continuando su habla, Su Alteza dijo: «Tráiganme una almohada, porque le quiero oír despacio.» Y luego fueron traídas a Su Majestad almohadas, y Su Alteza se sentó en ellas. Y luego el dicho dotor Zúñiga tornó a hincar las rodillas en el suelo, y continuó y acabó su habla en la manera susodicha. A lo cual Su Majestad respondió larga y muy compendiosamente, mostrando mucho placer de haber oído la habla del dicho dotor.

Y entre otras palabras que Su Majestad dijo, dijo las siguientes: «Yo, después que Dios quiso llevar para sí a la Reina Católica, mi señora, siempre obedecí y acaté al rey mi señor, mi padre, por ser mi padre y marido de la reina mi señora. Y yo estaba bien descuidada con él, porque no hobiera alguno que se atreviera a hacer cosas mal hechas. Y después que he sabido cómo Dios le quiso llevar para sí, lo he sentido mucho y no lo quisiera haber sabido, y quisiera que fuera vivo, y que allá donde está viviese, porque su vida era más necesaria que la mía. Y pues ya lo había de saber, quisiera haberlo sabido antes para remediar todo lo que en mí fuere. Yo tengo mucho amor a todas las gentes, y pesaríame mucho de cualquier mal o daño que hayan recibido. Y porque siempre he tenido malas compañías, y me han dicho falsedades y mentiras y me han traído en dobladuras e yo quisiera estar en parte donde pudiera entender en las cosas que en mí fuesen. Pero como el rey mi señor me puso aquí, no sé si a causa de aquélla que entró en lugar de la reina mi señora o por otras consideraciones que Su Alteza sabría, no he podido más. Y cuando yo supe de los extranjeros que entraron y estaban en Castilla, pesóme mucho dello; y pensé que venían a entender en algunas cosas que cumplían a mis hijos, y no fue ansí. Y maravíllome mucho de vosotros no haber tomado venganza de los que habían hecho mal, pues quien quiera lo pudiera. Porque de todo lo bueno me place, y de lo malo me pesa. Si yo no me puse en ello, fue porque ni allá ni acá no hiciesen mal a mis hijos, y no puedo creer que son idos, aunque de cierto me han dicho que son idos. Y mirad si hay alguno de ellos, aunque creo, que ninguno se atreverá a hacer mal, siendo yo segunda o tercera proprietaria señora, y aun por esto, no había de ser tratada ansí, pues bastaba ser hija de rey y de reina. Y mucho me huelgo con vosotros, porque entendáis en remediar las cosas mal hechas, y si no lo hiciéredes, cargue sobre vuestras conciencias, y así os las encargo sobre ello. Y en lo que en mí fuere yo entenderé en ello, así aquí como en otros lugares donde fuere, y si aquí no pudiere tanto entender en ellos, será porque tengo que hacer algún día en sosegar mi corazón y esforzarme de la muerte del rey mi señor. Y mientras yo tenga disposición para ello, entenderé en ello. Y porque no vengan aquí todos juntos, nombrad entre vosotros de los que aquí estáis, cuatro de los más sabios, para esto que hablen conmigo, para entender en todo lo que conviene. Y yo los oiré, y hablaré con ellos y entender en ello cada vez que sea necesario, y haré todo lo que pudiere.» Y luego, fray Juan de Ávila, de la Orden de San Francisco, confesor de Su Alteza, que presente estaba, dijo: «Que los oiga Vuestra Alteza cada semana una vez.» A lo cual Su Alteza respondió y dijo: «Todas las veces que fuere menester les hablaré, y elijan ellos entre sí cuatro de los más sabios, que cada día y cada vez que fuere necesario, yo les hablaré y entenderé en lo que yo pudiere.» Y luego el dicho dotor Zúñiga, en nombre de todos dijo: «Besamos los pies y las manos de Vuestra Alteza por tan largo bien y merced como nos ha hecho, y puédense llamar los más bienaventurados hombres del mundo en haber venido a Vuestra Alteza y conseguido tan alta merced.» Y el dicho dotor Zúñiga, en nombre de todos, la pidió por testimonio. Y nos, los dichos escribanos y otros muchos de los dichos procuradores, lo dimos por testimonio. A lo cual fueron presentes por testigos el padre fray Juan Ávila, de la Orden de San Francisco, confesor de Su Alteza, y Pero González de Valderas, abad de la iglesia colegial de la ciudad de Toro, y Diego de Montoya, jurado vecino de la ciudad de Toledo, y Hernán Bravo de Sarabia, vecino de la ciudad de Soria, y otros muchos que allí estaban. Y nos, los dichos escribanos y notarios públicos susodichos, presentes fuimos a todo lo que dicho es en uno con los dichos testigos, y lo vimos e oímos así pasar. Por ende, fecimos escribir e signamos de nuestros nombres en testimonio de verdad. Juan do Mirueña, Antonio Rodríguez, Alonso Rodríguez de Palma.»

Después desto, el dicho Alonso Rodríguez de Palma, escribano, se puso de rodillas ante la reina y dijo que si era servida y mandaba que los procuradores del reino que estaban en la junta entendiesen en las cosas del reino tocantes a su servicio. Y ella dijo que sí. Y más le preguntó, si era servida que los procuradores nombrasen cuatro personas para que, con Su Alteza, comunicasen las cosas tocantes a su servicio. Y ella respondió que sí, y que lo diese así signado.

Pidió don Pedro Laso a la reina que Su Alteza nombrase los cuatro que habían de venir a consultar las cosas tocantes al gobierno del reino. Ella dijo que no; sino que los señalasen en la Junta, que ella los oiría de muy buena gana todas las veces que quisiesen y ella estuviese para ello.

Lo que Valladolid se holgó con las escrituras sobredichas, creyendo que la reina tenía salud para gobernar. -Quiere Valladolid que entren a prender los del Consejo. -Entra Juan de Padilla en Valladolid.

Dieron grandísimo contento al pueblo las escrituras sobredichas, y teníanlo a milagro, que la reina, al cabo de tantos años de encerramiento, tan retirada de negocios y del gobierno de sus reinos, que casi hombre no la veía, saliese agora, en tiempo de tanta necesidad, con tanta luz y claro juicio al gobierno destos reinos. Alababan las gentes a Dios, porque así usaba de misericordia con España. Si bien es verdad no faltaba quien dijese que estos testimonios eran falsos y fingidos por los de la Junta; que la reina ni tenía juicio para atender a estas cosas, ni era tratable, y esto se decía no sólo en Valladolid, mas en muchas partes.

Y conforme a esta opinión, escribe Pero Mejía, tratando esta materia: «Yo escribo lo que hallo en quien lo vio, y que no fue comunero ni amigo dellos.»

Luego dijo el fraile que fuera de la villa estaba mucha gente de guerra; que si querían y no recibían enojo, que entrarían para llevar presos a los del Consejo: que si la villa no gustaba, que no entrarían.

Concertaron con voluntad de todos que entrasen otro día hasta docientos hombres que bastaban para prender los consejeros, y que éstos los podrían llevar a Tordesillas.

Hízose así, que otro día entró en Valladolid Juan de Padilla, capitán general de la junta, con trecientas lanzas de Ávila y Salamanca, y ochocientos piqueros y escopeteros, adonde se les hizo un noble recibimiento, dándoles posadas y todo lo necesario largamente. Que gastó Valladolid sin duelo en todas estas alteraciones, y cierto al principio con intención bien sana mostráronse a lo menos harto valerosos los deste lugar, sustentando la máquina de toda Castilla.

Luego Juan de Padilla llevó presos a los del Consejo, que a la sazón en la villa estaban, que fueron el dotor Beltrán, el dotor Tello y el dotor Cornejo, y el licenciado Herrera, alcaldes; y por un día los mandó detener en sus casas con penas que les puso y fianzas que dieron, poniendo guardas a cada uno. Y quitó las varas a los alguaciles y justicias, y mandó a los otros oficiales debajo de grandes penas, que pareciesen personalmente en Tordesillas.

Y así, otro día los llevó presos con mucha gente de a caballo, con el acatamiento y honra que cada uno merecía. Y asimismo llevó los libros de contaduría y el sello real con que sellaban las provisiones del Consejo.

Y para que con más autoridad se hiciese, suplicaron a la reina que firmase lo que por ellos fuese acordado como personas de su Consejo. La reina no quiso, y así, los procuradores que allí estaban enviaron a sus ciudades que les diesen poder para entender en el gobierno del reino por defeto de gobernador, y para hacer Consejo. Algunos pueblos lo enviaron; otros no quisieron teniéndolo por ninguno, grave y peligroso. Y en Toledo hubo caballeros que sintieron muy mal dello, y les pesaba de que Juan de Padilla se hubiese metido en tantas honduras, y le enviaron a reprender, y a sus procuradores, y no les quisieron dar tal poder sobre lo que tocaba al gobierno del reino.

Envía la junta un fraile para que engañe a los de Palencia.

Deseaba la Junta que se le arrimasen las ciudades del reino para autorizar y asegurar más su levantamiento, y hacía las diligencias posibles. De Palencia sabían que con poco trabajo los levantarían, por las inteligencias que con algunos tenían.

Envió la Junta luego un fraile de San Agustín, y diéronle orden que procurase ganar la voluntad del vicario que estaba en lugar del obispo; y hechas con él sus diligencias, hablase luego con la ciudad, diciéndoles la obligación que tenían de favorecer a la Junta, pues lo que en ella se trataba y el fin para que se había hecho, era el bien general del reino. El fraile fue -que le fuera mejor estarse en la celda-, y con mucha libertad y desenvoltura, comenzó a tratar de su embajada y a convocar el pueblo y predicarla públicamente en el púlpito.

Detúvose en esto algunos días, y cuando el cardenal ya estaba en Rioseco con el Consejo, enviaron a prenderlo. Hubo lugar de echarle las manos, porque en la ciudad había muchos leales que estaban escandalizados del mal ejemplo del fraile Lleváronle preso a Medina, y dieron con él en la cárcel, y dentro de pocos días, averiguada su culpa, le dieron garrote. Ganan y merecen esto los frailes que se meten tanto en los tratos seglares y no guardan el recogimiento y modestia que pide el estado que profesan, renunciando el mundo y sus bullicios.

Pero no fue tan poco el fruto que el fraile hizo en Palencia, que casi todo el pueblo se alteró. Huyó el corregidor y quitaron las varas a los ministros del rey y las dieron a los de la Comunidad, y quisieron que su alcalde fuese alcalde mayor del adelantamiento; echaron de la ciudad los provisores del obispo y la audiencia episcopal; hicieron otras novedades. Quitaron los regidores que puso el obispo, y el común puso otros. Juntóse el pueblo a campana tañida, y armados vinieron a Villamuriel, casa y fortaleza, y cámara del obispo, y derribaron parte de la torre a 15 de setiembre deste año de mil y quinientos y veinte, Talaron la mayor parte del soto que llaman de Santillana, qué es del obispo e hicieron otros daños en la ciudad y su comarca como si fuera tierra de enemigos, obras proprias de un vulgo ciego y furioso.

El cardenal se quiere salir de Valladolid. -Tañen en Valladolid la campana de San Miguel. -Peligro grande que hubo en la puente-Gente de armas mucha y lucida de Valladolid.

Como el cardenal gobernador del reino vio lo que pasaba, y que él en Valladolid no estaba obedecido como debía, antes en peligro de que de todo punto le perdiesen el respeto, quiso salirse a un lugar de un señor, donde estuviese seguro. Supiéronlo en la villa, y fueronle a hablar algunos de los diputados para saber el intento con que se quería ir. Y el santo varón, con mucha mansedumbre, dijo que quería retirarse a Medina de Rioseco con el almirante. Pero como a los de Valladolid estaba bien tenerle, no le dejaron ir, y pusieron guardas a las puertas, para que no saliese persona del pueblo, que ya temían de que se juntasen con el condestable, que se ponía en armas para resistir a tanta demasía o tiranía como en el reino andaba. Y se habían juntado con él los consejeros que habían escapado de la prisión de Valladolid, porque Castilla no estuviese sin justicia.

Quiso el cardenal salirse de hecho, y otro día bien de mañana salió de su casa con ciento y cincuenta personas de a pie y de a caballo, y con otros muchos principales de la villa que iban a su lado. Llegando a la puente no le dejaron salir, adonde estuvo un rato mandando a los suyos que estuviesen quedos, porque algunos se querían poner en quebrar las puertas y salir por fuerza. Pero como en la villa se supo, alborotáronse todos, diciendo que el gobernador se iba.

Y vino un Alonso de Vera, diputado, y sin tener consulta ni mandato del capitán general de la Comunidad fue a toda priesa a la campana del consejo, y comenzó a dar alarma muy a priesa, y como se oyó por la villa, levantóse una revuelta y alboroto con tanta confusión que espantaba. Quitaban las tiendas; cerraban las puertas, salían armados por las calles todos derechos a la puente, donde en muy poco tiempo se juntó un ejército numeroso de gente muy bien armada, de nuevas y lucidas armas, que ya estaban todos dellas bien proveídos. Venían unos tras otros a más correr, sin orden y sin capitán, como si la villa se entrara de enemigos.

Pues como el cardenal vio esto, dio la vuelta por la puente adelante, volviéndose para la villa.

Y estando en mitad de la puente, unos criados suyos le dijeron: «Señor, débese vuestra señoría reverendísima estar aquí quedo, hasta ver en qué para el gran denuedo que trae esta gente.»

Y así se estuvo un poco; y los de su guarda se hicieron fuertes delante de él. Mas cargaba la gente de la villa como hormigas.

Y a esta sazón llegó don Pedro Girón, a quien todos tenían gran respeto, como si fuera su dueño. Venía encima de un caballo armado de unas platas, y el almete alto muy dorado en la cabeza y un capellar de grana cubierto; al galope del caballo entró por el tropel de la gente, que era mucha, hasta donde el gobernador estaba, y hízole su acatamiento y diole algunas quejas, entre las cuales dijo:

«Mucho me pesa, señor, de que vuestra reverendísima señoría se vaya así, sin que la villa y el reino sea placentero. De mi consejo es, si a vuestra señoría pluguiere, que se vuelva a su posada, porque si más se detiene, no será en mano de hombres remediar ni evitar el daño que de su ida puede recrecer.»

Y no entendiendo bien esta palabra los criados y guardas del cardenal, quisieron echar mano a las armas, y algunos que estaban allí cercanos de los de la villa, como vieron esto, dieron voces: «¡A las armas, a las armas! ¡Comunidad, favor, favor!» Aquí se levantaron tantas voces con tanta confusión y ruido, que si no fuera por el presidente de la chancillería que estaba allí, y don Pedro Girón y otros caballeros que los detuvieron y apaciguaron, apenas quedara hombre con la vida de los que eran con el cardenal. Y apaciguado, el cardenal se volvió acompañado de su guarda y de los otros perlados y caballeros, y en pos de él toda su recámara, como había salido. Y toda la gente armada de la Comunidad iba delante tocando los atabales y trompetas en son de guerra; y así lo llevaron a su posada con toda la reverencia y acatamiento debido.

Dice más este autor; que como toda la gente iba en hileras por las calles armados tan ricamente, y con tanto orden de guerra tocando trompetas, pífanos y atabales, que eran más de cuatro mil hombres armados, que era la cosa más vistosa del mundo; y que serían las doce del día cuando el cardenal entró en su casa. De manera que se gastaron más de seis horas en esta porfía de quererse el cardenal ir y los de Valladolid detenerle. Quejábase mucho el infante de Granada, capitán de Valladolid, porque sin su orden se había tañido la campana de San Miguel y había salido la Comunidad armada, y quería dejar el oficio. Y así, se mandó debajo de graves penas que ninguno fuese osado de tañer la campana, ni salir con armas sin orden del capitán; y queriendo castigar al Vera, huyó a la Junta de Tordesillas.

Ordenó Valladolid que cada veinte y cinco vecinos tuviesen un capitán particular, para que cuando fuese menester se guiasen por él, y él por el capitán general. En Tordesillas se supo luego lo que en Valladolid habían hecho con el cardenal, y el buen orden que tenían para gobernarse en la guarda y defensa de la villa, y enviaron luego una persona con carta de creencia, para que en nombre de la Junta diesen las gracias al pueblo y lo pusiesen en las nubes loando su valor, con que les levantaban los ánimos para hacer mayores desatinos.

Sale el cardenal de Valladolid disimuladamente. -Diferencias entre los de Valladolid. -Quieren matar a su capitán.

Viendo el cardenal que no podía salir de Valladolid públicamente, y lo que importaba el salir de allí, donde no tenía más que una honrada prisión, acordó de salir disimulado. Y así se fue una noche, disfrazado y solo, y había ya diez días que era ido y aún no lo sabían, y la guarda de a caballo de su persona, tampoco. Los de a pie se salieron el día antes de dos en dos. Y después envió el cardenal a rogar a la villa que le enviasen su hacienda y que tuviesen por cierto que su salida no había sido por enojarlos ni los enojaría, y que el haber salido cumplía así al servicio de Su Alteza, y porque no tenía ya qué gastar en la villa; que donde quiera que él estuviese, haría lo que a todos cumpliese.

La villa le envió toda su ropa con todo cumplimiento y cortesía a la villa de Rioseco, donde se fue a esperar al almirante.

Hubo en estos días en Valladolid particulares encuentros entre los de la Comunidad y su capitán el infante de Granada. Quisiéronlo matar, tratáronle mal de palabra, pusiéronse en armas muchos contra él. Él salió a la plaza con más de seiscientas lanzas para prender a Alonso de Vera que lo revolvía todo -y dicen que era un frenero- y a otros semejantes atrevidos. Quejáronse en la Junta, y en ella proveyeron que el infante de Granada dejase el oficio de capitán, porque era mucha costa darle cada mes treinta mil maravedís; que ninguno lo pudiese ser que no fuese natural de la villa; que bastaba que fuese capitán general para lo de guerra don Diego de Quiñones. Mas el infante se agravió. Y el negocio se puso por mandado de la Junta en votos y tuvo muchos de su parte, y la Junta le confirmó el oficio, y que él perdonase a Alonso de Vera y a los que le habían injuriado, y mandaron que no se hiciesen juntas ni se pidiesen las cosas por armas, sino por justicia y razón. Que luego, so pena de cien azotes, saliesen de Valladolid todos los vagamundos y que no tuviesen oficio, y así se pregonó en Valladolid día de San Lucas.

La Junta amonesta a Valladolid que se conformen, que tienen enemigos, y lo mucho que hacen por el bien del reino. -Justificación de los de la Junta.

Por el mes de otubre de este año, estando toda la Comunidad de Valladolid votando sobre si el infante de Granada sería capitán general o no, vino de parte de la Junta un procurador, y les hizo una plática en nombre de ella, pidiéndoles que se conformasen y que no se dividiesen ni anduviesen en pasiones, porque tenían muchos enemigos y habían comenzado una cosa de las más graves y arduas del mundo. Que si sus corazones no se hubieran levantado a esto, ellos y sus mujeres y hijos quedaran en miserable servidumbre; que debían, con ánimos varoniles y buen deseo, proseguir esta demanda y hacer espaldas a los caballeros que se habían puesto en ella, para que les pudiesen ayudar a salir de la mala ventura en que estaban; porque sabiendo los señores de la Junta que Valladolid era la más noble y más principal villa de todas las Españas, y que había sido principio de todo su bien, como hizo en lo pasado, poniendo sus personas y vidas al tablero, que era mucha razón darles parte en las cosas que han hecho, y que para esto enviaban a les hacer saber que de noche y de día nunca paraban, trabajando siempre en servicio de Nuestro Señor y del rey y bien común del reino, ni comiendo ni bebiendo con concierto, desvelándose con mucho estudio para que Dios y el rey sean servidos y acatados, y el reino para siempre libre, dejando sus proprias casas, haciendas, hijos y mujeres, desvelándose con mucho trabajo por buscar el remedio del pueblo sin ningún interés. Que antes que entrasen en la Junta de Tordesillas, habían jurado todos que ninguno procuraría para sí, ni para sus hijos, ni mujeres ni amigos, rentas, ni oficios, ni beneficios, porque más sin interese y lealmente pudiesen servir al común. Que siendo cada uno de los de la Junta caballero y viviendo con el rey, estaban libres de los pechos que en el reino se echasen. Y que, pues, ni por lo que esperaban ni por librarse de lo que pagaban se habían puesto a tanto riesgo, y ellos no eran más de cincuenta, que se ayudasen y favoreciesen y aunasen en este negocio que tanto tocaba a todos. Que la Junta, sin ellos y sin su favor, podía hacer poco, siendo la causa de suyo ardua y peligrosa; que certificaban a Dios que antes de ocho días saldría de la Junta tanto bien que Castilla quedaría pacífica, sosegada y rica como lo estaba de antes; porque no esperaban sino los capítulos de las ciudades del reino para de ellos tomar lo mejor, lo cual se sacaría de molde y se enviaría por todo el reino, para que todos viesen tanto bien como salía de aquella Junta.

Estos capítulos que en la junta se apuraron, con que pensaban, como aquí dicen, remediar a Castilla, pondré en el libro siguiente como ellos fueron. En Valladolid se alegraron todos grandemente con esta plática y promesas que de parte de la Junta se les ofrecieron, y quedaron, llenos de mil buenas esperanzas, que dentro de siete meses vieron vanas. Ofrecían sus haciendas muy de gana, sus vidas y ser a manos llenas en defensa de la santa Junta, que así la llamaban.

Lo que decían los leales de los comuneros.

Hablaban mal unos de otros, sin mirar que ésta es una de las más viles venganzas de la tierra, de la cual no usan sino gente común y baja. Los que eran enemigos de la Comunidad decían que no se movían los caballeros della sino por particulares respetos y ambiciones; que don Antonio de Acuña, obispo de Zamora, cuyos cuentos aún no han llegado, quería ser arzobispo de Toledo; don Pedro Girón, que lo hacía por el estado de Medina Sidonia; el conde de Salvatierra, que quería las Merindades; Fernando de Ávalos, vengar sus injurias; Juan de Padilla, ser maestre de Santiago; don Pedro Laso, ser señor de Toledo; Quintanilla, mandar a Medina del Campo; Fernando de Ulloa, echar a su hermano de Toro; don Pedro Pimentel, alzarse con Salamanca; el abad de Compludo, ser obispo de Zamora; el licenciado Bernardino, ser oidor en Valladolid; Ramiro Núñez, apoderarse de León, y Carlos de Luna y Arellano, ser señor de Soria. Ansí andaban las lenguas más sueltas que las manos, si bien no dormían, haciendo mil disparates. Y ya algunos caballeros se veían tan empeñados y tan adelante en este desorden, que no podían volver atrás ni tampoco sabían de quién fiarse.

Levantamiento de Valencia del Cid. -Valencia del Cid. -Sitian a Corbera. -Sorolla vence al virrey. -Vitoria del duque de Segorbe. -Vitoria del marqués de los Velez. -Vicente Periz, capitán de la Germanía de Valencia. -Rayo que cayó sobre la iglesia de Valencia, y mal notable que hizo. -El Encubierto de Valencia, embustero. -Talle del Encubierto. -Don Rodrigo de Mendoza, marqués de Cenete, toma el gobierno de Valencia. -Vence el marqués a los germanados en Monviedro. -Justicia el marqués al Encubierto.

El levantamiento de Valencia, que dejamos comenzado, por ser el más ciego y peligroso que hubo en España, antes de pasar adelante con la historia de lo que las Comunidades hicieron en Castilla, quiero escribir y fenecer aquí. Que fueron tales, que si bien hay dello historias y memoriales lastimosos, no dicen la mitad de lo que fueron.

Precedieron a este miserable desconcierto dentro en Valencia algunas temerosas señales. El año de mil quinientos diecisiete, el río que pasa por Valencia, que apenas trae agua, creció y salió de madre, tanta, que puso a Valencia en el mayor aprieto que jamás se vio. Viose asimismo muchos días y noches por las calles de Valencia un león muy bravo, que con bramidos corría por ellas, del cual huía la gente con grandísimo pavor, y si algunos tenían ánimo de esperarle para ver lo que era, no veían cosa. Otras cosas cuentan de esta manera que sucedieron en los años de diecisiete y dieciocho.

Dije cómo al tiempo de partir el Emperador en La Coruña nombró por virrey de Valencia a don Diego de Mendoza, hijo del cardenal don Pedro González de Mendoza y hermano de don Rodrigo, marqués de Cenete; y estando sirviendo su oficio en Valencia, cuando ya el pueblo agermanado comenzó a competir con la nobleza y perseguir a los caballeros y maltratar a sus criados y moriscos vasallos, con gran desvergüenza y atrevimiento, el primer escándalo que sucedió fue que, pasando dos esclavos de don Ramón de Cardona, señor de Castalla, por la calle de Nuestra Señora de Gracia, cuartel de la ciudad donde más comuneros había, los oficiales que estaban trabajando a las puertas se burlaron, como suelen, de ellos.

Porque los esclavos les respondieron, tomaron las armas y los acuchillaron, matando uno de los negros y queriendo matar al otro que se defendía; un hombre que acaso pasó por allí, que se llamaba Diego Pisador y era salinero, se apiadó del negro y se puso en defenderlo.

Fue tanto lo que se ofendieron de él, que dejando al negro, dieron tras Diego Pisador y le persiguieron atravesando toda la ciudad; y él se metió en su casa por guarecer la vida, y se la combatieron siendo poco antes de mediodía, sin osar la justicia ponerse a remediarlo.

Cerca desta casa está la iglesia de San Nicolás, y los clérigos de ella, por apaciguar esta gente sacaron el Santísimo Sacramento y llegaron con él a la casa; y los comuneros, teniendo algún respeto a quien tanto debían, cesaron del combate y se apartaron algo.

Diego Pisador, no teniéndose por seguro si quedaba allí, quiso meterse en la iglesia y bajó, y tomándole el sacerdote que llevaba el Sacramento, le puso a su lado, y yendo así con él a la iglesia, los comuneros arremetieron con él y le mataron a puñaladas.

Acudió a este ruido Avendaño, pelaire, autor y cabeza de la Germanía, dicen que para estorbar este daño y desacato tan grande, mas no fue ello así, porque hecho el mal recaudo y muerte del hombre, se entró en una casa y reventó luego allí, muriendo miserablemente, dicen que de cólera, por el desorden de aquel exceso.

Éstos y otros desórdenes hizo éste pueblo antes que el Emperador saliese de España, y los nobles y caballeros le avisaron de ello. Remitíase a Xevres, y como sus cuidados eran más por irse con su tesoro que por el remedio de España, no curó dello.

Lo más que se hizo fue remitirlo al infante don Enrique, duque de Segorbe, para que él concertase y pusiese en razón a esta gente; y si bien el infante avisó de ello al Emperador, olvidóse la gente de su gobierno, engolfados en lo que más les iba.

Y así se acabó de declarar el rebelión y malas intenciones de la Germanía, porque llevando a justiciar a un hombre por graves delitos, salieron los comuneros, y mano armada, en medio de la plaza pública le quitaron a la justicia, maltratando, a los ministros della. No había señor ni caballero que anduviese por la ciudad a quien no baldonasen y escarneciesen los agermanados, y llegó a tanto, que estando la mujer de un sombrerero en su casa en la plaza de Santa Catalina aderezando un sombrero con unos hijuelos suyos, pasando por allí unos caballeros, la madre dijo a los hijos que mirasen aquella gente que pasaba; y preguntando los muchachos a la madre que por qué les decía que los mirasen, ella les dijo: «Porque cuando seáis grandes podáis decir que vistes los caballeros.» Dijo esto la mujer, porque la gente común tenía pensamientos de consumir la nobleza del reino todo, sin que quedase rastro della.

Por la muerte de Avendaño, el pelaire, levantó la Germanía otro tal por cabeza y capitán suyo, llamado Sorolla, también pelaire, grandísimo bellaco y atrevido, el cual, entre otras maldades que hizo, fue subir a la sala de la ciudad cuando se trataba de elegir jurados, y entre otras cosas que dijo a los del regimiento de parte de la Germanía fue que si no hacían lo que allí les decían, que era meterlos en el regimiento, que aquellos ladrillos habían de manar sangre. Y cumplióse esta amenaza, porque los jurados hicieron la eleción conforme a los fueros y costumbre de la ciudad, y el pueblo se indignó tanto, que hizo los desatinos que aquí veremos.

Y con estos ánimos y disposición halló don Diego de Mendoza este reino cuando vino a gobernarle. Y entendiendo Sorolla y Vicente Periz y un Juan Caro y otros cabezas de la Germanía que el virrey sabía muy bien sus voluntades y el estado de las cosas, y que disimulaba entendiendo que de miedo y también por saber las fuerzas que tenía su Germanía y crédito en el pueblo, fingieron y dieron traza que Sorolla se escondiese en su casa y no saliese de ella, y que los demás saldrían por Valencia y dirían a sus amigos y aliados que el virrey había llamado a Sorolla y no parecía, que entendían que le habían dado garrote o que estaba cerca de ello, y que no se debía sufrir que aquel hombre padeciese por ser defensor del bien común.

Echóse la voz y creció tanto y indignó los ánimos de manera, que en un punto se alborotó la ciudad y acudieron a sus cofradías, y salieron dellas armados con cajas y banderas tendidas, y así fueron a las casas del virrey -que eran las del conde de Ribagorza- apellidando: «Muera el virrey si no nos da a Sorolla.» El virrey estaba en su casa con algunos caballeros, y éstos y sus criados tomaron las armas y defendieron las puertas y ventanas de unos entresuelos por donde era el combate; y tal, que hoy en día, en las ventanas están señalados los picazos que les daban, y fue necesario sacar a doña Ana de la Cerda, mujer del virrey, por los terrados de la casa, y llevarla a otra lejos de aquélla, asegurando su persona.

Duró el combate el día todo, y estando la ciudad en este conflito y turbación tan grande, siendo ya de noche, quiso Dios que una mujer vecina del Sorolla le vio en su casa, y como la gente decía a voces que combatían al virrey por la muerte de Sorolla, esta mujer, alumbrada del cielo, dijo al obispo de Segorbe, que posaba allí cerca, cómo ella, por sus ojos, había visto bueno y sano al Sorolla en su casa. Entonces el obispo fue en casa de Sorolla y entró en ella por fuerza, y le halló escondido, y reprendiéndole su bellaquería y maldad, respondió el Sorolla que de miedo no osaba salir.

Mandó el obispo ensillar sus mulas, y él se puso en una y el Sorolla en otra, y con muchas hachas lo llevó por la ciudad a casa del virrey para que viesen que ni era muerto ni el virrey le tenía preso. Cuando los agermanados vieron a su Sorolla, con mucha alegría cesaron del combate en que habían gastado aquel día y casi toda la noche.

Después desto prendieron a un hombre sentenciado a muerte, y como fuese emparentado, mandó el virrey que luego le confesasen y diesen garrote, porque fuese primero muerto que los parientes acudiesen a pedir por él.

Los trece síndicos y Sorolla echaron fama que le mataban sin razón, y oyendo esto la ciudad, luego se alborotó y puso en armas; y fueron a la cárcel y sacaron el preso, y entendiendo que el virrey juntaba gente para venir a resistirlos, fueron a sus casas y le cercaron en ellas, y apretaron de manera que el virrey dio orden cómo sacasen a su mujer de Valencia, y él, en grupa de una mula de un caballero, embozado se salió también de la ciudad. Y yendo por una calle, sintieron parte de los agermanados que entraban en una de sus cofradías, y rodearon por otras calles por no ser sentidos dellos.

Salido el virrey desta manera, desamparando la ciudad, toda la nobleza y caballería le siguió, y se salieron della con sus mujeres y hijos, retirándose a sus lugares; y el virrey y su mujer se fueron a Cocentaina, porque era deudo del conde de Cocentaina. Y los caballeros, dejando sus mujeres y hijos pequeños en seguro, con sus armas y caballos y gente que pudieron juntar armada, acudieron unos al virrey don Diego de Mendoza y otros al infante don Enrique y al duque de Segorbe, don Alonso, su hijo, apercibiéndose todos a seguir la voz y servicio del Emperador contra los rebeldes. A los cuales todos derribaron las casas y se las quemaron, y saquearon las haciendas. Y luego dieron en hacer otros mil males, haciendo cosas que es vergüenza decirlas; tan feroz es la bestia del vulgo cuando pierde el freno.

Armaron los esclavos; recibieron muchos moriscos por soldados. De Cocentaina se pasó el virrey a Játiva; los vecinos desta ciudad le pidieron licencia para hacer alarde día de San Bartolomé, y como no se la diese, perdiéronle el respeto y salieron y hicieron el alarde en su presencia.

Y temiéndose el virrey de trato doble de Valencia, subióse en la fortaleza, lo cual, visto por los de Játiva, pregonaron que, so pena de la vida, alguno le diese comida ni provisión alguna. Viendo esto el virrey, fuese a Denia, porque si le cercasen por tierra pudiese escaparse por mar. Como los de Valencia supiesen que Játiva se había rebelado y que el virrey había huido a Denia ocuparon las rentas reales, así del general como del peaje. Y para esto fueron a las casas de los derechos y quebrantaron las tablas y tomaron los libros, y dijeron tales palabras, que fueron peores que las obras.

Viéndose los de Valencia señores de la ciudad por haberla desamparado el virrey y caballeros, ordenaron el regimiento de ella. Nombraron trece personas que la gobernasen y defendiesen, a los cuales llamaron los trece de la Germanía. Éstos nombraron por general de la guerra a Juan Caro, que tenía tienda de azúcar, y tuvieron sus inteligencias por todo el reino, de tal manera, que, como se derramó la nueva que Valencia era rebelada y Játiva, y el virrey huido, luego la ciudad de Orihuela y el marquesado de Elche hicieron lo mismo; de manera que no quedó ciudad ni villa que no se rebelase imitando a Valencia, tratando a los caballeros y vecinos nobles con la tiranía y desvergüenza que en Valencia. Y los caballeros con sus armas, fuerzas, vasallos y haciendas, acudieron a servir a su príncipe, de manera (y es muy notable y digno de estimarse) que ningún caballero ni hombre noble de todo este reino se halló de la parte de aquella vil Comunidad, sino que, unánimes y conformes, aventuraron sus vidas y haciendas en servicio de su rey, si bien ausente y fuera destos reinos; y consintieron saquear sus casas, abrasar sus haciendas, destruir sus lugares, por la fidelidad que debían a su príncipe.

Fue capitán del levantamiento de Orihuela un vecino que se llamaba Palomares, el cual se hizo tan absoluto señor de aquel pueblo, siendo él un pobre escudero, que muchas veces sacaba cinco mil hombres en campo para pelear, aunque después lo pagó bien.

Los agermanados, como ya habían perdido la vergüenza al virrey, acordaron de perder el temor a Dios; y para esto hicieron un monipodio, en el cual determinaron de robar todas las riquezas de los monasterios e iglesias. Y como se descubrió, los leales rogaron a don Rodrigo de Mendoza, marqués de Cenete, que tomase las varas de justicia por el rey, y así lo hizo, y él, como buen caballero, ahorcó a tres alborotadores, y así se remedió el robo que querían hacer y se quietó la ciudad por algunos días.

Mas luego salieron los agermanados en campo para ir a Denia y echar al virrey del reino. Salieron diez mil hombres armados de Valencia. Salió la clerecía con sus capirotes en las cabezas y cruces en las manos, y pusiéronse a la puerta del carrer de San Vicente. Y cuando salían los agermanados, decíanles los clérigos y religiosos: «¡Señores, misericordia, misericordia!» Respondieron ellos: «¡Justicia, justicia, cuerpo de Dios!»

Y quiso Él, por ser sumamente justo, que redundase sobre sus cabezas, porque los más de los que esto dijeron, o murieron en batalla o fueron justiciados. Fueron capitanes desta gente Juan Caro y Sorolla.

Apoderados de la ciudad de Valencia los comuneros, salió Juan Caro con muchos de ellos a sitiar el castillo de Corbera, que es seis leguas de Valencia. Cercólo, y estándolo combatiendo con alguna artillería que trajo don Jerónimo Vique -que a esta sazón estaba en Nuestra Señora de la Murta, monasterio de frailes jerónimos, media lengua distante del castillo-, tuvo forma como hablar con Juan Caro, y por sus buenas razones dejó el combate del castillo, lo cual, entendido por los trece de la Germanía, privaron a Juan Caro del oficio de capitán general y lo dieron a Sorolla.

En esta ocasión, el virrey, con la gente que se le había llegado, fue en socorro del castillo de Corbera con su ejército a Gandía; y Sorolla, con el suyo, en busca del virrey, haciendo gran daño en los lugares de don Jerónimo Vique, por lo que había persuadido a Juan Caro. Llegado a Gandía se encontró con el ejército del virrey, y se dieron la batalla, en la cual murió mucha gente de ambas partes. Y llevaron la vitoria los comuneros, con gran mortandad del ejército del virrey, el cual, con el conde de Oliva y otros señores y caballeros que quedaron vivos, se retiraron a Denia, siguiéndolos Sorolla con su gente. Y llegados al lugar de Vergel, que es una legua de Denia, mosén Baltasar Vives, señor de aquel lugar, los recogió y defendió, de suerte que pasaron salvos a Denia, donde, hallando una nave, se embarcaron, y desembarcaron en la villa de Peñíscola, de donde fueron a la villa de Morella para rehacerse de gente y volver a la defensa del reino.

Y Sorolla volvió con su ejército a la ciudad de Valencia, donde entró alegre y ufano como vencedor.

A esta sazón había salido en campaña el duque de Segorbe, don Alonso de Aragón, con la gente que pudo hacer de los caballeros y sus vasallos, porque muchos caballeros habían venido personalmente a servir al Emperador, siguiendo al gobernador de aquel reino, que era don Jaime Ferrer, hijo de don Luis Ferrer, mayordomo que fue de la reina doña Juana estando en Tordesillas, que en razón de su oficio era capitán de la caballería; de suerte que se hallaron con el duque de Segorbe ciento y sesenta caballeros que iban con el gobernador, como general de la caballería, y más de cuatro mil infantes, y siendo la villa de Monviedro, que otro tiempo fue Sagunto, la mayor fortaleza que los agermanados tuvieron; donde, por ser fuerte y estar cuatro leguas de Valencia, se recogieron y hicieron fuertes en ella.

El duque, con su ejército, vino acercándose a Monviedro, y habiéndose alojado en Almenara, legua y media de Monviedro, tuvo aviso cómo salían en su busca los comuneros con ejército de más de ocho mil hombres y algunos caballos, alentados con la vitoria que habían habido del virrey, y socorridos de los comuneros de la ciudad de Valencia con gente que les habían enviado, pareciéndoles que si desbarataban al duque de Segorbe quedaban por señores de todo el reino. El duque ordenó luego a don Jaime Ferrer que con la caballería saliese a reconocer los enemigos y le fuese dando avisos, porque le iría siguiendo con la infantería lo más presto que pudiese. Salió don Jaime y reconoció que los comuneros eran muchos, y que iban marchando por las cordilleras de unos montecillos que hay de Monviedro a Almenara, tomando sitios fragosos y fuertes, para que la caballería no pudiese hacerles daño, creyendo que eran más de los que eran. Don Jaime llegó cerca, provocándolos a escaramuzar, y los comuneros, como vieron que era tan poca la caballería, se acercaron escaramuzando; los caballeros los iban sacando a lo llano, y cuando dejaron los montecillos con alguna desorden, envió don Jaime aviso al duque, que si quería alcanzar vitoria marchase apriesa con la infantería, porque la caballería no podía dejar de dar Santiago al ejército enemigo, porque confiaba en Dios de romperlo.

Con este aviso marchó el duque apriesa y llegó a tiempo que ya don Jaime había dado Santiago a los enemigos y le llevaban de vencida; pero la infantería peleó tan esforzadamente, que alcanzó vitoria de los enemigos, dejando muertos más de cinco mil, por lo cual se llama hoy el sitio donde fue esta batalla el Campo de la Matanza.

Con esta vitoria se restauró el reino; y si se perdiera, los comuneros fueran señores de él sin contradición alguna.

Estando en este estado las cosas, el virrey volvió a rehacerse de gente, y fue con su ejército campeando sobre Alcira y Játiva, porque con la vitoria del duque estaban amedrentados ya los comuneros.

Los de Játiva y Alcira salieron con su ejército buscando al virrey una legua antes que llegase a la ciudad, y topándose en los campos de Belluz, se dieron la batalla, y fue tan peleada y sangrienta, que estuvo en un peso, sin reconocerse ventaja de ninguna parte, hasta que venida la noche dejaron de pelear, bien heridos y cansados los del uno y otro campo, retirándose cada uno a reparar y curar los heridos.

En este tiempo, las ciudades de Orihuela y Alicante, con todos los pueblos de su gobernación, que son cuatro leguas de la ciudad de Murcia, se acomunaron con la ciudad de Valencia; pero los caballeros y gente honrada siguieron a su gobernador, don Pedro Maza, señor del estado de Maza, que le fue forzoso desamparar estas dos ciudades y el castillo de Orihuela, de que era alcaide. Pero un valeroso caballero, don Jaime de Puig, que era teniente del castillo por el gobernador, con quince o veinte hombres se puso en su defensa, y cuando los comuneros de la ciudad, matando, y saqueando las casas de los caballeros, comenzaron a sitiar y combatir el castillo.

El marqués de los Velez, don Pedro Fajardo, adelantado mayor del reino de Murcia, cuando tuvo aviso de que Orihuela se había levantado, juntó la gente que pudo y marchó a dar socorro a los caballeros, por tener orden del Emperador para acudir con gente al gobernador de Orihuela en las ocasiones que se ofreciesen.

Don Pedro Maza, que andaba por el campo con la caballería y sus vasallos, se juntó con el marqués de los Velez; y los comuneros de la ciudad de Orihuela y su gobernación, que eran más de ocho mil, salieron en busca del marqués y gobernador, hacia la punta de una sierra que llaman Rajolar, con intento de pelear, por entender que les eran superiores en gente. El gobernador trató con el marqués de socorrer al castillo de Orihuela, que estaba en gran necesidad, metiendo sacos de bastimentos en grupa de los caballos, mientras él comenzaba a pelear con los comuneros, que él procuraría volver a tiempo de pelear con los enemigos. Hízose así, y cerrando el un campo contra el otro, don Pedro Maza tomó la senda que iba al castillo, donde llegó con sus caballos y metió el bastimento que llevaba por un postigo y volvió a la batalla, que ya andaba bien sangrienta. Pero el marqués hubo vitoria de los comuneros, degollando más de cuatro mil, con lo cual se allanó toda la tierra de Orihuela.

El marqués, viendo cuán inficionado estaba todo el reino y la mucha gente que con la vitoria se le había juntado, porque siempre el vulgo sigue la parte superior, marchó con su ejército por el reino adentro, y cada día se engrosaba tanto, que cuando llegó cerca de Valencia pasaba de once mil hombres y llevaba trece piezas de artillería. Con el cual llegó a Paterna, lugar que está a la vista de Valencia, amenazando a la ciudad.

Y por andar en tratos de rendirse, volviendo el virrey a la ciudad el marqués retiró su ejército y volvió al reino de Murcia, pareciéndole que ya quedaba todo allanado.

Después de esto no se concluyendo los tratos que el marqués intentó con los de Valencia, los agermanados se retiraron a Játiva, y allí hicieron capitán a un vellutero que se llamaba Vicente Periz, y combatieron la fortaleza y la entraron, porque estaba mal proveída, y los agermanados peleaban de buena gana.

De todo lo sobredicho hubo algunos presagios harto notables, porque martes veinte y siete de mayo en la tarde cayó un rayo sobre la iglesia de la Seu de Valencia que derrocó el chapitel y quebró el reloj, que no había otro en toda la ciudad. Y a doce de setiembre, jueves, en la tarde, creció el río de Valencia de tal manera, que tal no se había oído ni visto, como lo dicen unas letras, que se pusieron en la puente que está a la puerta de Serranos. Hizo grandísimos daños en edificios, heredades, moliendas e hombres que ahogó; y si como fue la creciente de día fuera de noche, el daño fuera incomportable A veinte y seis de mayo, año de mil y quinientos y veinte, viernes por la mañana comenzó a tronar y apedrear, y súbitamente en una heredad que estaba entre el condado de Oliva y ducado de Gandía, cayeron de las nubes tres piedras de color y manera de pedernal; y vio fray Antonio de Guevara, coronista del Emperador y obispo de Mondoñedo, colgada la una en Santa María, una legua de Oliva, que por lo menos pesaba una arroba, y todos los que venían allí en romería hurtaban della lo que podían, y por esto la colgaron de lo más alto de la iglesia con una cadena.

Duraron las alteraciones de Valencia hasta los años de 1521 y 22, y aunque nos esperen las de Castilla, quiero anteponer aquí todo lo que tocare a los de Valencia.

Es tan notable el caso que quiero contar, que admirarán las gentes ver cuán ciegos andaban los miserables hombres que seguían estos levantamientos. No había cosa más cierta en España que el príncipe don Juan, único de sus padres, los Reyes Católicos, heredero destos reinos, murió en Salamanca con gran dolor y sentimiento de sus padres y de toda España; y en esto jamás hubo duda ni opinión. Pues en este tiempo de las comunidades ciegas, los de Valencia, agermanados, lo estaban tanto, que un hombre vil, advenedizo que se juntó con ellos, viniendo huyendo de África, lo recibieron y creyeron por el príncipe don Juan y lo juraron por rey y los mandó y rigió dos años, hasta que tuvo el fin que merecía, como aquí veremos.

Queda visto con cuánta liviandad se comenzaron las guerras y alborotos de Valencia. Fue, pues, el caso así. En el año del Señor de mil y quinientos y doce, un mercader vizcaíno que se llamaba Juan de Bilbao fue a tratar a la ciudad de Orán. En el navío en que iba juntósele un hombre, el cual le dijo que sabía muy bien leer y escribir y otras lenguas, y que si quería concertarse con él podría servirle de enseñar a sus hijos y ser fator de sus tratos. Lo cual oído por el mercader, concertóse con éste, y en el puerto de Cartagena embarcóle consigo, y pensaba que en toparle era el más bienaventurado del mundo, porque tenía quien le criase los hijos y se los enseñase, y quien le guardase y aventajase la hacienda. Este hombre era de estatura pequeño, la cara tenía delgada, la tez del rostro algo amarilla, los ojos espantosos, así como verdinegros; tenía pocos cabellos y menos barbas, hablaba poco, en el vivir parecía honesto, comía demasiado, y en el beber templado, sabía la lengua española y arábiga y hebrea. No se alcanzó a saber quién fuese su padre, más de que cuando lo castigaron confesó ser hijo de un judío, y que era circunciso, y que nunca fue bautizado, porque él y su padre se pasaron en Berbería en el año que echaron los judíos de Castilla.

Estuvo en Orán en casa de aquel mercader hasta el año de 1516, que fueron cuatro años, y por ganar más la voluntad de su amo dijo que se quería mudar el nombre y llamarse, como él, Juan de Bilbao.

Y andando más adelante el tiempo, como el mercader hiciese ausencias de su casa y dejase encomendados a aquel su criado la mujer y hijos y tienda, una vez que volvió de Castilla fue avisado que aquel Juan de Bilbao su criado no era seguro, que unos decían que con su mujer, otros que con su hija, andaba revuelto. Y el mercader, como hombre prudente, echólo luego de su casa sin decir a nadie la causa porque lo echaba, porque no podía él quitar a su criado la vida sin quitarse a sí la honra.

Había a la sazón en Orán un corregidor algo mozo, el cual, no sabiendo porqué el mercader había despedido a su criado Juan de Bilbao, lo recibió en su servicio para que fuese su despensero; y como el corregidor tuviese una manceba secreta, procuró tener amistad con ella y aun enseñarla a ser hechicera. Porque este mal hombre de Juan de Bilbao no sólo era moro y judío, pero preciábase de nigromántico.

Acordó la manceba de decir al corregidor su amigo cómo la seguía el despensero, y que le enseñaba cosas de hechicerías, en especial que concertaba con ella de darle a él bebedizos, para que entre ambos a dos fuesen para siempre fijos los amores; lo cuál todo como lo oyó el corregidor quedó espantado, porque pensaba que tenía segura su casa y manceba con Juan de Bilbao, como si la tuviera en guarda de algún eunuco.

El corregidor, aunque del todo al presente no dio crédito a las palabras de la manceba, al fin estuvo más avisado para mirar por su casa, y como hallase por verdad todo lo que le habían dicho, en especial que halló los hechizos que tenía para dárselos, mandóle llevar a la cárcel pública, y de allí le sacaron un día de mercado, y puesto en un borrico con los hechizos al pescuezo, le dieron por las calles públicas de Orán cien azotes, quedando todo el pueblo espantado de un bellaco tan encubierto, porque tenían todos de él muy buena opinión.

Asimismo le desterraron de Orán, y hubo de volverse en España y desembarcó en la costa de Valencia, y fue cuando el reino andaba tan revuelto como digo. Hízose con sus embustes gran parte con los agermanados ladrones que andaban en Algecira, y ganó con ellos grandísima opinión y crédito. Entró en Játiva llamándose don Enrique Manrique de Ribera, y como era tan gran embustero y los agermanados de tan poco entendimiento y tan ciegos y apasionados, vino a ganar tanta opinión entre ellos, que le hicieron su general; y llegó a ser tanto con ellos, que por Dios y por rey le tenían.

Vicente Periz le reconocía, con ser este tirano la cabeza de los agermanados rebeldes de Valencia.

Dijo que lo enviaba Dios para darles libertad, y que les descubriría muchas armas y dineros. Los de Játiva le seguían como a su redentor; llamábanle el Encubierto, y que Dios le enviaba para remediar los pueblos.

Prendiéronle y ahorcáronlo, y les hizo creer que era el príncipe don Juan, hijo de los Reyes Católicos, y que por ciertas revelaciones y causas secretas de los juicios de Dios, convino encubrirse al mundo, y que agora que estos reinos estaban tan perdidos y con tanta necesidad de rey natural que los amparase y defendiese y volviese a su antiguo ser, como lo tuvieron en vida de los reyes sus padres, se había querido descubrir, y Dios lo quería así.

En esto creían los viles agermanados, y así le respetaban y seguían como si fuera su Dios. Y después de haber ganado el crédito y voluntad de los rebeldes en la manera que dije, tuvo su trato y concierto con muchos de la ciudad de Valencia y otros de la huerta y lugares de la redonda, para poner en obra todo lo que el tirano Vicente Periz había procurado. Tenía sus tratos con algunos lugares de Aragón y Cataluña, que estaban medio alterados y conmovidos, y concertado con ellos para que, al punto que hubiese puesto los pies en Valencia, todos se moviesen y lo siguiesen. Y dentro, en Valencia, tenía sus inteligencias para matar al marqués de Cenete que la gobernaba, y éranle tan leales los que en esto le ayudaban, que no faltó quien le metiese por los muros dentro en la ciudad, para que mejor pudiese dar la traza viendo la disposición del lugar, y para que se comunicase con los que dentro en la ciudad eran con él en esta traición. La cosa llegó al punto crudo y tan peligroso que corría el reino notable peligro si Dios no lo remediara, como se dirá.

Viéndose la ciudad de Valencia, como ya dije, en tan miserable estado, los religiosos y otros buenos y leales fueron a suplicar al marqués de Cenete, que estaba en el real, que tomase la vara y gobierno de aquella afligida ciudad, y el marqués lo hizo como quien él era, y en la ciudad recibieron tanto gozo y consuelo que en todos los monasterios y iglesias cantaron Te deum laudamus y repicaron las campanas con general regocijo.

Y el marqués tuvo tanto valor, que cuando dentro en Valencia nadie se atrevía a nombrar Dios, rey ni justicia, prendió muchos de aquellos revolvedores y ahorcó las cabezas dellos, de manera que comenzaron a temer y detenerse. Y luego salió contra una bandera de agermanados que había salido de Valencia, y los alcanzó en Monviedro y los rompió y desbarató y les ganó la bandera.

Y entre muchos peligros que el marqués se vio con esta gente agermanada, uno fue muy lastimoso: que acudiendo dentro en Valencia infinitos destos perdidos a la casa del marqués, sin entenderse ni saber lo que pedían, sino con voces y estruendo de armas, hundían el cielo; el marqués bajó por los quietar, y como la marquesa viese a su marido entre tan vil gente y con tanto peligro de perderle el respeto y aun quitarle la vida, recibió tanta alteración y pena, que brevemente expiró.

Llegó Vicente Periz, capitán destos perdidos, a ponerse sobre Valencia con gran número de agermanados, y se atrincheró y asentó la artillería a vista de la ciudad, y estuvo así muchos días; y tenía en su campo una campanilla, y en tocándola salían de la ciudad infinitos ladrones, tales como los que estaban en el real de Vicente Periz; y si el marqués no viviera con mucho cuidado, sin duda le entraran la ciudad, y como no hallaron lugar, levantáronse de allí y tomaron el camino de Monviedro, que está cuatro leguas de Valencia, por estorbar que este lugar no se entregase al virrey, como se entregó de ahí a dos días, que fue negocio de mucha importancia, con que se les cerró la puerta a sus disinios y se abrió camino para meter mucha gente de Castilla que venía en favor del virrey, que estaba en Nules con muy poca gente.

Y como el marqués supo que los agermanados iban camino de Monviedro con el artillería y los intentos que llevaban, salió con mucha presteza de Valencia, acompañado de gente, no toda segura, y caminó en su seguimiento, y halló algunas compañías de infantería que habían enviado delante a detener al enemigo, tan amedrentadas del artillería y escopetería que los contrarios les habían tirado, que no eran de provecho. Mas el marqués los animó cuanto pudo con muy buenas razones, y poniéndoles delante el servicio de Dios y de su rey; pero no bastó. Y con todo, el marqués pasó adelante y acometió a los enemigos, diciendo a grandes voces: «Viva el rey y mueran traidores.» Y sin temor del artillería y arcabucería que contra él disparaban, entró en ellos, guardándole el Señor, cuya causa hacía.

Y cayó tanto temor en aquella vil gente viendo la persona del marqués, que se les rindieron; y fue tan pío el marqués con quien no lo merecía, que comenzando los suyos a matar en los enemigos, él se lo estorbó y quitó, diciendo a grandes voces: «¡No mueran, no mueran!» Y fuera mejor que allí los acabaran, porque en ellos jamás hubo enmienda. Tomóles toda la artillería, deshizo aquel campo de amotinados y volvió con los despojos a Valencia, donde fue con lágrimas y gozo recibido.

Estaba el virrey donde digo sobre Játiva, para allanarla y reducirla al servicio del Emperador, y los rebelados tuvieron tal maña, que ganaron muchos de los soldados que el virrey tenía, y en su proprio campo sembraron tal discordia, y lo mismo dentro en Játiva, para que a hora cierta con sus señas se entendiesen, y todos a una y a una hora diesen en los leales y los matasen, y tomándoles la artillería pasasen a saquear a Valencia y degollar todos los que deseaban el servicio del Emperador. Súpose esta conjuración, mas no se hallaba remedio para ella ni en el campo del virrey ni dentro en Valencia, porque los conjurados eran muchos y los leales muy pocos, y no había sino morir. El marqués, a ruego de los de Valencia, fue al campo que estaba sobre Játiva. Sintió que aún había más de lo que se decía, y que era sin remedio la traición que en el campo del virrey y en la cuidad estaba urdida. La señal que tenían estos conjurados era que de noche y a un mismo tiempo, los del campo apellidasen: «¡Paga, paga, motín, motín!» Y a la misma voz respondiesen en la ciudad: «¡Paga, paga..., motín, motín!» El virrey y los caballeros del campo suplicaron al marqués que se metiese en la ciudad y que procurase ponerlos en razón y quitarles de hacer una traición tan grande; y aunque parecía temeridad, y llanamente lo era meterse en un pueblo tan alterado y determinado en la traición, el marqués entró valerosamente, y fue milagro que con su presencia y buena traza los apaciguó y trajo a la razón.

Los contrarios, rabiosos por el buen efeto que el marqués había hecho en Játiva, dieron traza cómo Vicente Periz, su capitán, entrase secretamente en ella; y juntando los que pudiese bien armados, procuraron prender al marqués. Hízose así, y esperando coyuntura, el Vicente Periz con un gran golpe de gente bien armada, acometió al marqués, que armado muy a la ligera y con poca gente lo esperó. Y viendo venir aquel escuadrón de ladrones, disimuló el marqués, haciendo que no los conocía, y preguntóles: «¿Sois amigos de los nuestros? ¿Venís a servir a vuestro rey?»

No respondieron sí ni no, mas pareció que en viendo al marqués se habían empachado. Luego el marqués con mucho amor les comenzó a decir: «Ea, pues, hijos, ¡viva el rey, viva el rey!» Y diciendo esto, les quitaba las saetas de las ballestas que traían armadas; mas luego los enemigos se declararon, y comenzaron a pelear y disparar las escopetas y ballestas contra el marqués y los suyos. Y viendo esto el marqués, dijo con gran voz: «¡Oh, traidores, aquí fuerza es menester!» Y dejando el bastón de justicia, tomó una pica, y diciendo: «¡Viva el rey!, ¡mueran traidores!», a ellos se adelantó, y hiriólos tan reciamente, que antes que la gente del marqués emparejase con él, les hizo volver las espaldas; y el marqués fue herido de un bote de pica en el brazo izquierdo.

Y si bien peleó el marqués como valiente, al fin la multitud del pueblo lo prendió y le subieron al castillo de la ciudad, donde a la sazón estaba preso el duque de Calabria, que recibió al marqués con mucha honra. Y los comuneros metieron al marqués en un sótano de una torre llamada San Jorge, hasta donde le fue acompañando el duque; y aquí le tuvieron los germanados, esperando que con su prisión el virrey su hermano haría lo que ellos quisiesen.

Estuvo el marqués algunos días preso y en harto peligro de ser muerto. Fue finalmente suelto, y viendo sin remedio la tierra, se retiró a la suya. Mas hizo tanta falta en Valencia su persona, que viéndose esta ciudad perdida, y que el enemigo Vicente Periz estaba apoderado de toda la huerta y lugares de la redonda, y dentro en la ciudad removida y alterada toda la gente, que los jurados y el capítulo de la Seu le enviaron a suplicar fuese servido de condolerse de aquella ciudad y mirar por el servicio del rey.

El marqués estaba en Ayora, que es un lugar suyo, y a la hora que recibió este despacho se puso en camino para Valencia. Jueves 27 de hebrero, año de 1522, se atrevió tanto el tirano de Vicente Periz, que dentro de la ciudad de Valencia se atrincheró y hizo fuerte, con intención de matar los que le resistiesen, y saquearla.

Y estando con todos sus secuaces para hacerlo, y la ciudad por extremo atemorizada, salió el marqués armado y se puso en la plaza de la Seu, y mandó tocar la campana que se acostumbraba tañer a los rebatos para que allí se juntasen los leales. Y estuvo así hasta la hora de mediodía, habiendo intentado los medios posibles para allanar por bien y sin sangre aquel alboroto; y no siendo posible, reconoció la gente y armas que tenía, y vio que no era la que bastaba para poder acometer al tirano que estaba dentro en la ciudad muy fuerte.

Y el marqués tuvo tal maña y traza, que la cosa no vino en rompimiento, y la gente que tenía Vicente Periz agavillada se deshizo, yéndose cada uno a su casa.

Fue éste un día en que Valencia estuvo en grandísimo peligro, y si el Vicente quisiera romper, se hiciera señor del pueblo; y así, lo llamaron el jueves de Vicente Periz. Mas quedándose el enemigo y sus valedores dentro de la ciudad, y los tratos que con otros rebeldes de fuera había, no aprovechara la buena prudencia del marqués, para que ya que el jueves los rebeldes agermanados no hicieron su hecho, no lo hicieran otro día. Pero proveyó el marqués que el viernes, sábado y domingo, todos los leales de Valencia fuesen llamados por sus oficios, así ciudadanos como mercaderes y oficiales, a los cuales tocaba la paz y sosiego de aquella ciudad, y librarse de aquellos forajidos. Y el marqués los habló y animó y hizo que todos tomasen las armas, pues tanto les tocaba a ellos como al rey librarse de aquellos salteadores, que en las haciendas, hijos, mujeres y vidas, querían poner sus manos sangrientamente; y que demás desto, harían lo que los fieles y leales vasallos deben hacer, contra los que se levantan en desobediencia de sus reyes.

Hicieron tanto efeto las razones del marqués, que todos juraron en sus manos de tomar luego las armas y pelear con ellas hasta vencer y matar aquellos enemigos, o morir en la demanda.

Como el marqués fue sentido del Vicente Periz, y asimismo las trazas buenas que daba y que le entretenía con buenas razones, y por otra parte se rehacía de gente y armas, y que le desbarataba las esperanzas que tenía de ser socorrido de la gente de Játiva y de Alcira, donde andaba el Encubierto príncipe don Juan o Juan de Bilbao el Judío, lunes 3 de marzo del dicho año de 1522 se levantó con gran priesa antes del día y se puso en un caballo llevando consigo atambores tocando alarma. Y muchos que le seguían fueron por las calles de Valencia, donde él pensaba que tenía más amigos que se le habían de juntar; y a grandes voces iban diciendo: «¡Arma, arma!» y hasta que fue de día claro no paró de recoger la gente que pudo.

Venido el día prosiguió en la misma manera en llamar gente y ponerlos en orden para pelear; y al mediodía estaba fortificado en las calles y plazas con los escuadrones en orden, hundiéndose la ciudad con ruido de armas, y lágrimas y voces de mujeres y de los viejos y niños que ya no esperaban sino la muerte y el saco de sus casas.

No sabían de quién podrían ser socorridos, porque de Castilla no lo esperaban. El virrey tenía bien que hacer en Játiva. Nunca Valencia se vio en semejante aprieto.

Acudieron luego todos los afligidos y leales a las casas del marqués, el cual con muy buen ánimo los esforzó y los puso en orden para salir a pelear los enemigos caseros. Mandó que los caballeros quedasen dentro de la Seu, que es la iglesia mayor, porque el número del pueblo era tan grande, y no todos muy seguros; y temíase no revolviesen sobre los caballeros por los bandos que con ellos tenían, y de amigos se le hiciesen enemigos aquellos oficiales, como se vio, que muchos de la parte del marqués estando en la pelea dijeron: «Volvamos y degollemos los caballeros que quedan en la Seu y será mejor que matarnos los unos a los otros para darles placer.» Mandó asimismo el marqués que cerrasen las puertas de la ciudad; y fue una gran providencia, porque se le quitaron a Vicente Periz una infinidad de ladrones que venían a socorrerle, que si entraran por ventura se volviera la suerte. Usó el marqués de un ardid que fue importantísimo para asegurar y animar los que con él estaban, que al punto que ya querían salir contra el enemigo, llegó un correo bien disimulado, diciendo que Játiva se había tomado y que el virrey estaba ya dentro de ella, que fue treta de tanta importancia, que conocidamente puso nuevos corazones en aquella gente que con miedo y poca voluntad iba con el marqués.

Siendo, pues, ya las cuatro o las cinco de la tarde, este día salió el marqués muy en orden contra el enemigo, que estaba fortificado con los suyos en la calle que llamaban de la Virgen María de Gracia. Estaba el Vicente Periz muy bien atrincherado; tenía tomadas con gente todas las calles que rodeaban la suya, y todos muy bien armados, así en lo alto de las casas, como en las ventanas y puertas, con muchas piedras, escopetas, picas y ballestas y con muy buenas ganas de pelear. Muchos de los del marqués, de miedo o por no ser del todo buenos, se le iban y escondían, y por el contrario se le aumentaban y llegaban a Vicente Periz. El marqués en persona fue a acometer el puesto donde Vicente estaba, porque en venciendo a este enemigo era acabada la contienda. Y si se detenía, fuera muy dificultosa la jornada y tarde se deshiciera este hombre. El marqués descubrió a Vicente Periz ciento y treinta pasos donde él estaba y reconoció que estaba bien fuerte y con muy buen orden. Y todo este espacio estaba sin gente, porque ninguno había osado llegar allí, siendo como era una calle estrecha y de ambas aceras, las casas llenas de gente armada y con las piedras, ballestas y demás armas que dije. Y aunque la calle estaba desta manera, el marqués arremetió el delantero por ella, diciendo a grandes voces: «¡Viva el rey y mueran traidores! ¡A ellos, hermanos!» Como el Vicente Periz vio al marqués, luego le conoció y quedó tan desmayado y turbado como fue en Játiva. Mas algunos de los suyos, veinte pasos antes que el marqués llegase a Vicente, arremetieron a él para le matar, y le dieron muchos golpes de picas, de los cuales le guardaron sus buenas armas.

Y el marqués jugaba tan bien de las suyas, que cayeron a sus pies algunos de los que hirieron. De las ventanas arrojaron un canto que dio al marqués en el hombro y brazo izquierdo, dándole primero en la rodela, que le valió para que el daño no fuese mayor. Mas con todo, le atormentó aquel lado.

Viendo Vicente Periz el ánimo con que el marqués iba contra él, huyó y metióse en una casa; y como los suyos vieron que se había desaparecido, huyeron luego todos, y no hubo más que hacer que andarlos a sacar de las casas, donde no tenían manera de defenderse hallándose derramados y deshecho el cuerpo de su gente.

Siguiendo el marqués a Vicente Periz para prenderlo, una mujer le arrojó un gran tiesto lleno de tierra de lo alto de una casa, que dio al marqués en la cabeza y cayó en tierra sin sentido, que pensaron que era muerto, y ya que no fue, quedó bien descalabrado. Acudieron luego los criados y metieron al marqués en una casa la más cercana.

Apenas había caído el marqués en tierra, cuando luego corrió la voz de que era muerto, que puso el negocio en harto peligro. Mas volviendo en sí, salió en público diciendo: «Si el marqués es muerto, el rey es vivo.» Y con esto se prosiguió la vitoria hasta prender a Vicente Periz, y luego sin más dilación le cortaron la cabeza, con que se acabó la pelea, quedando muertos muchos de aquellos perdidos, y Valencia llana.

En los monasterios y conventos hubo tanta pasión y bandos como en los de fuera. Tuvieron este día el Santísimo Sacramento descubierto, y estaban en dos coros en cada convento, partidas las monjas y frailes; los unos pidiendo a Dios vitoria por los agermanados, y los otros por los caballeros.

Esperaba el Encubierto el suceso de Valencia y la muerte del marqués para venir y apoderarse de ella; mas ordenólo Dios mejor, y el marqués lo aseguró. Y al fin fue preso, y a 19 de mayo del año de 1522 fue arrastrado por las calles públicas de Valencia y ahorcado, y la cabeza puesta en la punta de una lanza. Y desta manera fue coronada aquella vil cabeza, que de un infame judío y hechicero quiso reinar en España.

Después desto hubo otras alteraciones en aquel reino que no fueron tan peligrosas; y porque me llaman las de Castilla las dejo de escribir de la suerte que fueron: que se hay desto historias particulares y cumplidas entre personas curiosas de aquel reino; y para lo demás, basta lo que aquí he dicho.

Libro séptimo

[La Comunidad escribe al rey.]

No hay república tan bárbara y alterada que no entienda lo que para conservarse importa la concordia. Por eso, los de la Junta, recelándose, y con razón, del peligro en que estaban, pidieron a Valladolid que se conformasen y hiciesen un corazón, que así lo pedía el negocio arduo en que se habían metido. Y ofrecieron que dentro de pocos días verían las ordenanzas que con continuo trabajo la santa Junta concertaba, para sacarlas en público y enviarlas por el reino, con las cuales esperaban que sería esta república una de las más dichosas y bien gobernadas del mundo. Concibieron las gentes unas esperanzas gloriosas de que habían de gozar los siglos floridos de más estima que el oro. Y los de la Junta quedaron tan gallardos con las gracias y aplauso de los pueblos, que hechas sus ordenanzas, determinaron enviarlas al Emperador con dos caballeros y un fraile, ciertos y seguros de que Su Majestad les había de dar títulos por ellas; que los que fueron callo. Digo sólo que se enojó de manera que tuvieron por bien salvar las personas y vidas. Escribieron una carta como requisitoria para las ciudades y villas por donde habían de pasar estos embajadores, inserta en ella la carta que iba para el Emperador, y los capítulos y ordenanzas que en nombre del reino suplicaban les confirmase. Y si bien en relación los he referido, dirélos aquí cómo se enviaron. Leerá el más curioso y sufrido lo que quisiere, y verá la pretensión de las Comunidades, con lo que el reino pedía. Juzgue cada uno la razón que tenían, que yo ni salvo ni condeno, sino refiero fielmente la verdad, que es lo que toca a mi oficio.

Requisitoria de la Junta para que las justicias dejasen pasar libremente los que enviaban al Emperador.

«Muy magníficos señores. Porque vuestra merced habrá sabido los movimientos y alteraciones que en estos reinos de España ha habido después que el rey nuestro señor se partió dellos, por los cuales estos reinos y las ciudades dellos se movieron a entender en procurar el remedio de los grandísimos males, daños y exorbitancias que en ellos ha causado el mal consejo que Su Majestad de allá trajo, y de los de acá, que por sus grandes codicias e intereses particulares, enriqueciendo malamente, así han dejado pobres, gastados y destruidos estos reinos y puesto al rey nuestro señor en grande necesidad y desamor destos sus reinos y súbditos de ellos. Y porque a Su Majestad escrebimos las causas por qué estos sus reinos se han movido a se juntar y entender en el remedio de los dichos daños e exorbitancias pasadas, y cómo sin incurrir en grandes penas de traidores, según lo disponen las leyes destos reinos, no podíamos dejar de hacer lo que hacemos, lo cual todo es en servicio de Su Majestad y bien público de estos sus reinos, y porque vuestra merced sepa por entero las causas por qué estos reinos se han movido, porque aquéllas van especificadas en la carta y suplicación que a Su Majestad enviamos, acordamos de la enjerir y poner en esta carta, que es la siguiente:»

Lo que escribió la Junta al Emperador.

«Muy soberano, invictísimo príncipe, rey nuestro señor. Las leyes destos vuestros reinos, que por razón natural fueron fechas y ordenadas, que así obligan a los príncipes como a sus súbditos, tratando del amor que los súbditos han e deben tener a su rey y señor natural, entre otras cosas dicen y disponen, que deben los súbditos guardar a su rey de sí mismo, que no haga cosa que esté mal a su ánima ni a su honra, ni daño y mal estanza de sus reinos. Lo cual mandan que hagan suplicando a su rey primeramente sobre ello que no haga las cosas sobredichas ni algunas de ellas, y cuando por suplicación de lo susodicho de los súbditos el reino se apartare de lo que dicho es, que le quiten y aparten de cabe sí sus consejeros, por cuyo consejo hicieron alguna de las cosas que dichas son. Por tal manera que el rey no haga ni pueda hacer cosa alguna que sea contra su ánima, e contra su honra e contra el bien público de sus reinos, y que los súbditos y vasallos que así no lo hicieren, porque darían a entender que no amaban como debían a su rey y señor natural, caerían en caso de traición, y debían ansí como traidores ser punidos y castigados y por no cobrar tan mal nombre ni encurrir en las penas de él y por el amor que estos reinos han y tienen a Vuestra Majestad y le deben como a su soberano rey y señor viendo y conociendo por experiencia los grandes daños e intolerables destos sus reinos, en ellos hechos y causados por el mal consejo que Vuestra Majestad, en el gobierno de ellos ha tenido por afición y codicia desordenada, y por sus proprias pasiones e intereses e fines malos de los consejeros que Vuestra Majestad ha tenido. Que se pueden decir más propriamente engañadores, y enemigos de estos vuestros reinos y del bien público dellos, que no consejeros tales cuales debían ser. De los cuales y de sus malos consejos tenemos por cierto haber venido y procedido los daños intolerables de estos reinos y devastación de ellos. De que siendo los más ricos y abundantes en riquezas, y en todas las otras cosas que a reinos muy excelentes convenían que tuviesen y abundasen, son venidos a ser los más pobres y menguados que ningunos de los otros reinos a ellos comarcanos. Y sabemos y tenemos por cierto que estos daños no han procedido de Vuestra Majestad, cuya cesárea y real persona Nuestro Señor ha dotado y dotó de tanta prudencia, virtudes, clemencia y mansedumbre, y de celo de justicia del bien público, cuanto a tan alto príncipe y señor del Imperio y de tantos reinos y señoríos convenía. Los tales daños y exorbitancias no solamente tocaron y fueron muy perjudiciables al bien público, pero también se extendieron contra el patrimonio real de Vuestra Majestad y devastación de sus reinos y patrimonio y de lo que debía venir a la cámara de Vuestra Alteza y pertenecía a ello, enriqueciéndose muchos malos consejeros y otras diversas personas, que no tenían amor a Vuestra Majestad y a su servicio, en grandísimo número de ducados y rentas. Dejando a Vuestra Majestad en tanta necesidad, que para proveer en los gastos y costas de la casa real le era y fue forzado de tomar a cambio gran número de ducados, y pagar por el cambio dellos crecidos y demasiados renuevos y logros. Y, por otra parte, pedir dineros emprestados a caballeros y grandes destos reinos. Y le pusieron en tanta necesidad, que para mantenimiento de su casa real tuviese necesidad de vender muchos juros de sus rentas reales y pedir servicios e inmoderados a sus súbditos que no debían. Y porque más sin contradición se otorgasen, aconsejaron a Vuestra Alteza los grandes que se hallaron en las Cortes de La Coruña, y algunos de los procuradores de las ciudades que fueron en otorgar el servicio de Vuestra Alteza en el mismo servicio hiciese merced de mucho número de ducados. Y viendo todas estas exorbitancias de mal consejo que a Vuestra Alteza se daban y han dado, y por él la perdición de vuestros reinos, y como iba de continuo en crecimiento, por procuradores de algunas de las ciudades destos reinos fue con mucha instancia pedido, y suplicado a Vuestra Alteza así en la noble villa de Valladolid, estando en ella Vuestra Alteza de camino para las Cortes de Santiago y de La Coruña, que Vuestra Alteza tuviese por bien de querer mirar y considerar los grandísimos y intolerables daños que vuestros reinos, y sus súbditos, y la corona real, y rentas y bienes de su cámara, y a ella pertenecientes, habían recibido por el mal consejo de los que en la gobernación entendían. Y cómo en la dicha gobernación se procedía en todo ello contra lo dispuesto por las leyes destos reinos. De que alliende de la perdición del reino y sus súbditos, a Vuestra Alteza y a su corona real se recrecían intolerables daños y grandes pérdidas, que a Vuestra Alteza pluguiese de estar y quedar en estos sus reinos para lo proveer y remediar. Y que si la ida de Vuestra Alteza destos sus reinos fuese necesaria, que no la pudiese excusar, que a Vuestra Alteza pluguiese antes que destos sus reinos se partiese dejarlo proveído y remediado. Y que en ninguna manera pidiese el dicho servicio ni lo mandase cobrar, porque dello todos los pueblos de estos reinos estaban alterados y en propósito de no lo dar. Y siendo sobre lo susodicho muy importunado Vuestra Alteza por los procuradores de algunas de las ciudades de estos reinos y suplicado por el remedio de ello, Vuestra Alteza tuvo por bien de mandar, y mandó, que lo viesen todos los del su Consejo, así del Estado como de la Justicia y de la Guerra; y juntos todos acordaron que los procuradores que aquello pedían y suplicaban, merecían ser castigados. E hicieron que les fuese mandado que no entrasen en las Cortes, y así no fueron admitidos en ellas; y aun mandaron que fuesen desterrados, y que fuesen a estar y residir en las tenencias, que por muy grandes servicios y muy señalados fueron concedidas y se concedieron a sus padres y a ellos por los Católicos señores rey don Fernando y reina doña Isabel, de gloriosa memoria, abuelos de Vuestra Alteza. Por do claramente parecía y parece que de la mala gobernación que en estos reinos ha habido y de los daños y exorbitancias y inconvenientes que de ello se han seguido, son principalmente culpantes los del vuestro Consejo, así los unos como los otros. Lo cual, muy soberano señor, más claramente ha parecido y se ha mostrado, después que Vuestra Alteza en buena hora embarcó en la ciudad de La Coruña. Porque algunas ciudades destos reinos, viendo el mal que sus procuradores habían hecho en el otorgar del dicho servicio y en procurar y recebir por ello algunas mercedes, quisieron tomar enmienda dellos y se alteraron. Y venidos a la villa de Valladolid el reverendísimo cardenal, y el presidente, y los del vuestro Consejo, juntamente con los del consejo de la Guerra y con Antonio de Fonseca, con poder de Vuestra Alteza de capitán general, acordaron que rigurosamente se procediese contra la ciudad de Segovia, y que fuese desolada y no quedase memoria della. Y para esto acordaron de enviar un alcalde de la corte, que se decía Ronquillo, con mucho ejército de las guardas de Vuestra Alteza y con los capitanes de las dichas guardas y acostamientos, para que estuviesen en Santa María de Nieva y en ella hiciese sus procesos contra la ciudad y vecinos della. Y desde allí les prohibiese y vedase los mantenimientos, que no pudiesen ir ni entrar en la dicha ciudad, y que prendiese a todos los vecinos de ella que pudiese, y procediese contra ellos. Y así estuvo muchos días, teniendo a la ciudad sitiada y cercada, para que della no pudiese salir persona alguna sin ser muerto o preso, y que en ella no pudiese entrar mantenimiento, ni provisión alguna. Y estando así la ciudad, como dicho es, y todos los vecinos de ella en grande aflición y muy apretados, así clérigos como religiosos, y los otros vecinos de la ciudad, enviaron personas religiosas a los dichos reverendísimo cardenal, y presidente, y los del Consejo para que los recibiesen con piedad y no quisiesen proceder contra ellos así, y que les perdonasen lo pasado, y que ellos estarían a toda la obediencia que debían a Vuestra Alteza y a su servicio. Lo cual, aunque muchas veces lo pidieron e suplicaron, nunca fueron oídos, antes fueron con mucho rigor respondidos, que no habían de ser oídos, y que por el rigor de la justicia habían de ser todos castigados, de manera que quedase perpetua memoria del castigo que aquella ciudad le daba, y a los vecinos della. Y el alcalde que ansí enviaron, y el ejército que llevó con los capitanes de él, haciendo muy más cruda guerra a la ciudad y vecinos de ella, que si fueran moros e infieles, matando a cuantos podían dellos, y ahorcándolos, y a los que tenían dinero y caudal, rescatándoles, y justiciando y azotando a los que iban con mantenimientos y mercadurías a la ciudad como solían. Y estando en tanta aflición y necesidad la ciudad y vecinos de ella, hubieron de haber recurso a todas las otras ciudades destos reinos, especialmente a la ciudad de Toledo, Salamanca, Ávila, Madrid e Burgos, para que tomasen su causa por propia y los quisiesen favorecer y librar de tanta fatiga, pues que si los del Consejo tuviesen lugar de castigar aquella ciudad y vecinos de ella, lo mismo querrían hacer contra cada una de las otras ciudades. Y que fuesen juntas todas en una, porque no estando juntas tenían lugar los del Consejo de usar de su mal consejo y crueldades. Las cuales ciudades, o algunas de ellas, juntamente con la villa de Valladolid, pidieron y suplicaron con mucha instancia a los dichos reverendísimo cardenal y los del vuestro Consejo, que mandasen quitar la gente de las guardas y acostamientos y capitanes que sobre aquella ciudad estaban, y por bien y amor procurasen que la ciudad fuese reducida al servicio de Vuestra Alteza, y nunca lo quisieron hacer, ni oír a las dichas ciudades ni a sus mensajeros; antes les respondieron lo mismo que a los mensajeros de aquella ciudad habían dicho. Y por esto las otras ciudades, especialmente la ciudad de Toledo y villa de Madrid, y la misma ciudad de Segovia, acordaron de hacer ejércitos e capitanes dellos, para expeler y apartar al alcalde y la gente e ejércitos de las guardas y acostamientos, y continos de Vuestra Majestad, que con él estaban, del sitio y cerco que sobre la dicha ciudad tenían. Y animándolos Nuestro Señor, sin haber necesidad de pelear, y sin muertes de hombres, vinieron a la villa de Santa María de Nieva, a donde el dicho alcalde y los de la guarda, y continos y acostamientos de Vuestra Majestad estaban. Y antes que llegase el ejército de las ciudades ya dichas, el alcalde y capitanes y su gente desampararon la dicha villa y se fueron de ella; y quedó la dicha ciudad de Segovia libre del aflición en que estaba. Y como esto supieron los del Consejo de Vuestra Majestad, así de la Guerra como de la justicia, en uno con el reverendísimo cardenal acordaron con mucha priesa que Antonio de Fonseca, con poder de capitán general, que de Vuestra Majestad tenía, con todos los continos de Vuestra Majestad que con ellos y con ejército que con el dicho alcalde andaban, que poderosamente desbaratasen el ejército y capitanes de las dichas ciudades. Y que procurasen de sacar de la villa de Medina del Campo el artillería que en ella estaba, que dejaron fecha para defendemiento destos reinos los Católicos señores rey don Fernando y reina doña Isabel. Y que si no la consintiesen sacar, que procediese contra ellos. El cual, juntándose con el ejército y capitanes que con el alcalde andaban, se recogieron todos a la villa de Arévalo. Y como conocieron que no podían resistir a los ejércitos y capitanes de las ciudades de Toledo, Segovia y Madrid, que estaban en la villa de Santa María de Nieva, según la buena ordenanza dellos, y artillería de campo que traían, acordaron de dar vuelta a la villa de Medina del Campo, a donde, con traición de algunos de la villa y del corregidor que en ella estaba, hubieron lugar de entrar sin que los vecinos de la villa estuviesen proveídos, porque no supieron antes la venida. Y así empezaron a pelear por defender el artillería, que no fuese sacada de la dicha villa, porque con ella no tuviese lugar de destruir las ciudades del reino. E viendo el dicho Antonio de Fonseca la resistencia tan grande que los vecinos de la dicha villa le hacían, comenzó a hacer la guerra a fuego y a sangre contra la dicha villa y vecinos de ella. Y pusieron en ella por muchas partes fuego; y los soldados que traía metieron toda la villa a saca mano, y robaron las haciendas de las casas donde entraron, hiriendo y matando con gran crueldad, no perdonando a mujeres ni a niños, forzando y corrompiendo muchas mujeres. Y los vecinos de la villa que estaban peleando y defendiendo el sacar y llevar del artillería, viendo que su villa se abrasaba de fuego, y se abrasaban y quemaban, y robaban sus casas y haciendas, por eso no dejaron la defensa del artillería, sin socorrer el remedio de sus casas y haciendas. Teniendo por mejor de quedar pobres y destruidos antes que, haciendo lo que no debían, dejar sacar la artillería. Y no los pudiendo vencer el dicho Antonio de Fonseca con toda la gente e ejército que traía, se hubo de salir con gran confusión de la dicha villa, dejándola toda encendida y ardiendo en vivas llamas. Y se tornó a recoger a la villa de Arévalo, y ansí se quemaron cuatrocientas o quinientas casas, las mejores y más principales de toda la villa, con las haciendas que en ellas estaban, en lo mejor y más pública parte de toda la villa, donde era el aposentamiento de los mercaderes y tratantes que a las ferias de la dicha villa venían. Quemóse ansimismo el monasterio de San Francisco de la dicha villa todo enteramente, que era uno de los más insignes monasterios de la Orden de San Francisco que en estos reinos de Vuestra Majestad había. Y en él se quemaron infinitas mercadurías de mercaderes, que en él dejaban de feria a feria. Fue tanto el daño que en lo susodicho se hizo, que con dos millones de ducados no se podría reparar, pagar ni satisfacer. Estuvieron algunos días los frailes del dicho monasterio en la huerta con el Santísimo Sacramento y cuerpo de nuestro Redentor y Salvador Jesucristo, teniéndolo metido en una concavidad de un olmo grande, que en la dicha huerta estaba. Con el cual, viendo el dicho monasterio encendido y abrasado, se salieron a la dicha huerta, no teniendo otro lugar para salir ni a do pudiesen guarecer, atajados por el fuego del dicho monasterio. Y ansí estuvieron algunos días con sus noches acompañando el Santísimo Sacramento, que es cosa de gran dolor de verlo y contarlo. He visto y sabido el gran daño que en la dicha villa de Medina se había hecho, y el que se esperaba adelante en las demás ciudades destos reinos, todas las otras ciudades e villas que antes no se habían señalado en enviar sus procuradores de la Junta, que en la ciudad de Ávila por algunas ciudades se había comenzado para entender en el remedio, e exorbitancias grandes, que por el mal consejo de la gobernación pasada se habían hecho y causado en el reino, se juntaron todas y enviaron sus procuradores para entender en el remedio dello. Y como esto vino a noticia de la reina nuestra señora, a quien los capitanes del ejército de las dichas ciudades lo hicieron saber y se lo notificaron, que por mandado de Su Alteza, de la villa de Medina del Campo, donde estaban, vinieron a esta villa de Tordesillas, adonde Su Alteza reside y está, sabiendo Su Alteza de la Junta de las ciudades que en la ciudad de Ávila se hacía, para entender en el remedio de los dichos daños y de la desorden de la gobernación pasada, mandó Su Alteza que todos los procuradores de las ciudades que estaban en la dicha ciudad de Ávila se viniesen a esta villa, y que en su palacio real hiciesen su ajuntamiento, y que entendiesen y proveyesen en el remedio del reino, disipado y agraviado. Adonde con autoridad y mandado de Su Alteza, se entienden proveer y remediar los agravios pasados, y en ordenar lo que en ellos estaba y está desordenado por la mala gobernación pasada. Y entendemos muy principalmente, cerca de la cura y salud de Su Alteza, que en los tiempos pasados no sabemos a cuya culpa nunca se entendió ni hubo memoria dello, esperamos en la misericordia de Nuestro Señor, y con ayuda suya, que Su Alteza será curada. Y haciendo lo que debíamos, y las leyes de vuestros reinos nos compelan y compelen, so nombre y pena de traidores quitamos los de vuestro Consejo, como las mismas leyes lo disponen, por cuyo mal consejo tanto daño se ha seguido; y ansí lo hiciéramos a los otros que con Vuestra Alteza residen si acá estuvieran, que la misma culpa, y mayor, tienen en lo susodicho. Y suplicamos a Vuestra Majestad le plega quitarlos de su Consejo, pues que tan dañoso ha sido su consejo y ellos se han mostrado tan enemigos del bien público destos reinos de Vuestra Majestad. E según los clamores que los de las ciudades e pueblos destos reinos hacían contra los del Consejo, mucho hecimos en asegurar sus vidas y haciendas, en traer algunos de los que no huyeron a esta villa. E venidos los procuradores del reino a esta villa de Tordesillas, porque el marqués de Denia y la marquesa, su mujer, que estaban en compañía de la reina nuestra señora, eran muy sospechosos al bien público de estos reinos y al propósito de las ciudades del reino, que entendían y entienden en lo que dicho es, los apartamos de la casa real y compañía de la reina nuestra señora. Porque estando ellos y posando en la dicha casa real, no podíamos buenamente entender en las cosas que convenían y convienen al provecho de Vuestra Majestad y bien público destos sus reinos. Y nos fue forzado para sostener el ejército del reino (que es más cierto y propriamente de Vuestra Majestad que otro alguno), que en estos reinos se procura hacer para impedir nuestro propósito por algunas personas que no aman el provecho de Vuestra Majestad y bien de estos reinos, de hacer que haya de pagar y pague el dicho ejército, de lo que Vuestra Majestad tiene librado e libra para la gente de las guardas, e acostamientos y sus continos para sostener el dicho ejército, y con él resistir a los que la contraria opinión tienen, so color de ciertos poderes de gobernadores, que dicen Vuestra Majestad haberles enviado. Y porque entre tanto que entendemos en gobernar y concertar los capítulos que vienen para la buena gobernación destos reinos de Vuestra Majestad, y para remediar los daños de ellos causados por el mal consejo de aquéllos que hasta aquí a Vuestra Majestad aconsejaron, para los enviar a Vuestra Majestad y le suplicar le plega otorgarlos y confirmarlos como por el reino le fuere suplicado, pues que todos ellos serán en el servicio de Vuestra Majestad y bien público de sus reinos, bien y acrecentamiento de su patrimonio real, hay necesidad que Vuestra Alteza dé poder y autoridad a las ciudades y villas que tienen voto en Cortes, entre tanto que Vuestra Majestad provee de personas que convengan residir en su muy alto Consejo, que tengan mejor intención y consejo que los pasados; para que puedan proveer en las cosas y casos de justicia y administración, en que debían proveer los del vuestro Consejo, porque en este medio tiempo no haya falta en la administración de la justicia en estos vuestros reinos. Por ende, a Vuestra Majestad humílmente suplicamos en todo lo pasado hecho y procurado por vuestros reinos, pues que a ello hemos sido compelidos, por lo que disponen las leyes de vuestros reinos y principalmente por el servicio de Vuestra Majestad y bien de vuestros reinos, Vuestra Majestad lo haya y tenga por bueno y se tenga por servido de ello. Pues que esto ha sido y es nuestro propósito e intención, les quiera dar y conceder la autoridad que hemos suplicado y suplicamos a Vuestra Majestad para que entiendan las dichas ciudades y villas en la gobernación y administración de las cosas de la justicia, en lo que los del vuestro Consejo debían de entender, hasta tanto que por Vuestra Majestad vistos los capítulos del reino que le fueron enviados, provea conforme a ellos lo que fuere en su servicio y bien de estos sus reinos. Y mande ansimismo revocar los poderes de gobernadores que acá Vuestra Majestad ha enviado, porque el reino no los podrá sufrir ni consentir, ansí porque las personas para quien vinieron tienen por muy sospechosas al bien público de estos reinos, y aun porque su gobernación sería contra lo que estos reinos quieren y procuran. Y estando en esta contradición estos reinos, serían abrasados, y dello gran deservicio se podía seguir y seguirá a Vuestra Majestad. Y sobre esto enviamos a Antonio Vázquez e a Sancho Sánchez Zimbrón y fray Pablo, nuestros mensajeros. A Vuestra Majestad suplicamos que con toda clemencia y benignidad que en Vuestra Majestad resplandece, le plegue oír e conceder lo que estos reinos de Vuestra Majestad suplican. Nuestro Señor, la cesárea, católica Majestad de su real persona por muchos tiempos guarde, con aumento de muchos más reinos e señoríos, y con brevedad y próspero viaje en estos sus reinos traiga como por ellos es deseado. De la villa de Tordesillas, a 20 días del mes de octubre, año del Señor mil y quinientos e veinte años.»

«Por ende, a vuestras mercedes pedimos que sean en quitar y apartar de Su Majestad el mal consejo que ha tenido, donde tantos males y daños e inconvenientes se han seguido, pues que vuestras mercedes, como pueblo tan insigne, y leal y tan grande, suele y acostumbra estorbar el mal consejo de los señores de su Estado. Y que quiera Su Majestad otorgar y conceder todo lo que por estos reinos le fuere pedido y suplicado, pues que esto será en su servicio y bien público destos reinos, y acrecentamiento de su patrimonio real y causa muy necesaria para pacíficamente imperar y reinar. Pedimos y suplicamos a vuestras mercedes de ansí lo hacer, y procurar por estos reinos. En lo cual vuestras mercedes les pidiere, harán lo mismo. Nuestro Señor acreciente la vida y Estado de vuestras mercedes. De Tordesillas, a 20 días del mes de octubre, año del Señor de 1520 años. Yo, Lope de Pallares, secretario de las Cortes y Junta destos reinos, la fice escribir por su mandado.»

Capítulos del reino.

«Don Carlos y doña Juana, etc. A los infantes, nuestros muy caros y muy amados hijos y hermanos, y a los duques, salud y gracia. Sepades que por remediar los grandes daños y exorbitancias que se hacían y pasaban en nuestros reinos de Castilla y de León, por el mal consejo y gobernación pasados en los dichos nuestros reinos, ciudades, villas, lugares y comunidades de ellos, y los procuradores de las ciudades y villas que tienen voto en Cortes como leales vasallos y servidores nuestros, con celo de nuestro servicio y del bien público de nuestros reinos, cumpliendo aquello que las leyes de nuestros reinos les obligan, se ayuntaron; y con mandamiento de mí la reina, vinieron a la villa de Tordesillas para entender y proveer en el reparo y remedio de los dichos daños y exorbitancias, y entendiendo en ellos, hicieron y ordenaron ciertos capítulos que cumplen a nuestro servicio y buena gobernación de nuestros reinos y acrecentamiento de las rentas y patrimonio real, sus tenores de los cuales son éstos que se siguen:

»Muy altos y muy poderosos católicos príncipe, reina y rey nuestros señores. Lo que vuestros reinos, ciudades, villas, e lugares, comunidades, vecinos y naturales dellos, de Castilla y de León suplican a Vuestras Majestades les otorguen por ley perpetua es lo siguiente:

En lo que toca a las personas reales.

»Primeramente estos reinos suplican a Vuestra Majestad que tenga por bien de venir en estos reinos brevemente, y viniendo esté en ellos y rija y gobierne. Porque estando en ellos pueda mandar y señorear el mundo como lo han hecho sus antepasados. Y ninguina cosa de lo que a Su Majestad se le suplica, ha de satisfacer a estos reinos, aunque muchas más se le otorgasen (como esperan que Su Majestad les otorgará), como venir brevemente en ellos. Porque no es costumbre de Castilla estar sin rey, ni pueden ser regidos ni gobernados en la paz y sosiego que para su real servicio conviene.

»Ítem: que estos reinos suplican a Su Majestad, que luego que sea venido en estos sus reinos, plega a Su Majestad de se casar por el bien universal que a estos sus reinos toca y cumple de haber y tener generación y sucesor de su real persona, como lo desean, pues su edad lo requiere. Y le plega y tenga por bien de se casar a voto y parecer destos sus reinos, porque desta manera será cognación amiga de ellos, y como cumple a su servicio y contento de su real persona.

En lo que toca a la casa real.

»Ítem, que la casa real de la reina nuestra señora se ponga en aquel estado que a su real persona conviene, a honra de estos sus reinos. Y que se le pongan oficiales personas de manera y que sea la casa proveída cumplidamente, como conviene y como se han pagado los oficiales de guarda cumplidamente de su real casa a sus tiempos; porque así Su Alteza será bien servido en ello destos sus reinos, a los cuales se hará bien y merced.

»Ítem, que Su Alteza haya por bien y sea servido cuando en buena hora viniere a estos sus reinos, de no traer ni traya consigo flamencos, ni franceses, ni de otra nación, para que tengan oficios algunos en su casa real. Y que se sirva de tener en los dichos oficios a personas naturales de estos sus reinos, pues en ellos hay mucho número de personas hábiles y suficientes que con mucho amor y lealtad le sirvan. Y que Su Alteza y sus herederos y sucesores en estos sus reinos, lo guarden y cumplan así perpetuamente.

»Ítem, que Su Alteza y sus sucesores no traigan ni tengan en estos reinos gente extranjera de armas para en guarda de su persona real, ni para defensión de sus reinos, pues que en ellos hay muy grande número y abundancia de gente de armas muy belicosa, que bastan para defensión de estos sus reinos y aun para conquistar otros, como fasta aquí lo han fecho.

»Ítem, que a Su Majestad plega de ordenar su casa, de manera que estando en estos sus reinos y sirviéndose de naturales de ellos, quiera venir y usar en todo, como los Católicos señores rey don Fernando y reina doña Isabel, sus abuelos, y los otros reyes, sus progenitores, de gloriosa memoria, lo hicieron. Porque haciéndose así al modo y costumbre de los dichos señores reyes pasados, cesarán los inmensos gastos y sin provecho que en la mesa y casa de Su Majestad se hacen. Y el daño desto notoriamente parece, porque se halla en el plato real y en los platos que se hacen a los privados y grandes de su casa, gastarse cada un día ciento y cincuenta mil maravedís, y los Católicos Reyes don Fernando y doña Isabel, siendo tan excelentes y tan poderosos, en el plato del príncipe don Juan (que haya gloria) y de los señores infantes, con gran número, y multitud y daños no se gasta cada día, siendo sus platos muy abastados, como de tales reyes, más de doce o quince mil maravedís. Y ansí vienen las necesidades de Su Alteza e los daños de los pueblos y comunidades en los servicios y otras cosas que se les piden.

»Ítem, porque ha habido y hay gastos excesivos por dar salarios a quien no sirve en la casa real; no se den ni puedan dar salario alguno a mujeres ni hijos de cortesanos ni a otras personas no sirviendo ni siendo para servir; porque esto se gaste en otras cosas más necesarias al servicio de Su Alteza. Pero si alguno hubiere servido a Su Alteza y siendo ya defunto en remuneración e equivalencia de los servicios del padre, Su Alteza pueda dar el servicio a los hijos o mujeres del dicho defunto, aunque no tengan edad para servir.

»Ítem, porque después que la serenísima reina nuestra señora doña Isabel, abuela de Su Alteza, adoleció de la enfermedad que murió, y pasó desta presente vida, se acrecentaron en la casa real en el reino muchos oficios demasiados, que antes nunca hubo, ni hay necesidad de ellos, que éstos todos de cualquier cualidad que sean se consuman, e no los haya ni se lleve salario por razón dellos. Porque estos gastos de salarios, que son superfluos, queden para otros gastos necesarios y cosas complideras al servicio de Su Alteza.

»Ítem, que en la casa real de Su Majestad ningún grande pueda tener ni tenga oficio que tocare a la hacienda y patrimonio real. Y si algunos tienen, se los quiten y no los tengan. Porque esto es muy grande inconveniente y se podrían seguir grandes daños al patrimonio y rentas reales.

»Ítem, que el tiempo que Su Majestad estuviere ausente de estos sus reinos, que de sus rentas reales se pague acá su casa real y oficios y las otras personas que tienen acostamientos y sirven a Su Majestad.»

Gobernadores.

«Ítem, que el tiempo que Su Alteza estuviere ausente de estos reinos, por cuya causa hay necesidad de haber gobernadores en ellos, y que en cualquier caso que haya necesidad de gobernador o gobernadores por ausencia de rey o de cualquier manera, que los tales gobernador o gobernadores sean naturales por origen destos reinos de Castilla e de León, puestos y elegidos a contentamiento del reino, en quien concurran esta calidad y naturaleza, y de origen, y las otras calidades que la ley de la partida dispone. Y que aquélla se guarde y cumpla perpetuamente, así que la orden de eleción y provisión, con las calidades que disponen en cualquier caso que haya de haber gobernador o gobernadores, así por menoridad de edad e de ausencia, y por cualquier caso y manera.

»Ítem, que la provisión o provisiones de gobernadores que Su Majestad hubiere dado en estos reinos contra la forma susodicha, Su Majestad lo declare por ninguno, y mande que ellos ni ninguno de ellos no puedan usar del dicho oficio.

»Ítem, que el gobernador o gobernadores que ansí fuesen puestos por la manera susodicha, tengan poder de proveer oficios, encomiendas y administraciones de justicia, y capitanías, y desagraviar los agraviados. Y proveer no sólo en estos reinos de Castilla, mas en las islas y Tierra Firme descubiertas, y las que adelante se decubrieren, y que lo provean dentro de diez días. Y que puedan presentar las dignidades que vacaren, y puedan proveer todo aquello que la real persona puede, con que no pueda hacer gracia ni mercedes del patrimonio real, ni cosa que a ello toque.»

Huéspedes.

«Ítem, que los huéspedes que en este reino se han dado y dan, demás de ser cosa muy exorbitante, y que no se hace en ningún reino de cristianos ni de infieles, se han siguido y siguen grandísimos daños e inconvenientes, y son tantos, que no se pueden en breve escritura declarar, y los vasallos de Su Alteza son fatigados así en honras y vidas como en haciendas. Que de aquí adelante perpetuamente se quite esta servidumbre tan dañosa e abominable, e que en estos reinos e señoríos no se den huéspedes por ninguna manera, ni por parte de los reyes naturales, ni de los señores y perlados de las villas y lugares en estos reinos. Y si de hecho se dieren, no sean obligados a los recebir si no fuere por su grado, y pagando las posadas, concertándose primero con los señores o moradores de las casas. Pero yendo Su Alteza de camino, se den posadas a su casa y corte sin pagar dinero por el aposento de las casas y ropa; con tanto que yendo así de camino, si Su Alteza y corte estuviere en algún lugar más de seis días, que dende en adelante se paguen las posadas, lo que fuere tasado por la justicia ordinaria del tal lugar. E que aunque sea sujeta a alguna ciudad, tengan jurisdición para lo tasar y hacer pagar. Y ansimismo se dé aposento sin dinero a la gente de guarda de guerra en los lugares y como se ha acostumbrado en estos reinos.

»Ítem, que a la casa de Sus Majestades y los reyes, príncipe, infantes que adelante fueren, se hayan de dar y den posadas convenientes para toda la casa y personajes reales setenta posadas, y no más para los oficios que de necesidad han de estar cerca de palacio para servicio de la casa real. E que estas posadas las señale la misma ciudad, villa o lugar donde la corte estuviere, por personas diputadas por el consejo, justicia y regidores de él, y que sean convenientes para las personas que allí hubieren de posar, y que estas setenta posadas se paguen a los dueños y moradores de las casas, tasadas por las personas que así fueren nombrados para hacer el aposento. Y que en la paga de esto contribuya la ciudad, villa o lugar, o su tierra, repartiéndolo por sisa o repartimiento en que contribuyan y paguen exentos, y que para este repartimiento tengan poder para lo hacer y echar y cobrar el consejo, justicia y regidores de la tal ciudad, villa o lugar sin haber ni pedir licencia a Su Alteza, con tanto que so color desto no se repartan ni cobren más de lo que rentare e montare el dicho aposento, so la pena de la ley.

»Ítem, que este aposento que se ha de dar a la casa y personas reales, no se entienda cuanto a los de su Consejo, alcaldes de la su casa y corte, ni a los alguaciles ni otros jueces ni oficiales, cualesquier que sean, aunque sean contadores mayores o contadores de cuentas, o sus tenientes y oficiales. Porque todos éstos lo han de pagar y han de ser aposentados por sus dineros, por la orden y manera susodicha.

»Ítem, que Su Alteza y los reyes y príncipes que después fueren, no den cédulas general ni particular ni mandamiento alguno para los vecinos de las tales ciudades, villas y lugares, para que reciban huéspedes contra su voluntad, y que si se diere alguna cédula general o particular de ruego o mandado, que sean obedecidas y no cumplidas. Y por ello los dueños y moradores de las dichas casas no sean obligados a los recibir.»

Alcabalas y rentas reales y encabezamiento.

«Ítem, que las alcabalas y tercios de todos estos reinos que pertenecen en la corona real, sean reducidas y tornen al número y cantidad en que se encabezaron por los Católicos Reyes don Fernando y doña Isabel, el año que pasó de 1494. Y que en aquel precio y valor queden encabezadas perpetuamente las ciudades, villas y lugares de estos reinos con sus partidos y los lugares de señorío y abadengos. Para que no puedan más en algún tiempo subir ni abajar, pues ésta fue la voluntad de la serenísima reina doña Isabel, nuestra señora, como parece por su testamento. Pues es aumento de las rentas reales y bien destos reinos, porque siempre han venido a la cámara real más dineros de los encabezamientos que no de los arrendamientos, pujados por las quiebras que ha habido y hay en los arrendadores, y las rentas son mejor pagadas y están más seguras, y las pujas se quedan en prometidos y entre los otros oficiales; e por los encabezamientos, los reinos no son fatigados.

»Ítem, los pueblos hayan de tomar y tomen en el dicho encabezamiento perpetuo las dichas alcabalas y tercios, y que sean obligados a pujar los situados que hubiere en las dichas alcabalas y tercias, y de acudir con lo demás a Sus Majestades, lo que en ellos fuere librado fasta la cantidad de lo que fincare, después de pagados los situados y juros a los plazos acostumbrados; y desta manera, Sus Altezas y sus criados, y continos de su real casa serán bien pagados, y se excusarán los cohechos y baraterías de las libranzas, y no habrá necesidad de tantos oficiales, y Sus Altezas ahorrarán mucha suma de maravedís, y los salarios y quitaciones inmensos que se daban a oficiales, que no serán necesarios.

»Ítem, que la reina y rey, nuestros señores, y sus sucesores en estos sus reinos, se contenten perpetuamente de haber y llevar las dichas alcabalas por el dicho encabezamiento y no más, pues serán ciertas y no variables, ni se perderá cosa alguna de las rentas y alcabalas y tercias, y con las otras rentas ordinarias que pertenecen a su corona real, así de penas de cámara, confiscaciones de bienes, rentas de salinas, servicio y montazgo, almojarifazgos y puertos secos, monedas foreras, y pechos, y derechos ordinarios del reino y con las rentas de los maestrazgos; y con lo que viene de las Indias, islas y Tierra Firme, es grande número y cuantía de maravedís con que los estados reales se pueden sustentar y aumentar, sin que se pidan ni demanden otros servicios algunos extraordinarios en estos reinos, a sus súbditos y naturales, en Cortes y fuera de Cortes, con que se fatigan mucho los pueblos, y sus reales conciencias se encargan mucho del gran daño de las repúblicas destos reinos.

»Ítem, que de los dichos encabezamientos perpetuos gocen generalmente todos los vecinos de las ciudades, villas y lugares, señoríos e abadengos que así fueren encabezados, para que entre ellos no se puedan arrendar los partidos por menudo, por más precio de los dichos encabezamientos, ni pueda ser más repartido entre los vecinos de los dichos lugares, para pagar los dichos encabezamientos de la cantidad que en ellos se montare, salvo solamente para las cosas que fueren necesarias para la cobranza de los dichos encabezamientos.

»Ítem, que en cada ciudad o villa en la cabeza de partido se ponga arca, puesta por la ciudad o villa que es cabeza de partido, en lugar seguro, do se recojan las rentas reales, y que se vea y provea lo que es necesario para el estado del reino. Y principalmente se provea el estado y casa real de la reina, nuestra señora, cumplidamente, según cumple a su servicio y al estado de su real persona, y a la honra destos reinos, y luego a la paga de guardas, consejos, chancillerías y de todas esotras ordinarias del reino; y esto se pague y quede situado en los oficios de puertos secos, montazgo y almojarifazgos; y si algo faltare, en la Casa de la Contratación de Sevilla; y todo el restante de las rentas y patrimonios reales destos reinos se atesore y guarde para lo entregar a Su Majestad, cuando plega a Nuestro Señor que en estos sus reinos venga, o para socorrer sus necesidades y a las destos reinos, cuanda se viere ser verdaderas y necesarias.

»Ítem, que las albaquias de las rentas y cosas rezagadas de las rentas, tales de diez años arriba, no se pueden arrendar ni cobrar, porque en el arrendamiento de cobranza de ellas, de lo que se debe de diez años arriba, se hacen extorsiones y agravios a los naturales destos reinos, y a sus fiadores e hijos y herederos, que después de tanto tiempo no pueden mostrar los libramientos que en él fueren hechos, ni cartas de pago.»

Procuradores de Cortes: servicios.

«Ítem, que el servicio que por algunos procuradores de Cortes fue otorgado y concedido a Su Alteza en la ciudad de La Coruña, que no se pida ni cobre, ni se pueda echar otro alguno en ningún tiempo, ni se pongan otras imposiciones ni tributos extraordinarios por Sus Majestades, ni por los otros señores reyes que después sucedieren en estos sus reinos.

»Ítem, que cuando hubiere de haber procuradores de Cortes, hase de guardar en el estado del ayuntamiento y regimiento la costumbre de cada ciudad, y demás que vaya un procurador del cabildo de la Iglesia y otro del estado de caballeros y escuderos, y otro del estado de la comunidad, y cada estado elija y nombre su procurador en su ayuntamiento, y que estos procuradores sé paguen de los proprios de la ciudad o villa, salvo que el cabildo de la iglesia pague su procurador.

»Ítem, que cuando se hicieren Cortes y fueren llamados para ellas procuradores de las ciudades y villas que tienen voto, y que Sus Majestades y los reyes que después de ellos fueren y sucedieren en estos sus reinos, no les envíen poder ni instrución, ni mandamiento, de qué forma se otorguen los poderes, ni nombradas las personas que vayan por procuradores, y que las tales ciudades y villas otorguen libremente los poderes de su voluntad a las personas que les pareciere estar bien a su república.

»Ítem, que las Cortes donde así fueren los procuradores, tengan libertad de se ayuntar y conferir y platicar los unos con los otros libremente cuantas veces quisieren, e que no se les dé presidente que esté con ellos. Porque esto es impedirles que no entiendan en lo que toca a sus ciudades y bien de la república de donde son enviados.

»Ítem, que los procuradores que fueren enviados y nombrados a las Cortes en el tiempo que en ellas estuvieren fasta ser vueltos a sus casas, antes ni después por causa de haber sido procuradores y lo ser en las dichas Cortes, no puedan haber receptoría por sí ni por interpósita persona por ninguna causa ni color que sea, recibir merced de Sus Altezas, ni de los reyes sus sucesores que fueren en estos reinos de cualquier calidad que sea, para sí ni para sus mujeres, hijos, ni parientes, so pena de muerte y perdimiento de bienes. E que estos bienes sean para los reparos públicos de la ciudad o villa, cuyo procurador fuere. Porque estando libres los procuradores de codicia, y sin esperanza de recibir merced alguna, entenderán mejor lo que fuere servicio de Dios y de su rey y bien público, y en lo que por sus ciudades y villas fuere cometido.

»Ítem, que los procuradores de Cortes, solamente puedan haber y llevar el salario que les fuere señalado por sus ciudades o villas, y que este salario sea competente según la calidad de la persona, y lugar y parte donde fueren llamados para Cortes. E que este salario se pague de los proprios e rentas de la ciudad o villa que le enviare. E que se tasen e moderen por el consejo, justicia y regidores de la dicha villa. E que se tase e modere sin embargo de cualesquier provisiones, leyes o costumbres que tengan o lo limiten.

»Ítem, que los procuradores de Cortes elijan y tomen letrado o letrados de Cortes cuales quisieren, y que las ciudades o villas les paguen el salario competente y puedan quitar a su voluntad, y poner otro cada vez que les pareciere. Y que el dicho letrado no pueda pedir ni haber merced de Sus Altezas, ni de otra persona alguna por ellos, de la manera que está instruido de suso en los procuradores de Cortes. E que no puedan estar con ellos otro letrado, sino el que el reino eligiere.

»Ítem, que Sus Altezas revoquen y den por ningunas todas las mercedes de cualquier calidad que sean, o fueren fechas a los procuradores de Cortes, que fueron a las Cortes últimas que se hicieron en el reino de Galicia, y que ellos ni sus hijos, ni herederos, ni sucesores, puedan usar dellas, so pena de perdimiento de sus bienes para los reparos públicos de la dicha ciudad o villa, cuyos procuradores fueron.

»Ítem, que de aquí adelante perpetuamente de tres en tres años, las ciudades e villas que tienen voto en Cortes se puedan ayuntar e se junten por sus procuradores, que sean elegidos de todos tres estados, como de suso está dicho en los procuradores. Y lo puedan hacer en ausencia y sin licencia de Sus Altezas y de los reyes sus sucesores, para que allí juntos vean y procuren como se guarde lo contenido en estos capítulos: y platiquen y provean las otras cosas cumplideras al servicio de la corona real y bien común destos reinos.

«Ítem, que acabadas las dichas Cortes, los dichos procuradores, dentro de cuarenta días continuos, sean obligados a ir personalmente a su ciudad y dar cuenta de lo que así hubieren fecho en las dichas Cortes, so pena de perder el salario y de ser privados del oficio, e que Sus Altezas provean de él como de vacante.

Moneda.

»Ítem, que ninguna moneda se saque, ni pueda sacar destos reinos e señoríos, oro ni plata labrada ni por labrar, pues está prohibido por leyes destos reinos con pena de muerte, y confiscación de bienes y otras penas. Porque de se haber hecho lo contrario, especialmente desde que Su Majestad vino a estos reinos, el reino está pobre y perdido.

»Ítem, que se labre luego moneda en estos reinos, e que sea diferente en ley e valor a lo que se labra en los reinos comarcanos, e que sea moneda apacible y baja de ley de veinte e dos quilates, que en peso e valor venga a respeto de las coronas del sol que se labran en Francia, por que desta manera no la sacarán del reino. Con tanto que los que debieren algunas cuantías de maravedises a plazos pasados, antes del día de la publicación de la moneda, que nuevamente se labrare, que sean obligados a lo pagar en la moneda que antes corría o aquel respeto en la moneda que nuevamente corriere.

»Ítem, que lo que más valiere la moneda que nuevamente se hiciere y labrare, que de ésta más valor se paguen a los oficiales los derechos acostumbrados y no se puedan terciar. E que todo lo otro se haga tres partes. E Sus Altezas lleven la tercera parte, y las dos partes el dueño e señor de la moneda que la hiciere y labrare; y que esto reciban Sus Altezas en servicio y compensación de los gastos que de las rentas reales han gastado las ciudades en los movimientos acaecidos en estos reinos.

»Ítem, la moneda de plata que se labrare nuevamente al respeto del valor de la moneda nueva del oro menguado y peso real.

Plata.

»Ítem, que el marco de la plata fuera de las casas de la moneda, valga solamente precio de dos mil e docientos y cincuenta maravedís, porque cada uno lo convierta en reales, y no lo vendan en plata.

Vellón.

»Ítem, que se labre moneda nueva de vellón, e porque la plata que en él se echa demasiada es perdida: que solamente se eche en cada marco un real de los que nuevamente se hubieren de hacer.

»Ítem, que las monedas de plata baja e vellón, que son extranjeras destos reinos, valen mucho menos de los precios en que acá se gastan, y la ganancia de ellas queda fuera del reino, y aun por ellas se saca la moneda del oro. Que pasados seis meses después que se comenzare a labrar la moneda nueva, no corra en estos reinos, ni vale la dicha moneda extranjera, baja y de vellón, y que así se publique y pregone.

»Ítem, que la moneda vieja que agora corre, en ninguna manera se pueda gastar ni dar ni vender fuera de las casas de las monedas, directe ni indirecte, a más precio de lo que agora vale, so pena que el que lo hiciere pierda la moneda y la tercia parte de sus bienes, para que todo se labre e haga moneda nueva.

»Ítem, porque antes que se acabe de labrar la moneda nueva y especialmente en los principios, los que tienen por trato de sacar moneda destos reinos, pornían diligencia en sacarlo, que se pongan nuevas guardas en los puertos, así de mar como de tierra, personas que entiendan en ello con mucho cuidado, e no en otra cosa. E sean personas de confianza. E que aquel que hallaren que lo saca, le castiguen e den pena de muerte, procediendo en ello solamente la verdad sabida, sin otra tela de juicio, e que no haya ni pueda haber remisión desta pena. E que si los que tuvieren este cargo no lo ejecutaren, que se les dé a ellos la misma pena. E porque esto mejor se cumpla, que el que lo denunciare haya e lleve la mitad de la moneda que se tomare.

Sacas de pan, cueros y ganados y lanas.

»Ítem, que no se puedan sacar ni saquen fuera destos reinos, pan, ni los cueros de Sevilla. E que se revoquen e den por ningunas las mercedes e imposiciones que se dieron e impusieron en algunas partes destos reinos, de llevar ciertos derechos por dar licencia para sacar pan fuera de ellos, y para sacar los cueros de la dicha ciudad de Sevilla. Porque demás de ser imposición mala, es muy gran daño y perjuicio destos reinos y de la dicha ciudad de Sevilla. E que Sus Altezas e sus sucesores no den más la dicha licencia por dineros ni por vía de imposición alguna.

»Ítem, que no se puedan sacar ni saquen de aquí adelante ganados, ni puercos vivos ni muertos, ni otros ganados fuera destos reinos. Que por esta causa sea subido el precio de las carnes e de los cueros, e calzado e sebo, dos tantos más de lo que solían valer. E no se tomando los dichos ganados, se tornará todo al precio que antes solía valer, que es grande bien para estos reinos. E que se aplique la mitad para la cámara e fisco de Sus Altezas, e la otra cuarta parte al acusador, y la otra parte para los reparos e obras públicas de la ciudad o villa, o donde con su casa fuero vecino el tal vendedor.

»Ítem, que los mercaderes e hacedores de paños e otros obrajes destos reinos puedan tomar para gastar e labrar en ellos la mitad de cualesquier lanas que hobieren comprado los naturales o extranjeros para enviar fuera de estos reinos pagando el mismo precio, porque así las tuvieron compradas, luego como lo pagaren los compradores. E si las hubiere comprado fiado, dando seguridad de lo pagar a los plazos e de la manera que los otros lo tenían comprado con las mismas condiciones, dando fianzas de seguridad e los mismos obligados e sus fiadores. E que las justicias lo tomen de los pastores o compradores, e lo entreguen a las tales personas, e no consientan que sobre esto haya fraude alguna ni pleitos, sino que sabida la verdad brevemente, lo entreguen a los tales que lo quisieren por el tanto para lo labrar en estos reinos, pagándolo o dando la dicha seguridad. E que la justicia que en esto fuere negligente, pierda el salario de todo el año e sea obligado al daño e interese de la parte.

Lo que toca al Consejo, audiencias, justicias.

»Ítem, que a Su Majestad plega de quitar e se quiten los del su Consejo que hasta aquí ha tenido; pues que tan mal e tanto daño de Su Alteza, e de su corona real e de sus reinos le han aconsejado. E que éstos en ningún tiempo sean ni puedan ser de su consejo secreto, ni de la justicia, ni de la reina. E que tomen personas naturales destos reinos para poner en sus reales consejos, que sean naturales. De quien se conozca lealtad e celo de su servicio e que pospornán sus intereses particulares por el pueblo.

»Ítem, que el presidente, consejeros, oidores e alcaldes e oficiales de las audiencias e chancillerías sean visitados de cuatro a cuatro años, según e de la manera que se suelen visitar. E los que fueren hallados culpados, sean punidos e castigados como las leyes destos reinos disponen, según la calidad de la culpa. E los que no se hallaren culpados, sean conocidos por buenos, e remunerados por Su Alteza.

»Ítem, que los dichos oficios así del Consejo como de las audiencias, e casa, e corte e chancillerías no se den, ni Su Alteza los mande proveer ni provea por favor ni a petición ni a suplicación de quien los procurare ni de grande e persona acepta a Su Majestad. Y que se provean los dichos oficios por habilidad e merecimiento, e que sea la provisión a los oficios, no a las personas. E que los que contra el tenor de esto lo procuraren o hubieren, que el reino no los haya por oficiales, e sean inhábiles para no poder tener ni usar más los dichos oficios ni otros oficios públicos.

»Ítem, que los dichos oficiales del Consejo real, audiencias reales, alcalde de corte e chancillerías no se puedan proveer ni provean a los que nuevamente salen de los estudios. Que se provean en personas en quien concurran las calidades necesarias para el servicio de Su Majestad. Que sean personas que tengan experiencia y por el uso y ejercicio que primeramente hayan tenido de las letras en oficios de juzgados o abogados; porque de se haber hecho lo contrario fasta aquí, se han seguido en estos reinos grandes inconvenientes e daños.

»Ítem, que los oidores del Consejo real, de las audiencias e chancillerías que votaren en las primeras sentencias, no puedan votar ni sentenciar los procesos en grado de revista. Et que pasen la vista e votos de los tales pleitos por orden a los oidores de otra sala, como se hace en los pleitos, que por discordia se remiten de una sala a otra. Porque de las sentencias que dan los del Consejo e oidores de las dichas audiencias, viéndolo ellos mismos en revista se han seguido y siguen muchos inconvenientes. Porque se muestran muchos aficionados a confirmar sus sentencias e las defienden como si fuesen abogados de la parte en cuyo favor primero sentenciaron. E todos los pleitos se verán por dos salas sin inconveniente alguno, e no serán menester las cédulas que los pleitantes para estas causas procuran para que los pleitos se vean por todas salas.

»Ítem, de aquí adelante Su Majestad provea de un veedor en cada una de las audiencias e chancillerías reales, para que residan en ellas como solían estar e residir en tiempo de la Católica reina doña Isabel nuestra señora. E que sean personas de autoridad e de buena intención, que vean e provean como se guarden las ordenanzas. E se vean los pleitos conforme a ellas e a quien los pleitantes puedan recurrir sobre agravios que reciben, para que Su Majestad pueda ser informado dellos del estado de sus audiencias de la justicia que en ellas se administran.

»Ítem, que los dichos oficiales del Consejo e chancillerías e alcaldías no sean perpetuos, pues esto cumple al servicio de Su Alteza y bien destos reinos. Que los oidores e alcaldes no se tengan por señores de los oficios ni por injuriados porque se les quiten e pongan otros en su lugar.

Consejo e audiencias

»Ítem, que los oficiales del Consejo e secreto, en lo que tocare a estos reinos de Castilla e de León, e oidores e alcaldes de la casa e corte de Su Majestad y de las chancillerías, e todos los otros oficios de justicias no se den ni puedan dar a extranjeros, sino a vecinos e naturales dellos. E que cerca desto no se puedan dar cartas de naturaleza. E las que se dieren o fueren dadas sean obedecidas e no cumplidas. E que el número de los oidores del consejo de justicia sean doce, e no más ni menos, e que sean personas que tengan las calidades que mandan las leyes de estos reinos.

»Ítem, que los pleitos se vean en consejo e chancillerías por su orden e antigüedad de la tabla, e por las salas donde penden, sin juntarse otras salas a ello. Que cerca de esto Su Majestad no dé cédula alguna en derogación de las ordenanzas. E asimismo, que los pleitos que fueren de conocerse e tratarse en chancillería no se retengan ni remitan al Consejo por cédulas. E que los oidores que puedan conocer de los pleitos e causas, no sean quitados de oír determinar los dichos pleitos por cédula de Su Majestad, pues los que fueren sospechosos tienen las partes remedio de recusación. O si Su Alteza algunas cédulas ha dado cerca de esto, las anule e revoque. Desde agora quede por ley perpetua e inviolable, que los oidores del Consejo y chancillerías que son o fueren, no obedezcan las dichas cédulas so pena de privación de los oficios e de cada cien mil maravedís para la cámara de Su Majestad. E que lo mismo se guarde en las cédulas que se dieren para su secretario, pendientes los pleitos.

»Ítem, que los del Consejo e oidores de las audiencias e chancillerías, e alcaldes de corte e de chancillerías, no puedan tener más de un oficio ni servirle ni llevar quitación de más de un oficio. Que si tuviere dos oficios o más, que se los quiten e no puedan tener más de uno ni llevar salario por más de él.

»Ítem, que las cosas de la justicia que puedan tocar a perjuicio de partes, de aquí adelante se expidan, libren e refrenden por los del Consejo de la justicia. E no se expidan ni libren ni refrenden por cámara, porque de esta manera irán las cosas justificadas y sin agravio.

»Ítem, que los refrendarios que señalaren por cámara no tengan voto en el Consejo de las justicias sobre las cosas que dependieren de las provisiones e cédulas de Sus Altezas que hubieren refrendado e expedido por cámara. Porque no defiendan en el Consejo las provisiones que hubieren refrendado, de que las partes se agraviaren.

»Ítem, que los refrendarios que se señalaren por cámara no puedan llevar otra cosa salvo el salario que a Su Alteza pluguiere de les dar que sea justo. Porque por experiencia se ha visto que ellos han pedido e se les han concedido muchas cosas injustas de imposiciones en el reino. E porque por todo el reino han traído e traen avisos de lo que vaca, e para haber formas e maneras como se puedan hacer e haber avisos e imposiciones nuevas. E como esté el oficio de su mano, piden lo que quieren e se les ha concedido. E si los dichos referendarios o cualquier dellos, por sí y por interpósita persona, pidieren algo para sí, e para sus hijos e parientes, que pierdan por el mismo fecho los oficios e no puedan más tenerlos, sean inhábiles para ellos e para otros cualesquier oficios.

»Ítem, que las sentencias difinitivas que en las causas criminales los alcaldes de casa e corte e chancillerías dieren, que sean de muerte o de mutilación de miembro, haya lugar de apelación. E que se pueda apelar e suplicar de ellos en cualquier de los dichos casos, de los alcaldes de la casa y corte, para ante los del Consejo, y de las chancillerías para ante los oidores de las audiencias reales. E que los dichos alcaldes sean obligados a otorgar las tales apelaciones e suplicaciones conforme a derecho.

»Ítem, que los dichos alcaldes, así de la casa e corte de Su Alteza como de las Cortes e chancillerías e notarios de ellas, no puedan llevar ni lleven por razón de las rentas ni meajas, más, ni mayores derechos de los que llevan los alcaldes ordinarios de los corregidores de las ciudades e villas de estos reinos donde estuviere el Consejo e residieren las chancillerías.

»Ítem, que las cartas e provisiones que dieren los del Consejo de comisiones para algunos jueces cualesquier que sean, no manden poner ni pongan que de las apelaciones que de ellos se interpusiesen, vengan ante ellos e no ante las audiencias. Que si las pusieren, sin embargo de la tal cláusula, las apelaciones de los tales jueces de comisión vayan libremente en los casos en que según las leyes de estos reinos los del Consejo pueden conocer en grado de apelación.

»Ítem, los alcaldes oficiales de la Hermandad hagan residencia de sus oficios cuando dejaren las varas. E que les tomen las residencias los alcaldes de la Hermandad que sucedieren después de ellos en el oficio. E que éstos tengan poder de oír y librar los tales pleitos, e ejecutar sus sentencias contra los dichos jueces y oficiales pasados.

»Ítem, que los corregidores, alcaldes, oficiales de las ciudades, villas e lugares de adelantamiento e otras justicias de estos reinos, que no puedan ser prorrogados ni se prorroguen sus oficios por más de un año después del primero de su provisión, aunque las ciudades, villas e comunidades de ella lo pidan y supliquen, porque de se haber prorrogado los dichos oficios por más tiempo, se han seguido muchos inconvinientes, e ha habido defetos de justicia en las tales ciudades e villas.

»Ítem, que de aquí adelante no se provea de corregidores a las ciudades e villas destos reinos, salvo cuando las ciudades e villas e comunidades de ellas lo pidieren; pues es conforme a lo que disponen las leyes del reino. E que las tales ciudades e villas pongan sus alcaldes ordinarios que sean suficientes. E así cesarán los salarios que los corregidores, sus tenientes e oficiales llevan; e que las ciudades e villas puedan constituir e dar moderado salario a los tales alcaldes ordinarios de las propias rentas de tal ciudad o villa. E que los tales jueces así salariados no lleven ni puedan llevar accesorias algunas.

»Ítem, que en los casos que hubiere lugar de ir juez pesquisidor, los que así fueren proveídos por jueces pesquisidores vayan con el salario tasado a costa de la cámara e fisco real. E que no vayan a costa de los culpados, porque por cobrar sus salarios hacen culpados los inocentes e sin culpa. E después los dichos salarios e costas se cobren de los que fueren fallados e declarados e condenados por culpados por los del Consejo o por otros jueces que hubieren de ver las dichas pesquisas en grado de apelación o por comisión o de otra manera.

»Ítem, que no se libren ni puedan librar de aquí adelante a corregidor ni a otro juez alguno de cualquier calidad que sea sus salarios ni parte alguna de él ni para ayuda de costa en las penas que los mismos jueces condenaren e aplicaren a la cámara e fisco de Su Majestad. Porque por cobrarlo no se presuma dellos que condenaron injustamente. E que los jueces que recibieren tales libramientos y lo cobraren, que lo vuelvan con el cuatrotanto para la cámara e fisco real, e que queden inhábiles de tener oficios públicos.

Encomiendas y Consejo de las Órdenes.

»Ítem, que los del Consejo de las Órdenes, presidentes e oidores e oficiales de él, sean visitados de la manera que está dispuesto en lo del Consejo real.

»Ítem, que los contadores e oficiales de las Órdenes e maestrazgos hagan residencia de tres a tres años, porque se sepa cómo usan de sus oficios, e los que se hallaren culpados sean castigados.

»Ítem, que las encomiendas de las Órdenes militares de Santiago, Calatrava y Alcántara no se puedan dar ni den, ni se puedan proveer en extranjeros algunos, aunque tengan cartas de naturaleza. Que en esto se guarde lo dispuesto e dicho en los oficios e dignidades e beneficios eclesiásticos, con que se provean según dicho es y ordenado conforme a los estatutos de la Orden.

Bulas y cruzadas y composición.

«Ítem, que no se consientan predicar ni prediquen en estos reinos bulas de Cruzada ni composición de cualquier calidad que sea, si no fuere con causa verdadera e necesaria, vista e determinada en Cortes. Que el dinero que de ello se hubiere, se deposite en la iglesia catedral o colegial de la cabeza del obispado. E esté depositado para que no se saque ni pueda gastar, sino en aquella cosa de necesidad para que fue concedida la tal bula.

»Ítem, que en caso que hayan de predicar las bulas o Cruzadas e composiciones conforme al capítulo de arriba, que en la orden de predicar se tenga esta manera. Que pongan personas honestas y de buena conciencia, que sean letrados, que sepan e entiendan lo que predican. E que éstos no excedan en el predicar de los casos o cosas contenidas en las bulas. Que no se prediquen sino solamente en las iglesias, catedrales e colegiales. E que a los otros lugares adonde no hubiere iglesias catedrales o colegiales, en las iglesias parroquiales do las hubiere, se envíen las bulas a los curas de las iglesias parroquiales o sus tenientes, para que ellos las divulguen e prediquen a sus parroquianos. E que los traigan e emonesten sin les hacer pena alguna, e que las reciban e tomen si quisieren. E que no se haga otra pena ni exorbitancia de las que se suelen facer hasta aquí, haciéndolos venir e detiniéndolos por fuerza en los sermones, e no los dejando ir a sus haciendas, por que las tomen, e otras malas maneras que se han tenido.

»Ítem, que lo que se hubiere de cobrar de las bulas así recibidas, no se cobren por vía de excomunión o entredicho. E que se cobren pidiéndola ante la justicia seglar de las tales ciudades e villas e lugares donde se hubiere tomado. E que los alcaldes de las aldeas tengan jurisdición para esto, porque de hacer lo contrario se ha visto y conocido el gran peligro de las ánimas que los labradores e clérigos e otras personas reciben: e las muchas e graves opresiones que se hacen en la manera del cobrar.

»Ítem, que en estos reinos no se consientan predicar ni publicar bula por donde se suspendan las pasadas ni indulgencia alguna.

»Ítem, que de aquí adelante perpetuamente los comisarios de las Cruzadas e composiciones no lleven ni cobren cosa alguna, de lo que algunas ciudades, villas e lugares e cofradías de sus proprias casas hubieren gastado en comer o en correr toros o caridades; aunque lo tengan por costumbre de tiempo antiguo o por voto, o de cualquier manera que lo hagan.

»Ítem, que los dineros que se hubieren de las Cruzadas, subsidios e composiciones que fueren concedidas para la guerra de los moros, gastos e costas de los ejércitos que se han de hacer e hacen contra los enemigos de nuestra fe católica, e en sostener los reinos e ciudades de África, que se gasten en aquello para que fueron concedidos e se concedieren de aquí adelante, e no en otra cosa alguna. E que no se pueda hacer merced, ni valga lo que se hiciere en persona alguna de los dichos maravedís, ni dé parte alguna dellos. Porque demás del daño de la cosa pública, de no se gastar en aquello para que fue concedido hay peligro en las ánimas, por no se ganar las indulgencias que las dichas bulas conceden, e gastándose en ello e como se deben gastar, las rentas reales quedarán libres para el servicio y aumento del estado real.

»Ítem, que las mercedes e libranzas de cualesquier maravedís de las dichas bulas, Cruzadas, composiciones, subsidios, que se han fecho a personas particulares, así naturales como extranjeros e de los alcances que se hicieren a los tesoreros e oficiales, se revoquen e den por ningunas. E lo que estuviere por cobrar de las dichas mercedes, en nombre de Sus Altezas para se gastar en las cosas susodichas.

Indias, islas y Tierra Firme.

«Ítem, que no se hagan ni puedan hacer perpetuamente mercedes algunas a ninguna persona de cualquier calidad que sea, de indios algunos, para que caven e saquen oro, ni para otra cosa alguna. E que revoquen las mercedes de ellos fechas hasta aquí. Porque en se haber fecho merced de los dichos indios, se ha seguido antes daño que provecho al patrimonio real de Sus Majestades, por el mucho oro que se pudiera haber de ellos: demás que, siendo como son, cristianos, son tratados como infieles y esclavos.

»Ítem, que la casa de contratación de la ciudad de Sevilla, de las Indias y Tierra Firme, sea e quede perpetuamente en la dicha ciudad: e no se mude a otra ciudad, ni parte alguna de estos reinos, ni fuera de ellos. Pues la ciudad de Sevilla es tan insigne e tan aparejada para ello, e sería grande daño destos reinos e deservicio de Sus Majestades mudarla de allí.

Mercedes.

«Ítem, que Sus Majestades ni los reyes sucesores que fueren en estos sus reinos no hagan ni puedan hacer merced alguna de bienes confiscados o que se hubieren de confiscar, ni de ellos, ni de parte de ellos, juez o jueces que hubieren de juzgar hubieren juzgado o entendido en las dichas causas. E que los tales jueces, ni algunos de ellos no puedan recebir las tales mercedes para en pago de sus salarios ni para ayuda de costa, ni por otra manera alguna por sí, ni por interpósitas personas, ni sus mujeres, hijos, obligados o parientes. Porque de esta manera estarán libres de toda codicia e interese, para bien e justamente proceder e sentenciar en los casos e cosas en que entendieren. En que los que lo contrario hicieren, sean obligados a tornar e restituir a la cámara e fisco real con el cuatrotanto. E que queden perpetuamente inhábiles para no poder tener los dichos oficios, ni otros oficios públicos algunos.

»Ítem, que Sus Majestades e los reyes que después sucedieren en estos reinos, no hagan ni puedan hacer mercedes ni libranzas de bienes e dineros que no vengan o hayan venido a su poder y cámara. Porque desta manera sabrán lo que dan y la falta que les hace. Y no lo sabiendo ligeramente facen las dichas libranzas e mercedes, como se han fecho por Sus Majestades de gran número de perlas e dineros que hubieran bastado para sustentar su real casa, sin buscar como han buscado para ello dineros prestados a logro, ni echar pedidos ni servicios a sus súbditos e naturales.

»Ítem, que las mercedes o libranzas que Su Majestad ha hecho de dineros oro o plata e perlas, en daño de su cámara real contra la forma e tenor de lo susodicho, que se revoquen e den por ningunas. Especialmente las fechas a los que han tenido mal consejo en la phernación de estos reinos e de su casa, que se cobren para Sus Altezas lo que dellos se pudiere haber.

»Ítem, que Sus Majestades ni sus sucesores en estos reinos no hagan ni puedan hacer merced de bienes que estén pedidos, en nombre de Sus Majestades de la corona real de estos sus reinos, sobre que están o estuvieren pleitos pendientes sobre ellos, sin que primeramente contra los poseedores de ellos sean dadas sentencias. E aquéllas sean pasadas en cosa juzgada. E que las mercedes que hasta aquí se han fecho de los tales bienes, estando pleitos pendientes sobre ellos, se revoquen. Porque sería causa de no se administrar libremente como se debe la justicia. E que los que tales mercedes procuraren, sean perpetuamente incapaces de no poder recibir por sí, ni por interpósita persona merced alguna de Sus Altezas ni de sus sucesores en estos reinos

»Ítem, que se revoquen, e que Sus Majestades hayan por revocadas cualesquier mercedes que se han fecho después del fallecimiento de la Católica reina doña Isabel, así por los señores rey don Fernando e rey don Felipe, como por el rey don Carlos nuestro señor. E cualesquier confirmaciones que hayan fecho de cualesquier villas e lugares e términos, e vasallos e jurisdiciones, salinas, e de mineros de oro e plata, e de cobre, e plomo, e estaño, e alumbre. Pues demás de estar prohibido por leyes destos reinos, lo prohibió e vedó la serenísima e Católica reina doña Isabel nuestra señora, cuando por su testamento dejó encomendada la gobernación de estos reinos al Católico rey don Fernando. E que todo esto se aplique, e quede aplicado a la corona real destos reinos, e que las personas que hubieren las dichas mercedes, no usen ni puedan usar de ellas de aquí adelante.

»Ítem, que por cuanto después del fallecimiento de la Católica reina nuestra señora doña Isabel, se han fecho muchas mercedes e dado cartas e privilegios de hidalguías e ejecutorias por dineros a los que la procuraron; e otras se han dado sin justa causa, e sin haber procedido méritos e servicios porque se les debiesen dar. Lo cual ha sido en gran daño de los pueblos e comunidades e pecheros. Que Sus Majestades revoquen e hayan por revocadas todas las cartas e mercedes e privilegios que así se hubieren dado. E aquellos a quien se hicieron, no puedan gozar ni gocen de ellos. E de aquí adelante no se den ni concedan semejantes mercedes ni cartas ni privilegios de hidalguías, ni valgan las que se hicieron. Ni éstos se puedan derogar ni abrogar con cláusula general ni especial, ni poder ordinario ni absoluto.

»Ítem, que por cuanto contra derecho y tenor e forma de las leyes destos reinos se han dado e fecho mercedes de expectativas, oficios, beneficios, dignidades e cosas que tienen hombres vivos, que Sus Majestades revoquen e hayan por revocadas las tales mercedes e expectativas que hasta aquí se han dado, así por Su Alteza como por los reyes sus progenitores. E que de aquí adelante e perpetuamente no se den ni puedan dar las tales mercedes e expectativas. E si se dieren, no se cumplan ni hayan efeto, aunque tengan cualesquier cláusulas derogatorias con penas e firmezas. E que por no se cumplir e resistir no hayan pena alguna. E quien lo procurare quede inhábil para los dichos oficios e para otros públicos oficios de la casa e corte.

»Ítem, que Su Majestad quite e despida a los oficiales de su casa real, para las cosas destos reinos, así a tesoreros como contadores e sus lugarestenientes, e otros cualesquier que hubieren usado mal de sus oficios en deservicio de Su Majestad e gran daño de la república de sus reinos; teniendo como tenían al tiempo que principiaron a usar los dichos oficios muy poco o no nada de sus patrimonios. E habiendo tenido grandes costas doblado de las que tenían de quitación, han habido grandes estados e rentas por los malos avisos perjudiciables al bien público destos reinos e naturales dellos, en gran daño del patrimonio real.

»Ítem, que los oficiales de la casa real e del reino, así de juzgados como de consejo e audiencias reales e alcaldes e fiscales dellas e de la casa e corte real e corregimientos, asistencias, alguacilazgos, regimientos, veinticuatrías, escribanías de las audiencias e consejo e de otros cualesquier juzgados, e cualesquier otros oficios de las ciudades e villas e lugares destos reinos que a Sus Altezas e a sus sucesores conviene proveer e hacer merced; que agora e perpetuamente no se vendan ni den por dineros, ni se faga merced dellos a quien los haya de vender e no haya de usar dellos. Porque la venta de los tales oficios es muy detestable e prohibida por derecho común e leyes destos reinos, por los grandes daños de la república. E que los dichos oficios se hayan de proveer en personas libremente hábiles e suficientes que los hayan de usar e ejercer.

»Ítem, que de todos los dichos oficios, e cualquier dellos que se hayan proveído o proveyeren contra el tenor e forma de lo susodicho en el capítulo antes de éste, se hayan por vacantes, e pierdan los que así tuvieren e hubieren. E Sus Altezas e sus sucesores en estos reinos puedan proveer dellos conforme a lo susodicho.

»Ítem, que los oficiales que han de servir e sirven en la corte e fuera de ella, en las ciudades e villas e lugares destos reinos así de juzgados e veinte cuatro, escribanías e otros semejantes oficios, que no pueda tener ninguno más de un oficio. E si fueren tales que se puedan servir por sustitutos o sus lugarestenientes, sean pagados e los paguen los oficiales principales. E que Sus Altezas e sucesores no den salario alguno a los dichos sus sustitutos ni ellos lo consientan, so pena que por el mismo caso hayan perdido los oficios e se provean en otras personas.

»Ítem, por cuanto de las confirmaciones de los privilegios de los maravedís de juro al quitar, no se debían derechos, no se requería confirmación de los tales privilegios, e los oficiales han llevado mucha suma de maravedís dello, que Sus Altezas lo manden volver a las personas a quien se llevaron. E que sobre esto no se consienta haber pleito, salvo que libremente se vuelvan luego.

»Ítem, que los oficiales de cualesquier oficios reales, así de los contadores mayores como de los contadores de cuentas e de las cruzadas e composiciones, e de las Indias, islas y Tierra Firme, sean obligados de avisar e manifestar a Sus Altezas e a los reyes sus sucesores cualesquier deudas que estén olvidadas e rezagadas: e otra cualesquier cosas que en los dichos oficios pertenezcan al patrimonio real. E que no puedan hacer aviso dello a personas particulares para que puedan pedir mercedes, so pena que el que no avisare o hiciere avisar come, dicho es, que lo pague con el doble a la cámara e patrimonio real. E sean e queden privados de los tales oficios, e que no puedan haber aquellos ni otros oficios de la casa real.

»Ítem, que en las albaquías e arrendamientos dellas no puedan tener ni tengan parte los que han tenido o tuvieren oficio real o cargo de los libros de sus rentas reales. E el que lo hubiere fecho o hiciere, que sea obligado de pagar todo lo que hubiere por los dichos arrendamientos con el doblo para la cámara de Sus Altezas. E pierdan los oficios e cualesquier salarios e acostamientos que tengan en los libros de Su Majestad.

»Ítem, que todos los que han comprado, oficios después que falleció el Católico, Rey don Fernando, que no se podían vender según lo dispuesto por las leyes de estos reinos, e lo contenido en los capítulos antes de éste; que no puedan usar ni usen de los dichos oficios, so pena de muerte e perdimiento de bienes, e los hayan perdido. E Sus Altezas provean de ellos a personas hábiles e suficientes.

Residencias.

»Ítem, que todos los oficiales que hayan tenido cargo de la hacienda de Su Majestad en el tiempo que administró estos reinos el Católico rey don Fernando, su abuelo, hayan de hacer e hagan residencias, e den cuentas de sus oficios e cargos, e de lo que en ellos han fecho, e de la hacienda e patrimonio real, que a sus manos han venido. E que esta residencia e cuenta la hayan de facer, e den ante personas nombradas por Sus Altezas e ante las personas que juntamente con ellos nombrare el reino. E que Su Alteza haya de nombrar, e nombre, las tales personas dentro de treinta días, después que por Sus Majestades fueren otorgados estos capítulos e leyes. E si en el dicho término no se nombraren, que se haga la residencia, e den la cuenta ante las personas nombradas por el reino. E que éstos lo puedan recibir para la cámara de Sus Altezas, e condenar e sentenciar los alcances e penas en los culpados conforme a derecho e leyes destos reinos.

»Ítem, que esta residencia, e dar cuenta, hayan de hacer, e que hagan, las personas, tesoreros e oficiales, e otros cualesquier que hayan tenido cargo de las Cruzadas, bulas, composiciones e subsidios pasadas. E los que han tenido a cargo el oro e perlas que han venido de las Indias, islas e Tierra Firme. Que en éstos, en cada uno dellos que han de hacer residencias e dar cuentas de su cargo, se guarde lo dispuesto en el capítulo antes de éste.

»Ítem, que los del Consejo e oficiales de la casa e corte de Su Majestad que hasta aquí han sido e han de ser quitados, hayan de hacer e hagan residencia ante las personas, e de la manera que arriba está dispuesto.

»Ítem, que los dichos oficiales que han tenido los dichos cargos, hagan la residencia e den la cuenta como dicho es. Porque han hecho muchos avisos de cosas que han pedido, e dado mercedes en gran perjuicio del patrimonio real. E los tales avisos e malsinerías se han fecho con partido de llevar parte ellos; o lo compraban o echaban quien lo comprase e arrendase. Por poca cuantía de maravedís han habido muy gran suma de millares de dineros. E porque esto ha sido en daño e perjuicio de Sus Altezas e de su patrimonio real, a las personas susodichas que han de tomar las dichas cuentas e residencias, lo averigüen. E todo lo que así hallaren, lo cobren de las personas que lo, llevaron, e sea para la cámara de Sus Altezas. Porque si ellos usasen bien de sus oficios, los tales avisos habían de dar a Sus Altezas e no a personas particulares.

Perlados e cosas particulares.

»Ítem, los obispados, e arzobispados, e dignidades, calongías e otros cualesquier beneficios eclesiásticos e pensiones en ellos, no se puedan dar ni proveer a extranjeros destos reinos. E que solamente se den e provean en naturales e vecinos de ellos, e que los dé Su Alteza, e los que hubiere dado e proveído contra el tenor de esto, haya por bien de lo proveer e remediar por autoridad apostólica, de manera que los dejen. E Su Alteza lo mande proveer, e dar a naturales destos reinos, e se les dé satisfación a los que fueren quitados dellos, e que al presente los tienen en otras rentas en las tierras donde ellos son naturales e vecinos.

»Ítem, porque la provisión del arzobispado de Toledo hizo Su Majestad antes que fuese recebido e jurado por rey en las Cortes de Valladolid, que Su Alteza presente de nuevo o haga proveer el dicho arzobispado en persona que sea natural e vecino destos reinos de Castilla, que sea persona que lo merezca, de letras e conciencia, teólogo o jurista. Porque de se haber proveído a su sobrino de monsieur de Xevres, contra las leyes de estos reinos, se ha seguido e sigue mucho daño a estos reinos e a la dicha dignidad, por ser menor de edad e estar ausente. Que aunque fuera natural de estos reinos, no fuera justo de se le dar; e porque se sacan las rentas de la dicha dignidad, como se ha fecho los años pasados, e porque siendo natural e residiendo en la dicha dignidad, se sosternán en la casa del dicho arzobispo muchos nobles e caballeros, como lo solían hacer. E si Su Alteza fuere servido de gratificarle al dicho sobrino de monsieur de Xevres de rentas en otras partes donde es natural, se podrá muy bien hacer.

»Ítem, que se revoquen todas cualesquier cartas de naturaleza que estén dadas, e no se den de aquí adelante perpetuamente. E si algunas se dieren, aunque sean con cláusulas derogatorias e de poder absoluto, que sean obedecidas e no cumplidas. E que no haya necesidad para el no cumplimiento de suplicación alguna; e quien usare de ella, sea preso e gravemente castigado por las justicias destos reinos donde fuere tomado.

»Ítem, que los jueces eclesiásticos, e notarios, e oficiales de sus audiencias no puedan llevar, ni lleven más derechos de los que llevan los jueces e escribanos de las audiencias seglares, conforme al arancel de los reinos. E que en aquello que fuere menester autoridad apostólica, Sus Altezas hayan por bien de mandar a su embajador que la procure, e haya de Su Santidad e la envíe.

»Ítem, que los arzobispos, obispos, perlados de estos reinos residan en sus diócesis la mayor parte del año, e que no lo haciendo, pierdan por rata los frutos, e sean para las fábricas de las iglesias, por no residir en ellas, no son servidas, ni administrados los divinos oficios como debrían. E que Su Alteza envíe por bula de Su Santidad para ello dentro de un año a estos reinos. E que si en el dicho término Su Alteza no la enviare, que el reino tenga facultad de la haber de nuestro muy Santo Padre e tomar por su autoridad de los frutos de las dignidades de lo que se desprendiere en haber la dicha bula e costa dello.

»Ítem, por cuanto a implicación de Su Majestad, nuestro muy Santo Padre dio un breve dirigido al arzobispo de Granada, para que el que su poder hubiere, aunque fuesen seglares, pudiesen conocer de las causas criminales de los clérigos en cierta manera. Que Su Alteza dentro de seis meses haya por bien de lo hacer testar del registro, e enviar testimonio dello a estos reinos, por excusar los escándalos que sobre ello hay en estos reinos.

Regidores.

»Ítem, que de aquí adelante perpetuamente Sus Altezas e sucesores en estos sus reinos no den licencia a los regidores, veinte y cuatros, jurados e otros oficios del consejo de las ciudades e villas e lugares de estos reinos, para que puedan vivir e llevar acostamiento de señores. E que revoquen e den por ningunas todas e cualesquier licencias, que hasta aquí están dadas. E que en esto se guarden e ejecuten las leyes del reino. E cualquier que las procurare e usare de ellas, pierda el oficio. E Sus Altezas provean de él como de vacante, e no lo puedan él ni sus hijos más haber.

»Ítem, que los regidores de las ciudades e villas destos reinos que fueren letrados, no puedan tener oficios de abogados, ni aboguen en las dichas ciudades e villas, salvo por ellas e por las comunidades de ellas. E que no puedan llevar ni lleven accesorias en las causas que juzgaren en grado de apelación, so pena de perder los oficios. E que Su Alteza pueda proveer dellos como vacantes.

Enajenación de bienes de la corona real, e juros.

»Ítem, que Su Majestad mande restituir con efeto cualesquier villas e lugares e fortalezas, términos e jurisdiciones, e otros cualesquier derechos e rentas e servicios a las ciudades e villas de su corona real, que tenían e poseían, que mandó restituir la serenísima reina doña Isabel, nuestra señora, en su testamento. E porque esto haya efeto, e se cumplan los testamentos de los Reyes Católicos don Fernando e doña Isabel, e se den ejecutores con poder e fuerza bastantes, e que sin dilación lo cumplan dentro de seis meses, e que pasado el término el reo no lo cumpla.

»Ítem, que porque esto se conserve e remedie para adelante, Sus Altezas e sucesores en estos reinos, por ninguna razón e causa, ni en pago de servicios, ni en otra manera, puedan enajenar cosa de la corona e patrimonio real, e que de lecho se pueda restituir la tal enajenación si la hiciere.

»Ítem, que los maravedís de juro que vendieron los Católicos Reyes don Fernando e doña Isabel, después el rey don Carlos, nuestro señor, al quitar, que se rediman e quiten de las rentas reales de Su Majestad e se den los dineros a quien los dio, e a sus herederos e sucesores.

Fortalezas e alcaldías.

»Ítem, que las fortalezas e alcaldías de las tenencias de estos reinos no se puedan dar, ni den a extranjeros, salvo a naturales e vecinos destos reinos, aunque tengan cartas de naturaleza. E en esto se guarde lo dispuesto en los dichos oficios e en las dignidades e beneficios eclesiásticos.

»Ítem, que Su Alteza quite cualesquier tenencias de castillos e fortalezas que se hayan dado a extranjeros si las tuvieren o las hubieren vendido o traspasado por dineros a naturales de estos reinos; que asimismo se las quiten; e Sus Altezas las provean en personas naturales e vecinos destos reinos, hábiles e suficientes para las guardar e tener.

»Ítem, que se quiten a Antonio de Fonseca las tenencias e oficios que tenía en estos reinos, pues que a su causa tan grandes daños e escándalos ha habido en ellos.

»Ítem, que las fortalezas, tenencias, alcaldías, no se den a señores de titulo, de estado ni de gran señor, e que los alcaldes de ellas hagan pleito homenaje a Su Alteza e seguridad a las ciudades e villas do estuvieren, que por las dichas fortalezas ni dellas no recibirán daño alguno.

»Ítem, que Sus Altezas hagan visitar e visiten luego, e de aquí adelante de dos en dos años, la fortalezas fronteras de estos reinos, e repararlas como conviene al estado real.

Paños.

»Ítem, que los paños que vinieren de fuera destos reinos, sean de la orden e cuenta e bondad de los que en ellos se labran, como lo disponen las pregmáticas e capítulos sobre ello fechas. Que se ejecuten las dichas pregmáticas en los dichos paños extranjeros, también como los que hicieren en estos reinos. E cualesquier prorrogaciones del tiempo de la pregmática, o licencias que se hayan dado para los meter e vender en estos reinos, se revoquen e den por ningunas. E de aquí adelante no se den; e si se dieren, se obedezcan, e no cumplan. E no haya necesidad de suplicaciones; e sin embargo dellas, las justicias ejecuten lo contenido en las pregmáticas, so pena de privación de los oficios públicos, e de cien mil maravedís para los reparos e obras pías de la ciudad, villa o lugar donde fuere juez, e tuviere negligencia de ejecutar la pregmática.

Contribución.

»Ítem, que por cuanto está dispuesto por las leyes destos reinos, que las villas e lugares que agora tienen e poseen algunos señores, que son de ellos sacadas algunas ciudades e villas que gozan de sus términos, pazcan e corten como los otros vecinos de las tales ciudades e villas. Que pechen e contribuyan en los repartimientos, e pechos de cercas, e puentes e fuentes, e guardas e pleitos, e defensa e ensanchamientos de términos, e por favor de algunos grandes caballeros cuyos son, no se guarde ni cumple lo que Sus Majestades mandan. Que agora, e de aquí adelante, la hagan guardar e cumplir. E si en ello fueren negligentes, pierdan los oficios e todo el salario de ellos. E los señores de los tales lugares no lo impidan, so pena de perder el señorío e propriedad de los tales lugares, e que sean de la corona real, debajo de la jurisdición de la tal ciudad, villa o lugar de cuya saca son. E que no se pueda más hacer merced de ello, ni enajenarse como de bienes del patrimonio e corona real.

Generales.

»Ítem, que por cuanto el rey nuestro señor en las Cortes que tuvo en la villa de Valladolid e en la ciudad de La Corufia otorgó algunas cosas las cuales son utilidad e provecho destos reinos, e bien público, que eso no venga en cumplido efeto. Que Su Majestad mande que se cumpla e guarde e se den a las ciudades e villas e lugares de estos reinos todas las provisiones que fueren necesarias para ello.

»Ítem, que Su Alteza mande que se proceda rigurosamente contra Antonio de Fonseca e el licenciado Ronquillo, e Gutiérre Quijada, e el licenciado Juanes, e los otros que fueron en la quema e destruición de la villa de Medina del Campo. E hayan por bien lo que el reino contra ellos e contra cualquier de ellos en sus bienes ha fecho.

»Ítem, que Sus Altezas hayan por bien el ayuntamiento que las ciudades e villas destos reinos han hecho e hacen para entender en el reparo e remedio de los agravios e exorbitancias pasadas. E para hacer e ordenar estos capítulos e todo lo que han hecho en suspensión de los del Consejo, e oficios de su casa e corte, e quitar e poner varas de justicias, e tomas e derrocamientos de fortalezas, e muertes de hombres, e derrocamientos de casas, e alborotos, e juzgar e proveer en cosas de estos reinos. E por haber fecho e entendido en quitar todo lo que a esto les podría embarazar e poner impedimentos e cualquier exceso que en la orden e forma de lo susodicho haya habido. E por haber fecho ayuntamientos de gentes e ejércitos, y el castigo que algunas ciudades e comunidades han hecho e dado en algunas personas, e en sus casas, e bienes, por les parecer que han sido contra él bien destos reinos. E que hayan Sus Majestades por bien gastados todos, e cualesquier maravedís, que de sus rentas reales e de otras cualesquier cosas hayan tomado e gastado en la paga de las dichas gentes e en ejércitos o en otra cualquier manera en prosecución de lo susodicho, e cualquier otra cosa e repartimientos que hayan echado e cobrado para lo susodicho, e de todo lo otro que en cualquier manera hayan gastado. E que todo lo manden remitir e perdonar, e remitan e perdonen plenaria e cumplidamente, así a los ayuntamientos, consejo e universidades de las ciudades, villas e lugares de estos reinos, como a la persona o personas particulares que en ello han entendido e entienden. E que de oficio ni apedimiento no se proceda más en ello, ni en cosa alguna de ello, civil ni criminalmente. E revoquen e den e queden dados por ningunos cualesquier proceso o procesos, mandamientos e sentencias e provisiones que los del Consejo o alcalde Ronquillo o otro cualquier juez hubiere fecho, o dado contra cualesquier ciudades e villas e lugares e comunidades de estos reinos, e personas particulares de ellos. E por esta causa no les quiten oficios, ni mercedes, ni maravedís de juros que tengan, e queden del todo libres; pues a ello se han movido por servicio de Sus Majestades e por el bien público destos reinos e aumento e conservación de sus rentas e patrimonio real, e cumplir e hacer su deber en servicio de los reyes sus señores naturales, por lo que disponen las leyes de estos sus reinos e por la obligación que tienen a la lealtad de la corona real.

»Los cuales dichos capítulos nos enviaron a suplicar e pedir por merced, los quisiésemos otorgar e conceder por ley e confirmación, para que perpetua e inviolablemente, e sin poder mudar ni revocar, fuesen guardados e se guardasen en los dichos nuestros reinos. E que así e de tal manera nos cumpliese otorgarlos e confirmarlos, que en ningún tiempo se pudiese ir contra ellos ni contra alguno de ellos pasar, obligándonos así para ellos. E que aunque ellos resistiesen e contradijesen la revocación e mudanza de ellos, no cayesen ni incurriesen en pena alguna; antes que lo pudiesen libremente hacer, E nos, vistos y examinados los dichos capítulos e cada uno de ellos, e como todos ellos son en nuestro servicio e en acrecentamiento de nuestras rentas e patrimonio real, e bien público, de los dichos nuestros reinos, e buena orden e gobernación de ellos, e enmienda e reparo de las exorbitancias pasadas, e por pacificación e tranquilo estado de los dichos nuestros reinos, tuvímoslo por bien. Por ende, nuestra licencia e poderío real absoluto de cine en esta parte queremos usar e usamos como reyes soberanos señores, no reconocientes superiores en lo temporal por vía de contrato hecho e contraído entre nos, e los dichos nuestros reinos de Castilla e de León, e procuradores dellos, e con las comunidades e vecinos e moradores de ellos, otorgamos los dichos capítulos e cada uno dellos, e los concedemos e confirmamos. E mandamos como leyes perpetuas de los dichos nuestros reinos hechas en Cortes, sean guardados e se guarden perpetuamente e inviolablemente e para siempre jamás.

»E prometemos nuestra fe e palabra real e juramos por Dios Nuestro Señor e por sus santos cuatro Evangelios, en que ponemos nuestras manos corporalmente, de tener e guardar e cumplir, e hacer guardar e que guarden los dichos capítulos e cada uno de ellos; e de no los mudar, ni revocar, ni ir ni venir contra ellos ni alguno de ellos. E que no pediremos absolución ni relajación de este juramento a nuestro muy Santo Padre, ni perlado ni a persona que poder tenga de ello para absolver e relajar. E que no usaremos de ella, aunque proprio motu nos sea concedida para ir, venir o pasar contra lo susodicho o parte de ello, no diremos ni ayudaremos por causa o razón alguna de cualquier calidad que sea, especialmente de haber alterado los dichos nuestros reinos, ni de cosa alguna de lo en ellos fecho e acaescido. Por cuanto todo lo que los dichos nuestros reinos han fecho e procurado, ha sido con celo de nuestro servicio y del bien público de nuestros reinos, y movidos a ello por el amor que los vasallos súbditos deben haber e tener a sus reyes e señores naturales, según que las leyes de los dichos nuestros reinos lo mandan e disponen. E queremos guardar e cumplir lo contenido en los dichos capítulos en cada uno dellos. E que daremos e desde agora mandamos a los del nuestro Consejo, presidente e oidores de nuestras audiencias e chancillerías, que den e libren cualesquier cartas e provisiones que por los dichos nuestros reinos, procuradores de las ciudades, villas e comunidades fueren pedidas, para que se guarden e cumplan los dichos capítulos e cada uno dellos, con las penas e premios que les pidieren. E otrosí les damos poder e facultad para que en los dichos nuestros reinos. ciudades, villas e lugares e comunidades dellos, poderosamente hagan guardar e cumplir los dichos capítulos e cada uno dellos. E que para ello sin pena alguna se puedan ayuntar e defender, e de fecho resistir la revocación e mudan za o alteración de los dichos capítulos e de cada uno de ellos. E que éstos puedan hacer e hagan justa e decentemente, porque así cumple a nuestro servicio e al bien público de los nuestros reinos, sin por ello caer ni incurrir en pena alguna. E que en Cortes ni fuera de Cortes, no lo revocaremos ni consentiremos que se revoquen, ni lo mandaremos; por cuanto lo susodicho ha sido y es por vía de iguala, e composición e contrato fecho e otorgado entre nos e nuestros reinos e procuradores e comunidades dellos. E para observancia e guarda de lo cual nos podemos obligar e nos obligamos, como ellos mismos, por vía de contrato. Por que vos, mandamos a todos e a cada uno de vos que veades los dichos capítulos e esta nuestra confirmación e otorgamiento de ellos, e lo guardéis todo e hagáis guardar perpetua e inviolablemente por leyes generales destos reinos, e por convenencia fecha e otorgada entre nos e los dichos nuestros reinos, procuradores, ciudades, villas e lugares e comunidades de ellos, agora ni en tiempo alguno, so pena de la nuestra merced e de confiscación de todos vuestros bienes para la nuestra cámara; e cualquier que lo quebrantare, e por quien fincare de lo ansí hacer, e cumplir, e privación de oficios e juros e mercedes que de nos e de los reyes nuestros sucesores tengáis. E los unos ni los otros non fagades ende al.»

Los que fueron con estos capítulos y lo que el Emperador mandaba hacer dellos.

Estos capítulos enviaron a Flandes los de la Junta para que se diesen al Emperador. Por una parte fue con ellos Antón Vázquez de Ávila, caballero de Ávila; por otra, el maestro fray Pablo, que siguió la Comunidad; siendo un varón ejemplar y de santas intenciones, cególe el celo de su patria viendo el reino perdido, y fue uno de los que el Emperador exceptó para ser castigado. Mas ninguno dellos se atrevió a parecer delante del Emperador, ni aun dicen que fueron a Flandes. Antón Vázquez de Ávila llegó a Wormes, y el Emperador, enojado, le mandó prender y poner en una fortaleza; y después de algunos días, mejor informado, le mandó soltar. De Antón Vázquez de Ávila fue hijo Sancho de Ávila, cuyo valor y grandes hechos le hicieron bien conocido en tiempo del rey don Felipe II.

Fray Pablo y Sancho Zimbrón, que iban juntos, supieron en Flandes, antes de Hegar al Emperador, lo que se había hecho con Antón Vázquez, y no se atrevieron a pasar de Bruselas. En las Comunidades del reino fueron estos capítulos loados y tenidos por santos; y que si hacía lo que en ellos se ordenaba, sería éste el reino más rico y bienaventurado del mundo.

Que el Emperador sería cruel si no los confirmase. Que los de la Junta merecían una corona y nombre eterno por cosas tan bien ordenadas y trabajadas.

Crece la opinión de la junta con la autoridad de la reina, de que se valían.- Altéranse en Palencia.- Alcalá de Henares.- Medina del Campo.

Como la Junta se apoderó de Tordesillas y del servicio y casa de la reina. Y en el reino creyeron muchos que ella había cobrado salud y que gustaba de lo que los caballeros y procuradores hacían en la Junta, creció su opinión y crédito. Levantábanse sus pensamientos a mayores cosas, y las novedades de cada día eran ya tantas y en tantas partes, que no es posible decirlas con la claridad, cumplimiento y distinción que quisiera, ni cada una en su proprio tiempo.

Como la voz de la Junta era tan apacible por el dulce nombre que daban de libertad y exención de injustos tributos y mal gobierno (que por mejor que sea jamás contenta), levantábanse muchos, y fue milagro que quedase alguno por levantarse y seguirla. Favorecían en la Junta a todos cuantos se llegaban a su opinión; y, por el contrario, desfavorecían, y aun perseguían, a los que no querían meterse en estos ruidos, como dejo dicho.

En Palencia se levantó el pueblo y quiso matar a un hermano del obispo Mota, y estuvieron por hacer lo mismo de los canónigos y beneficiados de la ciudad, porque le habían dado la posesión del obispado al Mota, que el rey había proveído, que era grande el odio que le tenían.

En Alcalá de Henares echaron al vicario y gobernador del arzobispo fuera, porque el arzobispo era por extremo aborrecido, por ser pariente de Xevres y extranjero.

Medina del Campo se aparejaba para hacer mortal guerra a Coca y Alaejos, por vengarse de los daños que Antonio de Fonseca les había hecho. Sería nunca acabar querer decir particularmente y por menudo los desatinos que hubo en cada lugar, las muertes, los robos, las persecuciones. Pues Segovia no estaba queda contra el conde de Chinchón y contra El Espinar, que le acometieron como si fuera de infieles, y lo saquearon. Llevábanles las mujeres y hijas; y los de El Espinar, siguiéndolos, dijeron que si pasaban las mujeres de cierta raya y término, que se quedasen para siempre con ellas.

Pierde Burgos el respeto al condestable, y pónele en peligro.- Altérase Burgos contra el condestable por la gente de armas que había metido en su casa.- Álzanse otros lugares contra sus señores.

Dije en el levantamiento de Burgos la prudencia y valor con que el condestable, por detener aquel pueblo furioso, a quien él tiene obligación por muy antigua naturaleza y tener en él su casa y suntuosísimo entierro en la iglesia mayor, había tomado las varas y cuidado de administrar la justicia, y que la ciudad había holgado dello.

Mas el vulgo inconstante, y más cuando es de gente común y de pocas obligaciones, con ninguna ocasión perdió el respeto que a tan gran caballero se debía, sin mirar cuán bien le estaba gobernarse por su mano, en tiempos tan turbados.

La causa que el común de Burgos tuvo, para hacer este desatino fue que, como, Medina del Campo tuviese cercado a Alaejos, y las ciudades de Segovia, Salamanca, Ávila y otras la favoreciesen con gente para destruir a este lugar, por el odio grande que tenían con Antonio de Fonseca, quiso Burgos enviar gente en ayuda de Medina y en venganza de las mercaderías que allí perdieron cuando las quemó Fonseca. El condestable procuró quietar esta gente, y porque su hijo, el conde de Haro, se ofrecía a ser capitán della, entendiendo el vulgo que lo hacía con cautela y arte para entretenerlos, y por otras cosas en que comenzaron a ser sospechosos en el pueblo, incurrieron en mortal odio y se desvergonzó tanto el común, que no le querían obedecer.

Había metido el condestable en su casa secretamente cuatrocientas lanzas. Súpolo la ciudad; juntáronse en el ayuntamiento los regidores y caballeros, y enviáronle a llamar con dos dellos. Excusábase el condestable que no podía, que estaba enfermo. Apretáronle que no había lugar de excusarse, que había de ir. Fue, y recibiéronle con mucha cortesía. Levantáronse dos, y en nombre de todos le dijeron el amor con que aquella ciudad, a él y a todos sus pasados había servido, por ser tan grandes caballeros y naturales, y como dueños de aquella ciudad cabeza de Castilla, y que estaban muy agraviados que los pagase tan mal, que hubiese metido secretamente cuatrocientas lanzas para destruir el pueblo. Que luego las despidiese, quedándose con solos veinte criados; cuando no, que la ciudad lo remediaría.

Ningún gusto dio esto al condestable, mas hubo de hacer lo que la ciudad quería. Pero no por eso se acabaron las sospechas ni se quietó el pueblo. Llegó el rompimiento a tanto, que un día, que fue de Nuestra Señora de setiembre, se alborotó la Comunidad contra él, de manera que lo quisieron matar, y él hubo de retirarse a su casa, donde le cercaron con mucha gente armada, y así lo tuvieron casi dos días a él y al conde de Salinas, don Diego Sarmiento, y a la duquesa y condesa, sus mujeres.

Y un día, saliendo el condestable de misa de la iglesia mayor, poniéndose a la puerta real a caballo en una mula, un comunero que se llamaba Escalante, le puso dos veces la ballesta al rostro para tirarle. Y él, con gran sosiego, prosiguió el camino, acompañándole gran multitud de gente común, con desvergüenzas y desacatos proprios de quien ellos eran. Otro hombre, llamado Collantes, encaró la ballesta dos veces para tirar al condestable, y Bernal de la Roca se lo estorbó levantándole la ballesta para que el tiro fuese por alto; y la segunda vez, viéndole porfiado, le cortó la cuerda. Y no pudiendo allí valerse sin peligro de muerte o de prisión vino a concertarse con el pueblo que le dejasen salir libremente con toda su casa.

Y así se hizo, y se fue a su villa de Briviesca. Y de este desacato hecho al condestable tomaron osadía otros lugares de señores para alzarse contra ellos; como fue Haro, contra el conde de Haro; Dueñas, contra el conde de Buendía, y aun también dicen que Nájara contra el duque, si bien la ciudad alega y prueba que no fue Comunidad, ni ella con los comuneros, sino levantarse por el rey, cuyos dicen que son. Es verdad que en el cartel de los excetados está lo contrario.

Estando, pues, el condestable en la su villa de Briviesca con harto cuidado de ver lo que en el reino pasaba y dolor de tanto desorden y del mal remedio que había, en fin del mes de setiembre llegó Lope Hurtado de Mendoza, gentilhombre del Emperador, con las provisiones y despachos para que fuese gobernador y virrey de Castilla y Navarra, juntamente con el almirante don Fadrique Enríquez y con el cardenal Adriano; y asimesmo trajo caltas para las ciudades del reino.

Y en ellas dice el Emperador que siendo avisado de que los levantamientos del reino iban en crecimiento, había recibido la pena y enojo que, como buen rey y amador de sus vasallos debía. Que por el amor grande que siempre tuvo a estos reinos, sentía mucho que se hubiese mirado tan mal en ellos su voluntad, y no agradecido las mercedes crecidas que les había hecho; que faltasen a la fidelidad con que siempre sirvieron como buenos y leales vasallos a los reyes sus progenitores; que no podía creer sino que personas particulares, por particulares intereses, habían causado semejantes levantamientos, y que porque una de las causas más principales de que los del reino se agraviaban era por estar la gobernación en persona no natural, como quiera que la del reverendísimo cardenal de Tortosa, y de su prudencia y rectitud, e que se debiera tener el contentamiento que fuera razón; por remediar a las novedades y desacatos que cada día se hacían, y proveer a la buena gobernación destos reinos y paz de los súbditos, con mucho acuerdo y deliberación, para en el ínterin que él viniese, que sería muy presto, había proveído por virreyes y gobernadores de estos reinos, juntamente con el cardenal, al condestable y almirante de Castilla, y les enviaba sus poderes, por ser tales personas en quienes concurrían todas las calidades que para tal cargo se requerían, y que tomarían todo el cuidado y trabajo. E que les encargaba que mirasen si los reinos estaban agraviados, que mandaría venir los procuradores de las ciudades para que ante los gobernadores pidiesen el desagravio.

Y en la carta que escribió a los grandes dice, demás de esto: Que por verse imposibilitado, para poder venir tan presto a remediar estos daños, como él quisiera, por estar tan cerca de recibir la primera corona del Imperio como estaba acordado, les enviaba su poder. Y para que la gobernación tuviese más autoridad, pues las cosas estaban ya en tal punto que era fuerza llevarlas por armas, y así nombraba personas tales, etc.. Hízose este despacho en Bruselas, a 9 de setiembre año 1520, y llegó, como dije, a Castilla casi en fin deste mes.

Y en este tiempo estaba el almirante en Cataluña, en el condado de Cabrera, que había ido a visitar desde Barcelona, cuando estuvo allí con el Emperador; y el cardenal aún estaba medio detenido en Valladolid, que no se había salido, como dije. Escribió el Emperador con estos despachos otra carta particular al condestable, diciéndole:

Carta del Emperador al condestable.

«Condestable primo, duque de Frías. Así por cartas vuestras y lo que Pedro de Velasco me ha dicho de vuestra parte, como por relación del muy reverendo cardenal de Tortosa, mi gobernador de esos mis reinos de Castilla, he visto lo mucho que habéis trabajado en mi servicio e la voluntad con que entendéis así en la pacificación y sosiego de esa ciudad como de todas las otras del reino, e lo mucho que a ella habéis aprovechado, lo cual os agradezco e tengo en singular servicia. Es la obra que de vos se esperaba, y la que vos e vuestros pasados habéis fecho hasta aquí, e soy cierto haréis de aquí adelante. Hame mal parecido en gran manera, ver lo que en ésos reinos me escriben que ha sucedido e las alteraciones que en ellos hay, e lo poco que han aprovechado las mercedes que les he fecho e clemencia que con ellos he usado en tan grandes e inormes delitos como los acaecidos, sin haber tenido para lo hacer causa ni razón. E conociendo de mi voluntad que tengo al acrecentamiento de los dichos reinos, placerá a Nuestro Señor los remediará, e yo así lo espero en su infinita clemencia. Creed que por lo mucho que los amo y estimo, e amor que les tengo y pena que recibo del trabajo de ellos, si pudiera diferir lo que toca a mi coronación del Imperio e otras cosas que son grandes e de tanta calidad para mi honra, e bien de todos mis reinos, como sabéis, dejados todos otros e cualesquier negocios, de cualquier importancia que fueran, a la hora me embarcara como pudiera, e me partiera allá para lo remediar. Al presente no puede esto ser, porque, como por otras os he escrito, ha muchos días que tengo llamados los electores para la dicha mi coronación, e las ciudades del Imperio para proveer e dar orden dé las cosas del Estado. E por ser cierto el tiempo que les señalé para lo susodicho, tengo cartas dellos, que son partidos de sus casas e tierras. E yo me he dado e daré adelante tanta priesa e diligencia en lo que se ha de hacer, que espero que mi vuelta será allá bien presto, antes de lo que pensaba. Entre tanto, teniendo por cierto que aprovechará y remediará mucho, proveí de virreyes que sean naturales de los dichos reinos, durante la dicha mi breve ausencia dellos; y teniendo de vos la confianza que de mí mismo, he acordado que juntamente con el muy reverendo carde nal de Tortosa, vos y el almirante de Castilla entendáis e tengáis cargo de la gobernación e pacificación de estos dichos mis reinos, e todos tres seáis virreyes nuestros e gobernadores dellos. Para lo cual habemos mandado despachar los poderes e provisiones necesarias e enviamos con ellos a Lope Hurtado, caballero gentil hombre de nuestra casa. Por ende, yo vos ruego y encargo mucho, que por me servir hayáis por bien de lo aceptar, e que dando lo de esa ciudad lo más a nuestro servicio que pudiéredes, de manera que si pudiere ser quede en toda paz e sosiego, todas las cosas dejadas, os partáis luego con diligencia, e vos vais a juntar con el muy reverendo cardenal de Tortosa, para estar e residir juntamente con él en el dicho cargo, que con otro he escrito al almirante de Castilla, rogándole que luego se parta e vaya a juntarse con vosotros para lo mismo. E entre tanto que llega podréis el dicho muy reverendo cardenal e vos proveer lo que os pareciere que convenga para el remedio de los dichos reinos, conforme a los poderes e instruciones e otros despachos que con el dicho Lope Hurtado envío al dicho muy reverendo cardenal, el cual en llegando os mostrará. E porque sobre todo el dicho Lope Hurtado, e asimismo Pedro de Velasco, gentilhombre de mi casa, que para hablar os envío, vos dirá más largamente de mi parte todo lo que yo les he dicho y el bueno y próspero suceso de mis negocios de estas partes, daldes fe y creencia en esto que vos encargo, pues veis lo que me va e toca e lo que importa a mi servicio. Haced lo que de vos confío y espero e tengo por cierto, e lo que debéis al amor que os tengo, que ésta será otra mucha obligación que me haréis, para mirar y favorecer todo lo que os tocare, como es razón e vos lo merecéis. De Bruselas, en 9 de setiembre de mil y quinientos y veinte.»

Si esta provisión de gobernadores se hiciera antes de partir el Emperador de España, sin duda alguna no hubiera las alteraciones que hubo. Mas como estaban a este tiempo tan adelante, si bien la provisión dio contento a muchos, a otros, no; porque, como veremos, el condestable no estaba bien quisto en Burgos, y con el cardenal estaban mal muchas ciudades, y con el presidente y Consejo, todos a una, y los aborrecían por extremo. Sólo en Valladolid estaba el cardenal bien quisto; y aunque algunas veces se quiso salir, no se lo consintieron. ofreciendo ser todos a su servicio; que le tenían por un santo y se guardaban las puertas, porque el cardenal ni algún oidor, ni consejero, saliesen. Pero por muchas guardas que hubo, se salió huyendo el licenciado Zapata en hábito de monje benito, hecha la corona y rapada la barba, y Polanco, y Santiago, y Guevara, y Coello y otros consejeros alcaldes que no osaron esperar a la determinación de la Junta: quizá les acusaban sus culpas y ponían temores, que son las que hacen huir al pecador sin que nadie le persiga, que cierto algunos son terribles en estos oficios.

[El condestable.]

El conde de Salvatierra y otros montañeses tenían alteradas las gentes de las montañas de Burgos, hasta Álava y Vitoria, con otros lugares de la Rioja; y la alteración de Burgos ya amenazaba. A todo lo cual se oponía el condestable, no porque hasta agora el Emperador se lo hubiese encomendado, como agora hizo, sino movido de la grandeza de su ánimo y lealtad con que estos señores siempre sirvieron a la casa real. No he hallado que ninguno de los grandes de Castilla se pusiese primero en esto, si bien todos a su tiempo acudieron como buenos. Temía el condestable, como prudente, la dificultad del hecho, y que aventuraba no menos que su vida y estado en tomarse con tantos, principalmente estando sin armas y sin dinero y sin favor del rey; y los que se levantaban eran muchos y poderosos, porque, por lo menos, eran trece ciudades de las mayores de Castilla, con otras villas y lugares, y caballeros ricos y arriscados y bien enojados con el Emperador y sus ministros. Negocio de tanta consideración y peligro, que otros grandes tuvieran por acertado y aun forzoso, estarse quedos y a la mira en sus casas, y aconsejaban lo mesmo muchos al condestable. Estaba casado el condestable con doña María de Tovar, hija única heredera de Luis de Tovar, marqués de Berlanga, y por quien se juntó la ilustrísima casa de Tovar con la de Velasco. Fue una señora de las muy discretas y valerosas que en su tiempo tenía España. No era de la opinión de los que aconsejaban al condestable, su marido, que estuviese a la mira, sino la que más le persuadía el servicio del rey, y que hiciese resistencia a los comuneros y mírase por estos reinos; pues a él, como a condestable, capitán general y justicia mayor, y segunda persona después del rey, por su oficio le incumbía, si bien aventurase hacienda, vida y estado.

Y estando la duquesa en su villa de Haro escribió al condestable, su marido, una carta digna de esta historia.

Carta de la duquesa al condestable.

«Muy ilustre señor: La carta de vuestra señoría recibí con Pedro Velasco, y lo que me parece es que, pues el rey de donde está hace lo que puede en daros su poder y hacienda, vuestra señoría se determine a poner el suyo. Que si él le pierde, no es mucho que vuestra señoría perdáis el vuestro, y todos los que hicieren lo que son obligados; pues no le perdiendo, seguros estarán vuestra señoría y sus servidores. Lo que me parece que vuestra señoría y el señor almirante deben hacer, es hacer llegar dinero y mucha gente y acometer esta fortuna. Yo escribo a Pedro de Melgosa, que por todas vías provea de dinero. Lo de Toledo he sabido; y cuando mayor mal haya, es menester mayor acometimiento. Esperad en Nuestro Señor, que pues en esto le servís y servís a vuestro rey, que él os favorecerá; y porque con el contador escribiré a vuestra señoría largo, ceso. Nuestro Señor la muy ilustre persona de vuestra señoría me guarda más que a mí.

»De Haro, a 19 de junio, año de 1520.»

Enviáronse los despachos al almirante y a pedirle que luego se pusiese en camino, porque las cosas apretaban crudamente. El almirante consideró con prudencia que el negocio era arduo, y recelóse aventurar su persona y estado en él. Quiso, sin salir de Cataluña, intentar algunos medios de paz por no venir en tanto rompimiento, pues llevándole por él había tantas razones para temer y dudar del fin deseado.

Supo el Emperador las dificultades que el almirante ponía y el camino por donde lo quería llevar, y pareciéndole ser largo, y que en el almirante había tibieza, envió a mandar al condestable, por cartas fechas en 17 de otubre de este año, yendo de camino para Aquisgrán a coronarse, que, llamando y juntando los del Consejo, él solo con ellos entendiese en gobernar estos reinos, en tanto que con él se juntaban el cardenal y almirante, por el desmán que había en los negocios; lo cual hizo el condestable, como se dirá a su tiempo.

Pretende el condestable con gran prudencia ganar y allanar a Burgos.

Después que el condestable vio que estaba a su cuenta el remedio de estos reinos, si bien enfadado con los de Burgos, sin reparar en su grandeza, quiso prudentemente con blandura y buenos tratos allanarlos y ponerlos en el camino real del servicio de su príncipe, que importaba mucho para el buen principio de su gobernación ganar esta ciudad y meterse en ella, por ser la cabeza de Castilla, y de tanta grandeza y estimación. Tuvo sus inteligencias con algunos caballeros de Burgos, principalmente con Jerónimo de Castro, procurador de la ciudad. Y que había estado en la Junta de Tordesillas, señor de la casa de Celada del Camino, y con el licenciado Francisco de Castro, del Consejo y oidor de la chancillería de Valladolid; y con Diego López de Castro, señor de la casa fuerte de Hinestrosa, cerca de Castrojeriz, con cuya buena industria la ciudad se puso en tan buen término que el condestable se hizo dueño de ella; que fue el principio de la salud y remedio de tantos males como en el reino había.

Y por el condestable y ciudad se encomendó a Diego López de Castro la tenencia del castillo de Lara y guarda de su tierra, que lo tuviese por el Emperador, haciendo Diego López pleito homenaje como hidalgo caballero, según fuero de Castilla.

Los servicios que los tres hermanos hicieron en Burgos en esta ocasión fueron tan importantes, que el condestable lo escribió al Emperador y los encareció ansimismo con los que había hecho un dotor Zumel, el que en Valladolid, siendo procurador de Burgos, anduvo tan recio, y pedía le hiciese de su Consejo.

Y así, el Emperador escribió al licenciado Francisco de Castro, entando en Wormes, a 21 de hebrero año de 1521, agradeciendo lo que por su servicio habían hecho él y sus hermanos en ser parte para que Burgos se allanase, y diciéndoles palabras de mucho amor.

Digo estas particularidades porque, quien leyere las cartas que el condestable escribió al Emperador y las que el Emperador respondió sobre la pacificación de Burgos, verá cuánto importaba y cuánto merecen los que en ella fueron tanta parte para apartarla de seguir la Comunidad.

Hízose dueño el condestable. del castillo, que es la fuerza principal de esta ciudad. dio a la ciudad sus hijos en rehenes, y seguro de ella y de que cumpliría con ellos lo que les había prometido, y con voluntad y consentimiento de ambas partes. -digo del condestable y ciudad-, pusieron por alcalde y capitán de ella a Jerónimo de Castro, señor de la casa de Celada. De aquí adelante comenzó Burgos a sentir mal de la Junta, y de las cosas que se hacían en ella y de lo que había hecho con el cardenal y con los concejeros, y avisaron a sus procuradores que se apartasen y que no fuesen con ellos, y escribieron a Valladolid una carta digna de ponerse aquí en testimonio de la lealtad de Burgos, y de lo que el condestable hizo en ella dentro de quince días que con furia popular y ciega le habían echado fuera, y casi combatido la casa.

Carta de Burgos en que muestra su lealtad escribiendo a Valladolid.

«Ilustres e muy magníficos señores: Por evitar los males del reino, y por remediar los agravios, y para conservar e aumentar las libertades y franquezas, fue acordado que se hiciese junta general de los procuradores de las ciudades, para que juntamente entendiesen lo que sobre ello se debía hacer, y aquello que fuese justo y bueno hubiesen de suplicar a la Real Majestad lo mandase hacer de manera que fuese a servicio de Dios y al bien de la república, para que fuese regida y gobernada en paz y justicia y con benevolencia y amor, y no con rigurosa sujeción, por el yugo suave que libra la carga. Y lo que se hace con amor, permanezca, y lo que con violencia, no es perpetuo. Y los señores de la Junta en esto no debían de entender, y dejar el gobierno de la reina nuestra señora, e a quien le tenía por mandado de su hijo, que es quien más le quiere y más a su honra y provecho le toca, y al gobernador y consejo que la Cesárea Majestad dejó. Si algún defeto había, suplicar a la Real Majestad lo mandase remediar. Mas sin le hacer saber nada de ello, hacer de hecho no solamente para con su rey y señor natural, mas aún con quien se tiene competencia, debe ser primero oído y recontado antes que hacer de hecho; y la causa porque los procuradores de Burgos, cabeza del reino, no consintieron ni la ciudad consiente en ello.

»Y si los procuradores de vuestras mercedes lo consintieron, pensamos que no haya sido con vuestro acuerdo ni mandado, salvo que de suyo hayan alargado la comisión. Por lo cual habemos acordado de hacer saber a vuestras mercedes: que si para aquello que la Junta se concertó queréis que se ponga en obra, que es suplicar a la Real Majestad remedie las cosas pasadas, y en lo de por venir se dé tal orden que la república viva en paz y justicia y no con rigurosa sujeción. Que esto haciendo Su Alteza, le sirvamos y obedezcamos con toda lealtad e fidelidad, como estamos obligados. Y entre tanto que Su Alteza viene en estos reinos, el gobierno del reino téngale quien Su Majestad quisiere, pues es suyo. Que ansí como la ley tiene vigor en la voluntad del príncipe, ansí el gobierno no tiene fuerza ni vigor en la voluntad del que le mandó regir e gobernar. E querer ninguno entremeterse más adelante, es desacatamiento de lo que se debe a la Real Majestad. Y sobre lo que se debe pedir, enviamos los capítulos que a esta ciudad les pareció más necesarios para desagraviar, y buena gobernación de estos reinos. Si a vuestras mercedes les pareciere de añadir o quitar, lo hagan de manera que se provea la necesidad general del reino, e no a la de particulares. Y también lo envíamos a nuestros procuradores que están en la Junta, para que con los otros procuradores se conformen en lo que se ***. Y aquello envíen a suplicar a Su Real Majestad lo conceda, pues es para su servicio, que en aquello es el rey servido en lo que su república es aprovechada. Y tenemos por cierto que lo concederá, y concedido de su parte, de la nuestra le hemos de servir, obedecer y guardar la fidelidad que debemos; lo cual esta ciudad ansí lo entiende poner en obra. Y ansí os suplicamos y pedimos por merced, les plega hacerlo, y que conjuntamente nos hallemos en conformidad a poner en obra lo que es servicio de la Real Majestad y pacificación del reino e bien general de la república. Y lo mismo manden vuestras mercedes a sus procuradores de la junta pongan en obra y se dejen de entender en las cosas del gobierno, pues no es cosa en que se debe entremeter alguno, sino la Real Majestad o quien quisiere en su nombre lo haga. Y porque tenemos confianza de la mucha lealtad y fidelidad que vuestras mercedes y sus antecesores tuvieron a la corona real, se conformarán y estarán de este propósito, no decimos más de suplicar a Dios os dé su gracia, ansí lo pongáis en obra. Y porque la dilación en estas cosas es dañosa, con mucha solicitud y brevedad les plega entender. Prospere Nuestro Señor las muy magníficas personas y estado de vuestras mercedes. De Burgos a 8 de octubre de 1520 años. Y porque Diego López de Castro hablará a vuestras mercedes más largo, a él nos remitimos; denle vuestras mercedes entera fe a lo que de nuestra parte dijere.- Por otorgamiento de los señores procuradores de Burgos, que ante mí lo otorgaron y firmaron, lo fice escribir.- Gerónimo de Santos.»

Decía en el sobrescripto de esta carta: «Al ilustrísimo y muy magníficos señores, consejo, justicia y regidores y muy honrada comunidad de la muy noble y muy leal villa de Valladolid.»

Los capítulos que envió la ciudad de Burgos a Valladolid a veinte y dos días de octubre del presente año de mil y quinientos y veinte, cuando la Junta despachaba los suyos para el Emperador.- Que no se saque oro ni plata del reino. Ni haya subsidio. Ni se saque carne. Ni den posadas, sino a sólo el rey.- Que los oidores den residencia de tres en tres años.- Bulas.

Primeramente, que no se saquen dineros, ni oro, ni plata, ni moneda de Castilla, y que las alcabalas estén por lo del año de siete, y las puedan tomar los pueblos y encabezarse en ellas. Que no haya subsidio, ni preeminencias. Que no saquen pan de Castilla para Portugal, ni para otra parte. Que no saquen carnes de Castilla para fuera del reino, ni para Aragón. Que se paguen las posadas. Y que no den posada a virrey, ni a los del Consejo, sino al rey. Y para tan solamente los de dentro de su casa den cien posadas. Estas se paguen de quince en quince días, y se den sin ropa, y las tasen dos personas, la una del pueblo y la otra del rey, sobre juramento. Que no se dé oficio ni beneficio, ni renta ni obispado ni arzobispado a hombre extranjero, aunque sea nacido en el reino, si no es natural de él. Y que el que está dado, que sea ninguno. Que sean castigados y dados Fonseca, Gutierre Quijada y al alcalde Ronquillo por traidores, y les sean tomadas sus villas y lugares y fortalezas y rentas para los gastos y daños de Medina del Campo. Que ansimismo de los del Consejo de guerra y de otro Consejo, que fueron en dar provisiones para quemar a Medina, o fueron, o lo supieron, y que les sean tomadas sus villas y rentas para los daños de Medina. Y si esto no bastare, que de las rentas del rey, se cumplan los daños de Medina, así los de dentro como los de fuera. Que los procuradores que firmaron agora en Galicia, como los de agora tres años en Valladolid, hayan perdido todos sus bienes y rentas. Que el rey haya por bueno lo que han quemado y derribado, ansí de fortalezas como casas y otras cosas que están tomadas a los procuradores. Que el rey perdone todos los daños, escándalos, que se han hecho en estos reinos por lo susodicho, y por ello no hayan pena ni castigo alguna ciudad, villa ni lugar, ni persona particular. Que no puedan estar los oidores de consejo, ni los de chancillería, alcaldes más de tres años, sin hacer residencia y visitación. Y que los alcaldes conozcan de los oidores y los oidores de los alcaldes, el consejo por sí y chancillería por sí. Y de lo en que fueren condenados que lo paguen. Que no haya entredicho sino apostólico. Que no puedan predicar bulas más de una vez, y que éstas no deroguen ni embaracen las otras. Y que se sepa primero para qué se predican y que en aquello se gaste y no en otra cosa, y que hasta que el rey esto envíe que no haya gobernador, y de ello el rey haga contrato en forma, con juramento. Que le pesa a Burgos de haber quitado el consejo y que Burgos no fue en ello. Y que el rey otorgue y jure de venir dentro de dos años después que partió. Que a do el virrey estuviere, pueda hacer Cortes a pedimiento de las ciudades e villas, y lo que allí se hiciere sea válido. Y que las guardas, así de pie como de caballo y capitanes, paguen las posadas y lo que comieren; y que se paguen las guardas de quince en quince días, y los de a caballo y los de a pie, de mes a mes. Que no haya gallineros, sino que se tasen las aves por lo que valen, y que en aquello las trayan a vender a los pueblos, ansí cazadores como caballeros. Que no haya corregidores, sino que, si los hubiere, que sean a costa del rey. Que aunque algunos caballeros, monasterios, obispos o otras personas alcancen cédulas del rey, para los pleitos que tienen en la chancillería o en el Consejo, que se les vean, siendo en perjuicio de las ordenanzas que estas tales sean obedecidas e no cumplidas. Antes el presidente e oidores hagan juramento de cumplir y guardar las ordenanzas.

Siente mal Valladolid de la mudanza de Burgos.

Los de Valladolid recibieron mal estos despachos, y no quisieron por agora responder a ellos, teniendo a los de Burgos por poco constantes y que no se podían fiar de ellos. Demás de esto, escribieron los de Burgos otra carta a los de la Junta, diciéndoles y exhortándoles muchas cosas; y entre ellas eran que dejasen a la reina en su libertad y que las cosas estuviesen en el estado que el Emperador las había dejado, y otras en que contradecían a lo que primero habían dicho. Por lo cual pareció haberse apartado de lo que seguía la Comunidad, y que estaban de la parte del condestable. Y así, algunos lugares del reino comenzaron a entibiarse, y por las cartas y promesas que el cardenal y caballeros les enviaban. Por esto determinó la Junta escribir a la ciudad de Burgos diciéndoles:

Carta de la Junta para Burgos.

«Muy magníficos señores: Una carta de vuestras mercedes recibimos en veinte y nueve de octubre. Y aunque no dudamos en vuestra ciudad haber personas prudentes y leídas, pareciónos que se os acuerda mal de una ley que hizo Solón, varón singular antiquísimo, dotor de leyes en Atenas. Decía que cualquiera vecino de una ciudad y cualquier ciudad de reino pudiese quejarse y remediar los agravios fechos en aquella ciudad o en aquel reino, aunque no le tocasen a él, sino a sus vecinos; porque todas las leyes se deben fundar sobre razón. Daba la razón ansí (por cierto muy al revés de como vosotros, señores, lo tomáis); decía que la ciudad o un reino era un cuerpo, y que ansí como cuando dolía un miembro del cuerpo dolían todos, y en el remedio de aquél debían todos de entender, ansí debieran doler a todos los otros ciudadanos el daño que recibía un ciudadano; y el daño de una ciudad debe tocar a todas las otras, ni más ni menos que a ella, pues esto se debe hacer por los otros miembros que son las ciudades, que hiciera el mismo miembro por sí mismo. Porque si bien, señores, queréis tener en memoria una cosa que ha tan poco que pasó, una de las cosas que a estos reinos movieron a tomar las armas, fue esa ciudad. Porque si queréis llamar delitos (como agora parece que llamáis) a los. primeros movimientos, que se debe tener por cierto que fueron inspiraciones divinas en los pueblos, para venir al remedio de estos reinos, ¿quién hizo de nosotros que esa ciudad tomase la fortaleza del rey?, ¿matasen sin ninguna causa a su aposentador? Quemastes todas las escrituras sobre que era fundada su corona real. Derribastes muchas casas de personas que no eran culpadas. Quisistes matar al señor condestable siendo ahí vecino y habiéndoos venido a favorecer y ayudar. Y si dijéredes que Segovia hizo justicia de un regidor y Salamanca derribó ciertas casas y Toledo tomó las fortalezas y las fuerzas, y Valladolid se movió a derrocar algunas casas de procuradores, por. cierto no eran iguales delitos a los vuestros. Si a la calidad de estas cosas queréis llamar delitos, porque Segovia ha culpado persona que contra su mandado y poder que llevaba, atributó a estos reinos; Toledo a los que contradecían su opinión de libertad y les tenía usurpadas las puertas de la ciudad y su entrar y salir. echó fuera; Salamanca a los contrarios de la libertad, también los echó fuera; Valladolid castigó a los procuradores que tributaron al reino y su ciudad por otra vía de castigos más moderados que los vuestros. Y pues que estos delitos no eran iguales a los que en esa ciudad hecistes, bien se puede creer que más presto les impetrarán perdón de SS. AA. que a los vuestros, y por eso tenían muy poca necesidad estos reinos de tomar las armas para remediar las ciudades que lo hicieron. Pero como vosotros, señores, os hayáis vestido de diversas colores, muchas veces lo que una vez hacéis, remendáis haciendo después delito: lo que una vez aprobáis, desaprobáis otra. Y estaban bien librados estos reinos si siguiesen las diferencias dé vuestras opiniones para aprobaros, para defenderos, para ayudaros. Siguiéndoos, señores, habemos puesto el ejército de. nuestras ciudades en partes para cada y cuando que las hubiérades menester os fueren a ayudar. Más como a la mañana amanece sereno y a la tarde estaba añublado, ni quesistes ayudarnos ni que os ayudásemos. Aunque sabemos cierto que cuando hicistes aquella ofensa al señor condestable, si las espaldas no tuviérades ansí tan seguras, no quedara en el estado que quedó. Agora en pago de esto reprendéis las cosas pasadas y hechas por nosotros, y decís que estáis concertados con el señor condestable porque os ha concedido los capítulos que demandastes.

»Tornando a la tema primera, decimos, señores, que no lo hecistes como buenos ni devotos de este cuerpo, que aunque os parezca que seguís vuestra razón y que nosotros no la tenemos, pareciera muy mejor que os conformárades con las otras ciudades, que era más de caballeros, y de caballeros como vosotros, señores, os llamáis, que no hacer lo que habéis hecho. Que por cierto que si ello fuese justo y razonable, sin mirar que os habéis apartado de nosotros, siéndonos en los cargos que nos érades, siguiéramos lo mismo que seguís. Pero las libertades del reino que aquí se han acordado y en todo el reino se pregonarán muy presto con el ayuda de Dios y no lo que vosotros ahí ordenastes (porque aquí es junta general del reino donde está la reina nuestra señora y los procuradores de todas las ciudades, y estas serán tenidas y guárdadas; por Sus Altezas, que no las vuestras que tocaban y eran particulares, y por vuestras pasiones ordenadas y sin mirar que cumplían al reino o sino). Y el señor condestable en haberse concertado con vosotros, pensamos que lo ha errado y que ha puesto cizaña y diferencias en estos reinos. Y por esto con ayuda de Dios y de la reina y rey, nuestros señores, y de nuestras ciudades, veréis cómo no lo habéis hecho como cabeza ni aun como miembro de este cuerpo. Y las personas particulares que de vosotros lo han ordenado, que bien sabremos quien son, caerán dentro de muy breve tiempo en el error que han cometido. Vuestra Comunidad tenemos por cierto que se juntará con nosotros y con el bien común que procuramos porque no tienen las pasiones particulares que vosotros tenéis. Y no queremos responder a lo que decís que restituyamos a la reina nuestra señora en su libertad, y la pongamos en su posesión que solía estar, porque a esto no se podrá responder sino con palabras muy recias. Y porque como habemos dicho creemos que vuestras cartas no proceden ni vienen de la Comunidad de esa ciudad, no queremos maltratar los inocentes que ahí hubiere sin culpa, a quien habremos de ir a ayudar y favorecer, ni decimos más sino que presto os daremos la respuesta desto. Cuanto a los hijos que os da el señor condestable en rehenes que decís, más que le aconsejaríamos que no pusiese sus hijos donde fuera tan mal tratada su persona. Y por cierto si el rey nuestro señor le dejara por gobernador en el principio non viéramos los daños de este reino tan adelante como agora están. Pero agora en el estado que están, el remedio de ellos conviene que haga el reino, y el rey nuestro señor le proveerá y que no gane ninguno grandes gracias con nosotros, ni acreciente sus estados (como dicen que harán). Que basta la que tienen tomado a la corona real sin que la acaben de disipar y destruir. Su Alteza ha de saber que estos reinos son partes y las Comunidades dellos han de ser remediadas, y conforme lo que aquí acordaremos ha de ser el remedio, y esto nos parece que conviene al bien del rey y del reino. Y en esto debiérades de estar como buenos y leales vasallos y como buen miembro de este cuerpo, sin apartaros de él.»

[Parecer de Valladolid sobre la carta anterior.]

Vista esta carta por algunos de la villa de Valladolid, pareció muy bien, y que se les escribiese tan claro, queriendo y deseando que así como lo escribían se efetuase y cumpliese en ella. Pero los de Burgos respondieron a la Junta otra en que decían:

Carta de Burgos a la Junta.

«Muy magníficos señores. Recibimos la carta de vuestras mercedes y bien creemos que no ignoran que en esta ciudad haya personas que sepan ansí las cosas pasadas que por escritura se hallan, como por experiencia de aquéllas saber lo que para lo demás se debe proveer. Porque aquél puede ser dicho sabio que sabe buscar los remedios contra fortuna, y desto ninguna de las ciudades por quien vuestra merced asiste con esa Junta carece. Y como, señores, decís, cada miembro de esta república ha de tener entero cuidado, y para esto cada parte aunque pequeña es el todo, y siguiendo esto, nuestra obra ha llevado el camino que vuestra merced ha visto, porque a todos se ofreció el caso de que Tito Livio hace examinación en la primera Década, de la conjuración que los miembros del cuerpo humano hicieron contra el vientre, cuyo cargo es repartir a todos la sustancia que ha recibido, para la conservación de cada uno, diciendo que recibía grandes trabajos en el sustentar, no mirando que eran para todos. Y ansí, estos reinos sintiéndose damnificados de algunos agravios que padecían de que los reyes de gloriosa memoria ni Sus Majestades no habían dado el remedio procuraron que se hiciese la Junta de procuradores que se hizo, para suplicar a Sus Majestades la proveyesen, como convenía a su servicio e bien de estos reinos. Y para esto sólo todo el reino por miembros fue convocado, pero no para tan absolutamente querer ocupar las insignias del real poderío, apoderándose de la reina nuestra señora, estando retraída con su enfermedad y falta de disposición para poder gobernar ni firmar, y deshacer su gobierno y real Consejo, y apoderarse de todos los oficios de justicia y hacienda como si nunca hubiera memoria de rey no impedido, e justiciero como Dios (demás de ser el mayor del mundo) por su infinita misericordia nos le ha dado y bien mirado. Poco más se hizo cuando Roma lanzó de sí sus soberbios reyes. Y si sus ciudades hubieran seguido las intenciones de vuestra merced, no se esperaba de ello otro mayor fin, ca de los principios se conocen los fines. Y para los que miran no bastan colores, de las cuales decís habernos vestido así Nuestro Señor Dios, y a todo el género humano, pues les dio diversas maneras de voluntades. Y de estas mudanzas vuestras mercedes han sido la causa, pues ellos cada vez iban más excediendo de aquello para que la Junta fue convocada. A lo menos nunca fuimos mudables de aquello en que primero nos determinamos que es para tan solamente el suplicar. Esta ciudad está muy certificada, y lo tiene por cierto de vuestras mismas ciudades y villas, a quien han enviado, que nunca su intención fue de daros, señores, poderes ni deciros su voluntad, más de para aquello que esta ciudad e sus procuradores en su nombre han votado en esta Junta, que es para suplicar a Sus Majestades por el remedio de nuestros males. Ni es de creer, según su grandísima lealtad, que a nuestros reyes y a la corona real de estos reinos siempre cada una han tenido, que otra cosa hiciese. Y que me digáis, señores, que esta ciudad ha hecho tantos delitos que tan por entero en vuestra carta contáis, como si fuesedes los fiscales de ellos, no nos parece que debemos hacer relación de los ajenos, pues las proprias culpas no se pueden limpiar con las ajenas, ni aun Dios quiere que nadie confiese el pecado ajeno. Por una parte queréis, señores, decir que lo que los pueblos han hecho ha sido por inspiración divina (lo cual no negamos que tal haya sido su principio), y por la otra nos reprendéis de delitos, pues todos fueron casi de una misma manera e para un mismo fin. Cosas son que entre sabios no se pueden compadecer. Una de las mayores ignorancias que el malvado Mahomat tiene en su maldito Alcorán, para que si algún discreto a aquella falsa seta fuere convertido la deje por mala, es que en muchos lugares se contradice a sí mismo. Y estas cosas permite Dios porque sea más claro divulgada la poca razón de los autores. Y ansí creemos que toda la obra fecha hasta aquí por los pueblos, puede ser dicha bienaventurada, pues fue medio con que se alcanzase nuestro deseado fin. Como muchas veces acaece, que los males son simiente de los bienes, ni se podía decir que lo fecho ha sido por soberbia, ni por codicia de ser libres del yugo del señorío real, salvo solamente para alcanzar el descanso e remedio de sus trabajos e fatigas. Por donde de lo que vuestra merced ha fecho ningún fin de éstos nace, salvo querer experimentar las fuerzas de sus reyes y las suyas proprias, aunque con enemigos no se debe hacer, y poner sí pudiesen a sus pueblos en mal renombre. Lo que a Dios no placerá. que lo que ellos e sus antecesores con tantas fatigas y trabajos e gastos, derramamientos de sangre han ganado, por vosotros lo pierdan. Y si pudiésedes conservar vosotros la determinación; lo cual todo fue muy ajeno del pensamiento de los señores que os enviaron; porque si para esto fueran sus intenciones, pudiera ser que. a otros más aceptos a sus voluntades enviaran para la semejante empresa. No hay razón que, señores, baste para que os podáis excusar de culpa de tan manifiesto error, que donde, señores, os hacían procuradores y solicitadores, os hecistes absolutos gobernadores. Habéis dado grande infamia a estos reinos, divulgada en los extraños, porque éstos más que otros son ajenos desto, que aunque en los de Francia dos veces han usurpado los gobernadores el estado de los reyes, y así están hoy en día: esta ciudad por matar tan peligrosa infamia y considerando (como por la otra escribimos) la brevedad de la venida de Su Majestad, y como sería dudoso concedernos el remedio de lo que pedíamos, y mirando la dilación que habría en este tiempo para ser todos juntos a lo suplicar, y como cabeza procurar el remedio de todos los miembros, y así nos habíamos juntado, y de los que más quedaban para que todos fuesen remediados, y ansí lo han fecho, y pluguiera a Dios lo hubiera fecho cualquiera de los miembros, porque todos conocieran con cuán buena y sana voluntad y ajena de toda envidia y jatancia esta ciudad, como cabeza, lo recibiera. Pues es cierto que donde estos vicios carecen, nunca la salud es mal recibida y pues a todos en tan breve era difícil, según las muchas voluntades ser conformes, no hubiera de haber por mal haberse procurado el remedio por el camino que se ha fecho, mayormente por proprios naturales, como quiera que quisigramos que de esa Junta hubiera emanado. Pero como, señores, lo pusistes en el número de vuestras intenciones como postrimero, siendo tan dilatado, esta ciudad sin haber respeto a otra honra ni vanagloria se ha puesto en lo que hizo. Pésanos porque vuestra intención contra esta ciudad tan a la clara se muestra, pero consolémonos, que de vuestros mismos pueblos recibiréis por tiempo el galardón. Decís, señores, que los capítulos que ordenamos, que eran nuestros particulares, y fechos por nuestro propio interés; querríamos que nos dijésedes cuál de ellos toca a nuestra ciudad más que a las vuestras, pues todas son generales en los nuestros proprios particulares, y de nuestra provincia y amigos, quisiéramos que quedara para juntamente con los otros del reino suplicarse por todos. Dais, señores, materia que cada uno procure por los suyos. Plegue a Dios que los vuestros sean más provechosos y se concedan, y todos (si posible fuere) gocemos del fruto, aunque la honra sea vuestra, que haciendo así por nuestra parte no será menoscabada. A lo que decís, que no lo habernos hecho como cabeza, ni aun como miembro: Esta ciudad ha hecho con más lealtad y fidelidad a sus reyes y a vuestras ciudades lo que debían, que vosotros, señores, como su hechura y naturales, y mandados habéis hecho lo que se os encomendó. Y aquí no hay particulares que hayan fecho cosa que toda nuestra ciudad no la quiera, ni menos hubiera personas que se atrevieran sin su mandado a hacer lo que habéis fecho. Y si alguno hubiera tan mal aventurado que lo tal obrara, la memoria de su castigo fuera inmortal. Decís también que nuestras cartas no emanan de la Comunidad y que no queréis maltratar a los inocentes que habéis de venir a ayudar. Pluguiera a Dios que vosotros, señores, hiciérades lo que las vuestras os habían mandado, como nosotros habernos fecho y hacemos lo que la nuestra nos manda, porque a lo menos vuestros absurdos errores no hubieran acaecido. Vosotros tenéis tanto que hacer en vos defender, que os acordaréis poco de socorrer a ninguno, ni procurar otra venganza especial, cuando viéredes que vuestros proprios ciudadanos serán vuestros verdugos, que no creo esperarán a la ira de nuestros reyes, de quien creemos estaréis más seguros de su partido que del de vuestros naturales. Porque no es de dudar no querrán venganza de vuestras obras por amatar las infamias, cuando aquéllas poniéndolas en simulación les podría venir. De una cosa estamos bien ciertos, que ni creemos que en lo que así en esa Junta habéis excedido, ni en esta carta que agora nos escribistes, y dos veces hemos recibido, ni la antes de éstas que alguno dellos ha emanado de la voluntad de los señores que os enviaron, porque así lo tenernos por sus cartas, por las cuales bien se da a entender las contrarias voluntades y obras en que estáis; y cómo los dichos capítulos les parecieron de otra forma que vosotros, señores, decís que os parecen. De manera que aquí más habernos de mirar a la merced de aquellos señores que os enviaron, que no a vosotros. Y así somos ciertos que Su Majestad de esta misma manera ha tomado lo acaecido. teniendo de vos, señores, la queja. y no de vuestros pueblos. Decís que con vuestras espaldas hecimos muchas cosas, especial lo del señor condestable. Considerad que nunca hecistes cosa de las que quisiésemos, ansí en lo que toca a Sus Majestades como en el favorecer de decir, hasta que Su Majestad otra cosa proveyese, ni en las otras cosas semejantes. Y cuando en esta ciudad acaecieron los alborotos e delitos que decís que hecimos, no había memoria de Junta; y primero había acaecido lo de Toledo y Segovia. No sabemos de qué queréis os demos gracias, ni vuestras ciudades las piden. Nunca socorro para ello pedimos, antes ofrecer el nuestro. E para eso Principalmente hecimos nuestro ejército, de que hubo poca necesidad enviarlo a esas partes. Y pues tan mal lo agradecéis, causa habría para pesarnos. Lo que entretuvimos al señor condestable y otros señores, que se pusieron en hacer harta perturbación, moviónos principalmente la amistad que tenemos a vuestras ciudades, y no pensar que vuestros errores fueran tan adelante. Por las leyes macedonias, ni rodias ni atenienses, no por las de vuestro Solón que contáis, ni en los otros seis que quedan, ni en otros destas naciones legisladores, pues son los más antiguos y de quien todos toman sus principios, ni menos por las romanas nuestras, fallaréis vuestras hazañas deberse con justicia sufrir. Y pues tanto nos queréis reprender, justa causa es trayamos a la memoria la gana que por consejo de vuestros apóstoles tuvistes de quitar al rey nuestro señor su título no considerando o haciendo que lo ignorábades. Que nunca estos reinos desde su principio se vieron heredarse de la presente manera que siendo las madres herederas, los hijos en vida dellas eran los reyes y tenían el entero dominio. Y este mismo los maridos vivientes sus mujeres, fasta la sucesión de nuestra Católica reina. Más temor de vuestras leales ciudades, que de vuestros reyes os quitó la tal obra que del pensamiento estamos ciertos, pues los movimientos primeros fueron tales. Lo que en esta ciudad acaeció con el señor condestable. excusado, señores, os fuera repetirlo; pero no nos maravillamos de ello. Porque los que contra sus reyes e sus proprios pueblos que los enviaron, ansí se han puesto, no es mucho se pongan contra esta ciudad. Y muy peor fuera tratar así a su reine y señora, y excelentísima infanta, que desta ciudad rogar al señor condestable se saliese della. Y al fin él estuvo cierto que no hubiera nadie que en su ropa tocara, e sigue la dotrina del Señor de las horas del día, que aunque le quisieron apedrear, por esto no dejaron de volver a su ciudad. Y en ello decimos que ni hecimos lo que debíamos, ni deservimos a nuestros reyes. Y fue más proseguir vuestra propria pasión que la nuestra, pensando a un fin iba encaminando aquello, para que la junta fue convocada. Y así recibimos el engaño por la nuestra, e conocido procuramos de deshacerle. Y en caso que hubiera error, ya veis, señores, cuánto va de la primera obra a la perseverancia. Él nos fió de mejor voluntad sus hijos, y fiara más si se lo pidieran y lo mismo de cualquiera de vuestras ciudades que de vosotros le farán. Ellos serán tratados con más fidelidad que vosotros, señores, habéis tratado a vuestros reyes e ciudades, que os enviaron. Decírnoslo así porque como habemos dicho, somos cierto que no habéis guardado lo que os mandaron. A la otra carta que hemos dicho que nos escribistes, por la cual dijistes que si no hacíamos lo que queríades, que en tal caso en nombre de vuestras ciudades nos habíades por enemigos para por tales tratarnos, no os respondemos. Porque querríamos que fuese nuestro sufrimiento tan grande como vuestra descortesía con cuanto era grande. Querríamos, señores, saber do fundábades, que era razón que esta ciudad mandase firmar carta para Su Majestad de sus procuradores, sin saber el tenor de aquélla, estando tanto certificados de vuestras intenciones de querer usar deste mandar, sabiendo siempre que esto por nos fue contradicho, y lo mismo por vuestros proprios pueblos, mayormente que fuimos certificados de la mudanza que hacían desde la primera que nos enviastes traslado a la segunda, en la cual a vueltas de otras cosas se contenía, que confesamos, ser bien hecho, y con nuestra autoridad lo fecho. Y que Su Majestad concediese a vosotros, señores, la gobernación; y porque esto no os quisimos conceder, siendo en esto nuestra voluntad y la de los señores que os enviaron contrarias a la vuestra, nos desafiastes. No os respondemos a lo tal por escrito, por personas apasionadas y privadas, y no partes, que de sus pueblos no tuvieron poder para semejante cosa; guardárnoslo en nuestro pecho para lo disimular (si posible fuese). Pero la descortesía de la de agora, hace que lo uno e lo otro repitamos. Y considerad, señores, que Burgos es de creer que nunca dejará de ser, y lo mismo de vuestras ciudades y villas. Con las cuales siempre placerá a Dios, que estaremos conformes, y nuestras quejas, si las hubiere, serán ligeras de mitigarse, como quiera que ninguna tenemos. Y vosotros, señores, salidos del cargo que os dieron, en que tanto habéis excedido, quedaréis como de antes, de los cuales hartos pareceres y de mayores estados se hallarán en nuestra ciudad, entre los cuales Dios quiera poner su paz. Estos gatos religiosos debríades, señores, quitar de entre vosotros; que son causa de sembrar entre nosotros esta cizaña e bullicios, e tan desvergonzadamente, e sin ningún temor predican cosas falsas, e que no se debían permitir tan escandalosos homicidas. Querríamos que llegasen por estas partes, para que el tema de sus sermones en ellos se ejecutase. Vosotros, señores, creemos que al principio de estos negocios estábades limpios sin ninguna malicia, e santo propósito; pero estos tales, como animales dañados de mal contagioso, os han dañado. Bien creemos la pesquisa andará tras ellos, y presto serán desarraigados estos falsos apóstoles, sombra de los que han de ser del Anticristo. Es mucho de mirar si son humanos, sabiéndoles su naturaleza de cada uno porque es de presumir que son los mismos demonios que andan en figuras de hombres. Prospere nuestro Señor la vida, y magnífico estado de vuestras mercedes.

De Burgos, a 11 de noviembre de quinientos y veinte años.»

División en Valladolid. -Aconseja el almirante a Valladolid lo que le estaba bien.

Permanecían en Valladolid hasta agora los bandos, de querer unos que se obedeciese a la Junta teniendo por bueno y santo lo que ella mandaba; otros querían que entrase el condestable en la villa, y con él los del Consejo, pareciéndoles lo demás inicuo y malo. Sobre ello se mataban y robaban como si fueran gentes sin razón.

Había escrito la villa de Valladolid al almirante como a su natural, y tan gran vecino de este pueblo, dándole cuenta de estos trabajos del reino, y de los que temía que ella en particular había de padecer; a la cual carta respondió el almirante con sentimiento y dolor de ver el peligro en que estaban las cosas, aconsejándoles que mirasen mucho por sí, que no se perdiesen, pues esta villa había sido siempre tan leal a sus reyes, que a él, por la naturaleza que en ella tenía, le pesaba en el alma de verla en tal extremo, que era tal, que temía que cuando quisiese no hallaría remedio; y les decía otras palabras de gran amor como quien deseaba su bien.

Mas Valladolid no quiso por agora mirar en ello; pero si bien acudió tarde, halló en el almirante la misericordia que pedía, como se verá.

Lo que el condestable hacía con Valladolid por reducirle. -Ciérranse las tiendas y oficios en Valladolid. -Confusión que había en Valladolid.

Las cartas de Burgos y las buenas diligencias del condestable ponían va a Valladolid en términos de pesarle de lo pasado y de reducirse a la razón; aunque los más, pero no los mejores, eran de parecer que obedeciesen a la Junta y se favoreciese para que su mal propósito, que ellos llamaban santo, fuese adelante. Otros querían que no, sino meter al condestable y a los del Consejo en la villa. De esta división en el pueblo se seguían muchos escándalos. Y los más poderosos, que eran de parte de la junta, amenazaban a los otros que les habían de saquear y derribar las casas, como lo hicieron con muchos, y estaban puestos en esto.

Y, como los mercaderes veían lo que pasaba, un jueves 8 de noviembre, todos alzaron sus haciendas y las guardaban en los monasterios de San Benito y la Trinidad, la Merced y San Pablo y otras partes, pensando asegurarlas. En lo cual pusieron tanta diligencia como si aquel día se hubiera de saquear el lugar.

Y causó en la villa tanto escándalo, que no se entendían con la turbación y temor; y era tal el murmurio y corrillos de unos y de otros, que todos andaban atónitos, ni se entendían, ni sabían por qué se recogían aquellas haciendas con tanta priesa en los monasterios.

Imaginaban grandes males, cuales suelen ser en semejantes ocasiones.

Visto por la justicia, mandaron pregonar que todos los que habían alzado sus haciendas las volviesen luego a sus casas, y cada uno se apaciguase y asentase a su oficio, so pena que si en aquel día no volviesen las haciendas a sus casas, las tuviesen perdidas, y que se las venderían en público con pregones para pagar la gente de guerra que tenía la villa Lo cual se cumplió así, y fue único remedio para que la villa no se perdiese en este día y se matasen unos a otros a lanzadas.

Notifica el condestable los poderes que tenía para gobernar, y no todos obedecen. -El rey de Portugal presta dineros. -Las condiciones con que el condestable allanaba a Burgos.

Envió el condestable a notificar sus provisiones de virrey y gobernador juntamente con el cardenal y almirante a todas las ciudades del reino donde cómodamente se pudo hacer, y en las más fueron pregonadas y obedecidas. Comenzó asimismo a llamar a sus deudos y amigos y juntar gentes, y escribió a los grandes y caballeros del reino, animándolos y convocándolos para que se juntasen y se favoreciesen. Y sabido que el presidente del Consejo y consejeros se habían salido de Valladolid en la manera dicha, los envió a llamar que se viniesen para él, como lo hicieron el presidente y algunos de ellos.

Y como recibió la carta en que el Emperador mandaba que en tanto que el almirante acetaba y venía, que él con el cardenal gobernase, luego lo comenzó a hacer, así con los que allí eran llegados, y puso diligencia en buscar dineros para hacer y pagar la gente de guerra. Porque ya sin fuerza de armas no parecía ser posible hacer hecho bueno. Y para ello envió a pedir prestado al rey de Portugal cincuenta mil ducados, y él los prestó liberalmente. Con los cuales y con lo que de su casa y de otras partes pudo el condestable juntar, levantó alguna infantería y escribió al duque de Nájara, don Antonio Manrique, virrey de Navarra, que le enviase gente; y el duque le envió quinientos infantes y alguna artillería, que también él pidió con grande instancia. Envió asimismo a llamar la gente de guardas que había venido de la jornada dicha de los Gelves; parte de los cuales vinieron al servicio del rey, que los demás fueronse a servir a la Junta, por diligencias que con ellos hizo don Pedro Girón, que ya trataba de ser capitán general y también por el obispo don Antonio de Acuña, gran favorecedor de la Comunidad.

Asentó asimismo con los de Burgos que todos se pusiesen en servicio del rey. Hízoles muy buenos partidos: que no les serían echados huéspedes, que las alcabalas se redujesen a la tasa antigua, y otras algunas cosas, y que hasta tanto que lo trajese confirmado del Emperador, les daría en seguridad de lo que con ellos capitulaba, y rehenes, a don Juan de Tovar su hijo segundo, marqués de Berlanga, y don Bernardino de Velasco su hijo menor.

Y si bien hubo contradición en algunos de la ciudad, el trato se concluyó, con que los dos hijos se pusieron en el castillo que había de estar por la ciudad; y por alcalde en él Jerónimo de Castro. Y demás de esto diese y entregase las fortalezas de Haro y de Frías. Lo cual todo, se cumplió así.

Y al tiempo que se concertó esto, escribió Burgos a Valladolid, y envió los capítulos que dije.

En saliendo el cardenal de Valladolid, pide que los caballeros se junten con él. -Júntanse muchos caballeros en Medina.

En tanto que el condestable hacía estas diligencias, el cardenal, que estaba detenido en Valladolid, se salió, como di je, disimuladamente -que fue a 20 de otubre- con un solo paje de cámara, y se fue a Rioseco. Y luego avisó al condestable y a algunos grandes del reino, pidiéndoles le enviasen gente y viniesen a le favorecer. Lo cual ellos hicieron.

Y los primeros que vinieron fueron el marqués de Astorga, que vino a 26 de otubre con ochocientos ballesteros, doscientos escopeteros, cuatrocientos empavesados con sus casquetes y doscientas lanzas y cien jinetes, toda gente muy lucida. El conde de Benavente entro en Medina otro día con dos mil y quinientos hombres, doscientas y cincuenta lanzas. El conde de Lemos trajo mil y quinientos infantes; el conde de Valencia, mil infantes. Los cuales caballeros, y los del Consejo que acudieron, se juntaron en Rioseco con el cardenal, esperando más gente.

Asimismo trajo Hernando de Vega, señor de Grajal, trecientos y cincuenta hombres; y esperaban al almirante, que ya había escrito que venía.

El condestable se holgó mucho con la salida del cardenal, y conforme a lo asentado con los de Burgos, él entró en la ciudad primero de noviembre; y si bien hubo alguna contradición, con su buena industria se apoderó de ella.

Y comunicando con el cardenal y otros que estaban en Rioseco, acordaron que, pues otro remedio no había, se llevase esta contienda y feneciese por armas, y que allí en Rioseco se hiciese el campo y se juntasen todos, por estar más en comarca y frontera, y cerca de Tordesillas, donde habían comenzado a venir gentes de guerra, y la Junta formaba ejército. Y para esto acordó el condestable de estarse en Burgos con alguna gente armada, para hacer rostro a las merindades que estaban alzadas; y al conde de Salvatierra don Pedro de Ayala, que con poca prudencia se había hecho capitán de ellas; y también para enviar a don Pedro de Velasco, conde de Haro, su hijo, a quien había nombrado por general del ejército, con los soldados y artillería. que le habían venido de Navarra, y juntarse con la infantería y caballeros que se habían recogido en Rioseco.

Y poniéndolo en efeto el conde de Haro, partió de Burgos mediado noviembre y fue a Melgar, ocho leguas de allí, donde paró a recoger la gente, y se juntaron con él don Pedro Velez de Guevara, conde de Oñate, y el conde de Osorno, don García Manrique, y el mariscal de Fromesta, y el marqués de Falces, don Alonso de Peralta, y otros caballeros, cada uno con la gente que pudo.

Y de allí prosiguieron su camino todos juntos para Rioseco, donde cada día venían caballeros con gente de guerra.

[Trata la Junta de aprestarse para rechazar a los gobernadores.]

Desde el día que los de la Junta supieron el nombramiento de los dos gobernadores, les pareció que habían menester más fuerzas de las que tenían para poderse valer. Pusieron luego mucha diligencia escribiendo a las ciudades de su liga, avisando del gran poder que los gobernadores juntaban, y que era menester gente y dinero; quisieron ganar de su parte al rey de Portugal don Manuel; y a 24 de otubre, año de 1520, le escribieron así:

Carta de los de la Junta al rey de Portugal.

«Muy alto y muy poderoso señor: Más necesidad nos parece que hay de suplicar a Vuestra Alteza que nos perdone la dilación que se ha tenido en hacer saber a Vuestra Alteza los movimientos y alteraciones acaecidas en Castilla, y la causa dellos, que no de dar causas de la noticia que de ello hacemos a vuestra serenísima persona. Porque de haber muchas razones para esto, cosa muy manifiesta es. Lo principal por quien ha sido y es, vuestra real persona lo sabe por la prudencia, celo, justicia y servicio de Dios, con que ha gobernado sus reinos, teniéndolos siempre en harta quietud, paz y sosiego, cuanto no habemos visto ningún príncipe en nuestros tiempos ni en los pasados. Lo segundo por el mucho deudo y afinidad que entre Vuestra Alteza y el rey nuestro señor hay, y que por la edad y prudencia de Vuestra Alteza y parentesco conocido, se convierte en deudo paternal. Lo tercero por la gran amicicia y hermandad que siempre hubo en estos reinos y esos de Vuestra Alteza. Que aunque algunas veces se halle haber habido diferencias, son rencillas de hermanos. Pero cuando se ve que ellos y éstos han tenido alguna necesidad, fallamos haberse socorrido los unos a los otros con toda voluntad. Y por no dar a Vuestra Alteza importunidad con larga escritura, dejaremos de expresar más causas, aunque son muchas, y tomaremos al propósito.

«Después de la muerte del Rey Católico, padre de Vuestra Alteza y señor nuestro, el rey don Carlos nuestro señor, que agora es, estando en Flandes sin título de rey, y en este título no podemos hablar si le tomó justa o injustamente, pues fue en vida de la reina nuestra señora su madre, sino que todos estos reinos lo hubieron por bien; porque la dicha sucesión era suya, no quisieron hacer diferencia entre madre y hijo, pareciéndoles que venido Su Alteza en estos sus reinos, su gobernación sería por consejo de justas y prudentes personas, cuales el reino les pareciese, y que éstos asistiesen en la gobernación de la reina nuestra señora su madre y por él. Y teniendo esto por cierto, le escribieron muchas veces y le enviaron a suplicar quisiese abreviar y acelerar su venida a estos reinos, y no quisieron poner ningún consejo ni gobernación con la reina nuestra señora su madre, hasta que Su Alteza viniese. Antes dejaron aquel consejo pasado como prestado, hasta que Su Alteza fuese venido; pareciéndoles que estos cumplimientos todos debían a su reina natural, o que cuanto más humildes y comedidos fuesen, tanto más gracia habían de hallar, para congratular y beneficiar estos reinos. Mas la cosa, muy poderoso señor, ha ido muy al revés de esto, por ser Su Alteza, como es, muy mancebo y muy poco informado de las cosas destos reinos. Porque en el tiempo que estuvo en Flandes, y después de venido, siempre tuvieron respeto algunos que de allá vinieron con Su Alteza, y otros que de acá se juntaron con ellos, apartalle de nuestra conversa ción, de nuestras costumbres, por hacer sus hechos particulares. Y éstos no mirando que a su servicio cumplía, ni al bien destos reinos, ni dando a Su Alteza parte de las cosas que hacían, hicieron diferentes géneros de males.

»Lo uno hicieron todas las cosas venales, y los otros oficios de la casa real, que se suelen dar en premio y galardón de los servicios que se hacen a la corona real, vendiéronlos todos, así de los vivos como de los muertos. Y juntándose algunos de nuestros españoles con ellos, avisaban a los flamencos de todo lo que vacaba en estos reinos, y ellos pedíanlo al rey. Y después, éstos se los compraban (cosa tan fuera de nuestra costumbre como Vuestra Alteza puede ver). Y no solamente hacían esto en los oficios que vacaban, pero muchos oficios de vivos rescataban por precio para dejarlos a sus hijos, y por traspasarlos a otras personas, y porque a ellos se los quedasen. Que fue una de las cosas que empobreció estos reinos, que como todos los dineros que daban por estos oficios, iban aparar en flamencos. Ellos, con licencia del rey o sin ella, enviábanlos a Flandes; y así, dejaron estos reinos en estado que ya no se halla en ellos sino tarjas. Porque después que hubieron acabado la moneda de oro, dieron tras la moneda de la plata. Y así lo acabaron todo en poco tiempo. Y en estas ventas y compras entraban dignidades, encomiendas, tenencias y confirmaciones y alcaldías de torres, corregimientos, alguacilazgos y otras mercedes, de que en Castilla suelen los reyes hacer merced a sus servidores y criados. Síguese de aquí, demás de los daños susodichos, que los oficios se tenían en personas inhábiles y incapaces, y no dignos de ejercerlos.

»Como estos flamencos, por intercesión de nuestros españoles metidos en tanta codicia, informaban y hacían creer al rey nuestro señor que los Reyes Católicos y sus antecesores solían hacer mercedes en Castilla de cosas que nunca se acostumbraron ni hicieron; y estos españoles, que eran muy acetos al rey, y son informados, informaban de esto mismo al rey nuestro señor, y hacían mercedes en la cruzada de cincuenta mil ducados, y a otros en las rentas, y a otros en la redención de cautivos, y esto en grandes cuantías. Que no bastaban lo que valían las cosas sobredichas, para las mercedes que les hacían en las cosas, muy ajeno, y por empobrecer estos reinos por darlo a personas indignas. Y lo que fue estatuto para la guerra y para otras cosas y necesidades del reino, que se diese a personas que nunca sirvieron. Y así se hicieron de nuestros españoles muchos ricos sin número, y los flamencos llevaron tanta cantidad, que sería imposible creerlo. Y para que no viniese a noticia del rey alguna cosa de esto, apartáronle de los nobles españoles y personas de bien, de quien Su Alteza se pudiera aconsejar, y ellos decirle la verdad, y aquéllos ponían en sospecha con él, y decían que eran sus servidores, y el rey los miraba por tales. No les era lícito entrar en su cámara, estando siempre estos otros destruidores del reino en ella.

»Como estos del Consejo que acá estaban, sintiendo la maña que se tenía en estos reinos, que como suelen decir Cupiditas est radix omnium malorum, acordaron de meterse en esta demanda, y por cualquier pequeño delito que en estos reinos se hacía, enviaban pesquisidores y alcalde de corte, y hacían condenaciones muy injustas de perdimientos de bienes y oficios. Y luego enviaban a visitar a la corte a estos españoles y con los flamencos entendían en las cosas susodichas, para que demandase merced de aquellas condenaciones, en las cuales se llevaban ellos su parte. Pervertían la justicia y dábanla a quien querían, como vían que no había quien les demandase en contra dello. Por ruego de estos flamencos y por complacerlos hacían todas las cosas a su voluntad, sin que la justicia que es la conservadora del reino, y sin distinción es dar a cada uno lo suyo, no la guardaban ésta. Quitábanla a quien querían y dábanla a quien querían. De manera que éstos y los que estaban en la corte estaban ya tan apoderados en estos reinos, que los tiranizaban a su placer: que si estuvieran un año o dos más, los acabaran de destruir y disipar a todos.

»Como el rey nuestro señor estuviese tan apartado de nuestras costumbres y tuviesen tan poco lugar cerca de los que le deseaban servir por las causas susodichas, estos destruidores, por su propio interés, y por intercesión de los flamencos, que informaban, pusiéronle en irse de Castilla. Porque les pareció que ido Su Alteza de estos reinos y quedando ellos, como les quedó, la posesión de las cosas, que sería en su mano acabarla de destruir y tomar para sí lo que quedaba. Indignáronle contra algunos que teníamos poder con él, y persuadiéronle ser más conveniente cosa para su servicio ir a tomar la corona del Imperio; para tener color de sacar de raíz los dineros destos reinos, dijeron que costaba una gran suma. E aunque para Su Alteza fuese tan conveniente ser Emperador, érale muy más conveniente estar en estos reinos o tratarlos como debía. Cuanto más que lo uno no estorbaba a lo otro, porque ya estaba elegido. E sábese muy bien que estando en España gobernará todo lo otro muy ligeramente, porque no son los casos iguales, ni el poder ni la renta. Que sabemos que lo de allá se gobierna por sus leyes, y lo de acá por su rey; e así abreviaron y aceleraron su partida los flamencos, por llevarse los dineros que llevaban, que aún nunca pensaban que acá estaban seguros con ellos. Y los españoles, por quedarse en la posesión del reino, hicieron hacer a Su Alteza una cosa muy desacostumbrada y muy terrible: hacerle venir por toda Castilla por las montañas della, e no entrar en lugar principal; e cuando entraba en alguno no estaba sino un día, porque no pudiesen suplicarle que no se partiese e dejase estos reinos en la manera que están. E porque no pudiesen informarle la forma que estos dichos españoles e sus flamencos habían tenido con ellos, y los desafueros que en ella se habían hecho, e quién había sido la causa de ellos, hiciéronle hacer Cortes en La Coruña (un lugar de montañas apartado de Castilla). En ellas no fueron oídas algunas de las ciudades que decían lo que cumplía, ni las otras personas nobles que querían decir la verdad. Todos fueron repelidos y maltratados e puestos en destierro. Con muy grandes amenazas los pensaban hacer venir en lo que querían, y loar los nuevos tributos y servicios, tales que estos reinos, según de la manera que están, era imposible llevarlos ni poderlos pagar. Ya algunas personas por codicia y promesas, y con dádivas, atrajeron a concederlos y otorgarlos por sus ciudades sin tener poder para ello. De que las dichas ciudades después no fueron nada contentas y comenzaron a castigar a sus procuradores, porque sin poder habían otorgado tales servicios y tributos. De que fue la primera la muy noble ciudad de Segovia. Y como estos tributos que habían echado a consejo de éstos que quedaron acá por gobernadores y tenían muchas mercedes en ellos, quisieron castigar la dicha ciudad e enviaron gran ejército del rey sobre ella. Y un mal hombre llamado el alcalde Ronquillo, con aquel ejército hizo muy gran guerra a la ciudad, ahorcando y cortando pies y manos a los que de ella salían, aunque no tuviesen culpa. Acordó la dicha ciudad de convocar ciudades vecinas por la mucha necesidad en que estaba. No pudo esperar el socorro de las otras ciudades, sino con el ayuda de la muy insigne ciudad de Toledo e con la noble villa de Madrid salir a pelear con el dicho alcalde e con el ejército que con él estaba e con los capitanes. De los cuales, aunque era tanta la gente de a caballo, como la ciudad tenía de pie, porque Dios ayudaba a los nuestros y a la causa que tenían, no quisieron pelear con ellos; antes fueron todos a vista los unos de los otros, y la gente de a caballo recogióse a Fonseca, a quien el rey nuestro señor, por consejo de los susodichos, dejó por capitán general de estos reinos. Y él, con su gente y con otra que llevaba de su tierra, quiso tomar el artillería que estaba en la muy noble villa de Medina del Campo; y los de la villa, como muy leales a su rey y a su reino, defendiéronla como muy valientes hombres. De que el dicho Fonseca recibió indignación y hizo poner fuego a la dicha villa, e mandó a los suyos que la robasen. Y como eran muchos, hubo en ellos asaz que pudiesen robar, y los de la villa, dejando robar sus haciendas y sus mujeres que peleaban desde las ventanas, cargaron todos a defender el artillería. Y así se robó e quemó la dicha villa, que en perderse ella se perdió la mayor parte del reino, por ser feria y contratación de la mayor parte de él (como creemos que Vuestra, Alteza sabe). Luego se juntó la mayor parte destos reinos, e hicieron las ciudades grandes ejércitos contra el dicho Fonseca y contra los del Consejo de la guerra, y contra los del Consejo de la justicia, que tales cosas habían aconsejado y mandado. Y el dicho Fonseca nos dicen que, con el alcalde Ronquillo, se acogieron a ese único reino de Portugal. Lo cual no podemos creer que Vuestra Alteza haya acogido, ni recibido personas perpetradoras de tan grandes daños y males. Y así le suplicamos que en él no hallen alguna acogida, porque tan justo y tan prudente príncipe no sería razón acogiese a tales delincuentes; porque sería dar ocasión a otros, que pusiesen en obra otros semejantes. Muy cierto y muy poderoso señor: una de las cosas de que sólo el reino se puede quejar de los consejeros del rey es haber perdonado muchas muertes y delitos de hombres, porque daban a los flamencos muchos dineros estos españoles, y en las cosas susodichas debían entender que era dar ejemplo a otros que los hiciesen, asimismo muy desacostumbrados de estos reinos y muy escandalosos, y muy fuera de Dios y de razón. Por esto no se cree que Vuestra Alteza dará lugar a los semejantes.

»Sabidas todas estas cosas por la reina nuestra señora, y como estábamos muchos procuradores del reino juntos para remediar estos reinos y daños, envió a mandarnos que veniésemos a Tordesillas, donde Su Alteza estaba. La cual hallamos tan maltratada, así del poco cuidado de su persona y que de su salud se tenía, como de otros desacatamientos que en su real persona se hacían en su palacio real; por que nos convino e nos pareció ser lícito de quitar de allí al marqués de Denia, que estaba puesto para ver lo que cumplía al servicio de Su Alteza. E teniendo respeto a que el rey nuestro señor le había dejado (que fue por consejo de estos sobredichos), no se usara con él del rigor que fuera lícito de se usar, según las cosas que aquí hallamos hechas, sino solamente fue removido deste cargo que él administraba más por su voluntad que por vía de razón. Fecho esto, comenzamos a entender y dar remedio a los agravios susodichos y de otros muchos que no se pueden aquí expresar. Y tenemos ordenadas muchas cosas conforme a la costumbre destos reinos y a las leyes dellos, para enviar al rey nuestro señor. Entre tanto, habemos escrito y suplicado a Su Alteza que quite de sí a los españoles y flamencos, que en tal estado han puesto sus reinos por sus malvados consejos; y que agora de nuevo para acabarlos de destruir le habían escrito que enviase poder al almirante para gobernar, y al condestable de Castilla. Los cuales, aunque sean grandes en estos reinos, sabemos que habrán por bien de abstenerse en esta gobernación, porque las ciudades no los quieren, porque esperan ser de la manera que estotra pasada. E si no se abstuviesen y quisiesen ponerse en competencia de las ciudades y contra voluntad de la reina nuestra señora, pensamos, con el ayuda de Dios, prevalecer contra ellos, como hemos prevalecido contra estos otros; porque, como Vuestra Alteza sabe, las guerras nunca traen sino muertes y daños, y encender las ciudades y total destrución del reino. E habemos enviado al rey nuestro señor a requerir y protestar ninguna cosa cargue sobre nosotros, pues estos reinos están determinados de defender sus libertades e comprarlas, y no consentir que los tiranos gobiernen ni estén por él, sino que por consejo de los del reino y de sus leales servidores pongan otros ministros e jueces de gobernación, e tengan las libertades destos reinos, según que lo han hecho sus antepasados, pues aquéllos tenían más razón de hacer las leyes a su voluntad, por haberlos ganado de los moros, y quisieron las hacer justas y honestas e razonables, y tener hombres libres e no esclavos. Y que Su Alteza, que nos ha hallado ganados, y reedificados y bien tratados de los reyes antepasados, porque de la nobleza de España y de las ciudades della e sus antigüedades se ayudaron a ganar y fueron remunerados y pagados con oficios de provecho y de honra de vasallos, cada uno según su estado, Su Alteza se debe tener por contento, pues con tanta voluntad y deseo le recibimos por rey, pudiendo dilatarlo en la vida de la reina nuestra señora, su madre, de confirmarlos en estos oficios y libertades, e que éstos no se deban dar ni den sino en remuneración a sus servidores y vasallos. Y esto mismo suplicamos a Vuestra Alteza, que le escriba y encamine, porque como padre y verdadero hermano le aconseje en su casa lo que tanto cumple a su honra y estado. De otra manera, tomamos a Dios en nuestra proteción y defensa, pues lo que pedimos y demandamos tanto cumple al bien del rey y del reino. Y por esto enviamos allá una tan reverenda persona como el deán de Ávila, protonotario portador de la presente. Al cual suplicamos a Vuestra Alteza dé entera fe sobre las cosas sobredichas, y sobre otras cosas muchas que a Vuestra Alteza hablará de nuestra parte, y ponga en obra aquello que de un tan esclarecido príncipe se espera. Cuyo muy alto estado, muy larga vida con acrecentamiento de señoríos Nuestro Señor prospere. De lo cual mandamos dar la presente, escrita y firmada de Juan de Mirueña e Antonio Rodríguez, secretarios. Fecha, 24 de octubre de 1520. Besan las manos de Vuestra Alteza los procuradores del reino. -Sobreescrito: Al muy alto y muy poderoso el señor rey de Portugal.»

No he podido saber lo que el rey respondió a esta carta más de lo que dice Damián de Goes en la Historia del rey don Manuel, cuarta parte, capítulo 55; pero mal entendida la verdad, y engañado en lo que dice que le ofrecieron los reinos de Castilla.

Llaman los de la junta gente de guerra contra los caballeros. -Embajada que Valladolid hizo a la Junta y a los caballeros.

Como los de la Junta vieron la gente que se llegaba en Rioseco, avisaron a sus ciudades para que luego enviasen las banderas que pudiesen. Vinieron de Salamancas y su tierra doscientas lanzas y seis mil infantes, y con la gente que ellos tenían de Toledo, Madrid y Segovia, tenían un razonable ejército. Y así, ambas las partes estaban aparejando todas las fuerzas que podían para dañar los unos a los otros.

Y como Valladolid se vio en medio de estos bandos tan cercanos, no estando del todo determinada a qué parte se arrimaría, quiso hacer una embajada a los unos y a los otros, tentando algún buen medio si posible fuese.

Enviaron a don Pedro Bazán, señor de La Bañeza; y al dotor Francisco de Espinosa y al bachiller Pulgar y a Diego de Zamora, diciendo a los de la Junta que si entendiesen en las cosas muy justas y buenas de las Comunidades del reino, como lo habían comenzado, que Valladolid con todo su ejército y poder los ayudaría, pero que de otra manera, que no serían con ellos, antes los resistirían.

De allí fueron a Rioseco, y dijeron otro tanto al cardenal y a los del Consejo. Pero añadieron, con tal que no se entremetiesen en las cosas que la Junta hiciese en favor de la Comunidad del reino, y que haciéndolo así los obedecerían en todo, y siendo servidos los meterían en este lugar, honrándolos y sirviéndolos, y que les requerían de parte del infante, caballeros y Comunidad de Valladolid, no se pusiesen a juntar gentes ni hacer escándalos, ni ayuntamiento de ejércitos; si no, que protestaban contra ellos.

Bravo era el ánimo de los de Valladolid, que a todos hacían rostro.

División en Valladolid y poca confianza entre sí mismos. -El almirante escribe a Valladolid. Quedan confusos los de Valladolid con la carta del almirante.

Había en Valladolid dos parcialidades: unos querían que el Consejo volviese a residir en él como de antes estaba; otros, que no entrase, porque era ir contra la Junta y volverse atrás de lo que habían hecho, y que lo que la Junta hacía era muy bueno y santo y lo debían sustentar.

Con esta división estaba Valladolid muy alterada, y aun en peligro. Y de aquí adelante se veló con mayor cuidado, y el infante, su capitán, andaba la ronda con, gente armada. Y todos deseaban que viniese el almirante, que aún estaba fuera del reino, del cual esperaban que había de remediar gran parte destos males, porque era muy noble caballero, nada apasionado ni parcial. El cual escribió una carta a Valladolid diciendo cómo él no quisiera meterse en estos embarazos; mas que su venida sería muy presto; que su intención era muy buena para todos, que de todo lo hecho le pesaba, y que se maravillaba del levantamiento destos reinos. Que si a Su Majestad escribieran dos o tres veces, que lo remediara, otorgara todo lo que pedían. Que en el rondar y gastar sus haciendas, y perdimiento de sus tratos y de los labradores y comunes, le pesaba, porque no servían sino de gastarse y consumirse. Que en todo el mundo corría gran fama de la gran nobleza y lealtad destos reinos, y que agora tenían todos que decir de sus levantamientos y liviandades, y que hacía saber que el Gran Turco había venido con gran poder sobre Rodas, y por mar y por tierra hacía muchos daños a la Cristiandad; y que con estas ocasiones no sería mucho, que pasase en estos reinos, viéndolos con tanta parcialidad y desconcierto. Que, por tanto, rogaba a todos se quietasen y creyesen que a Su Alteza pesaba de todo, y que así hacía a él; pero que venido, procuraría el bien destos reinos.

Leyóse esta carta en la Junta de la villa de Valladolid, y quedaron harto confusos esperando el remedio del cielo.

Y a 22 de octubre deste año escribió el almirante, estando en Cervera, otra carta a Valladolid, casi de la misma sustancia, en que decía:

Carta del almirante a Valladolid.

«Magníficos señores: Ya por otra carta mía habéis conocido mi voluntad, aunque no sea nueva cosa para vosotros saber que en las cosas que os tocasen me hallaríades tan vecino desa villa como el que más de asiento está en ella, y cómo, por cierto, yo tengo a mala dicha no haberme hallado en esa villa, ansí en la pasada del rey nuestro señor, como en todo lo que ha sucedido. Que aunque yo no tenga más de un voto como cualquiera de vosotros, diérale al propósito de vuestra necesidad, y creo que no os pareciera tan errado como a mí me parece el camino por donde os guían vuestros adalides. E yo, señores, no `digo que en las cosas pasadas ni esa villa ni el reino hayan dejado de tener causas para movimientos: que por cierto el no saber la costumbre de nuestra gobernación hizo errar a aquellos que no miraron lo que se perdía en dejaros quejosos del tratamiento. Mas en ésta de paso debiera considerar que la menor era del rey nuestro señor, pues su edad le mandaba tener Consejo, y él, como virtuoso, lo recibía, aunque su edad suele repugnarle. Fue nuestra dicha que esto que en otros de poca edad es reputado a virtud, en Su Majestad haya sido daño, pues culpa ajena hizo tener por tal la suya. Acordándoos, señores, de esto, luego viérades el camino que debiérades tomar; mas como no buscaron derecho camino, en el claro hallaron oscuridad. Considerando lo que hecho fuera muy justo y necesario, que trabajárades de juntar todo el reino en una voz de grandes y pequeños, y sin escándalos, sin muertes, sin quemas. sin otros males, tratáramos y viéramos lo que convenía al reino para curar estas enfermedades; en qué parte estaban lisiados los privilegios, los usos, las costumbres, y viéramos lo que convenía al reino Que otras cosas eran fechas que requiriesen reparo y estuviesen suplicadas, enviallas al rey y suplicalle por el remedio una e dos e tres veces. Y cuando Su Alteza, lo cual yo no creo, no quisiese remediarlo, ¿quién estorbara ese camino que, tan abierto le tenía en todo tiempo como agora? Más que sin hacer esta diligencia, sin buscar estos remedios con paz, os aconsejasen que tomásedes las armas: ¿Qué consejo fue éste? ¿Fue sano? ¿Fue provechoso? ¿Fue honesto? Yo deseo de buscar esta cuestión con los que la sostienen para ver qué salida dan en ella que a nadie satisfaga, si tiene el camino tan santo como yo en el bien general de esa villa. Y asimismo, señores,, debían considerar la indisposición de la reina nuestra señora, su poca salud, y que en tales necesidades los vasallos son obligados a sostener sus, reinos, ampararlos y defenderlos y no dejarlos padecer. Y, pues, hablemos agora verdad, ¿hállase la paz en las armas, o déjanlas los hombres para tenerla? Comúnmente, en los pueblos con sólo este efeto son quitadas, y a vosotros hicieron que las tornásedes con color de libertad. ¿A qué llaman ellos libertad? A que no la tengan vuestros pensamientos de estar un momento solo. ¡Qué falsedad tan grande fue haceros errar, porque el temor de la culpa os hiciese perseverar en el error! ¿Qué necesidad hubo para que en pueblo tan leal sucediese tan mal caso como fue prender a los del Consejo? ¿Qué necesidad hubo de aquello? Yo no hallo otra ninguna sino dejaros meter en el agua hasta los ojos, creyendo que para asegurar a lo que yo creo que será cabo de total destruición.

»Digo, señores, que no os hagan creer que con el nombre de la reina nuestra señora podéis gobernaros y quitar el reino al hijo. Esta es falsa proposición, que no queriendo o no pudiendo gobernar no hay ley en el reino que diga que las Comunidades tengan el cargo de suplir esta necesidad. Pues no habiendo ley, no puede sostenerse sin culpa. Sin armas, ¿conviene al labrador, al mercader, al menestral este fuego, esta revuelta; qué, suelen los pequeños crecer con las disensiones o enriquecer con la paz? Dejemos la vida de la reina nuestra señora, que es mortal como la de todos. Después de sus días, ¿a quién vienen los reinos derechamente? La lealtad de España no permitirá que otro fuese rey; porque vuestros hijos, nietos, sucesores, ¿qué tales quedarían?, ¿qué sosiego tendrían si quisiésedes sostener culpa tan irremisible y dañada?

»Dejemos esto. ¿Cómo no os acordáis que con sangre de las personas, muertes de hijos, padres, de deudos, con las haciendas proprias España está tan acrecentada, tan estimada de italianos, de moros, de turcos y de otras naciones? Pues ¿será verdad que os haga ser ocasión que aquello que con tanto loor vuestro fue conquistado, con tanta deshonra sea perdido y enajenado y destruido;, para que satisfaciéndoos deseéis y trabajéis a tornarlo a cobrar?

»Acuérdeseos, señores, que en vuestra mano está la paz y la guerra. Si queréis creer en aquellos que desean vuestro sosiego, y no a los que sus culpas e intereses proprios hacen errar, en vuestra mano está, así pobres o ricos, si remediados o destruídos. Que si queréis, por mano de vuestro rey alcanzaréis lo que os conviene; que él sentirá vuestros males, pues sois miembros de su persona, y no querrá vuestra destruición, porque es suya. Será benigno en el perdonar, y liberal en el gratificar. Comenzad presto a seguir parecer que con tanto amor se da, y creed que en este gobierno que soy nombrado, ningún respeto tengo sino al bien general de todos, y el particular de esa villa, a quien yo deseo sosiego como para mí. Y no entendería por la vida en esto que el rey manda, sin seguridad de lo que a todos conviene, que no sabría engañaros ni lo pensaría sin tener pensado qué queréis o qué os conviene. Y hacedme saber si habréis placer que yo vaya a oír de vosotros; irme he por esa villa si ha de ser para que conozcáis el amor que os tengo.

»Quiero acordaros que si la cosa dura, que las imposiciones crecerán, y faltando esto, que la necesidad os pondrá en divisiones. Que el labrador que no sembrare, y el oficial que no labrare, ha de buscar de qué viva. De aquí nacerá robar y matar por los caminos, y no tener seguridad en los lugares; sobre haber sido el más pacífico reino del mundo, será agora el más perdido, destruido y deshonrado que hay en todas las naciones.

»Pues si la necesidad trae al rey con armas, querría saber si os venciese qué tales quedárais, y lo mismo si le vencéis. Bien aconseja el que os hace emprender cosa que ni perdiéndola ni ganándola siempre sea con deshonra e pérdida de todo el reino.

»Pues yo os aseguro que no os metieron en la danza para guiarla siempre, que si mercedes o perdones hay particulares, vosotros veréis y conoceréis que tan guardados son los juramentos. Por cierto, como oración debía cada uno tener esta carta, que aunque no sean limitadas las palabras, ella os dice más verdad que los falsos profetas que predicaban lo contrario.

»Ansimismo sabréis, señores, que tantas tierras de infieles ha ganado España, de cuyo crecimiento Dios siempre la ha prosperado.

»De Sicilia me ha venido nueva muy cierta de 25 del pasado, que el Turco ha sabido las cosas de España, que por esta causa salía poderoso contra todos, y llevando aquello no habrá en Italia cosa segura. Bien es que lo sepáis, y que España, que era freno para moros y cristianos en el mundo y sostenía y los sostuvo todos en paz, perdiéndose ella, destruya todas las otras cosas.

»Ningún reino en el mundo ni provincia, sin tener justicia puede ser gobernado; si os la hacen quitar, ¿por qué señal lo recibís? ¿Creéis que por poner en ello mejores regidores o meter el juego a barato que tenéis ganado a puntos? Yo, señores, os pido por merced que os aprovechéis del tiempo que tenéis, para lo que a todos conviene, y no se pierda corno el pasado. Que yo tengo confianza en Nuestro Señor, que si queréis creerme, que todas las cosas irán tan bien que nunca se halle camino, porque os lo den con justa causa ni sin ella, para pensar sino servir a Dios y a los reyes nuestros señores, en darles a conocer que en las cosas que han pasado no ha habido culpa, pues ha procedido de puro amor y deseo de volverle a estos reinos. Guarde Dios, etc..

»De Cervera, 20 de otubre.»

Vista e oída por Valladolid esta carta, maravillábanse de las palabras y manera de consejos que en ella venían. Porque algunos, pareciéndoles que la Junta era mala, quisieran la deshacer, otros ponerla en las nubes, como único remedio del reino, y que todos se conformaran con ella; y no sabían qué decir de las razones del almirante, ni a qué atribuir sus consejos. Veían los daños del reino y las insolencias que pasaban, que nunca se acabarían de decir. Los caballeros deseaban sumamente allanar a Valladolid por ser tan insigne lugar, y les parecía que teniéndolo de su parte sería fácil allanar los demás. Y para esto usaban y procuraban las formas y maneras posibles, enviando sus embajadores y teniendo inteligencias con los que en ella eran bien intencionados y deseaban el servicio del rey. Rondábase la villa más que de antes, haciendo rondas secretas, poniendo muchas guardas a las puertas de la villa, porque el bando de los alterados, que era el más poderoso, temía algún trato doble.

Don Pedro Bazán, por Valladolid va por embajador a la Junta y al cardenal. -Los que llevaron este memorial de Valladolid al cardenal. - Fe de la presentación de la carta y capítulos de Valladolid.

En estos mismos días que escribió el almirante a Valladolid, escribió Burgos y la Junta, a 22 de otubre. Juntábase todo el pueblo a oír las cartas. Considere cada uno qué humores habría, qué palabras, qué bandos, qué pasiones se engendrarían, cuál, finalmente, sería la confusión de un lugar tan grande y noble, silla de los reyes de España, y los juicios que habría en las malas cabezas de la gente común. Acudían al cardenal gobernador y a los de la Junta, haciendo a dos manos, por no se entender, y volvió a enviar a los unos y a los otros por sus embajadores a don Pedro Bazán, señor de Valduerna, vecino desta villa (que por eso le llamaron el de Valladolid), y al dotor Espinosa, y al bachiller Pulgar, y a Diego de Zamora, con los capítulos que aquí diré, pareciéndole a Valladolid convenientes para el remedio del reino.

Y el cardenal y los del Consejo los recibieron y despacharon muy bien y con mucha blandura, y los de la Junta hicieron lo mismo, porque los deseaban ver en su gavilla; y escribieron una carta al común de Valladolid casi mostrando algunos celos y quejándose de su tibieza. Todo ello, como se despachó lo pongo aquí, por ser los originales desta historia, que deseo escribir con mucha verdad, aunque sea algo pesado.

Memorial de los capítulos que dio Valladolid en el Consejo real, y en la Junta de Tordesillas.

«Reverendísimo e ilustrísimo señor: Lo que la muy noble y muy leal villa de Valladolid nos mandó que a vuestra reverendísima señoría hablásemos por parte del consejo, capitán y diputados de la justicia della, es lo que habemos dicho. Y porque vuestra señoría reverendísima nos mande responder, lo ponemos particularmente por capítulos en este memorial. Lo primero, respuesta muy clara de la carta en que esto se pide. Y porque vuestra señoría reverendísima sea plenísimamente informado, cuán firmes están todos aquellos caballeros en el propósito que estaban, nos mandaron decir: Que demás de aquello, están determinados de estorbar con su gente que tienen hecha y con toda la otra que pudiesen juntar, que la Junta de Tordesillas no se ocupe ni entremeta en cosa alguna y fuera de lo que toca a que aquestos reinos sean desagraviados. Ni tampoco se estorbe por alguna manera que los agravios que estos reinos han recibido sean reparados, que desto tiene fecho juramento e pleito homenaje en forma. Y que de la misma manera traemos mandado que lo hagamos saber a la Junta. Lo otro, para que vuestra señoría reverendísima asimesmo vea, que en esto quieren persistir manifiestamente como lo deben y son obligados a hacer, y porque cese toda causa de duda y porque se dé fin a tantos trabajos y males, y no haya estorbo en la prosecución de tanto bien como sería poner estos reinos en concierta y desagraviarlos de los agravios que verdaderamente tienen recibidos, y porque ansimismo descubiertamente parezcan las intenciones, y se vea por quién quedó, y no haya tanta confusión y escuridad en cosas tan pesadas e importantes, que vuestra señoría tenga por bien que sin más rigor, ni trabajos, ni escándalos, ni alborotos, ni heridas, ni muertes, ni costas, ni daños, esto se debe ajustar brevemente por personas de todas partes, que confieran y platiquen juntamente sobre eso, sin se entremeter en cosa alguna extraña de los agravios que estos reinos tienen recibidos; y que en aquéllos declaren lo que Sus Majestades son obligados a hacer de justicia y no otra cosa, y que suplican a Sus Majestades que sean servidos de lo conceder y dar sobre ello las provisiones necesarias, para que perpetuamente sean guardadas, según que las dichas personas ordenaren. Lo otro, que las personas que para esto se deben nombrar sean de esta manera. Que la villa de Valladolid elija dos del Consejo real, y la Junta de Tordesillas nombre otros dos de los letrados de leyes, canónigos que allí han residido. Y Valladolid nombre otros dos, que son los dotores Espinosa y Pero López, certificando a vuestra reverendísima señoría que ninguno de ellos ha entendido en capítulo alguno de los que se han de hablar y comunicar. Y que con estos seis letrados entienda vuestra señoría reverendísima, a fin que con más efeto puedan perseverar y suplicar a Su Cesárea Majestad que acepte y otorgue todo lo que en esto fuere concluido y suplicado. Y que aquello que por todos en concordia, o por la mayor parte de ellos, en caso de discordia, fuere determinado en lo que toca a remediar los agravios que los reinos han recibido y en dar orden que no se pueda hacer adelante éstos ni otros semejantes, que aquéllos supliquen a Sus Majestades y ellos ordenen las suplicaciones y provisiones que Sus Majestades sobre ello justamente deben conocer, y que todos sean obligados a firmar aquello en que la mayor parte se acordare. Lo otro, porque esto se haga según Dios, y verdad, y justicia, y sin que pueda haber siniestra sucesión, que luego sin dilación vuestra señoría reverendísima y los otros letrados se junten en el monasterio de Valdescopezo, o en otro lugar apartado, cerca de la corte, y en presencia de las personas que vuestra reverendísima señoría y la Junta quisieren que vayan a ser presentes; porque la Comunidad destos reinos quede muy satisfecha, se celebre misa, y en manos del sacerdote y sobre la ara consagrada, se miren los capítulos siguientes:

»l. Lo uno, que en este caso mirarán con estudio y diligencia y con toda virtud y limpieza, y sin ningún respeto el servicio de Dios y de Sus Majestades y el bien de la cosa pública y destos reinos en cuanto a los agravios que han recibido, para que aquéllos sean reparados; y en quitar que adelante no se hagan, ni puedan hacer éstos ni otros semejantes, sin se entremeter en cosa alguna fuera de esto. Lo otro, que guardarán secreto, no solamente en todo lo que allí pasare, hasta dar fin a ello, mas ansimismo en todo lo que se concluyere y acordaren y ordenaren, y que no revelarán cosa alguna de ello hasta que por Sus Majestades sea visto y concedido e firmado y librado, y después publicado, porque cese toda materia de murmurar y hablar de las gentes que no saben ni entienden ni tienen las intenciones rectas a la paz y sosiego. Lo otro, que el despacho se haga doblado y se ponga en dos envoltorios bien atados y sellados; y que el uno se entregue a vuestra señoría para que le envíe a Su Majestad; el otro quede en poder de la dicha villa de Valladolid, para que después de venido el despacho se concierte el que viniere de Flandes con el que acá quedare, y venido, se publique y pregone e imprima y se dé a procuradores de las ciudades autorizado y a las otras personas particulares que a su costa lo pidieren.

»2. Lo segundo, que vuestra señoría reverendísima y letrados puedan tomar dos escribientes para que escriban lo que ellos ordenaren, y hagan el mismo juramento de guardar el secreto.

»3. Lo tercero, que porque esto se haga justa e igualmente, se entreguen a vuestra señoría reverendísima y letrados los capítulos que las ciudades han enviado a la Junta, y también los que en ella se han fecho; y sacado en limpio. los vean y pasen todos. Y que se vea todo lo demás concerniente como dicho es, y los dichos agravios qué estos reinos han recibido, para que no se hagan adelante éstos ni otros semejantes. Y que de todos ellos tomen los que les parecieren justos, y los junten con los otros en la mejor orden y concierto que les parecieren. Y de todos ellos se haga la dicha suplicación e provisión que Su Majestad hubiere de firmar, y esto y todo lo demás que fuere necesario, para que el despacho se ponga en el dicho envoltorio.

»4. Lo otro, que Su Majestad otorgue plenísima remisión a todas las ciudades, villas e lugares destos sus reinos, y a los caballeros, comendadores, perlados y personas religiosas y todas las otras de cualquier condición o estado y calidad que sean, ansí en cuanto a las culpas y delitos, crímines y excesos, como en cuanto a los bienes y tomas, ocupaciones y gastos, y otras cosas necesarias para la seguridad de toda España, que vuestra señoría reverendísima y letrados la ordenen tan larga y tan cumplida y bastante y con tantas cláusulas derogatorias e no obstancias, cuantas fueren necesarias para entera seguridad. Y que ansimismo Su Majestad tenga por bien de lo conceder, y se haga la suplicación que para ello fuere necesaria.

»5. Lo quinto, que los dichos letrados se junten dentro de... días, y después que ansí fueren juntos hagan los despachos dentro de otros días. Y que vuestra señoría tenga por bien de lo enviar a Su Majestad y traer despacho dentro de días.

»«6. Lo sexto, que en todo lo demás concerniente a la estada y acompañamiento de la reina nuestra señora y a la gobernación y gobernadores destos sus reinos e al Consejo y personas de él y al uso de la ejecución y rentas y patrimonio real, y en todo lo demás, quedando fuera lo que se cumpliere en los dichos capítulos, que contra ellos no se provea ni pueda proveer cosa alguna. Que en todo lo demás, Su Majestad provea como rey y señor natural lo que fuere en su servicio, y no se entremetan en ello a lo impedir la Junta ni las ciudades como hasta aquí lo han hecho.

»7. Lo otro, que para que la dicha villa y todas los otras ciudades e villas y lugares de los reinos cumplirán esto, darán su poder a vuestra señoría reverendísima y a los señores almirante y condestable, y conde de Benavente, y sus capitanes y los caballeros les hagan pleito homenaje de ir donde quiera que les mandaren a los cumplir y ejecutar, y se hagan todas otras obligaciones y seguridades, y que todo ello se otorgue así por la Junta y procuradores como por todas las otras universidades o personas singulares, según y como por vuestra señoría reverendísima y letrados fuere ordenado.

»8. Lo otro, que porque luego cese el bullicio y tan gran tempestad de males, que luego vuestra señoría reverendísima tenga por bien que esto se haga y apacigüe por esta ordenanza o por otra igual o mejor. Todas las gentes de armas que están ayuntadas de unas a otras partes se derramen y despidan, y que no se puedan tornar a llamar y juntar, y que en el entre tanto, todas las cosas estén en el punto, y estado y lugar en que el día del otorgamiento estuvieren, ansí en lo de Medina del Campo como en lo de Coca y Alaejos, y en lo de Gutierre Quijada, hasta que Su Majestad provea en todo ello lo que fuere su servicio. Y que vuestra señoría reverendísima y los otros gobernadores, y el Consejo, sean plenísimamente obedecidos, con tanto que esto no se entienda ni extienda a deshacer la Junta de Tordesillas ni a remover cosas de ella. Sino todo esté como agora está, junto y en la misma villa, sin que se quite ni ponga persona, ni se haga otra alteración ni mudanza; con tanto que asimismo los procuradores y Junta no se entremetan ni puedan entremeterse en cosa de justicia ni de hacienda, desde el dicho día en adelante. Y que ansimismo luego se entregue el sello y los libros y todo lo demás, y que los dichos procuradores estén y esperen allí hasta tanto que los dichos capítulos vengan concedidos, y las dichas provisiones libradas como vuestra señoría reverendísima y letrados lo ordenaren. Y que después que fueren venidos, sean apregonados en la ciudad e villa e lugar donde vuestra señoría e los otros gobernadores y Consejo se hallaren, y que dentro de tercero día después de dado el dicho pregón, todos los dichos procuradores y personas de la dicha Junta se salgan de la dicha villa de Tordesillas y la dejen libre y no vengan más a ella por manera de Junta.

»9. Lo otro, que vuestra señoría reverendísima y los dichos señores almirante Y condestable y conde de Benavente, e grandes, ansimismo, destos reinos, e la dicha Junta e procuradores de ella. que trabajen y procuren con toda instancia y diligencia, que todo lo contenido en esta escritura se cumpla e despache ansí con los juramentos y fees, y pleito homenajes y obligaciones que a vuestra señoría reverendísima y a los dichos letrados pareció que, respectivamente, él debe hacer y otorgar, según la calidad del negocio y de las personas.

»10. Lo otro, que Valladolid suplica a vuestra señoría reverendísima lo mande ansí conceder; y que si fuere necesario, que esto se envíe al condestable, y sea luego, y se nos dé muy clara y determinada respuesta, porque siendo tal con ella vamos a la dicha Junta de Tordesillas y requiramos a los procuradores que en ella están, que ansimismo lo otorguen, pues para este fin se juntaron. E si lo otorgaren, Dios y bien; si no, que Valladolid habrá cumplido con lo que debe, y es obligado ansí a Sus Majestades como al bien de la cosa pública destos reinos. Y todavía suplica a vuestra señoría reverendísima que los dos de Consejo y los dos letrados que la dicha villa tiene nombrados, se junten y hagan lo mismo que habían de hacer los siete, y que la dicha villa con sus gentes seguirán lo que ansí fuere fecho y determinado. Y protestaron que los males e daños que por ansí no lo otorgar a la dicha Junta sucedieren, sea a culpa y a cargo de los que en ella están, y lo estorbarán con todo su poder para que no excedan éstos. Y si vuestra señoría reverendísima esto no tuviere por bien, considere otra cosa igual o mejor, para que cesen los males y escándalos, si la dicha Junta viniere en ello. De manera que quede por vuestra señoría reverendísima y a cargo de su conciencia, y que todavía hablando con humilde reverencia y acatamiento, los de la villa seguirán la dicha Junta, para fin y efeto que estos reinos sean desagraviados, y que no se exceda en esto, guardando todavía el servicio de Sus Majestades, y su preeminencia real. Y que cosa que sobre esto suceda, no le sea, ni pueda ser imputada. Y suplica a vuestra señoría reverendísima que la respuesta sea breve, y tal que a la dicha villa aparte de toda ocasión ***, y cual conviene a la salud de reinos *** gastados y afligidos como éstos están, y cual se debe esperar de su santa persona. Don Pedro de Bazán. -El dotor Espinosa. El bachiller Pulgar. -Diego de Zamora.»

En la villa de Medina de Rioseco, miércoles 30 de octubre de mil y quinientos y veinte años, don Pedro de Bazán y el dotor Espinosa, y bachiller Pulgar, y Diego de Zamora, en nombre de la muy noble y leal villa de Valladolid me dieron dos cartas que el Consejo y capitanes y diputados de la dicha, villa me escribieron, las cuales eran de creencia; y por virtud de ellas me mostraron y presentaron ansimesmo otros capítulos, estando presentes Fernando de Vega, comendador mayor de Castilla, y el licenciado Luis Zapata, del Consejo de Sus Majestades, y me requirieron de parte de Dios, y me suplicaron en nombre de Sus Majestades, como gobernador de estos sus reinos, yo tuviese por bien de responder muy clara y abiertamente a las dichas cartas y capítulos que por virtud de la dicha creencia me presentaron, pues que así conviene a servicio de Dios y de Sus Majestades y al bien de la cosa pública destos reinos. Y porque constase lo susodicho, ansimismo me suplicaron lo firmase de mi nombre, porque a la dicha muy noble villa de Valladolid conste, y de cómo ellos habían hecho y cumplido todo aquello que les fúé cometido y mandado. -El cardenal de Tortosa.»

Carta del cardenal a Valladolid. -Responde a la que de la villa recibió.

Recibió el cardenal Adriano este largo memorial en Rioseco, y si bien en él no había el debido respeto, viendo prudentemente el tiempo que corría, quiso responder a él desta manera:

«Muy nobles señores. Recibí vuestra carta, que me trajeron el señor don Pedro de Bazán, y el doctor Espinosa, y el bachiller Pulgar y Diego de Zamora, llevadores de ésta, y oí lo que me hablaron de vuestra parte, y vi los capítulos de los negocios que enviastes y el celo que por servicio de Dios y de la reina y rey nuestros señores, y paz y sosiego destos reinos tenéis. Y el fin de ellos es, cual de tan insigne y noble villa, como se espera y conforme a la fidelidad y afición que siempre habéis tenido y tenéis al servicio y estado de Sus Majestades. Lo cual yo, en su nombre, os lo agradezco mucho, y en el mío, os lo tengo en mucha honra y gracia y complacencia. Y cierto ansí y por las causas que vosotros, señores, decís, y por conformarme con vuestra buena intención que es buscar concordia en las cosas que tocan a estos reinos, y manera que si algunos 'agravios han recirxido, cesen aquéllos, y de estorbar qué los de la Junta de Tordesillas no se entreffietan en otra cosa como por cumplir con mi hábito y condición y por el mucho amor que tengo al bien destos reinos, deseo toda paz y sosiego tan enteramente como si en ello me fuese la vida, y aun la pondría por ella cuanto fuese menester, de muy buena voluntad. Y cuanto a lo que deseáis saber: el fin para que hacemos juntar tanta gente de guerra, digo que fue y es por dos causas. La una, para estorbar que no saquen de Tordesillas a la reina nuestra señora contra su voluntad, como fui infor. mado que lo querían hacer. Y porque caso que digan los de la Junta que no la quieren sacar ni sacarán, no nos confiamos de aquello. La segunda causa es para poder impedir que los de la dicha Junta no ocupen más las preeminencias reales como, hasta aquí lo han hecho, salvo que solamente entiendan en lo que decís de los dichos agravios. Y dando vosotros orden como esto se provea, lo remediéis, haciendo que la gente que tiene la dicha Junta se derrame. Porque veais que es con efeto y verdad la voluntad que tengo a la pacificación destos reinos y a excusar los escándalos dellos, despediré la gente que he hecho juntar aquí y proveeré. que no venga la otra que está llamada. Y porque asimismo veáis la confianza que hacernos.de esa villa y la honra y autoridad que le queremos dar, decimos que habremos por bien que ellos hagan eleción de los dos del Consejo real, que por los dichos capítulos se piden, entre otras personas, para entender en el remedio de las dichas cosas. Y yo, pues he placer de salir al camino de todo el bien de estos reinos, ruégovos que juzguéis y aceptéis mi voluntad por cual ella es, a la cual conoceréis en las obras conforme a las palabras, y mejor, si mejor se puede decir, como lo sabréis por experiencia, placiendo a Dios Nuestro Señor. Y todavía os acordad, y tened especial cuidado de proveer en las cosas de Tordesillas, como S. A. sea muy acatada y servida y no se haga sino según su voluntad, poniendo e¡a los caballeros y personas que os parecerán, porque según quien es esa villa y la confianza que della tenemos, con su cuidado nos descuidarnos de todo esto. Nuestro Señor os conserve en su santo servicio.

»De Rioseco a 4 de noviembre de 520.

»Vuestro amigo.

»EL CARDENAL DE TORTOSA.»

La provisión que se envió de Rioseco a Valladolid.

Demás de la respuesta que el cardenal dio a los despachos que Pedro de Bazán y sus compañeros le dieron, respondió el Consejo en la manera siguiente:

«Consejo, justicia, capitán, regidores, caballeros, diputados, escribanos, oficiales, hombres buenos de la honrada Comunidad de la muy noble y leal villa de Valladolid: don Pedro de Bazán, el dotor Francisco de Espinosa y el bachiller Pulgar y Diego de Zamora, vecinos de esa villa, y en nombre de ella, parecieron ante el muy reverendísimo, cardenal de Tortosa, gobernador de estos reinos nuestros, y de vuestra parte le dieron dos cartas. La una de las cuales era de creencia, y por virtud defla le presentaron trece capítulos firmados de sus nombres, los cuales van señalados de Pedro de Zuazola, nuestro secretario, y la presentación va firmada del nombre del dicho muy reverendo cardenal. La cual dicha presentación hicieron a 30 de otubre de este presente año. Al cual en nuestro nombre suplicaron, que por hacer bien y merced a esa villa y a todas las otras ciudades, villas y lugares de estos nuestros reinos que con ella se quisiesen juntar para servicio de Dios Nuestro Señor, y para que con toda paz y sosiego, sin escándalo ni alboroto, estos nuestros reinos fuesen desagraviados, y se diese orden para que adelante los dichos agravios ni otros semejantes no se los hiciesen, y que no se excediese desto en cosa algupa, ni tampoco en lo susodicho hubiese falta, y que nos pluguiese los mandar otorgar y firmar acatando el buen celo y propósito por que la dicha villa se movía a nos lo suplicar. Lo cual visto, y considerado cuánta razón es de responder a tan justa petición como nos fue fecha de parte de esa dicha villa, e por hacer bien e merced a ella y a todos estos nuestros reinos tuvímoslo por bien; e por la presente decimos que nuestra merced y voluntad es que se cumpla y guarde lo contenido en los dichos capítulos, que como dicho es, por parte de esa dicha villa, ante el muy reverendo cardenal fueron presentados en todo e por todo como en ellos y en cada uno de ellos se contiene, cada uno en su tiempo y lugar. Y mucho vos encargamos que, pues hahemos concedido vuestra suplicación en lo susodicho por relevar a vosotros y a todas las ciudades y otras villas y lugares destos reinos, de trabajo, gastos y males, que con mucha solicitud y cuidado entendáis en la paz y sosiego y tranquilidad con aquella lealtad antigua que siempre esa villa ha tenido a los reyes progenitores, y como villa insigne y noble y principal como siempre ha sido en estos nuestros reinos.

De Medina de Rioseco, a 3 de noviembre de mil y quinientos veinte años.»

Responde la Junta a Valladolid.

Ya que se ha visto lo que el cardenal y Consejo respondieron a la embajada de Valladolid: los de la Junta recibieron los mismos capítulos y sustancia de la carta referida, y dijeron:

«Muy magníficos señores. Vimos la carta de vuestras mercedes, y tenemos en mucha merced a vuestras mercedes el sostener de la gente para ayudarnos a desagraviar estos reinos. Pues esto es el fin para que todos nos juntamos, y en el trabajo que en esto se ha pasado, Dios es testigo de ello. Y porque nuestras obras han sido tan claras, que creemos que en todo el reino son notorias, nos maravillamos de vuestras mercedes pedimos que os respondamos claramente. Todo cuanto hasta aquí se ha hecho, y lo que de aquí adelante se hiciere, ha sido y es para el remedio de estos reinos. Y después de los primeros levantamientos que en algunas de las ciudades se hicieron, la primera cosa en que se entendió fue en desagraviar la ciudad de Segovia, y quitarle el sitio y cerco que sobre ella estaba. Lo segundo, poner a la reina nuestra señora en su lihertad, para poder entender en su salud, e para efeto dello quitar de su servicio las personas que tanto bien impedían. Y como todos estos agravios y daños que por estos reinos han venido, han sido por causa de los que han tenido cargo del gobierno y han entendido en el real Consejo, nos pareció con acuerdo de vuestras mercedes y conforme a las leyes destos reinos, que debían ser suspendidos y embargados. La gobernación del señor cardenal por muchas ciudades de este reino fue contradicha en las Cortes de La Coruña y fue ocasión la gobernación de persona extranjera, para que los pueblos se alterasen. Pasadas todas estas cosas y entendiendo en la salud de la reina nuestra señora con muy grande diligencia, como leales vasallos suyos, supimos que por mandamiento del señor cardenal se juntaba gente de guerra y escribimos a su señoría reverendísima que nos maravillábamos mucho de la santidad de su persona, permitir que se hiciese tal cosa. ni se escribiese a ninguna ciudad, que nosotros no queríamos hacer cosa que fuese en deservicio de la reina nuestra señora. Y de nuestra voluntad vuestras mercedes son testigos, pues al tiempo que esto se decía sobre la salud de la reina nuestra señora enviastes vuestros mensajeros que hesaron las manos a S. A. y supieron la verdad. La respuesta que el señor cardenal nos dio, fue que la cura de S. A. no estaba reservada para nosotros pues, mu,chas veces se había probado, y no había aprovechado nada, dando a entender que era trabajo demasiado. Como si a Nuestro Señor le faltase poder para hacer merced a estos reinos con la salud y vida de la reina nuestra señora. Y que en el juntar de las gentes, le pesaría de los escándalos que nos hubiésemos, que no eran a su cargo. Vista su respuesta y que el fin era apoderarse de la reina nuestra señora y empedir tan gran bien como se ha comenzado a hacer y curar de su salud; y que demás de esto era para deshacer esta Junta y procurar de sojuzgar los pueblos, acordaron de juntar las gentes de las ciudades de la comarca y como a cosa principal en que teníamos confianza, enviamos a pedir a vuestras mercedes que nos enviasedes vuestra gente. Y mucho nos maravillarnos de no ser la primera que vino a socorxernos en las necesidades en que a la sazón estábamos; pareciónos que vuestras mercedes tomaban más término en enviárnosla de que era menester para el desagravio y remedio destos reinos. Y esto nos parece que basta para la primera carta.

»Para la segunda, que es de creencia, por virtud de la cual el señor don Pedro de Bazán y los otros honrados hombres nos dieron ciertos capítulos que a vuestras mercedes les parecía que convenían para dar orden en las cosas del reino. Cosas son de grande importancia, sobre que conviene mucho mirar. Para poder responder a vuestras mercedes acordamos de enviar a cada ciudad un traslado para que vistos y comunicados con todos los estados de cada ciudad, se dé a vuestras mercedes la respuesta que de allá viniere. Y así quisiéramos, si no se ha hecho, que vuestras mercedes hubieran comunicado con todos los estados de esa muy noble villa lo que agora nos envían, porque todo es cosa nueva y muy diferente de lo que hasta aquí. Y entre tanto, los capítulos que a vuestras mercedes se enviaron, irán al rey nuestro señor, porque los mensajeros están despachados, y los más de ellos son los que de allá nos enviastes. Juntamente van los particulares que vuestras mercedes mandaron últimamente que se pusiesen. Nuestro Señor vuestras muy magníficas personas y estado prospere. De Tordesillas, a 6 días de noviembre de 1520 años. Por mandado de los señores procuradores de Cortes y Junta real del reino que asisten en Tordesillas, leales vasallos de SS. MM.

»Juan de Murueña. Antonio Rodríguez.»

Recibe Valladolid la respuesta, y alborótanse las cuadrillas de la villa por los capítulos que don Pedro Bazán y los demás habían llevado sin consulta del común.

Volvieron con este despacho don Pedro Bazán, y el dotor Espinosa, y el bachiller Pulgar, y Diego de Zamora. Presentaron la provisión y capítulos y cartas que traían en la junta de la villa, ante el infante de Granada, caballeros y diputados. Y visto por ellos, fue acordado de llamar las cuadrillas y que se les diese un traslado de todo.

Y en 8 de otubre se llamaron en los lugares acostumbrados donde solían juntarse. En una cuadrilla de San Julián, el bachiller Pulgar, diputado desta cuadrilla, juntamente con García de Dueñas, dijo cómo él, juntamente con los otros sobredichos, habían ido a hablar con el cardenal y los del Consejo real que estaban en Rioseco, y de allí habían ido a Tordesillas a los de la Junta, y les dieron las cartas de creencia que llevaban y los capítulos sobredichos; y juró que no los habían visto él ni don Pedro hasta que estuvieron en Rioseco. Y así los leyó juntarnente con las cartas y provisiones; y visto y oído por los de la cuadrilla quejábanse a voces de los capítulos porque no se los manifestaron antes que saliesen de la villa, y quejábanse de los diputados agradeciéndoles muy poco lo que habían negociado, diciendo que habían excedido, y que ni la villa ni el común se lo había mandado. Y luego los quitaron de diputados y pusieron otros en su lugar, porque ya no se tenían por seguros de cosa que hiciesen. Y lo mismo hicieron en todas las otras cuadrillas, y nombraron otros diputados. En ésta nombraron al dotor S. Pedro, Mudarra y a Gerónimo Francés, boticario.

Otro día se fue de la villa don Pedro Bazán para los caballeros a Rioseco, agraviado porque le habían quitado el oficio y tratado mal de palabra; y el dotor Espinosa no entró más en cuadrilla, y en su lugar nombró la villa al licenciado Bernardino, y al licenciado Juan de Villena el mozo. Quitaron ansimismo el oficio de capitán general al infante de Granada. Quisieron hacer su capitán general a Sancho Bravo de Lagunas, que al presente estaba en esta villa. Pidiéronle encarecidamente se doliese de aquesta villa; y que pues Juan Bravo se había encargado del oficio de capitán de Segovia, debía él hacer lo mismo por Valladolid.

Sancho Bravo, como caballero cuerdo, les dijo que se quietasen y que mirasen mucho por el servicio del rey, y no faltasen a la lealtad que le debían. Que lo que habían comenzado era un negocio muy grave, y que se podrían perder en él y destruir el reino.

No oyó bien el común estas razones, y algunos comenzaron a hablar mal de Sancho Bravo, y amenazarle. Como él vio esto, volvió a decirles que si les importaba algo su persona para el servicio de la villa, que allí estaba con ella y con su hacienda y con la vida, y que otro día se podrían juntar para darle el oficio de su capitán. Que mirasen bien si les convenía, que él los serviría en él. Con esto los despidió contentos. Y aquella noche se ausentó de Valladolid Sancho Bravo, y tomó la posta, y fuese a Flandes, donde el Emperador le recibió muy bien y agradeció su lealtad, y se sirvió de él en negocios muy graves, como en esta historia adelante se verá.

Lo que hizo Alonso de Vera en Valladolid.

Domingo 11 de otubre, se subió en el púlpito de Santa María, que es la iglesia mayor de Valladolid, un Alonso de Vera, y leyó dos cartas a gran parte del pueblo, una en que los de la Junta pedían que Valladolid los ayudase como había prometido, y que cumpliese sus mandamientos; la otra carta era de don Pedro Girón, en que se les ofrecía mucho y pedía que pues siempre había sido tan propio desta villa y deseado su bien, que le recibiesen en ella. Que él era capitán general de la Junta, y deseaba el bien del reino y servicio del rey; y no quería nada sino con la amistad y amor de Valladolid.

Y el lugar se holgó infinito con las cartas, y dijo que harían lo que en ellas se mandaba, y que don Pedro entrase. Y otro día lunes entró, saliéndole todos los de la villa a recebir con mucho aplauso.

Como la guerra era entre parientes, amigos y naturales, tantas diligencias se hacían para ganar lugares y voluntades; con cartas como con armas.

El conde de Benavente y el almirante de Castilla son como naturales y vecinos de Valladolid; y así, tienen en esta ciudad de tiempos muy antiguos sus casas, tan principales como las vemos. La ciudad precia y estima tales ciudadanos, y se honra con ellos como es razón; mostrando estos señores el amor que a Valladolid como. a propria patria tienen. Viéndola tan metida en semejantes ruidos, o por ganarla por bien, o por quererla bien y desear su conservación, ambos la escribieron, el conde a 12 de noviembre, y el almirante luego que llegó, que fue en estos días. La carta del conde era tal:

Escribe el conde de Benavente, a Valladolid.

»Muy magníficos señores, muy noble Comunidad. Como yo tenga determinado, por las muchas razones que para ello hay, de no hacer de mi persona y casa cosa alguna sin hacerlo saber, señores, digo que cuando el otro día partí de Villalón, escrebí a vuestras mercedes y a esos señores y honrada Comunidad, cómo yo venía aquí con la gente de Villalón y de Mayorga. Y la causa era porque el señor cardenal me hizo saber cómo querían sacar a la reina nuestra señora de Tordesillas contra su voluntad, y que los señores de la Junta de Tordesillas querían venir a esta villa en perjuicio de la persona del señor cardenal y de los señores del consejo, e visto por ellos que esta villa es del señor almirante, y que yo soy tanto su servidor y amigo, determiné de estar aquí para lo que digo, hasta que el señor almirante viniese; y ansí lo he hecho, porque me parece que para lo que aquí digo tenía obligación. Mañana martes o miércoles, me dicen cómo viene el señor almirante, por donde yo quedo libre de la causa porque aquí he estado. Agora hago saber a vuestras mercedes y a esos señores y noble Comunidad cómo yo me vuelvo a Villalón. Y de allí pienso ir a Benavente, que tengo aquí hombres de armas y ciento cincuenta jinetes, y doscientos cincuenta escopeteros e mil piqueros, y mi persona para todo lo que a esta muy noble villa tocare. Y para que si vuestras mercedes y esos señores y muy honrada Comunidad mandáis algo, que sepáis mi voluntad. La cual será siempre desear mucho bien a esa villa general y particular. Y holgaré que en todo lo que os tocase, híciésedes cuenta de mí como vecino y persona que tanta obligación tiene a esta villa, por las razones que otras veces he escrito a vuestras mercedes, y a esos señores y honrada Comunidad. También habréis sabido el juntamiento de gente que se hace en Tordesillas e aquí. Lo cual siento en el alma, por el gran daño que veo cada día crecer en estos reinos por nuestros pecados. Y que pues todos queremos el bien general del reino, como naturales de él, a quien tanto somos obligados, debríamos lo remediar. Lo cual plegue a Dios por su piedad ataje, y ponga en los corazones tal voluntad, que estos reinos no se pierdan con muertes y escándalos, sino que con mucha paz y concordia se remedien los agravios pasados y se dé forma en los por venir. Que desta manera Dios será servido, y de lo contrario daremos mala cuenta. Nuestro Señor vuestra muy magnífica persona y casa guarde. De Medina de Rioseco, a 12 de noviembre de 1520 años.»

Trata el almirante de reducir a Valladolid. -Manda Valladolid que se haga más gente de guerra.

Venido el almirante, deseaba hacer en Valladolid lo que el condestable en Burgos, que era dulcemente y con buenas razones metérseles en casa. Escribióles casi en la misma forma que el conde de Benavente les había escrito. Pidió que le dejasen entrar en el pueblo, que prometía,de mirar por ellos, en común y en particular, y emplear en la defensa su persona y estado, y que si no le querían dejar entrar, que enviasen tres de la villa, los que más quisiesen, o que fuesen dos o tres leguas de allí a se carear con él. Mas Valladolid no admitió estos partidos, ni aun verse con el almirante, diciendo que sonaría mal, y que dirían que como Burgos se había concertado con el condestable por andar en tratos con él, que Valladalid haría lo mismo. Con esto respondió la villa al almirante no más de que por entonces no acordaba en cosa de lo que su señoría pedía.

Y a la carta del conde de Benavente respondieron brevemente agradeciendo la villa la merced que les hacía, que tales las esperó siempre de él. Y que pues su señoría ofrecía su persona y gente, le suplicaban les enviase luego la gente para enviarla a Tordesillas en servicio de la junta, como de tal vecino se esperaba, para que hiciesen lo que por ellos les fuese mandado, y con tal condición que la gente trajese la bandera y armas de Valladolid.

Estas cartas veía y despachaba en nombre de Valladolid el prior de la iglesia mayor, que fue un gran comunero.

Despachadas las cartas a los dos grandes, mandó la villa que se hiciese más gente para enviar a la Junta, porque faltaban muchos de los mil hombres que se habían hecho; y mandaron repartir a cada cuadrilla cien ducados, que fueron mil y cuatrocientos ducados en catorce cuadrillas que en la villa había; y luego se dio el dinero y se cumplió el número de los mil hombres.

Y de todo dieron parte a la Comunidad llamándolos por pregones, con pena de que si no viniesen, serían acusados por sospechosos a la Junta.

Y así, vinieron todos, y juraron en los Evangelios y sobre la cruz en forma, que so pena de perjuros, infames y fementidos, y de caer en caso de menos valer, serían en favor, ayuda y servicio, en todo lo que los de la Junta hiciesen, que fuese en servicio de Dios y del rey y de la reina y de la Junta de Tordesillas y de la Comunidad de la villa de Valladolid; y que no dirían, ni harían directe ni indirecte, cosa en contrario de ellos, ni sus hijos, ni criados, ni paniaguados, antes que donde quiera que oyesen decir al contrario, que lo vendrían a decir a los de la junta de la iglesia mayor de la villa de Valladolid, para que fuesen castigados.

Y así hecho el juramento en forma, todos a una voz dijeron: «Sí juramos.»

Mal avenidos en Segovia.

Ya he dicho cómo dentro de la misma ciudad de Segovia había bandos, de tal manera que parecían guerras civiles. El conde de Chinchón defendía los alcázares. En la ciudad había casas fuertes, donde se fortificaban algunos. En los arrabales hicieron otra fortificación. En la iglesia mayor estaban fortificados otros, que tenían la parte del rey.

Faltaba gente en el alcázar, y el conde de Chinchón había ido a pedir socorro al condestable, que estaba en Burgos. El condestable envió diez escopeteros valientes y determinados, para que se metiesen como pudiesen en los alcázares. Llegaron a Pedraza a 23 de noviembre viernes de mañana, y tomaron como cuatro arrobas de pólvora, y estuvieron secretos hasta la tarde. Venida la noche salieron con una guía que los llevó fuera de camino hasta el Parral, donde los dejó la guía.

Quitóseles allí la luna que habían traído y entraron sin que nadie los sintiese hasta llegar a la fortaleza; y no fueron vistos ni sentidos, porque aquel día los de Segovia habían combatido la iglesia, y quedaron maltratados y cansados. Otro día supieron los de la ciudad la entrada de la gente, y hubo dello un gran escándalo, y quedaron muy marchitos; porque pensaban que eran más de los que fueron, y demás desto se temían que en la ciudad había quien los vendía.

Hubo el jueves y viernes que digo dos grandes combates, que los de la ciudad dieron a las que estaban por el rey en la iglesia, tanto que hicieron una entrada por do cabían cincuenta hombres, hacia la capilla de San Frutos; y los de la iglesia mataron dos hombres y hirieron cinco. El viernes tornaron a combatir, prometiendo mucho dinero a los que entrasen. Dieron un recio, apretón y entraron dentro una bandera. Los de dentro tomaron la bandera y mataron al que la llevaba. Luego entraron catorce hombres, y los de dentro los dejaron entrar bien adentro y dieron sobre ellos y mataron cinco y hirieron los otros nueve malamente. Y con esto cesó el combate. Por manera que vivían en Segovia tan llenos de enemigos dentro de sus muro, como fuera.

Como los ánimos iban ya en todo rompimiento, y aparejaban las armas las ciudades alteradas, los de la Junta enviaron a Valladolid, donde se había de formar su ejército y estaba don Pedro Girón, a quien todos miraban como a su cabeza, y que había de ser capitán general, la instrución siguiente, que los capitanes y gente de guerra habían de guardar:

Instrución de los de la Junta para la gente de guerra.

«Los senores procuradores del reino, estando en la villa de Tordesillas, a 18 días del mes de noviembre de 1520 años, dijeron que por cuanto estando ellos allí por mandado de la reina nuestra señora, entendiendo en el reparo e remedio de sus reinos, y en la paz, sosiego de ellos, y en desagraviar los pueblos de los grandes agravios que en el mal consejo de Sus Altezas habían hecho, y el cardenal de Tortosa con los del mal consejo de la guerra y justicia, que estaban suspendidos por el reino en la villa de Medina de Rioseco. Y el condestable con otros de los sobredichos, y con el arzobispo de Granada, presidente del Consejo, en la villa de Briviesca y en la ciudad de Burgos habían hecho e juntado grandes gentes e ejércitos, y convocado a muchos pueblos y grandes fortalezas para venir a la villa de Tordesillas, a hacer todo el mal y daño que pudiesen a los dichos procuradores del reino, y a deshacer la Junta, de donde se esperaba el remedio de él, y apoderarse de la reina nuestra señora, para gobernarse estos reinos en perjuicio y daño de ellos, y contra la provisión de sus leyes, para los tornar a la servidumbre en que los tenían, e tornar las imposiciones y nuevos tributos que habían visto. E porque a ellos era forzoso resistir a esta fuerza poderosamente, pues de otra manera no podían resistir que estos reinos no fuesen puestos en la servidumbre, lo hicieron saber a sus ciudades Las cuales e, sus provincias han enviado sus gentes e ejércitos para entender en ello. Y porque esta es para el verdadero servicio de la reina e rey su hijo nuestro señor, e bien de estos reinos, y hacer ellos lo que eran obligados al servicio de sus reyes e señores naturales, conforme a sus leyes, que por dar orden en lo que habían de hacer cort los dichos ejércitos, ordenamos lo siguiente:

»Primeramente, que vayan con los dichos ejércitos don Pedro Girón, capitán general de Sus Altezas, y don Pedro Lisa de la Vega y Diego de Guzmán, e don Fernando de Ulloa, e Alonso de Sarabia y don Gonzalo de Guzmán.

»Ítem, que en los dichos ejércitos vayan así la gente de guarda de Sus Altezas e infantería que el reino tiene fecha, e la gente de los ejércitos de las ciudades con la artillería real, y se ponga en campo la vía e camino de la villa de Medina de Rioseco, donde está el cardenal con algunos de los del mal Consejo.

»Ítem, antes que llegue a la dicha villa envíen un rey de armas trompeta a requerir al señor almirante de Castilla e a los vecinos de la villa echen de allí, e no tengan allí acogidos los enemigos e destruidores del reino e la gente de guerra que allí está, con protestación que si ansí lo hicieren, la dicha villa e tierra no recibirá daño porque esta es su intención e voluntad. E no lo haciendo, todo el dafio que se les siguiere sea a su culpa y cargo.

»Ítem, que si no los quisieren echar e estuvieren en la villa, procuren en las mejores maneras que pudieren entrar en la dicha villa, e los haber.

»Ítem, salidos en cualquier lugar que estuvieren, ir a ellos y procurar haberlos.

»Ítem, que a todos los que pudiesen haber, ansí de los del mal Consejo y justicia, como los oficiales de la hacienda, los prendan e traigan a la santa Junta, y los pongan en lugar donde por la santa Junta les fuere mandado.

»Ítem, que en lo tocante a la persona del señor cardenal, trátenle como a príncipe de la Iglesia, e no consientan tocar en él. Pero impedirle su mala gobernación, que no pudiendo él ser gobernador (pues no lo puede ser), ha gobernado con acuerdo de los destruidores del reino.

»Ítem, que lo que toca al condestable y los que están con él en Burgos. que se haga lo mismo.

»Ítem, procurar que la ciudad de Palencia, y Carrión, y todas las ciudades e villas del reino de la corona real, se. unan e hagan hermandad con la santa junta, e las otras ciudades que están en el santo propósito de desagraviar estos reinos, porque éste es el verdadero servicio de la reina e rey, nuestros señores. Pero que por agora no se entremetan en los lugares de señoríos, si no fuere del condestable y del conde de Alba de Lista, que están declarados por enemigos del reino.

»Ítem, que lleven grande e particular cuidado de proveer e remediar que haya mucha justicia en el campo; e que no se haga fuerza a alguna mujer, ni otra fuerza ni robo a alguna persona particular, e que esto sea gravemente castigado.

»Ítem, que cuando otra cosa sucediere, e sea de calidad e de negocios particulares, no se entremetan en ello. E que cuando se les ofreciere algo, fuera de lo aquí contenido, en servicio de Sus Altezas e bien del reino, lo hagan saber a la santa Junta para que se vea e provea sobre ello. E si de otra manera lo hicieren, protestan que no sea a cargo del reino ni de sus procuradores.

Lo cual todo encomendaron a los susodichos en nombre de todo el reino. E les dieron poder cumplido por la vía e forma que pudieron, e por virtud de los poderes que de sus ciudades tienen, para que lo hiciesen e cumpliesen como en esta instrución se contiene.»

Cuando en la Junta se ordenó y despachó esta instrución, ya estaban resueltos en proceder con las armas, cansados de las plumas y lenguas, o no satisfechos de lo que con ellas se habían ofendido. El rompimiento que en esto hubo diré en el libro siguiente.

Quiere el almirante poner en razón a los de la Junta.

Deseaba el almirante componer tantos desconciertos y alteraciones de estos reinos, antes que llegasen a mayor rompimiento y perdición. Procuró para esto verse con los de la Junta en Tordesillas; y estando en Torrelobatón les envió a pedir que le diesen lugar y seguro para ir a Tordesillas. Respondieron los de la Junta que ellos sabían cómo su señoría venía a los hablar sobre el caso de las Comunidades del reino; que le suplicaban que hasta que echase de Medina y su tierra a los caballeros con la gente de guerra que tenían, y a los del Consejo, pues que estaban en deservicio de Su Majestad y del bien público del reino, que no curase de ponerse en trabajo viniendo donde ellos estaban.

Pero que después de echados de su tierra, ellos se holgarían de servirle con el acatamiento debido a su persona.

Replicó el almirante que le placía y que él echaría de su tierra la gente que en ella estaba armada, y asimismo a los del Consejo, salvo al cardenal y condestable de Castilla, que eran gobernadores y partes principales destos reinos.

Los de la Junta no fueron contentos de esto, sino que había de echarlos todos fuera; sobre lo cual enviaron dos heraldes y un escribano a le requerir con grandes protestos que no diese lugar a los males y daños de que la junta y armas de los caballeros habían de ser causa.

Demás de esto enviaron los de la Junta otros correos o trompetas que requiriesen al condestable y conde de Alba que no hiciesen ayuntamientos de gente, poique eran en perjuicio de la corona real y en daño del reino.

El condestable recibió bien a los que fueron con esta embajada y los mandó dar de comer, y después los envió al conde de Alba con doce de a caballo.

El conde echó mano del principal que hizo el requirimiento, y lo mandó poner en prisión; y después se dijo que le habían dado garrote, no se dando otra respuesta a los de la Junta.

De lo cual ellos quedaron muy agraviados y hablaron mal; otros, bien, diciendo que el conde había hecho como buen caballero; que a los traidores no se ha de guardar ley ni palabra.

Era camarero de la reina doña Juana el desdichado que fue con este recaudo y murió por él, según dijo, que los de la Comunidad se lo habían dado.

Queriendo vengarse de este agravio los de la Junta, mandaron pregonar al condestable y al conde de Alba, en muchas ciudades y lugares de Castilla por traidores enemigos capitales del reino; y que hacían ayuntamiento de gentes contra la corona real, y en daño del reino; y que habían hecho sello nuevo de Su Alteza contra las leyes del reino, con que sellaban provisiones contra vasallos de Su Majestad y contra todo derecho; y que favorecían los del mal Consejo, y habían preso al camarero de Su Alteza, todo en gran desacato y daño de Su Majestad y de los estados del reino y república de él; y que los de la Junta, entendiendo en lo que era servicio de Dios y del reino, hallaban que debían darlos por enemigos capitales a los dichos caballeros, y que sus rentas y juros fuesen perdidos.. y les fuesen confiscados y tomados, incorporándolos en la corona real.

Libro octavo

Don Pedro Girón, capitán general. -Agráviase Juan de Padilla porque no le hicieron general, y vuélvese a Toledo. -La gente que trajo a la Junta el obisbo de Zamora. -La gente que acudía al campo de la Junta.

Con crecimientos mortales andaban ya las pasiones en Castilla, cansadas las plumas y las lenguas. Aparejaban las armas y municiones de guerra, que cuando la postema se encona, su cura es con el hierro ardiendo en fuego.

Los caballeros cabezas y defensores de las Comunidades, engolfados en un mar de pasiones, por saber cuán mal se hablaba de ellos y el nombre que les daban, que por extremo ofendía su presunción, ya tenían en nada perder las patrias, las haciendas, hijos y mujeres con las mismas vidas. Y así deseaban arriscarlo todo en la ventura de las armas, que si la tuvieran y salieran con la suya en sola una batalla, sin duda alguna se trocaran las suertes y quedaran con nombre glorioso de amparadores y defensores de su patria. Que los juicios humanos más determinan los hechos por los fines que por principios ni medios; y si bien fue causa de comunidad que de ordinario tiene pocas fuerzas, ésta tuvo tantas y tanto peligro, que si tantico gobierno hubiera en las cabezas y algunos capitanes experimentados en armas, con grandísima dificultad reinara Carlos en España.

Erraron los caballeros, erró el común en levantarse contra los ministros de sus reyes; pero no les neguemos, y es fuerza que digamos que fueron valerosos. Que si se hicieron insolencias, desatinos y hechos fuera de razón, ¿qué maravilla, en comunidades de gente suelta y libre? Pues los caballeros dependían de ellos más que las Comunidades de los nobles que las ayudaban; y vemos un ejército de soldados disciplinados, sujetos y obedientes a sus capitanes, lo que hace y cuál deja la tierra donde llega; pues maravillarnos y dar por traidores absolutamente a los que en esto fueron, yo no lo haría. Que el hijo se levanta contra su proprio padre, y si bien miramos a los siglos pasados de nuestra España, ¿qué veremos en ellos sino comunidades de infantes, de grandes, de caballeros que se atrevieron contra sus proprios reyes? Y no por eso quedaron tan manchados como algunos quieren que lo estén los que en las alteraciones destos años fueron.

No justifico la causa destas Comunidades. Descargo en cuanto puedo a mi nación y nobleza de ella.

Y volviendo a proseguir estos hechos, digo que todos hacían ya las diligencias posibles para ganar y asegurar su partido, así los caballeros que hacían las partes del rey o tenían su voz, y las Comunidades y capitanes de ellas. Viose en el libro antes de éste las ordenanzas e instrucción que los de la Junta que llamaban santa enviaron a Valladolid, donde estaban don Pedro Girón y otros capitanes y cabezas de la Comunidad. Llegado va el tiempo, si bien riguroso y contrario para seguir la guerra, por ser muy entrado el invierno, se apercibieron todos, y en nombre de la Junta escribieron de nuevo a las ciuda. des y villas que eran de su voz, que enviasen la más gente de guerra que pudiesen, como lo hicieron.

Concluyóse también el trato que con don Pedro Girón había, y fue elegido por capitán general de la Junta, con patente le la reina y del reino, pareciéndoles que por ser caballero tan principal y deudo de tantos grandes de Castilla, ganaba su parte gran reputación. Y de don Pedro juzgaron todos que lo había acetado y seguido esta opinión, teniendo fin a que con las alteraciones y revueltas hallaría camino para poder haber el ducado de Medina Sidonia, que como queda dicho pretendía pertenecerle.

De esta eleción pesó mucho a Juan de Padilla, que hasta allí había hecho el oficio de capitán general y tenía presunción de serlo. Y por su causa no fueron en ella, ni quisieron votar por don Pedro, los procuradores de Toledo ni Madrid. Y el Juan de Padilla, como supo lo que pasaba, antes que don Pedro Girón viniese a tomar el bastón, fingiendo no sé qué causa, partió para Toledo por la posta. Y la gente que tenía, viendo ido su capitán, no quiso quedar allí,antes comenzó otro día a tomar el mismo camino. Pero, no obstante esto, don Pedro Girón acetó el cargo y vino a Tordesillas con ochenta lanzas suyas, y comenzó a dar gran priesa cómo el ejército se juntase, ayudado de la industria y diligencia del obispo de Zamora, que trajo al servicio de la Junta casi quinientos hombres de annas de la gente de guarda del reino, que los demás fueron al llamamiento del condestable.

Y demás de esto, trajo otras setenta lanzas suyas y casi mil infantes; y los cuatrocientos de ellos eran clérigos de su obispado, sin la gente de Zamora que venía a su disposición y voluntad. Porque con favor de la Junta él había echado al conde de Alba de Zamora y héchose duefio de ella. Y cada día venían gentes de las ciudades, de a pie y de a caballo, muy bien armados, y con ehos algunos caballeros y capitanes principales, como de Salamanca, que vino don Pedro Maldonado con casi mil infantes. Y otras ciudades nombraron por sus capitanes a los mismos procuradores que tenían en la Junta.

Y así fue capitán de León Gonzalo de Guzmán, hijo de Ramiro Núñez; y de Toro don Hernando de Ulloa, que eran procuradores. Y desta manera otros de otras partes.

Y con esto se iban haciendo cada día más poderosos los de la Junta, ya resueltos en acabar este negocio por fuerza de armas. Hablaban mal y amenazaban peor, particularmente la gente común, llamando a los grandes y caballeros traidores y enemigos del reino, y que los habían de destruir y quitarles los estados, que no les hizo ningún provecho.

Pero ¿quién enfrenará una multitud? Y se atrevieron a decir, que sería bien que la reina casase con el duque de Calabria, don Hernando de Aragón, hijo de Frederico, último rey de Nápoles, que desde el tiempo del rey Católico estaba detenido en Játiva, lugar del reino de Valencia. Entiendo que en esto se les levantó a los de la Junta lo que nunca hicieron ni pensaron. Es verdad que como la pasión era ya tan grande, era tanta la rotura que en los pregones que daban no nombraban al Emperador, habiéndole jurado por su rey, sino solamente nombraban la reina y al reino; de manera que el odio y enemistad iba creciendo y de cada parte se hacían grandes diligencias. Y ya no restaba a los de la Junta más de salir en campaña como lo tenían determinado.

El almirante entra en Medina. -Los grandes y caballeros que en servicio del rey estaban en Medina. -Procura el almirante poner en razón a los de la Junta. -Sale don Pedro Girón con su gente contra Rioseco, número de diez y siete mil infantes. -Avisan los capitanes de la Junta a Valladolid del estado en que está el ejército en Villabrágima. -Cómo se llamaba la Junta, y llamaban los caballeros.

Estando, pues, las cosas en estos términos, por el mes de noviembre el almirante entró en Medina de Rioseco. Y saliéronle a recebir los grandes y caballeros que allí estaban con el cardenal, puestos en orden y con aderezos de guerra. Los caballeros eran don Alonso Pimentel, conde de Benavente; don Alonso Osorio, marqués de Astorga; don Pedro Osorio, su hijo mayor; don Diego de Toledo, prior de San Juan, hijo del duque de Alba; don Bernardo de Sandoval y Rojas, marqués de Denia; don Diego Enríquez de Guzmán, conde de Alba de Lista; don Francisco de Quiñones, conde de Luna; don Enrique de Guzmán, conde de Rivadavia, hermano del almirante; don Hernando de Silva, conde de Cifuentes; alférez mayor del rey; don Álvaro Moscoso, conde de Altamira; don Fadrique Enríquez de Almansa, señor de Alcañiza; don Diego de Rojas, señor de Santiago de la Puebla; don Pedro Bazán, vizconde de la Valduerna; don Juan de Ulloa, señor de la Mota; Hernando de Vega, comendador mayor de Castilla; don Juan Manrique, hijo mayor del marqués de Aguilar; Sancho de Tovar, señor de la Tierra de la Reina, y su hijo mayor don Hernando de Tovar, que por servicios que aquí hizo, le hizo nombrar el Emperador capitán de la guarda de la reina doña Juana; y otros muchos grandes y señalados caballeros, que con mucha voluntad vinieron a servir a su rey.

El almirante holgó mucho con tantos y tales caballeros, y en ver la gente de guerra que allí estaba. Mas sus pensamientos no eran llevar esta causa por sangre, sino por medios dulces y suaves, hallándose camino para ellos. Y así lo trató con estos caballeros, y desde Cigales, donde estuvo pensando entrar en Valladolid y pacificar esta villa, escribió a los de la Junta, pidiéndoles que quería verse con ellos, y se ofreció de ir él en persona a Tordesillas.

No tuvo efeto, y concertaron que se viesen algunos de ambas partes en Torrelobatón, donde vinieron tres o cuatro procuradores. Y el almirante estuvo allí con ellos en demandas y respuestas cinco o seis días, sin concluir cosa; con que quedaron las voluntades en todo rompimiento.

Tenía determinado el almirante de no acetar la gobernación hasta haber probado todas las vías posibles para que se diese algún asiento y concordia: y en vistas y embajadas que con los de la Junta tuvo, gastó mucho tiempo y razones, así con cartas como con palabras que él tenía agudas y discretas; dándoles a entender el yerro grande que hacían y la injusta causa que defendían y la peor forma que llevaban en ella, y ofreciéndoles razonables y favorables partidos, porque dejasen las armas y viniesen a la obediencia de su rey.

Quiso el almirante ir a Tordesillas, pareciéndole que viéndose con todos los pondría en razón, y acabaría con ellos lo que no podía con pocos. No le dieron lugar, diciendo los de la Junta, que hasta tanto que él echase de Rioseco y su tierra los caballeros con la gente de guerra, y a los del Consejo, pues estaban en deservicio de Su Majestad y del bien público del reino, que no curase de ponerse en trabajo viniendo donde ellos estaban. Pero que después de echados de su tierra, ellos se holgarían de servirle con el acatamiento debido a su persona.

El almirante respondió que él echaría de su tierra la gente que en ella estaba armada y los caballeros con ellos; y asimismo a los del Consejo, salvo al cardenal y condestable, que eran gobernadores y partes principales de estos reinos. Los de la Junta no fueron contentos de esto, sino que había de echarlos a todos; y que el condestable renunciase y dejase el ejercicio de virrey y gobernador, que había comenzado. Sobre lo cual enviaron dos heraldos con un escribano para requirir al almirante con grandes protestos que no diese lugar a los males y daños que de la Junta y armas de los caballeros habían de resultar. Demás de esto, enviaron otros dos trompetas al condestable y conde de Alba, requiriéndoles que no hiciesen ayuntamiento de gentes, pues eran en perjuicio de la corona real y en daño del reino. El condestable recibió bien a los que fueron y les mandó dar de comer y después los envió al conde de Alba con doce de a caballo que los guardasen. El conde mandó prender al principal que hizo el requirimiento y lo pusieron en prisión; y después se dijo que le habían dado garrote sin enviar otro despacho a los de la Junta. De esto quedaron ellos muy agraviado, y hablaron mal; otros, bien, diciendo que el conde había hecho como buen caballero, que a los traidores ni se debe fe, ley ni palabra. Era camarero de la reina doña Juana, puesto por ellos, el desdichado que fue con esta embajada, que le costó la vida.

Queriendo vengarse de este agravio, y por el odio mortal que los de la Junta tenían, mandaron pregonar en muchas ciudades y lugares principales del reino, que tuviesen por traidores, enemigos de la patria, al condestable, conde de Alba v a los demás caballeros que estaban con ellos. Que hacían ayuntamientos de gentes contra lo corona real, en daño y acabamiento del reino. Que habían hecho sello nuevo de Su Alteza contra las leyes del reino, con el cual sellaban provisiones contra vasallos de Su Majestad y contra todo derecho. Que favorecían a los del mal Consejo y habían preso al camarero de Su Alteza, todo en gran desacato y daño de Su Majestad y de los estados del reino y repúblicas de él. Que por estas causas se les debían confiscar y tomar sus rentas y juros, y los aplicaban y incorporaban en la corona real.

Y arriscando el resto de su potencia, don Pedro Girón y el Obispo de Zamora sacaron sus gentes en orden, que eran muchas y muy bien armadas, que llegaban a diez y siete mil infantes con buen número de caballos, y mucha artillería de Medina del Campo, que ya la habían traído de sobre Alaejos, por lo cual el almirante, desesperado de la paz, les hizo un gran requirimiento y protesto, y vinose a Rioseco con propósito de aceptar la gobernación, pues no habían querido admitir los partidos de paz que les hacía.

Salieron don Pedro Girón, general de la Junta, y el obispo de Zamora con su clerecía y gente armada, a 22 o 23 de noviembre, y alojáronse con la gente y aparatos de guerra que traían en Villabrágima, Tordehumos, Villagarcía y otros lugares en contorno de Rioseco. Porque su intención era apretar a los caballeros y echarlos de Ríioseco.

Y si los de la Comunidad fueran hombres este día, poder tenían para ello, mas faltan fuerzas y consejo donde hay algo de tiranía. A 24 de noviembre se alojaron donde digo, y escribieron a Valladolid dándole cuenta, como a tan su favorecedora, de la jornada, y del requirimiento que antes de echarse sobre Rioseco querían hacer a los caballeros. La carta decía:

Carta de los capitanes de la Junta a Valladolid.

«Parécerne cosa muy necesaria hacer saber a vuestras mercedes el estado en que las cosas están. Los ejércitos del reino son llegados a este lugar de Villabrágima, en el cual está la artillería y toda la más gente de infantería. En Tordehumos quedó esta noche el señor duque don Pedro Girón con algunas gentes de las guardas que no cupo aquí con la de Salamanca. La gente de los contrarios ha estado hoy en el campo todo el día, e por eso se ha dado priesa a recoger toda la más gente de armas en este lugar, e en Tordehumos, porque no era toda acabada de llegar a Villagarcía. Dícese que esperan la gente del condestable mañana y el domingo. Cualquier cosa que sucediere les haremos saber a vuestras mercedes. Mañana sábado, Dios queriendo, tenemos determinación, conforme al mandamiento que traemos de la santa Junta, de enviar con un rey de armas a hacer requerimiento al señor almirante e a la villa que echen de allí a los robadores y destruidores del reino con protestación que no lo haciendo será forzoso de procurar por todas las vías que pudiéremos, de los prender e impedir la gobernación del señor cardenal e por ser contra las leyes destos reinos. Del señor don Pedro Girón supimos del alarde que vuestras mercedes hicieron para mayor favor, que no fue pequeña merced ni esfuerzo para nosotros saber que tenemos tal socorro. Suplicamos a vuestras mercedes que manden tener su gente a punto, porque hecho el requerimiento, si la respuesta no fuere la que debe, avisaremos a vuestras mercedes de ello, para que nos envíen la gente que les pareciere, quedando la villa con el recado que conviene. E aunque por las mercedes que de vuestras mercedes todo el reino ha recibido no había necesidad de pedirles ésta; mas con la mucha confianza que tenemos de vuestras mercedes atrevémonos a esto. Porque sabemos que en las cosas del bien común no hay para vuestra merced ningún trabajo, pues lo que se hace es para la libertad de todos, e a cada uno particular y generalmente toca. Nuestro Señor las muy magníficas personas de vuestras mercedes guarde e prospere. De Villabrágima, a 24 de noviembre. A servicio de vuestras mercedes. -Don Pedro Laso. -Alonso Sarabia. -Don Fernando de Ulloa. -Diego de Guzmán.»

Requieren los capitanes de la Junta que los caballeros salgan de Rioseco y deshagan la gente. -Llega el obispo a dar vista a Rioseco. -Salen los caballeros a él. -A 27 de noviembre desafía el campo de la Comunidad a los caballeros que estaban en Rioseco. -Los de la Comunidad presentan la batalla a los de Rioseco. -Orden que llevaba el campo de la Comunidad. -Desafío. -No acetan los caballeros la batalla.

Fingiendo, pues, los del ejército de la Junta justificaciones, que a la verdad eran graves delitos, enviaron sus heraldos, o reyes de armas, al almirante y a los caballeros que en Rioseco estaban, pidiendo y requiriendo que saliesen de la villa y tierra los que allí estaban, y que la villa se conformase con las Comunidades en favor del rey; los cuales reyes de armas no fueron bien recibidos, mas antes el conde de Benavente, y el conde de Alba de Lista los mandaron prender y quitar las armas al rodopelo, tratándolos muy mal.

Y como supieron esto los de la Junta, movieron luego con su campo. Adelantóse el obispo de Zamora con hasta cinco mil hombres, camino de Rioseco, con determinación de hacer todo el mal que pudiese a los caballeros; y al tiempo que llegó cerca de Villabrágima, docientas lanzas que allí estaban, aposentadas del marqués de Astorga, dieron a huir para Rioseco. Y algunos, con la priesa y miedo, dejaron los caballos y armas y el lugar desocupado. Y el obispo se aposentó en él diciendo: «¡Viva el rey y la Comunidad! ¡Muera el mal Consejo!» Las docientas lanzas llegaron a Medina, y como los caballeros lo supieron, todo el ejército se armó, y salieron al campo bien puestos en orden, y con voluntad de romper con el obispo. Pero el obispo túvolos en nada, si bien eran muchos, y gente de honra, porque sabía que don Pedro Girón venía en la retaguardia tan cerca, y con tanto aviso, que cada hora tenían avisos los unos de los otros para se ayudar siendo necesario. Y así se hicieron rostro los dos campos, con voluntad cada uno de esperar ocasión para romper contra el otro.

Estuvieron un día entero sin moverse, puestas en orden las batallas, yéndose cada hora reforzando por la gente que a los unos y a los otros venía de socorro. Y sabían los de la Comunidad que Juan de Padilla venía ya con cuatro mil infantes y doscientas lanzas del reino de Toledo y de Salamanca y de Ávila, como adelante se dirá.

El campo de los caballeros se aposentó en Tordehumos, y el de la junta en Villabrágima (que son dos lugares bien cerca el uno del otro, y de Medina de Rioseco). En Tordesillas quedaron para guarda de la villa y de la Junta los cuatrocientos clérigos que el obispo de Zamora había traído, sacándolos de sus iglesias para ejercitarlos en tan santa empresa. Y por reverencia de sus órdenes no quisieron que marchasen con la chusma de la soldadesca. Quedaron más otras dos compañías de soldados y alguna gente de a caballo, y por capitán de todos Hernando de Porras, vecino y procurador de Zamora, con Suero del Águila y Gómez de Ávila y otros caballeros.

Tres días arreo estuvo don Pedro Girón con su campo a vista de Rioseco ofreciendo la batalla. Mas los caballeros lea. les no la acetaron porque eran muy inferiores, que no tenían más de trecientos hombres de armas y trecientos caballos ligeros y cuatrocientos y cincuenta jinetes y tres mil y quinientos infantes de sueldo, gente buena y de mejores esperanzas que la del común. Mas por asegurar la vitoria quisieron esperar al conde de Haro, su capitán general, que decían venía; y también se esperaba otro camino de ganar la vitoria sin sangre, por ciertos tratos y inteligencias que el almirante traía con don Pedro Girón y con otros caballeros de la Comunidad.

Entre los cuales comenzaba a haber divisiones y poca amistad y envidias, que son las que destruyen lo más fuerte del mundo; y descompuestas estas cabezas, era fácil desbaratar aquel vulgo de sastres, zapateros, pellejeros, zurradores y otros tales. Pero los de la Comunidad, viéndose superiores, molestábanlos con rebatos y escaramuzas de día y de noche, sin dejarlos reposar los pocos días que allí estuvieron.

Y entendiendo que esperaban los caballeros al conde de Haro, determinaron antes que viniese hacer todo su poder por sacarlos a la batalla, o a lo menos ganar reputación con hacer una gran demostración de ella. Y para esto un día hicieron alarde general en Tordehumos, y otro día siguiente, viernes, último día de noviembre, sacáronla toda al campo. Y puesta en orden con la artillería delante, caminaron para Medina; y en esta forma Sanabria, procurador de Valladolid, con treinta jinetes iba por corredor, descubriendo el campo. La gente de armas iba de vanguardia, y por capitán de ella don Pedro Laso de la Vega, y de los jinetes don Pedro Maldonado y Francisco Maldonado, capitanes de Salamanca. En el escuadrón de infantería de la vanguardia iba por capitán el obispo de Zamora, y con él don Juan de Mendoza, capitán de Valladolid, hijo del cardenal don Pedro González de Mendoza, y Gonzalo de Guzmán, capitán de León, y don Hernando de Ulloa, capitán de Toro, y otros.

En la batalla iba el capitán general don Pedro Girón entrando y saliendo; y con él otros capitanes de la gente de ella, y don Juan de Figueroa, hermano del duque de Arcos, que aquel día llegó al ejército, habiendo salido de la prisión donde dije que estaba en Sevilla sobre su fe, con cierto alzamiento de ella que los de la Junta le enviaron en nombre de la reina, y otros capitanes. Y de la artillería y de la retaguardia se dio el cargo a otros capitanes.

Y con este buen orden caminaron con terrible estruendo de trompetas y atambores; llegaron a tiro de culebrina a Rioseco, y haciendo allí alto, mandaron que sus corredores se acercasen de manera que pudiesen decir al almirante y al conde de Benavente, y a los otros grandes y caballeros, que en Medina estaban, cómo allí ido el ejército de la reina su señora, por su mandado, a ejecutar en ellos las penas en que habían incurrido por gobernar el reino sin su voluntad y mandamiento, por estar así en su deservicio y desacato asonados, y puestos en armas. Y para este fin les presentaban la batalla y los esperaban en aquel campo.

Habiendo dicho esto, se estuvieron así parados en el campo hasta casi el sol puesto; pero de parte de los caballeros de Medina, si bien estuvieron puestos en armas y sobre aviso, no se hizo muestra ninguna de batalla ni escaramuza; sino perseverando en el consejo que tenían acordado, los dejaron estar perdiendo tiempo y una muy buena ocasión, que por perderla se pierden las jornadas.

Y pareciéndole a don Pedro Girón que era hora, volvió con su gente, en la manera y con el orden que vino, a su alojamiento; y al tiempo que partían del puesto que habían tomado, dispararon parte de su artillería, y algunas balas llegaron cerca de los muros de la villa, aunque no hicieron daño. Habíase despachado en Medina de Rioseco a 29 noviembre de este año la conduta o provisión de capitán general del reino, y señaladamente para esta empresa a don Pedro de Velasco, conde de Haro, hijo del condestable don Íñigo, firmada del cardenal solamente y rubricada de Pedro de Zuazola, secretario de Sus Majestades.

Y poco después que los de la Junta o Comunidad habiendo estado desafiando a los caballeros y diciendo oprobrios a las cercas de Rioseco, llegó por la otra banda di la villa el conde de Haro con su gente; que teniendo aviso de la venida de don Pedro Girón, marchaba a toda furia con deseo de llegar a tiempo para lo que se ofreciese, si bien tenía aviso que no había propósito de pelear.

Al cual todos salieron a recebir en orden de guerra; y él traía consigo trecientos hombres de armas y cuatrocientos caballos ligeros, y dos mil y quinientos infantes de sueldo, toda gente escogida, y doce o trece piezas de artillería de campaña.

Y la misma noche entraron en Rioseco don Francisco de Zúñiga y Avellaneda, conde de Miranda, y don Beltrán de la Cueva, hijo mayor del duque de Alburquerque, y don Luis de la Cueva su hermano, y don Bernardo de Sandoval y Rojas, marqués de Denia, y su hijo don Luis de Sandoval. Y también vino don Francisco de Quiñones, conde de Luna, con la gente que pudieron traer de sus criados y vasallos.

Y con este socorro el campo de los grandes se hizo de más de dos mil y ciento de a caballo, entre caballos ligeros y hombres de armas, y seis mil infantes de sueldo, sin otra buena copia de gente de a pie de sus vasallos. De manera que ya se tenían por más poderosos que los enemigos, porque si bien no lo eran en el número éranlo en la virtud, y la causa que defendían más justificada, que ésta es la que asegura las conciencias y los corazones de carne hace de acero.

Del poder y diligencias de los caballeros para hacerse poderosos, tenían avisos los de la Junta y se sabían en el reino, y a todos ponía en cuidado, que no hay república tan poderosa que con la división no caiga.

Palabras soberbias que el obispo dijo al presidente de la chancillería de Valladolid. -Sale el obispo armado a correr al campo.

Viendo los de la Junta lo que las fuerzas de los caballeros crecían, procuraron prevenir y ganar todos los lugares, y avisaron los confederados que tuviesen gente de guerra, si bien estaban con las ventajas que dije. En Valladolid, en estos mismos días, teniendo aviso de la Junta, por su orden se mandó con pregón público que todos los vecinos de sesenta años abajo y de diez y ocho arriba estuviesen a punto de guerra, para que cuando hubiese mandato del ejército les enviasen la más gente que pudiesen.

Estaban dentro en Valladolid el presidente y chancillería, que con ellos, ni con el lugar, ni con la Junta, tuvo este senado debate ni encuentro alguno, antes estaban muy bien quistos alcaldes y oidores. Y como vieron cuán de rota iban ya las cosas y la alteración grande que en el pueblo había, el mismo presidente y dos oidores y dos alcaldes, movidos con buen celo fueron a gran priesa a Rioseco, a tratar con el almirante y caballeros que se diese algún buen corte de paz y concierto porque este reino no se perdiese. Llegaron a Medina a 24 de noviembre, día de Santa Catalina. En Rioseco hallaron buena acogida y voluntad de venir en cualquier partido, siendo razonable. La dificultad estaba en los de la Junta, y en ninguno más que en el obispo de Zamora; que cuando el diablo

entra en un cuerpo sagrado no hay demonio que en el mal se le iguale.

Fueron el presidente y oidores de Valladolid a Villabrágima, donde estaba el obispo alojado con sus cinco mil hombres, y allí le rogó el presidente con grandísimo encarecimiento, lágrimas y humildad, que mirase el camino tan errado que llevaban, y se apartase de él y no diese lugar ni fuese causa de tantos daños y muertes y escándalos como se esperaban. que mejor sería tomar algún medio de paz y concordia, con que Dios fuese servido y aqueste reino se conservase. Porque si bien las Comunidades saliesen con cuanto querían, venciendo a los caballeros y apretando al rey para que les concediese más libertades de las que pedían, que al fin habían de vivir con él y cuando viese la suya les había de echar el yugo y la carga como quisiese. Que las fuerzas y motines de las Comunidades, fuera de la obediencia de sus príncipes, no eran firmes, ciertas ni seguras. Que los caballeros y capitanes que agora les ayudaban, cuando perseverasen y venciesen, se habían de hacer señores de ellos como los demás. Ni tampoco los caballeros defensores de las Comunidades andaban cuerdos, tomándose contra todos los grandes del reino, en tanto deservicio de su rey. Que sería gran cordura recibir lo que se les ofrecía, y quedar en paz y amor con sus príncipes, y no esperar los sucesos varios de las armas.

El obispo respondió: «Señor presidente, pues que en el punto y estado en que estamos nos hemos movido e venido, yo sé bien lo que nos cumple, e por ende no me retraeré, antes quiero ir adelante a destruir los malos e alteradores del reino.»

Y como el presidente vio que no salía el obispo a lo que le pedía, ni aun lo quería oír, le requirió de parte de Sus Altezas por virtud del sello real que llevaba, se estuviese allí quedo y no saliese ni partiese de allí hasta tanto que él fuese a hablar con los caballeros que estaban en Rioseco para les rogar lo mismo. Pero tampoco a esto el obispo de Zamora le dio respuesta ninguna, ni hizo más caso de él que de un criado suyo (tanta era la perfección deste perlado, sucesor de los apóstoles indigno y malo).

Y así se partieron el presidente y los oidores a Medina, donde con el mal despacho de los de la Junta no se pudo hacer cosa buena, y el obispo quedó tan compungido y con tales propósitos de las lágrimas del presidente, que no era bien ido cuando se armó su señoría, que el arnés y morrión eran el pontifical que él más preciaba, y su gente con él; y sacó el artillería, que puso en la retaguardia, y salieron a toparse con cierta gente, que tuvieron lengua que salían de Medina hasta trescientos caballos, y mucha infantería, que iban hacia Villabrágima.

Y en el camino se les dio aviso que se detuviesen, porque el obispo les tenía tomado el paso; y así hubieron de dar la vuelta para Rioseco, porque si siguieran el camino no les fuera bien. El obispo los esperó el día todo, que fue martes 27 de noviembre.

En esta coyuntura llegaron al ejército de la Comunidad tres mil hombres de guerra, que envió León. Y asimismo llegó la gente de Valladolid que dije, y otros muchos. Y sobre todo se esperaba a Juan de Padilla con la gente de Toledo y Madrid.

Dan por traidores los del Consejo a los de la Junta. -Desafían los de la Comunidad a los caballeros que estaban en Medina. -Gente de guerra que tenía Valladolid.

Los del Consejo procedían contra los de la Junta y contra todas las ciudades levantadas, y hicieron un cadalso en el campo, adonde los pronunciaron y dieron por traidores y rebeldes a la corona real. Y así estaban todos tan enconados, que ya no se peleaba tanto por el reino cuanto por la reputación y pasiones particulares que de estos movimientos habían nacido, y otras que, como he dicho, de tiempos antiguos había en los lugares. El obispo juraba que con sola su gente había de estar en campo hasta morir o vencer. Los caballeros tenían su tesón. Y así, aunque el presidente de la chancillería insistía en la paz, no había remedio.

Salían a escaramuzar muchas veces. Y porque de las escaramuzas no viniesen a las veras, se pusieron treguas por dos días, que fueron lunes y martes de la última semana de este mes de noviembre. Y antes que saliese la tregua pocas horas, algunos caballeros de la parte del almirante salieron a pelear con la gente del obispo, hiriéronse mal los unos a los otros. Pero unos ballesteros del obispo rompieron con los de los caballeros y los siguieron a lanzadas hasta Rioseco, y así se volvieron al campo con dos tiros ligeros que traían.

Al almirante pesó mucho porque los suyos habían quebrado las treguas, y por eso no quiso que los saliesen a ayudar, antes envió a decir al obispo que le pesaba de ello, y que él no lo había sabido.

Como don Pedro Girón y el obispo vieron que los caballeros de Medina no querían salir a la batalla, les enviaron un trompeta diciendo que acabasen de querer echar aquella porfía a un cabo dando la batalla, porque venía el invierno y no serviría de estarse así más de perderse los unos y los otros. Donde no, que juraban de ir a sus lugares y saquearlos y abrasarlos. Pero el almirante no acababa de resolverse, por lo que sentía que el negocio viniese a tanto rompimiento.

En Valladolid, demás de la gente que enviaron, hicieron alarde esta semana de la que quedaba, y hallaron siete mil hombres de guerra entre ballesteros y piqueros y escopeteros. Y aún sin éstos hallaron que le quedaban a la villa con qué se guardar, y enviaron a decir los de la Junta, que presto irían más en su socorro, y que cuando fuese menester irían en persona todos con el perdón general, porque tenían por sí que era justa y santa la causa que defendían, tanta era la obstinación del común.

La condesa de Módica procura componer estas pendencias. -De estas vistas resultó lo que don Pedro Girón hizo en daño de la Comunidad. -Háblala el conde con astucia y cautela, por dar gusto al obispo y deslumbrarle de lo que en particular trataron con don Pedro Girón. -Los caballeros de Castillo la Vieja defendieron la causa del rey.

La condesa de Módica, mujer del almirante, era muy cristiana, y sentía en el alma estos alborotos, y verlos en tan miserable estado donde tantos inocentes padecían; deseó componerlos, y habló al almirante, su marido, y al conde de Benavente, suplicándoles con encarecimiento no diesen lugar a tantos males como de esta guerra se siguían. Y valió tanto la condesa, que hizo que en Villabrágima se juntasen el almirante, el conde de Benavente, don Pedro Girón (que se llamaba duque de Medina), el obispo de Zamora y la misma condesa. Todos cinco se vieron una noche, y ordenaron unos capítulos en favor de la Junta.

Y el conde de Benavente dijo al almirante: «Primo señor, porque vos queréis tener en vuestra villa a cuatro o cinco licenciados, no queráis poner nuestros estados en disputa e dar lugar a tantas muertes e robos como se esperan, pues nunca Dios quiera que yo sea en ello sino favorecer a la Junta y sus Comunidades, pues todo lo que piden es bueno y justo; por tal lo loo y lo apruebo, y desde agora lo confirmo, y ansí lo firmo.» La condesa dijo lo mismo. El almirante dijo al conde: «Pues que vos, primo, lo firmáis, yo lo refirmo.»

Y así cenaron todos juntos con mucho contento.

Y acabada la cena se fueron a Medina; y luego mandaron en Medina que se alzase por la reina y rey su hijo y por la Comunidad.

Fue todo esto hecho con cautela y arte, porque el ejército de la Comunidad se alzase de Medina, que si allí durara pusiera en aprieto a los caballeros, por ser mucho mayor el poder de la Comunidad y ir creciendo cada día, y el de los caballeros apenas fuera más de lo que era, porque todos los titulados que eran del reino de Toledo, Andalucía y Extremadura, se estuvieron a la mira quedos sin mostrarse ni en favor del rey ni por la Comunidad.

Demás de esta treta que hicieron a los de la Junta, parece el deseo que en Medina había de verse libres del cerco, por lo que dice fray Antonio de Guevara en sus epístolas, de cómo le enviaron los caballeros a Villabrágima, y los partidos aventajados que les ofreció de parte del Emperador, porque se allanasen y deshiciesen el ejército, que por estar impreso no refiero aquí. Y de las palabras que él dice que habló con don Pedro Girón, se ve claramente que fueron vendidos y engañados en levantar el campo y dar lugar para que los caballeros pudiesen salir de las cercas de Medina de Rioseco, y ir a Tordesillas y desbaratar la Junta y hacerse señores de la villa, y tener en su poder la reina, con que la Comunidad desmayó y perdió todo su crédito. Lo cual sin duda no fuera así si don Pedro Girón se estuviera quedo sobre Rioseco y hiciera su oficio como debía, ya que se cargó de él; mas quísolo Dios ordenar de esta manera para bien de estos reinos.

Que cierto si la Comunidad prevaleciera, ellos se perdían de mil maneras, y perdieran el mayor rey que hasta entonces había tenido España, como en el discurso y corriente de esta historia se verá, que no tardaremos. Fue sin duda que el demonio adivinaba que había de ser tal, y tan enemigo de sus secuaces, que por eso sembraba tanta cizaña en todos los reinos de este príncipe, tentando si se los podría quitar, o disminuir sus fuerzas, que tanto bien hicieron a la cristiandad.

[Notable carta del condestable al Emperador.]

Por momentos avisaba el condestable al Emperador de estos levantamientos y sucesos de ellos, que bien sabía que la grandeza de la corona del Imperio, fiestas y triunfos gloriosos que hubo en ella no le quitaban el cuidado ni aliviaban la pena que tenía por su España el César; y a 30 de noviembre deste año despachó a Pedro de Velasco con esta carta:

Carta del condestable al Emperador.

«Católica Majestad. Lo que después que Pedro de Velasco, mi sobrino, se partió, ha pasado, de que Vuestra Majestad ha de ser informado, es que don Pedro Girón, y el obispo de Zamora, y don Pedro Laso, y Alonso Sarabia de Valladolid, y Diego de Guzmán, y don Hernando de Ulloa y otros procuradores de la Junta salieron de Tordesillas con hasta sietecientas lanzas, y tres mil infantes y nueve piezas de artillería, en que hay cuatro gruesas, con cierta instrucción de los pro-' curadores de la Junta de lo que habían de hacer; el traslado de la cual envío a Vuestra Majestad. Por ella verá que la principal intención con que salieron es de ejecutar las sentencias que se dieron contra mí y el conde de Alba; y que lo primero era dar en Villalpando. Mudaron consejo y viniéronse a aposentar con el dicho ejército a Villabrágima (que es del almirante), y a Tordehumos, que es una legua de Medina de Rioseco. Y oído el rebato en Rioseco, el almirante y conde de Benavente y marqués de Astorga y conde de Alba y otros caballeros que allí están se pusieron en orden; y temiendo que vendrían a darles vista, luego el mismo día salieron al campo. Y según lo que el comendador mayor de Castilla me escribió, se cree que hubo sietecientas lanzas y más de cuatro mil peones, y que si tuvieran artillería, conocida la ventaja que había del ejército de Vuestra Majestad al suyo, todavía les presentaran la batalla. Al tiempo que salieron de Tordesillas los dichos capitanes, escribieron a las ciudades que estaban alborotadas para que les enviasen gente. Dicen que de Toledo y Ávila y Segovia y Salamanca les viene mucho socorro. Y en Valladolid se pregonó que todos los de sesenta años abajo y de diez y ocho arriba estuviesen apercebidos para que dentro de tres horas saliesen con el pendón de Valladolid en favor de la Junta, como Vuestra Alteza verá por el dicho pregón cuyo traslado ansí mismo envío. Con esto el cardenal y el almirante me escribieron dándome priesa, que hiciese ir la gente y artillería, y que si no llegaba hasta ayer martes, que harían un partido como les pareciese. Yo escribí al conde que se diese toda la priesa posible para llegar allá. Y así llegó el martes a Palacios de Meneses, que es una legua de Medina, con nuevecientas lanzas y dos mil infantes y diez y nueve piezas de artillería, en que había trece buenas piezas.

»Luego el miércoles siguiente, la gente de las Comunidades, con sus capitanes y artillería, vinieron a ponerse una legua de Medina, y asentaron su artillería y dispararon las piezas gruesas. y llegaron algunas balas a las eras de Medina. En sabiendo que venían lo hicieron saber al conde de Haro. Y cabalgó a la hora y fue con toda la gente, y en asomando el conde, los contrarios se volvieron a Villabrágima. Y el conde se entró con toda la gente y artillería en Medina, donde agora queda. Dicen que han salido de Valladolid dos mil hombres en favor de las Comunidades y que de todas partes les viene mucha gente de pie. Están agora en Medina todos cuantos hombres de estado y caballeros hay de los puertos acá, sino yo, que estoy aquí preso de pies y de manos porque Vuestra Majestad no ha querido enviarme la confirmación de estos capítulos que allá están. Que si yo con Burgos tuviera acabado, también me parece que fuera bastante para acabar de sosegar este reino o la mayor parte de él.

»Todo este ajuntamiento de gente ha causado haberse querido detener allí. El cardenal y los del Consejo han puesto la cosa en tanta aventura, que si fortuna no nos viniese, no queda cosa en todo vuestro reino que no sea de Comunidad.

»Cuando me vino esta nueva de Rioseco, estaban aquí conmigo el marqués de Denia y los condes de Miranda y de Chinchón y Cifuentes. Y vista la necesidad que allá había y que el tiempo era bastante para servir a Vuestra Majestad, determinamos que se fuesen con su gente a Rioseco, y así lo hicieron. Lleva el marqués de Denia con la gente de su casa y de su capitanía ciento y cincuenta lanzas, y el conde de Miranda docientas lanzas de su casa, y los dos condes hasta cincuenta. De manera que todos llevan cuatrocientas lanzas muy buenas y mejor voluntad para servir a Vuestra Majestad. Llegarán de aquí a tres días a Medina de Rioseco, donde se juntarán con los que allá estaban, y lo que el conde de Haro llevó, y esto que agora va, que son dos mil lanzas buenas y cerca de siete mil hombres a pie.

»Para tener alguna parte en este pueblo, he recibido más de seiscientos hombres de los oficiales y que peores están, o para que hagan más efeto de encaminar en las vecindades que se hagan las cosas como cumple al servicio de Vuestra Majestad. Y porque si el pueblo se alterare y hubiéremos de pelear con ellos, no sean aquéllos los primeros que se levanten como lo han hecho hasta aquí. De manera que por todas las vías conviene tener ganadas voluntades de personas especialmente en este tiempo de que tanta necesidad hay.

»La carta de Vuestra Majestad recibí fecha en Colonia a 13 de éste, por la cual me hace Vuestra Majestad saber que ha recibido mis cartas de 21 del pasado, y las que fueron con don Pedro Velez y las de tres de éste. Y que por no se haber tomado determinación, que quedaba por proveer y responder en lo que había escrito, hasta la partida de Lope Hurtado, no me mandaba Vuestra Majestad responder. Y estoy maravillado de ver cuán poca diligencia manda Vuestra Alteza poner en lo que toca a estos vuestros reinos y a la pacificación de ellos, porque ni con dineros, ni con gente, ni artillería no me ha Vuestra Majestad socorrido, y menos con papel y tinta.

»Estoy en tanta necesidad por el peligro en que esta ciudad está, por acabarse el término en que se había de traer la confirmación de los capítulos y no venir; y por socorrer a la necesidad de Rioseco en que se metieron sin causa ninguna, envié toda la gente que tenía aquí, y que de casi solo en un pueblo tan grande como éste, que ha sido maravilla no se haber alterado. Conviene si Vuestra Majestad no quiere que se pierda esta ciudad y su provincia, que es la mayor de toda España, que luego se envíen aquellas seis cosas despachadas, que son las alcabalas y el servicio y los huéspedes, oficios y beneficios, y la moneda y el perdón. Y esto todo ha de venir para esta ciudad y su provincia. Lo cual es de muy poco perjuicio, porque los huéspedes no había lugar en la provincia, que son Guipúzcoa, Álava y Vizcaya y otras tierras derramadas que gozan de ella, porque nunca rey entró en ellas sino de paso. Lo de las alcabalas también es de poco perjuicio, porque en Vizcaya no se pagan alcabalas ni Guipúzcoa, que están encabezadas perpetuamente. Lo del perdón solamente ha lugar en esta ciudad, porque en la provincia no hay delito ninguno. Lo de los oficios y beneficios, lev es del reino que obliga a Vuestra Alteza, y lo ha siempre mandado y cumple a vuestro servicio. Pero en lo del perdón mire Vuestra Alteza que ha de decir que perdona todo lo fecho, ansí contra Vuestra Alteza como contra otras cualesquier personas particulares, porque esto no impide para que cuando hubiere parte quejosa, no se le haga justicia. Y estos capítulos todos sería muy bien que viniesen para todo el reino, pues no son cosas que Vuestra Alteza no les ha de otorgar, suplicándoselo; y en lo del perdón podrá Vuestra Majestad excetar los lugares y personas que le pareciere. Lo cual es muy necesario que tenga así para todo el reino, porque esta ciudad dice que no lo tomará de otra manera, porque presume de cabeza de remo. Suplico a Vuestra Majestad de que esto venga con la primera posta, porque la dilación trae infinito daño para el servicio de Vuestra Alteza, y si esto estuviese pacífico podríame yo llegar más adelante hacia los de la Junta y esforzar aquella parte, de manera que ellos se viesen en necesidad. Y saldría desta ciudad su pendón con toda la gente de ella y de su provincia; que el nombre de éstos basta para destruir los contrarios.

«Porque la villa de Valladolid está muy dañada, y no hay cosa con que los puedan atraer al servicio de Vuestra Majestad más principal que quitalles de allí el audiencia. Mande Vuestra Alteza que se envíe una carta patente para el presidente e oidores, que se salgan luego de allí y se vayan a otro lugar realengo, donde pareciere a vuestros gobernadores. Porque estando la dicha villa como está, ellos no tendrán libertad para hacer justicia, y mucha gente de los del reino no osarán entrar en la dicha villa, por estar en opinión contraria; de manera que ellos no podrán hacer justicia. Y que sí no salieren luego, que Vuestra Majestad les revoca los poderes que tienen para juzgar. y que no puedan ser ni sean oidores. Y dar poder a los gobernadores, para que puedan poner personas por presidente e oidores, que puedan y quieran hacer justicia sin ningún impedimento. Desta provisión se usará, según la necesidad que acá hubiere.

»El despacho para los cincuenta mil ducados que presta el rey de Portugal recibí, y también la seguridad de Vuestra Majestad para él, todo lo envié con una posta. Y ya el rey me había enviado cédulas de cambio para la feria de octubre de Medina del Campo. No sé si serán muy ciertos, porque con estar Medina tan cerca de Tordesillas, temo que haya algún peligro.

»También recebí con Lope Hurtado las dos cédulas que Vuestra Majestad dice para la casa de las Indias, y para lo de los mayorazgos. Y agora recebí la que vino para Alonso Gutiérrez, y envío a Vuestra Majestad con esa posta la que vino derigida al comendador mayor, como Vuestra Majestad me lo envía a mandar.

»A Burgos di la carta de Vuestra Majestad, y la creencia de lo que por virtud de ella me envió a mandar. Y hales puesto en tanta turbación no venir la confirmación de los capítulos, que están agora muy más recios de lo que sería menester; no sé si escriben a Vuestra Majestad respondiendo a esta carta, y a la que trajo Lope Hurtado.

»De Tordesillas he sabido que han quitado del servicio de Su Alteza a María de Cartama, y al guardián y a Hernando de Hellín, y le han traído otra esclava de Medina que estaba allí casada; todo por que no quiere hacer lo que ellos le piden, y que tiene acordado de decir a Su Alteza. si les preguntare por ellos, que son muertos o idos. También dicen que han escrito al adelantado de Granada que venga a servir su oficio, y si no, que lo proveerán a don Pedro de Ayala, que agora tiene cargo de la casa de Su Alteza.

»Suplico a Vuestra Alteza, en lo que toca su bienaventurada venida, se dé toda la priesa posible, y que aunque se dilate algo con los casamientos del señor infante, siempre escriba, que será acá para el tiempo que tiene escrito, porque están tan incrédulos en ello, que claramente dicen que no lo creen.

»El señor rey de Portugal me escribió cómo los de la Junta le habían escrito suplicándole que fuese intercesor entre Vuestra Majestad y ellos; y él les respondió que habiendo fecho tan grandes excesos como hacían, no sabía cómo lo hacer. Que estando pacífico el reino como antes estaba, entonces suplicaría a Vuestra Majestad se hubiese piadosamente con ellos. Hace también el rey todo lo que le suplico de parte de Vuestra Majestad, que es mucha razón que Vuestra Alteza le escriba dándole las gracias, por ello.

»En las otras cartas que he escrito a Vuestra Majestad le he hecho saber con cuánta voluntad le sirve don Álvaro de Ayala, en todo lo que se ofrece del servicio de Vuestra Majestad. Y cómo vine aquí a Burgos antes que yo viniese, con una carta de Vuestra Alteza. Después que los de la Junta supieron esto, dieron provisiones para que no le acogiesen en Toledo, ni en su tierra, ni en los lugares del conde de Fuensalida, so pena de muerte y perdimiento de bienes. De manera que le han tratado bien, por recién venido. Y demás de esto, las casas de su padre y la del conde de Fuensalida y todo lo demás tiene en mucha aventura. Hase venido aquí conmigo. Suplico a Vuestra Alteza le mande escrebir, y pues hay tiempo para hacelle merced de alguna capitanía o de otra cosa, acuérdese Vuestra Majestad de ello, pues también lo merece. Y es razón que a los que sirven agora a Vuestra Majestad, les haga mercedes. Tórnase a Medina de Rioseco a hallarse allí a servir a Vuestra Majestad.

»El conde de Chinchón tornó aquí, porque fue avisado que el alcaide que tiene en Chinchón se carteaba con los de Segovia y Madrid y otras partes que están sobre él. Que si dentro de quince días no le socorren, entregará la fortaleza. Yo le he dado alguna gente de a caballo de los acostamientos de Vuestra Alteza y de la de mi tierra, para que la vayan a socorrer; porque me parece que conviene, pues no le queda otra cosa de todo su estado, sino aquella fortaleza. Y pues lo ha perdido en servicio de Vuestra Majestad, y con todos sus trabajos sostiene la fortaleza de Segovia, muy bien es que Vuestra Alteza le haga merced, demás de restituille su estado.

»Yo he sabido cómo en la Iglesia de Málaga ha vacado una canongía por muerte de Pedro Pizarro, y porque Pedro de Irizar, capellán de Vuestra Majestad. sirve en todo lo que se le manda en las cosas presentes, suplico a Vuestra Alteza le haga merced de ella.

»En la provincia de Guipúzcoa no quieren recibir por corregidor al licenciado Acuña ni a otra persona sin mandamiento de Vuestra Majestad; mande Vuestra Alteza enviar una provisión para la dicha provincia, que reciban por corregidor al dicho licenciado Acuña, o a otra cualquier persona que por vuestros visoreyes fuere nombrada. Y asimismo dejen pasar cualquier artillería y municiones, que se trajeren de la villa de Fuenterrabía para el ejército de Vuestra Majestad por mandamiento y provisión de vuestros visoreyes.

»La ciudad de Trujillo ha servido, y sirve tan bien a Vuestra Majestad, que no hay pueblo en el reino que así lo haya fecho. La ciudad de Salamanca les escribió que hiciesen alarde, y estuviesen apercebidos para ir en favor de la Junta. Ellos respondieron lo que Vuestra Majestad verá por su carta. Y también envió testimonio de las alegrías que hicieron con las nuevas de la coronación de Vuestra Majestad. Razón es que Vuestra Alteza se acuerde de los que sirven y les haga mercedes y mande escrebilles dándoles las gracias por ello.

»El licenciado Vargas vino aquí ayer: con tenelle conmigo pienso que lo tengo todo; lo que fuere de mí será de él, y lo mismo de don Rodrigo Manrique, el cual sirve muy bien y con buena voluntad a Vuestra Majestad.

»Juan de Rojas (como he escrito a Vuestra Majestad) nunca se ha apartado de mí; quería irse a Medina de Rioseco, y como es merino mayor de esta ciudad, ha lo dejado, porque a mí me parecía que sirviera más aquí a Vuestra Majestad que en Medina, como es la verdad. Está Diego de Rojas, su padre, en Medina con toda su edad, y también está su hijo mayor de Juan de Rojas. Guarde y acreciente Nuestro Señor la vida y muy poderoso y real estado de Vuestra Majestad, como Vuestra Majestad desea. De Burgos 30 de noviembre.»

«Dentro de ésta envío a Vuestra Majestad una relación de nuevas de lo que pasa en el combate de la iglesia de Segovia.

»Al tesorero Alonso Gutiérrez envié un traslado de la cédula que Vuestra Majestad me envió dirigida a él y escrebí sobre ello. Respondióme una carta, que a Vuestra Majestad envío con la respuesta en las espaldas. De lo que Nicolao de Grimaldo dice, paréceme que es menester que Vuestra Majestad lo provea, de manera que haya buen recaudo.

»El conde de Luna y el conde de Ribagorza han jurado la gobernación de Aragón de Juan de Lanuza. Razón es que Vuestra Majestad les escriba dándoles las gracias por ello.

»El conde de Salvatierra se ha declarado en favor de la Junta; dícenme que le han hecho capitán general de la provincia de Álava, para que favorezca a las siete merindades y tome para ello las rentas de Vuestra Majestad y los diezmos de la mar, y que le envían provisiones de ello con un fraile dominico. Yo he proveído por todos los caminos, y para Vitoria, que le prendan. Y he enviado al dicho conde de parte de Vuestra Majestad un contino de vuestra casa, el cual no es venido. Bien será que Vuestra Majestad le escriba muy recio, y aun se provea en ello, de manera que no ose dar favor a la dicha Junta.

»Álvaro de Lugo es venido aquí para servir a Vuestra Majestad; quisiera irse a Rioseco. Yo le hice detener a él y a Rodrigo de la Hoz, pues aquí servirán a Vuestra Alteza tanto como allá.

»A Vuestra Majestad he escrito lo que el dotor Zumel y el licenciado Francisco de Castro le han servido en esta ciudad. Y cómo por vuestro servicio les saquearon y robaron sus casas. Certifico a Vuestra Majestad que hasta que yo aquí llegué, no hubo día que no tuviese el cuchillo en la garganta. Suplico a Vuestra Majestad se acuerde de él y le haga merced de recibille en el Consejo. Que aunque no hubiese de salir ninguno, me convendría a mí tener allí persona que me avisase de lo que conviniese al servicio de Vuestra Majestad. Yo certifico a Vuestra Alteza que cumple así a vuestro servicio, y yo recibiré mucha merced en ello.

»El conde de Osorno vino aquí a servir a Vuestra Majestad; es ido a Medina de Rioseco por estar las cosas, allí en el punto en que estaban.

»El conde de Castro quería asimismo ir allá, y por estar el presidente y los del Consejo en Castro, yo no se lo consentí. Vuestra Majestad escriba al uno yal otro.»

Levántase el ejército de la Junta, con mal acuerdo, de sobre Medina-Combate de Tordesillas. -Cómo peleaban los cuatrocientos clérigos que el obispo dejó en guarda de Tordesillas. -Nieto, natural de Medina, entra el primero en Tordesillas. -Llegan los caballeros a besar la mano a la reina. -Fueron presos nueve procuradores de la Junta: otros huyeron. -Encónanse más las ciudades alteradas.

Levantóse el ejército de la Comunidad sin por qué, ni saber a qué fin, y salió de Tordehumos y Villabrágima la vía de Villalpando. Y si bien en Villalpando comenzaron a hacer resistencia, al fin los admitieron y hospedaron en paz.

Y don Pedro Girón se aposentó en las casas del condestable, su tío. Todo dicen fue sobre acuerdo y trato doble, y échase bien de ver, porque dejaban al enemigo libre, y en Villalpando no había qué hacer. De don Pedro Girón se podía temer el trato, porque los grandes sus parientes tiraban mucho de él, como se verá presto. Lo que espanta es que el obispo de Zamora (que en el trato no fue), no diese en ello, antes estuvo siempre tan negro de entero y duro, que le costó la vida, perdiéndola miserablemente amarrado a un palo.

Como los caballeros que estaban en Medina se vieron desembarazados y libres de tan poderoso ejército que sobre sí tenían, sintiendo el paso seguro para ir a Tordesillas salieron todos de Rioseco, to. mando los correos y caminantes porque no hubiese quien pudiese dar aviso de su jornada, y echando fama que venían sobre Valladolid, tomaron con toda la priesa que sufre un ejército el camino de Tordesillas, y en él se apoderaron de Peñaflor, robando y saqueando el lugar.

Y una compañía del capitán Voz Mediano, vecino de Carrión, saqueó la iglesia. Quísolos castigar el conde de Haro; resistieron atrevidamente. Disimuló porque otro día habían de dar sobre Tordesillas. Hizo restituir lo hurtado a la iglesia. Voz Mediano se quedó con un cáliz que ascondió en la manga del sayo; castigóle Dios, porque fue el primero que murió en la entrada de Tordesillas, miércoles 5 de diciembre.

Como los de la Junta que estaban en Tordesillas supieron de la venida de los caballeros, hicieron luego correo a Valladolid, diciendo que tenían los enemigos muy cerca, que venían sobre ellos, que los socorriesen. Pero como Valladolid había enviado al ejército al pie de cuatro mil hombres, que era la flor de su gente, y más bien armada, y asimismo tenían nueva que venían sobre ellos los contrarios, no pudieron socorrerlos, pensando que el ejército que llamaban del reino los podía antes socorrer, pues tenían gente para todo. Pero como estaban bien aposentados en Villalpando, no acudieron, que el artificio que en esto hubo nadie lo supo de cierto más de la queja que tenían de don Pedro Girón; y con lo que hizo poco tiempo después se confirmó lo que de él se sospechaba.

Así que una noche dieron sobre Tordesillas, arrimaron las escalas y pegaron fuego a las puertas. Mas los de la villa comenzaron a defenderse. El conde de Haro les envió un trompeta, requiriéndoles que se allanasen, que no venían sino a besar las manos a la reina y ponerla en libertad. Ellos respondieron que no habían de ser para menos que los de Medina. Al fin, el negocio vino a las manos, y el conde mandó combatir la villa, y se pregonó saco franco. Acertaron a combatirla por la parte que hay desde la puerta de Valladolid hasta la puerta de Santo Tomás, que era lo más fuerte, por ser el muro casi ciego; y puesta la gente de a caballo en el lagar que pareció, con el estandarte real que tenía don Hernando de Silva, conde de Cifuentes, como alférez mayor del rey. mandó a dos compañías de hombres de armas que se apeasen para combatir juntamente con los soldados, y Ruy Díaz de Rojas que con ciertos jinetes hiciese la guardia del campo camino de Villalpando, donde estaban los contrarios.

Dada, pues, la señal y tomadas las escalas, porque el artillería que traían era de campaña, y no para hacer batería de efeto, se comenzó el combate y batalla a manos y escalavista con muy grande furia y determinación y con grande estruendo de campanas y voces dentro de la villa; y de arcabucería y atambores dentro y fuera, y con muchas muertes y heridas de los unos y de los otros. Pero por la disposición del lugar, y por la resistencia de los cercados, los de fuera recibieron mucho daño. Los clérigos que el obispo había dejado allí, peleaban valientemente; y un clérigo solo derribó muertos once hombres con la escopeta, que tiraba detrás de una almena, y cuando asestaba, los santiguaba con la misma escopeta.Pero antes que el combate se acabase le santiguaron a él los de fuera con una saeta que le metieron por la frente, y fue tal la herida, que sin se poder confesar murió allí.

Viendo el conde de Haro el gran daño y poco efeto de su gente por la dificultad de la parte que se combatía, con mucha presteza y buen orden mandó mudar el combate a otra parte. Por la cual sin tardar ni mudarse comenzó la misma obra, pero no con más ventajas, por la misma dificultad y fortaleza del sitio, si bien pusieron las manos en ello muchos de los caballeros que allí venían. Y andando en esto, siendo ya muertos más de docientos cincuenta hombres de los que combatían, y pocos de los de dentro, procurando el conde de Haro batir una puerta que estaba cerrada, mandó asestar la artillería que traían. Vino Leonís de Deza, caballero navarro, experimentado en la guerra (al cual había encomendado el conde que reconociese los muros) a dar aviso que a la otra parte había visto un boquerón en la muralla que tenían cerrado con dos tapias, al parecer flacas y fáciles de batir, si bien la subida a él parecía dificultosa por haber un poco de cuesta. Entendido por el conde y los señores que con él estaban, sin aflojar de estotro combate, a toda priesa hicieron pasar allá cuatro falconetes y comenzaron a tirar al portillo. Con los cuales, y dando a veces lugar a los soldados que llegasen, para que con los picos gastasen las tapias, se dieron tan buena maña, que fue el portillo abierto con poca defeasa de los de dentro, que, ocupados en defender la otra parte, se descuidaron de ésta.

Era ya cerca de la noche cuando los cercadores rompieron aquella parte, y no más de lo que bastaba para entrar un hombre. Y había pareceres que se alzasen del combate por ser ya tarde y por los muchos que habían muerto. Pero perseverando el conde de Haro en su determinación, en descubriéndose el lugar que digo, se entró por él con grande esfuerzo un soldado natural de Medina del Campo, llamado Nieto, con una espada y una rodela, y tras él entraron otros soldados, y un alférez con su bandera, y luego otros. De los cuales la primera que apareció encima de los muros fue de la infantería del conde de Alba de Lista.

Y a este tiempo los que habían entrado y todos los de fuera, comenzaron a apellidar: «¡Vitoria, vitoria!», con grande estruendo de trompetas y atabales, de que había muchos en el campo.

Turbáronse grandemente los de Tordesillas, y los combatientes se animaron y entraron muchos de los hombres de armas que se habían apeado, y pusieron las banderas en una torre que estaba allí cerca, si bien los de dentro pelearon valerosamente con los que habían entrado, y pusieron fuego a unas casas que estaban cerca del portillo abierto. Pero no bastó su resistencia para que no entrasen más, y desde allí, a poco por más adelante cerca de la puente, entró gente del marqués de Falces y de otros caballeros. Con lo cual los de dentro comenzaron a -desamparar sus estancias, y desesperar de la defensa.

Y el conde de Haro, visto que por el agujero entraban con dificultad, mandó a gran priesa traer picos y azadones y abrir una puerta que tenían muy cerrada y tapiada; dado que al principio la defendieron los que la guardaban; al fin se abrió, si bien tarde y con trabajo. Y por la dilación que en esto había, los más de aquellos caballeros se entraron como pudieron por el dicho agujero, que ya habían hecho mayor.

Y los soldados y gente suelta entendieron en saquear el lugar sin herir ni matar a nadie, porque así les fue mandado. Robaron casas, iglesias y monasterios, que no perdonaron cosa hasta las estacas de las paredes. Que fue castigo merecido de los de la villa, que por guardar sus haciendas no pelearon como debían, ya que se habían puesto en resistencia. Que no les quedó en qué dormir, sino lo que después como en limosna les quisieron dar.

Fue notable el daño que el ejército de los caballeros hizo en la villa y en el camino. A Peñaflor, lugar de Valladolid, le dieron a saco, como dije, y así lo hicieron en todos los otros lugares por donde pasaron, que quebraban el corazón los llantos y voces de las mujeres y niños. Son derechos de la guerra, si bien sea entre hermanos.

Los grandes que entraron en Tordesillas fueron derechos al palacio a besar las manos a la reina y hacerle la reverencia debida. Halláronla con la infanta doña Catalina, su hija, que se volvía a su aposento, del cual don Pedro de Ayala, procurador de Toledo, la había sacado durante el combate. Y unos decían que para que desde las almenas mandase a los de fuera que no combatiesen la villa; otros, que a fin de la sacar de allí y llevarla a Medina del Campo por la puente. Y como esta salida de la reina fue a tiempo que el lugar se entraba, el don Pedro de Ayala la desamparó y fuese huyendo a Medina.

Los caballeros le besaron la mano, y ella les mostró buen semblante conforme a su natural condición, aunque por su enfermedad y falta de juicio tenía poca cuenta y cuidado de las cosas que pasaban. Solamente afirman que estando combatiendo la villa le fueron a decir algunos de los procuradores que allí estaban, que enviase a mandar que no lo hiciesen, y que respondió ella: «Abrildes vosotros las puertas y dejaldos entrar.»

El conde de Haro se detuvo en abrir la puerta y en meter la artillería y gente de a caballo hasta medianoche, y a esta hora fue él también a besar las manos a la reina, donde halló a todos los otros caballeros. Y de allí se fueron a descansar a las posadas que tomaron, y el conde de Haro anduvo toda la noche poniendo la guarda y recado que convenía en las puertas y muros del lugar.

Y de los procuradores de las ciudades que estaban en Tordesillas, fueron presos nueve o diez, los demás huyeron, unos a Medina del Campo, otros a Valladolid, donde llegaron que era lástima verlos, heridos y desvalijados. Entregáronse los presos a Ortega de Velasco, alcalde de Briviesca, salvo Suero del Águila y Gómez de Ávila, procuradores de Ávila, y el dotor Zúñiga, de Salamanca, que se encargaron de ellos, y los pidieron algunos de los grandes.

De esta manera fue entrada y rendida la villa de Tordesillas; mas no la Junta, ni la voluntad de las ciudades alteradas; antes se enconaron más. Hubo demás de los muertos muchos heridos en el campo y algunos de los caballeros como don Diego Osorio, hijo del marqués de Astorga, que fue herido con una saeta en un brazo, y don Francisco de la Cueva de una pedrada en el rostro, y el conde de Benavente de una jara en el brazo. Y al conde de Alba le mataron el caballo, y así a otras personas de cuenta y capitanes. Y la bandera y estandarte real fue pasada y rompida de dos escopetazos, teniéndola en la mano el conde de Cifuentes.

Fue jornada de grandísima importancia y la que dio glorioso fin a tantos males, aunque no tan presto. Porque se les quitó a los comuneros el escudo y disculpa fingida y falsa, diciendo que Ía reina estaba ya sana, y que ella lo quería así: con que la Comunidad ciega y ignorante hacía los desatinos que he contado y contaré. Y esta hazafía se debe al valor del conde de Haro, que él fue el que quiso acometer a Tordesillas y quitar aquella afrenta de allí contra el parecer de muchos; que era que fuesen en seguimiento del ejército de la Comunidad, para satisfacer a la reputación de haberlos tenido cercados en Rioseco y desafiádolos a batalla, y no haber salido.

Miedo de Valladolid cuando supo que los caballeros habían tomado a Tordesillas, y apercibimientos que hizo. -Discúlpanse con Valladolid don Pedro Girón y el obispo. -Abominaba la Comunidad don Pedro Girón, por lo que de él ya sospechaban. -La Comunidad quería combatir los caballeros en Tordesillas.

Grande fue el miedo que hubo en Valladolid cuando supieron la toma de Tordesillas, que pensaron que luego habían de ser sus. enemigos sobre ellos, porque el cardenal y consejeros, el almirante, el conde de Benavente y otros estaban muy sentidos de Valladolid, por no los haber querido admitir y por el gran favor que había dado a la Junta, que decían que sólo Valladolid la había sustentado.

Estaba el pueblo con poca gente de guerra, que la había enviado al ejército, mas la que hubo luego se puso en armas.

Velábase el pueblo por cuadrillas, cesaron los oficios, cerráronse las tiendas y no se trataba sino de armas.

Estando Valladolid tan atribulado, les negó un correo de don Pedro Girón y del obispo de Zamora, con cartas en que decían que ellos no habían sabido ni pensado que los caballeros de Rioseco quisiesen tomar a Tordesillas ni hacer aquel desacato estando en ella la reina, hasta el miércoles pasado, que fueron 5 de deciembre. Que la causa fue porque les tomaron los correos los corredores que traían, y que queriendo mover para socorrer la villa de Tordesillas, cuando lo supieron les vino nueva que los caballeros llevaban la reina a Burgos. Que a esta, causa daban la vuelta para Valladolid, para tomarles el paso. Que les hacían saber cómo estaban en Villagarcía de camino para Valladolid, para que desde allí se proveyese lo que ellos mandasen. Y que, pues los caballeros habían tomado a Tordesillas en tan gran desacato de la reina y habían comenzado la guerra a fuego y sangre, que así lo querían ellos hacer con acuerdo de Valladolid.

Y como la villa oyó estas cosas, confirmáronse en las sospechas que había contra don Pedro Girón. Blasfemaban de él en público y secreto, hasta atreverse a llamarle traidor, que los había vendido.

Y así respondió Valladolid, que porque su venida a la villa era sospechosa por no haber socorrido a Tordesillas, y por quitar de todos este pensamiento, que desde allí donde estaban fuesen a poner cerco sobre Tordesillas y hiciesen su deber como quienes eran. Que ellos por un cabo, y Valladolid por otro, los tomarían en medio, y así todos debían moverse a la venganza de tan gran exceso.

Escribieron lo mismo a otros capitanes, mas don Pedro no hizo caso de ello ni lo dijo a nadie, más de qúe quería venirse a Valladolid. Viniéronse muchos capitanes con sus compañías desmandados corno ovejas sin pastor, y se aposentaron en Villanubla, dos leguas de Valladolid. Otros llegaron a Valladolid cargados de despojos, que solos dos de a caballo traían mil cabezas de ganado; otros, cincuen a, y otros, a docientas mulas, yeguas, carretas, ropas y ajuar de las casas de los tristes labradores, que pasaban de más de tres cuentos de valor. Y así entraron en la villa al pie de seiscientos hombres, y vendieron lo que traían a menos precio. Que daban un carnero por dos reales y una oveja por un real y una vaca por dos ducados.

Y era la maldad mayor que algunos pastores y labradores venían a rescatar su hacienda, y a media legua se lo volvían a tomar, y unos a otros robaban cuanto podían. De suerte que la malicia estaba en su punto, y ya echaba de ver cuánto más barato fuera haber servido a su rey con lo que pedía, aunque más pesara e tributo. Y nunca hubo tales desobediencias que no tuviesen tales castigos.

Llegaron los atrevimientos a que perdieron el respeto a las iglesias, y las robaban como si fueran infieles. Las mujeres en sus casas no estaban seguras, ni los hombres por los caminos.

Mandó Valladolid que aquellos soldados desmandados se recogiesen a sus banderas al lugar de Villanubla, donde estaban sus capitanes, y allí los pagaron por otros diez días para que fuesen sobre Tordesillas. Porque por la otra parte venían Salamanca, Toro y Zamora con mucha gente, para tomar los caballeros en medio.

Ellos estaban en Tordesillas fortaleciéndose como lo habían bien menester, reparando los muros, abriendo los fosos, trayendo bastimentos; y todo iba tan de rota, que así los unos como los otros deseaban darse la batalla y se procuraban el mal que podían.

El cardenal y el conde de Castro vienen a Tordesillas a juntarse con los caballeros. -Gómez de Ávila trata de componer estas gentes y reducirlas. -Perdición del reino.

La toma de Tordesillas voló luego por el reino. Hubo en todos los gustos y pareceres que entre gente desavenida suele haber. Luego otro día que Tordesillas se tomó y lo supo Quintanilla, que había quedado por capitán sobre Alaejos, se alzó el cerco de ella y se fue a toda priesa con la gente a Medina del Campo, por estar en guarda de la villa.

Los caballeros de Tordesillas enviaron a llamar al cardenal, que había quedado en Medina con gente de guarnición. Y en un día llegó el cardenal, y con él don Rodrigo de Mendoza, conde de Castro, con alguna gente de a caballo suya; que por no haber venido a tiempo para poder ir la jornada de Tordesillas, se había quedado con el cardenal en Rioseco. Los del Consejo que estaban con el cardenal se fueron a Burgos con el condestable, donde estaban el presidente y los demás oidores consejeros. Llegado el cardenal a Tordesillas, el almirante don Fadrique acetó la gobernación por auto solemne, habiendo primero tentado todas las vías posibles para reducir las Comunidades al servicio del rey. Que aún después de ser tomada Tordesillas, enviaron a Gómez de Ávila, que había sido preso, tomándole pleito homenaje que volvería, para que tratase con don Pedro Girón y con los demás de la Junta, que se redujesen; y se les hacían muy honestos partidos. Él se volvió sin poder concluir cosa. Y hecho esto, perdidas las esperanzas, viendo que la Junta y fuerza de las Comunidades se habían pasado a Valladolid, que está cinco leguas de Tordesillas, y que no había ejército en campo a quien ir a buscar, y que salir de allí ni ir sobre otra ciudad no convenía, dejando los enemigos atrás, los gobernadores, con acuerdo de todos aquellos caballeros, pusieron la gente de guerra en guarniciones por la comarca, que otra mucha se les había ido, ricos, con el saco que habían hecho en Tordesillas.

El conde de Haro, capitán general, quedó en guarda de la reina y Tordesillas con algunas compañías escogidas. En Simancas pusieron a don Pedro Velez, conde de Oñate, con gente de a pie ni de a caballo, porque aunque la tenencia de la fortaleza de Simancas era de Hernando de Vega, comendador mayor, por ser del Consejo de Estado del Emperador convenía que residiese en Tordesillas; pero cada vez que parecía que había necesidad, iba allá él en persona.

Y en Portillo (lugar fuerte del conde de Benavente, cuatro leguas de Valladolid) se puso otra guarnición, y por capitán a don Íñigo de Padilla, primo hermano del conde de Benavente, y hermano del adelantado de Castilla. En Torre de Lobatón, villa del almirante entre Tordesillas y Rioseco, que era el paso por donde les venían los bastimentos, se enviaron también otras compañías de gente, demás de los que allí tenía don Hernando Enríquez, hermano del almirante, teniendo respeto a que era el paso para Burgos donde el condestable estaba con el Consejo, con quien convenía comunicarse ordinariamente, y convenía para ello tener el campo y camino seguro por todas partes entre las unas gentes y las otras.

Entre los lugares comuneros y los que tenían la voz real se mataban y robaban y hacían correrías como entre enemigos mortales, como aquí diré.

Los oficiales no hacían sus oficios. Los labradores no sembraban los campos. Cesaban los tratos de los mercaderes por no haber seguridad en los caminos. No había justicia. Crecían las sisas y tributos para los gastos inmensos de la guerra, no bastando las rentas reales que tenían usurpadas. De manera que éstos y otros tales fueron los frutos y provecho que trajo la desobediencia a Castilla.

Y aún con estar en tan miserable estado, no se humillaban ni rendían ni aún querían acetar los buenos partidos que se les hacían; antes cada día llamaban gente de nuevo para sostener y hacer la guerra desde Valladolid, donde pusieron la silla y asiento de su tiranía los que la gobernaban y sostenían.

Aunque de su capitán general don Pedro Girón tenían ya tantas sospechas y descontento, principalmente la gente común, que ya ellos no le querían obedecer ni acatar, ni él se tenía por seguro entre ellos; y así, los dejó presto, como veremos.

Don Pedro Girón y el obispo se entran en Valladolid. -Maltratan las casas y haciendas de los leales. -Encuéntranse los de Valladolid con los de Simancas. -Derriban las casas de Francisco de la Serna en Valladolid.

El obispo de Zamora y don Pedro Girón, que se habían aposentado en Zaratán, aldea de Valladolid, por ser el lugar pequeño y poco seguro se vinieron a Valladolid (si bien de su venida pesó a la mayor parte de la villa), y desde allí les pareció sería mejor hacer la guerra. Aposentáronse aquí en las casas de los que otorgaron el servicio al rey, que eran las casas del comendador Santisteban y de don Alonso Niño de Castro y de Francisco de la Serna, y en las casas del almirante y del conde de Miranda.

Y algunas de estas casas maltrataron, porque derrocaron las casas de Francisco de la Serna y el pasadizo de don Alonso. Saquearon la casa del comendador, robaron y destruyeron cuanto había en las casas del conde de Miranda, y otros muchos males que hicieron por la villa.

Como el obispo lo supo, mandó hacer información de ello, y hizo volver mucha parte de lo que habían tomado, y prendió y castigó a muchos, por donde en la villa ganó mucha opinión y amor. Dos días después que entraron aquí, día de Santa Lucía, salieron todos a la puerta del campo en sus escuadrones. y a punto de guerra, con sus banderas tendidas, así la caballería como la infantería. Y como hacía el día claro y las armas estaban bien limpias, fue una vista de mucho gusto. Salieron con propósito de ir sobre Simancas para romper la puente, y supieron que la villa el conde de Oñate la habían ya rompido, porque les dijeron que querían pasar a Tordesillas; y así se volvieron para Fuensaldaña a tornar la fortaleza. por tenerla de su mano.

Apoderáronse de ella sin ninguna contradición, y dejaron en ella gente con su alcalde, y volviéronse a Valladolid aquella noche, adonde los mandaron apercibir para otro día antes de amanecer que fue viernes.

A la cual hora toda la gente de guerra estaba en orden con propósito de ir sobre Simancas para tomarles la puente y pasar adelante pregonando la guerra a ruego y a sangre contra los caballeros de Tordesillas. Mas como la villa es fuerte, puesta en la ladera de una cuesta que la baña el río, y por el otro lado tiene una buena fortaleza, y el conde de Oñate estaba con cuidado, no temían a Valladolid, antes hacían correrías hasta cerca de los muros a su salvo.

La gente que salió de Valladolid era de Salamanca, Toro, Zamora, gran número de ellos, y los capitanes, que no se entendían, mal conformes.

Dilatóse la salida tanto que cuando acabaron de salir eran las tres de la tarde, habiendo de hacer la jornada diez horas antes, como entre ellos estaba acordado; y así no pudieron llegar a Simancas y aposentáronse en Laguna, en el monasterio del Abrojo, una legua grande de Valladolid. Otros se alojaron por el campo con el artillería que llevaban.

Y allí hubo entre don Pedro Girón y el obispo tal discordia, que don Pedro Girón se fue con ciertas lanzas a Tudela, y los de Tudela no le quisieron dejar entrar, y así pasó a Villabáñez.

El obispo mandó alzar el real para ir sobre Simancas, y dijéronle, algunos que era mejor volver a Valladolid, para que desde allí tomasen otro acuerdo que fuese mejor.

Entre la gente de Toro, Zamora y Valladolid, hubo también encuentros sobre que cada uno quería llevar su artillería a su pueblo, y los de Valladolid, como eran muchos y poderosos en el campo, trajeron su artillería a Valladolid, sin hacer ninguna cosa. Y así, todos estaban muy descontentos y malavenidos (al fin, como comunidad de gente vahuna), y más de don Pedro Girón. que de tal manera los había dejado.

Confirmáronse las sospechas pasadas: decían de él mil males. Cierto que don Pedro miró mal todo lo que hizo siendo quien era hacerse capitán de empresa tan mal mirada, y cabeza de una gente tan común (digo que lo fueron los más que algunos hubo de buena suerte) y ya que se cargó usar de tal trato, que, sin duda, hizo la treta que se sospechó.

Y fray Antonio de Guevara lo da a entender en sus epístolas, en la carta que escribió al obispo de Zamora, de manera que el fruto que sacó de esta demanda fue haber deservido y enojado a su rey y quedar el vulgo murmurando y diciendo mil blasfemias de él. Y al Emperador no le fue nada acepto el servicio que le hizo en desviar el ejército para que los caballeros pasasen a Tordesillas, pues cuando hizo el perdón general en Valladolid, como adelante se verá, fue don Pedro Girón excetado entre otros, y no perdonado, si bien después lo fue con ciertas perlas ligeras que en castigo le dieron. Gozó del estado de sus padres y fue un gran caballero esforzado y discreto y en todas las ocasiones sirvió muy bien al rey hasta que murió, y tuvo la autoridad y reputación que caballero de tan alta sangre merecía.

Día de Nuestra Señora de la O salieron de Valladolid doce soldados escopeteros y ballesteros camino de Simancas, a correr el campo como solían, y de Simancas salieron ochenta caballos a lo mismo. Topáronse con los doce soldados de Valladolid, los cuales se hicieron fuertes en una torrecilla que estaba en unas vifias casi a una legua de Valladolid, y allí se defendían, porque los de a caballo los acorralaron en la torre y avisaron en Valladolid, y luego tocaron alarma.

Y salió el obispo de Zamora con muy ruines armas y con solos treinta de a caballo, y llegaron a vista de los de Simancas. Y allí se vieron los unos a los otros, diciéndose palabras harto feas, maltratando de lengua al obispo. Acometiéronse con mucho enojo, dándose de las astas, y murieron dos de los de Simancas, y de los de Valladolid fueron algunos heridos. Y salieron los soldados de la torrecilla y hicieron mucho daño con las escopetas; y como acudió gente de Valladolid, huyeron los de Simancas, y el obispo con su gente volvieron a Valladolid de noche, y los recibieron con muchas hachas. Y porque aquel día un hermano de Francisco de la Serna había murmurado del obispo, le mandaron derrocar la casa. Y como andaban muchos en derribarlas con codicia de llevar la madera, cortaban sin tino los puntales y postes, y cayeron dos cuartos de la casa y mataron doce o quince hombres y lastimaron a otros.

Viénese la Junta a Valladolid.

Los procuradores de las Cortes, que huyendo de Tordesillas se habían acogido a Medina, viniéronse a Valladolid y comenzaron a hacer su Junta general, entendiendo en las cosas que les parecía que convenían al reino. El almirante de Castilla, viendo su tierra destruida y robado el ganado y otras cosas, después que el cardenal y los demás caballeros habían salido de Rioseco escribió una carta a Valladolid, en que decía que, pues Nuestro Señor había traído al reino en tal estado, que porque más muertes ni daños en él no hubiese, se diese un corte en estos desasosiegos de manera que la guerra cesase, con tal condición que restituyesen a él y al conde de Benavente los daños y robos que la gente de Valladolid en sus tierras habían hecho, donde no, que las armas que tomaron para ofenderlos, que las tomasen para defenderse.

Como la carta fue vista en la Junta de la villa, acordaron que no se le diese respuesta, ni de allí adelante se recibiese carta de ningún grande.

Venidas las Pascuas de Navidad, aparejaban para ir sobre Tordesillas. Ya Juan de Padilla había llegado a Medina del Campo con la gente de Toledo, y estaba concertado que él fuese por una parte y el obispo por otra, y sobre ello había cada día consulta entre los procuradores de la Junta, y no se concertaban, y así, acordaron que Juan de Padilla viniese a Valladolid, para que con él se tomase el mejor acuerdo.

Mucha más gente tenía la Comunidad que los caballeros; mas la gente de los caballeros era mejor y más ejercitada en las armas. Tenían a Tordesillas muy bien proveída; a Simancas sobre Valladolid, haciéndole cuanto daño podían, y dándole arma cada hora la gente de n caballo que allí había, y en el campo no había cosa segura.

Pregonóse en Valladolid por mandado de la Junta con trompetas y menestriles, que nadie robase en el campo so pena de la vida y perdimiento de bienes, aunque fuesen los que viniesen de tierra de enemigos, salvo gente de guerra contra gente de guerra, que éstos hiciesen lo que pudiesen para que todos anduviesen seguros y no se perdiesen los tratos del todo. El mismo pregón se dio en Tordesillas y Simancas. Comenzó a haber alguna seguridad, mas no del todo; y ya deseaban que se diesen una buena batalla, porque cayendo una de las partes, acabarían con tantos males.

La inquietud y ánimo del obispo era notable. Salió una noche de Valladolid y fue a Palencia y tomó las varas a la justicia y prendió al corregidor y alcaldes y puso otros de su mano. Quiso prender a don Diego de Castilla, y escapósele huvendo. Y con favor de la mayor parte de ía ciudad, se llamó obispo de Palencia y le ofrecieron luego del obispado y de la iglesia diez y seis mil ducados.

De allí fue a Carrión, y dejó en ella y en Torquemada y en Palencia cada dos mil hombres de guarda, que le dieron las Comunidades, mandándoles que se velasen e guardasen, y que no hiciesen mal ninguno. salvo a los de Burgos y a los lugares de los caballeros; que tomasen lo que trujesen, pagándoselo por sus valores, y que les avisasen que si otra vez volviesen que lo perderían todo, y no les aseguraban la vida.

Hecho esto, volvió a Valladolid hecho un rey y un papa.

Da una vista Padilla a Simancas.

Salió Juan de Padilla de Medina, camino de Valladolid, con mucha infantería pagados por largo tiempo y con sólo sesenta caballos. Y llegando a la puente de Duero mandó subir la artillería el río arriba, hacia Simancas; y a media legua de Simancas, hizo disparar cuatro tiros a la villa.

Y luego el conde de Oñate salió del lugar con ochenta lanzas, encubiertos, pensando tomar a Juan de Padilla el bagaje, pero fueron sentidos. Y mandó Juan de Padilla dar vuelta sobre ellos, y asestáronles cuatro falconetes, con que los desbarataron y hicieron volver a Simancas.

Siguiólos Juan de Padilla hasta encerrarlos en Simancas. Llegó a Valladolid, donde fue solemnemente recibido con tanto contento de todo el lugar como si fuera padre de todos, poniendo en él ya sus esperanzas.

Y aquí le hicieron capitán general con grandísimo contento y aplauso de todo el pueblo, como diré; aunque los de la Junta quisieran que lo fuera don Pedro Laso de la Vega. Mas el gran crédito que Juan de Padilla tenía con la gente de guerra y común, les hizo no tratar dello.

Quiso el conde de Haro atajarle el camino con la gente que tenía, y para ello mandó venir a Simancas a don Jerónimo de Padilla con la gente de Portillo. Pero andando para partir supo por muy cierto que algunos vecinos de Tordesillas habían avisado a Juan de Padilla de su designio y concierto, y que habían concertado con él, que luego que el conde partiese a le buscar y atajar el camino, él por otro viniese sobre Tordesillas, donde los más vecinos estaban por la Comunidad y lo deseaban. Lo cual entendido por el conde, acordó de dejar la jornada por la poca seguridad que en los de Tordesillas había.

Después de esto se tuvo aviso que en un lugar llamado Rodilana, entre Medina y Valladolid, estaban aposentados quinientos soldados que venían de Salamanca, y por estar cerca de Medina se tenían por seguros, y estaban descuidados; y acordaron el almirante y el conde de Haro de enviar a dar sobre ellos y deshacerlos.

Encargóse de la empresa don Pedro de la Cueva, hermano del duque de Alburquerque, que era un esforzado caballero, que después fue muy acepto al Emperador, y le hizo comendador mayor de Alcántara. El cual, con pocos más soldados que los contrarios eran, caminó una noche, y entrando de rebato por el lugar, prendió y mató muchos de ellos, y los demás escaparon huyendo.

Y desde a otros cinco o seis días fue avisado el conde de Haro que habían venido a otro lugar llamado la Zarza, seis leguas de Tordesillas, sietecientos o ochocientos soldados que Segovia enviaba; y el conde lo encomendó al mismo don Pedro, que era su primo hermano, por haherlo hecho también la vez pasada. Diole docientos hombres de armas y quinientos soldados, y le encargó fuese a salteallos.

Y don Pedro con aquella gente trasnochó, y rodeando una gran legua por desviarse de Medina del Campo, dio sobre ellos de improviso. Y si bien los dichos soldados se retiraron peleando a una iglesia, don Pedro los apretó de manera que los entró por fuerza y mató y hirió muchos de ellos, y casi todos los demás trajo presos a Tordesillas; lo cual se tuvo por hecho muy acertado y de importancia.

Simancas contra Valladolid.

No se descuidaban Juan de Padilla ni el obispo de Zamora, ni los otros capitanes de la Comunidad, en hacer la guerra con las diligencias y fuerzas posibles. Acordaron entre sí que Juan de Padilla con dos mil y quinientos hombres que había traído de Toledo y de Madrid, se pusiese a vista de Cigales, lugar del conde de Benavente, dos leguas de Valladolid, y que si el lugar no los recibiese de bueno a bueno, que los entrasen por fuerza de armas. En Cigales los recibieron de paz y aposentaron en sus casas. Mas los soldados hicieron una gran fealdad y bajeza, que a la media noche dieron alarma y se pusieron todos a punto con las armas, y maniataron sus huéspedes, que llanamente los habían alojado y a todos los demás, y les quitaron las armas, que ni una espada les dejaron, y los metieron en la iglesia y la velaban y guardaban, diciendo que hacían aquello por tener seguro aquel lugar, que era de un enemigo.

Y a tres de enero de este año salió el obispo de Valladolid con algunas compañías de soldados a media noche, derecho a Palencia. su nuevo, obispado, que estuvo poco tiempo. Luego dijo que se quería volver a Valladolid, y por otra parte echó corredores que fuesen hacia Monzón, que es un lugar allí cerca. Y una mañana, antes del alba, dio sobre la fortaleza de Fuentes de Valdepero, que es a una legua de Palencia, donde estaba por alcalde Andrés de Ribera, yerno del dotor Tello, y el mismo dotor y su hija con la gente que habían menester para su defensa. Y llegado la combatió fuertemente dos horas largas, y los de dentro se defendían muy bien, y las mujeres ayudaban valerosamente.

Usó el obispo de una bondad, con ser tan malo, pues que no consintió que las tirasen, porque si no, todas murieran. Pero como vio el alcalde que les querían poner fuego y que no podían mucho tiempo defenderse, salieron a requerir al obispo que no los combatiese y que los dejase, pues no estaban en perjuicio de la república. El obispo les requirió de parte del rey y de las Comunidades que pues habían hecho pleito homenaje a los de la Junta, que se diesen a su prisión para los presentar en ella, que sobre ello y sobre todo se proveería lo que fuese bueno para todos; y que se desviasen a fuera; si no, que no sería en su mano evitar su mal. Y así, se volvieron a entrar y se les volvió a dar otro combate recísimo, en que murieron de ambas partes ocho hombres.

Vinieron muchos de las behetrías en favor del obispo; y viendo el alcalde y el dotor Tello que no se podrían defender, se rindieron a partido de seguridad de las vidas.

El obispo los tomó por sus prisioneros, pero no pudo o no quiso evitar el saco que su gente dio en la hacienda.

El obispo les pidió el quinto, que como a capitán se le debía. Diéronselo, que fue mucho y muy rico; y lo menos que un soldado llevó valía cuarenta ducados.

El obispo quedó muy glorioso con esta presa, y envió luego a Valladolid, que le enviasen más gente para tomar las otras fortalezas que estaban alrededor de Fuentes y Palencia, por tener seguros y por suyos aquellos pasos y fuerzas. Y envió a Valladolid preso al dotor Tello y a su yerno con su mujer, con treinta de a caballo en guarda.

Simancas contra Valladolid. -La soberbia que había en la gente común, y daños que bárbaramente hacían. -Los daños que se siguen de no obedecer al rey.

Ponían en orden las armas los capitanes de la Comunidad para ir sobre Simancas, de quien Valladolid recibía continos daños, queriendo en abriendo el tiempo satisfacerse de ellos, ya que al presente estorbaba la furia del mes de enero.

Y asimismo esperaban la gente que habían de enviar Toro, Zamora, Salamanca, Ávila, que se apercibían echando todo su poder; que todos estaban con tanto brío y orgullo, tratando y deseando la guerra, como si en ello les fuera la salvación.

Que cierto no debía de ser en su mano sino algún mal signo, que en once meses que duraron estas tierras domésticas o civiles, reinaba en España y henchía los corazones de los hombres de este infernal furor. Porque si bien miraran, aun los de muy limitado juicio, ¿qué fin podrían tener estas ciudades, no negando a su rey ni pudiendo prevalecer contra él, dándoles ya más de lo que querían en porfiar con tanta demasía, con tantos daños de sí mismos y ofensas de Nuestro Señor sino no se entender? ¡Y que un obispo vicario de Cristo fuese capitán de gente tan facinorosa! Valía la desvergüenza, el atrevimiento; el vil y bajo atropellaba al noble y bueno; y el que era algo no osaba hablar, y si hablaba y no a gusto de ellos, le encarcelaban, confiscaban los bienes y daban por traidor.

Con tanta rotura de conciencias y con tanta confusión vivieron nuestros castellanos en tiempo de nuestros abuelos, desde el año de diez y nueve hasta el de veinte y dos, que trajo Dios al Emperador a estos reinos. Y tomados en sus manos v conocidos por él, los levantó a la majestad y grandeza en que han estado y están. Porque vean los pueblos los bienes que se sacan de obedecer a sus reyes, que cuando sean grandes los agravios que les hagan, mayores los recibirán si se levantan contra ellos.

Que esta historia de las Comunidades, si bien parece afrentosa para esta nación por haber faltado en la fe que siempre guardó a sus reyes y señores, es por extremo provechosa para que el señor sepa gobernar al súbdito y no apretar más de lo justo, y el súbdito obedecer, pues de lo contrario se saca lo que aquí se ha visto y verá.

Y no es todo lo que pasó, sino lo que yo he podido saber con verdad y sin pasión.

Volviendo, pues, a estos cuentos, digo que la gente de guerra que estaba en Simancas, como el lugar es fuerte se tenían por seguros y corrían la tierra hasta llegar a las puertas de Valladolid; y no sólo llevaban las haciendas, mas los afrentaban de palabra llamándolos perros, infieles, y que se volviesen cristianos.

Queriéndose vengar los de Valladolid, volviéronse contra el almirante y caballeros. Y a once días del mes de enero de este año, con acuerdo de los de la Junta, pregonaron debajo de grandes penas que ningún vecino fuese osado de ir a las ferias de Villalón, Rioseco ni Astorga.

Quisieron sacarse los ojos por quebrar uno al almirante, al conde de Benavente y al marqués de Astorga, cuyos son estos lugares.

Toma de Empudia. -Favorecen las behetrías la Comunidad. -Crédito del obispo en la Comunidad.

Habíase apoderado por mandado del condestable y tomado con poca resistencia la villa de Ampudia o Fuent-Empudia don Francés de Beamonte, en odio del conde de Salvatierra, que andaba muy desatinado en las montañas de Álava. Y por ninguna vía le había podido reducir el condestable.

Quisieron los comuneros recobrarla y ganar más la voluntad del de Salvatierra; y una noche de este mes de enero, Juan de Padilla y el obispo tocaron reciamente alarma en Valladolid, y pregonaron que de cada casa saliese uno armado y fuese con Juan de Padilla hasta Cabezón para ir a Empudia, porque ha, bían visto salir de Tordesillas y de Simancas cinco banderas de los caballeros pa¡a tomar a Empudia, que era del conde de Salvatierra, que estaba levantado, de quien nos quedan buenos cuentos que decir.

Y los caballeros, para mejor hacer su hecho, echaron delante diez corredores de a caballo que descubriesen la tierra, y corrieron hasta Valladolid.

Y la villa salió tras ellos con mucha gente hasta meterlos en Simancas. Con esto tuvieron lugar de ir seguros el camino de Empudia, sin que Valladolid los pudiese estorbar por haberse divertido con los de Simancas.

Salió Juan de Padilla con mucha gente y con un tiro grueso que llamaban San Francisco y tres o cuatro pasavolantes. Y en Cabezón y en Cigales despidió la gente de Valladolid, aunque se quedaron con él dos cuadrillas; y llegó a Empudia muy en orden, donde halló que los caballeros habían tomado la fortaleza y villa.

Y como la gente de Juan de Padilla llevaba gana de pelear, arremetieron luego combatiendo fuertemente al lugar y rompieron un pedazo de los muros de la villa vieja y de la nueva, y dieron luego sobre la fortaleza, donde se habían hecho fuertes los caballeros. Pero como vieron que ellos eran pocos y los enemigos muchos, y que peleaban con coraje, desampararon la fortaleza, dejando en ella al alcalde con sesenta de a caballo. Y por un postigo falso dieron consigo en la torre de Mormojón, que es un lugar una legua de Empudia; y como Juan de Padilla supo que se habían ido, echó tras ellos; y cuando llegó, ya los caballeros se habían apoderado de la villa y hecho fuertes en el castillo que está en la punta de un alto cerro, a la caída de los montes de Torozos a la parte de Campos.

Como todos iban con tanto ánimo y gana de coger a los caballeros, dieron tan reciamente en la villa, quemándole las puertas, que ya la entraban, cuando salió toda la gente del lugar puestos en procesión, los clérigos revestidos con las cruces en las manos, y las mujeres y niños descalzos, con lágrimas y humildad, suplicando a Juan de Padilla que no fuesen saqueados; pero los de Valladolid dijeron a voces: «No, no, sino que sean saqueados.» Juan de Padilla se volvió a ellos, y les dijo: «Mirad, señores, que nuestra intención no es de saquear y robar a ninguno, en especial a éstos que no tienen culpa.» Y tanto les dijo, y con razones tan amorosas, que hicieron lo que él quería, y pidió al pueblo que le diesen mil ducados para contentar aquellos soldados, y que jurasen de seguir la Comunidad, lo cual hicieron de miedo los del lugar, y el campo se alojó en él, mandando Juan de Padilla que pagasen todo lo que comiesen, salvo la cebada y posadas, que les quisieron dar de gracia.

Luego pusieron cerco a la fortaleza, apretándola por todas partes, y Juan de Padilla volvió con la mitad de la gente, y se puso sobre la fortaleza de Empudia. Los cuales y los de Mormojón se dieran de buena gana, si Juan de Padilla los recibiera con seguro de las vidas; mas no quiso, antes hizo juramento que si no se rendían llanamente que los había de ahorcar a todos. Combatieron la fortaleza.

Aquí dice fray Antonio de Guevara que el obispo de Zamora, animando los soldados en un asalto, les decía: «Así, hijos, subid, pelead y morid, y mi alma aosada vaya con las vuestras, pues morís en tan justa empresa y demanda tan santa.»

Viendo Juan de Padilla que los de dentro se defendían bien, y que le mataban la gente, aceptó el partido con que se quiso dar; que fue dar la fortaleza con todo lo que estaba dentro, y que saliesen con armas y caballos, y seguro de las vidas.

Y así salieron hasta ciento y sesenta caballos, y quedó la fortaleza por la Comunidad.

No quiso Juan de Padilla hacer mucho daño en la fortaleza, porque el conde de Salvatierra le escribió que la tomase con el menos daño que pudiese. Tenía Juan de Padilla más de cinco mil hombres, y muy buena artillería. Murieron de ambas partes cuarenta, y fueron heridos cincuenta.

Quedaron muy contentos los de la Comunidad con la toma de Empudia. Cada día crecía el campo con los muchos que de las behetrías venían en su favor.

De Empudia partió el obispo de Zamora, y andaba por las behetrías haciendo el mal que podía a los caballeros. Fue a Monzón, Magaz, y tomó las fortalezas. Saqueó a Mazariegos y otros lugares, de manera que le temían como al fuego. En Valladolid le deseaban porque los defendiese de los que estaban en Simancas.

Solicitaba el obispo a los de Burgos.

El obispo de Zamora inquietaba a los de Burgos con cartas y promesas yotras diligencias extraordinarias. El condestable procuraba sustentar la ciudad, y aun ganar a Valladolid. Quiso usar de las mesmas artes que el obispo usaba. Sabía que muchos de los inquietos de Burgos se carteaban con los de Valladolid, y usó de un ardid si bien fue entendido.

Escribió en nombre de Burgos a Valladolid diciendo y aconsejando que se allanasen y diesen a los caballeros, y que se maravillaban mucho de que una tan noble villa perseverase en tan mal estado y propósito que si querían ser de su parte, que Burgos les ayudaría y favorecería en todo lo que pudiesen; donde no, que les harían el daño posible, y los pregonarían por traidores.

Los de Valladolid entendieron luego que esta carta venía sobre falso, y que no era de Burgos, sino del condestable; y respondieron según este pensamiento, que la carta que habían recibido creían que no era de la Comunidad de Burgos, sino del condestable, que fuera el que la había notado, porque ellos entendían que la ciudad estaba del buen propósito que ellos tenían por tan justo y santo. Que se acordasen cómo ellos fueron los primeros que movieron estas cosas; que mataron cruelmente al aposentador Jofre y derribaron la fortaleza de Sus Altezas, que rompieron y quemaron las escrituras de la corona real, todo por mantener tan buen propósito, y por ser libres y libertar a todo el reino. Que sin mirar a esto se habían vuelto contra Dios y sus privilegios, haciendo tributarios estos reinos. Que por sólo su levantamiento había habido tantas muertes de hombres, fuerzas de mujeres, lugares saqueados, robos y otros infinitos males como a todos eran notorios. Que ya ninguno era seguro en ninguna parte, todo esto por su causa y culpa, y por su mal acuerdo y consejo. Que mirasen bien en ello, y cómo era pasado el plazo en que el condestable les prometió de traer todas las mercedes de los capítulos confirmadas de Su Majestad, y no había cumplido con ellos; que sólo esto les bastaba para conocer el mal camino que seguían. Y que pues decían que eran cabeza del reino, que como tal cabeza sustentasen el reino y se volviesen a su propósito, y no quisiesen ser contra su patria. Que tuviesen noticia que el Cid Ruy Díaz en su tiempo, por no atribular el reino, se despidió del rey su señor don Alonso y se salió de Castilla diciendo que antes quería ser desterrado que consentir echar tributo en el reino, por no ser causa de tantos males. Y después, volviendo a Castilla, no pidió otra merced al rey sino que no atributase su tierra; y el rey se lo prometió, y que si lo hiciese, que sus reinos se pudiesen levantar contra él.

Estas y otras razones escribieron los de Valladolid, y procuraron que la carta con una copia de la que habían recibido fuesen a Burgos, de manera que se leyesen a todos; lo cual causó tanta alteración, que se quísieron poner en echar de Burgos al condestable.

Mas viendo el condestable que ya no había otro remedio, determinó de haberse con ellos usando de rigor y mano poderosa, y allanar aquel pueblo, y quitarle la fortaleza. Y poniendo en efeto esta determinación, salió un día armado. y púsose en la plaza que está delante de su casa con todos sus criados y gente de guerra que tenía. Y acudieron luego los caballeros que allí estaban, que eran don Juan de la Cerda, duque de Medinaceli; don Luis de la Cerda, marqués de Cogolludo, su hijo; don Alonso de Arellano, conde de Aguilar; don Antonio de Velasco, conde de Nieva, con dos hijos suyos; don Hernando de Bobadilla, conde de Chinchón; don Bernardino de Cárdenas, marqués de Elche, hijo primogénito del duque de Maqueda, yerno del condestable; don Juan de Tovar, marqués de Berlanga, su hijo; don Juan de Rojas, señor de Poza, y otros muchos caballeros, deudos y criados de estos señores.

Y estando así todos con el propósito dicho, el pueblo se había juntado y puesto en armas con pensamiento de pelear con ellos, y estuvo tan cerca de hacerse que se tiraron de una parte a otra algunas saetas, y de una fue herido don Alonso de Arellano, conde de Aguilar, en el pescuezo, habiendo dado primero la saeta en una alabarda que traía en la mano, que le valió para no ser muerto, y se dispararon escopetas.

Pero reconociendo los procuradores del común la ventaja que el condestable tenía y enviándolos a requerir y mandar que estuviesen quedos y se viniesen pacíficamente a juntar con él y obedecer sus mandamientos como a virrey y gobernador, no se atrevieron a romper; antes faltándoles el ánimo dejaron las armas y vinieron a obediencia, y pacíficos, a acompañar al condestable, el cual envió luego a requerir al alcalde del castillo que se le entregase, con protestación, si no lo hacía, de le combatir y hacer justicia de él y de los que con él estaban.

Y aunque de una y otra parte hubo algunas demandas y respuestas, al cabo el mismo día se entregó; y el condestable puso alcalde por el rey.

Y desta manera, no osando resistir, se pacificó y allanó la ciudad de Burgos, y se puso corregidor, y el gobierno en la forma que antes, y no hubo más alborotos ni desobediencias en ella.

Trata el condestable de pacificar las Merindades.

Después de este alboroto envió el condestable a don Juan Manrique, hijo primogénito del duque de Nájara, contra los de las merindades, que las tenían alzadas, y por la poca edad que tenía enviaron con él a Martín Ruiz de Avendaño, y Gómez de Butrón, caballeros muy principales de aquella tierra y Vizcaya, los cuales llegados allá dieron cierto asiento y manera de paz entre las Merindades, y el condestable, la cual duró poco, porque Gonzalo de Barahona y el abad de Rueda y García de Arce lo quebrantaron, y el conde de Salvatierra don Pedro de Áyala, que andaba muy poderoso por aquellas montañas y tan ciego en esta pasión, que se acabó así miserablemente, como se dirá, y deshizo una de las honradas y antiguas casas de Castilla y de las montañas.

Lo que pasó en las montañas de Vizcaya, Guipúzcoa y Álava y Vitoria. -Juan de Álava. -Lealtad de Vitoria. -San Sebastián, leal.

Por el mes de agosto deste año, cuando ya las Comunidades habían venido en todo rompimiento en la provincia de Álava y ciudad de Vitoria, no estaba tan clara y recibida esta opinión, si bien algunos se atrevían a hablar mal, particularmente de los del Consejo. Llegó a este tiempo a la dicha provincia y ciudad de Vitoria una carta de Burgos, en que, como cabeza de Castilla, pedían que fuesen dos personas de aquella provincia a juntarse con ellos en Burgos. A este mismo tiempo llegaron otras cartas de la provincia de Guipúzcoa y condado de Vizcaya, pidiendo que se viniesen todos. Lo mismo pedía la ciudad de Nájara y villa de Haro, y que los ayudasen contra el condestable de Castilla y duque de Nájara, que decían los tenían tiranizados.

A todos respondieron en Vitoria graciosamente, exceto a la ciudad de Burgos, a la cual no quisieron responder porque se hacían superiores y cabeza, presumiendo la ciudad de Vitoria que ellos, y su provincia de Álava, eran por sí, sin tener a Burgos por cabeza.

Enviaron a Juan de Álava, que a la sazón era merino mayor de Vitoria, a los embajadores; el cual de palabra les dijo la preeminencia de aquella tierra. y que la unión que pedían no se podía hacer, porque en aquella provincia habían sabido que la ciudad de Burgos no estaba en servicio de Su Majestad. Que ellos no querían ser participantes en sus excesos, de lo cual no fueron contentos los de Burgos.

Y en este tiempo ya algunas villas de la provincia de Guipúzcoa se alteraban con opiniones y sentimientos varios; y porque la villa de San Sebastián no quiso estar en este parecer, algunas otras villas fueron sobre ella con mano armada, y le talaron los manzanares; que no tienen mejores viñas, y hicieron otros daños.

Las cuales dichas villas se carteaban, enviando por mensajero a Pedro Ochoa de Santa María, vecino de la villa de Mondragón; y queriendo la ciudad de Vitoria, engañada, confederarse con las villas alteradas, Diego Martínez de Álava, diputado general de Álava, de la provincia de Álava, con otros de su linaje procuraban apartarlos de tan mal propósito, y tan en deservicio de su rey, por el cual el dicho Diego Martínez se vio bien apretado.

El conde de Salvatierra, capitán de los comuneros de las montañas. -Diego Martínez de Álava prende un juez de la Junta.

En este tiempo andaba desacordado don Pedro de Ayala, conde de Salvatierra, con la condesa su mujer, por muchos agravios y mala vida que por la recia condición del conde la condesa padecía. Y sobre esta razón, tenía mandado el rey que la dicha condesa madama Marguerita con sus hijos estuviesen en Victoria, dándoles el conde alimentos conforme a su calidad; y mandó a Diego Martínez de Álava, diputado de aquella provincia, que hiciese cumplir lo sobredicho. El cual, queriéndole ejecutar por vía del Consejo, el conde se quiso valer de la Comunidad, que en este caso no le favoreció, aunque los de la Junta de Tordesillas habían enviado a la provincia y ciudad de Vitoria un juez ejecutor, que se llamaba Antonio Gómez de Ayala, que después fue lusticiado por comunero en Valladolid. El cual traía provisiones para los que ante él se quisiesen presentar y pedir justicia; y venía dirigido al conde de Salvatierra para que le diese favor. Y él le dio cincuenta hombres, con los cuales entró en Victoria.

Visto esto por el diputado Diego Martínez de Álava y Pedro Martínez su hermano, y los otros de su linaje, que sabían que traía contra ellos provisiones particulares de la Junta de Tordesillas, donde el diputado y sus parientes habían sido publicados por traidores, parecióles ser servicio del rey y seguridad suya prender al juez de la Junta; Y así, los hijos de los sobredichos don Fernando de Álava, alcalde de Bernedo, y Juan de Álava, su primo, con veinte hombres y otros criados y amigos, entraron en la posada donde el juez estaba y le tomaron en la cama a él y a sus criados, les pusieron grillos y los llevaron a la fortaleza de Bernedo, donde don Fernando de Álava era alcalde, y les tomaron las provisiones de la Junta, en que nombraban y daban el cargo de gobernador y capitán general a don Pedro de Álava, conde de Salvatierra, desde Burgos hasta Fuenterrabía.

Quedó este juez con su escribano a buen recaudo en aquella fortaleza, y los caballeros que los llevaron volvieron a Vitoria, donde hallaron el pueblo alterado y sintiendo mal de la prisión que se había hecho destos hombres. Lo mismo sentían los procuradores de las hermandades de Álava que estaban en Vitoria, como lo hacen cada año por San Martín de noviembre.

Causaba esta turbación el ser los principales procuradores de las hermandades vasallos del conde, de los valles Ayala. Cuartango, San Millán y Salvatierra, haberse hecho la prisión en deservicio del conde.

Y según se sintió de ellos, no les pesaba de cine el conde se arrojase a cualquier mala determinación y ofensa de su rey, por quedar ellos en la corona real, como después fue.

Notifica el condestable a los de Vitoria la provisión de su gobierno.

En esta ocasión llegó una carta del condestable, notificando a los de Vitoria, y provincia de Álava, la provisión que Su Majestad había hecho en él, encomendándole el gobierno de estos reinos y mandando le obedeciesen como a virrey y gobernador de ellos. Mas los alaveses, por estar algunos aficionados al conde de Salvatierra, dijeron que ellos traían cierto trato con los de la provincia de Guipúzcoa muy en servicio del rey, que en concluyéndolo obedecerían como eran obligados. Y así obedecieron solamente al diputado Diego Martínez de Álava y sus parientes; y en la carta que escribieron al condestable no lo quisieron poner título de gobernador.

Sobre lo cual hubieron palabras con Juan de Álava, y le mandaron salir de la Junta, y les dijo que saliesen ellos como traidores a su rey. Por lo cual le prendieron.

Y a esta sazón llegó un clérigo a la Junta de parte del conde de Salvatierra; y como lo supo el diputado Diego Martínez, salió disimuladamente fuera y echó mano del clérigo y púsole en la cárcel, y tomóle los despachos que traía para algunos particulares y frailes, pidiéndoles que induciesen al pueblo para que no obedeciesen a los gobernadores.

Y sobre esto hubo grande alboroto, y carteles que se derramaron por el pueblo.

Y Pero Martínez y Pedro de Álava y todos los caballeros sus parientes andaban con mucho valor en servicio de su rey, haciendo protestos y requerimientos para que obedeciesen, y llamando traidores y desleales a los que no lo hacían. Y de todo esto enviaron testimonios al condestable y él los envió al Consejo real, que residía en Castrojeriz; y como los de Vitoria vieron que su fidelidad se ponía en sospecha, determinaron obedecer y enviaron sus despachos y obediencia al condestable, suplicándole perdonase los excesos pasados y que mandase quemar el proceso que Diego Martínez de Álava había hecho contra ellos, como se hizo, y quedó la ciudad de Vitoria en servicio del rey con la buena diligencia del diputado Diego Martínez de Álava y los caballeros de este apellido, aunque bien cargados de enemigos.

Todo esto pasó en el año de 1520 y en el principio del de 1521.

Viendo el condestable que por ninguna vía podía allanar al conde de Salvatierra, procuró hacerle el mal posible. Quitóle la villa de Empudia, metiendo en ella la gente que, como dije, echó fuera Juan de Padilla, y otros lugares.

Y el conde de Salvatierra juntó mucha gente de guerra de sus vasallos y de las merindades de Castilla Vieja; y llegando con este tropel de gente hasta el monasterio de San Salvador de Oña, con pensamientos de pasar a Empudia y cobrarla, supo cómo el obispo de Zamora la había tomado. Con esto se volvió para su tierra, amenazando a Vitoria que la había de abrasar, si no quitaban la obediencia al condestable y si no le entregaban al diputado Diego Martínez y a su hermano.

La ciudad tuvo miedo y le enviaron sus embajadores con grandes sumisiones, y el conde se desenojó algo, con que estuvieron en paz todo el mes de enero de este año de 1521.

Consejo real en Briviesca.

Estaba en Briviesca ya por este tiempo parte del Consejo real, y sabiendo lo que don Pedro Suárez de Velasco, señor de Cuzcurrita, deán que fue de Burgos, había hecho en servicio del rey en aquella ciudad y el valor que tenía, le enviaron a llamar. Y don Pedro, por no ser sentido, que corriera peligro, salió de Burgos con otros caballeros y criados, que serían hasta veinte de a caballo, todos bien armados, y cubiertas las armas con vestidos verdes con perros y pájaros, como que iban a caza, llegaron a Briviesca.

Y el Consejo mandó al don Pedro Suárez que pasase a las siete merindades de Castilla Vieja, que andaban en annas, con siete banderas, de cada merindad la suya. Excusábase don Pedro diciendo que no era de su hábito seguir las armas, porque le traía de clérigo, a causa del deanato. Los del Consejo le respondieron que aunque fuera clérigo, cuanto más no teniendo más que el hábito, había de trocarle por el arnés, y que aquello convenía al servicio de Dios y del rey. Don Pedro lo hubo de hacer, y como era hijo del condestable y tan valeroso y amado de todos, se le juntó mucha y muy buena gente.

Llegó una legua de Medina de Pomar, que estaba cerca de los comuneros: los cuales, sabiendo la venida de don Pedro Suárez, se levantaron muy en orden para pelear con él. Don Pedro Suárez se resolvió, aunque era inferior en el número de gente, de acometerlos, y pasó una puente de madera tan de tropel que hubieran de perderse. Los comuneros, como los vieron venir con tanta determinación, hubieron miedo y volvieron las espaldas derramándose sin orden por unos montes. Fueronlos siguiendo para ver si se volvían a juntar, mas no lo hicieron.

Escribió la duquesa de Frías, doña María de Tovar, a don Pedro Suárez, diciéndole que apretase y castigase en aquellos traidores los desacatos que habían hecho en la casa y estado de su padre el condestable. De esta manera allanó don Pedro Suárez esta tierra sin perder un hombre; y aunque es verdad que se encomendó esta empresa al conde de Salinas, no la hizo sino don Pedro Suárez de Velasco, el de Cuzcurrita, como queda dicho.

Quiere el condestable sacar la artillería de Fuenterrabía.

Por el mes de marzo de este año, aparejándose ya el condestable para la jornada que después hizo a Villalar, viendo que era necesaria artillería que les faltaba porque los comuneros habían tomado la que estaba en Medina del Campo, ordenó de sacar la que los Reyes Católicos habían puesto en Fuenterrabia. Encomendó esto a don Sancho de Velasco, el cual sacó la munición por tierra y la artillería por mar, para Bilbao, para que todo viniese a Vitoria y de allí se guiase a Burgos.

Súpose esto en la Junta de Tordesillas y despacharon luego avisando al conde de Salvatierra que hiciese gente y tomase la artillería. El conde se dio tan buena maña, que en breve tiempo juntó de todas aquellas montañas, de sus vasallos y amigos, más de diez mil hombres. Y un caballero que se llamaba Gonzalo de Barahona, capitán del dicho conde, fue a las merindades, y de la gente que don Pedro Suárez de Velasco había derramado y deshecho, juntó tanta, que llegó el conde a tener un ejército de más de trece mil hombres, cosa que nunca se vio en aquella tierra en tan breve tiempo.

Tomó la munición que venía por tierra. Supo cómo la artillería, que eran siete piezas gruesas, había venido a Bilbao, y que venían con ella mil y sietecientos hombres, muchos de ellos caballeros y hidalgos principales de Vizcaya; y el alcalde Leguizama y el corregidor de Vitoria, y que partían de Bilbao para el valle de Arratia para venir a Vitoria.

Y así, a 3 de marzo, caminó el conde con todo su ejército, y aun dicen que noche y día, anduvieron nueve leguas, y lunes, a 4 de marzo, amaneció en Arratia sobre el artillería. Don Sancho de Velasco y su gente, como se vieron perdidos, quitaron las piezas de los carretones y tomaron los aparejos y mulas y desamparáronla; y el conde se apoderó de ella, y por no tener aparejos para llevarla, la hizo pedazos con los mazos de las herrerías.

Hecho esto, quiso el conde volverse con su gente la vía de tierra de Zuya para el valle de Ayala. Entendióse que había tenido algún aviso de amigos que tenía en Vitoria, para que fuese sobre ella; y así, el miércoles de esta semana mandó que marchase el campo para allá, con mucho gusto del capitán Gonzalo de Barahona y otros capitanes. Y anduvo la voz muy pública de que iban a saquear a Vitoria; y con esto se le juntaron otros muchos, de suerte que por lo menos eran los trece mil hombres, aunque gente mal armada y sin disciplina. Asentaron su real en el campo de Arriaga, que es un cuarto de legua de Vitoria.

Piden al conde que moleste a Vitoria.

El abad de Santa Pía y fray Diego de Arna, fraile dominico, por ser personas a quien el conde tenía voluntad, fueron a su real a suplicarle que no entrase en la ciudad. Vinieron en tratos y conciertos. Pidió que no obedeciesen al condestable. Que le entregasen al diputado Diego Martínez de Álava y a don Fernando, su hijo; y a Pedro Martínez de Álava, y a Juan de Álava, su hijo; y a Pedro de Álava, y a Antonio de Álava, su hermano. Pareció a los ciudadanos que no estando los dichos en el lugar, se aplacaría algo el conde, y rogáronles que se saliesen; y ellos lo hicieron protestando, y se fueron con sus mujeres y casas a Treviño, villa del duque de Nájara, donde esperaron a don Manrique, su hijo, que venía con la gente de Navarra.

Estando la ciudad en esta turbación, algunos que había en ella amigos de don Álvaro de Mendoza, señor de la casa de Mendoza, que llaman de Arriba, que era amigo del conde y no de otros, a quien él no quería bien, suplicále que no hiciese mal a aquella ciudad. El conde estaba recio, diciendo que no habían cumplido con él lo capitulado. Diose por medio que entrase por la ciudad con sus banderas tendidas, y que entrasen por la puerta de Arriaga y saliesen por la de Santa Clara.

Estando en esto llegó el licenciado Aguirre, que era del Consejo, a la puerta, diciendo que no habían de abrir al conde y que eran unos traidores si tal hacían. Los que allí estaban le respondieron ásperamente, y quisieron poner las manos en él, si no fuera por Lope de Suazo y otros, que le sacaron fuera de la ciudad. Y él se fue a Treviño con los otros de Álava, y el conde no entró en la ciudad pero entró su capitán Gonzalo de Barahona.

Y el conde se fue al valle de Cuartango, a un lugar que se llama Ondagoya.

Los de la Junta enviaron las gracias al conde por el favor que les había hecho en tomar la artillería que el condestable quería para ir sobre Palencia, y luego juntarse con los demás caballeros.

Recia condición del conde de Salvatierra.

Era el conde de Salvatierra hombre de terrible condición, muy altivo. Sucedió que cuando los de la Junta le enviaron a pedir que tomase el artillería y hiciese guerra al condestable, que estaba combatiendo a Briviesca, y sin responder al despacho que había recibido de la Junta, se alzó de allí.

Los mensajeros pensaron que no lo quería hacer y quejábanse que les había ofrecido mucha amistad y favor, y que agora que lo habían menester faltaba a la Comunidad. Súpolo el conde y escribió a la Junta y a Valladolid quejándose mucho que tuviesen tales sospechas de él; que él no venía de vendedores ni de traidores, sino de leales caballeros de los reyes godos de España de rodilla en rodilla. Y sintió tanto el conde lo que de él se había murmurado, que le reventó la sangre de pura cólera por las narices y por la boca, y le dio una enfermedad que le puso en peligro de la vida.

Envió a pedir a la Junta y a Valladolid que le mirasen por la villa de Empudia, no se la destruyesen, aunque él bien sabía que el rey se la había de quitar.

Piden favor los de Vitoria, encasillados en Treviño. - Caballeros leales de Vitoria.

Los caballeros de Vitoria que se habían recogido a la villa de Treviño. enviaron al condestable y duque de Nájara pidiendo socorro. El condestable les envió cuatrocientos soldados y cien caballos. Y a la subida de la Puebla de Arganzón esa mesma noche que llegaron. amanecieron en Andagoya, donde el conde estaba, y el diputado Diego Martínez iba con ellos. Pero no pudo ser tan secreto que el conde no lo sintiese, y escapóse a uña de caballo.

Entraron el lugar y saqueáronle la casa y se la quemaron, y así volvió la gente a la Puebla.

Otro día siguiente llegó a Treviño don Manrique de Lara, hijo mayor del duque de Nájara, con dos mil soldados y cuarenta caballos; y él y los que estaban allí recogidos, acordaron de ir a Vitoria por castigar algunos y dar favor a la voz del rey. Los de Vitoria, temiendo que la gente por ser mucha les haría daño, enviaron a Treviño, donde don Manrique estaba, y el licenciado Aguirre, y el diputado Diego Martínez de Álava, y los de su linaje.

Los mensajeros eran el canónigo Martín Díaz de Esquivel y Alvaro Díaz de Esquivel, su hermano. Y todos concertaron y pidieron a don Manrique que no fuese a Vitoria; pero no se pudo acabar con don Manrique y su gente. Y así, la gente del condestable y la que traía don Manrique entraron en la ciudad, y el diputado y sus parientes.

Otro día, viernes, acordó don Manrique de ir a la villa de Salvatierra, que era del conde, y la tomó por el rey. Y dio el castillo y la villa en guarda al diputado Diego Martínez de Álava con doscientos hornbres. Con los cuales el diputado partió de la villa de Salvatierra y fue al lugar de Gauna, donde el conde tenía una casa fuerte, y la quemó, y volvió para la villa de Salvatierra. Y don Manrique volvió el domingo siguiente a Vitoria.

Viendo el conde cómo le habían tomado la villa de Salvatierra, y que no le sucedía bien, fuese para el valle de Cuartango y comenzó a hacer gente, y juntó de sus vasallos y de otros, cuatro mil y ocho cientos hombres. Sabido por Hurtado Diez de Mendoza, vino a dar aviso a don Manrique, que estaba en Vitoria. Sabido esto por don Manrique, partió de Vitoria con su gente, y fuese para Zuya, y de allí para Cuartango. Y el conde no esperó; antes él y los suyos se subieron a las montañas; y así, la gente de don Manrique saqueó él valle y quemaron la torre de Andagoya, y ansimismo quemaron las torres de Morillas.

De allí, don Manrique se fue el camino de las Merindades que estaban rebeldes, para irse desde allí a Burgos y juntar con el condestable, para dar la batalla de Villalar que se dio.

Y en las merindades ningún mal hizo don Manrique más de quemar las casas de Gonzalo Barahona.

Y concertáronse con don Manrique las cuatro Merindades y sus capitanes. Las tres Merindades, donde andaba Gonzalo Barahona juntamente con un capitán Brizuela, hicieron mucho daño en las casas de los capitanes que se habían concertado con el condestable.

Gonzalo Barahona mató en el lugar de Valepuesta al bachiller Salazar y quemóle la casa; y de allí se fue al valle de Ayala, donde el conde de Salvatierra estaba. Y estuvieron allí hasta el mes de abril primero siguiente, haciendo gente para venir sobre Vitoria y Salvatierra.

Sabido esto en la ciudad, comenzáronse a percibir, y hicieron alarde y hallaron que había seiscientos hombres de pelea, sin otros doscientos soldados, y había cuarenta piezas de artillería de hierro. Y enviaron por munición a la costa de la mar a Martín de Isunza.

Asimismo envió el condestable doscientos cincuenta peones de las sus villas de Haro y la Puebla y San Vicente, y envió la compañía de jinetes de Gonzalo de Valenzuela, y otra del conde de Altamira, y envió poderes el condestable de capitanes generales de aquellas tierras y montañas a Martín Ruiz de Avendaño y de Gamboa, y a Gómez González de Butrón y de Múgica. Y luego visto el poder, Martín Ruiz de Avendaño vino a Vitoria, y con la gente de la ciudad y con la que había venido, estaban deseosos de pelear con el conde.

El diputado Diego Martínez de Álava se fue a la villa de Salvatierra para defenderla del conde, y llegado a ella, quiso enviar a su hijo don Fernando a la villa de Bernedo, y castillo de ella que tenía en Tenencia. Los de la villa no lo consintieron, antes le prendieron; por lo cual hubo gran ruido en la villa, y tuvo el diputado necesidad de se recoger a la fortaleza, que, como en la villa había muchos de los vasallos que deseaban que el conde hubiese a la villa. diéronle aviso cómo el diputado Diego Martínez de Álava y sus hijos eran presos, y que agora era tiempo de venir sobre la villa.

Sabido esto por el conde, partió de Cuartargo y llegó a un lugar suyo que se llama Gauna con tres mil hombres, y Gonzalo Barahona, su capitán; con él pasaron una legua de la ciudad por un lugar que se llama Durana, sin hacer daño a nadie. La gente de a caballo que estaba en la ciudad salieron a ellos y prendieron algunos.

El conde iba su camino para Salvatierra, Gonzalo Barahona quedó detrás. El conde llegó a la villa otro día después de media noche a la puerta de San Juan; y su gente gritó diciendo: «Ayala, Avala.» Y la gente de Diego Martínez de Álava, que tenía la guarda, se pusieron en defensa y tiraron algunos tiros con que mataron y hirieron algunos del conde.

Como él estaba junto a la puerta, tiraron con una esquina de piedra por las espaldas a las ancas del caballo, que lo lastimó. Y con esto se retiró afuera, ya que amanecía, y a la hora señalada llegó Gonzalo Barahona con el resto de la gente, y todos juntos se fueron a un lugar que se llama Vicuña, donde supieron que el diputado Diego Martínez de Álava tenía allí cerca. en Esparna, un heredamiento de cinco casas, el cual quemaron.

Y supo el conde cómo la villa y el diputado estaban en paz y conformes y aparejados para la defensa; y como él no tenía artillería ni hallaba qué comer, porque la gente se había subido a las montañas, y aquella misma noche se le fueron algunos de los que consigo traía, determinó retirarse de aquel propósito con que iba. Pero a la vuelta que el conde venía, salieron de Vitoria la gente de caballo y algunos peones, y llegaron a un lugar que se llama Alegría, y prendieron algunos del conde, y vueltos a la ciudad acordaron que era bien pelear con el conde. Y así, salieron la gente de a pie y de caballo muy bien ordenada y fueron al lugar que llaman Betonis, por tomar la delantera al conde con su gente, que estaba en Arcaya.

Y enviaron al capitán Ochoa de Asúa para que tomase la puente de Durana, porque no pasase el conde. Pero ya su gente estaba cerca de ella, y la gente de caballo los hería y apretaba. En esto la gente de pie de Vitoria llegaba cerca de la puente, y la del conde pasaba por ella. Y pasada la puente, el conde pasó con su gente con semblante de querer pelear, y los de la ciudad comenzaron a jugar de la escopetería en ellos y hicieron algún estrago. Como esto vio el conde, se retrajo con un paje que llevaba a caballo, y su gente comenzó a huir. Gonzalo Barahona esperó muy esforzadamente, dando voces a su gente para que esperasen.

En esto llegó el capitán Valenzuela y peleó con él y prendióle, y le trajeron preso con otros seiscientos prisioneros, con mucho despojo de armas y banderas que hoy están puestas en la iglesia de Santa María.

Y Martín Ruiz de Avendaño, que allí se halló, puso preso a Gonzalo Barahona en la casa de Pedro de Álava, de donde fue sacado por justicia y le degollaron en la plaza. Y luego se hizo saber esta vitoria al condestable, que caminaba para Villalar, donde pocos días después se dio la batalla, en la cual fueron vencidas y deshechas las Comunidades.

Lo que concedió el Emperador a Burgos por petición del condestable. -No se contentó Burgos, y quiere echar fuera al condestable.

De los trabajos que el condestable padeció con Burgos y con el conde de Salvatierra se podían escribir largas historias, y por no dejar tantas cosas represadas, será bien decir agora algo.

Dicho queda cómo el condestable con su mucha prudencia y valor allanó a Burgos, y de comunero lo hizo leal, reduciéndole al servicio de su rey. Y cómo había llevado allí al presidente del Consejo y consejeros, y las mercedes que de su parte había ofrecido a la ciudad que el Emperador haría; obligóse el condestable a que dentro de cierto término traería confirmados del Emperador los capítulos que asentó en la ciudad; donde no, que él se saldría de ella.

Pues como el correo no viniese al tiempo asentado, la ciudad comenzó a alterarse, y se le dieron algunos días más de término al conde, dentro de los cuales vino el despacho.

El Emperador les concedía tres cosas: la primera, que les perdonaba todo lo pasado; la segunda, que les hacía merced del servicio, que ni Burgos ni toda la tierra de su partido lo pagase; la tercera, que les daba un mercado franco un día de cada semana.

Parece esto ser ansí por la carta del Emperador que arriba referí, en que le daba gracias por lo bien que había trabajado en allanar esta ciudad (negocio tan importante). Pero como la ciudad pedía otras muchas cosas, no se contentaron con esto. Juntóse luego la Comunidad, y requirieron al condestable y a algunos del Consejo que saliesen luego de Burgos. Mas el condestable estaba ya tan bien acompañado en la ciudad, que no hizo caso del Común. Pero dioles buenas razones y esperanzas de que él volvería a suplicarlo al Emperador, y Su Majestad lo concedería.

Con esto se quietaron, aunque no muy satisfechos, los del Común.

El contento que mostró el Emperador del allanamiento de Burgos y buen gobierno del condestable. -El enojo del Emperador por los desacatos hechos contra el Consejo real y casa de la reina, su madre. -Esto es lo que digo de un decreto que vino para que saliesen de Valladolid la chancillería y la universidad, que lo sintió el lugar notablemente- -Alaba la provincia del Andalucía por la quietud y obediencia que tenían. -Que no se haga gente en ella por no alterarla. -Cuán bien se servía el marqués de Mondéjar. -Escribe el Emperador cartas amorosas a los caballeros de Castilla.

Avisaban con postas los gobernadores al Emperador de todo lo que en Castilla pasaba en estos movimientos que le tenían puesto en cuidado. Y respóndeles que recibió el despacho que llevó don Luis de la Cueva, y, los que después llegaron con las postas, hasta las cartas que el cardenal le había escrito de 30 de enero, y el condestable a 2 de hebrero; y cómo la ciudad de Burgos entregó las varas de Justicia y la fortaleza, y que estaba ya en su obediencia y servicio; que de ello había recebido gran placer. Que aunque siempre estaba con cuidado y pena de ver lo que por acá se padecía, pero lo de Burgos, por ser cosa que tanto importa, le daba congoja. Y da muchas gracias a Dios porque así lo guía y endereza todo. Y que cuanto mejores nuevas le enviasen, tanto mayor priesa se daría a venir en estos reinos. Que si bien los negocios que allá tenía eran de gran importancia, teniendo lo de acá por principal, lo dejaría todo por venir para el tiempo que había prometido, pues era este el principal remedio. Que se detenían los despachos, porque cuando estaban acordados unos, llegaba otra posta, y con negocios de tal calidad que se habían de ordenar otros. Que había proveído a 1 de enero que el cardenal fuese a Burgos y el almirante estuviese en Tordesillas, entre tanto que todos tres se juntasen, por los inconvenientes que hay de estar la gobernación divisa, como porque para lo de Burgos, que era cosa que tanto importaba, era muy necesario. Y que así, le parecía que por todas las vías y modos que pudiesen, trabajasen de se juntar en la parte que mejor fuese. Que si el condestable viese que podía salir de Burgos, pues ya la fortaleza y justicia se habían entregado, le rogaba mucho que. dejando en la ciudad el recado conveniente para que en ella no hubiese alguna alteración, y la fortaleza muy bien proveída, de manera que todo quedase seguro, se partiese, luego y se juntasen todos tres, de suerte que la gobernación se remediase. Y atajarían los males y fuerzas que hacía la gente común en la comarca de Campos, y que si al condestable le pareciese, llevase consigo el Consejo y corte; y si no, que quedase en Burgos y se hiciese todo como le pareciese. Que él, que estaba presente, vería lo que más convenía. Pero que si hubiese de salir de Burgos por poco tiempo, el Consejo no se moviese. Que el Consejo de la guerra guardase a Tordesillas y otros lugares, y hiciesen lo que les pareciese, pero que reprimiesen mucho las demasías y atrevimientos de la gente común. Que se ponga guarnición en la fortaleza de Magaz. Que en lo que tocaba a dineros, se valiesen por acá, que allí había harta necesidad de ellos. Que lo que tocaba a don Pedro Girón, que cuando él pidiese algo él vería lo que se le debía responder. Y que él tenía bien proveído lo que convenía cuanto al cbispo de Zamora y no se ha de hacer con él alguna contratación.

De don Pedro Laso y del conde de Salvatierra (que debían también de rogar por ellos) responde el Emperador enojado que en lo del poder perdonar a todos y usar de clemencia [está conforme], pero esto ha de ser reservando el derecho a las partes y excetando las personas que principalmente habían sido causa de ello, y los procuradores y los que fueron en detener al cardenal y en quitar del servicio de la reina y de la infanta, su hermana, al marqués y marquesa de Denia, y en los atrevimientos y delitos que en Tordesillas se cometieron. Pero que si de su parte fuere suplicado, les mandaría dai el perdón, conforme a lo susodicho. Que a la gente de las guardas que vino de los Gelves que sirvió a la Comunidad, él los perdonaba. Y que las paguen los sueldos atrasados, aunque su delito fue muy grave. Encárgales el socorro de la fortaleza de Segovia; que se derribe luego la que en Tordesillas llamaban fortaleza.

Dice otro capítulo: «Ha sido muy bien la notificación que se ha hecho a la Chancillería y al estudio que residen en Valladolid de las provisiones que mandé dar. Y pues que les señalastes que fuese la Chancillería a Arévalo y el Estudio a Madrigal, bien me parece. Y el clérigo que las llevó lo hizo tan bien, que no pudo ser mejor; e yo he sido de él muy servido y tengo voluntad de le hacer merced. Y así vos encargo que le proveáis de la primera canongía que vacare en la iglesia de Granada. Y porque dicen que hay agora una vaca, si así es, dádgela y certificadle de mi voluntad para le hacer otras mercedes.»

Este capítulo toca a lo que digo en la historia que se notificó a la Chancillería de Valladolid que saliese de aquí, y el pueblo se alteró tanto.

Manda que a don Juan de Figueroa, que fue causa de los alborotos de Sevilla y del atrevimiento de quitar las varas al teniente de asistente y de tomar el alcázar, que le tomen y le prendan y pongan en la cárcel pública, y procedan contra él acusándole el fiscal. Dice que envió a Garci Álvarez Osorio, comendador del Cañaveral, a la Andalucía y reino de Granada, escribiendo con él a todas las ciudades y grandes, dándoles las gracias por su quietud y perseverancia en su servicio y rogándoles lo lleven adelante. Y dice al condestable oque al enviar por gente a aquellas provincias no lo tiene por acertado, porque están pacíficas y sería darles ocasión a movimientos, y están muy apartados de Castilla; y atravesando tanta tierra podrían resultar algunos inconvenientes. Dice que el marqués de Mondéjar, capitán general en el reino de Granada, que lo hace tan bien que ha tenido y tiene el reino en mucha paz, justicia, sosiego y obediencia y toda la costa muy guardada. Y en lo que se ofreció en lo de Baza y Huesca y Adelantamiento de Cazorla, que todo lo ha hecho y hace muy bien y como a su servicio cumple. Había escrito quc aunque se le había pedido favor para apaciguar algunos alborotos, no se había puesto en ello por no tener poder; que los gobernadores miren lo que conviene hacerse en esto.

Esta es la sustancia de la larga carta que para confirmación y declaración de algunas cosas que digo en la historia ha sido muy importante. Despachóse en Wormes a 21 de febrero 1521.

Escribió asimismo el Emperador a los caballeros y regimiento de la ciudad de Burgos que con lealtad le habían servido, dándoles las gracias. Escribió al deán don Pedro Suárez de Velasco, señor de Cuzcurrita, y a Antonio de Melgosa, regidor de esta ciudad, diciendo que el condestable le había escrito lo bien que en esta ocasión le habían servido y servían, señaladamente en este último suceso que acaeció en la ciudad, que fue como de su fidelidad y lealtad se esperaba; y les encarga que, cumpliendo con lo que debían a su servicio como buenos y a las cosas que de su parte el condestable les mandase, lo pusiesen por obra como dellos se esperaba.

De esta manera escribió el Emperador a todos los caballeros de España con palabras may amorosas y agradecidas, como he visto, para ganar con ellas sus corazones y afirmarlos en su servicio, conforme a lo que en el Consejo de Estado en Flandes se acordó; y fueron de tanto efeto estas cartas, que bastaron a matar el gran fuego que se había encendido y encender las voluntades de muchos buenos para aventurar sus vidas y haciendas en servicio de su rey.

Doña María Pacheco sustentaba la Comunidad de Toledo. -Orgaz se alzó, alentada de Toledo.- Don Antonio de Zúñiga, capitán general, contra los alterados de Toledo.

En el reino de Toledo comenzaron este año con los mismos escándalos y alborotos que en las otras partes de Castilla aquí referidas. Y demás de los desafueros y excesos que dentro en la ciudad temerariamente se hacían por los que gobernaban la Comunidad, en los otros lugares cerca de la ciudad se hacían otras tales insolencias.

En Toledo cuentan de doña María Pacheco, mujer deJuan de Padilla, hija del conde de Tendilla, que era de tan terrible y atrevido corazón, que ella sustentaba la Comunidad de aquel pueblo; y si hemos de creer lo que dice fray Antonio de Guevara en una carta que la escribe, es que se decía de ella que entró en el sagrario de Toledo a tomar la plata que allí había para pagar la gente de guerra, y que fue de rodillas, levantadas las manos, cubierta de luto, hiriendo los pechos, llorando y sollozando y delante de ella dos hachas ardiendo. Que esta señora se deslumbró terriblemente creyendo con los embustes de una mora hechicera que hallaba por sus conjuros y malos juicios que su marido había de ser rey o cerca de ello.

Harto le dice el fraile en esta epístola. «No la afrentemos más, pues ella y su marido pagaron su pecado; él con muerte y ella con harta desventura y destierro en que acabó la vida huida del reino y pobre, siendo de los mejores de España.»

Hase de perder por fuerza la mujer que se pone en más que su natural alcanza, que es, dejando la rueca, tomar las armas.

Alzóse la villa de Orgaz con el favor de Toledo contra el conde. Lo mismo hizo Ocaña, que es del maestrazgo de Santiago, y se puso a voz de Comunidad. Y desde allá hacían demasiados agravios y fuerzas al Corral de Almaguer y a otros lugares. Y de esta manera pasaban otros muchos males y desórdenes; para remedio de los cuales, los gobernadores del reino hicieron capitán general del de Toledo a don Antonio de Zúñiga, prior de San Juan, y estando en Consuegra comenzó a juntar gente y salió con ella en campaña para remediar los daños que se hacían y reducir aquellos lugares.

Sucedióle en esta impresa lo que adelante se dirá. Que ya nos llaman la Junta y los caballeros donde andaba viva la discordia.

Viene un clérigo a Valladolid con provisiones del Emperador para sacar la chancillería y universidad, y esta diligencia del clérigo estimó mucho el Emperador, y así lo escribió al condestable, como quedó visto en su carta. -Alborótase reciamente el común de Valladolid.

Apasionóse tanto Valladolid en seguir ysustentar las Comunidades mirando mal los favores que el Emperador le hizo, y su Consejo y el almirante y el conde de Benavente que, como naturales, deseaban y procuraban todo su bien, que el amor se volvió en odio y los favores en disfavor.

En estos días llegó a Valladolid un clérigo con dos o tres provisiones del Emperador y reina para el presidente y oidores de la Chancillería que aquí reside, en que se les mandaba, y asimismo al colegio y universidad, que luego saliesen de aquí.

Sintiólo todo el pueblo por extremo, viendo que, le quitaban tres piezas, las mejores que tiene. Decían que las provisiones eran falsas, fingidas y compuestas por los gobernadores, que deseaban a la villa todo el mal del mundo. Quisieron prender al clérigo que las trajo, y él se favoreció metiéndose en las casas de la Chancillería. Y la villa toda se alborotó y pusieron en armas, y fueron a la Audiencia a pedir el clérigo al presidente. El cual lo hube de entregar, por no poder resistir a tanta multitud, y pusiéronlo en la cárcel pública.

Dejado en ella, volvieron al presidente para que les diese las provisiones, y el presidente dijo que en comunicándolas conlos oidores.

Dijo el pueblo que si luego no se las daba, que le pegarían fuego a las casas de la Audiencia.

Como vio esto el presidente, se las entregó; y dadas, entraron por el sello y diérenlo de su mano a quien ellos quisieron.

Las provisiones decían cómo el rey mandaba al presidente y oidores y coleegiales que dentro de tres días saliesende Valladolid y se fuesen donde los gobernadores mandasen, so pena de privación de los oficios. Y que luego se fuesen a la villa de Arévalo, donde estarían todo el tiempo que fuese su voluntad, por cuanto estaba la villa de Valladolid en su deservicio y era con los traidores a la corona real no embargante cualesquier leyes del reino. Lo cual acabo de referir como lo escribió el Emperador al condestable en Wormes a 21 de febrero.

Los caballeros piden treguas para entretener la Comunidad y rehacerse. -Desafían los caballeros a la Comunidad a guerra a juego y a sangre.

Enviaron los caballeros a Valladolid pidiendo treguas por diez días. Los más fueron de parecer que no se les diesen, porque los caballeros no las habían de gluardar, ni las querían más de para rehacerse de gente y armas, que no tenían las que habían menester.

Y al fin se les respondió que cada una de las partes depositasen cinco mil marcos de plata en personas fieles y seguras, para que el que quebrase las treguas los perdiese. Los caballeros no quisieron, y otro día enviaron un trompeta con una carta en que desafiaban a los procuradores que se decían del reino y a las Cornunidades y a Valladolid a fuego y a sangre, requiriéndoles que dejasen las armas y deshiciesen los ejércitos y se conformasen con los gobernadores de Su Majestad, y obedeciesen sus mandamientos como debían; donde no, que los habrían por traidores y que les harían todo el mal y daño que pudiesen.

Valladolid les respondió que se apartasen de aquel mal propósito, desafiándolos también a fuego y a sangre. Y a los que estaban en Simancas enviaron a decir que saliesen luego de allí hombres y mujeres, amenazándolos de muerte. De suerte que así los de Valladolid como los de la Junta mostraban tanto orgullo, ánimo y determinación, que más parecían hombres desesperados que de razón y juicio.

Y el almirante de Castilla, doliéndose de este lugar por el amor que le tenía, tentó de escribirle otra carta en nombre suyo y del cardenal gobernador, diciendo a todos en ella:

Carta del almirante a Valladolid.

«Muy nobles señores: Porque al cargo que por Dios Nuestro Señor ha sido encomendado a la cesárea e católicas majestades de la reina e rey su hijo, nuestros señores, de la gobernación e administración de sus reinos. Sus Majestades desean satisfacer conmucha voluntad de la paz y sosiego de estos reinos, así por lo que toca al servicio de su divina Majestad y suyo como por el acrecentamiento y sosiego de estos reinos, que a ellos e a todos sus súbditos y naturales de ellos toca tener. Como quiera que por conseguir éste, en efeto ya de parte de Sus Majestades y nuestra, en su nombre, habéis sido muchas veces requeridos, que recudáis al servicio de Sus Altezas y a la obediencia y fidelidad que les debéis, e sois obligados a les tener e guardar con intención e firme propósito, que siempre han tenido y tienen Sus Majestades de merced, y desagraviar estos dichos sus reinos; e señaladamente a esta dicha villa de Valladolid de los agravios que pretender haber recebido de ellos o de los reyes sus progenitores, o de los del su Consejo e otros ministros oficiales suyos, e de proveer en las otras cosas de esíos dichos reinos, lo que al bien de ellos convenga, pidiéndoseles con el acatamiento y obediencia e reverencia que sois obligados y se debe a sus personas y dignidad real. Y fasta agora no habéis querido venir en ello, que Sus Altezas son de vosotros maravillados. Y no embargante lo susodicho y las alteraciones y cosas pasadas de estos dichos reinos, Sus Majestades, por el mucho amor que (como es razón) les tienen, desean usar e haber en todas las cosas de ellos con toda clemencia y piedad, excusando el rigor que en tal caso se podía tener, conforme al derecho y leyes de estos reinos. Por lo cual, o por más los convencer, e por última justificación y cumplimiento que ante Dios y el mundo, de parte de Sus Majestades hacemos, habemos acordado de escrebiros la presente. Por la cual vos requirimos que sin poner excusa ni dilación luego os reduzgáis a la obediencia y servicio de Sus Altezas, conforme a la mejor lealtad e fidelidad de esta villa, a los cuales debéis o sois obligados de tener e guardar como a vuestros reyes y señores naturales, e depongáis las armas e quitéis toda manera de armas, escándalos y alteraciones, e derraméis cualesquier gentes de pie e de a caballo que tengáis; e no tengáis ni recibáis en esa dicha villa a ningunas personas que hayan estado e estén en deservicio de Sus Majestades; e no les déis favor, ni ayuda, ni gente, ni artillería en manera alguna, como a estorbadores de la paz y sosiego de estos reinos. E haciéndolo así, e pidiéndolo a Sus Altezas conforme he dicho, el remedio de los dichos agravios e todas las otras cosas que son o fueren en beneficio de estos dichos sus reinos, lo remediarán e proveerán en todo lo que honesto e justo fuere, de manera que todos tengáis razón de quedar en sosiego y desagraviados. Con protestación que se vos hace que no haciendo lo susodicho, Sus Majestades proveerán en el castigo de ellos mandándoos hacer guerra, como contra delincuentes e desleales e desobedientes a su servicio e mandamientos; por manera que a vosotros os dé castigo, y a otros ejemplo de cometer semejantes delitos e desobediencia al nuestro servicio. Vuestras muy nobles personas conserve en su gracia e servicio. De Tordesillas, 23 de enero de 1521 años. Vuestro amigo,

EL CARDENAL DE TORTOSA.

EL ALMIRANTE.»

Los de la Junta y Valladolid vieron la carta, y sin hacer mucho caso de ella ni espantarse de las amenazas, respondieron:

Responden Valladolid y la Junta a la carta de los caballeros.

«Muy magníficos señores: Por la mucha obligación que tenemos al servicio de la reina e rey nuestros señores, y al bien común de estos reinos, nos parece que es razón de avisaros de nuestra intención, que es desear la paz y sosiego, y procurarla con todas nuestras fuerzas. La cual ha muchos días que la habría, con gran beneficio de la república, si por vuestra parte no se hubiese estorbado. Y como quiera que para conseguir este efeto ya de parte de la reina nuestra señora, y nuestra en su nombre, habéis sido muchas veces requiridos que os reduzgáis al servicio de Su Alteza y a la obediencia y fidelidad que le debáis y sois obligados a le tener y guardar; y señaladamente que dejéis en su libertad a la real persona de Su Alteza y de la ilustrísima infanta, que contra su voluntad tenéis oprimida, teniendo tan poco cuidado de su vida y salud, siendo señora soberana y proprietaria de estos reinos y cometiendo ansí en esa villa de Tordesillas, como en otras partes, muchos excesos; de los cuales habéis de dar estrecha cuenta. Y hasta agora no habéis querido venir en ello. De lo cual nos maravillamos y no embargante lo susodicho y las alteraciones y cosas pasadas, que por vuestra causa en estos reinos se han seguido, por el deseo que tenemos de vellos en aquella paz y quietud, que tuvieron en el tiempo de los Reyes Católicos, de gloriosa memoria, y por vos más convencer y por última justificación y cumplimiento que ante Dios y el mundo, de parte Sus Altezas hacemos, habemos acordado de escribiros la presente. Por la cual os requirimos que sin poner excusa ni dilación alguna, luego vengáis al servicio de Sus Altezas, dejando la persona de la reina nuestra señora y de la ilustrísima infanta en la libertad que a su estado real pertenece, conforme a la antigua lealtad y fidelidad de vuestros pasados y a la que debéis y sois obligados a tener y guardar a vuestros reyes e señores naturales; y depongáis las armas y quitéis toda manera de escándalos y alteraciones y derraméis cualquier gente de pie e de a caballo que tengáis, y no acojáis ni recibáis en vuestras tierras y villas algunas personas que hayan estado y estén en deservicio de Sus Altezas y contra el bien común de estos sus reinos, ni les deis favor ni ayuda, ni gente, ni artillería en manera alguna como a turbadores de la paz y sosiego de estos reinos y como a perpetradores de grandes delitos, como son los que en esa villa se han cometido en deservicio y desacato de la persona real. Con protestación que si ansí no lo hiciéredes, la reina y rey nuestros señores y el reino en su nombre os mandarán hacer guerra, como contra delincuentes desleales e desobedientes a su servicio y mandamientos. Por manera que a vosotros sea castigo y a otros ejemplo de cometer semejantes delitos y desobediencias. Nuestro señor, etc.»

[Nuevas cartas en igual sentido.]

Después de estas cartas los caballeros escribieron a Valladolid otra carta, que yo no la he podido haber, mas hube la que respondió Valladolid a los mismos caballeros.

Y por lo que al principio dice, parece que los caballeros no escribieron a este lugar con la cortesía que él quisiera; y por eso dicen que la carta no era dirigida a la villa por causa del sobrescrito.

La carta es bien notable. Y procuraban harto justificar su causa y cargar a los caballeros la culpa. y mostrar la lealtad del Común en lo que es servir al rey y procurar el bien del reino, sin los intereses que los caballeros siempre procuraron por sus servicios, en diminución del patrimonio real.

Esto dicen así:

Carta de Valladolid a los caballeros.

«Una carta de vuestra señoría traída por un trompeta, no dirigida a esta villa por causa del sobrescrito. recibimos. En que, con efeto si a ello se dirige, nos dice dos cosas: La una que nos reduzcamos al servicio de las cesáreas y católicas majestades de la reina e rey nuestros señores, e no demos a los contrarios favor ni ayuda. La segunda, que si esto no hacemos, vuestras señorías nos mandarán hacer guerra; según que más largamente la dicha carta lo dice. Y porque vuestras señorías sepan la voluntad de esta noble y real villa, a entrambas a dos cosas responderemos lo más breve que ser pueda.

«Cuanto a lo primero, responde esta villa, todos los vecinos e moradores de ella han estado y están y estarán como antiguamente sus antepasados lo estuvieron, en servicio, lealtad y fidelidad a Sus Majestades. E por este servicio e lealtad, que a Su Majestad deben, están determinados de poner las vidas e haciendas, pues esto de sus progenitores heredaron. E por lo que el reino hace e procura, sabemos de cierto ser lo que al servicio de Sus Majestades toca, y nos determinamos de seguir esta parte, e no la de los caballeros. Y ansí mismo nos consta ser en su deservicio lo que por vuestras señorías hacen. Si quitado todo odio y aflicción de las partes, quisieren mirarlo bien, verán por las razones siguientes: Claro consta que la fidelidad e lealtad que al rey se debe consiste en obediencia de la persona real, e pagan ose lo que le debe de lo temporal, e poniendo las vidas cuando menester fue se. E estas dos cosas siempre el reino las tuvo e guardó; y los grandes lo contra dijeron. ¿Quién prendió al rey don Juan II sino los grandes? ¿Quién le soltó y hizo reinar sino las comunidades?; especialmente la nuestra, cuando en Portillo le tuvieron preso. Véase la historia, que ela ro lo dice. Sucedió al rey don Juan el rey don Enrique, su hijo, al cual los grandes depusieron de rey, alzando otro rey en Ávila. Las comunidades, especialmente la nuestra de Valladolid, le volvieron su ceptro y silla real, echando a los traidores de ella. Bien saben vuestras señorías que al rey de Portugal los grandes le metieron en Castilla, porque los reyes de gloriosa memoria, don Hernando y doña Isabel, padres y abuelos de Sus Majestades, no reinasen; las comunidades le vencieron y echaron de Castilla, e hicieron pacíficamente reinar sus naturales reyes. E no hallarán vuestras señorías que jamás en España ha habido desobediencia sino en los caballeros, ni obediencia ni lealtades sino de las comunidades, y especial de la nuestra. Y si vuestras señorías quieren ver en lo que toca a la Hacienda, verán claro que los pueblos son los que al rey le enriquecen, e los grandes son los que le han empobrecido y a todo el reino. Vasallos, alcabalas y otras rentas reales, que eran del rey e los pueblos las pagan, ¿quién las ha quitado a Sus Majestades sino los grandes? Vean vuestras señorías cuán pocos pueblos quedan ya al rey. Que de aquí a Santiago que son cien leguas, no tiene el rey sino tres lugares. Los grandes poniéndolo en necesidades y no le sirviendo sino por sus proprios intereses, le han quitado la mayor parte de los reinos. De donde viene que Sus Majestades no tienen de lo temporal lo que se les debe, y son constreñidos a hacer y poner nuevos tributos e imposiciones en los reinos, e los gobernadores, para que Sus Majestades sean según conviene sustentados. Lo cual los pueblos e reinos contradicen, no para quitar rentas a Sus Majestades, mas para se las aumentar e reducir al señorío e mando que les conviene. E verán Vuestras Señorías que en lo presente por experiencia, que los grandes que agora han juntado gente en este simulado servicio, que dicen que hacen a Sus Majestades, les contarán tanto de esta discordia, que casi no baste pagarles con el resto de su reino. Que verán que los pueblos, sirviendo lealmente e procurando el aumento de su estado e corona real, se contentarán con que Sus Majestades conozcan que no quisieron proprios intereses, sino sólo el común bien de su rey y reina. Pues vean Vuestras Señorías cuál de estas dos partes se debe llamar leal, e que quieran e procuren con verdad lo que a su rey conviene; e verán que el reino es el que quiere que el rey sea rico y señor e que ningún grande ni pequeño se le ose levantar. E lo que de César sea, de César, como lo dice el Redemptor, e no de los grandes, que, como decimos, defienden sus proprios intereses y quieren aumentar sus estados con diminución del reino. Quite Su Majestad de sí los de mal consejo; o ya al reino, o ya los clamores de los pueblos, que en todo e por todo será servido y obedecido. No prendan los mensajeros del reino. Que si justicia o razón no demandan, no la querrán. E pues Vuestras Señorías nos amonestan que estemos en servicio, lealtad e fidelidad de Sus Majestades, decimos que así lo hacemos e haremos e por ello pondremos nuestras personas e vidas todas las veces que menester sean.

»Cuanto a lo segundo que dicen Vuestras Señorías que nos mandarán Sus Majestades hacer guerra, bien podrá ser que Vuestras Señorías, con los otros grandes del reino, no queriendo conocer nuestro leal servicio, nos hagáis guerra contra voluntad y mandado de Sus Majestades y en deservicio de Dios, y turbación de estos reinos. E si ansí fuere, sabemos que de parte de Vuestras Señorías la guerra será injusta, y de la nuestra justa, pues es por la libertad de nuestro rey y patria. Y teniéndolo por averiguado, no sólo pensamos de nos defender de vuestro ejército, mas de le ofender, y vencer, y reducir por fuerza de armas todo el estado de los grandes a servicio y lealtad de Sus Majestades. E a los capitanes de él e las personas que el reino tiene puestas en servicio de Sus Majestades favorecemos y daremos todo favor e ayuda, e no a los contrarios. E pues nuestro deseo e voluntad es tan justa y tan en servicio de Sus Majestades, a Vuestras Señorías suplicamos e requerimos de parte de Dios y de Sus Majestades y de la nuestra, como parte del reino, que depuesta la gente de armas, Vuestras Señorías se junten con el reino. E quitéis los grandes inconvenientes y deservicios de Dios y de Sus Majestades e la destrución del reino que de la guerra se sigue. E Vuestras Señorías den orden como el rey nuestro señor sepa la justa petición del reino, y la provea libremente como su servicio sea. Porque somos ciertos que los procuradores del reino serán en pedir lo que sea justo, e se apartarán de lo que ansí no fuere. Y juntos Vuestras Señorías con ellos, el reino será servido de lo que en concordia fuere acordado en desagravio del reino. E si esto Vuestras Señorías hicieren, allende del servicio de Sus Majestades, esta villa la recibirá por señalada merced, y quedará en obligación de lo siempre servir. E no lo haciendo así, e procediendo con mal propósito y deservicio de Sus Majestades, decimos que como contra desleales servidores de Sus Majestades daremos nuestro favor y ayuda al ejército de Sus Majestades por que todos seáis reducidos a su servicio y obediencia. Nuestro Señor las ilustres personas de Vuestras Señorías guarde. De Valladolid, 30 de enero 1521 años.»

Salen de Valladolid a recibir la gente de Segovia, Ávila y otras partes. -Llegan los de Valladolid a Medina del Campo.

Otro día después de escrita esta carta, que fue jueves último de enero, mandó la Junta en Valladolid que saliese con Juan de Padilla de cada casa uno a recebir a Juan Bravo, que venía por capitán de la gente de guerra que traía de Segovia, y asimismo a los de Salamanca y Ávila, que venían con mucha gente por la vía de Medina del Campo, porque no osaban pasar la puente de Duero, sin tener favor de Valladolid, a causa de los que estaban apoderados de Simancas. Que por ser señores de este lugar, y el paso haber de ser por la puente, podían fácilmente hacer mucho daño.

Salieron de Valladolid mil y quinientos hombres, y ciento y cincuenta de a caballo, sin la gente de Madrid y otras partes; y llegando a la puente de Duero, los capitanes hicieron entender a su gente que allí cerca venían los amigos que iban a recebir. Y ansí los fueron llevando y entreteniendo poco a poco hasta Medina del Campo, donde llegaron a la una de la noche, y fueron bien recibidos.

Y aquella noche llegó la gente de Salamanca, que eran cuatrocientos infantes y cien lanzas, y otro día los de Ávila, que fueron quinientos infantes y cien lanzas, razonablemente aderezados. Juan Bravo y la gente de Segovia se vinieron por otra parte a Valladolid.

Y dentro de cuatro días partieron todos los que estaban en Medina para Valladolid, que eran al pie de seis mil hombres de a pie y a caballo y treinta carretas de munición, y otros muchos aparejos de artillería.

Pasaron la puente de Duero, con algún recelo de los de Simancas, y llegaron a Valladolid. Y luego los de la Junta enviaron a llamar al obispo de Zamora, que andaba por las behetrías y lugares de los señores abrasando la tierra.

El obispo vino, y tuvieron grandes consultas sobre lo que debían hacer; y Valladolid daba voces que fuesen sobre Simancas, por los daños que de allí recibían cada hora.

En qué manera don Pedro Lasso se apartó de la Comunidad.

He dicho sumariamente cómo don Pedro Lasso se cansó de la Comunidad y redujo al servicio de su príncipe. Diré algo más, y luego las dificultades que para concluir esto hubo y los tratos que pasaron.

Vino en estos días a Valladolid fray García de Loaysa, natural de Talavera, general de los Dominicos, que después fue obispo de Osma y confesor del Emperador. Era conocido y amigo de don Pedro Lasso, con el cual habló un día en confesión, descubriéndole los deseos que tenía de apartarse de aquel mal camino, y que ya había dado parte de su buen propósito, por medio de Alonso Ortiz, jurado de Toledo, al condestable y almirante, y había venido fray García desde Burgos a Valladolid a sólo deshacer en cuanto pudiese la Junta y Comunidad.

Con esto holgó de oír lo que don Pedro le dijo, y hablaron largo.

Y eran tantos los ojos y recelos que había, que porque don Pedro fue dos veces a hablar al general hubo sospechas en los de la Junta, y le dijeron que no curasen de tener tanta familiaridad con el fraile, y así se hubieron de comunicar por medio de Alonso Ortiz, que más libremente, sin ser tan mirado, entraba y salía en San Pablo.

Don Pedro Lasso se resolvió en que él totalmente se apartaría de la Junta, con que los gobernadores se obligasen a traer confirmados del Emperador ciertos capítulos tocantes al bien del reino, para los cuales los procuradores se habían juntado, y otros particulares; que la ciudad de Toledo le mandó que procurase cuando vinieron a juntarse en Ávila, que con esto podría dar cuenta de sí a todo el reino, y cumplía con su reputación, pues le otorgaban todo, o lo más, sobre que se habían juntado; y de esta manera él haría cómo la Junta se deshiciese, o sacaría la mayor y más principal parte de los procuradores que en la junta estaban y aun parte de la gente de guerra, y ordenó los capítulos conforme a la intención de su ciudad, y asimismo otros algunos de cosas que en particular a él tocaban.

Ortiz los llevó al general, y él llamó al obispo de Laodicea, fraile de aquella Orden, gran predicador, a quien se descubrió este trato con juramento que hizo. Los dos perlados y Ortiz concertaron que el obispo fuese con estos capítulos a Tordesillas, para comunicarlos con los gobernadores, para ver si los concederían, y qué seguridad daban otorgada por el Emperador.

Con esto el obispo pidió licencia a la villa, con achaque de ir a predicar a la infanta doña Catalina, reina que fue de Portugal; y alcanzada, fue a Tordesillas y comunicó los capítulos con los gobernadores, y enviaron a llamar a Ortiz para también tratarlos con él.

Y el obispo escribió al general usando de una cifra y maña: que los nombres, para entenderse sin peligro de ser descubiertos, fuesen de frailes particulares, dando un nombre al cardenal, otro al almirante, y así a cada uno. A Ortiz pusieron fray Jorge.

Recibida su carta víspera de los Reyes, partió aquella noche, y el día antes habían tomado la carta las guardas a la puerta de la villa, y aunque se leyó en la Junta, no sospecharon cosa alguna, por ser la carta del obispo y para el general, y nombrarse todos en ella frailes. El Ortiz salió aquella tarde en una mula, como que iba de rúa, paseándose, y entre las huertas que están fuera del pueblo tenía un caballo, y cuando anocheció, que ya la gente se recogía, tomó el caballo, dejando la mula a sus criados, mandándoles que se volviesen a la villa, y que entrasen por puerta diferente de la que habían salido, y que a ninguno que por él preguntase dijesen que era ido fuera, que él iba a Medina y volvería luego.

Todos estos ardides y disfraces eran menester, según los tiempos eran turbados. De esta manera llegó Ortiz a Tordesillas aquella noche en poco más de dos horas de noche, apeándose en casa de Villasola, maestresala del almirante, y luego fue a hablar al almirante y decirle a lo que venía, que era para concluir el trato y capítulos que el obispo de Laodicea había traído sobre la reducción de don Pedro Lasso.

Cuatro días se detuvo Ortiz en Tordesillas, esperando que el almirante consultase los capítulos con el cardenal y se determinasen en ellos. De día estaba recogido en su posada, y de noche salía a negociar, que en ninguna parte faltaban traidores; que no hay guerra más peligrosa que la que se hace entre parientes y gente de una nación y lengua.

Despachado Ortiz, la resolución llevó de memoria, que no se atrevió a llevarla por escrito. Caminó toda la noche atravesando caminos, desviándose de Simancas hacia la parte de Medina del Campo, porque si algún comunero le topase entendiese que venía de Medina y que iba para Valladolid. De esta manera llegó cuando amanecía a la puerta del Campo, y las guardas, por ser conocido, le dejaron entrar libremente. Apeáse en casa de un amigo, y no en su propria posada, y después de comer fuese a la posada de don Pedro Lasso, y comunicó con él lo que había tratado en Tordesillas y la resolución que traía, y porque en todo no se concertaban fue necesario que el general enviase un fraile a Tordesillas escribiendo con la cifra que solían al obispo de Laodicea; y demás de esto, convino que Ortiz volviese allá, como lo hizo con la disimulación y manera que la vez pasada, y con lo que despachó se volvió a Valladolid.

[Conciertos que mediaron entre don Pedro Lasso y el almirante.]

Los capítulos que el almirante ofrecía y se obliga a cumplir, y los que don Pedro pedía, eran muchos. De ellos fueron que don Pedro Lasso se obligaba a sacar de la Junta del reino los procuradores de Segovia, Ávila, Madrid, Murcia y algunos de los de Toledo, y sacar parte de la gente de pie y caballo, y entregar parte de la artillería o la más que pudiese, con que los gobernadores se obligasen a traer de Su Majestad concedidos los capítulos generales que el reino pedía, que eran:

Que no se diese a extranjero oficio ni beneficio.

Que la moneda no se sacase del reino.

Que no fuesen pesquisidores a los lugares del reino donde el rey tenía puesta su justicia, sino que los jueces de los tales lugares conociesen de primera instancia de cualquier caso o casos civiles y criminales que en su jurisdición acaeciesen, porque en esto se excusaban muchas estorsiones.

Que la cruzada no se predicase sino en lugar más principal del obispado o arzobispado, y que después de predicada se repartiesen las bulas que quisiesen por los curas de las parroquias por cuento, y que los días de domingos y fiestas notificasen a sus feligreses la bula, para que la tomasen los que la quisiesen de su voluntad, y ninguno fuese forzado a tomarla.

Que se hiciese lo mismo en todos los lugares de la diócesis, dando a los curas y beneficiados de los tales lugares la cantidad de bulas que a los arciprestes pareciese que se debían dar, y ellos en sus iglesias las predicasen, etc..

Y no hiciesen a los labradores dejar sus labores con penas que les imponían si no viniesen a los sermones de los echa cuervos, y si un día los tomaban, hacíanles venir otro día a la iglesia, de manera que el labrador perdía más en no estar en su trabajo que montaba lo que perdían por la bula.

Que hiciesen residencias los del Consejo Real, y los que fuesen hallados culpados fuesen repelidos o penados, y los que quedasen con los oficios se concertarían de esta manera.

Pedía asimismo los demás capítulos generales que se enviaron al Emperador, que por todos fueron ciento y diez y ocho, de los cuales sólo cinco se dejaron de conceder, y todos ellos se mandaron luego guardar, por ser leyes del reino no guardadas.

[Tienen lugar estos conciertos.]

Con esto partió Ortiz de Tordesillas para Valladolid como solía, y comunicó de memoria con don Pedro lo que se concedía y en lo que se reparaba, y de la manera que se obligaban el almirante y cardenal. Don Pedro quedó poco contento, viendo que le pedían más cosas de las que podía hacer, y así quedó indeterminado.

A este tiempo llegó a Valladolid fray Francisco de los Ángeles o Quiñones, de la Orden de San Francisco, varón señalado, que después fue obispo de Coria y cardenal. Estuvo primero en Burgos con el condestable, y trajo cartas de Flandes, y los capítulos que Burgos pidió. De ahí vino a Valladolid, donde se comunicó con don Pedro Lasso, y por quitar sospechas si los viesen juntos a menudo, don Pedro concertó que en su nombre le hablaría Ortiz, con quien podía seguramente descubrir su pecho. Ortiz dijo a fray Francisco los caminos que había tratado con el almirante, y que su venida de Toledo a Valladolid no había sido sino para probar si sería alguna parte en remediar los desconciertos que había. Con esto acordó fray Francisco de ir a Tordesillas a verse con el cardenal y almirante.

Y estando allí, enviaron a llamar a Ortiz, el cual fue martes en la noche, día de Carnestolendas del año de 1521. Y se apeó en el monasterio de Santa Clara, donde posaba fray Francisco. Y porque era más de media noche no hubo lugar de hablar al almirante.

Y otro día vino el almirante a misa al mismo monasterio, y subió al aposento donde Ortiz estaba abscondido, y toda aquella mañana hasta hora de comer trataron la conclusión de los capítulos; y a la tarde tornaron a lo mismo. Y quiso Dios que se concluyese a voluntad de todos, presente fray Francisco de los Ángeles.

Y se sacaron dos traslados: el uno envió firmado de su nombre, y con su sello y del cardenal, como gobernadores, obligándose a cumplir lo contenido en ellos, y traerlos confirmados de Su Majestad, cumpliendo don Pedro Lasso lo que había prometido.

No se atrevía Ortiz a traer esta escritura a Valladolid. temiéndose de las guardas. Y así concertaron que fray Francisco de los Ángeles la llevase al Abrojo, que tampoco se atrevió a venir con ella a Valladolid. y que Ortiz criviase desde Valladolid persona de confianza por la escritura al Abrojo, monasterio de frailes descalzos, una legua de Valladolid. Ortiz volvió aquella noche cubierto de hielo a Valladolid, y las guardas le dejaron entrar sin tocarle, con decir que venía de Medina del Campo.

Dijo a don Pedro Lasso lo que quedaba hecho, y que fray Francisco de los Ángeles estaría aquella tarde con la escritura de concordia en el Abrojo.

Y fue así que aquella tarde se atrevió a llegar hasta el Abrojo, con veinte lanzas que le dio el conde de Ofiate, que estaba en Simancas. Don Pedro y Ortiz no sabían cómo enviar con seguridad por esta escritura, y determinaron que un fray Pedro de San Hipólito, del monasterio de Prado, cine está fuera de Valladolid, con quien don Pedro se confesaba, fuese al Abrejo por la escritura. Él se ofreció, y fue al Abrojo, y fray Francisco de los Ángeles le dio la escritura, y volviendo con ella, ya cerca de Valladolid, a la puesta del sol, toparon con él unos soldados que venían de correr el campo, y como vieron al fraile por el camino, entendieron que venía de Simancas, y pensando que era espía, o por quitarle la mula, echaron mano dél, diciendo que era traidor, y que venía de Simancas para dar aviso de lo que pasaba a los caballeros. De esta manera le metieron en la villa llamándole traidor, y que le habían de desnudar y ver si traía cartas para algunos particulares.

Y metiéronle en un mesón de la puerta del Campo, y le hicieron apear de la mula para desnudarle. Quiso Dios librar de este peligro a don Pedro Lasso y a los demás que con él andaban, porque al tiempo que fray Pedro se apeaba de la mula, estaban allí unos frailes franciscos, y fray Pedro se llegó a ellos y con buena disimulación y ánimo, sacó de la manga los papeles y metiólos en la manga de uno de aquellos frailes, que se decía fray Francisco Tenorio, pidiéndole que por amor de Dios no los mostrase a nadie, sino que los quemase; de tal manera se cegaron más de quinientos hombres que se juntaron para desnudar al fraile (como lo hicieron) que no vieron dar el pliego al fray Francisco.

Desnudaron a fray Pedro, y como no le hallaron papel alguno, lleváronle ante un regidor de la villa, que se llamaba Pedro de Tovar, que era capitán de Valladolid, el cual le conocía, y le mandó soltar. De esta manera escaparon de la muerte los que en aquella escritura venían nombrados.

[Don Pedro Lasso propone la paz a los comuneros.]

Los frailes de San Francisco leyeron los capítulos y después los quemaron; y quemados los dijeron a algunos, y luego se publicaron por todo el pueblo, hasta que se supo en la Junta.

Don Pedro Lasso lo dijo a Ortiz, y Ortiz le respondió que no hiciese caso de ello, que mostrase ánimo y dijese que aquello hacían los caballeros por sembrar discordia en los de la Junta, y querían comenzar por él, y otro día harían lo mismo con otros.

Y fue ansí, que los de la Junta lo dijeron a don Pedro Lasso, y él supo tan bien responderles, negando el cargo que le hacían, que con su mansa respuesta se disimuló. Visto que no se podía probar enteramente, y que no había más autoridad que decirlo aquel fraile, después de esto volvió Ortiz a hablar al fraile Jerónimo para que tornase a Tordesillas y contase al almirante lo que había pasado, y le diese otros capítulos como los que se habían perdido, y que fuese de noche, pues tenía su monasterio en el campo camino de Tordesillas, y que traídos a su monasterio, él enviara por ellos. El fraile partió una noche y llegó a Tordesillas, y contó al almirante lo que había pasado; de lo cual quedó espantado, dando gracias a Dios por tanta ventura.

Y diéronle luego otros capítulos como los primeros, con los cuales volvió a su monasterio de noche; y un criado de Ortiz fue por ellos y los metió en Valladolid seguramente.

Comenzó don Pedro Lasso a tratar con algunos caballeros y procuradores de la Junta de la paz, y de reducirlos al bien y tranquilidad del reino, pues fue el fin con que se levantaron y juntaron. Unos lo tomaban bien, otros al contrario: de todo esto se dio aviso al general de los dominicos que estaba ya en Tordesillas, y se tuvo forma como los grandes del reino enviasen una carta a la Junta general y a la de Valladolid, en que decían que pues los unos y los otros querían el bien del reino, y por no se entender en lo que cada uno particular pretendía, se mataban unos a otros sin causa, siendo de una misma naturaleza, y las voluntades enderezadas a un fin; que para conferir lo que pretendían, nombrasen de los caballeros de su Junta dos procuradores, y ellos nombrarían otros dos, uno caballero y otro letrado. Y que los de la Junta se itiesen al monasterio de Santo Tomás. que está fuera de, Tordesillas, y los nom brados por los caballeros vernían al mo nasterio de Prado. cerca de Valladolid, y que los grandes del reino hablarían con los qne fuesen nombrados de la Junta en Tordesillas, y los de la Junta con los que ellos nombrasen en Prado, y que de esta manera se podrían concordar las cosas, que a todos estuviesen bien, y cesarían las guerras y daños tan perjudiciales a todos.

Los de la Junta, como estaban algunos de buen propósito, visto que don Pedro Lasso siendo de los más principales de todos era de aquel parecer, acordaron en ello, y nombráronle a él y al bachiller Alonso de Guadalajara, procurador de Segovia, para que fuesen en nombre de todos a Tordesillas, y luego avisaron a los caballeros de Tordesillas para que ellos nombrasen y viniesen sus nombrados a Prado, como estaba entre ellos convenido; y los unos a los otros dieron seguro para poder ir sin peligro ni recelo.

Esto se determinó viernes 10 de marzo de 1521.

El seguro que los gobernadores enviaron, llegó a Valladolid el sábado en la noche, y los que no gustaban de esta concordia juntáronse con Juan de Padilla que también estaba fuera de ella, y tuvieron prevenidas las guardas para que no dejasen entrar a alguno que viniese de Tordesillas, sino que le tomasen las cartas y le prendiesen. Como llegó el mensajero con el seguro, quisiéronle prender, y él tuvo tan buena maña que se escapó y volvió a Tordesillas. Esto no lo supieron todos, sino aquellos solos que no gustaban de la paz, y tuviéronlo encubierto, y los de la Junta estaban maravillados cómo no venía el seguro que enviaron a pedir para los nombrados.

[Juan de Padilla procura oponerse a la paz.]

Estando, pues, las cosas en estos términos, acordaron los capitanes de las ciudades, el obispo de Zamora y Juan de Padilla, de sacar la gente de guerra en campaña, para estorbar la ida de las caballeros a Tordesillas; y que no se tratase de concierto alguno, y procurar destruir algunos lugares e haciendas de los caballeros que estaban en Tordesillas.

Con esta determinación salieron de Valladolid estos capitanes, el obispo de Zamora, Juan de Padilla, capitán de la gente de Toledo; Juan Zapata, capitán de la gente de Madrid; Juan Bravo, capitán de la gente de Segovia, y nombraron por capitán de la gente de Ávila a Francisco Maldonado, capitán que asimesmo era de la gente de Salamanca.

Pidieron que se hiciese un capitán general sobre todos, y dicen que con eautela y por hacer odioso en el común a don Pedro Lasso, los caballeros y capitanes que he nombrado dijeron que don Pedro Lasso podría hacer aquel oficio, y que Juan de Padilla, que nunca fue su amigo, dio en esta traza.

La Junta nombró a don Pedro Lasso, y él pidió tiempo para mirar si lo acetaría. Y los que tenían mala voluntad a don Pedro Lasso comenzaron a publicar que le habían hecho general y que no convenía, porque era ya sospechoso, y traía tratos con los gobernadores para venderlos; que el que convenía era Juan de Padilla. De tal manera se divulgó esto, que el pueblo todo se comenzó a alterar contra don Pedro; llegando a términos que don Pedro y los que con él estaban se vieron en peligro y se apercibieron, entendiendo que los combatirían en sus casas. Y dicen que salieron los muchachos de las escuelas, llevados por sus maestros, dando voces por las calles y diciendo: «Juan de Padilla», y que don Pedro Lasso no había de ser capitán. El obispo de Zamora le envió a decir que se ausentase o escondiese por librarse de aquel peligro, y todo con maña para le prender y castigar, que ya las sospechas eran grandes, y por ellas estaba grandemente aborrecido; y fue ésta una tarde terrible y peligrosa para don Pedro y los suyos. Él mostró harto ánimo, y respondió al recado del obispo que él no tenía hecho por qué huir; que no saldría de su casa; que si algo le quisiesen, que allí le hallarían. Pusiéronse de por medio algunos, y hicieron desarmar la gente y que se quietasen.

Y los procuradores de la Junta nombraron por general a don Pedro Lasso, pero él no quiso aceptar.

De esta manera lo cuenta Ortiz, el que aquí he nombrado, y que lo vio y temió de perderse este día.

Otro de Valladolid que con buena diligencia escribió estas alteraciones estando también en Valladolid, lo cuenta de otra suerte; que esta dificultad tiene la historia, que apenas en un hecho se conforman los que lo ven en referirlo como pasó.

Elígese capitán de la Junta por falta de don Pedro Girón, y lo que pasó entre Juan de Padilla y don Pedro Lasso.

Estando los de la Junta en consulta sobre la manera que se había de tener en la guerra, que ya querían hacerla con todas sus fuerzas, algunos dijeron que era bien hacer capitán general. Que si bien Juan de Padilla había hecho el oficio después que faltó don Pedro Girón, no había sido nombrado por la junta, ni juntos los ejércitos de las ciudades como lo estaban agora. Unos querían que fuese don Pedro Lasso de la Vega; otros pedían a Juan de Padilla, y por él estaba la mayor parte de la Junta y todo el común.

Viendo Juan de Padilla que pedían capitán general, quería que se diese a don Pedro Lasso, y él fue el primero que le dio su voto, rogando y suplicando muy de veras a todos que votasen por él, diciendo que él quería servir al común con dos mil hombres que trajo de Toledo y con su persona hasta la muerte.

No estaba muy bien el común con don Pedro Lasso, porque no le veían tan desmandado como quisieran; y aun porque había intentado de reducirlos al servicio del rey. Y murmuraban de él que había sido causa de que los caballeros ganasen a Tordesillas siendo en el trato con don Pedro Girón.

Pues como sintiesen en el pueblo que trataban de remover a Juan de Padilla, se alteraron en tanta manera que a voces pidieron que les diesen por su general a Juan de Padilla, y que otro no lo había de ser.

Y fueron derechos a la posada de don Pedro Lasso para poner en él las manos, pensando que él trataba de esto. Pero el obispo y Juan de Padilla salieron tras ellos, y en la plaza mayor toparon con la gente del pueblo. Y como vieron a Juan de Padilla, a grandes voces y grita le tomaron en medio diciendo: «¡Viva Juan de Padilla, viva el obispo! ¡Viva Juan de Padilla, que quita el pecho de Castilla!» De esta manera lo traía por la plaza aquella gran multitud; y en espacio de media hora se juntaron más de dos mil hombres, con las voces en el cielo, que parecía que estaban fuera de juicio.

Que si bien Juan de Padilla los quería hablar, nunca pudo, ni le oían; sino gritando que había de ser su general y no otro.

Como vieron esto Juan de Padilla y el obispo, metiéronse en una casa de Rodrigo de Portillo, mayordomo de la villa, y asomáse a la ventana, y de allí habló al pueblo desta manera:

«Señores: Ya sabéis cómo yo vine por capitán de la ciudad de Toledo en favor de las Comunidades del reino, para vos servir. E como sabéis que la ciudad de Toledo es igual a Valladolid, e amiga de las otras ciudades del reino, acordaron de me enviar a vos ayudar, y yo con la misma voluntad lo he hecho. Que hasta la muerte, e mientras la vida me durare, no dejaré de vos servir. Y así vos tengo en merced la voluntad que me tenéis. Pero los señores de la Junta acordaron de elegir capitán para esta jornada. Creed que es por bien que sea elegido, e así lo tened, y el primero que lo votó fui yo, porque éste es el más sano camino. Cuanto más que aquellos señores saben bien lo que hacen.»

No hubo Juan de Padilla acabado de decir esto, cuando todos dieron grandes voces diciendo: «A Juan de Padilla queremos y al obispo.»

Estuvieron porfiando más de una grande hora, Juan de Padilla rogándoles que tuviesen por bien que fuese don Pedro Lasso, que por eso él no dejaría de gastar su hacienda y la de su padre, y padecer hasta morir en aquel santo propósito, en servicio de la Comunidad. Pero no bastó razón, sino que él, y no otro., había de ser su capitán. Y porque el pueblo se apaciguase, que se iba juntando todo, mandaron a dos diputados de la villa que fuesen a los de la Junta y dijesen lo que pasaba; y así cesó y se fueron todos a sus casas.

Mas Valladolid porfió tanto, que Juan de Padilla quedó por capitán general.

Desde este día comenzó don Pedro Lasso a apartarse de la Comunidad, y muchos amigos suyos hicieron lo mismo, viendo cuán ciego y sin razón andaba el común, y lo que sus personas perdían siguiendo gente tan desordenada, llena de pasión y los más de bajo nacimiento y suerte.

Hállase Valladolid sin dinero. -Quiéresele ir la gente de guerra que tenía a sueldo.-

Sucedióles otro trabajo a los de Valladolid, y fue que tenían a sueldo cuatrocientas lanzas escogidas de la gente que vino de la conquista de los Gelves, y queríanseles ir porque no les pagaban, y pedían el sueldo desde el tiempo del rey don Fernando, que eran cuarenta ducados cada uno, y sumaba todo ocho mil ducados. Y la villa no tenía tanta suma de dinero.

Y como la gente era buena, todos ejercitados en armas, cerráronles las puertas porque no se fuesen, y buscaron dinero. Sacaron del monasterio de San Benito el Real seis mil ducados que estaban allí en depósito de personas particulares; v del colegio sacaron otra suma de dinero. Y lo demás buscaron prestado con que pagaron aquella gente. En tantos trabajos se puso este lugar por sostener un tesón, que no merece otro nombre, y pasar adelante con él.

Y lo que más sentía eran las molestias que padecía de la gente que estaba en Simancas; y así, dijo a los de la junta que o fuesen ellos, o les diesen su gente, que Valladolid sola iría y los echaría de allí. Y como este lugar se veía con tantos trabajos y suma pobreza, porque no había tratos ni en qué ganar un cuarto, ni tenían seguridad los caminos, que en saliendo de casa luego eran muertos, presos o robados, ni veían que se hiciese la guerra de veras ni que se tratase de la paz, escribieron una carta diciendo a los caballeros:

Carta de la Junta a los caballeros.

«Ilustres señores. Recibimos la carta de vuestras señorías, por la cual cualquiera por pequeña luz de juicio que tenga, conocerán claramente que las obras de vuestras señorías contradicen a la voluntad que quieren mostrar por palabras. E para que más manifiestamente se viese que la paz que vuestras señorías publican impugnan sus obras, introdujeron en estos reinos una tan abominable guerra, con voz de obediencia y servicio de Sus Majestades, combatiendo el lugar donde Sus Altezas estaban, prendiendo los procuradores del reino y los criados de la reina nuestra señora, que estaban en su servicio, no los tratando como sus personas merecían, permitiendo saquear la corte de Su Alteza, robar los templos, forzar las mujeres, saltear los caminos, quitar la justicia del reino que era la chancillería, y hacer otros muy gravísimos agravios y males jamás vistos ni oídos. Y por esto la experiencia nos muestra que los ofrecimientos de paz que vuestras señorías han hecho y hacen, son formas e manera para cansar, dividir y apartar estos reinos, cosa de admiración y digna memoria, que con semejantes obras nos quieran vuestras señorías hacer entender que desean el servicio de Sus Majestades, y el remedio. paz e sosiego destos reinos. pues notoriamente se ve que por lo susodicho y a causa desto está el reino en venturaje su total destruición. Y doliéndonos del deservicio, daños y agravios que el rey nuestro señor y estos sus reinos han padecido y que cada día padecen, viendo que con la simulada paz que vuestras señorías publican, se podrían acabar de desbaratar estos reinos, lo cual sería guerra perpetua, no pensamos sino en proseguir lo que habemos comenzado por sostener el nombre de leales y fieles súbditos e hacer lo que somos obligados a nuestros reyes y señores naturales y a nosotros mismos y a nuestra patria, acordándonos de lo adelante, sufrimos alegremente nuestras fatigas y trabajos, que son méritos v dignos de grandes mercedes delante de Dios y de Su Majestad, pues las pasamos por obligación que a ellos tenemos. Y con cierta esperanza de lo por venir, no nos quebrantarán las opresiones por vuestras señorías fechas para apartarnos deste santo propósito, antes nos esfuerzan y provocan que con mayor ánimo resistamos a todos aquellos que son causadores de tan detestables principios de la perdición destos reinos. Y esperamos en Dios que presto mostrará gran castigo sobre los inventores de tan perversas obras, los cuales juntamente ternán castigo de la culpa, y no los señores de la santa Junta ni nosotros. Porque quien con claro entendimiento lo quisiere mirar bien, verá cine no se teme culpa donde hay fidelidad y verdad, ni se presume pasión donde el bien común se prefiere al proprio, ni hay ambición donde se pospone la honra, vida y hacienda a ser juzgada de diversos pareceres. Mas antes, sus obras les ponen mayor esfuerzo continuar tanta justicia y empresa, la cual obtenida se alcanza la paz perpetua que deseamos. Bien saben vuestras señorías que el medio de la paz es la guerra. Si nuestros antepasados no pelearan y derramaran su sangre, nunca nosotros gozáramos de la paz que tuvimos en tiempo de los gloriosos reyes don Fernando y doña Isabel. Hermosa es la guerra cuyo fin es libertad del rey y del reino. y abominable es la paz cuyo fin, sujeción, opresión e servidumbre. Por esto nuestra intención e propósito es que nuestro rey sea libre, goce sus reinos como señor nuestro, no sojuzgado ni sometido a malos privados, ni a falsos o engañosos consejos. Y que sus rentas y patrimonio real no estén usurpadas y mal conservadas y se gasten en bien destos reinos suyos. para que de ellos sea muy amado, obedecido y servido. Y debajo de este amor, obediencia y servicio, queremos, pedimos y suplicamos a nuestro rey por el remedio de su corona real y de su reino. para que Su Majestad. después de Dios, sea sólo nuestro señor, nuestro rey, solo poderoso, solo rico, solo remediador suyo y nuestro, a quien sólo temamos, sirvamos, miremos y acatemos, a quien sólo demos las gracias del bien público, a quien sólo enderecemos nuestros agravios, quejas y querellas. Lo cual si vuestras señorías quisiesen bien mirar y considerar, no se podrían excusar a este nuestro tan santo fin. Y pues con paz no podemos hallar esto que buscarnos, justa cosa es que con guerra lo alcancemos, pues es justa y santa para hallar paz perpetua. Y así no se puede decir que el reino es causa de la guerra, sino aquellos que son estorbadores que no alcancemos este bien universal que buscamos. Y ellos darán estrecha cuenta a Dios y a Sus Majestades de ello, y los daños, muertes, robos, fuerzas y otros grandes males que sucedieren serán a su cargo. La verdadera paz es, que vuestras señorías y los otros señores grandes se aparten de estorbar el bien universal del rey y del reino que procuramos. Y porque vuestras señorías pidieron, e si las obras habían de conseguir con sus palabras, no se concedió, porque sin dilación de tiempo lo podrían vuestras señorías hacer. Y si al contrario no era, ni es cosa justa ni razonable que el reino deshiciese su ejército que con tantos trabajos y costas se había juntado, ni tampoco esté embarazado haciendo tan excesivos gastos, pues por lo pasado nos consta que con semejantes formas nos quieren vencer, suplicamos y requerimos a vuestras señorías que dejen buscar y hallar a este reino el bien que pretende, e no se pongan a nos perturbar y contradecir, porque no entendamos en otra cosa sino en llevar adelante nuestra santa empresa y repeler a todos nuestros contrarios. De los cuales esperamos en Dios presto alcanzar victoria. Al cual plegue alumbrar los ilustres entendimientos de vuestras señorías al conocimiento de nuestra verdadera causa.»

Llaman los caballeros gente de guerra.

Si bien los caballeros trataban de medios, por otra parte procuraban llamar las gentes que pudieron y recoger las armas. Las cartas originales firmadas del cardenal y del almirante y conde en Tordesillas por el mes de hebrero, dejando el día en blanco, tiene el condestable de Castilla con otros muchos papeles originales que he visto.

Pedían a Ávila mil y ochocientos infantes, el tercio de escopeteros (así llamaban a los arcabuceros). A Córdoba mil infantes. A Jaén trecientos infantes. A Trujillo ciento y cincuenta lanzas y docientos infantes. A Badajoz cien infantes. A Baeza docientos infantes. A Ecija trecientos infantes. A Úbeda docientos infantes. A Jerez ciento y cincuenta lanzas. A Cáceres docientos infantas. A Andújar ciento y cincuenta infantes. A Ciudad Real ciento y veinte infantes. A Carmona ciento y cincuenta infantes. Al duque de Arcos tratándole de V. M., sesenta lanzas. Conde de Urueña, sesenta ballesteros de a caballo. Don Fernando Enríquez veinte lanzas. Al conde de Palma veinte lanzas. A don Rodrigo Mejía veinte lanzas. Al marqués de Tarifa ochenta lanzas. Al marqués de Comares treinta lanzas. Conde de Ayamonte treinta lanzas. Marqués de Villanueva veinte lanzas. Al conde de Cabra cincuenta lanzas. Al duque de Medina Sidonia cien lanzas.

Toda esta gente se pedía por tres meses, pagada, y prometían de pagar el gasto y sueldo a costa de Su Majestad.

En este mesmo tiempo juntaba y llamaba gente el condestable, de las montañas, diciendo que para resistir al obispo de Zamora y a otros traidores que estaban con él; y procuró tomar las armas que de Guipúzcoa traían para los comuneros.

Quéjanse los del común de la Junta, por la dilación. -Ánimo bravo del obispo: lo que dijo. -Llanto que hace un lastimado.

Quejábanse las Comunidades, y Valladolid más que todas, de que los de la Junta y capitanes del ejército entretuviesen tanto la guerra, porque ya no había haciendas ni fuerzas para sustentarla. Y como Valladolid sostenía el peso de tan gran máquina de armas y de lenguas con el gobierno de la Junta, y padecía los continuos asaltos y rebatos qué hacía la gente de los caballeros, que estaba en Simancas, sentíalo más que las otras ciudades, y en público y en secreto, con ruegos y con amenazas, procuraban que los capitanes saliesen y acabasen en una batalla de concluir con los caballeros.

Así que un sábado, en la tarde de la primera semana de cuaresma, que se contaron dieciséis días de febrero de este año de 1521, salió Juan de Padilla con mucha gente y con el mayor secreto que pudo, porque nadie entendiese el fin que tenía. Salió por la puente camino de Zaratán (que es aldea pequeña una legua de Valladolid) adonde se aposentó aquella noche. De la cual esta misma noche salió con cuarenta de a caballo derechos a Simancas.

Llegaron desconocidos a la Atalaya, que estaba puesta en un cerro sobre el lugar, y Juan de Padilla le preguntó si había sentido algo. La Atalaya, pensando que era guarda de los que corrían el campo por Simancas, le dijo: «Sí, gente he visto salir mucha de Valladolid y ha entrado en Zaratán y creo que es mucha, de que tengo gran pesar, porque en Simancas está poca.»

Echó mano, de él Juan de Padilla y trájolo a Zaratán, y puesto a buen recaudo dio vuelta sobre Simancas.

Pasado el lugar de Arroyo (que es en medio del camino) topó con algunos corredores de Simancas, y arremetió a ellos y metiólos a lanzadas por la villa y volvió con gran presa de ganado a Zaratán. De ahí a tres días salió el artillería de Medina con mucha gente que estaba en Valladolid. Y otro día salió la gente de los Gelves, y se aposentaron en Zaratán y en Arroyo y otros lugares al derredor de Simancas, y con ellos el obispo de Zamora, que aunque enfermo no quiso dejar de ir con el ejército, diciendo que en tal demanda en defensa de las libertades del reino, muerto y vivo, sano y doliente, había de seguir el campo; tal era el brío de un perlado viejo de sesenta años.

También se juntaron con ellos Juan Bravo, capitán de Segovia, y Francisco Maldonado, capitán de Salamanca, con toda su gente y otros algunos caballeros. En Zaratán estuvieron algunos días salteando y robando lo que podían a los de Simancas y a los de Torrelobatón (que es lugar del almirante). Día hubo que robaron más de mil y quinientas cabezas de ganado ovejuno, que lo vendieron o comieron; que si bien era cuaresma, no reparaban en hacer tales obras; que buen obispo llevaban que los absolvería, si con él lo confesasen.

Dice este autor, llorando estos trabajos y haciendo exclamaciones a Dios, que le debió de caber parte de los insultos que éstos hacían, que fue castigo del cielo, que reventó a España con la larga paz, que ya no sabía qué cosas eran armas; se cumplieron en estos días muchas profecías de San Isidro, de San Juan de Roca Cisla y de otros muchos que hablaron de estos tiempos.

Otro día salió Juan de Padilla de Zaratán con algunos caballeros y topóse con otros de Simancas y de Torrelobatón, donde tenía el almirante mucha gente reparando el lugar y la cerca con temor de que habían de ir sobre ellos. Hubo entre ellos una escaramuza bien reñida, en que murieron algunos; y prendió Juan de Padilla cincuenta caballeros y les tomó las armas y caballos; por los cuales les daban gran suma de dinero en rescate, mas no los quiso dar.

Procuran los religiosos componer estas gentes. -Lo que se debe al condestable y almirante.

Como el tiempo era santo y la guerra tan peligrosa y dañosa, muchos frailes de buena vida se ponían de por medio para concertarlos y procuraban con sumas diligencias la paz. Juntáronse en Aniago (monasterio de monjes cartujos, ribera del río Duero tres leguas de Valladolid) caballeros y religiosos para tratar de esta paz. Hacíanse buenos partidos a los de la Comunidad, mas como las cabezas estaban dañadas y el vicio de la guerra y de los robos metido en las entrañas, no había remedio.

Que cierto dignos son de eterna loa el condestable de Castilla y el almirante, porque con celo cristianísimo y amor de su patria desearon esta paz, ofreciendo los medios posibles y favorables al común, y terciaron con el Emperador para que se los concediese, y perdonase las injurias que a la corona real habían hecho, y les dolía en el alma de que muriese un hombre; mas nada bastó. Los caballeros, principalmente el almirante y el conde de Benavente, que sentían grandemente la perdición de Valladolid como naturales, y que se hubiese hecho silla y receptáculo de la Junta, tan en ofensa de Dios y de su rey, la escribieron muchas cartas dándoles buenos consejos; que fue echarlos al aire y de ningún fruto para ponerlos en camino; que algunos malos espíritus andaban en este lugar, que tanto atizaban el fuego y desordenaban las Voluntades, cegando los entendimientos.

Va Juan de Padilla sobre Torrelobatón. donde, si bien ganó, se perdió. -Envía Valladolid tres mil infantes de socorro sobre Torrelobatón. -Entra la Comunidad y gana Torrelobatón. -Cruel saco que dieron. -La reputación grande de Juan de Padilla por haber ganado este lugar. -Piden los caballeros treguas por ocho días. -No quiere Valladolid que se las concedan.

Jueves en la noche a 21 de hebrero de este año salió Juan de Padilla de Zaratán llevando consigo mucha gente de Valladolid de a pie y caballos, con los demás de la gente que vino de los Gelves, que estaba a cuenta de Valladolid. Y a las dos, después de medianoche, levantaron el campo, en que había siete mil infantes y quinientas lanzas con toda la artillería. Caminaron con orden y silencio, tomando las espías por donde iban, porque no entendiesen su viaje.

Dieron consigo en Torrelobatón y aposentáronse en el arrabal, robando cuanto hallaron en él, aunque lo mejor ya lo habían alzado y metido en la villa, la cual estaba fuerte, con un gran baluarte y gruesa cerca, y en ella don García Osorio, con cierta guarnición de jinetes y soldados.

Asentó luego el real sobre ella, y otro día viernes pusieron los tiros gruesos en lugares convenientes, para darla batería, y comenzaron a batirla fuertemente, mas hacían poco efeto, porque eran grandes los reparos. Diéronle un asalto con grande estruendo de voces y tiros que dentro y fuera se tiraban; mas salió en vano la porfía, porque los cercados se defendían valerosamente.

Y en esta contienda, que duró el día, fueron muchos muertos y heridos; la mayor parte fue de los combatientes, que peleaban sin defensas ni reparos de muros. De manera que, visto el daño que se recibía y el poco fruto que hacían, y porque las más de las escalas eran cortas y a los que por ellas subían los derribaban muertos o heridos, tocaron a recoger y retirarse.

Cesó el combate; porque aquel día, venida la noche, Juan de Padilla entendió en fortificar su aposento y sitio en poner la artillería a propósito para dar otro día un recio combate, como se hizo.

El almirante y caballeros de Tordesillas fueron avisados aquella misma noche que llegó Juan de Padilla, y luego enviaron a llamar las guarniciones que estaban en Portillo y Simanca, con pensamiento de la ir a socorrer si fuese posible, aunque ellos eran inferiores por faltarles infantería y el contrario tenía mucha y buena. Enviaron otro día una banda de caballos a reconocer el campo y orden que los de la Comunidad tenían. Los cuales llegaron cerca del enemigo y escaramuzaron con ellos.

Gastó el día Juan de Padilla en batir el lugar, pero acertó a ser por la parte más fuerte de él, y con esto no se le abría camino. El día siguiente (que fue tercero de su venida) mudó el sitio de la batería a otra parte del muro más flaca, donde la artillería pudo batir, y se hicieron algunos portillos, los cuales vistos por los de Valladolid y de Toledo, arremetieron sin orden a dar el asalto, y duró el porfiar harto tiempo. Mas los de dentro los rebatieron tan gallardamente, que no fueron parte para entrarles, antes los compelieron a se retirar, quedando algunos muertos y muchos heridos.

Andando así la porfía, este mismo día el conde de Haro, capitán general, dejando el recado que convenía en Tordesillas, salió con hasta mil lanzas a dar vista al enemigo, con orden de que dando alarma, haciendo demostración por una parte del arrabal, por la otra se metiese dentro en Lobatón don Francisco Ossorio, señor de Valdonquillo, con algunos soldados de que había falta. Caminando ya con este intento, envió a decir el almirante. que fuesen hombres de armas los que entrasen. Lo cual no pareció al conde que convenía, por la necesidad que había de la gente de a caballo en el combate del campo. Prosiguiendo, pues, su camino, siendo ya tarde, llegaron a vista de la villa y se pusieron en una cuesta donde podían ver el lugar. Bajaron algunos caballeros de ella a escaramuzar con los arcabuceros que entre los cercados y tapias estaban puestos a su ventaja.

Y viendo el conde de Haro que los suyos recibían daño sin hacer efeto los mandó recoger a lo alto donde estaba; y estando así esperando a don Francisco Ossorio para ejecutar el propósito que traía, llegó un caballero con una carta del almirante en que le decía que se podía volver, que él sabía que no era menester que entrase socorro, porque el lugar tenía la gente y defensa que era necesaria. Y no obstante esto, hubo allí algunos caballeros que se ofrecieron a entrar en la villa: pero no se pudo intentar, porque el almirante había mandado que las escalas no se llevasen, como estaba concertado. De manera que el conde hubo de volverse aquella noche a Tordesillas sin haber conseguido su propósito, por lo que el almirante hizo. En lo cual, según lo que después sucedió, él se engañó (si bien algunos quieren decir que, enojado porque el conde de Haro no había seguido su parecer, en que se metiese socorro). Pero acaeció muy al contrario, porque Juan de Padilla, viendo que le andaban picando los mil caballeros y que para defenderse y ofender había menester más gente, envió a Valladolid por ella.

Y el sábado adelante, 28 de hebrero, le enviaron al pie de tres mil infantes y cuatrocientos caballos con los de los Gelves que habían quedado en la villa; y iban todos con tan buenas ganas de pelear corno si fueran a ganar jubileo, y aquella noche, a las diez, entraron en el arrabal de Torrelobatón, donde fueron bien recibidos con mucho placer, esforzándose unos a otros.

Desmayaron los cercados algún tanto, por ver la gente que de nuevo había venido, y avisaron al almirante quejándose mucho de Valladolid, diciendo que ella sola les hacía la guerra. Luego el domingo siguiente les dieron tan recia batería con cuatro tiros que se decían San Francisco, la serpentina, la culebrina y un cañón pedrero, sin otros muchos pasavolantes y otros tiros. Y en el domingo, lunes y martes los batieron sin cesar. Y este martes en la tarde les dieron un duro combate, donde murieron de ambas partes y hubo muchos heridos, que no asomaba el hombre por la muralla, cuando luego era enclavado, por ser tantos los arcabuceros y ballesteros que en el real había.

Pero los de dentro no se dormían, defendiéndose varonilmente; mas como eran pocos, que no pasaban de cuatrocientos soldados y alguna gente de a caballo, no bastaban a defenderse, y el trabajo continuo, y no dormir, y falta de bastimentos, los tenía muy fatigados.

Combatíase la villa por diversas partes, y por la una abrieron un gran portillo. Y combatiéndose la villa por una parte y defendiéndose como podían por otra. la entraron a escala vista sin ningún contraste, y los de Valladolid y sus banderas delante.

El saco se hizo con la mayor crueldad del mundo. Mataban sin piedad los pobres labradores porque no les daban sus haciendas, robaron los templos, desnudando las imágines, abrían las sepulturas, pensando hallar en ellas el dinero escondido; rompían las cubas de vino.

Finalmente hicieron cosas, que fieras, brutos sin razón, no las hicieran peores, no perdonando divino ni humano.

Otro día miércoles batieron la fortaleza. Defendíase bien, mas estaba llena de niños y mujeres que se habían acogido a ella. Y como de cada golpe que los tiros le daban temblaba, pensaban que se quería venir al suelo, y no tenían qué comer, y así se dieron con seguro de las vidas y la mitad de las haciendas.

De esta manera se apoderó Juan de Padilla de Torrelobatón, la cual se tuvo por muy importante jornada, como lo escribió a Valladolid y a Toledo. Y cierto que ganó por ella en el común del pueblo grande opinión, por ser cerca de Tordesillas (que no es más que tres leguas) donde estaban los gobernadores con todas las fuerzas que tenían; y en los lugares de Comunidad hicieron muestras de grande alegría.

Y así, el almirante y los que con él estaban lo sintieron mucho, más por la reputación que por lo que el lugar importaba, y determinaron de vengarse y cortar los pasos a los comuneros. Avisaron luego al condestable, que estaba en Burgos, y él mandó que luego se partiesen cuatro mil soldados que tenía recogidos, con dos tiros gruesos y una culebrina y un cañón pedrero, por la vía de Palencia. Pero don Juan de Mendoza lo supo y salió de Valladolid con cierta gente, y con la que recogió de las behetrías en Palencia y Becerril, que serían más de cuatro mil infantes, le salió al encuentro, y le embarazó el paso. Y viendo los caballeros que por esta vía no podían ser ayudados para ir contra Juan de Padilla, ni aun tenían gente para poder salir de Tordesillas, porque estaba Juan de Padilla en el paso, y con mucho poder las ciudades todas contrarias y enemigas, enviaron a pedir treguas por ocho días a Juan de Padilla, y si bien él eón algunos procuradores que con él estaban se las quisieron otorgar, no se atrevieron hasta consultar a Valladolid, porque como tenían tanta necesidad de este lugar, y de él eran tan favorecidos, teníanle gran respeto, no se terminando en cosa sin consultarle.

En Valladolid se comunicó a todo el pueblo por cuadrillas, y todos dijeron que de ninguna manera se las otorgasen ni por una hora, sino que procediese con todo rigor; que cierto era que no pedían las treguas sino para rehacerse de gente y provisión, en daño de la Comunidad; y que si les daban ocho o quince, por ley antigua del reino se habían de cumplir hasta noventa y seis, y de noventa y seis en noventa y seis días hasta un año, y en estas dilaciones se gastarían y perderían y desharían las Comunidades, y perderían el brío y buen celo que al presente tenían de defender sus libertades.

Pero si bien Valladolid dijo esto. y acertaba en ello, los procuradores del reino y los capitanes del ejército las otorgaron por ocho días, de domingo a domingo.

[Ortiz consigue la tregua solicitada por los caballeros.]

Estas treguas se trataron después de la toma de Torrelobatón. Si bien el almirante estaba enojado por ella, vino a Valladolid de su parte y del cardenal a tratarles fray Francisco de los Ángeles, al cual Alonso de Vera, un frenero y desenvuelto procurador de la villa, maltrató en la puerta del Campo, y no le consintió entrar.

Después volvió Alonso de Ortiz, con harto peligro de su persona y vida, con una carta de creencia para tratar de lo mismo, y habló a don Pedro de Ayala y a don Hernando de Ulloa, que los halló de buena tinta y con deseo de la paz. Los cuales dieron orden como los caballeros de la Junta se ayuntasen para oír la embajada que traía Ortiz.

Oída, y estando casi acordados los capítulos y condiciones de la tregua y el tiempo que había de durar, acertó a llegar a aquella sazón a Valladolid fray Pablo y Sancho Zimbrón, que habían ido a Flandes con los capítulos que suplicaba el reino para que Su Majestad los otorgase, como se ha dicho. Y luego como se apearon en San Pablo y supieron las treguas que se trataban, a la hora envió a decir a la Junta su venida, suplicándoles que paz, ni guerra ni tregua no se asentase hasta que él viniese a darles cuenta de la embajada que le habían man dado llevar a Flandes. Y por esta causa se suspendió hasta la tarde, en la cual los procuradores del reino se juntaron, y vino allí fray Pablo y les dio cuenta de su camino, y de lo que por él había pasado. Y entre las cosas; que refirió dijo cómo al tiempo que había llegado en Flandes, el Emperador se había partido para Alemaña. Y que yendo de camino para allá, en un lugar que se decía Gelando, supo que Su Majestad había mandado que en entran do ellos en cualquier lugar de Alemaña los ahorcasen, a cuya causa se había vuelto desde Gelando; y que también habían sabido que el Emperador estaba tan sentido y enojado de las cosas de la Comunidad y de las personas que en ello habían entendido y procurado el levantamiento del reino, que en volviendo él en España sería tan bien castigado que no bastarían para lo excusar algunas promesas que los gobernadores en su nombre hubiesen hecho, por más cédulas que de Su Majestad viniesen; antes los había de mandar castigar como si en fragrante delito los tomase.

De esta manera informó este padre a los procuradores del reino, y de otras algunas cosas que serían largas de contar. En fin, les dijo que les amonestaba que no hiciesen paz, ni tregua con los grandes del reino, sino que estuviesen firmes y concordes en lo que habían comenzado. De manera que si el rey quisiese entrar en el reino fuese por su mano y voluntad, y no por la de los grandes. Porque siendo por voluntad del reino podrían hacer sus partidos y seguros como quisiesen. Demás de que el reino se podría concertar, de suerte que si no se cumpliese por el rey lo que se asentase con ellos, quedase el reino unido y concertado. De manera que todos los pueblos se juntasen siempre que fuese menester y acudiesen uno a otro para lo que les tocase en defensa y seguridad que se guardase lo capitulado. Por tanto, que le parecía que no solamente no debían otorgar la tregua que se pedía, mas seguir la guerra hasta destruir los grandes y quedar los procuradores del reino con la Junta señores de la tierra.

En haciendo fray Pablo su razonamiento, los procuradores, sin embargo de este estorbo que el fraile hizo, mandaron a Ortiz tratar de la tregua. Sentóse acaso Ortiz unto a fray Pablo, y pensando él que Ortiz era procurador de alguna ciudad de los que había venido después de su partida, comenzó a hablar con él algo de lo que había dicho a los procuradores, especialmente de la voluntad que el Emperador tenía de castigar los comuneros, no obstante cualquier perdón que tuviesen. Y como dijese cosas escandalosas, Ortiz le preguntó que cómo las sabía, y díjole lo mismo que había dicho a los procuradores. Entonces le dijo Ortiz en voz que todos le pudieron oír, que estaba tan maravillado de una persona tan noble como la suya, de quien todos aquellos caballeros habían de recibir dotrina, así por ser como era maestro en teología, como por su hábito y profesión, decir una cosa tan grave como la que había certificado a aquellos señores, diciendo que no obstante cualquier perdón que tuviesen de los gobernadores confirmado por Su Majestad los que hubiesen hecho los alborotos en el reino, que viniendo Su Majestad en él habían de ser castigados, como si en el delito fuesen tomados, sin tener de ello más certidumbre de sólo haberlo oído; y pues estas palabras eran para estorbar la tregua de donde se había de seguir la paz, y los de su hábito antes habían de poner paz donde no se esperaba, que estorbar los medios por donde se podía seguir.

Como el fraile oyó esto escandalizóse, y preguntó quién era aquel hombre, y se lo dijeron. Como fray Pablo supo que Ortiz era el que pedía la tregua por parte de los caballeros, salióse de la Junta disimuladamente. Y Ortiz, con los procuradores que quedaron, trataron de las condiciones de la tregua.

Y en tanto que esto se trataba, fray Pablo habló a algunos de los alborotadores, diciéndoles que cómo consentían entrar un traidor en la villa. Que los grandes del reino, en son de tratar tregua, enviaban por informarse de lo que pasaba en el pueblo y la voluntad y ánimo de la gente de él. Que le parecía que le debían echar de la villa, o prenderle, para saber de él la causa principal de su venida. Y luego fue a la Junta con aquellos comuneros con quien habló, armados, y entraron dentro diciendo con gran ferocidad que cómo se consentía que estuviese en el pueblo un traidor que solamente venía a saber lo que en él pasaba, requiriendo a los procuradores que luego le echasen de la villa; donde no, que ellos le prenderían y le harían decir mal de su grado a lo que principalmente venía, con otras muchas palabras y amenazas que pusieron harto temor en Ortiz. Los caballeros que allí estaban, con palabras mansas y halagüeñas los quietaron, de manera que se salieron de la sala; y Ortiz dijo que, pues había venido con su seguro a tratar de la tregua, que si se había hecho aquel ruido para echarle del pueblo, que él se iría. Pero que, si eran servidos se tratase de ello, le asegurasen y defendiesen como caballeros. Que, sin embargo de las amenazas que los alborotadores habían hecho, que él se detendría hasta concluir las treguas.

Los caballeros dijeron que eran contentos, y dieron palabra de defenderle a fe de caballeros, y estuvieron dando y tratando en las treguas y condiciones de ellas hasta las once de la noche que se concluyeron, y dieron testimonio de ello inserto en las condiciones y capítulos que se concertaron, juntamente con una cláusula de la Junta general del reino y otra de la Junta de la villa para los capitanes que estaban en Torrelobatón, haciéndoles saber la tregua que se había asentado, mandándoles que se obedeciese y pregonase en el ejército en la manera que se contenía en el testimonio.

Y con estos despachos partió Ortiz de Valladolid a aquella hora por la posta, y llegó a Torrelobatón a la una de la noche. donde halló que ni en el campo ni en la villa había guardia, y entró con los criados en el arrabal, donde estaban durmiendo más de dos mil hombres tendidos en el suelo, a los fuegos que tenían hechos, y tan sin cuidado que si llegaran docientos hombres bastaran para destruir el ejército según el descuido con que estaban.

Aquí hizo Ortiz sus diligencias con Juan de Padilla y los demás capitanes, notificándoles el mandato de la tregua.

Aquella misma noche, y a la mañana, se juntaron; y si bien entre ellos hubo algunas dificultades sobre acetarla y guardarla, contradiciéndola con mucho espíritu un Diego de Guzmán. procurador de Salamanca, que por mandado de la Junta había venido al ejército como por sobre estante de general, la tregua se acetó y pregonó en el ejército, y Ortiz lo tomó por testimonio, y luego se partió a Tordesillas. donde el almirante y cardenal le recibieron bien, y hubo contento en todos por parecerles que con esta tregua se daba principio a la paz que deseaban.

Y aquella tarde se juntaron a Consejo, en la cámara del cardenal, el almirante, conde de Benavente, el marqués de Astorga, el conde de Miranda, el conde de Alba de Lista, el conde de Villarrambla, el conde de Cifuentes, con otros muchos caballeros sin título, y asimismo Juan Rodríguez Mausino, embajador del rey de Portugal, y el licenciado Polanco, del Consejo, y por secretario Pedro de Camaceli. Delante de estos señores dijo Ortiz los trabajos en cine se había visto y el despacho que traía, y presentó los testimonios de la tregua, en la cual decían los de la Junta que eran contentos de otorgar la tregua que les fue pedida por parte de los gobernadores del reino, por servicio de Dios Nuestro Señor, y por se lo haber mandado el señor rey de Portugal.

Los caballeros se agraviaron de esto, y que no se habían de consentir semejantes palabras, pues que no estaban tan sin fuerzas que habían de pensar los comuneros que les tenían ventaja alguna, ya que hubiesen de pelear los unos y los otros, pues que en cualquier tiempo les darían la batalla si menester fuese. Y que no se había de admitir aquella tregua ni pregonarse en su ejército hasta que se emendasen aquellas palabras. Sobre esto hubo votos y pareceres diferentes, y determinaron que Ortiz volviese a Valladolid a tratar de ello.

Y en esto se pasaron algunos días que ni bien se guardaban las treguas ni del todo se hacían guerra. Por esto se quejaban las Comunidades, y en particular los de Valladolid, diciendo que sus capitanes, por gozar los oficios honrosos que tenían, no hacían la guerra de veras, y que los caballeros los entretenían para rehacerse y esperar al condestable, y cuando se viesen más poderosos dar sobre ellos; y entiendo que no se engañaban mucho.

Don Pedro Lasso y otros trataban de concordia. -Junta en Zaratán para concordar. -Pierde Juan de Padilla gente por no seguir la guerra de hecho.

Don Pedro Lasso y el bachiller Alonso de Guadalajara, procurador de Segovia, estaban en el monasterio de Santo Tomás, de la Orden de Santo Domingo, fuera y cerca de Tordesillas, tratando de paz con el cardenal y almirante de Castilla. Y entendían en ello antes que se tomase Torrelobatón; y había cesado la plática porque el almirante, enojado de lo que en su lugar habían hecho, no quería tratar dello; mas deseaba el almirante tanto la paz, que, si bien ofendido gravemente, volvió a querer tratar de ella.

Y habiéndose concertado en algunos capítulos, pareció a todos que, para dar asiento en todo se debía poner esta tregua. Y por apretar más el negocio, y que se efetuase la paz que tanto se deseaba, acudieron muchos perlados y santos religiosos; uno que era de conocida virtud, llamado fray Juan de Empudia, de la Orden de San Francisco, muy viejo y ciego, con dolor de ver tantos males, con harto trabajo fue de Valladolid a Tordesillas a 4 de marzo.

Y el almirante y gobernadores, y algunos de aquellos caballeros, concedían los más de los capítulos que las Comunidades pedían, y los que más importaban, y, parecía que la cosa llevaba manera de concertarse. Pero faltando la confianza en la Comunidad no se convinieron en la seguridad, porque los gobernadores y grandes se obligaban a suplicar con mucha instancia al Emperador que les confirmase lo que pedían. Obligaban sus bienes y personas a ello, y daban otros buenos medios, interviniendo en esto también el embajador y autoridad del rey de Portugal. Pero las Comunidades pedían que se obligasen los grandes a pedirlo por armas y guerra en caso que el Emperador no lo otorgase, y que les diesen rehenes de personas principales y fortalezas, que tuviesen para su seguridad. De manera que lo ponían en términos que no parecía posible traello a concordia. Pero por no perder la esperanza de ella, antes que se cumpliese la tregua se acordó que se procurase prorrogación y que se alargase; y el embajador de Portugal y don Pedro Laso, el postrero día de la tregua fueron a Torrelobatón, y con él ciertos religiosos de autoridad, y dieron cuenta a Juan de Padilla y a los otros capitanes de lo que pasaba. Y no queriendo o no teniendo poder los que allí estaban para otorgar lo que se pedía, aunque se cumplía la tregua, concertaron de ir a Zaratán, donde salieron los de la Junta y se juntaron todos a tratar dello. Pero estaban tan soberbios, y por otra parte, temían tanto dejar los cargos que tenían, principalmente los capitanes, que no se pudo acabar con ellos que quisiesen tregua ni paz (si bien algunos de la Junta la votaron). El principal de los cuales fue don Pedro Laso de la Vega, que desde allí los dejó y se apartó de aquel mal propósito, y de hecho se vino a Tordesillas para los gobernadores.

De manera que la tregua y tratos fueron sin algún fruto, salvo que en aquestos ocho días a Juan de Padilla se le menoscabó parte de su ejército, porque los soldados que habían habido dinero o buena ropa en el saco de Torrelobatón, como en la tregua podían pasar seguros, se fueron a sus casas. Y lo mismo hicieron parte de la gente de armas de las guardas que andaban en su campo, porque no les pagaban.

Juntáronse en Bamba segunda vez. Enviaron a llamar a Juan de Padilla para que fuese presente. Vino a Bamba, y con acuerdo de todos bajaron a Zaratán, donde, fueron muchos de Valladolid de a pie y de a caballo. No se concertaron: pedían treguas por otros ocho días, y por tres. No quisieron los de la Comunidad, diciendo que los querían engañar. Fuéronse a comer, y queriéndose sentar a la mesa, Juan de Padilla fue avisado que le querían matar, y sin comer él ni los suyos, con muy poca gente se fue a Torrelobatón y los caballeros a Tordesillas.

Guerra con Toledo que hizo don Antonio de Zúñiga.

Ya en estos días tenía el prior de San Juan, don Antonio de Zúñiga, campo formado en el reino de Toledo en favor de los leales servidores del Emperador, y para reducir a Ocaña, que siendo del maestrazgo de Santiago, estaba alzada con otros lugares. Y estando así en el Corral de Almaguer, vino a él el guardián de San Juan de los Reyes, de Toledo, con tratos y amonestaciones de aquella ciudad y de la Comunidad de ella; y a 4 de este mes de marzo estaban con cierta manera de tregua, pensando que hubiera algún camino de paz o sosiego. Pero como la tiranía y justicia no se compadecen, no la hubo entre ellos, y así vinieron en todo rompimiento de guerra, siendo capitán contra el prior por Ocaña y los otros lugares alzados, el obispo de Zamora, principal cabeza de estos escándalos.

Despierta la guerra Francisco contra el Emperador.

Este es el tiempo en que comenzó el rey de Francia a hacer algunos movimientos de guerra contra el Emperador, y tomó por instrumento a un conde llamado Roberto de la Marcha. Y esto, cómo o por qué ocasiones, y el suceso que en ello hubo, se dirá en lugar más conveniente. Tócolo aquí, porque se entienda que fue en este tiempo, en el cual se tuvo por cierto, si bien no hubo evidencia, que algunos de los que seguían la Comunidad se escribían con el rey de Francia. Y se halló una carta cuando, como veremos más adelante, se venció la batalla de Esquirós por los gobernadores, en poder del capitán Mr. de Asparros, en que decía el rey de Francia: «Mucho placer hemos tomado de la toma del reino de Navarra y de haber pasado el ejército el río Ebro. Prosigue tu empresa y siempre ten inteligencias con la gente común de Castilla, que no te podrá faltar.» Y por otros algunos indicios cine hubo. Y que algunas ciudades apellidaron cuando el ejército francés llegó a Logroño: «¡Viva, viva el rey de Francia, que envía socorro a las Comunidades!»

Todo esto se dijo de los desdichados comuneros, que Dios nos libre cuando dicen que el perro rabia.

Esto es cierto: que ni Juan de Padilla, ni en la Junta ni otra de las cabezas mayores de estos levantamientos, jamás tal cosa intentaron. Porque si lo hicieran, no dejara de sentirse.

Y en la carta del rey de Francia no dice más de que su capitán procure entenderse con las Comunidades; no que tuviese él carta ni demanda de ellas, sino que procurase valerse de ellas, si hallase ocasión y entrada.

Y ésta yo sé que no la hubo, a lo menos de parte de los castellanos, porque he visto papel de casi los pensamientos todos que tuvieron; y tal no le hubo ni trato de él, ni aun de faltar a su rey en lo esencial. En lo demás, que dijeron «Viva el rey de Francia!», algún pícaro lo podría decir o cualque necio apasionado; y si llegara el negocio a las veras, éste perdiera mil veces la vida por su rey y señor como siempre lo han hecho los españoles, con suma fidelidad, si bien entre sí se quiebren las cabezas.

Dueñas entra en la Comunidad. -Los caballeros vendieron su plata para pagar la gente: con tanta voluntad servían a su rey.

En unos papeles que vi, originales de fray Antonio de Guevara, coronista del Emperador y obispo de Mondoñedo, tratando de estas Comunidades, dice que se levantó la villa de Dueñas y se desmandó contra el conde de Buendía y condesa, con muchos desacatos.

Y como los condes revolviesen sobre ellos, enviaron a pedir favor los de Dueñas a los de la Junta.

Y que les pesó mucho a los de la Junta y comuneros que los de Dueñas hubiesen hecho tales cosas y les pidiesen gente contra ellos, porque los condes no desfavorecían a la Comunidad; y que de amigos secretos los hicieron enemigos descubiertos. Pero que viendo que les importaba tener la villa de Dueñas a su devoción, dieron el socorro que pedían.

Este socorro parece que les hizo Valladolid, y que fue don Juan de Mendoza con sietecientos hombres de a pie, piqueros, escopeteros y ballesteros pagados por cierto tiempo; y fue en ocasión que se temían que el condestable quería venir a Valladolid, y escriben a Valladolid dándole las gracias por el socorro. Y dicen el firme propósito de servir al Emperador y a la Comunidad, y otras cosas, desta manera:

Carta de Dueñas a Valladolid.

«Ilustre e muy magnífico señor. Para verificar el gran amor e voluntad que vuestra señoría nos tiene sin que de nuestra parte hayan precedido servicios algunos que merecedores fuesen de la menor merced recibida, no contento con esto e con haber diversas veces escrito cartas dignas de suma memoria, de tanto ánimo e esfuerzo, agora ha tenido por bien, e acatando quien vuestras señorías es, e no mirando el poco caudal que de nuestra parte se puede poner de enviarnos para habernos de mostrar más clara señal de la gran benevolencia que cerca de nosotros tienen e determinada libertad de hacernos siempre mercedes a sus proprios naturales. Donde podemos sentir que si hasta aquí nos han hablado por cartas e figuras, agora nos visitan con su misma persona. Dándonos doctrina e forma, como fuente por qué vía nos habemos de seguir e conservar en este tan justo e santo propósito. Bien tenemos creído que la poderosa mano de Dios haya sido instrumento de lo comenzado, que dará gloriosos fines. E como señor universal para manifestar a los tiranos su omnipotencia, permite que con los flacos sean desbaratados, e destruidos los fuertes y poderosos. ¿Quién pensará que siendo esta noble villa tan obligada e tan dominada e puesta en servidumbre, fuera como es tanta parte porque los enemigos estén puestos en tanta aflición y trabajo, no poniendo comparación a las grandes e loables hazañas e merecedores de perpetua memoria, que vuestra señoría ha conseguido en esta trabajosa jornada? Porque cada un señor particular de la otra Roma puede e debe gozar de nombre de infinita memoria. E por tanto esta noble villa no piensa tener ni alcanzar otro mayor título después de ser de la corona imperial de Su Majestad que estar debajo del querer e voluntad de vuestra señoría todos los tiempos del mundo. Crea vuestra señoría que no causaría tibieza en nosotros ninguna cédula ni amenaza que se nos procure hacer. Porque bien conocido tenemos que cuando los enemigos no puedan ofender con sus armas, procuran de enflaquecer las nuestras, por diversas vías presumir de ejecutar su dañado deseo. Porque siempre que procurare de derribarnos de nuestro santo propósito, crea vuestra señoría que cobraremos nuevo ánimo e fuerza para proseguir nuestra intención. E pues esta noble villa no piensa que tiene cosa que no la haya ofrecido a vuestra señoría, le suplicamos reciba por suyos, e por tales, de todos trabajos nos haga partícipes, pues tenemos conocido que la mayor e mejor parte de la vitoria será nuestra. Muy crecida merced hemos recibido en querernos enviar vuestra señoría una persona tan insigne e de tanta autoridad, e que tanto efeto su venida hiciese con su bien ordenada creencia que de parte de vuestra señoría nos dio. Que los fuertes cobraron fuerzas, e los flacos todos se alegraron, aunque siempre tuvieron por cierto el socorro e favor de vuestra señoría ser tan grande e tan copioso, que bastaba resistir e ofender a gran número de arneses, cuanto más a cédulas ganadas por relación falsa de tiranos enemigos de todo bien. Las cuales pensamos ser de tan poco valor, que se han de consumir en vapores. Quedamos tan alegres e tan esforzados, que más deseamos la muerte trabajosa por conseguir libertad, que vida con promesas e juramentos traspasados usando de poca virtud, porque la demanda de los enemigos repugna a lo que es razón e justicia. ¿Qué cosa puede ser tan temeraria que las cosas accesorias para alcanzar este mal deseo pueda tener alguna seguridad e holganza? Antes nos parecen lazos en que caen los rústicos e groseros. E porque para querernos más declarar nuestro propósito ser tan cierto como es, sería dar enojo a vuestra señoría. y por tanto, el reverendo padre maestro fray Alonso Bustillo podrá informar de lo que acá pasa, cesamos, quedando en contino ruego a Nuestro Señor la muy magnífica persona de vuestra señoría guarde y estado prospere como desea.

»De Dueñas a 8 de marzo de 1521 años.

»Por mandado de los regidores e Comunidad de la villa de Dueñas,

RODRIGO ALONSO, ESCRIBANO.»

A veinte y siete de marzo de este año estaban las cosas de los dos campos en mal estado, tan poco aventajados los unos como los otros. Escribiólo así don Pedro Luján, comendador mayor de Castilla, estando en Simancas, al Emperador. Dice que este lugar estaba con necesidad de gente, y que Juan de Padilla y otros capitanes de la Comunidad habían estado en Torrelobatón. Y de Tordesillas se les había hecho algún daño en su gente de infantería desmandada, y alguna otra que estaba en algunos lugares cerca de allí. Que se les había ido mucha gente de la que trajeron, como suele acontecer en los campos, que se están quedos. Y lo mismo había sucedido entre los leales, aunque de gente de a caballo les sobraban en harta cantidad. Que la gente que agora estaba en Torre se decía no pasaba de dos mil infantes, con trecientos caballos. Y que Juan de Padilla y los que estaban allí se querían ya salir. Y que siendo así de buena razón, habían de ir allí a Simancas, donde se les podría juntar otros mil de Valladolid por la gana que tenían de estorbar el perjuicio que se les hacía de Simancas, y recogerse en Valladolid. Que los comuneros estaban sin dinero, y su gente muy mal pagada. Y la misma falta había entre los caballeros, si bien habían remediado algo con la plata de los que allí y en Tordesillas estaban, con que se había hecho pago de dos meses a la gente de a caballo, y a la infantería de uno, que eran marzo y abril (término en que el Emperador había escrito que estaría en Flandes, y a la vela para en haciendo tiempo venirse a España). Que de la gente de los Gelves cada día se iban pasando al campo de los caballeros de dos en dos, y tres a tres, y decían que se pasarían muchos más.

[Los caballeros rompen la tregua.]

Son las pasiones asentadas en el alma, como las convalecencias de recias enfermedades, que cualquier exceso (por ligero que sea) derriba al enfermo y pone en la sepultura.

Trataban de componerse los caballeros y alterados, no con las veras que convenía; que unos sobre falso mostraban querer la paz, hallándose bien con la guerra, por los intereses que de ella sacaban; otros disimulaban (si bien no del todo), y los más del vulgo (que llamaban comuneros) ni creían ni fiaban, teniendo por inciertos los partidos que de parte del rey y caballeros se les ofrecían. Cansábanse los religiosos, que con santas intenciones procuraban componerlos.

Andando, pues, los unos y los otros en estos tratos, cuando corrían las treguas de los ocho días sucedieron dos cosas que de todo punto los estragaron, rompiendo la postema o ponzoña que en los ánimos había, con el fin y rompimiento que en este libro veremos. que será la conclusión de tan lastimosa historia. De suerte que los nublados que en Castilla se levantaron amenazando cruel tormenta, se deshicieron en una breve y no sangrienta batalla, que en los campos de Villalar, aldea de Toro, se dieron caballeros y comuneros con glorioso fin. Compungidas las ciudades, conocieron su error y obedecieron al rey qué Dios les daba, a quien sirvieron y amaron, como adelante veremos.

En los días que digo, el corregidor de Medina del Campo, Francisco de Mercado, con veinte de acaballo (que entonces llamaban escuderos) y otras personas, que por mandado de la Junta venían a Valladolid, llegando a pasar la puente de Duero, que está en el camino, dos leguas de Valladolid y una de Simancas, salieron ciento y cincuenta caballos ligeros de los que con el conde de Oñate estaban allí alojados, y en frontera para correr esta tierra y hacer mal a Valladolid. Acometiendo a los que venían de Medina al pasar de la puente hubo una escaramuza entre ellos, en la cual murieron cuatro hombres de Medina. Prendieron a Francisco de Mercado (a quien soltaron luego.) y al mayordomo mayor de la artillería con otros dos, y lleváronlos a Simancas.

Súpose en Valladolid, y salió a socorrerlos mucha gente de guerra, mas llegaron tarde, y el corregidor de Medina los detuvo, porque topando con ellos les dijo que se volviesen, que no era nada, y corno vieron que había sido algo, prendieron al corregidor de Medina porque le habían hallado muy culpado y sospechoso, y hicieran de él luego justicia, pero disimularon porque no peligrasen los que habían llevado a Simancas.

Enviáronlos a pedir, quejándose de que corriendo las treguas hubiesen hecho aquel asalto quebrando su palabra, mas no se les hizo enmienda.

Parece una provisión, fijada en plaza de Valladolid, contra la Junta que alteró al pueblo, y exacérbales más las voluntades.

Lo que más indignó los ánimos de toda la Comunidad, fue que antes que saliese el término de las treguas, en la plaza de Valladolid fijaron, sin saber quién. una provisión de los gobernadores de] reino, donde se nombraban muchos vecinos de Valladolid, Toledo, Salamanca, Madrid, Guadalajara, Murcia, Segovia, Toro, Zamora y de todas las otras partes de las Comunidades, dándoles por traidores y quebrantadores de la fidelidad que a su rey y señor debían, llamándoles aleves, enemigos de Su Majestad: que serían más de quinientos hombres y caballeros, nombrando al obispo y a Juan de Padilla y a otros muchos de la Comunidad.

Esta carta se despachó en Burgos y se leyó y pregonó con la solemnidad que ella dice, por Antón Gallo, chanciller y secretario del Consejo Real, que estaba en Burgos; y del registro que está en poder de Juan Gallo de Andrade, su nieto, la saqué, y dejando los que en ella se nombran por ser muchos, y que importa poco a la historia saber los que fueron, dice así:

«Don Carlos, por la gracia de Dios, etcétera. Y a las otras personas que por la dicha Junta al presente tienen oficios en estos nuestros reinos, e a vos las universidades e comunidades de estos nuestros reinos que estáis levantados en nuestro deservicio en ellos: e cada uno e cualquier de vos a quien esta nuestra carta fuese mostrada y su traslado signado de escribano público o superiédes della por pregón o por afijación, o en otra cualquier manera, salud e gracia. Sepades que Nos mandamos dar y dimos una nuestra carta de poder y comisión firmada de mí el rey, y sellada con nuestro sello, y librado de algunos del nuestro Consejo, e a los nuestros visorreyes e gobernadores destos nuestros reinos e a cualquier de ellos, y los del nuestro Consejo. Su tenor es este que sigue: Don Carlos, etc.. Por cuanto a los grandes, perlados e caballeros vecinos e moradores de los dichos nuestros reinos señoríos de Castilla, son notorios y manifiestos los levantamientos e ayuntamientos de gentes, hechos por las Comunidades de algunas ciudades e villas de los dichos reinos, e por persuasión e indución de algunas personas particulares dellas, e los escándalos, rebeliones, muertes, derribamientos de casas e otros graves e grandes delitos que en ellos se han cometido e cometen cada día, e la Junta que las dichas ciudades a voz y en nombre nuestro y del dicho reino, e contra nuestra voluntad y en desacatamiento nuestro hicieron ansí en la ciudad de Avila como en la villa de Tordesillas. En la cual aún están y perseveran. e los capitanes e gente de armas que se han traído y traen por los dichos nuestros reinos. dannificando, atemorizando y oprimiendo con ellas a nuestros buenos súbditos e leales vasallos que no se quisieron juntar con ellos a seguir su rebelión e infidelidad. En la cual perseverando, se han echado y echaron de las dichas ciudades a los dichos nuestros corregidores. E tomaron en sí las varas de nuestra justicia. E combatieron públicamente nuestras fortalezas, de las cuales al presente están apoderados. E para poderse sostener en su rebelión e pagar la gente de armas que traen en los dichos reinos en nuestro deservicio, por su propria autoridad han echado grandes sisas e derramas sobre los nuestros súbditos y vasallos, que agora nuevamente se han tomado e ocupado nuestras rentas reales: las cuales gastan e convierten en sostenimiento de la dicha su rebelión. Y para se hacer más fuertes han enviado diversas personas a nuestros capitanes e gentes de nuestras guardas, para los traer a sí, e los quitar e apartar de nuestro servicio, ofreciéndoles para ello que les pagarán lo que les será debido, y para lo de adelante les acrecentarían el sueldo. Amenazándoles que si ansí no lo hiciesen, les desharían sus casas y destruirían sus haciendas. Y las mismas promesas y amenazas se han hecho y hacen a las personas que con Nos en los dichos reinos viven de acostamiento e a las otras personas que viven e llevan acostamiento de los grandes e caballeros de los dichos reinos, que han seguido y siguen nuestro servicio. De manera que aunque los dichos grandes, siendo su lealtad para nos poder servir, han llamado los dichos sus criados, no les han acudido por miedo y temor de la opresión de aquellos que están en la dicha rebelión. E con pensamiento que han tenido e tienen de traer a sí a los grandes, perlados e caballeros de los dichos nuestros reinos, e los enemistar con Nos, y apartar de nuestro servicio, han tentado y tientan por diversas vías e maneras exquisitas de les levantar, y algunos de ellos han levantado sus tierras e vasallos, que por merced de Nos e de los reyes nuestros antecesores tienen por muy grandes, notables e señalados servicios que hicieron a Nos, y a ellos y a nuestra corona real. A los cuales han dado y dan favor y ayuda, para que no se reduzgan a sus señores. Y algunos de los dichos grandes que han castigado los dichos sus vasallos que así por inducimiento de los susodichos se les alzaron, amenazando que los han de destruir. Y aun han dado así contra ellos, como contra otras personas, cartas e mandamientos en voz y en nombre nuestro e del reino. Por las cuales les requerimos e mandamos que se junten con ellos con sus personas, casas y estados, so pena que si ansí no lo hicieren, sean habidos por traidores enemigos del reino: e como a tales les puedan hacer guerra guerreada. Y han enviado y envían predicadores y otras personas escandalosas y de mala intención por todas las ciudades, villas y lugares de los dichos nuestros reinos e señoríos, para los levantar y apartar de nuestro servicio y de nuestra obediencia y fidelidad. Que con falsas e no verdaderas persuasiones (jamás oídas ni pensadas), las traen a su error e infidelidad. Continuando más aquello y su notoria deslealtad, han tomado nuestras cartas a nuestros mensajeros, y entre sí fecho ligas y conspiraciones con grandes juramentos e fees de seguridades de ser siempre unos y con formes en la dicha su rebelión e desleal tad, en gran deservicio nuestro, e daño de los dichos reinos. Y han prendido a los del nuestro Consejo e otros oficiales de nuestra casa e corte, llevándolos públicamente presos con trompetas y atabales por las calles públicas de la dicha villa de Valladolid y a la dicha villa de Tordesillas e otras partes donde quisieron. E tomaron e tuvieron preso al muy reverendo cardenal de Tortosa, inquisidor general de los dichos reinos, e nuestro virrey e otrosí gobernador de ellos. E han requerido y hecho requirir a don Íñigo Fernández de Velasco, nuestro condestable de Castilla, duque de Frías, ansimismo nuestro virrey y gobernador de los dichos nuestros reinos, que no use de los poderes que de Nos tienen. Y pretendiendo pertenecerles a ellos la gobernación de los dichos nuestros reinos, han hecho y hicieron pregonar públicamente en la plaza de Valladolid que ninguno fuese osado a obedecer ni cumplir nuestras cartas ni mandamientos, sin primero los llevar a notificar e presentar ante ellos en la dicha villa de Tordesillas. Donde han intentado de hacer y hacen otro nuevo conciliábulo (a que ellos llaman Consejo). Y para ello han tornado el nuestro sello e registro; y dende como traidores, usurpando nuestra jurisdición, e preminencia real, envían provisiones, cartas e mandamientos por todo el reino. Y han suspendido y mandado suspender todas las mercedes y concesiones que Nos habíamos hecho y hacemos a personas naturales de estos nuestros dichos reinos, después del fallecimiento del Rey Católico. E demás de todo lo susodicho, e de otras muchas cosas gravísimas y enormísimas que han hecho, cometido y perpetrado, y cada día hacen y cometen, vinieron y entraron con gente de armas en la dicha villa de Tordesillas, en que yo la dicha reina estoy. Y se apoderaron de ella y de mi persona y casa real y de la ilustrísima infanta, nuestra muy cara y muy amada hija y hermana; y echaron al marqués y marquesa de Denia, que residían con Nos en nuestro servicio; e pusieron en su lugar en nuestra casa, a su voluntad, las personas que han querido y les plugo. De todas las cuales dichas causas (como quiera que han dicho y dicen que las hacen y han hecho so color de nuestro servicio, e bien de los dichos nuestros reinos) clara y abiertamente parece haber sido su intención de se querer apoderar de los dichos nuestros reinos, tiranizándolos. Lo cual manifiestamente se muestra por sus obras tan dañadas y reprobadas y tan contra nuestro servicio e bien público de los dichos nuestros reinos, e contra la lealtad y fidelidad, que como nuestros súbditos e vasallos nos debían, e como a sus reyes e señores naturales nos prestaron e fueron obligados a tener y guardar; e enderezadas a macular y enturbiar la nobleza y fidelidad de los dichos nuestros reinos, ciudades, villas y lugares de ellos, e de los dichos grandes e perlados. Que ha sido y es tanta y tan grande, que más que otros algunos han merecido e merecieron alcanzar título de leales y fieles a sus reyes e señores naturales. Y otrosí, que como quiera que Nos les mandamos remitir el servicio que nos fue otorgado en las Cortes que mandamos celebrar en La Coruña, e darles nuestras cartas reales por encabezamiento, por otro tanto tiempo e precio como lo tenían en vida de los Reyes Católicos. Y perdiendo la puja que en ella nos había sido fecha, e asegurados sufi cientemente que los oficios de los dichos reinos los daríamos e proveeríamos a naturales de ellos, y hechas otras muchas gracias y mercedes en pro y beneficio de los dichos reinos: las cuales los susodichos para colorar su rebelión, tomaban por causa e fundamento de sus enormes e graves delitos. De los cuales, después que por Nos les fueron concedidas no cesaron, antes se confirmaron más en ellos. Y agora, postrimeramente, no contentos de todo lo susodicho y casi decendiendo en el profundo de los males, con gran osadía nos enviaron con mensajero proprio una firmada de sus nombres e signada de Lope de Pallarés, escribano, por la cual confiesan claramente haber cometido y perpetrado todos los dichos delitos; y en lugar de pedir e suplicar perdón dellos, demandan aprobación para lo dicho y poder para usar y ejercer nuestra juridición real, e dicen otras feas cosas en mucho desacatamiento nuestro. Y escribieron cartas a algunos pueblos de estos nuestros señoríos de Flandes, para procurar de los amotinar y levantar como ellos están. E porque a servicio de Dios Nuestro Señor, e nuestro bien e desos dichos reinos, con viene aue las personas que en lo susodicho han pecado y delinquido, sean punidos y castigados, y ejecutadas en ellos las penas en que por sus graves y enormes delitos han caído e incurrido e disimular y tolerar más sus notorias traiciones e rebeliones, sería cosa de mal ejemplo y darles incentivo para perseverar en ellas en gran deservicio nuestro, e daño, nota e infamia de los dichos reinos e de su antigua lealtad e fidelidad, por la presente mandamos a vos, los nuestros visorreyes o cualquier de vos en ausencia de los otros, e a los del nuestro Consejo que con vos residen, pues los sobredichos delitos, rebeliones e traiciones fechas por las dichas personas son públicas, manifiestas e notorias en los dichos nuestros reinos, sin esperar a hacer contra ellos proceso formado que tela y orden de juicio tenga e sin los más citar ni llamar, procedáis generalmente a declarar y declaréis por rebeldes, aleves y traidores, infieles e desleales a Nos e a nuestra corona a las personas legas de cualquier estado e condición que sean. que han sido culpados en dicho o en fecho, o en Consejo, de haberse apoderado de mí la reina y de la ilustrísima infanta, nuestra muy cara y muy amada hija y hermana, y echado al marqués y marquesa de Denia, que estaban e residían en nuestro servicio: o en el detenimiento o prisión del muy reverendo cardenal de Tortosa, nues tro gobernador de los dichos reinos, o de los del nuestro Consejo. Condenando a las dichas personas particulares que han sido culpadas en estos dichos casos, como ale ves, traidores y desleales, a pena de muerte, perdimiento de sus oficios e confiscación de sus bienes, y en todas las otras penas así civiles como criminales, por fuero e por derecho establecidas, contra las personas legales y particulares que cometen semejantes delitos. E ejecutándolas en sus personas y bienes; sin embargo, que los dichos bienes, tales que las dichas per sonas sean de mayorazgos e vinculados, e sujetos a restitución. Que en ellos o en algunos dellos haya cláusula expresa, en que se contenga que no puedan ser con fiscados por crimen lesae majestatis, hecho y cometido contra su rey e señor natural. Que en los dichos casos, para poder ser confiscados los bienes de las dichas particulares personas legas, a mayor abundamiento si necesario es. NOS, POR LA PRESENTE, de nuestro proprio motu e cierta sciencia e poderío real absoluto de que en esta parte queremos usar e usamos como reyes e señores naturales, habiendo aquí por expresos e incorporados letra por letra los dichos mayorazgos, los revocamos, casamos y anulamos. y declaramos por de ningún valor ni efeto. Y de la dicha nuestra cierta sciencia y poderío real absoluto, de que en esta parte queremos usar, mandamos y ordenamos que los bienes en ellos contenidos, sin embargo dellos y de sus cláusulas e firmezas que a esto sean contrarias, sean habidos por bienes libres e francos, para poder ser confiscados por las dichas cláusulas; bien así, e a tan cumplidamente, como si nunca hubieran sido puestos ni metidos en los dichos mayorazgos, ni vinculados ni sujetos a restitución alguna, e como si en ellos no hubiera ninguna ni alguna de las dichas cláusulas, antes fueran expresamente excetados los dichos crímines y delitos lesae majestatis. Otrosí os mando que declaredes por inhábiles e incapaces para poder suceder en los dichos mayorazgos, a cualesquier personas por ellos llamadas, que fueran culpados en los sobredichos delitos, y entrar y deber suceder en su lugar en los dichos mayorazgos las otras personas llamadas que en ellos no han delinquido. Y a las personas de la Iglesia y religión, aunque sean constituidas en dignidad arzobispal o obispal, que en los dichos delitos fueren culpados participantes, declarallos asimismo por traidores, rebeldes, inobedientes e desleales a Nos y a nuestra corona; e por ajenos e extraños de los dichos nuestros reinos e señoríos e haber perdido la naturaleza, e temporalidades que en ellos tienen e incurrido en las otras penas establecidas por leyes de los reinos, contra los perlados e personas eclesiásticas que caen en semejantes delitos. Que para proceder contra las dichas personas así eclesiásticas como seglares, que en los sobredichos casos han sido culpados, e a los declarar solamente (sabida la verdad) por rebeldes, traidores y inobedientes e desleales a la nuestra corona e proceder contra ellos, e a ver la dicha declaración como en caso notorio, sin los más citar ni llamar ni hacer contra ellos proceso ni tela, ni orden de juicio. Nos, por la presente del dicho proprio motu, y cierta sciencia e poderío real, vos damos poder cumplido: e queremos, e nos place que la declaración que ansí hiciéredes e penas en que condenáredes a los que han sido culpados en los dichos casos, sea válido y firme ahora y en todo tiempo. E que no pueda ser casado, ni anulado, por no se haber hecho contra ellos proceso formado, ni se haber guardado en la dicha declaración la tela, y orden del juicio que se requería, ni haber sido citados, ni llamados, ni requeridos los tales culpados, a que se viniesen a ver declarar haber incurrido en las dichas penas. O por no haber intervenido en la dicha nuestra declaración o otra cosa de sustancia, o solemnidad, que por leyes de los dichos reinos debían intervenir; porque, sin embargo de las dichas leyes e fueros e ordenanzas, usos y costumbres, que a lo susodicho a alguna cosa e parte della puedan ser o son contrarias. Las cuales de nuestro proprio motu, y cierta sciencia e poderío real absoluto, en cuanto a esto toca, revocamos, casamos e anulamos e damos por ninguno e de ningún valor y efeto; quedando en su fuerza y vigor para en lo demás. Queremos e nos place, que la dicha declaración que así hiciéredes contra las sobredichas personas particulares culpadas en los sobredichos delitos sea válida e firme; bien así e tan cumplidamente como si en ella hubiera guardado la dicha orden y tela de juicio, que por las dichas leyes se requería y debía proceder. E así hecha por vos la dicha declaración, por la presente mandamos a todos los alcaldes de fortalezas e casas fuertes e llanas de las villas e lugares que fueren personas legas, rebeldes, aleves y traidores, e a los vecinos e moradores que por la dicha vuestra declaración fueren confiscados, que luego como les fuere notificado o en cualquier manera dello supieren, se levanten por nuestra corona real, y no obedezcan ni tengan dende en adelante por sus señores a los dichos rebeldes y traidores. Lo cual mandamos que fagan ecumplan, so pena de la fidelidad que los unos y los otros deben, e demás de sus vidas e de perdimiento de todos sus bienes e oficios. E haciéndolo ansí, Nos, por la presente, alzamos e damos por libres e quitos de cualesquier pleitos homenajes, e juramentos que tengan e tuvieran fechos a los dichos rebeldes y traidores, así por razón de las dichas fortalezas y casas fuertes y llanas, como por otra cualquier causa e razón que sea. E por quitarles del temor e pensamiento que pueden tener de ser tornados e vueltos en algún tiempo a los dichos traidores, cuyos primero fueron, y que aquello ni otra cosa le pueda excusar de hacer y cumplir lo que les mandamos, por la presente les prometemos e aseguramos so nuestra merced, fe y palabra real, que en ningún tiempo del mundo, por ninguna razón ni causa que sea, les tornaremos ni volveremos a los dichos aleves e traidores cuyos primero fueron, ni a sus decendientes e sucesores. E si así no lo hicieren y cumplieren, por la presente les condenamos en las sobredichas penas y en todas otras en que caen y incurren las personas legas que no cumplen lo que les es mandado por sus reyes e señores naturales. E mandamos otrosí, que los vasallos de los dichos perlados y de cualesquier otras personas eclesiásticas, que por vosotros en los dichos casos fueren declarados por culpados, que se levanten, y alcen con vuestro favor; y no acojan en ellos a los dichos perlados, dende adelante. A todos los cuaics, e asimismo a los grandes, e perlados, caballeros, ciuda es, villas y lugares de los dichos nuestros reinos, mandamos, so pena de la nuestra fidelidad e lealtad que nos deben, que hecha por vosotros la dicha declaración, hayan e tengan dende en adelante a los dichos caballeros, e perlados e otras personas que así declaráredes por públicos traidores y aleves a nos, y a nuestra corona real, c por enemigos de los nuestros reinos e señoríos; e como a tales los traten y persigan. Y que ninguno de ellos los reciba, ni acoja, ni defienda, ni dé favor ni ayuda: antes podiéndolo hacer, los prendían; e siendo legos, los entreguen a nuestras justicias, para que en ellos se ejecuten las penas que sus graves delitos merecen. E si fueren personas eclesiásticas o de orden, los mandamos remitir a nuestro muy Santo Padre o a los otros sus perlados a quien son sujetos. E que los dichos vasallos de perlados no tengan más por sus señores a los dichos traidores; ni les acudan, ni hagan acudir con los frutos y rentas que antes tenían en los dichos lugares. Antes aquellos tengan, e guarden en sí secrestados y en depósito e fiel guarda, para hacer de ello lo que por Nos les fuere mandado. Ni pública ni secretamente los acojan ni reciban en sus casas o lugares; antes si a ellos vinieren o tentaren de venir, les resistan e defiendan la dicha entrada con todo su poder e fuerzas. E que indirecte ni directamente les hagan ni den otro favor ni ayuda, de cualquier calidad o manera que sea, so las penas susodichas. En que todos hagan e cumplan como nuestros buenos súbditos e leales vasallos lo que por vos los dichos nuestros visorreyes, cualquier de vos en ausencia de los otros a los del dicho nuestro Consejo, que procedáis por todo rigor de derecho por la mejor vía y orden que hubiere lugar de derecho e a vosotros pareciere, contra las otras personas particulares, que en cualquier de todos los sobredichos delitos en otros demás que ellos hayan cuidado y hecho y cometido después de los levantamientos y alborotos acontecidos en estos dichos reinos, este presente año de 520, y hicieren adelante. Condenándolos así en las penas civiles como criminales, que falláredes por fuero o por derecho. Y si para ejecutar lo que por vos e por otros fuere sentenciado o declarado, favor e ayuda hubiéredes menester, por la presente mandamos a todos los dichos grandes, e perlados, justicias, regidores, caballeros. escuderos, oficiales e hombres buenos de todas las ciudades, villas e lugares de los dichos nuestros reinos e señoríos, que vos la den e hagan dar tan cumplida y enteramente, como se la pidiéredes.Y porque ninguno pueda pretender ignorancia de lo susodicho, e de la dicha declaración que hiciéredes, mandamos que esta nuestra carta o su traslado signado de escribano público en la dicha vuestra declaración, sean pregonados por pregonero ante escribano público en nuestra corte. Y enviéis a otras ciudades, villas e lugares de los dichos nuestros reinos e señoríos, lo que a vosotros pareciere. Por manera que venga a noticia de todos, y que de ella se hagan sacar en pública forma uno o más traslados firmados de vuestros nombres, e señalados de los del nuestro Consejo, e sellador, con nuestro sello. E los hagáis afijar en las puertas de la iglesia mayor o de las otras iglesias o monasterios, e plazas e mercados de las dichas ciudades, villas e lugares de su comarca, donde a vosotros pareciere. E que la publicación, afijación e pregón, o cualquier cosa de lo que así se hiciere, tenga tanta fuerza y vigor contra las dichas personas e cada una de ellas, corno si fuera pregonada e publicada en la manera acostumbrada por las ciudades y villas, donde de ellas son vecinos, Y tienen su habitación y morada; e notificada particularmente a cada una de las personas dichas. Dada en Wormes a 17 días del mes de diciembre, año del nacimiento de nuestro Salvador Jesucristo de 1520 años. Yo el rey, Yo Francisco de los Cobos, secretario de Su Cesárea y Católica Majestad, lo fice escribir por su mandado. Mercurinus de Gotinara, Licenciatus don García, dotor Caravajal, Hieronimus Ranzo, procancellario.»

«Después de lo cual el licenciado Tobón, nuestro procurador fiscal, promotor de la nuestra justicia, por una su petición que ante los de nuestro Consejo presentó, dijo que acusaba y acusó criminalmente a vos los susodichos y a cada uno de vos, y a las otras personas particulares, vuestros consortes, que han estado y están en Junta y comunidad contra la fidelidad y obediencia que deben a Nos e a nuestros gobernadores e Consejo, y otras nuestras justicias en nuestro nombre. Digo que reinando Nos en Castilla, y siendo yo el rey elegido rey de romanos, e después coronado por vos e otros, e cada uno de vos, e otras muchas personas de vuestras Juntas y Comunidades que protesto decir e declarar en la prosecución de la causa, en diversos días de los meses de mayo, junio, julio y agosto y otros meses del año pasado de 1520, y en los meses de enero y febrero de este presente año habéis cometido crimen lesae majestatis contra nuestras personas e corona real de estos nuestros reinos, así en la primera cabeza del dicho crimen, como en todas las demás maneras de él. Cometido traición a vuestros reyes e señores naturales, como desleales vasallos y enemigos de su propria patria. Y contando el caso de la dicha traición, y de los otros delitos nunca vistos ni oídos, ni pensados en esta nuestra España, cometidos por vos los dichos rebeldes y traidores e malhechores: digo que por dar color a los dichos delitos, muchos de vosotros e de vuestros consortes, en el principio de vuestro levantamiento e sedición enviastes por todas las ciudades, villas y lugares de estos nuestros reinos, frailes y otras personas eclesiásticas e seglares, que falsamente por escrito y por palabra persuadiesen a los oficiales, labradores e otras personas simples de los dichos pueblos, que Nos habíamos echado e puesto muchas imposiciones a toda Castilla, para que cada uno pague por su persona, e de su mujer e hijos, un real, e por cada teja de tejado un maravedí, e por cada cabeza de ganado e mulas, caballos y otros animales cierto tributo. Y así en todas las demás cosas de vestidos y mantinemientos, siendo todo ello las mayores maldades, traiciones e falsedades que se podrían levantar, porque nunca tal por Nos había fecho ni pasado, ni por los del nuestro Consejo. Y por más inducir a los dichos pueblos, lo hicistes imprimir de molde. Porque indignados nuestros leales vasallos se alborotasen e levantasen contra nuestra obediencia e fidelidad, e se juntasen con unos e con otros a tiranizar este nuestro reino, según que luego lo comenzastes a poner por obra, tornando, como de hecho y por fuerza de armas tomastes, en los dichos pueblos las varas de las justicias a los nuestros corregidores, e otros oficiales de ellos, combatiendo sus fortalezas y tormándolas a nuestros alcaldes, derribando casas, quemándolas y sacando dellas a los que habían estado y están en nuestro servicio y obediencia. Y teniendo los pueblos así conmovidos y levantados, juntastes mucha gente de a pie e de a caballo, e procurastes muchos de vosotros de ser nombrados y elegidos por procuradores de las dichas Comunidades; dándoles a entender que os queríades juntar tan solamente para nos suplicar mandásemos remediar algunos agravios de este nuestro reino. E que ansí juntos vos los dichos procuradores con la dicha gente de guerra, y con nuestra artillería que estaba en la dicha villa de Medina del Campo, os apoderastes de la villa de Tordesillas e de la persona de mi la reina, y de la ilustrísima infanta, nuestra muy cara y amada hija. Y que suspendistes a los del nuestro Consejo e presidente, e muchos de ellos, e detuvistes como a preso al muy reverendo cardenal de Tortosa, nuestro gobernador de estos nuestros reinos, inquisidor general de ellos. Y prendistes a los alcaldes de nuestra corte y otros oficiales de nuestra casa real. E tomastes nuestro sello e registro. E del todo usurpastes nuestro ceptro e jurisdición real. Y os nombrastes e intitulastes algunos de vosotros por del nuestro Consejo, despachando y librando nuestras cartas patentes en nuestro nombre. Que proveistes corregidores y alcaldes, alguaciles y alcaides de fortalezas, en muchas ciudades, villas y lugares de estos nuestros reinos. Y echando grandes sisas y repartimientos sin nuestra licencia por todos los dichos pueblos, robando las haciendas del nuestro Consejo, e de otras muchas personas particulares, que han estado y estaban en nuestro servicio. E saqueando los monasterios y iglesias y ornamentos dellas. Y con la dicha gente de guerra habíades entrado en muchas villas y lugares de grandes e caballeros nuestros leales vasallos: y los habíades saqueado, y hecho componer en grande suma de maravedís con la dicha fuerza e violencia armada, derribando algunas fortalezas de ellos, y cometiendo los excesos y delitos contenidos en nuestra carta de poder y comisión firmada de mí el rey, para nuestros gobernadores, y los del nuestro Consejo que ante ellos tenían presentada. Los cuales y cada uno de ellos había y hubo, en su ausencia, por excesos e declarados, como sí a la letra los dijese y especificase e que publicastes, declarastes y hicistes pregonar por enemigos del reino al nuestro condestable de Castilla y al conde de Alba, nuestros muy leales vasallos. Y habíades hecho muchas ligas, juramentos y conspiraciones en nuestro deservicio. E lo habíades continuado e continuábades hoy en día, tomando nuestras rentas y patrimonio real, y los maravedís de la Santa Cruzada, gastándolo todo en sostener la dicha rebelión, y tomándolo para vosotros mismos. Lo cual había sido y era en tanta suma que no se podían bien estimar. Y que después que fuistes echados de la villa de Tordesillas, os tornastes a juntar en la dicha villa de Valladolid, donde agora estábades con la dicha gente de guerra de a pie y de a caballo, y nuestra artillería; sin haber querido desistir ni apartar de la dicha traición y levantamiento, ni obedecer acerca de ello nuestras cartas y provisiones ni mandamientos, ni de nuestros gobernadores ni de los del nuestro Consejo: antes habíades tomado e rasgado e quemado muchas nuestras cartas firmadas de mí el rey, prendiendo, robando y matando a los mensajeros de ellos. E que habíades cometido, y cada día cometíades otros muchos homicidios, robos, adulterios y estupros, forzando mujeres casadas y doncellas, sacándolas de las iglesias y otros lugares sagrados. Los cuales dichos delitos habían sido tantos y tan graves, que con dificultad se podrían contar. Y habiendo sido como eran todos notorios en la mayor parte de los vecinos y moradores de las dichas ciudades, villas y lugares, e aun de todos nuestros reinos e fuera de ellos. Por ende que nos suplicaba y pedía por merced, que habiendo los dichos delitos y excesos por notorios, pues lo eran, y por tales los decía y alegaba, mandásemos conforme a la dicha nuestra comisión, proceder e declarar contra vos los dichos delincuentes, y contra los delitos por vosotros cometidos. Condenándovos a todos, e a cada uno de vos e de los otros consortes, en las mayores penas criminales que por derecho y leyes de estos nuestros reinos se halla haber caído y incurrido: e mandándolas ejecutar en vuestras personas e bienes, aplicándolos a nuestra cámara e fisco. E incidenter de nuestro oficio, que para ello imploraba os mandásemos condenar a restitución de todos los maravedís, e otras cosas que de mercedes y rentas, cruzada, servicio e patrimonio real habíades llevado e mandado llevar, o sido causa que se hubiese tomado e llevado. Que estimaba hasta agora en trescientos cuentos de maravedís. Mandando le diferir cerca de ello juramento in litem, mándoos así mismo condenar en otros trescientos cuentos de maravedís, de los gastos e daños e menoscabos que por la traición por vosotros cometida, y levantamiento por vosotros fecho en estos nuestros reinos, se han hecho en nuestro nombre y recrecido a nuestro patrimonio e corona real. Para lo cual todo y en lo necesario, el oficio real imploró y pidió sobre todo ser hecho entero cumplimiento de justicia breve y sumariamente, conforme a esta dicha nuestra carta e comisión, como la calidad de la causa lo requería. Y que como quiera que por la dicha notoriedad se pudiera proceder contra vosotros, sin más citación ni declaración de los dichos delitos por él pedida. Pero que por más claridad está presto de dar información de los dichos delitos y de los perpetradores de ellos. E nos suplicaba la mandásemos luego recebir, pues para ello no se requería ni era necesario citación. E que en caso que Nos, por más convencer a vos los dichos rebeldes y traidores, os quisiésemos mandar citar e llamar, mandásemos que la dicha citación se hiciese por pregón y edito general en la ciudad de Burgos, cabeza de Castilla, do al presente reside nuestra corte. Y afijándose asimismo a tal citación en algún estrado e cadalso que para ello mandásemos fijar, pues era así mismo notorio, y por tal lo alegaba, que no era tuto ni seguro a ningún nuestro portero ni escribano, ni otro oficial ni mensajero alguno, ir a notificar la dicha citación ni otra carta, ni privilegio nuestro, ni de nuestros gobernadores, ni de los del nuestro Consejo a vosotros ni a ninguno de vos, que estábades en los dichos pueblos levantados. De lo cual estaba presto de dar información, y aquella habida nos suplicaba y pedía por merced, que con toda brevedad se procediese en la dicha causa e ejecución de lo contenido en la dicha nuestra carta e provisión. Para lo cual asimismo imploró nuestro real oficio, y las costas pidió. Y dijo que el conocimiento de la dicha causa pertenecía a los dichos nuestros visorreyes e gobernadores, e a cada uno de ellos e a los del nuestro Consejo, así por la calidad de ella, como por nuestra carta e comisión especial firmada de mí el rey que tenía presentada, e de nuevo si necesario era la presentaba. E nos suplicó y pidió por merced que mandásemos proceder contra vosotros, como en caso notorio, coma dicho y suplicado tenía. Que sobre ello proveyésemos como la dicha nuestra merced fuese. Lo cual visto por el dicho condestable de Castilla nuestro visorrey e gobernador, e por los del nuestro Consejo, e la información que el dicho fiscal dio, y como por efla constó no ser tuto ni seguro notificar en vuestras personas ni en los lugares levantados donde residís, nuestra carta ni provisión alguna; además de ser notorio fue acordado que debíamos mandar dar esta nuestra carta de citación y edito general, puesto y afijado en nuestro estrado y cadalso real. Por la cual vos mandamos a todos y a cada uno, de vos, que desde el día que fuere pregonada en el dicho estrado e cadalso real, que para esto está hecho en la plaza mayor de esta ciudad de Burgos, cabeza de Castilla nuestra cámara, hasta nueve días primeros siguientes; los cuales vos damos y asignamos por todos plazos de término, para que vosotros o cada uno de vosotros vengáis o parezcáis personalmente ante los dichos nuestro virrey y los de nuestro Consejo, como nuestros jueces comisarios en esta ciudad de Burgos, donde al presente reside nuestra corte, a ver tomar información de la dicha notoriedad. Y de lo por vosotros e cada uno de vos hecho y cometido, y de las otras cosas que convengan y sean necesarias, para justificación del dicho proceso. Y para ver, preguntar, jurar y recibir los testigos de ellos. Y para todos los otros autos que de derecho, según la calidad de esta causa y comisión a ellos dada, se requería citación hasta la sentencia definitiva y declaración de los dichos casos e cada uno de ellos, que ejecución de todo ello incluya. Con apercibimiento que vos facemos, que si pareciéredes según dicho es, los dichos nuestros virreyes, e los del dicho nuestro Consejo, os oirán y mandarán guardar vuestra justicia. En otra manera vuestra ausencia, etc.. No embargante, habiéndola por presencia pasado el dicho término, sin vos más citar ni llamar ni atender sobre ello, recibirán la dicha información y procederán en la dicha causa, hasta hacer la dicha declaración, e dar las dichas sentencias e la ejecución de ellas. E porque vos los susodichos ni alguno de vos no podáis decir ni alegar que por los dichos movimientos causados por vosotros no osaríades venir a esta ciudad, ni os sería segura la venida a ella, por la presente os aseguramos y os prometemos, por Nos ni por nuestro mandado no os será fecho ni consentido hacer mal, ni daño ni agravio alguno en vuestras personas ni bienes, e que seréis oídos e vos será guardada en todo vuestra justicia. E de como esta nuestra carta fue notificada, pregonada y afijada en la manera que dicho es, mandamos a cualquier escribano público so pena de la nuestra merced e de perdimiento de todos sus bienes para nuestra cámara, que dé fe y testimonio de la dicha notificación, pregón y afijación, para que Nos sepamos cómo se cumple nuestro mandado. Dada en la ciudad de Burgos a 16 días del mes de hebrero año del nacimiento de nuestro Salvador Jesucristo de 1521 años. El Condestable. Yo Juan Ramírez, secretario de Sus Majestades la fice escribir por su mandado. El condestable de Castilla su gobernador en su nombre. -Licenciatus Zapata. -Licenciatus Santiago. -Licenciatus Francisco. -Licenciatus Aguirre. -Dotor Cabrero. -Licenciatus de Coalla. -El dotor Beltrán. -Dotor Guevara. -Licenciatus Acuña. - Registrada, Tejada. -Antón Gallo, chanciller.»

«En la noble ciudad de Burgos a 16 días del mes de hebrero de 1521 anos fue leída y pregonada esta carta con trompetas y ballesteros de maza en un cadalso y estrado real, en la plaza mayor de ella, estando presentes los señores del muy alto Consejo de Sus Altezas y los alcaldes de su casa y corte. Y abajo del dicho cadalso muchos caballeros y gente que lo oían. Y después de leída y pregonada la dicha carta, fue luego incontinente en presencia de los susodichos afijada en el dicho estrado y cadalso real, en un paño de los que estaban colgados en él. Donde estuvo afijada hasta la noche con dos ballesteros de maza, que quedaron cerca de ella. -Juan Ramírez.»

[Cartel de los comuneros.]

Quisieron pagarse en Valladolid de la provisión que contra ellos y las demás Comunidades aquí se halló. Y otro día siguiente, después que se halló la carta en la plaza mayor (según dije) por satisfacer al enojo y vengar su pasión, pareció fijado en las puertas de la iglesia de Santa María (que agora es la catedral), un cartel que el pueblo y gente apasionada leyeron con grandísimo gusto, y lo celebraron grandemente, enviando copias de él por todo el reino, el cual así decía:

Cartel que se fijó en Valladolid animando a la Comunidad.

«A ti la muy noble y leal villa de Valladolid, a quien por especiales hazañas y remerecido nombre, la reputación y título de leal es concedido y llamado en las naciones extrañas, llave deste reino, plaza de España, mundo abreviado, común patria. A ti sola, como quien más en este negocio presente tiene puesta su esperanza e del bien o mal es más parte, ha de llevar saludes y recomendaciones infinitas. Un extranjero de este reino, natural en la voluntad y amor de él, por el deseo que al bien común y libertad general debe tener con Dios, te requiere sepas proseguir y continuar tu propósito santo y justo celo; por manera que el nombre de traidores, por los contrarios a ti y a los otros pueblos llamado, se excluya. El cual quedará in perpetuo, si las persuasiones y prometimientos de los traidores y contrarios del bien del reino, que con su canto de sirena piensan, pidiendo treguas con falsas amonestaciones, meter en ti algún paladión, por tratos tales como en historias griegas y latinas se lee, y de las caídas que de los que tienen las orejas implícitas a oír lo que no les conviene, se hace ejemplo. La paz es buena, pero no la de Judas, como ésta que te dan. La cual paz no mora en el rancor de sus pensamientos, porque no tratan sino de quien más parte ha de llevar de la copa. La verdadera paz está en la vitoria que Dios a este reino ha mostrado, porque su pensamiento y propósito es santo, y tal, que si los traidores de él no le escureciesen con sus proprias pasiones, muy presto se puede conseguir, por el oportuno tiempo que Dios nos muestra. Del cual no usar en tal caso, es destruición y probada. Por tanto, conviene poner fuego en el negocio, priesa en la salida al ejército. Y acrecentándose gentes; haciéndole tan poderoso de tu parte y de los otros pueblos, que cuando saliere de donde está, haya tan crecido número, que por temor, sin combate, puedan vencer y ser temidos. Porque de esta manera se excusarán muchas muertes de hombres que se aparejan, si los ejércitos estuviesen iguales, demás de poner nuestro bien en aventura. E no os baste la vitoria pasada, porque si no la tomáis como es razón, amenazan gran caída, pues vuestros enemigos se valen para la satisfacción. De esta manera se ataja la guerra, crece la paz, consíguese la libertad y bien común del reino y el nombre de traidores quedará en los vencidos y no jugarán con nosotros a tocar por fuerza.»

Perdió mucho Juan de Padilla por detenerse en Torrelobatón.

Gran daño hizo a la Comunidad el detenerse tanto Juan de Padilla en Torrelobatón, porque perdió muchos soldados y dio lugar para que los caballeros se reparasen con conocida ventaja, que, sin duda, si en tomando a Torrelobatón se echara sobre Tordesillas, él los pusiera en harto aprieto. Estúvose quedo en Torrelobatón gozando aquella pequeña vitoria y del aplauso que los pueblos le hacían por ella. Reparaba los muros que se habían derrocado, como si hubiera de ser la silla y asiento de su monarquía, que tan poco le duró.

Enviábanle las ciudades de Toro y Zamora gente de socorro. Supiéronlo los caballeros y salieron a cortarles el camino y las vidas si pudiesen, cerca del lugar de Pedrosa, con sietecientas lanzas. Escaramuzaron con ellos hasta que los encerraron en el lugar de Pedrosa y los cercaron. Avisaron a Juan de Padilla del aprieto en que estaban los suyos, y fue luego en socorro con tres mil infantes y quinientos caballos, dejando en Torrelobatón la guarda que importaba.

Como los caballeros vieron el poder deJuan de Padilla, alzáronse de Pedrosa, volviendo por otro camino a Tordesillas. Juan de Padilla hizo el suyo por Castromonte (que es otro lugar del almirante), y entrólo y dejó guarnición en él, volviéndose a su Torrelobatón, donde pensó esperar el socorro que había pedido a las ciudades de su opinión, y reparaba, como digo, el pueblo, fortificando los muros por si acaso antes de llegar sus gentes los caballeros de Tordesillas le quisiesen allí combatir.

Ya comenzaba a sentir su mal goberno y el daño que la confianza le había hecho como presto lo vio, perdiendo la libertad y vida; que es ceguera del entendimiento ponerse uno en materias tan arduas y ejecutarlas con remisión. Malas son las barajas y es bien excusarlas; pero comenzadas, prudencia es no durmiendo acaballas, como una casa ilustre de estos reinos tiene, por blasón.

Lo que hizo el almirante por pacificar sin sangre a Castilla.

No es justo que el celo bueno que el almirante de Castilla tuvo para reducir estas gentes tan levantadas a la paz y obediencia de su rey, por bien y sin sangre, deje de escribirse para perpetua memoria de tan gran caballero y honra de su generosa familia, que nació, como es notorio, de la real. Sabía el almirante que doña María Pacheco y de Mendoza, mujer de Juan de Padilla, era gran parte con su marido para desviarle de su mal camino, y aun lo que más es, decían que ella le ponía espuelas en él.

Vivía Pero López de Padilla, padre de Juan de Padilla, ya viejo y de edad anciana y casi caduca, en Toledo. Envió a ellos el almirante un caballero criado del Emperador con esta instrución de prudentes avisos y sanos consejos, en que decía:

«Lo que vos, Alonso de Quiñones, diréis a la señora doña María de Mendoza e a los señores Pero López de Padilla y Hernando de Ávalos es lo siguiente:

«Que yo vine de mi casa de Cataluña, donde estaba bien descansado y mucho en mi placer, para entender en la paz y sosiego de estos reinos y en lo que tocaba y tocase al bien general del reino, juntamente con las ciudades, e pedir lo mismo que ellos pedían. E poniendo en obra mi voluntad, me vine a ver, en llegando a Medina de Rioseco, con los de la Junta que residían en esta villa de Tordesillas. A los cuales hallé convertida su demanda justa en pasión particular. E con cuantas altercaciones con ellos tuve, nunca los pude traer a ninguna cosa justa. Y vista tanta pasión, acordándome de la mucha amistad que siempre tuve y tengo a los señores Pero López de Padilla e comendador su hermano que sea en gloria, holgué mucho de no hallar al señor Juan de Padilla envuelto con gente tan apasionada. E con tal alegría comencé a escribir al rey nuestro señor lo mucho que debía a Juan de Padilla, porque como buen caballero comenzó justa demanda, e después como la vio convertida en pasión, se apartó de ella. E como después que entramos en esta villa tuvimos nueva que venía e partía de Toledo con gente, se me dobló el placer considerando que su venida era por algún bien del reino e suyo. Y como le vi pasado de Medina del Campo y su camino a Valladolid, me espanté en grande manera, y agora mucho más, de ver una persona tan cuerda junta con gente común y apartada de toda razón. Porque el pago que suele dar a sus capitanes, es el que dieron a don Pedro Girón, que está agora enemigo de ellos y en desgracia del rey. Y que es gente que nunca jamás mantiene verdad ni la tratan a ningún caballero semejantes. Que yo movido por el bien que quiero y deseo a su casa, pido por merced a la señora doña María que con su bondad mate tanto fuego como está encendido, pues sé que le puede matar. Que se acuerde y mire que tenemos el rey mozo y muy poderoso y su venida muy cierta en breves días a estos reinos. Que no permita que al tiempo del desembarcar, Juan de Padilla esté en su desgracia. Que si la negociación que trae en sus manos expira, crecerá su cosa. Que mejor camino es entrar por medios justos entre ellos, que no por pasiones particulares aprovechándose del favor de gente baja. Que ose confiar de mí, y sus diferencias sean puestas en mis manos, que no solamente procuraré perdón a su persona, mas muchas mercedes y confirmaciones para sus hijos y casa. Y sobre todo confirmar a esa ciudad todo lo que justamente pidiere y convenga para el bien de ella y de todo el reino. Y certificarla, que esta demanda está en mí más entera que en todas las Comunidades. Que se acuerde que es casada, y que los maridos en breves días se pierden en tiempo de guerra. Que no querría que ella pierda el suyo, pues en su mano es la paz. Que vea de qué manera quiere que se remedien las cosas con toda concordia. Que yo estoy aparejado para darle seguridad de traérselo confirmado del rey. Y que me hará mucha merced en escribir a Juan de Padilla que venga en conciertos y medios con nosotros. Y no cure de hacer los hechos de Valladolid y dejar los suyos en blanco. Porque las costumbres de los pueblos son, que jamás se vio comunidad que diese buen pago a su capitán. Que mejor se le dará el rey, y más cierto y seguro, para su casa y descanso. Y que esto digo, porque me duele de verle tan engañado, y a su merced puesta en tanto peligro y desasosiego.

»Decirle heis, que todos los medios y orden que con el rey quisiere, que se le otorgarán. E que cuando no quisiere alguna, que no quiera meter en cuenta a todos los grandes. Que caso que él trate al rey como a extranjero, que nosotros seamos naturales. Y que pues lo somos, tenga por bien de no romper la guerra con todos. Que salve y reserve algunos en esta cuenta, y a mi casa, pues en ella sus pasados siempre hallaron acogimiento y buenas obras, e mire por ella, apartando la furia de la guerra de mis tierras, que así haré yo por las suyas, cuando caso fuere que sus cosas no anduviesen prósperas. De lo cual estamos ciertos, que la prosperidad (visto que en el común jamás se halló firmeza) nunca es segura y también porque a venir presto el rey, como cierto viene, no sería tan pequeña nuestra amistad, que no suelde cualquier quiebra por grande que sea, y se remedien las cosas desconfiadas. Que yo recibiré merced que pasando las porfías, adelante no pase por mi casa, pues en ella hallarán lo que en ninguna del reino.

»Diréis como de vuestro, a Hernando de Ávalos, y aun a la señora doña María, que pues está pública por todo el reino mi intención, que porqué no viene o envía a saber de mí, si es cierto lo que de mí se dice. Y qué ganancias les vienen en que el reino se abrase, pudiendo ellos remediarlo con atajos santos y buenos. Que vos sabéis cierto que el rey otorgará sin guerra al reino mucho más que ellos podían pedir con ella. Que se acuerde que en su linaje no quedará buen renombre, pues van dando causa a que los 1 moros se tornen a apoderar en lo que se les ganó, derramando tanta sangre. Certificándoles que en Toledo está la paz o la guerra del reino, o en sus personas. Que despidamos la gente e comencemos a reparar los daños que en esto han sobrevenido. O del todo nos desengañen, para que hagamos lo que hacen.

»Y porque os tengo por hombre cuerdo, os remito y os encargo que uséis en esto como buen criado del rey, pues siempre habéis sido tal.»

Las culpas que los de la Junta cargaban a los caballeros.

Quisiéronse vengar los de la Junta de la provisión que contra ellos y contra las ciudades levantadas se había hallado en Valladolid. Y como había nuevas del gran poder que tenía el conde de Salvatierra y lo que había hecho quitando la artillería que traían de Navarra, y lo que el obispo de Zamora hacía en el reino de Toledo, y Juan de Padilla en Castilla, estaban muy ufanos, y pareciéndoles que tenían su juego hecho y seguro. Y es así que muchos del reino, que estaban a la mira, viendo a los grandes tan apretados, se arrimaban a la Comunidad y abonaban su causa, y más adelante.

Y atizaban el fuego de secreto, esperando ver dónde saltaban las brasas; que si fuera como las Comunidades quisieran, tuvieran al descubierto grandes valedores; que no hay más ley en esta vida, para el bien o para el mal, de vencer o ser vencido, fortuna favorable o adversa; pues como los de la Junta se vieron en este punto, con el sentimiento de la provisión quisieron pagarse en la misma moneda, aunque no con tanta justicia.

Fulminaron un proceso en la forma y con la sustancia que ellos quisieron. Y luego mandaron hacer un gran cadalso o tablado en la plaza Mayor de Valladolid, adornándolo con ricos paños de oro y seda, y con gradas y asientos puestos por orden. Y domingo a 17 de marzo de este año de 1521 vinieron a ponerse en él con gran acompañamiento y música de trompetas, menestriles y atabales, todos los de la Junta, procuradores y diputados; y delante de ellos dos reyes de armas con las mazas y cotas del reino.

Y puestos en su trono, leyó allí un relator en voz alta cómo habían hecho un proceso contra el almirante y el condestable de Castilla, conde de Benavente, conde de Haro, conde de Alba de Lista, conde de Salinas, marqués de Astorga, obispo de Astorga y contra los oidores del mal Consejo (que así llamaban al Consejo real), secretarios, alguaciles, escribanos, oficiales de contadores mayores y menores, mercaderes de Burgos y otros vecinos de Burgos, de Tordesillas, de Simancas y de otras partes, publicándolos por traidores, quebrantadores de treguas.

Expresando muchas causas: en especial la quema de Medina del Campo, el saco de Tordesillas cruel e inhumano, en que ni acataron a Dios ni a sus santos, ni a la reina cine allí estaba. Y que dos soldados, sin temor de Dios ni de sus conciencias, entraron en una iglesia y robaron una imagen de Nuestra Señora, y por quitarle el oro que tenía en un brazo, se lo cortaron. Que otros tomaron la custodia, y el uno se comió la Hostia consagrada.

Relataron infinitas cosas semejantes a éstas, y no miraban, los ciegos, ser ellos mismos la causa de ellas.

De esta manera se trataban nuestros españoles, siendo todos unos y su voz una, que era servicio del rey, y librar al reino de tiranos.

Encuéntranse los caballeros y la Comunidad en algunas escaramuzas. -Gente que tenían los caballeros. -Parte el condestable de Burgos. -Por esto cantaron en Castilla: «Becerril de Campos, madre, no quiere ser del condestable.»

Con tanta pasión andaba la guerra viva, saliendo por los caminos a robar unos a otros. De Torrelobatón salían compañías de escopeteros a correr el campo y quitar los bastimentos y provisiones que llevaban a Tordesillas. Por lo cual el conde de Haro salió un día con muchos caballeros y gente de los caballos que allí estaban y mató algunos destos salteadores, y trajo más de ciento y cincuenta presos, y con esto los escarmentó y cargó la mano en ellos, de manera que de allí adelante no osaron salir ni desmandarse tanto a hacer correrías como cuando allí vinieron publicaban que pensaban hacer.

Y porque los de la villa de Medina del Campo procuraban y hacían lo mismo. los más de los días salían caballeros de los de Tordesillas para asegurar el campo; y tomándolo de propósito, acordaron que el conde de Haro con todos ellos (salvo el almirante, que por ser gobernador y por su edad quisieron que quedase con la reina), fuesen un día a dar vista a Medina del Campo y correr toda su tierra. Y poniéndolo en efeto fueron con su gente hasta cerca de Medina, de donde salieron los que en el lugar estaban, v trabaron una gran escaramuza, en la cual hubo algunos heridos y fue preso Alonso Luis de Quintanilla, capitán de aquella villa, hijo de Luis Quintanilla, del cual arriba dije que los de la Junta le dieron cargo del servicio de la reina cuando se apoderaron de Tordesillas.

Fue avisado Juan de Padilla por algunos vecinos de Tordesillas de esta salida que el conde de Haro hacía, y determinó, entre tanto de venir con su campo sobre Tordesillas a poner en rebatos a los gobernadores; y aun decían que traía plática con algunos de los vecinos sobre que le diesen entrada en ella. De lo cual tuvo aviso el almirante y de la salida de Juan de Padilla, y envió luego a decirlo al conde de Haro; por lo cual él y todos volvieron a priesa a Tordesillas, y Juan de Padilla se tornó del camino, que no osó llegar a dar vista a la villa.

Pasaron de esta manera algunos días sin acaecer encuentro ni cosa notable. Porque a Juan de Padilla, por haber porfiado en sostener a Torrelobatón, se le había menoscabado el ejército y no tenía ya caudal para salir en campaña. Por lo cual envió a Salamanca, Toro, Zamora y otras ciudades, pidiéndoles nuevas ayudas y socorros. Y por otra parte, los gobernadores acordaron de poner en efeto lo que se había platicado, que era juntarse viniendo el condestable de Burgos, donde estaba con su gente, para hacer de la una y de la otra un cuerpo y ejército bastante para pelear con Juan de Padilla, si con los socorros que esperaba saliese en campo, o para le cercar donde estaba. Porque estando así divididos, no se podría hacer lo uno ni lo otro sin peligro y incierta ventura. Ni aun tenían caudal de gente para ello, habiendo de dejar en Tordesillas el presidio y defensa que convenía.

Tomada, pues, esta resolución, el condestable y caballeros que con él estaban en Burgos con la gente que habían traído, se pusieron en orden para hacer la jornada. Para la cual asimismo envió el duque de Nájara, virrey que era de Navarra, mil soldados viejos y alguna artillería, quitándola de la que había para guarda de aquel reino. Porque el condestable se lo envió a pedir, pareciéndole que por agora importaba más en Castilla. De manera que con ésta y con la gente que él tenía a sueldo, y de los caballeros y suya, pudo hacer campo bastante para la jornada. En el cual había tres mil infantes escogidos y quinientos hombres de armas, y algunos caballos ligeros y jinetes, sin la gente que antes que partiese envió con el conde de Salinas don Diego Sarmiento, y la que llevó don Pedro Suárez de Velasco, deán de Burgos, su sobrino, contra la gente de las merindades, que andaban alborotadas. Y a la sazón había venido a cercar a Medina de Pomar, villa suya, Gómez de Haro, con cinco mil hombres, y la entró por fuerza de armas y la saqueó. A los cuales sucedió después bien, porque los que estaban en Medina no los osaron esperar y se alzaron de ella.

Finalmente partió el condestable con toda esta gente de Burgos, dejando en la ciudad para guarda y gobierno della a don Antonio de Velasco, conde de Nieva, con la gente que pareció bastante para ello. Lo cual sabido por Juan de Padilla y los otros capitanes, pensando ponerle algún embarazo en el camino, enviaron a la villa de Becerril (que es en Campos) por donde había de pasar, y estaba por ellos, a don Juan de Figueroa, hermano del duque de Arcos, que todavía seguía la Comunidad, con alguna gente de armas y caballos ligeros, para que le defendiesen el paso y le hiciesen el estorbo que pudiesen. Llegando a Becerril el condestable, hizo combatir la villa, y con poco trabajo fue entrada, por no ser fuerte. Fue preso don Juan de Figueroa, y lleváronlo al castillo de Burgos con otro caballero llamado don Juan de Luna, que allí se halló con él. Y el condestable prosiguió su camino y entró en Rioseco con cuatro mil infantes y seiscientas lanzas, tres o cuatro tiros de pólvora y al pie de quinientos romeros o gascones y seiscientos moros del reino de Aragón, vasallos del conde de Almenara, que sirvió con ellos a los caballeros.

Movimientos de Zaragoza en favor de la Comunidad.

Procuráronse valer los caballeros del reino de Aragón, y en Zaragoza habían levantado más de dos mil hombres de guerra, pagados por el reino. Y haciendo muestra para partirse, el común de la ciudad de Zaragoza supo cómo aquella gente se había hecho en favor de los caballeros, para venir a Castilla contra las Comunidades. Y hubo tal alboroto y sentimiento en el pueblo, que se levantó todo y quitó las armas, y deshizo aquella gente diciendo que de Aragón no había de haber contradición para las libertades de Castilla. De esto dio aviso don Pedro Girón, que estaba retirado en su villa de Peñafiel, a la Comunidad, y que alguna de aquella ente que se deshizo venía a dar en Burgos, que el conde de Salvatierra decían que los esperaba para dar en ellos. Y que según la manera que traía, era fácil estorbarles el paso. Dijo más don Pedro Girón en este aviso: que por servir en algo al común y villa de Valladolid, avisaba de esto, que sería bien agradecerlo a Zaragoza, pues tan gran ciudad como ésta hacía principio de tan buena ayuda, sin pedírsela. Es la data de esta carta en Peñafiel a 26 de marzo de 1521.

Había escrito don Pedro Girón a Valladolid luego que se retiró, cuando dejó el oficio de capitán general, descargándose de la culpa que le ponían y ofreciéndose de volver a lo mismo y pidiendo que se deportasen en hablar mal de algunos, y entonces y agora hubo muchos que decían que era bien volverle el cargo, porque si bien había errado, y al parecer con malicia, cuando se subió a Villalpando y dejó el camino desembarazado a los caballeros de Rioseco, don Pedro Lasso había sido la causa. Mas como Juan de Padilla estaba tan adelante en la opinión del común y de los más de la Junta, no tuvo lugar este trato, y fue mejor para don Pedro Girón, a cuya grandeza ofendía ser capitán de tan ruin canalla.

Acude el obispo sobre el reino de Toledo. -Don Pedro de Guzmán sirve en esta ocasión valerosamente. -Encuentro entre el obispo y prior don Antonio. -Ocaña se reduce.

Antes que más nos acerquemos al fin que tuvo Juan de Padilla y todo el ejército de la Junta, será bien decir lo que pasaba en el reino de Toledo, por no dejar tan atrasadas tantas cosas. Salió de Valladolid, enviado por la Junta, el obispo de Zamora, y díjose que a ocupar el arzobispado de Toledo y su tierra, que estaba vaco por muerte de Guillelmo de Croy, sobrino de Mr. de Xevres.

Llevó el obispo consigo alguna gente de a pie y de a caballo y cinco tiros de campo. En Toledo fue muy bien recibido y diéronle más gente y artillería, y en Alcalá de Henares tomó otros seis tiros que estaban en el castillo de Alcalá la Vieja; por manera que llegó a tener quince tiros de campaña.

El prior don Antonio de Zúñiga, su contrario, también estaba poderoso, porque llegó a tener seis mil infantes y caballos competentes a este número de infantería, y habían venido a le ayudar muchos caballeros. Principalmente sirvió en esta ocasión don Pedro de Guzmán, mancebo valeroso que después fue primer conde de Olivares.

Dejo dicho cómo la duquesa de Medina Sidonia, doña Leonor de Zúñiga, allanó por su mucho valor la alteración que don Juan de Figueroa intentó en Sevilla. Pues como agora esta señora supiese los movimientos de Toledo, contra los cuales iba su hermano don Antonio de Zúñiga, prior de San Juan, escogió de su gente mil infantes y cien caballos y seis piezas de artillería de campaña, y a sueldo y costa del duque su hijo envió a su hijo don Pedro de Guzmán, hermano tercero del duque, para que en compañía del prior don Antonio su tío, sirviese al Emperador contra los alterados de Toledo. En lo cual se mostró como aquí veremos. Vinieron asimesmo para servir en esta jornada contra Toledo don Diego de Caravajal, señor de Jódar, y don Alonso, su hermano, con razonable tropa de gente. Con la cual salió el prior del Corral de Almaguer y se acercó a la villa de Ocaña, pensando reducirla al servicio del rey por fuerza o por trato; y el obispo de Zamora, que no traía menor campo, le salió al encuentro.

Llegaron a darse batalla con gran determinación. Acudieron algunos religiosos para estorbar el rompimiento; lo más que pudieron alcanzar fue que hubiese treguas por tres días.

Lo siguiente cuentan diferentemente dos autores que sigo: uno, que de propósito, viéndolo y padeciéndolo, escribió y lloró la historia de las Comunidades, dice que entre los dos campos en el Corral de Almaguer hubo una peligrosa lid, y que como el prior tenía menos gente, viendo que no podía mucho durar contra el obispo, en la mejor manera que pudo se retiró al Corral de Almaguer, adonde le tuvo el obispo cercado muchos días, hasta que le envió a rogar al prior le diese treguas de sólo un día, para conferir con él algunas cosas tocantes a la paz que le pedía, y el obispo se las concedió. Y en aquel mismo día salió el prior de San Juan secretamente con todos los suyos, y estando el obispo descuidado le dio en la retaguardia y mató cuarenta hombres. El obispo, muy enojado por haberle quebrado las treguas y palabra, salió a él, y se dieron muy recia batalla en que murieron cuatrocientos hombres del prior, el cual se retiró huyendo; y el obispo cogió el campo, en que hubo muchas armas y caballos, quedando herido de dos golpes, pero no por que dejase de tomar armas y subir en caballo.

Pero Mejía dice que, puestas las treguas, algunos soldados sueltos del prior se revolvieron con otros del obispo, y queriendo un capitán de infantería del prior ayudar a los suyos sin él lo mandar ni quererlo, dio con su compañía sobre otra del obispo, y de tal manera se trabaron, queriendo cada una de las partes favorecer a los suyos, que el obispo hubo de volver con todo su campo, y rompiendo los unos contra los otros vinieron a darse la batalla, que fue bien porfiada, y grande el número de los muertos y heridos; y siendo los del obispo de Zamora vencidos, comenzaron a huir. Y dice más, que fuera mayor el daño si la noche no sobreviniera; que los despartió y no dejó gozar enteramente a los del prior de la vitoria, y que el obispo, con la sombra de la noche, se escapó lo mejor que pudo con los que se salvaron y pudo recoger de su campo y se fue a Ocaña; pero que sabiendo que el prior venía sobre él, y como los de la villa traían trato para se entregar al prior, el obispo se salió de ella y se acercó a Toledo, y los de Ocaña dentro de tres días se concertaron con el prior, y alcanzando perdón de lo pasado se redujeron al servicio del Emperador y lo recibieron con cruces y grande significación de humildad; y así fue el prior y su campo creciendo en reputación y poder, viniéndole cada día nuevas gentes, las cuales puso en fronteras y lugares cercanos a Toledo, aposentándose él en Ocaña por entonces, prosiguiendo así la guerra contra Toledo; y por la otra parte del Tajo hacía lo mismo don Juan de Ribera.

Notable desgracia de la villa de Mora. -Caso lastimoso.

Entre otras cosas que en esta guerra sucedieron, hubo una notable en la villa de Mora, tierra del Maestrazgo de Santiago, cerca de Ocaña, la más lastimosa y desastrada que se pudo pensar, y fue que, como los vecinos de ella, siguiendo la Comunidad, se hubiesen alzado, perseverando muchos días en su levantamiento, vista la pujanza y vitoria del prior le habían dado la obediencia y asentados sus tratos de concordia; pero como en la gente popular hay tan poca firmeza, tornaron a alborotarse y estar en lo primero.

Y aún no contentos con esto, pasando cerca de la villa un capitán del prior con cierta presa de vacas y carneros de los términos de Toledo, salieron a él trecientos hombres y se la quitaron. Por lo cual, otro día siguiente don Diego de Caravajal, que estaba en Almonacid, dos leguas de allí, salió con su gente de a caballo y se juntó con don Hernando de Robledo, capitán de infantería, al cual el prior, a instancia de Diego López de Ávalos, comendador de Mora, había entrado con quinientos soldados para les poner temor y hacerles guardar lo que habían aceptado. Y así juntos, llegados con sus escuadrones hasta las paredes de Mora (la cual los vecinos de ella tenían toda barreada), aunque les requirieron que se diesen al rey y los acogiesen en ella pacíficamente, no lo quisieron hacer, antes diciéndoles palabras afrentosas y llamándolos traidores y otras injurias, les tiraron muchas saetas y escopetazos.

Indignado de esto don Juan de Robledo y los que con él estaban, entraron el lugar por fuerza, peleando hasta la iglesia, en la cual (que era bien grande) se habían recogido todas las mujeres y niños, cerrando y fortificando las puertas. Y en la una, que dejaron abierta, bien barreada, pusieron barriles de pólvora y dos falconetes para su defensa.

Y como llegase la gente y requiriesen a los que guardaban la puerta que se diesen, ellos no lo quisieron hacer, antes dispararon un tiro y con él mataron a un caporal del don Hernando, por lo cual, indignados los soldados, sin orden ni mandamiento del capitán ni de nadie, trajeron a priesa muchos sarmientos, y derramándolos a las puertas, les pegaron fuego, pensando con él hacer entrada, quemando las puertas.

Y como el fuego llegase a la pólvora de los pipotes o barriles que de la parte de dentro estaban, fue tanto el ímpetu y fuerza con que ardieron, y la llama y fuego que de ellos se levantó, que el maderamiento de la iglesia y las puertas comenzaron luego a arder con una furia infernal. Y como la pobre gente que dentro estaba, no tuviese otra salida sino la puerta que ardía en vivas llamas, y la iglesia no tenía respiradero, sin poder ser socorridos se abrasaron y murieron casi todos los que en ella estaban, en que se afirma que se quemaron más de tres mil personas. Lo cual hizo en todo el reino grandísima lástima; y así pagaron los de Mora con más rigor que quisieran los que lo ejecutaron.

Apodérase el obispo del arzobispado de Toledo. -Don Pedro de Guzmán, primer conde de Olivares.

No se descuidaba el obispo de Zamora en este tiempo, que otro fuego le abrasaba tan vehemente como el de la guerra. Fue a Toledo solo y disimulado, dejando a su gente a dos o tres leguas de la ciudad; entrando en ella se descubrió y dio a conocer. Concurrió luego todo el pueblo a verlo, que era de muchos deseado por la opinión que dél corría, y con gran alegría y regocijo le otorgaron la administración del arzobispado que les pidió, como si fueran unos papas.

Y en cumplimiento de ello lo llevaron a la iglesia mayor y lo sentaron en la silla arzobispal. Y hecho este vano auto y solemnidad de posesión, le dieron después dineros y plata de las iglesias para socorro y paga de su gente.

Con lo cual volvió muy contento a ella, y fue después sobre el cerco de Ávila, que era tenencia de don Juan de Rivera, ya nombrado, y la combatió y hubo muertes de una y otra parte. Y así andaba procurando hacer al prior el mayor estorbo que podía, contra el cual fue poca parte por los nuevos socorros que cada día al prior venían; particularmente el que trajo don Pedro de Guzmán, hermano del duque de Medina Sidonia, mozo de diez y nueve años, valeroso.

Y en este estado habían andado y estaban las cosas de Toledo y su tierra, cuando en Castilla andaban revueltas y enconadas las pasiones, como queda dicho.

Don Juan de Mendoza, capitán del común de Valladolid, va a socorrer a Dueñas contra el condestable.

En el mismo tiempo que salió el obispo de Valladolid para el reino de Toledo, salió don Juan de Mendoza, capitán de la gente de Valladolid, con sietecientos hombres que Valladolid tenía hechos, y fue a Dueñas para los favorecer y ayudar contra el condestable, que se temían que los había de venir a cercar. Visto que no era menester, pasó a Carrión y corrió, hasta Sahagún, y llegó a Villacis, que es un lugar cercado, y con razonable fortaleza, una legua de Carrión, y con algunos tiros que llevaba lo batió y entró por fuerza de armas y diolo a saco.

Desta manera, iban creciendo los males y acabamiento del reino, que ponían harto cuidado a los gobernadores, y lástima a los celosos del bien común.

Y no cesaban de intentarse medios de paz, mas no concluían cosa. Las ciudades del reino, cuanto más padecían, tanto más se enconaban con extraña dureza y porfía, queriendo que se acabasen estas cosas por el rigor de las armas.

Y como en Valladolid estaba el asiento de las Comunidades, y los nervios de la guerra, todos los demás lugares del reino escribían a este lugar y lo ponían en las nubes, diciendo que sólo él era la coluna firme que sustentaba su santa pretensión, de donde había de salir el bien de su libertad.

La ciudad de León escribió una carta a Valladolid a 17 de marzo deste año de 1521, diciéndole en ella:

Carta de la ciudad de León a Valladolid.

«Ilustres y muy magníficos señores. Recibimos una carta de vuestras señorías con la cual esta ciudad hubo mucho placer, por la cuenta que en ella vuestras señorías nos dan de los negocios que allá pasan, así del camino que se hizo a Flandes, e notarnos de las cosas de allá, como de haberse alcanzado la instrución de los que gobiernan, de la cual somos muy maravillados, y sentimos estas cosas de la manera que deben sentir los que de tan largos tiempos han vivido en libertad, ganada por nuestra sangre y sudor. E agora sin nuestra culpa e merecimiento la habemos puesto y ofrecido a tan peligrosa opresión. A lo cual ya no queda que decir ni que hacer, sino que se aventuren en las vidas y las haciendas, y se ponga toda quietud y sosiego; pues con sola esta cara, y con la conformidad y perseverancia de los pueblos, se ha de sostener el bien de nuestra libertad hasta que Dios, doliéndose destos reinos, ponga al rey nuestro señor en conocimiento de la obligación que tiene de guardarnos las libertades e leyes que sus antecesores dejaron a los nuestros; y, por consiguiente, del daño y deservicio que los del su Consejo le hacen en procurar el quebrantamiento de los mantenimientos. Dícennos vuestras señorías que miremos esto e les digamos nuestro parecer, lo cual nos parece que se pudiera excusar habiendo en ese santo ayuntamiento tanta discreción y prudencia. Pero por cumplir el mandado de vuestras señorías, decimos, señores, que pues la experiencia ha mostrado en los dichos y hechos pasados el poco fruto que se sigue de la comunicación con los caballeros, so especie de conferir en la paz el peligro en que podían incurrir las personas de esa santa Junta que con ellos confiriesen en cualquier manera que vuestras señorías, excusen todo lo que fuere posible toda conversación y comercio entre los señores de ese santo ayuntamiento e las personas de los grandes. Porque haciendo lo contrario, es dar materia de errar a las personas, que por ventura no harían si no gustasen de la plática y ofrecimiento de los caballeros, ni fuesen inficionados de sus astucias y cavilaciones. Baste ya el gasto que tan sin provecho se hizo, y en el tiempo que se ha perdido en procurar la paz, y téngase por bien empleado, pues se ha cumplido para con Dios; nuestra opinión está muy justificada ante nuestro muy Santo Padre y príncipes de la Cristiandad. E tras esto, con la mano e ayuda de Dios y presupuesto que no le ofendemos en sostener las leyes e libertad en que nuestros mayores vivieron, ni vamos contra el servicio de nuestro rey e señor en defender lo que sus antecesores nos dejaron, e restituir a su real corona las cosas que por discurso de tiempo le fueron sustraídas e ilícitamente quitadas, comiéncese en buen punto la guerra, de la cual, si es fecha con la determinación y perseverancia que debe, e cual el caso merezca, podrá ser que suceda presto la paz, que es el fin con que se toma y emprende, como muchas veces se ha visto. Y porque de aquí adelante hay más necesidad de obras que de palabras, no diremos en ésta más sino que esta ciudad queda con el cuidado que debe para la cobranza del dinero; e en tanto lleva el receptor lo que de presente se pudo hacer, como él dirá, parécenos, señores, que después que haya informado a vuestras señorías de las cosas de su cargo, le deben mandar luego volver, porque su estada acá importa mucho. Y aunque hasta aquí hubo embarazos por cobrar y en sacar de aquí el dinero, agora hace sólo lo uno e lo otro y podría volver presto con mejor recado del que agora lleva. Y tras el dinero irán nuestras personas e las de nuestros amigos e aliados cuando vuestras señorías mandaren e les pareciere que lo debemos hacer. Nuestro Señor las ilustres e muy magníficas personas de vuestras señorías guarde e su estado acreciente. De esta ciudad de León a 17 de marzo, año de 1521 años. Yo, Garci Alonso de Balvas, escribano de Sus Altezas, e del Consejo e número de la muy noble e muy leal ciudad de León, la fice escribir por su mandado de los señores, Justicia y regimiento y diputados de la ciudad. Garci Alonso, Notario.»

Palacios de Meneses toma la voz de la Comunidad, y van contra él. -Socorre Juan de Padilla a Palacios.

Palacios de Meneses, lugar de Campos, y behetría, quiso también entrar en la danza de los comuneros, levantándose con ellos. Estaban en Rioseco don Alonso Enríquez, obispo de Osma, hermano del almirante, y el conde don Hernando. Salieron de Medina con tres mil infantes y ciento y cincuenta de a caballo, derechos a Palacios de Meneses, que está una legua de Medina de Rioseco, con intención de lo robar y saquear, en venganza de lo que se había hecho en Torrelobatón.

Supieron de esta jornada los del Común, y Juan de Padilla envió a los de Palacios hasta sesenta caballos que se metieron dentro; y los de la villa estaban bien reparados, porque como tenían los enemigos cerca, temíanse y vivían con cuidado. Estaban en ella al pie de cuatrocientos vecinos bien conformes, bien armados de ballestas y lanzones.

Y así como llegaron los de Rioseco, enviáronlos a requerir que abriesen las puertas y que los dejasen entrar. Los vecinos respondieron que perdonasen, porque no los veían venir de manera que los pudiesen con seguridad acoger. Los caballeros les dijeron que saliesen dos personas de la villa sobre seguro, para hablar con ellos, y tratar de la paz y amistad que les querían guardar. El lugar les envió un clérigo y un alguacil, que eran muy ricos; pero así como llegaron los desnudaron y los enviaron en camisa, con amenazas y mandato, _que se diesen luego; si no, que los habían de saquear y destruir. Ellos, estimando en nada sus fieros, estuvieron firmes en no admitirlos, y se pusieron en defensa esforzadamente.

Comenzáronlos a combatir con fiereza y ánimo, hallando lo mismo en la resistencia por largas cuatro horas, matando y hiriéndose de ambas partes muy sin piedad. Y como los del lugar fuesen muchos menos que los de fuera, diéronles un apretón tan recio, que ya subían la muralla a escala vista, y pusieron dos banderas encima, y otros estaban para entrar dentro; mas como los de Palacios se viesen en tal aprieto, cargaron con tanto ánimo y corazón trecientos ballesteros y muchos que con hondas arrojaban gran número de piedras, que mataron a los que tenían las banderas, y el uno cayó dentro del lugar y el otro fuera.

Y como vieron tanta resistencia los de Rioseco, hubieron de retirarse y pusieron fuego a las puertas, y las mujeres trajeron más de doscientos cántaros de vinagre, y acudieron allí los ballesteros, de suerte que se defendieron valerosamente y les mataron diez hombres y hirieron a muchos.

Con esta ganancia volvieron a Rioseco los caballeros, quedando los de Palacios muy ufanos, y luego hicieron correo a Juan de Padilla, y a don Juan de Mendoza, capitán de Valladolid, a Empudia y a Valladolid, pidiendo socorro, temiendo que habían de volver sobre ellos según iban de corridos y enojados.

Los de la Junta enviaron a mandar a don Juan de Mendoza que luego se metiese en Palacios; y esa misma noche entraron en Palacios cincuenta escopeteros de Empudia lo más secretamente que pudieron.

Y otro día el conde y el obispo de Osma, con gran poder, volvieron sobre Palacios, pensando llevarlo de esta vez, no sabiendo del socorro que les había entrado, que, aunque pequeño, fue de importancia. Diéronle un recio y duro combate, pero los de dentro, con favor de los escopeteros, se defendieron muy bien, matando muchos de sus enemigos; y así se volvieron a Rioseco con quince soldados menos que dejaban presos y muertos; y los de Palacios quedaron por valientes, habiéndose defendido de tantos enemigos, siendo ellos tan pocos y el lugar no fuerte, dos veces, sin haber perdido hombre. Quedaron bien amenazados de que la habían de pagar.

En Palacios entienden al contrario esto, y dicen que los comuneros fueron contra ellos y que ellos se defendieron sin que nadie les diese socorro, y aun me dicen que hasta hoy día hacen solemne memoria de su hazaña, entendiéndola desta manera. Yo digo lo que dijo quien lo vio.

Confusión grande del reino. -Toma el obispo de Osma a Montealegre. -Carestía de las cosas: una carga de trigo valía 800 maravedís.

De esta manera andaba la turbación y guerra en la miserable Castilla, en el reino de Toledo, en la provincia de Álava y montañas de Burgos, y en el reino de Valencia, quitándose las vidas, las honras y las haciendas unos a otros.

En Valladolid murmurando viendo en tal estado las cosas del reino, y que los que las trataban no hacían más que dilatar y dar largas en ellas, sin saber cuándo ni cómo se habían de acabar; deseaban su fin, si bien fuese venciendo los caballeros, por verse libres de tantos males. Echaban la culpa de no concluir, o con la paz o con el rompimiento de la guerra a los procuradores del reino: que por llevarse los provechos y por no dar cuenta de más de ciento y cincuenta mil ducados que habían recibido, holgaban que estas cosas no tuviesen fin. Y como Valladolid era la que más padecía y la que mayores gastos había hecho, sentíase y lloraba largamente. Y es cierto que en ambas partes, así en las comunidades como en los caballeros, había harto trabajo y mala ventura.

En Montealegre habían rompido el obispo de Osma y el conde don Hernando, muchos soldados de los de Toledo, que con sus capitanes estaban gozando de la vida viciosa. Entraron la villa por trato del alcalde que les dio lugar. Murieron de ambas partes más de treinta, llevaron presos a Rioseco casi docientos. Andaban dándose estos saltos unos a otros, con que abrasaban la tierra.

Juan de Padilla se estaba en su Torrelobatón como un Aníbal en Capua.

Un lunes 8 de abril, se levantó todo el pueblo de Valladolid enfadados de los de la Junta y de los secretos y consultas en que andaban sin concluir cosa. Y fueron en su busca con determinación de echarlos fuera de la villa o saber de ellos la causa de tanta dilación, que era intolerable el daño que cada día les hacían los de Simancas. No había tratos: andaban las cosas carísimas, que una carga de trigo valía ochocientos maravedís.

Y así fueron muchos a la iglesia mayor, donde estaban los diputados y capitanes de la villa, y a grandes voces, alterados, les pidieron que remediasen tantos males y que les dijesen la causa de la dilación de la guerra, que había cincuenta días que no trataban de ella ni sabían en qué entendían. Respondiéronles que habían sido causa de la dilación las ¡das y venidas a Tordesillas a tratar de la paz con los caballeros; que se sosegasen y fuesen a sus casas, que aquel día se les haría saber por cuadrillas toda la verdad de lo que pasaba. El pueblo dijo que mirasen bien lo que hacían y no diesen lugar a más gastos, pues que en obra de siete meses se habían gastado cien mil y quinientos ducados, sin otros muchos gastos y pérdidas de los vecinos, que eran sin cuento; pero que todo lo darían por bien empleado si con la paz o con la guerra se acabasen cosas y los dejasen ir sobre Simancas y Tordesillas, que esto era lo que más pena les daba.

Luego aquel día fueron llamadas las cuadrillas de la villa, y les mostraron ciertos capítulos que los procuradores de la Junta trajeron de Tordesillas, hechos con los gobernadores y los caballeros del reino que fueron los siguientes:

Los capítulos que se trataron entre caballeros y comuneros para concordarse, confirmándose los referidos en el libro VII, que aquí llaman de molde.

«Los capítulos en que están conformes los señores almirante y el cardenal y los procuradores del reino, son todos los capítulos de molde con ciertas moderaciones en que ambas partes vienen, las cuales por no ser de sustancia no se ponen aquí, esceto las siguientes:

»Dícese al capítulo que habla de los gobernadores por parte del señor almirante, que aquel capítulo diga que los gobernadores del reino los nombre Su Majestad a contentamiento del reino.

»Respondióse por parte de los procuradores del reino, que pase como el señor almirante lo dice, y que diga de esta manera:

»Que teniendo por presupuesto, como tienen estos reinos, que Su Majestad vendrá en el tiempo que prometió e dio su palabra, e aun antes, que Su Majestad elija gobernador o gobernadores a contentamiento y voluntad del reino. Y suplicamos a Su Majestad que así como pusiere gobernador o gobernadores a contentamiento del reino e llamados en Cortes, que los dichos gobernadores juren solenemente de guardar las leyes del reino, e guardarán el servicio de Dios e de la reina y rey nuestio señores, e el bien general del reino, y que proveerán los oficios y beneficios e no a las personas. E que gratificarán a las provisiones que hicieren, acatando los méritos e servicios que en estos reinos se hicieren a Sus Majestades. E que si cédulas e provisiones e mandamientos de Su Majestad en contrario se dieren, sean obedecidos y no cumplidos.

»Respóndese por el señor almirante por resulta postrera en este capítulo lo siguiente:

»En lo de la gobernación del reino que se suplicó a Su Majestad que nombre gobernadores a contentamiento del reino o de la mayor parte de los procuradores del reino, los cuales juren en bien ypro común del reino e las otras cosas que según derecho e leyes destos reinos son obligados e deben jurar e cumplir.

Al segundo capítulo de los gobernadores.

»Ítem, que la provisión o provisiones que Su Majestad hubiere dado en estos reinos contra la forma del primer capítulo de los gobernadores, Su Majestad declare por ninguno, e mande que ellos ni alguno de ellos pueda usar del dicho oficio de gobernadores.

»Respóndese por el almirante que suplicarán juntamente con el reino e por sí, a Su Majestad, que los quiten.

»E si no los quitare que no puedan dejar de usar la gobernación.

»Replícase por los procuradores del reino den seguridad de pleito homenaje, e cuanto públicamente el contrato que ellos ordenasen, queden en tercero las fortalezas que el reino nombrare o los procuradores en su nombre, cada uno de los señores almirante e condestable e conde de Benavente por los dichos procuradores que en nombre del reino fueren señalados.

»Responde el señor almirante por su relación postrera. Los gobernadores suplican a Su Majestad, por mayor contentamiento, que los pueblos manden quitar y ansimismo supliquen con toda instancia, que Su Majestad provea e nombre personas por gobernadores que sean para bien del reino. De lo que demás allende dicen de lo que está escrito, es que los procuradores se junten con ellos e les nombren e digan las personas que les parece que pueden ser gobernadores, contentándose con ellas los dichos señores almirante e condestable e cardenal, e escriban a Su Majestad que de aquellas personas que le escribieron podrá nombrar gobernadores, con los cuales el reino se satisfará.

»En el capítulo tercero de los gobernadores de molde, viene el señor almirante como en él está. Quieren que los gobernadores que fueren provean todo lo que vacare en el reino que tuvieren gobernación.

»En el capítulo de molde que dicen que no se saque moneda y en que haya arcas.

»Para que la moneda no se saque por alguna vía e que estas arcas las haya en la cabeza de obispado, e en cada ciudad o villa como al reino mejor le pareciere que conviene, para que la moneda no salga del reino.

»El capítulo de molde que dice que las ciudades e villas se puedan juntar de tres en tres años para saber si se guardan las leyes del reino y capítulos.

»Dice el señor almirante que se junten de cuatro en cuatro años en presencia de Su Majestad estando presente; e por su llamamiento, estando ausente, en presencia de sus gobernadores.

»Replícase por los procuradores del reino que si Su Majestad no llamare a Cortes de cuatro en cuatro años por lo susodicho, que las ciudades e villas se tengan por llamadas e se puedan juntar.

»Dícese por el señor almirante, que si no las llamaren a Cortes en cabo de los cuatro años, que se tengan por llamados e que se puedan juntar, con tanto que sea estando Su Majestad presente e en su presencia, y estando ausente en presencia de sus gobernadores.

»El capítulo que habla que se quiten presidente e oidores del Consejo, por la sospecha que dellos hay del mal consejo.

»Dice el señor almirante, que en cuanto toca al presidente o a los del Consejo, suplicarán a Su Majestad hagan residencia, e que se quiten los que se hallaren culpados e que los que quedaren no entiendan en las cosas de las ciudades e villas que estuvieren e han estado en esta opinión, pues serán tenidos por sospechosos.

»Al capítulo postrero de molde, que dice que Sus Altezas hayan por bien el ayuntamiento que las ciudades e pueblos de estos reinos han hecho, con todas las otras cosas en el capítulo contenidas, con todas las demás que se han hecho hasta agora e se ficieron hasta que Su Majestad conceda los dichos capítulos.

»Dicen los dichos procuradores que se otorgue como en él está e se añaden todas las particularidades hechas así por los procuradores como por las ciudades e villas hasta agora, con las seguridades en el dicho capítulo contenidas.

»Responde el señor almirante que no conviene hablar en la prolación de las cosas e casos acaecidos, sino que general e particularmente se haga el perdón muy en forma con fee y palabra real de no ir ni venir contra el juramento, y esto que es bastante e no ha necesidad de otro contrato, pues por la forma e palabra real será y es bastante. E asimismo que Su Majestad dé por libres y quitos a los pueblos y personas particulares de las rentas reales, cruzadas, sisas, empréstidos, repartimientos e todo lo otro hecho; e que agora ni en ningún tiempo se pedirá, ni demandará, ni procederán contra ellos. Dice que muy menos se puede e debe decir lo que el capítulo dice de la resistencia, pues lo que Su Majestad prometiere ha de ser inviolablemente jurado e dado por palabra real, y aquello de la resistencia sería palabra atrevida y desacatada, y ésta y otras palabras se pueden quitar de los capítulos, porque éstas y otras de esta calidad no sean ocasión que Su Majestad no conceda los otros capítulos, que son muy buenos y provechosos, por el desacatamiento de éste.

»Dice más el señor almirante, que si Su Majestad concediere estos capítulos, que los otros sus consortes pondrán sus vidas, personas y estados para que se guarde todo lo en ellos contenido, e las leyes del reino no se quebranten en manera alguna.

»Dice más el señor almirante, que en caso que Su Majestad no conceda los dichos capítulos, que ansimismo guardarán y harán guardar las leyes del reino, e para ello pondrán sus personas y estados, y suplicarán con toda instancia que Su Majestad conceda estos capítulos, y desto harán pleito homenaje, y suplicarán todas las veces que fuesen necesarias.

»Dice más, que en caso que no sean removidos, guardarán y harán guardar las dichas leyes del reino, los capítulos y lo que en ellos se contiene, e que si fueren removidos a suplicación del reino o de otra manera, que se guardaran las leyes como dicho es. E suplicaran lo de los capítulos juntamente con los otros que quisieren entender en el otro capítulo sexto, e cumplirlo han con juramento, en forma e pleito homenaje públicamente, e le harán contrato como está ordenado por los procuradores deste reino.

»Piden los procuradores que juren públicamente e hagan pleito homenaje e con el trato, cual se ordenare por ellos, e queden en rehenes las villas, e fortalezas, que por los dichos procuradores fueren señaladas, para que se otorgaran los dichos capítulos, e después de otorgados, que se juntarán con el reino e con los procuradores en su nombre a guardar y defender los dichos capítulos. E que los dichos capítulos los trairán confirmados dentro de treinta días, o dentro del término que con ellos se concertare.

»Dicen que los rehenes no los darán, mas que jurarán e harán pleito homenaje e contrato. como de suso está dicho, e que se juntarán con el reino a guardar e defender las leyes del reino para que se cumplan con sus estados e personas, e que lo mismo harán por los dichos capítulos otorgados por Su Majestad.

»Pidióseles que en caso que Su Majestad no los quisiere otorgar, se juntarán con el reino a guardar y defender los dichos capítulos con mano armada.

»Dicen que no, salvo si se concediesen y los quisiesen quebrar.

»Fueles preguntado, que no otorgando los dichos capítulos Su Majestad e queriéndolos quebrar e castigar con rigor, si ayudarían a Su Majestad, o en qué se determinarían. Respondió el señor almirante, que lo que hubieren de hacer en este caso, lo consultarán con el señor condestable por una cosa, e se responderá a la resolución postrera.

»Y en lo de las alcabalas que pide el capítulo de molde que se den encabezadas perpetuamente, como andaban en año de 94.

»En acuerdo y voluntad de todos, dice el señor almirante que las darán perpetuamente encabezadas, según e como se encabezaron el año de 512.

»En lo de los huéspedes que dice el capítulo de molde, que no se den posadas por ninguna vía, salvo si fuere yendo Su Majestad de camino por seis días, y que de ahí adelante las paguen.

»Pidióse por parte de los procuradores, que por cuanto en las ciudades y villas grandes era inconveniente aposentar por seis días, porque después de aposentados por seis días el huésped no querrá salir de la casa y el señor de la casa no la podrá alquilar como quisiese, y sobre ello habría diferencias, que en las dichas ciudades e villas donde Su Majestad fuese de camino, las posadas se pagasen desde el primero día que entrase en ellas.

»Concedióse, así, por el señor almirante, que no se den los dichos huéspedes, e que las posadas se paguen desde el primero día.

»En lo de Medina del Campo, pidióse por los procuradores que se diesen orden como satisfaciesen los daños en ella fechos por la quema que hizo Antonio de Fonseca.

»Dice el señor almirante, que se juntarán con el reino para suplicar a Su Majestad que provea de cruzada o por otra vía que mejor sea, para que los dichos males e daños se satisfagan.»

Pide la Junta que se rompa la guerra y acaben de una vez.

Vistos los capítulos por toda Valladolid, dijeron que no venían ni consentían en ellos, que lo que los caballeros les prometían no era firme, seguro ni bastante, porque no tenían poder del rey tan especial como era menester para esto; lo otro, que ellos no querían dar rehenes ni entregar fortalezas para la seguridad de las Comunidades. Y que pues la paz que les ofrecían no era buena, ni segura, que no la querían, sino guerra; pues que sin ella no hallaban remedio, ni seguridad de sus personas y vidas.

Así que, viendo los procuradores y capitanes la voluntad determinada de todo el pueblo, que era que se diese la batalla a los caballeros, y vivir con libertad o morir de una vez, y como ya los más deseasen aquesto, pensando ser lo más acertado, hubiéronlo por bien, y mandaron apercebir toda la gente de Valladolid y la artillería de campaña para cuando fuese tiempo de marchar; y así hicieron por todos los otros pueblos, y los más de los procuradores se partieron asus ciudades para las apercebir y traer la gente; porque desta vez querían acabar, pues todo lo demás había sido dilaciones y engaño, para los entretener hasta deshacerlos, y los caballeros hacerse más fuertes.

Viene Juan de Padilla a Valladolid, y la gente que esperaba juntar. -Llega el condestable a Rioseco. -La gente que enviaron los lugares de la Comunidad. -En Valladolid, en recelo del fin, retiran las haciendas. -Lastimoso estado de Valladolid -Poder de los caballeros.

Una noche de éstas vino Juan de Padilla secretamente a Valladolid por mandado de los de la Junta, y después que con él se consultó lo que para la guerra convenía, volvió luego a Torrelobatón para poner en cobro la artillería que allí estaba, porque sabían que los caballeros de Tordesillas querían ir a tomarla.

Sacó de Valladolid Juan de Padilla dos mil hombres bien armados y doscientas lanzas, y dos pasavolantes. Llevaba intento de quemar y destruir a Torrelobatón, como después lo hizo; lo otro para salir al encuentro al condestable, antes que se juntase con los demás, y darle batalla. Porque con la gente que llevaba, y con dos mil soldados que tenía en Torrelobatón, y con los demás que esperaba de Salamanca, Toro y Zamora, que venían ya, que eran seis mil infantes y doscientas lanzas, y con dos mil y quinientos de Palencia, y mil y quinientos de Dueñas, y cuatrocientos de Palacios, sin los de los lugares de las behetrías y merindades de la comarca, eran por todos catorce mil. Con esta determinación se ponían en orden, que era lo que a ellos mejor estaba; pero detuviéronse en salir los de Valladolid, y los otros lugares tampoco acudieron con tiempo, que no hay freno que baste a bien gobernar una comunidad.

El condestable tomó, como dije, a Becerril, y pasó por Campos allanándolo todo, y se metió en Rioseco con cuatro mil infantes y seiscientas lanzas, y tres o cuatro tiros, etc.. De suerte que la poca diligencia de los capitanes comuneros dio el fin dichoso y que convenía a negocio tan reñido y peligroso.

Poníanse todos en orden cuanto podían: los caballeros por su parte, las ciudades y lugares que tenían voto en Corte y otros allegados, enviaron su gente. Palencia envió seiscientos hombres y dos tiros de campaña; Dueñas, cuatrocientos. y dos tiros; Baltanas de Cerrato, docientos; la gente de Segovia, y Ávila y León no llegó; Salamanca tenía la gente que he dicho. Toda esta gente era sin experiencia de guerra, bisoños, mal dotrinados, y aun en los mismos capitanes había tantos pundonores, que cada uno se quería hacer dueño y cabeza y no sujetarse a otro; al fin, era canalla tan mal entendida cuanto mal aconsejada.

Como en Valladolid vieron las voluntades puestas en el punto crudo, dudando del fin, los mercaderes recogieron las haciendas en los monasterios, cerráronse las tiendas, no se trataba sino de las armas y proveerse cada uno de ellas. Los pobres y oficiales perecían de hambre y daban voces por las calles pidiendo a Dios misericordia y descanso de tantos trabajos, si bien fuese perdiendo las vidas. Temían el poder de los caballeros, que eran de los mayores del reino, y estaban ya muy bien puestos, que tenían dos mil lanzas y siete mil infantes, gente muy escogida y bien armada y sujeta, con excelentes capitanes, y el conde de Haro, que con suma diligencia y valor hacía el oficio de general.

Resolución de los caballeros en dar la batalla. -La gente que Juan de Padilla tenía, y cómo ya se vio perdido por su mal gobierno. -Pónense en orden los caballeros. -Salen de Tordesillas a 21 de abril. -Número de gente que tenía el campo de los caballeros.

Salió el condestable de Rioseco, camino de Tordesillas, para juntarse con los caballeros que allí estaban. A 19 de abril llegó al lugar de Peñaflor, que es junto a Torrelobatón, donde dije que el conde de Haro su hijo se aposentó la noche que vino sobre Tordesillas. Sabida su venida en Tordesillas, se alegraron mucho todos los que allí estaban.

Juan de Padilla estaba en Torrelobatón, ya de camino para Toro. Tenía ocho mil infantes y quinientas lanzas y la artillería de Medina del Campo, y esperaba nuevos socorros de las ciudades, los cuales, por la mala orden que en ellas había, se habían tardado.

Y con la llegada del condestable no se pudieron juntar con él los mil hombres de Palencia y Dueñas, de manera que vio claro el mal consejo, que él y los capitanes tomaron en detenerse allí dos meses.

El condestable y almirante, y los demás grandes que con ellos estaban, concertaron de se juntar en Peñaflor, y que con la reina, y en guarda de la villa, quedasen el cardenal de Tortosa y don Bernardo de Sandoval, marqués de Denia, que la tenía a su cargo con su compañía de hombres de armas, y Diego de Rojas, señor de Santiago de la Puebla con la suya, y otras tantas compañías de infantería, que bastaban con el buen reparo que la villa tenía, en lo cual se había puesto diligencia los cuatro meses que allí habían estado. A la gente que estaba en Portillo mandaron luego venir; y que el conde de Oñate con la gente que tenía, que era una buena copia de caballos, quedase en Simancas para embarazar a Valladolid, que no pudiese dar más socorro a Juan de Padilla.

Dado este orden, y apercebida por el conde de Haro, capitán general, la noche antes, toda la gente, partieron de Tordesillas domingo de mañana, en 21 de abril; y aquel mismo día llegaron a Peñaflor con grande alegría de los que estaban y de los que venían. Y los unos y los otros se alojaron y repararon allí aquella noche. Y otro día lunes, en amaneciendo, por no perder tiempo los gobernadores y capitán general salieron al campo con toda su gente, y haciendo muestra de ella se hallaron más de seis mil infantes y dos mil y cuatrocientos caballos, dondeestaba la nobleza de los grandes, títulos y caballeros de Castilla. Los mil y quinientos eran hombres de armas; los demás, caballos ligeros y algunos jinetes.

No se hizo este día más que tomar la muestra de la gente y enviar algunos caballos ligeros a reconocer la disposición que había en Torrelobatón, para echarse sobre ella. Porque el parecer de todos era que Juan de Padilla fuese cercado, apretándole de manera que no pudiese salir de allí sin batalla, cuya vitoria tenían por cierta por la ventaja conocida que le hacían en el número y bondad de la gente; y con este propósito se tornaron a sus aposentos.

Sale Juan de Padilla de Torrelobatón, y es desbaratado y preso en la batalla que dieron los caballeros. -Lo que dijo un clérigo a Juan de Padilla de su perdición. -Lo que respondió Juan de Padilla. -A cometen los caballeros a Juan de Padilla.

Entendida por Juan de Padilla y los capitanes comuneros la ventaja que el campo de los caballeros les hacía, no se atreviendo a pelear y temiendo ser cercados, cayeron tarde en la cuenta y descuido que habían tenido deteniéndose tanto en Torrelobatón. Tomaron por más sano consejo salir de allí luego lo más a priesa y secreto que pudiesen y no parar hasta entrarse en Toro, donde podían estar seguros con la gente y favor de la ciudad, y esperar los socorros que de Zamora, León y Salamanca y otras partes, era fama les venían, o pasarse de allí a Salamanca si les pareciese.

Y es así que si ellos hubieran hecho antes esto, pues tuvieron tanto lugar, o entonces salieran con ello, la suerte fuera dudosa, y el fin que se deseaba, con dificultad y peligro, así por lo dicho como por lo que sucedió de la venida del rey de Francia o su campo sobre Navarra. Mas cególos su pecado y guiólo Dios según razón y justicia, favoreciendo la causa del Emperador.

Estando, pues, Juan de Padilla ya puesto y determinado en la jornada, ordenada de la manera que digo, un clérigo estando comiendo a la mesa públicamente le dijo: «Yo he hallado un juicio que en tal día como hoy los caballeros han de ser vencedores y las Comunidades vencidas y abatidas; por eso no salga hoy vuestra señoría de Torre.»

Era esto un martes estando almorzando Juan de Padilla para se partir.

Respondió Juan de Padilla: «Andá, no miréis en vuestros agüeros y juicios vanos salvo a Dios, a quien yo tengo ofrecida la vida y cuerpo por el bien común de estos reinos; e porque ya no es tiempo de ir atrás, yo determino de morir, e nuestro Señor haga de mí aquello que más fuere a su servicio.»

Pues este día, martes aciago, que se contaron 23 de abril, día de San Jorge, antes que amaneciese, con el mayor silencio que pudo comenzó a marchar Juan de Padilla con toda su gente muy en orden camino de Toro, yendo en la vanguardia la artillería y la infantería en dos escuadrones, y en la retaguardia iba Juan de Padilla con la caballería.

Los gobernadores y capitán general fueron luego avisados del camino que llevaba Juan de Padilla, y saliéronle a él por tres partes.

Si bien el efeto de la rota de Juan de Padilla y su gente, fue uno y éste que con grandísima facilidad fue desbaratado, preso y degollado, la manera de cómo se hizo la cuentan diferentemente Pedro Mejía, por relación que tuvo estando en Sevilla, y otro (que no nos dijo su nombre) que, como he dicho, lo vio y escribió con gran particularidad; y parece que desapasionadamente, dice que como la gente de los caballeros era ejercitada en las armas, el día señalado de San Jorge saliéronle al camino por tres partes: de Medina de Rioseco le acometieron en la retaguardia, que llama por la rezaga; por la parte de Tordesillas dieron en la vanguardia; de Simancas, por los costados. Hasta cerca de Villalar los comuneros marcharon con orden; en los caballeros hubo diversos pareceres sobre darles la batalla, que los más eran en que bastaba hacerlos huir y perder crédito; que era cordura no arriscar negocio tan importante a la ventura de una batalla. Que la infantería de los comuneras era mucha y parecía bien, y la que el condestable había traído era poca y cansada, y quedaba rezagada. Pero el marqués de Astorga y el conde de Alba y don Diego de Toledo, prior de San Juan, insistieron en que se rompiese. Así los fueron apretando, y como eran tantos los caballos, y encubertados, y la gente de Padilla mal regida y de poco ánimo, y los capitanes no muy diestros, y el lodo a la rodilla, que a los tristes peones no dejaba bien caminar, viéndose acometidos por tantas partes y con tanto denuedo, comenzó a desmayar la gente común.

Pero los capitanes animábanlos cuanto podían, y así comenzaron los caballeros a echar corredores de a caballo que escaramuzasen con ellos, que les hacían cuanto mal podían, cayendo algunos de ambas partes.

De esta manera siguieron su camino hacia Villalar, y los caballeros tras ellos procurando de los cansar, y como estuviesen ya cerca los unos de los otros, los caballeros comenzaron a disparar la artillería y daban en ellos a montón, de manera que de cada tiro caían siete o ocho.

Luego comenzó a desmayar la gente común, y por ir adelante a meterse en el lugar caían unos sobre otros, sin que los capitanes los pudiesen poner en orden.

Y sobrevínoles una agua grande que les daba de cara, y la infantería no podía dar paso atrás ni adelante, empantanados de los muchos Iodos; ni se aprovecharon de la artillería por el mal tiempo, y porque los artilleros no fueron fieles; y el artillero mayor, que se llamaba Saldaña, natural de Toledo, que sabía poco de este oficio, huyó lo que pudo, y dejó la artillería metida en unos barbechos; aunque se dijo que don Pedro Maldonado hizo que la artillería se embarazase, para no poder jugar de ella, por el trato que tuvo con el conde de Benavente, su tío, conociendo ya su pecado.

Finalmente, los caballeros se apoderaron de ella, y algunos hombres de armas de los de Padilla se pasaron a ellos. Y los soldados rompían las cruces coloradas que traían y se las ponían blancas, que era la señal de los leales. De esta manera, en breve tiempo fueron desbaratados y vencidos.

Mostróse Juan de Padilla peleindo como valiente, viendo su juego perdido; el cual, con cinco escuderos suyos se metió entre la gente del conde de Benavente, y como todos pusiesen los ojos en él, por ser el general de aquella gente y ir más lucido, salióle al encuentro don Pedro Bazán, señor de Valduerna, natural de Valladolid. Juan de Padilla iba de hombre de armas y llevaba la lanza barreada, y llegando a encontrarse dio Juan de Padilla un golpe a don Pedro Bazán, aunque no de encuentro; y como iba a la jineta y era gordo y pesado, fácilmente dio con él del caballo abajo.

Pasó adelante Juan de Padilla, diciendo a voces: «¡Santiago, libertad!» (que éste era su apellido, y el de los caballeros «Santa María y Carlos») y quebró la lanza hiriendo en sus contrarios.

Topóse con él don Alonso de la Cueva y diole una herida en la pierna, diciéndole que se rindiese. Juan de Padilla lo hizo, y por su mal le dio una espada de armas y la manopla.

Estando ya rendido llegó don Juan de Ulloa, un caballero de Toro, y preguntando quién era aquel caballero, dijéronle que Juan de Padilla. Entonces le dio una cuchillada por la vista, que la tenía alzada. Hirióle en las narices, aunque poco, lo cual pareció a todos muy feo.

Así quedó preso Juan de Padilla, apeado de su caballo.

Prendieron también a Juan Bravo, capitán de Segovia, que se quiso señalar, y a Francisco Maldonado, capitán de Salamanca, desamparándolo los suyos, huyendo más, el que más podía. Y los caballeros mataban como en gente rendida, escapando los que tenían caballos a uña de ellos. Oíanse gritos y voces de los que morían, y heridos que por el suelo estaban. Fue tan mortal y doloroso este suceso para las Comunidades, que sin disparar una bala de la artillería de Juan de Padilla, y sin perder un hombre los caballeros, murieron de los comuneros más de ciento, y fueron heridos otros cuatrocientos, y presos más de mil. De manera que todos fuerondesbaratados de tal suerte, que duró el alcance dos leguas y mediá, yno cesaron en todo aquel día, de herir, matar y prender, quedando muchos tendidos en el campo quejándose de sus heridas; otros, por sus armas y riaballos y mala ventura que les había venido.

Pedían confesión algunos y no se la daban, ni aún había, quien de ellos se doliese; que era una gran compasión de verlas padecer así, siendo todos cristianos, amigos y parientes.

La cual ruta se tuvo a milagro y dicha del Emperador, porque llevando los comuneros tanta infantería y tan buena artillería que bastaban para una gran jornada, no fueron hombres, ni aún dispararon tiro. Pero vale la conciencia segura por mil, y Dios quiso mostrar sus juicios secretos, que son como abismos, humillando la soberbia de las Comunidades y castigando sus desatinos, que estaban tan altivos y enconados, que no se podía vivir ni tratar con ellos.

Los caballeros cogieron el campo en que había muy gran despojo, llevándolos a todos por igual, y a vivos y muertos dejaron en carnes.

Lastimábase Juan de Padilla diciendo que si cuando él cogió a Lobatón prosiguiera la vitoria, no viniera al estado miserable en que se veía. Y es así que como se detuvo dos meses allí, los caballeros, que con gentil astucia los entretenían, pudieron llegar su gente y hacerse superiores; y luego se sintieron ciertos de la vitoria. La cual quiso Dios darles para que cesasen las desventuras y robos que en el reino había.

La noche de la vitoria llevaron a Juan de Padilla con los demás presos al castillo de Villalba, que estaba allí cerca, y era de Juan de Ulloa, el que bajamente le hirió. Decían las Comunidades, luego que se supo la rota y prisión de Juan de Padilla antes de ser degollado, que había sido masa y traición suya el perder la batalla, y a este tono otras cosas, hasta que con su muerte. acabaron de entender la voluntad con que había seguido su opinión.

[Últimos instantes de Juan de Padilla.]

Otro día de mañana, los gobernadores mandaron a don Pedro de la Cueva, comendador mayor que después fue del Alcántara, que fuese a la fortaleza de Villalba y trajese los prisioneros a Villalba, que eran Juan de Padilla, don Pedro Maldonado, Francisco Maldonado y Juan Bravo.

Al tiempo que los traían, Juan de Padilla preguntó a don Pedro de la Cueva que a qué fortaleza los mandaban llevar presos. Don Pedro le dijo que ellos iban a Villalba; que no sabía dónde después los mandarían llevar.

De Villalba los llevaron a Villalar y los pusieron en una casa a buen recaudo.

Sabida su venida, acordaron los gobernadores de mandar degollar a Juan de Padilla, y a Juan Bravo, y a don Pedro Maldonado, y que Francisco Maldonado fuese preso a la fortaleza de Tordesillas, y que le llevase un Balmaseda, teniente de la compañía de Diego Hurtado de Mendoza, que después fue marqués de Cañete. Topó a esta sazón Ortiz (el que aquí tantas veces he nombrado), andando paseándose por el campo, con otros caballeros, con Francisco Maldonado cuando así le llevaban preso, y viole tan maltratado y desnudo (que tal le habían puesto los soldados), que por ser su conocido y de lástima llegó a hablarle dándole el pésame de su trabajo y ofreciéndosele en lo que le pudiese servir. Pidióle que le diese cualque ropa para se vestir y algunos dineros, y que enviase un criado al dotor de la Reina, su suegro, que vivía en Salamanca, a le hacer saber lo que pasaba, porque viniese a poner algún remedio en su negocio.

Estando para hacer esto Ortiz, llegó el general de los dominicos y le dijo que los gobernadores mandaban volver a Francisco Maldonado para le degollar, porque el conde de Benavente había hablado con ellos pidiéndoles con eficacia que no degollasen a don Pedro Maldonado en su presencia, porque era su sobrino y lo ternía por afrenta.

Y porque se había divulgado que habían de degollar al don Pedro, y ya no se hacía, habían acordado de degollar en su lugar a Francisco Maldonado.

Con este acuerdo los gobernadores enviaron a llamar al licenciado Zárate, alcalde de la chancillería de Valladolid, y mandáronle hacer justicia de Juan de Padilla y de Juan Bravo y Francisco Maldonado.

El alcalde fue luego a la casa donde estaban presos y díjoles que se confesasen, porque los gobernadores los mandaban degollar. Juan de Padilla rogó al alcalde le mandase buscar un confesor que fuese letrado y le trajese un escribano para hacer su testamento, y algunos testigos. El alcalde le dijo que bien veía el lugar donde estaban y el poco recaudo que se hallaría en él de confesor que fuese letrado, que se buscaría y que si se hallase que se le trairían; que el escribano no era menester; que no había de qué testar, porque sus bienes se confiscaban para la cámara de Su Majestad.

En la justicia que se hizo de este caballero no se hizo proceso ni auto alguno judicial de los que suelen hacer en cosas de otros crímines, por la evidencia del hecho y calidad del delito.

Vino, pues, un clérigo a los confesar; y estando Juan de Padilla diciendo sus pecados, acertaron a hallar un fraile francisco con el cual se confesó, y después Juan Bravo. Y acabados de confesar los sacaron en sendas mulas, y el pregón decía: «Ésta es la justicia que manda hacer Su Majestad y su condestable, y los gobernadores en su nombre, a estos caballeros: mándanlos degollar por traidores, y alborotadores de pueblos y usurpadores de la corona real, etc.».

Iban con ellos para autorizar la ejecución de la justicia, el dicho alcalde Zárate, y el licenciado Cornejo, alcalde de Corte.

Como Juan Bravo oyó decir en el pregón que los degollaban por traidores, volvióse al pregonero verdugo, y díjole: «Mientes tú, y aún quien te lo manda decir; traidores no, mas celosos del bien público sí, y defensores de la libertad del reino.»

El alcalde Cornejo dijo a Juan Bravo que callase; y Juan Bravo respondió no sé qué, y el alcalde le dio con la vara en los pechos, diciéndole que mirase el paso en que estaba y no curase de aquellas vanidades.

Y entonces Juan de Padilla le dijo: «Señor Juan Bravo, ayer era día de pelear como caballero, y hoy de morir como cristiano.»

De esta manera fueron prosiguiendo sus pregones hasta la plaza, donde junto a la picota los apearon para los degollar. Hicieron primero justicia de Juan Bravo, y mandándole que se tendiese para degollarle, respondió que le tomasen ellos por fuerza y lo hiciesen, que él no había de tomar la muerte por su voluntad. Luego asieron de él y le tendieron sobre un repostero, y allí le degollaron; y el verdugo no quiso hacer más. El alcalde Cornejo le mandó cortar la cabeza enteramente, diciendo que a los traidores así se había de hacer y se habían de poner en la picota, como se hizo.

Llegando a degollar a Juan de Padilla, estaban junto a él algunos caballeros; entre ellos era uno don Enrique de Sandoval y Rojas, hijo mayor del marqués de Denia. Juan de Padilla se quitó unas reliquias que traía al cuello y dioselas a don Enrique, y díjole que las trajese el tiempo que durase la guerra, y le suplicaba que después las enviase a doña María Pacheco su mujer. Hecho esto, yéndose a poner para ser degollado, vio que estaba allí junto, el cuerpo muerto de Juan Bravo, y díjole: «¿Ahí estáis vos, buen caballero?» Luego le cortaron la cabeza en la manera que a Juan Bravo, y ambas las pusieron en sendos clavos en aquella picota. Y de allí a poco trajeron a Francisco de Maldonado, y de la misma manera le cortaron la cabeza, y la pusieron en un clavo; y así se acabó la justicia, y fenecieron los cuidados de los tres caballeros.

Un caballero de los leales escribió el día antes de la batalla a otro del bando de la Comunidad diciéndole cómo este negocio había venido al rompimiento y estado que veía, que ya no había sino apretar bien los puños, porque el que cayese debajo había de quedar por traidor.

Como fuera sin duda, porque según vemos, todas las acciones o hechos de esta vida, se regulan más por los fines y sucesos que tienen que por otra causa. Si a Cortés le sucediera mal en Méjico cuando prendió a Motezuma, dijéramos que había sido loco y temerario. Tuvo dichoso fin su valerosa impresa, y celébranle las gentes por animoso y prudente.

[Condición de Juan de Padilla.]

Verdaderamente que en todo lo que he leído de Juan de Padilla hallo que fue un gran caballero, valeroso y de verdad. Dio en este desatino, y aún dicen que andaba ya arrepentido, y que quisiera volver al camino derecho; mas esta negra reputación destruye a los buenos.

Y dicen (si bien con pasión) que yendo a su casa muy melancólico y afligido, dijo a su mujer estando él en su caballo y ella a la ventana: «¿Qué os parece, señora, en lo que me habéis puesto?» Y ella le respondió: «Tened ánimo, que de un pobre escudero os tengo hecho medio rey de Castilla.»

Muchas cosas se dicen en el vulgo cuando hay un desorden como éste, sin ningún género de verdad. A mí me parece que si así fuera, en la carta que la escribió el día que le degollaron se quejara de ella; mas antes la escribe con mucho amor y ternura, y con más dolor de la pena que ella había de recibir que de la muerte que le daban. A ella escribió una carta, y otra a la ciudad de Toledo, en que les decía:

Carta de Juan de Padilla para su mujer.

«Señora: si vuestra pena no me lastimara más que mi muerte, yo me tuviera enteramente por bienaventurado.Que siendo a todos tan cierta, señalado bien hace Dios al que la da tal, aunque sea de muchos plañida, y de él recibida en algún servicio.Quisiera tener más espacio del que tengo para escribiros algunas cosas para vuestro consuelo: ni a mí me lo dan ni yo querría más dilación en recibir la corona que espero. Vos, señora, como cuerda, llorá vuestra desdicha, y no mi muerte, que siendo ella tan justa, de nadie debe ser llorada. Mi ánima, pues ya otra cosa no tengo, dejo en vuestras manos. Vos, señora, lo haced con ella como con la cosa que más os quiso. A Pero López, mi señor, no escribo, porque no oso, que aunque fui su hijo en osar perder la vida, no fui su heredero en la ventura. No quiero más dilatar, por no dar pena al verdugo que me espera, y por no dar sospecha que por alargar la vida alargo la carta. Mi criado Sosa, como testigo de vista e de lo secreto de mi voluntad, os dirá lo demás que aquí falta, y así quedo, dejando esta pena, esperando el cuchillo de vuestro dolor y de mi descanso.»

Carta de Juan de Padilla a la ciudad de Toledo.

«A ti, corona de España y luz de todo el mundo, desde los altos godos muy libertada. A ti que por derramamientos de sangres extranas como de las tuyas, cobraste libertad para ti e para tus vecinas ciudades. Tu legítimo hijo Juan de Padilla, te hago saber cómo con la sangre de mi cuerpo se refrescan tus vitorias antepasadas. Si mi ventura no me dejó poner mis hechos entre tus nombradas hazañas, la culpa fue en mi mala dicha, y no en mi buena voluntad. La cual como a madre te requiero me recibas, pues Dios no me dio más que perder por ti de lo que aventuré. Más me pesa de tu sentimiento que de mi vida. Pero mira que son veces de la fortuna, que jamás tienen sosiego. Sólo voy con un consuelo muy alegre, que yo, el menor de los tuyos, morí por ti; e que tú has criado a tus pechos, a quien podría tomar emienda de mi agravio. Muchas lenguas habrá que mi muerte contarán, que aun yo no la sé, aunque la tengo bien cerca; mi fin te dará testimonio de mi deseo. Mi ánima te encomiendo, como patrona de la cristiandad; del cuerpo no hago nada, pues ya no es mío, ni puedo más escribir, porque al punto que ésta acabo, tengo a la garganta el cuchillo, con más pasión de tu enojo, que temor de mi pena.»

[Ríndese Valladolid.]

Habida la vitoria en Villalar, y deshecho el campo de la Comunidad, luego se despacharon correos al Emperador dándole cuenta de esta buena fortuna.

Y el conde de Haro, como capitán general, escribió al Emperador con particular relación.

Y el Emperador, estando en Bruselas a 8 de julio, le responde diciendo que si bien por cartas de otros sabía lo que a 24 de abril le escribía del desbarato y castigo de aquellos traidores (así los llama), holgó de saberlo por la suya, y le agradecía mucho todo lo que había hecho y hacía en las cosas que se habían ofrecido a su servicio, y la voluntad y celo con que en todo se empleaba. Que venido en estos reinos se lo gratificaría, como lo merecían sus servicios; y que entiende que con esto se habrá todo remediado, y le encarga mire mucho en ello y lo procure. Particularmente le encarga mire en lo que toca a la guerra de Navarra, que tanto importaba, y que lo que le decía de los grandes y caballeros que le habían servido lo tenía muy conocido; en estos reinos los gratificaría como sus servicios y calidad de sus personas lo merecían.

Desbaratados, pues, los de las Comunidades con la facilidad que vimos, y justiciados los tres principales capitanes, los de la Junta, que estaban en Valladolid, huyeron, y se deshizo como el humo en el aire. Luego, dentro de tres días, que fue a 26 de abril, vinieron todos los caballeros con su ejército a Simancas y se aposentaron en lugares alrededor de Valladolid, con intención de ponerle la mano como a enemigo tan descubierto y duro. Como la gente de guerra era mucha, tuvieron con qué cercar a Valladolid, tomándole los lugares de su comarca y todos los caminos, sin dejar que en él entrase bastimento ninguno. Los más valientes del pueblo desmayaron; otros, que no habían sentido bien de los levantamientos pasados, viendo a los gobernadores vitoriosos y poderosos, se declararon. Ni en el lugar tenían capitán ni cabeza que seguir. Con esto les pareció que era acortar envites, allanarse y darse con buenas condiciones, que el almirante, si bien ofendido y enojado con razón, doliéndose del lugar, les quiso muy de gana conceder.

La villa envió con mucha humildad y reconocimiento de sus culpas algunos religiosos y personas de respeto, pidiendo misericordia. Al principio hizo el almirante del recio y enojado, diciendo que había de hacer un castigo ejemplar así en los principales culpados como en el Común.

La gente de guerra, que esperaba un saco famoso, teniendo pensamientos, como decían, de medir el terciopelo con las picas, dábanse a perros porque no se hacía señal para combatir y entrar el pueblo. Sabido dentro, cada cual guardaba su hacienda en parte más segura que podía.

Quiso Dios y la buena condición de los gobernadores, que se hicieron las paces, y concluyó el perdón sábado 27 de abril, y se pregonó por las plazas y calles con gran estruendo y música de atabales, trompetas y chirimías, y se dio seguro a todos los vecinos y haciendas, excetando doce, los que el almirante nombrase, para hacer de ellos justicia, sin les hablar en capítulos ni en cosas que los de Valladolid habían pedido, sino que lo dejasen a los gobernadores en sus manos, que ellos lo harían con ellos como quienes eran, pues que todos tenían rey y señor a quien habían de obedecer y servir, y tal rey que no quería la venganza ni destruición de los vasallos, sino benignamente perdonarlos, y castigarlos con misericordia.

El perdón que los gobernadores hicieron a Valladolid fue:

Perdón que se dio a Valladolid.

«Consejo, justicia, e regidores, caballeros, escuderos, oficiales y hombres buenos de la villa de Valladolid. Por cuanto a mí es fecha relación por los procuradores y otras personasvecinos de esa villa, de la buenavoluntad que tenéis a nuestro servicio, e por usar con esa dicha villa e con los vecinos, moradores y personas particulares de ella de clemencia e piedad, es nuestra merced e voluntad de remitir y perdonar, como por la presente remitimos e perdonamos, a esa dicha villa e vecinos y moradores e personas particulares de ella, todos e cualesquier delitos, culpas e cargos en que hayan incurrido por las cosas pasadas e acaecidas en estos reinos por los escándalos y movimientos que en ellos se han levantado y han sucedido después de mi partida. E les remito cualesquier confiscación de bienes e perdimientos de oficios. Hecho en Simancas, a 26 días del mes de abril de 1521 años. Lo cual se entienda excetando, como por la presente exceto doce, de los dichos vecinos de esa dicha villa para hacer de sus personas e bienes lo que fuere justicia y mi merced y voluntad fuere. -El Condestable. -El Almirante. Por mandado de Sus Majestades los gobernadores, en su nombre, Pedro de Zoazola.»

[Entrada triunfal de los caballeros en Valladolid.]

En Valladolid, a 27 de abril, los,gobernadores la mandaron pregonar públicamente con trompetas, atabales e añafiles, e se pregonó con mucha autoridad en tres plazas de la villa.

Pregonando así el perdón, la villa, que tan recia había estado, lo tuvo por bien; y aún le pareció que no había alcanzado poco, pues se veían libres del saco que tan cerca estuvo de dárseles. El conde de Benavente y el obispo de Osma, don Alonso Enríquez, hicieron mucho porque esta villa no se perdiese; y el condestable y todos los grandes holgaron de ello, y estimaron haber allanado a Valladolid, por parecerles que deste lugar colgaba la pacificación de todo el reino.

Y el mismo día 27 de abril entraron todos los caballeros en Valladolid con grande majestad, en orden de guerra, con sus escuadrones concertados, toda la caballería armada, cubierta de ricos paños de color. Los primeros que entraron fueron el conde de Benavente y el conde de Haro, capitán general; el conde de Castro, el conde de Oñate, con sus bandas de caballos, sobrecubiertas las armas de grana bordada de oro encadenadas. Luego entraron el almirante y el adelantado, su hermano, y el conde de Osorno, de librea verde, con la caballería de sus gentes armadas y vestidos de la misma librea. En pos de ellos venían los capitanes generales, maestres de campo del ejército, con las banderas tendidas y los caballeros vestidos de brocado. Luego el obispo de Osma, los del Consejo real, alcaldes y alguaciles; y, finalmente, el condestable y el conde de Alba de Lista, el conde de Salinas, el conde de Aguilar, el marqués de Astorga, con toda su gente, lucidamente ataviados, y otros muchos caballeros y gente de a pie, a punto de guerra, y con muy gentil orden, que tuvo bien que ver Valladolid, si bien es verdad que hubo en la gente dél tanto coraje que hombre ni mujer no se asomó a ventana, ni se abrió, que fue cosa harto notada, que no quisieron ver los que cuatro días antes eran sus mortales enemigos; que tales son las comedias o tragedias desta vida.

¡Cuántas veces rogaron estos caballeros a Valladolid con la paz! ¡Qué de partidos les hicieron! ¡Qué veces los despreció! ¡Qué baldones les dio, soberbia y locamente! Y al fin, paró en esto; y agora la tienen marchita y cabizbaja, recibiendo y regalando en sus casas a los que tanto mal deseaban.

Y esto debe Valladolid a la nobleza de Castilla, que siempre halló en ella (por más desvíos que tuvo) los brazos abiertos para hacerla el bien y merced que este día recibió, y el que por medio de estos señores han hecho siempre los reyes, donde tantas demasías se hicieron.

El castigo más riguroso que en Valladolid se hizo fue que los gobernadores mandaron justiciar a un alcalde de la mala Junta y a un alguacil, ahorcándoles justísimamente; otros huyeron sin que nadie los siguiese, como suelen hacer los malhechores.

Toledo insiste en su dureza. -Porfía doña María Pacheco en Toledo. -Matan los de Toledo un capitán que quiso prender a doña María. -El prior de San Juan aprieta hasta allanar a Toledo.

Sabido por el reino el rompimiento de la batalla de Villalar, y la justicia que allí se había hecho de los rebeldes, y cómo Valladolid se había allanado, y la merced que los gobernadores la habían hecho, luego bajaron las cabezas que estaban más levantadas. Dueñas recibió con grandes fiestas a su conde, que le habían echado fuera; Palencia abrió las puertas al condestable; Medina del Campo hizo lo mismo, aunque la Mota se detuvo algún tiempo, defendiéndose con muchas armas y bastimentos que dentro metieron; y al fin se vinieron a dar, huyendo los que se sentían más cargados. Pero el condestable y almirante eran tales, que en ninguna parte procedieron con rigor, y hallábanse todos tan bien con el presente estado, que ya les parecía haber salido de una opresión y intolerable cautiverio.

Sólo Toledo porfiaba en su tesón y rebeldía. Mataron a voz de Comunidad a dos hermanos vizcaínos llamados los Aguirres, por sospechas vanas que de ellos tuvieron, habiendo sido ambos capitanes de Juan de Padilla, no obstante que el prior de San Juan apretaba la guerra estando en fronteras contra aquella ciudad.

Los vecinos y Común de ella salieron un día en gran número, con ciertos tiros de artillería, y fueron sobre un castillo llamado Almonacid, y lo combatieron dos días, defendiéndolo muy bien el alcalde que lo tenía. Sabido por el prior, que en la villa de Yepes estaba, mandó apriesa recoger la gente que tenía en guarniciones, para ir a pelear con ellos, creyendo que lo esperaban. Entendido por los de Toledo, se alzaron de sobre el castillo y tornaron a Toledo con temor de ser desbaratados; pero pasados después algunos días, estando don Alonso de Caravajal, hermano de don Diego, aposentado en Mascareque, cuatro leguas de Toledo, con algunos jinetes, salieron de la ciudad seiscientos peones y cincuenta de a caballo, y rodeando por caminos que no pudiesen ser vistos delas centinelas contrarias, dieron sobre el lugar al amanecer y prendieron a don Alonso, y a los suyos los llevaron a Toledo sin poder ser socorridos; de esta manera hicieron otros acontecimientos, si bien el prior les hacía cuantos daños podía.

Los gobernadores sentían mucho esto, y el no poder pasar contra Toledo hasta acabar de allanar todo lo de Castilla la Vieja. Y lo que daba cuidado era que ya se descubría la guerra que el rey de Francia movía por Navarra, que los ponía en harto aprieto.

Sabían que doña María Pacheco, mujer de Juan de Padilla, con toda la parentela que tenían en Toledo, se sustentaban y porfiaban en esta opinión, y así determinaron de enviar a Toledo para sacarla de allí en la mejor manera que pudiesen, porque creían que, lanzada fuera, la ciudad se allanaría luego. Para esto enviaron un capitán con poca gente, disfrazado; que él se ofreció ir a Toledo y sacarla por fuerza o grado.

Entró en Toledo y fuese derecho al alcázar, donde doña María estaba, para hablar con ella. Pero como la ciudad supo su venida, y a lo que venía, dieron alarma, y con mucha gente a punto de guerra fueron derechos al alcázar, donde hallaron al capitán hablando con doña María. Echáronle mano, y dieron con él de las ventanas abajo, haciéndole pedazos; y matando a cuchilladas a los que iban con él, de manera que quedó la ciudad más alborotada que de antes.

Venido el mes de setiembre de este año, acabados de echar los franceses de Navarra (como se dirá), tuvieron gana los gobernadores de pasar al reino de Toledo, para acabar de sojuzgar esta ciudad; más estorbóselo la nueva del poderoso campo que decían que tenía el rey de Francia en Bayona. Y como el prior de San Juan tenía comenzada esta empresa, deseando salir con ella, juntó toda la gente que estaba en guarniciones, y púsose sobre la ciudad, en la parte de la Sisla, que es un monasterio de frailes jerónimos, al mediodía, el río Tajo en medio; y en la parte de San Lázaro, que es al oriente de la ciudad, por donde no es cercada del río, se puso don Juan de Rivera, teniendo su gente en guarniciones, en algunos lugares cercanos.

Tenía el prior ochocientas lanzas, con que corrían todo la tierra, y cada día trababan escaramuzas con los de la ciudad, y rebatos en que morían muchos de ambas partes. Hallóse en este pendencia don Pedro de Guzmán, hijo, como dije, del duque de Medina; y como era mozo valiente y brioso, queriendo mostrarse, metióse en los enemigos más de lo que debiera, porque le prendieron los de Toledo cerca del castillo de San Servan, tan herido y maltratado que los de Toledo le llevaron tendido sobre una tabla; que no podía ir ya de otra manera.

Estaba en los alcázares doña María Pacheco, y desde las ventanas miró atentamente la pelea, y conoció a don Pedro, y lo estimó por haberle visto pelear tan valientemente. Lleváronselo, como digo, al alcázar, y ella le salió a recibir, por ser don Pedro quien era y por la afición que le cobró viéndole usar tan bien las armas. Tratólo con cortesía y amor, loando lo que por sus ojos le había visto hacer, y díjole que para ser hazaña digna de nombre y memoria, sólo le faltaba no haberla hecho sino en servicio del rey y favor de la ciudad de Toledo; que siempre la Comunidad tuvo esta voz, que lo que hacía era por servir a su rey.

No consintió doña María que ninguno de los de don Pedro quedase con él, ni otro le viniese a visitar, ni que escribiese al campo del prior: pero hízole curar y regalóle con gran cuidado y cumplimiento. Después le tentó y rogó que se pasare a su bando, ofreciéndole que le harían general de toda la gente de Toledo. Pero entendiendo que perdía tiempo, y que don Pedro no podía hacer un hecho tan feo, se concertó de trocarle por otros presos, pues tenía el prior, naturales de la ciudad de Toledo, lo cual se hizo así.

Y para que se efetuase dieron los de Toledo libertad a don Pedro por ocho días, haciendo pleito homenaje de que si no enviase los presos volvería a la prisión; y entre las excepciones que renunció en el juramento fue no poder alegar que los de Toledo eran traidores, y que como a tales no tenía obligación de cumplirles la palabra y juramento. Lo cual se cumplió así.

La ciudad estaba muy bien proveída, porque habían metido provisión para mucho tiempo, y quebrantaron todas las moliendas de diez leguas alrededor, porque los del prior no tuviesen donde moler. Tornaron toda la plata y oro de la iglesia mayor, y de ella hicieron moneda, con la cual estaban muy ricos y briosos, diciendo que no tenían a nadie ni querían concierto sin que primero les diesen perdón general para todo el reino de España; y les entregasen a don Pedro Lasso de la Vega, que decían había sido la principal causa destos desconciertos, y el que los había metido en ellos.

El marqués de Villena procura allanar a Toledo. -Ríndese Toledo. -Porfía de doña María Pacheco. -Miserable fin de doña María de Pacheco y de la casa de Juan de Padilla. -Cómo fue preso don Antonio de Acuña.

Entró el marqués de Villena en Toledo con consentimiento de la ciudad, Y comenzólos a poner en camino; y con esto escribió a los gobernadores que acudiesen a lo de Navarra, que él se encargaba de dejali. muy llano a Toledo y en servicio del rey. Con esto los gobernadores salieron de un cuidado de harto enfado y pena, y se pusieron en ir a resistir al francés, como adelante se dirá.

Hernando de Ávalos y algunos de los de dentro quisieran que se hiciera el perdón por mano del marqués de Villena. Llamáronlo, y vino con el conde de Oropesa y gente de a caballo y pie, pero no aprovechó, y el bando contrario se alborotó tanto que el marqués se hubo de salir después de haber gastado algunos días en procurar la paz.

Y el mismo efeto hizo don Diego de Cárdenas, adelantado de Granada, duque de Maqueda, el cual, con este propósito y plática, vino a Toledo con harta gente, y fue echado de ella a voz del pueblo. Tanta era la rotura del común de aquella ciudad.

Sustentaba este bando doña María Pacheco de Mendoza, con tanto coraje como si fuera un capitán cursado en las armas, que por esto la llamaron la mujer valerosa. Dicen que tomó las cruces por banderas, y para mover a compasión traía a su hijo en una mula, y con una loba o capuz de luto, por las calles de la ciudad, y pintado en un pendón a su marido Juan de Padilla, degollado. Muchas cosas dijeron de ella, podrá ser que le levantasen algunas. Dijeron que pensó ser reina, porque unas hechiceras moriscas se lo habían dicho en Granada. Que prendía clérigos, mataba hombres y quería ser muy obedecida; mas cosa tan violenta no pudo durar. Así, se fue deshaciendo su bando, prevaleciendo contra ella don Esteban Gabriel Merino. cardenal que después fue de San Vidal, y arzobispo de Varri y obispo de Sangueta, que fue gran varón, mostrando ser y prudencia en graves negocios. Este perlado, gobernando el obispado de Jaén, y el deán y cabildo de Toledo, con el mariscal Payo de Rivera y otros caballeros de Toledo, peleando contra doña María y los suyos, día de San Blas, año 1522, la vencieron y echaron de la ciudad, y ella se escapó huyendo para Portugal.

Salió de la ciudad sobre un asno, en traje de labradora, con unos ansares en las manos por no ser conocida, que de otra manera también la degollaran como a su marido. Y así acabó desterrada, y abatida y en perpetua desventura, y por su mal consejo se perdió su marido y casa, siendo de las ilustres del reino.

La ciudad se allanó y gozó del perdón general que se hizo, y otros buenos partidos que por la guerra de Navarra se le concedieron, y que don Juan de Rivera ni sus deudos no entrasen en la ciudad hasta que el rey viniese en España; y recibieron al arzobispo de Varri ya dicho, y al dotor Zumel por su justicia.

Derribaron las casas de Juan de Padilla hasta los cimientos, aráronlas y sembráronlas de sal, por que la tierra o suelo donde había nacido el capitán de tantos males que se habían concertado y fraguado no produjese aun yerbas silvestres. Pusieron en ella un padrón, con un letrero que contaba su vida y fin desdichado.

El castillo de Fermosel persevera en las armas, defendiéndole algunos comuneros. -Cómo fue preso don Antonio de Acuña.

Estaba ya el reino casi del todo llano, terniendo el castigo, más que con ánimo de llevar adelante sus libertades. La fortaleza de Fermosel, que es tenencia del obispo de Zamora, estaba en armas por unos caballeros de los Porras, de Zamora, y otros comuneros huidos. Los gobernadores enviaron sobre ella al conde de Alba de Lista, con gente para que la tomasen, y requirieron al alcalde que se diese al rey. El cual respondió que él tenía la fortaleza en nombre del obispo de Zamora y por el rey; que viniendo el rey y trayendo al obispo consigo, que el duque de Nájara tenía preso, que él la daría, y no de otra manera. El conde la cercó luego y la apretó con combates, aunque de poco efeto, por ser muy fuerte.

El duque de Nájara envió a suplicar a los gobernadores que mandasen alzar el cerco de Fermosel, porque eran bienes de su hijo, que el obispo se los había donado y dado en trueque y cambio. Los gobernadores mandaron que se diesen tre,auas a los de la fortaleza por veinte días, hasta enviar al rey.

La prisión del obispo don Antonio de Acuña fue de esta manera. Como él se vio deshecho, y que no podía parar en España, determinó pasar en Francia, cargado de grandes riquezas que había robado. Estando ya en la raya de Navarra, al mismo tiempo en que los franceses la entraron, en un lugar que se dice Villamediana, una legua de Logroño, si bien iba disimulado, fue conocido, y lo prendió un alférez que se decía Perote. Llevólo a Navarrete, lugar dos leguas de Nájara, y lo entregó al duque don Antonio, que lo tuvo hasta que el Emperador lo mandó poner en la fortaleza de Simancas, donde acabó como diré.

Procura Valladolid confirmarse en la gracia e su rey por medio del almirante.

La villa de Valladolid, bien arrepentida de lo pasado, deseaba alcanzar cumplida la gracia de su rey y de los gobernadores. Parecíale que no hallaba en ellos la entrada y buena acogida que quisiera y sus conciencias culpadas y temerosas deseaban; y para asegurarlas escribieron una carta al almirante poniéndole delante las obligaciones que tenía de hacerles merced, como de sus pasados las habían recibido, y el almirante les respondió.

Carta del almirante para Valladolid.

Magníficos señores: La causa porque me he alegrado con vuestra carta es por veros con gana de entender lo que os cumple, que es la cosa del mundo que yo más deseaba. Y pues tenéis memoria de algunas cosas buenas que habéis recibido de mi casa, tenella heis para creer que yo os digo verdad cuando yo os aconsejaré lo que os toca, pues ningún respeto sino el vuestro me mueve. Que siento vuestros males como si fuesen míos, y podéis creer que, pues no os los ayudaba a pasar, que no pensaba que había de salir de ellos mejor fruto. Que en ninguna cosa holgaría tanto de gastar la hacienda y la vida como en enderezar el bien de esa villa (si como vecino me quisiéredes en ella). Mas yo confío en Dios que de aquí adelante no me desecharéis, pues yo he de ser procurador de todos. Y aunque recibía los daños de quien pensaba que había de defender mi casa, más me dolían los vuestros que los proprios. Y ansí hacían los generales, los cuales me trajeron, aunque él no me creyó. Creed que, como decís, yo era, y mis pasados, señores, buen amigo y vecino. Y lo que ellos hicieron haré yo siempre por vosotros, si queréis creerme y estar en lo que os conviene conformes, que es camino de enriquecer y cobrar lo que tan perdido tiene esa villa. Yo he escrito al rey que tanto le deseáis servir, y que tan engañados fuistes en lo pasado, y con servicios se ha de satisfacer, y que esto yo salgo por fiador. Y así creo que fío a personas de bien, que no me echarán las costas. Mas porque Su Majestad lo vea vos encargo vuestro sosiego, por donde conoceréis que, para ser creídos, ha de ser haciendo bien a vuestras mismas personas, e teniendo tanta igualdad que cada uno sea señor de lo suyo. Y los oficiales tornen a lo que solían, y los mercaderes a sus tratos. Y olvidéis todas aquellas cosas que os hacían errar. Que haciéndolo desta manera, dejadme a mí el cargo de vuestras cosas, que yo lo tendré, y os tendré siempre por tan amigos como os tuvieron mis pasados. Y pues ellos de vosotros recibieron buenas obras, y vosotros de ellos, lo seamos de aquí adelante entre vosotros e mí. E si alguna yerba naciere mala, vos la arrancad, por que no dañe la buena. E porque procuradores buenos no faltan al reino, os digo que aquí en esta ciudad entendemos en todo lo general del reino, para enviar a suplicar al rey que lo conceda. Y que nos deje tan sanos que jamás haya causa para adolecer. Y pues tanto ha que predico esta fe que con el reino tengo, creedme que era para sostenerla. Y agora que se pide, como a príncipe se debe pedir, e con acatamiento, lo que se diere será firme para los presentes e por venir. Que yo hube placer en vencer los enemigos del reino: fue por no ir ellos por el camino que convenía al reino. Porque muertes, robos, quemas, derrocamientos de casas, no es libertad, sino sujeción y destruición e perpetua guerra de juro, desconfianza, que es pestilencia innarrable. Así, señores, yo os pido que comencéis a gustar el reposo, la quietud y el descanso, el tratan vendiendo e comprando y lugo hallaréis en ello la libertad. Que ese es libre que no es apremiado. ¿Qué mayor premio queréis, que la que habéis tenido hasta agora, no teniendo seguridad ninguna ni en casa ni fuera de ella? Sobre la chancillería he hecho posta al rey. Y agora hago otra, porque de las cosas que a esa villa tocan, en mí nunca hay ni habrá ningún descuido. Y esto tened por firme, y siempre me avisad de lo que os cumpla. Porque donde yo estoy, como he dicho, sólo es menester que me digan lo que he de hacer, y lo demás lo haré yo de muy buena voluntad. Guarde Nuestro Señor vuestras magníficas personas.

De Segovia a 13 de mayo de 1521 años.»

Y por concluir con esta materia tan enfadosa diré agora aquí el perdón general que el Emperador hizo, usando de su acostumbrada clemencia, luego que volvió en España y entró en Castilla.

Que por haberse justiciado algunos de los comuneros, como aquí diré, y no saberse lo que en esta junta que el Emperador tuvo luego que volvió en España, en Palencia, estaba Castilla llena de temores. Quiso Su Majestad sacarla de ellos y a 28 de otubre, año de 1522, en la plaza mayor de Valladolid, en un rico cadalso cubierto de paños de oro y seda, se puso el Emperador vestido de ropas largas, a lo antiguo, con los grandes y los del Consejo. Salió el fiscal real ricamente vestido, sobrecubierta una cota de las armas reales, y uno de los escribanos de cámara, que fue Antón Gallo, hizo larga relación de los levantamientos que había habido en Castilla, y luego leyó la carta de perdón, diciendo:

«Que por cuanto en estos reinos y en otras partes han sido y son notorios los grandes movimientos y alteraciones que en ellos ha habido y tuvo en ausencia del rey, siendo como era informado que muchas ciudades, villas, y lugares, y consejos, y personas particulares, ansí eclesiásticos como seglares, a voz de Comunidad, persuadidos por falsas causas, y inducidos por algunas personas de dañada intención, dándoles a entender que Nos habíamos mandado echar e imponer nuevos, grandes y exorbitantes tributos e imposiciones sobre sus vasallos, y publicándolo ansí por escrito y por palabra, por todos estos sus reinos, haciéndola imprimir de molde, por mejor los atraer a su malvada opinión, nunca habiendo pasado tal cosa por su pensamiento. Y con este calor conmovieron y levantaron a los dichos pueblos y comunidades de ellos a que se pusiesen en armas contra la persona real y contra sus justicias; y hicieron luego juntas particulares en cada uno de los dichos pueblos levantados. Y otra Junta general de todos ellos, nombrándose procuradores de Cortes de todo el reino, y dándose así favor y ayuda unos a otros, tomaron las varas de su justicia a los corregidores, y a los otros oficiales que por su mandado las tenían y usaban, y pusieron otros de su mano, y combatieron sus fortalezas y echaron fuera de ellas a sus alcaldes y se apoderaron en ellas, y de las armas y pertrechos que en las dichas fortalezas y en otras partes había para la guarda y defensión de estos reinos y señoríos, y juntaron mucha gente de a pie y de a caballo, para se hacer fuertes contra su servicio. Y por lo poner mejor en obra, prendieron a algunos del Consejo y a los alcaldes y alguaciles de su corte, y a otros oficiales de ella y la casa real, y se apoderaron del palacio real de la villa de Tordesillas, donde la reina estaba con la ilustrísima infanta doña Catalina, y echaron de su servicio y acompañamiento al marqués y marquesa de Denia, y pusieron otras personas de su mano, y detuvieron al reverendísimo cardenal de Tortosa, su gobernador destos reinos, que no saliese de la villa de Valladolid; y hicieron en la villa de Tordesillas su Junta general con los procuradores de los dichos pueblos levantados, y usurparon la justicia y preeminencia y autoridad real, librando cartas ansí de justicia como de haciendas, selladas con su sello real, de que asimismo se apoderaron, y oían y libraban pleitos y negocios como si fueran del Consejo real, y firmaban de sus nombres las dichas cartas y provisiones. Y por virtud de ellas, con fuerza y con mano armada tomaron muy grandes sumas de maravedís, ansí de las rentas y patrimonio real como de la santa Cruzada, aplicados para hacer guerra contra infieles, y echaron muchas sisas, y repartimientos, y empréstitos en los dichos pueblos y moradores de ellos. Y permanecieron en el dicho levantamiento y rebelión muchos días, en los cuales las dichas Comunidades, y personas particulares de ellas, hicieron grandes robos y sacos, quemas y derribamientos de casas, y muertes de hombres, fuerzas y violenciasen las iglesias y monasterios y otras partes, haciendo muchos daños, y especialmente contra las personas que eran en su servicio y no querían seguir su rebelión y opinión dañada. Y como quiera que el rey, ausente destos dichos reinos como dicho es, fue avisado de los dichos movimientos y alteraciones, les escribió luego que cesasen de ellos y no hiciesen más la dicha Junta.

»Y por les mostrar su intención más clara que nunca había sido ni será de les echar los dichos tributos y imposiciones, sino de los relevar cuanto a él fuese posible, les envió sus cartas patentes, y por ellas les hizo gracia y remisión del servicio que en las Cortes de La Coruña le fue otorgado, y mandó guardar a los pueblos los encabezamientos de sus rentas, sin embargo de la puja que en ellos fue hecha. No consintieron ni dieron lugar que las dichas sus cartas reales, ni otras muchas que escribió, durante el dicho tiempo, en beneficio y remedio de estos reinos, fuesen por ellos publicadas ni viniesen a noticia de las personas que ellos tenían ansí inducidas y engañadas con las dichas falsas persuasiones; antes prendían sus mensajeros y correos y de sus gobernadores, y juntaron ejército con la dicha gente de a pie y de a caballo, apoderándose de su artillería, haciéndose fuertes en la dicha villa de Tordesillas, defendiéndose contra él y contra sus gobernadores hasta que la tomaron por combate y fuerza de armas; tornándose después a juntar los dichos procuradores y rebeldes de la dicha Junta en la dicha villa de Valladolid. De do tornaron a salir con mucha gente de a pie y de a caballo, artillería, e combatieron algunas villas, fortalezas y otros lugares, ansí de su corona real como de los grandes y caballeros que seguían su servicio. Y ansí lo continuaron hasta que los sus gobernadores y caballeros y otros que en persona para ello vinieron y con las gentes de ellos y de otros que seguían su servicio se juntaron poderosamente y fueron a dar la batalla a los de la dicha Junta, y se la dieron cerca del lugar de Villalar, donde fueron presos y muertos, y desbaratados por los de su ejército, en lo cual todo cometieron crimen lesae Majestatis y otros excesos, crímines y delitos que por ser notorios no mandaba declarar ni especificar en esta su carta, los cuales fueron dignos de gran punición y castigo. Y como quier que atenta la multitud y enormidad de ellos, y como fueron cometidos contra él y contra las personas reales, y en tanto daño y escándalo y perjuicio de todos sus reinos, y por ello pudiera justamente y conforme derecho y razón proceder contra todas las personas que fueron culpantes en ello a pena de muerte y perdimiento de bienes, y declarar a las ciudades y villas que fueron culpantes en lo susodicho a perdimiento del derecho e preeminencia de tener voz y voto en Cortes y de los otros privilegios, franquezas y mercedes que tenían. Pero considerando la antigua lealtad que tenían estos sus reinos de Castilla, y las grandes y famosas hazañas de los naturales de ella y acatando como otras muchas ciudades, villas, y lugares y provincias y grandes perlados y caballeros escuderos y otras personas así eclesiásticas como seglares de estos sus reinos, no fueron en los dichos levantamientos y rebelión, antes permanecieron en su servicio siempre y se juntaron para ello con sus gobernadores, estuvieron con ellos y en otras partes donde fue necesario y convino para reducir los dichos pueblos levantados. Y habiendo respeto que los tales pueblos, conociendo sus yerros, vinieron después a su obediencia, y por le servir enviaron mucha gente de guerra, ansí para recobrar él su reino de Navarra, que el rey de Francia en tiempo de las dichas alteraciones le había tomado, como para resistir la entrada que tentó de hacer en la su leal provincia de Guipúzcoa. Y sabiendo como sabía de cierto que los dichos pueblos fueron, como dicho es, atraídos por algunas personas particulares, que fueron los principales culpados en lo susodicho, contra los cuales había mandado proceder y se procede por justicia. Y porque todos los otros sus súbditos y naturales, agora y de aquí adelante vivan en toda quietud, paz y seguridad, y le amen con perfeto amor como él los amaba, y tengan mayor obligación para le servir, acatando que la clemencia y piedad es cosa conveniente y propria a los príncipes, que tienen las veces de Dios en la tierra, y acordándose de los inmensos beneficios y mercedes que de su piadosa mano había recibido, y cada día recibía y esperaba, que presto le hará adelante, por ende de su proprio motu y cierta ciencia y deliberada voluntad, y poderío real absoluto de que en esta parte querían usar y usaban como reyes y señores naturales, no reconocientes superior en lo temporal, perdonaban y remitían desde agora para siempre jamás a todas las dichas ciudades, villas y lugares, consejos y universidades, ansí de lo realengo como de lo señorío y abadengo y órdenes, y a las personas particulares de ellos, de cada uno de ellos, de cualquier estado y preeminencia o dignidad, condición o calidad que sean, ansí eclesiásticas como religiosas y seglares, de todos sus reinos y señoríos de Castilla, y estantes en ellos, que fueron en hacer y cometer los dichos crímines lesae Majestatis y todos los otros excesos, levantamientos, sediciones, confederaciones, ligas, monipodios y conjuraciones contra Nos e contra nuestra corona real, y todos los otros delitos, fuerzas, robos, tomas de fortalezas, combate de ellas, derribamiento de casas, quema de ellas, de villas y lugares, iglesias y monasterios, y de las cruces y cálices, ornamentos y otras cosas sagradas, y muertes de hombres (aunque fuesen sus oficiales), de la usurpación de su jurisdición y preeminencia real y prisión de los de su consejo, y del detenimiento del dicho reverendísimo cardenal su gobernador y de la ocupación de su palacio real, donde la reina estaba con la infanta su muy cara y amada hija y hermana. Y de las tomas de sus rentas y mercedes de cruzadas, sisas, empréstitos y repartimientos y otras cualesquier tomas de bienes que se hicieron a cualesquier personas y consejos, iglesias y monasterios, y a otras personas privilegiadas. Y de todos los otros casos y excesos, crímines y delitos, ansí los que de suso van nombrados y declarados, como otros cualesquier semejantes o diferentes de ellos, mayores y menores, o iguales, de cualquier especie, calidad, natura o condición que sean, hechos y cometidos por las dichas Comunidades y personas particulares de ellas, a voz y nombre de las dichas juntas, Comunidades y personas particulares de ellas, aunque fuesen o hayan sido los que por su graveza y enormidad fuese necesario, para ser perdonados, de exprimirse en esta su carta de perdón particularmente. Ca su intención y deliberada voluntad es de los perdonar todos del caso mayor al menor, cuantos fueron hechos y cometidos y perpetrados en la manera que dicha es, desde principio del año que pasó de 1520 hasta el día de la data de esta carta. Y quería y mandaba que agora ni de aquí adelante, por causa y razón de lo susodicho ni de cosa alguna de ello, no se proceda a su pedimiento, ni de su procurador fiscal, ni de oficio, ni a pedimiento de parte, ni de otra manera alguna, contra ellos ni contra sus personas ni bienes criminalmente. Y que los remitía toda su justicia, para que por razón de los dichos delitos, ni de alguno de ellos no puedan ser presos ni acusados, ni sus bienes tomados ni embargados, ni se pueda hacer ni haga proceso, ni dar sentencia alguna. Y si algunos procesos estuvieren hechos y comenzados, y no sentenciados por la parte, los daba por ningunos en cuanto toca a lo criminal, y los casaba y anulaba, como si nunca se hubieran hecho ni pasado. Y quitaba de ellos y de sus hijos y descendientes toda mácula e infamia que por ello hayan incurrido. Que los reponía y tornaba en el estado en que estaban antes que cometiesen los dichos crímenes, excesos y delitos, para que en juicio y fuera de él no se les pueda ser dicho, ni alegado, ni puesto. Y mandaba que si algunos bienes por causa de los dichos delitos hasta agora les han sido tomados, secrestados, sean luego tornados y restituidos libremente a las personas que habían de gozar de este perdón. Pero no era su intención y voluntad de remitir ni perdonar, ni por esta su carta de perdón remitía y perdonaba los daños y tomas de bienes y mercedes, y otras cosas que en sí y en sus súbditos fueron hechas por los dichos pueblos levantados y rebelados, por las personas que para ello les favorecieron y ayudaron, porque estos tales daños y bienes quería que se pudiesen pedir y demandar civilmente, sin otra pena alguna.»

Hácese justicia de algunos comuneros. -Cargos que hicieron a los justiciados.

Tal era la forma del perdón general que el Emperador hizo, según dicho es. En el cual exceptó y sacó, para que no gozasen de él, hasta sesenta o ochenta personas; que por ser la mayor parte gente muy ordinaria, y otros ya castigados, y algunos frailes que hicieron mucho daño, no los nombro aquí en particular.

Pero siendo forzoso el castigo, por la reputación del mismo Emperador y de la justicia, mandó traer de Simancas a don Pedro Pimentel de Talavera, que fue preso en la batalla de Villalar, y lo degollaron en la plaza pública de Palencia.

Estaban presos en la Mota de Medina del Campo los procuradores de Guadalajara y de Segovia y otros. Y fue el alcalde Leguizama y a siete de ellos púsolos en la cárcel pública de la villa; de la cual los sacó sobre unos asnos, con sogas a la garganta, viernes a 14 de 4gosto, año de 1522, y fueron públicamente en la plaza de Medina degollados.

También fue justiciado en Vitoria un facinoroso pellejero de Salamanca, y otros dos o tres tales como él.

Los cargos más graves que a los caballeros les hicieron, fueron el atrevimiento de apoderarse de la reina en Tordesillas, y quitar de su servicio a los marqueses de Denia, y cartearse algunos con el rey de Francia.

Castigo del obispo de Zamora.

Fue preso el obispo de Zamora don Antonio de Acuña, como ya dije. Pusiéronle en Simancas en la fortaleza, donde estuvo muchos días. Mató al alcalde que le guardaba, dicen que con un ladrillo que traía en una bolsa del breviario disimuladamente; estando con él en buena conversación al brasero le quebrantó los cascos, y al ruido acudió el hijo del alcalde y topó, con el obispo que se salía de la cárcel dejando a su padre muerto. Y el mozo tuvo tanta paciencia, que no hizo más que volver a encerrar al obispo, que se tuvo y celebró por gran cosa y cordura de este mozo.

Sabido esto por el Emperador, mandó ir allá al alcalde Ronquillo, el cual con la sobrada justicia que había, y con la poca afición que el alcalde tenía al obispo, en virtud de un breve que el Emperador tenía del Papa para conocer de los excesos de este obispo y otros frailes y clérigos, dado a 27 de marzo, año de 1523, el alcalde le dio garrote en la misma fortaleza; y aún dicen que le colgó de una almena, para que todos, lee viesen.

Todo lo cual se hizo sin saberlo el Emperador, y pesándole mucho de ello, año de 1526, aunque había causas y facultad para poderlo hacer.

Fin que tuvo el conde de Salvatierra.

El fin que tuvo don Pedro de Ayala, conde de Salvatierra, se puede tomar por ejemplo de las varias fortunas de esta vida. Fue preso, trajéronlo a Burgos, pusiéronlo en las casas del conde de Salinas, donde murió desangrado, año de 1524, estando el Emperador en la misma ciudad. Sacáronlo a enterrar, los pies descubiertos fuera de las andas o ataúd, y con grillos, que lo viesen todos. Tan pobre y desamparado se vio en la prisión el desdichado conde, que no comía más de una triste olla que le llevaba León Picardo, criado y pintor del condestable.

Su hijo don Atanasio de Ayala, paje del Emperador, con la piedad que debe el hijo al padre, vendió un caballo, que tenía para darle de comer. Quísole castigar el mayordomo mayor, diciéndolo al Emperador; y el Emperador preguntándole por el caballo, le respondió don Atanasio: «Señor, vendílo para dar de comer a mi padre.» Parecióle tan bien al Emperador, que le mandó dar cuarenta mil maravedís después que su padre fue condenado.

La muerte del conde en la cárcel dicen que fue sangrándole de una vena hasta que expiró a medianoche. Éste era aquel bravo caballero que, como él dijo, de rodilla en rodilla venía de los godos; y acabó, como vemos, derribado con la gran máquina de sus vanos pensamientos, el que venía de la sangre de los godos.

Embajadores que acudían a la corte del Emperador.

Quiso el Emperador mostrar el gusto con que quedaba de haber hecho tantas mercedes a los que tanto le habían ofendido, y mandó que dos días después de haber concedido el perdón se hiciesen en Valladolid solemnes fiestas, jugando cañas, corriendo toros y un torneo y justa real.

Y el mismo Emperador, armado de todas armas, y disimulado por no ser conocido, entró en la plaza, y corrió y quebró lanzas con los que en la justa más se habían señalado; y fue con tanto esfuerzo, destreza y gala, que todos pusieron los ojos en él y lo conocieron, con tanto gusto que les causó admiración.

Y con la fama, de que ya el mundo estaba lleno, acudían de todas partes muchos príncipes y embajadores para seguir la corte. Vino por el rey de Inglaterra milardo Layn, con un dotor teólogo. Por el rey de Portugal, don Luis de Silva, dando en nombre de su rey el parabién de la venida, corona del Imperio y pacificación de los levantamientos de España; y pidió que mandase que los castellanos no pasasen a las Malucas; y el Emperador lo remitió a que hombres peritos lo juzgasen.

Caso notable de la clemencia. -Clemencia grande del Emperador.

Debe ponerse aquí para perpetua memoria: que sé que en los siglos pasados, griegos y romanos la celebraran. Fueron hasta docientas personas de toda suerte las que en el perdón general se exceptaron, pues de todas ellas no se castigaron dos, y casi todos alcanzaron perdón; y de los nobles, volvieron a la honra y estimación que antes tenían; y el Emperador les hizo mercedes, y mostró tanto amor a ellos y a sus hijos, como si nunca le hubieran ofendido.

Quien hubiere leído la historia de las alteraciones sobredichas, hallará que Hernando de Ávalos, caballero de Toledo, fue uno de los más culpados en estos movimientos y de los primeros causadores y que más perseveraron en ellos. Fue por esto uno de los exceptados. Andaba escondido y ausente del reino, por lo cual, con razón, el Emperador había de estar más enojado con él. Y siendo esto así, se atrevió una vez a venir muy encubierto a la corte, para procurar su perdón; y estando de esta manera en ella, súpolo un criado -y aun dicen que del Consejo del Emperador-, y pensando que le hacía gran servicio, se lo fue a decir, y dónde estaba y lo podían prender.

Y el Emperador oyó esto sin hacer caso de ello. Y pasados dos o tres días pareciéndole al que había dado el aviso que o el Emperador no lo había bien entendido o se había olvidado, volvió a decir lo que había dicho; y el Emperador, con una manera de enfado, le respondió: «Mejor hubiérades hecho en avisar a Hernando de Ávalos que se fuese, que no a mí que lo mandase prender.»

Quedó confuso y avergonzado el malsín que daba el aviso (como suelen los que usan deste oficio, cuando su malicia no halla entrada).

Dicen más, para que se vea la clemencia del César; que dándole cuenta de los pocos que habían sido justiciados, dijo: «Basta ya; no se derrame más sangre.» Palabra, por cierto, digna de tan gran príncipe.

Valencia pide perdón. -Da el Emperador libertad al duque de Calabria. -Cásale con la reina Germana.

Súpose luego por toda España el perdón que el Emperador había hecho; y fue tanto el gozo, cuanto el amor que de su príncipe concibieron. Y en los corazones de todos se derramó, conociendo con tal experiencia el rey que tenían de tanto valor y clemencia; y así fue siempre creciendo la paz y quietud en todo el reino.

Como supieron en Valencia el perdón de Castilla, enviaron luego sus procuradores, pidiendo y suplicando lo mismo al Emperador. Pedían en particular que les quitase de allí al virrey don Diego de Mendoza, a quien por extremo aborrecían; y le cargaban la culpa de las alteraciones pasadas, por muchas tiranías y opresiones que decían que había hecho. Y porque estos procuradores no venían en nombre ni con poder de todo el reino, no se les concedió por entonces lo que suplicaban.

Y a 12 de noviembre del año de 22 vinieron otros cuatro con poderes bastantes de todo el reino, para que llanamente, sin reparar en nada, pusiesen en manos del Emperador sus honras, vida y haciendas, para que hiciese de todo su voluntad, usando de su clemencia y pidiendo solamente que sacase de allí a don Diego de Mendoza, que no le podían tragar; y que se removiesen algunos oficiales y diesen los cargos a otros. El Emperador lo quitó a don Diego, y puso por gobernadora a la reina Germana, y hizo capitán general de todo vi reino a su marido el marqués Juan de Brandeburg, el cual murió dentro de aquel año (tan desdichada fue esta señora en sus casamientos).

Y acatando el Emperador la fidelidad y sangre real de don Hernando de Aragón, duque de Calabria, que estando detenido en el castillo de Játiva cuando las alteraciones de Castilla le ofrecían libertad y hacerle capitán general, y casarle con la reina doña Juana, y él prudentemente no lo admitió, ni quiso dar oídos, y dio por respuesta que sin licencia del Emperador no saldría de la prisión. Vino, pues, el duque a Valladolid, llamado del Emperador, le hizo mucho favor y le casó con la hermana, y les dio el gobierno de reina de Valencia.

Libro décimo

Coronación del Emperador: primera corona en Aquisgrán a 23 de otubre, día de San Severino. -Manda el Emperador que a 21 de otubre se junten los príncipes del Imperio en Aquisgrán.

Salgo como el que navega mareado, combatido de las olas y tormenta de las disensiones y más que civiles guerras que hubo entre las gentes de mi nación, al puerto felicísimo y bonanza de los sucesos dichosos y corona imperial en Aquisgrán del glorioso Carlos V, cuando los gobernadores de Castilla aparejaban las armas contra el ejército francés, que entró en Navarra.

Después de haber el Emperador enviado a Lope Hurtado de Mendoza a Castilla, con las provisiones de los virreyes y gobernadores suyos, para el condestable y almirante, con el cardenal, que ya lo era, como está dicho, él se dio la mayor priesa que pudo para efetuar su coronación, y lo demás que convenía hacer en aquellas partes, por desocuparse de cosas, y dar más brevemente la vuelta, como la había prometido en España. Y teniéndole con harto cuidado los sucesos de estos reinos, envió otro caballero llamado don Álvaro de Ayala, con cartas para los gobernadores y los de su Consejo, y para los grandes y señores de Castilla, diciéndoles el cuidado con que estaba de concluir presto sus negocios en aquellas partes, y acudir a éstas, lo cual sería con la brevedad posible; encargándoles asimismo con grandes encarecimientos y graciosas palabras el bien destos reinos.

Hecha, pues, esta diligencia, queriéndose partir para Aquisgrán (que es una gran villa de Alemaña la baja en la comarca Coloniense), donde había de recibir su primera corona, los príncipes electores, y otros que allí habían de acudir, le suplicaban (habiéndoles dado aviso que para 8 de otubre acudiesen allí) prorrogase el tiempo, o que la coronación fuese en otro lugar, porque en Aquisgrán había gran peste. Los de Aquisgrán, por no perder su preeminencia, replicaban que la peste era pasada, que el lugar estaba sano, y que tenían ya hechos los gastos. El Emperador dijo asimismo que no había de quebrantar las leyes del Emperador Carlos IV. Y así se mandó que para 21 de otubre se hallasen todos en Aquisgrán.

Partió el Emperador acompañado de los cardenales Jorge de Austria, obispo de Lieja, y de Guillelmo de Croy, sobrino del señor de Xevres, y arzobispo de Toledo, y de muchos señores y caballeros y principales, borgoñones y flamencos, con el duque de Alba y españoles que con él habían ido, y con la gente de armas ordinaria de su guarda de Flandes, y otra buena copia de los de las fronteras, todos ricamente adornados de galas y de armas, y tres mil infantes alemanes muy en orden.

Quedó el infante don Hernando su hermano, archiduque de Austria, en Lovayna, de donde tomó el camino después para los estados de Austria, que estaban de mala manera, como dije; y para celebrar sus bodas con Ana, hermana del rey de Hungría, como se hizo en el mes de abril del año siguiente.

Y a 21 de otubre llegó el Emperador a dormir en un castillo dos leguas de Aquisgrán, porque la coronación se había de hacer a los 23 de otubre, día de San Severino, año de 1520.

Estaban ya en Aquisgrán el arzobispo de Maguncia, el de Colonia, el de Tréveris; y por el rey de Bohemia vinieron legados, y por el duque de Sajonia, que por estar enfermo se quedó en Colonia, y por el marqués de Brandeburg, que no pudo venir.

Vinieron asimismo el conde Palatino y los demás príncipes.

Y porque la coronación había de ser el día que digo, otro día que llegó al castillo hizo su entrada, que fue una de las solenes del mundo, así por las libreas y aparato de los que iban con él de armas, vestidos y caballos, como de los que a recibirle salieron. El recibimiento fue tan solene, y la coronación tan célebre y digna de memoria, que me obliga a contar por menudo todo lo que en ella hubo, porque hasta agora sólo sabernos de la que se hizo en Bolonia cuando recibió de mano del pontífice la corona imperial.

Con qué orden entró en Aquisgrán.

Entró en Aquisgrán el Emperador yendo delante los tres mil alemanes infantes, de siete en siete por hilera, vestidos de colores con el traje que ellos usan; y a éstos seguían los gobernadores y gente de la villa, y luego un duque alemán entre ciento y cincuenta de a caballo del Imperio, vestidos de negro y un guión negro con la divisa del Emperador. Tras éstos iban cuatrocientas lanzas del conde Palatino; y luego la guarda del arzobispo de Maguncia, que eran docientos ballesteros de a caballo vestidos de colorado. En pos de ellos la del arzobispo de Tréveris, de ciento y cincuenta de a caballo. Y tras éstos la del arzobispo de Colonia, de docientos y cincuenta. Y después de estas guardas entraron dos mil y docientos hombres de armas que el Emperador traía en tres escuadrones; y luego venía el mayordomo mayor, Mr. de Xevres, con otro muy hermoso escuadrón de gentiles hombres y los otros criados de la casa del Emperador, rica y costosamente aderezados, armados los cuerpos, salvo las cabezas, como iba la otra gente de armas. Y al escuadrón de la casa del rey seguían todos los grandes señores y caballeros españoles, alemanes y flamencos, y borgoñones, que era un gran número, todos vestidos de brocados de telas de oro y plata, y grandes recamados y bordados, y otros géneros de galas, así en sus personas y caballos como en las libreas y vestidos de sus criados.

Entre los cuales iban muchos menestriles altos, trompetas y atabales de los del Emperador y de los príncipes electores.

Tras esta caballería venía la del Emperador, que era un gran número de caballos maravillosos, y ricamente aderezados, a la brida y a la jineta, y en cada uno de ellos un paje, y algunos de los pajes tocados a la morisca, y todos con librea de oro y plata y raso carmesí.

A los cuales seguían seis reyes de armas en la forma ordinaria, derramando monedas de oro y plata por el campo y por la villa. Y junto a estos reyes de armas llegaba la gente de guarda de a pie del Emperador con su librea; en medio de los cuales venía él, armado de hombre de armas en un gran caballo, y el sayo de armas y cubiertas del caballo de muy rico brocado blanco recamado de perlas.

En el campo, antes de entrar en el lugar donde los príncipes electores y caballería que salió al recibimiento, toparon con el Emperador; en descubriéndose se apearon todos, y llegando a él le hicieron una gran reverencia. Y el arzobispo de Maguncia, con una breve y elegante oración, le dio el parabién de su llegada y dijo el gusto grandísimo de todos por ver un príncipe que tanto habían deseado. El Emperador respondió humanísimamente dándoles muchas gracias.

Luego tomaron sus caballos y caminaron para la ciudad en la forma que he dicho, y yendo a los lados del Emperador el arzobispo de Maguncia, y el de Colonia. Detrás de ellos los legados o embajadores del rey de Bohemia, y los cardenales, y arzobispo de Toledo y el de Lieja, con otros muchos perlados, todos en los lugares conforme al orden que de tiempos muy antiguos tienen. Después de todos venían los archeros de la guardia del Emperador, de la librea y colores de los pajes. Había entre todos más de quince mil caballos.

Salió a recibir al Emperador con los demás caballeros el doctor Caravajal, del Consejo de cámara del Rey Católico y suyo, y salió armado en blanco, y encima del ama una aljuba de carmesí, no se halló otro del Consejo.

Llegando a la puerta de la villa, salió la clerecía y cruces en procesión; y traían en unas andas muy ricamente aderezadas, el casco de la cabeza de Carlo-Magno, que allí se tiene en gran veneración.

Y el Emperador se apeó y, adorando las cruces, dio para la cabeza del emperador Carlo-Magno; y tomando otro caballo, porque el que traía es de derecho de las guardas de la puerta, y recibida la procesión dentro de la guarda de a pie, el Emperador, en la orden ya dicha, entró por la villa, cuyas calles estaban ricamente aderezadas, y se fue a apear a la iglesia mayor de Nuestra Señora.

Tendióse en el suelo en forma de cruz, y estuvo así hasta que se acabó de cantar el Te Deum laudamus. Y luego fue con los electores a la sacristía, donde hizo el juramento.

Hecho esto se vino a su palacio, y todos los perlados a sus posadas.

Ceremonias de la coronación. -Corónanse en un año dos emperadores: uno, católico; otro, infiel.

Contaré por menudo las ceremonias de la coronación, para que todos entiendan que si es grande la gloria del Imperio romano, no son menores las obligaciones que el Emperador tiene, antes, sin comparación, mayores. Porque se obliga y promete de impugnar y expugnar a las gentes de otra seta; destruir a los herejes que son contra la Iglesia; recuperar las tierras del Imperio; ser padre de los huérfanos y viudas que viven con pobreza; mantener igualmente a todos en justicia; morir por la fe católica; estar sujeto a la Iglesia romana; finalmente se obliga de defender y amparar a todos los católicos.

Viniendo, pues, al caso, martes (que fue otro día de su entrada), en Aquisgrán a 23 de otubre del año 1520, a las seis de la mañana, los príncipes electores y todos los demás vinieron a palacio a acompañar al Emperador en la forma y manera que el día antes. El Emperador salió vestido de ropa larga de brocado, y un collar muy rico al cuello. Y de la misma manera vinieron todos gallarda y riquísimamente vestidos.

Llevóle la falda Frederico, conde Palatino, y saliéronle a recibir en procesión los perlados. Tornáronlo en medio los dos arzobispos, el de Maguncia y el de Tréveris, vestidos de pontifical.

Llegando así al altar mayor, el Emperador se tendió a la larga en las gradas debajo de una rica y gran corona de oro, que como una lámpara está pendiente. Y luego el arzobispo de Colonia (en cuya diócesi es Aquisgrán), después que cantaron la antífona Ecce ego mitto angelum meum, qui praecedat te. Que es: «Mira, yo te envío mi ángel que vaya delante de ti», que es lo que dijo Dios a su pueblo; dijo el verso Saluum fac regem nostrum Domine. Que es: «Salvad, Señor, a nuestro rey». Dijo la oración Omnipotens sempiterne Deus qui genus humanum, etc. Dicha esta oración, los dos arzobispos de Maguncia y Tréveris levantaron al Emperador y le pusieron junto al altar de Santa María, donde estaba puesto un muy rico sitial, y el Emperador hizo oración de rodillas. Comenzóse luego la misa, que dijo el arzobispo de Colonia (cuyo es el consagrar al Emperador); los ministros fueron el de Maguncia y el de Tréveris. Ecce advenit dominator Dominus et in manu ejus honor et imperium, etc. «Mirad cómo viene el Señor que manda, en cuya mano está la honra y el imperio».

Dicha la epístola, los dos arzobispos quitaron al Emperador la ropa larga, que era a manera de casulla, y luego se tendió a la larga en cruz en las gradas del altar mayor y cantaron sobre él la letanía, y cuando llegaron al paso que dice: Ut obsequium servitutis nostra tibi racionabile facias. Te rogamus audi nos. Que es: «Suplicámoste, Señor, que te sea acepto el servicio de nuestra servidumbre». Levantóse en pie el arzobispo que decía la misa, y teniendo el báculo en la mano izquierda, dijo en alta voz: Ut hunc electum famulum tuum Carolum regere, benedicere, sublimare et consecrare digneris. Te rogamus audi nos. «Rogámoste que oyas lo que pedimos, que a este tu escogido siervo Carlos le rijas, bendigas, enlaces y consagres». Ut eum ad regni et imperii fastigium faeliciter perducere digneris. Te rogamus audi nos. «Que le lleves y guíes hasta ponerlo en la cumbre del reino y grandeza de imperio felicísimamente. Te rogamos, óyenos».

Hecha esta ceremonia, el Emperador se levantó y el arzobispo le preguntó las cosas siguientes en voz alta, estando todos muy atentos:

Vis sanctam fidem catholicis viris traditam tenere et operibus servare? «¿Quieres tener y guardar con obras la santa fe católica que se dio a los varones católicos?»

Respondió el Emperador: Volo. «Quiero.»

Vis ecclesiae, ecclesiarumque ministris fidelis esse tutor, et defensor? «¿Quieres ser fiel defensor y amparador de los ministros de la Iglesia?»

Respondió: Volo. «Quiero.»

Vis regnum a Deo concessum secundum justitiam, predecessorum tuorum regere, et efficaciter defendere? «¿Quieres defender el reino que Dios te ha dado, y regirlo según la justicia de tus predecesores?»

Respondió: Volo. «Quiero».

Vis jura regni imperiique, ac bona ejus dispersa injuste, conservare, et recuperare acfideliter in usus regni, et imperii dispensare? «¿Quieres conservar los derechos del reino y Imperio, y recuperar los bienes que les fueren usurpados, y disponer fielmente de ellos, en favor y augmento del reino?»

Respondió: Volo. «Quiero».

Vis pauperum, et divitum, viduarum et orphanorum aequus esse iudes, et pius defensor? «¿Quieres ser justo defensor y amparador de los pobres y de los ricos, y de las viudas y huérfanos?»

Respondió: Volo. «Quiero.»

Vis sanctissimo Iesucristo, Patri Domino Romano Pontifici, et Sanctae Romanae Ecclesiae subjectionem debitam, et fidem reverenter exhibere? «¿Quieres ser sujeto y obediente a Jesucristo, al Romano Pontífice y Iglesia Romana, y guardarle con toda reverencia la fe que se le debe?»

Respondió: Volo. «Quiero».

Acabadas las preguntas, los dos arzobispos de Colonia y Tréveris lleváronlo al altar. El cual puso un dedo de mano derecha y otro de la izquierda sobre el altar, y dijo estas palabras en latín: Hic volo, ut in quantum divino fultus adjutorio, et precibus fidelium christianorum adjutus valuero, omnia promissa fideliter adimplebo sic me Deus adjuvet, et Sancti ejus. Que es: «Aquí quiero y prometo de guardar y cumplir todo cuanto he prometido, ayudándome Dios y las oraciones de los fieles cristianos y santos de Dios».

Esto hecho volvióse el Emperador a su silla. Y el arzobispo de Colonia, que le consagraba, dijo en alta voz en latín vuelto al pueblo: Vultis tali principi, ac rectori vos subiicere, ipsiusque regnum firmiter fide stabilire, ac jus sionibus illius obtemperare, iuxta apostoli praeceptum, scilicet omnis anima potestatibus sublimioribus subjecta est? «¿Queréis os sujetar a tal príncipe y gobernador, y fortificar fielmente su reino, guardar sus mandamientos según lo que dice el Apóstol y es precepto suyo, que toda criatura está sujeta a las potestades superiores?»

Luego todos, a grandes voces, respondieron: Fiat, fiat, fiat. «Sea, sea, sea». Y porque el vulgo no entendía latín, dijo el arzobispo en alemán: «¿Queréis al rey don Carlos, que está presente, por Emperador y rey de romanos, y hacer lo que él os mandare?» Todos respondieron: «Sí, sí, sí».

Después de esto el arzobispo de Colonia dijo en voz cantando: Domine Iesu Christe qui regum omnia moderaris, benedic tua salubri beneditione hunc regem nostrum Carolum. Que es: «Señor Jesucristo, que todas las acciones y cosas de los reyes riges y gobiernas, echa tu saludable bendición sobre este nuestro rey Carlos».

Acabada esta oración y bendición, hincóse el Emperador de rodillas, y los dos arzobispos, el de Colonia y Tréveris, descubriéronle las espaldas (para lo cual iban ya las ropas partidas), y con óleo de catecúmenos le ungieron. Y luego las junturas de los brazos junto a los hombros, y luego los pechos, y luego las manos, y en lo último de la cabeza. Y en cada parte que le untaba decía el arzobispo: Ungo te regem oleo sanctificato, in nomine Patris et Filii, et Spiritus Sancti. «Úntote en rey con el olio santificado, en el nombre del Padre y del Hijo, y del Espíritu Santo».

Todo el tiempo que duró esta unción, cantaban en el coro: Unxerunt Salomonem Sadoch sacerdos et Natham in regem. «Ungieron por rey a Salomón el sacerdote Sadoch y Natham». Y a cada vez que acababan aquella antífona, decían todos: Vivat, vivat ex in aeternum. «Viva, viva el rey para siempre», que es lo que se dijo a Salomón cuando le coronaron por rey de Jerusalén.

Cuando llegaron a ungir las manos del Emperador, dijéronle más palabras que en la bendición de los otros miembros, y fueron éstas: Ungantur manus istae oleo sanctificato, cum quo uncti fuerunt reges, et prophetae. Et sicut unxit Samuel David regem, ita sis bonus, et constitutus rex in regno isto super populum istum, quem dominus dedit tibi ad regendum, et gubernandum, ipse praestare dignetur, qui vivit et regnat in saecula saeculorum, amen. «Sean ungidas estas manos con el olio santo, con el cual fueron ungidos los reyes y profetas. Y como Samuel ungió al rey David, así seas buen rey constituido en este reino sobre el pueblo que te dio el Señor para gobernar, teniendo él por bien de conceder esto; que vive y reina en los siglos de los siglos, amén». En descubriendo cada parte de las que se habían de consagrar, antes que la ungiese decía el arzobispo: Pax tecum. «La paz sea contigo». Respondían todos: Et cum espiritu tuo. «Y con tu espíritu».

Acabadas las unciones, los dos arzobispos llevaron al Emperador a la sacristía, y allí le limpiaron con algodones, y vistiéronle de blanco como a diácono, atravesada una estola desde el hombro izquierdo, hasta debajo del brazo derecho, y volvió a salir al altar y postróse en las gradas como lo hizo primero. Estas vestiduras fueron del Emperador Carlo-Magno y tiénenlas en la ciudad de Norimberga con mucha estima, que no sirven sino para este acto. Dichas ciertas breves oraciones, levantése el Emperador, y juntamente los tres arzobispos le dieron una espada desnuda, la cual fue del Emperador Carlo-Magno, diciendo estas palabras: Accipe gladium per manus episcoporum licet indignas, vita tamen, et auctoritate apostolorum sanctorum consecratos. «Recibe la espada por las manos de los obispos, aunque indignas, pero consagrados en la vida y autoridad de los santos apóstoles».

Luego el arzobispo de Colonia le dio un anillo y le vistió una ropa, diciendo: Accipe dignitatis annulum per hunc catholicae fidei agnosce signaculum. «Recibe el anillo de dignidad y conoce por él el blasón o sello de la fe católica».

Después de esto pusiéronle un ceptro real en la mano, y un mundo en la otra, diciendo: Accipe virgam virtutis atque aequitatis qua intelligas diligere pios et terrere reprobos. «Recibe esta vara de virtud y equidad con la cual sepas amar a los buenos y espantar a los malos».

Dichas estas palabras, los otros arzobispos le pusieron la corona de oro del emperador Carlo-Magno sobre la cabeza, diciendo: Accipe coronam regiam ac regni licet ab indignis episcoporum manibus capiti tuo imponatur sanctitatis opus ac fortitudinis. «Recibe la corona real y del reino y sea puesta en tu cabeza por las manos, aunque indignas, de los apóstoles, obra de santidad y fortaleza».

Luego, después de esto, lleváronle al altar, y puestas las manos sobré él, dijo: «Yo prometo delante de Dios y de sus ángeles que de aquí adelante conservaré la santa Iglesia de Dios en justicia y paz».

Hecha esta promesa, lleváronle a una silla de piedra muy rica, de los reyes pasados, y sentáronle allí, diciendo estas palabras: Ita retine modo locum regni quem, non jure haereditario, nec paterna successione sed principum et electorum in regno Alemaniae tibique per eorum vota delegatio maxime per autoritatem, Dei omnipotentis. «Ten, pues, agora el lugar del reino, el cual se te da, no por juro de heredad ni paterna sucesión, sino por elección de los príncipes electores del reino de Alemaña, por cuyos votos principalmente se te encomienda por la autoridad de Dios omnipotente».

En el tiempo que se hizo esta ceremonia estaban los del coro cantando esta antífona: Desiderium animae eius tribuisti ei et voluntate labiorum ejus non fraudasti eum. «Cumpliste, señor, los deseos de su alma y no le defraudaste en nada de lo que te pidió».

Estuvo el Emperador sentado en aquella silla con la espada ceñida grande espacio de tiempo, y llegaron allí muchos gentiles hombres y se armaron caballeros. Y el Emperador dábales tres golpes en los hombros con la espada de Carlo-Magno, y desta manera quedaba caballero el que recibía los golpes.

Tornando el Emperador al altar mayor prosiguieron la misa en que dijeron luego el Evangelio: Cum natus esset Iesus, etc.; y el ofertorio: Reges Tharsis, etc.. El Emperador fue a ofrecer, y los electores también. Y prosiguiendo la misa, al tiempo que dijo el arzobispo: Pax Domini; volviéndose hacia el Emperador dijo esta bendición: Benedicat tibi Dominus et custodiat te, et sic ut voluit super populum suum esses rex, ita in praesenti saeculo faelicem, et faelicitatis tribual esse consortem. Per Christum Dominum nostrum. Amen.

Acabada la misa, el nuevo rey de romanos y electo Emperador volvió a su palacio con el mismo triunfo y majestad que había venido a la iglesia. Y como luego se sentase a comer, le sirvieron con la grandeza que se puede pensar, y los tres arzobispos que fueron en la coronación bendijeron la mesa.

Comió solo el Emperador en ella. El maridial del Imperio sirvió de caballerizo, dando allí públicamente de come, al caballo en que el Emperador había andado. El conde Palatín sirvió de maestresala y trajo una pieza de un buey a la mesa que lo habían asado entero en la plaza y relleno de muchas aves, las cabezas de las cuales asomaban por las costillas. El conde de Limburg sirvió de copa que fue de una fuente que manaba por tres caños vino blanco y tinto, y trajo un tazón de ella.

En la mesma sala donde comía el Emperador comieron los siete príncipes electores, cada cual por sí en mesa distinta, como fue costumbre, y asentábase, en haciendo el servicio que le cabía, a la mesa imperial.

Acabada la comida salió el Emperador a la plaza, y en acto público dio al arzobispo de Maguncia el sello del Sacro Imperio. Otro día, que fue tercero después de la coronación, estando el Emperador y toda la grandeza de su corte en misa y los electores del Imperio, el arzobispo de Maguncia, puesto en el púlpito, declaró a todos cómo el Sumo Pontífice había aprobado la elección hecha en Carlos V y haberle dado título della.

Armó el Emperador este día mil caballeros, obligando a que cada uno mostrase su nobleza y armas de sus pasados, so pena de perder la caballería.

Y es mucho de notar que la coronación del Emperador en Aquisgrán fue en el mesmo día que se coronó en Constantinopla Solimán, el Gran Turco, por muerte de su padre Selin, que parece misterio favorable del cielo que el día que daban a un bárbaro poderoso, cruel y tirano, la espada contra el pueblo de Dios, en el mesmo se diese la imperial, legítima, católica y verdadera al mejor Emperador. y caudillo que ha tenido la Iglesia; por cuya virtud y brazo poderoso guardó Dios su Esposa, como aquí se verá. Y asimismo es de notar que Carlos V fue el onceno Emperador contando desde el Emperador Alberto, en cuyo tiempo comenzó la casa de los otomanos, y así fue Suleimen o Solimán el onceno de los príncipes de su sangre.

Acabada la fiesta de la manera que tengo dicha, el Emperador partió de Aquisgrán para la ciudad de Colonia, y con él algunos de los principales. Los demás se fueron a sus tierras. A 14 de otubre entró en Mastric, donde le recibieron cuatro mil soldados bien armados y de ricas libreas, regocijando la ciudad el recibimiento de su príncipe; y lo mismo hicieron en Lieja. Y siendo ya el mes de noviembre, fin del año de 1520, mandó llamar para la Dieta o Cortes que quería tener en la ciudad de Wormes de Alemaña, que estuviesen allí todos para 6 de enero del año siguiente de 1521, y él partió luego para allá con propósito de en siendo acabadas dar la vuelta para España, si acaso no le detuviesen los despachos y expedición del gobierno de aquellas partes.

Este propósito con el suceso de su coronación escribió luego a todas las ciudades y pueblos principales de España, como parece por la carta que referí, escrita a Valladolid desde Wormes, donde llegó Antonio Vázquez con la embajada de los comuneros y despacho que dije; y el Emperador le mandó prender, que para él fue mejor, porque si por acá estuviera, corriera peligro, como los demás se vieron, de ser castigado.

Estado de la república cristiana. -Vistas de los reyes de Francia y Ingalaterra, que hincheron al mundo de celos. -Mal entendido por Jovio y Illescas el blasón del rey de Ingalaterra: Qui adhaereo, praest. -Causa que tuvo el rey Francisco para comenzar la guerra. -Roberto de la Marca, instrumento del francés para romper la guerra. -Engaño de Jovio. -Tornay queda por Flandes. -Guerra de Navarra.

Quieta estaba la cristiandad en Europa y con grandes esperanzas de una larga paz, de un siglo feliz y bienaventurado. Mas la inconstancia de la vida humana en un punto lo alteró, inquietando el mar de pensamientos de los príncipes y repúblicas cristianas, con tan larga tempestad de continuas y sangrientas guerras, que duraron todos los días de la vida del príncipe que escribimos, que fueron casi cuarenta años, en que murieron más de quinientas mil personas, la flor de Europa y las fuerzas de la república cristiana, dándonos bien que decir, si bien no todo lo que hizo, lo que sufrió, lo que padeció en los cuarenta y cinco años que he de escribir, que son en los que sintió lo que pesaba la carga del reino y monarquía imperial, que los dos restantes serán breves, porque tratan de la quietud de un monasterio donde se retiró para pasar a la del cielo.

No imaginaban las gentes ocasión alguna para que moviese guerra, porque el Papa León X, príncipe singular y de extremada virtud, después de haber acrecentado el ducado de Urbino al patrimonio de la Iglesia, teníase por muy contento en conservarse con su estado, sin intentar otra cosa.

El rey de Ingalaterra había hecho paz, y dado, al parecer, un ñudo ciego de amistad con el Emperador y rey de Francia. Los venecianos juzgaban por sano y buen consejo estar bien con todos, escarmentados de los trabajos pasados. El Emperador, si bien era más poderoso y en edad tan verde y floreciente, con pensamientos de cristiano y católico príncipe, cuales siempre los tuvo, no quería más que sosegar a España y gobernar los reinos y estados, que Dios le había dado con el nuevo imperio, en justicia y paz.

Y aunque él tenía sobrado derecho, como aquí se dirá, al estado de Milán y al ducado de Borgoña, que el rey de Francia tenía, por conservar con él la amistad asentada en Noyon, y por no alterar la paz tan importante a todos, disimulaba. La señoría de Génova, que estaba sujeta al rey de Francia, no era parte para hacer movimiento de importancia. Los florentines estaban quietos en la gracia y buen gobierno del Papa, siguiendo llanamente su voluntad. Luca y Sena, con los príncipes y repúblicas de Italia, más cuidado tenían de se guardar y defender que de mover guerra ni ofender a otros.

Pues a este tiempo salió el rey de Francia, sin pensar, descubriendo un pecho harto dañado contra el Emperador, siendo la causa envidia de su potencia, que le era intolerable, corriendo la pasión por las venas hasta atravesarle el alma, con la herencia de las coronas, heredada (como dicen) de padres y abuelos; por donde siempre se tuvo por violenta y poco durable la paz de Noyon.

Y por esto, así el Emperador como el rey de Francia procuraron, antes de venir en rompimiento, tener de su parte al rey Enrico de Ingalaterra, cada uno por sí, por ser príncipe valeroso y rico. Que este fin tenían los caminos del Emperador a Ingalaterra. Lo mismo procuraba el rey de Francia. Y para esto se hicieron aquellas tan nombradas vistas con tanta grandeza y aparato, que dieron que decir al mundo, como las encarece Jovio, y dice que fueron en los confines de Ternada; y dice de la casa mudable, con salas y aposentos de mucho servicio, que el inglés traía, a la puerta de la cual estaba un salvaje con arco y flechas, arma propria de los ingleses, con una letra que decía: Qui adhaereo, praest. Y no por lo que dice Jovio, ni la pontifical, sino porque sentía ya las pasiones entre Carlos y Francisco, y que habían echado los fundamentos de la guerra y sembrado la simiente de ella; quiso Enrico decir que a quien él ayudase prevaleciera. Porque, como dije, trabajaba cada uno de los dos por tenerle de su parte.

Habíanse concertado estas vistas para el julio; anticipáronse para mayo. Y todos eran recelos, sabiéndose lo poco que Francisco había gustado de la eleción del Imperio hecha en Carlos. Aumentó estas sospechas, que estando Carlos en Barcelona le envió Francisco a pedir rehenes con particulares embajadores, para seguridad del casamiento de Ludovica, su hija, del un año, que si ella muriese, como luego murió, para la que naciese, conforme a la capitulación de Noyon. Los mismos rehenes pedía, de que satisfaría a Enrique de la Brit, como tengo dicho, por el reino de Navarra.

Visto que andaban en estas demandas, las partes acordaron de que se hiciese esta junta en Montpeller de Francia, para declarar las dificultades de la concordia de Noyon. El rey estaba en Ambrusa; el Emperador, en Barcelona. Y como esta Junta no tuvo efeto por lo que dije, hízose otra en Calés, cuando se rompió la guerra, y conforme a lo capitulado en Noyon, el inglés se había de juntar al príncipe que fuese acometido, contra el acometedor, y él había de juzgar y condenar al quebrantador de la paz, y dar favor al que la hubiese guardado: que esto dice el blasón: Qui adhaereo.

Envió a Tomás, arzobispo de Diort (que comúnmente llamaban el cardenal de Ingalaterra) con otros de su casa para que asistiesen. El rey de Francia envió a Antonio de Prato, chanciller de aquel reino. Por el Emperador fue por principal Mercurin Gatinara, su gran chanciller. Y aun el Papa León envió a Jerónimo Genucio, obispo de Asculi. Trataron esta causa, alegando cada uno en favor del príncipe, sobre quién había sido el acometedor. El cardenal inglés recogió las razones de unos y de otros y lleválas a su rey; el cual, de allí a algunos meses, que fue año 1522, declaró al francés por quebrantador de las paces de Noyon y primer invasor o acometedor, declarándose asimismo por su enemigo, como contra quien había abierto la guerra. Y así ayudó en ella muchos años a Carlos, como aquí veremos.

Y esto quería decir en el blasón y letra: Qui adhaereo praest, que es, que estaba tomado por tercero y juez árbitro, que había de ser contra el quebrantador de las paces de Noyon, y que había de caer el que las quebrase.

Pues como el rey Francisco estuviese con tales pensamientos, tendría sus inteligencias de las revueltas de España, y pareciéndole buena la ocasión para cobrar el reino de Navarra y intentar lo de Nápoles y embarazar al Emperador la coronación (que siempre le fue odiosa) y conservar lo de Milán, que, como lo tenía con mal título, temía que el Emperador se lo había de quitar, determinó abrir la guerra. Y por no hacer esto sin algún color, y justificarla algo, usó de un ardid o treta, de esta manera.

Andaba en servicio del Emperador un conde llamado Roberto de la Marca, conde de Araniber o Sedanio, vasallo suyo, hermano del obispo de Lieja. Este pretendía tener derecho a un castillo en el condado de Lucemburg (que se llamaba el castillo de Hierges); al contrario. Mr. de Haymeres decía que el castillo era suyo. Trajeron pleito los dos mucho tiempo sobre este castillo en el Consejo de Gante. Y dieron sentencia en favor de Mr. de Haymeres, y con su justicia y ayuda de amigos apoderóse del castillo. Quejábase Roberto que le había Haymeres tomado el castillo por fuerza de armas. Madama Margarita, gobernadora de Flandes, conservaba en la posesión al Haymeres, porque demás de su justicia, era fiel vasallo del Emperador. Indignado Roberto, si bien lo disimuló algunos días, estando el Emperador en Wormes le pidió licencia y vinóse a su tierra, y estando allí, dicen que por parte del rey de Francia, de quien Roberto se valía por ser muy suyo, fue solicitado y él se pasó a Francia, y en París y su comarca levantó gente de guerra de a pie y de a caballo, y con voz y nombre que venía contra Mr. de Haymeres, su contendor, entró por la tierra del Emperador en el ducado de Lucemburg, haciendo guerra. Cercó una villa llamada Verrizon, y comenzó a hacer cosas, que con evidencia mostraban ser obras no de brazos tan flacos como los de Roberto, sino del rey de Francia. Pues es claro que un vasallo tan particular no se atreviera a hacer guerra a su príncipe tan poderoso, si no fuera alentado de otro que competía en potencia con él. Y más levantar la gente en la misma tierra de Francia, y tan cerca de la corte; y salir con el ejército formado del reino de Francia. Supo luego el Emperador lo que pasaba, y envió contra Roberto a Enrico, conde de Nasao, con oficio de general, y no a Francisco Sichino (como dice Jovio), que no era más que coronel de alemanes, y con la gente que bastaron a lo echar de la tierra con pérdida y vergüenza suya y de quien lo había incitado.

Y envió al rey de Francia un embajador, quejándose de él y haciéndole cargo de que había ido y rompido la paz de Noyon, en haber favorecido y ayudado a Roberto de la Marca. El rey de Francia negaba haberle ayudado y ofrecía hacer parar al Roberto, y volver de su propósito. Hizo algunas aparencias de ello; pero esto fue fingido y que duró pocos días. Y antes tornó después Roberto con gentes y favor del rey de Francia a hacer otros movimientos, y tentó de se alzar con la ciudad de Lieja. Por lo cual el Emperador envió a mandar al conde de Nasao, a quien había hecho capitán general para aquella guerra, que le tomase la tierra, y él lo hizo así y llegó en el rompimiento que se verá. Y Enrico, conde de Nasao, capitán general, fue con su gente a Lucemburg contra el Roberto, y expugnó y saqueó a Lognio, Iamercio, Fleurenga, Sanceto, Esdainio, Mouson, Curcio y Bullon, degollando todas las principales cabezas y ministros de estos lugares. Después de esto, de ahí a siete semanas puso treguas con Roberto. Y poniendo presidios en estos lugares, pasé el conde contra Francia y cercó el lugar de Masierras, ribera del río Mosa; y le combatió cinco semanas, defendiéndole con muy buenos soldados Mr. de Montmorency, que era general de toda esta frontera, y Pedro Bayardo, que fue un valeroso capitán y de mucho nombre. Sacaron al río de madre y echáronlo en el campo de los imperiales y anegáronse muchos. Con esta pérdida se levantó el conde y volvió a Flandes, porque tuvo noticia que el rey de Francia venía con gran ejército. Tomó a Muyson y algunos pueblos del condado de Henao y de Arrás, apoderándose de otras fuerzas y destruyéndolas.

También Borbón, capitán del rey de Francia, con su gente ocupó a Hesdin y tomó el castillo y se le rindieron Rentiazo y otros castillos y fuerzas. Por otra parte, Roberto de la Marca se había secretamente concertado con el duque de Gueldres para valerse de él. Y pasado el tiempo de las treguas, desde Lodi hacía guerra a Brabante y Namur; y habiendo tenido mucho tiempo cercado los flamencos a Tornay, último de noviembre lo tomaron. Y el conde de Nasao se apoderó de él en nombre del Emperador a 19 de diciembre, y le derribó la fortaleza, Y desde entonces quedó Tornay por Flandes. Y de aquí se levantaron otras guerras en aquellas partes, que por no ser tan proprias de esta historia, las dejo de contar. Baste saber que éste fue el principio al descubierto de la mortal discordia y largas contiendas entre el Emperador y rey Francisco. Que fueron tales y tan grandes, que se pueden igualar con cualesquier de las mayores que ha habido en el mundo, así en lo que duraron como en los encuentros y reñidas batallas que entre sí hubieron, en la mucha sangre que se derramó, en las prisiones y muertes de príncipes y capitanes, en sacos y combates de ciudades y en otros acaecimientos grandes que pasaron como en el discurso de esta historia se verá.

Pasado, pues, lo que tengo dicho de Roberto de la Marca y no sucediendo a gusto del rey de Francia, queriendo proseguir su mal propósito, pareciéndole que lo de España estaba mejor de llevar por las alteraciones que en ella había y por las pláticas y tratos, que según sospecha tuvo con algunos malos hombres españoles, o porque, sin ellas, le pareció que estando la pasión tan adelante hallaría entrada con algunos, como aquí veremos; por el nombre que cuando peleaban los franceses tomaron de la Comunidad, con fingido nombre también de don Enrique de la Brit, pretenso rey de Navarra, envió otro ejército a conquistar este reino y hacer guerra en Castilla, como la pudiera hacer si las Comunidades estuvieran entonces en su fuerza.

Vino por capitán de este ejército Andrés de Fox, señor de Asparrós, a quien los de Logroño dicen, con engaño, que mataron.

Ordenólo Dios mejor, que cuando los franceses entraron en Navarra era ya el mes de mayo, después de la batalla de Villalar, en que la Comunidad fue deshecha, y los gobernadores estaban en Segovia, y todas las ciudades de Castilla, rendidas y llanas, y con más miedo del castigo que orgullo ni brío para ir adelante en el mal comenzado. Fue, pues, así...

Cómo fue la guerra del francés en Navarra. -Entran los franceses en Navarra. -Pamplona se entrega al francés. -Entrégase Estella al francés. -Los gobernadores de Castilla tratan de resistir al francés. -Logroño se defiende valerosamente. -La voz que traía el francés. -Valor con que se defiende Logroño. -Quéjase el Emperador del rey de Francia.

Era virrey de Navarra don Antonio Manrique, duque de Nájara, y con el seguro de la paz, que había entre Francia y España, y por haber enviado la artillería de Pamplona a los gobernadores, estaba desproveído y no como convenía en tierra tan vecina a los enemigos.

Llegaron los franceses con su capitán general, Mr. de Asparrós, hermano de Mr. de Lautrech, virrey de Milán. Traían doce mil infantes y ochocientos hombres de armas. Arrimáronse a la villa de San Juan del Pie del Puerto, que es de la otra parte de los montes Pirineos hacia Francia, en la cual estaban ciertas compañías de soldados para defenderla. Pero como el lugar y fortaleza eran poco fuertes, y los soldados sin esperanzas de socorro, sin esperar combate se dieron a partido y entregaron la fortaleza, saliendo con sus armas, banderas y atambores, y viniéronse a Logroño sin parar en Pamplona, porque ya el virrey la había desamparado. Pasaron luego aquellas montañas los franceses por el puerto de Roncesvalles, y de camino se les entregó el castillo del Peñón, y pensando haber así la fortaleza de Maya, enviaron parte de gente sobre ella. Pero el alcalde que la tenía, mostró tanto ánimo y se defendió tan bien dos o tres días, que tuvieron por mejor consejo dejarla. Pasaron adelante derechos a Pamplona, cabeza de aquel reino, y los vecinos naturales de ella, viéndose desamparados, de socorro y sin capitán, y que dentro había bandos y devotos de don Juan de la Brit y de su hijo, que pretendía el reino, salieron al camino a dar la ciudad a los franceses; los cuales entraron y se apoderaron de ella sin hacer daño ni fuerza. Luego enviaron a requerir al alcalde de la fortaleza, que era un caballero que se llamaba Francisco de Herrera, que se la entregase. El cual, queriendo primero probar lo que podría, si bien la fortaleza no estaba entonces acabada, no lo quiso hacer. Los franceses mandaron plantar su artillería y la combatieron dos o tres días, en los cuales derribaron las puertas y parte de la muralla, y si bien el alcalde quisiera defenderla, no era posible, ni la gente que dentro había era la que bastaba, que era poca y mala. De manera que hubo de sacar el mejor partido que pudo y entregar la fortaleza.

Los franceses quitaron el gobierno que había en la ciudad y pusieron otro, y dejando en su guarda y de la fortaleza casi dos mil hombres, pasaron adelante, enviando ciertas compañías a la ciudad de Estella, la cual también se entregó luego; porque tampoco el duque de Nájara trató de defenderla, porque él no hizo más que tomar la posta y venirse a Segovia, donde los gobernadores estaban dando orden en componer aquella ciudad para pasar a Toledo. Que si bien los gobernadores tenían algunas sospechas de la guerra que intentaba el rey de Francia y sabían que había detenido a don Pedro de la Cueva, que iba por Francia al Emperador con la nueva de la vitoria que habían habido en Villalar, no entendieron que con tanta furia y brevedad acometieran.

Pasaron los franceses a la villa de los Arcos, que es seis leguas o poco más de Logroño, y de allí caminaron derechos contra Logroño, porque en Navarra no hallaron resistencia, si no fue en la fortaleza de Maya, que siempre estuvo por el Emperador.

Los gobernadores, avisados de la pérdida de Navarra, comenzaron a hacer las diligencias necesarias y a convocar gente. La ciudad de Segovia les dio mil hombres; Valladolid dio otros mil; así fueron ayudando todos los lugares principales de Castilla, y los que habían sido comuneros, más; y con mayor voluntad, y si se hubiera hecho perdón general acudiera infinita gente. Luego, otro día que el duque de Nájara llegó a Segovia, el condestable partió para Burgos, y el cardenal el día siguiente. El almirante andaba falto de salud y partió de ahí a cuatro días.

Detuvóse el campo francés en los Arcos cuatro o cinco días, y en éstos tuvo lugar don Pedro Velez de Guevara de recoger la gente que pudo, y con la que había venido de San Juan del Pie del Puerto, meterse en Logroño y fortificarlo de manera que el enemigo hallase resistencia. Esta diligencia de don Pedro y el mucho valor de los ciudadanos valió más que la fortaleza del lugar para que el francés no se hiciese señor de Logroño. No se contentaban los franceses con haber ganado a Navarra, que era a lo que decían que venían, y que la guerra no era del rey Francisco, sino de don Enrique de la Brit, que pretendía ser suyo aquel reino.

Quitada esta máscara y jugando de las armas al descubierto, acometieron a Logroño y aún dicen que traían por nombre o apellido: «¡Viva el rey, e la flor de lis de Francia y la Comunidad de Castilla!»; por donde se persuadió el trato que algunos de la Comunidad habían tenido con Francia.

Alojáronse los franceses entre unas viñas y huertas, un tiro de arcabuz de Logroño, el río Ebro en medio. Pusieron la artillería, para batir la ciudad, en el cerro, donde dicen que fue la antigua Cantabria. Enviaron un trompeta, requiriendo a la ciudad que se rindiese con ciertos donaires, pidiendo paso para Regar a Burgos, y la fortaleza para su rey, y la plaza para correr toros, y bastimentos para su campo. La ciudad respondió lo que merecía tal embajada.

Y después de haber robado y abrasado las aldeas, ganaron el monasterio de San Francisco, que está entre el muro de la ciudad y el río Ebro. Y desde él, con la artillería, que era muy buena, batieron reciamente tres días arreo; en los cuales, haciendo los cercados su deber, mataron más de trecientos franceses, muriendo algunos de los de dentro.

Estaba la ciudad mal proveída, con poca gente y armas para resistir a tantos, y aun sin dinero, que todo lo había gastado sirviendo con lealtad al Emperador y gobernadores para allanar las Comunidades. Y como se vio cercada de un ejército tan poderoso, que dicen llegaba a treinta mil combatientes, con mucha artillería, esforzáronse lo mejor que pudieron. Echaron fuera las mujeres, niños y gente impertinente para la guerra.

Usaron los ciudadanos de un ardid que para espantar al enemigo valió mucho. Y fue que hicieron muchas banderas diferentes, y libreas, y la poca gente que había salía con un vestido y una bandera por una puerta que no fuesen vistos, y entraban por otra con la bandera tendida y tocando las cajas de manera que el enemigo los viese. Y fue tal la ostentación y muestra que quinientos hombres hicieron, que el francés entendió que habían entrado veinte mil. Echaron el agua del río, atajando las acequias o regaderas, y metióseles por los alojamientos; que les hizo notable daño. Finalmente, los franceses hallaron en Logroño más corazones de hombres que pensaban, y no se les hizo tan fácil la entrada en Castilla como la de los montes Pirineos de Navarra.

No cesaban de batir los muros vicios de Logroño, y la batería hizo harto daño y derribó parte de ellos, mas no del esfuerzo y coraje de los ciudadanos. De esta manera pasó la conquista de Navarra y la ciudad de Logroño estaba en el peligro y aprieto dicho.

En este tiempo los gobernadores de Castilla caminaban para Burgos con determinación de partir - como lo hicieron- a socorrer a Logroño y cobrar lo que se había perdido.

El Emperador, que estaba en Wormes, tenía ya entendida la mala voluntad del rey de Francia por el hecho de Roberto de la Marca, y teniendo aviso de que hacía nuevo ejército, envió sus embajadores al Papa y rey de Ingalaterra, quejándose de lo que el rey de Francia hacía, y pidiéndoles su ayuda contra el francés, como contra quebrantador de la paz pública y de lo capitulado en Noyon. Para acudir a lo que convenía, dio priesa en el despacho de la dicta, por venir luego a Flandes y proveer lo importante a la guerra que los franceses hacían en su casa. De lo cual diré en concluyendo con la jornada. de Navarra, por no cortar el hilo y confundir la narración y corriente de la historia.

Acuden los gobernadores a Logroño y retíranse los franceses. -Mató un soldado de Logroño un capitán de importancia de los franceses. -Celebran en Logroño la retirada del francés. -Privilegio que el Emperador dio a Logroño por sus servicios. -Llegan los gobernadores y conde de Haro a Logroño.

Llegados, pues, los gobernadores a Burgos, dejaron allí el Consejo real y partieron, recogiendo la gente que las ciudades y caballeros enviaban. Juntáronse doce mil infantes y dos mil caballos; y como el francés supo la venida del ejército de Castilla y que sin poderlo estorbar habían entrado más de cuatro mil hombres en Logroño, acordaron de levantarse; así lo hicieron día de San Bernabé.

Un día antes de esta retirada, un soldado natural de la ciudad, hizo motivo por el cual los franceses se acabaron de resolver para levantarse de allí. Y fue que estando el general y capitanes principales alojados en San Francisco, cuyas ventanas caen sobre el Ebro, estaban cenando víspera de San Bernabé donde caía una ventana al río, con las velas encendidas. El soldado de Logroño se coló por unas tapias del muro y púsose en parte que pudo tirar a puntería. Mató uno de los principales que estaban a la mesa. Sintieron los franceses tanto su muerte, que se entendió en la ciudad y pensaron que el muerto había sido Mr. de Asparrós, general de este campo, y más como los vieron ir otro día. Los de Logroño, gozosos con la vitoria, salieron en seguimiento de los franceses, haciéndoles el mal que pudieron. Fue tan estimada esta vitoria que Logroño ganó con casi solas sus fuerzas, que desde entonces hasta agora celebran la memoria del día de San Bernabé, mostrando esta ciudad su magnificencia en las fiestas y regocijos que hace.

Y venido el Emperador a Castilla, teniéndosle por muy servido de lo que Logroño había hecho así en las Comunidades ayudando a los gobernadores, como en este cerco que hizo el francés, defendiendo con tanto valor su ciudad, les dio privilegio en que dice: «que acatando a los grandes y leales servicios que los vecinos de la ciudad de Logroño le habían hecho, y como continuando la fidelidad y lealtad que debían estuvieron en su servicio en tiempo de las alteraciones y movimientos pasados, sirviéndole en las dichas alteraciones con gente y dineros para sosegar los dichos movimientos y reducir los pueblos al servicio de su rey. Y asimismo, que estando él ausente de estos reinos, el rey de Francia envió su ejército sobre el reino de Navarra para lo tomar, y la ciudad envió a su costa mucha gente para resistir al ejército del rey de Francia. Y después que los franceses ganaron el reino, los de Logroño, continuando su lealtad y fidelidad, recogieron en la ciudad los soldados y gente de guerra que se venían de Navarra, después que los franceses la ganaron, dándoles dineros y bastimentos para su socorro; y repararon a su costa los muros de la ciudad, derribando y quemando el hospital y otros edificios y casas que en ella y en los arrabales había. Y echaron sus mujeres e hijos fuera, para se hacer más fuertes y defenderse, como se defendieron con mucho ánimo y lealtad del dicho ejército de Francia, que le cercó y destruyó los campos. Y no sólo defendieron su ciudad, pero hicieron notable daño en los enemigos, matándoles y robándoles el campo, de manera que les fue forzado retirarse y dejar la ciudad».

Por estas y otras cosas que Logroño hizo, el Emperador les hizo merced de hacerla, y a toda su tierra, libre y franca de los servicios, pechos y de armas y otras cosas, para perpetua memoria de lo que con tanto valor habían hecho.

Vi en poder de Melchor Gómez Manrique, vecino de la ciudad de Nájara, cierta información de testigos que dicen que en los dos años de las Comunidades y cerco de Logroño, el licenciado Alvar Pérez había sido regidor de los hijos de algo en Logroño, y tanta parte y de tanto valor, que viendo andar al pueblo vacilando para dar en la Comunidad y después rendirse a los franceses, con su buena industria los puso en camino y los animó para que estuviesen firmes en la fe que deben a su rey, y fuertes en la defensa de su ciudad.

Otro día, después que el ejército francés se había retirado, estando aún dos leguas de Logroño, entraron los gobernadores y el conde de Haro, capitán general, con todo su ejército, sin contraste ni impedimento alguno. Con los cuales venían el duque de Nájara y don Diego Enríquez de Guzmán, conde de Alba de Lista; don García Manrique, conde de Osorno; don Alonso de Arellano, conde de Aguilar; don Juan de Tovar, marqués de Berlanga; don Pedro Velez de Guevara, conde de Oñate, y otros caballeros principales.

Y entrados en Logroño, los franceses se retiraron una legua más adelante, al soto que llaman del rey, debajo de Viana hacia Mendavia, riberas del Ebro.

Y teniendo los gobernadores y los caballeros que en el ejército venían determinación de seguir a los franceses y echarlos por fuerza de armas del reino de Navarra, se ofreció diferencia y duda entre ellos. Porque el conde de Haro, que era el capitán general, quería pasar adelante con el cargo que hasta allí había tenido de capitán general. Lo cual contradecía el duque de Nájara, alegando ser el virrey de Navarra, y que dentro, en aquel reino, no había de ser otro capitán general sino él. A lo cual respondía el conde de Haro, que Navarra estaba ya en poder de los franceses, y el duque la había perdido y no tenía en ella poder, y el campo de Castilla, cuyo capitán general él era, la entraba a conquistar de nuevo. Pero pareció que no era bien afrentar al duque de Nájara; principalmente que había lugares en Navarra que el francés no los había tomado. Y que aquélla no se podía llamar conquista, sino ahuyentar un enemigo que con violencia y sin título se había entrado. Y así, determinaron que dentro, en Navarra, el duque de Nájara fuese capitán general y hiciese el oficio; y el conde de Haro se volvió a Burgos.

Y dado asiento en lo que más convenía, partieron de allí de esta manera.

Batalla entre franceses y españoles cerca de Pamplona. -Vitoria contra los franceses y prisión de su general. -En los campos que llaman de Noaín, una legua de Pamplona y otra de Zubiza. -Lo que deben los reyes a los nobles de Castilla.

El campo francés hizo su camino retirándose la vía de Pamplona en tres o cuatro alojamientos. Y los gobernadores salieron de Logroño con el de España en su seguimiento, tomando siempre los sitios y aposentos que los franceses iban dejando. Y al segundo día les llegó la gente de Guipúzcoa, y Vizcaya y Álava, que el condestable había mandado venir, que serían siete mil hombres de a pie de muy buen talle. El duque de Béjar vino en socorro del campo con cuatrocientas lanzas y mil y quinientos infantes, y para su sustento llevaban delante cuatrocientas vacas y cuatrocientos carneros; y como se iban gastando, iban siempre cumpliendo el número.

Hubo entre los dos campos en este camino reñidas escaramuzas y desafíos. Uno fue de mil contra mil, y en el campo donde se había de pelear los franceses llevaron secretamente de noche unas piezas de artillería y pusiéronlas debajo de tierra, y hicieron tres grandes bocas de fuego, y enramáronlo todo. Y cuando los españoles salieron en orden para pelear, dispararon los tiros, y entró el fuego de los tres hornos y las pelotas por el escuadrón, que casi lo destruyeron todo, muriendo muchos, que no escaparon trecientos.

Otro día se señalaron como valientes caballeros don Beltrán de la Cueva, primogénito del duque de Alburquerque, y su cuñado don Pedro Girón, que con voluntad de los gobernadores había venido a servir al rey en esta jornada, matando y prendiendo algunos hombres de armas franceses, con quien se toparon a grande riesgo y peligro de sus personas. La última jornada de los franceses fue pasar por la quebrada de una sierra (que entonces se llamaba Reniega, y agora Nuestra Señora del Perdón, por donde pasan, viniendo de Pamplona a Artajona, Tafalla y Olit). Y alojáronse con su campo en un buen sitio y campo de un lugar llamado Zubiza, al pie del puerto, a dos leguas de Pamplona y otras dos de la Puente de la Reina, de donde habían partido, pareciéndoles que aquél era puesto aventajado, por tener tomado el paso y bajada de la sierra a los españoles, y para poder pelear con ellos a su ventaja o quitarles el paso, o para se meter en Pamplona, donde habían mandado recoger gran copia de bastimentos, que todo lo miraron muy bien.

El duque de Nájara, que hacía el oficio de general, llegó con el ejército a alojarse en la Puente de la Reina, donde los franceses habían estado la noche antes. Tuvieron aviso del asiento y ventaja que los franceses tenían y, habido su consejo, pareció cosa de grande peligro y aventura pasar la sierra por el camino que los franceses habían pasado, estando ellos donde estaban. Y también, que retirarse y volver atrás era cosa vergonzosa y no se debía hacer; y que detenerse más allí no convenía tampoco. Porque sabían que los franceses fortificaban y proveían la ciudad de Pamplona a grande priesa.

Por las cuales causas determinaron de pasar la sierra por otro camino, si bien más largo, que fue subiendo la sierra en alto, atravesándola por donde agora es el camino real y derecho de Pamplona a la Puente de la Reina, con rodeo de casi dos leguas, y buscar al enemigo y pelear con él hasta echarle del reino.

Tomada esta resolución, el postrero día del mes de junio de este año 1521, bien de mañana, partieron con su campo y, Hevando buenas guías, caminando la gente con buena voluntad y ánimo, aunque con harto trabajo de sol y de ir en orden, sin acometer ni parar, fue su buena ventura que sin desgracia ni contraste alguno pasaron la sierra, si bien con rebatos y nuevas falsas de que los enemigos los atajaban. Descendiendo a lo llano, siendo las cuatro después de mediodía, comenzaron a alojarse en un campo llamado Ezquirós, entre la ciudad dePamplona y el real de los franceses; en que estaban a una legua los unos de los otros, y el campo español, metido en Pamplona, y el campo francés como cercando a Pamplona y haciendo rostro al enemigo, que fue una determinación animosa.

Los franceses se admiraron cuando así los vieron, porque no habían tenido aviso, ni aun imaginado su camino. Y pareciéndole a Mr. de Asparrós y a los otros capitanes que por haberse alojado en aquel sitio tenían atajado el paso para Pamplona, y que de fuerza habían de desamparar el reino, acordaron de poner el hecho en aventura de la batalla. Que cierto fue el consejo y determinación de esforzados caballeros.

Y viendo que el mejor tiempo para esto era hacerlo luego, porque ellos estaban holgados, y los castellanos llegaban cansados y hambrientos, acordaron de no esperar un punto más. Y así, levantándose luego de donde estaban, comenzaron a caminar en sus escuadrones, la artillería delante, con grande estruendo de atambores y pífanos, contra los españoles. Los cuales, reconociendo que los franceses los venían a buscar, dejando unos la comida y otros el alojamiento que tenían comenzado, tomaron las armas y se pusieron en orden, con tanta presteza y ánimo, que el condestable de Castilla con sumo valor lesponía que por priesa que los franceses se dieron en caminar, los hallaron ordenados y en sus escuadrones, y con mucho ánimo los salieron a recibir.

Ganaron los franceses un buen puesto para acomodar la artillería, y comenzaron a jugarla de manera que hacía mucho daño en los españoles. Tirábanles en un campo raso de unos prados, y la artillería francesa estaba asentada en un repecho que señoreaba todo aquel llano, antes que la batalla llegase a romperse, sin recibirlo ellos; que fue causa que un escuadrón de infantería de cinco mil hombres comenzó a retirarse y dar muestras de huir. Y si el almirante de Castilla con alguna copia de caballos no saliera en su ayuda, y con obras y palabras los detuviera, se perdieran de todo punto. Mas valió tanto lo que el almirante hizo, que con mucho esfuerzo volvieron en sí, y con gran denuedo acometieron a los enemigos.

Por otra parte, la caballería francesa arremetió, con aquel primer ímpetu que tiene, contra otro escuadrón de infantería, que lo rompió, y estuvo muy a canto de volver las espaldas, por ser casi insufrible el primer encuentro de esta gente. Mas el condestable de Castilla, que con una tropa de caballeros andaba requiriendo, animando y ordenando la gente, como vio la flaqueza de la infantería, tomó el batallón de la caballería española y dio en los hombres de armas franceses un apretón tan furioso, que si bien ellos pelearon valientemente, con furia y brío se defendieron y ofendieron gran rato, al fin fueron muertos y presos casi todos.

Y al mismo tiempo que esto pasaba, un escuadrón de infantería española, viendo el daño que la artillería francesa, que era mucha y muy buena, hacía en ellos, poniéndose a peligro y riesgo, caminó hasta donde estaba, y peleando contra mil gascones que la guardaban, rompiéndolos y compeliéndolos a huir, ganó la artillería. Lo cual causó tanto espanto y temor en la otra gente francesa, que veniéndose a topar con ellos los españoles, con poca resistencia, pasando aquel ímpetu y denuedo primero, fue vencida de tal manera. que en espacio de dos horas por todas partes se declaró la vitoria por España.

Venía en el campo español Miguel de Perea, caballero noble, natural de Málaga, mozo de poca edad, si bien de fuerzas y esfuerzo señalado; hizo una hazaña notable con que se dio fin a esta jornada y se concluyó la vitoria; y fue que metiéndose por el escuadrón donde estaba el estandarte real de Francia, llegó él peleando y mató al que lo tenía, sacándoselo de las manos, y lo ganó y defendió sin poder los franceses cobrarlo, y así, el Emperador le dio privilegio para que lo pusiese en el escudo de sus armas.

Con esto los franceses volvieron las espaldas huyendo, quedando muertos en el campo más de seis mil hombres, sin los que murieron en el alcance, que duró dos leguas; y les fue ganada mucha y muy buena artillería, y preso Mr. de Asparrós, su general, con algunos otros gentileshombres principales de Francia. De los españoles murieron trecientos, de los cuales la mayor parte mató la artillería.

Y así pasó esta memorable batalla, domingo último día de junio del dicho año de 1521.

Lo cual, el condestable y el almirante, gobernadores de Castilla, y el duque de Nájara, general que era, y los otros caballeros que allí se hallaron, hicieron, cumpliendo todo lo que a buenos capitanes y varones esforzados debían hacer, así en el ordenar y animar la gente para dar la batalla, como después en pelear animosamente por sus personas. Y cumplieron asimismo con el amor y lealtad que debían a sí mismos, y tenían a su rey, tan apartado de sus reinos, que es bien de notar lo que el condestable y almirante de Castilla hicieron en servicio del Emperador y bien del reino, venciendo dentro de dos meses dos batallas de tanta importancia, con que conservaron los reinos de Castilla y de Navarra en la obediencia del Emperador. Y así lo dice el mismo Emperador en una carta de merced que hizo al condestable, confirmándole los diezmos de la mar por cuanto él le había restituido los reinos de Castilla que iban perdidos. Lo cual advierto sólo para ejemplo y memoria en los siglos venideros, y que se conozca lo que a tales caballeros se debe; y lo mismo a todos los demás grandes de Castilla que con suma lealtad se mostraron en estas jornadas, gastando largamente sus haciendas y poniendo sus personas a todo peligro.

Lo cual no digo por adular ni por ganar la gracia de nadie; que la del cielo me importa, sino por darles lo que se les debe y por dar ejemplo de lealtad a los que son y serán, que para eso se escriben estos libros.

Fuera más largo el alcance, mayor la presa y matanza, si no viniera la noche, con cuya negra capa se encubrieron y escaparon muchos. Volviéronse los españoles a su alojamiento, que fue en el mismo lugar donde se habían puesto antes, si bien no sin cuidado de la gente francesa que estaba en Pamplona, que había salido al campo con pensamiento de ayudar a los suyos cuando estuviesen en la batalla. Pero visto el rompimiento, se tornó a entrar, y sin atreverse a esperar en la ciudad, salieron huyendo aquella noche, dejando en la fortaleza quinientos soldados; con los cuales, desde allí se comenzó luego a tratar de rendirse, haciendo partido de que los dejasen ir con sus banderas y armas; entregaron el castillo.

Y los gobernadores, con todo el campo, se vinieron a Pamplona, que los recibió llanamente, abriéndoles las puertas.

Publicóse el mismo día en todo el reino la rota de los franceses. Y la gente de la tierra, sabiendo el camino que llevaban los que se salvaron así en la batalla como de Pamplona, les atajaron los caminos cortando los árboles, y en pasos estrechos, donde los cogían y degollaban como carneros. De suerte que fueron muy contados los que volvieron en Francia; que todos muerden al que huye, porque es triste la suerte del vencido.

Soltóse de la prisión el general Asparrós. -El conde de Miranda, gobernador de Navarra.

Los capitanes españoles hicieron luego, de allí donde estaban correo al Emperador dando cuenta de su buena fortuna y vitoria que Dios les había dado. Y asimismo lo escribieron al cardenal de Tortosa, que había quedado en Logroño, y a los grandes y ciudades de Castilla.

Y estando allí, dentro de pocos días se les entregaron todas las fuerzas de aquel reino, y volvieron las tenencias de ellas a los que las tenían de antes, si no fue la fortaleza de San Juan del Pie del Puerto. En la cual, habiéndola desamparado los franceses, se metió un capitán, natural de aquella tierra, llamado Juanicote, que se había pasado a los franceses, habiendo antes llevado sueldo y servido a los reyes de Castilla. Y metiendo consigo buena copia de soldados, amigos y allegados, se fortificó y proveyó en ella de tal manera, que fue menester enviar sobre él al condestable de Navarra y al capitán Diego de Vera con casi cuatro mil soldados. Los cuales lo tuvieron veinte días cercado. Y después de le haber dado algunos combates y recibido del castillo daño, le entraron por fuerza de armas, matando muchos de los que dentro estaban. A este, como traidor y tránsfuga, lo mandaron ahorcar.

Ofreciéndose también que el capitán general de los franceses, Mr. de Asparrós, que había sido preso en la batalla, se soltó de la prisión y fue a Francia, dándole libertad y llevándole don Francés de Viamonte, caballero navarro, que lo había habido en su poder, que se tuvo entonces por mal hecho. Pero después él dio su descargo, diciendo que era su prisionero y lo podía hacer sin incurrir en mal caso.

Finalmente, el Emperador fue servido de acetar sus disculpas, y después de haber andado algunos días ausente, lo restituyó en su gracia y acetó su servicio.

Por los cuales estorbos y por otras cosas que se ofrecieron para la pacificación y gobierno de Navarra, y porque siempre tenía nuevas y sospechas que de Francia tornaban, determinaron los gobernadores de estarse quedos en Pamplona el mes de julio y parte del de agosto, si bien con pena y cuidado de las alteraciones de Toledo y de Valencia del Cid; que, como queda dicho, aún no habían por agora acabado con sus movimientos.

Y en este tiempo los gobernadores consultaron al Emperador a quién sería bien encargar el gobierno y guarda de Navarra. Y pareció que convenía fuese virrey de Navarra don Francisco de Zúñiga, conde de Miranda, con la copia de gente de pie y de caballo que era menester para la defensa del reino; descargándose el duque de Nájara de este cuidado, por tener necesidad de acudir a su ciudad y al gobierno de su estado, que no estaba muy en su servicio; si bien otros sintieron diferentemente. Mas no se ha de creer todo lo que el vulgo dice y imagina. Con esto, los gobernadores volvieron a Burgos.

Dieta de Wormes, que fue la primera que el Emperador hizo, donde habló contra Su Majestad Barrois, embajador del rey Francisco. -Abominan los alemanes Lutero y su dotrina. -Descarga el duque de Sajonia a Lutero. -Trábanse en palabras el legado y el duque de Sajonia. -Mandan parecer a Lutero con salvoconducto. -Desenvoltura con que Lutero venía a la Dieta. -Entra Lutero en Wormes. -Lo que el dotísimo Juan Ekio dijo a Lutero. -Afírmase Lutero en su herejía. -Hereje pertinaz Lutero.

Ya que he concluido con los hechos de Navarra, diréla Dicta de Wormes. Que si bien se puso la diligencia posible para hacerla, cuando estaba aplazada no pudo comenzarse hasta el verano deste año de 1521 por el mes de mayo.

Las primeras Cortes que el Emperador tuvo en Alemaña fueron éstas de Wormes. Y conforme a la Bula Áurea que el Imperio tiene, la vez primera que el Emperador fuere electo ha de tener Dieta o Cortes en Norimberga. Pero estorbólo la pestilencia que en ella había, y en su provincia, donde por privilegio y costumbre se debía hacer.

Túvose por esto en Wormes, y acudieron con el Emperador muchos perlados y príncipes, con los estados del imperio.

Asimismo Jerónimo Alejandro, nuncio apostólico; el cual (después que en la Dieta se hubieron tratado algunos negocios importantes) vino a proponer en ayuntamiento el negocio de la religión con un largo y bien ordenado razonamiento, encareciendo los grandes males que se habían seguido, y esperaban seguir, si con tiempo no se ponía freno a las cosas de Lutero. Porque no solamente era hereje, sino también escandaloso, perturbador de la paz y quietud temporal, desobediente a Dios y a sus mayores, blasfemo, impío, detestable, deslenguado; finalmente, sin freno alguno. Por tanto, que mirase Su Majestad y todos los grandes que allí estaban, cuán obligados eran a no dar lugar que cosas tan dignas de castigo y remedio quedasen sin él.

Era tanto el favor que ya el pérfido Lutero tenía entre los alemanes, principalmente con el duque Frederico y con el Lantgrave de Hessia y otros algunos caballeros de los que allí estaban, que por más que se quebraba el legado la cabeza, ninguno se movía de gana a querer tratar como convenía el negocio de la religión. Porque muchos de los que oían al nuncio, estaban persuadidos que Lutero no era tan malo como le pintaban, ni su dotrina iba tan fuera de camino, sino que de odio y aborrecimiento particular que con él tenían el Papa y sus ministros, nacían todos aquellos encarecimientos. Con lo cual, si bien Jerónimo Alejandro propuso una y muchas veces esta plática, nunca salían a dar en el negocio resolución que importase, hasta que en otro ayuntamiento pidió el legado audiencia.

Y propuesta su causa con las palabras más eficaces que pudo, en el discurso de la plática sacó del seno un memorial de cuarenta proposiciones diabólicas y detestables que nuevamente acababan de sacar del último libro de La Captividad Babilónica que Lutero había compuesto. Las cuales eran tan notoriamente falsas y tan horrendas: a los oídos católicos, y aun a los que no lo eran, que no había hombre en el mundo tan malo que no se escandalizase y se le espeluzasen los cabellos oyéndolas.

Mirábanse los alemanes unos a otros, santiguábanse algunos llenos de admiración, de ver que hubiese en el mundo quien tales cosas como aquellas osase imaginar, cuanto más escribirlas. Ponían todos los ojos en el duque de Sajonia, como espantándose de él, que siendo quien era favoreciese a un hombre tan malo como Lutero. Porque puesto que muchos de los presentes eran luteranos, no tenían creído que Lutero enseñase cosas tan contrarias a la verdad católica. Viose tan afrentado el duque de Sajonia, Frederico, que para desculparse y salvar a su Lutero no tuvo otro remedio sino ponerse en pie para decir estas palabras: «Estos artículos no son de Lutero, ni él jamás escribió tales desatinos, sino que vosotros, por vengaros de él y por el odio que le tenéis, escribís tales blasfemias y las publicáis en su nombre. Ese libro que llamáis La Captividad Babilónica, de donde habéis sacado eso, no es de Lutero, y si lo es, no se hallarán en él cosas tan exorbitantes».

Levantóse el nuncio entonces y dijo: «Por cierto, nadie levanta cosas de éstas a Lutero, sino que sus obras y palabras son tales, que se puede muy bien creer de él que escribirá éstas y otras peores blasfemias».

Anduvieron los dos un rato en demandas y respuestas, y encendióse el negocio de tal manera, que por poco vinieran a más que palabras, hasta que ya los pusieron en paz.

Venido a dar y tomar en el caso, se resolvieron en que pareciese allí Lutero personalmente, para que confesase él por su boca cuáles libros eran suyos y cuáles no, porque de su confesión resultaría la verdad de aquellas proposiciones, y si le imponían sus enemigos lo que en él no había. Determinado, pues, en consulta, que Lutero pareciese, bastaba dar medio como lo pudiese hacer con seguridad de su persona. Porque puesto que se le ofrecía salvoconducto imperial, todavía sus amigos se recelaban. Porque siendo Lutero tan malo y habiendo él quebrado la palabra pérfidamente a Dios y a los hombres, cosa razonable sería no guardársela a él.

Querían tanto a su ídolo Lutero, que temían que, venido a Wormes, le había de acontecer lo que a Juan Hus y a su compañero Jerónimo Praga en Constancia. Por otra parte, hacíaseles a los luteranos vergüenza pedir otra mayor seguridad que la palabra del César, para un hombre tan vil como Lutero. Y no osaban poner dolencia en el salvoconducto, porque no pareciese que desconfiaban del César y de la causa de Lutero.

Finalmente, el salvoconducto se despachó. Y porque muchas de las ciudades imperiales estaban ya tocadas de esta lepra y más que inficionadas, y de no se guardar a Lutero la palabra se temían grandes alteraciones, tomaron por medio que con Su Majestad entrasen en el salvoconducto algunos príncipes del imperio, poniéndosele a Lutero por condición, si quería que se le guardase la palabra, que por todo el camino dende su casa hasta Wormes viniese callando, y que ni pudiese predicar, ni escribir, ni hacer otra cosa con que pudiese incitar los pueblos a sedición y escándalo, como lo tenía de costumbre.

Diose el cargo de ir por Lutero a Juan Sturnio, criado del Emperador, uno de los discípulos ocultos de Lutero, que fue harta causa que este negocio se estragase. Llevó consigo Sturnio algunos amigos suyos, y cartas para Lutero del duque Frederico y de otros algunos príncipes amigos suyos, porque se asegurase de todo punto y no dejase de venir. Aparejósele un coche muy entoldado y mucho acompañamiento, para que viniese con mayor autoridad.

Salió Lutero con este aparato de Witemberga, y tomó consigo tres amigos suyos letrados. Por donde quiera que pasaba salían a verle, con deseo de conocer un fraile que tenía puesto el mundo en tanta tribulación. Por maravilla pasaba por pueblo alguno que no hallase quien le hiciese fiesta y banquetes. Nunca comía sin música, y a las veces tañía él un laúd, que lo sabía muy bien hacer. Todo esto le causaba ser Sturnio luterano descubierto, que como tal le dio licenciatura para que predicase sin respeto de las condiciones del salvoconducto.

Predicó en Erfordia el domingo de Quasimodo, y no dijo cosa en el sermón que no fuese blasfemia contra el merecimiento de las buenas obras, contra las leyes humanas y contra todas las obras satisfactorias de piedad. Y porque sus abominables palabras viniesen a noticia de todos, hizo imprimir el sermón como lo tenía de costumbre. Llevaba todavía Lutero el hábito de fraile; pero con todo eso no hacía sino blasfemar de su religión y de todas las otras.

Llegó a Wormes a 16 días de abril del año de 1521. Otro día siguiente fue a besar la mano al Emperador, llevándole en medio por las calles Sturnio y otro caballero principal, muy acompañados de gentes de a pie y de caballo, porque todos se iban tras él como tras una cosa nueva y nunca vista. Unos porque creían sus desvaríos y otros por conocer de rostro al que por sus maldades era ya por fama conocido en toda-la cristiandad.

Recibióle el César humanamente, por no lo desabrir. Y por no perder tiempo, mandó venir allí luego muchos príncipes y personas de calidad, para comenzar a dar expediente en este negocio. Mandáronle que no hablase palabra, más que responder a lo que le preguntasen. Diose el cargo, para que le hablase, al provisor general del arzobispo de Tréveris, Juan Ekio, persona muy principal y gran letrado. Hízole una plática larga y elegante, en lengua latina; y después, porque todos los circunstantes le pudiesen entender, díjole en tudesco estas palabras.

-Para solas dos cosas, Martín Lutero, ha querido Su Majestad del Emperador nuestro señor que vinieses personalmente a su presencia imperial. La primera, para que ante Su Majestad Cesárea reconozcas cuáles y cuántos son los libros que has escrito y publicado hasta hoy, y digas libremente si son tuyos todos los que andan por el mundo intitulados de tu nombre; y la segunda, para que después que los hayas reconocido digas claramente si son tuyos, si quieres afirmar lo que en ellos dices o si quieres revocar alguna cosa de lo que en ellos afirmas.

Antes que Lutero pudiese responder, dijo uno de aquellos tres letrados sus amigos en voz muy alta, como enojado:

-Señálense primero los libros que decís, que andan en su nombre de Lutero.

-Pláceme -dijo Juan Ekio.

Sacó luego una minuta de todos ellos (que no eran pocos), y al cabo de ellos estaba el de La Captividad Babilónica. Respondió entonces Lutero con osadía, y dijo:

-No puedo dejar de reconocer por míos todos esos libros. Yo confieso haberlos escrito, y no lo negaré jamás. En cuanto a lo que se me pregunta si quiero revocar algo de lo que en ellos digo, pues el negocio es tan arduo y tal que se trata en él de la salud y vida de las almas y de la fuerza de la palabra de Dios, temeridad sería muy grande mía responder a lo que siento, sin considerar primero lo que me conviene decir. Déseme tiempo para deliberar, que yo responderé conforme viere que conviene a la salud de mi alma y a la honra de Dios.

Hubo consulta entre todos los príncipes sobre si sería bueno darle término para responder. Al cabo, Juan Ekio tornó a decirle desta manera:

-Bien entendido tiene Su Majestad, y todos estos príncipes con él, que sabías tú, Martín Lutero, a lo que venías a esta Corte. Y todos creen de ti que traes bien pensada la respuesta, y ansí no había necesidad de darte tiempo para pensarla de nuevo. Pero con todo eso (porque no tengas de qué te quejar), Su Majestad, usan, do contigo de su acostumbrada clemencia, dice que dentro de veinte y cuatro horas te recojas, y determines lo que vieres que te cumple. Vendrás aquí mañana a estas horas. No traigas cosa ninguna por escrito; de memoria podrás decir todo lo que quisieres.

Con esto se acabó por aquel día la Junta, y Lutero tornó a su posada con la misma pompa.

Otro día siguiente, estando el Emperador en su sala, y con él todos los príncipes, entró Lutero en ella, y cuando fue hora, tomó la plática el mismo Juan Ekio y dijo:

-Ea, Lutero, responde a lo que se te ha preguntado, que ya es tiempo que te resuelvas, y que digas claramente si quieres revocar y desdecirte de algo de lo que has afirmado en tus escritos.

Comenzó entonces Lutero en tono grave una oración latina, que la traía bien pensada, y usando de largos proemios y de muchas palabras excusadas, estuvo poco menos de dos horas gastando almacén, sin venir al punto de lo que se le pedía. Trajo muchas historias profanas, con ejemplos antiguos, enderezados para ganar la benevolencia de los príncipes que le oían; discurriendo en su arenga, comenzó a quererlos atemorizar con ejemplos de los reyes de Egipto y de otros bárbaros, que habían perseguido los hijos de Israel. Después, ya que tenía cansados a todos (cuando pensaban que acababa), entró partiendo la oración en miembros, proponiendo tantas cosas que faltaban de decir, que si le hubieran de oír hasta el cabo, no había harto en aquel día ni otro. Y como ya casi era de noche, atajóle Juan Ekio y dijo:

-Acaba ya, Lutero, de tantas arengas; no quiebres la cabeza a Su Majestad y a otros príncipes con palabras impertinentes; ven a lo que hace al caso y di claramente y sin rodeos si quieres hacer lo que se te manda.

A lo cual respondió diciendo:

-Ni quiero ni puedo revocar cosa de cuantas tengo dichas hasta hoy, ni lo entiendo hacer hasta tanto que alguno me convenza con testimonio de la sagrada escritura, y con razones vivas; sin alegarme autoridades del Papa, ni de los concilios; que yo no los creo, ni entiendo recibir su autoridad, porque yerran y se contradicen muchas veces. (Que aqueste fue el principio de su perdición y diabólico desatino.) Y pues yo no puedo seguramente creer contra mi conciencia, tampoco puedo, ni quiero hacer cosa contra ella; Dios me ayude, amén.

Replicóle a esto Juan Ekio, y dijo:

-Respuesta es ésa, Lutero, harto más descomedida y soberbia de lo que a tu persona y hábito conviene. Y cierto, si tú quisieras agora retractar todos tus libros, adonde has vomitado la mayor parte de tus errores, yo sé que Su Majestad mandara que todos alzáramos las manos de perseguir a ti y a tus cosas, y pasáramos con algunos de tus libros que se pueden tolerar. Pero paréceme que no quieres sino porfiar, tornando a resucitar los errores que ya la Iglesia católica condenó en el Concilio de Constancia. Y quieres en buen hora que te convenzan a ti solo con las Escripturas. Desvarías, Lutero; vuelve por ti; mira lo que dices. ¿A qué propósito quieres tú que disputemos sobre la verdad de lo que la Iglesia tiene recibido tantos años ha? ¿No te parece que, cuando la Iglesia lo determinó, que se disputaría bien antes que se determinase?

Respondió él entonces:

-¿Qué aprovecha? Que mi conciencia me dice a mí otra cosa; tengo la conciencia cautiva, y no la puedo sacar de los lazos en que está muchos días ha, ni la sacaré si no es de la manera que tengo dicha. No me pidan que revoque lo que ya una vez he dicho y escrito, que no lo haré en alguna manera.

Con esas y otras demandas y respuestas, vino la noche sin tomarse asiento en cosa.

Queriendo el Emperador dar a entender lo mucho que deseaba que se conservase limpia la fe cristiana, y que por el parecer y porfía de un solo fraile no se alterase el mundo, después de haber cenado, desabrido se encerró en su recámara a solas, y sin que nadie le viese escribió en lengua tudesca una carta, y protestación de la fe, cuya sustancia sacada de la misma lengua es:

Confesión católica del Emperador.

«Vosotros sabéis que yo deciendo de los Emperadores cristianísimos de la noble nación de Alemaña, y de los Reyes Católicos de España, y de los archiduques de Austria y duques de Borgoña. Los cuales fueron hasta la muerte hijos fieles de la Santa Iglesia Romana, y han sido todos ellos defensores de la fe católica y sacros cánones, decretos y ordenamientos y loables costumbres, para la honra de Dios y aumento de la fe católica y salud de las almas. Después de la muerte, por derecho natural y hereditario, nos han dejado las dichas santas observancias católicas, para vivir y morir en ellas a su ejemplo. Las cuales, como verdadero imitador de los dichos nuestros predecesores, habemos, por la gracia de Dios, guardado hasta agora. Y a esta causa yo estoy determinado de las guardar, según que mis predecesores y yo las habemos guardado hasta este tiempo; especialmente lo que ha sido ordenado por los dichos mis predecesores, ansí en el Concilio de Canstancia como en otros. Las cuales son ciertas, y gran vergüenza y afrenta nuestra que un solo fraile contra Dios, errado en su opinión, contra toda la cristiandad, así del tiempo pasado de mil años ha, y más como del presente, nos quiera pervertir y hacer conocer según su opinión que toda la dicha cristiandad sería y habría estado todas horas en error. Por lo cual yo estoy determinado de emplear mis reinos y señoríos, mis amigos, mi cuerpo, mi sangre, mi vida y mi alma; porque sería gran vergüenza a mí y a vosotros, que sois la noble y muy nombrada nación de Alemaña, y que somos por privilegio y preeminencia singular instituidos defensores y protectores de la fe católica, que en nuestros tiempos no solamente herejía, mas ni suspición de ella, ni diminución de la religión cristiana, por nuestra negligencia en nosotros se sintiese, y que después de Nos quedase en los corazones de los hombres para nuestra perpetua deshonra y daño y de nuestros sucesores. Ya oístes la respuesta pertinaz que Lutero dio ayer en presencia de todos vosotros. Yo os digo que me arrepiento de haber tanto dilatado de proceder contra el dicho Lutero y su falsa doctrina. Estoy deliberando de no le oír hablar más, y entiendo juntamente dar forma en mandar que sea tornado, guardando el tenor de su salvoconducto, sin le preguntar ni amonestar más de su malvada doctrina, y sin procurar que algún mandamiento se haga de como suso es dicho, e soy deliberado de me conducir y procurar contra él como contra notorio hereje. Y requiero que vosotros os declaréis en este hecho como buenos cristianos, y que sois tenidos de lo hacer como me lo habéis prometido.

»Hecho en Wormes a 19 de abril de 1521. De mi mano.

YO, EL REY.»

Peligro en que el Emperador y católicos estaban en Wormes. -El arzobispo de Tréveris quiere poner en razón a Lutero y no basta. -Fingida humildad de Lutero. -No quiere Lutero admitir concilios ni doctores santos.

Otro día de mañana no quiso el Emperador salir a Consejo, sino que se leyese en él esta su confesión, lo cual se hizo ansí. Y cuanto fue grande el contento y aplauso con que la oyeron los buenos y católicos, tanto fue mayor el desabrimiento y murmuración de los luteranos. Los católicos alababan en el César la constancia y firmeza en la verdadera religión, y decían que bien parecía hijo de tales padres. Los luteranos, al contrario, que era mozo y mal aconsejado. Que los amigos del Papa le traían al retortero y hacían de él lo que querían.

Alteróse luego la Corte con tales murmuraciones. Cada mañana amanecían cédulas puestas por los cantones con mil desvergüenzas, amenazando al César y a todos los católicos, diciendo casi públicamente, y escribiéndolo por las paredes a cada paso: Vae terrae cujus rex est puer! « ¡Ay de la tierra cuyo rey es niño! «Hallóse en la plaza un cartel que decía: «Guárdese el arzobispo de Maguncia, comisario general de la Cruzada, porque cuatrocientos caballeros tudescos andamos determinados de matarle, y dende agora le desafiamos.» Al cabo de este cartel estaban muchas veces replicada aquella palabra escandalosa de Lutero, «Trotz, trotz», que en lengua tudesca es palabra de menosprecio, como acá si dijésemos «Una higa para ellos».

Junto con esto, era fama pública que un Francisco de Siching estaba con gente de guerra bien cerca de Wormes, esperando a ver en qué paraba el negocio de Lutero, con intención de vengar sus injurias, si acaso algunas se le hiciesen. Todas estas cosas dieron que pensar a muchos de los criados y servidores del Emperador. Los cuales, conmovidos con celo de su servicio, y por evitar que no sucediese algún mal grande, suplicaron a Su Majestad encarecidamente fuese servido de remitir un poco el enojo que tenía contra Lutero y darle audiencia, mostrándole más blandura, porque sus amigos no tuviesen ocasión de hacer algún desacato contra su imperial persona.

Importunáronle tanto y tantos al César, que al fin hubo de alargar a Lutero otros tres días de término, y que dentro de ellos se nombrasen personas para tratar con él de que se retractase sin réplica ninguna; y si no lo quisiese hacer, saliese luego de Wormes, con apercibimiento que pasados los tres días no le valdría el salvoconducto para que no fuese preso y castigado rigurosamente, como sus muchos desconciertos merecían.

Aseguráronse con esto un poco los luteranos, y porque no se perdiese tiempo, el arzobispo de Tréveris envió dos clérigos suyos a Lutero aquel mismo día, avisándole que se aparejase, porque para el día siguiente había de venir a verse con él a su posada. El día de San Jorge no se pudo entender en el negocio de Lutero, por estar Su Majestad ocupado en la fiesta de los caballeros de San Jorge, cuya cabeza él era. Y es de notar que aquel mismo día (aunque no lo sabía el Emperador) estaban sus capitanes acá en España dando la batalla a los comuneros en Villalar, y así parece que Nuestro Señor hacía en España la causa del César cuando él hacía la de Dios en Alemaña.

Otro día después de San Jorge, víspera de San Marcos Evangelista, fue llamado Lutero a la posada del arzobispo de Tréveris, adonde estaban juntos el obispo y el marqués de Brandemburg, el duque Jorge de Sajonia, el maestre de la caballería de Nuestra Señora de los Teutónicos y algunos otros caballeros, con tres letrados, de los cuales era el principal Jerónimo de Vio, chanciller de Buda, que había de hablar por todos con Lutero.

Juntáronse con él en una sala bien de mañana, y después de algunas cortesías que se hicieron los unos a los otros, Jerónimo Vio comenzó una plática doctamente ordenada, en la cual en sustancia le rogó a Lutero, que por un solo Dios no se fiase tanto de sí mismo ni pensase de sí que sabía más él solo que todos los hombres del mundo. Que pues todos los cristianos estimaban tanto la sentencia y parecer de los sacros concilios, él solo no fuese tan atrevido que osase poner lengua en desminuir su autoridad, pues era cierto (y lo sabía él) que la Iglesia cristiana no tenía otro refugio mayor ni más acertado para determinar las dudas que nacían en la religión.

Al cabo le dijo estas palabras:

-Aquí vienen, padre, estos señores, y yo con ellos, no a disputar con vos, que no hay para qué, sino a rogaros de parte de Jesucristo crucificado, que os enmendéis vuestros errores, pues veis los grandes escándalos y males que de vuestra porfía y obstinación han resultado, y se espera que nacerán otros mucho mayores.

A lo cual Lutero en pocas palabras respondió diciendo de esta manera:

-En mucha merced tengo, señores, la exhortación amigable que se me ha dado sin haberla yo merecido tan blanda y caritativa. Mi intención nunca fue jamás (ni lo será) de reprender a todos los concilios. Al que yo he reprendido es sólo, el de Constancia, no por otra cosa más de porque condenaron en él la palabra de Dios. Bien sé que somos todos los hombres obligados a obedecer a los jueces, y a los superiores y magistrados, aunque vivan mal. También sé que nadie se debe atar mucho a su parecer. Pero no me mande alguno que niegue la palabra de Dios, que no lo haré en alguna manera. (Como si se le pidiera que negase la palabra de Dios.)

Con esta respuesta pensaba encubrir sus errores y ponzoña.

Hubo algunas otras réplicas de parte del chanciller, y dieron y tomaron todos los de aquella junta alegando muchas razones. A todos falsamente pensaba satisfacer el hereje con ponerles por escudo la palabra de Dios.

Llamaba él palabra de Dios al Evangelio entendido a su modo y con las violencias que a él le parecía, sin admitir ni recibir interpretación de alguno de los santos doctores; y estaban las opiniones de Lutero tan lejos de ser palabra de Dios (como él las llamaba) que Juan de Fischero, obispo Rofense, en un tratadillo que hizo en favor de la bula del Papa León X, prueba claramente que ninguno de los cuarenta y dos artículos condenados por aquella bula son ni pueden ser palabra de Dios.

Finalmente, Lutero en estas vistas de la víspera de San Marcos, siempre se tuvo a su palabra de Dios sin que le pudiesen sacar de ella.

Otro día siguiente fueron Jerónimo Vio y otro letrado amigo suyo a la posada de Lutero, a sólo rogarle que ya que no quería retractarse, a lo menos tuviese por bien deponer sus libros debajo de la corrección del Emperador y de los príncipes de Alemaña. A esto respondió él que le placía. Pero que con tal condición se habían de examinar que no alegasen contra él opiniones de doctores ni de concilios, sino solos testimonios y autoridades de la Sagrada Escritura. Porque la palabra de Dios no estaba sujeta ni se había de someter al juicio de los hombres. Pidiéronle tras esto, que a lo menos se sometiese a la determinación del futuro concilio. Respondió que mucho enhorabuena, que le placía; pero que había de ser con la misma condición.

Lleváronle de allí otra vez al arzobispo de Tréveris, y habiendo pasado el arzobispo con él muchas cosas, vino a decirle:

-Pues no os contenta, padre, algún partido de los que se os han puesto, decidnos agora vos por amor de Jesucristo cuál medio os parecerá que será bueno que tomemos en este vuestro negocio.

Dijo él entonces:

-El mejor medio de todos es, que hagamos lo que dijo Gamaliel en los actos de los apóstoles: «Dejadme, no me vais a la mano, que si mi consejo es bueno y venido por mano de Dios en balde trabajáis por estorbarme; y si es consejo humano, él se deshará sin llegar a él».

Y para que en Alemaña fuese notoria la voluntad y santo propósito del Emperador y cuánto abominaba los errores y atrevimientos de Martín Lutero y sus secuaces, en la ciudad de Wormes a ocho días del mes de mayo del año de 1521 y de su imperio, segundo, y de los demás reinos sexto, mandó publicar una provisión y edicto contra las herejías y herejes, y que se pregonasen en todas las ciudades del imperio, diciendo:

Edicto Vormacense. -Confiesa el Emperador que conocer de Lutero toca al Pontífice. -Preguntas que se hicieron a Lutero. -Desvergüenza de Lutero. -Amonestan en particular a Lutero que se aparte de su mal propósito. -Pecho católico del Emperador y lo que en esto se engañaron algunos. -Muere Guillermo de Croy, arzobispo de Toledo.

«Que al oficio de verdadero Emperador de romanos pertenece no sólo extender y dilatar en lo tocante a la fe católica los términos del Sacro Imperio, como lo habían hecho los príncipes de Alemaña sus predecesores por la defensión de la Iglesia católica romana, derramando muchas veces su propia sangre y la de los suyos, y lanzando de sus términos los infieles, pero ni aun consentir que una centella o sospecha de herejía maculase la sacrosanta religión de sus gentes. Y que si alguna había comenzado a nacer, debía borrarla y apagar de todo punto y con todo cuidado, siguiendo la regla que hasta entonces se había tenido y guardado de la Santa Romana Iglesia. Y si tal hicieron sus mayores, ¿cuánto más y con mayor obligación lo debía él hacer, pues la inmensa benignidad del Omnipotente Dios le quiso dar mayores reinos, señoríos, más pueblos y gentes belicosas y dobladas fuerzas, más que en muchos siglos de los pasados tenía dados a otro príncipe para tutela y aumento de su santa fe católica? Y demás de esto como él trajese su origen y nacimiento por parte de padre, de los cristianísimos emperadores y archiduques de Austria y duques de Borgoña, y por su madre de los Católicos Reyes de España, Sicilia y Jerusalén, cuyas ilustres hazañas hechas por la fe cristiana jamás se pondrán en olvido. Y que si por su negligencia y descuido permitiese que los errores que de tres años a esta parte comenzaron a brotar en Alemaña, siendo nuevas herejías, o, por mejor decir, muchas veces por los concilios y decretos de los Sumos Pontífices con aprobación de la Iglesia condenada, y agora como saliendo del infierno las dejase echar hondas raíces sería con perpetua ignominia y nota de su nombre y gran cargo de su conciencia y escurecería, como una niebla, las felices esperanzas de los principios de su imperio. Y que a todos era notorio con cuántos errores y herejías muy contrarias y ajenas de la fe católica, un cierto Martín Lutero, fraile de la Orden de San Agustín, había procurado inficionar la religión cristiana, principalmente en la ínclita nación de los alemanes, que perpetuamente aborrecieron y resistieron todo error de infidelidad. Lo cual estaba en tal punto, que si no se acudía al remedio con tiempo, toda esta nación, y después de ella (cundiendo la contagión) la república cristiana, estaba muy cerca de despeñarse y dar consigo en una abominable cisma y acabamiento de todos los bienes y paz universal de la Iglesia. Por lo cual, movido el Santísimo en Cristo Padre León X, Sumo Pontífice de la Sacrosanta Romana Iglesia, a quien toca la reformación y guarda de la pureza de la fe católica y sacramentos de la Iglesia, al principio amonestó paterna y blandamente, y aconsejó al dicho Martín Lutero que se apartase de principios tan nefandos y revocase los errores que había derramado. Lo cual como él menospreciase, añadiendo males a males, el dicho Beatísimo Padre determinó proceder contra este hereje y usar de los remedios acostumbrados. Así que siendo convocados los reverendísimos cardenales de la Santa Romana Iglesia, obispos y otros prelados, priores y ministros generales de las Órdenes regulares, varones señalados en letras y dotos en todo género de dotrina y lenguas, maestros y dotores de diversas naciones, siendo ante todas cosas citado y llamado el dicho Martín Lutero, perseverando él duramente en su contumacia, con consensu, consejo y aprobación de todos los cardenales, obispos, perlados, dotores y maestros, condenó todos los escritos que el dicho Martín Lutero ansí en la lengua tudesca como latina había publicado y impreso como dotrina perniciosa, contraria y repugnante a la fe y unidad de la Iglesia. Y mandó que se quemasen sus libros y de todo punto se deshiciesen. Y que si el dicho Martín Lutero dentro de un cierto término después de la publicación del decreto de Su Santidad, mudando parecer y apartándose de lo que había comenzado, no revocase sus errores y mostrase dolerse de ellos, le declaraba y condenaba como desobediente y hijo de maldad, cismático y hereje, y daba poder a todos para que le pudiesen prender y justiciar, conforme a la disposición del derecho común más largamente se contenía en la bula que cerca de esto se expidió; la cual se había enviado por un nuncio apostólico al Emperador, como a verdadero y supremo defensor de la fe cristiana y de la silla apostólica de Roma. Pidiéndole por el dicho mincio, embajador Gerónimo Alejandro, protonotario de la dicha Sede Apostólica, que conforme al oficio y obligación de la dignidad imperial mandase guardar todo lo contenido en las dichas letras apostólicas, y diese para ello su favor y ayuda. Primeramente en todo el Imperio romano, y de ahí (como convenía a tan católico y cristianísimo príncipe) en los demás sus reinos, dominios y provincias, principalmente en Alemaña. Y que después de la dicha amonestación hecha por el Pontífice, el dicho Lutero fuese citado y emplazado, y durando su rebeldía, finalmente condenado; y se presentasen las dichas letras, y publicase la bula apostólica por diversos lugares de Alemaña. Y asimismo mandaba que el Emperador hiciese ejecutar, guardar y publicar las dichas letras, no solamente en Lovaina y en los Países Bajos, pero también en Colonia, Tréveris, Maguncia y otras partes. Pero no bastando esto, estuvo tan ajeno el dicho Martín Lutero de apartarse y dolerse de sus errores y de pedir perdón y absolución de su culpa, ni procurar la gracia del Pontífice y Santa Iglesia Romana, que cada día imprimía y sacaba en público detestables y perversos frutos de su dañado ingenio, y en manifiesto daño de la Iglesia, furiosamente publicaba infinidad de libros llenos de herejías, no sólo nuevas, pero aún resuscitaba las muy antiguas y condenadas en tiempos pasados por los sagrados concilios, y no sólo en latín, pero para más fácilmente pervertir y estragar el común de las gentes, los componía en lengua vulgar y tudesca. En los cuales libros disipaba y confundía el número de los siete sacramentos, que por tantos siglos la Iglesia romana había tenido y guardado.

»Destruía y condenaba feamente y de diversas maneras las leyes inviolables del matrimonio. Decía, con Wiclef, que la Extremaunción era un puro fingimiento. Condenaba el sacramento de la Eucaristía, y la Confesión. Y, finalmente, con tanta desenvoltura hablaba de los sacramentos y ceremonias de la Iglesia, que amenazaba, con peores cosas que decía, escribir contra la Iglesia. De donde, tomando ocasión, comenzaron algunos a poner duda en la penitencia y otros a usar mal de ella, y otros, de todo punto a negarla. Y demás de esto vino a tener en tan poco la dignidad sacerdotal, que la hizo común a los seglares y a los niños, y aun a las mujeres, incitando a los mismos seglares para que ensuciasen sus manos en la sangre de los sacerdotes. Y al Sumo Pontífice, supremo sacerdote de nuestra religión, sucesor de San Pedro y verdadero Vicario de Cristo en la tierra, de ordinario no le trataba menos que con infames, afrentosas y viles palabras. Negaba totalmente el libre albedrío, y decía que todas las cosas sucedían en cierta manera, necesitando, de manera que no podían evitarlas los hombres, tomándolo de la herejía de los maniqueos y Wiclef. Y que el venerable sacramento de la Misa no era frutuoso a los vivos ni a los muertos, más de a sólo el sacerdote que la decía. Quitaba los ayunos y oraciones que la Iglesia tiene instituidos. Sentía contra la Iglesia en lo que tiene del purgatorio y de las ánimas que en él se purificaban. Negaba los sufragios y oraciones que de los vivos esperan los difuntos, arrimándose a la opinión falsa y herética que contra la Iglesia católica tuvieron otros herejes. Sentía con los pelagianos en lo que es la Iglesia militante. No admitía la autoridad, escritos y dotrina de los santos padres que la Iglesia católica ha recibido. Escarnecía, y burlaba del honor, reverencia y devoción que con ellos la Iglesia tiene. Quitaba la obediencia y buen gobierno que los pueblos tienen, conmoviéndolos y incitándolos a bandos, rebeliones y mortal disensión y levantamientos contra los señores espirituales y temporales, provocándolos a robos, incendios y muertes, con gran descrimen y manifiesto peligro de la república cristiana, induciéndolos a una vida licenciosa, disoluta y sin alguna ley, orden y manera, y verdaderamente brutal. Así que este hombre sin ley, daña y condena todas las leyes, decretos de los santos padres y sagrados cánones, diciendo con boca descomulgada, que habían de ser quemados en públicas hogueras. Lo cual hubiera hecho si no temiera más el cuchillo temporal que las excomuniones y censuras del Pontífice. Pero que ya no tenía vergüenza de contradecir públicamente con toda libertad a los sagrados concilios. De los cuales principalmente contradice y muerde en todas partes, con temeraria osadía y desvergüenza, al Concilio costanciense, que con gran gloria de los alemanes dio paz y tranquilidad perpetua a la Iglesia, que con gran peligro estaba desavenida. El cual atrevimiento no sólo es en ofensa de toda la Iglesia, mas en notable afrenta, menosprecio y ignominia de toda Alemaña, pues ya dice que este Concilio erró más torpemente que todos los otros. Ya le llama sinagoga de Satanás, y de todos los que en él se juntaron y mandaron quemar a Ioanes Hus, heresiarca; y lo que más es, que al Emperador Segismundo, de felice recordación, y príncipe del Sacro Imperio, llama Anticristo, y sus apóstoles, homicidas y fariseos. Y que todo cuanto condenaron en este concilio de lo que tenía dicho Ioanes Hus, era puro evangelio y verdaderamente fe católica, cristiana y como tal lo defendería. Y los artículos o proposiciones que de Ioanes Hus allí se aprobaron, no los admite. Y, finalmente, venido a tal extremo y locura, que si Ioanes Hus fue una vez hereje, éste se precia de serlo cien veces más, siendo un hombre tan amigo de novedades y, por mejor decir, codicioso de la perdición de todos, que ninguna cosa tiene escrita o se ha divulgado en su nombre, en la cual no haya alguna ponzoña y mortal veneno, principalmente en aquellos libros indignos de ser nombrados, por las materias feas y abominables que en ellos trata, que en su nombre se han impreso, y en los demás que ha reconocido por suyos, en los cuales no hay palabra que no tenga su veneno. Por no contar todos los errores, que son innumerables, de Lutero (como si éste sólo no fuera hombre, sino el mismo diablo en figura. humana, para destruición de todo el mundo, tomando el hábito de fraile) todas las herejías de infinitos de herejes, dañadas y condenadas, las había sacado de la sepultura y olvido, y juntándolas en uno con otras que él de nuevo ha pensado, con fingida y disimulada predicación de la fe. De la cual usa de ordinario para persuadir sus engaños, con que de todas maneras estragaba y destruía la verdadera fe. Y con color de libertad que promete, echa y pone el yugo y servidumbre del demonio. Y debajo de nombre de la profesión evangélica, pretende destruir y totalmente dañar la paz evangélica, y caridad, y pervertir el orden y hermosura de toda la Iglesia. Las cuales cosas (dice el Emperador), entendidas por él y por sus consejos y naciones a él súbditas, y con cuidado advertidas y consideradas, particularmente en aquello que por el Sumo Pontífice fue amonestado; viendo que sin ofensa notable de su honor y reputación imperial, detrimento y injuria de la religión católica no podía disimular cosas de tanto peso (como ni lo quiso), antes siguiendo los pasos de los emperadores romanos, sus predecesores, y los hechos loables que por la libertad de la Iglesia católica siempre hicieron, y las constituciones pías y santas que inviolablemente siempre guardaron en la extirpación y castigo de los herejes, siendo llamados principalmente en su presencia los electores, y todos los estados y príncipes del Sacro Imperio Romano, congregados en la Dieta de Wormes. De consentimiento, parecer y madura deliberación de todos ellos, vinieron y venían en esta determinación, sentencia y conclusión, que aunque por todo derecho no se debía oír ni admitir a un hombre que el Sumo Pontífice y Sede Apostólica tenía condenado por duro y pertinaz en su pecado, excomulgado y segregado del uso y participación de la Iglesia católica, y notoriamente hereje, pero para quitar toda cautela y ocasión o achaque de cavilación, y porque muchos libros que en nombre de Lutero se habían publicado, algunos de -sus secuaces los condenaban, y decían no ser suyos, afirmaban muchos que convenía ante todas cosas oír al dicho Lutero, antes de ejecutar en él la sentencia del Pontífice, y que se le enviase salvoconducto con uno de sus heraldos, o faraute, para que libremente y sin peligro pudiese parecer y dar cuenta de sí, y volverse con la misma seguridad. Lo cual se hizo así. No dice el Emperador «para que Nos juzgásemos o conociésemos de este negocio», que sin duda ninguna toca y pertenece al Pontífice Romano y silla Apostólica; ni para que consintiésemos poner en disputa y duda, con grande escándalo, turbación y menosprecio de los fieles, las cosas de nuestra santa fe, sino por satisfacer al vulgo y a muchos que lo pedían, y reducir, si fuese posible, el ánimo de tal hombre con buenos consejos y amonestaciones al camino verdadero. Puesto, pues, Lutero en nuestra presencia y de los príncipes electores del Sacro Imperio, perlados y estados, le mandamos preguntar según la forma del imperial mandato:

»Lo primero, si había compuesto y eran suyos muchos libros que se le mostraron y leyeron por sus títulos, y otros que andaban con su nombre.

»Lo segundo, si quería apartarse y revocar lo que en los dichos libros se contenía contra los decretos de los Santos Padres, ritos, y costumbres guardadas desde nuestros mayores hasta este presente día, y reducirse al seno y unidad y conformidad de la Iglesia católica; diciéndole blandas y amorosas razones, con muy buenos partidos que en nuestro nombre y del Sacro Imperio se le ofrecieron; con saludables consejos y amonestaciones, que no bastaron para ablandar y convertir el corazón de este hombre obstinado y duro más que una piedra. El cual luego reconoció y confesó ser suyos los dichos libros, y protestó que jamás lo negaría. Y aun dijo que había compuesto otros muchos, que por no haber copia de ellos no se habían traído allí. Y en lo que tocaba a la revocación, pidió que se diese término para responder. El cual, aunque se le pudiera negar -porque las novedades y errores en la fe no se han de tratar con largas, sino luego se deben cortar y poner silencio en ellas, y lo otro, porque del mandato que de nuestra parte legítimamente le fue notificado, y asimismo por las cartas que le enviamos, fue muy bien amonestado y advertido de la causa para que le llamaban, y que viniese aparejado para responder luego breve, clara y abiertamente, como se debía hacer en el ayuntamiento imperial-, pero, por nuestra clemencia y benignidad, le dimos un día de término, y que pasado pareciese ante nos en la dicha Dieta y convento imperial, y con semejantes amonestaciones fue muchas veces aconsejado que volviese en sí, prometiéndole de nuestra parte, que si conociese la culpa que tenía y le pesase de sus errores, y condenase los que en sus libros se contenían, brevemente se le alcanzaría del Sumo Pontífice que le recibiese en su gracia, y que expurgando sus libros con cuidado y diligente examen, quitando de ellos los errores y herejías que contenían, que lo que fuese católico y santo, la autoridad apostólica lo aprobaría. Respondía, con muchos visajes y gestos, y descomposición, más propia de un hombre loco que de religioso, con palabras soberbias insolentis, que no mudaría de una sola palabra de lo que tenía escrito. Y en nuestra presencia y de los príncipes del Imperio afirmó que los sacros cánones y decretos de los Sumos Pontífices y sagrados concilios habían muchas veces errado, y entre sí mismos se contradecían, y que para él eran de ningún momento, y que él jamás se apartaría de lo que tenía escrito, si con evidente razón y autoridades de la Sagrada Escritura, que a sí y a su conciencia satisficiesen, no le convencían. Repetiendo muchas veces (con que encubría el veneno de sus engaños) que con su conciencia ilesa y sana, ni podía ni quería alterar ni mudar la palabra de Dios (mal entendimiento, mal ánimo). Como si Nos, dice el Emperador, le pidiéramos que mudase y alterase la palabra de Dios, sino antes, que según la palabra divina y verdadero entendimiento de ella, se redujese al gremio de la Santa Madre Iglesia, de la cual tan impía y torpemente se había apartado; cuya autoridad quiso Dios que fuese tanta. Y el mismo Jesucristo dice que el que no la oyere sea tenido por gentil y publicano. Y así, con mucha razón, ninguno, si no fuese algún perdido hereje luterano, juzgó menos que deberse anteponer y preferir a todas las intenciones, engaños y cautelas de los herejes. El cual, finalmente, para dar fin digno de sus obras y acabar peormente lo que tan mal había comenzado, no pudo disimular aun en nuestra presencia y del Sacro Imperio, el mal ánimo que tiene y lo que se huelga del mal de los fieles; porque torciendo (como es costumbre de herejes) del verdadero sentido a su impiedad aquella evangélica sentencia: «No vine a poner paz, sino la espada», dijo que constaba por estas palabras, evidentemente, que la palabra de Dios causaba ruidos y disensiones. Esto es (lo cual ojalá que por experiencia no viéramos) que por las opiniones diferentes del culto de la Iglesia, con que agora salía Lutero dándoles falso título y con pretexto de la palabra de Dios, se levantaban entre los cristianos contrarios pareceres, disensiones, enemistades, cismas, guerras, muertes y robos; pues con tal y tan engañosa respuesta (propria de las herejes) a Nos y al Sacro Imperio por Lutero dada, aunque teníamos determinado proceder adelante, sin hacer caso de él, según por la escritura hecha por nuestra mano, que el día antes se publicó, puede constar a todos; pero por los ruegos. de todos los príncipes y Órdenes del Imperio le concedimos tres días de término para que conociese su pecado y se confundiese en él. En el cual término dos electores, dos obispos y dos príncipes seglares, en nombre de todas las ciudades y representando todas las Órdenes y estados del Sacro Imperio, nombrados y eligidos por todos, llamando en particular al dicho Lutero, le amonestaron y aconsejaron por todas maneras que se apartase de su mal propósito, y que si no lo hiciese, le notificasen que se ejecutarían en él las constituciones, leyes y penas que por Nos y por el Sacro Imperio fuesen determinadas; lo cual se hizo en balde y sin fruto alguno. Y también un elector del dicho Sacro Imperio, tomando consigo otros dos dotores, varones claros, de piedad y ciencia, los cuales no sólo con amonestaciones, pero arguyéndole con evidentes razones y convenciéndole de sus errores hasta confundirle, y después tomándole en particular, con palabras blandas y amorosas le amonestaron quisiese reducirse al estado y sana conciencia y obediencia del Sumo Pontífice y Sede Apostólica y Sacro Imperio, y siguiese la común sentencia y parecer de todas las naciones de los fieles, y no arrimarse a su solo parecer. Y haciéndolo así, entendiese no ser él sólo el que tal había hecho, sino que seguía el ejemplo loable de algunos santos padres que en tiempos pasados acaso erraron, y se redujeron y retractaron humildemente. Y que en esto entendiese que salvaba su ánima, su cuerpo y su honra. A lo cual Lutero, aunque se vio convencido de muchos de sus errores, y que en sus proprios escritos feamente se contradecía, no por eso ni en particular respondió mejor ni con más sanas razones que públicamente había dicho delante del Sacro Imperio. Y demás de esto dijo e afirmó que tenía por sospechosos no sólo todos los nombrados, pero aun al concilio general (si lo hubiese) le tenía por odioso y sospechoso. Y según consta, evidentemente, no tuvo vergüenza de decir con una boca sucia y temeraria que las cosas del Evangelio y fe católica nunca se habían tratado ni entendido bien en los concilios generales. De donde es de maravillar que hablando éste tan mal y escribiendo impíamente de los sagrados concilios, apelaba por otra parte de la sentencia del Pontífice para el general; si no es para que manifiestamente veamos que así corno los herejes no hay cosa que más teman que el concilio general, así no hay cosa más propria a tales que contradecirse y jamás tener firmeza ni tratar verdad en sus dichos, hechos ni escritos. Lo cual, si en algunos se vio particularmente (queriéndolo así la Divina Providencia) para que más presto se deshiciesen las cosas deste hereje, en él se ven y leen a cada paso semejantes defetos.

»Pues estando así las cosas, y el dicho Lutero perseverando perversa y obstinadamente en sus heréticas opiniones, de manera que todos los que algo saben o lo tienen por loco o por endemoniado, Nos, según el tenor del salvoconducto, le mandamos luego salir de nuestra corte, dándole un rey de armas que le acompañase y término de veinte días, que comenzaron a correr desde veinte y cinco de abril, que se partió de Wormes; y que cumplido el dicho término, se diese por acabado y concluido el salvoconducto. Y agora, finalmente, determinamos proceder y usar de los remedios y medicinas necesarias para tan pestilencial enfermedad, en la manera siguiente:

»Primeramente, a honra de Dios omnipotente y debida reverencia del Romano Pontífice y santa Sede Apostólica, por lo, que toca a la dignidad imperial y debido oficio, y asimismo el celo y cuidado con que según la costumbre de nuestros mayores y virtud y fuerza que es en Nos natural para defensión de la fe católica y honra de la Santa Romana y universal Iglesia, tutela y protección de ella, estamos determinados de poner todas nuestras fuerzas y facultad, Imperio, reinos, dominios y, finalmente, la vida y nuestra propria alma, por la imperial y real autoridad. Con consejo y voluntad de los electores y príncipes del Sacro Romano Imperio, y de las Órdenes y estados que en esta celebérrima y frecuentísima Dieta imperial de Wormes se han congregado para perpetua memoria, ejecutando la sentencia, decreto y condenación de Nuestro Santísimo Padre, verdadero juez en esta parte, que en las letras apostólicas como dicho es a Nos dirigidas se contiene. Declaramos a Martín Lutero por miembro ajeno y apartado de la Iglesia, obstinado, cismático y notorio hereje; y mandamos y determinamos que, como a tal, todos en general y en particular le tengan, y que ninguno pueda recibir al dicho Martín Lutero, ni ampararle, ni defenderle, ni sustentarle, ni encubrirle, ni favorecerle en hecho ni en dicho, ni por escrito, so pena de incurrir en crimen lesae majestatis, y gravísima indignación nuestra y del Sacro Imperio, y de perdimiento de bienes, feudos y dominios, y de las gracias y privilegios que de Nos y del Sacro Imperio dependen, que hasta agora hayan tenido ellos o sus antecesores en cualquier manera, y de destierro, y de otras penas. Y que pasado el término de los veinte días, procedáis contra él donde quiera que fuere hallado y pudiere ser habido, en la forma que se dice en el decreto imperial. O a lo menos le tengáis preso hasta tanto que nos podáis. avisar, para daros el orden que se ha de tener en su castigo, y premiaros una obra tan santa, con más las costas que hubiéredes hecho. Y asimismo os mandamos procedáis contra los demás herejes y secuaces del dicho Lutero, cómplices y encubridores; si no es que conociendo su pecado, dejen el camino de perdición que con él llevaban, y hayan del Sumo Pontífice alcanzado el perdón y absolución de su culpa. Y podáis confiscar y tomarles los bienes muebles y raíces libremente, conforme al decreto y mandamiento imperial, sin que se os pueda hacer estorbo ni impedimento alguno, y convertirlos en vuestros usos y provechos. Y demás de esto mandamos a todos, en general y particular, debajo de las mismas penas sobredichas, que ninguno pueda comprar, ni leer, ni tener, los libros ni escritos del dicho Lutero, que por autoridad apostólica (según dicho es) están condenados y dados por heréticos, ni en latín ni en lengua común, ni en otra cualquiera que sea, que hasta agora hubiere compuesto, o de aquí adelante compusiere, por ser, como son, de un autor tan malo, pernicioso y notoriamente hereje. Y que ninguno los pueda comprar, vender, tener, leer, escribir ni imprimir, o mandarlos escribir o imprimir, ni sustentar, ni defender, ni disputar, ni predicar lo que en ellos se contiene. Sin embargo de que en ellos estén mezcladas algunas cosas buenas para engañar los ingenios llanos y sin malicia. En lo cual (demás de la justa determinación del Pontífice) tuvimos por bien de seguir la loable costumbre y santa institución de los padres antiguos, que quemaron todos los escritos de los arrianos, pricilianistas, nestorianos, eutiquianos y otros herejes, sin perdonar a ninguno de ellos, y con mucha razón; porque si un manjar, por bueno que sea, se corrompe y apesta con sola una gota de veneno, y por eso se ha de echar todo a mal, como venenoso y mortífero: ¿cuánto más se deben abrasar las escrituras en las cuales hay tan pestífera dotrina y venenos dañosos a las almas, y guardarnos de ellas, y que no puedan dañar ni corromper, ni destruir a otros, y aniquilarlas para que jamás de ellas quede memoria?

»Y demás desto, porque si en los libros de Martín Lutero se halla algo que sea bueno, muchos tiempos antes lo escribieron y dijeron los santos padres, aprobados por la Iglesia católica, en cuyos libros se puede, ver y hallar, y aprovecharse de ello sin ningún temor ni sospecha.

»Por lo cual todo mandamos debajo de las mismas penas, a todos en general, y en particular a los príncipes y los demás a quienes toca administrar justicia y a otros cualesquier del Sacro Imperio, reinos y dominios, que todos los libros pestíferos del dicho Lutero, impresos y por imprimir, en lengua alemán o en latina, donde quiera que se hallen, los quemen y consuman como a heréticos, cismáticos y sediciosos y destruidores del camino de la verdad, y den favor y ayuda para ejecutar esto, a los ministros apostólicos y sus comisarios. Y que en su ausencia, y a falta de ellos, podáis hacer lo mismo, quemándolos en públicas hogueras, y que para esto os den favor y ayuda y os obedezcan todos nuestros súbditos. Y porque se puede temer que los dichos libros (callando el nombre de Lutero) se publiquen como cada día se ven y oímos que en Alemaña, y en otras partes se imprimen libros llenos de males, tradiciones, ejemplos y dotrinas; y ansimismo con astucia y dolo del enemigo de la naturaleza humana, que tiende lazos a los cristianos, se ponen pinturas y imágenes, no sólo en afrenta y oprobrio de particulares personas, sino en contumelia y desprecio del mismo Sumo Pontífice y Sede Apostólica. De los cuales libros y pinturas los fieles vienen a caer en grandes errores, así en la fe como en la vida y costumbres. Y como se ha visto por experiencia, no sólo particulares enemistades, escándalos y disensiones, pero aún sediciones, tumultos, rebeliones y cismas en todos los reinos, provincias, pueblos y universal Iglesia, si con tiempo no se remedia, se temen que ha de haber. Y, por tanto, para extinguir fuego tan grande, v mal tan pernicioso, con consentimiento de los eletores, príncipes y estados, a todos y a cada uno de los súbditos del Sacro Imperio y de nuestro patrimonio, debajo de las dichas penas mandamos que alguno no pueda componer, ni escribir, ni imprimir, ni vender, ni comprar, ni tener o hacer que se impriman, escriban, pinten o vendan en cualquier manera, arte y dolo, los dichos famosos y pestilenciales libros o otras cualesquier cédulas, escrituras, imágenes, pinturas contra la fe católica y buenas costumbres, y lo que la Santa católica Iglesia romana hasta agora ha guardado, y las invetivas, criminaciones, ignominias contra el Sumo Pontífice, Sede Apostólica, perlados y príncipes, y universidades y otras cualesquier honestas personas. Mas antes so las mismas penas mandamos a todos y a cada uno de los susodichos, y especialmente a los que tienen a cargo administrar justicia, que por nuestro orden y en nuestro nombre tomen, destruyan y quemen en públicos fuegos, todos y cualesquier libros semejantes que se hayan impreso hasta aquí o se imprimieren de aquí adelante. Y ansimismo los que estuvieren escritos de mano, de cualquier autor que sean, y se hallaren en cualesquier lugares de nuestro Imperio y en nuestros reinos y señoríos, y todas las pinturas y imágines semejantes. Y ni más ni menos prendan, tomen, embarguen los autores y inventores de estos detestables libros, códices, cédulas y escrituras y pinturas semejantes, y después de la publicación deste presente mandato a los impresores, compradores y vendedores que se atrevieren a ir contra él (con tal que legítimamente les conste) y asimismo todos los derechos y bien de todos y cada uno de ellos. Y con buen derecho dispongan de ellos a su voluntad, sin que se les puedan ser pedidos ante algún juez ni otro cualquiera, en juicio, ni fuera dél. Así que para quitar la ocasión de este y semejantes errores, y que no se dilaten más los venenos de los que escriben, sino que el artificio de imprimir libros se ejercite solamente en buenas y loables obras, de nuestra cierta ciencia y deliberación, y autoridad imperial y real, y con maduro consejo y deliberación y común consentimiento de los dichos eletores y demás estados del Sacro Romano Imperio, queremos, y so pena de destierro y so las otras penas arriba dichas lo encargamos y mandamos por el tenor del presente edicto, el cual queremos que tenga fuerza de inviolable ley, que de aquí adelante ningún calcógrafo o impresor de libros, o otro alguno que esté en cualquier lugar de nuestro Sacro Imperio, reinos y señoríos, presuma o en manera alguna se atreva a imprimir o vender, o hacer que se impriman o vendan directe o indirecte libros algunos o otra cualquier escriptura en la cual se trate de las sagradas letras o fe católica, aunque sea de pequeña materia, sin que primero haya habido consentimiento y voluntad del ordinario del lugar, y de su vicario diputado para esto; y también por autoridad de algún teólogo de la Universidad más cercana; y esto se entiende para la primera impresión. Pero otros libros, cédulas y pinturas de cualquier negocio o materia, no tocantes a la fe, por lo menos se ha de imprimir de consentimiento del ordinario y de su Vicario para ello. Y si alguno de cualquier estado, grado o condición que sea, con atrevimiento temerario intentare hacer o venir contra nuestra determinación, decreto, estatuto, ley, ordenación y prohibición de las cosas aquí vedadas, tocantes al dicho Lutero, y no guardare inviolablemente particularmente la del imprimir en la forma dicha (fuera de que todo lo que se hiciere lo irritamos y anulamos), sepa que ipso facto ha incurrido en el crimen lesae majestatis, y en gravísima indignación nuestra y del Sacro Imperio, y en perdimiento de, bienes, y destierro, en todas las otras penas, ya muchas veces dichas, etc.».

Ésta es la sustancia toda del edicto imperial dado contra Lutero y su falsa dotrina, en el cual podrán ver Damián Catina en la vida de Pío V, y otros que con mal miramiento y ignorancia de la verdad quieren culpar al Emperador en las cosas de Lutero, el celo santo y católico, y fervor que tuvo, y el reconocimiento de la jurisdicción pontifical, y respeto al Pontífice. Pues agrava tanto las descortesías y blasfemos desacatos, que el hereje usaba con el Pontífice, como sus herejías de esta bestia fiera, que tanto ha dañado al mundo. Estando el Emperador en las Cortes de Wormes, murió Gillermo de Crov, arzobispo de Toledo y cardenal, que desde Lovaina había acompañado a Su Majestad hasta Wormes. Murió en el mes de enero, año de 1521, y a los ventitrés de su edad; y sepultáronlo en Lovaina en la iglesia de San Pedro.

Ardid de Lutero para saber qué amigos tenía. -Quiere Lutero infamar la Universidad de París.

Salió Lutero de Wormes otro día después de San Marcos, que ya no osó parar más allí. Tomó la vía de Witemberga a más andar, si bien por el camino iba predicando, porque se lo consintía su amigo Sturnio. Dejó en la corte por espías, para que le avisasen de lo que pasaba cerca de sus negocios, a Huteno y Buschio, dos poetas, grandes amigos suyos. Escribíales cada día, y ellos a él.

No se puede pensar que Satanás hiciera otro embuste mayor que el que hizo Lutero en saliendo de Wormes para probar lo que tenía en sus amigos y para concitar odio contra el César. Lo que hizo fue concertar con ciertos amigos suyos que le saliesen al camino enmascarados y le prendiesen, y después echasen fama que los papistas le habían muerto por mandado del Emperador. Hízose ansí como Lutero lo pensó.

Pocos días después de partido de la corte, vino a ella la nueva de que Lutero era muerto. Sembróse la fama por toda la tierra con grandísimo alboroto y escándalo, teniendo todos a Lutero por muerto, y él estaba dándose buen tiempo y escribiendo cien mil desatinos, escondido en un lugar del duque Frederico (que se dice Alstadt). Allí estuvo cerca de ocho meses sin que nadie supiese de él: que cierto hubiera de causar en el Emperador algún mal grande, porque Huteno y Buschio revolvían la feria, encareciendo la crueldad que se había usado con Lutero porque decía las verdades; y afeando al Emperador, que le había quebrantado la palabra y rompido la fe del salvoconducto; de tal manera, que estuvieron los alemanes a punto de atreverse contra Su Majestad.

Llamó Lutero aquel su recogimiento y fingida prisión la isla Pathmos, diciendo que allí le había Dios revelado grandes secretos, como a San Juan en Pathmos el Apocalipsi. Lo que allí le reveló el demonio fueron infinitas mentiras y falsos testimonios, con que compuso infinitos librillos que escribió, de diversas materias, todos llenos de su acostumbrado veneno, hasta poner lengua en su muy devota Universidad de París, porque supo que habían ya los teólogos de ella aprobado los artículos de la bula de León.

Fue cierto cosa donosa una diabólica imaginación y astucia que tuvo para infamar a los de París, por quitarles el crédito y porque le tuviesen a él por doto, y a los parisienses por necios. Hizo escribir a Filipo Melanchthon, su devoto, un libro contra ellos, y escribió dos: el uno, contra la Universidad, y el otro, en nombre de ella y en respuesta del suyo. Puso en este postrero mil ignominias como que las decían los de París en su defensa, y no hacía sino mostrar a todos aquel libro, diciéndoles que viesen cuán bien se sabía defender de los de París, que cierto fue una invención que sólo Satanás y él la supieran urdir, que compuso él las necedades y vendiólas por de sus enemigos.

Todas estas traiciones y maldades de Lutero escudriñábanlas Juan Ekio, Empser Cocleo y otros muchos hombres dotos y católicos, que no entendían en otra cosa sino en contraminar los engaños de esta bestia desdichada, escribiendo contra sus blasfemias libros católicos y santos. Especialmente en esta coyuntura (antes que Lutero saliese de su escondrijo) salió a luz un elegantísimo libro del rey Enrico VIII de Ingalaterra en favor de los siete sacramentos de la Iglesia, contra La Captividad Babilónica, de Lutero. Por lo cual mereció Enrico que el Pontífice León, por su breve apostólico, motu proprio, le diese glorioso renombre de Defensor de la Fe católica, si bien después lo perdió por ser demasiado de sensual y torpe.

Guerra de armas y lenguas contra el Emperador. -Engaño de Jovio (lib. 20, cap. 3). -Hállase el Emperador a las bodas del infante don Fernando, su hermano. -Muere Guillelmo de Croy, monsieur de Xevres.

Si bien era notorio al mundo lo que el Emperador hacía en Wormes y el celo santo que tenía del bien de la Cristiandad (cosa harto notable en un príncipe de tan pocos días), no le dejaban las lenguas maldicientes, echándole mil culpas por la guerra que se había comenzado con Francia, haciéndole autor de ella. Decían esto los aficionados de Francia, y al contrario los que lo eran del Emperador; de suerte que la guerra comenzó con armas, con lenguas y muy enconadas voluntades, y así lo fue cruel, y duró con esta fuerza casi cuarenta años.

Y el que la comenzó abrió la puerta a una de las más sangrientas y inhumanas guerras que ha tenido el mundo, aunque se digan las púnicas africanas, tan nombradas, entre los romanos y cartagineses, ni las de los griegos, ni Persas, ni otras tan celebradas en el mundo.

Y es claro que el rey de Francia fue el agresor, porque Roberto de la Marca hizo la gente en Francia y en París, donde estaba la corte, públicamente, con cajas y banderas tendidas, y entró por los estados de Borgoña sin tener Flandes un soldado hecho; y el Emperador (como hemos visto) estaba en Wormes entendiendo en apaciguar y remediar las herejías, y envió al conde Nasao para que acudiese a la defensa, y se dio la buena maña que vimos en no sólo recobrar lo perdido, mas pasó hasta llegar en Francia y cercar a Mesieres; y así, se engaña el Jovio diciendo que los imperiales habían comenzado la guerra cercando a Mesieres en Francia.

Y a este tiempo vinieron los franceses contra Navarra, y antes traían los tratos que se dijeron con las Comunidades de Castilla, donde no hay color ni excusa. Y por eso declaró el inglés que el que dio principio a estas guerras fue el de Francia. Y siendo el Emperador así acometido, pudo confederarse con León X y echar la guerra en Lombardía, y de Italia al francés, como a feudatario ingrato y que se había levantado y hecho guerra contra el señor del feudo, y privándole de él. He justificado así el principio desta guerra, porque fue la primer centella que encendió el fuego que tanto abrasó la Cristiandad.

Antes que el Emperador saliese de Alemaña, ya que la Dieta de Wormes era acabada, quiso hallarse a las bodas del infante don Fernando, su hermano, que se celebraron en Austria, con Ana, hermana del rey Luis de Hungría, por cuya muerte él lo fue después. Y al mismo tiempo se celebraron también en Hungría las del rey Luis con doña María, infanta de Castilla, hermana del Emperador, de la cual en esta historia tendremos bien que decir por su extremado valor.

Y a 18 de mayo, que fue cuando estas cosas pasaban, murió monsieur de Xevres, el gran privado del Emperador, y de más mano en el gobierno de sus reinos y estados. Dicho queda quién fue Guillelmo de Croy, monsieur de Xevres, de su sangre y virtudes que tuvo, y extremada prudencia, por donde mereció el renombre de Sabio; y de la buena crianza que hizo en él el Emperador, procurando dejarle firme en sus reinos y en paz y amor con todos los príncipes de la Cristiandad. Fundó el monasterio de los celestinos en Heverles, de la Orden de San Benito, y el de la Anunciada, dentro de la villa de Lovaina. Restauró el monasterio y claustro de los cartujos, que está dentro de la misma villa. Edificó el castillo de Heverles; sepultóse con su mujer en la capilla mayor del monasterio de los celestinos de Heverles. Créese que si viviera no comenzaran tan presto las pasiones y guerras entre el Emperador y rey Francisco, porque fue siempre amigo de paz y procuró que el Emperador, sustentándose en ella, rigiese y gozase sus reinos.

Sucedióle en la gracia y servicio del Emperador el duque de Ariscote.

Y partiendo de Wormes el Emperador, vino a tener el día del Corpus, que fue aquel año a 30 de mayo, en la ciudad de Maguncia, y de allí prosiguió después su camino para Brabante y Flandes en todo el mes de junio, sin poder hacer su jornada en España, como tenía pensado, por las guerras y movimientos de Francia.

Trázase la guerra en Italia contra el rey de Francia. -El cardenal Julio de Médicis escapó milagrosamente de la prisión francesa. -Soberbia francesa y atrevimiento de Lautrech en las cosas de la Iglesia. -El Papa y el Emperador quieren echar de Lombardía al francés. - Jerónimo Morón, secretario del duque de Milán, solicita los milaneses para que se levanten contra el francés.

En el principio de estos movimientos que el rey de Francia hizo contra el Emperador (como quedan dichos), con la buena y sana intención que el Emperador tenía de la conservación de la paz común, procuró que el rey le diese alguna buena satisfacción y pusiese en ello el remedio necesario, para que la guerra se excusase entre ellos, y así se lo envió a pedir y requerir. Pero después, vista su mala intención y el rompimiento tan al descubierto que había hecho por Flandes y en España, determinó hacerle guerra poderosamente y tomar de él la enmienda que merecía.

Para lo cual, ante todas cosas procuró la amistad del Pontífice, por comenzar la guerra en Italia y quitarle el estado de Milán para Francisco Esforcia, hijo de Ludovico, hermano de Maximiliano, a quien el rey Francisco lo había quitado. El cual Francisco, desde los despojos e su padre y hermano, se había amparado y sostenido en la corte y casa del Emperador Maximiliano, y después de su muerte había residido en la ciudad de Trento, tierra de Austria; y quitarle, asimismo, a Parma y Plasencia, que eran de la Iglesia.

Prometiéronse al cardenal Julio de Médicis diez mil ducados de pensión sobre el arzobispado de Toledo y un estado de otros tantos de renta en el reino de Nápoles para Alejandro de Médicis, hijo de Pedro de Médicis, el que fue duque de Urbino. Trató estos conciertos entre el Papa y el Emperador don Juan Manuel, cuya buena diligencia bastó para que el Pontífice secretamente se confederase con el César. A lo cual estaba harto inclinado por la mala voluntad que tenía al rey de Francia, a causa que siendo él legado en la jornada y rota de Rávena, fue preso le mandaba llevar a Francia a perpetua prisión, sino que yendo por el camino, vino tan gran torbellino entre unos árboles, que los soldados que le llevaban se espantaron, y entonces dos mancebos de Pisa lo pusieron en salvo.

Acrecentaba esta pasión Francisco María, duque de Urbino, que en los años pasados había venido con favor y motivo del rey de Francia y con ejército a ocupar el estado del Papa, y no era menor causa el deseo que el Pontífice tenía de cobrar sus dos ciudades y librar a Italia de la dura servidumbre de los franceses, y querer gratificar al Emperador el buen celo que en la Dieta de Wormes había tenido en las cosas de la Iglesia romana, y por castigar a monsieur de Lautrech, virrey de Milán, porque no contento con tener opresos y tiranizados con mil vejaciones y molestias a los milaneses, era tan poco el respeto que tenía al Papa, que sin él y aun contra su expresa voluntad proveía los beneficios y obispados, y había mandado que nadie respondiese a citación del Papa ni acudiese a Roma. Lo cual todo sabía bien el rey Francisco, sin cuidado ninguno de quererlo remediar.

Por estas y otras causas, ninguna cosa más deseaba que vengarse de los franceses.

Pues de esta manera se confederaron el Papa y el Emperador para echar de Italia al rey Francisco, y se dieron priesa a poner en orden sus cosas, temiéndose de la nueva confederación que el rey de Francia había poco antes hecho con los suizos, esperando que se saldrían de ella por la autoridad y favor que el Papa con aquella nación tenía antes que el rey los obligase más con dádivas y buenas obras.

Solicitaba y calentaba esta liga Jerónimo Morón. El cual, habiendo sido criado del rey Luis de Francia, viendo que el rey Francisco no le trataba según sus merecimientos, se pasó muy enojado contra el francés a Trento. De donde mientras el duque Esforcia estaba en Flandes con el Emperador, no cesaba cada día de solicitar a los milaneses, especialmente a los del bando de los gebelinos, para que se rebelasen contra el rey de Francia. Y escribía asimismo a los príncipes de Italia sobre la restauración de Francisco Esforcia.

Trata Morón de levantar la Lombardía contra franceses. -Quieren los franceses con maña apoderarse de Rezo. -Caso extraño en Milán. -Júntanse los capitanes del Papa y Emperador. -Aprestos de gente y armas. -El rigor de los franceses enconó las voluntades y ánimos de los lombardos.

Pues para entender que no era dificultoso echar a los franceses de Italia, hizo saber al Papa cómo poco había que él y muchos principales de Milán y de las ciudades comarcanas, que podían por su autoridad mucho con los demás, habían concertado de rebelarse contra el rey y echarle de la ciudad, levantándose juntamente en un día todas las ciudades del estado; y que para esto era bien no dar lugar a que el rey levantase gente; que con mil caballos que tenía de aquella parte de los Alpes no se podría defender.

Y así, Jerónimo Morón partió un día cierto de Trento para efetuar lo que se había determinado. No pudo tratarse este negocio con tanto secreto que no lo sintiese Frederico Gonzaga, príncipe de Bozolo, el cual a la sazón tiraba sueldo del rey de Francia; y así, sospechando que no sin causa Morón había salido de Trento, puso en ciertos pasos soldados para que le prendiesen.

Y él, para descubrir unos indicios que de los milaneses tenía, partió luego para Milán, donde estaba Tomás Fiesco, señor de Seuto, que era teniente de virrey, en lugar de su hermano Odeto. Comunicada, pues, allí la causa, parecióles digna de castigo, por el gran peligro que de ella se seguía. Y como muchos fuesen de parecer que era bien tentar primero a Parma, porque en Rezo había muchos milaneses desterrados que no estaban bien con el francés, luego Fusio con algunos soldados que hicieron y con la gente de caballo y otros principales de Francia y de Milán, que eran de su parcialidad, se fue para Parma.

Y como supo que Jerónimo Morón, salvo de las celadas que le habían armado, era llegado a Rezo, partió para allá. Quiso hablar al gobernador del Papa. Diéronle entrada en un portal delante de la puerta de la ciudad; y allí los entretuvo Fusio, quejándose que contra la confederación hecha entre el Papa y el rey en Bolonia, eran acogidos y favorecidos los enemigos del rey en las tierras del Papa.

Entretanto que duraba esta plática, Alejandro Tribulcio con los de a caballo, dando a entender que eran de la compañía de Guido Rangon, capitán del Papa, probaron a entrar en la ciudad por otra puerta que está a la parte de Módena. Los de Rezo, sentido el engaño, tomaron las armas, y peleando ojearon a Tribulcio y a los que con él venían, yendo herido Tribulcio de tal manera, que murió otro día. El gobernador reprendió a Fusio y hubo pareceres que era bien prenderlo. No quiso el gobernador, sino dejó ir al francés con que luego enviase correo al Papa para saber cómo estaba con el rey de Francia; si quería paz o guerra.

Llegó nueva a Milán que Fusio había sido preso en Rezo, y si bien falsa, alteráronse los franceses y consultaron si podrían sustentarse allí seguros. Pero no estando ciertos ni confiados de la gente de Milán, estuvieron para salirse, hasta que supieron que Fusio estaba libre en Parma.

Sucedió en estos días que un rayo encendió la pólvora que estaba en el castillo y arruinó gran parte de él y hizo polvos las medallas o figuras que estaban de los duques en una puerta; y de docientos soldados franceses, solo diez quedaron vivos; y que parece fue un mal agüero de lo que después se vio; y como miran en ellos las gentes de Italia, dio ánimo al Papa León y a los de su liga para más osadamente mover la guerra al francés, contra quien decían que ya Dios la comenzaba.

Los gobernadores franceses que estaban en Milán, sintiendo los tratos de Morón y que la ciudad de Como y otros lugares se querían alzar contra ellos, prendieron algunas cabezas; diéronles tormentos, con que las voluntades se iban más enconando. Estando, pues, así en tan mal estado las cosas de Francia, Próspero Colona, capitán general del Emperador, había llegado a Bolonia, y Frederico, marqués de Mantua, capitán general del ejército del Papa, juntando de todas partes gente de a pie y a caballo. Y porque el marqués pocos días antes había recibido del rey de Francia el collar de oro de San Miguel, que es la cosa más honrada de aquel reino, el marqués se lo volvió a enviar a Mr. de Lautrech, que estaba en Milán, declarándose en esto por enemigo del rey de Francia.

De ahí a pocos días se juntaron cerca del río Lenca, Próspero Colona, el marqués de Mantua y don Hernando de Ávalos, marqués de Pescara, que trajo los hombres de armas de Nápoles, y Gerónimo Adorno, con tres mil españoles, que poco antes había desembarcado y tentado en balde a Génova.

Allí todos juntos determinaron añadir a los soldados españoles e italianos, que no pasaban de ocho mil, algunas escuadras de alemanes. Y así despacharon capitanes para Alemaña, los cuales hicieron cuatro mil alemanes y dos mil grisones, y pusieron al de Pescara con trecientos de a caballo y gente de a pie en tierra de Mantua, hasta que los alemanes bajasen por las montañas de Trento; para que si los venecianos quisiesen impedirles el paso, los socorriese. Sabido esto por Lautrech, que estaba en Milán, puso en todas las ciudades guarda. Pidióles dinero para hacer gente y dar paga a la que tenía. Hacía esto con tanto rigor, que así por ello como por los tormentos y muertes que en los conjurados había hecho, incurrieron los franceses en mortal odio del pueblo y enajenaron los ánimos del rey de Francia.

De aquí comenzaron las guerras al descubierto, que duraron muchos años, como aquí veremos; y los franceses perdieron este estado; y por más que hicieron hasta hoy día no lo han cobrado.

Y porque en esta historia he de tratar largamente del ducado de Milán, y de las guerras que en él tuvo el Emperador, que fueron bien costosas y sangrientas, haré una breve descripción de todo el estado de Milán y lugares de importancia que en él hay: y llámanla Lombardía, por haber sido reino de los lombardos.

Descripción de Milán.

El estado de Milán, tan codiciado de los reyes, reñido y comprado con sangre de infinitas vidas, es una de las importantes cosas que los reyes de España tienen. Digo esto por muchas razones, que no se pueden reducir a una. Cosa muy sabida es que todos los antiguos tuvieron a Italia por centro del mundo, y escala para ascender a la monarquía de él. Y por eso fue procurada de tantas y tan diversas naciones, que desearon ser señoras del mundo.

Así los romanos, a cuya grandeza ninguna otra llegó, hicieron más instancia en ganar y sostener a Lombardía que a alguna otra provincia del mundo; considerando que como Italia es la escala para subir al señorío universal de él, lo es Lombardía para Italia.

Es Lombardía jardín de toda Europa, regada del Po tan famoso, y de otros muchos y muy caudalosos ríos, no faltando el cielo con sus lluvias. De manera que el suelo produce todo lo necesario para la vida humana, con tanta abundancia, que no sólo bastaba a la innumerable población de tantas y tan grandes ciudades, villas y lugares y caserías como en ella hay, mas aún para sustentar ejércitos copiosísimos, como el de los cimbros, godos, lombardos y otras bárbaras naciones que, por ser tan excelente provincia, procuraron conquistarla y tener su principal asiento en ella.

Sírvenla dos mares, el Ligústico y el Adriático; que nadie puede impedirlos, ni quitarlos al que fuere señor de Lombardía; antes él puede con facilidad vedar la entrada en ella a cualquier ejército que venga por cualquier destos dos mares, por la parte de los montes Alpes y Apenino que la rodean como un muro a una ciudad, comenzando en el Fríoli sobre el mar Adriático, y acabando cerca de Ancona sobre el mismo mar. En lo mejor de su gran llanura está el estado de Milán, que así como bien fortalecido, y con la gente de guerra a su defensa necesaria, es freno de Alemaña, de Francia, de venecianos, y de todos, en suma, los potentados de Italia; pero estando flaco y desguarnecido de gente, y sin dinero en que poder hacer fundamento, de la noche a la mañana puede ser ofendido de cualquiera de los dichos vecinos, o de todos: que habiendo ocasión, y quien sople con poco viento, se juntan. Porque el esguizaro confina con el estado de Varese, y cabo Arona; que el uno dista de Milán cuarenta y dos millas, y el otro cincuenta y cuatro.

El francés tenía su frontera en Savillán, y aun en Valfanera, diez millas de Aste. El genovés llega a otras tantas de Alejandría. Del plasentino le divide el Po. Con el mantuano confina en Casal mayor. El veneciano llega a las riberas del río Ada, que pasa debajo del Trezo, por donde no dista su territorio de la ciudad de Milán más de veinte millas. Más arriba, cerca del lago de Como, donde comienza a salir el sobredicho río, está Leco o Leque pegado a la montaña, ocho millas de Bérgamo, lugar fortísimo de venecianos. Treinta y seis millas de Leque está la ciudad de Como, donde fenece una garganta del lago, que de ella se nombra, supuesta a muchas y muy altas montañas.

Estos son los términos del estado de Milán. Otras particularidades de los lugares que tiene, y su disposición y fortaleza, no importan a esta historia, ni es mío decirlos. Diré empero de la ciudad brevemente su origen, la grandeza que tuvo, la que tiene. Ya que ha costado tanta sangre, sabremos lo que es, y qué vale.

Milán. -Lombardía se llamó de los lombardos. Rey de Romanos.

La ciudad de Milán, tan deseada del rey de Francia y tan costosa a él y a toda la cristiandad, está como he dicho en la tierra que en los siglos pasados se llamó Insubria, parte de la Galia Cesalpina, que llamamos Lombardía. Fundóla Belovego con sus franceses, sobrino del rey Ambigato de los celtas, en tiempo del rey Tarquino de Roma.

Venció éste a los de la Toscana, cerca del río Tesin, y fundó a Milán 546 años antes que Cristo encarnase. Llamóse Milán de dos príncipes que hubo en ella, el uno Medo, el otro Olano. Y así se llamó Mediolano, y corrompiéndose, Milán.

Fueron muchos los enemigos que esta ciudad tuvo; y los romanos le hicieron cruel guerra muchos años, hasta que el emperador Claudio los sujetó.

Vivieron en paz casi quinientos años, hasta que Atila, rey de los hunos, entró destruyendo a Italia. Este enemigo cruel del género humano abrasó a Milán. Viéndola tan afligida, Justiniano, emperador de Constantinopla, de otros godos que la impugnaban, envió al capitán Belisario que la defendiese. Mas no bastó a estorbar que un capitán godo, llamado Mun, dilas, no la cercase tan apretadamente, que de pura hambre se, dieron. Y la entraron los bárbaros godos, matando y asolando cuantos en ella había.

De ahí a algunos años, los que escaparon milaneses, la volvieron a reedificar. Y lo que hicieron arruináronlo los lombardos, entrando en ella de paz con su rey Alboyno, y se alzó con toda su tierra, salvo Pavía, que se le defendió.

Reinaron los lombardos en Milán y su tierra hasta los tiempos de Carlo-Magno, que hizo guerra a Desiderio, su último rey, y le echó de la tierra, y puso por rey de Lombardía a Pipino su hijo. al cual llamaron rey de Italia: de donde se introdujo el nombre de rey de romanos.

Fueron de la sangre de Carlo-Magno seis reyes de Lombardía, tres llamados Berengarios y tres Otones. Los condes de Angleris, que fue una familia ilustrísima en Milán, son de la misma sangre, y de los reyes lombardos. De ellos dicen son los vicecómites. Y si hemos de creer a las historias antiguas de Castilla, el conde Fernán González tenía parte de su sangre.

Desde los tiempos que San Ambrosio fue arzobispo de Milán, fueron muy poderosos en esta ciudad sus perlados; y estuvo doscientos años sin reconocer al Pontífice romano, hasta que el Papa Nicolao II la sujetó. Y se casaban los clérigos.

Padeció Milán otra gran ruina en las guerras que el Emperador Frederico, hermano de Conrado, hizo a Italia en odio del Papa, de cuya parte fue Milán. Por eso Frederico la cercó y apretó hasta entrarla y darla a saco a sus soldados; y derribé sus edificios, y a los naturales que dejó con vida los desterró, dejando la triste ciudad casi yerma. Degolló la familia tan antigua y ilustre de los condes de Angleria, de la cual se salvó sólo Viviano. que fue tan valeroso y de tanta ventura, que restituyó su patria en su antiguo ser y libertad. Pusiéronse en armas los milaneses contra Frederico, y venciéronle en una batalla y le robaron el real; y apretaron de manera que hizo treguas con ellos, primero por diez años, después por treinta, con algunas condiciones favorables al Imperio, porque los dejasen en paz. Lo cual no supieron los mismos milanenses conservar, abrasándose en guerras civiles entre nobles y plebeyos; y después con el Emperador Frederico, hijo de Enrique. al cual siguieron hasta echarle de Lombardía. habiéndoles él primero cercado.

Año 1260 se volvieron a encender los bandos entre plebeyos y nobles. Hubo muertes y los demás daños que resultan en las alteraciones de comunidades, gobernándose los unos y los otros por pretores. Después de grandes trabajos, que los nobles y el arzobispo Otón, desterrados de Milán, padecieron, fueron restituidos.

Quísoseles meter y alzarse con Milán Guillelmo, marqués de Montferrat, de quien los nobles se habían valido. Echáronle fuera, y queriéndolos conquistar, fue vencido y preso, y murió dentro de una jaula.

Hicieron pretor y capitán general de la ciudad y estado a Mateo, sobrino del arzobispo, mozo valiente, discreto y buen cristiano, y así le ayudó Dios y dio ventura en todo, que él echó el marqués fuera, y lo prendió, y le conquistó sus tierras. Y valiéndose de la amistad del Emperador Arnulfo, quedó con el nombre de vicario, y puso en sus banderas el águila imperial.

Ilustró a Milán tanto, que llegó en estos días a tener ciento y cincuenta mil vecinos, y muchos hombres insignes en armas y letras.

Confirmóse Mateo (aunque murió su tío el arzobispo y tenía émulos) en la vicaría del Imperio. Pero la fortuna, que no deja las grandezas, por más que se fortifiquen, en un ser, le derribó, y sus émulos le pusieron en tanta miseria, que de vicario de Lelia, y casi señor de Milán, vino a ser pescador, si bien con ánimo y esperanzas de volver a cobrar lo perdido. Finalmente, él fue restituido, favoreciéndole el Emperador, y entró en Milán acompañando al Emperador.

Y dejando muchas cosas que pasaron y sangre que se derramó, Mateo y su hijo Galcazo, favorecidos de los emperadores, quedaron duques de Milán, y supremos señores, y vicarios del Imperio en Italia. Sus decendientes fueron así señores, y casaron y emparentaron con los príncipes de la cristiandad.

Año 1395, Juan Galeazo se alzó de todo punto con Milán; y el emperador Wincislao le dio título de duque. Excedió a todos sus pasados en hacienda. Murió año 1402. Dejó dos hijos, Juan María y Felipe María. Sucedióle Juan, y a éste Felipe María, su hijo, que casó su hija Blanca con Francisco Sforcia. Murió año 1447, y nombró por heredero al rey de Aragón.

Pretendieron muchos sus estados, y los milaneses pidieron libertad, y no quisieron recibir a alguno, aunque adelante forzados recibieron a Francisco Esforcia, hombre, según se dijo, de gente humilde, si bien valeroso por su persona, y natural de una aldea de tierra de Flaminia.

Murió año 1464.

Dejó cuatro hijos: Galeazo, Ludovico Ascanio, Felipo Otaviano, y una hija llamada Otavia María, que casó con el duque Alonso de Calabria.

Sucedióle su hijo, Galeazo, al cual dicen mataron por sus crueldades.

Sucedióle su hijo Juan Galeazo, niño de nueve años, en el de 1478. Fue doce años duque. Y por ser muy enfermo lo gobernó su tío Ludovico Ascanio; el cual, por muerte del sobrino, fue hecho duque, aunque dejó un niño llamado Francisco, que hubo en Isabela, hija del rey don Alonso de Nápoles.

Año 1499 fue echado de Milán Ludovico por Luis, rey de Francia, que tomó posesión de Milán, diciendole venía aquel estado por su abuela Valentina, hija de Juan Galeazo. Huyó Ludovico Ascanio, valiéndose del emperador Maximiliano: y al cabo de seis meses le llamaron los milaneses, no pudiendo sufrir el gobierno del francés. Fue su desgracia que lo prendió el rey de Francia y tuvo en la cárcel, donde murió.

Sucedió en el estado de Milán Maximiliano Esforcia su hijo, favoreciéndole don Ramón de Cardona, virrey de Nápoles, año 1512.

Tres años adelante, Francisco, rey de Francia, volvió a hacerse señor de Milán, y se entregó el duque Esforcia siendo mal aconsejado.

Francisco su hermano volvió a cobrar el estado y pasaron sobre él las cosas que aquí se dirán.

La grandeza que hoy tiene esta famosa ciudad, demás de muchos y soberbios edificios, el castillo o fortaleza es casi inexpugnable. El domo (que es la iglesia mayor) es de las mejores de la cristiandad. Tiene noventa y seis parroquias, sin otras iglesias colegiales, cuarenta y seis monasterios de frailes y treinta de monjas, diez prefeturas dé los humiliados, otras de órdenes de caballeros, muchos hospitales de mucha grandeza, infinitas reliquias de más de ciento y veinte cuerpos de santos y otros tantos arzobispos de Milán.

Fueron sus primeros pobladores, Túbal nuestro español, hijo de Jafet: y nieto de Noé. Tiene más de sesenta mil vecinos. Predicó en ella la fe y fue su primer arzobispo San Bernabé apóstol.

Forman ejército el Papa y Emperador contra el francés. -A quién mandó el Emperador que hiciese un buen ejército y se juntase con el del Papa.

Volviendo, pues, al hilo de la historia y guerra de Milán, digo que en la manera dicha se comenzó a levantar la guerra en Italia; y el Papa León dio orden en juntar dinero.

Dio el Emperador la conduta y oficio de capitán general de todo el ejército de Italia a Próspero Colona, de quien el Papa tenía grandísima satisfacción. Diéronle por acompañado y casi igual a don Hernando de Ávalos, marqués de Pescara, famoso capitán y notable español, nieto de don Ruy López de Avalos, condestable de Castilla; y señaláronle debajo de su regimiento veinte compañías de españoles en que había cuatro mil soldados viejos con muchos y muy escogidos capitanes, señaladamente Hernando de Alarcón, comisario general de todo el ejército, el maestro de campo Juan de Urbina, el marqués del Vasto, sobrino del marqués de Pescara, todos capitanes de gran nombre y merecedores de él, como aquí se verá; y. Antonio de Leyva con mucha y muy lucida caballería.

El Papa por su parte hizo general de su gente a Frederico Gonzaga, duque de Mantua, el cual comenzó la guerra primero que ninguno, y juntando la más gente que pudo de italianos, suizos y tudescos, fue a ponerse sobre Parma, que la tenía en guarda Lescu, hermano de Mr. de Lautrech.

Por otra parte, el Emperador, estando en Flandes, mandó dar orden para que por aquella parte se le hiciese guerra al rey de Francia, y ordenó a Enrico, conde de Nasao, su capitán general, que había ido contra Roberto de la Marca, dándole orden que pasando adelante entrase por las tierras del rey de Francia, haciéndole guerra a fuego y a sangre. El cual lo hizo así, robando y corriendo toda la tierra. Tomó a Mosson y otros lugares, y después puso cerco sobre una buena y fuerte ciudad llamada Mesieres, en la ribera del río Mosa, sobre la cual estuvo muchos días y tuvo el suceso que adelante se dirá.

Marqués de Mantua, general del Papa. -Caminan los campos contra Lombardía. -Bajan cuatro mil alemanes imperiales. -Sale el marqués de Pescara a juntarse con ellos. -Cercan a Parma. -Entran y saquean los imperiales parte de la ciudad de Parma. -Lautrech socorre a Parma. -Próspero y el de Pescara no se conciertan. -El cardenal Julio de Médicis, que fue Clemente VII, viene por legado al campo. -Trata Lautrech, capitán francés, de sólo defender a Milán. Juan de Urbina, famoso español, se revuelve con el francés al pasar de un vado. -Recoge Lautrech su gente para meterse en Milán.

El marqués de Mantua, capitán general del Papa, hizo la gente en diversas partes de la Italia, comunicándose por sus correos con los capitanes imperiales, y acordaron en el lugar donde se habían de juntar. Comenzaron a caminar la vía de Lombardía. Antes de lo cual, por orden y parecer dellos, fue enviado Jerónimo Adorno, ginovés, con mil y quinientos soldados españoles, sobre Génova, para que con la parte que tenía en aquella ciudad tentase y trabajase de apoderarse de ella y sacarla a los franceses. Y haciendo él su viaje y los capitanes y gente su camino, llegó a se juntar y formar el ejército común junto a Puente Leza.

Asentaron su campo primero día de agosto en la ribera del río Lenza, a siete o ocho millas de la ciudad de Parma, que es ya en Lombardía de la otra parte del río Po hacia Roma; para defensa de la cual estaba dentro con cuatro mil hombres de guerra Tomás Fadio, llamado Mr. de Lescu. Donde después de pocos días vino Jerónimo Adorno con los mil y quinientos españoles que había llevado a la empresa de Génova. Porque llegado a la ribera de ella, halló tanta fuerza y resistencia por los fregosos, que desesperado de salir con ella, desembarcó los soldados y se vino con ellos al campo imperial.

Al cual ya era venido también en nombre y como embajador de Francisco Esforcia, duque que ya llamaban de Milán, Jerónimo Morón, que con suma diligencia y fidelidad procuraba los negocios de Francisco Esforcia, a quien servía; y siguió esta guerra y hizo tantas diligencias hasta que Francisco Esforcia se vio colocado en Milán.

Alojados allí el Próspero Colona y el marqués de Pescara con el de Mantua, tuvieron aviso cómo Mr. de Lautrech que estaba en Milán, había juntado y juntaba mucha gente; que tenía ya mil hombres de armas y otros tantos caballos ligeros, con gran número de infantería de esguizaros y gascones; y cómo los venecianos tenían también campo, que (si bien se publicaban neutrales) se entendió que ayudarían a la parte francesa con quien tenían liga y amistad. Por lo cual, hallándose algo faltos de infantería, comunicando lo que pasaba con el Emperador, acordaron de enviar a levantar cuatro mil alemanes. Lo cual hizo con tan buena diligencia, que en pocos días vinieron a tierra de Mantua, donde los había salido a recibir y acompañar el marqués de Pescara con dos mil infantes españoles y trecientas hombres de armas, y algunos caballos ligeros. Con los cuales los fue acompañando hasta el dicho alojamiento do el campo estaba.

Llegada esta gente, Próspero Colona (al cual, por ser general del Emperador y por su edad y gran prudencia, el marqués de Mantua obedecía en todo) acordó de se acercar a Parma y combatirla. Y poniéndolo en efeto pasó el río Parma, que corre por medio de la ciudad y la divide en dos partes. Y a los 29 de agosto se alojó con su campo junto a una iglesia de Santa Cruz, cercana a los muros de ella. Hubo este día una muy reñida escaramuza con los que en la ciudad estaban. Y de la misma manera se continuaron los días que allí estuvieron, en que no faltaron muertos ni heridos de ambas partes.

Aprestadas, pues, las cosas necesarias para combatir la ciudad, el día de la Natividad de Santa María, a 8 de setiembre, se dio la batería, y entraron por fuerza de armas la una parte de la ciudad, que es la menor, que fue saqueada; y los franceses que en ella estuvieron se retiraron a la otra parte mayor, y con mucha diligencia fortificaron la orilla del río con toneles terraplenados y estacadas. De manera que en la una parte trataban de la defensa, y en la otra del combate.

Entretanto que esto pasaba en Parma, Mr. de Lautrech ni los venecianos no se habían descuidado, doliéndose y sintiendo mucho Mr. de Lautrech el peligro de su hermano, que en ella estaba. Y así, con la priesa que convenía, había partido de Milán a socorrerlo con ocho mil esguizaros y cinco mil gascones, y otros cinco mil soldados aventureros, cogidos de la tierra, y la caballería ya dicha. Y estando la ciudad en el punto que digo, llegó hasta Cremona y de allí pasó por un lugar llamado Burgo Sandonin, a quince millas de Parma; y por otra parte, Tribulcio, general de venecianos, vino en favor de los franceses con su campo, que era de ocho mil infantes y quinientos hombres de armas, y mil caballos ligeros, a una villa llamada Rocablanca, doce millas de Parma, para se juntar con Lautrech, como después lo hizo.

Lo cual entendido y bien considerado por Próspero Colona y el marqués de Pescara, y cuán dificultoso y dudoso era el combate de lo que quedaba de Parma, por la fuerza y defensa que tenía y socorro que esperaba. habiendo pasado por consulta de los capitanes que con él estaban. si bien hubo diversos pareceres, particularmente del marqués de Pescara, que no se llevaba bien con Próspero Colona, ni se concertaban en cosa; lo cual nació de que Próspero Colona por sus canas y opinión ganada con tantas hazañas, y el oficio que tenía de general, quería usar de él con toda autoridad, y el marqués, como tan valeroso, no se preciaba de obedecer a otro por más que fuese, y al fin se hizo lo que Próspero Colona quiso; que sin más combatir la otra parte de la ciudad ni esperar a los enemigos allí encerrados, se levantó el campo desamparando lo que habían ganado, retirándose hacia el río Niza vino al alojamiento donde primero había estado, en puente Lúzulo. Lo cual fue a 12 de setiembre.

Y de allí pasó a otra tierra llamada Breseli, donde estuvo algunos días.

Sintió mucho el Papa la poca conformidad de los capitanes, y de que se hubiesen alzado sin acabar de conquistar a Parma; y para remediarlo escribió al cardenal Julio, su primo, con quien descansaba en todos sus trabajos, rogándole encarecidamente que dejando todas las ocupaciones que tuviese, fuese al campo y trabajase por concertar las pasiones de los capitanes. Y porque lo pudiese hacer con más autoridad, envióle el título de legado y gran suma de dineros, que suelen remediar semejantes daños.

No le faltaban al cardenal razones hartas para rehusar este trabajo; pero con todo, por dar gusto al Papa, holgó acetar la legacía. Llegó al ejército estando en Breseli esperando si el enemigo los acometía. Con su llegada, capitanes y soldados recibieron grandísimo contento, porque por sus buenas partes, era julio extrañamente bien quisto. Diáse tan buena maña con sus dulces razones, que puso a los capitanes en suma concordia y amistad, sin que se viese de allí adelante en ellos rastro alguno de competencia. Hizo luego a los soldados pagas aventajadas, y de esta manera tomaron los unos y los otros la guerra de gana.

Súpose aquí que el obispo de Orihuela, que el Papa había enviado a los cantones, tenía hechos diez mil infantes. Y de común acuerdo determinaron pasar el río Po y acercarse a Milán, que era la principal empresa. Para lo cual se hizo luego un puente, y a los 29 de setiembre pasaron el río por junto a un lugar llamado Casal Mayor, que es cercano a lo más bajo de Alemaña, para proseguir su camino derechos a Milán.

Y en el mismo día que el ejército imperial pasó el río por Casal, Mr. de Lautrech pasó de la otra banda por Cremona. Pusiéranse los campos bien cerca, y cada día setrababan escaramuzas cerca de Bebriaco. Reforzóse el campo imperial de ahí a poco con la venida del cardenal Mateo Sedunense, obispo de Sión en tierra de esguizaros, que trajo una buena compañía de ellos. Por otra parte trajo otros dos mil Antonio Pucio, que fue cardenal después que venció en batalla, cerca de Bondico, al duque de Ferrara, que seguía la parte de Francia; cuya venida quisiera estorbar Lautrech y embarazar el paso.

Púsose con su campo para este efeto al vado del río Ada, por que no se juntasen con los imperiales.

Tres caballeros valerosos, Juan de Médicis, don Juan de Villanova, valenciano, y Juanote de la Rosa, pasaron con sus pajes a caballo nadando el río Ada, entre Ponterol y Novara, dos millas de Lasán, y tomaron lengua, del cual supo Próspero Colona que el ejército francés estaba de levada. Púsole tanto temor a Lautrech esta gente nuevamente venida, que no curó debuscar a sus enemigos, sino, como supo que había pasado el Po, entendido su propósito sacó de Parma a su hermano Mr. de Lescu y la más de la gente de guerra que allí estaba. Y dejando a Frederico Buzolo con mil infantes para la defensa de ella, partió con su campo a pasar el Po por la misma puente que a la venida lo había pasado,con propósito y voz (según parecía) de procurar la batalla, por la gran ventaja que antes que se juntasen los esguizaros con los imperiales, tenía en el número de gente, porque de este parecer eran los más de sus capitanes.

Pasado por Mr. de Lautrech el Po acercándose un campo a otro en un lugar llamado Rebeco, que está junto al río Ociose, le ofreció ocasión de pelear y aun, según afirman, con ventaja del campo francés; porque el Próspero Colona, así compelido por las muchas aguas corno con palabra que el embajador de Venecia dio (que en el campo de venecianos tenía la mayor autoridad) que no sería ofendido de la gente que en Pontivico (tierra de venecianos cercana al camino) estaba, él se había detenido en el alojamiento peligroso. Pero no se sabe con qué respeto Mr. de Lautrech no quiso o no se atrevió a usar de la ocasión. Y Próspero Colona, sin recibir daño alguno, sacó su campo de allí y se desvió de ellos, y envió a recibir a los esguizaros que trajo el cardenal de Sión, por mandado del Papa. De manera que ellos llegaron a su campo y se hizo más poderoso, así por llegar esta gente, como porque los suizos se iban cada día del campo francés.

Por lo cual, Mr. de Lautrech, no atreviéndose ya a esperar a su enemigo, acordó mudar la manera de la guerra, fortificando los lugares y proveyéndolos de defensas, confiando ya más en la fuerza de los muros que de la gente. Y así envió a gran priesa a Milán, a hacer fosos y bestiones y trincheas y toda manera de reparos para defender la ciudad. Y él recogió su campo y, caminando con él pasó el río Ada, que es bien grande, que pasa por la ciudad de Lodi, atravesando a Lombardía, hasta entrar en el Po; el cual, para ir a Milán, había de pasar de necesidad Próspero Colona.

Y queriendo Lautrech estorbarle este paso, hizo su alojamiento en una villa llamada Dacazán, y en otra cercana a ella en la ribera del dicho río y hacia la parte de Milán; y con toda diligencia mandó recoger las barcas que por el río ha. bía a los castillos de Trezo y de Casán, a la parte de la ribera que hacia él estaban, y repartió compañías de pie y de a caballo por la ribera del río, la cual tenía fortificada con muchos bestiones para ojear desde allí a los enemigos que resistiesen la pasada.

Y hizo ansimismo fortificar los castillos y partes por do el ejército imperial podía venir; de manera que venido después el campo imperial, no solamente no halló puentes ni barcas para pasar, antes grande diligencia en resistirle y estorbo para no les dejar echar puente ni vadearle.

Pero no obstante esto, Juan de Urbina, capitán español, por sus hechos bien famoso, que era maestre de campo, hallada una barca que ciertos pescadores habían escondido, se metió en ella con treinta arcabuceros españoles, y pasado el río, comenzó con grande ánimo a trabar escaramuza con Hugo Pepulo, boloñés, que con gente de a pie y de a caballo defendía el paso teniendo fortificada una casa junto al río; y pasándole socorro en otra barca, se dio tan buen cobro peleando con ellos, que no solamente los echó de allí, mas les ganó la casa, donde se hicieron fuertes y se ampararon de los enemigos que sobre ellos cargaban, hasta que en las mismas barcas pasó más gente en su ayuda.Y por otra parte se halló un vado, si bien peligroso.

Por manera que sin los desmandados pasaron cinco compañías de españoles, cuyos capitanes eran Urbina, don Alonso de Córdova, don Felipe Cerbellón, Jerónimo Tomás, Guzmán. Pasó Joanin de Médicis, muy valiente caballero, sobrino del Papa, con cien caballos ligeros. De suerte que peleando los unos y los otros con los que guardaban el paso y la casa, si bien les tiraban la artillería y muchos balazos cuando atravesaban el río, los echaron de él y se lo ganaron.

Lo cual sabido por Mr. de Lautrech, y entendido que no podía estorbar ni quitar el paso del río al ejército imperial, envió a mandar a las compañías que en la ribera del río tenía repartidas, que desamparadas sus estancias, caminasen en la vía de Milán, y con esto tuvo lugar y paso desocupado Próspero Colona y pasó aquel día el río con todo su campo sin contraste ni peligro, más del yadicho, echando una puente que para ello traía hecha.

Y la noche siguiente Mr. de Lautrech partió con el suyo y tomó el camino de Milán, donde metió su gente y la de venecianos. Y sin parar un solo punto, noche y día entendió en las defensas y reparos de la ciudad y también del arrabal con esperanza de poder defender lo uno y lo otro, y no dejar al enemigo donde se aposentar, porque la malicia del invierno le hiciese daño.

Los de la ciudad estaban tan mal con los franceses, que por no los ayudar, se escondían y consentían que les tomasen los bienes. Los sacerdotes ascondían la plata de las iglesias, y si no acudieron los imperiales tan presto, robaran el templo de San Ambrosio, donde hay un riquísimo altar de plata y oro.

Siguen los franceses. -Avisan a los imperiales del poco ánimo del francés. -Ganan los españoles valientemente una trinchea y baluarte. -El ejército imperial entra sin resistencia en Milán. -Ríndese Pavía. -Quiere el francés meterse en Cremona. -Entra el francés en Cremona. -Tiene Lautrech nueva de la muerte del Papa.

Próspero Colona, no perdiendo tiempo, vista la partida tan apresurada de Lautrech, caminó luego en su seguimiento. Y creyendo que no pararan en Milán, sino que pasaran a Pavía por ser lugar más fuerte y aparejado para defenderse, se fue derecho a Mariñano con propósito de les estorbar el camino o forzar al enemigo que diese la batalla. Pero como se entendió el fin de Lautrech y que de noche y de día no entendían sino en fortificara Milán, determinó de ir a un monasterio de Clareval, que está menos de cuatro millas de Milán, para mover de ahí otro día el real y arrimar el ejército a la parte de la ciudad (que se llama Ciutadella), para encerrar al francés que no pudiese ir a Pavía.

No pareció bien al marqués de Pescara ni al de Mantua diferir hasta otro día el allegarse a Milán, porque a la sazón los caballos ligeros trajeron un viejo cautivo, el cual decía que le pusiesen delante de Jerónimo Morón. Puesto, luego que lo vio, llorando de placer dijo que no tardase de llegar a la ciudad, porque los franceses estaban con mucho miedo sin saber qué hacer de sí, y que más tardarían en llegar que en tomar la ciudad. Añadía a esto que no sólo los hombres, pero aun Dios era contra los franceses, porque habían querido robar sus templos, como ya lo habían comenzado en la iglesia de San Ambrosio, patrón de la ciudad.

Oída esta plática del viejo, que parecía decir verdad, el cardenal Julio de Médicis habiendo platicado un poco con los marqueses de Mantua y Pescara y con Morón, determinaron de seguir nuevo consejo. Y porque Próspero Colona iba en medio de la batalla y ellos en la avanguardia, mandaron que los soldados marchasen derechos a Milán. Y así fueron caminando, haciendo sus explanadas poco a poco, con muy buen orden.

La infantería española iba de avanguardia con su capitán el marqués de Pescara; pues como llegó a un lugar que llaman Vicentino, donde los enemigos hacían una trinchea, animó los soldados para que la subiesen, dando al arma reciamente por todas partes. Y, el marqués delante, los españoles se metieron en el agua del foso y subieron con grande ánimo por el bestión quitando la vida a muchos. Los venecianos que allí quedaban, no recelándose desto, apenas resistieron a los primeros, que luego huveron; y así los españoles pudieron subir al baluarte.

No estaba lejos de allí Teodoro Tribulatio, coronel del campo de venecianos, el cual, como sintió el temor de los suyos y la venida de los enemigos, si bien a la sazón no estaba sano, pero por no faltar a su oficio, así desarmado se fue al baluarte, donde habiendo ya huido su gente, dio en manos de los españoles, que lo prendieron; aunque dentro de pocos días le soltó el marqués de Pescara por veinte mil ducados que dio por su rescate.

Huyendo así los venecianos y aguijando para entrarse en la ciudad, llegó la nueva a Lautrech cómo los venecianos huían y habían desocupado la entrada a los enemigos. Y así, dando primero aviso a su hermano, que tenía en guarda la otra parte de la ciudad, él se fue derecho para el castillo, y deteniéndose un poco en el patio, dejando allí muchos de los que no eran para seguir la guerra, y él con el resto del ejército fue a Como. Y poniendo en él guarnición de cincuenta hombres de armas y seiscientos soldados fue a Lecho.

Y por una puerta de piedra que los antiguos duques de Milán habían hecho para semejantes necesidades, pasó el río Ada.

Sin ninguna resistencia entró el ejército imperial en Milán aquella misma noche que Regó. Y en dos días apenas pudieron entender en otra cosa sino en impedir crue los soldados no saqueasen las casas de los ciudadanos; y valió mucho para esto la autoridad que Jerónimo Morón tenía, no solamente en la ciudad por su singular dotrina y experiencia, pero aun en el ejército.

Con suerte tan dichosa fue ganada la ciudad de Milán sin muerte, sin sangre; que se iban descubriendo las buenas fortunas de Carlos V.

Luego se rindió Pavia y las demás ciudades y tierras de aquel estado, y sitiaron el castillo de Milán, cuya fortaleza es tanta que casi lo tienen por inexpugnable. Hecho esto ansí, los capitanes de la liga procuraron con;oda diligencia reconciliarse con los suizos. Y por esto desde a das días enviaron al obispo de Orihuela con gran suma de dinero.

En nombre también del Papa fueron embajadores de Milán para tratar la paz; pero quedáronse en la raya de su término, porque no quisieron pasar adelante sin llevar expresa cédula de seguro firmada de los contrarios.

Al obispo luego que llegó a Biliciona, los suizos le pusieron en prisión, donde se vio que lo que en la guerra pasada habían hecho por el Papa León, más había sido por particular amistad de algunos que por público decreto. Sintieron mucho esto los que deseaban echar de Milán a los franceses.

Pero la fortuna (que con nadie tiene ley) puso aún mayor dificultad, y fue que Lautrech, cuyo ejército pensaban que luego se desharía por no tener donde recogerse, pasado el río Ada marchó para Cremona, la cual se había rebelado contra ellos; y fueron allá con pensamiento que por tener el castillo de su parte fácilmente la cobrarían.

Y para esto envió Lautrech adelante a su hermano Tomás Fusio; el cual con trecientos hombres armados probó la entrada; pero resistiéronle los de la ciudad a causa de Nicolao Varoli y otros milaneses desterrados que allí se habían recogido. Los cuales decían que pues los franceses habían dejado la ciudad sin echarlos nadie, que no era bien darles más entrada.

Hiciérase esto, sino que como supieron que venía Lantrech con todo su campo, del cual les habían dicho que había sido desbaratado y perdido en Milán, tomaron el más saludable consejo y diéronse a Lautrech. Y no les hicieron otro mal sino que proveyesen de bastimentos para el ejército hasta que viniese moneda de Francia.

Lautrech, por defender mejor aquella ciudad si sobreviniesen enemigos, escribió a Frederico Bozulo, que estaba en Parma con mucha gente de a pie, que luego a la hora viniese a Cremona. Esto después sucedió mal, porque apenas era partido cuando llegaron otras cartas de Lautrech en que le mandaba que no partiese, o que si era partido, que se volviese, porque tenía cartas de Roma que decían cómo el Papa, sabida la toma de Milán, se había dado tanto a placeres, que le dieron unas tercianas y reumas y otros ages, de los cuales murió, no sin sospecha de veneno.

Pensando, pues, Lautrech, que el ejército de sus contrarios no se podía sustentar por falta del dinero con que el Papa acudía, deseaba sustentar a Parma porque era frontera contra los enemigos. Pero habíase metido en ella Roberto San Severino, que estaba casado con una sobrina del Papa. Y así Buzulo, viendo que la vuelta era por demás, prosiguió su camino para Cremona.

Lautrech, por dar razón al rey de lo pasado y que entendiese que era fácil volver a cobrar a blilán con todo el estado de Lombardía si enviaba gente, envió a Francia a su hermano Tomás Fusio, antes cine llegase otro que le echase la culpa de la Pérdida de Milán y daño recibido.

El marqués de Pescara combate a Como, ciudad de Lombardía donde nació Jovio. -Los españoles toman y saquean a Como. -Deshácese parte del campo. -Sitian los imperiales a Alejandría y tómanla. -Nieve grande que impide el camino a los franceses.

En este mismo tiempo, don Hernando de Ávalos, marqués de Pescara, con los soldados españoles y alemanes, combatió a Como. Y fue de esta manera: que habiendo derribado con la artillería gran parte de la muralla, los franceses se rindieron, con pacto que saliesen libres con las armas y haciendas. Estando, pues, aparejando la partida, los españoles entraron de súbito y saquearon el pueblo y a los más franceses. Enojóse mucho de ello el marqués, porque se habían así desmandado contra su palabra.

Cobrada, pues, Como, y partidos a Roma los cardenales Médicis y Sedubense por la muerte del Papa, viendo los capitanes del Emperador que les faltaría moneda para sustentar la guerra, por la muerte del Papa, dieron una paga a los suizos y despidiéronlos; porque también ya decían que se pasaban a los franceses. Después despidieron a los grisones, y a los soldados de Italia enviaron a Plasencia, y con ellos al marqués de Mantua; y por falta de moneda, muchos de ellos se fueron a diversas partes.

De esta manera, los soldados españoles y alemanes, y la gente de caballo del Emperador, dejando para el verano la expedición o jornada de Cremona, se aposentaron en los lugares que están a la ribera de Ada, así por comer a costa de los moradores hasta que les viniese paga, como por estar en defensa de los de Milán contra los franceses que estaban en Cremona.

Pusiéronse los imperiales, por no estar ociosos, sobre Alejandría, donde había más guarnición de los güelfos que no de los franceses. Y acaeció que saliendo los de la ciudad a escaramuzar con los imperiales, haciéndolos volver huyendo todos al tropel entraron en la ciudad, y así la tomaron los imperiales sin pensarlo.

Los franceses, con los de su parte (porque la ciudad es grandísima), antes que los imperiales la ocupasen toda, se salvaron por otra parte. No fue pequeña pérdida ésta para los franceses, así porque se les quitaba la contratación con Génova, como porque desde allí fácilmente conservaban la parte de la Señoría, que está de la otra banda, o parte del Po; especialmente sabiendo que Renato de Saboya, tío del rey y gran maestre de su casa., estaba en Suiza haciendo diez y ocho mil soldados; y. que no esperaba para bajar a los campos de Milán, sino que hiciese calles por la nieve de los Alpes, que aquel invierno había caído muchísima. Y hiciéronlas tres veces, porque acabadas unas caía otra nieve, que las cegaba tanto que parecía que Dios peleaba contra los franceses y les cerraba los caminos.

Ayudaba Milán con gente y dinero; solicitábalos Francisco Morón, y un fraile agustino llamado Andrea, natural de Ferrara, elocuentísimo predicador. Predicaba con tanta eficacia contra el nombre francés, por hacerle odioso y aborrecible, que despertaba y confirmaba las voluntades para tomar las armas y perderlas haciendas, y aun las vidas, contra los franceses; y cuando los frailes se ponen en esto, hacen más daño que gruesos ejércitos.

Valor grande del rey Francisco. -Guerra de Flandes sobre Tornay. -El conde Nasao se pone, sobre Valencianes. -Llega aquí el Emperador. -Poderoso ejército del rey Francisco. -El Emperador se retira a Aste. -Acomete el conde Nasao animosamente al campo francés al paso de un río. -Va don Hugo de Moncada a embarazar al rey de Francia el camino. -Retírase el rey sin socorrer a Tornay. -Toman los imperiales a Tornay.

Pasaban así las cosas por Lombardía, y no por eso cesaban las guerras en otras partes. Andaban vivas en Flandes, no faltaban en España, porque como la paz, que tan poco tiempo había guardado el rey de Francia era violenta, reventó como el fuego encerrado en la tierra, y dio entantas partes; y como acertó a haberlas con quien no eramenos que él, fue la guerra y pasión mortal. El valor, esfuerzo y coraje del rey de Francia era de todas maneras grande; que por más que la fortuna le atropelló, jamás le faltó el ánimo, ni el dinero, ni la gente, para hacer mal a su enemigo. Verémosle acometer con cinco ejércitos por cinco partes diferentes, cuando más cansado y gastado había de estar de pelear con la fortuna, que siempre le fue contraria. Así, agora que parecía que perdiendo tan breve y fácilmente lo que tenía en Italia, había de dejar todo lo que era Flandes y España, no lo hizo; antes envió a Italia grandes ayudas, para que Lautrech volviese en sí, y por la capa donde la había perdido. Demás de esto defendió muy bien, y reparó el acometimiento de Henrico, conde de Nasao, general de Flandes, y envió contra España otro ejército, que todo se ha de decir aquí.

Púsose el conde Nasao sobre la ciudad de Mesieras, ribera del río Mosa, y la apretó cinco semanas. Pero con la creciente del río y humedad grande enfermaron y murieron muchos soldados; y con esto, sin hacer otra cosa, se levantó el conde y volvió para Flandes.

El Emperador mandó a algunos capitanes que con gente de las ciudades se pusiesen sobre Tornay, que es una principal ciudad. La cual, habiéndola perdido la casa real de Francia en las guerras pasadas, en las paces que derpués hizo el rey Luis con el rey de Ingalaterra, le fue restituida y la poseía entonces; y por estar tan metida y en comarca con las otras gentes y tierras de los estados de Flandes, el Emperador tuvo voluntad de la conquistar antes que otra tierra. Y por su mandado fue luego sitiada y se comenzó a batir.

Y el conde Nasao se puso en el campo sobre la villa de Valencianes, frontera de Francia, por hacer resistelicia al socorro que podía venir a favorecer a Tornay. Esto era ya mediado el mes de octubre.

Y el Emperador, por favorecer y ver su gente y mandar lo que convenía. fue con la corte a Valencianes. Y habiendo pocos días que allí estaba, supo cómo elrey de Francia, sintiendo mucho el cerco de Tornay y ver destruir su tierra, había juntado todo su poder; en que se afirma que tenía cincuenta mil combatientes, los quince mil suizos, y que venía en socorro de ella él en persona; y tuvo aviso cómo estaba ya muy cerca de aquella villa.

Lo cual siendo entendido, y no hallándose el Emperador con ejército bastante para esperar en campo al rey de Francia, porque aun de la gente que pensaba que tenía supo que le faltaba gran parte, por el mal recado y poca fidelidad de los oficiales, coroneles alemanes, pareció a los grandes y caballeros que en la corte estaban, que a la reputación imperial y autoridad de Carlos no convenía estar su persona en aquella villa, sabiendo que el rey de Francia se acercaba a ella, no teniendo, como digo, ejército bastante para le salir al camino y pelear con él. Y que debía entrarse más en su tierra, quedando allí capitán general para hacerle rostro como más conveniese.

Y el Emperador, acetando consejo tan bien mirado, lo hizo así, y pasó con la corte a una villa llamada Aste, y de allí a Audernada; de donde muchos caballeros se volvieron al campo, con harto sentimiento y dolor que hubo de hacer esta retirada el Emperador, porque quisiera mucho hallarse con fuerzas para verse en campaña con el rey de Francia.

Dos días después que el Emperador fue, quedando el conde Nasao con el ejército, sabiendo que el rey de Francia había de pasar con el suyo tres leguas de Tornay, un río por una puente de madera, con deseo y pensamiento de le tomar el paso, pareciéndole que dividiría el ejército al pasar el río, y pelearía con la una parte del, salió con toda la gente que allí tenía una mañana, con muy buen orden, y marchó para allá. Pero por mucho que anduvieron, cuando llegaron, el ejército francés había pasado el puente.

Y como el conde era valeroso capitán y valiente soldado, con la poca gente que llevaba se acercó tanto, que se puso en notorio peligro; porque estuvieron tan cerca, que recibieron algún daño de la artillería francesa. Valióles una niebla tan oscura que el ejército francés no pudo descubrir los pocos enemigos que delante de sí tenía, y de ver su determinación afirmaron algunos que el rey de Francia creyó ser aquella la avanguardia solamente, y que debía venir muy mayor poder atrás. Por lo cual no movió de donde estaba, esperando ser acometido.

Y el conde, habiendo estado allí una buena pieza de tiempo, viendo que ya el día aclaraba y descubría cuán pocos eran, volvió con el mismo concierto con que había venido; y los franceses le siguieron flojamente, siendo solos unos caballos ligeros, que fueron a escaramuzar con los que iban en la retaguardia. Y el conde se entró con su gente en Valencianes, con pensamiento de que el rey de Francia vendría sobre él; pero él no lo hizo así, por ir a hacer el socorro de Tornay.

El Emperador había mandado a don Hugo de Moncada, esforzado caballero, que con cierta gente fuese a estorbarle los pasos de los ríos y arroyos por do había de pasar, cuanto fuese posible. El cual lo hizo con tan buena diligencia y dicha, y ayudado del tiempo, que le fue favorable con las aguas que llovió, que el rey de Francia no pudo o no se atre. vio a pasarlo, y dio la vuelta para Francia sin hacer cosa de momento.

Sabiendo el Emperador su retirada, envió a mandar al conde de Nasao que con su campo fuese a ponerse y a continuar el cerco de Tornay, y que las gentes de las ciudades que allí estaban, se recogiesen a sus casas, lo cual se hizo ansí.

Pasados algunos días, los de la ciudad, viéndose apretados y sin ninguna esperanza de socorro, se hubieron de entregar. Lo cual fue a la misma sazón, o pocos días después que Próspero Colona, con el ejército imperial, entraron y tomaron a Milán. El Emperador, con este buen suceso, y no habiendo enemigos en campafía, mandó recoger su gente y despedir la que no era menester, y él vinose a la villa de Bruselas, donde estuvo la Pascua de Navidad.

Guerra de Fuenterrabía. -Los franceses sitian a Fuenterrabía. -Ríndese Fuenterrabía al francés. - Fortificase San Sebastián con temor del francés. -Queda don Beltrán de la Cueva por general y frontero contra Fuenterrabía. -Adriano, papa.

En el tiempo que en Flandes y Lombardía se trataba la guerra, como digo, por la parte de España procuró el rey de Francia apretarla lo que pudo, confiando en la ausencia del Emperador y en las disensiones de aquestos reinos. Estando, pues, los gobernadores en Burgos, fin de setiembre, como ya dije, para ir a allanar a Toledo, envió el francés su almirante con grueso ejército contra Espafía, el cual, entrando por el puerto de Roncesvalles, en Navarra, tomó la fortaleza del Peñol y después cercó y combatió la de Maya, y púsola en tanto estrecho que el alcaide la hubo de entregar, no pudiéndose defender.

Teniendo así los franceses la entrada para ir sobre Pamplona, y que se creía fueran sobre ella, mudaron el consejo, porque estaba bien proveída, y el conde de Miranda, su virrey, dentro en ella, o porque tuvieron por más importante otra empresa, que fue dejando la conquista de Navarra, ponerse sobre Fuenterrabía, que es una fuerte Plaza en Guipúzcoa, cuatro leguas de Bayona de Francia. En la cual estaba por alcaide y capitán Diego de Vera, soldado muy antiguo y de nombre, con buena gente y munición para su defensa.

Y habiendo primero entrado y tomado un castillo que está en el camino, llamado el Peñón, y robado y quemado algunas aldeas vecinas a aquella villa, la comenzaron luego a batir con tanta furia y diligencia, que un punto no cesaban; de manera que a los cercados no les quedaba tiempo para poder hacer los reparos necesarios.

Y el almirante y condestable, gobernadores de Castilla, sabida la entrada de los franceses, con ánimo de socorrer. a Fuenterrabía hicieron con diligencia llamamiento de gentes demás de la que tenían, y con ella partieron para Vitoria, donde vinieron el marqués de Astorga, el conde de Alba de Lista y otros muchos grandes, y caballeros con toda la gente de guerraque pudieron recoger. Pero si bien hicieron esto con la presteza posible, el apriel to en que los franceses pusieron a Diego de Vera y a los que en Fuenterrabía estaban fue tal, que juzgando por imposible el defenderse, habiendo sufrido el cerco diez o doce días, se entregaron, con partido de que dejasen salir libremente la gente de guerra con sus armas y ropa, y que los vecinos, sin ser robados, se pudiesen ir o quedar en la villa.

Dolió mucho está pérdida en Castilla, y culparon a Diego de Vera grandemente por se haber entregado, diciendo que pudiera esperar algunos días más el socorro. Y le fue después puesta demanda Y acusación por el fiscal real, si bien éí daba sus descargos diciendo que la gente le obedecía mal y que le faltaban algunas cosas necesarias para la defensa.

Habiéndose, pues, así apoderado los franceses en Fuenterrabía, en el princi. pio del mes de otubre, teniendo los gobernadores del reino recelo de que los franceses querrían pasar adelante, dieron luego orden en fortificar y proveer la villa de San Sebastián y de juntar y convocar todos los caballeros y gentes del reino, así para este efeto como para cobrar a Fuenterrabía si fuese posible. Pero ni lo uno ni lo otro fue menester, porque los franceses, si bien hicieron algunos acometimientos y muestras de pasar adelante, al cabo no se atrevieron ni llegaron a San Sebastián; antes contentándose con lo hecho, proveyeron muy bien a Fuenterrabía de gente, municiones y bastimentos y volviéronse a Bayona.

Y los gobernadores de Castilla, forzados del tiempo, que era el corazón del invierno, y de otras necesidades, dejaron de seguir el propósito de recobrar a Fuenterrabía. Pero proveyendo en lo que convenía, hicieron general de la frontera contra los franceses a don Beltrán de la Cueva, hijo primogénito del duque de Alburquerque, y de extremado valor. El cual se puso en San Sebastián con buena compañía de gente para la defensa de aquella villa y para resistir y hacer la guerra a los enemigos, donde le sucedieron cosas señaladas, el tiempo que Fuenterrabía estuvo ocupada por los franceses, de las cuales se dirán algunas.

Los gobernadores acordaron de pasar en Vitoria aquel invierno, por estar cerca para lo que fuese menester, aunque no les faltaba bien que hacer con Toledo y Valencia, que, como queda visto, no estaban llanas en este tiempo, que fue estorbo para poder acudir con tiempo contra los franceses. Pasada la toma de Milán y de Tornay y de Fuenterrabía, no hubo otra cosa notable en lo restante del año mil y quinientos y veinte y uno más de la muerte del Papa León X.

En fin de este año fue la muerte que digo del Papa León X, y la elección de Adríano, cardenal de Tortosa y gobernador de Castilla. Llegále la nueva estando en la ciudad de Vitoria con el condestable, almirante y otros señores, los cuales le besaron luego el pie, y dentro de pocos días llegó el nombramiento de la elección hecha.

Y el Emperador envió luego a Lope Hurtado de Mendoza, caballero de su Consejo, con una larga instrucción del parabién que había de dar a Su Santidad por la dignidad en que Dios le había puesto. Y Lope Hurtado llegó a Vitoria por el mes de hebrero del año 1522, donde representó su embajada, con la cual holgó mucho Adriano.

Año de 1522

Vuelven a las armas franceses e imperiales. -El rey Francisco fue capitán valeroso, y presto lo posible, y digno de gran nombre. -Poderoso campo del francés y venecianos. -Próspero Colona previénese fortificando a Milán. -Va Antonio de Leyva a Pavía con dos mil españoles. -Pónese Lautrech sobre Milán. -Mata una bala a Marco Antonio Colona, hermano de Próspero. -Los milaneses ayudaban de gana, por no verse en poder del francés. -Lobón, valiente español. -Viene Francisco Esforcia con seis mil alemanes. -Dan los franceses sobre Novara. -Entra Esforcia en Milá;n; recíbenle con gozo por señor. -El francés quiere ponerse sobre Pavía. -Entran los españoles esforzadamente en Pavia. -Sale Próspero Colona de Milán para echar a Lautrech de Pavía. -Parque de Pavía. -Álzase Lautrech de Pavia. -Los suizos franceses se quejan por la paga.

En el año de 1522, luego que llegó el tiempo en que suele tratarse la guerra,acudió a ella el Emperador con diligencia y cuidado, principalmente a dos cosas. La primera, a la guerra con el rey de Francia, y la segunda, a su venida a España de que tenía mucho deseo, el cual se acrecentó más con la nueva elección de Adriano, su maestro, en el Sumo Pontificado, porque deseaba el Emperador verle antes que de España se partiese, si bien esto no pudo ser.

Y pasados los meses de hebrero y marzo, cuando la furia del invierno (que fue riguroso) había cesado, comenzaron de nuevo a encenderse y arder las armas, señaladamente en Italia, en la parte de Lombardía. Donde el Emperador, por sustentar lo ganado, y el rey de Francia por cobrar lo que había perdido, pusieron su principal cuidado y poder, haciéndose la guerra con grandes ejércitos, por España y Flandes, solamente por fronteras y guarniciones.

Con la muerte del Papa León quedó el Emperador solo en la guerra de Italia. Adriano aún no había tenido tiempo ni manera para poderse poner en estos cuidados graves y penosos.

Sabiendo la gran diligencia que el rey de Francia ponía para volver por sí, y que el gran maestre y otros grandes de aquel reino bajaban con la gente que por el rey habían hecho en los cantones de suizos, y que Mr. de Lautrech aparelaha toda la gente y municiones que podía en Cremona, solicitando los venecianos para que, llegados los suizos, él con la otra gente estuviese a punto, el Emperador mandó que con gran diligencia y brevedad se enviasen a Próspero Colona cuatro mil alemanes, por los cuales vino Gerónimo Adorno. Mandó, asimismo, que Francisco Esforcia (a quien ya había dado la investidura del ducado de Milán) bajase también con gente de Alemaña a juntarse con los demás, para tomar la posesión de aquel estado. Pero no se pudo esto hacer con tanta presteza que el ejército francés no estuviese más poderoso y pujantemente saliese primero en campaña; porque el rey de Francia, que siempre fue diligentísimo capitán, mandó levantar diez y ocho mil infantes esguizaros, y se los envió a Lautrech, que le llegaron estando en Cremona.Y los venecianos, como amigos suyas, habían ya enviado buen número de gente.

A todos salió a recibir Lautrech, y se juntó con ellos, y se hizo un campo poderoso, en que afirman había veinte mil esguizaros, cinco mil gascones y otros tantos italianos, mil hombres de armas, que agora llaman corazas, y casi mil caballos ligeros.

Hicieron más otra diligencia, deseando prevenir a Adorno, que marchaba con los cuatro mil alemanes, y atajarle el paso. Pero engañóse el francés, porque como los grisones (lo que no se pensaba) impidiesen el paso a los alemanes por el valle Vulturena, y ellos por ser pocos, que no pasaban de cuatro mil, no tomaron el paso por fuerza, mudado consejo pasaron a tierras de los bérgamos, por la cumbre de la montaña de Camonica, y marcharon tanto, que llegaron antes al campo glareduano que el gobernador de Bérgamo pudiese sacar un soldado para les impedir el paso, como se lo mandaba hacer Andrea Griti, provisor del ejército veneciano.

En este tiempo, Próspero Colona, como buen capitán, sabiendo el poder con que su enemigo venía, no se descuidaba, así en llamar y juntar gente de guerra como en fortificar a Milán, donde pensaba esperar a Lautrech hasta tanto que el duque de Milán y marqués de Mantua viniesen. Mandó venir toda la gente que estaba repartida en los alojamientos. Puso toda la de a caballo entre el río Ada y el río Tesim. Envió nuevas guarniciones y presidios a las ciudades principales, donde le pareció que el enemigo podía acudir. Mandó ir dos mil soldados a Novara, cuyo castillo estaba todavía por el francés, y por capitán de ellos a Filipo Torniello, natural de Novara, mancebo de mucho valor, y aficionado a la guerra. Envió a Alejandría al vizconde de Néstor con mil y quinientos soldados. En Pavía, por ser plaza tan importante y tan vecina de Milán, puso a Antonio de Leyva con dos mil españoles y italianos, y dos mil alemanes que habían invernado en Plasencia con el marqués de Mantua, temiendo que Lautrech no fuese con la gente de Cremona a ocupar aPlasencia si estuviera sin guarnición (en lo cual ya no había peligro, pues Lautrech iba la vuelta de Milán). Lo restante del ejército, que eran cuatro mil españoles, nueve mil alemanes y dos mil italianos y mil y quinientos caballos entre hombres de armas y ligeros, metió consigo en la ciudad de Milán, que tenía bien fortificada con bestiones y trincheas, de tal manera que no solamente se pudiese defender, pero estorbar que no pudiesen meter socorro en el castillo, que estaba por el rey de Francia.

Así se repartió por cuarteles su gente, y habiéndose puesto en esta forma, despachó a Jerónimo Adorno para que fuese a dar priesa al duque Francisco Esforcia, que estaba en Trento levantando seis mil soldados alemanes, para que con presteza los mandase venir por la parte de Verona y Mantua, pues por allí no les podían impedir el paso los venecianos, por haber ya juntado su campo con el de Lautrech en el término de Milán; y juntos con los suizos se acercaban a la ciudad.

Monsieur de Lautrech, caminando con la furia que los franceses suelen -y comenzar la guerra-, vino a ponerse sobre Milán con todo su ejército, confiando que lo había de tomar con la brevedad que lo había perdido. Mandó a toda su gente, así de a pie corno de a caballo, estuviesen en armas, con intento de combatir la ciudad. Pero como supo que no solamente los soldados, pero todo el pueblo, donde él esperaba algún levantamiento, estaban en armas, de tan buena gana que viejos y muchachos, y hasta las mujeres, no se Podían detener en las casas, conociendo que la empresa era dificultosa, detuvo su gente en el real.

Y después, por grandes acometimientos y demostraciones que los franceses hicieron, no bastaron a poner flaqueza en los españoles y los demás que con ellos estaban. Antes salían de sus estancias y trataban cada día con ellos tales escaramuzas, que con ser los franceses señores del castillo y estar en el campo tantos y tan escogidos caballeros y soldados, los pocos españoles encerrados en Milán les daban tales manos, que los hacían estar a raya, así a los del castillo como a los del campo.

Un día sucedió una desgracia que causó notable pena en ambos generales, porque andándose paseando Marco AntonioColona, hermano de Próspero Colona, con Camilo Tribulcio, le mató un tiro de artillería que dispararon de la trinchea. Sintiólo mucho Lautrech, aunque era hermano de su enemigo, porque perdió el campo francés, que seguía, una de las mejores cabezas que en él venían, y el rey de Francia un gran servidor, y de quien hacía toda confianza.

También lo sintió mucho Próspero Colona, que si bien su hermano era de la opinión contraria, era, al fin, sangre propria de hermano, que hierve sin que haya fuego.

Esperaba Lautrech que los soldados que dentro de Milán estaban, que por no les haber pagado se habían de amotinar, porque les enviaba las pagas algo tarde don Juan Manuel, a cuyo cargo estaba acudircon las rentas de Nápoles. Y todo lo que había enviado en tres meses que duraba la guerra después de la muerte del Papa, no bastaba para pagar los soldados de España. Lo restante se pagaba de los tributos que daban los milaneses. Y como de la guerra del año pasado, Lautrech, que dentro de Milán había estado, supiese la dificultad que había en esto, no podía creer que después de tantos daños como los ciudadanos habían recibido, tan grande ejército se sustentase a sola costa dellos; mas la buena diligencia y traza de Jerónimo Morón bastó para que no se sintiese, y que hubiese dinero sin mucha pesadumbre de la ciudad. Porque unos de grado, otros por excusar mayores daños y pérdida, cuales los hubiera entrando los franceses la ciudad, de bonísima gana daban lo que tenían. Y así, con esperanza de la vitoria y de la restitución del duque Esforcia, que ya se decía que venía, lo sufrían todos de gana.

Un hecho que merece memoria hizo aquí un español llamado Lobón, de tantas fuer. zas que ninguno en luchas ni otras prue. bas le igualaba. Corría más que un ligero caballo. Deseaba el marqués de Pescara haber a las manos algún francés para saber los intentos de Lautrech. Ofrecióse este soldado a traerle uno, y tomando consigo cuatro arcabuceros sus camaradas, se fueron una noche al real del enemigo, y encontrando con una centinela, embistió con ella Lobón, y echándole enel suelo, le ató de pies y manos y se lo echó al hombro, y volviése con él para la ciudad como si llevara una oveja. Del cual francés se informaron los imperiales, y quedaron más firmes en resistir a Lautrech, siendo con esto ciertos del socorro que les venía.

Viendo esto Lautrech, nunca se atrevió a dar la batalla ni combate, si bien tuvo algunas veces puesta su gente en orden para ello.

Gastando, pues, en esto algunos días en balde, tuvo tiempo el duque Esforcia para llegar, tomando en el camino, con seis mil alemanes que traía, el castillo de Croaria. Pasó sin impedimento alguno el campo de Verona. Y pasando por el término de Mantua, junto a Casal Mayor, atravesó el Po en muchas barcas que para aquello hizo buscar. Desde allí llegó a Plasencia; juntóse con el marqués de Mantua, y trecientos de a caballo que a sueldo del Papa estaban allí. Yendo, pues, así por la otra parte del Po, entró en Pavía.

Sintiendo esto mucho Lautrech, tres días antes que viniese movió su campo a Casan, que está cinco millas de Milán, camino de Pavía, con intención de que el duque Esforcia, con la gente que traía, no se juntase con el ejército imperial, o si le pareciese ir sobre Pavía, donde estaba Antonio de Leyva.

Supo que su hermano Tomás Fusio venía de Francia por Génova, con muffla infantería. Para juntarse con él envió a Federico Bozulo con cuatrocientos caballos y siete mil infantes suizos y italianos, de la otra parte del río Tesin. Los cuales, tomando sin mucho trabajo a Vegeven, partieron para Novara; la cual, como no se diese a ningún partido, diéronle batería y derribaron gran parte de la muralla.

Los de dentro por parte del duque Esforcia estaban con grande ánimo, y con daño de los franceses los rebatieron y echaron de los muros dos veces. Mas a la tercera arremetida dieron lugar y entraron en la ciudad, donde prendieron a Tornelio, su gobernador, con dos capitanes de soldados, caballeros nobles de Milán. Saquearon la ciudad, prendieron los soldados y ciudadanos, y hicieron todo el mal posible.

Sintióse esto mucho en Milán, tanto que el pueblo no dejó de murmurar públicamente contra Próspero Colona y contra su duque Esforcia, porque no habían acudido con socorro, pues tenían tanta gente, y porque habían dejado saquear una ciudad tan fuerte. Pero Próspero Colona, no haciendo caso de lo que el vulgo decía, sólo procuraba juntar la gente que con él estaba con la del duque, que estaba en Pavía, para poder salir en campaña contra el enemigo, que glorioso y lozano con la toma de Novara, se aparejaba a lo recibir y dar la batalla si menester fuese.

Vista la buena ocasión que había por los que se habían apartado del campo francés para la conquista de Novara, avisó al duque Esforcia secretamente que luego se viniese para Milán, y él salió a la medianoche con el marqués de Pescara, y con la mayor parte de su gente, con demostración que iba a dar en los franceses. Soltando algunos soldados españoles, les dio un rebato y arma con que, embarazados en aquello, pudo el duque y toda su gente pasar sin ser impedido, ni casi sentido.

Próspero lo recibió con la suya y lo metió en la ciudad, donde con grande alegría de todo el pueblo fue recibido por señor. Y Próspero acrecentó a su campo seis mil alemanes y trecientos hombres de armas, y el marqués de Mantua quedó en Pavía con la gente que pareció bastante para su defensa, lo cual sintió harto Lautrech. Mas apenas había llegado a Milán, cuando Frederico Bozulo y Tomás Fusio se juntaron con Lautrech, después de tomada Novara.

Sabiendo, pues, que había quedado poca gente en Pavía con el marqués de Mantua, el cual, si bien se lo rogaron mucho, no quiso venir a Milán, por no apartarse de Plasencia y de las tierras de la Iglesia, Lautrech determinó que, pues no podía tomar a Milán, a causa del socorro que le era venido y de su buena fortificación, era bien tentar a Pavía.

Sabido por Próspero y por los otros capitanes que los franceses movían para Pavía, con toda diligencia envió tres compañías de españoles y soldadosde Córcega, encargando a loscapitanes que caminasen a toda furia y procurasen entrar en Pavía antes que Lautrech les cogieseel camino. Los cuales lo hicieron contan buena diligencia, que nosolamente se apresuraron para llegar antes que Lautrech, pero atravesando por medio del campo de los franceses matando muchos, hicieron camino por fuerza de armas y entraron en Pavía, y dieron tanto ánimo al marqués de Mantua, que ya ni temía a los suizos ni a la artillería de Lautrech. El cual, viendo la valentía que los españoles, siendo tan poeos, habían hecho, determinó, antes que más socorro viniese, de plantar la artille,ría y combatir la ciudad. Hízose con tanta furia, que brevemente derribó hasta treinta pasos de la muralla. Los de dentro luego lo repararon con baluartes y trincheas, y rebatieron a los franceses, matando y hiriendo muchos de ellos.

Y parece que de todas maneras ayudaba Dios la causa del Emperador, porque llovió tanto en aquellos días, que ni las barcas podían andar por el Tesin para traer bastimentos al campo francés -tanta era la creciente y ímpetu del río-, ni los labradores, que con codicia de la ganancia venían a vender al real provisión, podían andar por los caminos; y con esto el campo de los franceses padecía necesidad. Por esta causa, o por el socorro que entró en Pavía, no los osó acometer.

Y como Próspero Colona supo el cerco de Pavía, temiendo que el francés lo llevaría adelante, si bien era mucho menos en número que Lautrech, determinó de salir de Milán y ir a hacerle levantar de allí, y siendo necesario darle batalla. Quedando, pues, el duque en Milán con el recado y orden que importaba, un lunes siete días del mes de abril salió, con todo su campo, y fuese a alojar a una villa llamada Binascho, diez millas de Milán, que es la mitad del camino entre Milán y Pavía, donde se detuvo algunos días por las muchas aguas que llovía, aunque no holgan. do, sino con continuas escaramuzas, entre los dos campos. Y una fue tan reñida, que murieron muchos franceses y perdieron algunas banderas.

Luego que el tiempo serenó, Próspero Colona pasó su alojamiento a un monasterio de cartujos, y asentó el real en el parque o bosque que los duques de Milán habían hecho para cazas domésticas, que tiene en torno veinte mil pasos, con intención de dar la batalla al francés, si no la rehusase. Pero mientras los caballos ligeros de la una parte y de la otra escaramuzaron un rato, Lautrech se pasó con el ejército a Landriano, que está entre Pavia y Lodi,y de allí fue Monza, ciudad donde está la corona de los Césares, en lo cual, si bien a verdad no huía, pero a eso lo juzgaron Próspero y los otros capitanes, porque oían decir cada día que los suizos no querían seguir más la guerra por las pocas esperanzas que tenían de la paga.

Y también decían que Lautrech había salido a recibir el dinero que le traían de Francia para hacer la paga, y que con estas esperanzas entretenía su gente. Túvose esto por cierto, y para salteársela el vizconde Anchises, por orden de Jerónimo Morón, fue con quinientos soldados y algunos caballos ligeros, y se puso cerca de Busto, no lejos de Arona, donde decían que era ya llegada la moneda, y puso tanto temor a los que habían ido, que por muchos días no osaron partirse de allí. Sucedió desto, que los suizos, que días había que estaban descontentos por falta de paga, luego que llegaron a Monza pidiero,n licencia para se volver a su tierra o que se diese la batalla. Y si bien Lautrech tuvo por cosa recia lo uno y lo otro, porque temió siempre el fin incierto y dudoso de la batalla y lo mucho que en ella se aventuraba, y también que si le faltaban los suizos quedaba deshecho su campo, y era imposible poder parar en Italia, consultándolo con sus capitanes fueron todos de parecer que se diese la batalla.

También se temió Próspero Colona, mirándolo todo como prudente, que Lautrech había tomado aquel camino para dar sobre Milán antes que pudiesen ir a pelear con él. Y así, luego que hubo proveído a Pavia, dio la vuelta a priesa la vía de Milán, y llegó a ponerse con su campo en unas caserías llamadas Bilucas, que estaban una legua de la ciudad, y allí se alojó, las espaldas hacia Milán y el rostro al camino, descubriendo los enemigos en unos prados llanos, donde había cierta acequia, por do venta agua que. regaba unas huertos que allí estaban, la cual sirvió en parte de fortificación del campo.

Escogió Próspero bien este lugar, por ser seguro y fuerte para pelear más a su provecho, si se hubiese de dar la batalla, y para apartar, al enemigo de la ciudad, porque procuró siempre que los franceses no volviesen a ella.

Batalla nombrada de Bicoca, 7 de abril de 522. -Soberbio razonamiento de Lautrech. -Lo poco que Lautrech conocía al marqués de Pescara. -Próspero se asegura de la vitoria. -Acomete Lautrech a los imperiales. -Matanza grande que los españoles hacen en los enemigos. -Topóse el duque de Milán con franceses. -Ardid de Lautrech; entiéndeselo Próspero. -Santillana, un valiente soldado.

Visto por Lautrech que Próspero Colona le había tomado el paso de Milán, y que le convenía pelear o gastar el tiempo en balde y deshacerse su campo por la determinación de los suizos, resuelto de todo punto en probar ventura, habló a sus soldados así:

«Mucho me huelgo, fortísimos caballeros, que, lo que en toda esta guerra tanto he deseado, se ofreciese ocasión para emplear vuestro esfuerzo. La alegría que veo en vuestros semblantes me asegura de la vitoría que espero, por el deseo con que os veo de venir a las manos con los enemigos; no he quérido suspender esta batalla por veros con tanto ánimo, y que habéis de pelear con los mismos que dentro de Milán tuvistes dos meses encerrados. Que apenas en todo este tiempo se os han dejado ver, y no me espanto, porque poca ganancia podían esperar de vosotros los españoles ni napolitanos, a los cuales, como todo el mundo sabe, siempre habéis vencido. ¿Qué podrán tres mil españoles con vosotros, que en esfuerzo y número sois más y mejores? Pues a los alemanes no tenéis que temer, porque éstos son de los montañeses de Trento, gente rústica y que nunca trató de guerra. La demás gente es milanesa, a los cuales conocemos, y ha muchos años que mandamos, que más vienen para hacer cuerpo de ejército que para usar de las armas. De Próspero Colona, su capitán, ¿qué hay que decir de un hombre viejo y cansado, sino que tratará más de salvarse que de pelear, acordándose que no ha muchos años que fue cautivo del rey Cristianísimo? La cobardía de Ávalos, capitán de los caballos, no sé si es mayor que la de Próspero, y que hace más caso de su salud que de su honra; y así, no tenéis que dudar de la vitoria».

Tan soberbia y arrogantemente habló Lautrech a los suyos; que dicen es pasión de los franceses soberbia furiosa, y así les sucede todo mal: que la altivez ciega.

Oída, pues, en Milán la venida de los enemigos y la determinación de ambas partes, vino Jerónimo Morón al campo imperial y díjole Próspero: «Confiad que yo os doy la vitoria en las manos, si los enemigos me acometen en este lugar».

Y mandóle volver luego a Milán, y que le enviase ciertos millares de gente de infantería de la que había en la ciudad; lo cual hizo Morón y el pueblo, y el duque Francisco Esforcia, porque todos tenían grandísima gana de pelear.

Salieron de la ciudad hasta seis mil infantes y cuatrocientos caballos con el mismo duque. Todo el resto quedó repartido por las trincheas para guarda de la ciudad.

Habiéndose, pues, venido Lautrech a alojar a la ciudad de Monza, bien cerca de la Bichoca, un día en saliendo el sol, que fue a 27 de abril, dada la orden a sus capitanes cómo y por dónde habían de acometer, movió con sus escuadrones y batallas bien armadas, y en orden extendidas por el campo, que lo cubrían todo, y con grande estruendo de atambores y trompetas, confiándose de la vitoria, acometieron al campo imperial.

El cual, con más esfuerzo y no con menos orden, estaba puesto en el sitio que tenía, deseando y esperando su venida.

La orden de Lautrech había sido que en tanto que los escuadrones de suizos cerraban con los españoles y alemanes, parte de su gente de armas con los venecianos diesen por un costado y través del campo. Y qué la gente de armas francesa, con los gascones, fuesen a dar en la retaguardia y espaldas, que sufría esta división la grandeza de su ejército, con el cual ardid le parecía que tenía cierta la vitoria.

Pero Próspero Colona, como sabio y valeroso capitán, entendiendo por dónde le podría venir el daño, tenía prevenidos estos peligros a la defensa del través y lado dicho, sospechando que por allí podía ser acometido, mandó estar tres banderas españolas de infantería y trecientas lanzas. En la retaguardia de su campo había mandado poner al excelente capitán Antonio de Leyva y al conde colosano, don Juan de Cardona, con cuatrocientas lanzas y alguna arcabucería española. Había también dado aviso al duque de Milán que llegase a tiempo la gente,que de Milán dije había salido. Puestos ya cerca a distancia competente, llegó el escuadrón mayor de los suizos a se confrontar con el de los españoles; los españoles, dejándolos llegar, sin ellos moverse, súbitamente dispararon su artillería y arcabucería, con tanta furia y presteza que en espacio de sesenta pasos mataron dos mil suizos antes que llegasen. Fue el daño tan grande, y espantólos tanto, que no osando llegar a golpe de pica con ellos, torcieron el camino, y pasando el pequeño foso que estaba en la delantera del campo, arremetieron al escuadrón de alemanes que estaba cercano al de españoles. Y los alemanes los esperaron con su acostumbrado ánimo, y los unos y los otros comenzaron a pelear valerosamente. Pero ayudándoles por el un costado parte de los españoles arcabuceros, que se desmandaron de su escuadrón, los suizos fueron rompidos de los alemanes, y de ellos volvieron huyendo a se recoger en los otros escuadrones de esguízaros, en los cuales pusieron tanta turbación, que venidos a afrontarse con los escuadrones alemanes, en poco espacio hicieron lo que los primeros.

En tanto que esto pasaba, no holgaba un punto monsieur de Lautrech, procurando que conforme a la orden que había dado, fuese por la gente de armas y venecianos combatido el campo imperial por los traveses y espaldas. Lo cual así se hizo, pero con la misma suerte y suceso que tuvieron los suizos. Porque fueron repelidos con grande daño suyo, y siendo muertos y heridos muchos por los ya dichos, que a la defensa de él estaban puestos.

Llegando también el duque de Milán a tiempo con seis mil hombres que sacó de la ciudad, topóse en el camino con Tomás Fusio que porla mano izquierda venía con trecientos de a caballo, todos escogidos de lo mejor del ejército, y con un escuadrón de infantería, que iban a dar en una puente, por donde se entraba al campo imperial, hubieron de venir a las manos, y le hizo el duque volver atrás.

Por la mano derecha venía otro escuadrón de caballos franceses, mudada la cruz blanca, de que ellos usaban, en colorada, pretendiendo Lautrech que los suizos entrasen el real a las vueltas con los españoles. Pero como Próspero supo el engaño, como astuto capitán, mandó luego que todos los suyos se pusiesen hierbas o espigas, que había hartas por el campo, en las cabezas, para ser conocidos. Descubierto, pues, el ardid y evitado el peligro tan grande, quedó la vitoria por los españoles y milaneses. Y los franceses volvieron vencidos, dejando muertos en el campo tres mil suizos con diez y siete capitanes dellos, y otros muchos, que por todos dicen llegaron a diez mil.

Y del campo imperial murieron muy pocos, y solo un capitán, que fue don Juan de Cardona, conde de Colosa en Sicilia, que murió de una saeta que le dio en el rostro, al tiempo que alzó la vista del almete para ver más claro lo que se debía, hacer.

Señalóse notablemente en esta nombrada batalla la nación española, y entre ellos el alférez Santillana, que era de la compañía del capitán Ribera, y en esta batalla era sargento del capitán Guinea. Mandó el marqués de Pescara a este Santillana que fuese a reconocer un escuadrón de gente que de una parte a otra pasaba. Y en el camino, a vista de los ejércitos, cercado de mucha gente de a caballo, arrimándose a un árbol, peleó tan valientemente, que le derribaron con nueve heridas en tierra y jamás le pudieron rendir, ni le pudieron socorrer, por estar los escuadrones en orden para dar la batalla, que luego se dio, porque estaba algo lejos del fuerte. Este soldado se señaló en lo de Pavia, y fue el primero que en Italia ganó ventaja, o sueldo aventajado. Fue muy estimado entre todos los soldados, y era, común proverbio: Un capitán, Juan de Urbina, y un alférez, Santillana. Era de nación hidalgo montañés.

Los franceses, no del todo desbaratados, retiraron el artillería, y lo quedel fardaje había llevado consigo a la ciudad de Monza, donde reposó Lautrech sola una noche, y a salir del sol partió de allí para Trezo (que es un lugar en la ribera del Adda), donde hizo una puente para pasar, y despidió a los suizos, que se querían volver a sus casas, y con ellos se fueron Renato Sabaudiano, Saliacio, S. Severico y muchos otros franceses principales.

Lautrech, fatigado con tantos trabajos, determinó de fortalecer a Lodi, para que con la guarnición de aquella ciudad pudiese más fácilmente defender a Cremona y las tierras que estaban de aquella parte del río Adda, antes que los enemigos, ufanos con la vitoria, llegasen allí.

Próspero Colona, alegre con la vitoria, si bien cansado del trabajo de aquel día, reposó allí aquella noche y hizo una posta luego, avisando al Emperador de la vitoria que Dios le había dado. Halló la nueva al Emperador en Flandes, ya de camino para venir a España, cuando había asimismo enviado por virrey de Nápoles a Carlos de Lanoy, su caballerizo mayor, por haber muerto don Ramón de Cardona, que desde el tiempo del Rey Católico lo había sido.

Ganan los españoles a Lodi. -Ganan los españoles a Piciquiton. -Vuélvese Lautrech a Francia. -Cremona se da a los imperiales.

Antes que Próspero se levantase de donde estaba, se le amotinaron los alemanes, que le pedían por la vitoria seis pagas de gracia. Y no solamente no le obedecían a él, ni a Adorno (que los había traído de Alemaña), cuando les decían que no se les debían, pues no habían del todo vencido al enemigo, que a su salvo se habían. retraído con el artillería y con el bagaje; aun amotinaban más la otra gente, tanto que tomaron la artillería y amenazaron a los capitanes, y aún que pornían las manos en el Próspero, si no se les daba lo que pedían.

Húboseles de prometer por parte del duque de darles lo que pedíandentro de treinta días, como se hizo y fue necesario, porque no se les fuese la vitoria de las manos.

Ordenado todo lo que convenía para ir a ejecutar la vitoria, supo lo que Lautrech había hecho de su gente, que había enviado ciertas compañías de infantería y caballos a ocupar y apoderarse de la ciudad de Lodi, que es en la ribera del mismo río Adda, hacia la parte de Milán, y que él con todo el resto de su campo se iba a meter en Cremona, donde el año pasado se había guarecido, pareciéndole que con tener a Lodi, y con el favor de venecianos, podría defender a Cremona y algunas otras tierras que tenía en su comarca, y esperar el socorro de su rey.

Sabido esto por Próspero, encargó al marqués de Pescara que con la infantería española y con algunos caballos caminase apriesa y trabajase de entrar en Lodi antes que los franceses, o, hallándolos dentro, combatir y tomar la ciudad. Y si bien el marqués hizo la diligencia posible en el caminar, cuando llegó a Lodi ya estaban dentro los franceses. Pero él, como tan gran capitán, antes que más pudiesen ordenarse y aparejarse en ella para resistirle, arrimó su gente a los muros y co. menzó a darles combate.

Y con tanto ánimo y determinación combatieron los españoles, que los franceses desampararon los muros y bestiones, y los españoles, matando y hiriendo, entraron en la ciudad.

Y los franceses salieron de ella huyendo, y pasando el río fueron a Cremona (ciudad muy fuerte de venecianos, ocho millas de allí), quedando muchas de ellos muertos y presos en Lodi.

Cobrada así esta ciudad por el marqués de Pescara, y viniendo luego allí Próspero Colona, fue acordado por él y por los demás capitanes, de ir a cercar a Cremona, y coger en ella a Lautrech, donde sabían que era llegado. Y haciéndolo así, Próspero pasó el río Adda con su campo, y comenzando a caminar despachó al marqués de Pescara, que con algunas compañías de españoles fuese a combatir una muy fuerte villa y castillo llamado Piciquiton, que es en la ribera del mesmo río, a la parte de Cremona, y cercana a ella, que estaba por Francia.

El marqués caminó luego para allá, donde siendo llegado se puso en torno de la villa con toda su gente, con gran demostración, y envió un trompeta a requerir a los que estaban en su defensa, y a los vecinos de ella, que luego se entregasen. Los cuales, viendo la determinación de los españoles, y sabido lo que en Lodi había pasado, acordaron de rendirse, pidiendo las vidas y hacienda, que el marqués les otorgó, teniendo consideración a la fortaleza grande de aquella plaza y a no perder tiempo.

Ganada la fuerza de Piciquiton, el marqués puso alcaide y guarnición conveniente, y luego caminó a juntarse con Próspero, que caminaba para Cremona. Pero monsieur de Lautrech no los esperó en ella, antes sabiendo el suceso de Lodi y el camino e intento que Próspero traía, dejando en su lugar en el ejército a monsieur de Fusio, su hermano, no queriendo ser cercado, se salió de ella con sus criados y la gente que para su guarda hubo menester, y por tierra de venecianos y suizos pasó en Francia.

Ido Lautrech llegó Próspero con su campo sobre Cremona, y envió un trompeta a Tomás Fusio, pidiéndole la ciudad, con apercibimiento que no lo haciendo, le combatiría y entraría la ciudad matando y prendiendo los que en ella estaban. Viendo Fusio el poder y determinación de Próspero, y no teniendo esperanzas de socorro, y entendiendo que no se podía defender, por no perder la gente que allí tenía, trató de entregarse.

Y después de diversas pláticas se concertó que el ejército francés estaría en Cremona cuarenta días; y que si en este tiempo no les viniese socorro bastante para pasar el río Po y ganar una villa del estado de Milán, en que hubiese guarnición y defensa, que dejándolo ir a él y a toda su gente libres con su artillería, armas y ropa, entregaría la ciudad, y que asimismo haría entregar todos los castillos y tierras que por Francia estuviesen en Lombardía, salvo los de Milán, Cremona y Novara, y que en el entretanto hubiese paz y tregua entre ambos ejércitos.

Y para lo así cumplir dio tales personas en prendas y seguro, que Próspero se dio por contento. El cual quiso otorgar esto, entendiendo que dentro del término Tomás Fusio no podría ser socorrido, y que era acabar de echar de Lombardía a los franceses.

Va el campo imperial sobre Génova, y éntranla a 30 de mayo. -El conde Pedro Navarro viene con franceses a socorrer a Génova. -Entran los españoles en Génova. -Capela, criado del secretario Morón, escribe diferentemente esta jornada, como aficionado poco a españoles. -Engaños del Jovio. -El castillo de Milán se ganó al francés a 22 de noviembre. -Modestia y poca codicia de Carlos V.

Asentadas, pues, así las treguas y dejando allí quien recibiese la ciudad cumplido el término, con parecer del marqués de Pescara y Antonio de Leyva y los otros capitanes que con él estaban, acordó, sin esperar un día más, ir sobre la ciudad de Génova, en la cual gobernaba Octaviano Fregoso, hombre excelente en prudencia y experiencia, y amado de los ginoveses por sus virtudes, que si bien era hombre de poca persona, era grande en el valor y singular prudencia.

Este genovés tenía la parte de Francia. Próspero llevó consigo a Antonio y a jerónimo Adorno, hermanos, a quienes tocaba el gobierno de las cosas de Génova, para que por industria de ellos hubiese bastimentos, carros, bueyes, ofíciales y todo lo necesario para la guerra y para el ejército. Estos eran del bando contrario, de los cuales andaba la ciudad banderizada, y los Fregosos andaban en servicio del Emperador contra franceses.

Caminando, pues, a buenas jornadas, el campo imperial llegó a asentarse sobre Génova. Comenzaron luego a poner en orden las cosas necesariaspara combatirla.

Estaba la ciudad muy apercibida por la industria y buena diligencia de Octavio Fregoso y del arzobispo de Salerno, Federico, su hermano, que dentro estaba. Demás de los naturales tenía dos mil soldados de guarnición. Avisó luego al rey deFrancia que viniese a socorrerlos si no quería perder aquella ciudad.

Próspero envió un trompeta, requiriendo a los Fregosos que la entregasen, pues la tenían tiranizada los franceses, y quedejasen libres a los Adornos, naturales de ella. a quien tocaba el gobierno, con apercibimiento que no lo haciendo haría contra la ciudad y contra ellos, como contra enemigos del Emperador, y usaría del derecho que la guerra permite.

Octavio Fregoso, confiado en la gente que tenía y en el socorro que esperaba de Francia por mar, se quiso defender. El rey de Francia, como aquél que tenía grande ansia por las cosas de Italia, después que perdió la batalla de Bicoca había mandado hacer en tierra de Gascuña y de Narbona catorce mil soldados y quinientos caballos, a los cuales se había dado orden de ir a Italia con Roberto Scoto, su capitán. Y porque le pareció que esta gente no podía llegar a socorrer a Génova, envió luego con dos galeras a Pedro Navarro, que había días andaba en su servicio. Con este socorro llegó el conde a muy buen tiempo, y los Fregosos se animaron mucho, y entretenían con tratos fingidos al marqués de Pescara, que estaba más cerca de la ciudad con la infantería española. Y cada día entraban otros nuevos socorros a la ciudad.

Esperaban que el campo imperial no se podría sustentar mucho por falta de hastimentos, que la hay en la comarca de Génova, que es de montañas estériles y malas. Pero el marqués,, que se las entendía, de tal manera daba oídos a las pláticas y tratos de paz que no perdía punto de lo que debía hacer. Y arrimando la artillería cerca de los muros, hiza dar la batería.

La cual, hecha a los 29 ó 30 de mayo, la infantería española arremetió a la muralla con tanta determinación y ímpetu, que si bien los que la guardaban hicieron todo su deber, por los pequeños portillos que la artillería había hecho, les entraron por fuerza, y los hicieron desamparar las estancias, y la ciudad fue entrada por la parte que solía estar la torre de la Lanterna.

Galeazo Capela, que escribió la historia de las guerras de Milán, escribe algo diferente esta jornada que los españoles hicieron en Génova. Dice que el marqués de Pescara había tomado esta jornada a su cuenta, y que estando en el real tratando con Benedicto Vivaldo de algún medio y concierto, los españoles habían arribado aquel día una torre que estaba junto a la puerta con la artillería, y que sin saberlo el marqués, arremetieron de tropel y tomaron aquella torre, y hicieron entrada por el muro, y que luego acudieron todos los del ejército y con grande grita levantaron las banderas y entraron por donde habían entrado los primeros. Y el marqués de Pescara, dejada la consulta, acudió de los primeros, y viendo que su gente iba desmandada, mandó que se detuviesen y envió luego aviso de la vitoria a Próspero Colona para que acudiese con la gente de a caballo que estaban a la otra parte de la ciudad, que se llamaba Beszano. Y desta manera, con muy buen orden entró el marqués por la ciudad, hiriendo y matando, sin que hubiese quien osase defender ni aun a sí mismo.

Y el arzobispo de Salerno, con el capitán que guardaba la casa de la gobernación, acompañado de muchos soldados y ciudadanos, se embarcó y tomó la vía de Marsella. Otaviano, su hermano, que estaba enfermo en la cama, mandó cerrar las puertas de su casa, y envió uno de los suyos para que dijese desde una ventana cómo él se entregaría en manos del marqués de Pescara. También fue allí preso el desdichado conde Pedro Navarro, cuyas malas venturas cargaban sobre él de golpe, que si bien se libró desta prisión, volvió a ella pocos años después en el desdichado cerco de Nápoles, donde se perdió Lautrech, como veremos.

En tal tribulación se vio la nobilísima república de Génova por los bandos que en ella había, que de ella salieron los que avisaron al marqués de Pescara, y aun dicen que disimulados les señalaban las casas ricas que habían de saquear, echando o tirando a las ventanas unas pelotas.

La ciudad se saqueó, y porque el saco fue mayor de lo que el ejército pudo lle. var, mandó Próspero que ningún ciudadano fuese cautivo.

Y luego el día siguiente, porque en la ciudad no se hiciese más daño, sacó el ejército fuera; que mucho tiempo se pudiera sustentar con las riquezas que en la ciudad se hallaron.

Jovio cuenta (como suele) pasionadamente esta historia contra los españoles. Dice que Juan de Urbina se ascondió cuando se daba la batería, como si no supiera bien Italia quién era este valiente soldado. Él no se quitó del lado del marqués, y cuando se entró la ciudad iba el marqués delante, y Urbina tan cerca, que no había cuatro hombres entre los dos. Dice más este apasionado autor: que los españoles hirieron con un arcabuz a un obispo, que fue al de Nevio (aunque él no le nombra), en Córcega, y era natural de Génova, llamado Agustín Justiniano. Mas este obispo que él dice, no trata de tal cosa en los Anales que él mismo recopiló de la señoría de Génova, donde cuenta esta toma y saco largamente; antes dice que de cuatro veces que se ha tomado esta ciudad, en esta padeció menos daño, y fue en la crue menos peligro corrieron las cosas de la república y particulares, y donde (que así dice) fue guardada la honra de las mujeres.

También dice Jovio que los españoles fueron a robar la iglesia de San Lorenzo y a tomar aquel rico plato de la esmeralda. Y es cierto que no fue sino una banda de tudescos con su coronel Jorge de Frondeperge: los cuales intentaron este saco, y no hubo efeto porque se rescató la presa antes con mil escudos que les dieron. Y los mismos genoveses la ayudaron a saquear, que entraron en la ciudad gritando a grandes voces: « ¡Adornos y España!», y se pusieron máscaras por no ser conocidos: que donde hay división, no hay ley ni razón ni sangre; que todo lo abrasa la pasión.

Andaban estas dos familias de Fregosos y Adornos grandemente encontradas. Los unos se valían de Francia, y los otros del Imperio y agora de España: y el mal era para la triste república de Génova que lo lastaba.

Siendo, pues, ganada en la manera dicha la ciudad de Génova, tan importante a Italia, pudiéndose quedar con ella el Emperador, no quiso sino dejarla en su libertad, restituyendo el gobierno y tenencia de ella a los Adornos, que la solían tener, con la guardia y presidio que ellos quisieron poner.

Hecho esto, Próspero Colona partió con el campo la vía del Piamonte y marque-sado de Saluzo y condado de Aste, porque tuvo aviso que el rey de Francia pasaba con poderoso ejército los Alpes. Movió con todo el ejército para la ciudad de Aste, queriendo toparse allí con él si quisiese turbar las cosas de Lombardía y los pactos hechos en Cremona. El francés, después que llegó a Villanueva, lugar que está en el término de Aste, sabida la presa de Génova detúvose allí hasta que por mandado del rey, cuyo parecer envió a consultar, se volvió con el nuevo ejército a Francia. De manera que Tomás Fusio, que había quedado en Cremona, perdió toda esperanza de socorro.

Pasados los cuarenta días envió un proprio a Próspero para entregarle los castillos y cautivos, y él con los franceses que allí le quedaban y con el artillería, como estaba concertado, partió para Francia con fe y guías de Próspero.

Y de esta manera quedó el rey de Francia despojado de todo lo que tenía en Lombardía, salvos los castillos de Milán, Nevara y Cremona y las villetas llamadas Damasco. Sobre las cuales dentro de pocos días fue el marqués de Pescara, y con ciertas banderas de infantería española compelió por fuerza de armas a rendirse, y se entregaron al duque de Milán, como todo lo demás de aquel estado, sin tomar el Emperador para sí ni una sola villa ni castillo: si bien pudiera, pues lo había conquistado con tanta costa y trabajo: contentándose can la gloria de la vitoria.

Lo cual es de considerar, para que se entienda la poca ambición y ninguna tiranía que nunca en él hubo, ni codicia de más que conservar su reputación y estados y amparar con ellos a la Iglesia, destruyendo sus enemigos, que en muchas cartas originales que he visto de este príncipe y otras instrucciones que dio a sus embajadores, de las cuales en su proprio lugar y tiempo haré relación, no hallo otra cosa sino un celo grande de la religión cristiana, una humildad y obediencia notable al Pontífice, amando la paz entre los cristianos y las armas contra enemigos de la fe, lo cual todo, sin pasión ni afición, en el discurso desta historia se verá.

Acabada, pues, esta jornada, por serla costa tan grande del ejército, Próspero Colona despidió parte de la gente alemana, y la española con los demás de su campo alojó en los lugares que le pareció, cesando la guerra por este año.

Tratan los imperiales de sacar dinero para los gastos de la guerra. -Pretenden los imperiales concordarse con venecianos.

Carlos Lanoy, virrey de Nápoles, y don Juan Manuel, embajador del Emperador en Roma, consultaron entre sí para dar orden de dónde sacarían dinero; y aprovecháronse de la ocasión de la autoridad y crédito que ya el Emperador tenía en Italia, que por haber echado los franceses de ella con tan próspera fortuna y en tan breve tiempo, muchos le temían.

Determinaron de pedir ciento y cuarenta mil ducados a la señoría de Florencia, al duque de Milán, a Luca, Sena y Génova, a cada uno según por buen repartimiento podía caber, para pagar la gente española por algunos meses que era necesario estar en Lombardía. No porque bastasen a impedir la entrada del rey de Francia en Italia, si otra vez, como algunos decían, la quisiese hacer; pero porque era más fácil volver a llamar los alemanes y hacer de nuevo la gente de Italia si menester fuese.

Había otra dificultad, y era que el Emperador estaba con tanta falta de dinero, que no podía hacer guerra al rey de Francia, ni por la parte de Flandes, ni bien por la de España, ni tampoco el de Ingalaterra; sólo podía aprovechar algo en la guerra que aquel estío hacía por la parte de Normandía, y Picardía.

Y por tanto, el Emperador, aconsejado de Próspero Colona, que siempre deseó y procuró la paz de Italia y el acrecentamiento y firmeza del imperio romano, envió a Venecia a Jerónimo Adorno, varón prudente y experimentado, para que en la mejor manera que pudiese, guardando el honor del Emperador, concertase a él y a los venecianos.

Alargóse algo este trato, porque murió el Adorno, pero en fin de nueve meses se concluyó por Merino Carachuelo, protonotario apostólico, con estas condiciones: que así los unos como los otros fuesen obligados, siempre que fuese menester para común defensa de Italia, socorrer con seis mil soldado-, v mil docientos caballos, entre hombres je armas y ligeros.

De este concierto holgaron tanto los milaneses que muchos decían que ya no había que temer que el rey de Francia volviese, pues los venecianos se habían desviado de él. No pensaban ya sino cómo podrían quitar de sí la vejación del ejército de los españoles, que, acabados va los tributos de los príncipes de Italia, sólo cargaba sobre ellos. Especialmente, que en cierto motín en el término de Aste habían saqueado tanto como enemigos a Vegeven, que fue forzado para los apaciguar darles el duque Esforcia cien mil ducados, porque no se estorbase la confederación y paz que con venecianos se había asentado, sin la cual las cosas de Milán no tenían firmeza.

Pérdida de Rodas.

Si bien no es propria desta obra la pérdida de Rodas, isla donde los cabaficros que agora están en Malta solían estar, y de ella hay particular historia, diré brevemente cómo fue, y cómo entre todos los príncipes cristianos sólo el Emperador, con estar tan ocupado en tantas guerras, envió a socorrerla, si bien el socorro llegó tarde y cuando la isla estaba sin remedio.

Quedó Solimán, Gran Turco, tan ufano con la victoria de Belgrado contra el rey Luis de Hungría, que lo escribió a todos sus amigos, y tan orgulloso que pensaba igualar y aun aventajarse a todos sus antecesores, y en acrecentamiento de estados: y a la verdad era Belgrado la llave y defensa de aquellas partes contra él.

Y ansí triunfó de él en Constantinopla, como del Cairo, aunque murieron veinte mil hombres de guerra a manos de húngaros.Así que propuso de ganar a Rodas y aderezóse para la empresa, publicando que se armaba contra el Sofi. Las causas que le movieron a conquistar aquella isla fueron ser los comendadores de San Juan tan enemigos de turcos que les hacían continuamente guerra, por estar en tan buen sitio que impidían la navegación de Caramania y de Suria de Egipto y otras provincias, tomando las mercaderías y riquezas que traían a Constantinopla, de Baruti, de Alejandría y otros mercados; por las quejas y lágrimas de Metilin, Samo y otras islas y tierras que destruían. Porque nunca en muchos años habían perdido galera ninguna vez que combatiesen con turcos; que lo tenía él por afrenta, por no tener Papa ni haber quien les ayudase, pues era muerto León X, que urdía de hacerle guerra, dando cruzada por medio y calor de Zem, hijo de Zem, su tío, y porque no ternían socorro de franceses ni españoles, que se hacían guerra los unos a los otros por Italia, Flandes y Navarra.

Por todas estas causas determinó de emprender aquella guerra.

Quien de sus capitanes más lo incitó fue Cartagoli su cuñado, grande hombre de mar, porque le tenían los de Rodas un hermano esclavo. Pirro basá, que tenía mucha autoridad y experiencia, le desaconsejaba aquella ida con ejemplos, diciendo que su padre Selim no la osó acometer, habiendo armado contra ellos cinco años antes; y que Mizir Paleologo, basá de Mahomet su bisabuelo, no la pudo ganar el afío de 1481, siendo gran maestre Pedro de Ambuson.

Solimano aprobó el consejo de Pirro, diciendo que su padre no fue sobre Rodas por otras guerras, y que su bisabuelo privó a Basá Amicit porque no le ganó con docientos navíos.

Y con tanto mandó a cada uno lo que había de hacer, y en poco tiempo juntó docientos, mil combatientes y cuatrocientos navíos; de los cuales eran ciento y veinte galeras, sesenta fustas, cuarenta naos grandes. Las demás eran menores, y de cosaríos y mercaderes, que iban por codicia y ganancia.

Fue, pues, Solimán a Cabo Orio con toda su armada; de allí envió delanteveinte galeras con Cartagoli, que se lo había suplicado, a Rodas. Pensaba sacar fuera las galeras de la orden a pelear, y peleando tomarlas o deshacerlas, cosa que fuera gran negocio.

Llegó a Rodas, pero no peleó. En fin, llegó después toda la flota a Frisco, cuatro leguas de la ciudad de Rodas, día de San Juan, por les hacer triste la fiesta de su abogado, habiendo ido las galeras delante; y en la primera de todas, el sanjaco de Galipoli como almirante de la mar, cuyo oficio es gobernar siempre la armada turquesca.

Felipe Viliers, que poco antes fue elegido por gran maestre de la religi6n, había fortalecido la ciudad cuanto posible le fue, y cercado el puerto con una gruesísima cadena, echando naos llenas de tierra al fondo, para que las galeras turcas ni entrasen, ni llegasen a batirla cerca. Basteció el lugar de armas, municiones y comida, en lo que tuvo dineros. Metió la gente que pudo, y que podía pelear, mandando a los demás que se guardasen. Los que tenían armas para pelear, y rondaban, eran cinco mil rodiotes, y seiscientos caballeros con la cruz blanca, sin sus criados.

Envió con tiempo, fuera de todo esto, por socorro a todos los reyes cristianos, y al Padre Santo, a quien más tocaba sostener y socorrer aquella caballería cristiana. El Papa Adriano VI tenía tres mil españoles que poder enviar a Rodas, que los había llevado de guerra. Mas por no tener dineros, como él decía, lo dejó, y porque don Luis de Cardona, duque de Sesa, que a la sazón era embajador en Roma, y otros capitanes y grandes señores, le dijeron ser mejores aquellos soldados españoles para Lombardía contra franceses que para Rodas, pues tenía quien la defendiese y estaba fuerte.

Venecianos no ayudaron, aunque tenían cincuenta galeras en Candía, por tener paz entonces con el Gran Turco.

De Francia no le fue socorro alguno.

De España fue el prior de San Juan, don Diego de Toledo, con otros caballeros de su orden. Pero ni ellos pudieron pasar de Sevilla por el invierno, ni ciertas naos, cine iban de aquella isla y de Nápoles a costa del Emperador.

Y como los que vinieron a demandar ayuda no la hallaron en quien pensaban, vendieron la renta que la orden tenía en el monte de San Jorge, de Génova, y enviaron dos naos; mas tampoco llegaron allá, porque la una se hundió cerca del Mónaco y la otra se abrió no lejos de Cerdeña; de suerte que no hubo quien socorriese a Rodas.

Llegaron, pues, las galeras y otros navíos de remo junto a Rodas, lombardeando y cañoneándose. Mas retrujéronse una legua por el daño que recibían, quedando muerto Mahomet Carra, gran cosario.

Desembarcaron los turcos allí y volvieron las galeras a cabo Orio por el ejército. El cual llegó por la parte que más flaca le pareció sobre la miserable ciudad, haciendo un fortísimo real.

Hizo Solimán dos grandísimos montones de tierra para señorear la ciudad y su cerca, donde puso el artillería. Hizo asimismo mantas y reparos, y tiró tanto que cayó la cerca. Combatióla quince veces o más en seis meses que duró el cerco.

Solimán, avisándole Pirro Basá de lo que pasaba en el cerco, vino a Rodas dos meses después que su ejército, y escribió al gran maestre que se diese, saliendo todos libremente o quedando en su religión, pero con algún vasallaje. Hacíalo por desconfiar de ganar la ciudad por fuerza, defendiéndose tan bien los de dentro que se acobardaban los suyos, y porque tenía falta de pan tanta multitud de hombres, y había pestilencia en el real, muriendo ya muchos gastadores de flujo y paperas. Mas como no les respondieron, y como le proveyó de comida Tarach Basá, desde Suria, y Carerbey, que a la sazón era gobernador del Cairo, apretó el cerco y combates, cuanto por el provecho, tanto por su honor y reputación, hasta que ya sin aguardar otro humano remedio, hecho lo que debían a buenos caballeros, se le rindieron a partido.

Felipe Viliers, habiéndose defendido más de lo que se puede decir y creer, e dio con voluntad de todos, con que se fuesen los que quisiesen, sacando toda su ropa, excepto la artillería, y con que no entrase dentro el Gran Turco hasta que todos los del hábito hubiesen salido. Esto fue la vigilia de Navidad, año de 1522.

Dicen que si algún socorro le dieran, por poco que fuera, que no se perdiera; porque ya el Gran Turco estaba para levantar el real, cuando vio las cuarenta velas que Cararbey envió con bastimento, pensando ser de cristianos; y porque estuvo muy triste y enojado por defenderse tan bien, y se cree, pues hubo día que mataron mil, muriendo infinitísimos turcos.

Y al cabo murieron casi todos los cinco mil isleños, y quinientos comendadores.

También los turcos pelearon mucho. Y que peleasen bien vese, pues que, como, digo, hubo día que mataron mil de los cercados.

Quedaron el maestre y cien comendadores, de seiscientos que eran.

Dicen que un judío y un comendador la vendieron (no es de creer), y que por esto se ganó. Dicen también que les faltó la comida, a causa que Fabricio Carreto, gran maestre, había dejado el tesoro muy gastado.

Entró Solimán en Rodas día de Navidad, contra su juramento, y no hizo señal de alegría, diciendo que no sabía si era de reír o llorar una victoria que le costaba ochenta mil soldados y veinticinco mil o más gastadores, sin infinitos dineros. Entró (a lo que dicen) tan presto, por haber a Hacem, un su pariente muy cercano. Y así, mandó que ningún hombre ni navío se partiese hasta parecer, y prometió diez ducados por vida cada día al que se lo diese; y lo halló y lo mató con dos hijos, porque dijo que era cristiano y cristiano quería morir.

Era este Hacem hijo de Zem y nieto, de Bayaceto, bisabuelo de Solimán.

No estuvo mucho en Rodas el Gran Turco por la mortandad que vino. Fue a Seyo, donde despidió la flota, y la que le quedó dio el través en el mar de San Jorge.

Llegado que fue a Constantinopla, triunfó.

Describe la isla de Malta.

El gran maestre Felipe Viliers de Lasladan, francés, partió de Rodas con cien caballeros de San Juan, cual cada uno puede pensar, por haberse perdido en su tiempo Rodas, habiéndola tenido los de su orden más de doscientos años con grandísima fama, honra, riqueza y santidad. Navegó hasta Civita Vieja con dificultad, por ser invierno. Estuvo en Roma con el Papa Adriano, tratando dónde asentarían la orden. Y como murió Adriano, vino el maestre a España con cuarenta caballeros, a encomendarse al Emperador, que estaba en Toledo. El cual le dio allí, el año de 1524 o de 1525, a Malta y al Gozo y a Trípol de Berbería, quiriendo, como buen Emperador cristiano, restaurar aquella noble caballería de San Juan.

Y así tomaron asiento en Malta el gran maestre y sus caballeros, como lo tuvieron en Rodas, con las condiciones y privilegios que antes. Hubieron una fortaleza harto fuerte donde solía ser antiguamente.

Tiene Malta cuatro leguas por lo más ancho y seis en largo, casi veinte de rodeo. Y no siendo mayor, tiene veinte mil vecinos. Está como treinta leguas de Sicilia por cabo Pasaro, que le cae al norte, y setenta de Tripol de Berbería hacia el sur, y mira el Gozo al poniente. Es la isla, según parece, más desviada de Tierra Firme que hay en todo el mar Mediterráneo. Mas por estar allí y tener buenos puertos, fue, siempre de mucha importancia para los negocios de mar; y agora tanto más que nunca, por tenerla los caballeros de San Juan, cuyo instituto es que han de pelear por mar a la contina con infieles y cosarios, que para eso se la dio el Emperador, cuya era.

Hubo en Malta antiguamente mucha religión y navegación. Y así se hallan algunas medallas que tienen a Juno por la una parte y por la otra un remo, con unas letras griegas debajo, que declaran ser de Malta. A causa de aquellas dos cosas fue muy rica. Y con las riquezas y comunicación de muchas y diversas gentes vivían con tanto vicio, que era demasía y tacha. Agora viven mezquinamente.

Las mujeres no son feas; los hombres, morenos y celosos; que hacen ir a sus mujeres tapados los rostros, costumbre que les quedó de los moros y sarracines. Es saludable tierra: no nieva ni hiela; abundosa de frutos, de comino y de algodón, que es bocico. Hay gentil miel de tomillo y violetas: de donde piensan que se dijo Melita.

Graciano, en el Decreto, llama esta isla Meliveta, nombrando el Concilio melivetano, que se celebró en ella, con docientos catorce obispos, en tiempo del Papa Inocencio, año de 400 o poco más, contra Pelayo, hereje. Pero debe ser error de los que lo escriben.

Algunos libros tienen Metilena por Melita en los Actos de los Apóstoles (por culpa de los impresores), hablando de San Pablo cuando le mordió allí una víbora. El itinerario de Antonino la nombra Maltacia, de donde se quedó Malta.

Enrico, rey de Ingalaterra, delensor de la fe, y después, enemigo. -Notable congregación de frailes franciscos en Burgos.

Por lo que me han de ocupar las herejías de Lutero y los desatinos de Enrico VIII, rey de Ingalaterra, que cuando había de dar en ser santo, por estar en el último tercio de su vida, dio en mil flaquezas, vencido del apetito sensual o bestial de la carne por los amores de una mujer muy desigual de la que un rey merecía. Por donde el demonio tuvo entrada para sembrar las herejías en aquel cristianísimo reino: representando este rey la misma persona de Salomón, que comenzó a reinar siendo mozo con sabiduría y celo del cielo, y en la vejez idolatró por el amor ciego de las mujeres.

Digo, pues, que este año de 1522, el rey Enrico de Ingalaterra escribió un libro y lo sacó en público contra los desatinos de Lutero, con lo cual el Pontífice y senado de los cardenales le dieron en un acto público y solemne el título de defensor de la fe, que después perdió como necio.

Este año de 1522, domingo de la Trinidad, se celebró en Burgos el capítulo general de los padres de San Francisco, donde se juntaron mil y ochocientos religiosos de toda la cristiandad, y eligieron por generalísimo a fray Francisco de Quiñones, natural de León, que después fue cardenal de Santa Cruz.

Y don Antonio Manrique, duque de Nájara, y doña Juana de Cardona su mujer, sustentaron magníficamente esta santa congregación. Que verdaderamente se muestra serlo y estar muy a cuenta de Aquel que jamás desampara al justo ni le deja morir de hambre, pues tantos y de partes tan remotas se juntan de ordinario, como siempre vemos, con la pobreza y desnudez evangélica, por la cual les da Dios ciento por uno. Lo cual no se ve en las demás religiones, pues ricos y cargados de bienes temporales y bien cuidadosos en conservarlos y aumentarlos, son sin comparación más pobres y viven con mayores trabajos para sustentarse que los padres de San Francisco.

FIN DEL TOMO PRIMERO

Libro undécimo

Viene el Emperador a España. -Hace el camino por Ingalaterra. -Recíbenle solemnemente los reyes. -Tiene nueva el Emperador de lo que don Beltrán de la Cueva hacía sobre Fuenterrabía. -El conde de Miranda cobró la fortaleza de Maya, en Navarra.

Acabadas con tanta felicidad las cosas de Lombardía, si bien en las fronteras de Flandes con Francia andaba harto viva la guerra entre franceses y flamencos, saliendo de los lugares fuertes a correrse y destruir la tierra, el Emperador determinó pasar en España, donde su vista era grandemente deseada y necesaria, para acabar de quietar los ánimos, que en las revueltas pasadas tanto se habían alborotado.

Aprestaron ciento y cincuenta navíos, y cuatro mil alemanes o tudescos que trajo para la guardia de su persona, que sirvieron en España de sólo estragar la tierra.

Quiso hacer su camino por Ingalaterra, visitando a los reyes sus tíos, de los cuales era amado.

Dejó en el gobierno de los estados de Flandes a madama Margarita su tía, y por vicario del reino o Imperio de Alemaña a su hermano el infante don Fernando, archiduque de Austria.

Hecho esto, partió de Bruselas a 24 de mayo deste año 1522. acompañándole el duque de Alba y otros muchos caballeros españoles que andaban en su corte. De Bruselas fué a Neporto, de ahí a Dunquerque, y llegó a embarcar en Calais, villa y puerto que el rey de Ingalaterra tenía en Picardía de Francia, donde estaba la armada. Esperábanle en Calais los embajadores y grandes de Ingalaterra, que salieron dos millas del lugar a le recibir.

Otro día, que fué a 28 de mayo (en el cual su campo entró y saqueó a Génova), entró en un navío, y dentro de cuatro horas pasó aquel pequeño estrecho de mar, y llegó a Dovera o Dobla, lugar de Ingalaterra. Hízosele solemnísimo recibimiento, tanto, que en muchas hojas no se podrían escribir los arcos triunfales, las figuras, las medallas, pinturas curiosísimas de varias historias de divinas y profanas letras, dísticos de excelentes ingenios cuales los hay en aquella nación.

Entre ellas había dos figuras en un riquísimo arco: la una del Emperador, otra del rey Enrico, con una letra que decía:

Carolus et Enricus vivant, defensor uterque

Enricus fidei, Carolus Ecclesiae.

Carlos y Enrico, que son defensores, vivan,

de la fe Enrico, de la Iglesia Carlos.


Detúvose el Emperador con los reyes todo el mes de junio en Londres, mostrando los reyes su grandeza y amor en las soberbias fiestas que le hicieron. Confirmaron la liga y amistad contra el rey de Francia.

Y para que fuese de todo punto firme y segura, se concertó que el Emperador casase con la infanta doña María, que tenía solos siete años, hija de los reyes Enrico y Catalina; y el Emperador quedó de dar ciento y treinta mil ducados al rey de Ingalaterra todos los años que hiciese guerra al rey de Francia, hasta que él casase con la dicha infanta doña María, o hasta que ganase tierras en Francia que los rentasen. Y así, el rey de Ingalaterra se declaró luego por enemigo del rey de Francia y le envió a desafiar.

Asentadas estas cosas, puestas y concertadas para hacer la guerra contra el rey de Francia, a cuatro de julio, después de mediodía, partió y se embarcó el Emperador. Y otro día de mañana salió del puerto con tan favorable viento, que en solos diez días llegó, a 16 de julio, al puerto de Santander de España.

Sola una desgracia tuvo de un navío que se quemó.

Aquí le llegó nueva cómo en los días que se había detenido en Ingalaterra, don Beltrán de la Cueva, que como está dicho era general contra los franceses que tenían a Fuenterrabía, y estaba en San Sebastián, había habido un reencuentro señalado con ellos y con los alemanes y gascones que se habían juntado de Bayona de Francia, y con los que estaban en Fuenterrabía, y que don Beltrán había muerto muchos, y prendido casi trecientos, a vista de Bayona. Que había tomado el castillo de Beovia por fuerza de armas, que tenían franceses. Y los franceses que estaban en Fuenterrabía salieron por recobrarle, porque les importaba mucho, para seguridad de Fuenterrabía. Y que habida esta vitoria, había dado sobre San Juan de Luz, puerto de mar. Y habiéndolo entrado por fuerza de armas, había saqueado el lugar y quemado los navíos que allí estaban, y pasando adelante, había llegado a vista de Bayona, corriendo y robando la tierra, y así había vuelto vitorioso a San Sebastián.

La cual vitoria acertó a ser en el mismo día que en el año pasado habían sido vencidos los franceses en la batalla cerca de Pamplona.

Díjose más, que el conde Miranda, virrey de Navarra, había cobrado por combate la fortaleza de Maya, que los franceses habían tomado en aquel reino cuando ganaron a Fuenterrabía.

Algunos de los alemanes que escaparon desta rota, como supieron que el Emperador traía los cuatro mil tudescos, se fueron a Santander por salvarse entre ellos; y el Emperador lo supo y los mandó buscar y justiciar en la plaza de Santander, porque siendo vasallos del Imperio servían a su enemigo.

Gozo del reino por la venida del Emperador, y la artillería que trae. -Artillería que el Emperador metió en España este año. -Las mulas que tiraban toda esta artillería eran 2.128. -Muere el rey don Manuel de Portugal. -Vuelve a Castilla doña Leonor.

Pues con nuevas tan favorables. y con la venida del Emperador, el reino se hinchó de gozo, y el condestable y almirante, que estaban en Vitoria, fueron luego a besar las manos al Emperador; y dél fueron tan bien recibidos como tales personas y sus grandes servicios merecían.

Sucedió que cuando el Emperador llegó a Santander, el Papa Adriano estaba ya embarcado en Tarragona para pasar en Italia, y hizo luego su viaje de manera que no se pudieron ver, como deseaban.

Partió el Emperador de Santander, caminando derecho a Palencia, donde llegó a 6 de agosto. Detúvose aquí quince o veinte días, y la infantería alemana que había traído, que eran los cuatro mil tudescos, mandó ir a San Sebastián, para apretar más a los franceses que estaban en Fuenterrabía.

Trajo el Emperador consigo mucha y buena artillería para armar estos reinos, que estaban de ella faltos. La que fué y el orden con que se llevaba era: venía primero la guía que era un caballero en un caballo blanco, y éste miraba los pasos por donde había de pasar y tomaba el más seguro camino por donde pasase mejor y sin peligro ni trabajo. En pos de la guía venían los primeros veinte y ocho falconetes de a diez y seis palmos cada uno; los cuatro de ellos, de medio adelante eran rosqueados y con las coronas imperiales, y los 24, ochavados todos, de a diez y seis palmos de largo. Por la boca de cada uno cabía un puño grande. Cada uno de éstos traía cinco pares de mulas. Después venían diez y ocho cañones, a 17 palmos y medio de largo, y de boca casi un palmo. Los doce de éstos eran con flores de lis. Tiraban cada uno de éstos ocho pares de mulas. En pos de éstos venían diez y seis serpentinas, a diez y seis palmos de largo, y de boca un palmo de alto, y las doce de ellas traían flores de lis, y cada una de éstas traía veinte y dos pares de mulas. Luego venía una bombarda de diez palmos de largo, y en la boca dos palmos en ancho; ésta traían treinta pares de mulas. Después destas, venían dos trabucos en un carretón, a cuatro palmos de largo cada uno de ellos, y a dos palmos en la boca; éstos traían veinte pares de mulas. Otro que decían Magnus-draco, con una cabeza de serpiente a manera de dragón, con el rey don Felipe dibujado en él, con sus armas reales, tenía veinte y seis palmos de largo y un palmo de boca en alto; a éste traían treinta y cuatro pares de mulas. Después de esto venían dos tiros famosos, que se decían el Pollino y la pollina, a diez y seis palmos cada uno de largo y palmo y medio de alto en las bocas; éstos traían treinta y cuatro pares de mulas cada tiro. En pos de éstos venía un tiro que se decía Espérame, que allá voy; ése tenía diez y siete palmos de largo y dos palmos casi de boca en alto; llevábanle treinta y dos pares de mulas. Después de éste venían dos tiros que se decían Santiago y Santiaguito, y tenían de largo a veinte y seis palmos, y un palmo en las bocas cada uno de ellos en alto, llenos de flores de lis con las armas francesas; alrededor de los escudos, unos rosarios de veneras de Santiago; cada uno traía treinta y seis pares de mulas. Luego venía un tiro donde venía el Emperador dibujado, con las armas reales de sus reinos; tenía de largo diez y seis palmos, y palmo y medio en boca; a éste traían treinta y cuatro pares de mulas. En pos de éste venía la Tetuda, que tenía en largo diez y siete palmos y casi dos de boca; a éste traían treinta y siete pares de mulas. Luego el Gran diablo, que había en él diez y ocho palmos de largo y casi dos palmos en alto de la boca; tirábanle treinta y ocho pares de mulas. Después destos venían nueve carretones de estos dichos tiros, y no traían cosa alguna, sino que venían vacíos, y traían a siete pares de mulas cada uno.

Decían y afirmaban que quedaban en el puerto, de munición y armas y de pelotería, más que podían traer mil carros. Por manera que los tiros eran setenta y cuatro, mayores y menores. Los carretones de los dichos tiros eran nueve, que venían vacíos y no traían cosa alguna, sino que era para el servicio de la artillería.

Mas en cada par de mulas venía un hombre para los guiar, que eran mil y setenta y cuatro hombres; éstos sin los que traían provisiones y azadoneros para hacer los caminos.

Si bien en Castilla se holgaron muchos con la venida del Emperador, otros temían y andaban a sombra de tejado; porque los atrevimientos pasados cargaban sus conciencias, esperando y temiendo un riguroso castigo. Mas hizo el perdón que dije, con que se aseguraron todos.

Casó el rey don Manuel de Portugal con la princesa doña Isabel, hija de los Reyes Católicos, y muerta ella, casó con su hermana la infanta doña María, de la cual hubo gran generación.

Murió esta infanta y el rey volvió a casar con doña Leonor, hermana del Emperador, según dejo dicho. De la cual hubo una sola hija, que fué doña María.

En este año de 1521 murió el rey don Manuel, habiendo hecho cosas memorables sus capitanes por él, en Arabia, Persia, India y otras provincias de Asia. Luego el Emperador mandó que el conde de Cabra, y el obispo de Córdoba y el dotor Cabrero, de Zaragoza, fuesen a Portugal por su hermana la reina doña Leonor. Los cuales partieron a 6 de otubre, año de 1522, y trajeron la reina viuda, conforme a la instrucción que el Emperador les dió para hacer esta jornada, como parece por el mismo papel que está en el archivo real de Simancas, que por no importar dejo de referir aquí.

Entra el Emperador en Valladolid. -Conde don Hernando de Andrada, señalado capitán. -El francés, con poderosa mano, quiere meter socorro en Fuenterrabía. -Visita el Emperador a la reina doña Juana, su madre. -Temblor de tierra en Granada. -En Almería hizo daño. -Alcanza el temblor a Baeza y Guadix. -Cesaron y quietáronse las alteraciones de Austria. -Aviso del intento del francés.

Hecho esto, el Emperador vino a Valladolid, donde entró con gran solemnidad en 26 días de agosto. Y allí vinieron a le besar la mano todos los grandes y señores de Castilla, eclesiásticos y seglares.

Aquí hubo nueva de la pérdida de Rodas, como queda dicha, que hizo gran lástima. También vino correo cómo el Papa Adriano había llegado a Génova con su armada, en que llevaba cinco mil soldados españoles, y por capitán de ellos al conde don Fernando de Andrada, antecesor de los condes de Lemos; el cual, en las guerras con Francia, en tiempo del Gran Capitán, venció a los franceses en una señalada batalla. Y que en Génova se le había hecho solemne recibimiento; donde habían venido por la posta a besarle el pie Próspero Colona, capitán general del ejército imperial, y el marqués de Pescara.

Y de ahí, continuando su camino, llegó a Roma en 26 de agosto, y fué recibido y obedecido con grandísimo gozo de todos y solemne demostración de los cardenales.

Asimismo tuvo aviso que el rey de Francia tenía en Bayona diez mil infantes y cuatrocientos caballos para de allí socorrer a Fuenterrabía y meter en ella provisión, porque perecían de hambre. Y que los había mandado volver para defender a Bretaña. Que el rey de Ingalaterra, con sus gentes y los españoles, habían acometido y destruido toda la tierra, y tenían sitiada a Bresta; y que con la llegada del francés se habían alzado, volviéndose los ingleses a su tierra y los españoles a Flandes. Y de camino, en el puerto de San Pablo y León, y en otros lugares comarcanos, habían quemado más de sesenta navíos. Apretábase mucho el cerco de Fuenterrabía, y con escaramuzas y asaltos y otros acometimientos, morían franceses, de suerte que con la hambre y guerra se iban consumiendo.

A dos días del mes de setiembre, siete después que entró en Valladolid, fué el Emperador a visitar a su madre la reina doña Juana, que estaba en Tordesillas; y con mucha humildad le besó la mano; y antes de salir de allí hizo un real aniversario, o memoria funeral, por el ánima del rey don Felipe, su padre, y dió largas limosnas.

Volvió a Valladolid a 7 de setiembre, que la reina no estaba más tratable.

En estos mismos días, podía ser mediado el mes de setiembre, en el reino de Granada hubo un temblor de tierra, el mayor y más furioso que nunca los hombres vieron, ni se halla que en este tiempo en España haya acontecido, porque pasó así. Que en la ciudad de Almería derribó la fortaleza, y casi todas las torres y muros de la cerca de la ciudad, y la iglesia mayor y todos los otros templos, con ser lo más de ello de fuerte y excelente labor. Lo mismo hizo en las casas. De suerte que murieron enterrados en ellas los más de los vecinos, principalmente niños y mujeres, que no pudieron tan presto huir, que fueron millares. Quedó la ciudad asolada, que en muchos días no se acabó de restaurar.

Y en la tierra y comarca della pasó lo mismo, y en toda la ribera del río que llaman de Almería, que es fértil y poblada, derribando, hundiendo y matando a todos cuantos en ella se hallaron, que fué una gran multitud.

Alcanzó ansimismo el terremoto a las ciudades de Baeza y Guadix, haciendo el mismo daño. Moviéronse y levantáronse montes y tierras de sus lugares, cayendo y acostándose a diversas partes. Descubriéronse fuentes donde no las había, y otras se cegaron. Tembló el mismo día la tierra fuertemente, pero no fué con tanta fuerza que desbaratase los edificios, si bien estuvieron cerca dello, y se abrieron muchas torres y paredes.

Fué el espanto y temor de las gentes tan grande, que pensaban que ya se acababa el mundo. La cosa fué tal que no se puede bien decir, y dicha a los que no la vieron se hacía increíble.

Sintiólo gravemente el Emperador, y para ayudar a repararse aquella tierra, la hizo merced de algunas libertades y franquezas.

Tuvo correo el Emperador del infante don Fernando, su hermano, archiduque de Austria, diciendo cómo había sosegado los tumultos y alteraciones de Austria muy a gusto, y hecho justicia de ocho cabezas principales movedores de la alteración. Que el Turco había sitiado en la Carbiola una fuerza grande y de importancia, y los de Austria pelearon con él y le mataron tres mil turcos, huyendo los demás. También tuvo aviso por cartas del legado del Pontífice, que estaba en París, cómo el rey de Francia levantaba gente para ir sobre Milán a la entrada del verano, y que tenía alistados gran número de suizos.

Alteración en Mallorca. -Resisten los mallorquines con armas. -Arrímanse los nobles de Mallorca al rey. -Cerca el virrey a Mallorca. -Calon, capitán de los rebeldes, prende los nobles. -Crueldad de los rebeldes. -Allánanse los rebeldes. -Castigo ejemplar hecho en Calon y otros rebeldes.

Estando el Emperador en Valladolid perdonando los excesos de sus vasallos, tuvo aviso de que los de Mallorca se habían rebelado y tomado las armas, siendo su capitán un hombre vil llamado Colono, pellejero. Mandó luego el Emperador que fuese allá un gobernador, y que llevase cuatro navíos bien armados y con gente escogida, soldados viejos, con ciento y veinte caballos.

Llegó esta gente al puerto de Mallorca 8 de noviembre, y desembarcaron, requiriendo a la ciudad de parte del Emperador que se allanase y les diesen pacífica entrada, que dejasen las armas. Y a los que esto hiciesen se les perdonaban los delitos que hubiesen cometido; pero a los contumaces y rebeldes se les daría el castigo digno de su pecado.

Envió el virrey copias autorizadas de las provisiones imperiales que para esto traía, y a requerirles que mientras trajesen armas usaría él de las que traía con todo rigor.

Los mallorquines, ciegos y furiosos por las amenazas del virrey, tomaron las armas y salieron al puerto, para quitar que el virrey y su gente no saltasen en tierra.

Dispararon la artillería contra la armada imperial. Hubo de salirse el virrey y dejar el puerto. Surgió a otra parte y echó la gente en tierra. Los rebeldes, puestos en orden, fueron contra ellos, y en dos encuentros que hubieron con el virrey, los mallorquines quedaron vencidos, muriendo en la primera escaramuza mil de ellos y en la segunda quinientos.

Quedaron tan quebrantados y deshechos, que los caballeros y otros que se habían estado a la mira se llegaron luego al virrey. Y con esto, dejando el pueblo las armas, conociendo su culpa, se dieron y rendieron con grande humildad. Y con las mismas armas que se habían puesto para resistir a su príncipe, salieron en favor todos los de Mallorca para ayudar al virrey y allanar la isla.

Tomó el virrey diez mil dellos, bien armados, y juntándolos con los suyos, se puso sobre la ciudad de Mallorca, que estaba rebelde. Cercóla apretadamente. Arrimóle por agua la armada para batir los muros con la artillería. Dentro en la ciudad estaban la rabia y furor muy ardientes, de manera que Calon, capitán de los rebeldes, echó en prisión a todos los grandes y nobles que en ella había, con sus mujeres; y de los que se habían pasado al campo del virrey, a sus mujeres y hijos, y a todos los mercaderes y hombres ricos, mujeres y hijos; finalmente, a cuantos le eran sospechosos y tenía por leales.

Llegó a tanto la crueldad desta gente, que degollaron gran parte de ellos y les dieron garrote en las mismas cárceles, no más de porque eran leales a su rey. A otros justiciaron públicamente en la plaza, como si hubieran cometido algún grave delito.

Fortificaban la ciudad con tanta diligencia, que mayor no fuera cuando los cercadores fueran turcos enemigos, con determinación de no rendirla si no era perdiendo las vidas. No cesaba el virrey de darles batería por mar y tierra, combatiéndola con ingenios y escalas, sin dejarlos sosegar un punto. Comenzó la hambre dentro en la ciudad, y otras enfermedades, que les bajaba los bríos, templando su cólera, que era bien grande. Perdieron de todo punto las esperanzas que tenían del socorro de Francia, que habían pedido, sabiendo la guerra que el rey de Ingalaterra hacía el francés. Con esto trataron de algunos medios para componerse y concertar sus desatinos. Pidieron treguas por algunos días.

Al fin se compusieron, perdonando el virrey en nombre del Emperador a todos los culpados, sacando doce cabezas que él nombrase, las cuales seguramente ellos le habían de entregar. De las cuales dieron luego las once.

Mas Calon, cabeza y capitán general de la rebelión y levantamientos, ascondióse. Y buscándole con diligencia le hallaron en un vil lugar, cual él merecía, y así como estaba sucio y asqueroso, lo pusieron en un asno, y acompañándole los otros once a pie, le trajeron por las calles públicas de la ciudad, y hecho el triste paseo, lo atenacearon vivo con hierros ardiendo en medio de la plaza, y la misma pena dieron a los otros.

Muertos de esta manera, los hicieron cuartos, y los colgaron de las torres y almenas de la ciudad. Y las cabezas estuvieron en el rollo que está en la plaza de Mallorca. Confiscáronles los bienes, aplicándolos a la cámara imperial. A los demás delincuentes condenaron en mucho dinero.

Con esto quedó llana la isla, y en la obediencia y gracia de su rey y señor natural.

Vencen los valientes vizcaínos a los franceses en un encuentro naval. -Padecen hambre los franceses de Fuenterrabía. -Manda el Emperador apretarles el cerco. -Reconcílianse los venecianos con el Emperador.

A 20 de noviembre de este año llegó un correo de la Coruña, con nueva de que cerca de este puerto tres navíos franceses habían acometido y rendido una nao de ingleses, cargada de rica mercadería. Y que volviendo los franceses con su presa, habían topado con otros tres navíos de vizcaínos, que venían de Ingalaterra, con los cuales se combatieron veinte y seis horas continuas sin cesar, en que murieron doscientos de los franceses y sesenta de los vizcaínos, con los cuales quedó la vitoria. Y tomaron los navíos a los franceses, y libraron la nao inglesa. Y que los navíos franceses estaban presos en la Coruña.

También tuvo aviso el Emperador cómo los franceses, que estaban en Fuenterrabía, padecían gran hambre, hasta comer los caballos, y que el rey de Francia aparejaba para los socorrer por mar y por tierra. Demás de esto, que junta mucho dinero y gente, procurando amigos y ayudas, para entrar en Italia el verano del año siguiente.

El Emperador mandó al virrey de Navarra que juntando la más gente que pudiese, acudiese sobre Fuenterrabía y la apretase. Y lo mismo se mandó al gobernador de Vizcaya. Y demás de esto, que Rochandulfo, capitán de los cuatro mil tudescos, fuese con los tres mil, y se juntase con los demás sobre Fuenterrabía. Y en su seguimiento fué el príncipe de Orange con toda la guarda del Emperador, y otros muchos caballeros españoles; y juntos todos sobre Fuenterrabía, los franceses procuraban por mar y por tierra socorrer a los suyos, que estaban cercados.

Hiciéronlos retirar en San Juan de Luz, revolviendo sobre la villa para apretar el cerco, sabiendo que por la gran necesidad en que estaban no se podían sustentar allí mucho tiempo.

Y en lo que era pretender el rey de Francia pasar en Italia, para prevenirle envió el Emperador a Jerónimo Adorno, gobernador de Génova, que fuese luego a Venecia a tratar con aquella república; que apartándose de la liga de Francia se confederasen con él, y diesen ayuda a sus capitanes para la defensa común de Italia; el cual lo hizo luego. Y los venecianos, considerando por lo que habían visto en lo pasado cuán buena era la amistad de este príncipe, su trato, verdad, no codicia con tiranía, y finalmente, su buena fortuna, holgaron de su amistad. Y si bien se pasaron muchos días primero que los capítulos desta amistad se concertasen, al fin se concluyeron; aunque no por la mano de Jerónimo Adorno, porque murió andando en ello.

Y la misma liga defensiva envió el Emperador a tratar con el Papa Adriano su maestro, y con las otras repúblicas de Italia, y se dió el asiento que se dirá.

Álzanse los imperiales y ingleses del cerco de Hesdin.

A 9 de deciembre deste año 1522 supo el Emperador cómo su ejército y del rey de Ingalaterra, que por la parte de Flandes hacían guerra contra Francia, habían sitiado a Hesdin, y al cabo de dos meses de cerco con pestilencia, forzados de la creciente del río, no habiendo hecho suerte buena, antes perdiendo muchos soldados, se habían levantado del cerco, retirándose a lugares vecinos y amigos.

Era capitán general de los ingleses el duque Suffolco, que estaba casado con María, hermana del rey Enrico y viuda del rey Luis de Francia. De los imperiales era general Florencio Egmondio, conde de Bura, varón extremado. El cual habiendo quemado a Dorlan y otros lugares vecinos, y hecho una gran presa de robos en Picardía con treinta mil infantes y seis mil caballos, sin hacer otra suerte notable más de estas quemas, por ser el invierno con el rigor que corre en aquellas partes tan frías y setentrionales, retiróse con el campo a sus aposentos.

Continúase el cerco sobre Fuenterrabía. -Juan Pérez de Ascua sirve muy bien al Emperador, y mátale una bala.

Sangrienta andaba la porfía entre los dos príncipes; el rey de Francia, por socorrer a Fuenterrabía, y el Emperador, por lanzar de ella a los franceses. Y para esto enviaban sus gentes, poniendo cada uno las fuerzas que podía.

Echaron a fondo en el puerto los españoles algunos navíos franceses, desde unos fuertes que habían hecho en la tierra con buena artillería, y con ellos aventaban las naos, que porfiaban a entrar y dar socorro a los cercados. Había cada día escaramuzas, donde morían de todas partes.

Señalóse mucho Juan Pérez de Ascua, natural de Fuenterrabía, que servía al Emperador con quinientos valientes vizcaínos a su costa, haciendo daño a los franceses.

Y fué la desgracia que andando peleando, un tiro de artillería le mató.

Tenían los franceses dos armadas en el mar, con deseo de meter socorro a los de Fuenterrabía. La una se había armado en Burdeos, y la otra en la Rochela. Los de la Rochela, teniendo aviso de la resistencia grande que los imperiales hacían, y prevenciones que había en la tierra para echar a fondo los navíos, y la dificultad para meter socorro a los cercados, se engolfaron en mar alto. Los de Burdeos fueron más atrevidos, que intentaron entrar en el puerto, con pérdida de dos navíos y de cuantos en ellos iban. Y retirándose con dificultad y pérdida, se fueron en seguimiento de los rochelanos.

Los franceses del socorro, que estaban en tierra, también se retiraron, unos a Bayona, otros a San Juan de Luz. Y juntándose hasta diez mil infantes y seiscientos caballos, con mucha munición y armas, puestos en orden caminaron para Fuenterrabía.

Los imperiales, dejando sobre Fuenterrabía parte del ejército con la artillería que les pareció, salieron al enemigo. Mas los franceses, rehusando la pelea, se metieron por unos montes y valles sin camino conocido, llevando cuarenta bueyes y cuarenta puercos para meter en el pueblo, y dieron la vuelta en salvo. Y de ahí a poco se toparon con los españoles y pelearon en un cerro no lejos de San Juan de Luz.

Era capitán de los franceses monsieur de la Palisa, gobernador de Guyena, que es una parte de la antigua Aquitania. De los imperiales era capitán don Beltrán de la Cueva, hijo del duque de Alburquerque, virrey de Navarra, como está ya dicho. A quien seguía Rochandulfo, coronel de los alemanes, y don Rodrigo de Rojas, capitán de caballos ligeros. El gobernador de Vizcaya iba por capitán de los hombres de armas; Filiberto Challon, príncipe de Orange, mancebo de poca edad, capitán de los borgoñones.

La batalla fué muy reñida, y quedó la vitoria por los imperiales. Murieron de los franceses más de cuatrocientos, y otros muchos presos, y algunos capitanes y personas de cuenta, con más de siete banderas que con la nueva de la vitoria enviaron al Emperador. De parte de los imperiales no murieron más de treinta.

En tanto que se dió esta batalla, los franceses de la armada volvieron a intentar la entrada del puerto con gran ímpetu. Salieran con su intención si de repente no se levantara una borrasca que dió con ellos en diversas partes. Y fué tal la tempestad, que unos se perdieron, otros fueron tomados y presos en puertos de España, de suerte que muy pocos escaparon y volvieron a Francia desvalijados.

Porfiando los franceses volvieron a juntar una muy gruesa armada, la mayor y más bien bastecida que hasta entonces habían hecho, y tornaron a Fuenterrabía. Echaron delante seis grandes naos cargadas de bastimentos y gente de guerra, contra las cuales salió la armada española, y peleó con ellas y las rindió y prendió. En tanto que las seis naves peleaban con las españolas, los demás navíos y barcas caminaron para el puerto con viento favorable. Mas faltándoles la marca, se quedaron en el mar. Y algunos pocos soldados y marineros, saltando de las barcas con lo que podían llevar a cuestas, entraron en Fuenterrabía.

Los demás navíos, combatidos con la artillería y fuegos que los imperiales les arrojaban, la mayor parte con armas y gente vinieron en poder de los españoles, y las que pudieron navegar se acogieron a San Juan de Luz.

Poderoso campo del francés, con que socorre a Fuenterrabía. -Socorren los franceses a Fuenterrabía y renuevan el presidio a pesar de los imperiales.

Sucedieron estas cosas en fin de este año, cerca de Natividad. Y por este tiempo escribió Jacobo Aillo, señor de Luda, capitán de Fuenterrabía, dos cartas de un mismo tenor a monsieur de la Palisa, en que decía que ya no podía defender más a Fuenterrabía, y que sería harto poderla defender hasta el mes de hebrero. Que los soldados y los vecinos del lugar perecían de hambre y andaban impacientes, y lo que más era, que ya les picaba la peste. Que le hiciese saber si había esperanza de socorro, tirando a cierto lugar tres veces el tiro mayor de su armada. Y que si no se les podía dar socorro, el no tirar aquellos tres tiros les sería señal para que estando sin esperanzas se rindiesen con honestas condiciones.

Una de estas cartas hubo don Beltrán. La otra fué a monsieur de la Palisa, y a tiempo que le había enviado el rey de Francia otros diez mil infantes y seiscientos caballos y mucha artillería. Resolviéndose, pues, Palisa de tentar la fortuna y dar batalla a los españoles, mandó disparar los tres tiros a la hora y lugar señalado, con que los de la villa entendieron el socorro que les venía.

Salió Palisa en campaña con veinte mil infantes, dos mil caballos y con treinta tiros gruesos de muy buena artillería. Con este ejército puesto en orden caminó a tomar un monte que se dice monte Andavia, donde la mayor parte del ejército imperial se había puesto para impedirles el paso.

Sabida la venida de los franceses, pusiéronse en orden y saliéronles al camino. Pero como don Beltrán y los demás capitanes vieron el campo francés con doblada gente de a pie y de a caballo y la mucha artillería que traían, acordaron de no dar la batalla, y volvieron concertadamente a ponerse en el cerro donde estaban alojados, y dejaron a los franceses el monte Andavia, donde asentaron su real y dieron vista a Fuenterrabía, con que los cercados tomaron mucho ánimo.

Sacaron de la villa con gran honra al capitán monsieur de Luda con su mujer, hijos y familia, y con la gente de presidio que allí había, loando y encareciendo su esfuerzo. Y pusieron con nueva gente de presidio a Fraugeto, capitán bien esforzado.

De ahí a algunos días, los imperiales, habiéndoles venido nuevas ayudas y reforzado el campo, determinaron de dar la batalla al enemigo. Mas los franceses no quisieron venir con los españoles en este rompimiento, pareciéndoles que para su reputación habían hecho harto en haber socorrido a Fuenterrabía. Y así, en la noche siguiente, a cencerros tapados (como dicen), sin tocar cajas ni otro instrumento ni encender fuegos, con sumo silencio levantaron el real y se pusieron en salvo, dejando en el campo muchas vasijas llenas de vino.

Duelo que pasó en Valladolid entre dos caballeros aragoneses.

Fué notable un desafío que último de deciembre deste año de 1522 hubo entre dos caballeros principales en Valladolid, que por escribirlo Ponte Heuterio, flamenco, por digno de memoria lo pondré aquí.

Y dice que un caballero flamenco que servía al Emperador y se halló al certamen o duelo se lo había escrito en lengua francesa. Cuya historia y ceremonias quiso este autor poner en su libro, porque se vea la costumbre que en estos duelos había entre los españoles; y el lector con este cuento descanse algo de los enfados pasados y recree el ánimo.

Dos caballeros nobles naturales de Zaragoza, de tan poca edad que no pasaban de veinte y cinco años, deudos por casamientos que hubo entre sus pasados, y entre sí ellos grandes amigos, y que familiarmente se trataban, en el juego de la pelota hubieron palabras tan pesadas, que llegaron a romper malamente y se desafiaron para matarse el uno al otro.

Aplazaron el día y la hora, señalando el lugar y las armas para la pelea sin que nadie los entendiese. El uno se llamaba don Pedro de Torrellas; el otro, don Jerónimo de Ansa.

Salieron fuera de la villa al campo que habían señalado con solas capas y espadas, y llegados al lugar echaron mano y comenzaron a acuchillarse sin que nadie los viese.

Gran rato anduvieron así usando cada uno de lo que de la espada sabía por matar al otro y defender su vida, sin poderse herir, porque ambos eran diestros.

O por desgracia o por cansancio y flaqueza del brazo, se le cayó la espada al Torrellas de la mano. Viéndose sin armas y que el contrario con ellas le venía a matar, dijo: «Don Jerónimo, yo me doy por vencido y muerto por vuestras manos; lo que os pido es que nadie sepa lo que aquí ha pasado, sino que con perpetuo silencio quede entre los dos secretos. Y si no, matadme aquí luego, que más quiero morir que vivir con ignominia.» Juró a Dios don Jerónimo de Ansa que guardaría secreto y que hombre humano de su boca no lo sabría.

Con esto, volviendo las espadas a las vainas, se abrazaron como buenos amigos y volviéronse a la villa.

De allí a algunos días fué pública esta pendencia y el suceso de ella, de manera que no se hablaba en la corte de otra cosa. Reíanlo y mofaban algunos caballeros mozos. Quejóse Torrellas del Ansa que no le había guardado la palabra, y Ansa negaba y juraba que de la boca no le había salido, sino que un clérigo, cura de una aldea, que había salido al campo a ver su ganado, los vió reñir y oyó lo que entre ellos había pasado, y éste lo había contado y dicho a otros.

Procuró Torrellas saber del clérigo lo que había visto y oído, y halló que no concertaba, y que desvariaba en lo que decía; y supo que era muy amigo y apasionado del Ansa, y por esto no dió crédito a lo que dijo.

Y insistió en cargar al Ansa, diciendo que era un fementido y que había faltado en la palabra que como noble debía guardar. Ansa se descargaba y decía que no era ansí. Y como ambos estuviesen en esto, finalmente se desafiaron, para pelear.

Pidieron campo al Emperador. Dieron sus peticiones, suplicando que conforme a los fueros de Aragón y leyes antiguas de Castilla, Su Majestad les diese licencia para pelear y les señalase el campo y armas para ello. El Emperador lo remitió al condestable de Castilla, porque a él, como capitán del reino y justicia mayor, en las cosas de armas le tocaba esto.

Procuró el condestable apartarlos de esta contienda, mas nada bastó; y porque conforme a las leyes del reino no se les podía negar el campo, señalóles que fuese la pelea en la plaza de Valladolid. Otros dicen que en un campo junto a San Pablo.

Y a 29 de diciembre deste año hicieron una estacada en la plaza de cincuenta pasos en largo y treinta y seis en ancho. Estaban las estacas espesas y trabadas, cinco pies levantadas de la tierra. Y en otro orden de estacas que habían, estaban seis. Y entre estos dos órdenes de estacas había un espacio de diez y ocho pies, y en medio se hacía una plazuela como una era; y en ella estaban dos tabladillos, uno enfrente de otro, que cogían la plazuela en medio.

En uno de estos tablados, ricamente adornado con paños de oro y seda, estaba una muy rica silla y su alfombra de seda y oro, y sobre la silla un dosel de brocado. La una era para el Emperador; la otra, para el condestable. A los otros dos lados, como en cruz, estaban dos tabladillos o tronos, uno enfrente de otro, adornados pero no tan ricos como los otros dos; éstos eran para los parientes y amigos de los dos que habían de pelear.

A los lados destos dos tronos o tablados estaban a cada uno una tienda, en la cual se había de armar el caballero de la batalla. La plaza y campo de la pelea estaba muy bien empedrado y cubierto de arena para que no resbalasen.

Habíanles señalado la hora de las once para la pelea.

El primero que vino fué el Emperador y se puso en su trono. Diéronle en la mano una vara de oro, para que cuando Su Majestad quisiese que se acabase la pelea la arrojase en la plaza. Iban delante del Emperador los caballeros de su casa y grandes de la corte y embajadores de príncipes con todos los de su guarda. Detrás iban los trompetas y añafiles y atambores de guerra. De allí a poco vino el condestable, cuyas canas autorizaban mucho su persona, porque ya era de más de sesenta años, sí bien de entera salud y brío y de tan buen talle que mostraba bien quien era. Traía vestida una ropa larga de tela de oro sobre un hermoso caballo español ricamente enjaezado. Acompañábanle cuarenta caballeros nobles vestidos de la misma manera, a pie delante de su caballo. Seguíanle sus escribanos a caballo, vestidos todos de paños negros de seda, y los caballos con cubiertas de sarga de color azul escuro. Llevaban delante del condestable, como de capitán general del reino y justicia mayor, una espada metida en la vaina (porque estaba el rey presente). Luego seguía al que llevaba la espada, el heraldo o rey de armas con la cota de armas vestida de la casa de los Velascos, que esto se tomó en España de las costumbres y usos antiguos de los romanos en semejantes desafíos y empresas de armas.

Como llegó el condestable a la plaza, en llegando al trono donde el Emperador estaba le hizo una gran reverencia, y hecha se volvió al trono o sitial que para él estaba aparejado, y sentóse en la silla. La guarda toda del Emperador de a pie y de a caballo cercaron la empalizada sin dejar llegar a alguno.

Luego salió don Pedro de Torrellas, el desafiador, acompañado de su rey de armas. Era su padrino el almirante de Castilla. Acompañábanle el duque de Béjar, Alburquerque y otros muchos varones ilustres. Iba vestido corto de oro y seda, aforrado en martas. Llevaban delante de él una hacha de armas con un estoque y rodela en que iban pintadas sus armas y las demás armas con que había de pelear. Traía fijada en la rodela el cartel en que estaban escritas las condiciones del duelo. Púsose ante el Emperador, y hecha la reverencia volvió adonde estaba el condestable, y hízole su acatamiento, y con esto se fue a su tienda.

Luego entró en la plaza Jerónimo de Ansa, el desafiado por Torrellas, vestido de la misma manera, sino que el aforro de los vestidos era de armiños. Acompañábanle su heraldo o rey de armas. Llevó por padrino al marqués de Brandemburg. Acompañábanle el duque de Nájera, y el duque de Alba y el conde de Benavente, el marqués de Aguilar y otros muchos grandes caballeros. Llevaban delante las armas y insignias de su casa -como dije- de Torrellas. Hecha la reverencia al Emperador y el acatamiento al condestable, se fué a su tienda.

Trajeron luego las armas y escudos y insignias militares con que habían de pelear, y colgáronlas ante el condestable Luego llamó el condestable a los dos caballeros combatientes, y teniendo un sacerdote el misal en las manos, juraron sobre él a Dios y a los Santos Evangelios y en la que tocaron, que entraban en aquella pelea por la defensa de su honra, y que era justa la causa que les movía y no otra cosa, y que no harían mala guerra peleando con fraude, ni se aprovecharían de hechizos ni otra mala arte, ni de yerbas ni de piedras, sino que pelearían lisa y llanamente con aquellas armas, aprovechándose de sus fuerzas y destreza de sus cuerpos, esperando el favor de Dios, de San Jorge y de Santa María, en quien confiaban, que habían de mirar por su justicia.

Luego cada uno de los padrinos trajo en una arca cerradas las armas ante el condestable.

El condestable las miró y mandó pesar, así las espadas y hachas de armas, como los arneses y celadas que se habían de poner. Luego las mandó poner en un peso, porque no habían de pesar las unas más que las otras ni podían tener menos de sesenta libras las armas de entrambos.

Y hecho esto, llevaron a cada caballero sus armas.

Y luego fué a cada una de las partes un caballero a ver cómo cada cual se armaba, porque estuviese cada uno seguro que no se ponía más de las que el juez había dado. El caballero que iba a requerir y mirar las armas, era del bando contrario.

Hecho esto, bajó el condestable de su silla a la plaza, y con mucha autoridad mandó poner en orden todas las cosas. Luego, acompañado con doce caballeros se puso en un ángulo de la plaza frontero de donde él estaba. En cada uno de los otros dos ángulos puso cada tres caballeros.

Luego tocaron las trompetas, y el pregonero mayor del Emperador, puesto en cada uno de los cantones de la plaza, pregonó diciendo: «Manda el rey y su condestable que mientras aquellos caballeros pelearen, ninguno, so pena de la vida, levante ruido ni dé ánimo a los contendientes con palabra o voz ni movimiento, ni silbo, ni señal con la cabeza o mano, o con algún semblante del cuerpo, o en otra cualquier manera ayude o espante, anime o desanime o distraya o le encienda en cólera, o le haga tomar o dejar las armas, salvo aquellos que para esto son señalados.»

Dados los pregones, salió Torrellas de su tienda armado de todas armas y acompañado de su padrino. Traía en la mano un hacha de armas antiguas, y a su lado ceñida la espada. Preguntóle el condestable: «¿Quién sois, caballero, y por qué causa habéis entrado armado en esta plaza?»

Respondió quién era, y dijo la causa de su contienda, que quería determinar por armas.

Mandóle el condestable levantar la celada y descubrir el rostro, y conocido, lo admitió.

Volvió a calar la celada y mandóle poner en una parte de la plaza, donde los tres caballeros que estaban en guarda le tomaron en medio. Luego fué el condestable a la parte donde estaban los doce caballeros Y sentóse entre ellos.

Salió don Jerónimo de Ansa de su tienda, de la manera que su contrario, armado y acompañado; y fué donde estaba el condestable, y lo recibió y usó con él de las mismas ceremonias que había hecho con Torrellas y le mandó poner en la otra parte de la plaza, frontero de su contrario, entre los otros tres caballeros que allí estaban.

Luego se fué el condestable a su tablado y sentóse en la silla.

De allí a poco volvió a sonar la trompeta, y los caballeros que habían de pelear y los padrinos con ellos, se hincaron de rodillas y hicieron oración a Dios implorando su ayuda; y hecha, los padrinos abrazaron cada uno a su caballero, dándole ánimo para que pelease como quien era; y despidiéndose de ellos, se volvieron a las tiendas.

Tocaron la trompera, que era ya la señal de la pelea, y el Torrellas comenzó a caminar para su contrario animosamente. Arrancó también con buen semblante Ansa, si bien con paso más sosegado. Como se juntaron, a los primeros golpes hirió Torrellas a Ansa tan reciamente en la cabeza, que le hizo volver algo atrás aturdido. Volvió Ansa sobre sí y recudió sobre Torrellas con otros golpes semejantes.

Pelearon desta manera animosamente un buen rato, y abrazándose o asiéndose el uno del otro, se dieron a manteniente grandes golpes.

Quebradas las hachas, comenzaron a luchar a brazo partido.

Y viendo el Emperador cuán buenos y valientes caballeros eran, y que era lástima que ambos o el uno muriese en batalla tan sin fruto, pareciéndole que los caballeros habían hecho su deber, volviendo por la reputación de su honra, arrojó la vara dorada que en la mano tenía en medio de la plaza, en señal de que Su Majestad quería que cesase la pelea.

Al punto acudieron treinta caballeros que guardaban la plaza y los apartaron, si bien con dificultad, porque el uno contra el otro estaban encarnizados y con deseo de matarse, y comenzaron a dar voces y porfiar, queriendo cada uno para sí la honra y la vitoria.

El Emperador determinó la causa, juzgando que ambos caballeros habían peleado muy bien y satisfecho a su reputación y honra, y que ninguno había vencido al otro.

Con esto el condestable bajó a la plaza y tomó con mucha reverencia la vara dorada que estaba en tierra, besándola y poniéndola sobre su cabeza, hincándose de rodillas ante el Emperador, y besándole la mano le dió la vara.

Mandóle el Emperador que hiciese amigos aquellos dos caballeros, y se lo mandase de su parte, que ambos habían peleado valerosamente y hecho su deber como tales, y ansí los estimaba y tendría siempre por valientes y esforzados caballeros, y quería que de allí adelante fuesen muy buenos y verdaderos amigos; que mejor era que sus fuerzas y armas las ejecutasen en enemigos de la fe, donde se ganaría tanta honra, y sería la pelea con más seguridad de las conciencias.

Estuvieron tan duros los caballeros en no querer hacer lo que el Emperador les mandaba, sino porfiar que habían de acabar la pelea, que enfadado el condestable los echó de la plaza, saliendo cada uno, por la puerta que había entrado, y les puso grandes penas si tomasen las armas el uno contra el otro.

El Emperador, enfadado de su dureza y mal miramiento, los puso en sendas fortalezas, donde estuvieron muchos días presos, hasta que cansados de la prisión se hicieron amigos y dieron seguridad. Mas nunca lo fueron de corazón; y así acabaron las vidas necia y apasionadamente, que son condiciones de los pundonores humanos.

Procura el Emperador la paz con venecianos. -Liga entre el Papa, Emperador, venecianos y duque Esforcia, y condiciones que hubo en ella.

Quedaron con tal asiento los hechos de Carlos V hasta el fin del año de mil y quinientos y veinte y dos. Y en el de mil y quinientos y veinte y tres, en su principio fué el socorro que los franceses hicieron a Fuenterrabía, como queda dicho: Que el rey de Francia estimaba en mucho tener dentro en España aquella fuerza, y la deseaba conservar por su reputación; y por eso puso en ella sus fuerzas; y el Emperador en concluir la paz y amistad con los venecianos, que al principio deste año procuró efetuar apretadamente, pidiendo que entre él y su hermano don Hernando, el Papa y venecianos, se hiciese una perpetua liga contra quien perturbase la paz de Italia.

Dificultábase la conclusión de esta liga porque entre los venecianos tenía el rey de Francia aficionados, que deseaban paz perpetua con Francia. Pero después de muchas juntas y consejos, valió tanto la autoridad de Jorge Cornelio Patricio, que estaba inclinado a la parte imperial, que dejado el rey de Francia, se ligó Venecia con Carlos Emperador, y con su hermano, el archiduque, y con Francisco Esforcia, duque de Milán, asentando una larga y firme y amigable paz, con estas condiciones: que la paz sea perpetua. Que la señoría de Venecia dé en favor del duque Francisco Esforcia y defensa de su estado, seiscientos hombres de armas, y otros tantos caballos ligeros, y seis mil infantes, y lo mismo para defensa del reino de Nápoles, si en él hubiese guerra hecha por algún príncipe cristiano. Esto se dijo así, por la paz que Venecia tenía con el Turco. Que el Emperador, para las cosas de Italia y defensa de Venecia, dé otra tanta gente; que al archiduque don Fernando den los venecianos por la pretensión de Wormaes, docientos mil ducados.

Y como de ahí a poco el rey de Francia, habiendo levantado un grande ejército, tratase de recobrar el reino de Nápoles, Sicilia y Milán, entendiéndolo los príncipes y señorías de Italia entraron en esta concordia; y lo mismo hizo el Papa Adriano, y en nombre del Emperador, Carlos de Lanoy, virrey de Nápoles, y Enrico, rey de Ingalaterra; don Fernando, infante de Castilla, archiduque de Austria; Francisco Esforcia, duque de Milán, el cardenal Julio de Médicis, venecianos, florentines, los de Sena, Luca e Génova. Los cuales lo firmaron a 3 de agosto, quedando el rey, de Francia excluído, sin hacer memoria de él, si bien era tal su valor, que tuvo ánimo para defenderse de todos.

Ordenóse más en la dicha liga que durase un año después de la muerte de cada uno de los que entraban en ella, guardándola con el difunto y sus cosas como si viviera. Que si otro quisiese juntarse con ellos, daban un año de término, que tuviese la puerta abierta para ello, queriéndolo admitir el Pontífice, el Emperador, el rey de Ingalaterra y el archiduque don Fernando. Que las controversias que entre los ligados hubiese se determinasen por justicia y no por armas.

Después se añadieron otras condiciones. Que se hiciese un buen ejército contra el rey de Francia, para el cual el Pontífice diese docientos hombres de armas, el Emperador ochocientos, los florentines docientos, el duque Esforcia docientos y otros tantos caballos ligeros. Que el Pontífice, el Emperador y el duque Esforcia diesen la artillería necesaria y munición. Que para la infantería diese el Pontífice cada mes veinte mil ducados y otros tantos Francisco Esforcia, duque de Milán, otros tantos los florentines cada un mes, el Emperador treinta mil; Génova, Luca y Sena, diez mil. Que el Emperador y el Pontífice nombren capitán general de este ejército. Este fué Carlos de Lanoy, de nación flamenco, virrey de Nápoles.

Luego entró en la liga Frederico Gonzaga, marqués de Mantua, al cual el Pontífice y florentines hicieron general de su gente.

Viene el duque de Calabria a la corte en Valladolid.

Si bien andaban estos tratos y ligas con tanto calor y todas en daño del rey de Francia, pasaron seis o siete meses que no se hizo guerra con ejércitos formados sino por fronterías y guarniciones, aparejándose ambas partes para meter el resto, como lo hicieron.

En este tiempo sucedieron otras cosas, aunque no tan graves, que no se deben dejar en olvido, pero decirlas he con brevedad por venir a lo más importante. Una es la venida a la corte, estando el Emperador en Valladolid, de don Hernando de Aragón, duque de Calabria, hijo de Frederico, último rey de Nápoles, que como he dicho en lo pasado estaba desde el tiempo del Rey Católico detenido en Játiva. Y el Emperador lo recibió haciéndole mucha honra, como a deudo tan cercano y de la calidad que era. Mandóle poner casa y darle situados y renta bastante para ella. Dióle el oficio de virrey de Valencia, casándole con la reina Germana.

Lo mucho que merecía Próspero Colona. -Viene el marqués de Pescara a Valladolid. -Lo que el Emperador honraba los príncipes y capitanes. -Grandes y caballeros que este año se juntaron en la corte imperial, en Valladolid. -Entra la reina Leonor en Castilla.

Hizo el Emperador general en Italia a Próspero Colona, por la calidad de su persona y sangre tan ilustre y clara, por las hazañas que por largos años tenía hechas en la guerra, por las canas venerables y larga experiencia que adornaban su ilustrísima persona y la hacían digna de él junto con la fidelidad y amor con que servía a la casa de España, como lo han hecho hasta hoy día todos sus descendientes.

El marqués de Pescara, por ser tal su valor cual dice su fama muy merecida, tenía tales pensamientos, que si bien los años no eran muchos, le parecía que en los que había servido tenía hecho por donde no debía dar ventaja a nadie ni entender que hubiese en el mundo quien más mereciese. Agravióse grandemente, sabiendo que Vicencio Coscia, maestre de campo de Próspero, había traído patente del Emperador para que Próspero fuese su general. Y pareciéndole que el Emperador, por ser tan mozo y no haber tratado por su persona las cosas de Italia, no tenía entera noticia de sus hechos y señalados servicios, antes se temía el marqués que algunos enemigos le tuviesen desacreditado, determinó pasar en España y ver la cara de su príncipe.

Consultó este pensamiento con sus capitanes y alféreces, y encargóles que en su ausencia obedeciesen a Prospero. Embarcóse en Génova, vino a Tarragona y de allí a Castilla, derecho a Valladolid. Y quiso entrar de noche, porque supo que toda la corte le quería hacer un gran recibimiento, que excusó, por temerse, como acuerdo, de la envidia. Mas no quedó caballero en la corte que la noche que el marqués entró no fuese a visitarle a su posada.

Y otro día fué a besar la mano al Emperador, que le recibió con rostro muy alegre y le mandó sentar cerca de sí en una silla igual o rasa, lo que a muy pocos había concedido: y el marqués le dió cuenta de las cosas de Italia, y dijo su sentimiento que tenía de que no se le hubiese hecho la merced que a Próspero. Al cual el Emperador satisfizo con muy buenas razones y le prometió hacer merced como su persona merecía, con que el marqués quedó por entonces satisfecho.

Vino asimismo con él don Juan Manuel, embajador que era en Roma, y quedó en este cargo don Luis de Córdoba, duque de Sesa, hijo primogénito del conde de Cabra. El cual, por ser casado con hija del Gran Capitán, era duque de Sesa en el reino de Nápoles. Entró en Valladolid el conde de Cabra, padre del duque, juntamente con don Alonso Manrique, obispo de Córdoba, al cual dió el Emperador el arzobispado de Sevilla, que estaba vaco por muerte de don Diego de Deza. Venían de Badajoz, donde el Emperador los había enviado para traer y acompañar a la reina doña Leonor, su hermana, que como está dicho, había enviudado en el fin del año de mil y quinientos y veinte y uno, por muerte del rey don Manuel de Portugal. Y aun se pensó y dijo, que su hijo el rey don Juan III, que le sucedió, tuvo pensamiento de ganar dispensación para casar con su madrastra. Mas fué juicio del pueblo, que raras veces es cierto.

El Emperador fue a Medina del Campo a recebir a su hermana, por el mes de junio deste año.

Embajadores que de Polonia y otras partes vinieron a la corte del Emperador. -Pide el Emperador gente a las ciudades para ir contra Fuenterrabía.

Vinieron a la corte en el principio de este año embajadores del rey Sigismundo el primero de Polonia, y otros del gran maestre de Prusia de los Teutónicos, que andaban muy encontrados. Y el gran maestre daba las razones que tenía en justificación de su causa.

Pidieron estos príncipes la gracia y amistad del Emperador, y que él con el Pontífice, a quien también enviaron, se pusiesen de por medio y los concertasen.

El Emperador recibió muy bien esta embajada, por ser de príncipes cristianos y de tierras tan remotas. Y hubo bien que mirar en Valladolid en el traje de los embajadores, a los cuales mandó el Emperador regalar magníficamente y los despachó con mucha gracia, escribiendo al gran maestre una carta en lengua latina con amigables razones.

Deseaba el Emperador sacar al rey de Francia la villa de Fuenterrabía, sintiéndose Castilla afrentada de que el francés durase tanto en su tierra. Para esto se comenzó a hacer llamamiento de gentes, y el Emperador pidió que las ciudades acudiesen como debían, pues la guerra era tan justa y dentro en casa. Vi la carta que a 23 de enero, año de 1523, escribió el Emperador a Antonio de Melgosa, vecino y regidor de Burgos, agradeciéndole la buena voluntad que había mostrado, según había escrito Pero González de Mendoza, corregidor de esta ciudad, para que se hiciesen en ella los mil hombres que Burgos había de dar para servir en la empresa de Fuenterrabía, y que se pusiese diligencia cómo la gente saliese luego, conforme a lo que el corregidor ordenase.

Amenazan las armas francesas a Italia. -Liga defensiva entre el Emperador, Papa y venecianos. -Tratan que el inglés eche las armas en Francia. -Don Antonio de Zúñiga, prior de San Juan, virrey de Barcelona. -Encuentro en Bilbao entre españoles y flamencos.

Entrado ya el verano de este año de 1523, sonaban tanto las armas que decían que aparejaba el rey de Francia para bajar en Italia con ánimo de cobrar a Milán y conquistar a Nápoles, que el Emperador se hubo de ocupar en juntar y poner en orden las suyas, para rebatir un enemigo que en sólo esto ponía todo su poder, y que había años desde que echaron sus gentes de Lombardía que no entendía en otra cosa sino en haber dineros, cargando a su reino nuevos pechos y empréstitos para proveer todo lo que era necesario en un ejército poderosísimo que pensaba hacer. Había hecho sus ligas con esguízaros, de los cuales se pensaba valer.

Quisiera el Papa Adriano componer estos príncipes y atajar los grandes males que la guerra entre ellos había de causar; mas no fué poderoso, porque el rey de Francia ya no era señor de sí; tanta era la pasión que en él reinaba. Con esta resolución del rey de Francia se apretó la concordia y liga tratada por parte del Emperador con el Papa y venecianos, según queda referida, con título y nombre de liga defensiva. Porque no se hacía para más que defender a Italia de cualquier enemigo que quisiese entrar en ella.

Mandó el Emperador bajar seis mil alemanes, y que se juntasen con el ejército de Italia, con más los españoles que el Papa había llevado de España, sin otras diligencias y prevenciones que Próspero Colona hacía en Italia para acrecentar su campo. Demás de esto se trató con el rey de Ingalaterra que enviase sus gentes para que se juntasen con los del Emperador en Flandes. Y que por aquella parte acometiesen a Francia. Hízose así a su tiempo, aunque con poco efeto, y lo mismo se había de hacer por la parte de Borgoña. Pero esto si bien se dijo y público, no tuvo efeto después por inconvenientes que hubo.

Y proveyeron también para las fronteras de España lo que convenía, porque si el enemigo acudiese a ellas hallase resistencia. Dióse el cargo de capitán general y virrey de Cataluña a don Antonio de Zúñiga, prior de San Juan, que en los movimientos de Toledo se había mostrado tal cual queda dicho.

Y habiendo mandado que parte de la infantería española que estaba en San Sebastián se enviase allá, haciendo su camino para Valladolid, donde estaba el Emperador, levantaron entre sí españoles y flamencos un ruido tan escandaloso que pusieron el lugar en punto de perderse. Y fue que parte de los soldados españoles vinieron a las manos con algunos flamencos que estaban en la corte, criados de algunos caballeros cortesanos; y encendióse tanto la cólera, que murieron ocho o diez flamencos y comenzaron a apellidar: «¡Viva el rey y mueran borrachos!»

Y llegó a término que todos los extranjeros pensaron ser muertos, y se encerraron en sus casas. Y los cortesanos españoles armados acudieron a palacio, discurriendo todavía los soldados por las calles hasta que pasada aquella furia, fueron apaciguados por los caballeros castellanos, que se pusieron de por medio.

Y otro día, después de este ruido, con mucha disimulación mandó el Emperador que saliesen- aquellos soldados y prosiguiesen su camino, en el cual prendieron algunos de los más culpados y se hizo justicia de ellos.

Suena el aparato de guerra que hace el francés. Cortes generales en Palencia. -Sirve Castilla al Emperador con 400.000 ducados. -Que puedan todos traer espadas. -Apréstase el Emperador para ir contra Francia. -Poderoso ejército del francés.

Cada día venían nuevas a la corte del gran aparato de guerra que hacía el rey de Francia, y que era para pasar el mismo rey en persona en Italia. Y con esto el Emperador aparejaba otro tal, y aun con pensamiento de entrar con él en persona por Francia por la parte de Navarra, a fin de quitarle que no pudiese pasar a Lombardía, y conquistarle algunas tierras, para que con esto hubiese lugar de tomar a Fuenterrabía, que era cosa que él mucho deseaba.

Pues para esto mandó convocar Cortes generales de Castilla y sus reinos, para dar cuenta y comunicar su propósito, y para otras cosas que tocaban al buen gobierno del reino, y pedir para los grandes gastos de la guerra. Tuviéronse estas Cortes en Palencia.

Principio del mes de julio se hizo la proposición dellas, en la cual el Emperador dijo al reino lo que pasaba en la guerra que con Francia se tenía, y cuán sin razón el rey la había comenzado; trayéndoles a la memoria lo poco que estos reinos le habían rendido, por las alteraciones pasadas, y lo que había gastado en ellos, y las grandes necesidades y gastos que tenía y esperaba tener, les pidió le otorgasen el servicio, como estos reinos lo tenían de antigua costumbre.

Visto y entendido por los procuradores, de buena voluntad vinieron en hacerlo, y le sirvieron con cuatrocientos mil ducados pagados en tres años. Después de lo cual le suplicaron y pidieron algunas cosas en nombre del reino y de sus ciudades, y él les otorgó todas, aquellas que parecieron justas y que estaban bien a la república.

Y se hicieron y ordenaron algunas leyes, entre las cuales fuer una que todos los naturales del reino que no fuesen siervos pudiesen traer espadas libremente, entendido que el no traer armas no quitaba el cometerse delitos, antes parecía que daba ocasión a ellos, porque muchos hombres pacíficos eran muertos y heridos por no tener con qué se defender, que los herían y mataban los bulliciosos y atrevidos. Quitóse también el uso de las máscaras, por los inconvenientes que de él se seguían; y se hizo ley que por pendencia de palabras, si no fuesen muy injuriosas, no querellando la parte, no pudiese proceder el juez de oficio. Y así se ordenaron otras cosas bien consideradas.

Pasadas las Cortes, luego el Emperador dió priesa en que la gente de guerra se juntase para la entrada que quería hacer en Francia. Para lo cual mandó llamar todos los grandes y caballeros del reino.

Y desde a pocos días, partió de Valladolid, camino de Navarra, teniendo cada día aviso de cómo el rey de Francia se acercaba a Italia con grandísimo campo; y fué tanto el poder que juntó de caballos y infantería y toda la artillería y municiones que para tan gran impresa eran necesarias, que dejaba despojado y solo su reino.

Y como supo que el Emperador en persona quería entrar por él, halló que era gran inconveniente pasar su persona real en Italia, y que podría por ganar lo ajeno perder lo muy proprio. Estando en esta consideración, cuando ya su ejército pasaba los Alpes de la provincia de León, donde se había juntado, sucedió en Francia una cosa notable, que le detuvo, y se resolvió en estarse quedo y enviar en su lugar con aquel gran campo a Guillelmo Gonfier, gran almirante de Francia, cuya reputación era grande por haber ganado a Fuenterrabía. Fué, pues, el caso:

Carlos, duque de Borbón, gran condestable de Francia. -Causa por que se pasó al Emperador. Pundonores de la guerra que se estiman más que la vida. -Admirable espera del rey Francisco.

El duque Carlos, que comúnmente llamaremos Borbón, ha de ser tan nombrado en esta historia, que porque en ella se proceda con entera y clara noticia de todo, conviene decir quién fué y por qué causas siendo tan gran príncipe, y de la misma sangre real de Francia, negó su rey, desamparó su naturaleza, dejó sus estados y se pasó a servir a un rey que no era suyo, si bien cercano pariente, y a tierra extraña.

Llamóse su padre Gilberto Montpensier, que murió en Puzol, siendo general, en una batalla que hubo con los aragoneses. Heredó de su padre el condado de Montpensier. Fué en su juventud uno de los más agraciados y hermosos de Francia. Deseó casar con él madama Luisa de Saboya, madre del rey Francisco, viuda y de algunos días. Ella, con el favor que le hacía y buena voluntad, alcanzó del rey Francisco su hijo que le hiciese gran condestable de Francia, que es la mayor dignidad del reino, prometiéndole cosas mayores si casase con ella.

Carlos no quiso acetar este casamiento. Casó con Susana, duquesa de Borbón, hija heredera del duque Pedro (o, según otros, Gilberto VII, duque de Borbón, que Roberto, hijo de San Luis, fué el primero) y hija de hermana del rey Carlos de Francia. Y por esta señora tan ilustre vino Carlos a ser duque de Borbón.

Fué grande el odio que madama Luisa concibió contra el duque Carlos, y se le mostró enemiga en todo cuanto ella pudo. Y con el favor de su hijo el rey le hacía muy malos oficios; de suerte que el rey, que en mil cosas le había hecho merced, como condestable, virrey de Milán y otros favores, le dió de mano, de tal manera, que no le admitía en su Consejo ni daba cuenta de las cosas graves, como solía.

Y lo que mucho sentía el duque Carlos fijé la estimación particular y favor que el rey hacía al almirante Guillén Goaunfier, que en su lugar entró en la privanza. También estaba el duque de Borbón agraviado de que el día que el rey Francisco había de combatir en Picardía la ciudad de Valencianes contra la gente flamenca, que era del Emperador, con esperanza muy cierta de la vitoria, fué dado el cargo de la vanguardia, que se debía al condestable, a monsieur de Alanson, pariente del rey Francisco, casado con hermana del mismo rey. Sintióse tanto de esto el duque Borbón, que siendo ya puesta en orden la batalla, y a vista del enemigo, no solamente no pasó con su gente el río Escalda por la puente que el rey había pasado antes, mas buscando dilaciones maliciosamente, hizo detener en su ribera al capitán Ludovico, senescal de Normandía, que pasaba con una banda de caballos, porque él había alzado ocho mil infantes, y una gran banda de caballos borgoñones vasallos suyos. Y junto con esto que hizo, dijo palabras muy pesadas contra el rey y contra el senescal. Y como éstas (si bien pesadas) hay malsines que las cogen en el aire, el rey las supo luego, con que se acrecentó su enojo.

Murió la duquesa Susana, que fué la total destruición del duque, porque no dejó hijos. Volvió madama Luisa, madre del rey, con el amor viejo a tratar del casamiento. Tampoco quiso el duque casar con ella, porque ya era vieja y estéril. Luisa, viéndose segunda vez desechada (que es la rabia mayor de una mujer), llegó a su punto la ira y enemistad, que, según dicen, la tierra no la tiene que se le compare. Y como no hallase por dónde vengarse, que el duque era de la misma sangre real, rico, emparentado y poderoso en el reino, púsole demanda al estado de Borbón, diciendo que era suyo. Porque madama Luisa era hermana del duque Gilberto, y que su sobrina Susana no había dejado heredero, ni había otro más cercano que ella. Pidióle madama Luisa el ducado de Borbón y de Alvernia, de Chatelerau, condado de Claramonte, condado de Floreste, ciudad de Molines y otros estados y tierras. De suerte que siendo Borbón el mayor señor de Francia, no le dejaba una almena.

Pedía la Luisa esto por ser hija de Margarita de Borbón, mujer de Filipo, duque de Saboya. La cual Margarita fué hermana de Pedro, duque de Borbón, viniendo el Carlos por línea derecha de varón, por ser hijo de Filiberto, señor de Montpensier, que venía del tronco varonil de los que he dicho. Y no habiendo cosa más sabida en Francia que por la ley que ellos llaman Sálica, y por el otro derecho que los mismos franceses dicen Apasnagio, que trae origen desde Faramundo, su primer rey, no puede heredar mujer estado francés, salvo algunos que por costumbre o privilegio no se comprenden en esta ley.

Y no le satisfacían las ofertas que le hacía el rey, como dice Jovio, de que si la madre salía con el pleito, le daría de comer, que más vale un castillo propio que ciento de gracia.

Seguíase el pleito en el Parlamento de París, y viendo el duque de Borbón el poco favor y mucha desgracia que en el rey tenía, y lo poco que podía esperar en los jueces pleiteando con la madre del rey, y que le habían de quitar el estado, por más promesas que el rey le hacía, con que se quietase, no bastaron para que no diese en una gran desesperación.

De sus disgustos tuvo aviso el rey de Ingalaterra, y también el Emperador. Y dicen que hubo estos tratos. Que en pasando el rey Francisco los Alpes, el duque de Borbón con todos los suyos se alzase con Francia, que los dos príncipes luego le favorecían, que si ello no se descubriera, sin duda tuviera efeto.

Andaban en estos tratos, o traían los despachos de ellos, Adriano de Croy, de nación flamenco, que en hábito de mercader pasó por Borgoña en Alemaña a verse con Borbón. Y le ofrecieron de parte del Emperador que le daría por mujer a su hermana doña Leonor, reina viuda de Portugal. También había venido a tratar lo mismo por el rey de un embajador llamado Rosello.

Descubrió estos tratos, yendo el rey Francisco bien descuidado de ellos, un hombre que se decía Argutio, que era de los conjurados, por el mes de julio, cuando el rey Francisco andaba muy metido en la guerra contra tantos enemigos; supo lo que contra él se urdía. El pecho y valor del rey Francisco era de extremada suerte, profundidad y espera, que no se alteraba como quiera. Con un extraño reposo quiso ver y hablar al duque Borbón y fué para esto a Molino, que era un castillo de Borbón en el río Alier; y allí le dijo todo lo que de él sabía y le habían dicho, diciendo que no lo creía, por ser cosa tan repugnante y indigna de quien él era, que en las obras que pensaba hacerle lo vería, y que en una jornada tan importante como aquella le quería llevar consigo y tenerle a su lado, y en todos sus consejos, como a tal deudo y amigo. Que si de él imaginara alguna parte de lo que le habían dicho, allí luego le cortara la cabeza.

Borbón, con la mala conciencia de su trato, se turbó harto. Esforzóse lo que pudo, hizo ademanes y humillaciones en reconocimiento de la merced que el rey le hacía, y dijo que por no se sentir bueno no podía partir luego, mas que lo haría otro día. Con esto, poco satisfechó de él, se fué el rey, que el corazón generoso no puede dejar de sentir la traición y engaño. Luego que el rey partió, mandó el duque a sus criados que aparejasen para caminar, haciendo demostración de que el camino era en seguimiento del rey. Metióse a vista de todos en una litera, fingiéndose cuartanario. Siguió el camino para León, donde el rey estaba. Mas a la primera noche tomó otro hábito bien disfrazado, que dicen fué de leñador real, acompañándole un solo amigo de quien se fió, llamado Pomperano o Pomperancio, cuyo criado iba hecho y disimulado. Y los demás parientes y criados sabidores, y que le quisieron acompañar en la fuga, iban por otros caminos diferentes.

Sin descansar días ni noches llegaron a Chamberio de Saboya. De ahí quisieron ir a Génova por Susa, y supieron que el conde de San Pablo con gente de a caballo los seguía. Dejando por esto el camino de Sena, volvieron al Ródano; y pasándolo otra vez ocho millas encima de León, llegaron a visitar cerca de San Pablo al cardenal de Becueme, hechura del Emperador. Aquí se descubrió Borbón.

Otro día, acompañado de algunos caballeros, fueron a Bisanzon; de ahí a Lira, ciudad de Ferrara, donde los caballeros que con el duque habían salido de Francia le esperaban. De allí entraron por Alemaña, y siete semanas después que salieron de Francia entraron en Trento. De allí fueron a Mantua, donde Borbón fué muy bien recibido y hospedado del duque, y le dió criados y dineros; porque demás de otras obligaciones, eran estos dos duques muy deudos. Que madama Clara, madre del duque de Borbón, fué hija de Frederico Gonzaga, marqués de Mantua.

Salió de Mantua Borbón y fué a Cremona, de ahí a Plasencia, donde estaba el virrey Carlos de Lanoy; y se juntó con los capitanes imperiales y con los demás confederados. Y todo el tiempo que vivió fué un cruel enemigo de su patria y nación. Los principales sabidores deste hecho fueron Huraldo, obispo de Borgoña,y Pitavio, señor de la tierra de San Valerio, el cual era capitán de una banda de caballos nobles de la guarda del rey, y Hemaro Prico, capitán antiguo de caballos.

Tenía el duque de Borbón cosas dignas de quien él era, porque además de la sangre real era valeroso soldado, muy largo en dar y gastar lo que tenía: un rostro con gravedad apacible, muy buena gracia en hablar y ganar voluntades. Sólo tenía un ánimo demasiadamente ambicioso de reinar, y la cólera le cegaba grandemente, que fueron dos cosas que le despeñaron.

Aféanle muchos esta fuga, porque no les lastimaron las injurias, que fueron grandes y sin remedio. Y pudo Borbón buscarle y pedirle al Emperador, como a suprema cabeza del orbe cristiano, y como a su deudo, que lo era mucho, porque Felipe, duque de Borgoña, que se llamó el Bueno, hijo del duque Juan, casó a su hermana Inés con Carlos de Borbón, hijo de Juan, duque de Borbón, de quien venía este Carlos. Y el segundo parentesco que tenía con el Emperador era que el hijo de este Felipe Bueno, que se llamó Carlos, casó con Isabela, hija de su tía Inés, y de aquel Carlos, duque de Borbón, que dije, que por esta cuenta era su prima hermana. Del cual matrimonio quedó sola madama [María], duquesa de Borgoña, abuela del Emperador Carlos V.

Diligencias y temores del rey de Francia por la fuga de Borbón. -Quieren matar a traición al duque Esforcia. -Numeroso ejército francés pasa los Alpes. -Va el Emperador a Pamplona con propósito de entrar poderosamente en Francia.

Como el rey de Francia supo la fuga del duque de Borbón, despachó en su seguimiento postas por todo el reino, para que lo prendiesen; mas fué en balde, por la buena diligencia que el duque puso en salir de Francia y salvarse. Prendieron muchos de quienes hubo sospechas que habían sido con él. Confiscó el rey todos los bienes, villas y castillos del duque.

Todo lo sobredicho embarazó al rey, y quitó la ida con su ejército a Italia, mas envió a su almirante. Pues como llegase la nueva a Próspero Colona, general del campo imperial, de la venida poderosa del campo francés en Italia, envió luego a los venecianos para que enviasen su gente, y él comenzó de nuevo a convocar y llamar más, para le salir al encuentro.

El Emperador y rey de Ingalaterra habían dado dineros para que en Alemaña se levantasen doce mil infantes y que los bajasen a Borgoña y se entregasen al duque de Borbón, para que entrase con ellos en Francia, llevando por sus compañeros a los condes Quillelmo y Feliz de Furstembergio. Mas como Borbón hubiese ya pasado en Italia, cuando los alemanes vinieron, y el rey Francisco enviado contra ellos a monsieur Guillelmo Monserio, que tuvo la fuerza de Fuenterrabía, fácilmente les resistieron la entrada y se deshizo esta gente, viéndose sin general ni dineros y muchos de ellos se pasaron a servir al rey de Francia.

Y con ellos juntó Gouserio un grueso ejército y pasó contra Nápoles; mas halló tal resistencia en Próspero Colona y los demás capitanes imperiales, que perdiendo muchos de los suyos sin hacer cosa notable, volvió con poca honra a Francia.

No faltaban aficionados en Milán al rey de Francia, y alguno por servirle quiso matar al duque Francisco Esforcia de esta manera.

Viniendo el duque de un lugar llamado Moncado (donde se había retirado algunos días por la calor) para Milán, a dar orden con Próspero Colona en lo dicho, un cierto vizconde llamado Bonivasio, que venía en su compañía, como lo tenía pensado, y, según dicen, tratado con otros, determinó de lo matar. Y llegando a una parte do se juntaban cuatro caminos, acometió lo que tenía determinado, arremetiendo contra el duque por las espaldas (que iba en una mula, y bien descuidado de semejante traición); dióle con una daga una herida en un hombro, y no dándole otra, así porque el duque se dejó caer muy presto de la mula, como porque él pensó que aquélla bastaba para le quitar la vida, escapó huyendo de los del duque, que luego llegaron en su socorro. Y el duque ansí herido se volvió a curar al lugar de do había salido.

Fué su buena ventura que la herida no tuvo peligro, y se curó en pocos días; pero fué grande el alboroto que la nueva puso en Milán y en todo el estado; unos diciendo que era muerto y otros temiendo que tal hecho tenía gran fundamento.

Prendieron en Milán a muchos que se sospechaba dellos, de los cuales algunos, siendo atormentados, confesaron que había sido trato, en que tenían concertado que siendo muerto el duque, matasen a Jerónimo Morón, su privado, y levantar el pueblo por Francia y prender si pudiesen a Próspero Colona o echarlo de la ciudad. Otros negaron siempre haber habido semejante trato, sino que el vizconde quiso matar al duque por particular enojo que con él tenía, porque le había quitado un gobierno o capitanía.

Sonó por toda Italia (como suelen creer las cosas) que el duque era muerto, y dió osadía para que un caballero milanés, que tenía la parte del rey de Francia, juntando en el Piamonte y marquesado de Monferrat alguna gente suelta y de su opinión, se metiese con ella en una tierra llamada Valencia del Poo, que es del estado de Milán, cerca de Alejandría, apoderándose asimismo de la fortaleza de ella, con nombre y apellido de Francia. Pero este atrevimiento fué luego castigado, porque hallándose en Aste, cerca de allí, Antonio de Leyva, que era venido por orden de Próspero con alguna infantería española y caballos ligeros para asegurar aquella comarca, luego como lo supo, sospechando que el negocio era de más consideración, fué a gran priesa con su gente a Alejandría, y dejando allí parte della en guarda de la ciudad, fué luego con la demás sobre Valencia. Y cercando por todas partes la tierra, sin dar lugar a que se fortificasen los que dentro estaban, la acometió a escala vista, y entró por fuerza de armas y prendió a Galeazo Virago, con muerte de muchos de los que con él estaban, si bien se defendieron cuanto fué posible.

En tanto que estas cosas pasaban en Lombardía, el almirante de Francia, con su ejército de treinta mil infantes esguízaros y suizos, y mil hombres de armas y dos mil caballos ligeros, y dos mil ballesteros de a caballo, acabó de pasar los Alpes, y comenzaba a entrar por el Piamonte, prosiguiendo su camino para Lombardía con más furia y determinación que nunca. Lo cual fué en principio del mes de setiembre, que el Emperador había llegado a Logroño, raya de Navarra, con el propósito que dije.

Llegó a Pamplona, pensando entrar poderosamente en Francia; pero por falta de dinero y salud, que morían de peste, dió vuelta para Castilla, despidiendo la mayor parte de la gente, encomendando aquella guerra al condestable de Castilla, en la cual sucedió lo que adelante diré.

Flamencos y ingleses revuelven con las armas contra Francia. -Daños y correrías que los ingleses hacían en las fronteras de Francia. -Miedo grande en París del ejército inglés y flamenco. Rehusan los franceses la batalla.

En el verano deste año, los ingleses, juntos con los flamencos, volvieron a las armas contra Francia, y entraron por ella más de treinta mil infantes con seis mil caballos, que causaron harto miedo a los de París. Hicieron daños y demasías crueles, sin sacar dellas ningún fruto.

El rey de Francia envió contra los ingleses y flamencos, que estaban en Picardía, a Francisco Albis Tramulio, con quinientos hombres de armas y diez mil infantes. Y puso en su lugar en Borgoña al conde de Guisa. Juntó Tramulio aquellos soldados con otros viejos que él tenía, y con todo no se atrevió a poner el negocio en ventura de batalla, porque se decía que el campo del inglés tenía más de treinta mil combatientes, y no se embarazaban en sitiar lugares, ni presidios, sino procuraban sacar al francés a batalla. Pero como él la rehusase, los ingleses gastaban el tiempo abrasando con correrías, robos y incendios toda la Picardía. Tramulio se encerró en San Quintín y puso buena guarnición en Monsticluo, Terouana y Dortlan.

Era general de los flamencos el conde de Bura, excelente soldado y de larga experiencia, y muy dado a las armas. De los ingleses era el duque Nortfolcio, que sabía poco de guerra. Caminaron estos capitanes metiéndose por Francia. Tomaron a Somona, quemaron a Braya, Roya y Mondiderio, once millas de París. Y fué tan grande el miedo que los de París hubieron, que con toda priesa se pusieron en armas y fortificaron la ciudad, y otros trataban de huir de ella.

Tramulio envió al capitán don Martino para que se metiese en Noyon, Montimerío, Humerio y Perona; y al vizconde de Turín envió a San Remigio y a San Andrés, y a Regudo puso en San Quintín, y al conde de Guisa puso en Briena, encargándoles la guarda de estos lugares; y él quedó en Corbeya.

Pasaron entre estas gentes algunas escaramuzas. Los ingleses y flamencos quisieran que fuera batalla, mas los franceses, por sus consideraciones, la rehusaron siempre. Cerca de Corbeya, en un encuentro de gente de a caballo, fué vencido Pondormio y huyó a Ambiano, dejando en poder de los cesarianos un hermano y nieto; en el campo, muertos, setenta, y presos, treinta. De esta manera ardía la guerra por la parte de Flandes y Picardía entre imperiales, ingleses y franceses.

Trata un traidor de vender y poner en peligro a los imperiales en Hesdin.

Antonio Crecquio, señor de Pondormio, conde de Vendoma, general en Picardía, sacó las compañías y gente de los presidios, con que juntó un buen ejército, y fué en socorro de Terouana, que la tenían muy apretada. Cercó una fuerza que los flamencos habían hecho en Santo Audemaro, que se llamaba Fosa-Nova; tomóla y saqueóla. Robó todo el ganado que halló en el campo. Salieron en su seguimiento los soldados que estaban en los presidios de San Audemaro, Bethunia, Lillosio, que serían mil y docientos españoles y valones, y hasta trecientos caballos flamencos. Y pelearon con él entre Ayra y San Audemaro porfiada y sangrientamente, que de ambas partes murieron muchos. Cobraron los españoles parte de la presa y apartólos la noche de la batalla, en la cual ninguna de las partes quedó aventajada.

Sucedió otro día que un soldado francés que en una refriega de Bethunia prometió al señor de Fienna, gobernador en Flandes, que le entregaría a Hesdin con la fortaleza si le dejasen ir libre a aparejar lo que era necesario para darles la entrada. Diéronle crédito y soltáronle, y fué a Hesdin. Díjole a Pondormio a lo que venía, y que se les podía armar como aquellos soldados fuesen presos.

Concertaron entre sí que disimulada la traición hiciese demostración de que aparejaba para meter los soldados cesarianos. Volvió el traidor a ellos con gran fingimiento de su maldad, y monsieur de Fienna, creyendo que el traidor trataba verdad, tomó muchos nobles y tres mil soldados, y llevando al que los vendía por guía, caminaron de noche para Hesdin. Parte de ellos fueron por la parte donde estaba la artillería y muchos escopeteros prevenidos, y de la otra parte, la gente de a caballo, para acometerlos por las espaldas. Y demás de esto tenían en el pueblo muchos fuegos artificiales, para quemar los que de la artillería y arcabucería y caballería escapasen.

Era el peligro grande y casi temeridad fiarse de un enemigo.

Volvió Dios la suerte mala y lazos que con traición los franceses armaban sobre sus cabezas, porque con la codicia de matar a los imperiales aplicaron mal el fuego y encendióse contra ellos, quemando el primero al capitán Pondormio y a su pariente, monsieur de Canaple, con muchos caballeros y soldados principales franceses y otros oficiales de la guerra. De los cesarianos murieron ciento; los demás volvieron, escapando milagrosamente de tan evidente peligro. El que tal traición urdió, con algunos compañeros, viendo el mal recaudo huyó, y los que le habían acompañado fueron presos.

Entrégase el castillo de Milán, que hasta agora estaba por franceses, y vuelven los franceses sobre Milán. -Renuévase la guerra en Lombardía. Púsose por alcaide del castillo Juan Jacobo de Galara, caballero milanés. -Poderosa entrada en Lombardía, de Guillermo Gonfier, almirante de Francia, con ejército de más de cincuenta mil combatientes de pie y caballo y mucha artillería y municiones. -Cien soldados españoles embarazan el paso al ejército poderoso del francés. -El capitán español, por su gran valentía, pelea contra el orden de la guerra. -Engaño notable del Jovio. -Próspero se retira en Milán, Antonio de Leyva en Pavía, para esperar al francés. -Encamisada que Juan de Urbina dió al ejército francés. -Detiénese el almirante de Francia; repárase Próspero y Milán entretanto. -Frederico Buzollo. -Toma el francés a Lodi. -Sitian franceses a Cremona. -Juan de Urbina saltea a los enemigos.

En este año de mil y quinientos y veinte y tres se entregó el castillo de Milán, día de Santiago, a 25 de julio, que tenían los franceses, al duque de Milán, porque después que perdieron la batalla de Bicoca murieron muchos de enfermedades y mal regimiento de los que estaban en el castillo. Los demás, cansados de esperar el socorro que con gran poder se aparejaba, y desesperados de él, no pudiéndose más sustentar, hubieron de entregarse con seguro de las vidas y libertad de poderse ir con lo que tenían. Y así, cuando llegó al almirante Guillelmo Gonfier Gafferio (llamado por sobrenombre Boniveto), fué, tarde y el castillo estaba entregado.

Y casi al mismo tiempo, Próspero Colona, que estaba en Milán, supo que los franceses entraban por el Piamonte y el gran poder que traían, que pasaban de treinta mil combatientes; y así, viendo que el socorro que los venecianos habían de hacer tardaba más de lo que habían prometido, y lo mismo el de las ciudades de la Liga, y que el poder del enemigo excedía con gran parte al suyo, determinó de recoger su gente y entretener la guerra haciendo la resistencia posible y no poner el hecho en aventura de batalla. Para lo cual ordenó salir en campaña y esperar al enemigo en la ribera del río Tesin (que es un río que sale del lago Mayor y pasando por Pavía va a dar en el Po), el cual habían de pasar los franceses para venir a Milán. Aquí les quiso estorbar el paso o hacer el daño posible.

Escribió luego a Antonio de Leyva, que en la comarca de Aste y Alejandría estaba, que recogiendo su gente se viniese a juntar con él y de camino sacase dos mil soldados que estaban en Alejandría y los enviase a Cremona para la defensa de aquella ciudad, por ser más importante. Lo cual hizo Antonio de Leyva con toda diligencia, y se vino a Milán, do el Próspero le esperaba. El cual, luego que Antonio de Leyva llegó, aunque andaba muy enfermo y flaco, salió en una litera con la mayor priesa que pudo, quedando en Milán el duque, y con cuatro mil españoles y otros tantos alemanes y la gente de a caballo que tenía, se puso a la ribera del río Tesin.

Los franceses se entraron en Alejandría por hallarla desocupada. Y pasando adelante entraron en la villa de Vegeven, y con gran determinación llegaron a pasar el Tesin; y la gente y la furia que traían era tanta y el río estaba tan bajo y tan fácil de pasar por muchas partes por la gran seca que había precedido, que fuera fácil el paso, pero no lo fué tanto, porque se le hizo una notable resistencia.

Habían de pasar el río Avia, y antes de llegar a él, Próspero Colona puso en guarda de cierto paso al capitán Francisco de Villa Turiel, con solos cien soldados españoles, y fueron tan valientes que día y medio lo defendieron, y cerraron una puente que los franceses habían echado al río. Y al día siguiente envió Próspero a Juanín de Médicis, capitán de caballos excelente, en socorro de los españoles, porque como estaban sin caballos eran menester para que anduviesen entre la infantería. Ayudaron valientemente a los españoles, y se prendieron a algunos franceses en aquella bien reñida escaramuza.

Y aún hubo en ella, en la resistencia de ciento a cuarenta mil, otra cosa tan notable que, según buen orden de guerra, cuando ya Próspero envió a mandar a Villa Turiel que se retirase, se habían de retirar primero los infantes y a la postre los caballos, que habían de quedar escaramuzando con la vanguardia francesa, que pasaba ya de golpe, mientras los de a pie se ponían en cobro. Pero nunca el capitán español quiso que aquel día hubiese ley de guerra por quedar él estimado sobre todos los de ella. Y así hasta que Juanín de Médicis con toda su caballería y también ciertos infantes que con él habían venido de su nación se hubiesen retirado, él no quiso retirarse. Y los soldado peones (como antiguamente los llamaban en Castilla) fueron los caballos aquel día y los caballos, peones. Que con solas dos piezas de artillería (si bien ofendidos de otras muchas) se ganó el juego este día.

Aquí dice el Jovio que todo el ejército imperial fué rebatido y retirado a Milán y es falso; porque el Próspero con su campo nunca llegó al río ni más soldados de los que están dichos que lo defendieron. De manera, que sin verse los ejércitos uno a otro, se retiró Próspero a Milán muy en salvo y holgadamente, sin ser rebatido del francés.

Donde antes de llegar fué Antonio de Leyva de guarnición a Pavía con ocho banderas de españoles y con dos estandartes de hombres de armas y tres de caballos ligeros.

Y hubo notables escaramuzas harto nombradas en aquel tiempo; aunque quien debía no las escribe. Particularmente una de que salió por caudillo Juan de Urbina con seiscientos españoles una noche, y hicieron grandísimo daño, aunque murieron los capitanes Martín Sánchez Mancho y su compañía de españoles; y murió el capitán, vengándole muy bien sus soldados, y Hernando de Alarcón, que regía el campo por la enfermedad de Próspero Colona.

Entendiendo Próspero Colona que era imposible resistirlos por la poca gente que tenía contra tan gran multitud, envió primero a Milán la artillería más pesada. Y probándose con el contrario en algunas escaramuzas, donde se recibió y hizo daño, se retiró a Milán y metió en ella, sin recibir daño en la retirada. Con esta nueva se alteró tanto la ciudad como si el enemigo estuviera dentro de ella. Pero en tanto que el almirante recogió los suyos, y esperó a algunos que quedaban atrasados en Milán, se esforzaron y repararon las cavas, fosos y muros, fortificándolas de manera que pudiese resistir a los enemigos, si se pusiesen sobre ella. Y lo mismo mandó hacer en Pavía y Cremona.

Y envió a avisar al marqués de Mantua que en Lodi estaba con quinientos caballos y otros tantos infantes, como capitán del Papa, por defender y sustentar estas plazas principales y dejar gastar la gran furia e ímpetu que la gente francesa traía, hasta tener junta la gente que de venecianos y de toda Italia venía. Luego que se retiró Próspero, el almirante pasó el río Tesin, con muy buenos pensamientos de recobrar lo que Lautrech había perdido en Lombardía los años pasados, y caminó hasta ponerse en Milán.

Dos días después que llegó Próspero, que sería a 15 ó 16 de setiembre, tenían ya Próspero Colona y el duque doce mil soldados. Y siempre que era menester se armaba mucha gente del pueblo, con ánimo y voluntad de morir por su defensa. Viendo el almirante que había tardado en llegar con su gente a la ciudad, mudando el parecer del combate, puso su campo entre el camino de Lodi y el de Tesin, a una milla de Milán, con demostración de la tener cercada y perseverar en el cerco, escribiéndolo así a diversas partes de Italia. Envió parte del campo a cobrar a Monza. Y luego mandó a Pedro Bayardo, capitán muy diligente, que partiese con ochenta y cinco soldados y diez tiros gruesos y buena gente de caballo para Lodi. Y llevaron para combatirla diez piezas de artillería, donde, como está dicho, estaba el marqués de Mantua. El cual, siendo avisado por un deudo suyo que en el campo francés andaba, no atreviéndose a defender la ciudad con tan poca gente, salió de ella y se fué a juntar con el duque de Urbino y campo de venecianos, que ya tenían conforme a la Liga.

Y hallando Bayardo la ciudad de Lodi sin defensa, se entró en ella. Y dejando la guarnición que le pareció, según el orden que del almirante llevaba, pasó el río Ada y se juntó con micer Reucio Cerro Romano, que traía cuatro mil soldados que había hecho a costa del rey en Carpo, y en la señoría de Ferrara. Y juntos los dos fueron sobre la ciudad de Cremona, la cual estaba bien proveída y fortificada, ansí con la gente de Antonio de Leyva como con otras compañías que después se enviaron a Pavía, que eran tres mil y quinientos hombres, y por principal capitán en ella, entre otros señalados, Francisco Salomón.

Y si bien la gente de los venecianos estaba en Pontivigo, sin hacer caso de ellos, los franceses comenzaron a combatir a Cremona, habiendo primero hecho algunos protestos y requerimientos, que por común o fingida justificación acostumbran a hacer los capitanes.

Visto que no daban oídos a concierto alguno de los que dentro estaban, mandó plantar su artillería cerca de la muralla y darles batería tres días arreo. Y habiendo derribado un lienzo de ella de más de treinta pasos, mandó que, dada la señal, todos arremetiesen.

Estando, pues, a punto para lo hacer, cayó tanta agua del cielo cuatro días arreo, que les fué forzado dilatarlo. Entre tanto, los que estaban dentro tuvieron lugar de hacer reparos en aquella parte, y los cercadores padecieron gran falta de vituallas, no podiéndoles venir de Lodi ni de las otras partes del río Ada, por las grandes lluvias y porque el duque de Urbino y el marqués de Mantúa, y el provisor, de Venecia, que se habían acercado, les hacían todo el mal que podían.

Desesperado Bayardo de poder tomar a Cremona, avisó al almirante, y él le envió a mandar que dejase aquella empresa y se tornase para él con propósito de echarse sobre Milán. Bayardo lo hizo así, y vino a se alojar en Monza, de 1a otra parte de Milán, y mandó a los suizos que tornasen a poner cerco sobre Milán. Los cuales, cuando llegaron a Monza, pusiéronla en gran necesidad, a causa que, tenía sobre sí dos campos: uno de la una parte, y otro, de la otra. Por lo cual con gran dificultad les entraban bastimentos.

Habían también los franceses quebrado los molinos, que fuera la ciudad estaban, y dentro no había muelas hechas: por lo cual hubo cuatro días tanta falta de harina, que cien mil personas estuvieron una semana entera sin comer pan, manteniéndose con legumbres, hasta que hicieron molinos de mano y tuvieron harina.

Pusiéronse a la puerta que llaman Tesines, donde estuvieron tres meses.

Estaban dentro don Fernando de Avalos, marqués de Pescara, y su sobrino don Alonso de Avalos, marqués del Vasto y conde de Aquino; el uno capitán general de la infantería y teniente general de todo el ejército; y el otro, capitán de gente de armas y coronel de infantería; Antonio de Leyva, Hernando de Alarcón, capitanes de gente de armas, y del Consejo; y el abad de Nájara, proveedor general y comisario del ejército imperial; el maestre de campo Juan de Urbina.

Había cada día escaramuzas entre españoles y franceses, y aunque Próspero estaba ya viejo y gravemente enfermo, no, faltaba de proveer y remediarlo todo, teniendo el ánimo grande, si bien el cuerpo enfermo y flaco. Pero habiendo avisado de su poca salud al Emperador, el cual, por la ausencia del marqués de Pescara, envió a mandar a Hernando de Alarcón, que estaba en Nápoles (que fué un gran varón y capitán muy señalado), que fuese luego a Milán a ayudar a Próspero, entretanto que Carlos de Lanoy, virrey de Nápoles, venía con la gente de socorro, y con las gentes de la Liga. Dióse este despacho al comendador Gómez Juárez de Figueroa. En lo cual puso alguna dilación; y la turbación de la muerte del Papa Adriano, que sobrevino, fué ocasión para que el duque de Ferrara, juntando alguna gente, quisiese apoderarse de la ciudad de Faenza, que el Papa Julio le había quitado, y turbase algo las cosas de Italia, haciéndose con el rey de Francia.

Dióse Hernando de Alarcón gran priesa en venir a Milán, do llegó primero o segundo de noviembre, y aunque entró en ella con riesgo de su persona, fué a tiempo que era bien menester, porque la enfermedad de Próspero había crecido tanto que ya no estaba para nada. Por lo cual Alarcón fué alegremente recibido de todo el ejército; y reconociendo el asiento que los franceses tenían, con ciertas escaramuzas que con ellos trabó y entendiendo todo lo que pasaba, tomando a su cargo, lo que el Próspero no podía ya ejecutar entre los muros de la ciudad y los bestiones que los españoles guardaban, mandó hacer y levantar un caballero y baluarte tan alto, que señoreaba el campo de los enemigos. Y plantando en él cuatro cañones y dos culebrinas, hacían desde allí grandísimo daño a los franceses. Y demás desto, no los dejaba reposar un punto, con continuos sobresaltos que daba en su real. Entre los cuales salió una noche el maestre de campo Juan de Urbina (a cuyos hechos nunca se dió la honra y loa que merecían) con seiscientos españoles, y dió de súbito sobre un bestión del campo francés, rompiendo los que le guardaban.

Entró por el campo matando y hiriendo en ellos, y tomándoles cuatro banderas y prendiendo algunas personas, se tornó salir con muy poco daño.

Y así apretaban ordinariamente a los enemigos con escaramuzas y rebatos. Y lo mismo hacía Antonio de Leyva desde Pavía, donde estaba, atajándoles también y quitándoles los bastimentos que venían a su campo. De manera que la guerra se apretaba harto. Por lo cual el almirante tuvo necesidad de no tener divididas sus gentes, y envió a mandar a Pedro Bayardo, que estaba en Monza, que se viniese al alojamiento que él tenía. Y haciéndolo así quedó, más libre la provisión de Milán, quedando aquella parte desembarazada. De manera que el almirante de Francia desconfiado ya de haber la ciudad por hambre ni combate, tentó haberla por traición.

Para lo cual procuró tratos secretos con algunos de los soldados italianos que con el Próspero estaban, haciéndoles grandes promesas; y como la codicia es raíz de todos los males, movido de ella un alférez llamado Morgato de Parma, conjurándose con otros tres soldados, concertó dar entrada a los franceses por cierta parte, matando al sargento que la guardaba. Y para mejor poder hacer esto, dió parte dello a un amigo suyo llamado Juan de Ferrara, queriéndolo por compañero en la traición. Este, teniendo más lealtad, descubrió la traición, y fueron presos los conjurados, y confesando su delito a puros tormentos, los pasaron por las picas.

Señalóse grandemente en este cerco el maestre de campo Juan de Urbina una noche de San Martín que salió de su guardia con solos cincuenta soldados de compañía, y con más ánimo que armas, porque no llevaba sino un peto de munición que solía traer y una alabarda en las manos; dió en un cuartel de las guardas francesas tan reciamente, que matando y hiriendo a muchos de los enemigos, les tomó cinco banderas por su propria mano, que en aquel cuartel estaban de guardia. Y sin perder ni un soldado se retiró, trayendo las banderas en los brazos, que nadie bastó a hacérselas dejar.

Espantó tanto esto a los franceses, que luego levantaron el cerco, fingiendo que el tiempo lo causaba, y se retiraron a Visagra, tres cuartos de legua de Milán.

Y el capitán francés, viendo cuán mal le sucedían sus designios y el poco efeto que hacía con su ejército, y que el invierno era ya muy recio, para poder sostener el campo, por ser casi fin de noviembre, y también teniendo nueva que el virrey de Nápoles venía ya con su ejército determinó de alzarse; aunque queriéndolo hacer sin perder reputación, movió primero trato de que se asentase tregua por dos meses. Pero como Hernando de Alarcón entendiese sus pensamientos, puesto que sobre ello, hubo algunas pláticas, no quiso otorgársela. De manera que el almirante se hubo de levantar, al cabo de dos meses que estuvo sobre Milán, sin hacer cosa buena, y se fué a aposentar en Barrasa, que es una buena villa, catorce millas de Milán, donde después estuvo muchos días.

Y Hernando de Alarcón le fué siguiendo y picando en la retirada, escaramuzando con la retaguardia la mayor parte del camino, con caballos ligeros y hombres de armas. Con esto quedó Milán desembarazada, sin pasar por algunos días cosa notable entre los franceses y imperiales.

Carlos de Lanoy, virrey de Nápoles, viene a socorrer a Milán. -Clemente VII sucede en la Silla por muerte de Adriano. -Entra Carlos de Lanoy en Milán. -Muere Próspero Colona.

En tanto, pues, que lo que está dicho pasaba en Milán y Lombardía, el virrey de Nápoles, Carlos de Lanoy, se había dado la priesa posible para socorrer a Próspero con toda la gente española e italiana que pudo recoger.

Y supo ser elegido por Pontífice el cardenal Julio de Médicis, que era sobrino y legado del Papa León X, y fué legado suyo en el ejército cuando se cobró Milán, como arriba está dicho.

Fuésele a pedir de parte del Emperador, quisiese confirmar la Liga defensiva que Adriano, su predecesor, había hecho en bien común de Italia. Y el Papa mostró buena voluntad, si bien no tanta que no se le entendiese que con las nuevas honras no hubiese mudado parecer, como es tan ordinario. Dijo que si luego confirmaba la Liga se mostraría muy parcial y no podría ser buen medianero para componer los dos príncipes y pacificar la Cristiandad, que tanto tocaba a su oficio. Con todo, mandó dar para ayuda a la costa de los ejércitos su parte de las décimas del reino de Nápoles.

Y en tanto que esto se trataba, el virrey Carlos de Lanoy prosiguió su camino, y llegando a Bolonia recibió cartas del duque de Milán y de Hernando de Alarcón (a quien dicen que por sus méritos le llamaron el señor Alarcón, aunque don Antonio de Guevara, que le conoció bien, no le llama sino el señor de Alarcón.).

Y desde a pocos días que el virrey entró en Milán, murió el excelentísimo capitán Próspero Colona, cuyas virtudes y hazañas merecen perpetua memoria. Dicen que su mal fué de hierbas que le dieron. Llevó su cuerpo a sepultar a la capilla de sus pasados, Marco Antonio Colona, su sobrino.

Y por abreviar la guerra, concertó el virrey con el embajador de Venecia que el ejército de venecianos, pasado el río Adda, se juntasen con el del Emperador, siquiera hasta que llegasen seis mil alemanes que había mandado hacer. También alcanzó del embajador del Papa que los de caballo que estaban por la Iglesia con el marqués de Mantua, se juntasen asimismo con el ejército imperial, y luego negoció con los florentines, seneses y luqueses, que proveyesen de moneda conforme a lo capitulado. Y por que no se les hiciese grave pagar tanto dinero junto, tomó el mejor medio que pudo, con intento que para pagar el restante que ellos no quisiesen pagar, haría que el duque Esforcia lo pagase.

Habiendo, pues, pasado los venecianos desta parte del río Adda, y venida la gente alemana, el virrey Lanoy salió con el ejército. Y de la ciudad de Milán salió gran número de naturales, por el amor grande que tenían al duque, para le servir en esta jornada. Mas pareció que convenía que el duque se volviese a Milán, por no poner en tanto peligro su persona.

El francés, sabiendo que los imperiales sacaban su ejército, y que (lo que nunca pensara) los venecianos se juntaban con ellos, si bien estaba turbado por cierto daño que en Rebecho había recibido su gente en un rebato que les dió el marqués de Pescara, matando y despojando a muchos, para poder sustentar la guerra y reputación de ella procuró de traer seis mil suizos, que con los que él tenía hacían doce mil desta nación.

Queman dos frailes herejes en Bruselas. -Muere Adriano, de tósico que los enemigos del Emperador, dicen, que le dieron.

De esta manera pasaron las cosas en Lombardía este año de 1523 en que murió el general Próspero Colona, y entró en el cargo Carlos de Lanoy como virrey de Nápoles, y don Hernando de Avalos, marqués de Pescara, y Hernando de Alarcón, por sus acompañados y principales en la guerra. La cual se comenzó a hacer, como veremos, en el año siguiente.

En Pamplona, a 6 de noviembre de este año de 1523, estando el Emperador determinado de volverse a Castilla (como dije), hizo capitán general a don Iñigo Fernández de Velasco, condestable de Castilla y duque de Frías.

Y dice que le da esta conduta y patente, así para recobrar lo que destos reinos se había perdido durante su ausencia, como para procurar de quitar los inconvenientes que había excusado la guerra contra infieles. En que siempre había deseado emplearse todo, en especial contra el Turco, principal enemigo de la Cristiandad.

Para lo cual, y para otras cosas que cumplían al bien de estos reinos, había mandado hacer un grueso ejército de gente de a caballo, y de infantería de alemanes y españoles, con mucha artillería y municiones, bastimentos y otras cosas. Para cuya gobernación le nombraba por capitán general, y ponía en su lugar, etc.; diciendo las palabras más encarecidas y honradas que se pudieron pensar, muy merecidas y debidas, a quien el condestable era.

Eran los principales capitanes de este ejército, a quienes el Emperador manda que obedezcan al condestable, como a su persona, el príncipe de Orange, general de la infantería española; Rocandulfo, general de la Alemaña; Terramonda, capitán de la artillería; micer Antonio Vaguerot, capitán de la puente del dicho ejército.

Mandó el Emperador que el condestable entrase por la provincia de Bearne, con el campo que dije, aunque por ser el corazón del invierno padecieron grandes trabajos en el paso de los montes Pirineos. Y después de pasados y entrados en Francia sin hallar resistencia, se apoderó el condestable de los lugares llanos, y caminando adelante fué sobre una villa cercada (que se decía Melon), la cual tomó con poca dificultad. Y lo mismo hizo de otra (llamada San Pelayo); pasó a sentar su campo sobre Salvatierra, que es tierra fuerte, y cabeza de Bearne. De la cual se había salido don Enrique, señor de ella, rey que se llamaba de Navarra, dejándola proveída de gente y artillería.

El condestable mandó plantar la artillería, y la batió de tal manera, que los de dentro trataron de rendirse con razonables medios, con que los dejasen ir con sus armas y ropa; y así se hizo.

Y acabada de tomar Salvatierra, se vino a juntar con el condestable la gente de Aragón, que por los puertos de Jaca había entrado, que eran doce banderas de infantería y caballos. Cuyo capitán era don Carlos de Pomar, gobernador de Aragón.

Después de haber corrido todo el valle de Aspa y hecho mucho daño en las tierras del rey de Francia, tomado y saqueado la villa de Durdos y combatido con los franceses en la defensa de un paso en los puertos de Aspa, habían muerto muchos dellos.

Y estando en este término el Emperador, que todavía estaba en Pamplona, siendo avisado que el campo francés se había retirado sobre Milán, que era uno de los respetos porque esta guerra se había comenzado, y considerando el poco efeto que por aquella comarca se podría hacer, por ser tierras llanas y que no se podían sostener; y como el tiempo y la falta de bastimentos, que ambas cosas tenían muy fatigado su ejército, no daban lugar a cercar a Bayona, envió a mandar al condestable que con la mejor orden que pudiese se viniese a poner sobre Fuenterrabía y no se alzase de ella hasta tomarla. Que era el fin principal para que este ejército se había hecho.

En la cual estaba por principal capitán Mr. de Frange, y con él don Pedro de Navarra, mareschal de Navarra, el cual desde el principio de esta guerra se había pasado al rey de Francia, siguiendo por entonces la opinión de su padre, que poco antes murió en Simancas, do estaba preso. Y aún se dijo que él mismo se había muerto, pero sin verdad.

Y el condestable, cuyo parecer era el mismo, lo puso luego por obra, y comenzó a caminar en los días últimos de este año con grandes dificultades de nieves y fríos y falta de bastimentos. Y el Emperador, por dar orden y calor a su campo, se vino con la corte de Pamplona a Fuenterrabía. El suceso que hubo diré adelante.

En este año, en Bruselas, que es una ciudad principal de Brabancia, quemaron dos frailes agustinos, pertinaces herejes luteranos. Y los luteranos los pusieron por sus protomártires, como a Juan Hus y a otros de esta harina, herejes. Porque el diablo también tiene sus mártires, pero no como los de Cristo, a quienes hace mártires, no las penas que padecen, sino la causa, como dice San Agustín.

Este año, a 18 de setiembre, murió Adriano, Papa VI de este nombre. Ya he dicho cómo era holandés, y que fué deán de Lovaina cuando el Emperador Maximiliano le hizo maestro de Carlos, su nieto, por ser hombre doto y bueno. Vino a España por embajador al Rey Católico sobre la gobernación de Castilla, y a tomar la posesión del reino por don Carlos.

Fué gobernador de Castilla y obispo de Tortosa. Murmuraron de él, porque no se desenvolvió como sus antecesores, y aun porque afeó a los cardenales sus vicios y pajes, y porque no socorrió a Rodas. No quiso absolver a los que saquearon a Génova, ni pasar el arzobispado de Toledo a don Jorge de Austria, hijo bastardo del Emperador Maximiliano, acordándose que las Comunidades se quejaron que lo fuese Guillén de Croy.

Dió al Emperador Carlos, como a rey de España, la administración perpetua de los maestrazgos de Castilla, y quitóle el tributo de Nápoles para siempre, y hizo en su favor otras cosas. Dióle más la cuarta de todos los diezmos en estos reinos de Castilla y todos sus señoríos, exceto Nápoles y Alemaña, como parece por el breve que está en Simancas.

Las competencias y guerra de Lombardía entre imperiales y franceses. -Encamisada famosa que el de Pescara dió al francés a trece de enero.

Desde que el almirante de Francia entró en Lombardía el año pasado de 1523 hasta el fin de él, que fueron cuatro meses, en la común estimación, sostenido se habían los franceses en su reputación, dando a entender estar más poderoso su campo que el imperial, por haber, como se ha visto, ocupado las ciudades de Alejandría y Lodi, y sustentado las fortalezas de Cremona, y haber estado sobre Milán más de dos meses, si bien en las escaramuzas y correrías no habían llevado lo mejor. Pero en este año de 1524, dentro de pocos días, se quitó esta duda y comenzó a declinar la fuerza de su parte, y declarar la fortuna sus favores por estos medios.

Salió, como dije, el campo imperial de Nápoles con todos los capitanes nombrados, y el duque Esforcia quedó en Milán para la guarda y defensa, con alguna copia de gente. Queriendo, pues, poner temor al enemigo, hubieron su acuerdo el virrey, el marqués de Pescara, que era su lugarteniente y general de la infantería, y don Alonso de Avalos, su sobrino, marqués del Vasto, Hernando de Alarcón y otros; determinaron de darle una mala noche, y fué así:

Que monsieur de Vandoney y monsieur de Bayarte estaban con tres mil infantes y quinientas lanzas alojados en un lugar llamado Rabeca, cerca de la acequia que sale del río Tesin, una legua de donde estaba el almirante, y a cuatro de Milán. Por lo cual, publicando el marqués de Pescara que quería hacer alarde y reseña de su gente, la mandó salir al campo fuera de Milán en amaneciendo, y después entrar en la ciudad. Y a la primera vigilia de la noche sacó el marqués (que fué el autor de este hecho) tres mil españoles escogidos, a los cuales mandó poner sobre las armas camisas, porque se conociesen entre los enemigos de noche. Envió por otra parte a Juanín de Médicis, sobrino del Papa, que fué uno de los animosos y atrevidos capitanes de su tiempo, con alguna infantería y caballos ligeros, que fuesen a dar y tener en arma al almirante, que estaba en Biagrasa.

Dos horas antes que amaneciese salieron de Milán. Llevaba la vanguardia el marqués del Vasto. En retaguardia venían el virrey y los otros capitanes, para que si Bayardo o el almirante quisiesen favorecer a los suyos, acudiesen en ayuda del marqués.

Llegó la infantería española y alemana, aunque fueron sentidos; mas acometieron con tanta determinación y denuedo, y el marqués delante, con una espada y rodela, que no bastó resistencia, ni la que hizo el capitán Egidio de Cortoña con una bandera de corzos que animosamente se pusieron a la puerta. Pero en tanto que se enfrenaban los caballos y la gente se vestía, con la confusión y grita de tan gran sobresalto, su real fué entrado, matando y hiriendo sin piedad. Lo cual se hizo con tanta presteza, que monsieur de Bayarte y los otros capitanes no tuvieron lugar de hacer ni proveer nada. Antes, desnudos y mal vestidos, salieron huyendo con parte de la gente que pudo escapar, y los demás fueron muertos o presos, y todos robados y despojados; en que se hubo gran saco de ropas y alguna plata, y gran número de caballos y acémilas y muchas banderas y estandartes. No se vió en aquellos tiempos tanta gente de armas desbaratada con tanto daño en tan breve tiempo, que fué sólo un rebato de dos horas.

De la gente que huía prendió muchos Juanín de Médicis.

Con esta hermosa presa y sin ningún daño volvieron los imperiales muy contentos a Milán; y los enemigos no osaron salir de su suerte.

Sintió mucho el almirante este daño, así por lo que perdió de gente y armas, como por la estimación y el buen suceso de este hecho; y tan buen principio, de año, no solamente puso temor a los enemigos, pero esfuerzo y alegría a los amigos. De manera que dentro de pocos días en los cuales se ofrecieron algunas escaramuzas, estando ya juntos los ejércitos de venecianos y alemanes que se esperaban; porque el agosto pasado se habían confederado los venecianos con el Emperador, siendo el embajador Alfonso Sánchez, caballero aragonés, levantaron seis mil infantes y quinientos caballos de todas sillas, conforme a lo capitulado, y con ello se juntaron con el campo imperial.

Salieron de todo punto de la ciudad y a los 5 ó 6 de hebrero, con toda la gente de pie y de caballo, muy galana y pláticamente aderezada, en que había ochocientos hombres de armas y mil caballos ligeros y cinco mil infantes españoles, ocho mil alemanes, dos mil italianos, que serían por todos diez y ocho mil infantes, seiscientas lanzas gruesas y quinientos caballos ligeros, sin el ejército de venecianos.

Llega el duque de Borbón al campo imperial cuando salía de Milán, y muy solo, aún de criados. -Toman los españoles a Sartirana. -Enciérrase el francés en Novara. -Lo que dice de españoles el francés.

Este mismo día que el campo salió de Milán, acertó a venir a él el duque de Borbón por orden que el Emperador le había enviado con monsieur de Viurre. La cual le alcanzó en Génova quiriéndose partir para España. Y le dió título de su lugarteniente, lo cual él acetó con contento y fué recibido del virrey y de todos aquellos capitanes alegremente.

Dijo que el ejército imperial era tal, que aun el rey de Francia no estaba seguro en París; con que levantó los ánimos de todos.

Salieron a alojarse en Binasco, diez millas de Milán, y el más cercano a Biagrasa, a do los enemigos estaban cuatro o cinco millas de él.

Y desde a dos días llegó el duque de Urbino, Francisco María de Monte-Flor con el ejército de los venecianos a otro lugar llamado Mota, que es dos millas más atrás.

Los franceses no hicieron muestra alguna de querer batalla, estándose en Biagrasa, que es tierra bien fuerte. Pero como los campos estaban tan vecinos, había cada día grandes escaramuzas y pasaron cosas señaladas en ellas, que las dejo por no cargar con menudencias la historia.

El virrey y los capitanes que con él estaban pretendían echar de su alojamiento a los franceses. Y para esto echaron puentes al río Tesin y que pasasen caballos ligeros a les romper el camino por dónde les venían las vituallas a los enemigos.

Visto que no bastaban para ponerlos totalmente en necesidad, todos los capitanes fueron de parecer que dejando bien proveído a Milán, pasasen el Tesin con todo el ejército. Hiciéronlo así, a 2 de marzo, sin algún impedimento del campo francés. Y fueronse a aposentar a un lugar llamado Gavalo, casi en medio de Garlasco y Vegeven, que estaban por los franceses. Y porque del dicho lugar de Garlasco les podían hacer daño y impedirles las vituallas, acordaron de lo combatir, aunque los franceses lo tenían bien fortificado.

Y encargándose del combate el duque de Urbino, general de los venecianos, con su gente, con parecer de los demás capitanes, por los enemistar más con los franceses, fueron sobre él y batiéronle con gran determinación.

Era el lugar fuerte de muros y fosos de agua.

Derribaron parte del muro y dieron el asalto. Pero los de dentro se defendieron valientemente, de manera que los venecianos se retiraron.

Súpolo el marqués de Pescara, que estaba cerca con el campo, y envió de presto hasta quinientos españoles sin bandera, por no afrentar a los venecianos, sino como gente desmandada. Los cuales fueron y tomaron la vanguardia al tiempo de arremeter, y si bien con muertes y heridas de algunos, entraron el lugar por fuerza de armas y lo saquearon, matando más de trecientos hombres, costando a los venecianos otros docientos, muy buenos soldos y algunos nobles.

Viéndose el almirante inferior en la fortuna y gente, temiendo perder otros lugares, perdida la esperanza de Milán, pasó con su gente el Tesin y viniéronse a poner en Vegeven.

Y estando así cerca los unos de los otros, había cada día escaramuzas; en las cuales los franceses recibían tanto daño, que las rehusaban cuanto podían, procurando entretener y alargar la guerra hasta que les viniese el socorro que esperaban.

Entendiendo esto el virrey de Nápoles, por los compeler a salir de su fuerte y desviarlos del río Tesin, acordó de mudar su alojamiento y pasó a San Jorge. Envió a Juan de Urbina con dos mil españoles y cuatro cañones sobre un lugar fuerte llamado Sartirana, cerca del Po. El cual los franceses tenían con seiscientos soldados de guarnición y algunos caballos y hombres de armas. Porque de allí les aseguraban el camino para las vituallas que les venían del marquesado de Monferrat y del Piamonte.

Y Juan de Urbina llegó a Sartirana, que estaba a siete millas del campo, y comenzándola a combatir con la artillería, le dieron luego el asalto, y arrimándole las escalas, la combatieron con tanta fuerza y ánimo, que si bien de dentro hicieron su deber, les entraron por fuerza, matando y prendiendo muchos de ellos, siendo el primero que a escala vista se puso sobre el muro Juan de Vargas, natural de Medellín, alférez de Juan de Urbina, asentando en lo alto la bandera.

De la misma manera tomaron luego el castillo, donde los de Mase se habían retirado.

Y fueron presos el conde Hugo Pepulo, bolonés, y Juan de Virago, milanés, que eran los principales capitanes. Pasó esto en 26 de marzo.

Y el almirante de Francia, que había tenido aviso cómo combatían a Sartirana, viendo lo que le importaba, partió a priesa con su campo, pensando llegar a poderlos socorrer. Pero paró en Matura, porque supo allí que era ya tomada, muerta y presa la gente que dentro estaba.

Y queriendo satisfacerse de esta pérdida, teniendo aviso que de Pavía venían vituallas al campo imperial, envió el postrer día de marzo cien hombres de armas y docientos caballos ligeros, y otra banda de arqueros, a se las tomar y romper el camino. Los cuales lo hicieron a su salvo, sin hallar a la ida quien se lo estorbase.

Pero a la vuelta toparon con ciertas compañías de caballos de campo imperial, que pelearon con ellos y los rompieron, y trajeron presos más de docientos de caballo. Entre los cuales hubo tres lugartenientes de gente de armas, y muchos gentiles hombres franceses.

Pasado esto, y viendo el almirante que su campo estaba menoscabado por la gente que había perdido, acordó meterse en la ciudad de Novara hasta que viniesen los suizos y otras gentes que esperaba. Hízolo así; y el virrey envió dos mil caballos ligeros, que le fuesen dando en la retaguardia. Quemáronle algunos carros cargados de barcas y pedazos de puentes y le tomaron muchos caballos.

Metido de esta manera en Novara el campo francés, los imperiales acordaron de se poner en Camarin (que es un lugar fuerte entre Novara y Nodara, ciudad del duque de Sahoya), porque el francés no intentase apoderarse también de ellas. Y ansimismo tuvieron manera para que no les pudiesen meter guarnición dentro. Con que fué acabar de quitar y cerrar a los franceses el camino, para que del Piamonte no les viniesen vituallas.

Sucedió también que Juanín de Médicis, que de la otra parte del Tesin había quedado con tres mil infantes y algunos caballos ligeros a sueldo del duque de Milán, después de haber hecho retirar ciertas compañías de grisones que habían bajado a molestar las tierras de venecianos, por orden del rey de Francia, pensando con esto divertir y apartar el campo de los venecianos de la compañía del imperial, fué sobre Biagrasa y la tomó por combate, si bien recio y sangriento, matando y prendiendo los que habían quedado para su defensa. De manera que el almirante de Francia se sintió tan apretado, que no pensaba ya sino cómo volvería a la patria amada sin ser rompido y deshecho. Para lo cual tenía puesta toda su esperanza en el socorro de los suizos, que sabía estaban cerca. Con los cuales venía monsieur de Harlon, porque sin ellos no se atrevía a caminar.

Y los imperiales ponían gran diligencia en estorbar que los suizos no se juntasen con él, por lo acabar de romper y deshacer. Y para este efeto, siendo ya los 27 de abril, mudaron el campo de Camarin y fuéronse a alojar en Brandra, que era casi en medio de Novara, do los franceses estaban, y el lugar por donde los esguízaros habían de pasar el río que se dice Cieza, que también lo llaman Gatinara.

El almirante, temiendo ser atajado, partió el mismo día de Novara con su ejército. Fuése a alojar a Romania, que es una milla sobre el paso del dicho río, certificado que ya los esguízaros venían cerca de Gatinara, que es de la otra parte de él.

De esta retirada culpan algunos al virrey de Nápoles, porque estorbó que no fuesen seguidos los franceses, afirmando que los pudieron alcanzar y romper, siendo el duque de Borbón de parecer, y otros capitanes, que se hiciese.

Perdida esta suerte, el almirante tuvo aviso que los esguízaros estaban ya en Gatinara, de la otra parte del río. Pasó lo más apriesa que pudo, y juntóse con ellos. Lo cual no pudo hacer tan presto que no llegasen algunas compañías de infantería y caballos ligeros del campo imperial, que con el aviso de su pasada venían en su alcance, a tiempo que les pusieron tanto temor que muchos de su retaguardia se ahogaron por pasar a priesa.

Y pasando el vado tras ellos fueron escaramuzando con los franceses gran trecho con tanta furia, que mataron muchos de ellos y les tomaron la artillería y algunos estandartes.

Y fué este día herido el almirante, que iba en la retaguardia, de un arcabuzazo en el brazo izquierdo.

Apretó el marqués de Pescara fuertemente a los enemigos en este paso del río aunque con poca gente de a pie y a caballo. Venía con él el conde de Potencia, señor calabrés del reino de Nápoles, que era capitán de gente de armas. Y entrando de tropel en el río tras los franceses, en medio del río llegaron los dos, marqués y conde, a ciertas piezas de artillería, que a los franceses allí tomaron.

Sobre las cuales hubo después grandes diferencias entre estos dos caballeros, porque cada cual pretendía ser el primero que había llegado a las piezas. Y sobre esta demanda el conde envió después carteles de desafío al marqués. Los cuales no se ejecutaron, porque el conde no era de la calidad del marqués. Y tomó por él la demanda don Felipe Cerbellón, caballero catalán y capitán de infantería, y muy valeroso. Y esperó en Mantua al conde para pelear con él. Y por esto no fué a la jornada de Marsella, que diré adelante, y no tuvo efeto este desafío por mandado de Su Majestad.

Así que con harto daño y turbación caminaron los franceses cuatro o cinco millas, hasta un lugar llamado Arobasen, adonde se alojaron, siguiéndolos todavía algunos caballos y caballeros. Alojáronse aquella noche los imperiales en Romania, de donde los franceses habían partido.

El virrey, con acuerdo de los demás capitanes, determinó pasar el río en seguimiento del francés, por no los dejar reparar ni rehacer. Y luego que amaneció, que fué postrero de abril, se hizo así. Y comenzó a marchar el campo, si bien los franceses partieron poco después de media noche de su alojamiento, caminando a gran priesa y en muy buen orden. Todavía antes de mediodía los caballos ligeros y arcabucería española, con la cual iba el marqués de Pescara y Hernando de Alarcón, alcanzaron su retaguardia a la entrada de un monte, y trabaron con ella una tal escaramuza que mataron y hirieron muchos de ellos, y les tomaron tres o cuatro piezas de artillería.

Y queriendo monsieur de Bayarte con alguna gente de armas volverla a cobrar, fué herido de un arcabuzazo que le dió un español, y cayó del caballo con el dolor de la herida, y fué preso y allí debajo de un árbol desarmado para curarlo. El cual decía palabras que quebraban el corazón, y que si bien como hombre sentía la muerte, se consolaba en ver que moría en servicio de su rey y a manos de la mejor nación del mundo. Cosa que el preciaba mucho.

Ordenó algunas cosas tocantes a su alma, y allí expiró; y el de Pescara lloró su muerte, y mandó dar libremente el cuerpo a sus criados, para que lo llevasen a Francia.

Y los franceses prosiguieron su camino cerrados y en orden, sin osar hacer rostro a los imperiales.

Lo cual visto por el virrey, que era imposible ser alcanzados, según era la furia con que caminaban, y que ya iban fuera del estado de Milán, acordó que el campo no pasase adelante. Con todo, alguna gente desmandada los siguió. Entre los cuales el capitán Luis Pizaño, que a la sazón era sargento de la compañía del capitán Rivera, y fué un valeroso soldado, y junto con esto muy cristiano, y que jamás le vieron tomar el nombre de Dios en la boca si no era para loarle y encomendarse a El, y en los peligros fué el primero, con pocos arcabuceros porfió tanto en seguir los franceses, que pasó de veinte millas, que son casi siete leguas, peleando con la retaguardia y sacándoles los carruajes de entre sus escuadrones, hasta que entrados en los Alpes por la aspereza de la tierra, no los pudo más seguir, y se volvió al campo.

Los franceses con la priesa dicha, pasaron los montes por el Vallesasa, y los suizos apartándose de ellos, caminaron por el val de Agusta, volviéndose a sus casas.

Y el virrey de Nápoles envió en seguimiento de los unos y de los otros a Hernando de Alarcón con buena parte de infantería española y de caballos ligeros. Los cuales se dieron tan buena maña, que siguiéndolos tres o cuatro días en diversos pasos y alcances, mató y prendió muchos, y ganó diez o doce piezas de artillería y mucho fardaje. Con lo cual todo a los seis o siete de mayo volvió al campo imperial vitorioso y alegre.

Tal fin tuvo la jornada tan temida del rey de Francia en Lombardía y tal salida hizo su gran almirante y ejército. Con más priesa que vino volvió, y con los pensamientos diferentes que no eran de más que salvarse y verse en la dulce Francia.

No pesó mucho a Mr. de Lautrech de esta rota del almirante, el cual estaba corrido de las belas que de él había hecho el almirante cuando volvió roto de Lombardía con pérdida de la batalla de la Bicoca; donde mofando el almirante había dicho que nadie sabía pelear contra españoles, como él; que les había tomalo a Fuenterrabía. Y como él agora sin aventurarse a batalla, volvía tan deshecho habiendo perdido toda la artillería, y lo mejor de su campo, gente y bagaje, no tenía cara para parecer entre gentes.

Y preguntándole cómo le había ido con los españoles de Italia, decía: «Yo no sé qué diga sino que cinco mil españoles son cinco mil hombres de armas y cinco mil caballos ligeros, y cinco mil infantes, y cinco mil gastadores y cinco mil diablos.»

Luego los capitanes imperiales tuvieran consejo y acordaron que el duque de Urbino, con la gente veneciana, antes de irse a sus casas como ya lo pedían, fuese a tomar la ciudad de Lodi, que Frederico de Brezolo tenía por el rey de Francia con dos mil soldados y que el marqués de Pescara con la infantería española fuese a cobrar la ciudad de Alejandría, que también tenían los franceses ocupada desde la entrada del almirante. En la cual estaba Mr. de Ambonis con casi tres mil infantes y algunos caballos.

Y el virrey y el duque de Borbón se fueron acercando a Milán, y no entraron en ella porque había pestilencia. Y despidiendo y pagando algunos alemanes, alojaron el resto del campo en diversos lugares. De do después caminaron para la jornada de Marsella, como se contará.

Y el duque de Urbino partió luego a su empresa de Lodi. Y el marqués de Pescara a lo de Alejandría, donde estaba fortificado Mr. de Aveni con cuatro mil franceses. Y ambos las acabaron en pocos días y con poca dificultad. Porque los capitanes ya dichos que las tenían, sabiendo que el almirante era ido y su campo deshecho, desesperados del socorro, entregaron las ciudades, con que los dejasen salir con su gente, ropa y armas y entrar seguros en Francia.

De esta manera quedó por entonces llano el estado de Milán, y en poder de su duque Francisco Esf orcia.

Fin del cerco de Fuenterrabía y cómo la cobró el condestable. -Perdón que el Emperador concedió a los navarros. -Mercedes que el Emperador hizo al mareschal don Pedro de Peralta Don Pedro de Toledo, joven valeroso, tomó la posesión. -El mareschal de Navarra sirve lealmente a la casa de Castilla. -Siente el rey Francisco la pérdida de Fuenterrabía. -Castiga al capitán.

Ya que hemos por agora acabado con las cosas de Lombardía, será biendecir el suceso que tuvo el cerco que los españoles tenían sobre Fuenterrabía, procurando sacarla de poder de franceses.

En el tiempo que pasaron los sucesos dichos en Lombardía, había apretado valerosamente el condestable a Fuenterrabía y tenido algunas suertes buenas; y en el principio del año el Emperador envió gente de socorro, para que el condestable procediese con más eficacia; pero como el invierno fué muy recio con fríos y nieves, padecieron los españoles intolerables trabajos, de tal manera, que enfermaron muchos, perseverando los vivos con tanta constancia y firmeza, que en los contrarios causó admiración y temor.

Fueron muy recias las baterías y grandes invenciones de fuego, con que el condestable batía el lugar, y tantos temores pusieron a los cercados con los fuegos, que dentro les echaban cada día, y con minas que hicieron, que comenzaron a desmayar y dar oídos a tratos de paz, y entregar la tierra.

Tuvo el condestable pláticas secretas con el mareschal de Navarra, don Pedro, marqués de Cortes, que era deudo suyo, que estaba dentro en la villa con seiscientos navarros de los de su opinión. Y dióse tan buena maña, que el mareschal se inclinó a dar orden como la villa se entregase y él quedase en servicio del Emperador, como de aquí adelante fué; y el Emperador le hizo presidente de Ordenes y del Consejo de Estado.

Finalmente, juntándose esto con el temor y poca esperanza que los franceses tenían de ser socorridos, ya no se les veía el orgullo que hasta allí habían tenido.

Y de todo punto los allanó un gran descuido que su capitán Frange tuvo, no fortaleciendo una parte de la villa por donde se les podía hacer mucho daño. Y los españoles, si bien con trabajo, sin pensarlo los cercados, ni caer en su imaginación, plantaron allí su artillería.

Y causóles tanto temor, que, perdido el ánimo, luego se allanaron y hicieron partido que entregarían a Fuenterrabía, con que los dejasen ir libres con sus armas y ropa, tendidas las banderas y tocando las cajas.

Enviaron estas condiciones el mareschal de Navarra y Mr. de Frange, y el capitán Estillac. A las cuales respondió el condestable:

A la primera, en que pedían tiempo para avisar a su rey: Que se contentasen con el que habían tenido, para hacer saber como aquel ejército tenía cercada aquella villa, y que por esto no se le podía dar día ni hora. Cuanto al segundo capítulo, en que decían que sus personas y vidas y miembros y bienes fuesen salvos, y pudiesen ir donde bien les pareciese, los franceses a Francia y los navarros a Navarra, y les fuesen vueltos sus bienes si los tuviesen: El condestable fué contento de otorgarlo como pedían. A lo tercero, que tocaba al perdón que los navarros pedían de todos los casos que habían cometido en deservicio del Emperador y de sus predecesores, y lugar-tenientes, fué contento el condestable concederlo. Lo cuarto, en lo que pedían que pudiesen llevar sus banderas desplegadas, tocando los atambores, respondió el condestable que a él y a los grandes y caballeros españoles que allí estaban, se les daría muy poco, pero que él sabía que no se podría acabar con los alemanes en ninguna manera, y que así, por quitar inconvenientes convenía que no tratasen de ello. Lo quinto que pedían era que el condestable les hiciese llevar a Bayona su artillería y municiones. A lo cual se respondió que no se había de hablar en esto ni tampoco en los bastimentos; pero que era contento que el día que saliesen, sacasen consigo los bastimentos que pudiesen llevar. Lo sexto, pedían que pudiesen llevar todas las personas y otros bienes de caballos y mulas y acémilas y barcos y galcones. A lo cual respondió el condestable que le habían de entregar los presos y que no habían de llevar las bestias que habían tomado después que la villa estaba cercada. Pero que llevasen las barcas y galcones, y que él aseguraba todo lo susodicho, y pornía en salvo toda la gente de la villa hasta dentro en Bayona o en San Juan, o donde ellos más quisiesen.

Pidió el condestable dos cosas: la primera, que le entregasen la villa con la fortaleza dentro de seis horas, y que dentro de dos le respondiesen con toda determinación. La segunda, que Frange y Estillac diesen seguridad como caballeros, que llegados a Bayona le enviarían los vecinos de Fuenterrabía que estaban presos en Francia, pues aquéllos fueron llevados por seguridad de la villa.

Tenía el Emperador dada una carta y provisión real, estando en Vitoria a 26 de enero de este año, a ruego y petición del condestable, por la cual perdonaba a todos los navarros que estaban dentro en Fuenterrabía, con que dentro de veinticuatro horas después de comenzada a batir se saliesen de la villa y pasasen a la parte y servicio del Emperador. En virtud de esta carta, el condestable perdonó a muchos, aunque algunos se exceptaron. Y con don Pedro de Peralta capituló, demás de lo dicho, que quedase con el oficio de mareschal de Navarra, y se le diesen dos hábitos de Santiago, uno para él, otro para un pariente. Que se le volviesen los lugares y rentas de ellos, que tenía en Navarra y Castilla, con los honores y preeminencias, como las tenían el condestable de Navarra y marqués de Falces, y otras muchas particularidades y mercedes que el Emperador le ofreció. Y así se hicieron a otros caballeros navarros, si bien se exceptaron más de cien personas principales del perdón general.

Otorgáronse los capítulos con el mareschal a 19 de marzo 1524. Lo cual se hizo así y se entregó la villa en el fin de setiembre deste año 1524.

Y entró a tomar la posesión de ella por el Emperador, don Fernando de Toledo, nieto y sucesor del duque de Alba. El cual, siendo muy mozo, que aún no tenía veinte años, por servir a su rey, sin licencia de su abuelo se había venido al campo y peleado como valiente caballero.

Salieron los franceses con el seguro dicho, guiándolos hasta meterlos en Francia, salvo el mareschal de Navarra, al cual el condestable hizo una fingida fuerza, para dar color a su determinación, mandándole de parte del Emperador que como vasallo suyo se quedase en España. Y así se quedó con algunos criados y amigos suyos.

Y el Emperador le restituyó su hacienda en Navarra y le hizo merced de cierto juro. Y fué el mareschal muy leal servidor de la casa real de Castilla.

Pues desta manera se cobró Fuenterrabía y se hizo en toda España gran demostración de alegría, porque tenían estos reinos por afrenta y ignominia que franceses tuviesen un palmo de tierra en ellos.

El capitán Frange volvió con su gente en Francia, y sintió tanto el rey Francisco la pérdida de Fuenterrabía, que luego lo mandó prender y afrentar en medio de la plaza de Lyon. Y en acto público le rayeron las armas de su escudo, insignia de sus pasados, privándole de que no pudiese jamás tenerlas ni usar dellas alguno de sus sucesores, y que no pudiese ceñir espada, y quedase por plebeyo. Tal era el bravo corazón del rey Francisco, queriendo con semejante castigo dar ejemplo de valor a sus caballeros y capitanes, para que cuando les faltase el esfuerzo y valor natural, el temor de la afrenta los animase a ser valientes.

El Emperador en Burgos. -Embajador del Sofí al Emperador. -Conquistas de Indias y contratación. -Estrecho de Magallanes. -Quedan con Portugal las Malucas. -Echados los franceses de Italia, imperiales y venecianos van sobre Lodi.

Mediado el mes de marzo, salió el Emperador con toda la corte de la ciudad de Vitoria, y vino a Burgos; que era el tiempo en que pasaba en Lombardía lo que dejo contado.

Llegó a la corte del Emperador en Burgos un embajador del Sofí Rayz Mofioli, enemigo y competidor del Gran Turco, y poderoso rey de Asia, señor de Persia y de otras muchas provincias, pidiendo y queriendo su amistad. Al cual el Emperador trató y respondió amigable y graciosamente.

Viniéronle también cartas y relaciones de las navegaciones y conquistas de las Indias, así de las tierras y provincias de la Nueva España como de Tierra Firme, y Nicaragua y otras partes della. Que en aquellos días se habían conquistado, trayendo los naturales al conocimiento del verdadero Dios, como lo escriben Gonzalo Hernández de Oviedo y otros dotos y curiosos coronistas. A los cuales remito al que por extenso los quisiere saber.

Tratóse también en esta sazón el negocio de la conquista y navegación de la especiería y islas del Maluco, que Hernando Magallanes y Joan Sebastián, por mandado del Emperador, habían descubierto, navegando al poniente por el estrecho que para ello descubrió Magallanes. Porque el rey de Portugal, con mala información de algunos de sus vasallos, pretendía pertenecerle y caer en su repartimiento, siendo clara y ciertamente de la casa de Castilla.

Y el Emperador, por satisfacer al rey de Portugal, para mayor justificación suya vino en que en la ciudad de Badajoz por el mes de abril y mayo estuvieron por la parte de Castilla por jueces de posesión, el licenciado Acuña, del Consejo Supremo y el dotor Barrientos, del de Ordenes, y el dotor Pedro Manuel, de la chancillería de Valladolid, y por jueces de propriedad, don Fernando Colón, dotor Sancho de Salaya y Pedro Ruiz de Villegas, natural de Burgos, y otros grandes cosmógrafos y marineros. Y por Portugal vinieron, para juntarse con éstos, otros hombres graves y dotos.

Estuvieron en Elvas o Yelves, ciudad de aquel reino, y todos se juntaron para determinar esta causa en la puente del río Caya, que parte los términos entre los dos reinos. Y si bien los castellanos dieron sus razones, haciendo las demostraciones que pudieron, mostrando su justicia, los portugueses no las admitieron ni quisieron conocer ni confesar. Y así se deshizo esta junta sin resolución alguna.

Y el Emperador mandó adrezar cierta armada, que en La Coruña se hacía para esta navegación, y temiéndose algún rompimiento. Pero conociendo estos reinos que todos eran unos, y sus príncipes y caballeros deudos muy cercanos, prudentemente se reportaron. Y de ahí a pocos días hizo el rey de Portugal cierto empréstido de dineros al Emperador (en manera de empeño), y así quedó con aquellas islas y tierras. Con esto baste saber que estas dos gentes, castellanos y portugueses, partieron este año el mundo entre sí. Que no sé si lo creyeran Alejandro Magno ni los romanos, que quisieron ser señores de él.

Y estando asimismo en Burgos el Emperador, hizo merced al conde de Nasau que era entonces tenido por el más acepto y privado suyo, que casase con doña María de Mendoza, marquesa de Cenete, señora de grandes tierras.

Y estando las cosas en estos términos, le vino nueva al Emperador, primero del mes de junio, de cómo el almirante de Francia había sido lanzado de Lombardía de la manera que se ha dicho. Y queriendo los imperiales despedir el ejército, el provisor de Venecia dijo que, pues la Señoría había muy bien cumplido con el César, habiendo estado firmes hasta echar los franceses de Italia, les rogaba y pedía que no deshiciesen el ejército hasta cobrar la ciudad de Lodi, que todavía estaba por los franceses. Hubiéronlo de hacer así los imperiales, y en el ínterin el marqués de Pescara don Hernando de Avalos con los españoles que tenía, trató de recobrar a Alejandría, porque Vitelio Romano, con favor de los Adornos, lo había procurado y no pudo salir con ella.

Alejandría de la Palla se restituye al duque de Milán, saliendo de ella los franceses. -Concierta el Emperador en Valladolid que su hermana doña Catalina case con el rey don Juan de Portugal.

Como el duque de Borbón vió lanzado de Italia al rey de Francia su enemigo, procuró con el Emperador y rey de Ingalaterra que con poderoso ejército se le hiciese guerra dentro de Francia, particularmente en la Provenza, quitándole a Marsella, que Borbón decía ser suya. Sobre esto escribieron el Emperador y rey inglés a los capitanes de Italia, que era ésta su voluntad.

Y así, por mandado del Emperador, se le dieron al duque de Borbón diez y seis mil infantes, cinco mil españoles, ocho mil alemanes y pocos italianos; y porque la gente de armas quedó en el Mondovi, en el estado de Saboya, con el virrey y con Antonio de Leyva, y Alarcón, para acudir en la ocasión que se ofreciese; y mil caballos y catorce piezas de artillería y docientos mil ducados, que el Emperador había pagado en España a mercaderes de Génova.

Y también Ricardo Paceo, embajador de Ingalaterra, prometió en nombre de su rey gran suma de dinero para aquesta guerra.

Abrasaba la peste a Milán y toda Lombardía, que en sola la ciudad murieron más de cincuenta mil personas.

Tomóse la ciudad de Lodi. Y Busio, que tenía en guarda Alejandría o desconfiado de poderla defender del marqués de Pescara, o teniendo por cosa superflua sustentar aquella ciudad, habiéndose perdido tantas en Lombardía, determinó de la restituir, con condición que le dejasen salir con sus armas y hacienda para se ir en Francia. Y así salieron los soldados de este Busio con los de Lodi, que también entonces se iban, y serían cinco mil. De los cuales se aprovechó más el rey de Francia en la guerra de Marsella, que si guardaran no sólo a Lodi y Alejandría, pero aún a todo el estado de Milán. Porque éstos defendieron a Marsella del ejército imperial, como adelante se dirá, hasta que el rey de Francia rehizo la gente de caballo, que había perdido en la larga guerra, y trajo nuevos soldados suizos y alemanes. Fuéle de tanta importancia al rey de Francia esta nueva gente, que no solamente osó desde a cuatro meses salir en campaña contra la gente del Emperador, pero aún los hizo retirar de la opunación de Marsella. Y él mismo pasó con ella en Italia (que no debiera).

Mandó el Emperador que los alemanes que habían servido en la restauración de Fuenterrabía pasasen al condado de Ruisellón y fronteras de Salsas y Perpiñán. Y desde a pocos días partió de Burgos y vino a Valladolid, donde se acabó de asentar que la infanta doña Catalina, su hermana menor, casase con el rey don Juan de Portugal, tercero deste nombre. En la cual hubo muchos hijos, y todos los vio muertos, y los siete ya jurados por príncipes herederos (caso de fortuna tan lastimoso como notable).

Jornada contra Marsella, que hicieron el marqués de Pescara y duque de Borbón. -Prisión del príncipe de Orange. -Sitio fuerte de Marsella. -Ganan los imperiales a Tolón, puerto de mar cerca de Marsella, al levante. -Monsieur de Viurre fué el que lo ganó. -Desafío de dos soldados valientes, un italiano y un español, Luis Pizaño. -Notable esfuerzo de un español. -Escaramuza en que se señala el de Pescara.

Pide particular capítulo la jornada que Carlos de Borbón hizo en la Provenza contra la ciudad de Marsella, con acuerdo y parecer del Emperador, y rey de Ingalaterra. La cual pasó desta manera.

Pensaba Carlos, duque de Borbón, que entrando él en Francia con mano poderosa, luego habría en ella alteraciones que le abriesen camino para satisfacer a su pasión. Deseó hacer esta jornada. Y habido consejo entre los capitanes imperiales, el marqués de Pescara, Carlos de Lanoy y otros, acordaron que el duque de Borbón y el marqués de Pescara, con cinco mil españoles y siete mil alemanes y cinco mil italianos y quinientos hombres de armas, y otros tantos caballos ligeros, entrasen. Yendo por general de la infantería el marqués del Vasto don Alonso de Avalos, y por general de todo el campo el marqués de Pescara, y el abad de Nájara proveedor y comisario general. Y que el virrey de Nápoles, con el resto de la gente de armas e infantería, quedase en Aste y Piamonte, para la defensa de Italia, y con él Antonio de Leyva y Hernando de Alarcón y Juan de Urbina, capitanes excelentes y famosos. A los cuales el duque de Milán ofreció socorro de diez mil hombres, si se ofreciese alguna nueva ocasión en que fuesen necesarios.

Acordado esto así, el duque de Borbón y marqués de Pescara partieron con su campo y fueron a pasar los Alpes por el val de Ginebra, enviando primero la artillería gruesa a Saona, para que la llevase por mar don Hugo de Moncada, que estaba allí con las galeras de Nápoles y la otra armada del Emperador.

Llegaron, pues, a Niza, y el ejército, que llegó primero que el artillería, se aposentó una legua pequeña delante de Niza en un lugar llamado San Lorenzo, junto a un río mediano que allí cerca entra en la mar, donde estuvieron algunos días proveyéndolos de vituallas la ciudad de Niza y Villafranca, con toda la comarca, que es tierra fértil.

Un día en la tarde vieron venir por la mar una fragata, a toda furia huyendo, tras la cual venían cuatro o cinco galeras de Andrea Doria, capitán a la sazón de la mar por el rey de Francia. Las cuales le venían dando la más apresurada caza que podían, de suerte que antes que la fragata pudiese tomar tierra, donde mucha gente había llegado por ser cerca del alojamiento imperial, para la socorrer, fué presa de los enemigos. Los imperiales, que no sabían qué cosa fuese, estaban con pena. La cual se les dobló cuando supieron que el que en la fragata venía era el príncipe de Orange, que de España venía con las provisiones de lo que el Emperador mandaba que se hiciese. Hubo fama que también traía algunos conciertos de señores franceses, caballeros deudos y amigos del duque de Borbón, que pretendían favorecelle. Pero díjose que de esto nada supieron en Francia, porque el príncipe, al tiempo que ya conoció no poder dejar de ser preso, atando todas las escrituras que traía en una pelota de artillería, las lanzó en la mar. De suerte que de su prisión se siguió no venir en efeto los conciertos, que dicen que traía.

El fué llevado a la corte del rey de Francia, y detenido por muchos días.

De ahí a pocos llegaron allí más galeras, las cuales en su llegada tuvieron una gran escaramuza con las de Andrea Doria. Pero al fin tomaron puerto con pérdida de una galera. Y recogida allí toda la gente y artillería, partieron los imperiales por sus moderadas jornadas, siguiendo el camino de Marsella.

Y en el camino ninguna resistencia hallaron, porque el rey de Francia, por ser las tierras llanas y flacas, no quiso poner en ellas gente alguna, poniendo la fuerza en Marsella con Felipe Brion y Rencio de Cherri, caballero romano de la casa Ursina. Yendo a un lugar llamado Cánovas, y de allí a Draguinán y a Grasa, y por otros muchos lugares y ciudades no grandes, que por evitar prolijidad no nombro.

Finalmente, a 19 de agosto llegó el ejército imperial a poner cerco a Marsella. La cual estaba tan proveída de gente y vituallas, que de nada tenía falta. Estaba tan fortificada de muros y bestiones, caballeros y casas matas, y todo tan llene, de artillería, que bien se podían tener por seguros los que dentro estaban, aunque todo el poder del mundo viniera sobre ellos. Y no es manera de encarecer, porque esta ciudad está puesta encima de una breña, en que una calle que a la mar hace fenece. Cerca la más parte de ella (que no es grande) el mar. A la boca del puerto, que es bueno, tiene dos peñas altas de la una parte de la calle y de la otra (llamadas las Pomas de Marsella), y en cada una su castillo y torre fuerte con mucha artillería. De suerte que por la mar nadie la puede dañar. Cuanto más que, a la sazón, teniendo de su parte a Andrea Doria, no tenían que guardar por la mar, que eran señores de ella. Por lo de la tierra, estando dentro el señor Renzo de Cherri, Ursino y gran servidor de la corona de Francia, aunque de nación romano, con cinco mil soldados viejos italianos y gascones y buena gente de a caballo, y el reino todo puesto en armas, y el rey en Aviñón, no podía dejar de estar tal cual he dicho. Lo cual sería fácil de creer a los que saben que este caballero tuvo particular gracia y saber para fortificar el pueblo que él quería, como lo hizo a Crema, ciudad pequeña de venecianos. Que estando cercado en ella, la dejó una de las más fuertes plazas, o la más inexpugnable de toda Italia. Pues como hubiese tenido tiempo para ello y esperase el cerco, lo mismo hizo en Marsella.

Llegado allí el ejército imperial, el marqués de Pescara luego envió gente para tomar y guardar a Tolón, que es un puerto cerca de Marsella. Porque para sus galeras, y desembarcar la artillería, y estar seguras, les era muy importante. Al combatir una torre fuerte que tenía, mataron y hirieron algunos soldados de los imperiales, si bien pocos. Pero al fin lo tomaron y guardaron todo el tiempo que sobre Marsella estuvieron.

Y hecho, luego el de Pescara, con la industria del Martín Nengo, comendador de San Juan y prior de Barleta, capitán de la artillería imperial (y singular ingeniero en pertrechos y minas para la guerra) comenzaron a sacar trincheas de cerca de una ermita de San Lázaro, que fuera de la ciudad en lo alto de un cerrillo estaba. Lo más de aquella comarca son valles, si bien pequeños, y collados. Lo cual hacía mucho a su defensa, por el artillería que por todas las torres tenían, que jamás cesaban de tirar donde pudiesen hacer daño, especialmente en las escaramuzas. Que cuando los soldados más se cegaban tras los enemigos y se descubrían en algún llano, luego acudía la artillería de las torres y caballeros, y era tanta que les hacía mucho daño.

Andando en la obra de las trincheas, pasaron hermosas escaramuzas, y algunas peligrosas, dado que siempre los imperiales llevaron lo mejor, haciendo volver a los enemigos mal de su grado a su fuerte, y muchas veces las manos en la cabeza.

Un día, estando el marqués de Pescara y el del Vasto junto a las trincheas, que era muy cerca del muro de la ciudad, salió de dentro un soldado, al parecer hombre para emprender cualquier hazaña animosa. Venía en calzas y en jubón, y su cuera bien cortada y pulido; su espada ceñida y una buena pica de fresno en las manos. Sólo traía un gorjal de malla y un morrión en la cabeza. En saliendo de la ciudad por un postigo, que en aquella parte junto a una torre estaba, hizo señal de seguridad y pidió en lengua italiana (de cuya nación él era) que saliese algún buen soldado a la escaramuza con él, porque deseaba probar su persona con un español.

Pensando que la seguridad sería cierta, Luis Pizaño, sargento, como dije, del capitán Ribera, que a la sazón allí se halló, tomada licencia del de Pescara, y una pica en la mano, con su espada ceñida, sin ningunas otras armas se fué para el enemigo.

Y comenzada su singular batalla, no tardó mucho en conocerse la ventaja del imperial. Lo cual viéndolo los enemigos, tiraron un arcabuzazo del torreón y dieron al valiente Pizaño, por una parte de la boca en la quijada baja, y derribándole todas las muelas de aquella parte, fué a salir la pelota junto a lo bajo de la oreja (cosa digna de ser oída y tenida en mucho), que con tan grave y peligrosa herida ningún semblante hizo de sentimiento más de escupir sus muelas y lanzar mucha sangre de la boca.

Y con esto dió tanta priesa en su enemigo, que a poco rato le dejó por muerto en tierra. Y yendo a otro que había salido a socorrerle, le hizo dejar la pica e ir huyendo a acogerse a la ciudad.

Y ansí vino a se curar, trayendo las armas de los enemigos.

Aquel día luego se trabó una muy hermosa escaramuza, donde el marqués de Pescara hizo maravillas con sola su espada y rodela, y una celadilla de infante, que otras armas no las tenía, sino unas calzas de grana y un jubón de raso carmesí, que eran los vestidos que él más usaba, y con que, en tanto que estaba en la guerra, a la contina dormía, aunque estuviese en la cama. De esta manera traía un sayo de terciopelo negro sin mangas, de suerte que andaba tan señalado como una bandera, haciendo maravillas en la escaramuza.

Andaba con él el del Vasto, el cual peleó valerosamente, y salió herido de una pequeña herida en una pierna. Laescaramuza fué la mejor que en todo el tiempo del cerco hubo. Y al fin se despartió con harta pérdida de los franceses y alguna muestra de heridos y muertos (si bien pocos).

De esta suerte hubo otras escaramuzas cada día, porque dentro había muy buenos soldados y deseosos de ganar honra. Para lo cual ninguna pereza en los de fuera hallaban.

En este medio las trincheas se acabaron, y hechos algunos bestiones se procuró asentar la batería a la parte de la marina de la mano derecha del campo imperial, lugar harto fuerte, así de muro como de los torreones y defensas que allí había. Pero no se pudo batir por otra parte, porque una fortísima casamata muy artillada guardaba la parte izquierda de la otra marina. Allí se asentó la batería, puesta la artillería imperial en cestones de fajina, que la noche antes, con grande estruendo de atambores y trompetas (por que no se sintiesen los azadones) se hincheron de tierra.

En la batería estaban ocho cañones dobles y dos buenas culebrinas, sin otros hasta ocho o nueve medios cañones y sacres, que para quitar las defensas tenían. Para todo había buena munición de pólvora y pelotas y buenos artilleros. Lo cual todo se apercibió y aderezó aquella noche con la diligencia posible, con pensar con el estruendo de los atambores y trompetas, los enemigos no sabrían a qué parte se les asentaba la batería. Lo cual no fué ansí, como adelante, por aparejos que tenían, pareció.

Búrlanse los cercados de los cercadores. -Aconseja un preso que no den el asalto. -Aviso que dió de cómo iba el rey contra Milán. -Él abad de Nájara requiere que vuelvan a favorecer a Milán. -Retirada de Marsella, muy notable, a 29 de setiembre, habiendo estado sobre ella cuarenta días. -Llamóse ésta «la bella retirada». -Quema el marqués unos tudescos tomados del vino dentro en la bodega. -Casamiento de la infanta doña Catalina con el rey de Portugal.

Asentada la batería en la manera que he dicho y venida la mañana, la artillería comenzó a batir con toda furia (si bien con mucho concierto) y con la continuación comenzó a atormentar el muro y derribarlo, aunque no tanto que no quedase muy dificultosa la entrada. Porque de la parte de dentro estaba terraplenado más de un estado del muro, a cuya causa la artillería batía algún tanto. Pero no podía allanar ni bajar mucho la entrada.

Nada de esto bastaba a quitar el ánimo a los soldados, ni la esperanza de se ver presto dentro de la ciudad. Con toda diligencia duró la batería hasta más de las tres de la tarde, que no se entendía en otra cosa que en apercebirse los soldados para dar el asalto. El marqués de Pescara andaba siempre entre ellos; con los unos comía y con los otros bebía, y con todos holgaba mostrarse de tal manera llano y apacible, que bastara su semblante a poner esfuerzo a gente que no le tuviera. Y lo mismo hacía el del Vasto y el duque de Borbón, que con grandes ofertas procuraba animar los soldados. De los cuales algunos se confesaban con muchos sacerdotes que allí andaban, capellanes de señores y de las compañías. Otros entendían en jugar lo que dentro pensaban de ganar. De esta suerte esperaban cuándo les tocaban al arma para arremeter a la batería.

A esta sazón uno de los de dentro, como gente sin temor, subió al muro junto a la batería a poner en él un paño sangriento, que ellos llaman logata. La cual señal se pone por befa y en desprecio de los de fuera. Estándole poniendo, como el muro estaba atormentado, tiraron la artillería, de suerte que el muro donde el hombre estaba vino a tierra, y con el ímpetu con que caía lanzó al hombre tan lejos de sí, aunque ninguna piedra le hizo mal, sino que aturdido fué a caer en un gran herbazal de un vallecico que allí había, sin lesión alguna. Esto no creo yo por cierto que fué por sus méritos de aquél, sino en la ventura del Emperador y del marqués que allí estaba.

Como este hombre cayó, luego fueron dos soldados a le traer, si vivo fuese. Y traído, le pusieron ante el de Pescara, el cual se apartó con los otros capitanes, y con amenazas le pidieron que dijese lo que dentro de la ciudad había y se trataba. El voluntariamente, con que le asegurasen la vida, dijo que diría la verdad. Y lo primero fué decir que por los ojos que en la cara tenía no pensasen dar la batalla o asalto a la ciudad, si no se querían perder todos. Y preguntada la razón, dijo: «Yo la diré, y si se supiere lo contrario, cortadme la cabeza. Es así: que a la parte de la batería está una plaza buena, y entrando por el muro a tres o cuatro pasos está una trinchea larga y honda, que tiene en el largo de la batería más de un palmo de pólvora. Está cubierta con tablas delgadas cubiertas de poca tierra y algunas mechas encendidas puestas por arte, que en pisando se hundan y den fuego a la pólvora, que bastará a quemar muchos de vosotros, porque la trinchea es ancha y toda la plaza está sembrada de abrojos de hierro muy espesos y agudos que enclavarán a cuantos entraren. A las bocas de calles que a la plaza salen está toda la artillería de la ciudad a punto, y en aquellas casas, toda la arcabucería, que es mucha. De manera que a la batería no hay defensa alguna, pero no saldrá hombre que en la plaza entrare; y esta defensa tiene hecha Renzo, nuestro capitán.»

Los capitanes que aquello oían sin algún temor, mostrando tenerlo todo en nada, insistían en la entrada. El hombre, que parecía haber sido enviado de mano de Dios, les dijo:

-Mirad, señores, lo que hacéis, porque en ninguna manera os cumple eso. Porque dado que tomásedes la ciudad (lo que no tengo por posible), vosotros no la podéis sustentar, pues la mar está por Andrea Doria, y la tierra es toda de vuestros enemigos, y dentro no tendréis que comer para tres días. Y por la gracia que de la vida me habéis hecho, os quiero avisar de una cosa que por ventura por estar en tierra de vuestros enemigos donde no os dirán verdad, no la sabéis. Sabed que el rey de Francia, no haciendo caso de vosotros, os deja aquí como gente perdida, y él, con poderoso ejército, camina la vía de Milán, con pensar, hallando desapercebido aquel estado, hacerse presto señor de él y de toda Italia. Y con este intento su vanguardia va muy delante. Y esto, sabed que es cierto; por tanto, mirad lo que hacéis.

Oído esto por los señores, tuvieron luego su consejo. Y el abad de Nájara, comisario y proveedor general, hizo una gran protestación al de Pescara, como a capitán general, que en ninguna manera se intentase combatir la ciudad, pues Dios, por su misericordia, les había enviado aviso tan necesario para no perderse.

Así se sobreseyó el combate, sin publicarse nada de esto.

Al prisionero trataron bien, teniéndolo a buen recaudo, porque no diese aviso a los de dentro de lo que pasaba.

Aquella noche, tomada resolución, se dió cargo a Juan de Urbina (que en todo fué señalado) que con alguna gente toda española enterrase las piezas gruesas de artillería en lugares de menos sospecha, porque no se podían llevar, que fueron tres o cuatro cañones gruesos; que los demás, con los caballos que había, se llevaron a Tolón, y embarcándolos en las galeras los volvieron a Génova, de donde los habían sacado. Las piezas pequeñas de campo llevaron los soldados hasta Niza de Villafranca, donde por no poderlas fácilmente pasar los montes, las quebraron, y en pedazos en acémilas las pasaron en Italia.

Puesta en cobro la artillería gruesa y municiones que pudieron, y lo demás enterrándolo por las viñas, a 29 de setiembre, día de San Miguel, por la mañana, tocaron los atambores a partir, sin haberse sabido nada entre los soldados (cosa que causó grande admiración al ejército). Pero como los capitanes no hayan de dar cuenta a los soldados de lo que quieren hacer, no curaron sino seguir su camino por donde habían venido, hasta llegar a Niza, que no hubo cosa digna de memoria, sino que caminaban con toda furia los imperiales teniendo ya lengua cómo el rey de Francia iba por la otra parte de los Alpes a salir a Turín.

Y por eso tomaron el camino por la ribera de Génova, y su caminar era de día y de noche, porque al tiempo que llegaba la retaguardia con el carruaje al alojamiento, que era a la tarde, y a las veces noche, a aquella hora partía la vanguardia, que había reposado desde la mañana. Y cuando ellos llegaban a alojar, partían los de la retaguardia de donde habían quedado. De suerte que casi siempre caminaban los unos o los otros, porque el carruaje no se perdiese, el cual por maravilla se descargaba.

Esta retirada fué una de las mayores hazañas que jamás se ha visto, porque fué sin perder hombre en tan largo camino, si no fueron unos tudescos, que no pudiéndolos el marqués sacar de una bodega de vino, y viéndose en peligro, porque aquella tarde se habían descubierto a la retaguardia cantidad de gente de enemigos a caballo, y el villanaje andaba todo alborotado, pareciéndoles que venían huyendo les procuraban todo daño. A esta causa el marqués, porque los enemigos o villanaje no se encarnizasen en matar aquellos pocos tudescos, que en aquella bodega estaban embriagados, y por amedrentar los demás, él los mandó poner fuego que se quemasen dentro de la bodega, y los que habían de dar honra a los enemigos, murieron a sus manos. Otra gente ninguna se perdió.

Y en veinte y cinco días que desde Marsella a Milán caminaron, sólo uno reposó el campo en un lugar llamado Veintemilla.

De allí vinieron por caminos fragosos de la ribera de Génova hasta San Remón, con trabajo y falta de vituallas, porque en los más de los lugares no se las querían dar. Ellos, por no detenerse, castigaban algunos, y disimulaban con otros, porque lo demás fuera para nunca llegar donde tanto importaba.

De San Remón se les partió Juan de Urbina para Nápoles a cosas que a su honra tocaban. Por lo cual no se halló en la guerra siguiente, ni se hará más mención de él por agora.

Desde allí partió el ejército con toda su priesa, aunque venían tan destrozados y descalzos los soldados, que cuando en el camino o alojamiento se mataba alguna vaca, más priesa había sobre el cuero para abarcas, que sobre la carne para comer (si bien había gran necesidad). Y con esto, algunos comenzaron a mofar de Borbón, diciéndole que si eran aquéllos los zapatos de brocado que a la ida, viendo casi a todos con zapatos de terciopelo, les había prometido; lo cual algunas veces sentía tanto el duque de Borbón, que no pudiendo refrenar las lágrimas, con ellas mostraba lo que aquellas palabras le dolían. Y así, les pidió el de Pescara que no le dijese nadie cosa que le pesase.

Con Borbón venía una compañía de franceses, que a él se vinieron de Francia a la ida de Marsella. De la cual era capitán monsieur de Pelvis, que después fué de la cámara de Su Majestad. Venía también monsieur de la Mota, caballero anciano, el cual decían ser muy deudo del mismo Borbón.

Pues de la manera que tengo dicho caminaron hasta entrar en Lombardía por un lugar llamado Aiguas, donde hay unos buenos baños naturales. Y de allí, sin controversia alguna, pasando el Po, llegaron a Pavía, donde hallaron fuera al virrey y a Alarcón con la gente de armas, y dentro a Antonio de Leyva con su compañía de gente de armas. El cual recogió allí los tudescos que el campo imperial traía, que serían pocos más de tres mil, y hasta ochocientos españoles infantes, de los cuales hizo capitán a Pedrarias, natural de Medina del Campo, que era alférez del capitán Corcuera, valiente soldado.

Y con esta gente se quedó Antonio de Leyva en Pavía. Los demás todos caminaron para Milán.

Y desde Niza enviaron los imperiales un bergantín avisando al Emperador, que estaba en Valladolid, del suceso. Y el Emperador, sabiendo la determinación del francés y entrada poderosa en Lombardía, envió a mandar que se levantase gente en Alemaña y que bajasen en Italia, donde era claro que la guerra había de ser reñida y muy peligrosa.

En el verano deste año, estando el Emperador en Valladolid enfermó de unas cuartanas; los médicos le sacaron de este lugar y llevaron a Madrid, por ser tierra más sana y propria para convalecer de este mal. Aquí en Madrid tuvo la Pascua de Navidad deste año de 1524, y antes, a 6 de deciembre, escribió a fray Diego López de Toledo (hermano de Antonio Alvarez de Toledo, señor de Cedillo), comendador de Herrera, que ya sabía el casamiento de la serenísima y muy excelente infanta doña Catalina su hermana, con el serenísimo y muy excelente rey de Portugal, y que porque su serenidad fuese acompañada y servida como era razón, había rogado y mandado al duque de Béjar que fuese con ella hasta ponella en Portugal. Y así escribía a él para que se juntase con el duque en la parte y según el duque la escribiría, etc.

He dicho esto para que conste en qué año esta princesa entró dichosamente en el reino de Portugal, para dar el fruto copioso y real que deste casamiento sacó la cristiandad.

Libro duodécimo

Poder que dió el rey a su madre para que gobernase a Francia. -Ejército que llevaba. -Persuaden al rey que no haga esta jornada.

Por ser tan notable la entrada que hizo el rey Francisco en Lombardía, y el desdichado fin que en ella tuvo, quise comenzar aquí este libro antes que el año de 24 se acabase, y proseguiré los hechos que en él hubo hasta el año siguiente de mil y quinientos y veinte y cinco, en que fué preso; con su prisión se levantaron nuevas pendencias, poniéndose en armas los príncipes todos de la Cristiandad y con ellos el Pontífice romano, permitiendo Dios, por los pecados de su pueblo, que el demonio sembrase en todas partes tal discordia.

Estando, pues, ya el rey para partir con su ejército de Francia, consideró prudentemente la inconstancia de la fortuna y siniestros reveses que tiene. Nombró por gobernadora de su reino a madama Luisa, su madre, dándole amplísimos poderes para que en su ausencia pudiera hacer lo mismo que él siendo presente. Las razones en que funda su jornada y determinación de ella, en esta escritura, son la grande injuria, los infinitos males y daños que a él y a sus súbditos habían sido hechos de algunos años a aquella parte por el eleto Emperador, por el duque de Barri y otros enemigos sus aliados y confederados. Los cuales (dice) estando él ocupado en la defensa de su reino, tierras y señoríos, le habían tomado el su ducado de Milán, y señoríos de Aste y Génova, heredad propria suya y de sus predecesores, que con bueno y justo título había por el emperador Maximiliano sido envestido. Y de ellos habían vergonzosamente echado sus gentes, oficiales y criados, y tomado por fuerza y poderosamente saqueado su gran villa y ciudad de Génova y otras villas y tierras en aquellas partes, con gran escándalo suyo y de sus súbditos y amigos. Y que viendo y conociendo que si luego no tomaba la empresa para cobrar y reducir a sus manos el dicho estado de Milán y las demás tierras que injustamente los enemigos habían ocupado, tratando tiranamente sus buenos, leales y aficionados vasallos y amigos, y no los socorría, forzosamente los había de perder. Y ellos por más no poder se habían de juntar con los enemigos. Los cuales estaban tan poderosos y con tan mala y dañada intención, que viendo el evidente peligro en que estaban sus reinos le convenía aventurarse. Y con mano poderosa quería ir en persona, para recobrar lo perdido y asegurar lo que tenía.

Y para dejar el reino con el gobierno y seguridad que convenía, nombraba por gobernadora de él a madama Luisa, su madre, dándole su poder, etc.

Con tales palabras y otras semejantes, representó el rey la causa de su jornada, justificación de la guerra, y el enojo que contra sus enemigos tenía. Y con él, lleno de cólera, caminaba a toda furia con seis mil suizos y otros tantos alemanes; y diez mil franceses y italianos, y dos mil hombres de armas y otros tantos archeros, la vuelta de Lombardía, con increíble deseo de cobrar a Milán y vengar las pérdidas de sus capitanes, sin querer oír a alguno de cuantos le estorbaban la jornada.

Y porque estando ya para partir, su madre Luisa le había escrito que tenía necesidad de le hablar antes que pasase los Alpes, habiéndole sido siempre muy obediente, temiendo que con piedad de madre le estorbaría aquel camino, no quiso esperarla. Y mandó al chanciller y a sus secretarios, que suelen siempre acompañar a los reyes cuando caminan, que se quedasen con su madre para gobernar a Francia hasta que él acabase la guerra de Milán, cuyo capitán general quería él ser.

Y así, pasando los Alpes (que llaman montes Ginebreos) por los términos de Saboya, sin querer seguir a Carlos, duque de Borbón, y cesarianos (que le llevaban dos jornadas de ventaja), pensando ocupar a Milán antes que los del Emperador la pudiesen socorrer.

El virrey de Nápoles apercibe. -El duque Esforcia no se atreve a estar en Milán. -Júntanse en Pavía los imperiales para tratar de resistir al francés. -El marqués de Pescara pide al duque de Milán que tenga ánimo y se ayuden. -Llega el duque Esforcia a Pavía hasta que los imperiales eran salidos. -Confusión en que se ven los imperiales. -Antonio de Leyva queda en Pavía; los demás vanse a meter en Milán. -Pavía fué siempre amiga del español. -Escaramuzan algunos milaneses que eran del francés con los españoles. -Reciben los imperiales refresco en Claraval. -Entran los imperiales en Milán. -El duque Esforcia no se junta con los imperiales. -Milán está con pocas fuerzas para defenderse y miedo grande.

La nueva del camino que el rey de Francia traía, tomó al virrey Carlos de Lanoy en la villa de Aste, donde había estado todo aquel estío con sospecha de lo que el rey de Francia hacía, teniendo para le resistir toda la gente de armas que pudo, con alguna infantería.

Luego despachó de allí a Antonio de Leyva, dándole orden que se apoderase del castillo de Novara y lo arrasase por el suelo. Escribió al duque Esforcia de Milán, que en Pisleón estaba, avisándole de la venida del rey de Francia, y pidiéndole que luego se metiese en Milán. Porque a causa de la pestilencia ya dicha, no sólo él, pero los más de los ciudadanos estaban fuera.

No se atrevió el duque, considerando la poca fuerza que en aquella ciudad había por la pestilencia y por la relación del gran poder que el rey de Francia traía, y que la jornada de Marsella no había sucedido bien, ni el poder del Emperador estaba tan en orden que confiase en él, para hacer rostro a un enemigo tan poderoso. Y así quiso más estarse quedo en Pisciquitón que aventurar la reputación, persona y vida.

Volvió Antonio de Leyva de Novara y partió luego con su compañía a proveer y fortificar la ciudad de Pavía; y el virrey se detuvo en Aste hasta que el rey de Francia llegó a Turín; y fué certificado que Borbón y el de Pescara eran ya llegados a Alba.

Sabiendo que el rey de Francia tomaba la vía de Novara caminando para Milán, vista la alteración y turbación que su llegada había hecho en toda la tierra, él partió luego para Alejandría. Y dejando en ella dos mil infantes italianos de guarnición, a los 20 de otubre, jueves, en la noche, marchó a Pavía para recibir allí al duque de Borbón y marqués de Pescara, donde llegaron viernes al amanecer, y supieron cómo Jerónimo Morón, gran chanciller del duque de Milán, y el mismo duque, estaban en Piageto, desconfiados de poder defender a Milán, y la habían desamparado y dado libertad a los vecinos de ella, que tomasen el mejor orden y medio que pudiesen con el rey de Francia. Y así les escribieron que luego se viniesen a Pavía para defensa de las cosas de Milán.

Y el marqués de Pescara escribió al duque de su mano para más le persuadir, diciendo que mirase que él no había parado en veinte días con sus noches desde Francia hasta allí, para venir a defender las cosas del Emperador y las suyas: y que él debía también mirar por la honra que con tanta reputación habían ganado tantas veces contra los franceses. Que no faltase, asimismo, en tan justa y necesaria defensa, pues tantos capitanes y el mismo ejército siempre vencedor estaban para defender a Milán, aventurando no sólo las haciendas, mas las vidas, sangre y honra.

Y el virrey de Nápoles le pidió asimismo que luego se viniese a juntar con el ejército para defender a Milán.

Recibió el duque estas cartas de parte de tarde, y luego, en anocheciendo, partió con los de su casa. Habíanse salido de Milán gran multitud de sus ciudadanos, por no ver en ella al francés, contra quien tantas veces habían tomado las armas. Y cuando llegaron a Pavía hallaron que los capitanes y todo el ejército eran partidos, salvo los alemanes que habían llegado aquel día. Y sin detenerse (aunque venían bien cansados) pasaron a Milán.

Los capitanes imperiales se veían confusos, considerando que venecianos no les ayudaban y que ellos no tenían ejército bastante para resistir al campo poderoso del rey de Francia, cuyo poder afirmaban que llegaba a cuarenta mil infantes y tres mil hombres de armas y dos mil caballos ligeros.

Resolviéronse en que Antonio de Leyva quedase en Pavía con cinco mil alemanes y mil españoles y docientos hombres de armas. Y que ellos y el duque de Milán, que esperaban, venían luego con todo el resto del ejército, y fuesen a defender a Milán si pareciese posible no tomar allá otro acuerdo.

Determinados, pues, en esto, volvieron a escrebir al duque de Milán que apresurase su camino. Pero como las cosas estaban en término que no sufrían dilación y todo se había de proveer a priesa, porque supieron que la vanguardia del rey de Francia comenzaba ya a pasar el Tesin, luego, otro día, sábado a los 22 del dicho mes, salieron de Pavía. Y con gran diligencia de los capitanes pasó el campo adelante, porque, como la gente venía muy maltratada, y fatigada del largo camino, y muertos de hambre (y, como dije, descalzos), quisieran reposar en aquella ciudad, donde tenían amigos y conocidos. Porque Pavía fué la ciudad que con más fidelidad y muestras de amor siguió la parte de Carlos V entre todos los lugares de Lombardía, y donde mejor tratamiento los de la nación española siempre hallaron. Lo cual hacía que deseasen entrarse en ella.

Pero como el marqués de Pescara conociese el peligro que en esto podía haber, mandó a algunos capitanes que puestos a las puertas defendiesen la entrada a los soldados y los hiciesen caminar adelante; lo cual se hizo así.

Y aquella noche el ejército, junto y en orden, se fué a alojar, una parte a la Charela, y otra, a Biñasco, que son lugares pequeños entre Milán y Pavía. Y esta noche vino alguna gente de a caballo, milaneses forajidos que seguían el campo francés, a romper la estrada o escaramuzar y pelear con algunos españoles que habían quedado rezagados, o por cansados o por enfermos, que había muchos. Y hicieron algún daño, matando y prendiendo parte dellos.

Traían por capitanes estos forajidos a Jerónimo Tribulcis, que después fué muerto en Monza, y al conde Jacobo Tribulcis, milaneses, y al conde Francisco de la Somaria, y al conde Ludovico de Beljovoso, y al conde Hugo de Pepol; todos caballeros valerosos y capitanes de mucha gente de armas y archeros.

Estos hicieron aquel día y el siguiente harto daño, matando y prendiendo a muchos. Y con los presos usaron de mala guerra, como adelante diré.

Otro día de mañana partió el ejército de estos lugares que dije, y caminaron con el mejor orden que pudieron hasta el monasterio de Claraval, que es de monjes bernardos. Donde los monjes les dieron refresco de pan, queso y vino. Y con esto marcharon adelante, hasta que ya casi de noche llegaron a entrar por las puertas de Milán, sin que tuviesen estorbo ni impedimento alguno.

Yendo delante de la vanguardia el marqués de Pescara con la infantería española, y con ellos el marqués del Vasto, entraron por la puerta que llaman romana y por la senesa, que es allí cerca, el virrey de Nápoles y el duque de Borbón, y con ellos Hernando de Alarcón con la gente de armas y caballos ligeros, que toda era bien poca. Y así se alojaron, cada uno como pudo, en las calles que de aquella parte suben hasta la plaza mayor, llamada del Domo. No faltaron aposentos, porque la vecindad era mucha y la gente poca.

Hicieron los imperiales esta jornada de Pavía a Milán, sin querer esperar al duque Francisco Esforcia. El cual, viniendo a juntarse con ellos, desde Pavía, no habiendo aún andado dos millas, Fernando de Castrioto, que tenía cargo de la artillería y munición, envió ciertos caballos, avisando cómo era llegada mucha gente de los franceses, infantería y caballos, después que la gente del Emperador pasó por Biñasco. Y que la noche pasada, la mayor parte del ejército francés se había puesto de la otra banda del río Tesin. Que por estar tomado el paso, él se volvía con la artillería a Pavía.

Oyendo esto el duque, se volvió y no sin dar mucha sospecha de sí a los capitanes imperiales que le esperaban en Milán, donde no hallaron cosa buena, ni reparados los baluartes ni trincheas, ni harina para hacer pan, ni provisiones de leña, ni otra cosa más que un terrible miedo en los vecinos y naturales. Porque la ausencia del duque y la nueva de la potencia del francés les había puesto tanto espanto, que no trataban sino cómo se entregarían.

También se decía que el duque y su chanciller Jerónimo Morón se habían concertado con el francés contra el Emperador, que por esto, moviéndose tan grande guerra, estaban ausentes de Milán.

Alójanse los franceses a una en Milán con los imperiales y confusión grande que había en la ciudad. -Infórmase el de Pescara de las fuerzas y voluntades que en la ciudad había. -Acuerdan los imperiales salirse de Milán. -Entretiene el de Pescara a los franceses dentro en Milán, en tanto que su campo marcha.

Vistas por los capitanes imperiales las dificultades presentes y que todo el campo del francés había pasado el Tesin, y que su vanguardia estaba ya en los campos de Milán, de la cual algunos, desmandados, a la misma hora que los imperiales se alojaban en Milán, entraron por la otra parte a la ciudad por la puerta que llaman Barcelina, y se alojaron en las calles comarcanas o arrabales, sin alguna contradición ni miedo de los imperiales, tan públicamente, que duró casi toda la noche la grita de la gente común de la ciudad.

A la una parte se apellidaba Francia, Francia; y a la otra, España, España. Y como los unos y los otros venían muy fatigados, y la noche fuese fin de otubre, oscura y fría, tuvieron por bien todos estarse quedos en sus aposentos, sin tratar de escaramuzas.

No durmió mucho aquesta noche el marqués de Pescara; antes hizo luego llamar a su posada a los regidores y principales de la ciudad, queriéndose informar de la copia de gente que de los naturales había para poder tomar las armas, e municiones y vituallas que tenían, y de los reparos de muros, fosos y bestiones, con intención de defenderse allí hallando aparejo. Y habiéndose mirado todo, y tenido sobre ello acuerdo con los principales capitanes, viendo que era imposible y que el pueblo estaba deshecho y casi sin gente, porque con la gran peste habían muerto más de ciento y diez mil personas, entre los cuales eran más de los cincuenta mil para poder tomar las armas y defender su patria, ciertos de que el castillo (que es inexpugnable) estaba bien proveído de todo lo necesario y a cuenta de un caballero pariente del duque, que se decía el señor Esforcia, que era muy valiente y leal a su príncipe, acordaron que no debían aventurar aquel ejército, consintiéndose cercar con tantas faltas y peligro, sino que dejando como dejaban a Pavía fortificada, y con guarnición bastante a Alejandría, se debían retirar a la ciudad de Lodi, y fortificarla y defenderla, y también a Cremona. Con lo cual pensaban alargar la guerra y entretener y cansar al enemigo.

Determinados en esto, puesta aquella noche en la ciudad la guarda necesaria, luego el día siguiente, domingo, de mañana, tocaron las trompetas y atambores para marchar. A cuyo sonido toda la gente se recogió a la plaza del Domo. Y echando la caballería delante, y al marqués del Vasto con la infantería tras ellos, por la vía de la puerta romana, tomaron el camino de Lodi.

El marqués de Pescara tomó hasta docientos infantes españoles, y se fué a la parte donde los enemigos se habían recogido, que era fuera de la puerta Comasna (que llaman del Tesino). Los cuales ya comenzaban a entrar en la ciudad para procurar dañar y impedir la libre salida del ejército imperial, que conocían que la desamparaban. Y como el marqués de Pescara allí llegó con aquel ánimo, sin temor que en todas las ocasiones siempre tuvo, acometió con gran ímpetu y los hizo tornar fuera de la ciudad, y los entretuvo, con una apretada escaramuza, hasta tanto que conoció haber salido toda la gente española por la otra parte, camino de la ciudad de Lodi, que está veinte millas de Milán, como Pavia.

Y visto que ya la gente caminaba fuera de la ciudad, el marqués se retiró con gentil aire, sin perder un hombre, hasta salir por donde su ejército había salido; unas veces escaramuzando con los franceses, que tras ellos se adelantaban; otras, atemorizando a los milaneses, que parecían alterarse. Y ansí salió por la puerta y siguió su camino hasta ponerse en la retaguardia de la infantería española, donde con suma alegría fué recibido de todos.

Los condes forajidos de Milán vuelven a dañar los imperiales. -Lodi, ciudad de Lombardía. -Aposéntanse los imperiales en la Geradada. -El duque de Borbón va por gente a Alemaña.

Prosiguiendo, pues, su camino derechos a Mariñán (que es a diez millas en medio de Milán y Lodi), antes que llegasen, salieron por un través al camino que ellos llevaban, a vista de la retaguardia, los condes forajidos que dije con sus compañías. Y como la infantería iba un poco delante, atajaron el camino a ciertos soldados, que rezagados se habían quedado, y mataron parte de ellos y prendieron más de cincuenta.

Los cuales, con los que del día antes traían, llevaron otro día a Milán. Y entregados a Mr. de la Tremolla, que ya por el rey de Francia había tomado el gobierno de la ciudad, los mandó poner en cárceles públicas con muy mal tratamiento. Y lo mismo usó con todos los que pudieron haber. De los cuales algunos murieron en la prisión, otros fueron dados en trueque de franceses y otros estuvieron en la prisión hasta tanto que con la vitoria de la batalla de Pavía cobraron libertad y grandes riquezas de franceses, que prendieron y tomaron en Milán.

El marqués de Pescara vió parte de esta pérdida de soldados, mas no quiso detenerse en socorrerlos por no poner en peligro los muchos, deseando librar los pocos. Y así fueron marchando y llegaron a Mariñán cuando anochecía, que es un lugar pequeño y mal cerrado, que tiene un castillo en alto, algo fuerte. Está este lugar diez millas de Milán y otras tantas de Lodi. Corre junto a un río llamado Lambra, el cual iba crecido por ser el tiempo lluvioso. Tenía puente al lugar.

Aquí reposaron pocas horas, porque a la medianoche o algo antes se partieron y rompiendo la puente por ir más sin molestia, caminaron hasta llegar a Lodi; por donde (como está dicho) pasa un gran río llamado Adda.

La ciudad tiene buen asiento y comarca, y el río corre hacia tierra de venecianos; y por otra parte está cercada de grandes pantanos, de suerte que si no es por tres caminos que van a Milán y a Pavía y para Cremona, que son poco anchas, no se puede bien llegar a ofenderla, a lo menos con gente de a caballo.

Llegado el ejército a esta ciudad, entendiendo los imperiales que el rey de Francia fuera luego en su seguimiento, como lo debiera hacer según buena razón y, aunque diera otro fin a su jornada, con todo su poder, viendo que esta ciudad estaba desproveída y mal fortificada, de manera que parecía imposible defenderse en ella, luego el día siguiente, que fué lunes, pasaron de la otra banda del río toda la gente de armas y caballos ligeros, y la mayor parte de la infantería, con el virrey de Nápoles y Hernando de Alarcón, y se aposentaron en diversos lugares de aquella comarca, llamada la Geradada, donde hay buenos pueblos y bien proveídos, como son Trébiri, Garabazo y Pandin y otros algunos.

Y el virrey se fué a aposentar a Sanzin, buen pueblo hacia la parte de Cremona.

Esto se hizo ansí por no estar la ciudad de Lodi tan bien proveída (como dije) de bastimentos y cosas necesarias para el ejército, y porque si el francés los siguiese, no hubiese tanta dificultad en la pasada del río, donde se pensaban defender hasta fortificar a Cremona, para defenderse en ella; lo cual en Lodi fuera dificultoso, por estar los muros, bestiones y fosos muy destruídos, y no era posible repararlos tan brevemente como convenía.

Pasada esta gente, también pasó con ellos el río el duque de Borbón, el cual, por la vía de Verona pasó en Alemaña, para levantar alguna gente con ayuda del rey de romanos. Y porque a esta sazón la señoría de Venecia hacía amistad a los imperiales, o a lo menos no se les mostraba enemiga, hizo su viaje sin impedimento ni dificultad alguna, y volvió a muy buen tiempo, como se dirá.

Quedan en Lodi el de Pescara y el del Vasto con españoles. -Fortifícanla. -Da lugar el francés para que se puedan fortificar y rehacer los imperiales. -Errólo mucho el rey en no seguir a los imperiales. -Antonio de Leyva espera al francés y se apercibe en Pavía. -Hace moneda Antonio de Leyva en Pavía.

Quedaron en Lodi el marqués de Pescara y el del Vasto, su sobrino, con solas cinco banderas de infantería española, que bastaban para hacer la guarda de día y de noche. Los cuales, viendo que el francés les daba más lugar del que ellos pensaran, procuraron meter en la ciudad todas las provisiones que fué posible recoger. Y con toda diligencia comenzaron a reparar con bestiones y fosos la ciudad, poniendo el marqués de Pescara un trabajo y diligencia increíble, porque no dormía ni descansaba días ni noches.

Al fin la ciudad se puso de tal arte, que ya con menos estima de sus enemigos se pensaban defender.

Y con esta confianza hizo el marqués volver algunas banderas de infantería española hasta cinco o seis, que habían pasado el río, y aposentarlos en la ciudad con los demás que allí habían quedado.

Y así pasaron más de quince días sin saber lo que el francés determinaba. El cual, poniendo la esperanza de la vitoria en la presteza, con la gente puesta en orden se acercó a la ciudad de Milán. Y el mismo día que los imperiales salieron de ella él entró y fué recibido pacíficamente; y no consintió que se hiciese agravio alguno ni dejó entrar dentro más de aquellos que habían de poner cerco al castillo, ni quiso detenerse a verla, pareciéndole cosa indigna de su grandeza encerrarse dentro de los muros sin dar fin a la guerra.

Puso el rey en Milán la guarnición que le pareció, y no curó de seguir a sus enemigos, en lo cual muchos han juzgado que erró, porque les parecía, y no mal, que si él los siguiera, que no se podían defender en Lodi ni estorbarle el paso del río Adda, y que les conviniera desamparar a Lombardía, por no ser bastantes para esperar la pujanza con que el rey iba. Por lo cual no se pondría en resistencia la tierra.

Son varios los sucesos de la guerra, y así mal podemos decir cómo sucediera esto. El rey de Francia era un gran capitán, y hase de entender que él miraría lo que mejor le estaba, y que le pareció camino más acertado el que luego tomó. Que fué caminar a ponerse sobre Pavía por no dar tiempo a que Antonio de Leyva se fortificase más, pensando tomarla tan presto como a Milán, y que habría tiempo para todo.

Sintiendo el duque Esforcia los intentos del rey Francisco, y por eso dejando en Pavía los cinco mil alemanes que allí eran llegados (según dije), con Morón, y muchos milaneses, partió por el río Po abajo para Cremona. También Antonio de Leyva y los españoles que dentro estaban con los alemanes, no dudando que sería así, ordenaron sus estancias y velas por los muros.

Mandó Antonio de Leyva con gran presteza hacer molinos de mano, todos los que pudo. Porque si el francés tomase los de ambas riberas del Tesin, no se viesen en aprieto. Eligió también algunos de Pavía que escribiesen el trigo, vino y provisiones que había dentro de la ciudad. Y porque no tenía de dónde pagar a los soldados, mandó que los ciudadanos les diesen de comer, repartiendo el gasto a cada uno según su hacienda. Y porque no faltase moneda para lo que pidiese la guerra, recogió toda la plata de sagrado y no sagrado, y hizo moneda, en la cual, para que quedase memoria, se puso esta letra:

«Los cesarianos cercados en Pavía, año 1524.»

Pónese el rey sobre Pavía a 28 de otubre. -Alojamiento del francés sobre Pavía. -Valor grande de Antonio de Leyva en este cerco.

Luego el rey de Francia fué a asentarse sobre Pavía a 28 de otubre, cercándola por todas partes, fortificando su campo con fosos y vallados hacia la ciudad, y por la parte de lo raso, hacia Milán. Todo lo demás del ejército puso dentro de un bosque, llamado Parque, cerrado de un buen muro, tomando por defensa la muralla de él.

No se descuidaba Antonio de Leyva, porque sabía el enemigo que sobre su ciudad y gente venía. Tenía proveído y reparado todo lo que convenía para se defender, como valerosamente lo hizo.

Este fué uno de los más señalados y terribles cercos que a ciudad se ha puesto en el mundo. Porque siendo el cercador el rey de Francia con toda su potencia, y apretándolo cuanto a él fué posible con baterías, escaramuzas, combates y batallas, defendiéndola el excelente capitán Antonio de Leyva con esfuerzo y extremada prudencia, duró cuatro meses. De manera que fueron tales y tantos los hechos, que dellos se pudiera hacer otra historia.

Diré los más convenientes, para que el progreso de esta obra se entienda.

Puesto así sobre Pavía el rey Francisco, y apoderándose de todas las tierras comarcanas a ella y a Milán, poniendo en ellas guarnición, ningún tiempo dejó perder en ejecutar lo que era necesario, así para la expugnación de la ciudad como para proveer y asegurar su campo.

Después de haber mandado acometer en balde la ciudad, por la puente que sobre el río Tesin está arrimada, quemando y destruyendo los molinos del mismo río, mandó luego arrimar la artillería para batir los muros por todas partes. Y a los seis de noviembre comenzó la batería con el efeto que se dirá.

En lo que entendía el ejército imperial mientras el francés en Pavía. -En lo que se resuelven los capitanes imperiales viéndose solos y apretados. -El duque de Borbón pasa en Alemaña a levantar gente. -Burlábanse del ejército imperial como de cosa perdida. -Determina el de Pescara de dar una mala noche a los franceses. -Un datario del Papa viene con cautela al campo imperial. -Dicho animoso del marqués de Pescara. -El aviso que el datario del Papa dió al francés. -El de Pescara hace un acometimiento y salto notable con los españoles. -Qué lugar es Melza. -Descalzos caminaban los españoles; que los zapatos se les quedaban en el lodo, nieve y yelo. -Ejemplo notable que el de Pescara dió a sus españoles. -Las velas del muro divisaban algo de la gente española encamisada. -Son sentidos de las cintinelas. -Santillana, alférez valentísimo. -Liberalidad del marqués de Pescara. -Nota lo que dijo el marqués de la prisión del rey de Francia. -Habla otra vez el pasquín de Roma. -Lo que el rey de Francia decía mofando de su almirante. -Da el de Pescara otro Santiago al francés.

En tanto pasaban estas cosas, el virrey de Nápoles, Carlos de Lanoy, y los capitanes imperiales, visto que el rey no los seguía (como pensaron) y que se había hecho sobre Pavía, tuvieron entre sí consejo.

Y dado caso que todos los socorros y amigos les faltaban, como suele acontecer en las adversidades, y que el temor y reputación de la bajada del rey de Francia había trocado y alterado los corazones de Italia, porque los venecianos no quisieron enviar su gente, como tenían capitulado con el Emperador; y el papa Clemente no solamente no socorrió, pero túvose de él sospecha, que con su inteligencia había el rey de Francia pasado en Italia; y dentro de pocos días después de esto hizo sus tratos con él; y que florentines y las otras repúblicas también faltaban; como a los fuertes y valerosos ánimos los peligros y trabajos no los desmayan ni entorpecen, antes los despiertan y animan, y la fortaleza en ellos se afina y perficiona, no perdiendo la esperanza de la vitoria para adelante, y determinados de dar orden cómo resistir y buscar al enemigo, fué acordada entre ellos la partida del duque de Borbón para Alemaña con este orden. Que allí recogiese diez o doce mil alemanes, que ya se habían comenzado a hacer por mandado del Emperador. Que él ansimisino fuese al infante don Fernando, archiduque de Austria, a le pedir ayuda de gente de armas. Ordenaron asimesmo, entretanto que este socorro venía, pues los reparos de Lodi eran acabados, que el marqués de Pescara y el del Vasto, con la mayor parte de la infantería española y trecientos hombres de armas y otros tantos caballos ligeros, estuvieron en ella, por ser muy importante para la seguridad del paso del río Adda, y para molestar al campo francés, y que el virrey Lanoy, con el ejército, estuviese en Soncino.

Puestos los capitanes del Emperador en esta forma dicha, tenía ya el marqués de Pescara en Lodi cerca de tres mil españoles, que de la otra parte del río habían hecho tornar a la ciudad. De los cuales, algunos salían a escolta con los carruajes a buscar de comer y hacer algunas correrías. Pero como tenían poca tierra donde se extender, hacían poco daño a los enemigos. Porque todos los lugares de la comarca que algo fuesen, a dos leguas o tres de Lodi, estaban ocupados de gente francesa. De suerte que los unos y los otros (digo los de Pavía y los de Lodi) todos se podían llamar cercados de franceses, que por toda Italia discurrían. En la cual era tan poco el caso que del ejército imperial se hacía, que en este tiempo amaneció puesta una cédula en maestre Paschín de Roma de este tenor:

«Quien quiera que supiere del campo del Emperador, el cual se perdió entre las montañas de la ribera de Génova pocos días ha, véngalo manifestando, y dalle han buen hallazgo. Y donde no, sepan que se lo pedirán por hurto y se sacarán cédulas de excomunión sobre ello.»

Cuando esto pasó, el de Pescara, que ningún otro pensamiento tenía sino comenzar a dañar en sus enemigos, teniendo noticia de la mucha gente francesa que en toda la comarca estaba aposentada, un día a prima noche hizo llamar a su posada los capitanes de infantería que allí en Lodi tenía, y mandándoles que sin ruido de atambor recogiesen toda la gente dentro del castillo (que es grande, si bien no fuerte), él se fué allí a hora de las nueve, llevando consigo a Juan Mateo, datario del papa Clemente, que a la sazón de Roma al campo imperial había venido, diciendo que le enviaba Su Santidad para comunicar el medio o medios que se debían tomar en su socorro, porque, como amigo del César, él quería en todo favorecerlos.

Lo cual pareció manifiesta fraude y engaño, pues en lo que sucedió él mostró no venir sino a ver si su peligro y necesidad era tan grande, que sin recelo pudiese el Papa mostrar su amistad y favor al rey de Francia.

Pues aquella noche, que era casi en fin de noviembre, estando toda la tierra cubierta de nieve, sin que nadie supiese lo que el marqués quería hacer, ni dónde había de ir, el de Pescara mandó bajar una puentecilla levadiza, que del castillo al campo salía, y por allí hizo salir a los soldados todos con camisas blancas, vestidas sobre las armas o sobre los otros vestidos. Y como la puentecilla era estrecha, salían muy por contadero, con gran priesa que los mismos soldados se daban cada uno, porque no les mandasen quedar a la guardia de la ciudad, codiciando hallarse donde los otros iban. Lo cual es muy proprio a esta nación española desear y procurar todas las hazañas de afrenta y peligro: y esto los hacía salir con gran furia, sin saber para dónde.

A los cuales el marqués, con semblante tan alegre como si la vitoria tuviera en las manos, decía:

«No os matéis; salid paso a paso, hijos y hermanos míos, que para todos hay en el despojo. Porque quiero que sepáis que tenemos tres reyes en Italia que despojar: el de Francia, y el de Navarra y el de Escocia.»

Y esto con grande alegría, como aquel que los tenía en nada. A lo cual todo estaba presente el datario del Papa, porque con algunas hachas que a la salida alumbraban, vió la gente que salía y la que quedaba. Lo cual él mismo dijo al rey de Francia de allí a pocos días que el ejército imperial se partió, diciendo que iba a Roma a dar cuenta al Papa de la necesidad en que estaban, para que proveyese del socorro posible; y se fué al campo del francés y le ofreció la amistad del Papa, diciendo que de los imperiales no había que temer, porque no estaban tres mil hombres, sino que tomada Pavía serían luego degollados o muertos de hambre en Lodi en tres días. En lo cual si se engañó él lo pudiera probar, si pocos días antes que la batalla se diese no se fuera del campo de Francia, como adelante se dirá.

Sacada, pues, de Lodi la gente que dije, la mayor parte, que serían hasta dos mil infantes, dejando los demás en guarda de la ciudad, el marqués salió con ellos, llevando consigo al del Vasto con algunos de sus gentileshombres y capitanes de a caballo. Al punto de las diez de la noche, con gran oscuridad y nieve y muchos lodos, comenzaron a caminar sin saber el camino que llevaban, más de seguir al marqués, que delante de todos iba. El cual tomó el camino de Melza con una guía que para esto junto a sí llevaba.

Este lugar (llamado Melza) es un castillo o villa (que acá llamamos) cercada de mediano muro y torreones que la rodeaban, dos fosos de agua buenos. Está casi cinco leguas de Lodi, a la parte de arriba de Milán, el cual es lugar de cerca de mil vecinos.

Y por estar bien proveídos de vituallas se habían entrado en ella el conde Jerónimo Tribulcis y el conde Jacobo Tribulcis, su sobrino, caballeros milaneses forajidos, enemigos de su duque, y capitanes de gente de armas del rey de Francia, los que dije que habían maltratado a los españoles rezagados dos veces en este camino. Tenían consigo sus compañías de casi docientas lanzas y algunos archeros o caballos ligeros para correr toda aquella tierra, y algunos infantes para la guardia del lugar. La fortaleza del pueblo y el tiempo y la abundancia de vituallas los hacía tenerse por seguros.

Lo cual como el de Pescara supiese, pospuestos todos los inconvenientes tomó el camino para allá; pues era tal, que en poco espacio fueran bien fáciles de contar los zapatos que entre los soldados iban, porque antes de andar una legua se quedaron todos en el lodo y nieve. De lo cual ningún sentimiento se mostraba, sino que de esta suerte caminaron todo lo que de la noche restaba, hasta que obra de dos horas antes del día llegaron a un río grande y tan frío que parecía cortar las piernas, entrando en él.

Esto atemorizó algo a los soldados y los hizo detener algún tanto, cada uno esperando si hallarían cómo pasar sin mojarse. Lo cual como el marqués de Pescara sintiese, hizo poner en el río una hilera de caballos que tomaban de un cabo a otro a la parte de arriba, donde quebrantasen algo la furia del agua, y apeándose de un cuartago se metió al agua, diciendo: «Ea, señores, todos haced como yo.» Y como en tal caso tenga lugar la regla que dice mover más los ejemplos que las palabras, así fué allí: que viendo los soldados su capitán en el lodo y agua, que le daba hasta encima de la cintura y casi a los pechos, ninguno quedó que con gran voluntad no se lanzase en el río. Y así pasaron por bajo de la hilera de caballos que en el río estaban, los cuales les fueron gran ayuda para pasar sin peligro.

Pasados todos sin detenerse alguna cosa, por temor del gran frío que hacía, caminaron el marqués así a pie delante, hasta que al romper del alba llegaron a ponerse junto al lugar, donde oían las velas que encima del muro hacían centinela y hacia la parte donde ellos iban estaban en dos cubos del muro dos hombres velando y dando voces.

Y cuando ellos llegaron, comenzó el uno a decir al otro:

-Oyes; no sé qué me veo hacia aquella parte menearse blanco.

El otro respondió:

-Calla; que no es sino los árboles que están nevados y con el viento se menean.

Oían esto algunos que se adelantaron y estaban esperando que toda la gente llegase, y en este espacio eran tan graciosas las cosas, que el marqués de Pescara en voz baja decía a todos que ni sentía trabajo ni frío, ni nadie se acordaba de lo pasado.

A esta sazón tocaron de dentro una trompeta que sonaba a cabalgar, porque la una de las compañías de gente de armas que dentro estaban querían salir a correr la campaña. Luego, como el marqués oyó la trompeta y los españoles fueron ya juntos, dijo:

-Razón es, pues estos caballeros quieren cabalgar, que nosotros como infantes les vamos a calzar las espuelas. Y para esto, sin ningún ruido de atambores ni voces, todos vamos a la muralla, y con las picas, ayudándose unos a otros, con toda presteza entremos dentro.

No fué acabada esta palabra, cuando todos arremeten de un tropel (si bien, callando) y pasaron los fosos, que eran tan hondos que en el uno daba el agua hasta los pechos; y en todo esto el marqués de Pescara delante, y consigo el del Vasto. Y así llegaron a la muralla, donde era hermosa cosa verlos gatear por las picas arriba. Y los que subían, dando las manos a los de abajo, se ayudaban valerosamente.

A esta hora ya los de las centinelas tocaban al arma con furia, y los de dentro respondían con sus trompetas y a gran priesa tomaban armas. De suerte que cuando de la gente española estuvo tanta dentro que pudiesen arremeter a las calles, ya de los enemigos estaba una buena parte armados a caballo en la plaza y otros a pie con sus armas. A esta hora levantóse la voz: «España, España y Santiago.» Era de ver la más hermosa muestra de esfuerzo que jamás se pudo de nadie escribir. Arremetió aquel escuadrón, la una parte a abrir una puerta que allí junto estaba, para dar más fácil entrada a los que no podían gatear, y los otros iban derechos a la plaza, donde sonaban las trompetas y atambores.

Y entrando por ella el conde Jerónimo Tribulcis, como buen capitán, se puso delante en la defensa de su gente. Al cual su desventura trajo a manos de Santillana, alférez del capitán Ribera, hombre de cuyas hazañas ninguno que en aquellos tiempos en Italia estuviese podía dejar de tener gran noticia. Este fué el que en la batalla de Bicoca sobre todos se señaló en ánimo y valentía; que siendo sargento del capitán Guinea, por mandado del marqués de Pescara fué a reconocer un escuadrón de gente que de una parte a otra pasaba. Y en el camino, a vista de todos los ejércitos, peleó tan valerosamente que de nueve heridas le derribaron, y jamás le pudieron rendir. Y este fué el primero que puso bandera en Melza.

Como iba adelante, encontróse con el conde Jerónimo Tribulcis, que por llevar la bandera en el hombro no llevaba sino su espada sola en las manos. Con ella dió tanta priesa al conde, que muy mal herido, lo rindió. Y fueron tales las heridas, que el conde murió en pocos días.

En esto, llegada la furia de los españoles, en breve espacio se dieron tal maña, que unos en la plaza y otros en la iglesia donde se pensaron hacer fuertes, fueron desbaratados y muertos algunos, aunque pocos, y presos los demás, sin irse casi ninguno.

Lo cual acabado, el marqués hizo recoger toda la gente, y el despojo de caballos y armas, y cargando los soldados los caballos que habían ganado con algunas vituallas que allí había, sin detenerse más, tornaron a salir por el mismo camino la vuelta de Lodi, vitoriosos, con gran priesa, llevando los capitanes y gente toda consigo.

Y así caminaron todo el día sin algún estorbo, hasta que a la noche con gran alegría llegaron a Lodi, donde el marqués hizo recoger todos los prisioneros y aposentarlos con buen tratamiento hasta otro día. Que sin consentir que ninguno pagase rescate, les mandó luego dar libertad, para que cada uno se pudiese ir donde quisiese, salvo los condes, que el uno (como dije) mal herido murió, y el otro dende a pocos días fué suelto.

Agraviándose desto los soldados, porque entre los prisioneros había algunos que pudieran pagar buen rescate, el marqués les satisfizo con decirles que lo hacía por ver si con aquella magnificencia de buena guerra podía vencer la aspereza que el rey de Francia usaba con los españoles que presos tenía. Y cuando esto no bastase, que ahí les quedaba libertad para mejor rescatarlos, cuando con su rey los tornasen a prender: cosa maravillosa, que jamás fué visto hablar este capitán bienaventurado en esta guerra, sino como quien tenía la vitoria en la mano.

Y ansí, una o dos veces le envió el rey con bravata francesa a ofrecer docientos mil ducados porque le saliese a dar la batalla. El respondió al trompeta que se lo decía: «Decid al rey que si dineros tiene, que los guarde, que yo sé que le serán bien menester para su rescate.»

De manera que claramente podemos decir que mostraba la confianza que en la justicia divina tenía.

Acabada, pues, la empresa de Melza, no pasaron muchos días que en Roma se supo. Y luego pareció una cédula en Maestre Paschín que decía: «Los que por perdido tenían al campo imperial, sepan que ya es parecido. El cual pareció en camisa un día en amaneciendo muy helado. Y con ir de esta manera se llevaba en las uñas docientos hombres de armas y otros tantos infantes. ¿Qué harán cuando ya vestidos y armados salieren al campo?»

En el campo de los franceses pasaron muy buenas cosas, porque el almirante de Francia, que había sido desbaratado el año pasado (como ya dijimos) por pagarse de muchas befas que el rey de Francia le hacía y del gran desprecio que de él mostraba, preguntándole por los españoles que él tanto magnificaba, burlando de él decía: «¿Dónde están aquellos leones que vos decíades?; bien parece la maña que os distes con ellos.» Lo cual, si bien algunas veces pasaba en paciencia, otras no, podía dejar de no lastimar en el corazón al almirante.

Y como luego, a la mañana que lo de Melza pasó viniese a su noticia, él se fué al aposento del rey, y diciendo: «Muchas veces me ha preguntado Vuestra Alteza de los españoles que me rompieron, y yo siempre he respondido que duermen, y Vuestra Alteza crea ser así: esta mañana se han levantado en camisa y os han llevado la gente que en Melza estaba. Por eso, mirad lo que hacéis, que si los dejáis vestir, no será mucho que nos lleven a todos.»

El rey, si bien lo sintió, disimuló, mostrando tenerlo todo en poco.

De allí adelante el almirante procuraba ser el primero que al rey fuese con todo lo que el ejército imperial hacía, avisándole siempre que mirase que era costumbre de españoles en Italia dejar serenar el francés y al mejor tiempo llevársele en las uñas, que ansí lo habían hecho con él y el mismo caminó llevaban agora. De esto burlaba mucho el rey de Francia.

De ahí a pocos días el marqués de Pescara sacó una noche hasta quinientos hombres, secretamente encamisados, y fué con ellos a dar sobre cierta compañía de caballos ligeros, capeletes griegos que del campo francés a Mariñán, entre Milán y Lodi, se habían puesto. Pero no pudo ser esto tan secreto, que muchos de ellos no huyesen a Milán, aunque algunos vinieron presos a Lodi. De esta manera, con algunas buenas correrías que de gente desmandada hacían, pasaron los unos y los otros hasta casi mediado enero: el francés combatiendo a Pavía, y los de dentro defendiéndose valerosamente, con gran daño de los enemigos.

Combate el rey de Francia a Pavía. -Son rebatidos a su costa. -Recio combate de siete horas. Pretende el rey secar y cortar la corriente del río Tesin.

El rey de Francia combatió la ciudad dos días arreo reciamente. Derribaron alguna parte de los muros, y mandó que los suyos pasasen los fosos y subiesen por la muralla, pensando entrarla a escalavista. Mas los españoles y alemanes que dentro estaban les resistieron de manera que la gente francesa volvió atrás, con pérdida de muchos que allí murieron.

Y un lunes que se contaron 7 de noviembre, dos banderas de italianos quisieron probar a entrar por ciertos portillos que la artillería había hecho, y fueron por los de dentro muertos y heridos todos. Y mataron a Mr. de Longavilla con la artillería, y a los que acometieron. Por lo cual el rey de Francia, el día siguiente, indignado de esto, mandó batir de nuevo la muralla por dos partes a la par.

Y duró la batería cinco horas sin cesar un momento, con tanta y tan fuerte artillería, que no solamente derribaba los muros, pero a toda la ciudad hacía temblar. La cual pasada, con increíble furia y determinación comenzó la batalla y combate un martes, acometiendo la ciudad por cuatro partes, esto es: entre el castillo y Portanova y la puerta de San Agustín y a La Cornesa y puerta del Tesin. Que fué grandemente cruel y porfiada, y donde más ánimo y esfuerzo mostraron los combatientes y los combatidos: los unos por entrar, los otros por se lo defender y se lo estorbar con tanto sonido y estruendo de la artillería y arcabucería de ambas partes, que parecía que se hundía el mundo.

Duró esta porfía más de siete horas, porque comenzó el combate cerca de las diez y siete horas y duró hasta veinte y cuatro; pero con tan gran daño de los franceses, que afirman murieron este día más de dos mil de ellos, y no fueron menos los heridos. De manera que se hubieron de retirar con tanta pérdida y vergüenza, aunque no dejaron de ser muertos hartos de los de dentro.

Señaláronse mucho los italianos que tenía el rey de Francia, y así ellos llevaron lo peor; y habiendo el mismo suceso en el combate de la puente del río Tesin, la cual después Antonio de Leyva hizo cortar para mayor seguridad de ella. Murieron en estos combates más de tres mil infantes y trecientos hombres de armas (si bien los franceses lo negaban).

El rey de Francia acordó de excusar los combates por algunos días, pensando llevar su empresa por otros medios, perseverando en el cerco. En el cual cada día había grandes y señaladas escaramuzas, porque los españoles y alemanes que dentro estaban, salían muchas veces a ellas y entraban los alojamientos y hacían muchos daños.

Viendo el rey de Francia lo poco que por allí aprovechaba su industria y trabajo, probó acortar el río Tesin con muchas estacadas y reparos. Este río, un trecho de la ciudad se parte en dos brazos y con el uno toca en la ciudad. Este quisiera el rey apartar de ella; pero habiendo ya gastado infinito en la obra, teníalo casi acabado a los 17 de noviembre, y luego sobrevinieron tantas aguas del cielo, que con la gran creciente todas sus estacadas y reparos cayeron. Y por esto los españoles, por la parte del río donde el muro era flaco, lo repararon antes con honda cava y baluarte, para que si los enemigos tentasen, como lo hicieron, de atajar el río, pudiesen no menos de aquella parte que de la otra defenderse de los franceses.

Andando así las armas en Pavía, el marqués de Pescara, que en Lodi estaba, no cesaba de hacer la guerra, y mal que podía, al campo del rey de Francia y a los lugares que por él estaban, según queda dicho.

Trata el francés de ligarse con el Papa para echar de Italia a los españoles. -El francés y el Papa quieren acometer a Nápoles. -Cerca el rey de Francia a Pavía. -Fingida resistencia que el Papa hacía al francés para que no entrase en Nápoles.

En este mismo tiempo trataban el papa Clemente y el rey Francisco de ligarse, para echar los españoles de Lombardía y Nápoles. Y cuando llegó la nueva de lo que el marqués había hecho en Melza, estaban con el rey (como ya dije), de parte del Papa, Alberto Carpense, su embajador, y Juan Mateo Giberto, su datario, que eran venidos a tratar de esta amistad con color de que el Papa quería ser medianero y pacificador entre los dos príncipes.

Pareció luego lo que digo, y se descubrió su corazón, porque por consejo de éstos, y aun del mismo Papa, a 17 de noviembre deste año, Juan Scoto, duque de Albania, partió del campo francés con seiscientas lanzas y dos mil alemanes y otros dos mil italianos, y tomó el camino de Ponte Tremol (que es hacia a la marina), para juntarse con Renzo de Cherri, que venía por mar con otros seis mil infantes, a los cuales se habían de juntar otros muchos del bando de los Ursinos. Y así, todos tenían que entrar por el reino de Nápoles, muy bien proveídos de mucha munición, pólvora, pelotas o balas que envió el duque de Ferrara con los soldados que pasaron el Po con el duque de Albania, a los cuales se había de llegar Juanín de Médicis, sobrino del Papa, con tres mil infantes que había hecho y recogido con voluntad de su tío. Lo cual todo pareció ser así por cartas que el Papa escribió al virrey de Nápoles y al marqués de Pescara, diciendo que si el rey se contentaba con tomar a Milán, y sin pasar al reino de Nápoles, le parecía no sería mala negociación poner en su poder el reino de Nápoles en confianza, en tanto que la paz se trataba. A lo cual respondieron los imperiales, lo que convenía a su autoridad y reputación, diciendo que el Emperador había de sostener y conservar al duque de Milán en el estado que le había puesto, sin permitir que Italia fuese oprimida por franceses.

Antes que el duque de Albania partiese del campo francés, el rey Francisco envió a pedir al Papa que le diese paso por sus tierras. Y sin esperar respuesta partió su gente.

El Papa, encubriendo su corazón, mostró que le pesaba de que el rey se pusiese en esto, pretendiendo que el reino de Nápoles era de la Iglesia; y le escribió una carta, que por más engañar quiso que viesen muchos, rogándole, y aun requiriendo, que no se pusiese en enviar aquella gente. Era la resistencia de solas palabras, y no con obras, como convenía; y su datario, que estaba con el rey, escribió a Parma y a Plasencia, pidiendo que diesen vituallas a los franceses por sus dineros.

Y el rey de Francia envió a Ferrara por artillería y municiones que le faltaban.

Quisieran los imperiales estorbar esta jornada, quitando el paso al duque de Albania y a las municiones; y para ello se movieron de los alojamientos en que estaban, y pasaron el Po, temiendo perder el puesto y lugar que tenían por hacerlo, y porque tuvieron aviso que el rey de Francia les procuraba romper la puente y estorbarles el paso por donde habían de volver, que era fácil hacerse, volvieron a ellos. Pero proveyeron luego en dar aviso a los señores principales de aquel reino, y asimismo al capitán Juan de Urbina, que allá estaba, a fin de que estuviese muy sobre aviso, como lo estuvieron. No hizo el duque esta entrada, ni parece que quiso el rey de Francia en ella más que espantar y poner en cuidado a los imperiales, y ver si en Nápoles se levantaban algunos humores.

Y pasado el río Po, supo la venida de los alemanes al campo imperial, y dió la vuelta al campo francés, donde llegó luego con Juanín de Médicis, que para servirle se había apartado del servicio del Emperador, a quien antes había seguido.

Erró el francés en enviar contra Nápoles, antes de acabar con Pavía. -Continúase la guerra sobre Pavía. -Asiste el rey de Francia sobre Pavía. -Venturosas suertes que hizo Antonio de Leyva.

Esta jornada o empresa que el rey quiso hacer, enviando contra Nápoles sin haber acabado en Pavía, fué por muchos juzgada a mal consejo. Diciendo que no debiera enflaquecer su campo, y sacar de él tan buen golpe de gente, teniendo los enemigos tan cerca, y sabiendo que procuraban y esperaban socorro. Y la verdad es, que según el poco efeto que en ella se hizo, porque la gente se detuvo tanto en el camino que no pudo llegar a tiempo donde iba, el rey hubiera acertado en tenerla consigo el día de la batalla. Pero era el rey tan animoso y confiado, que para todo le parecía que bastaba su presencia, y el poder grande que tenía, además de cincuenta mil hombres, sin estos diez mil que llevó el duque de Albania. Que era tan copioso y grande ejército, que hacía muy poca falta aquella gente que de él sacaron. Con el cual perseverando en su sitio y cerco, no solamente acometió a vencer las fuerzas humanas con baterías, como lo hacía cada día, pero intentó forzar la misma naturaleza. Esto fué intentar de cortar el río Tesin (como dije) y hacerle mudar su camino natural, y que no pasase por Pavía, sino por otro brazo que del mismo brazo se apartaba, buen trecho antes de llegar a la ciudad, entendiendo que quitando el río, por estar por aquella parte flaca la ciudad, la podría tomar. Y fué tan buena la orden y maña que en esto se tuvo, que bastaran a hacerlo si el cielo no lo defendiera, derramando tantas aguas que, creciendo el río con ellas, desbarató todo su artificio (como queda dicho). Y aunque esto no sucediera, aprovechara poco la obra, porque Antonio de Leyva, adivinando y entendiendo lo que podría acaecer, había fortificado y reparado toda aquella parte con muy honda cava y baluarte. El cual, demás desto, no se contentaba con defender su ciudad y tener su gente dentro de los muros; pero como está dicho, muchas veces hizo salir parte de ella a dar en el real y estancias de los franceses.

Entre los cuales hizo una buena suerte, que fué a 2 de diciembre, que salió de Pavía con docientos hombres, y dieron en la guarda de la artillería de franceses. Matáronles algunos de ellos y tomáronles una bandera, y media de otra, y clavaron tres piezas de artillería, y se volvieron sin recibir daño alguno.

Otro día súbitamente salieron por una puerta de la ciudad ciertas compañías de españoles y algunas de alemanes, y dieron en el alojamiento de los italianos, y ganándoles por fuerza de armas los bestiones y reparos que tenían, entraron matando y hiriendo en ellos. Y hiciéronlo con tanta furia y presteza, que antes de ser socorridos mataron más de quinientos y se pudieron retirar y recoger con muy poca pérdida. Y con la misma ventura y determinación hicieron otra osadía contra los grisones, que estaban alojados y fortificados en el arrabal de San Salvador, si bien en ellos hallaron más resistencia. Mataron otros tantos, y se recogieron muy en orden, con tres piezas de artillería que les tomaron.

De esta manera se había Antonio de Leyva con el ejército francés, que si bien estaba cercado, hacía vivir a los cercadores con continuos sobresaltos y cuidado, mostrando en todo esfuerzo y valor maravilloso. Del cual no menor necesidad tuvo, para regir su gente y sostenerla en la fe y obediencia necesaria. Porque faltando la paga para los alemanes que tenía, como es gente que quiere ser bien pagada, a día cierto estuvieron para se amotinar, solicitándolo también el rey de Francia por inteligencias secretas. El cual por todas vías no cesaba de hacer la guerra. Pero la prudencia y autoridad de Antonio de Leyva bastó no poner remedio en todo. Primeramente tomando prestado el oro y plata que había en los templos, y labrando moneda (como dije) con el letrero: Caesariani milites Paviae obsesi.

Hazaña famosa de Diego de Cisneros y Francisco Romero. -Salva el capitán Pedro Arias los dos soldados españoles.

Con este buen aviso entretuvo Antonio de Leyva a los tudescos, que con mayor impaciencia llevaban esta falta, amenazando como suelen. Y luego procuró enviar una espía, avisando al virrey de Nápoles y marqués de Pescara, que estaban en Lodi y no más sobrados que los de Pavía.

Hallando demás de esto gran dificultad para poderles enviar algún socorro que era de grande importancia, pues en conservar a Pavía consistía la mayor parte de la vitoria. Mas Dios, que al parecer hacía su causa, abrió camino, aunque bien dificultoso al juicio de los hombres, y fué así: que en el ejército imperial estaban dos soldados estrechos amigos; el uno se llamaba Diego de Cisneros y otro Francisco Romero. El Cisneros era alférez de la compañía del capitán Rodrigo de Ripalda. Era persona de mucha estima.

Este Cisneros en este tiempo estaba enemistado con otro soldado sobre cierta diferencia. Y queriendo sus amigos reconciliarlos, juntáronlos un día en el domo de Lodi, donde, entre muchas palabras, el otro soldado se desmandó tanto, que el Cisneros, no pudiendo sufrirlo, le dió de puñaladas, de las cuales murió luego. Como el de Pescara lo supiese, indignado de la muerte de un buen soldado y más del desacato de la Iglesia, quisiera lo castigar. Pero Cisneros, con ausentarse, no dió lugar a ello.

A cabo de pocos días, viniendo su capitán, que era muy favorecido y privado del marqués, a procurar el perdón, porque un tal soldado no se perdiese, el marqués, teniendo noticia que éste era hombre de quien toda cosa se podía confiar, respondió que no le perdonaría jamás si luego no procuraba manera como poder meter algunos dineros en Pavía. Lo cual como él supiese (si bien como cosa imposible) fuélo a comunicar con su amigo Romero, que era hombre muy prudente y para hacer de él toda confianza. Sabía muy bien las lenguas francesa y italiana, tanto, que siempre que él quisiese pasaba por donde quiera sin ser conocido por español.

Como él esta necesidad supiese de su amigo, dióle gran confianza de buen suceso. Y tomando licencia del marqués para comenzarlo a tratar, disfrazado se salió de Lodi y fué para el campo francés. Llegado allá, procuró por la vía del capitán Guevara (que a la sazón al rey de Francia servía) que el rey le diese audiencia. Alcanzada, llegándose a besar las manos le dijo: «Señor, Vuestra Majestad sabrá cómo en el campo del Emperador estaba un muy valeroso soldado, llamado Cisneros, alférez de Rodrigo de Ripalda, el cual por cierta diferencia que tuvo con otro soldado muy estimado y querido del marqués de Pescara, lo mató. Por lo cual no se puede alcanzar de él perdón. Y Cisneros, siendo hombre de tanto valor, tiene a poquedad salirse a tal tiempo de la guerra. Por tanto, envía a mí que soy su amigo, a decir a Vuestra Majestad si es servido recibirle en su servicio, que él vendrá con tanto que ningún sueldo se le asiente, hasta que sus servicios pongan la tasa en lo que mereciere.»

Esta condición sacó éste, porque llevando su sueldo del rey de Francia, nadie pudiese después imputarle a traición lo que pensaba hacer.

El rey holgó de oír esta nueva, y dijo que él lo agradecía a Cisneros el servicio que le ofrecía y se servía mucho de su venida. Y Romero se le ofreció que venía con él a su servicio, y el rey dijo que holgaba dello.

Habida esta licencia del rey, volvióse Romero para Lodi. Y comunicando con el marqués de Pescara lo que se había de hacer, ellos dos juntamente con Cisneros (que luego fué llamado), cosieron en sendos jubones hasta tres mil escudos, que el duque de Milán para este efeto, por cartas del de Pescara, de Cremona había enviado, y llamando dos labradores de aquella tierra de quien el marqués conocía poder fiar, les dió los jubones que debajo de sus camisas y garnachas de lienzo azul (que allá los villanos traen) se los vistiesen y se fuesen al campo de los franceses y en cierta parte señalada pusiesen una tienda, adonde vendiesen alguna vitualla, y allí estuviesen hasta cuando estos dos soldados, habiendo oportunidad, les pidiesen los jubones; prometiéndoles grandes mercedes por ello.

Los labradores acetaron y cumplieron muy bien.

El marqués hizo que Cisneros y Romero vistiesen otros sendos jubones ni más ni menos en fustán y hechura que los otros eran, porque nadie pudiese conocer la mudanza, cuando los otros tomasen.

Hecho esto, y puestas sus cruces blancas, que es la insignia de los franceses en la guerra, se partieron para el campo francés, donde fueron bien recibidos del capitán Guevara y de algunos caballeros españoles, que por particulares respetos en el campo francés estaban en servicio del rey de Francia; y uno era porque siendo concluída la guerra del almirante, este capitán fué despedido entre otros, y él con este desdén se fué a servir al rey de Francia. Pero primero hizo todas las diligencias que un hombre de honra es obligado a hacer, para que su honra quede limpia y no reciba detrimento, porque luego requirió al duque de Milán y al marqués de Mantua como amigos del Emperador, que le diesen sueldo. Y como en ellos no le halló, fué a buscarle adonde le hallase.

Recogidos y hospedados en el aposento de Guevara, otro día fueron a besar las manos al rey de Francia. El cual los recibió con alegre semblante y encargó a Guevara su buen tratamiento. Y así estuvieron algunos días, saliendo a las escaramuzas contra la gente que de Pavía salía. En todas lo hacían tan bien, que el rey mostraba tenerse por bien servido dellos.

En este tiempo el rey les ofreció largos partidos, los cuales ellos no quisieron aceptar, diciendo que querían qué más se conociesen sus servicios. Esto hizo engendrar alguna sospecha en el corazón del capitán Guevara, la cual se acrecentó un día que ofreciendo él su bandera a Cisneros no la quiso tomar. Pero todas las sospechas deshacían ellos con su prudente disimulación, aunque les era gran daño no poderse comunicar a solas, porque eran muy mirados. Por lo cual tomaron por medio, cuando querían hablarse sin ser entendidos, irse al palacio del rey, que era un monasterio que fuera de Pavía estaba; y allí cada uno se juntaba con algún caballero francés, y paseándose por una sala las veces que se encontraban, con palabras disimuladas se avisaban el uno al otro de lo que se debía hacer. Y cada día procuraban pasar por la tienda donde sus labradores estaban, que ya la sabían, para que ya que no los podían hablar, con verlos no se partiesen de allí.

Al cabo de dos o tres días, Romero fué herido en una escaramuza muy mal en la cabeza. Tenía mucho cuidado su compañero. Quiso Dios que sanase.

Y estando con temor de ser sentidos, procuraban hallar ocasión para entrarse en la ciudad; y para esto Cisneros se hizo muy amigo del ingeniero de las minas que estaba en el campo francés, el cual, sin recelo, le mostró una mina que tenía hecha en un vallecillo cerca de la batería que iba a salir al muro que batían; y la salida estaba cubierta con hierbas y ramas, y a la entrada hacían guarda continuamente cuatro o cinco hombres, porque pensaban tener en breve ocasión para aprovecharse de ella en un asalto general que se ordenaba.

Como Cisneros vió esto, parecióle ser por allí la más segura entrada o menos peligrosa, y resolvióse a probar ventura, y para tener lugar de tomar sus jubones, yendo un día con el capitán Guevara por la plaza, donde sus labradores estaban allí cerca, hicieron cortar sendas casaquillas, diciendo que no podían sufrir el frío, y pidieron que para otro día sábado en la noche estuviesen hechas, que ellos vendrían a se las vestir. Lo cual aseguró al capitán para que otro día siguiente, sin ser notados, pudiesen venir juntos y casi de noche a la plaza por sus ropas.

Pero antes que fuesen a la tienda del sastre se metieron en la de sus labradores, y con toda presteza se quitaron los jubones que traían y tomaron los que tenían los villanos con los dineros, diciéndoles que otro día de mañana procurasen partir con las nuevas al marqués de Pescara. Pero que esperasen hasta hora de mediodía, y si en el castillo de Pavía oyesen tres tiros de artillería juntos, que podrían decir en Lodi cómo habían entrado en salvo. Y si no, que creyesen que eran muertos, sin poder más hacer.

Tomados los jubones, y encomendándose a Dios, se fueron a la tienda del sastre, donde se vistieron sus casacas, y de allí fueron al aposento o tienda del capitán Guevara, donde cenaron aquella noche y durmieron, aunque no con mucho descanso.

Venida la luz, luego de mañana se levantaron, y salieron de allí con sendas alabardas en los hombros y espadas ceñidas, y con toda disimulación fuéronse para la boca de la mina, siendo vistos de pocos por una niebla muy cerrada, que salía del río y cubría toda aquella tierra.

Llegados allí, como los de la guardia los vieron, quisieron saber a qué venían. Lo cual les costó tan caro, que de los alabardazos derribaron dos de ellos en tierra. Y antes que los otros dos se lo pudiesen estorbar, se metieron por la mina, y caminando a toda priesa llegaron a salir junto al muro de la ciudad, donde se vieron en mayor peligro que en todo lo pasado, porque con el alboroto que las guardas por donde entraron habían hecho, ya en el campo tocaban al arma, y los de dentro habían acudido a la muralla. Entre los cuales llegaron a esta parte ciertos tudescos, que por no entender la lengua los habían puesto en gran aprieto, hasta que llegó allí el capitán Pedro Arias con otros españoles, que como entendieron que pedían seguro y que no venían más de los dos, apartando la gente los recogieron dentro. Y conociéndolos, con gran regocijo y risa los llevaron al aposento de Antonio de Leyva, del cual fueron muy bien recibidos.

Y luego se tiraron en el castillo tres piezas de artillería, para dar aviso a los villanos que habían de llevar la nueva a Lodi.

En el campo francés no se hizo tanto caso de ello, por no saber lo que era.

Socorrió Antonio de Leyva con aquellos dineros a los tudescos, y convidó a comer a su mesa al coronel de ellos, de quien se tenía sospechas. Y aún había información que traía trato secreto con el rey de Francia por medio de dos hermanos vecinos de Pavía, para darle entrada en la ciudad, y tales fueron los bocados que tragó el tudesco, que dentro de pocas horas purgó con ellos el alma, perdiendo la vida, que como traidor no merecía.

Con este socorro, si bien la necesidad era grande (porque lo más precioso que comían era carne de caballo y asno), pasaron algunos días.

Y los labradores fueron bien recibidos del virrey y marqués de Pescara, que ya esperaban la venida del duque de Borbón.

Saltea el de Pescara trecientos caballos ligeros. Armas en el mar.

Mediado el mes de diciembre de este de 24, en el lugar de Mariñán estaban trecientos caballos ligeros, con otra mucha infantería francesa. Y el marqués de Pescara dió sobre ellos una noche, y no pudo salir tan secreto que no fuese sentido, y huyeron; pero con todo, les tomó el marqués cien caballos, y prendió y mató hasta cincuenta hombres, volviéndose el marqués a Lodi, desesperado por no haber hecho la presa como quisiera.

Eran continuas las escaramuzas y correrías que todos hacían, y grandísimo el miedo que los franceses tenían del marqués; pero por ser tantos los franceses, no se echaban de ver los daños que recibían.

Por el agua andaban las armas con el mismo calor y enojo. Llegó la armada francesa a la ribera de Génova, y tomó los lugares que estaban al poniente, y también a Saona, por no ser fuerte. El duque de Génova trataba sólo de defender su ciudad, que tenía muy bien fortificada, con mucha y muy buena gente, y aprestaba una armada para salir contra el enemigo. Tenía la francesa en tres galeras y naos hasta cuarenta velas, aunque con poca gente. Venían en ella el arzobispo de Salerno, y Renzo de Cherri, y otros fregosos, los cuales, después de haber estado pacíficamente tres días en Saona, acordaron de la saquear tan crudamente, que turcos no lo hicieran con mayor crueldad, sin perdonar a iglesias, ni monasterio, ni vírgines sagradas, que fué un hecho escandaloso, indigno del nombre cristiano.

[Persevera Francisco I en sitiar a Pavía.]

Dos meses había que duraba el cerco y la porfía del rey de Francia sobre Pavía. Y siendo ya fin de este año, algunos de sus privados y servidores le aconsejaban que se alzase y fuese a embarazar el socorro que el ejército imperial de Alemaña esperaba, pareciéndole que lo de allí iba largo, y que en no hacer estotro, había riesgo y peligro.

Pero juzgaba el rey que habiendo estado tantos días sobre Pavía perdía reputación en alzarse. Y confiando en el poder que tenía y numeroso ejército, no lo quiso hacer, esperando que rendiría los cercados la necesidad y hambre que padecían, cuando las fuerzas no bastasen, y que el campo imperial no era poderoso para socorrerlos, antes le tenía por deshecho y hacía de él muy poco caso.

Con esto perseveró en su propósito hasta perderse.

Trata el Emperador de esforzar con nuevos socorros la guerra de Lombardía. -Cuartanas que tuvo el Emperador en Valladolid. -Llevan la infanta doña Catalina a Portugal.

El Emperador, como arriba se ha visto, estaba en Valladolid al tiempo que el rey de Francia se puso sobre Pavía, y teniendo aviso de lo que sus capitanes habían acordado, y aprobándolo, escribió luego al infante archiduque de Austria su hermano, para que ayudase y favoreciese la venida de los alemanes.

Visto que los venecianos querían estar a la mira y que el Papa se inclinaba a la parte francesa, envió dar la mejor orden que pudo, para que de Nápales y España su campo fuese socorrido de dinero. Y así hizo otros proveimientos necesarios.

Y puesto en estos cuidados le sobrevino una penosa enfermedad de cuartanas, para remedio de la cual pareció a los médicos que no era buen lugar Valladolid. Y por esto, por su consejo acordó de volverse a Madrid, como lo hizo.

Y antes de su partida envió a la infanta doña Catalina su hermana a Portugal, para celebrar las bodas con el rey, como estaba concertado. Lleváronla a la ciudad de Badajoz don Alvaro de Zúñiga, duque de Béjar, y el obispo de Sigüenza. Donde llegaron a la acompañar don Juan Alonso de Guzmán, duque de Medina-Sidonia, y don Francisco de Zúñiga y Sotomayor, conde de Benalcázar, que después fué duque de Béjar, por ser casado con doña Teresa de Zúñiga y de Guzmán, sobrina del duque de Béjar. Y llegaron a Badajoz los infantes de Portugal y otros señores y caballeros de aquel reino, a la recibir, a los cuales fué entregada, y se efectuó aquel casamiento.

Y fué una de las excelentes reinas que tuvo en su tiempo el mundo.

Partida la reina, el Emperador vino a Madrid, donde tuvo la Pascua de Navidad y fin del año, con no pequeño enojo de su enfermedad y gran cuidado de la guerra de Italia, proveyendo para ello todo lo posible.

Avisa y amenaza el Emperador a los luteranos.

Acábanse con esto los hechos de Lombardía de este año de mil y quinientos y veinte y cuatro. Y antes de entrar a decir el desdichado suceso que el rey de Francia tuvo en el siguiente de mil y quinientos y veinte y cinco como veremos, diré lo que en el dicho año de mil y quinientos y veinte y cuatro pasó en Alemaña en las cosas tocantes a religión (pues es proprio desta historia).

La falsa seta de Lutero traía a Alemaña alterada, y de manera que amenazaban grandes males. Los que seguían la opinión de este hereje hacían juntas o, por mejor decir, conciliábolos. Uno muy solemne, por el gran concurso de herejes, se hizo en Norimberga; otro en Ratisbona, y echaron otro para Espira. Y el Emperador, desde España, les envió a mandar que no hiciesen aquellos conventículos, y no se atrevieron a hacer otra cosa y se deshicieron y borraron los decretos que habían hecho en las dos juntas primeras de Norimberga y Ratisbona, por mandado del mismo Emperador, persuadiéndoles con muy buenas razones que guardasen lo que en las Cortes o dietas de Wormes se había decretado, en que Lutero y su dotrina, con general consentimiento y voluntad de todos los príncipes de Alemaña, se habían condenado y dado por herética y mala. Que si así no lo hiciesen se enojaría. Que guardasen lo que el archiduque su hermano don Hernando, en la dieta de Ratisbona, había propuesto, y con parecer de los príncipes de Alemaña se había ordenado y mandado guardar.

Desafía el rey de Francia al marqués de Pescara. Responde el marqués al rey. -Responde el rey en qué forma quiere que se ejecute el desafío. Replica el de Pescara.

Notable debe ser este año de 1525, pues en el principio de él fué preso el muy poderoso rey de Francia, no por otro príncipe tal como él, sino por unos capitanes que pocos días antes casi le huían (que son las suertes de la fortuna en quien tan poco se debe fiar).

La Pascua y fin del año que el Emperador tuvo en Madrid estuvo el rey de Francia en el campo y cerco de Pavía a las inclemencias del cielo, apretando con más determinación que antes a los cercados, que no con menos valor le resistían. De manera que con el furor de la guerra que acabó el año de veinte y cuatro comenzó el de veinte y cinco: confiando el rey de Francia en su numeroso y fuerte ejército, que según todos dicen tenía más de cincuenta mil combatientes, y los cercados y demás imperiales en el socorro que esperaban de Alemaña, que ya sabían les venía, y en la virtud y esfuerzo de la gente que tenían, ufana y gloriosa por las vitorias que contra Francia habían ganado.

Y andando así la porfía bien caliente, como el rey de Francia se preciaba de hablar valentías y hacerlas, envió a decir al marqués de Pescara (que en Lodi estaba) con un criado del mismo marqués que se llamaba Hernando, que sobre seguro y negocio de rescates y otras cosas había venido a su campo, que un trompeta suyo le había dicho de su parte, que dentro de ocho días le iría a buscar, y que no lo había cumplido. Que él le daba otros veinte más de término para ello. Y que si dentro de ellos hacía lo que había dicho, le daría veinte mil escudos, y que si lo dejaba de hacer por no tener tanta gente como él, que él tenía por bien que fuesen tantos a tantos y que luego le enviase respuesta secretamente.

El marqués de Pescara, recibida esta embajada, por guardar el respeto debido al virrey de Nápoles, que era el general, la comunicó luego con él. Y los dos se concertaron en que se le respondiese al rey de Francia con el mismo Hernando en la manera siguiente:

Respuesta del marqués al rey.

«Muy poderoso señor: con aquel acatamiento que a tan gran príncipe se debe y un criado y servidor del Emperador mi señor es obligado, os digo que no es de mi condición decir cosa que no pensase poderla cumplir. Y que me maravillo que algún trompeta haya dicho cosa de mi parte sin yo se lo decir, especialmente a un príncipe cristianísimo. A mí no se me acuerda haberlo dicho. Pero en cuanto a lo demás que Vuestra Alteza ha tenido por bien de me mandar decir y ofrecer, digo que por ello beso sus reales manos. Que bien muestre el valor de su persona, como siempre lo ha hecho, confiando más en la virtud que en el número de su gente. Yo lo he comunicado con el ilustrísimo virrey de Nápoles, capitán general del Emperador mi señor, y pedídole sea contento esto se acepte, y él lo tiene por bien. Y, por tanto, digo que dentro de diez días, contándolos desde el día que supiéramos la respuesta de Vuestra Alteza, sacaremos de toda la gente que tenemos en Italia, que juntaremos para ello diez y ocho mil hombres. Con los cuales en campo igual, asegurado del resto de los ejércitos, contra otros tantos del ejército que Vuestra Alteza tiene en Italia, combatiremos la difinición desta empresa; y queriéndolo Vuestra Alteza se podrá esto luego concertar con suficientes capítulos y seguridad. Y la otra merced de los veinte mil escudos, guardarla he para tal tiempo (quedando yo vivo), que, como de amigo del Emperador mi señor la pueda recibir de Vuestra Alteza. Y de lo sobredicho se esperará respuesta.

»De Lodi a 5 de enero 1525.»

El Hernando fué con esta respuesta, pero no le dejaron hablar con el rey de Francia. Y dióla a monsieur de la Tremulla, el cual, por mandado de su rey, escribió y respondió al marqués que el rey de Francia decía que, aunque él negaba lo que su trompeta le había dicho, no por eso quería negar lo que a Hernando dijo, que siempre había estado presto y aparejado de lo cumplir dentro del término de los veinte días. Y agora era contento de salir con otra tanta gente, con condición que los fosos de una y otra parte fuesen allanados, y que no fuese a escoger del marqués de combatir señaladamente a pie, y que si él tuviera gana de que aquesto se hiciera, que no hubiera dilatado tanto la respuesta. Y a lo que decía que juntarían la gente que tenían en Italia, que él le aseguraba de parte del rey que no podrían juntar los que estaban en Pavía, aunque el término fuese más largo. Y porque el rey no quería andar en carteles, ni en disimulaciones, estaba determinado de no enviar más a él. Que quiriendo hacer lo susodicho, que fuese cierto que lo saldría a recibir; y que él le prometía que se cumpliría así sin falta. En fe de lo cual lo firmaba de su nombre, y lo selló con su sello, a los trece del dicho mes y año.

El marqués de Pescara, vista la respuesta, respondió luego lo que se sigue:

«Yo he visto lo que vuestra merced dió por respuesta a Hernando, criado del marqués del Vasto. A lo cual no me parece necesario replicar, pues decís que el cristianísimo rey no quiere andar en carteles y disimulaciones y yo también soy muy mozo para saberlas. Cuanto a lo demás, que bien creo que el cristianísimo rey lo hará siempre como valeroso príncipe, pero yo, como caballero que estima su honra, no dejaré de procurar lo mismo donde pudiere.»

Estas levadas pasaron entre el rey de Francia y el marqués de Pescara. Porque el rey, si bien era un valeroso y esforzado príncipe, holgábase de hablar con soltura, no igual a su autoridad y gravedad real.

Y así, sucedió después que el campo del Emperador lo vino a buscar y él no lo salió a recibir como había dicho.

Llega el socorro a los imperiales, que envió el archiduque a 5 de enero. -Determinan los imperiales salir en campo y arrimarse al francés. -Plática del marqués de Pescara a los españoles. Cerco de Pavía y lo que hicieron los imperiales, por relación de Juan de Caravajal, paje de lanza del marqués del Vasto y después fraile dominico, que se dijo fray Juan de Ozaya, a quien conocieron y trataron personas muy principales que conocemos.

En tanto que pasaban estas cosas a los capitanes del Emperador, les vino alguna gente de armas y artillería que el infante de Castilla, archiduque de Austria, envió, y algunas compañías de infantería alemana. Y desde a seis o siete días de enero llegó el cumplimiento de los diez mil alemanes, gente muy lucida, que el duque de Borbón, con favor del infante don Fernando, había levantado, y esperaban que luego se juntarían con el campo imperial los venecianos y saldrían a socorrer a Pavía o darían la batalla al rey de Francia si ellos no se fuesen de allí.

Y el infante llegó a Espirne, recogiendo más gente de a pie y de a caballo, para entrar con ella en Italia siendo necesario. Era coronel de estos alemanes Jorge de Austria; serían doce mil alemanes, los más lucidos que se habían visto en Italia.

Los franceses se estrecharon algo; mas, con todo, tenían en poco a los imperiales, porque a esta sazón eran más de sesenta mil combatientes.

Con este socorro tan aventajado, luego se juntaron el virrey de Nápoles, marqués de Pescara y duque de Borbón, y vino aquí el duque de Milán; y hubieron consejo y determinación, que convenía salir en campo y acercarse a los enemigos y hacerles el mal que pudiesen.

Determinados en esto, el marqués de Pescara, habiendo juntado todos sus españoles, hablóles altamente, diciendo la confianza que de su esfuerzo tenía, por haberlos visto en tantas ocasiones gloriosamente vitoriosos. Y que no desconfiaba agora menos, si bien entraban a pelear sin paga. Que los enemigos eran aquellos que tantas veces habían vencido. Que aunque estaba allí el rey, no había más fuerzas, sino más riquezas que saquear.

Que la soberbia francesa los había de cegar y vencer. Que habiendo estado tres meses sobre Pavía, envió parte de su campo sobre Nápoles en desprecio del ejército imperial. Que no dejasen de pelear por no estar pagados, que de España se traían muchos dineros. Que venciendo (como esperaba), toda Italia y Lombardía daría dineros y del enemigo los sacarían. Que era gloria suya acometer al francés y vencerlo, o hacer que se levantase de Pavía. Que tan ardientes como él decía, había tomado de estar erre allí y porfiado en quererla entrar.

Con estas y otras buenas razones que el marqués sabía muy bien decir, dispuso los ánimos de sus soldados. Dicho esto calló el marqués, al cual sin ningún alboroto respondieron los españoles con hacimiento de gracias por la estima que de ellos tenía, y ofreciéndose de salir en campaña no sólo sin paga, pero aún que de lo que tuviesen venderían hasta la camisa para comer, y darían para dar paga y socorro a los tudescos. El que tuviese ciento, ochenta; y el que diez, seis. Y que por eso no quedase el salir en campaña.

El marqués se holgó mucho de ver el buen ánimo y voluntad de sus soldados, y agradeciéndoselo mucho, los mandó ir a sus posadas, y ordenó que cada capitán recogiese los dineros que de su compañía contribuyesen los soldados, tomándolo por cuenta y memoria, para que después Angiliberto, escribano de raciones o contador del ejército, tuviese cuidado de hacerlos pagar.

Y en este mismo día, los capitanes españoles llevaron al marqués los dineros que suyos y de sus compañías pudieron haber; y con estos y otros que dieron los caballeros, hubo para dar un escudo de socorro a cada tudesco, y aderezar algunas cosas necesarias para la artillería y municiones, como son carros, ruedas, sogas, azadones y otras cosas deste jaez, que son muchas y grandes las que un ejército ha menester.

24 de enero sale el ejército imperial de Lodi, y con qué orden. -Llama Chuchar a los españoles hijos de Marte. -Pobreza grande de artillería y munición.

Otro día mandaron llamar la gente de armas y caballos ligeros y alguna infantería napolitana que en la Geredada tenían alojada; y viniendo todos, junto ya el ejército en Lodi, martes a veinte y cuatro de enero por la mañana, con gran alegría de todos, ruido y música de trompetas y atambores, salió el ejército imperial de la ciudad de Lodi tan triunfante, que a quien le veía se le representaba el triunfo de la vitoria que esperaban.

Salieron en esta orden: en la vanguardia salió don Fernando Castriot, marqués de Civita de Sant Angel, caballero griego de linaje, gran servidor del Emperador y muy estimado en las armas, capitán general de los caballos ligeros. Y así, salió con su gente a punto de guerra, muy acompañado de buenos capitanes y muy bien aderezados de caballos y armas. Serían en todos hasta quinientos caballos, entre los cuales iba el capitán Chuchar, albanés, con su compañía de capeletes, gente de provecho para correr la campaña. Luego el virrey Carlos de Lanoy, que era general de todo el ejército, con sus trompetas y reyes de armas delante y insignias de su oficio. Salió con él el duque de Borbón, que representaba bien quién era, y Hernando de Alarcón, marqués de la Ulciciliana; todos acompañados de ilustres caballeros y capitanes con la gente de armas, que serían docientas lanzas muy lucidas. Así como iban saliendo, hacían luego alto juntándose con sus escuadrones en el campo.

Luego salió el marqués de Pescara, general de la infantería, con sus escuadrones de hasta seis mil infantes españoles, tales y tan bien puestos, que viéndolos el capitán Chuchar, albanés, recibió tanto contento de su buen semblante, que los llamó este mismo día hijos del dios Marte. En este escuadrón salió el marqués del Vasto, que iba por teniente de su tío, el de Pescara, aunque ambos llevaban compañías de gente de armas, pero iban con ellos los tenientes en la retaguardia.

Después deste escuadrón salió el de la gente italiana, soldados viejos y de vergüenza, con sus capitanes Papapoda y Cesaro de Nápoles y otros. Volvió el marqués de Pescara a salir con éstos, porque era tal, que todo lo andaba, honraba y cumplía; serían estos hasta dos mil hombres, antes menos que más.

Luego salió la artillería, que era tan poca, que casi es vergüenza decirlo, porque sólo había cuatro piezas de bronce y dos lombardillas de hierro del tiempo viejo, que sacaron del castillo de Lodi. La munición eran tres carros de pólvora y dos de pelotas. Llevaban otros cinco o seis carros con barcos para echar puentes donde fuese menester. Con esto salieron hasta docientos gastadores azadoneros que dió el duque de Milán, y fueron tales, que aun dos jornadas no siguieron el ejército.

En la retaguardia salió Jorge de Austria con su escuadrón de tudescos muy bien ordenados y vestidos.

Quedó en Lodi el duque de Milán con su gente, el cual, dejando allí recaudo suficiente para las provisiones que al ejército se habían de enviar, él se volvió a Cremona.

Pasóse toda la mañana, hasta que ya era más de mediodía, en salir la gente con gran sonido de trompetas y atambores, y comenzaron a moverse los escuadrones por explanadas que, camino de Milán, estaban hechas. Y a este tiempo los sargentos mayores de la infantería española, que se decían Aldana, y el otro Pasate, hombres muy diestros y de la confianza que para aquel oficio se requiere, tenían apercibida toda la arcabucería, y en comenzando a marchar los escuadrones, hicieron una maravillosa salva con que se regocijó todo el ejército y los que en la ciudad quedaban, puestos en los muros y torres, para verlos salir.

Y el duque de Milán, que quedaba bien suspenso, considerando el fin desta jornada, en que estaba la ventura de verse un gran príncipe, o en mucha misería, cautiverio y servidumbre.

Marcha el ejército imperial la vuelta de Milán. Dejaron a Milán y toman el camino de Pavía.

Salido el ejército de Lodi con el orden dicho, semblante y denuedo, comenzaron a marchar, cada escuadrón por su parte, la vía de Milán. Fueron aquella noche a alojar a Mariñán, que (como dije) está en medio del camino; y a la entrada hicieron otra muy hermosa salva de arcabucería.

Los enemigos que por allí cerca estaban aposentados, que tenían por muerto y acabado al ejército imperial, despertaron a este son y abrieron el ojo, sintiendo que no les convenía dormir ni tener en poco tales contrarios. Pasada la noche con buena guardia, habido su acuerdo, los capitanes imperiales determinaron de partir a la mañana, dejando el camino de Milán, para donde habían hecho muestra de querer ir. Volvieron sobre la mano izquierda a ponerse en el camino que va de Lodi a Pavía, por ser el más breve para llegarse a sus enemigos y hacerles aflojar en la batería y combates que porfiadamente le daban; y también porque allí ternían más seguras las vituallas que de Lodi les habían de venir. Porque el estorbo que en el camino hallaban, pensaban quitarle; éste era:

Entre Lodi y Pavía hay un lugar bien fuerte de sitio y muros y fosos de agua que se llama Sant Angel, y junto a él pasa un río grande llamado Lambartmuerto, a diferencia del que pasa por Mariñán, que se llama Lambartvivo, porque lleva más descubierta y furiosa la corriente, y éste otro, más mansa y honda. Este lugar tenían los franceses bien proveído de gente italiana, así de a caballo para correr la campaña, como de a pie, para su guarda y defensa, que eran Pirro Gonzaga con ochocientos infantes y docientos caballos. De suerte que se tenían por seguros los que en él estaban. Pues para esta villa tomaron los imperiales el camino desde Mariñán, y con jornadas muy pequeñas, así por estar la tierra llena de agua como por haber de ir siempre en escuadrón (y fué sobre aviso), llegaron en dos días cerca de él. Y echando una puente de barcas en el río, se fueron a alojar entre él y Pavía, por hacer rostro en todas partes, fortificándose de bestiones y trincheas una parte, donde pudiesen esperar la batalla, si los franceses, por no perder aquella gente, la quisiesen venir a dar.

Otro día, luego que llegaron, el marqués de Pescara con hasta mil infantes y dos cañones de artillería, fué a poner batería sobre Sant Angel, dejando ordenado que el ejército estuviese muy sobre aviso, esperando al enemigo, que se creía vernía en socorro del lugar, luego que oyesen los golpes de la artillería.

Y para esto pusieron gente de a caballo en centinelas y parte que pudiesen avisar con tiempo.

Llegó el marqués al lugar, y reconocida su fortaleza y defensa, asentó la batería a la parte que le pareció más flaca. Y entretanto que batían hizo cortar mucha fajina o rama, para cegar el foso.

Diéronse tan buena maña, que en poco espacio dió con parte de la muralla en tierra, aunque no tan bajo, que no quedase dificultosa la subida y entrada.

Y viendo que no se podía allanar más con la artillería, por estar el muro por la parte de dentro terraplenado, mandó apercibir para el asalto, queriendo ser el primero, como lo hizo en Génova, con su espada y rodela, y muerte dibujada en ella.

De esta manera, con unas calzas de grana y jubón de raso carmesí, arremetió a la muralla de Sant Angel. Y como en el traje iba tan señalado, tirábanle a puntería las piedras y arcabuzazos, pero de todo lo quiso Dios librar.

Llegado a la batería, quísosele poner delante para entrar el capitán Quesada, animoso andaluz y estimado capitán de arcabuceros españoles; hizo esto con celo de anteponerse a los peligros, por defender dellos la persona del marqués. Lo cual él no consintió, diciendo: «¿Cómo, capitán Quesada, y con título de amigo me queréis quitar mi honra? Ya Dios no me ayude, si yo tal consienta.» Y con esto se lanzó por la batería delante de todos, apellidando, como siempre lo hizo: «España, España.»

Entró tras él el capitán Quesada, y luego otros muchos buenos soldados. Derribaron algunas garitas, de donde los de dentro hacían daño con saetas y arcabuzazos. Con esto desampararon los muros y retiráronse al castillo.

Entonces, estando el marqués y otros soldados en el foso, que aunque era hondo habían cegado, un cabo de escuadra español subió por las piedras caídas de la batería y alzó un bonete colorado en la pica, poco más alto que la muralla. Y después, tomó un muchaco y levantóle sobre la muralla, y como ninguno de dentro le tiraba, entendieron que los de la estancia habían huido. Luego el español subió en lo alto del muro, y tras él el marqués y todos los demás, y abrieron las puertas del lugar y acometieron y rindieron el castillo.

De suerte que en poco tiempo fué tomado el lugar, y muerta y presa la gente que le defendía, a veinte y nueve de enero. Pusieron aquí una compañía de caballos ligeros, para asegurar el camino a las provisiones, y otra de infantería italiana para la defensa. Y con esto, dejando allí algunos que en el combate habían sido heridos, volvió el marqués con su gente y artillería a juntarse con el ejército que había estado en arma. Porque ciertos caballos franceses se habían descubierto, que venían a reconocer cuando oyeron la batería. Mas no hicieron sino dar una vista y volverse huyendo.

Pónese el campo imperial cerca de Pavía, a vista del francés. -Incítale a la batalla. -Pónense los campos a vista y escaramuzan con porfía, sangre y muertes. -Lo que decía el almirante de Francia de los españoles. -Pobreza grande del campo imperial.

Otro día, de mañana, 30 de enero, partió el ejército imperial de aquel alojamiento, camino de Pavía. Las jornadas eran tan pequeñas, que en doce millas, que son cuatro leguas, que hay de Sant Angel a Pavía, tardaron cinco o seis días. Pero en ellos no hubo más de ir muy sobre aviso, y muchas veces ponerse en escuadrones y en arma con alguna gente que de los enemigos venían a reconocer el campo. Al cabo de estos días, llegó el ejército a ponerse ya cerca de los franceses y a vista de Pavía, representando al francés la batalla que él había pedido.

Lo cual, visto por los cercados, hicieron grandes alegrías, disparando la artillería y arcabuces, y poniendo luminarias por las torres y ventanas de la ciudad y repicando las campanas.

Los franceses los recibieron con una salva enemiga de más de cincuenta cañones y culebrinas, que habían hecho asestar a la parte por donde venía el ejército. Pero había en el medio tanta arboleda y tan espesa, que hicieron poco daño. Allí se alojaron y fortificaron con bestiones y trincheas, y se fueron acercando tanto al campo francés, que se pusieron a tiro de arcabuz de sus bestiones y fuerte. De manera que las centinelas (que llaman estrechas) del un ejército hablaban con las del otro.

La vecindad tan grande era ocasión de que las escaramuzas fuesen apretadas y continuas cada día entre la gente de a pie y de a caballo.

El rey de Francia mandó hacer a la parte del campo imperial tres o cuatro caballeros de tierra bien altos, y otros grandes bestiones, donde puso mucha artillería con que hacía daño. Y como la campaña se desmontaba cortando de una parte y de otra los árboles para quemar (que era el tiempo frío), estaba ya tan raso, que la artillería jugaba a puntería y mataba alguna gente. Por lo cual hacían sus reparos delante de las tiendas, que les valían las vidas.

Salía el marqués de Pescara cada día a las escaramuzas, y para defensa mandó hacer un gran bestión algo apartado del campo y cerca de los enemigos. Guardábanle con mucho cuidado de día y de noche mil infantes. Y de aquí descubrían los franceses cuando salían de su fuerte, y les resistían y entretenían en tanto que la gente se ponía en arma.

En estas fortificaciones y reparos se gastaron seis o siete días, trayendo (como dice la Sagrada Escritura de otros) en una mano las armas y en la otra la azada o instrumento para hacer la obra.

Díjose en el campo que el almirante de Francia se holgaba mucho de que los españoles descalabrasen a los franceses, y que le servía de consuelo de su pérdida; y decía al rey que mirase por sí, que si hasta entonces los españoles dormían, vería presto cómo estaban despiertos y las manos que tenían. Pero el rey con su buena gracia se reía mucho de ello, por la grandeza de su corazón. Estimaba en poco los enemigos que delante de sí tenía, pareciéndole muy inferiores en número, pobres de dinero, armas y vituallas, y aun sin esperanza de socorro. Y que con tales faltas, o se habían de rendir o desamparar el campo; y se decía que se gastaban más escudos en el campo francés que cuatrines o blancas en el imperial. Y a la verdad así era, que los imperiales vinieron a tanta necesidad, que no daban de ración cada día a cada soldado más de un pequeño panecillo, repartiéndose con esta tasa porque durasen las provisiones algo más. Y las provisiones de Lodi los villanos de la tierra no querían traerlas al campo, por el poco dinero que en él había.

El marqués de Pescara inquieta el campo francés; dale armas falsas y una muy mala verdadera. Descuídase el francés pensando que los españoles se burlaban y sálele a los ojos. -Entran los españoles el campo francés. -Peligro en que estuvieron los franceses. -Algunos del campo francés desamparan la guerra.

En este tiempo quiso el marqués de Pescara hacer verdadero al almirante de Francia, para lo cual dormía algún tanto de día, por velar mejor de noche y dañar cuanto pudiese a sus enemigos. Sucedió, pues, que una noche, cuando los franceses dormían a sueño suelto, se fué a una de las compañías que hacían guardia, y tomando de ella hasta treinta arcabuceros, fué con ellos secretamente a los bestiones, donde los franceses hacían guardia. Y luego que las centinelas le sentían, hacía disparar todos los arcabuces con grande grita, diciendo: «España, España.» Con lo cual los enemigos se alteraban y tocaban arma, y cuando los veía muy revueltos y confusos, callando se volvía con sus arcabuceros a la guardia de donde los había sacado.

Con estos sobresaltes continuos se cansaban los franceses en hacer sus escuadrones y saber de qué cuartel había venido la arma. Y sabido, no hallando otra cosa, tocando a la ordenanza se volvían a sus aposentos.

Y cuando el marqués, que andaba por las guardias, conocía que ya estaban reposando, tomaba de otra guardia otros tantos arcabuceros, y iba por otra parte de los bestiones, y les tocaba fuertemente al arma, como la primera vez: de suerte que los hacía volver a poner en orden a sus escuadrones. Usó de este ardid el marqués cinco o seis noches, con que los tenía tan desvelados, que lo sentían grandemente al principio. Pero como vieron que no era más de tocar arma, entendieron que se burlaban de ellos, y vinieron a tenerlos en nada, y mandar a las guardias que por nada de aquello tocasen al arma, pues no era más de inquietar el ejército.

Entendiólo así el marqués, y hizo experiencia dos noches, viendo que cuando sus arcabuceros tiraban, las guardias no hacían más de burlarse de ellos, diciéndoles desde sus bestiones: «Ah, marranos, canalla, ¿pensáis que habemos de tocar al arma? Engañaísos, que no os tememos en tanto.»

De esto se holgaba mucho el marqués, porque era el fin que había tenido.

Y con esto, a la tercera noche, a la hora de las once, hizo poner el ejército con mucho silencio en escuadrones, habiendo dado el arma a los enemigos una vez, como las noches pasadas, y a la hora que solía ir la segunda vez, tomó consigo hasta mil y cuatrocientos infantes españoles, y avisados que cuando oyesen sonar una trompeta clarín que consigo llevaba, todos se recogiesen, volviendo a la parte por donde entrasen en buen orden, en sus escuadrones.

Con grandísimo silencio arremetieron a una parte de los bestiones, donde hacían guardia cinco banderas de italianos. Fué tanta la furia con que los embistieron, que antes que se pudiesen revolver, mataron y hirieron muchos de ellos, y los demás se pusieron en huída, perdiendo las banderas y despojo que tenían.

Los españoles, no contentos con esto, entraron por el campo francés adelante, discurriendo por las tiendas y aposentos, matando y hiriendo cuantos por sus pecados les esperaban. Y ansí llegaron hasta la plaza principal del campo, de donde sacaron gran despojo de ropas y joyas, y algunos caballos y muchas provisiones de las que allí hallaron.

El marqués hizo enclavar y echar en un foso muchas piezas de artillería, que allí los franceses tenían. Hizo esto porque era imposible sacarlas de los bestiones para llevarlas.

Y a esta hora el ruido de las trompetas y atambores y las bocinas con que los esguízaros tocaban al arma era tan grande, que por toda la comarca parecía que el mundo se hundía; y ya los escuadrones franceses se rehacían a más andar, si bien por la grande escuridad de la noche no sabían qué se hacer, porque ninguna luz había sino el resplandor de los arcabuces, que los españoles a todas partes tiraban. Lo cual atemorizaba más a los franceses, pensando que no era tan poca la gente, sino que estaba sobre ellos todo el ejército imperial. Por lo cual los españoles tenían lugar de hacer el daño que querían, pues los enemigos no hacían otra resistencia más que recogerse a sus escuadrones.

Y cierto aquella noche los franceses se tuvieron por perdidos, y así fuera si los españoles fueran más. Pero con recelo que los franceses, reconociendo los pocos que eran, perderían el miedo y revolverían sobre ellos, en lo cual no podrían dejar de recibir daño, antes de salir de su fuerte, porque los españoles estaban muy dentro de sus alojamientos, al marqués le pareció que convenía contentarse con lo hecho y retirarse, pues esperar más sería temeridad antes que valentía. Y así, mandó tocar el clarín cuando los españoles pudieron oírlo, y con los despojos que cada uno había tomado, sin turbación alguna, sino muy a su placer, se retiraron todos, llevando algunos prisioneros que habían prometido buen rescate, porque no los matasen, y salieron fuera de los bestiones de los enemigos sin pérdida de más que un soldado que andando en las tiendas de los franceses cayó en un silo que junto a una casa abierto estaba, al cual, por la escuridad, no pudiendo socorrer sus compañeros, si bien le oyeron dar voces dentro del silo.

Vueltos los españoles a su campo con gran honra y gloria, llenas las manos de lo que habían robado, los escuadrones se detuvieron por espacio de una hora en su fuerte, esperando lo que los enemigos hacían; y sintiendo que ellos se sosegaban, fortificadas bien las guardias, se fueron a reposar, que lo habían bien menester.

Otro día comenzaron a venir trompetas y atambores franceses para rescatar los que habían sido presos. De los cuales se supo haber sido casi dos mil los muertos y heridos, y que quedaban tan espantados los franceses, que algunos que seguían por su gusto el campo, habían pedido licencia al rey para volver a sus tierras, entre los cuales fueron el cardenal de Lorena y el datario del Papa, que bajamente se había pasado del campo imperial al francés, y dádole avisos.

Y de éste y otros que así se fueron, pesó mucho a los españoles, que tenían tan buenos pensamientos que pensaban prenderlos y haber de ellos ricos rescates. De lo cual el marqués y los demás señores se reían muy de buena gana en ver los buenos pensamientos de los españoles, y el marqués los consolaba diciendo que quedaban hartos príncipes en el campo francés para satisfacerse con ellos de aquella pérdida.

Y lo que más todos sintieron fué la ida de Juan Mateo, el datario, que le deseaban pagar las ofertas que en Lodi les había hecho. Mas él se quitó destos ruidos, como quien sabía las manos que tenían los imperiales.

Tuvo aviso el rey que no diese batalla a los imperiales.

Temían ya los franceses a los imperiales y no se desmandaban cosa. Tenían por saludable un consejo que Alberto Carpense había escrito desde Roma en nombre del Papa al rey, para que de todas maneras excusase la batalla, y que se fortificase en su campo, de suerte que no le pudiesen entrar, ni obligar a batalla. Y el rey, siguiendo este parecer y la determinación de no alzarse hasta rendir a Pavía, mandó venir y recoger toda la gente y guarniciones que en diversos lugares comarcanos tenía, y que se hiciesen grandes fosos y fortificaciones en su campo contra la parte imperial.

Puso las esperanzas de su jornada en entretener la guerra, por el aviso que tenía de la falta de dineros y vituallas que había en el campo imperial y en Pavía; juzgaba el rey que no se podrían sustentar mucho tiempo los unos ni los otros.

Esperaba también que el duque de Albania había de hacer grande efeto en el reino de Nápoles, el cual se había detenido en la Toscana procurando apartar de la devoción del Emperador las ciudades de Sena y Luca. Y asimismo sacar de ellas dineros y artillería para reforzar su gente y proseguir el camino que llevaba, lo cual no se le aliñó así.

De manera que con la dilación del tiempo pensaba el rey de Francia hacer su hecho, no queriendo venir a la batalla que él había ofrecido.

Hecho notable del capitán Francisco de Haro, socorriendo a Pavía.

Otro hecho señalado hizo el capitán Francisco de Haro, que era de caballos ligeros, y fué que teniendo aviso el virrey de Nápoles que en Pavía había gran falta de bastimentos y municiones, le encargó que buscase manera cómo poderlos proveer. Y él, tomando una noche consigo veinte o treinta de a caballo de su compañía, hombres escogidos, puso a las ancas de los caballos un saco de pólvora. Y saliéndose del campo por diferentes caminos, se apartó gran trecho y se entró en el camino real que de Milán va a Pavía (el cual los franceses andaban cada día), yendo disimulados a la francesa.

Y por el camino, con los que topaban hablaban francés.

Y con esta disimulación y fingimiento y con la escuridad de la noche no fueron al principio conocidos, hasta que ya estaban muy cerca de la ciudad. Y viéndose en buena disposición, arremetieron de tropel y llegaron hasta la puerta de la ciudad sin ser atajados, donde por la seña que tenían fueron luego conocidos y les abrieron la puerta, recibiéndolos con gran gusto y risa por la burla que habían hecho al enemigo y por el socorro, que fué de mucha importancia, por la falta que de munición había. Porque con las continuas salidas y rebatos que Antonio de Leyva hacía en los contrarios, estaba muy gastado.

Tuvieron algunos reencuentros, particularmente uno con Juanín de Médicis y su gente, en el cual le mataron más de quinientos hombres y él fué herido de una escopeta en el tobillo o espinilla, y fué tan mala la herida, que hubo de irse del campo a curarse a Plasencia. De manera, que el ejército francés se sentía muy apretado, y de cercador parecía ya cercado.

Y algunos aconsejaban al rey que se retirase y alzase de sobre Pavía; pero él no quiso tomar este consejo, antes se afirmaba y fortificaba más cada día; y por otras partes andaban las armas por mar y por tierra entre estas gentes, con el mismo furor que sobre Pavía.

De Alejandría sale un capitán imperial: rompe dos mil franceses, prende y mata y saquea. -Los imperiales, viendo que el francés se estaba quedo en sus alojamientos, determinan acometerlo. -Falta grande que de bastimentos había en el campo imperial. -Pareceres diferentes entre los imperiales. -Parecer que tuvo el marqués de Pescara.

Estaba en Alejandría con guarnición de italianos Gaspar Moyano, capitán milanés, y tuvo aviso que venían al campo del rey dos mil soldados que por su mandado se sacaron de Marsella y desembarcaron en Saona. Salió con su gente y con alguna de la ciudad, y al paso de un río llamado Mura dió sobre los que venían descuidados, y con poca resistencia los desbarató, y fué siguiendo hasta una villa llamada Castellazo, donde él y su gente entraron a las vueltas de ellos y prendieron a los que quisieron y a los demás desarmaron y despojaron, y con la vitoria y despojo y siete banderas que ganaron en ella, se volvieron a Alejandría.

Y acaeció asimismo que el duque de Milán, que en Cremona había quedado, viniendo a Lodi con pensamiento de cobrar a Milán, teniendo alguna plática con los vecinos de ella Juan Ludovico Palavicino, capitán del rey de Francia, pareciéndole que Cremona quedaba mal proveída, se acercó a ella pensando tomarla, y siendo el duque avisado, envió luego contra él a Alejandro Bentivolla con la más gente que pudo juntar. Y hubieron los dos un recuentro cerca de una villa llamada Casal Mayor (que, como está dicho, es en la ribera del Po), donde el Palavicino se había fortificado; y siendo vencido y preso el Palavicino, la tierra se tomó por fuerza y fueron presos algunos capitanes y todos los demás robados y deshechos, y el Bentivola volvió muy vitorioso a Cremona, donde el duque estaba.

Así que, tratándose la guerra por todas partes tan reciamente, habiendo ya veinte días y más que los campos estaban juntos, visto por el virrey de Nápoles y marqués de Pescara y el de Borbón y los otros capitanes del Emperador, que el rey de Francia tenía propósito de dilatar la guerra y no venir a batalla, fortificándose en su real cada día más y que aunque en las escaramuzas ellos ganaban honra y ventaja, la dilación les era muy dañosa, porque ni socorrían a Pavía, que estaba en grande aprieto (aunque después que llegó el campo imperial a vista del francés no se les dió combate), ni podían sostenerse en campo muchos días por la falta que tenían de dineros y de vituallas, pareciéndoles que deshacer el campo era poco menos que perderlo en batalla.

Y sintiendo ya la falta de provisiones, que era tanta que aquella tarde tocándose al arma por cierta escaramuza que se trabó no estaban en el campo la mitad de los españoles, que los más eran idos a buscar de comer por los lugares comarcanos, para sí y para los que quedaban. Lo cual, visto por el marqués de Pescara y demás capitanes, mandaron que don Alonso de Córdova, hermano del conde de Alcaudete, y don Filipe Cervellón, caballero catalán, señalados capitanes, fuesen a recogellos. Los cuales se dieron tan buena maña, que al tercero día tuvieron junto todo el ejército.

Luego se juntaron los caballeros y capitanes, que eran del Consejo de guerra, en la tienda del virrey de Nápoles, para consultar lo que les convenía hacer. Porque tenían aviso que los venecianos se apercebían de secreto para sacar ejército en favor del francés. Y siendo así, era llano que habían de procurar de tomar a Lodi, que por falta de gentes, vituallas y municiones, no se podría defender, y lo mismo se temían del Papa y de los demás potentados de Italia.

Y lo que más se sentía era que ya el pan que se daba de ración se había acabado, sin tener de dónde haberlo. De suerte que a este punto había llegado el ejército imperial con la mayor necesidad que en toda la guerra se había visto, sin esperar socorro sino del cielo; y así, en el Consejo hubo diferentes pareceres.

Porque unos decían que sería lo más acertado levantar una noche el campo y caminar para Cremona, donde hallarían vituallas con que entretenerse hasta que el Emperador enviase socorro, que ya sabían que tenía nueva del aprieto en que estaban, por un soldado catalán que sabiendo la lengua francesa y con su traje, por mandado del virrey, había ido por Francia a España. Otros decían que era mejor meterse una noche en Milán, donde los franceses habían puesto muchas previsiones. Otros querían ir a Nápoles, y que el francés no los seguiría, contentándose con el estado de Milán que le dejaban libre, y que no había que temer de Antonio de Leyva, porque él haría sus partidos como quisiese para sacar en salvo su persona y gente.

Finalmente, los pareceres eran varios, los ánimos dudosos y el temor cierto, y así pidieron al marqués de Pescara, que aún no había hablado, que dijese lo que sentía, pues todos habían de seguir su determinación. Esto le dijo el duque de Borbón, que era lugarteniente del Emperador en Italia.

Estimó en mucho el marqués el crédito que de él se tenía, y dijo con muy elegantes razones (que tales las tenía) que conocía con cuánta razón el capitán Juanín de Médicis se excusaba cuando le pedían semejantes pareceres, diciendo que quería más pelear que dar consejo, porque en lo uno aventuraba sólo la propria vida, y con ella pagaba lo que debía, y en lo otro no sólo la vida propria, sino la de muchos, y, lo que más era, la honra y perpetua fama. Y que conociendo él de sí que ni para pelear ni para dar consejo se podía comparar con los que allí estaban, tenía legítima excusa. Pero, que cumpliendo con lo que un tan gran príncipe le mandaba, decía que muchos de los que allí estaban sabían de él cuán enemigo era de batallas, y que tenía por sentencia lo que vulgarmente se dice: «Deme Dios cien años de guerra y no un día de batalla, de la cual son tan varios y dudosos los sucesos y tan ciertos y calamitosos los peligros.» Pero que aunque esto fuese así, las causas presentes para no dilatar la batalla ni poder sustentar la guerra, eran tan manifiestas que no había para qué repetirlas, pues todos las tenían bien vistas. Y que los medios que allí se habían dado parecían buenos y que se podría acertar en cada uno de ellos. Pero que si se quería advertir en la ida a Milán o en la de Cremona, y asimismo en la de Nápoles, quedaban sujetos a la voluntad del enemigo; porque si el rey de Francia, teniéndose por vitorioso con su retirada, se le antojaba seguirlos, nadie podía negar sino que, a pesar suyo, le habían de aventurar la batalla; y por ventura no tendrían lugar para prevenir lo necesario y buscar lugar cómodo para ella como agora lo podían hacer.

Y que así, su parecer era que lo que habían de hacer forzados, hiciesen de voluntad, libremente, y a tiempo que, ni como temerosos huyendo, ni como acometidos turbados, sino muy como quien tiene la justicia de su parte y con ella debe confiar que terná también a Dios, que da las vitorias, no según la multitud, sino por la razón y justicia, y que la gente que en el campo imperial había era tal, que aunque pocos en número, se podía confiar de ellos que tendrían manos para doblados, de los que los contrarios eran.

Determinase en el Consejo por los capitanes imperiales que den la batalla al rey. -Encomiendan el orden y manera de darla al de Pescara. -Habla el de Pescara a los españoles. -Lo que es la honra, y lo que cuesta y vale encarece el marqués. -Dice el marqués a los españoles que si quieren comer, que lo busquen en el campo del francés. -Acetan los españoles con muy buen ánimo. -Dales orden y que se pongan camisas sobre las armas. -Dan aviso desta determinación a los de Pavía.

Satisfizo a todos el parecer del marqués, y el duque de Borbón, levantándose de su silla, lo aprobó, y lo mismo el virrey de Nápoles, y todos los demás caballeros. Y fué acordado que la batalla se diese otro día, teniéndole por favorable y dichoso, por haber nacido en él el príncipe a quien servían.

Remitióse el orden que en esto se había de tener al marqués de Pescara, y que todos estarían a lo que él dispusiese.

Aparejaron las armas, sillas y caballos, cada uno como mejor podía. Y el marqués dobló la guarda y centinelas, porque nadie pudiese dar aviso a los enemigos, aunque hasta bien tarde solos los del consejo supieron esta determinación.

Oyeron misa este día con mucha devoción, y el duque de Borbón hizo plato en su tienda al virrey y marqueses. Y los demás caballeros y oficiales principales del campo recogiéronse a sus tiendas para dormir y descansar un poco, porque esperaban tener muy mala noche.

Y jueves en la tarde, último de las Carnestolendas, vigilia de San Matía, el marqués de Pescara mandó a los sargentos mayores que en dos o tres partes juntasen la infantería española, porque las guardias no se quitasen, para hablarles; y siendo juntos les dijo, estando sobre un cuartago puesto en medio de todos, mirándolos con ojos amorosos: Que nunca los juntaba sino para contarles trabajos y lacerías, de lo cual sabía Dios cuánto a él le pesaba, porque más se holgara de verse con ellos para alegrarse y regocijarse, como con verdaderos amigos, pero que se temía que la ventura no le había de dar tanta vida para gozar de este bien, y que como a todos los que allí estaban, él tuviese en su corazón, no podía dejar de comunicarles lo que en él se trataba. Y que no pensasen que habían hecho esto por él, en tenerle puesto en lugar tan honroso, como era ser su capitán general, que él a la verdad así lo conocía, que se lo debía; pero que quería que supiesen cuán caro se lo vendían, que era tanto, que estaba por decir que maldita fuese la honra y quien honra del mundo quiere, que el sabio aunque la hallase por el suelo no se había de abajar por ella, pues en tomarla se obligaba a perder bienes y vida y aun el alma, que duele más sustentarla. Y que poner vida por la honra, cuando con sola ella se puede satisfacer, era nada, y en tal lo tenía, y como tal podía decir, que en todas las afrentas donde se habían hallado, siempre le habían visto delante de todos, por perder antes la vida que la honra de su capitán, pero que cuando la vida no basta para sustentar la honra, que mirasen qué podría sentir él, pues a tanto le tenían obligado, y que, pues el decirlo por la boca tampoco satisface, lo sintiese el corazón y lo sintiesen todos, pues en ello le tenían puesto.

Dijo estas palabras con tanta ternura de corazón, que se le arrasaron los ojos y enterneció los ánimos de los que le oían, porque todos le amaban de corazón. Lo cual como él viese, prosiguió con su plática, diciendo:

«He dicho esto, señores y hijos míos, para daros parte del extremo a que la fortuna nos ha traído. Y es que de toda la tierra, sola la que debajo de los pies tenéis podéis contar por amiga, que la otra toda es nuestra enemiga, y como tal se nos ha querido mostrar, en que sólo un pan que daros mañana para comer, yo ni todo el poder de nuestro Emperador no lo alcanzamos ni sabemos de dónde poderlo haber, si no es en aquel campo de franceses que allí veis. Porque allí, como alguno de vosotros vistes la otra noche, hay abundancia y sobran el pan y el vino, la carne y las truchas, y carpiones del lago de Pesquera, para mañana viernes. Por tanto, hermanos míos, la cuenta es que si mañana queremos comer, allí lo hemos de ir a buscar. Y si esto no os parece, dicídmelo, para que yo sepa vuestra voluntad.»

Como los soldados esto oyeron, con muy buen semblante y animosos corazones respondieron que aquello era lo que siempre habían deseado, y que de ninguna manera se dejase de dar la batalla el día siguiente. El marqués les dió muchas gracias, y ordenó que de los piqueros ninguno saliese de su escuadrón, hasta ser conocida la vitoria, y que los arcabuceros que anduviesen desmandados no se embarazasen en robar ni tomar prisioneros ni hacer otros sacos hasta que la vitoria estuviese cierta por su parte, y que si alguno lo hiciese, los demás le matasen los caballos o prisioneros y aún al mismo, cuando fuese necesario, para atemorizar los demás. Y que aquella noche, a la hora de las nueve, andarían los atambores sin las cajas, sino sólo con los palillos, tocando por los cuarteles, para que todos se armasen, y con camisas encima de las armas y vestidos, saliesen a ponerse en los escuadrones. Y los que tuviesen camisas sobradas, las diesen a los tudescos que no las tenían, y los demás, de sábanas y tiendas, y si no bastasen, de pliegos de papel se cubriesen los cuerpos, para ser conocidos en la escuridad de la noche. Que los que tuviesen ropa o otros embarazos lo enviasen con el bagaje, que se enviaba a un castillejo allí cerca, para que con los mozos estuviesen seguros de los villanos de la tierra, hasta el fin de la batalla. Y que siendo esto hecho pusiesen fuego a sus tiendas, chozas o barracas, que todo el ejército haría lo mismo. Porque viendo los franceses moverse todo el campo, pensarían que huían, y por ventura saldrían de su fuerte.

Enviaron al capitán Arriano, que se ofreció a ello, para que avisase en Pavía a Antonio de Leyva de lo que estaba determinado, para que al mismo tiempo él hiciese por su parte lo que pudiese, aunque era muy dificultoso, por los grandes reparos y trincheas que entre el campo y la ciudad había.

El capitán mudó la banda roja imperial en la blanca francesa, y se hizo soldado de Juanín de Médicis y pudo así, pasar, hasta entrar en Pavía, donde luego con humos hicieron la señal.

Recogiéronse al castillo de Sant Angel los embajadores que andaban en el campo y todos los carruajes del ejército, con que quedaron más libres y desembarazados; y puestos todos en orden, la jornada se hizo en la forma siguiente.

Van a media noche a derribar el muro del parque, que era una cerca de una dehesa, gran heredad de cartujos. -La casa de Mirabel, que los cartujos tienen en medio de esta dehesa, recreación de los duques de Milán. -Quemaron los imperiales sus alojamientos. -El francés piensa que huyen. -Confiésanse los imperiales con devoción. El campo francés estaba ya en orden pensando seguir a los que a su parecer huían. -Los italianos no quieren juntarse con los españoles. -Orden que llevó el campo imperial.

Venida la noche, se pusieron las guardias y centinelas dobladas, por que los franceses no pudiesen ser avisados, y para esto puso el marqués tres capitanes, Luis de Viacampo y a Juan de Herrera y a Gayoso, hombres muy diestros en las armas y diligentes, para que con sus compañías velasen en mirar que no se pasase algún espía ni otro alguno al otro campo.

Hecho esto y llegada la hora señalada, estaban todos a punto como el marqués había ordenado. Luego el marqués mandó a Santa Cruz, capitán viejo de arcabuceros, y al capitán Salcedo, de piqueros, que con sus compañías fuesen a derribar una parte del muro del Parque, que es una dehesa del monasterio de cartujos, que se llama la Certosa y llega hasta junto a la ciudad de Pavía, que es casi una legua de dehesa con algunas pequeñas arboledas. Y por la una parte con fina con un río llamado el Grabalón, que cerca de Pavía se junta con el Tesin, y por la otra estaba cercado de un muro de cal y ladrillo, de altura de una pica o más.

Este muro viene desde el dicho monasterio hasta junto a la ciudad. Llámase esta dehesa el Parque de Pavía. Es apacible para la recreación de los religiosos; en medio de ella está una buena casa llamada Mirabel, cercada a la redonda con un foso de agua, que de un arroyo que por allí corre le pueden echar. Esta dehesa está, como dije, a una parte de Pavía, y como el campo francés fuese tan grande que cercaba toda la ciudad, venía a estar dentro de este parque gran parte del ejército. Y porque lo de fuera era todo arboledas y viñas y tierra no competente para la batalla, quiso el marqués entrar en el parque, que es tierra llana y descombrada para pelear.

Y para esto envió los dos capitanes que dije, para que algo apartado del campo francés, a la mano derecha derribando una parte del muro, hiciesen entrada al ejército. Los cuales, con picos y vaiveines, trabajaron toda la noche sin ser sentidos y con gran dificultad, por ser la pared muy fuerte; al romper del alba tenían derribado tanto que podía entrar el ejército.

A la hora de las diez de la noche todo el ejército imperial se juntaba en sus escuadrones, cuando puesto fuego a las tiendas y chozas comenzó a arder, que parecía quemarse toda aquella tierra. Lo cual como los franceses vieron, fueron al aposento de su rey, diciendo cómo los españoles quemando los alojamientos se iban huyendo. El rey salió de su cámara y, visto el fuego, creyó ser así; y con gran placer, pareciéndole haber salido como él había pensado y dicho, mandó que en siendo de día estuviese la gente en arma en sus escuadrones, que él quería seguir a sus enemigos hasta desbaratarlos, o a lo menos echarlos fuera de todo el estado de Milán. Y con esto se sosegaron hasta casi el alba.

Siendo ya juntos los escuadrones imperiales encamisados o empapelados, comenzaron los tudescos poco a poco a caminar donde el muro que dije se rompía. Y como no pudo derribarse hasta que ya era de día, todo el resto de la noche, que fué bien larga y fría, se les pasó en confesarse algunos soldados con los capellanes de las compañías y otros sacerdotes que andaban en el campo. Ordenaron testamentos. Abrazábanse los unos a los otros como si no se hubieran de ver más, no por causa de flaqueza que en ellos hubiese, sino por buena providencia, cual deben tener los que en semejantes peligros se ponen. Aunque la noche era fría, estaba serena y clara por el gran resplandor de las estrellas y sin algún aire.

Y venida la mañana, ya que abría el alba, los guardias se levantaron de donde estaban secretamente y se vinieron a los escuadrones. Y cuando ya la pared que Santa Cruz y Salcedo derribaban cayó en tierra, mandó el marqués juntar un escuadrón de cinco banderas de españoles y otras tantas de tudescos, y metióse con ellas por el portillo dentro del parque, para reconocer lo que los enemigos hacían. Y entrados un poco dentro del parque, hizo detener el escuadrón, entre tanto que solo llegó a una arboleda pequeña que delante estaba, de la cual podían ver todo aquel campo, hasta los bestiones de los enemigos. Y llegado allí, vió cómo todo el ejército francés estaba fuera de su fuerte en lo llano de aquella misma dehesa, ordenados en escuadrones, con intento, a lo que se creyó, de seguir a los que a su parecer huían; y para esto habían sacada mucha artillería con sus caballos y municiones y todo puesto a punto de batalla. Lo cual visto por el marqués, considerando ser aquel buen lugar para lo que deseaba, volvió al ejército con rostro muy alegre y los hizo entrar a todos en el parque, y que los tudescos se pusiesen en escuadrón y los españoles en otro, y pareciéndole que por ser los italianos pocos sería bien juntarlos con españoles y ellos que holgarían de ello. Pero los italianos, con una honrosa presunción, no quisieron, diciendo que si se juntaban con españoles y la batalla se perdía, sería dar ocasión a que todos dijesen que por ellos se había perdido, y si la batalla se ganaba, sabían que toda la gloria y honra se había de dar a los españoles, sin acordarse de ellos. Y que así, era mejor que señalándose cada nación por su parte, cada cual hiciese lo que pudiese para ganar honra.

A todos pareció bien este pundonor, y ansí se concertó que de la gente de armas se hiciesen tres escuadroncillos, como ellos suelen repartir.

Y como todos llevaban camisas sobre las armas, no se pudo notar bien sus sobrevistas y divisas, y las camisas iban cosidas con las mangas sobre el codo; las faldas a la cintura. Todos llevaban sus bandas de tafetán colorado sobre las camisas.

El escuadrón de la vanguardia llevaba el virrey como capitán general, con hasta docientas lanzas muy bien aderezadas, y más los continuos de Nápoles y los suyos, que serían cerca de otros ciento, los estandartes en medio del escuadrón muy en orden. Delante del virrey iban seis trompetas vestidos de colorado y amarillo, con banderas de tafetán colorado, y en ellas las armas imperiales. Estas eran particulares de su persona; porque las trompetas de las compañías iban con los estandartes. El virrey iba muy bien armado de unas armas doradas y blancas; en el almete, un penacho muy hermoso colorado y amarillo. Llevaba un sayo de brocado y raso carmesí muy lucido, sobre un caballo ruano muy bueno y muy bien encubertado, y todo de la misma divisa, y delante de él hasta cincuenta alabarderos a pie de su guarda. Los cuales, al tiempo del romper, se metieron o recogieron en la infantería.

El segundo escuadrón, que era de la batalla del duque de Borbón, como lugarteniente del Emperador (que aquél es su lugar), llevaba casi docientas lanzas muy lucidas y algunos caballeros que le acompañaban. Llevaba el duque un sayo de brocado sobre un fuerte arnés blanco, sin otra divisa ninguna. Iba a su lado el marqués del Vasto, que fué uno de los más gentiles hombres que en su tiempo se conocía, y junto con esto muy galán. Iba muy bien armado de unas armas de veros dorados y azules, muy bien labrados. Llevaba en el almete una pluma muy hermosa, blanca y encarnada, y un sayo de tela de plata y oro encarnado; sobre un caballo castaño escuro, las cubiertas de la misma divisa, y sobre todo una camisa rica con el collar de perlas, y otras piedras de valor, tan bien puesto en el caballo que era contento mirarlo.

Quisiera el marqués hallarse a pie con la infantería; pero su tío, el de Pescara no lo consintió, sino que fuese en compañía del duque de Borbón, pues en aquel escuadrón iba su compañía de gente de armas.

El escuadrón de la retaguardia llevaba Hernando de Alarcón, con hasta docientas lanzas bien aderezadas. Iba bien armado con sobrevista de terciopelo negro, sin otra divisa alguna. De suerte que toda la gente de armas, sin los continuos, serían hasta setecientas lanzas, o poco más.

Los capitanes y tenientes y otros muchos particulares hombres de armas iban galanes, con divisas que, por no ser prolijo, no digo.

Descuido de las cadenas del marqués de Sant Angel, y costóle la vida. -Va este marqués a reconocer la casa de Mirabel. -Había en el campo seis mil españoles. -Acompañaban los italianos la artillería. -Los escuadrones franceses llegan y acometen. -Monsieurs de Francia que venían con el rey. -Juan de Caravajal, paje de lanza del marqués del Vasto en esta jornada. -Poderoso ejército francés.

Esta gente entrando en el parque, tomando todos lanza en cuja y echando de sí los mozos, se apartaron a la una parte en la orden que he dicho.

Salió delante el marqués de Civita de Sant Angel con hasta cuatrocientos caballos ligeros, de quien era capitán general, gente de valor y vergüenza, y muy bien aderezados, así de caballos como de armas. El iba en un buen caballo castaño escuro, a la ligera, aunque no tan proveído de cadenas en las riendas y guarniciones como fuera menester, el cual descuido le costó la vida. Llevaba sobre las armas un sayo de terciopelo carmesí, y los paramentos o cubiertas del caballo de lo mismo.

A este marqués mandaron que luego fuese con su gente a reconocer la casa de Mirabel, que en medio del parque estaba, y la desembarazase de alguna gente de los enemigos que allí estaba; porque los escuadrones pensaban ir derechos allí; y el lo hizo muy bien, y después volvió a ponerse en la batalla.

De la infantería española se hizo un escuadrón, a quien se dió la vanguardia. Serían hasta seis mil españoles infantes, antes menos que más, delante de los cuales iba el marqués de Pescara armado de infante, sobre un hermoso caballo tordillo que llamaban el Mantuano, al cual él tenía en tanto precio, que no tenía cosa que estimase en más. No llevaba otra divisa más que la común; sus calzas de grana y jubón de raso carmesí, con una camisa rica de oro y perlas. Iban con él sus continuos y gentiles hombres, ellos y los capitanes lo más bien aderezados que pudieron.

De la infantería tudesca se hizo un hermoso escuadrón de hasta doce mil infantes; llevábale micer Jorge su coronel. Llevaba sobre su coselete y camisa una capilla de fraile francisco, por su devoción, de que mucho se rieron el virrey y los demás. Este escuadrón fué muy señalado.

En la retaguardia venían Papapoda y Cesaro de Nápoles con los otros capitanes italianos. Ternía su escuadrón aun no dos mil infantes, aunque en el valor y esfuerzo era harto poderoso. Estos traían la artillería, que era no más de la que dije, y la munición que traían unas yeguas, y encerró cada una con un costalejo de pólvora o pelotas, que parecía cosa de risa.

Ordenados de la manera dicha los escuadrones, y puesto cada uno en su lugar, ya el sol comenzaba a resplandecer cuando (aunque algo lejos) vieron venir sobre la mano izquierda hacia sí los escuadrones contrarios, que al parecer ponían espanto por su gran multitud. Porque venían en un escuadrón con monsieur de Alanson quinientos hombres de armas, y en guarda de ellos cinco mil esguízaros, algo apartados de los otros. Cerca de ellos venían otros escuadrones de casi dos mil lanzas gruesas, donde venía la persona del rey, así como don Enrique de Labrit, que se llamaba rey de Navarra, y el príncipe de Escocia, el almirante de Francia, el duque de la Palisa, gobernador de Borgoña, el conde de Sant Pol, el marqués de Aveni, con otros; más de sesenta príncipes monsieurs, todos tan aderezados de armas y atavíos, que en comparación de ellos era pobreza lo que traían los imperiales, como lo dice quien lo vió por sus ojos y escribió esta relación con mucha puntualidad y noticia de todo, por ser criado de confianza del marqués del Vasto, y que se halló en estas ocasiones. El cual dice que vió los brocados, y joyeles y cadenas gruesas de oro que traían y los soldados vitoriosos les quitaron.

Venía luego un gran escuadrón de infantería alemana, de los que llaman de la banda negra, de más de quince mil hombres puestos en ala por aquella llanura. Tras ellos venía otro escuadrón de diez mil esguízaros y otro de quince mil italianos, y otro de diez mil franceses a pie (que llaman frantopines), gascones y bearneses. Estos eran sin más de otros diez mil italianos y franceses de a pie y de a caballo que quedaban sobre Pavía, para asegurar que los de dentro no saliesen a dañar a los franceses, ni a robar su campo, ni de parte de los imperiales se les pudiese meter socorro.

Animo notable de los imperiales. -Dicho gracioso del de Pescara para indignar al español contra el francés. -El capitán don Alonso de Córdova se casó con su amiga antes de entrar en la batalla.

No desmayaron los imperiales viendo venir un ejército tan poderoso, antes se dijeron dichos muy graciosos y con buen donaire, como gente que tenía muy enteros los ánimos. Adelantóse un poco el marqués de Pescara, acercándose más a los enemigos, y no estuvo mucho que volvió con una risa que parecía muy de veras, diciendo: «¿Pasáis por la soberbia destos locos? Sabed que el rey de Francia ha mandado echar bando o pregón, que nadie tome español a vida, so pena que la perderá también el que lo tomare. ¡Mirad qué venidad, si piensa que nos tiene ya las manos atadas!»

Este dicho (dado que algunos conocieron ser burla y fingimiento) encendió a la mayor parte en tanto coraje, que hizo gran daño en los enemigos. Porque se enojaron tanto los españoles, que muchos juraron luego de no tomar hombre a vida y de antes morir mil muertes que rendirse, que era lo que el marqués quería.

En este tiempo el capitán don Alonso de Córdova mandó a su capellán que fuese por doña Teresa su amiga, que allí cerca en la retaguardia había quedado, en la cual tenía dos hijos, y, venida, le dijo:

-Ya, señora, veis el tiempo en que estamos, y sabed que yo estoy obligado a pelear por tres, que es por mí y por mis hijos. Querría si vos mandáis que me fuese lícito pelear por cuatro; quiero decir, que fuese también por vos. Y por esto, estoy determinado, si vos lo tenéis por bien, que volviéndonos a Dios nos pongamos en su servicio, y recibiros por mi mujer, y los muchachos por mis legítimos hijos. Porque con esto con más ánimos podré poner la vida por vos primero que por mí, y ayudarnos ha Dios.

Viendo ella la merced que Dios le hacía, se apeó presto del cuartago en que estaba y se puso de rodillas a los pies de don Alonso. Y él la levantó y allí les fueron tomadas las manos y hecho el casamiento por su capellán, y ella se volvió con muchas lágrimas donde había venido.

A todos pareció bien ese hecho, y lo tuvieron en mucho. Y luego vino allí don Juan de Córdova su hermano, capitán de gente de armas por el duque de Sessa, y le abrazó, que había días que no se hablaban, y aprobó y loó mucho lo hecho. Y lo mismo hizo don Pedro de Córdova su hermano, que estaba con la gente de armas. Los cuales luego se volvieron a sus escuadrones, porque ya comenzaban a tocar los atambores a la orden.

Juega la artillería francesa contra los imperiales. La infantería española va contra la casa de Mirabel. -Dos valientes españoles quieren mostrarse al tiempo del romper. -Aprovechó poco la artillería imperial. -Monsieur de Alanson se topa con los italianos y los maltrata. -Valiente italiano. -Los franceses ganan la artillería que traían los italianos y apellidaron vitoria. -El marqués da voces al virrey de Nápoles que rompa y no tema la artillería. -Marqués de Pescara y su valor. -Gusto grande que recibió el duque de Borbón viendo ya romper de todo punto la batalla. Armas, vestidos y divisa del rey de Francia. -Blasón. -Los príncipes que acompañaban al rey. Anima el rey a los suyos y salen a encontrarse con la gente de armas española. -Rompen furiosamente unos con otros. -Llega el de Pescara con la infantería. -Sale el capitán Quesada con su compañía a socorrer a los caballos. -Daño notable que hizo Quesada con sus docientos arcabuceros que dicen eran mosquetes. -Matan a monsieur de la Palisa.

A esta hora ya los enemigos habían puesto delante de sus escuadrones el artillería que dije que habían sacado, que eran más de treinta piezas gruesas, sin otras muchas de campaña. Y comenzaron a tirar a los escuadrones imperiales. Porque la traían con tal arte, que sin quitar de la pieza los caballos que la llevaban, sino con sólo revolver la boca adelante con un estribo grueso de hierro que en la cureña traían, donde hacían hincapié para la coz, podían jugar de cada pieza sin tener a qué detenerse, más de para asestar a la parte que el artillero quería.

Y con la primera rociada mataron algunos hombres de armas y infantes de los escuadrones imperiales.

Viendo esto el marqués, mandó que el escuadrón de la infantería española caminase poco a poco derecho a Mirabel, dejando los enemigos sobre la mano izquierda, y mandó traer las dos piezas de artillería y algunas yeguas de las cargadas con munición, que llevasen consigo, para que llegados cerca de un altillo que junto a Mirabel está, las pusiese para dañar de allí a los enemigos tirándoles de través.

En esto salieron del escuadrón dos muy buenos soldados de la compañía del capitán Ribera, el uno llamado Pedro Caráez y el otro Juan de Medina, armados con sus coseletes y picas en las manos, y suplicaron al marqués les diese licencia para que al tiempo del acometer los escuadrones, ellos dos solos pudiesen ponerse algo delante al largo de tres o cuatro picas, para que allí tuviesen lugar de mostrarse. El marqués se lo hubo de conceder por el crédito que de ellos tenía. Pero como nunca los enemigos llegaron a esa manera de romper, no tuvo efeto su petición. Aunque se dieron bien a conocer por lo mucho que aquel día estos dos valientes españoles hicieron.

Caminando, pues, el escuadrón de españoles paso a paso, llegó al arroyuelo que está junto a Mirabel, cuya agua llegaba a la rodilla; pasáronle y llegaron junto a la casa. De la cual los caballos ligeros habían echado algunos enemigos y mercaderes que en ella estaban. Y poniéndolos en aquel cerrillo para tirar con las dos piezas de artillería, las yeguas que la munición traían se habían espantado y huido, que no las pudieron tener los villanos que las traían. De suerte que si no fué de dos tiros que venían cargados, de otra cosa no se aprovecharon de su artillería, y ansí, se la dejaron allí.

En este tiempo, monsieur de Alanson, cuñado del rey, que algo apartado de los otros escuadrones con quinientas lanzas y cinco mil esguízaros venía, como dije, rodeando por detrás de unos álamos, vino a salir a la retaguardia de los imperiales, con intento de tomar el paso por donde habían entrado y herirlos por las espaldas. Pero como ya así la infantería española como tudesca y la gente de a caballo no estaban como él pensó, vino a encontrarse con los italianos que con la artillería algo más se habían detenido. Los cuales, como viesen venir contra sí tanta gente de a pie y de a caballo, con muy buen ánimo se apercibieron para los esperar. El capitán Papapoda, que en la hilera estaba, dijo viendo el peligro: «Paréceme que sería cordura recogernos a aquella alamedilla. Porque allí fácilmente nos podremos defender de la gente de a pie y de la de a caballo, y estaremos seguros por la espesura de los árboles.» Al cual respondió el alférez que estaba detrás de él con su pica en la mano (porque día de batalla campal las banderas y van en medio del escuadrón y llévanlas los banderados, y los alféreces van en la segunda hilera del escuadrón con sus picas, y así iba este valiente soldado, y de allí dijo a su capitán): «Mirad, capitán; no es tiempo de buscar esas securidades a los que más buscan honra que vida. Acordaos que para este día os ha pagado el Emperador muchos años. Por tanto, no os mudéis de donde estáis; si no, tened por cierto que el primer picazo que diere será en vos.»

Apenas había dicho estas palabras, cuando la gente de armas por una parte y los esguízaros por otra arremetieron con tanta furia, que en breve espacio rompieron aquel escuadrón y mataron y hirieron 1a mayor parte de él, aunque ellos pelearon con grande ánimo y derribaron y mataron muchos de sus enemigos, tanto, que la gente que los rompió no osó más entrar en batalla. Y vista su pérdida, se fueron de allí sin más pelear. Pero en este reencuentro ellos quedaron vitoriosos y ganaron la artillería, y la dispararon contra los imperiales, gritando en alta voz: «¡Vitoria, Francia, vitoria!»

Lo cual visto por el virrey de Nápoles, con alguna turbación de lo que había pasado sin poderlo remediar, envió de presto con el capitán Aguayo uno de sus continuos a decir al marqués que le parecía que él con la infantería española se metiese dentro del foso de Mirabel y allí se fortificase para recoger la gente más a su ventaja. El marqués, que sin alguna turbación lo miraba todo, vió que era una gran ceguedad lo que el virrey quería, porque dentro de dos días era fuerza que se rindiesen por hambre, o salir a buscar los enemigos. Que por ventura viendo la ventaja se fortificarían de bestiones en torno de ellos y con sola su artillería los hundirían allí.

Considerados estos inconvenientes, respondió el marqués en alta voz que oyeron todos: «Decid al virrey que sin más esperar el daño que la artillería hace en la gente de armas, acometa y rompa los enemigos. Porque, al fin, el que espera da ánimo a su contrario; que yo seré luego en la batalla.»

Con esta respuesta fué Aguayo y volvió luego, diciendo: «Señor, el virrey manda que vuestra señoría tome luego a como lo dice, que lo demás sería ir a ir a buscar la muerte a sabiendas.»

El marqués respondió: «Decid al virrey que acometa a sus enemigos; que pues la muerte no deja de alcanzar a los que huyen, más vale buscarla con honra que huirla con perpetua infamia.»

Y dicho esto, mandó volver de allí el escuadrón para ir a la batalla de los enemigos. Y tornando a pasar el arroyo, hizo que todos sus continuos y criados se apeasen y se metiesen en su lugar del escuadrón, que es la tercera hilera. Porque la primera es de los capitanes, y la segunda de los alféreces, y la tercera de los gentiles hombres del capitán general.

Y ordenado bien el escuadrón, los arcabuceros delante, que serían hasta ochocientos o pocos más, salió solo el marqués delante en su caballo Mantuano, y viendo tendida en tierra una lanza de hombre de armas, pidió que se la diesen, y poniéndola en la cuja la tornó a lanzar al suelo, diciendo: «Quítame allá ese embarazo.» Y echó mano a su espada.

Y el capitán Aguayo llegó al virrey con la respuesta y determinación del marqués. El cual, viendo ser aquello lo que cumplía, se volvió a su escuadrón diciendo: «Ea, señores, que aquí no hay más que esperar sino en Dios. Por tanto, os ruego a todos que me sigáis, haciendo como yo haré.»

Cerca de él estaba el marqués de Sant Angel, que, echada la gente de Mirabel se volvió a su estancia. El virrey envió a decir al duque de Borbón que luego acometiese con la batalla y Alarcón con la retaguardia. El de Borbón, cuando aquello oyó, alzó juntas las manos al cielo, como hombre que veía llegarse lo que para mostrar el enojo que contra el rey de Francia tenía había días que deseaba. Y así lo publicó en palabras.

El virrey, haciendo la señal de la cruz sobre sí, tomó su lanza y con su escuadrón comenzó a caminar en buen orden hacia los escuadrones franceses, que algún tanto se habían parado. Lo cual como el rey de Francia viese, que muy bien armado sobre un caballo rucio andaba discurriendo por sus escuadrones y traía sobre las armas un sayo de brocado y terciopelo morado a escaques y bordadas en él muchas F F; al contrario, en el brocado terciopelo, y en el terciopelo brocado, con unos cordones de oro y seda morada. En el almete traía una gentil pluma o penacho grande amarillo y morado. Las caídas del penacho llegaban a las ancas del caballo. De entre las plumas salía una bandera de cendal morado con una salamandria dorada en un fuego, y al cabo de ella una F grande dorada y una letra a la redonda del pendoncillo que decía: Ista vice et non plus. Que quiere decir, «esta vez y no más.» Esta traía él, porque en aquella jornada pensaba quedar seguro señor de Italia.

Junto a él venía el príncipe de Navarra con ricas armas doradas y sobrevistas de hermoso brocado verde, con unas esferas doradas por las sobrevistas, el caballo encubertado de terciopelo pardo y fajas de oro. Venía también allí el príncipe de Escocia, muy hermoso de rostro y bien dispuesto, de hasta diez y ocho años. Traía sobre las armas un sayo de brocado muy lleno de cruces blancas, con una gruesa cadena de oro a la garganta con un rico joyel. Otros muchos venían de brocado y sedas muy ricamente ataviados sobre hermosas armas.

Pues, como dije, andaba el rey con sus escuadrones y solicitando a los artilleros a que se diesen toda priesa a tirar. Y como viese que la gente de armas de España iba la vuelta suya, dijo en alta voz: «Ea, caballeros, que pues esta gente viene como buenos a buscarnos y nos quitan de trabajo, razón será que como tales los salgamos a recibir.»

Y luego mandó al príncipe de Navarra que con monsieur de la Palisa y el conde de San Pol y el mareschal de Montmoransi, todos grandes señores, y otros muchos, saliesen con la vanguardia delante.

A este tiempo ya el virrey venía con su escuadrón a más andar juntándose a ellos. Y puestas las lanzas en los ristres, con gran ánimo arremetieron los unos a los otros, que era hermosa cosa ver los lindos encuentros que se daban, y muchos caballos salir sin señores. El alarido de las voces de los unos y de los otros era tan grande, y las voces que daban los unos apellidando Francia, y los otros, Santiago y España, y el ruido del quebrar las lanzas y de las caídas de los caballeros, era cosa espantosa, que parecía estar allí todo el mundo junto. Lo cual como el marqués de Pescara viese, que venía a la mano derecha con los españoles, temiendo el peligro de su gente de armas, que era tan poca, y los enemigos tantos, vuelto el rostro al escuadrón dijo:

-Ya, señores, véis cómo nuestra gente de armas hace como buenos lo que en sí es, y si revés o daño han de recibir será por ser tan pocos, que largamente hay tres para uno, por tanto conviene socorrerlos. Y porque no sería acertado ir todos éstos, salga el capitán Quesada con su compañía de arcabuceros y váyalos a socorrer.

Y en diciendo esto, salió Quesada con su arcabuz en la mano, y vestido una cuera de ante con mangas de malla y morrión, y camisa y banda colorada, y llamando sus soldados salieron todos, que serían hasta docientos arcabuceros bien aderezados, y puédese decir, por digno de memoria, que aquel día, sin haber sargentos mayores ni menores que del escuadrón saliesen, su buena estrella los gobernaba de tal manera, que solos sus soldados, sin juntársele otro ninguno, le siguieron con muy buen orden, y llegaron donde la gente de armas peleaba valerosamente. Con cuya llegada perdieron muchos franceses los caballos y las vidas. Porque en llegando comenzaron a tirar a los escuadrones de los enemigos, aunque no andaban bien mezclados. Pero en viendo cruz blanca o el caballero sin camisa sobre las armas, daban con ellos en tierra.

El ruido de la arcabucería y el humo puso gran temor en los caballos de los enemigos; tanto, que enarmonados muchos de ellos, se salían de la batalla, sin poderlos sus dueños señorear. Allí murieron muchos señores y caballeros franceses, como fué el almirante de Francia, monsieur de la Palisa, y otros muchos. Que aunque salían de la batalla, se rendían a quien pensaban les salvaría las vidas, y para esto prometían gran rescate. Pero no tenían remedio, porque llegaban los arcabuceros y sin alguna piedad los mataban.

Y de esta manera vió quien escribió esto morir a monsieur de la Palisa, caballero anciano y muy estimado, y se había rendido al capitán Chuchar y prometídole veinte mil ducados de talla o rescate; y llegó un arcabucero y le mató. Mostráronse mucho como valientes en este primer encuentro el virrey de Nápoles y el duque de Borbón, que se metió cuanto pudo en la batalla con deseo de toparse con el rey y matarle. También el marqués del Vasto hizo lo mismo, y Hernando de Alarcón, que entró con su retaguardia y se puso en tanto peligro que aunque mató algunos, le derribaron del caballo, y si no le socorrieran ciertos arcabuceros y Jorge de Sevilla, buen soldado que se puso en gran peligro por darle un caballo que quitó a un francés, peligrara.

Matan al marqués de Civita de Sant Angel. -Lo que dijo el marqués de Pescara a los españoles mandándoles ir a romper un grueso escuadrón.

Entró (como dije) con el virrey el marqués de Civita de Sant Angel, mostrando bien quién era. Y yendo peleando le cortaron las riendas del caballo, por el descuido de no llevar cadena de hierro (como dije). Y como el caballo se sintió suelto metió a su dueño por el tropel de los enemigos, aunque él siempre con su maza de hierro iba hiriendo a una parte y a otra, hasta que fué a dar donde el rey de Francia andaba. El cual, con una gruesa lanza que traía, le encontró, de suerte que, como el marqués iba armado a la ligera, o estradiota, le derribó muerto en tierra.

Y esto pareció ser así, porque el mismo rey, después de la batalla, dando buenas señas de él, dijo lo que había acaecido.

Andando la gente de armas en los principios de la batalla, el marqués de Pescara, que a mano derecha venía con la infantería española, vió venir hacia su escuadrón otro bien grueso y con buen concierto de los enemigos. Y con una disimulación y fingimiento gracioso, que naturalmente tenía, se volvió a su gente diciendo: «Ea, mis leones de España, que hoy es día de matar la hambre que de honra siempre tuvistes. Y para esto os ha traído hoy Dios tanta multitud de pécoras, en que os cebéis. Y mirad que aquel escuadrón que algo lejos viene hacia acá, me parece que es la gente de Pavía, que con el mismo deseo de ganar honra ha salido y viene a se juntar con nosotros. Por tanto, vamos a recibillos. Y juntos podemos volver sobre la mano izquierda y a nuestro salvo entrar por los enemigos.»

Y con esto no cesaba el escuadrón de caminar paso a paso hacia ellos, dejando la retaguardia algo desviada.

Los tudescos imperiales recogen los españoles arcabuceros desmandados. -Acometen los españoles un escuadrón de quince mil tudescos. -Mortandad grande y destrozo que hicieron seiscientos arcabuceros españoles. -Sale Antonio de Leyva de Pavía a dar en los que huían y escaramuza con los italianos que guardaban el real del francés.

El escuadrón de los tudescos se estaba quedo en el campo, para acudir donde fuese necesario. Y si algún arcabucero español pasaba acaso cerca de ellos, micer Jorge salía y tomándole por el brazo le metía en el escuadrón, diciéndole en su lengua: Fermi, fermi; esto es, que estuviese allí con él. Y desta manera juntó consigo más de treinta arcabuceros que viendo su buena voluntad holgaban de le complacer.

Todavía caminaba el escuadrón de españoles derecho al escuadrón que el marqués les había hecho creer que era de los de Pavía, aunque algunos claramente vieron no ser así. Pero entendiendo que el marqués lo hacía por animar a su gente, y que cuando hubiesen de romper fuese como de improviso, callaron. Y así iba con gran regocijo, y el marqués delante en su caballo, haciendo mil gentilezas y diciéndoles muy buenas razones, que alegraban a todos, les ponía esfuerzo, hasta que ya llegaron tan cerca los unos de los otros, que no tuvo más lugar la disimulación. Porque vieron claramente las cruces blancas y se conoció ser aquel escuadrón de los quince mil tudescos de la banda negra, los cuales venían en muy buen orden, trayendo en la vanguardia más de cuatro mil coseletes escogidos. Y delante venían hasta docientos escopeteros.

Y a esta sazón ellos comenzaron a calar las picas hacia delante y decir: Her her. Que es: Arma, arma.

Lo cual visto por el marqués, y que no era ya tiempo de más disimular, volvióse a los españoles diciendo, como que se admiraba: «¡Oh, cuerpo del mundo, engañados veníamos, que enemigos son! Sus, todo el mundo hincadas las rodillas haga oración, y nadie se levante hasta que yo lo diga.»

Ya los arcabuceros españoles que estaban delante del escuadrón se habían apercebido de encender cada uno dos o tres cabos de mecha para poder tirar más liberalmente, y llevaba cada uno en la boca cuatro o cinco pelotas para cargar más presto.

Hincados, pues, todos de rodillas, las mechas puestas en las llaves de los arcabuces, hicieron oración; y los enemigos hicieron lo mismo. Al levantar salieron los docientos escopeteros que los tudescos delante traían, y adelantándose hasta diez pasos dispararon todos a una. Pero como los españoles estaban de rodillas y ellos no tiraban de puntería, sino puesta la mecha a un palillo, teniendo con la una mano la escopeta, con la otra pegan el fuego, no mataron ni hirieron a nadie. Y en tirando volvieron a quererse meter en su escuadrón para tornar a cargar.

Volviendo, pues, para esto las espaldas, comenzó el marqués en alta voz: «¡Santiago y España!, a ellos, a ellos, que huyen.» A esta voz se levantaron los arcabuceros y comenzaron a tirar con tanto concierto, que parecía había allí seis mil, no siendo más de seiscientos los que allí estaban. Fué tanta la furia, que los enemigos no pudieron dar dos pasos adelante, sino que caían tan espesos, que las picas, cayendo unas sobre otras, parecían algún cañaveral que derribaba el viento. En medio cuarto de hora no había coselete de la vanguardia de los enemigos, que todos habían caído, y hallábanse después muertos con cinco arcabuzazos en el peto, y otros con cuatro, y tres, y con dos, señal que todos habían llegado juntos, y a un tiempo; tan espesa y concertada fue la puntería, pues cada uno de aquellos tiros era mortal. De suerte que en el tiempo que tengo dicho, cayeron más de cinco mil hombres. Porque no hubo arcabucero que por lo menos no tirase seis tiros, y otros, ocho, y a diez.

Los enemigos se vieron perdidos y haciendo una ciaboga, dejando el pelear, se fueron donde el cuerpo del campo imperial estaba; y quiso su ventura que pensando salvarse por allí, toparon con la compañía de Quesada, que había socorrido la gente de armas y casi rompido y desbaratado la de los enemigos, y venían con gran furia a socorrer el escuadrón imperial de españoles, que venía peleando. Y como los toparon, volvieron a darles otra rociada, que, matando muchos de ellos, fué del todo desbaratado aquel escuadrón.

El rey de Francia, que por una parte veía desbaratada su gente de armas, y por otra el gran peligro de sus tudescos, fuese a juntar con los esguízaros, animándolos a que fuesen a pelear contra el escuadrón de españoles. Fueron dificultosos de arrancar y mover de donde estaban. Y llegaron a pasar por junto al escuadrón de los tudescos imperiales, de donde salieron los arcabuceros españoles, que micer Jorge había recogido, y otros de los suyos, y dieron una mala rociada a los esguízaros. Y llegando a tentarse de las picas, no quisieron acometerlos ni detenerse por el terror de que los arcabuceros había cobrado. Por lo cual decía después el rey que no le habían roto sino arcabuceros españoles; que a donde quiera que había ido, los había hallado.

Y pasando de allí los esguízaros casi juntos con el otro escuadrón de italianos y frantopines, se venían hacia donde los españoles estaban. Y llegando cerca, por el un costado le salió una buena banda de arcabuceros, que desmandados habían llegado al artillería francesa, y muerto los artilleros que hallaron y desjarretado los caballos y carros de la artillería, apoderándose de mucha de ella. Y como vieron la multitud de gente que iba contra el escuadrón de españoles, dejándolo todo, por un lado dieron en ellos, de suerte que fácilmente cortaron el escuadrón. Los otros arcabuceros que estaban con la infantería española le salieron con tanto ánimo al encuentro y tanto concierto en el tirar, que hicieron detener a los enemigos, esperando acabasen de tirar. En el cual tiempo recibieron gran daño.

Y viendo que jamás aflojaba ni un punto la furia del tirar, volvieron sobre la mano derecha, y dejando la batalla, tomaron el camino del río para salvarse, que realmente fué huir.

Y en esto, Antonio de Leyva, que dentro de Pavía estaba y con poca salud, se hizo sacar en una silla a la puerta de la ciudad. Y de allí mandó salir hasta mil soldados españoles y tudescos de los que tenía dentro; y que con mucho tiento comenzasen algunos de ellos a escaramuzar con la gente italiana que el rey de Francia allí había dejado por guardia. La escaramuza se trabó de suerte que tuvieron impedida y ocupada aquella gente, que no fuese a la batalla. Que fué un buen hecho por ser la gente buena.

Estando ya las cosas en el estado que digo, el capitán Guevara, que con algunos españoles al rey de Francia servía (como ya dije), aquel día fué mandado ir a guardar la puente al Tesin, que tenían echada. Y como vió la perdición de su ejército, procuró defender aquel paso, para por allí recoger alguna gente que venía huyendo, para ponerla en salvo, derribando después la puente o desbaratando las barcas sobre que estaba armada.

Díjose que el marqués de Pescara era muerto por haberse metido demasiado en los enemigos. -Piérdese el rey de Francia. -Fué este Juanes de Urbieta de grandísimas fuerzas: conozco a quien le vió hacer extrañas pruebas y muestras de ellas. Notable hecho de Juanes de Urbieta. -Salva Urbieta su alférez y su estandarte después de rendido el rey. -Acuden otros a rendir al rey caído en tierra. -Vióse el rey en peligro de que le matasen por no conocerlo. -Los muchos que acudían a tomar joyas y prendas del rey rendido. -Derrámanse los franceses por diversos lugares. -Ahóganse muchos en el río Tesin. -Lástimas que hacían los rendidos. -Muchos franceses, oyendo que su rey era preso, vinieron voluntariamente a ponerse en prisión. -Acude el marqués de Pescara donde el rey estaba preso. -Cortesía grande del marqués de Pescara. -Llega el virrey de Nápoles. -Llega el del Vasto. -Acude el duque de Borbón donde estaba el rey. -Túrbase el rey con la venida de Borbón. -Notables y lastimosas palabras entre el rey y Borbón. -Lo que los españoles decían al rey yendo a Pavía preso, por vía de donaire. -Lo que le dijo el soldado Roldán de las dos pelotas. -Afréntase el rey de entrar en Pavía. Pide le lleven a otro lugar. -Lo que dijo el marqués de Pescara que se debía a la nación española por lo que hoy había hecho. -Encomiendan la guarda del rey a Hernando de Alarcón.

Al tiempo que el escuadrón de los imperiales rompió con los de la banda negra, el marqués se metió en los enemigos como un león. Que no sólo hacía el oficio de capitán de palabra, sino también con admirables obras; y matando y hiriendo se lanzó entre los contrarios: de tal manera y suerte, que en más de media hora no supo hombre de todos ellos de él.

En el cual espacio, como el marqués de Sant Angel fué hallado muerto y como no dijesen cuál de los marqueses, y el de Pescara se les hubiese perdido de vista, los soldados, creyendo ser él el muerto, costó harto caro a los enemigos. Porque perdida toda la piedad que los españoles suelen tener, andaban como lobos hambrientos, matando cuantos hallaban, y algunos con las lágrimas en los ojos, de dolor por la muerte de un príncipe, capitán tan amado de todos, acrecentándose a algunos esta saña, porque a la misma sazón vieron entrar herido al capitán Quesada, que yendo a la artillería de los enemigos, de un escopetazo por las espaldas le hirieron. Pero fué su ventura que la herida, aunque mala, no fué de muerte.

Este capitán se llamaba Pedro Fernández de Quesada, hidalgo noble, natural de Segura de la Sierra, villa frontera entre el reino de Toledo y el de Granada y Andalucía. Fué uno de los señalados capitanes que el Emperador tuvo. Y de los despojos de esta guerra trajo a su lugar telas de terciopelo azul oscuro, sembradas de flor de lis de oro, de que hoy día hay frontales y otros ornamentos en las iglesias.

Andando los soldados españoles tan encarnizados como tengo dicho, salió el marqués de Pescara de un escuadrón que de enemigos se desbarataba, y en las veneras que traía se pudiera bien saber las romerías que había andado. El venía herido en el rostro junto a la nariz de una pequeña herida, que con una pica le habían dado; y traía otra herida en la mano derecha, no peligrosa; pero traía un arcabuzazo por medio de los pechos, que pasándole el coselete y los vestidos llegaba a la carne. Y como la pelota estaba caliente, dábale pesadumbre pensando que entraba por el pecho en el cuerpo, y esto le traía algo fatigado. En las armas traía mil cuchilladas, y alabardazos y golpes de picas. El caballo venía con una gran herida en las quijadas y otra en la barriga, que le hacía venir las tripas arrastrando. Con todo esto, en saliendo del escuadrón de los enemigos comenzó a relinchar, y como el marqués lo viese y supiese cuál el caballo salía, dijo:

-¡Ah, Mantuano, ese es el cantar del cisne; pluguiera a Dios que con mil ducados pudiera yo salvarte la vida!

Y llegado a los españoles les dijo: «Ea, amigos, nadie descanse, pues el tiempo no da lugar, que agora es tiempo de seguir la vitoria que Dios os ha dado. Y sabed que la guerra y mis días acabarán juntamente, porque vengo mal herido de un arcabuzazo por estos pechos.»

¿Quién podría contar la tristeza que en todos esta palabra puso? Bien se puede creer que la alegría de haberle visto venir después de tenido por muerto se volvió en mortal tristeza con tales nuevas. A la hora llegaron a él el que más presto pudo y le apearon del caballo. Y un gentilhombre suyo, llamado Antonio de Vega, le quitó presto los correones del coselete, y metiendo la mano al pecho halló la pelota juntó a la carne, hecha una tortilla. Pidiendo albricias al marqués se la mostró, y como él se vió libre, de presto se hizo tornar a armar.

Y tomando otro caballo, dejó allí su Mantuano, que de allí a poco murió.

Y recogiendo la gente que pudo (que ya mucha se había desmandado a seguir la vitoria), se fué la vía del río Tesin, donde veía ir muchos de los enemigos. La gente de armas, aunque retirándose, siempre iban defendiendo lo que podían.

Como el rey de Francia vió que no podía hacer tornar sus esguízaros (que era la gente de que más estima hacía) a la batalla, y que claramente parecía su perdición, trató de ponerse en salvo, y tomó el camino de la puente del Tesin. Iba casi solo, cuando un arcabucero le mató el caballo, y yendo a caer con él, llegó un hombre de armas de la compañía de don Diego de Mendoza (llamado Juanes de Urbieta, vascongado, natural de Hernani, en Guipúzcoa), y como le vió tan señalado, fué sobre él al tiempo que el caballo cayó. Y poniéndose el estoque al un costado por las escotaduras de las armas, le dijo que se rindiese. El rey, viéndose en peligro de muerte, dijo: «La vida, que yo soy el rey.» El guipuzcoano lo entendió, aunque era dicho en francés, y diciéndole que se rindiese, él dijo: «Yo me rindo al Emperador.» Y como esto dijo, el guipuzcoano alzó los ojos y vió allí cerca al alférez de su compañía, que cercado de franceses estaba en peligro, porque le querían quitar el estandarte. Juanes, como buen soldado, por socorrer su bandera, sin tener acuerdo de pedir gajes o señas de rendido, dijo: «Si vos sois el rey de Francia haceme una merced.» El rey le dijo que se la prometía. Entonces alzando la vista del almete le mostró ser mellado, que le faltaban dos dientes delanteros de la parte de arriba, y le dijo: «Pues en esto me conoceréis.»

Y dejándole en tierra, la una pierna debajo del caballo, se fué a socorrer a su alférez.

Y hízolo, tan bien, que con su llegada dejó el estandarte de ir en manos de los franceses.

Entretanto, llegó a donde el rey estaba otro hombre de armas de Granada, llamado Diego de Avila, el cual, como viese al rey en tierra con tales atavíos, fué a él a que se le rindiese. El rey le dijo quien era, y que él estaba rendido al Emperador. Y preguntando si había dado gaje, dijo que no. El Diego de Avila se le pidió, y el rey le dió el estoque, que bien sangriento traía, y una manopla. Y apeado Avila, procuraba sacarlo de debajo del caballo, cuando llegó allí otro hombre de armas, gallego de nación, llamado Pita, el cual le ayudó. Y al levantar tomó al rey la orden que de San Miguel, en una cadenilla, traía al cuello. Que es la orden de caballería que los caballeros de Francia traen, como los del Emperador el Tusón. Por ésta le ofreció el rey seis mil ducados. Pero él no quiso sino traerla al Emperador.

Estando ya el rey de Francia en pie, acudieron hacia aquella parte algunos soldados arcabuceros, los cuales, no conociéndole, le quisieron matar, porque no daban crédito a los que le tenían, que decían ser el rey. Y sin duda ellos no le pudieran salvar la vida, si a la sazón no viniera por allí monsieur de la Mota, deudo y muy gran amigo del duque de Borbón, que con él había andado, y desmandándose hacia aquella parte vió la contienda que allí tenían; porque ya se había llegado copia de soldados de a caballo y de a pie, y unos alegando lo que el marqués les había encomendado, le querían matar, no creyendo ser el rey; otros le querían defender.

Como monsieur de la Mota entendiese que toda la contienda era por no haber quien le conociese, pidió que se le dejasen ver. Y llegado luego, conoció quién era; y hincadas las rodillas por tierra, le quiso besar la mano. El rey le conoció, y haciéndole levantar le dijo que le rogaba que hiciese como quien siempre había sido. Y viendo esto los soldados, se certificaron ser aquel el rey. Y quitándole Diego de Avila el almete, el rey, por limpiarse el sudor, con una poca de sangre que en una mano tenía, se ensangrentó un poco el rostro, por donde algunos pensaron que estaba herido en él; pero no fué así.

Luego llegaron algunos soldados; y unos le tomaron los penachos y bandereta que en el yelmo traía; otros, cortando pedazos del sayo de sobre las armas como por reliquias, para memoria, cada cual que podía llevaba su pedazo, de suerte que en breve espacio no le dejaron nada del sayo. A todo esto siempre se mostró magnánimo, mostrando reír y holgar de todo, y los soldados le daban bien de qué, porque le decían cosas donosas para reír.

En esto el escuadrón de la gente de armas y los esguízaros que con monsieur de Alanson (que era cuñado del rey) habían rompido la gente italiana, por poco que se quisieron detener a descansar y repararse del mucho daño que habían recibido, como tan presto conocieron la perdición y desbarato de su ejército, recogiendo la gente que hacia aquella parte iba, tomó el camino de Vegeven (que es una buena villa, diez y ocho millas de Pavía), en donde muchos señores de los franceses tenían sus recámaras y estaba bien guardada. La otra gente comenzó a huir por diversas partes.

Y algunos llegaron a la puente que Guevara guardaba. Y recogidos los más que pudo, viendo ya venir cerca la gente española, que en el alcance iba, cortó la puente y fuése con aquella gente a salvo la vía de Turín, de donde se pasaron en Francia. Otros muchos que no pudieron tomar el camino de la puente se lanzaron en el río, y como iba tan grande, todos se ahogaron. Estos fueron muchos, y entre ellos el escuadrón de los esguízaros y frantopines, que de la batalla salieron (como dije).

Y tomando la vía del río, no bastaron muchas voces de españoles, que tras ellos iban, prometiéndoles buena guerra, asegurándoles las vidas, porque no pereciese tanta multitud. Finalmente, con el gran temor que llevaban, se lanzaron casi todos en el río. Y como iba grande, todos se ahogaron, que éstos fueron más de seis mil hombres. Otros, temblando, se venían a poner en manos de españoles. Y asido uno al estribo del español, otro se asía a aquel, otro al otro, y así venían con cada uno cuarenta o cincuenta rendidos, y con algunos, más de ciento. Todos con lágrimas pedían misericordia, que era la mayor compasión del mundo vellos. Los españoles los aseguraban, y prometían de hacerles buen tratamiento, como lo hicieron.

Hallóse en esta batalla el príncipe de Bearne, conde de Foix, don Enrique, rey de Navarra, el cual, viendo perdida la batalla y destrozado el campo del rey cristianísimo, procuró salvar su real persona, y volviendo las riendas al caballo le vió salir del campo un hombre de armas natural de Portillo, cerca de Valladolid, llamado Ruy Gómez, soldado criado en la milicia desde la guerra y conquista de Granada, siguiendo la bandera del Gran Capitán, como he visto lo certifican el marqués del Vasto y Hernando de Alarcón. También lo vió salir del campo o retirarse Cristóbal de Cortesía, caballo ligero, y asimismo Juan de Pernia, soldado valiente, natural de Carrión, que con pies muy ligeros siguió los dos caballos que persiguían al príncipe don Enrique.

Alcanzáronle desigualmente, según los pies que los llevaban, sin saber quién era el príncipe; mas de ver era de estima por las ricas armas, caballo y cubiertas que llevaba. Rompiéronse o quebraron las riendas del caballo de Ruy Gómez, y así no pudo ser el primero. Llegó a unos franceses ya rendidos, con la espada desnuda, sangrienta y levantada en la mano, y ellos, temiendo que los iba a matar, se le arrodillaron (con la humildad que el rendido suele tener), diciendo: «Monsieur, la vida.» Ruy Gómez les dijo le adrezasen las riendas quebradas del caballo, y hecho, le arrimó las espuelas en seguimiento del de Bearne, que halló detenido y embarazado con Cristóbal de Cortesía, y como un Hércules no puede contra dos, el generoso príncipe, hijo de los reyes de Navarra, se rindió, siéndole enemigo de a pie el de Carrión. Entregó el príncipe a Ruy Gómez la maza de armas (que he tenido en mis manos) y el estoque, y del caballo del príncipe le quitó las cubiertas, que eran de terciopelo pardo, y fajas de tela de oro, que Ruy Gómez trajo a Portillo, lugar de su nacimiento, y les dió a su parroquia, de las cuales hicieron una manga de cruz.

Procuró el marqués de Pescara haber la persona del príncipe de Bearne (como aquí digo), y dió mil florines de oro del sol de contado a Ruy Gómez y otros tantos a Cortesía, y ochocientos a Pernia, que era su soldado, obligándose de dar a cierto plazo otros tres mil florines de oro a cada uno de los de a caballo, la cual obligación se hizo en latín, y otorgó ante Estéfano Escrono, notario, a 2 de junio deste año. Y porque no cumplió el marqués, Ruy Gómez puso demanda a sus herederos y se hizo información, de la cual he sacado lo que he dicho. Y en este proceso presentó Ruy Gómez una certificación escrita en pergamino y en lengua francesa, firmada del príncipe don Enrique, preso en el castillo de Pavía, primero de agosto deste año, en que dice cómo Ruy Gómez fué uno de los que le prendieron en la batalla que se dió delante de Pavía y le tomó el estoque. Alguna otra gente huyó por la vía de Milán, de los cuales fueron muchos muertos de los del villanaje que por allí en cuadrillas se habían juntado de toda la comarca (como es costumbre), para perseguir al vencido.

Y era cosa maravillosa que hasta las mujeres todas se habían juntado, y allí muchas en la propria batalla andaban despojando los que caían. Andando la batalla, muertes y prisiones de esta manera, divulgóse la fama de la prisión del rey de Francia entre los unos y los otros. Lo cual fué causa que muchos buenos caballeros franceses que estaban ya en salvo, o se pudieran salvar, se volvieron voluntariamente a darse por prisioneros de españoles, prometiéndoles grandes rescates, con una honrosa consideración, diciendo que no quisiese Dios que ellos, con gran ignorancia, dejando su rey en prisión, volviesen a Francia. De éstos fueron muchos, y algunos, principales señores. Como la nueva se derramó por el campo y llegó a oídos de los señores, cada uno procuró de ir a aquella parte por verle. El primero fué el marqués de Pescara, que a la sazón de junto a Pavía venía. De donde con alguna gente que consigo llevaba y con algunos que salieron de Pavía había hecho huir los italianos que sobre la ciudad habían quedado, y de ellos traían muchos presos. Volviendo, pues, de esta empresa, supo dónde el rey estaba, y fuése para allá.

Con el rey estaban algunos soldados, aunque pocos, que ya se habían ido en seguimiento de la vitoria. Estaba allí monsieur de la Mota, el cual, como vió el marqués, diciendo al rey quién era, se fué a buscar al duque de Borbón, para traelle allí. El marqués, hincadas las rodillas por tierra, con gran acatamiento pidió las manos al rey. El, no se las queriendo dar, se las puso sobre los hombros y le hizo levantar, mostrando holgarse mucho de su venida, y le habló con buen semblante, rogando que mirasen lo que a caballeros vencedores debían. Que los pobres vencidos fuesen tratados con la piedad a que los españoles, como los mejores soldados del mundo, estaban obligados.

Al marqués se le vinieron las lágrimas a los ojos de pura compasión, de oír semejantes palabras a un tan gran príncipe, y por no darle aflición las disimuló, diciendo que Su Majestad no tuviese pena de aquello, que él le certificaba ser la nación española, tan piadosa, que él estaba seguro que aún de las muertes ya pasadas les pesaba. Y que él haría buen tratamiento a los soldados presos y los pondría en libertad. Esto mostró agradecerlo mucho el rey. Y luego llegó allí el virrey de Nápoles, y haciendo el acatamiento que el marqués, fué recibido con buen semblante del rey, y a todos decía palabras, aunque con ánimo, que movían a piedad.

Estando en esto llegó el marqués del Vasto con el mismo acatamiento, y el señor Alarcón; y como el rey viese la persona del marqués del Vasto, y tan señalada gentileza entre todos, con buen semblante y risa le dijo: «Marqués, yo he deseado mucho veros, pero no quisiera que se me cumpliera mi deseo así, sino de manera que yo pudiera haceros la honra que merece vuestra persona.»

El marqués, con mucha gracia, le respondió: «Señor, a Dios gracias por todo, de esa manera bien puedo yo decir que se me ha cumplido a mí mejor mi deseo, pues veo a Vuestra Majestad en poder del Emperador mi señor.» Y lo uno y lo otro dió algún regocijo a los que lo oyeron.

A esta sazón vieron llegar allí cerca el duque de Borbón con su estoque en la mano, muy teñido de la sangre francesa, y la camisa que sobre el sayo de brocado y armas traía, muy salpicada de la misma sangre, que bien mostraba no haber estado ocioso. Al cual como él vió, preguntando quién era y diciéndoselo, dió dos o tres pasos hacia atrás, retirándose hasta ponerse casi en las espaldas del de Pescara, con alguna turbación de semblante. Conocido esto, y la causa, por el marqués, salió adelante hasta llegar adonde el duque venía, y con mucha gracia le dijo que le diese el estoque. El duque, que la vista del almete traía levantada, con gran alegría le respondió: «Yo, señor marqués, soy contento de daros mi estoque, pues tan justamente os deben hoy todos los nacidos las armas por vencedor.» Y tendiendo la mano le daba el estoque.

El marqués, con gran agradecimiento del favor y honra que le daba, le suplicó que poniendo el estoque en su lugar, se apease, y con toda mansedumbre y acatamiento hablase al rey, pues allende del deudo le obligaba verle en su prisión. El duque dijo que así lo haría, y apeándose se fué a poner de rodillas delante del rey y porfió con él que le diese la mano, y no lo pudiendo acabar, con los ojos arrasados de agua dijo al rey:

«Si mi parecer en algunas cosas hubiera tomado Vuestra Majestad, ni se viera en la necesidad que al presente está, ni la sangre de la nobleza de Francia anduviera tan derramada y pisada por los campos de Italia.» A lo cual el rey, con gran turbación de rostro, alzados los ojos al cielo, con un entrañable sospiro, respondió: «Paciencia, pues ventura falta.»

Como el marqués de Pescara vió la pena que recibía, hizo a Borbón que se apartase un poquito, y con palabras alegres dijo al rey cuánto a su persona y gravedad hacía el no recibir ni mostrar turbación en cosa alguna, ni pensar que había otra ventura que la voluntad de Dios, la cual había permitido aquel revés; pero que le debía dar gracias, pues le había traído a poder del más benigno príncipe que la Cristiandad había tenido muchos años había, que era el Emperador. Por tanto,que en alguna manera dejase de mostrar ánimo, porque los que no le querían bien no tuviesen, lugar de atribuírselo a flaqueza. El rey se lo agradeció, y limpiándose los ojos mostró alegre semblante.

Y dándole un sombrero del virrey, y así armado en blanco, salvo manoplas y cabeza, le dieron un cuartago en que subió sin espuelas, y movieron todos aquellos príncipes de allí hacia la ciudad de Pavía. Las banderas españolas recogieron alguna gente, porque mucha de ella seguía el alcance, y vinieron por mandado del marqués a donde el rey los pudiese ver, y mostráronle el escuadrón de los tudescos, y pasando cabe a los españoles, hiciéronle una muy hermosa salva.

Y allí pasaron cosas de reír. Porque uno llegaba y le decía: «Ea, señor, que en semejantes toques se prueban los valores de los príncipes.» Y otros le decían que tuviese paciencia, porque podía estar seguro que sería mejor tratado en poder del Emperador que no lo fuera el Emperador en poder suyo. Otros le decían que con pensar haber sido preso de la mejor nación de todo el mundo, lo debía tener por bien empleado. De todo esto y mucho más que le decían, él se reía, y hacía que le declarasen en su lengua todas las palabras que él no entendía. Lo cual hacía monsieur de la Mota que allí venía.

En esto llegó a él un soldado español, arcabucero, llamado Roldán (que bien se lo podía llamar por su esfuerzo); traía dos pelotas, una de plata, y otra de oro, de su arcabuz, en la mano, y llegado al rey le dijo: «Señor, Vuestra Alteza sepa que ayer, cuando supe que la batalla se había de dar, hice seis pelotas de plata y una de oro, para vuestros monsieurs, y la de oro para vos. De las de plata, las cuatro yo creo que fueron bien empleadas, porque no las eché sino para sayo de brocado o carmesí. Otras muchas pelotas de plomo he tirado por ahí a gente común; monsieurs no topé más, por eso me sobraron dos de las suyas. La de oro veisla aquí, y agradecedme la buena voluntad, que cierto deseaba daros la más honrosa muerte que a príncipe se ha dado. Pero, pues no quiso Dios que en la batalla os hubiese visto, tomalda para ayuda a vuestro rescate, que ocho ducados pesa una onza.»

Tendió la mano el rey y la tomó, y le dijo que le agradecía el deseo que había tenido, y más la buena obra que en darle la pelota hacía.

Esto fué muy reído de todos, y todavía se iban acercando a la ciudad, y a la continua topaban con caballeros franceses en prisión de españoles, que ellos holgaban ser vistos de su rey, el cual los saludaba con buen semblante, diciendo por gracia que procurasen de aprender la lengua española, pero que pagasen bien los maestros, que haría mucho al caso. Y siempre encomendaba y pedía a aquellos señores que encomendasen el buen tratamiento a los que los llevaban.

Yendo de esta manera llegaron cerca de Pavía, y como el rey vió la puerta, con alguna turbación detuvo el cuartago en que iba. Lo cual como el marqués conociese, llegando a él le preguntó la causa. El rey le dijo: «Quería os rogar, marqués, que vos y todos estos caballeros me hiciésedes un placer, y es que no me metáis en Pavía; ruégoos que no reciba yo tan gran afrenta como sería, después de con tante gente haberla tenido cercada tanto tiempo y no haber sido para tomarla, meterme en ella preso.»

Al marqués le pareció justo hacer lo que el rey pedía, y comunicándolo con aquellos señores, fué acordado que le aposentasen en un monasterio que allí fuera estaba. Al cual llegados, hubieron su acuerdo a quién se daría el cargo de la guardia de la persona del rey; y todos lo remitieron al parecer del marqués de Pescara.

En presencia de todos aquellos príncipes y señores dijo: «No es justo, señores, que en lo que Dios Nuestro Señor tan aventajadamente pone su mano de favores, los hombres lo contradigamos. Digo esto, porque nadie, que sentido tenga, habrá que niegue de verse hoy el prez y gloria de esta tan maravillosa vitoria a la nación española, que tantas y tan señaladas hazañas hoy han hecho. Y pues, Dios, de cuya mano todo ha venido, ha querido mostrar tan particulares favores, así en romper las batallas como en prender los príncipes, dándoles tanta gloria, razón será que nosotros nos conformemos con lo que su divina Majestad muestra, no queriendo quitar a esta tan excelente nación lo que de nuestra parte le debemos. Y con esta consideración, después de besadas las manos a vuestra señoría, por cometerme a mí este tan arduo negocio, digo que la guardia de la persona del rey se debe dar al señor Alarcón, que presente está, porque allende del gran valor de su persona (al cual en esto no damos sino trabajos), por ser de la nación española, y cabeza de todos los que de ella acá estamos, soy cierto que el Emperador será servido y la nación honrada, y todos podemos dormir seguros.»

A todos aquellos señores les pareció muy acertada la determinación del marqués, o a lo menos lo mostraron así. Y luego fué dada la guardia del rey al señor Alarcón, y le aposentaron en aquel monasterio, y ellos en las tiendas francesas.

Al príncipe de Navarra ponen en el castillo de Pavía. -Un villano mató al hijo del rey de Escocia.

Aposentado el ejército imperial en las tiendas y aposento de los franceses, vino Cristóbal Cortesía con el príncipe de Navarra, su prisionero, el cual dió al marqués del Vasto, quedando él a pagarle el rescate. Fué puesto en el castillo de Pavía, donde estuvo muchos días. Después, por poca fidelidad de un criado del marqués que tenía cargo de él, se fué en Francia, y la guardia con él. Luego otro día después de la batalla vino al real y aposento donde los príncipes del campo imperial a la continua estaban, un villano de aquella tierra, y venía preguntando por el marqués de Pescara, y puesto con él pidió albricias, y sabida la causa, era porque decía haber muerto al hijo del rey de Escocia. El cual, como viese la perdición de la batalla, queriendo ponerse en salvo, tomó a un su paje un capote verde que traía, cubierto encima de un sayo de brocado que sobre las armas traía, se salió de la batalla, y quitando el yelmo se iba por un camino que va a Vigeven, donde no lejos del campo halló una cuadrilla de villanos que aguardaban el vencimiento o por una parte o por otra. Llegado a ellos les rogó que alguno de ellos le guiase hasta Vigeven, y que les prometía pagárselo muy bien.

Uno de ellos se le ofreció a guialle, y yendo algo delante el pobrecito príncipe, por asegurar más su guía le dijo quién era, prometiéndole que si se quisiese ir con él, que le haría hombre; y si no, que llegado a Vigeven, a donde él tenía sus criados y recámara, le daría docientos ducados, y para señal le dió una cadena rica que al cuello llevaba.

El traidor del villano, llegados a un pantano, le dijo que atravesase por allí, y no fué entrado el caballo, cuando se hundió hasta las ancas, y llegó luego sobre él, y por las espaldas dióle un tan grande golpe con su espada sobre la cabeza desarmada, que se la hundió hasta los sesos; y dejándole muerto, venía a pedir las albricias y mostró por señal la cadena que le había dado. La cual conoció bien el rey por el joyel que tenía, y lloró la muerte del príncipe. El marqués envió por el cuerpo y salió con muchas hachas y caballeros a recibirle. Era la mayor lástima del mundo verle, que era hasta de diez y siete años, la más hermosa criatura que se ha visto. Fué depositado en un monasterio de Pavía hasta que le llevasen a su tierra.

Las albricias del villano fueron mandarle ahorcar, y cierto bien empleado.

El día de la batalla en la tarde vino al campo el señor Antonio de Leyva bien acompañado de sus capitanes y buenos soldados; fué recibido de todos aquellos señores. Fué a besar las manos al rey, el cual le mostró grandes favores, loándole por uno de los mejores capitanes del mundo, y diciendo palabras de placer. Allí estuvo el ejército cinco o seis días, entrando cada día en la ciudad de Pavía, y saliendo los de dentro.

El despojo y rescates, y vajillas de plata y joyas, y vestidos, y caballos y acémilas, fué tanto que no se puede creer su valor. Las vituallas que en el aposento francés se hallaron fueron muchas, que había para proveer al ejército y la ciudad. Luego dieron libertad a la gente prisionera que no era de rescate, que cada uno se fuese a su tierra, y algunos caballos ligeros acompañaron a los extranjeros hasta sacarlos de peligros del villanaje.

En este tiempo volvieron muchos que habían seguido el alcance, y muchos vinieron ricos, que llegaron hasta Milán; y lanzados los enemigos de ella con el favor de la ciudad, que luego apellidó «Imperio y Duque», hubieron muchas riquezas de franceses y forajidos ciudadanos. Otros habían llegado a Vigeven, y echado de ella la gente francesa, saquearon cuanto hallaron, que fué mucho.

Finalmente, en ocho días no había francés libre en el estado de Milán, y los españoles se recogieron al ejército.

Los que murieron en esta batalla.

Los señores principales de Francia que murieron en la batalla fueron: monsieur Francisco, hermano del duque de Lorena; monsieur de la Tremulla, el almirante de Francia, el caballerizo mayor de Francia; monsieur de la Palisa, monsieur de Bussy de Ambuesa, monsieur de Dasmont de Ambuesa, el duque de Suforque, que pleiteaba con el rey de Ingalaterra sobre el reino. Muertos y presos, de los monsieurs de Francia, fueron en esta batalla, el rey de Francia, monsieur de Alanson, su cuñado; el príncipe de Navarra, el conde de San Pol, el marqués de Saluzo, el hermano del marqués de Saluzo, Luis, hermano del conde de Nevers; el príncipe de Talemon, señor de la Tremulla; el gran maestre de Francia, tío del rey; el mareschal de Francia, monsieur de Montmorancy, monsieur le Vidame de Chartres; monsieur de Boneval, gobernador de Limosín; el capitán Boneval, su hermano; el vizconde Galliazo, monsieur Federico de Bozolo, el vizconde de Lavadam, hijo de Carlos de Borbón, monsieur de Remont, hermano del cardenal de Ans; monsieur de Montpesat, senescal de Montalbán; monsieur de Poties, general de la artillería; monsieur de la Barra, preboste de París; monsieur de Montegni, monsieur de Gayga, hermano del duque de Lorena; monsieur de la Dalta, monsieur de San Moseo, senescal de Pienregit; monsieur de Floranges, el hijo mayor de Roberto de la Marca; monsieur de Pontiens, el capitán Jorge, el barón de Bufarrí, monsieur de Nasi, capitán de la guarda, monsieur de Villeroy, secretario de Francia; monsieur de Rohan, monsieur de Berry, monsieur de Lori, monsieur de San Menas, el hijo del chanciller de Francia; monsieur de Monleón.

El duque de Milán vino luego y no quiso ver al rey, hasta que por importunación de aquellos señores un día le fué a hablar, no con el acatamiento que los demás; y el rey le recibió bien y habló con buen comedimiento.

Luego de allí fueron despachados correos a España y mensajeros al Papa y venecianos, y a las otras señorías de Italia, de los cuales se sacó gran suma de dinero, porque so color de disimulada amistad lo pedían a todos, diciendo la necesidad que había de pagar el ejército, que aunque vencedor estaba pobre. El Papa envió luego dineros, como dije, con muestra de gran placer de la vitoria. Venecianos y florentinos, y ginoveses y duque de Ferrara también ofrecieron muchos pesos de oro, tanto que luego se dieron tres pagas a todo el ejército.

A los alemanes enviaron a sus tierras, y al rey llevaron al castillo de Piciguiton, que es muy fuerte, y en el lugar y cámara alojaron una parte de los españoles que le hiciesen guardia, la cual tenía buena, día y noche. Los capitanes generales del Emperador se fueron con el duque de Milán a ordenar lo que debía hacer hasta esperar mandato del César, el cual tardó algunos días.

Vinieron todos o se lo notificar al rey de Francia en Piciguiton; el cual, viendo que le pedía a Borgoña y le mandaba dejar la Provenza y todo lo que tenía usurpado, puso las manos sobre un puñal que ceñido traía, y con gran suspiro, dijo: «De esa manera mejor sería morir rey de Francia.»

Hernando de Alarcón se llegó presto y le desciñó el puñal, con temor no hiciese algún desconcierto con su propria persona. A lo cual el rey no pudo disimular sin apartarse algún tanto y limpiar las lágrimas, que todos las vieron.

Entonces llegó el marqués de Pescara y con palabras de piedad le consoló, diciendo que todos aquellos habían sidofieros del Emperador como de hombre enojado, pero que tuviese por cierto que al fin el Emperador tenía tal condición, que no haría más de lo que él quisiese. Con esto y con otras buenas palabras que todos aquellos príncipes le dijeron se volvió a sosegar. Ellos volvieron a Milán dejándole muy buena guardia y en poder del señor Alarcón, el cual le daba todos los pasatiempos posibles y cuanto dinero quería para que jugase.

Jovio, apasionado, quiere deshacer la gloria de esta gran vitoria. -Errores de Jovio.

Por lo que debo a la verdad y a la nación de quien soy, diré aquí dos palabras respondiendo al agravio que Paulo Jovio hace a la gente española. Queriendo disimular tan señalada vitoria, dice que se enflaquecieron las fuerzas del ejército francés por haber enviado el rey a Juan Stuardo, duque de Albania, con ciertas lanzas ligeras y de armas y alguna infantería contra el reino de Nápoles. Que se le habían ido tres mil y, quinientos grisones a poner cobro en sus tierras, que las molestaba Juan Jacobo de Médicis. Que había crecido el poder imperial con seis mil tudescos que trajo el duque de Borbón. Y es cierto que había en el campo francés seis mil infantes más que en el imperial, y que la caballería era mayor y mejor, cual suele ser la francesa.

En el campo imperial no había más que dos mil y quinientos italianos, y se perdieron con el artillería que traían a cargo a la entrada del parque, y Jovio mezcla con ellos tres compañías de españoles; y es verdad que en aquella retaguardia (que en ella venían los que he dicho) no iba un solo español. El primer escuadrón de españoles y alemanes mezclados fué a combatir el palacio del Mirabel, y hecho esto volvió luego a la batalla, y otro escuadrón de solos españoles, sin mezcla de otros, rompió de parte a parte otro de suizos que era el primero de los contrarios, y rompido éste y viniendo otro de la misma nación a dar de través y por el lado en los españoles, les fué necesario dar casi en rededor una vuelta escuadronadamente, para volver la cara a los enemigos, que inadvertida y quizá maliciosamente Galeazo Capella llamó retirar. Que si bien el retirar a veces es conveniente y sustancial en la guerra y muchas necesario, pero aquí no lo fué, porque no fué necesario ni hubo más misterio de aquel que hay cuando un hombre vuelve cara a cara siendo acometido por un lado o por las espaldas, o como cuando en la mar andan dos navíos por ganar el viento el uno al otro. Y así, estando mezclados los unos con los otros, llegó otro escuadrón de alemanes en socorro de los españoles, y luego todos los de una banda y otra, ni más ni menos se mezclaron peleando como debían. Los caballos hicieron lo mismo, y con ellos a un lado dos compañías de españoles (provisión del marqués de Pescara), las cuales fueron la de don Alonso de Córdova y la de Rodrigo de Ripalda. De manera que llegando los caballeros contrarios a encontrarse con estotros, quedaron primero bien rociados de aquella arcabucería española; y por otra parte, también el capitán Quesada, con cuatrocientos españoles, por orden del mesmo marqués de Pescara, arremetió en el principio de la batalla a la artillería francesa, y la ganó, y echó de allí a monsieur de Alanson, que estaba de retaguardia con sus caballos y con cierta infantería gascona, a donde luego llegó el marqués del Vasto con sus españoles y alemanes, vuelto ya de Mirabel, donde también habían ido con el marqués de Sant Angel, con el cual se acabó el hecho de la artillería, dando tan gran carga al de Alanson, que hicieron que volviese huyendo y que él mesmo rompiese su propria infantería.

Todo esto calla Jovio, por decir pocas verdades en lo que toca a españoles.

Libro decimotercero

Hay pareceres que se entre en Francia. -Contribuyen el Papa y venecianos para el ejército, por verle vitorioso.

Poco hay que fiar en la fortuna, que aun a los mismos reyes no perdona; y si lo que dice Aristóteles es verdadero, que se muestra favorable donde es menor el entendimiento, pudiera decir el rey de Francia que le ayudaba en nada, porque él sabía mucho. Pero considerando bien los hechos que he referido, de los años 1523-1524 con este de veinte y cinco, se hallará lo poco que en ellos hizo fortuna ni otra suerte contingente, sino el sumo valor, destreza y valentía de los mejores capitanes y soldados que tuvo príncipe del mundo. Que esta sola fué la que podemos llamar buena fortuna del César, en tener tales ministros, que estándose en su casa, echaron de Lombardía a monsieur de Lautrech, valeroso capitán, que por renombre le llamaron el Conquistador de ciudades. Y en un pensamiento se hicieron señores de ella sin dejar un francés en Italia. Y en el año siguiente de 1524, pensando cobrar lo perdido, volvió el gran almirante de Francia con ejército tan poderoso que asombró toda la Italia. Hiciéronle dar la vuelta, dejando la gente y armas que consigo había traído, teniendo por buena suerte haber escapado en salvo su persona. Y en este año de veinte y cinco, añadiendo el rey sus fuerzas con la autoridad grande y digna de imperio, de su real presencia, vino a tomarse con unos descalzos, pobres, hambrientos, inferiores mucho en el número. De los cuales le dejamos roto, deshecho y vencido, y, lo que más es, cautivo.

Viéndose, pues, los capitanes imperiales con vitoria tan señalada, entraron en acuerdo sobre lo que debían hacer. Fué lo primero mandar que fuese parte del ejército en seguimiento de los que huían, y a recobrar los lugares que por Francia en aquella comarca estaban. Lo cual sucedió tan bien, que dentro de tres o cuatro días no quedó almena ni tierra en todo aquel estado por el rey de Francia. Porque sabida la vitoria, los franceses que estaban en Milán se salieron huyendo, y la desampararon luego, y lo mismo hicieron los de Vegeven y los otros lugares, y todos fueron luego entregados al duque de Milán. Hicieron correo al Emperador, dándole aviso de la vitorta que el cielo le había dado, y pidiéndole su orden y mandato sobre lo que se debía hacer.

Algunos juzgaron y fueron de parecer que sin más esperar debían luego con la alegría de la vitoria y con el ejército vitorioso caminar contra Francia y entrar por ella, por estar en aquella sazón desamparada de su rey y de toda la mayor nobleza de ella, que se habían perdido en la batalla, y por estar sin defensa de gente, habiendo sido deshecho del todo el ejército que el rey tenía. Pero el virrey de Nápoles, ni el duque de Borbón, ni marqués de Pescara se determinaron a hacerlo, por algunos justos y bien considerados respetos que tuvieron, y también porque una empresa tan grande no se debía acometer sin mandamiento y licencia del Emperador, que era su príncipe.

Y también porque estaban faltos de dinero para pagar la gente, sin la cual no era posible acometer nueva y tan grave jornada. El ejército, asimesmo, se había menoscabado por los que fueron muertos y heridos en la batalla. Y porque es ordinario en una vitoria y saco grande irse muchos del campo, contentándose con lo que saquearon, a gozar de ello en sus tierras.

Tenían, demás desto, esperanza que la prisión del rey de Francia podría ser camino para que entre él y el Emperador hubiese paz, la cual sabían que el Emperador deseaba. De manera que por estas y otras consideraciones determinaron esperar el orden que Su Majestad daba, y en el ínterin acordaron de llevar al rey de Francia al castillo de Piciquitón, que era muy fuerte, cercano a Cremona. Y la guarda y cargo de su persona fué dada a Hernando de Alarcón, gobernador de la Calabria y famoso capitán, aquí bien nombrado.

Y para que el que iba al Emperador con la nueva de la vitoria, que era Rodrigo de Peñalosa, y las otras postas que fuesen menester pasasen libremente por Francia, el rey dió sus mandamientos y cartas y escribió a madama Luisa su madre, a cuyo cargo estaba el gobierno del reino. Y a ruego y suplicación destos capitanes, mandó que diesen libertad a don Hugo de Moncada, que, como dije, fué preso por Andrea Doria.

Hechas estas diligencias, acordaron los capitanes que, en tanto que venía la respuesta del Emperador, el ejército se fuese a alojar a la comarca de Parma y de Plasencia, ciudades del Papa, por le poner en cuidado y necesidad de que quisiese ayudar y contribuir, como por los conciertos pasados era obligado, para la paga de la gente. También se pidió al embajador de Venecia que persuadiese a los venecianos que diesen en dinero lo que habían de dar en gente para aquella guerra, conforme a lo capitulado. Era entonces tan temido el ejército imperial en Italia, que en pocos días el papa Clemente pagó ciento y veinte mil ducados, y el duque de Ferrara cincuenta mil, por no ser tenidos por enemigos. Y también los venecianos prometieron ochenta mil pesos de oro. Pero como el virrey Carlos de Lanoy, por haber más, se detuvo en cobrarlos, mudaron parecer, porque no tuvieron por seguro fiarse de sólo de Carlos de Lanoy, sin renovar la confederación y tener firma del César.

También el Papa quiso confirmar la liga y amistad con el Emperador. Y como, en la prosperidad todos se muestran amigos, de la misma manera se enviaron a ofrecer el duque de Ferrara y otras repúblicas y señorías de Italia. Por lo cual, por complacer al Papa, los capitanes imperiales mandaron pasar el campo en el Piamonte, marquesado de Saluzo y condado de Aste, por descargar al Estado de Milá n del peso de la guerra y estar más en frontera de Francia.

Lo que hicieron los franceses que fueron contra Nápoles. -Llega al Emperador la nueva de la vitoria y prisión del rey. -Entereza grande del Emperador, y modestia notable.

Sucedió, pues, a los imperiales en todo prósperamente. El duque de Albania, que como está dicho había ido contra el reino de Nápoles, cuando llegó la nueva de la vitoria de Pavía y prisión del rey de Francia, estaba con gente en los confines de Roma poniéndose en orden para hacer su entrada. Contra el cual los caballeros y señores de Nápoles habían hecho su ejército para le resistir. Y el duque de Sesa, que estaba en Roma, y los Coloneses (que siempre fueron muy leales servidores de la casa real de España), habían asimismo juntado gente contra el francés; y, sabida la nueva, todos los favores le faltaron, y aun el consejo y aliento, de manera que procuró luego volverse y escapar la gente. Pero los Coloneses y los que tenían la parte imperial le siguieron y apretaron de tal suerte, que le mataron y prendieron muchos hombres, quitándole toda la artillería y bagaje que llevaba, y él con la gente que pudo se fue a Civita Vieja, donde la armada del rey de Francia y Andrea Doria, su general, le recogieron, y así escapó por mar, sin quedar en Italia bandera levantada contra el Emperador.

Llegó a Madrid el comendador Rodrigo de Peñalosa con el despacho y nueva del suceso de Pavía. Halló al Emperador, flaco y deshecho a causa de las cuartanas que tenía. Vióse claramente en este príncipe la grandeza de su ánimo, porque con recibir una nueva nunca pensada, como era el vencimiento y prisión de un ejército y rey tan poderoso, no mostró en su gesto ni semblante alteración ni mudanza alguna, ni dijo palabra, ni hizo muestra de placer, sino entráse luego en un oratorio de su aposento, donde se puso de rodillas y estuvo espacio de una hora dando gracias a Nuestro Señor. En el cual tiempo el alcázar real se hinchó de gente, acudiendo todos los grandes y caballeros de su corte con los embajadores que venían a darle el parabién de tan alta nueva, próspera y gloriosa vitoria.

El Emperador salió a ellos y habló a todos con aquel tiento y gravedad que al recibir del despacho había mostrado, diciendo que diesen a Dios las gracias por todo lo que hacía, en cuya disposición sola estaba la vitoria y castigo de los mortales.

Y nunca consintió que se hiciesen en su corte fiestas ni muestras de regocijos como se suelen hacer en semejantes ocasiones; y lo mismo mandó guardar en todo su reino.

Otro día siguiente salió al monasterio de Santa María de Atocha, que es de frailes dominicos, donde oyó misa, y sermón y mandó hacer procesión y letanía dando gracias a Nuestro Señor. Lo cual acabado se volvió a su palacio con el acompañamiento de toda la corte.

Escribió luego el Emperador a los del reino las nuevas de tan insigne vitoria, diciendo al marqués de Denia:

Carta del Emperador al marqués de Denia.

«Marqués primo. Ya sabéis cómo el rey de Francia con muy gran aparato pasó en persona a Italia con fin de tomar y usurpar las tierras de nuestro imperio y el nuestro reino de Nápoles, donde había enviado al duque de Albania con gente a lo conquistar y tenía cercada la ciudad de Pavía. Agora sabed que el día de Sant Matía y día de nuestro nacimiento, que fueron el 24 de hebrero, aunque el dicho rey de Francia por tener su campo en sitio muy fuerte y a su propósito no tenía voluntad de aceptar batalla, fuéle forzado, porque nuestro ejército pasó con no pequeño trabajo a donde estaba y así la dieron. Plugo a Nuestro Señor, que sabe cuán justa es nuestra causa, darnos vitoria. Fué preso el dicho rey de Francia y el príncipe de Bearne, señor de La Brit, y otros caballeros principales, y muertos el almirante de Francia y monsieur de la Tremulla y monsieur de la Palisa y otros muchos; de manera que todos los principales que allí se hallaron fueron muertos y presos. Escriben que de su campo murieron quince mil hombres y del nuestro hasta setecientos. Y por todo he dado y doy muchas gracias a Nuestro Señor, y así se las debemos todos dar, porque espero que esto será causa de una paz universal a la Cristiandad, que es lo que yo siempre he deseado; y acordé de hacéroslo saber, porque sé lo que de ello habéis de holgar.

De Madrid, a 15 de marzo de mil y quinientos y veinte y cinco años.

YO EL REY.»

«Por mandado de Su Majestad. -Francisco de los Cobos.»

Consulta el Emperador sobre la prisión del rey. Manda el Emperador a los de sus fronteras que no hagan mal en Francia. -Compadece el Emperador de la prisión del rey. -Envíale a visitar.

Después desto hubo grandes consultas y juntas sobre lo que se debía hacer, hallándose en ellas el Emperador con los grandes que en su corte estaban. Tres pareceres hubo principales.

El uno, que lo tuviesen perpetuamente preso, si bien con la reverencia debida.

El segundo, que lo soltasen, con que se obligase y diese seguro de que jamás haría guerra.

El tercero, que con la brevedad posible y con las mejores condiciones que ser pudiese fuese suelto.

Del primer parecer no se hizo caso. El segundo fué del obispo de Osma, confesor del Emperador, parte del cual se tomó y parte se dejó. El tercero tuvo el duque de Alba, don Fadrique de Toledo, digno de quien él fué, y aunque no pareció mal al Emperador, no se hizo, antes apretaron muchos diciendo que pues el Emperador tenía su campo hecho, pagado, y vitorioso, y con tanta reputación, debía mandar seguir la vitoria y tomar enmienda y satisfacción de las ofensas que el rey de Francia le había hecho en le mover y hacer guerra tan sin razón mandando que los suyos entrasen poderosamente por Francia y que por las partes de España y Flandes se hiciese lo mesmo. Con lo cual se tenía por ciertohabría felices sucesos, visto, como está dicho, que aquellos reinos estaban sin rey y sin amparo y puestos en grandísima turbación y temor, y sin ejército ni gente de guerra. Principalmente teniendo el Emperador por amigos al Papa y venecianos, como luego se habían mostrado, y que no debían perder tal coyuntura.

Duró muchos días este parecer en los que eran de esta opinión, y el progreso de las cosas mostró bien la razón que tenían, como se verá, si bien es cierto que nadie puede saber cuál fuera el suceso que tuviera tal empresa. Como quiera que sea, el Emperador no dejó de entender esto; pero era de su natural bueno, nada ambicioso y enemigo de hacer guerra a algún cristiano. Y así lo mostró en todos sus hechos; pues cuando más vitorioso y pujante se veía, entonces procuraba la paz. Así, con ánimo generoso, no queriendo usar de la ocasión de la vitoria, deseó la paz y la pidió a su enemigo, rendido y preso, porque veía que este era el bien común de la Cristiandad.

Y resuelto en esto, envió a mandar que su ejército estuviese alojado y quedo. De manera que con su vitoria puso paz y sosiego, cuando pensaba el mundo que se quería hacer monarca de él, y le había de abrasar con guerras.

Despachó luego a todas las fronteras de sus reinos con Francia, mandando, so pena de la vida, que ninguno fuese osado de entrar ni perturbar, ni saquear, ni hacer daño a algún lugar del reino de Francia más que si no hubiera tenido guerra con él. También envió orden a los capitanes y ejércitos que estaban en Lombardía, que no pasasen en Francia ni prosiguiesen la guerra, porque ya habían venido a tales términos las cosas, que la guerra que hasta entonces se había hecho entre cristianos, esperaba en Dios se tornaría contra infieles.

Escribió al rey de Ingalaterra y a las señorías de Génova, Florencia, Venecia y a todos los potentados de Italia sus confederados, tuviesen por bien de no hacer guerra ni molestar las tierras del rey de Francia. Porque siendo su prisionero, sentiría mucho que alguno se atreviese a querer ofender sus gentes. Envió a monsieur de Croy, caballero del Tusón, señor de Benri y del su Consejo de Estado, varón muy cuerdo, para que de su parte visitase al rey de Francia y le consolase. Por manera que usando de la clemencia que usan los buenos príncipes, quiso más compadecerse de su prisión que acordarse de la enemistad que con él había tenido.

Tratan los del Consejo de las condiciones con que se había de dar libertad al rey.

Luego que el Emperador declaró su intención, comenzaron los de su Consejo a tratar las condiciones que se habían de pedir al rey de Francia, y que monsieur Adrián, que le iba a visitar, llevase tal instrucción que se certificase que en el cumplimiento de ella y la brevedad estaba su libertad y paz universal de la cristiandad. Y asimismo se ordenó que este caballero visitase a madama Luisa, madre del rey Francisco, y le mostrase la instrucción que llevaba, y dijese a la clara que si no entendía cumplirla, no esperase la libertad de su hijo.

Demás desto, se acordó que pues el rey de Francia era prisionero del Emperador, que ya que por su clemencia le quisiese visitar de palabra, pero que no le escribiese hasta ver si el rey con humildad le escribía, que entonces era justo el responderle, y que pues madama Luisa había escrito al Emperador con el comendador Peñalosa, que el Emperador la respondiese con este caballero.

La carta que madama Luisa escribió al Emperador luego que supo la prisión de su hijo, fué deste tenor.

Carta de madama Luisa al Emperador.

«Monseñor y mi buen hijo. Después de haber entendido por este gentil-hombre la fortuna acaecida al rey mi señor, y hijo, yo he alabado y alabo a Dios porque ha caído en manos del príncipe que yo más quiero. Tengo esperanza que vuestra grandeza no os hará olvidar la propincuidad de sangre y linaje que entre vos y él hay. Lo que en más y por más principal tengo, es el gran bien que podrá universalmente venir a toda la Cristiandad de la unión y amistad que de los dos resultara. Por ésta os suplico, mi buen señor y hijo, que penséis en ello, y que entre tanto mandéis que sea bien tratado, como la honestidad de vos y de él requiere. Asimismo, os suplico permitáis, si vos place, que muchas veces pueda haber nuevas de su salud. En lo cual obligaréis una madre así por vos siempre llamada. La cual otra vez os ruega que agora en afición seáis padre.»

Respondió el Emperador a la carta de la reina de Francia desta manera.

Carta del Emperador a madama Luisa.

«Madama. Yo he recibido la carta que me habéis escrito con el comendador Peñalosa, y de él también supe lo que vos hobo dicho acerca de la prisión del rey vuestro hijo. Yo doy muchas gracias a Nuestro Señor por todo lo que a él le ha placido permitir, porque espero en su divina providencia que esto será camino para que en toda la Cristiandad pongamos paz, y contra los infieles volvamos la guerra. Sed cierta, madama, que tal jornada como ésta no sólo no seré en estorbarla, mas aún tomaré el trabajo de encaminarla, y allí emplearé mi hacienda y aventuraré mi persona. Sed también cierta, madama, que si paz universal vuestro hijo y yo hacemos, y tomamos las armas contra los enemigos, todas las cosas pasadas pondré en olvido, como si nunca enemistad entre nosotros hubiese pasado. Yo envío a monsieur Adrián a visitar a vuestro hijo, sobre el infortunio que le ha sucedido, del cual si nos place por el bien universal que de su prisión esperamos, por otra parte nos ha pesado, por el antiguo deudo que con él tenemos. También lleva monsieur Adrián una instrucción asaz bien moderada, y no menos justificada, para que os la muestre a vos y al rey vuestro hijo. Y si deseáis quitaros de trabajo, y sacar a él de cautiverio, ese es el verdadero camino. Debéis, pues, con brevedad, platicar sobre esa nuestra instrucción, y tomar luego resolución de lo que entendéis hacer, y respondernos, porque conforme a vuestra respuesta alargaremos su prisión o abreviaremos su libertad. Entre tanto que esto se platica, he dado cargo al duque de Borbón mi cuñado, y a mi virrey de Nápoles, para que al rey vuestro hijo se le haga buen tratamiento, y que continuamente os hagan saber de su salud Y persona, como vos lo deseáis y por vuestra carta lo pedís. Mucha esperanza tengo de que vos, madama, trabajaréis de llegar todas estas cosas a buen fin, lo cual si así hiciéredes, me echaréis en mucho cargo, y a vuestro hijo haréis gran provecho.»

Partió por mandado del Emperador monsieur de Croy a visitar al rey Francisco y a su madre madama Luisa, y llevó el despacho y instrucción de lo que había de tratar con el rey, como luego diré.

[Escribe el rey al Emperador.]

Antes que monsieur de Croy llegase a visitar de parte del Emperador al rey de Francia preso, y dar a madama Luisa su madre la carta sobredicha, ya ellos tenían determinado de enviar al arzobispo de Embrun para que residiese en la corte imperial y tratase en ella lo que tocaba a la libertad del rey. Escribió madama Luisa otra carta al Emperador suplicándole humilmente tuviese por bien de enviarle un salvoconduto para este arzobispo, lo cual el Emperador concedió como se pedía.

Entre tanto que se despachó a León de Sanarrona donde madama Luisa estaba, acordó el rey de Francia de enviar a monsieur de Brion al Emperador con una carta de su propria mano escrita, en que decía:

Carta del rey de Francia al Emperador.

«Si más aína me fuera dada libertad por mi primo el virrey, yo no hubiera tardado tanto en hacer con vos lo que era obligado, según el tiempo y lugar en que me hallo. Sed cierto que no tengo otro consuelo en mi infortunio, si no es la esperanza de vuestra bondad, la cual si le pluguiere usar conmigo, vos lo habréis hecho como príncipe generoso, y yo os quedaré para siempre obligado. Muy grande y muy firme esperanza tengo en vuestra bondad, que no querrá forzarme a cosa que a vos no sea honesta mandarme y a mí no sea posible cumplirla. Mucho vos suplico comencéis a determinar en vuestro corazón qué es lo que vos placerá facer de mí. Y en este caso téngome por dicho que lo haréis como se espera en un príncipe tal cual vos sois, es a saber, acompañado de honra y afamado de magnanimidad. Pues si vos pluguiere haber esta piedad de mí, dándovos la seguridad que es razón de darse por la prisión de un rey de Francia, sed cierto y seguro que en lugar de un príncipe inútil, cobraréis un rey por esclavo, porque más provechoso vos será me cobréis por fiel amigo, que no que muera aquí desesperado. Por no vos enojar más con mis razones, hago fin a la letra, recomendándome una y muchas veces en vuestra buena gracia.»

Envía el Emperador a visitar al rey con cierta concordia que le ofrecía.

Luego que el Emperador supo la prisión del rey de Francia, le envió a visitar (como dije) con monsieur Adrián de Croy, sin haber el Emperador recibido carta ni embajada del rey, y llevó orden para que el duque de Borbón y Carlos de Lanoy, virrey de Nápoles, le pidiesen las cosas siguientes:

La primera, que entre ambos príncipes se hiciese una paz universal para toda la Cristiandad, y que cada uno preste caución por sus reinos y aliados y se perdonen todas injurias y enojos.

La segunda, que ambos juntos con sus armas y potencia vayan contra los turcos e infieles, y lleve cada uno de su parte cinco mil caballos y veinte mil infantes, y que pedirán al Papa y a los demás príncipes cristianos se liguen con ellos para tan santa impresa.

La tercera, que para mayor firmeza case el Delfín de Francia con madama María, hija del rey de Portugal y de la reina doña Leonor, y ambos príncipes, en lugar de dote, renuncien en los dos todo el derecho que pretenden tener el uno a las tierras del otro, y el otro a las del otro.

La cuarta, que el rey de Francia restituya y entregue el ducado de Borgoña al Emperador, con todas sus tierras, condados y señoríos en la manera que los tenía el duque Carlos cuando murió, y asimismo restituya la ciudad de Terouana, y la villa y fuerza de Hesdin, y lo que tiene ocupado del condado de Artois, que los reyes de Francia habían tomado a los predecesores del Emperador.

La quinta, que al duque Carlos de Borbón se le restituyan sus estados, y el mueble que le fué tomado, y en especial el condado de Provenza, y todo lo demás que el rey había quitado a sus parientes y amigos de la parte de Borbón. Y que el condado de Provenza sea reino, y se intitule el duque rey, pues por haberse venido a poner en la protección y amparo del Emperador, como su deudo propincuo, no merece por ello ser culpado ni despojado.

La sexta, que al rey de Ingalaterra restituya todo lo que justamente le pertenece, o se concierte con él.

La séptima, que a monsieur de San Valier, señor que es de Ponchierri, y a sus hermanos, y a todos los otros caballeros que han seguido la parte del duque de Borbón, les sean restituidos sus bienes y honras, y los procesos hechos contra ellos se den por nulos.

La octava, que al príncipe de Orange, y a don Hugo de Moncada, y al señor de Bonso, y al señor de Autroy, los suelte y ponga en libertad, y restituya al príncipe de Orange lo que en la guerra de Bretaña le fué tomado.

La nona, que a madama Margarita, tía del Emperador, y a la reina Germana, y al marqués de Ariscot, y al señor de Sienís, y al conde de Percient, y al conde de Gauri, y al señor de Urens, y al señor de Exinay, y al señor de Luz, y al señor de Monay, y a la princesa de Ximay, les sean restituidos sus bienes en la manera que los poseían antes de la guerra, y de la mesma manera al conde de Nascort, marqués de Cenete.

La décima, que después de hechas las paces se dé orden entre los príncipes como sus súbditos tengan libremente sus tratos, y comercios por mar y por tierra, y no se consientan cosarios, sino que como hermanos verdaderos anden por do quisieren libremente sus súbditos.

La undécima, que el rey de Francia, antes que sea puesto en libertad, haga ratificar y aprobar este contrato de paz por todo su reino, y señoríos de él, y en el parlamento de París, y en los parlamentos de Borgoña y de Provenza, y de Bretaña y Tolosa, y que los juren solemnemente.

La duodécima, que el rey de Francia después que fuere puesto en libertad, dentro en su reino aprobará y confirmará estas obligaciones con toda la solemnidad necesaria. Y asimesmo hará que cuando el Delfín su hijo llegare a edad de catorce años, confirme, admita y tenga por buenas estas capitulaciones hechas en Madrid a veinte y cinco de marzo del año de mil y quinientos y veinte y cinco.

Suelta el rey los prisioneros que tenía. -Viene a Toledo el bastardo de Labrit a tratar de la libertad del rey de Navarra.

Antes de saber el Emperador la prisión del rey de Francia, tenía convocadas Cortes para Toledo, donde Su Majestad fué, y se juntaron la reina de Portugal doña Leonor, la reina Germana, el duque de Calabria don Fernando de Aragón, muchos grandes y títulos de Castilla y de León, los embajadores de Francia que vinieron a tratar la libertad de su rey, los de Ingalaterra, Portugal, Venecia y de otras repúblicas y potentados de Alemaña y de Italia, del Sofi rey de Persia, y de otros reyes de Africa, muchas personas eclesiásticas, con el nuncio del Papa Clemente VII, don Alonso de Fonseca, arzobispo de Toledo, don Juan Tavera, arzobispo de Santiago, que presidió en las Cortes.

Determináronse con gran acuerdo muchas y buenas cosas para el buen gobierno destos reinos, especialmente contra blasfemos, vagamundos, gitanos, y que los corrigidores que diesen buena residencia fuesen consultados, para que el rey los honrase, y que se declarase así en sus sentencias. Suplicó el reino al Emperador se serviese de efetuar el casamiento que estaba tratado con doña Isabel, infanta de Portugal, si bien los embajadores de Ingalaterra instaron para que casase con María, su prima hermana, que después fué segunda mujer de don Felipe II. Sirvió el reino al Emperador con docientoscuentos de maravedís.

Llegó en estos días a Toledo monsieur de Brion, gentilhombre del rey Francisco, y dió al Emperador los recados que dije traía del rey y de madama Luisa, su madre, y no pidió cosa en particular, ni la trató hasta la venida del arzobispo de Embrun.

Venido, pues, el monsieur de Brion, con él comenzaron a tratar de la libertad de su rey, y ante todas cosas proveyo el Emperador que ellos, y todos los que de allí adelante viniesen de Francia, fuesen muy bien aposentados y tratados, no como criados de su prisionero, sino como embajadores de rey amigo.

Si bien cada día se hablaba en esto, no se tomaba resolución; hacíase más de industria que por otra causa, porque el Emperador esperaba la vuelta de monsieur de Croy para ver lo que madama regente de Francia respondía a los capítulos que este caballero había llevado y lo que el rey de Francia por su libertad ofrecía.

Volvió con mucha brevedad, y de madama Luisa a la ida y a la vuelta, oyó muchas y muy dulces razones; y del rey de Francia para el Emperador grandes promesas, diciendo que pues Dios por sus pecados le había querido tan ásperamente castigar, él tenía determinado de ser amigo de toda la Cristiandad y perpetuo esclavo del Emperador.

Pocos días antes desta batalla de Pavía fueron presos por los franceses el príncipe de Orange y don Hugo de Moncada, y el rey de Francia los mandó luego soltar, por dar gusto al Emperador.

Entre los grandes señores que fueron presos con el rey, fué uno don Enrique de La Brit, hijo de don Juan de La Brit, rey despojado de Navarra, el cual desde la prisión envió al bastardo de La Brit al Emperador, para que de su parte le rogase tuviese por bien que se tratase de su libertad. Venido el bastardo de La Brit a Toledo, el Emperador le hizo mucha cortesía, y le respondió muy a gusto a la embajada, aunque después no tuvo necesidad don Enrique de dineros ni otras diligencias para su libertad, dejando burlado al marqués de Pescara, cuyo prisionero era.

Lo que ofrecía el rey de Francia por su libertad.

Luego que don Hugo de Moncada fué suelto, vino a la corte del Emperador y trájole dos cartas, una del rey de Francia y otra de su madre madama Luisa, en las cuales ambas ofrecían, y juntamente los embajadores el arzobispo de Embrun y monsieur de Brion, y don Hugo de parte del rey.

1.º Que doña Leonor, hermana del Emperador, viuda del rey de Portugal, que estaba prometida al duque de Borbón, casase con el rey de Francia, y la infanta doña María, hija de la dicha reina doña Leonor, casase con el Delfín de Francia, para seguridad de una paz perpetua.

2.º Que el ducado de Borgoña, que pedía el Emperador, lo diese en dote a su hermana la reina Leonor, y quedase perpetuamente para el hijo mayor y sus descendientes que en la reina Leonor hubiese el rey de Francia, y que si ella muriese sin hijos, quedase Borgoña al hijo segundo del Emperador, y si el Emperador no tuviese hijos varones, sino hijas, que en tal caso casase el hijo segundo del rey de Francia con hija del Emperador, porque desta manera el Emperador cobraba el ducado de Borgoña.

3.º Que desde agora para siempre renunciaba el rey de Francia toda la acción y derecho que pretendía tener y tenía al ducado de Milán, para que el Emperador hiciese de él lo que quisiese.

4.º Que asimismo renunciaba la acción y derecho que pretendía tener sobre la señoría de Génova, no obstante que, la tuvo en su poder.

5.º Que renunciaba todo el derecho que los reyes de Francia en cualquier manera tuviesen al reino de Nápoles, y renunciaba cualesquier deudas, pensiones, etcétera, que en aquel reino le fuesen debidas.

6.º Que el rey de Francia quitaba, removía y soltaba la superioridad y dominio que tenía sobre las tierras de Flandes y condado de Artois, y por ser esto cosa grave y de importancia, prometía que haría que todos los Estados de Francia lo consintiesen, aprobasen y confirmasen.

7.º Que restituirá la villa y fuerza de Hesdin con la fortaleza, y toda la artillería y municiones que en ella hubiese.

8.º Que hará lo mismo de la ciudad de Tornay, renunciando el derecho en el Emperador y en todos los que sucedieren en los Estados de Flandes, y esto con solemne juramento para nunca lo pretender, ni por justicia ni por armas.

9.º Que por todas las tierras que están en las riberas de Soma, que el Emperador pretendía que eran del condado de Artois, daría y pagaría por ellas lo que el Emperador quisiese, y madama Luisa la regenta concertase.

10.º Que cuando el Emperador determinase pasar en Italia a coronarse, pagaría el rey la mitad del ejército que llevase, y que si quisiesen hacer guerra el Emperador, o su hermano el rey don Fernando, prometía el rey de Francia de no sólo pagar la mitad del ejército, mas de hallarse personalmente en ella.

11.º Que si el Emperador quisiese pasar por mar en Italia, daría toda su armada, galeras, navíos, galeones, y la pondría en el puerto de Barcelona muy a tiempo.

12.º Que si el Emperador quisiese hacer guerra contra infieles en Africa o en Grecia, pagaría la mitad de la costa, y si el Emperador fuese en la jornada, iría en ella acompañando la persona imperial.

13.º Que todo lo que el Emperador tenía capitulado con el rey de Ingalaterra, y todo lo que de empréstidos y pensiones era debido al dicho rey, lo pagaría y cumpliría de tal manera, que el Emperador quedase de todo ello libre, y el de Ingalaterra satisfecho.

14.º Que restituiría al duque de Borbón todos sus estados enteramente, y le mandaría pagar todas sus pensiones, y le daría su hija por mujer con el dote que a semejantes infantas se suele dar. Y que en el ejército que hiciese para servicio del Emperador, no yendo la persona real, pondría en su lugar al duque de Borbón, olvidando los enojos que le hubiese dado y de servicios que le hubiese hecho, por graves que fuesen.

15.º Que de todo esto daría bastantes prendas y seguridad, y aprobación y obligación del parlamento de París.

Responde el Emperador a lo que el rey ofrecía por su libertad. -Replica el rey. -Cortes en Toledo este año.

A los cuales medios, conservando su valor y reputación, como enemigo de ambición y sospecha de tiranía, respondió el Emperador que a él no le parecía que debía trocar el derecho y título que al Estado de Borgoña tenía tan justo y cierto por alguna otra cosa, antes le debía ser restituido, y por alguna manera lo daría en dote a su hermana, y que el casamiento que de ella se proponía con el rey, él no otorgaría si no fuese con voluntad del duque de Borbón, a quien la tenía prometida. Y a lo que decía de Italia, que él no quería, ni tenía propósito de alterar las cosas della, ni ponerla en guerra, ni desasosiego, antes su deseo era quietarla y pacificarla siempre. Y en lo to cante al reino de Nápoles, y lo demás que él poseía, que el rey de Francia no tenía algún justo título ni derecho a ello, ni había que renunciar. Que el Emperador se contentaba con que él restituyese el ducado de Borgoña, de la manera que lo había poseído el duque Carlos, su bisabuelo. Que asimismo aceptaba el ofrecimiento que le hacía de la Armada de mar para su pasada en Italia a coronarse.

El rey de Francia replicó a esto moviendo otros partidos de grandes sumas de dineros y de otras cosas, porque el Emperador se apartase de la pretensión de Borgoña; mas el Emperador siempre estuvo en que se le había de dar lo que era suyo y no se lo dando, no aceptar los demás ofrecimientos, si bien fuesen grandes. Y si él pretendiera la monarquía de Italia (como muchos calumniaban), nunca [mejor] al tiempo tuvo, pues tenía preso un competidor tan poderoso, los demás príncipes atemorizados y dentro en Italia un ejército vitorioso; pero como nunca él tuvo pensamiento de esto, no admitió los ofrecimientos que el rey le hacía; antes a este mismo tiempo dió el título y envestidura de duque de Milán a Francisco Esforcia, con unas honestas y moderadas condiciones y recompensa por los grandes gastos que había hecho en la conquista de Milán y guerras sobre echar dél los franceses.

Andando, pues, así estas cosas, el Emperador había salido de Madrid y ido a Toledo, donde mandó juntar los procuradores del reino para tener Cortes generales, las cuales luego se comenzaron y se dieron treguas a los franceses por seis meses.

Sentíase el rey de la larga prisión; quiere que le traigan a España. -Trae Carlos de Lanoy al rey en España. -Recíbenle solemnemente en Barcelona. -El duque del Infantado le hospedó generosamente en Guadalajara. -Entra en Madrid. Buen tratamiento que se hacía al rey en Madrid.

Sentía mucho el rey de Francia la prisión, pareciéndole que se alargaba demasiado, y hablando muchas veces con el virrey de Nápoles, Carlos de Lanoy, le oía decir la benignidad y blandura del Emperador y la grandeza de su generoso pecho; con esto le puso un gran deseo de verse con él, con una cierta esperanza que si le veía la cara, con tolerables condiciones le daría libertad, y por esto rogaba a Lanoy que no le llevase a Nápoles, donde había oído decir que le querían llevar, sino a España.

No estaba Lanoy lejos de este parecer, esperando grandes mercedes y no menos honra, si mediante él se diese fin en las discordias de dos tan poderosos príncipes y tan enemigos entre sí. Por tanto, aconsejó al rey que asegurase el paso para España, de manera que de Francia no hubiese algún peligro.

Y para esto partió luego Anna, señor de Montmorency, uno de los privados del rey, a madama Luisa, su madre, gobernadora de Francia, y tomada la fe de seguro, partió de Marsella con seis galeras, y halló a Lanoy con el rey en Puerto Delfín, que es veinte millas de Génova al Levante; y como hasta allí en público y en secreto delante de los capitanes del Emperador y de Borbón y del marqués de Pescara hubiese siempre dicho que llevaba al rey a Nápoles, volvió el viaje para España con diez y siete galeras llenas de soldados españoles, sin que lo entendiesen ni aun cayese en la imaginación del duque Borbón ni marqués de Pescara, ni de los otros capitanes principales que en Lombardía estaban.

Y siguiendo su viaje con próspero viento, llegaron a la costa de España, al puerto de Palamós y Colibre, y de ahí fueron a Barcelona, mediado el mes de junio de este año de 1525; donde al tiempo del desembarcar se le hizo al rey grande salva de artillería y en la ciudad un solemne recibimiento. De aquí se dió aviso al Emperador de su venida, de que fué muy espantado, porque no lo sabía. De Barcelona vino toda la Armada con el rey a desembarcar en Valencia, donde fué solemnemente recibido. De Valencia fueron a Requena, donde esperaba don fray Francisco Ruiz, obispo de Avila, con otra mucha caballería que el Emperador había enviado a darle el parabién de la venida, y que le acompañasen. De Requena vinieron a Guadalajara, donde el duque del Infantado le hizo tan costoso recibimiento y hospedaje que el francés quedó admirado; y solía después decir muchas veces que el Emperador le hacía injuria en llamarle, como a los otros, duque, sino que le había de llamar por excelencia príncipe.

De Guadalajara pasó a Madrid y aposentáronse en el alcázar, donde estuvo hasta que se le dió la libertad. Vinieron en compañía y guarda del rey Carlos de Lanoy, Hernando de Alarcón y otros capitanes y soldados escogidos y valientes, de los cuales quedaron en su guarda, con Hernando de Alarcón, algunos, y al rey se le hacía buen tratamiento con la cortesía que merecía la persona real de Francisco.

Permitíasele salir al campo, ir a caza las veces que quería, y en todo se miraba mucho por darle gusto. Súpose y sintióse en Italia la traída del rey en España; los juicios y sentimientos que de ella hubo fueron muchos y pesados; dirélos después de haber dicho lo que el Emperador hizo y pasó en España con el rey detenido en el alcázar de Madrid, pues todo no se puede contar junto, si bien haya pasado a un tiempo.

Lo que hizo el Emperador en Toledo, y embajadores que vinieron. -Gran corte que el Emperador tenía en Toledo.

La grandeza de los hechos de la guerra no da lugar al que escribe para que por menudo pueda referir los que son de paz y gobierno de la república. Lo cual yo he hecho en este año de veinte y cinco, que por escribir las guerras de Lombardía he dejado de contar algunos sucesos que no fueron. de ella, fiestas, caminos y embajadas y otros acaecimientos; pero agora que la gran vitoria del César ha puesto algún silencio a las armas, dejaré un poco de tratar de ellas y escribiré las de gobierno y paz, si bien por nuestros pecados duró tan poco, que será muy breve el tiempo que gozaremos de esta licencia.

Al tiempo, pues, que el rey de Francia llegó a Madrid, tenía el Emperador Cortes generales de los reinos de Castilla en la ciudad de Toledo, donde estaban con él la reina de Portugal, viuda; su hermana doña Leonor, la reina Germana, los embajadores de Francia que ya nombré, que eran venidos a tratar la libertad de su rey. Y asimismo, embajadores de los reyes de Ingalaterra, de Portugal, de venecianos, del Sofi y de otros reyes de Africa y repúblicas y un legado del papa Clemente, y estaba asimismo el duque de Calabria y los duques de Alba, Béjar, Nájara, Medinaceli y otros muy grandes señores de Castilla, y el arzobispo de Toledo, don Alonso de Fonseca, y don Juan Tavera, arzobispo de Santiago, presidente que era del Consejo Real, con otros muchos perlados, según dejo dicho. De manera que la corte del Emperador era una de las mayores y más lucidas que ha tenido príncipe de España. Los cuales todos se holgaron mucho con la venida del rey de Francia, por la honra que con su real persona recibía Castilla y por la paz que se esperaba viéndose los dos príncipes.

Entró en Toledo el virrey de Nápoles, Carlos de Lanoy, en dejando al rey en Madrid, y hízosele un solemne recibimiento, y el Emperador lo recibió con demostración de muy gran placer, y lo honró y trató amorosamente conforme al amor que le tenía, que era grande. Envió luego el Emperador a visitar al rey de Francia con graciosas y amorosas palabras y a le significar la voluntad que tenía de que él quisiese venir en buenos medios de paz y para que le fuese dada libertad, los cuales se continuaron y trataron, como se había comenzado, por sus embajadores. Pero como el Emperador estaba determinado en que ante todas cosas le había de restituir el ducado de Borgoña, y al rey de Francia se le hacía grave y casi imposible, dilatóse más de lo que el rey quisiera. La justicia que el Emperador tenía para pedir a Borgoña era tanta, que ninguno que fuere enterado della podrá decir sino que le sobraba razón. Y porque desta conste y por haber sido la pretensión de este Estado una de las causas principales y la piedra de la ofensión en que estos dos príncipes se toparon, será bien antes de pasar adelante decir el derecho que cada uno de ellos tenía, y así procedía con más segura conciencia en la guerra.

Derecho que tenía el Emperador a Borgoña.

Fué Borgoña antiguamente reino; comprendía la provincia Lotaringia, que agora es Lorena, cuando sus límites eran mayores, y se extendía desde el río Mosa hasta el Reno, donde se contenían Holanda, Zelanda, Henaut, Asbavia, Elsacia, Güeldres, Cleves, Lieja, Maguncia y la selva de Ardeña, Tréveri y Limburg. Quedó después metida en el reino Borgoña, en tiempo de Enrico, primero de este nombre, rey de Francia. Por sediciones de los mismos pueblos de Borgoña se dividió este reino en ducado y en condado. El ducado quedó en la obediencia de los reyes de Francia, y el condado en la de los emperadores de Alemaña, del cual es cabeza y matriz la gran ciudad de Bisançon, de donde fueron naturales don Ramón y don Enrique que dieron reyes a Castilla y Portugal. Ha sido Bisançon ciudad nombrada y célebre por la gran feria que en ella se hace, a la cual Julio César y otros antiguos llamaron Vensoncio. Pasa, pues, el cuento así.

En el año de 1326, a 12 de agosto murió en Francia el rey Carlos el Hermoso, hijo del rey Filipo el Hermoso. Y cuando Carlos pasó de esta vida, la reina doña Juana, su mujer, quedó preñada, y como el rey su marido no dejó hijo que le sucediese y después de su muerte la reina doña Juana no pariese sino una hija, fué ocasión que se levantasen grandes sediciones y guerras en Francia. El rey Filipo el Hermoso tuvo tres hijos y tres hijas. Los hijos se llamaron Ludovico Utino, Filipo Longo, y el tercero, Carlos el Hermoso, los cuales fueron por orden reyes pacíficamente; porque Ludovico reinó un año, Filipo cinco, y Carlos siete, sucesivamente; y si bien fueron todos casados, murieron sin hijos. Cosa por cierto harto maravillosa y en la real sucesión muy nueva, ver suceder en un reino tres hermanos y morir sin herederos. Las hijas del rey Filipo se llamaron Margarita o Beatriz, que casó con el rey de Castilla, don Hernando el tercero. La segunda, doña. Isabel, que casó con Eduardo, rey de Ingalaterra. La tercera, doña Catalina, que murió moza. Este Filipo el Hermoso tuvo un hermano que se llamó Carlos Valesio, y por otra parte la reina doña Isabel de Ingalaterra dejó un hijo que se llamó Eduardo, que reinó en Ingalaterra. Estando, pues, desierto el generoso reino de Francia y sin príncipe heredero, por muerte de Filipo el Hermoso y sus tres hijos, luego se opusieron a la pretensión del reino Eduardo, rey de Ingalaterra, diciendo que era suyo el derecho, pues era nieto de Filipo. Lo contrario decía Filipo Valesio, alegando pertenecerle a él por ser sobrino de su hermano de Filipo el Osado. Dividióse Francia en dos parcialidades, siguiendo la una a Eduardo y la otra a Filipo Valesio. Prevaleció Valesio, y quedó con el reino, quedando muy descontento y protestando siempre Eduardo. Por manera que desde aquellos tiempos siempre pretenden los de Ingalaterra que el reino de Francia es suyo.

Como se vio privado Eduardo, rey de Ingalaterra, del reino de Francia, acordó de poner en armas su justicia, levantó un ejército muy poderoso y acometió y tomó a Calés con otras tierras de Francia.

Sintió tanta pena y afrenta Valesio de la toma de Calés, que de pura tristeza le vino, una calentura lenta de que murió, año 1352, a 7 de julio, de edad de cincuenta y siete años. Muerto Filipo Valesio sucedió en Francia su hijo, el rey don Juan, el primero de este nombre, el cual luego que murió su padre movió guerra al rey Eduardo por cobrar a Calés y vengar el enojo de su padre y dar a entender al inglés el competidor que tenía. El rey Eduardo, era ya viejo y gotoso, y no podía salir en campaña, y así envió a su hijo, que se decía Ricardo, príncipe heredero; y diéronse una sangrienta batalla cerca de Poitiers, año 1956, a 20 de setiembre, jueves en la tarde, víspera de San Mateo. La batalla fué reñida, porfiada, sangrienta y dudosa la vitoria; mas al fin el rey Juan de Francia fué preso, y un hijo suyo, llamado Filipo el Osado. Hallóse en esta batalla el cardenal de Petragorico, que el papa Inocencio había enviado para dar alguna traza, y componer los dos príncipes. Lo cual no pudo acabar por más que lo trabajó. Murieron en esta batalla, don Guillermo, hermano del rey Juan y duque de Orleáns. Murió el condestable de Francia y el gran senescal, y trece mil infantes, y mil y cuatrocientos caballos, y escapó herido en un brazo el príncipe don Carlos, hijo primogénito del rey Juan, el cual en el tiempo que el padre estuvo preso gobernó el reino de Francia. Preso el rey Juan y su hijo Filipo, lleváronlos a Burdeos, y de allí a Ingalaterra, do estuvieron cuatro años, y el tratamiento que les hicieron fué que en todo este tiempo no salieron de una fortaleza ni aun de un aposento donde dormían y una sala do comían y se entretenían.

Loan mucho los coronistas en el príncipe don Carlos la prudencia que tenía en gobernar el reino de Francia y la diligencia que puso en sacar a su padre de prisión. Pero como los ingleses pedían mucho y él daba poco, hubo de estar el rey Juan mucho tiempo preso. Al fin, el papa Inocencio y el rey de Escocia concertaron la libertad del rey en esta manera.

Dieron a Eduardo, rey de Ingalaterra, el señorío perpetuo de Calés y su tierra, y las tierras de Poitiers, la ciudad de Saintes, la ciudad de Limoges, la ciudad de Tarba, la ciudad de Rodes con todas sus tierras. Diéronle más la ciudad de Touars, Agen, Perigueux, Ponthieu y Bigorra; el condado de Angulema y ducado de Guyena, con tres millones de oro en dinero. Pagáronle las dos partes del gasto que en aquella guerra había hecho. Dieron más otra suma de dinero por los prisioneros que con el rey Juan fueron tomados, y restituídos todos los ingleses que en Francia estaban presos, sin pagar rescate por ellos; y dieron para seguridad de todo cuatro castillos muy fuertes, y, doce caballeros los mayores de Francia, y dos hijos del rey Juan en rehenes. Año de 1360, a 3 de otubre, trajeron al rey don Juan a Calés, y allí le pusieron en libertad.

Señores que hubo en Flandes y Borgoña.

Pues para inteligencia de lo que pretendo decir, conviene saber que en el condado de Flandes y ducado de Borgoña hubo treinta y un señores, contando desde el primero conde, que se llamó Elderico, hasta el último duque, que fué Carlos Pugnax o el Peleador, y comenzó su señorío de Elderico año 792. Gobernó el condado de Flandes cuarenta años, y tuvo una mujer que se llamaba Flandra, y por ella se llamó aquella tierra Flandes. El duque Carlos murió en la batalla que le dió Renato, duque de Lorena, día de los Reyes, año 1476. El mismo año de la delibración del rey Juan, que fué año de 1360, murió el duque de Borgoña, que se llamaba Filipo, y fué el último duque que por línea de varón hubo en aquel Estado. El rey de Francia, Valesio, padre que fué del rey Juan, preso en Ingalaterra, fué casado con una tía del duque Filipo de Borgoña, que se llamaba Juana, de la cual dicen los coronistas franceses que fué muy dota en la lengua latina y gran música. El rey Filipo Valesio hubo en esta señora reina Juana al rey Juan, que estuvo en Ingalaterra, el cual se llamó Juan porque su madre se llamaba Juana. Muerto el duque de Borgoña Filipo, como no dejó hijo varón legítimo, opúsose al Estado el rey Juan de Francia, diciendo que pues él era primer hijo de hermano de Filipo de Borgoña, hijo de su tía, la reina Juana, que a él y no a otro como a pariente más propincuo que tenía el duque Filipo, pertenecía aquel Estado, y de hecho se apoderó de él. Los borgoñeses protestaron al rey Juan, diciendo que el ducado de Borgoña no pertenecía a él, sino a su hermano Filipo el Osado, porque él era rey de Francia, en el cual reino no se debía ni podía incorporar aquel Estado. Viendo el rey Juan que los borgoñones tenían razón, declaró que él no heredaba a Borgoña como persona particular, esto es, como pariente más propincuo a la casa de Borgoña. Declaró asimismo que en el ducado de Borgoña, no habiendo varón, la mujer legítima podía ser heredera porque así lo heredaba él; es, a saber, por ser hijo de la reina Juana, duquesa que fuera de Borgoña, si al tiempo que murió el duque Filipo, su sobrino, fuera viva. Este rey Juan, después que salió de la prisión, como vino a Francia y no pudo cumplir todo lo que por su rescate prometiera, acordándose de los grandes rehenes que tenía puestos en lugar de su persona, determinó como príncipe verdadero, de tornar a ser prisionero del rey de Ingalaterra, y desta manera puso en libertad a los que por él se habían puesto en prisión. Murió el rey Juan en ella, en la ciudad de Londres, año de mil y trescientos y sesenta y cuatro. Fué traído a enterrar al monasterio de San Benito, junto a París, que se dice Sant Denis; y viéronse en tanto trabajo los franceses por rescatar el cuerpo de su rey muerto, que por poco les costara tanto como si fuera vivo.

Apelaciones de Flandes a París.

A la sazón que esto pasaba, era conde de Flandes Ludovico de Marla, el cual tenía una hija que se decía Margarita y era viuda, heredera del condado de Flandes. Muerto el rey Juan, como sucedió en el reino su hijo Carlos el V, luego se fué al Parlamento de París, do juntó el reino y allí se concertó con su hermano Filipo el Osado, en que Filipo renunció el condado de Terouana, que su padre le había por su testamento mandado; y el rey Carlos lo incorporó en la corona real. Y en recompensa del condado de Terouana dió a su hermano Filipo el ducado de Borgoña para que libremente lo poseyese él y sus herederos. Y todo esto se hizo queriéndolo el rey Carlos y consintiéndolo el reino, y aprobándolo los parlamentos. Declarado, pues, Filipo el Osado por duque de Borgoña, casó con la hija de Ludovico, conde de Flandes, que se llamaba Margarita, heredera única del condado, y en el casamiento fué consentidor Carlos, rey de Francia, hermano de Filipo; y casaron con estas condiciones, etc. Filipo el Hermoso, rey de Francia, teniendo guerra con el rey de Ingalaterra, el conde de Flandes favoreció al inglés, y acabada la guerra, el rey de Francia fué contra él y prendiólo con un hijo suyo, y túvolo hasta que murieron en la cárcel. Rebeláronse par esto los flamencos contra el rey de Francia. El cual, como los tornase a sojuzgar, pidióles tres ciudades en rehenes, que fueron Amsola, Adnaco y Orchias. Jamás pudieron los condes de Flandes recobrar estas ciudades; pero concertáronse que los reyes de Francia diesen a los condes de Flandes diez mil ducados cada año; y éstos eran tan mal pagados, que llegaron a deber cien mil.

Por recuperar los daños pasados y evitar enojos, capitularon estos príncipes que el rey de Francia pagase luego los cien mil ducados y restituyese al conde de Flandes las tres ciudades, con tal condición que las apelaciones fuesen a París. Mas que si el conde de Flandes, Ludovico, puesto que era viejo, tuviese hijo, heredase las tres ciudades; y si no, que Filipo el Osado, pues casaba con Margarita, única heredera de Flandes, heredase las tres ciudades con todo lo que era de su suegro, el conde Ludovico.

Capitulóse más: que si Filipo el Osado, duque de Borgoña, muriese sin hijos legítimos, que las cosas tornasen a su estado primero, esto es, el ducado de Borgoña y las tres ciudades de Flandes, al rey de Francia, y el rey de Francia pagase los diez mil ducados cada un año a los condes de Flandes. Favoreció tanto la fortuna al duque Filipo, que tuvo tres hijos legítimos: el primero se llamó Juan, que le sucedió, y casó con Margarita, hija del conde o duque de Henaut; el segundo se llamó Antonio, y éste fué duque de Brabante; al tercero llamaron Filipo, y éste fué conde de Lucemburg. De estos tres hijos heredó el ducado de Borgoña y condado de Flandes Juan, que era el mayor. Este duque Juan no tuvo más de un hijo que se llamó Filipo el Piadoso, porque lo fué. Casó Filipo con Leonor, infanta de Portugal, princesa muy hermosa, liberal y afable.

Tuvo el duque Filipo tres hijos: el primero se llamó Antonio; el otro, lodo; el tercero, Carlos. Los dos primeros murieron mozos, y Carlos heredó el Estado de Flandes y Borgoña. Murió el duque Carlos en una batalla, día de los Reyes, según ya dije; fué casado con madama Isabel, hija, del duque de Borbón, y no tuvieron más que una hija, que se llamó María, la cual casé con el Emperador Maximiliano, archiduque de Austria. Los cuales hubieron dos hijos, a Filipo y a Margarita. Filipo casó con doña Juana, infanta de Castilla, hija de los Reyes Católicos, y de ellos fué hijo el bienaventurado Carlos V, rey de España, Emperador de Alemaña, etc.

Crueldad grande. [Prosigue la misma materia.]

Muerto el duque Carlos de Borgoña, el rey Luis de Francia onceno de este nombre, envió mucha gente y dinero a Renato, duque de Lorena, para que prosiguiese la vitoria, y en su nombre tomase el ducado de Borgoña. Lo cual hizo Renato; y no contento el rey Luis con esto, él mismo en persona fué a tomar otras tierras del Estado de Flandes y se apoderó por fuerza de Noyón, Perona, Montuel, Ras, con todas las tierras que en contorno destas ciudades estaban. Mostráronse los flamencos y borgoñones valerosos vasallos y leales servidores de la duquesa María, que era muy niña; mas no pudieron más. Y sucedió que tomando los franceses la ciudad de Arrás, ponían los cuchillos a las gargantas de los vecinos y los perdonaban sólo porque dijesen: «¡Viva el rey de Francia!»; y ellos no querían decir sino «¡Viva madama María, duquesa de Borgoña!». Y luego los degollaban, muriendo como leales; y aun como mártires, pues morían por defender la justicia y lanzaban al tirano de la tierra. Después de muchas guerras que pasaron entre franceses, flamencos y borgoñones, finalmente, el rey Luis dijo y declaró que él no tomaba aquellos estados sino como en tutoría, y que madama tuviese la gobernación. El rey de Francia quisiera que los flamencos le entregaran a la duquesa María, y les ofreció ricos dones; mas los flamencos, como leales, la guardaron. Y como no pudo vencer la lealtad de los caballeros, acordó de negociar de secreto con la misma María, que era niña, a ver si por ruego y promesas podría meterla en Francia. Tenía el rey Luis un barbero flamenco que se decía Guillermo, y a éste, como sabía la lengua flamenca y era natural, encomendó que fuese a madama María y la dijese tres cosas: la primera, que él la tenía por hija; la segunda, que él tenía en su nombre el ducado de Borgoña muy bien tratado; la tercera, que él la quería casar con persona real de su casa, y que la engañaban en aconsejarla otra cosa. Fué Guillermo con esto a Flandes, y tuvo tan poca discreción que no supo guardar secreto (parlando como barbero) ni aun buscar tiempo para decir a lo que iba. Y así se descubrió, y corrió harto peligro su vida. Viendo los flamencos las diligencias que el rey hacía por haber en su poder a la duquesa, diéronse prisa a casarla; y así, la casaron, como dije, con Maximiliano, hijo del Emperador Frederico. Viendo el rey Luis casada a María en Alemaña, acordó alzarse con el ducado de Borgoña, porque importaba mucho, a Francia, por confinar con lo mejor de ella. Tal es el derecho absoluto que el rey de Francia tuvo para entrarse en el ducado de Borgoña; y la justicia que el Emperador tenía para pedirle, y la justificación con que hizo guerra por él. He referido esta historia no conforme a las de Austria ni del condado de Flandes ni de Borgoña, sino por las mismas historias francesas, para mayor seguridad de la verdad. Y los autores que con mayor curiosidad y largamente la escriben son: Roberto Gaguino, Guillelmo Rabasten, Burlifer, Pisano, en las vidas de los reyes de Francia: Filipo el Hermoso, Ludovico Hutino, Filipo el Longo, Carlos el Hermoso, Filipo Valesio, Juan I, Carlos VI, Carlos VII, Ludovico XI.

Asiéntanse treguas entre los reyes para tratar de la concordia. -Piden al Emperador en Cortes que se case en Portugal. -Va el Emperador a Segovia. -Enferma el rey de Francia porque el Emperador no le veía. -Visita el Emperador al rey de Francia. -La plática que pasó entre ellos. -Viene madama Alanson a Castilla. -Viene el legado Salviati. -Viene a Toledo madama de Alanson a tratar la libertad del rey su hermano.

Volviendo, pues, a nuestros cuentos para poder tratar de la composición destos príncipes, se asentaron treguas entre los reinos de España y Francia por ocho meses, que comenzaron desde el de junio.

Y el Emperador, siéndole pedido por parte del rey de Francia, dió licencia y seguro para que madama Margarita de Alanson, hermana del rey Francisco, mujer que había sido de monsieur de Alanson, viniese a España a le visitar y tratar de sus negocios, como se dirá. Y el Emperador, continuando las Cortes de sus reinos, hizo en ellas algunas leyes necesarias y provechosas al bien público, como parece en el volumen que de ellas hay, que con mucha curiosidad vi escrito en la librería del monasterio de Fres del Val, que es de los padres jerónimos, y fundación del adelantado Gómez Manrique, una legua de Burgos. Y el reino, atendiendo a los grandes gastos que el Emperador había hecho, le otorgó mayor servicio que hasta allí se le había dado. Y todo el reino le suplicó qué fuese servido de casarse, pues ya su edad lo pedía, para que Nuestro Señor le diese hijos en quien se continuase su sucesión, y encarecidamente le pidieron que casase con doña Isabel, infanta de Portugal, pues aquello era lo que más convenía al reino, por los grandes deudos y vecindad que con la casa de Portugal había, y por las virtudes y perfeciones que de la infanta se decían. Por la cual suplicación el Emperador se inclinó a este casamiento, y desde luego se comenzó a tratar de él, si bien los embajadores de Ingalaterra instaban que casase con la infanta de Ingalaterra, su sobrina, con quien se había platicado, como queda dicho, en las ligas y amistades que con el rey de Ingalaterra el Emperador había hecho.

Acabadas las Cortes, el Emperador acordó de ir a Segovia, porque los vecinos de aquella ciudad se sentían desfavorecidos y agraviados de que él había pasado junto a ella cuando vino de Valladolid y no la había visitado. Y siendo ya el fin de agosto, partió para allá, y fuéle hecho un solemne recibimiento, y después muy grandes fiestas.

Detúvose en Segovia pocos días el Emperador, y partió para Buitrago, donde se entretuvo en cazar.

En estos mismos días enfermó el rey de Francia; dicen que de pura melancolía de verse preso, y que el despacho de su libertad se dilataba. Y estando el Emperador en un lugar que se llama San Agustín, seis leguas de Madrid, le vino una posta con aviso de Hernando de Alarcón, que tenía en guarda la persona del rey, que decía cómo la enfermedad del rey se iba agravando de manera que se tenía poca esperanza de su vida; y que para alivio de su mal no pedía el rey sino que el Emperador le viese.

Como el Emperador supo esto, con acuerdo de los duques de Calabria y Béjar, Nájara y otros señores que con él venían, se determinó que sería obra cristiana y pía irle a visitar y consolar, y dar buenas esperanzas de su libertad, y así partieron luego por la posta, y llegó aquella misma noche (que fué a 28 de setiembre) a Madrid, y como iba de camino entró a visitar al rey.

Y siendo el rey avisado de la venida del Emperador, recibió tan gran alivio que mostró mucha mejoría.

Como el Emperador entró en el aposento donde el rey estaba, le quitó el sombrero y llegó a abrazarle en la cama donde estaba; y el rey se incorporó en la cama y abrazó al Emperador, diciéndole: «Monsieur, veis aquí vuestro esclavo.» Y el Emperador respondió: «No, sino buen hermano y amigo libre.» Y el rey replicó: «No, sino vuestro esclavo.» Y el Emperador tornó a responder: «No, sino libre amigo y buen hermano.»

Y después de esto pasaron otras muchas palabras: la sustancia de ellas fué decirle el Emperador que no tuviese al presente cuidado sino de su salud, que aquélla era la que deseaba muy mucho, y que estuviese cierto que sus negocios se harían muy bien.

Y con esto el Emperador se salió, y pasó a otro cuarto del mismo alcázar; y el rey quedó consolado, con que se le sintió notable mejoría.

Y otro día siguiente, el Emperador lo tornó a visitar, y de nuevo lo esforzó y consoló todo lo posible.

Este mismo día llegó a Madrid madama Alanson, hermana del rey de Francia, que sabiendo la enfermedad de su hermano, se había dado priesa a caminar, y el Emperador la salió a recibir y la acompañó hasta el aposento de su hermano. El cual se alegró y consoló mucho con ella; habiéndoles el Emperador dicho a ambos dulces y amorosas palabras llenas de buenas esperanzas, los dejó juntos y partió para Toledo, donde llegó el día siguiente, y desde ahí adelante el rey de Francia fué mejorando, de manera que en breve tiempo quedó sano. Y desde a ocho días que el Emperador llegó a Toledo, vino allí el cardenal Salviati, que venía por legado del Papa, al cual el Emperador mandó hacer un gran recibimiento, en que se hallaron los perlados y grandes de la corte, y él por su persona salió fuera de la ciudad, queriendo hacer una gran demostración y cumplimiento con el Papa, porque tenía aviso que no le hacía buena amistad, antes trataba, como luego diremos, hacer ligas contra él. Y siendo así recibido y aposentado el legado, el Emperador por le satisfacer, de lo que dije y desenconar el ánimo del Pontífice, le quiso dar cuenta y comunicar todos los medios y pláticas que con el rey de Francia y sus, embajadores había pasado, y los que luego se ofrecieron con madama de Alanson. La cual, desde a pocos días, quedando el rey su hermano mejor, vino a Toledo, y con ella fray Filipe Villers Lisleadam, maestre de la Orden de San Juan, despojado de la isla de Rodas. El Emperador salió a recibir a Margarita, y la hizo aposentar y honrar mucho. Luego volvieron a tratar medios de paz y de la libertad del rey; y añadió, demás de los capítulos que don Hugo de Moncada había traído, que se daría al Emperador el vizcondado de Auxona, que es en el ducado de Borgoña, o una gran suma de dinero, cuando esto no quisiese, y que el Emperador le quisiese dar su hermana Leonor, con los partidos y ofrecimientos dichos. Y se dijo que el rey de Francia tendría por bien que su hermana, madama de Alanson, casase con Carlos, duque de Borbón. Pidió que en lo que tocaba al derecho de Borgoña, se determinase por justicia ante los doce pares de Francia: que son seis perlados y seis caballeros. Enfadóse el Emperador de esto, y lo que dió por respuesta fué que era contento que se señalasen personas dotas por una y otra parte, para que lo determinasen en justicia; y que el Papa fuese tercero con ellos; pero madama no quiso esto.

El maestre de Rodas viene a la corte del Emperador. -Dióle la isla de Malta.

En esta misma sazón, que era principio de otubre, entró en la corte del Emperador el gran maestre de Rodas, Filipe Lisleadam, que había perdido aquella isla, acompañado de muchos caballeros de su Orden. Saliéronle a recibir todos los grandes que en la corte estaban, y el Emperador le recibió muy bien y honró mucho, y trató con él las cosas de aquella religión. Y quiso el Emperador dar a estos caballeros la isla de Malta, donde agora están el convento y nobleza desta religión con su gran maestre.

También el legado del Papa entre otras cosas trató y pidió al Emperador que enviase a mandar a sus capitanes que fuesen a tomar la ciudad de Rezo, y la villa y castillo de Ruberia, que el duque de Ferrera tenía usurpadas a la Iglesia desde la muerte del papa Adriano, y se las mandase entregar, como se había capitulado cuando se hizo la paz, y los había socorrido con ciento y veinte mil ducados.

El Emperador respondió lo que otra vez a este artículo había respondido, y que daría modo como aquella demanda se determinase por justicia o amigable composición y concierto, y que procuraría como sin armas pacíficamente el Papa hubiese la posesión de ellas, sin perjuicio de la superioridad del Imperio ni de tercero alguno, porque por armas y fuerza no le parecía se debía hacer; porque el duque de Ferrara era vasallo del Imperio, y no era bien que por su parte se alborotasen las cosas de Italia. No fué muy contento con esta respuesta el legado; que, aunque eclesiástico, quisiera más las armas y ejecución dellas.

El rey de Francia quiere huir de la cárcel en traje de un negro.

Viendo madama de Alanson lo poco que sus ruegos y medios aprovechaban, y que lo que se ofrecía se estimaba en nada, pidió licencia para volverse y ver de camino a su hermano. Diósele, y fué al alcázar de Madrid a visitarle, donde estuvo algunos días dando orden y traza como cautelosamente pudiese sacarle de la prisión, pues ruegos ni ofertas no bastaban.

El ardid era que un esclavo negro, que metía leña en la cámara donde dormía el rey, para una chiminea, se acostase en la cama del mismo rey, y el rey se vistiese las ropas del negro y tiznase la cara, y así se saliese fuera del alcázar cuando quisiese anochecer, a hora que nadie pudiese echar de ver el tizne fingido.

En este tiempo estaban en servicio del rey allí en Madrid un caballero francés que se decía monsieur de Larochepot, y un camarero que había de nombre Clemente Chapion; los cuales dos riñeron un día, y dió monsieur de Larochepot un bofetón al camarero, de que quedó muy cargado y lastimado.

Viendo, pues, el camarero que por estar en reino extraño y por ser el que lo injurió más poderoso, no había lugar para su venganza, fuese de Madrid a Toledo, donde estaba el Emperador, y descubrióle la maraña que el rey de Francia tenía urdida para salirse de la cárcel. Y que estaba determinado de hacerlo pocos días después de ida su hermana.

Tenía también allí el rey de Francia un criado tesorero francés, y éste supo la jornada del camarero a Toledo, y su enojo, y sospechó que iba a descubrir el secreto. Y con sola esta sospecha se puso en huída y tomó el camino para Francia.

La causa porque éste huyó fué porque entre solos los cuatro estaba ordenada la fuga del rey, esto es, entre el rey y su hermano y el camarero y tesorero.

Maravillóse el Emperador de que el rey de Francia quisiese usar de esta treta, y humillarse tan feamente para huir. Y al principio no daba crédito al camarero, porque parecía que hablaba apasionadamente, y lo otro porque no se podía persuadir que un príncipe, como el rey de Francia, quisiese intentar cosa tan fea. Con todo eso, mandó el Emperador escribir a Hernando de Alarcón todo lo que el camarero decía, y esto no para que lo descubriese, sino para que lo mirase y remediase, y estuviese sobre aviso en las guardas del alcázar, y que el esclavo no entrase con la leña de allí adelante.

Demás de esto, en el salvoconduto que se le dió a madama para tornar en Francia, con mucho aviso se puso que con tal condición se le daba que en España no hiciese ni hubiese hecho alguna cosa que fuese en de servicio del Emperador o daño de la república.

Desesperada embajada del rey al Emperador. -El rey pide la reina Leonor. -El Emperador la tenía prometida a Borbón. -Ofrécele, porque suelte la palabra, el ducado de Milán.

Visto por el rey de Francia que su hermana era ida, y que se quedaba preso y desenhilado su negocio, con despecho y aborrecimiento envió al Emperador un criado, que se decía Memoransy, diciendo que él estaba determinado a ser antes su perpetuo prisionero que no darle el ducado de Borgoña con lo demás que en el memorial pedía, y que para esto le señalase luego lugar donde había de estar preso, y los que había de tener, en su servicio.

El Emperador respondió que era contento de señalarle el lugar de su prisión y darle personas que le sirviesen. Y demás desto, que dijese al rey su amo que a él le pesaba mucho de no querer dar por rescate de su persona lo que era obligado a restituir por justicia.

Apenas era partido Memoransy con esta respuesta, cuando vino Carlos de Lanoy, el virrey de Nápoles, a decir al Emperador que el rey estaba de otro propósito y de venir en lo bueno, y que para este efeto le habían traído grandes poderes de la reina su madre y del Parlamento de París. Que no restaba sino que Su Majestad señalase personas y enviase sus poderes para que concordasen lo que él pedía con lo que el rey otorgaba.

Envió el Emperador sus poderes, y con ellos al virrey y a don Hugo de Moncada y al secretario Juan Alemán. Llegados estos tres a Madrid, lo primero que el rey pidió fué que le diesen por mujer a doña Leonor, hermana del Emperador, viuda del rey don Manuel de Portugal. El dote que pidió el rey fué el condado de Malon y el condado de Osera, y que dejándole estos dos condados, él restituiría el ducado de Borgoña; que tenía por cierto que el reino de Francia vernía en esto, por casar él con tan alta princesa, y por el bien de la paz tan deseada; que juraría esto debajo de su fe y palabra real. E que si los de su reino no quisiesen venir en ello, se volvería a España a ser prisionero del Emperador, y daría en rehenes uno de sus hijos y doce caballeros de los más nobles de Francia que el Emperador nombrase.

No se podía efetuar esto por tener el Emperador dada la palabra al duque de Borbón de que le daría por mujer a su hermana la reina Leonor, y para esto le envió un correo poniéndole delante que no se podía concluir nada con el rey si no se le daba a su hermana por mujer. El duque de Borbón sintió notablemente esto, diciendo que había perdido grandes estados en Francia, no por codicia de otros, sino por desear casar y emparentar con hermana del Emperador, y que al cabo de tantos servicios y peligros en que se había visto por esto, le daban este pago. Recibió el Emperador mucha pena por el sentimiento de Borbón, y estuvo suspenso algunos días, porque deseaba por una parte componerse con el rey de Francia, y por otra no enojar al duque de Borbón, a quien tenía muy buena voluntad. Y entre tanto que se determinaba dar su hermana a Borbón o al rey, envióla a Guadalupe con color de unas novenas que había prometido cuando el Emperador estuvo cuartanario.

Volvió el Emperador a decir a Borbón que tuviese por bueno el casamiento de su hermana con el rey, y que en recompensa del quitársela le daba el ducado de Milán, y luego le haría el título y daría la investidura. Lo cual Borbón, si bien quisiera más a la reina, lo acetó, y fué luego a palacio, y puesto de rodillas, el Emperador le dió la investidura de su propria mano.

Esto fué año 1526. Vi en Simancas las escrituras que sobre esto se hicieron, como Borbón y Carlos de Lanoy eran enemigos, dieron el rey y él aviso a la reina doña Leonor de los debetes que había sobre su casamiento, y que viese que le estaba mejor ser reina de Francia que mujer de un fugitivo. Ella escribió luego al Emperador, su hermano, diciendo llanamente que quería casar con el rey de Francia y no con Carlos de Borbón.

Siéntense Borbón y el de Pescara de que Lanoy les trajese al rey de Francia. -Viene Borbón a España. -Sálele a recibir el Emperador.

La venida del rey de Francia en España en la forma que dije, queriéndose hacer Carlos de Lanoy autor de su prisión, y solo dueño de la gloria y honra que tal presa merecía, indignó por extremo al duque de Borbón y al marqués de Pescara, por haber sido sin que ellos lo supiesen ni entendiesen. Dijeron sobre esto palabras muy pesadas y de gran sentimiento contra Lanoy, y determinaron de venir a España, como después lo hicieron.

Y el de Pescara escribió al Emperador.

Procuró el Emperador templar estos enojos con buenas razones, mas no aprovechó, y volvió el duque de Borbón a escribir al Emperador quejas contra Lanoy, diciendo que tenía mucho por que se sentir de él, por la afrenta que la había hecho en llevar el rey de Francia a España, y también por la mala provisión que le dió para la conquista de Marsella, y que daría otras causas por donde hallaría cuán digno de castigo era Carlos de Lanoy.

A esta sazón se habían puesto treguas por tres meses entre Francia y España, y así, caminaban los correos seguros por Francia. Y fué la ventura que los franceses tomaron unas cartas de Borbón y las enviaron a Lanoy, haciendo esto de propósito, por encender más el fuego de enemistad que entre Borbón y Lanoy había. Mandó el Emperador que fuesen las galeras a Génova por Borbón; el cual vino prósperamente a Barcelona por el mes de diciembre, y de allí, a Valencia; finalmente, a Toledo, donde le salió a recibir el Emperador largo espacio fuera de la ciudad, si bien hubo muchos que dijeron que el Emperador no le hiciese tanta cortesía.

Los caballeros españoles no se la hicieron, mirándole de mala manera.

Mandó el Emperador a un caballero que le hospedase en su casa. El caballero dijo que por mandarlo Su Majestad lo haría de buena gana, mas que en saliendo Borbón de ella, la había de derribar hasta los cimientos; porque quedando inficionada por haber posado en ella un traidor, no estragase otros buenos que después viviesen en ella. Hablaba como leal este caballero, mas no lo consideraba bien todo; que un bueno ofendido, a mucho se arroja.

Mal oficio que Lanoy hizo a Borbón. -Pesadas palabras ante el Emperador entre Lanoy y Borbón. -Desgracia de Borbón por culpa de su agente.

Antes que Borbón viniese en España, Carlos de Lanoy había dicho al Emperador en Toledo que si tenía voluntad de dar al duque de Borbón su hermana la reina Leonor; y el Emperador le respondió que no sólo tenía voluntad de dársela, mas que aún jamás le había pasado por el pensamiento quitársela.

Si Lanoy no estuviera tan apasionado, contentárase con esta respuesta y callara; pero la pasión le hizo replicar, diciendo que por qué quería dar a Borbón su hermana, pues no había cumplido con él alguna cosa de las que había capitulado más de haberse venido fugitivo de Francia; a lo cual el Emperador volvió a responder, que Borbón había mejor cumplido con él que no él con Borbón.

Quedó el Emperador algo enfadado de esta plática, y Lanoy corrido. Un día suplicó Lanoy al Emperador que mandase llamar allí a Borbón, porque delante de Su Majestad le quería hablar y decir las quejas que de él tenía. El Emperador tenía mucho respeto a Borbón, y hasta ver si gustaba, no lo quiso conceder a Lanoy. Borbón dijo que él lo quería así, y aún lo suplicaba. Señaló audiencia el Emperador a los dos, en la cual dijo Lanoy que él se quejaba del duque de Borbón porque había escrito unas cartas en que le ofendía pesadamente, diciendo en ellas que él había hecho mal en traer al rey de Francia a España, y que no le había dado buen recado para la guerra de Marsella, y aún que tenía otras cosas secretas que decir contra él, las cuales él quería callar, y allí delante de Su Majestad se las dijese, y que sí en ellas le hallase culpado, se sujetaba a la pena.

A esto que Lanoy dijo, respondió Borbón: «Sacra Cesárea Majestad, bien sabe el virrey que todo lo que yo escribí en mis cartas es verdad, y las otras secretas que tengo que decir, si a mi honestidad conviene que se callen, a su honra conviene más que no se digan, porque bien sé que mis cartas fueron con gran malicia tomadas en Francia, y puestas en sus manos. De lo cual se puede bien colegir que si yo soy francés de naturaleza, él lo es de corazón y obras.»

No poco encendido y turbado respondió a estas palabras Lanoy: «Si lo que en mi corazón está secrestado osase mi lengua sacar aquí en público, sin comparación tendría yo muchas más quejas que decir de vos, que no vos de mí.»

Visto por el César que descubrían materia para venir en rompimiento y desmandarse delante de Su Majestad, mandó a Lanoy que callase, y como él porfiase en hablar y decir con cólera algunas palabras pesadas contra el duque, díjole el Emperador: «Callad, enhoramala, virrey, que no os está bien decir esas cosas, ni a mí oírlas.»

Como vió Lanoy enojado al Emperador, dijo que renegaba de la paciencia forzada y maldecía su ventura; y metióse en una cámara, llevando tras sí la puerta con gran golpe.

De ahí a tres días que pasó esto, mandó el Emperador a Enrique, conde de Nasau, y a monsieur de Laxao, y al secretario Juan Alemán que los hiciesen amigos y se tratasen como caballeros. Lo cual ellos hicieron fácilmente en lo exterior, mas los corazones quedaron en la desigualdad que antes.

Cuando estos caballeros hubieron estas palabras ante el Emperador, estaban allí el conde de Nasau y monsieur de Laxao y Hernando de Vega y el secretario Juan Alemán. A los cuales mandó el Emperador que callasen lo que allí había pasado.

Cuando se dió a Carlos de Lanoy el oficio de virrey de Nápoles, era caballerizo mayor del Emperador, y no lo quiso dejar, y puso en su lugar un caballero italiano que se llamaba César de Ferra Mosca, el cual sirvió tan bien, que alcanzó mucha gracia con el Emperador; y Lanoy le aborrecía y mostraba muy mal rostro, y andaba por quitarle el oficio.

Queriendo Ferra Mosca congraciarse con Lanoy, usó del oficio infame de malsín, y parlóle que Borbón hablaba muy mal de él, sin mirar en la amistad que entre ellos el Emperador había puesto. Mentira era y falsedad; mas Lanoy lo creyó, que esto tiene el mal que halla luego entrada y disposición para echar raíces. Con estas cosas reverdeció la enemistad mortal, y quejóse Lanoy al Emperador, pidiéndole licencia para que, pues Borbón no quería su amistad, se le declarase por su enemigo. El Emperador proveyó que se supiese lo que el duque había dicho y a quién lo había dicho, y quién a Lanoy; y como por la información se hallase que nunca tal el duque de Borbón había dicho, sino que Ferra Mosca lo había levantado, mandó el Emperador desterrarle de la corte, castigo bien merecido, pues con tal mal oficio quería ganar la gracia de su amo.

Tenía el duque de Borbón antes de venir en España cerca de la persona del Emperador un caballero por su agente, que se decía monsieur de Larsi, al cual, luego que pasó la batalla de Pavía, dijo el Emperador que escribiese al duque de Borbón que en albricias de tan gran vitoria enviase poderes para que en su nombre se desposase con él su hermana la reina Leonor. Y como monsieur de Larsi sabía que el duque había de venir presto en España, dijo al Emperador que no había necesidad de esto, sino esperar a que el duque viniese y se podría hacer el desposorio. Fué desgracia deste príncipe, que hartas tuvo en esta vida, y ellas le acabaron y deshicieron sin merecerlo.

Enojo del marqués de Pescara. -Cristóbal Cortesía, natural de Carrión, prendió al rey de Navarra. -Escapa de la prisión don Enrique de Labrit.

No pararon aquí los enojos de los capitanes del Emperador, que nos falta decir el de don Hernando de Avalos, marqués de Pescara, el cual fué así. Don Juan de La Brit, rey despojado de Navarra, murió de pura tristeza dentro de breve tiempo después que el rey don Fernando el Católico le quitó el reino. Dejó dos hijos y tres hijas: el mayor de los hijos se llamó don Enrique de La Brit, caballero valeroso; el cual, cuando se dió la batalla de Pavía, andaba en el campo del rey de Francia y fué preso en ella.

Y entre la gente de a caballo que tenía el marqués de Pescara andaba Cristóbal Cortesía, natural de Carrión de los Condes. Este y Ruy Gómez pelearon, como dije, con don Enrique y lo vencieron, rindieron y prendieron. Y es costumbre entre la gente de guerra que cuando algún soldado prende en la batalla algún generoso, le ha de dar al capitán, y el capitán se le ha de pagar moderadamente, y así fué en la prisión de don Enrique, que el marqués de Pescara procuró haber al rey y dió mil florines de oro del sol, de contado, a Ruy Gómez de Portillo, y otros tantos a Cristóbal de Cortesía, obligándose de dar a cierto plazo otros tres mil florines a cada uno de los dos; la cual obligación vi hecha en latín, signada de Estéfano Escrono, notario, a 2 de junio. Y porque el marqués no cumplió, Ruy Gómez puso demanda a sus herederos, del proceso de la cual saqué este; y en él está una certificación en lengua francesa en pergamino, firmada del rey Enrique, en el castillo de Pavía, día primero de agosto, año 1525, en que dice cómo Ruy Gómez fué uno de los que le prendieron el día de la batalla que se dió delante de Pavía, y le tomó el estoque.

Pues como el Emperador supo la prisión de don Enrique, y que era prisionero del marqués de Pescara, escribióle que don Enrique era persona real, pues era hijo de rey y de reina, y legítimo príncipe heredero; por tanto, que se lo entregase juntamente con el rey de Francia, pues los reyes y hijos de reyes no podían ser prisioneros sino de otros reyes. A esto replicó el marqués que don Enrique no era rey ni hijo de rey, pues su padre no había muerto rey, ni tampoco era príncipe heredero, y que así, si Su Majestad se quería servir de él, le mandase dar cien mil florines, porque a Dios ni al mundo parecería bien que un príncipe tan grande como él era, quisiese tomar, a su vasallo lo que con su sangre y aun con sus dineros había comprado.

Vista esta respuesta por el César, y sabiendo que el marqués llevaba mal que lo quisiesen quitar a don Enrique, no quiso más hablar en ello, por los merecimientos del marqués y porque los de su Consejo le dijeron que en ley y usanza de guerra el marqués tenía justicia.

Deseaba el César que el príncipe de Orange saliese de la prisión en que estaba en Francia, y concertó con madama Luisa, la regenta, que él daría a don Enrique de La Brit, en trueque del príncipe de Orange, y esto hacía el Emperador con intención de concertarse con el marqués de Pescara. Estaba don Enrique de La Brit preso en la fortaleza de Pavía, y tenía el marqués en su guarda ciertos italianos y españoles. Fué, pues, el caso con que se determinó el pleito entre el Emperador y el marqués, quedando ambos iguales, que cuatro de estos soldados se concertaron con el don Enrique que les diese luego cuatro mil ducados, y después de puesto en Francia, otros cuatro mil, y que ellos le soltarían. Y así fué que una noche se salieron ellos y él por un albañar de la cocina que salía al foso de la barbacana, con harto peligro de ser sentidos y aun despeñados; mas como eran de guarda aquella noche, pudiéronlo hacer y meterse en Francia en salvo.

Muchas diligencias hizo el marqués por haberlos, mas no pudo; por manera que se quedó sin los ducados que dió a los que le prendieron, y sin el rescate que esperaba. El proceso de esta fuga de don Enrique está en el archivo de Simancas, donde yo lo vi.

Lo que se sintió en Italia de la ida del rey en España, y los humores que se remueven entre los príncipes contra el Emperador. -Quieren ganar al de Pescara engañándole con el reino de Nápoles. -Lealtad castellana del marqués de Pescara. -Avisa el marqués al Emperador de la traición que se armaba. -En qué manera se concertaba la conjuración.

Dió notable pena al Papa y venecianos la traída del rey de Francia en España, pareciéndoles que el Emperador querría tener siempre al rey en prisión y alzarse con la monarquía de Europa. Y ya les era por extremo odiosa y sospechosa la potencia del Emperador, temiendo cada uno de perder lo que tenía; que con tales cargas gozan los príncipes del mundo los señoríos y estados. Apoderada esta sospecha, envidia o temor del corazón del Papa y de todos los príncipes y repúblicas o señorías de Italia, y aun del rey de Ingalaterra, fácilmente se concordaron para oponerse al César y apretarle, con color y voz de que diese libertad al rey de Francia.

Y madama Luisa de Saboya, madre del rey Francisco y gobernadora de Francia, solicitaba cuanto podía las voluntades del Papa y venecianos y de otros príncipes para que se confederasen y pusiesen miedo en el César.

Comenzáronse a comunicar y escribir sobre ello, siendo los principales de este trato al Papa y venecianos. Procuraron poner en esta opinión a Francisco Esforcia, duque de Milán, en el cual hallaron fácil entrada, porque estaba muy sentido de que los capitanes del Emperador le pedían una gran suma de dineros para los grandes gastos de la guerra, que en su favor y por defenderlo en su estado, se había hecho; y olvidado de los beneficios que del César había recibido, siguió ingratamente el consejo de su gran privado Jerónimo Morón. Que si bien dotísimo, y cabeza de larga experiencia, se cegó y quiso ser el muñidor (como dicen) de estos tratos, poniendo a su señor donde vino a perder lo que tenía. Parecióle que echando de Italia al Emperador y sus ejércitos, sería el duque su señor, de veras duque de Milán, y no tributario y pensionero. Pero conociendo los que en esto andaban que hacerlo por fuerza de armas era imposible, teniendo el Emperador en Italia tan poderoso ejército y tales y tantos capitanes, acordaron de tentar y haber de su parte al de Pescara.

Tentáronlo como el demonio a Cristo, ofreciéndole el reino de Nápoles y ser capitán general de la Iglesia y de toda Italia. Encargóse de esto el Jerónimo Morón, por ser sagaz y astuto y muy amigo del marqués. Fué el orden que se le dió que no jugase al descubierto, sino con disimulación y astucia le fuese tentando, representándole el agravio que se le había hecho en llevar al rey de Francia y la menudencia en que el Emperador se ponía con él sobre tantos servicios en no consentir el rescate del príncipe de Bearne. Hízolo así Morón con grandísimo secreto, y procuró persuadirle lo que todos los de la liga deseaban, y que le harían rey de Nápoles, y el Papa le daría luego la envestidura. Que se conquistaría con las fuerzas de todos. Que le harían general de toda la Liga. Díjole muchas y muy buenas razones que Morón las sabía, aseguróle la conciencia, porque el reino era feudo del Papa, y que lo podía dar a quien quisiese. Que el título con que se quería hacer esto era honrosísimo, de libertador de Italia, que era la patria donde había nacido. Facilitóle el hecho, pues estaba tan en su mano degollar todos los españoles que en Italia había. Que serían luego con él el Papa, venecianos, florentines, franceses y suizos, con los cuales se traían inteligencias y con madama Luisa, gobernadora de Francia, que por la libertad de su hijo deseaba ver apretado al Emperador.

No quiso el marqués declarar su voluntad, ni abrir el pecho leal que tenía, de manera que Morón quedase sin esperanzas ni con ellas, dejándole suspenso y en alguna manera cierto de que vendría en lo que por parte del Papa y de los demás príncipes se le ofrecía. Que si bien el interés de una corona raras veces deja de vencer al corazón más fuerte, el antiguo suelo de Castilla, tan ilustre y generoso, de donde este gran capitán traía su origen, pudo más que el reino de Nápoles ni las demás ofertas que se le hacían.

Entretúvolos dándoles blandas respuestas y dudosas, y algunas quejas de agravios que se le habían hecho por ministros del Emperador. Pidió para entretener las firmas de hombres dotos, que le asegurasen que con buena conciencia lo podía hacer, y en el ínterin con grandísimo secreto envió un caballero de confianza, avisando al Emperador de la conjuración y tela que contra su grandeza se urdía.

Quiso el Emperador que los suyos hiciesen que no lo entendían, y fuesen disimulando; y que el marqués hiciese lo mismo hasta que más se descubriesen aquellas marañas, y los conjurados de todo punto se declarasen y se supiesen sus ánimos ya resueltos.

Pidió el marqués licencia al Emperador para prender al duque Esforcia y quitarle a Milán. Puso mucho recado y guardas en las plazas importantes porque no le cogiesen de improviso, temiendo no tratasen por otra parte la misma traición. Aunque el Emperador tuvo estos avisos, y los mismos, de otros que de muchas partes le enviaron, no creyendo que el mal era tan grande cuanto se lo representaban, y no queriendo que por su parte se comenzase el rompimiento, deseando siempre justificar con todo el mundo sus hechos, y por guardar el respeto debido al Papa, que había comenzado ya con su legado que en la corte estaba, agradeciendo al marqués su fidelidad, le mandó que mirase mucho por el ejército; pero que no innovase en Milán cosa alguna, salvo en alguno de tres casos: si sucediese muerte del duque Esforcia, que estaba enfermo; o si bajasen en Italia franceses o suizos; o, finalmente, si alguno de los conjurados comenzase la guerra o hiciese algún movimiento; que luego en cualquier de estas tres cosas hiciese lo que le pareciese.

En el tiempo que esperaban esta respuesta, los que trataban el negocio se dieron mucha priesa con el marqués de Pescara para que se resolviese y declarase. El trato y concierto era que a día señalado, el marqués de Pescara con los capitanes y gente en quien él más fiase, se pasasen y tomasen la voz del Papa y de la Liga, y que luego, por él y por los del duque y los demás que habían de acudir, fuesen metidos a cuchillo y deshecho el resto del ejército imperial en los alojamientos donde estaban. Y quitado este impedimento, todos los pueblos de Italia se alzasen, apellidando libertad, y no dejasen en ella hombre ni voz del Emperador; y que el marqués de Pescara juntase luego el campo como capitán general de las gentes que cada una de las partes tenía.

Ordenadas así estas cosas, que luego el marqués comenzase a llamarse rey de Nápoles y tratar como tal, y se diese traza como le dar la posesión de aquel reino. Trataban, demás de esto, que el Papa privase al Emperador del Imperio, siendo un hecho tan feo y mal mirado, considerando las personas que lo trataban, que del Emperador habían recibido crecidos beneficios. Para lo cual todo, allende de la gente del Papa y venecianos y duque de Milán, que eran los principales movedores, estaban solicitados y puestos en ello algunos grandes señores franceses, so color de procurar la libertad de su rey, si bien madama Luisa no se quiso descubrir ni mostrar en esta Liga. Antes daba a entender que la pesaba, viendo que no le convenía mover guerra al Emperador teniendo al hijo en su poder, y que era mejor llevar este negocio por medios de paz y buenos o razonables conciertos.

Los de la conjuración y liga se manifiestan, y el de Pescara contra ellos. -Prende el marqués a Jerónimo Morón. -Entrega el duque de Milán al marqués las fuerzas y Estado. -El duque se hace fuerte en el castillo; el marqués le cerca en él. Espanto y temor de los conjurados.

Estando, pues, los negocios en los términos que digo, como el Papa y los demás temían no se concertasen el Emperador y rey de Francia antes de haber ellos puesto por obra su mal propósito, diéronse gran priesa en apercebir la gente y todo lo necesario para la guerra. Y pareciéndoles que ya era tiempo, escribieron al marqués de Pescara, el cual, con muy buena disimulación, había dilatado lo posible el descubrirse.

Y viendo que ya no se debía esperar más, señalado el día en que él había de comenzar por su parte y los demás tenían de acudir, estando los tratos en término que no se podían más entretener, comunicó el hecho todo con Antonio de Leyva, que ya sabía algo de ello (y aun dicen que primero que el marqués había avisado al Emperador), y con el marqués del Vasto y los otros capitanes imperiales; y resolviéndose en lo que se debía hacer, escribió el marqués a Morón (que, como dije, era la guía y cabeza de esta conjuración) que luego viniese a él a Novara, donde estaba, porque convenía que se viesen para poner por obra aquel negocio.

El Jerónimo Morón, sin algún recelo de lo que le sucedió, vino con la llaneza que otras veces había venido y comunicado con él estas cosas. En entrando en Novara, el marqués le mandó prender, y habiéndole tomado su confesión en que declaró abiertamente todo lo que se había urdido en la conjuración y trato, lo entregó a Antonio de Leyva y le mandó ir con él a Pavía y que se apoderase de aquella ciudad.

Y con grandísima presteza envió algunas compañías a otros lugares del Estado de Milán; y él, con el ejército que había llamado, partió para Milán, donde el duque estaba enfermo. Al cual envió a decir que al servicio del Emperador convenía, para asegurarse de algunas sospechas que había, que luego mandase entregar las fuerzas y tierras de aquel estado.

Sabida por el duque la prisión de Morón y oída esta embajada, quedó como asombrado. Y viendo que no tenía remedio de hacer otra cosa, dijo que le placía de hacer la entrega de lo que se le pedía. Y así la hizo luego, y el marqués puso donde convenía sus guarniciones.

Reservó para sí el duque los castillos de Milán y de Cremona, que dijo había menester para guardia y seguridad de su persona, hasta que el Emperador proveyese y mandase lo que fuese servido, porque él estaba muy sin culpa de todo lo que se decía, y que no había hecho cosa contra el servicio del Emperador, y estaba presto de mostrar su inocencia.

El marqués de Pescara llegó a Milán con su campo, y no se contentando con la respuesta del duque, lo hizo requerir de nuevo que entregase el castillo y el de Cremona. Y perseverando el duque en lo que había respondido, después de le haber hecho los autos y requirimientos necesarios, el marqués sitió el castillo y al duque dentro de él; el cual cerco duró el tiempo que se dirá.

Como el Papa y los demás conjurados supieron lo que el marqués había hecho, fué grande la alteración que recibieron, y terrible el miedo. Y viéndose atajados y burlados, disimularon lo que fué posible, haciendo cada uno del ladrón fiel, queriendo lavar sus manos (como dicen) entre los inocentes. El Papa, después, por carta suya, lo confesó al tiempo que diremos adelante.

Y desta manera trató y llevó este negocio el marqués de Pescara, del cual hablaron como suele el mundo: los descubiertos y agraviados, mal por extremo; los contrarios, bien, encareciendo su virtud, valor y lealtad hasta el cielo.

Lo que proveyó el Emperador para remedio de la conjuración de Italia.

El marqués de Pescara, luego que hizo lo que tengo contado, dió dello aviso al Emperador, diciendo la causa urgente que hubo para no dilatarlo, y suplicándole que enviase a mandar al duque de Milán que entregase los castillos de Milán y Cremona o a él le diese licencia para pasar adelante con el campo y tomar las ciudades de Parma y Plasencia, que el Papa tenía (como está dicho), y para hacer guerra a todos las que andaban en la liga y conjuración, pues el tiempo era próspero para cobrar lo que tenía usurpado.

Y al Emperador, aunque tenía bien entendida la culpa del duque y que sus capitanes habían tenido causas bastantes para lo que hicieron y lo tuvo por bien hecho, no le pareció por entonces mandar al duque que entregase las fortalezas, queriendo llevar aquel negocio por vía ordinaria y conforme a derecho; y que el duque pareciese a se defender, como había prometido; ni tampoco quiso romper con el Papa, antes daba oídos a los descargos que su legado hacía en su nombre, queriendo, en cuanto posible fuese, tener la paz y concordia que tanto importaba a la Cristiandad, principalmente con el Papa.

Disimulaba por esto y mostraba que no daba entero crédito a lo que de él se había dicho, condecendiendo siempre y mostrándose fácil y rendido a su voluntad y peticiones como poco antes de esto lo había hecho cuando andaban ya los tratos dichos, teniendo el Emperador aviso dellos.

Por disimular Clemente y encubrir más la trama que se urdía, le envió a pedir por su legado que por cuanto el duque de Milán estaba tan enfermo que se temía de su salud, que en nombre suyo y de los príncipes y repúblicas de Italia le pedía que, si muriese, que tuviese en sí aquel Estado y que no lo diese al archiduque, su hermano, sino a alguna otra persona de menos estado y de quien no se pudiese tener miedo ni sospecha. Porque esto era lo que convenía a la quietud y paz de Italia; y aun le señaló que lo podía dar al duque de Borbón o a don Jorge de Austria, su tío, hijo natural del Emperador Maximiliano.

Y el Emperador, por su mucha bondad y santas intenciones, si bien no tenía obligación, ni lo merecían las obras que con él usaba el Papa, por justificar todos sus hechos respondió que lo haría ansí, y desde luego señaló al duque de Borbón, y dió la envestidura (como dejo dicho), que era el primero de los dos que el Papa había nombrado: mostrándose siempre ajeno de lo que de él temían y sospechaban, que era que se quería hacer monarca y tomar para sí todo el señorío de Italia. Y así, agora (como digo) no quiso seguir el parecer del marqués de Pescara, antes mandó decir al duque que le daría jueces sin pasión y lo oiría conforme a derecho. Y lo mismo respondió al Papa, que después de lo arriba dicho le envió a pedir que lo mandase descercar y lo perdonase.

Sólo pedía el Emperador que el duque pareciese personalmente a la determinación de la justicia, y no quisiese purgarse de la culpa que le echaban, estando encastillado ni alzado. Pero no queriendo el duque allanarse a esto, estuvo muchos días cercado y padeciendo.

Casamiento del Emperador con doña Isabel, infanta de Portugal, por poderes. -Envidia que atormentaba al rey de Ingalaterra por los buenos sucesos del Emperador.

No cesaban los tratos sobre la libertad del rey Francisco, que su madre, madama Luisa, y los de Francia traían con el Emperador. Mas como el Emperador estuviese firme en que se le había de entregar Borgoña, y Francia no quisiese venir en ello, estaba muy suspensa y se alargaba y dificultaba la libertad del rey, que por extremo lo sentía.

Y ya por este tiempo, que era el mes de noviembre, se concluyó el casamiento del Emperador con la serenísima infanta de Portugal doña Isabel, hija del rey don Manuel y de la reina doña María, infanta de Castilla.

Y fué por parte del Emperador a Portugal monsieur de Laxao, y con su poder se desposó con ella, con gran gusto de toda España, si bien no del rey de Ingalaterra, Henrico VIII, que lo sintió, por estar, como dije, capitulado que, el Emperador casase con la infanta doña Catalina, su hija. Pero el Emperador, antes que efetuase el casamiento, queriendo satisfacer al de Ingalaterra, le envió a requerir que le enviase su hija, y que casaría con ella, o que le consintiese casar en otra parte. Lo cual el de Ingalaterra no quiso hacer, porque pretendía que el Emperador había de ir a Ingalaterra y celebrar el casamiento en aquel reino; y antes, tuvo por bien de enviar poder a sus embajadores para consentir que el Emperador casase en otra parte. Pero todavía formó después quejas dello, y no lo había tanto de aquí como de la envidia, que le mordía más que nunca, después de la prisión del rey de Francia. Porque si bien el rey de Ingalaterra, conforme al deudo y amistad que con el Emperador tenía, debiera holgarse más que otro de sus buenos sucesos, la bestia fiera y poderosa, baja y vil de la envidia, pudo tanto con él, que al descubierto mostró pesarle, y apartó su corazón del Emperador y lo puso en querer hacer amistad a Francia, habiendo sido tan antigua y heredada de padres en hijos la enemistad.

Quisiera el rey Henrico que el rey de Francia fuera roto, desbaratado, y que huyera y se rehiciera y volviera sobre sí, y que el Emperador recudiera sobre él, y desta manera los dos príncipes se hicieran continua y mortal guerra, para que consumiéndose en ella cada uno, tuviera necesidad de su amistad y favor, teniendo por grandeza lo que arriba dije, que tenía por blasón que al que se llegaba daba fortaleza para poder más que su contrario.

Sintióse también el rey Henrico de que el Emperador antes de la vitoria de Pavía le escribía toda la carta de su mano con esta cortesía: Tuus filius et cognatus. Que es: Tu hijo y pariente; y que después que hubo la vitoria le escribió de mano ajena, y sólo firmaba «Carlos».

Luego comenzó a tratar con madama Luisa liga y amistad para hacer guerra al Emperador, ofreciéndose a seguirla y poner en ella las fuerzas de su reino, hasta sacar de prisión al rey Francisco.

Resuscitó Francia con la amistad y liga que el inglés ofrecía; mas todas estas trazas se deshicieron como el humo o nieblas al sol, y al fin les pareció que el camino más seguro para la libertad breve y buena del rey era llevarlo por bien.

Muere el marqués de Pescara. -El duque de Borbón vuelve a Italia con oficio de general del ejército imperial.

Por acabar en este año con los sucesos de Lombardía, antes de contar otros que fuera sucedieron, diré la muerte de don Hernando de Avalos, marqués de Pescara, que fué en Milán, teniendo cercado en el castillo al duque Francisco Esforcia. La enfermedad que le acabó fué tísica, que de los continuos trabajos de la guerra le sobrevino.

Murió en la flor de su edad, y si Dios le diera larga vida, fuera uno de los mayores capitanes que ha tenido el mundo. Y en los años que vivió y siguió la guerra, ninguno se le igualó en valor, prudencia, liberalidad, grandeza de ánimo y otras virtudes dignas de un gran capitán.

Fué de muy apacible condición y aficionado grandemente a los españoles, como verdadero español, castellano viejo, porque era bisnieto por línea de varón de don Ruy López de Avalos el Bueno, condestable de Castilla, que en los tiempos turbados del rey don Juan el II, por falsas informaciones que el rey tuvo de él, se hubo de salir del reino, perdiendo sus estados, y sus hijos fueron heredados en aquel reino.

El sentimiento que el ejército hizo fué el que se debía a la muerte de tan extremado capitán. Lleváronlo a sepultar a Nápoles, en el monasterio de Santo Domingo.

Sucedióle en el estado su sobrino, don Alonso de Avalos, marqués del Vasto, porque no dejó heredero.

Quedó el ejército, hasta que el Emperador proveyese, a cuenta del marqués don Alonso y de Antonio de Leyva.

Supo el Emperador la muerte del marqués, y sintióla como era razón.

Proveyó luego el oficio de capitán general en el duque de Borbón, que cuando llegó la nueva de la muerte del marqués estaba en la corte; y más le dió el ducado de Milán en caso que Francisco Esforcia muriese o fuese despojado. Dejó esto ya dicho.

Levantamiento de Alemaña. -Piérdese el marqués de Mondéjar en el peñón de Vélez. -Levántanse los moros de Valencia y tratos de su conversión. -Junta en Madrid si los moros bautizados por fuerza se habían de rebautizar y podían ser compelidos a ser cristianos. -Diez y seis mil moriscos resisten y se hacen fuertes en la Sierra. -Manda el Emperador que todos sean cristianos. -Católica resolución del Emperador a las dificultades que el Consejo le ponía. -Multitud de moros en Valencia. -Los de Almonacit resisten. -Matan a su señor los moriscos de Cortea.

Diré agora otros sucesos varios deste año, y acabarlo he con ellos, que por ser de las tierras del Imperio tocan algo a esta historia.

En Alemaña se levantaron unas Comunidades harto notables, de la gente rústica, que con gran furor y como bárbaros se amotinaron. Fueron las cabezas de este levantamiento Tomás Muncero, clérigo renegado, y Cristóbal Esclúpero, que fingiendo no sé qué revelaciones, ordenaron ciertos artículos, que ellos llamaron de la libertad cristiana. Uno de los cuales era que no se habían de pagar los tributos ni pechos a los príncipes y señores. Con lo cual engañaron y juntaron tanta gente rústica y baja, que bastaron a robar y saquear muchos lugares de señores, y alborotaron la tierra y la pusieron en harto trabajo.

Para remedio del cual se juntaron los duques de Sajonia y el landgrave de Hessia y otros príncipes, y con mano armada fueron contra ellos y los vencieron y deshicieron, rompiéndolos en diversas partes; y se afirma que en menos de tres meses mataron más de cincuenta mil de ellos, con cuya sangre se remedió este mal, si bien con dura y fuerte medicina, pero la que merecían.

En este año de mil y quinientos y veinte y cinco fué sepultado en la capilla real de Granada don Filipe, primero deste nombre, habiendo veinte años que la reina doña Juana lo tenía consigo en Tordesillas.

Por el mes de otubre deste año, el marqués de Mondéjar, capitán general y alcaide de la ciudad y reino de Granada, por avisos que tuvo de que fácilmente podría ganar la fortaleza del Peñón deVélez, lo consultó con el Emperador, y con su voluntad fué sobre ella con muy buena armada. Tuvieron aviso los moros, y previniéronle; de manera que no le sucedió al marqués como pensaba, antes habiendo saltado gran parte de su gente en tierra, unos fueron rebatidos y muertos, otros quedaron presos y cautivos, en que se perdieron muchos caballeros de Ubeda y Baeza y de Granada y otras partes, sin que el marqués pudiese llegar a socorrerlos, porque le pareció que sería acabarse de perder, y así se volvió corrido y lastimado.

Del fuego que en la Germanía de Valencia se encendió quedaron unas brasas que en este año de mil y quinientos y veinte y cinco volvieron a poner aquel reino en grandísimo peligro.

El caso fué que en la Germanía de Valencia aquella gente desatinada, en todos los lugares que entraban a robar y saquear compelían a los moros a que se bautizasen, y esto no lo hacían los agermanados con caridad y celo de cristianos, sino por hacer mal a los caballeros cuyos eran, que por ser de moros les dan las rentas y intereses doblados más que donde todos son cristianos.

Después que el Emperador vino en España y se apaciguaron los tumultos del reino de Valencia, los que por fuerza se habían hecho cristianos, de muy buena voluntad volvieron a ser moros, y en sus mezquitas hacían la zala y el guadoque, circuncidaban los hijos y tenían muchas mujeres, ayunaban el Ramadán y, finalmente, hacían todas las cosas del Alcorán de Mahoma, y lo peor era que los caballeros que eran sus señores, no sólo se lo consentían, mas los defendían.

La causa por que los caballeros consentían tan gran maldad era porque decían los moriscos que si los compelían a ser cristianos no habían de pagar los tributos como moros, y los caballeros querían más sus rentas que las ánimas de sus vasallos.

Era en aquellos tiempos inquisidor general don Alonso Manrique, arzobispo de Sevilla, varón virtuoso y cristiano. Avisáronle los inquisidores de Valencia de esta ofensa que en aquel reino se hacía a Nuestro Señor. Estaba la corte en Madrid. Hízose una junta en el monasterio de San Francisco, en la cual dentro de veinte y dos días el Consejo Real de Castilla y el de Aragón y el de la Inquisición y el de Ordenes y el de Indias trataron y disputaron si habiendo sido estos moros bautizados por fuerza, bastaba para poderlos compeler a que fuesen cristianos.

Llamaron de los teólogos que tenían nombre en el reino, y entre ellos fué uno fray Antonio de Guevara, mi antecesor en este oficio, que fué coronista del Emperador y obispo de Guadix, y después, de Mondoñedo. Disputóse mucho entre los teólogos y canonistas, y todos se conformaron que, pues los moros de Valencia no hicieron alguna resistencia cuando los bautizaron sin quererlo, que la fe que les hicieron tomar, quisiesen o no, que la debían guardar.

Hízose esta junta en el mes de marzo de este año, y a 23 deste mes vino el Emperador en persona a hallarse en ella, y allí le fué, por el inquisidor general, referido el caso y la resolución que en él habían tomado, y él lo aprobó y confirmó, como príncipe católico, y mandó dar sus provisiones para que se guardase y ejecutase.

Eligiéronse luego cuatro comisarios para que fuesen al reino de Valencia a reducir los moros a la guarda de la fe cristiana y absolverlos de la excomunión y apostasía; y los comisarios fueron don Gaspar de Avalos, obispo de Guadix, a quien sucedió Guevara, y el dotor Escarmier, del Consejo de Cataluña, y fray Juan de Salamanca, de la Orden de Santo Domingo, y fray Antonio de Guevara, coronista del Emperador.

Idos, pues, a Valencia, el común los recibió bien; mas los caballeros muy mal. Podían ser quince o diez y seis mil moros los que se habían bautizado y después apostatado; los más de los cuales se fueron y se subieron en la sierra de Bernia.

Y para hacerlos bajar de ella, no sólo los caballeros no favorecían, mas antes los animaban a que se defendiesen, porque pensaban ellos que a la hora que el Emperador supiese aquel motín, mandaría suspender el negocio.

Subiéronse a la sierra de Bernia en el mes de abril y estuvieron allí encastillados hasta 22 de agosto. En el cual tiempo fueron muy requeridos, rogados y amenazados que descendiesen de grado; si no, que los bajarían por fuerza. Y como vieron que la gente de guerra se comenzaba a juntar para combatirlos, se allanaron y bajaron a la sierra, presentándose ante los comisarios.

Antes que se bajasen de la sierra capitularon que si por el desacato hecho al Emperador y a la Inquisición merecían alguna pena, que se les perdonase; lo cual se les concedió, y vinieron a la villa de Murla, que es del condado de Oliva, y cerca de la sierra de Bernia, y allí fueron absueltos y benignamente tratados. Por manera que aquel negocio se comenzó con fuerza y se acabó con blandura.

Estando, pues, los comisarios para volver a Castilla, llegó un correo con despachos así para ellos como para los del reino, en que decía el Emperador que, pues Nuestro Señor en aquel año le había dado vitoria y había preso al rey de Francia, no sabía otro mayor servicio que le hacer si no era mandar que todos los infieles de sus reinos se bautizasen.

Cuando se hacían estas provisiones, pusiéronle muchos temores los del Consejo de Aragón, diciendo que era ésta una determinación tal, que los Reyes Católicos, sus abuelos, no la habían osado acometer. Que se temían que Su Majestad no podría salir con ella. Que pues los bulliciosos de aquel reino no estaban del todo llanos, podría ser que los de la Germanía se levantasen antes que bautizarse los moros. A estas y otras muchas cosas que los del Consejo le pusieron delante, respondió el Emperador: «Las cosas que en sí son grandes, no pueden dejar de tener grandes inconvenientes, y por eso, los príncipes, cuando quisiéremos emprender alguna que sea grave, no hemos de mirar a los inconvenientes do podemos tropezar. Esto digo, porque no dejo de conocer que la conversión de los moros de Valencia me puede dar enojo y engendrar en aquel reino escándalos; mas, junto con esto, sé que hago a Nuestro Señor servicio. Venga lo que viniere y suceda lo que sucediere, que yo estoy determinado que, pues Dios trajo al rey de Francia mi enemigo a mis manos, he de traer yo los moros sus enemigos a su fe; porque no puedo yo dar gracias cumplidas a Dios con alguna cosa, por tantos y grandes beneficios como he recibido de su mano, como es en limpiar de infieles y herejes todos mis reinos.»

Palabras por cierto de un príncipe cristianísimo y de más edad de la que el César tenía.

Derramada, pues, la fama de la conversión general, todos los caballeros del reino, y los moros con ellos, se alteraron. Había en el reino de Valencia, cuando se hizo la conversión general, veinte y dos mil casas de cristianos y veinte y seis mil de moros. De toda esta tan gran morisma no se bautizaron seis personas de su voluntad, sino por no perder la hacienda se dejaban poner la crisma, y por no verse cautivos, decían que querían ser cristianos.

Comenzó la conversión en la ciudad de Valencia, y como eran pocos, no hubo dificultad en bautizarlos.

Cuando los moros de la villa de Almonacid supieron que los iban a bautizar, cerraron las puertas y pusiéronse en armas, por cuya causa hubo de ir sobre ellos gente de guerra de Valencia y otras partes.

Estuvo cercada esta villa desde 20 de otubre hasta 14 de hebrero, dándola combates y ellos defendiéndose, hasta que los entraron por fuerza de armas y justiciaron los principales, y los demás se bautizaron y echaron los muros por tierra.

El señor de la villa de Costea estaba a la sazón en la villa de Requena, el cual, movido con buen celo, tomó consigo diez y siete hidalgos valientes, y fué para allá con intención de a todos los moros sus vasallos tornarlos cristianos y sabiéndolo ellos, aguardáronlo de noche a un paso estrecho y peligroso, y mataron allí a los diez y siete y degollaron a su señor.

El duque de Segorbe no gustaba de esta conversión. -Hacíanse fuertes los moros en la sierra de Espadán. -Sale el estandarte de Valencia contra los moros de Espadán. -Vienen los cuatro mil alemanes contra los moros de Valencia. -Matanza que los tudescos hicieron en los moriscos.

Por lo que entendían perder de sus haciendas, pesaba a todos los caballeros de esta conversión; mas al que más pena dió, y la contradijo, fué al duque de Segorbe, hijo del infante Fortuna, en cuya tierra se recibió más trabajo, peligro y pérdida de tiempo, que en la conversión de todo el reino.

A 23 de noviembre, víspera de Santa Catalina, se levantaron los moros del valle de Uxó, y los del valle de Almonacid y muchos de Segorbe y del río de Morvedre, acogiéndose a la sierra de Espadán llevando consigo a sus mujeres y hijos, con voluntad determinada de antes morir que ser cristianos.

La reina Germana, que gobernaba aquel reino, envió tres mil hombres con sus capitanes al duque de Segorbe, para que fuese sobre los moros que estaban enriscados; y fuése el duque al valle de Almonacid, y fray Antonio de Guevara, que escribió esto, iba con él.

No les faltaban bastimentos a los moros que estaban en las sierras, que los demás los proveían y decían que, pues por su Mahoma padecían, antes les faltaría la comida a ellos y a sus hijos y mujeres.

Como la sierra de Espadán era grande y no se podía toda guardar, muchas veces descendían los moros y hacían grandes daños, robaban los ganados, prendían los pastores, talaban los campos, quemaban y saqueaban las casas. Descendieron una noche a un lugar pequeño de la plana, en el cual había cristianos y iglesia; prendieron al clérigo y profanaron la iglesia; mataron a muchos y llevaron el Sacramento a la sierra, sin hacerle ningún desacato ni tampoco reverencia, como dijo el clérigo, sino que encima de una peña se estaba puesta la custodia.

La gente de guerra que estaba en el valle de Almonacid, casi cada día daban vista a la sierra; mas no había remedio de hacer descender a los moros, ni menos subirles la sierra, porque con solas piedras que echaban se defendían. Vista, pues, la resistencia tan porfiada de los moros y el daño que hacían, salió en campo el senado y bandera de Valencia contra la sierra de Espadán, y juntáronse con la gente del duque, y entre los unos y los otros había cada día diversos pareceres, no se concertando sobre ver por dónde podrían subir la sierra.

En este tiempo estaba el Emperador en Toledo (como dejo dicho). Fué avisado por la reina Germana que seis mil hombres, que estaban sobre la sierra, no eran bastantes para tomarla. Envió a mandar a Rocandulfo, capitán que era de los cuatro mil alemanes que trajo el Emperador, y estaban en Perpiñán, que viniesen luego a Valencia contra los moros amotinados. Vinieron los cuatro mil tudescos, y juntáronse con los seis mil españoles. Y un jueves de mañana, a 12 de otubre, unos por una parte y otros por otra, partidos en doce escuadras, comenzaron a subir la sierra, y los moros a defenderla. Mas habían jurado los españoles y tudescos de morir aquel día o tomar la sierra; si bien morían muchos, subían cumpliendo su palabra. No tiraban los moros saeta que no fuese enherbolada, y con éstas y con escopetas, mataron sesenta y dos cristianos, y los treinta y tres fueron alemanes. Mas cuando ya eran las tres de la tarde, la sierra estaba tomada con muerte de muchos moros. Los soldados españoles no mataban sino a los viejos y viejas, y a los otros tomaban por esclavos; mas los alemanes, como les habían muerto los de su compañía, no perdonaban a nadie. Pasaron de cinco mil moros los que los alemanes mataron en venganza de treinta y tres. Tal fué la conversión de los moros del reino de Valencia, la cual se comenzó año de mil y quinientos y veinte y cuatro, por el mes de setiembre, y se acabó en el año segundo de mil y quinientos y veinte y cinco por el mes de otubre.

Descubrimiento del Pirú. -Lo que sintieron los antiguos de estas tierras tan remotas. -Discreto dicho de un cacique. -Blasco Núñez de Balboa descubre el mar del Sur. -Castilla de Oro. -Pedrarias de Avila. -Buscan camino para las Malucas. -Navegación de Magallanes. -Estrecho que atravesó. -Muerte de Magallanes. -Vuelta que dió al mundo una nao. -[Descubrimiento del Pirú]. -Resístenle los indios bravamente. -Dificultades que tuvo Pizarro en juntar gente para proseguir el descubrimiento. -Ciudad del Cuzco y su riqueza. -Pizarro trae a Castilla aviso del nuevo descubrimiento del Pirú. -Quejas de Almagro. -Navega Pizarro al Pirú. -Bubas y viruelas. -Lengua que tuvo Pizarro de la ciudad y rey del Cuzco. -Supo las disensiones que entre los indios había. -Pasa Pizarro a Tumbez. -Ciudad de San Miguel. -Huascar quiere ser amigo. -Atabaliba amenaza y veda que Pizarro no entre la tierra. -Pizarro prosigue su camino. -Gravedad de Atabaliba. -Aparéjanse los castellanos para las armas y pelea. -Atabaliba viene con propósito de prenderlos y sacrificarlos. -Majestad y riqueza grandes con que venía el Inga. -Lo que fray Vicente hizo con el Inga y predicó. -Responde el Inga valerosamente y con enojo. -Incita el fraile los castellanos para que peleen contra el Inga porque echó el breviario en el suelo. -Rompen los castellanos contra el Inga. -Prende Pizarro al Inga. -Desampáranle los suyos. -Notable hecho y conquista de las mayores tierras y riquezas del mundo. -Saquean los castellanos a Cajamalca. -Echa prisiones al Inga Atabaliba. -Tesoro increíble que promete Atabaliba por su rescate. -Herraduras de plata por falta de hierro. -Reparten los castellanos entre sí el riquísimo tesoro. -Viene Hernando Pizarro a Castilla con el quinto, y nueva de la conquista. -Mata Pizarro a Atabaliba malamente. -Entra Pizarro conquistando la tierra. -Riqueza de la ciudad de Cuzco, y de los entierros. -Conquistan los castellanos a Quito. -A la fama de las riquezas del Pirú acudían españoles. -Fundan y pueblan ciudades los castellanos. -Principio de los encuentros entre Almagro y Pizarro. -Título de marqués que el Emperador dió a Pizarro. -Muerte de Almagro.

Si bien hay historias particulares y cumplidas, que tratan el descubrimiento de las Indias y nuevos mundos, que con sumo valor los españoles hicieron, no puedo excusarme de decir sumariamente alguna cosa, pues es tan propria del reino y tiempo del Emperador Carlos V.

Fué Cristóbal Colón el primer descubridor de estas tierras y nuevo mundo tan encubiertas y no conocidas en los siglos pasados. Si bien es verdad (según dice Apiano Alejandrino en el libro IV de las Guerras civiles entre los romanos, capítulo 2), que mataron a Cayo César inhumanamente en presencia de los dioses inmortales, despedazando su cuerpo, con veinte y tres heridas, sin tener respeto que era general del ejército romano, príncipe y sacerdote de los sacrificios, y que había conquistado, para el pueblo romano, gentes indómitas y terribles, siendo el primero de los romanos que pasó el mar hasta entonces innavegable, y muy adelante de las columnas de Hércules, y descubrió y dió noticia de tierras y gentes jamás conocidas.

Bien sé que declaran algunos esto de las Islas Afortunadas, que son las Canarias. Mas también he leído que los cartagineses, que fueron grandes marineros, cuando andaban muy vivas las guerras con los romanos, habían descubierto unas tierras nunca vistas, por cuya bondad y por las riquezas grandes se despoblaba Cartago, pasándose todos a ellas. Y como la señoría estuviese con falta de gente para las guerras, mandó el Senado, por edicto público, que so pena de la vida, ninguno pasase a ellas ni dijese qué tierras eran aquéllas, y con esto cesó el paso, quedándose los que habían pasado en aquellas tierras.

Y como después destruyeron los romanos a Cartago, perdióse de todo punto, la noticia que de aquellas tierras había, ni quiso alguno darla, porque los romanos no se aprovechasen dellas. Pero con todo esto no se satisface a la duda por dónde o cómo pudieron atravesar tantas gentes mares tan largos y peligrosos, sin saber navegar ni conocer más que unos pequeños leños en que cabían seis o diez personas.

Ni se puede decir que por la tierra continua, pues en muchas partes no lo es, y con sierras y montañas inaccesibles.

Pues decir que son gentes que duran desde la creación del mundo, es error manifiesto y contra la fe, que en el diluvio general perecieron todas las gentes y se salvaron solos ocho con el patriarca Noé. De los cuales se volvió a poblar el mundo como agora está.

Quédese esto así, pues ni es de esta historia, ni alguna por más diligente que sea lo dirá.

Digo, pues, que Colón topó con las islas de Santo Domingo y de Cuba, y con otras de aquella comarca, y en el segundo viaje descubrió la tierra firme, que llamaron la provincia de Paria, en la cual no paró ni hizo población, ni más que dar noticia de estas tierras, y poner codicia en los españoles de irlas a buscar y conquistar. En lo cual sucedieron hartas cosas que se dirán en su historia.

Los primeros que más hicieron fueron Diego de Nicuesa y Alonso de Hojeda, que poblaron en tierra firme la villa del Antigua, de la provincia del Darien. Pero en muchos años (si bien se barruntaba que del otro cabo de aquellas tierras debía haber otro mar), no hubo quién supiese dar razón de ello, hasta que estando un día el alcalde mayor de la villa del Antigua, Blasco Núñez de Balboa, y otros, riñendo sobre partir cierta cantidad de oro que les había dado un cacique amigo, llamado Panquiaco, y su padre, que se decía Comagre, viendo el Panquiaco cosa tan fea como era que entre compañeros y amigos hubiese palabras de ira por el interés del dinero, dijo con mucho enojo dando una puñada sobre el peso con que se partía el oro: «Yo os certifico, cristianos, que si supiera que sobre mi oro habíades de reñir, que no lo lleváredes de mí, porque soy amigo de paz. Maravíllome cierto de vuestra locura, que por cosa que tan poco vale os queráis matar. Si habíades de tener posesiones en tierra ajena, mejor estuviérades en la vuestra. Y si tanto codiciáis el oro, idos hacia donde yo diré, y hallaréis harto.»

Espantado Blasco Núñez de la discreción con que hablaba el indio, pidióle que se tornase cristiano, y que le dijese dónde era aquella tierra que tanto oro tenía. Hízolo Panquiaco, y llamáronle Carlos en memoria del Emperador. Dijo el nuevo Carlos a Balboa dónde caía el mar del Sur, y él por su industria pasó las montañas altas y ásperas que hay desde la Antigua hasta Panamá, y púsose con harto trabajo en un cerro alto, de donde descubrió el mar del Sur, a 25 de setiembre, año de 1513. Tardó cuatro días en llegar desde aquel cerro a la mar, y día de San Miguel tomó posesión por los reyes de Castilla en el golfo, que por ser en tal día se llamó de San Miguel.

Descubrió muchos secretos de la tierra y halló que era rica de oro y de perlas. Volvió con esto muy gozoso a la villa de la Antigua, con propósito de volver luego con más poder a conquistar y poblar lo que había descubierto. Detúvose cuatro meses en esto. Trajo más de cien mil pesos de oro, y dejó trabadas grandes amistades con caciques y señores de aquella tierra.

Y fué tan venturoso Blasco Núñez en esta jornada, que con haberse topado con indios bravos y guerreros que le resistían, nunca fué vencido, ni recibió en su cuerpo herida, ni le faltó alguno de los compañeros; fué bien recibido en su lugar.

Despachó luego un correo a Castilla con el aviso de lo que había descubierto, y pidió que aquella tierra (pues era rica y descubierta por castellanos) se llamase Castilla de Oro.

Hízose así, y el Rey Católico dió a Blasco Núñez título de adelantado del mar del Sur.

Y poco después desto fué allá Pedrarias de Avila, a quien llamaron, por ser valiente, el Justador, caballero bien conocido en Castilla por la antigüedad de su sangre y grandes servicios que al reino hizo. Llevó consigo mil y quinientos hombres, en cuarenta y dos navíos.

Partió de España a 17 de mayo año 1514.

Entró en el Darien a 21 de junio con próspera navegación.

Muchas cosas se cuentan de este caballero y de los encuentros que tuvo con Blasco Núñez; no son para esta historia, sino para las que en particular se escriben de las Indias, donde remito al que las quisiere bien saber.

Fundó y pobló Pedrarias de Avila la villa que llaman del Nombre de Dios, y en el mar del Sur la ciudad de Panamá, donde se embarcan para Nicaragua y Nueva España, que están al Poniente, y para el Pirú, que se descubrió después, hacia el Oriente y Mediodía.

Prosiguiendo, pues, los españoles el descubrimiento y conquista de aquellas nuevas tierras, continuando siempre la costa del mar del Norte, por la parte que se alarga hacia el Oriente, hallaron algunas tierras y vinieron en conocimiento de que había otras. Su principal intento, después que se supo del mar del Sur, no era otro sino hallar un estrecho para pasar a él, sin descargar los navíos, y tener por allí camino para las Malucas, de donde los portugueses, navegando al Oriente, traen las especias.

Los que tenían mayor confianza de hallar este estrecho fueron dos portugueses, grandes marineros, llamados Hernando de Magallanes y Ruy Falero, los cuales, habiendo pedido a su rey lo necesario para hacer aquel viaje tan largo, por no se lo dar, vinieron a Castilla, y si bien en el Consejo de Indias lo dificultaron, al fin les dieron cinco navíos armados con docientos hombres, para que fuesen a hacer esta peligrosa y dudosa jornada.

Antes que partiesen de Sevilla murió allí Ruy Falero, y por eso se entregó la armada a solo Hernando Magallanes. El cual partió de San Lúcar de Barrameda, en 20 de septiembre del año de mil y quinientos y diez y nueve, al tiempo que ya Hernando Cortés andaba en la conquista que arriba vimos de la Nueva España.

Tomó Magallanes su derrota para la costa del mar del Norte, y costeando hacia el Mediodía con grandísimos peligros y dificultades, acabó de pasar la línea equinoctial. Descubrió el otro polo, que llamamos antártico, y después de haber padecido grandes trabajos y motines de los suyos (que decían que los llevaban a morir), sucedió que el un navío de los cinco (donde iba por piloto Esteban Gómez, y por capitán Alvaro de Mezquita, sobrino de Magallanes), se quedó atrás, y perdiendo de vista a los otros cuatro, y teniendo creído que su tío fuese perdido con ellos, el Mezquita dió la vuelta para España con harto trabajo.

Hernando Magallanes, prosiguiendo su camino, cuando menos se cataba, vióse embocado por un estrecho angosto, por algunas partes de dos leguas, y legua y media, y más y menos, y largo como ciento y diez leguas. Prosiguió su viaje hasta ver en qué paraba, y salió del otro cabo al anchísimo mar del Sur, muchos grados del cabo de la línea equinoctial. Luego que se vió salido del estrecho que todo es de tierras fragosísimas y muy frías, que a lo que yo creo deben ser antípodas de Flandes o de Polonia, revolvió Magallanes sobre la mano derecha, en busca de las Malucas, por desviarse del camino de los portugueses.

Al cabo que hubo navegado cuarenta días con vientos que él no conocía, tomó tierra en la isla Yubagana, y fué descubriendo infinitísima multitud de islas, juntas unas cerca de otras, hasta que salió a la isla Zebut, que llaman otros Subo.

Allí predicó Magallanes la fe de Cristo Nuestro Señor, que confirmó su predicación con un milagro que hizo, sanando un sobrino del rey Hamabar. Convencidos él y toda su casa con la fuerza de la verdad, recibieron el santo bautismo, y Hamabar se llamó don Carlos, y la reina, doña Juana, por llamarse así nuestra reina de Castilla y su hijo el Emperador. Bautizáronse con estos reyes hasta ochocientas personas, y dos hijos suyos, Hernando y Catalina.

Convirtiéronse luego todos los isleños de Zebut, de común acuerdo, y lo mismo persuadieron ellos a los de Mesana, isla allí cerca.

Como Magallanes vió que se recibía bien por allí la fe, pensó convertir todas las demás islas de aquel pasaje. Tentó de paz a Calipulapo, rey de la isla Mautan, cuatro leguas de Zebut, y no lo queriendo él aceptar, un cierto caballero suyo, envió a llamar por engaño a Magallanes, diciendo que le ayudaría contra Calipulapo. Y yendo, halló los isleños puestos en arma, y hubo de pelear con ellos, y le mataron, y así no pudo gozar de sus trabajos, como tenía pensado y merecía.

Murió este famoso marinero a 27 de abril del año de mil y quinientos y veinte y uno, y durará su nombre y fama para siempre, porque el estrecho que descubrió (aunque poco nos servimos de él, por ser tan lejos y fuera de conversación), se llama hoy y se llamará siempre (según se cree), el estrecho de Magallanes.

Dieron luego los compañeros el cargo de capitán general de las cuatro naos a Juan Serrano, piloto mayor. Al cual, estando en Zebut (bien descuidado de lo que le sucedió), le convidó el malvado rey Hamabar, nuevo cristiano, que ya estaba arrepentido, por consejo de un perro morisco que servía a los nuestros de lengua, llamado Enrique. Y estando comiendo con gran regocijo él y otros treinta de sus compañeros, saltaron sobre la mesa cierta gente, que el rey falso tenía aparejada. Mataron a los treinta compañeros, y prendieron al capitán Juan Serrano, y luego el malaventurado rey, con toda la isla, renegó el santo bautismo que había recibido.

Los demás compañeros, que ya no eran más de ciento y cincuenta, como vieron el tratamiento que a Juan Serrano le había hecho, aderezaron muy bien los dos de sus navíos con la madera y clavazón de los otros, y recogiéronse en ellos. Diéronse a la vela y entraron en el puerto de Borney, en una rica isla de moros, adonde fueron muy bien recibidos y honrados de Siripa, rey de aquella isla, del cual supieran que las Malucas que buscaban las dejaban muy al Poniente.

Y por el aviso que les dió, vinieron a topar con una de las Malucas, que se llamaba comúnmente Tidore.

Entraron en ella a 8 de noviembre del año de 1521. Hallaron buen acogimiento en Almanzor, rey moro de la misma isla, y detuviéronse con él cinco meses en buena paz, porque Almanzor holgó de ser amigo del rey de Castilla. Escudriñaron todo lo que se pudo saber de los secretos de la tierra y de las otras tres Malucas, que se llamaban Matía, y Terrenate, y Matimatil. Y cargando de la especería que Almanzor les dió, partieron de allí por diversos caminos.

La una de las naves, llamada Vitoria, prosiguió la derrota del poniente, y vino a salir por el Oriente, dando al mundo una vuelta entera, y hallóse en el mismo camino que los portugueses suelen hacer por Calicut. Salió la Vitoria de Tidorre en 22 de abril del año de mil y quinientos y veinte y dos. Pasó por junto a Zamorata, que es la antigua Taprobana, y al fin, penetrando el Cabo Verde y el de Buena Esperanza, vino a salvamento a Sanlúcar de Barrameda, con solos diez y nueve compañeros. Tomó puerto a 6 de setiembre del año de veinte y tres.

Traía por piloto esta famosísima nao a Juan Sebastián del Cano, natural de Guetaria, en Vizcaya, el cual afirmó que había caminado catorce mil leguas. Nunca hombres jamás anduvieron tanto, ni es nada lo que de otras largas navegaciones se escribe en comparación de lo que éstos navegaron; porque, sin mentir, dieron una vuelta al universo mundo, pues saliendo por la vía del Occidente, penetraron por todo el globo del mundo y salieron por el Oriente al mismo punto de donde habían partido. Por lo cual, con mucha razón, tomó Juan Sebastián por armas un mundo con una letra, en la cual, hablando el mundo con el mismo Juan Sebastián, decía: Primus circundedisti me: tú eres el primero que me rodeaste.

La otra nave de las dos, que se decía la Trinidad, partió por otro camino, y tomó puerto en Panamá, y después tornó a Maluco, adonde los portugueses que allí estaban la tornaron. De todo lo que arriba se ha dicho queda bien entendido que Blasco Núñez de Balboa fué el primero de los españoles que vió el mar del Sur, Magallanes el primero que navegó por él, Pedrarias de Avila fundó a Nombre de Dios y a Panamá, y Hernando Cortés y sus capitanes conquistaron la Nueva España.

Cursóse la navegación del mar del Sur por la costa del Poniente, dende Panamá a las provincias de Nicaragua y Guatimala; pero por la costa que de Panamá vuelve hacia el Mediodía nunca navegó ni descubrió español alguno, ni cristiano de otra ni desta nuestra nación, hasta que el año adelante de mil y quinientos y veinte y cinco, tres vecinos de la ciudad de Panamá, muy ricos, que fueron Francisco Pizarro, natural de Trujillo; Diego de Almagro, hombre no conocido, porque estuvo creído que fué echado cuando nació a la puerta de la iglesia, y Hernando de Luque, maestrescuela de aquella ciudad, movidos con esperanza de que debajo de la línea equinoctial, que no la tenían muy lejos, habría necesariamente grandes riquezas, determinaron gastar sus haciendas en descubrir aquellas tierras que se designaban hacia el Mediodía.

Para esto hicieron entre sí compañía, metiendo en ella sus haciendas con igualdad en pérdida y ganancia de todo lo que se descubriese o gastase en el viaje que entendían hacer. Después de otorgadas sus escrituras fuertes y firmes, acordaron que Francisco Pizarro fuese en la amada en el descubrimiento; que Diego de Almagro le proveyese de navíos y de gente y de socorros, todos los que hubiese menester, y que Hernando de Luque granjease desde su casa las haciendas de todos tres.

La primera salida hízola Francisco Pizarro con ciento y veinte compañeros. En ella descubrió hasta cien leguas de costa; queriendo tomar tierra, halló resistencia en los indios de ella, y peleando con ellos perdió algunos de los compañeros, y él recibió siete heridas, con las cuales dió la vuelta para Panamá, no muy descontento, porque aunque no traía sino puñadas, todavía entendió que era la tierra riquísima, porque todos los indios pelearon cargados de oro y arreados de perlas y de cosas de gran precio.

Salió Diego de Almagro poco después en busca de Pizarro, antes que supiese lo que le aconteció. Llegó hasta el río de San Juan, y lo que trajo del viaje fué un ojo menos, porque peleando se le quebraron. Vinieron después a juntarse los dos compañeros en Chinchama, cerca de Panamá. Contáronse el uno al otro los trabajos que habían pasado, y con buen ánimo tornaron juntos a continuar su descubrimiento con hasta docientos hombres.

Toparon con una gente tan bárbara y cruel, que no les quisieron dar ni aun agua, sino muchas heridas. Determinaron hacer la guerra de propósito contra aquellos indios, que parecían tan ricos como soberbios y crueles, si bien la mayor parte de los soldadas eran de parecer que se volviesen a Panamá y que se dejase aquel negocio tan dudoso y lleno del peligro; pero todavía porfiaron a perseverar los capitanes, y quedándose allí Pizarro con la gente, envió a Diego de Almagro a Panamá por más de gente de armas y por otros pertrechos de guerra.

Dió presto la vuelta Almagro con otros ochenta hombres y algunos caballos.

Con este socorro cobraron ánimo los de Pizarro, y pareciéndoles el sitio para poblar no muy bueno, pasaron adelante hasta Camarez, adonde la gente andaba tan llena de oro (que era lo que principalmente ellos buscaban), que determinaron asentar allí. Pero hallaron en los indios tanta resistencia, que fué menester nuevo socorro de gente.

Almagro volvió a Panamá segunda vez por ella, y entre tanto que tornaba recogióse Pizarro a una isla que la llamó del Gallo.

Estaban los suyos tan descontentos de aquel viaje y tan desconfiados que habían de sacar provecho, que le fué bien necesario a Pizarro mostrarles los dientes, y aun estorbarles que no escribiesen a Panamá, porque no desganasen con la relación de sus trabajos a los que se quisiesen embarcar con Almagro para la conquista. Pero por mucho que lo quiso encubrir, no dejaron de avisar a Pedro de los Ríos, gobernador de Panamá, de cómo Pizarro los tenía por fuerza y los trataba con crueldad, diciendo que Almagro era el recogedor, y Pizarro el carnicero, con lo cual Pedro de los Ríos dió una provisión para que Pizarro y Almagro no compeliesen a alguno a seguirlos. Dando licencia a los que estaban en la isla del Gallo para venirse a Panamá, y a los que habían concertado de ir con Almagro, para que se quedasen en Panamá.

De esta manera Diego de Almagro se quedó solo, que no pudo llevar algún socorro, y a Pizarro no le quedaron sino solos Pedro Candía, natural de Candía; a Bartolomé Ruiz de Moguier, su piloto, con otros once compañeros en un solo navío, con los cuales Pizarro (casi desesperado) se fué a la isla Gorgona, y allí estuvo muchos días, sin comer pan ni carne ni otra cosa más que cangrejos crudos y algunas yerbas, y aun culebras.

Salió de Gorgona medio muerto, y llegó con mucho trabajo a la costa cerca de Tangarara. De allí fué a Montupe y después a Chira, y últimamente llegó al valle de Tumbez, adonde puso en tierra a Pedro de Candía. El cual entró por el valle adelante, hasta topar con unos ricos palacios que allí había de los reyes ingas del Cuzco, cabeza de todas aquellas largas provincias.

Supo algunos secretos de la tierra. Tomó lengua de sus grandísimas riquezas y, contentándose extrañamente de todas las calidades de ella, dejó allí dos de sus trece compañeros para que aprendiesen la lengua y costumbres de los indios de aquella región.

Dió la vuelta para Panamá muy contento de lo que había visto y sabido, y con propósito de pasarse luego en España y pedir al Emperador la conquista de aquellas riquísimas tierras, a las cuales él quiso llamar la Nueva Castilla, o por otro nombre, el Pirú, porque así se llama el río que parte aquellas provincias de las otras que hasta allí se habían visto.

Tres años enteros gastó Francisco Pizarro en este descubrimiento primero, con tanta casta de su hacienda y persona y de las de sus compañeros Almagro y Luque, cuanta se puede encarecer. Y porque casi habían ya todos tres quedado pobres, apenas tenían dineros que dar a Pizarro para venir a Castilla.

Al fin, como pudieron le remediaron de mil ducados para el camino, y él se partió del Nombre de Dios con próspero tiempo.

Llegó a Castilla año de veinte y nueve y en ella hubo merced el descubrimiento y la gobernación de la Nueva Castilla y de las provincias del Pirú, con título de adelantado y capitán general. Con lo cual se le juntaron luego muchas personas principales, que se acodiciaron a las inestimables riquezas que les decía él que habían de hallar en aquella tierra.

Con ellos, y con cuatro hermanos suyos, Hernando y Juan y Gonzalo Pizarro, y Martín de Alcántara, su hermano de madre, partió de Sevilla muy gozoso y pujante.

Llegó al Nombre de Dios, y de allí a Panamá, adonde halló a Diego de Almagro triste y agraviado, porque habiendo él gastado su hacienda y padecido poco menos trabajos que Pizarro, se traía él todo el premio con nuevos y honrosos títulos, y a él le había dejado fuera, sin pedir para él siquiera algo de la mucha honra que traía. Disculpábase Francisco Pizarro con muchos cumplimientos y promesas, afirmando que no había sido suya la culpa, sino que Su Majestad no había tenido gana de darle nada para él, si bien se lo había pedido, y prometiéndole muy de veras de partir con él por su mitad las ganancias, y aun de cederle el oficio y gobernación. Pero estaba tan arraigado en el pecho de Diego de Almagro el rancor y pasión, que jamás lo pudo echar de sí hasta la muerte, y si bien algunas veces se reconciliaron, siempre tornaron a revivir las pasiones con tanta porfía, que duraron muchos días en aquella tierra los bandos de pizarristas y almagristas, que por otro nombre se llaman los del Chili, como en Vizcaya Giles y Negretes, y en Italia güelfos y gibellinos. Y no bastaría papel para contar los daños y muertes que destas competencias se han seguido.

Cuando Pizarro se vino a Castilla dejó en poder de Almagro toda su hacienda, y cuando volvió, apenas la podía sacar de él.

Hacíale padecer Almagro gran necesidad, porque la costa era mucha y el dinero poco. De lo cual Hernando Pizarro (el hermano mayor de todos cinco) sentía más enojo que alguno, y si a su voto se dejara, no sufriera Francisco Pizarro lo que sufría; pero, al fin, él deseaba contentar a su compañero. No faltó quien se metiese por medio y los reconcilió, y así pudo aparejarse Pizarro para su jornada y conquista. Y con dos navíos y ciento y cincuenta hombres, partió para Tumbez, adonde ya habían los indios muerto a los soldados que allí quedaron.

No pudo con fortuna Francisco Pizarro tocar en Tumbez, y fué a tomar tierra en el río Perús, o cerca de él. Siguió la casta por tierra con grandes trabajos, y llegó hasta Coaque, pueblo rico y principal, adonde adolescieron algunos de los suyos de viruelas y bubas, y murieron algunos; otros quedaron feísimos; pero todo lo sufrían con el mucho oro que a cada paso hallaban. De lo cual tomó Pizarro hasta veinte mil pesos y enviólos a Panamá a Diego de Almagro, para que con ellos le enviase más gente y caballos.

Sin esto, llegaron a juntarse con Pizarro Sebastián de Benalcázar y Juan Fernández, que venían de Nicaragua con alguna gente. Con lo cual se reforzó muy bien su campo, y él pudo ganar la isla de la Puna, con pérdida de tres o cuatro compañeros en la Puna, que no está de Tumbez más de doce leguas.

Halló Pizarro muy muchos cautivos de allí de Tumbez, de los cuales supo cómo allí en aquella tierra firme que llamamos Pirú, que corre la costa más de mil y docientas leguas hasta el Chili, había un gran señor que reinaba en toda ella y tenía su asiento en la gran ciudad del Cuzco. Dijéronle que en tiempos pasados Guanicaba y otro hijo suyo, Yupague, y después Topainga, habían sido grandísimos guerreros y muy poderosos, y que pocos días atrás era muerto Guynacaba, hijo de Topainga, y que sobre la sucesión del reino había al presente guerras muy reñidas entre Huascar, hijo mayor de Guynacaba, y Atabaliba, su hermano menor, que llamaban rey del Quito.

Sin éstas, supo otras particularidades; pero la que más contentamiento le dió fué ver que había bandos en la tierra, como aquel que sabía que a Hernando Cortés en la Nueva España le había valido esto más que otra cosa para hacerse señor de todo.

Soltó Pizarro los presos que halló en la Puna y enviólos a Tumbez a que dijesen al rey Atabaliba que él quería ser su amigo y ayudarle contra Huascar, si lo tenía por bueno. Envió con estos indios tres españoles, y sacrificáronlos allá luego a sus ídolos, que los llaman guacas. Por lo cual hubo de pasar él a Tumbez con todo su campo, y venciendo al gobernador que allí tenía Atabaliba, y pobló la ciudad de San Miguel, que fué la primera ciudad que hubo en aquella tierra de cristianos, en la ribera del río Chirra, que es en la provincia de Tangarare.

Después, sabiendo que Atabaliba estaba en el valle Cajamalca, determinó irle a buscar. Tomó por lengua a un indio de Puna, que se llamó Filipillo cuando se bautizó.

Conquistados y hecha paz con los pohechos (pueblos entre Tumbez y Cajamalca), prosiguió su camino harto trabajoso por los muchos arenales y desiertos que hay entre los valles, que por no llover jamás en aquellos llanos no se puede vivir sino en los valles donde hay ríos.

Antes que llegase a verse con Atabaliba, le vinieron embajadores de Huascar, pidiéndole paz y amistad con su hermano. Luego topó otros dos de Atabaliba, el cual le mandaba expresamente que no pasase más adelante ni hiciese mal a sus vasallos, si no quería que le mandase matar. A Huascar dió buena respuesta Pizarro, y al Atabaliba envióle a decir que por cierto él holgara de poderse volver sin hacer cosa que no debiese; pero que él era mandado, y venía por embajador de los dos señores del mundo, que son el Papa y el Emperador. Los cuales le enviaban a decir cosas importantísimas para la salud de su alma y aumento de su honra. Por tanto, que le pedía mucho de merced no recibiese pena de dejarse ver y de oír la embajada que le traía. Replicó a esto Atabaliba -con determinada y resoluta voluntad- que no pasase de donde estaba en alguna manera; si no, que luego le mandaría matar.

Habíanle dicho al rey que los cristianos eran pocos y para poco, y por eso hablaba tan resolutamente, pareciéndole que no había de ganar honra en matar una gente tan vil. Con todo eso, Francisco Pizarro determinó proseguir su camino. Dijo a los mensajeros que se volviesen a su señor y le dijesen que a riesgo de perder la vida, él no dejaría por alguna cosa de pasar más adelante hasta verle la cara y decirle lo que traía encomendado.

Entonces uno de los mensajeros sacó unos zapatos muy pintados y unos como puñetes o ajorcas de oro y dijo a Pizarro: «Pues si has de ir a verte con el señor Inga (que así se llaman los reyes del Cuzco), ponte estos puñetes; cálzate estos zapatos, porque te conozca.»

Con esto se despidió, y Pizarro prosiguió su camino hasta llegar a Cajamalca.

No halló allí al rey, porque se había ido a ciertos baños allí cerca. Envióle luego a visitar con el capitán Hernando de Soto, y a pedirle licencia para tomar su aposento en Cajamalca, en tanto que él venía a ella. Recibió Atabaliba al Hernando de Soto con mucha gravedad, y sin gastar muchas palabras díjole: «Ve, di a ese tu capitán, que mando yo que deje ahí todo lo que a mis vasallos ha robado y se salga luego de mi tierra, que con esto yo le recibiré por amigo y le dejaré ir en paz y seré buen amigo de su Emperador. Mañana yo seré con él en Cajamalca y daré la orden que ha de tener en su partida y diráme quién es el Papa y el Emperador, que de tan lejas tierras me envían a visitar.»

Espantóse el capitán Soto -y Hernando Pizarro, que fué con él-, de la grandísima riqueza y majestad de aquel bárbaro. Volvieron luego con la respuesta, diciendo que, a lo que habían sentido de Atabaliba, les habían de ser bien menester las manos.

Gastaron toda aquella noche en aderezar sus armas y en platicar lo que habían de hacer. Francisco Pizarro hizo a los suyos una plática para ponerles ánimo, y a la mañana repartió a cada uno su estancia, diciéndole lo que había de hacer. Mandó que los de a caballo se escondiesen tras unas tapias y que de los de a pie ni de los de a caballo, ninguno se moviese hasta oír soltar un arcabuz.

Atabaliba, que tenía propósito de pelear con los cristianos (para sacrificarlos a su ídolo), tuvo mucha cuenta con que no se le pudiesen ir, teniendo por fácil cosa el vencerlos. Mandó a Ruminagui, su capitán, que se pusiese con cinco mil hombres a las espaldas de los cristianos, porque no huyesen.

Con esto partió, a la mañana, de los baños para Cajamalca, con tanto espacio y majestad, que en sola una legua tardó cuatro horas enteras.

Venía en una litera de oro maciza aforrada de plumas de papagayos; traíanle en hombros ciertos indios caciques grandes señores. El asiento que traía era un muy hermoso tablón de oro, que pesó veinte y cinco mil ducados, y un cojín de lana finísima todo guarnecido de piedras preciosas de grandísimo precio. Traía en la frente una borla de lana que es la insignia de los reyes Ingas, como acá entre nosotros la corona. Delante venían trecientos como lacayos, vestidos de muy rica librea, quitando las piedras y pajas del camino, y otros bailaban y cantaban; detrás venían otros muchos caciques también en andas.

En llegando al tambo de Cajamalca, que son unos palacios reales, alzó los ojos y vió a los cristianos arrimados a las paredes; y como vió que no se movían aquellos, ni parecían los de a caballo, levantóse en pie sobre la litera y dijo: «Estos, rendidos están.» Respondieron los indios: «Señor, sí.»

Enojóse infinito Atabaliba de ver algunos españoles puestos en una torrecilla de ídolos que allí cerca estaba, y mandólos echar de la torre. Llegóse entonces a él el obispo fray Vicente de Valverde, fraile dominico, con una cruz en la mano derecha y con un breviario en la izquierda, y, hecha su mesura, comenzó a hablar de esta manera:

«Muy excelente y poderoso señor: habéis de saber y cumple que se os enseñe, que Dios es trino y uno, y hizo de nada todo el mundo. Este Dios formó en el principio del mundo un hombre: hízole de tierra y llamóle Adán. De él nacimos y traemos el origen todos los hombres. Pecó Adán por inobediencia contra su Criador, y en él pecaron todos los hombres, cuantos hasta hoy han nacido y nacerán hasta la fin del mundo; salvó Jesucristo Nuestro Señor, el cual, siendo verdadero Dios, bajó del cielo y nació de María Virgen, para redimir y sacar al linaje humano de la servidumbre del pecado. Murió Jesucristo en una cruz semejante a ésta que tengo en las manos, y por eso la adoramos los cristianos. Resuscitó al tercero día; subió a los cielos a los cuarenta días, y dejó por su vicario en la tierra a San Pedro y a sus sucesores, a los cuales nosotros llamamos Papas. El Papa que hoy vive dió al potentísimo rey de España, Emperador de los romanos y monarca del mundo, la conquista destas tierras. El Emperador envía agora a Francisco Pizarro a rogaros seáis su amigo y tributario y que obedezcáis al Papa, y recibáis la fe de Cristo y creáis en ella, porque veréis cómo es santísima y que la que vos agora tenéis es más que falsa. Si esto no hacéis, sabed que os hemos de dar guerra y os quebraremos los ídolos y os forzaremos a que dejéis la religión de vuestros falsos dioses.»

Enojóse extrañamente Atabaliba de oír tan nueva embajada y respondió con ira y desdén:

-No quiero dar tributo a nadie, que soy libre; ni tampoco quiero oír ni creo que haya otro mayor señor que yo en el mundo. Bien me holgaré de ser amigo de ese Emperador, porque pues envía tantos ejércitos acá tan lejos, gran señor debe de ser. Obedecer al Papa no me está bien, que debe de ser loco, pues que da lo que no es suyo, y me manda dejar el reino que yo heredé de mi padre, y quiere que le dé a quien no conozco. Religión tampoco quiero más de la que tengo, que sobra de buena. Yo me hallo muy bien con ella y no tengo para qué poner en disputa cosa tan antigua y aprobada como ésta. Vosotros tenéis por Dios a Cristo y decís que murió; pues yo adoro al Sol, que no ha muerto jamás, ni morirá; ni la Luna, mucho menos. ¿Quién os dijo a vosotros que vuestro Dios crió el mundo?

«Este libro», dijo fray Vicente, y púsole el breviario en las manos.

Tomóle Atabaliba, y comenzó de hojear en él, pensando que había de hablar el libro. Como vió que callaba, dió con él en tierra, como haciendo escarnio, y amohinado porque no hablaba.

Como el obispo vió su libro en el suelo, arremetió a alzarle y fuése dando voces a Pizarro, diciendo: «¡Los Evangelios por tierra, cristianos! ¡Justicia de Dios! ¡Venganza, cristianos, venganza! A ellos, a ellos, que menosprecian y no quieren recibir nuestra ley ni ser nuestros amigos!»

Mandó luego Pizarro disparar el arcabuz; arremeten todos ciento y sesenta compañeros (que no eran más); dispararon unos tirillos de artillería que tenían, y con el estruendo comenzaron a herir en aquellos indios, con un valeroso ánimo de más que hombres; acudieron todos al tropel donde tenían en medio los suyos al rey Atabaliba.

Fué tan repentino este acometimiento y tanto lo que los indios se embarazaron de ver una cosa tan repentina y tan nueva, que ni sabían dónde se estaban ni lo que harían. Rompió Pizarro por toda la gente y llegó a las andas del rey, y con furia de un león, asióle de la ropa y dió con él en tierra. Los suyos, como le vieron caído, escaparon unos por aquí y otros por allí, que no hallaban donde se asconder. Lo mismo hizo Ruminagui, sin que algún hombre de ellos echase mano a las armas, si bien todos las tenían. Siguieron los de a caballo el alcance hasta que se hizo noche. Mataron infinitos indios, sin que alguno de los castellanos recibiese herida, si no fué Francisco Pizarro, que salió con una pequeña en la mano.

Aconteció esta admirable hazaña en el año de 1533. Fué una de las mayores y más importantes cosas que jamás capitán hizo en el mundo, porque con ella se abrió la puerta a las mayores riquezas que los hombres oyeron ni pudieron imaginar. Y, lo que más es, que se dió con ella principio a la conversión de más tierra que hay de España a Babilonia, adonde se han convertido y cada día se convierten infinitos millares de gentes. Satanás fué vencido y echado de ellas con grandísima gloria y triunfo de la cruz de Cristo para eterno loor de la nación española.

Otro día después de la prisión, saquearon los españoles el tambo Cajamalca y los baños donde Atabaliba se había estado recreando; hallaron grandes riquezas de oro y de cosas de plumas, y una vajilla que valió de cien mil castellanos arriba.

Mandó Pizarro echar grillos al pobre Atabaliba en tiempo que por su mandado sus capitanes traían ya presos y con ellos a su hermano mayor Huascar, con quien tenía crudelísima guerra sobre la posesión de aquellos riquísimos reinos.

Sintió Atabaliba las prisiones extrañamente, y prometió por su rescate tanto oro y plata que bastase para hinchir una gran sala donde le tenían, dende el suelo hasta donde él señaló con la mano, poniéndose sobre las puntas de los pies y echando una raya por toda la sala alrededor, que apenas en toda Europa se hallaría tanto oro; y no prometía cosa imposible para él. Prometióle Francisco Pizarro la libertad por el rescate, y ansí comenzó él luego con grandísima diligencia a despachar mensajeros al Cuzco y otras partes. Cada día venían indios cargados de cántaros y jarros de oro y plata; no hacía mucho embarazo en la sala por ser tan grande. Los españoles más quisieran el oro que no al rey, y cada día se les hacía un año. Al fin, como veían que no se hinchía la sala y temían no fuese manera de entretenerlos para hacerles alguna burla, decían algunos de ellos a Pizarro que le matase, porque andaba alargando la cura por soltarse. Entendió esto muy bien Atabaliba: dió a Francisco Pizarro sus desculpas, jurando muy de veras que la causa de la dilación no era sino porque el oro había de venir del Cuzco, que estaba más de docientas leguas, y que no podían los indios traer mucho de una vez, para que se satisfaciese. Rogóle muy mucho que enviase alguno de los suyos al Cuzco, y que vería que no había memoria de juntarse gente ni se entendía en otra cosa sino en allegar el oro del rescate.

Parecióle éste buen medio a Pizarro y despachó luego para el Cuzco a Hernando de Soto y a Pedro de Vasco. Toparon éstos en el camino a Illescas, hermano menor de Atabaliba, el cual traía trecientos mil pesos de oro para el rescate. Luego toparon a Huascar, que le traían preso los capitanes de Atabaliba. Holgóse Huascar de toparlos, y dándoles grandes quejas de su hermano Atabaliba, prometió de ser amigo fiel de los españoles si se le mataban, y de darles otros mayores tesoros que no les prometía él.

Tenía sus espías Atabaliba y de ellas supo lo que Huascar había tratado con Hernando de Soto, y por quitarse de peligro mandóle matar, y así se hizo.

Entretanto que Soto iba al Cuzco, fué Hernando Pizarro a Pachacama, a donde halló grandísimos tesoros y supo grandes secretos de aquellas tierras. Tuvo necesidad de herrar los caballos, y por falta de hierro hiciéronse de plata las herraduras.

Como los españoles no aguardaban sino a que se hinchiese la sala y vieron que no llevaba camino de henchirse tan presto, acordaron de partir lo que había. En poco más de quince o veinte días hallaron un millón y veinte y seis mil y quinientos castellanos y cincuenta y dos mil marcos de plata. Cupo al de caballo a ocho mil y novecientos pesos de oro y a trecientos y sesenta marcos de plata. Al infante cupo la mitad, porque el caballo traía tanto sueldo como su amo. De los capitanes unos hubieron a treinta, otros a cuarenta mil pesos. A Francisco Pizarro diéronle, demás de su parte, aquel tablón en que venía asentado Atabaliba.

Luego que Almagro supo en Panamá la fortuna buena de su compañero, fué a Cajamalca. Pizarro se holgó con su llegada, y partió con él fidelísimamente, como amigo, por iguales partes. Quedaron por entonces muy conformes, y así lo estuvieron días. Despacharon luego los dos a Hernando Pizarro con el quinto del rey y con la nueva de lo acontecido.

Estándose todavía Atabaliba en la prisión, acaeció que el malo de Filipillo (el que ya dije que servía de lengua), se enamoró de una de las mujeres de Atabaliba; y así por haberla en su poder como porque de suyo era traidor y deseaba verle muerto, levantó al pobre Atabaliba un falso testimonio, diciendo que trataba de soltarse y de matar los españoles. Por el dicho de este malvado, si bien muchos lo tenían por falso, y eran de parecer que se enviase Atabaliba así preso a Castilla, últimamente Pizarro se resolvió en matarlo, que no debiera. Para justificar su muerte (atento que ya el buen hombre se había vuelto cristiano) formósele proceso sobre la muerte de Huascar y sobre el trato que hacía para matar los españoles.

Hízose la probanza destos y de otros delitos con testigos, parte de ellos falsos y sobornados por el traidor de Filipillo, porque los que no deponían contra Atabaliba, como él era la lengua, interpretábalos a su favor. Así se probó contra él todo lo que fué menester para condenarle a muerte.

Cuando el pobre mancebo supo la sentencia, que había de morir y el por qué le mataban, hizo gran sentimiento y dió grandes razones (que cierto era discreto) para fundar que no era posible ser verdad que él tratase de traición alguna. Pero al fin no le valieron sus excusas y ruegos. Sacáronle a justiciar en público y, diéronle un garrote, el cual sufrió con mucho ánimo; y pues era bautizado, es de creer que se salvó, y bienaventurado él, que tan bien granjeó con la vida temporal la del cielo. Si fué justa o no la muerte de este poderoso y riquísimo rey, Dios lo sabe, que nada ignora; pero a lo menos, a lo que acá se puede juzgar, ella fué injustísima, y ansí lo mostró Nuestro Señor casi palpablemente, porque todos cuantos en ella entendieron vinieron después a morir malas muertes, como se cuenta de los matadores de Julio César. Filipillo murió ahorcado; Pizarro y Almagro y los demás, unos murieron por justicia y otros a puñaladas.

En acabando Pizarro de matar al rey, partió de Cajamalca la vía del Cuzco. Topó en el camino a Quizquiz, un capitán valeroso, que venía con gente y en arma; peleó con él y vencióle. Y porque Mango Inga, otro hermano de Atabaliba, se vino a él de paz, recogióle Pizarro y dióle la borla del reino del Pirú, con que prometió vasallaje al rey de Castilla, aunque después no lo cumplió.

En el Cuzco no halló Pizarro resistencia alguna, sino mucho más oro y plata que todo lo que había visto. Había en aquella ciudad muchos templos, todos cubiertos de planchas de oro, y muchas sepulturas cubiertas de plata y llenas de grandes tesoros; porque generalmente en aquellas partes todos los hombres ricos enterraban consigo todos los tesoros y aun parte de sus mujeres y pajes vivos para servirse de ellos en el otro mundo; que así les hacía entender el diablo con quien hablaban, que habían de tener en ella los mismos regalos que acá, y otros mucho mayores. Sepultura hubo que se halló en ella más de cincuenta mil castellanos de oro.

El otro capitán, Ruminagui, cuando vió muerto a Huascar y Atabaliba y que Pizarro se había ido hacia el Cuzco, fuése al Quito, y habiendo en su poder a Illescas, el otro hermano, por alzarse él con el reino matóle cruelmente; hizo del cuero un atambor. Supo esto Pizarro y envió luego contra Ruminagui a Sebastián de Benalcázar con docientos infantes y con cuarenta de a caballo.

El cual venció a Ruminagui peleando con él, y ganó la ciudad de Quito. El capitán Quizquiz levantó por rey a Paulo, el último de los hijos de Guynacaba y hermano de Atabaliba. Hubo con los cristianos algunas batallas, y como por la mayor parte de todas salía vencido, rogáronle los suyos a Quizquiz que hiciese paz con Pizarro, y porque no quiso, matáronle.

Ibase cada día haciendo Pizarro más poderoso, porque a la fama de las inestimables riquezas del Pirú acudían allá cada día infinitas gentes de España, de las Indias y de Méjico. Negociaban en la corte de España muchos hombres principales de haber conquistas y descubrimientos en aquellas tierras, principalmente adonde Francisco Pizarro no hubiese descubierto.

El primero que hubo licencia para descubrir fué el capitán Pedro de Alvarado, uno de los principales compañeros de Hernando Cortés. Partió Alvarado de la Nueva España con dos navíos y con mucha gente para el Pirú. Tuvo grandes bregas con Pizarro y con los que allá estaban, y al fin húboles de vender la flota que llevaba por cien mil pesos de oro que le dieron por ella, si bien no valía la mitad. Volvióse a su gobernación de Guatimala, y allá murió desastradamente, porque yendo por una cuesta muy agria de Compostela a Guadalajara él y otros, tropezó un caballo en lo alto de la cuesta y vino rodando con toda furia, que Alvarado no se pudo desviar, y el mismo caballo le hirió de manera que de ahí a poco murió en Guadalajara.

Comenzaron luego Pizarro y sus capitanes a poblar ciudades. Fundó Diego de Mora la ciudad de Trujillo, y Pizarro la de los Reyes, en la ribera del río Lima, a donde agora reside la Chancillería Real y es la cabeza de aquellos reinos.

Diversas cosas pasaron en estas conquistas, que si las quisiese yo aquí contar, sería menester hacer otra historia tan larga como la principal. Solamente quiero decir en suma lo que ha sucedido en aquella tierra. Que cierto entró poca gente (todos compañeros y de una misma nación), en menos de diez y ocho años. Nunca tierra se ganó ni tantas riquezas se vieron, ni tantas guerras civiles se trataron, ni con mayor odio y crueldad, como entre dos o tres mil hombres, que por todos serían los que en estos años allá se hallaron.

El principio de las guerras civiles nació de una merced que Su Majestad hizo a Diego de Almagro, haciéndole mariscal y gobernador de cien leguas más al Mediodía, adelante de lo que Pizarro hubiese descubierto, con título y nombre de gobernador de la Nueva Toledo, como Pizarro lo era de la Nueva Castilla. Sobre la división de estas gobernaciones, y sobre si el Cuzco era de Pizarro o era de Almagro, no se puede pensar las disensiones que hubo. Luego se encendió la tierra en bandos y guerras. Luego, en llegando las provisiones de Almagro, comenzaron él y Pizarro a apuntarse; porque le duraba todavía a Almagro el desabrimiento antiguo de cuando Pizarro fué de acá sin nada para él. Estas primeras pasiones se acabaron presto, con buenos medianeros que hubo.

Tornaron de nuevo a ratificar la compañía con escrituras y juramentos, y aun Almagro dicen que dijo: «Confundido yo sea en el cuerpo y en el alma, si jamás por mi causa se quebrantare la paz entre nosotros.»

Partióse con esto Diego de Almagro al descubrimiento de Chile, siguiendo la costa al Sur la vía del estrecho de Magallanes. Topó en el camino con ciertos indios que traían de Chile ciento y cincuenta mil castellanos del tributo para Huascar, que aún no sabían que fuese muerto, y tomóselos. En el entretanto, Hernando Pizarro acá en España negoció con el Emperador grandes favores para su hermano, y el título de marqués de los Atabillos. Para Diego de Almagro llevó provisiones y todo recaudo, para que gobernase la tierra de la Nueva Toledo, dende cierta parte adelante. Y como (conforme a la división que el Emperador hacía entre los dos compañeros) la ciudad del Cuzco caía en la parte de Almagro, según él decía, los que la tenían de parte de Pizarro no la quisieron dar, y Almagro no quiso quedar sin ella, y así tornaron de nuevo a sus pasiones, y tan de veras, que el uno, y el otro formaron ejércitos y se hicieron crudelísima guerra. La cual se comenzó en el año de mil y quinientos y treinta y seis y duró hasta que los unos y los otros se acabaron.

Afirmase que murieron en estas guerras mil españoles y pasados de un millón y quinientos mil indios.

Apoderóse Almagro a los principios de la ciudad del Cuzco, y prendió en ella a Hernando y Gonzalo Pizarro. Estuvo determinado de matarlos, y al fin, por ruegos, los dejó. Tornaron después a batalla el año de treinta y ocho Hernando Pizarro y Almagro, y en ella fué preso Almagro. Pizarro, por acabar cosas, determinó cortarle la cabeza. Formóle proceso y hízole acusar que había entrado con mano armada en el Cuzco en gobernación ajena, y que había sido causa de morir muchos españoles. Item, que se había concertado con Mango Inga contra el marqués, y que había peleado contra la justicia del rey en Abancay y en las Salinas. Por lo cual (y por otros algunos cargos que se le pusieron) se pronunció contra Diego de Almagro sentencia de muerte.

Por cosas que dijo, y lástimas que hizo al mismo Pizarro, nunca le pudo ablandar a que siquiera le otorgase la apelación que interpuso para el rey; cuando mucho, por le hacer honra le dieron garrote en la cárcel, y después le sacaron a degollar a la plaza.

Hizo Almagro su testamento, y aunque tenía un hijo bastardo (que se llamaba don Diego de Almagro, habido en una india en Panamá) no le dejó a él su hacienda, sino al Emperador.

Era Almagro natural de la villa de Almagro, tan pobre y de oscuro linaje, que nunca se pudo saber quién fué su padre. No sabía leer ni escribir, y algunos le tenían por clérigo. Hízose justicia de él en la plaza del Cuzco, año de mil y quinientos y cuarenta.

De los que más sintieron su muerte, después de su hijo, fué un Diego de Alvarado, el cual vino luego a Castilla a querellarse de Hernando Pizarro porque le mató, y del marqués porque lo consintió. Andando en este negocio murió en Valladolid.

Mandó Su Majestad parecer en España a Hernando Pizarro, y túvole muchos años preso en la Mota de Medina del Campo, después salió libre.

Pocos meses después de muerto Almagro, vengaron su muerte don Diego, su hijo; Juan de Rada y otros once amigos suyos, matando al marqués Francisco Pizarro en la ciudad de los Reyes, mientras Gonzalo Pizarro andaba en el descubrimiento de la canela; matáronle a cuchilladas, día de San Juan, de junio del año de mil y quinientos y cuarenta y uno.

Era Francisco Pizarro hijo bastardo del capitán Gonzalo Pizarro; echóle su madre a la puerta de la iglesia. Anduvo perdido en su niñez, y nunca tuvo quien le mostrase a leer ni lo supo jamás. Hubo su padre lástima de él, y recogióle y traíale a guardar los puercos en Trujillo, de donde era natural.

Andando con los puercos, acaeció que les dió mosca o se le alteraron por otra causa, y no los pudiendo recoger, no osó venir a casa. Fuése huyendo a Sevilla, y de allí se pasó a las Indias y vino a lo que todos vimos. Fué el más rico de dinero que cuantos hombres particulares se han visto en el mundo.

Luego, en matando los conjurados al marqués Francisco Pizarro, levantaron a don Diego de Almagro el mozo, dándole título y voz de gobernador, entre tanto que Su Majestad otra cosa mandaba. En sustancia, tiranizaron él y los suyos la tierra con intención de hacerle rey y señor absoluto de ella.

Envió el Emperador por su gobernador al licenciado Cristóbal Vaca de Castro para que allanase la tierra. Fuéle menester formar ejército contra don Diego, porque no quiso venir al servicio del Emperador. Entró con él en batalla junto a Chupas, en 15 de setiembre de mil y quinientos y cuarenta y dos. Salió huyendo don Diego y fuése meter en el Cuzco, adonde sus mismos oficiales le prendieron, y Vaca de Castro hizo justicia de él y de otros muchos de los que se le seguían.

Estúvose después de esto Vaca de Castro en el Pirú gobernando pacíficamente año y medio, hasta que fué allá por virrey Blasco Núñez Vela, caballero principal de Avila, del cual y de los levantamientos hechos en el Pirú adelante se dirá.

Libro decimocuarto

Descárgase Clemente: intercede por el duque Esforcia.

La inconstancia humana, la poca firmeza de las voluntades (si bien sean de reyes), en esta historia se nos representan, y en lo que de este año aquí dijere, muy más al vivo. Hallaremos conformarse los reyes con fe, con palabras, con juramentos, hacer una liga y perpetua amistad, que dentro del mismo año la quebraron, enconando los ánimos, el odio y aborrecimiento mayor que jamás entre sí Carlos y Francisco tuvieron. De donde resultaron los desafíos, carteles y libelos que en el año siguiente entre ellos pasaron, ordenando el cielo, para consuelo de tantos trabajos, que se celebrasen las bodas dichosas del Emperador Carlos V con la serenísima princesa, infanta de Portugal, doña Isabel, que fué en este año de mil y quinientos y veinte y seis, como aquí diré.

En cuyo principio volvió de Roma el comendador Herrera con cartas largas y largas satisfaciones escritas de la propria mano de Clemente VII descargándose con el Emperador, y diciendo que las ligas y juntas que contra Su Majestad se habían hecho no habían sido por su orden ni sabiéndolo él; que los autores y movedores habían sido Morón y el marqués de Pescara.

Aquí habló Clemente, no como Vicario de Cristo, sino como Julio de Médicis, natural de Florencia, que así lo descubrió el tiempo. Cargaba la culpa a Jerónimo Morón, porque estaba preso y caído, y al marqués de Pescara, que ya era muerto. Suplicaba al Emperador por la restitución de Francisco Esforcia, y que si había pecado le perdonase por el bien común, paz y quietud de Italia, y que de ninguna manera admitiese que en su honra ni nombre imperial se pusiese mácula, ni creyese que por alguna ambición él hubiese tratado de perturbar el Estado de la Iglesia Católica y república cristiana. Que pues Dios le había colocado en tan alto grado, y hecho cabeza de los príncipes cristianos, que no habría cosa que a su autoridad se pudiese añadir ni quitar, como en hacer merced al duque y perdonar a todos los que a Su Majestad habían deservido.

Con estas y otras palabras muy humildes, quería el Pontífice congraciarse y entretener al Emperador, y alcanzar lo que bien le estaba. Y es cierto que no le salían del corazón, ni las sentía como sonaban, sino de puro miedo que de la poca amistad que al Emperador hacía en losecreto, y de su gran potencia, tenía (que la conciencia culpada vale por mil testigos).

Entendió muy bien el Emperador la mente del Pontífice, que era: si él, por sus medios, diese libertad al duque Esforcia, que Esforcia agradecería no a él este beneficio, sino al Papa y venecianos ([que] así mismo terciaban), como autores de su libertad, y se juntaría con ellos y procederían en sus malas ligas.

Viene la Emperatriz a Castilla y el Emperador envía. -Aconsejan al Emperador que se concierte con el rey de Francia, y le dé libertad.

Llegado el tiempo concertado para celebrar sus bodas el Emperador, a dos días del mes de enero deste año partieron de Toledo para la ciudad de Badajoz, donde habían de recibir a la princesa, el duque de Calabria, don Hernando de Aragón, y don Alonso de Fonseca, arzobispo de Toledo, y don Alvaro de Zúñiga, duque de Béjar, con gran acompañamiento de señores muy principales.

Con el arzobispo de Toledo fueron el obispo de Palencia y don Hernando de Silva, conde de Cifuentes, y don Pedro de Ayala, conde de Fuensalida, don Alonso de Acevedo, conde de Monterrey, el conde de Ribagorza, el conde don Hernando de Andrada y otros muchos caballeros. Con el duque de Béjar fueron el conde de Aguilar y don Pedro de Avila, que después fué marqués de las Navas.

Y vinieron a Badajoz para se juntar con don Juan Alonso de Guzmán, duque de Medina Sidonia; don Francisco de Zúñiga y Sotomayor, marqués de Ayamonte, y conde de Benalcázar, que después fué duque de Béjar, por ser casado con doña Teresa de Zúñiga y de Guzmán, sobrina del dicho duque, que le sucedió en el estado por no tener hijo. Los cuales todos fueron con el mayor y mejor acompañamiento que pudieron.

Partidos a lo que tengo dicho, el Emperador quedó tratando los conciertos y paces que con el rey de Francia se habían de hacer sobre su libertad. Porque el rey de Francia, viendo la determinación del Emperador en la demanda de Borgoña, vino a otorgar que la entregaría dentro de un breve tiempo que fuese en sus reinos, y daría la seguridad y rehenes que le pidiesen; y no la entregaba luego, diciendo que estando él preso y sin libertad no era parte para hacer la entrega.

Habiendo, pues, llegado la conclusión a estos términos, y poniendo el Emperador en el Consejo el caso para ver lo que se debía hacer, hubo sobre ello diversos pareceres, porque el virrey de Nápoles y otros algunos le aconsejaban y hacían instancia sobre ello, diciendo que había de tomar algún buen medio con el rey de Francia para poner y tener en paz la Cristiandad, pues sabía lo que el Papa y venecianos habían intentado, y la mala voluntad que mostraban en sus cosas; que no debía dar ocasión ni esperar a que madama Luisa, gobernadora de Francia, desesperada de la libertad de su hijo, se ligase y confederase contra él, y se pusiesen las cosas en mayor dificultad. Lo cual no podría ser siendo él amigo del rey de Francia, como estaba en su mano serlo. Y haciendo esto, su pasada en Italia a coronarse sería fácil y no se atreverían los otros potentados a ponerse contra él, y podría asimismo asistir a proveer las cosas de Alemaña, y a la resistencia del Turco y de Barbarroja y otros cosarios que lastimaban la Cristiandad. Lo cual todo se impidía con la guerra que con la casa de Francia tenía.

De contrario parecer eran Mercurín Gatinara, gran chanciller, y algunos españoles, que aconsejaban al Emperador que alargase y dilatase los tratos y no soltase al rey de Francia hasta tener a sus hijos puestos en el estado que conviniese, y hasta haber pasado en Italia a se coronar; porque teniendo al rey en su poder no habría quien se atreviese a le mover guerra, y que viéndolo libre, nunca faltaría quien le incitase y moviese, y de él ansimismo no se podía tomar ni tener seguridad, porque era bullicioso y esforzado, y siempre había de desear vengarse de la mengua que había recibido en la de Pavía. Y que ya que esto no se esperase, que a lo menor, no debía de ser suelto hasta que hubiese entregado a Borgoña, que pues no la quería entregar por verse fuera de prisión, que era de sospechar y temer que menos la entregaría viéndose libre.

Hernando de Vega dijo que el rey de Francia estaba bien en Madrid. El chanciller dijo resueltamente que o le soltase libremente o le tuviese siempre preso y seguro.

El Emperador, viéndose en esta diversidad de pareceres, por su buen natural quiso escoger el de la paz, como había dicho y publicado, que restituyéndole a Borgoña daría libertad al rey de Francia, y que las razones que el rey de Francia daba para no lo entregar estando preso, parecían bastantes, pues se podía temer que sus súbditos no le obedecerían en este caso, estando ausente y preso. Y que pues daba en rehenes y prendas los dos hijos mayores que tenía herederas de Francia, era cierto y seguro que cumpliría su palabra y todo lo que había prometido.

Quiso también el Emperador satisfacer a los príncipes cristianos y al mundo todo, que viesen que no quedaba por él procurar la paz y quietud universal; que por ella quería aventurar los intereses posibles. Que, sin duda, el rey de Francia cumpliera cuanto se le pedía, y su reino lo quisiera, si vieran en el Emperador resuelta determinación de no le soltar hasta que diese y entregase lo que se le pedía. Y así se concluyeron los contratos y conciertos a catorce días del mes de enero de este año de 1526 en Madrid, y se otorgaron y hicieron los capítulos siguientes, de perpetua paz y concordia, entre el Emperador Carlos V y Francisco de Valois, rey de Francia, que fueron tan mal guardados y causa de tantas muertes y ruidos, como adelante veremos.

Y así me obligan a ponerlos aquí extensamente, como se otorgaron: por ser el fundamento de las grandes guerras que hubo tantos años entre estos dos príncipes, y por donde se justifican las acciones de ellas, que para satisfación de muchos, y ocasiones que puede haber de estas contiendas por estas mismas pretensiones, es bien saberlas, pues se escriben las historias para saber los hechos heroicos de los príncipes y gente de guerra, y los intentos, causas y justificaciones dellas.

[Concordia de Madrid.]

La capitulación de la paz entre el Emperador y el rey de Francia, y sus súbditos, reinos y señoríos, hecha y concluída en la villa de Madrid a catorce días del mes de enero de 1526 años, por los embajadores del Emperador de una parte, y el mismo rey de Francia en persona, juntamente con los embajadores de madama Luisa de Saboya, su madre, gobernadora de Francia, en nombre de todo el reino, de la otra parte. Trasladada de lengua francesa en castellana, sin añadir, quitar ni mudar cosa alguna que en algo mude la sustancia de la dicha capitulación.

Prohemio

«En el nombre de Dios Nuestro Señor y de la gloriosa Virgen María y de toda la corte celestial, y a honor y gloria suya, sea notorio y manifiesto a todos los que agora son, e de aquí adelante serán, cómo desde algunos días a esta parte, no sin gran daño y perjuicio de la república cristiana y augmento de la tiranía de los infieles turcos, enemigos de nuestra santa fe católica, hayan sido levantadas, crecidas y continuamente ejecutadas muchas y diversas guerras, disensiones y discordias entre los muy altos y muy excelentes y muy poderosos príncipes don Carlos. Y deste nombre, sacratísimo Emperador de romanos, siempre augusto, Católico rey de las Españas, de las dos Sicilias, de Jerusalén, archiduque de Austria, duque de Borgoña, conde de Flandes y de Tirol, etcétera, y Francisco I, rey deste nombre, Cristianísimo rey de Francia. El cual, por permisión divina y, como se ha de creer, para más fácilmente poder hallar medio de paz, en la última batalla en el parque de Pavía fué preso en justa guerra del dicho señor Emperador, y a ruego del dicho rey Cristianísimo, por hallarse con el dicho señor Emperador y tanto más presto alcanzar esta buena amistad, fué desde la dicha ciudad de Pavía traído a estos reinos de España por el ilustre señor don Carlos de Lanoy, caballero de la Orden del Tusón de Oro y virrey de Nápoles, lugarteniente e capitán general de la Cesárea Majestad e de la santísima Liga en Italia. Y estando la persona del dicho señor rey Cristianísimo en esta villa de Madrid muy bien tratado por el dicho señor Emperador, como de la honestidad y parentesco de entre ellos convenía, de que el dicho señor rey mucho se ha loado y contentado; y deseando los dichos príncipes de todo su corazón poner fin en las dichas guerras, divisiones y disensiones, y arrancar las raíces de donde las dichas guerras pasadas han nacido, e podrán de aquí adelante nacer, si del todo no fuesen arrancadas, e queriendo todos, por evitar el derramamiento de la sangre cristiana, dar medio para una paz universal, para poder convertir e volver las armas de todos los reyes, príncipes y potentados de la Cristiandad a la ruina y destrución de los infieles, y para desarraigar los errores de la seta luterana y de otras setas reprobadas. Para que mediante la gracia de Dios Nuestro Señor de esta dicha paz pueda suceder el bien, reposo y sosiego de toda la Cristiandad, y se siga el deseado fruto, los dichos príncipes, conviene a saber el dicho señor Emperador y, por él, el dicho don Carlos de Lanoy, caballero de su Orden del Tusón de Oro y su virrey de Nápoles, lugarteniente, capitán general en Italia; don Hugo de Moncada, caballero de la Orden de San Juan de Jerusalén, prior de Mescina en el reino de Sicilia, nuestro justiciero en el dicho reino y capitán general del dicho señor Emperador en el mar Mediterráneo, y Juan Alemán, barón y señor de Bonclause, su tesorero y secretario de Estado, y contrarelator general de los reinos de Aragón; consejeros, embajadores, comisarios, diputados, teniendo para esto amplo poder y facultad, cuyo tenor será más adelante inserto; y el dicho señor rey Cristianísimo, así por él mismo como por él los señores Francisco de Turcio, arzobispo de Embrum, eleto de Bourges en Berry, y Juan de Selva, caballero y dolor en cada un derecho, señor de Craberes, primero presidente del Parlamento de París, y Filipe Chabot, barón de Brio, maire de Burdeos, caballero de la Orden del dicho señor rey Cristianísimo, sus embajadores, teniendo para esto amplo poder de madama Luisa de Saboya, su madre, regente en Francia, en virtud de la gobernación a ella otorgada por el dicho señor rey antes de su prisión y verificada por la corte del Parlamento de París. El tenor de los cuales poder, gobernación y verificación será ansimismo en fin de la presente capitulación de verbo ad verbum inserto, contenido y empero que los originales de los dichos poderes y gobernación, con la dicha verificación de la corte del Parlamento serán realmente dados e confinados en las manos de los diputados y procuradores del dicho señor Emperador. Y de la misma manera los poderes originales del dicho señor Emperador serán dados e confinados en manos del dicho señor rey e de los dichos sus diputados. Los cuales todos sobredichos de una parte y otra, en virtud de los dichos sus poderes, de común consentimiento trataron, acordaron e concluyeron los capítulos y convenciones siguientes:

«I. Primeramente ha sido tratado y concertado entre los sobredichos, en virtud de los dichos sus poderes, que de aquí adelante entre los dichos señores Emperador y rey Cristianísimo, e sus herederos y sucesores, y sus reinos, tierras y señoríos, vasallos y súbditos que al presente poseen, y de aquí adelante podrían haber, tener, y poseer, así en virtud de esta presente capitulación como en otra cualquier manera, y entre sus amigas, criados y confederados, que de común consentimiento de los dichos señores Emperador y rey, serán particularmente nombrados y declarados, y no de otra manera, sea y se entienda ser establecida, concluída y confirmada perpetuamente, para siempre jamás, buena, entera y segura paz, amistad, alianza, unión, inteligencia, confederación y verdadera hermandad. De manera que los dichos señores Emperador y rey en la manera sobredicha sean e queden de aquí adelante buenos, verdaderos e leales hermanos, amigos, aliados y confederados, y sean perpetuamente amigos de amigos, y enemigos de enemigos, para la guarda, conservación y defensión de sus estados, reinos, tierras y señoríos, vasallos y súbditos, donde quier que estén; los cuales se amarán y favorecerán el uno al otro, como buenos parientes e amigos, e se guardarán el uno al otro las vidas, honras, estados y dignidades, bien e lealmente, sin alguna fraude ni engaño, y no favorecerán ni mantendrán alguna persona que sea contra el uno ni el otro de los dichos señores. Y Por esta paz cesarán todas las guerras o prisiones, violencias, ejercicios de armas y disensiones y discordias entre los dichos señores, olvidando por esta presente capitulación todas las injurias, quejas, odios e malquerencias, o de hecho o de palabra, que hasta agora hayan habido entre ellos y de sus predecesores: de manera que enteramente queden olvidadas y no quede memoria de ellas, como si jamás la hubiese habido.

»II. Item, mediante la dicha paz e amistad, los súbditos y vasallos, mediatos y inmediatos, de los dichos señores, así del Emperador por razón del Imperio como por razón de los dichos sus reinos, tierras, señoríos y Estados de los dichos señores, y de cada uno de ellos podrán lícitamente conversar, ir e venir, tomar, estar y frecuentar libre y seguramente, así en cosas de mercadurías como de otra manera, por mar y por tierra, y aguas dulces, sin por ellos o sus gentes pueda ser hecho, puesto o dado algún empacho o daño, en perjuicio de los unos ni de los otros, pagando solamente los antiguos peajes y derechos acostumbrados en la forma y manera que en el tiempo antiguo y de paz se acostumbraba pagar, sin los costreñir a pagar los dichos nuevamente impuestos después de las guerras entre ellos, y los de sus predecesores comenzaron, señaladamente de veinte años a esta parte, en especial sobre el vino y sobre la sal; y que de una parte y otra se proveyese la seguridad de la mar, teniéndola libre de cosarios, de manera que los mercaderes y súbditos de una parte y de otra, puedan libremente navegar, pescar, pasar, venir y estar con sus naos, bienes y mercadurías en todos los puertos y playas de la una parte y de la otra, sin algún estorbo ni empacho, suspendiendo todas las marcas y represarias, así generales como particulares, como si particularmente aquí fuesen especificadas y remetiéndolas a justicia, e de aquí adelante no se dirán ni otorgarán por los dichos príncipes en sus Chancillerías, salvo solamente contra los principales delincuentes y sus bienes, e sus favorecedores e ayudadores, y esto solamente en caso que manifiestamente la justicia les fuere denegada, de la cual denegación de justicia los que las dichas marcas y represarías procuraren, antes que las obtengan serán obligados de hacer demostración por las cartas requisitorias de la dicha justicia, ni más ni menos, e de la forma e manera que de derecho se requiere. Y si algunas presas, robos o no debidas exacciones han sido fechas contra la forma de los salvo-conductos de una parte y de otra dados, y en perjuicio de las seguridades sobre esto concedidas así a ginoveses como a otros súbditos, mediatos o inmediatos, de los dichos señores, o en tiempo de las treguas que fueron hechas para venir a esta paz que de aquí adelante se hiciesen contra la forma de las dichas treguas y de esta presente capitulación, que todo sea luego reparado con entera restitución, todas excusas y achaques cesantes.

»III. Item, para mayor seguridad y firmeza de la dicha paz, y para venir más fácilmente a la libertad del dicho señor rey Cristianísimo, ha sido tratado, acordado y concluido, que para extirpar y apaciguar la antigua demanda del ducado de Borgoña y otras tierras que el señor Carlos de Borgoña tenía y poseía al tiempo de su muerte, de las cuales, madama María, su hija, abuela del señor Emperador, quedó heredera, y como el dicho señor Emperador pretende que fué de hecho y sin justa causa despojada por el rey Luis XI, aunque el dicho rey Cristianísimo pretendía el contrario, será el dicho rey obligado dentro de seis semanas, contando desde el día que fuere, puesto en su libertad y entrare en su reino, de dar, rendir y restituir, y con efeto consignar y poner en poder del dicho señor Emperador o de sus comisarios y diputados, que para esto serán ordenados, el ducado de Borgoña, juntamente con el condado de Carlois y señoríos de Noyers y Chastelchino, que dependen del dicho ducado, y el vizcondado de Absona y la superioridad de San Lorenzo, que están y dependen del Franco Condado de Borgoña, y todo aquello que antiguamente era y solía ser de feudo y superioridad y pertenencia de los dichos condado y vizcondado, y esto, pura, libre e perpetuamente para siempre jamás, para el dicho señor Emperador y sus herederos y sucesores, así hombres como mujeres, con toda superioridad y preeminencia y exención de la corona de Francia, sin reservar cosa alguna a la dicha corona de Francia, antes el dicho ducado de Borgoña, con las otras tierras y pertenencias sobredichas, queden enteramente para siempre exentas y totalmente apartadas de la dicha corona de Francia. De manera que el dicho rey Cristianísimo de su cierta ciencia y poder absoluto, por sí y por todos sus herederos y sucesores, sea obligado en la más segura y válida forma que se pudiere pensar de quitarse y apartarse de todos y cualesquier derechos que él y sus sucesores en la corona de Francia puedan pretender en el dicho ducado de Borgoña e tierras sobredichas, haciendo dello tal separación de la dicha corona de Francia, que el dicho rey Cristianísimo, ni sus herederos y sucesores jamás puedan demandar, ni pretender derecho alguno posesorio, ni petitorio, ni otro algún derecho de regalía ni de superioridad, con expresa derogación de todas y cualesquier incorporaciones e uniones que antes de agora hayan sido fechas de las sobredichas tierras en la corona de Francia, y de cualesquier ordenanzas e derechos de parlamentos y de la ley Sálica y de otras cualesquier leyes, constituciones, estatutos y ordenanzas o costumbres, a esto contrarias, fechas, publicadas y puestas por el dicho rey Cristianísimo o por los reyes de Francia, sus predecesores; las cuales todas sean expresamente derogadas de la misma autoridad, cierta ciencia e poderío absoluto del dicho rey Cristianísimo, quitado de sí y de sus sucesores la facultad de poder jamás hacer o tentar lo contrario, por alguna vía que sea de fecho o de derecho, aunque de derecho pretendiesen poderlo contradecir; no obstantes cualesquier cláusulas derogatorias, aunque dellas se debiese hacer más amplia expresión e inserción. Y para mayor seguridad y firmeza de lo susodicho, el dicho señor rey Cristianísimo sea obligado de consentir y declarar en forma debida y suficiente, que los vasallos y súbditos de los dichos ducado y otras tierras sobredichas, sean quitos y absueltos perpetuamente, para siempre, de la fe, homenaje, servicio, juramento de fidelidad, que ellos e cada uno dellos podrían haber fecho al dicho rey Cristianísimo y a sus predecesores, a causa del dicho ducado y tierras sobredichas Y asimismo, dé toda obediencia, sujeción, superioridad, que por esto podría deber al dicho señor rey e a sus sucesores, a causa de la corona de Francia; declarando, que las dichas fe, homenajes y juramento de fidelidad, queden y sean nulos y de ningún valor, como si jamás hubiesen sido fechos. La cual restitución y consignación del dicho ducado y tierras sobredichas, será enteramente fecha dentro del dicho tiempo de seis semanas, en la forma sobredicha, con las otras seguridades adelante declaradas, juntamente con los castillos y fortalezas y sus artillerías y municiones, en la forma y manera que el dicho señor rey las ha tenido proveídas y aderezadas hasta agora, y esto sin algún fraude ni diminución.

»IV. Item, porque el dicho rey Cristianísimo, para cumplir las cosas sobredichas, juntamente con las seguridades necesarias, pretende ser menester que él sea en persona en su reino, ha sido tratado e concertado, acordado y concluído, que el dicho rey Cristianísimo sea puesto y soltado en los límites de su reino, por la parte de Fuenterrabía, a diez días del mes de marzo, primero que viene: y que este mismo día a la misma hora e instante que el dicho rey Cristianísimo saldrá de las tierras y poder del Emperador y entrará en Francia, los rehenes siguientes saldrán de Francia y entrarán en las tierras y poder del Emperador. Y la dicha libertad de la persona del dicho rey Cristianísimo, y el recibimiento de los dichos rehenes se hará con igual seguridad y compañía de una parte y otra, según y como, y en la forma y manera que por los que llevaren cargo de la persona del rey por parte del Emperador, y de los que trujeren los rehenes de parte de madama la regente será ordenado. Los cuales rehenes serán los siguientes. Conviene a saber, los dos hijos mayores del dicho rey Cristianísimo, que son el señor delfín, primo, y el señor duque de Orleans, segundo, solamente, o con dicho señor delfín monsieur de Vandoma, el duque de Albania, monsieur de San Pol, monsieur de Guisa, monsieur de Lautrech, monsieur de la Val de Bretaña, el marqués de Saluzo, monsieur de Rieux, el señor gran senescal de Normandía, el mareschal de Montmorancy, monsieur de Brion y monsieur de Ambegui. Los cuales rehenes, o solamente los dichos dos hijos primeros, o el dicho señor delfín, juntamente con las dichas doce personas, será al escoger de la dicha señora regente, y serán dados y puestos como dicho es, para estar y quedar en rehenes, en poder del dicho señor Emperador, en el lugar que le placerá ordenar, hasta que el dicho señor rey Cristianísimo haya de su parte cumplido todo lo que dicho es, de la restitución de Borgoña y otras tierras en la forma susodicha. E asímismo quedarán en rehenes, como dicho es, fasta que el dicho rey Cristianísimo haya hecho ratificar y aprobar esta capitulación de paz, y todo lo en ella contenido, por los Estados Generales de sus reinos y señoríos, y jurar y prometer la perpetua observancia de la dicha capitulación, y la haya hecho notificar, verificar y haber por grata en la Corte del Parlamento de París, y en los otros parlamentos del reino de Francia, haciendo un procurador con especial poder de parecer en su nombre en los dichos parlamentos, e allí someterse de su voluntad a la observancia de todo lo contenido en esta dicha capitulación de paz, e que en virtud de la dicha voluntaria sumisión, por sentencia difinitiva de los dichos parlamentos, en buena y conveniente forma sea a esto acordado. Y asimismo, esta dicha capitulación de paz sea verificada, y habida por grata en la Cámara de las Cuentas, en París, para la efectual ejecución y cumplimiento de la dicha capitulación de paz, y validación de las quitanzas, renunciaciones, sumisiones y otras cosas en esta capitulación contenidas. Las cuales ratificaciones, verificaciones y cosas sobredichas, serían hechas y cumplidas por el dicho señor rey Cristianísimo, y despachadas en forma debida, y serán consignadas en las manos del dicho Emperador dentro de cuatro meses primeros siguientes, y el dicho señor Emperador, del día de la data de esta presente capitulación, dará sus letras patentes, firmadas de su mano, y selladas con su sello. Por las cuales prometerá y jurará en fe de príncipe, de la mejor forma que será acordado, que rendirá y volverá los dichos rehenes libres, luego que el dicho señor rey hubiere cumplido lo que dicho es, con tal condición que, en el mismo instante que los rehenes serán vueltos, se dará al dicho señor Emperador o a su comisario, la persona del muy excelente príncipe don Carlos, duque de Angulema, hijo tercero del dicho señor rey, para que se críe con Su Majestad, y para entretenimiento de la verdadera amistad de entre los dichos dos príncipes, conforme a lo que el dicho rey Cristianísimo ha ofrecido y otorgado. Y, allende desto, el dicho rey Cristianísimo, luego que fuere puesto en libertad, será obligado a dar su fe al Emperador o a su comisario, como desde agora para entonces la ha hoy dado a Su Majestad, prometiendo, por esta presente capitulación, como de hecho ha prometido y jurado en fe de buen rey y príncipe, que en caso que dentro de seis semanas el dicho señor rey no hubiese cumplido la dicha restitución de Borgoña y tierras arriba declaradas; y asimismo, en caso que las ratificaciones y otras seguridades arriba declaradas no fuesen dadas dentro de los dichos cuatro meses, como de suso ha sido concertado y tratado, en cada uno de los dichos dos casos, el dicho señor rey Cristianísimo tornará en poder del dicho señor Emperador, luego pasado dicho término, y verná adonde Su Majestad estuviere a se dar por su prisionero de guerra, como lo es al presente, para estar en prisión en el lugar que el dicho señor Emperador le ordenare, hasta que todo lo contenido en la presente capitulación sea enteramente cumplido y acabado; y entonces, en el mismo instante que el dicho señor rey volviere, los dichos sus rehenes serán restituídos y consignados.

»V. Item, para mayor firmeza y seguridad de la dicha paz y amistad, y para que entre los dichos señores Emperador y rey Cristianísimo no quede demanda alguna, ni causa de discordia, y que no haya ocasión de levantarse de aquí adelante algunas guerras ni discordias, para mejor desarraigar, amortiguar y deshacer todas las demandas antiguas, de donde las dichas guerras pasadas han procedido, ha sido tratado, acordado y concertado, que el dicho señor rey, por sí y por sus herederos, y los dichos embajadores y procuradores en su nombre, en virtud de esta capitulación revocan, dejan, conceden y traspasan perpetuamente para siempre jamás en el dicho señor Emperador, rey de las Españas y de las dos Sicilias, etc., duque de Borgoña, etc., conde de Flandes y de Artois y de Henault, etc., y sus herederos y sucesores, todos y cualesquier derechos, acciones, demandas o pretensiones que el dicho señor rey Cristianísimo, y los dichos sus herederos y sucesores, tienen o pretenden, o podrían tener o pretender por cualquier razón, o causa que sea, en cualesquier reinos, Estados, tierras y señoríos, que al presente por el dicho señor Emperador y en su nombre mediata o inmediatamente son tenidas y poseídas, especialmente todo el derecho que el dicho señor rey Cristianísimo y los reyes de Francia, sus predecesores, han tenido o pretendido en el reino de Nápoles, así en la propriedad como en la posesión y pensión, e paga de la misma pensión, como en otra manera, en cualquier forma que sea; así en virtud de las investiduras por la Santa Sede Apostólica dadas a sus predecesores o a él, como por capitulaciones hechas entre los predecesores del dicho señor Emperador, e del dicho rey Cristianísimo y, especialmente, entre el rey Católico, abuelo del dicho señor Emperador, y el rey Luis doceno, suegro del dicho rey Cristianísimo, o por la capitulación hecha en Noyon, entre los dichos señores Emperador y rey, así por el principal derecho del dicho reino, como por las dichas pensiones e deudas por el dicho rey Cristianísimo, pretendidas en virtud de las dichas capitulaciones. Ansimismo, el derecho que el dicho señor rey Cristianísimo, así en virtud de las dichas capitulaciones y concesiones a sus predecesores hechas, como por herencia o sucesión, o de otra manera, en cualquier forma que pretenda, en los Estados de Milán, Génova y en el condado de Aste, y en todas sus dependencias e pertenencias. E que el dicho señor rey sea obligado de dar dentro del dicho término de las ratificaciones y entregar al dicho señor Emperador todos los títulos de las adquisiciones, concesiones y envestiduras, así del dicho reino de Nápoles, como del ducado de Milán, Génova y Aste, así pontificales como imperiales, hechas y otorgadas así a él como a sus predecesores. Y, asimismo, las escripturas de las capitulaciones, conciertos y renunciaciones hechas entre el dicho rey Cristianísimo y Maximiliano Esforcia, sobre los dichos Estados de Milán, Génova y Aste, y otras dependencias de los dichos Estados. Y de la misma manera, el dicho señor rey Cristianísimo y también sus embajadores, en virtud desta presente capitulación, por sí y por sus herederos y sucesores, cualesquier que sean, renuncia, quita y traspasa en el dicho señor Emperador don Carlos, como conde de Flandes y de Artois, para él y para sus herederos y sucesores, todo el derecho que el dicho rey Cristianísimo tiene e pretende, o podría tener o pretender, en las ciudades de Arrastonay y Tornasis, y en los lugares de Mortana y Santa Mau, con el derecho de recompra que pretende en las villas e castellanías de Lilla, Douay y Orches, al presente poseídas por el dicho señor Emperador, y también lo que pretende en la villa, castillo valiaje de Hedin, al presente por el dicho señor rey Cristianísimo ocupados; de las cuales hará hacer pronta y entera restitución al Emperador como miembros dependientes de su condado de Artois, juntamente con la artillería, municiones y otros muebles que estaban en el dicho castillo de Hedin, cuando últimamente fué tomado. Y por semejante, el dicho señor Emperador y sus herederos y sucesores, quedarán libres y exentos para siempre jamás, de cualquier derecho de superioridad, que el dicho señor rey e sus sucesores en la corona de Francia podrían pretender o demandar, en los condados de Flandes e Artois y otras cualesquier tierras que el dicho señor Emperador al presente tiene y posee, y de aquí adelante, en virtud de esta presente capitulación de paz, tomará y poseerá. Y desto el dicho señor rey Cristianísimo despachará sus letras, con todas las cláusulas, derogaciones, relajaciones de homenajes y fidelidades, y otras solemnidades declaradas en el capítulo de la restitución del ducado de Borgoña y piezas en él nombradas y otras seguridades aquí adelante especificadas. Y semejantemente, el dicho señor Emperador, por sí y por los dichos sus herederos y sucesores, renunciará, cederá, quitará y traspasará, como los dichos sus embajadores, procuradores y diputados en su nombre al presente, revocan, ceden, quitan y traspasan perpetuamente y para siempre, en el dicho señor rey y en sus herederos y sucesores, cualesquier derechos, aciones, demandas o pretensiones que el dicho señor Emperador y los dichos sus herederos y sucesores tienen o pretenden, o podrían tener o pretender por cualquier razón e causa que sea, en cualquier de los Estados, tierras y señoríos del dicho rey Cristianísimo, por él y en su nombre mediata o inmediatamente al presente tenidas y poseídas; especialmente todo lo que pretende en las villas y castellanías de Perona, Monte de Didier y Raya, y en los condados de Boulona, Guisnes e Poyeshiel, y en las ciudades, villas y señoríos situados en la ribera de Sauna, de una parte y otra, ansí por título de empeño como de otra manera, juntamente con todos los otros derechos, aciones y demandas que el dicho señor Emperador podría tener en las cosas por el dicho señor rey poseídas, así a causa de sus reinos de España, como de otras demandas de su casa de Borgoña, así en virtud de la capitulación de Ras, como de las que después fueron fechas en Confluencia, Perona y otras partes; solamente reservando los condados Masayonos, Auxerois y el señorío de Valsobresena, de los cuales más adelante será más particularmente dispuesto. Y en lo demás, los dichos señores Emperador y rey Cristianísimo, cada uno por su parte, tornarán las tierras e límites de sus reinos e señoríos en el estado en que estaban al principio desta presente guerra, salvo y exceptado aquello de que, particularmente, en esta presente capitulación será de otra manera declarado y ordenado, y todas las otras demandas y aciones, aquí no especificadas, en que alguna de las partes, en cualquier manera que sea, puedan algo pretender, quedarán perpetuamente quitas y deshechas, sin que ellas puedan jamás volver.

»VI. Item, que por esta paz, amistad o inteligencia, sea y se entienda ser hecha liga defensiva y ofensiva en la manera siguiente. Conviene a saber: en virtud de la defensiva no darán paso, acogimiento, ayuda, favor ni asistencia en sus reinos e señoríos, ciudades e villas dellos, de mantenimientos, artillería, gente, dineros ni otra cosa a aquél o aquéllos que cometerán o querrán hacer daño el uno a el otro de los dichos señores, o estorbarlos o embarazarlos en la conservación de sus Estados e dignidades, reinos y señoríos, directe o indirecte, en cualquier manera que sea; antes serán obligados de ayudarse y favorecerse el uno al otro, para la guarda y defensión de los dichos sus Estados, reinos y señoríos. Conviene a saber: el dicho señor rey Cristianísimo, en lo que agora el Emperador tiene y posee, y en lo que por virtud de esta capitulación, mediata o inmediatamente, habrá, tendrá y poseerá; y el dicho señor Emperador hará asimismo otro tanto por el dicho señor rey Cristianísimo, y esto contra todas y cualesquier personas que los quisieren acometer, estorbar o embarazar, sin exceptar alguno. Y en virtud de la dicha defensiva, serán el uno al otro obligados de enviar, luego que fueren requeridos, sin dilación alguna, en socorro o ayuda contra el acometedor o turbador, cada uno dellos quinientos hombres de armas y diez mil infantes, con una buena banda de artillería bien aderezada, o menor número de hombres de armas o de infantería o artillería, a escoger del que lo pidiere, todo a costa del que diere la ayuda, y será continuada, hasta que la tal invasión y acometimiento sea reparado y suficientemente recompensado; en cuanto a la ofensiva, que sea solamente contra los enemigos de entrambos de la forma e manera que los dichos señores, de común parecer y deliberación, hallaran ser conveniente y deberse hacer por el bien de entrambos.

»VII. Item, para que de cada día la dicha paz, unión, confederación y amistad sea más firme y para atarla y ligarla con parentesco e afinidad de casamiento, los dichos embajadores del dicho señor Emperador, teniendo para esto poder bastante, así de Su Majestad, como de la muy alta y excelente princesa, madama Leonor, reina viuda de Portugal, hermana primera del dicho señor Emperador, el cual poder será asimismo adelante inserto, contratado, acordado e concertado con el dicho señor rey Cristianísimo y con los dichos embajadores de Francia, asimismo en virtud de su poder, el cual de la misma manera será adelante inserto, el casamiento de entre el dicho señor rey Cristianísimo y la dicha señora doña Leonor, reina de Portugal. El cual casamiento se celebrará por palabras de presente luego que el dicho señor rey Cristianísimo habrá obtenido y alcanzado la dispensación necesaria del parentesco que hay entre él y la dicha reina, para la consumación del dicho matrimonio. Y para este efeto la dicha señora reina será llevada y entregada a costa del dicho señor Emperador en el lugar y al tiempo y en el mismo instante que los dichos rehenes sean vueltos y entregados al dicho rey de Francia, como arriba se ha dicho y tratado; y de parte del dicho señor rey de Francia, la dicha señora reina será recibida y tomada a su cargo y honradamente tratada, como conviene a reina de Francia, y tan alta sangre como ella es.

»VIII. Y la dicha señora reina habrá en dote docientos mil escudos del sol, los cuales, en su primero casamiento con el rey don Manuel de Portugal, de gloriosa memoria, que Dios perdone, le habían sido constituídos, por cualesquier derechos que de parte de su padre y de su madre y abuelos le podrían pertenecer; y allende de la dicha suma habrá sus arras que del dicho casamiento le pertenecen y son debidas, y la cual suma de docientos mil escudos le será pagada por el dicho señor Emperador, conviene a saber: la mitad dentro de seis meses, primeros siguientes después de la consumación del dicho matrimonio y la otra mitad de allí a un año. Y en recibiendo el dicho señor rey la dicha suma o parte della, será obligado a segurarla bien e convenientemente, en buenas y suficientes asignaciones, de las cuales la dicha señora reina y sus herederos o sucesores sean e queden poseedores, hasta la entera restitución de todo lo que de la dicha suma hubiere recibido, sin descontar nada della por razón de lo que hubiere gozado.

»IX. Y allende desto, por respeto deste casamiento, e a ruego del dicho señor rey Cristianísimo, y por el muy gran, cordial y singular amor de hermano, que el dicho señor Emperador tiene a la dicha señora reina, su hermana, le da en acrecentamiento de la dicha dote, los condados de Masconois y Auxerroys, y el señorío de Valsobresena, juntamente con sus pertenencias, para ella y para sus herederos varones que serán procreados y descendieren del dicho casamiento de entre el dicho señor rey y ella tan solamente.

»X. Y la dicha señora reina no podrá pretender ni demandar alguna otra cosa en los bienes y herencia y sucesión de las buenas memorias del Emperador Maximiliano, su abuelo e de don Filipe, rey de Castilla, su padre (que Dios perdone), ni de la muy alta y muy poderosa princesa la reina doña Juana, su madre; y después de su muerte y desde agora, la dicha señora reina renuncia expresamente todo lo sobredicho, y allende desto, la dicha señora reina, un día después de la solemnidad y consumación del dicho matrimonio y casamiento, dará y otorgará al dicho señor Emperador y a sus herederos, buena, válida, suficiente quitanza y finiquito; y para esto le será expresamente dada autoridad por el dicho señor rey Cristianísimo, salvo solamente reservado el derecho que a la dicha señora reina pertenece a la sucesión colateral, en caso que el dicho señor Emperador y el señor archiduque don Hernando, infante de las Españas, su hermano, pasasen desta vida sin hijos ni herederos, lo que Dios, por su santa bondad, no permita, y en defeto de entrambos, y de los dichos sus herederos y descendientes, y no de otra manera.

»XI. Y la dicha señora doña Leonor habrá del dicho señor rey Cristianísimo tantas joyas, que lleguen a la suma de cincuenta mil escudos, los cuales serán de la dicha señora reina de natura de herencia, y quedarán para ella y para cualquier de sus herederos y sucesores.

»XII. Y expresamente ha sido tratado y concertado, que considerada la importancia, necesidad y grandeza del dicho casamiento de entre el dicho señor rey Cristianísimo y la dicha reina, si hubieren hijos varones, al primero será dado, por su herencia paternal, el ducado de Alançon con sus pertenencias, cantidad, preeminencias y derechos que el duque de Alançon difunto tenía y poseía sobre el cual ducado le será cumplido en condados, señoríos y tierras a él más cercanas, hasta la suma de sesenta mil libras de anua renta para él y para sus herederos, y, por la parte de su madre, habrá los condados y señoríos de Masconoys y Auxerroys, e Valsobresena, lo cual todo tendrá y poseerá como dicho es, no obstantes cualesquier constituciones, leyes, usos y costumbres del dicho reino a esto contrarias, las cuales son expresamente derogadas. Y habiendo más hijos varones serán proveídos de ducados, condados e señoríos, e bienes igualmente, como los otros hijos del primero matrimonio del dicho señor rey, reservada solamente al señor delfín la prerrogativa que como a hijo primero del dicho señor rey le pertenece, e si hubiere hijas, del dicho matrimonio, habrá cada una dellas lo que se suele dar a las hijas de los reyes de Francia.

»XIII. E en caso que el dicho rey Cristianísimo parta desta presente vida antes que la dicha señora reina doña Leonor, ella habrá por arras sesenta mil francos de renta, los cuales desde agora para entonces le son asignados en el ducado de Turame, y sobre el condado de Guiton, y sus pertenencias, de los cuales ella por sus manos gozará durante su vida tan solamente. Si las rentas de los dichos ducados y condados, quitados los gastos y cargos no montaren la dicha suma de sesenta mil francos, cada año le será suplido y cumplido de otras tierras más cercanas, de las cuales asimismo ella gozará durante su vida.

»XIV. Y en caso que la dicha reina doña Leonor viva más que el dicho rey ella podrá libremente partirse del dicho reino de Francia cuando a ella pluguiere y con ella sus oficiales, servidores y criados, y volverse a las tierras, reinos y señoríos del dicho señor Emperador, así de España Como de Flandes e Borgoña, y llevar e sacar consigo todos e cualesquier bienes, muebles, joyas, vestidos y otras cosas, sin que por alguna causa, color ni ocasión que sea o ser pueda, le sea puesto, directe ni indirecte, embargo o impedimento alguno en su partida, ni en el gozar de sus dichas arras, ni asignación de los dineros del dicho su casamiento. Y para esto, antes de la solemnidad del dicho matrimonio, será dado el sello del dicho señor rey, y del señor delfín, y de los Estados y lugares principales del dicho reino de Francia, con las sumisiones y obligaciones para que sean forzados al cumplimiento de lo susodicho, por censuras de excomuniones y por arrestos y detenimiento de todas las personas del dicho reino de cualesquier estado e calidad que sean.

»XV. E allende desto, para más firmemente establecer y hacer firme y para siempre durable esta paz y amistad, ha sido tratado, prometido, concertado e acordado, por virtud de los dichos poderes, el casamiento de entre el dicho muy excelente príncipe Francisco, hijo primero del dicho señor rey Cristianísimo, delfín de Vienoys, y la muy excelente princesa doña María, infanta de Portugal, hija del dicho rey don Manuel, y de la dicha reina doña Leonor, y el dicho matrimonio se hará solamente por palabras de futuro entre el dicho príncipe y princesa, luego que la dicha princesa será en edad de siete años y, cuando llegare a doce se solemnizará por palabras de presente. Y para esto interverná poder del dicho señor Emperador, y de la dicha reina doña Leonor, e de consentimiento del muy alto y muy excelente e muy poderoso príncipe don Juan, rey de Portugal, hermano de la dicha señora infanta, con poder en buena y conveniente forma, para la constitución y paga de su dote.

»XVI. La cual señora infanta, cuando hubiere doce años o antes, como al dicho señor Emperador pluguiere, será llevada en Francia para el efeto del dicho casamiento, y desde entonces será entretenida a costa del dicho señor rey e del dicho señor delfín, de manera e como a una princesa mujer de delfín de Francia pertenece.

»XVII. Item, por quitar todas las ocasiones que por vías indirectas podrían ser causa de embarazar esta paz y hacer algún movimiento o turbación entre los dichos señores Emperador e rey, ha sido tratado, concertado y acordado, que el dicho rey Cristianísimo procurará con todo su poder y hará lealmente y derechamente todo lo que en él fuere, de inducir y atraer a don Enrique, señor de la Brit, a que deje el nombre y título de rey de Navarra, e quite e renuncie perpetuamente y para siempre jamás, por él y por sus herederos y sucesores, en el dicho señor Emperador y los reyes de Castilla sus sucesores, cualquier derecho, acción o demanda, que él podría pretender en el dicho reino de Navarra, que el dicho señor Emperador tiene y posee, y que esta renunciación se haga en buena y válida forma; y que la haga ratificar a todos sus hermanos y hermanas, dentro de seis meses más cercanos. Y en caso que el dicho señor rey Cristianísimo habiendo hecho todo su deber y diligencia posible con el dicho don Enrique de la Brit, para inducirlo a lo que dicho es, no lo pudiere a ello atraer o inclinar, en tal caso, el dicho señor rey Cristianísimo promete de no dar al dicho don Enrique de la Brit, directe ni indirecte, favor, ayuda ni asistencia contra el dicho señor Emperador.

»XVIII. Asimismo el dicho señor rey, por la causa sobredicha, procurará con todo su poder y hará todo lo que en él será con don Carlos de Güeldres, que él y los principales de Güeldres y del condado de Zutfen, dejando gozar al dicho don Carlos, como al presente goza, de las dichas tierras dentro de un año primero venidero, den suficientes seguridades a contentamiento del Emperador, para que después de la muerte del dicho don Carlos, la dicha tierra de Güeldres y condado de Zutfen, con todas sus pertenencias serán enteramente entregadas en manos e poder del dicho señor Emperador y de sus sucesores. Asegurando también el dicho señor Emperador por su parte al dicho don Carlos de Güeldres que gozará de la dicha tierra, durante su vida, en la manera sobredicha, sin que de parte del dicho Emperador, ni de los suyos, le sea puesto embarazo ni embargo alguno. Y que si el dicho don Carlos de Güeldres dejare hijos legítimos, habidos de legítimo e leal matrimonio, el dicho señor Emperador los proveerá a su costa de mantenimientos convenientes, conforme a su calidad y como a su estado pertenece. Y en caso que el dicho señor rey Cristianísimo, habiendo hecho lealmente todo su poder y diligencia a él posible, no pudiere inducir al dicho don Carlos de Güeldres, ni tampoco a las dichas villas y lugares, ni asegurar la sucesión de las dichas tierras de Güeldres y condado de Zutfen al dicho señor Emperador o a sus herederos y sucesores, que en tal caso el dicho rey Cristianísimo no dará al dicho don Carlos de Güeldres ayuda, favor ni asistencia alguna contra el dicho señor Emperador, de gente ni de dineros, ni otra cosa perteneciente a la guerra, ni so color de conduta, y cargo ordinario de gente de armas, ni so color de pensiones, ni en otra manera, directe ni indirecte. Antes, en caso que el dicho don Carlos de Güeldres y las dichas villas y lugares no quisieren hacer lo susodicho, el dicho señor rey será tenido y obligado luego que el dicho don Carlos muriere, de ayudar y favorecer al dicho señor Emperador con trecientos hombres de armas y cuatro mil hombres de a pie, de la nación que al Emperador pluguiere, bien pagados a costa del dicho señor rey, para conquistar y cobrar las dichas tierras de Güeldres para el dicho señor Emperador y para sus herederos, como dicho es, contra cualesquier personas, sin reservar alguna.

»XIX. Asimismo, el dicho rey Cristianísimo no dará ayuda, favor ni asistencia, directe ni indirecte, ni en otra cualquier manera, al duque Urliche de Viertinuerga ni a monseñor Roberto de la Marca, ni a sus hijos, contra el dicho señor Emperador. Por cuanto al dicho duque Urliche el rey Cristianísimo no entiende tenerlo ni sostenerlo más en su servicio ni de otra manera. Y cuanto al dicho Roberto de la Marca y sus hijos, en caso que durante esta paz ellos o alguno de ellos, hiciesen alguna empresa contra el dicho señor Emperador, el dicho rey Cristianísimo será obligado de ayudar a su costa a castigar y deshacer sus empresas, como arriba es declarado, en el capítulo de la liga defensiva, y no se entremeterá en alguna plática de Italia en favor de algún potentado que sea contra o perjuicio del Emperador.

»XX. Item, porque el fin de esta particular paz es para alcanzar la universal y entender en la guerra contra infieles y herejes, y el principal fundamento consiste en la ida del dicho señor Emperador en Italia, para lo cual el dicho rey Cristianísimo de su libre voluntad ha ofrecido mucho ayudar y favorecer al dicho señor Emperador, así con su armada de mar, como con gente de guerra a su costa, para acompañarlo y defenderlo contra los que le quisieren impedir, los cuales ofrecimientos y buena voluntad el dicho señor Emperador ha aceptado, y a esta causa ha sido tratado, concertado y acordado que en el primero viaje que el dicho señor Emperador querrá hacer para pasar en Italia, el dicho rey Cristianísimo, dentro de dos meses que fuere requerido enviará a su costa al puerto o lugar que le será declarado, donde el dicho señor Emperador se querrá embarcar para pasar en Italia, todas las naos, galeras, galeones y otros cualesquier navíos de la dicha su armada de mar; conviene a saber: doce galeras, la Gran Maestrasa, la Capitana, que fué tomada de Génova, y la Bravosa, e otra nao de las mejores y otros cuatro galeones, todos bien aparejados de artillería y municiones necesarias, y con los marineros y remadores y otros oficiales que menester fueren para la gobernación de las dichas galeras y otros navíos susodichos, sin poner en ellos alguna gente de guerra. Antes hará dar y entregar al dicho señor Emperador e sus diputados y comisarios que para esto poder tuvieren, los dichos navíos y galeras y toda la dicha armada de mar en la forma y manera sobredicha libremente, para que en ella puedan los capitanes poner gente de guerra y otras personas que el dicho señor Emperador para esto ordenare. De la cual armada de mar, en la manera que dicha es, el dicho señor Emperador se podrá servir para hacer el dicho viaje a costa del dicho señor rey, salvo de la gente de guerra y otras personas que serán puestas por el Emperador, por término y espacio de tres meses contando desde el día que el dicho señor Emperador se embarcare y hará a la vela para el dicho viaje. Y cuando el Emperador recibiere la dicha armada, dará al capitán que la trujere sus letras patentes firmadas de su mano y selladas con su sello, por las cuales prometerá e jurará en fe de príncipe, que luego que los dichos tres meses fueren pasados, volverá y restituirá al dicho señor rey o a su comisario de mar, de la manera que le fuere entregada e por la ayuda y asistencia que el dicho señor rey había ofrecido al dicho señor Emperador, de gente de armas y artillería a su costa para el dicho viaje del dicho señor Emperador en Italia, y para el servicio mientras que aquél durare, ha sido concertado y acordado que el dicho rey Cristianísimo por la dicha ayuda dará e pagará en dineros contados, e hará realmente pagar al dicho señor Emperador en España o en Italia, donde el Emperador más quisiere, docientos mil escudos del sol, conviene a saber: los cien mil dentro de diez y seis meses primeros siguientes, y los otros cien mil dentro de un año adelante. Y también el dicho rey Cristianísimo dará al dicho señor Emperador o a su comisario, al mismo tiempo que los rehenes sobredichos, como dicho es, serán soltados y entregados para que vuelvan en Francia, cédulas de mercaderes suficientes que respondan por la seguridad de la paga que pudiere montar seis mil infantes por seis meses, para que la dicha paga sea dada al dicho señor Emperador o a su comisario, realmente y con efeto, el mismo día que Su Majestad desembarcare o llegare en Italia. Y también el mismo día dará el dicho rey Cristianísimo, si el Emperador le demandare por el dicho término de seis meses, quinientos hombres de armas de Francia, o menos, como el Emperador más quisiere, o una buena bandada de artillería, todo a costa del dicho señor rey Cristianísimo y por servicio del dicho señor Emperador en el dicho su viaje de Italia.

»XXI. Item, porque a causa de las guerras pasadas el dicho señor Emperador para atraer al rey de Ingalaterra de su parte contra el dicho rey Cristianísimo se obligó al dicho rey de Ingalaterra por su seguridad de pagarle en cada un año la suma de ciento y treinta y tres mil y trecientos y cinco escudos, en lugar de las pensiones y rentas que el dicho rey de Ingalaterra e su hermano solían haber e recibir del dicho rey Cristianísimo hasta entero cumplimiento de todos los términos pasados, y continuándolos hasta que por paz o por guerra el dicho rey de Ingalaterra fuese de ello recompensado como en la obligación de la indemnidad y seguridad hecha en Vindisore en el año de mil y quinientos y veinte y dos, a diez y nueve días del mes de junio, se contiene, a la cual en esto se remiten. E que después de la dicha obligación el dicho señor Emperador no haya pagado cosa alguna por la dicha indemnidad; de manera que quedaría debiendo todo el tiempo que la dicha obligación ha durado, de todos los términos pasados hasta la conclusión de la dicha capitulación y concierto postreramente hecho, entre los dichos señores rey Cristianísimo y rey de Ingalaterra, y que por el dicho concierto y capitulación el dicho rey Cristianísimo pretende y dice haber tratado y concertado con el dicho rey de Ingalaterra de todos los rezagos pasados y de todo lo que podría ser debido por la causa susodicha. Por ende ha sido tratado y concertado que el dicho rey Cristianísimo sea tenido y obligado de sacar a paz y a salvo al dicho señor Emperador de todo lo que el dicho rey de Ingalaterra le podrá pedir y demandar a causa de la dicha obligación e indemnidad sobredicha y declarada, y de dar copia auténtica del dicho concierto y capitulación postreramente hecha entre el dicho rey Cristianísimo y el rey de Ingalaterra, dentro de cuatro meses primeros venideros, Y asímismo de las quitanzas válidas y bastantes de las pagas que el dicho rey Cristianísimo hubiere hecho y de la manera que las pagas dichas se hicieron; y allende desto, cuanto a lo que toca a la indemnidad sobredicha, descargará enteramente al dicho señor Emperador y a sus herederos y sucesores. De manera que si al dicho señor Emperador fuese demandada la dicha indemnidad, el dicho señor rey será obligado de tomar la causa en sí y procurarla y defenderla como si suya propria fuese, y pagar todo lo que a esta causa será declarado contra el dicho señor Emperador.

»XXII. Item, porque, como dicho la principal intención de los dichos señores Emperador y rey Cristianísimo ha sido y es de alcanzar la paz universal por medio de esta particular, y por consiguiente entender en la empresa contra los turcos y otros infieles y herejes apartados del gremio de la Iglesia, como la necesidad lo requiere y nuestro muy Santo Padre lo ha así muchas veces exhortado y persuadido; y para seguir y poner por obra estas sus persuasiones y exhortaciones, ha sido tratado, concordado y concertado, que los dichos señores Emperador y rey Cristianísimo, de común acuerdo y consentimiento, y por sus comunes embajadores, suplicarán juntamente a nuestro muy Santo Padre que quiera para esto escoger y señalar un tiempo el más breve que ser pudiere, y escribir de su parte a todos los reyes, príncipes y potentados de la Cristiandad, que envíen en la dicha congregación sus diputados y comisarios con entero y bastante poder, así para tratar de la dicha paz universal entre todos los cristianos, como para dar orden en todos los medios convenientes para las dichas empresas e dar orden en todas las otras cosas así contra los turcos e infieles como contra los dichos herejes apartados del gremio de la Iglesia y de las contribuciones y formas de haber dineros para este efeto y para sostener las dichas empresas y dar orden en todas las otras cosas a esto necesarias, y para las enderezar y poner en obra con la mayor diligencia que posible fuere. E que a este efeto, para ganar tiempo y hacer los aparejos necesarios, Su Santidad desde agora otorgue a los dichos Emperador y rey Cristianísimo e a cada uno dellos y a todos los otros reyes, príncipes y potentados que quisieren ayudar a esta santa empresa, una cruzada general para todas sus tierras y señoríos en la más ampla forma que fuere posible, a lo menos por espacio de tres años primeros venideros, y asimismo haga que en tal caso los prelados y personas eclesiásticas, cada uno por su parte, contribuyan para la dicha santa empresa, de la manera que razonablemente será ordenado. Y si la dicha congregación tan presto no se pudiese hacer y concluir, o guiar a buen efeto y ejecución, que entre tanto los dichos turcos y infieles intentasen alguna empresa por mar y por tierra contra la Cristiandad, principalmente en Italia, y sería lo más peligroso que podría suceder a toda la Cristiandad (lo que Dios no quiera), en tal caso, el dicho señor Emperador, como cabeza de los príncipes seglares de la Cristiandad, a quien principalmente pertenece la defensión de ella, en propria persona, acompañado de la persona del dicho rey Cristianísimo y de otros sus amigos e confederados, que más presto para esto se podrán aparejar, y principalmente con ayuda del gran maestre y religión de Rodas, y con sus galeras, carracas y otros navíos, así de la dicha religión como de la ciudad de Génova, ayuntado las que los dichos señores Emperador e rey Cristianísimo pudieren aparejar, así del Papa y de otros como de las armadas de mar, que ellos al presente tienen, y de otra manera harán a costa de entrambos igualmente la mejor armada de mar que les fuere posible, para resistir con todas sus fuerzas a las empresas de los dichos turcos e infieles, agora sea para combatirlos por mar o para tomar tierra si menester fuere, y proveerá con todas sus fuerzas, así por mar como por tierra, de la manera que les pareciere necesario y que la necesidad lo requiriere, con el número de gente de a caballo y de a pie que de ellos fuere concertado. Y en caso que la invasión de los dichos turcos no fuese tan grande que para resistirlos fuese necesario que los dichos señores Emperador y rey Cristianísimo empleasen sus personas en ella, no por eso se dejarán de ayuntar las dichas armadas de mar de los dichos señores debajo la obediencia del capitán general, que, por parte del dicho señor Emperador a este efeto fuere ordenado. Al cual asimismo el dicho señor rey encomendará la dicha su armada con todas sus naos y galeras, para ayudar a la resistencia de los dichos turcos y cometedores. Y si todavía la invasión de los dichos turcos fuese de calidad, y pareciese necesario y conveniente de emplear en ella las personas de los dichos señores en la manera que dicha es, en tal caso para mostrar la verdadera hermandad y amistad que hay entre ellos, y para que mientras el dicho viaje durare, no pueda acaecer algún inconveniente en sus reinos y señoríos, ha sido ordenado y acordado que el dicho señor Emperador durante el dicho viaje dejará algunas personas notables por sus embajadores o consejeros en el reino de Francia; y también el dicho señor rey Cristianísimo dejará en el reino algunos de sus embajadores y consejeros, así en España como en Borgoña y Flandes, para que si alguna cosa acaeciere en sus ausencias, entiendan en proveer como los unos reinos y señoríos puedan ayudar a los otros si menester fuere.

»XXIII. Item, porque el alto y poderoso príncipe don Carlos, duque de Borbón y de Alvernia, con algunos sus amigos, aliados y servidores, por algunas causas y razones que a esto les movieron, se ausentó del reino de Francia y del servicio del rey Cristianísimo, por la cual ausencia e durante aquélla le han sido tomados y ocupados los ducados de Borbón y Alvernia y Chastelerault, los condados de Clermont y Ambergue, y condado Delfín, de la dicha tierra y señorío de Veaugelleys, Rovenhoys, Aniconari y Roche, Enrieguieren, vizcondados de Charlat y de Murat, baronía de Murat. Graneros de Verre y señoría de Marignare, provincias de Morbolen e Borgoña, la tierras de Dombes, fuera del señorío y sujeción e juridición de Francia, y generalmente a todos sus bienes, tierras y señoríos, y los dichos sus amigos, aliados y servidores fueron tomados y echados de sus bienes, ha sido tratado y concertado que el dicho señor rey Cristianísimo luego sin dilación después de la publicación de la presente capitulación, o a lo menos dentro de las dichas seis semanas después de la libración del dicho señor rey, hará volver y restituir al dicho señor de Borbón, o a sus comisarios e diputados, realmente e de hecho, todos los dichos ducados, condados, tierras y señoríos, juntamente con cualesquier otros bienes muebles e raíces, de cualquier calidad que sean, o el justo valor de los dichos muebles, y de todos los títulos y escripturas dejadas al tiempo de su partida en las casas de las dichas sus tierras y señoríos, o en otra parte, que pertenezcan al dicho señor de Borbón, el cual será reintegrado en la verdadera y real posesión de los dichos ducados, condados, tierras y señoríos, y con los mismos derechos, autoridad, justicia y chancillería, casos reales, graneros, presentaciones e colaciones de beneficios, nominaciones de oficios, gracias, preeminencias, de que él y sus predecesores han gozado, y como el dicho señor de Borbón había gozado antes de su salida de Francia, de lo cual le serán despachadas las letras patentes, e que todos los que de parte del dicho señor rey han sido diputados para recibir, haber y cobrar los frutos y rentas ordinarias y extraordinarias de los dichos ducados, condados y tierras y señoríos, y aquellos a quien el dicho señor rey, y madama su madre, y otros de su parte, en ello habrán hecho merced, o traspasado, sean constreñidos, realmente o con efeto, no obstantes cualesquier oposiciones o apelaciones, como por los proprios dineros reales, a dar cuenta y pagar lo que debieren al dicho señor de Borbón o a sus comisarios, de todo lo que así hubieren recibido y cobrado, sacado solamente los gastos ordinarios y razonables; todo lo sobredicho dentro, de cuatro meses venideros. Y en caso que el dicho señor rey, y madama la regente su madre, hubiese aplicado a sí alguna cosa, o dello hubiese dado quitanza alguna, que el dicho señor rey mismo, dentro del dicho término, sea obligado a restituirlo, o que por respeto desta paz el dicho rey Cristianísimo, y madama la regente, o cualquiera de ellos tendrán suspensas todas demandas, derechos y acciones que ellos o alguno dellos pretenden, o que puedan pretender contra el dicho señor de Borbón en los dichos ducados, condados y tierras e señoríos, o en alguna dellas, por cualquier causa y ocasión que sea. Y también hará tener todos los pleitos suspensos, procesos, causas, instancias ya comenzadas, a causa de las dichas demandas que ellos pretendan, y esto durante la vida del dicho monseñor de Borbón, sin que durante aquélla le pueda ser demandado, ni por ello molestado, ni le pueda ser dado algún empacho ni embarazo por el dicho señor rey y sus herederos y sucesores y oficiales, directe ni indirecte, no obstantes en esto cualesquier uniones o incorporaciones que de los dichos ducados, condados, tierras y señoríos hayan sido fechas, e cualesquier cláusulas derogatorias, constituciones y ordenanzas a esto contrarias, y que el dicho señor de Borbón ni sus herederos y sucesores, por cosa que pueda haber hecho, después de su partida de Francia, ni por cualesquier contratos de inteligencias por él hechas o habidas con cualesquier príncipes, de cualquier estado e calidad que sean, no puedan ser molestados o desturbados, ni puestos en pleito; antes, que cualesquier sentencias o otros autos que en este caso fueren hechos, sean habidos por nulos, de ningún valor, y jamás será hecha sobre ello alguna diligencia ni seguimiento. Y allende de esto, que durante la vida del dicho señor de Borbón, por cualquier causa o ocasión no pueda ser constreñido a dar ni rendir cosa alguna por su persona, ni de ir a morar y servir en el reino de Francia; mas que pueda gobernar e administrar los dichos sus ducados, condados, tierras y señoríos por sus lugares tenientes, oficiales, criados, comisarios, tales como él los quisiere escoger y ordenar y libremente hacer, traer o llevar los frutos y rentas de aquéllos adonde él quisiere y por bien tuviere, fuera del dicho reino de Francia, donde el dicho señor de Borbón quisiere residir, e que los dichos sus lugartenientes y oficiales, criados y comisarios no puedan en las cosas sobredichas ser impedidos, empachados ni molestados por cualesquier oficiales reales, directe ni indirecte, so cualquier color que sea. E cuanto al derecho que el dicho señor de Borbón pretende en el condado de Proencia y otras tierras comarcanas y dependientes de él, de lo cual el dicho señor rey se ha ofrecido de estar a justicia, ha sido acordado que queriendo el dicho señor de Borbón seguir su pleito o comenzarlo de nuevo, ante la justicia a quien perteneciere el conocimiento de la causa, que lo pueda hacer cuando él quisiere y por bien tuviere; y que entonces los dichos jueces sumariamente determinen la dicha justicia conforme a razón y equidad. Y cuanto a los amigos, aliados y criados, que han seguido la parte del dicho señor de Borbón, así eclesiásticos como seglares, que agora son vivos, y a los herederos de los que en este medio de esta presente vida son pasados, que serán enteramente restituidos en sus bienes de la manera que antes los tenían, y poseían, juntamente con los muebles que dejaron, declarando nulas y de ningún valor y efeto cualesquier procesos, sentencias, adjudicaciones, donaciones, incorporaciones y otros autos que contra ellos y contra sus herederos podrían haber sido hechos, hasta el día de esta paz, por haber seguido la parte del dicho señor de Borbón, a causa de lo cual ellos ni sus herederos no podrán en manera alguna ser molestados ni perturbados de aquí adelante. Y asimismo le es dada entera absolución y abolición de todo lo que contra ellos se podrá pretender hasta el día de esta paz, e que todos los que por la causa sobredicha hubieren sido presos, señalada y expresamente el señor obispo de Autun y monsieur de San Valier, sean pronta y libremente soltados e absueltos con las mismas restituciones y aboliciones, anulando cualesquier sentencias sobre esto dadas y procedidas, poniéndolo todo en olvido; e que los dichos obispo de Autun y señor de San Valier y todos los otros amigos, aliados, criados y adherentes del dicho señor de Borbón, queden en su libertad de vivir y morar en el dicho reino de Francia o fuera de él e ir y venir de él dentro e fuera a su voluntad, sin que ellos ni alguno de ellos puedan ser constreñidos a parecer personalmente por cualquier caso que acaezca y por las otras acciones y demandas que ellos o alguno de ellos, y señaladamente los hijos del señor de Porniur difunto y el señor de San Valier y otros cualesquier de los dichos sus amigos y criados pretendían allende de los bienes tenidos y poseídos antes de la partida de Francia del dicho señor de Borbón. Los tales que así pretendieren y demandaren, podrán seguir su justicia ante los jueces ordinarios de tales demandas, los cuales sean tenidos de administrarles buena y breve justicia como es razón. Y el dicho señor de Borbón y los dichos sus amigos, aliados y criados, así los que agora tiene como los que de su partida de Francia tenía, podrán, si quisieren, estar y continuar en servicio del Emperador, sin que a causa del dicho servicio el dicho señor de Borbón ni los dichos sus amigos, aliados ni criados, sean molestados ni maltratados. De lo cual todo lo sobredicho e de cada una cosa de ello, el dicho señor rey Cristianísimo hará despachar así al dicho señor de Borbón como a los dichos sus amigos, aliados y criados, todas las letras y despachos necesarios que toquen a lo sobredicho en buena y segura forma.

»XXIV. Item, que todos los presos de guerra que así por mar como por tierra, de una parte y de otra han sido tomados, ansí don Philebert de Chaalon, príncipe de Orange, como otros cualesquier súbditos de los dichos señores Emperador y rey Cristianísimo, y otros cualesquier que hubieren servido y seguido su parte, de cualesquier nación e condición que sean, serán dentro de los quince días del mes de hebrero primero venidero, soltados y puestos en llana libertad, sin pagar rescate alguno, con tal que queden y tornen al servicio del señor a quien mediate o inmediate se hallare ser súbditos, si no fuese que de común consentimiento de los dichos señores fuese otra cosa entre ellos ordenada.

»XXV. Item, porque los rebeldes o forajidos, o desterrados de una parte y de otra, podrían ser causa de alguna perturbación de esta dicha paz, ha sido tratado y concertado que, cuanto a sus rebeliones que de aquí adelante se podrían hacer de una parte y otra, los rebeldes del uno no puedan ser acogidos ni recibidos en las tierras del otro, ni les sea dado ayuda ni favor alguno, ni asistencia del uno contra el otro; antes si los tales rebeldes fueren hallados en las tierras y señoríos de los dichos señores, pidiéndolos a cualesquier que fueren súbditos, les sean dados y entregados para los castigar a su voluntad, e que esto se guarde por entrambas partes. Mas cuanto a aquellos que se dice haber sido rebeldes en el ducado yEstados de Milán y Génova, y condado de Aste, antes de la conclusión de la presente capitulación, si de otros delitos no fuesen hallados culpados, mas de haber servido la una parte con la otra en las guerras pasadas, en tal caso cuanto a sus personas les sea esto libremente perdonado, e sean restituídos y puestos en sus tierras, y los dichos señores Emperador y rey, cada uno de su parte, diputarán sus comisarios para verdadera información de la calidad y valor de los bienes enajenados y confiscados que cada uno de los dichos rebeldes tenían y poseían al principio de esta guerra, y de la calidad de las personas que al presente tienen y poseen los dichos bienes, para que habida la dicha información, de común consentimiento, por vía amigable, se declare y determine lo que de los dichos bienes se deba hacer. La cual determinación y declaración se hará por los dichos señores Emperador y rey, dentro de seis meses después de la publicación de la presente capitulación y concierto, y entre tanto ninguna innovación se hará en los dichos bienes. Y cuanto a los otros, de los cuales en la presente capitulación no se hallará expresa mención hecha, y se hallarán ser culpados y cargados de otros delitos, que de haber en esta última guerra servido, o serán personas tan escandalosas que no puedan ser puestas en sus tierras sin peligro de mayor escándalo y inconveniente, y haciendo constar de esto por información bastante, el señor donde los dichos forajidos se habrán retirado, será obligado, siendo requerido por el señor de quien los tales rebeldes serán súbditos, de asignarles término de un mes, dentro del cual deban salir de sus reinos y señoríos, so pena que si pasado el dicho término fueren hallados en los dichos reinos y señoríos, sean tomados y entregados en las manos del señor de quien fueren sujetos, e de sus oficiales, a cualquier demanda suya, e que de esta manera sea en efeto guardado de una parte y de otra.

»XXVI. Item, que todos e cualesquier perlados y personas eclesiásticas, obispos, abades, comendadores, deanes, arcedianos, prebostes, canónigos, capellanes, curas y otras personas eclesiásticas de cualquier estado y condición que sean, cabildos, conventos, colegios, iglesias, así de esta parte como de la otra de los montes, asimesmo personas nobles y nobles villas, comunidades y otras particulares súbditos y criados de una parte y de otra, de cualquier estado y condición que sean, así en Francia y otras tierras del dicho rey Cristianísimo como en España, Borgoña, Flandes, Artois, Henaut y otras tierras fuera de Italia, que pertenecen al dicho señor Emperador, por esta presente paz volverán a gozar de sus dignidades, beneficios, feudos, tierras, señoríos y otros heredamientos, dineros de casamientos, rentas, heredamientos y deudas, así sobre el dominio de los dichos príncipes como sobre los dichos cuerpos de las ciudades, villas, iglesias o en otra cualquier manera en cualesquier partes donde los dichos bienes, rentas y heredades estuvieren situados y puestos, para que los gocen y posean desde el día de la data de la publicación deste presente concierto en adelante, serán tenidos e mantenidos en aquella posesión y estado como ellos o sus predecesores estaban antes del embargo a causa de la guerra, no obstantes cualesquier dones o disposiciones en contrario, por recompensa o de otra manera hechos, o también cualesquier confiscaciones, sentencias, secrestos hechos por contumacias quedarán casas y nulas, aunque los dichos bienes después de las dichas donaciones, disposiciones o confiscaciones hubiesen sido vendidos o enajenados en otras personas, y los jueces ordinarios de tales villas y lugares donde los dichos bienes serán puestos y situados, serán obligados de tornar, reintegrar y restituir en los dichos bienes las tales personas sumariamente y de plano, no obstantes cualesquier oposiciones o apelaciones e sin perjuicio de ellas. Y si menester fuere mano armada, hará hacer las dichas restituciones o reintegraciones a los dichos señores Emperador e rey; cada uno de su parte la harán dar, y no consentirán que en sus chancillerías o consejos se despachen algunas letras o provisiones para embargar, detener o dilatar las dichas reintegraciones y restituciones, y si algunas por inadvertencia se despachasen, que sean habidas por nulas y de ningún valor y efeto, y que no sean obedecidas por los dichos jueces. Y los que tenían pleitos pendientes, podrán, si quisieren, volver a seguirlos en aquel estado en que al principio, desta guerra estaban, no ohstantes cualesquier procesos o sentencias hechas o dadas durante la dicha guerra, porque en tal caso por este concierto quedan nulas y de ningún valor. Y si durante las dichas guerras algunos de los dichos feudos, heredades, casas, rentas de algunos que tenían la parte contraria, hayan sido vendidas por decreto o apropriadas por contumacia, todo será reducido en el primero estado, quedando cada una de las partes en aquellos derechos y acciones, como estaban al principio de las dichas guerras, no obstante cualquier lapso de tiempo en que después hayan incurrido, e todas faltas y contumacias hechas durante las dichas guerras de los de la una parte a la otra, por cualquier causa que sea, serán nulas y de ningún valor, y los que así tornaren a los dichos sus bienes, si en ellos hallaren cargos o hipotecas de algunas rentas, cualesquier que sean, serán y quedarán libres de la paga de ellas las tales rentas, del tiempo que ha durado la guerra; y los que hubieren en este medio de ellos gozado en virtud de algún don o recompensa, serán obligados a hacerles quitos, y pagarlos para el descargo de los dichos bienes por el tiempo e término que de ellos hubieren gozado. Y si durante las dichas guerras algunos bienes hubiesen de nuevo sucedido o venido por testamento, y por otra última voluntad o sucesión ab intestato por derecho de parentesco o por donación entre vivos, o de otra manera por cualquier título, aunque el día de los tales acaecimientos, sucesión o donaciones, aquellos a quien perteneciere estuviesen con la parte contraria, serán todavía restituidos también en los dichos bienes que así les perteneciere, haciendo dentro de tres meses después de la publicación de esta paz, con el príncipe o señor en cuyo señorío los tales bienes serán situados, los cumplimientos a que por razón de los dichos bienes, los que aquéllos volvieren, fueren tenidos y obligados; e los que así volvieren en los dichos bienes no serán obligados a ir o venir a hacer residencia en los lugares donde los dichos bienes estuvieren, ni de hacer algún juramento al príncipe o señor so cuyo dominio los dichos bienes serán situados, excepto por los bienes feudales, según la natura de los dichos feudos, lo cual si quisieren podrán hacer por procurador especial dentro de tres meses después de la dicha publicación.

»XXVII. Item, porque en las Cortes de Castilla, y señaladamente los cónsules y universidad de Burgos se han quejado al Emperador que allende de los males y daños excesivos que han sostenido y sufrido durante estas guerras contra la forma de los privilegios que dicen tener de los predecesores del dicho rey Cristianísimo, así reyes de Francia como duque de Bretaña, han sido antes de las dichas guerras, y durante aquéllas en muchas maneras damnidas, así en la mar como en otras partes, por más de trecientos mil ducados; por esto ha sido concertado que, haciendo constar suficientemente al dicho señor rey de los privilegios de los dichos sus predecesores dados a la nación de España, los mandará confirmar en forma y guardar su tenor. Y cuanto a los daños que pretende, que de la una parte Y de otra sean diputadas algunas buenas personas que verifiquen todos los daños hechos en tiempo de paz y antes de las guerras a los súbditos de la una y otra parte; entenderán en concertarlos, si hacerse pudiere amigablemente, o, si no, en hacer buena y breve justicia contra los damnificadores.

»XXVIII. Item, porque de algunos años a esta parte, principalmente antes de estas guerras últimas se dice haber fechas por el señor rey o por su predecesor, algunas prohibiciones y defensas contra los antiguos cursos de las mercadurías, por los cuales los paños de lana que se hacen en Cataluña, Rosellón y Cerdaña y otros lugares de la corona de Aragón, no se pudiesen vender ni meter en Francia, ni en ella hacer alguna mercaduría de los dichos paños, ni hacer paso por tierra, ni por mar, por la juridición y límites del dicho reino de Francia, de poder pasar y traspasar los dichos paños a otros reinos y señoríos, sin caer en peligro de confiscación de los dichos paños. Y que a esta causa los súbditos del dicho señor Emperador de las dichas tierras, con gran peligro y daño de los dichos sus haberes y mercadurías, son constreñidos de tomar el camino más luengo de alta mar, donde muchas veces se hallan perdidos, y por fortuna de mar, o ser tomados de cosarios; de que se les sigue gran destruición, ruina y perdición del dicho curso de sus mercadurías. Por lo cual, los dichos súbditos de Cataluña, Rosellón y Cerdaña han suplicado al Emperador que sobre esto les quiera proveer de remedio conveniente, de manera que así como los paños de Francia se pueden libremente traer, distribuir y vender en los reinos y señoríos del dicho señor Emperador, así se haga de los que en los dichos sus reinos y señoríos. Por lo cual ha sido tratado, acordado y concertado, que no obstante las dichas defensas y prohibiciones en contrario hechas por el dicho señor rey, o por su predecesor, las cuales cuanto a esto se entienda ser expresamente derogadas, no obstante cualesquier cláusulas derogatorias en ellas contenidas, aunque de ellas se debiese hacer expresa mención de verbo ad verbum, los súbditos de los dichos señoríos de Cataluña, Rosellón e Cerdaña, y otros lugares de la corona de Aragón, puedan libremente sin pena alguna meter y llevar los dichos paños de lana y otros haberes y mercadurías de las dichas tierras en Francia por mar y por tierra, pagando los peajes que solían pagar agora ha veinte años; mas no para debitarlos ni venderlos en Francia, salvo para venderlos fuera de la juridición del dicho rey Cristianísimo, sin poner ni sufrir se ponga por la entrada ni por la salida de los dichos paños algunas nuevas imposiciones ni derechos allende de los dichos antiguos derechos y costumbres.

»XXIX. Item, porque madama Margarita, tía del dicho señor Emperador, archiduquesa de Austria, condesa de Borgoña y de Charlois, viuda de Saboya, ha mucho procurado esta paz, y para esto expresamente enviado al Emperador micer Nicolás Pamot, consejero e maestre de recuestas de Su Majestad, y de madama, el cual ha con instancia procurado la dicha paz, así con el dicho señor Emperador como con el dicho señor rey de Francia; y por mandado del dicho señor Emperador se halló en las comunicaciones de la dicha paz y en la conclusión de la presente capitulación. Y de parte de madama Margarita ha dado a entender algunos negocios suyos, es a saber, como neutralidad, que ella tenía con el dicho señor rey Cristianísimo, aprobada y ratificada por el dicho señor Emperador, debía pacíficamente y sin embargo alguno gozar y poseer los condados y tierras en la dicha neutralidad nombradas, y señaladamente del dicho condado de Charlois y graneros de sal del dicho condado, y también de los de Noyers Chastel, hasta el Chiomi, Chansin y la Petrera, conforme a las concesiones que madama tenía; y que contra la forma de la dicha neutralidad le ha sido ocupado y detenido el dicho condado de Charlois, sin dejarle gozar de él ni de los dichos graneros de sal durante el tiempo de esta guerra, aunque ella no tenía guerra alguna contra el dicho rey Cristianísimo, y debía gozar de la neutralidad, ha sido tratado, concertado y acordado que no solamente será restituído a madama el dicho condado de Charlois con los dichos graneros de sal, más que gozará de aquí adelante del dicho condado y de los dichos señoríos de Noyers, Charlois y Chinon, durante su vida, como soberana señora de ellos; y después de sus días, el Emperador y sus herederos y sucesores cualesquier, gozará de ello en la forma y manera que antes es declarado en el capítulo de la restitución del dicho ducado de Borgoña y condado de Charlois y sus pertenencias. Y allende de esto, el dicho señor rey hará volver y restituir a la dicha madama todos los dineros, rentas y frutos que habrán sido cogidos durante la dicha neutralidad, y contra la forma de ella, en los dichos condados de Charlois, señoríos de Chatel Chinon y graneros de sal de los dichos lugares e del dicho de Noyers, y de otra parte; porque los dichos señoríos de Chamsin y de la Petrera, siendo antes de la dicha neutralidad puestos en poder del dicho señor rey, so color que los dichos señoríos no habían sido entretenidos por la dicha madama, ni hechas las debidas reparaciones, e que por la solicitación que la dicha madama hizo hacer con el dicho señor rey, fué ordenado que le sería todo dejado; que también lo que durante el tiempo que fué tenido, se había acogido y recibido, le sería restituido, con condición que diese fianzas de cumplir las reparaciones a las cuales parecería ser ella obligada. Las cuales fianzas no fueron entonces dadas por estar la cosa así confusa y incierta, e que a causa de esto y de la muerte de su embajador, que a la sazón residía en Francia solicitando su negocio, y de las guerras después sobrevenidas, la restitución de los dichos frutos así llevados, no fué fecha. Y porque agora por la dicha restitución que se debe hacer del vizcondado de Auxona, donde están los dichos lugares, cesa la dicha dificultad de haberse de dar las dichas fianzas, el dicho señor rey Cristianísimo hará volver enteramente a la dicha madama los dichos frutos, rentas, recibidos por mandado del dicho señor rey, durante el dicho tiempo que estuvo en su poder, y también durante esta presente guerra. Y todos los dichos feudos y rentas en este capítulo contenidas se estiman en veinte y cinco mil libras, las cuales serán pagadas a la dicha señora por el dicho señor rey dentro de ocho meses primeros siguientes.

»XXX. Item, porque la reina doña Germana de Foix, y viuda de Aragón dice haber habido sentencia definitiva en el Parlamento de París, por la cual son declarados pertenecerle las villas y tierras de Marseni, Tursen, y Gavierdey y Gavaret, con todas las otras cosas en la dicha sentencia nombradas, las cuales dice ser de hecho tenidas y ocupadas por don Enrique, señor de la Brit, el cual por fuerza de armas ha resistido y embarazado la ejecución de la dicha sentencia, como la dicha reina dice, contra el comisario enviado por el dicho Parlamento, y porque conviene a la autoridad de los reyes y príncipes que las tales sentencias en su nombre pronunciadas sean puestas en debida y entera ejecución, y no parezcan ser cosas de burla, el dicho rey Cristianísimo hará con efeto ejecutar la dicha sentencia, según su forma y tenor, como a razón perteneciere, y si menester fuere favorecerá con mano armada al ejecutor.

»XXXI. Item, que monseñor Felibert de Chalon, príncipe de Orange, allende de su libertad, de que ha sido hecha mención, será reintegrado y restituido por respeto del Emperador en su principado de Orange, para que goce de él, en tal autoridad, preeminencia y derecho, y de la misma manera, como él mismo lo ha gozado y poseído después de la muerte del príncipe de Orange su padre, hasta el embargo puesto por el dicho señor rey Cristianísimo, antes que el dicho señor príncipe viniese a servicio del Emperador. Asimismo sean vueltas y restituidas al dicho príncipe las tierras y señoríos de Dompierre, Tretas, Monsason y la Perrière de Nablesayan, que son en el Delfinado, como los tenía y poseía antes de la guerra. Y cuanto a las tierras y rentas de Sucernis y Tesen, que son en el ducado de Bretaña, será puesto en aquel estado en que al principio de la guerra estaba, y sonle restituídos y reservados todos sus derechos, acciones y señaladamente cincuenta mil escudos que pretende en las dichas tierras, e las otras que dice tener en su provecho, para que prosiga los dichos sus derechos y acciones por justicia, la cual será hecha y administrada sumariamente y de plano, vistos sus títulos y derechos, y le sea restituido lo que tenía antes de la guerra en el condado de Pontierre, es a saber, en Vallemont, Conten, las playas y puertos de Alvot e Hencenoy, y otras tierras y derechos que de allí dependen, como las poseía antes de la guerra, e que semejantemente el dicho señor rey haga pagar al dicho señor príncipe todo lo que mostrare ser debido al señor príncipe su padre, y sucesivamente a él, así por letras del rey Luis onceno, como de la reina Ana de Bretaña su mujer.

»XXXII. Item, que monsieur Filipe de Croy, conde de Arschot, conde de Procien y de Vanmontrenc, sea también reintegrado y restituido en todos sus condados, baronías, tierras y señoríos que en el reino de Francia le pertenecen por sucesión, así de sus señores padre y madre, como de su tío monseñor Guillelmo de Croy, marqués de Arschot, señor de Xevres, y de las piezas y tierras por el dicho su tío adqueridas de la reina Germana de Aragón, y en el derecho así petitorio como posesorio que el dicho marqués, su tío, tenía en el año de 1520, sin considerar los embargos en ella puestos entonces o después, por falta de relieves no pagados y deberes no hechos, los cuales sean cogidos a su provecho; y, no obstante esto, será el dicho señor marqués obligado a relevar y conocer las tales tierras del rey o de otro señor, de donde pueda depender en feudo; y los pleitos que monseñor de Lesart, difunto, había antes de la guerra comenzado por la recta línea por él pretendida en los lugares debidos, como dicho es, a la reina Germana, sean tenidos en el estado en que antes de la guerra estaban, quedando todos los otros autos hechos después, en ausencia y contumacia del dicho señor marqués, casos nulos y de ningún valor, y también todas las sentencias sobre esto dadas, si algunas hubiere, cuanto al dicho señor marqués y en su perjuicio. Y en cuanto a la renta de los servicios y de los graneros de sal de Valsier Aulve, y también de los graneros de sal de Sandesier, Tornesi, Chastel e Emporcien, el dicho señor marqués los tornará a gozar como hacía antes de esta guerra, según el tenor y forma de las letras patentes que tiene el dicho señor rey y de sus predecesores.

»XXXIII. Item, que la señora princesa de Chinay haya de gozar Y poseer todo lo que mostrare pertenecerle de la sucesión a ella venida durante la guerra, con los bienes y herencia del señor de la Brit, difunto, su padre, y lo que ella antes de la guerra podía pretender en los bienes de sus madre y hermanos, y en todo le sea hecha buena y breve justicia.

»XXXIV. Item, que a don Enrique, conde de Nasau, marqués de Cenete, camarero mayor del dicho señor Emperador, le sean reservados enteros los derechos que tenía contra el dicho señor rey, por una parte por la dote de madama su mujer, y le será pagado lo que pareciere serle a esta causa debido.

»XXXV. Item, que monsieur Astolfo de Borgoña, señor de Buyrri, almirante de la mar de Flandes, sea restituído y reintegrado en los derechos y acciones que pretendía y tenía al principio desta guerra, en el castillo, tierras y pertenencias de Creveani en Cambresis, e podrá seguir su derecho por justicia ante el juez a quien dello perteneciere conocer.

»XXXVI. Item, que a monsieur Charles de Pompet, señor de La Chaulx, camarero del dicho señor Emperador, sean vueltos y restituidos los dineros que le hicieron pagar por el rescate de sus hijos, los cuales, siendo estudiantes en la Universidad de París, estaban privilegiados y asegurados, de manera que de derecho no podían ser presos ni lo fueron de justa presa; y la restitución del dicho rescate será hecha por los que los pusieron a rescate o por sus herederos, y el dicho señor rey hará hacer buena y breve justicia conforme a los privilegios de la dicha Universidad de París.

»XXXVII. Item, que Guillelmo de Vergi, señor y barón de Dauntrech, sea restituído al derecho y acción que pretende, e que al comienzo de la guerra tenía, en la señoría de San Desier en Perchois, para que asimismo siga su derecho por justicia ante los jueces a quien el conocimiento de la causa perteneciere.

»XXXVIII. Item, cuanto a los señores de Frenes, conde de Gaures, monsieur Adriano de Croy, de Reulex, monsieur Francisco de Meleny, conde de Spinay y el señor de Reulex, sea también hecha entera restitución de todos los bienes que tenían en el reino y juridición de Francia, de la manera que los gozaban al comienzo desta guerra, no obstantes cualesquier sentencias, declaraciones, confiscaciones, alienaciones en contrario, hechas durante la dicha guerra, a lo menos por faltas y contumacias, las cuales quedarán nulas y de ningún efeto y valor.

»XXXIX. Item, que el marqués Miguel Antonio de Salucio y su madre y hermanas y Frederico de Bauje, a petición y por respeto del dicho rey Cristianísimo, poseerán y gozarán sus tierras y otros bienes, como hacían al principio desta guerra, quedando, por ende, el derecho de la propriedad de las dichas tierras salvo y reservado a aquél o aquéllos que perteneciere para proseguir su derecho, como bien les pareciere, ante los jueces a quien tocare, según los títulos y derechos de una parte y de otra, las cuales quedarán en su fuerza y vigor, sin que por esta capitulación sean perjudicados.

»XL. Item, que el señor de Monago, obispo de Grasa, sea restituído y reintegrado en su obispado de Grasa y en todos los bienes que tenía y en todos los derechos y acciones que le pertenecían antes de la guerra en la juridición del rey Cristianísimo, y que en lo demás que quisiere demandar serle debido y pertenecerle, le sea administrada justicia buena, breve y sumariamente y de plano, y él y sus parientes, sobrinos, súbditos y criados puedan libremente conversar en el dicho reino de Francia y en todas las partes de él, como antes de la guerra. Y que los que mataron al señor de Monago, su hermano, y todos los culpantes en la dicha muerte, sean castigados conforme a la calidad del delito y conforme a justicia.

»XLI. Item, que el señor de Lus sea asimismo restituido y reintegrado en todo lo que tenía y poseía al comienzo de la guerra, antes que viniese al servicio del Emperador, y sea mantenido y guardado en lo que ha acostumbrado. Y cuanto a las tierras y baronías de Pardillani, y vizcondado de Jullas y sus pertenencias, en que pretende haber sucedido durante la dicha guerra el dicho rey Cristianísimo, le hará buena y breve justicia.

»XLII. Item, que esta paz, amistad y alianza, de acuerdo y consentimiento, de los dichos señores Emperador y rey Cristianísimo, serán comprendidos, si lo quisieren: primeramente, nuestro muy Santo Padre el Papa, y la Santa Sede Apostólica, los reyes de Ingalaterra, Hungría, Polonia, Dinamarca, Portugal y de Escocia, y el muy alto y muy poderoso príncipe don Fernando, infante de España, archiduque de Austria, duque de Witemberga, conde de Tirol, hermano del dicho señor Emperador e lugarteniente general en el Imperio; madama Margarita, tía del dicho señor Emperador, condesa de Borgoña y de Charlois, viuda de Saboya, los eletores y otros príncipes del Imperio, obedientes y súbditos del Emperador, señores de las antiguas ligas y cantones de las altas Alemañas, con los otros que dentro de seis meses después de la publicación desta presente capitulación se podrán de común consentimiento nombrar y comprender. Los cuales sobredichos, como dicho es, nombrados con los otros que dentro de los dichos seis meses se podrán nombrar, se entenderá ser en esta capitulación comprendidos, dando dentro de los dichos seis meses a cada uno de los dichos señores Emperador y rey sus letras declaratorias y obligatorias que en semejante caso se requieran, y no de otra manera. Todos los otros aquí nombrados y que se nombraren de aquí adelante, como dicho es, se entenderán fuera de esta presente paz y amistad, si no fueren comprendidos en la generalidad de los vasallos y súbditos de los dichos señores y de cada uno dellos.

»XLIII. Item, el dicho rey Cristianísimo, luego que fuere libre de la prisión y puesto en su libertad, como dicho es, dará sus letras patentes de ratificación desta capitulación en buena forma hechas, en la primera villa de su reino donde posare después de la dicha libertad, dándole al mismo tiempo las letras ratificatorias del dicho señor Emperador en la misma forma. Y luego que el dicho delfin hubiere cumplido catorce años, el dicho señor rey será obligado a hacérselo ratificar, confirmar y aprobar este dicho tratado de paz y todo lo en él contenido, con juramento solemne y expresa revocación y renunciación del beneficio de menoría de edad, y de la restitución in integrum. La cual dicha ratificación el dicho señorrey, como padre y legítimo administrador del dicho señor delfin, será desde entonces obligado a la autorizar a este efeto con las sumisiones, solemnidades, cláusulas que para ello se requieren, todas excepciones y excusas cesantes.

»XLIV. Item, que los dichos Emperador y rey Cristianísimo, ratificando y aprobando esta presente capitulación y todos los capítulos en ella contenidos, cada uno por su parte, en presencia de los embajadores que para ello serán ordenados, presencialmente el dicho señor rey, estando, como dicho es, libre en su reino, jurará por juramento solemne corporalmente hecho a los Santos Evangelios en presencia de la vera cruz, de tener, guardar y mantener el uno al otro todo lo contenido en la dicha capitulación, sometiéndose en esto a la juridición y censuras eclesiásticas, hasta la invocación del brazo seglar inclusivamente, y constituídos sus procuradores en forma de cámara apostólica, para parecer en sus nombres de cada uno de ellos en la corte de Roma, ante el nuestro muy Santo Padre el Papa y ante los auditores de la Rota. Y aceptar voluntariamente la condición y fulminación de las dichas censuras en caso de contravención, como dicho es, y por las dichas censuras se someter y prorrogar jurisdición ante algún perlado o juez eclesiástico. Y que los dichos señores Emperador o rey, ni alguno de ellos sin común consentimiento, no puedan en manera alguna demandar ni pedir absolución del dicho juramento y de las dichas censuras, y si el uno la demandase y alcanzase, no le pueda aprovechar sin consentimiento del otro.

»XLV. Item, que, esta paz concluída, sea publicada en todos los reinos y señoríos de los dichos Emperador y rey, así de esta parte como de la otra de los montes y principalmente en los lugares y fronteras, donde las tales publicaciones se han acostumbrado a hacer, y esto se haga a los quince años del mes de hebrero primero que viene, por que ninguno pueda pretender ignorancia.

»La cual capitulación de paz y todos y cada uno de los capítulos y puntos arriba declarados, nos, el dicho rey Cristianísimo, en nuestro propio nombre habemos lealmente y en buena fe, en palabra de rey, so nuestra honra e por nuestro juramento que para esto habemos hecho, tocando corporalmente los Santos Evangelios, prometido, y prometemos de tener, guardar y cumplir de punto en punto todo lo sobredicho, y así lo juramos solemnemente y ratificaremos y aprobaremos y confirmaremos, y de ello daremos nuestras letras patentes en forma debida y bastante y al tiempo y como arriba es declarado. Y nos, los dichos embajadores y procuradores de los dichos señores Emperador y reina viuda de Portugal su hermana mayor, y de madama la regente de Francia y cada uno de nos por su parte respetivamente en verdad y siguiendo nuestros poderes, habemos asimismo a buena fe y por nuestros juramentos que para esto cada uno de nos ha fecho, tocando corporalmente los Santos Evangelios, prometido y prometemos, que haremos debidamente ratificar lo contenido en el dicho asiento y concierto de paz en todos los puntos y capítulos arriba declarados, y de cada uno de ellos, y que desto se darán y entregarán las letras patentes en forma debida bastante de una parte y de otra en el tiempo y como arriba es declarado. Lo cual fué así hecho, tratado y concluído en la villa de Madrid de la diócesis de Toledo, domingo 14 días del mes de enero del año de mil y quinientos y veinte y seis, contando desde la Natividad de Nuestro Señor conforme a estilo de España.- François, Charles de Lanoy, don Hugo de Moncada, Juan Alemán, François, Arch. d'Ambrun; Juan de Selva, Chabot.»

Solemnidad con que se juró la concordia en Madrid. -Jura el rey de Francia de volverse a la prisión cuando no guardare la concordia.

Ordenada y escrita que fué la capitulación referida, revistióse el arzobispo de Embrun para decir misa. La cual dicha, estando arrimado al altar y teniendo unos Evangelios abiertos en las manos, llegóse a é1 el rey de Francia, y, puesta su mano derecha sobre ellos, juro por el Sacramento que en aquel altar se había celebrado, y por los Santos Evangelios sobre que tenía puesta la mano, de no quebrantar en todos los días de su vida aquella capitulación, ni dar consejo ni favor para que otro la quebrantase.

El virrey de Nápoles, y don Hugo de Moncada, y el secretario Juan Alemán, que tenían poderes bastantes para concertar y otorgar la capitulación, y asimismo para la jurar y firmar todos tres, luego que el rey firmó, la firmaron; y después, por la forma y manera que el rey la juró, todos tres juraron. Y ansí jurada por los unos y los otros, el virrey de Nápoles tomó la fe y pleito homenaje en sus manos al rey de Francia, en que como príncipe y rey Cristianísimo prometía y daba su fe y palabra real de volver en España dentro de seis meses, así como era prisionero, si acaso no pudiese cumplirlo por el capitulado. Con cara alegre y con palabras risueñas dió el rey en manos del virrey su fe real, y hizo un solemne pleito homenaje, aunque después lo cumplió mal.

Esto hecho, fueron a Toledo los embajadores del César, y vista, firmada y jurada la capitulación por el rey de Francia, luego él la confirmó y otorgó, y a la hora la envió a monsieur de Prat, su embajador de Francia, para que en llegando el rey a Bayona se la hiciese de nuevo ratificar y jurar.

Despósase, por poderes la reina doña Leonor con el de Francia. -Da el rey palabra al Emperador de guardar lo capitulado.

Cinco o seis días después de la concordia hecha con la solemnidad dicha en Madrid, el virrey de Nápoles, Carlos de Lanoy, que fué el componedor de esta paz y concordia, que se llamó de Madrid, por mandado del Emperador, y con poder de la reina doña Leonor, su hermana, en la villa de Madrid, secretamente, se desposó en nombre de la reina con el rey de Francia; y con poder del mismo rey vino a Torrijos, donde la reina estaba, que poco había era venida de Guadalupe, y se desposó con ella en nombre del rey.

Y luego la nueva reina de Francia vino a Toledo y entró en la ciudad primero día de hebrero, con la cual venía la reina Germana, que poco antes había enviudado por muerte del marqués de Brandemburg, con quien había casado, como ya dije.

Y el Emperador la salió gran trecho a recibir fuera de la ciudad, acompañado del legado del Papa y gran maestre de Rodas, y de los embajadoras y grandes caballeros que en su corte había.

Y dejando el Emperador a su hermana en Toledo, partió para Madrid a visitar al rey de Francia, ya como amigo y cuñado. Y el rey de Francia le salió a recibir al campo, en una mula, con capa y espada a la española, y acompañado del maestre de Rodas y de otros caballeros que para este efeto habían venido; y también de Hernando de Alarcón, con alguna infantería de su guarda ordinaria. Y el Emperador y el rey se abrazaron y trataron con muestras de mucho amor y alegría, y porfiaron sobre cuál iría a la mano derecha, y al fin el de Francia quiso que fuese el Emperador. Y fueron ambos aposentados en el alcázar, dando al rey los mejores aposentos.

Salieron juntos un día a oír misa en San Francisco, estando las calles llenas de gente, que de gozo lloraban, viendo dos príncipes tan poderosos, tan enemigos, ya tan conformes y al parecer amigos, con que esperaban gozar una paz larga y siglo felicísimo.

Y estuvieron dos días y hablaron largamente a solas y en secreto, y dicen que el rey de Francia, agradeciéndolo y encareciendo lo que el Emperador por él había hecho, le dió de nuevo su fe y palabra, confirmándola con juramento de cumplir lo prometido o volverse a su prisión.

Después de esto, el día siguiente se publicaron las paces y condiciones de ellas, y lo mismo se hizo por todo el reino con grandes alegrías. Y de ahí a dos días, estando acordado que en la villa de Illescas se viesen el rey y la reina Leonor, y se ratificasen los desposorios por palabras de presente, la reina salió de Toledo acompañada de la Germana y de otras muchas damas, y de todos los grandes que en la corte estaban, y vino a Illescas.

Y el mismo día partió el rey de Francia de Madrid, y el Emperador con él, y vinieron a dormir a Torrejón de Velasco, dos leguas de Illescas, donde el Emperador llevó a su mano derecha al rey de Francia, y se aposentaron cerca de la posada de la reina, y comieron juntos. Y después de haber comido pasaron a pie a la posada de la reina Leonor, y de la Germana; las cuales salieron hasta la puerta de una sala a recibir a los reyes, y pasaron entre ellos grandes cortesías, con las ceremonias y primores que los reyes suelen hacer. Y allí fueron desposados el rey y la reina de Francia, por palabras de presente. Y hecho esto, el Emperador tomó de la mano a la reina Germana, y el rey de Francia a la reina su esposa, y se entraron en una cuadra donde hubo gran sarao y fiesta. Y habiendo gastado en esto dos horas, los reyes se despidieron de las reinas y se tornaron a dormir al dicho lugar de Torrejón; que no quiso el Emperador que los reyes durmiesen juntos hasta ver cómo el de Francia cumplía la concordia.

Y el día siguiente volvieron a Illescas, metidos ambos en una litera, y estuvieron con las reinas otro tanto tiempo como el día pasado, y con el mismo gusto. Y el rey de Francia se despidió de la reina su esposa para partirse luego a Francia, y el Emperador volvió con el rey a Torrejón.

Todo lo cual pasaba entre ambos príncipes con tantas muestras de amor y estrecha amistad, como si nunca hubieran sido enemigos ni lo hubieran de ser adelante, como lo fueron mortales.

Plática entre el Emperador y rey de Francia en Illescas

Dos días después de estas fiestas, andando los dos príncipes paseándose solos por los campos de Illescas, el de Francia dijo al Emperador: «Ya veis, hermano, cuán hermanados estamos vos y yo, y malhaya quien intentare descomponernos. He pensado deciros que, pues el Pontífice es hombre bullicioso y que los venecianos son más amigos de turcos que de cristianos, sería bien que al Pontífice le allanásemos y a los venecianos destruyésemos, y para esta jornada, si nos queremos juntar, nadie será poderoso a resistirnos.»

Maravillado y aun escandalizado quedó el Emperador, oyendo lo que el rey de Francia decía, porque en lo que toca al Papa se mostró el rey poco aficionado a su persona, y en lo de venecianos, amar menos la paz.

Respondió el Emperador: «Ya, hermano, habéis visto cuán niño era yo cuando Nuestro Señor me hizo merced de tantos y tan grandes estados, y cómo después acá me ha dado victoria de mis enemigos; y siendo esto ansí, sed cierto que no tengo voluntad de buscar enemigos ni alzarme con lo ajeno. Y en lo que decís que el Papa es bullicioso, y los venecianos amigos de turcos, bien sabéis cuán poco les debo, y que en nada se han mostrado aficionados a mis cosas, y cómo han sido más vuestros que míos. Mas esto no obstante, me parece que si en algo ellos se atrevieren contra la fe y contra nosotros, será bien avisarlos, mas no destruirlos; y si no quisieren reformarse, ni vos ni yo nacimos para ser verdugos de los vicios del Papa y venecianos.»

Como el rey de Francia vió que el Emperador no arrostraba a lo que él quería, atajó la plática diciendo que no hablasen más en cosas de guerra, pues Nuestro Señor los tenía en paz.

Mercedes que hizo el Emperador a los capitanes que se hallaron en Pavía. -Van juntos en una litera el Emperador y rey de Francia. -De estas palabras tuvieron principio los desafíos adelante.

Antes que el Emperador saliese de Illescas, presente el rey de Francia, hizo mercedes a los capitanes que habían venido con el rey de Francia. Dió a Carlos de Lanoy diez y seis mil ducados de renta y título de príncipe de Salmona, y entre los otros capitanes repartió sesenta mil ducados de renta. A Juan de Urbieta, que rindió al rey de Francia, dió el hábito de Santiago, y por armas, en campo verde, primero un medio caballo blanco, y en el pecho una flor de lis coronada, y enfrenado, y las riendas caídas por el cuello; y en el segundo un brazo armado, con un estoque quebrado, y debajo aguas marinas en memoria del río Tesin.

Vuelto el rey a Francia, le fué a ver Juan de Urbieta; hízole mucha merced. Pidióle se quedase con él; Juan se excusó diciendo iba a Italia a servir a su rey.

Hecho esto, la reina Leonor, que ya se llamaba de Francia, volvió a Toledo para dar orden en su camino para Francia, el cual hizo, si bien con poca dicha, porque llegando a Vitoria, y parando allí, pensando verse en Francia dentro de un mes, hubo de tornar a Castilla por más de tres años.

Después de esto entráronse los dos príncipes en una litera y caminaron para Torrejón de Velasco. (Cosa digna de memoria fué ver dos tan grandes príncipes, mozos, briosos, amigos de honra y tan poderosos, cuyos corazones no cabían en España ni Francia, ni en Alemaña ni Italia, que los llevase la Fortuna juntos en una pequeña litera.) Y es muy de notar que el año de 1515, cuando entre estos dos príncipes se hizo la paz de Noyón, por especial gracia fué dada la orden del Tusón al rey de Francia, que es traer un vellocino de oro colgado al cuello, y este vellocino se le cayó y perdió al rey de Francia peleando en la batalla de Pavía, y lo halló un tal Juan de Ribera, soldado, natural de Palencia. Compróselo el Emperador en cuatrocientos ducados, y allí en Torrejón de Velasco con su propia mano se lo echó al cuello al rey de Francia.

Salieron los dos príncipes en sendos caballos de Torrejón de Velasco; el rey de Francia, derecho a Madrid, para de allí hacer el camino que él harto deseaba. Caminaron juntos hasta una cruz que parte los caminos de Madrid para Illescas y a Torrejón. Apartáronse allí a hablar solos, sin que nadie los pudiese oír, y dijo el Emperador al rey de Francia: «Hermano, ¿acórdáisos de lo que conmigo habéis capitulado?» El de Francia dijo que sí, y que le diría todos los capítulos allí de memoria, como lo hizo sin faltar letra.

Díjole más el Emperador: «Pues tan bien os acordáis de lo que habéis jurado, decidme: ¿tenéis voluntad de cumplirlo o halláis alguna dificultad? Porque si en esto hubiese alguna duda, sería tornar a las enemistades de nuevo.»

A esto respondió el rey de Francia: «Yo tengo voluntad de cumplirlo todo, y sé que nadie en mi reino me pondrá estorbo, y cuando otra cosa vos de mi viéredes, quiero y consiento que me tengáis por lasche y meschant, que es que me tengáis por bellaco y vil.»

A esto respondió el Emperador: «Lo mismo que vos decís que diga yo de vos, si no lo cumpliéredes, eso mismo quiero que vos digáis de mi si no os diere libertad. Una sola cosa os pido: que si én algo me habéis de engañar, o en todo, no sea en lo que toca a mi hermana y vuestra esposa, porque sería injuria que no la podría dejar de sentir ni de vengar.»

Dichas estas palabras, quitóse el uno al otro el sombrero, diciendo: «Dios vaya, hermano, en vuestra guarda.»

Tomó el rey el camino de Madrid, para de allí ir a Fuenterrabía, y el Emperador el de Toledo, sin más se ver ni hablar por muchos días, y aun años.

Acompañaron al rey de Francia en este camino, por mandado del Emperador, el virrey de Nápoles, Carlos de Lanoy, y otros caballeros, y el condestable de Castilla, don Iñigo de Velasco, acompañó a la reina doña Leonor, y había de ponerla en Francia luego que se hubiesen entregado, los rehenes y el rey hubiese ratificado los capítulos de la paz de Madrid.

Parte el Emperador a casarse en Sevilla. -Cómo fué recibida en Castilla la Emperatriz. -Razonamiento del duque de Calabria a la Emperatriz.

Dejando caminar al rey de Francia, volvamos a las bodas del Emperador, de las cuales llegó el tiempo señalado, y habiendo de ser, como estaba concertado, en la ciudad de Sevilla, dije ya cómo eran idos a Badajoz a recibir a la infanta el duque de Calabria y los demás nombrados.

Los cuales, habiendo llegado a Badajoz (que es raya entre Portugal y Castilla), luego el rey de Portugal partió con la infanta, que ya llamaban Emperatriz, y la acompañó parte del camino, y donde le pareció quedarse, la entregó a los infantes, sus hermanos, y al duque de Berganza y al marqués de Villarreal y a otros caballeros de aquel reino, que la acompañaron hasta la ciudad de Elves, que es tres leguas de Badajoz, donde llegó a los 6 de hebrero, y luego, el siguiente día, que fué miércoles, la entregaron a los caballeros de Castilla.

Hubo en dote el Emperador novecientos mil ducados, pagados los cuatrocientos mil en una deuda que el Emperador debía al rey de Portugal, y docientos mil que se habían de pagar en las ferias de octubre del año de 1525; y no se pagaron porque no estaban hechas las velaciones; y pagáronse éstos y otros tantos en feria de Cuaresma del año 1526 en Valladolid, y en Sevilla los ochenta mil en joyas; cien mil en Flandes en todo este año, y los otros en Castilla.

Diré, por ser notable, en qué manera se solemnizó la venida de la Emperatriz.

Salieron de Badajoz con toda su gente los caballeros castellanos riquísimamente ataviados, y llegaron cerca de la raya y término del reino; y al mismo tiempo salieron los infantes de Portugal con la Emperatriz, su hermana, y los que con ella venían. La cual, llegando a treinta o cuarenta pasos de la raya, salió de la litera en que venía y púsose en una hacanea blanca; y estando así, se apartaron todos los portugueses, y por su orden besaron su mano y se despidieron de ella. Esto hecho, los infantes llegaron con ella hasta la raya de Castilla, donde los caballeros castellanos se comenzaron a apear, y fueron a besar la mano como los portugueses lo habían hecho, y tornando a tomar los caballos, y hecha una grande rueda de toda la caballería de castellanos y portugueses (que fué una gran multitud), quedando la Emperatriz en medio de ellos y de los infantes don Luis y don Hernando, sus hermanos, el duque de Calabria y el arzobispo de Toledo, y el duque de Béjar, llegaron donde estaba la Emperatriz, y estando todos tres, los sombreros en las manos, el duque de Calabria dijo a la Emperatriz: «Oiga Vuestra Majestad a lo que aquí somos venidos por mandado del Emperador nuestro señor, que es el fin mismo para que Vuestra Majestad viene.»

Y dicho esto, mandó a su secretario que leyese el poder que traía del Emperador para la recibir. El cual lo leyó en alta voz, y siendo leído, dijo el duque:

«Pues Vuestra Majestad ha oído esto, vea lo que manda.»

La Emperatriz estuvo muy serena, y callando a todo; entonces el infante don Luis tomó la rienda a la Emperatriz, y dijo al duque: «Yo entrego a vuestra excelencia la Emperatriz mi señora, en nombre del rey de Portugal, mi señor y mi hermano, como esposa que es de la cesárea majestad del Emperador.»

Y dicho esto, él se apartó del lado diestro de la Emperatriz,donde estaba, y el duque de Calabria se acercó y tomó la rienda, que el infante tenía, y dijo: «Yo, señor, me doy por entregado de Su Majestad, en nombre del Emperador mi señor.»

Y acabada esta cerimonia, con grandísimo estruendo de ministriles, trompetas y atabales, que de ambas partes habían venido, llegaron los infantes a pedir las manos a la Emperatriz y despedirse de ella. La Emperatriz los abrazó y les hizo mucho acatamiento. Y así se despidieron con muestras de lágrimas y sentimiento.

Y luego caminaron los castellanos con la Emperatriz para la ciudad de Badajoz.

Quiso el marqués de Villarreal (que es uno de los grandes señores de Portugal) acompañar a Su Majestad con muchos caballeros de la nobleza de Portugal. Fueron recibidos en Badajoz con solemnes fiestas, y aquí se detuvieron hasta siete días, que todos fueron de regocijos que los ciudadanos hicieron; de allí partieron para Sevilla, a la cual llegó la Emperatriz antes que el Emperador llegase, un sábado 3 de marzo de este año 1526, y le fué hecha la misma fiesta y recibimiento, que estaba aparejado para el Emperador, porque lo mandó Su Majestad así.

El recibimiento fué cual de la grandeza de Sevilla se puede pensar.

Recibimiento magnífico que Sevilla hizo al Emperador y Emperatriz. -Despósanse el Emperador y Emperatriz por palabras de presente. -Muerte de la reina doña Isabel de Dinamarca.

Recibimiento solemne que la ciudad de Sevilla hizo al Emperador Carlos V y a la Emperatriz su mujer, en 11 de marzo de este año de 26:

Hizo la ciudad siete arcos triunfales de grandísima costa y arte, repartidos en los lugares más públicos. En el primero estaba retratado el Emperador al natural, de pies sobre un globo, y en el frontispicio la Prudencia con esta inscripción:

Sacratissimi ac maximi Caroli prudentiae incomparabili S. P. Q. H. hoc dedicavit.


Que en castellano es:

A la incomparable prudencia de Carlos sacratísimo y máximo, el Senado y pueblo de Sevilla dedicó esto.


Debajo del globo que el Emperador tenía a tus pies estaban estos versos:

Carole quod mundo imperitas, faelicia quod tu

Fata etiam cogis rebus adesse tuis.

Quod te Turca ferox; quod te tremit, Africa tellus,

Et videt exitio te superasse suo.

Hoc tua dive facit prudentia, quae tibi laudis

Haec sacrata manu maxima testis erit.


Que en castellano son:

Invicto Carlos, gran señor del mundo,

Que a ti solo el gobierno se atribuya,

Que venza al hado tu valor profundo,

Y el turco, y la africana tierra suya,

Tiemblen ya de tu brazo furibundo,

Aquesto hace la prudencia tuya;

Esta, pues, santo rey, de la fe abrigo,

De tu eterno loor será testigo.


El segundo arco estaba dedicado a la Fortaleza, enseñando que después de la Prudencia tiene el segundo lugar en los príncipes la fortaleza. El Emperador estaba sobre él armado y con la espada desnuda, levantada para herir, puesta a sus pies la figura de la Soberbia, y esta letra:

Caesarae fortitudini totius christiani orbis

rempublicam protegenti S. P. Q. H. hunc arcum

triumphalem consecravit.


Que es en castellano:

A la fortaleza del César que ampara la república de todo el orbe cristiano, el Senado y pueblo de Sevilla consagró este arco triunfal.

La figura de la Fortaleza tenía aquestos versos:

Non nos quod victum vi debellaveris hostem,

Haec dam auspicus Carole magne tuis.

Nec quod spes omnis in te inclinata recumbit,

Ne lacerent avidi viscera nostra lupi.

Sed quod vincendo te, sis te fortior, inde

Laudibus haec crescunt pegmata celsa tuis


Que son en castellano:

Aunque eternos loores te ofrecemos,

¡Oh Carlos V, Emperador famoso!,

No es porque al enemigo por ti vemos

Vencido de ese brazo valeroso:

Ni porque la esperanza en ti ponemos,

No despedace el lobo codicioso,

Nuestras entrañas que acechando asiste;

Sino porque a ti mismo te venciste.


El tercer arco triunfal era dedicado la Clemencia, por ser virtud que tanto adorna a los príncipes. Sobre este arco estaba el Emperador con jubón y cota de malla, y la espada, manoplas y celada puestas a los pies, juntamente con una brava figura de la Ira, que tenía rendida a ellos, y la Clemencia, que daba la mano al César con esta inscripción:

Clementiae Caesaris violenter oppressos erigenti S. P. Q. H. hoc fieri iussit.

A la clemencia del César, que levanta a los oprimidos con violencia, el Senado y pueblo de Sevilla mandó hacer esto.


Y junto a esta inscripción estaba este hexástico:

Non minor est virtus, quam debellare superbos,

Quam spolia vltori victa referre lovi.

Parcere subiectis haec est tua gloria Cesar;

Convenit haec fronti laurea sola tuae.

Fortis homo es, prudens rex, ac clementia sola.

Ex homine et rege te fecit esse Deum.


Que son en castellano:

No es esta hazaña menor,

Rebeldes volver rendidos,

Quedar despojos vencidos

A Júpiter vengador.

Los rendidos perdonar

Tu gloria es, César clemente:

Sólo conviene a tu frente

Esta corona sin par.

Eres tenido entre nos

Por fuerte hombre, y rey prudente,

Y clemencia solamente

De hombre y rey te hizo ser Dios.


El cuarto arco, dedicado a la Paz, estaba el César con una ropa hasta los pies, pisando la figura de la Discordia, que con rostro feroz y armas en las manos, estaba postrada en el suelo, con esta letra:

Ob pacem prudentia, fortitudine ac clementia Caesaris (fugata toto christiano orbe discordia), obtemptam S. P. Q. H. hac aurea aetate clementisimo principe extruxit.

Que es en castellano:

Por la paz conseguida, por la prudencia, fortaleza y clemencia del César, ahuyentando la discordia de todo el orbe cristiano, el Senado y pueblo de Sevilla levantó en esta edad dorada este arco al clementísimo príncipe.

Con estos versos:

Ergo erit ut taurum cum tygride iungat avatro

Pastor, et innocuo nubat ut agna lupo.

Praelia dediscat miles, pax omnia passim

Occupet, et terras incolet alma suas.

Omnia debemus tibi pacatissime Casar,

Cujus ab aspectu pax sine labe fluit.


Que en castellano son:

Ya es tiempo que el pastor junte amoroso

Al tigre con el toro en el arado,

Y en el aprisco ande descuidado

La oveja con el lobo no dañoso:

Y que el soldado el ímpetu furioso

Suspenda de la guerra:

Y el labrador cultive en paz la tierra.

Todo se debe a ti, César pacífico,

De do nace la paz y ser amplífico.


El quinto arco estaba dedicado a la justicia; en lo alto de él, el César armado, y en la mano derecha, la espada desnuda, y en la otra, el cetro real, y en la parte anterior del arco, la justicia con la Equidad y Concordia que la acampañaban, con esta inscripción:

Oh sacratissimi Caesaris, justitiam bonos extollentem, malos vero oprimentem S. P. Q. H. omnium justisimo principi hoc consecravit.

Que en castellano es:

Por la justicia del sacratísimo César, que levanta a los buenos y oprime a los malos, el Senado y pueblo de Sevi1la consagró esto al príncipe justísimo de todos.

Y la Justicia tenía estos versos:

Una Dei in terris est omnipotentis imago:

Una est in caelo candida justicia.

Illa hominum caetus scelerosis excita factis.

Fugerat ad summum cum Jove vecta Polum,

Nunc eadem, duce te (regum o justissime Caesar)

Vera est in terris aurea justicia.


Que en castellano son:

Una es la Imagen simulacro sólo,

De Dios omnipotente acá en el suelo.

Y una clara justicia allá en el cielo,

Que excitada huyó al más alto Polo.

El padre la llevó del dios Apolo,

Porque ella de mortales

Aborrecía los males.

Y por ti, justo César, sólo agora

La dorada justicia en tierra mora.


El sexto arco triunfal era dedicado a las tres virtudes teologales, Fe, Esperanza y Caridad; y en la frente de él estaba la Fe labrando una corona de hierro con esta letra:

Fides emollit ferrum.


Que significa:

La fe ablanda el hierro.


La Caridad hacía una corona de oro, y tenía esta letra:

Charitas auro pretiosior est.


Que significa:

La Caridad es más preciosa que el oro.


Luego estaban estos versos:

Nulla est virtutum species, quae maxime Caesar

Non colat ingenium nobilitata tuum.

Illae omnes unum corpus formare paratae

Dotibus inmodicis corporis atque animi.

Formavere tuum corpus, sanctissime Caesar,

Atque in te sedes disposuere suas.


Que son en castellano:

Especie de virtudes hay ninguna,

¡Oh César! que por más ennoblecida

No adorne tu alto ingenio agradecida,

Pues por formar dispuesta cada una

Un cuerpo bien compuesto

De gracia echando el resto,

El tuyo, ¡oh santo César!, fabricaron,

Y en él todas su asiento colocaron.


El séptimo arco era dedicado a la Gloria con la figura de la Fama, que por todo el mundo se extendía, con una trompeta en la mano derecha, y en ambos lados manojos de armas, banderas y estandartes, y un estandarte con las armas de los dos príncipes. La figura de la Gloria coronaba con la mano derecha al Emperador, y con la izquierda, a la Emperatriz, y esta inscripción:

Quod totus orbis faelicissimis Imperatori, ac Imperatrice debuit S. P. Q. H. exsoluit.

Que es en castellano:

Lo que todo el orbe debe a los felicísimos Emperador y Emperatriz, el Senado y pueblo de Sevilla lo paga.

Y la imagen de la Gloria tenía este exasticón:

Gloria reliquias hominum post saecula mille

Suscitat, et vivos vivere sola facit.

Illa dedit Fabios, nobis dedit illa Camillos:

Haec peperit stirpis robora Caesareis.

Nunc autem illa tuo de pectore, maxime Caesar,

Omnibus in rebus quas facis exoritur.


Que son en castellano:

La fama al hombre su ceniza honrosa,

Al cabo de mil siglos resucita,

Y vida a los vivientes da infinita,

Y Fabios y Camilos gloriosa.

Desta nación la estirpe valerosa

De Césares invictos,

En navales conflictos;

Y agora, grande César, esta nace

De tu pecho en las cosas que en ti hace.


Estaban en este arco pintadas diversas gentes: españoles, italianos, alemanes, flamencos, indios y otros muchos, que decían:

Vincit, regnat, imperat.

Vence, reina y manda.


Y la Fortuna con la rueda, en cuya cumbre estaba el César sentado clavando el eje para que no anduviese. Todo con tanto primor, que admiraba. Y en lo más alto estaba el César, y las virtudes todas coronándole, teniendo ellas las armas del Imperio y Estado; y el César tenía un globo debajo de sus pies con esta inscripción:

Maximus in toto regnat nunc Carolus orbe.

Atque illi merito machina lota subest.


Que son en castellano:

Agora reina en todo el orbe Carlos,

Y con razón le está sujeto el mundo.


Estas y otras grandezas dignas de Sevilla, con grandísimo gasto y suntuosidad hicieron en las bodas del Emperador y recibimiento de la Emperatriz, que tuvieron bien que mirar y aun de que se admirar los extranjeros, en las cuales se hallaron los grandes y la nobleza de toda el Andalucía, echando el resto de sus fuerzas y haciendas para más mostrarse. Y puédenlo muy bien hacer los grandes y caballeros andaluces, por ser señores de las tierras más ricas y poderosas de España, y la gente, de su natural, de larga y generosa condición, y amigos, por sus altos corazones de aventajarse a todos.

Ocho días después que la Emperatriz fué recibida en Sevilla, entró el Emperador, haciéndosele el mismo recibimiento y fiestas que a la Emperatriz. Entraron acompañando a Su Majestad el cardenal Salviatis, legado del Papa, y don Fadrique de Toledo, duque de Alba; don Alvaro de Zúñiga, duque de Béjar; el prior de San Juan, don Diego de Toledo, y los marqueses de Moya y Villafranca, con otros muchos caballeros de título. Vino derecho a apearse a la iglesia mayor de Sevilla, y de ahí pasó a los alcázares, donde la Emperatriz le estaba esperando, acompañada de la duquesa de Medina Sidonia, doña Ana de Aragón, y de la marquesa de Cenete, mujer del conde Nasau, y de otras grandes señoras; la Emperatriz y todas ellas, vestidas riquísimamente.

Luego como el Emperador llegó, aquella misma noche los desposó por palabras de presente el cardenal legado en la cuadra grande, que llaman media naranja, en presencia de todos los perlados y grandes que allí habían venido. La Emperatriz pareció a todos una de las más hermosas del mundo, como a juicio de los que la vieron lo era, y se muestra en sus retratos. Llegada la hora de cenar, el Emperador y la Emperatriz se pasaron a cenar a sus aposentos; y después de media noche (queriéndolo ansí el Emperador por su honestidad y religión) fué aderezado un altar en una cámara del alcázar, y el arzobispo de Toledo, que para este efeto se había quedado, dijo allí la misa y los veló. Fueron sus padrinos el duque de Calabria y la condesa de Haro, que era una señora viuda, portuguesa, camarera de la Emperatriz.

Y acabada la misa, el arzobispo y el duque se fueron a dormir, y el Emperador y la Emperatriz se recogieron a su aposento, y así se celebró este casamiento muy en gracia y con alegría de todo el reino.

Y desde a cuatro o cinco días tuvo el Emperador nueva que la reina de Dinamarca, su hermana, llamada doña Isabel, era muerta, y se cubrió de luto, y se dilataron las fiestas que tenían ordenadas. Pasado el luto se hizo una solemne fiesta en la plaza de San Francisco, en que justaron muchos señores y caballeros mancebos; y el Emperador y la Emperatriz, con todas sus damas ricamente aderezadas, las vieron.

Vuelve el rey de Francia libre a su reino. -Deliberación del rey y entrega de los príncipes en rehenes. -Tenía el mayor aún no diez y ocho años. -Forma que se tuvo en dar libertad al rey.

Partió, como vimos, el rey de Francia de Madrid, y con él Carlos de Lanoy, virrey de Nápoles, que le había de acompañar hasta ponerle en Francia y recibir los príncipes, dos hijos mayores del rey, con doce hijos de los mayores de Francia; y más, la revalidación o confirmación del juramento que el rey de Francia, puesto en libertad y dentro en su reino, había de hacer de los capítulos y concordia que se hicieron en Madrid. Hubo dificultades sobre la manera que se había de tener en esta entrega del rey y sus hijos, y del seguro de las partes: que los más poderosos viven con mayores recelos y menos confianza. Despacháronse correos del rey y del virrey a madama Luisa, gobernadora de Francia, y de ella para ellos sobre esto.

Y en Aranda de Duero el rey y virrey ordenaron que todos los hombres de armas y otra cualquier gente de guerra que fuese de la una y de la otra parte, se retirasen y apartasen veinte leguas del lugar donde se había de hacer la delibración (que así se llama) o delibranza del rey, sin que se pudiesen acercar diez días antes o diez días después que la dicha delibranza fué hecha; y que los que hubiesen llegado se volviesen atrás. Que alguno de los gentiles-hombres de la casa del rey, ni otros, no pasarían ni vernían más acá de la villa de Bayona hasta tanto que el rey hubiese llegado a San Juan de Luz. Que no se haría alguna llegada de gente de a pie en la frontera de una parte ni de otra, que excediese al número de mil infantes de sueldo. Y que después que madama Luisa hubiese declarado los rehenes que habían de venir, ya fuesen el delfín y el duque de Orleáns, o el delfín y con él los doce hijos de los señores mayores de Francia nombrados, que entonces se diría qué número, demás de los mil hombres de pie, habían de venir y estar en el lugar donde se había de hacer la delibranza. Que el día de la dicha delibranza no pudiese llegar ni estar en los lugares vecinos al lugar donde se había de hacer algún género de gente, hombres ni mujeres, vecinos ni extranjeros. Que seis días antes que se hiciese la dicha delibranza, fuesen de parte del Emperador doce personas de la parte del río dentro en Francia, a las cuales madama haría dar cuatro personas de la misma manera para que fuesen obedecidos en lo que tocaba la dicha delibranza, como se contiene en el dicho tratado, y que asimismo hiciese el virrey de la parte de España a las doce personas que madama enviaría al dicho tiempo para el dicho efeto. Que de la una parte ni de la otra, dentro del río ni fuera del río, pasando cerca de Fuenterrabía, en cualquier lugar que fuese, no quedaría ni pudiesen quedar alguna barca, pinazas ni otros navíos ni género de batel de cualquier manera ni suerte que fuesen salvo dos barcas o bateles de un mismo tamaño, para pasar y repasar de una parte y de otra, para hacer la dicha delibranza; o los doce diputados por cada una de las partes mirasen guardar esto. Que cinco leguas de donde se había de hacer la dicha delibranza, dentro en la mar, no hubiese galeras, ni navíos, ni pinazas ni otro algún batel armado ni sin armas, ni de otra manera alguna.

Segundo orden y capítulos de la entrega de los príncipes.

Ordenóse esto en Aranda de Duero a 26 de hebrero deste año 1526, y en San Sebastián a 15 de marzo.

Estando ya para concluir la libertad del rey y entrega de sus hijos, el rey y el señor de Brion, con poder de madama Luisa, por su parte, y Carlos de Lanoy, virrey de Nápales, con poder del Emperador, se concertaron en que siguiendo los capítulos sobredichos, se diesen y recibiesen en rehenes los dos hijos del rey, el delfín, que era príncipe heredero, su hermano el segundo, llamado Enrique, duque de Orleáns.

Que el sábado 17 del presente mes de marzo, el dicho virrey llevaría y guiaría al rey de Francia hasta la ribera u orilla del río, que pasa cerca de Fuenterrabía, donde estaría a las siete horas de la mañana en Landucho y Fuente de Andaya. Y el dicho día y hora, monsieur de Lautrech traería y acompañaría a los rehenes sobredichos hasta la ribera del dicho río, a la parte de Francia, en aquel mismo derecho, acompañados el virrey de veinte y cinco hombres y otros tantos caballos, y monsieur de Lautrech de la misma cantidad de gente y caballos.

Que por la seguridad del pasaje del rey y de los príncipes, se ponga en la mitad del río una puente con áncoras de dos árboles de largo y uno de ancho, o cerca de dos, en la cual no esté persona alguna de cualquier calidad que sea. Que haya dos barcas de una misma manera y de un tamaño, bien adrezadas; y en cada una, tantos remeros que lleguen al número de veinte, cada uno de su nación; y de estas dos barcas, que el rey escoja para su persona la que quisiere, y la otra se pase a la banda de Francia, y que la lleve monsieur de Moret; y en la que ha de estar en la costa de España, el día y hora sobredicha, entre en ella el rey, y en su compañía el virrey de Nápoles, y con él hasta diez personas, las que a él pareciere; y en este mismo tiempo entrarán en la que estará de la parte de Francia los dichos señores rehenes, a los cuales acompañarán monsieur de Lautrech y otros diez, los que él quisiere.

Que en el mismo punto y a una misma hora, las dichas barcas abordarán a la dicha puente, la una de una parte y la otra de la otra, y se pondrán sobre la dicha puente el rey y virrey, y con él sola otra persona, la que bien le pareciere, y con los dichos señores hijos, el dicho monsieur de Lautrech y las señoras damas de Brisac y de Chavigni, y quedando la persona del rey en manos de monsieur de Lautrech, tomará el virrey los dichos príncipes, para que después cada uno en su barca vuelva a su lado.

Que ninguno de los dichos gentiles-hombres, ni de una parte ni de otra, ansi los que vinieren acompañando al virrey hasta la ribera como los que vinieren con monsieur de Lautrech, ni traerán ni tendrán armas, salvo las espadas y puñales que acostumbran traer, siendo de camino, ordinariamente.

Que antes que el dicho pasaje se haga, y durando el efeto de él, haya en Landrecho, donde se ha de hacer, una barca en la cual habrá tan solamente ocho remeros, cuatro franceses y cuatro españoles, y dos gentiles-hombres, el uno francés y el otro español, tan solamente. Los cuales sobre la dicha barca irán juntamente a ver y reconocer, de una parte y de otra, si resta algo por hacer de lo que se ha concertado sobre la forma de la dicha delibranza.

Que porque en lo que se capituló en Aranda de Duero, de no poder haber de una parte y de otra más de mil hombres de a pie en la frontera, los cuales no se habían de llegar al lugar donde habían de hacer la dicha delibranza, sino como fuese determinado, agora se ha acordado y concluido que mil hombres de guerra a pie, tantos de una parte y tantos de la otra, el día que se hará la dicha delibranza no se llegarán al lugar donde ella se hiciere, en cualquier manera que sea. Y para así lo hacer y cumplir, se retirarán los que están en la guarda de Fuenterrabía una legua apartados del río, y los de Irún, asimismo, una legua atrás. Y en cuanto al castillo de Behovia, serán visitados y vistos los que suelen allí estar ordinariamente para su guarda, los cuales no podrán pasar del número de veinte ni durante el efeto de la dicha delibranza salir fuera de la dicha plaza.

Fué asimismo acordado y prometido que alguno de los dichos remadores, tanto de la una parte como de la otra, no puedan haber ni llevar armas algunas defensivas ni ofensivas en cualquier manera que sea, sino tan solamente sus remos. Que demás del número de los veinte y cinco gentiles-hombres susodichos, que se da que puedan venir hasta el borde o ribera del río, tanto de un cabo como de otro, se puedan hallar en la dicha campaña los que se siguen. Es a saber: con los señores hijos, monsieur de Prat, embajador del Emperador en Francia, y con el rey, el señor Bally, de París, que podrá pasar en la compañía del dicho señor. Los cuales monsieur de Prat y Bally, de París, no puedan llevar consigo armas ofensivas ni defensivas.

Que los capítulos hechos en Aranda, a los cuales no se hallaron los presentes, queden en su fuerza y vigor.Que los gentiles-hombres señalados y diputados en los capítulos de Aranda puedan ir y vayan a ver y reconocer las riberas y fronteras de ambas las partes, como allí se concertó; y demás de la dicha su comisión, podrán ir a ver y visitar dentro de la villa de Fuenterrabía, Irún y fortaleza de Behovia.

Estos fueron los capítulos que se acordaron para hacer la dicha entrega, a 15 de marzo, año de 1526, firmados de Filipo Chabot, francés, de cuyo original yo los saqué.

Requiere Lanoy al rey dentro en su reino que confirme la concordia de Madrid. -Lo que hizo el rey cuando se vió libre en su reino. -Entréganse los príncipes de Francia a don Juan de Tovar, marqués de Berlanga. -Comienza el rey a quebrar la concordia de Madrid.

Habiendo ya llegado al lugar que llaman Iruniranzu, que es entre Francia y Castilla, y venido el día señalado, los españoles que llevaban o acompañaban al rey de Francia se pusieron a la ribera del río Tolosa, que divide a Francia de España.

Estaban en Bayona de Francia madama Luisa, madre del rey Francisco, con el delfín y duque de Orleáns, su hermano, y saliendo de allí vinieron al río Tolosa y pusiéronse en la ribera, de la banda de Francia, a vista de los castellanos.

En medio de este río estaba una gran barca o navichuelo con seis o siete ancoras, amarrado en igual distancia de ambas riberas.

Y estando así los unos a vista de los otros, el rey de Francia y el virrey de Nápoles, Carlos de Lanoy, y Hernando de Alarcón, hasta el número de los caballeros españoles que dice la escritura, se metieron en un batel grande, que para aquello estaba aparejado, y de la otra banda entraron en el otro el delfín y su hermano y Lautrech, con otras tantos caballeros franceses, y a un tiempo, con iguales remeros, partieron los unos y los otros para la barca o puente que, como dije, estaba ancorada y firme en medio del río. Y llegados a ella, por la una parte entraron dentro doce de los franceses con los príncipes, y por la otra, doce españoles con el rey, entrando uno a uno y a un mismo tiempo.

Hízose esta entrega jueves a las tres de la tarde, a 19 de marzo.

Fué concierto que a la entrega del rey no se hallasen más de doce caballeros de cada parte con solos puñales. También se concertó que la mañana antes de ser entregado el rey entrasen en Francia cien caballeros españoles a caballo, y en Castilla entrasen otros cien caballeros franceses, que corriesen y reconociesen la tierra si estaba segura de celadas, lo cual se hizo así. Fueron también caballeros por parte del Emperador, que conociesen al delfín y al duque de Orleáns; y para esto fueron monsieur de Praet, embajador que había sido en Francia, y monsieur de Darmayr, gentilhombre del Emperador y natural de Borgoña, que conocía a los príncipes desde que nacieron, porque una tía suya, llamada la gran senescala de Normandía, se había hallado a su crianza.

El delfín y el duque, su hermano, llegaron a besar la mano al rey, su padre, y luego todos los franceses que con ellos habían entrado, hicieron lo mismo; y acabado esto, el virrey Lanoy dijo: «Señor, ya estáis en vuestra libertad; cumpla agora Vuestra Alteza como buen rey lo que ha prometido.» El rey respondió: «Todo se guardará cumplidamente.»

Y dichas estas palabras, el virrey hizo entrar en el barco en que él había venido al delfín y a su hermano y a un hijo del almirante, que con ellos también vino; y al mismo tiempo entró el rey en otro barco, y trocadas las compañías, los unos se volvieron a la costa de España con los príncipes de Francia, y los otros a la de Francia con su rey.

El cual, en saltando en tierra (y aun por saltar antes de llegar se mojó bien) subió en un caballo turco muy ligero, y poniéndole las piernas no paró de correr, levantando en alto el brazo, diciendo a voces: «Yo soy el rey, yo soy el rey», sin reparar más en su autoridad y gravedad real.

Fué a dormir aquella noche a San Juan de Luz, y de allí otro día a Bayona, donde con increíble gozo de su madre y de todos los caballeros franceses que habían allí venido, fué recibido.

Luego envió un caballero al rey de Igalaterra haciéndole saber su libertad y dándole muchas gracias porque por él principalmente la había alcanzado, ofreciéndole su ánimo y amistad todo el tiempo que viviese.

El virrey Lanoy, con los delfines, fueron a dormir aquella noche a Fuenterrabía, y los entregó a don Juan de Tovar, marqués de Berlanga, que los recibió en nombre del condestable, su padre. Y Lanoy se volvió donde estaba el rey de Francia para hallarse presente a la ratificación que había de hacer en el primer lugar de Francia.

Desta manera salió el rey Francisco de su prisión, haciendo un año y pocos días más que fuera preso en Pavía.

Mostró al principio voluntad de que cumpliría lo que había prometido y capitulado en Madrid, y así lo escribió al Emperador, y envió a decir que la reina, su esposa, que había ya llegado a Vitoria, se fuese para él. Pero como estuviese asentado que ante todas cosas, en el primer lugar de Francia había de confirmar y ratificar todo lo capitulado, y esto no lo hubiese hecho, el condestable no quiso llevar la reina, guardando la instrucción que luego diré, y el rey de Francia prosiguió su camino para París, sin querer hacer la dicha ratificación como había jurado y prometido; y si bien el virrey Lanoy le iba apretando cuanto podía, no bastó, dando largas hasta que de todo punte, se descubrió el no quererlo hacer, como diremos.

Orden que el Emperador dió al condestable para llevar la reina Leonor. -Delibración del rey: cómo el condestable recibió los príncipes de Francia.

Encomendó (según dije) el Emperador al condestable de Castilla que llevase la reina doña Leonor, su hermana, dándole una instrucción de lo que había de hacer, que fué: Que después que hubiese partido de Madrid el Cristianísimo rey de Francia para su reino, la llevase hasta la ciudad de Vitoria, por los mejores lugares de aposento que hubiese en el camino, haciéndole todo el servicio y placer que pudiese, yendo siempre dos o tres jornadas detrás del rey Francisco, y que llegado a la ciudad de Vitoria esperase allí con la reina a que el virrey de Nápoles (que por mandado del Emperador iba con el rey de Francia) le trajese en rehenes a los muy altos y excelentes príncipes Francisco, delfín de Vienne, mayor, y Enrique, duque de Orleáns, hijos del dicho rey de Francia, o al delfín, y con él a los duques y condes y otras personas contenidas en el poder que del Emperador el condestable llevaba para recibirlos, y entregado de ellos, que diese conocimiento al virrey de cómo los recibía en guarda, conforme al poder que llevaba, y que entregase al virrey la Cristianísima reina su hermana, para que, conforme a lo asentado entre el Emperador y rey de Francia, se la llevase y entregase en Francia, tomando el condestable del virrey la misma seguridad. Y que partida de Vitoria, la reina se partiese con los rehenes camino de Burgos con la guarda y recado que convenía, haciéndoles todo el buen tratamiento, placer y servicio que ser pudiese. Y que avisase luego que fuese entregado de ellos, y partiese de la ciudad de Vitoria, para que enviase a mandar el orden que había de tener en los traer, y adónde los había de llevar, y que para los aposentar y servir se pudiese aprovechar del alcalde y alguacil y aposentadores que iban con la reina, y que ellos hiciesen lo que el condestable les mandase.

Y envió a mandar a don Pedro de la Cueva (que después fué comendador mayor de Alcántara, y de quien el Emperador hizo gran confianza) que hiciese luego partir cuatro compañías de las guardas, las que estuviesen mejor aderezadas, y a Gutierre Quijada que enviase una de sus compañías para que residiese en la guarda de los rehenes, y que si los príncipes franceses, duques y condes no trajesen recado para sus expensas, como era razón que viniesen proveídos, que avisase para que lo mandase proveer.

Diósele esta instrucción al condestable don Iñigo Fernández de Velasco en Illescas, a 17 de hebrero, año de mil y quinientos y veinte y seis.

Manda el Emperador que el condestable vuelva a Castilla con la reina Leonor y príncipes de Francia.

El condestable, conforme a la instrucción, estuvo quedo en Vitoria, esperando con la reina Leonor que el rey de Francia cumpliese lo que había prometido de ratificar los capítulos y concordia que se hicieron en Madrid; pero no lo hizo así, si bien el virrey de Nápoles le fué instando y apretando, y el rey dando largas y entreteniéndolo hasta llegar a París.

De esto tuvo aviso el Emperador en Sevilla, y luego envió a mandar que el condestable recibiese al delfín Francisco y a su hermano Enrico, duque de Orleáns; que hiciese pleito homenaje por ellos, y con ellos y con la reina Leonor se volviese a Burgos, donde hallaría orden de lo que había de hacer.

El condestable lo cumplió así, Y hizo el pleito homenaje con tantas ceremonias y autos de escribanos, que sería inmenso referirlas aquí, aunque tengo los originales que hizo el conde de Haro, su hijo, que por muerte suya sucedieron él y su hermano don Juan de Tovar, marqués de Berlanga, en la guarda de estos príncipes. Y muerto el condestable, pidieron que se les volviese el pleito homenaje que había hecho por los príncipes, y se hicieron hartas diligencias por hallarlo; y porque no se pudo descubrir, el Emperador dió una cédula al condestable en que absolvía y daba por libre a don Iñigo Fernández de Velasco, su padre, ya difunto, del pleito homenaje que había hecho por estos príncipes para que en ningún tiempo se le pudiesen pedir.

Provisiones que pide el condestable para volver a Castilla con posadas seguras. -Gajes que pedía el condestable por la guarda de los delfines.

Como el condestable recibió los delfines, despachó un criado al Emperador dando con él cuenta de lo que había hecho, y este criado llevó orden para traer una provisión para que todos los alcaides y justicias de las fortalezas y lugares por do pasasen los príncipes, se las entregasen al condestable por el tiempo que parasen en cada lugar, y para que cumpliesen lo que el condestable les mandase de parte del Emperador en cualquiera cosa que, tocase al servicio de los príncipes; y para que se pudiesen aposentar en las fortalezas, y que el Emperador alzase el pleito homenaje a los alcaides por el tiempo que las fortalezas estuviesen en poder del condestable, y en ellas aposentados los príncipes.

Pidió más el condestable: que el virrey de Navarra y capitanes generales de las fronteras le diesen la gente que pidiese para la guarda de los príncipes. Pedía el condestable que el rey de Francia le diese por la guarda de los príncipes diez mil maravedís cada día, que era lo que el Emperador daba al condestable don Iñigo Fernández de Velasco cuando tuvo el cargo de virrey y gobernador de Castilla, y a su hijo don Pedro, conde de Haro, por capitán general.

Vuelve el condestable a Castilla con la reina y príncipes de Francia.

Llegó el condestable con los príncipes de Francia y con la reina Leonor, su madrastra, a la ciudad de Burgos. Aquí recibió una carta del Emperador escrita en Valladolid a 5 de hebrero, año de mil y quinientos y veinte y siete, en que le dice cómo había recibido una carta suya que le llevó don Pedro de la Cueva, y se holgaba porque se hubiese determinado en venir, que le deseaba tener consigo por la gran confianza que tenía de su persona y por la entera bondad de ella, y que en lo de la venida de los príncipes, le parecía muy bien lo que decía, y así, si le pareciese que se debían venir con la reina, su hermana, los trajese hasta Palencia, para que desde allí los llevasen a Villalpando, y el condestable se viniese a Valladolid con la reina. Que si quisiese que ellos viniesen, por su parte lo hiciese así, proveyendo que su venida fuese con el recaudo que convenía. Y que en lo de la gente que había de camino para su guarda y la que había de haber para Villalpando, que el condestable escogiese la que quisiese y fuese conveniente, y aquella viniese. Y en lo de los franceses y personas que los servían, que su voluntad era que los príncipes fuesen bien servidos, y que para esto tuviesen las personas que fuesen necesarias y que éstas se les dejasen; y que si viese que convenía que se les quitasen hasta las veinte que había enviado a decir, o más o menos, quedase a su determinación para que hiciese lo que más convenía.

Estuvieron los príncipes de Francia en diferentes lugares. Primeramente en Villalba de Alcor, que fué de doña Juana Manrique, hija de don Pedro, conde de Ossorno, por una manda de la duquesa de Frías. Aquí, por algunas sospechas, les quitaron los criados franceses y se los pusieron castellanos. Veremos adelante las quejas que hubo en los franceses que quitaron del servicio de estos príncipes y otras particularidades, y cómo se les apretó la prisión y el tratamiento por lo que el rey su padre hizo en muchas cosas contra el Emperador, que aquí se dirán. Y adelante (como vi por carta original del conde de Haro, escrita en Torquemada a 25 de enero año de mil y quinientos y veinte y ocho) envió algunos criados de estos príncipes a la su villa de Pedraza de la Sierra, encargando a Francisco de Salinas, alcaide de la casa y fortaleza de Pedraza, que a la persona y personas que el condestable enviase de los que estaban en servicio del señor delfín de Francia y del señor duque de Orleáns su hermano, tuviese de la manera que el condestable le mandase, de manera que los inocentes pagaban las culpas ajenas.

Cásase la reina Germana en Sevilla. -Entra el Emperador en Granada. -Quejas y agravios de los moriscos del reino de Granada. -Visitan los moriscos de Granada. -Los moriscos, aunque bautizados, moros. -Junta sobre el remedio de los moriscos que estaban perdidos. -La Inquisición de Jaén se pasa en Granada. -Leyes que se pusieron a los moriscos de Granada. -Consejo de Estado en España.

Estuvo el Emperador en Sevilla hasta 18 de mayo, que quiso pasarse a Granada, por ver aquella ciudad y tener el verano en ella; y antes que saliese de Sevilla, casó allí a la reina Germana, mujer que había sido del Rey Católico, y después del marqués de Brandemburg, con don Fernando de Aragón, duque de Calabria. Fueron sus padrinos el Emperador y la Emperatriz.

La ciudad de Granada suplicó al Emperador la favoreciese y honrase con su real persona y corte; el Emperador, agradeciendo las buenas voluntades de Granada, y por huir de los grandes calores de Sevilla, se lo concedió; y a 20 de abril escribió a don Alonso de Granada, alguacil mayor de aquel reino, bien nombrado en esta historia -que él, como tan principal caballero della, y cierto servidor suyo, haría en su servicio lo que siempre había hecho-, ordenase la forma que mejor le pareciese del aposento de su casa y corte. Para lo cual le envió la nómina y relación de los grandes y caballeros y otros oficiales que con él habían de ir, y que los aposentadores hiciesen lo que don Alonso les ordenase, para que se hiciese el aposento con suavidad y sin molestia.

Salió, pues, el Emperador de Sevilla, huyendo de los grandes calores de esta ciudad, para Granada. Vino a Córdoba y de ahí a Ecija, y de allí a Jaén, en las cuales ciudades nunca había entrado; y en ellas fué muy bien recibido.

Entró en Granada con la Emperatriz y toda su corte, a 4 de junio de este año de mil y quinientos y veinte y seis. Fué el recibimiento solemnísimo y costoso, y en especial las moriscas hicieron un juego que llaman leilas, que era muy regocijado para los que lo miraban y peligroso para los que lo hacían.

Aposentóse en el Alhambra, y como mirase con curiosidad los edificios antiguos, obras moriscas, y los ingenios de las aguas, y la fuerza del sitio, y la grandeza del pueblo, si bien de todas las ciudades de su reino mostró tener gran contento, de ésta en particular recibió mucho gusto.

Vinieron a él don Fernando Venegas, y don Miguel de Aragón, y Diego López Benajara, caballeros regidores de Granada, y diéronle en nombre de los moriscos de todo el reino un memorial de agravios que recibían de los clérigos, y de los jueces, y de los alguaciles y escribanos. El cual memorial visto por el César, se escandalizó mucho de los cristianos que tal hacían. Puesto el negocio, y leído el memorial en Consejo, fué acordado que se enviasen visitadores, para que supiesen de raíz la razón de aquellos agravios, y también cómo vivían los moriscos.

Fueron los visitadores don Gaspar de Avalos, obispo de Guadix, y el dotor Quintana, y el dotor Utiel, y el canónigo Pero López, y fray Antonio de Guevara. Anduvieron visitando el reino, y hallaron ser muchos los agravios que se hacían a los moriscos, y junto con esto que los moriscos eran muy finos moros; veinte y siete años había que eran bautizados, y no hallaron veinte y siete dellos que fuesen cristianos, ni aun siete. Y de esta infidelidad tuvieron culpa los cristianos, por los favorecer y no los dotrinar.

Para remedio de esto mandó el Emperador que se juntasen algunos perlados y letrados de su corte, para que viesen los procesos y relaciones que los visitadores traían, y en ello pusiesen remedio, y la conciencia real se descargase.

Muchos días se juntaban en la capilla real don Alonso Manrique, arzobispo de Sevilla, inquisidor general, y don García de Loaysa, obispo de Osma, confesor del César, y don fray Pedro de Alba, arzobispo de Granada, y don Gaspar de Avalos, obispo de Guadix, y don fray Diego de Villamán, obispo de Almería, y don Juan Juárez, obispo de Mondoñedo, y don Alonso de Valdés, obispo de Orense, y don García de Padilla, comendador mayor de Calatrava, y Francisco de los Cobos, secretario mayor del César, y el dotor Guevara, del Consejo de Su Majestad, y fray Antonio de Guevara y los otros visitadores sus compañeros. Procuraban medios los de esta junta para remediar estos daños, y el remedio que se dió fué que la Inquisición que estaba en Jaén se pasase a Granada, para que los conversos que allí se habían acogido de otras muchas partes y los moriscos se espantasen. Lo segundo, se ordenó que los delitos que habían cometido hasta aquel año de mil y quinientos y veinte y siete, se les perdonaban, con apercibimiento que si desde allí adelante no se emendasen, el Santo Oficio procediese contra ellos rigurosamente. Lo tercero, que no hablasen algarabía, sino que todos hablasen en aljamia, y que todas las escrituras y contratos que se solían hacer en arábigo, se hiciesen en castellano. Lo cuarto, que las marlotas que solían traer en lugar de sayas, y las halmalafas de lienzo que traían en lugar de mantos, las dejasen y deshiciesen, y que todas las moriscas y moriscos se vistiesen como los cristianos. Lo quinto, que de allí adelante ningún sastre fuese osado de cortar ropas, ni platero fabricar obras moriscas; porque en aquel tiempo, ni se vestían ropas ni traían joyas de plata, sino de la manera que cuando eran moros. Lo sexto, que cuando alguna morisca hubiese de parir, estuviese presente alguna cristiana vieja, porque no se encomendasen a Mahoma ni hiciesen alguna ceremonia morisca. Lo séptimo, que se hiciese un colegio en Granada, otro en Guadix, otro en Almería, en los cuales los niños de los moriscos fuesen dotrinados, porque de los padres ninguna esperanza se tenía.

Estas y otras muchas cosas se ordenaron, las cuales como vinieron a noticia de los moriscos, en especial que les ponían Inquisición, y que les quitaban sus trajes, hicieron entre sí muy grande junta y sirvieron de nuevo al Emperador, allende de los tributos ordinarios, con ochenta mil ducados. Aprovechóles este dinero para que el César mandase que en la Inquisición no les confiscasen los bienes, y que por el tiempo que fuese su voluntad pudiesen traer los hábitos moriscos; y fué parte para que esto se les concediese, el favor de algunos privados que les cupo parte de los dineros.

En esta ciudad ordenó el César el Consejo de Estado para comunicar las cosas de sustancia, y más importantes, que tocaban a la buena gobernación de Alemaña y España. Fueron de este Consejo don Alfonso de Fonseca, arzobispo de Toledo; Enrique, conde de Nasau; Mercurino Gatinara, gran chanciller; don Fadrique de Toledo, duque de Alba; don Pedro de Zúñiga, duque de Béjar; don García de Loaysa, obispo de Osma; don Alonso Merino, obispo de Jaén.

Siéntese la Emperatriz preñada. -Engáñanse en Sevilla diciendo que allí fué concebido don Felipe. -Hospital en Granada para los expuestos.

Mucho se agraviaron otros caballeros de este nombramiento, que quisieran ser del nuevo Consejo. Entendiólos el Emperador, y dándole pena su enojo, dentro de cinco meses deshizo el Consejo, estando en Valladolid.

A 4 de julio, a las once de la noche y a las cuatro de la mañana tembló en Granada la tierra, mas el Emperador, que estaba en el Alhambra, ni se alborotó ni se levantó, si bien los de su casa se espantaron.

A 15 de setiembre publicó por toda la corte cómo la Emperatriz estaba preñada, y allí en Granada tuvo principio este bien (y no en Sevilla), que dende a nueve meses vino a salir a luz en Valladolid.

Este año de mil y quinientos y veinte y seis fué muy abundante de pan y fruta, por cuya causa, y ser las aguas de Granada muy delgadas, murieron muchos.

Mandó el Emperador que se hiciese un hospital en Granada para los niños expuestos, y señaló para él ciento y cincuenta mil maravedís de renta. Fundóse a la puerta de Vivarrambla; y de los ochenta mil ducados que los moriscos dieron, libró diez y ocho mil para que le comenzasen a hacer una casa en el Alhambra, y así fué que se comenzó la obra costosamente.

Libro decimoquinto

Responde el Emperador al Pontífice. -Recélase el Emperador de la fe del rey de Francia. -Declárase Francisco y pone excusas. -Enfádase el Emperador y quiere paz con el Papa y venecianos.

Cuando al parecer perseveraban firmes en la paz los corazones de los príncipes cristianos, se levantaron mayores tempestades. Aún no había el rey Francisco puesto los pies en Francia, cuando ya tenía los pensamientos en Ingalaterra, solicitando al rey Enrico, y lo mismo al Papa, con la intención y fin que aquí veremos, siendo Clemente VII el primero que comenzó a descubrir su mal propósito.

Había este Pontífice escrito al Emperador una carta (que casi dejo referida), queriendo en ella justificar sus hechos y santas intenciones, con la liga que tenía tramada, que fué la que presto veremos. Sentíase en la carta doliéndose, pero no llanamente, diciendo razones que, si bien quería cubrirlas con un velo santo (cual debe tener quien preside por Cristo) se veía en ellas la acedia amarga que tenía en el alma, como dentro de pocos días la descubrió; y lo que aquí decía por rodeos, manifestó bien claro quejándose al mundo todo.

Representaba al Emperador los servicios que le había hecho, el amor grande que siempre le había tenido, los enemigos que por su respeto tenía, y que agora que era nuevo hombre no podía dejar de acudir y ser igual a todos; que por las entrañas de Jesucristo le pedía se contentase con lo que tenía y quisiese concertarse con el rey de Francia, y mirase el peligro en que estaba la Cristiandad, y no quisiese ser causa de su perdición, con otras cosas que adelante largamente veremos.

Esta carta, armada sobre falsas razones y sospechas, recibió el Emperador en Sevilla cuando ya sabía la mala intención del rey de Francia. Quiso responder y satisfacer al Papa, mostrando ser muy diferentes sus intentos de los que el Papa y venecianos pensaban, y que sus deseos habían sido siempre hacer bien a Italia y amar la paz como el tiempo lo había mostrado.

Despachó el Emperador luego al comendador Herrera con dos cartas escritas de su mano para el Pontífice, dándole breve cuenta de la libertad del rey de Francia y de las condiciones con que se hizo la paz entre los dos. Y en lo que el Pontífice había pedido cerca de la libertad de Francisco Esforcia, duque de Milán, le respondió en parte con blandura y amor, y parte con razones graves y severas. Porque el Emperador tenía muy bien entendido el corazón del Papa y lo poco que él gustaba de sus buenas fortunas, y los malos oficios que le hacía en Italia, y asimismo sabía el parabién que había enviado al rey de Francia de su libertad, con Capino Mantuano, y otra carta que con Gaulara había enviado al rey de Ingalaterra, y lo que en voz y secreto les había mandado tratar con estos príncipes en ofensa suya. Por manera que Clemente no trataba sino de recoger y ganar los corazones de todos los príncipes de Europa contra el Emperador, debiendo ser otro su oficio, como lo pide el de padre espiritual de todos, y aun el de un hombre honrado y agradecido.

Viendo, pues, el Emperador los ánimos de tantos enconados, que el rey Francisco dilataba el cumplimiento de los capítulos de la concordia de Madrid, y que lo que había jurado de hacer, que los estados eclesiásticos y seglar de Francia lo jurasen y confirmasen, no lo hacía, comenzó a sentir mal de su fe y dudar de su palabra, que no la había de guardar. Envió a mandar a Carlos de Lanoy y a Hernando de Alarcón que apretasen al rey para que cumpliese. Respondió el rey, que no era en su mano ni él tenía poder para desmembrar cosa alguna de su reino sin consentimiento de la misma parte y de todo el reino. Pidió amigablemente que en lo que tocaba a restituir a Borgoña se conmutase en dinero, que él daría cumplidísimamente.

Turbóse el Emperador viéndose engañado; no quiso dar oídos a la satisfacción del dinero de Borgoña ni a que se alterase en cosa alguna lo capitulado en Madrid, y se resolvió en querer más la paz con el Pontífice y venecianos, y dar a Francisco Esforcia a Milán, que hacer otra nueva concordia con un rey que poco antes había sido su prisionero y agora le faltaba en la promesa que había hecho, atreviéndose a esto por parecerle que todos los príncipes de Europa se juntaban contra el Emperador. Caso por cierto notable y digno de memoria para no soltar de las manos sin cierto y seguro fruto la vitoria que ofrece el cielo por una vana esperanza de grandes promesas; ni se debe dar tan fácilmente libertad a enemigos tan poderosos, si bien den prendas de lo que más aman; ni por algún juramento ni seguro que hagan se puede fiar de ellos, sino apretarlos antes de la libertad a que cumplan lo que prometen.

Rompimiento entre imperiales y milaneses. -Pierden los imperiales a Lodi por mal trato. -En Roma se publica la Liga. -Contradícela el duque de Sesa.

En este estado se ponían las cosas, y aún se disponían para nuevas y sangrientas guerras, cuando en Milán, Antonio de Leyva y don Alonso de Avalos apretaban a Francisco Esforcia, encerrado en su castillo, que ya no podía sufrir el cerco. Y los imperiales, viendo la porfía de Esforcia y que se sentían los malos humores de Italia contra el Emperador, determinaron poner a la ciudad en todos los trabajos posibles antes que el duque fuese socorrido; y así, ante todas cosas, procuraron con promesas y con amenazas que los ciudadanos jurasen fidelidad al Emperador; y sobre esto y ciertas demandas de dineros, tuvieron algunos desabrimientos y alborotos, hasta llegar a levantarse los ciudadanos y ponerse en armas y salir el duque con los suyos en favor de los ciudadanos. Y llegaron las cosas a tanto mal, que estuvo muy cerca de perderse la ciudad, porque abiertamente rompieron los imperiales y milaneses, unos contra otros; y eran tantos los agravios, que solos tres mil españoles y tres mil alemanes que estaban en Milán, hacían que los naturales, dejando sus casas, haciendas, mujeres y hijos se salieran de Milán; otros, de puro desesperados, se ahorcaron; otros daban voces al cielo, pidiendo a Dios remedio de tantos males.

Acudían al duque de Borbón, al marqués del Vasto, a Antonio de Leyva, con grandísima humildad y sumisiones, pidiendo que los librasen de gente tan mala. Entreteníanlos con buenas esperanzas. Pidióles Borbón treinta mil ducados, y temiéndose los de Milán que en dándolos sería lo mismo, les juró Borbón que no, y que el primer tiro que sus enemigos disparasen le matase, si tal hiciese. Dicen que por esta maldición que se echó, le mató un tiro en Roma, como se dirá.

Perdieron los españoles a Lodi por traición que hizo Ludovico Vistarino, que era allí sargento y tiraba sueldo del Emperador; el cual con su traza dió entrada a los venecianos, y si bien los españoles de Milán acudieron a favorecer, no fueron poderosos y la hubieron de desamparar, teniendo por mejor perder a Lodi que no a Milán.

De esta manera andaban en Lombardía, y el Pontífice y los demás de la conjuración se daban priesa a poner en orden las armas para salir con sus banderas. Envió el Papa al rey de Francia relajación del juramento que había hecho de cumplir los conciertos hechos en Madrid; y si bien fué esto al principio en secreto y con disimulación y haciendo algunos cumplimientos fingidos, diciendo que los de su reino no querían venir en aquella concordia, y que los naturales de Borgoña no sufrirían ser enajenados de la corona real de Francia, que por esto no podía cumplir, no tardó mucho en declararse y publicar su mala voluntad; y al virrey de Nápoles, que en su corte estaba, no le dejaba pasar a Italia para hacer su oficio, antes lo compelía a que volviese en España, y estuvo cerca de prender a don Hugo de Moncada, y hubo de pasar disimulado por Francia, que ya no había cosa segura.

Finalmente, la liga se hizo entre el Papa, venecianos, florentines y duque de Milán, no obstante que el duque de Sesa, embajador del Emperador en Roma, hizo toda la resistencia que pudo por la estorbar y entretener al Papa, hasta que don Hugo llevase el poder que dije. Pero el Papa jamás quiso esperar, y la liga se hizo con títulos muy santos y justificados, llamándola Liga y confederación Santa, paz y concordia común para la defensa y libertad de Italia y de los confederados, y que daban lugar al Emperador para entrar en ella, siendo en la verdad contra el mismo Emperador, que el poder da esta licencia a los príncipes de colorear como quieren sus hechos, si bien claramente las gentes vean y entiendan lo contrario.

Entraron en esta liga el rey de Francia y el de Ingalaterra, que ya andaba fraguando el abominable repudio que poco después hizo de la reina doña Catalina, su legítima mujer. Los capítulos de la concordia fueron los que aquí diré.

Confederación clementina. -Mala intención con que se hizo.

Llamóse la confederación, concordia o liga que intitularon clementina, defensiva y ofensiva y santísima; que tales títulos dieron, mereciendo otros diferentes. Cuál ella fué no es menester decirlo a quien supiere de quién tuvo su principio, y con cuáles su progreso y en qué tiempo principalmente y con qué ocasiones; y es cierto que juzgará no haberse hecho, para la paz y tranquilidad universal, como en ella se dice, sino para ser materia de mortales enemistades, y el sujeto y sustento de una cruel guerra. Porque, ¿qué príncipe, por mediano que sea, podrá llevar en paciencia que el veneciano y el milanés le dé las leyes y condiciones de paz? ¿Quién, pues, no sentirá, considerando consigo, haber venido la república cristiana a tal punto que en los ojos de un príncipe le salten y quiebren la fe y palabra y no cumplan las promesas que justa y legítimamente le fueron hechas, y más por un rey, cuyos mayores ganaron el nombre de cristianísimos? ¿Y que autorice y dé favor a esto el Sumo Pontífice, pastor universal de la Iglesia, dándole color del bien común, paz y tranquilidad de todos? Que si tal era el celo, ¿cómo hizo unas condiciones tan fuera de razón y término tan odiosas y perjudiciales?

Que si bien el César no fuera César, sino muy inferior, de ninguna manera las sufriera. Mándanle (como si tuvieran autoridad superior y las manos sobre su cabeza) que ponga en libertad los hijos del rey de Francia, como si no bastara haber fiado una vez de su palabra; que no entre en Italia, si no fuere con los criados y gente que al Pontífice y venecianos bien pareciere; que no sólo permita las tiranías de los potentados de Italia, pero aún que las defienda; que perdone a todos los acusados sin oírlos; y estas cosas y otras, que las cumpla y haga antes que en tan santa y religiosa concordia sea admitido.

Si esto no excede los términos de la modestia y equidad, para exacerbar el ánimo de un príncipe, considere cada uno y asimismo vea y repare cuán desigual es la concordia con el estruendo de armas y aparatos de guerra. El mar lleno de galeras, estandartes y atambores del Pontífice. Por la tierra, compañías de soldados y gente de a caballo. La máquina de artillería y otros aparatos belicosos, amenazando con ellos al César, que parecía que juntaba el mundo contra este príncipe; y era el capitán y cabeza de esta santa jornada el Pontífice, a título de pacificar la Iglesia, como si asentara bien la paz a palos en el pecho generoso, y más de Carlos V.

Dirán que excedo de mi oficio, que no es ahogar, sino referir limpiamente; que hablo como español en favor de mi príncipe. Dígalo la concordia y júzguenlo buenos y desapasionados juicios.

Diré aquí los capítulos de la liga, como ellos fueron y no en sola relación, porque vean que la que hago de esta historia, es cumplida y verdadera, no fingida ni apasionada.

Concordia que llamaron Santísima, entre Clemente, Pontífice romano, y el rey Francisco, venecianos, duque Francisco Esforcia y florentines, contra el Emperador Carlos V.

«Como a todos sea notorio cuántos años ha que con continuas guerras se ve fatigada la república cristiana, que si con el favor de Dios no se pone fin a tan crueles guerras y la república cesando en ellas no tomase algún aliento, está muy cerca de verse en gran peligro, principalmente que de una guerra, por mal que suceda, se saca materia para sustentar el fuego de otras muchas, y vemos que crece la llama demasiadamente; y lo cual viéndolo y revolviéndolo en su ánimo el santísimo señor nuestro Clemente VII, Pontífice máximo y pastor vigilantísimo, quiso no dejar cosa alguna por tentar en razón del bien, salud y seguridad de la república cristiana, y asentar una paz verdadera, firme y estable entre los príncipes cristianos. Para lo cual no ha dejado por intentar cosa alguna, hasta traer un bien tan saludable y necesario al deseado fin; pues intentando muchas cosas, vino finalmente a saber que el rey Cristianísimo Francisco estaba ya 1ibre de la prisión en que el Emperador le había tenido y envióle por su nuncio y embajador a Capino de Cappo, dándole el parabién de su libertad y principalmente para que tratase con él de componer una paz universal entre los príncipes cristianos. Y para alcanzarlo con más brevedad, dió comisión particular al dicho nuncio para que por medio de él se hiciesen las condiciones, tratados y capítulos necesarios a esta paz general o particular. Lo cual entendido por Andrea Griti, duque de Venecia, y por el senado o dominio de esta ciudad y por el duque Francisco Esforcia (que deseaban esta concordia), considerando los intereses que de ella se seguían, movidos con el ejemplo del Pontífice, enviaron a Andreas Roberto, secretario del dicho duque y dominio de venecianos, por su embajador, al rey Cristianísimo con los mismos fines y por la misma causa que el Pontífice tenía enviado. Los cuales oídos por el rey Cristianísimo, que tanto siempre había deseado la paz universal de la Cristiandad, procurándola con los medios que pudo, sin perdonar a trabajos ni costas, los recibió con cara alegre y pronto ánimo, tanto, que luego nombró sus procuradores generales y especiales para hacer y concertar con los demás los capítulos de la dicha concordia. Consideradas, pues, bien todas las cosas, los dichos nuncios y procuradores por y en nombre del dicho Papa y rey Cristianísimo, duque y dominio de venecianos, y duque de Milán, ordenaron y concertaron un tratado de paz, asimismo por el Emperador, y rey de Ingalaterra, y los demás príncipes cristianos y potentados que en esta concordia quisiesen entrar, dejándoles lugar y puerta abierta para ello. Lo cual porque sea dichoso y feliz a los dichos príncipes contrayentes y a la república cristiana, invocando el nombre divino, a gloria y honra del omnipotente Dios, y para paz y salud de todos los cristianos, y no para injuria de nadie (del cual pensamiento están muy lejos), sino para provecho, tutela y quietud de todos, se concluyó el dicho tratado de la dicha paz en la manera siguiente:

»Primeramente, se conciertan y prometen los dichos contrayentes, que no se dañarán, ni ofenderán, ni perturbarán de alguna manera, directe, ni indirecte, pública ni secretamente, ni darán favor ni ayuda a alguno de sus enemigos, antes les resistirán y se ayudarán entre sí mismos, los unos a los otros, defendiéndose los reinos y estados que al presente tienen. Pero que no se comprendan en esta cláusula general los dominios que el Papa y venecianos tienen fuera de Italia. Y que prometen los sobredichos, que con todas las fuerzas y armas, que aquí se dirán defenderán la persona y dignidad del Pontífice, contra cualquiera que la quisiere ofender, como la propria salud de cada uno.

»Y que se deje lugar para poder entrar si quisiere en esta santísima concordia, primeramente al serenísimo y potentísimo príncipe Carlos, eleto Emperador, y al serenísimo rey de Ingalaterra, no sólo como contrayente, sino como protector de esta concordia. Y asimismo al ilustrísimo don Fernando, archiduque de Austria, y a los demás reyes, príncipes y potentados de la Cristiandad. Pero que no será recibido ni admitido en esta concordia el sobredicho Emperador si primero no restituyere los ilustrísimos hijos del rey Cristianísimo, que tiene en rehenes, dándole la recompensa competente, honesta y razonable. Y si no dejare el ducado de Milán libremente al dicho duque, y los demás Estados y dominios de Italia, en la manera que estaban antes de la guerra pasada. Y que no pueda entrar a se coronar en Italia, o a otra cosa, si no fuere con la casa y acompañamiento que al Papa y venecianos pareciere apto y conveniente, teniendo respeto a la seguridad del Sumo Pontífice, y de toda Italia, y también a la dignidad y seguridad de su imperial majestad. Y que dentro de tres meses después de la conclusión de este tratado entrando en él el rey de Ingalaterra le dé y pague el dinero que debe al dicho rey de Ingalaterra.

»Y que por los dichos confederados, y a común expensa, se haga en Italia un ejército de treinta mil infantes, y de dos mil y quinientos hombres de armas, y tres mil caballos ligeros, con la artillería y municiones necesarias y competentes, así para impugnar, como para defender las ciudades y fuerzas; el cual dicho ejército se pondrá en orden y recibirá la paga otro día después que la ratificación de este presente tratado se entregare al rey Cristianísimo. Lo uno, para defender a los dichos confederados; lo otro, para resistir a los que en esta paz no hubieren venido, o perturbaren las cosas de Italia contra la presente confederación. Para el cual ejército ha de contribuir el Papa por su parte ochocientos hombres de armas y setecientos caballos ligeros, y ocho mil infantes. Y el rey Cristianísimo ha de contribuir en cada un mes, para el sueldo y otros gastos de la guerra, cuarenta mil escudos del sol; y demás desto, quinientos hombres de armas, aderezados al uso de Francia, en los cuales se comprenden mil caballos ligeros. Y los venecianos han de dar ochocientos hombres de armas, y mil caballos ligeros, y ocho mil infantes. El duque de Milán, cuatrocientos hombres de armas, trecientos caballos ligeros y cuatro mil infantes; y que si no pudiere cumplir este número, particularmente en el principio de la guerra, obligados el Pontífice y venecianos a prestarle los cuatro mil infantes, con condición que cuando pareciere que el duque puede cumplir, no estén obligados sino por sus ocho mil, como está dicho. Y en el gasto de la artillería, municiones y bastimentos, den respetivamente en la forma que lo demás se ha repetido. Y que este ejército se sustente y conserve entero, hasta acabar la guerra de Italia, o hasta que sean echados de ella los que la perturban, o su ejército sea totalmente deshecho, o de tal manera debilitado, que le sea forzoso encerrarse en alguna ciudad o lugar fuerte para defenderse. Y que no puedan salir en campo, ni tengan fuerzas para alojarse en él; y en este caso se pueda deshacer el ejército de la liga, quedando solamente los que bastan para acabar de consumir las reliquias del enemigo, o para tomar algunas fuerzas, si las hubiere de mayor momento, y esto sea al parecer de los capitanes del ejército. Y para este ejército que así ha de quedar, den al respeto de lo que antes daban.

»Demás desto, promete el rey Cristianísimo a los confederados que por las dichas causas hicieren guerra en Italia, que él también tendrá su ejército de esa parte de los montes, para divertir las fuerzas de cualquier enemigo, y embarazarle que no pueda juntar nuevas gentes y ayudas contra los confederados de Italia, ni las consentirá pasar. Y que al tiempo que en Italia se comenzare la guerra, él la hará, acometiéndole sus tierras con poderoso ejército, que por lo menos sea de dos mil hombres de armas y conveniente infantería, y no sólo por tierra, sino por la mar, haciendo cruel guerra por todas partes a los enemigos de los confederados.

»Que para el dicho ejército de la liga, los confederados levanten la gente de suizos que les pareciere, y que el rey Cristianísimo dé su favor y su autoridad y ponga el suyo, para que con estas condiciones y conveniente sueldo vengan lo más presto que puedan.

»Que como esta Santísima Liga (como arriba se ha dicho) sea así para salud, seguridad y quietud de los príncipes que entran en ella y de sus tierras y Estados, como para pacificar la república cristiana, que luego que por los dichos procuradores este tratado fuere ratificado, que en nombre de todos ellos sea requerido y rogado el serenísimo príncipe eleto Emperador que por la paz y salud de toda la república cristiana quiera benignamente restituir los hijos del rey Cristianísimo en la manera que se ha dicho y, dejadas todas enemistades, reconciliarse con él, pues no habrá cosa que más firme y estable haga la paz en los dos, que usar de esta liberalidad. Y si no lo quisiere hacer, se le diga que los dichos príncipes no alzarán 1a mano hasta tanto que le fuercen a hacerlo. Para ejecución de lo cual ordenan que, acabada la guerra de Italia que por la presente capitulación se ha ordenado, se den al Cristianísimo rey por los confederados diez mil infantes y mil hombres de armas, y mil caballos ligeros o el dinero que para levantar esta gente fué menester para que haga esta guerra, hasta tanto que libremente se le restituyan los hijos.

»Prometen demás desto los dichos confederados, los unos a los otros, de ayudarse y favorecerse y defenderse perpetuamente contra cualquiera que quisiere perturbar el quieto y pacífico estado que tienen, o dañarle sus tierras, ofreciendo los de Italia al rey los diez mil infantes y dos mil caballos, y el rey a ellos otros tantos.

»Que porque para la conclusión de esta guerra no sólo son menester las armas por la tierra, sino también que las haya en el mar, que se haga una armada por lo menos de veinte y ocho galeras y otros navíos, hasta el número que a los confederados pareciere bastante, y que para esta armada dé el Cristianísimo rey doce galeras muy bien armadas y bastecidas, aprestadas dentro el dicho tiempo, para que puedan salir a cualquiera parte de Italia que a los confederados importe. Y las demás se armen y apresten a costa de los demás de la liga, dando el Papa las cinco galeras, y las demás los venecianos. Y que el duque de Milán dé para el gasto que en el progreso de la guerra se hiciere, lo que pareciere conveniente y honesto, y que se pueda disminuir este número que cada uno ha de dar, en caso que la ciudad de Génova se quiera juntar con los confederados dando sus galeras. Y que toda esta armada junta haya de acudir a cualquiera parte de Italia, que importare a los confederados por razón desta guerra, y que se sustenten y hagan los gastos en esta forma. El rey de Francia los doce, los venecianos trece, y las otras tres el Papa, todo el tiempo que durare la guerra, y que el rey de Francia ayude con las dichas doce galeras, con condición que habiéndolas menester para la defensa de su reino por guerra que el enemigo le haga, se le vuelvan, y siendo menester más por ser grande el peligro y poder del contrario, vayan todas las demás en su ayuda, excepto las tres del Papa, que han de quedar para guarda de sus puertos. Y que sirvan al rey, no sólo, como dicho es, para lanzar sus enemigos, sino también para hacer guerra con ellas, hasta tanto que saque de prisión sus hijos.

»Que para quitar toda sospecha al duque de Milán por las cosas que en tiempos pasados sucedieron, promete el rey Cristianísimo que en ningún tiempo moverá ni intentará cosa alguna contra el Estado y duque de Milán, sino que le dejará que libre y pacíficamente, sin perturbación ni molestia, le goce, y le defenderá perpetuamente si acaso el rey de romanos o el príncipe su hermano o otros algunos príncipes les hicieren guerra, y le dará los capitanes y gente que está obligado a dar para la guerra de los confederados, y esto con condición que el dicho duque, por razón de derecho que los reyes de Francia han tenido en el dicho ducado de Milán y muchos gastos que en la pretensión de él han hecho, dé en cada un año la pensión que al Papa y venecianos pareciere, puesta en la ciudad de León, de Francia, y que no sea menos de quinientos mil ducados, y de ello haga seguridad.

»Y porque esta paz ha de ser perpetua y la libertad de Italia firme y eterna, y es bien que todos gocen de esta felicidad (que con ayuda de Dios se ha de ver), determinan que se restituyan todos los bienes que se hubieren tomado en cualquier manera, por los que siguieron la parte del rey, y se les alza cualquier impedimiento, para que queriendo quedan volverse a sus tierras.

»Que para declarar más el rey Cristianísimo la voluntad que tiene al duque de Milán, le dará mujer de la sangre real, la que el Papa juzgare ser más conveniente. Y que procurará que los suizos se junten con él para defensa y tutela de su Estado, en aquella forma y con las condiciones que estaban juntos cuando poseía el dicho Estado, y les alzará la obligación que le tenían hecha los dichos suizos, de defender aquel Estado por Su Majestad. Y que el duque pague a los suizos ciertas pensiones, y que los suizos gocen en su Estado las libertades y preeminencias que tenían cuando el rey Cristianísimo lo poseía. Y que dará de esto al duque la seguridad necesaria, luego que sea libre de los trabajos en que agora se ve oprimido, y no lo haciendo quede privado del favor que en esta concordia se le promete, pero que el rey Francisco no entiende, ni quiere apartarse de la amistad y confederación que siempre tuvo con los suizos.

»Que se restituya al rey Cristianísimo el condado de Aste como cosa distinta del ducado de Milán y perteneciente por derecho antiquísimo a los duques de Orleáns. Y que si pareciere por alguna causa, que no se deba hacer esta restitución, a lo menos se dé el gobierno del dicho condado al ilustrísimo duque de Orleáns, su hijo, o que otro le gobierne en su nombre, hasta que el duque tenga edad.

»Que en Génova quede por duque Antonio Adorno, si entrare en esta concordia o se mude el estado de esta ciudad, en la forma que a los confederados pareciere conveniente para la seguridad y quietud de Italia. Reservando empero al rey Cristianísimo el título y derecho del supremo dominio, de la manera que lo tenía cuando poseía la dicha ciudad.

»Y prometen los dichos confederados que si el eleto Emperador negare o dilatare hacer y cumplir lo que en el segundo artículo de esta capitulación se contiene, que luego que se hubiere acabado la dicha guerra por la pacificación de Italia (el cual dicho fin ha de ser cuando el ejército enemigo quede acabado o debilitado, o tan desamparado que le sea forzoso retirarse y no osar más salir en campaña), que los dichos confederados acometan y conquisten el reino de Nápoles con todas sus ciudades y puertos de mar, como está declarado, salvo aquellas que a su voluntad se han de dejar para hacer guerra a los enemigos que quedaren. Y que si el eleto Emperador fuere lanzado del dicho reino de Nápoles con su ejército, que el dicho reino quede a voluntad del Papa, para que haga de él como de cosa que pertenece a la Iglesia. Y que el rey ni los demás confederados no disminuyan las ayudas que cada uno de ellos debe hacer en esta guerra, hasta tanto que el ejército del Emperador quede de todo punto deshecho, o de tal manera debilitado, que para defenderse se haya de encerrar en alguna fuerza. Contra los cuales (para los acabar de consumir) se ha de enviar los que pareciere a los capitanes del ejército ser bastantes, y que éstos se sustenten a costa común de los confederados por su rata parte, y que el reino de Nápoles quede en poder del Pontífice, con tal condición que, con consentimiento de todos los cardenales, se obligue por sí y por todos sus sucesores, y dé seguridad en Francia de que en cada un año dé al rey Cristianísimo, por razón del derecho que en este reino pretende tener, la pensión que le pareciere, con que no sea menos de sesenta y cinco mil escudos de oro del sol. Y esto promete el rey Cristianísimo, en caso que el estado de estos reinos se mude. Pero sucediendo de otra manera, le quede salvo el derecho y acción que pretende tener al dicho reino.

»Y que en caso que faltase alguno de los confederados, apartándose de esta liga, esto no obstante quede firme y estable y en su fuerza y vigor entre los demás. Y si la falta fuere por muerte, que el sucesor del muerto pueda entrar en su lugar. Y que el Papa hará aprobar esta liga en el colegio de los cardenales.

»Que todos los confederados tomen la defensa, protección y amparo de los Médicis y de todos sus sucesores, y la sustenten en la dignidad y grandeza en que de tiempo antiguo han estado y están en Florencia.

»Y determinóse que porque el serenísimo y potentísimo rey de Ingalaterra, Defensor de la Fe, siempre amó la paz, como agora parece por la que hizo con el rey de Francia, y que siempre empleó sus fuerzas y deseos en servicio de la Iglesia católica, así él como su padre, y que no se podía interponer mayor autoridad para conservar en paz los buenos y reprimir los que la perturban, se determinó que Su Majestad sea protector y conservador de esta santísima concordia, que siempre llana y inviolablemente sin alguna excepción se guardará todo lo en ella contenido, y se lo requieren y suplican todos los confederados, y le ofrecen para él y sus hijos un Estado del reino de Nápoles con título de duque o príncipe, y que no valga menos de treinta mil ducados de renta. Y asimismo ofrecen otro Estado de Italia, que rente diez mil ducados, para el cardenal evoracense, por lo mucho que había trabajado en aquella concordia.

»Y que los confederados no se puedan ligar, confederar ni hacer treguas con otro príncipe que no sea de los contenidos en esta concordia, y que si antes de este tiempo la tuviesen hecha, la den por ninguna.

»Y que antes de la ratificación de esta concordia cada uno de los contenidos en ella nombre los amigos que tiene, con que no sean súbditos o vasallos, o enemigos de las demás partes. Y de parte del Papa se nombraron el rey de Ingalaterra, el marqués de Mantua, reservando el nombramiento de otros dentro del tiempo señalado. De parte del rey de Francia se nombraron los reyes de Ingalaterra y Escocia, Navarra, Portugal, Polonia, Hungría, duques de Saboya, Lorena y Güeldres, y los trece cantones de los suizos. De parte de los venecianos se nombraron el rey de Ingalaterra, reservando el nombramiento de otros.

»Y que el rey de Francia envíe los dineros dentro de un mes a la ciudad de Roma o los ponga en Venecia o Florencia, y dé fianzas seguras en los bancos seis días antes de cada mes.

»Que dentro de un mes aprueben y confirmen esta dicha concordia; y si el duque de Milán no pudiere por estar muy apretadamente cercado, que el Papa y venecianos firmen por él. Fué hecha a 22 de mayo de 1526.»

Buenos oficios que Clemente debía al Emperador. -Mortal enemistad entre los cardenales Volterra y Julio de Médicis.

A quien más se podía culpar de esta concordia (más ofensiva que defensiva, y ella), era a Clemente VII, que tantas oblipervertidora de la paz que causadora de gaciones tenía a reconocer los beneficios que de mano del Emperador había recibido, porque cuando no hubiera otros, bastaba haberle librado de las manos de Francisco Soderino, cardenal de Volterra, su enemigo capital, y de toda su generación; el cual le había hecho notable contradicción en todas sus pretensiones y aumento, y le llegó al alma cuando el Papa León, su primo, le dió el capelo; y en muriendo, entrando los cardenales en su recogimiento para elegir Pontífice (como eligieron a Adriano), el dicho Soderino pidió que echasen fuera a Julio de Médicis, porque se le había dado el capelo contra las leyes y constituciones de la Iglesia, que prohiben que aquesta dignidad no se dé a bastardo, y que Julio lo era; y es así que siempre se tuvo escrúpulo de esto, porque cuando Lorenzo de Médicis y su hermano menor, Juliano de Médicis, hijos ambos de Pedro de Médicis y nietos de Cosme, gobernaban a Florencia, en una conjuración de florentines llamados los Pazzis, estando oyendo misa mayor, cuando el sacerdote alzaba la hostia, el Juliano fué muerto a puñaladas; el cual dejó preñada a una mujer su amiga, y de allí a pocos meses parió a este Julio, Clemente VII. Pero después, cuando el primo le hubo de dar el capelo, se hizo información, y él dió testigos que juraron que su padre se había casado con su madre antes de su muerte, y es de creer que no faltaría quien jurase. Y así, en el cónclave desecharon aquel impedimento y dejaron al Julio en su posesión, reservando el derecho a salvo, en lo que el de Volterra le quisiese pedir.

Elegido Adriano, luego que vino a Roma se mostró muy favorable al Julio, por saber que era hechura del Emperador, y que le había servido de legado en su campo; y ansí le confirmó en el gobierno de Florencia; lo cual fué de tanta acedia para el de Volterra, que luego comenzó a tratar con los franceses (y esto es lo que apunta Jovio) para que echasen de Florencia al Julio.

Y ansí, enviaron a Renzo de Cherri con alguna gente, que no hizo efeto; la cual trama, entendida por cartas, prendió Adriano al cardenal Soderino de Volterra y le tuvo en el castillo de San Angel, hasta que murió Adriano a 24 de setiembre del año 23.

El colegio de cardenales, para elegir nuevo Pontífice le mandó soltar y venir al cónclave, donde se renovaron las barajas entre Soderino y Julio; y fué la ventura de Julio que le eligieron por Pontífice, y los cardenales se echaron a sus pies, pidiéndole perdonase a Soderino.

El lo hizo así; mas Soderino murió muy presto, de pura melancolía.

En todas estas cosas halló Clemente, y le valió, el favor del Emperador y una afición grande, y hizo que Adriano hiciese de él más cuenta, y haberle ayudado en lo de su legitimidad, y favorecido su familia, de manera que por ella mandó que los suyos dejasen las cosas de Lombardía y acudiesen a la Toscana para conservar a Julio en Florencia contra sus enemigos.

Dióle sobre el arzobispado de Toledo diez mil ducados de pensión; y últimamente, cuando murió Adriano, envió tres nombrados a su embajador don Luis de Córdoba, duque de Sesa, para que trabajase que uno de ellos fuese elegido por Pontífice, y el primero era Julio, y cuando no pudiese, que fuese el cardenal Colona, y si no, Farnesio, que después fué Paulo III. Por manera que el Emperador le hizo legítimo dueño de su patria, aumentó su fausto con oficios y dineros y, finalmente, le puso en el Pontificado.

Y cuando se vió en él se volvió francés y su enemigo encubierto, y después adelante muy declarado; y si bien fué requerido que guardase la liga de su predecesor y la confirmase, pues él había sido autor en ella y puesto una condición, que, muriendo el Pontífice, el que sucediese la confirmase, no sólo no lo quiso hacer, antes mandó revocar el ejército de la liga y reducirse a las tierras de la Iglesia, y que desamparase al Emperador, que tales fueron los principios de su pontificado, y de allí adelante se fué quitando la máscara, hasta quedar del todo francés, como aquí se ha visto y verá.

Las quejas que Clemente tenía del Emperador.

Daba color a tales intentos y hechos quejándose del Emperador y sus ministros, como presto veremos, que el duque de Borbón había hecho una mala entrada en Francia, y que por esta entrada, irritado, el rey se había levantado, y con poderoso ejército pasado en Italia y encendido la guerra, particularmente en Lombardía, abrasándose otra vez aquella provincia con armas, por no querer contentarse el Emperador con haber deshecho al almirante y su ejército francés y echádolos de Italia, sacándoles de las manos el Estado de Milán. La cual nueva guerra se hubiera excusado, y otros mil inconvenientes, si el Emperador quisiera contentarse con lo que había hecho, sin dejar entrar sus gentes a despertar al enemigo.

Y así, dice que por estas y otras cosas, él y venecianos se abstuvieron de esta guerra, lo cual no pareció así, pues el uno se apartó por la liga secreta que con el francés tenía, mediante Alberto, conde del Carpio, su grande amigo, al cual, al principio de su pontificado, le hizo apartar de la amistad del Emperador y ponella en el francés y los venecianos, por no enojar al rey y a las demás señorías.

Destas quejas del Pontífice veremos adelante una larga relación.

La limitación que se puso al Emperador, no muy bien mirada. -Júntase el ejército de la liga. -Ríndese el duque Esforcia con el castillo al 24 de julio.

Con estas y otras condiciones, no de tanta cuenta, se hizo la concordia y firmó por las partes a 22 de mayo.

Fué también capítulo de esta liga, que dentro de tres meses el Emperador pagase todo lo que debía al rey de Ingalaterra, y que pudiese pasar en Italia a se coronar y no a otro fin; pero que fuese con tan moderada compañía y gente, de manera que sin temor ni escándalo de los señores de Italia se pudiese hacer; y la moderación y tasa fuese al parecer del Papa y del duque Esforcia y de la señoría de Venecia; y cumpliendo esto le admitiesen en su liga, y no queriendo luego venir en ello, que se le denunciase y hiciese guerra hasta hacer que cumpliese, y ser deshecho del todo el ejército que tenía en Italia, de manera que así ponían leyes al vencedor, como si le tuvieran vencido.

Para conseguir tan santos intentos se asentó que juntasen luego un ejército de treinta mil combatientes y tres mil caballos ligeros, con la artillería y municiones necesarias. El cual repartieron entre sí (como dije), supliendo por el duque de Milán lo que no pudiese cumplir el Papa y venecianos, hasta ser restituido; el cual ejército había de estar entero hasta ser deshecho el del Emperador y echado de Italia y conquistado el reino de Nápoles. Demás de lo cual, el rey de Francia había de tener otro campo de respeto para los casos que se ofreciesen.

Nombraron el Pontífice y venecianos por general de su ejército al duque de Urbino.

En fin del mes de mayo de este año, por no perder tiempo ni darlo al Emperador para proveer ni hacer nuevo ejército más del que tenía en Milán, los confederados juntaron a gran priesa los suyos, queriendo comenzar (como lo hicieron) la guerra por Lombardía, para socorrer a Francisco Esforcia; mas no lo pudieron hacer como la necesidad pedía, porque el castillo estaba falto de vitualla y fuertemente de los imperiales apretado.

También el rey Francisco se detenía con esperanzas de cobrar sus hijos.

Y con esta dilación, Francisco Esforcia, apretado en el castillo, con falta de comida y sin esperanzas de socorro, a 24 de julio se concertó con los capitanes imperiales y les entregó el castillo de Milán, y él se fué con todos los suyos y con toda su ropa a Como, donde él tenía guarnición. Y diéronle para su sustento las rentas della, hasta que el Emperador sentenciase sobre el estado y culpas que le ponían. Mas el duque se rigió tan mal, que descubriéndose se fué al ejército de la liga y la confirmó y se confederó con los otros príncipes de Italia, y comenzó a hacer guerra contra los españoles como contra enemigos comunes.

Desta guerra de Milán y desventuras de Francisco Esforcia escribieron largamente Galleazo Capilla y Francisco Guiciardino, lib. 17; Paulio Jovio, 24 y 25.

Encuentro de las armadas imperial y de la liga.

El ejército de la liga que pensó librar a Francisco Esforcia no hizo suerte que algo valiese, antes parecía que iba muy de caída. Habían hecho en el agua los confederados una flota de treinta y siete galeras sin otros navíos con Pablo Justiniano, poniendo el Papa seis galeras, venecianos, catorce, y las demás el rey de Francia, con Pedro Navarro, que le habían soltado en trueque del príncipe de Orange, Filiberto Chalon, y con Andrea Doria, que servía al rey Francisco con seis galeras suyas.

Volvían a Italia Carlos de Lanoy y Hernando de Alarcón en treinta naves, con hasta ocho mil hombres, los cuales se toparon con Andrea Doria y Pedro Navarro entre Córcega y Elba y hubieron una brava batalla, en que los imperiales perdieron una nave o dos; empero, arribaron a Córcega y aquí se rehicieron, y también tuvieron tormenta de calma.

Finalmente aportaron a Cabo Monte donde les calmó el viento, por lo cual no pudieron entrar en Génova para la socorrer, que la tenía como cercada la flota de la liga, que corrió toda la ribera de Génova haciendo muchos daños. Y como pareció la flota de España, fueron a ella ciertas galeras venecianas, que la hicieron salir al largo de la mar, y con un temporal que sobrevino a la Armada, unos fueron a Liorna, otros a Gaeta y algunos a Bonifacio.

El Parlamento de París da por nula la concordia de Madrid. -Llegan a Granada los embajadores de Francia y piden.

Estando el Emperador en Granada supo cómo el rey de Francia había hecho en París un acto solemne en que los del su Parlamento o Consejo daban por nula la concordia que el rey había hecho en Madrid, atento que la hizo estando preso y sin libertad, y que así no era obligado a la cumplir.

Y antes que el Emperador saliese de Granada llegaron los embajadores de Francisco, diciendo que él no podía cumplir la dicha concordia, pues Borgoña no podía ser enajenada de la corona real de Francia, y que volviéndole los hijos por un precio razonable, que tomaría su hermana por mujer; donde no, que los entendía cobrar por guerra.

Favorecían esta demanda los embajadores de los aliados que estaban en la corte, diciendo a Su Majestad que descercase al duque de Milán y que sacase los españoles de Lombardía; que dejase a Nápoles, que no pasase a Italia con ejército y que pagase al rey de Ingalaterra; si no, que todos le harían guerra, pues, para ello se habían ligado.

Respóndeles el Emperador.

Eran recias las demandas y temerosa la guerra, por ser muchos y muy poderosos los confederados. Pero no por eso torció su brazo el Emperador, sino que les respondió, con su acostumbrada gravedad, que haría mal el rey Cristianísimo en no cumplir su palabra y juramento, que su reino no le podía estorbar los capítulos de paz, pues no le estorbaba los de la guerra; mayormente, que el reino los había sabido y otorgado; que deternía los rehenes; que no debía dejar por algún enojo su mujer; que Francisco Esforcia, como duque de Milán, era su vasallo feudatario, y lo podía y debía castigar por rebelde y alevoso; que los españoles estabanbien allí, habiendo de ir a coronarse a Italia; que no dejaría él a Nápoles, pues era suyo por herencia, y otros muchos títulos de conciertos y buena guerra; que iría a Italia cuando él quisiese y como quisiese, y si guerra le hiciesen todos ellos, que de todos se sabría defender con sus buenos y leales vasallos, llevando a Dios y a la razón delante. Y que pagaría al rey de Ingalaterra con los dineros del rey de Francia.

Infeliz jornada de Luis, rey de Hungría.

Habiendo Solimán, rey poderosísimo de los turcos, ganado la isla de Rodas, como queda dicho, quiso ensanchar sus reinos por la parte de Hungría y Valaquia, por donde ya había entrado hasta Belgrado. A la cual (allende de la ordinaria y natural sed suya) le incitó ver que Ludovico, rey de Hungría, demás de ser muy mozo y poco ejercitado en la guerra, no había de tener quien le favoreciese, estando como estaba el Emperador, su cuñado, tan lejos de él, envuelto en guerras con todos los príncipes cristianos que contra él se acababan de confederar.

Y habiendo el rey Sigismundo de Polonia poco antes asentado tregua con el mismo Solimán, pareciéndole buena la ocasión que en esto y en otras cosas había, este año entró por Hungría con tanto poder, que dicen llevaba docientos mil combatientes.

Quiso el rey Luis resistirle, y viéndose tan inferior en fuerzas para valerse de los príncipes cristianos, escribióles dándoles cuenta de la potencia del Turco y de los grandes daños que en aquel reino hacía, y los que se temía que haría si con todas las fuerzas de la Cristiandad no se le oponían.

Y estando el Emperador en Granada recibió una carta del rey Luis, en que decía:

Carta del rey Luis de Hungría al Emperador.

«Católico y muy poderoso príncipe y Emperador. Los errores pasados y los pecados presentes han sido causa que la primera causa olvidase sus redemidos, para castigarlos con cruel pena de su demasiada culpa en lo presente, que no para corregirlos de sus malas obras en lo venidero, pues en lo uno no hubo enmienda, ni en lo otro que esperar remedio. No por falta de conocimiento que en lo malo y bueno tenemos, sino por sobra de malicia que en lo uno y en lo otro alcanzamos y obramos con todos nuestros sentidos. Y lo peor, que no procuramos con alguno el arrepentimiento, y así el daño venidero no reparamos, y los males presentes quedan sin enmienda y castigo, y por esto el que puede tomarla de sus injurias, ha dado lugar a los hijos de la soberbia y a los hermanos de la ambición y vanagloria, y a los padres de todo mal ejemplo, y a los inventores de toda prestita condenación, que entren por nuestro reino de Hungría matando los inocentes, despedazándolos sin culpa, corrompiendo las vírgines, forzando las casadas, afrentando las viudas, agraviando los huérfanos, violando los divinos templos, acoceando los cultos, cruces e imágines celestiales, abofeteando los sacerdotes y poniéndolos en sujeción vilísima, y martirizando los perlados y haciendo renegar las dignidades, no dejando por eso de convertir con persuasiones falsas a su diabólica y condenada seta las tristes mujeres y a los de mísero y flaco ánimo, con los infantes desventurados que a las desdichadas tetas hallaban mamando. Ya no nos queda gente para resistir, y con que resistir podamos demasiado, porque la mayor parte que teníamos es muerta o cautiva, y el resto tenemos tan herido y desmayado, que más por desesperación que por esperanza de remedio, sale mi persona mañana al campo, donde hay más enemigos de nuestra santa fe que yerbas hay en el campo, acompañado de doce perlados que, despojados de sus prelacías, se han venido a morir con nos, para que, como nos fueren compañeros en el martirio, nos sean guiadores para en la gloria por nuestro buen morir. Bien tenemos por cosa muy cierta que sus crudas manos derramarán nuestra sangre, mas creemos que los santos recibirán nuestras ánimas. Fáltanos el socorro de los príncipes cristianos y reyes católicos, y olvidónos el Rey de la gloria, por ver quién sería vencedor en el bien morir, que mañana esperamos. Muchas veces fué suplicado a Vuestra Majestad Cesárea por el infante, nuestro carísimo hijo y vuestro hermano, que socorriésedes la mísera Cristiandad, que ansí para desesperar estaba, y fué tan socorrido por vos cuanto desdichado por mí. Y porque la presente es la última letra que a Vuestra Majestad podemos escribir, quisiera proceder en ello dando larga cuenta del demasiado poder de nuestro enemigo el Turco; pero no lo permite el día de mañana que esperamos, ni lo sufre el de hoy, que tan mísero tenemos. De una cosa aviso a Vuestra Majestad: que si con todo vuestro poder no socorréis lo que queda, que no quedará la romana ciudad sin tornarle los combates de este carnicero lobo, porque tenemos por cierto, que salido mañana con la vitoria de nuestra muerte, espera pasar su ejército a las haldas de Italia y enviar su armada a las islas de Venecia y Sicilia. Bien creemos que la piedad del inmenso Dios Nuestro Señor detendrá sus pasos y estorbará sus dañados propósitos, pero con que Vuestra Majestad procure hacer resistencia a lo que hombres no bastan. Y porque me remito a la carta que enviamos al embajador de nuestro reverendísimo infante, ceso rogando por el ánima que de este nuestro cuerpo espera salir, y por la vida de los que están en aventura. Acreciente Nuestro Señor el estado de Vuestra Majestad con vitoria contra los infieles.

»Del campo, a 27 de agosto de 1526.»

El fin de esta jornada fué que en los campos de la villa de Mugacio, o Mohacz, entre Belgrado y Buda, se atrevió el rey Luis, con desiguales fuerzas (habiendo treinta turcos para cada cristiano), a dar batalla campal al Turco, en la cual el desdichado y malogrado rey fué vencido y roto con muerte de casi todos los suyos; y él, por salvarse huyendo, al pasar de una laguna, como el caballo iba fatigado, dió de ojos en el agua y de tal manera se le embarazaron los pies en los estribos, que se ahogó en menos de palmo y medio de agua y cieno.

Por la muerte del rey Luis, y no dejar hijos, sucedió el reino en el infante de Castilla archiduque de Austria, don Fernando, hermano del Emperador, y estando el Emperador en Granada le llegó la nueva desta desgracia y una carta de su hermano, el nuevo rey don Fernando, en que le decía:

Carta del infante don Fernando al Emperador su hermano (El correo que trajo esta carta pasó por Burgos a 5 de diciembre.)

«Muy alto y muy poderoso señor: Hago saber a Vuestra Majestad que a los veinte y nueve de agosto pasado, el Turco en persona, acompañado de docientos mil hombres y más, demás de la gran guerra que había hecho en el reino de Hungría, vino y se acercó con su gran ejército a veinte leguas de la gran Buda, donde el rey de Hungría estaba con cuarenta mil combatientes en el lugar. La batalla se dió y fué ganada por el dicho Turco, y el rey de Hungría fué muerto en ella y perdido su artillería, y a causa de esto soy tan triste que no puede ser más. En especial, que en nuestros tiempos tan gran plaga inestimable haya venido a la Cristiandad, en que la necesidad y perplejo en que yo me hallo presente es de dineros y de ayuda de socorro para remediar y defender contra tal y tan cruel enemigo de Cristo, y contra su pujanza, que es la del dicho Turco. Suplico a Vuestra Majestad con toda humildad lo quiera pensar y considerar como el caso lo requiere. En cuanto a la reina nuestra hermana, ella está al presente en una villa que está diez leguas de Viena, como Vuestra Majestad podrá considerar, con su trabajo o fatiga; y para la consolar mis regentes de Austria (visto las dolorosas, tristes y lamentables nuevas) han enviado personas para la consolar, y de mi parte yo la he mandado consolar y visitar lo mejor que de mí ha sido posible. Y por esto, señor, es de dudar y temer que el Turco, visto su tan venturoso vencimiento y bastante pujanza, que no se retirará de Hungría, antes querrá pasar más adelante a la Cristiandad, en que yo seré el primero acometido, lo que Dios no quiera; y aún puede ser que el Turco quedará y fortificará tanto cuanto pudiere en mis tierras, por pasar en ellas el invierno y durante el dicho tiempo correrá y saqueará y quemará, y hará muchos daños y crueldades en ellos, y aun por ventura, viendo el dicho Turco que no está dentro del invierno, que su ejército puede durar aún harto tiempo en el campo, querrá seguir su vitoria a la primavera, y querrá pasar adelante. De manera que el peligro será tan grande y tan a la mano, que no se podrá más encarecer, y no solamente de perder mis tierras y patrimonios, que son agora fronteras del Turco, mas toda la Germanía que queda, y, por consiguiente, toda la Cristiandad, lo que Dios no quiera. Yo me hallo aquí solo, muy pobre y desproveído, sin alguna esperanza de ayuda ni socorro, si no es la de Dios Nuestro Señor y la de Vuestra Majestad; y la ayuda que mis tierras me podrán hacer será casi nada contra tan gran pujanza como es la del Turco. Suplico a Vuestra Majestad humilmente, como a cristianísimo y católico príncipe y cabeza que es de la Cristiandad, tenga piedad y respeto tal cual conviene a este lamentable negocio. Y sea el ayuda y socorro el más pronto y mayor, y con la mayor brevedad que ser pueda, como la necesidad y el deber pide y requiere, pues esta es causa de Dios que todos somos obligados defender, y que por falta de dinero, tan presto perdido, no caya en mayor perdición. Yo prometo a Vuestra Majestad que no digo esto por dejar de poner mi persona y cuanto tengo en este mundo en tan santo trabajo; pero, como tengo dicho, no me queda alguna esperanza, salvo en Dios Nuestro Señor y en Vuestra Majestad. Y asimismo tenemos perdido a nuestro cuñado el rey de Hungría en la batalla, y la reina, nuestra hermana, echada del reino con tanta lástima y desconsolación y con tanto aparejo que hay para que muy presto puede permitir Dios a mí acaezca el mismo caso e infortunio, lo que Dios no quiera, porque los turcos no tardarán de hacer lo que digo, si no se pone remedio y socorro de la Cristiandad. Suplico a Vuestra Majestad como su humilde y obediente solo hermano y verdadero servidor, con la mayor humildad que puedo, que tenga respeto a lo susodicho, pues tanto importa a la Cristiandad, con buenas provisiones y con toda diligencia, como tengo dicho, provea y remedie de socorro, porque de otra manera todo es perdido, caído, desolado y gastado (lo que Dios no quiera), y no será después en nuestro poder de lo remediar aunque queramos. Porque ya he sabido cómo el Turco ha entrado en la ciudad de Buda y ha hecho gran crueldad en ella, y que ya tiene despachados dos capitanes generales con gran número de gente para contra mis tierras de Austria, y el otro lo mismo contra Estiria y Carintia y Carniola.»

Carta del Emperador al condestable en que le dice el desdichado suceso del rey de Hungría. Manda el Emperador en Castilla que se hagan procesiones y plegarias.

Sabida esta nueva, el Emperador hizo el sentimiento que se puede pensar de un pecho tan cristiano, y trató luego del remedio que un mal tan grande pedía. Escribió a los grandes del reino y a los perlados pidiéndoles su consejo y ayuda, pues a todos tocaba, y al condestable de Castilla, por ser persona de las más importantes de estos reinos, por la grandeza de su casa y sangre y por el mucho valor de su persona, le escribió dándole cuenta de esta desdichada jornada. La carta fué:

Carta del Emperador al condestable.

«EL REY.

»Condestable primo. El ilustrísimo infante don Fernando, mi muy caro y mi muy amado hermano, me ha escrito cómo el Gran Turco, enemigo de nuestra santa fe católica, con más de docientos mil combatientes de a caballo y de a pie, y con gran copia de artillería, vino al reino de Hungría, y cómo el serenísimo rey de Hungría, nuestro muy caro y muy amado hermano, por atajar las grandes crueldades que los cristianos de su reino recibían, salió contra él al campo con toda la más gente que pudo, que serían hasta cuarenta mil combatientes, y en una batalla que hubieron fué muerto el rey y algunos perlados y grandes de sus reinos y la mayor parte de todos los otros cristianos que se hallaron en la batalla. Y el dicho Turco entró y tomó la gran ciudad de Buda, que es la mayor y más principal del dicho reino de Hungría, con otras ciudades y lugares que metió a cuchillo, y mató a todos los cristianos, así hombres como mujeres, de edad de trece años arriba. De manera que fueron por todos los cristianos muertos más de ciento y cincuenta mil ánimas, y los de trece años abajo los llevaron consigo a su tierra para los tornar moros de su perversa y mala seta y dañada, y otros muchos cristianos se convirtieron a su mala seta en los pueblos que tomó, viéndose afligidos por temor de la crueldad tan grande que hacía. Ya véis cuán grandes causas y razones hay para que no solamente yo, a quien tanto me toca, tenga de ello muy gran sentimiento, como lo tengo en ver que en mi tiempo y por nuestros pecados Dios Nuestro Señor haya permitido que el Turco haya hecho tan grandes daños y crueldades como ha hecho y por esta causa cada uno debe tenerla por suya propria y defensa de ello, y no menos gran lamentación para toda la Cristiandad, pues que principalmente lo que el dicho Turco hace es muy grande ofensa a Dios Nuestro Señor y de toda la religión cristiana, pues toma y ocupa las tierras y señoríos de los príncipes cristianos, despedazándolos y martirizando los cristianos que se defienden y no le quieren seguir ni obedecer y que en los templos donde se servía y alababa a Nuestro Señor Dios, se hagan agora vituperios y cosas y ritos de menosprecio contra Su Majestad. Y continuando con su diabólica y dañada guerra dice que ha proveído sus capitanes con mucha compañía de gente, para que vengan a las tierras del dicho infante nuestro hermano, que están comarcanas y en frontera de las otras que agora tomaron, que es otro muy gran daño y dolor y sentimiento que de ello tenemos, viendo que con su infidelidad y crueldades quiere señorearse y sujetar los cristianos. Y teniendo consideración a todo esto, en conocimiento de los muy grandes, señalados y buenos beneficios que hasta aquí habemos recibido y cada día recibimos de Nuestro Señor, que nos puso para que en su lugar reinásemos en la tierra y que nos dió señal y imperio y señorío con que le sirviésemos, y también por el deudo tan cercano que tenemos al dicho rey de Hungría con el dicho infante don Hernando, y que será en bien de las tierras de nuestro patrimonio y cumplir con la obligación que tenemos, para defensión de nuestra santa fe católica y religión cristiana, quiero, teniendo a Dios delante mis ojos, pues es la causa mía propria y defensa y es servicio de Nuestro Señor, en el cual yo espero que me dará galardón, y a todos los cristianos que en ello se emplearen, la vitoria de ella, así para resistir como para recobrar lo que se ha tomado y ocupado de cristianos, y hacerle a él y a todos sus súbditos y infieles todo el daño e mal que pudiéremos, y procurarlo con todo nuestro poder, de resistir al dicho Turco y estorbarle que no haga cosas en tan grande ofensa de Nuestro Señor y de nuestra santa fe católica y religión cristiana, y trabajaremos con todas nuestras fuerzas de quebrantar y acabar la gran soberbia del dicho Turco, la cual, con ayuda de Nuestro Señor, entendemos poner así en obra en el tiempo más breve que ser pueda, según al caso conviene, y se entenderá en ello con todo cuidado y lo que para el asiento de ello es menester. Entretanto, yo entiendo socorrer al ilustrísimo infante nuestro hermano con alguna suma de dineros con que pueda sostener y pagar a la gente, que es menester para impedir y resistir que no reciban daño sus tierras y las otras que allá tenemos, con las otras de cristianos de aquellas comarcas, ni se hagan tan grandes daños, muertes, robos, cautiverios y crueldades como las pasadas; porque de otra manera no le convenía esperar al gran poder del Turco. Hágooslo todo saber, pues esta empresa toca a nuestra santa fe católica y a toda la Cristiandad, que tiene obligación al remedio por las causas ya dichas, y nos va y cumple mucho la defensa de esto. Encárgoos que, pues importa esto al bien universal de nuestra santa fe, que penséis bien la forma e manera que conviene que se tenga para proveer todo lo que conviene y fuere menester para tan gran caso como éste, que, según la calidad de todos, nos debemos disponer y trabajar en ello, porque en nuestro tiempo sirvamos a Dios Nuestro Señor y Redentor y no solamente defendamos nuestra santa fe católica y la aumentemos como tenemos confianza en El, que nos dará gracia para lo poner en obra como dicho es; mas para que hagamos tales obras, que dejemos buen nombre y el ejemplo en la santa Iglesia universal y en el mundo a los que después vinieren; y hacednos saber cómo la recibistes.

»De Granada, a 29 de noviembre, 1526 años.»

La misma, sin faltar letra, escribió este día y año al marqués de Denia y otros grandes de Castilla.

Escribió asimismo el Emperador al presidente de la Chancillería de Valladolid que mandase hacer procesiones por el bien de la Cristiandad, y que se hiciesen plegarias en las misas, acabada de alzar la hostia, y asimismo al mediodía, rogando a Dios hubiese misericordia de la Cristiandad y no permitiese que el Turco, encarnizado en la sangre cristiana, pasase adelante con sus vitorias, sino que lo confundiese volviendo por su pueblo. Lo cual se hizo ansí con mucha devoción en todo el reino, y el Emperador envió al infante don Fernando, su hermano, docientos mil ducados para que, se entretuviese la guerra hasta que le pudiese ayudar con todas sus fuerzas.

Palabras que el César dijo al embajador del rey, de las cuales resultaron los desafíos.

Ya que por este año hemos acabado con las cosas que fuera de Italia sucedieron, será bien volver donde dejamos los cuentos de las guerras de la liga y los demás con el rey de Francia.

Por el mes de setiembre envió el rey de Francia al arzobispo de Burdeos por su embajador a la corte del Emperador, donde, juntamente con el nuncio del Papa y el embajador de venecianos, le requirieron que, pues el rey su señor, como ya había mostrado, no podía cumplir lo que había prometido, que le restituyese sus hijos que tenía en rehenes, tomando por ellos algún honesto rescate. Respondió el Emperador a esta embajada con muestras de harta indignación, en breves palabras, que si el rey de Francia no podía, como decía, cumplir lo que había prometido y quería libertar a sus hijos, que se viniese él a la prisión donde ellos estaban, como lo había prometido y jurado, porque de otra manera no entendía dárselas. A la cual respuesta ningún descargo ni disculpa tenía que dar el rey de Francia, porque aquello no podía decir que no estaba en su mano, y lo podía hacer, como era obligado, y para ello tenía ejemplo de los reyes sus predecesores, que así lo habían hecho; señaladamente estaba fresca la memoria del rey Juan, único deste nombre, que siendo preso por los ingleses en una batalla y después suelto con ciertas condiciones, vuelto a su reino, y no pudiéndolas cumplir, se volvió a la prisión y permaneció en ella hasta morir.

Y demás de esta respuesta, tomó aparte el Emperador al embajador y díjole que dijese al rey de Francia que lo había hecho laschemente y meschantemente, que en castellano suenan muy ruinmente y villanamente en no le guardar la fe y palabra que le había dado por la capitulación de Madrid, y que si esto quisiese contradecir, que se lo haría conocer de su persona a la suya.

[Apología de Francisco I contra la concordia de Madrid.]

Tan apoderada estaba la pasión del rey de Francia, que no se contentando con la sangre que en las guerras derramaba, quiso también mostrarla en las palabras y cartas que contra el Emperador escribía. Y para justificar su mala voluntad, y el no querer cumplir lo que en Madrid había prometido y aun jurado, escribió a todos las príncipes de Italia y Alemaña, y demás desto una apología que mandó imprimir para sembrarla por todo el mundo, cuyo título era: Apología disuasoria Madriciae conventionis.

Apología del rey contra la concordia de Madrid: qué decía en ella:

Que por si acaso hubiese alguno que pusiese en duda la fe del Cristianísimo rey de Francia, por no haber guardado la concordia o concierto que entre él y el eleto Emperador se había hecho, les rogaba que no se determinasen en cosa alguna, ni lo pensasen, hasta entender bien el hecho de la verdad, y que para que mejor la entendiesen, le pareció acertado ponerla según se refería este escrito. Luego (dice) que el rey Cristianísimo recibió la administración del reino de Francia, ninguna cosa procuró con mayores veras que confederándose con los demás príncipes de la Cristiandad, emplear las florescientes fuerzas del reino y de su edad contra los crueles enemigos de la fe cristiana. Y para conseguirlo, ni perdonó a trabajos ni gastos, ni otras dificultades, confederándose de diversas maneras, particularmente con el eleto Emperador. Las cuales confederaciones guardó firmemente por ser en favor y para bien de la república cristiana y de los súbditos de ambos. Pero no le siendo guardada por el eleto Emperador la misma fe, porque le negó el tributo que le había de dar por el reino de Nápoles, y la restitución del reino de Navarra; acometiendo asimismo con tratos secretos el Estado de Milán, y no queriendo hacer el juramento de las apelaciones que por los condados de Artois y Flandes era obligado, y por otras muchas causas en que había faltado, que por razón de superioridad que el rey tenía en los dichos condados de Artois y Flandes debía cumplir. Y lo que más grave y penoso fué, que le sacó con largas promesas a Carlos de Borbón, siendo su vasallo, y hizo que se levantase contra él. Finalmente, después que estas y otras muchas cosas (que sería largo contar), fueron intentadas en perjuicio del rey y del reino, llegaron a las armas, y se hicieron guerra en el ducado de Milán, que es suyo, por juro de heredad y concesión de los pontífices, y donación en feudo de Maximiliano, Emperador de felice memoria, abuelo paterno del nuevo eleto, echando fuera (no mucho después) del Estado de Milán el presidio del rey Cristianísimo. Y cuando se pensaba que el eleto Emperador había de quietarlo y apagar el incendio tan grande de la guerra, entonces la encendió y movió con rabia y furia; y, confiando demasiado en la fortuna, que se le mostraba tan favorable, acometió con su ejército el condado de Proenza, antiguo patrimonio de los reyes de Francia, y cercó a Marsella. Necesitado desta manera el rey Cristianísimo juntó sus fuerzas y levantó un campo con el cual defendió sus tierras. De manera que forzó al enemigo a levantar el cerco y poner su salud en la huida. Y yendo en su seguimiento hasta Lombardía, cobró la ciudad de Milán. Después desto, poniéndose sobre Pavía, siéndole contrario algún mal hado, y antes, por ventura, que por virtud de los contrarios, ni por saber más de la guerra, sustentando por su persona la batalla, y esforzando a otros y deteniéndolos para que peleasen, cayó en manos de sus enemigos. En el cual suceso como no hubiese tanto vencido el eleto Emperador, cuanto caído en mayor peligro, pues era así que recogiéndose las fuerzas del rey, que estaban enteras, y sólo derramadas, y levantándose casi toda Italia contra el eleto Emperador temeroso, viendo crecer tanto sus fuerzas, y amotinándose los alemanes de su campo porque no se les daba paga, debiéndoseles muchas, por no tener de donde sacar dineros, cercados de tantas dificultades, no sabían en qué parte podrían tener al rey que estuviese seguro. Pues en esta turbación, como la ilustrísima Luisa, madre del rey (a quien había dejado el gobierno de todo Francia) tuviese por acertado para la libertad de su hijo y salud de toda Italia que se apretase y diese sobre el ejército del César, que era muy fácil, pues estaba desavenido, para desta manera poner a su hijo en libertad, por librarse el César de un peligro tan notorio, ofreció por sus embajadores grandes partidos, y la paz, amistad y parentesco con el rey. Demás desto, los que estaban con el rey le aseguraban del buen ánimo del César, encarecían su clemencia, y que con sólo ir el rey donde el César estaba, con facilidad no sólo alcanzaría libertad, sino su amistad y una paz perpetua y saludable para sí y para toda la Cristiandad. Con las cuales razones el Cristianísimo rey se inclinó a querer en su armada (cuando de otra manera ser no pudiese) pasar en España, donde procuró con ruegos y buenos consejos cuanto pudo, para que dejadas las enemistades, se acudiese a la república cristiana, que estaba en tanto peligro, y que bastase la sangre que se había derramado, y ver a Italia casi asolada, que no se veían en ella sino muertes y incendios, porque con éstas tenía lugar el enemigo cruel para ofender la religión cristiana: que ya que no le moviese piedad, a lo menos supiese que había de dar cuenta a Dios de todas cosas. Que en lo que a él le tocaba, estaba muy presto para hacer una perpetua confederación y amistad con él, y daría por su libertad una gran suma de dineros, cual debía dar un rey de Francia cautivo. Pero despreciando esto el César, pedía unas condiciones tan duras y graves, que si bien el reino quisiera, no las pudiera cumplir. Porque era tanto el rigor, que decía que si no le daba el ducado de Borgoña, jamás saldría de la prisión. Y demás desto le añadió otras condiciones, sobremanera inicuas, que sería largo contarlas, amenazándole con cárcel perpetua, y otras penas graves y indignas no sólo de un rey, pero de otro cualquiera. De lo cual conoció el rey Cristianísimo que le habían engañado y faltado notablemente en las muchas promesas que le habían hecho. Fatigado, pues, con semejante molestia del cuerpo y del alma, cayó en una grave y peligrosísima enfermedad. Entonces, temiéndose el César de perder con la muerte no pensada del rey lo que deseaba, y las provincias del reino francés, que deseaba, junto con que caería en un odio general y aborrecimiento de todos, fué a visitar al rey Cristianísimo, que apenas ya sustentaba el último espíritu, y no se apartó de él animándole y prometiéndole grandes cosas, tanto que le puso en segura esperanza de conseguir su libertad. Pues como el rey por la voluntad de Dios buena y grande, convaleciese, envió sus embajadores y con su hermana a rogar al César, que con las condiciones honestas que había ofrecido, fuese contento de darle libertad, y que mirase bien lo que había dicho a los suyos en Italia. Que si le pidiese condiciones inicuas, que él no pudiese cumplir, que de ninguna manera las guardaría y dándosele ocasión vengaría cuando pudiese su injuria. Pues como viese en el César muchas señales de un ánimo enemigo y duro, fácilmente descubría que jamás alcanzaría libertad hasta hartar la inmensa codicia del César. Y temiéndose que por no estar confirmado en la salud, con esta pesadumbre de ánimo caería en alguna enfermedad peligrosa; y demás desto, que con su larga ausencia podrían nacer algunos movimientos en su reino, como en otros tiempos sabía haber sucedido, movido, demás desto, con un justo miedo de perpetua servidumbre, como no hallase otro camino para librarse de la cárcel, considerando que en un estado tan feliz del César y por sus grandes fuerzas, no habría alguno que o con armas, o por su autoridad, le pudiese compeler, para guardar las leyes de los cristianos, que vedan como cosa indigna y no conveniente a la religión cristiana, que algún rey preso en la guerra, esté perpetuamente cautivo, sino que se le dé libertad por un justo precio. Por las cuales causas el rey Cristianísimo vino en las condiciones que el César había procurado, y como las quiso no solamente feas y perniciosas a su reino, pero aun indignas que el César las pidiese y quisiese Y si bien el Cristianísimo rey tenía entendido, que los dichos capítulos se habían ordenado con inhonestas e indignas condiciones, con todo eso luego que entró en su reino, mandó juntar todos sus grandes y senadores de él, y les pidió su consejo y mandó que consultando entre sí el hecho, le dijesen lo que según derecho y su dignidad real debía hacer. Estos, pues, con madura deliberación respondieron, y fué tal su sentencia y parecer.

«Las confederaciones y contratos no acostumbrados, que contienen notable detrimento y daño del que promete, hechos con el más poderoso, según derecho, se han de tener por violentos y involuntarios; y así no se deben guardar. Y demás desto, cuando el rey, según costumbre, fué ungido en la ciudad de Reims, entre las ceremonias de la consagración juró de no enajenar el patrimonio del reino. Por tanto, si hubiere prometido algo contra el dicho juramento, de ninguna manera lo debe guardar. Asimismo es derecho, que ninguno pueda transferir en otro ciudad o provincia contra la voluntad y repugnando los súbditos; y así no pudo el rey venir en semejante enajenación sin consentimiento de los suyos. Demás desto, habiendo protestado que si el César le ponía condiciones inicuas y graves, que no las cumpliría, tiene satisfecho bastantemente a sí y a su honor. Y lo que más es de notar, que cuando se trataba de la libertad del rey, no se miraron estas cosas, o al César se le olvidaron. Así que, es necesario confesar que se hizo por justo juicio de Dios, a cuya cuenta estaba la libertad del rey Cristianísimo. Y dejando otras muchas cosas: ¿Quién era tan ignorante de los derechos de Francia, que no entendiese que de alguna manera podía el rey obligarse a tales condiciones, sin que los parlamentos de Francia (cuyo consentimiento había de pasar por sus consultas) admitiesen una enajenación como esta, o las consintiesen guardar, por estar juramentados estrechamente de amparar y conservar el reino en todo lo que tiene? ¿Qué se puede pensar que sentirían o dirían todos los naturales del reino, pueblos y comunidades de Francia? ¿Cuáles serían sus pensamientos viendo que le metían en las entrañas del reino un enemigo tan antiguo y poderoso, y que enajenaban de él, dando a los estraños un fuerte seguro y firme de Francia, que tanto tiempo había sido suyo? Bien fuera, pues, que se esperara el consentimiento de todos en la que el César se había convenido con el rey, principalmente acordándose que el eleto Emperador no se había fiado de la fe del rey, antes le había puesto guardas de día y de noche, hasta que entregó sus hijos, a quien estaba cometido por el César. Por lo cual, la libertad que con la prisión de los hijos alcanzó, puede decir que la tiene según derecho de guerra. Y también es derecho cierto, que no se debe guardar la fe y palabra, donde hay peligro conocido de muerte, o de perpétua servidumbre y cárcel. Y esto principalmente si se hace la promesa por miedo o fuerza. Y según esto, ninguno podrá dejar de confesar ser lícito al rey Cristianísimo, cuando ya las condiciones dichas no las pudiera ni aprovechara recusar, procurar como pudiese su libertad, principalmente no habiendo alguno, que le pudiese librar de la fuerza que padecía, y darle su ayuda, y asimismo al reino, puesto en tanto peligro. Finalmente, de ninguna manera pudo venir en que el ducado de Borgoña se enajenase o diese al César, como estaban convenidos, pues aquel ducado era anejo al de Normandía y incorporado en el reino por el rey Juan de Francia, de suerte que no pudiese enajenarse o dividirse, pues se gobiernan con las mismas leyes que todo el reino de Francia. Y es cierto y sin duda, que conforme a la ley Sálica, no pueden pasar en hembras, ni en los decendientes dellas. Y por el mismo derecho tampoco se podía transferir o enajenar el dicho ducado agora. Y como estas cosas fuesen dichas y alegadas largamente, como todo eso, el rey Cristianísimo no quiso determinarse en este parecer, hasta tanto que diese parte por sus embajadores y cartas a los demás príncipes amigos y confederados suyos, por saber dellos qué era lo que en esta materia sentían. Los cuales todos fueron de parecer que de ninguna manera debían ser guardadas condiciones tan inicuas y perniciosas al reino. Porque demás que en ellas se contenía la enajenación del ducado de Borgoña, y se soltaba el feudo de los condados de Artois y Flandes, y entregaba el condado de Borgoña, y el vizcondado de Anxous, el ducado de Charlois, y señoríos de Noyers y Chastel Chinon, anejos al dicho condado y superioridad de San Lorenzo, etc. Y se apartaba del derecho que tenía al reino de Nápoles y ducado de Milán, y de las demás cosas que de derecho pertenecen al rey de Francia y a su reino, de la parte de los Alpes y en Italia. Y perdonaba gran suma de dinero, que muchos años antes el eleto Emperador debía al rey de Francia. Y lo que más indecente debe a cada uno parecer, se obligaba el rey Cristianísimo de acompañar al Emperador cuando fuese a coronarse, con mil hombres de armas y seis mil infantes. A los cuales había de dar la paga junta de seis meses. Y demás desto, había de dar una armada para esta jornada, en la cual habían de ser capitanes solos los que el Emperador nombrase; de suerte que aun no le quedaba al rey seguridad para volver a cobrar su armada. Y que donde quiera que el César fuese, hubiese de ir el rey con gran ejército. Finalmente, de tal manera se olvidó de todos los amigos del rey, sin hacer cuenta dellos, que quiso que se apartase dellos. Y como pareciesen a todos estas condiciones inhonestas y demasiadamente pesadas, y aun indignas de que el César las quisiese, juzgaron que de ninguna manera se debían guardar. Y no queriendo el rey dejar cosa por intentar, mandó llamar ante sí muchos de los principales y caballeros de Borgoña; a los cuales, como les explicase todo el negocio, respondieron que no podían resolverse en cosa, hasta que lo consultasen con todo el Consejo de Borgoña, y en lo que a ellos tocaba, que jamás vendrían en concierto alguno que los enajenase de Francia, antes perderían haciendas y vidas; y enviando el rey algunos de los suyos para que hablasen a los del Consejo (o como ellos llaman, Estado) y les persuadiesen por buena esta enajenación, unánimes respondieron, que antes se pondrían a cualquier riesgo y peligro, que verse en poder de otro señor del que tenían. Y que si el rey Cristianísimo estaba en tal determinación, le pedían una cosa, que de ninguna manera se la podía negar, y era que oyendo los pares de Francia, y los del Parlamento, hiciese después lo que según justicia determinasen. Porque en las calles y plazas abominaban todos públicamente desta enajenación, y decían a voces que no la consentirían. Finalmente, por satisfacer en todo el rey Cristianísimo, y hacer lo que en sí era, rogó al virrey Carlos de Lanoy (que algunos días estuvo en su corte, y vió al ojo estas cosas) que tratase con el eleto Emperador que se quitasen de las condiciones las cosas que no eran tan honestas, y quede ninguna manera se podían cumplir. En cuyo lugar daría una bastante suma de dinero, y se compondría la paz tan deseada entre cristianos, y que se le volviesen los hijos que tenía en rehenes, y se quitaría el impedimento para que su muy amada esposa, Leonor, entrase en Francia, que por esta razón, habiéndose puesto en camino se había vuelto. La cual muchas veces le había encarecidamente pedido por sus cartas y embajadores, siendo tan justo, que según derecho divino y humano no se le podía negar. Lo cual hasta este día no se pudo alcanzar de él. Siendo, pues, estas cosas tantas veces intentadas sin poder tener efeto, hubo de dar en un extremo, que era el que quedaba, como último remedio de su salud, y de todos los cristianos, que fué confederarse con el Papa y con el duque y senado de Venecia. De la cual liga había de ser el protetor y defensor el rey de Ingalaterra. Y para que más fácilmente se viniese a la universal paz y concordia de todos los reyes y príncipes, le quedó libertad al Emperador para que, teniendo consideración a su dignidad, pudiese entrar en esta liga; con tal que dejase libre y quieta a Italia, y que las condiciones que tanto ofendían a la libertad del rey de Francia, las diese por nulas, inhonestas, inicuas y imposibles, y le restituyese sus hijos, dándole el rey por su redención lo que fuese justo. Habiéndose, pues, hecho tantas diligencias, para que de todo punto no quedase cosa por intentar en satisfación de su honra y fe, rogó y suplicó encarecidamente al Sumo Pontífice y reverendísimos cardenales, y a la Santa Sede Apostólica, a la cual siempre ha venerado, y a los demás reyes y príncipes cristianos, que por Aquel que es rey de los reyes, y nos redimió con su preciosísima sangre, tomasen esta su causa y la defendiesen. Y asimismo juzgasen si debía hacer más de lo que mandaban las leyes, los derechos, la equidad, o qué es lo que permite la Iglesia cristiana que se debe pedir al rey de Francia, preso en una batalla, por su libertad; porque promete a Dios y a la Iglesia Apostólica, y a todos los príncipes cristianos, de cumplirlo así, y que en ningún tiempo faltará dello.

»Siendo, pues, esto así, será ya fácil el poder juzgar, ¡oh reyes, oh príncipes!, si por ventura es más justa la causa del eleto Emperador, que tan duras y imposibles leyes puso, o la del Cristianísimo rey, que no estando obligado a cumplirlas, con todo, no dejó (cuanto en sí fué) cosa que importase a la guarda de su fe, y palabra inviolable. Defended, pues, la causa del rey Cristianísimo y de sus hijos, pues es común y general de todos los reyes y príncipes, porque no se ensoberbezca esta sacrosanta dignidad, y se perviertan las leyes cristianas. Recibildes, os ruego, y ayudadla.»

Con esto acaba la apología francesa, que parece bien justificada; pero sabida la respuesta, se verá cuán en la corteza o sobre haz tiene la verdad. Acaba la apología con un tetrasticón o cuatro versos, que decían al lector:

Foedera vana putes, ratio si desit iniqua.

Pactio nec stringet, quod sacra jura velant.

Ergo ubi vis cogit, pacti conventio nulla:

Compulsum salva non negat ire fide.


Que es:

Si falta la razón, juzga por vanos

Los injustos conciertos, pues no aprietan,

Ni fuerzan con violencia

En los casos humanos,

Que las sagradas leyes nos decretan:

Pues donde hay fuerza ciega,

No la tiene alguna conveniencia,

Ni el concierto se niega

Al que ha sido forzado

Que busque libertad y nuevo estado.


Respuesta a la apología del rey de Francia por parte del Emperador. -Confiesa que el rey no guarda la concordia, y quiere defenderlo como si fuera loable no cumplir la palabra. -No hay cosa mejor en el príncipe que la verdad de su palabra. -A los enemigos se ha de guardar la palabra. -Comparación notable, siendo juez desto el rey de Ingalaterra, año 1521. -Prueba que el rey de Francia no guardó la concordia de Noyón ni otras. -Los malos oficios que el rey procuró hacer siempre al Emperador. Responde a lo que se agravia sobre la restitución de Navarra. -Satisfación a la queja del Estado de Milán. -Sobre las apelaciones de Flandes y otros estados que acudían al Parlamento de París. -Filipo introdujo el acudir a París con las apelaciones. -A la queja que el rey tenía de la fuga del duque de Borbón. -El condado de Proenza pertenece al Emperador. -Condado de Anjou es del Emperador. -Derecho de la corona de España a las dos Sicilias. -Las Vísperas sicilianas fueron en esta ocasión. -Cuándo el rey de Aragón hubo el reino de Nápoles. -En Aviñón. -Justificación de la entrada que el duque de Borbón hizo en la Proenza. -No fué fortuna vencer al francés, sino valor. -Responde a lo que dice de la venida del rey en España. -A lo que dice de la paz universal que el rey trató en España. -Quiso el rey escaparse en Madrid, como dije, con traza de su hermana. -Responde a lo que dice que en el Parlamento de París se había acordado. -Responde a lo que dice de que los de Borgoña no consentían. -Vióse en este peligro años adelante.

Causó escándalo la apología francesa, y varios pareceres en diversas partes.

En Castilla se escandalizaron, y el Emperador recibió pena, viendo las razones por donde el rey de Francia se alzaba con el crédito de su fe y palabra, no queriendo cumplir lo que en Madrid había prometido y jurado. A todos parecía que el rompimiento había de ser grande.

Querían unos que no se respondiese, pareciéndoles que ni lo merecía, ni tenía razón, que a algún buen ingenio hiciese fuerza. Otros decían que sí, que al fin es infinito el número de los necios en el mundo, y es necesario a veces responder a los tales, porque no se tengan por sabios.

La respuesta que por parte del Emperador se dió, es larga, y no querría serlo, de manera que cansase, si bien personas dotas me persuadieron que pusiese estos papeles, al pie de la letra, por ser gravísimo y de gusto.

Diré en relación lo que bastare, para que todos sepan estos cuentos que ya en nuestros tiempos están olvidados.

Diré, pues, que la pestilencia de los aduladores (según Isidoro) es ponzoñosa enemiga de amistades, y sin verdad; Séneca dice que los príncipes y Estados más altos padecen este mal, y se ven en este peligro, que los más poderosos son más pobres, y carecen de quien les diga abiertamente la verdad. Porque el cuidado de los aduladores es engañar blandamente; y todo lo que el señor dice o hace, loarlo sin moderación. Encarecen adulando, fingen el semblante exterior, callando lo que sienten, sin decir verdad, hablando al gusto o favor del señor. Si niega, niegan. Si afirma, afirman. Y como dice Plutarco, tienen la naturaleza del camaleón, que se vuelve del color que se le pone delante, salvo del blanco.

Así, el adulador toma los colores de las cosas torpes y feas, revístese dellas; pero no de la blancura honesta de la verdad, que de ninguna manera puede vestirse della ni imitarla; y como el pintor con las sombras levanta los colores, así el adulador loando y aprobando los vicios, los sustenta y favorece; y como la áspide mata al que hiere con su ponzoña, entorpeciéndole con un pesado sueño, y es su veneno incurable más que otro alguno, así los aduladores matan de tal manera que privan de los sentidos.

Pues el que quisiere librarse de un mal tan dañoso y ponerse en la razón, conózcase a sí mismo, como dice Taletis Milesio, que desta manera entenderá si le tratan verdad, y entendiéndola echará muy lejos de sí afrentosamente los tales aduladores.

Habiendo, pues, salido de las manos del embajador de Francia, que residía en la corte del Emperador, y venido (dice este autor sin nombre) a mis manos una cierta escritura, que llaman (si bien es más invectiva) apología, hecha por un incierto autor, llena de adulación y engaño, en la cual no hay cosa justa, verdadera, ni honesta; porque tanta ponzoña saliendo en público no ofendiese y dañase los oídos de muchos, no me pude contener, antes armado del escudo de la verdad y con favor de Aquel que es luz, vía, verdad y vida, preparar la medicina de un mal tan contagioso, deseando y procurando la salud de todos los oyentes con sola la verdad destas cosas, deshaciendo las mentiras y fingimientos con los cuales este adulador quiere engañar y apestar los ánimos de tantos reyes y príncipes, y apartarlos de la verdad.

Pretende este adulador, con sus engañosas palabras, persuadir que ninguno tenga duda de la fe del rey Cristianísimo, por no haber querido cumplir lo que tiene capitulado con el Emperador, y que ninguno imagine cosa, ni se determine en ella, antes de enterarse y haber entendido el hecho de la verdad. La cual (sí bien falsamente) promete decir en su escrito. Pero hiriéndose con su azada en el principio de su oración, confiesa por su propia boca que el rey no ha guardado la concordia, fatigándose en defender la fe en que ha faltado, quiere introducir un monstruo, llevando por blanco, proposición o tema, la misma infidelidad y mentira; no mirando el adulador, que no hay cosa que más resplandezca en un príncipe, que la firmeza de su palabra, ni que más firmes tenga sus cosas que la verdadera religión.

Porque según graves autores, tres cosas sustentaron a los romanos y los hicieron señores del mundo, que fueron las letras, el ejercicio de las armas, la religión y verdad que trataron. Que es intolerable la falta de la palabra, que, como dicen los derechos, aun a los enemigos se ha de guardar, como mostró Marco Régulo, queriendo más volver a las prisiones de Cartago, que dejar de cumplir lo que había prometido. Y así lo hizo Juan, rey de Francia, que siendo preso en una batalla que le dieron los ingleses y dándole libertad conque no cumpliendo lo que había prometido, se volvería a la prisión, quiso más viéndose libre volver a la cautividad y acabar la vida en ella, que faltar a su fe y palabra.

Que la fe, es fundamento de justicia, que está en la comunicación y trato de las gentes. Y hace este adulador predicando por fe la falta della y la contravención por observancia de la religión, como el que cae en el lodo, que porfiando a levantarse, sin que otro le ayude, más se revuelve y ensucia en él, y echa mano, para salir del cieno, de cualesquier ramos, o del primero que puede, de los cuales unos están secos, otros son delgados y cenagosos, y quedándose con ellos en las manos vuelve a tenderse en el mismo lodo, lastimándose las manos con ellos, por tener espinas o ser ásperos.

De suerte que le cumple echando mano dellos, soltarlos y no asirse más de su flaqueza.

Comienza el autor desta apología con que luego que el rey Cristianísimo tomó la administración del reino de Francia, ninguna cosa procuró con más veras que guardar las concordias y pactos con los reyes y príncipes cristianos, y principalmente su amistad, para emplear las armas florecientes de su reino y edad en los enemigos crueles de la fe cristiana.

Quien tal dice, es fuerza que confiese o estar sin memoria, o no saber las historias de lo pasado, y de qué manera el Cristianísimo ha amado y guardado la paz. Testigo es el que todo lo sabe, de qué suerte comenzó a reinar y lo que luego que se sentó en la silla intentó, y quién fué el autor de la paz cristiana, quién el primero que la admitió y concertó por cinco años con León X para quietud de la Cristiandad y quién gustó della, quién tuvo limpias las manos de la sangre cristiana, quién levantó primero campo contra los enemigos de la fe y les hizo guerra y entró sus tierras, testificanlo las confederaciones que hizo después que comenzó a reinar. Dígalo la jornada primera del rey Cristianísimo para ocupar el Estado de Milán, con tantas muertes de los suizos y otros cristianos, siendo duque Maximiliano Esforcia. Testigos son los dos ejércitos que el César, antes de recibir el Imperio, envió contra los enemigos de la fe, desde los reinos de España, de los cuales el uno rindió la isla del Peñón de Argel, promontorio muy fuerte de los piratas. Siendo, pues, estas cosas tan notorias,que con ninguna cautela se pueden encubrir, fuera más acertado dejarlas en silencio, que tomar principio y fundamento dellas. Cayendo, pues, y faltando tal fundamento, había de tomar otro de nuevo, sobre el cual pudiese renovar y blanquear las paredes abiertas que se estaban cayendo, cubriendo y ocultando los defetos aparentes.

Porque refiere los conciertos hechos con el Emperador, que, como dice, siendo importantes para la salud de la república cristiana y bien de los súbditos de ambos, los guardó siempre firmes y inviolables. Pero que no se le guardó a el la misma fe, porque se le negó le pensión del reino de Nápoles y restitución de Navarra, etc.

Pero cierto que fuera mejor callar estas cosas y no remover tal sentina, porque a los presentes no diese mal olor, o fuera causa que quitándose las cortezas y jalbegues de las paredes viejas, descubriéndose sus aberturas y vicios, cayese todo el edificio, tomando debajo al que edificaba. Bastaba, cierto, haberse disputado largamente, no sólo con palabras, sino por obras en Calais, cuya era la culpa. Cuando estando en cuestión quién de los dos príncipes que contendían, había quebrado la concordia y por virtud del concierto había de asistir y juzgarlo el serenísimo rey de Ingalaterra, y él puso en su lugar por medianero al Cardenal Evoracense, legado de Ingalaterra, para que, haciendo sus veces, determinase quién primero había faltado en la concordia, y provocado la guerra y acometido a tomar las armas contra el otro, para favorecer según la condición del concierto, al que lo había guardado y sido provocado y acometido. Y siendo finalmente conocida la verdad, y por cartas proprias y propria confesión del rey Cristianísimo comprobada haber sido el primero en quebrantar la concordia, y el que primero acometió; el serenísimo rey de Ingalaterra, guardando justicia determiné, que el César, por haber guardado el concierto y sido provocado y acometido del francés, debía ser amparado, y que le había de ayudar con todas sus fuerzas, y se declaró por enemigo del francés como la justicia lo pedía, según la forma del concierto.

Y porque nadie piense que esto se hizo por favor y no conforme a justicia, procuraré (dice) responder abiertamente a cada cosa en particular. Que no hayan sido siempre guardadas estas concordias inviolablemente por el francés, consta claro, porque en el primer año que el rey Cristianísimo comenzó a reinar, viviendo el rey don Fernando el Católico y no siendo Carlos aún rey de las Españas, sino que sólo tenía el título de príncipe de Castilla, concertándose entre el rey Cristianísimo y el príncipe Carlos la concordia que llamaron de París, en la cual se trataba de los socorros que le había de dar para obtener los reinos de España en muriendo el Rey Católico, y del matrimonio que se había de hacer entre Carlos y Renata, hija del rey Luis, sucediendo poco después la muerte del Rey Católico, tratándose de la guarda de este concierto y ejecución de él, quiso el rey Cristianísimo que no se cumpliese en lo que tocaba al matrimonio y sucesión de los dichos reinos. Y por estas cosas, mudando el parecer del primer concierto, ordenó que se hiciese otro de nuevo, que llaman de Noyon, el cual tampoco parecerá haber guardado el Cristianísimo rey, antes ha faltado en todo, porque llamando el Cristianísimo su hijo a Carlos y prometiéndole amorosamente su grandeza, hiere como serpiente con la cola, y procura de todas maneras derribar y disminuir sus fuerzas. Y para poderlo hacer más fácilmente, procuró con todo ahinco (por fas o por nefas) impedir que, muerto el Emperador Maximiliano, no le sucediese Carlos en el Imperio. Pero no le saliendo así sus intentos, buscó nuevas causas y maneras para apartarse de su amistad. Pidió rehenes para la seguridad de la Junta en la concordia de Noyon, sin haberse prometido. Pidió la restitución del reino de Navarra, de la cual nunca se trató, y que no se le concediendo esto, se diesen por rotas las concordias. Demás de esto, trató de quitar al César todos sus amigos y confederados. Solicitó (si bien en balde) los eletores y príncipes del Sacro Imperio, para que difiriesen la Dieta de Wormes y la diesen por nula, y entretuviesen y ocupasen al César. Concertóse asimismo con León X, para ocupar los reinos de las dos Sicilias, y que partiesen entre sí los Estados de Italia. Incitó con letras y correos los pueblos alterados de España, para que se apartasen de la obediencia del César. Movió, finalmente, las armas, así contra Flandes como contra España, y ocupó el reino de Navarra; pero no sin llevar lo que merecía, echándole de él los españoles por su gran virtud, con muerte de muchos de los suyos. Estas cosas, pues, intentó el Cristianísimo, antes que el César tomase las armas o se apartase de la observancia de la concordia; juzgue cualquiera de sano entendimiento y sin pasión, qué concordias firmes y inviolables puede mostrar haber guardado, pues aun con sus proprias letras se comprueba lo contrario. Y veamos en qué podrá mostrar que el nuevo competidor no ha guardado la fe al rey Cristianísimo, si no es que, como el asna de Balam, profetizando, diga la verdad que no entiende, esto es, no se haber guardado una misma fe. Siendo así, porque el César en nada ha contravenido al Cristianísimo. Y añade que se le negó el censo del reino de Nápoles, en lo cual se muestra totalmente ignorante. Porque hablando del censo, ignora su naturaleza; y así, para descubrir lo poco que de esto entiende, hemos de acudir a la concordia de Noyon, la cual se hizo siendo Carlos menor de edad, y que no había venido a España, ni los españoles le habían jurado por su rey, ni sabía los derechos de sus reinos, ni tenía cerca de sí consejeros que los supiesen, y vino en tal concordia por consejo de algunos que pensaban que no tenía segura la entrada en España si primero no se concertaba con el francés, haciendo nueva concordia a su gusto.

Engañado, pues, y vencido de la ignorancia del hecho y del derecho, por medio destos consejeros que tales cosas (ignorando los derechos) le aconsejaban, creyendo a las palabras solas y pretensión del francés, vino en el desposorio y matrimonio que se había de hacer a su tiempo con Luisa, hija del rey Cristianísimo, niña aún no de un año. Y que faltando ella, casase con otra, que aún no era nacida, si acaso después naciese, y que faltando ambas, volviese al desposorio antes concertado con Renata. Y como entonces Carlos poseyese el reino de Nápoles iure heroeditario, y por investidura de la Sede Apostólica, de quien es feudatario, y el rey Cristianísimo pretendiese tener derecho a este reino, aunque en efeto no pueda pretenderlo, como está declarado por el señor del feudo, y puede constar y por manifiestos documentos. Y si bien tuviera algún derecho el rey Luis su antecesor, que no lo podía tener, lo perdió; y le había dado en dote (antes que la sucesión del reino pasase al mismo rey Francisco) a madama Germana de Fox, su sobrina, reina de Aragón, que entonces vivía. Y así al rey Francisco no le quedó derecho alguno. Y como los agentes del rey Cristianísimo pretendiesen que el Rey Católico don Fernando se había obligado, por razón del derecho que en el dicho reino el rey Cristianísimo pretendía, de dar cada año cien mil ducados, si bien de esto no mostraran obligación ni escritura bastante, y ya que la mostrase parecerá en ella haberse ya extinguido y perdido su valor, y después se convenieron y concertaron que el derecho que el Cristianísimo pretendía al dicho reino, se diese en dote en el matrimonio que con el rey Carlos se había concertado, y en el ínterin, hasta que el matrimonio se contrayese, diese Carlos al Cristianísimo cada un año los dichos cien mil ducados para los alimentos de su esposa y gastos de su casa. Y conforme a esto, podrá este autor juzgar que tal censo no se debe si no es al señor propio, que el derecho llama directum; o ha de confesar su ignorancia y error en que estaba. Y si bien conociéramos no haber errado, con todo, no decía bien habérsele denegado el censo, porque de las escrituras del mismo rey Cristianísimo, y su confesión, consta claramente que se le dieron y pagaron los dichos cien mil ducados, hasta que él rompió la concordia. Y no la guardando, conforme a ella perdió la acción y derecho que tenía al dicho censo. Y no sólo esto, mas aún debía restituir todo lo que había recibido y se le podía pedir lícitamente. Y si bien no hubiera faltado en la concordia, conforme a la otra de Noyon, si la guardara, no se le debía el dicho censo.

Arguye y quéjase de que no se haya hecho la restitución del reino de Navarra, sin mostrar que jamás se haya ofrecido ni puesto en la concordia de Noyon, ni parecerá por otro contrato; porque ni en el de Noyon se hace mención, ni hay una palabra que tal diga, sino solamente se da al Cristianísimo que si el César (mostrando el navarro el derecho que tenía a este reino, y visto y entendido) no le contentase y satisficiese de manera que razonablemente se debiese contentar, pudiese en tal caso el Cristianísimo darle su favor y ayuda. Pero es cierto que no constara tan claro el derecho del navarro como dicen. Ni tampoco parecerá que el César tenga noticia de otro algún derecho, ni lo imagine. Y así, no se podrá inferir que por culpa del César no estén razonablemente contentos, pues no dejó de hacer cosa conforme a razón, ni puede hacer más hasta tanto que parezca más líquidamente otro derecho de donde abiertamente conste lo que es razón y justicia. Y si se entendiera esta razón, ninguno se quejara de que el César no hubiera restituido el reino de Navarra. Antes de la concordia de Noyon consta que el rey de Francia estaba obligado a dar todo su favor y ayuda al César contra los que acometiesen al reino de Navarra, y ampararle en la posesión de él. Y a lo que queja de haber acometido el César repentinamente y alterado el estado de Milán, responde que ninguna cosa hizo, sino clara y abiertamente y con buena guerra, y cuando ya el francés había rompido la paz y movido la guerra contra el César, que es direto señor del feudo, y en desacato del Sacro Imperio, no se habiendo preciado el rey Francisco de pedir la investidura al Emperador Maximiliano, ni agora al César. Por lo cual, si bien tuviera algún derecho (que no tenía), se hizo indigno, y como ingrato quedó privado de él, y el dominio útil se volvió al direto. De manera que lícitamente el César pudo con todos los medios de hecho y derecho, recuperar el Estado de Milán, indebidamente ocupado, sin poderse decir que haya violado las concordias. Y asimismo se responde haber mal entendido lo que dice que se le debía el Estado de Milán como juro de heredad, y por concesión de la Silla Apostólica y investidura que de él hizo el Emperador Maximiliano. Lo cual es falso, que aun la naturaleza del feudo no permite que pase en juro de heredad, ni el decreto de la Sede Apostólica puede alterar la naturaleza de los feudos imperiales, ni quiere decir tal cosa la concesión de Maximiliano, ni conforme a la concordia de Cambray, que no se guardó. Y ya que se guardara, no por eso tenía algún derecho al ducado de Milán.

Y a lo que se queja de que no se le guarda el juramento de apelaciones y reconocimiento que se le debe, por razón de los condados de Artois y Flandes, responde que en esto no hubo falta hasta tanto que el rey de Francia faltó y quebró las concordias. Y demás de esto, puesto ya el César como nueva persona en la dignidad imperial, no reconoce superior alguno en lo que es temporal, ni debía, ni por algún derecho era obligado a hacer juramento de fidelidad al rey de Francia, por razón de los Estados que antes poseía, ni reconocerle por superior; porque aquella superioridad se suprime con la potestad imperial, de donde primero salió. Que, según dicen los derechos, del Imperio, Como de una fuente, todas las jurisdiciones como los ríos proceden, y de allí manan y corren; porque fácilmente cualquiera cosa se convierte en su propia naturaleza; y esto se puede entender y admitir más fácilmente, si se miran los instrumentos antiguos, en los cuales parecerá cómo no se debe la tal superioridad al reino de Francia, si bien el duque Filipo I, último hijo de Juan, rey de Francia, por tener los vasallos (que en razón del matrimonio nuevamente había adquirido) con autoridad real, en ciertos casos introdujo esta manera de superioridad y reconocimiento a Francia; pero no en todo, antes quedaron en muchas cosas exentos y sin reconocimiento alguno. Y queriendo agora el nuevo rey de Francia meter más la mano y tener mayor derecho del que solía, justamente se le negó y quitó aún lo que tenía. Y mucho más por razón del concierto hecho entre Luis XI, rey de Francia, y Carlos, duque de Borgoña, bisabuelo del César, en el lugar de Perona, donde, por las causas que allí se expresan, todas las tierras del duque quedaron exentas de la superioridad y jurisdición francesa, por todo su tiempo, y de todos sus sucesores perpetuamente. Lo cual se cumplió así el tiempo que duró la vida del duque Carlos; y todo lo que después se intentó fué violento y contra las concordias, que por no las haber guardado, aún perdieron éste y otros derechos. Y ansí, las quejas que tienen del César, con más justo título se deben tener de los franceses, que nunca guardaron concordia salvo en lo que les está bien. Y a lo que se quejan gravemente del duque de Borbón, y que el Emperador le inquietó con promesas y hizo levantar contra su rey, se responde ser tan ajeno de verdad como lo pasado, pues no podía haber promesa que moviese a hacer traición el ánimo de un príncipe, verdaderamente con sangre real decorado. Sino que le forzó el no le hacer justicia en las cosas que pretendía serle justamente debidas. Y la manifiesta sed y codicia de ocuparle sus Estados, poniéndole pleito injustamente a ellos, no en el tribunal ordinario, sino fuera de orden, ante jueces sospechosos, nombrados con particular comisión, sin haber remedio de poder tener jueces sin sospecha ni pasión.

Compeliéronle asimismo muchas persecuciones y amenazas que tocaban a su vida, dignidad y estado, que habían de estar muy lejos del señor del feudo. Y por las razones cerca de esto dichas, pudo el duque de Borbón, sin incurrir en pena, procurar su libertad y sacudir el yugo de tan inicua sujeción, porque no sucediese que lo que contra él no se podía intentar según derecho, violentamente ejecutasen en él. Y pidiendo por esto su libertad y favor al César contra tantas injusticias, debía el César, siendo de su sangre y por razón de la dignidad cesárea (que en cuanto fuere lícito ha de socorrer a los oprimidos, y que ya en este tiempo le tenía por enemigo descubierto), dar el favor que el duque de Borbón pedía y ampararle, pues se acogía a él como a seguro refugio, pobre y despojado de todos sus bienes. Principalmente, que entonces trataba el Emperador de casarle con su hermana, y por eso le puso en su lugar en Italia. Y así, confiando en su justicia, consiguió la vitoria, y echó no sólo del Estado de Milán, sino de toda Italia, al ejército francés, con gran daño de todos ellos y pérdida de artillería.

Y alcanzada esta vitoria, no siendo aún muerto el incendio de la guerra, que el francés (como se ha dicho) había levantado, como fuese muy notorio que el mismo rey de Francia levantaba nuevos movimientos de guerra, para volver a turbar la paz de Italia, según pareció por la obra, habiendo peligro en deshacer el ejército y dar materia al enemigo para acometer fácilmente, ni tampoco convenía que el ejército estuviese ocioso; y el duque de Borbón, debajo de cuya ventura (favoreciendo Dios) se había alcanzado la vitoria yendo a recuperar su Estado y pretendiendo demás de esto ser suyo el condado de Proenza, pidió al César parte de su ejército. La cual no pudo lícitamente negarle, si bien el César tenía mejores derechos que el duque de Borbón, para pretender este condado, por ser suyo y no del rey de Francia, que de ninguna manera puede decir ser patrimonio de los reyes de Francia, porque constará de títulos antiquísimos y otros documentos, que Girberga, condesa de Proenza, teniendo una sola hija, que se llamaba Dulcia, la casó con Raimundo, conde de Barcelona, y la dió en dote el condado de Proenza y otras tierras que había heredado así de su padre como de su madre.

Casada así Dulcia, hizo donación a su marido Raimundo de todas estas tierras, para que las poseyese todo el tiempo de su vida juntamente con ella, y después las heredase el hijo o hija que hubiesen. Y no teniendo hijos, que le sucediesen los herederos de su marido Raimundo. Esto fué el año de 1112. Hecho, pues, Raimundo señor de estas tierras, en esta manera, murió su mujer Dulcia sin dejar hijos, y nombró por sucesor en las dichas tierras a Raimundo Berengario, hijo de un su hermano, el cual, viviendo aún su tío Raimundo, fué recibido y jurado de los vasallos y súbditos del dicho condado de Proenza, por futuro sucesor, en el año de mil y ciento y cuarenta y seis, y en el año de mil y ciento y cincuenta y uno. Muerto ya Raimundo, conde de Proenza, y sucediéndole su sobrino Raimundo Berengario, que también era conde de Barcelona y príncipe de Aragón, casó con doña Rica, sobrina del emperador Frederico, del cual, año de mil y ciento y sesenta y dos recibió la investidura del dicho condado de Proenza, como se contiene desde Durancia hasta el mar, y desde los Alpes hasta el río Ródano, con la ciudad de Arlés y condado de Foricalceri, y todo lo demás que el Emperador tenía en Aviñon y en otras tierras. Después de la cual investidura, el dicho Raimundo Berengario obtuvo el dicho condado de Proenza todo el tiempo que vivió; y muerto él, sucedió en el dicho condado, por nombramiento del mismo conde, su hija Beatriz, la cual casó con Carlos, conde de Anjou, que fué el primero deste nombre que tuvo el reino de las dos Sicilias. Porque siendo llamado por Urbano IV para que echase de él a Manfredo intruso, después recibió la investidura de Nicolas III, que sucedió a Urbano. Por razón del cual matrimonio, el dicho condado de Proenza se encorporó por muchos tiempos con el reino de Sicilia. Y para mostrar mejor el derecho del dicho condado de Anjou, es forzoso (aunque sea de paso) tocar en el de los reinos de las dos Sicilias.

Del matrimonio, pues, de Carlos el I, rey de Sicilia (como dije), con madama Beatriz, condesa de Proenza, nació Carlos el II, de quien dicen que tuvo de María, hija del rey de Hungría, catorce hijos, los nueve varones, y los cinco hembras. De ellos fué uno Juan, príncipe de Amorea y duque de Duraco, que engendró a Luis, del cual nació Carlos III de este nombre, de quien se dirá.

Y volviendo a Carlos I. Como éste reinase en Nápoles, en una batalla que hubo cerca de Benavente con Manfredo, siendo vencido Manfredo, se apoderó del reino, prendiendo después a Conradino, que era el verdadero rey. Y muerto por orden del dicho Carlos, fué llamado de los sicilianos don Pedro, rey de Aragón (que con armada muy poderosa había pasado en Africa contra los moros), porque de ninguna manera podían sufrir las demasías de los franceses que los gobernaban, siendo el movedor don Juan de Próxita. Pretendía el rey de Aragón tener derecho al reino de Sicilia, por razón de la reina su mujer, llamada doña Costanza, que era hija de Manfredo, rey de Sicilia y Nápoles. Llegó, pues, el rey de Aragón, con su armada, a Palermo, y allí le aclamaron por rey, y el rey Carlos, marido de madama Beatriz, que estaba sobre Mecina, viéndose inferior, y que no podía esperar al rey don Pedro, levantándose del cerco, se retiró a la Calabria. Y siguiéndole Rogerio, general de la armada de Aragón, le tomó parte de la flota, escapando los que pudieron huyendo. Entró Rogerio en el puerto de Nápoles, y peleó con Carlos, hijo de Carlos el I, que había llegado allí con algunos navíos a socorrer a su padre. Vencióle Rogerio y húbole a las manos. Volvió con él a Sicilia, y de allí le trajo a Aragón, donde estuvo preso.

De aquí comenzaron las guerras sangrientas que hubo entre aragoneses y franceses, hasta que muerto Carlos el I y don Pedro, rey de Aragón, y su hijo primogénito don Alonso, sucediendo en Aragón su hijo segundo, que fué don Jaime, se hicieron paces, y dieron los aragoneses libertad a Carlos II, concertándose en que quedase con el rey de Aragón, Sicilia, que se dijo Ultra farum (que es lo que agora llamamos Nápoles), y con Carlos, Sicilia Citra farum (que es la isla que ahora se dice simplemente Sicilia) con el condado de Proenza, por herencia de la condesa Beatriz su madre. El primogénito de este Carlos vino a reinar en Hungría por sucesión de la reina María su madre. Y murió dejando dos hijos, a Luis, que sucedió en Hungría, y a Andrés, que fué segundogénito, del cual se dirá. Pero Roberto, hijo tercero de Carlos II, y conde de Proenza, fué coronado por rey de Sicilia y Apulla, dándole la investidura Clemente II, excluyendo los nietos de Carlos II.Tuvo Roberto, rey de Sicilia y conde de Proenza, un hijo llamado Carlos, que fué duque de Calabria, y muriendo en vida del padre, dejó dos hijas, Juana y Isabel. Por descargar su conciencia el rey Roberto, que se había alzado con Sicilia, quitándola a los nietos de su hermano, casó estas dos nietas con los descendientes de su hermano Carlos, rey de Hungría. A Isabel su nieta, que era la segunda, casó con Luis, hijo de Carlos Marcelo, primogénito, que reinaba en Hungría. Y a Juana, que era su nieta mayor, y que le había de suceder en el reino de Nápoles y condado de Proenza, casó con Andrés, hijo segundo del dicho Carlos Marcelo.

Esta Juana, primera de este nombre, muerto el rey Roberto, su abuelo paterno, sucediendo en el reino con su marido Andrés, incitada de un espíritu diabólico, ayudada de sus mujeres, damas y criados, ahorcó a su marido de una ventana; y temiéndose del rey Luis de Hungría que querría vengar la muerte del hermano, y decían que ya venía con gran ejército, huyó al condado de Proenza, y allí dicen que adoptó a Luis, conde de Anjou, primero deste nombre. Confirmó esta adopción Clemente, antipapa, de quien dicen recibió la investidura año de mil y trecientos y ochenta y dos. Y de aquí tiene principio el derecho de la casa de Francia, comenzando por los condes de Anjou y después por los duques de Lorena, y finalmente, por los reyes de Francia. Por manera que el derecho de Francia tiene su origen de una mujer que mató a su marido, huída de su reino, enemiga de la Iglesia romana, y que no tenía derecho alguno en el reino ni en el dicho condado de Proenza, para poder adoptar a alguno; ni la autoridad de un antipapa la pudo valer, contradiciéndola la sentencia que dió Urbano VI, verdadero Pontífice, contra la dicha Juana. Y por la misma razón, merecidamente y según derecho, en el año de mil y trecientos y ochenta y uno, concedió la investidura a Carlos, tercero de este nombre, que, como arriba se mostró, era descendiente de Carlos el I y de su mujer, madama Beatriz, condesa de Proenza, por medio de Carlos su hijo segundo, y de Juan y Luis, y así gradatim por otros descendientes. El cual Carlos III se comprendía en la investidura que se concedió a Carlos el I. Y por esto, con mucha razón el dicho Carlos III investido, en una batalla en que alcanzó la vitoria, prendió a la reina Juana, que habiéndose vuelto de Hungría, había tornado a su reino; y se lo quitó, venciendo asimismo al dicho Luis, conde de Anjou, su adoptado. El cual, con un grueso ejército de franceses, siguió dos años la guerra contra el dicho Carlos III, y murió en Apulla. Sobreviniendo después su muerte natural al dicho Carlos III, dejó dos hijos, que fueron Ladislao y Juana, segunda deste nombre. Ludovico II, conde de Anjou, hijo del dicho Ludovico I adoptado, en virtud de la dicha adopción (que, como se dice, era nula), confiando más en las armas que en la justicia, muerto su padre antes que la reina Juana que le había adoptado muriese, acometió el reino de Nápoles con poderosa mano, y ocupó parte de él. La cual, después, Ladislao, hijo de Carlos III, volvió a cobrar con ayuda de la ciudad de Gaeta, y de Bonifacio, Pontífice máximo, nuevamente eleto, y así poseyó el reino de su madre todo el tiempo que vivió, que fueron cerca de treinta años.

Difunto Ladislao sin hijos, sucedió Juana su hermana, segunda de este nombre, que recibió la investidura de Martino V. Esta, después de haber adoptado al rey don Alonso de Aragón, dicen que adoptó a Luis III deste nombre, conde de Anjou, hijo de Luis II, al cual (viviendo aún la dicha Juana) Martino V dió la investidura con tal que volviendo el reino a la Iglesia romana le tuviese por su feudo, y que muriendo sin hijos sucediese en él Regnato y después Carlos, sus hermanos, guardando el orden de nacimiento y sexo. La cual investidura no tuvo efeto, porque el que la dió y el que la recibió murieron antes que la dicha Juana segunda, que había adoptado. Por lo cual, el rey don Alonso de Aragón, primero adoptado, obtuvo justamente la posesión del reino, si bien Regnato, hermano del dicho Luis III, conde de Anjou, por razón del primer fundamento inválido, obtuvo subrepticiamente otra investidura de Eugenio IV con ciertas condiciones que no se guardaron. Por lo cual, el mismo Eugenio la dió después por nula, envistiendo al dicho rey don Alonso y confirmándolo en la posesión del reino por los servicios y señaladas obras que había hecho a la Iglesia romana derogando y dando por nulo el derecho de los de Anjou con la cláusula de plenitudine potestatis, por el estado y beneficio de la Iglesia romana. Del cual rey don Alonso quitado el dicho derecho y la sucesión de don Fernando su hijo, por no ser legítimo, pasó el derecho y sucesión del reino en el Rey Católico don Fernando, y de él, por medio de la reina doña Juana, su hija, pasó al Emperador Carlos V. Y así, por cualquiera vía, sea del rey don Pedro de Aragón y doña Constanza su mujer, hija de Manfredo, o por Carlos el I y su mujer doña Beatriz, es clara y manifiesta la sucesión y derecho, que el Emperador tiene al reino de Nápoles, y por el consiguiente, al condado de Proenza. Aunque los que tuvieron el reino de Nápoles, después de la dicha Juana II, por la injusta ocupación de los condes de Aujou, y después de ellos, de los reyes de Francia, no pudieron conseguir el dicho condado de Proenza. Y no por eso se le pudo quitar por algún transcurso de tiempo el derecho que a él tiene el dicho Emperador. Así que puede justamente, por las razones dichas, pretender por armas, o en otra manera, el dicho condado.

Pero deseando el César gratificar al duque de Borbón sus servicios y por contemplación del matrimonio que con su hermana estaba concertado, pretendiendo asimismo ser suyo el dicho condado, por razón de la concesión que Regnato, duque de Lorena, había hecho en Ana su hermana, duquesa de Borbón, y sus herederos, y que por ningún derecho pertenecía a la corona de Francia, quiso ayudarle con parte de su ejército, para que conquistase el dicho condado de Proenza que decía pertenecerle. De suerte, que por la entrada que el duque de Borbón hizo en Proenza, estando las cosas en este estado, no se podía culpar al César, antes darle gracias; porque no tanto confiado en su fortuna, como dice, cuanto en su justicia, quiso ayudar a Borbón por ser tan benemérito. Y no deben gloriarse los franceses, porque no tomó a Marsella, pues las vitorias se han de atribuir a sólo Dios, que las da a quien quiere, y muchas veces niega al justo lo que da al malo, para después castigarle con dobladas penas. Y no volvió, como dice, huyendo a Italia, ni siguiéndole el rey Cristianísimo, sino sin recibir daño alguno, para oponerse al rey, que a toda furia con poderoso ejército por caminos más breves pasaba en Italia, y impedirle el acometimiento que quería hacer en Lombardía. Y no fué posible llegar tan a tiempo, que el rey primero acometiese a Milán y la ocupase, estando bien descuidada, sin haber en ella quien la defendiese.

Y llegando Borbón con los demás capitanes y soldados imperiales, sin temor ni falta de ánimo, con su ejército entero guarneció con suma diligencia las demás ciudades del ducado de Milán, poniendo en ellas presidios. De manera que echándose el rey sobre Pavía, que pensaba ser la más flaca, deteniéndose con muy poderoso ejército (sin poder salir con cosa de cuantas intentó) muchos días que duró el cerco, fué rebatido en los asaltos y en otros acometimientos, con gran pérdida de los suyos y de su reputación, permaneciendo siempre el ejército imperial en su fuerza. Y después, aumentándose con socorros que le vinieron, estando el rey de Francia en su alojamiento, fortificado por extremo, dentro de sus mismas trincheas y fuertes le acometieron y vencieron, matando y prendiendo gran parte de los más lucidos de su ejército, huyendo los demás. Y el mismo rey, no (como dice) sustentando la pelea, ni animando los suyos para que resistiesen en ella, sino acompañado, como era razón, de los mayores y más principales capitanes de su ejército, buscando por donde salvarse, cayó en manos del virrey de Nápoles, que en nombre del César le cautivó, y los demás príncipes que con él venían fueron cautivos y muertos. Del cual suceso consta, que no por sola fortuna y mal hado de los franceses, sino por la voluntad de Dios, valor y esfuerzo de los imperiales, se ganó esta vitoria, como parece por el fin della y por otras muchas que por virtud de los capitanes imperiales, con gran daño han visto los franceses.

Y quitando a los vencedores la virtud y conocimiento del arte militar, más se ofenden y pierden de su honor, pues confiesan ser vencidos de soldados que no sabían de guerra. Y quererlo atribuir todo a la fortuna es ofender a Dios y tenerle en poco, pues de él procede toda vitoria; y como dice San Agustín, no está la vitoria de la batalla en la multitud del ejército, sino del cielo es la fortaleza, y da Dios la vitoria al que da osadía de pelear. Porque no nos espanta la multitud de los enemigos, no el orden y forma de los que pelean, ni el resplandor de sus lucidas armas. Venció a Golías con sola una pedrada solo David, pequeño y desarmado, siendo un gigante robusto y espantoso en las armas, acompañado de infinitas gentes, que turbados de sola esta vitoria huyeron.

Y así, a Dios se debe la vitoria, no a la fortuna o hado, si no es que hagamos dioses como hacían los gentiles a la fortuna y al hado.

Por eso impertinentemente se dice que no venció tanto el Emperador cuanto cayó en otro mayor peligro, pues fué Dios el que venció, y no podía suceder otro peligro mayor, si no es permitiéndolo el mismo Dios, ni las fuerzas del rey quedaron tan enteras que se pudiese temer dellas, siendo presos o muertos todos sus capitanes y de los demás tantos, que los que escaparon huyendo, por ninguna vía ni con algún dinero los hicieran volver a pelear de nuevo contra los imperiales vitoriosos.

Ni arguya el adulador que toda Italia se levantó contra el Emperador, antes quedó atemorizada de que las águilas vencedoras, armas y banderas imperiales, no volviesen sobre los que habían quebrado la fe y no guardado lo que habían prometido; y luego se vió al ojo la benignidad y clemencia del César, que hizo estar quedo su ejército vencedor y abrazó muy de voluntad los medios de paz.

Y ofende este autor a la fidelidad y generosos ánimos de los tudescos en decir que porque no se les daba paga se querían amotinar; pues estuvieron siempre firmes y perseverantes en el cerco de Pavía sin recibir en siete meses paga, y pelearon con conocido daño de los franceses. Ni faltó lugar donde poner preso al rey de Francia y guardarle, teniendo el César un ejército tan fuerte y vitorioso. Ni estaba tan aparejado el poder de madama Luisa para rescatar a su hijo, oprimiendo al ejército imperial, y si lo intentara no lo hallara tan fácil, antes muy dificultoso, y aun imposible, como se vió por el efeto. Y si el César, siendo vencedor y teniendo a su enemigo cautivo, ofreció medios de paz, no fué (como dice) para ocurrir al peligro que amenazaba, que ninguno había, sino sólo para mostrar el ánimo y deseo grande que tenía de la quietud de los cristianos, y que las armas de todos se volviesen contra los enemigos de Cristo. Por lo cual, antes se le habían de dar gracias que no vituperarle.

Y en lo demás que dicen, que por no tener donde le guardar en Italia seguro, le persuadieron que se viniese en España, donde alcanzaría del Emperador lo que quisiese, y que el rey, fiado, quiso venir, y dió para la jornada su armada, se responde cómo llevándole el virrey a Nápoles, partidos ya de Génova en quince navíos del Emperador, el rey pidió a Carlos de Lanoy que le trajese a España, y mandó venir algunos navíos suyos (como se dice en la historia de esta jornada), que no fué por orden ni traza del Emperador, sino antes sin saberlo él. Y en España se le hizo tan buena acogida como si fuera rey de ella, o no viniera preso y cautivo, como por cartas del mismo rey se podía mostrar.

Y asimismo se le responde ser falso lo que dice de que el rey trató con el Emperador de una paz universal, y que se juntasen las armas contra los enemigos de la fe; antes fué al contrario, que el Emperador era y siempre fué el que pidió esto, como lo más principal que pretendía y deseaba, y por ello ofreció grandes partidos. Y el rey de Francia le ofreció que si se le daba su hermana doña Leonor por mujer, y con ella le cedía el derecho de Borgoña, que con todas sus fuerzas le ayudaría hasta que se hiciese señor de toda Italia, y a su costa haría guerra a los venecianos y florentines hasta los sujetar, y cedería cualquier derecho que tuviese a Milán y Génova para que fuesen del Emperador y sus herederos, y lo mismo haría de Nápoles y de las ciudades de Arras y Tornay, y la superioridad que tenía en Flandes y Artois, y le acompañaría con su armada hasta Italia cuando fuese a coronarse, y si el César hiciese otra guerra contra infieles o otros cualesquier, le haría la mitad de la costa, y yendo el César le acompañaría con su persona.

Esto todo y otras cosas ofreció, no solamente estando en España, mas en Italia. A lo cual respondió el César que él no renunciaría el derecho de Borgoña, que era de su patrimonio, ni le daría su hermana, que tenía ofrecida al duque de Borbón, si el duque no daba su consentimiento; ni quería levantar en Italia nuevas guerras, sino sustentarla en paz, y ayudarse de ella contra los enemigos de la fe. Y lo demás que le ofrecía de su armada y gente de guerra, lo admitía con hacimiento de gracias.

Y en lo que ofrecía de Nápoles, Milán, etcétera, que no tenía qué decir, porque él lo poseía, y no entendía que el rey tuviese que dar ni que renunciar en ello; y que restituyéndole el ducado de Borgoña, de la manera que lo había tenido el duque Carlos su bisabuelo, se acabarían luego las cuestiones que entre los dos había; y que él no quería los dineros que el rey ofrecía, ni se le pusieron condiciones imposibles, sino muy suaves, que el mismo rey las ofreció; ni el Emperador era obligado a tomar por fuerza dineros por el rescate del rey, sino aquello que mejor y más a cuento le estuviese.

Y ser asimesmo falso y engañarse en lo que dice que le amenazaron con cárcel perpetua, antes la tenía muy libre, y salía al campo, y a caza, y, a otras recreaciones.

Y de la enfermedad que tuvo el rey, menos se le podía poner culpa, sino a la poca paciencia con que el rey sufría aquel azote que Dios le había dado, que no estaba en manos del Emperador darle salud, ni conservarle con ella, ni quitarle sus melancolías, que el César no tenía codicia de ningunos de los Estados del rey, para juntarlos a los suyos, ni le importaba su vida ni muerte, para perderlos o ganarlos. Que le visitó humanísimamente, y le pidió no se acordase de más que, tener salud, que con ella se haría todo muy a su gusto.

Que la venida del legado del Papa y otros, no fué a ofrecer lo que habían prometido, sino a moderar y quitar lo que pudiesen de las cosas que por su libertad el rey dijo que daría estando en Italia. Y andaba este trato cuando en Italia se concertaban el Papa y otros para deshacer el ejército imperial y poner en tanta necesidad al Emperador, que hubiese de soltar al rey con las condiciones que quisiesen. Y teniendo el rey entendido esto, no quiso pasar por lo que primero habían ofrecido, y hacía otros partidos muy diferentes. Que madama Alanson, hermana del rey, con otros, vino a España, con achaque de visitar a su hermano, a tratar con él esto y avisarle de lo que se concertaba en Italia. Y como no salió según pensaban, concertó que el rey huyese de la cárcel, y tenía aparejadas las postas y franceses que habían entrado disimulados para este efeto. Y fueron presos algunos de los que eran en este trato; particularmente se supo de tres, que eran los principales, y el César tuvo por bien que se disimulase, poniendo más guarda y cuidado en la prisión del rey.

Y entendiendo su hermana que había sido sentida, pidiendo nuevo salvoconduto para sí y los suyos, se volvió llena de vergüenza en Francia.

Niega haberse hecho ante el César la protestación que el apologista dice; que nunca el rey vió en el Emperador mal semblante, sino grandísimo amor, ni el Emperador tuvo la codicia inmensa que dice, ni pidió más de lo que notoriamente era suyo. Que antes parecía culpable el rey en esto, pues con codicia de lo que no era suyo había revuelto el mundo. Que eran muy frívolas y de ningún peso las causas que dice de su miedo. Que no fué culpa del Emperador si el rey por su melancolía llegó a estar desahuciado. Que es ridiculoso decir que el rey vino en aquellas condiciones por miedo de verse en perpetua servidumbre. Que no hay en el mundo las leyes que dice el francés que veden dar cárcel perpetua a los que fueren presos en buena guerra, antes conforme a la disciplina militar es lícito al vencedor que al que prendiere en buena guerra, pueda tener preso perpetuamente, o darle libertad o matarle si quisiere. Y si se componen, como las condiciones no excedan sus fuerzas, siendo imposibles, está obligado a cumplirlas, aunque las haya hecho en durísima cárcel. Y esto es lo que dicen todos los derechos. Que demás de esto, era falso que el rey fuese compelido a hacer condiciones inicuas ni imposibles, pues no se le pedía en ellas sino que le restituyese su patrimonio. Y le daba por mujer su hermana mayor, segunda en la sucesión de tantos reinos y estados; y otras ventajas que no a un rey cautivo, mas libre y muy poderoso, fueran muy favorables, y se le concedieran con dificultad. Y si el rey fuera bien aconsejado, lo había de conocer así, y guardarlas para el bien de su reino y de toda la Cristiandad.

Y responde a lo demás que dice que en el Parlamento de París, con maduro acuerdo, se había determinado que el rey no cumpliese la concordia por las condiciones inicuas, y por ser contra lo que juró cuando lo coronaron: que lo miraron mal, y que más fueron aduladores que consejeros; que no hay condición nunca usada, porque no se promete cosa que no sea debida; que el César, a quien agora el francés llama más poderoso, no fué jamás tenido por los franceses sino por menor, y de menos poder; que conforme a todo derecho pudo el rey ser compelido a que restituyese lo que tenía usurpado; que el juramento que hizo no tiene que ver en esto, pues no era sino de aquello que era del patrimonio real, y aquí se trata de la restitución de lo que tiene usurpado, y no era de su patrimonio; que no se trata de enajenación, sino de restitución, y cuando fuera enajenación, no era necesario el consensu de los súbditos, haciéndose la enajenación en el que es mayor o superior. Y si fuera necesario se quitaba el fundamento de la unión que alegan del ducado de Borgoña con la corona de Francia, porque volviendo la sucesión del ducado al rey Juan, los súbditos que querían tener duque por sí, la contradijeron de tal manera, que la hicieron dar por nula, y se les dió por duque a Filipo Le Hardi, hijo del dicho rey Juan, a quien se hizo concesión de este ducado para él y para todos sus descendientes que por línea legítima de él viniesen. Por la cual línea vía recta desciende el César desde el duque Filipo, y se le debe por esta el dicho ducado de Borgoña, pues de él está despojado y niega haber hecho el rey Francisco la protestación que dice, para si el César le pidiese condiciones inicuas, y cuando las hubiera hecho, que no las hay en toda la concordia.

Que puesto ya el rey Francisco en libertad y dentro en su reino, había dicho y prometido a los embajadores del César, que cumpliría todo lo que en España había prometido; y lo mismo había hecho por cartas escritas de su propria mano para el César. Que los borgoñones que había llamado para decirles lo que de ellos había prometido, habían sido sobornados por sus ministros y impuestos en lo que habían de decir delante del embajador del César, el cual lo había muy bien entendido. Que, no obstante lo que los borgoñones habían dicho y protestado, el mismo rey respondió que había de guardar lo que había prometido. Que si no hubiera cautela, no tenía necesidad del consensu de ellos ni de otros, pues tenía en su poder todas las fuerzas y castillos del ducado de Borgoña. Que estando en su reino no le valía quererse salvar por razón de la protestación o miedo, siendo clarísima determinación del derecho, que no dura más el miedo de cuanto dura la razón de temer, y así, el consensu que se da, cesando la causa del temor, purga el miedo que antes hubo, y se quita la presunción de cualquier temor, para que así se juzgue el acto precedente ajeno de todo temor, y según esto no ha lugar toda excusa, para no guardar la dicha concordia. Que debía temer (pues todas las cosas suceden por justo juicio de Dios) que como de cautivo le habían puesto en libertad, no volviese de la libertad al cautiverio, por no haber cumplido sus juramentos, y por la dureza de su corazón. Que la autoridad del Parlamento de París valía poco para esto, pues aquel Consejo se ordena sólo para administrar justicia, y no para resistir que el rey restituyese lo que injustamente poseía. Y era cierto que no se resistieran ellos, ni los demás parlamentos de Francia, si él no quisiera, pues el mismo rey confiesa que es señor, no sólo de los bienes públicos, pero aún de los particulares de su reino. Y así, es claro que los suyos no le podían forzar ni resistir. Que estando el rey Francisco en Italia ofreció de su voluntad, por su embajador don Hugo de Monte Cateno, que todas las condiciones de paz que con él hiciese, demás de las rehenes que había de dar para seguridad, haría que las confirmasen y las aprobasen los parlamentos del reino, y en las Cortes generales que en él se harían. Que el ducado de Borgoña no es, ni está en las entrañas de Francia, ni se puede decir ser de Francia, ni su defensa, si no es queriéndose escudar (como hacen otros) con armas ajenas.

Y responde a lo que dice de la enajenación del ducado de Borgoña, de no se poder hacer por le haber incorporado en el reino, juntamente con el de Normandía, el rey Juan, que si bien fuese así, no por eso se le quitaba al César el derecho que pretende en persona del duque Filipo Le Hardi, de quien por línea recta desciende. Y pone la sucesión en la manera que yo la tengo dicha en esta historia, y concluye la obligación que el rey tiene, estando bien informado a cumplir lo que prometió, si no es que dejándose guiar de un ciego den ambos (como dice el proverbio) consigo en el barranco; y que la gente de armas, y el acompañamiento que para su coronación ha prometido al César, fué de su mera liberalidad, ofreciéndola el rey, sin que se lo pidiesen. Que antes le perdonó muchas cosas, que conforme a derecho eran del Emperador; que asimismo le prometió de ayudarle y acompañarle con su persona y fuerzas en las guerras que hiciese contra turcos y luteranos. Y a lo que se queja de no se haber tenido respeto a sus amigos que habían seguido su parte, le responde que se dió libertad a muchos, y a algunos, como Florencio, hijo de Roberto de la Marca, y Pedro Navarro, y otros a quien no se debía, y eran dignos de muerte, por haber tomado las armas contra su señor natural. Y que al virrey de Nápoles no se le había dado comisión para hacer nuevas capitulaciones, sino para que procurase que se cumpliesen las prometidas y asentadas. Y que no estaba obligado, según la forma de la concordia, a entregarle la reina Leonor su esposa, hasta tanto que cumpliese lo que había prometido. Y que no eran estas causas bastantes, ni habría hombre cristiano que las tuviese por justas para hacer una liga tan fuera de toda razón y justicia y equidad, con el Pontífice y venecianos, y poner por protector della al rey de Ingalaterra, sin saberlo, como lo dice el mismo rey, ni pasarle por pensamiento; y querer atrevidamente y con soberbia obligar al Emperador a que entrase en ella, siendo el fin desta liga (que llamaban santísima) excluir al Emperador y echarle de ella, pues dice que no le admitirán hasta tanto que ponga en libertad los hijos del rey de Francia. Y que antes que se le intimase esto al César, se levantase un ejército, y todo lo demás que en la concordia se refiere.

Responde finalmente a una protestación que la apología hace al Pontífice, cardenales y a otros príncipes, tan larga y picantemente, que no le quedó nada a deber al francés para la otra vida; y por pagarle en todo, respondió últimamente a los versos con otro, que para el curioso pongo en dos lenguas.

IN APOLOGIAM GALLICAM.

Quod violata lides, quod foedera pactaque rupta

Patronum, quis non ista stupescat? habent.

Invenere suas lauctucas labra: probatur

A coeco lippus, cum nihil ambo vident.

Fertur in authorem, vicium quod prodit ab ipso,

Et male defensus fit magis inde reus.

Foedera sic cum tu non observata tueris,

Non bene suscepti causa clientis habet.

Debet enim promissa lides et in hoste morari,

Hanc ab amicitia tu procul esse jubes.

Nonne lidem rex iste tuus jam factus amicus,

Et post conjugii vincula, sponte dedit?

Pactio nulla valet, verum est, ut dicis, iniqua:

Hic sed iniqua refert pactio qualis erat?

Rex bello captus, promisit reddere, jure

Quod nunquam tenuit: dic sacra jura vetant?

Sic postliminio liber dimittitur: haec ne

Vis tanta est, liceat quod violare fidem?

Non noscit siquidem perfricta fronte pudorem:

Rex etiam quem non novit et iste tuus.

Dedecus hinc semper, si non resipiscat, habebit,

Et tecum aeternam quam facis ipse notam.

Injustae siquis defendit crimina causae.

Qua forsan voluit parte juvare: nocet.


IN FOEDERIS RUPTOREM

Et vento, et foliis quanquam plus ponderis esse,

Quam vobis constat rex modo France tuis

Esse tamen vana haec cum dicis foedera: credo.

Hic saltem posum dicere: vera refers.

Idem etenim es facti, atque idem sermonis es author,

Idem, qui dicis foedera vana: facis.

Cum subdis: ratio quia defuit: hoc quoque credo,

Miretur quis non tam bona verba tibi?

Sis animi compos, sis non rationis egenus.

Non credis testes foederis esse Deos?

Qui te ultro instantem: qui te videre rogantem:

Vota aeques rapidis non licet illa Notis.

Pactio iniqua fuit: fateor. Nam dicere aequa

Incolumem quod te fecerit esse, nequit.

Nec stringit quod jura vetant sacra: te quoque posse,

Cum sacra sint, stringi, Gallica jura vetant.

Et sacra sunt certe. Nam quid sacratius illis

In quibus omnis abest cum ratione pudor?

Et prohibent stringi: quia ne stringaris, id a te

Nunc totis fieri viribus, illa vident.

Sed vis cogebat: verum est ut fallere posses.

Haec ubi adest, nulla est pactio; cedo tibi.

Rhetoribus quantum debes, Francisce? videris.

His ducibus verum iam didicisse loqui.

Si responderent istis alia omnia verbis.

Hannibalem nemo, te Latiumque vocet.

Quis neget e phrigio prognatos sanguine Francos,

Tam bene cum proavum Laomedonta refers


Que en romance son:

Si falta la razón, juzga por vanos

Los injustos conciertos, pues no aprietan

Ni fuerzan con violencia,

En los casos humanos,

Que las sagradas leyes nos decretan,

Pues donde hay fuerza ciega,

No la tiene ninguna conveniencia,

Ni el concierto se niega

Al que ha sido forzado

Que busque libertad y nuevo estado.

Que la violada fe y las alianzas,

Y los conciertos quebrantados tengan

Patrón que los defienda, ¿a quién no admira?

Halla al fin su manjar cualquiera gusto.

Aprueba el ciego al otro ciego, y ambos

No ven alguna cosa, culpa el vicio

A quien lo aprueba, y por autor lo nota

Y parece más reo y más culpado

Aquel que flojamente es defendido.

Así tú, defendiendo los conciertos

No bien guardados, con razones frívolas,

La causa y el cliente que a tu cargo

Tomaste a defender, quedan perdidos.

Porque debe la fe siempre guardarse

Aun con el enemigo, mas tú mandas

Que aún de las amistades esté lejos.

¿Acaso este tu rey, después que hubo

Amistad confirmado, tras los vínculos

Del matrimonio, di, su fe no puso

Muy de su grado y voluntariamente?

Verdad es (como dices)que no vale

Algún concierto injusto; mas aqueste

¿De qué injusticia, di, podrás culpalle?

Rey cautivo en la guerra dió palabra

Lo que no poseía con derecho

Volvello: ¿qué derecho esto impide?

Libre volvió después del cautiverio.

¿Tan gran violencia fué esta, tanta fuerza,

Que quebrantar su fe le fuese lícito?

Pobre tienes la frente de vergüenza,

La cual, tampoco este tu rey conoce;

Seguirásele desto siempre infamia

Si en ello persevera, y juntamente,

La nota que tú haces ser eterna.

Porque si alguno crímines de injusta

Causa defiende, por la parte misma

Que pretendió ayudalla, la destruye.

De aquesto consta, pues, ¡oh rey de Francia!,

Que hay más peso y firmeza aun en el viento

Y blandas hojas, que no en tus promesas.

Mas cuando dices que estas alianzas

Fueron vanas, lo creo, y decir puedo

Que a lo menos en esto verdad dices.

Un mismo es el autor del dicho y hecho:

Uno mismo el que dice los conciertos

Ser vanos, y el que hace que lo sean.

Y cuando añades que ellos fueron vanos

Por faltalles razón, lo creo: ¿no admira

Que tan buenas palabras en ti se hallen?

Ten alma, de razón no seas ajeno.

¿Tú no crees que a las justas alianzas

Sirven los mismos dioses de testigos?

Los que rogar te vieron con instancia,

Verán en el suceso tus promesas

A los rápidos vientos ser iguales.

El concierto fué injusto: eso confieso,

Porque el concierto ser no puede justo,

Pues hizo la injusticia de librarte.

Y no te obliga, porque los derechos

Lo prohiben, los cuales, por sagrados,

Obligar no te pueden, pues lo vedan

Los sagrados derechos de tu Francia.

Mas sagrados no son, sino execrables,

Pues la razón les falta y la vergüenza,

Y vedan obligar, porque ven ellos

Que con todas tus fuerzas tú procuras

El no estar obligado en algún modo,

Compelióte la fuerza, verdad dices;

Pero fué sólo a que engañar pudieses.

Y donde hay fuerzas ya cesó el concierto.

¿Cuánto debes, Francisco, a los retóricos,

Pues que te enseñan a hablar verdades

Siendo ellos maestros que te adiestran?

Mas si todas las obras respondiesen

A estas tales palabras, ya ninguno

Te llamaría Annibal o el gran Latono.

¿Quién negará que los franceses bajen

De frigia sangre, pues tan bien imitas

A su rey Laomedón, falso, perjuro?


A 6 de octubre, lo que escribió el rey de Francia a los príncipes del Imperio, quejándose del Imperio.

Paréceme que hasta lo referido de la apología francesa y de la respuesta española, que si bien no es todo lo que se dice, es lo más y de más sustancia, para que sepamos cuál andaba la cólera y ciega pasión entre estos príncipes.

Por el mes de octubre deste año (que no sé si fué antes de la respuesta que he referido o después de ella) escribió el rey de Francia a los príncipes eletores y demás del Imperio romano de Alemaña, que estaban en la Dieta de Espira, diciendo que, habiendo recibido sus cartas, en que le pedían libertad y seguro para que sus correos pasasen por Francia, se la daba. Que deseaba verse con ellos para consultar y tratar cosas tocantes al bien común. Pero que después que supo que el terrible enemigo de nuestra fe había entrado con poderoso ejército en Hungría y tomando algunos lugares, vencido y muerto al rey en una batalla, y ocupado casi todo el reino, había sentido (como era razón) notablemente un daño tan grande de la Iglesia cristiana, y lloraba consigo mismo lo que en estos tiempos había perdido la Cristiandad, la pérdida de la fortísima ciudad de Belgrado y la nobilísima isla de Rodas, que era una defensa grande de los cristianos, verla en manos de los enemigos; y que se temía que le sería fácil al enemigo entrar con el ejército vitorioso hasta el ducado de Austria, sin podérselo impedir algunos presidios ni fuerzas, que no las había en él.

Al cual si ocupase -dice- ¿qué podíamos esperar de toda Alemaña estando todas las ciudades desconformes y las gentes llenas de nuevas opiniones? Y lo que más pena nos daba era que en tanta turbación de cosas veamos la religión cristiana desamparada de todos. Y que las armas que se habían de emplear en los enemigos, las fuerzas que se debían volver contra ellos, los consejos que habían de aprovechar, no sólo para defendernos, pero para totalmente destruirlos, se volvían contra nosotros y se metían por nuestras entrañas y derramaban la sangre humana. De manera que con nuestros odios y enemistades sentimos más las fuerzas de los enemigos. Y ellos, concordes, nos quitan lo que tenemos, y con guerra y armas y derramamientos de sangre, el pequeño espacio de tierra que tenemos se consume. Y el enemigo, entretanto, nos ocupa los reinos, islas y provincias. Y lo que más sentimos, y es vergüenza decirlo, que cuanto más la religión cristiana se ve en peligros, tanto con mayores enemistades se incitan y revuelven entre sí los ánimos. Y ciertamente, si bien estamos más lejos de estos peligros, no por eso dejamos cosa con la cual pudiésemos socorrer tantos males. Aconsejamos con diligencia al César eleto Emperador, y le rogamos y protestamos que, dejadas todas enemistades, procurase la concordia entre los príncipes cristianos, pues estaba en su mano, si quisiese, con honestas condiciones que se le proponían componer la paz de todos. Que mirase, no fuese que queriendo con demasiada codicia lo ajeno, perdiese lo proprio y cayese en la ira de Dios. Y dice más, que porque no hubiese impedimento en la tranquilidad de los cristianos, le soltaría todo lo que le pertenecía con muy buen derecho en Italia; pero que no había querido admitir las condiciones de paz, dando largas al tiempo, y así daba lugar para que se destruyese la Cristiandad y se abrasasen sus campos, robasen sus ciudades y consumiesen con muertes y incendios. Lo cual todo, si bien hasta el día presente fuese notorio haber hecho con él, no hallaba más de lo que se ha dicho. Porque sabiendo el evidente peligro de Austria (que era su patrimonio), el peligro de toda Alemaña, la miserable suerte de su hermana y cuñado, vencidos y echados de Hungría, si no le despertaban la religión cristiana, la fe de Cristo, la salud de su pueblo, cuyo patrón y defensor se predicaba, ¿qué esperanzas podía haber de sus consejos y ruegos? No fuimos, dice, cierto, de parecer que desamparásemos la república cristiana, sino antes procurar su remedio, porque del todo no cayese.

De esta manera habla el rey a los príncipes alemanes, y les pide y ruega que hagan con el Emperador, que se quiera quietar, apartándose de un propósito tan dañoso y de tan notorio peligro para sí y para toda la religión cristiana.

Y dice más:

«Sabernos que prudentemente le diréis que las cosas de la Cristiandad están en el estado que ya no sufren dilación, porque la enfermedad, creciendo, ha penetrado hasta las entrañas y meollos de los huesos, que no se mira sólo por su salud cuanto por la de los demás príncipes y pueblos cristianos. Y si pusiere achaques o dilaciones, si encareciere sus fuerzas y disimulare más su miedo, os avisamos que con estas dilaciones hemos venido en peligros tan notorios, que ya no hay quien no vea que apenas tienen lugar los príncipes cristianos para entenderse y concertarse, y juntar sus fuerzas para defenderse a sí y a sus cosas del peligro que nos está amenazando. Y que estas sus excusas no quieren otra cosa, sino hartar aquel deseo insaciable de su ambición, que si contiende con los príncipes cristianos por la gloria o honra; si dijere que quiere defender sus cosas, ¿qué se le podía ofrecer más honroso ni feliz que, juntas las armas de todos los príncipes cristianos, lanzar al enemigo, no sólo de sus tierras, mas aún perseguirle vencido y deshecho, hasta cobrar de ella tierras que han sido de cristianos, que sería fácil? Que queriendo todos con tanta sangre un Estado tan pequeño, era fuerza querer la perdición, estando ya en Italia juntas las fuerzas y armas que abrasaban a Lombardía, derramando la sangre de cristianos, y sería más conveniente volverlas contra los enemigos y deshacerlos; y restituir el reino a su cuñado, y defender sus tierras y ganar grandes reinos y ciudades, aumentando la religión cristiana y librando las almas de los desdichados que, forzados, reniegan de Cristo. Como se puede acordar que hicieron nuestros pasados, cuando saliendo de sus tierras entraron mano armada en Asia, y vencieron poderosos enemigos, y ganaron de ellos aquel santo lugar donde tuvo principio la religión cristiana. Y si como imaginamos y deseamos, viniere en esto, fácilmente nos y los demás príncipes, con las condiciones que ofrecimos, o con otras, si parecieren más convenientes, nos concertaremos y nos pondremos en hacer esto, que tanto ha que deseamos, y prometemos delante de Dios, y os damos palabra de emplear en esta empresa todas nuestras fuerzas y bienes de nuestro reino, y nuestra persona, sin reparar en trabajos, peligros de la vida, ni gastos por la defensa y aumento de la religión cristiana. Pero si (lo que Dios no permita) estuviere porfiado en su parecer y no quisiere la paz que se le ofrece (que la había él de desear más que nosotros ofrecérsela), pues estamos más libres de peligro que él, y gozamos dentro en nuestro reino de la paz dulce y amable, protestamos delante de Dios, que sabe los corazones, que no hemos dejado cosa que importase para la defensa de su santísima ley, y verdadera y saludable fe, y religión católica, y así sernos lícito probar las armas si nos negaren lo que es tan honesto.»

[Respuesta por notas a la carta anterior.]

Con esto acaba el rey su carta, que si se leyere a solas no sabiendo las historias que toca, parece justificada y santa, y que el Emperador tenía mil culpas. Pero por sacar al mundo de esta ignorancia, luego que en Espira se publicó, enviaron los que querían bien al Emperador copia de ella, y algún curioso la imprimió en Alcalá, arrimándole por la margen unas anotaciones con que responde aguda y brevemente a los puntos que al Emperador mordían. Y no tengo por tan sufridos y modestos a los franceses, que no se pagaran, ni hallaran con qué.

Bastará lo dicho para que entendamos qué tiempos tan miserables eran aquellos, y con cuánto trabajo se vivía en ellos, con qué amor se tratarían los súbditos de los reyes, cuando los mismos reyes así se trataban, con qué rabia y furor usarían de las armas, y se quitarían las haciendas, las honras, las vidas, pues aun a las plumas no perdonaban.

De la misma manera, la cólera, el enojo, indignación y rabia encendían el pecho de Clemente VII y lo hacían fulminar censuras, anatemas más hinchadas y espumosas, que el mar Océano cuando más airado, que como rayos del cielo asombraban la tierra y encogían los corazones humanos.

Dije cómo había procedido contra el cardenal Colona, y Vespasiano, y Ascanio Colona, y otros caballeros desta familia, y contra Carlos de Lanoy, virrey de Nápoles, y algunos príncipes; y aun llegó la demasía hasta tocar en el Emperador y súbditos suyos, criminando sus cosas y quejándose de él y de los coloneses por todo el mundo. Y si bien es verdad que había muchos que se reían de estas censuras y las tenían en poco como de persona demasiadamente apasionada, otros, temerosos de Dios, con buena conciencia, se escandalizaban llenos de temores. Y así, fué necesario que por parte del Emperador respondiesen a ellas, satisfaciendo a todos y al mismo Pontífice.

[Escribe el Papa al Emperador.]

Escribió Clemente un breve o carta al Emperador, en 23 de junio del año de 1526, y en él decía que no pensaba que tendría necesidad de muchas razones para mostrar cuánto había procurado con obras y palabras desde el principio de su pontificado su gracia y amistad, pues era tan notorio. Y que él mismo estaba de sí muy cierto que no había dejado cosa que fuese del oficio de buen pastor y verdadero amigo para con el Emperador y todos sus súbditos. De las cuales buenas obras y verdadero amor que le había tenido, no había sacado otra cosa, más de verse despreciado y echado de su amistad, sin haber jamás hallado muestra alguna de amor ni voluntad en él, o por causa y engaño de aquellos que jamás gustaron de que entre ellos dos hubiese amor, o porque lo quería él así para oprimir a Italia y disminuir la dignidad pontifical; y que así le era forzoso llegarse a la amistad de aquellos, que por naturaleza y propria voluntad él mismo había aborrecido, y esto con más veras que lo que la autoridad de muchos y su proprio honor y bien público de Italia pedía.

Pero como ya hubiese llegado a punto que, por su larga paciencia y grande espera perdía reputación, teniéndole por negligente en lo que tocaba al bien público, le convenía ya tomar aquellas armas que para defensa de la justicia y libertad de Italia, y suya propria, fuesen necesarias; no para ofender a nadie, sino para amparo y conservación de su honor y oficio proprio. Y que para recontar brevemente las causas que le forzaban a esto, se podía acordar el Emperador cómo le había servido siendo cardenal, y cuán su allegado y apasionado había sido en vida de su tío León X, y después de su muerte, deseando gloriosos fines en todos sus hechos, cuales el mismo Emperador pudiera desear, sin perdonar a trabajos ni peligros de su propria persona. Y que, como después, siendo ya llamado por la Providencia divina al Sumo Pontificado, teniendo los enemigos del Emperador gruesos ejércitos en Italia, si bien el oficio de pastor le obligaba a no tratar de las armas, por que los hechos del Emperador no se disminuyesen no sólo permitió que en sus ejércitos entrasen ayudas de los florentines, sino también de la Iglesia romana, y aun les dió grandes socorros de dinero; y finalmente, todos los favores que importaban a los capitanes imperiales, hasta tanto que se vieron libres de aquel peligro. Pero que después, como el honor pontifical pidiese una persona que fuese padre común de todos, él se apartase de las armas y guerras, y llamase y recogiese sus soldados, cuando las cosas imperiales estaban no sólo no inferiores, mas superiores a sus enemigos.

Y que dejadas así las armas a los capitanes imperiales para la entrada que hicieron en Francia, había socorrido, según su caudal, con copia de dineros. De la cual entrada, sin orden ni tiempo, había sucedido un acelerado y grave rompimiento de los franceses, viniendo su rey poderosísimo por caudillo de sus gentes y tomando la ciudad de Milán. En el cual tiempo, como los capitanes imperiales totalmente perdiesen la esperanza y aún se temiesen y viesen en peligro las tierras que eran proprias del Emperador, y el mismo Pontífice estuviese con gran miedo del peligro en que estaban las suyas, fué forzado de venir en los medios y conciertos que el Emperador muy bien sabía. De las cuales cosas había cierto visto y conocido, cuánto había sido su cuidado; cuánta la diligencia que en la salud de las causas imperiales había puesto, pues igualmente había mirado por sus cosas y de los suyos, como por las proprias, y de los que la tocaban. Y que, pues él sabía bien todo esto, no tenía necesidad de referir en particular sus acciones y buenos oficios que en su gracia había hecho, pues fácilmente las podía entender. Pero que si acaso no las supo o estaba olvidado, habría tiempo cómodo para se las decir, pues él detuvo de muchas maneras el acometimiento que los franceses hicieron en sus tierras, con los cuales si se hubiera querido confederar y seguir sus partes se le habían ofrecido grandes intereses. Y no sólo ofrecido, pero aún entregado, porque se apartase de la opinión que hasta entonces había tenido. A lo cual no dió lugar, porque había valido con él más la memoria de su antigua amistad que otro algún interés.

Y que habiendo alcanzado los capitanes imperiales aquella célebre vitoria de los franceses, pareciéndole que ya era acabada la competencia con ellos, y que así podría con estrecho vínculo ligarse con él, sin sospecha de las partes ni de alguna mala codicia (en lo cual entendía estaba todo el bien de Italia y aun de la Cristiandad), no sólo se confederó con el César, pero a sus capitanes y ejército (que estaban faltos) proveyó de dineros con que se pudiesen sustentar, enviándoles cien mil ducados, con condición que si desta confederación el Emperador tuviese alguna duda, se restituyese al Pontífice esta maneda. El cual concierto no le aceptó el Emperador claramente, así por su mal ánimo como por las enemistades de algunos de sus capitanes y malos consejos.

Y comenzó el marqués de Pescara a tratar y mover lo que era detrimento y peligro de su Estado; los cuales tratos entendidos por el Pontífice, viéndose totalmente despreciado, y que el Emperador no admitía su amistad, faltándole como le faltaba en todo, había querido buscar a quien se llegar para seguridad de sus hechos. Pero no lo había puesto por obra, antes venciendo el amor que le tenía su dureza, había acordado amonestarle que mirase cómo los capitanes de quien fiaba sus cosas en Italia no estuviesen quejosos, en lo cual debía el Emperador entender cuán a cuenta del Pontífice estaban la quietud y firmeza de sus cosas.

Pero después de esto, con grandísimo sentimiento y dolor suyo y de toda Italia, ocupando los capitanes imperiales el Estado de Milán, tratando de sitiar el castillo en que estaba Francisco María, entonces, pidiendo el peligro su cuidado y severidad contra un desacato tan grande y suplicándoselo con encarecimiento todos, conocidos y no conocidos, ofreciéndose con sus armas, haciendas y personas, y animándole casi todos los reyes de la Cristiandad, viendo que ya no podía resistir a sus demandas, quejas y ruegos, moviéndole la deuda de su oficio, y calamidad y peligro general de Italia, llegó a este tiempo el comendador Herrera, que el Emperador había enviado con despachos suyos, con los cuales volvió a caer en la antigua esperanza y deseo de reconciliarse en alguna manera con él; y dejando los consejos, las armas y ofertas de muchos, con queja y grave indignación de todos, que con sentimiento se agraviaban que los desamparase, determinó volverse a juntar con él, queriendo darle la gloria y hacerle autor de la paz en la Cristiandad.

Y ansí, admitiendo los capítulos que el dicho Herrera había traído, con alguna leve moderación, los volvió a enviar al mismo Emperador, escribiéndole de su propria mano y pidiéndole que por la misericordia de Dios quisiese quitar de sí la sospecha que de su demasiada codicia todos tenían, y le ofrecía la perpetuidad y fruto de su amistad; lo cual le aconsejaba amigablemente, y finalmente, le pedía con toda blandura y amor lo que lícitamente se podía pedir de otra manera. Esto es, la seguridad de Italia, y que perdonase al duque de Milán, si acaso había errado, y mirase el amor que al Pontífice debía por tantas obras y buenos oficios que con él había hecho; y otras muchas que cada día le pedía, y largamente, con generosa voluntad se las concedía; de las cuales le resultaba honra y provecho.

Lo cual podía fácilmente entender por los bienes que de ellas había recibido, y que de la manera que se le había agradecido era fácil conocerlo. Lo primero, por las afrentas que los capitanes que tenía en Italia le habían hecho; los cuales (porque el Pontífice no había luego venido en lo que ellos por su demasiada codicia querían), habían hablado mal de su fe y voluntad, y puesto muchas sospechas con siniestra relación cerca del César, sin mirar lo que su oficio y honor pontifical pedía; queriendo despeñarle con ellos mismos, en todas las determinaciones que arrebatada y temerariamente se ponían. Y cuando veían que con mayor moderación y recato procedía, perdía la gracia con ellos, olvidándose de todos los beneficios que de él habían recibido; y que el Emperador daba a éstos más crédito de lo que convenía; y demás de esto, que en la ciudad de Sena habían procedido los ministros imperiales con tanta aspereza y maldad con los amigos y aficionados del Pontífice, que destruida casi toda la nobleza y hechas muchas muertes, ninguna otra cosa parecía hacerse más abiertamente que darle a él con aquellas afrentas y oprobrios en los ojos, guardando él en todo con paciencia, disimulación y modestia, tanto respeto al César, que de ninguna otra parte procuró el remedio de las calamidades de tantos inocentes, sino del mismo César. Y estuvo tan lejos de darle, que cada día crecían los males y el rigor, y la afrenta de sus amigos. Que había mostrado el César cuán dañado tenía su ánimo con él, en la confederación y pacto que con sus embajadores, por el poder que tenían, habían hecho, y el virrey Carlos de Lanoy le había aprobado y confirmado y ratificado; y él lo había tenido por tan firme, que no solamente esperaba que el Emperador le había de ratificar, sino ejecutar. Y fué así, que lo que le estaba bien admitió de buena gana. Pero lo que era del provecho y dignidad pontifical, lo había reprobado como cosa dañosa y mala. Como fué en la restitución de los sacos de las tierras y lugares de la Iglesia y de otros. En el cual caso no sólo no había recobrado (según el pacto) sus dineros; pero aún, contra lo prometido y fe dada, se había aposentado gran parte de su ejército mucho tiempo en los lugares y tierras de la Iglesia, con tantos robos y graves injurias, sacos y detrimentos de sus súbditos, que habría de ello una larga memoria de crueldad, avaricia e innumerables maldades nunca oídas, terribles y espantosas.

Quejábase más el Pontífice, que en la concordia hecha en Madrid entre el Emperador y rey de Francia se habían guardado de sus legados; y que habiendo querido saber lo que en ella se hacía, apenas y con trabajo alcanzaron a saber algunas particularidades de cosas ligeras, y que no se les permitía que escribiesen, ni le avisasen de lo que oían, o podían sacar por conjeturas. En lo cual se daba manifiesta señal de la mala voluntad del Emperador, contraria y perjudicial a la fe que el Pontífice con él tenía. Que dejaba otras innumerables cosas en las cuales el César jamás había tenido consideración, ni respeto de su honra y buena voluntad. Que habiéndole escrito unas cartas con mucho amor y amistad, había respondido a ellas de tal manera, que donde pedía su clemencia para el duque de Milán, daba el rigor de la justicia. De suerte que (contra toda razón) era antes la pena que el juicio, y la sentencia que el conocimiento de la causa. Que si se quejaba de los excesos de sus soldados, que por la misma razón que él los criminaba y pedía castigo, el Emperador los facilitaba, y daba a los reos por libres. Que lo que él daba al César benigna y largamente, él tomaba y pedía como si de rigor se le debiera. En lo cual manifiestamente hacía burla de él, y mostraba lo poco en que le tenía.

Que los capítulos que había llevado Herrera, para que el Emperador los aprobase, habiendo tenido muy ampla facultad para hacerlos, porque ya el Emperador tenía hechas sus capitulaciones y concordias con el rey de Francia, los había limitado y hecho diferentes de los primeros, mostrando abiertamente cómo lo tenía en lugar inferior y en menos, cuando tenía amistad con otros. Que viendo tantos disfavores y muestras tan contrarias de buena voluntad, había desconfiado grandemente del Emperador, hallándole tan contrario en todo.

Y demás desto, entendía que la perversidad y malos consejos de tantos que con él podían (que eran sus enemigos) ponían en mucho peligro sus cosas y las de toda Italia. Pero que procuraría siempre el amor, paz y concordia de todos, armándose de sus acostumbradas armas de paciencia y poniendo en Dios todas sus acciones y esperanzas, si no le despertara la pertinacia de los imperiales en el cerco del castillo de Milán, para ponerle en el último peligro en defensa de la libertad de Italia.

Principalmente habiendo el Emperador, para mayor muestra de su mala voluntad, promulgado una pragmática en España en perjuicio de la autoridad de la Silla Apostólica y diminución de la dignidad pontifical, siendo en derogación de la facultad y libertad eclesiástica, con otras cosas semejantes que en el reino de Nápoles, feudatario de la Iglesia romana, se habían hecho, y demás de esto el haberse quedado en la corte del rey de Francia el virrey de Nápoles, cuando estaba señalado que había de ir a verse con el Papa; donde se entendía que había algunos tratos secretos, porque se guardaban muchos de sus legados, y que estaba en él firme la determinación de querer oprimir la dignidad pontifical y dejar su amistad. Y que se confirmaba esto por la tardanza de don Hugo de Moncada, que había ido a Francia y había de venir a Roma para confirmar la paz y amistad; estando allí como espía para ver, si las cosas del Emperador sucedían a su gusto, dejar las del Pontífice. Y de ahí tratar de la misma suerte con el duque de Milán, para que por todas vías pareciese que los imperiales que estaban en Italia trataban las cosas en público y secreto contra el Pontífice y Estado de la Iglesia.

Que había intentado de tomarle por traición la ciudad de Parma, que era suya. Que por tantas injurias y causas contra su voluntad, y con grave sentimiento, le era forzado desconfiar ya de todo punto de su amistad, y ponerla (pues él le había despreciado tantas veces) con otros grandes reyes y príncipes, cuyos buenos ánimos y santas intenciones en la religión cristiana y Silla Apostólica, si acaso él despreciase, perdería por ello la loa y honra de pastor y padre común de todos, y se le daría el nombre de soberbio y insolente.

Que cuando ya esto estaba hecho Y él confederado con los reyes, llegó don Hugo de Moncada con muy tardas y perezosas jornadas, al cabo de muchos días, ofreciendo la amistad y condiciones que él muchas veces deseando su amistad y bien de toda Italia y la Cristiandad y cómodo del Emperador y su honra, le había ofrecido y no le había querido admitir. Y que agora, cuando no había ocasión para ello, se le ofrecía.

Que pues amenazaba ya a Italia un grave peligro de servidumbre y turbación de toda la Cristiandad, le era forzoso, para librarse de tantos males, fortalecer la Silla Apostólica con armas y ejército (rompimiento, por cierto, que él siempre había aborrecido), pero que no veía otro camino para defender la justicia y deseada paz con iguales condiciones entre todos. Que en esto le daba la razón de su hecho y consejos, la cual sumariamente había querido declarar así y manifestar al mundo para justificar sus acciones, no sólo delante de Dios, que ve los corazones humanos, sino con los hombres. Y que con todo estaba al presente con tal ánimo (y así lo protestaba delante de Dios y del mismo Emperador que si quisiese ponerse en lo que era equidad y humanidad, que sus armas no solamente no le serían contrarias, antes favorables, para hechos verdaderamente gloriosos. Pero que si perseverase en seguir los consejos y codicia de los suyos, queriendo ocupar cada día más a Italia y perturbar otras partes de la Cristiandad, él no había de faltar a la justicia ni a la libertad de Italia, en la cual estaba la defensa de la Sede Apostólica, sino que movería sus justas y santas armas, no tanto en ofensa suya, a quien deseaba las cosas honestas y prósperas, cuanto en defensa de los suyos, salud de la patria y dignidad pontifical.

Que porque no le fuese forzoso hacer esto, necesitado y con de gusto grande suyo, le suplicaba por las entrañas de Dios y por la esperanza que todos tenían de su virtud, favorable al pueblo cristiano, quisiese mirar bien esto, echando de sí la demasiada codicia, mirando más al bien público de la Cristiandad y no quererse alzar con todo, y que se sosegasen los movimientos de Italia y asegurasen los peligros de la Cristiandad, pues a él le tocaba esta carga y cuidado juntamente con el Pontífice, pues a ambos los había Dios puesto en la honra en que estaban con tal obligación, en el cual oficio y deuda él nunca había faltado ni faltaría en cuanto a él no faltase el favor de la justicia. Y que si en las cosas que había propuesto de la paz general, tenía verdaderas raíces de prudencia y piedad, en esto se le daba ocasión para declarar que lo que sentía, lo había siempre así sentido muy de voluntad; y mostrando con las obras sus palabras adquiría loa singular de bonísimo príncipe. Y que si quisiese satisfacer, así a él (que tanto deseaba su amistad y la libertad de Italia) como a los confederados, en sus justas demandas llenas de razón y justicia, ganaría mayor nombre y gloria de su virtud y claro ingenio, y de conservador de la paz universal y seguridad, así de sus cosas como de toda la Cristiandad.

A 20 de agosto responde el Emperador a las quejas de Clemente. -Justificación grande del Emperador con el Papa.

Recibió esta carta el Emperador estando en Granada, y quiso responder a ella largamente, satisfaciendo al Pontífice y a todo el mundo. Y públicamente, a 17 de setiembre, a las nueve del día, delante de notarios, dió y entregó la respuesta a Baltasar Castilleón, nuncio y legado apostólico, para que la enviase a Su Santidad, en la cual, sumariamente, decía: Que cuando recibió su carta, que fué a 20 de agosto, estaba con mucha pesadumbre, llorando la calamidad general de toda la Cristiandad, por lo que había oído que Su Santidad andaba removiendo humores contra él y sus reinos y dignidad del Sacro Imperio. Que esta pesadumbre había aumentado en gran manera la carta de Su Santidad que su nuncio le había dado, porque en ella no parece que trataba otra cosa sino justificar su causa y condenar la del Emperador y los suyos, y cargarlos de amenazas, guerras y muertes, y tratarlos de ambiciosos, avarientos y demasiadamente codiciosos de reinar y mandar. Las cuales cosas eran muy indignas de un verdadero pastor de la Iglesia y de la devoción, piedad y obediencia que el Emperador tenía no sólo a la Iglesia, sino a Su Santidad, y dignidad que tenía. Y mucho más ofendían al amor y cuidado con que desde el principio de su reinado siempre había abrazado la república cristiana y deseado su paz, quietud y aumento con todas veras y fuerzas posibles.

Que agora se sentía tan lastimado, que si no era que callando quisiese ofender a su honra y clara fama, le era forzoso rechazar los tiros y enconosas saetas que le tiraba, mostrando su inocencia limpia y desnuda de semejantes calumnias, y que él (que sabía bien su conciencia y tenía bien considerados los secretos de su alma) no hallaba en sí culpa, de las que le oponían. Que juraba delante de Dios que jamás había tenido cosas más sobre sus ojos que a Su Santidad, después que el Señor del cielo le había puesto en aquella Silla, y le respetaba como a Vicario de Cristo en la tierra. Y esto por serle tan natural la obediencia y veneración que a aquella dignidad tenía.

Que aun antes desto, siendo cardenal había tenido mucha amistad con él y deseado con particular amor su acrecentamiento, como lo vió en los tiempos de León y Adriano, y era notorio a todo el mundo no imaginando que alguna dignidad ni aumento pudiera hacer que Su Santidad, degenerando de sus antiguas costumbres y buenos propósitos, si bien había oído algunos tratos (muy ajenos de su dignidad, estimación y autoridad) que él intentaba quiriendo oprimir la felicidad, potestad y grandeza de los reinos y Estados que Dios le había dado. Y que ni había dado fe a quien esto le decía, ni él podía creer tal cosa de Su Santidad. Ni por eso había dejado de oír con buen ánimo la voz de la paz, y había incitado y movido a Su Santidad para que, como Padre y verdadero Pastor, la propusiese a todos y la abrazase. A la cual paz su ánimo, naturalmente, era inclinado.

Que nunca entre los cristianos había movido ni intentado guerra, sino provocado de ellos; porque habiendo juntado su ejército para ir contra los infieles y tomarles una isla con resolución de pasar adelante en aumento de la fe católica, los ejércitos de Francia, acometiéndole por diversas partes, le forzaron a volver en defensa de sus proprias tierras.

Que por mano de Su Santidad y diligencia suya se había confederado con León X y movido sus armas en defensa de la Sede Apostólica y guarda de sus preeminencias y del Sacro Imperio, y había ido a Lombardía para hacer guerra al francés, juntando su ejército con el del Pontífice, en el cual, siendo Su Santidad cardenal, hizo el oficio de legado. Lo cual el Emperador había hecho con recta y justa intención, por la quietud de la Cristiandad y libertad de Italia, y no por pura codicia, como él decía. Que de esto era Dios testigo, que sabe los corazones y mira sus secretos muy de lejos; y por esto había siempre defendido y amparado su causa y justificado sus hechos con tan señaladas vitorias.

Que Su Santidad era de esto buen testigo, si tuviese memoria y razón de las cosas pasadas y quisiese decir la verdad. Y asimismo, eran testigos sus ministros, que muchas veces habían a él venido proponiendo medios de paz y treguas. Los cuales abiertamente experimentaron que él siempre (aun cuando sus fortunas eran felicísimas) estaba muy presto para admitir con cualesquier honestas condiciones, con que su honra, y de sus allegados, no padeciese detrimento, y lo mismo testificaban infinitos mandatos y embajadas que en tiempo de Adriano y de Su Santidad había enviado a Roma. De suerte que él nunca dejó de intentar medio alguno para conseguir la paz, que él tanto deseaba por razón del bien público, ni fué menos codicioso y celoso de la paz, que riguroso y pronto vengador de las injurias; y cuando la razón lo pedía, clementísimo perdonador y liberal en dar bien por mal y honras por afrentas recibidas.

Y a lo que Su Santidad decía, que no había dejado a sabiendas oficio alguno que fuese de buen pastor o de fiel amigo, no quería contradecirle en esto ni contender con él en lo que era de su conciencia y ánimo, sino creer a las obras, y lo demás dejarlo a Dios que lo juzgue. Que cuando así fuese como dice, se había de atribuir eso a Dios, por cuya gracia se hizo, más que a fuerzas humanas o industria de alguno, si bien era verdad que muchas cosas se le habían referido harto contrarias que respondiendo aquí se descubrían.

Que en lo que decía que en pago de sus buenas obras y del amor que le tenía había recibido baldones y desprecios sin haber sentido rastro de amor, o por engaño y malas artes de los que nunca habían querido la amistad de los dos, o por su mala voluntad que era oprimir a Italia y disminuir la dignidad pontifical, se maravillaba mucho que semejantes cosas saliesen del corazón de Su Santidad y tan fuera de tiempo y de razón, y sin saberlo cierto, dijese una palabra tan ajena de verdad el Sumo Juez que hace las veces de Cristo en la tierra; que él no era hombre ingrato a los beneficios recibidos, ni tenía odio debiendo tener amor, ni despreciaba a quien le quería, antes pagaba en la misma moneda, y aún daba más de lo que recibía. Ni le debían tener por tan flaco y de tan poco ánimo que con las artes de algunos, o engaños, se apartase de la verdadera amistad cuando estuviese ligada con verdaderos lazos.

Que menos se le debía hacer cargo de la opresión de Italia y diminución de la dignidad apostólica; que era Dios testigo que nunca tal había intentado, ni aun pensado, antes había puesto todas sus fuerzas y cuidados para poner a Italia en quietud y libertad; y la Silla Apostólica (como protetor y defensor de ella) en su honra y dignidad. Y que pacificada la república cristiana, se volviesen las armas de todos contra los infieles.

Que donde no había acto de opresión que hubiese hecho, no era justo presumir de él cosa en contrario, pues en las cosas dudosas, según el derecho, se ha de tener la mejor presunción, y no condenar a alguno por sospechas, si no es que haya evidentísima probanza, o cuando es tal la presunción que, por evidente, los derechos no piden probanza. Lo cual no tenía lugar en este caso, pues no sólo no le empecía presunción alguna de hecho o de derecho, pero estaba muy lejos cualquiera mácula que se pudiese sospechar o imaginar de su intención y obras. La cual voluntad, sincera y casta, no podían ofender la toma del Estado de Milán y el haberle ocupado su ejército, y de ello había procurado satisfacer a todos los que con sano juicio ponían los ojos en ello, y a Su Santidad respondería en particular, recontándole todo el hecho, no paliada y encubiertamente, sino con pura verdad, abierta y claramente, para que todos los que estuviesen sin pasión lo juzgasen. Y que si de esto Su Santidad se sentía, y decía haber sido agraviado y tener obligación a hacer lo que contra su natural y propria voluntad tanto era, como tomar las armas tan en deshonor suyo y del bien público de Italia, para defenderse y defender la justicia y libertad de sus tierras, le rogaba mucho que Su Santidad mirase con qué fundamento se moviese. Y si era lícito esto al oficio pastoral, si convenía que Su Santidad desenvainase la espada que Cristo mandó envainar, que es prohibido regularmente usar de ella, aun contra los enemigos de la fe; que considerase si resultaría de ello lo que convenía a su honra y público bien de Italia, o cuán provechoso sería a la justicia, libertad y quietud de Italia; que antes, por el contrario, se disminuiría la honra y autoridad del Sumo Pontífice. Y que se proceda tan injustamente con el protetor y defensor del Sumo Pontificado y se conturbe la república cristiana y estado de toda la Iglesia y se encienda un fuego que no pueda tan fácilmente apagarse.

Que viese que, debilitándose las fuerzas de los cristianos, los enemigos infieles, como lobos robadores, poco a poco irían tragando el rebaño cristiano, y se daría ocasión para que cada día nazcan nuevos errores y prevalezcan más y más las nuevas dotrinas de los herejes, dañando la religión cristiana irreparablemente.

Y en lo demás que protestaba Su Santidad en el exordio de su carta, que no hacía esto por causa de ofender a alguno, sino por amparar y conservar su honra y oficio; que era muy santa esta protestación si por el hecho contrario no pareciese ser fingida y de ningún efeto, y si se pusiera en solos términos de defenderse, sin pasar a cosas que notoriamente ofenden, o por lo menos dan ocasión de ofender, ¿cómo se aparejaban las armas para defenderse donde no había ofensor que ofenda la santidad del Pontífice ni su honra o dignidad? Antes si hubiese ofensor, con todo su ánimo y fuerzas procuraría ampararla y defenderla, no teniendo cosa tan antigua en su ánimo como era hacer aquellas cosas que pertenecen al oficio y que son proprias de un cristianísimo Emperador y de la dignidad imperial, y que si como Su Santidad protestaba era sólo su ánimo de defenderse, ¿por qué antes que aquella protestación saliese a luz y sus cartas viniesen a manos del Emperador intentó ofender el Estado de Milán, que es feudo del Sacro Imperio, apoderándose de la ciudad de Lodi, sacándola de la mano de sus gentes cuando estaban descuidados? Que ¿por qué sin preceder alguna amonestación o cortesía, acometió con sus gentes y fuerzas y de sus confederados al ejército que tenía en Milán? Que si esto era defensión, o, antes, manifiesta ofensa, aún los ciegos lo veían.

Que Su Santidad para escaparse de esta nota urdía una gran tragedia, contando lo que hacía a su propósito y callando las cosas que tenían más verdad. Y tomándolo más de atrás, para que cada uno pudiese ver la sinceridad de su ánimo, si lo que Su Santidad siendo cardenal había hecho por él y por sus cosas, mirando bien en ello se conocía cierto que, en muriendo el Emperador Maximiliano, su abuelo paterno, de feliz recordación, habiendo él (siendo vivo) ganado las voluntades de los electores, para que él sucediese en el Imperio, y estando estrechamente ligado con el rey de Francia y por razón de estar desposado con su propria hija, de manera que le trataba como a hijo y que no se veía en él cosa indigna, ni ajena de un amor paternal, este tal se puso y movió del tal manera para conseguir el Imperio, que por diversas vías procuró inducir a los electores que le eligiesen; y que cuando a él no, fuese otro muy inferior, tanto, que antes fuese mandado que poder mandar, sólo por excluirle a él. Y no pudiendo salir con ello, venciendo la virtud de los electores, que ni por fuerza ni por miedo ni por otras artes pudieron ser movidos, unánimes y conformes le eligieron y nombraron Emperador. La cual eleción él no quiso aceptar sin que primero interviniese el consensu y autoridad del Pontífice, y que pudiese con su dispensación obtener el reino de Nápoles; en lo cual pareció claro cómo él no buscaba medios para disminuir la autoridad pontifical, antes se buscaban por sus contrarios para abatir y deshacer la del Sacro Imperio y derribarle y disminuir sus fuerzas, de lo que habían intentado con cartas y embajadores y otros varios tratos para que se defiriese y impidiese su coronación en Aquisgrán, y después, en la Dicta de Wormes, se diese por nula la eleción.

De lo cual fué el agente y movedor Alberto Pío, con orden de Su Santidad, confederándose su tío, el papa León X, con el francés, para quitarle los reinos de Nápoles y Sicilia y dividir entre sí los potentados de Italia y usurpar su Imperio o deshacerle del todo. Lo cual se había sabido por cartas originales que se les habían cogido y él tenía en su poder.

Y que, como el rey de Francia, fiado de la confederación y liga que había hecho, deseoso de ampliar los términos de su Estado, violando el concierto que con el primero había hecho, moviese sus armas contra las tierras de Flandes por Roberto de la Marca, y sus soldados y capitanes, que estaban en Italia, procurasen ocupar engañosamente las tierras de la Iglesia, como fué la ciudad de Rijoles. Y que entonces confesaba él que el Pontífice León, temeroso del francés y dudando de su fe, por orden de Su Santidad se había confederado y juntado con él antes que con el francés, por conservarse en la dignidad apostólica y restituir a la Iglesia lo que franceses habían ocupado, y también había restituido a Francisco Esforcia en su Estado, que el francés le tenía.

Todo lo cual había hecho con tan buen ánimo y voluntad, posponiendo y olvidando las cosas pasadas, que en su deservicio y perjuicio de su dignidad había hecho, y que no pensaba haber hecho por orden de Su Santidad menos que dos grandes lumbreras del orbe, que para siempre le ilustrasen y redujesen a perpetua paz y quietud.

Que fiado en esta concordia, juntando sus ejércitos con los de León X, como antes había dicho, yendo él por legado, se conquistaron y restituyeron para la Iglesia las ciudades de Parma y Plasencia, y a Francisco Esforcia en el Estado de Milán y otros lugares, con muertes de los que los tenían, por esfuerzo de los ilustres capitanes Próspero Colona y marqués de Pescara, y otros valientes capitanes y soldados de su ejército imperial, echando de todo punto a los enemigos de Italia. Que éstas eran las obras que, en tiempo de León, Su Santidad había hecho por él, las cuales no habían sido remuneradas como quiera, pues la Iglesia romana había aumentado con ellas su patrimonio, no sólo recuperando a Parma y Plasencia, sino también acrecentando los tributos y cargas en el reino de Nápoles para el Pontífice.

Que a Su Santidad (que esto no se le decía por darle con ello en rostro) le había dado por su mera libertad diez mil ducados de pensión en el arzobispado de Toledo, y que llegando a lo que en tiempo de Adriano se había hecho por él, que Su Santidad mirase con cuántos disfavores el papa Adriano había recibido al cardenal Volterra, su émulo y enemigo capital, y con cuántas artes y medios había procurado quitarle la vida, y en qué manera pretendió excluirle de la administración de la república de Florencia. Y que asimismo sabía cómo había recibido y tomado a su carga la protección y amparo de sus cosas y de su familia, y de la misma república florentina, con aumento conocido de su estado y de todos sus sobrinos. Y el mismo Adriano, por su favor y respeto, no sólo había recibido en gracia a Su Santidad, pero le había favorecido tanto, que salió en todas sus cosas con cuanto quiso, hasta prender a su adversario, el cardenal Volterra, y le castigara ásperamente si no le sobreviniera la muerte, con la cual el Colegio de los Cardenales le sacó de la cárcel para la eleción del nuevo Pontífice.

La cual hecha por medio y intercesión de los cardenales, alcanzó perdón de Su Santidad, con que murió en paz dentro de pocos días, si bien era verdad (y él confesaba) que viviendo Adriano y estando Su Santidad en su gracia, con su industria le había atraído a la concordia y liga que se llamó defensiva, con el cual medio, volviendo los franceses a entrar en Italia, y cercando a Milán, fueron vencidos y echados de Italia por el ejército de esta liga. Lo cual, si bien le había hecho y concluido en el pontificado de Su Santidad, pero había sido debajo de las banderas y gente de Adriano, y en virtud de la concordia y liga hecha en su tiempo, la cual Su Santidad (hecho ya otro hombre y puesto en nueva dignidad), despreciando la obra de sus manos, no la quiso aprobar ni confirmar, aunque no impidió la ejecución de la liga, en la cual estaban firmes los confederados, concurriendo con ellos los venecianos. Y si bien entonces faltaron las ayudas de la Iglesia, no por eso fué menos cierta la vitoria de los suyos, ni por eso dejaba de reconocer y estimar el favor que Su Santidad en aquella ocasión había hecho, y le daba muchas gracias y ofrecía servirle en la misma moneda; y con mayores fuerzas si caso se ofreciese, estaba aparejado como verdadero hijo a padre corresponder en todo sirviendo a la Iglesia. Del cual propósito jamás se apartó ni se apartaría, no se le ofreciendo impedimento que le embarazase sus fuerzas para defender sus tierras, y confesaba deber esto a Cristo, cuyas veces Su Santidad hacía en la tierra. Y al cargo que Su Santidad le hacía de la entrada que sus capitanes habían hecho en Francia, que había sido ocasión para que el rey viniese con poderoso ejército y tomase a Milán, le responde que él ni excusa ni condena aquella entrada; pero que no negaba que se hubiese hecho sin consultarle, porque no pudo dejar de dar su ejército al duque de Borbón, su deudo, para recuperar el Estado que por haberse pasado a su servicio se lo había quitado, porque fuera duro y al parecer inhumano, que siendo él su capitán general y haciendo sus veces en Italia, habiendo alcanzado vitoria del común enemigo y echado de allí los franceses, le negara sus armas vitoriosas, para recuperar los Estados que por su causa había perdido; principalmente, que de la entrada de su ejército en Francia parecía quedar más quieta y pacífica Italia, y libre de las insolencias y demasías que los soldados vitoriosos suelen usar.

Pero sucedió la cosa al contrario de lo que pensaba, por ser tal la suerte de la guerra y la vitoria, que sólo Dios la da y no sucede siempre como se espera. Pero valió por lo menos la prudencia de los capitanes, su osadía y ánimo para volver el ejército con tiempo oportuno, sin pérdida, en Italia, a reprimir el ímpetu de los franceses y oponerse a sus intentos, que, según se tenía por relación de personas dignas de crédito, Su Santidad y ministros habían persuadido y incitado al francés para que acometiese semejante empresa y hiciese una guerra tan cruel en Italia. Pero favoreciendo el Altísimo su justicia y causa, fué vencido el rey con gran mortandad de los suyos, y cautivo, le fué llevado por su virrey de Nápoles, y después se le dió libertad, con las condiciones que Su Santidad sabía.

Y que lo que Su Santidad se excusaba, que estando sus capitanes imperiales sin esperanza de poder defender aquel Estado, y aun con miedo de perder lo que era proprio, y Su Santidad en gran peligro, se había concertado por miedo y fuerza, y venido con los enemigos en las condiciones que él sabía, le responde: que él no podía saber los conciertos y condiciones en que habían venido, habiéndose tratado sin darle parte ni haberlas visto ni leído, ni mostrádose a sus ministros, si no es que hubiese de creer a lo que los franceses dicen, que era muy diferente de lo que Su Santidad decía.

Y sobre esto dice el Emperador muchas razones, cargando al Papa del término doblado y cauteloso que en esta ocasión con él había tenido, pero con tanto respeto y moderación, que en nada parece quererle ofender, más de mostrar su inocencia y la culpa que Clemente tenía.

Y al cargo que el Papa hacía al Emperador del cuidado que de sus cosas más que de las proprias había tenido, queriendo estorbar la entrada de los franceses en sus tierras, le responde que la devoción que con él tenía lo merecía, y era proprio oficio de Su Santidad, y así lo pedía la salud de la república cristiana, porque no se encendiese en ella algún gran fuego; si bien del efeto pareció haberse más determinado en el camino los franceses, por sacar dineros y artillería de las ciudades del Sacro Imperio, Luca y Sena, para hacer guerra a él y a su reino, y. para turbar el Estado de la ciudad de Sena y meter en ella tiranos que a su voluntad mudasen el Gobierno, para de todo punto apartarla de la devoción del Sacro Imperio, levantando gente en las tierras de la Iglesia, con los dineros que habían sacado por fuerza de las ciudades del Imperio, para entrar y acometer con mayor potencia las tierras de su reino, si Dios, por su misericordia, dándoles a sus capitanes la vitoria de Pavía, y preso el rey, no pusieran tanto temor en ellos, que ya no trataban de acometer, sino de su salud y huída.

Y a lo que Su Santidad decía que si siguiera su amistad, no sólo se le ofrecían grandes premios, sino que luego se los daban, le pedía dijese qué razón, qué causa justa podía mover a Su Santidad para ayudar a un acometimiento semejante, contra su proprio feudatario, sin merecerlo. Pues estaba obligado, como señor del feudo, a defenderle y ampararle en él antes que dar entrada o juntarse con los invasores o acometedores, pues por la misma razón que un vasallo debe por causa del feudo servir al señor, así debe el señor amparar en el feudo al vasallo. Y por las mismas causas que el vasallo pierde el feudo, es privado el señor de la propriedad directa y directo dominio del feudo, por ser tal la naturaleza del feudo.

Que era fácil acometer a un reino desapercibido y salteado y tomar parte de él. Pero que mirase Su Santidad si esto era lícito y convenía al oficio de pastor.

Y a lo que Su Santidad decía, que luego que se alcanzó la vitoria de los franceses y fué preso el rey, cuando parecía que ya las contiendas eran acabadas, por quedar vencida la una de las partes, y él se podía sin sospecha llegar al Emperador, no sólo lo hizo, pero aún dió cien mil ducados, etcétera: confesaba que aquella vitoria le había quitado de toda contienda, y que sin sospecha de alguna codicia (la cual nunca él tuvo), se debía pensar, según razón, que se había de juntar con él, pues en ello estaba el bien de toda Italia, si el sembrador de la cizaña no ahogara este fruto. Pero negaba la condición que decía que se había puesto en el concierto de que habiendo alguna duda se le restituyesen los cien mil ducados que había dado a sus capitanes, pues constaba del progreso de aquella jornada lo contrario, ni parecía hacerse mención alguna de tal condición en el concierto.

Y en lo que dijo que el marqués de Pescara por disgustos había tratado de alzarse con el reino de Nápoles en deservicio del Emperador, responde: que se maravillaba mucho de que Su Santidad dijese semejante cosa, que si bien otros lo habían escrito, nunca había dado crédito, ni agora lo creyera, si no lo viera firmado de su nombre, siendo la verdad, según parece, por cartas del marqués y por las confesiones de otros que aún vivían, que fueron sabidores y participantes desta traición. De las cuales consta manifiestamente que el marqués de Pescara, no descuidándose de su propria honra y conciencia, no sólo no tratase alguna cosa en deservicio y daño suyo, sino que fingió lo que no le pasaba por el pensamiento, para descubrir con indicios más verdaderos, y claros argumentos, el fuego que se iba encendiendo, cuyo humo había sentido; porque avisando de él pudiese ser apagado con tiempo. Y por esto había fingido estar descontento del Emperador, porque los contrarios, que urdían tal trama, le convidasen y atrayesen, y pudiese saber lo que se trazaba, y de todo punto entenderlo. Y así, llamado el marqués para entrar en esta tragedia, disimulando su ánimo se juntó con los autores de ella y dió muestras de consentir la traición.

Y habiendo sabido los que estaban conjurados para acometer tal maldad, entendida de todo punto, y que Su Santidad era el principal autor de quien el marqués tuvo despacho enviado por su nuncio, en que debajo de la creencia de un cierto breve le ofrecía la investidura y posesión del reino de Nápoles si el marqués se pasase con los soldados, de quien él más se fiaba, a la parte de Su Santidad y de sus confederados, para que juntas las armas de los confederados con el ejército del rey de Francia, en que había gran número de suizos, y asimismo otras ayudas de los venecianos, tratasen de libertar al rey de Francia y sacarle por fuerza de la prisión, y que se levantasen todos los pueblos de Italia, a título de libertad, y de un golpe diesen en el ejército imperial y le acabasen, excluyéndole a él, no sólo del Estado de Milán, sino del reino de Nápoles y imperio de toda Italia; y demás de esto, que Su Santidad le privase y depusiese de la dignidad imperial. Y que pidió el marqués tiempo para consultar, si podía hacer tal cosa sin detrimento de su honra, ni incurrir en el crimen de la lesa majestad, y que él respondería dentro de quince días que pedía de término, para tener tiempo de avisarle, como lo hizo.

Y para más disimularse el marqués, lo consultó con hombres dotos, y tuvo pareceres de Roma que le persuadían poderlo hacer lícitamente sin daño de su honra ni del juramento de fidelidad, ni incurrir en el crimen de la lesa majestad, y pasarse a la parte de Su Santidad, como de supremo señor de aquel reino, y recibir el feudo de su mano, principalmente estando de por medio su mandato, y que si esto es ansí como lo cuenta el marqués (que hasta que acabó la vida dijo y afirmó siempre de una manera) si eran tales los consejos y tratos que Su Santidad confesaba haber oído, viese con el ojo derecho de su entendimiento si son dignas tales marañas de un tan gran pastor, y qué fruto se podía sacar de ellas; cuál escándalo, cuántas alteraciones nacerían en la Iglesia de Dios y en toda la república cristiana.

De esta manera va el Emperador cargando el Papa con palabras elegantes y razones que concluyen; le responde al cargo que hizo de que los capitanes imperiales tenían ocupado el Estado de Milán y cercado en el castillo a Francisco María Esforcia. Y a las quejas de la embajada que hizo el comendador Herrera, y a lo demás que dice, que desesperado de él era forzoso juntarse con otros príncipes, descargándose largamente el Emperador y diciendo la poca verdad que en estos cargos había, con un término cortés y elegante, y confesando que si tales cosas tuvieran verdad no se podía tener por dignas de un príncipe cristiano, sino condenarlas a los infiernos, va asimismo respondiendo a cada uno de estos cargos, satisfaciendo en todos.

Y funda desde su principio el derecho que tenía al Estado de Milán, y que pudiéndole con justos títulos retener en sí, o darle a su hermano, el archiduque don Hernando, o a otro, no quiso sino a Francisco María Esforcia, por ser la persona que parecía más grata, y a satisfación de los milaneses de toda Italia; y que el tenerle cercado, que era lo que Su Santidad tanto lloraba, lo tenía bien merecido, por haber sido el movedor principal de los tratos que se habían traído con el marqués de Pescara, y que, como ingrato, merecía ser despojado de lo que con tanta liberalidad le había dado. Refiere los embustes, cautelas y casi traiciones que había urdido por medio de Jerónimo Morón, su consejero, como lo he referido tratando de la conquista de Milán; y el proceso, de esta causa, que es bien largo, está hoy día en el Archivo Real de Simancas.

Y al cargo que el Pontífice hacía de que el Emperador había alterado las capitulaciones que el comendador Herrera, con pleno poder de Su Majestad había asentado con el Papa en Roma, quitando unas cosas y poniendo otras, a su voluntad, responde con razones bien justificadas y concluyentes.

Finalmente, concluye ofreciendo su amistad, su hacienda y reinos, persona y vida, pidiendo al Pontífice se ponga en lo justo y se quite de pasiones, y vea el oficio que tiene, las obligaciones que trae, y que, pues puso Dios en su Iglesia las dos dignidades, pontifical y imperial, como dos lumbreras, para dar luz al mundo, no lo escureciesen eclipsándose la una a la otra, y esto dice con palabras tan católicas, elegantes y devotas (usando muy a propósito de lugares de la Escritura), que si no temiera cansar, los tradujera aquí al pie de la letra. Bástanos decir que se imprimieron en Alcalá, y se derramaron por la Cristiandad, y juzgaban de ellas según la pasión que cada uno tenía.

Segunda carta al papa Clemente para el Emperador. -Carta del Emperador a la Congregación de cardenales: pide Concilio.

Luego se arrepintió y conoció su cólera el papa Clemente, porque dos días después de haber escrito la carta que arriba dije, que fué a 23 de junio, escribió otra a 25 del mismo mes, para que el Emperador oyese y diese crédito a Baltasar Castilleón, su nuncio. En la cual carta de creencia, con palabras blandas y amorosas, le pide quiera oír los tratos de paz y amistad, pues de ellos había de resultar tanto bien a la Cristiandad. A la cual carta respondió el Emperador a 18 de septiembre, dándole gracias por verle con tan diferente ánimo del que había mostrado en la primera carta, y ofreciéndose al bien y paz universal de toda la Iglesia con razones católicas y dignas del ánimo cristianísimo que este príncipe siempre tuvo.

Y a 6 de octubre de este año de mil y quinientos y veinte y seis, estando el Emperador en Granada, escribió otra carta al Senado o Colegio de los Cardenales, pidiéndoles encarecidamente que si el Pontífice negase o difiriese el Concilio general que se pedía, ellos lo señalasen o echasen, pues veían les peligros en que estaba la Iglesia, principalmente en las partes de Alemaña, con las novedades de las herejías y errores que allí se habían comenzado, y lo que él había hecho, y peligros en que se había puesto, no obstante la contradición y guerras que el rey de Francia y otros príncipes le habían hecho.

Y porque esta carta no la impidiese el Papa, y se pudiese leer en el ayuntamiento de los cardenales, para que fuese notorio a todo el mundo el celo que deste bien el Emperador tenía, dió traza su embajador en Roma, como Alonso de las Cuevas, clérigo de la ciudad de Burgos, notario apostólico, diese esta carta cerrada y sellada al Colegio de los Cardenales, delante de los testigos, para que allí se leyese, como se hizo.

[Escribe el Emperador a los eletores.]

Quiso demás desto el Emperador satisfacer a los príncipes y ciudades de Alemaña, porque sabía las trazas que sus enemigos traían para le desacreditar con ellos.

Y último día de noviembre de este año de mil y quinientos y veinte y seis, estando aún en Granada despachó un correo con su carta para los eletores del Sacro Imperio, en que decía que entendía ser a todos muy notorio el ánimo que hasta entonces había tenido de la salud de la república, paz, quietud y tranquilidad, de manera que ninguna malicia de hombres podría por alguna parte ofender su nombre y honra, porque había sido siempre tal su ánimo, que no con palabras dobladas y ajenas de lo cierto (como algunos hacían), sino con la misma verdad las comprobaba, y eran notorias, no sólo a todos los del mundo, sino delante de Dios que sabe los corazones de los hombres, que por no referir cosas pasadas, diría solamente cómo no haciendo caso del interés ni propria gloria, antes deseando muy de corazón la salud de la república particularmente la quietud de Alemaña, había hecho tantas y tan buenas obras al rey de Francia, que, como era notorio, con justo título había tenido preso después de haberle recibido en estos sus reinos de España con toda benignidad y clemencia, siendo tratado por los naturales con grandísima honra, tanto, que no parecía ser cautivo, ni haber sido vencido en la batalla de Pavía, sino antes sido el vencedor.

Que siendo enemigo, le había dado por mujer su propria hermana mayor, y segunda en la sucesión de tantos reinos, para hacerle de enemigo hermano o cuñado. Que siendo tenido, al juicio de todos, por conturbador de la quietud cristiana había partido con él la gloria de la salud común. Que teniendo usurpados muchos Estados y tierras, así de los reyes de España, sus predecesores, como de los duques de Borgoña, ocupándolos con violencia y fuerza, contra razón y derecho, le había cedido la acción que a ellos tenía, pidiendo sólo lo que fuera de perder su honor y diminución de dignidad, e incurrir en indignación de los suyos, no pudo perdonar. Y que él mismo, no rogado, ni pidiéndoselo (si con razón usa del título Cristianísimo), debía restituir. Y que cargado de tales beneficios, había restituído un rey cautivo a su libre y real dignidad; si bien muchos se lo disuadían, que fiaban poco de su palabra, dándole libertad para ir a Francia; queriendo más experimentar su fe y perder con él de su derecho, que no que se le pudiesen imputar en alguna manera los males que acaso podían suceder en la Cristiandad. Y cuando aparejaba para pasar en Italia, como entre los dos estaba concertado, y sus armas contra los enemigos de nuestra religión, con las cuales pudiese defender a Hungría y lanzar de ella los contrarios, faltando en su fe y palabra, se aparejaba para hacerle una cruel guerra, confederándose con el Pontífice romano y otros potentados de Italia, haciendo entre sí una liga que llamaron ofensiva y defensiva, partiendo y dividiendo entre sí el reino de Nápoles. Y cuando el uno con vanas promesas aseguraba de cumplir lo que había prometido, y el otro (que era el Pontífice) le incitaba a la defensa de Hungría, para con este ardid cogerle y acometerle descuidado, y que acometieron de esta manera como crueles enemigos las tierras suyas y del Sacro Imperio, sin tener respeto ni consideración de su amor y amistad, ni de la salud de la república cristiana y de nuestra religión. Los cuales intentos y malos fines, no le sucediendo (por justo juicio de Dios) como pensaba, no contento el rey de Francia de contender con él (usando de las armas), quería ofenderle con palabras, estampándolas con su real privilegio, y enviándolas por todas partes, sin temer ni reparar que en sus obras se veía la falsedad de sus palabras. Y si bien contra su voluntad se le había respondido bastantemente a una apología, o por mejor decir, invectiva, satisfaciendo en diversas lenguas, a lo que decía, no consintió, antes mandó expresamente que no se imprimiese en alguna parte de sus reinos ni Estados, queriendo más vencerle con virtud que con sus denuestos, esperando que con su modestia reprimiría su demasía.

Pero agora, habiendo llegado a estas partes un tanto de las cartas que el dicho rey les había escrito, con ocasión de las que a él le habían escrito, pidiéndole paso para que sus embajadores pudiesen ir y venir por sus tierras de Alemaña a España, veía en ellas que el rey de Francia hablaba palabras pesadas y descompuestas contra él y la dignidad y honor suyo. Y que con todo eso, era tal su ánimo, que en tiempos tan turbados y dificultosos deseaba más hacer la causa común que la propria particular. Pero por que no pareciese que con el mucho callar hacía verdaderas las criminaciones y injurias que los enemigos decían, de fuerza o de grado había de mostrar la verdad a todos y dar razón de sus acciones; que por eso les enviaba, juntamente con esta carta, aquella apología, o por mejor decir invectiva, con la refutación que en su justificación se había hecho, para que mejor entendiesen con qué derecho o con qué razón quería el francés excusarse de la fe y juramento en que había faltado; y con qué título y verdad pueda decir que ama la paz, y que ofreció medios honestos de ella, pues que no sólo no quiso estar en los que se habían capitulado, sino que, contra la palabra que de todas maneras dió, habiendo hecho la liga ofensiva, cuyo traslado también iba con ésta, con mano armada le entraba sus tierras. Y que podían ver con cuánto afecto respetó la república cristiana y el ornamento de nuestra religión y gloria del nombre de Cristo, pues en oyendo que el Turco había entrado con poderoso ejército contra el reino de Hungría, luego el francés le movió guerra y le forzó a detener las armas que había juntado para ir a la defensa de Hungría dentro en sus tierras, para defender sus súbditos. Por lo cual sucedió con grandísima ignominia del nombre cristiano, que el común enemigo saliese con lo que quería, sujetando aquel firmísimo muro de la religión a su imperio y señorío, muriendo el rey en edad floreciente, cautivos y desterrados los cristianos de sus proprias casas, profanando los templos, derramada tanta sangre de sus inocentes, lo cual él no podía referir sin muchas lágrimas y con sentimiento del alma. Y habiendo sido el francés causa de estas y otras calamidades y infortunios de la república, predicaba agora que sentía mucho estos males, como si se hubiera de dar mayor crédito a sus palabras que a las proprias obras y ojos de cada uno. Y que entendía haber el de Francia escrito aquellas cosas con ánimo de querer cerrar las bocas de los que afirman (después que se le cogieron unas cartas) que por su causa y por su consejo acometió el Turco con tanto ímpetu a Hungría.

Pero que dejando lo que otros decían (dice) y viniendo a las cartas del rey, escritas con tan fingido y disimulado color de sentimiento, si tanto temía el peligro de la religión cristiana, si deseaba la salud de la república, si la espada que se había de sacar contra los enemigos de la fe, si las fuerzas que se habían de volver en ellos; si tan mal le parecía que se derramase la sangre cristiana, y entre sí se consumiesen sus ejércitos, ¿por qué él mismo, con nuevos movimientos de guerra, quiso poner la república en tanto peligro? ¿Por qué estando en paz la turbó? ¿Por qué acometió con mano armada sus tierras y quiso dar principio a su reino con derramamientos de sangre? ¿Por qué quiso tantas veces con sus marañas y malos tratos embarazarle, para no poder defender sus súbditos contra los enemigos de la religión, siendo sus tratos ajenos de la salud común? ¿Y que por qué, tantas veces vencido, favoreciendo la Divina justicia su causa, quiso experimentar diversas suertes de fortuna adversa, con efusión de la sangre cristiana, más que tener respeto a la gloria de Cristo y mirar por su propria honra y dignidad?

Que si bien estas cosas eran notorias a todos, no mirando si era falso o verdadero lo que decía, procuraba echarle a él toda la culpa, diciendo que a costa de sangre humana pretendía un palmo de tierra. Que era así por cierto, que por un breve término de tierra, que era el ducado de Borgoña, había dado libertad a un rey tan grande, el cual nunca él pidiera, si no fuera por ser tan claro el derecho que a él tenía, como constaba claramente de la respuesta dada a la apología de los franceses. Y que el no hacer caso de él, parecía antes cortedad de ánimo, que religión o liberalidad.

Que aunque el mismo rey, así en el concierto de Madrid como fuera de él, con sus proprias palabras dichas por su boca, y confirmadas con juramento, hubiese prometido de restituirlo; y demás desto, libre ya en su reino, muchas veces con palabras y cartas firmadas de su propria mano, que le había escrito, prometiese de cumplir todo lo contenido en la dicha concordia; después, mudando parecer, no quiso hacer la restitución.

Y que no por eso el Emperador había tratado de satisfacerse de esta injuria y quebrantamiento de palabra y concordia. Ni quiso tocarle a sus tierras, ni con nuevos movimientos perturbar la paz pública, sino con cartas y embajadas hizo solicitar su endurecido corazón, para que cumpliese lo que había prometido. Que cuando no quisiese tener consideración a la república, la tuviese a su honra y dignidad. Pero él, queriendo más poner la república cristiana en manifiesto peligro, olvidándose de su palabra y juramento, fué causa de que sucediesen los males que dice. Y demás de esto, era vergüenza suya decir tan falsamente que muchas veces había protestado por la religión cristiana y la paz, y usa de las mismas palabras con que diversas veces se le había pedido, que no quisiese violar su fe, faltando en lo que había jurado. Por lo cual, con varias dilaciones se gastaba en vano el tiempo, y las tierras de los cristianos se destruían, las ciudades se asolaban, crecían los incendios, las muertes se multiplicaban, los términos de los infieles se dilataban, sus fuerzas se augmentaban cada día. Y esto era lo que la república cristiana debía al rey de Francia, que se gloriaba de tener su reino en medio de la Cristiandad, seguro y libre de semejantes incendios y peligros, y él lo conturbaba todo, sin dejar vivir a alguno en paz, procurando que las armas que se habían de usar contra los turcos, se convirtiesen sobre su cabeza; y que prendía los correos que iban con despachos en servicio de la república cristiana, y contaba entre sus triunfos la entrada de los turcos en el reino de su cuñado el rey Luis, contentándose y pareciéndole le bastaba que los suyos le llamasen Cristianísimo. Que solenizaba la miserable suerte del rey Luis su cuñado, que dió su vida por la fe, por la religión, por su patria, por la gloria de Dios y den Jesucristo su Hijo, siendo él llamado a otro más feliz reino, dejó loable nombre y perpetua memoria de escogido príncipe, valiente y magnánimo, porque el morir por Cristo, es suerte que debe parecer a cualquier hombre de sano entendimiento, no miserable, sino felicísima.

Y el mismo rey de Francia podía bien decir cuánto más miserable era su propria suerte, y que él cierto quisiera más trocar la suya con el húngaro que con el francés. Aunque indiscretamente repetía tantas veces, que quiere tentarlo todo, procurando la paz de la república cristiana.

Y que si la deseaba, ¿quién le provocaba a la guerra? ¿Qué enemigos le entraban las tierras? ¿Quién le desafiaba? ¿Quién era el que deseaba mover la mata que de sí echaba tan mal olor? Que si deseaba cobrar los hijos que había dado en rehenes, ¿por qué no guardaba las leyes que se le habían puesto? Y si le era imposible, como decía, ¿por qué siendo posible no se volvía a la prisión, como había prometido? Que se hallaría cierto muy deseoso de la salud pública y de las cosas de su honor.

Pero que si quería continuar las armas, ¿había de ser él tan negligente y sin cuidado de su honor que tenía de permitir que se encarnizase un enemigo en el rebaño que Dios le había encomendado? Y que así la amonestación y protestación que el francés quería que se le hiciese, se debía hacer a él con más razón; pero que se avergonzaba cierto, usar de tantas palabras respondiendo a semejantes niñerías y vanas fábulas.

Que si estaba apartado de todo peligro y dentro de los términos de su reino, y gozaba de la dulce paz y grata quietud, que ninguna envidia le tenía de aquesta felicidad, antes muy de ánimo se holgaba de ella, y holgaría mucho más si gozando él de tal quietud, permitiese que sus vecinos viviesen en paz, y no sembrar en tantas partes la guerra, turbando todas las cosas con repentinos acometimientos.

Que aunque estas cosas eran a todos muy notorias, de manera que no tenía necesidad de comprobación, pero con todo se las había querido escribir, porque no hubiese quien diese crédito a semejantes burlerías; y porque palabras tan descompuestas no tuviesen lugar para poder ofender su clara fama, y para que supiesen cómo el mismo rey de Francia había sido causa de embarazarle la jornada que los días pasados les había escrito que quería hacer. Pero que esperaba con el favor de Dios disponer sus cosas de tal manera, que si bien el rey porfiase, quedando sus intentos frustrados y vencidos, satisfaría cumplidamente a todos del deseo que tenía de hacer bien a la república y limpiar y dilatar la religión cristiana.

Que para esto tenía convocadas Cortes en Valladolid a los 20 de enero, para donde él ya caminaba, y allí trataría de enviar con toda brevedad la gente y ayuda que pudiese en Alemaña, con la cual pensaba, no sólo defenderla, sino quebrantar y reprimir el ímpetu de los enemigos, Y apartarlos lejos de las cervices de los cristianos; porque conmovidos y indignados los ánimos de los españoles con tal injuria, de su propria voluntad le habían ofrecido sus fuerzas, riquezas y propria sangre, y le instaban a que hiciese esta jornada, por la cual, pareciendo convenir, prometía no tanto sus reinos y dominios todos, sino su persona y su sangre, y ofrecía a Cristo, Dios bueno y poderoso, su propria vida y alma. Y que si ayudándole Dios en este tiempo, el rey de Francia mudase propósito y quisiese volver a su amistad, procuraría, sin duda, muy de corazón, todo lo que fuese de su provecho, honra y dignidad; y liberalmente le perdonaría esta injuria y perdería con él de su proprio derecho, para que quitadas estas contiendas, con las fuerzas y armas juntas, pudiesen fácilmente vencer los enemigos y echarlos de sus tierras, o, si Dios quisiese, reducirlos al rebaño de Cristo.

Y demás de esto, dice el Emperador a estos príncipes que bien sabían las artes y sutilezas de los franceses, que por hacer su negocio no cesaban de sembrar discordias; y que era suyo no fiar más en sus promesas para que entiendan cuán sin fruto solicitaban los ánimos de tan grandes príncipes.

Con esto acaba el Emperador su carta hecha en el tiempo que dije; y dice ser el año octavo de su Imperio romano.

Movimientos de guerra generales contra el Emperador.

En este tiempo, el príncipe de Bearne, que se llamaba rey de Navarra, con favor y ayuda del rey de Francia comenzó a hacer gente, diciendo que quería venir a cobrar su reino.

Por la parte de Italia estaban los enemigos que he dicho, y tan poderosos, que llegaba su campo a sesenta mil combatientes. El de Ingalaterra amenazaba con rabia. Lo cual todo no tomó al Emperador tan apercibido como convenía, para ofender y defenderse de tantos, porque su fin y pensamientos habían siempre sido de paz. Solamente tenía en Lombardía el ejército ordinario, del cual una buena parte, que eran tres mil alemanes, estaban ocupados en Milán, y los que restaban, con la paz y el tiempo se habían menoscabado mucho, y demás de esto, cansados y indignados los ciudadanos de Milán por los agravios que habían recibido, y ver al duque su señor tan mal tratado, con el aliento de la liga, estaban alborotados, y aun levantados, sino que la necesidad de no poder más los hacía estar quedos con muy buenos deseos de que el duque con los de la liga viniesen a vengar sus injurias.

Viendo el Emperador lo que en Italia pasaba, y que ya todo iba tan de rota que no bastaba razón para llevarlo sino por armas, y que su ejército estaba flaco y deshecho en Italia, y el poder de los enemigos era grande, determinó escribir al infante su hermano que levantase algunos alemanes, y los enviase a Italia, si bien el rey Francisco, por divertir al Emperador, mandó hacer mucha gente y enviarla al príncipe de Bearne, con voz de que quería conquistar a Navarra; y en la Picardía, que es tierra que confina con Flandes en la raya de Francia, mandó hacer otros acometimientos que inquietaron aquellas fronteras.

Van contra Cremona los de la liga. -Combaten a Cremona. -Ríndese Cremona al campo de la liga.

Andaba, como dije, en el campo de los de la liga el duque de Milán, Francisco Esforcia, y con su acuerdo y voluntad, el duque de Urbino acordó de enviar sobre la ciudad de Cremona, cuyo castillo aún estaba por Esforcia, a la defensa de la cual estaban mil y quinientos alemanes y ochocientos españoles, y ciertos caballos ligeros de los de Nápoles, con algunas compañías de italianos.

Encomendóse esta jornada a Malatesta Vallon, general de la infantería de venecianos, y con él a Julio Manfredonio, capitán de gente de armas, los cuales con buena parte del campo y mucha artillería, se partieron para allá, quedando el duque de Urbino con la otra parte del ejército en una villeta cerca de Milán, por conservar la reputación de que estaban sobre ella y por quitar los bastimentos a los españoles.

Llegados a Cremona los dichos capitanes, pusieron luego el cerco sobre ella, y con mucho ánimo y diligencia le dieron la batería, y después la batalla; pero los cercados lo hicieron tan valientemente, dos veces que fueron acometidos, que matando gran número de los que acometieron, los forzaron a retirarse más que de paso, quedando muertos el Julio Manfredonio y Alejandro Marcelo, y otros principales capitanes venecianos, de lo cual quedaron tan mal parados y deshechos, que no se atrevieron a acometerlos otra vez.

Avisado de esto el duque de Urbino, y teniendo este hecho por muy importante, movió luego con todo su campo y púsose sobre Cremona, apretándola tanto con baterías y combates, que si bien los capitanes alemanes hicieron todo su poder por defenderla, fueron puestos en tal necesidad, que hubieron de venir a tratar de medios para entregarse. Y así, se concertaron que dentro de diez días que se cumplieron a tantos de setiembre, si no fuesen socorridos, entregarían la ciudad, con tal condición, que a todos los que dentro estaban, así alemanes como españoles, los dejasen salir libres con sus ropas, y armas, y banderas tendidas, tocando sus atambores. Lo cual se cumplió después de pasado el término, y hubieron los de la liga la ciudad de Cremona para el duque Esforcia.

Y habiéndola entregado al duque, se tornaron a poner en los lugares que antes estaban en torno de Milán.

En los días que duró este cerco pasaron en él muy grandes cosas y hechos de armas, así en las escaramuzas como en los combates, los cuales no puedo contar por menudo, por lo mucho que hay que decir en este año. Diré de lo que en estos días sucedió en Sena, por que comencemos a dar noticia de esta república, que adelante dará bien que contar por lo mucho que dió que hacer a los imperiales.

Entrada de don Hugo de Moncada en Roma. -Encuentro del Papa con los Colonas. -Don Hugo de Moncada entra en Roma, y el Papa huye. -El Papa, apretado, se concierta con don Hugo. -Engaño del Jovio. -Capítulos en que el Papa y el Emperador no se concertaban.

Andaban muchos de los vecinos de la ciudad de Sena desterrados, por los bandos y discordias que entre los ciudadanos naturales había.

Y estando la ciudad en paz debajo de la obediencia y gobierno del Emperador, estos forajidos, pareciéndoles buena la ocasión con la guerra de Lombardía y liga que había contra el Emperador, pidieron favor al Papa y florentines para entrar en su tierra, y ellos se lo dieron.

Tomando, pues, por capitanes a los condes de Gangiulera y Petiliano, hicieron ejército de más de seis mil hombres, con el cual fueron sobre las tierras de Sena, y después sobre la misma ciudad, y tuviéronla cercada muchos días. En la cual guerra, así de cerco como de correrías, pasaron señalados trances de armas. Hubo muertes de personas señaladas, quemas y robos, y otros grandes daños, combates y escaramuzas.

Finalmente, paró por entonces en que un día los cercados salieron y dieron súbitamente en el campo de sus enemigos, y los rompieron y desbarataron, matando muchos dellos, con que la ciudad quedó, libre por entonces.

Dicho queda el camino o embajada que el Emperador encomendó a don Hugo de Moncada desde España a Roma.

Llegado que fué en Italia, hallando ya la liga hecha contra el Emperador, comunicó con los capitanes imperiales en Milán lo que convenía hacer, y pasó adelante, si bien con peligro, derecho a Roma.

Como halló las cosas todas turbadas, y que el duque de Sesa, embajador del Emperador, se había salido de la corte romana, desesperado de la paz con el Pontífice, sin embargo de los buenos cumplimientos y partidos que de parte del Emperador le había ofrecido, haciéndole las salvas posibles; pero como nada aprovechase, don Hugo salió de Roma y fué a Nápoles, y la guerra se rompió por Lombardía, como está dicho.

Luego comenzó el Papa a perseguir los coloneses, porque tenían la voz del Emperador, y hizo gente en Roma y su comarca, en que pasaron muchas cosas y tratos entre ellos. Lo cual visto por don Hugo, y sabido cómo ya el ejército de la liga, después de haber estado sobre Milán, iban a cercar a Cremona (como arriba dije), con intento y pensamiento de que el Papa hiciese por fuerza y temor lo que por tratos y ruegos no había querido, y por divertir la guerra de Lombardía, quiso metérsela dentro de las puertas de su casa.

Era el cardenal Pompeyo Colona tan verdadero servidor del Emperador, que en ninguna manera podía sufrir que el Papa se hubiese confederado contra él, y si bien al cardenal se le ofrecían hartas dificultades, él se concertó con don Hugo de Moncada y con Carlos de Lanoy, virrey de Nápoles, para hacer guerra al Papa y echarle de Roma, y aun prenderlo, y ponerle en tanta necesidad que le fuese forzado salir de la liga que había hecho, que todo se hizo.

Y para poder el cardenal hacer esto y valerse de los imperiales, fingió estar tocado de la gota, y fuése a tener el invierno a Tusculano. Juntóse con el duque de Sesa y con don Hugo de Moncada, los cuales todos comenzaron secretamente de aparejarse para saltear al Papa. Juntaron hasta mil y quinientos infantes, que los más eran españoles, y mil y quinientos caballos de los de Nápoles, y de los coloneses.

Partiendo con esta gente la vuelta de Roma, echando corredores delante que tomasen y atajasen los caminos, diéronse tan buena maña y diligencia, que antes que el Papa pudiese ser avisado del camino que traían o llevaban, llegaron a Roma un día en amaneciendo, y en entrando por la puerta de San Juan de Latrán, sin que nadie se lo defendiese, entraron en la ciudad con la gente en orden, de a pie y de a caballo, apellidando «Libertad, libertad», y pregonando que ningún viejo tuviese temor.

Y como luego avisasen al Papa, con el miedo y turbación que se puede pensar, salió huyendo de su palacio con los cardenales y otros perlados y cortesanos que con él se hallaron y habían acudido al rebato, y fuése a meter en el castillo de San Angel, por un pasadizo que va del mesmo palacio al castillo.

Don Hugo de Moncada pasó adelante con su gente y banderas tendidas, por medio de Roma, y atravesando el río se apoderó de todo el burgo llamado Vaticano, y del palacio sacro, al cual los soldados, contra la voluntad de don Hugo, y sin poderlo resistir, robaron y saquearon, y lo mismo hicieron en San Pedro y en gran parte del burgo.

Viéndose el Papa tan apretado y afligido, parecióle que no tenía en el castillo bastimento para sufrir el cerco, aunque fuese de pocos días. Y si bien decía don Hugo que su venida no era para más que para hacer que el Pontífice fuese amigo del Emperador y se apartase de la liga, el Pontífice envió a pedirle con grandísima instancia y promesas que le quisiese hablar, y don Hugo vino en ello, dándole el Papa en rehenes y seguridad unos sus sobrinos.

Y así, se hablaron y pasaron entre los dos largas pláticas, descargándose el Papa de las cosas pasadas, y don Hugo disculpándose por lo que agora se había hecho, diciendo que forzado y deseoso de la paz había venido a ello.

Finalmente, se concertaron de esta manera: que el Papa y el Emperador tuviesen treguas por cuatro meses; que se retirase el ejército que tenía en Lombardía; que perdonase a todos los coloneses; que don Hugo sacase luego la gente de Roma, y se tornasen al reino de Nápoles.

En esto se detuvieron dos días, y los coloneses quedaron poco contentos, porque se temían que ida la gente, había de proceder el Papa contra ellos. Don Hugo salió de Roma sin hacer otro daño ni fuerza en ella, y dejando a los coloneses su gente, se fué a Nápoles con la demás.

Pasó esto en fin de agosto, al tiempo que Cremona estaba para se entregar (como ya está dicho), y aunque todo esto se hizo sin orden ni consulta del Emperador, ni hubo tiempo de podérselo consultar, el Emperador aprobó la paz y treguas que don Hugo había hecho con el Papa, la cual él no cumplió, y le costó caro.

En estos días murió en Roma, de su enfermedad, don Luis de Córdova, duque de Sessa, embajador de España.

Dice Jovio, por calumniar, como suele, los hechos del Emperador, que cuando don Hugo entró en Roma estaban hechas treguas con los Colonas; y es falso: porque las treguas se hicieron con Vespasiano y Ascanio Colona, pero no por el cardenal, antes requiriéndole el Papa constantemente, no quiso entrar en ellas, ni tampoco don Hugo de Moncada, que había muy poco tiempo que era vuelto de España, y traído al Papa despachos del Emperador, en que le ofrecía todos los capítulos sobre que estaba descontento, otorgándoselos el César conforme a la pretensión que tenía; los cuales, como dije, había primero enviado con el comendador Herrera y no se habían concluido.

Y agora traía esta conclusión don Hugo en los puntos sobre que estaban desacordados, que, entre otros, eran cuatro los principales. El uno sobre la distribución de la sal en el ducado de Milán, cosa muy reñida de tiempo antiguo, y de mucho interés, que los duques de Milán pretendían que era suya, y el Emperador, como señor del feudo, lo defendía, y porque el duque de Milán lo había dado al archiduque de Austria su hermano, por la gente que había enviado a la guerra de Pavía.

El segundo era del hecho de las ciudades de Módena y Razo, que el Papa decía que la Iglesia estaba despojada dellas, y sin embargo de que el duque de Ferrara, que las poseía, alegaba otro nuevo despojo hecho a él primero, quería el Papa que el Emperador y su campo le concediesen el útil dominio, el de Ferrara lo defendiese, como cosa del feudo imperial.

La tercera pretensión del Papa era la libertad de Esforcia, aunque hubiese cometido la traición y crimen laesae majestatis.

La cuarta carta era cerca de una pragmática del reino de Nápoles sobre los beneficios de extranjeros y otras cosas que el Papa pretendía que eran contra la libertad de la Iglesia.

Llegado don Hugo con estos despachos y ofrecimientos posibles, respondió el Pontífice que ya era tarde, porque había firmado y ratificado la capitulación con los confederados, y que no se podía apartar della; y por esto don Hugo y el cardenal Colona, haciendo gente con mucho secreto dentro en Roma, y en la comarca della, la juntaron cerca de San Juan de Latrán, en aquella ciudad, y hicieron aquel hecho que tan mal pareció, y no se saqueó sino parte del palacio, y al Papa se le dijo con toda reverencia que no se hacía aquello para más de forzarle a que no fuese contra el Emperador.

Y así se concertaron entre él y los cercadores treguas por cuatro meses, y que la gente de guerra que tenía en Lombardía con los confederados la retirase desta parte del río Po, y para lo uno y lo otro dió rehenes, y con esto se salieron don Hugo y el cardenal Colona de Roma, y todo quedó pacífico en una tarde y otro solo día, y esto es lo que Jovio tanto agrava y acrimina.

Lo que hizo el Papa contra los coloneses. -Campo del virrey de Nápoles y Colonas contra el Papa. -Suspenden las armas por ser invierno.

El hecho pasado de don Hugo y los demás fué tenido por atrevido y casi temerario; él no sirvió de más que indignar al Papa más de lo que estaba, porque fué así. Que como se vió libre de don Hugo, mostró que quería guardar la tregua y paz que había asentado, y envió a retirar el ejército de Lombardía de la otra parte del Po hacia Roma y que aposentase en Parma. Y mandó venir de él para Roma dos mil suizos y siete banderas de infantería que había tenido Joanin de Médicis, su sobrino, en la guerra de Milán, y lo más de la gente de a caballo. Y demás desto nombró a otros capitanes y mandó levantar cuatro mil hombres.

Juntas estas gentes, luego procedió al descubierto contra los coloneses y sus tierras. Y con haber sido perdonados en el concierto que hizo con don Hugo, les hizo tan dura y tan cruel guerra, que en pocos días fueron quemadas y destruídas catorce villas.

Y procedió contra el cardenal Pompeyo Colona, y lo descomulgó y privó del título y dignidad.

Y llevaba camino de hacer mayores daños, y destruirlos si pudiera, si no llegara a este tiempo el virrey de Nápoles con Hernando de Alarcón en el puerto de Gaeta, en el reino de Nápoles, con treinta naves y siete mil españoles y alemanes en ellas, aunque se encontró en el camino con todas las galeras del Papa y rey de Francia (como dije y diré), y le hicieron algún daño; pero refrescando el tiempo se salvó.

Como el Papa supo la venida desta gente, mandó luego recoger los suyos a la comarca de Roma, y los coloneses tuvieron esfuerzo para se rehacer y defender mejor, ayudándose del favor del virrey; al cual pareció que era justo dárselo, por lo que por ser devotos del Emperador habían padecido.

Y sacada su artillería con los demás que del reino y coloneses habían juntado, formó su campo y partió a hacer guerra a las tierras del Papa.

Juntó el virrey su gente con la de don Hugo, y se hizo un campo de veinte mil hombres, y luego tomó el camino para Roma; y el Papa, temiendo que iban contra él, se salió de Roma.

Monsieur de Borbón estaba en Milán con quince mil hombres; los florentines le temían, y enviáronle a suplicar los tomase y recibiese debajo de su amparo, y le ofrecieron quinientos mil ducados. El no quería sin licencia y mandato del Emperador; esperaba que le diesen un millón de ducados, porque, de otra manera, amenazó que saquearía a Florencia sin duda alguna.

El Papa de nuevo acrecentó su ejército, en el cual estaba el cardenal Tribulcio, grande enemigo de españoles, y venían en él capitanes señalados, algunos de la gente de armas, y se comenzó una muy reñida guerra entre ellos.

El virrey, saliendo de los términos del reino de Nápoles, se fué a poner sobre una tierra y castillo fuerte llamado Fronsobona, el cual estaba proveído de gente y artillería bastantemente. Y habiéndolo batido con su artillería, vino el campo del Papa a lo socorrer con tan buen orden y tan poderoso, que al virrey le pareció que no debía esperarlo allí, y alzándose de sobre él, se retiró a un lugar llamado Castro, y fué su retirada con tan buena manera, que escapó de recibir daño, y los del Papa socorrieron a Fronsobona, y el virrey, dejando fortificado y proveído a Castro, se pasó a Esperano, que es en la raya y término del reino de Nápoles y tierra de Roma, donde se afirmó su campo.

Y pasando adelante el del Papa, se alojó en otro lugar llamado Posea, a cinco o seis millas de allí, en los cuales lugares, por ser ya el comienzo del invierno y fin de noviembre, pararon ambos campos, fortificándose y proveyéndose cada uno contra el otro lo más que podía, y pasaron grandes trabajos y necesidades, haciéndose la guerra con correrías, escaramuzas y rebatos, en que había bien que escribir, si otras cosas dieran lugar.

Cómo andaba la guerra en Lombardía. -El duque de Urbino quiere estorbar el paso a los alemanes imperiales. -Muere Joanín de Médicis. -Tratan los imperiales de juntarse y arde vivamente la guerra en toda Italia. -Los príncipes de Francia se ponen en Pedraza con rigor y cuidado.

Estando, pues, las cosas en estos términos, lo que en Lombardía pasaba es que retraído el campo del Papa de sobre Milán, y de la otra parte del Po hacia Roma, como tengo dicho, en manera de cumplimiento de la paz con don Hugo de Moncada, dentro de pocos días hicieron lo mismo el campo francés y venecianos; porque teniendo nueva que doce mil alemanes que el Emperador había mandado venir a Italia eran ya llegados y venían con alguna caballería, cuyo capitán general era Jorge Frondespergo, que en los años pasados lo había sido de la otra gente, y era un muy valiente y sabio capitán, el duque de Urbino con el ejército veneciano acordó acercarse a las tierras de la señoría para amparo dellas; y el marqués de Saluzo se pasó con el francés a la ribera del río Ada, con fin de estorbar y inquietar a los imperiales que estaban en Milán, y estorbar el paso a Jorge Frondespergo, que por servir al Emperador había ya levantado con su dinero los doce mil infantes y quinientos caballos, el cual venía ya por Trento en el mes de noviembre.

Sabiendo, pues, el duque de Urbino que los alemanes eran ya llegados a tierra de Mantua y parecía iban encaminados a pasar el Po la vía de la ciudad de Parma, él se determinó acercarse a ellos, pensando poderles estorbar el paso, y haciéndolo así, ayudado y acompañado de Juan de Médicis, con su caballería, con la más gente suelta del campo, trabó con ellos muy recias escaramuzas, en una de las cuales, al paso del río Mincio (o Burgofortum), fué herido Juan de Médicis de una bala, de la cual murió en Mantua, no habiendo cumplido treinta años de edad, en el cual perdieron los de la liga un buen capitán.

Pero al fin, a pesar del duque de Urbino, Jorge Frondespergo con sus alemanes pasó el río Po, y caminó hasta Florey, en la comarca de Plasencia y Parma, donde se alojó, siendo ayudado y favorecido del duque de Ferrara con artillería, municiones y bastimentos.

Habiéndose puesto los alemanes donde convenía, el duque de Borbón y los capitanes imperiales se comenzaron a poner en orden para salir con sus gentes en campo a se juntar con ellos y hacer los efetos que veremos.

Y cada una de las partes procuró ponerse en los lugares donde más daño pudiese hacer a su enemigo. De manera que la guerra ardía con grande furia por toda Italia y Lombardía, la cual el Emperador había suspendido, entreteniendo de varias maneras con esperanzas de paz al Pontífice, al rey de Inglaterra y al de Francia; mas cuando se vió superior a ellos, declaró que no alzaría la mano de la guerra hasta que el rey de Francia cumpliese lo que había jurado, y que Francisco Esforcia pusiese su persona y causa al juicio de las personas que el Emperador nombrase.

Con esto se perdieron las esperanzas de la paz, y había temores de cruel y sangrienta guerra.

Y el Emperador, cierto de que el rey Francisco no había de cumplir su palabra, mandó traer los delfines a Valladolid, para de allí enviarlos a la fortaleza de Pedraza, cerca de Segovia, como se hizo.

El rey de Ingalaterra se pone de por medio y trata de paz. -Conjuración y liga poderosa contra el Emperador. -Cortes en Valladolid. -Parte el Emperador de Granada.

En tanto que estas cosas pasaban en Italia, el Emperador había estado en Granada con harto cuidado dellas. Y si bien procuró proveer de gente y dineros lo necesario, no por eso dejaba de dar oídos a los tratos de paz.

Quiso ponerse en ellos el rey de Ingalaterra, escribiendo al Emperador que él no quería ser protector de la liga, sino medianero de la paz; que los confederados tenían en su corte embajadores con bastantes poderes para tratar de ella. El Emperador, con muy gran voluntad, envió instrucción y poder al suyo, que estaba en la corte del rey de Ingalaterra, con medios muy iguales y justos. Pero como todos eran cumplimientos fingidos y querer entretener, no resultó efeto alguno.

Y lo mismo pasó con el nuncio del Papa, con los embajadores del rey de Francia y venecianos, que habían publicado esta paz. Los cuales todavía andaban en su corte diciendo que no eran enemigos del Emperador, y que la guerra que hacían era por la libertad de Italia y asistencia del duque de Milán.

De manera que la voz era de Jacob, y las manos, de Esaú. Porque en Angulema se habían conjurado el Papa, el de Ingalaterra, Sigismundo, rey de Polonia; Jaques, rey de Escocia; la señoría de Venecia, Francisco Esforcia, duque de Milán, florentines y otros, so color de librar al duque Esforcia y a Italia de los españoles, y porque el rey Francisco no cumpliese lo que prometió en Madrid, y para escoger un nuevo rey de Nápoles, que había de ser Juan de Médicis, con que pagase el rey de Francia setenta mil ducados por año, y cincuenta mil el duque de Milán, habían de juntar para esto tal ejército, que lanzase al imperial de Italia, y sustentarlo hasta le haber echado.

De Granada también escribió el Emperador en el fin de este año a los eletores del Imperio, dándoles cuenta larga de todo lo sucedido, y de las justificaciones y cumplimientos que había hecho con el rey de Francia y con el Papa, y les pidió cómo, se podría resistir al Turco por aquellas partes; y cómo fué recibido por rey de Bohemia y Hungría el infante don Fernando, archiduque de Austria, su hermano, por ser casado con hermana del rey Luis, como está dicho, y fué coronado en principio del año venidero de 1527, con gran solemnidad y fiestas.

Así que, puesto el Emperador en tantos cuidados y excesivos gastos de la guerra, y de los grandes ejércitos que había sustentado, convínole empeñar y vender las rentas para se ayudar en estas partes de sus reinos; y para tratar otras cosas convenientes al bien común y la gobernación de ellos, mandó convocar los procuradores de las ciudades de Castilla y llamarlos a Cortes generales para 20 de enero, en la villa de Valladolid, para la cual partió luego de Granada con la Emperatriz y toda su corte, a 10 de noviembre, año 1526.

Detúvose mucho en el camino, por las grandes aguas y nieves que en toda España hubo este año, que fué su invierno de los rigurosos que los nacidos vieron, y resultaron grandes daños con las crecidas de los ríos y enfermedades peligrosas.

Lutero daña las gentes. -Dieta en Espira a 25 de junio. -Manda el Emperador que no alteren en la Dieta una jota de la ley Evangélica. -Librea de los luteranos. -Diligencias del rey Francisco para ganar voluntades en Alemaña. -Quejas del rey Francisco contra el Emperador. -Responde el Emperador a lo que, el de Francia le caluniaba. -Muere doña Isabel, hermana del Emperador. -Peligro, en que el Emperador se vió andando a caza.

Las cosas de Alemaña en este tiempo, tocantes a la fe, andaban malas, porque el hereje Martín Lutero se había desvergonzado tanto, con el favor que muchos le hacían, que procuraba traer a su opinión alguna gente de lustre que la autorizasen, y en algunos (ayudándole el demonio) halló más entrada de lo que convenía, si bien otros santísimamente le resistieron.

Estando, pues, los negocios en tales términos, mandó el Emperador que se tuviese Dieta en Espira, así para tratar del negocio de la religión como para dar orden de resistir al turco Solimán.

Escribió a los de la Dieta, desde Sevilla, por marzo, diciendo que muy en breve partiría para Italia a recibir la corona de oro de mano del Pontífice, y haría con él que señalase lugar y tiempo para el futuro Concilio, en el cual se tratarían las cosas de la religión, y se verían las nuevas opiniones que en aquella tierra andaban, y la verdad que tenían; que en el ínterin mandaba que ni los príncipes ni las ciudades alterasen ni quitasen una tilde de lo que hasta allí se había tenido en la religión cristiana, sino que en todas maneras guardas en la fe en que sus padres murieron, como en la Dieta de Wormes se ordenó y mandó por todos.

Vinieron a esta Dieta los príncipes luteranos Sajonia y Lantgrave. Los cuales hacían predicar en sus posadas la secta luterana, y no guardaban fiesta ni domingo, ni oían misa, ni dejaban de comer carne los viernes y días vedados, con grandísima disolución y rotura. Traían estos luteranos todos sus criados de librea con una manga largada de un hombro, y bordadas en ella estas letras con hilos de oro. V. D. M. I. AE., que es: Verbum Domini manet in aeternum. «La palabra de Dios permanece para. siempre.»

Pronuncióse en esta Dieta un decreto por el cual, a fin de evitar otros mayores daños, se dió facultad a todos los tudescos para que cada cual sintiese en la religión aquello que conforme a su conciencia pensase poder defender delante de Dios y del mundo, sin otra mejor conclusión.

Halláronse en esta Dieta embajadores del rey de Francia, y tratándose de la guerra contra el Turco; dijeron que ayudaría su rey en ella, si hiciesen que el Emperador dejase las armas en Italia (por ventura sería para entrarse el francés con ellas en ella). Trajeron estos embajadores franceses cartas de su rey para los príncipes de Alemaña y ciudades libres, doliéndose mucho de la desdichada muerte del rey de Hungría, y de que la Cristiandad hubiese padecido una tan gran plaga, y que se avecinase tanto a Hungría y Alemaña y Austria un enemigo tan crudo, feroz y poderoso como el Turco; y que la causa de estos males era el Emperador, que por su demasiada ambición quería sujetar a todos y hacerse monarca absoluto, dando leyes superbas a Francia y Italia, con la mayor parte de Alemaña; y que habiendo él sido por su desventura preso en la batalla de Pavía, y traído a su poder, le había querido despojar de su reino; y ya que para esto no halló camino, le obligó a cumplir unas condiciones intolerables en destruición y acabamiento de su reino; y que su demasiada ambición en parte era causa de que de todo punto olvidase a Alemaña y despreciase a Austria, siendo el solar de sus padres, y las dejase para que los turcos las destruyesen, y que les convenía mirar con tiempo, no fuese que con sus trazas y engaños hiciese más daño a Alemaña que las armas al descubierto de los turcos los podían ofender. Que él estaba siempre con pronto ánimo y voluntad muy entera, como lo habían hecho todos los reyes de Francia, para con el cuerpo y con el alma, y con todas las fuerzas de Francia enfrenar los acometimientos de los turcos, y echarlos de la tierra si el Emperador no le embarazase con guerras; y así lo protestaba ante todos los alemanes y naciones del mundo, y que si algún gran mal viniese a la Cristiandad, se cargase la culpa dél al Emperador, y no a él, que en cuanto pudiese no la tendría.

Tuvo aviso el Emperador de estas cartas, y en respuesta dellas escribió otras a los mismos príncipes y ciudades de Alemaña, refutando las calunias del rey Francisco, y diciendo su poca fe, y lo poco que valía su palabra, y que él sólo era causa para que las armas de toda la Cristiandad se consumiesen entre sí mismos, y no contra los turcos. De lo cual eran buenos testigos todos los príncipes de Italia, con cuya ayuda hubiera acometido por mar y por tierra la Acaya y Peloponeso, si Francisco hubiera cumplido lo que debía, y no fuera el impedimento y perturbador de la república cristiana.

Con esta respuesta se turbó el rey de Francia, y con tanta acedia hablaba el Emperador, que se echaba bien de ver el ánimo tan enconado que tenía, y que no hablaba por descargarse y justificarse, sino vencido de envidia, odio y mortal pasión, por donde ya se tuvo por cierta la guerra.

El Emperador respondió a todo de tal manera, que los franceses dejaron el papel y plumas, y acudieron a aparejar las armas y comenzaron a usar dellas. Llegó a tanto el enconamiento de sus ánimos, que contra Dios, y contra todo lo que se puede pensar, se confederaron con el Turco, y trajeron sus armadas a la costa de la Cristiandad, y invernaron en sus puertos, haciendo robos y muertes, cautivando los inocentes cristianos, profanando las iglesias, como en el discurso desta historia se verá.

Este año murió (como dije) en Bruselas doña Isabel, infanta de Castilla, hermana del Emperador, reina de Dinamarca, dejando un hijo que se logró poco, y dos hijas, de las cuales, una, que se llamó Dorotea, casó con Fadrique, conde Palatino del Rhin, príncipe eletor, y otra, dicha Cristierna o Cristiana, casó con Francisco Esforcia, duque de Milán, y después casó con el duque de Lorena, como aquí se dirá.

En este año que el Emperador estuvo en Granada se vió en notable peligro de perder la vida andando a caza en las sierras que están a vista de aquella hermosa ciudad. Siguió tanto un jabalí, que vino a perderse de los suyos, y estar tan lejos, que aunque tocó la corneta, ninguno le oyó ni acudió; ni él sabía dónde estaba, ni qué hacer de sí. Y andando descaminado por lugares ásperos y montuosos, vino a dar en un lugar de moriscos.

Con discreción no quiso darse a conocer, temiendo algún peligro de la vida o prisión que atrevidamente [le impusiesen], siendo malos cristianos y estando descontentos por el castigo que en ellos había mandado hacer en la visita general, según queda dicho; y topándose con uno de aquellos moriscos, dijo cómo había perdido el camino; que iba para Málaga, y si estaba cerca. Esto fingió por deslumbrar al morisco. El cual, riéndose, dijo que Málaga estaba lejos de allí, que muy más cerca estaba de Granada. El Emperador le pidió que le guiase para Granada, aunque fuese de noche, y el morisco lo hizo, pagándoselo bien el Emperador.

Y llegando ya noche cerca de Granada, estaban las torres y ventanas llenas de luminarias, repicando las campanas, para que el Emperador atinase allá; y demás de esto habían salido todos los caballeros de la corte y ciudadanos y otras gentes con lumbres en las manos en busca del Emperador, y como toparon con él, fueron grandes las alegrías que hicieron.

Libro decimosexto

Parte el Emperador de Granada para Valladolid. -No cabía su gran corte en Valladolid. Aposéntanse por las aldeas. -Registro en la gente para no consentir los baldíos. -Peligro en que estuvo Burgos. -El peligro de las monjas de Burgos. Favorécenlas los caballeros. -El condestable se vió en notorio peligro.

Comienzo con nuevo libro el año de 1527, si bien la materia que en él se ha de tratar sea dependiente de la que en el año pasado he referido, por tener éste por dichoso y felicísimo en España, pues nació en él el serenísimo príncipe don Felipe, el más católico, prudente y sabio rey que ha tenido España después que ella se pobló, como en su vida se verá, si fuese tal la mía que me diese lugar para escribirla.

Partió el Emperador de Granada para Valladolid, a 10 de noviembre del año pasado. Detúvose en el camino, porque el tiempo era recio de fríos, aguas y nieves, y la Emperatriz venía preñada. Llegó a Peñafiel, y allí acudieron los regidores de Valladolid a suplicarle se detuviese algunos días para darles lugar de proveer la villa de bastimentos, que había gran falta, por la que hubo el año pasado en todo el reino, y también porque acudía tanta gente a la corte, que no se proveyendo, sería imposible poderse sustentar.

Tampoco había aposento en Valladolid para todos. Aposentaron a los caballeros de Santiago en Simancas, y al maestre de la Orden de Calatrava en Tudela, y se comenzó a poner tasa en la gente que había de estar en la corte, por echar de ella los baldíos, impertinentes y de malas vidas; que es el orden que prudentemente agora se ha dado en la corte de Vuestra Majestad, rey Católico Felipe, si bien murmurando, por no lo alcanzar todos los que murmuran.

Entró el Emperador con toda su casa y corte en Valladolid a 14 de enero de este año 1527, y fueron tantas las aguas y nieves, que por cosa notable se pueden contar, como lo hacen los de aquel tiempo que las vieron y padecieron. A 20 de enero, día de San Sebastián, creció Pisuerga en Valladolid de tal manera, que, daban agua a las bestias sin salir fuera del postigo de la cerca que estaban junto a las casas del conde de Benavente. Y también llevó gran parte de la puente de Cabezón, y hizo grandes daños en huertas y heredades, presas y molinos, y se ahogaron muchos. Las nieves demasiadas que cayeron en otubre, noviembre y diciembre del año pasado, se cuajaron con los grandes hielos; después ablandó el tiempo y derritiéronse, de suerte que los ríos crecieron con gran espanto.

De Burgos hallo escrito que, como se veían rodeados de tan grandes montes de nieve y después la blandura que vino por enero, que temían grandemente. Así fué que creció el río Arlanzón. Un viernes en la noche, a la hora de las doce, comenzó a venir tan grande furia de agua por aquella ribera, que desde la vega de Miraflores hasta el campo de Gamonal, al través, toda la tierra era un mar, y entró la ribera tan crecida por la parte de San Francisco y por la ciudad, y por la parte de Vega, que nunca tal se vió ni oyó.

No sé si agora se sabrán las casas que esta memoria, escrita en aquel tiempo, dice: que desde el huerto del Rey, y por casa de Diego de Soria, entre la casa de Andrés de la Cadena, con tres corrales y la cerrajería, y sarmental, carnecería y odrería, con los dos mercados y las dos cantarranas y comparadas con la puebla y con el barrio de San Juan y San Alfonso con la Casa de la Moneda hasta juntar con la casa de Pedro de Cartagena, las aguas iban tan crecidas por todas las partes, y en las calles y casas, de un gran estado de hombre en alto, que no había caballo, si bien poderoso fuese, que lo pudiera pasar. Esta creciente duró hasta el sábado, dos horas después de mediodía.

Llevó la puente de San Lesmes, y un torrejón que estaba cerca de ella, y la casa del peso de la harina, y el mismo peso con hasta cincuenta cargas de harina. Tomó en la puente un acemilero que iba por leña, y se ahogó allí luego, y la acémila fué a parar con mucho trabajo a Vega. Llevó gran parte de la puente de Santa María, y en ella diez y siete hombres y mujeres, que ninguno escapó.

En el monasterio de San Ilefonso no quedó monja, que todas salieron huyendo con harto trabajo, favoreciéndolas caballeros que con peligro de sus vidas entraron por ellas.

El condestable estaba a esta sazón en Burgos de camino para la corte, y tenía consigo a la reina Leonor y delfines de Francia. Visto lo que pasaba, movido de piedad subió en un caballo, y con otras veinte cabalgaduras fué a la puente de Santa María para socorrer a las monjas de Santa Dorotea; quiso Dios ayudarle, porque acabada de pasar la puente, cuando ya entraba en el barrio de Vega, la puente se hundió, que sí tardara tres credos más en la pasar, el condestable y los que con él iban perecieran.

Finalmente, los daños fueron tantos y tan grandes, que sería largo decirlos. No dejó troj, ni bodega, ni casa que no destruyese; porque en todas había un estado de agua. No quedó pared de huerta en toda la ciudad, ni molinos que no asolase. En el hospital real hizo de daño más de tres mil ducados. Quedó la ciudad de manera que perecían de hambre pobres y ricos.

En otras partes se padecieron otros daños semejantes, porque fué general en España la demasía de aguas y nieves.

Cortes generales en Valladolid. -Discordia de las iglesias sobre los asientos. -Los caballeros no quieren contribuir para la guerra, no yendo el Emperador en persona. -Niegan todos el servicio que el Emperador pedía; pasa por ello prudentemente, acordándose de la pasada. -La Orden de San Benito sola sirve al rey.

Dejado esto y volviendo a las Cortes de Valladolid, acudieron todos los grandes de Castilla y procuradores de las ciudades y mandó el Emperador, como maestre o administrador perpetuo de las Ordenes militares, que los caballeros se juntasen en Valladolid para visitarlos y pedirles que ayudasen para la guerra contra infieles.

El lunes a 10 de hebrero hizo el Emperador unas solemnes honras en San Pablo por el rey Luis de Hungría, su cuñado, y el día siguiente (que fueron 11 de hebrero) se comenzaron las Cortes, juntándose los perlados por sí y los caballeros por sí; las iglesias y procuradores de ciudades, y los comendadores, cada Estado aparte.

Y sobre las cosas que se propusieron hubo diversos pareceres. En la congregación de las iglesias hubo grandes disensiones entre la iglesia de Sevilla y Santiago y entre la de Oviedo y Palencia, sobre los asientos y precedencia, y remitióse al Emperador, y que entretanto que Su Majestad la determinase, ninguna iglesia tuviese lugar señalado.

Después que los caballeros hicieron sus juntas, se resolvieron; y a 13 de marzo, víspera de Ramos, dieron por respuesta: que yendo el Emperador en persona a la guerra, cada uno de ellos le serviría con persona y hacienda, pero que darle por vía de Cortes dineros, parecían ser tributos y pechos que su nobleza y estado no lo permitía, y. por tanto, le suplicaban suspendiese semejante demanda.

Los procuradores de las ciudades respondieron que todos sus pueblos estaban pobres y alcanzados, y que era entonces imposible servirle con algún dinero, a causa que no eran aún cogidos los cuatrocientos mil ducados con que le sirvieron para su casamiento.

Los eclesiásticos respondieron que cada uno le serviría con todo lo que más pudiese de su hacienda; mas que en general, por vía de Cortes y nueva imposición, que esto no lo habían de hacer, sino antes resistirlo.

Los abades y perlados de las religiones dijeron que no tenían dineros, si bien tenían plata con que le servir; mas que mirase que dándole aquella plata, no le daban cosa que propriamente fuese suya, sino que era de Dios y de su Iglesia.

Sola la Congregación de San Benito, con el amor y fidelidad con que ama y sirve a los reyes, le sirvió con doce mil doblones de oro, estrechándose y quitándolo de su sustento, por ayudar a su príncipe, patrón y señor.

Los comendadores de Santiago, Alcántara y Calatrava respondieron que yendo Su Majestad a la guerra, ellos no podían dejar de le ir a acompañar, pues para aquel efeto se instituyó su religión militar; y que si no quisiese ir en persona, sino enviar, ellos ayudarían con la quinta parte de sus encomiendas.

Vistas por el Emperador las respuestas, no les dijo palabra desabrida, ni aun les mostró mal rostro, antes mandó que se deshiciesen las Cortes y se fuesen las Pascuas a sus casas.

Hiciéronse algunas leyes importantes al reino, que porque no tocan a la historia las dejo.

Justificación del Emperador con los embajadores de Francia e Ingalaterra. -Eran embajadores del rey de Francia Juan de Gabilmonte, presidente de Burdeos; del de Ingalaterra, Eduardo Leo.

En el tiempo que duraron las Cortes, el Emperador mandó juntar a Baltasar Castellión, nuncio apostólico, con los embajadores del rey de Francia, que eran Juan de Cabilmonte, segundo presidente de Burdeos, y Gilberto de Bayarte, gentilhombre de su cámara, y Andrea Navagero, embajador de Venecia, y del de Ingalaterra, Eduardo Leo.

Y por cuanto ellos, por hacer aparencia y cumplimiento en lo público, habían algunas veces dicho y publicado que tenían comisión para tratar de la paz, y, como tengo dicho, el Emperador había venido a tratarla con ellos, y nunca habían mostrado bastantes poderes, ni parecía que, si bien los tuviesen, vendrían en medio que fuese tolerable; por lo cual, siendo así juntos, el Emperador, para su descargo y justificación, en presencia de Enrique, conde de Nasau, camarero mayor suyo, y de don Juan Manuel, caballero del Tusón, y de don García de Loaysa, obispo de Osma y su confesor, presidente del Consejo de Indias, que después fué cardenal y arzobispo de Sevilla, y de monsieur De Praet, todos del Supremo Consejo de Estado, y de Mercurio Catinara, su gran chanciller, en nombre y por comisión suya les dieron la respuesta y requirimiento ordenado y se lo mandaron notificar por Juan Alemán, su secretario. En la cual el Emperador traía a la memoria todos los medios y cumplimientos que había hecho con el Papa y rey de Francia; y ansimismo mostraba claramente los defetos de los poderes que tenían para la paz y concordia que habían de tratar, y la contradición que había entre unos y otros; y la misma en los medios y apuntamientos que habían propuesto. Por todo constaba claro que todas eran evasiones y fingidos cumplimientos, y no haberse dejado de concluir por culpa del Emperador; ni en él la habría para dejarse de hacer, queriendo venir en medios que fuesen tolerables, y que así se lo mandaba requerir y protestar para su descargo y cumplimiento.

El cual auto largo y en forma, con las protestaciones y cláusulas que convenía (cuya suma es la ya dicha), se hizo en 12 de hebrero de este año 1527.

Tan claras y verdaderas razones y disculpas fueron las dichas, que no tuvieron los embajadores que responder más de pedir término para mirar bien en ellas; y el Emperador, hecha esta diligencia, procedió en sus Cortes y en la gobernación de sus reinos, donde lo dejaremos agora hasta que nos llamen otras cosas mayores, que espantarán al mundo, las que presto veremos.

Diré primero la guerra de Italia entre imperiales y ligados.

Sale en campaña la gente imperial que estaba en Milán con Borbón. -Los imperiales entran las tierras del Papa. -Daños que hace en la costa de Nápoles Horacio, capitán del Papa. -El duque de Borbón quiere ir a Roma de camino por Florencia. Témenle todos. -Concórdanse el Papa y virrey de Nápoles. -El duque de Borbón no pasa por la concordia. -Campo que llevaba el duque de Borbón. -Resolución grande de los imperiales en ir sobre Roma. -Demostración que hizo el de Borbón de acometer a Florencia y duque de Urbino. -Apercíbese el Papa, atribulado, en Roma, para resistir a Borbón. -A 5 de mayo llega Borbón sobre Roma.

Dicho queda cómo Carlos de Lanoy, virrey de Nápoles, estaba en el Esperano, a cinco millas del Papa, y el duque de Borbón se estaba poniendo en orden para salir de Milán, el cual, y el príncipe de Orange y el marqués del Vasto y Antonio de Leyva y los otros capitanes, ya puestos (como dice el marinero) de leva en el mes de enero, cuando el rigor del frío más ofendía y por él suelen recogerse y retirarse los ejércitos, salieron ellos en campaña con los alemanes y españoles que en Milán y Pavía estaban, quedando conveniente guarnición en estas ciudades y dejando a mano izquierda a Lodi y Cremona, donde el duque de Milán estaba, determinaron de pasar el Po, con pensamiento de poder tomar a Plasencia, por dar buen principio a su nueva jornada.

Pero teniendo sospecha y aviso de ella los capitanes de la liga, metieron de nuevo tanta gente dentro, y hicieron fortificar los muros, de manera que pareció al duque de Borbón y a los demás capitanes que no debían acometerla.

Así, pasaron a Florenzola para juntarse con George Frondespurg y sus alemanes, y de camino combatieron y saquearon una fuerte villa llamada Burgo Sandonino; y de allí, después en pocos días fueron con todo su ejército a ponerse sobre Bolonia, haciendo guerra a las tierras del Papa.

Pero antes que llegasen se había metido dentro el marqués de Saluzo con la mayor parte de la gente de su campo, de manera que no convino cercarla. Visto esto, el duque de Borbón combatió y tomó algunas tierras y castillos de la jurisdición y campos de Bolonia sin hallar quien le resistiese, porque el duque de Urbino y los de la liga no se atrevían a darle batalla, sino querían entretener la guerra quitando los bastimentos al campo imperial y haciéndole el mayor daño y estorbo que podían; esperando que la falta de bastimentos y dineros (que era grande la que ya se sentía) causaría en ellos algún desorden.

Y en tanto que en Lombardía andaban las cosas de esta manera, el Papa hacía todo su poder contra el Emperador y sus tierras de Nápoles. Porque con el campo que tenía (cuyo legado era el cardenal Tribulcio) hacía en ellas el mal y guerra que podía, a cuya resistencia estaba Carlos de Lanoy, virrey de Nápoles, y habían pasado algunos hechos que por no cargar la historia no los escribo.

Nuevamente en estos días, habiendo soltado de la prisión a un capitán llamado Horacio Vallión, le dió dos mil soldados escogidos y orden para que se fuese con ellos a meter en la Armada francesa, cuyo capitán era Andrea Doria, y andaba en conserva de la de venecianos en la costa de Nápoles, y que procurase, con ayuda y favor de las dos armadas, apoderarse de algunos lugares de aquella costa y hacer el mal y daño que pudiese. El cual lo hizo así, y navegaron la vía de Nápoles, y echaron gente en tierra cerca de un lugar llamado Amoro, y entráronle por fuerza de armas, y saquearon y derribaron todo lo que en él había; y lo mismo hicieron en otros lugares. Y pasando adelante el mismo Horacio, sacando su gente fué sobre la ciudad de Salerno y la combatió y entró y dió a saco.

Y de ahí pasó adelante por la marina la vía de Nápoles, donde se le juntaron infinitos forajidos y desterrados de aquel reino. Lo cual, sabido por don Hugo de Moncada, que dentro en Nápoles estaba, salió al campo con toda la más gente que pudo, pensando pelear con el Horacio y desbaratarlo. Pero su gente y él vinieron tan orgullosos y confiados del buen suceso que habían tenido, que no dudaron en la batalla, y así comenzó la escaramuza con muy grande ánimo. Lo cual, reconocido por don Hugo, le pareció mejor consejo retirarse a Nápoles, aunque con algún daño, antes que poner las cosas en aventura, de que quedó el Horacio muy ufano.

Y volviéndose a embarcar, corrió la costa con harto miedo de todos los que la moraban. De lo cual siendo avisado el duque de Borbón, y visto el trabajo que en tierra de Bolonia pasaba por falta de bastimentos, y que la gente, por no andar bien pagada, le obedecía mal, con acuerdo de los capitanes que con él estaban, determinó de caminar para Roma y socorrer a Nápoles con pensamiento de hacer de camino alguna gran suerte y castigo en los florentines que con tanta determinación habían seguido la opinión del Papa.

Y aún según se entendió, el principal intento de Borbón fué acometer a Florencia y saquearla, para pagar a cuenta de esta rica ciudad a su ejército, que estaba necesitado y quejoso. Lo cual olieron los de Florencia y le vinieron a ofrecer que los tomase y recibiese debajo de su amparo y que le darían para pagar la gente quinientos mil ducados. El duque pedía un millón de ducados.

También el Papa entendió, por las muchas espías que tenía, el camino que Borbón quería hacer, y temiendo lo que podía suceder, fingiendo querer paz la trató y propuso con grande instancia con el virrey de Nápoles. El cual, teniendo creído que el Emperador deseaba la concordia con él, y visto el daño que las armadas de mar hacían en la costa de aquel reino, sin lo poder él remediar, dió a ello alegremente oídos, de manera que, confirmadas las voluntades, se concertaron presto, ante todas cosas asentando treguas por ocho meses, con tales condiciones que el Papa retirase su ejército y lo despidiese, y el virrey el suyo. Que el duque de Borbón dejase el camino que llevaba contra Florencia y Roma y se detuviese en Lombardía. Que los florentines darían la suma de dinero dicha.

Capitulado esto con el virrey como capitán general del Emperador, vino en persona a Roma, enviando primero el Papa al cardenal Tribulcio en rehenes, y las treguas se hicieron y juraron a 15 de marzo; y el Papa mandó retirar su campo y despidió la más de la gente de él. Pero el duque de Borbón, aunque debió de ser luego avisado de ello, no se tuvo por obligado a guardarlas, por haberse hecho sin su consentimiento, siendo el lugarteniente del Emperador y su capitán general (que aún duraba la enemistad antigua con Lanoy), y así no arrostraba a cosa que él hiciese.

Resuelto, pues, Borbón, en la ejecución de su partida, dió orden que Antonio de Leyva quedase en el Estado de Milán con tres mil alemanes y mil y quinientos españoles y dos mil italianos, y ciertas compañías de hombres de armas y caballos ligeros, como se hizo, y se dirá adelante lo que le sucedió.

Estuvo el marqués del Vasto en estos días enfermo, y si bien había convalecido, no quiso, con todo, ir con el duque de Borbón; antes se fué por mar a Nápoles, con achaque de querer cobrar entera salud y fuerzas.

Y el duque de Urbino, con el marqués de Saluzo, viendo que el duque de Borbón movía ya su campo con el fin dicho, recogieron toda la gente de la liga y hicieron muestra de quererle dar la batalla por lo entretener para la cual tenían bastante gente, y pasando las montañas de Bolonia por un lugar llamado Petromal, tomó la delantera al duque de Borbón y caminó la vía de Florencia; pero no embargante esto, el duque partió con su campo por la vía llamada Flaminia, y pasados los montes Perineos por cima de Florencia, entró en tierra de Toscana con ánimo de dar la batalla al duque de Urbino, si se ofreciese ocasión.

Su campo era de trece mil alemanes y seis mil españoles y cinco mil italianos. He visto cartas escritas en Roma este año que dicen eran por todos treinta mil hombres.

Y iban en el ejército el príncipe de Orange y Juan de Urbina, y otros capitanes de nombre.

Sabido por el Papa que el duque de Borbón proseguía su camino, trató luego con el virrey de Nápoles que fuese en persona a lo detener. El cual, con la presteza posible, lo hizo así, y topándose con él procuró cuanto pudo persuadirle que se tornase; mas Borbón no lo quiso hacer, y es cierto que aunque él quisiera, el ejército iba tan determinado y codicioso del saco, que no fuera parte sacarle deste propósito; porque sabido a lo que venía Lanoy, no solamente no quisieron darle oído, pero hubo pareceres en algunos de lo matar por la demanda que traía, y la paz de que había hecho; la cual decían que no valía, por no haber sido hecha por el duque de Borbón que tenía el supremo poder.

El virrey se fué a Génova, y el duque, pasando adelante con su campo, cuando llegó a tierra de Florencia halló que el duque de Urbino era ya llegado dos días antes a la misma ciudad con el suyo y que se había asentado junto a ella, y con su llegada los florentines se esforzaron de manera que no quisieron hacer el socorro que antes habían ofrecido.

Viendo, pues, el duque de Borbón que la empresa de Florencia no podía haber efeto, pasóse a la ciudad de Sena, que estaba en servicio del Emperador, publicando que quería pelear con el duque de Urbino y combatir a Florencia. Hizo grande muestra de ello, y con este ardid y disimulación engañó al de Urbino, que, creyéndolo, se metió en Florencia para la defender; y Borbón, dejando en Sena la artillería que traía con algunos tiros de campo solamente tomó la vía de Roma a las mayores jornadas que pudo.

Lo cual sabido por el duque de Urbino, viéndose burlado, caminó con su campo en seguimiento del imperial, que ya le llevaba tres jornadas de ventaja.

El Papa, entendiendo todo lo que pasaba y la determinación que los imperiales traían, mandó luego a Renzo de Cherri (varón romano de la casa de los Ursinos, capitán principal que fué en las guerras contra el virrey), que recogidas las compañías que habían quedado, y echando otras de nuevo, se metiese en Roma. El lo hizo ansí con gran diligencia, y juntó casi seis mil hombres de guerra y mucha y muy buena artillería; y mandaron ansimismo poner en armas todo el pueblo y fortificar la ciudad y hacer todas aquellas diligencias y reparos que para la defensa de ella se pudieron hacer en tan breve tiempo. En lo cual confiado el Papa, y en el ejército de la liga, que tenía aviso venía en su socorro, no quiso humillarse a enviar al camino y hacer nuevo partido al duque de Borbón, pareciéndole que no osaría acometer la ciudad, no trayendo, como no traía, artillería para batir los muros, y que su gente la podría defender hasta que llegase la gente de la liga.

Andando, pues, en esto, llegó Borbón a vista de Roma una tarde a 5 de mayo, mucho antes que los tristes romanos pensaran, habiendo caminado noches y días sin parar. Puso su campo por el monte de San Espíritus, el cual se quedó allí con los españoles e italianos, y envió los alemanes a la parte de abajo al postigo que se dice de San Espíritus, y en toda aquella noche no hizo sino reconocer los muros, y platicar el orden que se había de tener para combatir aquella ciudad, antigua cabeza del mundo.

Y los soldados españoles y italianos no dejaron ni se cansaron de hacer escalas a manera de zarzos que suelen poner en los carros, y esto era para poder subir de seis en seis por los muros, porque como no traían artillería para batirlos, érales forzoso trepar como gatos por ellos.

Había en campo, según buena cuenta, treinta mil combatientes, españoles, tudescos y italianos.

Dan el asalto a Roma, y éntranla los imperiales. -Pone ánimo Borbón en su gente. -Muere Borbón en el asalto. -Usan los vencedores de la vitoria inhumanamente. -Renzo de Cere, Francisco María de Montefeltro, duque de Urbino, el Papa, se encastillan en San Angel. -Los imperiales reciben por general al príncipe de Orange. -Murieron cinco mil romanos. -Saco cruel, que duró siete días. -Sentimiento del cardenal Cayetano. -Milagro del santo prepucio de Cristo.

Otro día, que fueron 6 de mayo, lunes, con increíble ánimo del campo, se aparejaron todos y pusieron en orden para la batalla.

El duque de Borbón, andando requiriendo los escuadrones españoles y alemanes y italianos, con breves y sustanciales palabras los animaba, incitándolos a la pelea, y diciendo:

-Ea, compañeros hermanos, bien sé que no era menester poneros yo esfuerzo para esta empresa, porque por experiencia tengo conocido que del que os sobra bastaba para ponérmelo a mí, si bien me faltase, pero por hacer mi oficio, y porque la empresa es dificultosa y grande, os quiero traer a la memoria que si el deseo de seguir la honra, fama, vergüenza y temor de perder lo ganado suele animar y poner esfuerzo, que la jornada que hoy tenemos hará este efeto más que otra alguna puede haber hecho. Porque para lo primero, que es lo más principal, y que más mueve los grandes corazones, baste que es Roma la cabeza del mundo, la domadora de las gentes, la que hoy habéis de combatir. Ved qué fama y nombre ganaréis sojuzgándola y entrándola, como espero que lo haréis. Considerad lo que perderéis si no lo hiciéredes, y cuán afrentados quedaríades de ello, habiéndome vosotros traído, y siendo los soldados de mayor opinión y fama que agora hay en el mundo. Y sobre todo, habéis de mirar la honra del Emperador, que agora está en vuestras manos; pídoos que se la conservéis y defendáis como habéis hecho hasta aquí.

Con semejantes palabras discurría el esforzado capitán de unos en otros; pero apenas se las querían oír los soldados, dando ellos priesa para arremeter, y diciendo que no dudase de la vitoria, que ellos se la darían en las manos; que les diese ya licencia para arremeter.

Visto esto, y dada la señal de la batalla, luego volaron todos a la muralla, con tanto denuedo y furia, que parecía que la tenían echada por el suelo y que no había quien la defendiese. Mostraron los de dentro no menor determinación. Así se comenzó la más cruda pelea del mundo; los unos para arrimar las escalas y subir por ellas; los otros por defender los muros, disparando de una y otra parte infinita arcabucería. Eran muchos los que caían muertos y heridos.

Estando la pendencia con tal coraje comenzada, y andando el duque de Borbón entre los españoles haciendo lo que un valiente capitán y tan alto caballero debía, yendo delante de todos, fué herido de un mosquetazo en lo alto del muslo, junto al vientre, de tal manera, que luego cayó en tierra v murió dentro de una hora. Esto fué a vista de todos, y bastara para desmayar otras gentes, faltándoles el capitán general; pero en ellos, no perdiendo punto de ánimo, se acrecentó el enojo y indignación; con lo cual, perseverando en lo comenzado por más tiempo de dos horas, apretaron el combate de manera -muriendo y matando- que, a pesar de todos los que lo defendían, subieron en alto de los muros, y apellidando «Espara, Imperio», pusieron las banderas en ellos, y saltando dentro ganaron el burgo.

Y tras ellos, las otras naciones hicieron otro tanto; porque al mismo tiempo que esto pasaba en el burgo, los alemanes, con muchos vaivenes de vigas, que para esto buscaron, rompieron el postigo de la ciudad y entraron furiosamente combatiendo. En la cual entrada mataron al cardenal Santicuatro, y al cardenal Orsino y al cardenal de Cefis y al hijo de Renzo de Cere, y otros muchos, que se iban recogiendo al castillo.

Suele ser la vitoria cruel y desenfrenada, pero ésta fuélo más que otra, porque la indignación de la gente de guerra contra el Papa y cardenales era grande, por las ligas pasadas y por el quebrantamiento de la tregua de don Hugo; por los grandes trabajos que en el camino habían pasado y, sobre todo, por faltarles el capitán general, que templara la furia de los soldados y pusiera orden en las cosas. Ellos se soltaron de manera que, indignados y desenfrenados, sin piedad, mataban y herían cuantos podían alcanzar, siguiendo el alcance hasta las puentes del río Tibre, que dividen el burgo donde está el palacio sacro y la iglesia de San Pedro, y se apoderaron de él y de la ciudad, saquearon y robaron todo.

Y el Papa, habiendo esperado más de lo que debiera, viendo que los españoles subían ya por el muro, salió huyendo de su palacio por la coraza y muro que tengo dicho, y por la galería se pasó a San Pedro y al castillo de San Angelo con diez y siete cardenales, y con Renzo de Cere y los embajadores de Francia, y de Ingalaterra, venecianos y florentines. Y Renzo metió quinientos soldados que defendiesen el castillo.

Habiendo, pues, ganado el burgo, y comido y descansado la gente, por no perder la furia ni dar espacio a que fortificasen más las puentes, por orden del príncipe de Orange, a quien luego obedecieron por su general, tocaron alarma y fueron todos a combatirlas para entrar la ciudad.

Había mucha gente en defensa de las puentes, pero era ya en los unos tanto el temor, y en los otros la osadía, esfuerzo y determinación, que con poca dificultad fueron ganadas, siendo la primera que se ganó Puente Sixto; y entrando por ella y por las otras, fueron muertos muchos romanos, que dicen que en ambos acometimientos pasaron de cinco mil. Demás de esto, sin hacer diferencia de lo sagrado a lo profano, fué toda la ciudad robada y saqueada, sin salvarse casa ni templo que no robasen, ni hombre de algún estado ni orden que no fuese preso y rescatado a puro dinero.

Duró esta obra, no santa, seis o siete días, sin el primero (que fué a 6 de mayo) en que fueron hechas mayores fuerzas y insultos de lo que aquí puedo decir. Todo esto padeció la triste Roma, y éste fué el fruto que sacó Clemente VII por su mala y ambiciosa condición, sin quererlo el Emperador ni pasarle por el pensamiento.

El cardenal Cayetano, varón dotísimo en la exposición del Evangelio de San Mateo, capítulo 5, en aquellas palabras: Vos estis sal terrae: quod si sal evanuerit, ad nihilum valet ultra, nisi ut mittatur foras. Que es: «Si la sal se desvanece, no sirve más que echarla en la calle, y qué la pisen todos», dice:

Experimur, et speciali modo hoc nunc nos eclesiae Proelati Romae, in proedam direptionem atque captivitatem dati non infidelibus, sed christianis iustissimo Dei indicio, quia cum in sal terrae electi esemus, evanuimus, ac ad nihilum utiles, nisi ad externas caeremonias, externaque bona conculcati etiam corporali captivitale sumus, cum direptione et captivatione totius urbis die sexto, maij, hoc anno 1.527.

Que es:

«Experimentamos particularmente esto nosotros, los prelados en Roma, siendo presos, ultrajados y cautivos, no de infieles, sino de los mismos cristianos, por justo juicio de Dios; porque siendo escogidos para sal de la tierra, nos desvanecimos, no siendo útiles para más que unas exteriores ceremonias y bienes aparentes; así fuimos corporalmente hollados, y cautivos, juntamente con la ruina y cautividad de toda la ciudad, a seis de mayo de este año de 1527.»

El cardenal Francisco de Toledo, en los comentarios que escribió sobre San Lucas, en el capítulo 2 dice que en este saco de Roma un soldado hurtó sacrílegamente una caja de reliquias de la iglesia de San Juan de Latrán, sacándolas del lugar que religiosamente se dice Santa Sanctorum. Saliendo este soldado de Roma le prendieron unos rústicos, y llevaron a un lugar que se llama Calzada, distante de Roma como veinte mil pasos, que son cinco leguas, poco más o menos. Metiéronle en una bodega por cárcel, en la cual el soldado ascondió las santas reliquias. Sacáronle después de allí, y dieron libertad, y él volvióse a Roma dejándose las reliquias donde las había ascondido.

Dióle la enfermedad de la muerte, y viéndose en el artículo della, declaró el hurto que había hecho y el lugar donde las había dejado ascondidas, aunque no se acordaba bien de su nombre, más de que era una aldea dicha Anguillara, de familia Ursina. Dióse luego noticia de esto al Pontífice, él cual mandó avisar a Juan Baptista, señor de Anguillara y de Calzada, para que con toda diligencia hiciese buscar las santas reliquias. Hizo este caballero lo que el Pontífice le mandó, pero no pudo topar con ellas.

Treinta años después de esto, que fué en el de 1557, por el mes de otubre, un clérigo que hacía el oficio de cura en la iglesia de San Cornelio y Cipriano, de la Calzada, las halló en las cuevas que estaban, junto a la iglesia donde el soldado las había enterrado o ascondido. Estaban dentro de una cajilla de acero de medio palmo de largo y cuatro dedos de alto, y la tapa tumbada.

Llevó esta caja, luego que la halló, el sacerdote a Madalena Strozzi, señora de este lugar, que entonces estaba en un lugar llamado Stabia, una milla de Calzada. Esta señora, juntamente con el sacerdote y Lucrecia Ursina, con una hija que se llamaba Clara, de edad de siete años, comenzaron a desenvolver las santas reliquias, que estaban cada una por sí en cendales o tafetanes de seda; y cada una reliquia tenía un pergamino con letra tan vieja y gastada, que apenas se podía leer lo que decía, que era el nombre del santo cuya era aquella reliquia; y como las descogían, volvían a ponerlas en una fuente de plata con toda reverencia, envolviéndolas en otros tafetanes, y con nuevos letreros.

Hallóse una parte de la carne de San Valentín mártir, del tamaño de una nuez, tan fresca como si entonces se la cortaran. Hallóse una parte de la quijada con una muela de Santa Marta, hermana de la Madalena.

Era grande el gozo de las matronas, y prosiguieron con codicia y deseo de saber lo más que había.

El tercer envoltorio que tomaron para descogerlo y saber lo que allí había era como una nuez dentro de un saquillo de tela de seda, y tenía encima escrito: «Jesús». Tomóle Madalena Strozzi, y como comenzó a quitarle el hilo, sintió que se le helaban o ponían yertas las manos. Soltóle, y como es ordinario, fregó las manos, y volvió a querer descoser el saquito; pero las manos se le helaron y entorpecieron notablemente, tanto, que los presentes se admiraron, y ella quedó espantada.

No sabiendo qué fuese aquello, se retiró, encomendándose a Dios muy de veras, diciendo que, aunque se conocía pecadora, indigna de tocar las cosas santas, no hacía aquello con arrogancia, sino con humildad, no por tener en poco las cosas sagradas, sino para guardarlas con mayor reverencia.

Y diciendo esto, volvió a tomar con solos dos dedos el saquito, y al punto se le pasmaron, como si fueran de hierro, de tal manera que no pudo juntarlos ni tocarle con ellos. Quedaron los circunstantes admirados con el milagro, y la Madalena haciéndose lágrimas.

Entonces Lucrecia, como quien adivinaba, dijo:

-No sea que esté aquí el prepucio de Jesucristo, sobre el cual el Pontífice Clemente VII escribió a mi marido Juan Baptista.

Y en diciendo esto, salió del saquito un olor tan suave y celestial, que ninguno de los presentes pudo decir cuál fuese; el cual se extendió con gran fragancia por toda la casa, de manera que Flaminio, marido de la Madalena, que estaba en otro aposento, la envió a decir qué olor era aquel que de su aposento salía, admirado de su gran suavidad; y ella, prudentemente, disimuló, no queriendo decir nada al marido.

Suspensas estaban las matronas con el clérigo, no sabiendo qué harían.

Dijo el clérigo que Clara, que era niña, probase a desatar aquel saquito. Holgó su madre de ello. Tomó la niña el saquito, y sin dificultad alguna lo descogió y puso en la fuente de plata con las demás reliquias el sacrosanto Prepucio de Cristo, el cual estaba hecho una pellita del tamaño de un garbanzo, crespo y colorado (tanto vale con Dios la inocencia de una vida buena). Quedó en los dedos, de la madre y de la hija un olor grandísimo que les duró dos días.

Prosiguieron luego en descubrir las demás reliquias, de las cuales no salió olor alguno, ni hubo entonces en ellas dificultad, ni cosa notable de impedimiento, que es grande la diferencia que hay del Señor de los santos a los mayores santos.

Pusieron las reliquias con el santo Prepucio en el sagrario de la iglesia de Calzada.

Hizo el Señor otros grandes milagros en tiempo de Paulo IV. Y vieron un día que el clérigo las sacó, para que las adorasen unas gentes que con devoción vinieron a visitarlas, que sacando la arquita y poniéndola sobre el altar, se cubrió la iglesia de una gran niebla y pedazos de llamas como resplandores, y algunas estrellas; y otro día, dos canónigos de San Juan de Latrán, que por mandado del Papa fueron a examinar este milagro y saber si estaba en la Calzada el santo Prepucio, sacándole del arquita, el uno apretó aquella bolita entre los dedos y partióse por medio. Era el día claro, y al punto se escureció y comenzó a tronar y relampaguear con tanto espanto de todos, que quedaron como muertos; y los canónigos volvieron espantados al Papa y le contaron lo que les había sucedido.

Hallaron en escrituras antiguas que este santo Prepucio, en un vaso de cristal y oro, ricamente obrado, que dos ángeles le sostenían, solía estar en el Santa Sanctorum.

Tal fué el hurto que este día hizo el desdichado soldado.

Cercan al Papa en el castillo. -Estando para concertarse los imperiales con el Papa, saben la venida del ejército de la liga, y salen a él. -El Pontífice se compone con Carlos de Lanoy y pone en sus manos.

Entrada, pues, la ciudad de Roma en la manera dicha, luego se puso un cerco muy apretado al castillo de San Angel, donde el Papa y cardenales estaban. Y si bien veía el Papa que no podía sostenerse muchos días, no quiso en los primeros venir en concierto ni medio.

Estuvieron casi concertados con que el Papa pagase trescientos mil ducados de oro; y que entregaría las ciudades de Parma y Plasencia y a Civitavieja y a Ostia y el castillo de San Angelo, hasta que el Emperador mandase otra cosa o hiciese paces con él. La cual concordia otorgada por el príncipe de Orange, que ya hacía el oficio de general, y era obedecido.

Y antes que el Papa la firmase, supo cómo el ejército de la liga venía en su favor, y que estaba muy cerca con treinta mil hombres; y viendo que los imperiales que estaban en Roma andaban embarazados en el saco, sin orden ni concierto, atendiendo sin recelo a solo robar, entretuvo con palabras al príncipe de Orange dos días, hasta que ya vino a noticia de él y de los demás imperiales, que venían los enemigos cerca de los muros de Roma.

Dice una carta original, escrita en estos días en Roma, que los imperiales salieron con gran priesa a ellos, y les dieron batalla muy cruda, con tanto calor y maña, que siendo los de la liga más de treinta mil, en menos de una hora los desbarataron y mataron y prendieron de tal manera, que no quedó hombre a vida que no fuese desbaratado o muerto, o preso, con el duque de Urbino, que no se sabía de él y le tenían por muerto, y con él otros capitanes y señores que iban en aquel ejército.

No pasó todo lo que esta carta dice; pero fué tanto, que se tuvo por cierto este estrago y rota. Pero Mejía dice que los de la liga no se atrevieron a esperar la batalla, ni tal pensamiento tuvieron, sino que el duque de Urbino Francisco María de Montefeltro se quiso acercar a Roma con esperanza que la falta de general que el ejército imperial tenía, y la desorden del saco, pudieran causar alguna discordia o dar otra ocasión para poder hacer algún buen efeto, y socorrer al castillo de San Angel, o sacar de él al Papa, y con este pensamiento estuvo algunos días en un lugar a siete o ocho millas de Roma; pero visto que no sucedía como él pensara, se retiró. Desta manera se escriben los hechos de aquel verano en Italia, no haciendo el ejército de la liga más de estarse a la mira, esperando la determinación de los imperiales, sin osarlos acometer ni hacer suerte de importancia, más de cobrar la ciudad de Camariño, que los Colonas habían ocupado.

Luego volvieron los imperiales a meterse en Roma, y hallaron la gente de la ciudad puesta en armas con otros ocho mil hombres de guerra, que se iban a juntar con los de la liga para tomar en medio al ejército imperial, y los imperiales dieron en ellos y los desbarataron con grandísima facilidad.

Súpose en Nápoles la entrada de Roma, y vinieron don Alonso de Avalos, marqués del Vasto; el virrey Carlos de Lanoy, Hernando de Alarcón y otros capitanes, con cuya llegada y autoridad la parte del campo se puso en mejor estado. Y el Pontífice, perdidas las esperanzas que en el duque de Urbino tenía, viendo que los bastimentos le faltaban, determinó de hacer su partido y entregarse; para lo cual procuró que el virrey de Nápoles se viese con él.

Pasaron muchos tratos; la conclusión fué: Que el Papa daría cuatrocientos mil ducados para el ejército, porque fuesen seguros todos los que en el castillo estaban con él. El cual entregó luego, y se puso en poder de aquellos capitanes, y dió por rehenes, para seguridad de esto, diez y siete cardenales que con él estaban, y entregó el castillo de San Angel, los castillos en tierra de Ostia y Civitavieja con el puerto.

Dado este asiento, la guardia y servicio de su persona se encomendó a Hernando de Alarcón en el mismo castillo donde estaba, y fué servido y reverenciado con el acatamiento y veneración que la persona del Pontífice merecía, hasta tener orden del Emperador de lo que mandaba hacer.

Los florentines se vuelven contra el Papa y quieren la gracia de los imperiales.

Como se supo en Florencia lo que en Roma pasaba, volvieron la hoja y arrimáronse al vencedor, y dieron tras el vencido, como suelen hacer las gentes. Pusiéronse en armas con grande alboroto, diciendo: «Arma, arma; libertad, libertad.» Y echaron fuera de la ciudad al cardenal de Tortona y a todos los principales, y parientes de los Médicis, y gobernadores puestos por ellos; de manera que quedó la ciudad de Florencia, con toda la señoría, a devoción del Emperador.

Luego, el cardenal Colona, y otros que eran de la parte del Emperador, comenzaron a tratar de que se hiciese Concilio general, conforme a una bula muy recia y justa, que el papa Julio concedió, para poder privar al Papa, y poner otro en su lugar, hallando causas para ello.

Cesan los divinos oficios en Italia por la prisión del Papa. -Muere Carlos de Lanoy en Roma.

A principio de junio deste año llegó la nueva al Emperador estando en Valladolid, y si bien se alegró de la vitoria que su ejército había tenido, le pesó en el alma y mostró gran sentimiento de que hubiese sido con tanto daño de aquella ciudad y prisión del Papa. Sintió, como era razón, la muerte del duque de Borbón, porque el Emperador le estimaba y amaba por ser quien era y por la lealtad grande con que siempre le sirvió. Que aunque el duque de Borbón negó su patria y rey, los agravios que se le hicieron le dieron bastante ocasión, y ninguno de su estado y calidad hay tan fuerte en esta vida, que si le muerden y hacen rabiar no muerda, si bien sea a su proprio dueño.

Vistióse el Emperador de luto; mandó dejar unas fiestas que estaban concertadas, y que se le hiciesen al duque unas solemnísimas honras, a las cuales se halló Su Majestad; tanta era la bondad, tanto el agradecimiento del César con quien le servía.

A Viurre y a fray Francisco de Quiñones (que se llamó fray Francisco de los Angeles) envió a Roma con cartas al Papa, con amorosas razones, ofreciéndole su amor y amistad, queriéndola él. Escribió a muchas partes y príncipes, informándoles de este caso y de la justificación que de su parte había; y largamente al rey de Ingalaterra, como diré. Y a sus capitanes envió a mandar que diesen orden como el Papa fuese puesto en libertad; pero que junto con esto tuviesen cuenta con asegurarse de él, de manera que de amigo no se volviese enemigo.

Estuvieron los capitanes muy perplejos en entender las palabras de esta carta, y hubo entre ellos diversos pareceres. El príncipe de Orange y Hernando de Alarcón y otros no sabían resolverse; pero por no enojar al Emperador, o al Papa, el cardenal y todos los de su familia y nombre decían que la voluntad del Emperador era que al Papa se le diese en todo caso libertad, y que se hiciese con él un honesto partido, con que el Emperador se librase del cargo que se le podría echar, de tener preso al vicario de Cristo; y juntamente quedase el Pontífice imposibilitado para juntarse con sus enemigos, lo cual se haría dejándole pobre; pues no hay cosa que más a un príncipe le constriña a tener paz que no tener dineros para hacer guerra.

El Papa sentía mucho su prisión; decía que quería convocar Concilio general alegando la fuerza de la prisión, y en toda Italia no se decía misa, ni divinos oficios, sino conforme a lo que la Iglesia manda en semejante caso. También el Emperador amenazaba con el Concilio general para decir y alegar de su disculpa.

Sucedió en Roma una gran pestilencia, así en los soldados como en los vecinos, que había día que morían quinientas personas; y se quemó el sacro palacio con toda la librería, que era de sumo valor, y se quemaron los archivos. Con estas desventuras hubo de salirse el Papa de Roma a la ciudad de Gaeta, del reino de Nápoles, diez leguas de Roma.

De esta manera se embarazó y detuvo la libertad del Papa muchos días, y al fin se vino a concluir, dando el dinero y haciendo crecidas mercedes a muchos de los imperiales a 8 de noviembre, año 1527.

Dos días antes que esto se concluyese murió de pestilencia en Roma Carlos de Lanoy, virrey de Nápoles, y sucedió en el oficio don Hugo de Moncada, de lo cual no gustó mucho el Papa, por la enemiga que con él tenía y por la contradición que hacía a su libertad.

Por los señalados servicios de Carlos de Lanoy, dió el Emperador a su hijo el principado de Salmona, y así quedó grande casa y estado de aquel caballero, como él la merecía por los grandes servicios que siempre hizo al César.

Satisface el Emperador a la Cristiandad de la prisión del Papa.

Quiso el Emperador satisfacer de la prisión que se había hecho de la persona del Papa, que no había sido con su voluntad, y escribió a todos los príncipes de la Cristiandad y al rey de Ingalaterra, diciéndole: Que siendo cierto que por muchas partes sabrían del desastre que nuevamente había acaecido en Roma, y que con su mucha prudencia lo habría tomado como de razón se debía tomar, como aquel que de su intención estaba bien satisfecho, pero, con todo, había querido hacerle saber esto, porque siendo cumplidamente enterado del caso como había pasado, y de su intención cerca de ello, le pudiese mejor aconsejar y ayudar en lo que se debía hacer en este caso, para honra de Dios y bien universal de la Cristiandad, que en él entendía, y tenía por cierto, había hecho tantas y tan buenas obras por la paz y sosiego de la Cristiandad, y por la honra y conservación de la Santa Sede Apostólica, que creía que ninguno de sano juicio podría de su buena intención dudar. Pues pudiendo vengarse de los agravios y demasías que el rey de Francia le había hecho, y cobrar todo lo que contra razón y justicia le tenía ocupado y usurpado, quiso más por el bien universal de todos soltarlo, dejando de cobrar antes lo que justamente le pertenecía, que sustentar la guerra por su interés particular.

Que eran notorias las quejas que estando él en Alemaña le dieron los Estados del Imperio contra la Iglesia Romana, suplicándole que entendiese en el remedio de ellas. Y viendo él que no se podía poner por obra aquello sin mucho detrimento y diminución de la autoridad de los Romanos Pontífices, quiso más descontentar a toda Alemaña que a sólo el Romano Pontífice. De lo cual no pensaba tener culpa, aunque de ello se hayan seguido muchos males; pues su intención era siempre buena. La cual, conocida por el papa León X y Adriano VI, con armas espirituales y temporales favorecieron siempre su justicia; mas como después sucediese en el pontificado el Santo Padre Clemente VII, no acordándose de los beneficios que en general a la Sede Apostólica, y en particular a él mismo había hecho, se dejó engañar de algunos malinos, que cerca de sí tenía.

De manera que, en lugar de mantener como buen pastor la paz que con el rey de Francia había hecho, acordó de revolver nueva guerra en la Cristiandad, y luego que el dicho rey fué suelto de la prisión, hizo Su Santidad con él y con otros potentados de Italia una liga contra él, pensando echarle su ejército de Italia Y ocupar el reino de Nápoles, que tenían ya entre sí repartido; y aunque libremente le había enviado a ofrecer todo lo que él mismo había pedido; no embargante que a todos pareciese claramente injusto, nunca él lo quiso acetar, pensando todavía poder ocupar el dicho reino de Nápoles.

Que viéndole así desamparado de todos, habiendo hecho una tan buena obra como fué soltar al rey de Francia por el bien universal, y que por fuerza había de tomar las armas para defender sus súbditos, que de Dios tenía encomendados, temiendo lo que había acaecido, por más justificar su causa delante de Dios y de todo el mundo, antes que tomase las armas requirió así al Papa, como también al Colegio de los Cardenales, por que ninguno con razón se pudiese quejar, que dejasen las armas y no le quisiesen así provocar a la guerra, con tan evidente daño y perjuicio de toda la república cristiana, y protestó que si desta guerra la Sede Apostólica algún daño o detrimento padeciese, a sí mismos se echasen la culpa, pues tan a la clara daban causa para ello. Pero que su requerimiento y protestación valieron tan poco para con ellos, que no solamente continuaron la guerra comenzada, mas aún contra toda razón y justicia rompieron la tregua que en su nombre don Hugo de Moncada había con ellos hecho.

Que viendo cómo en ninguna parte hallaba fe, por no faltar a lo que a sus súbditos debía, enviando una armada desde estos reinos de España, para defensa del dicho reino de Nápoles, hizo también bajar nueva gente de Alemaña en socorro del ejército que tenía en Milán, y como las cosas viniesen a tal estado que el Papa tenía ya ocupada mucha parte del reino, queriendo su ejército socorrer aquella parte do veía al peligro más cercano, sin esperar su parecer ni mandado, tomó la vía de Roma. Lo cual sabido por el Papa, temiendo la venida del ejército, hizo una tregua con el virrey de Nápoles, por tiempo de ocho meses, y aunque las condiciones de ella eran tales que se conocía bien la voluntad que algunos de los que cerca de Su Santidad estaban, a sus cosas tenían, con todo eso, quiso más ratificarla con perjuicio suyo, como luego la ratificó, que esperar la justa venganza, que casi tenía en las manos. Mas como tuviese ya Dios determinado lo que había de ser, antes que su ratificación llegase, temiendo su ejército que habría en esta tregua el mismo engaño que hubo en la que hizo don Hugo, quisieron a despecho y contra voluntad de los capitanes continuar su camino hasta llegar a Roma, donde faltándoles el capitán general, hicieron el insulto que habían oído; si bien, a la verdad, no creía que fuese tan grande como sus enemigos habían por todas partes sembrado; y si bien veía haber sucedido esto, más por justo juicio de Dios que por fuerza ni voluntad de hombres, y que ese mismo Dios (en quien de verdad había puesto toda su esperanza) quiso tomar venganza de los agravios que contra razón se le habían hecho, sin que para ello interviniese de su parte consentimiento ni voluntad alguna.

Que, demás de esto, había sentido tanta pena y dolor del desacato hecho a la Sede Apostólica, que verdaderamente quisiera mucho más no vencer que quedar con tal vitoria vencedor. Mas pues que así había placido a Dios, el cual por su infinita bondad suele de semejantes males sacar grandes bienes, como esperaba que agora también haría, que convenía (dándole gracias por todo lo que hace y permite) procurar cada uno por su parte de pensar y enderezar sus obras al remedio de los males que en todas partes la Cristiandad padecía. En lo cual hasta la propria sangre y vida pensaba emplear. Y que porque conocía en él otra tal intención y voluntad, le rogaba encarecidamente, como a tío y hermano, le enviase su parecer de lo que en este caso debía por su parte hacer, ayudándole por la suya a remediar los males que la Cristiandad padecía, y en ella la honra de Jesucristo fuese ensalzada, porque más brevemente pudiese volver las armas contra los enemigos de la fe cristiana.

Despachóse esta carta en Valladolid a 2 de agosto, año de mil y quinientos y veinte y siete.

Estaba dañado el inglés cuando la recibió, y sin hacer caso de ella ni responder, hizo lo que adelante veremos.

Un hombre no conocido, con apariencias de santo, anuncia la destruición de Roma.

Diré aquí, por ser notable, lo que antes que Roma se entrase y saquease se vió en ella. Vióse un hombre no conocido más de que era italiano: llamábase Juan Bautista. Su hábito y vida era muy penitente, porque no traía más que un saco de sayal a raíz de las carnes, y descalzo. Manteníase miserablemente. Dormía en el suelo. Casi en los tiempos de estas guerras, y poco antes que llegasen, ni aun se pensase que habían de llegar a Roma, andaba este hombre dando voces por las calles de Roma amenazando que venía la ira de Dios sobre aquella ciudad, que enmendasen sus vidas. No cesaba de predicar esto días y noches; echáronle en la cárcel, y estuvo en ella y en su porfía y tema de predicar hasta que la ciudad se entró y saqueó, como queda dicho.

Suele Dios enviar tales predicadores a su pueblo, y no de más autoridad, capillas ni hábitos, porque los que los tienen a veces no predican con el espíritu y celo que tan santo oficio pide, sino con curiosidad del lenguaje y de las flores, que las marchita el aire de la vanidad. De donde viene que siendo sal de la tierra y habiendo tanta en ella, huelan tan mal las carnes.

«Predico, dice San Pablo a los corintios, a Jesucristo crucificado, no con palabras elegantes de la sabiduría humana, sino con espíritu y fervor del cielo, de manera que no consista vuestra fe en las palabras, sino en la demostración del espíritu: y a éste ha de acompañar la vida.»

Ya dije las visiones que en el año de mil y quinientos y diez y siete se vieron en Lombardía, por lo que después de referido se podrá ver si adivinaba bien el demonio lo que había de suceder por estos tiempos en el mundo.

Lo que en este tiempo hizo Antonio de Leyva en Lombardía. -Sale Antonio de Leyva de Milán a saltear los enemigos, y dales una buena mano.

En tanto que en Roma pasaban las cosas ya dichas, Antonio de Leyva, que en el Estado de Milán había quedado, no dormía ni descansaba, antes se hubo valerosamente, defendiendo su parte con la poca gente que le había quedado, contra el duque de Milán y venecianos, que pensaron que, ido el duque de Borbón, tomarían algunas tierras de las que por el Emperador estaban en aquel Estado.

Señaladamente, después de otras cosas menos importantes que pasaron, el duque de Milán, con favor de venecianos, hizo gente y determinó ir a tomar a Mariñano, que es a diez millas de Milán, donde Antonio de Leyva estaba.

Sabido por él, salió de Milán con toda la más gente que allí tenía, y fuése a esperarlo junto a Mariñano. Y llegando el duque sin saber de la salida de Antonio de Leyva, cuando supo que lo tenía tan cerca no se atrevió a pelear, y retiróse con alguna pérdida de su gente.

Después de lo cual, tuvo aviso que Jacobo de Médicis, con seis mil esguízaros a sueldo de Francia, y de venecianos, se había puesto en Casal, a doce millas de Milán, porque la vecindad de estos dos campos sus enemigos no fuese causa de algún movimiento o engaño de aquella ciudad, y con propósito de lo que luego hizo, él alzó el suyo de Mariñano y con buen orden y presteza se fué a meter en Milán, donde, reposando la noche que llegó, otro día, haciendo muestras de no querer salir al campo a prima noche del día siguiente partió de Milán con todos los españoles y alemanes, y gente de a caballo por avanguardia y fué a amanecer sobre el lugar donde Jacobo de Médicis con su gente estaban, bien descuidados de tal caso.

Y con grande presteza y ánimo hizo combatir la villa por todas partes, la cual con poca resistencia fué entrada por fuerza de armas y muertos y presos cuantos en ella estaban, salvo algunos que escaparon, uno de los cuales fué Jacobo de Médicis.

Habida esta vitoria y deshecho este campo, con no menos presteza que había venido se tornó para Milán alegre y vitorioso, y desde allí, con gran valor y reputación, defendió todas las tierras que le habían quedado encomendadas, hasta que pasó en Italia monsieur de Lautrech con el campo de Francia, como se dirá.

Nacimiento del príncipe don Felipe, entre las cuatro y cinco de la tarde, martes. -Honestidad notable de la Emperatriz. -Palabras notables del Emperador a su hijo.

Bien será que dejemos un poco las armas, que si bien fueron dichosas y favorables al César y a sus reinos, no fué de menos felicidad y gusto un hijo bienaventurado que el Emperador de los cielos le quiso dar, para que en él, como en imagen viva de su padre, viesen sus reinos lo que de Carlos V podían desear cuando le llevó Dios a los del cielo.

Dije cómo la nueva de lo que se había hecho en Roma se había dado al Emperador en la villa de Valladolid, donde tuvo Cortes generales de estos reinos, y fué cuando la Emperatriz, reina de España, estaba en días de parir.

Sucedió el parto martes a 21 de mayo, a las cuatro de la tarde, en las doce calendas de junio, la luna menguante, día de San Mancio, en la villa de Valladolid (que agora es ciudad), en la corredera de San Pablo, en las casas que entonces eran de don Bernardino Pimentel, y agora son del conde de Rivadavia, año de 1527. Nació el príncipe don Felipe primogénito y el primero que la Emperatriz parió, hijo ni hija.

Al tiempo que la Emperatriz estaba puesta en el trance doloroso del parto, como se alargase con rigor y la fatigasen reciamente los dolores, díjole la partera o comadre: «Serenísima señora, no toméis pena de gemir tanto entre vos misma, sino dad algún recio grito con que toméis descanso.» A esto respondió la Emperatriz en lengua portuguesa:

«Naom me faleis tal, miña comadre, que yo morrerei, mas naom gritarei.»

Mandó la Emperatriz que al tiempo que estaba en el parto apagasen todas las velas de su cámara, a causa que si con la fuerza de los dolores torciese el rostro o hiciese algún visaje o gesto feo, no la pudiesen ver las que la ayudaban en aquel paso.

Ya que el príncipe fué nacido y puesto en paños, tomólo el Emperador su padre en los brazos, y díjole estas palabras: «Dios Nuestro Señor te haga buen cristiano. A Dios Nuestro Señor ruego te dé su gracia. Plega a Dios Nuestro Señor te quiera alumbrar para que sepas gobernar los reinos que has de heredar.»

Y aunque llovía harto, luego, a la hora se fué el Emperador al monasterio de San Pablo a pie, a dar gracias a Nuestro Señor por el beneficio recibido.

Acudieron luego a palacio todos los grandes y caballeros cortesanos, con grandísimo gozo.

Derramada la nueva de cómo el príncipe había nacido, fué grande el placer que se recibió en el reino; y el Emperador, con su modestia, mandó y escribió a todos no se gastasen en hacer alegrías, ni diesen tampoco a los correos albricias. Con todo, fueron grandes las alegrías que se hicieron y las albricias que se dieron.

Bautismo y solemnidad del príncipe. -Aclaman a don Felipe, bautizándole por príncipe de Castilla. -Porfía que hubo sobre el nombre que se daría al príncipe; los buenos castellanos querían Fernando, otros Felipe. -De Mojados, lugar cuatro leguas de Valladolid, fué la que crió al príncipe.

Llegado el día del bautismo, que fué miércoles a cinco días del mes de junio de este año de mil y quinientos y veinte y siete, se bautizó el príncipe don Felipe en el monasterio de San Pablo, de Valladolid.

Y para la solemnidad del bautismo se hizo desde la escalera de don Juan de Mendoza, donde posaba la Emperatriz, un pasadizo que llegaba hasta el altar mayor de la iglesia de San Pablo, del ancho de la escalera, que comenzaba desde el pie de ella, seis o siete escalones o gradas en alto. Estaba muy enramado, y con muchas flores y rosas, limones y naranjas y otras frutas. Había en los arcos triunfales, y en cada uno de ellos, muchos retablos. El primero estaba a la puerta de la dicha casa, y encima de él estaban los cantores, y, algunos de ellos en hábito de ángeles, que cantaron cuando sacaron al príncipe Gloria in escelsis Deo, etc. Y en el segundo arco estaban pintados los signos y planetas del cielo.

En este primero hicieron un auto. En el segundo, tercero y cuarto, otro auto. El quinto estaba a la puerta que está dentro del patio de la iglesia. Éste era más alto que alguno de los otros.»

Estaba en él un altar a manera de un aparador de muchas gradas. En éstas estaban ricas imágines de bulto, de plata, doradas y algunas de oro, con otras piezas de gran valor. Estaban puestos en dos candeleros dos cuernos grandes de unicornio; éstos y todo lo que había era del Emperador. Aquí se representó el bautismo de San Juan Bautista.

Desde la entrada de la iglesia hasta la reja que en ella hay, había mucha tapicería de oro, y seda muy rica, en especial unos paños de toda la Pasión. Un poco antes de llegar a esta reja, se hacía en el pasadizo una anchura donde se había de hacer el bautismo, y allí estaba a la mano derecha una cama con sus cortinas de brocado carmesí. A la otra mano, un altar con algunas gradas, con todas las reliquias, cruces y imágines de bulto de plata y de oro que en el colegio había. Y en medio de este altar y cama estaba puesto un cielo de brocado muy rico. En el suelo, un cirial de lo mismo, y sobre él una pila de plata.

Entrando a la capilla mayor iba el pasadizo, no más ancho que al principio, hasta el altar mayor, en el cual estaban muchas imágines de bulto, de oro y de plata, bien ricas, y otras piezas de valor. Señaladamente, había un portapaz con un camafeo, que cubría todo lo más de él; que era joya de gran precio. Eran todas estas piezas del Rey Católico.

Estaban junto al altar dos o tres paños pequeños, casi todos de oro. Había en la capilla otros cuatro del Emperador, de oro y seda, tan ricos y de tan buena mano, que ninguno los veía que no dijese que eran los mejores que hubiese visto, y era el uno de ellos de la coronación de Nuestra Señora, otro de la Fortuna, y los otros dos de la Fama.

El Emperador vino a misa en este día a San Pablo, y anduvo mirando todo lo que tenían aderezado. Tenía vestida una ropa de terciopelo negro y un sayo de terciopelo blanco acuchillado, lleno de papos de tafetán blanco, y calzas blancas y zapatos blancos, y una gorra de terciopelo negro.

A la tarde, Su Majestad pasó a la posada de doña Leonor, reina de Francia, y fué con ella al palacio de la Emperatriz.

Y de allí comenzaron a salir por el pasadizo muchos señores y caballeros.

Salió el condestable de Castilla, que llevaba al príncipe, y a la mano izquierda iba el duque de Alba, que se lo ayudaba a llevar, y junto a ellos iban dos dueñas: la una era el ama; la otra, la comadre o partera.

Iban delante el conde de Salinas con las fuentes, y el conde de Haro con el salero, y el marqués de Villafranca con la vela, y el marqués de los Vélez con el alba.

Tras el príncipe iba la reina de Francia, que era la madrina; llevaba una saya de raso negro, con muchas piedras y perlas. Llevábala de mano el duque de Béjar.

Tras Su Alteza iba la marquesa de Cenete, vestida una saya de terciopelo carmesí aforrada en raso carmesí. Llevábala de mano el clavero. Y junto a ella, todas las damas, vestidas de raso negro y terciopelo negro, con muchos papos negros, perlas y cosas de oro.

Tras ellas iban las de la Emperatriz, vestidas de lo mismo, y algunas de ellas con ropas de seda de colores.

Y así llegaron hasta la pila, que era de plata, y habría en esta cuatrocientos marcos de plata, con mucha pedrería fina, donde estaban vestidos de pontifical el arzobispo de Toledo y el obispo de Osma, y el de Palencia. Las mitras eran de grandísimo valor, particularmente la del arzobispo, que bautizó al príncipe; y para desnudarle tomóle el duque de Béjar de los brazos del condestable, y dióle al ama. Y después de desnudo púsolo en las manos del condestable; y al bautizar, el condestable le tenía por el cuerpo, y el duque de Béjar por la cabeza. Y después de bautizado, lleváronlo a envolver a la cama que allí estaba.

Y uno de los reyes de armas que estaban presentes, dijo tres veces en alta voz: «Oíd, oíd, oíd: don Felipe, príncipe de Castilla, por la gracia de Dios, etc.»

Pasaron a hacer oración al altar mayor, y volviéndose, ayudaba el duque de Béjar a llevar al príncipe al condestable; y el duque de Alba vino con la reina de Francia.

Los padrinos se señalaron por el Emperador, y fueron el condestable, y el duque de Béjar y el conde Nasao. El conde de Benavente y el duque de Nájara; que también fueron nombrados, no se hallaron en esta fiesta.

El Emperador estaba en el pasadizo que había de palacio a la casa de don Juan de Mendoza, y de allí vió salir a su hijo, y miraba todo lo que pasaba.

Don Fadrique de Toledo, duque de Alba, al tiempo de bautizar al príncipe y que preguntaron cómo ha nombre, siempre él respondía Hernando ha nombre, porque él y otros muchos quisieran que se llamara así, por la buena memoria del rey don Fernando el Católico, y por la de los demás reyes de este nombre que ha habido en Castilla, que ellos y los once Alonsos merecen este amor, y estar como naturalen los corazones de los verdaderos castellanos.

Todos los caballeros que para esta fiesta se vistieron, que fueron el duque de Béjar, que llevaba una ropa de terciopelo carmesí, aforrada en raso carmesí; el conde de Haro llevaba una ropa de terciopelo morado con mucha pedrería, aforrada en raso blanco; iban en calzas y jubón. Las calzas eran blancas y también el jubón, todo lleno de chapería, y gorras de terciopelo blanco con una pluma blanca. El prior de San Juan llevaba una capa y un sayo de paño negro frisado con mucha chapería. El marqués de los Vélez llevaba una capa de raso leonado aforrada en damasco leonado, y un sayo de terciopelo leonado, y una media gorra de paño leonado. El conde de Monte Agudo llevaba una capa de paño negro, con una guarnición de terciopelo negro, llena de la misma chapería.

Dice esta memoria de otros muchos caballeros vestidos de esta manera; bastarán los dichos para que por ellos y por lo que ya dije en el bautismo del infante don Fernando, año de mil y quinientos y tres, vean lo que entonces usaban, y se confundan todos con las demasías de agora.

Dióse a criar a una mujer de un escudero pobre, natural de Mojados. Diéronle luego de renta ciento y cincuenta mil maravedís.

Regocijos en Valladolid al bautismo del príncipe. -Corriéronse doce toros. -Señalóse mucho don Juan Sarmiento, conde de Salinas, en el correr y ir costosamente vestido. -Dase cuenta de estas menudencias al curioso. -Junta en Valladolid sobre las opiniones de Erasmo. -Iglesia mayor de Valladolid. -Sale la Emperatriz a misa. -Poca salud en Valladolid. -La corte imperial en Palencia.

El jueves siguiente, en la tarde, hubo juego de cañas en la plaza Mayor; fuéronlo a ver la reina de Francia, la marquesa de Cenete y todas las damas. Jugó el Emperador, y los primeros que entraron en la plaza fueron los caballeros de Valladolid. Traían los vestidos y librea del Emperador, que quiso Su Majestad honrar esta ciudad, como vecino y natural de ella, y siempre lo hizo, y más asentó en ella que en otro lugar de España; y por eso sus privados edificaron suntuosos edificios en ella, entendiendo el gusto que daban a su príncipe. Traían albornoces de damasco blanco y marlotas de raso amarillo.

Entró el marqués de los Vélez con un albornoz de damasco naranjado y una marlota de terciopelo verde y leonado, y en la manga derecha una banda de terciopelo encarnado; entraron con él muchos caballeros vestidos de la misma librea.

Entró otra cuadrilla de caballeros con albornoces de damasco azul y marlotas de terciopelo azul.

Entró el prior de San Juan y el comendador mayor de León, con muchos caballeros de la casa de Alba. Llevaban albornoces de damasco leonado y marlotas de terciopelo leonado.

Entró el Emperador con una marlota de terciopelo blanco, y raso blanco en ella. Entraron con Su Majestad muchos caballeros, entre los cuales era el duque de Béjar, que llevaba una marlota de terciopelo blanco y damasco blanco y un albornoz de damasco amarillo. El conde de Nieva llevaba un albornoz de damasco encarnado, con los rapacejos de hilo de plata, y una marlota de terciopelo blanco y raso blanco. Llevaba un bonete encarnado y una toca con una Pluma blanca. El conde de Haro llevaba una marlota de terciopelo blanco con torzales de oro. El conde de Salinas llevó una marlota de terciopelo naranjado y un albornoz de damasco pardo.

Entrados en la plaza dieron por ella dos vueltas, y alancearon y mataron un toro.

Luego entró el conde de Benavente y el duque de Nájara con cincuenta caballeros de librea. Los del conde llevaban albornoces de damasco amarillo y marlotas de terciopelo pardo. Llevó el conde una marlota de terciopelo pardo llena de torzales de oro. El duque de Nájara salió con una capa de terciopelo pardo aforrada en damasco amarillo.

Entraron luego el conde de Aguilar y sus hermanos, y otros caballeros, que fueron los postreros, con marlotas de terciopelo pardo. De manera que hubo ciento y sesenta caballeros en todo.

Y porque no podían, siendo tantos, salir los toros, mandó el Emperador que todos se pusiesen en ala, y que ninguno se menease si el toro no viniese a embestir con él. Y así se repartieron en dos partes en hilera, hombro con hombro, y el que quería dar lanzada salíase un poco de los otros.

El Emperador dió una buena lanzada; otros también se quisieron señalar.

Después de muertos los toros, Su Majestad ordenó los caballeros, de manera que pudiesen correr y jugar las cañas.

Si el haber dado cuenta de cosas tan menudas cansare, perdónenme, que cierto mi ingenio no es para ellas; dígolas porque algún curioso gustará de ver lo que sus abuelos hicieron solenizando las fiestas de los reyes.

A 12 de junio, día de la Trinidad, se levantó la Emperatriz después del parto, y hubo en la rinconada justa real, en que de la una parte justó el Emperador y de la otra don Juan de Velasco, conde de Haro.

Jueves a 27 de junio, se comenzaron a juntar treinta y dos famosos letrados teólogos para calificar ciertas proposiciones que Erasmo tenía en sus obras, al cual favorecían muchos, pero más eran los que le impunaban. Duró esta junta dos meses, y hacíase en la casa y presencia de don Alonso Manrique, arzobispo de Sevilla, inquisidor general. El cual, como viese que unos impugnaban a Erasmo porfiadamente, y otros le defendían con sobrada malicia, tuvo manera cómo la Congregación se deshiciese y no hablasen más en aquel negocio.

Este año, a 13 de junio, se comenzó la obra de la iglesia mayor de Valladolid, y al tiempo que abrieron los cimientos hallaron una fuente de agua, cuyo nacimiento estaba de frente de Esgueva; es agora un lavadero poco limpio.

Domingo salió la Emperatriz a misa, y llevábala don Juan Pimentel, conde de Benevante, de rienda; y ella iba vestida a la portuguesa, de blanco, encima de un caballo, y a la tarde de aquel día se corrieron toros y hubo juego de cañas, en el cual salió don Fadrique de Toledo, prior de San Juan, con cincuenta caballeros de su librea.

Comenzaron a enfermar por estos días en Valladolid; morían en Toro y Zamora; quiso el Emperador pasarse a Palencia con la Emperatriz y el príncipe y reina Leonor, llevando muy poca casa. Mandaron ir al alcalde Ronquillo para que aparejase el aposento y echase de la ciudad a cuantos habían ido de la corte y a los extranjeros. Porque no querían que el Consejo se aposentase allí, salvo cinco leguas alrededor, y se trataba en qué lugar se pondría la Chancillería de Valladolid.

De las brujas de Navarra notables. -Cómo hacían sus juntas las brujas. -Cómo veían las brujas el Santísimo Sacramento.

Por cosa notable diré aquí lo que sucedió este año en Navarra con unas mujeres perdidas, hechiceras, que llaman brujas o jurguinas.

Y fué que en la ciudad de Pamplona, delante de los oidores de aquel Consejo, vinieron y se presentaron dos mozas de poca edad; que la una podría tener nueve años y la otra, once; y en presencia de los dichos oidores dijeron que si las perdonaban de cierto delito y maleficio que habían hecho, que ellas dirían y acusarían muchos y muchas delincuentes de hechos muy abominables, dignos de castigo.

Finalmente, como los oidores las vieron venir diciendo su culpa con tan buena voluntad, en especial siendo de tan poca edad, todos vinieron en las perdonar, con tal condición que muy enteramente dijesen la verdad. Y de esta manera aseguradas, dijeron:

-Señores, la verdad es que nosotras somos brujas, en compañía de otras muchas de este oficio, las cuales hacen mucho mal, y si queréis castigarlas, nosotras os las mostraremos, que luego que veamos a cada una el ojo izquierdo, la conoceremos, porque somos de su oficio; lo cual otra que no lo fuese no podría conocer.

Luego que los oidores oyeron esta confesión, determinaron nombrar uno de su Consejo para que entendiese en ello. Señalado un oidor con cincuenta soldados que le acompañasen, llevó consigo las mozas y comenzó a visitar la tierra y lugares, entendiendo en descubrir las hechiceras de esta manera. Que al lugar donde llegaba, hacía luego encerrar las dos muchachas; la una en una casa y la otra en otra. Y llamaba la justicia del lugar, y procuraba saber cuáles eran las personas sospechosas; y aquellas mudaban sus vestidos y las disfrazaban y cubrían con mantos, de manera que no dejaban descubierto sino el ojo izquierdo, y a éstas ponían en hilera, sentadas, la cara al sol.

Luego el oidor mandaba traer la una de las mozas, y el juez del pueblo descubría el ojo izquierdo de cada una, y la mozuela mirábala espacio de un credo, y visto sólo el ojo secretamente, decía al inquisidor si era bruja o no, y así las miraban todas.

Y después volvían a hacer encerrar aquella moza y sacaban la otra; y de la misma manera la preguntaban, y mirando cómo la otra respondía sin discrepar en alguna cosa de lo que la primera había dicho, sino que al que la una había señalado, señalaba la otra; y desta manera se justificaron más de ciento y cincuenta personas, que notoriamente se les probó ser brujos y brujas.

La manera que tenían en su oficio y autos, o juntas que hacían, según por sus confesiones, sin discrepar, confesaban, era que cuando alguna de aquellas personas entraba en la cofradía diabólica, y juntas que con los demonios hacían, si era mujer le daban un demonio en figura de un gentilhombre, el cual dormía con ella carnalmente; y antes de esto la hacían ciertas preguntas, descomponiéndola y apartándola de la fe católica, con muy horribles palabras. Luego hacían todos un corro y poníase en medio de él un cabrón negro que andaba alderredor haciendo un son ronco a manera de trompa, al cual son todos comenzaban a bailar. Y después hacían colación con pan, vino y quiso; y antes de la colación, luego que se acababa la danza, besaban todos al cabrón debajo de la cola. Y luego cada una de estas brujas se ponían encima de su amigo, que, como si fuera un rocín, se volvía un cabrón, y se iban por el aire, untándose antes con un ungüento que les muestran a hacer de un sapo y cuerno, y otras sabandijas, iban así personalmente, como digo, encima de sus cabrones.

Y para averiguar cómo hacían esto, fué de esta manera: que el oidor mandó traer delante de sí uno de los presos, que fué una mujer vieja, y la dijo que él tenía gana de saber de qué manera iban a hacer sus obras, que le quitaría las prisiones que tenía, y que si se pudiese ir, que se fuese. Ella dijo que era contenta, y pidió un bote de ungüento que le habían tomado, con el cual se puso en la ventana de una torre muy alta, y en presencia de mucha gente se untó con aquel unto en la palma de la mano izquierda y en la muñeca, y en el juego del codo, debajo del brazo, y en la ingle y en el lado izquierdo. Y esto hecho, dijo en voz alta: «¡Ay!» A la cual voz respondió otra, dijo: «Sí, aquí estoy.»

Y luego la dicha mujer se bajó por la pared abajo, la cabeza abajo, andando de pies y manos, como una lagartija; y cuando llegó a media pared levantóse en el aire a vista de todos y se fué volando por él. Por lo cual, después de haberse todos admirado, mandó el oidor pregonar que a cualquiera persona que le trajese aquella mujer le daría cierta moneda. Y así, de allí a dos días la trajeron unos pastores que la hallaron en un prado; y preguntada por el oidor cómo no se había salvado, respondió que no había querido su amo llevarla más de tres leguas, y que la había dejado adonde los pastores la habían hallado.

Halláronse que andaban en esto muchas doncellas, muchachas de diez y once años, y haber muerto tres y cuatro personas por industria y mandado del demonio, con ponzoña, y que el demonio las llevaba a las casas donde hacían estos males y les abrían las puertas y ventanas para entrar, y después cuando se volvían las cerraba.

Preguntáronles si cuando iban a la iglesia veían el Santísimo Sacramento. Respondieron que no, y que si le veían, que le veían negro como la pez; y que si en algún tiempo estaban en buen propósito de se enmendar y apartar de aquella abominable obra, que entonces lo veían blanco y puro, como los otros lo ven.

Decían que hacían sus juntas generales, particularmente las noches de las Pascuas y mayores fiestas del año.

Otras muchas cosas confesaron torpes y feas, y en todo fueron muy conformes las confesiones que hicieron, porque así lo debían de ser en el pecado.

Procede el de Francia contra el duque de Borbón. -Falsedad de Guiciardino. -El inglés se confedera con Francia contra el Emperador. -El Emperador habla a sus embajadores en Valladolid. -Poderoso ejército que se arma contra el Emperador. -Después de enviar las armas a Italia tratan de paces en España. -Los franceses entran en Génova. -Parte el Emperador para Burgos, oyendo a los embajadores de Francia e Ingalaterra, tratos de paz, aunque entendía su cautela.

Ya que hemos acabado con los cuentos de Castilla, es bien volver a los que dejamos de Italia y Francia. Digo, pues, si bien la prisión del Papa dio que pensar y que temer al rey de Francia, la muerte del duque de Borbón le dió harto contento y satisfación de su ira.

Y a 27 de julio deste año, el Parlamento de París pronunció una sentencia contra el duque de Borbón, ya difunto, dando (como dicen) al moro muerto gran lanzada, y le condenó criminal de la Majestad ofendida, y que su nombre quedase perpetuamente borrado, que rayesen las armas de toda su generación y casa, y en perdimiento de bienes que adjudicaron al rey. De esta manera se vengaron en la muerte de quien no pudieron en vida.

Hablaban en todas las partes de Francia, Ingalaterra y Italia malamente del Emperador, y tocando muy al vivo en su honor, por la prisión del Papa y saco de Roma, y aún se atrevió a escribir Francisco Guiciardino, haber querido el Emperador que trajesen preso al Papa en España como habían traído al rey Francisco, sino que temió (dice falsamente este autor) incurrir en odio de toda la Cristiandad, y que los herejes recibieran contento en ello; mas es una falsa imaginación, porque tiene muchas Guiciardino, y más contra españoles.

Dije la particular satisfación que el Emperador quiso hacer sobre la prisión del Papa con el rey de Ingalaterra, el cual no sólo fué poco cortés en no responder a ella, pero como enemigo descubierto.

En fin del mes de junio despachó al cardenal Evorancese para el rey de Francia, y a 3 de agosto entró en Ambiano a concertar una junta y liga contra el Emperador, pidiendo que el rey de Francia ayudase con gente de pie y de a caballo; y él se ofrecía de dar una gran cantidad de dinero cada mes, sin mirar que tenía sus embajadores en Valladolid, publicando y diciendo que el rey su señor quería ser medianero de la paz.

Y el Emperador, en Valladolid, a veinte días del mes de julio, estando su campo vitorioso en Roma, y en su prosperidad, hizo llamar los dichos embajadores de Enrico, y les dijo, en respuesta de lo que en este propósito, más por cumplimiento que de voluntad, le habían dicho (según después pareció), que por amor y respeto del rey de Ingalaterra, él era contento de sobreseer en la demanda de la restitución del ducado de Borgoña, en que había estado la dificultad de la paz, y que tomaría por rescate de los hijos del rey de Francia, en recompensa de los grandes gastos que por haber él quebrado la paz hecha en Madrid, le había convenido hacer, la suma que el mismo rey había ofrecido al virrey Carlos de Lanoy, que eran dos millones de escudos, con condición que lo demás quedase en su fuerza y se cumpliese la dicha paz y concierto de Madrid. Pero no bastando tan largos cumplimientos con el de Ingalaterra, él, por inducimiento de su gran privado el cardenal, siguió la confederación que nuevamente había hecho con el rey de Francia y con los demás de la liga, pareciéndoles que no podría ya el Emperador defenderse de tantos.

Y a voz y en nombre de que iban a libertar al Papa, enviaron un poderoso ejército en Italia de suizos, gascones y alemanes, y gran copia de artillería, a costa de ambos reyes; por capitán del cual fué Francisco Odetto de Fox, que por otro nombre se dijo monsieur de Lautrech, ya conocido y nombrado. Y al mismo tiempo, por descuidar al Emperador y entretenerlo, para que no acudiese a lo que le convenía, enviaron a España nuevos embajadores con color de tratar de la paz. Que desta manera y con tales trazas y ardides se querían valer contra este príncipe.

El ejército francés bajó en el Piamonte, donde cogió los suizos que tenía ya hechos, y juntándose con los venecianos, fué la vuelta de la ciudad de Alejandría, donde Antonio de Leyva había puesto buena copia de alemanes en guarnición, y él se había retirado a Milán, viendo que contra tan gran poder él no era parte ni podía andar en campaña, y que el ejército del duque de Borbón se estaba en Roma, casi amotinado, que no quería salir de allí hasta ser pagado.

Los franceses, de camino, tomaron y saquearon una buena villa llamada Boseo (echando de ella a Luis de Lodronio), que es cerca de Alejandría. Desde allí Lautrech envió sobre Génova (donde los Adornos tenían la voz del Emperador) a César Fregoso, genovés, que andaba desterrado. En la cual, a la sazón, había grande hambre. Y por la mar la apretaba Andrea Doria con la armada francesa.

Llegado Fregoso sobre la ciudad, parte de los españoles y otros soldados que dentro estaban en guarnición, salieron a pelear con él. Y estando ellos en el campo, la gente popular de Génova, como siempre suele ser el pueblo amigo de novedades, comenzó a alborotarse y apellidar «¡Francia, Francia!» Lo cual, sentido por los que habían salido, tornaron a entrar en la ciudad. Pero fué de manera que a vueltas de ellos entraron los enemigos.

Y finalmente, César Fregoso se apoderó de Génova y fueron presos los españoles, que serían hasta trecientos los que en Génova estaban.

Monsieur de Lautrech luego vino allí y puso gobernador y guarnición por el rey de Francia; y el castillo donde los Adornos se habían metido, también se le entregó a partido.

Habida así la ciudad de Génova, con la furia que los franceses suelen hacer a guerra en los principios, vino a ponerse sobre Alejandría, donde estaban los Albianes, y comenzó a apretar, quitándoles los bastimentos.

En Italia comenzaban las armas francesas, ligadas con otras de esta manera, y en España los embajadores franceses y el inglés daban voces por la paz, la cual el Emperador no reprobaba. De manera que sabiendo lo que en Italia contra él hacían, no por eso les negó jamás audiencia y que en su Consejo de Estado tratasen de ella.

Partió el Emperador de Valladolid para Burgos y, como dije, por Palencia, a causa de la poca salud que en la tierra había, y después de muchas dudas y dilaciones que de industria los embajadores ponían, vinieron en esta conclusión. Que de la concordia de Madrid se quitase el capítulo de la restitución de Borgoña, quedando al Emperador su derecho a salvo. Que el rey de Francia pagase por el rescate de sus hijos los dos millones de escudos, con tanto que se descontase de ellos lo que el Emperador debía al rey de Ingalaterra de dineros que le había prestado.

Tomaba también a su cargo el rey de Francia de satisfacer al de Ingalaterra la indemnidad a que el Emperador se había obligado en Londres cuando hizo con él amistad, que fué que pagaría al rey de Ingalaterra la pensión antigua que el rey de Francia le pagaba, todo el tiempo que él no se la pagase, por se haber declarado por su enemigo. Obligábanse asimesmo los franceses a restituir a Génova y lo demás que su ejército hubiese tomado en Lombardía antes que le fuesen entregadas las rehenes, y en lo tocante al duque de Milán, ofreció el Emperador de nombrar jueces sin sospecha, que determinasen la causa, y si fuese hallado sin culpa, que le restituiría el Estado y le daría la investidura. Y si fuese por ellos condenado, que el Emperador dispusiese a su voluntad de él como señor del feudo. Que en todo lo demás fuese guardada la capitulación de Madrid, salvo algunas cosas de poca importancia.

Y hecho este concierto en Palencia a 15 de septiembre, por donde parecía que se había ya encaminado la paz, cuando se vino a firmar, los embajadores de Francia dijeron que no tenían poder especial para lo otorgar y firmar, pero que enviarían luego a su rey que lo enviase. Con esto se dilató por entonces el negocio y conclusión de la paz; y el Emperador pasó a Burgos, y con diversas disculpas que los embajadores daban para dar color y disimular su mala intención, que era entretener para que el Emperador no cuidase tanto de las cosas de Italia, se dilató la respuesta muchos días.

Lautrech sobre Alejandría. -Ríndese Alejandría a Lautrech.

En los cuales lo que monsieur de Lautrech hizo en la guerra fué que puso el cerco que dije sobre Alejandría y luego la hizo batir reciamente tres días continuos sin parar. Y fué tan grande el rompimiento de los muros, que por mucho que los cercados hacían y trabajaban, no podían reparar lo derribado; de manera que viéndose perdidos Alberico Barbiano, milanés, y Bautista Lodronio, si bien se defendieron valerosamente, y el Alberico con muy buena diligencia había metido en la ciudad, sin pensarlo los franceses, quinientos soldados bien armados, trayéndolos por unas montañas; pero fué tanta la artillería y pólvora que los venecianos trajeron, que viéndose muy apretados y que ya no se podían defender, se dieron con estas condiciones: Que Bautista Lodronio y los alemanes que con él estaban se pudiesen ir con toda su ropa a su tierra, y Barbiano a Piamonte, con que por medio año no tomasen armas contra Francia ni contra sus confederados.

Cobrada, pues, la ciudad, Lautrech quería poner en ella quinientos soldados franceses de guarnición; sino que Francisco Gabario, embajador del duque Esforcia, acudió al embajador de Ingalaterra y al de Venecia, que en el campo venían, agraviándose de ello y quejándose que ya en el principio de la guerra no guardaban lo capitulado. Y así se hubo de poner guarnición por el duque de Milán.

Prepárase Antonio de Leyva para esperar el ímpetu francés. -Lautrech no se quiere topar con Antonio de Leyva. -Echase sobre Pavía. -Entran los de la liga a Pavía y la saquean con crueldad. -El duque Esforcia quiere que cerquen a Milán. -Lautrech no quiere. -Salta Antonio de Leyva a Biagrasa, a pesar del francés.

Viendo Antonio de Leyva que Génova y Alejandría, con las tierras menores a ellas vecinas, iban ya tomadas, entendiendo que los franceses pasarían luego el Po y le vendrían a dar vista, con su acostumbrado esfuerzo y prudencia hizo recoger en Milán los españoles que tenía en la ciudad de Como y en las villas de Luque y Rezo. Y habiendo estado hasta entonces alojado en los arrabales de Milán, por no dar pesadumbre a los ciudadanos, se entró con todo su ejército en la ciudad.

Y luego se proveyó de todo lo necesario y conveniente para resistir al enemigo. Y pensando también poder defender a Pavía, mandó a Ludovico Barbiano, que de Alejandría había salido, que se fuese a meter en ella con los soldados que tenía.

Y monsieur de Lautrech hizo treguas con Juan Cervellón, español que tenía en guarda a Case, lugar fortísimo de la otra parte del Po; y hiciéronlas por no detenerse mucho en el cerco; pasó el Po y caminando para Milán tomó a Begeven, y pasando el Tesin se fué para Biagrasa, que es a ocho millas de Milán.

Pero la reputación de Antonio de Leyva era tan grande, que con ser el ejército de la liga uno de los poderosos que se vió en Italia, no se atrevió a lo cercar ni combatir. Antes acordó de ir sobre Pavía, aunque de camino se puso a dos millas de Milán y hizo demostración de quererla cercar.

Y los de la ciudad salieron a escaramuzar con los franceses.

Prosiguiendo Lautrech su camino llegó a ponerse sobre Pavía, donde estaba por capitán el conde Ludovico Barbiano, con gente italiana. Y cercada la ciudad por todas partes, la batieron con la mucha y gruesa artillería que traían, cuatro días arreo, y dieron con gran parte de la muralla en tierra, hasta los cimientos, sin poder los de dentro hacer reparos bastantes.

Los naturales de Pavía, viéndose tan fatigados, rogaron humilmente a Barbiano que si no tenía piedad de sí ni de sus soldados, que se apiadase de aquel pueblo y de los males que había de padecer entrándole por fuerza los franceses; y aunque estuvo duro este capitán en quererlo hacer, viéndose ya forzado envió un trompeta a Lautrech que tratase de medios para entregarle la ciudad.

Y en tanto que trataban esto, los soldados, que estaban puestos en orden a la parte que se había dado la batería, arremetieron y entraron con grande ímpetu.

Viendo esto Barbiano, mandó abrir la puerta de la ciudad, y fuese él mismo al real de los enemigos, donde fué preso y llevado a Lautrech, y de ahí a Génova.

Y acordándose los franceses que por tomar su rey aquella ciudad había sido vencido y preso, muriendo gran parte de la nobleza de Francia, quisieron vengar en ella su injuria, y la entraron, matando sin misericordia los inocentes ciudadanos, y saquearon no sólo las casas, pero aun los templos y monasterios. De manera que hubo ciudadano que se rescató tres y cuatro veces. Y los gascones, que eran más furiosos que todos, pusieron fuego a muchas casas; y sin duda destruyeran y abrasaran bárbaramente toda la ciudad, si Lautrech, después ya de ocho días que andaban con tanto furor y desorden, no les estorbara desmandarse más contra aquel pueblo sin culpa.

Tomada así Pavía, el duque de Milán vino allí desde Lodi a tratar con Lautrech que no pasase adelante (porque decían quería ir a Roma contra los imperiales que allí estaban) hasta tomar a Milán. Pero no lo pudo acabar con él, porque entendía bien cuán dificultosa le era la empresa de Milán, estando en ella Antonio de Leyva; y también cómo él tenía ocupada a Génova y al condado de Aste para su rey, Y el pensamiento puesto en el reino de Nápoles, donde le llevaba su mal hado, no quería embarazarse más en lo que tocaba al duque, dando por disculpa lo que importaba ir a Roma y poner en libertad al Papa y echar de la ciudad santa aquella gente perdida, que la tenían profanada.

El duque volvió poco contento a Lodi, y Lautrech, puestas las fronteras que le pareció contra la ciudad de Milán en Biagrasa, Piñerano y otras partes, quedando el duque Esforcia y venecianos contra Antonio de Leyva, despidió a los suizos, porque no querían ir a Roma, y con los alemanes (que eran muchos los que bajaron por mandado del rey de Francia) partió para Plasencia, y allí se confederó con el duque de Ferrara y con Federico, marque de Mantua, por asegurar más el partido del rey.

Y se detuvo más que pensaba, porque Antonio de Leyva, que no dejaba descansar al enemigo, salió una noche de Milán con los dos tercios de gente que allí tenía, y fué a dar sobre Biagrasa. Y en llegando la combatió por todas partes, y entrándola por fuerza, mató y prendió todos los que de guarnición estaban, y volvióse otro día a Milán con la vitoria. La cual, sabida por Lautrech, le dolió mucho, y hubo de enviar al conde Pedro Navarro con gran parte de su campo a tornar a cobrar y fortificar a Biagrasa, como lo hizo. Donde se quedarán agora hasta decir lo que el Emperador hizo con los embajadores.

En lo que pararon los tratos de la paz. -Llega un secretario del rey de Francia a Burgos diciendo que a concluir la paz: y buscaban achaques para romperla.

Estando las cosas de Italia de tal manera que el rey de Francia y los de la liga pensaban que no habían de hallar resistencia en ella, acordó entonces el rey de enviar la respuesta de los apuntamientos de paz que dije que se habían hecho en Palencia con el Emperador; según parece, más por lo entretener para que no acudiese a lo de Italia, que por quererla; y fué así que estando el Emperador en Burgos, llegó allí a su corte un secretario del rey de Francia, a 12 de diciembre deste año de mil y quinientos y veinte y siete, diciendo y publicando que traía la final resolución de la paz; y a la verdad no traía sino los carteles para desafiar al Emperador, como después lo hizo.

En llegando, pues, los embajadores de Ingalaterra y Francia, dieron al Emperador una escritura. En la cual, de lo asentado en Palencia innovaban dos cosas, porque pareciese después que hacían algo en dejar parte de ellas. La una pedía que ante todas cosas fuese restituido el duque de Milán en su Estado, y que después se viese su justicia. La otra, que no quería restituir a Génova ni Aste, ni retirar el ejército antes que le fuesen restituidos los rehenes, como había sido asentado en Palencia; de lo cual el Emperador se alteró mucho, y les mandó decir que sin más dilación dijesen claramente si tenían comisión para ofrecer otra cosa. Y visto esto, volvieron a decir que porque la paz no dejase de tener efeto, que ellos se apartaban de lo tocante a la restitución del duque de Milán, y que su justicia fuese vista primero, pero que la retirada del ejército y restitución de Génova y Aste no la quería su rey hacer hasta ser entregado de los rehenes. Mas que se obligarían de lo retirar y restituir a Génova y Aste dentro de cierto término, después de haber cobrado sus hijos, so pena de trecientos mil ducados, y que para la paga de ellos daría rehenes en poder del rey de Ingalaterra.

El Emperador replicó a esto que ya veían que todo aquello era innovar de lo que en Palencia se había concertado, y que así, él no entregaría los rehenes hasta que el ejército se hubiese retirado y hecha la restitución; pero que no quería que quedase ocasión de nueva guerra si no cumplían con él. Y para seguridad de que él entregaría los rehenes, que aunque no se había asentado, que él se obligaría y daría la misma seguridad y rehenes que los franceses ofrecían.

Y demás de esto, daría seguridad de restituir lo que hubiesen entregado, y más trecientos mil ducados para hacer nuevo ejército; y pornía los rehenes de esto en poder del rey de Ingalaterra.

Y esta respuesta mandó el Emperador que les fuese dada por escrito, y así se les dió primero día de enero del año de mil y quinientos y veinte y ocho.

El de Ingalaterra quiere declararse enemigo del Emperador. -Responde el Emperador a los del inglés.

Siendo, pues, éste tan convenible partido, en que se les daba aún más de lo que en Palencia habían pedido; pero como ellos no querían esto, sino ocasión para romper, dijeron que no tenían poder para aceptar, salvo lo que habían pedido, ni menos para lo comunicar ni consultar a su rey; pero que les pesaría que por tan poca cosa se estorbase la paz.

Y teniendo los embajadores, de Francia puestas las cosas en el estado que se requería para hacer el desafío que tenían acordado, faltaba que los del rey de Ingalaterra buscasen también algún achaque para poderlo hacer con algún color; y no pudiendo hallar otro, pidieron al Emperador tres cosas. La primera, que luego sin dilación alguna pagase al rey su señor todo lo que en dinero de contado le debía de empréstidos que le había hecho. La segunda, que le diese quinientos mil ducados en que había incurrido de pena, por haber quedado con él de casar con su hija, y no lo haber cumplido. La tercera, que satisficiese y pagase al rey de Ingalaterra la indemnidad a que se había obligado de pagar por el rey de Francia en Londres, que hasta aquel día eran cuatro años y cuatro meses.

A lo cual el Emperador mandó luego responder, que se maravillaba mucho de semejante demanda, nunca pensada ni tratada, porque él no había negado la deuda, ni dudado de pagarla al rey de Ingalaterra; y en lo que era del dinero prestado, que él estaba presto de lo pagar, dándole la obligación o prendas que por la dicha deuda estaban dadas; y en lo que era de la pena del casamiento y de la pensión o indemnidad, que él enviaría persona propria al rey de Ingalaterra, a le informar y acordar de lo que en aquello había pasado, por donde entendería que no era obligado a aquella deuda. Pero que estaba aparejado de le pagar lo que pareciese que debía por derecho.

A esta respuesta ninguna cosa replicaron los embajadores ingleses, sino que no tenían las obligaciones y prendas que les pedían. Y teniendo ya aviso del rey de Francia de la libertad del Papa, la cual enteramente se le había dado al cabo de siete meses que estuvo detenido, y estando ya con ella se había partido con su corte de Roma para una villa llamada Orbito, que es en Toscana, a los 6 de diciembre. Y sabiendo esto primero el rey de Francia que el Emperador, mandó hacer el aviso que digo; y pareciéndoles que si esperaban a que en la corte del Emperador se supiese la libertad del Papa, perdía el desafío; que se había de hacer la autoridad y color que tenía, porque la primera y principal causa que venía puesta en los carteles (como aquí se verán) era la prisión del Papa, para que los reyes de armas que allí estaban lo hiciesen en tiempo; juntándose con los embajadores de Francia, Ingalaterra, Venecia y Florencia, con gran autoridad y representación fueron al palacio del Emperador, y dando a entender que la guerra estaba ya rompida, sin esperanza de paz, le pidieron licencia para se ir, y se despidieron de él diciendo que sus comisiones eran acabadas y que no tenían más que hacer allí.

A los cuales el Emperador respondió que le pesaba mucho que los reyes y repúblicas cuyos embajadores eran, quisiesen tan mal mirar lo que convenía al bien y paz de la Cristiandad. Pero que pues así lo había querido, que ellos se fuesen en buen hora, mas que no quería que saliesen de sus reinos hasta que los embajadores que él tenía en Venecia, Francia, Ingalaterra, estuviesen en lugares que se pudiese hacer el trueque de los unos por los otros.

Y con esta respuesta se fueron a sus posadas.

Los franceses dicen que cuando el Emperador supo la jornada de Lautrech a Lombardía, prendió en Granada al obispo de Tarba, después cardenal de Granmont, embajador del rey de Francia, y a los demás embajadores de los confederados; y que sabiendo esto los reyes de Francia y Ingalaterra, prendieron los embajadores del Emperador, que estaban en su corte y despacharon a Guyena y a Clarenceao, reyes de armas, para desafiar al Emperador, y mandar a sus embajadores que ya estaban en libertad, que se volviesen. Yo hablo con llaneza y por escrituras de secretarios, que tratan la verdad sin ficción ni artificio, y por lo que el mundo todo vió; que esto sigo sin pasión ni afición de mi príncipe ni gente.

La manera del desafío que los reyes de armas e Francia y Ingalaterra hicieron al Emperador; y lo que Su Majestad, de palabra y por escrito, les respondió.

El día, pues, de San Vicente, miércoles 22 de enero de mil y quinientos y veinte y ocho años, estando en la ciudad de Burgos el Emperador, vinieron a palacio, a las nueve de la mañana, un rey de armas del rey de Francia llamado Guyena, y otro rey de armas del rey de Ingalaterra, llamado Clarenceao, y hicieron suplicar a Su Majestad que tuviese por bien de darles audiencia.

A los cuales monsieur de Nasao, por mandado de Su Majestad, respondió que les daría audiencia entre las diez y las once.

A esta hora salió el Emperador a la gran sala, acompañado de muchos perlados y grandes señores, y caballeros que a la sazón en su corte se hallaron, y sentóse en una silla ricamente aderezada.

Estaban los reyes de armas en el cabo de la sala con sus cotas de armas en los brazos izquierdos; y andando hacia Su Majestad hicieron tres reverancias hasta el suelo, y desde la grada más baja del estrado, donde Su Majestad estaba, el dicho Clarenceao, rey de armas de Ingalaterra, en nombre de entrambos, dijo:

-Sire. Conforme a las leyes y edictos inviolablemente guardados por los emperadores romanos vuestros predecesores, y otros reyes, príncipes y capitanes, nosotros, Guyena, rey de armas del rey Cristianísimo, y Clarenceao, rey de armas del rey de Ingalaterra, nuestros naturales y soberanos y señores, nos presentamos delante Vuestra Sacra Majestad, para declararos algunas cosas de parte de los dichos reyes nuestros señores, suplicando a Vuestra Majestad que, teniendo respeto a las sobredichas leyes y edictos, y usando de vuestra benignidad y clemencia, tengáis por bien de nos hacer dar seguridad y buen tratamiento en vuestros reinos y señoríos, mientras esperamos vuestra respuesta, mandándonos guiar, seguramente, hasta las tierras y señoríos de nuestros señores.

El Emperador les respondió:

-Decid lo que los reyes vuestros amos os han mandado, que vuestros privilegios os serán guardados, y en mis reinos ningún desplacer os será hecho.

Habida esta respuesta, el dicho Guyena, rey de armas de Francia, levó lo siguiente.

Cartel del rey de Francia.

-Sire. El rey Cristianísimo, mi natural y soberano señor, me mandó que os dijese que tiene un maravilloso pesar y desplacer de ver que en lugar de la amistad que él ha tanto deseado tener con vos, la pasada enemistad haya todavía de quedar en su vigor; de la cual él ve y conoce que los inconvenientes y males mucho tiempo ha comenzados se os continuarán y aumentarán, no solamente a vos, y a él, y a vuestros vasallos y súbditos, mas a toda la Cristiandad; y que las fuerzas y juventud que el uno y el otro deberíades emplear contra los enemigos de la fe, se ejecutarán en derramamiento de sangre cristiana y ofensa de Dios: y que vos y él (a quien Dios ha tantas mercedes hecho) no gozaréis del bien que Jesucristo nos dejó en su testamento, que es paz, de la cual todos los bienes proceden; antes, en lugar de ella, ternéis guerra, de donde salen todas las calamidades, inconvenientes, pobreza y miseria; y el someterse a aquellos que podrían ser mandados, y poner la sangre y hacienda suya y de sus súbditos en bolsas extranjeras, como cada uno por su parte debe pensar, y que por este breve tiempo que dura la vida del hombre ninguno debría buscar de privarse del sosiego, alegría, honestidad y pasatiempo que los príncipes pueden tener, y en lugar de esto, a causa de la guerra estar siempre en temor, tristeza y aventura, y tener delante sus ojos, que después de haber tenido mal tiempo en este mundo, lo ternán muy peor en el otro los que de ello habrán sido causa, no queriéndose llegar a la razón. Por su parte él se ha puesto, y se quiere poner, en todo deber, y aún más que deber, por tener paz y amistad con vos, por medio de la cual la habrá también en toda la Cristiandad, y se podrá hacer algún servicio a Dios haciendo guerra contra los infieles, la cual será tan agradable, que mitigará la culpa y falta que podría haber sido cometida antes de agora a causa de esta guerra, que mucho tiempo entre vosotros dura, y no parece que haya de cesar viendo las maneras que tenéis. Y porque algunos, diciéndose vuestros, han combatido, tomado y forzado la ciudad de Roma, que es la Santa Sede Apostólica, y en ella cometido todos los delitos y pecados que se podrían inventar, las iglesias y reliquias profanadas, el Papa que como vicario de Dios en la tierra tiene la silla de San Pedro, preso y privado de su libertad; y los que han cometido y perpetrado los tales execrables delitos, y maleficios, y los que les dan favor y ayuda, han caído y incurrido en las penas del derecho, y los que le tienen preso se dicen vuestros, y el que lo guarda ha sido y es uno de los principales capitanes de quien en vuestras guerras de Italia os habéis siempre servido. Y por otra parte la diferencia que al presente puede haber entre vos y el dicho rey, mi natural y soberano señor, principalmente están en el rescate y libertad de los señores sus hijos, que por él están en rehenes; háos muchas veces ofrecido, y aun, agora ofrece de os lo pagar, no solamente tal como parecería ser razonable, y en tal caso acostumbrado, mas mucho mayor. Y no os debéis atener a las cosas que por fuerza y temor os prometió, las cuales ni justa ni honestamente podría guardar ni cumplir. Mucho más pudiérades haber ganado en tomar el rescate que os ha ofrecido que en continuar la guerra, y ser causa de los males y inconvenientes que de cada día padece la Cristiandad. Ya veis cómo el rey de Ingalaterra, con quien tiene perpetua amistad y hermandad, y también los venecianos, florentines, duque de Barry y otros príncipes y potentados, siguen y tienen la parte del dicho señor rey Cristianísimo, porque lo ven ponerse en razón, y que, a causa de no querer vos venir en ella, la paz universal no se puede en la Cristiandad hacer, los enemigos de la fe ganan tierra, toda Italia está en armas, sangre y robos, la Sede Apostólica alterada; y si por vuestra parte no ayudáis a poner fin en ello, y las cosas van así continuando, es de temer que Dios se enojará. Y porque ni por demostraciones que los sobredichos hayan sabido haceros, ni por ofrecimientos que el dicho señor rey ha hecho, habéis querido entender ni condecender a hacer con él un honesto concierto, y contentaros con un rescate más que razonable, y que no queréis pagar al rey de Ingalaterra, su buen hermano y perpetuo amigo y confederado, lo que le debéis, ni poner al Papa en su libertad, ni dejar en paz y sosiego la Italia, hame mandado que os declare y notifique, con gran pesar y desplacer suyo, juntamente con su muy buen hermano el rey de Ingalaterra, que os habrán y ternán por su enemigo, declarando por ningunos cualesquier contratos y conciertos hasta agora entre él y vos hechos, en lo que podrían concerner vuestro provecho; y que de su parte no los quiere guardar, antes por todos los medios que podrá pensar con sus buenos amigos, aliados y confederados, hará todo el daño que pudiere, así con guerra como en otra cualquier manera en vuestras tierras, súbditos y vasallos, como mejor le parecerá, hasta que le hayáis restituído sus hijos, haciendo honestos pactos y convenciones sobre su rescate, y puesto en libertad el Papa y restituido al rey de Ingalaterra lo que le tenéis, y pagádole la suma que le debéis, y dejado en paz y reposo sus aliados y confederados. Y protesta ante Dios y todo el mundo, que no desea ni quiere guerra, y que enteramente le pesa de ella, y que no es causa de los males que hay o podría haber, pues que se ha puesto y quiere poner en toda razón; así lo ha ofrecido y hecho saber a vos y a todos los otros príncipes cristianos, como también agora lo hace, y llama por testigo a Dios que sabe todas las cosas. Y porque so color de la publicación del pretendido concierto de Madrid, hecho estando aún el rey mi señor preso en España, muchos súbditos vuestros, y del dicho señor rey de Ingalaterra y suyos, habrán llevado sus mercadurías y otros bienes en los reinos y señoríos los unos de los otros, de donde se les podría seguir mucho daño, si no se hiciese de ellos mención en la presente declaración, el dicho mi soberano señor, y el rey de Ingalaterra, son contentos que se dé libertad a todos vuestros súbditos, que están en los dichos sus reinos y señoríos, de retirarse y salir de ellos con todos sus bienes y mercaderías dentro de cuarenta días después de la presente intimación, con condición que vos hagáis otro tanto con sus súbditos, y todas y cualesquier sus mercaderías.

«Hecha a 11 días de noviembre de mil y quinientos y veinte y siete años.

La firma decía: Guiena, rey de armas.

El Emperador respondió al dicho Guyena, rey de armas de Francia, las palabras siguientes.

-Yo he entendido lo que de parte del rey vuestro amo habéis leído, y me maravillo que él me desafíe, porque siendo mi prisionero de justa guerra, y teniendo yo su fe, de razón no lo puede hacer. Paréceme cosa nueva ser desafiado de él, habiendo seis o siete años que me hace guerra sin me haber aún desafiado. Y pues que por gracia de Dios me he defendido de él, como él y cada uno ha visto, sin que me hubiese avisado, y considerada la justificación en que yo me he puesto, en que no pienso haber ofendido a Dios, yo espero que agora, que me avisáis, mucho mejor me defenderé; de manera que ningún daño me hará el rey vuestro amo, porque pues me desafía, yo me tengo por medio asegurado.

»Cuanto a lo que decís del Papa, ninguno ha habido mayor pesar que yo de lo que se ha hecho, que fué sin mi sabiduría ni mandado y sin tener obediencia a alguno de mis capitanes; mas yo os hago saber que el Papa, días ha, está puesto en su libertad; y de esto me vino ayer nueva cierta.

»Cuanto a los hijos del rey vuestro amo, él sabe bien cómo yo los tengo en rehenes, y también saben sus embajadores que no ha quedado por mí que no hayan sido libertados.

»Cuanto a lo del rey de Ingalaterra, mi buen tío y hermano, yo creo que, si es como vos lo decís, que él no está bien informado de lo pasado, porque si lo estuviese no me haría decir lo que vuestro cartel contiene. Yo deseo avisarle de toda la verdad, y creo que cuando la sepa me será el que me ha sido. Yo jamás he negado el dinero que me prestó, y estoy aparejado a pagárselo como por derecho y razón soy obligado, pues gracias a Dios tengo con qué lo poder hacer. Mas si todavía él me quiere hacer guerra, pesarme ha, y no podré hacer sino defenderme; yo ruego a Dios, que el dicho rey no me dé a mí más ocasión de tener guerra con él, que yo pienso habérsela a él dado.

»Cuanto a lo demás, porque vuestro cartel es grande, y el papel muestra bien ser dulce, pues en él han escrito todo lo que han querido, vos me daréis ese cartel, al cual yo responderé más particularmente en otro papel que no terná sino verdades.

Respondió esto el Emperador por su propria boca al dicho rey de armas, Guyena.

El dicho Guyena tomó su cota de armas, que como dicho es tenía en su brazo izquierdo, y se la vistió.

Y hecho esto, Clarenceao, rey de armas de Ingalaterra, no por escrito, sino de palabra, dijo a Su Majestad lo que sigue:

Cartel del rey de Ingalaterra.

-Sire. El rey, mi soberano señor, me mandó que os dijese que viendo la necesidad que hay de paz en la religión cristiana, así a causa del esfuerzo que de muchos años a esta parte ha comenzado a hacer el Gran Turco, enemigo de la fe, que por fuerza de armas ha tomado de poder de los cristianos la ciudad y isla de Rodas, uno de los principales baluartes de la Cristiandad, y en Hungría la fortaleza de Belgrado, y parte de la tierra; como también por las nuevas herejías y setas nuevamente en muchas partes de la Cristiandad levantadas; asimismo, sabiendo y conociendo las grandes guerras por todas partes encendidas, a causa de los cuales la Cristiandad está en maravilloso desasosiego, confusión y división, y que poco tiempo ha por vuestra gente, y ministros de vuestro ejército, y debajo de vuestros capitanes, ha sido robada y saqueada la santa ciudad de Roma, y la persona de nuestro muy Santo Padre tomada en prisión y por vuestra gente guardada, los cardenales asimismo presos y puestos a rescate, las iglesias saqueadas, obispos, clérigos y religiosos puestos a cuchillo, y otros muchos males, crueldades y inhumanidades hechos y cometidos, de que el aire y la tierra están inficionados; por donde es verisímile que la ira y furor de Dios sea muy irritada y provocada, y si reparando las dichas crueldades y ofensas no se amansa, innumerables males y inconvenientes podrían venir en la Cristiandad. Y porque la raíz y nacimiento de las dichas guerras procede de las contiendas y debates de entre vos y el rey Cristianísimo, su buen hermano y perpetuo aliado, el rey mi soberano señor, por concertar y poner fin en los dichos debates, os ha enviado sus embajadores, y también otros al rey Cristianísimo su buen hermano, con el cual ha tanto hecho que por el amor que le tiene os ha hecho tan grandes y tan razonables ofrecimientos que honestamente no los podéis ni debéis recusar, como condiciones que pasan, y excedan el acostumbrado rescate de reyes, y si no fuese por la consideración de la dicha paz, serían de muy mal ejemplo para los otros reyes y príncipes cristianos sujetos a semejante fortuna. De los cuales ofrecimientos y condiciones os ha avisado por los dichos sus embajadores, y rogado y requerido, que por amor de Dios y del bien de la Cristiandad, y de los placeres que en tiempo pasado en vuestra necesidad en diversas maneras os ha hecho, acetásedes los dichos ofrecimientos, y pusiésedes fin a las guerras que ya mucho tiempo habían durado. E asimismo, que como príncipe cristiano por tantas maneras obligado a la protección del Papa y de la Santa Sede Apostólica, y por consiguiente a la libertad de Su Santidad, el cual sin muy grande ofensa y escándalo, no podíades, ni debíades tener preso ni cautivo, pusiésedes a Su Santidad en entera libertad. Asimismo os ha hecho muchas veces decir, que por muchas obligaciones, y de otra manera le sois deudor de muy gran suma de dineros, que él vos ha dado y prestado en tiempo de necesidad, requiriéndovos que se los quisiésedes pagar. De lo cual todo no habeis hecho cuenta, y de día en día habéis siempre dilatado y tenido suspensos los embajadores del dicho rey mi soberano, sin tener respeto a la honra de Dios, a la necesidad de la Cristiandad ni a la reverencia que debéis tener a la Santa Sede Apostólica ni a la persona de nuestro muy Santo Padre, vicario de Dios en la tierra, ni al placer que de él habéis recebido, ni a la fe, palabra y promesas que tantas veces le habéis dado. Por esta causa el dicho rey mi soberano, constreñido de la honestidad, razón y justicia, por grande y madura deliberación de consejo, ha tomado final conclusión de os hacer y reiterar unos finales ofrecimientos mayores que los pasados, para ponerse más en su deber y romperos y quitaros cualquier otra ocasión de diferir y disimular de condescender a la razón. Los cuales ofrecimientos y aumento de ellos os han sido hechos y reiterados con todas las honestas razones y demostraciones que ha sido posible, y últimamente os ha sido hecha instancia por la libertad de nuestro muy Santo Padre, la Santidad del cual habéis apretado o hecho apretar en lugar de libertarla; cosa muy extraña, y contra el verdadero estado y deuda de príncipe cristiano. Lo cual ni el dicho rey mi soberano, ni el rey Cristianísimo, su buen hermano y perpetuo confederado, podrían con sus honras, por lo que deben a Dios y a la Iglesia, más sufrir. E visto que no queréis venir a razón ni aceptar los dichos ofrecimientos más que razonables, ni pagar al dicho rey mi soberano las dichas deudas que le debéis, como sois tenido y obligado, ha concluido con el dicho rey Cristianísimo, su buen hermano y perpetuo aliado, y otros sus confederados, de trabajar de haceros por fuerza de armas libertar nuestro muy Santo Padre, y también los hijos de Francia que tenéis, pagándoos por ellos razonable rescate, y pagarle a él lo que le debéis. Por lo cual el dicho rey mi soberano señor, como verdadero y constante príncipe, queriendo inviolablemente guardar la fe que al dicho señor rey Cristianísimo y a otros sus confederados ha dado, y no queriendo dejar en prisión la persona de nuestro muy Santo Padre, como tampoco la quiere dejar el dicho rey Cristianísimo; el dicho rey mi soberano, y el mismo rey Cristianísimo, os requieren esta vez por todas, que aceptéis los dichos finales ofrecimientos por la libertad de los dichos señores hijos de Francia, por el bien de la paz universal, y libertéis la persona de nuestro muy Santo Padre, y también paguéis prontamente, y sin más dilación, lo que al dicho rey mi soberano debéis. Y considerando que no queréis aceptar los dichos finales ofrecimientos, como dicho es, ni libertar la persona de nuestro muy Santo Padre, ni pagar sin dilación las dichas deudas, como un buen príncipe cristiano debe y es obligado hacer, el dicho rey mi soberano, y el rey Cristianísimo su buen hermano, no sin gran pesar y desplacer se declaran por vuestros enemigos, teniendo y reputándoos por tal de aquí adelante, declarando y intimándoos la guerra por mar y por tierra, y desafiándoos de todas sus fuerzas. Mas considerando que muchos súbditos vuestros y gran cantidad de sus bienes están en los reinos de Ingalaterra y de Francia, y en otras tierras y señoríos de los dichos príncipes, y que ansimismo hay muchos súbditos de los dichos reyes de Ingalaterra y de Francia y bienes de ellos en vuestros reinos y señoríos, los cuales podrían recibir de una parte y de otra grande y inreparable interese y daño, si pudiesen o debiesen ser detenidos y tomados sin ser avisados y amonestados, la majestad del rey mi soberano y el rey Cristianísimo, rey de Francia, su buen hermano, serán muy contentos de dar libertad a vuestros súbditos estantes en los dichos sus reinos y señoríos, para que se retiren y salgan con todos sus bienes y mercadurías de los dichos reinos, dentro de cuarenta días después de esta intimación, con condición que otra tal libertad y permisión se dé y otorgue a sus súbditos.

Esta escritura dió firmada así:

«Clarenceao, rey de armas.»

El Emperador respondió al dicho Clarenceao por las proprias palabras que se siguen.

-Yo he entendido lo que me habéis dicho, y no puedo creer que si el rey de Ingalaterra estuviese bien informado de todas las cosas cómo han pasado y supiese la razón en que me he puesto, que haría decir lo que me habéis dicho, y por esto mi intención es de avisarle de ello.

»Cuanto a lo que decís del Papa, yo jamás consentí en que fuese detenido, ni jamás fué hecho por mi mandado. Yo os hago saber que él está libre y que me pesa de los males que se han hecho, de que no pienso tener culpa alguna, como he dicho al rey de armas del rey de Francia, de manera que esto cesa.

»Y cuanto a la libertad de los hijos del rey de Francia, cuando para ello me han propuesto medios he estado aparejado a entender en ello, y no ha quedado por mí que la paz no sea hecha. Mas agora que me decís que el rey vuestro amo me los hará dar por fuerza, yo responderé de otra manera que hasta agora he respondido, y espero de guardarlos, de suerte, con el ayuda de Dios y de la lealtad de mis súbditos, que no los restituiré por fuerza, porque no acostumbro yo a ser forzado en las cosas que hago.

»Cuanto a la deuda de lo que el rey de Ingalaterra me ha prestado, yo jamás la he negado, ni la niego, y estoy aparejado a la pagar como es razón de la manera que a él he hecho decir, y yo mismo he dicho a sus embajadores y héchoselo dar por escrito, yo no creo que por una cosa como ésa que yo no recuso, me querrá él hacer guerra, y cuando me la quisiere hacer, pesarme ha y será menester que me defienda. Yo ruego a Dios, que el rey vuestro amo no me dé más causa de hacerle guerra, que yo pienso habérsela a él dado. Vos me daréis por escrito lo que me habéis dicho, y yo vos responderé también por escrito más particularmente.

Luego que el Emperador dijo esto, el rey de armas Clarenceao tomó su cota de armas que, como dije, tenía en el brazo izquierdo, y se la vistió, y Su Majestad le dijo que diese por escrito, en manos de Juan Alemán, su primer secretario, todo lo que de palabra había dicho. El dicho Clarenceao dijo que lo haría; e así lo hizo después. El lo firmó de su mano, de la manera que de verbo ad verbum aquí va inserto.

Como el dicho Clarenceao hubo hecho su oficio, como dicho es, se apartó, y Su Majestad llamó aparte al Guyena, rey de armas de Francia, y le dijo las palabras siguientes:

-Pues la razón quiere que gocéis de vuestros privilegios, debéis también hacer vuestro oficio; por eso yo os ruego que digáis al rey vuestro amo lo que yo os diré, y mirad que lo digáis a él mismo.

El dicho rey de armas respondió a Su Majestad:

-Yo lo haré, así, señor.

Entonces su Majestad le dijo:

-Pues decilde que después del concierto de Madrid, yendo contra la forma de él, han sido presos muchos súbditos míos que iban y venían de Italia, así por negocios suyos, como por mi servicio, los cuales han sido detenidos en prisión y maltratados y echados en galeras; y porque yo tengo algunos súbditos suyos que puedo prender, le diréis que si me quiere restituir los míos, que yo le restituiré los suyos, y si no, como él tratare los míos así trataré yo los suyos; y que me responda a esto dentro de cuarenta días; si no, que yo me terné por respondido.

El dicho Guyena, rey de armas, dijo a Su Majestad:

-Sire, ¿decís eso por los mercaderes?

Su Majestad le respondió:

-Esto se entiende sin tocar a lo que vuestro cartel contiene de los mercaderes, a lo cual os responderé por escrito.

Y dicho esto, el dicho rey de armas, hecha su reverencia, se quiso ir, y Su Majestad le tornó a decir:

-Bien habéis oído lo que tocante a vuestro oficio os he dicho, de lo que sois obligado a decir; así os ruego yo que lo hagáis.

El dicho rey de armas respondió:

-Sire, sin falta alguna yo lo haré.

Entonces Su Majestad le dijo:

-Allende de esto, diréis al rey vuestro amo que creo no ha sido avisado de cierta cosa que yo dije en Granada al presidente su embajador que a él toca mucho, Y que lo tengo yo en tal caso por tan gentil príncipe, que si lo hubiese sabido me habría ya respondido; que hará bien de saberlo de su embajador, porque por ello conocerá cómo le he yo mejor guardado lo que en Madrid le prometí que no él a mí. Yo os ruego que se lo digáis así al rey, y mirad que no hagáis falta.»

El dicho Guyena, rey de armas, respondió:

-Sin falta alguna, Sire, yo lo haré.

Y hecha su reverencia, se fué.

Y Su Majestad mandó a Juan Alemán, su primer secretario, que proveyese como en ninguna manera se hiciese enojo alguno ni dijesen malas palabras a los dichos reyes de armas. Lo cual se hizo muy cumplidamente.

Después de esto, lunes veinte y siete días del dicho mes de enero, los dichos reyes de armas Guyena y Clarenceao, por mandado del Emperador, fueron a Juan Alemán, primer secretario, el cual les dió por escrito y leyó él mismo a cada uno de ellos lo que Su Majestad les mandó por escrito responder, que es lo siguiente:

Respuesta dada al rey de armas de Francia.

«Por mejor responder a lo que vos, Guyena, rey de armas de Francia, leístes delante de la sacra majestad del Emperador nuestro señor, y después de haberos respondido de palabra, le distes por escrito. Por más particularmente satisfacer a lo que en ello se contiene, y por más ampla justificación de Su Majestad, y porque a Dios y a todo el mundo conste, y sea notorio el gran tuerto y sin justicia que el rey vuestro amo tiene en hacer lo que ha fecho, y como contra todo derecho divino y humano os ha dado cargo de lo que habéis declarado, Su Majestad ha querido que por escrito se os responda lo siguiente.

»Conviene a saber. Cuanto al primer punto que decís que os mandó decir, que tiene muy gran pesar de ver que en lugar de la amistad que él siempre ha deseado tener con Su Majestad, la enemistad pasada haya todavía de quedar en su vigor, contando los males e inconvenientes que de aquí se han seguido y se podrían continuar y crecer en daño de los súbditos de la una parte y de la otra, y de toda la Cristiandad, dando a entender que ha él muy cumplidamente hecho lo que debe por haber paz, pensando con estos colores retóricos muy ajenos de verdad echar la culpa de los dichos males e inconvenientes sobre Su Majestad y descargase así, con los que de lo pasado no están bien informados y no oyendo las justificaciones de Su Majestad podían fácilmente creer las falsas persuasiones del dicho rey de Francia. Y Su Majestad os manda responder que las palabras que el dicho rey vuestro amo en esto os ha mandado decir, serían muy hermosas, honestas y santas, si sus obras con ellas se conformasen, como sería razón, porque sin falta sería muy justo que él tuviese ese pesar y desplacer, y que se hubiese puesto en hacer lo que debe, por evitar los males que dice, guardando los conciertos de paz por él hechos sin los romper y excitar tan grandes revueltas en la Cristiandad, como ha excitado; y entonces las fuerzas de Su Majestad y del dicho rey vuestro amo, y de todos los otros príncipes y potentados de la Cristiandad, se pudieran haber empleado contra los enemigos de la fe, evitando la efusión de la sangre cristiana, de que Dios tanto se ofende. Mas bien sabe él que no puede negar que no haya él sido el principio y fundamento de todas las guerras que después que él comenzó a reinar han sucedido, pues él mismo, sin alguna justa causa ni derecho, en comenzando a reinar, comenzó la guerra en Italia por ocupar el Estado de Milán, y con muy grande derramamiento de sangre echó de él al duque Maximiliano Esforcia, forzándole a que le renunciase el derecho que en el dicho Estado pretendía, sin querer a esta causa demandar la investidura, ni hacer lo que era obligado y debía al feudo imperial que poseía; mas menospreciando el derecho y señor del feudo, que era el Emperador Maximiliano, abuelo de Su Majestad, haciéndose a esta causa indigno de poder tener el dicho Estado y perdiendo cualquier derecho que en él pudiese pretender. Sucediendo después Su Majestad en los reinos de España por muerte del Rey Católico don Fernando, por la indisposición de la reina su madre, el dicho rey de Francia, so color de querer hacer con Su Majestad más estrecha amistad y confederación, y tenerlo por hijo, rompiendo el concierto de París y el casamiento de entre Su Majestad y madama Renea, cuñada del dicho rey de Francia, pasado y concertado entre Su Majestad y el dicho rey de Francia, quiso de nuevo tratar en la ciudad de Noyon otros conciertos de casamiento entre Su Majestad y madama Luisa, hija del dicho rey de Francia, apenas nacida, y a falta de entramas, con la dicha madama Renea. En el cual concierto de Noyon los ministros de Su Majestad que en él entendieron, no bien informados de las cosas de España, ni de lo que había pasado entre el Rey Católico y los predecesores del dicho rey de Francia, le concedieron muchas cosas, no debidas y injustas, las cuales Su Majestad, como deseoso de paz, enteramente guardó, y porque mejor se guardase, siendo el rey de Ingalaterra, como confederado de Su Majestad, en él comprendido, y queriendo el rey de Francia renovar y ejecutar guerra contra el dicho rey de Ingalaterra a causa de Tornay, Su Majestad dijo y declaró a sus embajadores y a él escribió que en ninguna manera sufriría tentar cosa alguna contra el dicho rey de Ingalaterra su confederado, y que queriéndola él tener. Su Majestad no podía dejar de ayudar al dicho rey de Ingalaterra, lo cual Su Majestad hizo por entretener la paz y evitar la guerra, sin ser a ello requerido, y después no dejó de guardar el dicho concierto, fasta que el señor de Lansac, embajador del dicho rey de Francia, demandó de su parte a Su Majestad en esta ciudad de Burgos, que le diese rehenes por el cumplimiento del casamiento concertado con la dicha su hija, y que restituyese el reino de Navarra; lo cual ni estaba puesto en el dicho concierto ni por Su Majestad prometido. Y el dicho embajador de Francia declaró y dió por escrito, que si Su Majestad no daba los dichos rehenes y restituía el reino de Navarra, que tenía el dicho concierto por rompido: lo cual era más voluntario que en alguna razón fundado. Y aún todavía Su Majestad no quiso por esto venir en rompimiento, antes siempre respondió graciosamente, procurando de entretener la amistad con dulces y honestos medios, aunque Su Majestad estuviese bien informado, que el dicho rey de Francia, cuando mayor amistad le amostraba, llamándolo hijo y dando a entender que deseaba su grandeza, le ponía direta e indiretamente todos los embarazos que podía, para estorbar todo lo que Su Majestad, por el bien de la Cristiandad, emprendía, y habiendo Su Majestad primero aceptado las treguas de cinco años propuestas por el Papa León entre todos los reyes, príncipes y potentados de la Cristiandad, por mejor volver las armas contra los infieles. Y a este efeto, habiendo él por su parte aparejado una poderosa armada, tratándose a la sazón de la eleción del Imperio; la cual se había comenzado a platicar para Su Majestad en vida del Emperador Maximiliano, de gloriosa memoria, el dicho rey de Francia hizo por estorbarla diversas tramas, así con el Papa León, como con otros príncipes y potentados y especialmente con algunos de los eletores del Imperio, pensando, o por fuerza de armas o por temor, apartarlos de la dicha eleción e facer que lo eligiesen a él o a algún otro, a su voluntad. Mas, esto no obstante, fué tanta la virtud de los dichos eletores, que unánimes y de común consentimiento, no teniendo en nada los ofrecimientos y amenazas a ellos hechas, por divina inspiración eligieron a Su Majestad para la administración del Imperio. El cual, así como por Dios fué instituido, así por su divina mano es regido y gobernado. E viendo el dicho rey de Francia que esto para su fin nada le había aprovechado, pensando todavía estorbar el fruto que de esto le debía seguir, trató de ocupar los reinos de Nápoles y Sicilia, como claramente por una carta suya se podrá mostrar. Y a este efeto, so color de hacer guerra a los infieles, como por la dicha tregua de los cinco años era obligado, envió al conde Pedro Navarro con una armada de mar, que vino a desembarcar muy cerca del dicho reino de Nápoles, a cuya causa fué necesario que la armada que Su Majestad había ya enviado contra los infieles, después de haber tomado y puesto en su obediencia la isla de los Gelves, se retirase para defender los dichos reinos de Nápoles y Sicilia. Y no contento con esto el dicho rey de Francia, después de haber fecho todo lo que pudo con cartas y otras tramas, que aún agora se pueden mostrar, por estorbar la conclusión de la Dieta imperial que se hizo en Vormes, hizo romper la guerra contra Su Majestad, y acometer sus tierras por mano de Roberto de la Marca y sus hijos, con ejército hecho en Francia, Y con gente de guerra y artillería del dicho rey de Francia. Y no mucho después envió al señor de Asparroz a acometer yocupar el reino de Navarra, de que se siguió el fin, conforme a su intención, como cada uno sabe, quedando preso el dicho señor de Asparroz. De manera que rompiendo el dicho rey de Francia por los medios sobredichos los conciertos de paz con él fechos, ha sido el verdadero comienzo de la guerra, de que se le ha seguido el fruto que a todos es notorio. Y después que por justo juicio de Dios fué preso en justa guerra, fué, como todos saben en los reinos y señoríos de Su Majestad, tratado, no como preso y enemigo, mas como si fuera natural príncipe y señor de los dichos reinos, usando con él Su Majestad de toda liberalidad y clemencia, pensando hacerlo, de preso, amigo, y de enemigo, cuñado, dándole en casamiento su hermana mayor, como él con mucha instancia lo procuraba, la cual entonces era la segunda persona en la sucesión de tantos reinos y señoríos, con tales y tan razonables condiciones, que aunque el dicho rey de Francia estuviera en su libertad, no las pudiera ni debiera desear mejores, sin demandarle rescate alguno por su justa prisión, mas solamente la restitución del ducado de Borgoña, y de otras tierras, que por justo título pertenecen a Su Majestad, y contra justicia le han sido y son ocupadas. Las cuales condiciones, aunque el dicho rey de Francia estuviera en su libertad, ni jamás hubiera sido preso, eran tan justas y razonables, que con razón, por amor de la paz, él mismo las debía desear, especialmente que guardándolas pudiera con razón ser tenido por autor de la paz universal, pues tenía Su Majestad paz con todos los otros príncipes y potentados de la Cristiandad. Mas después ha bien mostrado, por la obra, que no deseaba la paz de la Cristiandad, sino la guerra y revuelta de ella, pues que habiendo dado tan buenas prendas para guardar su fe, ni ha tenido cuidado de su honra, ni de su sangre; mas ha querido aventurarlo todo, poniendo en guerra a los que vivían en paz, pensando vengarse de lo que Dios, por castigarlo, había permitido, sin querer considerar, que aunque sean los hombres los que hacen la guerra, sólo Dios es el que da las vitorias, y aun las más veces, contra la opinión de los hombres; de manera que con razón toda la culpa de esta guerra se puede y debe atribuir al dicho rey de Francia, que rompiendo su fe y promesas ha querido más poner los otros príncipes y potentados en guerra, posponiendo los frutos que él dice seguirse de la paz, y los males que de la guerra nacen. Los cuales a él sólo se deben atribuir, en no seguir el verdadero camino de la paz, que tenía en sus manos, si el dicho rey de Francia quisiera en alguna manera ponerse en hacer (como dice) lo que debe por tener paz y atraer a ella toda la Cristiandad, para hacer guerra a los infieles, y mitigar la culpa y faltas pasadas, como en su cartel se contiene, nunca hubiera recusado la gracia muy grande que Su Majestad le hacía de renovar la capitulación de Madrid, suspendiendo el muy claro derecho que tiene en el ducado de Borgoña su antiguo patrimonio. Y dejando aparte otras muchas cosas que justamente le pertenecen, así en virtud de antiguos títulos como en virtud de la dicha capitulación de Madrid y con las condiciones y protestaciones hechas, era contento de libertar los hijos del dicho rey de Francia, conforme a lo que sobre esto con sus embajadores se había platicado, así en la ciudad de Palencia, como en esta ciudad de Burgos, y cuando sus mismos embajadores públicamente dijeron y declararon que la conclusión de la dicha paz solamente estaba en un pequeño punto: conviene a saber, si la restitución de Génova y Aste, y el retirar del ejército que el dicho rey de Francia tiene en Italia, se haría antes o después de la restitución de los dichos hijos, aunque por las comunicaciones de Palencia los dichos sus embajadores habían expresamente consentido en que el segundo capítulo de la capitulación de Madrid, que habla expresamente de la restitución y reparación de todo lo que fuese atentado contra genoveses y otros súbditos de Su Majestad, así antes como después de la dicha capitulación de Madrid, se debía enteramente guardar y cumplir según su tenor y forma, y que en virtud de la dicha capitulación se debía esto cumplir antes de la restitución de los dichos rehenes, todavía por dejar atrás un achaque, y no cumplir lo que por los dichos sus embajadores fuese capitulado, tampoco como lo que antes por las otras capitulaciones prometió, el dicho rey quiso poner este punto en dificultad para tener ocasión de romper la guerra y no venir a la paz, queriendo, so color de algunas seguridades e penas por su parte ofrecidas, dilatar la dicha restitución de Génova y Aste, y el retirar de su ejército, hasta que fuese hecha la restitución de sus hijos. Lo cual Su Majestad no podía ni debía consentir, siendo claramente avisado, que esta dilación no era sino para dejar la puerta abierta a nueva contienda, y que quedando el dicho ejército en Italia, después de la restitución de los rehenes pudieran nacer nuevos debates, que fueran causa de nuevo rompimiento; allende que, según se decía, la intención del dicho rey de Francia era de no restituir a Génova, mas dar a entender que los genoveses se hubiesen rebelado contra él, y que no fuese en su poder restituírla. Por lo cual Su Majestad, no queriendo ser más veces engañado ni menos dejar de hacer más de lo que debía, de manera que por él no quedase de concluirse la paz, fué contento, aunque no fuese a ello obligado, de ofrecerles que queriendo ellos retirar su ejército y restituir lo que eran obligados antes de la restitución de los rehenes, que para cumplimiento de lo que se había de cumplir, por su parte daría las mismas y aun mayores seguridades de las que ellos, por no hacerlo hasta después de la restitución de los rehenes, habían ofrecido, y se sometería a semejantes y aun mayores penas. Lo cual los dichos sus embajadores jamás quisieron consentir, diciendo no tener poder para ello. De manera que todo el principio del cartel que delante de Su Majestad leistes, se puede mejor volver contra el dicho rey vuestro amo; dándole a él solo toda la culpa de los males presentes y pasados, a causa de la guerra, y de los que adelante podrán suceder, disculpando a Su Majestad, que, con razón, de cualquier culpa está muy libre, como más largamente se podrá ver y conocer por la respuesta que se hizo a la apología que el dicho rey de Francia hizo imprimir por eximirse de sus faltas, a la cual respuesta, cuanto a esto, Su Majestad se remite.

«Cuanto al segundo punto de vuestro cartel, que habla de la prisión del Papa y de los males que se han hecho en la ciudad de Roma, Su Majestad os ha de palabra suficientemente respondido, y lo que os dijo se puede claramente averiguar por la misma capitulación agora poco ha hecha entre el Papa y Su Majestad para la libertad de Su Santidad, donde él expresamente confiesa lo que en Roma ha pasado haber sido hecho sin culpa de Su Majestad, por un ejército desordenado y sin cabeza. Y el capitán que decís haber estado a la guarda de Su Santidad, que es uno de los principales de quien Su Majestad en las guerras de Italia se ha servido, se hallará haber sido antes para defender y guardar que la persona de Su Santidad no fuese por la gente de guerra maltratada, que no por hacerle mal. Como claramente se ha conocido en el libertar de su persona, donde el dicho capitán se empleó como virtuoso caballero y buen cristiano, y como la razón requería. Y si al uno quisiere buscar la raíz de donde ha procedido la detención del Papa y los males que en Roma a causa de esta guerra han sido hechos, sólo al rey de Francia antes que a otro alguno se podrá atribuir la culpa de ello, como autor y promotor de la liga de donde la guerra procedió. De lo cual Su Majestad se tiene por justificado y excusado de toda culpa, por las justificaciones que estando en Granada envió a Su Santidad, respondiendo a lo que él le había escrito, las cuales no conviene aquí repetir, pues en diversas partes han sido imprimidas y publicadas.

»Al tercer punto de vuestro cartel en que decís que la diferencia que al presente puede haber entre Su Majestad y el dicho rey vuestro amo, principalmente está en el rescate y restitución de sus hijos, y que Su Majestad no se debía asir a lo que por fuerza y temor el dicho rey le había prometido, Su Majestad os manda responder que el dicho rey vuestro amo no os ha en esto bien informado; porque la diferencia que entre los dos hay no está en rescate alguno, sino en el cumplimiento de la fe y promesas del dicho rey vuestro amo, por las cuales sus hijos están en rehenes. Y, pues que él sabe la causa porque ellos están en rehenes, en su mano está cobrarlos sin rescate, haciendo lo que debe y lo que sin ser a ello forzado ni constreñido juró y prometió; porque un prisionero de justa guerra, como era el dicho rey de Francia, no puede justamente, ni según las leyes y derechos de guerra, contradecir los pactos que por su libertad haya hecho, diciendo haber sido forzado y constreñido a hacerlos, ni por aquí puede excusarse de no cumplir su fe y promesas, pues de otra manera no convernía jamás tomar fe de prisionero ni soltarlo sin que primero cumpliese y satisfaciese todo lo prometido, que sería causa de la perdición y muerte de mucha gente de bien (cosa muy inhumana). Y por algún derecho divino ni humano se puede el dicho rey de Francia excusar que no sea enteramente tenido y obligado a cumplir la dicha capitulación de Madrid, y que no haya faltado a su fe y promesa, como más largamente está declarado en la respuesta de su apología. Y aunque Su Majestad, por respeto de la paz y so las protestaciones por él hechas hubiese condecendido a suspender la restitución de Borgoña, y apartarse de otras cosas en la dicha capitulación de Madrid contenidas, y a restituirle con otras condiciones sus hijos, haciendo él por su parte aquello a que Su Majestad había condecendido en las pláticas de Palencia y de esta ciudad, procedía esto de mera gracia de Su Majestad y no por obligación ni porque tuviese la capitulación de Madrid por de menos vigor. Mas, pues, que el dicho rey de Francia no ha sabido en esto gozar de la gracia que Su Majestad le hacía, los ofrecimientos sobre estos hechos quedan de ningún efeto, consideradas las precedentes protestaciones, y Su Majestad queda en su entero derecho para lícitamente poder demandar el cumplimiento de la dicha capitulación de Madrid.

»Y cuanto a lo que dice que Su Majestad hubiera mucho más ganado en tomar el dicho rescate que le ha sido ofrecido que en continuar la guerra, parece que el rey vuestro amo toma mucho cuidado de la ganancia de Su Majestad, pensando por ventura que sea muy codicioso de dinero, de que él es más apartado de lo que él piensa. Y a lo que dice de la continuación de la guerra, Su Majestad la ha hasta agora hecho contra su voluntad, defendiéndose de las invasiones y ofensas del dicho rey vuestro amo y de sus tramas, de las cuales, cuando él se quisiere apartar, como por razón lo debría hacer, hallará mucha más ganancia de su parte.

»Cuanto al cuarto punto del vuestro cartel, en que nombráis los aliados y confederados del rey vuestro amo, y decís que ellos y otros príncipes y potentados tienen su parte, viendo que se ha puesto en razón y que Su Majestad no quiere venir en ella, y que la paz universal no se puede hacer en la Cristiandad, de donde se siguen los males de que decís se debe temer que Dios se enojará; a esto se os ha suficientemente respondido en el primer punto de vuestro cartel, donde se podrá claramente conocer qué juicio tienen aquellos que pretenden haberse el rey vuestro amo puesto en razón, viéndole hacer todas sus cosas contra razón y justicia y contra todo derecho divino y humano, de que con razón Dios se podrá enojar, y como justo Juez que conoce la verdadera justicia y lo intrínseco de los corazones, hará los juicios y demostraciones que ha acostumbrado hacer.

»Cuanto al quinto punto de vuestro cartel, que dice que por no haber Su Majestad aceptado los ofrecimientos y condiciones que el dicho rey vuestro amo le ha presentado, ni hacer con él una capitulación honesta, contentándose de un rescate más que razonable, ni querido pagar al rey de Ingalaterra lo que le debe, ni poner al Papa en su libertad, ni dejar a Italia en paz, os mandó que declarásedes y notificásedes a Su Majestad, juntamente con el dicho rey de Ingalaterra, que lo ternán por enemigo, declarando por nulos todas y cualesquier contratos entre él y Su Majestad hechos, y que por su parte no los quiere guardar, mas que por todas las vías que pudiere le hará guerra, etc. A esto os ha sido también respondido de la propria boca de Su Majestad sobre el desafío que le habéis hecho, que en ello no hay que replicar, porque Su Majestad con razón lo podía antes de agora tener por enemigo, pues le ha hecho, tanto tiempo ha, guerra, y continuándola todavía. Lo cual, verdaderamente, como él vos dijo, es cosa bien nueva y digna que en las crónicas quede de ella perpetua memoria, que un prisionero de su justa guerra, habiendo dado como él dió su fe, y no pudiendo por algún derecho desafiar ni aceptar desafío de otro más que si fuese esclavo, ose hacer acto de desafío contra la misma persona que su fe tiene en prendas, y de quien es justamente prisionero y las razones que para esto él alega, son bien frívolas para dar color de justificación a un acto semejante, pues aunque Su Majestad no hubiese aceptado lo que por parte del rey vuestro amo le ha sido ofrecido y presentado, ni querido contratar a su voluntad, no era obligado a hacerlo; aunque, no obstante esto, de su mera gracia, y por tener paz, se haya querido poner en más que razón, ofreciéndose a dejar mucho de lo suyo y de lo que justamente le pertenece. La deuda del rey de Ingalaterra no es causa para desafiar, visto lo que Su Majestad ha respondido, así a sus embajadores como también a vos mismo, y más claramente responderá a Clarenceao, rey de armas del dicho rey de Ingalaterra.

»Cuanto al Papa, como dicho es, él está libre, y cesada la causa del desafío, con razón debería cesar el efeto de él. De dejar a Italia en Paz claramente parece por lo sobredicho, y por lo que se ha respondido a los embajadores de Francia y Ingalaterra, como ninguno ha puesto, ni procura de poner tantas revueltas y continuaciones de guerra en Italia, como el dicho rey vuestro amo. Y cuando él las quisiere dejar, como sería razón, él verá cómo Italia estará en paz y reposo, y que Su Majestad no procura hacer sinrazón a alguno, sino de conservar lo que justamente le pertenece; y ansí cesan todas las causas y razones por las cuales el rey vuestro amo os mandó desafiar a Su Majestad, y la declaración que decís de tener él por nulos los conciertos, requiere otro juez que no él. Y aunque él de su voluntad diga no quererlos guardar, ya podría ser que Dios y justicia le forzasen a guardarlos, aunque de hacerlo no tuviese voluntad, especialmente considerando que después de ser libre y estando en su reino, donde no podía pretender miedo ni fuerza, por sus proprias cartas escribió a Su Majestad que quería guardar y cumplir todo lo que le había prometido, que es bien contrario a lo que agora os mandó decir.

»Cuando al sexto punto de la protestación que vuestro cartel contiene, parecería cosa más conveniente hacer las obras conformes a la protestación que con obras, contrarias deshacer el efeto de ella, y muy más justa y verdadera protestación puede Su Majestad hacer ante Dios y todo el mundo, que no ha quedado ni quedará por él que la paz universal en toda la Cristiandad no se concluya, y que por alcanzarla se ha puesto y siempre porná en más de lo razonable, de lo cual Dios, que conoce las intenciones, será el Juez. Y por esto Su Majestad asimismo protesta, que entiende de cobrar del dicho rey de Francia todos los intereses y daños que le vernán a causa de esta guerra, y que no le dejará sus hijos sin que sea primero enteramente pagado, así de los daños y intereses que después de la capitulación de Madrid acá le han sucedido, como de los que de aquí adelante le podrán suceder: y que de todos tos otros males, intereses y daños que de esta guerra se podrán seguir, no se pueda echar culpa a Su Majestad, sino al rey vuestro amo, como autor, promotor y provocador de la guerra, sin tener para ello causa; de lo cual no será menester llamar (como él hace) a Dios por testigo, sino dejárselo a El juzgar y ejecutar, como a su divina justicia pertenece.

»Cuanto al último punto de los cuarenta días para retirar los mercaderes y mercaderías, porque la cosa no sería igual habiendo ellos mucho ha avisado los suyos y no habiendo tiempo para avisar en todos lugares adonde están los súbditos de Su Majestad en toda Francia y Ingalaterra. Su Majestad no lo puede ansí aceptar. Mas asignando un día competente para tratar sobre la restitución de los súbditos mercaderes y de sus bienes, que se podrían tomar o serían ya de una parte y de otra tomados, Su Majestad será contento de entender en ello, habida desto respuesta.»

Respuesta al cartel, presentado por Clarenceao, rey de Armas de Ingalaterra.

«Respondiendo a lo que vos, Clarenceao, rey de armas del rey de Ingalaterra, habéis dicho de boca a la Sacra Majestad del Emperador nuestro señor, en nombre del dicho señor rey vuestro amo, y después que de palabra Su Majestad os respondió distes por escrito firmado de vuestro nombre, por satisfacer más ampla y particularmente, Su Majestad os manda aquí responder en la manera siguiente:

»Primeramente, cuanto al primer punto que el dicho rey vuestro amo os mandó decir que viendo la necesidad que hay de paz en la Cristiandad, así por los sucesos del Turco en la ocupación de Rodas y invasión de Hungría y levantamientos de nuevas setas, como por las guerras encendidas en la Cristiandad, y por lo que dice haber sido hecho en Roma por el ejército y ministros de Su Majestad, con los execrables males en vuestro cartel contenidos, y porque la raíz y debates de la dicha guerra proceden de las contiendas que hay entre Su Majestad y el rey de Francia, para poner fin en ellas había enviado a Su Majestad sus embajadores, y otros al dicho rey de Francia, con el cual dice haber tanto hecho, que por el amor que le tiene vino a ofrecer a Su Majestad tan grandes y razonables partidos, que honestamente no los podía ni debía rehusar, y que por todas las demostraciones en el dicho cartel contenidas, hechas por parte de sus embajadores, Su Majestad nunca los había querido aceptar. Verdaderamente, hasta agora Su Majestad siempre ha tenido al dicho rey vuestro amo por buen medianero y amigo de entramos, y esperaba que él debía ser el mejor y más conveniente ministro para tratar la universal paz en la Cristiandad, especialmente constándole cómo él mismo, y su cardenal en su lugar, habían, así por cartas del mismo rey de Francia como por otras cartas y actos, después de muchas disputas sobre esto habidas, visto, conocido y declarado cómo el rey de Francia era el primer agresor y promovedor de la guerra, y violador de la paz, y que por esta causa el dicho rey de Ingalaterra, en virtud de la capitulación hecha en Londres, se declaró por enemigo del dicho rey de Francia y tomó las armas contra él, como rompedor de la paz y causador de la guerra. Por lo cual, con razón, agora no a Su Majestad, mas al dicho rey de Francia, debía echar la culpa de todos los males que a causa de esta guerra después se han seguido en la Cristiandad, así en Rodas y Hungría como en Roma y en Alemaña, pues Dios y todo el mundo saben que nunca ha quedado ni quedará por Su Majestad, que las convenientes provisiones contra los turcos, infieles y herejes no se hagan, y que lo que en Roma se ha seguido, ha sido sin mandado, consentimiento ni voluntad de Su Majestad, y sin culpa suya, como él de palabra os dijo, y como el mismo Papa lo confiesa, y nunca Su Majestad ha dejado de condescender a cualesquier honestos y razonables medios de paz, dejando mucha parte de lo que justamente le pertenece por complacer al dicho rey vuestro amo, y aún por su respeto, dejando mucho de lo que el dicho rey de Francia había de su propria voluntad al virrey de Nápoles prometido, antes que el rey vuestro amo en esta paz se entremetiese. Por respeto de la cual, Su Majestad, pensando complacerle y agradarle, había condescendido a aceptar tales condiciones, que por ninguna otra persona del mundo quería aceptar; pues, de otra parte, en ninguna manera se puede con verdad decir que el dicho rey de Francia haya en esto cosa alguna hecho por el rey vuestro amo, sino disminuir y quitar por su medio mucha parte de lo que antes al virrey de Nápoles había ofrecido. Mas agora que el dicho rey vuestro amo hace en esto tan mal juicio, queriendo echar toda la culpa a Su Majestad no teniéndola, y excusar al rey de Francia, que la tiene toda, habiéndoos mandado hacer este acto, declarándose por enemigo de necesidad; o él debe haber olvidado las cosas pasadas, o está mal informado de lo presente, o que para lo venidero no tiene buena voluntad, en lo cual Su Majestad se hallaría bien engañado de la confianza que de él tenía.

»Cuanto al segundo punto, que habla de la libertad del Papa, ya Su Majestad os respondió de palabra cómo estaba libre, y tiene Su Majestad nuevas ciertas cómo fué libertado, y, sin embargo alguno, partió de Roma a seis días del mes de diciembre. De lo que en Roma pasó y se hizo contra Su Santidad, luego que Su Majestad fué avisado escribió al rey vuestro amo su justificación y rogándole que, como su buen hermano y como príncipe cristiano, le quisiese aconsejar y ayudar en lo que le parecía que por servicio de Dios y bien de la república cristiana, en esto se debía hacer, a lo cual él nunca respondió. Por donde parece que no es esto lo que le mueve a hacer lo que agora ha hecho, pues si él tanto deseaba la libertad del Papa, habiéndole Su Majestad escrito (como dicho es) y hecho con él un tan gran cumplimiento, pudiera y debiera amigablemente avisarle de lo que quería que en este caso hiciese, como se lo había rogado, y no tomar achaque para hacer guerra donde no lo hay. Allende de esto, bien debe saber el rey vuestro amo, pues en vuestro cartel carga sobre la proteción del Papa y de la Santa Sede Apostólica, a Su Majestad perteneciente, que en esto Su Majestad ni ha hecho ni querría hacer falta alguna al cargo que de Dios para esto tiene, y se empleará Su Majestad también en lo que pertenece a protector de la Santa Sede Apostólica, como el rey vuestro amo en lo que pertenece al oficio de defensor de la fe. Y cuando el lino y el otro hicieren lo que deben, la Cristiandad ganará en ello, y no serán sostenidos ni favorecidos los que de su fe se apartan, la cual, según derecho divino y humano, a amigos y enemigos debe ser inviolablemente guardada.

»Cuanto al tercer punto, que habla de las deudas que Su Majestad por muchas obligaciones y otros medios debe, sin declarar lo que es, Su Majestad os ha de palabra respondido que nunca él ha negado la deuda de los dineros prestados, ni rehusado de pagarla. Y si en la paga de ella ha habido dilación, ha sido porque los embajadores del rey vuestro amo, hasta el punto del rompimiento, trataban de pasarse de los dineros del rey de Francia, y después del rompimiento, sólo por falta de poder, como ellos dicen, causado, demandaron la paga de todas las deudas en dinero contado y presentaron una escritura en que no solamente demandaban el dinero prestado, mas allende de esto, la obligación de la indemnidad por cuatro años y cuatro meses, a razón de ciento y treinta y tres mil y trecientos y cinco escudos cada año. Y demás desto, quinientos mil escudos por la pena de no haber cumplido el casamiento con la princesa, su hija, concertado. A lo cual Su Majestad les mandó responder por escrito, cuanto a las deudas de dinero prestado, pues confesaban no tener consigo las obligaciones originales ni las prendas y joyas, por una parte, de las dichas deudas empeñadas. Su Majestad, confesando desde entonces deber todo aquello que montarían las dichas obligaciones, se ofreció de pagarlo dentro del término que el derecho da a los condenados en deudas para pagarlas, con condición que se diputase lugar conveniente y a entrambas partes seguro, donde la dicha paga se hiciese, y que al mismo instante el dicho rey de Ingalaterra enviase allí personas con poder para recebir y dar cartas de pago, y juntamente restituir las dichas prendas y originales obligaciones, para romperlas, como es razón.

»Y cuanto a lo que demandaban de la indemnidad y pena, se respondió a los dichos embajadores que, pues su poder no hacía expresa mención de demandar aquello, mas solamente las deudas en general, que se entendía de las mismas deudas líquidas y claras, que Su Majestad no creía que en tales demandas quisiesen insistir, y que si lo quisiesen hacer, Su Majestad pertinentemente les respondería a ello y enviaría a informar al rey, vuestro amo, de las causas por que se debía apartar de las dichas demandas y tenerse por contento. Y porque entonces las dichas causas no fueron dadas por escrito a los dichos embajadores, aunque algunas de ellas de palabra les fueron dichas, ha querido Su Majestad que se ponga en esta respuesta; porque si el dicho rey de Ingalaterra, debajo de esta generalidad quisiese pretender serle debido lo que monta la dicha indemnidad, y la dicha vena del casamiento, sepa todo el mundo que no ternía justa causa de demandarlo en la forma y manera que los dichos embajadores lo demandaron. Porque cuanto a la indemnidad, hay cinco urgentísimas razones con las cuales los dichos embajadores debrían ser expelidos de la dicha demanda, aunque tuvieran especial poder para la demandar.

»La primera razón es que la obligación de la dicha indemnidad se funda en la retención de las pensiones y dineros por el dicho rey de Francia al dicho rey de Ingalaterra y a sus sucesores debidos en cada un año, en virtud de sus contratos y obligaciones, y no mostrando los dichos contratos y obligaciones, y sin que primero conste de la deuda principal, no puede valer la obligación de la indemnidad, pues no se debe dar crédito a lo que en la dicha obligación se contiene, si no consta de las otras obligaciones a las cuales ella se refiere, porque la indemnidad es accesoria de la principal obligación, y sin la principal la accesoria no puede haber lugar.

»La segunda razón es porque las causas en que la dicha indemnidad se funda parecen no ser verdaderas, habiéndose hecho la obligación en Ingalaterra antes que Su Majestad pasase en España, el mismo día que se hizo la capitulación de Windisora; de manera que no puede ser verdad lo que dice ser por la ayuda dada a Su Majestad para pasar en España, no siendo aun pasado, ni se podría verificar por la pasada de Calés a Dobla, pues por aquello fué concertado en la dicha capitulación de Windisora, que Su Majestad sería obligado a dar al rey de Ingalaterra otra tal ayuda cuando quisiese pasar en Francia, de manera que la dicha ayuda no podría venir en consideración para que por ella le fuese prometida la indemnidad, ni tampoco lo que dice, que por haberse declarado el rey, vuestro amo, por enemigo del rey de Francia, y por amor del Emperador tomado las armas contra él, le había el rey de Francia tomado la paga de un año de las dichas pensiones, porque si quiere decir haberse declarado y tomado las armas en virtud de la capitulación de Windisora, en que la dicha indemnidad se funda, no se podría decir haberse él declarado ni perdido cosa alguna en virtud de la dicha capitulación, pues por ella la declaración no se podía hacer hasta la fin del mes de mayo del año de quinientos y veinte y cuatro. Y queriéndose fundar en la declaración antes hecha, que no podría ser más de un mes antes de la dicha capitulación de Windisora, habría de confesar una de dos cosas: o que la dicha declaración fué hecha en virtud de la capitulación de Londres, por haberla el rey de Francia rompido, y en este caso, siendo la obligación de la dicha capitulación recíproca, no podría haber justa causa para obligar a Su Majestad a la dicha indemnidad, o que la dicha declaración hubiese sido hecha, como parece más verisímil, por haber el rey de Francia pagado lo que debía, lo cual por ninguna manera se puede decir haber sido hecho a causa de Su Majestad. De suerte que en cualquier manera que sea, la dicha obligación se hallaría ser hecha por errónea y falsa causa, y, por consiguiente, no sería válida.

»La tercera razón es que queriendo el cardenal Diorch, autor y persuasor de esta indemnidad, usar de buena fe y confesar la verdad, no se le habrá olvidado cómo por parte del rey, vuestro amo, dijo a Su Majestad, en presencia de algunos del su Consejo, que no entendía que jamás pagase cosa alguna de la dicha indemnidad, mas que esto se hacía por contentar los del Consejo y súbditos de su rey para que pensasen que, en lo que se hacía, el rey no podía recibir daño. De manera que, bien consideradas las causas, el tiempo y la forma de la dicha obligación, y ante quien se hizo, se podrá claramente conocer que la dicha obligación de indemnidad es nula y de ningún valor.

»La cuarta razón es, que habiendo el dicho rey de Francia en el concierto de Madrid y con juramente afirmado que el dicho rey de Ingalaterra estaba pagado y contento de todas las deudas pasadas, ofreciendo de mostrarlo por el concierto hecho, con el dicho rey; y tomando a su cargo la dicha indemnidad, lo cual los embajadores del dicho rey de Ingalaterra, en su nombre, aceptaron, consintiendo expresamente que cuanto a este artículo la dicha capitulación de Madrid quedase en su vigor, no sería cosa razonable que el dicho rey, vuestro amo, quisiese desto ser pagado dos veces.

»La quinta razón es, que aunque todas estas causas cesasen, demandando los dichos sus embajadores la dicha indemnidad por cuatro años y cuatro meses, y no debiéndose (aunque la obligación fuese válida) más de por tres años, jurídicamente todo se podría negar.

»Cuanto a la pena que los dichos embajadores demandaban, hay tres razones muy evidentes y perentorias para mostrar cómo ni puede ser debida ni justamente demandada.

»La primera, porque por Derecho civil y canónico, toda estipulación penal por la cual se estorba la libre facultad de poderse casar en otra parte, es nula y de ningún valor y no puede justamente ser demandada.

»La segunda, aunque la obligación de la dicha pena fuese válida, el dicho rey vuestro amo no se podría fundar en la capitulación de Windisora, donde la dicha pena fué puesta sin probar primero haber por su parte él enteramente cumplido todo lo contenido en la dicha capitulación, lo cual él no sabría ni podría hacer. Y en tal caso, Su Majestad no sería obligado a prueba alguna, mas solamente bastaría decir cómo el dicho rey no ha cumplido por su parte, y que por esto no se podría fundar en las promesas de la dicha capitulación.

»La tercera razón es, que antes que Su Majestad se casase, requirió al dicho rey, vuestro amo, que le enviase su hija a estos reinos, para satisfacer a sus súbditos, que le daban priesa en que se casase, deseando tener sucesor, o que le consintiese casar en otra parte. Y él quiso más enviar poder a sus embajadores para consentir en otro casamiento, que enviar acá su hija. Y allende desto, a la sazón no solamente el rey, vuestro amo, había dejado de cumplir por su parte lo que era obligado, mas se hallará haber rompido en diversas maneras la dicha capitulación, así por lo que ya era público como por lo que se descubrió por ciertas cartas que fueron tomadas, en que parecía como el rey, vuestro amo, trataba de casar su hija con el rey de Escocia, su sobrino. Y este trato fué comenzado mucho tiempo antes que Su Majestad con la Emperatriz se casase. De manera que aunque la estipulación de la dicha pena fuese válida, el mismo rey, vuestro amo, habría incurrido en ella, y la debría pagar a Su Majestad, pues era recíproca, bien que Su Majestad no querría insistir en tal demanda como cosa por derecho (como dicho es) reprobada. Y también por haber el dicho rey de Inglaterra, contra la forma de la dicha capitulación de Windisora, hecho venir con salvoconducto y tenido un año en su corte un hombre llamado Juan Joaquín, tratando y platicando secretamente de parte del dicho rey de Francia y recibiendo después públicamente al Presidente de Roan como embajador del dicho rey de Francia, lo que sin contravenir a la dicha capitulación no podía hacer. Y en este medio, porque el embajador que Su Majestad en Ingalaterra tenía, escribía la verdad de lo que veía y entendía y de lo que pasaba, fué en el dicho reino de Ingalaterra maltratado y amenazado, tomándole las letras que escribía a Su Majestad y abriéndolas los ministros del dicho rey contra todo derecho divino y humano y contra la forma de la dicha capitulación. Y lo que peor es, después de la prisión del rey de Francia, siendo el rey, vuestro amo, de parte de Su Majestad requerido que, conforme a la dicha capitulación, y para que juntamente pudiesen concertar lo que entrambos contra el dicho rey de Francia pretendían, para hacer de común consentimiento una buena paz en que cada uno de ellos alcanzase lo que le pertenecía, enviase para esto poder a sus embajadores, con las demandas de lo que pretendía; con lo cual está claro que se pudiera haber hecho una buena y durable paz en la Cristiandad, mas nunca el rey, vuestro amo, quiso venir en ello, pensando aprovecharse más por otra parte; y esto ha sido causa de todas las revueltas que después se han seguido. Lo cual todo fué hecho y atentado por el dicho rey, vuestro amo, antes que Su Majestad se casase ni concertase con el rey de Francia, en el cual tiempo Su Majestad no se podía decir ser ya obligado a guardar la dicha capitulación de Windisora, ni, por consiguiente, a pagar la dicha pena. Y todo esto había Su Majestad pospuesto, sin quererse quejar de ello, pensando de conservar la amistad del rey, vuestro amo, y tiene Su Majestad mucho pesar y desplacer de ver que es forzado declararos todo esto por su justificación, porque holgara más de callarlo, si el acto que el rey, vuestro amo, os mandó hacer no tocase tanto a su honra, y no le obligase a defenderla y a rechazar la infamia que el rey, vuestro amo, con sus razones mal fundadas le quiere atribuir, echándole culpa donde no la tiene.

»Cuanto al cuarto punto, en que recopilando lo dicho reprendéis a Su Majestad, que sin tener respeto a la honra de Dios, ni a la necesidad de la Cristiandad, ni a la reverencia que deba a la Santa Sede Apostólica, ni a la persona del Papa, ni a los placeres que Su Majestad ha del rey, vuestro amo, recibido, ni a la fe, palabra y promesas tantas veces a esta causa dadas, os ha mandado lo que en vuestro cartel se contiene; verdaderamente estas son reprensiones de que Su Majestad se halla muy libre y es harto notorio no caber en Su Majestad, y que con más razón se podrían decir de otros. Pero Su Majestad no hace caso de ello, por parecer no cosa conveniente a tales príncipes combatir con palabras injuriosas, y fuera más honesto al rey vuestro amo callarlas. Mas cuanto a fundarse en que Su Majestad no haya querido aceptar los últimos ofrecimientos que dice haberle hecho por su final resolución, parece bien por lo que en este acto se ha seguido, que el rey, vuestro amo, había concluido de desafiar a Su Majestad sin esperar su respuesta, si quería aceptar los dichos ofrecimientos o no, porque si él estuviera tan resoluto a la paz como decís, debiera primero saber lo que Su Majestad habría respondido a los dichos ofrecimientos, y después pudiera juzgar en quién estaba 1a culpa, y hallara en las respuestas de Su Majestad, que se fiaba mucho más en la simple palabra del rey de Ingalaterra que en todas las otras seguridades, no sabiendo lo que tenía en el corazón, y como por la obra agora ha mostrado, parece que Su Majestad no tenía causa de fiarse de él; especialmente que habiendo Su Majestad satisfecho a todos los últimos ofrecimientos, a contentamiento de sus embajadores, excepto en un solo punto del retirar del ejército y de la restitución de las cosas asentadas después de la capitulación de Madrid, lo cual los mesmos embajadores de Francia, en las comunicaciones de Palencia, habían concedido que se hiciesen conforme al segundo capítulo de la dicha capitulación, que era de lo que se había de cumplir ante la restitución de los rehenes, y por dejar atrás algún achaque lo querían dilatar, hasta después de la restitución de los dichos rehenes, cosa muy fuera de razón. Por donde se puede claramente conocer que ninguna respuesta que Su Majestad pudiera haber dado, bastara para hacer la paz, sino para encender muy mayor guerra, considerando que el cartel leído por el rey de armas de Francia es hecho a 11 de noviembre, y que los mesmos reyes de armas han continuamente estado en esta corte con sus carteles, mientras duraban las comunicaciones de los embajadores, que, como el efeto ha mostrado, no eran sino para en este medio tener descuidado a Su Majestad, con esperanza de paz, armándole por otra parte la guerra, por tomarlo desproveído, de que, con ayuda de Dios, y de la lealtad de sus súbditos, se piensa bien guardar.

»Cuanto al quinto punto, que habla de constreñir a Su Majestad por fuerza de armas, ha os Su Majestad de su propria boca tan virtuosamente respondido, que no hay necesidad de otra respuesta. Y a lo que el rey, vuestro amo, dice, que quiere inviolablemente guardar su fe al rey Cristianísimo y a los otros sus confederados, mucha razón sería que la fe se guardase, no solamente por él, mas también por cualquiera otro, y que ninguno buscase color para la romper, ni hacerla romper a otros.

»Cuanto a la declaración de la enemistad y desafío, Su Majestad ha de palabra suficientemente respondido, y no sin causa dijo que rogaba a Dios que el rey, vuestro amo, no le diese más causa de hacerle guerra que él pensaba habérsela a él dado.

»Porque si es verdad lo que por Ingalaterra y Francia y otras partes se dice, que quiere dejar la reina, su mujer, tía de Su Majestad, para casarse con otra, lo que Su Majestad no puede acabar de creer, habiendo visto y teniendo en sus manos las dispensaciones del dicho casamiento, tan amplas y tan ajenas de subreción (las cuales está aparejado a presentar a donde convenga) que en ninguna manera podrán justamente dar lugar al dicho apartamiento, si no quisiese contradecir el poder del Papa, lo cual no es creíble que él quiera atentar por los grandes escándalos que de aquí se podrían seguir en revuelta de otros muchos reinos y señoríos. Ternía en tal caso Su Majestad más justa causa de hacer guerra al dicho rey vuestro amo, que de esperarla de él, para obviar a tan grande injuria, excitando todos los otros reyes y príncipes a quien la tal injuria podría también tocar. Y en tal caso mostraría bien el rey, vuestro amo, qué fe, qué religión, qué conciencia y qué honra ternía ante sus ojos, y daría bien a conocer la intención que habría tenido de casar su hija con Su Majestad si tuviese fin de hacerla bastarda; aunque Su Majestad no puede (como dicho es) acabar de creer que un príncipe como él se dejase atraer a una cosa de tan mal ejemplo, si no fuese por la siniestra y perversa información de su cardenal, que por su demasiada ambición y codicia, y porque Su Majestad no quiso emplear su ejército de Italia en hacerlo Papa por fuerza, como le había hecho rogar por cartas del rey su amo, y él también rogado por cartas escritas de su propria mano; ni satisfacer a su soberbia, ambición y codicia, se ha muchas veces alabado que pornía tantas revueltas en los negocios de Su Majestad que en cien años no fuese vista otra revuelta; de manera que Su Majestad se arrepentiría, aunque el reino de Ingalaterra se debiese perder. Y si el rey vuestro amo quiere creer el mal consejo del dicho cardenal, éste sería el verdadero camino para venir a ello, y sería la verdadera revuelta que habría hecho, que después no podría pacificar.

»Por todas las sobredichas justificaciones, las cuales Dios, que es justo Juez, y conoce los corazones de los hombres, podrá mejor que otro considerar, espera Su Majestad que la divina clemencia no ha de faltar a su justicia, ni a la defensión de su justa causa, como nunca hasta agora le ha faltado. Y pues él conoce quién son los que tienen inclinación a la paz, tiene Su Majestad por cierto que a su tiempo la dará a aquellos en quien hallare buena voluntad, protestando delante de Dios y de todo el mundo, que los males, daños y intereses que desta guerra, se seguirán, sean a culpa de los que de ella han sido causa.

»Finalmente, cuanto al último punto del retirar de los mercaderes, Su Majestad responde lo mismo que al último capítulo del cartel de parte del rey de Francia ha dado y respondido, y demás dice haber sabido cómo mucho ha que en Ingalaterra (como aquellos que sabían este rompimiento) habían publicado que todos los súbditos del dicho rey se guardasen de enviar mercaderías a los reinos y señoríos de Su Majestad, mostrando en esto tener la intención más a la guerra que a la paz inclinada. Por lo cual, la cosa no sería igual estando los unos avisados y prevenidos, y los otros no pudiendo ser avisados a tiempo que puedan retirar sus haciendas. Por esto sería conveniente que se hiciese un concierto recíproco, que con razón a los súbditos de la una parte y de la otra pudiese satisfacer, como al cartel del rey de Francia se ha respondido, en lo cual Su Majestad será contento de entender, habida sobre ello respuesta.»

Estas respuestas de verbo ad verbum, como aquí van, fueron leídas a los dichos reyes de armas de Francia y Ingalaterra por Juan Alemán, señor de Bouclans, primer secretario, y del Consejo secreto de Su Majestad, en presencia de muchos caballeros y personas principales de la casa y Consejo de Su Majestad que a este acto, en la posada del dicho Juan Alemán, presentes se hallaron. Y leídas, las dió y presentó, de parte de Su Majestad, a los dichos reyes de armas, a cada uno la suya; y ellos dieron fe de cómo las recibían.

»En Burgos a 27 de enero, año de mil y quinientos y veinte y ocho.

Dónde nació la ocasión de los desafíos entre el Emperador y rey de Francia.

Si bien dije la ocasión que el rey de Francia tuvo para desafiar al Emperador, que procedió de las palabras que en Granada dijo el César al embajador francés, quejándose del rey por no haber cumplido lo que prometió en Madrid, volveré a repetir lo que ya dije, refiriendo dos cartas, una del embajador de Francia para el Emperador, y la que en respuesta de ésta se le envió, para que de caso tan raro y nunca oído entre tan grandes príncipes, se tenga entera noticia, y pueda cada uno saber la causa total de estos desafíos, y cuál de los dos príncipes debe ser culpado.

Es, pues, de saber, que en las capitulaciones de Madrid hay un capítulo, que es el cuarto, por el cual el rey de Francia promete (como queda visto) y da su fe de tornar a la prisión cuando al tiempo señalado no cumpliese lo que por la dicha capitulación prometía. Asimismo es de saber cómo hecha esta capitulación, los dichos dos príncipes se vieron, y entre otras muchas cosas que hablaron, el Emperador dijo al rey de Francia que si no le cumplía su fe diría que lo había hecho laschemente y meschantemente. A lo cual expresamente consintió el mismo rey de Francia; y aunque no cumplió en el tiempo concertado, no solamente rompió su promesa, mas procuró y tornó a comenzar la guerra contra el Emperador en diversas partes, con muy malas artes, como es notorio.

El Emperador, esperando todavía si por dicha el rey de Francia vernía en conocimiento de la falta que hacía, como así de palabra por cartas, y también por sus embajadores mostraba querer hacer, disimulaba esta falta y nunca la quiso zaherir al rey de Francia, hasta que el mes de septiembre del año de mil y quinientos y veinte y seis, estando el Emperador en Granada, el segundo presidente de Burdeos, embajador del dicho rey de Francia, le requirió de su parte que le restituyese sus hijos, que le tenía en rehenes, amenazando, si no lo quería hacer de grado, se lo haría hacer por fuerza; y esto sin querer cumplir lo que por la capitulación de Madrid había jurado y prometido.

Entonces el Emperador dijo al dicho embajador, que su amo había hecho laschemente y meschantemente en no le haber guardado su fe.

Después de esto, al tiempo que los reyes de Francia y de Ingalaterra desafiaron en Burgos al Emperador, Su Majestad dijo a Guyena, rey de armas del dicho rey de Francia, que dijese a su amo que supiese del embajador las palabras que en Granada le había dicho, si no las había aún sabido. Y replicando el embajador que no sabía qué palabras podían ser aquéllas, Su Majestad se las envió por escrito, como parece por las cartas que adelante serán insertas. Y aunque después el rey de Francia, en una escritura que envió con su cartel, afirma no haber aun sabido las palabras, por lo que dicho es se puede claramente conocer si son verdaderas o no, y si el dicho rey de Francia ha hecho todo aquello a que como caballero es obligado.

Allende desto, va aquí, tras las dichas cartas, inserto el cartel del rey de Francia y la escritura que con él vino, con la relación de todo lo que hizo el rey de armas que lo trujo; y al fin está puesta la relación de lo que Borgoña, rey de armas del Emperador, hizo después que fué enviado en Francia, juntamente con el cartel, y respuesta del Emperador al cartel y escritura del rey de Francia, y el traslado del sobredicho capítulo de la capitulación de Madrid. Lo cual todo bien visto y considerado, podrá cada uno fácilmente juzgar lo que cada uno de los dos príncipes ha hecho, y a cuál de ellos se debe dar la culpa de no haberse efetuado este combate.

Especialmente, entre otras razones, considerando el tiempo y la manera de la publicación del cartel del rey de Francia, que fué mucho después que las palabras fueron dichas y traídas a la memoria. Y vuelto el dicho Guyena en Francia, hecho el desafío de Burgos, y que el rey de Francia solamente pretendía de dar el cartel al embajador del Emperador, que a la sazón estaba preso en Francia, como parece por la escritura con el dicho cartel enviada. Y considerada la dilación que después hubo en enviar el cartel, no embargante que el embajador del Emperador ofreciese muchas veces de darles salvoconduto para envialle, y que luego, como al Emperador fuese pedido, lo envió por tres partes, y la humanidad y buen contentamiento con que el Emperador recibió y hizo despachar al rey de armas Guyena, que lo trujo, como parece por la certificación del mismo rey de armas, considerando así mismo las dilaciones y embarazos que fueron puestos al rey de armas de Borgoña cuando llevó el cartel del Emperador, en que respondía al rey de Francia, y las maneras que tuvieron en guardarlo y ponerle miedo, y protestar contra él si vestía su cota de armas. Y que el rey de Francia, siendo tan gran príncipe, no considerando la calidad y privilegios de los reyes de armas, y que allende de esto el dicho Borgoña tenía salvoconduto, y olvidándose del buen tratamiento que el Emperador había hecho a su rey de armas Guyena, usó él de tan ásperas palabras con el rey de armas Borgoña, vedándole que no hablase ni dijese lo que traía a cargo, ni cumplíese lo que debía a su oficio, so color que primero quería le diese la seguridad del campo, antes que oír ni aun la primera respuesta del Emperador, de la cual dependía y se debía fundar la seguridad del campo; y también en la declaración de las palabras, sobre que el rey de Francia ofrecía el combate como de cosa dicha en su ausencia; pudiendo también el Emperador proponer la culpa de esto ser muy notoria, y que fácilmente se podría probar, especialmente por firmas de la propria mano del rey y de sus principales criados, por donde pudiera alegar no haber lugar el combate o ser el rey incapaz y inhábil para combatir, o a lo menos provocador y demandador o otras causas competentes y razonables, que por derecho y disciplina militar se podrían determinar sin prevenir ni resistir en la seguridad del campo.

La cual, no embargante esto, el Emperador, por abreviar el efeto del combate, enviaba juntamente con su respuesta con el dicho rey de armas Borgoña, y era tal, que considerada la calidad de ellos, por ninguna razón ni manera honesta el rey la podía ni debía rehusar, si tuviera gana de combatir; especialmente habiendo el dicho rey de armas Borgoña, antes que entrase en Francia, declarado y asegurado que llevaba la dicha seguridad del campo, como adelante parecerá por su relación. Por donde podrá cada uno conocer la poca gana que el rey de Francia tenía de este combate.

Poniendo por orden todo lo que sobre este combate ha pasado, se sigue aquí primero una carta que el embajador del rey de Francia escribió al Emperador, después del desafío de Burgos.

Carta del embajador del rey de Francia al Emperador.

»Sire: por la respuesta que Vuestra Majestad dió al rey de armas Guyena, cuya copia va dentro de ésta, parece desear Vuestra Majestad que el rey mi amo sea avisado de ciertas palabras que Vuestra Majestad me dijo en Granada; y yo, por cumplir la voluntad de Vuestra Majestad y porque parece quedar yo culpado por la dicha respuesta en haber tanto tardado en hacer saber las dichas palabras al rey mi señor, he con mucha diligencia procurado con Vuestra Majestad, por medio del señor de Laxao y de Lope Hurtado de Mendoza, de haber licencia para ir a hacer saber las dichas palabras al rey mi señor. Y al fin, cumpliendo vuestro mandado, envié al dicho Lope Hurtado, con un correo proprio, una carta escrita al reverendísimo cardenal de Sans, chanciller de Francia, con una copia de mi relación verbal, en que se contienen las dichas palabras, para que las haga saber al rey mi señor.

»Sire, después Vuestra Majestad mandó a Lope Hurtado que escribiese al comendador Figueroa que me dijese que por la escritura que yo enviaba al dicho señor cardenal, parecía no tener yo memoria de todas las palabras que Vuestra Majestad me dijo en Granada; mas que tenía por cierto que cuando yo estuviese con el rey mi señor me acordaría de todo para decirle la verdad, y me volvió el dicho Figueroa mi carta y copia.

»Sire, cuando yo escribí aquellas palabras tenía la memoria de ellas mejor y más fresca que la podré tener cuando sea con el rey mi amo, al cuál no podré decir más de lo que en la dicha relación se contiene. Todavía, si parece a Vuestra Majestad que yo no me acuerdo bien de lo que me dijo en Granada, y es servido de reducirmelo a la memoria, y mandar que me sea escrita, sin falta yo la haré saber al rey mi amo. Sire, suplico muy humilmente a Vuestra Majestad que, por mi descargo, y porque yo no incurra en la indignación del rey mi señor, de que se me podría seguir mucho daño, que tenga por bien de hacerme tanto bien y merced de darme licencia para que yo pueda ir al dicho rey mi amo a hacerle saber las palabras contenidas en mi relación verbal y las otras que Vuestra Majestad me reducirá a la memoria; y también para dar mis justificaciones de la tardanza que he hecho en hacérselo saber, y yo quedaré obligado sobre mi fe de volver en España, caso que el embajador de Vuestra Majestad, que está con el rey mi amo, no llegare al dicho tiempo en España, o que pueda yo enviar al dicho rey mi señor uno de mis criados; o, a lo menos, que Vuestra Majestad sea servido de mandar que la carta que yo escribo al cardenal de Sans, con la copia de mi relación verbal, sea enviada al capitán de Fuenterrabía, para que él, por un trompeta, la haga dar al gobernador de Bayona, el cual la enviará al dicho señor cardenal. Y suplico a Vuestra Majestad no me quiera negar una cosa tan razonable como esta, que, pues como parece por la respuesta que Vuestra Majestad dió al dicho Guiena, desea tanto que el rey mi amo sepa estas palabras. Y también conviene esto mucho a mi descargo; cuanto más presto, será mejor. Sire, yo ruego a Dios que de a Vuestra Majestad muy buena y luenga vida. De Poza, a 18 de hebrero.

»Vuestro muy humilde y muy obediente servidor, JUAN DE CALVIMONT.»

Lo que el Emperador respondió al rey de armas Guyena, de que en la sobredicha carta se hace mención.

«Allende desto diréis al rey vuestro amo, que creo no ha sido avisado de ciertas cosas que yo dije en Granada al presidente de Burdeos, su embajador, lo cual mucho le toca, y lo tengo yo en tal caso por tan gentil príncipe, que si lo hubiese sabido me habría ya respondido, que hará bien de saberlo de su embajador; porque por allí conocerá cuánto mejor le he yo a él guardado la que en Madrid le prometí, que él a mí lo que me prometió. Yo os ruego que se lo digáis así, y mirad bien no hagáis falta.»

Respuesta del Emperador al embajador del rey de Francia.

«Señor embajador: Yo he visto la carta que me habéis escrito sobre las palabras que os dije en Granada, y también he visto la copia de vuestra relación verbal, por donde conozco bien que no os queréis acordar de lo que entonces os dije que hiciésedes saber al rey de Francia vuestro amo, por que os lo torno a decir otra vez, y por cumplir vuestro deseo lo quiero hacer. Y es que después de muchas razones, que por ser de poca sustancia no conviene aquí repetir, yo os dije que el rey vuestro amo había hecho 1aschemente y meschantemente en no guardarme la fe que me dió por la capitulación de Madrid, y que si él esto quisiese contradecir, yo se lo manternía de mi persona a la suya. Veis aquí las proprias palabras sustanciales que del rey vuestro amo yo dije en Granada, y creo que son aquéllas que vos tanto desáis saber, porque son las mismas que en Madrid yo dije al rey vuestro amo: que lo ternía por lasche y meschant si no me guardaba la fe que me había dado. De manera que, diciéndolas, le guardo yo mejor lo que prometí, que él a mí lo que me prometió. Héoslas querido escribir, firmadas de mi mano, porque de hoy más ni vos ni otro pueda en esto dudar. Fecha en Madrid a 18 de marzo de 1528.

CHARLES ALEMAND.»

Relación de lo que Guyena, rey de armas de Francia, hizo, cuando trajo el cartel del rey de Francia al Emperador.

»El día de la Trinidad, que fué a 7 de junio de mil Y quinientos y veinte y ocho años, llegó a la villa de Monzón, Guyena, rey de armas del de Francia, acompañado por un gentilhombre llamado Montalvo, que el gobernador de Fuenterrabía, por mandado del Emperador, había con él enviado para que lo guiase y hiciese bien tratar por el camino, y no consintiese hacerle mal alguno. Vínose a apear en la posada del secretario Juan Alemán, señor de Bouclans, al cual el dicho Guyena dijo venía a cosas muy importantes que había de decir a Su Majestad y no a otra persona alguna. Y preguntado por el dicho señor de Bouclans si había mandado hacer en enviarle el salvoconduto que él deseaba, aunque no tenía de él necesidad, considerados los privilegios de su oficio, respondió: Que era verdad que desde el cuarto día de mayo que él vino a Tartas a rogar al señor embajador mesire Nicolás Perrenot, señor de Granvelle, que le hiciese haber un salvoconduto para entrar en estos reinos y ejecutar su comisión, había sido hecha tal diligencia, enviándole tres salvoscondutos en tres partes de la frontera de Francia, que el uno de ellos había recibido por manos del dicho señor embajador a veinte y cuatro días del dicho mes de mayo, y que en estos reinos había sido muy bien tratado, como Su Majestad por su bondad y liberalidad había mandado; y allende de esto había en el camino encontrado un correo de Su Majestad con cartas para el dicho gentilhombre, encargándole otra vez que lo hiciese muy bien tratar, sin consentir le fuese hecho esojo alguno. Y que el dicho gentilhombre le dijo que cuanto más diligencia pusiese en venir a ejecutar la comisión del rey de Francia su amo, haría más placer al Emperador, y que en esto ficiese libremente a su voluntad. El dicho secretario Juan Alemán le dijo que fuese él bien venido, y que Su Majestad lo entendía de la manera que el gentilhombre le había dicho. Y que allende de esto, quería que si hasta entonces había sido bien tratado, que de allí adelante lo fuese muy mejor, que él avisaría a Su Majestad de su venida, y que tenía por cierto que sería bien y brevemente despachado.

»El día siguiente por la mañana, el dicho secretario Juan Alemán dijo al rey de armas Guyena que podría demandar audiencia cuando quisiese, porque el Emperador deseaba saber su comisión, y lo envió al señor conde de Nasao, marqués de Cenete, camarero mayor de Su Majestad, para saber de él a qué hora le quería Su Majestad dar audiencia. Venido el dicho Guyena a la posada del marqués de Cenete, le dijo: «Señor, el rey mi soberano, señor y amo, me mandó que os rogase que supiésedes a qué hora podría yo ser oído del Emperador, porque tengo comisión de presentarle un cartel y decirle de parte del rey mi amo algunas cosas de muy gran importancia.» El marqués le respondió que el Emperador lo oiría de buena voluntad, que esperase allí mientras él iba a saber la hora. Y tornando luego, le dijo: «El Emperador os dará audiencia a las cuatro, y os oirá de muy buena voluntad, y os irán a llamar a la dicha hora, porque Su Majestad quiere que seais honrado y bien tratado, y que ningún desplacer os sea hecho.» A la dicha hora, estando el Emperador en la posada del duque don Fernando de Aragón, en una gran Pala, acompañado de muchos perlados y caballeros que adelante serán nombrados, hizo llamar al rey de armas Guyena, el cual, por mandado de Su Majestad, vino muy bien acompañado. Y al cabo de la sala se vistió su cota de armas, y después de haber hecho cinco reverencias hasta el suelo, se hincó de rodillas ante el Emperador, que estaba asentado en una silla muy ricamente ataviada, y dijo:

«Sire, suplico a Vuestra Majestad que, continuando el buen tratamiento que hasta aquí me habéis mandado hacer y también al presente sois servido hacerme, me déis licencia para hacer mi oficio y para que, hecho, me pueda seguramente tornar donde soy venido.» El Emperador le respondió: «Rey de armas, decid lo que tenéis a cargo, que mi voluntad es que siempre seais muy bien tratado.» Entonces el rey de armas se levantó en pie y dijo: «Sire, el rey mi amo y soberano señor, avisado por mí de las palabras que me dijistes y me mandastes que le dijese, y de lo que antes y después habéis dicho contra su honra, queriendo mostrar ser limpio y puro, y sin sospecha alguna ante todo el mundo, como verdaderamente lo puede bien hacer, me mandó que por respuesta os presentase esta escritura firmada de su mano. La cual Vuestra Majestad será servido de ver, que por ella conoceréis cuán enteramente satisface a todo. Allende desto, Vuestra Majestad será servido de darme licencia para que me torne al rey mi amo, pues no tengo más comisión de ésta.» Diciendo esto, tenía un papel en la mano, mostrando quererlo dar al Emperador; mas Su Majestad antes que lo tomase, le dijo: «Rey de armas, ¿tenéis comisión del rey vuestro amo de leer esta escritura que traéis?» El rey de armas le respondió: «Señor, el rey mi amo me mandó que la leyese.» Entonces el Emperador le dijo: «Rey de armas, yo he oído lo que me habéis dicho, y veré la escritura que me trais, y haré de manera que mi honra será guardada; esto tomo yo a mi cargo, y el rey vuestro amo terná harto que hacer en guardar la suya, pues le será cosa que es imposible. En lo que toca a mi justicia, mi chanciller dirá lo que ha de decir.» Entonces el gran chanciller dijo: «Su Majestad, ateniéndose a las protestaciones que hasta agora de su parte han sido hechas, protesta que, por cosa que él agora o de aquí adelante diga o haga, no entiende prejudicar ni derogar al derecho que le compete y pertenece por la capitulación de Madrid; y por la falta del cumplimiento de ella, o en otra cualquier manera, antes entiende que esto quede en su fuerza y vigor; y que esta protestación se entienda ser hecha y repartida en todos los actos que de aquí delante en esta materia se harán.» Como el chanciller hubo acabado de decir esto, el Emperador dijo: «Rey de armas, aunque por muchas razones el rey vuestro amo podría ser tenido por inhábil para hacer un acto como este contra mí ni contra otro, todavía por el bien de la Cristiandad y por evitar otra mayor efusión de sangre y dar fin a estas guerras, pues por otra vía el rey vuestro amo no lo ha querido, yo solamente para este efeto, y no para otro, quiero tenerlo prohabilitado.» Y diciendo esto, tomó la escritura que el rey de armas tenía en la mano. El rey de armas le dijo: «Sire: si la respuesta que Vuestra Majestad enviará al rey mi amo es la seguridad del campo, y me quisiéredes dar, para que yo la llave conmigo, tengo carpo especial para hacerlo. Mas si fuere otra cosa, no tengo comisión ni mandado de llevar que yo la lleve, comisión tengo y cargo especial para hacerlo. Mas si fuere otra cosa, pues no se acostumbra hacer, ni me mandéis llevar al rey mi amo cosa alguna si no fuere la seguridad del campo, en el cual él se hallará sin falta con las armas con que tiene intención de defenderse como os escribe. Y cuanto a mí, Vuestra Majestad será servido de darme licencia para que me vuelva a dar cuenta al rey mi amo de lo que he hecho.» El Emperador le respondió: «No debe vuestro amo darme a mí ley en lo que tengo de hacer; yo haré lo que he dicho, y a esta causa, y porque podría ser hubiese alguna cosa en esta escritura que agora me habéis dado, a que yo querría responder y enviar persona propria, yo os doy cargo que para el que hubiere de ir me hayáis un salvoconduto, pues vos no quisistes venir sin el mío.» El rey de armas respondió: «Sire: yo lo procuraré con el rey mi amo, y se lo escribiré, y creo que en ello no habrá falta.» Y diciendo esto se fué. Y el Emperador, al tiempo que el rey de armas se despidió, mandó al secretario Juan Alemán que hiciese un acto de todo lo que allí había pasado.

»Hecho esto, ya que el rey de armas se había despedido, mostrando haber acabado su comisión, tornó y, hincado de rodillas ante el Emperador, dijo: «Sire: allende de esto tengo comisión de presentar a Vuestra Majestad otra escritura en manos del señor de Bouclans, vuestro secretario; Vuestra Majestad será servido mandarle que la reciba.» Lo cual Su Majestad mandó luego al dicho Juan Alemán, y él la tomó de mano del rey de armas, que se fué luego sin decir otra cosa, quitada su cota de armas y acompañado como allí había venido. De manera que en su presencia, ni fué leída la escritura ni el cartel. Lo cual todo, en la manera que fué dicho y hecho, lo más al proprio que ha sido posible fué puesto por escrito en este acto público, por mí, Juan Alemán, señor de Bouclans, del Consejo y secretario de Su Majestad, el día y año sobredichos, estando presentes los excelentes y ilustres duque don Fernando de Aragón, virrey de Valencia; don Fernando, infante de Bugía; don Juan de Aragón, arzobispo de Zaragoza; el obispo de Sigüenza, virrey de Cataluña; el arzobispo de Tarragona, chanciller de Aragón; el obispo de Palencia; el obispo de Barcelona, y muchos otros perlados; el duque de Cardona, marqués de Pallas, condestable de Aragón; el conde de Benavente; el conde de Nasao; marqués de Cenete; los condes de Ribagorza, de Aranda, de Salinas, de Belchite, de Fuentes y de Sástago; don Juan Manuel, caballero de la Orden del Tusón de Oro; el conde don Fernando de Andrada; don Juan de Lanuza, virrey de Aragón; don García de Padilla, comendador mayor de Calatrava; el señor de Lachaulx, comendador mayor de Alcántara; micer Luis de Flandes, señor de Prat; micer Nicolás Perrenot de Granvella y otros muchos caballeros y personas principales de diversas naciones, que sería prolijo nombrar, que fueron testigos a todo lo susodicho. Firmado: Alemán. -Yo, el dicho Guyena, rey de armas de Francia, como decidor de verdad (que es antiguo nombre de mi oficio), certifico que las cosas sobredichas pasaron y fueron así dichas. En fe y testimonio de lo cual firmé la presente de mi mano el año, día y mes susodicho. Guyena, rey de armas. -A doce días del dicho mes de junio, estando el rey de armas Guyena en la posada del secretario Juan Alemán, el dicho secretario, en presencia de los testigos adelante nombrados, le dijo: «Guyena: el Emperador me ha preguntado si érades partido; yo le respondí que no; mas que pensaba partiríades esta noche. Su Majestad me mandó que si para vuestro despacho quedaba alguna cosa por hacer, se hiciese luego, por que os pudiésedes ir cuando quisiésedes; de manera que si vos estáis a punto, podréis partir luego. Mas antes que partáis no quiero olvidarme lo que Su Majestad me ha expresamente mandado: que de su parte os diga y certifique que él está determinado de enviar un rey de armas al rey de Francia con la respuesta del cartel que vos le distes. El cual Su Majestad ha visto y leído. Y para enviar su respuesta no espera sino el salvoconduto para su rey de armas. Por esto Su Majestad otra vez os encarga que con diligencia procuréis que este salvoconduto se envie en manos del capitán de Fuenterrabía, como se hizo con vos, conforme a lo que vos mismo habéis confesado; porque Su Majestad desea que en esto ninguna dilación haya, y en hacerlo así le haréis vos muy gran placer.» A lo cual el rey de armas respondió, que con toda diligencia procuraría de haber el dicho salvoconduto. Y allende de lo que ya había sobre ello escrito, tornaría a escribir desde Bayona por correo proprio, y que si no estuviese despachado cuando él llegase a la corte del rey de Francia, procuraría de haberlo con toda diligencia. Lo cual pasó como dicho es el día y año sobredichos, estando presentes Martín de Salinas, camarero y del Consejo del muy alto y muy poderoso rey de Hungría y de Bohemia, etc., y de su embajador en esta corte, y Claudio de Cilli, aposentador mayor de Su Majestad, por testigos a todo lo susodicho. Firmada: Alemán. -Guiena, rey de armas.

»Cuando el rey de armas Guyena hubo acabado de hacer su acto (como dicho es) ante el Emperador, Su Majestad mandó al secretario Juan Alemán que en alta voz, de manera que todos lo pudiesen oír, leyese el cartel que el rey de armas le había dado, que es del tenor siguiente:

Cartel del rey de Francia al Emperador.

«Nos, Francisco, por la gracia de Dios rey de Francia, señor de Génova, etc. A vos, Carlos, por la misma gracia eleto Emperador de romanos, rey de las Españas, hacemos saber cómo nos, siendo avisados que vos en algunas respuestas que habéis dado a los embajadores y reyes de armas que por amor de la paz os habemos enviado, queriéndoos sin razón excusar, os habéis acusado diciendo que tenéis nuestra fe, y que sobre ella, contraviniendo a nuestra promesa, nos éramos idos de vuestras manos y de vuestro poder. Para defender nuestra honra, que en tal caso sería contra verdad muy cargada, os habemos querido enviar este cartel, por el cual, aunque en ningún hombre guardado pueda haber obligación de fe, y que esta excusa nos sea harto suficiente, todavía queriendo satisfacer a cada uno, y también a nuestra honra, la cual habemos siempre guardado y guardaremos, si a Dios place, hasta la muerte, os hacemos saber que si vos nos habéis querido o queréis cargar, no solamente de nuestra fe y libertad, mas que hayamos jamás hecho cosa que un caballero amador de su honra no deba hacer, os decimos que habéis mentido por la gorja; y que tantas cuantas veces lo dijiéredes, mentiréis, estando deliberado de defender nuestra honra hasta la fin de nuestra vida. Y pues contra verdad nos habéis querido cargar, de aquí adelante no nos escribáis más, sino aseguradnos el campo y llevaros hemos las armas, protestando que si después de esta declaración a otras partes escribís o decís palabras contra nuestra honra, que la vergüenza de la dilación del combate será vuestra, pues que venidos a él cesan todas escrituras. Fecha en nuestra buena villa y ciudad de París, a 28 días de marzo de mil y quinientos y veinte y siete años de Pascua. La firma decía François. Debajo de ella estaba el sello pequeño del rey de Francia, impreso en cera dorada.»

La otra escritura que con este cartel envió el rey de Francia al Emperador, por su rey de armas Guyena, decía así.

«A 28 días de marzo de mil y quinientos y veinte y siete, antes de Pascua, estando el rey en su buena villa y ciudad de París, acompañado de los príncipes de su sangre, cardenales y otros príncipes, perlados y señores de su reino, que entonces estaban en su corte, y asimismo de los embajadores de los príncipes y potentados, que con él estaban, hizo venir ante él al embajador del Emperador, llamado micer Nicolás Perrenot, señor de Granvella, el cual, después de haberle hecho la reverencia en presencia de los sobredichos, dijo que había trece días que por medio del mayordomo mayor había recibido cartas del Emperador, su natural y soberano señor, hechas a 7 de hebrero, que contenían cómo los embajadores del rey se habían despedido del Emperador a 21 días del mes de enero, y cómo el día siguiente un rey de armas lo había desafiado, y intimádole la guerra, y que a esta causa el Emperador le mandaba que lo más presto que pudiese se despidiese del rey y se volviese en España, diciendo el dicho embajador que le pesaba que las cosas pasasen de esta manera, y que estuviesen tan apartadas del camino y medio de la paz y amistad, la cual el Emperador había siempre deseado y esperado, considerada la capitulación de Madrid, de que la libertad del rey se había seguido, que por su parte él había trabajado todo lo posible porque se alcanzase esta paz. Mas pues las cosas eran venidas a este rigor, que él, obedeciendo el mandamiento de su amo, era venido a tomar licencia del rey requiriéndole se la quisiese dar juntamente con suficiente salvoconduto, para que libre y seguramente se pudiese volver a su amo, como la razón y honestidad lo requiere, y siempre había sido hecho y guardado por virtuosos y magnánimos príncipes, pues durante su comisión él no pensaba haber hecho cosa por donde pudiesen tener ocasión de hacer lo contrario. No obstante esto, que si por su parte él había sido enojoso, o en alguna manera mal criado, suplicaba al rey lo tuviese por excusado, y que él le tenía en merced la honra que él y los señores de su corte y otras personas de su reino durante su embajada le habían hecho. A lo cual el rey de su propria boca, respondió las palabras siguientes:

«Señor embajador, mucho me ha pesado y pesa de haber sido forzado a no trataros hasta agora tan graciosa y humanamente como por las buenas y honestas obras que estando comigo habéis hecho Vos habéis muy bien merecido, y en esto quiero yo decir que habéis siempre hecho vuestro deber a honra de vuestro príncipe y contentamiento de todos, y que tengo por cierto no haber quedado por vos que las cosas no hayan tomado otro fin y salida; por el buen celo y afición que siempre os he conocido tener a la paz y buen asiento de nuestras cosas. En lo cual tengo por cierto que habéis siempre hecho lo que debéis. Mas sabiendo lo que vuestro amo, contra todo derecho divino y humano, había mandado hacer contra mis embajadores, y contra todos los otros de la liga que con él estaban, contra las buenas costumbres que hasta agora entre príncipes, no solamente contra nos, mas también infieles, han sido guardadas, me parece que yo no podía dejar de hacer otro tanto por la obligación que tengo a mis embajadores presos y detenidos contra toda razón; aunque por las causas susodichas no tuviese yo voluntad de maltrataros. Por las cuales y por la buena obra que en esto habéis hecho, os hago saber, señor embajador, que allende de lo que pienso que el Emperador vuestro amo no dejará de recompensaros, podéis ser seguro que donde particularmente en alguna cosa os pudiere yo hacer placer, que lo haré de tan buena voluntad como vos me lo pediréis.

»Y por satisfacer y responder a lo que vuestro amo ha dicho de palabra a Guyena y a Clarenceao, reyes de armas del rey mi buen hermano, y perpetuo y mejor confederado mío, sobre la intimación de la guerra, que de nuestra parte le ha sido hecha, que consiste en ocho puntos, yo quiero bien que, primeramente, cada uno sepa que cuanto a lo que dice maravillarse que siendo yo su prisionero de justa guerra, y teniendo él mi fe, lo haya yo desafiado, lo que, como él dice, por razón no puedo hacer. Yo os respondo, para que se lo digáis, que si yo aquí fuese su preso, y él tuviese mi fe, él diría verdad; mas yo no sé que el Emperador haya jamás tenido mi fe, de que él se pueda en algo aprovechar. Pues que cuanto a lo primero, bien sabe él que en alguna guerra donde haya estado, jamás lo he visto ni encontrado; mas cuando yo estuve preso y malo en la cama a la muerte, guardado por cuatrocientos o quinientos escopeteros, poco había que hacer en forzarme, y poca honra ganara el que lo hiciera. Y después que yo fui vuelto a Francia, no conozco alguno que haya tenido poder de hacerme dar mi fe, y de hacerlo yo de mi voluntad, porque es cosa que yo mucho estimo para obligarla tan ligeramente. Y porque no quiero poner mi honra en disputa, aunque sé muy bien que cualquier hombre de guerra sabe que algún preso guardado tiene fe, ni se puede a cosa alguna obligar, envío a vuestro amo esta escritura firmada de mi mano. La cual os ruego, señor embajador, que vos leáis, y después me prometáis de darla a vuestro amo. Y dicho esto, el rey le hizo dar la dicha escritura por mano de mí, Juan Robertet, uno de sus secretarios de Estado, y de su cámara. El dicho embajador la tomó en su mano y después se excusó, diciendo al rey que, cuanto a él, por la carta que el Emperador su amo le había escrito, veía bien que su comisión era expirada, y que alguna otra comisión le quedaba sino de tomar licencia del rey para volver lo más presto que buenamente pudiese. Lo cual suplicaba al rey le permitiese, sin darle otro cargo ni comisión, aunque bien sabía que en su mano estaba forzarlo queriéndolo hacer. A esto respondió el rey: «Señor embajador, pues vos no queréis tomar cargo de leer esta escritura, yo la haré leer en esta compañía, porque cada uno conozca y entienda cómo yo me justifico de lo que contra verdad vuestro amo me ha acusado, y si después vos no se la quisiéredes llevar ni presentar, yo despacharé uno de mis reyes de armas, que está aquí presente, para que vaya con vos; para el cual vos alcanzaréis salvoconduto en buena y válida forma, para que pueda llevar a vuestro amo esta escritura y volverse aquí; protestando, y demandando acto en presencia que cuando él no quiera que venga a su noticia, que yo habré hecho mi deber en hacérselo saber, de manera que no podrá pretender ignorancia.» Dichas estas palabras, el rey llamó a mí, Robertet, y me mandó que en alta voz leyese la dicha escritura, la cual yo leí de verbo ad verbum en la manera siguiente: Nos, Francisco, etc., como en el cartel que ha sido inserto se contiene. E acabado de leer, el rey dijo al embajador: «Señor embajador, paréceme que por lo que habéis oído leer conocerá bien el Emperador que satisfago, y harto, a aquello de que ha cargado a mí y a mí honra, por lo cual no conviene deciros otra cosa. Mas cuanto a lo que vuestro amo dice, que no le es cosa nueva verse desafiar de mí, habiendo seis o siete años que le hago guerra sin haberlo hecho, yo querría que vuestro amo se acordase mejor de lo que hace, o su Consejo de avisarle de ello, después de hecho: porque queriéndose bien informar, hallará que el don Preboste de Utrech, que entonces estaba conmigo por su embajador, me desafió en Dijon, contra el tenor de la amistad que entre él y mí había; y pues él me desafiaba, bien se podía tener por cierto que yo me había de defender.

»Cuanto a lo que vuestro amo dice que no piensa haber ofendido a Dios, Dios será juez de nuestras conciencias y testigo cómo yo jamás he deseado tiranía, ni usurpación de cosa que por razón no sea mía, ni pretendido el Imperio ni la Monarquía, porque sé bien no pertenecerme.

»Cuanto a la excusa que vuestro amo da de la prisión y detención de nuestro Santo Padre, lugarteniente y vicario de Dios en la tierra, persona sagrada y inviolable, yo me maravillo que una cosa donde hay tan poca apariencia de verdad, se ose proponer entre la gente, porque veamos qué razón hay para creer que vuestro amo no ha consentido en lo que se ha hecho contra la persona de nuestro Santo Padre, habiendo sido su prisión tan larga y siendo notorio que en lugar de castigar a los que contra su voluntad (como él dice) habían hecho un acto tan execrable y poco cristiano como éste es, ha permitido rescatar y tratar con Su Santidad de su rescate y hacerle pagar por él dineros habidos de beneficios y cosas divinas dentro de sus reinos y señoríos. Cosa no solamente contra Dios y contra la Iglesia, más muy peligrosa de ser referida o dicha, andando las herejías que al presente andan.

»Cuanto a lo que vuestro amo dice que mis hijos están en sus manos por rehenes, y que mis embajadores caben bien no quedar por él que no sean libertados, decirles heis que ya sé muy bien que mis hijos están en sus manos, de que muy mucho me pesa. Mas a lo que dice no quedar por él que no sean libertados, no quiero yo tomar otro ahogado en esto para defender la razón en que yo me he puesto por cobrarlos, sino a lo que cada uno sabe: ser yo su padre, y que, cuando ellos no fuesen mis hijos, solamente gentileshombres, estando adonde están por mi rescate, debo yo con todo mi poder procurar su libertad. Lo cual he hecho con tan grandes y excesivos ofrecimientos, que jamás ni aun de infieles fué pedido tanto a los reyes mis predecesores, ni aun la cuarta parte de ello. Lo cual he yo querido hacer por respeto de la paz, reposo y sosiego de la Cristiandad. Y por deciros una sola cosa de las grandes y excesivas que he ofrecido: muy bien sabe vuestro amo que por la libertad de mis hijos le he ofrecido dos millones de escudos, así en dinero contado y descuento de lo que debe al rey de Ingalaterra, mi buen hermano y perpetuo confederado, como en rentas en sus proprios señoríos; que es tal y tan gran suma, que me hace inocente con cualquier hombre de buen juicio, pues está claro que nunca yo me quisiera deshacer de una tal fuerza para hacer después guerra a aquel a quien la hubiese dado. Pero si la detención de mis hijos, si el no querer venir a razón alguna de concierto, si el quererme hacer desamparar mis amigos antes de restituírme mis hijos, sí haber preso un Papa, lugarteniente de Dios en la tierra, destruído todas las cosas sacras y santas, si el no querer poner remedio en la venida del Turco, ni en las nuevas setas y herejías que se levantan en la Cristiandad, que es oficio de Emperador, siendo padre y teniendo nombre de Cristianísimo, no me pudiese mover a la guerra, yo no sé qué otras injurias o razones pudieran ser suficientes para ello. No embargante esto, nunca he dejado de ofrecerle lo que os he dicho, como vos bien sabéis. Por donde se puede claramente conocer y juzgar que contra mi voluntad soy forzado a hacer guerra, pues tan caramente compraba la paz, sin las otras quitanzas, renunciaciones de derechos y restitución de villas y tierras, que exceden la suma que os he dicho.

»Cuanto al rey de Ingalaterra, mi buen hermano y perpetuo confederado, yo lo tengo por tan sabio, bueno y virtuoso príncipe, que no ha hecho ni hará cosa donde su honra no haya sido y sea enteramente guardada, y que sabrá tan virtuosamente responder a lo que le toca, que sería hacerle sinrazón querer responder por él. Bien os quiero decir, señor embajador, que la buena, firme y perpetua amistad que hay entre el rey, mi buen hermano y perpetuo confederado, y mí, es tal, que si por indisposición de su persona, de que Dios lo guarde, él no se hallase para poder responder, quiero que sepáis que no haría menos por él que por mí mismo, empleando en ello no solamente mis fuerzas, mis reinos, tierras, señoríos y súbditos, mas también mi propria personal la cual se empleará siempre que a él sea necesario. Y esto quiero yo que todo el mundo lo sepa.

»También, señor embajador, porque mi rey de armas Guyena me ha dicho que vuestro amo le dió cargo que me dijese que cree no haber yo sido avisado de cierta cosa que estando él en Granada dijo al presidente mi embajador, para que me lo hiciese saber, lo cual me toca mucho: y que me estimaba tan gentil príncipe que si lo hubiera sabido le hubiera respondido:

»Cuanto a esto, quiero bien que sepáis que mi embajador me ha escrito muchas cosas, y que entre ellas no veo alguna que pueda en algo tocar a mi honra, y si la hubiera, sed seguro que yo no faltara ni tardara tanto en responderle; porque luego que supe lo que os he dicho, hice la respuesta que os he dado a leer firmada de mi mano, la cual tengo yo por tan suficiente, que no solamente satisface a lo que vuestro amo podría haber dicho hasta agora; mas también a todo lo que contra mi honra de aquí adelante podría decir.

»Cuanto a lo que dice que por aquellas palabras conoceré yo que me guarda mejor a mí lo que en Madrid me prometió, que no yo a él lo que le prometí, ninguna cosa me acuerdo haberle prometido. Porque cuanto al concierto de Madrid que está por escrito, yo me tengo por harto justificado de la poca obligación que allí yo puedo tener, considerando que ni antes ni después del dicho concierto estuve yo en mi libertad hasta que entré en mi reino, ni fui soltado sobre mi fe, la cual deba guardar. Y en lo demás, bien mirado, no hallo haber pasado otra cosa con él de obligación, si no es cuanto a la empresa contra el Turco, y es que cuando quiera que él en persona tomara esta empresa, me hallaría yo con mis fuerzas en ella para acompañarlo. Esto confieso yo, y tengo por muy bueno, Y pluguiese a Dios que las fuerzas particulares de cada uno se convirtiesen en el bien general de toda la Cristiandad, y se empleasen en un tan santo y buen efeto. Cuanto a mí, yo lo prometo, y aseguro que nunca él para este efeto terná tan presto el pie en el estribo que yo no esté antes sobre la silla, aunque no tengo los turcos por tan vecinos como de nuevo él los tiene en Hungría, y, por consiguiente, en Alemaña. Más bien fácil cosa es de creer, por las obras que se ven, que los que semejantes cosas proponen y hablan tienen más gana de usurpar la Cristiandad que de resistir al común tirano y enemigo de ella.»

El dicho embajador replicó al rey que como ya él había respondido, ya no le quedaba a él comisión de su amo ni al presente podía responder más de lo que el Emperador había respondido y declarado, y hecho dar por escrito a los embajadores de Francia, y a los reyes de armas que hicieron el desafío, y que también la materia era de muy gran importancia para entremeterse él en ella sin comisión; especialmente no habiendo sido avisado de este acto en tan gran ayuntamiento, y habiéndole el señor mayordomo solamente escrito y hecho decir que lo enviarían a llamar, que viniese ante el rey a tornar licencia.

Pero que todavía, como súbdito y criado del Emperador, quería responder y asegurar que cuando el rey le haría saber, o por rey de armas, o de otra manera, las cosas sobredichas, como conviene en negocios de tal importancia, él respondería y satisfaría como siempre ha hecho en buena conciencia y deber cuanto a Dios y su honra para con todo el mundo. Y cuanto al contentamiento que el rey decía tener de la persona del dicho embajador, en su particular él se lo tenía en merced, y pensaba haber siempre hecho lo que debía y la voluntad de su amo, conforme a la intención que siempre había tenido a la paz universal y al bien y reposo de la Cristiandad y conservación de la amistad del rey, perseverando siempre el dicho embajador en pedir su licencia y salvoconduto para volverse a su amo, y salir de este reino al mismo instante que los embajadores del rey entrarían.

A esto replicó el rey: «Señor embajador, vuestro amo me ha forzado, por lo que me envió a decir, a responderos lo que os he respondido; lo cual tengo por verdadero, y os ruego le digáis que cuando él haya recibido lo que habéis oído, firmado de mi mano, yo lo estimo por tan gentil príncipe, que visto aquello de que me ha cargado y la respuesta que yo le hago, me responderá como gentilhombre, y no por escrito como abogado, porque si de otra manera lo hiciese, yo mandaría responder a su chanciller por un abogado y hombre de su estado, más hombre de bien que él. Mas cuanto a vos, yo os hago saber que os haré acompañar hasta la frontera, por cobrar mis embajadores al mismo instante que vos saldréis, habiendo empero habido salvoconduto para mi rey de armas, como vos he dicho y como creo que vos fácilmente haréis.

»Todas las cosas sobredichas han sido puestas por escrito lo más al proprio de como se dijeron y pasaron, que ha sido posible por mí, Juan Robertet, del Consejo del rey, y secretario de Estado, y de su camara, el día y año sobredichos.

»Firmado por mandado de Su Majestad. -Robertet.»

Relación de Borgoña, rey de armas del Emperador, de lo que hizo en Francia, donde por Su Majestad fué enviado.

«Yo, Borgoña, rey de armas de la sacratísima, cesárea y católica majestad del Emperador don Carlos, V de este nombre, rey de Alemaña, de las Españas, de las dos Sicilias, de Hierusalém, etc., certifico y hago saber a todos por verdad, y por lo que debo a mi oficio, que a veinte y cuatro días del mes de junio deste presente año de mil y quinientos veinte y ocho, estando Su Majestad en la villa de Monzón, me mandó expresamente ir al muy alto, muy excelente y muy poderoso príncipe Francisco, I deste nombre, por la gracia de Dios rey de Francia, a llevarle un cartel que Su Majestad le enviaba en respuesta del cartel de desafío que por el rey de armas Guyena, de parte del dicho señor rey de Francia fué a Su Majestad presentado. El tenor del cual cartel y respuesta, firmado de la mano de Su Majestad y sellado con un sello de sus armas, de verbo ad verbum, es el que se sigue:

Cartel del Emperador al rey de Francia.

«Carlos, por la divina clemencia Emperador de romanos, rey de Alemaña y de las Españas, etc., hago saber a vos, Francisco, por la gracia de Dios rey de Francia, que a ocho días de este mes de junio, por Guyena, vuestro rey de armas, recibí vuestro cartel, hecho a 28 de marzo, el cual, de más lejos que hay de París aquí, pudiera ser venido más presto, y conforme a lo que de mi parte fué dicho a vuestro rey de armas os respondo a lo que dicís que en algunas respuestas por mí dadas a los embajadores y reyes de armas que por amor de la paz me habéis enviado, queriéndome yo sin causa excusar os haya a vos acusado, que yo no he visto algún rey de armas vuestro, sino el que me vino en Burgos a intimar la guerra; y cuanto a mí, no habiendo en nada errado, ninguna necesidad tengo de excusarme. Mas a vos, vuestra falta es la que os acusa, y a lo que decís tener yo vuestra fe, decís verdad, entendiendo por la que me distes por la capitulación de Madrid, como parece por escrituras firmadas de vuestra mano, que volveríades a mí poder como mi prisionero de buena guerra, en caso que no cumpliésedes lo que por la dicha capitulación me habíades prometido. Mas haber yo dicho, como decís en vuestro cartel, que estando vos sobre vuestra fe, contra vuestra promesa os érades ido, y salido de mis manos y de mi poder, palabras son que nunca yo dije, pues jamás yo pretendí tener vuestra fe de no iros, sino de volver en la forma capitulada; y si vos esto hiciérades, ni faltáredes a vuestros hijos, ni a lo que debéis a vuestra honra. Y a lo que decís que para defender vuestra honra (que en tal caso sería contra verdad muy cargada), habéis querido enviar vuestro cartel, por el cual decís que aunque en ningún hombre guardado pueda haber obligación de fe, y que ésta os sea excusa harto suficiente, no obstante esto, queriendo satisfacer a cada uno, y también a vuestra honra, que decís queréis guardar y guardaréis, si a Dios place, hasta la muerte, me hacéis saber que si os he querido o quiero cargar, no solamente de vuestra fe y libertad, mas de haber jamás hecho cosa que un caballero amador de su honra no deba hacer, decís que he mentido por la gorja, y cuantas veces lo dijere mentiré, siendo deliberado de defender vuestra honra hasta la fin de vuestra vida; a esto os respondo que, mirada la forma de la capitulación, vuestra excusa de ser guardada no puede haber lugar. Mas pues tan poca estima hacéis de vuestra honra, no me maravillo que neguéis ser obligado a cumplir vuestra promesa; vuestras palabras no satisfacen por vuestra honra, porque yo he dicho y diré, sin mentir, que vos habéis hecho laschamente y meschantemente en no guardarme la fe que me distes, conforme a la capitulación de Madrid; y diciendo esto, no os culpo de cosas secretas ni imposibles de probar, pues parece por escrituras firmadas de vuestra mano, las cuales vos no podéis excusar ni negar. Y si quisiéredes afirmar lo contrario, pues os tengo ya yo habilitado solamente para este combate, digo que por bien de la Cristiandad, y por evitar efusión de sangre, y poner fin a esta guerra, y por defender mi justa demanda, mantendré de mi persona a la vuestra ser lo que he dicho verdad. Mas no quiero usar con vos de las palabras que vos usáis, pues vuestras obras, sin que yo ni otro lo diga, son las que os desmienten, y también porque cada uno puede desde lejos usar de tales palabras más seguramente que desde cerca. A lo que decís que, pues contra verdad os he querido cargar, de aquí adelante no os escriba coda alguna, mas que asegure el campo y vos traeréis las armas; conviene que hayáis paciencia que se digan vuestras obras, y que yo os escriba esta respuesta, por la cual digo que acepto el dar del campo, y soy contento de asegurároslo por mi parte, por todos los medios razonables que para ello se podrán hallar. Y a este efeto, y por más pronto expediente, desde agora os nombro el lugar para el dicho combate, sobre el río que pasa entre Fuenterrabía y Andaya, en la parte y de la manera que de común consentimiento será ordenado por más segura y conveniente; y me parece que de razón no lo podéis en alguna manera rehusar, ni decir no ser harto seguro, pues en él fuistes vos soltado dando vuestros hijos por rehenes y vuestra fe de volver, como dicho es. Y también visto que pues en el mismo río fiastes vuestra persona y las de vuestros hijos, podéis bien fiar agora la vuestra sola, pues porné yo también la mía, y se hallarán medios para que, no obstante el sitio del lugar, ninguna ventaja tenga más el uno, que el otro. Y para este efeto, y para concertar la eleción de las armas, que pretendo yo pertenecerme a mí y no a vos, y porque en la conclusión no haya, longuerías ni dilaciones, podremos enviar gentiles hombres de entrambas partes al dicho lugar con poder bastante para platicar y concertar, así la igual seguridad del campo como la eleción de las armas, el día del combate y la resta que tocará a este efeto. Y si dentro de cuarenta días después de la presentación de ésta no me respondéis ni me avisáis de vuestra intención sobre esto, bien se podrá ver que la dilación del combate será vuestra, que os será imputado y ayuntado con la falta de no haber cumplido lo que prometistes en Madrid. Y cuanto a lo que protestáis que si después de vuestra declaración en otras partes yo digo o escribo palabras contra vuestra honra, que la vergüenza de la dilación del combate será mía, pues que venidos a él cesan todas escrituras, vuestra protestación sería bien excusada, pues no me podéis vos vedar que yo no diga verdad, aunque os pese, y también soy seguro que no, podré yo recebir vergüenza de la dilación del combate, pues puede todo el mundo conocer el afición que de ver la fin de él tengo. Hecha en Monzón en mi reino de Aragón a veinte y ocho días del mes de junio de mil y quinientos y veinte y ocho años.

»CHARLES.»

«Juntamente con este cartel me mandó Su Majestad dar una copia en papel del cuarto capítulo de la capitulación de Madrid, para que juntamente lo diese y entregase al dicho señor rey de Francia para pronta justificación y comprobación de lo contenido en la respuesta y cartel de Su Majestad, el cual no se pone aquí por quedar dicha la concordia cómo se capituló.

»La cual copia fué hecha, sacada y comprobada con el mismo original de la dicha capitulación de Madrid a 24 días del mes de junio de 1528 años. -Alemán. -Y me mandó y encargó la majestad del Emperador que hiciese y ejecutase mi comisión Con el rey de Francia, en lo que dicho es, lo más presto y diligentemente que fuese posible, y que le pidiese respuesta, ofreciéndome de traerla con toda diligencia; y que si el dicho señor rey la quisiese enviar por otro, asegurase yo de parte de Su Majestad que en esto ningún embargo ni dificultad habría, y me obligase de hacer dar un salvoconduto, si todavía lo quisiese; aunque Su Majestad entiende no ser necesario para reyes de armas. Y allende de esto, que despachada y acabada mi comisión como dicho es, yo diese a Robertet, secretario del dicho rey de Francia, o a quien el dicho señor rey quisiese, una escritura en respuesta de otra que el rey de armas Guyena dió en presencia de Su Majestad, y, por su consentimiento, al secretario Juan Alemán. El tenor de la cual escritura es éste que se sigue.

»La sacra, cesárea y católica majestad del Emperador nuestro señor, visto el acto hecho en la ciudad de París a 28 días del mes de marzo, firmado del secretario Robertet, presentado por el rey de armas Guyena a Su Majestad, y en su presencia y por su mandado recibido por el secretario Juan Alemán, mandó que se respondiese por escrito en la manera siguiente. La cual respuesta quisiera él decir de palabra, en ayuntamiento y compañía, si en su corte hubiera embajador de Francia, como el dicho rey de Francia dijo las palabras en el dicho acto contenidas a mesire Nicolás Perrenot, señor de Granvella, entonces embajador de Su Majestad en Francia; y hizo hacer la presente respuesta para justificarse contra las dichas palabras, porque no perviertan los oyentes ni ofusquen la verdad de las cosas pasadas, a lo cual el dicho embajador no pudo responder, mas con buena razón se excusó, por ser ya expirada su comisión y por otras causas que él entonces dijo.

»Primeramente, cuanto al título del acto donde se contiene haber hecho venir el dicho embajador ante el rey de Francia, contando las palabras que allí por él fueron dichas, fuera bien que en el dicho acto se declarara también la forma y manera cómo el dicho embajador fué llevado, para parecer delante de tal compañía con un mayordomo que lo guiaba, más en forma de prisionero (como había estado más de cuarenta días) que de otra manera; porque no era cosa honesta tratar así un embajador de un tan gran príncipe como el Emperador.

»Cuanto al segundo capítulo de las palabras que el rey de Francia dijo, loando las obras del dicho embajador, cuanto el dicho rey más declara en esto cuán bien, leal y honestamente el dicho embajador había residido en su corte, tanto se debe más vituperar el mal tratamiento que se le hizo, teniéndolo tanto tiempo preso, porque de tomar excusa en la detención de sus embajadores, y de los de la liga, no se hallará que ellos hayan sido detenidos como prisioneros, ni que se haya tocado a sus personas ni bienes, ni catado sus cofres, ni tomadas sus escrituras, ni hécholes otro mal tratamiento, como al embajador de Su Majestad ellos hicieron, mas solamente hecho en Burgos el desafío, les fué ordenado que se fuesen a un lugar llamado Poza, harta cerca de Francia, hasta que el dicho embajador de Su Majestad fuese suelto y traído a la frontera, para que en el mismo tiempo se trocasen los unos con los otros, conforme a razón y equidad, y para que cada uno se pudiese volver a su amo. Y si en esto ha habido violación de derecho divino o humano, ha sido por la parte del rey de Francia, y no del Emperador, porque Su Majestad ha hecho tan bien y honradamente tratar los embajadores de Francia y de la liga, que de razón no se deben quejar.

»Cuanto al tercero capítulo, donde el rey de Francia dice querer satisfacer y responder a lo que el Emperador dijo de palabra a los reyes de armas Guyena y Clarenceao sobre la intimación de la guerra, que él dice consistir en ocho puntos, a la verdad si el rey quisiese satisfacer a lo que es obligado, y a su honra, debría buscar satisfación de otra cosa, y no de palabras fingidas; porque quererse excusar de no ser prisionero del Emperador, y de no tener su fe, so color que en alguna guerra donde él ha estado, haya jamás visto ni encontrado con Su Majestad hasta que fué preso por los ministros y criados de Su Majestad y en su nombre, y por ellos puesto en su prisión y poder, y así no puede negar que lo que los ministros en nombre de su amo hacen, no sea del mismo efeto y valor, como si él mismo en persona lo hiciese. Y lo que dice que estando él preso, guardado de tan gran número de escopeteros, y enfermo en la cama a la muerte, no fuera difícil forzarlo, mas poco honrado quien lo hiciera, es cierto bien excusado, pues que en tiempo de su enfermedad, jamás le fué hablado de dar su fe, ni de otra cosa de que hubiese de haber enojo; antes fué visitado de toda honra y cortesía, y le fué hecha toda asistencia, para que cobrase su salud, de que él da mal galardón. Mas después que fué sano, a su muy instante ruego, por librarse de la justa prisión donde estaba como prisionero de guerra, fué por él mismo concluída y jurada la capitulación de Madrid, firmada de su propria mano, y de los principales de su Consejo, conviene a saber, del arzobispo, entonces de Ambrún, y agora de Bourges; del primer presidente de París y del señor de Brion, almirante de Francia, por la cual capitulación fué dada y jurada la fe de que se trata; y por el virrey de Nápoles, en nombre de Su Majestad y en virtud del poder que para ello tenía recibido. La cual se queda en su vigor, y por ella el dicho rey de Francia siempre obligado como cautivo y esclavo, sin que de razón pueda ser tenido por libre. Por donde no había necesidad de dar de nuevo la fe que había dado, cuando fué vuelto a su reino, y se le cree muy bien lo que dice, que de su liberal voluntad no se hubiera obligado. Mas el que todo lo ve y conoce, y por sus secretos misterios lo trujo a dar su fe por su libertad, es poderoso para traerlo a peor estado.

»Cuanto al cuarto capítulo en que el rey dice no querer que su honra quede en disputa, cierto él haría bien si pudiese, estando las cosas como están, porque a este efeto serían menester obras y no palabras de frías excusas y interpretaciones, como es la que dice, que cualquier hombre de guerra sabe bien que ningún prisionero guardado tiene fe, ni se puede obligar a cosa alguna. Esta es alegación de letrado, mal enseñado y lleno de cavilaciones y trampas, y no de rey, ni aun de simple gentilhombre, especialmente en este caso, donde la fe del dicho rey estaba conferida para después de su libertad, y cuando estuviese sin guarda en su reino, y que en caso que dentro del tiempo prometido no cumpliese lo que había tratado y capitulado, se tornaría a la prisión como estaba; allende que expresamente era tratado y concertado que fuese seguramente guardado hasta el día que se diesen los rehenes, que sería en el mismo instante que él fuese libertado, como fué hecho y cumplido. Y cuanto a lo que el rey tentó al dicho embajador del Emperador, de tomar el cartel para leerlo y traerlo, a Su Majestad, parece cosa muy extraña y fuera de toda honestidad, y, por tanto, más justa y loable la excusa que a esto el dicho embajador dió, y aun mejor la buena diligencia que puso en haber el salvoconduto para el rey de armas; el cual por tres partes le fué enviado para que libremente pudiese venir al Emperador, y ejecutar, como ha ejecutado, su comisión, y volverse al rey su amo.

»Cuanto al quinto capítulo, en que se contiene el cartel del dicho rey de Francia, porque el Emperador le responde particularmente por otro cartel a lo en él contenido, no hay necesidad de decir aquí otra cosa, ni de responder al capítulo siguiente, que depende del dicho cartel.

»Al séptimo capítulo, en que el rey de Francia responde a lo que el Emperador dijo a su rey de armas serle cosa nueva verse desafiar después de seis o siete años de guerra, diciendo que querría se acordase mejor el Emperador de lo que hace, o a su Consejo de avisarle de ello, queriéndose fundar en que el don Preboste de Utrecht, embajador de Su Majestad, le desafió estando en Dijon, es una cosa derechamente contra verdad, porque nunca el don Proboste le desafió ni tuvo cargo de desafiar, ni son actos que se cometen a eclesiásticos desafiar un rey o príncipe a la guerra, en lo cual in puede haber apariencia ni semejanza de verdad. Mas lo que pasa es que el dicho don Proboste le declaró que asistiendo él a Charles de Güeldres y a Roberto de la Marcha, iba contra las capitulaciones, a causa que éstos poco antes habían comenzado la guerra, por su mandado, contra el Emperador, como parece por cartas firmadas de la mano del dicho rey de Francia y de su tesorero, Robertet, y que la mayor parte de la gente de armas que estaba con el dicho Roberto de la Marcha era de las guardas de Francia, y su infantería allegada a son de atambor dentro en Francia. Entonces Su Majestad hizo decir al dicho rey de Francia por el don Proboste de Utrecht, que si los dichos Charles de Güeldres, o Roberto de la Marcha, otros (que, como después fué declarado a Barrois embajador del dicho rey de Francia, se entendía por ellos), o por otros como ellos, que dependiesen de él, hacían guerra a Su Majestad, tenía los conciertos por rompidos. Mas estas palabras no podían tener efeto de desafió, especialmente considerando que mucho antes, estando el señor de Lausne, embajador del dicho rey de Francia, en la ciudad de Burgos, y pidiendo entre otras cosas que Su Majestad le debía dar rehenes por el casamiento de su hija; donde no, que tenía los conciertos por rompidos, no fué esta demanda tenida por desafío, antes se continuó la amistad hasta que vino gana al rey de Francia de comenzar la guerra sin algún desafío.

»Cuanto al octavo capítulo, en que habla de las conciencias y tiranías, Dios, que es verdadero juez de ellas y escudriñador de los corazones de los hombres, y conoce los secretos de todos, sabe bien la conciencia del uno y del otro y cuál tiene tacha de tiranía o usurpación, y pagará a cada uno conforme a sus méritos o a sus faltas. Y si el dicho rey de Francia se quiere bien acordar de lo que estando en Madrid dijo al Emperador, queriéndolo irritar así contra el Papa como contra venecianos y otros potentados de Italia, hallará haberse él mostrado inclinado a tiranía y usurpación, y no el Emperador, que no quiso condescender a su mal consejo, pues también el dicho rey de Francia le tiene usurpado su antiguo patrimonio y otras tierras y provincias de gran importancia, ensanchando sus límites con bienes ajenos, contra justicia por él y por sus predecesores ocupados y usurpados. Y a lo que dice no tener el ojo al Imperio ni a la monarquía, sabiendo que no le pertenece, hace bien de decirlo así, pues no lo ha podido alcanzar, aunque no ha quedado por su extrema diligencia. El Emperador hubo el Imperio por unánime y conforme eleción de todos los eletores, que no pudo ser sin inspiración divina, y en los otros sus reinos y señoríos ha derechamente por herencia sucedido.

»Cuanto al nono capítulo, que habla de la prisión del Papa, queriendo sin causa echar la culpa al Emperador, cierto podría bastar al dicho rey de Francia que el Papa por breves y cartas escritas de su mano conozca y confiese haber sido hecho sin culpa de Su Majestad y que por su mano ha sido puesto en su libertad, y que si se ha tardado más de lo que Su Majestad quisiera, no se puede ni debe echar la culpa a Su Majestad, que hizo siempre en esto lo que debía, aunque permitió Dios que se dilatase por la muerte del virrey de Nápoles, que tenía para ello la principal comisión, y por los embarazos del camino, así de la tierra como de la mar, que causaron las insolencias de la gente de guerra, que no suele ser obediente faltándole capitán general. Mas si el dicho rey de Francia y sus coligados tienen del Papa tan gran piedad como muestran, debrían considerar haber ellos mismos sido la principal causa de su mal, habiéndolo puesto en guerra, y después le han hecho más daño que no ha recibido del ejército de Su Majestad, haciéndole rebelar a Florencia, y quitándole a él y a los suyos la administración de ella por meter en la liga, y ocupándole a Zervia y a Rávena, y habiendo trabajado con todo su poder de ocuparle a Parma, Bolonia, Plasencia, y queriéndolo forzar a otras cosas, que sería más honesto satisfacer y restituir a Su Santidad, como es razón, que tornarlo a meter en guerra, calumniando las obras ajenas y haciéndolas ellos peores por su parte, como el que ve la paja en el ojo de su compañero y no el madero que él tiene en el suyo. Y si el dicho rey fuese informado de lo que la gente de guerra hizo en Francia después de las guerras de los ingleses, y cuántos años tardaron sus predecesores en sojuzgarla, no se maravillaría tanto que hallándose el ejército del Emperador vitorioso y sin cabeza, hiciese lo que dice, y no echaría la culpa al Emperador, que, estando ausente, no tan fácilmente los puede poner en obediencia, pues es notorio a todos que si el duque de Borbón y de Alvernia, lugarteniente y capitán general del Emperador en Italia, no muriera cuando se tomó Roma, nunca se hicieran los males que se hicieron, porque era tan gentil príncipe, tan buen cristiano, tan amador y temeroso de Dios y tan buen hijo de la Iglesia y protetor de virtudes, y lleno de nobleza y de amor al pobre pueblo, que él pusiera bien en ello remedio. Lo que no se pudo hacer después de su muerte, quedando como quedó aquel ejército sin cabeza, orden ni gobierno, de que a Su Majestad pesó y pesa mucho, por no poderlo remediar estando tan lejos, y los pasos tan cerrados, que no pudo poner remedio en tiempo como deseaba.

»Cuanto al décimo capítulo de lo que el Emperador dijo al rey de armas del rey de Francia, que sus hijos estaban por rehenes en manos de Su Majestad y que no quedaba por él que no fuesen libertados; claro está que si el rey de Francia hubiera guardado su fe y cumplido lo que había tratado, prometido y jurado, ninguna dificultad hiciera el Emperador en restituirle sus hijos. Y si él fuese tan buen padre como dice, por otra vía hubiera procurado su libertad sin procurar nuevas trampas y engaños, y renovar lo ya concertado; porque lo que él dice haber ofrecido tanto y tan excesivo, no ha sido con gran parte igual a lo que era obligado, y siempre dejaba un punto por hallar la puerta abierta para tornar a tentar a Dios y a la fortuna, solamente por su apasionada venganza y por comenzar de nuevo la guerra, habiéndola él provocado y tanto tiempo continuado. De manera que Su Majestad, vistas las cosas pasadas, y que haciendo hablar de paz [por] engañarlo y descuidarlo, el dicho de Francia continuaba más crudamente la guerra, no se pudo buenamente asegurar de lo que el rey de Francia ofrecía y prometía, aunque fuera dos tantos más, bien que Su Majestad, por amor de la paz universal, era contento de soltarle mucha parte de lo que le pertenecía. De manera que la conclusión de la dicha paz no quedó sino por querer el rey de Francia reservar el cumplimiento de la más peligrosa parte de lo que ofrecía, para cuando hubiese ya cobrado sus hijos, y no quererse Su Majestad fiar más de él ni de sus promesas ni seguridades, sino que a un mismo tiempo cumpliese lo que prometía y cobrase sus hijos, pues Su Majestad no podía tener mejor seguridad que a ellos, y no era razón que se fundase en otras promesas ni seguridades, habiendo el dicho rey de Francia con tanto perjuicio de su crédito y de sus hijos rompido su fe y juramento, como ha hecho. Y si so color de esto y de otras frívolas razones que el dicho rey de Francia alega, piensa de poner de su parte la justicia de la guerra, Dios será el juez de quien dependen las vitorias. Y en esto no se puede dar culpa a Su Majestad, teniendo como tiene su derecho por la capitulación de Madrid tan bien fundado, en el cual, sin su expreso consentimiento, no se puede hacer innovación.

»Cuanto al undécimo capítulo, bien le debiera estar al rey de Francia de poner adelante su injusta demanda sin obligarse a más, especialmente por la notoria inhabilidad de su persona; porque en lo que toca a Su Majestad y al rey de Ingalaterra, lo que el rey de Francia dice ni ha lugar ni quedará por Su Majestad que si alguna cosa hay mal entendida entre su tío el rey de Ingalaterra y él, que no la concierten bien entre ellos.

»En lo que toca al duodécimo capítulo, que habla de lo que el Emperador dijo al rey de armas Guyena sobre las palabras dichas en Granada al presidente de Burdeos, las cuales parece querer el rey de Francia ignorar, diciendo no haber sabido cosa que toque a su honra, por la respuesta que el Emperador hace a su cartel podrá claramente ver las dichas palabras, si ya no las sabe.

»Cuanto al décimotercio capítulo, en que respondiendo a lo que el Emperador dijo al rey de armas francés, que había él mejor cumplido lo que prometió al rey de Francia, que el rey de Francia lo que le prometió a él, finge no acordarse haberle hecho promesa alguna, diciendo: que del concierto que está por escrito, él se tiene por bien justificado, por no haber, como dice, estado de su libertad antes ni después, hasta estar en su reino, claramente se puede conocer de qué pie cojea el dicho rey de Francia, queriendo tan deshonestamente negar y contradecir una capitulación por él mismo hecha y jurada, por libertarse de la justa prisión en que estaba, sabiendo semejantes capitulaciones por derecho divino y humano ser válidas, y no está en la mano del dicho rey de Francia eximirse de la obligación así prometida y jurada, especialmente considerando el poder que el dicho rey dió a la regenta, su madre, antes que pasase en Italia, y mucho antes de su prisión. En virtud del cual poder, y de la comisión que ella dió a sus embajadores para la libertad del rey, su hijo, fué por ellos la dicha capitulación de Madrid hecha y concluída, por donde el dicho rey de Francia (aunque no se hallara en la conclusión de ella) queda enteramente obligado a la guardar y cumplir, cuanto más habiéndose él hallado presente cuando se trataba, y habiéndolo él mismo leído y oído leer en presencia de sus embajadores, y habiendo jurado de guardarlo inviolablemente, y habiendo sobre esto dado solenemente su fe de tornar a la prisión. Y si el dicho rey de Francia quiere bien pensar en su honra y conciencia, se podrá bien acordar cómo él mismo, estando bien sano, bien tratado y servido, no como preso, mas como yerno de Su Majestad, dió y fué él mismo inventor de dar su fe a Su Majestad en la manera que se la dió y envió a ofrecer por escrito. La cual él mandó a sus embajadores aceptasen, y así fué tomada y recibida del dicho rey de Francia por el virrey de Nápoles, autorizado para ello por los dos príncipes. Y dijo el mismo rey de Francia las palabras de su propria boca, como parece por escritura firmada de su propria mano y de las principales personas que se hallaron presentes. De manera que la cosa es tan notoria, que parece burlería ponerla en disputa. Y queriendo el rey de Francia dar a entender en sus reinos lo contrario de lo sobredicho y de las palabras y juramentos de entre Su Majestad y él, deshaciéndolo todo si pudiese, el Emperador no puede mejor mostrar y justificar la verdad en lo que toca a la fe del dicho rey, y la capitulación de Madrid, que por escrituras auténticas. Y lo que el dicho rey de Francia, queriendo trocar sus razones, dijo en su acto, de la empresa contra el Turco, fueron palabras para dar lustre a su arenga; porque la manera de la empresa que se había de hacer contra el Turco estaba expresamente concertada por la capitulación de Madrid, juntamente con los remedios de la seta luterana y otras herejías. Y si el dicho rey de Francia no hubiera rompido su juramento y su fe, como dicho es, y estuviera, como dice, tan aparejado para una tan buena obra, hubiera cumplido la dicha capitulación y hallado en Su Majestad debida correspondencia, y no hubieran sucedido los males que de Hungría y otras partes cuenta. Mas en haber él rompido la dicha capitulación de Madrid y excitando nueva guerra en la Cristiandad, y divertido por este medio las armas de Su Majestad de tan santa empresa, muestra bien la poca gana que tenía del bien de la Cristiandad y de la resistencia de los enemigos de ella.

»Cuanto al décimocuarto capítulo, que contiene la respuesta del embajador del Emperador, es tan honesta y tan buena, que no hay en ella qué replicar.

»Cuanto a lo que en el último capítulo el rey de Francia dice haber sido forzado a dar esta respuesta (que dice ser verdadera) por las cosas sobredichas, se puede bien conocer qué tales son las verdades del rey de Francia de que muestra soler mal usar. Y a lo que dice que estima al Emperador por tan gentil príncipe que responderá como gentilhombre y no como abogado, verse ha en la respuesta del cartel que Su Majestad le envía firmado de su mano, como dicho es, y también se verá en el efeto, y no quedará sino por el dicho rey de Francia hartarse del combate que él muestra tanto desear. Mas lo que dice que hará responder al chanciller del Emperador por un abogado y hombre del estado del dicho chanciller, que será más hombre de bien que él, bien se podría pasar el rey de Francia sin injuriar así con palabras públicas un buen servidor, porque sirva bien a su amo, y le bastaría tener un hombre tan de bien, limpio y entero como el dicho chanciller, de quien él se contentase que le osase aconsejar que guardase su palabra y su fe y promesas, y decirle libremente la verdad, para hacerle allegar su corazón y entendimiento a cosas grandes, magnánimas y virtuosas, y no a viles y bajas, que cierto no convienen a semejantes reyes y príncipes, a los cuales pertenece guardar inviolablemente su fe y palabra, y amar los virtuosos, y no hacer lo contrario.

»Esta presente escritura fué así ordenada por la Cesárea Majestad del Emperador y rey nuestro señor, entregada a su rey de armas Borgoña para que la diese a uno del Consejo del dicho rey de Francia que él le nombrase. Hecha en la villa de Monzón a veinte y cuatro días del mes de junio de 1528 años, firmada por mandado de Su Majestad. -ALEMÁN.»

»Y yo, el dicho Borgoña, rey de armas, obedeciendo al mandado de la Imperial Majestad, partí de la dicha villa de Monzón el dicho día, que fué a 24 de junio, y me fui a Fuenterrabía, que es en la frontera de Francia, cincuenta y cuatro grandes leguas poco más o menos de Monzón, donde llegué el último día del dicho mes de junio, pensando hallar el salvoconduto del rey de Francia para seguir mi camino, habiendo el rey de armas Guyena prometido a Su Majestad de procurarlo, y también el capitán de Fuenterrabía solicitádolo con el gobernador de Bayona, como me hizo parecer por certificación de las personas que a Bayona para esto había enviado. Y no hallando memoria del salvoconduto, el día siguiente, que fué primero de julio, escribí con un trompeta una carta a monsieur de San Bonet, gobernador de Bayona, del tenor siguiente:

Carta del rey de armas Borgoña al gobernador de Bayona.

«Señor gobernador, anoche llegué a esta villa de Fuenterrabía pensando hallar aquí salvoconduto del rey vuestro amo para ir donde él está, como el Emperador, mi natural y soberano señor me ha mandado, y no he hallado memoria de él, de que cierto me maravillo que tarden tanto a enviarlo, siendo para cosa de tan gran importancia; por lo cual os envío este trompeta para saber si el dicho salvoconduto está en vuestras manos, porque me lo podáis enviar, porque después no se pueda decir haber quedado por mí. Y Nuestro Señor os dé buena y larga vida. De Fuenterrabía, primero de julio. -Vuestro servidor, EL REY DE ARMAS BORGOÑA.

»A esto me respondió el dicho gobernador de Bayona la carta siguiente:

Respuesta del gobernador de Bayona.

«Señor rey de armas: recibido he la carta que me enviastes, y cuanto a vuestro salvoconduto hasta agora yo no lo he recibido, mas cada hora espero la posta que lo ha de traer, y en llegando os los enviaré. En esto no habrá falta, con ayuda de Dios, que, señor rey de armas, os dé lo que deseáis. De Bayona, a 2 de julio, año de 28. El todo vuestro amigo, SAN BONET.

»Haciendo yo solicitar mi salvoconduto, recibí otra carta del dicho gobernador, del tenor siguiente.

«Señor rey de armas, esta mañana ha llegado la posta del rey, mi soberano señor y amo, que me escribe cómo Guyena, su rey de armas, le había escrito que el Emperador, vuestro amo, vos quería enviar a Su Majestad con la respuesta del cartel que él le había enviado, y me mandó que antes de dejaros entrar en su reino sepa de vos si de la parte del Emperador vuestro amo traéis la seguridad del campo, como él entiende debéis traer. Y que, trayéndola, os asegure y deje pasar por todas sus tierras, haciéndoos el mejor tratamiento que será posible, y acompañaros hasta donde Su Majestad estará. A esta causa vos envío este trompeta, para que con él me aviséis por escrito y de verdad, si tenéis otra comisión más de traer la seguridad del campo. Con esto hago fin, rogando a Dios que os dé buena y larga vida. De Bayona, a 9 de julio. El todo vuestro amigo, SAN BONET.

»A esta carta yo respondí al dicho gobernador de Bayona, y le envió la respuesta con un trompeta, que es del tenor siguiente:

«Señor, recibí vuestra carta hecha a 9 del presente, en que decís que el rey vuestro amo os ha mandado saber de mí antes que me dejéis entrar en sus tierras, si de la parte del Emperador mi soberano señor llevo la seguridad del campo. La cual decís entiende el rey vuestro amo que debo llevar; y que con esto me dejaréis pasar por todas sus tierras, diciendo que os haga saber por escrito, y a la verdad, si llevo otra comisión, demás de la seguridad del campo.

»Señor: cuando yo partí del Emperador no me mandó Su Majestad declarar mi comisión a persona alguna, sino al mismo rey de Francia. A esta causa despaché luego una posta para saber lo que Su Majestad manda que os responda, y hame respondido mandándome os haga saber que llevo la seguridad del campo y otras cosas tocantes al combate, y respuesta al cartel del rey vuestro amo. Por lo cual, de nuevo os suplico me hagáis haber el dicho salvoconduto del dicho señor rey, para que yo pueda ir libre y seguramente a ejecutar mi comisión ante la persona del rey vuestro amo, como el Emperador me ha mandado, y como Guyena, vuestro rey de armas, hizo acá, sin serle puesta dilación, ni requerido ni importunado de declarar su comisión a persona alguna, sino al mismo Emperador. Y a esto os suplico me enviéis vuestra respuesta lo más presto que será posible. Y ruego a Dios que os dé buena y larga vida. De Fuenterrabía, a 16 de julio año de 28. -Vuestro servidor, EL REY DE ARMAS BORGOÑA.

»A esto el dicho gobernador me tornó a responder en la manera siguiente:

«Señor rey de armas, recibido he la carta que con éste trompeta me escribistes, hecha a 16 de julio, en que me avisáis cómo luego que recibistes mi última carta, despachastes una posta al Emperador para avisarle de lo en ella contenido y saber su voluntad y intención, y que después el dicho señor vos mandó me hiciésedes saber que traéis la seguridad del campo y otras cosas tocantes al combate, y respuesta al cartel del rey mi amo, sin comisión de decir lo que traéis a cargo a persona alguna, sino a la del rey mi amo. Cuanto a esto yo callo y no me entremeto, por muchas razones. Bien os quiero avisar que el rey mi amo, por el cartel que envió al Emperador por Guyena, su rey de armas, firmado de su mano y sellado con sus armas, le parece haber bien satisfecho a todo lo que el Emperador ha dicho y de aquí adelante contra su honra podrá decir, como aquel que la quiere guardar pura y limpia con Dios y con todo el mundo, y no andarse en demandas y respuestas, y basta haber por el dicho cartel protestado, deseando venir al efeto del combate, que hará cesar las escrituras. Por ende, si el Emperador vuestro amo quiere que vais a Francia a llevar al rey solamente la seguridad del campo, sin otra cosa alguna, como dicho es, hacédmelo saber, y a la misma hora enviaré un gentilhombre a Andaya para que os reciba a la salida de Fuenterrabía y os traiga a esta villa, donde os haré yo buena xera; después os haré llevar por las tierras del dicho señor rey mi amo, hasta que lleguéis donde Su Majestad está, donde creo seréis bien venido. Nuestro Señor os dé buena y larga vida. De Bayona, a 17 de julio año de 28. -El todo vuestro amigo, SAN BONET.

»A la cual respuesta yo torné a replicare en la manera siguiente:

»Señor: recibido he vuestra carta del 17 del presente, y por responderos a lo que decís que de este negocio queréis callar y no entremeteros por muchas razones, cierto haréis muy bien como de cosa que a la verdad toca mucho al rey vuestro amo, y a su honra, al cual conviene saberlo y poner en ello la mano. A lo que decís que el rey vuestro amo entiende haber satisfecho a su honra y protestado, por lo que yo le llevo podrá conocer que le converná usar de otro que de escrituras o protestaciones; me parece no ser honesto traerme así y en dilaciones como me traéis, pues que otra vez os torno a declarar que llevo la seguridad del campo, y lo que demás llevo no toca sino al combate y abreviación de él; y siendo así, no me debéis negar ni prohibir la ida a hacer mi oficio, siendo cosa nunca oída que el que habla no quiera oír cuando le responden, y no podría el dicho rey de Francia mostrar mejor a todo el mundo, que no quiere por medio del combate defender su honra que mostrando, como mostráis, que él quiere pretender haber acabado este negocio dando su cartel sin otra cosa. Por esto, y porque el Emperador quiere venir al efeto, yo os requiero esta vez por todas, que sin más dilación me enviéis el salvoconduto del rey vuestro amo, para que pueda libre y seguramente ir a ejecutar mi comisión como acá se hizo con Guyena y muchas veces he escrito; y rehusando o dilatándomelo, yo protesto que he hecho mi diligencia, y lo que al descargo de la Majestad del Emperador mi amo conviene; lo que vos sabéis cuánto importa. Y esperando vuestra breve respuesta de lo que otra vez os suplico, ruego a Nuestro Señor que os dé buena y luenga vida. De Fuenterrabía, a 26 de julio año de 28. -Vuestro servidor, EL REY DE ARMAS BORGOÑA.

»Después de esto, sin haber respuesta de la dicha carta, le torné a escribir otra del tenor siguiente:

«Señor gobernador: hoy ha nueve días que con este trompeta vos escribí una carta en respuesta de la vuestra, deseando haber mi salvoconduto, y cuando volvió el trompeta me dijo que le habíades dicho que se volviese, que con otro me enviaríades la respuesta. Y pues sabéis, señor, cuánto tiempo ha que estoy aquí esperando mi salvoconduto, os suplico con este trompeta que os torno a enviar que me lo enviéis, avisándome sobre esto de vuestra voluntad. Nuestro Señor os dé buena y larga vida. De Fuenterrabía a 3 de agosto, año de 28. -Vuestro servidor, EL REY DE ARMAS BORGOÑA.

»No habiendo recibido respuesta de las dichas cartas, no obstante que el dicho señor de San Bonet hizo decir y vedar al dicho trompeta, como él me refirió, que no volviese más y que fuese con el diablo, le torné otra vez a escribir una carta del tenor siguiente:

«Señor, a 26 del mes de julio pasado os respondí a la carta que me habíades escrito, suplicándoos por ella y por otra que a 3 de este mes os escribí, que me enviásedes el salvoconduto del rey vuestro amo, de que jamás he podido haber respuesta. Por tanto, señor, os ruego que me enviéis el dicho salvoconduto si lo habéis recibido, o que con este trompeta me aviséis de vuestra intención, pues sabéis cuánto tiempo ha que estoy aquí esperando este salvoconduto, como ya otras veces os he escrito. Nuestro Señor os dé buena y larga vida. De Fuenterrabía, hoy miércoles 12 de agosto, año de 28. -Vuestro servidor, EL REY DE ARMAS BORGOÑA.»

»Después de esto recibí una carta del dicho gobernador de Bayona del tenor siguiente:

«Señor rey de armas: a esta hora he recibido la posta del rey mi soberano señor y amo, con que me ha enviado el salvoconduto que pedís, para ir seguramente donde Su Majestad está, a ejecutar vuestra comisión, y me escribe estar descontento de mí por haberos hecho tanto tiempo esperar, como podéis ver por su carta, que aquí os envío, la cual os ruego me tornéis a enviar cuando la hayáis visto, avisándome cuándo pensáis venir aquí, por que os enviaré vuestro salvoconduto con uno de mis gentileshombres, que irá hasta Andaya y os traerá a esta villa, y de aquí os haré acompañar hasta donde está el rey. Señor rey de armas, Nuestro Señor os dé buena y luenga vida. De Bayona, a 17 de agosto, año de 1528. -El todo vuestro amigo, SAN BONET.»

La carta del rey de Francia escrita al gobernador de Bayona, de que arriba se hace mención.

«Monsieur de San Bonet. Yo he visto lo que me habéis escrito y las copias que habéis enviado a mi primo, el mayordomo mayor, en que he visto cómo en Fuenterrabía está un rey de armas del Emperador que dice venirme a traer la seguridad del campo y otras cosas tocantes al combate y abreviación de él. Y porque yo entiendo que en tal caso el dicho rey de armas pueda venir donde yo estoy, y, ejecutada su comisión, volverse a su amo y llevarle respuesta, salva y seguramente, os envío aquí un salvoconduto conforme al cual lo haréis guiar, bien tratar y hacer la costa hasta el lugar donde yo estuviere por algún discreto gentilhombre; y mirá que no hagáis falta. Y hallo bien extraño que habiéndoos él escrito que trae la seguridad del campo, hayáis tanto dilatado de dejarle venir en virtud del salvoconduto que antes os había enviado. Y a Dios seáis, señor de San Bonet, el cual os tenga en su guarda. Escrita en Fontainebleau, a 13 de agosto de 1528 años. -FRANÇOIS. -El secretario, Bayart.

»Luego yo respondí al dicho señor de San Bonet en la manera siguiente:

«Señor: recibido he vuestra carta, con la que el rey de Francia vuestro amo os escribió, la cual vos torno a enviar. Y a lo que me escribís haber recibido el salvoconduto que yo pido para ir seguramente al rey vuestro amo para ejecutar mi comisión, y que os avise cuándo determino ir allá, porque enviaréis el dicho salvoconduto con uno de vuestros gentileshombres que me llevará a Bayona y de ahí me faréis acompañar hasta el lugar donde el rey vuestro amo estuviere. Yo, señor, os lo tengo en merced; y os hago saber, como muchas veces os he escrito, que yo no espero aquí sino el dicho salvoconduto, y que, habido, estoy presto y aparejado para partirme luego, y ir lo más presto que yo pudiere a ejecutar mi comisión ante el rey vuestro amo. Por esto, señor, otra vez os suplico que me lo enviéis, rogando a Nuestro Señor que os dé buena luenga vida. De Fuenterrabía, hoy martes a 18 de agosto, año de 28. -Vuestro servidor, EL REY DE ARMAS BORGOÑA.»

«El día siguiente, que fué a 19 de agosto, vino a Fuenterrabía un trompeta llamado Martín de Argáin, diciendo que en Andaya estaba el capitán del castillo vicio de Bayona, llamado Pedro Boussousvel, enviado por el dicho señor de San Bonet a traerme mi salvoconduto y guiarme hasta Bayona, el cual salvoconduto el dicho Pedro Boussousvel me enviaba con el dicho trompeta; el cual me lo dió, y el tenor de él es éste que se sigue:

«De parte del rey. A todos nuestros lugartenientes, gobernadores, mariscales, almirantes, vicealmirantes, bailíos, senescales, prebostes, capitanes, cabezas y guiadores de gente de guerra, así de pie como de caballo, capitanes, maires y eschevines, guardas y gobernadores de buenas villas, ciudades, castillos, fortalezas, puentes, puertos, pasos, jurisdiciones y distritos, y a otras cualesquier justicias y oficiales nuestros, o a sus lugartenientes y a cada uno de ellos en sus lugares, como a cada pertenecerá. Nos queremos y os mandamos que al portador de ésta, que es uno de los reyes de armas del Emperador, llamado Borgoña, al cual con otras cuatro personas y cinco caballos habemos dado y damos buena seguridad e leal salvoconduto, trayéndonos la seguridad del campo, hagáis, consintáis y dejéis venir ante Nos y volverse a su amo salva, franca y seguramente, sin detenerlo, estorbarlo o embargarlo en alguna manera, así a la venida como a la vuelta, su persona ni sus bienes, criados, caballos, ropa ni cualquier otra cosa en cualquier manera que sea. Y si algo de esto le hubiese sido hecho, haceldo luego alzar, satisfacer y quitar, haciéndolo poner en llana y entera libertad y en su primero y debido estado; y en lo demás, recibirlo y bien tratarlo por doquiera que pasare, y darle mantenimientos guías y otras cosas necesarias, con condición, empero, que en el dicho viaje no hará ni procurará cosa alguna contra nuestro reino, tierras, señoríos y súbditos.

»Fecha en Fontainebleau debajo de nuestro sello secreto, primero día del mes de agosto, año de 1528, firmada por el rey BAYARTE.»

»En virtud de este salvoconduto, y después de haberlo esperado en Fuenterrabía, pedido y solicitado como dicho es, por término de cincuenta días, me partí de Fuenterrabía para ir a ejecutar mi comisión, y pasado el río que pasa entre Fuenterrabía y Andaya, entrando en el reino de Francia me vestí mi cota de armas, vínome a recibir el dicho Pedro Boussousvel, y me dijo que yo era el muy bien venido en las tierras del rey su amo, y que tenía cargo del señor de San Bonet de llevarme a Bayona. Yo se lo tuve en merced, diciendo que por el trompeta que me había enviado había recibido mi salvoconduto, en virtud del cual había entrado en Francia para ir al rey y ejecutar el cargo y comisión que la Majestad del Emperador me había dado. Llegué a Bayona el dicho día, a obra de seis horas después de mediodía, y queriendo ir derecho al señor de San Bonet, el dicho Pedro Boussousvel me llevó a descabalgar en el mesón del Chapeo Rojo, diciéndome que fuese contento de esperar allí un poco hasta que él avisase de mi venida al dicho señor de San Bonet. El cual señor de San Bonet vino luego al dicho mesón, y me dijo que yo era el bien venido; teniéndoselo yo en merced, le respondí que yo quisiera ir a su posada para decirle cómo era venido allí en virtud del salvoconduto que él me había enviado con deliberación de llegar al dicho rey de Francia lo más presto que fuese posible, para ejecutar el cargo y comisión que tenía del Emperador. Por tanto, le rogaba hiciese de manera que en virtud del dicho salvoconduto pudiese yo libre y seguramente pasar al dicho rey de Francia, como en España favorablemente había sido permitido al rey de armas Guyena. A esto me respondió el señor de San Bonet que él despacharía el dicho Pedro Boussousvel para que me llevase seguramente hasta donde el rey de Francia su amo estaba, y que podría partir el día siguiente por la mañana; y así lo hizo. Que el día siguiente, conviene a saber, a 20 de agosto, yo partí de Bayona y salió conmigo el señor de San Bonet hasta una iglesia que está de la otra parte de la puente del río que pasa por Bayona, y despidiéndome del dicho señor de San Bonet, entre otras palabras, le dije las siguientes, en sustancia:

»Señor gobernador: bien creo que sabéis cómo de antigua costumbre los oficiales de armas como yo tienen privilegio de ir y venir a cualesquier príncipes, libre y francamente, sin tener necesidad de salvoconduto, demás del privilegio de su oficio, el cual privilegio, como la razón y honestidad lo requiere, ha sido siempre guardado por cualesquier reyes y príncipes, magnánimos y virtuosos así cristianos como también infieles; y aunque yo haya pedido salvoconduto para hacer este camino al rey de Francia, y lo haya solicitado y pedido por diversas cartas, no por eso entiendo romper los privilegios y preeminencias de los oficiales de armas, y lo que yo he hecho solamente ha sido porque el rey de Francia pidió y quiso que su rey de armas tuviese salvoconduto antes que entrase en España a traer el cartel del dicho señor rey. A esto me respondió el señor de San Bonet que el rey su amo había hecho demandar salvoconduto para su rey de armas por ser la materia que llevaba a cargo de tan gran importancia. A lo cual yo repliqué que cuanto de mayor importancia era la materia, tanto más se debía él fiar en los privilegios de su oficio. Y sin insistir más en esto, me partí el dicho día, y conmigo el dicho Pedro Boussousvel. Y llegamos a Estampes, que es obra de catorce leguas de París, a dos días del mes de setiembre del dicho año, a las nueve de la mañana, donde hallamos al rey de armas Guyena, que, como me dijo, esperaba mi venida. Díjome que el rey su amo era ido a caza a Monfort Lamory, y lo había enviado a recibirme porque me hiciese ir a Longemeau hasta que hubiese nuevas del dicho señor rey, y le había mandado que, como me hubiese encontrado, volviese a hacer saber mi venida y a saber dónde quería que yo fuese a hallarlo, y que yo me podía estar aquel día en Estampes, y el día siguiente irme a Longemau. Dicho esto, se volvió al rey su amo, y el día siguiente, que fué a 3 de septiembre, tornó el dicho Guyena a Longemeau a hora de comer, y me dijo cómo había hallado monsieur de Montmorensi, mayordomo mayor del dicho señor rey, y le había dicho cómo el rey era ido diez leguas de allí cazando tras un ciervo, y iba a dormir aquella noche a Ondan, y que le había a él mandado se volviese a decirme que esperase allí hasta que el rey viniese a París, que entonces él me enviaría a decir la voluntad del rey y dónde lo iría a hallar. Y porque yo persistía siempre en querer pasar adelante especialmente a París, por saber más presto dónde podría hallar al rey para ejecutar mi comisión, diciendo que no quería yo más esperar allí, el dicho Guyena, en mi presencia, mandó de parte del rey al dicho Pedro Boussousvel (que, como dicho es, me guiaba) que no me llevase camino de París ni me consintiese ir allá. Entonces yo dije a Guyena que no había él sido así tratado en España, antes, como él bien sabía, le habían permitido ir libremente a su voluntad y sin ser detenido, a ejecutar su comisión sin dilación alguna, y que pues yo tenía salvoconduto del rey, no me debían por razón impedir que no fuese a ejecutar mi comisión, y que los reyes de armas no suelen ser así tratados; protestando que lo diría a la Majestad del Emperador, y donde menester fuese. A esto me dijo el dicho Guyena, con enojo, que si no quería esperar allí, que me convernía andar buscando al rey por los bosques y florestas, y no camino de París, porque no me sería permitido. A esta causa, y por no poder yo saber, a la verdad, dónde estaba el rey, porque me lo encubrían y no me dejaban ir a París, fui forzado a esperar en el dicho lugar de Longemeau hasta el jueves tres días del dicho mes, que vino allí un gentilhombre que decía ser enviado de la parte del rey, por su mayordomo mayor, para que allí me tuviese compañía, y me dijo que esperase allí hasta que el rey viniese a París, donde podría ir a hallarlo. Yo le respondí que no determinaba ni podía más esperarlo allí, antes quería ir a buscar al rey doquiera que estuviese, rogándole que me dijese dónde le podría hallar. Respondióme que no era posible, porque andaba por los bosques y florestas cazando, mas que él esperaba sabría presto nuevas de él, y que el día siguiente los dichos Guyena y Pedro Boussousvel irían al rey a saber su intención, y dónde sería servido que yo le fuese a hablar, y así lo hicieron. Y yo quedé allí con el dicho gentilhombre hasta los nueve de septiembre, que el dicho Guyena me vino a llamar para llevarme a París, donde estaba el rey. Entrando por los arrabales de París me quise vestir mi cota de armas como en las otras villas de Francia había hecho, mas el dicho Guyena echó mano de ella, vedándome expresamente de parte del rey su amo, que no me la vistiese, diciéndome con palabras harto rudas y haciendo burla, que aquello eracosa de un San Nicolás de aldea, y que si él se hubiese hallado en las otras villas por donde había pasado, no me hubiera consentido vestir cota de armas, porque el rey su amo no entendía que el Emperador me hubiese enviado en su tierra para hacer nuevas costumbres. Preguntándome si Su Majestad me lo había mandado, yo le respondí que tenía comisión de usar de mi oficio como conviene y que por derecho de él yo podía y debía traer por do quiera mi cota de armas, como él mismo, siendo oficial de armas, debía saber; pero que si el rey su amo no lo quería consentir, no la vestiría, protestando de hacer relación de todo. Entonces, los dos gentileshombres que me guiaban, me hicieron apear en un mesón en los arrabales, diciendo querían ir a hablar al rey antes que llevarme más adelante, y obra de cuatro horas después volvieron, trayendo consigo dos notarios, y ante ellos me dijeron que si quería entrar en París con mi cota de armas vestida, pasaría gran peligro del pueblo, y si algún inconveniente acá hiciese de mi persona, lo remetían a mi peligro, cargo y fortuna, y que jamás les pudiese ser de mandado, ni reprochado. Yo les respondí que protestaba por el contrario, y que de aquella manera no quería salir de mi posada, temiendo que a la ida y venida no me hubiesen tramado de hacerme algún daño. Entonces los dichos gentileshombres volvieron a París, y cuando tornaron me dijeron que habían hablado al mayordomo mayor del rey, y que a su cargo podía seguramente entrar. Entonces yo me vestí mi cota de armas y entré en París acompañado de los dichos gentileshombres, que me llevaron a posar en casa de un canónigo, detrás de 1a claustra de Nuestra Señora, y guardado por dos archeros que nunca me dejaron mientras estuve en París. Desde a un poco, rogué al uno de los dichos gentileshombres que fuese a decir al mayordomo mayor que yo quería hablar con él. El gentilhombre lo hizo, y el día siguiente por la mañana el mayordomo mayor me envió a llamar; al cual yo dije cómo era venido allí de parte del Emperador a traer al rey su amo la respuesta del cartel que había poco ha enviado a Su Majestad por el de armas Guyena, suplicándole que avisase de ello al rey, y me hiciese saber cuándo me quería dar audiencia pública. Díjome que me volviese a mi posada hasta que me llamasen, lo cual yo hice. Y el mismo día, a obra de las cuatro horas, me envió a llamar que fuese al rey; yo cabalgué luego, y, vestida mi cota de armas, acompañado de gentileshombres, reyes de armas y archeros, vine así hasta el patio del palacio donde el rey posaba, y entré en una gran sala, donde el rey estaba acompañado de príncipes, perlados, gentileshombres y otra gente. Como yo comencé a hacer mi reverencia, el rey sin darme tiempo para hablar, me dijo: «Rey de armas, has tú hecho hasta agora tu oficio como debes, tú sabes lo que escribiste en tus cartas, ¿tráesme la seguridad del campo, como yo en mi cartel escribí al Emperador tu amo? Respóndeme.» Yo respondí: «Señor ¿si seréis servido que yo haga mi oficio y diga lo que por el Emperador me ha sido mandado?» A esto respondió el rey: «No, si no me das primero la patente firmada de tu mano que contenga la seguridad del campo, y no otra cosa, que bien sabes lo que en tu salvoconduto se contiene.» Entonces, queriendo yo demandar licencia para hacer mi oficio, como me había sido mandado, dije: «Sire, la Sacra Majestad del Emperador...» y diciendo esto, el rey me interrumpió mi habla, y me dijo: «Yo te digo que no me hables de cosa alguna, pues no tengo que hacer contigo, sino con tu amo. Mas cuando me hubieras dado su patente, y el campo sea bien asegurado, entonces daré yo licencia que digas lo que quisieres, y no de otra manera.» Entonces dije yo: «Sire, me ha sido mandado que yo mismo lo lea, y después os lo dé, si sois servido darme licencia para hacerlo, o quien habiéndooslo dado pueda acabar mi oficio.» Entonces el rey se levantó súbitamente de su silla, diciendo rigurosamente y con enojo: «Cómo, ¿tu amo quiere poner nuevas costumbres en mi tierra? Yo no entiendo que me use destas hipocresías.» Yo le respondí: «Sire, yo soy cierto que el Emperador hará siempre lo que un virtuoso príncipe por su honra debe hacer»; a esto dijo el rey: «Yo lo tengo a él por tan virtuoso príncipe, que creo lo hará así.» Y diciendo esto, su mayordomo mayor no se qué le quiso decir. Y luego, el rey, rigurosamente y con enojo, dijo: «No, no, que yo no le daré licencia si primero no tengo la seguridad del campo, sin la cual vuélvete como te viniste, y no me digas otra cosa.» «Sire, dije yo luego, sin que vos lo permitáis, ni yo podré hacer mi oficio, ni daros el cartel del Emperador sin vuestra licencia, la cual otra vez os pido, y si no me la queréis dar, porque yo no falte en hacer mi relación, tener por bien por darme por escrito cómo me la negáis, guardándome vuestro salvoconduto para volverme.» El rey, con enojo, dijo: «Yo quiero que le sea dada.» Viendo yo esto, y que el rey no me quería oír, ni permitir que hiciese mi oficio, interrumpiendo mi habla a cada paso, no pude proceder más adelante, y salido de allí me volví a mi posada acompañado como había venido. Después procuré de hablar al mayordomo mayor, y no lo pude hacer hasta dos días después, que le dije: «Señor, al principio acudí a vos para que me hiciésedes haber audiencia del rey y él no me ha querido oír, ni dar licencia para hacer mi oficio, ni dejarme ejecutar mi comisión, en que sin su licencia no he podido proceder; todavía, confiándome en su salvoconduto, y en los privilegios que los magnánimos y virtuosos príncipes, así cristianos como infieles, han siempre guardado a los reyes de armas, como creo que también él hará, porque se conozca que el Emperador hace lo que debe, y que la cosa no queda por él, yo suplico digáis al rey que cuando fuere servido yo le entregaré el cartel del Emperador, que contiene la seguridad del campo, como yo he muchas veces dicho y escrito, y como Su Majestad me lo mandó; y si no lo quisiese recibir, faré de ello mi relación protestando que la Cesárea Majestad lo fará notificar y publicar donde le parecerá conveniente.» Esto le quise yo dar por escrito, pero él me dijo que hablaría al rey, y me respondería; y nunca yo pude haber esta respuesta hasta los 15 de setiembre, que el dicho mayordomo mayor me envió a llamar, y en un gran corredor de palacio me dijo que, por entonces, el rey no me quería dar más audiencia, pues mi comisión era expirada, y me podía volver cuando quisiese. Entonces le dije yo, que pues el rey no era servido de darme audiencia para ejecutar mi comisión, como el Emperador me había mandado, que yo me volvería y faría relación de todo, por donde podrían todos conocer que ninguna cosa queda a falta o culpa de Su Majestad, porque como yo le había rogado que dijese al rey, yo estaba presto y aparejado todas las veces que él quisiese para darle el cartel que Su Majestad le enviaba, que contenía la seguridad del campo y respuesta al cartel que el rey de armas Guyena le llevó. Por lo cual, yo protestaba de hacer dello relación, como dicho es; y que la Cesárea Majestad lo haría publicar en todas las partes que bueno y conveniente le pareciese. Y tras esto le dije luego públicamente estas mismas palabras en alta voz en el dicho corredor, donde estaba el mayordomo mayor y el secretario Bayarte y obra de cien personas que tomé por testigos. Y el mismo día el dicho secretario Bayarte me envió a decir con el rey de armas Guyena, que fuese a su posada. Yo fui luego y quísome dar una escritura, la cual yo no quise recibir, porque no contaba la cosa como había pasado; especialmente no estaban puestas las palabras recias que el rey me había dicho, ni mis respuestas como habían pasado, ni cómo se había el rey de súbito levantado. A esta causa me partí de París a 16 de setiembre, por volverme al Emperador con su cartel y escrituras arriba insertas. Y tornando a pasar por Bayona el primer día de octubre, el dicho señor de San Bonet, entre otras cosas me preguntó cómo había sido tratado. Yo le respondí, que de mi persona muy bien; mas que el rey no me había querido dar licencia para hacer mi oficio. Entonces me dijo el dicho señor de San Bonet: «Eso mismo me pensaba yo cuando por aquí pasastes.» De allí seguí mi camino hasta Madrid, donde el Emperador estaba. Llegué a 7 días del mes de octubre, y di cuenta a Su Majestad de lo que me había encomendado, certificándole de verdad haber todo lo susodicho pasado, como dicho es. En fe y testimonio de lo cual firmé esta relación de mi signo y nombre.

En Madrid a 7 días de octubre de mil y quinientos y veinte y ocho años.

EL REY DE ARMAS BORGOÑA.»

[Determinación sobre este desafío por el Consejo de Castilla.]

He visto dos cartas que el Emperador escribió, una al condestable de Castilla, otra al duque del Infantado, y de la misma manera escribió a otros grandes de Castilla y Aragón, diciendo cómo el lunes 8 de junio había llegado a Monzón un faraute del rey de Francia, con un cartel de desafío de persona a persona, a causa de ciertas palabras que él había dicho a sus embajadores y al dicho faraute al tiempo que él y el del rey de Ingalaterra hicieron el desafío general en Burgos. Las cuales él les había dicho, viendo que con el dicho rey de Francia no habían aprovechado algunos medios ni cosas en que él venía deseando asentar la paz en la Cristiandad y creyendo que por esta manera se consiguiría más presto, pues por ella se acababan sus diferencias, y se excusaba la guerra y efusión de sangre, que se esperaba. Por lo cual, y por no ver tantos trabajos, muertes y daños en sus reinos, vasallos y servidores, tuvo por bueno aventurar su persona a trance de batalla con la suya, de la cual (dice) con ayuda de Nuestro Señor, que sabía su intención y su justicia, que a todos era manifiesta y notoria, esperaba la vitoria; y que le dió lugar que hiciese sus autos libremente y en público, porque así se suplicó y así lo hizo, estando presentes todos los perlados, grandes y vasallos que allí se hallaron. Y porque por ser el caso de la calidad y importancia que es, no había querido responder hasta agora, deseando ver primero sus pareceres, porque tenía por cierto que le aconsejarían lo que era más conveniente a su honra y a la destos reinos, que es toda una, y que pues conocían las mañas del rey de Francia y cuánto le convenía responderle con brevedad, porque con la dilación no pudiese tomar ocasión de ponellas en obra, los rogaba y encargaba que, porque su partida de allí sería muy breve, y entendía responder antes de partir, se lo enviasen por escrito en manera que para 25 de junio tuviese la respuesta; que hasta allí, aunque fuese con algún impedimento, se podría esperar, y no más; por lo que era obligado a cumplir con lo que debía.

Estas cartas se despacharon a 15 de junio, y el duque del Infantado respondió a 20, con muchas cortesías y ofrecimientos de querer poner su persona en el peligro, por sacar de él al Emperador, mas no concluye cosa de sustancia, y en lo que parece que se resuelve más, es en que el Emperador no debe acetar el desafío. El parecer del condestable (que sería diferente por el mucho valor y discreción que este príncipe tenía), no le he visto, sino la carta que el Emperador le escribió agradeciéndole su parecer, en el cual dice que se mostraba bien su prudencia y gran discreción, y el amor que le tenía y lo que deseaba su honra y servicio. De lo cual todo estaba muy satisfecho, y que vistos todos los pareceres se acordaría la respuesta más conveniente y de ella se le avisaría, como a quien tanta parte le cabía de lo que a él tocaba. Que son palabras en que el Emperador mostraba lo que el condestable merecía y cuánto le estimaba.

Y debió de ofrecer el condestable que quería él ir a Monzón para acompañar al Emperador, porque le dice que el trabajo que quería tomar en ir, se lo agradecía, pero que su ida a Castilla sería breve y entonces habría mejor disposición para que le pudiese ver, de que él se holgaría mucho y le mandaría avisar de su partida y del camino que había de llevar.

El Consejo real de Castilla, que es uno de los senados graves y acertados que ha tenido el mundo, y de mayores letras, confirió todo junto este caso, y lo que salió desta consulta fué:

Que vista la fe y testimonio que Borgoña, rey de armas, había dado, certificando todo lo que pasó desde que llegó a Fuenterrabía y entró en el reino de Francia, y después de llegado en París con el rey de Francia, ante el legado del Pontífice y otros grandes caballeros, y de lo que así mismo pasó con su mayordomo mayor; y habida consideración que el faraute o heraldo, preguntado por el rey si llevaba seguridad del campo, le respondió que sí, y le pidió que le dejasen leer el cartel que llevaba, y le dejase usar su oficio, o que le diese licencia y salvoconduto para devolver, y no le quiso oír ni ver lo que llevaba; y visto todo lo demás con todo el estudio y deliberación que en caso tan grande y de tanta calidad se requiría, les parecía de una conformidad que, según razón natural, que es como ley eterna, que a todos obliga, y según el derecho de las gentes, y por las leyes antiguas del derecho militar y hazañas pasadas entre príncipes y caballeros, y conforme a todas leyes y derechos, que el Emperador había cumplido y satisfecho al desafío que se propuso entre él y el rey de Francia, y al honor y estado de su imperial y real persona, y a lo que como caballero y gentilhombre, hijo-dalgo, era obligado, y que el rey de Francia no hizo ni cumplió lo que debía y era obligado como caballero, pues no quiso oír lo que el rey de armas le quería decir, ni le dió lugar para que cumpliese con su oficio y cargo, ni que leyese el cartel, por donde clara y abiertamente fué visto rehusar el campo y la batalla, y que el Emperador no era obligado, ni debía hacer ni mandar hacer otro acto ni protestación, ni diligencia, ni demostración alguna en este caso, como con persona que ni quiso oír ni leer lo que era obligado y debiera saber, porque la denegación del rey de Francia había dado fin a esta causa, y, por tanto, no se debía pasar más adelante, salvo que se hiciese saber lo susodicho a algunos grandes destos reinos, y capitanes de sus gentes y ejércitos, y a otras personas que a Su Majestad pareciese, para que se enterasen de la verdad y de lo que en este caso había pasa do.

[Comunica el Emperador al reino el parecer del Consejo.]

Con el parecer del Consejo real, dado con tanto fundamento, valor y prudencia, escribió el Emperador a los perlados y cabildos de las iglesias, queriendo que todos supiesen la justificación de sus hechos, y así, les dice que a todos era notoria la causa por que teniendo preso en estos reinos al rey de Francia le soltó, pareciendo que de lo que con él se había capitulado, resultaría una paz universal, por él muy deseada, para poder mejor emplear sus fuerzas contra los infieles; y que no mirando la buena obra que había recibido, ni al juramento que hizo de volver a la prisión, no guardando lo capitulado, luego que se vió libre hizo ligas y confederaciones para le hacer la guerra. Que envió sus embajadores poniendo otras nuevas capitulaciones, sin haber causa para alterar las primeras. Y que por haber deseado la paz con el dicho rey y con otros príncipes con quien él se había confederado, tuvo por bien tratar de ella de nuevo, y dejar mucho de lo que antes tenía asentado, satisfaciendo a sus embajadores. Pero que el rey no daba seguridad ni quería sacar los ejércitos con que le hacía guerra en Italia; antes pedía que primero le entregase los hijos que tenía en rehenes, para llevarlos libremente a Francia. Lo cual no convenía, porque teniendo los hijos libres, como deseaba, en su mano estaría la guerra. Y que habiendo faltado a su palabra teniéndolos presos, menos se podría fiar de él para las cosas de adelante si estuviesen libres. Que no le concediera las cosas que le daba, según eran aventajadas, si no fuera teniendo delante el servicio de Dios y bien universal, y por tener más justificada su causa ante Dios para la guerra. Y que habían aprovechado tan poco sus cumplimientos y buenas intenciones, que aunque conocía claramente el rey el provecho que de ellas se resultaba, huyendo de la paz no las recibía; antes, hoy, día de la fecha desta, en su nombre y del rey de Ingalaterra le habían desafiado personalmente, amenazándole con guerra a fuego y a sangre, y que él estaba muy satisfecho y tenía de su parte tantas justificaciones para no ser causa de las muertes y males que dellas resultarían, que esperaba en Nuestro Señor (que sabía su intención y sus deseos) le daría vitoria. Pídeles que lo encomienden a Dios, que luego se digan misas y hagan especiales plegarias, sacrificios y procesiones, y en los púlpitos se predique y encomiende a Dios.

Es su data a 27 de enero de 1528.

Muerte del infante don Juan. -Muere doña Teresa Enríquez.

Después de haber comunicado el Emperador con los letrados y grandes de sus reinos, lo que como caballero y cristiano debía hacer en estos desafíos, para seguridad de su honra y conciencia, escribió también a las ciudades, enviándoles una relación de todo este hecho, y diciendo que por ella verían lo que había pasado en el cartel de desafío hecho por el rey de Francia, y la relación que Borgoña, rey de armas, que con el suyo fué a Francia, había traído; de lo que en el viaje le sucedió y con el mismo rey de Francia; y el parecer que sobre ello habían dado los perlados y grandes destos reinos, con el Consejo real de Castilla, y de Estado y Guerra. Y para que a todos constase la justificación que de su parte había, mandó a su secretario Francisco de los Cobos que les enviase la relación dicha. Hízose el despacho en Toledo a 10 de noviembre deste año de 1528, y detúvose tanto porque se imprimió y por otras ocupaciones que hubo.

No se trataba de otra cosa en la Cristiandad, sino destos desafíos, por ser cosa tan nueva y jamás oída, entre dos tan poderosos príncipes. Y si bien el de Ingalaterra no hizo más de lo que dije en Burgos, no por eso dejaba de dar calor a la guerra, que sangrientamente andaba en Italia, y en todas ocasiones, con palabras y obras, se mostraba enemigo del Emperador, queriendo con tal ocasión dar color, y tenerla a su parecer bastante, para hacer el divorcio desatinado que malamente hizo, repudiando a la reina doña Catalina, su mujer, tía del Emperador y infanta de Castilla, que según opinión de muchos era una santa.

Cegóse este miserable rey con los amores de una Ana Bolena, de la cual se dejó tanto vencer, que perdió el juicio y razón de cristiano. Dió en mil desatinos (como hacen los pecadores, dando de a abismo en abismo) hasta despeñarse en el profundo, negando la fe católica, cuyo defensor, antes que cegase, había sido. Hay dello historia particular. Y en esta, con esto acabo, reservando lo demás para la segunda parte desta obra.

Diré primero la muerte temprana del infante don Juan, hijo del Emperador y de la Emperatriz, que fué en Valladolid, en las casas de Francisco de los Cobos, comendador mayor de León, en este año de 1528, viernes a 29 de marzo. La enfermedad que le acabó fué la que los médicos llaman alferecía. Depositaron su cuerpo malogrado en el monasterio de San Pablo desta ciudad.

Y este año de 1528, mandó el Emperador tener Cortes en la villa de Madrid, y en ellas juró doña Leonor, reina de Francia, como infanta de Castilla, al príncipe don Felipe, y así mismo lo juraron los perlados, grandes y procuradores del reino, y a los que faltaron por estar ausentes, lo escribió el Emperador a 4 de junio.

Diré asimismo la muerte de una señora notable en sangre y santidad, por lo que merecen semejantes personas. Doña Teresa Enríquez, mujer de gran fe, murió a 4 de marzo. Su vida fué notablemente ejemplar; despreció las honras vanas deste siglo, veneró grandemente el Santísimo Sacramento de la Eucaristía, edificó en Roma una capilla al glorioso mártir español San Lorenzo, gastó su hacienda en hacer custodias para el Santísimo Sacramento en diversas iglesias, dió velos, hizo sagrarios donde con decencia estuviese, mandó dar hachas para cuando le sacasen de la iglesia, envió clérigos honestos por diversas tierras y provincias, a visitar el Santísimo Sacramento, y donde hallaban que había necesidad, proveía luego. Dió cálices y ornamentos; daba salarios a hombres que en los lugares a boca de noche andaban tañendo una campanilla por las calles, pregonando que todos rogasen a Dios por los fieles difuntos, como ya es loable costumbre en toda la Cristiandad. Hizo otras muchas otras de piedad y [pasó] su vida con rigor y abstinencia. Y así fué el fin cual ella, y por ella digna de mil alabanzas, y desta eterna memoria debida a los justos. Decienden desta señora muchos grandes y caballeros de Castilla.

Qué oficio es el de rey de armas. -Feciales. -Héroes, heraldos. -Nájara. -Lo que es de este oficio. -Hernán Cortés.

Oblíganme los desafíos de nuestros príncipes a decir qué es y ha sido el oficio de los reyes de armas, por cuyos medios andaban sus carteles y a decirse palabras de tanta cólera y pasión en público y en secreto, guardándoseles tanto respeto a reyes de armas, por razón del oficio que tenían.

Por las historias de griegos y romanos parece la institución de los feciales, que son los que llamamos reyes de armas, y la autoridad que tenían entre los príncipes, que se servían de ellos en las ocasiones de paz y guerra para juzgar en todo juntamente con el Senado o magistrado y general del ejército, y lo que se concluía, los feciales lo denunciaban, y estaba a su cuenta pedir al enemigo que restituyese lo que injustamente tenía usurpado, y satisfaciese los daños y otras cosas concernientes al bien, conservación y autoridad de la república; como parece por las leyes de las doce tablas, capítulo De fecialibus.

Isidoro y Nauclero dicen que en la monarquía de los asirios, que fué la primera del mundo, había feciales, denunciadores de la guerra y de la paz. Y a lo que esto decían se daba tanto crédito como agora se da a las firmas y escrituras auténticas. Eran entre todos los cristianos respetados, y si en alguna parte se les impedía el camino, o hacían mal tratamiento, las demás provincias se ofendían y lo tenían por hecho bajo, feo y sin honra; así dijo Catón, Fecialem ne laedito; y el emperador Federico, año 1486, privó de honra y buena fama al que ofendiese por hecho o palabra al fecial, heraldo o mensajero.

Eneas Silvio, Senes, que fué Pío II, refiere en una carta suya lo que de los feciales trata Tucídides, historiador griego. Dionisio, llamado Liber Pater, y por otro nombre Baco, que permitió el uso del vino a los franceses y españoles; que el emperador Probo, volviendo victorioso de las Indias, escogió cierto número de soldados viejos y hizo un colegio de ellos, dándoles por retor y cabeza a Espartebas, y los llamó sus héroes, nombre griego que en nuestra lengua suena noble, ilustre. Y Pitágoras los llama divinos y casi dioses. Y de aquí se tomó el nombre de heraldo, que es lo mismo que fecial y rey de armas.

Alejandro Magno instituyó esta orden de reyes de armas, señalando número de ellos, dándoles notables privilegios, y que vistiesen oro y seda, y con túnicas reales, que son las cotas de armas; y traíalos siempre consigo, y consultaba con ellos la guerra, y las ofensas que se les hacían tenían el mismo peso que el crimen de la majestad ofendida.

Ordenándose la república romana en tiempo de sus primeros fundadores se hizo un colegio de feciales, que se llamó el colegio santo, en el cual hubo hasta veinte caballeros. Había asimismo caduceatores, que llenaban en las comisiones el caduceo de Mercurio, como se ve en las monedas de aquellos tiempos, de las cuales tengo algunas. Dicen que se llamaban feciales porque les tocaba el hacer y tratar las condiciones de la paz y de la guerra.

En las historias sagradas se halla que Saúl, David, Salomón y otros reyes y capitanes de Israel, tuvieron estos oficiales para el mismo efeto. Séneca dice que Julio César honró mucho este oficio, y lo mismo hicieron otros emperadores romanos, y lo daban por honrar a los soldados viejos. Y los reyes de España, si bien no tan curiosos, usaron de ellos, como se ve en la catedral de León y en los entierros reales de Santa María la Real de Nájara, casa de mi profesión, insigne en España, donde están los feciales, heraldos o reyes de armas con las cotas reales delante de las sepulturas de los reyes que allí están sepultados.

El emperador Carlo Magno autorizó mucho este oficio. Dióles grandes libertades y privilegios de franqueza y nobleza. Mandóles traer las cotas con las armas del título de la provincia que dió a cada tino.

Es oficio del rey de armas determinar las dificultades que se ofrecieren en ellas, juzgar de las insignias y blasones, asistir junto a la persona real cuando armare caballeros. Hanse de hallar en los desafíos que se hacen con autoridad real. Cuando un caballero es desafiado y no parece, el rey de armas publica su mengua y arrastra en vituperio sus armas públicamente, hasta que un pregonero o verdugo las cuelga y clava en la picota, como pesos falsos. Cuando algún caballero ha hecho alguna bajeza o traición y se sienta a la mesa con otros nobles, el rey de armas, siendo requerido, le ha de cortar los manteles delante de él y volver su pan. Deben escribir y registrar fielmente en sus libros las armas y nombres de los que por sus hechos alcanzan nobleza. Y han de dar armas a los que de nuevo reciben la nobleza de mano el príncipe. Cuando el príncipe quiere publicar algunos carteles de justas o torneos fuera del reino, el rey de armas ha de llevar el blasón o blasones de los mantenedores.

Tenían sus derechos cuando los reyes, príncipes y duques se casaban; cuando se bautizaba algún hijo de rey o príncipe; cuando se casaban los duques, marqueses o condes, y cuando el rey creaba un duque, los reyes de armas le ponían el manteo ducal de grana forrado en armiños. La corona y espada la daba el condestable de parte del rey; y en esto, y en la creación de un marqués o conde, tenían sus derechos señalados.

Entran con los reyes en los recebimientos solemnes que se hacen en las ciudades del reino, y se les debe a cada uno un marco de plata. Otros intereses les solían correr por otras ocasiones.

Intitúlase el rey de armas, de alguna provincia, como Borgoña, Castilla, Aragón, pero ninguno puede tomar el título general de todos los reinos, como España o Francia.

Solían en tiempos antiguos visitar la provincia de su apellido cada tres años, para saber y reconocer todos los nobles, y cómo usaban de las armas. Si hallaban diferencias sobre ellas, los reyes de armas las determinaban. En tiempo de guerras podían pasar y volver libremente por las tierras, y por medio del ejército de los enemigos. Habían de avisar a los capitanes del día de la batalla, y en tal día caminaban delante del estandarte real, o del general del ejército, y al tiempo del pelear se retiraban en tal parte que podían ver los que mejor peleaban, y acabada la batalla reconocían los muertos y trataban del rescate de los presos, y por la relación que hacían al general del ejército, premiaba a los que habían peleado.

En los entierros y pompas funerales de los reyes y personas de sangre real, solían, como maestros de ceremonias, acompañar y guiar los señores, cada uno según su dignidad y estado, al entrar y salir de la iglesia, y al tiempo del ofrecer llevaban las velas, oro y plata y pan y vino que se ofrecía, y ponían y quitaban las capas de luto a los príncipes.

Cuando el Emperador recibía la corona, eran de los reyes de armas los vestidos que se ponía aquel día, y más cuatro marcos de oro, y lo mismo cuando se coronaba el rey en su reino. En las fiestas, justas y torneos reales, se han de dar los premios por mano de los reyes de armas, y asimismo cuando se leyeren algunos carteles de desafíos, treguas o paces, son de los reyes de armas los tablados donde se publican. Llevan los collares de la orden del Tusón a los príncipes y señores cuando el rey los envía fuera del reino, como los llevó Juan de España, rey de armas, hombre noble y muy conocido en nuestros tiempos que se intituló Flandes, al duque de Florencia, y al duque de Urbino, a Vespasiano Gonzaga y al duque de Terranova, de los cuales recibió ricos dones y le hicieron muchas mercedes más de lo que de derecho se le debía, como acostumbran semejantes príncipes.

Estas y otras preeminencias tienen los de este oficio, que por no cansar las dejo para otro lugar donde las podrá tratar quien sea más interesado.

En este año de 1528, fin de él, estando el Emperador en Toledo, vino a esta ciudad el famoso y digno de perpetuo nombre Hernando Cortés, después de haber conquistado la Nueva España y otras muchas provincias, mayores que Europa, venciendo innumerables gentes, prendiendo y justiciando reyes muy poderosos y otros príncipes, padeciendo hambres, peligros y otros trabajos que jamás capitán del mundo sabemos haya padecido, perseguido de la envidia y malas intenciones, casi desterrado de las tierras que con tanto afán ganó, sospechoso y algo indignado el Emperador con falsas relaciones. Seguro Cortés de su inocencia y cierto de sus merecimientos se puso a los pies del Emperador, que viendo las relaciones de sus hazañas, lo recibió y honró como merecía; y estando enfermo, lo visitó en su casa, y antes de partir para Italia le hizo marqués del Valle de Huaxacas, a 6 de julio de este año, y capitán general de la Nueva España, de las provincias y costas del mar del Sur, y otras mercedes como Cortés le merecía y mayores.

Libro diez y siete

Año de 1528

Determinación de los imperiales para dar la batalla al francés. -Hernando de Alarcón, prudentemente, contradice la batalla.

Desafiados quedan los tres príncipes mayores de la Cristiandad, y con deseo (a mi ver) el curioso de saber qué fin tuvieron encuentros tan pesados y palabras tan graves, dichas con tanta cólera.

No se ejecutó el desafió de persona a persona; yo no diré por quién quedó, que pites dije fielmente los carteles, palabras y embajadas, será fácil determinar si quedó por Francisco, rey de Francia, que fué el agresor, o por Carlos, Rey de España, Emperador de romanos, acometido y llamado a la pelea.

Y si valiera adivinar, o lo permitiera historia tan grave, dijera que si los dos príncipes Ilegaran a las manos, como se desafiaron, fuera gran temeridad consentirlo sus gentes; y dado que consintieran, y los dos riñeren, entiendo que el rey Francisco peligrara; que si bien era más fornido, y al parecer de más fuerzas que el Emperador, la justicia y fortuna fueron siempre favorables a Carlos. Pero ya que entre los dos, acertadamente, no hubo tal pendencia, riñéronla sus capitanes y soldados con la mayor porfía, coraje y furor que sabré representar.

Dejamos en Italia el poderoso campo de la liga, con su general, monsieur de Lautrech, capitán de gran nombre, determinado, al parecer, de ir a Roma contra los imperiales que la habían entrado, para lanzarlos de ella y poner en libertad al Sumo Pontífice, y de ahí pasar a la conquista que del reino de Nápoles pensaba hacer, que, a dicho de muchos, era su intento y fin principal, más que la libertad de Clemente. Ardía el fuego, y Marte vivo entre estas gentes; que si bien los ligados excedían en número a sus enemigos, la falta suplía el valor de los imperiales, no sólo igualándose, mas en varias suertes excediendo con conocidas ventajas.

Apoderóse Lautrech de la ciudad del Aguila, y dejando a Roma (que no era lo que quería) entró por el reino de Nápoles, rindiéndosele muchos lugares en que puso presidios. Apoderárase sin duda del reino todo, y de la grande y hermosa ciudad, si el Pontífice, de secreto, y a descontento del francés, no diera dineros con que los españoles y tudescos, que estaban en Roma, a 17 de hebrero año de 1528, salieran en socorro de aquel reino. Hicieron muestra de gente, y halláronse solos doce mil infantes, y apenas mil y quinientos caballos, que los demás, hallándose ricos y cargados de los despojos de Roma, habían huido, y otros muchos murieron de peste y otros males.

Caminaron los imperiales no juntos, sino por diversos caminos repartidos, derechos a la ciudad de Troya, que es en Pulla, donde los capitanes concertaron hacer la masa del ejército, por ser aquella comarca acomodada para acudir a todas partes. El marqués del Vasto, que llevaba la vanguardia con la infantería española (que eran solos 1.500, y cuatro piezas de artillería y algunos tudescos) llegó a una villa que se dice Valmorón, la cual halló armada, y para resistirle el señor della.

Quiso el duque de Urbino ser el primero que mostrase buena voluntad a los franceses, por lo cual acordó el marqués combatirlo, y así lo hizo, y la entró por fuerza y la saqueó; y de ahí prosiguió su camino para Troya, lugar del reino de Nápoles, donde entró a 18 de febrero, por San Germán y por Benavente, y así lo dejó asegurado para los que atrás quedaban, que era el cuerpo del ejército, que llegó tres días después. Pero Juan de Urbina, que había quedado en la retaguardia con cuatro mil españoles, llegó a San Germán y enderezó su vía por Benara y campo bajo, pensando ocupar el paso de la montaña Capriola, que es como puerto para entrar en la Pulla; pero estando cerca supo cómo lo habían ya ocupado los franceses, si bien con gran trabajo y fatiga; y así, se hubo de volver, pero con grandes contrastes, porque ya todas las montañas habían tomado la voz de Francia con liviandad y temor. De manera que apretado y necesitado, hubo de caminar haciendo mal y daño en ellos, y se vino a juntar con el resto del campo en Troya; y no siendo aún acabado de juntar todo el ejército, porque no era llegada la caballería ni artillería, ni Fabricio Marancio, que traía cinco mil italianos, vino Lautrech con toda su potencia y furia francesa a alojarse con el suyo a cuatro millas de allí, procurando cada uno de los campos ganar la delantera al otro.

Y estando así tan vecinos, y entendido que según la muestra que habían hecho franceses venían a pasar junto al alojamiento que el campo imperial tenía, el príncipe de Orange puso en consulta si les saldría a dar la batalla o no. Y el marqués del Vasto, cuyo voto fué el primero, y el de muchos del Consejo, fué que se diese; diciendo que si Dios les daba la vitoria, como la esperaban, que era acabar aquella guerra y atajar los grandes daños que se esperaban, y que lo podrían hacer con ventaja a la subida de un collado que estaba entre los dos campos.

El príncipe de Orange, llamado Filiberto Chalonio, si bien era mozo y se logró poco, tenía tal ánimo y tan sin temor, que estaba inclinado a este parecer; pero llegando al voto de Hernando de Alarcón (aunque él no era menos), fué de parecer contrario, diciendo que no se debía aventurar todo aquel reino a un trance y batalla, en la cual había tanta desigualdad en el número de la gente, pues eran tres contra uno; que le parecía que debían pasar la primera furia de los franceses, y esperar la gente que faltaba, que el tiempo mostraría lo que se debía hacer, principalmente habiendo recebido cartas del Emperador en aquella coyuntura, en que les mandaba entretener la guerra, y que les enviaría socorro muy presto. Finalmente, dió tales razones, que se resolvieron a fortificar su campo y esperarlos, si ellos quisiesen venir a combatir, sin les salir al camino.

Los franceses se movieron de donde se habían puesto, y vinieron a pasar junto al campo imperial sin le osar acometer, y se alojaron a tiro de cañón, o muy poco más de él.

Y luego el día siguiente se trabó una muy recia escaramuza entre los caballos ligeros de ambos campos, siendo capitán general de los del Emperador, don Hernando de Gonzaga, que fué un gran servidor del César, y de los señalados caballeros de su tiempo, y se mostró aquí, por extremo bien; en el cual, aunque don Hernando lo hizo esforzadamente, por la mala orden de los suyos, los franceses llevaron lo mejor, y él perdió su estandarte, muriendo el que lo llevaba; pero otro día siguiente se satisfacieron los imperiales, dando una buena mano a los franceses. Porque dieron muestra los franceses de querer dar la batalla, y no la rehusaron los imperiales, con ser tan inferiores en el número, y luego se escuadronaron haciendo sus tercios y repartiéndose, y dando la orden de la pelea, y aun se les mandó que todos se pusiesen ramos de olivas en las cabezas, como se los pusieron.

Y así, esperaron a los enemigos, los cuales, cuando llegaron a tiro de falconetes, dieron la vuelta por un lado casi en redondo, volviéndose a sus alojamientos, y esta es la barraganada francesa que encarece el Jovio, sin querer decir cómo en aquella vuelta salió el capitán don Alonso de Córdoba con los arcabuceros de su compañía (que era de infantería) y otra alguna gente de a caballo a escaramuzar con los contrarios, y hicieron pedazos a muchos de ellos, y prendieron a otros, y el príncipe, estuvo determinado de darles otro día la batalla, ya que el día antes no se habían ellos dado más de hacer muestra de quererlo hacer, que cierto era temeridad, y aun esperarlos en aquel campo raso, no habiendo en los imperiales más que diez y ocho mil hombres, y como tres mil caballos de todas lanzas; y los contrarios eran sesenta mil, sin la infinita caballería francesa y italiana.

Señaláronse en las escaramuzas que en los quince días que estuvieron a vista unos de otros hubo, los capitanes Salcedo, don Alvaro de Córdoba Herrera y don Hernando de Gonzaga, saliendo cada día con la lanza en ristre y maza en la mano, esforzada y maravillosamente, como mozo que entonces lo era, deseoso de ganar honra, como la ganó, y voz para merecer o que después fué, que aquí diremos.

Los franceses toman a Melfa o Melfi.

Vista por el príncipe de Orange la gran ventaja que el campo francés tenía, y que le venían nuevos socorros de florentines y otras partes, con parecer de los demás capitanes se retiraron a 21 de marzo hacia Nápoles a se juntar con el virrey don Hugo de Moncada, que tenía aviso venía en su ayuda con razonable copia de gente. Lo cual se hizo con tanto secreto y orden, que sin recebir daño, ni sinsabor alguno, hicieron su retirada; y dejando los enemigos en la Pulla, vinieron hasta Benavente, donde ya era llegado don Hugo de Moncada, con la gente que traía de Nápoles, con el cual venía el príncipe de Bisiñano y el de Salerno, y otros caballeros principales. Los cuales todos traían parecer y propósito que debían esperar a los franceses y combatirlos; y así lo procuraron, y dieron algunas causas para ello; pero venciendo el voto y razones contrarias, se dejó de hacer.

Llegando a Tierra de Labor, fué también don Hugo de parecer que debían parar y defender con su ejército los pasos de Arpaya y de Adochento, y otros; pero el príncipe y los demás capitanes tuvieron éste por peligroso consejo, porque algunas tierras del reino, y otros hombres principales, habían tomado la voz de Francia, siguiendo la fortuna de su poder y multitud. De manera que hubieron de tomar resolución de se meter en la ciudad de Nápoles y defender lo demás que pudiesen, y esperar la ayuda que el Emperador enviaba; porque Su Majestad, luego que supo la potencia con que Lautrech estaba en Italia, y que su ejército era inferior al de franceses y liga, envió a Enrico, duque de Branzuic, que con todo el poder que fuese posible de alemanes, bajase en Italia; y el duque lo hizo de tal manera, que si bien los venecianos trabajaron de impedirle el paso, valiéndose del duque de Urbino, a pesar de todos ellos bajó el alemán tan pujante y poderoso, que tuvieron por más seguro retirarse a guardar sus tierras y poner en ellas guarniciones, que no salir a pelear con él.

Llegados, pues, los imperiales a Nápoles, mediado el mes de marzo, se pusieron en la orden de fortificación que convenía.

En este tiempo, los franceses, después de la retirada de los imperiales con la reputación que de ella (a su parecer) ganaron, procuraron poner todo lo llano del reino debajo de su dominio, lo cual hicieron con mucha facilidad; porque los naturales son inclinados a novedades, y había algunos aficionados a Francia, los cuales, hasta allí, con la voz que había de que se daría la batalla, esperando el fin de ella, se habían detenido. Pero viendo que sin la esperar se retiró el campo de España, venían todos a darles la obediencia en la Pulla. Solamente quedó entonces Manfredonia y la ciudad de Melfa, en la cual se fortificó y puso en defensa con dos mil italianos que se dieron para ello al príncipe y señor de ella, que se les mostró amigo con sus gentes, aunque sus pasados habían seguido la parte de Francia.

Y los franceses, viendo que no podían ir sobre Nápoles con seguridad de vituallas, quedando Melfa enemiga, acordaron de la ir a combatir, y cercándola hicieron gran batería, dándole algunas batallas. Al principio, por el buen esfuerzo del príncipe y de su gente, no la pudieron entrar; pero al fin la ciudad se tomó, y el príncipe fué preso sin poderse más defender, y así preso perseveró algunos días en la fe de España, y después, creciendo la prosperidad de Francia, fuése tras ella, como hacen todos, pensando recobrar su estado, y dió la obediencia a los franceses, por donde lo perdió después, con la honra que había ganado en se defender todo lo que pudo.

Presa que don Hernando de Gonzaga hizo en una escaramuza. -Capitanes imperiales cercados en Nápoles.

Acabado esto por los franceses, y teniendo ya casi todo el reino llano, si no fueron algunas plazas fuertes, entre las cuales eran Gaeta, puerto de mar muy importante, donde se metió el cardenal Colona con copia de gente, ellos determinaron, viéndose con tanta pujanza y prosperidad, venir a ponerse sobre la ciudad de Nápoles, en que consistía el fin y remate de esta empresa.

Jovio da al campo francés treinta mil infantes, y es cierto que con el socorro que Lautrech recibió en Bolonia de suizos, gascones y alemanes, eran por todos cincuenta mil infantes, y la caballería la mejor que jamás juntó Francia, ni el rey la trajo tal cuando pasó en Italia.

Y con toda esta gente de pie y caballo francesa, y confederados, entró Lautrech en el reino de Nápoles contra el ejército imperial enfermo y gastado; y cuando llegaron a ponerse sobre Nápoles, que fué a 17 de abril, tenían muy mayor campo del que habían metido en el reino. Porque los naturales de él, queriendo ganar crédito y favor con ellos, los venían a servir.

Y llegando así sobre la ciudad, con más furia que orden, don Hernando de Gonzaga, general de la caballería, tuvo un encuentro o escaramuza con ochocientos caballos franceses y los rompió y desbarató, y entró en Nápoles con más de docientos de ellos presos, en que se desquitó bien de la disgracia pasada en Troya, y dió buen anuncio o principio del fin de esta guerra, y los compelió a hacer alojamiento, con más tiento y temor, el cual asentaron en el monte que está sobre Pozo Real, y fortificándolo en grande manera, haciendo un fuerte reparo desde aquel alojamiento, hasta otro monte que se dice Cova de Monte, que está sobre la puerta de San Jenaro, pusieron en él cuatro mil hombres con veinte piezas de artillería gruesa, dejando para seguridad del paso, de un real a otro, el dicho reparo, que duraba media milla.

Puestas, pues, en este orden, cada día había grandes escaramuzas, ganando a veces los unos y otras los otros, procurando los franceses todo lo posible cerrar y apretar la entrada y salida de la ciudad por mar y por tierra, para quitarles el bastimento; porque sabían que eran tales los capitanes y gente que en Nápoles estaban, que si no fuese por hambre, no eran bastantes a tomarlos por fuerza ni combate.

Estaban en Nápoles don Hugo de Moncada, que después de la muerte de Carlos de Lanoy, como dije, sucedió por virrey; el príncipe de Orange, que sucedió al duque Carlos de Borbón; el marqués del Vasto, don Alonso de Avalos, coronel de toda la infantería española; Hernando de Alarcón, a quien llamaron el señor Alarcón, y era maestre de campo general, don García Manrique, con la gente de armas; Juan de Urbina, maestre de campo de la infantería española, y Jerónimo Morón, que con favor grande que el duque de Borbón le hizo, había salido de la prisión y caído muy en su gracia y de todos los imperiales, y era comisario general del ejército. Estaban más Lorodin, general de los alemanes, y Fabricio Maramaldo, coronel de la infantería italiana; Ascanio Colona, el príncipe de Salerno y otros muchos caballeros y valerosos capitanes.

Armada de mar con que aprietan a los imperiales. -Peligro en que se vió la parte imperial. Poca conformidad entre los imperiales cercados de Nápoles.

Pareciendo a los franceses que no siendo señores del mar no podrían hacer suerte buena en la tierra, dieron orden cómo las galeras de Francia y venecianos anduviesen por la costa haciendo todo el mal y daño que pudiesen, y cerrando a la ciudad la salida por mar. Lo cual se hizo así, y en el puerto de Salerno, que estaba por los franceses, pusieron ocho galeras, cuyo capitán era Filipín Doria, teniente de Andrea Doria, que por estar treinta millas de Nápoles, les estorbaba y impedía muy mucho el trato y provisión de la mar. De manera que, sin duda alguna, antes ni después de este tiempo, en las guerras que el Emperador tuvo, nunca sus cosas estuvieron en Italia tan apretadas y casi caídas. Porque con haber quedado en Milán Antonio de Leiva con tan poco campo como está dicho, siendo tan poderosa la parte de la liga en Lombardía, tuvieron los franceses por suyo casi todo el reino de Nápoles, y puestos sus capitanes y guarniciones en algunas partes de él, y ya no les quedaba más que la ciudad de Nápoles, con otras plazas, que si Nápoles se tomara, luego se rindieran.

Hubo también otra gran dificultad o peligro, por donde fuera más fácil el perderse Nápoles: que entre el príncipe de Orange y don Hugo había algunos sinsabores sobre el mandar; que como don Hugo era virrey en aquella ciudad, y el príncipe era general y teniente del Emperador, no se compadecían, y aun llegaron a se enconar tanto las cosas, que en el ejército y ciudad había más bandos que el estado presente permitía, y estuvo a canto de recibir más daño el Emperador con la pasión de los suyos que con la fuerza de los franceses.

Hubo un motín, que cuenta Jovio, aunque mal, entre españoles, porque no los pagaban; y el capitán Salcedo se descompuso con el maestre de campo Juan de Urbina, que se pagó luego de él dándole una cuchillada en un brazo, delante del marqués del Vasto. El marqués era del bando de don Hugo, Urbina del príncipe de Orange; y culpaban a Urbina porque, siendo hechura del marqués de Pescara, no reconocía en el del Vasto, su sobrino, lo que debía; y aún el marqués tenía sus sentimientos; y así, el capitán Salcedo, que era persona de cuenta, le dijo lo que dice Jovio. Pero el ir el marqués tras Urbina, y darle Urbina la espada, no fué, por miedo de la vida, como Jovio dice, que bien sabía Urbina que no se la había de quitar el marqués por justicia, ni era parte para ello, porque había en el campo otros superiores, ni tampoco el marqués cuando corrió tras Urbina pretendía eso, sino echó mano, como agraviado de lo que en su presencia había hecho Urbina, para acuchillarse con él, y así le dijo que, sin embargo de la diferencia de sus cualidades, se mataría con él; y entonces el maestre de campo tomó la espada y hizo aquella cortesía que Jovio dice, diciendo también que no quisiese Dios que con el heredero del marqués de Pescara su señor, él se matase, ni hiciese otra cosa de lo que allí hacía; y con esto se sosegó el marqués, aunque no Salcedo, que dentro de pocos días murió de coraje y afrentado.

Batalla de mar. -Sale don Hugo de Moncada contra Filipín Doria. -Tiene aviso Filipín: previénese. -Cómo pasó la batalla naval. -Desampararon los suyos a don Hugo. -Véncenle y matan. Vence Filipín Doria. -Quién fué don Hugo de Moncada.

Estando, pues, las cosas en el estado dicho, viendo los imperiales que el francés no los quería combatir sino con la hambre, y que teniéndole abiertas las puertas de la ciudad se estaban quedos, don Hugo de Moncada, que era un singular y animoso capitán, conociendo el aprieto en que estaban, y que las ocho galeras con que estaba Filipín Doria en Salerno, según tuvo por aviso, estaban algo descuidadas, pareciéndole que armando él muy bien las galeras que allí tenían, y dos bergantines, podría imbestirlas y tomarlas, con lo cual quedaría la mar libre y la ciudad salva del mayor peligro en que estaba, comunicando esto con sus amigos y con el príncipe de Orange, pareció a todos cosa hacedera, como lo fuera si todos guardaran el orden que debían; y así, se determinó luego ponerlo en efeto.

Diéronle para ello seiscientos soldados españoles de los mejores del campo, los más vizcaínos; docientos alemanes, con los cuales él se metió en las dichas seis galeras y dos bergantines, y con él los principales de sus amigos que siguían su opinión, que fueron el marqués del Vasto, Ascanio Colona, el marqués de Coreta y César Romasca, caballerizo del Emperador (que el año antes había pasado en Italia a le servir), don García Manrique y otros caballeros.

Y como no se pudo hacer con tanto secreto que los enemigos no tuviesen aviso de ello, sabiéndolo Filipín Doria, con muy gran presteza puso en orden sus galeras y metió nuevos soldados en ellas, de tal manera que al que pensaban tomar descuidado, toparon armado y bien apercibido.

Llegando, pues, don Hugo de Moncada a do Filipín lo estaba ya esperando, sin más se detener acometió la batalla, la cual verdaderamente, tanto por tanto, fué de las más sangrientas que se han visto. Cuéntanla de diversas maneras, pero la suma cierta es que, estando ya a vista los unos de los otros, y caminando para se embestir, viendo Filipín Doria que don Hugo no traía sino seis galeras, porque para las dos fustas traía él algunos bergantines y fragatas, mandó a tres de las ocho galeras que se desviasen para acometer cuando conviniese y se les diese señal, y llegando a enfrontar las cinco que quedaban con las de don Hugo, comenzada la batalla, dos de las de don Hugo no quisieron embestir, contra la orden y mandamiento suyo, sino andarse tirando desde fuera; pero las otras que lo hicieron se dieron tan buen cobro, que era grande la resistencia, y muchos los muertos de ambas partes, de la mucha arcabucería y escopetería que se tiraban.

La vitoria comenzó a declararse por los españoles, y tenían ya rendidas dos galeras y traían a las demás en términos de hacer lo mismo; pero a este tiempo, las tres genovesas, que, como dije, se habían apartado, vinieron en socorro de las suyas, las cuales hicieran poco efeto si las de don Hugo que hasta allí no habían peleado lo hicieran entonces, y ayudaran a las otras cuatro. Mas no solamente no lo hicieron, pero desamparando a su capitán comenzaron a huir, de manera que cuando ya don Hugo pensaba ver la vitoria, se comenzó la batalla de nuevo con doblada desigualdad, con que la galera capitana, donde él iba, desde el principio estaba muy falta de gente, porque la de Filipín Doria había disparado una pieza, que llamaban el Basilisco, y acertándole a dar de proa a popa por toda la crujía, le había muerto cuarenta hombres, oficiales y muy buenos soldados.

Vistas estas dificultades por don Hugo, poniendo su persona a mayor riesgo de lo que convenía, salió a la crujía de su galera, y animando los suyos con obras y con palabras, se tornó a encender la pelea muy cruel, no faltando Filipín Doria por su parte un punto de lo que convenía a esforzado y sabio capitán; y andando en esta furia, fué don Hugo muerto de un tiro, que le acertó por el brazo y el costado.

Y con su muerte fué su galera rendida y tomada, y tras ella las otras tres que con él habían quedado, no pudiendo ya resistir más a la fuerza y ventaja de los enemigos.

De esta manera acabó este muy esforzado caballero, dejando perpetua fama de quien él fué, que fué tal, que obliga a detenerme un poco en decirlo.

Don Hugo de Moncada, caballero de San Juan de Rodas, pasó en Italia con el rey de Francia Carlos VIII cuando fué contra el rey don Alonso de Nápoles, y siguió el ejército francés mientras duró la amistad entre Carlos y el rey don Hernando. Sirvió al duque Valentín cuando, dejado el capelo, le hizo confalonier y capitán general de la Iglesia y del Papa su padre. Fué capitán del duque en la guerra que tuvo con los Vitellos, y vencido la primera vez que peleó, entendió después en todas las guerras, negocios y secretos del duque, hasta que muerto el Papa su padre, Alejandro, se pasó al rey de Francia, Luis XII, dejando al Rey Católico; no tardó mucho en irse al gran capitán con otros españoles.

Acabada la guerra de Nápoles, anduvo por mar contra moros, y hubo una encomienda en Abruzo. Fué sobre Argel, y perdiáse. Perdió asimismo dos galeras en Cerdeña, peleando con Barbarroja, quedando vencido y herido de una flecha debajo de un ojo, siendo prior de Mecina y virrey de Sicilia. Pasó a los Gelves con armada, e hízolos tributarios del Emperador, y allí le dieron una lanzada en el hombro. Quejáronse de él los sicilianos, y envióle para que asistiese en Génova; y estando allí, fué sobre Voragine con armada, donde le prendieron franceses. Soltáronle aquel año en trueco de Pedro Navarro.

Estando preso en España el rey Francisco, ayudó a los coloneses en las guerras que tenían con el papa Clemente. Entró con gente en Roma, saqueó el palacio y encerró al Papa, forzándole a hacer treguas. Fué virrey de Nápoles por muerte de Lanoy, y murió como hemos visto; y aún dicen que viviera, sino que le ahogaron por meterle en el escandelar con otros muchos heridos.

Escarneciéronle mucho después de muerto los esclavos del conde y aun otros, que se tuvo a inhumanidad, pisando su cuerpo y preguntando si quería ir a Berbería; y el Papa se holgó mucho de su muerte.

Lleváronlo a enterrar a Malfa, en San Andrés. Pasáronlo después a Nuestra Señora de los Remedios, en Valencia.

Era don Hugo esforzado; y cuando le curaban las heridas tomaba entre los dientes un paño, por no descubrir flaqueza ni fealdad en el semblante. Era cruel, según lo mostró en Sicilia, y avariento por fausto y estado, y bullicioso guerrero, y mañoso, como discípulo de Valentín. Sabía bien de cosas de guerra, y más de las navales, aunque era poco venturoso, porque casi siempre perdía.

Quísole bien el Emperador, y valió con él, y así prometió con el secretario Juan Alemán que Su Majestad guardaría y cumpliría la concordia de Madrid con el rey Francisco.

Personas señaladas que murieron en la batalla. En esta pérdida ganó el Emperador a Andrea Doria. -Hechos notables en el cerco. -Señálase Juan de Urbina.

Murieron en esta batalla con don Hugo, César de Ramosca y don Bernal de Villamarín, hijo del almirante que fué de Nápoles, y don Pedro de Córdoba, hijo del conde Galisano, y Luis de Guzmán, que fué el mayor músico de vihuela que hubo en su tiempo, y otros principales caballeros, capitanes de infantería; Machín de Oya, Espinosa y Vanuldo, y otros muy valientes soldados, que llegó el número de todos a setecientos. Fueron presos el marqués del Vasto, y el marqués de Corata, Ascanio Colona y otros. De los contrarios murieron quinientos.

Esta vitoria, por ser en tal coyuntura, dió gran ánimo y reputación a los enemigos del Emperador, y causó gran tristeza en los que en Nápoles estaban, por la pérdida de tan señalados hombres y tan buena gente.

Pero, como dice el refrán castellano, que no hay mal que no venga por bien, quiso Dios darle al Emperador, en lugar de los que había perdido, otros que no fuesen menos, y esto por caminos no pensados. Y fué que, como por la muerte de don Hugo de Moncada cesase la competencia y envidias que entre el príncipe de Orange andaban, que ponían confusión y peligro en las provisiones, fué el gobierno de ahí adelante mejor, y más ordenado y pacífico; y lo principal fué que de la prisión del marqués del Vasto y de los demás, nació la ocasión y se abrió camino para que Andrea Doria viniese a servicio del Emperador, como adelante se dirá. Pero por entonces esta rota, y el quedar la mar por los de la liga, causó grandes trabajos en los cercados de Nápoles, los cuales pasaron con grandísimo ánimo y constancia, y salían muchas veces con la buena industria de Juan de Urbina, y les daban muy buenas encamisadas y rebatos, que desasosegaban no poco a los franceses, no los dejando dormir sueño con sosiego, ni comer bocado sin sobresalto. Que cierto fué éste un cerco de los muy señalados del mundo, como lo eran los cercados y cercadores, porque demás de que duró cuatro meses, pasaron en él muy grandes y señalados hechos de armas y particulares, de una y otra parte, los cuales puedo contar por la obligación que hay de acudir a los generales, y aún destos solamente los más señalados, como fué el que acabo de contar en la armada, y otro que pasó desta manera.

Encuéntranse peligrosamente franceses y imperiales. -Rostro que hicieron los españoles.

Habiéndose consumido en la ciudad las vituallas, el príncipe de Orange mandó que don Hernando de Gonzaga, con quinientos caballos ligeros y docientos hombres de armas, y cuatro mil infantes alemanes y mil españoles, llevando todos los carros del campo, saliesen la vía de Pildegata, para que más copiosamente se hiciese el sacomano. El cual con buena orden salió una noche, y fué necesario llegar a un llano, que estaba ocho millas de Nápoles, y pasaron un muy estrecho paso, que entre dos montañas se hace, antes de llegar al dicho llano llamado Valdepécoras.

A la guarda de este paso mandó don Hernando quedar los mil españoles, habiendo pasado toda la otra gente con los sacomanos, que luego comenzaron, pasada toda la otra gente, a cargar y hacer su obra. Puso don Hernando los caballos ligeros en escuadrón hacia la parte que de los franceses se podía temer que vernían; y los hombres de armas, más atrás, y la infantería alemana, cerca de Nápoles.

Y estando así, los corredores que habían enviado a reconocer, volvieron, diciendo que muy cerca venían muchas banderas de enemigos, de a pie y de caballo, y era así, porque teniendo los franceses aviso de esta salida, enviaron gran caballería y ocho o diez mil infantes alemanes para darles la batalla.

Este rebato no pensado puso a don Hernando en confusión, y queriendo por una parte hacer conforme a su ánimo, que era pelear; por otra, considerando que si perdía aquella gente allí, era perder la ciudad, vencido de esta consideración, mandó dar señal a retirar; la cual, por no darse o no guardarse, según el orden que habían de tener y convenía, y por ser el paso estrecho por do habían de tornar los alemanes, no guardando el concierto que suelen siempre guardar, envolviéronse con los carruajes y sacomanos, dándose mucha más priesa de la que debieran, de tal manera que embarazaban el paso, por la mucha confusión y desconcierto, sin poder hacer lo que procuraban.

Y cargando ya a este tiempo los enemigos, don Hernando comenzó a hacerles rostro con los de a caballo; pero como entendieron que los alemanes se iban, los demás no curaron sino de salvarse.

Y llegando al paso estrecho y hallándolo tan ocupado que ya no lo era, hicieron caminos nuevos por la montaña, como los que suele abrir la necesidad cuando aprieta; los demás, a quien la vergüenza había detenido, hicieron entretanto lo que pudieron, peleando con los enemigos, en que hicieron muy gran provecho a los que sin orden caminaban; de los cuales se perdieron más de ciento entre presos y muertos.

Y don Hernando, viendo perdida la esperanza de provisión alguna, en tanto desorden procuró salvarse, y hubo de pasar a pie, porque no pudo a caballo.

Los mil españoles, que a la guarda del paso habían quedado, si bien vieron el desorden común de toda la gente, nunca quisieron desamparar su puesto, y algunos de ellos tomaron lo alto del monte, que ha sobre el paso, viniendo hacia los enemigos, y fué a tiempo que llegaba gruesa gente de los contrarios para entrar por él; los cuales, oyendo el apellido de España, en compañía de muchos arcabuzazos se detuvieron sin tornarlos a acometer, y perdieron la buena ocasión que habían tenido, y dieron lugar y tiempo a los que se retiraban para lo poder hacer; y con esto fué muy menor la pérdida de lo que pudiera ser, aunque todavía fueron presos y muertos de pie y de a caballo más de trecientos hombres, y llevados por los franceses mil trecientos carruajes.

Pero túvose por gran ventura, en peligro tan evidente, salir con tan poco daño, por la ceguedad de los franceses y buena demostración de los españoles.

Llámase este rebato el de Val de Pécoras, tomando el nombre del paso donde acaeció, el cual no bastó a menguar el ánimo del príncipe de Orange ni de los que con él estaban, antes de ahí adelante lo tuvieron mayor, si bien crecieron los trabajos y falta de la comida, entrado ya junio, en que se cumplían tres meses que estaban cercados, confiando en la virtud y esfuerzo de su gente y teniendo esperanza en el socorro que de Alemaña traía el duque Brunzuic, que sabían que ya estaba en Italia; aunque este socorro nunca llegó a allá, ni pasó de Lombardía, porque como aquí diré sumariamente en tanto que pasa el mes que les falta a los cercados.

Lo que hizo el duque de Brunzuic con los alemanes que traía de socorro. -Pavía se cobra por Leyva. -Cerca Antonio de Leyva, junto con los alemanes, a Lodi. -El conde de San Pol entra en Lombardía con diez mil suizos. -Vuelven los franceses a cobrar a Pavía.

Había quedado, como dije, Antonio de Leyva en Milán, cuando Lautrech partió contra Nápoles, aunque con muy poca gente, supliendo esta falta la grandeza de su ánimo. No solamente defendió aquella ciudad de todo el poder de enemigos, pero salió algunas veces y acometió y hizo suertes señaladas.

Entre las cuales fué una que, habiendo sentido mucho perder a Pavía, que él tan a costa del rey de Francia había defendido, y agora Lautrech la había ocupado, pareciéndole que no había tanta guarda en ella que bastase a resistirle, salió un día de los primeros de mayo de Milán con la mayor parte de gente que allí tenía, y echóse sobre Pavía, y sin más se detener, la dió luego la batalla con tanta determinación, que los que estaban dentro duraron poco en la resistencia y la entró por fuerza de armas.

Y con la alegría de esta vitoria, sin temor de lo que el duque de Milán podía hacer, por cuanto el duque de Urbino se había puesto en guarda y defensa de las tierras de venecianos, para embarazar si pudiese la venida del duque de Brunzuic y de los alemanes, Antonio de Leyva fué sobre Biagrasa y la tomó, con algunos otros lugares, en que pasaron algunos hechos notables; y gastando pocos días, pasando el río Ada se fué hacia Bérgamo, ciudad de venecianos, para esperar y favorecer la venida del duque de Brunzuic, el cual, a pesar del duque de Urbino, atravesó el paso de Pesquera y saqueó la villa, y se vino a juntar con Antonio de Leyva cerca de Bérgamo.

Traía este duque quince mil alemanes y ochocientos hombres de armas; pero venía demasiadamente embarazado con la mucha artillería y otras municiones, que fueron costosas y impertinentes para el socorro que venía a hacer.

Habiéndose, pues, visto y comunicado el duque y Antonio de Leyva, acordaron de ponerse sobre Lodi y cobrar aquella ciudad antes de proseguir su camino, y poniendo este consejo en efeto, caminaron con sus campos sin que el duque de Urbino se atreviese, a salir a los resistir el paso, y pusieron el cerco sobre Lodi. Pero habíala fortificado tan de propósito Francisco Esforcia y puesto dentro tanta y tan buena gente, que hallaron la cosa muy diferente de lo que pensaban; de manera, que si bien la batieron con harta determinación, hicieron los de dentro tan buena resistencia, ayudados de la fuerza de sus reparos, que no la pudieron entrar por batalla.

Pero todavía se entendía que, durando más el cerco, no se pudieran defender, forzados de los combates o por hambre, porque tenían ya falta de bastimentos; pero sobrevinieron luego dos cosas, con que perdieron esta esperanza. La una fué que dió pestilencia en el real, principalmente en los alemanes, que morían muchos y muchos se iban de miedo de ella. La otra fué que, como dicho tengo, el duque de Brunzuic quiso traer tanta artillería y tantos instrumentos y municiones, que hizo en ello notable gasto en hacienda y en el tiempo, deteniéndose embarazado por los caminos, de manera que, llegando el término para hacer la paga, no hubo dineros, y los alemanes no quisieron esperar, y determinaron de volverse a sus tierras.

Y acertó esto a ser a tiempo que el rey de Francia, sabida la venida de este duque en Italia, envió a Francisco Borbón, conde de San Pol, con hasta diez mil suizos y mil hombres de armas en Lombardía, con orden que si el duque caminase para Nápoles, él fuese en su seguimiento a socorrer a Lautrech, y si parase en Lombardía se juntase con el duque de Urbino contra Antonio de Leyva.

Idos, pues, los alemanes, y sabido por Antonio de Leyva la venida de monsieur de San Pol, alzóse de sobre Lodi y vino a alojar en Mariñano, de donde después se volvió a meter en Milán, puesto el mejor recado que pudo en Novara y en Pavía. Y el francés, juntándose con el duque de Urbino y haciéndose señor del campo, cercó y tomó a Novara, si bien no pudo tomar el castillo; y después hizo lo mismo en Biagrasa.

Y pasando algunos días, fueron sobre la desdichada Pavía, y el duque de Urbino por una parte, y el conde de San Pol por la otra, la apretaron tanto y la dieron tales combates, que no pudiendo más los que dentro estaban, fueron entrados, por no los haber podido socorrer Antonio de Leyva, porque con la pujanza del conde francés y duque de Urbino, se habían estrechado las fuerzas de Antonio de Leyva, y los de la liga se esforzaron más.

Entre los cuales los florentines se ensoberbecieron tanto, que se alzaron contra el Papa, a cuya voluntad habían estado obedientes, y echaron fuera los gobernadores que estaban puestos de su mano, y aún desterraron a muchos de sus deudos, y hicieron y dijeron otros muchos desacatos, cuales los suele hacer una multitud alterada, con el dulce nombre y apellido de la libertad deseada.

Vase Filipín a Génova con la presa. -El francés pide los prisioneros a Filipín Doria. -Ocasión que tuvo Andrea Doria para negar al rey y pasarse al Emperador. -Ofertas que se hacen a Andrea Doria por parte del Emperador.

Vitorioso y triunfante con la de Orso, caminó Filipín Doria a Vico de Sorrento para curar su gente, que iba mal herida, y a reparar sus galeras, que quedaron abiertas y mal paradas. Aderezó las dos de las que tomó, para suplir o acrecentar su flota, y armólas de remeros españoles, que había prendido en la batalla, ahorrando algunos esclavos.

Estando él en esto, le fué a pedir los prisioneros Joan Joachin de Levanto, por mandado de monsieur de Lautrech, para el rey de Francia, en cuyo nombre, y con cuyos gajes, los había prendido. Filipín se desdeñó de aquella demanda, pareciéndole muy fuera de razón, y dijo que no era suyo disponer, siendo teniente de los caballeros presos, siendo todos tan principales, sin voluntad o mandado de Andrea Doria, su tío y su amo; por tanto, que le perdonasen, y los pidiesen a quien los podía dar.

De aquí comenzó el trato o motivo u ocasión que hubo para pasarse los Dorias al servicio del Emperador, cansados y enfadados de franceses.

Y en el ejército de Lautrech comenzaron a hablar mal de Andrea Doria; y como las paredes oyen, y más lo que se dice en perjuicio de tercero, llegó a oídos de Andrea Doria, y Filipín comenzó a recatarse de los franceses y amarlos menos; y los que por el Emperador estaban en Nápoles, a convidarle con buenos y aventajados partidos por atraerlo al servicio del Emperador.

Y el príncipe de Orange, a ruego del marqués del Vasto (como entonces se dijo), envió a don Antonio de Gijar a tentar al conde Filipín que rescatase al marqués del Vasto y a Ascanio Colona, y a que se pasase al Emperador. Filipín oyó bien esto, y dijo que aquello se había de tratar con su tío, Andrea Doria, que se lo escribiesen.

Escribió el príncipe de Orange a Andrea Doria sobre ello una carta, la cual, en suma, contenía: que podía concertarse con otro rey, libre y honestamente, pues se cumplía el tiempo del asiento y sueldo que del de Francia llevaba, mayormente haciéndole desaguisado. Que le haría mejor partido el Emperador; que le pagaría el sueldo de las galeras día dado; que le daría un Estado en el reino de Nápoles; que mirase cuánto mejor trato y amistad hallaría con españoles que con franceses.

Esta carta recibió Filipín y la envió a su tío, que estaba en Génova, con Cristofín Coria y con Salvago, y fuese luego tras ellos a Génova, porque las armas de Venecia y Francia, que ya llegaban, no le quitasen los prisioneros, o le hiciesen algún otro desafuero.

Daño que hizo la flota de la liga en la costa de Nápoles. -Aprieta la armada de la liga a los cercados de Nápoles. -Uno llamado Vorticelo socorre con provisión los cercados. -Notables hechos de españoles en el cerco de Nápoles.

Vino Pedro Lando de Corfú a Pulla con veinte galeras venecianas. Diéronse luego Mola y Polignan y Monopoli, que en otro tiempo habían sido de venecianos, rebelándose todos a una contra españoles. Hubo también a Bríndez, y dejó de combatir la fortaleza por ir a cercar a Nápoles por el agua, juntamente con las galeras de Francia y Génova, como se lo mandaba 1a señoría. Guardó también la mar, de este Cabo de Minerva hasta Gaeta, que nadie podía ni osaba entrar en Nápoles; y al labrador o otro que por codicia de vender entraba y le cogían segunda vez, le colgaban de las entenas rigurosamente, aunque no por eso dejaban los de Sorrento, Iscla, Próchita, Crape y otras partes de aventurarse (por ganar) a ir en fregatas y bergantinas, con frutas que daban a los cercados alivio.

Y de un famoso forajido cuenta Paulo Jovio que hizo saltos notables en favor de los cercados, y a pesar de los franceses, y que hubo noche que metió en la ciudad más de cien bueyes y vacas, sin podérselo estorbar los franceses; aunque a este hombre se le agradeció mal tan buena obra, porque un español, gobernador de Capua, le ahorcó, sin querer que le valiese el perdón que había alcanzado, dándole la pena justa por sus delitos; pero injusta si mirara a las buenas obras que había hecho a los cercados de Nápoles.

Llegó en esto Antonio Rupifocaldi, señor de Barbusi, con las galeras de Francia, y juntándose con Pedro Lando, echó en tierra, cerca de puente Riziardo, a Renzo de Cerri, con la gente que llevaban, el cual se vió en peligro de perder los dineros que traía para pagar los soldados de Lautrech, en una escaramuza que con él trabó don Hernando de Gonzaga, con la caballería. Que cierto este caballero mostró bien quién era en este cerco, y los españoles su extremado valor y esfuerzo; porque con ser Paulo Jovio poco aficionado a esta nación, y donde puede escurece su gloria, nombre y fama, y se la da la peor que puede, en este cerco de Nápoles escribe hazañas particulares de Francisco Arias, García, Manrique, Juan de Urbina, Barragán, Ripalda, Barreda, Cornejo, Sancho de Vargas, Juan Andaluz, Miranda, capitanes y soldados, y de otros muchos; que parece que dentro en Nápoles no había otra gente de guerra sino españoles, y que éstos eran más que hombres en padecer la hambre y los trabajos y en no descansar un punto, haciendo salidas y acometimientos extraños con que los enemigos los vinieron a temer demasiadamente.

Hambre que padecían los cercados. -Enfermedad pestilencial en el campo francés. -Motín de alemanes con Hernando de Alarcón, y peligro en que se vieron.

Era ya el mes de junio y había más de tres meses que Nápoles estaba cercada, y si bien los cercados hacían las diligencias y valentías posibles por valerse, ya los bastimentos faltaban, de manera que una gallina valía un ducado, un huevo un real, y así al respeto todas las cosas; y como suele siempre acompañar o seguir a la hambre la falta de salud, comenzóse a sentir en la ciudad que enfermaban y aún morían muchos, con que comenzaron a temer.

Al mismo tiempo, comenzó en el campo francés una pestilencial enfermedad causada de la mala vida y continuo trabajo de la guerra, del mal suelo donde estaban, que era vecino a unas lagunas y pantanos, de donde salían dañosos vapores, que con el gran calor del verano corrompían el aire. Comenzó con esto una mortandad temerosa, y con los que en las continuas escaramuzas les faltaban, sentían que el ejército se disminuía demasiado y acabábaseles el esfuerzo y orgullo con que comenzaron la guerra.

Vióse en estos días Nápoles en otro trabajo mayor que el de la hambre y peste, y fué un motín muy enconado que hubo entre los alemanes contra Hernando de Alarcón, que lo quisieron matar y le mataron siete criados, y los españoles estuvieron para dar batalla a los alemanes, que fuera abrasarse la ciudad con sus proprias manos, lo cual se atajó y remedió con harto trabajo por la buena diligencia de Juan de Urbina y de otras personas de calidad que los pacificaron y quietaron.

Encuentro entre españoles y franceses. -Suerte maravillosa que los españoles hicieron. -Mejóranse los cercados.

Pasado este nublado, que si Dios no lo remediara fuera de sangre, llegaron a la costa de Nápoles unas galeras de Francia con dineros para pagar al ejército francés; y como en Francia se tenía por muy cierta la vitoria, muchos gentileshombres franceses vinieron en esta armada a gozar de ella.

Y desembarcando a poco más de una milla de su campo, monsieur de Lautrech envió seis mil infantes y mil y trecientos de a caballo para les asegurar el paso (que llaman agora hacer escolta) a los dineros, y a ellos; y el príncipe de Orange, solamente con pensamiento de les hacer estorbo y algún daño, mandó que saliesen de la ciudad Juan de Urbina con ochocientos españoles y don Hernando de Gonzaga con cuatrocientos caballos. Los cuales trabaron con ellos dos o tres escaramuzas.

Y al cabo, estando ya para se retirar los unos y los otros, los españoles, sin seña ni mandamiento, comenzaron a decir: «¡Carga, carga sobre ellos!», disparando su arcabucería como si supieran lo que había de acontecer; y fué que, así como ellos hicieron esto sin orden, así sin ella comenzaron a huir los franceses (tanto era ya el miedo que a los españoles habían cobrado) y los españoles los apretaron, de manera que mataron más de mil y prendieron casi otros tantos, con muy poco daño suyo, y los demás escaparon huyendo, y fueron seguidos hasta cerca de su campo, que fué un hecho señalado y celebrado.

Y de ahí adelante comenzaron notoriamente a mejorarse los cercados en todas las cosas, y cada día salían al campo y les tomaban las vituallas y municiones que traían a los franceses, de los cuales morían muchos de la negra peste, que cruelmente los fatigaba; de suerte que su campo iba en gran diminución, y había pareceres que se levantasen.

Trato sobre pasarse Andrea Doria al servicio del Emperador, y causas de su descontento. -Andrea Doria quita de sus galeras la flor de lis. -Partidos que se hacen por el Emperador a Andrea Doria.

En estos días andaba vivo el trato sobre pasarse Andrea Doria con sus galeras al servicio del Emperador. Holgó Andrea Doria, como era razón, con la vitoria del conde, su sobrino, y porque se fué a Génova con los prisioneras. Recibía ya este capitán de mala gana el sueldo del rey de Francia, que era poco lo que le daba, y no se lo pagaba bien, y porque había hecho capitán de sus galeras a Antonio Rupefocaldi, señor de Barbusi, siendo él su almirante del mar Mediterráneo, y principalmente porque no tornaba a Saona, como tenía prometido, a la señoría de Génova, quejándose sobre todo esto, que le pedía con amenazas, al marqués del Vasto y a Ascanio Colona, con todos los otros prisioneros, diciendo que no le acontecería con ellos como con el príncipe de Orange, Filiberto Chalon, que siendo su prisionero tomado en mar poco antes que Borbón cercase a Marsella, se lo tomaron por darlo al Emperador, cuando el rey Francisco estaba preso en España; así que no le desplacía a Andrea Doria que le hablasen del Emperador, y mostró la carta del príncipe de Orange al marqués y a Ascanio Colona, y les dijo cómo los pedía el rey, prometiéndole grandes mercedes, con Juan Joachín de Levanto y con Barbusi, general de las galeras, que pasaba por allí a Nápoles; los cuales procuraron, no alcanzando nada por aquella vía, de sobornar al conde Filipín que se llevase las galeras del tío a Francia y que lo matasen o prendiesen.

Temiendo, pues, Andrea Doria alguna traición o fuerza, se fué a Jericó con sus galeras a esperar que pasase el tiempo que tenía puesto y estaba obligado de servir al rey de Francia, y pasado, alzó la bandera de San Jorge, quitando la de flor de lis, y no quiso ponerla del Emperador, si bien ya estaba concertado con él.

Todos se maravillaron en Génova de su mudanza, y no podían creer que se pasase al Emperador habiendo hecho tantos males a españoles. Fuéronle a rogar los embajadores de Venecia, que allí estaban, y un Sanga, secretario del Papa, y otros muchos, que no dejase al rey de Francia, prometiendo que le pagaría luego y le dejaría los presos, y que pornía a Saona debajo de Génova, como solía estar. Mas él no quiso confiar más de los franceses.

Concertóse con el Emperador mucho a su honra, alcanzando cuanto pedía, y entre muchas cosas fué que Génova quedase libre, y con Saona; que fuese capitán general del Emperador, que tirase y llevase seis mil ducados por cada galera de cuantas tuviese (y tenía diez); que conforme a esto le rentaban cada un año sesenta mil ducados, sin ser obligado a tener en cada una de ellas más de treinta y siete soldados. Y que pudiesen tratar genoveses en todos los reinos de Su Majestad. Por la cual condición se han hecho ricos grandísimamente. Hubo también, aunque después, el principado de Melfi, por confiscación del príncipe Jano Carazoli.

Teniendo, pues, Andrea Doria hecho tan honrado concierto con el Emperador Carlos V, aunque no era llegado con el despacho, Erasmo Doria se fué a Isola con sus galeras, llevando los presos, como quedaba en los conciertos; y antes que se partiese envió al rey de Francia el collar de San Miguel y se apartó de su servicio y del juramento que le había hecho, con una solene ceremonia.

Vuelve las armas Andrea Doria contra Francia.

Llevó en salvo Andrea Doria al marqués del Vasto y a Ascanio Colona y a los demás que estaban presos a Isola, donde fué bien recibido y honrado de ambas marquesas. Supieron de su llegada Pedro Lando y Barbusi, y fuéronle a buscar como a enemigo, con treinta y cinco galeras, pensando deshacerlo, como fuera si, como dicen, le cogieran en escampado, porque no traía más que doce galeras. Llegaron, pues, de Próchita hasta media legua de Isola, que más no osaron, por jugar el castillo su artillería, y tiráronle los cañones de crujía y los basiliscos. El disparó también su artillería, puestas las galeras en ala. Pero aquel tirarse era un floreo, que ni Andrea Doria debía salir a tantos enemigos, ni ellos acercarse donde los alcanzase la artillería del castillo. Así que Pedro Lando y Barbusi se volvieron a su puesto, y Andrea Doria quebró las armas de Francia, que traía puestas en popa de su galera capitana, declarándose por el Emperador, y de ahí a poco persiguió al capitán Barbusi, que se tornaba con las galeras a Francia, y le tomó antes de llegar a Génova ciertas naos cargadas de caballos, armas, tiros y otras cosas, y algunas galeras que se rezagaron mucho.

Bubas, mal francés. -Murió Lautrech a 5 de agosto. -A 29 de agosto, a la media noche, se alzó el campo de la liga. -Prisión de Pedro Navarro. -Jovio dice que, rotas las acequias, se les entró el agua en los alojamientos, y que como los españoles son de casta de moros, y los alemanes de judíos, atosigaron las aguas, pozos y puentes. -Tan mal habla el médico de dos naciones tan honradas.

Su rostro favorable mostraba ya la fortuna a las cosas del Emperador con estas mudanzas; contraria al rey de Francia, porque el ejército poderoso que sobre Nápoles se había puesto, estaba tan deshecho con la gran pestilencia que en él había, que ya no trataban sino de cómo alzarse sin ser de todo punto rotos y perdidos.

Aquí comenzó una enfermedad nunca conocida, si bien agora lo es harto, que son las bubas, que por eso las deben de llamar mal francés, del cual murieron aquí tantos, que apenas le quedaron a Lautrech (que porfiadamente insistía en el cerco) cien caballeros sanos, ni mil infantes, habiendo por lo menos llegado allí más de cincuenta mil.

También tocó la enfermedad a Lautrech.

Hacíase la guerra flojamente; ya no se ponían centinelas, no se vían sino rostros amarillos, mortales, flacos y desfigurados. Finalmente murió Lautrech, capitán valeroso, cuyos vicios y virtudes, con otras particularidades, escribe Jovio, que por eso las dejó en los libros XXV y XXVI, que tratan de este cerco. Murieron Vaudemoncio y otros muchos varones ilustres. Enfermó gravemente el marqués de Saluzo, a quien habían nombrado por capitán general en lugar de Lautrech.

Con esta quiebra tan grande del campo de la liga, tuvo lugar Hugo Maramaldo, que estaba en Nápoles por coadjutor y sobrestante del príncipe de Orange, de recobrar a Capua, Puzol y Nola, echando de estas ciudades los franceses, a los cuales no sólo hacía guerra la peste, sino también la hambre, luchando con los enemigos tan poderosos, fuera de los que había dentro en Nápoles, que ni se dolían de ellos ni perdían la buena ocasión.

Vencidos ya con tanta desventura, dejando su larga porfía, levantaron una noche con mucho silencio el real. Entendieron los imperiales la retirada, o, por mejor decir, la huída del triste campo francés, y salieron tras ellos, y alcanzaron a muchos, que mataron. Prendieron al desdichado conde Pedro Navarro, viejo y enfermo, y estuvo en la prisión hasta el tiempo que se dirá.

Los que pudieron escapar se hicieron fuertes en Aversa con su general, el marqués de Saluzo, al cual cercaron luego los imperiales y le hicieron rendir con estas condiciones: que dejaría la ciudad con la artillería, y fortaleza y municiones. Que el marqués de Saluzo y todos los demás capitanes, exceto Guido Rangon, quedasen presos. Que el de Saluzo, venecianos y franceses, vuelvan al Emperador todo lo que del reino de Nápoles habían tomado. Que todos los soldados, de cualquier condición que sean, dejando las banderas, armas, caballos y demás cosas, salgan libremente. Que se den a los capitanes y oficiales mulas y caballos de carga para en que vayan. Que los italianos, por seis meses no puedan tomar armas en de servicio del Emperador.

Salidos los franceses de Aversa, los imperiales la destruyeron de dos maneras.

Fué desdichado y sin honra para los franceses el fin del cerco de Nápoles. La primera, por la pertinacia de monsieur de Lautrech, que estuvo tan duro y porfiado, que viendo al ojo que la fortuna le era contraria, no quiso mudar parecer por la grandeza de su ánimo. Tenia por menoscabo y pérdida de reputación levantarse sin tomar a Nápoles, que es pasión de la gente de guerra querer antes perder las vidas que la honra, y ser muy amigos de su parecer, sin reparar en lo poco que hay que fiar en las suertes presentes, y que no es en el poder humano ni perder uno ni ganar otro, La segunda causa de su destruición fué la gran enfermedad que cargó en su gente, porque morían sin remedio. Dicen que se causó de una presa grande de agua que corre en Poggio, que la rompieron por quitar el agua los de Nápoles, que no pudiesen moler, y derramándose esta agua por los llanos, sin tener corriente, se hicieron lagunas de cieno que corrompieron el aire, y con el calor del estío y caniculares nació la peste, que por haberse causado de lo que digo, la llamaron en lengua francesa pochen y poches, del lugar de Poggio.

También se les pegó la peste de soldados que habían venido con los imperiales tocados de ella de Roma, y pasándose algunos fugitivos, como es ordinario, a los franceses, que los acogían por valerse de los avisos que daban; y la hambre grande que, con esto se les juntó, y lo que comían podrido y de mala manera.

Las bubas, que fué la segunda enfermedad que les dió, dijeron que habían nacido de beber las aguas inficionadas de sarnosos que se bañaban en ellas. Otros dicen que este mal vino de las Indias Occidentales, y que es allá muy común, aunque no tan dañoso cómo en esta tierra.

De un hecho inhumano reprende Jovio a los españoles (que cierto lo fuera, si fuera como él lo pinta). Murió monsieur de Lautrech en el campo, y allí dice que lo sepultaron, y que cuando los franceses se alzaron y los imperiales saquearon su real, que un español desenterró el cuerpo de Lautrech y lo llevó y ascondió en una bodega para venderlo; y lo que pasa es que luego que murió lo pusieron en una caja, con intención de entrar con el cuerpo muerto triunfando en Nápoles o volverlo a su tierra; y como el alzarse fué tan apresurado y con tanto trabajo, no tuvieron lugar, ni aun quizá de acuerdo, de llevar el cuerpo muerto, por salvar los vivos; y cuando andaba el saco en el real, toparon con el ataúd y cuerpo difunto, y llevólo el soldado, y ascondiólo donde pudo, esperando por él un gran rescate.

Estos son los iuicios que los hombres por las causas exteriores echaron; mas los secretos y el orden de la Providencia divina que en esto hubo ¿quién lo alcanzará? Puedo sólo decir que en este año de 1528 en Italia estuvieron las cosas Imperiales tan caídas y en tanto riesgo, que nunca en tal se vieron, y dieron una vuelta tal y tan favorable al Imperio cuando más sin esperanza estaban sus cosas, que parece bien claro el favor que tuvo del cielo.

Trábase Andrea Doria con la armada francesa. -Libertad de Génova por Andrea Doria. -Va el conde de San Pol a socorrer la parte francesa en Génova.

Luego, el príncipe de Orange y los demás capitanes imperiales hubieron Consejo para dar orden en cómo se tornasen a cobrar los lugares que del reino de Nápoles los franceses habían tomado, lo cual todo se hizo en poco tiempo, exceto algunos lugares en la Pulla, como eran Monopoli, Barleta, Tiana y Malfeti y otras tierras en la costa del mar Adriático, que Renzo de Cheri y Camilo Orsino, capitán de venecianos, tenían fortificadas, y fué enviado don Hernando de Gonzaga y el marqués del Vasto (que ya estaba en libertad) con parte del campo; pero la cosa se alargó y se hizo muy dificultosa por el socorro y favor que por la mar tenían cada día de las galeras y armada de venecianos, de manera que ellos no pudieron acabar esta empresa; y después, adelante la hubo de rematar Hernando de Alarcón.

Por virtud de la liga, envió Venecia armada para molestar la costa de Nápoles, estando Lautrech sobre ella, el cual envió asimismo a Simón Romano, a Camilo Orsino, a Federico Garrafa y a otros capitanes por tierra, para que hiciesen espaldas a los del agua, y tomaron a Monopoli, y otras plazas que estaban sin guarnición. Para remedio de lo cual, Héctor Pinateli, virrey de Sicilia, envió a su hijo, el conde de Burreo o Burrelo (como otros dicen) con gente de aquella isla para defensa de Calabria, con más dos mil españoles que nuevamente habían pasado con Alvaro de Grado, su maestre de campo.

Venidos, pues, los dichos españoles y el conde a las manos con el Simón Romano, le dieron una terrible rota a él y a sus franceses allí en la Calabria, y le echaron de ella. Estas y otras y guerrillas y cercos tuvieron fin con el de Nápoles, que, como vieron tan miserable caso, desmayaron los de la liga y soltaron lo que tenían, y vinieron todas las plazas a poder de españoles, sino dos o tres que los venecianos habían fortificado.

Sucediendo, pues, en todo lo demás los hechos del Emperador prósperamente, Andrea Doria, que ya ejercía el oficio de capitán general del mar, llegando a la ribera de Génova con sus galeras en seguimiento de las de Francia, que perdida la esperanza de Nápoles se volvían a su tierra, hubo cierto reencuentro con ellos, y les tomó dos galeras, habiendo antes de esto tomado otras dos naves y ciertos galeones que cargados de trigo iban a su ejército. Y después, teniendo inteligencia, con algunos principales de la ciudad de Génova, deudos y amigos suyos, en la cual, por la gran pestilencia que había habido en los soldados, el rey de Francia tenía poca fuerza de gente, él se llegó al puerto, y sin se lo poder ni osar defender Teodoro Tribulcio, que tenía la ciudad por el rey, echando quinientos hombres en tierra y ayudado de los vecinos y naturales, apellidando libertad, la dió a su patria, quitando el dominio y sujeción de los franceses; y en esta libertad ha permanecido y durado hasta hoy, y el Emperador la conservó, si bien hartas veces se la pudo quitar.

El Tribulcio se retiró al castillo y avisó a monsieur de San Pol, capitán del ejército francés en Lombardía. El cual, entendiendo cuánto había de sentir el rey de Francia la pérdida de Génova, dejando al duque de Urbino en el campo contra Milán, y Antonio de Leyva escogiendo de su ejército cuatro mil hombres, partió a gran priesa para Génova, pensando poderla tornar a cobrar; pero, en llegando, halló tanta resistencia en la ciudad y Andrea Doria, que no pudo conseguir su propósito, y como había venido mal proveído de bastimentos, por haber querido hacer el camino a la ligera, y los de la tierra no se los daban, hubo de volverse luego, tomando el camino para Alejandría, donde quiso pasar el invierno, y los genoveses apretaron el cerco del castillo, de manera que Tribulcio se hubo de rendir y entregarle; y con esto acabaron los de Génova de sacudir el yugo francés.

Lo que hizo Antonio de Leyva contra franceses en Lombardía. -Júntanse con Antonio de Leyva dos mil españoles. -Lo que dice Galiazo de estos dos mil españoles, rotos y descalzos.

Supo el Emperador la rota de los franceses sobre Nápoles, y cuán deshechos estaban, y lo que Andrea Doria había hecho en Génova, y la venida sobre ella del conde de San Pol, y mandó luego levantar dos mil españoles para que viniesen a socorrer a Génova o pasasen a se juntar con Antonio de Leyva.

Trajo esta gente don Diego Sarmiento, uno de los valientes soldados de su tiempo, caballero natural de Burgos, y tan escogido capitán como en esta historia veremos.

Tuvo Antonio de Leyva aviso de los dos mil soldados españoles que habían llegado a Génova, y que en la ciudad no los habían menester. Envió luego a Ludovico Barbiano, que había escapado de las manos de los franceses, para que rigiese aquesta gente que venía ignorante de las cosas de Italia. Entretúvolos algunos días Babiano en lugares de las montañas, donde apenas se podían mantener por la pobreza de los pueblos y montañeses. Entró por estos montes por apartarlos de los franceses que quisieran estorbarles, que no se juntaron con Antonio de Leyva; y por aquí los fué guiando para Plasencia, dejando burlados a los franceses, venecianos y esforcianos, que andaban juntos contra Antonio de Leyva.

Y habiendo acrecentado su ejército, así de pie como de caballo, y trabajaban de quitar el paso a Barbiano, para que no se juntase con Antonio de Leyva; pero como guardaban el paso de Alejandría y Tortona, por donde pensaban que venían, halláronse burlados, porque Barbiano con los españoles fué por rodeos y lugares montuosos de las tierras del Papa, y con tan buena diligencia, que muy presto pasaron el Po y llegaron en Fuente de Belcioso, donde luego vino Antonio de Leyva con toda la gente que en Milán tenía. Tomaron barcas de los de la tierra, y sin contradición alguna pasaron el Po.

Nota mucho Galeazo Capella, para llorar las grandes miserias de Milán, que habíanvenido los dos mil españoles tan pobres, que unos andaban sin zapatos, otros sin camisas, otros medio desnudos, y tan consumidos y de ruin color, que parecían estar pasados de hambre; tanto, que los llamaban los pobres; que con este pelo los envía de ordinario España, y fuera salen los que todos saben. Murieron parte de estos soldados en las montañas, porque los montañeses de Génova, con el odio que tenían a los españoles por el saco y entrada que con el marqués de Pescara y tudescos hicieron, los aborrecieron mortalmente, y salían a los pasos estrechos matando los que podían.

Lo que escribió Antonio de Leyva al Emperador:

A 14 de setiembre de este año, estaba Antonio de Leyva en Milán más falto y apretado de lo que sus enemigos pensaban, que el valor y reputación de este capitán suplían mil faltas, de las cuales escribió al Emperador, después de haberle escrito otras por el capitán Rivadeneira, y por vía del señor de Mónaco y del Espinola; y en ésta le dice cómo se juntaron los ejércitos de venecianos, del rey de Francia y del duque Francisco, y vinieron la vuelta de Mariñán, donde él estaba, y hicieron su alojamiento sobre una ribera que se llama Lambro, a tres millas de donde él estaba alojado. Que fortificaron su campo y allí estuvieron dos días con esta gente. El francés traía cuatrocientos hombres de armas, y sin los archeros, quinientos caballos ligeros, seis mil infantes, en que había mil y quinientos alemanes y suizos; venecianos, ochocientos hombres de armas, mil y quinientos caballos ligeros, de los cuales los quinientos eran turcos; ocho mil infantes. El duque Francisco, cuatro mil infantes y cien caballos.

Lo que el Antonio dice que tenía eran que de alemanes habían de ser seis mil y quinientos.

Y dice luego en cifra: «Pero hay tantos enfermos y mueren tantos, que no hay cinco mil que puedan tomar la pica en la mano. Españoles no han quedado ochocientos vivos. Tenía conmigo en Mariñán mil y docientos italianos entre hombres de armas y caballos ligeros; no llegan a más de trecientos. Con toda la falta de gente que aquí ve Vuestra Majestad, determiné de combatir, porque conozco claro que de otra manera no me puedo sostener.»

Aquí acaba la cifra, que quiso decir en ella las faltas que había en su campo, por si acaso viniese la carta a manos del enemigo, que no las supiese.

Y luego dice que con esta determinación de combatir esperó los enemigos, los cuales pasaron aquel Lambro y vinieron a ponerse a dos millas de donde él estaba, donde los salió a recibir pensando de poder combatir sin más ventajas de las que en la gente le tenían; y cuando llegó a más cerca de un tiro de ballesta, halló que se habían puesto detrás de un foso grandísimo, y cortado los caminos, y reparados, como si hubiera un año que estuviera allí; lo cual pudieron fácilmente hacer, porque traían tres mil gastadores sin faltarles uno, y que así viendo claramente la pérdida, le parecía que no debía ir a dar con la cabeza en el muro; pero que paró tan cerca de ellos como arriba dijo, provocándolos a la batalla, trabajando de sacarlos del fuerte con la escaramuza; lo cual no fué posible, y estuvieron todo el día de esta manera, tirando los franceses y ligados con veinte y siete piezas de artillería, poniendo el Antonio su gente de manera que no le mataron un soldado.

Era el fin de los ligados de tener así al Antonio estándose dentro en su fuerte, y, por otra parte, enviaron dos mil infantes y dos mil caballos para tomarle a Milán. Lo cual les podía muy bien suceder, porque no tenía hombre de guerra dentro en la ciudad; y lo mismo pudieran hacer en Pavía; pero entendiéndolos Antonio de Leyva y viendo que no sucedía lo que deseaba, que era venir a batalla, dice en cifra que no podía más tener los españoles ni italianos en la campaña, porque no eran pagados, y que eran cuatro días que no comían sino pan y agua, porque los enemigos, con la pujanza de sus caballos, quitaban al Antonio las vituallas que no le podían venir, aunque esto lo habían probado dos días antes, que enviaron entre Milán y Mariñán trecientos caballos, y toparon con veinte hombres de armas de Antonio de Leyva, los cuales habían ido con dos banderas de alemanes a llevar la vitualla de Milán, y apartándose de los alemanes, toparon con los caballos de la liga.

Combatieron con ellos y salieron con la vitoria los de Antonio de Leyva, siendo muerto un lugarteniente de San Pol y otros muchos con él, y presos y muertos. Los de Antonio de Leyva casi todos quedaron heridos. Murió un pariente de Antonio de Leyva llamado Sancho de Leyva, que verdaderamente fué causa de la vitoria. También murió Juan de Leyva, hermano del Antonio de Leyva, alcaide que era del castillo de Milán, de una herida vieja que el año antes se le apostemó y no tuvo remedio de se poder curar.

Dice en cifra: «Ya no me queda pariente, ni amigo, ni criado, que no me sea muerto en esta guerra; todos los tengo perdidos»; y que pues Dios lo hacía, y era en servicio de Su Majestad, acordó de venirse a Milán y proveer de allí a Pavía, a Como y a Biagrasa. Que se había levantado y metido en Milán en medio del día, sin haber hombre que les pusiese embarazo; que los enemigos eran venidos a un lugar que se llama Coca, a ocho millas de Milán, y hasta agora no se habían movido.

Que se decía (dice luego en cifra, lo que, por ser larga y dificultosa, no tuve lugar de poder sacar), dice, de la muerte de monsieur de Lautrech, que había entendido por vía de los enemigos, pero no cierto de ella; y cierto de que Dios ordenaría las cosas muy en favor del César.

Y habiendo escrito hasta aquí, dice que recibió una copia de carta que Jerónimo Morón, a 29 de agosto, había escrito al embajador del César que estaba en Roma, por la cual contaba la señalada vitoria que Dios le había dado contra los franceses en Nápoles, y dice: «Y cierto Dios muestra querer cumplir con Vuestra Majestad lo que tiene prometido, agora es tiempo que Vuestra Majestad siga su buena fortuna y no dejalla pasar como se hizo.»

Torna a usar de la cifra, en la cual debe dar algunos avisos tocantes a la guerra de Lombardía, porque en acabando la cifra dice: «Y tengo por cierto que el sostenimiento de este Estado importa mucho, y digo mucho, para la grandeza de Vuestra Majestad, así para las cosas de Italia como para las de Alemaña. Los ejércitos de Francia y venecianos, y del duque Francisco, se han puesto sobre Pavía. En ella hay muy buena gente, y están dentro, por capitanes de la tierra, Pedro Botichiela, coronel de Vuestra Majestad, y Pedro Virago, coronel, y el capitán Aponte, el cual últimamente he enviado dentro con dos banderas de alemanes, y también he enviado al conde Ludovico de Belzoyoso, el cual cayó malo y estuvo en caso de muerte, y plugo a Nuestro Señor de darle sanidad, que si muriera, Vuestra Majestad perdía un muy buen y verdadero servidor. La tierra está muy bien fortificada, y artillería y pólvora harta.»

Vuelve a la cifra, y en obra de veinte y cinco renglones de ella, parece que dice algunos avisos del estado de los enemigos y tratos que con algunos tenía, de lo que había menester para la gente que tenía, sin los españoles y italianos, artillería, municiones, caballos ligeros, gente de armas y espías, y los reparos de las tierras, que no costaban poco. Y cómo había escrito largamente al príncipe de Orange de todo lo que sobre esto le parecía conveniente al servicio del César.

Y dejando la cifra, en la letra común acaba la carta, diciendo: «Vuestra Majestad me ha quitado el crédito, que es quitarme la vida, en no haber mandado cumplir con Francisco Dada y con Juan de Marín sus cambios. Porque si aquellos fueran cumplidos, siempre se sacara de ellos cualesquier cosa en tiempo de las necesidades. Y pues ellos han dado aquellos dineros por una letra que les mostré de Vuestra Majestad, la cual dice que todos los que me dieren dineros Vuestra Majestad los mandará pagar, humilmente suplico a Vuestra Majestad los mande pagar y cumplir con ellos, porque se haga lo que es razón y se mantenga el crédito, pues es para más servir a Vuestra Majestad; y cuando hubiere mandado cumplir con ellos mande que sus fatores avisen de ello aquí, porque fasta agora no lo han hecho. Ha fallecido en esta ciudad el duque de Génova el cual luego que llegó en el llano de Italia el duque de Brunzvic fué hacia él, y vino acá juntamente con él, sirviendo con mucho gasto; y tal, que por sostenerse yo sé que se ha empeñado con muchas personas. Ha servido a Vuestra Majestad hasta que acabó muy bien, y por convenir en semejantes casos dar buenos ejemplos, paréceme que yo no debo callar a Vuestra Majestad que cumple a su servicio que lo haga bien con su hija y posteridad. Queda por principal de la casa Barnabe Adorno, su hermano, que se puede llamar su hijo, a quien el duque de Brunzvic y yo, pensando que se había de ir a Nápoles, acordamos de darle cargo de mil infantes y cien caballos. Paréceme buen caballero, y persona de quien Vuestra Majestad puede esperar todo buen servicio. Génova importa a su servicio lo que sabe, y cada día se prueba que si fuera para Vuestra Majestad, faltáranle muchos trabajos de los que ha habido. Paréceme que cumple a su servicio tener en pie esta casa, pues todos los de ella han sido siempre buenos servidores de sus coronas, y en ellos, siempre se halló fe. Vuestra Majestad ha de tener por encomendado al dicho Barnabe, confirmándole en su servicio y tratándole como al mismo suegro. Dígole todo esto por lo que yo soy obligado a su servicio, y pues que Dios hace sus hechos como se ve, Vuestra Majestad ha bien de mirar en no privarse del dominio de Génova, porque, en verdad, no creo, por lo que soy informado, que le convenga la libertad de ella. Nuestro Señor la vida y imperial estado de Vuestra Majestad, con acrecentamiento de reinos y señoríos, guarde y prospere, como por Vuestra Majestad es deseado. Fecha en Milán a 14 de setiembre de 1528. -De V. M. C. -Humil vasallo y servidor que sus imperiales pies besa, Antonio de Leyva.»

En el estilo y lenguaje de esta carta se hecha bien de ver el ánimo bravo y varonil de este capitán, y la verdad y entereza con que hablaba a su príncipe, deseando más su servicio que los intereses que con lisonjas y palabras dulces pretenden de los príncipes los que no son como Antonio de Leyva.

Después que escribió esta carta, estando con las pocas fuerzas que en ella dice, hizo la suerte que aquí veremos, con que dió glorioso fin a las contiendas con franceses, y los acabó de destrozar y lanzar de Italia, hecho digno de perpetua memoria.

Habían tomado los franceses a Mortara por fuerza de armas, y Felipo Torniello, dejando a Novara, se había retirado en Milán. De manera que ya no quedaban a los españoles, de la otra banda del río Tesin, sino dos castillos; y los venecianos, pasado el río Ada, se habían vuelto a Marignan, y los esforcianos se habían repartido entre franceses y venecianos, y como no se atreviesen o no se hallasen poderosos para acometer a Antonio de Leyva, acordaron que se partiese el ejército, y que los venecianos se acogiesen a Casal y los franceses a Biagrasa, y que con la gente de a caballo impidiesen el paso de las vituallas que recogía Antonio de Leyva, pensando que en breve tiempo Milán se rendiría. Pues por las largas y continuas guerras, en sus campos no se había sembrado ni cogido pan; y las demás provisiones estaban consumidas, por lo cual se temía una mortal hambre.

Pero el francés, desengañado de tales esperanzas, no viendo manera para cobrar el Estado de Milán, decía que el rey le había mandado que pusiese sus fuerzas contra Génova, y que por esto le convenía más pasar el Po, pues los venecianos desde Casal, y los esforcianos desde Pavía y Vegeven, podían apretar los españoles, para que no se desmandasen ni atreviesen más por la tierra. De manera que vueltos los capitanes al real, luego los venecianos partieron de Marignan, y el francés, que estaba más cerca de Milán, fué a Landriano, doce millas de allí, entre el camino de Pavía y Lodi, donde por enviar el bagaje con la artillería en la vanguardia que se adelantó, él se partió algo tarde con la media batalla y retaguardia.

Supo Antonio de Leyva por las espías, que el francés se detenía en Landriano, y que había marchado parte de la gente, y luego llamó sus capitanes a consulta, y díjoles:

Quiere Antonio de Leyva acometer a monsieur de San Pol en Landriano. -Vence Antonio de Leyva, sentado en una silla, al general de Francia, conde de San Pol, y lo prende. -Feroz semblante de Antonio de Leyva en la batalla. -Fama inmortal que ganó Antonio de Leyva.

-Señores y amigos míos: Grande es a mi ver la ocasión que se nos ofrece para alcanzar del enemigo una señalada vitoria. Porque, según he sabido, los venecianos y esforcianos se han apartado de los franceses en Marignan, y el francés se está aún en Landriano. Días ha que tengo ganas de pelear con ellos; si me seguís, no dudo sino que con vuestro gran esfuerzo lo tomaremos antes que se pueda armar ni ordenar la batalla, y si acaso se fuere de ahí, antes que lleguemos no nos puede faltar la honra de haber espantado y hecho huir al enemigo, y será cierta la presa que de la retaguardia hemos de haber.

Fueron todos del parecer del Antonio, y luego tocaron al arma por toda la ciudad, donde estaban tres mil españoles escogidos y cuatro mil tudescos y algunos italianos, con otra gente de a caballo, número bien desigual y inferior, según era grande el de los enemigos, como dice Antonio de Leyva en la carta que referí, escrita al Emperador.

Determinados, pues, en esto, todos juntos echaron sobre las armas sus camisas para conocerse de noche. Y si bien Antonio de Leyva estaba tocado de la gota, se armó y puso en una silla, y a brazos de cuatro hombres se hizo llevar, y echando delante la caballería, hizo de la infantería dos escuadrones con sus mangas, una de españoles y otra de alemanes, y en guardia de la artillería iban los italianos.

Con este orden fué caminando contra los franceses, con harto espanto de los de Milán, porque como no sabían la división de los de la liga, ignoraban el fin de esta jornada, sabiendo principalmente las ventajas que en gente los ligados tenían. Finalmente, salieron en la manera que digo una noche, sin tocar trompeta ni atambor, y así fueron sin estruendo ni ruido hasta ponerse dos millas de los enemigos, donde tuvo otro aviso Antonio de Leyva cómo estaban en Landriano.

Mandó luego a los suyos que, alargasen el paso, y con esta diligencia los tomó antes que de él fuesen sentidos, con tanta alteración y espanto, que les faltó juicio para tomar las armas y ponerse en orden, pareciéndoles, con el temor salteados, que eran mil contra uno. Y como saliendo el sol vieron los franceses la gente de Antonio de Leyva encamisada, que con la luz blanqueaban, perdieron de todo punto los ánimos, y el conde de San Pol, sin juicio, ni saber qué remedio tendría, especialmente porque comenzando en orden su partida había enviado delante hacía Pavía a Guido Rangón, capitán de su vanguardia, para que tuviese aparejadas las posadas, y habíase alargado tanto, que no había lugar para enviarlo a llamar.

Estando así el conde salteado de sus enemigos, Antonio de Leyva lo cogió en medio, y en la batalla y en la retaguardia del campo francés hubo tanto desorden, que si bien el conde hizo lo que pudo por componerlos y resistir, la defensa fué en vano, porque fué tan grande el ímpetu de los españoles, que no le dieron lugar ni hicieron más que desmayar y darse por vencidos, y sucedió en favor de Antonio de Leyva, para que fuese mayor su vitoria, que cayó un carro en que iba una pieza gruesa de la artillería de Francia, en medio del camino, que estaba lleno de lodo, y muchos franceses, y entre ellos caballeros nobles, se apearon de los caballos y trabajaban por alzarlo y adobarlo para que pudiese el carro caminar y no quedase en poder de sus enemigos, que los franceses lo tienen por mengua y afrenta.

Este embarazo dió lugar para que Antonio de Leyva pasase con su infantería delante, la cual, como llegó, y la caballería francesa pelease animosamente, la batalla del conde de San Pol, con quien también se había juntado la retaguardia, comenzó en un momento a volver las espaldas. Porque Antonio de Leyva, armado de resplandecientes armas y con muchas plumas, sentado en su silla, mandó a los que en ella le llevaban que lo metiesen en la batalla, con lo cual pusieron todos los ojos en él, porque alzada la celada o visera, animaba con terribles voces a los suyos, y con solo el mirar espantaba a los franceses.

En este medio, los alemanes y franceses volvieron afrentosamente las espaldas; tras ellos huyó la infantería francesa, y luego la italiana, sin mirar en la honra, y verse vencidos de los que ellos pensaban cercar y vencer. Fué poca la gente que murió en esta batalla, porque ni pudieron los arcabuceros hacer su oficio, por estar mezclados franceses y españoles, ni el artillería se pudo disparar sin igual peligro y daño de amigos y enemigos.

El conde de San Pol, general de los franceses, queriendo pasar el foso, dando un peligroso salto con su caballo, fué preso de la caballería, y lo mismo Jerónimo Castillón y Claudio Rangón, varón muy esforzado, que había sido capitán de la vanguardia. También Estéfano Colona al pasar del valladar o foso cayó, y su caballo sobre él, que estuvo, en peligro de la vida. Desta manera tomaron los españoles en aquella vitoria los caballos, las bestias, los carros y ropa de los franceses y del ejército, y la artillería y banderas. Los que escaparon dejando el bagaje, dieron cerca de Pavía en manos de los soldados de Picenardo, que estaban allí en guarnición, los cuales los despojaron también de las armas y caballos, y vieron por experiencia cuánto más puede en los hombres la avaricia que la amistad.

Fué tan grande la reputación y crédito que con esta vitoria y prisión del general francés ganó Antonio de Leyva, que ninguno de los capitanes de aquel tiempo tuvo más fama, así en tomar consejo, como en el valor para ejecutarlo, y decían que si tuviera salud se igualara con el Gran Capitán, su maestro.

Y por lo que en su carta, pocos días antes de esta jornada escrita, dice del aprieto en que estaba, la falta de gente que tenía, las enfermedades y disgustos de los suyos, y la potencia del enemigo, resplandece más su hazaña.

Sucedió esta rota del conde de San Pol, un lunes muy de mañana, a 21 de junio año de 1529.

Del conde Pedro Navarro. -Llamamiento para la Dieta de Spira. -Juran al príncipe don Felipe.

Dije cómo el conde Pedro Navarro había sido preso en Aversa, y por la obligación que esta historia le tiene, pues ha dado tanto que decir en ella por sus grandes hechos, aunque él negó su nación, y se volvió contra su rey y señor natural, diré aquí el fin que tuvo, que no fué tan dichoso como merecía. Los españoles le daban en rostro que había sido traidor dos veces y pasádose a los franceses. Pusiéronle en Castilnovo, que él había ganado. Usó el castellano con él de tanta cortesía y humanidad, que le hizo una chimenea donde, cuando hubiese frío, se calentase, que debió de ser el mayor regalo que le pudo hacer, y no era pequeño, para un hombre viejo y enfermo.

Poco después envió a mandar el Emperador que cortasen las cabezas a él y a los demás que habían rebelado en aquella guerra, y antes que se le ejecutase, fué hallado muerto en la cama. No faltó quien dijo que le habían ahogado con la ropa que le echaron adrede encima de la boca, porque el alcaide Icarta, queriendo librar de la culpa que todos echarían al Emperador por mandar matar a Pedro Navarro, capitán de tanto nombre como sus valerosos hechos merecían, quiso que no muriese por mano de verdugo el que en tiempos pasados había ganado aquel mismo castillo donde estaba preso.

Fué tan singular hombre de guerra Pedro Navarro, así por mar como por tierra, que se podía poner con los más famosos capitanes españoles de su siglo, si con saña no se volviera francés; pero ni por eso es bien perder su memoria. Era Pedro Navarro hidalgo de Val de Roncal, que es en Navarra; grosero en gesto y traje. Anduvo, siendo mancebo, en la mar de Vizcaya, pero dejó aquel oficio, inclinándole su ánimo a mayores cosas, como después le sucedieron. Pasó en Italia, y fué criado del cardenal Juan de Aragón. Aborreció el palacio y fuése a la guerra con Pedro Montano, capitán general de Florencia, el cual le llegó a dar treinta ducados cada mes de paga y ventaja, y luego le dió sesenta por minador e ingeniero, que por su industria tomó a Sarzana. De allí se hizo cosario contra cosarios, y hizo mucho daño en la costa de Berbería, y por esto se llamó entre muchos Roncal el Salteador. Tras esto se fué a Nápoles, cuando se comenzaba la guerra entre franceses y españoles, y alcanzó mucha gracia con el Gran Capitán y gran fama y reputación entre soldados, aprobando en la guerra excelentísimamente. Y en Canosa y Taranto se hubo ingeniosamente, por todo lo cual le dieron el condado de Olivito, honrándole con aquel título y otros favores. Minó dentro en mar, y en vivas peñas, la torre de San Vicente, de Nápoles, y Castilnovo, que atronó la ciudad, y dió en la mar con el alcaide y treinta soldados. Vino a España teniendo guerra el Rey Católico con el rey Luis de Francia, y por su consejo y traza se hizo el castillo y fortaleza de Salsas en Cataluña. Trató luego la guerra de mar contra los moros de Berbería prósperamente, si no perdiera lo de los Gelves. Porque ganó el Peñón de Vélez de la Gomera y el de Argel, Bujía y Trípoli. Mandóle volver el rey, dejando la flota en Nápoles, a favorecer al Papa con don Ramón de Cardona, porque se había concertado con él y con venecianos contra franceses, y en la batalla de Rávena, tan nombrada y sangrienta, fué preso y herido, y llevado a Loches, de Francia, a donde le tuvieron más de dos años.

Procuró mucho su libertad por vía de rescate; pero disimuló el Rey Católico con él, aunque por información de don Ramón de Cardona, virrey de Nápoles, sobre aquella batalla perdida, y aun dicen que por el duque de Alba, don Fadrique de Toledo, por la desventurada muerte de su hijo, don García. De suerte que, enfadado de la prisión y enojado porque ni con su hacienda, ni en concierto que hacían los reyes, le sacaban de ella, se encomendó y ofreció al rey de Francia, recién heredado, renunciando por escrito y desnaturalizándose de España, con dejación que hizo, así del condado de Olivito, como de lo demás que por sus buenos servicios y merecimientos hubiera de merced.

En Nápoles el rey Francisco le rescató, pagando a los que le prendieron. Hízole coronel de los gascones y navarros que llevó a Italia sobre Milán, y se aconsejó mucho con él en aquella guerra. Pasó Pedro Navarro el artillería por los Alpes con gran ingenio, si bien con trabajos; y derribó un gran lienzo de la fortaleza de Milán, que nadie lo creyera, minándolo: por lo cual se dió Maximiliano Esforcia, duque de Milán. Venecianos lo pidieron para contra Bresa al rey, que tenían este castillo por inexpugnable sin minas. Fué allá con los gascones, pero no se pudo tomar (si bien hizo maravillas) por el esfuerzo de los alemanes y españoles que allí había con don Luis Icart. Fué después con armada sobre Sicilia, so color de ir contra moros y cosarios, pensando revolver aquella isla contra el Emperador. Desembarcó cerca de Nápoles por ver si se levantarían algunos por el rey de Francia, y estorbó que la armada de España no fuese a Berbería. Fué luego con cuatro galeras a socorrer a Génova, cuando el saco; mas llegó tarde y a mal tiempo, y así le prendieron españoles, y el marqués de Pescara lo envió a Castilnovo de Nápoles, que fué para él un gran dolor por haber triunfado en él, ganándolo a franceses.

Soltáronlo de allí a cuatro años, en trueco de don Hugo de Moncada, primero que se librase el rey Francisco, cuya madre y Lautrech lo deseaban tener para la guerra que querían hacer en Italia contra el Emperador. Sucedió luego el saco de Roma y la prisión de Clemente VII y hubo de ir Lautrech, como queda dicho. Trajo consigo a Pedro Navarro, por cuyo parecer se guió en toda esta jornada, y el asiento del real y diligencias que se hicieron (que fué de lo más notable que ha habido en el mundo) se hicieron por orden de Pedro Navarro, aunque por el valor de los muchos y grandes capitanes que le defendieron no se ganó.

Otras muchas virtudes tuvo de sabio y prudente capitán. Fué venturoso la mayor parte de su vida, y estimado de los reyes, su consejo era maduro, y sano en trazar y asentar un real; y en hacer las trincheas y otros reparos ninguno le hizo ventaja en su vida, y pocos se le igualaron. Tuvo el fin que dije, cuando ya era viejo y enfermo, que tales dejos tienen las mayores venturas de esta vida, y así hay poco que fiar en ellas.

Ya que hemos acabado por este año con Italia, será bien decir otras cosas particulares tocantes al Imperio. Estando el Emperador en Valladolid, primer día de agosto, escribió a los príncipes electores del Imperio y a los demás, y a las ciudades, llamándolos para la Dieta o corte de Espira, que se hallasen juntos para el mes de hebrero del año siguiente, y por su ausencia en el Imperio nombró por sus legados, o vicarios tenientes, a su hermano don Hernando, rey de Bohemia, y a Frederico, conde Palatino, y a Guillelmo Bávaro, y a los arzobispos de Trento y de Hildesia.

De Burgos se mudó la corte a Madrid.

Este año, y a 19 de abril de 1528, fué jurado en San Jerónimo del Paso de esta villa el príncipe don Felipe II, hallándose en este acto muchos perlados y grandes del reino, y los procuradores de las ciudades; que se habían juntado Cortes, en las cuales presidió don Juan Tabría, arzobispo de Santiago y presidente de Castilla; aquí se ordenaron buenas leyes en favor de los naturales y contra extranjeros, en materias de beneficios, pensiones y canonicatos, doctorales de los médicos y cirujanos y hidalgos y otras cosas.

Sale el Emperador de Madrid para Italia. -Queda la Emperatriz en el gobierno de Castilla.-

No hay corazón tan firme, ni de acero, que si la tempestad porfía no se rinda. Probó el rey Francisco los medios posibles para dar libertad a sí y a sus hijos; engolfóse en un mar de pesadumbres y levantó el mundo contra la fortuna de Carlos V.

Vímosle turbado, a Roma cautiva, saqueada, y preso el Sumo Pontífice; los cardenales en cárceles, obispos mal tratados y heridos; robados los templos y los lugares sacros profanados; carteles, desafíos entre los reyes, conjuraciones, ligas de muchos contra uno, y Carlos solo, y sólo Dios con él (como sus enemigos confesaban), sin salir de su casa, venció a todos y trajo apretados a querer la paz que aquí veremos.

Los principios de este año de 1529 dieron malas esperanzas de la paz que todos deseaban, que antes entendieron que habían de ser mayores los males. Porque en Milán andaban las cosas entre Antonio de Leyva y los capitanes de la liga tan a malas como queda dicho. En Nápoles y toda su tierra, porfiaban algunos rebeldes en tanta manera, que el marqués del Vasto (a quien se encomendó el allanarlos) no se podía averiguar con ellos. Lo que en la Pulla y Calabria hacían venecianos, franceses y los del Papa, más parecían robos y hechos de salteadores entre gente de razón que guerra.

En España se hizo llamamiento general de los caballeros con gente de guerra, recelándose de las armas y gente que el rey de Francia levantaba, y la Emperatriz escribió avisando de esto a 30 de abril, y el Emperador desde Lérida, a 24 de abril, a todos los grandes del reino, diciendo que el rey de Francia hacía demostraciones y apercebimientos para entrar por Navarra y sus comarcas, que traía para ello alemanes y buen ejército, y que para lo favorecer venía en persona, acercándose a estas partes; todo, según se creía, para estorbar su ida en Italia; y que así, convenía que todos los grandes y caballeros se apercibiesen, y pusiesen en orden los demás para poder partir con la gente de guerra luego que fuesen avisados, pues a todos tocaba la defensa del reino.

Demás de que amenazaban, y se decía de cierto que había tratos con el Turco para que bajase en estas partes contra el Emperador, que es lo último donde pudo llegar una pasión ciega, y sin algún respeto honrado.

De todo tuvo aviso el Emperador, y se temió harto la venida de un enemigo tan poderoso en Alemaña y Italia, y por esto enviaron a suplicar al Emperador con mucho encarecimiento, que doliéndose de sus vasallos les fuese a socorrer.

Siendo tan necesaria su persona para consuelo y ánimo de los suyos, y demás de esto, habiendo de recebir la corona imperial de mano del Pontífice, que ya se trataba de ello, determinó de irse a Barcelona, para estar más cerca, y poder acudir con mayor brevedad a lo más forzoso, y dar orden en que se aprestase una gruesa armada. Quiso que la serenísima Emperatriz, su mujer, con el príncipe don Felipe y infanta doña María, sus hijos, quedasen en Castilla para el buen gobierno de ella.

Determinado, pues, en esto, partió de Madrid para Toledo, y en el mes de marzo de este año 1529 partió de Toledo para Aragón, acompañado de toda la nobleza de Castilla, y la Emperatriz se volvió a Madrid.

Antes que el Emperador saliese de Toledo hizo su testamento, y dejó en poder de don Juan Tavera, arzobispo de Santiago y presidente de Castilla, dos copias de él, una en lengua latina y la otra en castellano. De lo cual todo, antes de su partida, dió cuenta a los grandes y ciudades de estos reinos, escribiéndoles de esta manera:

Lo que escribió el Emperador al reino sobre la paz de la Cristiandad, y su partida. Empeño de la especería, y Malucas.

«A todos es notorio cuánto he yo deseado y deseo la paz universal de la Cristiandad, y lo que la he trabajado y procurado. Y aunque es venido en los medios que sabéis, de soltar al rey de Francia, y en otros tan justificados que no me han sido provechosos, no ha bastado para efetuarse, antes cada día ha crecido la soberbia de nuestros enemigos. Y como quiera que Nuestro Señor, ayudando nuestra causa, por ser tan justa, nos ha dado vitoria, y postreramente fué desbaratado el ejército que tuvieron sobre nuestra ciudad de Nápoles, habiendo ocupado la mayor parte de aquel reino, y estando en tanto peligro de perderse del todo, agora nuevamente torna a juntarse; y en algunos lugares y fuerzas del dicho reino de Nápoles, que les quedó, y por todas las otras partes que pueden, hacen grandes aparejos y gente para continuar su dañada intención, e trabajan de ocuparnos el dicho reino de Nápoles y el de Sicilia; y lo que peor es, que procuran con el Turco que baje poderosamente en Italia, para que yo tenga mucho que hacer en resistirle. De todo lo cual estoy muy certificado por cartas e mensajeros que me han enviado los ministros que allá tengo. Los cuales, con todos los que desean mi servicio, me avisan que, pues probados y procurados todos los medios de paz no aprovecha, que sola mi persona es la que lo puede remediar, suplicándome e requiriéndome que con toda brevedad vaya a socorrer aquella parte donde hay tanta necesidad, si no quiero verla destruída para los cristianos y ocupada por los infieles. Yo, vista su instancia, y la obligación que tengo a ello, y que si por nuestros pecados aquella tan notable provincia se perdiese, allende de perder yo tales reinos de mi patrimonio, quedaría todo lo demás en peligro; y considerando el trabajo y aventura en que la mayor parte de Alemaña está de apartarse, no solamente de la unión de la Iglesia romana, mas de ser de los turcos ocupada e destruída, donde el serenísimo rey de Hungría, mi hermano, y yo, tenemos tales Estados de nuestro patrimonio. Y demás de las obligaciones que yo a ello tengo, lo cual parece que con ayuda de Nuestro Señor, con el favor y socorro de nuestra persona, o acercándonos a aquellas partes, porque con esto se puede esperar en lo de la paz en Nuestro Señor, que tanto habemos procurado, y deseamos se hiciese mejor que hasta aquí, y para lo tratar estaríamos más cerca. Y entendemos de ofrecer y venir en tales medios, que con razón no se pueda rehusar. Y cuando más el rey de Francia viere nuestra determinación, es de creer que más presto verná a dejar las armas, y hacer lo que debe a la paz. Y aunque yo tenga voluntad de ponerme a los trabajos que en mi pasada a Italia me podrán suceder, y parezca ser muy necesaria la brevedad de ella, todavía por el mucho amor que a estos reinos tengo, y lo que siento apartarme dellos, determino de primero tentar los otros medios, y no ejecutar este si no fuere con muy grande y extrema necesidad. Pero porque los súbditos y vasallos que en aquellos reinos tengo, conozcan que no los he desamparado en tiempo que tanto peligro se espera con la venida de los infieles, y por dar calor y favor, con esperanza de mi presencia, a todo lo de allá, y estar más cerca de donde poner paz, que es lo que yo más deseo, o de otra cualquier manera, Nuestro Señor dé buen fin, como esperamos en su bondad y misericordia, en los males que la Cristiandad padece, determino de irme a la ciudad de Barcelona, dejándoos aquí a la Emperatriz, mi muy cara y amada mujer, con los ilustrísimos príncipe don Felipe e infanta doña María, mis hijos, a quien dejo la buena gobernación destos reinos, tan encomendada, que espero en Dios Nuestro Señor no hará falta mi persona. Allí esperaré ver cómo suceden las cosas de Italia, y si fueren de manera que con paz o con guerra se puedan remediar buenamente sin mi persona, mi vuelta podrá ser más presto; si sucediere para que en todo esto sea necesaria, estoy determinado como he dicho de ponerme a todo trabajo, y no dejar perder en mi tiempo la Cristiandad, ni lo que Dios me ha dado. De lo que allí determinare hacer y de lo que se proveyere, así para la buena gobernación destos reinos como para las guardas de las fronteras dellos, e de Africa, por mar y por tierra, os avisaré, certificándoos que, pasando en Italia o quedando en Barcelona, mi vuelta a estos reinos será lo más presto que sea posible, y que el tiempo que durare mi ausencia tendré de la guarda e conservación y reposo dellos, el cuidado que debo y es menester. Y así, vos mando y encargo que el dicho tiempo fagáis, como de tan buenos, leales y fieles súbditos como sois se espera, y yo confieso, obedeciendo y cumpliendo los mandamientos de la Emperatriz y reina, mi muy cara y muy amada mujer, y del nuestro Consejo, como sois obligados, que en ello me haréis mucho servicio. De Toledo a 20 días del mes de enero de mil y quinientos y veinte y nueve años.»

Y porque los gastos que el Emperador había hecho en las guerras pasadas, y los que eran necesarios y forzosos para las que se esperaban, y su jornada imperial en Italia a la coronación eran tales y tan grandes, que las rentas reales y servicios que se le habían hecho no bastaban, el Emperador se hallaba muy alcanzado, y así, hubo de empeñar la especería de las Malucas, por trecientos y cincuenta mil ducados, que le dió el rey don Juan III de Portugal.

Luego que el Emperador partió para Italia, enfermó la Emperatriz de unas tercianas, en los días últimos de marzo del año de 1529, y lo primero que hizo, como católica, fué ordenar su testamento, en que, entre otras cosas, decía que si fuese la voluntad de Dios llevarla desta presente vida, mandaba que sus testamentarios, con toda deligencia, avisasen al Emperador, para que, sabiéndolo, proveyese luego lo que convenía para el buen gobierno destos reinos y buena administración de la justicia, y que en tanto que esto se hiciese, el presidente del Consejo real lo gobernase, y que los grandes y perlados le obedeciesen como debían y de ellos se esperaba. Que hasta tanto que el Emperador fuese certificado de su fin y fallecimiento, y mandase y proveyese lo que se había de hacer, estuviesen en servicio del ilustrísimo príncipe don Felipe, y de la infanta doña María, sus hijos, el conde de Miranda y los otros oficiales; y encarga a todos los perlados, grandes y caballeros, y a los demás que estaban en la corte, o viniesen a ella, que con la lealtad que debían y eran obligados, le sirviesen, acatasen y reverenciasen. Y nombra por su albacea a don Juan Tavera, arzobispo de Santiago y presidente del Consejo de Castilla.

Y quiso Dios guardar por agora a la Emperatriz, aunque fué con trabajo, de un mal parto que tuvo.

Reconcilióse el Papa con el Emperador. -Capítulos de la concordia.

Era público en Italia que el Emperador tenía aparejada una gran flota de navíos y galeras para pasar a coronarse, según es costumbre, y que se habían hecho en Castilla ocho mil infantes, y Andrea Doria había de venir con treinta galeras al puerto de Barcelona, donde se había de juntar toda la armada.

Estaba en estos días el Papa muy fatigado y cargado de cuidados, porque los de la liga hacían poco caso de él. Los florentines habían echado toda su familia fuera. Alfonso, duque de Ferrara, que negando al Emperador se había reconciliado con el rey de Francia y venecianos, había con este favor tomado a Módena, ciudad del patrimonio de la Iglesia, y los venecianos habían tomado a Cervia y a Rávena. Deseaba el Papa recobrar lo que tenía perdido, más que vengar injurias recebidas, y así, quiso arrimarse al poder y amistad del Emperador, pareciéndole camino cierto y seguro.

Y cuando el Emperador llegó a Barcelona, ya el Papa había comenzado a tratar de los medios de esta paz con Marco Antonio Musetolor, senador napolitano, que hacía el oficio de embajador por el Emperador. Este, siendo llamado a Viterbo por el Papa, como era hombre de industria y sagaz, entendió con toda diligencia en reconciliar al Papa con el Emperador, y dióse tan buena maña el Marco Antonio, que en pocos días se concluyó la paz, estando el Emperador en Barcelona; y las condiciones della fueron: que entre ellos haya paz perpetua; que al ejército imperial que había de salir de Nápoles se le diese paso seguro por las tierras del Papa; que el Emperador diese a doña Margarita, su hija, para que casase con Alejandro de Médicis, hijo de Laurencio de Médicis, y se les diese el Estado de Florencia, con título de duque; que a la Sede Apostólica se restituyan Cervia, Rávena, Maurina, Regio Rubercia, y que el Emperador allane todo esto con su poder; que el Pontífice dé al Emperador bula y título del reino de Nápoles, dando el Emperador de feudo en cada un año, al Pontífice, un caballo o baca blanca; que el Pontífice tenga en las cosas eclesiásticas el derecho acostumbrado, que el Pontífice y el Emperador se vean en Italia; que el Emperador dé favor al Pontífice contra el duque de Ferrara; que el Emperador oiga y haga justicia a Francisco Esforcia, duque de Milán, y cometa la causa a jueces sin sospecha; que el Emperador y su hermano el rey don Fernando, y el Pontífice, o por fuerza, o de grado, traigan y sujeten los luteranos a la verdadera fe católica romana.

Estos fueron los capítulos de la paz, los cuales juró el Emperador solemnemente en Barcelona, a 29 de junio deste año de mil y quinientos y veinte y nueve sobre el altar mayor de la iglesia catedral desta ciudad.

Los florentines, en general, no podían creer tal paz, y decían que si el Papa sentía honra, no podría olvidar en algún tiempo la injuria que tan pocos días antes había recebido. Pero el tiempo mostró cuánto se engañaron, porque era tan grande el deseo que el Papa tenía de cobrar su patria y hacerse dueño della, que sola esta esperanza sepultaba en olvido las injurias pasadas. Dió luego el Pontífice su bula, con todo el cumplimiento que se pudo desear de fuerzas y firmeza, para que el Emperador pudiese tener el reino de Nápoles juntamente con el Imperio, que eran incompatibles por razón del feudo como por el mismo breve parece, que está en el archivo real de Simancas.

De los criados franceses de los príncipes de Francia. -Quéjanse los franceses presos a su rey.

Dije, tratando de los príncipes de Francia, cuando se entregaron al condestable y los llevaron a Villalpando, cómo les quitaron algunos de los criados franceses que tenían. El por qué, no nos lo dicen, más es fácil de entender, y que algunos destos criados fueron puestos en la fortaleza de Pedraza de la Sierra, como parece por la carta que el conde de Haro escribió a su alcaide Francisco de Salinas.

Después, en este año de 1529, a 11 de noviembre, en Madrid, escribió el Emperador al condestable que la Cristianísima reina de Francia, su hermana, le pidió diese libertad a Teocremes, maestro destos príncipes, que estaba en Villalpando, para que fuese a estar en esta villa con ellos, y los enseñase, como solía, lo cual, por contemplación de la reina, tuvo el Emperador por bien, porque hubo consulta sobre ello, y no se halló inconveniente, con tal que las veces que entrase en la fortaleza a les dar lección, estuviese persona de confianza presente que entendiese la lengua francesa, porque el dicho Teocremes no pudiese tener otras pláticas con los príncipes sin que se advirtiese de ello, y según esto, los criados franceses andaban con harto trabajo, y así se les cogió una carta en que con sentimiento y dolor escribían a su rey.

Y la pondré aquí como la tradujo un francés para darla a la Emperatriz y entenderla el condestable.

«Sire: a los 17 de marzo escribimos a Vuestra Majestad, enviadas las cartas al señor condestable, la manera de que nos apartaron de los ilustrísimos nuestros amos. El tenor de las cuales fué este. Sire, si por morir en calamidad de servidumbre y de cárcel pudiésemos hacer algún provechoso servicio a Vuestra Majestad o a sus ilustrísimos hijos, ninguno hay de nosotros que no esté determinado y aparejado. Pero, pues por medio de nuestras cuitas no hacemos algún provecho a Vuestra Majestad, ni en público ni en privado, nuestra calamidad y muerte no le podría sino ajuntar tristeza por la buena y noble condición de ella; por ende le suplicamos que le plega mirarnos con ojos de piedad y pensar en nuestros males, los cuales contaremos a Vuestra Majestad brevemente. Hémonos visto apartar súbitamente, no sólo del servicio, mas aún del acatamiento y toda conversación de nuestros amos con una manera que no hay corazón en este mundo tan hecho de piedra que no se rompiera de dolor, pues en aquel desdichado día de los 24 de enero, nos fuimos quitados y arrancados del acatamiento de ellos. Allende de eso, aunque todos los otros males no fueron nada en comparación de aquel, hémonos visto echar en prisión apartados y distribuídos en diversas fortalezas, y en poder también de diversos capitanes. Y luego, después desto, nos quitaron todo el dinero diputado al tesorero del ilustrísimo delfín para nuestro gasto. De manera que es menester que los capitanes de las fortalezas adonde estamos, nos sustenten de nuestra hacienda, tornando por prenda de nuestros bienes, y si hay quien no tenga algo, ha menester que por ellos se obliguen los otros, o cuatro por uno. Y con todo eso, para que quedásemos sin ayuda y consuelo, nos quitaron nuestros criados, no dejándonos algunos de ellos, y enviáronlos a las galeras, diciendo que los de Vuestra Majestad, luego que prendían algún vasallo de la majestad cesárea, allá lo envían a las galleras, y les hacen mil ultrajes. Sire: Vuestra Majestad ve nuestro estado; de él tenemos esperanza poder salir con la ayuda de Dios, y de ella es mayormente por un medio que nos ha sido declarado; conviene a saber, que si Vuestra Majestad quisiere librar otros tantos de los de Su Majestad Cesárea que allá tienen, acá volverán y soltarán hombre por hombre, y también de los oficiales y criados, soltando otros tantos de los suyos que están en las galeras. Sire: no enojaremos a Vuestra Majestad con más palabras, sabiendo que vuestra bondad y clemencia mandará que todo eso se remedie, y no nos desamparará en tan gran necesidad, como ha sido siempre costumbre de Vuestra Majestad de no jamás desamparar a los que le hicieron servicio.»

No sabré decir la causa porque éstos fueron presos, que alguna debió de haber, porque de otra manera crueldad fuera ponerlos en cautiverio, no habiendo sido presos en batalla, sino venido a servir a sus príncipes; pudo ser que los cogiesen en algunos tratos no buenos de querer librar a sus amos, o hacer traición, y parece esto así porque el Emperador dió una cédula a primero día de agosto año de 1529, estando en Palamós, para que en ningún lugar, dos leguas alrededor, donde los príncipes estuviesen, pudiese ser acogido algún extranjero de estos reinos, sin dar primero aviso; o si pasase por allí, lo dijesen al condestable y al marqués de Berlanga, su hermano, en cuyo poder estaban los príncipes. No era tan inhumano el Emperador, ni tampoco el condestable, que consintieran tal crueldad ni mal tratamiento no habiendo causas muy bastantes para ello.

Lugares donde estuvieron los príncipes de Francia presos. -Mucre don Iñigo Fernández de Velasco, condestable. -Fueron mal pagados los servicios del condestable.

De Villalpando fueron llevados a Berlanga, porque queriendo el condestable ir a la corte, y encargándole el Emperador que los dejase encomendados a persona de recaudo, él los dió en guarda a su hijo don Juan de Tovar, marqués de Berlanga, y los pusieron en la fortaleza de esta villa.

Murió el condestable don Iñigo Fernández de Velasco este mesmo año de mil y quinientos y veinte y nueve, en setiembre. Y el Emperador escribió luego al marqués de Berlanga desde Madrid, diciendo cuánto le pesaba del fallecimiento del condestable, por el grande amor que a su persona tenía, y por perder en él un tan buen servidor. Y que fuese cierto que sus hijos hallarían en él, para todo lo que les tocase la buena voluntad que a su padre había tenido, y que se holgaba le hubiese dejado en su lugar para la buena guarda de estos príncipes, que aunque creía que tendría de ellos el cuidado que convenía, por ser cosa que tanto importaba, quiso enviar a don Pedro de la Cueva para que de su parte se los encargase, y trajese relación de la manera que todo estaba; y concluye encargándole mucho su guarda.

Y después de esto, a 29 de mayo 1525, estando el Emperador en Barcelona, mandó a Rodrigo Niño, gentilhombre de su casa, que viniese a Berlanga y recibiese en su nombre los príncipes, y luego los entregase de su mano al condestable don Pedro Fernández, y al marqués de Berlanga, don Juan de Tovar, recibiendo de ellos el pleito homenaje y seguridad en que se obligasen ambos juntamente, y dada uno por sí, de tener y guardar los dichos príncipes con toda fidelidad, y de dar buena cuenta de ellos, y de entregarlos al Emperador o a quien él mandase, y no a otra persona; y hízose esto así con todos los actos y solenidades acostumbradas.

De allí a pocos días, antes que el Emperador llegase a Génova, los llevaron a la fortaleza de Pedraza de la Sierra, y el condestable y su hermano los guardaron y les hicieron la costa, sin que el rey, su padre, ni el Emperador, les diesen más que buenas palabras por estos y otros grandes servicios que estos caballeros y el condestable, su padre, hicieron.

Relación del ujier, en qué manera vió a los príncipes de Francia en la fortaleza de Pedraza.

Cuando ya se trataban las paces en Cambray, madama Luisa quiso saber la vida y tratamiento de sus nietos, y envió a un ujier o portero de su casa con salvoconduto del Emperador. Y de su viaje, y de lo que vió, hizo la relación que pondré aquí, y dióla al almirante de Francia, y el almirante a madama Luisa, que la envió a la Emperatriz.

Y la Emperatriz escribió al condestable para que se les hiciese más regalo y les consintiese que tuviesen a Teocremo, aquel maestro francés. Lo cual el condestable no quiso hacer, porque en estos días (que fué por el mes de junio de este año 1529) había prendido a una espía que confesó muchas cosas, y dijo que se había de juntar con otras seis espías en Pontevedra. Por manera que, de parte del rey de Francia, hubo algunas diligencias para poder librar los príncipes sus hijos.

La relación del ujier, y lo que el condestable escribió sobre ella a la Emperatriz, fué:

Relación del ujier o portero que vino a visitar a los príncipes de Francia.

«Sire: Para poder hacer entera relación de todo lo que en este viaje he hecho, a que el rey y madama y vos me enviasteis, para visitar a los señores delfín y duque de Orleáns, os lo referiré, si sois servido, con cumplido discurso de todo lo que por mí ha pasado. Después que partí de Cambray con el correo de madama Margarita, tomé mi camino con toda diligencia, derecho a Narbona, donde estuve esperando el salvoconduto que se me había de enviar por parte del Emperador, que entonces estaba en Barcelona. Detúveme esperando este despacho veinte y tres días, hasta que el salvoconduto me fué traído por el mesmo correo que por Francia volvía adonde madama Margarita estaba. Luego que lo recibí partí de Narbona a la posta, con intención de efetuar mi viaje con el cuidado y diligencia que me fue mandado. Pero luego como llegué a la frontera de España y villa de Salsas, hallé un gentilhombre de la guarda de Perpiñán que me llevó consigo a la dicha villa, y en entrando en ella me puso en guarda un soldado, con orden que le dió que no me dejase hablar con alguna persona si no estuviese él presente, para saber todo lo que me decían; y aunque yo, por buenas demostraciones, hice entender al dicho gentilhombre que no eran necesarias aquellas diligencias para saber las cosas que el rey mi señor trataba, y que mi ida para allí no era en perjuicio ni deservicio del Emperador, su señor, me detuvieron y hicieron estar con esta guarda cuatro días en Perpiñán, esperando que otro gentilhombre, que venía de parte del Emperador para me acompañar y tener en guarda, llegase. Y en llegando, fuí puesto en sus manos, y así partimos juntos de Perpiñán derecho a Barcelona, en el cual lugar me detuvieron otros ocho días, y en fin de ellos tomamos el camino para Zaragoza, donde estuve tres días, deteniéndome en el registro, donde me hicieron cala de todo lo que llevaba de oro, plata y vestidos y otras cosas, de que pagué derechos, si bien es así que llevaba salvoconduto para que me dejasen pasar y volver franca y libremente, sin que bastasen los requerimientos y protestos que hice al gobernador de la ciudad y aduaneros. Hecho esto partí de Zaragoza derecho a Tudela, de Navarra, y de allí seguí sin me detener el camino hasta llegar a Pedraza, donde están presos mis señores, el delfín y duque de Orleáns. Y un sábado en la tarde, antes de entrar en la villa, topé seis soldados de la guarda de la dicha villa, que me detuvieron hasta que el uno de ellos fué a decir al marqués de Berlanga cómo yo estaba allí, el cual marqués es hermano del condestable de Castilla y tiene la guarda de los dichos señores. Tornó el soldado, y los seis me llevaron y aposentaron en un mesón donde estaban alojados otros ocho o diez soldados de la guarda de los dichos señores; los cuales hicieron la guarda de la posada, parte de ellos dentro y parte fuera. El gentilhombre que me traía a su cuenta se enojó de ello, y hubo palabras con los soldados, diciendo que a él y no a ellos tocaba el guardarme, y les requirió que saliesen de la posada, que aquel era orden que el Emperador le había dado. Encendiéronse tanto en cólera, que apenas los pude apaciguar; y el marqués dijo que a él sólo tocaba el mostrarme los señores, y no la guarda de mi persona, que estaba a su cuenta; de manera que en estos debates, demandas y respuestas, gastaron toda la noche. Y otro día de mañana, el mismo gentilhombre, quedando aún en mi guarda los ocho soldados, fué adonde estaba el marqués, y detúvose con él algún tiempo, y volviendo a mi posada me 1levó consigo al castillo y fortaleza donde estaban los señores, y subiendo en una sala alta hablé al marqués, que estaba acompañado de muchos gentileshombres, las mesas puestas ya para quererse sentar a comer, y me hizo sentar a su mesa y que comiese con él; y después de haberlo hecho, le supliqué me mandase llevar al lugar donde estaban los señores, lo cual hizo, y llevóme a un aposento del castillo harto oscuro y pobre, sin tapicería ni otros paños algunos, sino unos paveses colgados. Aquí estaban los dichos señores sentados en unos poyos pequeños de piedra a una ventana, que estaba guarnecida por de dentro y por de fuera de gruesas rejas de hierro, y la muralla de ocho pies de grueso, y la ventana tan alta, que apenas los señores alcanzaban a ver el cielo y luz del día; lugar por cierto bastante improprio para tener presos, por grave crimen, personas de menos suerte; y demás de esto, el dicho lugar, melancólico y poco sano para príncipes de tan tierna edad como mis señores son, y me pareció imposible poder estar mucho sin caer en alguna grave enfermedad y notorio peligro de sus personas. Estaban muy pobremente vestidos, porque no tenía cada uno sino un sayo de terciopelo negro hecho para de camino, y gorra del mismo terciopelo negro con vuelta, sin cinta de seda, y sus calzas blancas y zapatos de terciopelo negro; todo tan viejo y pobre, que del sitio de su prisión y traje de los vestidos me dió un tan gran dolor, que no pude contenerme sin derramar muchas lágrimas, y esforzándome cuanto pude, hablé al delfín, mi señor, con la reverencia que debía, en lengua francesa, y les di las recomendaciones que me fueron encargadas por el rey y por madama, y rey de Navarra, y del reino, particularmente asegurándolos de la brevedad que habría en su libertad, y cómo se trataba muy de veras de la paz, que ya estaba casi hecha y acordada, entre el rey y el Emperador, en la ciudad de Cambray, con medios y condiciones favorables y provechosos a Francia, y que el rey y madama me habían enviado a darles aquellas buenas nuevas y saber de su salud, y que se consolasen y animasen y hubiesen placer, y que estuviesen ciertos de las diligencias que en Francia se hacían para cumplir lo convenido y asentado para el hecho de su delibración, y que muy presto verían al rey su padre y a madama, y a los príncipes y común de Francia, que los deseaban tanto que no era posible más. Estaba el señor delfín oyendo esto con semblante triste, y dijo en español al marqués de Berlanga que no me entendía bien en francés, que me mandase, si sabía español, le declarase lo que le quería decir. Oyendo esto quedé grandemente espantado, viendo que los dichos señores hubiesen olvidado su lengua natural, y volví como pude en lengua española a decirles lo que había dicho, y por alegrarles les hice una breve relación del estado en que las cosas estaban, y de todo lo que en Francia había, y que el tiempo de su redención y libertad estaba muy cerca. Y preguntéle cómo no sabía hablar la lengua francesa, y el delfín me respondió en español que cómo era posible no la usando, ni haber visto jamás alguno de sus criados con quien poder hablar. Preguntéle más si me conocía, y luego el duque de Orleáns tomó la palabra y dijo: «Señor hermano, es el portero Vordin.» Y el señor delfín respondió que bien lo sabía, mas que no lo había querido decir. Y volviéndose a mí, me preguntó por la salud del rey y de madama, y de la reina de Navarra y de monsieur de Angulema y demás señores conocidos, y del lugar donde estaban cuando yo partí. Y después de haberle respondido a todo, me dijo que él tenía en merced al rey y a madama la buena voluntad que tenían para en breve darles libertad, y les suplicaban la llevasen adelante hasta ponerla en ejecución brevemente y sacarlos del cautiverio y prisión en que al presente estaban.

Y después les di las recomendaciones del señor almirante, y del chanciller, y señor de Borjes, y de otros del Parlamento real que habían tratado la concordia y medios para darles libertad. Después de haber bien entendido el señor delfín mi embajada, me dijo que tenía muy bien entendido todo lo que se trabajaba por él y por su salida; hablando en esto palabras tan constantes como las podía decir persona de veinte y cinco años. Y dicho esto, me comenzó a hablar el señor de Orleáns y a hacer poco más o menos semejantes preguntas, y dió otras tales recomendaciones. Y queriendo el señor delfín, por el placer que recibía, hablar más comigo, y preguntarme otras cosas, dijo el marqués que si quería pasarse a otra recámara que está junta a la en que vi a los señores. Pasamos a ella, y era peor y más mal aderezada que la primera, en la cual había otra semejante ventana como la otra, y debajo de ella se llegaron los dichos señores para ver más claramente el día, y tomaron cada uno un perrito pequeño en los brazos, y dijéronme algunos de los que allí estaban que aquel era todo el entretenimiento y solaz que tenían. A los cuales respondí que para tan grandes príncipes era muy pobre recreación aquélla, y no pude dejar de decírselo al marqués. Y luego uno llamado Andrés de Peralta, capitán de la guarda de los dichos señores, me dijo como en burlas: «¿No veis el estado en que están los hijos del rey de Francia, vuestro señor, entre soldados de las montañas de España, sin algún ejercicio ni ocupación?» Y que si el rey les enviara algún pintor o imaginario, que el señor delfín saldría un gran maestro, porque se ocupaba cada día en hacer imágines de cera. Yo le respondí que tenía esperanza que antes de tres meses sería maestro en otras mayores obras y ejercicios, dignos de quien era, que no aquellos en que agora se ocupaba. Y entonces el marqués me dijo que él entendía dar mejor cuenta de ellos, de tres y aun ha cuatro meses en España, que ellos la darían en Francia; y después me dijo que harto había hablado, que era tiempo que me fuese. Yo le dije que de muy buena gana estuviera más tiempo con ellos; pero pues que me mandaba retirar, fuese así, y lo demás se quedase para otro día. Y el marqués me dijo que me despidiese, que no habría lugar para verlos otro día; que me avisaba que tomase mi camino de vuelta para Francia. De que quedé muy espantado y malcontento, viendo el poco tiempo que se me dió para ver las personas que yo más quería, y le supliqué me diese licencia y lugar para que yo los pudiese ver otro día y darles una niñería que les traía, de dos gorras de terciopelo, guarnecidas de chapería de oro, y plumas blancas. El marqués me dijo que me fuese a mi posada y se las enviase, que él se las daría. Yo le dije que quería dárselas de mi mano. Lo que el marqués hizo fué enviar a mi posada por las gorras, y, traídas, besándolas, para darlas a los príncipes, el dicho Andrés de Peralta las tomó, diciendo a los príncipes y mostrándoselas: «Señores, bien las veis, y son muy hermosas. ¿No queréis que yo os las guarde?» Los señores le respondieron: «Sí, capitán; yo soy contento; pero ruégoos que me las dejéis bien ver.» Y el capitán se las mostró de lejos, sin consentir que tocasen a ellas, y los dichos señores pensaron hablar más conmigo para tratar de otras cosas que serían largas de contar, y entre algunas que yo dije al señor delfín fué: «Vos, señor, habéis crecido mucho; yo creo que si el rey y madama os viesen de repente, que apenas os conocerían.» Y para que pudiese hacer verdadera relación al rey y a madama, rogué al marqués que me dejase tomar la medida de la altura del señor delfín y no me lo consintió, prometiendo de me la enviar a la posada. Lo cual me negó, y prohibió tocar a su persona, porque tienen opinión que hay gentes en Francia que si viesen cosa que hubiese tocado a sus personas, por arte mágica y de hechicería los sacarían salvos de la prisión. Entonces fui forzado a salir del castillo acompañado de gente sin número. Y nunca consintieron que los príncipes se pusiesen las gorras en las cabezas, de miedo que no volasen acá. Al tiempo que con gran dolor me hube de partir, tomé licencia de mis señores, y ellos dos, hablando juntamente, me dijeron que diese sus recomendaciones al rey y a madama, y a vos, monsieur, y que procurase volver a ellos. Con tal desplacer y pesar me partí de su presencia, y fui llevado por los que me guardaban a otra posada más honrada que adonde primero fuí aposentado, y en la misma manera que antes fui guardado, sin que me diesen lugar de andar por la villa, y el día siguiente me mandaron que partiese de ella. Lo cual no fué posible, a causa que después de haber hecho una gran pesquisa, hallaron que un soldado había herido a mi caballo en los lomos, que tenía deseo de haberlo, por quedarse con él, comprándomelo por esta causa y menosprecio. Y no bastó estar el caballo así, sino que me hicieron salir de la villa en él, herido como estaba, y fui tres leguas e Pedraza, a una pequeña villa que se llama Sepúlveda, adonde el gentilhombre que me guiaba me detuvo diez días, dentro de los cuales avisó y advirtió a la Emperatriz de lo que había pasado, y por haber de ella un salvocnduto de la forma del primero para volver por Fuenterrabía, que es camino muy más corto que el de Perpiñán; y en este tiempo vinieron nuevas ciertas de la concordia y paz que entre el Emperador y rey se había asentado, y cómo se había ya publicado. Lo cual hice saber a los dichos señores por una carta que les escribí, para por todas vías les confirmar lo que les había dicho, y darles cierta esperanza de su breve libertad. Y el dicho marqués me hizo saber que había recebido mi carta y que la mostraría a los dichos señores cuando estuviese muy cierto de la dicha concordia. Hecho esto, y llegado el salvocónduto, el gentilhombre que me guiaba, sin me dejar un punto, con tan estrecha guarda como si yo fuera cautivo, me puso en la jornada, pasando cerca de Burgos, y ocho leguas adelante halló al condestable de Castilla en una villa suya, al cual fui a hacer reverencia, y en lo que pude le signifiqué el pobre estado en que los dichos mis señores estaban, y visto el tratado de la paz y acuerdo con el Emperador, y que no era necesario ni parecía bien usar de rigor y de tal tratamiento con ellos, le supliqué como a persona que en esto era poderosa, que mirase bien esto y proveyese cómo mis señores estuviesen y fuesen puestos como tales príncipes merecían. A lo cual me respondió que él estaba de partida para irlos a ver, y proveería en ello todo lo necesario muy brevemente, de mancera que el rey quedase contento. Lo cual me dió grandísimo contento por el deseo que tengo de saber que los dichos mis señores se vean fuera de tanta miseria como estaban cuando de ellos me partí. En lo restante de mi viaje, aunque el camino fué muy áspero y dificultoso, fui muy bien tratado, más que antes, y me guardaron hasta entrar en Fuenterrabía, sin me dejar el gentilhombre que me traía a cargo, del cual me despedí allí, y con la diligencia que pude, llegué aquí donde están el rey y madama.»

La Emperatriz envía esta relación al condestable.

La Emperatriz envió al condestable esta relación que el ujier había dado, y las quejas de madama Luisa; y el condestable respondió que el ujier había dicho verdad en lo que contó de los vestidos de los príncipes, porque los vistieron a sabiendas los peores sayos que tenían; que, como no se sabía entonces en Castilla de la paz, se había conformado el marqués con unos capítulos que el Emperador le había escrito en una carta desde Palamós, y con lo que le envió a decir con Cartiazo, que fué el que vino con el ujier, y con lo que a él le había dicho en Zaragoza. Y que pues no había quitado la paz a Sus Majestades nada del cuidado que tenían del buen recado y guarda de estos príncipes, ni al marqués ni condestable tampoco, antes lo habían acrecentado, parecía que había gran diferencia de lo que Su Majestad mandaba a lo que había mandado el Emperador; y saltar tan de golpe de un extremo en otro, podría ser que hiciese más daño que provecho.

Que los dichos príncipes se guardaban de muchas cosas que otros prisioneros no se guardan. Que todas las gorras y capas que les habían traído se las vistieron otros primero, y que no convenía que tuviesen en su servicio alguno de los que habían venido con los príncipes; y que para que no olvidasen el leer y escribir, estaba allí un capellán que bastaba.

Deseaban el delfín y su hermano que les volviesen a Teocremo, un maestro francés, gran latino, que había venido en su servicio, y el condestable, si bien después hizo mucha merced a este Teocremo y escribió por él al Emperador para que le hiciese su coronista, era de parecer que no se les diese, diciendo que sabía más que todos los otros franceses, y que entendía la lengua castellana como el francés, y serviría de dar avisos, con que hiciese daño; y que los príncipes no lo pedían por la gramática que habían de deprender, que en tan poco tiempo como ya habían de estar acá poco podía ser, y que en un punto podría suceder una desgracia, mala de remediar; que por eso no dejaba a alguno con ellos, que pues Dios los había guardado hasta allí, y dado salud, se debían excusar todos inconvenientes.

Estas y otras cosas bien advertidas escribió el condestable a la Emperatriz, por donde parece el cuidado grande con que guardaban los príncipes y el miedo o recelos que había de espías y de su salud y de otros inconvenientes en que podía haber algún peligro; de suerte que deseaban la vida de los príncipes y la guarda de sus personas, y los tenían y trataban humildemente, para obligar al rey su padre a que se determinase en la concordia y medios que trataban para su delibración y lo demás que el Emperador deseaba, que ya en estos mesmos días se trataban en Cambray.

Y el rey de Francia, cansado y vencido de tantos trabajos, deseando sus hijos y la quietud de su reino, la procuraba, retirándose de las amistades y ligas, en que se había metido, pensando alcanzar por fuerza y mal lo que después hizo con amistad y blandura.

Determínase el rey de Francia en hacer concordia. -Quéjanse los de la liga del rey de Francia, porque los dejaba. -Soberbia casa y fausto de la regenta de Francia. -Pregona el deán la paz. -A 5 de agosto se publicó.

Viendo, pues, el rey de Francia que la fortuna le era contraria en las cosas de la guerra, determinó negociarlas por vía de paz, y pareciéndole que se haría mejor cato antes que el Emperador pasase en Italia, envió a su madre, madama Luisa, con algunos de su Consejo a Picardía, para que hablasen a madama Margarita, tía del Emperador, que era gobernadora de Flandes. La cual, deseando sumamente esta paz, envió sus embajadores al Emperador, su sobrino, que le hallaron en Barcelona.

No fué dificultoso de acabarlo con el Emperador, porque le estaba bien para lo que él deseaba, que era pasar en Italia y recibir la corona de oro de mano del Pontífice. También el rey Francisco lo deseaba como el vivir, porque todos sus cuidados eran ver a sus hijos en libertad; que por lo demás, de la liga ya poco se le daba, que sólo quería su negocio, como hacen todos los hijos de los hombres.

El Emperador envió poder a su tía Margarita, muy bastante para que tratase de la paz. Esta paz, aunque se trató y efetuó (como diré) por manos de mujeres, fué de grandísimo fruto para el rey de Francia; pero muy dañosa y molesta a los que estaban ligados con él, que no entraron en ella, como eran los florentines y venecianos. Quejábanse de la poca fe de los franceses, y que no había que fiar en ellos. El rey de Francia entretenía lo que podía a sus confederados, prometiéndoles que él nunca haría paz con el Emperador, sin comunicarla primera con ellos, y con su voluntad; pero no les cumplió la palabra, porque él no hace mucho caso de ella cuando está de por medio el interés.

Y fué así que madama Luisa, madre del rey fué a Cambray, en los confines de Picardía, para hacer allí una solemne junta, y tratar la paz entre el Emperador y rey de Francia, con madama Margarita, la tía del Emperador, gobernadora de Flandes; las cuales princesas lo habían de acabar y concluir.

Y a 2 de julio entró en la ciudad de Cambray, por ser medianero en estas paces el legado del Papa, cardenal de Salviati, y fué con mucha honra recibido, saliendo a la puerta de la ciudad el obispo della con toda la clerecía.

Y a 5 del mes de julio entró en Cambray, con grande majestad y acompañamiento, madama Margarita, tía del Emperador, gobernadora de los países o estados de Flandes. Entraron este día el cardenal de Lieja, Mr. de Iselftein, con otros muchos caballeros, el obispo de Palermo con el de Cambray, Mr. de Portelles, su hermano, el conde de Buren, el conde de Hoochstraten, todos acompañando a Margarita, la cual venía sola dentro de una litera muy rica; y alrededor della sus archeros a caballo, vestidos de paño negro con fajas de terciopelo. Después de madama venían sus damas sobre sus hacaneas. Aposentóse madama Margarita en el abadía de San Aubert.

En este mismo día, por puerta diferente, entró en la ciudad madama Luisa, madre del rey, que llamaban la regenta. Salieron el obispo, con la nobleza de la ciudad, a la recibir fuera de los muros, y antes que ella entrase entró su recámara y servicio, que traían ochocientas acémilas con otros bagajes y carros, que entre acémilas, mulas y caballos, eran más de tres mil, que tardaron largas dos horas en entrar; los cuales, habiéndose descargado, fueron a alojar fuera de la ciudad. Después entraron los pajes, muy en orden, con ricas libreas, y serían cuatrocientos.

Luego vinieron muchos caballeros franceses; los señalados fueron el duque de Val, gobernador de Bretaña; el señor de la Tour, gobernador de Limoges; monsieur de Humieres; monsieur de Canaples, conde de Nantes, y muchos otros, cuya entrada duró casi dos horas.

Después vinieron el chanciller y cardenal de Francia, acompañado de muchos caballeros, arzobispos, obispos y perlados, con grandísimo número de gente noble y criados.

Todos estos príncipes entraron delante de madama Luisa. Ella entró en su litera, y con ella su hija, la reina de Navarra; y a los dos lados de la litera iban veinte y cuatro alabarderos esguízaros, a pie, y descubiertas las cabezas. Venía luego otra litera en que iban las dos señoras de Vandoma, vieja y moza, y madama de la Trimolle. Después dellas venían muchas damas, y las camareras y criadas destas princesas, puestas sobre hacaneas.

Visitáronse luego las dos madamas y, acabada la visita, que fué breve, se retiraron cada una a su palacio, los cuales fueron dos casas, juntas, la una a la otra inmediatas, con una puerta secreta para poderse comunicar a solas y sin salir alguna de su casa.

Mandaron que ningún lacayo, ni paje, ni otro cualquier criado de señor, pudiese traer espada, ni otro género de armas, salvo los señores y caballeros; y echaron de la ciudad, haciendo rigurosa pesquisa, toda la gente baldía e inútil.

A 8 días de julio, tres después de haber entrado, se juntaron a solas las dos madamas, y así prosiguieron las juntas muchos días, haciendo correos al Emperador, y rey de Francia, el cual se vino a Compeña, por estar más cerca. Vinieron en estos días, por parte del rey de Ingalaterra, que quiso ser tercero, el arzobispo de Londres y el duque de Sufolcia. Vinieron también por los confederados embajadores, a los cuales los franceses decían cosas bien diferentes de las que se trataban, que todo hombre miente.

Era tanto el deseo que el rey tenía de cobrar sus hijos, que posponía y olvidaba su autoridad toda, y aún las promesas y palabras que daba.

A 24 de julio estuvo casi concluída la paz, conformes las madamas, entre las diez y once de la noche; y tres o cuatro días después se desavinieron tanto, que madama Luisa y toda su gente estuvieron en orden para partirse.

Llegó estos días un correo a Cambray, con aviso y nueva de la paz que entre el Emperador y Pontífice se había asentado; esta nueva y la autoridad y buena diligencia del arzobispo de Capua, valieron para que las madamas se volviesen a juntar, y finalmente se concertaron. Y en lo que no paraban era sobre el ducado de Borgoña.

Concluyóse el concierto a último día de julio.

Después, a 4 de agosto, a las ocho de la tarde, fué comprendido en esta paz el rey de Ingalaterra; y a 5 de agosto, en la iglesia de Nuestra Señora, se hicieron unos tablados o asientos eminentes y apartados, para los señores y señoras que se hallaron a la publicación de la concordia; la cual se hizo así. El obispo de Cambray cantó la misa, y dicho el Evangelio, predicó los bienes que se siguen de la paz; no se deteniendo más que media hora. Acabada la misa, pusieron un sitial cubierto de brocado delante del altar mayor, con ricas almohadas de tela de oro, en que se pusieron de rodillas las dos madamas y el embajador de Ingalaterra, y todos tres juraron las paces en manos del obispo, poniendo las suyas sobre la cruz y santos Evangelios. Hecho el juramento tocaron las trompetas y chirimías, órganos y campanas, y con músicos cantaron el Tedeum Laudamos.

Luego, el deán de la iglesia mayor leyó en voz alta, dentro en el coro, los capítulos de la concordia, asistiendo los reyes de armas, Toisón de Oro, Granada, y otro de parte del rey de Francia, y uno por el rey de Ingalaterra, los cuales tenían en las manos bolsones llenos de moneda de oro y plata, y en leyendo la concordia derramaron aquella moneda por todas partes, diciendo: «¡Largueza, largueza!»

Lo que el deán dijo fué:

-Anúnciase a vosotros y se hace saber, que una buena, cierta y perpetua paz está tratada, concluída y concertada entre nuestro Santo Padre Clemente VII deste nombre, y la santa silla de Roma, y el muy alto, y muy ilustre, y muy poderoso príncipe Carlos, por la gracia de Dios Emperador de romanos, rey de Germania y de Castilla, etc.; Francisco, rey de Francia, Cristianísimo; Ferdinando, por la misma gracia rey de Hungría y de Bohemia, etc.; Enrico, por la misma gracia rey de Ingalaterra, señor de Irlanda, defensor de la santa fe; para seguridad de sus personas, bienes, estados, países, señoríos, súbditos y vasallos. Lo cual se ha ordenado por medio y asistencia de la muy alta y muy excelente señora madama Margarita, archiduquesa de Austria, duquesa y dotaria de Saboya, tía de la majestad cesarea; y de Luisa de Valois, duquesa de Angulema, madre del sobredicho rey Cristianísimo, en tal forma y manera que de aquí adelante cesen todas armas, etc.

Refirió, en suma, lo que aquí diré, poniendo la misma concordia, mandando que todos los vasallos la cumplan y guarden y poniendo graves penas a los transgresores della.

Acabado esto fueron las dos madamas, cada una a su palacio. acompañadas de los tres cardenales y señores que allí había, y por las calles iban muchos pregonando la paz, derramando dineros, diciendo a voces: «¡Largueza, largueza!»

Solemnizó la fiesta madama Luisa a uso de Francia, y aún de Galicia, bebiendo, como dicen, la corrobra; mandó hacer una galería con dos puertas, en que estaba un aparador grande con muchos vasos de oro y plata, y daban de beber en ellos a cuantos venían, que ninguno, por estirado que fuese, se desdeñó der ir a beber, ni a alguno lo negaron por pobre que fuese.

Acabado esto, partió la regenta, madama Luisa, para un monasterio, abadía de monjes, junto a San Quintín, donde el rey su hijo estaba, a 6 de agosto, y el 9 vino el rey a Cambray, saliéndole a recibir cuantos señores allí estaban.

Visitó a madama Margarita, y volvió con el rey madama Luisa, su madre.

Hubo grandes banquetes saraos, en que el rey gastó largamente. Juró y aprobó la paz y concordia, y a doce días del mesmo mes partió con su madre a hacer noche en San Quintín. Y otro día siguiente partió de Cambray madama Margarita y entró en Bruselas, día de San Bartolomé, donde hicieron grandes fuegos y luminarias regocijando la paz y concordia que se había hecho.

La cual fué en la forma siguiente:

La capitulación de paz entre el Emperador y el rey de Francia, hecha en Cambray a 5 de agosto de 1529 años.

«En el nombre de Dios Nuestro Señor y de la gloriosa Virgen María, y de la corte celestial. Sea a todos notorio y manifiesto cómo las muy altas y excelentes princesas doña Margarita, archiduquesa de Austria, duquesa viuda de Saboya, condesa de Borgoña, de Charoloy, de Romont, de Baugey, de Vilars, señora de Salins y de Malins, etcétera, tía del muy alto y muy excelente, y muy poderoso príncipe don Carlos, V de este nombre, Emperador de romanos, semper augusto, rey Católico de las Españas, de las dos Secilias, de Jerusalén, etc., archiduque de Austria, duque de Borgoña, conde Flandes y de Henaut, etc., y gobernadora por Su Majestad en sus señoríos de la baja Alemaña; y doña Luisa, duquesa viuda de Angulema y de Anjou, condesa de Maine y de Beaufort, madre del muy excelente, y muy poderoso príncipe Francisco, I de este nombre, rey de Francia Cristianísimo, parientas cercanas, y desde su niñez criadas y entretenidas en muy grande amor y amistad, considerando los grandes errores y revueltas cismáticas que de cada día se levantan y recrecen, y las invasiones que el Turco, enemigo de la nuestra santa fe católica, ha hecho y trabaja de hacer en la Cristiandad, después que estas guerras civiles comenzaron, las cuales le han dado y dan facilidad y osadía para ello, e impiden los príncipes y otros cristianos, que no puedan entender en resistirle ni remediar los dichos errores y revueltas, de manera que el comportarlos es causa que los culpados se entretengan en su ostinación. Y viendo que en ninguna cosa podrían ellas mejor emplear el favor y crédito que con los dichos su sobrino e hijo tienen, ni hacer cosa más grata a Dios y necesaria a la Cristiandad, que en procurar y asentar entre los dichos príncipes y sus amigos, aliados y confederados, una buena, verdadera y entera paz y amistad, para con ella remediar los errores, males e inconvenientes que de la guerra proceden, y volver las armas de todos los reyes, príncipes y potentados cristianos contra el dicho Turco, y otros infieles enemigos de nuestra santa fe católica. A esta causa las dichas señoras juntamente, conviene, a saber, la dicha señora archiduquesa en nombre y como especial procuradora, e irrevocable comisaria, y diputada del dicho señor Emperador, en virtud del poder que de Su Majestad tiene, la tenor del cual adelante será inserta. La dicha señora duquesa de Angulema, en nombre y como especial procuradora, e irrevocable comisaria y diputada del dicho señor rey Cristianísimo, en virtud del poder y facultad que para ello tiene, el cual adelante será inserto, los originales de los cuales poderes serán dados de la una parte a la otra, han de común consentimiento tratado, concertado y concluido los capítulos siguientes:

«I. Primeramente ha sido tratada y concertada buena, segura, firme y perpetua paz entre los dichos señores Emperador y rey, y que serán para siempre jamás amigos de amigos y enemigos de enemigos; y cesarán cualesquier guerras, enemistades, malquerencias y rencores entre ellos y sus reinos, tierras, señoríos y súbditos, hasta agora sucedidas, especialmente desde el concierto hecho en Madrid, a 12 de enero, en el año de 1526.

«II. Item, ha también sido expresamente tratado, que el dicho concierto de Madrid quedará en su fuerza y vigor, y será inviolablemente guardado entre los dichos señores Emperador y rey, y sus herederos y sucesores, sin innovación alguna, y sin apartarse de él, ni derogarle, excepto el tercero y cuarto capítulos, y el onceno y catorceno, en cuanto hacen mención de los condados de Auxerois, Maconois, Barsobresena, e otros capítulos, que por esta presente capitulación serán trocados e innovados de la forma y manera siguiente. Conviene a saber, en lo que toca al ducado de Borgoña, Auxerois, Maconois, Barsobresena, Vizcondado de Auxona, y superioridad de San Lorenzo, la restitución de lo cual fué otorgada y prometida por la capitulación de Madrid, el dicho señor Emperador, por respeto de la paz, condescenderá a quedar en la acción y derecho que antes y al tiempo de la dicha capitulación le pertenescía, para proseguirlo por vía amigable o de justicia, y quedarán los dichos derechos y acciones expresamente salvos y reservados para él y para sus herederos y sucesores, no obstante cualquier prescripción de tiempo que en contrario pueda ser alegada; y al dicho señor rey, y a los suyos sus defensas. Y esto no obstante, la renta de mil libras bernesas que el dicho señor rey Cristianísimo pretende haber sobre las salinas, a causa del dicho ducado de Borgoña, quedará para siempre estinta y nula, de manera que ni la dicha señora archiduquesa, al presente condesa de Borgoña, y señora de Salins, ni sus herederos, ni sus sucesores, señores y señoras de la dicha villa, sean obligados a pagar al dicho señor rey, ni a sus herederos sucesores, cosa alguna de la dicha renta, ni de los rezagos della, ni sean obligados a reconocer ni hacer otra cosa alguna a esta causa, y que los mercaderes y otros naturales del dicho ducado de Borgoña, que llevaren sal en grano de las dichas salinas para el dicho ducado, serán obligados a pagar de contado la dicha sal, o a lo menos antes que lo lleven o saquen de la villa de Salins, darán a los oficiales de ella fiadores en el dicho condado de Borgoña, por la paga de la dicha sal, a contentamiento de los dichos oficiales.

«III. Item, ha sido tratado y concertado que el dicho señor rey Cristianísimo, por respeto de la paz, y por cobrar los señores delfín y duque de Orleáns, sus hijos, que en poder del Emperador están en rehenes, dará el dicho señor Emperador la suma de dos millones de escudos de oro del sol. Los cuales pagará en un millón y docientos mil escudos de oro del sol, a setenta y un escudos y medio por marco. El cual marco será conforme al molde o forma que ha sido concertado entre los maestros de moneda de los dichos señores Emperador y rey; de los cuales se harán tres, el uno como el otro, los dos para los dichos señores Emperador y rey, y el tercero será para la dicha señora archiduquesa, guardando en la ley del oro, de los dichos escudos, que sea de veinte y dos quilates y tres cuartos. El cual millón y docientos mil escudos, el dicho señor rey Cristianísimo hará entregar de contado, realmente y con efeto, al dicho señor Emperador, o a sus comisarios y diputados, en escudos, tantos cuantos pudiere haber, y la resta dará en masa de oro, de la manera sobredicha, si el dicho señor Emperador la quisiere tomar. Lo cual Su Majestad declarará dentro de un mes, después que hubiere ratificado esta capitulación, porque si de la dicha masa no se contentare el dicho señor rey, la haga hacer moneda, y la prueba se hará por personas experimentadas, y en el lugar que será concertado. Y en el mesmo instante los señores delfín y duque de Orleáns serán entregados, realmente y con efeto, en poder de los comisarios y diputados del dicho señor rey Cristianísimo. La cual paga y entrega se hará dentro del primer día del mes de marzo primero que viene, o antes si fuere posible, y en la forma y manera que por las personas por parte de los dichos señores Emperador y rey diputadas, será concertado. Y en pago de los otros ochocientos mil escudos, el señor rey Cristianísimo librará al Emperador de la deuda que debe al rey de Ingalaterra, de dineros prestados sobre prendas, como parecerá por cédulas y obligaciones de Su Majestad. La cual deuda dicen que monta docientos y noventa mil escudos de oro del sol, poco más o menos. Y por el cumplimiento de los dichos dos millones, que podrá ser quinientos y diez mil escudos de oro del sol, poco más o menos, el dicho señor rey Cristianísimo dará al dicho señor Emperador veinte y cinco mil y quinientos escudos de oro del sol de renta, que sale a veinte mil el millar. Para la cual renta hará haber al dicho señor Emperador las tierras y señoríos que la señora duquesa viuda de Vandoma tiene en las tierras de Brabante, Flandes, Henao, Artois y otras de la baja Alemaña, y otras que allí tienen y poseen los súbditos del dicho señor rey Cristianísimo, las que el dicho señor Emperador o sus comisarios quisieren escoger y nombrar, dándolas al dicho precio de veinte mil el millar, hasta cumplimiento a la dicha renta de veinte y cinco mil y quinientos escudos de oro, como dicho es, o de aquella suma que se hallara montar. La resta y cumplimiento de los dichos dos millones de escudos sobre el dicho millón y docientos mil escudos y las deudas de Ingalaterra, para que el dicho señor Emperador y sus herederos y sucesores gocen de las dichas tierras y rentas dellas, al quitar, hasta que les sean quitadas y redemidas. Lo cual se ha de hacer en una vez sola y sin descontar los frutos y rentas de las dichas tierras por el tiempo que habrán estado en manos del dicho señor Emperador, y de sus herederos y sucesores. Las rentas de las cuales tierras, luego que el Emperador hubiere ratificado esta capitulación, serán tasadas por las cuentas y arrendamientos y otras escrituras, por cuatro comisarios que, para ello, dos de cada parte, serán nombrados; y si la renta de las dichas tierras no se hallare montar la dicha suma de veinte y cinco mil y quinientos escudos de renta, la propriedad de ellas, por lo que valieren más de veinte mil el millar, sin la condición del quitar vendiéndolas, perpetuamente quedará obligada e hipotecada por aquella suma a que las rentas de las dichas tierras no pudieren llegar, hasta la suma de los dichos veinte y cinco mil y quinientos escudos de renta, o lo que el cumplimiento de los dichos dos millones montara, como dicho es. De lo cual cada una de las dichas tierras y señorías, serán cargadas según el valor de cada una y las obligaciones e hipotecas hechas, según el uso y costumbre de los lugares donde las dichas tierras fueren situadas. Y esto no obstante, el dicho señor rey Cristianísimo hará pagar en cada un año al dicho señor Emperador, en la villa de Anvers, la renta que al dicho precio de veinte mil el millar la dicha renta podría montar, de lo cual el dicho señor rey dará suficientes obligaciones y seguridad de mercaderes, que responderán por ello en la dicha villa de Anvers; y si los dichos mercaderes o alguno de ellos pareciere no ser suficientes, darse han otros a contentamiento del dicho señor Emperador. Y la dicha renta comenzará a correr en la manera que fuere liquidada desde el día que los dichos señores delfín y duque de Orleáns serán entregados; y tasadas las dichas tierras, como dicho es, se harán todas las cosas que de fuero y derecho hacer se deban a provecho del dicho señor Emperador y de sus herederos y sucesores, a costa del dicho señor rey Cristianísimo, exceto los derechos que al dicho señor Emperador se podrían deber, de los cuales no se pagará cosa alguna. Y de lo sobredicho se darán a los comisarios de Su Majestad todas las provisiones para esto necesarias, al tiempo que los dichos señores Delfín y duque de Orleáns serán libertados; y al mismo tiempo, el dicho señor rey Cristianísimo hará que el muy alto y muy excelente y muy poderoso rey de Ingalaterra, por sus diputados y suficientes procuradores, restituirá realmente y con efeto al dicho señor Emperador, o a sus comisarios, todas las cartas, cédulas y obligaciones, con sus cartas de pago en buena y segura forma de todas y cualesquier sumas de dineros prestados, que el dicho señor Emperador le pueda deber sobre prendas o obligaciones; y serán asimismo restituídas al señor Emperador las dichas prendas y también la obligación y quitanza de la indemnidad que el dicho señor Emperador prometió al dicho señor rey de Ingalaterra, todo conforme a la capitulación de Madrid. Y pagados los dichos dos millones y cumplido todo lo contenido en esta capitulación y en la villa de Madrid, excepto lo innovado, como dicho es, el dicho señor Emperador no podrá pedir ni demandar cosa alguna al dicho señor rey Cristianísimo, a causa de su prisión.

«IV. Allende de éste, ha sido tratado y concertado que el dicho señor rey Cristianísimo, dentro de seis semanas después que esta capitulación fuere por el dicho señor Emperador y por él ratificada, revocará su ejército con efeto, y toda la gente de guerra que tiene en Italia debajo de cualesquier capitanes, y para salir de ella los franceses, y despedirá toda la otra gente, de cualquier nación que sea, sin más tener que hacer con ellos; en manera alguna; de suerte que el dicho señor Emperador pueda ser cierto y asegurado del cumplimiento de lo contenido en esta capitulación quince días antes de la restitución de los dichos señores delfín y duque de Orleáns, a más tardar.

«V. Item, que el dicho señor rey, dentro de quince días después que hubiere recebido la ratificación de esta capitulación, saldrá y dejará la villa y castillo y bailiaje de Hesdin, y lo restituirá al Emperador, como miembro de su condado de Artois, juntamente con la artillería, municiones y otros bienes que pareciere estaban en el dicho castillo cuando fué tomado, conforme a la dicha capitulación de Madrid, excepto los muebles que han sido restituidos a la señora de Reus.

«VI. Y porque en la dicha capitulación de Madrid está entre otras cosas asentado que el dicho señor rey Cristianísimo quita y deja al dicho señor Emperador todos y cualesquier derechos de juridición y superioridad que él y sus predecesores reyes de Francia han tenido, y sus sucesores podían pretender y demandar en los condados de Flandes y Artois, y cede asimismo y traspasa cualquier derecho y acción que puede tener y pretender en las ciudades de Arras, de Tornay, Tornesis, San Amand y Mortañia, y renuncia la recompra de las villas y castellanías de Lilleduay y Orches. Y porque en esta generalidad se podrían hallar diversas dificultades y nascer y seguir muchas demandas, cuestiones y diferencias contrarias a la paz, ha parecido a las dichas señoras declarar el dicho artículo en la manera siguiente: conviene a saber, que el dicho señor rey Cristianísimo, por la dicha capitulación de Madrid, como dicho es confirmada, ha dejado, dado, cedido, transportado, como por la presente capitulación la dicha señora duquesa de Angulema, su madre, en su nombre y en virtud del poder que de él tiene, deja, cede y transporta perpetuamente y para siempre jamás, por sí y por sus herederos y sucesores reyes de Francia, al dicho señor Emperador y a sus herederos y sucesores, condes y condesas de Flandes, el feudo, homenaje, juramento de fidelidad y cualquier subjeción, juridición, superioridad y otros cualesquier derechos que el dicho señor rey Cristianísimo, y sus predecesores, reyes de Francia, han tenido y tenían y pretendían tener, sobre los condes y condesas de Flandes, y sobre los perlados, nobles, vasallos, villas, lugares y castellanías, vecinos y moradores del dicho condado de Flandes. De manera que ni el dicho señor Emperador, ni sus herederos ni sucesores, condes y condesas de Flandes, sean jamás obligados a tener el dicho condado de Flandes en feudo del dicho rey Cristianísimo, ni de sus sucesores reyes de Francia, ni de la corona de Francia, ni de hacerles homenaje ni juramento de fidelidad, y que el dicho rey Cristianísimo ni sus sucesores reyes de Francia no puedan jamás tener, pretender ni demandar derecho, señorío, ni jurisdicción ni superioridad alguna en el dicho condado de Flandes, ni sobre el dicho señor Emperador ni sus herederos y sucesores, condes y condesas de Flandes, ni sobre los dichos perlados, nobles, vasallos, villas, leyes, castellanías, vecinos y moradores que el presente son y serán en el dicho condado. Los cuales todos, y cada uno de ellos, el dicho señor rey Cristianísimo, por sus herederos y sucesores, reyes de Francia, exime, quita y descarga de cualquier subjeción, obediencia, juramento de fidelidad, jurisdición y superioridad que él y sus predecesores reyes de Francia tenían y solían tener sobre el dicho condado de Flandes, y sobre los dichos perlados, nobles, vasallos, villas, leves, castellanías, vecinos y moradores del dicho condado, sin exceptar ni reservar cosa alguna en alguna manera.

«VII. Item, que el dicho señor rey Cristianísimo, por sí y por sus sucesores reyes de Francia, ha renunciado, y de nuevo por esta capitulación la dicha señora duquesa de Angulema, su madre, renuncia en su nombre cualquier derecho de recompra que el dicho señor rey Cristianísimo y sus sucesores reyes de Francia han tenido y podían tener y demandar en las villas y castellanías de Lilladuay y Orches, en cualquier manera que sea, consintiendo y aprobando que sean y queden perpetuamente y para siempre jamás, unidas e incorporadas en el condado de Flandes, de la manera que estaban antes que por el conde de Flandes fuesen dadas y transportadas al rey de Francia, no obstante la capitulación hecha en París el segundo día del mes de agosto, en el año de 1498 años y otros cualesquier conciertos que de lo susodicho hagan mención. Los cuales el dicho señor rey Cristianísimo, por sí y por sus sucesores reyes de Francia, ha asimismo renunciado, y la dicha señora su madre renuncia en su nombre, en virtud de esta capitulación; de manera que no puedan jamás pedir ni demandar cosa alguna en ello.

VIII. Item, el dicho señor rey Cristianísimo por sí y por sus sucesores reyes de Francia ha renunciado, y la dicha señora duquesa de Angulema su madre, en virtud de esta capitulación, de nuevo renuncia, quita y trasporta en el dicho señor Emperador y en sus sucesores, condes y condesas de Flandes, cualquier derecho, título y causa, razón y acción que él y sus sucesores, reyes de Francia, han tenido y podrían de aquí adelante tener, pretender y demandar en la ciudad de Tornay, Bailiage de Tornesis, y en las villas de Mortañia y Sant Amand, consintiendo y otorgando por sí y por sus sucesores reyes de Francia, que el dicho señor Emperador y sus sucesores, condes y condesas de Flandes, gocen y posean para simpre jamás las dichas ciudad y villas con todas sus preeminencias, prerrogativas, frutos, provechos y emolumentos, derechos reales y nominación del obispado de Tornay, y de las abadías de Sant Amand y Sant Martín, y otras abadías que hay en el dicho Tornesis, y con otros cualesquier derechos, sin reservación alguna, como unidos y incorporados por el dicho señor Emperador al condado de Flandes, sin que en ello pueda jamás contravenir el dicho rey Cristianísimo ni sus sucesores reyes de Francia.

«IX. Item, el dicho señor rey Cristianísimo por sí y por sus sucesores reyes de Francia ha renunciado, y por la presente capitulación de paz la dicha señora duquesa de Angulema, su madre, de nuevo renuncia, quita y trasporta en su nombre en el dicho señor Emperador y sus sucesores, condes y condesas de Artois, cualquier derecho, causa, razón, acción, juridición y superioridad que el dicho señor rey Cristianísimo y sus predecesores, reyes de Francia, tenían en la ciudad de Arras sobre los vecinos y moradores de ella, con el derecho de real nominación, y otro cualquier derecho que el dicho señor rey Cristianísimo y sus predecesores, reyes de Francia, han hasta agora tenido sobre el obispado y iglesia catedral de Arras, con sus pertinencias, sin exceptar ni reservar cosa alguna, excepto los bienes del dicho obispado e iglesia que están en el reino de Francia, fuera de los límites del condado de Artois, y otras tierras del Emperador.

«X. Item, el dicho señor rey Cristianísimo ha consentido y concedido, y por la presente capitulación la dicha señora duquesa de Angulema su madre consiente y concede en su nombre, que el dicho señor Emperador y sus herederos y sucesores, condes y condesas de Artois, sean y queden de aquí adelante para siempre jamás quitos y exceptos del feudo y homenaje, juramento de fidelidad y cualquier sujeción que él y sus predecesores, condes y condesas de Artois, han sido obligados a hacer y han hecho al dicho señor rey Cristianísimo y a sus predecesores, reyes de Francia, de las cuales fe, homenaje y juramento de fidelidad, el dicho señor rey los ha absuelto y descargado, y la dicha señora su madre, en su nombre, absuelve y descarga por la presente capitulación; y ansimismo, cualquier derecho, jurisdición y superioridad que el dicho señor rey Cristianísimo y los reyes de Francia sus predecesores han hasta agora tenido, y podrían de aquí adelante tener, demandar y pretender en y sobre el dicho condado de Artois, y los perlados, nobles, vasallos, vecinos y moradores de él, que dependen así de la corona de Francia como de otros cualesquier señores, y sobre todas y cualesquier iglesias, bienes, rentas, tierras y señoríos dellas, situados en el dicho condado de Artois y dentro de los límites de él, especialmente de la guardianía nuestra de ellos, cuanto a las iglesias situadas en el dicho condado, y los bienes, rentas, tierras, señoríos y superioridad estantes en el dicho condado y en cualquiera otra parte donde las iglesias a quien los dichos bienes, tierras y señoríos pertenezcan son situados, aunque sean de fundación de los reyes de Francia, y fundadas por ellos, de manera que ni el dicho señor rey Cristianísimo, ni los reyes de Francia sus sucesores, puedan jamás pedir ni demandar derecho alguno, ni homenaje, jurisdición ni superioridad, en cualquier manera que sea, sobre el dicho condado de Artois, nobles, vasallos, iglesias, bienes, rentas, tierras y señoríos de las dichas iglesias estantes en el dicho condado, ni sobre la superioridad y jurisdición en que los servicios ordinarios tenían lugar, ni puedan tomar derecho alguno de regalía, nominación, guardianía, prerrogativa o preeminencia sobre los obispados, abadías, priorados, dignidades y cualesquier otros beneficios del dicho condado, y cualquier abadía que los dichos priorados pretendían. Los cuales derechos, jurisdición, superioridad y otras cosas sobredichas, sin reservar, el dicho señor rey Cristianísimo, por sí y los reyes de Francia, sus sucesores, ha cedido y trasportado, y por la presente capitulación la dicha señora duquesa, su madre, cede y trasporta para siempre jamás en el dicho señor Emperador, y en los condes y condesas de Artois y sus sucesores, apartando y desmembrando para siempre jamás, de la corona de Francia, el dicho condado de Artois con todas sus pertenencias y dependencias sobredichas, para que el dicho señor Emperador y los condes y condesas de Artois, sus herederos y sucesores, gocen perpetuamente y para siempre jamás de él, como el dicho señor rey Cristianísimo y los reyes de Francia sus predecesores han hasta agora de ello gozado. De manera que ni el dicho señor rey Cristianísimo, ni los reyes de Francia sus sucesores, ni sus jueces oficiales, puedan jamás pedir ni demandar derecho alguno en él, no comprendiendo en esto la ciudad de Teruana ni sus dependencias, si algunas hubiere fuera del condado de Artois; ni tampoco los bienes de las iglesias de Artois, que están en el reino de Francia, fuera del dicho condado y sus pertenencias, y de las otras tierras del dicho señor Emperador, ni los villajes de Bolones aquí nombrados, conviene a saber: Ligny, Neudoche, Aleste, San Miguel de Artois, Nelli, Argnienais, Avesnes en Bolones, Estrayelles, Marles, Sempi, Rocgnes, Clelen y el Soror, Tiebrone, Neuville y Estres. Las cuales aldeas solían contribuir en la composición de Artois.

«XI. Item, el dicho señor rey Cristianísimo ha cedido, trasportado y dejado, y por la presente capitulación la dicha señora duquesa, su madre, cede, trasporta y deja al dicho señor Emperador, y a los condes y condesas de Artois sus sucesores, para siempre jamás, el servicio ordinario de Artois, que llaman la antigua composición de Artois, que monta cada año catorce mil libras tornesas, las cuales el dicho señor rey Cristianísimo y los reyes de Francia sus predecesores solían tomar y llevar en cada un año de las villas y lugares, vecinos y moradores del dicho condado de Artois y de sus pertenencias, no comprendiéndose en esto la ciudad de Teruana ni los lugares de Bolones arriba nombrados, para que del dicho derecho y servicio ordinario, y antigua composición de Artois, gocen y usen, y lo reciban enteramente, el dicho señor Emperador y los condes y condesas de Artois, sus herederos y sucesores, para siempre jamás, con todas sus prerrogativas y preeminencias de poner y quitar oficiales, ansí para el dicho servicio, composición o en otra cualquier manera.

«XII. Item, que no obstante la dicha cesión, todos los vecinos y moradores del dicho condado de Artois y de sus dependencias, quedarán para siempre jamás, francos, libres y exentos del derecho de demaino, imposición forana, alto pasaje, antura de la reina, salida del reino y de otros cualesquier derechos al dicho señor rey Cristianísimo y a los reyes de Francia, sus sucesores, pertenecientes, por razón de las nuestras que traerán del dicho reino de Francia, en el dicho condado de Artois y en sus dependentes, para venderlas y distribuirlas en la misma forma y manera que de esto gozaban al tiempo que eran súbditos de la corona de Francia, y que pagaban al dicho rey Cristianísimo la antigua composición de Artois, con condición que los mercaderes darán dentro del dicho reino de Francia a los arrendadores de la imposición forana, y otros derechos sobredichos, buenas y suficientes fianzas de distribuir dentro del dicho condado de Artois y sus dependencias, la mercaduría que hubieren tomado y sacado de Francia, sin sacarla ni hacerla sacar fuera del dicho condado de Artois, ni tener inteligencia con extranjeros, todo esto a buena fe, sin mal engaño, y que traerán de ello suficiente certificación, so pena de confiscación de la mercaduría, y de pena arbitraria por la primera vez; y si se hallase haber continuado en hacer fraude o engaño, será a los tales vedada la franqueza de los derechos sobredichos por toda su vida, y el dicho señor Emperador o sus oficiales en el dicho condado de Artois serán obligados de consentir y dar favor y ayuda a los oficiales y súditos del dicho señor rey todas las veces que quisieren venir a la dicha villa de Arras y otras partes en el dicho condado de Artois, para hacer tener el notamiento de la dicha mercaduría, que como dicho es, ha de ser distribuída, e informarse de los fraudes y engaños que sobre ello se podrían hacer, asistiendo con ellos el oficial del Emperador, en el lugar donde la información se hará, o un su comisario, si al dicho oficial pareciere; y trayendo la certificación de lo sobredicho, los dichos arrendadores sean obligados a dar por libres las fianzas, y las dichas mercadurías de los dichos derechos, no obstante que después de la capitulación de Madrid hayan sido forzados a pagar.

«XIII. Item, ha sido concertado, que recíprocamente, el dicho señor Emperador por sí y por sus herederos y sucesores, renunciará, cederá y traspasará, como la dicha señora archiduquesa en nombre de Su Majestad renuncia, cede y traspasa para siempre jamás, en el dicho señor rey y en sus herederos y sucesores, cualesquier derechos, acciones y pretensiones, que el dicho señor Emperador y sus predecesores han tenido y pretendido, y al presente tienen y pretenden, o podrían tener y pretender, por cualquier causa o razón que sea, en cualesquier Estados, tierras y señoríos del dicho señor rey Cristianísimo, por él o en su nombre, al presente, mediate o inmediate poseídos, especialmente todo lo que pretende en las villas y castellanías de Perona, Mondidier y Roya, y en los condados del Bolones, Guienes y Ponthieu, y en las villas y señoríos situados sobre la ribera de Sona, de una parte y de otra, agora sea por título de empeño o de otra cualquier manera, e los feudos, vasallos y derechos de patronazgo y de nominación de oficios y beneficios, tallas y imposiciones, y otros cualesquier derechos, acciones y demandas, que el dicho señor Emperador podría tener y pretender contra el dicho señor rey, en las cosas por él poseídas, así a causa de sus coronas de España como de la casa de Borgoña, ansí en virtud del concierto de Arras, como de las capitulaciones de Confluencia, Perona y otras después de ellas. Y en todo lo demás, los dichos señores Emperador y rey Cristianísimo, cada uno por su parte, se tornarán en sus tierras y límites de sus reinos, tierras y señoríos, como estaban antes del comienzo de esta presente guerra, exceto aquello de que en esta capitulación de otra manera es particularmente ordenado, y todas las otras demandas y aciones aquí no especificadas, que de la una parte y la otra podrían ser pretendidas, quedarán para siempre extintas, sin que jamás puedan ser demandadas.

«XIV. Item, aunque el dicho señor Emperador, por la presente capitulación, y por la de Madrid, haya dejado, cedido y traspasado en el dicho señor rey Cristianísimo y en los reyes de Francia y en sus sucesores, para siempre jamás, el homenaje, jurisdición y superioridad que el dicho señor Emperador, a causa del dicho condado de Artois, tiene en el condado de Humen, no obstante esto, por la presente capitulación ha sido tratado y declarado, que en la dicha cesión no sean comprendidas las tierras, señoríos y castellanías de Turne en Audreibique, Bredebarde y sus pertinencias y dependencias, y todo lo que es del patrimonio del condado de Artois, al presente por el Emperador o por otro, en su nombre, poseído, lo cual para siempre quedará exento de la jurisdición y superioridad del dicho rey Cristianísimo, y de los reyes de Francia sus sucesores, y de sus jueces y oficiales.

«XV. Item, ha sido tratado que conforme a la capitulación de Madrid, las cesiones y dejaciones hechas por el dicho señor rey Cristianísimo al dicho señor Emperador y a sus herederos y sucesores, y la jurisdición, superioridad y derechos que el dicho señor rey Cristianísimo, y los reyes de Francia sus predecesores, tenían y pretendían en los condados de Flandes e Artois, en las ciudades de Arras, Tornay y Tornesis, y otras dejaciones por la presente capitulación hechas, son y se entienda ser hechas con expresa derogación de todas y cualesquier incorporaciones y uniones que hasta agora hubiesen sido hechas de las dichas cosas en la corona de Francia, y de cualesquier ordenanza de apenajes, y de la ley Sálica, y de cualesquier otras leyes y constituciones, estatutos, ordenanzas o costumbres a ello contrarias, hechas, promulgadas y introducidas por el dicho señor rey Cristianísimo o por los reyes de Francia sus predecesores. Lo cual todo sea expresamente derogado de cierta ciencia, autoridad y poderío absoluto del dicho rey Cristianísimo, quitando de sí y de sus sucesores la facultad de poder jamás hacer o atentar lo contrario, en cualquier manera que sea, de hecho y de derecho, aunque pretendiesen poderlo hacer de derecho. No obstante cualesquier cláusulas derogatorias, aunque de ello se debiese aquí hacer más amplia y expresa mención e inserción.

«XVI. Item, ha sido tratado y concertado, que cualesquier procesos indecisos y pendientes en el Parlamento de París, peticiones del palacio, Chastelets, Bailiages de Amiéns e Vermandois, Prebostes de Beauchesme, Perona, Montreude, Dogleus y otras sillas de justicias del dicho señor rey Cristianísimo y de su reino, contra cualesquier príncipes, perlados y eclesiásticos, señores y otros vecinos y moradores de los dichos condados de Flandes y Artois, a causa de feudos, tierras, señoríos, rentas y heredades situadas en los dichos condados de Flandes y Artois, y en sus dependencias, sobre cosas personales, reales o mixtas, en cualquier estado que los dichos procesos se hallaren, serán por los jueces y justicias ante quien pendieren remitidos al gran Consejo del dicho señor Emperador, y a otras sus justicias, en los dichos condados de Flandes y Artois, a quien las dichas causas pertenecieren, y las dichas justicias del dicho señor rey Cristianísimo no podrán de aquí adelante conocer de las dichas causas, y serán obligados ellos o sus escribanos y comisarios, y los abogados, procuradores y solicitadores, de remitir el estado de las dichas causas, y los autos, memorias y escrituras de ellas, sin retener ni reservar cosa alguna de ellas, pagándoles sus salarios como es razón, para que las justicias del dicho señor Emperador a quien tocare, y ante quien fueren remitidas, puedan hacer justicia a las partes, sacando solamente y reservando los pleitos que al presente penden a causa de la imposición forana, si algunos hubiere.

«XVII. Item, si antes de esta última guerra hubieren sido dadas algunas sentencias definitivas o interlocutorias por las justicias del dicho señor rey Cristianísimo, contra cualesquier príncipes, señores, perlados, iglesias, vecinos y moradores de los dichos condados de Flandes y Artois, que no hayan sido ejecutadas, el dicho señor Emperador las hará ejecutar por sus oficiales, conforme a la forma y tenor de ellas, dándoselas en forma auténtica.

«XVIII. Item, ha sido tratado y concertado, que el presidente y oidores del Parlamento de París enviarán al presidente y oidores del gran Consejo del Emperador, en Malinas, dentro de tres meses, que se comenzarán desde el día de la ratificación de la presente capitulación, el proceso indeciso que en el dicho Parlamento pende, intentado por Engelbert de Cleves, conde de Nevers, y su mujer y hijos, y las hijas del señor de Orval, contra la buena memoria del rey don Felipe de Castilla, que haya gloria, y el dicho señor Emperador, sobre la sucesión y algunos derechos que pretendían, como herederos de Juan de Borgoña, conde de Nevers, con todas y cualesquier escrituras, adiciones, peticiones, produciones, y generalmente todo lo que agora en el dicho proceso cerrado y sellado, y juntamente con ello, las cartas, títulos y escrituras originales del dicho señor Emperador, que los dichos presidente y oidores han guardado en sus manos, haciéndolas comprobar por los comisarios del dicho señor Emperador. Y asimismo los medios de falsedad por los sobredichos presentados, para que se pueda proceder en el dicho proceso conforme a los últimos apuntamientos, y hacer a las partes justicia.

«XIX. Item, para mantener y entretener buena y verdadera amistad, comunicación e inteligencia entre los súbditos, vecinos y moradores de los ducados, condados, tierras y señoríos que el dicho señor Emperador tiene en la baja Alemaña y los súbditos, vecinos y moradores del reino de Francia, la cual se podría perturbar a causa de un derecho que dicen de Aubene o Aubenete, de que se acostumbra usar en alguno de los ducados, condados y señoríos del dicho señor Emperador, y también en el reino de Francia; por el cual derecho los parientes y herederos de algunos que tienen tierras, señoríos y heredades, o bienes muebles en algunas de las dichas tierras o reino, no pueden suceder, tener ni poseer las dichas tierras, señoríos y heredades, o bienes de sus parientes, si no son naturales de los lugares y tierras donde las dichas tierras, heredades y señoríos eran situados, ha sido tratado. concertado y concluido, que de aquí adelante todos y cualesquier súbditos, vecinos y moradores de los dichos ducados, condados, tierras y señoríos de Brabante, de Lemburg, de Lucemburg, de Flandes, de Artois, de Borgoña, de Henaut, de Ostrenes, de Nambur, de Holanda, de Zelanda, de Tornay, de Tornesis, de Salinas, de Malinas, pertenecientes al dicho señor Emperador, podrán y debrán suceder en los feudos, tierras y señoríos y bienes muebles de sus parientes en el reino de Francia, con que no sean naturales de él, y asimismo los vecinos, súbditos y moradores del dicho reino de Francia, de cualquiera parte que sean natura1es, podrán suceder en los feudos, tierras y señoríos, aunque no sean naturales de ellos, no obstante y sin tener respeto a la dicha costumbre y derecho de Aubene o Aubenete, el cual las dichas señoras y cada una de ellas en virtud de sus poderes, por amor de esta paz, casan y anulan por la presente capitulación, para siempre jamás, cuanto a los originales de los dichos reinos y señoríos, en manera que ni los dichos príncipes, ni sus herederos ni sucesores, ni los nobles perlados y señores feudatarios, puedan de aquí adelante usar de él. Y cuanto al condado de Charlois, la dicha señora archiduquesa gozará de él durante su vida, con las ayudas y derechos de él, en toda superioridad, como el dicho señor rey lo ha gozado, y después de los días de la dicha señora archiduquesa, gozará el dicho señor Emperador, y después de sus días volverá la superioridad al dicho rey de Francia, como al presente la tiene. Y ha sido concertado, que si algunos malhechores de las tierras del dicho señor rey, por huir la pena de sus maleficios, se retiraren en el dicho condado, tierras y señoríos, podrán los oficiales del dicho señor rey entrar a tomarlos y prenderlos en el dicho condado de Carloys, sin letras de pareatis, hasta que la justicia sea hecha; y lo mismo podrán hacer los oficiales de los dichos señor Emperador y archiduquesa, contra los malhechores del dicho condado de Carloys, que se retiraren en tierras del dicho señor rey. Y los dichos señores Emperador y rey, por la presente capitulación, no entienden derogar en manera alguna las capitulaciones entre ellos hechas en esta ciudad de Cambray, en París y en Noyon, en lo que toca a la dicha señora archiduquesa, a que por esta capitulación no es derogado; la cual señora quedará en sus derechos y acciones, conforme al tenor de las dichas capitulaciones, y será pagada a ella o a su comisario por el dicho señor rey, la suma de veinte y cinco mil libras, que por la capitulación de Madrid le otorgó, por las causas en ella contenidas. La cual suma le será pagada en esta ciudad de Cambray, dentro de dos meses, después que el Emperador hubiera ratificado la presente capitulación. Asimismo el dicho señor rey hará dar a ella o a quien ella nombrare, dentro de un año primero siguiente, todos los títulos, cuentas y escrituras, que se hallaren en la cámara de las cuentas de Dijon, concernientes al condado de Borgoña y tierras comarcanas. Y cuanto a Noyers, Catelquinón, Caulcin y la Perriera, y los graneros de sal de los dichos lugares, la dicha señora archiduquesa gozará de ella con las mismas autoridades, derechos, prerrogativas, preeminencias, gracias, que lo gozaba la buena memoria del rey don Felipe de Castilla su hermano, que haya gloria, sin ser obligada de tomar para ello concesión alguna del dicho señor rey.

«XX. Item, ha sido tratado y concertado, que si se hallare el dicho señor rey o otro alguno, por él, o en su nombre, tener algunas villas, castillos o fortalezas en el Estado y ducado de Milán, será todo ello rendido y restituído al Emperador y a sus comisarios, dentro de seis semanas después de la ratificación de esta capitulación.

«XXI. Item, el dicho señor rey, por sí y por sus herederos, dejará en manos del dicho señor rey Emperador o de sus comisarios, para él y para sus herederos y sucesores perpetuamente, dentro de seis semanas después de la dicha ratificación, el condado de Aste con todas sus pertenencias.

«XXII. También es concertado que el dicho señor rey Cristianísimo volverá, restituirá y hará realmente poner en las manos y poder del Emperador y de sus comisarios, Barleta y otros cualesquier lugares que se hallaren en poder suyo o de sus capitanes y gente de guerra en el reino de Nápoles, lo más presto que fuere posible y antes de la restitución de los dichos señores delfín y duque de Orleáns, y en tiempo que el dicho señor Emperador a lo menos quince días antes de la dicha restitución pueda ser de ello asegurado, y allende de esto el dicho señor rey Cristianísimo dentro de quince días después de la publicación de esta capitulación, para requerir los venecianos, y todos los otros sus confederados, que se hallaren tener y ocupar algunas villas, castillos y fortalezas en el dicho reino de Nápoles, que las restituyan realmente y con efeto dentro de seis semanas, que se contarán desde el día de la ratificación desta capitulación, y no haciéndolo, pasadas las dichas seis semanas, el dicho señor rey se declara expresamente su enemigo, y los terná y reputará por tales, y de allí adelante ayudará al dicho señor Emperador con treinta mil escudos del sol, de buen oro y justo peso, cada mes por todo el tiempo, y hasta que las dichas villas, castillos y fortalezas sean cobradas y reducidas a la obediencia del dicho señor Emperador, y si no fuesen del todo cobradas, antes que se haga la libertad de los dichos señores delfín y duque de Orleáns, el dicho señor rey Cristianísimo, al tiempo que serán libertados, dará o hará dar buena seguridad a contentamiento del dicho señor Emperador, que continuará la dicha ayuda de treinta mil escudos de oro del sol, cada mes, hasta que las dichas villas, castillos y fortalezas sean enteramente cobradas y reducidas, como dicho es. Entendiendo que si el dicho señor rey diere al dicho señor Emperador algunos dineros a causa de la dicha ayuda de treinta mil ducados al mes, y no se emplearen en la cobranza de las dichas tierras, le serán pagados, y habrá una persona diputada por el dicho señor rey, que esté presente a la distribución de los dichos dineros, y para certificar al dicho señor rey del día que las dichas tierras se acabaren de reducir. Y el dicho señor rey no favorecerá ni asistirá contra el Emperador, directe ni indirecte, a alguno de aquellos que en el dicho reino de Nápoles se han rebelado contra Su Majestad desde la capitulación de Madrid, ni otros algunos súbditos de Su Majestad que contra él hayan tomado las armas en el dicho reino.

«XXIII. Asimismo restituirá el dicho señor rey al dicho señor Emperador, o a sus comisarios, todo lo que se hallare en sus manos y poder de las galeras tomadas en Portofino y todo aquello que él se hubiere aprovechado de ellas en cualquier manera que sea, o la valor de ello, a dicho de personas que en ello se conozcan; de lo cual se sacará lo que se hallare después de haber sido tomado por Andrea Doria y otros servidores del Emperador.

«XXIV. Y cuanto a lo contenido en la dicha capitulación de Madrid, sobre la residencia que monsieur de Angulema debía hacer cabe el Emperador, se deja y remite a la voluntad del dicho señor rey Cristianísimo.

«XXV. Y lo que toca al ayuda defensiva, capitulada y concertada por la dicha capitulación de Madrid, se entenderá y comprenderá solamente cuanto a los reinos, tierras, señoríos y otros bienes patrimoniales pertenecientes a los dichos señores Emperador y rey, y a lo que el dicho señor Emperador al presente tiene y posee, y en virtud de esta capitulación, y de la de Madrid, terná y poseerá, y que la dicha ayuda sea a costa del que la pidiere. Y cuanto a lo demás, el dicho señor rey no se entremeterá en práticas algunas en Italia ni en Alemaña en alguna manera, contra ni en perjuicio del dicho señor Emperador.

«XXVI. Item, ha sido tratado y concertado que el casamiento tratado y concertado por la capitulación de Madrid entre el dicho señor rey y madama Leonor, reina viuda de Portugal, hermana mayor del dicho señor Emperador, se cumplirá, y que el dicho señor rey, lo más presto que pudiere, después de la ratificación de esta capitulación le enviará sus embajadores con suficiente y especial poder para ratificar y aprobar cuanto menester sea, todo lo que toca al dicho casamiento. Para el cumplimiento y consumación del cual, la dicha señora reina será llevada en Francia al mismo instante que los dichos señores delfín y duque de Orleáns serán entregados, o se efetuará el dicho matrimonio conforme a la dicha capitulación de Madrid, excepto en lo que toca a los condados de Ancherois y Masconois, y la señoría de Bar sobre Sena, y quedarán suspensos, según y por la misma causa, y con expresa reservación de derechos y acciones, como arriba es dicho que debe quedar el ducado de Borgoña. Y porque el término de la paga de los docientos mil escudos del dote de la dicha reina, en la dicha capitulación de Madrid contenido es expirado, ha sido de nuevo tratado que el dicho dote será pagado, la mitad dentro de seis meses, que se contarán desde el día de la fecha de esta capitulación, y la otra mitad dentro de seis meses siguientes; y recibida la dicha suma o parte de ella por el dicho señor rey, será obligado a asegurarla de la manera que en la dicha capitulación de Madrid se contiene.

«XXVII. Item, cuanto a la ayuda y asistencia por mar y por tierra, prometida por el dicho señor rey Cristianísimo, para la pasada del Emperador en Italia, el dicho señor Emperador, por respeto de esta paz, se desistirá de ella, y terná por libre al dicho señor rey, con que solamente le dé dentro de dos meses después que fuere requerido, agora sea para su pasada en Italia o para la vuelta, o para servirse estando en ella, doce galeras, cuatro naos, las mayores y mejores que tuviere, y cuatro galeones, suficientemente artillados y aderezados de artillería y municiones necesarias, y de marineros, remeros y oficiales para la conduta de las dichas galeras, naos y galeones, sin meter en ellas gente alguna de guerra, lo cual todo dará al dicho señor Emperador o a quien su poder hubiere, en la forma sobredicha, libremente, para que pongan en ellas los capitanes y gente de guerra que al dicho señor Emperador le pluguiere para ello ordenar. De la cual flota, en la manera que dicha es, el Emperador se servirá a costa del dicho señor rey, excepto de la gente de guerra, que será puesta por la parte del Emperador a su voluntad, por el tiempo de cinco meses, que se contarán desde el día que llegaren al puerto que por Su Majestad les será nombrado. Y el dicho señor Emperador, recibiendo la dicha armada, dará o hará dar por las personas que para ello cometerá, al capitán que llevará la dicha armada, sus letras patentes, firmadas de su mano y selladas con su sello, por las cuales prometerá y jurará que pasados los cinco meses restituirá luego al dicho señor rey, o a sus diputados, la dicha armada de mar, de la manera que la hubiere recebido. Y allende desto, el dicho señor rey Cristianísimo pagará realmente al dicho señor Emperador los docientos mil escudos que por la capitulación de Madrid prometió de pagar a Su Majestad para el dicho viaje. Conviene a saber, los cien mil escudos dentro de seis meses, que se contarán desde el día de la fecha de esta capitulación, y los otros cien mil dentro de otros seis meses luego siguientes. Y cuanto a la ayuda y sueldo de seis mil pagas de infantería por seis meses, de que el dicho señor rey había prometido de dar fianzas de mercaderes suficientes al dicho señor Emperador, por esta capitulación le da por libre y quito, mediante la suma de cien mil escudos de oro de sol; la cual suma quedará y será para aumento del dote de la dicha señora reina doña Leonor. Y será el dicho señor rey obligado de la restituir y pagar a ella y a sus herederos y sucesores, en caso que se haya de restituir, y para ello dará buenas y suficientes asignaciones, de que la dicha señora reina y sus herederos gozarán sin que se descuente algo de lo principal, hasta que la dicha suma sea enteramente pagada.

«XXVIII. Item, porque en la dicha capitulación de Madrid no se hace mención de los frutos, provechos, censos y rentas de heredades dadas por los dichos señores Emperador y rey durante la guerra, de que podrían nacer muchas cuestiones y diferencias, ha sido tratado, determinado y concluido por esta capitulación, que los tales frutos, censos, provechos y rentas, así de eclesiásticos como de seglares, deudas, bienes muebles, que son o hayan podido ser expresamente dados, librados, cogidos y llevados por letras patentes de los dichos señores Emperador y rey o de sus lugartenientes y comisarios, en cualquier manera que sea, con título de confiscación, y que hayan sido librados, tomados y pagados durante la guerra que entre los dichos señores y sus confederados y súbditos, antes de la dicha capitulación de Madrid, quedarán para siempre dados y quitados a provecho de los dichos señores, vasallos, tierras, villas y personas, súbditos a los dichos señores Emperador y rey, y de sus aliados que en la dicha guerra habrán tenido la parte del uno y del otro, a quien los tales dones son y pueden haber sido hechos, agora haya pleito sobre ello ante cualquier juez o no, y los acreedores de las tales deudas no podrán, ellos ni sus herederos, ser recebidos a seguir ni procurar cosa alguna, en cualquier manera ni por cualquier acción que sea, contra aquellos a quien las tales mercedes habrán sido hechas ni contra los que por virtud de las tales mercedes y confiscaciones lo habrán pagado por cualquier causa o razón que las dichas deudas sean o ser puedan, no obstantes cualquier obligaciones que los dichos acreedores puedan tener; las cuales, en cuanto toca a las dichas capitulaciones, quedarán por la presente capitulación extintas, anuladas y de ningún vigor.

«XXIX. Item, que todos los privilegios por el dicho rey Cristianísimo y por los reyes de Francia, sus predecesores, otorgados a las villas, vecinos y moradores de los condados de Flandes y Artois y otras tierras de la baja Alemaña, pertenecientes al Emperador, serán por la presente capitulación y quedarán confirmadas, y asimismo que los privilegios, franquezas y libertades que las villas, vecinos y moradores del reino de Francia tienen en las dichas tierras del Emperador, quedarán en su fuerza y vigor de la manera que las dichas villas, vecinos y moradores de una parte y de otra han de ellos debidamente gozado y usado, y al presente gozan y usan.

«XXX. Item, que todos los prisioneros de guerra que se hallare haber sido presos en mar o en tierra, ansí antes como después de la capitulación de Madrid, de una parte y de otra, súbditos de los dichos señores Emperador y rey Cristianísimo, exceto los napolitanos y otros súbditos del dicho señor Emperador, que habrán servido contra él en el dicho reino y cualesquieres otros que habrán servido, seguido y tenido la parte contraria, de cualquier nación y condición que sean, serán sueltos y puestos en libertad, sin pagar rescate, dentro de dos meses después que las ratificaciones de esta capitulación serán dadas, reservando solamente aquellos presos que antes de la fecha de esta capitulación habrán sido puestos a rescate, los cuales pagarán sus rescates, no obstante lo susodicho.

«XXXI. Item, por la presente capitulación es concordado y concertado que si monsieur Roberto de la Marcha, o sus hijos, o otras cualesquier personas se atrevieren a tomar, usurpar o hacer alguna empresa en el castillo y ducado de Bullon y sus pertinencias y dependencias, conquistado por el Emperador y dejado por Su Majestad a la iglesia de Liegni, a la cual antiguamente pertenecía, en tal caso el dicho señor rey Cristianísimo no podrá dar ayuda, favor ni asistencia directe ni indirecte en cualquier manera que sea, contra ni en perjuicio de la dicha iglesia, a aquel o aquellos que lo quisieren hacer.

«XXXII. Item, que los herederos de la buena y loable memoria de don Carlos, duque de Borbón y de Auvernia, conforme a la capitulación de Madrid, habrán los bienes que pertenecían al dicho señor duque, así muebles como raíces, el derecho y parte que por su muerte les venía, si no hubiera salido del reino de Francia ni seguido la parte del dicho señor Emperador, no obstante cualesquier sentencias dadas y pronunciadas durante la vida del dicho señor duque de Borbón y después de su muerte, ni las uniones, incorporaciones, cesiones y traspasaciones que de los dichos bienes o de parte de ellos podrían haber sido hechas, y todas las dichas sentencias, procesos, donaciones, cesiones, incorporaciones y otros autos hechos contra la persona del dicho señor duque y contra su honra y bienes, y de los dichos sus herederos, serán habidos por nulos y de ningún valor, y por tales serán por la presente capitulación declarados, y los dichos herederos serán obligados a restituir y pagar de los dichos bienes a don Enrique, marqués de Zenete, conde de Nasao, camarero mayor del Emperador, diez mil ducados de oro, que el dicho señor marqués prestó al dicho señor duque de Borbón en la ciudad de Toledo, como parece por la obligación que el dicho marqués de Zenete tiene del dicho señor duque de Borbón.

«XXXIII. Item, que Juan, conde de Pontiebre, señor del Aguila y de Buysar, hijo del conde de Pontiebre, será puesto y entregado en todos los bienes de que el dicho su padre gozaba al tiempo que salió de Francia para ir a servicio del dicho señor Emperador, donde murió, y serán restituídos al dicho Juan los muebles que dejó al tiempo que partió de Francia, y sus tierras y títulos y otras cualesquier escripturas, anulando cualesquier sentencias, declaraciones, donaciones, adjudicaciones, incorporaciones que contra la persona y bienes del dicho conde y de sus herederos y criados que le sirvieron y siguieron puedan haber sido dados, y será el dicho Juan, su hijo, como por la presente capitulación es, puesto e reintegrado en todas las demandas, derechos y acciones que el dicho su padre tenía en cualquier manera que sea o ser puede, las cuales el dicho Juan podrá seguir y demandar, como hiciera y pudiera hacer el dicho su padre ante de su partida de Francia; y el dicho rey Cristianísimo mandará al Parlamento de París que le hagan justicia cuando la quisiere demandar. Y de todo lo susodicho le dará sus cartas patentes, en buena y segura forma. Y asimismo los otros amigos, aliados y criados del dicho señor duque de Borbón, así eclesiásticos como seglares, que al presente viven, y los herederos y sucesores de los muertos gozarán llana, entera y libremente de la dicha capitulación de Madrid, en todo lo que puede tocarles, no obstante cualesquier procesos y sentencias dadas y pronunciadas, general y particularmente, antes y después de la dicha capitulación de Madrid, y serán con efeto restituidos en sus bienes dentro de seis semanas después de la ratificación de la presente capitulación, y conforme a la de Madrid.

«XXXIV. Item, que don Lorenzo de Gorreuod, conde de Pondevaux, vizconde de Salinas, mayordomo mayor del dicho señor Emperador, dentro de seis semanas después de la ratificación de esta capitulación será puesto en la real posesión de las villas, castillos, tierras y señoríos de Xalamont y Montmarles con sus pertenencias por él adquiridas y compradas del dicho señor duque de Borbón, para que goce de ellas durante su vida, y después de su muerte, sus herederos y sucesores, con condición de recompra, con la suma de veinte mil escudos de oro de sol, por el cual precio le fueron vendidos; no obstante, como dicho es, cualesquier sentencias dadas contra el dicho señor duque y contra sus bienes, antes o después de la dicha venta, y las uniones y incorporaciones a esto contrarias.

«XXXV. Item, que el dicho señor rey Cristianísimo, por la presente capitulación ha alzado y alza el secresto y cualquier otro embargo por su parte puesto en el principado de Orange y superioridad de él, para que don Filiberto de Chalon, príncipe de Orange, visorrey de Nápoles, pueda gozar de él y de sus preeminencias y superioridad por él pretendida, como gozaba antes del dicho secresto y embargo, no obstante lo susodicho, y cualesquier sentencias y otros autos de justicia contra estos hechos, los cuales quedarán nulos y de ningún valor; y por tales son por esta capitulación declarados. Mas no entiende el dicho señor rey por medio de este artículo dar al dicho príncipe de Orange más derecho del que tenía cuando el dicho secresto se hizo en la dicha superioridad, en el cual derecho el dicho príncipe queda, y cuanto a los otros sus negocios de que en la capitulación de Madrid se hace mención, serán ordenados, cumplidos y efetuados de la manera que en ella está dicho y declarado.

«XXXVI. Item, que la señora duquesa viuda de Vandoma será restituida en los bienes, derechos y acciones que tenía en las tierras del Emperador antes de la guerra, y en lo que durante ella ha heredado; asimismo, Luis, señor de Hanis, quedará en los bienes, derechos, acciones y demandas que en las dichas tierras tenía antes de la guerra y en los que durante ella ha heredado.

«XXXVII. Item, que dentro de quince días después de la ratificación de esta capitulación será restituida al conde de Gabre, señor de Fienes, su casa y castillo de Auxi, con la artillería y otros muebles que allí había al tiempo que fué tomado, para que goce de él como antes de la guerra gozaba.

«XXXVIII. Cuanto al negocio de don Felipe de Croy, marqués de Arriscot, sobre las tierras que él o Guillermo de Croy, marqués de Arriscot, señor de Chievres, su tío, había adquirido de la reina Germana de Foix, viuda de Aragón, de que en la dicha capitulación de Madrid es hecha mención, por el cual negocio hay diferencia entre el dicho marqués de Arriscot de una parte, y los señores de Xateobrian y el obispo de Chocerans, tutores de los hijos del señor de Lautrech, de la otra parte, hánse sometido al dicho y orden de las dichas señoras archiduquesa y duquesa, las cuales durante la plática de esta capitulación, oídas las partes, las han concertado conforme a cierto acto por ellas firmado, y a un contrato y concierto sobre ello, hecho y pasado ante los regidores de la ciudad Y ducado de Cambray, este presente año de mil y quinientos y veinte y nueve, el tercero día del mes de agosto, el cual concierto habrá entero efeto, según su forma y tenor.

«XXXIX. Item, ha sido tratado y concertado que el pleito pendiente en el Parlamento de París entre monsieur Adolfo de Borgoña, caballero de la Orden del Tusón de Oro, señor de Beures, actor de una parte, a causa de las tierras y señorías de Crevecour, Arlenc, Rumilli, Sant Supplet, y castellanía de Cambray, que pretende defender el feudo y homenaje del obispo de Cambray, y el procurador general del rey, defensor de la otra, será remitido en el estado en que está, ante cuatro jueces que para ello se nombraren, dos de la parte del Emperador y otros dos de la parte del rey Cristianísimo, para que lo vean y determinen en la dicha ciudad de Cambray si estuviere en estado que se pueda juzgar; donde no, será concluído lo más sumariamente por los más breves términos que ser pueda, guardando la orden de la justicia. Ante los cuales jueces, el dicho señor de Beures podrá, si bien le pareciere, hacer sus demandas y peticiones de conclusiones en materia de reintegración, o como mejor le pareciere, quedando el dicho procurador general entero en sus defensas y excepciones. Y los dichos jueces, cuando el dicho proceso fuere concluído, serán obligados a determinarlo en la dicha ciudad de Cambray, a veinte días después de la ratificación de esta capitulación, y los dos de ellos en ausencia de los otros dos -conviene, a saber, uno de cada parte- podrán proceder y informar el dicho proceso hasta la difinitiva exclusive; y la sentencia dada por los dichos cuatro jueces será ejecutada, no obstante cualesquier oposiciones o apelaciones.

«XL. Item, en esta paz y capitulación es comprendido, como principal contrayente, nuestro muy Santo Padre y la Santa Sede Apostólica, la cual Sede Apostólica, los dichos señores Emperador y rey manternían en su autoridad y preeminencia, como a sus estados imperial y real pertenece, y procurarán que Su Santidad cobre las villas y lugares del patrimonio de la Iglesia que le son ocupados. Ansimismo son comprendidos como principales contrayentes los reyes de Hungría, de Ingalaterra y de Polonia, el rey Cristianísimo de Dinamarca, los reyes de Portugal y de Escocia, la dicha señora archiduquesa, tía del Emperador. Son también comprendidos como confederados los electores, el cardenal de Lieja y sus tierras de Lieja, como aliados del Emperador en sus señoríos de la Baja Alemaña. Los duques de Bretaña y de Saboya, y otros príncipes del Imperio, obedientes y sujetos al Emperador. Los señores de las antiguas ligas y cantones de Alemaña la Alta, con otros que dentro de seis meses después de la publicación de esta capitulación, de común consentimiento, se podrán también nombrar y comprender, y serán tenidos por comprendidos, dando dentro de los dichos seis meses al dicho señor Emperador y rey sus letras declaratorias y obligatorias, como en tal caso se requiere, y no de otra manera. Y a este efeto, los dichos señores Emperador y rey, cada uno por su parte, harán saber a los sobredichos ya nombrados, y a los que se habrán de nombrar, cómo han sido por contrayentes y confederados en esta capitulación comprendidos.

«XLI. Item, el dicho señor rey Cristianísimo procurará que la comunidad de Florencia, dentro de cuatro meses que se contarán desde el día de la fecha de la ratificación de esta capitulación, se concierte con el Emperador, y esto hecho serán en ella comprendidos, y no de otra manera. Y porque después de la capitulación de Madrid, Mecharles, duque de Güeldres, conde de Zutfen, ha tomado la parte del Emperador y concertado, Su Majestad, por esta capitulación, lo declara por su confederado, y todos los otros aquí nombrados, y que no serán nombrados, como dicho es; se entiende, quedar fuera de esta paz y amistad, si no fuesen comprendidos en la generalidad de vasallos y súbditos de los dichos señores o de alguno de ellos.

«XLII. Item, que los dichos señores Emperador y rey Cristianísimo, lo más presto que buenamente pudieren, ratificando y aprobando la presente capitulación, y despachando sobre ello sus letras de ratificación, en que de verbo ad verbum, será inserta juntamente con la de Madrid, jurarán cada uno de ellos corporalmente por fe y juramento solemne sobre los santos Evangelios de Dios, y el árbol de la Vera Cruz, en presencia del Santo Sacramento y de los embajadores que para ello serán ordenados y enviados, de tener y guardar cada uno por su parte todos los puntos y artículos de esta capitulación, y también todos los contenidos en la capitulación de Madrid, que por ésta no son trocados, mudados y innovados, sometiéndose cuanto a esto a las juridiciones y censuras eclesiásticas, hasta la invocación del brazo seglar inclusive, y constituyendo sus procuradores in forma Camerce Apostolica, para parecer en los nombres de ellos y de cada uno de ellos en corte de Roma, ante nuestro muy Santo Padre y ante los oidores de la Rota, y recibir voluntariamente la condenación y fulminación de las dichas censuras en caso de contravención, como dicho es, y por las dichas censuras someterse y prorrogar la jurisdición para ante algún perlado o juez eclesiástico, y que los dichos señores Emperador y rey, ni alguno de ellos, sin común consentimiento no puedan en manera alguna demandar relajación del dicho juramento ni absolución de las dichas censuras, y si alguno la demandase y alcanzase, no le pueda aprovechar sin consentimiento del otro, y los dichos señores Emperador y rey, juntamente requieran a nuestro muy Santo Padre que les otorgue la relajación y dispensación de sus juramentos a causa de las dichas alienaciones; y cuando el Papa dentro de quince días no la quisiere otorgar, o por ello pidiere composición, no obstante esto, la presente capitulación habrá su entero y debido efeto, como si de la tal relajación y dispensación no hubiese sido hecha mención.

«XLIII. Item, el dicho señor rey Cristianísimo hará ratificar y aprobar esta capitulación y la de Madrid en lo que, como dicho es, en ésta no ha sido trocado, mudado y innovado por el dicho señor delfín, según la forma y manera en la dicha capitulación de Madrid asentada y declarada; asimismo las hará ratificar y aprobar por todos sus Estados particulares de las provincias y gobernaciones de sus reinos, y hará que juren y prometan que las dichas capitulaciones serán perpetuamente conservadas, y las hará intimar, registrar y verificar en el Parlamento de París y en todos los otros Parlamentos del dicho reino de Francia, en presencia de sus procuradores generales de los dichos Parlamentos a los cuales dará el dicho señor rey especial e irrevocable poder para parecer en su nombre en los dichos Parlamentos, y allí consentir los dichos interinamentos y someterse voluntariamente a la observancia de todo lo contenido en las dichas capitulaciones y en cada una de ellas, respetivamente, y que en virtud de la dicha voluntaria sumisión, sea a ello condenado por sentencia difinitiva de los dichos Parlamentos, en buena y conveniente forma, y serán, asimismo, las dichas capitulaciones de paz verificadas y registradas en la Cámara de las Cuentas en París, en presencia y de consentimiento del procurador del dicho señor rey, para la efetual ejecución y cumplimiento de ellos, y validaciones de las quitanzas, renunciaciones, sumisiones y otras cosas en las dichas capitulaciones contenidas y declaradas, las cuales ratificaciones, interinaciones, verificaciones y cosas sobredichas, serán hechas y acabadas por el dicho señor rey Cristianísimo. Y los despachos, en forma debida, entregados en las manos del dicho señor Emperador, antes que los dichos señores, sus hijos, sean libertados, dentro de cuatro meses primeros siguientes a más tardar. E si para los interinamientos y verificaciones sobredichas fuere necesario que el dicho señor rey Cristianísimo relaje a sus oficiales los juramentos que pueden haber hecho de no consentir ni sufrir en algunas alienaciones de la corona, el dicho señor rey lo hará, y asimismo el dicho señor Emperador hará hacer en su gran Consejo y en los otros sus Consejos y Cámaras de Cuentas, en sus señoríos de la Baja Alemaña, otros tales interinamientos y verificaciones, relajando el juramento de los oficiales, y hará ratificar y aprobar esta capitulación por los Estados particulares de las dichas sus tierras, dentro del tiempo sobredicho.

«XLIV. Item, que esta dicha paz será publicada por todos los reinos y señoríos de los dichos señores Emperador y rey, así de esta como de la otra parte de los montes, especialmente en los límites y fronteras donde las tales publicaciones se suelen hacer, dentro del quinto décimo día de setiembre primero que viene al más tardar, porque ninguno pueda pretender ignorancia. La cual capitulación de paz y todos los puntos y artículos arriba declarados, las dichas señoras archiduquesa y duquesa de Angulema, procuradoras de los dichos señores Emperador y rey Cristianísimo, respectivamente, por su parte, en virtud y conforme a los dichos sus poderes, y la dicha señora archiduquesa, prometiendo por la dicha reina doña Leonor, por cuanto le puede tocar a buena fe, y por los juramentos que cada una de ellas ha hecho tocando corporalmente los Santos Evangelios de Dios y el canon de la misa, en presencia del Santo Sacramento del altar, han prometido y prometen que harán debidamente ratificar lo contenido en esta capitulación de paz y todos los puntos y artículos arriba declarados, y que de ello darán y entregarán letras patentes en debida y suficiente forma, de la una parte y la otra, dentro de dos meses y medio después de la fecha de la presente capitulación. En testimonio de lo cual, las dichas señoras archiduquesa y duquesa, y cada una de ellas, han firmado la presente de sus nombres y firmas de sus manos y selládola con sus sellos pendientes. Dada en la ciudad de Cambray a cinco días del mes de agosto de mil y quinientos y veinte y nueve años. -MARGARITA. -LOUISA.»

Dan a los criados franceses de los príncipes que anden libremente, pidiendo esta libertad la reina Leonor.

Publicada la paz que, como he dicho, se concertó en Cambray, la reina Leonor, de quien los franceses se valían en España, suplicó a la Emperatriz que pues ya las paces estaban asentadas, que los prisioneros y prisioneras que estaban en Villalpando, que hasta tanto que se les diese libertad, los dejasen andar por el lugar, y asimismo que se diese licencia a Pedro Ruscán, tesorero del delfín, para que fuese a Francia por dineros para se desempeñar y pagar las deudas. Y la Emperatriz, estando en Madrid, a 7 de octubre, año de 1529, escribió al condestable, mandando que a los dichos prisioneros los dejasen andar de día fuera de la fortaleza por el lugar, recibiendo pleito homenaje de los príncipes, que no saldrían de la dicha villa hasta estar del todo libres, y que don Pedro de Peralta, a cuya cuenta estaban, mirase por ellos, y se les hiciese todo buen tratamiento, pues en breve se daría orden en su libertad, y que el tesorero pudiese ir a Francia para el dicho efeto. Y la Emperatriz le alzó el pleito homenaje que por él tenía hecho, y por otra cédula mandó la Emperatriz que unos prisioneros que estaban en la Mota de Medina se pasasen con los otros a Villalpando, que así lo había pedido la reina Leonor, su hermana.

Ya dije cómo el ujier de madama Luisa había venido a visitar los príncipes y la mala relación que había hecho, la cual el rey de Francia envió a la Emperatriz, quedando él y su madre con grandísimo sentimiento: pues agora, a 4 de noviembre de este año 1529, llegó a Madrid un gentilhombre del rey de Francia con estas quejas, pidiendo a la Emperatriz que le dejasen visitar los príncipes; y la Emperatriz envió luego a don Antonio de Córdova, su maestresala, al condestable y al marqués de Berlanga, avisándolos de cómo iría allí muy presto el gentilhombre francés, y que para que el rey de Francia y su madre entendiesen que la relación que el ujier había hecho era falsa, y principalmente agora después de hechas las paces, por que este gentilhombre llevase otra relación diferente, que proveyese cómo se les aderezase lo mejor que pudiesen su aposento, y así lo estuviesen sus personas, que don Antonio llevaba recado para ello. Llevó dos mil ducados para vestirlos y que los sacasen algunas veces a pasear al campo, y a misa a la iglesia, yendo siempre uno de los dos con ellos, y su guarda, y que se proveyese luego esto, antes que el gentilhombre llegase, porque no pareciese que por estar él presente se hacía, y que se los dejasen hablar y retratar estando uno presente, porque en Francia los deseaban ver pintados, y que dejasen que el gentilhombre tomase la medida de sus estaturas, por que fuese de todo contento.

El gentilhombre partió de Madrid para Pedraza a 11 de noviembre, siete días después que don Antonio de Córdova, y vió los príncipes, y se hizo con él todo lo que la Emperatriz había ordenado.

Y los príncipes escribieron al rey, su padre, lo siguiente:

Carta de los príncipes al rey su padre desde la fortaleza de Pedraza.

«Cristianísimo y muy poderoso rey y señor. Monsieur Castillón, gentilhombre de la cámara de Vuestra Majestad, nos dió su carta y nos habló de su parte, y aunque obliga Vuestra Majestad a todo lo que ha hecho y hace por nosotros, la razón que para ello hay y el tiempo que ha que estamos acá, todavía hemos recibido en él la mayor merced de lo que podríamos decir, porque ningún bien puede haber igual para nosotros de la libertad que Vuestra Majestad nos da, y por lo que la desamos, más que por tenella, es por servir mejor a Vuestra Majestad y por besalle las manos. Y así, se las besamos agora por tan grandes mercedes como nos ha hecho, y le suplicamos que se dé priesa a cumplir todo lo que es necesario para nuestra delibración que, aunque estamos muy buenos y muy bien tratados, no dejamos por esto de tener el deseo que es razón, de nuestra libertad. Y porque monsieur de Castillón dirá todo lo que Vuestra Majestad quisiere saber de nosotros, no diremos más en ésta. Guarde Dios y acreciente su muy real persona como deseamos.

»De Pedraza, a 15 de noviembre.

»Suplicamos a Vuestra Majestad que, aunque hayamos de ir tan presto allá, que no deje de escribirnos muy continuo de la salud de su real persona, que con saber esto estaremos tan alegres como Vuestra Majestad lo manda. De Vuestra Majestad más humildes hijos y más ciertos servidores que sus muy reales manos besan. -FRANÇOIS. -HENRY.»

Envió a mandar el Emperador con el obispo de Ciudad Rodrigo, que los franceses que habían venido con los príncipes, que estaban presos en las fortalezas, se soltasen y los llevasen donde estaban los príncipes para que los sirviesen, escribiendo al condestable y al marqués de Berlanga, su hermano, una muy amorosa carta, agradeciéndoles su gran cuidado y advirtiéndoles que no faltasen de él, por se haber hecho la paz en Cambray; antes si fuese posible, se pusiese mayor hasta que se hiciese su delibración. Los criados de los príncipes llegaron a Pedraza, víspera de año nuevo de mil y quinientos y treinta.

Lo que el Emperador amaba la paz, y cuán mal habla Jovio. -Error de Paulo Jovio. -Causa de la enemistad de Jovio con España. -Casamiento de don Manrique de Lara con doña Luisa de Acuña, duque de Nájara, condesa de Valencia.

Débese notar el buen ánimo del Emperador, y lo que amaba la paz y concordia con sus enemigos, pues cuando tenía al de Francia de todas maneras deshecho, cansado y gastado de enviar ejércitos (que, codice Paulo Jovio, lib. 26, cap. 41, tres se juntaron en Lombardía contra solo Antonio de Leyva), sin dineros, sin gente, perdido ya el crédito y los amigos, gustó de esta paz, y dió claras muestras de lo que se holgaba con ella; aunque dice Jovio que si los imperiales supieran la rota del conde de San Pol, no se hicieran estas paces, o ya que fueran, se pidieran y concluyeran con otras condiciones más favorables al Emperador.

Este autor habla con la pasión que suele, desdorando todos los hechos de los españoles y tudescos, y engáñase, como suele un ánimo apasionado, muchas veces; y así lo hizo Jovio en decir esto, porque el conde de San Pol fué roto lunes, en amaneciendo, a 21 de junio, año de 1529, y las madamas se juntaron en Cambray, ciudad entre los Estados de Flandes y la Picardía, provincia francesa, a 5 de julio, y comenzaron a tratar de los medios de paz a 7 de julio, y concluyéronla, como queda dicho, y con las condiciones referidas, a 3 de agosto. Y es claro que en este tiempo tendría el Emperador correos y avisos de la vitoria de sus ejércitos contra el francés, venecianos y Francisco Esforcia, y no por eso dejó de acetar y firmar lo que se había capitulado en Cambray, que, como demás de lo dicho, en el discurso de esta obra veremos, jamás el Emperador dejó de admitir la paz que los príncipes cristianos con él quisieron, por más ofendido que fuese, ni por superior que se viese a sus contrarios. De donde se dijo vulgarmente que la paz y la guerra estuvieron siempre al querer del rey de Francia; y no se hallará que el Emperador rompiese con él por algún interés ni ofensa, sino irritado y provocado, y cuando en no lo hacer perdía reputación y crédito; que es la joya que más ha de preciar el bueno; y si la justificación de la guerra es causa de la vitoria, por las que Carlos tuvo se verá cuán justificado anduvo.

Es Jovio apasionado, por la pensión de mil ducados que el rey de Francia le daba, por la cual se ofreció de hacerle inmortal, o porque el Emperador no le mejoró en el obispado de Nochera, que bastaba para un médico, o por el mal tratamiento que él dice que los españoles y tudescos le hicieron en Roma.

Luego que se publicaron las paces, vino el rey Francisco de Compenge o Compieno, lugar donde había estado esperando la conclusión de la concordia, a San Quintín, y de allí a Cambray, y visitó a madama Margarita, tía del Emperador y de su esposa, la reina Leonor. Estuvo algunos días con empacho de los embajadores, sus confederados, y no les dió audiencia. Pero antes que partiese de Cambray los llamó aparte y se excusó con cada uno de ellos lo mejor que pudo, diciendo que él había intentado los medios posibles por la guerra para apretar a su contrario; pero que le había ido tan mal en ella, que ya no hallaba otro camino para cobrar los hijos que tenía cautivos, sino el que ahora había tomado. Dióles grandes esperanzas y hizo promesas con fe y palabra real de que siempre permanecería en su amistad y liga que con ellos había hecho.

Y a la verdad, no eran otros sus pensamientos; porque (como veremos) luego que cobró los hijos se apartó de la palabra que al César había dado, olvidando cuantas cosas en la concordia había prometido y jurado. De suerte que este príncipe no se acordaba de palabras, firmas ni juramentos, más de sólo en lo que era su interés; ni guardó ni cumplió cosa que prometiese. Que fué falta bien notable que el rey Francisco tuvo, teniendo tantas y tan señaladas virtudes. No restituyó los bienes a los herederos de Carlos de Borbón, ni al príncipe de Orange su Estado, si bien aquí lo prometió; ni hizo ni cumplió otras promesas que, como rey tan poderoso, debiera cumplir y guardar. Con esto se abrían caminos para nuevas guerras, como presto las veremos. A 10 de agosto volvió el rey con su madre, madama Luisa, a San Quintín, y madama Margarita a la ciudad de Malinas.

Daré fin a este libro, contando un caso que en este año hubiera de poner en cuidado y bandos los mejores de Castilla, por ser notable y por lo que debo a los Manriques de Nájara. Doña Luisa de Acuña fué hija y sucesora de don Enrique de Acuña, conde de Valencia, alcaide de las torres de León, nieto de don Juan de Acuña y de Portugal, duque de Gijón, a quien mató con una porra don Juan de Robles, su cuñado. Pretendieron casar con ella don Manrique de Lara, el marqués de Astorga y el conde de Mayorga, primogénito del de Benavente. Sobre esta pretensión hubo entre estos caballeros y sus parientes muchas pesadumbres, y por atajarlas mandó el Emperador que trajesen a doña Luisa a su palacio hasta que se determinase con quién había de casar.

Después escribió a don Juan Tavera (que ya era cardenal), presidente de Castilla, desde Barcelona, a 26 de julio, año de 1529, que la depositasen en un monasterio donde más segura estuviese. Hízose el depósito en Santo Domingo el Real de Toledo; y estando allí depositada por el mes de agosto de 29, o, según otros dicen, siendo traída a instancia de la priora, que la pidió a la Emperatriz por tres o cuatro días para tenerla en el monasterio.

Don Alonso Manrique, arzobispo de Sevilla, cardenal y inquisidor general, hijo de don Rodrigo Manrique, maestre de Santiago y conde de Paredes, persona, demás de ser de tan alta sangre, que había hecho señalados servicios a los reyes, deseaba que don Manrique casase con doña Luisa. Para esto concertó que don Manrique y un capellán, llamado Muriez, fuese muy de mañana al locutorio de las monjas. Dijo también a don Rodrigo de Avalos, su sobrino, capellán mayor de la capilla de los Reyes Nuevos, que le esperase a la puerta del locutorio; poco después llegó el arzobispo, y llamando con los artejos de la mano en la puerta del locutorio, se abrió y cerró, sin que nadie viese, de los que acompañaban al arzobispo, quién le abría ni cerraba. Luego mandó a su caudatario diese la falda a don Rodrigo, y entróle dentro.

Estaba aderezado un altar en el locutorio por la parte de fuera, y las rejas se quitaron, de manera que pudo salir doña Luisa. Dijo el capellán misa, y velólos en presencia del de Sevilla y de don Rodrigo, que tenía una fuente con las arras. Hecho esto, el arzobispo se volvió a su casa, y dicen que llevó los novios consigo. La Emperatriz sintió esto gravemente y el Emperador. El arzobispo perdió el de Toledo, que vacó presto, por esta razón. Otros dicen que porque negoció mejor don Juan Tavera con don Francisco de los Cobos, que pretendía el adelantamiento de Cazorla.

Libro diez y ocho

Partida del Emperador para Italia, y la nobleza de España que fué con él. -A 28 de julio de 1529 se hizo a la vela. -Cabello largo en España. -Imaginación que del Emperador tenían los de Italia. -Van ocho mil tudescos y mil caballos en Italia. -Deseaban los florentines apartar al Emperador de la amistad del Pontífice.

La concordia que las madamas ordenaron en Cambray entre el Emperador y rey de Francia, humilló los ánimos inquietos de Italia y otras partes, que por ser poco poderosos, faltándoles el arrimo de Francia, no se atrevieron a tratar más de las armas, ni tomarse con el Emperador, a quien temían y no amaban.

El Papa, que tan recio había estado, deseaba ya las vistas del Emperador, habiéndose concertado los dos príncipes, con mucho gusto de ambos, ofreciéndole el César sus fuerzas y amparo, para, a pesar de enemigos, conservarle en la dignidad pontifical y sujetarle a Florencia, ciudad de su nacimiento, hasta hacerle señor de toda la Toscana, para lo cual enviaría el ejército vitorioso que tenía en el reino de Nápoles, como se hizo, quedando por virrey de Nápoles el cardenal Ascanio Colona, y por capitán general Hernando de Alarcón, varón señalado, con la gente que para la guarda de aquel reino fuese menester y con orden que prosiguiese la guerra hasta cobrar las tierras que estaban por venecianos, en la costa del mar Adriático, que eran del señorío y pertenecientes a Nápoles.

Demás desto, trataron que Alejandro de Médicis, sobrino del Papa, para quien él procuraba el señorío de Florencia, casase con madama Margarita, hija natural del Emperador, como se hizo.

Puestas las cosas en tal estado, dejadas las armas, deseaban la paz todos los cristianos. Queriendo el Emperador pasar en Italia a recebir la suprema corona del Imperio de mano del Pontífice, aprestada la armada en Barcelona, escribió al príncipe de Orange, que estaba en Nápoles gozando de la vitoria, que juntando el poder todo que tenía, fuese a favorecer al Pontífice y a toda su familia contra los de Florencia, y que sujetase aquella ciudad por fuerza o de grado, satisfaciendo a los Médicis de los agravios que habían recibido; y que, finalmente, siguiese en todo el orden que el Pontífice le diese, que fué principio de una muy reñida guerra, como aquí diremos.

Luego que el príncipe de Orange recibió este despacho del Emperador, partió a Roma, en fin del mes de junio, llevando toda la gente de guerra que pudo, y trató con el Pontífice de lo que se había de hacer en Florencia. Recibió dineros y artillería, y todo el favor que el Papa le pudo dar, que sería de muy buena gana, pues era para hacer una empresa que él tanto deseaba.

Después desto, el Emperador envió por Andrea Doria, mandándole veniese con la armada a Barcelona para hacer su viaje. Juntóse la flota, que fué de muchas naos, urcas y carracas, sin los escorchapines y tafurcas cuyo proveedor fué Micer Joan Regna, que murió obispo de Pamplona. Llegó también la gente de guerra, que, según contaban, eran más de ocho mil infantes españoles. Había también quince galeras, sin otros bergantines y fustas, cuyo capitán era Rodrigo de Portundo.

Habiendo ya el Emperador ordenado todas las cosas para el buen gobierno de España, y hecho jurar por príncipe heredero a su hijo don Felipe, de edad de dos años, dejándole con la Emperatriz, su madre, después de siete años cumplidos que estuvo sin salir de España, con la armada que tenía y la que había traído Andrea Doria, a 28 de julio de 1529 estaba ya en su galera, y partió de Barcelona, y con próspera navegación llegó a Génova.

Pasaron con Su Majestad en esta jornada muchos caballeros de Castilla, con gran demostración de sus riquezas, en las grandes casas y ricas libreas que llevaban; los cuales fueron, para sus consejeros y para los negocios, Mercurino de Catinara, gran chanciller; García de Loaysa, obispo de Osma (que ambos fueron cardenales), el secretario Francisco de los Cobos; don García de Padilla; comendadores mayores, Cobos de León y don García de Calatrava, don Hugo de Urrías, señor de Ayerbe, para las cosas de Aragón; capellán mayor, don Diego Sarmiento, que fué arzobispo de Santiago, y cardenal; sacristán mayor, don Felipe de Castilla, deán de Toledo.

Algunos de los capellanes fueron después obispos, como don Francisco Manrique.

Caballeros seglares pasaron, don Pedro Alvarez Osorio, marqués de Astorga, que se mostró más que ninguno de cuantos señores hubo en la coronación, haciendo gastos de gran príncipe y magnánimo; don Iñigo López de Mendoza, conde de Saldaña; don Diego López Pacheco, marqués de Moya; don Pedro Ramírez Arellano, conde de Aguilar; don Pedro de Toledo, marqués de Villafranca, que fué virrey de Nápoles; don Juan de Heredia, conde de Fuentes; don Andrés Hurtado de Mendoza, hijo mayor del marqués de Cenete; el conde de Altamira; don Pedro de Guzmán, primero conde de Olivares, hermano del duque de Medina Sidonia, señalado caballero; don Pedro de Avila; el conde de Cocentaina, don Jorge de Portugal, que fué conde de Gelves; don Juan Manrique, heredero del conde de Castro; don Juan de Zúñiga, que fué ayo del rey; don Pedro de la Cueva, que murió comendador mayor de Alcántara; don Diego de la Cueva; don Luis de la Cueva, capitán que fué después de la guarda; Sancho Martínez de Leyva; don Miguel de Velasco; don Luis de Avila, que fué comendador mayor de Alcántara; don Alvaro de Córdova; don García y don Bernardino Ponce de León, hermanos; don Juan Manrique, duque de Nájara; don Alonso Manrique, conde de Osorno; don Enrique de Toledo, que murió presidente de Ordenes; don Rodrigo Manrique; don Carlos de Arellano, mariscal de Bolonia; don Joan Hurtado de Mendoza, señor de Morón, comendador de Santa Cruz de la Zarza, que fué de los caballeros más lucidos que allí iban, aunque, vuelto desta jornada, cegó y vivió así treinta años; don Alvaro de Arellano; don Joan de Luna, que fué alcaide de Milán; don Francisco de Aragón; don Enrique de Rojas; don Antonio de Rojas, que murió ayo del príncipe don Carlos; don Antonio de Fonseca; don Pedro Manrique; don Alonso Téllez Girón y Pacheco, señor de la Puebla de Montalbán; don Hernando de Viamonte, don Joan de Lanuza, Jerónimo Agustín, Gutiérre López de Padilla, que fué contador mayor; don Joan Pacheco, don Francisco de Tovar, que fué alcaide de la Goleta; don Pedro de Urrea, el maestre racional de Aragón; don Francisco Gatalla, el baile general de Cataluña; don Rodrigo de Borja; Mosén Albañel; don García de Paredes y el licenciado Leguízama, alcalde de corte.

Con todos estos caballeros salió el Emperador de Barcelona, donde, porque él se cortó el cabello largo que hasta entonces se usaba en España, por achaque de un dolor de cabeza, se le quitaron todos los que le acompañaban, con tanto sentimiento, que lloraban algunos. Y ha quedado en costumbre que no se usó más el cabello largo, cosa que los primeros siglos tanto preciaron.

Llegó el Emperador a Génova a 12 de agosto, donde fué recibido con grandísima demostración y alegría de los ginoveses, que estaban ya esperando, y tres cardenales legados del Pontífice, que fueron Alejandro Farnesio, que fué presto papa Paulo III; Hipólito de Médicis, sobrino de Clemente, y fray Francisco de Quiñones, que llamaron de los Angeles. Con ellos estaban también Alejandro de Médícis, el que había de ser yerno del Emperador.

Diósele a Su Majestad por aposento el palacio de la Señoría, y porque Andrea Doria lo quiso y lo pretendió con todas sus fuerzas, fueron todos recibidos por aposento de gracia, en las casas de los vecinos, al uso de España, que no fué poco poderlo acabar con ellos, mayormente siendo españoles, que poco antes habían sido en el saco de aquella ciudad, si bien es verdad que se han pagado a satisfacción de todo lo que tudescos, más que españoles, en Génova le saquearon.

Dióles grandísimo contento a los ginoveses y a todos los demás de Italia, ver y conocer al Emperador, y desengañarse de la figura en que antes le tenían, viendo su rostro hermoso, su condición blanda y apacibles y católicas costumbres, que le habían imaginado muy diferente, inquieto, cruel, amigo de guerras, áspero, intratable, y que sería como un Totila o alguno de aquellos bravos godos, que en los siglos pasados habían destruido a Italia y sido en el mundo la ira y azote del cielo. Acabaron entonces de satisfacerse, con sólo verlo, de la poca culpa que tenía de las guerras pasadas, crueldades, fuerzas y robos que sus gentes habían hecho en Italia.

Tuvo correo en Génova con la concordia que se había hecho en Cambray, y confirmóla, como por la escritura de confirmación, que está en Simancas, parece.

Allí supo cómo Félix, conde de Furstemberg, estaba ya para entrar en Italia, con ocho mil infantes tudescos y mil caballos, y alguna artillería, que a cuenta del Emperador venían, el cual aparato espantó grandemente a los confederados, principalmente viéndose desamparados del rey de Francia.

Enviaron todos los príncipes y señores de Italia, y el marqués de Mantua vino en persona a darle el parabién de su venida (excepto los venecianos y los florentines), pensando aplacarle con buenas palabras y apartarle de la liga del Sumo Pontífice. Nombraron cuatro embajadores que tratasen con él de la paz. Fueron los embajadores Nicolao Caponio, que había sido dictador, Tomás Soderini, Mateo Stozi y Rafael Jerónimo. Era tan grande la mala voluntad que los florentines tenían al Pontífice, que les mandaron expresamente que no pasasen por Bolonia ni hablasen con él, temiendo que el Papa los volvería o engañaría. Mas porque no pareciese que rehusaban la paz, enviaron al Papa, no más de para tentarlo a Francisco Portonari, con otros dos hombres bajos, sin facultad ni creencia de república, los cuales no sirvieron sino de enconar más al Pontífice.

Llegados los embajadores a Génova, y dándoles el Emperador audiencia, pidieron perdón, con mucha demostración de arrepentimiento, por haberse juntado con Lautrech en la guerra pasada de Nápoles y ofreciendo la enmienda con nuevos y grandes servicios, con que Su Majestad los conservase en su libertad, porque todo lo que hasta entonces habían hecho, había causado el deseo que tenían de defenderla, y así, estaban determinados de padecer cualquier género de trabajo, antes que dejarla perder, y perder antes las haciendas, hijos y mujeres, con las vidas.

Con la misma determinación, les respondió el Emperador, diciendo que los florentines habían hecho muy mal y atrevidamente en enviar socorro de gente contra Nápoles, en favor de los enemigos del Imperio, sin haberles jamás dado ocasión, y por haberlo hecho ansí, tenían del rigor de derecho perdida la libertad y todas cualesquier exenciones y privilegios que por la benignidad imperial les habían sido concedidos. Pero con todo eso, aunque, sin hacerles agravio, pudiera muy bien Su Majestad proceder contra ellos ásperamente, usaría de su clemencia, olvidando sus proprias injurias, y remitirles el crimen lesae majestatis, que contra él habían cometido, si ellos, como debían y era razón que lo hiciesen, querían recibir en su ciudad al Pontífice, poniendo en su antiguo lugar a los de su familia, pues tan injustamente lo habían echado della y despojado de lo que tenían, y que si querían ser perdonados de sus yerros y ser admitidos a la paz, que la hiciesen ellos primero con el Papa y le tomasen por medianero para eso, por que por nadie mejor que por su respeto, podrían alcanzar la gracia y benignidad imperial, y con esto excusarían muchos males, daños y calamidades en su república. Y que de otra manera no se cansasen, porque la resolución última que Su Majestad tenía, era cumplir con el Papa lo que tenía prometido, hasta ponerle en la posesión de su patria, por fuerza o de grado.

Tres legados del Papa salen a recebir al Emperador y le piden que jure. -Viene Antonio de Leyva, llamado del Emperador.

Ya el Papa había salido de Roma, con toda su corte y colegio de cardenales, camino de Bolonia, para esperar allí al Emperador, el cual, habiendo estado algunos días en Génova, poniéndose en orden para su camino, mandó que de la gente que había ido de España y desembarcado en Saona, quedase parte para su acompañamiento, y la otra fuese a Milán, a juntarse con Antonio de Leyva, que ya era señor del campo, sin haber enemigo que le osase esperar en él.

Y el duque de Urbino se había retirado por mandado de los venecianos, cuyo general era, y Francisco Esforcia no trataba ya de más que su salud, y gracia del Emperador, con solas las ciudades de Cremona, Lodi, Pavía y Alejandría.

Pasó Plasencia, y al tiempo que iba a entrar en las tierras de la Iglesia, saliéronle a recebir los tres legados del Papa, para que jurase en la forma acostumbrada de no hacer jamás fuerza a la Iglesia en lo que fuese su libertad. Tomábase este juramento con cierta forma solemne, que leían en un libro de ceremonias. Pero el Emperador, acordándose del derecho que le compelía como a Emperador, hizo juramento, con protesto que no entendía perjudicar a su derecho, porque parecía que por derecho claro se había guardado, [que] pretendía haber a Parma y a Plasencia, como ciudades unidas de tiempo antiguo con el Estado de Milán; el cual siempre había sido tributario a los emperadores romanos.

Envió el Emperador a llamar a Antonio de Leyva, que por su gran fama le deseaban ver el Emperador y los españoles que con él habían pasado. A la sazón estaba Antonio de Leyva haciendo guerra a los venecianos, después de la presa de Borbón, conde de San Pol. Holgó el Emperador de ver a Antonio de Leyva, y le recibió con mucho amor, y a todos pareció cabían en él las cosas que de él se decían. Porque aunque estaba muy fatigado y impedido de la gota, mostraba en su persona ser un capitán de incomparable virtud y esfuerzo; y en su gran cuerpo y fornidos miembros se echaba de ver cuáles eran sus fuerzas. Y si el mal no le tratara tan mal, sin duda que fuera de los mejores capitanes del mundo, y aun excedía a los pasados, pues se vió que estando ligado con paños, sin pies ni manos, venció grandes ejércitos y conquistó grandes lugares, que toda esta gloria le dan aún sus proprios enemigos.

Procuró Antonio de Leyva apartar al Emperador de la paz y ponerle en que acabase la guerra, facilitándole la vitoria y el hacerse señor de todos sus enemigos. Aunque el Emperador holgó de oírle, su pecho tan católico quiso más la paz que la guerra, donde no fuese forzosa, por quererla sus enemigos. Deseaba el Emperador grandemente pasar en Alemaña, para remediar las cosas de la religión, que Lutero tenía por extremo estragadas y perdidas, y ir contra el Turco, del cual supo por un correo que el rey don Fernando, su hermano, le envió, cómo por el mes de setiembre había con poderoso ejército entrado por Hungría, con más de docientos y cincuenta mil combatientes, abrasando con guerra cruel aquel miserable reino, y ocupado gran parte de él y llegado a Austria, y echádose sobre la gran ciudad de Viena, porfiando más de un mes por tomarla; si bien fué que, el enemigo se levantó, sin hacer efeto y con pérdida a 10 de octubre, pero amenazando con furor que el año siguiente volvería a ponerle muy bien la mano.

Al mismo tiempo llegaron a Plasencia, de parte de los lugares protestantes, con demandas atrevidas; a los cuales respondió el Emperador con amor y blandura, en, cargándoles y mandando que guardasen lo que en Wormes y Espira se había decretado. Y como llegase en estos días la mala nueva de la venida del Turco, atreviéronse desvergonzadamente a dar al Emperador una protestación de las ciudades principales del Imperio, de lo cuál se enojó grandemente y los mandó echar de su corte y que no parasen en Italia, que fueron las primeras brasas del fuego que se encendió en Alemaña.

Todo lo cual dio que pensar al Emperador, y ardientes deseos de pasar en aquellas partes; para lo cual convenía dejar en paz a Italia. Y así, mandó a Antonio de Leyva que se volviese de Plasencia y tomase a Pavía, lo cual hizo él con poca dificultad, porque se le rindió sin esperar combate. Y quisiera Antonio de Leyva ir sobre Santángel y pasar adelante, mas el Emperador no lo consintió, por la paz a que estaba inclinado, y Francisco Esforcia la pedía instantemente.

Y envió a mandar que dejando parte de la gente a Ludovico Barbiano, con el resto del ejército volviese a le acompañar para la coronación que se concertaba en Bolonia. Y a 23 de octubre deste año escribió a la Emperatriz y grandes de Castilla diciendo la poderosa entrada que el Turco había hecho en Hungría, y que había tomado y destruído todo aquel reino, y pasado y tomado mucha parte de Austria, que era de su patrimonio, donde habían hecho grandes crueldades y daños, en que, según escribían, habían muerto más de cuarenta mil personas, y tenían cercada la ciudad de Viena, que es la principal de aquella tierra, con tan grueso ejército y tanta potencia, que aunque dentro se habían metido muchos caballeros y gentiles hombres y otra gente, si con brevedad no se socorría, por el poco bastimento que tenía, se dudaba poderse defender; que así se lo escribían el serenísimo rey don Fernando, su hermano, por dos criados que le había enviado; y que el rey, y todas aquellas partes, y la Cristiandad, corrían peligro, si luego no se proveía en el socorro y resistencia deste enemigo. Por lo cual, cumpliendo con lo que era obligado, determinaba de ir en persona, con todas las fuerzas que pudiese, a esta empresa.

Que demás del estrecho en que estaba el dicho serenísimo rey, el peligro de aquellas partes tocaba a toda la república cristiana, y que así, se desembarazaba de lo de Italia, y pondría luego en ejecución su camino, porque el daño iba creciendo tanto, que no sufría dilación; que si el Turco se apoderaba de Alemaña, tendría mal remedio.

Y que tenía por cierto, que en estos reinos de España y en los grandes, perlados, caballeros y personas dellos, había de hallar la lealtad y voluntad que siempre en ellos hubo.

Los príncipes de Italia, no sabiendo bien la intención santa del Emperador, y deseos que tenía de dejar en paz y buen estado, a satisfacción de todos, aquella provincia, y volver las armas y todo su poder contra el enemigo común, y limpiar a Alemaña de las herejías, estaban a la mira esperando en lo que daría. Porque los que eran de su devoción, y habían favorecido sus hechos, pensaban que estando él en Italia harían lo que ellos quisiesen, y los que deseaban que el duque Francisco Esforcia quedase con el Estado de Milán, pensaban que por intercesión del Papa y con la guerra ya dicha con el Turco, y la que se temía con los protestantes de Alemaña, el Emperador, de fuerza, le restituiría el Estado, en lo cual insistía grandemente el Papa, de quien el duque Esforcia, como siempre, se valía.

Y hacía esto el Papa, pareciéndole que la guerra de la Toscana no se podría acabar si no se compusiesen las cosas de Lombardía.

Y así, el Emperador, antes de partirse para Bolonia, adonde el Papa le salió a recibir, envió a Cremona, para tratar con el duque Esforcia la forma de su restitución, a Mercurino Catinara, cardenal y gran chanciller del Imperio, y con éste envió a mandar a Antonio de Leyva (como dije) que contradecía esto, que viniese a Bolonia, y entretanto mandó tener la guarnición de Lombardía a Ludovico Barbiano.

En este tiempo, los venecianos, porque no dijesen que ellos solos huían de la paz y sosiego de Italia, enviaron sus embajadores al Emperador, para que tratasen los mejores medios, y con ellos se concordasen con el César.

Conciértanse el Emperador y venecianos. -Casa Francisco Esforcia con Cristierna, sobrina del Emperador.

A ruego del Papa, el Emperador se concertó con los venecianos en esta manera: Que los venecianos restituyan al Pontífice las ciudades de Rávena y Cecena, y el Pontífice les remita y perdone cualquier ofensa que dellos haya recibido; que los venecianos restituyan al Emperador, dentro de un mes, todos los lugares que en el reino de Nápoles ocuparon con las guerras pasadas, y den dos mil libras de oro, que conforme a las concordias antiguas debían, y satisfagan a los que han desterrado de su república, por ser amigos del Emperador. Que dentro de diez meses den al Emperador otros quinientos mil ducados, y los demás en fin del año, después de los dichos diez meses. Que el duque de Urbino, capitán general de venecianos, se entienda y comprenda en esta concordia. Que los venecianos perdonan al conde Gambara. Que corran libremente los comercios y mercaderes de ambas partes, y no se consientan piratas. Que los venecianos gocen todo lo que tienen pacíficamente. Que todos los que de Venecia a la parte imperial se han pasado desde el año de 1500, puedan volver libremente a su tierra. Pero que los bienes que les fueron confiscados no se les vuelvan si la señoría no quisiere. Que para el bien común de Italia se asiente la paz perpetua por todos, y que por su conservación el Emperador y venecianos pongan todas sus fuerzas. Que para defensa del duque Esforcia estén siempre en Lombardía ochocientos hombres de armas y otros tantos caballos ligeros, con seis mil infantes y la artillería necesaria. Que habiendo necesidad, los venecianos pongan otros tantos en campaña; no para hacerse guerra, sino para guardarse y defenderse unos a otros. Que si alguno viniere contra el reino de Nápoles, el Emperador y venecianos ayuden con quince galeras. Que se comprendan en esta conformidad los amigos y allegados de ambas partes que en ella quisieren entrar, como es el duque de Ferrara, si viniere en gracia de Pontífice y Emperador.

Firmados y sellados estos capítulos, el duque Esforcia fué puesto y restituido en su Estado, como adelante diré, y para más le obligar y mostrar el Emperador sus buenas entrañas, le dió por esposa a Cristierna, hija de Cristierno II, rey de Dacia, y de doña Isabel, hermana del Emperador, doncella de solos diez años.

Y los venecianos restituyeron luego al Emperador los lugares que tenían ocupados en el reino de Nápoles, y al Pontífice los que le tenían; y desta manera alcanzaron en Italia, del Emperador vitorioso, con humildad, la paz y quietud y restauración de la tierra, que con guerras continuas de ocho años, y entradas de diversas gentes, miserablemente estaba arruinada, lo que con ningunas armas ni fuerzas pudieran alcanzar. Sólo quedaba en armas Florencia, de la cual diremos en su lugar.

Supo el Emperador que el Papa había llegado a Bolonia, partió de Plasencia y vino por las ciudades de Rezo y Módena, que son del duque de Ferrara, en las cuales mostró el duque su magnificencia. Llegó a un lugar llamado Castilfranco, a quince millas de Bolonia; de aquí salió a 4 de noviembre, y fué a aposentarse a un monasterio, dos millas de la ciudad.

Este día le salieron a recebir y aposentar allí veinte y cuatro cardenales, que el Papa envió, y el senado, caballeros y nobleza de Bolonia, ricamente aderezados y con mucha música, otro día que fué viernes.

Entra el Emperador en Bolonia a fin de octubre. -Tratan el Papa y el Emperador del duque de Milán. -Perdónale el crimen lesae Majestatis y su ingratitud. -Vuélvele el ducado de Milán, habiendo gastado en él más de diez millones. -Viene Francisco Esforcia y ora con humildad ante el Emperador. -Grandeza del Emperador en dar libremente el Estado de Milán, que tanto le había costado. -Paz y concordia entre los príncipes de Italia con el Emperador. -Nacimiento y muerte del infante don Fernando.

Entró en Bolonia el Emperador en fin del mes de octubre deste dicho año con grandísima pompa. Iba armado de todas armas todo el cuerpo, fuera la cabeza, en un caballo blanco ricamente enjaezado. Entraron delante cuatro banderas de caballos ligeros y de hombres de armas, con riquísimos atavíos. Seguíase luego la infantería española, tan famosa por tan extrañas cosas como habían hecho en Italia en aquellos años. Iban todos aderezados costosísimamente de los despojos de tantas ciudades vencidas, y llevaban su orden y paso de guerra con atambores y pífanos.

Encima de la cabeza del Emperador iba un riquísimo palio de oro, que le llevaban los principales doctores de aquella universidad, con ropas rozagantes de seda, de diferentes colores; alderredor del Emperador iba toda la juventud de Bolonia a pie, sirviéndole de lacayos, vestidos con sayos de brocado pelo, y encima raso blanco muy golpeado. Luego iban tras él los magistrados y el regimiento de la ciudad con su bandera.

A la entrada de la ciudad estaba el obispo de Bolonia con toda la clerecía, cantando Te Deum laudamus.

Llevaban los soldados en hombros a su capitán Antonio de Leyva; paróse en medio de la plaza con los tudescos a otro. Plantóse la artillería con tan buen orden, como si hubieran de pelear.

Poco después del Emperador iban los señores y caballeros que con él pasaron de España, y luego se seguía el estandarte y águila imperial en una bandera de oro.

Detrás destas banderas iba la guarda de caballo, con su librea amarilla, en sus compañías conforme a las naciones, españoles, flamencos y tudescos.

A los lados del Emperador iban dos gentiles-hombres muy bien aderezados, derramando moneda de oro y plata, que traían en dos muy grandes bolsas colgadas a los cuellos.

Fué a parar toda esta pompa a la iglesia catedral de San Petronio, a la puerta de la cual estaba hecho un cadalso, con sus gradas, todo entapizado riquísimamente, como cuyo era, Estaban sentados en las gradas los cardenales por su orden, y los obispos perlados que allí se hallaron, que fueron muchos. En medio de todos ellos, en una silla muy alta, estaba sentado el Pontífice, vestido de pontifical, con su tiara en la cabeza.

Cuando el Emperador llegó al pie del cadalso, hizo de mano a los grandes de España, que con él iban, como que los llamaba, y acudieron todos a le apear. Acudieron luego de lo alto dos cardenales, y tornáronle en medio para subirle arriba. Cuando se vinieron a juntar los dos mayores príncipes del mundo, llevaron tras sí los ojos de todos los presentes. Los que estaban lejos no podían oír nada, y así, estaban admirados, contemplando un tan raro espectáculo. Los que se hallaron cerca, miraban con atención y si acaso alguno mostraba en el semblante algún rastro de las disensiones grandes que poco antes se habían visto entre los dos. Gustaban mucho todos de considerar el rostro grave y varonil del César, e color plateado, y su delicada tez, cubierta de una mesura hermosa y grave. La nariz corva un poco y levantada de en medio, que suele ser señal de magnanimidad y grandeza, como se advirtió antiguamente en Ciro, y en los otros reyes de Persia sus descendientes. Llevaba tras sí a todos los circunstantes, con el mirar de sus ojos garzos vergonzosos, con los cabellos un poco crespos, y la barba entre roja y rutilante de color de oro muy fino. Dábale mucha gracia y majestad el cabello cortado en derredor, a manera de los antiguos emperadores. Sobre todo notaban el labio inferior un poco caído, como los tienen de grandes tiempos a esta parte casi todos los descendientes de la casa de Borgoña, lo cual le añadía antes gravedad que imperfección en su rostro y hermosa figura; con lo cual venía en buena proporción el cuerpo de mediana y justa estatura, con la carne que bastaba para que ni fuese flaco, ni demasiado de grueso.

El que con más atención y gusto le miraba era el Pontífice. Parecióle harto más humano y lleno de majestad de lo que se le habían pintado; porque muchos de los que le habían visto antes y le conocían, se le habían pintado muy al revés, de semblante áspero, triste y feroz, y que parecía bien godo, tan bravo como sus soldados y capitanes; lo contrario de todo lo cual veía él allí en su semblante, y de antes se había visto por muchos ejemplos en Génova y en otras partes, en la humanidad y llaneza con que se negociaba con él, y en su excelente conversación y cristiandad, sin que en él se hubiese hallado rastro alguno de crueldad ni de soberbia; antes se había mostrado justo y enemigo de los malos, en los ásperos castigos que había mandado ejecutar en algunos bandoleros y sediciosos amotinadores.

Luego que el Pontífice le vió, le juzgó (según él después dijo) por digno y merecedor de otro mayor Imperio.

Al punto que el Emperador llegó a igualar con el Pontífice, púsose de rodillas y adoróle besándole el pie con mucha humanidad. Levantóle el Pontífice y dió la paz en el rostro con grandísimo amor.

Dijo luego el César estas palabras en español: «Ya soy llegado, Padre Santísimo, a los sagrados pies de Vuestra Santidad (que cierto es la cosa que más en este mundo yo he deseado), no más de para que de común voluntad Vuestra Beatitud y yo ordenemos y pongamos en conocimiento las cosas de la religión cristiana, que están tan estragadas. Pido y suplico al omnipotente Dios mío, pues ha sido servido cumplir este mi santo deseo, sea servido de asistir siempre en nuestros consejos y hacer que sea para bien de todos los cristianos esta mi venida.»

Respondióle entonces el Pontífice diciendo: «Dios del cielo, y todos los santos que asisten siempre en su divina presencia, saben muy bien, y me son testigos, que ninguna cosa yo jamás he deseado tanto, como que nos viésemos, hijo mío, así juntos. Doy infinitas gracias a Nuestro Señor, porque dejó llegar aquí con próspero tiempo a Vuestra Majestad con la salud que todos habemos deseado. Estoy muy contento, y, Dios sea bendito y loado, que veo las cosas puestas en términos que vendrán en toda concordia por vuestra mano.»

Con esto y con algunas otras cortesías que pasaron entre los dos (después que el César, en señal de obediencia, hubo ofrecido hasta diez libras de oro en moneda) se bajaron los dos mano a mano por las gradas hasta la puerta de la iglesia, adonde el Pontífice se despidió y se fué a su posada, y el Emperador se entró a hacer oración. De allí se fué a su aposento que le estaba hecho en el mismo palacio del Papa, y en la misma cuadra, que no había más que una pared en medio bien delgada, y aquélla se pasaba por una puertecica hecha así aposta secretamente, para que se pudiesen los dos ver y comunicar a solas, sin que nadie los viese.

Estuvieron así juntos algunos días, y aun meses, y en ellos nunca dejaban de tratar entre sí negocios importantísimos. Después que el uno y el otro se hubieron satisfecho a las quejas que por cosas pasadas podían tener, vino a tratarse del negocio de Francisco Esforcia, que estaba medio preso y desterrado en Bresa como dejo dicho. Pedíanle de merced al Emperador todos los príncipes de Italia que le perdonase; y sin el Papa, que no deseaba otra cosa, vinieron a solo esto embajadores de Venecia, los cuales, después de haber hecho muy grandes salvas, excusándose de las guerras pasadas, ofrecieron al César todas las fuerzas del Senado, para que usase de ellas a su voluntad, y prometieron restituirle, si algo les había quedado del reino de Nápoles, y de dar al Papa las tierras que le tenían, como atrás dejo ya apuntado, con sólo que Su Majestad tuviese por bien de perdonar a Francisco Esforcia. Porque si no tenía culpa en el delito de que el marqués de Pescara le había achacado, claramente era digno de perdón; y si la tenía, no era mucho que usase con él de su clemencia y hiciese gracia de él a toda Italia, que con tanta eficacia se lo pedía.

El Papa, por otra parte, era el que apretaba más al Emperador en favor de Francisco Esforcia, como aquel que vía en ello el buen suceso de las cosas de Florencia. Sabía tan bien decir el Pontífice lo que quería, que no pudo el Emperador dejar de condecender a sus peticiones. Porque su autoridad pontifical, y la que le daba su venerable persona, y las canas que sin tiempo le habían nacido, eran de grandísima fuerza para vencer otro pecho más duro, cuanto más el del Emperador, que naturalmente era inclinado a hacer bien y merced, mostrando su generoso ánimo.

Vino, pues, el Emperador en perdonar a Francisco Esforcia, y en darle la investidura y título del Estado de Milán. Despachósele luego un correo a Bresa con salvoconduto, y dentro de pocos días él vino a Bolonia.

Púsose Francisco Esforcia a los pies del Emperador, y díjole:

-Ninguna cosa más he deseado, invictísimo César, mientras los tuyos no me lo han estorbado, que tener ocasión en que mostrar el amor y reverencia que a tu majestad tengo, para que conocieses que no me olvidaba de tus beneficios. Y así, después que me restituiste en el Estado, todas las veces que tus enemigos tornaron contra mí, aunque algunas les favoreció la fortuna, empero siempre los tuyos me hallaron firme en tu servicio; que ni promesas ni consejos bastaron a mudar la fe que contigo he tenido. Y siendo esto así, y sabiendo yo que tú lo sabías, no pensaba que era posible que habiendo visto tantas señales de fidelidad en mí, cayese en sospecha de lesae majestatis contigo. Pero como la invidia y pasiones de muchos, que dan siempre el peor consejo, escureciesen mi justicia, no me maravillo que les dieses crédito. Por lo cual he yo mucho sentido mi desdicha en no poder, por la distancia de los lugares, probar delante de ti mi clara justicia; y estando cercado y muy apretado de los tuyos, nadie dirá que yo he dicho que me tratabas áspera y cruelmente, antes siempre he tenido esperanza que no solamente a las fatigas de Italia, pero a las mías principalmente, de ninguna parte le podía venir el remedio más cierto que de ti. Porque así como en tu ausencia fuí injustamente condenado, espero en tu presencia ser justamente librado.

Sacó entonces el salvoconduto del seno, diciendo que no quería usar de él, sino poner su persona, vida y hacienda en las manos de Su Majestad, para que de todo dispusiese como fuese servido.

Recibióle el Emperador con mucha demostración de amor, llamándole duque de Milán, y mandándole dar luego los despachos del título. Púsole un moderado tributo (en reconocimiento del feudo) harto menor del que él prometía antes de las guerras.

Fué esto, cierto, una de las mayores hazañas que el Emperador hizo en su vida, de que todo el mundo quedó admirado, viendo que daba de su pronta voluntad un Estado tan grande y tan importante, después que había contendido sobre conquistarle con los mayores príncipes del mundo, y había vencido y allanado todas las dificultades y conseguido tan insignes vitorias. Y lo que más era, que en tanto que los negocios iban de manera que se podía tener alguna duda del suceso, nunca había querido arrostrar a concordia; y ahora que no había contra él resistencia alguna, daba lo que pudiera (con buen título) retener para sí.

Acabado tan a contento de todos el negocio de Francisco Esforcia, luego se comenzó a dar asiento en una paz y liga universal de todos los príncipes cristianos, cuyos embajadores allí se hallaron. Después de bien disputado el negocio, vino a concluirse la paz, que fué de las más generales que en grandes tiempos se habían visto en el mundo entre los príncipes cristianos, porque entraron en ella el Papa, el Emperador, los reyes de Francia, Ingalaterra, Portugal, Hungría, Bohemia, Escocia, Polonia y Dinamarca, los duques de Ferrara y Milán, las repúblicas de Venecia, Génova, Sena y Luca, y generalmente todos los cantones católicos de tierra de suizos. Sola Florencia y los luteranos quedaron fuera de esta concordia general.

Publicóse con solenísima pompa, a primero de enero del año de 1530, en una misa que se celebró en San Petronio. Pronuncióla, después de un elocuentísimo sermón y doctísimo, Rómulo Amaseo, e llamó allí al Pontífice y al Emperador, autores y conservadores de la paz y del nombre cristiano, padres de la patria y fundadores de la libertad de Italia.

Lloraban todos los circunstantes de placer, y fueron los perlados y embajadores a besar las manos al Emperador y darle las gracias por tan alto beneficio.

Voló luego por la Cristiandad la fama desta general confederación y concordia. Alababan al Pontífice de la buena manera que había tenido en saber ganar al Emperador para que viniese en ella. Engrandecían la clemencia del César, porque con tanta facilidad se había dejado vencer de los ruegos del Pontífice. Tenían en mucho la prudencia y liberalidad de los venecianos, porque de tan buena gana habían pospuesto sus particulares provechos al bien común. Holgábanse todos los buenos con esta paz, aunque los hombres de guerra más quisieran otra cosa, puesto que les quedaba Florencia, que luego habían de dar tras ella, como lo hicieron.

Porque los capitanes principales no quedasen malcontentos, acabó el Emperador con Francisco Esforcia que diese al marqués del Vasto y al capitán Antonio de Leyva, y a otros, algunas tierras en el Estado de Milán.

En estos días llegó a Bolonia un correo de España con la nueva de cómo la Emperatriz acababa de parir a don Fernando, que murió niño. Hiciéronse grandes fiestas en Bolonia, jugáronse cañas a uso de España y sacaron cuadrillas el marqués de Astorga y el duque de Escalona; justaron cuatro días arreo entre italianos, flamencos y españoles, y sacaron en una y otra fiesta riquísimas invenciones.

Enferma el Emperador. -Determinan que no se haga la coronación en Roma.

Luego que se dió a Francisco Esforcia el título de Milán, mandó el Emperador a sus capitanes que sacasen de Lombardía todas sus gentes y las llevasen a la guerra de Florencia.

Dióle al Emperador estos días una enfermedad de esquinancia, de que se vió bien fatigado, y se tuvo algún temor de su salud, no tanto por ser la enfermedad muy peligrosa, cuanto por ser mal heredado de padre y abuelo. Pero con el favor divino, y con la ayuda del doctor Narciso, su médico, guareció presto de ella.

Disputóse mucho entre el Pontífice y el Emperador sobre si recibiera la corona en Roma o en Bolonia. A los principios se tuvo creído que en Roma se hiciera aquella fiesta, y así se habían aparejado ya los romanos y tenían puesta la ciudad y sus casas en tan buen orden, que apenas había quedado rastro de la calamidad pasada. Pero al fin, por muchas razones, y principalmente por no renovar llagas viejas ni dar ocasión a que se quisiesen algunos pagar de las injurias pasadas, y por estar más cerca de Alemaña, donde el Emperador entendía ir con brevedad a entender en el negocio de la religión entre luteranos, vínose a resolver que en Bolonia tomase la corona, pues no era de esencia del acto el lugar, sino las voluntades del Papa y Emperador.

Señalóse para ello el felice día de su nacimiento del Emperador, que era el de Santo Matías, porque en tal cumplía los treinta años; y en el mismo, cinco años antes, había sido preso por sus capitanes el rey de Francia en Pavía; y fué dos días antes que recibiese la segunda corona que llaman de hierro, que estaba en costumbre de recebirse en Milán, y llámase de hierro porque lo era de este metal.

Hízose un pasadizo de madera desde el palacio pontifical a San Petronio, que está a un lado de la plaza, frontero del palacio, para que por él fuesen el Papa y el Emperador sin estorbo de la gente; y para que fuesen vistos del pueblo, adornóse el pasadizo de todas las tapicerías y riquezas que se pueden pensar.

Dos días antes, para cumplir con la ceremonia, vinieron allí los magistrados de Monza con la corona de hierro, que por antigua costumbre se ha de tomar en Milán, en señal del reino de Lombardía, y de sus manos de éstos recibió aquí la segunda corona, que es de hierro.

La segunda fiesta para recebir la corona de oro fué la más suntuosa que los hombres han visto. Y porque se sepa la forma que se acostumbra tener en la coronación de los emperadores cristianos, quiero (aunque me detenga un poco) poner aquí lo que en ésta se hizo muy particularmente, que no creo será penoso en leerlo.

Da información de cómo fué canónicamente eleto Emperador. -Coronación de hierro. -Llega a la corte el duque de Saboya.

Dos días antes que hubiese de recibir la corona, se le pidió de parte del Papa que diese información de cómo había sido canónicamente eleto rey de romanos, y por parte del Emperador fueron presentados por testigos el conde de Nasau, su camarero mayor, que se halló allí como su embajador; y el protonotario Araciola, como nuncio del Papa, y micer Andrea de Burgos como embajador del rey de Hungría, y Maestre Alejandre, secretario de la embajada, los cuales juraron haber sido eleto canónicamente en concordia de todos los príncipes eletores.

Hecha la información, luego otro día, que fué a 21 de febrero, mandó el Papa juntar consistorio solemne de todos los cardinales, en el cual el cardenal de Ancona, como protector de España, presentando la dicha información, propuso la coronación del Emperador, y hizo una oración, diciendo las causas justas que había para otorgarla. Votaron luego todos, y quedó así concluido y proveído que otro día siguiente, martes, recibiese la segunda corona, que había de tomar en la capilla del palacio apostólico, y que el jueves adelante se le diese la de Emperador de romanos en la iglesia de Santo Petronio.

Llegado el día, que fué de la Cátedra de San Pedro, vinieron a palacio todos cuantos grandes señores y embajadores había en Bolonia, con los perlados españoles y de otras naciones. El Emperador salió de su aposento acompañado de todos ellos para ir a la capilla donde había de recibir la corona. Iba delante de él el marqués de Astorga con el cetro imperial, al cual siguía don Diego Pacheco, marqués de Villena, con el estoque, y luego Alejandro de Médicis, sobrino del Papa, que se llamaba duque de Pina, que después lo fué de Florencia, con el mundo o globo de él en las manos, y después Bonifacio, marqués de Monferrat, con la corona que allí había de recibir de rey de Lombardía, y luego el Emperador entre dos cardenales diáconos, que vinieron a su aposento a lo llevar y acompañar.

Detrás de él iban los embajadores de los reinos y príncipes y otros hombres principales.

A la puerta de la capilla estaba el cardenal Runqueforto, que había de decir la misa y le había de ungir, vestido de pontifical, y acompañado de cuatro arzobispos y seis obispos, con sus mitras y capas.

Y entrando el Emperador en ella, y hecha oración, el obispo de Malta, chanciller de Alemaña, que con él venía, presentó al dicho cardenal Runqueforto un breve del Papa, en que le cometía le ungiese, y se leyó allí delante de todos.

Y estando el Emperador humillado ante el altar, después de algunas ceremonias y oraciones descubrió el hombro derecho, trayéndole el vestido acomodado para esto, y le ungió la espalda y lado derecho. Hecho esto le metieron en la sacristía, donde desnudándose el sayo y capa que traía, le vistieron una ropa de brocado larga hasta en pies, como sotana de clérigo, con mangas estrechas, y se la ciño, y encima un manto de brocado, pelo morado, con una capilla redonda, todo de la hechura de una capa de coro, aforrada esta capa en armiños; y vestido así, salió de la sacristía trayendo la falda el conde Nasau, su camarero mayor, y sentóse en el estrado, y algo apartado de él sentáronse en un banco los seis que habían traído las insignias, después de haberlas puesto sobre el altar.

A este tiempo, el Papa salió de su aposento y vino a la misma capilla, vestido con mitra y capa, como Sumo Pontífice, acompañado de todos los cardenales y otros perlados; y el Emperador le salió a recibir hasta la puerta de la capilla y le hizo grande acatamiento; y el Papa bajó la cabeza mucho, y en haciendo oración, el cardenal comenzó la confesión para decir misa, y dicha, el Papa se levantó y se fué a sentar en el estrado y silla que estaba aparejada para él, más cerca del altar que la del Emperador, y el Emperador se fué la suya; y procediendo por la misa, acabada de cantar la epístola, fueron traídas por cuatro obispos ante el Papa las insignias, las cuales los señores que las trujeron las habían puesto sobre el altar; el cual dijo sobre ellas ciertas oraciones, y las bendijo, y el Emperador se levantó de su asiento y, llevándolo los dos cardenales diáconos, se puso de rodillas delante del Papa. Y el Papa se levantó y después de decir ciertas oraciones, los bendijo, y dándole el cardenal Cibo el estoque desnudo, se le puso en la mano diestra el Emperador, diciendo otra oración; y luego lo tornó a tomar, y ayudándolo el cardenal, lo volvió a meter en la vaina y se tornó a poner de rodillas. Y luego el Papa tomó el cetro, y se lo puso en la mano diestra, y el mundo en la izquierda, con sus bendiciones y oraciones; y hecho esto, se puso la corona en la cabeza y acabado así de coronar, el Emperador se levantó, y hecha al Papa una gran reverencia, se volvió a su estrado, llevándolo en medio los dos cardenales.

Y el Papa comenzó luego a cantar el Te Deum laudamus, y hasta que se acabó estuvieron ambos en pie, y en este tiempo se disparó mucha artillería y se hizo grande estruendo de trompetas y todo género de música.

Y cesando esto, el cardenal procedió por su misa; y llegando al ofertorio, el Emperador se levantó, y dándole las insignias a los caballeros que las habían traído, y acercándose al altar, ofreció al celebrante ciertas monedas que le fueron allí traídas para ello, y ofrecido, se volvió a su estrado y tornó a tomar sus insignias; y cuando ya querían alzar, hizo seña al marqués de Monferrat, y a los demás, que le quitasen la corona y las otras insignias, y puesto de rodillas, estuvo así sin ellas con mucha devoción, hasta que acabaron de consumir.

En el cual espacio, al tiempo de la paz tornó a ir al altar y dió paz en el rostro al cardenal, y de allí vino al Papa, y hizo lo mismo, y después de haber consumido, recibió el Santísimo Sacramento de mano del mesmo cardenal, guiado y acompañado de los dos cardenales.

Y acabada la misa, el Papa le dió su bendición, y tomando con su mano siniestra la diestra del Emperador, se salieron juntos de la capilla, llevando el Emperador la corona en la cabeza, y llevándole la falda de la ropa el conde Nasau; e partiéndose en el camino, se fué cada uno a su aposento, y de esta manera se acabó la solenidad de este día.

En la tarde de él entró en Bolonia Francisco María de la Noya, y el duque de Milán, muy bien acompañado, para se hallar en la coronación y usar de su preeminencia, que era llevar el estoque como prefecto de Roma. Y el siguiente día, que fué miércoles, se gastó en acabar de poner en orden todas las cosas necesarias para la coronación principal, que había de ser el jueves.

Y este miércoles vino a Bolonia el duque de Saboya, vicario del Imperio, casadocon hermana de la Emperatriz, por la cual razón y por la grandeza y antigüedad de su casa, el Emperador le mandó hacer gran recibimiento, y salieron a él todos los príncipes y caballeros españoles y italianos que en aquella corte estaban, y viniéndose a apear a palacio, el Emperador lo salió a recebir desde su cámara hasta la sala, y lo trató haciéndole mucha honra, alegre y humanamente. Y habiendo besado las manos al Emperador fué a besar el pie al Papa, y de allí se fué a su posada.

Y el mismo día vino a Bolonia uno de los duques de Baviera por la posta, y asimismo llegó el obispo de Trento, embajador del rey de Hungría, al cual también se hizo recibimiento. Y vinieron otras muchas gentes de las comarcas por ver y se hallar en esta coronación de Emperador, porque había grande tiempo que no se había visto otra en Italia, desde que fué coronado en Roma Federico, bisabuelo suyo.

El duque de Ferrara no vino a ella por las diferencias que traía con el Papa sobre las ciudades de Módena y Rezo; y el de Mantua por no concurrir con el marqués de Monferrat, con el cual traía pleito y contienda; y el duque de Saboya por estar enfermo no se pudo hallar presente a la una ni a la otra, aunque, como dije, había venido y estaba en la ciudad.

[Segunda coronación.] -Los españoles se señalan en las libreas. -Quiébrase el pasadizo por donde iba el Emperador.

Venido el jueves 24 de hebrero, día de Santo Matías, el cual, como tengo dicho, estaba señalado para la imperial y augusta coronación, el pasadizo que dije haberse hecho desde el templo de San Petronio a palacio, amaneció todo cubierto de ramos de laurel y de hiedra, que no se parecía tabla de él, y por una parte y otra puestos muchos escudos de armas del Emperador y del Papa. Los tablados que dentro de la iglesia se habían hecho, todos aderezados y cubiertos de doseles de brocados y de seda, y de la misma manera toda la plaza en torno, y las ventanas de ella, en las cuales estaban infinitas damas y señoras de la ciudad y de la comarca que eran venidas a ver esta solenidad, y las fiestas que antes y después de ella se hicieron.

Toda la ciudad estaba casi en la misma forma; y por las puertas y ventanas había diversas divisas y invenciones, pinturas e imágines de las vitorias del Emperador, de sus reinos y señoríos y de las tierras y mares descubiertos por su mandado. Finalmente, los hombres y los edificios todos estaban de fiesta y de placer, y la representaban y mostraban lo posible.

Y luego como amaneció, vino a la plaza la más de la infantería española y alemana, y todos los soldados, armados y muy galanes. Y Antonio de Leyva, trayéndolo en hombros sus soldados, se puso a un lado de la plaza, y ansí se estuvieron lo más del día haciendo la guarda.

Y para regocijo de la gente, por las bocas de dos leones, que se pusieron en la pared que dije, manaron dos fuentes de vino blanco fino, y por el pecho del águila otra de tinto, que duraron todo el día; y de la ventana de palacio nunca hicieron sino echar al pueblo pan en diversas hechuras de rosas y tortas, y todos géneros de frutas, peras y nueces, y asimismo confituras de todas maneras; y a un cantón de la plaza, por ceremonia, se asó un buey entero con cierto artificio lleno de cabritos y conejos y otras salvajinas.

Puestas, pues, estas cosas muy en orden, bien de mañana acudieron al palacio del Papa y Emperador todos los cardenales y los otros perlados, con el mayor y mejor acompañamiento que pudieron; y ansimismo todos los príncipes y caballeros seglares de todas naciones, los más ricamente vestidos de brocados de oro y plata, y telas finas, y recamados de oro y piedras y perlas, que jamás se vió riqueza semejante, galanes y costosas las libreas a sus criados y servidores, en lo cual, a juicio de todos, los caballeros españoles se señalaron y aventajaron más.

Y siendo ya hora de ir al templo, el Papa salió primero vestido de pontifical, llevándolo en hombros debajo de un paño de brocado, acompañado de cincuenta y tres obispos y arzobispos, y de todo el colegio de los cardenales, todos con muy ricas capas y mitras, y de la grande multitud de oficiales y magistrados romanos y de Bolonia.

Y caminando por el dicho pasadizo hasta llegar al altar mayor de la iglesia, apeándose de la silla y hombros en que venía, hizo su oración y se sentó en una silla y estrado que junto al altar mayor estaba aderezado para él, y se comenzaron las horas; y en tanto, que se decían y el Papa se vestía para decir la misa, volvieron a palacio dos cardenales de los más antiguos a acompañar y venir con el Emperador, el cual salió con la corona puesta que el martes había recebido, y vestido de la misma forma, acompañado de todos los príncipes y caballeros que para este efeto habían allí venido, delante de él las insignias imperiales; en la delantera venía el marqués de Monferrat con el cetro, y luego el duque de Urbina con el estoque; detrás de él el de Baviera con el mundo, y al cabo el más cercano del Emperador, el duque de Saboya, con la corona imperial que entonces había de recibir. Y todos estos duques venían casi vestidos de una manera, con ropas o mantos largos a lo antiguo, sus bonetes ducales y coronales, con medias coronas de oro en ellos.

Y luego venía el Emperador en medio de los dos ya dichos cardenales, y el marqués de Cenete, que le llevaba 1a falda de la ropa.

Y caminando por el pasadizo, como el Papa había llegado a la capilla que dije haberse hecho sobre la puerta menos principal de la iglesia, a mano derecha, fué allí recibido en procesión, y entrando en ella, hizo cierta forma de juramento en mano del cardenal Salviati, de defender y amparar la Santa Iglesia Romana y la santa fe católica, y luego le fueron desnudadas las ropas reales que traía, y le vistieron una capa y roquete de canónigo de Santa María de Torres en Roma, y fué hecho canónigo de ella, como era antigua costumbre de los emperadores pasados en las ceremonias y oraciones ordinarias, para el cual efeto se había hecho allí la dicha capilla.

Acabada esta ceremonia, procedió por su camino, y acabando de entrar por la iglesia (a la puerta de la cual le salieron a recebir otros dos cardenales), acaeció una cosa que, aunque hizo poco daño, fué grande la alteración que causó. Y fué que, pasando el Emperador, se rompió y cayó un pedazo del pasadizo por donde iba. Cuando el Emperador oyó el golpe y el estruendo de la caída del sobrado, no hizo otra mudanza más de torcer con gravedad el rostro, y volver a mirar lo que era, y encoger un poco los hombros, como quien daba gracias a Dios por librarle de tan notorio peligro. En el cual cayeron algunos de las guardas y otras personas; fueron algunos mal heridos y descalabrados; pero fué Dios servido que no peligró persona de cuenta, sino un caballero flamenco que murió allí luego. El cual acaecimiento, algunos italianos inclinados a mirar en agüeros y abusiones, interpretaron que mostraba que nunca otro emperador sería coronado, y que esto significaba romperse y cortarse el pasadizo habiendo ya pasado el Emperador, pues era cortar el paso a los que quedaban atrás.

Sosegado el rumor y alteración del pueblo, el Emperador llegó a la otra capilla que se había edificado a la mano siniestra, que era lugarteniente de la capilla de San Gregorio de San Pedro de Roma, como arriba dije, en la cual le desnudaron el roquete y ropa de canónigo, le vistieron de diácono con el dalmática y manípulos, con otras ceremonias, y encima la capa imperial riquísimamente guarnecida.

Y hecho esto, pasó adelante por el grande tablado del altar mayor; y entrando en él por un lado y acabada su oración, se puso de pechos sobre un estrado que allí cerca estaba. Y estando así le cantaron la letanía, la cual acabada, le llevaron los cardenales que siempre le acompañaron, a una capilla que a la mano izquierda del altar mayor estaba, y representaba la de San Mauricio, de San Pedro en Roma, en la cual el cardenal Frenesio (que después fué Sumo Pontífice) por comisión del Papa lo ungió en la espalda y hombro derecho con óleo santo, de la manera que el martes había sido ungido.

Y acabado esto, y vestido de capa imperial, le tornaron a sacar al altar los dichos cardenales, y hecha su reverencia al Papa, que estaba vestido para decir la misa, se fué a hincar de rodillas en un sitial que le tenían aderezado, donde hizo su oración. Y luego el Papa se levantó de su silla y fué al altar con los cardenales que le asistían; comenzando la misa, dijo la confesión Y se comenzó a cantar y entonar el introito, y después incensó el altar.

Pasado este tiempo, el Emperador se levantó, y guiado por los cardenales subió al altar, y dió paz en el rostro el Papa, y ansimismo besó el palio que tenía puesto en los hombros sobre el pontifical. Y luego ambos se bajaron, y el Papa se sentó en la silla que tenía puesta en el altar, y el Emperador en su sitial, que estaba a la mano derecha del altar.

Y los príncipes que llevaban las insignias se fueron con ellas al altar y las dieron por su orden al uno de los cardenales, el cual las puso sobre él, y ellos se volvieron y se sentaron en un banco que estaba atrás, desviado algo del estrado, y luego trujeron de un aparador que allí estaba armado al cantón de la tribuna aguamanos al Papa, la cual trajo el embajador de Venecia.

Y prosiguiéndose la misa, dicha ya la epístola, la cual cantaron dos cardenales, el uno en lengua latina y el otro en griego, conforme a la costumbre que se tiene cuando el Papa dice la misa, y de ahí a poco, el Emperador se levantó, y lo llevaron adonde el Papa estaba, y en una almohada se puso de rodillas ante él.

Y estando así, un obispo fué al altar y trajo el estoque o espada, y dióla al diácono cardenal que asistía a la misa, de cuya mano el Papa la tomó, sacada de la vaina, y lo bendijo, y lo dió al Emperador, diciéndole en latín estas palabras: «Recibe el cuchillo, don santo de Dios, con el cual venzas y quebrantes los enemigos del pueblo del Dios de Israel.»

Y dichas estas palabras, el diácono tornó a tomar el estoque y púsolo en la vaina, y lo tornó a dar al Papa, el cual, ayudando los dos cardenales, lo ciñó al Emperador; y él entonces se levantó en pie y lo desnudó, y hizo con él tres levadas con muy lindo aire y gracia, volviendo en cada una de ellas el filo del estoque hacia tierra; y hecho esto, lo tornó a poner en su vaina y a hincarse de rodillas, y luego el Papa le puso por su mano las otras insignias por el orden como fueron allí traídas, diciendo con cada una de ellas una oración al propósito como al estoque.

Y acabándole de poner la corona imperial, que fué la postrera, el Emperador se humilló a besar el pie al Papa, y luego se levantó y se fué, así coronado, a sentar a su silla imperial.

Y a este tiempo dispararon mucha artillería en la plaza y en las puertas de la iglesia, y tocaron infinitos instrumentos, y el pueblo comenzó a apellidar «Imperio, Imperio, España, España», de lo cual se formó un tan gran ruido y sonido, que parecía que todo el templo y la tierra se hundía, y que bastó a derribar algunos de los tablados altos de la iglesia.

Y acabado de asegurar esto, la misa procedió, y se dijo el Evangelio también en ambas lenguas latina y griega por dos diáconos cardenales, y luego el Papa se fué al altar prosiguiendo su misa; y llegando al ofertorio, el Emperador se levantó, y quitada la corona y las insignias, subió al altar y ofreció una bolsa con ciertas monedas de oro, y después sirvió al Papa de darle la patena con la hostia, y luego el agua y vino para hacer el cáliz, con muy buena gracia y desenvoltura; y el embajador del rey de Hungría trajo el aguamanos al Papa, y el Emperador, acompañado siempre de dos cardenales y del maestro de las ceremonias, se volvió a su estrado, donde estuvo de rodillas hasta que, habiendo ya alzado y dicho el Pater noster y los Agnus, tornó a ir al altar y dió paz en el rostro y en el pecho al Papa, el cual, antes de consumir, dejó el Santo Sacramento en el altar a los cardenales, y se fué a su estrado, y el Emperador al suyo; y hincando ambos las rodillas, adoraron al Santo Sacramento que en el altar quedaba; y entonces el cardenal subdiácono tomó el Sacramento del altar en la patena en dos formas, una grande y otra pequeña, y dió una vuelta con él de cara al pueblo, y entrególo al diácono cardenal, y él tomó el cáliz con la sangre, y fueron a do el Papa estaba, a que consumiese; y el Papa tomó la patena en las manos, ayudado de ambos cardenales, y dividiendo la forma mayor, consumió una parte de ella y la sangre del santo cáliz, que también le fué allí traída. Y habiendo consumido, comulgó a ambos cardenales con las partículas que había hecho, y después llegó el Emperador y comulgóle con la forma pequeña.

Lo cual acabado, el Emperador fué traído a su silla y tornó a tomar todas sus insignias, donde estuvo hasta que la misa se acabó, y el Papa echó la bendición y concedió indulgencia.

Y entonces al Papa le quitaron la capa y mitra, y tornó a tomar su tiara y capa más liviana, y lo mismo hicieron todos los cardenales y perlados que estaban con capas, y luego comenzaron a caminar por donde había venido, llevando el Emperador al Papa a la mano derecha, yendo ambos a dos debajo de un palio hasta haber salido de la iglesia a la plaza, para lo cual estaba hecha una bajada ancha desde el pasadizo, con sus gradas, por donde todos bajaron a ella, porque la vuelta había de ser a caballo.

Y habiendo bajado las gradas, el Papa se puso en un caballo turco que allí tenía, y el Emperador, al ponerse en él, en señal de humildad y obediencia, llegó a hacer muestra de tener el estribo, y 1uego lo tomó de la rienda y anduvo dos o tres pasos con él; pero el Papa no le permitió pasar adelante.

Y el Emperador, dando las insignias a los príncipes que las traían, quedando con solo la corona, subió en un grande caballo riquísimamente aderezado, ayudándole el duque de Urbino, y púsose al lado izquierdo del Papa, y fueron ambos debajo de un grande y rico palio que llevaban los principales gentiles hombres boloneses con muy grande trabajo y pompa.

Y en la forma y orden como caminaron fué ésta. En la delantera iban los familiares y criados de los cardenales, y otros prelados, y de todos los príncipes y señores seglares, puestos muy en orden, en hermosos caballos ricamente aderezados, y tras éstos seguían los de la familia del Papa y casa del Emperador, vestidos de sedas y de telas de oro de sus colores y divisas, y luego venían los cuarenta tribunos o regidores de la ciudad de Bolonia, y todos los doctores de los colegios, y el gobernador, y los otros oficiales con su guarda ordinaria, y el gonfaloner de la justicia, armado a caballo, que llevaba el estandarte de Bolonia, que era una hermosa cuadrilla. Luego los estandartes del Papa y del Emperador; el de la ciudad de Roma llevaba el conde Julio Cesarino; el del Papa el conde Rudollico y Rundón; el de la águila imperial llevaba don Juan Manrique, hijo mayor del marqués de Aguilar, y el de las armas reales, monsieur de Lautreque, camarero del Emperador; y estos caballeros y sus caballos iban extremadamente aderezados y armados, y con grande copia de lacayos y hermosas y diversas libreas. Y aquí iban luego grande copia de trompetas y menestriles, y todo género de instrumento, de lo cual aquel día hubo una gran multitud en todas partes. Tras éstos iban las cuatro hacaneas blancas del Papa, muy bien aderezadas, que llevaban de diestro cuatro palafreneros, y luego cuatro camareros del Papa, que llevaban cuatro capelos en sendos bastones. A éstos seguía el colegio de los abogados consistoriales de Roma, y el de los cubicularios y los acólitos, clérigos de la cámara del Papa y los auditores de la Rota, y luego los subdiáconos del número con la cruz del Papa, de ellos a mulas, de ellos a caballo, diferenciados en los vestidos y hechuras de ellos; y luego traían el Santísimo Sacramento y cuerpo de Jesucristo, como los Papas lo acostumbran hacer cuando caminan.

Iba delante un subdiácono en una mula con una gran lanterna de cristal, una vela encendida en ella, y otro en otra con la cruz del Papa, y luego una hacanea debajo de un rico palio de brocado con guarnición y gualdrapa de lo mismo, y al cuello una campanilla, y cercada de ocho o diez palafreneros, uno de los cuales la llevaba de diestro, y en la silla iba encajada una pequeña arca o custodia, cubierta ansimismo de brocado, en que iba el Santísimo Sacramento, y delante doce gentiles hombres con doce hachas de cera blanca encendidas.

Venían luego todos los caballeros principales de todas naciones, duques, condes, marqueses, barones, gobernadores, capitanes, hijos y hermanos de ellos, donde venía toda la riqueza del mundo, de los aderezos de sus personas y caballos, de oro y de plata, de piedras y perlas, brocados y telas de oro, y recamados, y bien poco menor la de sus pajes y lacayos.

Tras ellos iban los ballesteros de maza, y los reyes de armas del Emperador, y también del rey de Francia y del de Ingalaterra, y del duque de Saboya, que por la pretensión del reino de Jerusalén lo puede traer; de cada uno, uno, con las cotas y armas de sus reyes. Y unos del Emperador iban derramando monedas de oro, que para aquel efeto había labrado entonces, las cuales en la una tenía su rostro y imagen, con la letra alrededor, que decía en latín: Carolus Quintus, imperator. Y de la otra, las dos colunas de su divisa con su letra de Plus Ultra, y el número de mil quinientos treinta, que denotaba el año.

Luego venían todos los cardenales, de dos en dos, con muy grande pompa y suntuosidad, y grande multitud de palafreneros.

Luego seguían los príncipes que llevaban las divisas, que son los ya dichos, por la orden que habían venido, salvo que el duque de Saboya, que había de traer la corona, no la llevaba, porque la traía el Emperador en la cabeza, el cual y el Papa iban juntos, como tengo dicho, ambos debajo de un palio.

Al Papa cercaban a pie sus palafreneros, y delante del Emperador, en el lugar de los suyos, le acompañaron a pie treinta caballeros mancebos españoles, hijos y hermanos de señores, todos muy ricamente vestidos.

Tras el Papa y el Emperador iban los embajadores de los reyes y príncipes, y los otros perlados que no eran cardenales, patriarcas, arzobispos, obispos y protonotarios, y tras de ellos cuatro estandartes, y cuatro compañías de hombres de armas del Emperador.

Y en esta forma de triunfo fueron juntos por algunas de las más principales calles de la ciudad, las cuales todas estaban maravillosamente entoldadas y aderezadas, y con tanta gente, que con harto trabajo se podía caminar por ellas.

Y llegando después a una plaza, adonde se apartaba una calle para ir al monasterio de Santo Domingo, que aquel día era lugarteniente de San Juan de Latrán en Roma, adonde el Emperador había de ir después de coronado, conforme a la ceremonia y costumbre antigua, el Papa con su mitra, y los cardenales con el Santo Sacramento, y muchos de los perlados y cortesanos romanos, tomaron por la otra calle que volvía a su palacio, y todo lo restante de lo ya dicho, la vía de Santo Domingo. Y llegando a la división de las calles, el Papa siguió su camino, y el Emperador el suyo, haciéndose primero grande acatamiento, bajando sus cabezas.

Esperaban, a la boca de la calle, al Emperador con otro palio de rico brocado, debajo del cual fué su camino; y llegando a Santo Domingo, fué recebido en procesión de los canónigos de San Juan de Latrán, que para ello eran allí venidos de Roma; y llegando al altar mayor, fué ansimismo recibido por canónigo, con las solenidades y ceremonias ordinarias. Y hecho esto, y habiendo armado caballeros a muchos de los gentileshombres de todas naciones, por la mesma orden que había venido se tornó a palacio, donde le hicieron salva con grande copia de artillería y arcabucería de los soldados que en la plaza estaban, y subió a su aposento, y se retrajo a una pieza, y mudando la ropa imperial y pesada que traía, se vistió otra muy rica, y salió a una grande sala, en la cual sobre un estrado estaba puesta una mesa, y otra bajo de él, y el Emperador se sentó a comer en la mesa del estrado, y los príncipes que habían traído las insignias comieron en la baja, donde se hizo el servicio. Y fué la comida conforme a todo lo demás.

Y de esta manera se hizo y solemnizó este día la coronación del Emperador Carlos V, y en el día ya dicho, habiendo grande tiempo que otra no se había visto, que fué desde que en Roma fué coronado por el papa Eugenio el emperador Federico, su bisabuelo, en el año del Señor de 1442. Y la noche siguiente, y otros días que en Bolonia estuvo, hubo muchas justas, máscaras y diversos géneros de fiestas.

Lo que el Emperador hizo en Italia después de su coronación.

Habiendo el César, con tanta autoridad y reputación, alcanzado la corona del Imperio en la manera dicha, que tan temida y estorbada había sido por el rey de Francia y venecianos, y por otros potentados de Italia, y por el rnesmo Papa, que vino a dársela como se ha visto, ninguna cosa acometió ni intentó de aquellas que habían temido y recelado, antes manteniendo en sus estados y dignidades a todos, en los pocos días que después estuvo en Bolonia procuró asentar más la paz y sosiego en Italia, juntamente con dar orden de su partida para Alemaña, con deseo de poner algún remedio, si fuese posible, en las cosas de la fe y religión, contra los errores luteranos y en la defensa contra los turcos.

Túvose por contento de los venecianos con la restitución que le hicieron de las tierras de la Pulla, y sin pedirles otra cosa de las que tenían ocupadas, mandó enteramente guardar la paz con ellos, y envió por su embajador de aquella Señoría a un caballero llamado don Rodrigo, natural de la ciudad de Toledo, y dió orden ansimismo cómo el duque de Milán fuese luego restituído en su Estado, y así se hizo, para cuya seguridad mandó quedar con alguna gente en Lombardía a Antonio de Leyva, al cual hizo merced de la ciudad de Monza, y de otras tierras en Lombardía, y le hizo otras muchas mercedes, honrándole con títulos y dignidades y conforme al asiento que con él se había tomado.

Puso por alcaide en la fortaleza de Milán a Juan de Mercado, maestre de campo y caballero español; y a don Lorenzo Manuel por gobernador en la ciudad de Como. A Sena mandó ir a don Lope de Acuña, con alguna gente, para tener en sosiego aquella república, por causa de los bandos y disensiones que había en ella.

Ocupóse también en dar algún medio y concierto entre el Papa y Alonso de Este, duque de Ferrara, así sobre las ciudades de Módena y Rezo (que como tengo dicho había tornado el papa Julio, pretendiendo ser de la Iglesia, y él las había comprado en los tiempos pasados) como lo demás de su Estado y ciudad de Ferrara, la cual en tiempos antiguos había sido poseída y gobernada por los Sumos Pontífices y sus pasados del duque la habían ocupado, y después poseído como vicarios y feudatarios de la Iglesia.

Y después de muchos tratos del Papa y del duque, comprometieron su justicia y diferencia en manos del Emperador, y prometieron de estar por su parecer y sentencia. Y el duque de Ferrara vino allí a Bolonia a besar el pie al Papa, y quedó por entonces en su gracia, y para seguridad y firmeza de este compromiso, y que cumplirían lo que fuese sentenciado, el duque entregó al Emperador la ciudad de Módena, y el Emperador envió allá un caballero llamado Pedro Zapata, natural de la villa de Madrid, con gente de guarnición. Y después, el año siguiente, dió cierta sentencia en este caso, como se dirá en su lugar.

Y en lo tocante a la amistad Y concierto con el Papa, el Emperador estuvo firme y constante sin faltar un punto, si bien en el cumplimiento de la promesa mandó sostener el cerco sobre Florencia en su nombre, teniendo sobre ella su gente y capitanes, como se dirá adelante; el marqués del Vasto y don Hernando de Gonzaga en la una parte, y el príncipe de Orange, capitán general, de la otra. Y los florentines le ofrecieron muchas veces de le servir con más de quinientos mil ducados, y le daban la obediencia y guarda, por que mandase alzar sus gentes de sobre ellos; mas el Emperador, por cumplir su palabra, jamás lo quiso hacer, aunque no faltaron pareceres que lo podía y debía hacer; y otros murmuraron de ello, y tuvieron por demasiado rigor el del Papa y suyo en apretar tanto aquella república, que viniese a perder su libertad; pero es la verdad que los desacatos y delitos que contra el Papa y todos los de su sangre hicieron, fueron tantos, que a muchos hombres de buen juicio y rectitud les pareció que merecieron bien el castigo que se les dió, como aquí se dirá, y la guerra cruel que contra ellos se hizo.

Mal que Barbarroja hizo en la Cristiandad. -Barbarroja contra el Peñón. -Piérdese el Peñón.

No es posible contar las cosas todas juntas, si no se corta el hilo que llevan, ni los sucesos pueden venir tan medidos en un año, que en el siguiente se entre con otros nuevos. Algunas cosas he dicho que son del año de 1529, y entrado he con ellas en el de 1530, dejando otras, porque no he tenido lugar de contarlas. Volviendo, pues, agora por ellas, para decirlas sucesivamente, sin que haya impedimento en la corriente del año, por no dejar coronación del Emperador comenzada.

Ya es llegado el tiempo en que Haradin Barbarroja (aquel cuyo vil nacimiento y bajos principios, con que llegó a ser rey de Argel, escribí en la primera parte desta obra) nos dará que decir de lo mucho que dió que llorar a la Cristiandad. Estando, pues, como le dejamos, de asiento en Argel, enviaba sus navíos a correr las costas del mar de España y sus islas. Tenía Barbarroja guerra con un hermano de Benalcadi, señor del Cuco, el cual se había hecho fuerte en una serrezuela, y de ella con mil y quinientos azagos, hombres diestros en armas, y con algunos escopeteros, se bajaba muchas veces a correr el campo y talar las tierras de Argel. Barbarroja, que no podía sufrir tal enemigo por vecino, fué contra él con la más gente que pudo, y entre ella muchos moriscos de Granada, Valencia y Aragón. Combatió la serrezuela y perdió en el combate cuatrocientos turcos y moriscos, y si su contrario le siguiera, él quedaba preso, y por ventura muerto.

No perdió por eso Barbarroja el corazón, ni tuvo pensamiento de dejar las armas, antes las empleó de veras contra los españoles, que guardaban el Peñón de Argel. El cual es un risco pegado casi a tierra, en que había un castillo fuerte. Guardábalo Martín de Vargas, natural de Madrid, con ciento y cincuenta españoles, valientes soldados, y que tenían el pie sobre el pescuezo a los de Argel.

Como tenía Barbarroja muchos turcos y algunos grandes cosarios, combatía el Peñón recio y a menudo. Martín de Vargas, temiendo de perderse por falta de gente, munición y comida, envió a pedir al Emperador (que a la sazón estaba en Barcelona de partida para su coronación) socorro, y le avisó cuán importante era el Peñón, contra tan poderoso enemigo como Haradin Barbarroja, tan vecino de España y que tantos cosarios amparaba. El Emperador se olvidó de aquello por los muchos y grandes negocios que trataba entonces, y aun por culpa de sus criados, de manera que ya cuando el mensajero volvió, y con tan mal despacho, no había pólvora en el Peñón, ni mucho que comer.

Barbarroja, viendo el poco fruto del cerco, movió partido a Martín de Vargas, no malo para en tanta estrechura y tan poca esperanza de socorro; porque le dejaba ir con sus armas, ropa y artillería, dando rehenes del seguro. Vargas respondió, con parecer de todos los soldados, que antes querían morir defendiendo aquella fuerza, pues se la entregaba su rey, que pasar afrenta por entregarla.

Oída por Barbarroja tal respuesta, desconfió de poder tornar el Peñón; pero como los españoles aflojaban de tirar, entendió ser por falta de pólvora y arreció el cerco, aunque él también tenía pocas pelotas. Mas un judío, que después se fué a vivir a Marsella, se las mostró a hacer de hierro, y le aconsejó que los combatiese de noche, y no de día. El, tomando aquel consejo, les combatía noches y días. Rodeó el Peñón con cuarenta y cinco navíos bien artillados y llenos de gente morisca y turquesca, en los cuales había ciertas galeras y algunas galeotas. Arremetió de hecho, batió y combatió tan furiosamente el Peñón y castillo, que lo tomó viernes a 21de mayo 1529 años.

Pelearon aquellos pocos españoles valentísimamente con cinco mil turcos desde la mañana hasta la noche. Mataron muchos de los enemigos, y ellos murieron todos, sino veinte y cinco, y aquellos quedaron vivos, y tan heridos, que casi no lo parecían, los cuales, y veinte mujeres, quedaron cautivos y maltratados.

Barbarroja mandó arrasar el castillo y hizo allí un jardín para recrearse y acordarse mejor de la vitoria, con lo cual cobró doblado nombre que hasta allí tenía entre alárabes y españoles.

Los moriscos de Valencia se quieren pasar a Berbería. -Cosarios por las costas de España. -Cautiverio y trabajos notables de Pedro Perandreo, caballero valenciano, y lo que hizo su hijo por rescatarlo.

Recogíanse muchos cosarios en Argel a sombra de Barbarroja, a quien todos reconocían, como a famoso en este oficio, el cual traía entonces grandes inteligencias con los moriscos de Valencia, para los pasar a Berbería con sus mujeres, hijos y haciendas, de suerte que despachó para esto a Hardin Cachadiablo con once fustas y galeotas, cuyos capitanes raeces, como ellos llaman, eran Solac, Saba, Magali, Tabac, Azán y Solimán, afamados ladrones y cosarios.

Cachadiablo corrió la mar tres meses, sin hallar en qué hacer mal, entretanto que se acercaba el tiempo que tenían puesto los moriscos. Púsose a esperar en Santa Pola que saliese de Denia, de Alicante o Cartagena algún navío, en que echar lance, y no se ofreciendo nada, dió proa de noche, víspera de San Lucas, en el río de Altea, donde con mucho secreto salió en tierra y sacó cien turcos en cada bandera, de seis que apeó, con los cuales y con hombres pláticos de allí que guiaban, llegó a Parcent aquella noche sin ser sentido.

Recogió los moros de aquel lugar con sus mujeres, hijos y ropa. Envió luego dos compañías a Murla, los cuales hicieron otro tanto, y cuando amaneció tenía de ambos lugares y de otros de por allí más de seiscientas personas y mucha ropa, que todos se llevaban cuanto podían.

Viendo que fué el día, combatió la casa de Pedro Perandreo, señor de Parcent, nueve horas, sin poderla ganar; porque Perandreo se la defendía maravillosamente con siete cristianos. Mas al cabo la ganó por aviso y industria de los vecinos vasallos del Perandreo, que viendo que ni por fuerza, ni fuego, ni otros ingenios la tomaba, le subieron al tejado, por donde luego la entró, saqueando cuanto halló a mano. Llevó cautivo a Perandreo y los otros siete, entrando esta vez los turcos más adentro que nunca en España habían entrado por tierra, porque hay tres grandes leguas desde Murla hasta el río de Altea, por donde entraron.

Envió contra ellos el conde de Oliva, don Serafín de Centellas, cuya es Murla, cosa de sesenta caballos, pensando que les podían quitar la presa, o a lo menos detenerlos, hasta que llegase más gente. Pero como sea la tierra muy áspera para caballos, principalmente por donde fueron los turcos, no hicieron cosa que importase algo.

Hardin Cachadiablo alzó banderas de paz luego que metió en sus galeras la presa y hombres sobredichos, y así se trató el rescate de Pedro Perandreo en once mil ducados; y mientras fueron por los dineros a Valencia, llegaron cuatro fustas de Argel a decir a Cachadiablo cómo Rodrigo de Portundo le andaba buscando, con la armada española; por eso, que se guardase de él, y con tanto se partió de allí sin rescatar a Pedro Perandreo, y le llevó a Argel, donde le tuvo Barbarroja por cautivo, aunque sin premio. De aquí se le siguieron grandes trabajos y gastos a él y a sus hijos y mujer, porque se rescató cuatro veces, sin ser rescatado alguna, por engaño de uno que fué a Argel a rescatarle, porque rescató a otros por codicia dejándole a él; bien que llevó su pago.

Estuvo en Argel Perandreo cinco o seis años en aquel cautiverio, y llevóle Barbarroja cuando se fué a Constantinopla, según después pareció. Su mujer Margarita de Roda, sintiendo mucho su cautiverio, envió a su hijo Pedro de Roda a la guerra de Túnez, a servir al Emperador y a procurar algún turco o moro, para darlo en trueque de su padre. Mas como no se pudo haber, procuró el mismo Pedro de Roda ir con crédito de mercaderes a Flandes y de allí a Venecia, a redimir a su padre o pasar a Constantinopla.

Hubo, pues, un salvoconduto de Barbarroja por medio de Jorge Corregia, mercader caudaloso, que residía en Constantinopla; con el cual, y con cédula de cambio, se fué a Ragusa, y aun iba determinado de quedar por el padre, cuando los dineros que llevaba de crédito no bastasen. Mas estando allí le aconsejó Marín de Zamami, caballero del hábito de Santiago, que no pasase a Constantinopla en aquel tiempo por las guerras que había entre venecianos y turcos, y porque Barbarroja venía con ochenta velas a estos mares con temor de la grande armada con que fué el Emperador a Argel; y así, hubo de invernar en Ragusa, y se volvió a Venecia, donde hubo cartas de Renata, duquesa de Ferrara, para el capitán Polín, embajador en la corte del Turco por el rey de Francia, y favor de don Diego Hurtado de Mendoza, embajador allí, sobre el rescate de su padre, que se concluyó en cinco mil ducados.

Pero aun este concierto no tuvo efeto, porque se vino Barbarroja a Tolón, y con él Polín. Fuélos a buscar, y tuvo cartas en Génova de Constantinopla, cómo era muerto su padre, y al otro día de Valencia, cómo era muerta su madre, de manera que se hubo de volver a Valencia.

Rodrigo de Portundo se pierde, año de 1529.

Rodrigo de Portundo, volviendo a España desde Génova, donde fué con el Emperador para guardar las costas de España, tuvo aviso cómo andaba Cachadiablo con once velas a robar y escandalizar todos estos mares. Tomó en Ibiza ciento y cincuenta hombres para reforzar ocho galeras, que las demás allí se quedaron, y fué a la Formentera, donde halló a Cachadiablo, que por tiempo contrario se había metido en el Despaldar, que llaman, y detenídose desde que salió del río de Altea, para ir derecho a Argel, como se lo mandaba Barbarroja. El cual, como vió las galeras de España, se dió por perdido.

Hizo arbolar las áncoras y echó a huir, porque estaba ya con miedo de Portundo, capitán esforzado y nuevo, y por muy embarazado con ropa de los moriscos, como lo descubrió Rodrigo de Portundo, hizo enarbolar las galeras, empavesarlas y armar la gente. Llamó los capitanes a la capitana, que fueron Domingo de Portundo, don Pedro de Robles, don Juan de Córdova, Juan Vizcaíno, Martín de Arén, Mateo Sánchez y Juan de Cisneros, que llevaba la galera de Tortosa. Animólos a pelear apocando los cosarios y las fustas, que como era de gran corazón no los temía, y como era soberbio y cabezudo, no consideraba el número.

Su hijo Domingo de Portundo, mancebo cuerdo y valiente, le amonestaba que no peleasen, contando quince fustas, cuatro más de las que pensaban. Airóse el padre entonces, diciéndole que no era su hijo, pues temía aquellas fustillas cobardemente, porque solo él con su galera los echaría a fondo.

Tras esto, porque no se fuesen, siguió los enemigos, a bogarrancada, y como algunas galeras no podían a tener con las suyas y las de su hijo, que bogaban mucho, detúvose a esperarlas un poco levantados los remos, aunque no todo lo que fué menester.

Viendo esto, caminó adelante con mucho enojo, y cuanto más se acercaba a los enemigos, tanto más se alejaba de los suyos, aventajándoseles con la galera de mejor aderezo. Llevaba en su flota algunas galeras nuevas de aquel año, y tenían buena parte de la chusma de los gascones y otros franceses, que mandó el Emperador, yendo de Barcelona para Italia, prender y echar a galeras, porque había también echado al remo muchos españoles el rey de Francia, de suerte que andaban poco y malo, y causaron la perdición de todas las galeras.

Hardin Cachadiablo animó los capitanes, ajuntando sus galeras luego que conoció la desorden de las galeras de Portundo, y les certificó la vitoria, si peleasen como valientes cosarios. Ordenó que pues eran doblados, que los contrarios diesen en cada galera, ya que todas ocho peleasen juntas, una galeota de cara, y un bergatín de lado. Y si todas no peleasen por quedar rezagadas, que embistiesen tres en una.

Arremetieron, pues, los cosarios con grande alarido. Azán y Solimán encontraron con la galera de Portundo, uno por proa y otro por lado, y por más que procuraron valerosamente defenderse, se comenzó a entrar de los bárbaros, y aunque con sangre y daño, la vencieron y ganaron antes que fuese ni pudiese ser socorrida, por quedar las demás rezagadas.

Portundo, con la lástima de los suyos, fué despedazado a la vista de su hijo, que, como prudente capitán, le había aconsejado lo contrario. Derribaron el estandarte imperial para desmayar a los enemigos y alegrar a los suyos. Cachadiablo peleó con Juan Vizcaíno y matólo con otros muchos, ayudándole otros bergantines. Salac, con su galeota y otras fustas, tomó la galera de Tortosa y luego la de Domingo de Portundo, matando casi todos los armasdos, que se defendieron mucho, salvo al capitán Portundo, que fué herido y preso. Saba combatió con Mateo Sánchez, y lo venció y mató, apoderándose de su galera. Mengali, con otros, siguió las tres que huían viendo el pendón real caído, y perdidas la capitana y la de Juan Vizcaíno. Alcanzó Mengali la de don Juan de Córdova, que dió en unas peñas, y cogióla.

Escapáronse de aquella perdición la de don Pedro de Robles y la de Martín Arén.

De esta manera venció Cachadiablo, que al principio huía, a Rodrigo de Portundo, que lo tenía en poco, a 25 de octubre de veinte y nueve. Fué gran pérdida ésta para las costas de España, porque las corrían cada día los de Argel sin temor alguno; y el Emperador lo sintió, y dió las galeras de España a don Alvaro Bazán, padre del famoso marqués de Santa Cruz.

Holgóse mucho Barbarroja de esta vitoria, no habiendo muerto en ella más de veinte turcos, habiendo peleado con españoles, y porque tenía más en su flota dos galeras y un bergantín, con las galeotas, tiros y armas que habían menester, y por quedar sin galeras España, donde pensaba cargar la mano. Holgóse con la riqueza y reputación que ganaba entre los mismos españoles y entre los demás cristianos de Europa, y entre los moros y alárabes, con quienes andaban en guerra. Los cosarios le reverenciaban más que nunca, y porque el gran Turco también le conociese por medio de aquella vitoria y le favoreciese en todos sus pensamientos, le envió un presente, más hermoso que rico, de ropa morisca y seda, que le dieron moros renegados de Aragón, Valencia y Granada; algunos muchachos y mancebos cristianos y algunas niñas; de la cubierta de popa de la galera de Portundo, que era obra costosa y vistosa, y que se hizo pensando que pasara el Emperador en ella a Italia, sino que pasó en la de Andrea Doria, por mostrar que se confiaba de él.

Envióle con estas y otras muchas cosas el estandarte imperial, que lo estimaba tanto como toda la presa.

Solimán alabó mucho a Barbarroja y la vitoria que hubo tan a propósito para el buen suceso de sus pretensiones y de lo mucho que deseaba hacer un buen golpe en España.

Esta pérdida de Portundo escribió la Emperatriz al condestable de Castilla, y la soberbia que por ella tenían los berberiscos, y que el rey de Tremecén se había puesto en armas no quiriendo paz con Castilla, y que se apercibía para ir contra Orán, y tenían pensamientos de echar los españoles de toda Africa y robar las costas de España, y que el Emperador era pasado en Alemaña a resistir al Turco, que estaba sobre Viena, con más de cuatrocientos mil combatientes, y amenazaba a toda la Cristiandad, y que había hecho en aquellas partes tantas crueldades y males, que era lástima decirlas.

Estas y otras cosas llora la santa Emperatriz en esta carta: la pérdida de Portundo, con seis galeras, por el mal orden que tuvo en pelear. Escribióla estando Su Majestad en Madrid, a 13 de diciembre año mil y quinientos veinte y nueve.

Sinán, judío cosario, compañero de Barbarroja. -Andrea Doria va contra Alí, cosario. -Mala suerte de Andrea Doria. -Crueldad de Barbarroja contra españoles. -Valerosa muerte del capitán Martín de Vargas.

Tenía propósito Barbarroja de hacerse señor del mar, desde Gibraltar a Sicilia, escribiendo para ello a Sinán, judío que le faltaba, para que dejase los Gelves y se viniese con él, donde entraría a la parte que le importaría harto más, pues juntándose los dos en un cuerpo, harían muy grandes lances.

Era Sinán de Synirne tuerto de un ojo y judío conocido por renombre y no por linaje; manso con los esclavos, piadoso con los enfermos, templado en los vicios, firme en el consejo, astrólogo y grande hombre de mar, así para las alturas como para las derrotas; era, en fin, el mejor cosario de su tiempo, si tuviera la dicha que Barbarroja; y así, le escogió después el gran Turco por capitán para contra los portugueses en el mar Bermejo y en la India.

Sinán se holgó mucho con la amistad de Barbarroja, aceptando el partido que se le ofreció, y así se vino a Argel con dos galeras y veinte y cuatro galeotas y fustas, aunque otros cuentan menos.

Vino también otro cosario de Túnez llamado Alí Caramán, a ruego de Sinán judío, con cuatro galeotas y dos galeras que tomara cerca de Ostia, viniendo de Nápoles a Florencia, con pelotas y pólvora, para el príncipe de Orange, que la tenía cercada, una de las cuales se llamaba Sevillana. Vinieron también otros cosarios menores, que después ganaron fama.

Barbarroja, como también la deseaba, se holgó mucho con tantos cosarios, nacidos como él para hacer mal. Festejóles mucho, y juntando hasta sesenta navíos, diez galeras, las demás galeotas, se puso a punto para hacer un buen salto, y como se vió tan poderoso, los dió a entender que tomarían a Cádiz si fuesen sobre ella.

Y aunque se les hacía muy de mal pasar el estrecho de Gibraltar, le prometieron de acompañarle en la demanda. Todos se apercibieron de cuanto habían menester para la empresa. Enviaron a Alí Caramán con veinte y cinco velas a Sargel, por bizcocho, y por otros pertrechos de guerra.

Andando en esto, salió Andrea Doria por mandado del Emperador en busca de Barbarroja, a vengar la de Portundo, con treinta y ocho galeras, y entre ellas las de Francia, que ya el rey Francisco estaba amigo del Emperador, aunque se sospechaba otra cosa, perdonando a Andrea Doria, el cual supo en Mallorca que Barbarroja tenía sesenta bajeles de remo bien aderezados, aunque la mitad de ellos en Argel y la otra mitad en Sargel.

Partióse luego para Sargel, por ser menos galeotas que tenía Alí, y porque Barbarroja, Cachadiablo y otros, estaban en la otra parte.

Pensaron las atalayas de Sargel, luego que descubrieron la flota de España, que eran los de Argel, y así se descuidaron. Mas viendo que era Andrea Doria, quitó de presto Alí los hierros a los cristianos galeotes, que serían más de ochocientos, y metiólos en mazmorras y cuevas, pensando escaparlos, ya que otra cosa no pudiese, porque valían mucho dinero. Barrenó algunos navíos porque no se los llevasen, echó fuera del lugar todos los vecinos, para que llamasen quien les socorriese de presto, y él se metió con sus turcos en el alcázar.

Entró en el puerto Andrea Doria sin golpe de artillería. Apoderóse del pueblo y envió tres compañías de soldados nuevos italianos con Jorge Palavecino a sacar los cautivos, que luego supo de ellos. Trajeron los cautivos a las galeras, y dándose a saquear a Sargel y a las aldeas con algún desorden, salió Alí con sus turcos sobre ellos, y muchos alárabes de pie y de caballo, que les desconcertaron muy mal y les degollaron muchos, sin poderles valer las galeras, aunque se acogieron a ellas. Quedó preso el Palavecín con más de sesenta, y murieron cosa de cuatrocientos, tornándose Andrea Doria sin tentar el alcázar, con todos los cautivos, dos galeras y seis o siete fustas, corriendo ya el año de 30.

Supo luego Barbarroja este negocio y sintiólo de manera -por ver perdida la empresa de Cádiz y por la pérdida de los navíos-, que pensando vengarse de Andrea Doria, envió a correr la costa de Génova, no hizo otro daño más que coger dos naos ginovesas. Fuése a reparar la cerca de Argel y la fortaleza, oyendo de muchos que quería ir allá la armada del Emperador, y como quedó lastimado de la perdida de Alí quiso vengarse en los cristianos españoles que tenía.

La crueldad se nota; que la muerte, de una manera o de otra, a todos les viene. Empaló a Domingo de Portundo, y acañavereó otros muchos. Atropelló algunos con caballos, manera de muerte tan cruel como nueva. Hacía para esto en el campo hoyos y metía los cristianos en ellos, dejándolos las cabezas y brazos fuera solamente. Echaba luego sobre ellos hombres de a caballo, que les atropellaban hasta despedazarlos.

Cortó las cabezas a diez y siete cautivos principales, porque supo de cierta conjuración -que trataban de matarle y alzarse con Argel-. Degollólos, aunque le importaban más de quince mil ducados de sus rescates. Descoyuntó el cuerpo a Martín de Vargas, valiente capitán, cortándole (por lo de Andrea Doria) cada miembro por su parte, y porque no se quiso tornar turco ni casarse con mora, haciéndole grandísimas mercedes si en cualquiera de estas cosas le daba gusto haciendo su voluntad.

Libro diez y nueve

Guerra de Florencia. -Justificación, en favor del Emperador cerca de la sucesión de Florencia, adelante más copiosa. -El maestre de campo Juan de Urbina muere.

Si bien la guerra que sujetó a Florencia, y de Señoría libre la puso en servidumbre y poder de un duque su ciudadano, no toque tanto a esta historia, y de ella las haya particulares y cumplidas, escritas por autores italianos de los mismos tiempos y dedicadas a los duques de Florencia, por haber hecho esta guerra el ejército imperial, en el cual eran los principales capitanes y soldados españoles, diré aquí, breve y sumariamente, los señalados hechos que en esta jornada hubo, lo cual comenzaron ejecutando con rigor las armas contra aquella miserable república los capitanes imperiales.

En fin del año pasado de 1529 quiso Paulo Jovio, obispo de Nochera, señalarse escribiendo esta historia, porque la dedicó a Cosme de Médicis; pero no pudo disimular la pasión que contra españoles tuvo; y con ella huye de la verdad y se engaña, diciendo que el Emperador sujetó esta Señoría por habérselo prometido al Papa cuando trató de pasar a recibir la corona del Imperio, que aunque hubiese en esto algún trato (como lo hubo), no era bastante, ni el César ofreciera tal, si no tuviera causas legítimas para poder oprimir a Florencia y forzalla a mudar regimiento, porque quedara dañada en tal caso la conciencia del César católico, que siempre procuró tener muy limpia.

Juntóse a esto la razón que tuvo para volver o la gobernación de Florencia en otra forma de la que hasta allí había habido, castigándolos por el rebelión que contra él los florentines habían tenido, no sólo para sacudir y echar de sí el yugo imperial, pero lo que más es, para enviar a Nápoles ejército que ayudase a ocupar las tierras patrimoniales, habiendo hecho, antes de esto, otras muchas gentilezas y desobediencias en ofensa del Imperio romano, desde el año de 21, en que comenzaron España y Francia a litigar sobre el ducado de Milán. Y está a cargo del señor del feudo proveer de la más conveniente manera de gobierno a los lugares feudatarios, como se hizo en Sena, año 1526, porque convenía así a la misma cosa feudal.

Y considerando todo, y la voluntad del Papa, y hecho sobre ello algunas consultas para seguridad de la conciencia, determinó el Emperador, sin embargo de los privilegios y libertades que de otros emperadores los florentines tenían, que Florencia, parte del feudo imperial, estuviese sujeta a un solo señor, cuanto al dominio útil, quedando el directo y lo que más él proveyese en el Imperio, y para esto mandó el Emperador que el príncipe de Orange, y con él el marqués del Vasto y Juan de Urbina y otros capitanes españoles, fuesen a sujetar a Florencia.

Era capitán principal de los florentines Malatesta Ballón, con Francisco Carduchi y otros diez; el príncipe de Orange quisiera ganar a Ballón, porque llevaba la orden del Papa, que en cuanto pudiese, excusase el rompimiento y rigor de las armas, y que la ciudad no fuese maltratada y de ninguna manera saqueada. Mas Ballón siempre estuvo firme en querer defender su ciudad hasta la muerte, como lo hizo. Aconsejaba a sus ciudadanos que procurasen echarla guerra lejos de sí, defendiendo los lugares apartados y embarazando en ellos a los imperiales, y para ello daba muchas razones, si bien no le valieron, porque Francisco Carduchi y los otros diez eran de contrario parecer.

El príncipe de Orange, ganando algunos lugares en la Umbría, puso su campo sobre Hispelo, que era del señorío de Malatesta Ballón; combatiólo, y los españoles dieron el asalto valerosamente, en el cual fueron rebatidos, y Juan de Urbina, famoso capitán, maestre de campo, herido de un arcabuzazo en el rostro, de lo cual murió dentro de pocos días. Y Hispelo se dió con condiciones, que no les fueron muy bien guardadas.

De Hispelo fué el príncipe contra la ciudad de Perusa, de allí quince millas; asentó su campo hacia la puente de San Juan, cerca del Tíber. Los perusanos habían muy bien mirado su negocio y Malatesta les había aconsejado que con honestas condiciones se rindiesen, por no ver destruida su ciudad; ellos lo hicieron así, y el príncipe los oyó de buena gana, y hechas las condiciones salió de ella Malatesta, y la ciudad se dió al Papa, y el príncipe tomó la posesión de ella y acabado con esto la guerra de la Umbría.

De aquí pasó a Cortona, que tenía buena guarnición, y si bien el marqués del Vasto los requirió con la paz, no le quisieron oír, y así la combatieron, y los españoles dieron el asalto, señalándose mucho, por quemar una puerta, los capitanes Alonso del Valle y Segura, que eran valentísimos. Y aunque deste asalto no se entró el lugar, quedaron tan espantados de las uñas de los españoles, que sin esperar al segundo se rindieron.

De la misma manera se tomo Arezo, y otros lugares se dieron sin esperar que les diese tiro, espantados de la fama del ejército imperial, recogiéndose toda la gente que había en ellos deguarnición a la ciudad de Florencia.

A 16 de septiembre, año de 1529, pónense los imperiales sobre Florencia. -Constancia de los florentines. -No quiso el Emperador, ni tampoco el Papa, que se saquease Florencia. -El número del ejército imperial. -Enemiga del Jovio con españoles.

Llegó, pues, el campo imperial a vista de Florencia, pasando con su gente por el valle alto de Arno, que es de las mejores tierras de Italia, en la cual no consintió el príncipe que se hiciese daño. Corrieron delante del ejército unas bandas de caballos españoles y albaneses, y bajaron por junto a la ribera del río Arno. Huían de ellas los labradores, como las ovejas de los lobos, y metiéronse tanto, que llegaron hasta los arrabales de Florencia, donde fué tan grande el miedo, que muchos ciudadanos salieron desatinados huyendo con sus mujeres y hijos; otros temblaban dentro de los muros, y hartos de los senadores y principales, se quisieran rendir, si bien Malatesta, como valiente capitán, los animaba.

Puso la gente de guerra en orden, fortificó los lugares flacos y asentó la artillería en los más convenientes; y entendiendo que los imperiales querían tomar un collado, que era perjudicial a la ciudad, procuró estorballo, aunque no salió con ello, muriendo porfiadamente sobre ganarlo muchos de unos y otros.

Finalmente, el príncipe ganó el más alto collado, llamado Giramonte, y con él otros, y los fortificó; y los florentines lo estaban ya tanto en la ciudad y muros, y en los ánimos, que aunque se veían solos y desamparados y contra sí príncipes tan poderosos, no les pesaba de haber comenzado la guerra, y tomado las armas con que pensaban defenderse. Ni el príncipe de Orange perdía la esperanza de ganar la ciudad, ni los soldados del saco; y es, sin duda, que si no se tuviera consideración a lo principal que Clemente pretendió de que no se diese a saco Florencia (lo cual el príncipe guardó también, porque sabía que lo quería así el Emperador), no se detuviera el cerco los meses que duró, porque venido después el segundo campo de españoles y alemanes, los unos y los otros bisoños, unos con don Pedro Vélez de Guevara y otros con el duque Félix de Witemberga, juntados con estotros alemanes y españoles práticos, y, como dice Jovio, valentísimos, por las muchas vitorias y afrentas en que se habían visto, sin duda, según buen juicio en las cosas de la guerra, la ciudad se entrara muy presto por fuerza de armas, y la saquearan, que era lo que más los soldados deseaban, por la gran riqueza que en ella había.

Túvose siempre esta cuenta encubierta, y no mucho, de que aquel pueblo no padeciese aquesta última calamidad, porque el Papa, para firmeza del señorío toscano, que esperaba, pretendía no quedar aborrecido para siempre de sus naturales, aunque le quedó después harto, y tanto cuanto se puede encarecer.

El campo del príncipe llegaría a veinte mil italianos, seis mil españoles y alemanes, soldados viejos, y más los que trajeron el duque de Witemberga y don Pedro Vélez de Guevara, que aún no eran llegados.

Jovio nombra los capitanes y cabezas italianos y ningún español, como si no los hubiera en el campo. Es pasión de este autor, y lo mismo hace en mil cosas de esta guerra, que con haber habido en ella tantas escaramuzas, correrías, escoltas, tomas de pueblos de florentines y todas las demás, semejantes y no semejantes, no nombra otra gente, así capitanes como particulares, sino italianos; como si aquella ciudad no estuviera cercada de otra nación, y cuando viene a nombrar alguna vez alemanes o españoles, es por grandes rodeos, y tan secamente y de tal manera, que parece que lo hace más por decir su mal suceso que sus valentías y hechos famosos.

Firme porfía de los florentines.

Grande era la esperanza que los florentines tenían de su buen suceso, cuando supieron la venida del Turco contra Austria, pareciéndoles que embarazaría al Emperador de manera que los dejase a ellos, y que no querría gastar sus fuerzas en guerras ajenas, estando los turcos abrasando las tierras de su patrimonio y suelo real. Mas cayeron de esta esperanza cuando supieron la retirada del Turco, pero no de la obstinación y porfía en defender su libertad amable y honrosa, siendo firmes en este parecer no solamente los plebeyos (como dice Jovio), sino muchos principales. Y aún algunos parientes del Papa y de su apellido hablaban con libertad por las calles, hasta en los púlpitos, mal del Papa; llamaban tiranos a sus parientes, y otras cosas cuales una pasión tal, y en semejante aprieto, suele brotar. Salía la juventud de Florencia con su capitán, Stéfano Colona, cada día osadamente a escaramuzar con los imperiales, y se arrojaban a peligros desesperados, que dieron bien que escribir al Jovio y a Francisco Guiciardino y a otros escritores.

Gastábaseles la gente a los florentines, por los que morían en escaramuzas y otros combates, y enviaron a Napoleón Ursino, hombre poderoso y enemigo del Papa, para que los socorriese.

Sabiendo el príncipe de Orange la venida de éste, envió contra él a Alejandro Vitello, que estaba en Civita de Castello, para que le embarazase el camino. Alejandro lo hizo tan bien, que le rompió y deshizo y le tomó las banderas y armas y estuvo cerca de ser preso Napoleón. Con esta vitoria, volvió gozoso Alejandro al príncipe.

Ganan los españoles a Lastra.

Es Lastra un lugar fuerte muy bien murado. Habíase puesto en él Francisco Ferrucho con gruesa guarnición, por ser puesto de importancia para proveer a Florencia de bastimentos. Dejó en él tres capitanes escogidos, y prometióles socorro cuando fuese menester. Por quitar el príncipe a los florentines el bien que de este lugar les iba, envió contra ellos mil soldados españoles con el capitán Pedro de Ripalda, y porque eran más de novecientos los que estaban fortificados en Lastra, y el lugar tan fuerte que se podían defender de mil, haciendo los cercados lo que debían, mandó el príncipe que fuesen otros mil alemanes.

Salieron así todos juntos los dos mil españoles y alemanes, y detuviéronse en ganar una casa fuerte que estaba una milla del lugar, y en ella alguna gente de guerra, que luego fué deshecha. En el despojo de la cual se detuvieron los alemanes algunas horas, y los españoles caminaron delante y llegaron primero, y embistieron luego con el lugar, echándole escalas para subir al muro.

Los de dentro los rebatieron, porque el lugar era fuerte, y demasiada la osadía de quererlo ganar a escala vista; pero llegaron a tiempo dos piezas de artillería, y con ellas los alemanes, y batieron reciamente el pueblo.

Y si bien se hizo razonable batería, los alemanes, que son pesados, no pudieron entrar hasta que los españoles, volviendo a porfiar, arrimaron sus escalas y entraron por otra banda, donde no se había batido. Tomaron y ganaron valerosamente el lugar y lo metieron a saco.

Y estando embarazados en el saco, supieron que venían en socorro del lugar los capitanes Otto de Montacuto, Jorge de Santa Cruz, con cuatro banderas de infantería, Amico Arsula con la caballería. Y salieron a ellos y los desbarataron, y mataron a muchos; y los demás huyeron.

Hechas estas dos facciones o acometimientos, se volvieron al campo sin pérdida de un soldado.

Los florentines, cansados y agotados, quieren rendirse. -Ahorcan un fraile francisco porque hablaba bien del Papa. -Destrozo de casas y arrabales que los mismos florentines hicieron. -Llega don Pedro Vélez de Guevara al campo.

Sentían ya los florentines el peso de la guerra. Acrecentaba sus temores la fama de que bajaban de Alemaña nuevos regimientos de tudescos, y de otras partes españoles bisoños con gran artillería, para batir a Florencia, queriendo llevar la guerra por todo rigor de armas, pues tan largo asedio o cerco no los dominaba. Juntáronse para tratar de enviar al Papa pidiendo (como dicen) misericordia. Y si bien eran los más de este parecer y se determinó la embajada; pero Rafael Jerónimo, que este año de 1530 era el supremo magistrado, trampeó de tal manera los votos y los embajadores que habían de ir, que no se hizo la embajada, y las cosas quedaron en el mal estado de antes, y aún se embraveció más el común, ahorcando y matando cruelmente a los que hablaban bien del Papa y sus parientes. Y entre los ahorcados fué un fraile con su hábito francisco, porque había hablado al Papa y decía bien de él.

Entraba ya la primavera del año 1530, y los soldados salían con nuevos bríos del encogimiento del invierno; los florentines también, con la última determinación de ver antes asolada su ciudad que rendirse, dieron en derribar los arrabales (cosa lastimosa) y hacer trincheas y reparos fortísimos, y ponían en ellos la artillería, temiéndose de la artillería imperial, que ya había pasado los montes Apeninos y bajado a lo llano, con la cual venían don Pedro Vélez de Guevara con siete compañías de españoles bisoños.

Había llegado don Pedro al campo a 15 de enero deste año de 1530, mucho antes que la artillería. Y el marqués del Vasto despidió algunas de estas compañas, porque no quisieron pasar con el Emperador en Alemaña, queriendo más, por el saco que pensaban que había de haber en Florencia, la guerra, que acompañar a su príncipe donde no la había. Si bien después de este mal miramiento sacó la ventura un gran bien para el mesmo negocio de Florencia, como aquí diré.

Andaban las escaramuzas vivas, y llevaban lo peor los florentines; perdieron de los mejores soldados y capitanes en ellas. De suerte que ya la ciudad estaba desordenada y en pláticas de querer la paz; Malatesta Ballón, y otros capitanes con él, no arrostraban a ella; pero por aplacar a los que la querían, vinieron en que se enviasen embajadores al Papa, y maliciosamente dieron orden que fuesen unos hombres tan viles y de tan poco caudal, que el Papa no los quiso oír, ni llevaron comisión ni recados bastantes para tratar de la concordia; y así, el Papa se enojó, y otros se rieron de los embajadores de Florencia.

Tópanse los florentines con españoles, en una escaramuza o encamisada. -Barragán y Machicao, valientes capitanes españoles. -Mandan al capitán Barragán. -Visten y sostienen la pelea Rodrigo de Ripalda, Machicao, Bocanegra. -Los que murieron en este encuentro sangriento. -Valor grande del capitán Malatesta. -Crueldades que florentines hicieron en Volterra.

A 6 de mayo de este año de 1530, quisieron los florentines probar sus fuerzas con los españoles. Dice Jovio que, para disminuir la opinión que esta valentísima gente tenía en Italia, ordenaron de acometerlos por tres partes, y hiciéronlo así, saliendo toda la flor de capitanes y gente que había en Florencia.

Acometieron los primeros furiosamente cara a cara, y estando en el calor de la pelea salió otro golpe de gente, y dieron en los españoles por las espaldas, y últimamente por un costado, y por todas partes era mortal la batalla, en la cual los capitanes Barragán y Machicao, el uno vizcaíno y el otro de Castromocho de Campos, hicieron maravillas, peleando como valentísimos soldados y gobernando como diestros y sagaces capitanes, que todo era bien menester, según era grande la furia y multitud de los enemigos.

El estruendo de la arcabucería y armas era espantoso. El príncipe de Orange, oyendo el alboroto de la batalla, que tan encendida andaba, mandó que fuese Andrés Gastaldo con la infantería italiana, que estaba más cerca del cuartel de los españoles, los cuales fueron por el costado que los españoles fueron acometidos, quedando solos y peleando valientemente por la cara y espaldas, que eran las otras dos partes por donde los enemigos habían entrado.

Puso el príncipe el batallón de los tudescos en orden, y don Fernando de Gonzaga salió con sus caballos ligeros, de manera que de ambas partes del campo y de la ciudad se veían con grandísimo aparato de una gran batalla. Malatesta Ballón, que aunque pequeño y enfermo era por extremo valeroso, acudía a todo, recogía los cansados y reforzaba la batalla, con nuevas y descansadas compañías.

Sucedió que una pieza de artillería hizo pedazos al capitán Barragán, y los florentines, viendo muerto tan fuerte enemigo, cobraron ánimo y revolvieron con gran furia sobre los españoles. Pero resistiéronles admirablemente, y con igual valor Rodrigo de Ripalda, Machicao y Bocanegra, escogidos capitanes españoles, y apretaron con los florentines, de suerte que los hicieron volverles espaldas y echar a huir por las laderas de aquellas cuestas, dejando muchos de ellos las armas por huir ligeramente; y Malatesta Ballón hizo señal de recoger, viendo el destrozo que los españoles hacían en los suyos. No siguieron el alcance por temor de la artillería que disparaba de los muros.

Fué la batalla más sangrienta que hubo en todo este cerco. Murieron muchos capitanes y hombres principales de la ciudad, y entre todos hasta quinientos de los mejores soldados. Jovio dice que murieron otros tantos españoles, y no fueron sino ciento y treinta. Y aún he visto papel de persona que se halló presente, que dice que fueron mil los que murieron de los florentines, y más capitanes de los que Jovio cuenta. Lo cual quebrantó grandemente los ánimos de los florentines, aunque no el de Malatesta, que era por extremo valeroso. Y si bien esta salida se hizo contra su voluntad, conociendo el peligro que en ella había, no sintieron ni echaron de ver en su rostro muestra de pesadumbre.

Llegó el negocio a tanto, que faltándoles el dinero, tomaron la plata y oro de las iglesias; y en Volterra, que era una ciudad noble, y que seguía la parte del Papa, el capitán Ferruchi, florentín, hizo mil crueldades. Ahorcó ciudadanos, robó las iglesias, vendió las reliquias, hundió los cálices y vasos sagrados, y llegó su maldad a tomar unas imágines de plata y oro de San Octavián y San Vítor, patrones de esta ciudad, en las cuales estaban las cabezas de estos santos mártires, y las sacó a vender públicamente; y hubo mas piedad en los soldados que, como no hubiese ciudadano que tuviese un real que dar por ellas, por haberlos robado los soldados, las rescataron con su dinero, y aún fué tan tarde, que ya la una imagen, que era la más rica, se había llevado en casa del platero para que la fundiese. Estas y otras crueldades acarrea la guerra, aunque sea entre cristianos.

Va don Diego Sarmiento contra Empoli. Entrala. Matan al capitán Francisco de Avila en el asalto.

En tanto que pasaban estas cosas con Ferruchi, el príncipe de Orange envió a don Diego Sarmiento con parte de la infantería española, y con otra parte de italianos de la coronelía de Alejandro Vitelo contra la ciudad de Empoli, que estaba con muy buena guarnición de gente de guerra, aunque Jovio dice (como suele) lo contrario. Llegados, la batieron y combatieron por dos partes, y a la segunda batalla de las manos fué entrada y saqueada, sin valerles las buenas diligencias del comisario Ferruchi, que la había proveído temiéndose desto. Y cuando parecieron los españoles sobre ella, les envió trecientos soldados valerosos, con su capitán Borne de Luca, que eran de los de la guarnición de Pisa.

Y tiene más cuenta el Jovio en decir los despojos que hicieron los españoles, especialmente el capitán Bocanegra, quitando a las damas las joyas y vestidos, que en contar las valentías que esta gente hizo en el asalto, y la hidalguía de don Diego Sarmiento, que no consintió que hiciesen daño ni mal tratamiento a algún soldado de los que estaban en guarnición. Murió en el asalto que se dió a Empoli el capitán Francisco de Avila, caballero de los deste apellido y ciudad, que había sucedido en la compañía de don Luis de Avila, su pariente, a quien el Emperador poco antes había pasado de la guerra al servicio de su cámara. Así que Empoli fué valerosamente ganada, y con el mismo valor defendida, aunque Jovio, por natural enemistad que tiene con españoles, deshace así los vencidos como a los vencedores.

Van el del Vasto y don Diego Sarmiento con sus españoles sobre Volterra. -Muerte de don Diego Sarmiento, valentísimo capitán. -Sangrientos asaltos que dan los españoles. -Brava resistencia.

Después de tomada Empoli, el marqués del Vasto con sus españoles, y don Diego Sarmiento, fueron a favorecer a Fabricio Maramaldo, que estaba sobre Volterra, ciudad fuerte, sentada sobre un alto monte a uso de los antiguos; estaba fuerte por naturaleza y por arte. Vió el marqués la dificultad que había para darle el combate, por no se poder llevar ni plantar la artillería si no era con grandísimo trabajo; con todo eso, puso su campo, alojándose en un collado bajo, hacia Portón. Los de Ferruchi, viendo ocupados a los españoles en hacer su alojamiento, salieron, como es costumbre en semejante tiempo, a dar en ellos, pero hiciéronlos volver más que de paso, habiendo sido muertos pocos de ambas partes. Quiso el marqués alojar los italianos en mejor puesto, junto a la iglesia de San Andrés. Salieron a echarlos de allí, y trabaron una sangrienta escaramuza, y al mesmo tiempo, salieron por la puerta que llaman de Florencia a dar en los españoles, para embarazarles que no pudiesen socorrer a los italianos. Riñóse muy bien esta pendencia, y hubieron de volverse los de Ferruchi, las manos en la cabeza.

Luego el marqués mandó batir el lugar con tanta fuerza, que los cercados tuvieron miedo, y Ferruchi fué herido de un pedazo que saltó de una esquina, Y le dió en el codo, y estuvieron a punto de querer huir y desamparar la ciudad. Los españoles dieron a Volterra dos ricos asaltos, peleando animosísimamente, pero la batería era ruin y los cercados la defendieron valientemente. Aparejáronse para el tercero, yendo delante don Diego Sarmiento, animándolos como escogido capitán. Pelearon esforzadamente y pusieron en lo alto de los muros algunas banderas, y renovando muchas veces la batalla, que andaba sangrienta, no cesaban de pelear subiendo al muro animosamente.

Entre los más valientes, fué el primero don Diego Sarmiento, y tras él el maestre de campo Machicao; pero de ahí a poco, la fortuna, envidiosa del gran valor de don Diego Sarmiento, le sacó el alma de un arcabuzazo, siendo merecedor de larga vida, en la cual, si siguiera la guerra, fuera uno de los más señalados de sus tiempos. Dije cómo este caballero era, a lo que entiendo, de Burgos. También fué muy mal herido el capitán Machicao, que los suyos le sacaron medio muerto.

Entre otros instrumentos de Satanás hacían mucho daño en los españoles pipas llenas de piedras que los enemigos derribaban con gran ruido por una cuesta abajo de una calle empedrada; y la parte donde los españoles peleaban era muy estrecha. Murieron muchos españoles, y se hubieron de retirar bien descalabrados.

Dieron después otro asalto, rnezclándose españoles y italianos, y tampoco tuvo efeto, porque eran grandes las defensas que dentro había de fosos, trincheas fortificadas con artillería, y en el suelo por donde habían de arremeter y pelear, había tablones puestos con muy agudos clavos, cuyas puntas se veían, y abrojos sembrados, y después de todos estos peligros estaba un batallón de enemigos a punto para pelear.

Era cierto y notorio el peligro de la vida, y al marqués del Vasto tenía con harta pesadumbre ver que no podía tomar este lugar. Y si no les faltara ya la pólvora, Ferruchi se defendiera mucho tiempo que durara el cerco; mas el marqués no quiso más porfiar, que era mucho lo que perdía, y levantando el cerco, volvió al campo corrido y enojado.

Encamisada de florentines contra tudescos. -Ardid cauteloso con que florentines engañaron a los tudescos.

A 15 de julio salieron los florentines (por quererlo así Stéfano Colona) a dar en el cuartel de los tudescos que, fatigados con el calor, vivían con algún descuido. Pusieron la guarda que convenía en la ciudad, y salió Stéfano Colona con su gente, todos encamisados, por la puerta de Prato, que va al río Arno, para embarazar el río, y detener el socorro que el príncipe les podía enviar. Otro escuadrón salió por la puerta de Faenza para tomar un rodeo por lo alto y ir a dar en el alojamiento de los tudescos, y romper en ellos al mismo tiempo que Colona los combatiese. Finalmente, ellos se repartieron de manera que fueron por cuatro partes, y delante cien soldados sueltos, que dieron sobre las centinelas y mataron la una; la otra, si bien herida, escapó huyendo a dar aviso a los suyos, que los halló medio dormidos y sin cuidado de la tempestad que sobre ellos venía.

Luego comenzaron a gritar: «Arma, arma», y Stéfano Colona alargó el paso, y entraron los florentines con grandísimo ímpetu las trincheas, sin poderles estorbar el paso los tudescos ni el conde de Lodron, que, con maravilloso esfuerzo, acudió a poner en orden su gente, que con la grita y estruendo de las armas no se entendían. La parte de los florentines, que fué por aquellos rodeos y cuestas a dar en el camino que venía del cuartel de los españoles al de los alemanes, cuando comenzó a andar la baraja y la grita, y los tudescos dando prisa a su arma, vinieron estos que digo con gran furia diciendo: «España, España», como que era socorro del otro cuartel que acudía a los tudescos, que los hizo descuidar un poco, hasta que vieron que por el nombre de España eran también acometidos como por las otras partes, entendieron el engaño y miraron bien por sí.

El conde de Lodron hizo un escuadrón de cerca de dos mil tudescos en la plaza del alojamiento, mandándoles estar quedos, que no saliesen de ella. Quiso Stéfano Colona romper este batallón, mas no pudo.

De una parte y otra cayeron muchos muertos, y Stéfano Colona, autor de esta jornada, fué mal herido de una punta de pica que le entró por la boca y le derribó los dientes, y de un golpe de una alabarda que le paso la ingle y partes secretas. Y cayó así herido de las trincheas en el foso. Murieron otros hombres señalados, de suerte que los florentines comenzaron a retirarse muy mal tratados y con harta priesa, temiéndose no les atajasen el paso los imperiales, así que ellos entraron por su ciudad muy cabizbajos y con harta pérdida, y los tudescos quedaron muy gozosos, porque pelearon y defendieron sus alojamientos como valientes, y el conde de Lodron hizo lo que debía a buen capitán.

Fatiga la hambre a Florencia. -Constantes ánimos de los florentines. -Tratan medios de paz. -Determinación desesperada de los florentines. -Salen los imperiales contra Ferruchi. -El príncipe de Orange no quiere llevar españoles. -En qué manera, queriendo quitar a los españoles la honra de esta empresa, la ganaron. -Muerte del príncipe de Orange. -Reparan los españoles la rota del de Orange. -Queda vencido Ferruchi, preso y muerto. -Falta de Jovio.

Sentían ya los florentines la hambre, tanto, que no quedaban caballos ni asnos, ni aun gatos, porque todos se los habían comido; y andaban ya a caza de ratones, y los estimaban como muy buenos conejos. Comían las perrunas, que no había otro pan; faltábales vino, que apenas había para más que decir misa, y algunas medicinas.

Sufrían con admirable paciencia, así los extranjeros como los naturales; pero como se viesen sin esperanza de socorro, no esperaban sino un triste y miserable fin de esta guerra. Zanobio Bartolino, ciudadano noble y celoso del bien de su república, pareciendole que no había camino más seguro y saludable que rendirse, tratólo con Stéfano Colona y Malatesta Ballón, por cuya mano le parecía que debía tentar la voluntad del príncipe de Orange, el cual estaba muy bien en ello, con que le diesen dineros para pagar su gente, que los pedía importunamente, como suelen los soldados.

El Papa también deseaba que Florencia no padeciese la última calamidad del saco; y en la instrucción que dió a su legado Valori, le había mandado apretadamente que de ninguna manera la ciudad tomase por fuerza, y que trabajase porque se hubiese la vitoria sin sangre, porque él no quería su patria destruída, sino salva y entera. Lo mismo escribía a los capitanes, y particularmente a don Hernando de Gonzaga, ofreciéndoles su agradecimiento; pero el Común de Florencia estaba muy lejos de estos pensamientos, y puestos en la última desesperación, y resueltos en acabar o acabar al enemigo en una sangrienta batalla.

Para esto ordenaron de llamar a Francisco Ferruchi, y que tomase toda la gente de Pisa y de aquellas comarcas y viniese con ella a Florencia para, cuando estuviese a su vista, salir también ellos con la guarnición que tenían, y juntos dar en los enemigos a manera de desesperación, viendo que no les quedaba otro remedio. Ferruchi cumplió esto con diligencia y con hartas violencias que hizo en Volterra y Pisa, sacando dineros y gente y asegurando estas ciudades. Hizo reseña de su gente y halló tres mil infantes y quinientas celadas y capeletes albaneses, caballos ligeros con lanzas y adargas. Juntó municiones, tiros, invenciones de fuegos; quiso llevar un batallón de villanos. Finalmente, el comisario hizo lo que debía a buen capitán.

Habló a sus soldados, aunque no con el coraje y brío que solía, como si adivinara lo que había de ser.

Sabido por el príncipe de Orange y por los capitanes imperiales, por espías que para ello tenían, que Francisco Ferruchi en Pisa juntaba toda la gente que podía haber, sin la que había sacado de Volterra, y que también le había acudido Juan Paulo de Cherri con cierta infantería, y que por todos se habían juntado cuatro mil infantes, poco más o menos, y ochocientos caballos, los quinientos de ellos muy escogidos, para venir la vuelta de Florencia en socorro de los cercados, acordóse que fuese resistido y que se le saliese al encuentro para este efeto, sin dejalle llegar a ver su ciudad sitiada; y el mismo príncipe quiso tornar a cargo la jornada y ser el que hiciese la resistencia a Ferruchi.

Y así, salió del campo llevando de infantería mil italianos y mil y quinientos alemanes, y mil españoles, y tres compañías de caballos ligeros y algunos hombres de armas; pero a cinco millas del campo y de Florencia, en una casa principal, el príncipe mandó volver los españoles a su sitio y alojamiento, y que se quedasen. Hecho a propósito para que los españoles no alcanzasen parte de aquella vitoria que él esperaba, ni se les pudiese atribuir alguna cosa de ella, por odio particular que algunos de los que podían mucho con el príncipe tenían a esta nación; y también el mismo príncipe, no por enemistad contra españoles, como algunos creen, sino por dependencia de los disgustos entre él y el marqués del Vasto, que era superior de la infantería española, el cual, sin este cargo, lo había tomado él muy grande de su afición.

Y son los juicios de Dios tan escondidos a los hombres, que cuanto más quisieron quitar esta gloria a las manos españolas, en fin, a pesar del Jovio, que lo quiso callar, y de otros que lo quisieron negar y trampear, vinieron los mismos españoles, por casos no pensados, a haber aquella vitoria, de manera que perpetuamente le fuese debida esta honra. Para esto es menester tener memoria de aquellos soldados despedidos de que algunas veces está hecha mención, los cuales, por mandado de los capitanes del Emperador, iban algunas veces donde sabían que se alojaban el capitán y el maestre de campo, don Pedro de Guevara, a hablalles y a trabajar con ellos que estuviesen recogidos sin hacer excesos de que se causase incomodidad al negocio principal de Florencia y daño a la comarca que estaba por españoles. Así que, tornando al príncipe, habiendo hecho volver los mil españoles de su alojamiento de Florencia, él continuó su camino en busca de Ferruchi, habiendo enviado a mandar (como el Jovio también lo escribe) a Fabricio Maramaldo y Alejandro Vitelo, que, con sus gentes italianas, viniesen por los pasos del enemigo, para que, cuando él le acometiese, ellos también se hallasen cerca para molestalle de la otra parte.

Y así caminando, llegó hasta topar con los enemigos de San Marcelo, de donde ya Ferruchi salía para Gaviñano; y estando junto a este lugar y escaramuzando los caballos de una banda y de la otra, llegó el príncipe con el golpe de su gente, y en la mesma coyuntura, Ferruchi con la suya, la infantería de la cual traía dividida en dos escuadrones. Y como se comenzaron a encontrar, pegados los unos y los otros a Gaviñano, el príncipe, a una banda de hombres de armas que traía consigo, mandó arremeter a uno de los dos escuadrones contrarios, que estaba más a mano izquierda del otro, y como fuesen a hacello y les ojeasen con los arcabuces, quedando muertos cuatro hombres de armas, los demás comenzaron a retirarse, y aun más que esto.

El de Orange entonces, con las congojas y impaciencias suyas acostumbradas, y con aquel ímpetu que solía, dando al diablo a los que huían y aun creo que a sí también (porque aquel era su juramento), arremetió casi solo, donde le dieron dos arcabuzazos con que le derribaron muerto en el suelo, que hizo más presto a todos los caballos de armas y ligeros o a los más de ellos huir, como ya lo habían comenzado a hacer en la primera retirada; y en este punto es cuando huyeron algunos de ellos, tanto, que llegó la nueva al campo de 1a muerte del príncipe, como el Jovio cuenta.

Pero en esta sazón aún no estaba el Ferruchi dentro en Gaviñano (como el mesmo Jovio dice), si bien luego fué su entrada; porque estando el negocio de la contienda en este peso, comenzando ya casi los enemigos a cantar vitoria, aunque los tudescos alargaban el paso a romper con el otro escuadrón, yendo casi caladas las picas para ello, bajando por un lado de un recuesto aquel capitán don Pedro Vélez de Guevara, impensadamente, con trecientos españoles de los despedidos que había podido recoger, viendo lo que pasaba, diciendo él y los que traía, «España. España», cerraron con los enemigos, hecho que fué de tanto efeto, pensando que por aquella parte había emboscada de más españoles, que no se puede decir la ligereza y brevedad con que fueron desbaratados, entrando ya parte de los alemanes en el hecho de la pelea.

Y en este estado, el Ferruchi se comenzó a retirar al lugar, y Maramaldo y Vitelo, que venían detrás (que el día antes habían tomado unos traveses y llegado a Gaviñano), cuando vieron el negocio, diéronse también buena priesa, y hicieron retirar más aína a el Ferruchi y meterse en lo poblado, especialmente el Alejandro Vitelo, porque el Fabricio, viendo cómo se iba retirando el mesmo Ferruchi, entró por otra parte tan presto como él, y aun casi primero, y comenzaron a pelear los unos con los otros en las calles y plazas del pueblo.

Pero como iban ya desbaratados los de Ferruchi, no hubo cosa de mucha defensa, porque luego el Ferruchi y sus capitanes, que con él allí habían podido entrar, se retrajeron en algunas casas donde luego se rindieran.

Y el Maramaldo, sabida la muerte del príncipe de Orange, mató por su mano a Francisco Ferruchi, como dice Jovio, y su campo fué todo desbaratado y deshecho brevemente.

Y esta es la suma de esta jornada, y lo que a la letra pasó, sin discrepar del acontecimiento alguna cosa. Lo cual fué miércoles a 3 de agosto de este año. Y Paulo Jovio, aunque lo cuenta bien y por menudo, no se quiso acordar de los trecientos españoles que fueron causa de esta vitoria. La cual quiere atribuir a solo Maramaldo. Y es así, que cuando allí no hubiera habido españoles que la ganasen, y en caso que ella sin ellos se ganara (que fuera imposible) sucediendo como sucedió la cosa, fuera muy más justo nombrar por autores de aquel vencimiento a los alemanes, que fueron los que más presto acudieron, y los que más firmes estuvieron en la campaña, y los que con mejor meneo y denuedo acometieron; porque de los italianos, los más de ellos, mandándoselo su capitán Fabricio, se entraban por la otra parte en Gaviñano; y no hacían mal él ni ellos en esto, considerando que el Ferruchi, viéndose ya en triste estado y medio, o casi del todo desbaratado, se inclinaba a aquella parte y se retiraba a más andar a la Villeta, y fué muy buena provisión la de Maramaldo.

Hallan el cuerpo del de Orange desnudo: tráenlo como un venado del monte. -Quién fué este príncipe. -Quieren los florentines salir a pelear; sus capitanes no lo quieren. -Desavenidos en Florencia. -Nombra el Emperador por duque de Florencia a Alejandro de Médicis. -Motín entre españoles y italianos. -Doce mil italianos contra setecientos españoles.

Al tiempo que los hombres de armas huyeron, Tintebile, francés amigo del príncipe de Orange, conoció su cuerpo, que estaba ya del todo despojado, y alzándolo del suelo, lo llevó a parte donde los soldados no lo viesen, y envuelto en una manta lo puso en una capilla, hasta que, ganada la vitoria, lo pusieron sobre un caballo con los brazos y piernas colgando, como si fuera un venado, y lo llevaron a Pistoya, espectáculo por cierto lastimoso de la vida y miseria humana.

Era el príncipe de Orange de edad de treinta años, valiente y liberal; con que había ganado gran nombre y las voluntades de muchos soldados, con la magnificencia que mostró en Nápoles, si bien a costa del Emperador. Era del linaje de los Chalones, generoso, en la Franche Conté, entre los borgoñones. Si no muriera tan temprano, fuera un excelente capitán.

Murieron en la batalla poco menos de dos mil hombres de cada parte, con los que después murieron de las heridas.

Súpose luego en el campo, y en Florencia, el suceso de esta batalla. No por ello desmayaron los florentines, antes porfiaron con sus capitanes que los sacasen a pelear, mas los capitanes, considerando el peligro, y que era determinación temeraria, no lo quisieron hacer. Estuvieron tan porfiados ellos en querer salir, y los capitanes en que no convenía, que vinieron a sospechar que su general Malatesta Ballón les hacía traición. Y le quisieron prender, y tuvieron hartas pesadumbres.

Finalmente, dieron licencia para que él y Stéfano Colona enviasen dos embajadores a don Fernando de Gonzaga, a quien todos los soldados, de conformidad, habían puesto en lugar del príncipe de Orange.

Anduvieron en demandas y respuestas del campo a la ciudad sin concertarse, y los florentines volvieron a porfiar con Malatesta que saliesen a pelear con la gente del Emperador. Y porque no lo quiso hacer, se pusieron en quitarle el oficio de general, y estuvo Florencia a punto de perderse, porque Malatesta dió de puñaladas al senador que envió la señoría a despedirle del oficio de general, y los florentines fueron en su busca para matarle, en venganza de esta injuria; y Malatesta, oyendo el alboroto y ruido de las armas, determinó tomar una puerta, y mandó a Margut, capitán de la infantería de Perusio, que se apoderase de ella, y que si los ciudadanos intentasen cosa de enemigos, quebrasen las puertas y revolviese y disparase en ellos el artillería que estaba en el bestión asestada contra los imperiales.

Llegó la desesperación a tanto, que Rafael Jerónimo, que era confalonier (que ansí se llama en su magistrado) con todo el pueblo, quisieron salir a pelear y morir con todos, como desesperados; hiciéranlo si no fuera por el prudente consejo que Zecoto Tosingui, noble ciudadano florentín, les dió, con que se templó su furor, y volvieron en sí, dando en otro extremo, y pidiendo a voces la mayor y más sana parte de los ciudadanos que se concertasen con el Emperador.

Para esto procuraron reconciliarse con Malatesta, y le pidieron tomase a su cargo el tratar la paz y concordia con don Fernando de Gonzaga, y las condiciones con que se habían de rendir. Estas pone largamente Paulo Jovio, aunque se olvidó algunas, y una es bien que se ponga agora aquí, y es que los florentines se rindieron llanamente al Emperador, y hecha expresa mención que pudiese disponer Su Majestad de la forma y manera que convenía tener el regimiento de Florencia, mudando y alterando lo que fuese servido.

Conforme a lo cual, de allí a pocos días, el Emperador, estando en Augusta, envió sus provisiones, en que mandó que por cuanto convenía mudarse la forma del gobierno de aquella república, nombraba por duque de ella a Alejandro de Médicis, sobrino de Clemente VII, hijo de otro sobrino, que fué Lorenzo de Médicis, que algún tiempo se llamó duque de Urbino, y nieto de Pedro de Médicis, que sirviendo a franceses fué muerto en la batalla de Garellano, el cual Pedro era hermano del cardenal Juan de Médicis, que después fué papa León X, primos hermanos ambos de este pontífice Clemente VII, para que fuese príncipe de la Toscana perpetuamente, y a falta de él y de sucesión suya, lo fuese el pariente más cercano.

Y así le fué entregado aquel Estado para que lo gobernase y rigiese, como lo hizo algún tiempo, hasta que sucedieron las cosas que se dirán adelante.

En esto paró la guerra tan cruel y mala sobre Florencia, en que estuvo tan a pique de perderse. Del gusto y excesivo contento que el Papa recibió y otros casos que en componer esta república sucedieron, dirán autores a quien toca, que yo con lo dicho cumplo. Sólo contaré un motín que después de rendida Florencia, y a 29 de agosto, estando ya llana la ciudad (aunque la gente de guarnición no había salido ni Malatesta con ellos) hubo entre españoles y italianos; el cual alboroto fué tal y tan peligroso, que sonó por muchos días.

Y dice Paulo Jovio, que la causa de esta pendencia entre estas dos naciones, fué porque los españoles mataron y echaron en un pozo dos italianos, que vinieron a su cuartel por roballos; y dice luego, que visto esto, los italianos cogieron cuatro españoles en su cuartel, y que los mataron, porque pensaron que habían sido en la muerte de los otros. Y el mesmo cuento, de la manera que Jovio lo dice, trae escrito en la frente la verdad contra lo que él escribe; porque ¿a qué propósito se ha de creer, que, aunque fuera cierto lo primero (que no lo es), se habían de hallar luego cuatro españoles, que fuesen al cuartel de los italianos consortes de la muerte de los de aquella nación? El caso fué que ellos mataron los cuatro españoles, sin propósito ni causa alguna, ni habelles muerto primero alguno, ni echádolos en pozo, como este obispo dice, aunque en pozo hondo o en lugar más escondido si fuese posible habían los italianos echado el secreto, que ordenaron y concluyeron con los de la guarnición de Florencia, para dar con los españoles al través, y degollarlos a todos en saliéndose ellos fuera, cuando fuese comenzada la baraja. Y así, sin propósito y sin ocasión chica ni grande, los tres días antes, que fueron 26 y 27 y 28 de agosto, se encontraban de palabra con españoles cada vez que los topaban, muy de mala manera, y con una soberbia nacida y criada en el concierto que tenían hecho, hasta que mataron los cuatro españoles que están dichos, que entonces viniendo el negocio a las armas el día que está contado, se comenzó la baraja.

Y es sin duda verdad, que, con ser los italianos que sobre Florencia habían estado de doce mil arriba, no hubo setecientos españoles juntos, y de éstos se hizo escuadrón para defenderse de todos los italianos que están contados que venían contra ellos. Verdad es que esto fué al principio, porque luego a la continuación de la nueva del alboroto acudieron hartos por diversas partes, que andaban derramados, que ciertamente no parecía sino que las yerbas se volvían españoles, con no ser todos cinco mil cabales, así los viejos como los bisoños. Pero los setecientos primeros se defendieron tan bien de los doce mil italianos (cosa que parece increíble), que no solamente la defensa fué buena, pero la ofensa muy mejor, pues lo volvieron, retrayendo a su cuartel de donde habían salido. Y no contentándose con esto aquellos pocos que defendían aquel día la honra de España, entraron por el cuartel del enemigo, y una gran parte de él, que fué el del alojamiento del coronel Pincho Colona, y su coronelía toda, la abrasaron y saquearon como ropa de enemigos; si bien es verdad que revolvieron los italianos, trabajando de echar de sus estancias a los que habían entrado en ellas, dándoles voces desde las murallas, y diciéndoles los de su nación que cómo no habían vergüenza de huir tantos de tan pocos. Pero ya en este medio acudían españoles a más andar cada momento, y se peleaba como convenía; y los alemanes, que hasta esta coyuntura estaban mirando de talanquera, pero puestos a punto, y en escuadrón, sin haber prometido a los italianos de no ayudar a alguna de las partes, como el Jovio, falsamente, dice -porque bien veían el peligro que después de muertos los españoles ellos corrían-, arremetieron en mitad de esta braveza de batalla, y tornaron a dar nueva carga a los italianos, con la cual ellos quedaron descargados de armas y de valijas, y de todo su hato, hasta quedar del todo vencidos y desbaratados, y muertos como trecientos de ellos, y de los españoles once. Y al Jovio le pareció que fueron otros docientos, porque ansí lo quisiera él. Pero más que esto dirá quien dice en este paso que él esperaba que los españoles, recibieran daño si no los ayudaran los alemanes.

Mas lo que dió la vida a los de estas dos naciones extranjeras, fué la división que hubo dentro en Florencia entre los de aquella república y los soldados, sobre que no habían de salir ni quebrar el concierto que estaba hecho, lo cual salido con todo esto, no pudieran estorbar los florentines, sino que los capitanes suyos, como vieron venir huyendo a los italianos, y que los alemanes ya se comenzaban a apercebir, entendieron que yendo el negocio tan de caída, que sería por demás meterse ellos de nuevo en la pendencia, y hacerse, a costa de sus vidas, consortes de tan gran maldad.

En fin, el negocio se apaciguó a costa de los italianos, y con trabajo del general don Fernando y de los otros capitanes imperiales, que andaban haciendo todo lo posible por remediallo; pero, sobre todo, se le debe aquel día mucho, por el cuidado y trabajo, a Alonso Picolomini, duque de Malfa, que con toda la excelencia posible, hizo y anduvo de una parte a otra metiéndose en los más peligrosos trances, hasta que se concluyó el negocio: el cual parece que tomó a cargo de contar al revés de como había pasado, Paulo Jovio.

[Causas de la guerra de Florencia.]

Referí al principio algunas de las causas que había para justificar esta guerra y sujeción de los florentines; diré aquí algo más, porque mejor quede en la memoria; y para entenderlo bien, es necesario repetir brevemente las ligas que florentines hicieron desde que el Emperador tuvo negocios en Lombardía y en la Toscana hasta este tiempo; pues pasó así.

Que en las tres guerras de los años de 21, 22, 23, las dos administradas por monsieur de Lautrech y la tercera por el almirante de Francia, los florentines se confederaron con el Emperador y con los confederados de él; porque en el año de 21, que se hizo la primera concordia con León Florentin, los florentines, que estaban debajo de su mano, protección y amparo, gobernados particularmente por él y por sus hacedores, entraron en aquel contrato, y muerto León en la liga defensiva que se tomó con Adriano, debajo de la cual fué vencido Lautrech en la Bicoca, y deshecho el almirante Guillermo Gonfier, ni más ni menos los de Florencia fueron contrayentes de aquella capitulación, hasta que el rey de Francia, en persona, pasó los Alpes poderosamente, que entonces cada uno de los confederados se abstuvo de enojar al francés, que tan poderoso venía, y dejaron todos ellos al ejército del Emperador pegado, a las paredes; pero fué a las de Pavía.

De manera que, en esto, no sólo los florentines fueron culpados, sino también los demás potentados de Italia; mas pagáronlo después a dinero, porque vencido y preso el rey en el parque de Pavía, a cada uno de los confederados se les mandó que enviasen el dinero que les cabía, y que de miedo habían dejado de enviar para la paga de aquel vitorioso ejército.

Y como después, estando el rey de Francia cautivo en España, el papa Clemente tramase lo de la liga de los príncipes italianos secretamente contra el Emperador, los cuales ofrecieron a la regente de Francia, para que se ligase con ellos, fortalezas y estados, ella no lo quiso hacer, sino enviar a su hija madama de Alanson, a entender por otra vía la delibración del rey. Entraron los florentines en aquella liga por mandado del Papa, que como florentín, y de la casa de ellos, los administraba; y después desto, el año siguiente de 26, luego que el rey Francisco volvió a su reino libre, sin acordarse de los beneficios que recibió en España ni hacer caso del contrato de Madrid, se hizo la liga mediante comisarios en el ducado de Angulema, como dije.

También entró en ella Francia, si bien es verdad que no fué expresamente, sinoque el Papa prometió por aquella república la ayuda, y lo demás de dineros que habían de dar; y en el mesmo capítulo donde hace esta promesa, dice que no entran expresados los florentines en aquel contrato, mas que se obliga por ellos y que lo aprobarán y ratificarán, porque no corran peligro los comercios y mercaderes que estaban en España y otros Estados del Emperador.

Y corriendo las cosas así, y haciéndose todo lo de Florencia a voluntad de Clemente, como se hizo a la de sus pasados, sucedió que después de las guerras que he contado, y se saben, monsieur de Borbón determinó la jornada de la Toscana, y no pudiendo llevársela en las unas con el saco de Florencia, pasó a Roma, y viendo llevar los florentines ya aquel camino fuera de su señoría y que iba contra el Papa, luego se rebelaron contra el mesmo Pontífice, trabajando de echar de sí la sujeción en que estaban: cosa probada por ellos otras muchas veces desde los principios de la prosperidad de los Médicis en aquella república.

Y para esto, apellidando libertad, fueron contra los administradores del Papa, que allí tenía, pretendiendo en todo esto que, pues son como las demás ciudades de Italia del feudo imperial, querían estar debajo de su gobierno y no sujetos al Papa, ni a sus parientes. Pero esta sedición la apaciguaron los generales y superiores del ejército de la liga que estaba allí en Toscana; los cuales entraron en Florencia muy apriesa y sosegaron aquel alboroto.

Quedando, pues, pacífica aquella república, caminaron los de aquellos ejércitos tras el otro imperial, que iba la vuelta de Roma; pero sabido en Florencia el saco de Roma y prisión del Papa, y el mal suceso de las cosas, tornaron de nuevo a lo pasado, y dieron en salir de hecho con su libertad y pusieron las manos en los parientes y aficionados y ministros del Papa, y herían en los bultos y imágenes de los muertos de aquel apellido, por más injuriarlos, que estaban en sepulcros particulares y en lugares públicos de aquella república, y pusiéronse en orden para defender la libertad amable y deseada.

Estando así muy apercibidos para defenderse, sucede que caló el ejército de Lautrech, con el cual se juntaron luego, pasados los montes, los ejércitos de los demás confederados; y según buena razón, los florentines se habían de juntar al Emperador, pues era aquel Estado del feudo imperial, y no tenían otro arrimo donde volver los ojos sino al Emperador, porque el Papa era su contrario, y por consiguiente, los franceses que le ayudaban, o a lo menos que decían ir con este intento a Roma, y que en hecho de verdad estaban ligados con él. Pues llegado Lautrech a Bolonia, y invernando allí, y estando el ejército imperial lleno de vitorias en Roma, para que no se pueda pensar que el miedo lo causó, los florentines de nuevo se ligaron con el francés y con Lautrech, en su nombre, y con todos los demás que eran de esta masa, y el Papa su enemigo estaba ligado. Y de esta capitulación trató Jovio oscuramente, en la cual se obligaron de enviar cierta infantería y caballería toscana con Lautrech, para ocupar el reino de Nápoles y dar cierta ayuda de dinero para sustentar el ejército francés, como lo hicieron durante las guerras de Nápoles. Hicieron esto, que tan fuera de razón parece, siendo enemigos del Papa, porque el francés los aseguró que a pesar del Pontífice los conservaría en su libertad, queriendo ya más su ayuda que la del Papa, o engañando a una de las dos partes.

Viendo, pues, esto el Papa, enojado de los franceses y doliéndose de perder lo que tenía en Florencia, olvidado de sus injurias, se juntó con el Emperador. Volviéndose, pues, así, los florentines contra el direto señor, merecieron justamente la sujeción que les vino. Y baste lo dicho, para que no haya escrúpulo contra el César, por haber hecho a los florentines sujetos, y que fué muy justificada la guerra que les hizo.

El maestre de campo Juan de Urbina: quién fué. -Protestantes, herejes atrevidos.

Pues los hechos de Juan de Urbina, soldado famoso, fueron tales en el tiempo que vivió, que con ellos se engrandecen las historias españolas, justo es que en su muerte le honremos haciendo aquí memoria de ellos, y un breve discurso de su vida.

Fué Juan de Urbina natural de Berberana, grande, robusto, de lindo entendimiento, limosnero, liberal, devoto y hombre que nunca juraba, y así castigaba mucho las blasfemias. Era, en fin, virtuoso, si no jugara demasiado, que matar, herir y aprovecharse del enemigo y de sus bienes son privilegios de la vida del soldado. Fué de buen consejo, tuvo grandes ardides, nunca mostró miedo, aunque en Génova se le conoció un poco, cuando el saco de ella; pero era del artillería y no de los hombres.

Pasó a Italia con el Gran Capitán, por soldado; dió siempre señales de valiente, por lo cual fué uno de tres que hicieron campo, con otros tres italianos, por cuáles servían a mejor rey, estando el ejército sobre Rosano. Acetaron el desafío los capitanes Diego de Quiñones y Luis de Vera en compañía de Juan de Urbina; mas él, que los conocía y se conocía, no los quiso ayudar sin concertar con los contrarios que fuese a ayuda compañero. De esta manera combatieron a pie con las armas que quisieron, sin arcabuz, que lo sacaron de condición los italianos.

Y si bien eran todos valientes, rindió Juan de Urbina a su contrario, quitándole las armas y socorriendo al Quiñones, que combatía dejarretado, y la rodilla en tierra. Rendido también aquel contrario, ayudó a Luis de Vera a vencer al tercero.

Desde entonces quedó Juan de Urbina por el mejor soldado de Italia; mas como se acabó luego la guerra de Nápoles, no pudo subir. Fuése a Roma, y asentó por alabardero del Papa, con Diego García de Paredes, Juan de Vargas, Pizarro, Zamudio y Villalva, que todos fueron muy conocidos después por la guerra. Aunque capeaban entonces y tenían mujeres de la vida, hizo entonces gente el papa Julio contra Manteflascón, que se le rebelara. Fué con ella por alférez de Diego García de Paredes, y después contra el duque de Urbino. Tras esto fué capitán en Bolonia, cuando los franceses la ganaron. Y cuando cercó Lautrech a Milán con el ejército de la liga, era Juan de Urbina maestre de campo, y saliendo una vez a escaramuzar con los enemigos a San Columbán, pasó él solo por donde cinco italianos acuchillaban un español, el cual, conociéndole, dijo:

-¡Ah, señor Juan de Urbina, que me matan!

El, como se oyó nombrar, fué a socorrerle, que no quisiera. Los cinco italianos le volvieron luego las caras habiendo derribado al español, y apretábanlo; mas luego aflojaron, por ir los dos al caído, que se levantó, y así mató los dos, de tres con quien combatía, y con la partesana del uno hizo huir los otros, que matando al soldado temieron de ser muertos.

Cogió las armas, para muestra del vencimiento, y volvió a Milán herido en los pechos de partesana, y con una cuchillada en la mejilla, y otra pequeña en la mano de la espada, y tan ensangrentado que lo desconocían. Escapó de buena, y así, decía él que era de mucha importancia en cualquier trance llamar a uno por su propio nombre.

Animó los soldados en la entrada de Roma, muerto Borbón y demandando paga, que se amotinaron en Nola, cuando se recogían a Nápoles por Lautrech; cortó el brazo al capitán Salcedo delante del marqués del Vasto, su coronel, porque le echaba el motín, que fué atrevimiento, aunque no tuviesen culpa.

Hizo algunas hazañas en el cerco de Nápoles, y a las veces topando con Pedro Navarro; viniendo a cercar a Florencia fué muerto sobre Hispelo con arcabuz, cuya pelota le pasó una pierna por debajo de la rodilla.

Lleváronle a enterrar a Nápoles, a Nuestra Señora de Pie de Gruta, y en sepultura de bronce. La cual deshizo después el virrey don Pedro de Toledo, para hacer artillería.

El Emperador, que le deseó ver, le hizo comendador de Heliche, alcaide del Ovo y de Aversa, y marqués de Oira, conde de Burgomene, señor de Esforcessa, señor del jardín de Milán, maestre justiciero de Nápoles, mas gozólo poco. Fuera en fin Juan de Urbina muy dichoso y honrado, si no fuera por la mujer; empero él se vengó muy bien de ella, matándola con cuantas cosas halló vivas en su casa.

En el mes de abril de este año de 1530 se publicaron los decretos de la Dieta de Espira, cerca de lo que tocaba a la religión católica; pero como los herejes no gustaban de ellos, el duque de Sajonia y el landgrave de Hesse, el de Brandeburg y Lucemburg, con catorce ciudades libres del Imperio, protestaron de ellos, de donde se les dió el nombre de protestantes a estos herejes.

Muchas veces se juntaron los alemanes para concertarse sobre la religión y nunca hallaban medio ni orden, porque el error en la fe y aun en las demás cosas, ciega, y la multitud de opiniones y falsos maestros que estos perdidos tenían, les quitaba el juicio. Estaban tan desatinados, que habiendo publicado una cosa, aunque después hallaban que era falsa y herética, por no volver atrás, y perder la reputación y crédito que con el vulgo tenían, la sustentaban y publicaban pertinazmente, como si fuera un oráculo divino; y ponían pena de muerte al que no la guardase. Doy cuenta de esta gente con la brevedad que puedo, por lo mucho que han de dar que decir adelante en los años 1546, 1547 y otros.

[Escribe el Emperador al condestable.]

Volviendo al Emperador, que dejamos en Bolonia, ya de partida para Alemaña, a 7 de marzo del año 1530 mandó volver a España al marqués de Astorga y duque de Escalona, y escribió con ellos al condestable, diciendo que habría ya sabido la paz que con venecianos tenía asentada y el reducimiento del duque de Milán a su servicio, y la liga que se hizo para defensión de Italia, que eran las cosas que más convenían para el buen efeto de la paz; en lo cual solamente tuvo respeto al bien general, y también había procurado y trabajado, y trataba de tomar algún buen medio, en lo que quedaba por asentar de Italia, para que la dicha paz quedase más cierta y firme. Tenía acordado, entendiendo en esto, de ir a coronarse a Roma, pero que viendo la necesidad que había de su ida a Alemaña, así para el socorro del serenísimo rey de Hungría, su hermano, que la tenía muy grande, por haber dejado el Turco cantidad de gente con el vaivoda en Hungría, como para procurar algún remedio en las sectas luteranas, y otros que cada día eran mayores, que si no se atajasen, todo se acabaría de perder, que no sería pequeño daño y aun peligro de la Cristiandad. Y la priesa que el serenísimo rey le daba, y lo que le escribían y suplicaban muchos pueblos y príncipes del Imperio, y porque todo esto principalmente era causa de Dios, y a que él tenía obligación forzosa, había acordado de ir luego en persona a ver el remedio que podría dar, y que habiéndose de coronar en Roma, no pudiera ser sin mucha dilación, que causara grandes inconvenientes, había determinado de tomar las coronas en aquella ciudad de Bolonia, así por las causas dichas como porque después de haberlo mandado mirar muy bien, pareció que recibiéndolas de mano de Su Santidad en Italia, todo era un efeto tomarlas en Roma o en otra cualquier parte; y que así, el martes, día de San Pedro, 22 de febrero, había recebido la corona de rey de Lombardía, y el jueves siguiente, día de Santo Matía, la de Emperador, con todas las solenidades y ceremonias acostumbradas, y que luego se partiría para Alemaña, donde tenía convocada la Dieta. Que esperaba con el ayuda de Dios dar en las cosas de allá tal asiento y orden, que él fuese servido, y redundase en bien general de la Cristiandad, para que con brevedad pudiese volver a estos reinos a gobernallos como lo deseaba. Que le rogaba y encargaba que, continuando su fidelidad y lo que era obligado, hiciese en lo que se ofreciese durante su ausencia lo que de él esperaba, y sirviese en todo a la Emperatriz, etc. Su data en Bolonia, 27 de marzo de mil y quinientos y treinta.

Viaje del Emperador para Augusta. A 22 de marzo salió de Bolonia. -Viene el rey don Fernando a ver a su hermano el Emperador. -A 6 de junio, segundo de Pascua de Pentecostés, salieron de Bresa.

Compuestas, pues, así las cosas de Italia en la manera dicha, a 22 de marzo el Emperador partió para Alemaña, y a 4 de abril estuvo en Mantua, donde fué recebido magníficamente de Frederico Gonzaga, marqués de Mantua, y dióle título de duque. Y de ahí, pasando por tierra de venecianos, le entregaban las llaves recibiéndole solemnemente.

Atravesó los Alpes. Vino a Oeniponte, que el alemán llama Insprug, donde se halló al entierro de Mercurino Gatinara, cardenal y gran chanciller de Borgoña, y su consejero muy íntimo. Puso en su lugar a Nicolao Perrenoto, señor de Granvela, de nación borgoñón, el cual, habiendo tenido algún tiempo el oficio de chanciller y primer consejero o presidente de su Consejo, lo dejó.

Recibió el Emperador en Oeniponte a su hermano, el rey don Fernando de Bohemia, que con mucho deseo de verlo salió al camino cuatro millas de esta ciudad, con todos los grandes de Austria ricamente vestidos y con mucha demostración de alegría. Mandó el rey don Fernando, que la mitad de la gente que traía fuese a la ciudad de Augusta, donde se había de tener la Dieta, y la otra parte dejó para acompañar al Emperador con ella. Tomaron el camino para Siguaso, cerca del río Oenu, donde estaban cinco mil hombres de esta ciudad, puestos en dos escuadrones muy en son de guerra, distribuídos de siete en siete por hilera.

Hay en Siguaso grandes mineros; tantos, que de solos oficiales le salieron a recebir trece mil hombres, los cuales tenían bajas las picas, y afirmados en ellas, como si hubieran de romper con los enemigos, o unos contra otros, tocando fuertemente los atambores.

Salió otro escuadrón de otros setecientos monederos, que estaban encubiertos, como en celada de través, y comenzó a huir con tanto concierto, que dió grandísimo gusto. Luego, juntándose todos en un escuadrón, fueron acompañando al Emperador y al rey su hermano hasta la ciudad, diciendo a grandes voces: Felix sit adventus Caesaris. Dichosa y bienaventurada sea la venida del César.

Otro día sirvieron los monederos de esta ciudad al Emperador con una moneda de extraña grandeza, que pesaba ciento y cincuenta libras de plata, en la cual estaban las águilas con la corona imperial, y en el pecho de esta águila un escudo con las armas de todos sus reinos maravillosamente labradas.

De esta ciudad partió el Emperador con el rey su hermano para Baviera. Fué recibido del duque Guillelmo con todo género de fiestas, comedias, saraos, obras de armas, banquetes y otros regocijos, en que quisieron mostrar estas gentes la grandeza de sus casas, voluntades y ingenios, que en esto son singulares los de aquellas tierras septentrionales.

Llega el Emperador a Augusta. -Solemne recibimiento. -Hacen el recibimiento con gran aparato de guerra, por espantar al Emperador, los herejes.

A 18 de junio llegó el Emperador a la ciudad de Augusta, donde todos los príncipes que habían venido para hallarse en la Dieta, le salieron a recebir en sus caballos fuera de la ciudad; y los principales eran Juan, duque de Sajonia, príncipe eletor, con su hijo Frederico; Francisco, duque de Lucemburg; Vuolfango, conde de Anolti; Joaquín Lansgravio de Brandeburg, príncipe eletor, con su hijo Frederico; Henrico, duque de Brunsvichio; Filipo Lansgravio, Juan Anholtio, Arnoldo Brunsvichio, Filipo, arzobispo de Espira; Hermanno, arzobispo de Colonia, príncipe eletor; el arzobispo y cardenal Alberto, eletor; el de Maguncia, Jorge Branburgio, y otros muchos.

Llegando todos estos príncipes delante del Emperador, se apearon de los caballos, besándole cada uno la mano. Y el arzobispo de Maguncia, cuyo es hablar en nombre del Imperio, con una breve y elegante oración dió al Emperador el parabién de su venida. Y por parte del Emperador, y en su nombre, respondió Frederico, conde Palatino, uno de los siete eletores.

Luego volvieron a subir en sus caballos, y fueron acompañando al Emperador y al rey su hermano.

Salieron los ciudadanos de Augusta, y muchos en traje de guerra, con este orden. Traían delante de sí doce tiros gruesos de artillería, y los artilleros venían vestidos de blanco, y de la misma manera los soldados que venían en su guardia. Tras ellos venían los arcabuceros, luego los ciudadanos armados como cada uno quiso, y vestidos de negro, y jubones de raso negro. Después de ellos venían los mercaderes, vestidos de color frailengo y plumas en los sombreros. Seguían luego dos mil piqueros con cuatro banderas tendidas, caminando en compás, el son de los atambores. Luego la caballería, con ropas coloradas, y luego otra parte de ciudadanos vestidos de blanco y negro y plumas en los sombreros, y con muy ricas armas; y con ellos venían los caballeros, armados de todas armas y costosamente vestidos.

Tras éstos venían otra compañía de mercaderes, vestidos de leonado, y las mangas y fajas de la guarnición eran de tela de oro. Luego venían los bodegoneros y cocineros, vestidos de color de ceniza; los últimos venían otros dos mil y docientos y sesenta soldados de a pie y de a caballo, que traían sueldo.

Toda la gente de guerra, con el recibimiento, que salieron como soldados, llegando cerca de la ciudad y el Emperador a la puerta de ella, hicieron un escuadrón de doce mil hombres.

Parece que hicieron tanta demostración de gente de guerra con cautela y malicia, porque, como muchos de ellos eran luteranos, recelábanse del católico Emperador, cuya cristiandad era ya muy sabida. Esto porque quisieran dejar los de Augusta, para guarda de la ciudad, ocho compañías de infantería, y el Emperador no se lo consintió, sino que él puso otros de su mano.

Toda esta gente, puesta así en escuadrón, como dije, disparó la arcabucería; luego hizo lo mismo la artillería por su orden.

Hecha esta salva, los magistrados y nobles hincaron tres veces las rodillas, con tres profundas reverencias, y con muestra de mucho contento saludaron al Emperador, y tomándolo en medio, lo llevaron por la ciudad.

Iba sólo el César en un hermosísimo caballo español blanco enjaezado, como para tal príncipe convenía. Salieron a la puerta de la ciudad cuatro senadores con un palio de tela de oro, y cogiéndole debajo le llevaron hasta una plaza que está en medio de la ciudad, donde le esperaban el arzobispo y clerecía, con otro riquísimo palio que traían seis canónigos, y fueron con él a la iglesia mayor, donde el Emperador hizo oración, y el arzobispo dijo las preces ordinarias de la Iglesia. Hecho esto se fué el Emperador a palacio.

Entraron todos en Augusta por este orden.

Con qué orden se hizo la entrada en Augusta. -Fiesta del Corpus en Augusta: no se hiciera esta fiesta, ni se decía misa en la ciudad, si el Emperador lo mandaba.

Entró primero aquel gran acompañamiento de los príncipes del Imperio; luego, en pos de ellos, iban los españoles y italianos caballeros que venían con el Emperador. Tras ellos los criados del rey de Bohemia, vestidos de colorado; luego los criados y casa del Emperador, vestidos de amarillo y negro, a los cuales seguían las trompetas y menestriles de Austria, vestidos de blanco y colorado; luego, los entretenidos y gentileshombres del Emperador, vestidos de seda amarilla; luego, todos los instrumentos de música, vestidos del color de su señor, unos a pie, otros a caballo; luego venía el rey don Fernando, con muchos príncipes y grandes ya nombrados y otros; luego, la guarda del Emperador y del rey don Fernando, de pie y de a caballo. El duque de Sajonia llevaba el estoque desnudo delante del Emperador, que iba debajo del palio que sacó la ciudad. Detrás del Emperador, inmediatamente, iba Bernardo, cardenal de Trento; George, obispo Brixiense; Marco, cardenal Saltzburgense; Cristóbal, arzobispo de Augusta, y el cardenal Campeggio, legado del Papa. Iban en pos de ellos los embajadores de los reyes de Francia, Portugal, Venecia y de otros muchos príncipes, y últimamente los grandes de Flandes y de Borgoña. De toda esta caballería llevaban la retaguardia mil y quinientos caballos del Emperador, encubertados, y los caballeros armados, y sobre las armas, muy ricos vestidos de amarillo. Tras ellos iban gran número de húngaros desarmados, vestidos de grana, y luego la caballería de Augusta sobredicha.

Con este orden entró el Emperador en Augusta.

Otro día se celebró la fiesta del Corpus, hallándose el Emperador a la procesión con todos los príncipes que en aquella gran corte estaban, excepto los protestantes. Llevaba el Santísimo Sacramento debajo del palio el arzobispo de Maguncia; y a su diestra iba el rey don Fernando, a la siniestra, Joaquín, marqués de Brandeburg. Detrás del arzobispo iba el Emperador, vestido llanamente de seda negra, y en la mano, como los demás príncipes, llevaba una hacha de cera blanca ardiendo. Luego se seguía todo el pueblo.

Faltaban aquellos a quienes espantaban las amenazas de Lutero, y eran de ellos Juan, duque de Sajonia; Jorge de Brandeburg, Arnaldo, duque de Luneburge; Filipo, lanzgrave, Wolfango, conde de Anholti, y el de Sajonia, que tiene de oficio llevar el estoque delante del Emperador, cuando iba a misa, y en esta fiesta no lo quiso hacer sin consultar primero a los teólogos luteranos. Tanta era la arrogancia de los herejes, que no sólo se querían apoderar de los ánimos de la gente popular e ignorante, sino que con su astucia iban rindiendo las voluntades de los príncipes y haciéndose señores de ellos.

Iban delante del arzobispo de Maguncia todos los de su casa con hachas encendidas, y los capellanes del Emperador y del rey don Fernando y de los demás príncipes católicos, y los músicos. Dijo la misa el arzobispo de Maguncia, y fué el oficio del Espíritu Santo. Predicó Pimpinelo, arzobispo de Losania.

Es de consideración cómo, siendo la fiesta del Corpus, se decía la misa del Espíritu Santo, si no es por pedirle que alumbrase aquella gente, tan ciega en sus errores.

Comienza la Dieta de Augusta a 20 de julio. -Atrevimiento de los protestantes en Augusta. -Confesión augustana. -Manda el Emperador examinar esta confesión. -Fray Alfonso de Virués, monje benito, claro varón.

A 20 de julio se comenzó la Dieta en Augusta, y en nombre del Emperador hizo la proposición a los príncipes Frederico, conde Palatino; y habló con mucha propriedad y elegancia, persuadiendo la paz y pureza de la religión católica, y que en esto debían estar todos conformes y traer por fuerza a los que se quisiesen apartar de tal camino.

En acabando de hablar, mandó el Emperador que otros hombres, muy dotos y elocuentes, orasen allí sobre lo mismo, los cuales lo hicieron singularísimamente, pidiendo a todos, con esto, que, pues veían la potencia del Turco, común enemigo de la Cristiandad, se juntaron para resistirle y hacerle guerra.

Los protestantes, haciendo poco caso de estas oraciones, dieron sus papeles y memoriales, y nombraron entre sí predicadores herejes, para que hablasen al Emperador y le diesen estos memoriales, pidiéndole encarecidamente los quisiese leer y proveer como se suplicaba. El Emperador remitió lo que éstos decían a varones dotos y bien intencionados; pero como en el dar los papeles no hubiese término, ni fin en lo que trataban de la nueva religión, sino que cada día acudían con nuevas invenciones, como es la condición del hereje ser inconstante y vario, enfadóse el Emperador mucho de ellos.

Andando las cosas de esta manera por el mes de setiembre, estando el Emperador fuera de la dicha ciudad, en el campo, suntuosamente adornado, vestido con las ropas imperiales, armó caballero a su hermano el rey don Fernando y a otros caballeros, confirmándoles las encomiendas y beneficios imperiales y haciendo otras honras a otros muchos. Hiciéronse en la ciudad grandes regocijos de armas entre caballeros, que se quisieron mostrar en ellas, y el Emperador y el rey, su hermano, corrieron sus lanzas con mucha gallardía y con grandísimo gusto de los miradores.

Volviendo a las cosas de la religión, el pecho que como tan católico tuvo siempre el Emperador en la fe católica y en la obediencia de la Iglesia romana, fué de verdadero hijo de ella; que algunos, con malicia, han querido dañarle, por haber concedido treguas a los protestantes. Y cierto que es en lo que más resplandece su celo.

Y es notable que un día, estando en a Dieta, se descompuso uno de los príncipes herejes hablando mal de las cosas de la fe, potestad del Papa y costumbres de la Iglesia católica, y el César se enojó de manera que, como Carlos y no como Emperador ni rey, quiso determinar esta causa poniendo las manos en el puñal para castigar de aquella manera semejante desvergüenza; y fuera así si el rey don Fernando, que estaba a su lado, sintiendo el movimiento airado del César y el ademán imperial, no le detuviera y estorbara, que poniendo este gran príncipe en ventura su vida, la quitara al hereje desvergonzado.

Y quien de esto quisiere bien informarse, podrá ver la armonía de la confesión augustana, que declara el consensu o consonancia de la dotrina evangélica que compuso Andrés Fabricio Leodio, del Consejo de los príncipes Alberto y Ernesto, su hijo, arzobispo y príncipe eletor de Colonia, conde palatino del Rhin y duques de las dos Bavieras, impreso este libro en Colonia, año de 1587, donde verá cómo Juan Federico, duque de Sajonia, eletor del Imperio, George, marqués de Brandeburgio; Ernesto, duque de Luneburge; Felipo, lantgrave de Hesia; Francisco, duque de Lunebinge; Wolfango, príncipe de Anhalt, senado y magistrado de Wurnbergen, senado de Reutlingen, que son dos poderosas ciudades de Alemaña, siguiéndolos otro infinito número de gente de toda suerte, le ofrecieron por escrito una confesión de dudas y determinación que en ellas tenían, firmadas de los nombres de estos príncipes, y con determinación y muestras de aventurar las vidas y Estados, como lo hicieron, por la defensión de ellas. Y aunque el Emperador entendió muy bien sus ánimos, y de ellos tenía necesidad para las peligrosas guerras que con otros enemigos tenía, no mirando a esto, sino al bien común, a la gloria y honra de Dios, a la salud de las almas, a la paz y concordia de la Cristiandad y quietud de Alemaña, no sólo no leyó esta confesión y sintió de ella lo que un tan cristiano príncipe debía sentir, antes mandó que algunas personas dotísimas de diversas naciones viesen y examinasen aquella confesión, y les encargó y mandó encarecidamente, que lo que en ella hallasen recta y católicamente escrito, loasen y aprobasen, y, por el contrario, lo que hubiese herético, mal sonante y diferente de lo que la Iglesia católica romana siente y tiene, lo notasen y advirtiesen, y respondiesen a todo, probando los errores en que se fundaron, y se lo trajesen todo junto. Lo cual se hizo así, siendo de los principales hombres dotos que esto vieron Juan Cochleo, fray Alonso de Virués, monje de San Benito de España y profeso del insigne monasterio de San Juan, de Burgos, famoso predicador del Emperador, y obispo que fué de Canaria, y otros que, habiendo visto los artículos de la dicha confesión y respondido a ellos como de personas de tantas letras se esperaba, lo entregaron todo al Emperador, y él lo leyó y lo dió para que lo leyesen y examinasen todos los demás príncipes eletores del Imperio y Estados que allí estaban.

Y visto por ellos, lo aprobaron, dándolo por católico y santo, conforme al Sagrado Evangelio. Y por esto el Emperador, habiendo tenido su acuerdo con los príncipes que allí estaban, mandó que públicamente se leyese, para quietar los ánimos de todos, que con gran escándalo andaban alterados y bulliciosos.

[Escribe el Emperador a su embajador cerca del Papa.]

Por ninguna vía podré mejor decir el espíritu cristiano, el celo del bien común, la sujeción y obediencia al Sumo Pontífice, el deseo de la paz con el rey de Francia, la extirpación de las herejías que el Emperador procuró, como poniendo sus cartas que, en cifra y sumo secreto, escribía a sus ministros, por las cuales se podrá bien ver el engaño de los que malamente le quisieron culpar. Que si su intención no fuera sana, es cierto que en sus despachos se viera, y no me parece que cumplo con lo que está a mi cargo, ni que satisfaré a todos, diciendo en relación lo que el Emperador escribía y quería que los suyos hiciesen, si no pongo aquí al pie de la letra sus más secretas cartas y instrucciones, que han de ser el alma de esta historia.

Este año de 1530 hacía en Roma cerca de la persona del Pontífice oficio de embajador por el César micer May, del su Consejo. Estando el Emperador en Augusta, por el mes de agosto le escribió, respondiendo a las cartas de 30 y 31 de julio, 4, 5 y 10 de agosto, que de micer May había recebido, agradeciéndole el cuidado que tenía en saber y entender todo lo que en Roma se trataba, avisando de ello, y le dice: «En lo que toca al Concilio, responderemos luego con otro lo que nos parece que se debe hacer. Agora solamente decimos que la carta de Su Santidad nos ha parecido tan bien cuanto decís que a Su Beatitud pareció la nuestra, y habemos holgado mucho que Su Santidad esté también en lo del Concilio, que es como se espera de Su Beatitud. Y aunque hay algunas dificultades, Su Santidad prudentemente las verá, y todavía habiéndolo bien visto y entendido, nos parece que no se debe dejar de convocar por las causas que tenemos escritas, antes cada día es más necesario, porque esto de acá no tiene otro remedio; y así, conforme a esto, entretened esta materia hasta que respondamos a Su Santidad y os escribamos lo que se debe hacer, que será presto.

»Lo de Florencia tenemos por cierto que estará acabado antes que recibáis estas cartas, porque a once del presente nos escribió don Fernando de Gonzaga que andaba la plática del concierto muy adelante y estaban casi concertados para concluirlo; y demás, con monsieur de Balansón, y después con Pelu, le habemos escrito que lo traiga a efeto y asiente todo a voluntad de Su Santidad, porque no habemos tenido ni tenemos otro fin y respeto en esta empresa, encargándole muy expresamente que por todas las vías y medios que ser pueda, trabaje y dé orden como el saco se excuse, para cuyo propósito habemos proveído por nuestra parte del dinero que nos ha sido posible, enviando a mandar al reino de Nápoles que se busque y envíe al campo con toda diligencia, sacándolo de ventas y de cualquier manera que se pueda haber. El dicho don Fernando os habrá escrito lo que será menester que Su Santidad provea para este efeto; entenderéis en ello conforme aquello. También enviamos la orden de lo que el ejército ha de hacer: Balansón y Pelu están allá para solicitar y procurar, y enderezar, lo que en todo se debe hacer; y no nos parece que se llame Juan Antonio Muxetula, por la necesidad que de él hay en Nápoles para la provisión del dinero, especialmente estando, como está, tan adelante, que creemos que ya está acabado o lo estará luego sin más dilación. Pero si a Su Santidad parece que será bien enviar a los muy reverendos cardenal Salviati, y con él algunos florentines, como decís que lo tenía determinado, remitímosnos cuanto a esto a su voluntad, para que mande lo que sea servido.

»Para lo de Sena, habemos también escrito y proveído lo que nos parece que se debe hacer, y ciertamente holgaríamos mucho que se pudiesen asentar las cosas de aquella ciudad, sin dar ocasión a nueva guerra. A este efeto es lo que habemos proveído, y se ha de procurar lo que convenga.

»Confiados estamos que lo que escribistes al marqués del Vasto para que viniese al ejército, fué pareciéndoos que aquello era lo que a nuestro servicio cumplía; pero siendo esto de la importancia y calidad que era, y estando en el ejército don Fernando de Gonzaga, al cual el príncipe había dejado en su lugar cuando partió a buscar los enemigos, y sin saber cómo estaba después de su fallecimiento. Y estando el marqués proveído, como sabéis, para que venga a Hungría, debríades mirarlo mucho y no hacerlo sin saber primero nuestra voluntad, por los inconvenientes que se podrían seguir, habiendo Nos proveído luego como supimos el fallecimiento del príncipe. Lo que por la última carta nuestra habéis visto; lo cual no se hizo, no porque no tenemos al marqués muy entera confianza y voluntad de honralle y favorecelle, sino por hallarse él absente del ejército y estar proveído para Hungría, donde es necesario que venga con brevedad, y por haber el príncipe dejado al dicho don Fernando en su lugar, y estar en el cargo, como dicho es.

»En lo de la provisión del cargo de visorrey de Nápoles, se mirará que sea como a nuestro servicio y al bien de aquel reino cumpla.

»Las causas interscritas que enviasteis vi, y téngoos en servicio la diligencia que se puso en haberlas y todos los avisos que nos escribís de Francia y de otras partes; debéis tener siempre muy grande inteligencia en saber todo lo que pudiéredes, por todas vías, y avisarnos de esto como lo hacéis.

»En lo que toca al embajador florentín que está en Francia, bien creemos que ha usado de todas las diligencias y artes que hacían a su propósito, y también se puede creer que aunque le diesen algunas esperanzas, no serían tan largas como él lo juzga, pues no se ha visto algún efeto de obra. Debéis trabajar de saber si lo que decís se escribió del casamiento del de vaivoda con hermana de don Enrique de Labrit, si se trata y pasa adelante, y estado en que está, y avisadnos de lo que supiéredes.

»Todo lo que pasastes con Su Santidad cerca de la ida del conde de Pontremol a Florencia, y las causas que le distes para no deberse hacer, nos han parecido bien porque, como antes habemos dicho, no pudiera aprovechar a alguna cosa y trujera inconvenientes.

»En lo del casamiento que decís que Su Santidad os dijo que le había ofrecido para su sobrina del hijo segundo del rey de Francia, nos parece bien lo que respondistes, y confiamos tanto de la prudencia y bondad de Su Beatitud, que conocerá el apariencia de verdad que esto tiene, y se habrá en ello como conviene. Cuanto a lo que dijo Su Beatitud cerca del Concilio, que Nos estamos de voluntad que se convocase y tuviese en Alemaña, Su Santidad sabe bien lo que cerca de esto le escribimos, y la humildad y voluntad con que le habemos dicho nuestro parecer, por donde podrá conocer las invenciones que hace, fué bien satisfecho de vos, y así lo debe ser en todas las cosas, según la materia y calidad de cada una.

»Otra buena invención es procurar que en el Concilio se ha de tratar también de las cosas temporales y de la restitución de lo que cada uno tiene de otro. Satisfaced a esto, dando a entender, donde sea menester, nuestra intención no ser otra sino dar asiento y orden en estas cosas de la fe, como cumpla a servicio de Nuestro Señor y al bien de la Cristiandad, y la necesidad que se ofrece.

»Fué muy bien lo que por monsieur Andrea de Burgo hicistes decir a Su Beatitud, para asegurarlo de la sospecha que tenía, que el Concilio se había de convocar para Alemaña, y por cierto hasta ahora no habemos tenido tal pensamiento, y asimismo lo que se le dijo cerca de la comunicación de Tarba, más continua que hasta aquí; confiados estamos de la voluntad que Su Beatitud dice que tiene, y que nos ha de ser verdadero padre, pues Nos le tenemos y habemos de tener y servir como a tal, y vos, siempre que convenga, le habéis de certificar y asegurar de esto de nuestra parte, y persuadirle y conservarle en nuestra unión y amistad, y estad muy sobre aviso en lo que toca a Tarba, de mirar y entender lo que pasare y las inteligencias que tuviere, para advertir a Su Santidad de lo que convenga, y satisfacerle, según fuere necesario; lo cual habéis de hacer con toda disimulación y buena manera, sin mostrar que se tiene desconfianza del rey de Francia, ni darle ocasión para que se pueda quejar que por nuestra parte se va contra la paz en cosa alguna, pues no queremos sino guardarla enteramente. En lo de la ida del obispo de Faenza al rey de Francia, pues Su Santidad le tiene por persona de quien se puede confiar que hará buen oficio, no hay que decir sino que nos aviséis de lo que hubiere hecho.

»De Suiza esperamos, el serenísimo rey nuestro hermano y yo, tener nuevas ciertas de lo que allá se hace. Nos mandaremos avisar de lo que conviniere que sepáis, y vos tened siempre cuidado de entenderlo de todas partes y hacérnoslo saber.

»Holgamos mucho del contentamiento que de nuestros ministros se tiene en Italia; hacéis muy bien en tener ínteligencia con ellos y en avisarnos de lo que conviene; continuadlo así. De ninguna parte tenemos aviso hasta ahora, que haya ni se apareje novedad ni bullicio de guerra, especialmente de Francia, antes después de la restitución de sus hijos y de la consumación del matrimonio con la serenísima reina nuestra hermana, hay mayor demostración de guardar la paz y hermandad que tenemos, según lo que nuestro embajador nos escribe de allá, el cual también nos dice que os ha avisado de la consumación del matrimonio y de lo que más es necesario de lo de allá.

»Vos lo decís y pensáis muy bien en considerar las cautelas y artes que se pueden sospechar que toman los que nos tienen mala voluntad, para dañarnos en lo que pudieren, por lo cual es muy necesario estar muy sobre aviso para entender y proveer lo que conviniere, a fin de estorbar y impedir la ejecución de sus malas intenciones y tramas, y así vos lo estad continuamente, como lo confío, que ahí no se puede dejar de saberlo de todas partes.

»Holgado habemos de saber la voluntad de Su Santidad en lo que toca a la venida de la ilustre duquesa, mi hija, esposa del ilustre duque Alejandro, porque, conforme aquélla se haga, Nos lo habemos escrito a la serenísima princesa madama Margarita, nuestra tía, para que para el tiempo que Su Beatitud dice se enderece lo que conviniere. Pero porque ella estará con cuidado hasta saberlo de parte de Su Santidad, debéis sacar un breve, en que le escriba que ha por bien que la venida se difiera hasta abril, como nos lo escribistes.

»En lo que toca a los casamientos del duque de Milán y el de la hija del marqués de Monferrato, Nos lo tenemos muy adelante para otra persona. En el de la sobrina de Su Santidad no hay que decir agora, sino escribir sobre ello, y le responderemos lo que nos parecerá. Si a vos os hablare en ello, para que nos lo escribáis, avisarnos heis de lo nue os dijere, y entre tanto no mostréis habérnoslo escrito, ni que lo sabemos.

»En lo de la causa matrimonial de la serenísima reina, nuestra tía, ya habéis visto el criado de la reina, que allá es ido, con quien os escribimos; de él entenderéis lo que pasa y lo que es menester; conforme aquello, entended en lo que conviniere con toda la diligencia y calor necesario.

»Verdad es lo que decís, que el embajador de Ingalaterra, que estaba en Francia, procuró de dilatar la consumación del matrimonio de la serenísima reina nuestra hermana, y que visto que no aprovechó su diligencia, se partió y volvió a su rey, mostrando descontentamiento. El de Francia muestra muy gran contento y ha cumplido todo lo que conforme a los tratos era obligado, exceto una quitanza que ha de otorgar, que no lo ha hecho por un yerro que hubo en la minuta: pero ha ofrecido que lo otorgará.

»Cuanto a lo que decís de lo que escriben de Francia, que el rey proporná en el Parlamento de París si era obligado a cumplir los capítulos de Cambray para usar de ellos a su provecho, y lo que dice también, que se han de reformar aquellos, tenémosos a servicio el aviso que nos dais; procurad de entender siempre de esto y de todo lo demás lo que pudiéredes, y avisadnos cómo lo hacéis.

»En lo de los forajidos de Nápoles, que están en Francia, Nos tenemos prevenida a la Cristianísima reina, nuestra hermana, de lo que conviene cerca de esto.

»Fué bien avisar al embajador que tenemos en Génova los dineros que tuvistes nueva que se traían de Francia para Florencia, aunque no se tiene por cierto que los hubiese enviado, ni los recibiese, según lo que se ha visto. Y asimismo lo que escribistes al duque de Ferrara sobre lo del criado del embajador de Florencia, que partiéndose él dejaba allí.

»En lo del Turco, pues decís que el poder que os enviamos es bastante, trabajaréis lo que se pudiere hacer, conforme a lo que os habemos escrito y tenéis entendido que es menester.

»Cuanto a lo de los ochenta mil ducados, hicistes bien de avisar a Su Santidad de lo que Tarba dice cerca de lo que tocare a su rey en esto y en lo de los veinte y cinco mil ducados que han de pagar venecianos al serenísimo rey, nuestro hermano, escribirá a monsieur Andrea de Burgo lo que se debe hacer conforme aquello, y a lo que a él pareciere, ayudad y procurad todo lo que pudiéredes, y ansimesmo en lo que se ha de proveer sobre la venida de Andrea Gritti, que el Turco envía en favor del váivoda.

»Del armada de Barbarroja se sabe que después que anduvo por la costa de Francia y Génova estuvo algunos días en Cerdeña, donde hizo algún daño, y se retiró a Argel, y créese que ha varado las galeras y fustas enteras. Andrea Doria, después del daño que les hizo al principio de su viaje, se fué a Málaga, donde se puso en orden de gente, bastimentos y las otras cosas necesarias, y salió de allí mediado julio con veinte y nueve galeras, que él llevó, y otras cinco, y dos galeotas y dos naos, todas muy bien aderezadas y con mucha artillería y alguna gente de respeto para fortalecer las galeras o echarla en tierra; espérase que habrá hecho o hará antes que se acabe el verano algún buen efeto.

»En lo de Isabela Coloma ya respondimos ha llegado, como os lo escribimos, y no tenemos más que decir, sino que esperamos la declaración que Su Santidad hará en lo del matrimonio, para ver después lo que en lo demás se ha de hacer, conforme a justicia.

»Hase visto lo que escribís que pasastes con Ascanio Colona; parécenos muy bien la satisfacción que hicistes a sus quejas, que cierto no son justas, porque Nos le tenemos por muy buen servidor, y la voluntad que él merece y es razón para hacerle favor y merced.

»Trabajad y procurad todo lo que conviniere a la buena expedición y efeto del abadía de Romaricomote, entendiendo en ello con toda diligencia y cuidado, como en cosa que conviene a nuestro servicio que Nos mandaremos hablar acá al embajador de Francia sobre ello, y escribir al nuestro, que está allá, para que hable al rey, y no se ha de dejar de hacer alguna cosa de las que convengan para el buen fin del negocio.

»Su Santidad nos escribió cerca del fallecimiento del infante, nuestro hijo; besarle heis las manos de nuestra parte por ello, que por cierto tenemos que le habrá pesado; mas pues Nuestro Señor fué servido de ello, conviene pasarlo con buen ánimo, y darle gracias por todo lo que hace.

»Bien hicistes en avisarnos de la sospecha que tenéis que Su Beatitud nos demandará prestado alguna cantidad de dineros para lo de Florencia, y asimismo al duque de Milán, de los que nos es obligado a pagar, para que le socorra con más voluntad y contentamiento; porque sepáis cómo os habéis de haber en ello si la cosa pasare adelante, conviene que por todos los medios que fueren buenos, desviéis, como de vuestro, que no nos lo demande en alguna manera, porque nuestras necesidades, y los gastos, son tan grandes, que no tenemos posibilidad para poder prestar cosa alguna, ni aun sabemos cómo ni de dónde podamos cumplir lo que no podemos excusar, y por alguna causa y necesidad que sea no entendemos habemos de tocar en el dinero del rescate de los hijos del rey de Francia, porque por muchas causas conviene conservarlo. Y lo que nos ha de pagar el duque de Milán, tenemos consignado y librado desde antes que partiésemos de Bolonia, a personas que nos socorrieron con parte de ello, y para otras deudas y gastos, de manera que no tenemos algún aparejo para poder prestar ni ayudar con algo, y por esto es menester que desviéis que no se nos demande.

»El dotor Ortiz, a quien escribimos que fuese a esa corte para lo de la causa de la reina de Ingalaterra, irá brevemente, que ya tenemos respuesta de Castilla de ello, y ahora tornaremos a escribir que se dé priesa. Y también hemos escrito que os envíe los traslados de las capitulaciones y escrituras que allá se hallaren, y de acá se os envían las que se han hallado, aunque son de poca importancia. La dispensación no se ha enviado porque no es cosa de confiar por el peligro de perderse, y si fuere menester se podrá sacar con autoridad de legado y enviárosla.

»Entended en procurar que se sobresea todo lo que toca a la coadjutoria del maestrazgo de Montesa, hasta que Nos mandemos otra cosa, porque habemos escrito sobre ello a Juan de Lanuza, y esperamos que el negocio verná a buen fin.

»Llevad adelante lo de los calumniosos litigadores, de manera que se ejecute lo que en esto se acordó, y sin más dilación.

»Pues ya Su Santidad os ha dicho que dará la confirmación de la bula de los patronazgos con Sicilia y Cerdeña, trabajad de despacharla luego, antes que se ofrezca algún estorbo, y también todas las otras cosas, entendiendo en ello con diligencia, y tened especial cuidado de lo de las canonjías doctorales y magistrales, y que no se derogue contra aquello lo de don Carlos de Arellano de la iglesia de Salamanca.

»Habemos visto lo que nos escribís que allá ha pasado cerca de la ida del conde de Pontamolo a Florencia, y como quiera que por la confianza que tenemos del Cristianísimo rey nuestro hermano, y por tocar tanto aquella empresa a Su Santidad, somos ciertos que hiciera todo buen oficio: vos hicistes todo lo que debíades, en no consentir que fuese sin hacérnoslo primero saber; agora no hay que decir en esto, pues gracias a Dios se ha acabado.

»Lo que decís que hacéis en lo del capelo del auditor de la cámara es muy bien; Nos escribiremos sobre ello a Su Santidad, como os parece. Vos haced en este particular, y en lo que generalmente toca a estos capelos, de nuestra parte, la instancia que conviniere, para que no se den sino a personas en quien haya la calidad que se requiere.

»Brevemente tomaremos resolución en la provisión de lo que está vaco por la Iglesia, y ternemos memoria de esos reverendísimos cardenales, especialmente de aquellos que nos lo merecen, y os mandamos escribir lo que con ellos se podrá hacer.

»Desplacido nos ha de lo que la infantería ha hecho en Nápoles, que después de lo que nos escribistes procedieron en sus invenciones y desórdenes y saquearon a Aversa, como habréis allá sabido. Habemos escrito y proveído lo que para el remedio de ello parece que de acá se puede hacer.

»Lo que escribistes a don Fernando de Gonzaga, para que procure saber de los que fueron presos en el reencuentro donde murió el príncipe, el fin que tenía, y por qué eran enviados y pagados, está muy bien. Avisarnos heis de lo que os escribiere y se supiere cerca de esto.

»En lo de las vistas que dice Tarba, con el rey de Francia, hasta ahora no nos ha hablado en esta materia por su parte. El gentilhombre que decís que allá se había escrito que venía, es ya llegado. Muestra siempre querer guardar la paz: de lo que sucediere os mandaremos dar aviso.

»Habemos holgado, por lo que deseamos la satisfacción de Su Santidad, que lo de Brachiano esté tan adelante, y no nos parece que estando tomada la bula, y la fortaleza tan apretada, sería justo que se pusiese en mano de las personas que decís, por las consideraciones que escribís. La diligencia que hicistes para estorbarlo fué muy buena. Y así, haréis lo que más conviniere, y todo lo que fuere menester, para que esto tenga efeto a voluntad de Su Beatitud.

»Estando respondido y escrito todo lo de arriba, habemos recebido cartas de don Fernando de Gonzaga, con la copia de los capítulos de lo que se ha asentado con los de Florencia. Dice que se ha fecho todo a voluntad y intervención de los comisarios de Su Santidad, y siendo así, pues no habemos tenido otro fin ni respeto en esta empresa, no hay que decir sino que holgamos mucho de ello.

»Ya habemos dicho arriba cuánto conviene que Su Santidad provea con brevedad del dinero que es menester para pagar a la gente lo que se le debe, y parece levantarla de sobre aquella ciudad, y sacarla de su tierra, y pues se pueden considerar los inconvenientes y daños que de no hacerse así se seguirían, y especialmente que no se podrá excusar el saco, ni nadie sería poderoso para ello, Su Santidad lo debe proveer, y sin dilación, que Nos no podemos hacer más de lo que tenemos proveído, que es que por la paga de este mes se provean y trayan cuarenta mil de Nápoles, y otros cuarenta mil más, y si fueren menester, otros quince mil. Lo cual no se hará sin mucha dificultad, según las necesidades que hay. Don Fernando de Gonzaga habrá escrito a Su Santidad, lo que es menester, y a vos también; solicitadlo, y trabajad que en todo caso se provea luego por el peligro que la falta o dilación está claro que traería.

»Con el correo pasado os escribimos, como habéis visto, que el término del compromiso de lo de Módena se acababa presto, y que no se podía determinar dentro en él, así por la brevedad como porque las partes querrían reconocer las escrituras que dicen que tienen, y probar de su derecho, lo cual no se podrá hacer en el término señalado. Habíamos enviado a Gutierre López de Padilla, gentilhombre de nuestra casa, al duque de Ferrara, a rogarle y persuadirle que por su parte consintiese en que se prorrogase por algunos días más; hanos, excusándose, respondido que no lo quiere hacer, alegando para ello algunas causas. Tornamos ahora a escribirle encarecidamente que por nuestro respeto venga en ellos, y enviamos a mandar a Gutierre López esté quedo allá, porque llevó mandado que no volviese sin resolución del duque de lo que se le pedía; que le persuada a ello por todas las maneras que pudiere. Pero porque no somos ciertos que lo haya de hacer, y el término, como sabéis, se cumple a 20 de setiembre, y no se puede determinar en él por las causas dichas, comunicadlo con Su Beatitud para que si le pareciere se piense en algún medio, y se procure y trate, y siendo servido de ello, encaminadlo con los que ahí están del duque, o por la manera que mejor hubiere lugar, dándonos luego aviso de lo que halláredes en Su Santidad, y hubiéredes fecho y os parece que se debe hacer, para que conforme aquello se procure, habiendo primeramente hablado a Su Santidad. Lo que dicho es por lo mucho que ahora Su Beatitud ha de proveer para levantar el ejército de Florencia, nos parece que no sería fuera de propósito acordar a Su Beatitud, que del duque se podría sacar alguna buena cantidad de dinero para poder cumplir; decírselo heis como de vos, por la manera que mejor os pareciere, y avisadme de lo que en lo uno y en lo otro pasáredes, y de su voluntad cerca de ello. Y advertid bien que tratéis esta materia por palabras, y de manera que Su Santidad no conciba alguna sospecha de nos, pues ciertamente no deseamos otra cosa tan principalmente como la conclusión a contentamiento de Su Santidad.

»La carta que me escrebistes sobre la causa de Llerena y Salamanca, he visto; y porque aquélla se ha tratado y trata en el nuestro Consejo, y acá no hay información del estado en que está, ni de lo que se debe hacer, he mandado enviar allá vuestra letra para que la vean en el Consejo, y provean lo que conviene, y os escriban lo que en el negocio se debe procurar y hacer. Entenderéis en él conforme a lo que os escribieren, y entre tanto entretenedlo de manera que no se despache cosa que sea contra lo que está hecho y proveído, por las causas de la Emperatriz y los del Consejo; porque así cumple a nuestro servicio.

»En el breve que sacastes en favor de la iglesia y arzobispo de Santiago sobre la ejecución de la de Salamanca, parece en Castilla (donde lo mandé enviar) que es necesario añadir la cláusula que veréis en el margen de la copia de ella, que con ésta os mando enviar. Entended luego en despácharla, acrecentando la dicha cláusula, como va puesta en la dicha copia, y enviármela heis en estando despachada.

»En lo que me decís que pasastes con el cardenal Santicuatro, sobre lo de Carlos de Torrellas, acá parece que el pedimiento ha de ser fecho solamente en su nombre, diciendo que él está preso ha más de un año y medio, por causa que fué culpado en cierta muerte, y no espera salir de la prisión en que está hasta que haya dicho y depuesto cerca de ello lo que sabe. Lo cual, por razón de un juramento solemne que hizo de no descubrir los que fueron en el delito, hasta ahora ha rehusado de decir, sufriendo la prisión grave en que está desde el dicho tiempo acá, por no venir contra el juramento que así tiene hecho, en peligro de su conciencia y ánima, suplica a Su Santidad le plega, condoliéndose, de relajarle el dicho juramento cuanto al fuero de consciencia, para que, sin peligro de su ánima, pueda decir la verdad sin venir contra el juramento, y que Su Beatitud se apiade de él para concederle esto, porque no muera atormentado en la cárcel, pues en verdad no mató a quien le inculpan. Y de la persona del arzobispo, para hacerla culpada ni pedir que se proceda contra él, no se ha de hacer memoria, porque no conviene. Y a lo que Santicuatro dice, que el juez lo puede hacer sacándoselo a tormentos, se dicen dos cosas. La una, que, como vos sabéis, por esta causa, según de los fueros de Aragón, se tiene que este no debe ser atormentado; la otra, que ya que lo pudiese ser, o de hecho se le diese el tal tormento, por ser delito tan grave, que el juez en cuyo poder está no lo puede hacer, porque es inquisidor, y éste no es caso de Inquisición. Y su prisión fué hecha por esta manera, y púdose justamente hacer por la causa que vos sabéis. Decir que es causa de sangre, y que, por esta razón se le niega el breve, no se tiene por bastante, pues se pide in foro conscientiae y para poder decir verdad solamente, y no se sabe lo que se depondrá, ni si aquellos contra quien depusiere podrán ser habidos, ni si por su disposición ha de haber sangre. Y ya que todo esto cesase para evitar el peligro de conceder el breve, asaz tiene cumplido el derecho de remedio. Y hase de notar, que según la calidad de aquel reino, es muy mayor inconveniente que por falta de dejar de decir Carlos Torrellas la verdad no se sepa quiénes fueron los culpados en ello, que no que se le conceda el breve solamente, relajándole el juramento in foro conscientiae, para decir verdad. Y si por tormentos la ha de decir, considere el cardenal Santicuatro, que también por su deposición, aunque fuese fecha con tormento, podría haber ejecución de sangre, y que es menos inconveniente que la diga sin peligro de su conciencia, relajándole el juramento, que no atormentándole, ofendiendo a Dios y a ella, viniendo contra el juramento, pues en falta de esto, lo otro no puede dejar de hacerse, aunque sea con inconveniente de los fueros, como es dicho.

»También se dice que, así los sacros cánones generalmente, como la Silla Apostólica diversas veces, no sólo relajan el juramento a los testigos para decir verdad, pero compélenlos por censuras eclesiásticas para ello. Y apúntase que en las cosas de las Comunidades pasadas contra clérigos, se dió poder de esta Santa Silla, para que pudiese ser procedido contra el obispo de Zamora y otros clérigos en dignidad constituídos, y tomádoles sus dichos y permitido que fuesen puestos a quistión de tormento. De lo cual, porque acá no están los breves que se concedieron, no se os escribe lo que en ellos se concedió, más de que se cree que fué esto, y háceseos memoria de ello, para que vos, informado de cierto de lo que se concedió, si viéredes aprovecharos, podáis ayudar de ello.

»Los del nuestro Consejo de las Ordenes me han escrito de Castilla una carta, cuya copia aquí os mando enviar; será servido, que luego entendáis en sacar el breve que para aquello es menester, y pongáis en ello toda diligencia, y me la enviéis lo más breve que ser pueda. De Augusta a 4 de setiembre de 1530 años.»

«Estando escrito hasta aquí llegaron vuestras cartas de 15 y 22 de agosto que escribistes al comendador mayor, mi secretario, el cual me hizo relación de ellas. Y cuanto a los negocios de Nápoles, en que entienden los comisarios, ya tenemos respondido y proveído lo que acá parece que conviene. Y sobre lo que toca a los infantes amotinados que han saqueado a Aversa, escribimos y proveemos lo que de acá se puede hacer.

»Desplacido nos ha de la indisposición que ha tenido el reverendísimo cardenal Santicuatro, y habemos holgado de la mejoría; visitadle de nuestra parte, y estando para que pueda entender en negocios y siendo venido el cardenal Ancona, dad priesa en todos esos negocios que se han de despachar.

»Lo de las iglesias de Huesca y Segorbe que decís que está ya propuesto, se despache. Y la pensión de los dos mil ducados sobre Tarazona, pues el obispo ha enviado su poder y consentimiento para ello, se despache conforme a lo que os escribo sobre ello por una carta particular que irá con este despacho. Y debéis advertir, que los proveídos de las iglesias han de gozar de ellas desde la data, y desde entonces será justo que el arzobispo goce de la pensión.

»En lo de Florencia parece acá a lo mesmo que allá, que se pudieran mejorar las condiciones, pero como yo no he tenido en esto otro fin sino que se hiciese a voluntad de Su Santidad, me satisfago de ello.

»En lo de Sena tenemos proveído lo que ha parecido que conviene, como habemos dicho, para que sin dar ocasión a mucha guerra, se procure dar asiento y orden en las cosas de aquella ciudad.

»Habemos visto lo que escribistes al comendador mayor, nuestro secretario, de las palabras que Ordas dijo, cuando se le notificó nuestra cédula, y lo que hablastes a Su Santidad, y os respondió sobre ello; todo nos ha parecido muy mal, y mejor pareciera si fuera luego castigado de ellas como lo merecía, que no iros vos a lamentar al Papa del desacato que nuestro natural vasallo nos haga. No habléis más sobre ello a Su Santidad ni a otra persona alguna. Pero porque nuestra voluntad es que por el bien y pacificación de nuestros súditos, y descanso y reposo de ellos, los que os fueron dados por memorial todavía vayan a residir a sus beneficios, porque tanto daño y vejación como hacen cese, vos haced que sean requeridos por virtud de estas cédulas que nuevamente se os envían, aquellos que os fueron dados por memorial, sin tener respeto a alguno de ellos, ni a otra persona ni a particular interese, hinchendo y nombrando a cada uno en su cédula. Y en la manera de la notificación ternéis la orden que mejor pareciere, notificándola a las personas y a los tiempos que conviene, guardando en ello vuestra autoridad, pues representáis nuestra persona.

»La negociación de lo de la fe está muy a punto de romperse, que después de haber muchos días entendido estos príncipes, que están bien en trabajar, que los otros viniesen en lo que fuese justo y bueno, no han querido acetar cosa de lo que se les ofrecía, y me han respondido en su pertinacia y error, de que estoy con cuidado. Platícase en lo que se debe hacer, y parece que, para más justificar la causa, que yo mismo les debo hablar y persuadir sobre ello, así juntos, como cada uno de por sí, lo cual porné luego en obra, y según lo que de ello sucediere, así se tomará la determinación, aunque para en caso de fuerza, que era lo que más fruto hiciera, no hay el aparejo que era menester. Daréis cuenta de ello de mi parte a Su Santidad, y decidle que luego le haré saber particularmente lo que en todo se hiciere, y esto y lo demás, comunicadlo con el cardenal de Osma.»

Lo que procuró el César que se celebrase Concilio. -Pide el Emperador Concilio, por el bien de Alemaña. -Cuánto deseaba el Emperador el Concilio. -Notable cristiandad del César.

A 30 de octubre, estando el Emperador en Augusta, envió a Roma a don Pedro de la Cueva, su mayordorno y del Consejo, con una Instrución, en que le decía que como había visto, tenía escrito a Su Santidad, dándole razón de lo que había pasado y pasaba en lo de la fe, y cómo después de haber trabajado tanto tiempo en la negociación para traerlos por medio suave a que se desistiesen y apartasen de sus errores, habían faltado todas las esperanzas que de ello había, y se había rompido, y el duque de Saxa, y los otros luteranos, se habían ido a sus casas, y no quedaba otro remedio alguno sino el del Concilio; y que suplicase a Su Santidad, considerando lo que esto importaba al servicio de Dios, y conservación y acrecentamiento de la fe, y al bien de la Cristiandad, hubiese por bien de concederlo y proveer lo que convenía, para que se juntase con la brevedad posible. Que llegado en Roma juntamente con micer May su embajador, después de haber hablado y comunicado al cardenal de Osma, su confesor, y a micer Andrea del Burgo, embajador del rey de Hungría, con su parecer, besase de su parte el pie al Papa, y le diese su carta, y en virtud de ella la dijese cuánto se había trabajado en esta negociación, y los medios que se ofrecían, y todo lo demás que había pasado, conforme a una relación que llevaba escrita, que podía mostrar a Su Santidad, y que todo no ha bastado para reducirlos, antes estaban tan duros y pertinaces en su obstinación, que no quedaba ya otro algún remedio sino convocar el Concilio; el cual, no sólo pedían ellos, mas también los príncipes y grandes, y todos los otros que habían vivido y vivían católicamente. Que está cierto que Su Santidad, con celo que tenía y debía tener a la conservación y acrecentamiento de la fe, y al bien de la Cristiandad, no pornía dificultad en concederlo, aunque pareciese que obstaban a ello las razones que Su Beatitud había escrito, que se habían referido por los cardenales; porque de no hacerse, o dilatarse, demás de permanecer toda aquella Germania en sus errores con que se apartarían totalmente de la unión de la Iglesia romana, estaba claro que se extendiera por las otras partes de la Cristiandad, como ya parecía que se comenzaba; lo cual después no se podría remediar.

Que por todas estas causas suplicaba a Su Santidad con la instancia que podía, se determinase luego en conceder el Concilio; pues en esto consistía todo cuanto bien se podía pensar. Que para mejor efetuarlo, escribía a los príncipes cristianos haciéndolo saber, y particularmente al rey de Francia, persuadiéndole a que esté bien en lo del Concilio, y en lo demás que se hubiere de hacer y proveer. Que muy en particular y encarecidamente, dijese al Papa lo que le deseaba servir, y en todas ocasiones mostrase la buena voluntad que le tenía, y cuánto a ambos convenía el buen efeto, del Concilio, y los grandes inconvenientes que se les podrían seguir de no hacerse. Y le asegurase que le había de servir y seguir. Y finalmente, le ordena que diga al Pontífice todas las buenas palabras y demostraciones de amor que le pareciese, y lo que se había holgado con la venida del ilustre duque Alejandro (a quien llama hijo), y la buena voluntad que le tenía, y lo que con su vista había holgado, y cuán contento estaba de su persona. Que tenía mandado a micer May, su embajador, que juntamente con micer Andrea del Burgo entendiese luego en procurar con Su Santidad los despachos para lo que tocaba a la eleción del rey de romanos, que se había comenzado a tratar. Pero que fuese ésto de manera que el Pontífice entendiese que lo principal a que don Pedro iba, era a lo del Concilio, y no otra cosa, si bien lo que tocaba a la eleción convenía que se despachase con toda la brevedad. Que asimesmo hablase y diese una carta suya al colegio de los cardenales sobre lo del Concilio, para que se juntase con la brevedad que tanto convenía; porque cualquier dilación, por pequeña que fuese, sería muy dañosa. Que el lugar donde se hubiese de hacer, el César lo remitía a Su Beatitud, para que él lo escoja el que más conveniente fuere. Pero que convenía que fuese lugar cercano a Alemaña, y serían buenos, Mantua, que Su Santidad había señalado, o Milán, porque los alemanes decían que no pasarían a otro lugar más lejos, y en esto aún venían con dificultad por ser fuera de Alemaña.

Que dijese a Su Santidad, que después de haberse rompido con los príncipes luteranos, y se partieron de allí, había entendido con los católicos en ver lo que se podía hacer y proveer contra ellos, y que a causa de estar ya allá tan adelante el invierno, y no estar apercebido, ni proveído lo que sería menester para proceder con rigor, por entonces no se podía usar de él; que para adelante, y entretanto, debía Su Santidad pensar lo que se debía hacer, y comenzar desde luego a proveer lo que para ello era menester, que él, aunque, como al Pontífice escribía, tenía necesidad de volver en España, así para el bien de aquellos reinos, como por los negocios particulares, estaba determinado a posponer todo lo que le tocaba y de emplearse, con medio y intención de Su Santidad, en todo lo que conveniese al remedio de esto, que tanto tocaba a la honra y servicio de Nuestro Señor y al bien de la Cristiandad. Que asegurase a Su Santidad, conforme a su carta, que en esto y en todo le había de ser siempre muy verdadero y obediente hijo, y que le había de seguir y servir, y mirar por su honra como por la propria suya, y que creyese que no le había de faltar en alguna manera.

Que si se pusiesen algunos inconvenientes más de los que se habían apuntado, safisfaciese al Pontífice con las razones que se habían dicho y para ello había, especialmente con que otro remedio no tenía la Cristiandad sino este del Concilio. Que no era razón que en tiempo de Su Santidad y suyo, se acabase de perder, ni los dos dejasen de hacer lo que eran obligados. Que después de haber concluido lo del Concilio, que era lo principal en que don Pedro había de entender, venido a lo que se debía proveer para castigo y remedio del mal presente, entretanto que el Concilio proveía lo que era menester, parecía ser a propósito que se efectuase lo que otras veces se había platicado de vender bienes de iglesias en Italia y Alemaña, o echar una cuarta en las rentas eclesiásticas, pues era para convertirlo y distribuirlo en defensión y acrecentamiento y sostenimiento tan necesario de la fe. Aunque de lo de Alemaña, según la manera en que estaba, se podría sacar poco.

Encargaba el César otras cosas en esta instrución a don Pedro de la Cueva, enderezadas todas a la reformación de la fe y celebración del Concilio, que muestra grandemente desear para limpiar aquellas tierras de las herejías que en ellas había. En este celo, en la humildad y acatamiento con que escribe al Pontífice y manda a don Pedro le hable y trate con él estos negocios, se muestra claramente el pecho católico que el César tenía, y cuánto erraron los que en esta propria materia sintieron y hablaron mal de él.

Manda el Emperador a los protestantes que se conformen con los católicos. -Receso de la Dieta augustana. -Parte el Emperador para Colonia a fin de este año 1530.

Vistas las impertinencias y demasías de los protestantes, enfadado de ellas el Emperador, les mandó dar ciertos capítulos de lo que habían de guardar, so pena de su indignación, con aditamento de que para mediado el mes de abril del año siguiente, trajesen la resolución (escrita y firmada de mano de Lutero, y de las otras cabezas de esta conjuración) de lo que determinaban hacer cerca del conformarse en las opiniones con lo que la Iglesia católica tiene recibido, con tanto que, mientras no trajesen esto, ninguno fuese osado a imprimir ni vender algún libro de dotrina nueva, ni tampoco pudiesen compeler a nadie a sentir con ellos en la religión, y señaladamente, que no sustentasen las dos opiniones, notoriamente falsas, de los anabautistas ni de los sacramentarios.

Partiéronse con esto de la Dieta los protestantes, mal contentos, hablando con libertad. Partidos ellos con tanta dureza como siempre, se pronunció contra Lutero, y contra todos sus secuaces, un decreto que se llamaba el receso de la Dieta Augustana, por el cual se mandó generalmente (sin exceptar persona) que todos los fieles cristianos permaneciesen en los ritos y ceremonias antiguas, conforme a lo que los pasados sintieron y ordenaron, sin profesar ni recebir alguna de las opiniones nuevas de Lutero, ni de algún hereje de los condenados por el juicio de la Iglesia, so las penas contenidas en otro edicto de Wormes. Con lo cual se concluyó la Dieta en 19 de noviembre del dicho año de 1530.

El Emperador, con esto, se partió a Colonia, quedando el negocio de la religión poco menos estragado que antes estaba, y Lutero mucho más endurecido que nunca. Porque en tanto que la Dieta se hacía, y después que se acabó, nunca hizo sino escribir mil blasfemias, envueltas en otras tantas calumnias, mentiras y desvergüenzas contra el Emperador y contra todas las potestades del mundo.

Firmaron este receso de la Dieta, el Emperador, el rey don Fernando su hermano, treinta príncipes eclesiásticos y seglares, veinte y dos abades, treinta y dos condes y treinta y nueve ciudades francas, y con todo eso, osó afirmar Lutero, con su acostumbrada desvergüenza, en un librillo que compuso luego, que nunca en Augusta se había publicado contra él tal decreto.

Puso en aquel libro muchas mentiras, soberbias, blasfemias, y tantas amenazas como lo mostró muy bien Juan Cocleo en un libro que compuso en contra. Lo mismo hizo un hidalgo lego, natural de la ciudad de Dresda, mostrando a la vuelta, palpablemente, cómo Martín Lutero había sido el movedor de todas las alteraciones y tumultos que en aquellos años se habían visto en Alemaña y en todas las otras provincias comarcanas.

Colonia. -Altéranse los herejes: hacen juntas. -Muerte de madama Margarita, princesa de España. -Entra el Emperador en Gante. -Aprestos de armas en España contra el Turco.

Partido el Emperador para Colonia, en compañía del rey don Fernando su hermano, mandó juntar a los príncipes eletores para principio de enero del año adelante, en Colonia, para elegir y nombrar rey de romanos. Y porque en las Cortes de Augusta fué donde los protestantes declararon las cabezas de la nueva religión, se llamó su dañada seta la confesión augustana, y religión de los protestantes.

Luego comenzaron los alemanes a juntarse y hacer conventículos diabólicos, que así se llaman los que son sin autoridad de la Iglesia Romana, ligas y confederaciones, metiendo en ellas a sus vecinos. Y juntándose otra vez en el mes de deciembre de este año en Smalcaldia, se concertaron y juramentaron de defenderse unos a otros. Recibieron a otros que se juntaron con ellos, y nombraron personas para que fuesen a todas las ciudades, reyes y príncipes, pidiéndoles su ayuda, y que se ligasen con ellos. Aquí comenzó la liga o conjuración de Smalcaldia.

Ultimo de noviembre, a la hora de media noche, murió en Malinas madama Margarita de Austria, hija del emperador Maximiliano y tía de Carlos V, y princesa de España, por haber casado con el príncipe don Juan, hijo único varón de los Reyes Católicos. Murió de edad de cincuenta y dos años, habiendo cerca de veinte y tres que gobernaba a Flandes. Mandóse traer a España, y que la enterrasen cerca de su hermano el rey Felipe, y que el corazón quedase en Bruselas de Flandes, con su madre, y que en Malinas, que era el lugar de su nacimiento, sepultasen las entrañas.

Acudieron el Emperador y el rey don Fernando, su hermano, al entierro de la tía, haciéndole solemnísimas honras. Las cuales hechas, puso el Emperador a su hermana doña María reina de Hungría, viuda del desdichado rey Luis, mujer de grandísimo valor, como en esta historia se dirá, para que gobernase los Estados de Flandes.

La reina María vino luego a verse con sus hermanos en la ciudad de Augusta, desde Augustina, donde ella estaba.

De Augusta fueron para Gante, donde había necesidad de la persona del Emperador, a quien deseaban unos, por ver a su príncipe, nacido y criado en aquella tierra, otros por ver aquella provincia con la justicia necesaria, que con las ausencias de los dueños es ordinario faltar. Recibiéronle con el mayor aplauso y muestras de buena voluntad que pudieron hacer los flamencos.

Este año de 1530 trató el Emperador con su hermano el rey don Fernando de hacer una gran jornada por mar y por tierra contra el Turco, y se aprestaron las armas. En España se levantó gente, y armaron navíos, y la Emperatriz, que gobernaba el reino, estando en Madrid a primero de junio, escribió al condestable de Castilla y a monsieur de Praet, de la cámara del Emperador y su embajador en Francia, enviando a Ochoa de Salazar, para que en el condado de Vizcaya, y en la provincia, se hiciesen con toda presteza mil hombres de guerra escogidos y pláticos en las cosas de la mar, para la armada que se hacía contra el Turco enemigo de la religión cristiana, y dice que aunque parecía inconveniente en aquel tiempo hacer gente de guerra; en especial en esta frontera, por los negocios que se trataban (que era con el rey de Francia todavía), por ser para lo que era, y por no hacer mala obra impidiendo la dicha armada, quiso que se hiciesen los dichos mil hombres, y que si los franceses se recelasen viendo levantar esta gente, les mostrase la carta original del rey don Fernando (que con ésta envió) para que viesen el fin con que esta gente se hacía.

Esta gente de Guipúzcoa y condado de Vizcaya, envió a pedir el rey don Fernando desde Linz, a 29 de abril, año 1530, porque sabía este príncipe cuán valientes son los de esta nación y para mucho. Dice el rey a la Emperatriz, que tenga por bien esto, «que de ello el Emperador mi señor será servido, y yo recibiré merced de V. A.» Firma: «Hermano y servidor de V. A., El rey.»

Que hasta agora yo no había visto letra de este príncipe, a quien tanto quiso Castilla, y era cierto, muy mal escribano, a uso de los príncipes de España.

Libertad que se dió al delfín y duque de Orleáns de Francia.

El deseo grande que el rey de Francia tenía de verse ya con sus hijos libres de la cautividad en que por su libertad los había dejado, hacía que con toda diligencia juntase el dinero y joyas que había de dar por el rescate de ellos, conforme a la concordia sobredicha, hecha en Cambray. Pidió al rey de Ingalaterra las prendas que tenía del Emperador, pagándole los dineros que se debían, como estaba capitulado.

Llegado, pues, ya el día en que se había de hacer la delibración de los príncipes de Francia conforme a los capítulos de Cambray, aunque no fué en el tiempo que allí se señaló, por no poder acudir el rey de Francia con el dinero, el rey quería que se hiciese la entrega por Salsas o Perpiñán, y el Emperador y la Emperatriz, que gobernaba, estaban de este parecer; mas el condestable porfió siempre y acertadamente, que no convenía, porque el camino era largo, que había ciento y veinte y tres leguas desde Pedraza hasta Salsas, y en camino tan largo se casarían demasiado la reina Leonor y los príncipes, y aun podría haber peligro en su salud, por ser muy delicados, y se perdería la ventura que había habido en tenerlos sin enfermedad en España. Y demás de esto, que se había de caminar muy cerca de la raya de Francia por muchas partes, y podían ofrecerse otros peligros, porque había fama de que en Francia se hacía gente y juntaban armas y amenazas de que el rey no estaría quedo.

Y a la Emperatriz se dieron largos memoriales de estas advertencias.

Consideradas estas razones, el Emperador halló que el condestable le decía bien, y así le dió su poder cumplido y por sus cartas le escribió que lo ponía todo en sus manos, para que hiciese y ordenase como a él pareciese, y nombró juntamente con el condestable, para recibir los dineros, a monsieur Luis de Praet, caballero flamenco, camarero del Emperador y del su Consejo de Estado, y envió los recados para que alzasen el pleito homenaje que el condestable y el marqués de Berlanga, su hermano, habían hecho por los príncipes.

Y el rey de Francia dió, asimismo, poder a los que aquí diré, para recebir sus hijos y dar el dinero.

Tuvo el condestable firmas en blanco del Emperador y Emperatriz para llamar la gente de guerra y otros cualesquier señores que le pareciese; y miráronse tantas cosas, que sería cansar contarlas todas.

Sacaron los príncipes de Pedraza con mucho acompañamiento y gente de guerra, y caminaron hasta Gumiel de Mercado. Quedáronse aquí con el marqués de Berlanga y con don Antonio de Leyva, y el condestable se adelantó a Fuenterrabía para verse con su compañero monsieur de Praet y ver el recado que los franceses tenían, y tomar la fortaleza, y recoger la gente que había de venir de Navarra y la que había de traer Gutierre Quijada. Aquí le llegó al condestable un aviso y aún requirimiento del licenciado Giles, procurador fiscal y patrimonial del reino de Navarra, en que decía que era público en aquella ciudad que don Enrique de Labrit con favor del rey de Francia, tenía junta y convocada mucha gente de guerra para, entregados los príncipes de Francia, venir con ella a conquistar aquel reino. Por tanto, que él le requería, en nombre de Su Majestad, mandase proveer lo necesario para la defensa de aquel reino, y que hasta tanto que se supiese lo cierto, no entregase los príncipes.

Y con dos notarios de aquel reino hizo un solemne requerimiento a don Martín de Córdoba, conde de Alcaudete, virrey de Navarra, pidiendo lo mismo, y el virrey respondió que tenía dado aviso a la Emperatriz. Sin embargo de esto, el condestable procedió en la entrega de los dichos delfín y su hermano como el Emperador tenía mandado, y los cuatro que tenían poder, dos por el Emperador y dos por el rey de Francia, se concertaron de esta manera:

Concierto que hubo sobre la libertad de los príncipes de Francia.

«Como por el tratado de paz y alianza y confederación hecha en la ciudad de Cambray a 5 días del mes de agosto pasado, entre los muy altos y muy poderosos y muy excelentes príncipes don Carlos, por la divina clemencia Emperador de los romanos y rey de Castilla, y Francisco, I de este nombre, por la gracia de Dios rey de Francia cristianísimo; sea entre otras cosas dicho, asentado, acordado y convenido, que el dicho Cristianísimo rey, por el bien de la paz y por cobrar los señores delfín y duque de Orleáns, sus hijos, que están por él en rehenes, en poder del dicho señor Emperador y rey, dará al dicho señor Emperador la suma de dos millones de escudos de oro del sol en escudos, tierras, obligaciones y joyas, según que más largamente está declarado en el dicho tratado de paz, y que en el mismo instante serán también, realmente y de hecho, entregados los dichos señores delfín y duque de Orleáns en las manos de los comisarios diputados por el dicho Cristianísimo rey, y que los dichos pagamentos y delibración se harían dentro del primero día de marzo postrero pasado, o más presto si hacer se pudiese, y en la forma y manera que sería concertado entre los diputados de los dichos señores Emperador y Cristianísimo rey, para hacer la dicha delibración de los dichos señores delfín y duque de Orleáns, el dicho señor Emperador, e por sus poderes y patentes que al cabo de esta capitulación irán insertos, ha nombrado y cometido por sus procuradores especiales al ilustrísimo señor don Pedro Hernández de Velasco, condestable de Castilla y duque de Frías, y conde de Haro, y a monsieur Luis de Flandes, señor de Praet, camarero del Emperador y del Consejo de Estado. Y para recibir al dicho señor delfín y duque de Orleáns y para satisfacer a lo que el dicho señor rey Cristianísimo ha de cumplir por el dicho tratado, el dicho rey Cristianísimo asimismo ha nombrado por sus patentes, que también al cabo de esta capitulación serán insertas, e cometido e ordenado y diputado por su procurador especial al ilustre señor, el señor Anna de Montmorancy, caballero de la Orden y mayordomo mayor y mariscal de Francia. Los cuales comisarios después alargaron por algunas buenas consideraciones el día sobredicho que estaba determinado para los dichos pagamentos y delibranzas por diversas veces, y la postrera, hasta 15 días del mes de junio primero, y se ha tratado y acordado el día de la fecha de ésta, de los lugares y orden y forma y manera de la dicha delibranza, según y de la manera que se sigue:

«I. Primeramente que todos los hombres de armas de ordenanza y toda otra gente de guerra de caballo, de cualquier manera que sean, así los de una parte como los de la otra, se hayan de retraer diez leguas atrás del lugar donde se hiciere la entrega, y que en alguna manera se puedan llegar al dicho lugar diez días antes ni diez días después que la dicha entrega se haga.

»II. Item, que el día que se hiciere la entrega, algún gentilhombre de casa del rey Cristianísimo ni otros, no pasarán ni vernán más acá de la villa de Bayona, hasta que los señores delfín y duque de Orleáns sean llegados a la villa de San Juan de Luz, salvo el número de los que serán declarados en estos capítulos.

»III. Item, que no se hará de una parte ni de otra, en la frontera ni a diez leguas del lugar donde se hará la dicha entrega, alguna junta de gente de a pie, a sueldo ni de otra alguna manera, salvo setecientos hombres de pie, los cuales se pornán en la parte que abajo se dirá, y toda la gente de guerra que están en guarnición en Fuenterrabía y en Irún se retraerán de los dichos lugares, sino que fuere para guarda del castillo de Fuenterrabía, que son cincuenta hombres.

»IV. Item, que el día de la entrega no se pueda hacer alguna junta de gente de la tierra, de hombres ni mujeres, ni de alguna manera que sean en el lugar de la dicha entrega ni tres leguas de él.

»V. Item, que doce días antes que se haga la entrega, y hasta que sea hecha, envíen el condestable y monsieur de Praet doce personas a Francia que puedan entrar hasta diez leguas dentro de la tierra, para ver si se hace alguna gente, o alguna apariencia de cosa que parezca que es contraria a esta capitulación. Y que el señor mayordomo mayor envíe para lo mismo en España otras doce personas, y que los dichos señores condestable y monsieur de Praet y mayordomo mayor de los susodichos, algunas personas que los guíen, para que hagan lo que llevan a cargo. Y que estas doce personas puedan ir repartidas como quisiesen los dichos señores condestable y monsieur de Praet, y mayordomo mayor, y a cada uno se le dé persona que lo guíe al lugar donde quisiere ir dentro de las diez leguas.

»VI. Item, que el dicho señor mayordomo podrá mandar visitar los que están en guarnición en el castillo de Behovia, los cuales no puedan ser más de veinte hombres.

»VII. Item, para que mejor puedan pasar los dichos príncipes en Francia y recibirse la moneda y flor de lis, y escrituras en un mismo instante, se pondrá un pontón sobre el agua donde fuere concertado, de cuarenta pies de largo y quince de ancho, fijado con sus áncoras muy gruesas y entablado por encima, y por medio del dicho pontón se hará una barrera cerrada con sus maderos y tablas, muy bien clavadas una con otra, que llegue hasta el suelo debajo, y que la dicha barrera llegue desde el un cabo al otro, y que tenga la dicha barrera cuatro pies de alto, y por el un lado pasarán los caballeros españoles y por el otro cabo los franceses.

»VIII. Item, que dos horas antes que los dichos príncipes y dineros, y flor de lis y escrituras, se embarquen, vayan dos caballeros, uno español y otro francés, los cuales visitarán el dicho pontón alto y bajo, y estarán encima de él hasta que los señores condestable y mayordomo mayor estén encima del dicho pontón. Y estos dos caballeros que así fueren delante, serán los primeros que pasaren en un mismo instante; el español, a la gabarra del dinero, y el francés, a la de los príncipes.

»IX. Item, que las dos gabarras que el mayordomo mayor hizo venir desde Bayona a la ría de Fuenterrabía servirán para hacer la dicha entrega, y los dichos señores condestable y de Praet escogerán una para traer los dichos príncipes, y el dicho mayordomo mayor guardará la otra para traer los dineros; y la que los dichos señores condestable y de Praet escogieron para los dichos príncipes, quedará en el lado de Andaya, y la otra, delante de Fuenterrabía, hasta el día que se hiciere la entrega, el cual día ellas serán visitadas por personas diputadas de una parte y de otra, y después serán traídas cada una a la parte donde se ha de cargar. Y después de cargadas las dichas gabarras, antes que parta la una del lado de España, y la otra de la parte de Francia, será visitada cada una de ellas por los dichos caballeros español y francés.

»X. Item, que para que no haya ventaja en las dichas gabarras, en ir más liviana la una gabarra que la otra, que la gabarra donde entraren los dichos señores delfín y duque de Orleáns sea cargada de tanto peso de hierro que pese tanto como los dichos cofres donde fueren los dineros, y flor de lis, y escrituras, los cuales dichos cofres enviarán a pesar el dicho señor condestable y monsieur de Praet si quisieren, para que sea igual el peso de hierro que pusieren del que trujere la barca del dinero, y ha de ir el dicho hierro en el suelo de la dicha gabarra, debajo de un suelo de madera que le mandarán echar el condestable y monsieur de Praet por encima, muy bien clavado. Y que el dicho señor mayordomo mayor pueda también enviar a pesar el dicho hierro para ver si es igual el dicho peso del dicho hierro del de los cofres.

»XI. Item, que antes que los dichos príncipes y el dinero se embarquen, habrá dos gabarras iguales sobre el agua, en cada una de las cuales habrá seis caballeros españoles y cuatro remadores españoles, y con ellos dos caballeros franceses, y en la otra habrá seis caballeros y cuatro remadores franceses, y con ellos dos caballeros españoles, los cuales dichos caballeros no llevarán sino espadas y puñales. Los remadores no traerán algunas armas ni puñales, y pasarán los caballeros de una parte y otra para visitar y mirar si los dichos señores condestable y de Praet y mayordomo mayor, y los dichos caballeros y remadores marineros que han de ir en las dichas gabarras, llevan otras armas ofensivas ni defensivas sino las que después serán declaradas, y también visitarán y sabrán si todas las otras cosas se cumplen conforme a esta capitulación, para que cada uno de ellos dé aviso a su parte.

»XII Item, que el dicho señor mayordomo mayor se halle sobre el borde de la ribera acompañado de ciertas personas a caballo y de los setecientos hombres de pie arriba declarados tan solamente, sin que se puedan acercar más cerca del agua de hasta la casilla que está de la parte de Francia, que llaman Ondarralzo, cerca de la cual el dicho mayordomo mayor terná ciento de a caballo y cuatrocientos de a pie, y retirarán la otra gente de a caballo y de a pie en la parte de Francia donde él quisiere, y los dichos señores condestable y monsieur de Praet tendrán otra tanta gente de caballo y de pie de la parte de España, en los cuales también ternán ciento de caballo y cuatrocientos de pie sobre el arenal, en derecho del lugar donde ellos se embarcaron, y los otros se partirán de la parte de España donde quisieren, sin que se acerquen más al agua que los franceses.

»XIII. Item, que los acemileros que vendrán con las acémilas que trajeren el dinero, que puedan llegar con las dichas acémilas hasta el borde del agua, para poner los dichos cofres en la gabarra donde ha de venir el dicho dinero, y que con cada acémila puedan venir cuatro hombres de a pie, franceses, sin armas algunas ofensivas ni defensivas, para ayudar y guiar las dichas acémilas, y cargar y descargarlas. Y que asimismo, desque se partieren de Bayona, vengan con cada una de las dichas acémilas, dos hombres de pie, españoles, sin armas algunas, tales cuales Alvaro de Lugo quisiere.

»XIV. Item, que así como los dichos acemileros franceses han de llegar al borde del agua para poner en la gabarra el dinero, que así también haya de llegar la parte de España al borde del agua; la mitad de otros tantos acemileros, sin armas algunas, para sacar los dichos cofres del dinero de la dicha gabarra en que vienen, y para podellos cargar luego que sean pasados y para llevallos.

»XV. Item, que hayan de venir siempre con los dichos cofres del dinero en compañía del dicho mayordomo mayor Alvaro de Lugo y quince hombres de caballo o de pie, cuales querrá el dicho Alvaro de Lugo y los que él nombrare; los cuales estarán presentes siempre a ver cargar y descargar los dichos cofres de las acémilas, y en cualquiera parte donde se descargaran, los dichos cofres serán puestos en una cámara buena y convenible, en la cual el dicho Alvaro de Lugo se aposentará y dormirá; y dormirán con él en la dicha cámara seis personas, las que él quisiere, de los quince sobredichos, a los cuales pueda mandar hacer el dicho señor mayordomo mayor la guarda que quisiere fuera de la cámara donde el dicho Alvaro de Lugo estuviere, y podrá el dicho señor mayordomo mayor enviar a Fuenterrabía otros quince hombres para el semejante efeto de ver si vienen los príncipes; mas estarán quedos dentro en Fuenterrabía sin armas algunas las dichas quince personas que enviare el dicho señor mayordomo mayor, como lo han de estar en Francia las quince personas de España que fueren para venir con el dicho dinero.

»XVI. Item, que el dicho Alvaro de Lugo sea presente, y también las quince personas españolas que vinieren con él a ver poner en la gabarra los dichos cofres donde fueren los dichos dineros y escrituras y flor de lis, y que si antes que fueren puestos los dichos cofres en la dicha gabarra tuviere el dicho Alvaro de Lugo alguna sospecha en algunos de ellos, que los pueda hacer abrir en presencia del señor mayordomo mayor, para ver si halla alguna falta, y si la hallare, que el dicho señor mayordomo mayor la haya de cumplir.

»XVII. Item, en la dicha gabarra de los dichos señores condestable y monsieur de Praet irán los dichos señores delfín y duque de Orleáns, y el señor de Brisac, y también habrá en ella doce caballeros españoles, comprendiéndose en ellos el dicho señor condestable y el de Praet, y en la gabarra del dicho señor mayordomo mayor serán los dineros, flor de lis y escrituras, y Alvaro de Lugo y dos pajes, cuales los dichos señores condestable y monsieur de Praet nombraren, del mismo talle, poco más o menos, que los dichos señores delfín y duque de Orleáns; y también habrá doce caballeros franceses, contado y comprendido en ellos el dicho señor mayordomo mayor. Y podrán los caballeros susodichos, así los de una parte como los de la otra, traer cada uno de ellos espadas y puñales de semejante largura, poco más o menos, y ningunas otras armas ofensivas ni defensivas. Y los dichos señores delfín y duque de Orleáns y dos pajes, podrán llevar puñales tan solamente. Y en cada una de las dichas gabarras habrá doce marineros remadores y uno para guiarla; y ninguna otra persona, si no es las susodichas, no puedan entrar en las dichas gabarras, salvo si no fuese menester mayor número de remadores, y que si fuere menester se puedan tomar tantos de una parte como de otra, guardándose igualdad.

»XVIII. Item, el dicho señor mayordomo mayor se embarcará para venir al pontón de la parte de Francia en el lugar donde el señor de San Per puso el otro día una marca por mandamiento del dicho señor mayordomo mayor, junto al agua, debajo de la casa que se llama de Ondarralzo.

»XIX. Item, que no hayan de llevar arma alguna ofensiva ni defensiva los remadores ni los que guiaren las gabarras, sino sus remos, los cuales serán iguales así en largura como en gordura y en anchura, y sean medidos los dichos remos por los seis españoles y dos franceses, y por los dos españoles y seis franceses que han de andar de una parte a otra, para ver si se cumple la dicha capitulación.

»XX. Item, que las dichas gabarras de los dichos príncipes y dineros, abordarán al pontón a un mismo tiempo y instante y, abordadas, los dichos señores condestable y mayordomo mayor se pondrán los primeros encima del dicho pontón, y subidos, el dicho señor condestable se pondrá de la parte de la barrera donde han de pasar los caballeros españoles, y el dicho señor mayordomo mayor, de la parte de la barrera por donde hubieren de pasar los caballeros franceses, para que se truequen los dichos caballeros y remadores y gobernadores de las gabarras, y que ninguno de los dichos caballeros suba encima del pontón sin que los llamen, el dicho condestable a los españoles, uno tras otro, y el dicho mayordomo mayor, uno tras otro, a los franceses, y que entre los unos caballeros y los otros encima del pontón, como fueren llamados, es a saber dos caballeros y dos remadores de cada parte, y entrarán y pasarán en las gabarras; los españoles en la del dinero y los franceses en la de los príncipes, y todo esto se liará a un mismo tiempo, sin que los unos se den más priesa que los otros.

»XXI. Item, que ninguna otra persona, sino los caballeros susodichos y remadores y guiadores de las dichas gabarras, y los acemileros sobredichos, no se puedan llegar al agua durante el tiempo de la entrega.

»XXII. Item, que, como las dichas gabarras serán abordadas al pontón y amarradas y trabadas con él como se concertare, que todos los caballeros que vinieren en las dichas gabarras se pongan a un cabo de ellas, de manera que esté vacía la parte donde hubieren de entrar los caballeros que se han de trocar, sin ponerse ni mezclarse con los que no fueren salidos.

»XXIII. Item, que haya un galeón, en que vayan cuatro caballeros españoles, y otro galeón en que vayan otros cuatro caballeros franceses, y que el uno y el otro lleve igual número de remadores, y que el español esté en la mar delante de San Juan de Luz, y el francés esté delante del puerto del Pasaje, yendo y viniendo donde quisiere, para que los caballeros que fueren en los dichos galeones puedan ver si hay algún juntamiento de naos que puedan hacer daño al efeto de la entrega, y dependencias de ella, para que cada uno pueda dar aviso a su parte de lo que hallare. Y ha de llevar cada galeón un barco en que vaya un caballero con dos remadores para poder dar aviso a su parte de lo que hubiere que dársele.

»XXIV. Item, que toda la artillería que está en Fuenterrabía de la parte del agua donde se hará la entrega, se porná de la otra parte en una casa o en dos, o en otro lugar, cual se ordenare, de manera que ella no pueda hacer daño ni embarazo al pasaje del agua y a la entrega sobredicha. Y para ver si esto se cumple así, enviará el dicho señor mayordomo dos caballeros a Fuenterrabía, para ver si está la dicha artillería en el lugar que está ordenado, y para que le den cada hora aviso de ello; y que tampoco el dicho señor mayordomo mayor no pueda traer alguna artillería, si no son escopetas y arcabuces de mano, que no sea menester para traer cada arcabuz más de una persona, y que sean de tamaño que tiren con ellos como con escopetas y no de otra manera, y para que si esto se cumple así lo sepan los dichos condestable y de Praet, enviarán también otros dos caballeros para que vengan en compañía del dicho señor mayordomo mayor.

»XXV. Item, que por ser tan grande como es el peso que llevarán las dichas gabarras, que se haga la dicha entrega en plena mar, y que venga el dicho señor mayordomo mayor, al tiempo que todos los cofres del dinero, y flor de lis, y escrituras sean embarcadas media hora antes de la creciente, para que al punto de ella se pueda efetuar la dicha entrega, y que si tardaren los unos o los otros de entrar en la gabarra a la hora que se señalare, que haya de quedar para otro día la dicha entrega.

»XXVI. Item, que en ninguna parte de la villa de Fuenterrabía, ni en los baluartes de ella, ni alrededor, no habrá alguna manera de navío que se pueda echar sobre el agua, ni tampoco sobre la dicha agua; y que tampoco haya alguno en Andaya, ni en todo el lado de la frontera de Francia, más de los que han de servir en esta entrega. Y habrá dos barcas que irán y vernán todo el largo de la dicha ribera, en cada una de las cuales habrá cuatro caballeros y cuatro marineros, la mitad de ellos españoles y la otra mitad franceses, para visitar la dicha ribera y para dar aviso a su parte de lo que hallare.

»XXVII. Item, que la reina irá dentro de una gabarra aparte, acompañada de los señores o damas que ella mandare, hasta en número de seis mujeres, y habrá dentro de la dicha gabarra ocho caballeros españoles y otros ocho franceses, y doce remadores, la mitad españoles, nombrados por los dichos señores condestable y monsieur de Praet, y la otra mitad franceses, nombrados por el dicho señor mayordomo mayor, y partirá la dicha al mismo instante que partirá la de los dichos señores delfín y duque de Orleáns, y se acercará al pontón y parará hasta que el trueque de los príncipes sea hecho por el dinero, y hecho el trueque, pasará de la parte de Francia, para llegar a un mismo lugar en un instante que llegare la gabarra de los dichos señores delfín y duque de Orleáns. Y verná el reverendísimo cardenal de Tornon a Fuenterrabía, acompañado de los dichos franceses que han de pasar en el barco con la dicha reina, para besarle las manos y recebirla y acompañarla en la dicha gabarra, en la cual ha de ir con ella el señor obispo de Segovia y los caballeros españoles sobredichos, que han de pasar con la dicha reina; y llevará cada uno de los dichos perlados un criado con ellos; y la dicha gabarra será gobernada y guiada por un gobernador español, hasta que lo otro que es sobredicho sea hecho; y hecho, gobernará la dicha gabarra el guiador francés.

»XXVIII. Item, que el vizconde de Turena y los franceses y francesas que están con él y con la reina y con los príncipes, exceto monsieur de Brisac y madama de Brisac y sus criados, en número de doce, se hayan de partir para Bayona, tres días antes que partan de acá la reina de Vitoria y los príncipes de la Puebla de Arganzón.

»Y de la manera susodicha es acordado y concluido este dicho concierto, asiento y capitulación, por los dichos señores condestables y de Praet y mayordomo mayor, a 26 días del mes de mayo, año del Nacimiento de Nuestro Señor Jesu-Cristo, de mil y quinientos y treinta años.»

Libertad de los príncipes de Francia. -A primero de julio se hizo la entrega.

A 21 de junio, el condestable y monsieur de Praet y el mayordomo mayor del rey de Francia moderaron el capítulo que dice que de cada parte estén docientos hombres de a caballo que aseguren la costa de un reino y de otro, en que no sean más de ciento de cada parte, de los cuales pueden el condestable y Praet tener los sesenta en derecho del pontón, donde se embarcaren los príncipes, y los restantes que los pudiesen poner donde quisiesen, y que también de la parte de Francia el mayordomo mayor pudiese tener en la casa que llaman de Hondaralco, que es en la parte de Francia, otros sesenta hombres a caballo, y que el resto que quedaba a cumplimiento de ciento, los pudiese poner de la parte de Francia donde quisiese, y que la demás gente que los unos y los otros han hecho juntar, que la despidan y derramen, y hagan retirar diez leguas atrás del lugar donde se hizo la entrega, y no puedan entrar ni estar dentro de este término diez días antes de la entrega y diez días después.

Fueron grandes los embarazos que hubo en el contar y calificar el dinero, que los plateros no se concertaban, porque los que eran de parte del Emperador pedían el oro de 24 quilates, y los franceses decían que había de ser de 21, y vino a faltar una gran suma de dinero.

Y ya que todo estaba cumplido, estando la reina Leonor en Rentería, que es dos leguas de Fuenterrabía, y el mayordomo mayor del rey de Francia en San Juan de Luz, que es otras dos, y los príncipes en Salvatierra, a 26 de junio cayó malo el condestable, y la enfermedad se mostró peligrosa, por lo cual paró la entrega que se había de hacer del dinero y delibración de los príncipes en el domingo y lunes siguientes, y el martes vinieron el mayordomo mayor y el cardenal de Tornon con otros muchos caballeros a Fuenterrabía a visitar al condestable y a requerirle que, pues ya ellos habían cumplido, que cumpliesen él y monsieur de Praet, en nombre del Emperador, lo que eran obligados.

El condestable respondió que ya veían cuál estaba. Ellos dijeron que no se debía de perder por eso el negocio del Emperador y del rey de Francia, y que si él no estaba para ello, que pusiese al marqués, su hermano, u otro en su lugar, que hiciese lo que él había de hacer; que pues colgaba de este negocio la paz de la Cristiandad, que no se había de embarazar por alguna cosa particular.

Y visto que no podía dilatarse sin caer en gran falta por parte del Emperador, determinó el condestable de posponer lo que tocaba a su salud y aun la vida en peligro, por cumplir con la autoridad de Su Majestad y con la palabra que él y monsieur de Praet habían dado de hacer la entrega en cumpliendo los franceses como habían cumplido. Y así se concertó para el viernes de aquella mesma semana, y en el sitio del pontón, que era donde se había de hacer el trueque, como en el día de poca agua tenían ventaja los españoles a los franceses, porque estaba entre el pontón y Francia la canal principal del río, y a la parte de Fuenterrabía era arenal que lo toma la creciente de la marca, de manera que si hubiera algún ruido, no pudieran llegar los franceses que estaban a la banda de Francia al pontón, sin ahogarse los que no supieran muy bien nadar, y la gente española que estaba en la parte de Fuenterrabía podía llegar poco más del agua a la cinta.

También se les había pedido que en lugar de los príncipes fuese un caballero más de los españoles con las armas que los príncipes llevaban, que era un puñal; y no lo quisieron dar los franceses, sino que fuesen dos muchachos de su edad de ellos, y como el condestable estaba malo, tuvieron por bien que fuese él, demás de todos los que allí iban.

Miraban en tantas menudencias, temiendo alguna ruindad. Fué este día 1.º de julio de medias aguas -que llaman los marineros- concertado esto así.

La reina vino a Fuenterrabía y los príncipes a la Rentería, los cuales fueron vueltos después dos leguas atrás, porque se certificó que habían tomado los franceses un correo que enviaban el condestable y monsieur de Praet, mas después que se supo que no era verdad, determinaron de hacer la entrega, y así tornaron a caminar para Fuenterrabía los príncipes.

Estaba concertado que la reina fuese en otro barco detrás de los príncipes, con igual número de caballeros españoles y franceses, y que estuviese parado el barco de la reina mientras que se hiciese la entrega.

El viernes dicho 1.º de julio llevaron al condestable a hombros en una silla a una casa que está fuera de Fuenterrabía, junto a la puente, a esperar a los príncipes antes que ellos llegasen. Vino el cardenal de Tornon a Fuenterrabía con los caballeros franceses que venían a acompañar la reina, y fueron con ella don Francisco de Zúñiga y el marqués de Poza, y el conde de Nieva y el clavero de Calatrava, y Martín Ruiz de Avendaño, caballero principal y de las cabezas de aquellas montañas, y don Bernardino de Velasco, Pedro Zapata, señor de Barajas; don Pedro Bazán, don Pedro Vélez de Guevara, hijo del conde de Oñate, y don Alonso de Silva.

Embarcóse la reina antes que los príncipes llegasen.

El condestable esperó a los príncipes en la casa dicha, donde llegaron a las seis de la tarde. Entraron allí a desnudarse los sayos de camino que traían y vistiéronse sendas ropas de brocado.

Llegó monsieur de Praet a dalles las cartas del Emperador, y él y otros caballeros les hicieron grandes ofrecimientos; y monsieur de Praet fué a entender en algunas cosas, y el condestable quedó con los príncipes, y salieron desde a un rato con menestriles, trompetas y atabales, y ellos a pie, delante del condestable, que por su enfermedad iba en la silla.

Y luego vino monsieur de Praet para ir con ellos embarcados en la gabarra. La mitad de ella, donde habían de entrar los franceses, iba vacía, y en la otra mitad iban todos los del barco, y los príncipes, casi en medio de todos.

Llevólos el condestable hasta que se acercaron al pontón, y allí quedó con ellos monsieur de Praet, y el condestable pasó adelante a subir en el pontón, como estaba concertado, para llamar los caballeros, y arrimóse a una silla que llevaron allí, y comenzó a llamar de allí los caballeros españoles, y el mayordomo mayor, los franceses; y así fueron pasando los unos a la una gabarra y los otros a la otra, lo cual se hizo muy presto y muy bien.

Acabados de pasar, entró el mayordomo mayor en el barco de los príncipes, y el condestable en el del dinero, y desde el un barco al otro se quitaron los bonetes.

De allí a poco que comenzaron a entrar en la canal los franceses con sus príncipes, se oyó el alegría que hacían de verse ya en parte donde no se podía pasar a ellos, y así llegaron ellos a Francia y los españoles con el dinero a Fuenterrabía, disparando de un cabo y de otro muchas escopetas de placer, y tañendo los menestriles y trompetas.

La reina se entregó al punto que esto se hizo, y proveyóse que las personas principales y caballeros que con ella iban que en acabándose la entrega de los príncipes, todos se pasasen a un barco; y así los caballeros que iban con la reina, como los que habían ido con los príncipes, todos quedaron con el dinero hasta ponello en Fuenterrabía, y trajeron al condestable a su cama, y el dinero se dió orden que se partiese luego otro día, sábado, como se hizo.

De esta manera fué la delibración de los príncipes de Francia, hecha con tan poca confianza de los unos y de los otros. Yo la he contado al pie de la letra como se hizo y como la escribieron los que se hallaron en ella, que por eso va con tanta particularidad y menudencias, si bien dignas de saberse, porque veamos cómo viven y se tratan los reyes, que quizá valdrá más la llaneza de dos tristes labradores.

Dice más esta relación:

«La reina, aunque se embarcó primero que los príncipes, no partió hasta que la gabarra de los príncipes llegase al pontón. Iban los caballeros españoles en la mitad de la gabarra en la proa, y comenzaron a salir los que estaban más al cabo, porque los postreros fuesen los que quedaban cerca de los príncipes. La gabarra de la reina y la de sus damas, y la otra en que se habían de recoger los caballeros que habían ido con la reina, estaban desviadas del pontón cincuenta brazas, y estuvieron paradas hasta que se hizo el trueque. Las gabarras de los caballeros que habían ido a reconocer las armas, estaban la una al un lado del pontón y la otra al otro.

»Caminaron los príncipes derecho a Burdeos, donde el rey su padre los esperaba, y allí los recibió con grandísimo gozo, y en principio del año siguiente se casó con la reina doña Leonor por mano del cardenal de Tornon, en un monasterio de monjas de San Benito, abadía muy principal de Bayona, y en el mes de marzo la coronó en San Dionís, de París, monasterio real de San Benito y común entierro de los reyes de Francia, con corona de oro, y se hicieron grandísimas fiestas en París, mostrando el rey, como siempre mostró, tener tal amor a la reina cual ella lo merecía.»

En estos días murió en París, preso en una fortaleza, Maximiliano Esforcia, duque desdichado, despojado de Milán, habiendo estado quince años cautivo, no siendo el miserable mozo en nada más dichoso que su viejo padre.

Elección en Colonia, víspera de los Reyes, del rey don Fernando. -Coronación en Aquisgrán del rey de romanos. -Procura el Emperador juntar los príncipes cristianos contra infieles. -Va el Emperador a Brabante.

Comenzaré este año de 1531 por la eleción y coronación del rey don Fernando, hermano del Emperador, infante de Castilla, donde tuvo hartos buenos deseos, como ya dije.

En la ciudad de Colonia fué eleto rey de romanos, víspera de los Reyes, y a 11 de enero de 31, en Aquisgrán, recibió las insignias de aquella nueva dignidad, con grandísima solemnidad, y se puso la corona de plata de Carlomagno, que como reliquia guardan en Aquisgrán, y se vistió sus ropas sagradas.

Había ya recebido el año pasado, cerca de Praga, la corona del reino de Bohemia, y si bien allí se hallaron muchos moravos y bohemios, y otros que llaman slefitas, que confinan con los polacos, todos lucidamente aderezados, fué muy más vistosa la fiesta que se le hizo en Aquisgrán, por hallarse en ella el Emperador con toda la flor de Alemaña y gran nobleza de españoles y italianos, que exceden mucho en policía y riqueza a los bohemios. Era cosa maravillosa ver los que aquí había, compitiendo unos con otros, mostrando las riquezas que tenían, que, sin duda, eran las mayores de Europa.

También hubo competencias en las fiestas, justas y torneos que se hicieron, y los banquetes y comidas, soberbias y demasiado costosas, que allí hubo.

Y el Emperador, tomando la espada, que dicen fué de Carlomagno, con la cual entraba en las batallas, aunque estaba muy vieja y llena de moho, armó con ella muchos caballeros, hiriéndolos en el hombro, conforme a las ceremonias que en semejante acto se hacen. Mandó el Emperador despachar sus provisiones para que todos los del Imperio reconociesen y obedeciesen como a rey de romanos a su hermano, el rey don Fernando, y en particular se envió este despacho al duque de Sajonia y a los protestantes. Llevólo malísimamente Guillermo, duque de Baviera, que había pretendido ser emperador, como de esto se dirá adelante.

Pasada la fiesta de la coronación y la Dieta que para ella se juntó, el Emperador puso todo su cuidado en procurar que los reyes y príncipes cristianos moviesen juntos una santa guerra contra el turco Solimán, que, con su gran potencia, tanto amenazaba a la Cristiandad. Andaban unas profecías, según dice Jovio, en estos tiempos, que decían: «Esta fiera brava no podrá ser vencida sino por los dos hermanos señores de la causa de Austria.» Lo cual se les hacía muy probable, viendo lo que el Emperador podía, siendo señor de tantos y tan grandes reinos, y la opinión que tenía, con las vitorias grandes, y que su hermano don Fernando en tan breve tiempo había juntado a la casa de su padre los reinos de Bohemia y Hungría, cuyas gentes son belicosísimas, y acababa de ser eleto por rey de romanos y sucesor del Imperio.

A 14 de enero juraron el rey de romanos los ciudadanos y magistrados de Colonia, y otro día se partió el Emperador con su hermana, la reina María, para Brabancia, y el rey de romanos para Austria; y llegando el rey cerca de Colonia, le salieron a recebir cinco mil hombres de a pie y otros muchos de a caballo, y le metieron en la ciudad, donde algunos días el rey, y los que con él iban, fueron tratados magnífica y regaladamente, y habiéndole hecho el juramento debido, partió para Espira, donde, a 23 de hebrero, fué recibido con la misma honra y aplauso.

Y en el camino vinieron de parte de la ciudad de Augusta a hacerle reverencia y ofrecérsele, y metiéndose en una nave, subió por el Danubio, hasta entrar en Austria.

Los reyes de Francia e Ingalaterra vuelven a mostrarse enemigos del César.

En este mesmo tiempo, los reyes de Francia y Ingalaterra volvían a mostrar el poco amor que al Emperador tenían. El de Ingalaterra porque ya era hereje, y ciego de los amores de Ana Bolena y otros tales, había repudiado a la santa y católica reina doña Catalina, su mujer, tía del Emperador, y acusaba a este rey su mala conciencia del justo sentimiento que el Emperador había de tener. El de Francia, con la pasión que una envidia suele causar de las buenas fortunas del Emperador, jamás quietó su ánimo ni pudo tragar los dichosos sucesos del César.

Acababa de cobrar sus hijos y de prometer grande amistad, y ya andaba maquinando cómo hacerle guerra, y así, con el secreto que pudo, avisó al Gran Turco y a los herejes protestantes de Alemaña, para que le moviesen guerra. Y comunicándose con estos enemigos de la Iglesia, hizo con ellos liga y confederación contra el Emperador; mas de pura vergüenza de lo que de él se podría decir, que tan presto faltase a su palabra, y que con semejantes compañías quisiese hacer guerra a quien le había dado libertad y vida a él y a sus hijos, por este año se estuvo quedo.

No se le puede negar a Francisco que fué uno de los valerosos príncipes que tuvo el mundo, y que tenía mil cosas buenas: claro y presto ingenio, generoso ánimo, valiente y animoso corazón, que si no lo fuera tanto, no le prendieran los soldados imperiales. Dejóse vencer de la pasión y envidia, que en los grandes corazones es mal rabioso, y junto con esto, era poco venturoso. Estas fueron las causas que quebrantaron a Francia y la empobrecieron, y encontraron algo con la reputación. Y la Cristiandad padeció más que todos, y muchos inocentes pagaron los pecados de los reyes.

Y porque nunca se acabasen las pasiones, el Pontífice, que, al parecer quedaba quieto, recibió un disgusto grande, porque habiendo nombrado jueces el Emperador para la pretensión entre el duque de Ferrara y Pontífice sobre las ciudades de Módena y Rezo, sentenciaron en favor del duque, y el Papa lo sintió tanto como si el Emperador se las quitara, y así le veremos presto metido en otras ligas y ruidos contra el Emperador y los que bien le querían.

Junta de los protestantes herejes. -Vuelven los herejes protestantes a desvergonzarse.

Viendo los protestantes y príncipes luteranos de Alemaña que el Emperador de ninguna manera admitiría ni consentiría la nueva religión, y que podían temer que en algún tiempo había de romper con ellos y asentarles la mano, tercera vez se juntaron en Esmalcalda, y con acuerdo de todos escribieron a los reyes de Francia y de Ingalaterra y Dinamarca, y a las ciudades marítimas de aquellas costas y otras del Imperio, pidiéndoles su ayuda y que se ligasen en defensa de la nueva religión. Todos respondieron bien de palabra, pero ninguno por escrito.

Y porque pareciese que su doctrina se fundaba en razón y buena teología, mandaron juntar los teólogos y jurisconsultos, muchos tan herejes como ellos, y les consultaron si podrían confederarse entre sí contra su príncipe. Hubo algunos católicos teólogos que les dijeron que no podían tomar armas contra su legítimo príncipe. Los juristas dijeron lo mismo, pero con limitación que había en las leyes causas expresas para poderlo hacer. Lutero, que se hallaba en esta junta, dijo que él no sabía tal cosa, y tomando luego la pluma contra lo que muchas veces había escrito, y en públicos sermones predicado, escribió incitando grandemente al pueblo contra el Emperador y contra todos los que contra los protestantes tomasen las armas, amenazando con eternos fuegos a los que anduviesen en el ejército del Emperador y prometiendo gozos soberanos y bienes del cielo a los que diesen favor y ayuda a los protestantes.

Fué cosa notable cuán dispuestos halló los ánimos esta diabólica voz, que a una vez que sonó con furor infernal, los inquietos ambiciosos, aprovechándose de la ignorancia del vulgo, a voz de religión acudieron luego a las armas en muchos lugares de Alemaña, y murieron por la defensa de tan ciegos y desatinados errores infinitas personas; y finalmente, duran hasta hoy estos males.

Procuraba el Emperador, de todas maneras, atraer esta gente a la observancia de la verdadera religión, escribiéndoles muchas veces desde Flandes y enviándoles personas graves; fué trabajo sin fruto, porque siempre estuvieron pertinaces en defender a Lutero y seguir su falsa dotrina, que trajo sus entendimientos en miserable servidumbre, cual es la del pecado; y por hacerle señor de sus cuerpos, como lo era de las almas, les abrió un camino franco, dándoles libertad para todo género de vicios y maldades.

Luego comenzaron a dividirse, y haber opiniones varias entre estos herejes: unos eran luteranos, otros zuinglios, otros berengarios; y tuvieron sus pendencias y guerras con católicos; vencieron en dos batallas a los zuinglios. Aquí comenzó a arder en descubierto el fuego, y saltaron las brasas de la ceniza, que han abrasado a Europa, poniendo en tantos trabajos a la Cristiandad.

[Escribe la Emperatriz al condestable.]

Bien pensó el Emperador que con haber remitido las dificultades de las cosas de la religión, y nuevas setas de Alemaña al Concilio general que se pidió al Papa, como se trató en Augusta, y haber hecho a su hermano don Fernando rey de romanos, quedarían las cosas de aquellas partes en tal asiento, que tuviera lugar para volverse en España. Mas los herejes, pertinaces y atrevidos, imaginando ya la ausencia del César, volvieron a desmandarse y a poner las cosas en términos que, o se habían de perder de todo punto, o el Emperador, dejando la venida a España, había de volver en Alemaña, para poner freno a tantas demasías.

Así escribió la Emperatriz al condestable de Castilla, estando Su Majestad en la ciudad de Avila a 7 de julio de este año. Que bien sabía cómo después que el Emperador había tomado las coronas del Sacro Imperio, era pasado a Alemaña a procurar que los que seguían aquellas malas setas de Lutero se redujesen a la fe católica; y el trabajo que Su Majestad y el serenísimo rey de romanos, su hermano, pasaron en la Dicta que entonces se tuvo en aquellas partes, y que, no se pudo tomar algún buen medio con ellos, por mucho que se procuró; y que claramente vieron que no lo podía haber sin Concilio general, el cual Su Majestad había procurado con el Pontífice y con los príncipes cristianos, y que envió personas propias a entender en ello.

Y como en esto parecía que había dilación, entre tanto pasó a visitar sus señoríos de Flandes, dejando en Alemaña al dicho serenísimo rey su hermano, para que con los eletores y príncipes católicos procurase todavía de concertar algún buen efeto con los dichos luteranos. De manera que Su Majestad este año se pudiera venir a estos sus reinos, los cuales le escribieron agora el trabajo en que aquello estaba; porque no solamente los luteranos hacían lo que solían, pero que como veían que lo del Concilio, de donde esperaban remedio, se dilataba, andaban con más desvergüenza continuando sus errores, y que estando su real persona ausente, no aprovechaba hacer alguna diligencia con ellos; y que con su presencia se podía tornar con brevedad algún buen asiento. Por lo cual le suplicaron que tomase trabajo de volver allá, y que no los dejase en tanta confusión, y que así, Su Majestad, visto lo que los católicos alemanes le suplicaban, después de haber bien mirado en ello, teniendo respeto a lo que era obligado, como católico príncipe, pues como tal salió de España, principalmente para proveer y remediar las cosas de la fe, y considerando que, viniéndose y dejándolo como al presente estaba, quedaría todo en grande turbación, y la Cristiandad en el mismo peligro, aunque le pesaba mucho de dilatar algo su bienaventurada venida a estos reinos, que era la cosa del mundo que más deseaba y que más le convenía, había determinado de disponerse al trabajo de tornar a hacer su camino para Alemaña, a probar lo que podía hacer en el remedio de esto de la fe, porque de otra manera no pudiera tener contentamiento. Y porque demás de ser Su Majestad obligado a ello, así por tocar a nuestra fe (a quien nadie puede faltar) como a la dignidad que Dios le dió, que eran tan grandes causas que aunque se hallara en estos reinos le necesitaran a ir a entender en el remedio de ello, proveyó luego todo lo que convenía para que las cosas se comenzasen a negociar, y envió por algunos de los príncipes que le podían en ello servir y ayudar, para que saliesen al camino. Y que se entendería con toda diligencia en lo que convenía, para que, llegado Su Majestad donde se había de juntar con el rey de romanos, su hermano, a tener la Dieta, que sería muy cerca de Flandes, pudiesen dar orden en lo de la fe y en las otras como, para que con más presteza y descanso se pudiese continuar su breve y deseada venida en estos reinos, etcétera. Quiso la santa Emperatriz dar cuenta al condestable de estos secretos que entre ella y el Emperador se escribían, por el amor grande que al condestable tenía, por los grandes y señalados servicios que del Emperador había recibido; y el Emperador lo quería así como él dice por sus cartas escritas al mesmo condestable, en Gante, a 13 de junio.

Carta del Consejo al Emperador en que le suplican no pase en Alemaña.

Escribió el Emperador al Consejo de Castilla la determinación de su jornada y vuelta en Alemaña, y las causas que había para ella, que las principales eran las de la religión; y el Consejo le respondió y suplicó, diciendo: que habían recibido singular gusto y merced en haber visto y oído palabras de tanto fervor de fe y tanta caridad, en que se echaba de ver que el Espíritu Santo enderezaba y alumbraba sus palabras y acciones, a quien daban las gracias y loores debidos por el santo propósito con que a Su Majestad guiaba, y que era de creer, que su misma gracia y don movía e inclinaba su real corazón, y le inspiraba a tan santo deseo, siendo como era en defensa y ensalzamiento de la fe católica y Iglesia universal, para que con su virtud y gracia fuese sublimada, y tuviese firme estabilidad sin turbación ni contraste, haciéndole en la tierra su heredero, ministro y defensor, para que las herejías se confundiesen, y la religión cristiana tantos tiempos confirmada y firme con la multitud de milagros y tanta sangre derramada de gloriosos mártires fuese ensalzada, y los autores de tantas maldades y nuevas opiniones y errores tan venenosos, con fines diabólicos y dañados, fuesen oprimidos y castigados; y veían que las palabras que Su Majestad escribía y el santo propósito que en ellas mostraba, no sólo eran de príncipe humano, pero santo y piadoso. Mas que, con todo, los ponía en gran turbación y mucha duda, y como eran obligados al servicio de Dios, y después de él al de Su Majestad, les era forzoso y necesario aconsejar y hacerle saber lo que sentían y les parecía del viaje y camino que pensaba hacer en el mes de agosto, y que aunque fuese con deseo católico, piadoso y justo, parecía ser peligroso, dudoso y de incertidumbre el progreso que podía haber de volver otra vez en Alemaña.

Y que después de haberlo platicado mucho, pensado y conferido entre sí mismos, parecía a todos que aunque fuese camino para fines muy justos, se debía considerar y encomendarlo primero a Nuestro Señor, como cosa tan ardua y tan peligrosa, y por ventura de tal manera no vista ni oída otros tiempos; y que este camino y tan santo propósito se podría mejor hacer y efetuar viniendo Su Majestad a estos reinos, que con tanta lealtad y vivos deseos le amaban y querían su servicio, y esperaban su real persona, rogando y suspirando por la estabilidad y acrecentamiento de su real estado, para que con sus vidas y personas le sirviesen, y siguiesen siendo, como estos reinos son, su casa principal, y la silla más segura, más cierta y más preeminente; y que de esta su casa y reinos, mejor que de otras partes del mundo, y con mano más poderosa y segura, podría emprender y acabar su santo intento, y dar orden que el Concilio, de que tanta necesidad había en la Iglesia universal, se convocase y celebrase en el tiempo, lugar y parte más conveniente. Y así se empleaba su justo y católico propósito.

Que los errores que otros tiempos se levantaron contra la fe, y por multitud de hombres, algunas veces Dios Nuestro Señor los había desarraigado y confundido con grandes milagros, despertando varones santos en la Iglesia, y otras veces, por su divina mano, con poder grande y fuerzas invincibles de príncipes católicos celadores de la fe.

Que como sus ministros resistieron y castigaron la infidelidad y errores que otros tiempos se levantaron, así se debía esperar, y esperaban, que el omnipotente Dios lo proveería agora por mano de Su Alteza, como su ministro y defensor de su Iglesia, y de esta causa que era suya, moviéndose de la parte y donde se debía hacer, como y con el poder necesario para empresa tan santa y justa; y que si pareciese a alguno que sería dilación volver primero a estos reinos, parecía que no se podía llamar dilación, ni se alargaba el remedio de las cosas de la fe, cuando se diferían por poco tiempo, para que mejor y más poderosamente, con mayor fuerza y vigor se reparasen, y se hiciese el castigo ejemplar que en ley divina y humana en tales causas requiere.

Y que así, suplicaban a Su Majestad con la fidelidad que debían, oyese sus palabras, y mirase su intención, y mandase ver, y muy bien considerar estas cosas, y así las encomendase al Espíritu Santo, para que le diese nueva lumbre y inspiración a su entendimiento, para que en esto, y en todo, se conformase con su voluntad, y conforme a ella enderezase su camino, y mostrase sus vías y carreras, de donde y de la manera que mejor y más conveniente fuese para la seguridad de su santa fe, castigo y confusión de los enemigos o infieles; pero que en caso que Su Majestad se determinase de hacer este viaje, le suplicaban mirase mucho de qué personas se confiaba y fiaba, que no fuesen de las que habían sido dudosas en las cosas pasadas, particularmente en las de la fe, si bien agora mostrasen otra cosa.

Su fecha de esta carta fué en Avila a 28 le junio de este año de 1531.

Vuelve el Consejo de Castilla a escribir al Emperador sobre la jornada. -Que los luteranos no se admitan con condición alguna a las cosas de la fe. -Ponen en hábito corto al príncipe don Filipe. -Muere madama Luisa, madre del rey Francisco. -Duques de Florencia. -Monstruo notable. -Abstinencia de un hombre.

Y a 21 de setiembre del mesmo año, y en la mesma ciudad de Avila, volvió el Consejo a escribir al Emperador, diciendo cómo habían sabido que Su Majestad partía este mesmo mes a tener la Dieta en Spira, continuando su santo viaje para Alemaña en favor y defensión de la fe católica y religión cristiana, para remedio y castigo de tantas herejías y nuevos errores. Que esperaban en la misericordia de Dios, que con la presencia de Su Majestad se remediarían. Y cuando la dureza de los herejes fuese tanta, los compelería como defensor y abogado de la universal Iglesia, y recibirá del cielo esfuerzo, favor y ayuda, para desarraigar tantos errores, castigando los inventores de ellos y a sus secuaces. Que se había dicho en estos reinos, que aquellas gentes habían de procurar que con ellos se tomase algunos medios con condiciones, como otras veces lo habían hecho herejes y personas tales, que dicen y afirman opiniones nuevas, y entre ellas algunas algo paliadas, y cautelosamente suelen pedir que sean recibidas.

Suplicaban a Su Majestad, que en alguna manera no los admitiese con condición alguna, ni disimulación o aprobación, ni condescendiese con ellos, porque eran pedimientos venenosos y malos. Que siendo en alguna cosa, cualquiera que fuese, tolerados o recebidos, o cualquier condición, dirían que en todo eran aprobados sus errores, y admitidas sus dañadas proposiciones; pues en lo que toca a la fe, ninguna condición se puede poner, que en lo que no concuerda con la Iglesia no sea discrepante de ella. Ningún escándalo, ninguna persecución debe ni puede excusar en la fe, del remedio y castigo de los que la ofenden, en cualquiera cosa que se aparten, o desvíen, o nuevamente digan, o no se conformen con lo que la Iglesia católica enseña, predica y manda; y que así, tenían por cierto que ninguna cosa podía ser tan dañosa como admitirles cualquiera proposición nueva, aunque en sí no pareciese tan claramente dañada. Mayormente que así como habían quebrantado la religión y fe de sus pasados, y en que ellos habían nacido, no guardando la debida lealtad a Dios, se debía tener por cierto que tampoco la guardarían a Su Majestad, ni estarían firmes en lo que prometiesen, sino que se aprovecharían de lo que les concediesen y aprobasen, y después, ganado esto, se volverían a sus errores con mucho detrimento de la religión cristiana y ofensa de la autoridad imperial.

Que mirase mucho Su Majestad de qué personas se fiaba, y sobre todo, se debían desviar y apartar los que estas herejías habían seguido, o entendido, o comunicado en ellas, aunque agora dijesen que las habían dejado y reprobado, porque suelen tornar a reincidir en sus primeros errores, lo cual esperaban que Su Majestad haría. Con tanto acuerdo y pecho tan cristiano persuadía el Consejo de Castilla lo que convenía a su príncipe.

Este año, por el mes de mayo, entró la Emperatriz en la ciudad de Avila con su hijo, el príncipe don Filipe, donde fueron recebidos con la magnificencia y demostraciones grandes de amor que esta leal ciudad tuvo siempre a sus príncipes. Estuvieron aquí muchos días, y el de Santa Ana fueron al monasterio de este nombre, donde recibieron el hábito tres monjas suyas; y Su Majestad estuvo en pie todo el tiempo que se gastó en darles el hábito.

Comió en el refictorio con el príncipe y con todas las monjas, y a la tarde mandó que al príncipe, que andaba en mantillas, le pusiesen de hábito corto, y así salió de aquel convento en hábito de galán, cual siempre fué.

Pasó aquí toda la furia del verano, a 26 de setiembre partió para Medina del Campo con el príncipe y infanta doña María, que después fué Emperatriz, acompañando y sirviendo el conde de Miranda, el marqués de Lombay y el arzobispo de Toledo. El de Sevilla había estado aquí, y por ser presidente del Consejo de Castilla, partió algunos días antes.

En el mes de otubre de este año murió madama Luisa de Saboya, madre del rey Francisco, y a 3 de diciembre partió el Emperador de Flandes para Alemaña, y por algunos negocios que no se publicaron fué a la ciudad de Tornay, donde dió el hábito del Toisón a algunos caballeros, para cumplir el número que por muerte de otros faltaba.

Fué muy gozoso este año para el papa Clemente, porque vió hecho duque de Florencia a Alejandro de Médicis, su sobrino, con título y privilegio que le dió el Emperador, cosa por el Pontífice demasiadamente deseada, y junto con esto redujo en su obediencia a Ancona, que vivía como república y señoría por sí; y lo que en esto hubo mejor, fué que no costó gota de sangre.

Trajéronle en estos días al Pontífice un hombre notable, que no comía bocado en quince ni veinte días; cosa maravillosa, y que a todos admiraba, y así dijo el Papa (como acababa la guerra de Florencia, que tanto le había costado) que de tales era bueno un ejército. Escribió estas memorias un español, curioso que notó todo lo que vió y oyó en sus días, y dice luego, después de esto: «En el Moral, aldea de Maderuelo, hay un labrador rico que nunca comió carne, teniendo ganado, ni bebió vino, ni se puso calzas ni caperuza.»

Sobre asentar el gobierno de Sena y ganar las voluntades suavemente de aquella república, se hallaban algunas dificultades, y desde Ambers escribió el Emperador, con don Pablo, de la Cueva micer May, su embajador, y del su Consejo en Roma, y viendo lo que esto importaba y las dificultades que cada día se ofrecían, estando en Gante, por el mes de abril de este año volvió a escribir al embajador micer May, que por lo que importaba asentar estas cosas y por las dificultades, le quería escribir lo que de nuevo le parecía, para que comunicándolo May con el cardenal de Osma y con el regente Juan Antonio Mujetula, pudiese mejor proveer lo que convenía. Que por lo que le habían escrito, le parecía que en esto de Sena había cuatro dificultades: la persona que había de tener aquel cargo, el número de la gente con que allí había de estar, la abolición del magistrado de los ocho, y el hacer la nueva bailía. Que cuanto a la persona, aunque a don Pedro de la Cueva se hacía del mal aceptar aquel cargo, pensando que había de residir en él, le tenía ya escrito que su intención no fué, ni era, que él residiese en aquel cargo, sino que lo tomase una vez, para apaciguar y asentar la cosa; que cuando estuviese hecho, para residir allí, se señalaría otra persona; que con esto, don Pedro lo tomaría, y la ciudad holgaría de ello; y cuando él lo tuviese asentado, el César holgaría de complacer en lo que a algunos parecía del duque de Malfi, dando en ello gusto a aquella república, y en lo demás que pareciese convenir a la paz y reposo de ello.

Que cuanto al número de la gente, visto que quinientos hombres harían poco al caso, cuando el pueblo quisiese hacer algo de hecho parecía que no se debía instar mucho en ello, y que bastarían los cuatrocientos de que los seneses eran contentos en el principio, y después quedasen los trecientos. Que cuanto al magistrado de los ocho, el embajador que estaba en su corte por aquella república afirmaba haberse abrogado. Que siendo así, no había que hablar más en ello; y si no, pues se acababa en fin del mes de mayo, no por eso dejase de asentarse esto. Que en lo último, cerca de la creación de la nueva bailía que a los seneses se pedía, parecía cosa muy recia por ser contra los privilegios de su república, y tan grave, que tenía por cierto que no lo querrían admitir; por tanto, le parecía que no debía hacer mucha instancia en ello, que lo mirasen bien todos.

[Escribe el rey don Fernando a su hermano el Emperador.]

Demás de estos cuidados en que los herejes ponían al César, andaban dudosos los ánimos de los reyes, fiándose poco unos de otros. Deseaba el Emperador las vistas con el de Francia, y por la enfermedad de madama Luisa, madre del francés, o por la poca voluntad que tenía a la paz, se excusaba. No le creyeran el achaque que puso para no verse con el Emperador, si bien después, siguiéndose la muerte de su madre, se tuvo por cierto.

El rey de Dinamarca procuraba dañar las tierras del Emperador, particularmente las islas de Holanda y Zelanda, no sólo con las armas, pero con las setas de sus dañadas herejías. Estaba echada la Dieta en Espira, y el Emperador, ocupado con negocios tan graves, no podía acudir a ella día señalado.

Esperaba allí al rey de romanos, don Fernando, su hermano, bien congojado por la dilación que en esto había y dificultades de poderse hacer como estaba acordado, doliéndose del peligro en que estaban sus cosas y las del Imperio, y lo que se debía temer al Turco que amenazaba; y escribió a su hermano el Emperador, respondiendo a las que de él había recebido en sustancia de estos negocios, suplicándole fuese servido de poner con brevedad en ejecución su camino, y que la Dieta que en Espira se había de tener, se tuviese en Ratisbona, por ser ciudad donde podía acudir a los negocios de sus tierras, que estaban en mucho peligro, y cercana más al Turco, el cual temería, viendo allí al Emperador, y que se transfiriese para el día de la Epifanía del año siguiente

Sobre todo lo cual, le escribió, como digo, diciendo:

Carta del rey don Fernando al Emperador.

«Muy alto y poderoso, sacratísimo señor. Ayer miércoles, a mediodía, llegó este correo con las cartas de Vuestra Majestad de 25 y 28 de setiembre y 1.º de éste, y ha sido muy gran merced para mí haberle Vuestra Majestad mandado despachar tan presto y advertídome tan largamente de su intención y pensamiento, y de las causas que ha habido y hay para dilatar su venida, y lo que hubo para darme parte de las vistas y concierto del rey de Francia antes de ahora. Y bien tenía yo por cierto que aquello no era sin causa suficiente, ni que Vuestra Majestad se olvidaría de avisarme de ello, siendo necesario, y así me tenía por dicho que no debía tener mucho fundamento el negocio, cuando el conde Nogarol me escribió que Vuestra Majestad le había dicho que no se deternía por él. Pero sonaba por acá y por todas partes tanto, y hablábase en ello tan de veras, que no me pareció razón dejar de escrebir a Vuestra Majestad para avisarle y avisarme de lo que en el caso convenía saberse, siendo, como era, cosa de tanta importancia, y de que pudiera sacarse fruto y dar por bien empleada la pena y dilación que en ello hubiera, y de no venir en efeto por las consideraciones y causas que Vuestra Majestad en su carta relata, hubo bien ocasión de sospechar que era invención del dicho rey de Francia, según de otras cosas se puede tomar ejemplo, y era verosímil que la dolencia de la reina, su madre, fuese fingida, y la tomasen por achaque para no venir; pero su muerte da testimonio de haber sido verdadera, y siéndolo o no, Vuestra Majestad mire bien en disimular la sospecha y no dar a entender que pensaba otra cosa, y en admitirlo por causa suficiente para no venir el rey, aunque a mi parecer no lo era, para dejar de llegar al cabo las dichas vistas, estando ya en camino de ellas tan adelante, si él tuviera mucha gana de hacerlo. En todo esto me parece que de parte de Vuestra Majestad se hizo lo que debía, y también en haber enviado a condolerse con el rey, lo cual es justo que yo asimismo haga, como a Vuestra Majestad parece, aunque no podré con esta posta por despacharla más presto, pero hacerlo he con la primera. Por ambas letras me avisa Vuestra Majestad largamente de las causas que ha habido de no poder despacharse y aderezarse más presto para venir, y de las dichas cosas que eran necesarias de aparejar para ello, y del embarazo que ha puesto en su partida, y dilación que pone en su venida el negocio del rey de Dinamarca, y el daño que la gente que tiene hace en Holanda, y el que se puede seguir adelante de detenerse allí, no solamente por la perdición y destruición de la tierra y moradores de ella, pero por el peligro de las setas e infeciones que allí podrían criarse en la conversación y comunicación de la dicha gente; y porque a causa de esto le parece a Vuestra Majestad que es necesario detenerse allá, al presente me manda por su primera carta venir de Espira a entretener los príncipes y disponer las cosas de la Dieta, para que no se desconfíen de ella ni sospechen otra cosa de lo que es por la dilación que en ella hay. Y escribe Vuestra Majestad asimesmo por su primera carta, que me envía carta para el cardenal de Maguncia y conde Palatino, y un salvoconduto; las cuales no vinieron, sino solamente las copias de ellas, ni tampoco han venido las cartas de que en la carta segunda hace mención, que se envían a los príncipes para excusarles de la tardanza y entretenerlos; podría ser que por la priesa de despachar el correo no hubo lugar de enviarse, y en esto podrá Vuestra Majestad mandar proveer luego, como adelante diré.

»Yo he pensado y examinado todo esto después de leídas las letras de Madrid, y conozco claramente, que ni en la dilación de antes, ni en la de agora, ha podido ni puede Vuestra Majestad hacer más de lo que ha hecho; porque, como escribe, convenía proveer y proveerse de muchas cosas antes de su partida, habiendo estado tan de asiento y tan cargado de negocios en esta tierra, y no era posible arrancar de ella de todo punto sin dejar ni traer la orden que a su Estado y persona conviene, caso que no hubiera otro impedimento ni estorbo de otra parte, como lo ha habido por la del rey de Francia y lo hay al presente por la del de Dinamarca, el cual impedimento, a mi parecer, es suficiente y bastante para que Vuestra Majestad no lo neglija y deje detrás por alguna cosa. Y no pensaba yo que tan adelante estaba el yerro y descomedimiento de éste, ni que había tanta necesidad u ocasión de pensar con atajarlo. Mas, pues así es, Vuestra Majestad tiene justísima causa en poner la mano en ello y esperar a remediallo, aunque destotra parte sepa Vuestra Majestad que la dilación y estorbo que hay a la causa en la ejecución de la Dieta, muy dañosa en extremo, y a muy mala coyuntura para los negocios de la fe y de la Iglesia y del Imperio, y, por consiguiente, de toda la Cristiandad, y que se pierde muy buen tiempo y aparejo de entender en ellos y remediallos, y para los míos proprios es total destruición, como por la pasada más largamente escribí a Vuestra Majestad, porque perdido este tiempo no me queda otro para entender, y el interese que de ello se me puede seguir será, irrecuperable, y el daño casi irreparable, por ser necesario y forzoso que yo me halle presente a las cosas que se han de tratar y concluir con mis cosas, así de las de arriba como las de abajo, y el tiempo que después me podría quedar para ir a entender en ello será brevísimo, y no bastará para la tercia parte de lo que se ha de hacer. Cuanto más, que de parte de nuestros contrarios se moverán entonces nuevos impedimentos con que me estorben, sabiendo que no estoy aparejado ni proveído para irles a la mano, lo cual todo de razón y aun de necesidad debría ya agora estar prevenido o comenzado a prevenir, y a lo menos estar hecho antes de Navidad. Esto será imposible habiendo Vuestra Majestad, según escribe, de detenerse por lo menos hasta en fin de este mes, y se puede temer que será más. En lo cual y en el camino, siendo ya invierno, se gastará por fuerza el mes de noviembre, que es ya víspera de las fiestas, en las cuales no habrá buen aparejo de entender en negocios; de manera que los míos quedarán de todo punto desiertos y perdidos.

»Por lo cual, y para remediar en esto lo que fuese posible, me ha parecido que será necesario, ya que más no puede hacerse por los impedimentos justos que Vuestra Majestad tiene al presente, que la Dieta que estaba llamada a este tiempo se mude y señale a otro más convenible, el cual me parece que sea para el día de la Epifanía, porque en este medio podremos Vuestra Majestad y yo despachar nuestros negocios y quedar libres y descansados para tener la Dieta sin la congoja con que agora estamos por ellos, no pudiendo acudir a los unos sin desamparar los otros. Y siendo Vuestra Majestad servido desto, y yo avisado de su voluntad, podré luego, habida su respuesta, subir a Insprug y entender no solamente en lo de allí, pero en los negocios del Turco, y dar priesa en todo para tenerlo acabado al término que digo de la Dicta; lo cual, asimesmo para lo que a mí toca, convernía mucho que se hiciese en alguna parte cerca de mis tierras. Porque, como por la otra que a Vuestra Majestad escribí pudo entender, no me conviene alejarme mucho de ellas, especialmente a la boca del verano, así por la seguridad de mi persona como por poder hacer rostro a las cosas de Hungría, que les aprovecha mucho no estar apartado. Y, por tanto, suplico a Vuestra Majestad que haya por bien de mudar la dicha Dieta y mandarla señalar en Ratisbona, donde podré juntamente entender en los negocios de

las dichas mis tierras, que están a mano para ello, y Vuestra Majestad no desvía mucho por allí de su camino para Italia. Y demás de esto y de las otras comodidades que digo, se siguiría otra para con el Turco, que por estar Vuestra Majestad allí podrá ser que tema más, y tenga algún recelo, y por ello venga en mejores partidos y condiciones de paz. Asimesmo, la dicha Dieta en Ratisbona será más a propósito para los príncipes que no están a nuestra devoción, que les cae más cerca, y no ternán excusa de venir a ella, y con los eletores, y otros que están acá lejos. Habiendo yo de partir de aquí, trataré, y entiendo de acabar que vayan, pues son personas que holgarán de complacer a Vuestra Majestad y a mí.

»Esto es lo que me parece, mirados los inconvenientes y provechos, pro y contra de las cosas, y el tiempo y estado en que los negocios están; por lo cual acordé luego de tornar a despachar la misma posta a Vuestra Majestad, a quien suplico que a la otra quiera mirar en ello, y examinado y aprobado mi parecer, mandar mudar y llamar la dicha Dieta, conforme a una copia que aquí envío, en la cual juntamente se escribe a los príncipes en razón de esto, y de la excusa y causas de su tardanza. Y envíense las cartas a ellos o a mí, que yo usaré de ellas, y con ellos, como pareciere ser necesario, y la respuesta de esto venga luego con éste, la cual quedo esperando, y me tomará aquí o cerca de aquí, y podrán enviárseme con él las cartas que no vinieron para el cardenal de Maguncia y conde Palatino, que Vuestra Majestad manda que entretenga las práticas y tratos con el duque de laso, lo cual me parece bien y he hablado hoy en ello al dicho conde, que se ha detenido hoy aquí a ruego mío, y si en este medio tiempo vinieren las dichas cartas, se les darán pareciendo necesario.

»Al dicho conde Palatino he comunicado esto de la Dieta, y le parece muy bien, y se ofrece de ir a ella y de tratar con los otros del Rhin que hagan lo mesmo, y dice que espera que lo harán. Nuestro Señor la muy alta y esclarecida persona de Vuestra Majestad y su imperial y real estado guarde y prospere como desea. -De Espira, hoy jueves a 5 de otubre de 1534, muy de noche. -De Vuestra Majestad humilde hermano y servidor que sus manos besa.

»FERDINANDO, etc.»

Y en sobreescrito dice:

«Al muy alto y muy poderoso sacratísimo señor, el Emperador mi señor.»

Terremotos y inundaciones que este año hubo en España y otras partes. -Terremotos en Lisboa. -Hábito del Tusón al príncipe don Felipe.

Acabaremos este año con un caso notable que en él hubo de inundaciones de aguas y terremotos.

En las islas de Holanda y Zelanda, junto a Flandes, que agora están rebeldes a su Dios y a su rey, está el mar muy más alto que la tierra, y son tan llanas las costas, que para que los campos y ciudades no se aneguen, están hechos a mano (con grandes gastos y trabajos de los naturales) ciertos reparos y palizadas que llaman diques, con que se detiene la mar casi milagrosamente.

Estando, pues, aquellas gentes bien descuidadas de lo que sucedió, en 2 de noviembre comenzó a llover en estas provincias tan terriblemente, con tantos truenos, relámpagos y rayos, que se combatían los vientos unos con otros, y las gentes estaban atónitas y asombradas de ver una cosa tan nunca oída. Meneábanse las casas, movíanse las piedras y parecía que el cielo se venía a juntar con la tierra. Todos pensaban que ya era llegado el día del Juicio.

Duró la furia de esta tempestad tres días continuos, con tan gran terror y espanto de las gentes, que ni comían ni dormían, ni sabían si estaban en cielo ni en tierra. Al mejor tiempo, cuando ya pensaban que cesaba la tormenta, comenzaba como de nuevo a bramar el mar, con los mayores y más espantables aullidos que se pueden pensar. Fueron de poco en poco levantando montes de agua grandísimos, unos sobre otros; rompieron todos los reparos y palizadas y entró la mar por la tierra adentro con la furia que se puede imaginar.

Finalmente, anegó muy muchas leguas de tierra, hundió muchos y muy grandes pueblos, mató innumerable multitud de animales y de hombres, y no así como quiera, sino que hundió y sorbió (entre otras) tres grandísimas ciudades, que hoy se ven desde las riberas las torres de ellas, que se decían Bucha, Harles y Esclusa.

Con esto se aplacó la mar, quedándose con la posesión de grandes campos, que antes se solían arar y habitar de hombres, y ahora los habitan peces.

No dos meses que en Holanda aconteció esta furiosa tempestad, se vió en la ciudad de Lisboa otro poco menor terremoto, de que se cayeron muchas casas, y lo mesmo, sucedió en Santaren y Almerím. Murieron en tierra muchas gentes y perecieron muchos navíos. Duró tantos días este temblor de la tierra en toda aquella comarca de Lisboa, que no osaban las gentes parar en los pueblos y se salían (con ser en invierno) a dormir en tiendas por los campos. Hasta los reyes hicieron lo mismo, porque todos pensaban que se quería hundir la tierra.

Hubo luego una grandísima peste.

Duró el terremoto ocho días en Lisboa, aunque interpoladamente; vivían las gentes en los campos con tiendas, y aun con miedo de que los había de tragar la tierra. Fué fama que dentro en Lisboa se hundieron mil y quinientas casas principales y algunos templos.

Este año (como dije), a 3 de diciembre, tuvo el Emperador capítulo en la ciudad de Tornay con los caballeros del Tusón, y eligió veinte y cuatro caballeros. pero no dió sino diez collares, y los otros catorce llevólas consigo para darlos en Alemaña, España y Italia, y después, en el año 1533, dió uno de estos collares del Tusón al príncipe don Filipe, su hijo, siendo niño de seis años, como lo escribió de su mano el rey Católico en el libro iluminado que hay de esta caballería y yo lo he visto.

A 30 de julio del año 1531, gobernando la Emperatriz estos reinos, tuvo cartas y avisos del virrey de Nápoles, que pusieron en cuidado a Castilla por los recelos que en la Cristiandad había de los tratos del rey Francisco con el Turco. Dice que se vieron hasta 150 velas de la armada del Turco en la costa de aquel reino, cerca de Taranto, y que echaron gente en tierra en la Pulla y combatieron a Castro, que es un lugar pequeño de los herederos del gran chanciller, el cual se les rindió, porque el conde de Surgento, rebelde, cuyo fué el dicho lugar primero, vino en esta armada, y se decía que de allí iba sobre Brindiz.

Temíanse que viendo el rey de Francia que los turcos sus amigos estaban en las costas de Italia, volvería sus fuerzas contra España y haría el daño que pudiese. Por lo cual, la Emperatriz mandó avisar a los grandes y caballeros del reino, y por carta que escribió en Valladolid a 28 de agosto a don Alonso de Granada, alguacil mayor y capitán del reino de Granada, que otras veces he nombrado en esta historia, y lo fué harto en su tiempo por ser valiente y guerrero, le avisa y manda que con su hijo don Pedro se aperciba con la mesma gente que el Emperador antes de su partida le había escrito que tuviese a punto, por el rumor que había de los tratos entre el rey Francisco y Turco, común enemigo de la Cristiandad, de juntar sus fuerzas contra Su Majestad y sus reinos, que con tales cuidados se vivía en ellos.

Libro veinte

Carta que el Emperador escribió a la Emperatriz sobre el peligro en que estaba la Cristiandad.

Fué notable este año, por la poderosa venida que el Gran Turco Solimán, rey poderoso de los turcos, hizo, la resistencia que el Emperador le salió a hacer esperándole para darle batalla en los campos de Viena, donde el infiel no le acometió ni se atrevió; antes habiendo desafiado se retiró vergonzosamente.

Ya dije las diligencias que los enemigos del Emperador y los herejes hacían para levantar esta fiera contra el pueblo cristiano. Temíase su venida, y el estruendo sonaba de sus infinitas armas en Europa. Estaba el Emperador en Bruselas a 17 de enero de este año, con hartos cuidados, por colgar de él sólo la defensa de la Cristiandad. Signifícalos muy bien el César en una carta que el día que digo escribió a la serenísima Emperatriz, su muy cara y muy amada mujer, diciéndole que los avisos que había en lo del Turco, era que todo su cuidado ponía en hacer una gruesa armada para, en el verano que venía enviarla a la especiería, al mar Rojo; y que agora se tenía aviso de Venecia por un embajador, que aquella república tenía en la corte del Turco, de la que había partido a 5 de noviembre, y por su relación y cartas que trajo de otro embajador que quedó allá de diez del dicho mes, decían que el Turco tenía determinado de venir contra la Cristiandad aquel verano, y para este efeto preparaba una gruesa armada y ejército en que decían que serían trecientas velas entre galeras y palanderías, que sirven para traer caballos, y que con esta armada y ejército vendría Abrabim Basá, contra Nápoles o Sicilia, y que la persona del Turco entraría al mismo tiempo con su casa y el resto de su poder por Hungría, y que asimismo había venido de allá un patriarca de Aquileya, veneciano, que decía las mesmas nuevas, y que éste, por medio de Luis Griti, ofrecía de tratar paz con el Turco; y dice más: que parecía cosa imposible que en tan breve tiempo pudiese el Turco poner a punto tantas y tan grandes armadas, porque juntamente con éstas, decían que se continuaba la que tenía para la Especería, que por ser en el mar Rojo no podrían servir para lo de acá, y que así, en Roma, donde fué el dicho patriarca, y en Bruselas, se juzgaba que querer el Turco que esto se publicase y por otra parte se hablase en trato de paz, que sería por algún fin que no se entendía. Y que por muchas y evidentes causas se creía que aquel año no tenía el Turco tal aparejo para semejante empresa, ni la haría. En especial, que por Hungría, ni por estas partes, no había nueva de esto. Pero que con todo, había mandado proveer que las fronteras de Nápoles y Sicilia se fortificasen y pusiesen a recaudo, y se hiciesen las otras provisiones necesarias.

Concluye la carta diciendo:

«Esto es lo que hasta agora se ha sabido; pornáse diligencia en saber lo cierto, y lo que viniere y sucediere le haremos saber. Y ninguna de estas cosas estorbará cuanto a mí sea posible de poner en obra mi camino para esos reinos, como los he escrito; y así, allá debe ponerse diligencia en lo que se ha de proveer conforme a lo que escribimos. Serenísima, muy alta y muy poderosa Emperatriz y reina mi muy cara y muy amada mujer, la Santísima Trinidad la haya en su especial guarda y recomiendas. De Bruselas a 17 de enero de 1532 años.-

YO EL REY.»

Aparato grande de guerra en la Cristiandad. -Dieta en Ratisbona para resistir al enemigo. -Príncipes enemigos de la casa de Austria émulos invidiosos de su aumento. -Contradicen la eleción del rey de romanos hecha en don Fernando.

Con estos cuidados estaba el Emperador, y daba orden en juntar todas sus fuerzas. Por manera que se comenzó a hacer el mayor aparato de guerra por mar y tierra que los vivos vieron, que no parecían sino los tiempos de Jerjes, o de aquellos reyes y capitanes de los primeros siglos, que hacían millones de gentes. Había el Emperador mandado juntar en Ratisbona, que es cerca del Danubio, todos los príncipes y ciudades libres de Alemaña para tratar con ellos el remedio que podían tener las cosas de la religión, y en qué manera se podría resistir a tan poderoso enemigo como el Turco, que venía contra ellos. Hallaba que los herejes se sentían favorecidos de algunos príncipes poderosos de Alemaña, como Federico, duque de Sajonia, y Filipo, Lanzgrave de Hesia, los cuales, como querían mal al Emperador y al rey don Fernando, su hermano, y eran antiguos enemigos de la casa de Austria, favorecían la herejía, por parecerles que la alteración que había de haber con ella, desminuiría mucho la potencia y autoridad del Emperador, y del rey su hermano, y casa de Austria, cuyos émulos mortales eran.

Demás desto, Guillermo, duque de Baviera, que había pretendido ser emperador, no podía llevar en paciencia que el rey don Fernando hubiese en la Dieta pasada sido eleto rey de romanos, diciendo que lo querían llevar como herencia, y quejábase que el imperio romano se perpetuase como si fuera mayorazgo en la casa de Austria, pues eran ya cuatro los que de allí habían sucedido, uno en pos de otro, en el Imperio, y pasaba esto tan adelante, que decía que el rey don Fernando no había sido bien eleto, y que se juntase nueva Dieta, porque la pasada había sido corrompida con las dádivas y ambición, y con temor de la gran potencia con que los dos hermanos en ella se hallaron.

También estaba este duque sentido por el reino de Bohemia, que lo había pretendido. Por lo cual, aun los que no eran herejes, ni sentían mal de la potestad del Papa, no servían de voluntad al Emperador.

Por estas causas hallaba el Emperador más dificultad en las causas de Lutero para castigarle como merecía, de lo que algunos han juzgado, queriéndole cargar la culpa, diciendo que anduvo remiso en castigar a este hereje, aunque el cardenal Laurencio Campegio, legado del Papa, apretaba lo que podía, para que el Emperador hiciese de hecho.

Nueva cierta de la venida del Turco. -Asiente que por esta necesidad se hizo con los protestantes. -El interin murmurado. -Los reyes de Francia y Ingalaterra ayudan a los protestantes porque sean contra el Emperador y rey de romanos. -Prisión del rey de Dinamarca por sus proprios vasallos.

Llegó nueva cierta a Ratisbona que el turco Solimán, acompañado de innumerable multitud de gente, había partido de Constantinopla, y llegado a Missia. Los alemanes, oyendo esto, tuvieron grandísimo miedo. Decíase que el Turco venía a Hungría con intención de conquistar a Viena, de cuyos muros se había apartado antes (como dije) afrentosamente, por no la haber tomado.

Luego acudieron a suplicar al Emperador el arzobispo de Maguncia y el conde Palatino, que se tomase algún medio con los protestantes. Hubo de hacerse lo que no se hiciera si no fuera por esta venida del Turco, que decían traía más de trecientos mil combatientes. Lo que con los protestantes se asentó fué que a cierto tiempo se juntase un concilio, o junta nacional, y que viniesen allí los protestantes, dándoles seguro; y que en el ínterin pudiesen usar libremente de su nueva religión; y con esto, acudieron todos para ayudar al Emperador contra el Turco.

Estaban confederados con los protestantes veinte y cuatro ciudades y siete príncipes de los más poderosos de Alemaña, que eran una gran fuerza. Juntáronse con éstos no más de (como dije) por haber hecho rey de romanos a don Fernando, los hermanos del duque de Baviera.

Y el rey de Francia había dado, a los de Baviera, cien mil florines de oro, prometiéndoles mayor socorro si el Emperador o el rey don Fernando les hiciese alguna fuerza.

También le había ofrecido su favor, por esta misma razón, el rey de Ingalaterra, que con el ciego amor en que había dado, daba en estos y otros mayores desatinos.

Estaba el Emperador, cuando se trataban estas cosas entre sus enemigos, en Ratisbona, juntando de diversas partes gente y armas para ir contra Solimán, y no se hallando con el ayuda y poder que para ir contra tan poderoso enemigo convenía, no era mucho, antes con buena prudencia debía disimular con cosas hasta que viese la suya, para vengar sus injurias y las de Dios, como lo hizo a su tiempo. Y como nunca los trabajos vienen solos, sino que unos se llaman a otros, sucedió en estos mismos días, en Rasisbona, la muerte de Juan, hijo único de Cristierno, II de este nombre, rey de Dinamarca, hijo de Isabel, hermana del Emperador, siendo de solos diez y seis años, y andaba en la corte del Emperador su tío, que sintió su malograda muerte como era razón.

Y más, que al mismo tiempo, su padre el rey Cristierno, estando cercado en Anslos de los danos, suecos y ubecenses, que estaban rebelados como traidores contra él, le engañaron con cierta manera de treguas, y fiándose de ellos, entró con pocos de los suyos en el campo de sus enemigos, y con achaque falso que había quebrado las treguas, le prendieron y le pusieron en un castillo muy fuerte de Sundeburgi, en Holsacia, donde acabó tristemente sus días, privado del reino y de la libertad, dejando solas dos hijas, Cristierna y Dorotea, que se criaban en Flandes como hijas de hermana del Emperador.

En Ratisbona, a 11 de julio, escribió el Emperador al condestable que su venida a aquella ciudad había sido para tener Cortes con los estados del Imperio, y dar orden y asiento en las cosas de la fe, que a causa de las herejías que se habían levantado estaban en mucho peligro, y en las de justicia y gobernación de él, y acabado esto, venirse a estos reinos, como lo tenía escrito, que era la cosa que más deseaba, para lo cual, luego que allí llegó, había mandado hacer armada en Génova; pero que el Turco, común enemigo de la Cristiandad, venía contra Alemaña por las partes de Hungría con muy grande ejército y intención de hacer todo el mal y daño que pudiese; que asimismo enviaba armada de mar para este efeto a las costas de Italia y reinos de Nápoles, Sicilia y Cerdeña, por lo cual, visto el peligro que a sus tierras y reinos, y generalmente a toda la Cristiandad, se seguía de la venida de este común enemigo, que no cumpliría con lo que debía a Dios Nuestro Señor y a la dignidad en que le había puesto, hallándose allí, pues si estuviera acá tenía obligación de venir a ello, había mandado que se hiciese la armada para que saliese a buscar y resistir la suya. La cual saldría muy presto. Y que para la jornada que se había de hacer por tierra tomando esta causa por suya propia, como en la verdad lo era, había mandado juntar un buen ejército de la gente de pie y de caballo con que el Imperio y príncipes de él ayudaban, y la que, él por su parte, mandó hacer alemana, española, italiana y de los señoríos de Flandes y Borgoña, demás de la que él allí tenía, y asimismo la gente del serenísimo rey de romanos su hermano, con el ayuda que el reino de Bohemia le había hecho, y con el socorro que se esperaba del Papa, con la artillería y municiones, con lo cual todo, fiando en Ñuestro Señor, cuya causa hacía, esperaba resistir a este enemigo y quebrantar sus bríos y estorbar sus malos fines y propósitos. Y que acabado esto, que sería presto, pensaba venirse en estos reinos y reposar en ellos como lo deseaba.

Y encarga al condestable que entretanto sirva a la Emperatriz, y mire por el bien de estos reinos.

En otra carta que en este día escribió el Emperador al condestable, dice de su salud que no la había tenido, porque andando a caza, y corriendo, dió una caída, de la cual le sucedió un humor en las piernas y en otras partes del cuerpo que le había dado mucho enojo; casi en este tiempo estuvo la Emperatriz mala en España.

Pide con artificio el Emperador socorro al rey de Francia contra el Turco.

Volviendo, pues, a la venida del Turco, digo, que como se decía públicamente (y pudo ser falso) que el rey de Francia era gran parte de la venida de este enemigo, el Emperador quiso descubrirle el pecho, y envió a pedir su ayuda, y que si no quería dar gente, que diese dineros, pues la causa era universal, que tocaba a todos y fuera de esta general obligación, tenía otra, conforme a la concordia última que entre ellos se había hecho en Cambray.

A esto respondió el rey de Francia que él no podía empobrecer su reino sacando de él toda la moneda, ni le convenía enviar fuera los soldados viejos, que sería dejar la tierra sin defensa, y él sin fuerzas para poderse valer de sus enemigos. Con esto se desengañó el Emperador, y vió que esta jornada estaba a sola su cuenta, y así procuró todo lo que para ella era forzoso. Y porque la grandeza de esta empresa pide entero conocimiento del caso, habré de tomar los cuentos y corriente de ellos desde su origen.

La ocasión que trajo al Turco contra Hungría. -Soberbias palabras del Turco. -Apréstase el Turco para venir en persona. -Parte el Turco con poderoso campo de Andrinópoli. -Privanza de Griti, el veneciano. -Hecho notable de Solimán contra unos soldados desobedientes. -Va el Turco contra Viena. -Armas que tenía Viena. -Dan asaltos, sin efecto, recibiendo daño los turcos. -Cautelosa embajada que el Turco envió al conde Palatin. -Levántase Solimán, corrido, de Viena. -Dicho notable de Solimán, y discreto.

Por la muerte del rey Luis de Hungría fué pretendiente del reino Juan Sepusio, vaivoda, al cual el rey don Fernando venció y desbarató y le echó de toda la Transilvania; y se pasó en Polonia, y fué a valerse a la casa de un caballero principal de aquel reino, llamado Jerónimo Lasco, poderoso en hacienda y estimación, y de mucho valor y prudencia.

Recibió al vaivoda con gran voluntad y con la mesma le ofreció favorecerle, con su hacienda y persona, en lo cual también ayudó el rey Sigismundo de Polonia, que por ciertos respetos, deseaba ver rey a Vaivoda, y no estaba bien con el rey don Fernando.

Habiéndose, pues, tratado por algunos meses entre Lasco y Sepusio, del remedio que se podía tener en su negocio, vinieron los dos en un consejo, para ellos el mejor que pudieron hallar; pero perniciosísimo para la república cristiana y escandaloso para entre hombres que se tenían por cristianos. Es pasión malina, que cuando los hombres ven perdidas las esperanzas, procuran remedios extraordinarios, por más que se multipliquen inconvenientes dañosos, y es tan poderosa ésta en los grandes, que por ensanchar sus casas, reinos y estados, pocas veces dudan de confundir y mezclar lo divino y profano.

El consejo que tomaron estos dos grandes amigos fué que Juan Sepusio se encomendase al Gran Turco Solimán, y que le pidiese su favor y socorro ofreciéndosele por muy su vasallo y tributario, si (conquistando de nuevo el reino de Hungría) le daba el título y feudo como cosa suya. Ofrecióle Jerónimo Lasco de hacer por él esta embajada por su persona.

Dícese que tuvo cartas del rey de Polonia para Solimán, y para muchos de sus criados y bajaes.

Propuso Jerónimo su embajada delante de Solimán y remitióle (según usan los príncipes otomanos) a los privados, para que diesen la respuesta. Entendióse también con ellos, que le dió por última resolución que Solimán holgaría de recibir en su amparo y servicio al rey Juan y de favorecerle con todo su poder, hasta ponerle de su mano en la silla del reino. Y para mayor seguridad, prometió de no encomendar la guerra a alguno de sus capitanes, sino de hacerla él, por su propria persona.

Supo el rey don Fernando estos tratos y respuestas y vió el peligro que corrían sus cosas, si un enemigo tan poderoso tomaba de gana la causa de su competidor, y acordó él también de tentar por su parte a Solimán. Para esto envió luego a Constantinopla por su embajador a Juan Oberdansco, húngaro, persona de gran valor y prudencia, el cual llegó a la corte de Solimán muy pocos días después que a Lasco se le dió la respuesta que acabo de decir. Propuso el húngaro, embajador del rey don Fernando, ante Solimán, su embajada, ofreciendo de parte de su rey las mesmas condiciones de paz que los reyes de Hungría sus antecesores solían tener y guardar y las que al presente guardaba el rey Sigismundo de Polonia.

Diósele una respuesta seca y llena de soberbia y arrogancia, diciendo que los reyes de Hungría nunca acostumbraban a tomarse tan de veras con la casa otomana, ni ella favorecer a los que maltrataban y ofendían a sus amigos. Que Hungría era ya de Solimán desde que mató en batalla al rey Luis de ella, y que no sólo pensaba como dueño de ella favorecer a Juan Sepusio con todas sus fuerzas, sino que le había de meter por su persona en el reino, a pesar del rey don Fernando y del Emperador su hermano, dándoles de manera en que entender en sus casas, que no se acordasen de las ajenas, y que con esto no se detuviese un punto más en Constantinopla, porque desde luego les publicaba la guerra a todo rigor.

Cuando volvió Oberdansco con esta embajada y se publicó en Alemaña, no se pudo creer que Solimán tratase semejante cosa, como era salir de su casa a hacer guerra por alguno y querer atravesarse tan de propósito, por lo que tan poco le importaba, con el César y su hermano. Todas estas cosas ponían en cuidado al rey don Fernando, viéndose rodeado de tantas dificultades y peligros y que el Emperador que le había de sacar de ellas estaba entonces muy envuelto con las guerras de Francia y Italia.

Venido el verano del año de veinte y nueve, mandó Solimán aderezar a mucha priesa todo lo necesario para esta guerra. Apercibiéronse los sanjacos y capitanes ordinarios, bajás, subajás, vaivodas y flamuranos, que son todos oficios de su milicia ordinaria. Señalóseles día cierto, para cuando se habían todos de hallar en la ciudad de Sofía de los tríbalos, porque allí tenía su asiento el sanjaco mayor de la caballería de Europa, como el de Asia le tiene en Curca de Capadocia. Dióse el cargo de escribir acangios a Micalogles Bajá. Son los acangios una gente extraordinaria de caballo a la ligera, que sirven de descubrir y correr los campos y de robar todo cuanto topan delante, y suele traer de éstos el Gran Turco cincuenta mil y a las veces más.

Como supo Solimán que todas sus gentes estaban juntas, partió de Andrianópoli y llegó en quince jornadas a Belgrado, donde le salió al encuentro su nuevo amigo Juan Sepusio, acompañado de muchos amigos suyos y de personas principales, húngaros y polacos. Fué a besarle la mano como vasallo por tan gran merced como le hacía en tomar por suya la causa de su restitución. Recibióle Solimán con grave y alegre rostro y prometióle de nuevo no alzar la mano de su negocio hasta acabarle, y ponerle en el trono real de Hungría. Recogióle y prometióle todo favor Abrahimo Basá, el mayor privado de Solimán, a quien encomendó mucho al rey Juan Aloisio Griti, veneciano, hijo de Andrea Griti, duque de Venecia. Era este Griti todavía cristiano, y por sus buenas gracias había subido tanto Abrahimo con Solimán, y así venía Griti a mandarlo todo; y como él tenía grandísima amistad con Juan Sepusio, no había menester más para que sus negocios se tornasen de buena gana.

Partióse luego Solimán de Belgrado para Buda; hallóla desamparada de los moradores, porque como no tenían guarnición, ni otro reparo para defenderse, acordaron de ponerse a recaudo. Unos se fueron a Strigonia, otros a Posonio y otros se metieron en Alba Real. Sólo quedó la fortaleza en defensa, en la cual estaba Tomás Nadasto con setecientos tudescos de guarnición. Defendióse Nadasto todo lo que sus soldados le quisieron servir de gana, y acaeció que los mesmos soldados, perdiendo el ánimo, le rogaron que se diese; y porque dijo que no quería, le ataron de pies y manos y entregaron al Turco la fortaleza con partido de solas las vidas. Salieron los tudescos con esto seguramente, sin que Solimán supiese lo que tan malos soldados habían hecho con su capitán. Después, como lo supo, recibió tan grande ira de ver una traición tan desvergonzada, que envió luego tras ellos y los mandó matar, sin que se salvase uno.

A Nadasto rogóle mucho que se quedase en su servicio, y como no lo quiso hacer, dejólo ir libremente. Cosa cierto notable, y de loar en un príncipe bárbaro, si no decimos que lo movió a matar estos soldados, el odio que tenía a todos los cristianos.

Partió luego de Buda Solimán, la vía de Viena, con intención de ponerle cerco y no levantarse de ella hasta tomarla. Tomó de camino un lugar que se dice Altaburgo y de allí envió a correr el campo de Cinco Iglesias, ciudad principal de Hungría. Hiciéronlo esto también los acangios, que no dejaron cosa hasta los muros de Viena, en la cual había ya el rey don Fernando metido toda cuanta gente pudo juntar, y con ella estaban dentro Luis, conde Palatino del Rhin, y Nicolao Salma, valiente capitán que se halló en la prisión del rey de Francia. Tenían éstos muy buena y mucha artillería, cien piezas gruesas y trecientas menores.

El rey andaba por Alemaña convocando más gentes y buscando favores de diversas partes. Serían los que estaban en Viena veinte mil hombres escogidos, bastante número de gente para guarnecer y defenderse en cualquiera ciudad por grande que sea.

Llegó Solimán sobre Viena mediado setiembre, y no llegó antes por las muchas aguas que cayeron por todo el agosto, que no le dejaron caminar ni pasar los ríos. Alojó su campo en torno de la ciudad en cinco cuarteles, con tanto número de tiendas, que cubría grandísimo trecho, por espacio de dos leguas. Dióles la vida a los cercados, que no traía Solimán artillería para batirlos; pero con todo eso, era tanta la multitud de los mosquetes y tirillos de camino, que tiraban balas como naranjas, y de las saetas que caían ordinariamente en la ciudad, que no se podía pasar de una casa a otra sin peligro, porque se tiraban flechas en alto, y después venían cayendo tan espesas sobre las cabezas, que parecía que llovían del cielo.

Habían perdido los turcos la artillería gruesa en el río, que se la ganó en un asalto que les hizo Wolfango, caballero principal húngaro. A esta causa determinaron de minar la fortaleza para poder dar el asalto a la ciudad; mas los de dentro, que no dormían, procuraban siempre contraminar sus minas, poniendo por todas partes atambores sobre la tierra, y bacinetes llenos de agua, y otros ingenios semejantes de que se aprovechan en la guerra para sentir a qué parte se mina debajo de la tierra. Demás desto, ponían vigas al muro minado, para que si hubiese de caer, cayese sobre los enemigos, hacia la parte de fuera, y estorbase tanto caído como en pie. Salían también algunas veces a escaramuzar con buen denuedo, y volvían las más veces con la vitoria.

Dióseles asalto por un lienzo que se abrió con una mina, y aunque a los principios estuvo muy a pique de entrarse por allí la ciudad, cargaron tan bien los de dentro, que hicieron retirar los turcos con harto daño. Tres días después de esto se cayó otro portillo, y sucedió en el asalto lo mesmo que en el primero, de que Solimán quedó enojadísimo, y mandando llamar sus capitanes, les afeó la cobardía con que habían sido vencidos tantas veces, y mandóles que para otro día que se contaban 13 de octubre, diesen otro asalto muy de propósito, donde perdiesen las vidas o volviesen con la vitoria.

Hiciéronlo como se lo mandó, y dieron a la ciudad uno de los terribles asaltos que se pueden imaginar; y cierto, que si no fuera por unas piezas de artillería que el conde Palatino tenía plantadas muy a propósito, que aquel día se acababa de perder Viena de todo punto.

Quiso Dios que los turcos se retiraron con pérdida de mucha gente y de reputación, y aun con propósito de no tomar otra vez a probar ventura.

Otro día adelante, mandó Solimán traer delante de sí algunos de los cautivos más nobles que se habían prendido en aquella guerra. Hízoles vestir muy bien, y con ellos envió a decir al conde Palatino que les hacía saber que hasta en aquel punto él no había entendido que el rey don Fernando no estaba dentro en Viena; porque si lo hubiera sabido no hubiera cercado la ciudad, que su intención nunca había sido de enojarla, sino de castigar en el rey el atrevimiento que había tenido de despojar del reino a Juan Sepusio, su vasallo; que agora que sabía que don Fernando no estaba en la ciudad, se quería ir, y le pesaba mucho de los daños que les había hecho. Por tanto, que le tuviesen por su amigo, y le recibiesen como a tal en la ciudad, que les prometía de serlos un buen señor, y de tenerlos con menos tributos y carga que les tenía su rey.

Rióse el conde Filipo muy de veras de esta embajada, y no le dió otra respuesta más de saludarle con la artillería y silbarle desde los muros. Partióse con esto Solimán la vuelta de Constantinopla, tan corrido y emperrado, que por dondequiera que iba hacía grandes daños, pues se dice que recogió hasta cuarenta mil cautivos.

Entróse de camino en Buda, y coronó de su mano a Juan Sepusio, dejando en su compañía con bastante guarnición al Griti, hasta que él volviese en su defensa, que sería muy presto. Y dicen que le rogó en Buda que recibiese en su gracia a Perin Petre, y al arzobispo Paulo de Estrigonia, y que les perdonase las injurias que le habían hecho, y que respondiéndole Juan: «Señor, no hay para qué perdonarles, que son traidores y mañana me han de volver a vender.» Le respondió Solimán muy bien: «Pues ¿qué mayor felicidad se te puede ofrecer en esta vida, que ser por tu clemencia tenidos tus enemigos por ingratos en este mundo, y que queden ellos con la infamia de su ingratitud, y tú con la gloria de haber usado con ellos de misericordia?»

Metióse en Constantinopla, con harto contento del Pontífice y del Emperador, que estaban entonces en Bolonia cuidadosos de estos negocios, en la coronación que ya dije.

El Turco dice que el título de Emperador es suyo. -Era odiosa la potencia del Emperador y rey su hermano. -Ejército que trajo Solimán. -Grandeza de la casa de Solimán.

Pasando con las cosas adelante, digo, que estando el Emperador (como dije) en Ratisbona, supo por muy cierto que había salido Solimán de Constantinopla, camino de Viena, con ánimo de tomarla, y no parar hasta dar batalla campal al Emperador, que él llamaba rey de España. Porque el principal título de Emperador decía que él le tenía, como sucesor de Constantino, y señor de la imperial ciudad de Constantinopla.

La mayor confianza que Solimán traía era ver la discordia que entre los príncipes cristianos había; y que llegaba a tanto su potencia, que daba y quitaba reinos con estruendo y grandeza. De manera se pusieron las cosas, que teniendo los dos reyes, Juan y don Fernando, cada uno su valedor, quedó suspenso todo el mundo hasta ver en qué paraba un asombro ante semejante.

Bien quisiera el rey Juan componerse con su competidor, y no haber llamado al Turco, sino que el rey de Francia y el de Polonia se holgaron de ello, porque no podían ya sufrir la demasiada potencia, de los hermanos.

Entró Solimán por Hungría con el mayor ejército que se ha visto, tanto, que le dan algunos trecientos mil combatientes y más de docientos mil de caballo; y otros se alargan a quinientos mil de toda manera, y ciento y veinte piezas gruesas de artillería. Llegó a Belgrado con esta potencia, vestido una aljuba de carmesí bordada de oro, con puñal y cimitarra de precio excesivo, y en un caballo bayo ricamente aderezado. Venían con él sus visires, bajaes, y Abrahimo, su gran privado, y luego doce mil cortesanos y de oficio en su casa y corte.

Habían ya entrado delante cuatro mil caballos con el estandarte, y otros cuatro mil janízaros de su guarda: cuatrocientos esclavos a caballo con lanzas y casacas de raso azul con cordones de plata; cincuenta carros cubiertos de grana, con cada cuatro caballos, en que iba la recámara y el tesoro, y algunas damas hermosas y queridas, como era Espanciel, la griega de Macedonia, con cuatro mil caballos que las guardaban, docientos caballos regalados de diestro; cien pajes de cámara, en caballos galanos con casacas de tela de oro, y sombreros de carmesí guarnecido de oro y plata, y plumas blancas; los doce con celadas bordadas de ricas piedras y perlas, una de las cuales dicen que valía ciento y cuarenta mil ducados. Mil lacayos con casaquetas de raso azul y bordaduras de plata y cofias de oro con plumas blancas, que llevaban arco y carcaj, y los ciento cien perros de traílla y aves de caza.

Pretende el rey don Fernando ganar la gracia del Turco. -Pide el Emperador a los príncipes de Alemaña que le ayuden, y ofrece hacer la guerra en persona al Turco. -Llama el Emperador sus gentes. -No quieren ayudar el francés ni el inglés. -Quita el Papa los beneficios de los clérigos, para esta santa jornada. -Divisa divina del ejército del Papa. -Cerca Griti a Strigonia. -Corporano, capitán del rey, va a resistir al enemigo. -Píérdese Corporano. -Pasa los Alpes el marqués del Vasto con veinte mil soldados. -Capitanes escogidos que llevó el marqués. -Don Hernando de Gonzaga, con otra banda de gente. -Parte el Emperador de Ratisbona. -Solimán tenía con quinientos mil combatientes. -Combate Solimán a Guinz. San Martín se vió pelear por los cristianos. -Escribe soberbiamente el Turco al Emperador y desafíalo. -Gente y municiones que el Turco traía. -Buenas condiciones de Solimán. -Solimán se desvía del campo y poder imperial. -Motín de españoles en Viena. -Cuarenta mil acangios entran a talar la tierra. -Don Hernando Cabrero, caballero de Zaragoza, de ilustre sangre, sirvió como tal al Emperador en esta y otras jornadas: murió aquí como valiente. -Rota que se hizo en los acangios. -Consulta el Emperador si será bien acometer y seguir al Turco.

Antes que Solimán entrase en Hungría le envió el rey don Fernando a tentar con algún buen partido, por ver si le podía detener de esta manera, y con un presente muy rico que le llevaron los embajadores. La respuesta que les mandó dar Solimán fué que le siguiesen hasta ver dónde iba, y que allá oirían su voluntad; de lo cual se entendió bien que quería llevar al cabo su jornada.

Propuso conforme a esto el Emperador al Imperio la gran necesidad que había de ser socorrido y ayudado de todos en la presente necesidad; y que si entendía que cada uno ayudaba como debía, de su parte él haría venir sus gentes de Italia y Flandes, y aun de España, y haría la guerra por su propria persona, por la salud del común. Agradeciéronle todos esta buena voluntad, ofreciéndose de servirle cada uno como mejor pudiese. Escribió luego el Emperador al marqués del Vasto que recogiese toda la infantería española que acababa de concluir la guerra de Florencia, y que tocase atambores por toda Italia, y juntase la más gente que pudiese, y se diese priesa de caminar con ella la vía de Viena. Dióse aviso a Andrea Doria que llevase sus galeras a Grecia, contra la armada que sabían que quería salir de Constantinopla. Avisóse a los hombres ordinarios de armas de Flandes y Borgoña para que se viniesen a juntar en Ratisbona.

A España, ni más ni menos, se despacharon correos, para que todos los señores y las ciudades de ella (favoreciendo como fieles y católicos vasallos a su rey) se aderezasen de hombres de armas Y de todo recaudo para esta necesidad. Escribiéronse de presto hasta doce mil tudescos, todos soldados viejos, muy ejercitados en las guerras de Italia.

El rey de Francia no se quiso hallar en esta guerra, porque estaba ya mudado de voluntad; el de Ingalaterra, mucho menos, porque con el repudio diabólico que poco antes había hecho estaba declarado luterano y rebelde a la Iglesia romana. El Pontífice ayudó con todas sus fuerzas a la guerra, porque en una necesidad como ésta no le pareció que podía cumplir con su reputación si no se mostraba verdadero y cuidadoso padre de la conservación de la república cristiana. El deseo teníale bueno, pero faltábale el dinero, porque en la guerra sola de Florencia (sin otros gastos extraordinarios) acababa de gastar un millón de ducados. De manera que para sacar dineros fué menester acudir a un remedio que no dió poca ocasión de murmurar a todo el mundo, que fué echar subsidio y tributo a todos los clérigos, la quinta parte de sus beneficios. Fué grandísima la suma de dineros que se sacó de entre clérigos, frailes, monjas y hopitales.

Envió con este dinero por su legado el Pontífice al campo imperial a su sobrino, el cardenal Hipólito de Médici, mancebo de veintiún años, el más hermoso, bien dispuesto y apacible del mundo, y tan liberal y bien acondicionado que se iban todos tras él. Era Hipólito riquísimo de suyo, porque poco antes había muerto en Nápoles (donde era virrey) el cardenal Pompeyo Colona, y por su muerte le había dado el Pontífice el oficio de vicecanciller y todos los beneficios de Pompeyo.

En llegando el cardenal a Ratisbona, se volvió el cardenal Campegio a Roma, que allí estaba por legado, porque no podía ejercitar su oficio, por las indisposiciones de la gota. Llevó Hipólito consigo mucha gente de lustre, y llegando a la corte tomó a sueldo ocho mil caballos ligeros húngaros, y dióles por capitanes a Valentino Turaco y a Bachicio Paulo, valerosísimos hombres. Quiso que trajesen sus gentes por divisa, en sus banderas, un crucifijo, para mover con tan santa señal los corazones de los cristianos a tan santa empresa.

Cuando el Turco llegaba con su campo a la ciudad de Samandria, quiso el rey Juan que Aloisio Griti, su amigo, cercase a Strigonia, ciudad puesta en las riberas del Danubio, a diez leguas de Buda, en el camino de Viena. Batió Griti algunos días la fortaleza, y los tudescos que la defendían enviaron a pedir favor a los de Posonio, avisándoles cómo no tenían agua ni salud para defenderse muchos días. Salió luego de Posonio en favor de los cercados el capitán Cacianer, general del campo del rey don Fernando. No fué él en persona, que no era tan valiente como eso, sino Corporano, capitán de ciertas nasadas (que son unas barcas grandes de a dos y a tres remos por banco). Llevó consigo Corporano sesenta nasadas, y fué a tomar una fortaleza que está en la isla Comara, con intención de esperar allí más nasadas, que Cacianer le había de enviar de Viena.

Tuvo el Griti presto el aviso de lo que Corporano quería hacer, porque entre aquella gente liviana es tan ordinario el pasarse gentes cada día de un campo a otro, que apenas había entonces soldado húngaro en el ejército de Griti, ni tampoco en el de Cacianer, que no hubiese algún día servido a quien agora deseaba enojar. Queriendo, pues, Griti prevenir a Corporano antes que se juntasen las barcas de Viena, envió por el río arriba un buen ejército de nasadas, las cuales llegaron a la isla antes que amaneciese.

Aconsejábanle sus amigos a Corporano que se estuviese quedo y no pelease, porque Griti le tenía giran ventaja; pero él, de muy valiente, no quiso sino probar ventura. Túvola tan mala, que de sesenta nasadas perdió las cincuenta, y él se salvó por gran ventura con las demás, y con pérdida de más de trecientos hombres. Con esta vitoria cobró Griti ánimo para continuar el cerco de Strigonia, y porque la fortaleza era inexpugnable, salvo por hambre que todo lo vence, determinó estarse quedo y tomarla por ella.

Antes que este cerco se acabase, pasaron los Alpes con el marqués del Vasto hasta veinte mil infantes, los cuales se le amotinaron antes que allá llegasen, mas él los amansó con buena gracia. Pudiera llevar el marqués, si quisiera, más de treinta mil italianos, pero no quiso cargar de gente, porque había poco dinero con que pagarla, y aquella bastaba. Llevó consigo los capitanes Marcio y Camilo Colona, Pedro María Rubo, a Felipe Tornelio, a Juan Bautista Gastaldo, a Fabricio Maramaldo, y con ellos a Pirro Stipiciano, todos valientes hombres, y ejercitados en armas, y de claro nombre en la guerra. Luego, tras el marqués pasó en Alemaña don Hernando de Gonzaga con hasta dos mil caballos ligeros y con otra banda el duque de Ferrara y algunos españoles y griegos que no se quisieron dejar de hallar en tan santa jornada.

Embarcóse toda esta gente en Hala de Sajonia y fué a dar en Patavia, en el Danubio. Al mismo tiempo salió el Emperador de Ratisbona con muy buena caballería flamenca y con muchas y muy buenas piezas de artillería, que las compró en Nuremberg.

Fué el Emperador a desembarcar en Lincio, a donde acudió tanta y tan lucida gente cual nunca, desde el tiempo de los romanos, el Danubio había visto; porque demás de la muchedumbre demasiada que venía por el río, era hermosísima cosa ver tanta gente lucida por las riberas, que acudían allí cada día por tierra, de unas partes y de otras.

Estaba ya Solimán en Belgrado, y pasando el río Draro, tenía metidos en Hungría pasados de quinientos mil combatientes, cosa que apenas se puede creer. Dejó el Danubio a mano derecha, y entróse por Stirico, que es tierra fértil y abundosa de mantenimientos, porque la otra ribera del río había destruido dos años antes. Tentó de tomar a Guiriz, lugar pequeño, donde estaba con mediano recaudo de guarnición el capitán Nicoliza, persona de grandísimo valor y ánimo, el cual se defendió de tal manera de uno y de muchos asaltos que le dieron, y se hubo tan valerosamente, que Solimán le rogó con la paz, y él se rindió, porque no pudo menos de hacerlo; pero hízolo tan a honra suya y con tantas ventajas, que aún no consintió, que le entrase turco en el lugar, aunque fuese sin armas, a verle siquiera, poniendo por excusa, y fingida, que tenía consigo muchos españoles y tudescos que le hubieran muerto por haber venido con Solimán a partido, y que aún no sabía si lo harían, según eran bravos, y es cierto que no tenía español ni tudesco, sino solos sus criados, y pocos.

Una de las condiciones con que se rindió fué que Abrahím levantaría el cerco y sitio, si vuelto de sobre Viena la hubiese tomado, y que en tal caso le fuese entregado Cuinz; que éstas y las demás condiciones fueron harto vergonzosas para los turcos, respeto del grande ejército que estaba sobre aquel pequeño lugar.

Afirmó después Nicoliza, muy de veras, y no dejó de dársele crédito, porque lo merecía, que en el postrer asalto que le dieron los turcos (que fué bravísimo) vió por sus ojos pelear un caballero en el aire en un caballo blanco que cegaba los turcos y los derribaba de las cercas. Túvose creído que aquel era el glorioso caballero y obispo San Martín, Patrón y Abogado de aquella villa de Guinz. Y cierto, quien viere los innumerables milagros que los canónigos turoneses, donde San Martín fué obispo, escriben que Nuestro Señor ha hecho por intercesión de este glorioso santo, no tendrán a mucho que hiciese éste y otros mayores.

De Guinz despidió Solimán los embajadores del rey de romanos, que hasta allí los había hecho venir en su campo. Dióles cartas para el Emperador y para el rey, escritas en arabigo, con letras verdes y doradas, en pergamino largo y arrollado, como acá ponernos los privilegios, y metidas en una caja o saquillo de carmesí, selladas con un sello de oro en el sobre escrito. Al principio de las cartas, venían soberbios títulos de muchos reinos suyos y ajenos; al cabo de todos llamábase rey y señor de toda la tierra, y emperador del mundo.

Decía, en suma, que su venida era por vengar las injurias del rey Juan, y que si hallaba con quien pelear en campaña, que no deseaba otra cosa, porque tenía esperanza muy cierta que Dios y su profeta Mahoma le favorecerían, pues traía tan justa demanda; por tanto, que si se tenían por reyes y se acordaban que lo eran, viniesen con él a la batalla, y que acabarían de determinar de una vez cuyo era el mundo: o quedarían con él, o sin nada.

Súpose de los embajadores, por cierta relación, que Solimán traía quinientos mil hombres y trecientas piezas de artillería menuda, que la mayor de ellas no tiraba la bala mayor que un huevo de ansar, que venía bien proveído de bastimentos, y la gente en muy buen orden y bien mandada y pagada, que no importa menos que todo el ser de un ejército, y más siendo tan grande. Dijeron de Solimán que, dejando aparte el no ser cristiano, en lo demás era concertado, amigo de justicia, templado, continente, liberal y magnánimo, y para entre bárbaros, digno del grande Imperio que tenía. Decían que se les había hecho buen tratamiento, sin que les faltase cosa, sino el vino, que allá no se bebe, y que después que Abrahím valían mucho con él dos belherbeys, que son los generales de la caballería; el uno, Ayaz, y el otro, Casinio, y tras éstos, Micaloglís, el general de los acangios.

Con esta relación pasó el Emperador con todo el ejército hasta ponerle en Viena. Solimán levantó el suyo de Guinz. Tomó Abrabím la vía de Mura, con la vanguardia, y él con la retaguardia, caminando siempre desviados de Viena lo más que podían. Cuando en el campo imperial se entendió que Solimán rehusaba la batalla, habiéndose tenido por tan cierto que la quisiera dar, comenzaron a perderle el miedo, si alguno tenían. Hacían burla de tantos bárbaros y tan vil chusma, que habiendo blasonado y amenazado, se volvían huyendo, y dábanles en rostro que siendo tantos, en veinte y tres días no hubiesen podido vencer a Nicoliza.

Preguntáronle a Solimán algunos de los suyos la causa porque se desviaba tanto de Viena, y daba él tres principales, todas bien frías y sin fundamento; porque la verdadera no fué sino el temor que le puso ver que se había juntado contra él la flor de la Cristiandad, cosa que él no había pensado, y que verdaderamente éltemió la buena fortuna del Emperador, y así, dicen que dijo el Turco que no había temido a los borrachos alemanes, sino a la ventura del Emperador. Y aún pudiera decir a los mejores soldados y capitanes que juntos tuvo príncipe del mundo. Y fué cierto que el rey Francisco le avisó de ambas cosas y aconsejó que no pelease con él si no se quería ver perdido, y quiso el Turco contentarse con talar y destruir los campos, sin poner su vida y Estado en aventura de una sola hora.

Amotináronse en esta sazón ciertos españoles en Viena, sobre las posadas con los vecinos y con los capitanes, porque los mandaban salir al campo. Estando ya para romper, sin que bastase a ponerlos en paz la autoridad del cardenal ni la del marqués, ni la de Antonio de Leyva, ellos, como cuerdos, volvieron sobre sí, y de su voluntad arrojaron las armas y arremetieron a se abrazar unos a otros. Otro motín de menos importancia hubo, el cual se apaciguó con cortar la cabeza a Jerónimo de Leyva, que fué el movedor de él. Cortósela el maestre de campo Machicao.

Después de esto sacó Micaloglis hasta cuarenta mil acangios y entró talando y destruyendo la tierra entre el Danubio y las montañas. Corrió hasta Linz, adonde estaba el rey de romanos, y si pasara una puente que allí hay, corría harto peligro la persona del rey.

Llevaban éstos por su capitán a Casano, y después que hubieron destruido más de ciento y cincuenta millas de tierra, dieron la vuelta en busca de su campo, y como Solimán se había retirado a largos pasos, no le pudieron alcanzar tan presto. Salieron de Viena y de otras partes muchas gentes en seguimiento de Casano.

Los primeros que le toparon fueron hasta cinco mil españoles, con los cuales Casano vino a las manos, y por culpa de su capitán mató y prendió muchos, y entre ellos a don Hernando de Cabrero. Continuó su camino hasta alcanzar a Solimán, y por ir más desembarazado, hizo alto en un valle. Mató allí cuatro mil cautivos que llevaba, y partió su gente en dos escuadrones. El uno tomó para sí, y el otro dió a Ferisio, su amigo. Este acertó a tomar el más breve camino, y alcanzó su campo sin daño alguno.

El Casano topó en un valle, junto a Estoramberg, al conde Palatino del Rhin, con doce mil infantes y con dos mil caballos. No pudo excusar la batalla, y murió el turco en ella y la tercera parte de su gente; los demás que huyeron, fueron a dar en el capitán Ludovico Lodronio, y en el marqués Joachín de Brandamburg, donde murieron casi todos, y los que escaparon huyendo cayeron en las manos de Gazianer, el cual mató de tres partes las dos, y porque no quedase alguno, fueron los desventurados a toparse con otro escuadrón de húngaros, y los mataron a todos antes que pudiesen llegar a Belgrado. De esta manera no quedó sólo uno de cuantos Casano sacó del valle.

Cuando el Emperador supo que Solimán no venía a Viena y que se había retirado hasta la ciudad de Gracia, que está tres jornadas de Viena y otras tres de Linz, como en triángulo, mandó acudir a Linz todos los capitanes para consultar con ellos qué sería bien hacer. Hubo diversos pareceres sobre si sería bien seguir al Turco o no; al fin, por muchas razones, se resolvieron que el Emperador pusiese su campo junto a Viena, y le reforzase por las espaldas con aquella ciudad, y por los lados y frente con sus trincheas a propósito, y que se entretuviese allí hasta ver lo que el enemigo pretendía, y que si volviese, que se le diese la batalla. Muchos tenían por cosa vergonzosa dejar de pelear a voluntad del enemigo, y decían que a la reputación del Emperador tocaba ir en su busca y correrle, sin esperarse. Mas consideradas las leyes de la guerra, muy diferente cosa es que un príncipe la mueva de suyo o que otro la comience, y él trate de propulsarla y defenderla. Si como Solimán era el demandador, y venía de tan lejos en busca de sus enemigos, fuera el demandado, entonces obligado estaba el Emperador a buscarle y aun a seguirle hasta meterle en su casa; pero siendo al revés, antes fuera temeridad procurar la batalla, pues este es el proprio caso conforme al proverbio, cuando al enemigo se le ha de hacer la puente de plata. De suerte que el consejo que se tomó fué tan honrado como seguro en puro rigor militar.

Muestra que hizo el Emperador de su gente. -Había trecientos mil hombres para usar las armas contra el enemigo. -Brava liberalidad del obispo de Patavia. -La priesa de Solimán en retirarse, y lo que perdió.

Luego que el Emperador volvió de Linz a Viena, quiso saber la gente que tenía, y hecha reseña cierta de ella, sin hacerse cuenta de las guarniciones que estaban repartidas por las fuerzas importantes, halló que tenía noventa mil infantes y treinta mil caballos, y según otro autor, muy acertado, fueron ciento y veinte mil infantes y más de treinta mil caballos, a su costa y del rey don Fernando, su hermano, y del papa Clemente VII, que fué, sin duda, el mayor ejército cristiano de nuestros tiempos. Y no quiso luteranos para que no inficionasen los católicos y no ayudasen a los turcos.

Había doce mil españoles con el marqués del Vasto, y Antonio de Leyva era el principal con seguro de la guerra. Demás de la gente de guerra, había otros tantos pajes y criados de soldados y caballeros, que al tiempo del menester no hicieran menos que sus amos; de manera que contando todo el número de gente que tomaran armas, eran cerca de trecientos mil, sin los vecinos de Viena.

Fué una cosa vistosísima esta reseña, en la cual se mostró mucho el marqués del Vasto, por su buena persona y galas que sacó. El conde Palatino del Rhin hizo también muestra de la más hermosa caballería tudesca que jamás se vió, porque toda era de gente de lustre y de mancebos hermosos y de gentil talle. Había mucha nobleza de bohemios, moravos, slesitas y algunos polacos, que sin licencia de su rey, que tenía treguas con el Turco, habían venido. A toda esta multitud de gente se ofreció de mantener tres meses enteros el obispo de Patavia, Ariosto, hermano del duque Guillermo de Baviera. Había compañías de ciento y docientos, todos nobles, y otras que todos cuantos en ella estaban habían tenido oficios en otras guerras, y ésta era la mayor fuerza de este campo haber tanta gente de vergüenza en él. La artillería que había era mucha y buena.

Es cierto que si Solimán viniera y cumpliera sus amenazas, que él llevara que llorar; más él fué más cuerdo y caminó con tanta priesa, que cuando el Emperador llegó a Viena con gana de darle allí la batalla, el Turco estaba ya de allí a cuarenta leguas, dejando perdidos más de setenta mil turcos, y quebrando las puentes porque no lo siguiesen. Contentóse el enemigo con ir haciendo el oficio de ladrón salteador, robando y talando los campos hasta llegar a Belgrado, y de allí se fué a Constantinopla, de donde en muchos años no volvió por esta banda a molestar la Cristiandad.

Quisiera el rey don Fernando que el Emperador no deshiciera su campo, sino que la guerra se continuara contra su enemigo el rey Joan; pero el Emperador no lo hizo, porque tenía gran necesidad de volver a Italia, y temía al invierno, y aun la salud de su gente, que morían algunos de peste. Mandó quedar a Fabricio Maramaldo con todos los italianos en su servicio. Mas los italianos, ni gustaban de quedar en Hungría, ni del capitán que les daban, y dijeron resueltamente que no quedarían sino debajo de la bandera del mismo rey de romanos o, a lo menos, del marqués del Vasto. Y tomáronlo tan de veras, que ocho mil de ellos se amotinaron y pasaron a Italia, de lo cual se enojó el rey don Fernando tanto, que mandó en todos sus pueblos que matasen los italianos que por ellos pasasen, y ello se hizo de manera que escaparon muy pocos.

Faltas y errores de Jovio. -Olvidos de Jovio.

Contada esta famosa jornada, siguiendo lo que dicen Paulo Jovio y otros que le siguen, porque acierta en lo más, si bien no en todo, y menos donde trata de españoles, por esto advertiré algunos puntos necesarios para que en todo se sepa la verdad de la historia. Siendo esta guerra la de más sustancia que en algún tiempo se sabe haber habido, pues no iba en ella (según por buenas razones se puede colegir) menos que toda la redondez de la tierra, con quien pocos años después de la vitoria había de quedar el vencedor, comienza el Jovio a encarecer por muy sublimadas palabras el principio y ocasión de este negocio, contando como por vía de presupuestos, en los primeros capítulos del libro treinta, las causas que movieron a esta empresa a los dos mayores príncipes del mundo, y que lo tenían casi partido entre sí ambos a dos; y después de los presupuestos que digo trata de los ejércitos con que cada uno de estos reyes y emperadores (porque al uno nombraremos como él quería nombrar) entró en esta contienda, así el Emperador Carlos (que era el uno), rey de España y Emperador de Poniente; como el Solimán (que era el otro), rey de Turquía y Emperador de Levante. La suma de todo lo cual consiste en que, estando el Emperador en sus Estados de Flandes y después en los de Alemaña, el Gran Turco volvió con muy pensado propósito sobre Hungría, por muchas causas que él quiso tomar para ello, con el más poderoso y extraño ejército que él ni alguno de sus diez predecesores habían jamás juntado; porque, según alguna opinión, eran trecientos mil hombres, y, según otra, cuatrocientos mil, y no faltó entre estas dos opiniones otra tercera (quizá la más cierta) que eran quinientos mil de pelea, y los otros trecientos mil de a caballo. A lo cual el Emperador cristiano puso su persona y Estados, y le salió al encuentro con tanta cantidad de gente, que en Imperio de Occidente de otra jamás se había juntado. De la cual también hubo opiniones diversas, y unos llegaban con la cantidad de infantes y de caballos a docientos mil combatientes, y otros se quedaron en cincuenta mil menos; hubo también otros terceros que no pasaban de ciento y veinte mil.

Y la conclusión que tuvo este negocio en que iba tanto como está dicho, ya se sabe, pues nuestros oídos oyeron a los que con sus ojos vieron aquel moderado contento de ver vencidos (que vencidos se pueden llamar) los infieles. En la cual jornada, después de haber el bárbaro hecho aquel estruendo de esta guerra, que sonó en casi todos los fines de la tierra, y el católico, saliéndole al camino y presentándole la batalla, pasaron algunas peleas livianas y que no fueron en diversas partes de liviano entretenimiento, en todas las cuales él fué vencido y desbaratado.

Y habiendo el Turco enviado a desafiar al Emperador Carlos, y esperándole en el campo, y acercándose los de ambos príncipes para que hubiese una universal batalla, en que tanto iba, el Solimán no sólo no la osó dar, como había blasonado, pero se retiró vergonzosamente; y en la retirada perdió mucha cantidad de bárbaros que había enviado a correr hacia la ciudad de Lince; y retirándose así con tanto aprobrio y habiendo atemorizado toda la Cristiandad, se volvió a Buda, cabeza de Hungría, donde dejó a su tributario vaivoda, o rey Juan, y de allí se tornó con toda presteza a Constantinopla.

Este fué el fin de aquella guerra, que se creyó, generalmente, que fuera, en cuanto al daño y muertes, de la Cristiandad o el de la infidelidad.

Olvidóse Jovio el reencuentro o correría en que se perdieron los diez mil turcos de a caballo; ni dice día, ni tiempo, ni otra cosa más de tres; esta correría y lo del sitio de Estrigonia y lo de Guinz, habiendo habido otras notables, como fué cuando solos mil infantes y dos mil caballos que iban haciendo escolta a ciertos carros de bastimento y municiones derrotaron a tres mil turcos acangios, aunque fué con alguna ventaja por el socorro que acudió a los cristianos. También calla lo que aconteció en fin de julio, cuando mil caballos y seis mil arcabuceros tudescos y españoles desbarataron cuatro mil turcos que guardaban cierto ganado para sustento de los turcos.

Y otro día, quinientos españoles se encontraron con cuatro mil tártaros de treinta mil de estación que había en el ejército turquesco, gente valerosa por su gran ligereza, que era grande, la cual contienda pasó cerca del Danubio, donde se ahogaron aquel día más de trecientos de ellos.

Sale don Luis de la Cueva a hacer mal al Turco.

Salió don Luis de la Cueva con cuatro compañías de españoles, sin algún italiano, a tomar los pasos a los turcos, como salieron otros capitanes de otras naciones, encontrándose primero que otros con los turcos, y comenzando a escaramuzar con ellos; cargaron tantos, que se hubieron de retirar, no a una laguna (como dice Jovio), sino a una arboleda, donde estuvieron fronteros de los turcos toda aquella noche, y se hicieron todos los cuartos de noche centinela y cuerpo de guardia, subidos encima de los árboles, y no en el agua hasta la barriga, ni huyeron a los tudescos, que don Luis no era hombre que sabía huir; sino los españoles, que serían hasta mil y docientos, recogidos en la arboleda y dejadas sus guardias y puesto todo en orden como fronteros de enemigos, y dejado todo el cuidado de ello al capitán y comendador Cerdán.

Sabiendo que venían cerca los alemanes, fué a rogarles que se diesen más priesa en el caminar, diciéndoles lo que había pasado y cómo los turcos estaban encerrados, si querían poner un poco de diligencia en darse priesa; pero ellos no lo hicieron, ni quisieron salir de su paso, y así, los turcos hubieron de dar en otros, saliendo por otra parte, donde fueron perdidos y acabados; y no fué de tan poco efeto la priesa que se dió don Luis con sus españoles (a quien culpa Jovio de apresurados), que si no se la dieran, los turcos escaparan y no fueran desbaratados, porque pudo, con aquella priesa que se dió, tener vista de ellos y detenellos, y si hubieran ido al paso de los alemanes, no lo pudieran hacer, y los enemigos tuvieran lugar para salir de aquellos malos pasos.

De manera que aquella vitoria que se hubo entonces de los turcos, a solos los españoles se debe, como a causa principal de comenzar a pelear con ellos y embarazarlos.

Estos españoles no eran del campo que venía con el Emperador, y llegó a Viena, porque cuando esto fué no era llegado, ni llegó después de esto en aquellos siete días, sino eran cuatro compañías de españoles que tres años antes se habían hallado en defensa de Viena, los cuales se habían quedado de guarnición en la mesma tierra y hecho muy buenos hechos contra turcos y ayudadores de vaivoda, que se intitulaba rey de Hungría, y aún habían venido después de Italia otras tres compañías de españoles para reforzar a éstos, con sus capitanes el comendador Cerdán, Cueto y Medinilla, porque había comido la guerra muchos y fué menester que viniesen de Italia los demás que digo, y por ser muerto don Luis Dávalos, que era coronel de aquella gente, el cual murió de un arcabuzazo en la cabeza en la toma de una tierra.

Envió el Emperador desde Augusta por coronel de aquellos españoles de Hungría a don Luis de la Cueva, de quien he hablado. En el cual cargo estuvo hasta que agora vino el Emperador contra el Turco, y se resumieron estas compañías en las demás de su ejército, salvo la del comendador Cerdán y la suya, que quedaron. En el número de gente que el Emperador tuvo, no va muy errado Jovio, mas en el orden con que se había de esperar al enemigo, sí; porque Jovio se debió de informar de algunos capitanes ordinarios, y cuadróle lo que le dijeron, y es cierto que no hubo la orden que él dice, aunque de esta y otras muchas se trató, para escoger la mejor, según el tiempo y coyuntura que sucediera para pelear con el enemigo.

Y según el parecer de quien fué mucha parte y alcanzó curiosamente los intentos del campo, es cierto que si el Turco no hiciera la vergonzosa retirada y la guerra procediera (que, según las circunstancias de ella, más se puede decir huída), que antes que la batalla se diera, se hubiera dado el orden con que, cuando viniera a darse, tuviera el Turco en veces comida harta parte de su gente, y los cristianos entraran en la batalla con gran confianza de la vitoria. De manera que la batalla no se diera luego en acercándose los campos, como piensa Jovio, y con la orden que él describe.

Amor que los españoles tienen a su rey. -Los que en Castilla y Aragón se pusieron en orden para hallarse en esta jornada sin ser llamados. -Don Pedro Alvarez Osorio, marqués de Astorga; don Antonio Pimentel, conde de Benavente.

Justo es asimismo que se sepa el amor grande que los españoles tienen a su príncipe, porque luego que supieron la venida del Turco, y el aparato de guerra que el Emperador hacía para ir contra él, con ser España una provincia tan apartada de Austria y haber en medio enemigos y mares peligrosos, sin ser llamados ni compelidos de nadie, se pusieron en orden, vendiendo y empeñando sus haciendas y echándolas en armas y caballos, dejando la dulce patria, mujeres y hijos; y unos por Francia, otros por mar, caminaron a largas jornadas por hallarse en la batalla que el Emperador pensaba dar al Turco.

Los principales que hallo que fueron son: don Fernando Alvarez de Toledo, duque de Alba; don Francisco de Sotomayor y Zuñiga, duque de Béjar, conde de Benalcázar; don Pedro de Toledo, marqués de Villafranca; don Juan Manrique, conde de Castañeda; el marqués de Cogolludo, don Luis de la Cerda, hijo del duque de Medinaceli; don Alvaro, don Rodrigo y don Gómez de Mendoza, hijos del conde de Castro; otros tres hijos de don Juan de Rojas, marqués de Poza; don Lorenzo Manuel, hijo de don Juan Manuel; don Alonso de Acevedo, conde de Monterrey; don Diego de Acevedo y Fonseca, conde de Fuentes; don Juan Manrique, hijo del duque de Nájera; don Hurtado de Mendoza, hermano del marqués de Cenete; don Felipe y don Claudio y don Juan y don Francisco Marique, hermanos del duque de Nájera; don Juan de Silva, conde de Cifuentes; el conde de Palma Puertocarrero; don Luis Fajardo, hijo del marqués de los Vélez; don Gutiérre de Cárdenas, hijo del duque de Maqueda; don García de Padilla, comendador mayor de Castilla y Calatrava; don Pedro de la Cueva, comendador mayor de Alcántara; don Luis y don Diego de la Cueva, hijos del duque de Alburquerque; don Juan de Guevara, señor de Triceño y Escalante; don Pedro González de Mendoza, mayordomo del Emperador; don Sancho de Velasco, hijo del conde de Nieva; don Antonio de Mendoza, hijo del marqués de Mondéjar, conde de Tendilla; don Rodrigo Manrique, hijo del conde de Paredes; don Alonso y don Pedro Manrique, hijos del conde de Osorno; don Pedro de Guzmán, hijo del duque de Medina-Sidonia, que fué conde de Olivares; don Luis de Avila, hermano del marqués de las Navas; don Juan de Zúñiga, capitán de la guarda, hermano del conde de Miranda; don Luis de Rojas y don Hernando, su hermano, hermanos del marqués de Denia; don Enrique de Toledo, señor de las Cinco Villas; Juan de Vega, señor de Grajal; don Beltrán y don Pedro de Robles; don Antonio de Rojas; don Pedro de Acuña; don Juan de Heredia, conde de Fuentes, aragonés, con otros muchos caballeros de aquel reino; don Alonso Téllez, señor de La Puebla; don Antonio Téllez Chacón, que murió dentro en Viena.

Esta y otra mucha nobleza de Castilla y Aragón salieron con muchos allegados y criados muy bien armados, y los más de ellos llegaron al campo del Emperador tan a tiempo, que si el Turco quisiera la batalla, se hallaran en ella y hicieran conforme a las obligaciones que tenían y al amor con que habían hecho tan larga, costosa y peligrosa jornada de su libre voluntad, sin ser llamados, por servir a Dios y a su rey, que fué lo que siempre aquellos de quien ellos venían hicieron.

El duque de Béjar mostró en esta jornada la grandeza de su ánimo y casa, porque sabiendo la determinación del Emperador de combatir con el Turco, tomó la posta de Salamanca, hasta alcanzar al Emperador en la provincia de Espira, y fué con tanto aparato de armas y fausto de gente y gastos, que los príncipes extranjeros tuvieron bien que notar y admirarse del español, si bien su casa y sucesores lo han sentido hasta estos días.

[El Emperador comisiona a don Pedro de la Cueva, cerca del Papa.]

Estando el Emperador en Viena (retirado ya el Turco) resuelto en bajar en Italia, a 4 de octubre, en el cual día partió de esta ciudad, y despachó a don Pedro de la Cueva para que en Roma suplicase al Pontífice se sirviese de llegar a Génova, donde los dos se viesen, la instrucción, encarecimiento y razones con que esto pedía el César fueron:

Instrucción del Emperador para don Pedro de la Cueva, en Roma.

«Lo que vos, don Pedro de la Cueva, comendador mayor de Alcántara, nuestro mayordomo y del nuestro Consejo habéis de hacer en Roma donde os enviamos, es lo siguiente:

»Como quiera que continuamente habemos escrito a nuestro embajador y ministros que tenemos en Roma, y agora con vos les escribimos todo lo que ha pasado y sucedido en lo de la venida y retirada del Turco, para que Su Santidad sea informado, y vos, como quien lo ha visto y entendido todo, le daréis particularmente razón de ello y de lo más que quisiere saber de acá, besando los pies a Su Santidad de nuestra parte, y juntamente con el muy reverendo cardenal de Sigüenza, y con él al dicho nuestro embajador, comunicando ellos primeramente el negocio a que vais, y con su información y parecer le diréis que, pues Nuestro Señor, por su infinita clemencia, nos ha dado tanta honra y buena ventura que hayamos hecho retirar y huir a este común enemigo de la Cristiandad con tanto daño y afrenta de reputación suya, y habemos excusado tantos males como pudiera hacer y hiciera en la Cristiandad, si en esta sazón aquí no nos halláramos y no vinéramos como venimos a defenderla y resistirle, considerando el tiempo que habemos estado ausente de los nuestros reinos de España y la gran necesidad que en ellos hay de mi presencia, y la obligación que allende las causas justas que tenemos para desear ir, y para ello habemos determinado, proveyendo primeramente lo que conviene para socorrer y descercar a Estrigonia, dejando al serenísimo rey de romanos, nuestro hermano, la gente que para las que demás de presente en lo de Hungría se hubieren de hacer, fuere menester, como se hace, partirnos luego de aquí y tomar el camino de Italia por el Frivol para ir a Génova, y pudiéndose hacer, ayudándonos Nuestro Señor, embarcarnos para pasar a España en este año, lo cual creemos que se podrá muy bien hacer, porque se juzga que ya el príncipe de Melfi, Andrea Doria, habrá, con ayuda de Nuestro Señor, hecho con él armada lo que había de hacer, y podrá venir con ella a Génova, para que pueda pasar este año, como está dicho. Al cual escribimos que luego como reciba nuestra carta, tomándole de la manera que está dicho, y no haciendo falta en lo que conviene, venga a Génova con el armada, con la mayor diligencia y presteza que se pueda, para el dicho efeto, para el cual hacemos también las otras provisiones necesarias. Y porque no querríamos pasar en alguna manera a España sin primero besar los pies a Su Santidad y verle y comunicarle para más confirmar y perpetuar el amor y amistad que entre Su Beatitud y Nos hay, y para praticar y dar orden con Su Santidad en lo que se debe proveer, así para la quietud de Italia como para otras cosas del bien universal de la Cristiandad, os enviamos a suplicarle, que para que esto se quiera hacer, quiera tomar trabajo de bajar a Lombardía, porque aunque por no darlo a Su Santidad nos quisiéramos llegar a Roma, el tiempo está tan adelante, que no da lugar a ello, habiendo de pasar a España este año, y no nos conviene dilatarlo en alguna manera.

»El lugar más conveniente y a propósito para que nos veamos, de los de Lombardía, nos parece que es Plasencia, y vos, juntamente con los dichos cardenal y embajador, le habéis de suplicar de nuestra parte tenga por bien que allí sea, y que se resuelva luego. Bien quisiéramos, por ser tan necesaria la brevedad de nuestra pasada y el tiempo tan corto, que Su Santidad viniera a Génova, y pudiéralo muy bien hacer en las galeras y con menos trabajo que caminar por tierra; mas por estar el tiempo tan adelante, dejamos de hablar en esto, vos (comunicándolo primero con los dichos cardenal y embajador, y juntamente con ellos) podréis hablar en ello por la manera que a ellos y a vos mejor pareciere, para que visto todo se resuelva en lo que mejor sea. No tenemos duda que Su Santidad nos haya de hacer esta merced, o viniendo a Génova o a Plasencia, pero si pusiese alguna dificultad (lo cual no creemos), en tal caso, aunque nos sería muy dañoso, por la dilación que habría en nuestra ida a España, la cual es cosa que por muchos respetos y fines conviene, por lo mucho que deseamos besarle los pies y verle, y comunicarle para los dichos efetos, no podremos dejar de tomar el trabajo de ir a Roma, y por esto conviene que con toda instancia se suplique a Su Santidad, y se trabaje, que en alguna manera se excuse de hacernos esta merced; mas que se resuelva luego, y darnos heis aviso de lo que se hiciere con diligencia.

»Parécenos que sería bien que Su Santidad provea lo que viere que converná, y será necesario para que los potentados de Italia envíen adonde Su Santidad hubiere de verse con Nos, embajadores o poderes bastantes a los que tienen, para tratar y asentar lo que convenga para la defensión y quietud de Italia. Decirlo heis a Su Beatitud de nuestra parte, juntamente con los dichos cardenal y embajador, y haréis la diligencia que será menester para que se provea lo que convenga, y entonces se podrá concluir lo que de allá nos escribieron que había parecido bien a Su Santidad, que los suizos se entretuviesen, y para ello contribuyesen los dichos potentados; lo cual asimismo ha parecido bien.

»Si las bulas de la cruzada y otras cosas, así para España como para Flandes, no estuvieren ya despachadas cuando vos llegáredes, y fuere menester que vos habléis en ello de nuestra parte, y asimesmo sobre la causa de Ingalaterra o otros negocios, hacerlo heis conforme a lo que a los dichos cardenal y embajador pareciere.

»La necesidad del serenísimo rey, mi hermano, es mayor que podría decir, por lo mucho que ha gastado, y por el gran daño que sus tierras han recebido, así de los enemigos como de las gentes que se han juntado; y lo que ha menester es mucho, porque agora enviará ejército para descercar a Strigonia y hacer lo que más pudiere, y aunque yo le ayudo con dejarle buena cantidad de gente pagada, para lo que más es menester no basta él solo. Y pues el beneficio de esto es universal de toda la Cristiandad, suplíquese de nuestra parte a Su Beatitud con mucha instancia tenga por bien de continuar la paga de los cuatro mil escudos al mes por algunos meses, porque de otra manera él solo sería el que recibe el daño de esta jornada; y en esto se ha de insistir todo lo que fuese menester, para que se consiga el buen efeto. La gente con que nos ayudó el Imperio para esta empresa, habemos acordado de hacerla tornar desde aquí, porque recibirán pena de pasar adelante, y es menester no descontentarlos, porque cuando se ofreciere otra necesidad ayuden y sirvan el tiempo que agora dejan de servir.

»Diréis a Su Santidad de nuestra parte, que queriendo cumplir como es razón, lo que tenemos asentado en lo del matrimonio del ilustre duque Alejandro con la duquesa, nuestra hija, proveeremos que la traigan luego a Italia, para que llegue allí antes de nuestra pasada. Dada en Viena a 4 de octubre de mil quinientos y treinta y dos años. -YO, EL REY. -COBOS, comendador mayor.»

[Dirígese a Italia el César.]

Después de esto, a 12 de noviembre de este año, despachó el Emperador un correo, avisando cómo ya caminaba bajando para en Italia, a mícer May, su embajador, y al cardenal de Osma y a don Pedro de la Cueva, comendador mayor de Alcántara, para que le avisasen de la voluntad del Pontífice sobre las vistas que te había pedido, si se servía de salirle al camino o quería esperarle en Roma.

Descuidáronse los tres de avisar al Emperador la determinación del Papa; y estando ya el Emperador en Mantua, a 12 de noviembre les escribe, quejándose de este descuido, y hablando del Pontífice con sumisión y humildad, y encareciendo lo que le había de servir, y cuánto había de conservar su amistad, que un caballero particular no podía hacer más. En lo cual se convencen los que con mala intención han querido decir que este príncipe no tuvo el respeto debido a la Iglesia y a su vicario.

Dice, pues, al embajador, que había recebido cartas en el camino, en que el Pontífice le decía cómo le querría hacer merced de verse en Bolonia, y saldría de Roma a 10 ó 11 de noviembre. Que fuera bien que le hubieran avisado de la determinación del Pontífice, luego que con Portillo, desde Espelimberg, les había escrito lo que el Pontífice le decía de su partida. Que habían hecho bien en avisarle de todo lo que se hablaba y decía sobre esta venida de Su Santidad, o de su ida a Roma (que se debía murmurar, y juzgar largamente el vulgo, según suele en semejantes ocasiones), y los inconvenientes y provechos que había de lo uno y de lo otro, y sus pareceres, que todo era muy bien dicho. Que estaba muy claro, que habiéndose de detener todo aquel invierno en Italia, que sería muy mejor quitar a Su Santidad de trabajo de venir hasta Bolonia, y ir él a visitarle y besarle los pies en Roma, y de allí pasar a Nápoles, desde donde se podría más cómodamente hacer el viaje para España. Pero que (como tenía escrito) estaba determinado de, si ser pudiese, embarcarse para pasar antes del verano, lo cual esperaba en Dios que se podría bien hacer; porque, según lo que el príncipe Andrea Doria escribía, no esperaba para venir, sino lo que él le enviase a mandar. Y ya había días que por vía de Venecia, y de Nápoles y Sicilia, era avisado de su voluntad, y luego, como hubiese recibido sus cartas, sin duda pondría en obra su partida, y sería allí a lo mía largo en

todo el mes de diciembre; porque para venir no tenía necesidad de esperar a las naos de la armada, que aquéllos vendrían, si tuviesen tiempo, y si no, con las galeras y los navíos que en Italia se hallasen, podría haber buen recado para su pasada, la cual se podía hacer en el mes de enero, que como le convenía mucho por muchos y grandes respetos, así por todas vías y maneras había de trabajar de efetuarla, a cuya causa estaba todavía en esta determinación, y de acetar, como había acetado, la merced que Su Santidad le hacía en venir a Bolonia, que como había dicho, por escribírselo Su Santidad tan determinado y de su mano, le parecía que no era menester más suplicárselo. Pero que si por causa de no venir el príncipe Andrea Doria no hubiese tiempo para poder pasar como ha dicho, y que por esta sola causa se hubiese de detener todo el invierno en Italia (de que le pesaría mucho) que sería muy mejor gastar el tiempo en pasar para Roma, y ir a Nápoles, y en este caso no había más del inconveniente del trabajo que Su Santidad había tomado en venir a Bolonia, pero que aprovecharía para que allí, placiendo a Dios, ternían despachadas todas las cosas que conviniesen al bien de la Cristiandad, y quietud de Italia; y a él no le quedaría que hacer sino acompañar y servir a Su Santidad hasta Roma, y de allí con su bendición pasar a Nápoles, para partirse. Que nunca había dudado que Su Santidad y el Sacro Colegio de los cardenales dejasen de holgar mucho con su ida a Roma, pues estaban ciertos que no podía ser sino para aumento de la autoridad y bien de la Sede Apostólica, y para servir a Su Santidad como hijo tan obediente, y a los reverendísimos cardenales, mirarlos y tratarlos con el amor y buena voluntad que se les debe y era razón; pero que todavía estimaba en mucho su demostración.

Manda que le hagan saber las jornadas que el Papa había de hacer, y cuándo llegaría a Bolonia, para que conforme a ellas así ordenase las suyas para llegar al mismo tiempo, y que, particularmente, le hiciese saber de la salud de Su Santidad, que se la deseaba como Su Beatitud la querría. Que en lo que pasó con el reverendísimo cardenal de Médicis, por haber sido tan contra la voluntad del César, y claro yerro, no había querido escribir allá más de la relación que se envió al comendador mayor de Alcántara, que se le había hecho toda la satisfación conveniente al legado, y él estaba del César bien satisfecho y contento y así creía que lo debía estar el Pontífice, porque de verdad nunca le pasó por pensamiento ofenderle su voluntad en lo que se hizo; y lo mejor era no hablar, ni pensar más en ello, pues, mirando lo que realmente pasó, no había en qué reparar, que pues sabía los términos en que estaban las cosas de Hungría, y la santa y liberal obra que Su Santidad hará en ayudar al rey de romanos, su hermano, trabajase en ello, para que Su Beatitud le enviase el socorro que se le pedía, suplicándoselo de su parte, que pues por sus cartas sabían lo que pasaba en Ingalaterra, trayendo el rey aquella mujer así, con tanto desacato de Su Santidad y de la Sede Apostólica, y ser cosa de tan mal ejemplo para toda la Cristiandad, procurasen el remedio posible con Su Beatitud. Que era acertado lo que Su Santidad hacía escribiendo a los potentados de Italia, para que enviasen sus poderes a Bolonia, y que él escribiría a los venecianos, para la concordia que allí se había de hacer entre todos. Que le avisase de las cosas de Francia, y, con cuidado, las procurase saber, que con estos cuidados vivían siempre los reyes por la emulación que entre sí tienen.

Pedía el Emperador cruzada y la mitad de los frutos eclesiásticos, por ser inmensos los gastos de la guerra. Sobre esto, manda a su embajador que trabaje cuanto pudiere de enviar el despacho que la Emperatriz y el cardenal, presidente del Consejo, habían escrito que se negociase con el Papa, y que no fuese cometido al su colector juntamente con el obispo, porque es cosa que nunca se ha hecho, y en ello se pusiese diligencia.

Escribió asimismo al cardenal de Osma, remitiéndose a la referida del embajador. Vuelve a repetir lo que dijo del cardenal de Médicis legado, y dice que ninguna cosa había de bastar para que él dejase de tener del Pontífice la confianza que de verdadero padre y señor; y como estaba determinado en serville, así lo estaba en que en todo le había de hacer merced. Y aunque por muchas causas convenía y deseaba ver a Su Santidad, no era la menor para que entendiese bien de él esta determinación y que quedasen tan saneados y satisfechos que no pueda ofrecerse cosa que impida su voluntad y amor, sino que siempre sea una.

«Y en lo de la venida (dice) del ilustrísimo duque Alejandro, mi hijo, cuando él quisiere y pudiere, sin hacer falta en lo que le conviene, yo holgaré mucho de verle, y será bien venido.»

En la misma conformidad escribe al comendador mayor de Alcántara, y vuelve a repetir lo de la causa de Ingalaterra, y le manda que la solicite, pues, por sus cartas había visto cómo el rey había traído aquella dama en menosprecio de Su Santidad y de la Sede Apostólica, y el mal ejemplo que era para toda la Cristiandad.

Tal era la sustancia de las cartas del César, y tal humildad muestra en ellas cuando volvía victorioso, habiendo hecho retirar al enemigo más poderoso del mundo; que valía más con el César el respeto debido a la Iglesia, que los triunfos de la tierra, que no le desvanecían. Véese cuánto le dolió el desacato del rey Enrico en el repudio de la reina doña Catalina, tía del César.

Vuelve el Emperador a Italia con su ejército. Vistas del Emperador y Papa. -Pide el francés que el Emperador saque los españoles de Lombardía. -Descúbrense nuevos tratos entre el Papa y rey Francisco. -Los príncipes de Italia quieren ser iguales. -Lo que se murmuró en la Cristiandad del rey Francisco y venecianos. -Nueva liga entre el Emperador y Papa, y el Emperador deshace su ejército a 27 de hebrero. -Antonio de Leyva, general de esta liga. -Pide el Emperador que el Papa proceda contra el inglés por el repudio.

Partido; pues, el Emperador de Viena, la vuelta de Italia, quiso llevar el ejército entero, y en esta orden. Que don Hernando de Gonzaga, con la caballería ligera, llevase la vanguardia, y que luego partiese tras él el marqués del Vasto con el infantería y con su guarda de caballos, y que dos días después saliese el cardenal con toda la gente de paz, obispos y clérigos, luego la persona del Emperador, y en la retaguardia don Hernando de Toledo, duque de Alba, con la caballería española y con la infantería tudesca.

Llegó el Emperador en pocos días a Italia, y sin entrar en pueblo de venecianos, si bien el Senado se lo suplicó encarecidamente, pasó hasta Mantua a 7 de noviembre, con intención de esperar allí al Papa, con quien estaba concertado que se habían de ver en Bolonia, como lo hizo.

Fué el Emperador a 20 de diciembre, y el Papa le estaba esperando, porque como supo que el Emperador había llegado a Mantua, partió Su Santidad de Roma con toda su corte. En Italia había mucho contento por esta junta, pareciéndoles que se trataría otra vez de la paz y quietud universal de toda la Cristiandad. Los que más deseaban esta junta eran los genoveses, porque como en la paz que tres años antes se había capitulado en Bolonia no habían tenido tanta cuenta con ponerlos en la gracia del rey Francisco, no los dejaban parar en toda Francia, ni podían negociar en las ferias de ella.

Estaban en Bolonia los cardenales Tornon y Agramonte, franceses, no a otra cosa sino a tratar con el Papa de parte de su rey, que acabase con el Emperador que quisiese sacar los españoles de Lombardía, pues no teniendo guerra alguna, no había necesidad de tener gente en tierra que no era suya. Pedían esto con tanta instancia, que decían que si no se sacaban luego los españoles, el rey no podía conservar la paz, ni dejaría de dar favor a muchos amigos que tenía en Italia. En lo cual se ven los pensamientos, tan ajenos de paz, que tenía el rey, que pues ya él no tenía en Lombardía ni Italia un palmo de tierra, ¿qué le importaba que el Emperador tuviese o no en ella gente de guerra? Quería desarmar al Emperador, por entrar él armado y cobrar lo que había perdido.

Tampoco se concertaban el Emperador y el Papa, porque el Emperador quería que luego se tratase de la tranquilidad y sosiego de Alemaña, y que se señalase tiempo y lugar para el futuro Concilio; y el Papa quisiera dilatarlo. Demás de esto, pedía el Emperador que de ninguna manera hiciese amistad ni liga con el francés ni inglés; y el Pontífice decía no podía dejar de tener amistad con los reyes cristianos. Deseaba el Emperador que Catalina de Médicis, hija del duque de Urbino, casase con Francisco Esforcia; el Pontífice decía que la tenía prometida al duque de Orleáns, hijo segundo del rey Francisco, en lo cual se descubrieron grandes tratos entre el Papa y rey de Francia.

También los venecianos decían, por su parte, que holgaban de guardar la paz y liga pasada; pero, que si Francisco Esforcia los hubiese menester en alguna ocasión, no podían dejar de favorecerle. Decían esto los venecianos mansamente, por entretener al rey Francisco, dándole esperanzas que algún día se habían de confederar con él; a fin de no le dar ocasión buscase nuevos amigos. Junto con esto querían poner en el Emperador algunas sospechas o recelos, porque no viniese en confianza de ellos a tener en poco la amistad del rey Francisco. De esta manera pensaban los venecianos conseguir el fin ordinario que los italianos tienen por razón de Estado, de que no haya en Italia un príncipe más poderoso que otro, sino que esté el mando en un peso, de manera que uno no pueda hacerse señor de otros; de donde nacen todas las guerras, mudanzas y variedad de amistades que siempre ha habido en Italia.

Y hubo quien dijo que el rey Francisco y venecianos habían avisado (como dije) a Solimán que no pelease con el Emperador, porque si acaso quedaba el Turco vencido, no se pudieran averiguar con el Emperador, y también si el Emperador fuera vencido, el Turco se quisiera hacer señor de la Cristiandad. A esto miró poco el rey Francisco, porque si bien el Papa le pidió que ayudase en esta santa jornada, contra aquel común y poderoso enemigo, no lo quiso hacer, si bien veía la reputación que entre los buenos perdía, aunque él tomó por achaque, que por no le hacer capitán general. Pero descubrió muy presto el tiempo que se estuvo quedo, por ser amigo del Turco.

No acababa el Pontífice de querer de corazón al Emperador, y la causa decían que era, porque no le había favorecido, como quisiera, en el pleito que trajo con el duque Alfonso de Ferrara, sobre las ciudades de Rezo y Módena. Al fin se vino a concluir otra nueva liga y paz por año y medio, en la cual, aunque no entraron los venecianos, no se salieron de la antigua.

Confederáronse el Papa y el Emperador, los duques de Milán y Ferrara, con condición que Su Majestad sacase de Lombardía todas sus gentes, y que por rata contribuyese cada una de las partes con veinte y cinco mil ducados, para que con ellos se pagase a Antonio de Leyva, y quedase con bastante número de españoles en Milán, por árbitro de la paz. De esta manera salieron de Lombardía los ejércitos imperiales.

Parte de la gente se envió a Corrón para Nápoles, y los demás a Sicilia, y algunos se volvieron a sus casas.

Fueron muy alabados el Pontífice y Emperador por este hecho, que dignamente se debió estimar la prudencia y sagacidad del Pontífice y el pecho grande del César y rectitud de su justicia. Los franceses llevaban mal esta paz, quejábanse al Pontífice los cardenales Tornon y Agramonte. El Pontífice los entretenía con buenas esperanzas (y no vanas, según su mala intención); y el rey Francisco quedó contento y satisfecho, y más cuando vió que el Emperador se había desarmado.

Aquí trató el Emperador que el Papa procediese contra Enrico, rey de Ingalaterra, por haber repudiado a la reina doña Catalina, hija de los Reyes Católicos, su legítima mujer. El Papa lo hizo, y el inglés, con gran soberbia, ya como hombre dañado, hablando malísimamente del Pontífice, y más adelante, le quitó la obediencia, de donde comenzaron los males y daños de Ingalaterra, y la total destruición de la fe católica, como largamente se dice en las historias particulares que hay desto.

Hay autor grave y religioso que dice que un grande de Ingalaterra, corrompido con dineros de Francia, persuadió por todas vías al rey que repudiase a la reina, con intento de que el Emperador, injuriado por la afrenta que se hacía a su tía, se encontrase con el inglés. Todas estas diligencias, y otras tales, fué muy público que eran del rey de Francia en odio del Emperador. Yo no las creo, porque el rey, si bien estaba apasionado, fué siempre cristianísimo y tuvo gran respeto a la Iglesia. El inglés estaba tal, que no hubo menester espuelas para despeñarse en los infiernos por un breve gusto carnal.

Los reyes de Francia y Ingalaterra se confederan.

Antes de salir el Emperador de Bolonia, escribió a los príncipes y ciudades de Alemaña mandándoles que guardasen la paz de Ratisbona y que tuviesen a su hermano el rey don Fernando por rey de romanos y vicario del Imperio; que él partía de Italia para España por convenir así y pedirlo negocios de importancia, y que deseaba verse con hijos, que no tenía más que uno varón; porque el segundo que la Emperatriz había parido, que fué el infante don Fernando, lo había Dios llevado desta vida.

Murió en este tiempo el cardenal Pompeyo Colona, que era virrey de Nápoles; que murió comiendo brevas en nieve. Y puso el Emperador en su lugar, por virrey de Nápoles, a don Pedro de Toledo, marqués de Villafranca, persona de gran valor y fuerte, aunque de recísima condición, que si conviene al buen gobernador ser algo mal acondicionado, no tanto como lo era don Pedro, y así no dió mucho gusto a los napolitanos, pero sirvió a su príncipe como convenía a un caballero castellano de tanta antigüedad y nobleza.

El rey Francisco, y Enrico de Ingalaterra, enojados con el Emperador y poco contentos del Papa, hiciéronse amigos (que es ordinario donde se cierra una puerta abrirse otra). Hicieron sus juntas estos dos príncipes, primero en Bolonia de Francia y después en Calés. Luego comenzaron los juicios humanos a imaginar nuevos movimientos en el mundo, y no se engañaban, porque estos reyes no hicieron estas juntas y se ligaron para otra cosa. Y en Dinamarca, con favor de ellos, prendieron, sobre seguro y juramento, a su propio rey Cristierno (como dije), yendo con ejército y flota, que le había dado el Emperador su cuñado.

Guerra de Corrón, en Grecia, que hizo Andrea Doria. -Topóse Andrea Doria con la armada veneciana. -Los venecianos hicieron a dos manos este día. -Va Andrea Doria sobre Corrón.

Cuando el Emperador hizo este año la jornada contra el Turco, mandó que Andrea Doria fuese a correr las costas de Grecia con su armada y que pelease con la del Turco, si se topase con ella.

Y aunque el Papa pidió al rey de Francia prestadas sus galeras, él no las quiso dar por las razones que dije y otras que el rey decía, así que Andrea Doria se hubo de partir con las galeras y armada que se le pudieron dar, según cierto autor, que fueron treinta y nueve galeras y cuarenta naos, y no cuarenta y ocho galeras y treinta y cinco naves urcas, como dice Jovio, lib. 31.

Salió en busca de los turcos, que decían venir sobre Italia, y llevó orden que cuando no se topase con ellos, procurase tomar alguna fuerza del Turco, que fuese lugar dispuesto para la guerra que pensaban echarle en casa. Así que con esto partió Andrea Doria en busca de la flota enemiga, y con saber cómo Zaide Galipoli y Hymeral, capitanes de la flota turca, traían sus galeras, aunque pasaban de setenta mal ordenadas, así de marineros como de remeros, juntó cuarenta y cuatro galeras, suyas diez y siete, trece del Papa y cinco de Malta, cuatro de Sicilia, tres de Nápoles, y dos de Mónaco, y treinta y cinco naves grandes, sin otras pequeñas en que había quince galeones y dos carracas, las mayores de aquel tiempo: la una era de Malta, y otra de Génova que se decía la Grimalda. Metió en ellas hasta diez mil soldados españoles, italianos y tudescos.

Entró, pues, con toda esta flota por el faro de Mecina, a 4 de agosto, y salió a 18 del mesmo, y doblando la punta de Esparteviento, fué al cabo de Colunas; de allí, enviando las naves a la Morea, navegó con las galeras de Corfú, y a la Cefalonia, al Zante, donde halló a Vicente Capelo con sesenta galeras a punto, a lo menos con semblante de pelear, y así, él hizo tres alas, cada una de quince galeras, que tres iban delante por corredores; mas todo era floreo, por mostrar cada cual de estos capitanes su destreza y saber en su oficio. Y cierto quien se halló presente los loaba.

Envió Capelo un capitán a saludar a Andrea Doria, y a ofrecerle puerto y bastimentos, excusándose que no le podía ayudar contra turcos, aunque estaban allí cerca, por la amistad que tenía Venecia con Solimán, y avisó por otra parte a Hymeral y al Zaide de la ida, voluntad y aparato de Andrea Doria, para que saliesen luego del golfo del Arta, si no querían ser tomados allí dentro a manos, cosa vergonzosa para un cristiano, que nos quitó aquella presa. Dicen que lo hizo tanto por envidia de que Andrea Doria no ganase aquella honra, cuanto por complacer al Gran Turco, teniendo todos por cierto que Andrea Doria venciera los turcos. El cual, como entendió que los turcos huían, envió tras ellos con siete galeras a Antonio Doria; mas no pasó de Cerigo, y él, entretanto, ya que asomaban las naos con la infantería, fuése a la Sapiencia, y de allí a Corrón, dejando a Modón, por haberse fortalecido después que una vez los caballeros de Malta el año antes la habían acometido.

Está Corrón en una lengua de tierra, bañada toda casi de agua partida con cerca en dos barrios. En el uno, que llaman Isla, viven griegos; en el otro, que es más fuerte, turcos. Tiene pequeño puerto, una gentil hoz y segura.

Cercó, pues, a Corrón Andrea Doria por mar y tierra; por tierra puso dos baterías, como se lo aconsejaban ciertos griegos que se le pasaron. La una encomendó a Jerónimo Tutavilla, conde de Sarno, con siete piezas de artillería y las banderas italianas; la otra, a don Jerónimo de Mendoza, con los españoles y con otras tantas piezas de batir; y según otro autor, las baterías fueron tres, la una de italianos, las dos de españoles, siendo capitanes, de la una, don Jerónimo de Mendoza, y de la otra, Francisco de Alarcón, que fué el que arremetió, aunque con mal efeto, por la ruin batería; diólas muchas escalas, para subir en lo batido.

Por mar puso en medio a Salviati, con un tercio de las galeras, a un lado a Antonio Doria con las galeras del Papa, y él tomó el otro con los demás. Hacia el conde estaban las naos detrás, pero amarradas en tierra, y con tablados iguales a las almenas, cosa harto ingeniosa; y en las gavias de las dos carracas había sacres y falconetes, que al combate hicieron daño a los turcos.

Batían a Corrón catorce cañones por tierra y ciento y cincuenta por mar, sin otra infinidad de tiros menores, que ni se veían unos a otros por el humo, ni se entendían por el ruido.

Arremetieron los italianos por su batería con gran coraje, mas no entraron, porque las escalas eran cortas, y porque les tiraban de través, con mosquetes, los de dentro, y escopetas, y les echaban cantos, cal, arena, todo caliente, pez derretida y fuego artificial, con todo lo cual, mataron hasta trecientos.

Los españoles reconocieron mejor sus baterías, que fueron las del cuartel de Alarcón, aunque también con mal efeto, por la ruin batería.

Los de la mar ganaron la isla del lugar que dije. Y el primero que subió y puso la bandera sobre la cerca, fué un mancebo ginovés de la carraca Grimalda.

Gastaron los nuestros aquella noche haciendo bestiones para los cañones, y soldados que les tiraban de dentro al descubierto.

Otro día, vino a socorrer a Corrón Zadar de Micitra, que fué Lacedemonia, a quien llamaban tudescos, con obra de setecientos de a caballo. Vino por dos caminos estrechos, y púsoseles en uno de ellos una emboscada hasta dejar pasar sesenta. Derrocaron luego un olivo cortado para este efeto, con que quedó atajado el paso, deteniendo los demás. Dieron sobre ellos y derribaron los sesenta, y así, Corrón no fué socorrido, si bien estuvo cerca de entrar por una puerta que guardaba Teodoro Spínola, si Pedro Tolfo no acudiera con trecientos arcabuceros italianos.

Cayó Zadar con otros en la trinchea, deslizando su caballo. Cortáronle la cabeza y mostráronla con las de otros muchos turcos a los cercados para ponerles miedo; ellos, entonces, o por no tener ánimo, por faltarles que comer, se dieron a partido. Que sacasen sus armas y ropa los turcos, y los griegos que seguirlos quisiesen.

De esta manera se tomó Corrón a los turcos, treinta y dos años después que la ganaron ellos a venecianos. Entróse este lugar a veinte y uno de setiembre, día de San Mateo, en el día mismo que el Emperador y su campo llegaron a Viena para presentar la batalla al Turco.

Gana Andrea Doria a Patrás. -Justa severidad de Andrea Doria. -Ceremonia notable de los turcos, día de San Juan.

Entendiendo Andrea Doria que toda la Morea temblaba de su armada, dejó de hacer un castillo en un puerto de Corrón, como algunos le aconsejaban, y aún de tentar a Navarino por ir a Patrás, que la desamparaban los turcos; así que, dejando dos mil y quinientos españoles en nueve compañías, y por general don Gregorio, en guarda de Corrón, con los griegos que allí moraban, no quiso quedar italiano alguno, que es mala la guerra con turcos y fuera de Italia.

Hecho esto, partió la armada de Corrón sábado a 5 de otubre, y fué al Zante, y de allí a Patrás con la flota. Sacó de las naves ocho tiros de batir y casi todos los soldados, porque aunque el lugar estaba vacío, estaban los naturales con sus hijos y mujeres y ropa, en un fuerte que habían hecho detrás del castillo, que también era recio y bien artillado. Derrocaron los artilleros la pared a pocos golpes, por ser flaca. Mil arcabuceros, con el conde de Sarno, ojeaban los defensores, para que no lanzasen piedras ni fuego, como en Corrón, los demás combatieron el fuerte, habiendo primero llenado la cava de haces y ramas.

Entraron por escalas, y el primero fue Joan de Cabanillas, napolitano, y luego el conde, y después todos; y como se metieron todos en el castillo, robaron a placer todo el fuerte, y robado, batieron también la fortaleza, que fué templo de Diana, famoso en los siglos pasados.

Pero los turcos, o por no poder sustentar el castillo con fuerzas, o porque no había con qué mantener la mucha gente que dentro había, de la cual tenían misericordia, se rindieron, con que saliesen vestidos, y no se tocase con deshonesta fuerza en las mujeres. Andrea Doria lo cumplió como capitán cristiano, y aún ahorcó a unos y degolló a otros, porque quitaban vestidos a las mujeres, y porque las tocaban en mal, en lo cual se mostró no sólo justiciero, pero grave, como él lo parecía, porque por la reputación del Emperador su señor, le cumplía guardar justicia, particularmente hombres de razón y guerra.

Dicen que salían en Patrás a hacer hogueras víspera de San Juan, y echar en ellas de todas suertes de yerbas, cantando las mozas y rogando que se quemasen allí como aquellas yerbas los males que aquel año habían de venir sobre la ciudad. Entre los nuestros, vemos que salen tal noche como esta a coger las yerbas, y hacen guirnaldas de ellas, y cuelgan manojos y ramos, y dicen que son de gran efeto quemándolas y ahumando las casas con ellas.

Toma Andrea Doria Dardanelos y la Morea. -Llevaron de estos castillos mucha y muy buena artillería, no tanta de bronce como dice Jovio. -Amotínanse los soldados de Andrea Doria. -Retirase Andrea Doria a invernar en Génova.

Fué Andrea Doria con las galeras de Patrás a los Dardanelos, enviando el ejército por tierra con el conde de Sarno. Son los Dardanelos dos castillos viejos, a la entrada del golfo de Patrás; el uno, que dicen Río, en la mesma Morea, y el otro, que nombran Moliera, en Etolia, que llaman agora el Despotato. Están el uno del otro cuales que seiscientos pies, porque no es más ancho aquel estrecho de mar que entre ellos hay.

Andrea Doria, luego que puso en tierra la artillería, mandó decir al alcaide de Río que si le dejaba el castillo dejaría él ir los turcos libremente; pero que si esperaba al combate, que no usaría ni habría lugar de misericordia. Los turcos, con aquel buen partido, se fueron, y los de Andrea Doria saquearon el castillo; pero los soldados de galera marineros, metieron en la mar muchas ballestas, corazas, cotas de malla y tablachinas, por lo cual se amotinaron seis compañías italianas y una española, siguiendo un alférez napolitano, que dijo mucho mal de Andrea Doria, por no les haber consentido saquear a Corrón ni a Patrás, ni lo bueno de Río, y por los que castigó en Patrás, y porque procuraba más provecho para los de sus galeras que para los otros soldados, con cuya sangre ganaba las vitorias. Diéronse a robar aquellos amotinados por las aldeas, hasta que hubo pan.

Fué por ellos el conde, con perdón de Andrea Doria, que los había querido dezmar. Húbolos menester para cercar a Moliera.

Luego que los soldados fueron venidos, Andrea Doria pasó el estrecho Oria; pasado, echó la gente en tierra y la artillería, la cual Cristóbal Doria llevó a fuerza de soldados rodeando camino, porque tiraban mucho de Moliera al real que con diligencia tenía hecho Juan de Cabanillas.

Entre tanto que se ponía el cerco a Moliera, asestando la artillería a la puerta, sobrevinieron muchos turcos a pie y a caballo, que se armaron en Lepanto, de toda la comarca, a descercarlo. Salió a escaramuzar con ellos el conde de Sarno, y escaramuzó tan bien que los hizo volver por donde habían venido.

Sacó cuatro mil soldados, dejando buen recado en el real. Ordenólos en escuadrón cuadrado, por más fuerte y por hallarse a todas manos cuando menester fuese. Puso buen golpe de arcabuceros sobresalientes que detuvieron los turcos que no entrasen.

Vueltos que fueron aquéllos a Lepanto, levantaron los de Andrea Doria dos baluartes. Cavaron toda la noche, y venido que fué el día, comenzaron a batir las torres más altas. Derribaron parte de los muros por entrar por allí los turcos, y entre ellos algunos genízaros pelearon tan gentilmente, que matando muchos cristianos, murieron trecientos sin quedar alguno preso, y algunos que vivos quedaban se cerraron en el cubo donde estaba la pólvora, y por no ser esclavos, la pusieron fuego y en él se abrasaron, saltando el cubo en tantos pedazos como piedras tenía, con un espantoso tronido; y fuera del espanto, hizo algún daño en el real y en las galeras.

Nunca pensaron los turcos perder aquel Dardanelo, porque era muy fuerte, y con dos cercas y con tan gruesos tiros, que lanzaban la pelota de dos pies de ancho. Tenían los tiros unos sobreescritos en arábigo. Hubo allí Andrea Doria sesenta mil ducados de artillería, según todos la apreciaron. Dejó algunas piezas de ellas en Corrón, y los españoles, con don Jerónimo de Mendoza, haciéndoles juramento de tornar luego el año siguiente a proveerlos o a llevarlos, si bien fuese a su costa, porque quedaban pobres y de mala gana, y a mucho peligro, y con tanto se volvió a Génova entrando el invierno de este año de 1532.

Vuelve el Emperador en España. -El Emperador va a Pavía. -Cuéntanle la batalla y prisión del rey Francisco. -Hospedaje famoso que Andrea Doria hace al Emperador en Génova. -Toma de One por don Alvaro de Bazán.

La jornada que el Emperador hizo desde España a Italia, Alemaña y Flandes, y entrada contra el Turco hasta Viena de Austria, fué una de las más gloriosas y honradas que hizo príncipe en el mundo, y a la vuelta en Italia dejó a todos contentos y pacíficos por haberse deshecho de los mejores soldados que jamás tuvo, que fué una de las mayores grandezas de este príncipe, pues hizo, concediendo por ruegos, lo que no quiso por fieros; tan alto y generoso era su corazón, que del tal se dice qui potius ducitur quam trahitur. Y los que sin pasión miraban estas cosas, encarecían la virtud del César sobre las nubes. Sola Florencia quedaba agraviada, y se quejaba porque la dejaba en servidumbre, privada de la dulce libertad, tan amable a todos.

Partió el Emperador de Bolonia; quiso ver a Pavía y el parque donde fué preso el rey Francisco, en su ventura y nombre. Holgóse de ver por menudo aquellos pasos, y de la relación que de todo le hizo su muy privado don Alonso de Avalos, marqués del Vasto, si bien quejoso porque él quisiera ser general del ejército de la liga, que se dió a Antonio de Leyva; mas estas quejas el Emperador las satisfizo adelante, premiando a este valeroso caballero como sus grandes servicios merecían, y los del marqués de Pescara, su tío.

Pasó el Emperador a Génova; aposentóse en las casas de Andrea Doria, el cual le presentó todas las colgaduras de su casa, que eran de mucho valor, en que había riquísimos paños de oro y seda, camas de brocado y otras sedas, imágines y pinturas maravillosas; mas el Emperador no quiso tomarlo, sino dijo, por cumplir con él, que se lo guardase, así como estaba, para cuando volviese; y con tanto se metió en su galera y caminó para España.

En Islas de Eras le trajo mucho refresco el conde de Tenda, capitán de las galeras francesas.

Por abril llegó a Barcelona, donde le esperaba la serenísima Emperatriz, su mujer (que así se lo había escrito desde Génova, y que la acompañase el cardenal Tavera), y mucha nobleza de España, con grandísimo deseo de ver su príncipe, por tantas vitorias glorioso.

Quiso el Emperador que se conquistase la ciudad de Tremecén, en Berbería, y encargó a don Alvaro Bazán, general de las galeras de España y padre del marqués de Santacruz (que tan famoso fué en nuestros tiempos por sus hechos y señaladas fortunas, y merecerlo en los venideros), que hiciese la diligencia posible por ganar a One, ciudad vecina a la de Tremecén, y muy importante para la conquista de Berbería; y don Alvaro fué sobre ella con diez galeras, y en ellas dos mil infantes españoles muy bien armados. Y púsose sobre One, y si bien los moros hicieron su deber por defenderse, al segundo asalto que los españoles dieron la entraron, y los moros que estaban en el alcazaba salieron huyendo por un postigo falso. Prendiéronse con todo mil, y murieron más de seiscientos.

Vistas de Clemente con el francés, y lo que de ellas sentían y decían las gentes. -Contento grande de Clemente, harto de la sed ambiciosa de engrandecer su casa. -Murmurábase del Papa en Roma libremente, al fin como en ciudad libre. -Ganó el Emperador voluntades, con recelo de las del Papa y rey Francisco. -Cuidados penosos del Emperador cuando más quieto en Castilla. -Dicho desesperado del rey Francisco por Milán. -Las siete legiones que el rey Francisco ordenó en el reino. -Contradice el francés el Concilio.

Porque de las vistas del Papa con el rey de Francia en Marsella y del casamiento de don Enrique, duque de Orleáns, hijo segundo de Francisco, infante de diez y seis años, con Catalina de Médicis, sobrina del Papa, hija del duque de Urbino, hubo tantos juicios y pensamientos (que no se engañaban mucho) de que todo era en perjuicio del Emperador, diré agora aquí esta historia.

Pocos días después que el papa Clemente, despedido del Emperador, volvió de Bolonia a Roma, se comenzó a tratar de veras el sobredicho casamiento, el cual nunca pareció bien al Emperador, ni se pudo persuadir que el rey de Francia, quisiera semejantes bodas, sino que era algún entretenimiento, y que las trataba con cautela para granjear al Papa, por ser tan desiguales las cualidades de los novios. Por esto, muchas veces el Emperador aconsejó prudentemente al Pontífice que se guardase de algún engaño del rey de Francia; mas ya que se hubo asentado el negocio a satisfacción del Papa, quiso el rey que las bodas fuesen en Marsella, y pidió con encarecimiento al Pontífice quisiese hallarse en ellas, todo a fin de tratar más de cerca y largamente sus pensamientos con él.

Holgó el Papa con este casamiento, por aquella sed demasiada que siempre tuvo de engrandecer su casa, y con esto, a su parecer, lo tenía todo, pues tenía como por nuera una hija natural del Emperador, y por yerno al hijo del rey de Francia. Y el mismo Pontífice, con el sobrado gozo que de progresos tan venturosos tenía, dijo a sus criados, acabadas estas bodas, que veía sublimada su casa por la mano de Dios: porque su sobrino Alejandro era duque de Florencia y desposado con hija del Emperador, y su sobrina Catalina casada con hijo del rey de Francia, y que esperaba que a Hipólito de Médicis, que tenía la silla del cardenal Pompeyo Colona y era muy rico, había de hacer otra lumbrera de la Iglesia; que con esto ya no se acordaba de los trabajos pasados; que él sabía que había de morir muy presto, lo cual sería con mucho gusto, para gozar de Aquel que en la tierra tantas mercedes le había hecho.

Levantados así los pensamientos, no dificultó Clemente ponerse en camino, ni reparó en lo que sabía que de él se murmuraba, aunque era demasiado. Partió para Marsella en fin del verano de este año de 1533. Vino por él desde Francia, con veinte galeras, Juan Estuardo, conde de Alba, el cual llevó primero a Niza lanovia, que era sobrina de su mujer. Volvió por el Papa a Pisa y a acompañarle Andrea Doria con sus galeras, y don Alvaro de Bazán y Salviati, que todos venían de Mecina.

Entró en Marsella a 6 de otubre. Hízosele solemne recibimiento, y otro día llegaron allí el rey y la reina con sus tres hijos y se aposentaron muy cerca unos de otros. Regaláronse mucho: el Papa dió al rey un unicornio de dos codos de largo, puesto en una rica basa de oro, que para quitar el veneno de la comida y bebida es precioso, porque dicen que suda si en la mesa donde está se pone veneno. El rey dió otras joyas, y a Hipólito de Médicis un gran león manso que le había enviado Barbarroja.

Hubo entre ellos ordinarias y largas juntas a solas, en particular el Papa con el rey, y con grandísimo secreto todo lo que trataban. Y así, los juicios y imaginaciones del vulgo eran sin número, y todos de mal, guerras peores que las pasadas entre el Emperador y rey Francisco, porque les parecía que todo esto se enderezaba a este fin. El rey quería a Milán, el Papa a Módena y a Rezo; el Emperador no se lo había de dar, ni desfavorecer al de Ferrara, pues por justicia se le habían adjudicado las dos ciudades, y según esto, la guerra era cierta.

Escribían al Emperador muy a menudo, sus aficionados, que no se descuidase, porque no era posible sino que el Papa y el rey habían tramado algún negocio contra él, para tomarle desapercebido. Avisáronle que sobre todo se guardase de Filipo, lantzgrave de Hesia, cabeza y principal caudillo de los luteranos, porque se barruntaba que con color de favorecer al duque de Witemberg y a Cristophoro, su hijo, que los había despojado el rey de romanos, se concertaba ocultamente con el francés para hacerle algún daño por la parte de Flandes, y de entrar en Italia por Lombardía, para despojar a Francisco Esforcia y dar aquel Estado al rey de Francia. Todas estas cosas ponían en cuidado al Emperador, y así no trataba sino de prevenirlas, de manera que sus enemigos no le hallasen tan solo como pensaban.

Casó, como dije, a Francisco Esforcia con Cristina, su sobrina, hija del rey de Dinamarca; dió al duque de Urbino la ciudad de Sora, en el reino de Nápoles, quitándola a los herederos de monsieur de Xevres, dándoles otra recompensa. Hizo otros favores y mercedes a los coloneses; al capitán general Andrea Doria dióle la ciudad de Melfi, con título de príncipe de ella. Acrecentó los salarios a todos sus capitanes, con que confirmó en su servicio los corazones de muchos. Los venecianos quedaban también amigos seguros con tener a Francisco Esforcia; el de Ferrara estaba bien prendado con lo de Módena y Rezo. El duque de Mantua esperaba haber del Emperador el marquesado de Montferrat, que estaba vaco por muerte de Bonifacio, su cuñado, que murió corriendo un caballo.

Donde más se temía el golpe de la guerra era en Milán, por ser llano que estas bodas tan desiguales no las había querido el francés sino por este Estado, y que todo era fraguar la guerra; que ni paces, ni treguas, ni capitulaciones habían de bastar para olvidar el odio antiguo y apagar aquel fuego de la envidia o emulación que a las cosas del Emperador siempre tuvo, y que de todas maneras solicitaba los ánimos, levantaba las voluntades y movía pensamientos para revolver a Europa, sembrando en ella discordias y guerras mortales, en daño y perjuicio de la persona y casa imperial; y que el Pontífice se había de poner en que a Enrico, su nuevo pariente, se le diese lo de Milán o el reino de Nápoles.

Estos eran los cuidados del Emperador estando en la quietud de Castilla con la Emperatriz, su mujer, los cuales, y otros tales, le acabaron antes de tiempo la vida. Que tales sobresaltos traen las coronas que da el mundo, y no se coge fruto más sabroso de ellas porque no llevan otro las varas o cetros reales. Con tanta desconfianza de los reyes, ¿qué paz firme con tanta emulación rabiosa de potencia y honra, qué concordia segura puede haber? Y dicen que el rey Francisco dijo en Marsella al Pontífice que ni quería Concilio ni quería paz si no le daban el ducado de Milán, y que no sólo no sería contra los herejes, mas que traería al Turco. Estaba tan puesto en tratar de las armas el rey Francisco, que este año ordenó que en siete provincias de su reino en cada una hubiese una legión de soldados que, conforme a la cuenta de los romanos, hacían cuarenta mil, y que cada provincia, cuando hubiese guerra, diese y sustentase la una, y los tuviese a punto siempre que fuesen llamados. No pudo sustentar el reino esta carga, y así, duró poco.

Contradecía el rey Francisco al Concilio que el César grandemente deseaba, y en estas vistas el Papa le persuadió que no lo consintiese, y como vi por una carta que este año de 1533, a 6 de noviembre, el Emperador escribió al conde de Cifuentes, su embajador en Roma. La razón más fuerte que el rey daba era que no habiendo entera conformidad entre él y el César, no se podía hacer cosa buena, y la paz estaba en quedarse el francés con Borgoña y que le diesen a Milán para su hijo, el duque de Orleáns; y dado, pidiera luego a Nápoles, y después a Navarra, y quizá no quedara contento, porque en esta vida no hay bienes que harten ni hinchan lo vacío de los corazones, si bien sean de reyes.

Viene el Turco sobre Corrón. -La astucia con que entraron y salieron: viernes a ocho de agosto, llegó la armada a mitad de Corrón. -Pelearon como leones, señaladamente un valiente soldado llamado Juan de Herrera.

Como Solimán volvió a Constantinopla, mandó que su armada fuese sobre Corrón, pareciéndole caso de menos valer que los españoles la tuviesen, y aún porque no tuviese entrada en Grecia la flota del Emperador, cuyas fuerzas conoció en Viena de Austria. Cercaron, pues, a Corrón el Zay, Oluprtbey de Galipoli, por agua con sesenta galeras, sin otras fustas y naves, y el basá Zizin por tierra con buen ejército, los cuales estrecharon mucho a los españoles que dentro estaban, que ni abrir las puertas osaban para coger hierbas, que ya no comían otra cosa. Y los turcos procedían con tanto furor que asaron diez griegos (desollándolos) en parrillas, que por comer se pasaron a ellos; mandando Zizin Basá que así hiciese por poner miedo a los de la Morea, para que ninguno se pasase de allí adelante a los cristianos, aunque fuesen otra vez con armada.

El basá requirió con partido a don Jerónimo de Mendoza, sabiendo la hambre que padecían los españoles; pero ellos, si bien ya comían caballos y asnos y suelas de zapatos cocidas, no le quisieron oír. Enviaron a pedir socorro, al principio del cerco, a don Pedro de Toledo, virrey de Nápoles, avisándole de su peligro y de la importancia de aquel lugar para la conquista de Grecia, y de la voluntad que tenían los naturales a rebelarse por el Emperador contra los turcos. Escribió también don Jerónimo a Andrea Doria, pidiéndole la palabra que le diera con juramento de le socorrer a tiempo. Disminuyó la flota del Zay porque fuese.

Teniendo el Emperador esta relación, mandó ir allá su armada, enviando dineros a Andrea Doria, y a decir que luego enviaría a don Alvaro de Bazán con doce galeras.

Fué, pues, Andrea Doria a Nápales, donde proveyó de lo necesario su armada, que sería de hasta treinta naos y veinte y siete galeras. Despachó entre tanto a Cristóbal Palavicín de Oria en una galera que se decía Marquesota. Iban en esta galera Marquesota los capitanes Vargas y Pedro de Silva, por cuya buena diligencia se salvó este negocio, para que fuese a Corrón con la nueva del socorro y les diese ánimo y que no se rindiesen; el cual navegó con diligencia; primero de junio, día del Espíritu Santo, entró en el puerto con osadía, por medio de la flota turquesca.

Alegró los españoles, y volviendo a deshora por medio de los enemigos, trajo entera relación de lo que pasaba.

Andrea Doria metió en las naos el tercio de los españoles que tenía Machicao (por nombre Rodrigo, maestre de campo, un valiente soldado natural de Castromucho en Campos) amotinados en Aversa; y en las galeras a don Fadrique de Toledo, que fué marqués de Villafranca, con muchos caballeros y soldados que llamaban guzmanes. Fué a Mecina por aguardar a don Alvaro de Bazán, y como supo de Cristóbal Palavecín el peligro de Corrón, alzó velas, sin querer esperar, hacia la Morea.

Supo en el Zante cómo era mayor que pensaba la armada del Turco, por habérsele juntado el Moro de Alejandría con trece galeras, y estar allí mil genízaros con Inzuf Aga. Envió a Cristóbal Doria con una galera a reconocer cuántas galeras eran y cómo estaban y dónde. El llegó con brevedad a cabo Gallo, y vió las galeras en hilera, las popas a tierra, como para pelear, que ya habían descubierto la flota imperial. Andrea Doria, contra el parecer de algunos, pasó de cabo Gallo, con viento fresco del Este, aunque eran los días caniculares. Iba él en medio de las galeras, llevando a la derecha las del Papa y de Malta con Salviati, y a la izquierda, las de Nápoles y Sicilia con Antonio Doria. Las naves caminaban delante y eran las guías los galeones del mesmo Andrea Doria y de Balhomo Siciliano, entrambos muy artillados.

Los turcos comenzaron a lombardear la armada cristiana sin menearse. Remaron dende a poco para pelear, enderezando sus galeras el Moro hacia las de Antonio Doria. Las naves caminaron adelante, como dije, y así llegaron. El Moro fué a embestir con las de Antonio Doria con la mayor fuerza que pudo, y con gentil orden y concierto, porque iba más a tierra que alguno de los otros. Pensó el Moro que huían, como continuaban su camino para Corrón sin parar ni torcer, si bien algunas se metieron entre las naos; y las de Salviati se desviaron mucho por los tiros que las fatigaban. Los galeones no se pararon ni pusieron a descargar su artillería con tiempo en los enemigos como lo llevaban mandado, así que se desordenó y turbó la armada cristiana; pero entró en el puerto sin daño: si no fuera por Luprtbey, que no quiso pelear, ni osó, se perdía; por lo cual dicen riñeron después con él los otros capitanes cosarios.

Embarazáronse con las antenas la nao del capitán Hermosilla y la de Pedro Sarmiento, y no entraron. Cargaron sobre ellas las galeras turcas, y tomáronlas, si bien se defendieron gran rato, señaladamente Hermosilla, en la popa de su nao, habiendo despedazado treinta turcos un tiro. Acobardáronse los españoles, fuera de costumbre, por no estar hechos a la mar y por verse solos entre tantas galeras de enemigos, por lo cual muchos se arrojaron al agua no sabiendo nadar, por escaparse de servidumbre; otros, y con ellos el alférez de Pedro Sarmiento, se metieron en los bateles, y Hermosilla metió su dinero y una mujer; pero todo se perdió.

Tornó Andrea Doria a socorrerlos, teniendo por afrenta que delante de sus ojos se llevasen los enemigos aquellas dos naos. No pudo remediar los bateles, mas las naves sí; porque los turcos las dejaron a causa del Este que los llevaba a Corrón, y por el daño que les hacía una culebrina desde tierra que alcanzaba una legua. Siguió el alcance lombardeándolos, y Antonio Doria combatió y cobró las naos, y los españoles, que ya peleaban con ánimo desde popa, si bien desalentados, en especial Hermosilla y los suyos, mataron y prendieron trecientos genízaros, y otros dijeron que quinientos, que, como valientes, habían entrado en las naos combatiendo, uno de los cuales fué Inzuf, a quien Andrea Doria vistió de seda y poniéndole una cadena de oro lo envió a Modón.

Entre tanto acordaron don Jerónimo de Mendoza y Machicao de salir a Zicin, barruntando que levantaría el real por haberse socorrido Corrón y huido las galeras. Cuando ellos salieron, ya los turcos caminaban a toda furia, dejando mucha ropa y comida. Siguiéronlos un tanto; tomáronles algunos caballos y piezas de artillería, especial tres tiros de bronce.

Hubo en Corrón gran regocijo por ambas vitorias. Andrea Doria consoló a los vecinos por el trabajo que habían padecido en el cerco, diciendo que iría otro año el Emperador a conquistar la Morea, y los pornía en libertad, echando los turcos, que no deseaban cosa más. Dejó allí a Rodrigo Machicao con los españoles que llevó, y embarcó los de don Jerónimo y partióse para su casa; todavía perdió tres galeras que se rezagaron por echar cierta gente y mercadería en Calabria, las cuales tomó Zinán, judío.

Era muy costoso sustentar a Corrón, si bien importante para los deseos del Emperador. -Jornada animosa que hicieron españoles contra Andrusa. -Corrón: qué lugar: patria de Plutarco. -Muerte de García de Paredes, el famoso.

Habiéndose gastado tanto en ganar este lugar y poco menos en sustentarlo, lo hubieron de desamparar, siendo importante así para las cosas de mar como para la conquista de la Morea y Grecia que el Emperador pretendía hacer, y el Papa la deseaba. Hubo muchas causas para ello, porque el papa Clemente quería de veras que Corrón se sustentase para torcer al Turco, a que por él hiciese una larga y cierta paz con todos los reyes cristianos, como la deseaba Abrahin Basá, gran amigo de cristianos, que gobernaba la persona y Estado de Solimán, a causa de las guerras del Sofi. El Emperador pretendía lo mismo y aun también sostenerlo, como sostenía a Orán y Bujía, mas érale muy costoso, y por eso quería que se lo ayudasen a sustentar el Papa, el rey de Francia y venecianos y el gran maestre de San Juan, y aún se lo dejaba a todos y a cada uno de ellos; pero ninguno lo quiso. Y así, no queriendo contribuir para sustentar y defenderlo, se hubo de desamparar, y el Emperador no hizo caso de ello, conociendo que no le faltarían lugares importantes y puertos cuando a Grecia quisiese pasar.

Aconteció también, demás de los sobredicho, que situaron los turcos a Corrón muy de propósito, si bien de lejos, y como tenían muchos caballos, no dejaban entrar ni salir a nadie. Había dentro muchos griegos sin los españoles, y por ser tantos, faltóles carne y vino, y también les iba faltando agua, por haberse resquebrajado las cisternas con la artillería. Molían el trigo en atahonas a brazos, que les era gran trabajo, y aún con todo eso comían tantos salvados como harina, si bien a la verdad se remediaron mucho con unas naos sicilianas de bastimentos y munición.

Comenzaron, pues, los españoles a sentir la hambre y el cerco; viendo que la hambre los había de matar, rogaron a Machicao, su maestre de campo, que los sacase a los enemigos, y que vería el estado de los turcos y la presa que hacían. Machicao, que no era nada liviano, si bien valiente, lo contradecía. Ellos, que ya se habían puesto en aquello y que los incitaba don Diego de Tovar, caballero valiente y esforzado, replicaron que lo debía hacer, pues la armada no iría tan presto siendo invierno, y por falta que ya tenían de comer y vestir, y por temor de alguna enfermedad o pestilencia que podía venir del encerramiento y de los ruines manjares y no acostumbrados, porque más valía morir peleando como fuertes españoles, que como flacas mujeres entregarse sollozando; y que no temiese de su ánimo y osadía, pues lo conocía de mucho tiempo, y los había probado en Viena contra los mismos turcos, ni por estar apartada Andrusa, ni por ser invierno, que ellos caminarían hasta hallar los enemigos, y que lo harían tan sin ruido y tan presto, que tomasen durmiendo los turcos. Machicao quiso templar el hervor y furia de los soldados, acordándose de su cargo y honra, y asimismo mostrarles cuánto error sería ir tan pocos contra tantos, y sin caballería, y dejar la fuerza que se obligaron a guardar, por apetito de algunos, y que la hambre y sed y otros trabajos, con paciencia y con templanza los tenían de pasar, como habían hecho muchas veces, hasta la primavera, que sin duda iría la armada del Emperador a socorrerlos, y que aquella gana de salir a pelear se podía decir no de fuertes, sino de flacos, pues la fortaleza consistía en sufrir y no en blandear por combatir; por tanto, que su determinación era da guardar la ciudad conforme a buenos guerreros, y no fiarla de griegos, gente liviana, si bien aquellos fuesen fieles y esforzados, como lo mostraban en querer también salir a pelear.

Quedó con esto el negocio en disputa por tres o cuatro días; al cabo tornaron a rogarle que saliese a pelear don Diego de Tovar y Hermosilla y algunos griegos como Lázaro y Barbacio, valiente hombre y prático en la tierra, y que sabía hablar turco. Entonces el Machicao, templando el rigor de la guerra con el ánimo de los soldados, otorgó la salida. De allí comenzó a proveer a la nueva y peligrosa determinación; cercó las puertas porque ninguno fuese a los turcos con el aviso de su ida; encomendó el lugar a los capitanes Lezcano y Méndez, y así salió a la segunda queda con los demás españoles y muchos griegos.

Anduvo aquella noche guiando Barbacio el medio camino; reposó el día, porque como salieron a la segunda guarda, tenían necesidad de algún reposo, que muy corto era, en un monte; y el siguiente, antes del alba, dió sobre Andrusa, que está de Corrón nueve o diez leguas, sin ser descubiertos ni sentidos. Entró en consejo y fué acordado que con los arcabuceros quedase Hermosilla contra mil de caballo que tenía Acomar en el arrabal, y que él, con el resto, entrase el Andrusa por la cerca (que baja y flaca era) de presto, si bien había dentro con Caran tres mil soldados, de los cuales los mil y quinientos eran genízaros arcabuceros, y los otros, con picas y arcos.

No se pudo hacer tan callando que no despertasen por mal de todos, especial de los capitanes, algunos mozos de turcos, los cuales, como viesen lumbres y mechas encendidas, dieron voces e hicieron tocar arma. Levantáronse todos y armáronse con la presteza que el negocio pedía; hicieron ensillar los caballos. Hermosilla, que lo sintió, arremetió a las casas, y acorralólos a puros arcabuzazos. Mandó poner fuego al heno y paja de los caballos y caballerizas. Mataban a cuantos hallaban.

Comenzóse un terrible llanto y ruido con el furor de los golpes y resplandor de las armas; pero lo más espantoso eran los relinchos, los ronquidos y coces de los caballos por soltarse, que se quemaban vivos. No tuvo Machicao tal ventura, porque al ruido y gran estruendo recordaron los del lugar, y pelearon con los suyos, conociendo ser pocos, mejor de lo que al principio pensaron. Mataron a Machicao de un escopetazo que le dieron por la frente, desquiciando unas puertas, y lo mismo hicieron a don Diego de Tovar y a otros muchos, por no llegar a tiempo Hermosilla con los arcabuceros, y no llegó por acabar los de caballo. Los españoles, entonces, que ya era día claro, se retiraron juntos a lo llano, deteniendo los enemigos a tiro de arcabuz, si bien había muchos a caballo; porque no se quemaron todos los caballos.

Los turcos tenían como por vitoria no se haber perdido todos, según el daño que recibieron en los caballos y caballeros, y en el alcance, por lo cual los dejaban volver. Pero Acomar, que andaba tan galán con grandes plumajes como el sobrenombre tenía, los persiguió buen trecho con más de cuatrocientos caballos y docientos arcabuceros en ancas. Adelantóse un poco por señalarse, y enclavóle un español, a quien casi iba a picar con la lanza, echándole la bala del arcabuz por la tablachina, y matóle. Cargaron luego sobre él muchos de ambas partes, y a cuchilladas tomaron los españoles el turbante con los penachos y armas de Acomar.

Así se tornaron a Corrón en el mismo día, que fué de la Purificación. Los turcos tomaron el cuerpo de su capitán y se volvieron a Andrusa, y de allí a Londeri, enviando las orejas y narices de los españoles muertos a Constantinopla para muestra de su vitoria.

Como los turcos salieron de Andrusa, fueron allá los de Corrón a enterrar sus compañeros, que los comían aves y perros, y enterráronlos honradamente con ayuda de los vecinos de Callamate y cristianos griegos. Hallaron la cabeza de Machicao hincada en la punta de una lanza, que la dejaron por afrenta, y trajéronla a Corrón con mucho luto, con la de don Diego de Tovar, que fué mejor conocida por una muela y en las barbas, por no estar desollada ni cortadas las narices como las otras.

Ya dije cómo era el maestre de campo Rodrigo de Machicao, natural de la villa de Castromocho, que está ocho leguas de Valladolid, dentro en Campos, de gente muy honrada de este lugar, y por haber sido un valiente soldado llegó a tener muy honrados cargos en la guerra, y fuera mucho más si esta desventura no le quitara la vida.

Sobrevínoles a los de Corrón una gran pestilencia, por lo cual, y por el trabajo que al principio dije, esperaron que pasasen algunos navíos cristianos, y martes a 24 de hebrero, día de San Matías, llegó una fragata, en la cual venía Juan Cola de Lipar, italiano, con cartas de los virreyes de Sicilia y Nápoles, en que les mandaba desamparar este lugar y que se volviesen a Italia. Fueron cinco navíos, y lunes a 9 de marzo embarcaron, y salieron del puerto miércoles primero de abril, año 1534.

Embarcaron la artillería, las armas, la ropa y los naturales de Corrón y viniéronse, dejando el lugar solo y yermo. Es Corrón aquella antigua ciudad Cherroneo, patria del filósofo Plutarco. De esto sirvieron tantos gastos y muertes, y después dejarla, pudiendo ganar algo que diera el Turco por ella.

Si bien no toque a esta historia, diré cómo en este año de 1533 nació Isabela, princesa de Gales, hija del rey Enrique VIII de Ingalaterra y de Ana Bolena, que hoy día, y año de 1602, reina y ha reinado con tanto valor y prudencia, aunque contraria y enemiga de la Iglesia romana.

Murió en este año en Bolonia aquel famoso soldado García de Paredes.

Estuvo muy mala la Emperatriz este año, y el Emperador, con harto cuidado de su salud, como parece por las cartas que escribió al condestable desde Monzón, a 20 de julio y 22, y a 30 y a 14 de agosto estaba con mejoría; y a 6 de agosto le acudió una terciana sobre mucha flaqueza, y a 10 estaba mejor, y a 17 estaba para ponerse en camino, que todo parece así por las cartas que se escribían al Emperador y él escribía al condestable de Castilla.

Contradecía el rey Francisco al Concilio que el César grandemente deseaba.

Muere Clemente VII. -Llamóse [su sucesor] Paulo III. -Deseaba el nuevo Pontífice concordar al Emperador y rey de Francia. -Pide el rey a Milán. -Tratos inquietos del rey de Francia. -Tiene Cortes el Emperador en Madrid. -Uso de coches, afrenta de caballeros. -Herejías en Ingalaterra. -Amonestación santa que hizo el Pontífice al inglés.

Dejando al Emperador en Alcalá de Henares, donde vino con la Emperatriz desde Barcelona, comenzaré este año de 1534 por el fin ordinario desta vida, muriendo en ella, estando en Roma, a 26 de setiembre, el papa Clemente VII. Que en esto paran las monarquías y grandezas humanas, teniendo el mesmo fin que tiene el mendigo y retirado ermitaño.

Sucedióle en la Silla Apostólica de Roma el cardenal Alejandro Farnesio, varón de tanta virtud y conocidas ventajas, que sin dificultad fué adorado y coronado, a cuatro días del mes de octubre, día de San Francisco, con mucho contento de todo el pueblo romano, por ser su natural de la nobleza de los Farnesios, por mostrarse este Pontífice de veras celoso del bien de la paz y de ver concordadas las cuestiones que tan alterada tenían la religión cristiana. Despachó luego sus legados, uno al Emperador y otro al rey Francisco, pidiéndoles encarecidamente se conformasen en una concordia y caridad cristiana, juntando sus fuerzas en uno contra el común enemigo, pues veían cuán adelantados andaban los turcos y la gran pujanza con que Barbarroja inquietaba todo el mar Mediterráneo, fatigando las costas de la Cristiandad y las islas de Sicilia y Mallorca, y las demás provincias de cristianos.

El rey Francisco, que tenía siempre frescas las injurias pasadas, si bien deseaba ganar la voluntad del Pontífice, no quiso, con todo eso, venir en alguna concordia, porque no acababa de tragar la felicidad y potencia del Emperador. Y así, la respuesta que dió fué que si el Emperador le quería hacer gracia del título de Milán, él holgaría ayudarle con todas sus fuerzas, por mar y por tierra, contra el Turco, y aun de ir en persona, debajo de su bandera, reconociéndole superioridad en cualquier jornada que quisiese hacer; tal fué siempre el tema y porfía del rey.

Todos los de aquel tiempo dicen que, aunque el Emperador le diera lo que pedía, el rey no hiciera lo que prometía, ni se contentara con Milán, sino que, puesto allí, quisiera luego a Nápoles, y aun a toda Italia. Sabíase que en este mesmo tiempo, cuando hacía estas promesas, traía tratos con el rey Enrico de Ingalaterra, para que los dos se juntasen con el duque de Güeldres, que andaba en desgracia del Emperador, que le hiciese la guerra por la parte de Flandes, y que por otra parte quería enviar a Navarra al rey don Enrique, el despojado, para restituirle, si pudiese, en aquel reino.

Sabíase también muy de cierto que el rey había repartido secretamente muchos dineros entre los suizos por tenerlos ganados, y que en Marsella y en todos los puertos de Francia se labraban galeras y navíos a gran priesa, y que por toda la tierra se hacían grandes municiones.

Y demás de esto, era cosa muy sabida lo que había instituído, según dije, de las siete legiones en las siete provincias de su reino, a imitación de lo que antiguamente hacían los emperadores romanos. De todos estos aparatos que el rey de Francia hacía, entendía bien el Emperador, y todos lo veían, que él tramaba alguna mala guerra; y así, todos los que eran de la parte imperial vivían sobre aviso, como Andrea Doria, Francisco Esforcia, duque de Milán, el duque de Florencia y otros; con esto pudo hacer poco efeto la santa intención del Pontífice.

Este año tuvo el Emperador Cortes en Madrid, y para el buen gobierno del reino mandó, entre otras cosas, que no se usasen mulas de silla, porque hubiese más caballos y los labradores las tuviesen para su labranza; guardóse tanto algunos años, que ciertas mulas pagaron la pena por justicia, en Valladolid, y en otras ciudades. También las vedaron los Reyes Católicos cuarenta años antes de este, y se guardó todo el tiempo que vivió la reina, conforme a una ley de la Partida, que manda andar a caballo los caballeros por honra y uso.

Y agora, en estos miserables tiempos, ni guardan uno ni otro, usando, como flacas mujeres, tanto los coches, carrozas, sillas y otros regalos y galas, que cierto debemos temer no sea el tiempo con que Dios amenaza que castigará a su pueblo, dándoles príncipes como mujeres. Y así dicen que estaban los robustísimos godos cuando se perdió España: de los cuales decía un poeta gentil: Sint procul a nobis iuvenes ut foemina comti; que no se consientan mancebos compuestos como mujeres.

A 23 de marzo de este año comenzó al descubierto la herejía en Ingalaterra, y desobediencia a la Sede Apostólica, y fué la causa el bestial apetito del rey Enrico, malo y desordenado, que habiendo él escrito católicamente contra los desvaríos de Lutero y sus secuaces, el amor de una mujer le hizo perder el juicio, el temor a Dios y vergüenza al mundo. Fraternal y caritativamente, le amonestó el Papa que mirase el mal estado en que estaba, por haber dejado su mujer legítima, y que no estaba casado con Ana Bolena, sino amancebado. No hizo caso de ello. Y viendo el Pontífice su dureza, dió sentencia, y pronuncióse en público, en que condenó y dió por malo y adúltero el ayuntamiento con Ana Bolena.

Fué tan grande el odio que Enrique concibió contra el Pontífice y Iglesia romana, que no hallando otra forma para vengarse, alzó la obediencia debida a la Iglesia y mandó publicar por todo el reino que, so pena de la vida, reconozcan al rey de Ingalaterra por suprema cabeza de toda la Iglesia anglica, y que caiga en la mesma pena y perdimiento de bienes el que en cualquiera cosa, tocante a la obediencia de la Iglesia romana, fuere, ni la admitiere como en tiempos pasados se había hecho. Desde este día comenzó la ruina y acabamiento de la fe católica que tanto se había observado y tantos santos había criado en aquel reino. Hay de ello historia particular, y con lo dicho cumplo en esto.

Lantzgrave, inquieto, viene a Francia. -Concordia entre el rey don Fernando y Lantzgrave.

En Alemaña, Filipo, lantzgrave de Hesia, enemigo grande de la casa de Austria y émulo maligno de su aumento, movido y animado del rey de Francia, solicitado para que perturbase la paz en aquellas partes, moviendo guerra al Emperador, vino disimuladamente a Francia, y el rey le dió dineros para ponerse en armas y que conquistase el ducado de Wiertemberg, que era del duque de Ulrico.

Juntó con su dinero, y del francés, y otros amigos, la gente que pudo de pie y de caballo. Entró por tres partes en el ducado de Wiertemberg, apoderándose de la mayor parte. Venció las gentes del rey don Fernando, cuyo capitán era Filipo, conde Palatino, y huyeron los que pudieron, dejando al lantzgrave ufano con la vitoria.

Pareciendo, pues, al rey don Fernando que por el presente le estaba bien concordarse con este enemigo, estando para entrar con el ejército vitorioso por Austria, poniéndose de por medio algunos, se concordaron en que el duque Ulrico pagase al rey cierto tributo en razón de feudo. De lo cual el rey de Francia quedó sentido, quejoso de Lantzgrave, porque habiendo él gastado mucho dinero en favorecerle contra Ulrico, al mejor tiempo se le había hecho amigo de sus enemigos. Pero aprovecháronle por agora poco sus quejas, porque el Emperador confirmó las condiciones de la concordia, que se efetuó por el mes de julio de este año, con que Ulrico y sus herederos tengan el ducado de Wiertemberg en feudo, de mano del archiduque y lo posean, y que no pueda suceder en él hembra; sino que faltando varón, vuelva el ducado de Wiertemberg a los archiduques de Austria.

Enviaron luego cierto número de gentes de pie y de caballo contra la ciudad de Monesterio, que por engaño habían tomado los anabautistas, echando de ello a obispo y a todos los católicos, y se apoderaron de ella de esta manera los herejes.

Anabautistas de Monesterio y sus notables desatinos.

Tenía Lutero, con sus falsas opiniones, inficionado sobremanera todo lo que es Alemaña la alta, y aún cundía la mala mancha en la baja. Y cada día se levantaban nuevas opiniones heréticas, con que engañaban a muchos ignorantes para que en diversos pueblos los recibiesen.

Entre estos herejes, los anabautistas engañaron algunos pueblos de las tierras bajas de Flandes, y a los holandeses y frisios, y como las justicias procediesen contra ellos castigándolos como a inventores de nuevas doctrinas, huyeron, derramándose por diversas partes de aquellas provincias; y sembraban sus errores cuanto podían, hasta tanto que de Holanda y Frisia, donde habían hecho mucho daño, salió un gran número de ellos, y fueron a Westfalia y la ciudad de Monesterio, en el año de 1532, y entraron al mismo tiempo que los luteranos, que habían procurado echar de allí a los católicos, habían ya salido con su intención; porque movidos y engañados los ciudadanos con los sermones de los luteranos, se habían puesto contra el obispo que era muy católico, y lo habían echado del pueblo, y con él habían tenido sangrientos encuentros y pendencias muy reñidas, porque los herejes querían introducir su secta y el obispo les resistía católica y valerosamente.

Estaban dentro en la ciudad católicos y herejes muy desavenidos y a pique de tomar las armas unos contra otros. Favorecían a los herejes muchos príncipes de Alemaña, y el Emperador, de quien los católicos se habían de favorecer, estaba en España.

Finalmente, en el mes de hebrero de este año, viendo los anabautistas que sus cosas iban prósperamente en Monesterio, para que siendo más pudiesen tener y hacer más fuerzas, escribieron a Osembruggo, Coesueldia, Westfalia, Tranchenana, Warendorpio, en los cuales lugares había muchos de su secta, diciéndoles que había Dios puesto en Monesterio un profeta santo, venido del cielo, que les predicase y declarase su divina voluntad; por tanto, que dejando todas las cosas, acudiesen luego a Monesterio, que allí hallarían cuanto hubiesen menester y vivirían en suma quietud y descanso, abundantes de todo lo necesario para la vida humana.

Leídas las cartas, se juntaron con toda diligencia y sin decir nada a otros vecinos, muchos naturales de estos lugares, y se fueron a Monesterio, y con su ayuda juntos, los herejes se levantaron con la ciudad. Echaron fuera los católicos, eligieron y nombraron jueces que los gobernasen, quitando los que había. Nombraron capitanes, pusiéronse en armas, fortificaron la ciudad, derribaron las casas de los nobles, templos y monasterios, profanando los vasos sagrados, ornamentos y cosas del culto divino, hicieron otras crueldades, y como gente sin juicio, decían que el furor y espíritu divino les hacía hacer aquellas cosas. Andaban por la ciudad dando voces, diciendo al pueblo que hiciesen penitencia de la vida pasada, y quitarían de sobre sí el riguroso azote de Dios, que tenía en la mano para descargar ya sobre ellos, con el cual sentirían gravísimos castigos y males. Luego, con este furor bestial, tomaron las armas contra algunos católicos que habían quedado en la ciudad, que no quisieron consentir con ellos, ni se dejaron rebautizar. Decíanles palabras afrentosas, sacábanlos arrastrando de sus casas, diciendo que la ira y azote de Dios venía ya sobre ellos. Saqueáronles las haciendas, y porque entendían que el obispo y todos los católicos que habían echado volverían sobre la ciudad, escribieron a Harlemo Amstelrodamo y a otros principales capitanes de su secta, pidiéndoles que con mucho secreto y con todas veras, persuadiesen a sus pueblos que, si querían vivir, se juntasen con ellos, porque presto destruiría Dios las moradas de los impíos. Llamaban impíos y pecadores a los que no se querían rebautizar ni seguir su mala doctrina, y que así, era necesario que todos los que quisiesen ser salvos y alcanzar la divina misericordia y gracia de Dios, acudiesen a Monesterio, que éste era el lugar que tenía Dios señalado en este mundo para sus escogidos, en el cual, sin temor de nadie, gozando abundantemente de todos los bienes, sin zozobra ni trabajo, servirían a Dios.

Mandaron que todos los que no quisiesen seguir este camino, aunque fuesen sus proprias mujeres y hijos, que los echasen de sí sin hacer caso de ellos, y que vendiesen sus bienes, quedándose con lo que para ir a Monesterio hubiesen menester. Que trajesen el dinero, ropa y armas que pudiesen, y que pasado el seno meridional de Holanda, entrasen en el río Isala, de donde vendrían seguramente a Monesterio.

La carta que cerca desto escribieron, dice tales disparates, que para que los católicos vean quién son los herejes, será bien referirla aquí.

Carta de los herejes de Monesterio.

«A los fieles confederados en Cristo, gracia y paz de Dios Padre por su Hijo Jesucristo, amén. Carísimos hermanos y hermanas: la paz y el gozo para los hijos de Dios, que tenemos entre manos, porque la redención está a nuestras puertas. Amigos muy amados, hacémosos saber que nos ha Dios descubierto y dado a cargo su Iglesia, y que conviene que cada uno de vosotros se ponga luego en orden para venir a la nueva y escogida Jerusalén, ciudad santa que ha bajado del cielo para conservación y morada de los santos y bienaventurados sus escogidos, porque es cierto que Dios quiere castigar al mundo, mire cada uno por sí, no caiga por su negligencia y desobediencia en el severo juicio de Dios. Porque nos escribió Juan Beukelario, profeta santo de Monesterio, y todos los que en Cristo le siguen, certísimos profetas del altísimo Dios, que ninguno de los que sirvieren al dragón de este mundo podrá escapar que no le trague y le quite la vida espiritual o corporal. Por tanto, todos se aparejen para el camino, si no quieren sentir el azote de la ira divina. Amenaza al mundo un tumulto horrible, una turbación espantable, de la cual habló Jeremías, diciendo en el capítulo 51: «Huía de Babilonia el que quisiere salvar la vida.» No se espanten vuestros corazones con el clamor que por toda la tierra se ha de levantar. No digo otras muchas cosas, sino en nombre de Dios os mando que obedezcáis y no dejéis pasar el tiempo oportuno; mirad por vosotros y acordaos de la mujer de Loth, y no volváis a mirar atrás por cosa alguna de cuantas el mundo tiene: ni por el marido, ni por la mujer, ni por los hijos os dejéis engañar. El marido no haga caso de la mujer incrédula, ni la mujer del marido, ni traigáis con vosotros a los tales, ni a los hijos que no quisieren admitir esta doctrina, que no quisieren seguiros y ser participantes en los bienes de la celestial Jerusalén, la cual tiene bastantemente que dar con abundancia a sus santos. Y así, no os carguéis de cosa alguna salvo de oro, plata, lienzos y un buen vestido, y para comer lo que bastare para el camino que brevemente andaréis; el que tuviere armas, espada, lanza o arcabuz, tráigalo, y el que no, cómprelo. Libraros ha Dios, sin duda, poniendo su mano poderosa en favor de sus escogidos, con la guía de Moisés y Aarón (llamaban estos bárbaros eletos escogidos a los que se rebautizaban y seguían su secta). Vivid advertidamente y con prudencia; debéis ordenar vuestras cosas entre esos impíos enemigos con quien vivís. Y procurad que a 24 de marzo, cerca de mediodía, os halléis media milla de Monte Monesterio fuera de Hassellio. Estad con ánimo allí todos, y cautos y advertidos en todo, y no estéis allí antes de este día ni después, sino en el mesmo día y hora puntualmente estaréis allí, y pondréis en ello todo cuidado, porque pasado aquel punto, no se hará más cuenta de alguno, ni lo esperarán. Por tanto, no hay sino velar, no os haga daño la tardanza o la demasiada diligencia. Y si algunos no hicieren caso de venir o menospreciaren lo que aquí decimos, quiero ser sin culpa de su sangre y protesto de ello.»

La firma de esta carta tan llena de desvaríos decía: Emanuel.

[Descalabro de los anabautistas.]

Notable cosa es que en estos tiempos hubiese en aquellas tierras gentes tan simples que semejantes desatinos obrasen en ellos y los admitiesen. Vese claramente que los había Dios dejado, y como ciegos obraban.

Enviáronse estas cartas a muchas ciudades y lugares, y a 21 de marzo se juntaron cerca de un lugar de Holanda que se dice Monichedamo, más de treinta navíos de carga, sin que unos supiesen de otros, sino que en cada una de estas naves había uno que sabía el secreto, que disimulando echaba fama que todos se habían aquí juntado traídos del Espíritu Santo, y que este espíritu divino había aquí traído aquellas naves, lo cual creían los ignorantes.

Comunicándose todos, se partieron aquel día, y navegaron para Suvarte Wateram, y porque no podían estar en el lugar señalado por sus profetas antes ni después de los 24 de marzo, se tuvieron un día echadas las áncoras en el puerto. Súpose en este tiempo por todos los transisleños cómo estaban allí aquellas gentes, y no sabiendo dónde iba una armada tan grande, ni lo que trataba, siendo capitanes y caudillos Diosardo Bollenhovio, y Gulmudano, se juntó mucha gente de las ciudades y lugares vecinos, con sus armas, y vinieron muy en orden al puerto de Suvarte Wateram, para prenderlos si saltasen en tierra si no daban razón de su venida. Ellos, con el engaño en que venían, fiados en los falsos seguros que de parte de Dios les había dado su mal profeta, no temían a nadie, y así habían salido a tierra sin armas por lo cual fácilmente fueron presos y puestos en tormento.

Algunos de ellos confesaron quiénes eran, y dónde iban, y comprobado por las armas que llevaban, justiciaron algunos de los principales, y prendieron la canalla que iba en los navíos en que estaban, hasta tanto que la reina María, gobernadora de Flandes, que estaba en Bruselas, mandase lo que de ellos se había de hacer. Mandó la reina que justiciasen a todos los que no quisiesen abjurar la seta, y a los que lo hiciesen prometiendo de ser católicos, amenazándolos que procederían contra ellos con rigurosos castigos; que los hiciesen volver a sus tierras; quitándoles lo que allí tenían, y que si volviesen a reincidir, que serían quemados como herejes pertinaces.

Soltaron los marineros libres con sus naves, porque probaron que ellos no sabían cosa más de que los habían alquilado para que los llevasen a Monesterio, sin saber a qué. Hallóse en los navíos gran suma de oro y plata, telas de lienzo y armas y barriles de pólvora, atambores y banderas, en cada una cinco cruces. De vestidos y comida traían poco, porque según su profeta, el cielo y la nueva Jerusalén los había de proveer abundantemente.

Desatino de los herejes de Monesterio.

Perdido este socorro, los anabautistas de Monesterio juntaron, de los lugares vecinos, número de gente; y al común de la ciudad, parte con amenazas, parte con promesas, hicieron tomar las armas y salieron contra el obispo que los tenía cercados. Las cabezas de estos herejes eran Juan de Leydes, un vil sastre, Juan Mateo, y Harlemiano, pastelero, y otros tales como éstos que se decían y llamaban profetas del altísimo Dios, y todo cuanto intentaban y hacían, con gestos y semblante muy grave, afirmaban que lo hacían por mandado de Dios.

Ordenaron de entre sí un consejo de jueces que los gobernasen, nombrando veinte y cuatro personas, sobre los cuales era el juicio de los que llamaban profetas, cuyos mandamientos se obedecían como si Dios los mandara. Todo lo que era gobierno, guerra, policía y religión, los del consejo o senadores lo mandaban. Los ciudadanos se hallaban ya tan bien con la nueva Babilonia, más que Jerusalén, que cerradas las tiendas, y dejando los oficios, no trataban sino de las armas y de defender la ciudad. Dábanles la comida con mucho orden, porque no les faltase. El primer día de la semana, carne fresca, el segundo cecina, el tercero cosas de leche y manteca, y de esta manera, siendo todo cuanto había en la ciudad común a todos. En la guarda de cada puerta de la ciudad se ponía un profeta que estaba predicando la nueva dotrina a la gente de guerra que allí estaba, animándolos para que se defendiesen y defendiesen la nueva ciudad de Jerusalén y monte de Sión.

El obispo de esta ciudad, con los ciudadanos nobles y católicos que los herejes habían echado fuera, viendo la fuerza que se les hacía y que ya el mal era sin remedio, juntaron a sueldo la más gente que pudieron, ayudándose de amigos y parientes, y cercaron la ciudad. Salieron a escaramuzar hasta trecientos herejes, cuyo capitán era Juan Mateo, y acometieron el real del obispo, y mataron y robaron lo que pudieron, y volvieron a la ciudad cargados de despojos. Soberbios con estos buenos sucesos, de atrevidos se hicieron temerarios, y se prometían a Dios tan favorable, que todo les sucedía como querían.

Acometió un día con solos treinta el real del obispo, y habiendo muerto algunos, descuidóse, y cogiéronle de manera que él y los que con él habían salido fueron muertos, que causó en la ciudad un gran dolor y sentimiento; y junto con este temor, porque estaban persuadidos que su gran profeta y caudillo no podía ser vencido ni muerto por el favor especial que tenía de Dios como profeta suyo.

Sucedió en su lugar, por capitán de esta gente, Juan de Leydes, el cual una noche se levantó desnudo de la cama y anduvo así por toda la ciudad diciendo a voces: «El rey de Sión está aquí», y volviendo a su casa, se fingió tres días mudo, escribía y no hablaba, diciendo que Dios tenía ligada su lengua, y al tercer día habló mil disparates, que decía que Dios le había revelado, tocantes al buen gobierno de la ciudad y de la guerra.

Luego salió en público, y mandó que todos sacasen allí sus bienes, sin que dejasen nada, que así se lo había Dios mandado, que ninguno tuviese cosa en particular, que él daría a cada uno largamente lo que hubiese menester.

Poco después salió a la plaza otro profeta, diciendo que mandaba Dios que todos los libros se trajesen allí a la plaza, salvo la Biblia, y traídos, los quemaron sin dejar alguno. A un herrero que se llamaba Huberto, haciendo burla de tales profetas, le mataron pasándole uno de ellos con un arcabuz, diciendo a voces que Dios le había mandado hacer aquello. Usaban de palabras llenas de autoridad divina, como un Moisés, diciendo; «Esto dice el Señor.» Demás desto, con amenazas, promesas, blanduras, autoridad y humanidad, procuraban que el pueblo, ignorante, lo creyese y obedeciese. Leían editos sobre ello, en que ponían pena de la vida a quien no guardase lo que mandaban. Y porque entendieron que algunos no sentían bien desto, justiciaron cincuenta de ellos, haciéndolos pedazos y degollando algunos, haciendo los profetas el oficio de verdugos, fingiendo en sí un furor divino que les hacía hacer aquellas muertes.

En fin del mes de julio deste año, otro de estos profetas que se llamaba Juan Dusentheuir, platero, natural de Warendorpio, salió de nuevo. Fué muy deprisa a Juan de Leydes, siguiéndole gran gente del pueblo; iba lleno de furor, como arrebatado del espíritu, y dijo que mandaba Dios que Juan Leydes sucediese en el reino de David y que sujetase a los príncipes de la tierra que no querían creer, y matase los pecadores, y que a los fieles justos diese el reino de los cielos.

Luego arrebataron de Juan Leydes, y del banquillo en que cosía como sastre le colocaron en la silla real de la ciudad de Monesterio, con aplauso general y contento de todos, y el nuevo rey, por pagar a Bernardo Rotmant, le dió el oficio de su predicador, y intérprete de su voluntad; Tibezio hizo cónsul, y su mayordomo Gerardo, y de esta manera fué componiendo aquella nueva monarquía, más de vino que de gente de razón.

Convidó a todos los de la ciudad para una cena muy solemne, que a lo divino quiso celebrar con ellos en el atrio de la iglesia mayor, donde se juntaron hombres y mujeres hasta cinco mil. El primer plato que se sirvió fué de cecina, y luego otras viandas; la bebida fué cerveza. Acabada la cena, salió el nuevo rey vestido con una ropa larga hasta los pies, de seda negra, y un collar de oro o cadena, que por debajo del brazo daba vuelta a las espaldas, prendiéndola de la cinta al lado izquierdo; de esta cadena colgaba un globo, como figura del mundo, atravesado con dos espadas. En la cabeza traía una corona de oro, y en la mano derecha un cetro de oro. Como hubiese cenado, compuesto de esta manera se sentó en un rico estrado, y cada uno de los convidados, levantándose de su asiento, venía; y el rey les ponía en la boca un bocado de pan, diciendo el impío bárbaro las palabras que Cristo dijo en la última cena.

Hecha esta comunión se levantó, y acompañado de todos aquellos, tales como él, fueron a otra parte del cimeterio, donde estaban esperando otros de los consejeros, el uno arrimado a una tinaja de vino puro, y todos los que de mano del rey habían comido el pan, bebían diciendo él mismo las palabras de la consagración del vino. Eran los ministros de esta comunión, del pan y del vino, la reina y concubinas que el sastre Leydes tenía, y los consejos; y a algunas de aquellas mujeres, que no sentían bien de estos disparates, achacándoles que habían cometido adulterio, las mataron, degollando a unas y empalando a otras.

Tenía este buen rey trece mujeres, entre las cuales tenía corona de reina la viuda de Juan Mateo, el que murió en la escaramuza, que era muy hermosa y moza.

Acabadas estas cosas, pareciéndole a Juan de Leydes que había hecho lo que bastaba para ostentación de su real autoridad y estimación, mandó luego, como tirano, que todos le obedeciesen; y como era hablador, en todos los sermones que hacía persuadía cuanto quería y más, diciendo que Dios se lo mandaba así.

Escogió luego veinte y seis hombres, que la mayor parte de ellos eran fugitivos frailes herejes, y les mandó que con algunos de los profetas fuesen a predicar por otros lugares aquella dotrina de gente sin juicio, que llamaban del nuevo reino de Sión, y ciudad de Jerusalén, y que hiciesen gente para decercar a Monesterio. Cogió el obispo algunos de estos evangelistas y los quemó.

El traje de los profetas y ministros principales de estos herejes era de color verde oscuro tejido de lana y seda; en las cabezas unas tocas blancas, en el dedo índice un anillo grande de oro. Interpretaba esto Román, el predicador real, que el color verde significaba un nuevo hombre sin pecado, y el color oscuro ceniciento la sujeción de la carne y vicios; el anillo de oro, un amor recíproco y sincero.

Sería nunca acabar decir los desatinos de éstos; basta lo dicho para que se entienda cuáles fueron las primeras cabezas de los herejes de Alemaña, y que serán tales los que agora los siguen. Duró el cerco de esta ciudad diez y ocho meses, siendo más largo y costoso de lo que el obispo pensó. Socorrieron al obispo muchos príncipes. Dióle muchas baterías y asaltos, en que fueron muchos los que murieron; finalmente, al cabo de tantas dificultades, el obispo la entró a veinte y cinco de setiembre, y el falso y mal sastre de Juan Leydes, fué preso, vivo, con cinco de sus mujeres, y otros algunos de los principales herejes, de los cuales se hizo la justicia que sus delitos merecían, y fueron muertos con rigurosos y exquisitos tormentos.

Saqueóse la ciudad y pasaron a cuchillo todos los que dentro estaban, sin perdonar a alguno, grandes ni pequeños.

Entonces escribió Cocleo un libro docto contra los errores de los anabautistas, y probó manifiestamente cómo todos nacían de la falsa dotrina de Lutero, puesto que lo negaba él muy de veras, mostrando tener el mayor aborrecimiento a los anabautistas que a los papistas, que así llamaba a los católicos.

Libro veinte y uno

Amistad de Barbarroja con el rey de Francia.

El bravo Barbarroja me obliga a comenzar con particular libro su historia, si bien los hechos del año de 1534 quedan en el precedente comenzados, que me fuerzan las malas obras que este cosario hizo a la Cristiandad, a decir de él más de lo que quisiera.

En la primera parte desta obra, libro primero, año 1515, referí su estado y reputación. Para esto envió al Turco un rico presente y las nuevas de la vitoria que había habido de Rodrigo de Portundo y también a Abrahim Basá, gran privado del Turco. Cumpliéronse sus deseos en una ocasión, que fué que, habiendo ganado Andrea Doria, por el Emperador, a Corrón, Patrás y Dardanelos, haciendo huir la armada turquesca (como queda dicho), tuvo Solimán necesidad de él para contra la armada imperial, haciéndole almirante de la mar, porque sabía no haber mejor cosario ni tan poderoso en todo el mar, ni hallaba otro capitán para poner delante de Andrea Doria. De manera que, con acuerdo de sus bajaes, en especial de Abrahim, que lo mandaba todo, despachó a Zinam, uno de la guarda de su cámara, en una galera de Mangali, capitán de Rodas, a rogar y llamar a Barbarroja que fuese a Constantinopla para ser su almirante mayor.

Alegróse grandemente Barbarroja con tal mensaje, tanto, que aún no lo podía creer. Hizo grande honra al mensajero, y dióle ricos dones; pensaba por aquella vía enseñorearse de toda la ribera de Berbería, como después casi la tuvo. Y para ir a Constantinopla sin cuidado y dejar en Argel seguro a su hijo Azán, hizo paces con Benalcadi, señor del Cuco, y aún con el rey de Francia, enviándole recados y presentes, y ofreciéndole su ayuda. Hubo en el presente leones y tigres. Es verdad que las nombraba treguas el mismo rey, hablando y escribiendo de los tratos y negociaciones que tenía con Barbarroja. Encomendó la guarda de Argel y de Azán su hijo, que no tenía sino veinte años, a Celebi Rabadán, pariente suyo, y a otro capitán llamado Agi.

Aderezó sus navíos y los ajenos que pudo haber para su jornada. Procuró tomar tigres, leones y otras fieras para presentar al Turco. Atavió muchos muchachos y doncellas hermosas, y algunos capados para dar, y por grandeza quiso llevar los cautivos de rescate, sin los de galera. Llevó también a Muley Racis, hermano del rey de Túnez, que los años pasados se le había encomendado, diciéndole que él haría con el Gran Turco que le hiciese rey de Túnez, a fuerza de armada.

Barbarroja va a Constantinopla. -Asaltos que hizo Barbarroja por el mar, navegando a Constantinopla. -Salonic, poblada de judíos españoles.

Pues como Barbarroja tuviese aderezada su flota y lo que más le importaba, partió de Argel mediado agosto, año 1533, con siete galeras y once fustas y galeotas suyas bien en orden, armadas y ricas. Pasando por Cerdeña, sintió navíos en Genara, y creyendo ser Andrea Doria, de quien llevaba miedo, porque sabía que andaba con armada, apercibió su gente para pelear, si algo se le ofreciese; mas quitóle aquel temor saber luego que era Delizuf, cosario de los Gelves, que salteaba aquellas islas y mar con quince fustas y una galera que tomara de venecianos.

Reconociéronse unos cosarios a otros; alegráronse con gran placer y regocijo. Rogó Barbarroja a Delizuf, que lo acompañase hasta pasar de Sicilia, por temor de Andrea Doria. El lo hizo, y así se fueron luego a las bocas de Bonifacio, y de allí a Monte Cristo, una pequeña isla donde un esclavo de Delizuf dijo a Barbarroja que si le alcanzaba libertad y se lo pagaba, le llevaría a Rioalden del Elba, de donde él era natural, en la cual podría hacer buena presa de gente y hacienda. Barbarroja se lo prometió, y, llevándolo por guía navegó al Elba. Salió a tierra, de noche, con buena copia de soldados, y robó todo aquel lugar, que no dejó más de al traidor con sus hijos, y mujer y parientes. Pasó con esta presa por la canal de Pomblin, dando caza a una barca; mas la ciudad se la defendió a cañonazos.

Descubrió luego trece navíos gruesos que iban a Sicilia por trigo; combatiólos pensando que iban cargados, y diéronle bien quehacer, tanto se defendieron; al fin, tomó y quemó los ocho, metiendo la gente y ropa en sus navíos. Murió Delizuf peleando con una de aquellas naves, aunque por mandado de Barbarroja, según allí se dijo luego, por haber, como hubo, hasta cuatrocientos cristianos que tenía cautivos, y mucho dinero, y la galera veneciana. Matáronle enviando una fusta como a socorrerle, desde la cual le tiró un turco con una escopeta, y le mató. Muchos de los compañeros huyeron de Barbarroja, porque no usase con ellos otra tal crueldad y tiranía. De lo cual le pesó mucho, porque no entraría en Constantinopla tan pujante como había creído, ni sería igual con Andrea Doria para pelear si se topasen; y por librarse de él, rodeó por la Pantalera, donde se le abrió una galera, habiendo corrido temporal.

De allí fué a la Lampadosa, y tomó agua. Desvióse de Malta, y navegó con tormenta hasta junto a Santa Maura. Allí tuvo nueva cómo Andrea Doria entrara por medio de la armada turquesca a socorrer a Corrón, según queda dicho, y que era vuelto a Sicilia; de lo cual él holgó mucho, por poder ir seguro y sin miedo. Pasó por el Zante, y llegando a Barma, do estaba la flota del Turco, reprendió a Zay y a Himeral, porque no pelearon con Andrea Doria, dándoles a entender que lo vencieran. Estuvo en Mondón ocho días, y llevóse una galera de venecianos. Allegóse lo que pudo a reconocer a Corrón, que por él, principalmente, le llamaba el Turco. Entró en Salonic, ciudad rica de trato, toda casi de judíos echados de España, donde dicen que se habla tan bien la lengua castellana como en Valladolid.

Detúvose algo en Monte Santo, por su devoción. Monte Santo es Athos, tan nombrado, altísima sierra, y mala de subir. Dicen que no hay en ella animal hembra, habiendo liebres, cosa no creedera. Hay muchos monasterios de monjes cartujos y de monjas, por lo cual le llaman Monte Santo. Paseó a Troya, por su fama, que aún tiene rastro de los edificios antiguos. Entró por el estrecho de Galípoli, que llaman los turcos Bagazafor, por los dos castillos dichos también Dardanelos, uno en Europa y otro en Asia, cercanos y fuertes, y con genízaros. Estuvo allí dos días aderezándose para entrar en Constantinopla, y entró con cerca de cuarenta velas, según cuentan algunos, por gentil orden, todas llenas de banderas y de música, que con la mucha artillería pareció muy bien.

Pretensiones de Barbarroja en la corte del Turco. -Contradicción que halló. -Favor que halló Barbarroja en Abrahim, gran privado del Turco.

Luego que Barbarroja negó a Constantinopla, fué muy bien recibido y visitado de los basás y criados del Gran Turco, y caballeros de la ciudad, y hombres con carga de guerra, por el nombre que tenía de tan famoso capitán de mar. Y Solimán le acogió con alegría, cuando le hizo presente de muchos esclavos mozos y muchachos; que dicen fueron docientas mujeres y doncellas, que cada una llevaba en la mano un rico vaso de plata y oro. Metió en la ciudad cien camellos cargados de sedas, y paños de oro y otras curiosidades ricas, con otras mil cosas de que hizo ostentación; la ciudad de Constantinopla tuvo bien que ver y de qué se admirar.

Dióle leones y otros animales, sedas y ropas ricas, y le oyó de buena gana tratar las cosas de guerra, especialmente de Berbería, Italia, España, y también las de mar, que era su deseo, y lo llevaba muy bien estudiado.

Mas luego se le resfrió el calor que llevó en su ida y negocio, por estar Abrahim Basá ausente, que era el que le favorecía. Y no faltó quien hablase mal de él al Turco, por favorecer a Himeral, y al Zay, y a otros capitanes de mar. Decíanle cómo nunca los señores otomanos, sus antepasados, habían tenido por generales de sus armadas cosarios, si bien tuvieron grandes flotas, guerras y enemigos poderosos en mar; y que menos lo debía él hacer, siendo mayor príncipe que ellos todos, especialmente teniendo tan singulares basás y sansacos, y otros esclavos criados en su real palacio, que lealmente le servirían.

Dijéronle también que Haradim Barbarroja era hombre sin ley, como nacido de madre cristiana, cruel por haber sido cosario toda su vida, infame por hacer siempre a toda ropa, tan bien de mahometanos como de cristianos; y pues esa tal, que no se le debían confiar las galeras, que se alzaría con ellas, como acostumbraban los Barbarrojas.

Por esto, y porque éstos le aconsejaban al contrario, y por haberle llamado, envió Solimán a decirle con los basaes Atas y Cassin que su despacho estaba remitido a Abrahim Basá, por cuyo consejo principalmente fuera llamado; por tanto, que fuese a él. Barbarroja, entonces, quisiera más estar en su Argel que en Constantinopla. Perdió la esperanza de los reinos que imaginaba; conoció cuán poco valía el valor en casa de los grandes señores que acogen lisonjas; todavía lo pasó con gentil disimulación, respondiendo que se le hacía gran merced en ello.

Era por el mes de deciembre del año de 1533 cuando Barbarroja tuvo esta respuesta. El fué a buscar a Abrahim Basá, pero no quiso ir en sus galeras, sino desarmólas, echando en prisiones mil y quinientos esclavos que tenía cristianos, de los cuales se murieron muchos aquel invierno; y así se fué a Alepo por tierra, que hay docientas y cincuenta leguas desde Constantinopla, estando los puertos nevados. Mas él, aunque viejo, estaba tan ganoso de mandar y reinar, y de hacer guerra contra España, Italia y aún en Túnez, que tuvo el trabajo por deleite.

Abrahim lo recibió alegre y honradamente, acatando su gentil vejez y célebre nombre, y se maravilló de oírle decir la manera que se debía tener para la guerra por mar con el Emperador, agora en España, ora fuese en Italia; y más en Túnez, y conociendo ser él quien decían, y cuál cumplía para almirante. Escribió con él a Solimán loándole de gran hombre de guerra; por tanto, que le hiciese basá de su Consejo y capitán general de mar. Asimismo escribió a los otros basaes, y envióle cargado de ricos dones.

Hace Solimán almirante a Barbarroja. -Oye Solimán a Barbarroja un discurso de lo que prometía.

Aprovecharon las cartas de Abrahim Basá a Barbarroja mucho, porque vuelto, le tuvo Solimán más respeto, y lo mismo hicieron los basaes y capitanes, los cuales quisieron juntamente con el Turco oírle de nuevo disputar de la guerra con el Emperador y con el rey de Túnez.

El, pues, les habló gran rato en ella, y tan bien, que les contentó. Y entre otras muchas cosas que dijo, fué que le podían creer, pues toda su vida se había ocupado en guerras, tanto de tierra como de mar. Aprendiendo al principio de su hermano Horruc, que fué escogido capitán, y porque sabía mucho de la costa de España y fuerzas, de las discordias de Italia, del poco recado y gente de las islas y de la flojedad del rey de Túnez, pedía que le diesen otras tantas galeras como dieron el año antes a Himeral, y que él desbarataría la flota del Emperador, o que la arrinconaría con vergüenza de Andrea Doria, y que así saldría con cuanto emprendiese en España, en Italia o en Túnez, que cierto era que los españoles, aunque fuertes, ni tenían fuerzas ni armas, y que si una vez los echaba de Berbería, no sólo se ganaría Orán, Bujía y Tripol, empero Túnez, y todas aquellas riberas hasta el estrecho, y se comenzaría a conquistar España con tanta facilidad como los moros de Marruecos comenzaron. Que a tan poderosa flota como sería la suya no habría resistencia en Córcega, ni en Cerdeña, ni en Mallorca, ni en Sicilia, sabiendo acometerlas. Que ganada Sicilia, morirían de hambre en Génova y en casi toda la costa de Italia, con la cual, y estar cerca la Valona, y otros muchos puertos de Albania, se tomaría Otranto, como en vida de Mahamet, o algún otro lugar de Calabria, por donde se apoderase Solimán de veras en Italia sin temor de los cristianos, que tan diferentes estaban, mayormente no teniendo por enemigo al rey Francisco; mas al cabo aconsejó que la guerra se comenzase por Túnez. Mostróles a Muley Racit, diciendo cómo era rey de Túnez, y que los naturales lo deseaban, desamando al rey Muley Hacem por avariento, por lujurioso, sucio y cruel, que matara por reinar diez y ocho o veinte hermanos, o los cegara quemándoles los ojos, como hizo a Zay, Belhey y Barca; por favorecedor de los cristianos de Tripol contra Moisés y Agi, capitanes turcos de Tajora.

Solimán, después de este razonamiento, consultó con los de su Consejo si convenía hombre tan vicio por almirante, que lo demás le satisfacía. Y visto que, si bien viejo, tenía correa y viveza, y que lo quería Abrahim y que quien fuese señor de la mar ternía más parte de la tierra, declaró por basá (que no había sino tres) a Barbarroja, y por almirante, dándole de su propria mano una espada o alfanje, y un pendón real con media luna y una vara como de justicia, en señal de poder absoluto, en todos los puertos de sus tierras y islas, para juzgar y mandar, y para recibir y despedir galeotes, marineros y soldados de galera.

Tras esta solemnidad le metieron en posesión de las galeras, con mucha pompa y ceremonias, los basás Ayas y Casin, y con ellos el capitán de la guarda.

La entrada y poder que Barbarroja tuvo en Túnez, haciéndose señor de Muley Racit.

Por ser a propósito de la historia, para las guerras de Túnez que hicieron Haradim Barbarroja contra el rey Hacem, y el Emperador al mesmo Haradim, contaré por dónde Barbarroja hubo a Muley Racit, que pretendía ser rey de Túnez.

Mahumet, rey de Túnez, tuvo treinta hijos varones en docientas mujeres y mancebas, según una relación que hizo en Bruselas un embajador de Muley Hamidi que vino allí, al Emperador, año 1555; el mayor de estos hijos se llamó Maimón, el segundo Racit, de quien hablamos. Pero como Hazan o Hacem, muriendo el padre, mató y cegó todos los hermanos que pudo coger, Racit huyó a Bizcar, lugar muy dentro en tierra, donde se casó (sin embargo tenía otras mujeres) con hija de Jeque Abdalla, el cual lo trataba como a rey, pensando que algún tiempo lo sería, y no le consentía comer nada la mujer sin que ella primero hiciese la salva, por miedo de yerbas.

Acaeció, estando allí, que Muley Hacem hizo guerra a Mezquin, enemigo de Dorac, su capitán general, y hermano de Lentigesia, su madre; para la cual procuró Mezquin favor y gente de muchos alárabes, y trajo al ejército a Racit vestido y honrado como rey de Túnez, para mover la ciudad y reino contra Muley Hacem. De manera que Racit fué como rey sobre Túnez, con gran ejército de infantería y caballos, y por ganar la voluntad de todos se casó con una hija de Ulat, jeque; el más principal era Bejar, do asentó real. Peleó con Dorac en los huertos, mas aunque venció, no pudo entrar en la ciudad. Aguardó cerca de veinte días, creyendo todavía que se rebelarían por ellos de Túnez contra su hermano Hacem, y como no se rebelaron, quemó el campo de Marza, que todo era olivares y jardines, cosa la más rica y deleitosa de aquellas tierras, y así, decían que no se acordaban haber Túnez recebido tanto daño. Comenzaron a irse los alárabes, y temiendo ser preso o muerto, acogióse a Barbarroja, el cual lo entretuvo hasta que, como dije, lo llevó a Constantinopla.

Daño que hizo Barbarroja en Italia. -Escapa Julia Gonzaga, dama hermosísima, de ser cautiva. -Embajada del cosario al rey de Francia.

Dió Solimán a Barbarroja ochenta galeras y veinte fustas, y ochocientos jenízaros y ocho mil soldados turcos, y ochocientos mil ducados, para venir contra Italia y principalmente contra Génova, por haberla para el rey de Francia, que tanto la deseaba, y de ahí ir contra Túnez, que la tenía por ganada conforme al discurso del mismo Barbarroja.

Partieron en un día el Turco para Persia contra el Sofi, y Barbarroja contra cristianos a Italia. Puso gente y artillería en Corrón, que, como dije, la desampararon los españoles. Desarmó en Casafiguera del Cefalonia algunas galeras que no podían bien servir. En Modón tuvo cartas del rey Francisco, con un gentilhombre de su casa, que decían era su camarero, sobre la empresa de Génova, por las cuales apresuró la navegación.

Primero de agosto llegó en el Faro de Mecina y quemó ciertas naos, y su retaguardia escaramuzó con siete galeras que tenía en la ciudad Antonio Doria. Llegó a Santo Noehito de Calabria, y echando gente en tierra lo combatió y ganó aquel lugar (si bien fuerte), sin escapar ánima viva; por haber escondido las llaves de las puertas el gobernador, púsole fuego. Dió, por aviso de los cautivos, sobre Cítaro. Allí quemó siete galeras del Emperador medio hechas, que estaban en astillero, y para echar al agua; guardábalas una escuadra de españoles del capitán Rodrigo de Ripalda, que pelearon un rato, y por ser tan pocos las desampararon, y el lugar, que de su miedo estaba ya sin persona desierto; abrasó a Piciota y otros lugarejos por allí. Pasó a vista de Nápoles, poniendo más miedo que haciendo daño.

A 7 de agosto saltó en Próchita, isla del marqués del Vasto, y robó todo el pueblo, perdonando a los del castillo, que se le rindieron. Salteó a deshora a Asprelongo y cautivó mil y docientas y más personas. Envió luego aquella noche sobre Fundi casi dos mil turcos, tres leguas de allí, con un renegado de la ciudad por guía, que sabía el camino, pensando coger a la señora Julia Gonzaga, mujer hermosa y discreta, para la presentar al Turco; mas por mucha priesa que se dieron a caminar y abrir las puertas por fuerza, medio desnuda se les escapó. Saquearon la ciudad, matando muchos hombres y prendiendo casi todas las mujeres y niños.

Fué preso un médico por tornar del camino por la bolsa, que dió que contar y que reír a Barbarroja. Otros turcos, entre tanto, fueron a Tarracina con parte de las galeras y como, viendo la flota, había huido la gente, mataron los viejos y enfermos en las camas, que fué más que crueldad.

Combatió Haradim a Itri, mas era en balde. Puso gran miedo con esto en Roma, y el papa Clemente, que estaba en lo último de su vida, se acordó de lo que le dijo el rey Francisco en Marsella.

Caminó por la costa el cosario hacia Génova, y llegó a Saona; de allí envió a Marsella el embajador del Turco, el cual estuvo con el rey Francisco en Casteheravo y en París; mas dicen los franceses que a pedir ayuda contra el Sofi. También cuentan otros que, como el reino acudía a lo de Génova y se pasaba setiembre del año de 1534, que dejó la ribera Barbarroja y se fué a la Goleta con ropa y cautivos que no cabían en las galeras.

Cómo Barbarroja se hizo rey de Túnez. -El rey se pierde por mal quisto. -Tomó primero la Goleta a 18 de agosto. -Entra Barbarroja en Túnez. -Altéranse los de Túnez, conociendo el engaño de Barbarroja. -Toman sesenta mil hombres las armas: dan punto a su rey Hazan. -Un renegado español salva y hace rey de Túnez a Barbarroja.

A 15 de agosto pareció Barbarroja sobre Bizerta (pueblo de ochocientos vecinos y del rey de Túnez) con toda su armada, cuando menos se cataban y pensaban. Echó en tierra, con señal de paz, ciertos moros criados de Racit (que para eso llevaba), diciendo que iba en las galeras, pero que no salía por tener calenturas; por tanto, que le aderezasen posada y comida.

Los del pueblo, que no lo conocían, lo creyeron, y como livianos y aborrecedores de Muley Hazan o Hacem, lanzaron fuera al gobernador, aunque se puso en armas, y entró luego Barbarroja, el cual, sin detenerse, porque su negocio requería toda diligencia, se fué a la Goleta, hizo salva, según usanza de amigos, con toda la artillería, tendiendo muchas banderas. Envióles a decir que harían lo que Túnez, cabeza del reino, de lo cual le pesó por ser la Goleta alcázar de Túnez.

Estaban los de Túnez entonces mal con su rey por los vicios que tenía, por no les haber pagado ni recompensado como prometiera el daño de las huertas y olivares que hizo Racit. Regaló Barbarroja a algunos principales de Túnez, que era sagaz y cumplido grandemente en esto, que tanto vale en la tierra y gana las voluntades hasta cegar el entendimiento. Alteráronse con él, oyendo que venía Muley Racit en aquella poderosa flota del Turco; Hacem, que muy descuidado estaba de la ida de Barbarroja, y aun de la buena gobernación de sus vasallos, bajó de la Alcazaba corriendo por remediar el alboroto. Decía lo que remediaba poco a aquella presente necesidad y peligro, y lo que mandaba no se hacía. Decíales ser falsedad y engaño de aquel maldito cosario, para los robar y tiranizar, fingir que llevaba a Racit, porque sabía él de sus espías que quedaba en Constantinopla con cadenas, y que les reharía los daños que pedían si se armasen por él como leales que siempre fueron, contra Barbarroja, ladrón cosario y público, y enemigo común de todos los hombres. Mas como los vió tibios y duros, inclinados a Racit, puesto que él no estaba allí, se salió de la ciudad sin sacar su recámara ni dinero, por lo cual se halló después en grandes trabajos y necesidades.

Dicen que los primeros que se mostraron por Barbarroja eran dos renegados españoles, el uno aragonés, dicho Feruch, que era alcaide, y el otro granadino, que se llamaba Abez, sacando de prisión a la mujer y hijos de Racit, y llamándolos reyes, y Abez enviaba caballos a Barbarroja y a los otros cosarios, en que fuesen presto, que los esperaba abiertas las puertas.

Entró, pues, Barbarroja en Túnez a 22 de agosto, con cinco mil turcos y los genízaros, que llegaban a diez mil, y seis cientos cristianos, renegados unos, y otros forzados, pacíficamente, apellidando los vecinos: «Solimán, Solimán, Barbarroja.» Pero luego enmudecieron, no sin manifiesta tristeza, como no vieron a Muley Racit, que tanto deseaban, cuyos criados descubrieron también el engaño, arrepentidos de la mentira, y pesándoles que Túnez, nobilísima ciudad, fuese de Barbarroja, cosario más que cruel y tirano, y que se perdiese la sangre clarísima de sus antiquísimos reyes y muy esclarecidos. Así que, conociendo su maldad, comenzaron de amotinarse y, en fin, se remolinaron en la plaza, donde Abdahar, que a la sazón era mezuar o capitán general, les habló agriamente contra los turcos en favor del rey, aunque al principio le ayudó de mala manera. Decía en grita la bellaquería de Barbarroja, que así los había engañado, y que llamando a su buen rey Azán matasen los turcos si no querían ser esclavos de ladrones o vendidos como viles. Arrebataron ellos entonces las armas con mayor razón que concierto, y enviando por el rey, que aún estaba cerca, comenzaron a matar turcos y a combatir un torreón donde pusieron su estandarte, y ganáranle, sino por Baeza, español renegado, que llamaban el Rabadán, el cual, con un falconete que puso, y subió en él a lo más alto, a pura fuerza de brazos y con presteza, los detuvo y los acobardó.

Llegaron el rey y Dorac con los que huían, y refrescando la pelea y combate, turbaron bravamente a Barbarroja, que se veía cercado y con poco pan. Desmayábale asimesmo ver que los turcos ya se cansaban de pelear, y faltaban muchos de ellos; pero todo lo remedió por consejo de Alí de Málaga, otro renegado soldado viejo de Italia, de los del conde Pedro Navarro, y del buen marqués de Pescara. Dijo, pues, a Barbarroja, que se perderían todos en el castillo si no salían con ánimo a pelear, y que saliendo los vencerían sin duda, o a lo menos harían lugar para irse a las galeras. Aprobaron su consejo todos, especialmente Cachadiablo, Haidin, Caraiden, Moisen y Agi, cosarios también turcos.

Así, con esta determinación, salieron por dos puertas, para tomar los moros en medio. Pelearon tan bien, que mataron tres mil moros, y al mezuar con una pelota de arcabuz; por lo cual comenzaron a desmayar y a meterse cada uno en su casa, porque pasaban de cinco mil los heridos, como no tenían jacos ni corazas, ni cosoletes en que recibir los golpes de las flechas y cimitarras.

Muley Azán, viendo que ya su esperanza iba perdida, procuró salvarse corriendo juntamente con Dorac y su caballería; y poco faltó que turcos no le prendiesen en el alcance antes de pasarlas huertas. Alí de Málaga hizo recoger los turcos al castillo, porque no muriesen saqueando. Fué de todos muy alabado por ambas cosas, y más de Barbarroja, que ganara por él la vitoria y la ciudad.

Otro día, en amaneciendo, pidieron treguas para enterrar a los muertos, y tras ellas paz y concierto. Hicieron esto los ciudadanos, porque vieron muertos tantos parientes y amigos, y al mezuar que los amparaba, y el rey huido a los alárabes; Barbarroja las quiso, porque carecía de bastimentos y municiones. Así que, dando y tomando razones, dijo Barbarroja cómo lo que había hecho había sido por darles mejor rey, quitándoles aquel monstruo; y que les cumplía mucho, para su descargo y seguridad, ser de Solimán, príncipe del mundo y cabeza de los mahometanos; por tanto, que se diesen a él como a su basá y capitán general, que les juraba sus privilegios y libertades, y hacerles otras mercedes y buenas obras; que cuando no se contentasen de Solimán, les daría por rey a Racit.

Habido su consejo con Abelquir, hombre principal, se dieron a Barbarroja, jurando serían leales al gran señor Solimán. De esta manera quedó Barbarroja por rey de Túnez. Asentó las cosas de la ciudad, creó oficios de justicia, y asimesmo de guerra, como era costumbre. Hizo mezuar a Abelquir, que fué parte para acabar también sus cosas. Trabajó traer a su amistad muchos jeques y caballeros moros, con dádivas, que era en esto muy cumplido y largo. Envió con gente y artillería, especial por la marina de toda aquella comarca, Cachadiablo, Alí de Málaga y a Azán Aga, su privado, los cuales lo pusieron todo debajo del nombre de Barbarroja por el Gran Turco, si no fué a Cartaoan, que estaba de Túnez cerca de treinta leguas.

Comenzó a reparar y fortalecer el Alhambra, y a echar la mar en el estaño o estero que hay de Túnez a la Goleta, que rodea tres y más, para tener buen puerto y grande, abriendo una gran zanja de nuevo, porque los ojos viejos de junto a la Goleta, por donde entra y sale el agua, eran bajos para las galeras, cuanto más para naos. Juntó cuantos cosarios pudo, para ir sobre Sicilia muy bravo, amenazando también a Nápoles; y a todos puso en cuidado la potencia de este enemigo; y al Emperador, en hacer las diligencias que luego diré, para deshacerle.

Entra el Emperador en la ciudad de Avila. -Nobleza de Avila.

En 13 de mayo de este año de 1534, estaba el Emperador en la ciudad de Toledo, y de camino para la villa de Valladolid. Quiso visitar de paso la ciudad de Avila, y avisándoles del favor y merced que en esto les quería hacer, escribió al regimiento encargando y mandando que en el recibimiento no hiciesen gastos ni exceso al uno, que sería su llaneza el mayor servicio que le podían hacer.

Salió de Toledo viernes a 15 de mayo. Entró aquí Su Majestad, saliéndole a recebir el marqués de las Navas (que el año antes se le había dado el título) con el regimiento, con el traje y forma acostumbrada, hasta el lugar que llaman de las Fervencias; y el Emperador entró con vestido llano en un caballo morcillo, acompañándole el arzobispo de Toledo, el conde de Benavente y el duque de Alba, con otros muchos caballeros españoles y extranjeros. Aposentóse el Emperador en las casas de Gómez de Avila.

Es singular esta ciudad en los recibimientos que hace a sus príncipes, por la mucha caballería que hay en ella de nobleza y grande antigüedad, de la cual se precian, con mucha razón, y de haber sido sus pasados fronteros valerosos de Castilla contra la morisma de Andalucía, y lo que ahora llamamos Extremadura, cuya conquistadora fué Avila, alcázar y amparadora de los reyes de Castilla. Detúvose aquí el Emperador solos siete días, y prosiguió su camino para Valladolid.

Por el mes de setiembre de este año hubo en España gran estruendo de las armas que el Turco hacía contra cristianos, y el Emperador escribió a las ciudades del reino avisando de lo que se había hecho contra el Turco, y cómo se envió socorro a Corrón, y que el Turco ponía en el agua una gruesa armada. Que para resistir a un enemigo tan poderoso había mandado prevenir los puertos y costas de sus reinos, principalmente en el reino de Granada, que había encomendado al marqués de Mondéjar, y al conde de Alcaudete, lo de Orán, y a los visorreyes de Nápoles, Sicilia y Valencia, Cataluña y Mallorca y Menorca. Que tenía aviso cómo la armada del Turco había surgido en Modón, costa del reino de Nápoles, y de ello había dado aviso a Andrea Doria, almirante y general de su armada, y a don Alvaro Bazán, general de las galeras de España, para que se juntase con Andrea Doria, que había pedido a Su Santidad y al gran maestre de Malta, sus galeras, y había mandado levantar seis mil infantes, con navíos de seis mil toneles, en el Andalucía, Granada y sus costas y comarca. Finalmente, mandó a todas las ciudades que luego se ayunten en sus consistorios y nombren procuradores para las Cortes que quería tener en Madrid a 20 de octubre de este año.

[Envíase un espía para la conquista de Túnez.] Descubre Barbarroja a Presendes.

Trataba el Emperador en Madrid, con grandísimo secreto, la jornada que pensaba hacer contra el corsario Barbarroja, apoderado de Túnez: y para saber sus fuerzas, y disposición en la tierra, y gente y voluntades de ella, envió a Luis de Presendes, criado suyo, de quien hacía confianza, y la merecía por su buena cabeza, y conocimiento de la guerra. Era de nación genovés: sabía bien arábigo, y tenía noticia de Africa, por haber vivido en Fez algún tiempo. Dióle la instrucción que aquí pondré, que le costó la vida, como adelante veremos.

Instrucción que se dió a Presendes, espía, para conquista de Túnez.

«Lo que vos, Luis Presendes, habéis de hacer en el viaje que con vos se ha praticado, de pasar a Túnez para procurar divertir los fines de Barbarroja, y desviar y estorbar con los medios que con industria y buenas negociaciones se podrían hallar, los daños que podrían hacer en la Cristiandad, o a lo menos, para entender, y tener aviso de lo que el dicho Barbarroja hace y de sus fuerzas, preparaciones y designios, para que se pueda mejor enderezar y proveer lo que para resistirle, dañarle y ofenderle conviniere que se haga, es lo siguiente:

»Primeramente se ha praticado que para venir a poder hacer algún fruto en lo susodicho, convernía que de aquí fuésedes derecho a Sicilia, y de allí enviar del puerto de Trápana un bergantín con mercadurías a Túnez, mostrando y dando a entender que iba a mercadear y negociar, y con esta color y simulación tener manera de haber seguro de Barbarroja y del rey que estuviese en Túnez para pasar allá con una nao cargada de mercadurías, y que teniendo el dicho seguro, y nuevas de cómo estuviere la tierra y cosas de ella, podríades pasar con la dicha nao cargada de mercadurías a la dicha Túnez, llevando aquellas que en aquella tierra se acostumbran a llevar de Sicila y otras partes, y viésedes ser más a propósito de los negocios a que habéis de ir, simulando ser mercader y ir a tratar como tal, y contratar y vender las dichas mercadurías, según se acostumbra a hacer allí, y que por este medio y manera podríades ser conocido, y tener prática y conversación, y aun familiaridad con el dicho Barbarroja y con el rey de Túnez, y con las personas que a ellos son más adeptas y allegadas, lo cual vos, con vuestra cordura, ingenio y sagacidad, podréis muy bien hacer, mayormente con la noticia y prática que tenéis de sus costumbres y manera de vivir, y usando juntamente con esto de dar, así a los turcos como a los moros, algunos presentes y dádivas, y convidándolos a comer, holgar y otras fiestas que a ellos, según sus costumbres, son aceptas, y que haciéndoos por estos medios y los otros que viéredes ser provechosos y, según el tiempo, conoceréis convenir, amigo y familiar de los dichos Barbarroja y el rey de Túnez, y de los que a ellos son más allegados y aceptos, podréis entender y alcanzar sus intenciones y desinios y fines, y pensar y considerar por qué medios, vías y formas se les podría divertir, desviar y estorbar la ejecución de ellos, y hacerles el daño que se pudiese, y el que entre los otros sería a propósito; si en Túnez hubiese rey, el cual estuviese conforme con el dicho Barbarroja, procurar y tener manera de moverlo a enemistad con él, usando para ello de las persuasiones y maneras que fuesen provechosas para venir por este medio a echar de Túnez al dicho Barbarroja, que habiendo efeto sería cosa muy provechosa. Porque demás de quitarle la reputación que ha ganado y cobrado en apoderarse de ella, con echarle fuera se le quitaría el uso de los puertos de aquel reino, y la comodidad de valerse de ellos, y de gente y bastimentos, y otras cosas necesarias para su armada, con que las fuerzas de ella venían a quedar cada día más disminuídas, y sería forzado con daño y reputación suya a dejar aquel reino, que no sería pequeño alivio para nuestros reinos de Sicilia y Nápoles, y las costas de Italia y las otras islas, y ayuda para deshacello más presto y con mayor ventaja nuestra. También se considera otro medio que sería provechoso, que es, si Barbarroja se hubiese hecho rey de Túnez, como se entiende, y que el rey estuviese fuera con los alárabes y también con los principales de la ciudad, según la inclinación y voluntad de ellos y la oportunidad de las cosas, de meterlo en la dicha ciudad por fuerza, negociación o por medio de otras experiencias, como mejor se pudiese hacer, y echar de ella al dicho Barbarroja, lo cual sería del mismo efeto y provecho que el demedio primero que está dicho.

»Otros se han también praticado así, como procurar de poner disensión, sospechas y otras maneras de descontentamientos y malas voluntades entre Barbarroja y las personas que le son más aceptas, y con él más valen y pueden, para dividirlos en opiniones y parcialidades, y ponerlo en discordia con los suyos, para que por este medio viniesen en discordia, y se desconcertase y se deshiciese su armada y fuerzas; y no es este medio el que menos parece que podría enderezarse, mas antes guiarse mejor, por la poca fe, amor y constancia que entre los infieles se guardan unos a otros. Otros podrá haber de que, según el suceso de las cosas y la oportunidad de ellas y del tiempo, os podréis aprovechar y usar con vuestro ingenio y sagacidad, los cuales se remiten a vuestra prudencia, para que por los que están dichos y por todos los demás que se pudiere, procuréis con toda vigilancia y industria de dar orden y encaminar como el dicho Barbarroja sea echado de la dicha Túnez con el mayor daño y diminución de su persona, gentes, armada y fuerzas que ser pueda, para que después pueda ser más fácilmente deshecho, y quitado de la comunidad de los puertos, y de las demás de aquel reino. Y Nos habemos tenido y tenemos por bien, aceptando el ofrecimiento que nos habéis hecho -encargaros de este camino-, de encomendároslo, confiando del afición que tenéis a nuestro servicio, y de vuestro ingenio y sagacidad, para que con comunicación y parecer del nuestro visorrey de Sicilia, por ser la persona que es, y por la prudencia que tiene, con la cual juntamente con vos mirará y considerará lo que importa el negocio, y lo que para venir al buen efeto de él, será necesario, ayudando y favoreciendo de aquel reino como Nos se lo enviamos a mandar, todo lo que para guiarlo y encaminarlo convenga, entendáis en lo susodicho. Y que yendo de aquí derechos a Sicilia con nuestras cartas que lleváis para el dicho visorrey en vuestra creencia y comunicándole esta nuestra instrucción, y todo lo que más os ocurriere cerca de esta negociación, con su parecer y consejo pongáis en ejecución y hagáis todo lo que para conseguir alguno de los dichos efetos, o hacer daño al dicho Barbarroja, en cualquiera manera que sea, pudiéredes y viéredes que se pueda guiar y encaminar. Avisadnos continuamente, según la disposición, comodidad que para ello tuviéredes y pudiéredes haber de lo que habéis hecho y hiciéredes, y asimismo de los aparejos, armada de gente y otras cosas del dicho enemigo, y de lo que de sus fines y intenciones pudiéredes alcanzar y entender por vía del dicho visorrey de Sicilia, para que nos envíe los avisos y le escribamos, y a vos también; y él os envíe las cartas y provea lo que convenga para lo que a la negociación cumpliere. Y porque demás de lo susodicho, para encaminar el buen efeto de esto se han praticado particularmente algunas cosas, que para ello parece que son necesarias, y se deben proveer adelante en esta nuestra instrución, declaramos aquéllas, y lo que en cada una es nuestra intención y voluntad que se haga, para que vos y el dicho nuestro visorrey la tengáis entendida, y conforme a ella procedáis en la negociación, trabajando de hacer todo el fruto y buen efeto que pudiéredes, con el secreto, disimulación y desteridad que se requiere; porque esto parece ser sobre todo necesario para guiar y encaminar aquél como es menester.

»Primeramente, parece que, por hacer el dicho viaje, y encaminar lo susodicho, son menester alguna cantidad de dineros para emplearlos en las mercadurías que se han de comprar para llevar a Túnez, como está dicho, y el sueldo de los marineros y oficiales de ella, y para vuestros gastos, y asimesmo para bergantinosque habéis de enviar luego para procurar de haber seguro para ir después con la dicha nao y mercadurías, según arriba está dicho; para lo cual, aunque sea praticado que sería menester mayor cantidad, ha parecido que bastarán hasta cinco mil ducados, porque de las mercadurías que se han de comprar de ellos para el dicho efeto, y del dinero que contratándolas y vendiéndolas se sacare y procediere de ellas, se han de hacer las presentes dádivas y promesas, y convites, que para encaminar alguno de los dichos efetos, según arriba está dicho, para ello os pareciere convenir, y los otros gastos que fueren necesarios, y aun cumplidos éstos todos, parece que se podrá sacar de ello la dicha cantidad o la mayor parte de ello. Los cuales dichos cinco mil ducados, por la presente decimos y encargamos, y mandamos al dicho nuestro visorrey de Sicilia, que los provea de cualesquier dineros de nuestra regia corte, para que se empleen en las mercadurías que se han de comprar para el dicho viaje, y se pueda hacer lo susodicho, conforme a lo que vos con su parecer acordáredes que más conveniente y provechoso sea para el bien de la negociación, y vos ternéis cuenta de lo que de los dichos cinco mil ducados procediere y se gastare para darla después a quien Nos mandáremos.

»Hase praticado, que por haber de ir el dicho bergantín sin seguro, a procurar de traer el que será menester para ir vos con la dicha nao, los marineros y oficiales que han de ir en él para gobernarlo por la aventura y riesgo que se le ofrecerá en ir sin seguro, querrán ser asegurados que los rescatarán si fueren cautivos, y serán satisfechos del daño y detrimento que podrían recibir, y que no querrían ir de otra manera, o en caso que fuesen, será menester darles buen sueldo, para que por respeto de la ganancia y intereses, se muevan a ir, y vayan a su riesgo y aventura, sin otro seguro; y parece que por no quedar obligado a cosa incierta y no sabida, lo mejor sería darles buen sueldo, concertándolo con la menos costa que ser pudiese, para que vayan a su riesgo y aventura, y así se ha de trabajar, y cuando no quisieren ir de esta manera, y todavía fuese necesario asegurarlos, vos, con parecer del visorrey, lo concertaréis lo mejor y con el menos gasto que ser pueda, en el un caso o en el otro.

»Asimesmo se ha praticado que para mejor encaminar y guiar los negocios, converná prometer a algunos cristianos renegados para tratar con ellos que se alcen contra el dicho Barbarroja, y se pasen y vengan con algunas galeras o fustas suyas a tierras de cristianos, que serán perdonados de la pena que merecen por haber renegado nuestra santa fe católica, y bien tratados, sin tener respeto a aquello. Y como quiera que la culpa sea tan grave que todos los que de esta manera se hallasen y pudiesen haber, sería justo que fuesen muy rigurosamente castigados, considerando el beneficio que de esto se seguirá a la Cristiandad, habiendo efeto, y el daño que traerá a los enemigos de la fe, tenemos por bien que praticando esto con el dicho visorrey, conforme a lo que con él acordáredes, podáis prometer a los dichos cristianos renegados que andan en las galeras o navíos, en nuestros reinos o a tierras de cristianos, que los mandaremos perdonar y hacer buen tratamiento habiendo efeto realmente el pasarse con las dichas galeras, fustas o otros navíos de la armada del dicho Barbarroja a nuestros reinos, o otras tierras de cristianos, como dicho es, y por la presente decimos que mandaremos guardar y cumplir lo que vos conforme a esto prometiéredes.

»También parece que para poder guiar y encaminar alguno de los susodichos asientos será provechoso prometer de dar alguna cantidad de dineros a moros, judíos y otras personas que fuesen parte y pudiesen ser provechosos para venir a alguno de los dichos efetos, y tenemos por bien, porque mejor lo podáis enderezar y encaminar, que praticándolo con el dicho nuestro visorrey primero, y guardando la orden y forma que a ambos os pareciere, podáis prometer, y prometáis a cualesquier moros, judíos o otras personas que viéredes ser provechosas, los dineros que os pareciere, porque le serán pagados viniendo en efeto alguna de las cosas susodichas, mirando que lo que así prometiéredes sea lo menos que ser pueda, y a personas que conozcáis que podrán ser provechosas, para que se haga con fundamento y haya buena esperanza y apariencia que serán frutuosas, que viniendo lo susodicho en efeto, como dicho es, Nos mandaremos cumplir, y por la presente mandamos al dicho nuestro visorrey de Sicilia, que provea y cumpla lo que conforme a lo sobredicho prometiéredes y se debiere pagar.

»Considerado se ha si después que seáis ido a Túnez en la forma susodicha, entendido y conocido la manera del gobierno de Barbarroja, y del rey o reyes de Túnez, y el estado de las cosas, y todo lo demás de allí, sería bien, según lo que hubiéredes tratado y tratásedes con los dichos reyes, y viésedes que podrían aprovechar para venir a los dichos fines, sería bien hacerles alguna ayuda de dineros, ora fuese para echar a Barbarroja fuera de Túnez, si los reyes estuviesen también dentro con él, y quedar señores de ella, o para entrar forzando a salir a Barbarroja, si se hallase fuera. Y ha parecido que esto pratiquéis con el dicho nuestro visorrey de Sicilia, así para que vea lo que se podría hacer en caso que fuese necesario, pues se ha de proveer de aquel reino, como para que ambos veáis y acordéis la seguridad que se podría tomar de los dichos rey o reyes, para la restitución y paga de lo que se les diese, y con que fuesen ayudados y socorridos, pues esto habría de ser prestado; y que conforme a lo que con el dicho visorrey acordáredes y resolviéredes os gobernéis cerca de este artículo, al cual Nos por la presente encargamos que lo mire con su prudencia como la calidad del caso requiere, y provea lo que praticándolo y acordándolo, con vos, viere que convenga, y que se deba hacer para mejor guiarlo y encaminarlo; dando ambos orden, en caso que se haya de hacer en la seguridad, y en lo demás, como de su persona y de vos la fiamos. Y para este efeto, es de tener advertencia y consideración que el armada que mandamos hacer para la resistencia y ofensión de la de Barbarroja, será muy a propósito y de mucho favor a los reyes para lo que hubieren de hacer, y por consiguiente, dañosa al dicho Barbarroja, lo cual se les podrá dar a entender como para el bien de los negocios pueda ser más provechoso; y de vos confiamos que lo sabréis bien hacer.

»Asimesmo se ha considerado, si viniendo los negocios en términos que los dichos rey, o reyes, para alguno de los dichos efetos se ayudasen y socorriesen y favoreciesen, ahora sea de dineros nuestros en la forma antes dicha, o de otra alguna, o de nuestra armada, o de alguna gente, como tratando los negocios se podría concertar y ofrecer que se hiciese, se debrían pedir a los dichos reyes que por esta tal ayuda y socorro quedasen nuestros tributarios, o otra alguna condición y obligación en reconocimiento del beneficio. Y nos ha parecido remitirlo a la prudencia del dicho visorrey y vuestro buen juicio, para que, praticado cerca de esto con su parecer y acuerdo, según lo que en los negocios sucediere, hagáis lo que más convenga a nuestro servicio y autoridad.

»Hase praticado si procediendo con estos tratos y negocios conociésedes y viésedes que las cosas viniesen y estuviesen en disposición que los reyes o rey de Túnez se pudiesen declarar contra el dicho Barbarroja, y hacer experiencia de sus fuerzas con nuestro favor, o de otra manera, y de otra parte viésedes también que Barbarroja, movido de ver las fuerzas de los dichos reyes, y no teniendo por seguro la experiencia de ellas, y dudando de poderse conservar en Túnez, vernía a hacer paz con ellos, de manera que quedasen amigos, porque de otra manera él se podría valer de los dichos reyes, y de su reino después, y esto sería en perjuicio y daño de la Cristiandad, para estorbarlo. Estando las cosas en estos términos, con cuál de las partes os debríades concertar y capitular, y parece que con lo que viésedes y conociésedes que había medio de poder efetuar y concluir lo que conviniese, y mejor os pudiéredes asegurar. Y esto no tiene aparencia que en algún caso se podría hacer con el dicho Barbarroja, así por la enemistad que tiene a nuestros reinos y cosas, particularmente más que los otros infieles, como por ser súbdito del Turco, y enviado por él con armada que trae como su capitán general, por la inteligencia que tiene con el rey de Francia, sin expresa sabiduría y consulta de ellos, que sería cosa muy larga, y de que no se podría tener alguna esperanza de concluirse, ni de seguridad, cuando lo hiciese, de que guardaría lo que asentase. Así que, no parece que con el dicho Barbarroja se podría concertar ni asegurar cosa que bien estuviese, y que en cualquier caso, lo que se hubiere de tratar, concertar y asentar, debe ser con los dichos reyes, o rey de Túnez, asegurándoos lo mejor que ser pueda, para que el dicho Barbarroja sea echado de allí, y se le haga todo el daño que ser pueda, así en su armada y gente como en todo lo demás que se pueda hacer; y que en alguna manera se ayude, ni se pueda ayudar de los puertos, ni otra cosa de aquel reino. Pero porque en esto no se puede hablar ciertamente, y según el estado de las cosas, así se ha de ver y hacer lo que más conviniere, remitimos a vuestra cordura y buen juicio, que llevándolo muy bien praticado con el dicho nuestro visorrey, y con las consideraciones que tenemos dichas, hagáis según lo que sucediere, y la oportunidad de los tiempos y negocios, aquello que viéredes que más convenga a nuestro servicio y al bien de la Cristiandad.

»Praticado se ha asimesmo, si vos, según la disposición de los negocios y oportunidad del tiempo conociésedes poder tratar a Barbarroja a no ser enemigo nuestro y hacer daño en nuestras cosas, porque para tentar y traer esto parece que sería necesario ofrecelle y certificalle que le ayudaríamos y favoreceríamos para que se hiciese señor de Africa, y especialmente en las partes del Poniente o en otra manera; o podría ser que él le demandase qué se debría hacer en este caso, y parece que por las consideraciones que están dichas se debe mirar mucho, y estar con muy grande aviso y vigilancia en lo que con el dicho Barbarroja hubiéredes de tratar, y mirar bien las condiciones y seguridad que se podría tomar de él, y sobre todo, que no os engañe en las práticas que con él tuviéredes, porque, como arriba está dicho, no hay aparencia para creer que él querrá ni haya de hacer con Nos apuntamiento ni capitulación para guardarla, aunque viniese en ello, sino para mejor venir por este medio a lo que desea. Así que en esto conviene proceder con gran desteridad y cautela para no recibir engaño de él, y no perder descubriéndoos y tratando con él la oportunidad de los otros medios por los cuales se podría, y hay esperanza de conseguir alguno de los efetos susodichos, y así lo haced, praticando con el dicho visorrey para entender su parecer sobre todo.

»También se ha praticado, si sería provechoso que pareciéndoos entrar en Túnez para tratar los negocios, agora sea con Barbarroja, o con el rey, si se hallase dentro o de otra manera, debréis tomar título de nuestro embajador y hablar y negociar de nuestra parte como tal, para que se os dé más autoridad y crédito, y podáis mejor guiar y encaminar lo que convenga. Y ha parecido que en ninguna manera se debe hacer, y que no solamente no aprovecharía, mas dañaría al buen efeto de los negocios, quitaría, descubriéndose, y sabiéndose que íbades de nuestra parte. Los otros medios que podrá haber para tratar, y que lo que para enderezar aquéllos conviene, es disimular y encubrir todo cuanto sea posible que no se sepa que vais a tratar cosa que nos toque, ni en nuestro nombre, ni lo deis a entender a alguno hasta que por lo que hubiéredes tratado, y conocido de ellos, podáis, según aquello, confiar que guardará el secreto necesario.

»Comunicado con el dicho nuestro visorrey, y con su parecer, al cual escribimos en vuestra creencia, y también a los reyes de Túnez, procederéis en el negocio con la cordura y desteridad y buena manera que de vos confiamos, entendiéndoos con el dicho visorrey en todo el proceso de la negociación, y avisándonos todas las veces que hubiere disposición y oportunidad de las cosas de ella, y del estado de ellas, y de lo que hacéis, y especialmente de las fuerzas de la armada de Barbarroja, y de todo lo demás que conviniere. Y porque para escribir y avisar de esto decís que converná proveer que tengáis un bergantín en Trápana a vuestra disposición y orden, para que como vos le ordenáredes vaya adonde convenga para despacharlo al dicho nuestro visorrey y escribirle y avisarle de lo que conviniere, y a Nos asimismo, y tener respuesta nuestra y suya, en esto el dicho nuestro visorrey, praticado con vos, verá y proveerá y dará la orden que convenga, para que se pueda tener la inteligencia que converná; y así se lo encargamos por la presente, y que de todo lo que toca a esta negociación, pues con su prudencia puede bien considerar el fruto que podría resultar de ella, tenga el cuidado que siempre tiene de lo que cumple a nuestro servicio, y que especialmente los dichos cinco mil ducados provee luego, como vos allá llegáredes, con toda diligencia, atento la calidad y importancia del negocio, sin que en ello haya alguna dilación ni falta, porque no se pierda tiempo y podáis poner luego en ejecución lo que conforme a lo susodicho se ha de hacer.

»Pasando por Génova, hablaréis de nuestra parte al príncipe de Melfi, Andrea Doria, dándole la carta que para él lleváis nuestra en vuestra creencia, diciéndole generalmente que habemos acordado de enviaros a Sicilia, para que de allí paséis a Túnez, y trabajéis de entender con discreción y sagacidad la intención de Barbarroja, y aviséis de ella y de su armada, y de las otras particularidades y cosas de ella que conviniere para tener noticia de los enemigos, y que habremos placer que os diga y avise de lo que ocurriere, que en el viaje debéis hacer; y de lo que le pareciere y os avisare, os podréis aprovechar praticándolo con el dicho visorrey, según la oportunidad de las cosas y de los tiempos, conforme a lo contenido en esta nuestra instrución viéredes convenir.

»A nuestro visorrey de Nápoles escribimos con vos la carta que habéis visto, diciéndole que os enviamos a algunas cosas de nuestro servicio, y mandándole que para las cosas que habéis de hacer, os haga dar mil ducados en aquel reino; si os los hiciere dar tanto menos ha de proveer el dicho nuestro visorrey de Sicilia de los dichos cinco mil ducados que arriba está dicho. Y si os pareciere decir al dicho visorrey de Nápoles alguna particularidad de lo que vais a hacer, podrá ser generalmente que os enviamos a Sicilia, para que, praticado con el visorrey, se busque manera cómo podáis pasar a Túnez para entender lo que hará Barbarroja, y avisarnos de ello y de las otras cosas de allá.

»De Madrid a 14 de noviembre de 1534.»

Fué en compañía de Luis Presendes en esta jornada un morisco español, de quien el Emperador confiaba. Este perro hizo como aleve traidor -si bien adelante lo pagó-, porque estando en Túnez descubrió Barbarroja que el Emperador enviaba los dos por espías. Agradecióselo Barbarroja y hízole honra y merced. Prendió luego a Luis de Presendes, sabiendo además de esto que Presendes encarecía la potencia del Emperador, día de San Juan. Viéndose Barbarroja apretado de ella, según digo, le cortó la cabeza; después le arrastraron por la ciudad, y fuera de los muros le quemaron, de lo cual el Emperador recibió pena, porque estimaba los buenos servicios que Presendes le hacía.

Diligencias del Emperador contra Barbarroja.

Despachado, como digo, Luis Presendes por espía de Túnez, envió a Italia a Tello de Guzmán, gentilhombre de la casa real, dándole orden que fuese por Génova, y que allí diese su carta al embajador, para que ambos juntos fuesen a verse con el príncipe de Melfi, Andrea Doria, y dándole otra carta le dijesen que iba por allí para que con él escribiese al conde de Cifuentes lo que había de procurar y solicitar con Su Santidad para el bueno y breve efeto de la asistencia y ayuda que había de hacer, y también la Sede Apostólica, para la armada que se hacía, para deshacer la de Barbarroja, y que le informase de las particularidades y razones, que al príncipe pareciesen más convenientes para enderezar la buena resolución y ejecución de esto, conforme a lo que al príncipe había escrito con don Luis de Avila, gentilhombre de su cámara, que particularmente había enviado para las cosas tocantes a esta armada. Que se informase cumplidamente, y Andrea Doria escribiese al conde, para que él procurase y solicitase lo que convenía. Que asimesmo el príncipe Doria escribiese al virrey de Nápoles, y diese a Tello de Guzmán instrución muy en particular de todas las provisiones, bastimentos, artillería, municiones y otras cualesquier cosas que en aquel reino se hubiesen de hacer y proveer para la armada, que el César escribía al virrey que lo proveyese así todo, y por tanto convenía que fuese bien informado de lo que al príncipe Andrea Doria pareciese, para darlo a entender al virrey, y el tiempo y los lugares y partes en que cada caso debía estar aderezada y puesta en orden. Que hecho esto, pasase con toda priesa a Roma, y dados los despachos al conde, le informase muy bien, para que procurase y solicitase lo que convenía, encargándole mucho que hiciese con toda prudencia la instancia posible para que la ayuda que el Pontífice y Sede Apostólica habían de hacer, fuese la mayor que pudiesen, y con la brevedad posible; y con la mesma se enviase el despacho para que se diese lo que en España se había pedido a los eclesiásticos y órdenes, por ser muy necesaria la brevedad en todo. Que de su parte besase el pie a Su Santidad, y dijese lo que había hablado sobre la paz de la Cristiandad, y sobre lo del duque de Urbino, y sobre los cardenales que allá se praticaba de hacer. Y muy encargadamente sobre lo que le tenía suplicado de la ayuda de la Iglesia de estos reinos y de las órdenes militares de ellos; porque no lo haciendo, mal podría él cumplir lo que era menester para esta empresa.

Que en habiendo hecho esto en Roma, con la mesma diligencia pasase en Nápoles, y allí, hiciese con el virrey conforme a las instruciones que llevaba; y que de su parte rogase al virrey encareciéndole esto cuanto fuese posible, que pues conocía la calidad y importancia de este negocio, para servicio y autoridad del César, y bien y seguridad de aquellos reinos, tomase de esto particular cuidado, anteponiéndolo a todas las cosas que se le ofreciesen; en ésta, como más necesaria, pusiese mayor cuidado y vigilancia, y proveyese todo lo que el príncipe ordenase. Y que en alguna cosa hubiese falta ni dilación por alguna manera, porque cualquiera que hubiese sería muy dañosa, y especialmente, que las seis galeras que en aquel reino se hacían, se pusiesen luego en orden, y por lo menos que no faltasen las cuatro, y de todo avisase, no por dudar de la buena diligencia y prudencia del virrey, sino por salir de cuidado.

Que hecho esto, se podría volver a Roma para estar allí en compañía del conde de Cifuentes, como solía estar.

Hízose este despacho en Madrid a 6 de diciembre año 1534.

Diligencias del Emperador contra Barbarroja.

Escribió asimesmo al conde de Cifuentes, que hacía el oficio de embajador en Roma, que se holgaba mucho en entender la continuación de la buena voluntad que Su Santidad mostraba, así para la convocación del Concilio, como para ayudar para la armada que se hacía contra Barbarroja, y para todo lo demás que conviniese al bien de la Cristiandad, y así esperaba que serían las obras. Que en lo que decía que en el último consistorio se había tratado que para convocarse el Concilio era menester más unión, confederación y paz entre los príncipes cristianos, y hacer un convento general en que se hallasen los procuradores de los que en semejantes autos suelen intervenir, y algunos de los eletores del Imperio, para dar orden en el negocio y saber cómo, dónde y cuándo se había de convocar, podía decir a Su Santidad y a los reverendísimos cardenales, que cuando Su Majestad partió de Flandes el año 1532 para Alemaña, envió a él, como Su Santidad sabía, el papa Clemente al obispo Gambeno con esta mesma resolución, y el César escribió al rey de Francia sobre ello, el cual no quiso por sus fines y intereses particulares venir en ello, ni vernía agora; antes por el mesmo procuraría de estorballo cuanto pudiese, y que pues entonces se conoció que este medio no se movía sino por traer el negocio en dilaciones, y tener causa que pareciese tener alguna justificación para ello, no era menester gastar tiempo en esto. Porque era claro que no aprovecharía nada, y sería más dificultoso concertar este convento, que el mesmo Concilio general. Y no tocando particularmente al rey de Francia ni a sus reinos, sino a los alemanes, los cuales con tanta instancia lo pedían, y los otros príncipes cristianos no lo contradecían, mas todos venían bien en ello, exceto el de Ingalaterra, que se apartaba cada día más de la obediencia de la Iglesia y Sede Apostólica, no se debía impedir por su respeto, ni había necesidad de hacer esta diligencia. Y así, dando bien a entender esto a Su Santidad, con lo que más sería provechoso, conforme se le había escrito muchas veces, y últimamente con monsieur de Vuaux, le suplicase quisiese resolverse en convocar el dicho Concilio general, poniéndole delante los inconvenientes que, no se haciendo con brevedad, evidentemente se conocían que no se podían dejar de seguir, en perjuicio de la fe, gran deservicio de Nuestro Señor, y daño de la república cristiana, como largamente lo tenía dicho, a que se refería. Que en lo de la ayuda que Su Santidad y la sede apostólica habían de hacer para la armada contra Barbarroja, tenía por cierto que ya se habría resuelto antes que este despacho llegase. Pero que si no lo estuviese, y aunque ya lo estuviese, hiciese la mayor instancia que pudiese para que sea la mayor que ser pueda, conforme a lo que Andrea Doria escribiría, dándole bien a entender la importancia de la empresa para el bien de la Cristiandad, y que la obligación que a ello tenía, y lo mucho que por parte del César se hacía y era menester para hacer y sostener la dicha armada, y que se resolviese luego en lo que había de hacer, y proveyese lo que para ejecutallo fuese menester, porque no podía haber cosa tan dañosa en este negocio como la dilación. Que con el prior de Alhambra, de la Orden de San Juan, había escrito al maestre de ella, rogándole que asistiese en esta empresa, así con sus galeras como con otros navíos, y los tuviese aparejados donde Andrea Doria le escribiese, y procurase que el Papa se lo escribiese. Que fué acertado haber hecho que el Papa escribiese al rey de Francia, pidiéndole seis galeras para esta jornada, y que si no estuviese hecho, hiciese expresamente instancia para que se las pidiese; porque si lo rehusase, con cualquier excusa que fuese, pues no podía haber alguna justa en tal causa, como era verisímil, que lo haría, tanto más se manifestase a Su Santidad y a la Cristiandad la mala voluntad y intención que tenía. Y demás de esto, para que más clara y evidentemente se conociese aquélla y se descubriese la inteligencia que tiene con Barbarroja, que suplicase a Su Santidad, haciendo toda instancia, que en cualquier caso hiciese requerir al rey de Francia, que tuviese y declarase al dicho Barbarroja por su enemigo, pues lo era común de la Cristiandad toda, y no le diese favor ni asistencia, direta ni indiretamente, ni que los navíos del dicho Barbarroja, ni sus gentes, fuesen recibidos ni acogidos en los puertos de Francia, ni socorridos de vituallas ni de otras cosas algunas, y le mandó que en estas dos cosas tuviese la mano con Su Santidad, para que le enviase a pedir y requirir la una y la otra, porque cuando no sirviesen para que las hiciese, servirían para que conociesen más claramente la mala intención del rey y siniestras obras. Que sabía, por cartas del nuncio Juan Paggio y otros, cuán reciamente Su Santidad había tomado el matrimonio del hijo del duque de Urbino con la hija de la duquesa de Camarino, que verdaderamente le había desplacido de que el duque hubiese hecho cosa que a Su Santidad hubiese dado desagrado, y más siendo hecho, y que no se puede deshacer, porque él tenía buena voluntad al hijo del duque, y asimismo estaba comprendido en las capitulaciones hechas con Venecia, y siempre había tenido buena voluntad de favorecerle en lo justo y honesto, como quiera que él nunca supo tal casamiento, ni le parece que convenía para la quietud de Italia, por hacerse tan poderosa la casa de Urbino juntándose con la de Camarino. Pero que, pues Su Santidad quería proceder contra él por justicia, él no la quería impedir ni estorbar, y así lo dijese a Su Beatitud, con que no intentase cosa de hecho ni de fuerza, no dando oídos a dichos ni persuasiones que los franceses le podían hacer para indignarlo contra el duque, para con este color y ocasión de asistir a Su Santidad venir a cobrar el dicho ducado de Urbino para la sobrina del papa Clemente, que estaba casada con el duque de Orleáns, hijo del rey de Francia, y hallar con esto ocasión de poner y tornar la guerra en Italia. Y que declarase a Su Santidad el estado en que estaban los negocios públicos de la Cristiandad, y la turbación, daños y inconvenientes que podrían suceder, de proceder por la dicha vía de fuerza, porque en tal caso, por el bien común y reposo y seguridad de ella, no podría dejar de poner la mano en ello. Que considerase, turbándose así las cosas por esta causa, el estorbo y impedimento que trairían a lo que convenía hacer en la resistencia y ofensión de la armada de Barbarroja, y también el peligro de dañar más las cosas que tocan a la fe en Alemaña; y la autoridad y crédito de Su Santidad perdería mucho con los alemanes, y con todos los cristianos, viéndose que luego en el principio de su pontificado, estando la Cristiandad tan molestada y trabajada por todas partes, y teniendo necesidad mayor que en algún tiempo ha tenido de defenderla de los enemigos, y entender en confirmar y establecer la paz universal de ella y de Italia, y asentar las cosas de la fe, siendo Su Beatitud el que principalmente por su dignidad y oficio tiene mayor obligación a procurar esto que todos los otros, fuese el que la turbaba y ponía la guerra en ella. Que le diese esto a entender con la mayor prudencia y desteridad que pudiese, para no dar sospecha a Su Santidad de que quería favorecer al duque de Urbino; mas antes, que le advertía y acordaba esto por lo que a su reputación convenía y buena estimación, y al bien de la Iglesia y de la Cristiandad.

Que tuviese la mano con Su Santidad para que en alguna manera oyese a los franceses, ni les admitiese algún ofrecimiento que le hiciesen, ni Su Beatitud se inclinase por alguna manera a querer intentar cosa de hecho, ni por fuerza, mas antes se redujese a pacificación con el duque, siguiendo la justicia, si todavía estuviese en esta determinación, sin pasión ni indignación, remitiéndolo a personas no sospechosas, y cuando no se pudiese más acabar con Su Santidad, procurando de interponer algún tiempo, o a lo menos por el tiempo que durase esta empresa contra Barbarroja, o de otra manera, hasta que adelante se viese lo que se podría hacer para componer este negocio, de forma que no engendrase mayores inconvenientes, y haciendo para los dichos efetos, así con Su Santidad como con el duque, respectivamente, para no engendrar sospecha ni descontento a Su Beatitud ni desconfianza al duque, de la voluntad del César en todo, el buen oficio que pudiese, de manera que el negocio se redujese con ambos en términos de justicia y concierto, y se evitase la fuerza, y toda manera de pasión, por los inconvenientes que de ello se podrían seguir.

Que en lo que tocaba a Florencia, no convenía alterar por el presente cosa alguna, porque cualquier mudanza que se hiciese en el gobierno de la República podría causar mayores inconvenientes. Que, pues el duque Alejandro estaba en él por su mano, si bien la forma de él no procedió de su voluntad, antes de la del papa Clemente, sin autoridad ni ratificación del César, y que sería gran desreputación de su memoria y disminuición de su casa hacer mudanza en ello, como agora el cardenal de Médicis lo proponía, mayormente que a la honestidad y reputación suya convenía no hacer mudanza en ello, habiendo tan poco que falleció Clemente, y considerada la poca edad del cardenal, y que debían de andar en esto franceses. Por estas y otras causas llenas de inconvenientes, así para el bien común y reposo de Florencia como de toda Italia, y para la memoria de Clemente y conservación de su casa, teniendo también respeto al matrimonio asentado entre el duque y su hija, se había resuelto en no acetar ni admitir el ofrecimiento del cardenal, ni se le diese lugar a que por otra vía lo intente, sino que el duque sea conservado en el gobierno, como estaba. Y a los forajidos y a los que en la ciudad estaban, los entretuviese, para que estuviesen quietos y no hiciesen ni procurasen novedad alguna, dándoles esperanzas de que el César pondría la mano y daría orden en moderar la forma del gobierno de la república, y a la buena unión, justicia y policía de ella, que la forma que al presente había no procedió de su voluntad, sino de la de Clemente, y él la tenía por inmoderada, y conocía que para la conservación del duque Alejandro y para la quietud, reposo y estado de aquella república era necesario mudalla.

Que había recebido cartas de Andrea Doria en que le decía las quejas de muchos que habían acudido a él, y se ofrecía a poner a Florencia en forma que nunca faltase de la devoción y obediencia del César; que había reprendido en ella la afición que mostraban a franceses. Que ellos respondieron que la habían dejado por el poco favor que hallaban en ellos; pero que daban a entender que no los sacando de sujeción, se habían de valer de quien pudiesen; y así, el César había escrito a Andrea Doria y a Antonio de Leyva para que lo remediase, proveyendo lo más conveniente, así en lo que tocaba el duque Alejandro y a la república de Florencia y al cardenal Médicis, avisándolos de lo que por su parte le había sido propuesto, considerando el crédito que el duque puede tener y la aparencia de poderse sustentar como agora estaba, y la voluntad y intención de los forajidos y del pueblo de la ciudad de Florencia, y lo que querían y podrían hacer, ora fuese en favor del duque o contra él. Y que para entender esto, y lo que más le ocurriese, enviasen a Francia una persona discreta que se informase de todo, y enviase al César su parecer de lo que conviniese hacerse, para que de una manera o otra se proveyese al inconveniente que podría suceder de algún movimiento y novedad si se hiciese, no sólo al bien común de Florencia, mas a toda Italia, habiendo respeto a lo que tenía asentado cerca del matrimonio del duque Alejandro, y a lo que tocaba a la reputación imperial por esta razón, y por los tratados hechos con el papa Clemente, considerando también el estado en que se hallaban los negocios públicos de la Cristiandad. Que lo que él quería es que el duque se conservase, si pudiese ser, como agora estaba en el gobierno de Florencia, entreteniendo a los unos y a los otros hasta que se tomase la resolución, dándoles esperanzas que él pondría la mano proveyendo lo que más conveniese a la buena gobernación y bien público, reposo y quieto estado de ella.

Que agradeciese al cardenal Médicis la voluntad que había mostrado a su servicio y la confianza que de él tenía. Que debía hacerlo así por el cuidado que había de tener de su honra y acrecentamiento, y declararle, de su parte, que por las razones dichas no quería que en alguna manera entienda en cosa que sea para innovar el gobierno de Florencia. Y aparte de sí todos los que tales novedades intentaren, y les aconseje que atiendan a vivir quietos, que demás de que el cardenal haría lo que debía al bien de su patria, y a la honra y acrecentamiento de su casa, y a lo que debía al papa Clemente, y al deudo que con el duque Alejandro tenía, haría en esto al César singular placer. Que procurase tener mano en conformar a este cardenal con el duque, y que se hubiesen y procurasen los dos ganar voluntades, así de los forajidos como de los de dentro, para poderse mejor conservar.

Que procurase asimesmo, con Su Santidad, que tomase la mano en esto con el cardenal y con los demás que conviniese, así por la quietud de Italia como por lo que tocaba a la casa y memoria del papa Clemente; que procurase informarse de los tratos del cardenal, si tenía algunos con franceses; si hacía mucha cuenta de Strozi, que era todo francés, comunicándose siempre con Antonio de Leyva y Andrea Doria.

Que no faltase en solicitar con Su Santidad la causa de la serenísima reina, su tía, acordándole la calidad y importancia del negocio, y la injuria y sinrazón que a la reina y a la princesa, su hija, se les hacía por el rey de Ingalaterra, y que le besase los pies a Su Beatitud de su parte, por la voluntad que muestra hacer justicia en esta causa. Que esté con cuidado si los franceses traían algunas pláticas para inquietar a Su Santidad. Que procurase luego enviar los despachos para el ayuda que los perlados y iglesias, clérigos y Ordenes militares de estos reinos habían de hacer para contra Barbarroja, porque sin ella, él no podía hacer la jornada.

Desmás desto, advertía el Emperador de otras cosas menudas, y todas eran para ganar la voluntad del Papa y otros príncipes de Italia, por tenerlos seguros para mejor hacer la jornada de Africa contra Barbarroja, que muy poderoso estaba en Túnez; y el Emperador, en Madrid, con grandes ganas de echarle de allí, como lo hizo, según veremos en el año siguiente.

Libro veinte y dos

De la conquista del reino de tunez

Departe el Emperador al rey de Francia: pídele sus galeras. -Deja el Emperador ordenado su testamento antes de partir de España. -Mil y quinientos caballos se hallan en la corte.

Causó en toda Italia pavor y espanto; puso en los cuidados que vimos al Emperador y a España, la venida de Barbarroja con la flota del Gran Turco, y no tanto por los robos de Santolicito, Asprelongo, Fundi y otros lugares, cuanto por haber ganado a Túnez y héchose en el mar tan poderoso, que por ello corrían peligro Cerdeña, Sicilia y Calabria, y toda, en fin, Italia.

Y así, los venecianos, sabiendo que se aderezaba para salir del estrecho de Galipoli, se armaron con recelo de tan grande enemigo y tan poderosa armada, y que tenía de pasar por sus islas y tierras; tomaron la quincena parte de las rentas de los beneficios de aquel año para pagar las galeotas, sin autoridad del Papa, antes contra su voluntad, entendiendo que no venía contra ellos.

También se proveyeron los genoveses, fortaleciéndose, como hombres, porque era pública fama que venía contra ellos.

Tomó el Emperador esta guerra tan a su cuenta, no tanto por lo que dice Jovio en el libro 34, como por los daños que sus reinos recibieran, porque apenas fuera rey de Sicilia y Nápoles, si este enemigo hiciera su nido en Túnez, como quería; y las costas de España corrían el mismo peligro con un Argel antiguo y otro nuevo que la ceñían por ambas partes, por Poniente y por Levante, con no mucho mar en medio; porque desde el estrecho de Mecina hasta el de Gibraltar, ninguno de la parte de Europa, si no eran franceses (que llevaban en esto otro camino y amparo) pudiera tener comida ni sueño seguro, de los que vivían en las riberas del mar. Y considerando que si dejaba reposar algún tiempo a Barbarroja en Túnez, fortificaría de tal manera la Goleta y los otros puertos de aquellas marinas, estableciéndose en Túnez, aliándose con nuevas amistades con los reyes moros comarcanos, trayendo a su sueldo y a su devoción los alárabes y creciendo siempre su armada y poder con el favor del Turco, que no solamente se podía perder la esperanza de jamás sujetar Africa, más podría ser que, en breve tiempo, el Barbarroja sacase las tierras y puertos que los españoles tienen en aquellas partes, y aun éstas donde vivimos no quedaban muy seguras; por lo cual, convenía oponerse con tiempo, y deshacer este cosario antes que Solimán (que estaba muy ocupado en Levante) le pudiese dar su ayuda.

Hizo, pues, el Emperador bastecer y fortificar los lugares más importantes de Nápoles y Sicilia, que costaron hartos dineros, conociendo que las galeras son como rayos, que si bien se ven y oyen, no se sabe dónde van a dar hasta que han herido. Mas después que vió cómo el enemigo se había apoderado de todo punto del reino de Túnez, echando de él Muley Hacem, puso todo su pensamiento en echarle de allí. Para lo cual envió sus correos al Papa; escribió, mandando guardar secreto a Andrea Doria y a los virreyes de Nápoles, Sicilia y Cerdeña, y al marqués del Vasto, y a Antonio de Leyva y otros para que se juntasen cuanta gente y navíos pudiesen, aprestándolos con todas las armas, municiones y vituallas necesarias para tal empresa. Recogió gran suma de dineros; mandó que don Luis Hurtado de Mendoza, marqués de Mondéjar, capitán general del reino de Granada, recogiese gente y bastimentos y los aprestase en la Andalucía y puertos de ella, y finalmente, todo lo que era necesario para una determinación de tanta importancia. Mandó levantar ocho mil alemanes.

Juntáronse los soldados viejos de Corrón y de Nápoles, que serían hasta cuatro mil. En España se levantaron de ocho a diez mil españoles, con gran parte de la nobleza de estos reinos. En Italia se hicieron otros ocho mil italianos. Todo este aparato de guerra hizo el Emperador con el secreto posible.

Tuvo sus enemigos suspensos y cuidadosos con el ruido de tantas armas, aunque si bien se habían concertado los reyes de Francia y Ingalaterra en las vistas de Calés y el rey Francisco había traído a su amistad al duque de Cleves y armado a su reino con las siete legiones que repartió en las siete provincias de él, con más cuatro mil caballos de hombres de armas con cada tres caballos, pero no se movió, porque el Emperador le dió cuenta cómo sus intentos eran contra Barbarroja, para echarle de Túnez, pidiéndole amigablemente las galeras que tenía en Marsella, bien armadas, y las naos bretonas, que las debiera él dar para tan santa empresa, y que tocaba a todos. Asimesmo, se las pidió el Papa, a quien el Emperador había dado cuenta desta jornada, o que guardase las costas cristianas. Respondió el francés a Juan Hienart, vizconde de Lombegna, embajador de Su Majestad, que no las podía dar por las treguas que tenía con el Turco y Barbarroja, ni era de rey cuerdo armar a otro con sus proprias armas, estando las voluntades no conformes.

En esto estuvo siempre el rey de Francia, si bien el Papa se lo rogó y le concedió la décima o la cuarta de todos los beneficios de Francia, por que las diese o guardase las costas. El tomó lo que el Papa le daba, más no quiso dar las galeras; porque pedía claramente a Milán y Génova, y que él las daría, y un ejército en el cual iría él en persona, promesas que había de cumplir.

Prometió el Papa, loando y encareciendo el buen celo del Emperador, doce galeras y la cuarta de los beneficios para esta santa guerra. Envióle un bonete de terciopelo negro bordado de aljófar, y una espada con muy ricas guarniciones, todo bendito con las ceremonias que acostumbra la Iglesia para los reyes que van contra enemigos de la religión cristiana.

Después que el Emperador tuvo aviso de todas estas cosas y de las demás que fuera de España había ordenado para la jornada, ordenó también las de España, cerrando su testamento y dejando por gobernador de estos reinos y de las Indias a la Emperatriz, y partió Su Majestad de Madrid para Barcelona a último de hebrero, por ver recoger la armada y dar calor a todo. Mandó hacer alarde de los caballos que había en su corte para embarcarlos (que de los demás y de los soldados ya tenía nómina). Hubo hasta mil y quinientos, con ricos aderezos de jaeces y otras buenas guarniciones, que cada caballero procuraba ir galán tan bien como armado.

Témese Barbarroja. -Fortifícase Barbarroja en la Goleta.

Ya que el rey de Francia se quiso estar a la mira, o él, o los suyos que lo entendieron, no guardaron el secreto que debieran, porque fué cierto que Barbarroja tuvo algunos avisos de Francia, de que se armaba el Emperador contra él. No lo creía el bárbaro, y hacía mil discursos, hasta que un clérigo francés, que se llamaba monsieur de la Floreta, que iba con despachos de su rey a Constantinopla, se vió con Barbarroja y le certificó de que sin duda se hacían las armas contra él; y aún que el Emperador pasaría en persona. Esto le puso en grandísimo cuidado y congoja, y envió con monsieur de la Floreta quien le acompañase en el camino, y en Constantinopla diese cuenta del peligro en que quedaba, y pidiese al Gran Señor le mandase enviar socorro, porque de otra manera sería imposible defenderse, si el Emperador de los cristianos iba, como decían, contra él, y que se perdería Africa y crecería la potencia de este enemigo, que demás de ser muy poderoso, era guerrero.

Persuadido ya Barbarroja de que los apercebimientos que se hacían en España, Italia y Alemaña eran contra él, temió de veras. Había comenzado a fortalecer a Túnez, y agora puso mayor diligencia, haciendo trabajar nueve mil cautivos cristianos y la tercera parte de los vecinos cada día. Estuvo en duda, a lo que algunos contaban, si esperaría en tierra o en la mar al Emperador, pareciéndole que si perdía el reino no perdería las galeras, y que con su flota, pues era grande y buena, o vencería o escaparía; más, conociendo el aborrecimiento que le tenían en Túnez, como a extranjero y tirano, y cuán mudables son los moros, mayormente con la nueva de que iba contra el Emperador, determinó probar la ventura en tierra, porque no se hubiera él bien metido en mar, cuando se levantaran todos, y también por amor del Turco y aun por codicia de tal reino. Otros dicen que nunca creyó la ida del Emperador, y así, no tuvo lugar para armar las galeras, que dentro del estaño estaban, porque requerían mucho tiempo y trabajo, como no hay hondo para sacarlas de allí a la mar.

Fortaleció la Goleta, ampliándola de manera que quedase capaz de cualquier gran número de gente. Proveyóse de armas y de tantas vituallas, bastantes para gran número de gente. Llamó los cosarios, y la gente de guerra que estaba en Argel y en los Gelves, y por toda aquella comarca, y pidió ayuda al rey de Tremecén, poniendo a todos grandes temores si el Emperador se hacía señor de Túnez, y que si ayudaban para entretener la guerra solos dos meses, echaría de Africa a todos los cristianos. Dió sueldo, demás de esto, a muchos capitanes de alárabes; hizo todas las diligencias y reparos que un buen capitán debe en semejantes ocasiones. Hizo meter dentro de los reparos de la Goleta, y en el estaño de agua, toda la armada, salvo quince galeras muy bien armadas, que dejó fuera.

Continuaba con tanta diligencia y perpetuo trabajo la fortificación de la Goleta, que en breve la puso con la seguridad que veremos. Puso en ella y en las torres de sal y agua mucha artillería que sacó de la flota, y asimismo, en Túnez y en el Alcazaba recogió las velas o jarcias, de lo cual adelante diremos.

[Continúan los mismos preparativos.]

La verdad de la historia y cumplimiento en ella son las partes más esenciales que pide; que el estilo, las flores, el lenguaje, ya que adornan y recrean, no son tan importantes que no pueda pensar sin ellas. Escribiré aquí la jornada de Túnez, conformándome con las relaciones de mano y libros que la tratan, que con curiosidad he podido haber. Y si bien se ha de repetir dos veces una cosa, pondré unas cartas originales que el Emperador escribió al marqués de Cañete, siendo virrey de Navarra, dándole con puntualidad y por menudo, cuenta de esta empresa, desde el día que partió de Barcelona, hasta la toma y conquista del reino de Túnez, y de los pensamientos que tuvo de pasar sobre Argel, que fuera bien acertado y cierto el conquistar aquella ciudad, que tanto cuesta a estos reinos, y se excusara la rota y pérdida que después, en el año 1541 se padeció, que, sin duda, sola la reputación presente bastará para que ni Barbarroja, ni la ciudad de Argel, ni moros, ni alárabes de la tierra, hicieran resistencia al César, ni los elementos fueran tan contrarios como después lo fueron, y los que totalmente hicieron el daño y guerra, por no estar el tiempo tan adelante agora como lo estuvo cuando el Emperador fué, y se perdió sobre ella, como se dirá.

A 9 de mayo, estando el Emperador aprestando su jornada, escribió al marqués la carta siguiente:

«EL REY

»Marqués de Cañete, pariente nuestro, virrey y capitán general del nuestro reino de Navarra. Habiendo venido a esta ciudad como de mí entendistes, para dar priesa a la expedición de nuestra armada, y proveer mejor lo que conviniese a la defensión y seguridad de nuestros reinos, y de la Cristiandad, hallándome aquí, y estando ya las provisiones y aparejos de la dicha armada en términos que, con ayuda de Nuestro Señor, se juntará muy presto, y siendo tan poderosa de muchas galeras y otros géneros de navíos, gentes Y otras provisiones como para tal empresa se requiere, ha importado aquella tanto como importa al servicio de Dios Nuestro Señor, y a la defensión y beneficio común de la república cristiana y particularmente de nuestros reinos; y a nuestra reputación ha parecido conveniente y he determinado embarcarme, para proveer mejor con mi presencia lo que para todos los dichos efetos fuere necesario, y visitar de camino, si la oportunidad se ofreciere, los nuestros reinos de Nápoles, Sicilia y Cerdeña; y fecho esto, en lo cual me deterné el menos tiempo que me sea posible, entiendo, placiendo a Nuestro Señor, volver a esos reinos lo más presto que se podrá hacer, para estar en ellos con más reposo, y entender en lo que convenga al bien público de ellos. De lo cual, durante mi ausencia, no me faltará el cuidado que su gran lealtad merece. Y entretanto, la serenísima Emperatriz y reina, mi muy cara e muy amada mujer, a quien dejó por mi lugarteniente general, que no menos que yo los ama, lo terná de lo que conviniere, a la cual os encargo y mando que obedezcáis, sirváis y cumpláis sus mandamientos como los de mi misma persona; y que durante mi ausencia, tengáis muy gran cuidado de la buena gobernación de ese reino, de la administración de la justicia, quietud y sosiego de nuestros súbditos y de él, como de vos confío, y muy especial vigilancia en todo lo que fuere necesario para la conservación y seguridad de él y el aprovechamiento que conviene a las fronteras, y aviséis continuamente a la dicha Emperatriz de todo lo que se ofreciere y conveniere, para que provea lo que sea necesario. De Barcelona, a 9 de mayo de 1535 años. -YO EL REY. -COBOS, comendador mayor.»

Armada de Portugal. -Nobleza que se halló en esta jornada. -Llega Andrea Doria a la barra de Barcelona. -Llega don Alvaro Bazán.

Quiso el rey de Portugal, como príncipe católico y guerrero, ayudar en esta jornada al Emperador, y que se hallase en ella el infante don Luis, hermano de la Emperatriz, con otros caballeros y señores de título, y valientes soldados, cuales entre aquella belicosa gente siempre se criaron, que como tales se hicieron en esta jornada hechos de memoria. Y a 28 de abril de este año de 1535, llegaron a la playa de Barcelona veinte carabelas armadas y pagadas del rey don Juan de Portugal. Entraron en arco con cendales ricos, gallardetes y banderas, tendidos los estandartes con las quinas reales de aquel reino. Entró con las carabelas un galeón armado, grueso, famoso en aquellos tiempos por su grandeza. Venían otras cuatro carabelas y dos naos cargadas de bastimentos, armas y municiones, con mucha caballería de la juventud y nobleza de Portugal, cuyo general era Antonio de Saldaña, natural de Santarén.

Llegó esta armada de noche, y esperó a entrar de día; y el Emperador, por verla, fué a la posada del embajador de Portugal, cuyas ventanas salían al mar. Entraron con tanto concierto, que unas a otras no se encubrían, haciendo una gran salva con la artillería y arcabuces que descargaron. Pasada la salva comenzó la música, que todo fué muy de ver, y más, cuando salieron los capitanes con su general a besar la mano al Emperador, a los cuales salieron a recibir a la lengua del agua el duque de Alba y el duque de Cardona con otros muchos caballeros, y los acompañaron, llevando en medio al general hasta la Huerta del Obispo, donde el Emperador se había retirado.

Venían los portugueses lucidamente vestidos, cada capitán de su color, y los soldados y criados con varias y ricas libreas; el general traía de guarda treinta arcabuceros, vestidos de verde y blanco.

Los caballeros de la nobleza de Portugal que en esta jornada se señalaron fueron don Juan de Castro, que después fué virrey de la India de Portugal, en cuyo gobierno se señaló, y sobremanera en la famosa batalla de Dío, donde hizo más que los romanos; don Alonso de Portugal, hijo heredero del conde de Viñoso; don Alonso de Vasconcelos, hijo del conde de Penela; Luis Alvarez de Távora, señor de Magadouro, y Ruy Lorenzo de Távora, su hermano, que después fué virrey de la India de Portugal; un hijo del conde de Abrantes; don Pedro Mascareñas, que también fué virrey de la India; don Diego de Castro, alcaide mayor de la ciudad de Evora; don Fernando de Noroña; don Francisco de Faro; don Francisco Pereira, embajador que fué del rey don Sebastián en Castilla; don Alonso de Castelbranco, merino mayor de Portugal; Pero Lopes de Souza, famoso capitán de mar, los cuales todos sirvieron a su costa en esta jornada, y otros muchos.

Primero de mayo entró en Barcelona el príncipe Juan Andrea Doria con sus galeras, y el Emperador, por verlas entrar, vino a comer al carrer Ample. Entró con veinte y dos galeras bien estibadas, y artilladas con gran concierto, llenas de banderas y gallardetes de tafetán colorado y negro. La capitana traía veinte y cuatro banderas grandes de tela de oro, con las armas del Emperador, y tres estandartes grandes de raso carmesí, y en la más principal un crucifijo grande bordado, con San Juan y María a los lados, y uno de los otros dos estandartes traían a María con su hijo en los brazos, y el otro traía San Telmo.

Venían las galeras enramadas, que cada una parecía un jardín, con mucha música de trompetas, clarines, chirimías y atambores.

Luego que llegaron donde estaba la armada de Portugal, hizo salva la arcabucería y artillería; y así dió vuelta, y la armada de Portugal, en pasando el príncipe con sus galeras, comenzó a responderle con toda la artillería y arcabucería.

Las galeras tornaron a cargar, y llegando donde el Emperador estaba, abatieron tres veces las banderas con gran grita, diciendo: «Imperio, Imperio.» Luego dispararon la artillería y arcabuces, y hecha la salva, salieron todos los grandes y caballeros cortesanos a la lengua del agua para recibir al príncipe Juan Andrea Doria, y era tanta la gente, que por más que la guarda trabajaba haciendo camino, apenas lo había. Andrea Doria venía en cuerpo, con su bastón en la mano, y el Emperador lo recibió haciéndole mucha honra y con grandes muestras de amor. Era Andrea Doria general de la armada, y sólo él podía tener el estandarte tendido. El Emperador le pidió que tuviese por bien que el estandarte de su hermano, el rey de Portugal, estuviese también así, lo cual se hizo.

A 12 de mayo entró en la barra don Alvaro Bazán, general de las galeras de España, con doce galeras. Echáronse otras cinco al agua con los escorchapines, galeoncetes, carabelas, barcos grandes en que fueron los caballos. En las atarazanas había treinta galeras sacadas de astillero. Pregonóse que ninguno de los que se embarcaron en Málaga, so pena de la vida, saltase en tierra, aunque esto no se guardó con rigor. De esta manera se juntó en Barcelona la armada que el Emperador llevó, faltando la que traía el marqués del Vasto.

Españoles que se embarcaron en Málaga con el marqués de Mondéjar.

Los capitanes españoles que el Emperador nombró fueron don Juan de Mendoza, don Diego de Castilla, don Felipe Manrique de Lara, don Rodrigo de Mendoza, don Alonso de Villarroel, don Alonso de Quesada, Martín Alonso de los Ríos, Pedro Narváez, Andrés de Avalos, Luis Pérez de Vargas, Cáceres, Juan de Avellano, Varáez, Vozmediano, Mosquera, Juan de Alamos, Maldonado, Cristóbal de Belmar, Pedro de Videa, Rodrigo Maldonado, Villegas de Figueroa, Martín Alonso de Zambrana, Francisco de la Chica, Hayajosa, Lope de Xexas, Negrillo, Alonso Maldonado. El capitán Bocanegra tenía su compañía alojada en Mallorca; Juan Pérez, en Ibiza; Jaén, en Menorca, las cuales tres compañías se juntaron con estotras, como después diré.

Demás de las lanzas que el Emperador tenía para guardar la costa, sirvieron los grandes y caballeros del reino con las lanzas que les fueron repartidas, y algunos con más, con ricas y vistosas libreas de varios colores; y el marqués de Mondéjar recogió en Málaga toda esta gente, con la infantería que allí se embarcó, dejando y despidiendo los que le parecieron inútiles, aunque hubo poca cuenta con las mujeres, que se embarcaron muchas más de las que convenía, que no sirvieron de más que comer los bastimentos y embarazar los soldados. Vi un libro que escribió de esta jornada el obispo Sarabia, fraile francisco; dice que se embarcaron nueve mil y quinientos españoles de paga, todos escogidos. Otra gente sin paga, aventureros, caballeros y gente de bien, fueron más de cuatro mil y quinientos, y más setecientos jinetes andaluces; ¿qué iban oficiales de diversos oficios, mercaderes, religiosos y clérigos? Venían todos con tanta voluntad y deseo de hallarse en esta jornada, que sin comparación fueran muchos más si los admitieran, teniendo por santa esta empresa, y que se ganaba en ella el cielo.

Cuatro días tardaron sin cesar en embarcar la gente, bastimentos, municiones y caballos; y sábado a 8 de mayo se entró el marqués a dormir en su navío, y otro día se hicieron a la vela, y a 25 de mayo tomaron la playa de Barcelona, y el Emperador, muy alegre, salió a verla, poniéndose a caballo en Montjuich o Montejouis.

Nobleza de grandes caballeros que en esta ocasión se encontraron en Barcelona. -Don Pedro de Zúñiga, hijo de don Alvaro, duque de Béjar. -Rigor militar del Emperador. -Multitud de mujeres que fueron en esta jornada.

Con gran cuidado acudía el Emperador, el tiempo que estuvo en Barcelona, a todas las provisiones que para la armada se habían de hacer, como si fuera un particular capitán, o no los tuviera tantos y tales que de cualquiera pudiera fiar toda la armada. Mandó labrar moneda de oro y plata, bajando los quilates y valores, para hacer paga a todos. Hiciéronse mil y docientos arcabuceros, sin otros piqueros para las galeras, dándoles sus capitanes.

Era tanta la gente noble y común, que no cabían en la ciudad ni se podía andar por las calles; unos, que venían a ver aquella hermosa armada; otros, que querían ir en ella. Los principales de que se hizo memoria fueron: el infante don Luis, hermano de la Emperatriz; don Fernando de Aragón, duque de Calabria; don Fernando Alvarez de Toledo, duque de Alba; don Antonio Pimentel, conde de Benavente; el príncipe de Salmona, hijo de Carlos de Lanoy; Andrea Doria, príncipe de Melfi; el príncipe de Macedonia; don Fernando de Folch, duque de Cardona; don Juan Manrique, marqués de Aguilar, con su cuñado don Josepe de Guevara, señor de Triceño y Escalante; don Luis de la Cerda, primer marqués de Cogolludo; don Luis Hurtado de Mendoza, marqués de Mondéjar; don Bernardino de Cárdenas, marqués de Elche; don Pedro Osorio, marqués de Astorga; don Francisco de la Cueva, marqués de Cuéllar; don Rodrigo de Mendoza, primer marqués de Montesclaros; don Francisco de Borja, marqués de Lombay; don Luis Fajardo, primer marqués de Molina, hijo primogénito del marqués de los Vélez, adelantado de Murcia; el marqués de Enciso, don Francisco de los Cobos, comendador mayor de León; don Manrique de Lara, conde de Valencia; don Diego López de Velasco Zúñiga, conde de Nieva; don Andrés de Bobadilla, conde de Chinchón; don Alvaro Pérez de Guzmán, conde de Orgaz; don Pedro de Acuña, conde de Buendía; don Iñigo de Guevara, conde de Oñate; don Alonso de Mendoza, conde de Coruña; don Alonso de Aragón y Urrea, conde de Ribagorza; don Miguel de Urrea, conde de Aranda; el conde Juan Tomás Mirándula; el conde César; don Juan de Heredia, conde de Fuentes; el conde de Belchite; el comendador Rosa, conde de la Torela; el vizconde Parelladas; don Pedro de la Cueva, comendador mayor de Alcántara; el castellán de Amposta; el conde de Salinas: don Pedro Ramírez de Arellano, conde de Aguilar; don Claudio de Quiñones, conde de Lima, don Pedro de Guzmán, hermano del duque de Medina Sidonia, a quien en esta jornada se le dió título de conde de Olivares; don Andrés Hurtado de Mendoza, hijo mayor del marqués de Cañete; don Alvaro de Mendoza, primogénito del conde de Castro; don Lorenzo y don Gómez Manrique, don Pedro Laso de la Vega, señor de Batres; Juan de Vega, señor de Grajal: Pero González de Mendoza, marqués de Cenete, mayordomo del Emperador; Luis Méndez Quijada; don Luis de Avila y Zúñiga; don Rodrigo Manrique, hijo del conde de Paredes; don Beltrán de Guevara.

Demás de los nombrados hubo otros muchos caballeros sin títulos y hijos segundos de señores de título,

Mandó el Emperador pregonar muestra general para los 14 de mayo, y este día, a las cinco de la mañana, salió Su Majestad al lugar que estaba señalado, armado de todas armas, salvo la cabeza, que llevó descubierta, con una maza de hierro dorada en la mano. Esperó hasta las diez para que todos, aderezados y puestos en orden. viniesen: juntáronse a la puerta que llaman de Perpiñán, en el campo de la Laguna. El Emperador puso en orden los caballeros; uno de ellos desconcertaba el orden, y el Emperador, enojado, puso las piernas al caballo, rompiendo por medio del escuadrón, y llegando a él le hirió con la maza en la cabeza, y volviéndose hacia donde el duque de Alba y otros caballeros estaban dijo: «No hay cosa más dificultosa que regir bien y gobernar un escuadrón.»

Tomada la muestra de todos, se volvió a palacio, yendo delante de él docientos hombres de guarda con libreas, los ciento españoles y los otros ciento alemanes. Seguían a éstos cien archeros de a caballo, con libreas amarillas y fajas de terciopelo morado, armados con coseletes y celadas, y lanzas de armas con sus banderetas coloradas; luego iban veinte y dos pajes, cada uno en su caballo de la caballeriza del Emperador y vestidos de una librea; traían algunos caballos cubiertas y testeras, otros con paramentos a la turquesca, y otros a la jineta con ricos jaeces. Cada paje llevaba en la mano las armas que podía jugar y usar el Emperador en la guerra. Uno llevaba el almete o celada, otro la lanza de armas, otro la jineta, otro la rodela, otro un arco con flechas, otro ballesta, otro un arcabuz y así todos los señores y caballeros cortesanos iban de tres en tres, y detrás de cada tres caballeros, tres pajes que les llevaban las armas, lanza y celada: los caballos, encubertados; las armas y vestidos de tanta riqueza, cuanta a caja uno fué posible.

Señaláronse este día en la muestra, además de algunos de los grandes y caballeros nombrados, don Pedro Henríquez de Ribera, que fué después marqués de Tarifa y duque de Alcalá, virrey de Nápoles: don Pedro de Guzmán, primer conde de Olivares, ya nombrado, que desde su juventud se mostró un valiente caballero y muy servidor del Emperador; don Juan de Fonseca, señor de Coca y Alaejos; dos hermanos del conde de Benavente, de los cuales el uno fué después marqués de Viana: don Alonso Pacheco, señor de la Puebla de Montalbán: don Juan de la Cerda, marqués de Cogolludo; don Juan de la Cerda, duque de Medinaceli; don Francisco de la Cerda, su hermano, don Luis de la Cerda y de Mendoza, hijo del conde de Castro; don Luis de la Cueva, hermano del duque de Alburquerque, y don Diego, su hermano; don Alonso Manrique, hijo del conde de Osorno; don Andrés Hurtado de Mendoza, hijo del marqués de Cañete; don Hernando de Sandoval y Rojas, hijo del marqués de Denia; don Enrique de Toledo, hijo del duque de Alba; don Juan Manrique, hijo del duque de Nájara; don Bernardino de Toledo, hermano del duque de Alba; Juan de Vega, hijo del comendador mayor de León; don Juan de Figueroa; don García Ponce de León, tíos del duque de Arcos; don Alvaro de Mendoza, heredero del conde de Castro y su hermano; don Gómez Manrique; don Pedro de Zúñiga, yerno del conde de Miranda; Pero Núñez de Herrera, hermano del marqués de Pliego; don Luis de Avila, camarero del Emperador y hermano de don Pedro de Avila, primer marqués de las Navas; don Enrique de Guzmán, hijo del conde de Alba; don Luis de Sotomayor, hermano del duque de Béjar, don Prudencio; don Avendaño, señor de las casas de Urquizo y Olaso; don Francisco de Benavides, hermano del conde de Santisteban; don Diego y don Pedro de Rojas, hijos del marqués de Poza; don Gutiérre de Cárdenas, hermano del marqués de Elche, y su hermano don Alonso de Cárdenas; dos hijos de Luis Méndez de Montemayor, señor del Carpio; don Juan Tavera, sobrino del cardenal de Toledo; don Sancho de Velasco, hermano del conde de Nieva; don Fadrique de Acuña, hermano del conde de Buendía; don Juan Pacheco, tío del duque de Escalona; don Pero Vélez de Guevara, con tres hijos suyos; don Antonio de Avalos, sobrino del arzobispo de Granada; don Juan de Luna, caballero aragonés; don Diego de Guzmán, hermano del conde de Teba; don Juan de Figueroa y don Francisco de Toledo, hijos del conde de Oropesa; don Gutierre de Cárdenas, hijo del conde de Miranda, y otros que, por ser tantos, no hubo memoria de ellos.

Llevaban estos caballeros sus criados a caballo, tales, que podían pelear y entrar en batalla.

Luego el Emperador mandó echar bando, que todos se embarcasen, y puso pena que el que para el día del Corpus (que fué este año a 27 de mayo) no lo estuviese, se quedase sin ser admitido después en el armada.

Domingo 16 de mayo entró el Emperador en la galera capitana de Andrea Doria, acompañado de muchos grandes y caballeros de la corte, y dió la vuelta por el armada, siguiéndole todas las galeras, levantándose del lugar donde estaban amarradas, haciendo una brava salva la armada de Portugal y respondiéndola todos los bajeles que había en la playa.

Tratóse en consejo de guerra que no se consintiesen en la armada mujeres ni muchachos, ni otra gente inútil, mas de aquellos solos que eran para pelear; pero no bastó este rigor, que si las sacaban de un navío las recogían en otro; y así se hallaron en Túnez más de cuatro mil mujeres enamoradas que habían pasado, que no hay rigor que venza y pueda más que la malicia.

Para embarcar los caballos sin trabajo, hicieron unas balsas grandes de madera. Despidieron cien lanzas de las que los caballeros andaluces enviaron, porque por los muchos caballeros y caballos que había, faltaba pasaje para embarcarse. Por esto, murmuraron del marqués de Mondéjar, diciendo que había dejado veinte urcas grandes en Cádiz, y en el Puerto de Santa María, para enviarlas cargadas de sal a Flandes; mas fué falsedad que se levantó contra el marqués, porque él era tal y sirvió con tantas veras en esta jornada, que muchos que mejor miraban las cosas, le hacían autor de ella, y el que principalmente había movido y puesto al Emperador en ella. Para remediar esta falta quitaron a cuatro galeras la palazón, que metieron en ellas los caballos, de los cuales, por ir muy apretados en las galeras y naos, murieron algunos.

Embárcase el Emperador: a 30 de mayo partió, lunes.

Estando ya casi todo aprestado para darse a la vela, el Emperador quiso que se hiciese una solemne procesión, sacando el Santísimo Sacramento, la cual salió de la iglesia mayor, y el Emperador llevó una vara del palio, sin querer cubrir la cabeza; el infante don Luis de Portugal, que por la posta había llegado a la ciudad, llevó la otra; y el duque de Calabria, la tercera, y la cuarta, el duque de Alba.

Viernes a 28 de mayo antes de amanecer partió por la posta al monasterio de Nuestra Señora de Monserrate a visitar la santa imagen, cuyo devoto siempre fué. Aquí confesó y comulgó, y el mesmo día en la tarde volvió a Barcelona, que son siete leguas catalanas de camino.

Domingo 30 de mayo, día de San Felices, Papa y mártir, al abrir del día sonó la trompeta por la ciudad, habiéndose antes echado bando que en este día habían de partir. Era tanta la priesa de los barcos a recoger la gente, y de la gente a entrar en ellos, que casi no se entendían. El Emperador oyó misa en Nuestra Señora de la Mar y luego se vino a embarcar en la galera Bastarda, de veinte y seis bancos, y cuatro remos por banco, que Andrea Doria hizo, y doró y adornó, para en que fuese Su Majestad. Tenía esta galera veinte y cuatro banderas de damasco amarillo con las armas imperiales por toda ella, y un pendón a media popa, de tafetán carmesí, que llevaba ocho pierras y treinta palmos en largo, con un crucifijo de oro, y otros dos casi de su tamaño, con sendos escudos de las armas del Emperador, y allí junto una gran bandera blanca de damasco sembrada de llaves y cálices y aspas de San Andrés coloradas, con un letrero en latín al medio que decía: Psal. 4. Arcum conteret, et confringet arma: et scuta comburet igni. (Gastará y quebrará el arco, quemará con fuego los escudos de armas.) Y otros dos de damasco colorado del mismo grandor con Plus Ultra, escrito alrededor de las columnas, que es divisa de España. Tenía también otra bandera de dos ramales en el entena con una espada y una celada, y con un escudo y letra latina que decía: Aprehende arma et scutum; et exurge in adiutorium mihi. (Toma las armas y el escudo y ven en mi ayuda.) Y otra en la gavia que llegaba al agua, con un grande ángel, y un mote que decía: Misit Dominus Angelum suum qui custodiat te in omnibus vis tuis. (Envió Dios su ángel que te guarde en todos tus caminos.) Y tres gallardetes que llaman, en los tres mástiles, de damasco colorado y de más de cinco varas de largo, el medio con una estrella de oro y muchas llamas de fuego, y un mote tal: Notas fac mihi Domine vias tuas. (Señor, muéstrame tus caminos.) Y los otros dos, que llevaban eslabones y pedernal con muchas centellas de fuego, decían: Ignis ante ipsum praecedet. (El fuego irá delante de él.) Asimismo estaba la sala y cámara de popa cubierta de tela de plata, oro y brocado de tres altos, sin otras colgaduras de raso y damasco de diversas labores, que todo era rico y costoso. Salió toda la ciudad a verlo embarcar, rogando a Dios le diese victoria.

Dispararon y soltaron la artillería de la ciudad, y de las naos y galeras, que fué cosa de ver. Partió con tanta música, que dió grandísimo gusto a todos. Embarcados buen tiempo, trajeron vela; de allí a poco se volvió el viento que habían llevado favorable, y dió con ellos en Mallorca, donde entró el Emperador, suplicándoselo los isleños, a comer en Alendía, y el sábado, a 5 de junio, dos horas después de mediodía se redujo toda la armada, que se había esparcido a puerto Mahón, en la isla de Menorca, donde oyó misa el Emperador y esperó que todos se juntasen, y en la isla de San Pedro oyó misa, y fué a caza con el infante, su cuñado, en dos caballos que mandó desembarcar; volvió sin cazar nada, pero ya que se apeaba vió un puerco y matóle dentro de una laguna.

Llegó, en fin, a Callar, ciudad de cuatro mil vecinos, cabeza de Cerdeña, a 11 de junio, día de San Bernabé de este año de 1535, y otro día escribió a la Emperatriz y a los grandes y cabezas de gobiernos en España, diciendo en sustancia lo que al marqués de Cañete, que era virrey de Navarra, dijo en esta carta:

«EL REY.

»Marqués de Cañete pariente nuestro, virrey y capitán general del nuestro reino de Navarra. Al tiempo de nuestra partida de Barcelona os hice saber nuestra embarcación; después seguí mi viaje y porque el martes, que fué otro día que de allí partí, faltó el viento por calmas y tiempos contrarios, pareció ser lo mejor tocar miércoles en la isla de Mallorca con las galeras, dejando las naos, y en esta y en la de Menorca anduve con ellas hasta el sábado esperando las dichas naos, las cuales este mesmo día llegaron al puerto de Mahón, que es en la dicha isla de Menorca, de donde salí con toda el armada junta el domingo a la tarde, con viento tan escaso, que hasta otro día lunes no se pudo alejar de vista de tierra. A la tarde refrescó de manera, que el martes y el miércoles pasamos el golfo y con las galeras, porque por ser el temporal algo recio, no se pudieron esperar las naos para esperallas. Surgí esta noche en la isla de San Pedro, que está a vista de la de Cerdeña, y el jueves siguiente, 10 del presente, siendo ya pasados todos los navíos del armada con algunas de las galeras, que también habían quedado con ellas, vine a surgir en el golfo de Callar, a donde hallé sueltas las naos de la dicha nuestra armada, y asimesmo las galeras, galeones, carracas, naos y otras fustas que el marqués del Vasto llevó de Génova con la infantería alemana y italiana, y las que estaban armadas y aderezadas en Nápoles y Sicilia, con la infantería española que en ellas había, y las provisiones que se habían hecho, que había cinco o seis días que eran llegadas, con las cuales vinieron las tres galeras de Su Santidad con otras tres que armó en Génova, y las cuatro de la religión; de manera que son por todas las galeras que aquí se hallan setenta y cuatro, y habrá hasta otras treinta galeotas, bergantines y fustas de remos, y los navíos serán cerca de trecientos con las carabelas, galeón y naos del serenísimo rey de Portugal, nuestro hermano, entre los cuales hay diez o doce galeones muy bien armados y artillados, y otras carracas y naos gruesas también en orden. Aquí se ha dado orden en lo que toca a las naos, y gente que viene en ellas, y en los bastimentos, y he visitado a Callar, que es la cabeza de este reino, y parto luego, con ayuda de Nuestro Señor, para seguir mi viaje a Túnez y con su favor ejecutar y hacer lo que viere más convenir contra el enemigo. Del cual, por cautivos cristianos que ha algunos días que se soltaron de Túnez, se entiende que sus galeras tiene repartidas en la Goleta de Túnez y en otras partes de la comarca, y hace fortificación y reparos para esperar en la tierra y defenderse en ella. Confío en Nuestro Señor que la empresa terná el fin que a su servicio, a la seguridad y reposo de nuestros reinos y al bien de la Cristiandad conviene, y yo os mandaré avisar de lo que sucediere.

»De Callar, en galera, a 12 de junio de 1535 años. -YO EL REY. -COBOS. Comendador mayor.»

En este mesmo día, que fué sábado, en la tarde, que salió de Callar, volviendo donde había dejado las naves, halló un bergantín que venía de la costa de Túnez, y dió aviso de lo que allá pasaba, y luego Su Majestad mandó dar priesa en la partida, y echó bando con pregón público, que entre todos los del ejército de todas naciones hubiese treguas, suspendiendo sus enemistades y particulares pasiones, tomando debajo de su protección y amparo real a los unos y a los otros, poniendo por término el tiempo que durase la guerra de Africa, y que ninguno, so pena de la vida, se pasase de un navío a otro, sino que todos fuesen en los que habían embarcado con sus capitanes. Que ninguno disparase arcabuz en salva ni otro regocijo, sino que se guardase la pólvora para gastarla contra los enemigos.

Avisaron los sargentos mayores que enviasen los capitanes de infantería al galeón del príncipe Doria por pólvora y plomo. Mandaron a los maestres de las naos que se proveyesen de leña y agua y de lo que más hubiesen menester.

Gente y municiones que recogió el del Vasto. -El señor Alarcón. -Galeras y gente del Papa. -Lista de la gente que el Emperador tuvo para esta jornada.

El marqués del Vasto, como general de la infantería, vino, por mandado del Emperador, de Iscla a Génova y a Milán, recogiendo los soldados italianos y tudescos, con otras municiones y armas necesarias para esta jornada. Nombró por coroneles o maestres de campo, con parecer de Andrea Doria, a Fadrique de Carreto, marqués de Final, y a Jerónimo Tutavilla, conde de Sarno, y a Agustín Espínola, los cuales levantaron cinco mil hombres con veinticuatro capitanes escogidos. Trató con el duque de Milán y Antonio de Leyva lo que convernía hacerse para esta jornada de Túnez y para la seguridad de Lombardía, por la cual no dejaron salir de ella algún español de los que estaban en sus presidios, que muchos eran los que deseaban embarcarse y hallarse en ella.

Llevó, pues, el marqués cinco mil italianos con ocho mil tudescos alemanes, sin otros muchos valientes y ejercitados caballeros que trajo Maximiliano Ebestayn; por manera que los capitanes y gente que el marqués del Vasto sacó de Italia fueron don Antonio de Aragón, hijo del duque de Monreal, nieto del rey don Fernando de Nápoles; un hermano del marqués de Polincino; don Luis de Tovar, capitán de gente de armas; el príncipe de Salerno, con diez y ocho gentileshombres napolitanos, con los criados y caballeros de su casa; el marqués de Cayn, monsieur de Bauri; marqués de Lorata, el marqués de Fina, el conde de Sarno, con otros caballeros italianos que en otra ocasión se nombrarán.

Los soldados españoles que se embarcaron en Castelamar fueron dos mil, y los capitanes Rodrigo de Ripalda, maestre de campo; el conde de la Novelara, Ruy Sánchez de Vargas, Cisneros, Francisco Ruiz, Domingo de Riarán. Con estas seis compañías vinieron cuatrocientos españoles de Lombardía, y entre ellos había algunos que habían tenido cargos en otros ejércitos. Sintió Antonio de Leyva, general de Lombardía, que se le viniese esta gente, y los persiguió hasta Nápoles. No llevaban éstos paga del Emperador, ni se les podía hacer otro cargo más de que dejaron sus alojamientos sin orden del general. De estos cuatrocientos escogidos españoles hicieron capitán a Alcocer, un valiente español; arboló bandera en Cerdeña.

De Sicilia vinieron doce compañías, que se embarcaron en Mecina: Lerzano Hermosilla, Carles de Esparz, Hernando de Vargas, Alonso Carrillo, en Palermo; Alvaro de Grades, de Sotomayor, Saavedra, Luis Pizaño, escogidos capitanes. Serían los de Sicilia dos mil y seiscientos, y por todos, cinco mil soldados, gente valerosa y de honra. De tres mil y novecientos italianos que se embarcaron en Puerto Especie, eran coroneles el marqués de Fina, de mil y quinientos; el conde de Sarno, de mil y quinientos; mícer Agustín de Espíndola, de mil y docientas; en cada una de estas coronelías había seis capitanes. En Nápoles se embarcaron otros setecientos soldados italianos y coroneles de ellos, y de tudescos fueron casi ocho mil. Venían por sargentos mayores de las compañías de españoles viejos, Lope Fresno y Cristóbal Arias.

Cuatro soldados quisieron amotinar los demás, hablando libremente lo que no les convenía. El marqués los prendió y, acompañado de Rodrigo de Ripalda, maestre de campo, los condenaron los dos a la horca, y los otros dos a galeras, y que jugasen entre sí al dado, cuáles habían de morir. Hízose así, y los que ganaron fueron luego al remo; los que perdieron, a la horca; y porque el uno era hidalgo, lo degollaron primero, y después lo colgaron con su compañero.

Embarcó el marqués la gente de Italia en veinte y ocho naos gruesas que para esto estaban aprestadas en Porto Venere, allí cerca, y fué a Nápoles y tomó los españoles que habían estado en Corrón con los demás que se habían juntado. Hízose luego a la vela, camino de Callar, y de paso tomó la flota de Sicilia, que estaba a cuenta de don Berenguer de Requesenes.

Dió a los napolitanos tanta gana de hallarse en esta guerra contra el cosario Barbarroja, que muchos se fueron con el marqués, y otros a sus aventuras; y algunos señores armaron galeras a su costa, como lo hicieron el príncipe de Salerno y el de Bisignano, y el famoso capitán Hernando de Alarcón, que con sus hazañas asentadas como esmalte sobre la nobleza de su sangre de la antigua casa de Escalente, mereció el renombre de Señor, con otros títulos ilustres.

El papa Paulo III envió las galeras como prometiera, con Virginio Ursino, conde de Anguilara; y aún fué hasta la Mariña a bendecir el pendón para el conde, rogando a Dios por la vitoria. De manera que tuvo el Emperador por lista en Callar veinticinco mil infantes, sin los cortesanos y sin los aventureros; ocho mil eran alemanes; cinco mil, italianos; los demás, españoles. Había también dos mil caballos, aunque algunos cuentan más y otros menos. Los ochocientos llevaban todas armas; los otros, corazas y casquetes con lanza y adarga, como jinetes, o petos y morriones con malla, que por eso se llaman ligeros. Eran los navíos más de docientos y cincuenta, entre grandes y chicos, aunque dicen llegaban a trecientos. Había sobre sesenta urcas y naos flamencas, cuarenta galeones, cien naves, veinte y cinco carabelas portuguesas y otras andaluzas; y aun el obispo Sarabia, que largamente escribió esta historia, dice que todas las velas, grandes y pequeñas, pasaban de cuatrocientas veinte, en que había ciento cuarenta y cinco de remo, sin contar los navíos de aventureros; y debe de contar en este gran número las tafurcas, escorchapines, azabras y otros bajeles.

Había también muchos bergantines, fragatas, fustas y algunas galeotas, doce galeras del Papa, cuatro de Malta con Aurelio Botigela, prior de Pisa, quince españolas con don Alvaro de Bazán, diez y nueve de Andrea Doria, diez de Sicilia, cuyo capitán era don Berenguel de Requesenes, nueve de Génova, seis de Nápoles con don García de Toledo, cinco de Antonio Doria, dos del señor de Mónaco; así que todas serían las que el obispo dice, muy bien armadas y ricamente guarnecidas, porque cada capitán quería que sus galeras fuesen las mejores de remo y armas. Era, ciertamente, grande y hermosa flota, en la cual mostró el Emperador su gran poder.

Llegó allí el marqués del Vasto con toda la armada y aparejos hechos en Italia, para aquesta empresa, y con gran copia de bastimentos.

Avisan al Emperador cómo Barbarroja sabía esta jornada. -Nota la cristiandad del Emperador. -Utica, donde murió Catón: es Puerto Farina. -Descubre el aviso que el rey de Francia dió a Barbarroja.

Andando, pues, el Emperador visitando su armada, llegó a él una pequeña barca con algunos cristianos que habían huido de Túnez, los cuales le dijeron cómo Barbarroja, con extremada diligencia, fortificaba la Goleta, en la cual andaban infinitos cautivos y otros muchos reparándola y fortificándola, y asimismo a la ciudad de Túnez en todo cuanto podía. Oído esto el Emperador y visto que el tiempo era bueno, no se quiso más detener, antes partió de allí el día siguiente.

Domingo a 13 de junio se embarcaron todos, sería dos horas antes de la noche; el tiempo era bueno y temíanse que Barbarroja no huyese. Gran parte de esta noche estuvo el Emperador en Consejo, hallándose en él los principales capitanes de toda la armada, y salieron de él con el orden que todos habían de guardar.

Sobrevino un viento bueno y próspero, tanto, que martes de mañana estaban a vista de Bizerta, que es en Africa, dejando la Numidia a mano derecha. Las carabelas de Portugal, con las galeras de don Alvaro de Bazán, llevaban la vanguardia, y el Emperador, la retaguardia, aunque después se adelantó de todos y llegó tres horas antes a Puerto Farina, que es un puerto de los principales de aquella costa, y muy importante para los tratos de Túnez, cerca del promontorio de Apolo y junto a la ciudad de Utica, municipio o morada fuerte de los romanos, que es camino de docientas millas.

Dió priesa el Emperador por llegar a la Goleta primero que Barbarroja entendieseque Andrea Doria estaba allí con él. Y si bien conocía ser necesario aquello, quisiera enviar delante un tercio de las galeras a coger las que huyesen de Barbarroja, porque era fama que en Túnez se temían mucho. Quisiera el Emperador hacerlo tan callando, que haciendo el son por otra parte, estuviese la armada en la Goleta antes que Barbarroja entendiese que estaba allí. No consintió por esto que Andrea Doria enviase el tercio que decía de las galeras, diciendo que no debía de ser verdad lo del miedo de Túnez, y ya que fuese, que se quería él hallar en ello. Díjose también que preguntaron al Emperador quién había de ser capitán general en esta guerra, porque como había tantos señores, reinaba entre ellos presunción, y que Su Majestad, estando armado y descubierta la cabeza, les mostró un crucifijo levantado en alto, diciendo: «Aquel cuyo alférez yo soy.» Palabras por cierto en que el César mostró el amor, reverencia y fe viva que siempre tuvo a Cristo crucificado.

Con estas palabras, y con tener los ojos arrasados, hizo derramar muchas lágrimas de devoción a los que allí estaban, suplicando a Dios diese vitoria al príncipe.

Llevaban, como dije, los portugueses la vanguardia de toda la armada, y en la retaguardia se puso don Alvaro Bazán, y el César quiso ir en medio, y avisando al Papa y a la Emperatriz y otros muchos, partió de Callar a la Goleta, que ponen setenta leguas poco más o menos. Y con Gallego, que los marineros llaman Nueste, llegó a Bizerta con toda la flota.

Entraron, pues, los portugueses, que iban delante, en Puerto Farina. Este lugar fué llamado antiguamente Utica, y es la ciudad famosa en Africa por Catón, aquel noble romano que murió en ella. Agora está toda deshecha. A 15 de junio era aquí llegada toda la armada. Tocó en la arena por un lado al entrar la galera Capitana, que hizo bambanear y titubear a cuantos en ella iban y aun a los demás puso en cuidado. Pero Andrea Doria mandó de presto dar a la banda, chiflando como buen marinero, y así la sacó de peligro.

Alteróse también algo el Emperador, diciendo que su padre, de gloriosa memoria, el rey don Felipe, pensó perderse con semejante caso en los bancos de Flandes. Traía esta armada, además de los hombres necesarios para la mar y defensa de ella, veinte y tres mil infantes para saltar en tierra, si bien era la fama de más gente. Eran soldados viejos y que se habían visto en grandes afrentas, y aun de los bisoños que salieron de España había muchos de la misma manera. Había más mil y quinientos caballos, los mil de los caballeros y grandes españoles, italianos, alemanes y flamencos, armados todos de hombres de armas, o a la ligera; los otros quinientos eran jinetes españoles. Demás de éstos, vinieron de Vizcaya cuarenta y dos navíos; y porque llegaron a tiempo, mandó el Emperador que una parte de ellos fuese a socorrer a Melilla, que lo molestaba el rey de Fez, a instancia de Barbarroja.

Llegada, pues, la armada a Puerto Farina, lugar puesto entre la ciudad de Bizerta y las ruinas de Cartago, treinta millas igualmente distante del uno y del otro, sin detenerse más, el mismo día fué a surgir y tomar tierra en el cabo de Cartago, aunque no es muy seguro, las banderas tendidas, con que abultaba doblado la flota. Tomáronse allí luego dos naos francesas, cuyos hombres confesaron al Emperador que habían llevado el embajador que dije del rey de Francia, que se decía Forestio o monsieur de la Floresta, y otros dos de Barbarroja para el Gran Turco, con otros dos turcos suyos que habían estado con el rey Francisco, por lo cual se publicó más por entero la trama del rey de Francia con los turcos, y todos los del Emperador entendieron que habían avisado aquéllos a Barbarroja de esta ida y armada.

Va el del Vasto a reconocer la Goleta. -Torre del Agua. -Cartago.

Sabiendo el Emperador lo que importa en la guerra la presteza, mandó aquel mesmo día al marqués del Vasto que con veinte y dos galeras fuese a descubrir a cabo Verde y reconocer la Goleta. Hay de Cartago a la Goleta cinco millas italianas, de las que comúnmente tres hacen una legua española, y cada milla mil pasos, y cada paso cinco pies, y cada pie dos palmos de hombre. Llegó el marqués tan adelante, que descubrió y vió todos los reparos de la Goleta y de una torre que llamaban del Agua (por unos pozos de agua dulce que tiene cerca de sí), que estaba en el camino a la marina, cuatro millas de Cartago y una de la Goleta.

Fué asimismo don Juan Manrique, marqués de Aguilar, con la galera en que iba a reconocer y tentar la fuerza de los turcos, los cuales comenzaron a lombardear la galera y mataron algunos forzados; dió la vuelta, y contó el sitio y armada que tenían los enemigos. Echaron las galeras del César una nao a fondo, que había sido de cristianos, y la habían ganado turcos. Entraron, a pesar de la Goleta, y sacaron dos navíos redondos sin recebir daño. Cautiváronse unos moros pescadores, que dijeron que Barbarroja estaba en Túnez y que fortalecían sin cesar noche y día la Goleta. Informado el Emperador de lo que el marqués y don Juan Manrique habían reconocido, habido su consejo, otro día de mañana, miércoles a 16 de junio, con muy buen orden, mandó salir a tierra toda la infantería con algunas piezas de artillería de campaña y con algunos caballos ligeros, y su persona imperial con la mayor parte de la nobleza; serían hasta quince mil soldados los que de golpe se desembarcaron de todas tres naciones.

Hízose de ellos un escuadrón en un lugar llamado antes de agora Campo Santo (entiéndese que porque el rey Luis de Francia se alojó y murió allí, y sepultaron los que murieron, cuando vino sobre Túnez). Aquí se hizo fuerte el Emperador con los suyos, sin que tuviesen contraste ni resistencia de consideración por parte de los turcos ni de los moros, que si ellos fueran gente de ánimo y de guerra, pudieran hacer daño al desembarcar, por las ventajas que tienen los que defienden lugares marítimos, pasos de ríos, alturas de montes o puertos estrechos. Así como iban desembarcando, se iban apartando y alargando de la marina con buena ordenanza, escaramuzando con algunos moros de a pie y de a caballo que se habían puesto entre los edificios derribados de la antigua Cartago, y hacia la torre del agua. El Emperador iba a pie delante del escuadrón, con su coselete y pica en la mano.

El primer capitán que saltó en tierra fué Jaén, y la primer compañía la de Cisneros. Venían estos moros para reconocer la armada. Pero temiéndose el Emperador de alguna engañosa celada, mandó recoger su gente a las banderas, y allí se detuvieron aquella noche en las villetas recoger su gente a las banderas, y allí nas de Cartago, no lejos de la marina.

El día siguiente se desembarcaron los ocho mil españoles bisoños que venían de España, con los caballos y la artillería, y las otras cosas necesarias de la guerra. Hízose esto en tanto que las galeras de Andrea Doria combatieron y ganaron la torre del Agua, la cual, como dije, está a la marina, puesta en lugar bajo. Tiene dentro de sí ocho pozos con abundancia de agua, aunque sólo tres fueron importantes para el ejército. Ganaron asimesmo aquel día los soldados algunos lugarejos abiertos y castillejos pequeños alrededor de Cartago, que los había de docientos a trecientos fuegos; pero los unos y los otros estaban robados y desamparados, salvo algún tanto de trigo y aceite que se halló entre estos.

A 17 de junio se acabaron de desembarcar todos.

Estaba una torre al cabo del monte hacia la parte del estaño, sobre la mar, que decían haber sido fortaleza de Cartago: agora se llamaba roca de Masticanes, en la cual puso el Emperador trecientos soldados españoles para la guarda de ella, por ser lugar fuerte naturalmente; y por que era superior a toda aquella playa. Aquella misma noche mandó el Emperador armar sus tiendas y ponellas sobre un montecillo pequeño que se dice Cartase, entre Cartago y la torre del Agua, sobre la mar, con toda la caballería cerca de sí, y parte de la infantería.

Antes de pasar de aquí, diré por notable una mudanza de las que suele hacer la fortuna.

Vino a ser alojamiento del ejército imperial la gran Cartago, señora de Africa y de la mayor parte de España, émula de Roma por 120 años, donde tantos y tan famosos capitanes nacieron; la que entró en Libia con docientas galeras y mil naos, señora finalmente de trecientas ciudades, y ella en sí tan grande, que es fama que tenía en circuito trescientos estadios, toda con muralla, con fuertes torres y muros de anchura de cuatro brazos y de altura ciento sobre el muro, regida su gran población de cien senadores.

Y dejando lo que todos celebran de esta famosa ciudad, antes que los Scipiones la destruyesen, lo que en ella se reparó fué bastante para que San Agustín enseñase en ella Retórica. Aquí fué obispo San Cipriano, y fué mártir en ella, y con él Crescencia, Victoria, Rósula, siendo emperadores Valeriano y Galieno. Fueron aquí trecientos mártires echados en un horno de cal ardiendo, de los cuales fueron los principales: Januario, Nagor, Félix, Marin, Geasto, Emilio y Jocundiano. Fueron llamados Masa blanca, por el lugar donde padecieron.

También fueron aquí martirizados, Catubino Diácono, Januario, Florencio, Julia, Justa. Celebráronse en este lugar siete concilios universales, uno de ellos general de toda Africa, año 336, siendo Grato obispo cartaginés; tres se celebraron siendo obispo Aurelio, donde hubo setenta obispos, y se cantó el símbolo Niceno, y en el año 404, en el tiempo de Arcadio y de Honorio, se celebró otro por mandado de Inocencio I contra Pelagio, y se juntaron docientos diez y ocho obispos, siendo obispo de esta ciudad Aurelio, y Agustino de Hippo, o Bona, y Donaciano Alipio, perlados famosos.

Fué obispo de Cartago San Víctor, que escribió muchos libros contra arrianos. De aquí fué santa Julia, virgen y mártir; san Eugenio, obispo y mártir, varón doctísimo en la Sacra Escritura. Fueron de aquí Pánfilo, Eustaquio Macobrio, Máximo, Cecilio, presbítero, y Poncio, que escribió la vida de Cipriano y fué su compañero en el desierto. Fué natural Tertuliano, presbítero, hijo de un centurión proconsular, doctor de gran ingenio, como parece por sus obras. Finalmente, hay memorias de más de otros docientos mártires que padecieron y regaron con su sangre, y sembraron con sus sagrados huesos aquel suelo desierto y paredes arruinadas y viejas, donde el campo imperial hoy se aloja, que es la vicisitud y inconstancia de las cosas de esta vida, que a ninguna, por grande que sea, perdona.

Muestra que hizo Barbarroja. -Anima Barbarroja a los suyos.

Jamás pensó Barbarroja, si bien fué de diversos avisado, que el Emperador en persona hiciera esta jornada, donde aventuraba la reputación toda, y ponía en peligro la salud y vida, porque era el tiempo recio, y en Africa insufrible el verano, sin regalos y de excesivos calores.

Quedó atónito cuando le vió sobre sí con tanta pujanza.

Pasando el Emperador cerca de Cartase, le trajo una fragata cautivo a un griego, que por huir de la Goleta se echó a nado. Este dicen que dijo, que Acanaga o Acambey, gran privado de Barbarroja, estando en el jardín del rey, vió venir la armada, y luego fué a avisar a Barbarroja, y le dijo con admiración y espanto la grandeza, orden y aparato de ella, y que Barbarroja oyó con tanta entereza esta nueva, que no mostró flaqueza ni alteración en el rostro, antes dijo: «¿Pues qué te parece de esa armada, Acambey?» Respondió: «Que aparejemos las manos, que serán bien menester.» Díjole Barbarroja: «¿Pues, piensas que no seré hombre para la desbaratar, por poderosa que venga?» Respondió Acambey: «Muley, creo que no; salvo si no nos defendemos mejor que ellos pelearen, y podamos más y ellos menos.» Barbarroja, con risa y mofa, dijo: «¡Oh cornudo!..., ¿todavía eres cristiano? Yo te prometo que la armada que tan poderosa dices que viste venir, tú no la verás volver, y cuanto mayor me la haces, tanto más rico despojo espero de ella.»

Tales bravatas hacía el cosario, discretamente, por poner ánimo en los suyos, y no acabando de creer que el Emperador venía allí. Mas cuando ya por su mal lo supo, medio espantado, sacando fuerzas de flaqueza, hizo muestra de su gente, en la cual halló siete mil turcos, sin otros mil que tenía en la Goleta, y muchos de ellos con escopetas, ochocientos genízaros, particulares hombres de guerra, siete mil hombres flecheros, moros vestidos de camisas blancas y descalzos; otros siete mil con lanzas y azagayas, gente poco más lucida; ocho mil alárabes a caballo, aunque muchos sin sillas, costumbre antiquísima de los númidas africanos, como se escribe de su rey Masinisa, que siendo viejo de cien años, andaba en su caballo en pelo. Traían éstos, todos, sus lanzas, ginetas o ballestas de las antiguas. Algunos dan más gente a Barbarroja; pero eso fué después, y por agora no se contaron los de la ciudad que tenían caballos.

Daba Barbarroja a los alárabes antes que el Emperador viniese, por apartarlos del servicio de Hacén, rey de Túnez, y traerlos al suyo, cien mil ducados, y el día que llegó el Emperador les añadió otros cien mil. Crecía cada hora la multitud de estos bárbaros con la codicia de robar; que día hubo en que se contaron pasados de catorce mil, algunos con sacos de malla, lanzas de treinta y cinco palmas con dos hierros, que hieren huyendo, y aun mejor que cuando acometen, en sus caballos muy ligeros, si bien flacos y de mal parecer.

Envió Barbarroja catorce galeras a Bona, y doce a Argel, cargadas de grande riqueza, cuando por las ahumadas supo cómo llegaba la armada, y poco después, que el Emperador venía en ella, por ciertos esclavos moros, que huyeron de una galera, por lo cual temió de veras.

Cerró en la Alcazaba, o fortaleza de Túnez, todos los esclavos cristianos, echándoles prisiones, y aún dicen que los quiso quemar vivos, por que no se alzasen tomando las armas. Mandó que dentro de tres días saliesen de la ciudad los que no tuviesen ánimo de esperar. Fuéronse algunos; otros echó él, porque no comiesen los bastimentos si hubiese de haber cerco largo. Juntó los capitanes de mar y de tierra y habiendo estado en consulta con mucho secreto con Jafer, aga de los janízaros, y con Tabac, y Salac, y Haedin Cachidiablo, y Sinán Judío, les hizo un razonamiento casi de esta manera:

-Los hombres que por su esfuerzo y valor han llegado al estado que vosotros, amigos míos, ni tienen menester consejo para lo que a sus honras toca, ni los espantará la nueva del vano Emperador de los cristianos, que viene a puerto y tierra que no sabe, donde ni tiene amigos ni terná que comer (si un poco nos defendemos, como de vosotros espero) para tantos como dicen que trae. Antes os digo que cuantos ellos más fueren, tanto más presto perecerán de hambre, pues en los navíos (yo lo sé, que lo he probado muchas veces), traen poca comida y en la tierra no la podrá haber, siendo nuestra caballería señora del campo. Los alemanes no sufrirán el calor ni la falta del vino, ni los españoles la del agua, ni los unos ni los otros sabrán andar, cuanto más pelear en estos polvorosos arenales, porque así los arcabuceros como los coseletes pornán las manos, y aún estoy por decir los ojos, donde los pies; por donde la vitoria, mis buenos amigos, es nuestra. Cuanto más, que tengo ventura, loado sea Mahoma, con españoles, según sabéis.

Respondieron todos con juramento no faltarle. Fué luego a mirar la Goleta, acrecentó los turcos, reforzóla con más soldados, encomendóla a Sinán, judío capón valeroso; dijóle estar en ella la flota, el reino, la honra y la vida; con esto se volvió a Túnez, porque no se le rebelasen.

Salen los alárabes a dar vista al campo imperial, con espantoso estruendo. -Mandó el Emperador quemar a un fraile renegado. -Acudía el Emperador a las escaramuzas con peligro. -A fray Antonio de Guevara, coronista, encarga el Emperador el hospital. -Sitio de la Goleta. -Asiento de Túnez. -Por qué razones fortifica la Goleta, y no la ciudad, Barbarroja. -Fortificación grande que Barbarroja hizo en la Goleta.

Salieron a dar vista al campo imperial, de la parte de Túnez, infinitos alárabes, que no se pudieron contar con sus atabales tan grandes, que se oían bien en el campo, al tiempo que hacían algunas arremetidas para querer escaramuzar. Era tan grande su grita, que al principio ponían espanto, pero después los estimaron en poco, porque vieron ser viles sus gritos y sus armas. Cuando ya andaban en la pelea, no sonaban los atambores, sino unos instrumentos de viento como chirimías o dulzainas pequeñas, con apacible son.

A 18 de junio, hubo una escaramuza bien trabada en los olivares. Vinieron muchos moros de a caballo y acometieron con sus ordinarios alaridos y grita. Fué tan grande la polvareda, que unos a otros no se veían. Salió el Emperador con los gentileshombres y criados de su casa y con las lanzas de los caballeros castellanos, y luego los moros volvieron las espaldas. Al retirarse, cayeron cinco cristianos, y de los moros muchos.

A este punto vieron las galeras venir un batallón de turcos para meterse en la Goleta. Dispararon contra ellos la artillería gruesa y conocióse haberles hecho daño, porque los vieron remolinar a un cabo y a otro, y salir de entre ellos algunos caballos sin caballero. Murieron muy pocos cristianos en estas escaramuzas, porque el Emperador no los dejaba salir a ellas, ni sus capitanes, a causa que los moros jamás se apartaban de entre los edificios caídos que por allí había y por los olivares y huertas, donde combatían con ventaja; y por esto no se hizo en estos días escaramuza de importancia, si bien cada hora los alárabes venían con otros moros y cogían algunos marineros y soldados desmandados entre las huertas y olivares, que por coger fruta o hurtar algo, salían por allí.

Mandó el Emperador pregonar que ninguno fuese osado, so pena de la vida, de quemar casa, ni pajal, ni talar árboles ni panes, porque muchos se habían ya desmandado sin respeto de Su Majestad a lo hacer, y robado las aldeas vecinas. Pregonaron asimesmo que se matriculasen todos los que voluntariamente seguían la guerra, por que no turbasen el orden de la soldadesca y cada uno acudiese a su bandera.

Venía una nao de un judío, cargada de mercaderías (que después se apreciaron en treinta mil ducados) a Túnez, y tomóla la galera Aguila, en que iba el secretario Nicolás Perrenin de Granvela.

Pasáronse algunos renegados al Real con lo que pudieron, y estos dieron aviso de lo que hacía Barbarroja y de como estaban Túnez y la Goleta. El Emperador los mandó llevar a la mar, perdonándolos, porque no le fuesen traidores, como lo habían sido a Dios y a sus amos. Y mandó al licenciado Mercado y al alguacil Salinas que quemasen uno de ellos, el cual era de Sevilla y fraile, y venía con turbante como turco, la barba rapada, los mostachos largos y una guedeja crecida en la coronilla.

En las escaramuzas que había cada día, que no se podían excusar, andaba el Emperador muy solícito, castigando a unos, animando a otros, y poniendo a todos en concierto sin temor de flechas ni pelotas, y contra parecer y voluntad de todos, por el manifiesto peligro, porque cierto eran muchos los tiros y habían muerto junto al marqués del Vasto (que hacía el oficio de general), a Fadrique Carreto, entenado de Andrea Doria, que era coronel; y las saetas tenían yerba y las flechas turquescas unas puntas de hierro que se quedaban dentro de la herida.

También hubo parecer de muchos, que sin tentar la Goleta fuesen sobre Túnez, donde estaba Barbarroja, diciendo que ganada la cabeza, eran ganados los miembros; mas el Emperador, con su prudencia, acordó tomar primero la Goleta, así por no dejar atrás aquella fuerza con tantos buenos capitanes y soldados, como por no apartarse del bastimento, y mandó a fray Antonio de Guevara su coronista, obispo que entonces era de Guadix, que con diligencia curase los heridos y enfermos, lo cual él hizo muy de gana con mucha caridad.

La Goleta, en arábigo se dice Alcavel, que quiere decir goleta o cuello, porque su asiento era en una pequeña angostura. Era esta fortaleza, en este tiempo, una torre cuadrada de ladrillos, con muy gruesa pared y foso hondo, y en medio tenía una gentil cisterna. Estaba en la garganta (que por eso la llamaban Goleta, de gola) que hace una ensenada o canal, que de la mar va al estaño, que está cinco millas de Cartago y llega a Túnez. Tenía esta torre sesenta pasos en ancho y sesenta y cinco en largo; la puerta miraba a Túnez y al estanque, y la parte contraria a la puerta caía a la mar donde estaban las galeras y navíos; los otros dos lados, algo al mediodía y setentrión. Es su sitio arenoso, sin árboles ni aún yerba. Está apartada siete millas de Cartago, hacia la parte del mar. El estaño o laguna que de la laguna se hace, es tan estrecha, que no puede andar en ella una galera bogando. Tiene poco fondo y muchos bajíos, tanto, que sólo pueden andar por él barcas pequeñas y éstas andan por el canal mirando los maderos hincados de trecho a trecho. A la mano derecha de este lago, caminando hacia Túnez, la ribera es llana y arenosa, tanto ancha cuanto un tiro de piedra; después toda la tierra es de olivos, higueras, naranjos y otros árboles; a la mano izquierda está el camino todo montuoso y áspero, si bien junto a la laguna hay un camino ancho y llano.

Túnez está asentada sobre esta laguna a la parte de Sur o Mediodía; la cierra de hacia Poniente, donde son las torres de Sal y Agua. Carece de agua y tiene abundancia de fruta; por hacia Levante se comunican la mar y la laguna por la canal que dije, y así tenía una puente para entrar y salir a tierra. Por el otro cuarto del Norte es mar de Sudeste, que la Goleta tenía sitio fuerte de su natural, aunque en este tiempo no estaba hecha para más de aduana; pero después de haber Barbarroja ocupado aquel reino, sabiendo el aparato de guerra que el Emperador hacía para aquella empresa, viendo que Túnez por diversos respetos no se podía fortificar a causa de estar sujeto y inferior a algunos montes a la banda del Poniente, y que, por lo menos, queriéndola fortificar había de asolar los arrabales, cosa que quizá los de Túnez no lo consintieran, ni era tiempo de enojarlos; y sobre todos los inconvenientes que había, el mayor era la brevedad del tiempo, que no lo sufría, y que fortificándolo, solamente la Goleta hacía estar sus enemigos lejos de Túnez, defendía la armada, mantenía su reputación con los moros y alárabes, y forzaba los cristianos para que se embarcasen ante todas cosas en aquella empresa, con grandísmo daño, trabajo y peligro, por la falta del agua, por la calor del tiempo, por el ardor de la arena, sin sombra ni reparo alguno, el sitio muy estrecho entre la laguna y la marina, y con solas las vituallas que trajesen consigo, por lo cual habían de padecer en extremo, manteniéndose de bizcochos podridos, vinos calientes y dañados, cosas saladas, aguas pocas, hediondas o saladas: por todas estas consideraciones, dejando la fortificación de Túnez, puso todo su cuidado en la Goleta, con ánimo, si el tiempo se lo concedía, de ponerla de manera que se pudiese defender, poniendo en ella muy buena gente, y con el socorro que cada día y hora muy a su salvo le podía dar por la parte de tierra, y por la laguna: que bien consideraba que el Emperador no dividiría su ejército, si bien fuese dos tantos de él, que era para tomar en medio la Goleta, y ansí se quedaba siempre él un paso libre; porque los de una parte no podían socorrer ni ayudar a los de la otra. Y menos creía que el Emperador dejaría la Goleta atrás por conquistar, habiendo en ella tanta armada y tanta gente, por ir a la conquista de Túnez, quedándole los enemigos a las espaldas que le podían impedir los bastimentos, y romper sus pensamientos; y que si el Emperador lo hacía era cierta su vitoria, y pérdida del Emperador; así que Barbarroja se determinó en fortificar la parte de la Goleta que mira hacia Cartago. Demás de esto, esperaba que la hambre, la sed, el calor, las enfermedades y alguna discordia entre las naciones los desbarataría, de manera que él alcanzase una vitoria del mayor príncipe y gente más valiente de la Cristiandad.

Con estos tales pensamientos, fortificó la Goleta, tirando una tela de muro muy fuerte, desde la torre al largo de la marina, hasta la torre de la Agua, y volviéndose después hacia el estaño, sobre el ángulo que esta muralla hacía. Levantó un bestión o caballero con sus traveses, tan alto, que a las necesidades hizo poco daño en los cristianos, y no teniendo tiempo para acabar esta tela de muralla hasta el estaño, la acabó con maderos, sacos de lana, serones llenos de tierra y otras cosas trabadas y encadenadas; de manera que era harto más fuerte y de mayor resistencia contra la artillería, que el muro nuevo de piedra y ladrillo. Hizo en ella sus troneras en los lugares necesarios, cubiertas con tablas de donde pudiese jugar el artillería; hizo a la redonda y al pie de esta muralla un foso tan hondo desde la marina, que siempre se cebaba con agua de la mar y de la laguna. De la parte de Levante hizo la mesma fortificación de maderos y tierra y fajina, que era más flaca, porque de esta parte casi no había que temer. Hizo una puente muy ancha sobre el canal dentro en la Goleta, para el uso de los que la defendían, y para pasar la artillería de una parte a otra hacia la parte de la mar.

Había en la Goleta cuatro torreones hechos en la muralla a manera de cubos. De uno que estaba en una esquina, que de la parte de Mediodía se juntaba con el muro que iba del Oriente, salía un rebellín de argamasa con almenas y andamio y muelle, doce pasos en ancho, y en largo ciento y cincuenta, y llegaba hasta unas penas donde era el desembarcadero. En el torreón que miraba al campo del César y se juntaba con la muralla a la parte de Levante, salía la muralla nueva o rebellín con sus troneras contra la mar, cuatro pasos de alto, y ciento y sesenta y veinte y dos de largo, en el cual había portanolas, y, en cada una, una lombarda o cañón o culebrina; en un caballero estaban puestos tres cañones reforzados.

[Continúa la misma materia.]

Hicieron más un bestión de fajiña y tierra, de diez pasos de ancho y quinientos pies de largo. En éste pusieron treinta piezas gruesas asestadas contra el campo de España, hacia la torre del agua. De allí comenzaba el otro bestión, hecho de remos; de manera que sus reparos, desde la mar hasta casi el estaño, llegaban a la parte de Mediodía. Hizo una canal a manos, de anchura de quince o diez y seis pasos, con la puente de madera, fácil de quitar y ligera de poner. Hay en toda la canal, de una parte y otra, gruesas paredes; tenía hasta trecientos pasos y más en largo. Aquí estaban las galeras de Barbarroja o la mayor parte, levantado la puente y acurullados los remos con la creciente del mar.

Crece y mengua aquel agua un codo, la cual creciente hace aquel gran largo que llega hasta Túnez; tiene en largo este estaño doce millas, y de ancho, nueve. Puédele todo vadear un hombre de buena estatura, y llegarále, lo más hondo, a los pechos. En éste se recogen todas las inmundicias de Túnez, y el agua que sale de la ciudad cuando llueve mucho. Meten en este canal a fuerza de brazos las galeras, y no sólo estaban seguras, mas por aquella parte hacían más fuerte la Goleta. Comienza el canal desde la bahía, y dura hasta tocar en el estaño.

Habíase de batir por la parte del Norte, y no quedaba bastante anchura del lago a la bahía. Había entre la mar y la Goleta tanto espacio de tierra, que pudo hacer en él un reparo, el cual descubría y batía toda aquella marina, y defendía las doce galeras que tenía armadas fuera del canal, con fin que si algún desastre sucediese en la armada del Emperador, se hallasen a punto para seguir la vitoria. Allí las tuvo hasta que la armada y ejército del Emperador se acercaron a la Goleta, que entonces metió las seis de ellas dentro del canal, quitando los remos, y las otras seis tuvo siempre fuera, vuelta la proa a la mar y a la armada, para que batiesen a las galeras y naves de la flota imperial. Hizo tirar en tierra la mayor parte de los otros navíos, dentro de los reparos de la parte que mira a Levante, y entre uno y otro puso artillería, para hacer estar lejos de sí la armada cristiana.

Demás de esto, las galeras que estaban en el estaño jugaban la artillería, al largo de sus reparos por través, y las aseguraban de los cristianos. Tenía un gran número de barquetas pequeñas que continuamente traían bastimentos y las provisiones necesarias de Túnez a la Goleta, en la cual puso la guarnición de turcos y renegados que dije, siendo en su mano podellos crecer, y disminuir, socorrer y visitar cada hora por el estaño, y así puso, para en ocasiones apretadas, seis mil turcos y dos mil moros, entre los cuales había ochocientos janízaros muy pláticos y valientes, con capitanes y cosarios famosos. Puso, además, tanta artillería, municiones y aparatos de guerra, que no había más que desear.

Determina el Emperador combatir primero la Goleta.

Queriendo, pues, el Emperador dar principio a su empresa después de muchos acuerdos, resuelto en conquistar primero la Goleta por no dejar atrás tan grande estorbo, si bien le parecía dificultoso por la calidad de la tierra donde se había de alojar el campo, entre el estaño y la marina, lugar muy estrecho y arenoso, y porque sin la artillería a batalla de manos no se podía ganar sin derramar mucha sangre, quiso antes detenerse algunos días sobre ella, que aventurar su gente y la pérdida de algunos, que fuese de más importancia que la Goleta. Y así, ordenó que con reparos y con trincheas se fuesen acercando a la Goleta. Finalmente, se concluyó que, primero que a Túnez, se combatiese la Goleta.

Adelantóse el galeón de Portugal, y llevado de dos galeras al remo, comenzó a lombardear la Goleta; traía ochenta bocas de fuego entre grandes y medianas, y sesenta tiros pequeños. Con esta determinación, partió del primer alojamiento con un escuadrón, y los italianos en la vanguardia, y los tudescos en la batalla, y los españoles bisoños en la retaguardia. Llegaron con este orden, matando los arcabuceros algunos moros y alárabes, hasta ponerse debajo de la torre del Agua a la marina, con la caballería cerca de sí; y en la frente contra los enemigos, los españoles viejos que vinieron de Italia, y los alemanes a las espaldas, hacia el estaño; y allí estuvo hasta que se ganó la Goleta.

Los españoles que fueron de España, puso con doce piezas de artillería de campaña sobre el collado de donde él se partió, y en los primeros alojamientos dejó las coronelías de infantería italiana; otra coronelía también de italianos, que era del marqués del Final, hizo pasar adelante entre el estaño, y los españoles viejos a mano derecha, y ponerse sobre un foso largo, casi media milla, que partía de la marina y se acababa en este estaño, el cual había comenzado a hacer Barbarroja, para hacer entrar la mar en el estaño y dalle más agua, y para que por allí fuesen las barquetas, y viniesen de Túnez a la Goleta, sin que entrasen en ella ni pudiesen ver de qué manera estaba reparada. Pero no teniendo tiempo de acaballa, la dejó.

Viernes a 19 de junio, antes que amaneciese, llegó un galeoncete cargado de especería y otras mercadurías; traía también escopetas, pólvora, balas y munición para la guerra, y venían tan ciegos, que si bien vieron la armada, se entraron en ella sin temor ni recelo, creyendo que eran navíos de Barbarroja, que fué una gran falta de juicio y ceguera de los que en el navío venían, no mirar que armada tan poderosa no podía ser de un cosario ni aun de toda Africa. Reconocido por las guardas el navío, que eran trece galeras que puestas en una punta habían hecho centinela aquella noche, salieron con la furia de los remos contra el navío, los que en él venían, conociendo su yerro, quedaron pasmados, y por salvarse quisieron embestir en tierra; tiráronle al pasar algunas naos y cercáronle otras, de los cuales fué preso.

Echáronse al agua algunos por salvarse; salió a ellos el capitán Juan Pérez, vizcaíno, con su compañía, que estaba en guarda de una torre, y prendió la mayor parte de ellos. A los turcos echaron al remo, y a los moros, que eran mercaderes de Túnez, rescató el Emperador y los envió con seguro a la ciudad.

Hizo esto el Emperador, rescatando los moros que los soldados prendían, y dándoles libertad, para obligar a los de Túnez, y que entendiesen el favor y merced que se les haría de su parte, y que aquella armada no era contra ellos, sino para darles libertad y librarlos de la prisión de un tirano.

Hecho valeroso de don Pedro de Acuña. -Ardid de Juan Acero. -Valentía de Ruy Pérez de Vargas. -Hernando de Padilla pelea con Mostafá.

Procuraban mostrarse los caballeros y valientes soldados amigos de honra, y los moros y alárabes, viendo el trabajo que los cristianos padecían cavando en los fosos, fuertes y reparos, que no se les caía el azadón de las manos, los inquietaban con rebatos y armas que les daban noche y día, a todas, y no pensadas horas, por no los dejar comer ni dormir con sosiego.

Estando haciendo guardia las compañías de a caballo del marqués de Pliego, y del conde de Ureña, y duque de Medina Sidonia, vinieron tres caballeros a caballo con propósito de pasar a dar vista a la Goleta y hollar aquella llanura. Tenía el Emperador mandado que los que hiciesen la guardia no dejasen pasar a alguno, y así, les dijeron que no había lugar. Estando hablando sobre la resistencia que a los tres caballeros se hacía, el uno, que se llamaba don Pedro de Acuña, se apartó un tiro de piedra, y por un valladar pasó el reparo y, al galope del caballo, atrevidamente se metió hacia la parte de los enemigos. Y hizo más: que por asegurar los capitanes cristianos, que no le estorbasen la entrada, soltó la lanza al pasar del valladar. Entró dentro, que le perdieron de vista. De ahí a rato viéronle volver escaramuzando con tres alárabes, o moros de a caballo.

Determinaron entonces Alonso de la Cueva y Alvar Gómez Zagal y Hernando de Padilla Avila entrar a le socorrer. Húbose tan bien don Pedro de Acuña, que con ser solo y sin lanza, diestra y animosamente, cuando era menester les hacía rostro, y cuando no, con gentil denuedo se retiraba, recogiéndose y ganándoles tierra, hasta que tornó por donde había entrado. Díjose que llegó este caballero muy cerca de la Goleta, y que el día antes había prometido de hacerlo, lo cual cumplió como quien era; y en el campo fué tenida en mucho su osadía, porque, como animoso se puso en tan gran peligro, y como diestro supo salir bien de él.

Este día se trabó una apretada escaramuza entre los soldados que se embarcaron en Málaga y los alárabes y moros, que eran tantos, que los españoles bisoños se vieron apretados, y sabiéndolo el Emperador salió en persona a socorrerlos con todos los jinetes; y luego acudió el capitán Hermosilla con docientos arcabuceros, que dieron tal carga en los bárbaros, que se retiraron al correr de sus caballos. Quedaron muertos en el campo cuatro cristianos y nueve moros.

Este mesmo día, en el campo del Emperador se repartieron las banderas viejas en tres tercios, llamados Santiago, San Martín, San Jorge, porque cada uno supiese dónde había de acudir.

Las escaramuzas continuas les daban en qué entender de día, y el tocarles al arma los fatigaba, por no darles hora de sosiego; y el sábado 19 de junio dieron los enemigos una arma al salir del sol, la mayor y más larga que hasta allí se había tocado. El Emperador se puso a caballo, y mandó salir a los soldados viejos españoles de los que vinieron de Italia. La carga de los coseletes y armas, con el recio sol de aquella tierra y arenales, los fatigaban; pero el Emperador les ponía tal ánimo, que con pies muy prestos y ánimo, marchaban contra el enemigo. Salieron algunos señores y jinetes de la Andalucía. Eran tantos los alárabes de a pie y a caballo, que cubrían los campos tantos, que jamás se habían visto así juntos. Comenzaron poco a poco a escaramuzar, y cuanto más se iba encendiendo el furor y pelea, tanto más acudían de ellos. Traían consigo gran número de camellos y dromedarios, de los cuales los caballos españoles se espantaban; los alárabes no, porque se crían entre ellos. Venían las mujeres de los alárabes que peleaban, con agua y otros refrescos para dar a sus maridos, cuando anduviesen cansados en la pelea, y con tanta osadía atravesaban estas mujeres entre los suyos y los cristianos, como si no hubiera peligro. De estas mujeres se tomaron tres, una de ellas con escopeta al hombro y frasco ceñido y mecha encendida. Cautivóse un turco, criado del sultán Zulman. Cautiváronse moros y alárabes, de los cuales se tomó lengua y supo lo que entre los enemigos había, que importó para ordenar lo que convenía. Fueron pocos los heridos y menos los muertos de los cristianos. Los arcabuceros hicieron daño en los bárbaros, que, como eran muchos, tiraban a montón, sin perder tiro.

Un Juan Acero, de la compañía de Cristóbal de Belmar, salió del escuadrón y cargó su arcabuz y, cebado el fogón lo tapó, y encima de la caja echó un poco de pólvora y encaró a un turco; el turco se reparó en su caballo. Juan Acero pegó fuego y ardió la pólvora y no disparó. Creyó el turco que era defeto del arcabuz o de la pólvora, y arremetió contra el soldado con la lanza terciada, el cual ya había destapado el fogón de su arcabuz, y arrimándole la mecha disparó, atravesando la bala por los pechos del turco, dió con él muerto del caballo abajo, a vista de todo el campo. A este español preguntaron después otros qué mercedes le había hecho el Emperador por este hecho, y él dijo que bastaba para él haber peleado delante de su príncipe; pura lealtad de españoles.

El capitán de los turcos, en esta escaramuza, fué Hazán Haga, sardo renegado, que siendo muchacho, guardando puercos, le cautivaron en un lugar de Cerdeña, y castrado sirvió de bardaje a Barbarroja. Prendieron un pajecillo del capitán Juan de Ibarra, y puesto ante este renegado le preguntó qué gente tenía el Emperador y qué armada, y en todo dijo el muchacho doblado de lo que había, que les causó espanto.

Salió este día, en lugar del marqués de Mondéjar, su hermano, don Bernardino de Mendoza, que era general de la caballería de la Andalucía. Recogiólos a todos y hizo alto en un cerrillo, y luego se mostró a los enemigos; mas el Emperador le envió a mandar que no se desmandase él ni otro de los suyos.

La infantería peleaba con los moros y alárabes, y viendo Ruy Pérez de Vargas, caballero de Trujillo, que los jinetes estaban cerca, y los enemigos tan junto, y que andaban trabados con los soldados y que no hacían más que mirar y no pelear, cuando más era menester, desarmado de brazos y piernas, con sólo un coselete, sobre un cuartago, con una pica arremetió a un turco y lo derribó, hiriéndole en los pechos. Cargaron sobre él los moros, pero revolvióse tan bien, que salió de entre ellos, aunque herido en una pierna. Encendióse tanto la pelea, que rompieron caballos contra caballos, y se revolvieron peor con los gritos y voces que los moros (según su costumbre) ponían en los cielos. El polvo y arena que se levantaba era de manera que andaban como ciegos, y no se conocían unos a otros. El capitán Bocanegra, yendo en un cuartago pequeño, animando los suyos y recogiendo los desmandados, se topó con un alárabe tan cerca de sí y tan apartado de los otros, que le acometió y mató de una lanzada.

Muchas cosas hubo notables en esta peligrosa escaramuza, que el Emperador estuvo mirando algo apartado, con cuidado de acudir donde fuese menester.

Estando ya cansados los unos y los otros, y casi apartados sin pelear, volvieron a trabarse con mayor porfía que antes. Los turcos dieron una carga sobre los soldados españoles, con un furor que los hicieron retirar un poco; pero revolvieron sobre ellos con tanto esfuerzo, que los hicieron huir desordenados.

Quiso un turco entrar en la Goleta yendo en un caballo rucio grande y hermoso, en su mano una azcona y una lanza de cincuenta palmos (que de este largor las hay, y de ordinario, de cuarenta y cinco). Este turco era el alcaide Mostafá Cordobés, capitán de los renegados, el cual, con veinte y nueve capitanes que habían sido cristianos, hacían la guerra y ardides que usaban en ella. Pasó Mostafá cerca de donde los jinetes estaban, y Hernando de Padilla, de Avila, capitán del duque de Medina Sidonia, pidió al general licencia para irle a estorbar el paso, y salióle con ella al encuentro, y mandó a los de su compañía que le dejasen ir solo. Salió así, blandeando su lanza contra Mostafá, desafiándole.

Juntóse con Mostafá otro turco en un caballo alazán con ricos vestidos y jaeces; pero no por eso dejó Hernando de Padilla de ir contra ellos. El turco que se juntó con Mostafá hizo señal para que otros que estaban en celada saliesen. Viendo los caballeros cristianos acometido de tantos a Padilla, salieron a socorrerlo. El primero que llegó fué don Alonso de la Cueva, valeroso caballero, y Juan Moreno, de Jerez, acudió a socorrer a su capitán; así fueron acudiendo tantos, que los turcos, sin pelear, se retiraron en salvo.

Rueda y Morales, españoles valientes. -Pundonores entre italianos y españoles.

Era grande el trabajo que en el campo se padecía con los continuos rebatos y malos reparos que, como había falta de gastadores, los soldados, y aun los caballeros, habían de tomar la azada, y la pala y espuerta, y de día no podían, por la artillería que siempre jugaban de la Goleta. De noche era lo más que se podía trabajar. Andaban en el campo muchos espías renegados, que no podían ser conocidos, que daban aviso de todo lo que en él había. También se pasaban otros de los enemigos, que avisaban de ellos, que no hay seguridad en los hombres.

Vinieron dos cautivos cristianos que dijeron al Emperador cómo Cachidiablo, capitán cosario de Barbarroja, quedaba en la Goleta con otros capitanes turcos y jenízaros y alguna gente de a caballo, y que en Almarza y Cartago se hacían fuertes para salir de allí a correr el campo. Proveyó el marqués del Vasto que la compañía de don Juan de Mendoza y de don Diego de Castilla y la de Juan Pérez Zambrana fuesen a reconocer, y echarlos si allí estuviesen. Hiciéronlo así con tanto trabajo y peligro, que en todo el camino no cesaron de escaramuzar con los alárabes caballos, cuya ligereza es muy mayor que la de los caballos españoles, y para sufrir más trabajo.

Quisieron señalarse Morales y el alférez Rueda, de la compañía de Francisco de la Chica, soldados animosos y amigos de honra. Morales, con sola su pica, salió de entre los escuadrones y metióse en los olivares, donde andaban los enemigos espesos. Siguióle Rueda con morrión, gola, brazales y jinetón en la mano, que ambos eran especiales amigos, y si bien fueron reprendidos y se les mandó que volviesen a la orden, no lo hicieron. Acometió Morales a un moro de a caballo que para él se venía, saliendo de entre unas paredes otros ocho de a caballo; y viendo Rueda los muchos que cercaban a su amigo Morales, arremetió a socorrerlo, y cerrando con un alárabe de a caballo, le hirió con el jinetón tan mal, que dió con él en tierra.

Andando los dos españoles solos contra tantos de a caballo, cargaron otros muchos de a pie y de a caballo con los alaridos en el cielo, con tanta polvareda que no se pudo ver lo que más hicieron, ni cómo murieron, aunque se supo cierto que allí los mataron, peleando como valientes, y en parte temerarios. No los socorrieron las tres compañías, por no salir de su orden, y porque no fuera acertado meterse entre paredes y olivares y los valladares muchos que por allí había.

Fueron más de diez mil de a caballo los enemigos que este día se mostraron, haciendo los ademanes y algazaras que suelen, y arremetiendo cuando veían la suya, que jamás pelean sino al seguro. Cortaron las cabezas a los dos soldados Morales y Rueda, y las llevaron por trofeo, que así lo hacían de todos los que mataban; y con la sangre untaban las moras al cabo de la toca y se alcoholaban los ojos, teniéndolo por acto religioso y santo que los limpiaba de sus pecados.

Duróles poco esta devoción, porque, como la guerra se alargó con tanto peligro y tan a su costa, tuvieron tanto que hacer en guardar sus cabezas, que ya no curaban de las ajenas. El sitio de la Goleta estaba en estos días muy adelante de gente italiana y soldados viejos españoles; cada nación en su cuartel, y con porfía de querer cada uno el puesto más peligroso; y sobre ello hubo palabras entre italianos y españoles, y desmandándose en hablar un italiano, el capitán Luis Quijada le dijo:

-El lugar ni pone esfuerzo ni quita virtud; la parte de los bestiones que el general nos señaló, ésa tomamos, y trabajaremos de defenderla, porque por nosotros no ha de perder España el nombre que por sus vitorias tiene. No venimos a trabar pendencias con los amigos, sino a ayudarlos hasta morir contra los enemigos; si los teméis y codiciáis este lugar, tomadle y dadnos el vuestro, que en todas partes entiendo que habrá ocasión de mostrar cada uno qué manos tiene.

Con esta prudente respuesta quedaron los italianos contentos.

Albaneses en el campo. -Gente que había en el campo. -Desacato de los tudescos. -Peligro en que se vió el Emperador.

A 21 de junio llegó al campo una compañía de caballos albaneses, que llamaban capeletes por unos sombreros altos que traían. Era su capitán Lázaro Seriaco. No pasaban estas lanzas de cuarenta; mas ya que pocas, mostraron tanto valor, que hicieron por muchos, y hubo que ver y que loar en ellos. Es gente acostumbrada a pelear denodadamente. Son albaneses de su naturaleza, y la lengua que hablan es griega; traen lanza y ristre de armas, con maza de hierro; arman el cuerpo con coselete de enristre y brazales; la cabeza, descubierta. Algunos traen cotas de malla.

Era cosa notable ver un ejército de tantas y tan diferentes gentes, y tan conformes, que no hubo desmán ni pendencia de consideración entre ellos. Hallábanse en campo imperial veinte y seis mil soldados de paga, según la lista de los capitanes: dos mil hombres de armas, y caballos ligeros españoles, italianos, y muchos hidalgos caballeros portugueses que compraron caballos y sirvieron a su costa en esta guerra. No se supo el número de los aventureros de a pie. Los que más sabían de guerra decían que, sin los que llevaban paga, se podían sacar diez y seis mil hombres bastantes para tomar armas. De los mercaderes y tratantes era grande el número. Había, además de éstos, muchos hombres de mar, que a necesidad se podían armar, más de diez mil buenos para tierra y diestros en el agua. Por manera que eran más de cincuenta y cuatro mil hombres los que el Emperador tuvo sobre Túnez, contando los que usaron las armas y los que podían a necesidad pelear, y todos tan conformes, como digo. Solos los tudescos, por ser de suyo gente brava y poco sujeta, y más cuando no hay falta de vino, se atrevieron mal algunas veces. Dieron saco a unas vacas y carneros, que para el Emperador se guardaban en unas bóvedas y ruinas de la antigua Cartago; hirieron las guardas y maltrataron algunos criados del César, con tanta demasía, que casi alborotaron el campo. Fueron presos los principales y condenados a cortar las cabezas. Ejecutóse la sentencia en solos dos, los más culpados.

Y con esta misma gente se vió un día el Emperador en peligro, porque mandándolos recoger a su escuadrón, no queriendo obedecer uno, tocóle el Emperador con el cuento de la lanza. El tudesco, furioso, hincó la rodilla y encaró contra él su arcabuz. El Emperador reparó su caballo, cerró con él el marqués del Vasto, y prendiólo, y luego le justiciaron; aunque se entendió que el tudesco estaba tomado del vino o que no conoció al Emperador.

En este mesmo día 21 de junio tuvieron las galeras aviso que venían navíos de remo. Descubriéronlos de lejos las atalayas de mar; sabíase asimesmo que los esperaba Barbarroja, que habían de venir de Alejandría. Las quince galeras que eran de guardia se pusieron en una punta encubiertas. Estando allí, llegó una galeota en que venía el conde de Brelo, de Sicilia, barón de la Figuera, y con él muchos gentileshombres en nueve fustas y bergantines de quince bancos bien artillados. Eran estos navíos de personas particulares, y entró con ellos la carraca grande de la religión de San Juan con mucha artillería y con quinientos hombres de guerra, sin los marineros y oficiales. Vinieron más otras naos vizcaínas.

Este día se pasaron al campo dos renegados de la Goleta, a los cuales se preguntó por qué jugaban los turcos el artillería cada mañana, y en entrando el día cesaban de tirar. El uno dijo: que acabada la oración, que conforme su Alcorán era a aquella hora, pareciéndoles que hacían gran servicio a Dios, procuraban la muerte de sus enemigos; el otro dijo: que tiraban con la fría de la mañana y no después, porque con el calor del sol y del fuego, no se escalentasen los cañones y reventasen.

En la tarde de este día asomó por el campo un escuadrón de alárabes y moros de a caballo; pensaron que era el rey de Túnez o sus embajadores. El marqués de Astorga dijo que para embajadores eran muchos y para pelear pocos. Dos horas antes que el sol se pusiese, los moros pusieron sus celadas y echaron corredores para escaramuzar, y mandaron que las compañías de jinetes que estaban de guardia saliesen a descubrir el campo. Cargaron sobre ellos los moros, y salieron dos escuadrones de soldados a socorrerlos, en tiempo que no recibieron daño, y los enemigos se retiraron.

Andaba don Juan de la Cueva, por mandado del Emperador, a recoger los que se desmandaban, sobre el cual cargaron gran parte de los moros y alárabes que estaban emboscados en los olivares. Acercóseles uno atrevidamente, y don Juan le alcanzó con un golpe de la lanza, que dió con él en tierra, y le acabó de matar un soldado de los que fuera del escuadrón andaban. Quedó herido don Juan, pero sin peligro. Uno de los que salieron a caballo de entre los olivares era renegado, natural de Guadalajara. Este, en lengua castellana, decía mil desmesuras contra los soldados que iban en ordenanza, haciendo escarnio de ellos. No lo pudo sufrir un soldado de la compañía de Cisneros, natural asimesmo de Guadalajara, y de un mismo barrio, y que se habían conocido: alzada la pica se fué contra el renegado, y el renegado a él, y llegando le hirió en el rostro, con que el soldado cristiano tomó más coraje y dióle un golpe de pica en el encuentro de la espalda, que lo derribó y mató; que es fácil con cualquier golpe echar a éstos del caballo, porque cabalgan corto y usan sillas muy pequeñas.

Faltan bastimentos en el campo. -Competencia entre castellanos y andaluces. -Dicho discreto de don Pedro de Guzmán. -El capitán Pedro Juárez. -Dicho del marqués del Vasto.

Eran continuas las escaramuzas: que unos salían de la Goleta, otros de las ruinas de Cartago, donde la tierra, por su disposición, da ocasión para ellas, por haber muchos olivares, montes y valles, aunque no ásperos ni grandes. Acometían por allí, porque venían más encubiertos y seguros a la punta del olivar, que tocaba al estaño, y era más cerca de la Goleta. Tenían reparos para guarecerse del artillería, y lugar para recogerse y acometer. Había en todas partes guardia de noche y de día. Acabaron este día de sacar de las naos toda la artillería con que se había de batir la Goleta.

Había en el campo bastante provisión de vino, pero de todo lo demás falta, y así se encarecieron grandemente los bastimentos. Llegó a valer una gallina dos ducados, y de ordinario, uno; una vaca pequeña, diez; un carnero flaco y malo, cuatro; pan fresco, ninguno, sino que se valían del bizcocho de los navíos; daban tocino y cecina. Hubo día que los huevos se vendieron por un real. De aquí resultaron diversas enfermedades entre los soldados y gente pobre, por las malas comidas y peores aguas que bebían, y del continuo trabajo que sufrían. Cocían las ollas los caballeros y señores de caudal en unos hornillos de cobre que hicieron en Barcelona, y con el mismo fuego les cocían el pan. El Emperador acudía a visitar los enfermos y heridos, y mandaba se tuviese gran cuenta con ellos.

Como las escaramuzas eran unas veces con italianos, otras con españoles, y de los españoles unos eran castellanos y otros andaluces, y según les iba así se juzgaba de ellos, comenzó la emulación o competencia sobre si los castellanos o andaluces eran más animosos y mejores soldados. Don Pedro de Guzmán (en esta historia nombrado), por ser tan discreto como valiente, dijo que el nacer en Castilla o en el Andalucía, no hacía al hombre valiente, sino la vergüenza y estimación de la honra y fama perpetua, que valen y pueden más que la vida, y son tres cosas que han hecho los hombres más valientes del mundo.

En 22 de junio se trabó una reñida escaramuza. Serían entre moros y alárabes de a pie y a caballo cinco mil, y otros muchos emboscados en los valladares y olivares, como siempre lo hicieron. Era capitán de los que se habían descubierto Bali; y otro renegado de Málaga, llamado Mami, se mostró en todas estas escaramuzas muy atrevido, y defendía un paso de la otra banda de Rada con ocho piezas de artillería y gente bien armada, para estorbar el paso y quitar el agua a los cristianos, de un río que se dice Algecira, que corre entre jaloque y mediodía, que importaba al ejército, porque cavando se hallaba brevemente; era mala y corrompíase luego, y mataba poco la sed, y aun relajaba los vientres; de manera que los que las bebían padecieron flujos de ellos. Los que más bravos se mostraban eran los turcos, peleando como valientes y sin perdonar la vida a alguno que tomaban.

Sucedió en este día que habiendo el capitán Pedro Juárez blasonado en la tienda del comendador mayor de León y hablado más de lo justo de sus valentías, y que haría otro día (que fué éste), después de esta plática, encontró con don Alonso de la Cueva, que fué uno de los que se hallaron presentes cuando Pedro Juárez hizo aquellas bravatas, y díjole: «Capitán, agora es tiempo que hagáis lo que ayer decíades.» Estaban moros a caballo no a tiro de ballesta; respondió Juárez: «Quiero que veáis que si hablé ayer, que obro hoy, y que digáis a su tiempo, que sí dije, que hice.» Luego dió de espuelas al caballo, y al galope fué contra los enemigos. Don Alonso de la Cueva, viéndole ir tan determinado, le dijo a voces que se tornase, que él estaba muy satisfecho de su buen ánimo y valentía. No curó Juárez de volver, sino, como digo, fué a embestir los enemigos. Viendo don Alonso ir a Pedro Juárez con determinación tan peligrosa y aun desesperada, dijo a Andrés Ponce de León, caballero de Córdoba, y a otro que con ellos estaba: «Afrenta nuestra sería si dejásemos que en nuestra presencia matasen a este hombre.» Serían sesenta los de a caballo, y de ellos se adelantaron cuatro contra el Pedro Juárez; comenzaron a escaramuzar, defendiéndose y ofendiendo Pedro Juárez, y hirió malamente al uno; pero queriendo revolver sobre otro, errando el golpe tomó la lanza sobre el brazo y cargando mucho sobre un lado, la cincha del caballo iba floja, y con la fuerza que hizo, él y la silla vinieron al suelo. Los tres caballeros que fueron a socorrerlo llegaron a tiempo, que con su ayuda pudo levantarse y aun salvarse. Tres veces le sacaron de la escaramuza y él porfió de volver a ella; habiendo perdido el caballo, cargaron los moros sobre él y le hirieron tan mal, que ya que los soldados lo sacaron de sus manos, expiró allí en el campo, y don Alonso, por socorrerlo, se vió en peligro y perdió el caballo, que le mataron los enemigos, y le valió mucho el socorro que le hizo Garcilaso de la Vega y de Guzmán, caballero de Toledo, excelente poeta. Salió herido en el rostro y brazo, pero sin peligro. Otros soldados y caballeros se señalaron.

No era por esta parte bien acabada la escaramuza, cuando se tocó al arma en los acuedutos de Cartago, y se revolvieron tanto, que murieron cinco cristianos y otros fueron heridos. De los moros murieron más, y calentóse tanto la cólera, que llegaron a poner mano a las espadas, y los moros y turcos a sus alfanjes y cimitarras, que por sólo los vestidos, los que estaban apartados los conocían.

El marqués del Vasto subió en un caballo y corrió a recoger la gente. Apretáronle tanto los alárabes, que dejando el sombrero con una medalla en su poder, escapó por los buenos pies del caballo. Díjole un italiano que mirase por sí y se guardase. Respondió el marqués: «Eso podrá hacer uno solo, y podéislo vos hacer, mas al general pertenece el guardar a todos más que a sí.»

Los turcos de la Goleta acometen a los italianos. -Muestra que hizo el Emperador de su campo. -Conde de Olivares.

A 23 de junio, martes, trabajaron toda aquella noche los soldados en la obra y fortificación de los reparos y bestiones. Uno tocaba a los españoles y otro a seis compañías de italianos; siendo, pues, acabado el uno, donde estaba el conde de Sarno, las banderas viejas y italianos hicieron toda la noche guardia, hasta que del todo fué hecho, y los españoles se recogieron a su cuartel, que tenían más atrás. Los turcos de la Goleta (donde habían pasado de seis mil escogidos) salieron a reconocer lo que la obra se había adelantado, y a las ocho de la mañana, estando los italianos descansando y dormiendo, que lo habían bien menester por el trabajo de la noche pasada, mil turcos y ochenta de a caballo, y por capitán Salac, un valiente cosario, los acometieron con tanto ímpetu y furor, que sin poder los italianos tomar las armas ni juntarse, volvió las espaldas una compañía de Jacome Corzo, que en Roma se había hecho, y tan ciegos de temor, que ni el capitán ni los suyos tuvieron orden en se retirar, ni los demás que con ellos estaban, sino que ciegamente huyeron.

Fueron luego muertos cuarenta soldados que se hallaron dentro de un bestión. Demás de los cuarenta muertos, fueron heridos peligrosamente más de sesenta. El conde de Sarno, coronel de mil y docientos soldados italianos con que guardaba este puesto valerosamente, recogió los que pudo y volvió sobre los turcos, y cobró el bestión que habían perdido y, enojado, salió fuera de sus reparos tras los turcos, siguiendo los que huían (aunque fingidamente, por sacarlos de sus reparos), hasta que los turcos, viendo que eran pocos los italianos y que estaban bien apartados, revolvieron sobre ellos, hasta hacerlos tornar dentro de sus trincheas.

En esta retirada fué muerto el conde de Sarno, y a su lado un sobrino suyo y otros gentileshombres napolitanos y buenos soldados. Culparon algunos al conde, por haber sacado su gente fuera del bestión y no héchose fuerte en él, cuando vió venir los enemigos. Otros dijeron que los soldados, deseosos de pelear, pasaron contra su voluntad el bestión. Murieron el capitán César y otros capitanes de esta coronelía, y dos alféreces antiguos en la guerra. De los turcos murieron hasta treinta, entre ellos el alcaide Amica de Cuza, renegado, que primero se llamó Francisco de Espinar, natural de tierra de Segovia, que en diversos tiempos se volvió dos veces turco. Había entrado el día antes en la Goleta con muchos de a caballo y dicho con gran soberbia y loca arrogancia que antes de tres días, echados los cristianos de allí, había de poner sus pies donde el Emperador tenía su tienda.

Hallóse, con este alcaide, Jafet, que había venido de Argel a Túnez en una galeota con oro, y plata, y dineros, sedas y brocados para pagar la gente de Barbarroja. Fué herido de un picazo Muza Arizo, arráez de la Goleta, y de la herida murió de allí a poco. Traían los turcos dos banderas y ganaron una de un alférez italiano que murió por defenderla; y sucedió que, por quitarla un soldado al jenízaro que la llevaba, le partió la cabeza, mas si bien el turco fué herido de muerte, pasó, con todo, los bestiones con ella, y la entregó a los suyos, muriendo luego allí. Esta colgaron en la Goleta hacia bajo, disparando la artillería por mofa.

En este rebato salió Andrea Doria y fué a pedir a los soldados viejos españoles que saliesen a socorrer a los italianos. El Emperador estaba en su tienda, cuando sintió dar al arma, y por no esperar que le trajesen un caballo de los suyos, tomó el de Alvar Gómez Zagal, y con una adarga y lanza vino solo al galope del caballo en socorro de los suyos; pero si bien se dió priesa, no pudo llegar a tiempo para remediar el daño. Los españoles de Italia acudieron cuando los turcos ya se retiraban, y pelearon con ellos, aunque no los esperaron, porque vieron todo el campo puesto en armas. Salieron heridos de flechazos algunos españoles y el capitán Domingo de Riarán. De la Goleta disparaban la artillería, y una bala de más de sesenta libras de hierro colado dió en un cenagal de agua; salpicó la persona y caballo del Emperador el cieno y agua que con el golpe saltó.

Antes que el César de allí partiese, mandó que de los soldados viejos españoles entrasen donde los italianos habían salido, y otro día, que fué a 24 de junio, entraron siete compañías de ellos. La compañía del conde muerto se dió a Bautista de Sango el mayor, y la gente se repartió entre los dos hermanos.

Quedaron con gran lozanía los de la Goleta después de este salto; tanto, que a menudo daban arma y acometían más de lo que solían. Molestaban el campo imperial con un tiro grueso, aunque nunca mató hombre. Acaecía dar la bala en medio del escuadrón y no hacer mal a persona; sólo mató un caballo de don Rodrigo de Mendoza, que estaba atado a una estaca. Con todo, entendieron que había peligro, y súpose ser la causa que un francés, artillero de Andrea Doria, había huído de la galera por enojo que hubo con el cómitre, y se tornó turco en la Goleta, el cual puso la artillería, y la asestó de manera que podía hacer mucho daño en el campo. El francés renegado pagó su pecado, que cuando se tomó la Goleta fué preso en ella, y los soldados le dieron la muerte que merecía.

Vino un escuadrón de moros acabado el rebato de la Goleta, por la parte de los olivares, contra el cual salieron los jinetes bisoños españoles, que estaban en guardia junto al estaño. El Emperador acudió armado cuerpo y brazos, miró cómo andaban trabados, no escaramuzó porque no fué menester, y volviéndose para su tienda dió otra bala junto a él, que, aunque no hizo daño, dió cuidado a los que lo vieron, conociendo el peligro en que este día estuvo el César por querer acudir a todo como un ordinario capitán. Tornaron la noche siguiente a salir turcos de la Goleta, los soldados arcabuceros escaramuzaron con ellos en el fondo del bestión, y les tiraban con una culebrina y dos sacres, con que los enemigos recibieron mayor daño que hicieron. Levantaron al costado del bestión otro reparo para dar socorro los unos a los otros, sin que les pudiesen tirar en descubierto de la Goleta, y pusiéronse allí cuatro compañías de españoles.

Fué esta noche vigilia de San Juan Bautista, la cual solemnizaron los turcos con grandísima música de trompetas y otras flautas, y dispararon la artillería en las galeras que tenían en el agua y en la Goleta. El Emperador hizo muestra general de todo su campo, con tanta ostentación y grandeza, que los turcos y moros cautivos que lo vieron, quedaron pasmados; y preguntándole a uno qué le había parecido, dijo: «Este ejército es como el dinero del avariento.» Y declarándose, dijo: «Si con esta gente y armas quisiese el Emperador aventurándolo y no guardándolo tanto, se haría señor del mundo.»

Salió el César de su tienda, y a su lado, el infante don Luis de Portugal (que nunca del lado del César se apartó). Hízosele una gran salva, disparando tres veces los arcabuces, ordenándose el escuadrón del Emperador, que sólo había de ser de señores de título, y por no tenerle don Pedro de Guzmán, hermano del duque de Medina Sidonia, caballero bien nombrado en esta historia por los hechos que con lealtad hizo desde su juventud en servicio del Emperador, porque caballero tan señalado de todas maneras no quedase fuera del escuadrón, Su Majestad le dió el título de conde de Olivares, como hoy día lo tiene su hijo don Enrique. Quiso el César hacer esta muestra por saber la gente y armas que tenía, y porque las espías que había en el campo pudiesen decir a Barbarroja el poder que para deshacerle había también; porque Muley Hazem, rey de Túnez despojado, que decían estaba cerca, supiese el favor que tenía de su parte.

No estaba solo Barbarroja, que como se supo por relaciones de un escribano cautivo que le servía de secretario, demás de los seis mil escogidos que estaban en la Goleta, tenía en el alcazaba de Túnez tres mil; en otros pueblos tenía muchos turcos como en presidios, para asegurarse más de la tierra. De alárabes, moros y bárbaros se mostró en el campo con cien mil infantes y treinta mil caballos. Tenía buen número de jenízaros y renegados valerosos, por manera que su poder era grande.

Pasada esta rota del conde de Sarno, el Emperador dió la vuelta por el campo, dos horas antes que anocheciese, apercibiendo a los soldados que cenasen luego, y que estuviesen a punto para cuando los llamasen. En anocheciendo entraron dos mil hombres soldados y gastadores para cavar y hacer el asiento de la artillería con que se había de batir la Goleta. Asistían en la obra de los bestiones y reparos los ingenieros Juan María y Ferramoli, y éste dicen que sabía más que Juan María, aunque no fué tan favorecido como el otro del marqués del Vasto, hasta que vino al campo Hernando de Alarcón, de quien era bien conocido Ferramoli. Luego Andrea Doria entró con sus galeras y galeón, y con el de Portugal, la vuelta de la Goleta, haciendo el daño que pudieron en los turcos que allí estaban.

24 de junio, acometen los turcos de la Goleta al cuartel de los españoles. -Mueren como valientes el capitán Méndez y alférez Lara. -Hernando de Alarcón llega al campo imperial.

Quedaron lozanos los turcos de la Goleta con la vitoria que a su parecer hubieron de los italianos. Enviaron la cabeza y mano derecha del conde de Sarno a Barbarroja, para que se alegrase con ella. Hallándose soberbios por el buen suceso pasado, otro día que fué a 24 de junio, fiesta del glorioso San Juan, quisieron tentar a los españoles, que el Emperador había puesto en el bestión de los italianos y en los demás reparos contra la Goleta, los cuales eran los capitanes Alvaro de Grado, Luis Méndez de Sotomayor, Francisco Sarmiento Lezcano, el conde de Novelera, Luis Pizaño, con sus compañías, para que cavasen en los reparos y fortificaciones, que la falta grande que en el campo había de gastadores obligaba que los soldados y aun los capitanes y caballeros hiciesen esto. Antes que amaneciese, más temprano que acometieron al conde de Sarno, salieron de la Goleta en dos escuadrones, uno de mil hombres que venía de vanguardia, y otro de dos mil. Las centinelas del campo imperial los sintieron y dieron alarma, y como los turcos vieron que eran sentidos, retiráronse.

No viendo gente cesó el arma, y en el campo y bestiones entendieron que había sido engaño de las centinelas, y con ello fué mayor el descuido y el sueño profundo. Acometieron quinientos turcos escogidos de a pie y de retaguardia, treinta caballos y otros cien infantes que entraron por el agua del estaño, que les daba a los pechos. Dieron sobre el cuartel de Francisco Sarmiento cuando cansados de trabajar toda la noche dormían sin tal cuidado a su sueño suelto, y sin armas. Los españoles acudieron luego a las armas revolviendo sobre los turcos con buen denuedo. El capitán Luis Méndez, si bien cargado de carnes, con espada y rodela se metió entre los turcos; fueron tantos contra él, que le hicieron pedazos, y lo que se notó, que las muchas heridas que le dieron fueron en la cara, pechos y piernas, y ninguna en las espaldas. Cayó junto a él Sebastián de Lara, alférez de Alvaro de Grado, y muy valiente. Murieron Juan Zambrano y Villena, naturales de Guadalajara, y Alonso Liñán, caballero aragonés, hijo del señor de Cetina. Perdióse una bandera de Francisco Sarmiento, que, hecha pedazos, llevaron los turcos. Salieron heridos Alvaro de Grado y Luis Pizaño, escogidos capitanes. Donde fué la resistencia murieron cuarenta y nueve soldados, sin los que cayeron en el alcance. Mataron una mujer que hallaron con su amigo. Fueron los heridos más de ciento y cincuenta. Socorrieron con sus compañías el capitán Jaén, y otros capitanes y gentileshombres españoles; el capitán Lázaro con sus capeletes albaneses entró a caballo, y peleó bien y matáronle un capelete.

Los turcos se retiraron, como vieron el socorro que cargaba, y los españoles los fueron siguiendo hasta la Goleta con tanta furia y ciegamente, que algunos entraron a vueltas con los turcos por la puerta del estaño entre el agua y los reparos dentro en la plaza, y dicen que si los hubieran seguido otros, y llevaran escalas, se ganara la Goleta.

Murieron los que entraron en la plaza, y en los que se retiraron hizo gran daño la artillería de la Goleta, que de los balazos de ella salieron heridos más de trecientos. De los turcos se hallaron muertos en aquellos arenales hasta ochenta.

Los capitanes turcos, considerando el peligro de aquel día, hicieron la noche siguiente un reparo de remos de galeras hincados en tierra, desde el cabo de sus reparos hasta entrar en el estaño, con sus traveses y defensas, de manera que quedaban asegurados de aquella parte por donde los españoles habían entrado el día antes.

El Emperador, para mayor defensa del bestión y baluartes, proveyó que las compañías de Rodrigo de Ripalda y de Luis de Alcocer, y la de Polus Borgoñón fuesen al bestión donde había sido el encuentro, y allí estuvieron este día todo, sin que sucediese otra cosa notable, más de unas asomadas de los alárabes, y escaramuzas de pocas personas, como las hubo cada día entre los valientes que se quisieron mostrar y señalar.

Asimesmo salió del consejo de guerra, que en los reparos estuviesen dos mil alemanes en compañía de los españoles, porque como el campo estaba muy derramado no podían ser tan presto socorridos en los acontecimientos y asaltos que atrevidamente hacían los turcos de la Goleta. Dieron la compañía de Luis Méndez al capitán Morales, y al capitán Maldonado, alférez que fué del capitán Alarcón, le dieron otra bandera, para que recogiese la gente que andaba fuera de ella, echándose bando, so pena de la vida, que ninguno anduviese sin seguir cierta bandera.

Viernes 25 de junio, ya que amanecía, tocaron al arma en el campo cuando los turcos llegaban a la trinchea, y pelearon con ellos muriendo de todos, pero muchos más de los enemigos. Un varón santo, llamado fray Buenaventura, legado apostólico, con otros diez frailes menores animaban a los cristianos, yendo con una cruz delante de los escuadrones, exhortando y animando, y absolviendo a los que morían, y si bien los tiros de balas y saetas eran espesos, ninguno hirió a los religiosos. Veíanse heviar de la Goleta barcadas de turcos heridos a curar a Túnez. También de parte de los cristianos eran tantos, que no bastaban los cirujanos, ni había donde los poner. De suerte que de ambas partes se derramaba harta sangre. En este día llegó al campo Hernando de Alarcón, que por sus grandes méritos se llamó el señor Alarcón, y tuvo otras excelencias de singular capitán, cuerdo y atentado. Trujo cuatro galeras, tres de Sicilia y una de Nápoles, una galeota y un bergantín. Vinieron con él don Pedro González de Mendoza su yerno, y sobrino del duque del Infantado, y don Fadrique de Toledo, hijo primogénito del marqués de Villafranca; don Francisco de Toledo, caballero de Alcántara; don Jerónimo Jarque; el obispo de Bitonto, y otros muchos gentileshombres sicilianos y napolitanos, señaladamente don Hernando de Gonzaga. Trujeron muy buen refresco y municiones, y alguna gente de guerra.

Vinieron asimesmo otras naves de España con gente y provisiones, que eran bien menester. El Emperador holgó mucho con la venida del marqués Hernando de Alarcón, y le echó los brazos, diciéndole con rostro alegre y amoroso: «Seáis bien venido, padre mío.» Y en besando sus manos, Alarcón salió luego a ver el orden del campo; y porque le pareció que estaba derramado, hízole recoger y juntar, reduciendo el ejército a disciplina militar. Estorbó las escaramuzas. Hizo salir de un navío al ingeniero Ferramoli, para guiarse por su parecer. Mandóle que entendiese en el bestión de los españoles. Encargó a Juan María el de los italianos. Sacaron de diez en diez, de las naos y galeras ochocientos hombres, con lo cual alargaron los bestiones docientos pasos más adelante, y los reforzaron con traveses y defensas, según era necesario contra tan belicosos enemigos. Metieron más número de soldados y gastadores a cavar, y así, cada día iban cavando y acercándose a la Goleta, poniendo espanto y temor en los cercados; de suerte que decían que el bestión de los cristianos caminaba como culebra. Pusieron otras diez compañías de españoles para guardia.

Luego que Ferramoli acabó este bestión, comenzó a obrar otro tan adelante, que la punta de él llegó a la parte de la marina a juntarse con sus galeras; éste hacía con caballeros y traveses para batir a un cabo y otro.

Quitóse en el campo de salir a escaramuzar, y el Emperador se enojaba mucho si alguno salía. Y fué un prudente consejo que dió Hernando de Alarcón, porque las escaramuzas hacen diestro al enemigo y le quitan el temor. Si bien los italianos, por la emulación que ordinariamente hay entre las naciones, reían y mofaban de los jinetes españoles, cuando veían que los alárabes y moros llegaban cerca a pelear, y los desafiaban, y ellos se estaban quedos, no por temor de los enemigos, sino por guardar lo que se les había mandado, y no enojar al Emperador.

Este día llegaron a la armada dos navíos que se habían dado por perdidos. Venían en ellos la compañía de don Felipe Cervellón, y la de Bocanegra, y la de Jaén. A don Felipe hicieron maese del campo de doce banderas de bisoños. Llegó asimesmo el duque de Terranova, que entonces era marqués, en una galera suya, acompañado de muchos nobles.

Acometimiento bravo que Barbarroja hizo. -Peligro en que se pone el marqués de Mondéjar. -Sancho Bravo de Laguna. -Un valiente turco. -El marqués de Mondéjar se ve en peligro de muerte. -Sangre y muertes que hubo. -Mueren Valdivia, Juan de Benavides y otros. -Sale el Emperador en favor de los suyos. -Pónese el César en lo más peligroso. -Caballeros que hoy se mostraron valientes. -Notable grandeza y lealtad de ánimo del Emperador. -Embusteros y hechicerías entre moros. -Tempestad de mar y tierra.

Sábado 26 de junio, fué un día terrible, en que se derramó harta sangre. Consideraba Barbarroja el peligro que como capitán experimentado conocía de esta guerra, viendo cada día apretar más la Goleta, donde él tenía toda su confianza; y por intentarlo todo, concertó con los suyos de acometer a los cristianos por todas partes, y todo a un mismo tiempo, pensando poderlos así desordenar y romper.

Envió todos los alárabes con la caballería de Túnez y con algunos turcos y mucha infantería, por la vía de los olivares, que por descuido de no los cortar y arrasar el campo los cristianos, costaron mucha sangre. Llevaron los enemigos algunas piezas de campaña ligeras, y otras pequeñas que en barcas fueron por la laguna. Mandó que los de la Goleta saliesen y acometiesen por aquella parte, dando todos a una sobre los imperiales.

Tuvo aviso el Emperador de la determinación del enemigo, y puso en arma su campo la noche antes, y acercólo más a la Goleta, que era la parte por donde se podía temer mayor daño, por ser muchos y bravos los que allí estaban. Lo cual visto por los de dentro estuvieron quedos, jugando sin cesar su artillería.

Venido el día, y pasado algunas horas de él, visto por el Emperador que los enemigos estaban quedos, comenzó poco a poco a retirar sus escuadrones para que la gente reposase. Apenas comenzaba la caballería a descansar, cuando los alárabes y moros con su artillería se descubrieron, que habían estado muy callando emboscados en los olivares. Comenzaron a tirar a los escuadrones de la infantería, que se volvían a las tiendas, y lo mesmo hacían las barcas del estaño, y principalmente tiraban a la tienda del Emperador, que por ser grande y armada en lugar eminente, y porque debían de saber cuya era, la asestaban. Mataron cerca de ella a su armero mayor.

Salió el alcaide de Hali con mucha gente, infantes y caballos a escaramuzar, porque el no haberles mostrado hasta entonces el rostro valerosamente, los hacía no sólo atrevidos, mas temerarios; por lo cual pareció al Emperador que ya no se sufría disimularles tanta insolencia, y tocando el arma reciamente, y puesto en un punto el ejército en orden, doblando la guardia hacia la Goleta mandó al marqués de Mondéjar que con docientos y cincuenta jinetes españoles, y otros tantos arcabuceros a las ancas, fuesen a ganar la artillería que los moros tenían en los olivares. Era la empresa ardua, porque los enemigos eran sin comparación en mayor número; había entre ellos turcos y jenízaros, que son valientes y gente que siente honra. Demás de esto, el lugar era áspero, con vallados, tapias y muchas viñas, que ni se podía correr, ni reconocer al enemigo, sino que detrás de las tapias y calzadas estaban los arcabuceros que tiraban a puntería, y, sobre todo, había nueva que eran más los enemigos encubiertos que 1os descubiertos.

Ninguno de estos peligros espantó al marqués. Considerándolo el Emperador, mandó que en retaguardia del marqués fuesen seis mil infantes en dos escuadrones, dos mil de cada nación, y todos mezclados. Hizo, demás de esto, que marchase poco a poco el resto del campo, y que se acercasen a los enemigos, para que viesen el orden y manera que tenían moros y alárabes y perdiesen el miedo de tan malas cataduras, hábito, gritos y ímpetu.

El marqués de Mondéjar caminó con su gente a dar en la artillería. Apeáronse antes de tiempo los arcabuceros, y los jinetes arremetieron sin orden, y fué el primero don Juan de Villarruel. Mucha de la gente de a caballo se apartó del marqués, y le dejaron casi solo, porque como cargaban tantos enemigos, gran parte de los jinetes echaron la vuelta del lago, y el marqués porfió en ir a los olivares, donde era mayor el peligro. Seguíanle Pedro de Godoy, sin su estandarte; el capitán Hernando de Padilla y Gaspar Muñoz, su alférez, con el estandarte; y hasta nueve lanzas de la compañía. Asimesmo Sancho Bravo de Laguna, caballero del hábito de Alcántara, en esta historia nombrado; Luis de Zayas de Ecija, y Juan de Rivadeneira, natural de Málaga, y otros caballeros de honra y ánimo. El marqués, con estos caballeros y con los arcabuceros, desbarató la gente de a pie que estaba en los olivares, los cuales, escapando de aquí, daban en los que andaban peleando y matando a la parte del estaño.

El alférez Gaspar Muñoz metió tan adentro el pendón del duque de Medina Sidonia, que obligó a algunos a más de lo que bastaban sus fuerzas. Serían hasta treinta de a caballo los que iban con el marqués; los demás siguieron el otro camino. Los moros de los olivares se pusieron en huída, todos gente de pie. Los jinetes andaban junto al estaño, y si echaban huyendo a aquella parte, íbales mal; así se ascondían tras las paredes y valladares de las viñas, metíanse debajo de los árboles y entre las cepas y sarmientos por salvar las vidas. No hubo soldado ni jinete que no matase los que quisiese, muriendo los bárbaros vil y cobardemente.

Un turco se mostró por extremo valiente, porque peleando a pie contra un jinete de Hernando de Padilla, daba con solo su alfanje tanto en que entender al jinete, que viéndolo Padilla hubo de ir a socorrerlo. Cuando el turco lo vió venir, dejó a su contrario; y volvióse contra el capitán, y baraustóle la lanza, y entrósele tanto, que pudo con el alfanje herirle en la mano, y hendérsela hasta la canilla.

El capitán era valeroso, y viendo el enemigo que tenía encendido en rabia, le apretaba si bien herido; el turco volvió a entrársele con tanta ligereza que le alcanzó a dar una gran cuchillada con el alfanje en el muslo, que por ser con los tercios primeros dió gran golpe en medio, y cuchillada. Acometiéronle otros jinetes y defendíase de ellos valerosamente.

Quiso el alférez Muñoz vengar la herida de su capitán, y tomando la bandera en la mano izquierda arrancó la espada, y apretando las piernas al caballo cerró con el turco. El turco diestramente le hurtó el cuerpo, y al pasar hirió un poco al caballo en la cadera. Revolvió sobre el alférez, y el turco le alcanzó otro golpe en la asta de la bandera. El alférez se afirmó sobre los estribos y dió tan gran cuchillada al turco en la cabeza que se la partió, y dió con él muerto en tierra.

Hiciéronse cosas señaladas este día entre moros y cristianos. El marqués de Mondéjar, valiente y animoso, se metía en los mayores peligros, y como llevaba un sayo vaquero de terciopelo verde y tela de oro, siendo conocido por persona principal, cargaban muchos enemigos sobre él. Había renegados españoles y moros ladinos que le conocieron, oyendo principalmente a Gaspar Muñoz, que a grandesvoces le decía: «No dé lugar vuestra señoría a retirarse, que será ocasión de que en los suyos haya flaqueza, y los enemigos tomen ánimo.» Esto dijo Gaspar Muñoz en ocasión que los alárabes y moros eran infinitos, y no era posible, sin evidente peligro, resistirlos; y así, el marqués comenzó a retirarse, que ya no era posible otra cosa.

Y queriendo pasar adelante dió en un vallado, donde cargaron sobre él, dándole de un cabo y de otro con lanzas y cimitarras, y alfanjes. El marqués se defendía solo de tantos enemigos. Echaron de ver los jinetes el peligro en que su general estaba, y determinaron de morir o sacarlo de él. Llamábanse a voces unos a otros, diciendo: «Ea, señores, que matan al marqués, socorramos, que matan a nuestro general.»

El alcaide Zesán, capitán de jenízaros, cerrando con el marqués, le sacó la espada de las correas (peleaba el marqués con lanza y adarga), sin le dar lugar de poder echar mano a su espada. Valiéronle al marqués sus jinetes, y uno de ellos, llamado Torres, cobró la espada, matando al turco que la llevaba. Mataron al marqués el caballo, y diéronle una lanzada que le pasó las corazas y hirió muy mal, aunque con muy buena gana de pelear y vengarse; pero desangrábase tanto, que lo hubo de dejar y retirarse.

Cuentan de otra manera este peligro y herida del marqués; dicen que mató por su mano a Ceci, renegado, secretario general de la caballería de Barbarroja, y que embarazado con la muerte de este enemigo, le dieron una lanzada de través que le pasó los lomos, aunque sin peligro. Murió Luis de Zayas por ayudar y librar al marqués. Llevaron las narices a Francisco Gaitán, que peleó varonilmente. Murieron otros, y fueron heridos muchos.

Estando en este aprieto llegó a socorrerlos don Juan de Mendoza, capitán de infantería; entró por los olivares matando a muchos enemigos.

A la parte del estaño se atacó fuertemente la escaramuza, y queriendo mostrarse Valdivia, hidalgo natural de Andújar, yendo corriendo a rienda suelta, cayó el caballo con él. Dijéronle sus amigos (tomando por mal agüero caer el caballo) que se volviese. El no quiso; metióse entre los enemigos hiriendo y matando, mas como sólo se tomó con muchos, pagó con la vida la pena de su temeridad.

También murió Juan de Benavides, nieto del conde de Santisteban del Puerto, que estando quitando la vida a un turco, otro se la quitó a él. Hirieron malamente a Andrés Ponce de León, caballero de Santiago y natural de Córdoba, varón esforzado. Pasaron con una escopeta a monsieur de Busu, gentilhombre del Emperador; no murió, aunque le hirieron mal.

Tocaban apriesa en el campo al arma; los caballeros y señores se armaron y pusieron a punto con ánimo y esfuerzo. Salió el Emperador con ellos, ordenando que dos escuadrones de soldados le siguiesen para socorrer a los suyos, como dicen de Mario en la guerra de los anubios. Encontró a Pedro de Castro que volvía de la escaramuza mal tratado; preguntóle con rostro alegre y amigable cómo venía, y en qué estado andaba la escaramuza; respondió Castro, que los enemigos iban de vencida, pero que los suyos, si bien vencedores, andaban tan desordenados como los vencidos.

Llegó Hernando de Padilla desangrándose de la herida de la mano, y queriendo tornar con el Emperador, no lo consintió, mandándole que se fuese a curar. Dijo al Emperador que los de los olivares iban desbaratados, y que el socorro se diese a los que peleaban en el estaño. Y yendo el Emperador para allá, Lázaro, que con sus capeletes iba delante de los jinetes, apretados de los turcos volvieron las espaldas, y como los jinetes vieron que los capeletes huían, hicieron ellos lo mismo. Vió el Emperador la huída o retirada de los suyos, la grita y polvareda que había y con dos mil alemanes, y otros tantos italianos y cuatro mil españoles de los de Málaga (entre los cuales todos había seis mil arcabuceros) mandó caminar a priesa, y él con la gente de su casa y señores, que eran cuatrocientos caballos, al galope se adelantaron calando celadas, y puestas las lanzas en ristre iban estos caballeros con tal gana de pelear, que dejaban muy atrás el estandarte imperial.

Aquí dicen que hizo el Emperador lo que el cónsul Mario y Paulo Emilio en la de Macedonia, y Epaminondas, capitán y príncipe tebano, que por salvar los suyos no temieron la muerte. Detuvo Carlos los que huían, concertólos, rehízolos y peleó junto con ellos, de manera que ya no era escaramuza, sino batalla: la artillería y arcabucería de los enemigos, disparaban muy espeso; con la confusión y polvareda no se veía el daño que hacían. El Emperador peleaba con tanto peligro de su persona, que Hernando de Alarcón le suplicó que se retirase, porque en su persona no sucediese alguna desgracia que fuese perdición de todos. No hizo caso el Emperador de estos ruegos, sino diciendo con voz alta: «Santiago», su lanza en ristre, arremetió contra los turcos: viéndole sus caballeros y soldados, hicieron lo mesmo. Que es poderosa la presencia del príncipe, para hacer, en tales ocasiones, de los hombres leones.

Como tales pelearon los cristianos, y apretaron a los enemigos, de suerte, que, desbaratados, huyeron. Ganáronles la artillería de los olivares, y otros que a la parte del estaño tenían, que llamaban zarzabanas, por no los poder llevar, queriendo que los cristianos no se aprovechasen de ellos, los cargaron de pólvora y pegaron fuego, para que reventasen. Hízose pedazos el uno, y rompió cureña y ruedas; otros dos quedaron sanos y de provecho. La caballería siguió el alcance más de dos millas. No se pudo saber el número de los moros y alárabes que murieron. Súpose cierto que los vivos quedaron tan bien castigados, que temieron, y de aquí adelante no se desmandaban tanto en las escaramuzas, y ya que siempre andaban derramados por los campos, no se acercaban como solían.

Muchos caballeros se mostraron este día valientes y animosos, como fueron don Bernardino de Mendoza; don Alonso de la Cueva; don Gonzalo de Ledesma, del hábito de Santiago y natural de Zamora. Don Fadrique de Toledo, primogénito del marqués de Villafranca, peleando con un turco cayó del caballo, quedándole el pie en el estribo; llegó otro turco a cortarle la pierna y cortó la acción. Levantóse animosamente don Fadrique, y con una pistola y espada se defendió de los turcos, hasta que fué socorrido de unos jinetes de Alvar Gómez Zagal y de Diego de Narváez. Peleó también valientemente don Pedro de la Cueva, comendador mayor de Alcántara, y, singularmente, con un turco de caballo, descalzo y mal vestido, pero muy valiente. Ninguno lo fué más, a dicho de todos, este día, que el Emperador, y a Su Majestad se atribuyó la victoria.

Y no de menor grandeza de su ánimo hizo otra fineza, y fué que un moro de Túnez vino secretamente este día a él, y le ofreció de dar la victoria de esta jornada sin gastar mucho tiempo en ella, ni perder un soldado, ni sus tesoros. Preguntado cómo, dijo que matando a Barbarroja, porque muerto este cosario, todo su campo se desharía, y en Túnez abrirían las puertas a Su Majestad. Preguntado cómo matarían a Barbarroja, respondió que él se ofrecía a ello, y lo podía fácil y seguramente hacer, porque era su panadero, y le echaría en el pan algán, que es lo mismo que tósigo o ponzoña. El Emperador no se sirvió de esto, diciendo que no era su honra matar de esta manera a Barbarroja, antes sería honra del Turco. Que sus armas no las había de envolver con ponzoñas ni traiciones para matar al enemigo, ni sería gloriosa su jornada, si de esta manera venciese. Que los príncipes no han de admitir traiciones ni hechos tan bajos, aunque fuesen contra un cosario como Barbarroja, a quien él pensaba vencer y castigar, no con ponzoñas, sino con el favor de Dios y fortaleza de su gente. Respectos dignos de tan gran monarca.

Hay en los moros poca verdad ni fe; con gente liviana, fáciles para creer cualquier desatino. Mil hubo en estos días embusteros que se hacían santos, y anunciaban la victoria suya y acabamiento de los cristianos, particularmente uno, que con sus sermones trajo a servir a Barbarroja más de diez mil caballos, y grandísimo número de alárabes, númidas y masilios. Hacíales creer que los tiros ni arcabuces de los cristianos no los matarían, mas él experimentó en sí mismo su embuste y mentira. En las escaramuzas salían delante de los bárbaros moras viejas hechiceras que derramaban en el aire y en la tierra papelillos con sus conjuros y bárbaras supersticiones. Salían a pie y a caballo las mujeres viudas de los que habían muerto en las peleas para vengar sus muertos o morir como ellos, y ir a gozar del premio en su compañía, que Mahoma y sus morabitos prometen a los que así murieren en tal guerra. Tan brutos son estos bárbaros, habiendo tratado tanta multitud de años con la gente más política del mundo. Quiérelos el demonio así, y son efectos del pecado, porque Dios los dejó caer en sentidos reprobados y más que ciegos.

En 28 de junio, estando el cielo claro y limpio de nubes, se levantó súbitamente un viento áfrico que en aquellas partes nace; luego se cubrió el cielo de nubes, y el viento, con su furia, levantaba la arena, que cegaba y lastimaba las caras. Fué tan grande la tormenta y aguacero, que parecía que todo se quería asolar. Rompíanse los maderos gruesos, y de las tiendas las cuerdas de cáñamo que estaban atadas a las estacas, como si fueran de lana: caían las tiendas y pabellones. Finalmente, ni en la mar ni en la tierra se podía vivir. Los hombres, atónitos y temerosos, entendían que los demonios, convocados por los hechizos de aquellas gentes los venían a ayudar. Otros dicen que Cachadiablo, un valiente renegado, había muerto en una escaramuza, y que los demonios le hacían la fiesta a costa de los cristianos. La confusión y miedo era grande; oíanse truenos, veían relámpagos temerosos. Con el ruido del aguacero, ni los capitanes podían mandar, ni los soldados obedecer. Acudieron los más valientes a los bestiones, pero no era posible llevar pica enhiesta, ni bandera, ni disparar arcabuz; dábales arena y viento en los ojos.

Entre muchos caballeros que acudieron, fué don Sancho de Leyva, con una espada y rodela, rogando y animando a los soldados. Los navíos y galeras en la mar se vieron en gran peligro. Los de la tierra no veían a los de la mar, ni al contrario, sino que tan ciegos estaban unos como otros. Tocábase al arma reciamente; oíanse gritos de mujeres y de gente que no era de guerra. Acudían a la marina con deseo de verse en la mar sin ver enemigos. Los mercaderes dejaban sus tiendas y mercadurías, que no curaban sino de salvar las vidas.

Púsose en un bestión don Alonso de la Cueva, por donde se temía que acometerían los enemigos. El príncipe Andrea Doria, para remediar el alboroto y poner ánimo en los suyos comenzó a decir a grandes voces: «La Goleta es ganada.» Derramóse luego esta voz por todo el campo, que fué de harto efecto.

Salieron de la Goleta docientos turcos con palas y levantaban la arena para que el viento la llevase y diese con ella en los ojos de los imperiales, y como sintieron el trabajo en que estaba el campo imperial, salió un grueso escuadrón de la Goleta, y con gran grita acometieron a los bestiones; pero hallaron tanta resistencia en los españoles, que los hicieron volver y los siguieron matando hasta sus reparos. Y hubo alférez que puso en ellos su bandera. En este alcance los mataron a Jafet, capitán del Gran Turco. Hízose una gran salva en el campo con alegrías de la voz que por esta animosa arremetida se renovó, de que la Goleta era ganada. Con tal confusión y trabajo se pasó este día, cesando la tempestad; pero, venida la noche, volvió tan furiosa y repentina como la vez primera; no duró tanto, que como vino de golpe así se acabó y cesó todo el mal temporal en un punto. No se perdió en la mar navío ni bajel, más de algunos bergantines y barcos que dieron al través en una punta que salía de la tierra.

Muley Hacem viene al campo. -Toca la gota al Emperador. -Recibe el Emperador al rey Hacem. -Llega al campo Beltrán de Godoy, caballero cordobés.

Por medio de un renegado genovés que de Montebarcas pasaba en Sicilia, tenía el Emperador sus inteligencias con Hacem Muley, rey despojado de Túnez, el cual, pocos días antes de este, había enviado tres alcaides suyos, de los cuales uno, con larga y elegante oración, en su arábigo (siendo intérprete Valentín, fraile de San Francisco, de nación valenciano), había dado al Emperador las gracias por el favor y merced que con su campo había hecho a Muley Hacem, para restituirle en su reino, y echar de él un tirano, cosario, ladrón; y pidieron licencia para que Hacem viniese al campo. Con dos de estos alcaides envió el Emperador al capitán Alvar Gómez Zagal, y el tercero quedó en poder de don Francisco de los Cobos, comendador mayor.

Pues otro día después de la tempestad, a 29 de junio, fiesta de San Pedro y San Pablo, aparecieron sobre la ruina de Cartago hasta docientos moros a caballo, de los cuales algunos se comenzaron a venir al campo, trayendo en señal de paz unas azonas de coscoja, y en ellas unas tocas tendidas; en la mano izquierda levantaban y bajaban a menudo el brazo derecho, diciendo a voces: «Todos somos unos y de un señor.» Estos se adelantaron en lo alto de las ruinas, donde se mostraron Muley Hacem y el capitán cristiano Alvar Gómez Zagal. Alegráronse mucho en el campo imperial, pensando que con la venida del rey de Túnez y los suyos, tendrían gran ayuda para acabar antes la guerra, y que serían bien proveídos de bastimentos, pero engañáronse, porque los de Muley no pelearon ni sirvieron de más que embarazar y ayudar a comer lo que había en el campo.

Vió el rey moro desde aquella sierra el campo y armada imperial, de cuya hermosura y grandeza quedó admirado. Dicen que se ve de allí Túnez, y que mirándola se enterneció y derramó algunas lágrimas. Allí esperó hasta que sus moros vinieron a dar aviso de su llegada, y volvieron con respuesta.

Sabida en el campo la venida de Hacem, salieron a recibirle el duque de Alba, el conde de Benavente y Hernando de Alarcón, con grandísima caballería, y otros muchos, que casi no quedaron sino los que eran de guardia en sus cuarteles. Tuvo bien que ver y de qué se admirar el rey moro en el campo imperial, donde tantas armas y ricas galas había, y un orden en las tiendas, calles y plazas del campo, bien peregrino y nunca visto entre aquellas gentes, que naturalmente son bárbaras. No le salió a recebir el Emperador fuera de su tienda por alguna causa que le movió, o por estar tocado de gota, que le hacía estar desabrido, no tanto por el dolor, cuanto por la falta que en el campo hacía su persona imperial.

Esperóle en su tienda sentado en estrado, acompañado del infante de Portugal y de muchos caballeros. El duque de Alba y conde de Benavente traían en medio al rey Hacem, el cual venía mirando con gravedad real a todas partes. Era Hacem de buena estatura, de cuerpo grueso, color moreno, rostro abultado, mal barbado y el mirar avieso, que le ponía gravedad. Hablaba poco y compendioso; venía vestido de un capellar morado hasta los tobillos y tocado a la morisca, en una yegua blanca, con lanza de cuarenta y cinco palmos en la mano; en la muñeca izquierda traía atada una pistoresa o daga; el dedo índice de la mano derecha tenía manco. Junto a él, como lacayos, venían ocho moros a pie, rotos, maltratados y descalzos; los demás venían en yeguas muy mal enjaezadas; pocos traían buenos caballos ni vestidos. Algunos albornoces había entre ellos; otros traían zamarros de diversos colores, la lana adentro cuando el sol abrasaba. Tenían los principales alfanjes moriscos anchos y cortos, y pistoresas o dagas; no traían todos lanzas, que no todos las alcanzan, porque como las traen de Alejandría y Constantinopla, son caras.

Era tanta la pobreza del rey de Túnez, porque había siete meses que andaba huído por los montes y lugares secretos, temiéndose de caer en manos de sus enemigos, y tenía muchos por complacer a Barbarroja. Así dijo el Alvar Gómez Zagal, tratando de sus infortunios, que los trabajos eran buenos y se habían de llevar con gusto, porque en ellos se descubrían los verdaderos amigos.

Cerca de donde el Emperador esperó sentado al rey, pusieron un estrado, que fué un dosel sobre unos cojines de brocado. Antes de llegar a la tienda del Emperador, envió delante uno de sus moros para que le viese y conociese, por no hacer su acatamiento a uno por otro. Cincuenta pasos antes de llegar a la tienda del Emperador, soltó la lanza que traía, y luego todos los que con él venían dejaron caer las suyas y se apearon juntos, y cogiendo a su rey entre sí le llevaron hasta donde el Emperador estaba. Llegados a la tienda abriéronse todos y quedó el rey solo, no sé si descalzo, porque todas las veces que vino a hablar al Emperador vino descalzo; los ojos puestos en tierra llegó al Emperador, el cual viéndole venir se levantó en pie y quitó el sombrero. Hacem le besó en el hombro, y por intérprete le dijo: «Seas en buen hora, gran rey de los cristianos, venido a los trabajos que has tomado; espero en Dios misericordioso tendrán alguna recompensa, y si no de todos, seránlo en parte; y cuando fortuna de todo me privase, mientras Hacem, siervo tuyo, viviere, ni le faltará voluntad para servirte ni conocimiento para agradecerte lo que por él hiciste y el cuidado que tomaste. Por la venida que has hecho te doy mil gracias, y por lo que aquí te detendrás te beso los pies, pues en tan gran obligación me has puesto, y a mis descendientes en tanto cargo los dejas, dándome ayuda contra Haradim Barbarroja, que me ha hecho tantos males, cuantos bienes él y sus hermanos de mí recibieron, cuando mayor necesidad tenían y yo mayor prosperidad. No te maravilles, gran sultán, de esto que digo, ni de las quejas que con dolor te doy, porque en ley de bueno cabe hacer buenas obras a todos y a ninguno zaherirlas. La verdad es que al ingrato es justo acordarle las buenas obras que le han hecho, y recontarle los beneficios que ha recebido, para que o se enmiende o sea castigado. No tanto codicio volver a Túnez por cobrar mi patrimonio, ni entrar en mi reino perdido, cuanto por tener con qué te servir.»

Dijo el rey moro estas razones con gravedad y ternura, puesto en cuclillas sobre los cojines a su usanza. Los jeques y alcaldes, unos se tendían por el suelo, otros arrodillándose llegaban a besar la ropa y pies del Emperador, diciendo en arábigo: «Gran rey, Dios te ensalce, Dios te mantenga y prospere con los tuyos y te dé vitoria de tus enemigos.» Y el Emperador, con su benevolencia acostumbrada, los miraba con señales y muestras de amor, diciéndoles que su venida había sido para tomar a su cuenta sus trabajos y vengar los de las ofensas y daños que les habían hecho.

Finalmente, dijo, por intérprete, al rey: «Queriendo Dios, yo te quitaré de las fatigas y trabajos que por mar y tierra Barbarroja te pueda dar.»

El Emperador se levantó, y al rey, donde estaba sentado, con cuatro de los suyos, dieron de comer; los demás moros se fueron a la tienda que les tenían aparejada, y entre los grandes y caballeros se repartieron todos, encargándoles el Emperador su buen tratamiento.

Presentó el rey al Emperador una hermosa y ligerísima yegua de color castaña, Dispararon de la Goleta la artillería, que pasaba por encima de la tienda del rey, y viendo el peligro le pasaron junto a la del Emperador. Escaramuzaron este día los moros de Hacem entre sí delante el Emperador, y con ellos algunos cristianos. Era notable su destreza en aprovecharse y usar de aquellas largas lanzas, y la ligereza de las yeguas.

Mandó el Emperador que otro día le mostrasen el campo puesto en orden y en arma, y parecióle cosa maravillosa. Notó en él muchas cosas con prudencia, admiróse de los muchos arcabuces que por honrarle se dispararon después de la artillería, y de la gran abundancia que en las plazas había de cosas de comer, y del sosiego con que todos compraban y vendían, siendo tantos, y soldados, y no de una lengua.

Mostróse afable y cortés con todos el rey, y muy buen jinete, de lo que se preciaba, porque blandeaba una lanza de cuarenta palmos corriendo un caballo, a una y otra mano, con gentil aire.

Este día llegó al campo Beltrán de Godoy, caballero de Córdoba, capitán que había sido de Sena. Vino a servir en esta guerra con cien soldados escogidos. Comenzóse otra trinchea adelantando más las botas de arena, para lo cual las galeras y otros navíos trajeron fajina y rama de olivas, y en los dos bestiones se pusieron un cañón y una culebrina, dos falconetes y dos cañones dobles, demás de la artillería que hasta allí habían tenido.

Pasáronse al campo dos renegados griegos, que dijeron las crueldades y poca seguridad con que Barbarroja estaba en Túnez, matando a unos y encarcelando a otros, que son obras proprias del tirano.

Quién era el rey de Túnez.

Diré antes de pasar adelante quién era este rey de Túnez y algunos de sus trabajos. Llamábase Hacen o Hazam; que Muley es como nuestro «don», o como zultán entre turcos. Era hijo del rey Mahamet, que tuvo treinta hijos varones en docientas mujeres y amigas o concubinas, como ya referí, y de la reina Lentigesia, alárabe, mujer varonil y para mucho. Sabía, demás de lo que he dicho, mucho de astrología, y holgaba de hablar en esta materia. Era viciosísimo, sucio en las torpezas de la carne en todo género. Solía burlar de su padre, porque tenía tantas mujeres, aunque más lo hacía por los muchachos hermanos a causa del reinar, que por las muchas madrastras. Fué cruel demasiadamente, no tanto de suyo cuanto por su madre, que se lo aconsejaba por reinar. Ayudó a morir a su padre, a lo que algunos contaban, con cierta bebida. Mató a Maimen, su hermano mayor, a quien venía el reino, y a Yaceli, a Abrahim con otros cuatro hermanos, y al mesuar de Manfil con otros sobrinos suyos. Quemó los ojos con varillas ardiendo a Zahi Belhay Barca y otros hermanos, con el mesmo intento de marcarlos y hacerlos impotentes para reinar, que así lo tienen de costumbre aquellas gentes bárbaras y sin razón, y aun de ellos se pegó en España a los reyes antiguos de León, que usaron esta crueldad impía y crudamente; tanto ciega la ambición y apetito de reinar.

Pagó Hacem estas crueldades, y la grandísima avaricia que tuvo en lo mismo, porque por causa de Raceth, su hermano mayor, el que, como dije, huyó a Argel, después de algunos trances de guerra, fué dos veces echado del reino, que tenía tiranizado, por Barbarroja la una, y otra por Hanudi, su propio hijo, el cual también le quemó los ojos y murió de esta manera lastimado y deshonrado; que aunque estas gentes son hijos de perdición, ejecuta Dios entre ellos la justicia conforme a las obras morales que hacen, porque es juez de todo lo criado, como le llama Moisés, escribiendo la creación del mundo.

Balas con la flor de lis francesa. -Prenden y matan al morisco que vendió a Luis de Presendes, espía que envió el Emperador. -Bando que todos se recogiesen a la bandera. -Escaramuzas y muertes varias de este día. -Enojo del César. -Clemencia del César.

Ultimo día de junio, continuando los de la Goleta el jugar de la artillería sin cesar, mataron con ella tres soldados, y huyendo de ellos cuatro cautivos para el campo, a vista de los mismos turcos mataron al uno que corría solo, y los tres se escaparon, los cuales dieron aviso de lo que en la Goleta pasaba.

Llegó una gran bala a la tienda del Emperador y la rompió sin que dañase. Muchas de estas balas estaban marcadas con flor de lis, por donde se entendía que Barbarroja había sido proveído de Francia.

Llegó este día al campo Fabricio Maramaldo en una nao de Génova, y con él cien gentileshombres y soldados, tan lucidos y bien tratados como en el campo uno a uno se podían escoger. Tomóse una fusta en la bahía, en que había doce forzados cristianos que andaban al remo y otros tantos moros y turcos. Era arráez el morisco traidor, al cual el Emperador había enviado con Luis de Presendes por espías, para que en Túnez reconociesen la tierra, fuerzas y armas de Barbarroja, cuando el Emperador trataba de venir sobre él, y le vendió este enemigo, como dejo dicho, y trajo Dios a manos del César a este traidor, para que pagase su pecado, prendiéndole, como digo, este día en el bergantín. Entregóse al alcalde de corte, el cual le hizo arrastrar a la cola de un camello, y luego le hicieron cuartos. Dijo en su confesión que venía la vuelta de Barcelona, Mallorca y Menorca, de saber lo que en Africa se temía de la armada imperial, y lo mismo dijeron los cristianos que traía al remo; y preguntándole cómo entró en la bahía, dijo que tenía por cierto que el Emperador había ido sobre Argel y no sobre Túnez.

Murieron tres soldados de la compañía de Mosquera y dos de la de Juan de Alamos, todos de las balas de la Goleta, que tiraban contra los bestiones, en los cuales con gran diligencia se trabajaba sin cesar, y sacaron para esta obra otros ochenta forzados de las galeras, echando en ellas y poniendo en su lugar cualquier soldado que en el campo (si bien ligeramente) se desmandaba, que este rigor era menester para tenerlos en paz y no desmandados.

Echóse bando, so pena de la vida, que los aventureros de a caballo acudiesen a la bandera de Sancho Bravo de Laguna, y los infantes a la de Juan de Maldonado, de Salamanca, y mandósele a Mosquera que levantase bandera. Hacíase esto por evitar el desorden que había cuando se tocaba arma. Viéronse en trabajo este día los sacomanos, sobre los cuales cargaron tantos alárabes y moros, que fué necesario que Hernando de Alarcón fuese a los socorrer, con todo, murieron y fueron presos y heridos algunos.

Salieron a escaramuzar los moros del rey Hacem, y porque los cristianos los conociesen poníanse unos ramos de oliva; pelearon muy bien, y pensando los enemigos que eran de los suyos, no se guardaban de ellos ni los herían, hasta que al fin vinieron a entenderlo. Contaban los de Hacem a los de Haradín maravillas de la grandeza y poder del Emperador, y el orden fuerte de su campo, y gente belicosa que en él tenía. Cercaron en la escaramuza a Lázaro Albanés tres turcos, y el Albanés tuvo tan buenas manos, que mató al uno y hizo que los dos huyesen, siguiéndolos él cuanto pudo. Huyeron siete jenízaros de los soldados y metiéronse en un silo, pensando defenderse allí hasta que les viniese socorro. Los soldados les requirieron que se rindiesen a buena guerra. No lo quisieron hacer, y los soldados fueron a los rastrojos y trajeron mucha paja, y echándola en el silo la pegaron fuego, queriéndolos sacar como a raposos con humo y fuego; mas fueron tan duros de darse, que se dejaron quemar vivos.

El día todo anduvieron las escaramuzas en diferentes lugares, unas veces vivas, otras no tanto. Concertóse un soldado con dos jinetes de manera que él se puso en la muralla de Almarza por una tronera con su arcabuz, y los jinetes salían, y retirándose como que huían, los moros los seguían hasta donde el soldado asestaba de puntería en ellos, y antes que entendiesen la treta, mató ocho de a caballo. Asomáronse tres escuadrones de moros y alárabes, peones y caballos, en que, según la cuenta que los soldados hacen, había más de veinte y cuatro mil personas, y apretaron a Hernando de Alarcón, que se había adelantado, de manera que no pudo retirarse sin pérdida de gente y reputación. Recogióse lo mejor que pudo en las torres y casas de Almarza, que las había buenas.

Cuando el Emperador lo supo mandó tocar al arma, y salieron lo fuerte del campo con algunas compañías de alemanes y españoles. Viendo los moros el socorro que venía, no osaron esperar. Enojado se mostró este día el Emperador con los desmandados, diciéndoles palabras de ira, y, la espada desnuda, arremetió contra algunos, y sucedió que yendo así para herir a un soldado, el soldado huía, y como vió que el Emperador le alcanzaba, volvióse a él de rodillas, suplicándole mostrase en él su clemencia, y como en el Emperador era tan natural que jamás la negó, envainó su espada sin decir palabra al soldado, más de que volviese a su escuadrón y que no se desmandase más.

Llegó el Emperador donde estaba Hernando de Alarcón, y luego los moros huyeron, y el Emperador recogió su gente y con ella volvió a su campo, donde se trabajaba cavando los soldados y gastadores, de manera que la trinchea estaba ya muy adelante y cerca de la Goleta.

Escribe el Emperador a España dando cuenta de la jornada.

He contado bien por menudo todos los hechos y sucesos desde que el Emperador salió de Barcelona y con su armada entró en los puertos de Africa, y asentó su real y campo poderoso en los de la gran Cartago, y sitió la Goleta con la resistencia que los turcos, moros y alárabes hicieron; y si bien las armas anduvieron vivas todo este mes de junio, no por eso olvidaba Su Majestad a España, escribiendo todo lo que hasta este día le había sucedido en la jornada.

En este mesmo día 30 de junio escribió a la Emperatriz y a otros grandes y señores de España, diciéndoles en relación y sumariamente lo que aquí he dicho a la larga y por menudo, y para entero cumplimiento y seguridad de la verdad de esta historia, digo que escribió al marqués de Cañete, virrey de Navarra, diciéndole:

«Marqués de Cañete pariente nuestro, visorrey y capitán general en el nuestro reino de Navarra. Desde Caller os di aviso de mi llegada allí con el armada, como habréis visto por la carta que os escribí el sábado 12 del presente, el duplicado de la cual irá con ésta, para que si no la hubiéredes recebido, lo entendáis por había ido con algunas galeras para visitar ésta. Aquella noche salí de allí, adonde aquella ciudad, que es la cabeza del reino, y tomar la provisión que allí estaba hecha para la armada al cabo de Polla, donde estaba surta aquélla, proveyéndose de agua y leña y las otras cosas necesarias; y el domingo adelante se puso todo en orden y partí con toda mi armada lunes 14 del mismo, por la mañana, con buen tiempo, y otro día, martes, cuando amaneció, me hallé con la mayor parte de las galeras, con que me adelanté de las naos, dejando con ellas la otra parte cerca de tierra, y surgí en Puerto Farina, que es el puerto de costa de él, viniendo de Cerdeña, a dos horas de día, a donde tres o cuatro horas después llegaron las naos de la armada, con las galeras que con ellas habían quedado, y encontinente pasé adelante con toda mi armada junta y vine a surgir en el golfo de Túnez, tres millas de la Goleta, y algunas de las galeras, por reconocer el sitio y disposición y fuerza de ella y el desembarcadero para la gente, se allegaron tan cerca, que se tiraron desde ellas a la torre de la dicha Goleta, y a diez o once galeras que estaban a la boca de ella, tiraron muchos tiros de artillería, y asimismo desde ellas y de la dicha torre tiraron a nuestras galeras, y porque ya cuando esto pasó era tarde para salir en tierra, esta noche no se hizo otra cosa. Otro día por la mañana se desembarcó con las galeras y esquifes de ellas y bateles de las naos, en un tiempo, juntamente la infantería española que vino de Nápoles y Sicilia y la alemana, con la cual yo salté en tierra, acompañándome los grandes y gente que pudieron salir por entonces de los de mi corte, que fué la mayor parte de ella, y se tomó un monte con una torre cerca de la mar, donde fué la antigua ciudad de Cartago, en el cual y en dos lugares pequeños que están a la una parte de él, hacía Túnez, se alojó la dicha infantería y mi persona con ella. El jueves y viernes siguiente se desembarcó la infantería española que trujimos de España en nuestra armada, y los italianos, y los que habían quedado de la gente de nuestra corte y casa, y de los caballos de ellos, y de los jinetes que venían de la Andalucía, y se comenzó a desembarcar el artillería y munición, y habiendo entendido de algunos moros que se han cautivado, y juzgando por lo que se ha podido conocer hasta aquí, está fortificada la torre de la Goleta y proveída de gente de artillería y las otras cosas necesarias para defenderla, de manera que la empresa no se podría hacer sin aventura de alguna gente, y de parte de la armada se praticó si para facilitar más la empresa sería más conveniente ir sobre Túnez y sitiarla, considerando que conquistando aquella ciudad en la Goleta no quedaría resistencia; pero porque se entiende que los enemigos tienen también allí mucha y buena gente, artillería y las otras provisiones, y que hallando alguna dificultad, o dilatándose el ganarla, habiéndose de proveer nuestro ejército de vituallas de las que se traen en el armada, y alejándose de la mar como sería menester, que para esto se hacía, porque desde donde está el armada hasta Túnez hay nueve millas, dejando los enemigos en medio, no se podría proveer sin mucho trabajo, y que fuese necesario ocupar en asegurar el camino buena parte de la gente que traemos, ha parecido combatir la dicha Goleta ante todas cosas. Y así, para este efeto, el sábado asentamos nuestro campo en el dicho monte en un llano que está en la falda de él hasta la mar, donde está nuestra armada, acercándose a la dicha Goleta a tiro de cañón, adonde hay mucha agua, así de fuentes como de muchos pozos que hay abiertos, y se halla en todas las partes del campo y de la marina muy cerca de la haz de la tierra, y se ha dado orden en hacer las trincheas para llegar el artillería a la torre, y aderezar las otras cosas que son menester para la batería, y aunque una nao en que venían algunas piezas de artillería gruesas, y municiones y el comendador Rosa, a quien proveímos por capitán de ella para esta empresa, con ciertos artilleros (que no pudo salir de Barcelona con nuestra armada), no es llegada, se suplirá esta falta sacando la que es necesaria de las galeras, y se entiende con gran diligencia en aderezar todo lo que es menester, y así se usará en lo que se ha de hacer, y esperamos que con ayuda de Nuestro Señor se acabará brevemente, como conviene a su servicio y al bien de la empresa.

»La gente que se entiende que tiene Barbarroja, de que principalmente hace fundamento, aunque tiene otra de la tierra, son hasta seis o siete mil turcos y jenízaros que le han quedado de los que trajo en la armada del Turco, y demás de esto tiene gente de a caballo; dicen que ésta será hasta mil hombres. Algunas escaramuzas ha habido, y han sido muertos y cautivos de los enemigos; muchos también han sido muertos por ellos, de los de nuestro ejército; algunos, pero pocos, y la mayor parte soldados de las galeras y gente inútil y de servicio que de ellas ha salido, y se desmandaban a tomar fruta y buscar agua.

»El rey de Túnez no ha hasta agora enviado a Nos, ni tenemos certinidad donde se halle, aunque dicen que está cerca de aquí, por algunos moros de los que se cautivaron, que he mandado libertar; para esto le he hecho entender mi venida con esta armada y ejército, y aún no tengo respuesta suya, ni se entiende lo que querrá hacer.

»De Nápoles, Sicilia, Cerdeña, han venido después que estamos aquí, algunos navíos con bastimentos, que será ayuda para que el campo esté mejor proveído, y viene también el marqués Alarcón a servirnos en esta empresa.

»El sol, en esta tierra, según lo que hasta agora se ha visto por experiencia, tiene la fuerza que en el reino de Toledo, y continuamente hay embates y aires de la mar con que se pueden bien pasar los calores.

»Después de ésta escrita, habiéndose detenido el despacho, se ha comenzado a hacer la trinchea para llegar por ella y asentar el artillería para la batería que se ha de hacer a la fuerza de la Goleta, y hecho gran parte de ella, y un bestión la noche antes, delante de los que en esta obra trabajaban, que los enemigos no la puedan estorbar, y proveído que quedase en él para esto cierta gente de infantería italiana con el conde de Sarno, coronel de ella. Ayer, víspera de San Juan, por la mañana, buena copia de gente de caballo y de a pie de los enemigos que salieron de la dicha Goleta vinieron y arremetieron con gran ímpetu contra el dicho bestión para tentar de echar de él la gente que lo guardaba; la cual, aunque tenía orden de no salir de él, ni le tocaba más de defenderle, no se contentando de haber resistido el ímpetu de los enemigos y alanzándoles del bestión, y puesto en huída, salió fuera de él siguiéndolos, hiriendo y matando los que pudo alcanzar, los cuales, con más gente que se les juntó, volvieron sobre la nuestra con tanta fuerza, que no la pudiendo resistir, cansada ya de la resistencia hecha y del trabajo pasado, y por ser mucho mayor número el de los enemigos, se comenzó a retirar, y los enemigos cargaron de manera que con ella juntamente entraron en el bestión y lo ganaron; pero encontinente socorrió cierta gente de la infantería española, que cerca de allí en guarda del campo estaba, y echaron del dicho bestión a los enemigos y los hicieron huir de todo el campo. El dicho conde de Sarno, al tiempo que retiró la dicha gente italiana, y los enemigos entraron en el bestión, fué muerto, de cuya pérdida nos ha desplacido mucho, porque era persona valerosa y buen servidor nuestro; y de la otra gente, siete o ocho, y de los enemigos fueron muertos más de treinta; y por cautivos y renegados que se han pasado después a Nos, como se pasan cada día, se ha entendido que entre éstos habrá tres capitanes, de quien ellos hacían mucha cuenta, y casi cada día salen los enemigos a escaramuzar, y aunque no damos lugar que salgan de los nuestros, todavía se matan muchos de ellos.

»Este despacho se ha detenido hasta hoy que son 30 del presente, y lo que aquí se ha hecho, demás de lo que arriba está dicho, es que el viernes, otro día adelante de San Juan, salieron una hora antes del día mucha gente de la Goleta, y con gran silencio llegaron a otro bestión que la misma noche se había hecho de la dicha trinchea, que lo guardaban españoles, y dieron en ellos, que habían trabajado toda la noche, haciendo el dicho bestión, y con el cansancio estaban la mayor parte durmiendo y reposando, con tanto ímpetu, que antes que fuesen sentidos y pudiesen tomar las armas y resistirles, mataron algunos y hirieron otros. La resistencia se hizo de mañana, y así se opusieron a los enemigos, que no con poco daño suyo fueron echados y constriñidos a huir y encerrarse en la dicha Goleta, quedando el bestión guardado y defendido de los nuestros, de los cuales fueron muertos hasta ocho o diez, y entre ellos un capitán de infantería y un alférez, y quedaron heridos hasta quince o veinte, que han sido y son curados y remediados, y de los enemigos se perdieron más de treinta o cuarenta, y una persona principal que tenían en mucha estima.

»El sábado siguiente por la mañana, porque los enemigos el día antes habían puesto ciertos tiros de artillería a la una parte del campo, entre la Goleta y Túnez desde donde tiraban y echaban en él algunas pelotas, en guarda de los cuales estaba toda la gente de caballo que tiene Barbarroja, aunque, como está dicho, no damos lugar a la gente de nuestro ejército que peleen con los enemigos ni salgan a escaramuzar, pareció no tanto por el daño que los dichos tiros hacían en nuestro campo, cuanto por la reputación de él, convenía quitárselos y echarlos de allí, y mandé que caminasen hacia la parte donde los tenían los caballos jinetes delante, y un escuadrón de la infantería española y otro de la alemana, y yo fui para hacerles espaldas con la gente de caballo de mi corte; y los jinetes, juntamente con algunos arcabuceros que se adelantaron, hubieron dos o tres reencuentros con la gente de caballo de los enemigos, que serían más de mil caballos y alguna de a pie, y haciéndoles yo espaldas con toda la otra gente de pie y de caballo, como está dicho, fueron echados de donde tenían los dichos tiros, los cuales se les tomaron, y ellos huyeron hasta el estaño de la Goleta, y visto que no podían ser alcanzados y que el efeto por que habíamos salido se había hecho, habiendo llegado hasta una legua o poco más de Túnez, a vista de ella me volví al campo con toda mi gente. En los reencuentros dichos fué herido de una lanza el marqués de Mondéjar, que tiene cargo de los dichos caballos jinetes, y quedaron muertos seis o siete de ellos, y de los enemigos más de cuarenta o cincuenta. El marqués ha sido y es bien curado, y no se teme peligro de su vida. Las trincheas se continúan y están muy adelante, y serán acabadas, y puesta en orden la artillería, y lo que más conviene para hacer la batería dentro de tres o cuatro días. Ya es llegado el marqués de Alarcón, con quien vinieron más de mil y docientos hombres de Nápoles y Sicilia, entre los cuales hay muchos varones caballeros y gentileshombres, y cada día llegan muchos navíos y otras fustas con bastimentos y a servirnos, y también es llegada la nao en que venía el comendador Rosa, con el artillería, municiones y artilleros, lo que no hacía falta, porque en el armada había sin esto muy gran cumplimiento.

»Tres moros han venido a Nos y con una carta que certificaron ser del rey de Túnez, y otras de otros jeques y deudos suyos, los cuales, en sustancia, nos dijeron de su parte que, sabida nuestra venida, los enviaba para saber dónde y cómo queríamos que se ajuntasen con Nos, para restituirle en su reino, y ofreciendo para ello la ayuda que podrán hacer, y de venir a verse con Nos, para dar asiento y orden en lo que se ha de hacer, pidiéndonos que le enviásemos algunas galeras en que pudiese venir, y luego despachamos los dos de ellos. Respondiéndole haber holgado de entender su voluntad, y que habremos placer que venga con algunos de los dichos jeques y deudos y amigos suyos a verse y hablarnos, y certificándole que luego con un criado nuestro y con uno de los dichos sus mensajeros le enviaríamos las galeras que nos pedía, y le habemos ya enviado doce de ellas en que venga.

»De nuestro campo sobre la Goleta de Túnez, a 30 de junio del año de 1535. -YO EL REY. -COBOS, comendador mayor.»

«EL REY.

«Marqués de Cañete pariente nuestro, visorrey y capitán general del nuestro reino de Navarra. Después de estar firmadas y cerradas las cartas que van con ésta, vino a Nos el rey de Túnez con trecientos de caballo, moros de los que le han seguido y estado con él, y ha ofrecido que hará venir luego, para ayudar al buen efeto de la empresa, otros novecientos o mil, que dice que deja cerca de aquí, de sus deudos, amigos y criados, y asimesmo que avisará a los que le son aficionados en Túnez, de la intención con que habemos venido a esta empresa; porque Barbarroja ha hecho entender a todos ser para conquistar el reino y ponerlo debajo de nuestro señorío. Certificados de lo cual, confía que se animarán, y otros se moverán para ayudarle, y también que enviará a tratar con cierta gente de alárabes, que serán hasta seis mil de a caballo, que dos mil de ellos están juntos cerca de Túnez de la otra parte, los cuales Barbarroja procura de ganar y traer a sí para quitárselos y ayudarse de ellos contra él, y así escribe luego a los unos y a los otros, y Nos también a los que a él ha parecido, y quedando su persona en nuestro campo con diez o doce moros de los que trujo consigo, envía todos los otros para que vuelvan adonde dejó los otros, que están con sus mujeres, hijos y casas, y vengan todos aquí, sin que los enemigos les puedan impedir el camino, como, siendo el número que es, parece que lo podrán hacer con seguridad. Esto es lo que hasta agora con éste se ha tratado, y en lo que se ha de hacer para la batería, y en todo lo demás se entiende con toda la diligencia que se puede, como está dicho.

»De nuestro campo sobre la Goleta de Túnez, a 30 de junio año de 1535. -YO EL REY. -Por mandado de Su Majestad, COBOS, comendador mayor.»

Julio. -Enfermedades en el campo. -Trabajo grande que los imperiales padecían. -Lo que vale la clemencia en un príncipe. -Desafía un soldado de Valladolid a los de la Goleta. -Peligro en que estaba la tienda del Emperador. -Poca ayuda que el rey moro hizo en esta jornada.

Primero, segundo y tercero día de julio, mataron los turcos con su artillería más de veinte y ocho soldados y otros algunos del campo. No consentía, con todo, el Emperador que se embarazasen tirando a la Goleta ni a los olivares, ni en escaramuzas, sino sólo en la obra de la trinchea y vallado con que se iban acercando a la Goleta, que no quería perder tiempo para batir y combatirla, porque enfermaban muchos por la destemplanza del aire, que de día se derretían con el sol y de noche casi se helaban con el rocío, de donde resultó en el campo un gran desconcierto de vientre. Comenzaba asimismo a faltar el agua; a lo menos era salobre y turbia, del mucho jarrear; comían manzanas no maduras para matar con ellas la sed, que también los corrompía, y aun la panática de la flota se calumbrecía. Hubo, pues, gran priesa y diligencia en acabar el valladar y baluartes para hacer la batería, y demás de la falta que de gastadores había, faltaban los materiales, porque allí no hay céspedes ni terrones, que toda la tierra es arena, y así era fuerza hacerlos de madera, tablas, ramos y otros aparejos, para tejerlo y tenerlo unido y fuerte, y era menester traer esta madera del cabo de Azefián, con las galeras lejos de allí de más de veinte millas a la parte de Levante, y pasarlo poco a poco a los reparos por las trincheas para encubrirse de la artillería enemiga.

Con estas trincheas y reparos se habían los españoles viejos acercado tanto a la Goleta, que podían batir razonablemente el lienzo de muralla que Barbarroja había hecho.

Queriendo los moros estorbar a los que en esto trabajaban, salían a escaramuzar; no los dejaban salir, y los soldados murmuraban apasionadamente, porque algunos quisieran aventurar las vidas más que padecer el trabajo que tenían, porque si no era cuando cavaban, no se les caían los coseletes de a cuestas. Dormían poco y comían mal. El refresco que se traía consumían y gozaban los señores.

Enviaron navíos por refresco a Sicilia y Cerdeña; pero tarde hacíase, por mandado del Emperador y con mucha prudencia, buena guerra a los moros, que los que se prendían el Emperador los rescataba y hacía mercedes y daba libertad; por lo cual en Túnez se ganaron muchas voluntades, y decían que más querían caer en manos de cristianos que de sus proprios moros. Solos los turcos, jenízaros y alárabes lo pagaban, que a ninguno que cogían daban vida. Hazan Agasardo, renegado, dijo que más era de temer esta clemencia del Emperador que las armas poderosas que allí tenía. Porque un príncipe más vence con mansedumbre y ánimo liberal que con gruesos ejércitos.

El primero día de julio, unos renegados que andaban en el campo hechos espías, llegada la noche clavaron una culebrina que estaba junto a la tienda del Emperador; cegáronle de tal manera el fogón, que en tres días apenas los artilleros pudieron barrenarla. Esta diligencia hicieron los enemigos, porque les hacía gran daño disparando contra los olivares.

Otra noche adelante, a 2 de julio, clavaron otras dos piezas gruesas, que si bien había cuidado y guardia en los bestiones y artillería, no podían librarse de estos enemigos, por ser tantos los renegados que a Barbarroja servían y a los turcos de la Goleta. Estaban tan bien castigados de sus atrevimientos, que este día un soldado natural de Valladolid se puso entre el bestión de los españoles y otro de la Goleta y desafió a voces a cualquier turco o jenízaro que quisiese salir a combatir con él; y si bien esperó tiempo, ninguno quiso salir, y el soldado se volvió a su puesto, donde se le riñó su atrevimiento, y haber salido del orden que el Emperador tenía dado.

Hubiera de matar este día a Andrea Doria una gruesa bala de más de sesenta libras que dió en su tienda bien cerca de él; matále el caballo, que tenía atado a una estaca. En el mismo peligro estaba la tienda del Emperador, que asestaban a ella a menudo.

A 3 de julio vino un alárabe a visitar al rey Hacem, y en la plática le dijo: «¿Qué tienes, o qué sacaste, Muley Hacem, del reino de Túnez?» Hacem respondió: «Mucho; pues sé llevar las mudanzas de fortuna.»

Dióle el Emperador a Hacem veinte mil ducados para traer a sueldo cierta cantidad de alárabes al campo cristiano, los cuales, después de haber recibido el dinero, no quisieron venir, excusándose que su ley les defendía el combatir contra los de su propria secta en favor de cristianos; tal fué el socorro y servicio que hubo el Emperador del rey de Túnez. Pero conociendo el César que no era por su culpa, sino por más no poder, guardó con él lo que había prometido, y le hizo muy buen tratamiento, mandándole servir y respetar como a rey; y demás de estos escudos le dió otros veinte mil, y diez piezas de brocado, y sedas de colores, y a sus moros hizo otras semejantes mercedes, de suerte que presto mudaron el pelo malo y quedaron hasta cincuenta con Hacem, y los demás, por hallarse tan bien, fueron por sus mujeres y haciendas.

4 julio: salen los imperiales a hacer la escolta y escaramuza. -Salen turcos de la Goleta contra cristianos. -Los españoles acorralan a los turcos en la Goleta. -Diego de Avila, valiente español. -Hazaña del alférez Marmolejo. -Don Alvaro Bazán pelea como valiente. -Sale el César al galope de su caballo, solo, en socorro de los suyos. -Matan a Diego de Avila. -Los cuerpos muertos sin sepultura corrompían el aire. -Heridos que hubo este día. -Avisos que hubo los intentos del enemigo. -Anima Barbarroja a los suyos.

Habiendo necesidad de provisión para los caballos, y acordándose el Emperador del desorden que hubo en otro sacomano, mandó al duque de Alba con la gente de armas que señaló de los de su casa y con algunas compañías de alemanes y españoles y a Hernando de Alarcón, que fuesen con los caballos ligeros y jinetes a hacer la escolta. Dado esta orden domingo 4 de julio, bien de mañana fueron a los lugares de cabo Cartase. Salieron a ellos infinitos moros y alárabes más que otras veces, de a pie y a caballo. Hubo algunas escaramuzas, mas no de sangre, sino de algunos que se quisieron señalar, moros y cristianos. Cargaron de provisión como quisieron, y a las nueve del día dieron la vuelta para el campo.

Tuvieron aviso los turcos de la Goleta que la mayor parte del campo imperial habían salido fuera, y acordaron de acometer reciamente, y de golpe, en los bestiones y trincheas. No eran bien apeados de los caballos los que venían de los lugarejos, ni los soldados se habían quitado los coseletes, cuando salieron de la Goleta con gran ímpetu los turcos que en ella estaban, con otros muchos que de Túnez habían venido; eran grandes los alaridos y grita con que acometieron (que así lo tienen de costumbre), y su determinación fué valerosa. Dejaron asestados cincuenta tiros gruesos, con otros muchos mosquetes y tirillos de campaña, a fin que si los cristianos los rebatiesen y les fuesen en el alcance, hubiese con que los ojear y matar.

Toda la noche habían trabajado las compañías de don Diego de Castilla y de don Alonso de Villarroel y la del capitán Negrillo; trabóse tan de veras la pelea de ambas partes, que parecía batalla formada. Era tanta la gana que los españoles tenían de acabar de una vez con los turcos, que tenían determinado, en la primera ocasión que tuviesen semejante a ésta, o morir o entrarse a vueltas con los enemigos en la Goleta, Esta determinación los movió a que, antes que los turcos llegasen, saliesen los españoles a ellos, dejando atrás los reparos y trincheas, y tal carga dieron en los turcos, que los hicieron retirar hasta meterlos por sus reparos, hiriendo y matando en ellos, y no pararon hasta ponerse en el rebellín y bestiones de los turcos; aquí se vió claro la ventaja que los españoles hacen a los turcos.

Dieron los turcos, cuando acometieron, una gran rociada de flechas y escopetas. Traían, demás de esto, talegas llenas de piedras, que arrojaban tan recia y diestramente y tan espesas, que parecía que las llovía el cielo.

Pusiéronse los españoles en los bestiones de la Goleta y levantaron sus banderas en ellos. Una de ellas puso Diego de Avila, alférez de la compañía del conde de la Novelera, hombre animoso y de mucha verdad y buen trato, el cual, un día antes de éste, había prometido que la primera vez que los turcos los acometiesen había de poner su bandera sobre sus reparos, y cumpliólo así. Subió luego tras él el Marmolejo, alférez de Hermosilla; en subiendo le pasaron el brazo de un arcabuzazo, y con el otro y los dientes sacó la bandera y al volverse con ella le dieron un flechazo por la espalda; pero no por eso soltó la bandera. Muchos caballeros y soldados valerosos, deseosos de honra, andaban encima de sus reparos y bestiones; tirábanles los turcos, y los españoles, firmes; caían de ambas partes. Los que estaban en las galeras junto a la Goleta, viendo tan cerca los cristianos, huyeron de ellas.

Andaba Cachidiablo animado y deteniendo los suyos, y diciéndoles muy buenas razones para que peleasen; pero por más que se cansaba, ya no peleaban con el esfuerzo que solían, ni los arcos disparaban sus saetas con tanta fuerza. Arrojaban de lo alto ceniza y otras cosas para cegar y ofender a sus contrarios; lanzaron una imagen pequeña de Nuestra Señora, o en vituperio de los cristianos o por faltarles qué tirar. A Lope de Fresno, sargento mayor de los españoles de Italia (el cual en ella y en Corrón se mostró animoso), queriendo entrar por una tronera, le tiraron de lo alto una piedra con que le mataron. Peleó este día, estando en tierra, valerosamente don Alvaro Bazán, y se vió en peligro de ser muerto de un balazo; alcanzóle poco, y así fué ligera la herida. Ayudaron poco las galeras, porque estaban apartadas, y la mar andaba alta, y como arfaban con las ondas, no acertaban donde asestaban; aprovecharan mucho si dadas las proas en tierra se acercaran. El capitán Bocanegra se mostró, y animosamente saltó en una galera de los turcos y la rindió.

Duró, finalmente, la pelea sobre los reparos de la Goleta dos horas largas, cayendo de unos y otros. Los españoles daban voces pidiendo escalas y nunca las trajeron sino cuando ya se retiraban, que si en el principio las trajeran, acabaran hoy con la Goleta. También hubo falta en los italianos (quizá por vengarse de la que ellos padecieron cuando murió el conde de Sarno), que oyendo arma, arma, unos estaban quedos, otros se ponían en lo más seguro.

El Emperador, oyendo el estruendo del arma, en un caballo ligero al galope, sólo con cuatro caballeros que acaso se hallaron con él, fué donde sonaban las armas, poniéndose en tanto peligro como si fuera un soldado particular. Viendo, pues, el peligro y poco fruto del combate, y que morían en él los más valerosos, mandó tocar a recoger, y al retirarse murieron más que en el combate, porque la artillería les daba en descubierto.

Los alemanes ayudaron como buenos a los españoles este día. Dijeron los que más sabían de guerra que no se tomó hoy la Goleta porque cuantos venían al socorro acudían donde los españoles peleaban, y si acometieran por otra parte, los turcos se repartieran y así no fuera tan grande la resistencia que hicieron, que si bien sobró el esfuerzo en los soldados cristianos, fué grande la confusión y desorden, que donde ésta hay, no hay fortaleza.

Murieron el alférez Diego de Avila, de un balazo que le dió estando peleando con dos turcos, y los turcos le tomaron la bandera y cortaron la cabeza con más de otras veinte, que según la ropa y armas, les parecieron de gente de cuenta, y las colgaron de los muros de la Goleta. De los italianos murieron pocos, porque, como dije, no quisieron ayudar a los españoles. Fué herido el marqués de Final de un escopetazo; lleváronle en diez galeras a Sicilia, y murió en llegando a la ciudad de Trapana. Derribaron de un mosquetazo a Francisco González de Medina, caballero del hábito de Santiago, habiendo peleado animosamente. Fueron más de docientos los muertos, y los más, tudescos; los otros, españoles, soldados escogidos, que, quedaron entre los arenales de la Goleta y bestiones sin sepultura, en compañía de otros cuerpos de turcos, porque ni los turcos se atrevían a salir por los suyos, ni tampoco los cristianos, temiendo todos la artillería. El sol terrible que en aquellas partes hace, corrompió luego los cuerpos, y así era intolerable el mal olor que los vivos sufrían.

Anduvo el marqués del Vasto en lo peligroso de esta escaramuza; pasáronle el pescuezo del caballo con una escopeta, y cuando el Emperador llegó a los bestiones, debiéronle de decir el peligro en que el marqués había estado, y preguntó: «El marqués, ¿es vivo?»

Peleó Fabricio Maramaldo valerosamente. Salieron heridos el capitán Saavedra, el capitán Jaén, el capitán Bocanegra y su alférez Pedro Valenciano, y el capitán Charles de Esparz. A éste, entre los bestiones, le vieron mano a mano matar cuatro turcos. Salió herido el capitán Morales y el capitán Hermosilla, el capitán Maldonado, el capitán Luis Quijada, Vázquez, hijo del alcalde de Navalmorquenda, de la cual herida después murió. Dieron flechazo en una pierna a Luis Daza, gentilhombre de la boca, y un mosquetazo en la cabeza a Rodrigo de Ripalda, del cual cayó aturdido, mas volvió en sí y escapó. Hubo otros muchos heridos y muertos, todos varones excelentes y merecedores de esta memoria; la intención de los españoles fué buena, su atrevimiento grande, y así lo fué el daño que recibieron.

Sola una cosa se ganó este día: que los turcos conocieron bien las manos de los españoles, y los españoles las suyas; los turcos para temerlos, y los cristianos para tenerlos en poco. Murieron y fueron heridos de los turcos muchos más que de los cristianos.

Sonó la pendencia de este día en Túnez más -como suele- de lo que fué. De lo cual unos temieron, otros echaban juicios. Barbarroja, hasta agora, no había bien sentido los enemigos que sobre sí tenía. Hallaba imposible poder sacar sus galeras, y desamparar a Túnez érale a par de muerte; echó el pecho a la fortuna, esperando que quizá haría lo que muchas veces suele, trocando las suertes y deshaciendo ejércitos poderosos, y que pocos venzan a muchos. Mandó a Sinán, judío, que derribase la puente por donde los suyos habían huído, por quitarles la ocasión para adelante. El judío le envió a decir que si quería que se derribase, que viniese él en persona a derribarla; mas Barbarroja nunca se atrevió a salir de Túnez, por lo poco que de los naturales confiaba, que al fin era tirano, y como tal había de tener sus temores y de hoy en adelante se le aumentaron.

En lugar del alférez Diego de Avila, se dió la bandera a Juan Gómez, gentil natural de Huesca de Aragón. Pusieron en el bestión postrero aquella tarde otras cuatro compañías de soldados, porque si los enemigos volviesen, hallasen mayor resistencia. Otro día, que fué 5 de julio, se vino al campo un mancebo valenciano de poco más de quince años, querido de Barbarroja, y en su compañía un vizcaíno. Trajeron suma de dinero, y muy bien tratados, pusiéronse a peligro confiando en sus buenos y ligeros caballos. El Emperador les hizo merced; preguntáronles del número de los que de la Goleta habían muerto y sido heridos, y afirmaron ser muchos más de los que en el campo pensaron.

Otro renegado que se decía Hazam Corzo, pagador de Barbarroja, se pasó también. Traía en moneda veneciana de oro cuatro mil ducados. Pidió misericordia con muchas lágrimas, lo cual el Emperador le concedió; llamóse Juan Bautista. Dijo éste, que en veces se habían pasado del campo treinta cristianos que se habían vuelto moros. Dió aviso que Barbarroja concertaba de salir una noche con veinte mil caballos y ochenta mil peones a dar en el real de los cristianos y desbaratar y vencer al Emperador. Por esto de aquí adelante se dobló la guardia y cuidado en el campo, y eran muy pocos los que de día y de noche se quitaban las armas, ni las sillas a los caballos; y en la armada se puso la misma vigilancia y cuidado.

Blasonaba Barbarroja, por animar a los de Túnez, de las dos escaramuzas, y les decía que en la del conde de Sarno había perdido el Emperador ocho mil hombres, y en esta, veinte mil. Que demás de los muertos y heridos había infinitos enfermos en el campo; que no eran de mejor complexión los tudescos ni italianos que los franceses, y sabían lo que en el año de 1270 en aquellos mismos campos había sucedido al rey Luis de Francia con otro ejército tan poderoso como aquel, que con pestilencia, sin que moro africano pelease, habían allí acabado. Que mirasen la ley que tenían y la obligación de pelear y morir con él por ella, contra los cristianos. Que si por ser él rey se desdeñaban, eligiesen un rey cual ellos quisiesen, que él le seguiría y serviría como el menor soldado. Que mirasen que peleaban por su propria patria, hijos, mujeres y libertad, y no quisiesen verse en poder de españoles, que son cobardes en la pelea y crueles con la victoria. Estas y otras tales razones les dijo y hizo otras diligencias. Envió gente nueva a la Goleta, y por los heridos, que fueron muchos los que se vieron llevar en barcas. Envió por dos culebrinas gruesas, para que si la Goleta se perdiese, tener artillería en Túnez. Envió asimesmo cuarenta cargas de brocados y sedas a Argel, con otra gran riqueza, que le daba el alma su desventura, y por no mostrar flaqueza dijo que era moneda para pagar la gente que tenía en Argel; finalmente, hizo las prevenciones que un capitán prudente debe hacer.

Asegura en Argel Barbarroja su ropa.

A 6 de julio no cesaron los turcos de tirar con su artillería, y lo mismo a los siete, con que mataron hasta trece soldados. Deteníase la batería, y los soldados impacientes murmuraban, y sobre el acometer la Goleta había tantos pareceres como soldados; unos decían que fuese el miércoles, otros que domingo y otros que el viernes, que jamás España había dado batalla en este día que no la ganase.

El Emperador, con su gran prudencia, iba midiendo el tiempo y componiendo las cosas para hacer el acometimiento atentadamente; quiso desocupar el campo de los muchos heridos que en él había y, hablándolos con amor, prometiéndoles hacer merced, dió orden que se llevasen a Sicilia, que de ella al cabo de Cartase ponían los antiguos mil y quinientos estadios. Hubo este día algunas escaramuzas con los moros que asomaban por los olivares. Murieron pocos. Llegada la noche, los soldados que eran de guardia hicieron en los reparos salvas de arcabucería, para que sintiesen los turcos que estaban apercibidos y les diesen lugar a trabajar en sus bestiones. Lo mismo hicieron en la Goleta, tañendo gaitas, tamboriles y adufes y otros instrumentos a la usanza morisca. Mataron al alférez Olea con una pieza de artillería yendo a poner fajina donde trabajaban.

Pasada la primera guardia de la noche, entraron unos soldados a reconocer las defensas de los enemigos, sin que fuesen sentidos a la ida ni a la vuelta, y ellos dieron la cuenta de lo que habían visto.

8 de julio: reconocen los imperiales el lago para echar en él unos barcos con gente, que estorbasen el paso de Túnez a la Goleta. -Piedad del César con un soldado herido de un balazo. -Matan dos moros atrevidos un cristiano.

Proveía Barbarroja la Goleta de munición y bastimento con barcas, que por el que se les quitase este paso, armando alguno. Determinóse en el consejo de guerra que se les quitase este paso, armando algunos bajeles y echándolos en el estaño con gente armada lo que bastase.

A 8 de julio llamaron los maestres y capitanes de las naos que saliesen a tierra, sin decirles para qué, y por el secreto se encomendó a mícer Juan Reino, obispo de Alguer, y a un caballero de la casa imperial, que les mandasen lo que en consejo habían proveído, que esta noche pasasen algunos con mucho secreto y recato de la otra parte de la Goleta, apeando y tentando todo el lago, y lo hondo de él, para ver si podrían nadar bajeles, y de qué tamaño, y con qué gente, y que hallando qué podía ser, se apercibiesen para que por la canal por donde tentó Barbarroja llevar sus galeras a Túnez, varasen treinta bateles hasta dar en la cava, y de la cava al estaño, y que en cada batel fuesen diez arcabuceros, sin los remeros, y más, si el agua lo sufriese.

Para esto se dió orden a Hernando de Alarcón, que escogiese trecientos soldados y que pusiese en cada barca tres o cuatro versos, o mosquetes, u otros tirillos de mayor efeto. Había barcas levantiscas que podían sufrir medio cañón; asimesmo, de las naos se echaron, de cada una, un artillero en tierra, sacando la provisión que para su comida fuese menester.

Encomendóse el reconocer lo alto del lago a Francisco de Arrieta, capitán de naos y regidor de Cádiz, y a un hijo de Martín de Renteri.

Francisco de Arrieta hizo lo que le mandaron tomando seis compañeros diestros en el agua y esforzados, y repartiólos de dos en dos; unos siguieron la parte de la Goleta, otros la de los olivares, y él echó por el medio. Hallaron, finalmente, la hondura que deseaban, y antes que amaneciese volvió el capitán Arrieta, y dió cuenta al Emperador, que le estaba esperando, de lo que en el lago había. De lo cual el Emperador holgó mucho, por ser de gran importancia quitar aquel paso a los de la Goleta.

Llamáronse los maestros y capitanes de naos. Martín de Monguía vino luego, y con él Lucas de Jáurigui, almirante de la armada, y se les dió orden para que con las barcas anduviesen en el lago o estaño. Era el fin principal de esta diligencia querer ya acabar con la Goleta, combatiéndola por tierra, y la armada por mar, y los de las barcas por el estaño, que de esta manera no les quedaba por dónde poderse valer. Quitábanseles las provisiones y el socorro, y, siendo vencidos, por donde poder huir. Era importantísima esta diligencia, y, por extremo, dañosa a la Goleta.

Al punto se aliñaron las barcas con sus empalizadas y defensas, asentando los versos y tiros. Dado este orden, el Emperador fué a ver la obra de la trinchea; y estando allí, en su caballo, pasó un turco con su escopeta los lomos de un soldado. Condolióse de él el César y le dijo que subiese a las ancas de su caballo para llevarlo Su Majestad a curar. El soldado no lo quiso hacer, y entonces el César le dijo que se fuese a curar a su tienda.

Era el atrevimiento de los moros grande, por haberse mandado en el campo que ninguno saliese a escaramuzar. Este día, ya que el sol se quería poner, dos moros que dijeron eran alcaides de Barbarroja, venían en sus caballos, con sus lanzas sobre los hombros y airoso semblante, por la costa de la mar, y entraron por donde el campo se alojó antes que a la Goleta se acercase. Llegaron al reparo con tanta osadía, que ninguno los juzgó por enemigos. Cuando juntaron con la caballeriza de don Alvaro Bazán, fuéronse contra un cristiano, el primero que encontraron. El cristiano temió lo que podía ser, y lanzóse en la mar hasta la garganta. Entraron los moros tras él, y allí le mataron a lanzadas, a vista de muchos soldados, que de ninguna manera le pudieron socorrer. Los moros se volvieron con el mismo semblante que habían venido, hacia las ruinas de Cartago.

A 9 de julio estuvieron todos quedos sin pelear; sólo se entendía en el campo en hacer los reparos y aparejos para combatir por todas partes la Goleta.

Matan a don Hernando de Velasco. -Combátense un español y un turco valientes. -Mata Pedro de Orive un turco. -Parió la Emperatriz una hija. -Gente valiente que había en la Goleta.

En diez de julio se pregonó en el campo, que los que no eran para tomar armas se entrasen en las naos, so pena de perder la vida, y los que en las naves eran para pelear saliesen a tierra. Embarcaron luego en una galera los heridos y enfermos que cupieron y los enviaron a Palermo. Mandaron asimismo embarcar los tratantes y negociantes y otra gente inútil, para desembarazar el campo. Pidió el marqués del Vasto que los capitanes y sargentos mayores le diesen la lista de los soldados que cada compañía tenía, para saber el número de gente que había, y repartirlos como convenía.

Entraron este día en la bahía tres galeras de Sicilia y una de Catania. Llegó asimismo el galeón grande de Rantería, que venía de España con hasta trecientos gentileshombres, soldados y caballeros. Vino otro galeón menor con éste, y dos naos, y dos patajes de Vizcaya, y con ellos, en conserva, una carabela. Trajeron estos navíos alguna gente y pocos caballos. Una de las naos venía cargada de harina y bizcocho, y mucha artillería. No se tocó a cosas de estas, antes sirvió para previsión de la gente que quedó en la Goleta y en Bona.

El Emperador envió una lengua o espía a Túnez, que venía con Diego Delgadillo, y le mandó que procurase entrar en la Goleta y hablase con los renegados, y los asegurase que si se reducían se les haría buen tratamiento, y lo mismo en Túnez con los moros, que su rey Hacem los perdonaría y haría mercedes. Fué descubierto este hombre, y, preso, le mandó Barbarroja hacer cuartos vivo. Todavía aprovechó lo que dijo a los renegados, que se vinieron algunos, que dieron buenos avisos.

Hirieron los enemigos este día a don Hernando de Velasco de un escopetazo, de cuya herida murió católicamente, como quien era; dolió mucho al Emperador perder este caballero. La noche de este día y la pasada, hicieron los de la Goleta grandes alegrías, o como ellos llaman, algazaras. Encendieron luminarias y hogueras, dispararon la artillería y escopetas. No se sabía la causa, o si era sacar fuerzas de flaqueza; dijeron que había sido porque Barbarroja les había enviado un gran socorro con el capitán Salarráez, que trajo cuatrocientos turcos y jenízaros escogidos; que el bravo enemigo estaba muy entero, esperando haber victoria del Emperador, fiado en la mucha gente que tenía, armas y municiones, y fortaleza grande de la Goleta; que se notó en el campo, viendo que de parte de Barbarroja, ni de la Goleta, no se acometió con partido alguno. Mataron este día en los reparos, con la artillería de la Goleta, seis hombres.

Salió el capitán Lázaro, albanés, con sus capeletes a escaramuzar con los enemigos en los olivares. Mató por su mano un turco que se vino para él lanza a lanza. Cargaron hasta quinientos moros y alárabes de a pie y a caballo los capeletes albaneses con algunos caballeros ventureros y jinetes de la compañía de Diego López de las Roelas y de la marquesa de Pliego: serían todos hasta ochenta lanzas, los cuales dieron un Santiago tal, en los enemigos, que los pusieron en huída, y en el alcance les mataron doce de a caballo y tres de a pie.

Viendo un turco la cobardía de los muchos que huían y el ánimo de los pocos que los seguían, lleno de coraje se apartó de un escuadrón que en los olivares estaba, de hasta cuatro mil caballos; y puesto a un lado, salióse a un raso donde estaban unas higueras; su traje era una tarjeta en el brazo izquierdo, la cimitarra desnuda en la mano, la pistoresa o puñal en la cinta, las faldas de la marlota cosidas por delante. Con tal semblante y postura de valiente esperó un rato. Entendió un soldado español lo que el turco esperaba, que era matarse con alguno, y con la misma voluntad y ánimo salió a él espada y rodela, puñal y celada de infante. El turco fué más presto en darle golpe; el español lo reparó con la rodela y entrósele, y de un revés le corto el muslo y derribándole le dió tantas heridas hasta que le mató y le quitó lo que tenía.

Contra Pedro de Orive de Urango, yendo con espada y rodela, salió un alárabe de a caballo, tan desapoderado y determinado, que erró el golpe de la lanza; y el Pedro de Orive, al pasarle, desjarretó el caballo y dióle tal priesa, que queriendo escabullirse y salvarse le hendió la cabeza y se la cortó y llevó al César, y Su Majestad mandó a su caballerizo que le diese cierta suma de ducados. El Pedro de Orive no los quería recebir, diciendo que él no se había puesto en peligro por codicia de oro ni plata, sino por ganar honra y hacer lo que debía. El Emperador se los mandó tomar, honrándole con palabras, y diciendo que aquello debía él hacer como buen soldado, y él agradecerlo así como su príncipe y general.

Acabáronse hoy con toda perfeción los bestiones y a los jinetes españoles pusieron en mayor peligro mandándoles hacer guardia en parte muy cercana a la Goleta. Proveyóse asimesmo que los tudescos saliesen fuera de lo fuerte a hacer de noche la guardia, y temiéndose que no lo harían lo encomendaron a los españoles soldados viejos de Italia, lo cual, si bien peligroso, acetaron muy de gana.

Llegaron cuatro navíos con gente y algunas provisiones de Cerdeña, que no bastaron aun para los señores de la corte. Llegó también un bergantín de España, con cartas y nuevas que la Emperatriz había parido una hija, de que el César recibió gran placer.

Hacían los turcos de la Goleta cuantas fortificaciones y reparos podían, que sabían les eran bien menester. Echaron una galera fuera, para que de través tirase a los soldados que hacían guardia. Contra ella asestaron del campo una culebrina, y al primer golpe dió tan cerca de ella, que se volvió sin osar más esperar; y luego se pusieron otras dos culebrinas, para que si tornasen a echar galeras, hubiese con qué las ojear.

Pasóse un mal hombre a la Goleta, que les dió aviso como otro día los habían de combatir y ellos en amaneciendo, comenzaron a saludar el campo con su artillería. Otros dos se pasaron, arrepentidos de haber renegado, al campo imperial. El uno, dijo que Barbarroja había hecho una plática animando a los suyos y concertado que por tres partes de la Goleta, por los olivares y ruinas de Cartago, diesen todos los suyos sobre el campo de improviso. Creyeron lo que este dijo, y les hizo llevar muy mala noche y día, estando todos apercebidos y asándose con las armas por el grandísimo sol que hacía; mas no salieron los enemigos. Al otro fugitivo renegado preguntaron qué pensamiento tenía Barbarroja, y si sabía la gente y armas que el Emperador allí tenía y si pensaban los de la Goleta defenderse. Respondió este hombre que muy bien sabía Barbarroja y por menudo, la gente que había en el campo y qué soldados viejos, y cuántos vinieron; y, finalmente, todo cuanto pensaban hacer, porque tenía en el campo muchas espías que comían y dormían con los imperiales y sabían sus secretos, y que en la Goleta, demás de ser todos valientes y ejercitados en armas, estaban ochocientos hombres de tanta honra y valor, que habían sido capitanes, alcaides, arraezes y otros oficiales de mar y tierra, que antes se dejarían hacer pedazos que rendirse.

La diligencia que dije haberse ordenado para echar las barcas con los trecientos arcabuceros en la canal y estaño, y quitar a los de la Goleta el socorro de Túnez y paso para él, no se hizo. Culparon a los vizcaínos, que por hacerse mal y haber envidias entre ellos, lo estorbaron poniendo dificultades, que después pareció no haberlas, y fué causa de ser tomada con mayor daño la Goleta, y de que se escapasen muchos de ella.

11 julio: Premios que el Emperador ofreció a los que primero entrasen en la Goleta. -12 julio: Combate Barbarroja una atalaya. -Defiéndensela. -Habla el César a los suyos. -Apercíbense para combatir la Goleta.

A 11 de julio salió gran número de moros y alárabes de los olivares, dejando emboscados otros infinitos. Salieron a ellos ciertas compañías de arcabuceros; descubrióse la celada, pero no por eso dejaron los arcabuceros de ir a ellos. No hubo cosa notable, más de que los enemigos se volvieron con más pérdida que ganancia.

De los italianos se pasaron a la Goleta dos napolitanos que avisaron de lo que en el campo se hacía y pensaban hacer. Lo cual se vió en el tirar y acometer de los enemigos.

Pusiéronse en el cuartel de Luis de Alcocer y Bocanegra otras dos piezas de artillería que faltaban. Acudían a todo con gran diligencia don Pedro de la Cueva, proveyendo en la artillería y bestiones, y monsieur de Vauri, marqués de Corata, comisario general. El Emperador ofreció este día con don Luis de Avila, que lo vino a decir, que al primero que entrase en la Goleta daría cuatrocientos ducados de renta por su vida, trecientos al segundo, docientos al tercero.

Un mudéjar de Granada, que había sido alguacil en el Albaicín, dió aviso a Barbarroja de que la torre que estaba en el cerro de cabo Cartesa tenía pocos soldados en su guardia, y que era gran estorbo, porque de allí atalayaban los moros que en la Goleta entraban y salían, y sería fácil ganarla antes que los cristianos pudiesen socorrerla. Contentóle a Barbarroja el aviso, y determinó tomarla, no tanto por necesidad que de ella tuviese, cuanto por ganar alguna reputación. Para esto, a 12 de julio, envió gran número de moros y alárabes con algunos turcos y jenízaros y otros renegados. Estaban en esta torre, que llamaban de la mezquita, hasta diez arcabuceros; y algunos piqueros servían en ella de atalayas dando avisos con ahumadas de los enemigos, cuando venían.

Acometieron los enemigos de improviso, con tanto ímpetu, que los que la defendían peleaban más por defenderse que para ofender. Sintióse en el campo y tocaron reciamente al arma. Salió el Emperador con la gente de a caballo y dos mil alemanes. Viendo los enemigos el socorro que contra ellos iba, se desviaron del combate, retirándose sin osar esperar. El Emperador la mandó desamparar, recogiendo los que en la torre estaban al cuerpo del ejército, porque ya se llegaba el tiempo de dar la batería a la Goleta, y en este día habló el Emperador a los suyos, manifestándoles esta determinación, y así, animándolos con muy buenas razones para ello, pidiéndoles que si en las ocasiones pasadas, que habían sido suyas, se habían mostrado valientes, en esta, que era sola de Dios, cuyo alférez él era, se mostrasen valentísimos, donde el morir sería glorioso; que él sería con ellos en los saltos el primero y en los bestiones y baterías delante.

Y vuelto a los españoles, dijo que mirasen hoy a su rey peleando contra los enemigos y cosarios de las costas de España, y procurasen con obras cumplir sus obligaciones, satisfaciendo al nombre que entre todas las gentes del mundo tenían. Tales y otras semejantes razones dijo el Emperador a los suyos, con que se encendieron sus ánimos deseando ya verse en la pelea. El marqués del Vasto y Hernando de Alarcón, suplicaron al César se apartase de los peligros, y no pusiese a tanto riesgo su salud, pues en ella iba no sólo aquella vitoria, más el bien de toda la Cristiandad. Proveyóse la infantería de munición. Avisó Cristóbal Arias, sargento mayor del combate, que para el día siguiente estaba aplazado; echóse bando con trompetas y atabales, que toda la caballería acudiese al estandarte del Emperador; los jinetes acudiesen donde les señalasen; la infantería italiana al marqués del Vasto y la española a don Sancho de Alarcón. Señalóronse sesenta galeras para batir; y para que con menos peligro lo pudiesen hacer, se desarbolaron, hicieron reparos en las proas y arrumbadas de tablazón y ropa; señalaron las que habían de hacer guardia en cabo Cartesa; proveyóse que otras fuesen sobre la Goleta a la banda de Rada, para quitar el socorro que por aquella parte pudiese venir a los enemigos; cercóse el real de fuertes fosos y trincheas, donde eran más necesarias. Mandóse a los caballeros que todos estuviesen armados, so pena de la vida, los caballos apercebidos, y que ninguno se moviese de sus puestos.

Cupo a don Alvaro Bazán hacer guardia [en el] cabo Cartesa, y suplicó al Emperador le diese licencia para hallarse en la batería. Quísolo así el César, poniendo en su lugar a Miguel Bovera.

A trece de julio, antes que amaneciese se pusieron las galeras en orden para dar la batería, y don Alvaro Bazán delante de todas, sobrevino un recio viento contrario, que desvió y alteró los navíos, de suerte que no podían jugar la artillería; a esta causa se suspendió por este día el combate. Sacáronse seis tiros gruesos, y pusiéronlos en un reparo que hicieron cien pasos adelante de los bestiones, que a los españoles que de Italia vinieron tocaban, y por guardia la compañía del conde de la Noveleta, y la de Morales y la de Boca Negra.

Pasóse este día un capitán renegado de los de la Goleta, que dijo al Emperador el gran miedo que en la Goleta había. Hicieron sargento mayor a Juan Navarro, alférez que fué del capitán Jaén, sobre Florencia.

14 julio: Destemplanza con calor y frío; malas provisiones en el campo. -Anima y exhorta el César a los suyos para el combate de la Goleta. -Orden de la batería y tiros. -Ojean las galeras a los moros de tierra por que no embaracen el asalto. -Matan al barón de la Escaleta. -Quiere el Emperador matar un moro a puntería. -Arremeten los españoles. -Don Alvaro Bazán entra de los primeros en la Goleta. -Lo que dijo el Emperador a los españoles viéndolos dudosos en arremeter. -Lo que en proverbio se dice de las tres naciones, tudescos, italianos y españoles. -Gánase la Goleta. -Los que murieron de la Goleta. -Valentía de los turcos. Los que primero entraron en la Goleta y mercedes que el César les hizo. -Hecho notable de un español muriendo. -Los que murieron en el asalto.

No quiso el Emperador perder tiempo para batir y combatir la Goleta, porque enfermaban muchos por la destemplanza del aire, que de día se derretían con el sol y de noche casi se helaban con el rocío, de donde resultó en el campo un gran desconcierto de vientre, en los no muy ricos. Había gran hambre y sed, hedor de los muertos, sin los continuos heridos que traían; el agua era salobre y turbia del mucho jarrear, comían manzanas no maduras para matar con ellas la sed, que también los corrompían, y aun la panática de la flota se calumbrecía. Hubo, pues, gran priesa y diligencia en asentar la artillería, y recogerse todos a sus banderas, fortificar el vallado y baluartes para la batería.

Ordenáronse los tercios en tres partes, diciéndoles lo que habían de hacer, y lo mismo se hizo en la flota para que batiesen las naos y galeones la Goleta, repartiendo las galeras en otros tres tercios, y que tirasen a veces, dándose lugar los unos a los otros.

Sosegado el mar y segura la tierra de la tempestad que los embarazó, como dije, tres días, para no poder dar el combate ni por mar ni por tierra; pues esta noche, antes de la batalla, el Emperador en persona, acompañándolo su cuñado el infante don Luis de Portugal, visitó todos los reparos y bestiones, las trincheas, la artillería, exhortando con dulces palabras los capitanes y soldados con rostro alegre y semblante animoso, diciéndoles que en esta jornada tan santa y pía, y tan necesaria a ellos y a toda la Cristiandad, quisiesen mostrar su valor, porque vencida y espugnada la Goleta, ni a Túnez ni a todo el resto de Berbería quedara reparo; y que en esta victoria ganaban nombre y riquezas que durarían para siempre. Que mirasen las victorias que habían ganado en Italia, de los franceses y de otros príncipes poderosos, las ciudades y castillos que habían conquistado no estando él con ellos, sino muy lejos en España, que agora que le tenían consigo no debían ser menos. Que no perdiesen la honra que habían ganado en Alemaña, pues con sólo su nombre habían espantado al Turco, y héchole retirar sin verles la cara, trayendo quinientos mil combatientes. Que mirasen que estaba él allí como su capitán, y como un particular soldado de ellos. Que acometiesen con ánimo, que él prometía de hacer mercedes satisfaciendo, según los méritos, a cada uno.

Con esta exhortación, tan digna de memoria, que el César hizo a sus soldados, lunes a catorce de julio, ya que quería abrir el alba, habiendo el Emperador oído misa y comulgado con los de su corte, se pusieron en escuadrones todos con gran concierto, tocaron las trompetas, descubrieron los tiros de los bestiones, que estaban cubiertos con fajina. Había veinte piezas en la parte de los españoles para batir, con una culebrina que pasaba de veinte y siete pies en largo. De cañón a cañón había nueve pasos. Estaban por el mesmo orden diez y seis piezas en el cuartel de los bestiones de los italianos. Hízose antes una trichea pequeña o foso, delante de la torre del Agua y tienda del Emperador, en la cual pusieron mil arcabuceros con algunas compañías de los españoles bisoños, para que asegurasen el campo, repartiendo sus centinelas o espías para que avisasen si de Túnez o otra parte viniesen enemigos.

Dada finalmente la señal, comenzando ya a ser de día, con grandísimo estruendo hizo salva la artillería, y al punto respondieron los de la Goleta, que no dormían y sabían bien el día que se les aparejaba. Batían los españoles el bestión de la marina y la muralla nueva, y la misma torre de la Goleta; los italianos batían el reparo, que los turcos fortalecieron con remos hasta el estaño, y delante de estas dos baterías, cien pasos, se habían puesto la noche antes seis banderas de los españoles viejos, los cuales batían con seis cañones dobles la misma muralla nueva. La armada de mar estaba asimismo repartida en batallas o escuadrones, porque el príncipe Andrea Doria, con veinte galeras, desde bien cerca batía la torre de la Goleta, y el muro nuevo, y el bestión de la marina; el conde de Anguilara, caballero romano, general de las galeras del Papa, con sus galeras y con las de Rodas o Malta y otras, y con los galeones de Portugal y Belomo y otros navíos gruesos que se habían podido acercar.

La batería fué terrible, y por tantas partes, que los turcos no sabían cómo valerse, si bien hacían cuanto podían, tirando desde sus galeras y bestiones, y desde los reparos. Mandó el Emperador a don García de Toledo, marqués de Villafranca, general de las galeras de Nápoles, y a don Alvaro Bazán, general de las galeras de España, que por lo que podría suceder se fuesen a poner con veinte y cuatro galeras sobre el cabo de Cartago, donde antiguamente solía estar uno de sus puertos, para que si los alárabes o moros acometiesen al ejército cristiano por las espaldas en tanto que se combatía en la Goleta, estas galeras los defendiesen, tirando por costado a los que quisiesen llegar a ofender, lo cual puso tanto terror en los moros, que en todo el día no osaron acometellos, por estar tan descubiertos de aquellas galeras.

Demás de esto, mandó el César estar la caballería toda entre los reparos y olivares, y una parte de ella al cabo de Cartago, para que con más seguridad pudiesen estar y combatir la Goleta. Fué la batería recísima, porque la artillería jugaba con maravilloso concierto. Los que tiraban de los bestiones, o por alto, o por bajo, no daban en la muralla. Reventaron dos cañones por culpa de los artilleros, y en poder de otros, reventaron otros cuatro.

Quejábase el Emperador (que a todo asistía) cómo de aquella parte no batían: fué allá el marqués del Vasto, y visto el desconcierto en el tirar, entendiendo era con malicia, mató con la jineta dos artilleros, y preguntando a otro por qué estos no hacían su oficio, respondió que estaban enojados porque quisieran el vino puro y se lo daban aguado; otros dijeron que por habérselo bebido tan puro, y demasiado. Respondían de la Goleta y sus galeras con continua artillería, y de un balazo hirieron a Marco, barón de la Escaleta, natural de Mecina, que era un valeroso y diestro soldado, del cual perdió un brazo, y levantándose del suelo herido, dijo con ánimo: «Lo que no pudo hacer contra mí el esfuerzo de muchos, ha podido una bala desmandada.» Y diciendo esto expiró. Había traído en servicio del Emperador dos galeras.

Fué asimismo herido un su hermano, y muerto un gentilhombre de aquel tiro, tanta es la fuerza de la pólvora. Tenían los turcos, demás del artillería que contra la mar estaba asestada, un gran barco grueso y fuerte en que traían piedra a la Goleta con cierta rueda, como la usan en Génova para reparar el muelle. En este hicieron un reparo de fajina y tierra, y con dos piezas a su salvo, tiraban a todas partes. Mataron al patrón de la galera capitana de Nápoles, que don García de Toledo trajo. En la del príncipe de Salerno mataron treinta y cinco hombres. De la galera de Nápoles, llamada San Antonio, llevó un tiro a algunos de los que estaban presos en cadena. Las galeras se acercaron hacia la Goleta, y de nuevo y con ímpetu la batían respondiéndole, y ayudando con el mismo ímpetu y furia la artillería del campo, respondiendo los enemigos con la misma braveza; de suerte que, si los acometían con ánimo, los rebatían con el mismo, porque dentro en la Goleta, demás de los turcos, jenízaros y renegados, había treinta capitanes escogidos.

Los alárabes y moros de la parte de los olivares, venían hacia la torre del Agua a la trinchea, donde dos mil arcabuceros estaban: arremetían y daban presto la vuelta, ni haciendo ni recibiendo daño. El Emperador, con grandísimo cuidado, acudía a todas partes, y hallándose a caballo en esta trinchea, un moro jinete, blandeando la lanza, se vino poco a poco acercando. El Emperador se apeó y pidió un arcabuz cargado, hincó la rodilla en tierra y encaró contra el moro; pero descubriendo el enemigo la gente que tras las trincheas estaba, volvió las riendas y puso las piernas al caballo. Descargó el Emperador y erró el golpe, por ser la distancia larga. El Emperador se sentó un poco, y el moro tornó como de primero, diciendo a voces, que todos lo oían: «En balde trabajáis, cristianos; tornaos, tornaos, que ni habréis a Túnez, ni entraréis en vuestros días en la Goleta; habéis perdido el tiempo y gastado vuestra munición, no en daño nuestro, sino vuestro.» Parecía este moro en el hablar, según era cortado, un fino castellano. Tornó el Emperador a tomar el arcabuz, y si bien le asestó de puntería, con la gran distancia y velocidad del moro, se perdió el tiro.

Duró la batería por mar y por tierra la más fuerte dos horas largas, y tras ellas cuatro, que fueron seis, que no se acordaban haber oído otra semejante, de suerte que se echaron sobre la Goleta más de cuatro mil balas, y porque fuese tal, anduvo el Emperador (aunque había tenido gota aquellos dos días) sobre los artilleros. Era tan grande el ruido de los golpes de la artillería que temblaba la tierra, y parecía romperse el cielo. La mar, que al principio estaba sosegada, espumeó y ondeó fuera de su natural, bullendo mucho. El humo quitaba la vista y los truenos ensordecían. Cayó, pues, buena parte de la torre con su barbacana, tomando debajo el artillería y artilleros. Entró a reconocer el capitán Jaén con cinco arcabuceros y con Herrera, gentilhombre de la compañía de Luis Pizaño. Este, llegando con su espada y rodela, viendo la manera de los enemigos, dijo a Jaén: «Capitán, echarme he dentro, que esto no es sino corral de vacas.» Y cuando volvió Herrera, el Emperador le puso el brazo encima del hombro y le dijo: «Digoos que sois hombre de ánimo.»

Serían casi dos horas más de mediodía cuando el Emperador, apercebidos los arcabuceros de la trinchea y las compañías que no batían, fué a pie al reparo, donde los seis cañones estaban con harto peligro, a causa como no cesaban de tirar mosquetes. Comunicáranse allí el marqués del Vasto y príncipe Doria, y concluyeron que era ya tiempo de arremeter a la batería de la Goleta. Habló el Emperador con Granvela un rato en tudesco, y volvió luego a los reparos y hizo un breve razonamiento animando a los españoles, y de ellos fué a los italianos, y, finalmente, a los tudescos.

El sargento mayor avisó a los capitanes que estuviesen apercebidos, diciéndoles el orden que estaba dado, que era que saliesen por tercios, llevando Santiago la vanguardia, San Jorge batalla, San Martín retaguardia, y dos mil tudescos por batalla; tenían la misma orden los italianos, y para socorro tres mil españoles de los bisoños.

Llegaron de parte de don Alvaro Bazán, el capitán Francisco Julián, y Hernando de Palma, catalán, proveedor de las galeras de España, y dijeron al César que, por la batería que las galeras habían hecho, se habían abierto portillos, por donde sin embarazo podrían entrar en la Goleta, que siendo el César servido, don Alvaro entraría con la gente de galera, sin que los turcos fuesen parte para estorbarlo. Fué ocasión este aviso para acelerar el asalto, y así dispararon luego las culebrinas y cañones, mas sin pelotas, por no hacer mal a los que arremetían, y sin tocar trompeta ni esperar que la tocasen; en el punto que el estandarte se levantó, que era señal de acometimiento, con grandísima furia los españoles arremetieron, animándolos un fraile francisco con un crucifijo en la mano.

Los españoles soldados viejos a quienes principalmente estaba encomendado el asalto, arremetieron con escalas, y tan galanes como si fueran a tornear (que así lo acostumbran los de esta nación); llevando divisas para ser conocidos, porque no les pasa por el pensamiento, puestos en esta ocasión, mostrar las espaldas al enemigo. Don Alvaro Bazán fué avisado, y tomando una espada de Juan Ferrer, su camarero, porque no le daban tan presto la suya, armado con solas cinco personas, saltó en tierra, y fué el primero que por su parte entró en la Goleta, si bien otros (como diré) de los de tierra, ganaron antes esta palma. Los turcos dispararon algunos tiros a la puerta de los italianos, y comenzaron a detenerse; y los españoles, que iban entre bestión y bestión a remolinar.

Viendo esto el Emperador acudió a ellos diciendo a voces: «¡Oh mis soldados! ¡Oh mis leones de España!» Con lo cual se encendieron tanto sus ánimos, que perdido el temor, arremetieron como si no tuvieran delante la misma muerte, y se pusieron en grandísimo peligro, porque los turcos peleaban con coraje y se ayudaban lo posible, mostrando un gran valor Zinán judío, que los sostenía y esforzaba, disparando infinitos arcabuces y saetas, y otras municiones de fuego que arrojaban. Finalmente, no había hecho portillo el artillería por donde ya no entrasen imperiales y banderas, mostrándose todas las naciones del campo imperial valientes y deseosos de la victoria, y sobre todos, los españoles, fueron primeros en el entrar, por ser tanta su ligereza, de los siglos antiguos celebrada, y proverbio en estos, que el tudesco en campaña, el italiano tras muralla, y español a ganalla.

Volvieron las espaldas los turcos, huyendo poco a poco al principio, pero como vieron los que cargaban, dejando las armas, huían sin empacho. Quisiéronse hacer fuertes en la plaza, mas no les valió. Fué la mortandad grande, porque los que guardaban el reparo hacia la parte del estaño, no pudiendo pasar por el puente de la canal, a causa de la priesa de la gente que se apretaba, se echaron al agua en el mesmo estaño, para salvarse en las barcas; pero no pudieron ser tan prestos, que los españoles no fuesen con ellos a las vueltas, matando muchos, siguiéndoles por el agua hasta los pechos, por hartar la ira natural que la diversidad de religión cría en los ánimos.

Poco antes que se acabase de dar la batería en la sierra de la mezquita que sobre el campo mira, estaban hasta diez mil moros de pie y a caballo, esperando el fin de la batería; y viendo cómo los turcos habían perdido la Goleta, y que los cristianos los seguían, ejecutando el alcance, levantando una gran grita se fueron. Siguióse la huída y muerte de los enemigos, sin piedad, porque no la merecían, por tierra más de dos millas, hasta que de cansados y muertos de sed, no pudieron más seguirlos; si las barcas que se habían ordenado para el estaño se hubieran echado en él, fuera grande la matanza que en los enemigos se hiciera, y riquísimo el despojo, porque muchos de los turcos se acogieron a Túnez en los bergantines, y se ahogaron otros en ellos por cargar más de lo que podían llevar. Así que, muertos en batalla, y ahogados, fueron más de mil y cuatrocientos de los más valientes que en la Goleta estaban.

Embarazábanse mucho con sus haldas largas, con las marlotas turquescas, en el cieno y agua del estaño, y paredes de la canal, después de mojadas. Murió allí el alcaide Orrucho, turco de nación, que había sido cristiano, con hijos y mujer en Mallorca. Murieron docientos jenízaros, gente belicosa y diestra; y lo que con razón se notó, fué que en el puesto donde cada uno peleaba allí perecía, sin apartarse un paso de él, y lo mismo hicieron los oficiales, como artilleros, herreros, ingenieros; y pudiendo escapar las vidas con huir, quisieron más morir como valientes, por defender su Goleta.

El marqués del Vasto entró con otros caballeros y soldados, y viendo la huída de los turcos, llegando a una cruz que fray Buenaventura, fraile francisco, traía, hincó las rodillas y besó en tierra, dando gracias a Dios por aquella victoria. Hizo el César lo mismo, cansado y fatigado del calor y peso de las armas; y con lágrimas dijo aquel verso del salmo: Non nobis, Domine, non nobis, sed nomini tuo da gloriam. (No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a vuestro nombre dad gloria.) Y así se recogió a su tienda.

Los primeros soldados que entraron en la Goleta fueron Miguel de Salas y Andrés o Alonso del Toro, alférez que fué del capitán Zambrana, ambos naturales de Toledo. Gaitán, alférez del capitán Jaén, porfiaba que él había sido; pretendía lo mismo Mendoza, alférez de Carrillo, y Juan de Béjar, y Pedro de Avila, y Diego de Isla, capitán de un galeón, y Fuensalida, alférez de Hernando de Vargas, y otros tuvieron la misma pretensión. La causa no saberse de cierto, fué que acometieron por diversas partes y portillos, y así parecía a cada uno haber sido el primero. El Emperador dió a Fuensalida docientos y cincuenta ducados de renta de por vida, y a Mendoza, alférez de Carrillo, otros tantos, a Alonso de Toro, docientos; al capitán Miguel Navarro, ciento; a Miguel de Salas, ciento; a Isla, ciento; a Herrera, ciento, dándose a cada uno privilegio donde lo quería.

La misma merced hiciera el Emperador a otro valiente español, si no muriera, porque como otro Epaminondas, clavadas las piernas de un tiro grueso, cobró su arcabuz arrastrando, y expiró abrazado con él.

De los caballeros, fué el primero que entró el príncipe de Salerno, acompañado de los suyos, armado de todas armas, la vista alzada y la espada desnuda en la mano, con la maza de hierro al arzón. Pasado el bestión de los enemigos, estaban cincuenta caballos buenos atados a unas estacas, y otras bestias y camellos, y por que por robar y saquear no dejasen depelear, los primeros que entraron los desjarretaron.

Murieron hasta veinte y seis cristianos, los más de golpes de artillería. Entre ellos fué don Pedro de Urrea, sobrino del conde de Aranda, comendador de San Juan. Fué notable que un soldado natural de Trujillo, faltándole las piernas por medio de los muslos, y la carne y canillas destrozadas, gimiendo y revolviéndose en su sangre, lo mejor que podía, con los dolores de la muerte, apellidaba: «¡Victoria, victoria!», sin que de ella pudiese ni esperase gozar.

Saco que en la Goleta se hizo. -Tomaron la armada de Barbarroja. -Entra el César en la Goleta.

El saco que hicieron los soldados fué pobre, porque en las galeras había poco que robar para ellos; las vituallas fueron muchas y de importancia. Halláronse más de trecientas piezas de artillería, y aun de hierro, bronce y fruslera fueron más de cuatrocientas, y dentro de la Goleta cuarenta muy gruesas, y algunas con flor de lis, y aún pelotas de la mesma señal; y otras con salamandrias con esta letra: Nutrisco et estinguo. (Sustento y mato); que decían ser todas de Francia.

Tomáse gran munición de pólvora, balas, arcabuces, arcos turquescos, haces de flechas. Tomóse, también, toda la flota, que dió tanto contento al César como la Goleta, que serían cuarenta y dos galeras en la canal, en las cuales habían de veinte y seis, veinte y siete, hasta veinte y ocho bancos y algunas de dos popas, tan ricas y de tanta mazonería y oro labradas, que no se habían visto mayores ni mejores entre cristianos. Entre ellas estaba la capitana que Barbarroja trajo de Constantinopla; galera en que hubo bien que mirar, por ser tan larga y ancha, y de muchos aposentos. Cobróse la capitana en que acabó el poco venturoso Rodrigo de Portundo, general de las galeras de España. Hubo más cuarenta y cuatro galeotas, fustas y bergantines, otros navíos redondos veinte y siete, sin otros vasos pequeños de diversas maneras.

Este mesmo día entró el Emperador en la Goleta acompañado del infante, su cuñado, y del rey de Túnez, y otros muchos señores, y caballeros, y dijo, mirando al rey con alegre semblante: «Señor, esta será la puerta y camino por donde entraréis en vuestro reino.» A las cuales palabras inclinándose mucho el rey moro, con gran reverencia le volvió las gracias, rogando a Dios le diese cumplida victoria.

No se olvidó este día el Emperador (si bien fué grande, y con razón, el gozo de la victoria) de su España; escribió a la Emperatriz y a los grandes y virreyes, diciéndoles:

«EL REY

»Marqués de Cañete, pariente nuestro, visorrey y capitán general en el nuestro reino de Navarra. A 30 del pasado os escribimos nuestra llegada aquí, y lo que hasta entonces se había hecho en esta empresa. Después se continuaron las trincheas para llegar y asentar la artillería sobre la fuerza de la Goleta, acabadas las cuales y hechos todos los otros proveimientos necesarios para semejante cosa, porque los enemigos la tenían fortificada con muy buenos reparos y bestiones, y mucha gente, y mucha y muy buena gruesa artillería, más de lo que se pensaba, aunque no era poco lo que se entendía y conocía, habiendo los tiempos por lo que se había de hacer con el armada dilatado algún día. Finalmente, hoy, miércoles, día de la fecha de esta, se comenzó a dar la batería al punto del día por tierra y por mar, y se continuó sin cesar, muy recia, por seis o siete horas, defendiéndose los enemigos con toda su artillería, todo lo que les fué posible; en cabo de las cuales, con ayuda de Nuestro Señor, se entró y ganó la dicha fuerza por los nuestros, por combate y batalla de manos, y los enemigos fueron constreñidos y forzados a desampararla y huir, quien más podía, sin alguna orden, parte de ellos por tierra, pagando una puente que tenían hecha desde la fuerza a tierra firme, y parte lanzándose por el estaño que va a Túnez; de los cuales en la batería, en el combate, y en la huída, se yendo, seguidos de los nuestros, han sido muertos y ahogados gran número, y aunque no se sabe lo cierto, dicen los que lo han visto, que serán dos mil. Hanse tomado entre galeras, galeotas, bergantines y otras fustas, hasta sesenta o ochenta, y en ellas, y en los reparos y fortificaciones, muy gran cantidad de artillería, y muy gruesas y buenas piezas. Por todo, habemos dado y damos muchas gracias a Nuestro Señor, que sin duda, según el sitio, disposición, fortificación y fuerzas de gente y artillería que había, aunque fueron muy reciamente apretados, ha sido obra de mano de Nuestro Señor haber así acabado, y con tan poca pérdida de los nuestros, que no pasaron de treinta hombres. Esta noche, después de haber reposado la gente, partiremos con nuestro campo para Túnez, siguiendo la vitoria, y esperamos que si hubiere resistencia nos la dará, como lo ha hecho en esta, y os avisaremos de lo que más sucediere. El rey de Túnez, después que vino a Nos, ha estado y está en nuestro campo con doce o quince moros que quedaron con él, y hasta agora no son vueltos los que con él vinieron, que envió a tratar con los alárabes, que le viniesen a ayudar, ni ellos espera que le acudirán, y créese que lo han diferido hasta ver el suceso de la Goleta, por respeto de Barbarroja de las fuerzas que aquí tenía. Esto haced saber a los del nuestro Consejo y perlados de ese reino, de nuestra parte.

»De nuestro campo de la Goleta, a 14 de julio 1535. -YO EL REY. -COBOS, comendador mayor.»

Sentimiento de Barbarroja, y reparos para defender a Túnez. -Muestra de gente que hizo Barbarroja.

Sintió más Barbarroja la pérdida de la Goleta por la flota, que por la misma fuerza; porque quedaba manco para poderse valer del mar, que era su abrigo y donde se sentía invencible; y por no tener dónde huir de las manos poderosas del César, si lo echaba de Túnez, y aun los cosarios y capitanes turcos de galeras se quejaban sintiendo su perdición. Por lo cual, como ya estaba medroso, riñó mucho al judío Zinan por haber dejado perder la Goleta, dando baldones a los jenízaros y turcos, con palabras afrentosas. Pero Zinan, que no era menos cuerdo que valeroso y valiente, le respondió por todos, diciendo que no se desampararon la fuerza por temor de los hombres, sino de los diablos, que así se debían llamar los tiros de fuego; cuanto más, que la furia de los españoles había sido tanta, que él mismo la desamparara si allí estuviera, y que se guardaron para ayudarle a defender aquella ciudad y su persona, como vería, peleando; por tanto, que acudiese a resistir al enemigo.

Disimuló Barbarroja con aquello su pasión, rogóles ahincadamente que no le faltasen en aquel trabajo, mostróles camino para resistir y aun vencer al César, si pasasen contra Túnez, por falta de pan y agua, y por cien mil combatientes que tenía, porque ya llegaban Mezguin, Ulat, Jacob, Morabita y otros poderosos jeques enemigos capitales de Muley Hacem y de cristianos. Dió dineros a los principales de Túnez y su tierra, a unos porque no le faltasen, a otros, porque le siguiesen, que algo los sentía rebotados y dudosos después que se habían perdido la Goleta y flota.

Puso mayor guardia en Túnez de la que haber solía, velando él casi toda la noche; y en los pozos que hay fuera, hizo otras cosas para defender la ciudad, y su persona. Envió a Bona cuatrocientos turcos, donde había puesto gran suma de dinero, oro, plata y joyas, y otras cosas que más estimaba. Mandóles despalmar catorce galeras y una galeota, luego que a Bona llegasen.

Nunca pasó por el pensamiento a este cosario desamparar a Túnez, si por batalla no fuese vencido; parecióle que el Emperador se contentaría con haber ganado la Goleta, y de allí se volvería; y que si más quisiese, le estorbarían la falta de bastimentos, y de la del agua. Quiso hacer muestra de toda su gente, y a 17 julio, dentro en Túnez, delante de la alcazaba, hizo muestra general y halló, según la cuenta de su secretario, el renegado, entre moros, turcos y alárabes, jenízaros y renegados, ciento y cincuenta mil hombres de pelea, medianamente aderezados a su usanza, entre los cuales eran los trece mil arcabuceros y ballesteros, muchos turcos con arcos y flechas de alárabes, y moros de a caballo pasados de treinta mil.

Hizo una plática a los alfaquíes, que son sus doctores y sacerdotes, y eran más de docientos los que había en Túnez, y a otros ciudadanos principales, animándolos. Hizo algunas crueldades; y sacó los ojos a los que se declaraban por Hacem; amenazó de muerte a otros; finalmente, no le quedó cosa por intentar, que para todo era el bárbaro bravo, prudente, cuidadoso y sagaz.

Diversos pareceres en el campo sobre pasar adelante contra Túnez. -Alaba el César la ida contra Túnez; reprende a los que la dificultaban.

Mandó el Emperador, luego que fué tomada la Goleta, enterrar religiosamente los cristianos que en la guerra murieron, y echar en grandes hoyos los infieles, y aun los caballos y camellos, porque con el mal olor no inficionasen el aire, que era la corrupción cierta; porque mandó ansimismo restaurar lo derribado en la Goleta con mayor fortaleza, y aderezar los carretones de artillería que se tomó, porque estaban mal hechos.

Comenzóse a publicar que el Emperador estaba determinado de pasar sobre Túnez, y en el campo, entre la gente común y capitanes ordinarios había varios pareceres, porque decían algunos que bastaba para seguridad del mar y de las islas y costas de Italia y España, que era lo principal que el Emperador pretendía, haber tomado a Barbarroja la flota y Goleta, en que estribaba la honra y toda reputación. Otros decían que había muchos soldados enfermos, y que ni la infantería bastaba contra tanta morisma, especial faltando ballestas, que es la mejor arma para hacer guerra en Berbería; ni era poderosa la caballería cristiana contra veinte mil alárabes que tenían buenos caballos y eran diestros en ellos, según lo habían visto y probado en muchas y diversas escaramuzas que hubo. Que se ahogarían de sed y calor en el camino, porque no tenían agua. Que Barbarroja emponzoñaría los pozos y cisternas de Túnez por matar los cristianos, si bien muriesen los moros. Que para una ciudad tan grande, por lo menos ochenta mil enemigos, eran muy pocos veinte y tres mil hombres de pelea que el Emperador llevaba. Que se podía temer que le sucediese lo que al santo rey Luis IX de Francia había acaecido, perdiéndose por las mismas causas sobre Túnez. Que bastaba para que Barbarroja fuese deshecho de todo punto, y desamparado de todos, haberle quitado su armada. Que no era hombre para tan poco, que hallándose al presente con cien mil hombres y tanta artillería bien bastecido, y señor de los alárabes, se dejaría echar de Túnez así como quiera.

Estos y otros inconvenientes que muchos decían, llegaron a oídos del César, el cual, maravillado de tan nueva alteración, que en su pensamiento no había caído, mandó venir ante sí todos los caballeros, capitanes y hombres de cargo, a los cuales, con palabras modestas y graciosas, y de majestad, a 17 de julio les dijo: Que pareciéndoles tener ya conocida su virtud y valor, jamás había pensado, si bien se lo habían dicho, que tanta bajeza de ánimo pudiese caber en corazones de gente tan generosa, y que en el colmo de sus vitorias quisiesen desamparar aquella empresa, teniéndola casi vencida, faltando en lo que a Dios debían, a sus honras, a la obligación de quienes eran, a su fe y al juramento de caballeros. Que viesen si se debía estimar más la reputación que la salud, que antes de salir de España, donde se pudiera estar holgando, se le habían representado aquellos trabajos y otros peligros mayores, pero que todos los había pospuesto con determinado corazón de servir a Dios; que si la ganancia de la Goleta, o el temor de nuevos trabajos, o de mayores peligros, los tenía tan deseosos de volver a sus patrias, desde luego daba licencia a todos los que se quisiesen ir. Que él, con los que por amor de Jesucristo y por el de sus honras, quedasen en su compañía, o darían glorioso fin a la jornada, o sería de él y de ellos lo que Dios tenía ordenado; pero que les hacía saber: que él vio había pasado de España en Berbería con tanto aparato de guerra para sólo ganar la Goleta y el armada de los turcos, sino para echar de Túnez un ladrón enemigo del nombre cristiano y poner en posesión de aquel reino a Muley Hazem, como se lo tenía prometido. Que no tenía olvidados más de veinte mil hombres cristianos que estaban cautivos con miserable servidumbre dentro en Túnez, esperando que los sacasen de aquella esclavonía, por lo cual estaba determinado, o de quedar muerto en Africa o vencedor enteramente entrar en Túnez.

Arrimáronse a este parecer el infante don Luis de Portugal y el duque de Alba, con lo cual quedó resuelta la jornada este mismo día.

Resuélvense en la jornada contra Túnez. -A 20 de julio marcha el campo imperial. -Ordénalo el César por su cabeza. -La arena y el sol y sed fatigaban demasiado.

Pasado esto, a 18 de julio mandó el Emperador que se aprestasen todos y comenzasen a marchar la vuelta de Túnez; tiraban los soldados a fuerza de brazos el artillería, porque les faltaban bestias y aún gastadores para allanar los caminos. Pusiéronse a caballo los señores de la corte y casa del César, todos armados. El Emperador no salió de su tienda, donde estaba retirado en consejo de guerra. El sol era terrible y dábales de lleno, porque ya estaban fuera de sus tiendas y reparos. Faltábales el agua, y volvióse a murmurar y sentir mal de la jornada de Túnez, y por ser tarde, mandó el Emperador que se retirase el artillería y gente a los alojamientos de donde habían salido, echando bando que para el día siguiente bien de mañana todos estuviesen a punto.

Tenía ya de Muley Hacem sabido el sitio de Túnez, la fortaleza del alcazaba, las voluntades de los naturales, cuál era el camino entre los olivares, si había que recelar por entre ellos, y qué pozos y cisternas estaban antes de llegar a la ciudad. Mandó que Andrea de Doria proveyese al ejército de agua en barcas, y asimismo de pan y otras cosas, enviando en cada nao provisión de cuatro días para la gente y caballos que había traído, y que el marqués del Vasto hiciese llevar los soldados, borotas de agua y comida para tres o cuatro días. Que se llevasen doce tiros, los seis grandes con pelotas, y pólvora necesaria; los cuales arrastraron hombres. Vedaron que no llevasen mujer alguna, las cuales y los enfermos metieron en la Goleta. A los mercaderes y tratantes y a los oficiales con sus oficios, los arrimaron y recogieron en la plaza de ella y junto a sus murallas y defensas, dejando los tiros que eran menester para seguridad de los que quedaban, toda la demás artillería embarcaron.

Quedó en tierra Andrea Doria con algunas compañías de italianos y tres de españoles, que fueron la de Alonso Maldonado, Juan Pérez y Varáez. Don Alvaro Bazán guardaba la mar con sus galeras, las proas puestas en tierra y la artillería en orden. Sacaron de las naos marineros, por que a brazos ayudasen a tirar el artillería que llevaban contra Túnez, con la munición, pólvora, pelotas, azadones, espuertas, palas y escalas, llevándolo todo a hombros por falta de caballos.

Martes, pues, a 20 de julio, una hora antes del día, tocaron las trompetas bastardas del Emperador, dando señal de apercibirse para marchar. Armóse el César de punta en blanco y anduvo por los escuadrones alegrando la gente, para que sufriesen el peso de las armas y el trabajo de llevar la artillería, la fatiga del arena, del sol y de la sed. Dejó orden para que Andrea Doria deshiciese los bestiones y trincheas que los cristianos habían hecho para expugnar la Goleta. Hizo reducir la fortaleza en menor sitio, retirándose y recogiéndose los reparos de ella más adentro, a fin de que con menor número de gente se pudiese defender. Escribió a Sicilia para que enviasen luego piedra, cal y ladrillo, para hacerla más fuerte y maciza. En el estaño se cargaron muchas barcas de provisiones para llevar de respeto.

Comenzó, finalmente, este día a caminar el campo con este orden, que fué bien necesario para poder vencer y aún valerse de la multitud de bárbaros que había, y el Emperador quiso aquel día mostrar su valor y ingenio, ordenando por su mano su ejército y escuadrones, sin que otro entendiese en ello. Puso en la frente, por vanguardia de todo el campo, dos batallones de cuatro mil infantes cada uno, en los cuales fueron los españoles soldados viejos de Italia; iban caminando casi a la par. A la mano izquierda, junto al estaño, iban los italianos, a los cuales guiaba el príncipe de Salerno. A la mano derecha, por de fuera, hacia los olivares, donde cargaban más los españoles de Italia, iba por su general el marqués del Vasto. Tenían estas dos batallas o escuadrones forma prolongada, por ser estrecha la tierra. Los arcabuceros iban en dos a las homangas de fuera, abrazando y ciñendo los escuadrones en las espaldas o retaguardia de ellas; iban las picas en medio de los escuadrones, las armas cortas de asta, banderas y atambores. Entre esas dos batallas dejó el Emperador tal espacio abierto, que cabían doce piezas de artillería caminando todas la par, las cuales tiraban a brazo algunos tudescos y marineros. En la frente, delante de ellos, venía algo más adentro de las dos batallas el escuadrón de los señores y caballeros de la corte, que serían hasta trecientos y cincuenta caballos, muy en orden, con el estandarte, real en medio, que llevaba monsieur de Bussu, caballero del Toisón y caballerizo mayor del César; deste escuadrón era capitán el mesmo Emperador. Delante del escuadrón italiano, para asegurarlos más, puso hasta cien caballos ligeros, porque por la vía del estaño y por dentro del agua no pudiesen los alárabes ofenderlos, que era fácil, por ser el agua por aquella parte poca y el suelo duro, que podían venir por él como por la tierra enjuta. Tras estos dos escuadrones, cien pasos, venía otro batallón de hasta seis mil alemanes, con su coronel Maximiliano de Piedralla. Este escuadrón tenía diferente forma de los otros, porque, como dije, eran prolongados, largos y estrechos, y éste era corto y ancho, tanto, que cubría y guardaba las espaldas de los escuadrones que iban delante. Después de este escuadrón de alemanes venía el bagaje y gente inútil del ejército, todos cercados y estrechos junto al estaño, y al lado derecho de ellos. Hacia la parte de los olivares, iba el marqués de Mondéjar con trecientos caballos jinetes, y entre ellos y el bagaje venían algunas piezas de artillería tiradas a brazos, para seguridad de las espaldas del ejército. Iban por corredores los jinetes del duque de Medina Sidonia y de don Alonso de la Cueva.

En retaguardia de todo esto venía la infantería española, bisoños, en dos escuadrones; el uno, a la parte de los olivares, que llevaba don Felipe Cervellón; el otro, al lago o estaño, que tenía Alvaro de Grado y el duque de Alba, con más de docientas lanzas gruesas, iba en la retaguardia. El rey de Túnez con sesenta lanzas de sus moros, caminaba junto al bagaje, que no quiso ponerse en peligro yendo delante.

Echóse bando, so pena de la vida, que ningún hombre de mar fuese a Túnez, y la causa fué que el día que se expugnó la Goleta, en tanto que los soldados peleaban y seguían el alcance, los marineros y otra chusma de la armada salieron a sólo saquear, de suerte que cuando los que más, habían peleado volvieron, no hallaron qué saquear.

Trabajó el Emperador este día más de lo justo, porque acudió a todo, como si fuera un capitán particular.

De esta manera marchaba el campo imperial por unos arenales tan menudos, que si bien iban calzados de alpargatillas los veinte mil infantes, no se dejaba hollar la tierra sino volviendo atrás un tercio de los pasos que daban. Atravesado un ángulo que hace el estaño, salidos ya de aquella arena menuda, iban por un suelo duro y que se dejaba hollar, entre los olivares y la laguna; pero era tan recio el sol, y la sed tan grande, que, impacientes, los soldados se desmandaron a beber, turbando el orden que llevaban, que era el mejor que hasta allí se había visto; que dió gran sobresalto al Emperador, porque fué a tiempo que comenzaban a descubrirse los alárabes y los moros por entre los olivares; y como el marqués del Vasto, que iba delante, no los pudiese recoger ni volver a poner en orden ni aun a cuchilladas, corrió el Emperador a detenerlos, y no bastando su presencia, les daba golpes y aun cuchilladas. Hubo soldado que por un poco de agua dió dos ducados; otros mojaban como podían los paños y los chupaban. Un capitán italiano, por beber, se ahogó en una cisterna, que no bastaron veinte mil botas pequeñas que los proveedores habían dado para que llevasen agua, y otros que llevaban sus frasquillos. Calentóse el vino de tal manera, que no se podía beber ni llegar a la boca. Algunos cayeron muertos de sed en tierra; otros, desmayados, no sólo de los infantes, mas aún de los que iban a caballo. Don Alonso de Mendoza, conde de Coruña, con ser caballero de mucho esfuerzo, cayó sin sentido del caballo por el gran calor, peso y ardor de las armas, porque ardían como si salieran de la fragua. Despojáronle los italianos teniéndole por muerto, si no acudieran sus hijos don Lorenzo de Mendoza, don Francisco y don Iñigo, y otros caballeros se vieron en este peligro.

Siete horas caminaron, con tanto trabajo, por aquellos arenales. Anduvieron cinco millas sin ver enemigo, y con esto tuvo el Emperador lugar para tornar a ordenar el ejército como de antes estaba, lo cual se hizo con muy buena diligencia, creyendo (como se decía) que Barbarroja había salido de Túnez con grandísima multitud de turcos, alárabes y de moros, para tentar su fortuna y hacer la última prueba de su poder.

Orden que tuvo Barbarroja en su campo, y número de gente. -En qué manera ordenó su campo el César. -Dicho animoso del marqués de Aguilar. -Anima el Emperador a los suyos. -Apodérase Barbarroja de los pozos de agua. -Pide el Emperador su parecer a Hernando de Alarcón, estando los ejércitos a vista. -En qué manera esperó Barbarroja la batalla. -Jesús fué el nombre que el César dió para la batalla a los suyos. -Señálase el conde de Orgaz. -Don Josepe de Guevara, señor de Escalante, pelea como valiente caballero. -Rompen los imperiales a Barbarroja. -Palabras amorosas que el César dijo a los suyos, sedientos y fatigados.

Procuró Barbarroja, sabiendo la venida del Emperador, ganar las voluntades de todos los de Túnez y tenerlos muy firmes para defenderse. Hízoles una larga plática, deshaciendo las fuerzas del Emperador y encareciendo las suyas, poniéndoles delante el servicio que hacían a Dios y a Mahoma, peleando hasta morir contra los enemigos de su ley. Quiso quemar los cautivos cristianos, y ya que no lo hizo los encerró en mazmorras y soterraños de la alcazaba o fortaleza de Túnez, con determinación de volarlos con pólvora si le fuese mal con el Emperador. Habló en particular con sus escogidos y mejores capitanes, diciéndoles claramente el peligro en que estaban, y que les convenía aparejar las armas para se defender.

Toda aquella noche pasó Barbarroja poniendo en orden su gente y armas para el día siguiente. Visitó la ciudad y arrabales, puso guarnición en las alcazabas y en las torres, puertas y muralla, y vestido de un albornoz de seda y con un almaizal tocado a la morisca, ya que amanecía cabalgó en una yegua baya de gran cuerpo y ligereza, con su adarga en el brazo izquierdo, y en la mano derecha una partesana dorada, su cimitarra en las correas. Asomó de esta manera por la puerta del Vulgo, camino de las ruinas de la gran Cartago, acompañándole gran número de capitanes de las naciones que consigo tenía, con los alcaides, jeques y caballeros de estima. Había rato que le esperaban sus gentes en el campo; el número era infinito, que según relación de su proprio secretario llegaban a cien mil infantes y veinte y cinco mil caballos; y los que dicen menos, eran ochenta mil infantes y veinte mil caballos. Entre éstos había seis mil turcos jenízaros y renegados escopeteros y flecheros, trece mil moros escopeteros, sin otro número crecido de ballesteros, que traían ballestas de tanta grandeza, que arrojaban jaras como pequeños dardos.

Sacó tres banderas generales del Turco, de tafetán colorado, con rueca y cola de caballo. Había infinitas banderillas rojas y verdes y de otros colores, sin las banderas de los hombres de armas y otras treinta de jenízaros y de españoles, que son gente de guerra. Traía algunas piezas de artillería, que ellos llaman zarzabanas, y nosotros sacres.

Marchó, pues, con muy buen orden, con este gran campo, Barbarroja hacia los olivares, y comenzaron a descubrirse los dos poderosos ejércitos; los campos llenos de gente de a pie y de a caballo. Una, la del ejército de Barbarroja, tomaba desde el estaño hasta los olivares; la otra ceñía todo lo restante en retaguardia, de manera que sacada la parte del lago, lo demás sus caballos lo cercaban; no dejaba desmandar a nadie. Y con este concierto los metió en los olivares, por ampararlos del sol. Allí tenía proveído de agua, que traían en camellos y otras bestias, y la daban con tanta abundancia y sobra, cuanto faltaba en el campo imperial. Detúvose poco allí, y salió de los olivares, volviendo al orden primero con tanta diligencia y presteza como si de él no hubieran salido.

Determinado estaba Barbarroja en probar ventura y acometer antes de ser acometido. Mandó poner diez zarzabanas en la vanguardia, de las cuales tiraban cada una cuatro caballos con mucha ligereza.

El Emperador ordenó su campo de esta manera: a la parte del estaño puso la infantería italiana, cuya vanguardia llevaba el príncipe de Salerno; luego, los piqueros junto al agua, y cerca de ellos, el escuadrón de los tudescos. A la parte de los olivares, en el otro cuerno o punta de la batalla, iban los españoles soldados viejos de Italia, de manera que ocupaban todo aquel campo formado a la usanza de los antiguos. En medio de estas dos puntas o cuernos de la batalla iba la artillería, y en torno de ella, lo fuerte del campo con el estandarte imperial; en la retaguardia iban los españoles bisoños y el duque de Alba, con las lanzas gruesas que le dieron. Entre lo fuerte del campo y retaguardia iba recogido el bagaje. Por la parte del lago no podían recibir daño, y así las compañías de los jinetes iban guardando la parte de los olivares, que era el lado derecho donde iban los españoles de Italia.

El mismo Emperador, con la espada desnuda en la mano, acudía a todas partes, ordenando y recogiendo los que salían de orden, y a vista de los enemigos se le fueron los pies y manos al caballo y cayó; saltó de la silla y tomó otro en que iba su guión. De la multitud de los enemigos se espantaban algunos; otros, con ánimo, mostraban tenerle en poco.

Un caballero dijo que eran muchos los enemigos, y respondió el marqués de Aguilar: «Así venceremos a más y será mayor el despojo, que a más moros más ganancia.»

Ordenado, pues, el campo imperial, puesto el César en la vanguardia les dijo: Que ya veían el punto en que estaban delante al enemigo con su gran multitud. Que el acometerlos estaba en su mano, y el vencerlos en la de Dios. Que, pues era causa suya, y para ensalzamiento de su santo nombre, fiados en El acometiesen con ánimo. Que la victoria no estaba en ser muchos ni pocos, sino en la justificación y causa sobre que se peleaba. Que allí le tenían, que era su Emperador, y el primero que había de quedar en aquellos arenales o vencer. Que valiese esto para que la honra de España, Italia y Alemaña no se perdiese en Africa, donde tantas veces habían, siendo menos, vencido y destrozado a tantos. Pidióles el sufrimiento de la sed y trabajo del calor, la obediencia y orden con el pelear. Que sus hechos serían honrados y gratificados por él. Finalmente, en breves razones, el César armó sus gentes de brío, ánimo y coraje, de tal arte que ya les parecían pocos los enemigos y largo el tiempo que se detenían en acometerlos. No tuvo lugar el César de ser más largo en su plática, y púsose delante de los caballos con los gentileshombres de su cámara.

Quiso Barbarroja, después de haber animado a los suyos, ocupar con ellos los alojamientos que los imperiales, de necesidad, habían de tomar aquella noche, por la comodidad del agua que en unos pozos allí había. Era este puesto un pedazo de tierra llana, donde había unos jardines llenos de pozos de buen agua, tres millas de Túnez, entre ciertas antiguallas, que son unos arcos por donde los antiquísimos cartagineses llevaban agua a la gran Cartago. Junto a una fuente puso un escuadrón de hasta nueve mil infantes, entre turcos y renegados, todos arcabuceros y escopeteros, con doce piezas de artillería. Tenía en este escuadrón Barbarroja toda su confianza, y no mal, porque era buena gente y bien armada, los cuales se habían de topar con los españoles, por su puesto a la parte donde ellos venían; y contra los italianos, a la banda del estaño, puso un batallón de hasta diez mil caballos turcos, moros, alárabes, todos juntos, con pensamiento que por la vía del estaño aquéllos podrían acometer a los cristianos, dándoles por el costado. Lo mismo hizo a la parte de los olivares, echando gruesas bandas de caballos. El resto de su caballería y gente puso a la mano derecha, al largo del ejército imperial, por entre los árboles de unos montecillos; la otra infinita multitud de moros peones puso con harto mal orden en retaguardia de todo su campo.

Afirmándose así Barbarroja sobre los pozos, estuvo esperando lo que el César haría, diciendo a los suyos cuán pocos eran los enemigos, cuán cansados, hambrientos, fatigados del calor y demasiada sed y camino de aquel día venían.

El Emperador reconoció y consideró el orden de los enemigos y calidad del sitio donde se habían puesto, y preguntó a Hernando de Alarcón (que allí estaba en la vanguardia), diciendo: «Padre (que así le llamaba por sus canas), ¿qué os parece que hagamos?» Alarcón respondió: «Señor, que los acometamos, que la victoria es nuestra, como vos sois Emperador; por eso, démosles Santiago, y a ellos.»

En oyendo esto el César, con rostro alegre, levantado el brazo, entró por la vanguardia diciendo a voces: «Dios lo ha hecho, que nuestros enemigos nos quieren esperar en campo.» Y dejando cargo de su escuadrón al infante, su cuñado, y caballeros que con él estaban, con solos cinco de a caballo y un paje con una bandereta colorada delante de sí para ser conocido, discurrió por todo su campo, hablando a unos y a otros con amoroso semblante, diciéndoles que aquel era el día de la gloria y honra de todos. Hacíalos caminar con mucho orden, poco a poco, porque esto con sus buenos ánimos les había de valer para ganar la victoria de aquella tan gran multitud.

Considerando Barbarroja el cansancio y fatiga de los imperiales, por el calor y fatiga del camino y falta de agua, pasó adelante una milla de los pozos y hizo dos cosas dignas de un diestro capitán: la una, viendo el ejército imperial con falta de agua, procuró quitársela, y si cegara los pozos o los inficionara con alguna ponzoña, hiciera una gran suerte. La otra fué que se metió entre aquellos edificios y se hizo fuerte en ellos, para combatir desde allí a su salvo; y viendo que las batallas cristianas, cerradas y estrechas, se le venían acercando poco a poco, dió señal de batalla, tocando las trompetas. El marqués del Vasto, como general, dijo al Emperador que se recogiese al cuerpo del ejército donde estaban las banderas, porque los tiros del enemigo llegaban a la vanguardia. A lo cual respondió el César sonriéndose, que nunca tiro de artillería había muerto a Emperador; pero con todo eso, se recogió.

Apeóse el conde de Salinas de su caballo y púsose en la vanguardia, diciendo a los soldados: «Hoy venceré con vosotros o moriré peleando.» Y por donde Barbarroja pensó vencer, que fué quitando a los imperiales el agua, quedó vencido, porque la necesidad les puso más ánimo, y el Emperador volvió animando los suyos, y les dió por nombre y apellido Jesús, y dada la señal de la batalla, arremetieron unos contra otros.

La artillería de Barbarroja jugaba desde aparte, y las balas daban en una punta del escuadrón de italianos, que les hacía volver atrás acostándose al lago; y algunos tudescos se tendieron por el suelo, y otros de ellos mesmos los hicieron levantarse a cuchilladas. El escuadrón de españoles que iba a la mano derecha se puso en la parte que los italianos desamparaban, en lo cual conoció el Emperador el valor de sus españoles y lealtad en servirle. Socorrió el marqués del Vasto, y con su venida los italianos se volvieron a poner en orden.

En el escuadrón de la vanguardia se había hecho calle, y la artillería, reciamente, abría camino entre los enemigos, derribando y matando de ellos; y asimismo, ellos tiraban, pero no con tanto daño, que solos mataron dos cristianos y hirieron a cuatro, si bien en un breve espacio descargaron los turcos tres o cuatro veces. Los balazos de la artillería daban por la mayor parte donde estaban los caballeros y hombres de armas, y mataron un caballo del Emperador en que venía un paje.

Viendo Barbarroja el daño que el artillería hacía en los suyos, confiando en su multitud, quiso llegar a las manos dejando el tirar. Arremetieron, pues, con gran denuedo; tanto, que si los contrarios no fueran tales, hicieran mucho daño. La grita con que acometieron fué terrible, que ni se oían trompetas ni otro estruendo ni voz, más de los alaridos que ponían en el cielo; dispararon sus escopetas y flechas antes que llegasen. Recibiéronlos los españoles diciendo: «¡Santiago, Santiago!» con buen ánimo, y casi teniéndolos en poco. Adelantáronse demasiado, y con tanta fatiga, por la gana que tenían de pelear, que cuando llegaron a los enemigos iban desalentados y cansados, y tuvieron menos aliento y fuerza para les ofender. Seiscientos turcos o más estaban tras unas paredes y tiraban de puntería, matando y hiriendo a los que querían pasar delante. Esto les hizo detener, y el capitán Ibarra les daba voces que pasasen sin recelo, que la vitoria era cierta, que aquellos enemigos, de puro miedo, se reparaban detrás de aquellas paredes. Los españoles cerraron con ellos, y al primer ímpetu mataron cuarenta y seis, y los demás huyeron.

Señalóse en esta arremetida don Alvar Pérez Guzmán, primer conde de Orgaz, y asimismo se mostró valiente, aunque de poca edad, don Josepe de Guevara, hijo de don Juan de Guevara y de doña Ana de Tovar, señores de Escalante, que en compañía del marqués de Aguilar (con cuya hermana, hija del marqués don Luis, casó) hizo cosas en esta jornada que pedían más días de los que este caballero tenía.

Un escuadrón de alárabes de caballo salió por la parte de los olivares a dar en la retaguardia, porque el intento de los bárbaros era desbaratar los imperiales. El duque de Alba hizo luego alto, y con los españoles bisoños les resistieron y rebatieron, de manera que volvieron las espaldas. Fueron tan gruesas las rociadas del arcabucería imperial que descargaron en los enemigos, que en breve tiempo derribaron más de cuatrocientos berberiscos, sin osar esperar, y dejaron el sitio fuerte con siete piezas de artillería; y por más que Barbarroja y sus capitanes los apremiaban para que volviesen a pelear, no bastaba; y así, los imperiales ganaron la plaza, la artillería y el agua, y dejaron de seguir el alcance por beber y porque se asaban con las armas, y aun se desordenaron de manera que se temió algún desmán, y le hubiera si los enemigos fueran hombres revolviendo sobre ellos.

Los alemanes cargaron sobre los berberiscos que andaban en los olivares, y los ojearon de allí, de suerte que no parecieron más, y el campo de Barbarroja, volviendo las espaldas, de todo punto deshecho, se metió en Túnez; y los cristianos no curaron de más que de hartarse de agua y sangre, todo revuelto, porque los moros echaron los cuerpos muertos en los pozos. No murieron veinte cristianos, caso bien notable y semejante a los de Alejandro Magno, que con treinta mil, venció batallas de ciento y docientos mil contrarios; tanto vale el orden y ánimo más que la multitud.

El calor de este día dicen que fué como un fuego, y que si los enemigos hicieran un poco de resistencia en los pozos, los imperiales se vieran en trabajo; que aun habiéndolos vencido y acorralado en Túnez, estaban tan impacientes de la sed, que doliéndose el Emperador de ellos, les dijo: «Más cuidado tengo de vosotros que de mí; esforzaos, soldados, que os prometo que si sufrís calor, que paso yo el mismo, y la sed que os da tanta pena, que aun la saliva no puedo echar de la boca.» De lo cual el César hizo muestra, de suerte que del calor, sed y polvo estaba tan seco, que no pudo escupir.

Alojáronse esta noche los imperiales en el mesmo campo y pozos, donde los enemigos pensaron vencer. En Túnez hubo llantos, y miedo cual se puede imaginar entre gente rota y vencida. Huyeron moros y alárabes a Prebat, otros a Babazueca y Bardo, arrabales de la ciudad. Quedaron en defensa de ella, con Barbarroja, los que más esfuerzo tuvieron.

Perplejidad de Barbarroja. -Desampara Barbarroja a Túnez. -Saltean los alárabes el bagaje de Barbarroja.

Rabiando y temiendo estaba Barbarroja dentro de los muros de Túnez, viéndose perdido, dudoso y perplejo si esperaría dejándose cercar o volvería a probar ventura con el Emperador. Salió a la mezquita mayor, donde juntó sus capitanes y hombres principales de la ciudad, y hablóles pidiendo su consejo, afirmándose mucho en querer hacer rostro a sus enemigos, mostrando cómo con poca resistencia que hallasen perecerían de sed y hambre, y que el temple, aires y soles de aquella tierra habían de causar mortales enfermedades en los tudescos, italianos y españoles, gentes criadas en regalo y tierras muy diferentes. Juró de no desampararlos, sino que muerto quedaría en Túnez antes que vivo y con salud fuera de ella, huyendo.

Respondieron todos ofreciéndose a servirle y defenderse con la misma perseverancia. Hubo pareceres y le persuadieron que abrasase a los cautivos que había en Túnez, porque pasaban de veinte mil, y era grande y notorio el peligro, si el Emperador se echaba sobre Túnez, que aquella multitud de esclavos se alzarían con la ciudad. Hiciérase, sin duda, esta cruel matanza, si Zinam el judío no lo afeara, poniendo delante a Barbarroja el deservicio que en ello se haría al Gran Turco Solimán, y que para asegurarse de ellos los podrían poner en las mazmorras y cargar de prisiones, donde venciendo los hallarían, y siendo vencidos era fácil abrasarlos.

Eran muchos los que de Túnez huían con sus haciendas, y de la gente de guerra, de suerte que cuando amaneció, que Barbarroja los quiso juntar para salir a hacer rostro al Emperador, no halló más que doce mil infantes y tres mil caballos, habiendo tenido el día antes, como dije, más de cien mil de todos.

Estando Barbarroja fuera de la ciudad con su gente, un renegado, que siendo cristiano se decía Francisco de Medellín, y otro, Jaferaz, también renegado, que se llamaba Vicente de Cataro, abrieron a más de seis mil cautivos que en las mazmorras del alcazaba estaban, avisándoles de lo que el tirano había tratado de quemarlos. Diéronles con qué se quitar los grillos y prisiones. Ellos, temiendo el fuego, hicieron muchos reparos, mojando los colchones y traspontines para echar sobre la pólvora. Andando ellos en esto llegó un turco con barriles de pólvora para ponerles fuego. Acudió un cautivo, y del arzón de un caballo, que en el zaguán estaba arrendado, quitó una tarjeta y alfanje y arremetió al turco que traía la pólvora, y echóle a cuchilladas fuera.

Tomó las llaves que estaban en las puertas de la fortaleza y cerrólas luego. Salieron de tropel los demás, y diciendo «Santiago», dieron en los turcos que estaban de guardia, tomando las puertas con las armas que pudieron haber.

Como lo sintió Baeza, el Rabadán, alcaide del alcazaba, que andaba cargando la recámara y tesoro de Barbarroja en camellos y caballos, corrió con algunos turcos armados a una puerta de la alcazaba, y matando unos cristianos se apoderó de ella, y sacando lo que pudo, llevó a Barbarroja la más que triste nueva. El cual renegado de Mahoma y el judío que le quitara de quemarlos, fué allá con toda furia. Rogó que le abriesen con palabras amorosas y promesas, ofreciéndoles vida y libertad y otros bienes, y como no quisieron, flechó su arco a los que le respondieron; tan colérico y desatinado estaba. Oyéronle suspirar dos o tres veces, sintiendo ya lo que fortuna le apretaba.

No pensaba hasta este punto desamparar la ciudad, porque en toda aquella noche no se apeó del caballo requiriendo los muros, la artillería y los demás lugares donde se pensaba defender. Pero como vió perdida la alcazaba acabó de perder el ánimo.

Cuando Barbarroja volvió las riendas a la yegua en que andaba, uno de los cautivos ya libres del alcazaba le tiró una escopeta que faltó poco de matarle; guardóle Dios para azote de muchos. Salido, pues, a la puerta del rebato, se puso en un lugar alto de donde pudo bien ver el campo del Emperador, que ya marchaba contra la ciudad. Parecióle mayor y más pujante que el día pasado, o por el miedo que ya tenía, o porque venía en campo raso, donde no había olivares ni collado que lo cubriesen, y la gente de guerra iba en las batallas no tan apretadas, y el bagaje bien extendido. Acabó Barbarroja de perder el ánimo viéndose solo, las alcazabas perdidas y al enemigo tan poderoso.

Finalmente, él huyó, saliendo con los que le quisieron seguir por la puente que llaman Helbeb Halich, camino de Bona. Fueron con él Zinam, Cachidiablo, Jafer y los otros cosarios y turcos, que serían más de siete mil. Cuando los cautivos, desde el alcazaba vieron huir a Barbarroja, dispararon contra él y los suyos unas piezas gruesas y cañones que allí tenían, con que mataron algunos.

No por eso apresuró el paso Barbarroja, cargado de melancolía y tristes pensamientos, causados de su fuga y disfavor de fortuna. Dicen que, vuelto a uno de los suyos, dijo en lengua turquesca: «Conviénenos, hermanos, obedecer a la fortuna.» Murieron algunas mujeres de las muchas que llevaban, y niños, de sed.

Sabiendo los alárabes la retirada de Barbarroja y los suyos, y que llevaban mucha plata y oro y ropas ricas, juntáronse muchos y dieron en el bagaje que quedaba atrás, y robaron buena parte, matando hasta cuatrocientos de los que lo llevaban, y entre los muertos fueron dos capitanes de galera del Turco, hombres principales. Hay desde Túnez hasta Beja, que fué el primer lugar donde entró Barbarroja huyendo, quince leguas. Está en el camino el río Mujarda, a diez leguas de la ciudad. En este río murió Cachidiablo, porque iba herido en la pierna, y con el calor grande y cansancio del camino se le pasmó, y también por beber demasiado.

Fué bien recebido Barbarroja en Beja; estuvo allí tres días, donde tornaron los alárabes a perseguirle por robarle. Matáronle cinco turcos, y ellos mataron de los alárabes cuarenta de a caballo. Mandó a los de Beja que le amasasen pan para cuatro días, y que le prestasen los camellos para que le llevasen agua, y así partió para Bona, ciudad principal de la provincia de Numidia.

Camina el César contra Túnez sin saber la fuga del enemigo. -El rey de Túnez procura que la ciudad no se saquee. -Llega el César a las puertas de Túnez a 21 de julio. -Da el César libertad a los franceses cautivos. -Librería del rey Hacem y otras curiosidades. -Armas del rey San Luis en Túnez.

Bien de mañana, casi al alba, marchó el César contra Túnez con el mismo orden que el día antes, por temor de alguna emboscada, y la artillería se llevaba a brazos. Púsose gran rigor en que ninguno saliese de orden, porque el Emperador y todos pensaban que volvería el enemigo a dar la batalla. El polvo, el calor, la sed, luego que comenzó a subir el sol, fueron como el día pasado. Viéronse muchos alárabes caminar por una montañuela a la mano derecha, desviándose de Túnez.

Llegó Muley Hacem, rey de Túnez, y dijo al Emperador: «Gran señor: hoy tenéis los pies donde jamás los puso príncipe cristiano.» Respondió el Emperador: «Espero en Dios los pondremos más adelante a pesar de Barbarroja.»

Mandó el Emperador hacer alto para recoger y esperar y poner en orden su gente. Andando en esto, vieron que en una torre del alcazaba nueva habían levantado una bandera blanca, y otras en el alcazaba vieja; disparaban la artillería sin hacer daño con ella; no parecían enemigo ni había rumor alguno dellos; que do dió que pensar, y ninguno acertaba lo que era.

Salió un jeque del burgo y vino al Emperador, y puesto de rodillas le dijo que, por servir a Su Majestad, le hacía señor de aquel burgo llanamente. Luego salieron otros moros de la ciudad, aunque pocos, y dijeron a Hacem cómo Barbarroja había huído y desamparado a Túnez, y con voluntad del Emperador envió luego treinta de sus muros. Y de ahí a poco envió otros, hasta quedar solo, y ninguno volvía.

Entendióse que envió Hacem apercibir a los de dentro que escondiesen sus haciendas y se pusiesen en salvo, temiendo el saco, y pareció ser así, porque suplicó al Emperador (sabida ya la huída de Barbarroja), que por dos horas no permitiese que alguno de los suyos entrase en Túnez, y ofrecía quinientas mil doblas por que la ciudad no se saquease.

Hacíanse muchos humos en el alcazaba, y con la bandera que Tabac ganó a Francisco Sarmiento daban muestras de paz y alegría. El Emperador envió, para certificarse, a los capitanes Jaén y Bocanegra con sus compañías.

Ciertos ya de la fuga de Barbarroja y los suyos, llegó el César a las puertas de Túnez a 21 de julio. Salieron de la ciudad a entregarle las llaves y ver a su rey Hacem, haciendo grandes alegrías con lengua y manos y muchas zalemas con el cuerpo, según la usanza de moros. Suplicáronle no permitiese el saco, ofreciéndole dineros, comida, ropa y cuanto mandase, pues Dios le daba victoria contra sus enemigos y los libraba de un tirano cosario y les volvía su señor y rey: que los dejase tan ricos como contentos. El Emperador lo deseaba, si bien no lo merecían, por haber seguido tanto a Barbarroja; pero daban voces los soldados por el saco, y tenían razón, y así, ni lo negaba ni lo concedía.

Mandó al marqués del Vasto y a don Hernando de Alarcón que fuesen al alcazaba; los cuales, yendo, pidieron a los cautivos que dentro estaban que les abriesen; entregáronles las llaves, que dijeron no pensaban dar sino al Emperador en sus manos. Entró el marqués, y por aviso de un ginovés, sacó treinta mil ducados de una cisterna que habían echado en zurrones, porque lo demás, si bien era mucho y rico, se quedó por los cristianos cautivos, y el Emperador hizo merced al marqués de los treinta mil ducados.

Es bien notable que miércoles a 16 de junio desembarcó el Emperador con su gente entre la Goleta y Cartago, miércoles a 14 de julio ganó la Goleta, y miércoles a 21 de julio entró en Túnez. Entró, pues, el Emperador este mesmo día que fué miércoles en la ciudad de Túnez por la puerta llamada Bebdar Halhadrac, y luego comenzó el desorden del saco, que con suma codicia deseaban los del campo imperial. Entraron a manadas, y comenzaron a saquear matando a los que contradecían, viejos, niños y mujeres, que pasaban de diez mil.

El Emperador se fué al alcazaba; dió gracias a los cautivos por su hazaña y algunas joyas, especial a Medellín y a Jaferez. Libertólos todos y más cuantos se hallasen en la ciudad, que serían otros diez mil, y entregó ochenta y un franceses al embajador de Francia, sobre los cuales habían tenido rencillas el Emperador y el rey, según en otra parte diré. Hizo merced a cada cautivo de lo que había tomado. Mandó pregonar, so pena de la vida, que no matasen ni prendiesen a nadie, porque había en ello gran desorden. Dejó al rey Hacem rescatar y aún tomar de balde todo lo que quiso, y algunas de sus mujeres, en dos doblas una de ellas, que fué barato, según lo que las quería.

Sintió mucho Hacem (como era leído) el destrozo y pérdida de una grande y rica librería, que las encuadernaciones y iluminaciones de oro y azul valían una suma grande de dineros. Eran los libros de facultades humanas y artes liberales, y muchos sobre el Alcorán y historias de los reyes de su casa. Igualmente le dolió la pérdida de una botica de olores y perfumes en que había grandísima cantidad de almizcle, ámbar, algalia, mejuí, estoraque, aunque Barbarroja, criado y hecho al mal olor de la brea y galeras, desperdició mucho de ello. Usaban los de Túnez demasiado de estos olores y viciosos regalos.

Pesóle también que se hubiese destruido sin provecho de los destruidores otra grandísima tienda de colores excelentísimos, como grana, azul o alajuri, y la sala de armas que fueron del rey San Luis de Francia, que murió, como dije, de flujo, teniendo cercada a Túnez docientos y sesenta y cinco años antes de éste de 1535; y en señal de victoria guardaban sus reyes antepasados y de Túnez, de quienes él procedía por línea recta, sin que en este tiempo de otro linaje hubiese habido allí rey.

Halláronse aquí las armas que en la pérdida de los Gelves ganaron los moros a los españoles, cubiertas de caballos y un rico arnés dorado que fué de don García de Toledo, que, según dije, murió allí, aunque el día en que se perdió iba armado de coselete y brazales con celada borgoñona. Los que se cautivaron en Túnez pasaron de diez y ocho mil personas de toda suerte; valían tan baratos, que daban por diez ducados un esclavo.

El rey de Túnez se mostró demasiado de codicioso y avaro, y bajamente andaba recogiendo lo que podía, como si fuera un tratante.

Cautivos y barato dellos en Túnez. -Redención de cautivos.

Estimó mucho el Emperador dar libertad a tanta multitud de cautivos cristianos, que el que menos cuenta dice que fueron diez y seis mil de todas naciones los que había en poder de Barbarroja, y de otros turcos y moros, como principal bien de la victoria, porque por quitar el cautiverio de los cristianos fué el César a destruir los cosarios, los cuales certísimamente se mantienen, y aun enriquecen, con la venta y rescate de los que cautivan; y así, el principal bien del cosario es cautivar hombres.

Opinión fué, y aun de quien la podía dar por ley, si no fuese contra la Cristiandad, que no se redimiese nadie, porque cesando el interés de la redención no se cautivarían tantos. Pero como sea una de las siete obras de misericordia, es tan buena la redención como es mala la cautividad. Asimismo, fuera de que no habría tantos cosarios ni tantos cautivos, no daríamos nuestros dineros a nuestros enemigos. No renegarían los que reniegan, que es lo peor de todo.

Dicen los que escriben historias de turcos, que no puede alguno tornarse turco, mayormente si es judío, sin primero bautizarse y comer tocino, y hacer otras cosas como cristiano. Antiguamente, según las Siete Partidas, podíamos matar los cautivos de otra ley en guerra, y porque hacían otro tanto los moros, para que no lo hiciesen se tenía gran cuidado en redemir cautivos. Escogían muchos para hacer la redención hombres buenos, que fuesen de buena sangre y nombre, no pobres ni codiciosos, esforzados, verdaderos, piadosos y que supiesen arábigo. Juraban él mismo y otros doce hombres en los Evangelios o en manos del rey, o Consejo que lo elegía y enviaba, que tenía todas aquellas partes y virtudes, y con esto le daban carta patente del oficio y un pendoncillo con las armas reales, y los dineros de la redención, ya fuesen de mandas, ya de la hacienda propria del cautivo, y aún le daban los bienes del que moría cautivo por falta de no lo redemir quien era obligado. Hase perdido ya esta costumbre, o por acabarse en España la guerra con moros o por haberse pasado la redención a los frailes de la Merced y Trinidad, que tienen este cuidado de muchos años a esta parte.

[Noticia el Emperador su victoria.]

Quiso el Emperador dar cuenta a la Cristiandad de esta victoria, y despachó dando cartas a los embajadores de los príncipes cristianos que andaban en su corte, que eran del rey de Francia, de Ingalaterra, de Portugal, duque de Milán, de Florencia, señoría de Venecia, Ferrara, Salucio, Génova, Sena, Mantua, Nápoles y de otros señores. De manera que en pocos días se supo en toda Europa su buena fortuna.

Envió a Martín Niño, caballero de Toledo, por su embajador al papa Paulo III, dándole cuenta de toda su jornada y buen suceso de ella, y las gracias por la ayuda y socorro que Su Santidad le había hecho con sus galeras y gente; y a España envió a Jorge de Melo, caballero portugués, con cartas para la Emperatriz, que gobernaba estos reinos, y para los grandes y virreyes de España.

Eran las cartas casi del tenor siguiente:

«EL REY.

»Marqués de Cañete pariente nuestro, visorrey y capitán general del nuestro reino de Navarra. A 14 del presente os hicimos saber el suceso que aquel día había Nuestro Señor dado en el sitio de la Goleta, según habréis visto por mi carta que por vía de Génova os escribí; si no fuere llegada, lo podréis ver por la duplicada que irá con ésta después. Como quiera que dije en ella que luego partiría con mi ejército en siguimiento de la vitoria para Túnez, y hubo en esto dilación de cinco días, porque al rey no solamente no le acudieron los alárabes con quien trataba y esperaba que siendo ganada la Goleta no le habían de faltar; mas ni aun los moros que con este efecto tenía por ciertos, con los cuales, si le acudieran, siendo por Nos favorecidos, pudiera ser restituido en el reino, y pareciendo que no teniendo por su parte algún medio para ello, habiendo sido como fué nuestra venida a esta empresa con intención de desarmar a Barbarroja y a los cosarios que con él estaban, por los daños que habían hecho y hicieran en nuestros reinos y en la Cristiandad, y que por la mayor parte esto se había conseguido por las galeras, galeotas y fustas que se le tomaron en la Goleta con tanta artillería como está escrito, y que podrán acabarse de hacerse con tomar o quemar algunas que le quedaban en Bona, y que lo más conveniente era embarcarnos con nuestro ejército en la armada para hacer contra los enemigos lo que más se pudiese por la mar, todavía considerando lo que importaba echar, de aquí a los enemigos, y habiendo también respeto a que el dicho rey había venido a ponerse en nuestras manos y estaba en nuestro poder, y que faltándole nuestro favor quedaba sin alguna esperanza; pospuestas todas las dificultades que había en pasar adelante con el ejército que traemos, por causa de las vituallas, que era necesario llevarlas a cuestas, y mayormente de la falta del agua que desde la Goleta hasta Túnez, que son doce millas de camino, no hay otra sino de unos pozos que están cuatro millas antes de llegar a Túnez, y que se halló gastada tanta parte de la provisión de la armada, que deteniéndonos más, en pocos días se pudiera acabar, determinamos de pasar adelante. Y así, dejando toda nuestra armada de mar junto a la Goleta con el príncipe Andrea Doria y la gente necesaria para la guarda de ella, y para que por el estaño en barcos nos proveyese de bastimentos como mejor se pudiese hacer, aunque fuese dificultoso, partimos de allí con nuestro campo, trayendo la gente cada uno la vitualla que se pudo para tres o cuatro días, caminamos con los escuadrones ordenados, tirando con hombres hasta una docena de piezas de artillería, que no se hizo sin mucho trabajo y en orden de batalla, como quien iba a buscar los enemigos a su casa. Martes, 20 del presente, por la mañana, para venir a alojar a las ocho millas donde estaban los dichos pozos, en los cuales Barbarroja, haciendo, según se ha entendido, primero muestra de su gente y de la ciudad, estaba con mucho número de gente de a caballo y de a pie, que afirman que eran más de cien mil hombres: de los de a caballo, de quince hasta veinte mil, y los demás, de a pie, teniendo asentada su artillería para defender si pudieran el alojamiento y no dejarnos el uso del agua, sin la cual el campo, fuera imposible poder pasar aquella noche, según el calor del sol y sed que se traía, porque antes que se llegase allí, en el camino se había acabado la que habían sacado de la Goleta, y llegando cerca de los enemigos, los escuadrones de la infantería española, que llevaban la vanguardia, y de la otra que iba en ella, jugado y tirado muchos tiros el artillería de la una y de la otra parte, caminando a gran paso y al trote, tirando el arcabucería, arremetieron contra los enemigos; de manera, que por ellos y por la gente de a caballo de nuestro campo, fueron en el instante que se juntaron con ellos rompidos y forzados a retirarse, perdiendo parte de la artillería y quedando muertos hasta cuatrocientos o quinientos de ellos; y aunque después se repararon y estuvieron reparados un poco, casi a tiro de arcabuz, viendo el esfuerzo de los nuestros y la orden en que estaban, se acabaron de retirar luego del todo, y puesto que se conoció que perseverando en seguirlos se les pudiera hacer mayor daño por el trabajo que la gente pasó en el camino, y después en este reencuentro, y por la extrema calor y sed que principalmente le fatigaba, pareció no solamente mejor, mas aún necesario, que se alojasen, reposasen y descansasen, y así se hizo, y llegó todo el ejército con muy buena orden y muy bien recogido, y sin perderse alguna cosa, puesto que de los enemigos que en la vanguardia se retrujeron, cargaron muchos; especialmente la gente de a caballo de los enemigos alárabes, dieron en la retaguardia de nuestro campo, mas la hallaron en tan buena orden, que no pudieron hacer daño. De los nuestros se perdieron este día muy pocos, porque en el reencuentro no fueron muertos sino dos o tres, habiendo la noche reposado con buena guardia, como siendo tanta gente de los enemigos era razón que se hiciese. Miércoles, al punto del día 21 del presente, hicieron salir la gente del alojamiento, y puesta en sus escuadrones, movimos con ellos en orden de batalla para dalla, si a los enemigos hallásemos fuera de la ciudad, y para combatirla si la quisiesen defender, y llegando cerca de ella, se entendió que Barbarroja, con los cosarios que estaban con él, se había salido y huido, llevando todo lo que pudo de lo que aquí tenía, y que los cautivos cristianos que en la alcazaba estaban, que eran más de cuatro o cinco mil, siendo avisados de ello por un renegado con quien tenían inteligencia y plática para libertarse con su medio y ayuda, se habían salido de las prisiones y apoderado de ella, y la tenían por Nos. El ejército caminó hasta llegar a los muros de la ciudad, y hallando las puertas cerradas, y visto que aunque no mostraban los de dentro tener ánimo de defenderla, no las abrían, permitirnos a la gente que la entrasen y saqueasen, y así entró mucha de la que venía en los primeros escuadrones por los muros sin alguna resistencia, y abrieron las puertas para que entrase todo el campo; se saqueó el alcazaba y toda la ciudad. Al tiempo de la entrada huyeron muchos de ella, pero los que se cautivaron fueron en buen número, y después por la tierra lo han sido otros muchos. Los cristianos cautivos que se han hallado son diez y ocho o veinte mil hombres, que no es en lo que menos se debe tener de esta empresa, por la libertad que han conseguido y por ser los instrumentos con que Barbarroja hacía la guerra, así por haber entre ellos muchos oficiales, como porque era la más de ella gente de remo, entre los cuales había setenta y uno de los criados del delfín de Francia, que fueron presos con Portundo, los cuales con los otros todos luego mandamos libertar. También se ha hallado buena cantidad de bizcocho y pólvora que Barbarroja tenía proveída, que será provechosa para el armada; gracias sean dadas a Nuestro Señor por todo. De Barbarroja se entiende, por cautivos que de aquí salieron con él que se han vuelto del camino, que llevaba cinco o seis mil turcos y renegados; los tres mil a pie, y los dos mil a caballo, y que el primer día había andado doce o quince millas, y iba con mucha falta de vituallas, y especialmente de agua, y que de calor y sed dejaba muertos y desfallecidos por el camino muchos, y los alárabes le iban siguiendo por robar, como a gente rompida y que huía, y le mataron muchos. Luego mandaremos entender con el rey de Túnez en el asiento que se ha de tomar con él, y en lo demás que se ha de hacer aquí, y en lo que se hubiere de hacer no se perderá un punto de tiempo, y os avisaremos de la resolución que tomaremos. Haréis saber esto a los grandes y pueblos de ese reino, para que participen de la victoria que Nuestro Señor nos ha dado.

«Del Alcazaba de Túnez, a 25 de julio de 1535 años. -YO EL REY. -Por mandado de Su Majestad, COBOS, Comendador mayor.»

[Túnez.] El César hace la fiesta de Santiago con su hábito.

Es Túnez ciudad de diez mil casas, en las cuales dicen había cincuenta mil vecinos. Tiene tres arrabales: el uno pasa de diez mil vecinos. Tiene entre puertas principales, y otras, con las de los burgos, hasta cuarenta; es poco fuerte, por ser tan grande. Su asiento es sobre la laguna al opósito de la Goleta, a la parte del Norte. Está de la Goleta, a tres grandes leguas. No hay río ni fuente, ni más de un pozo de agua dulce, y así, todos beben de cisternas. También es falta de pan por sequedad, y lo poco que siembran riegan de norias. Usan atahonas, porque no hay ríos para molinos ni aceñas. Hay gran falta de leña; no tiene madera, sino muy poca, y por eso labran con yeso a la morisca, muy polido. Tiene casi seis millas de circuito, medianamente cercado y poblado. Hay dos arrabales tan grandes como el tercio de la ciudad: el uno, a Setentrión; otro, al Mediodía. Tiene dos alcazabas o casas reales, la una antigua, la otra nueva, de hermosos edificios. Tiene más de cien mezquitas con hermosas torres: la mayor de todas es suntuosa, vistosa de dentro y fuera, y de extrañas labores, de la cual se sacaron dos pequeñas columnas, tan ricas, que los que conocían su labor las apreciaron en cuatro mil ducados. Tiene otras muchas de jaspe pórfido, y las paredes de tal piedra, y tan bruñida, que como en espejo se representan las imágenes.

Dentro de esta ciudad había un monasterio de frailes franciscos en el barrio de los Rebatines o Rabatines, que son cristianos, y que se conservaron en esta ciudad desde que los mahometanos ganaron la Mauritania, que en este año habían pasado más de ochocientos treinta, y los reyes moros los estimaban y se servían de ellos en las guerras, y confiaban de ellos la guarda de sus personas más que de sus naturales. Así se hallaron en Marruecos en tiempo de don Fernando el Santo en un barrio llamado Elbora, y los caballeros Farfanes, grandes jinetes en tiempo de don Juan el primero. El Emperador mandó pasar estos cristianos rabatinos a Nápoles, y los hizo mercedes y honras que su antigua cristiandad conservada tantos años entre infieles merecía. Tendrá este barrio como trecientas casas.

Había, demás de esto, otra iglesia mediana de Nuestra Señora de la Estrella, con muy ricos retablos y ornamentos: imagen de mucha devoción por los milagros que Dios se servía de obrar allí. Dícense muchas misas por los frailes y clérigos cautivos. Había otras iglesias: la de San Marcos, San Lorenzo, San Roque y San Sebastián, todas con sus campanas, que las tañían a las horas, hasta que Barbarroja las quitó.

Esta población de cristianos dicen que hizo aquí un rey de Sicilia, hermano de San Luis, rey de Francia, el cual, en venganza de la muerte de su hermano, cercó a Túnez, y la puso en tanto estrecho, que los moros, porque los dejase, le dieron quince mil doblas en parias, consintiendo ir libres los cautivos, que quedasen los que quisiesen, y edificasen iglesias, y celebrasen los oficios divinos en ellas, y fuesen libres, ellos y sus haciendas, pagando sólo el tributo que los moros naturales debían.

Quiso el Emperador solemnizar aquí la fiesta del Apóstol Santiago, y en el monasterio de San Francisco, el César, con su manto blanco, y los caballeros del mismo hábito, presentes los grandes y señores de la corte, españoles y extranjeros, se dijo una solemnísima misa, y muchas en todas las demás iglesias de Túnez, con increíble gozo de los cristianos.

Los campos de Túnez son fértiles de aceite, frutas, limas, limones, cidros, naranjos y otros frutos, y los huertos de Bardisen muy deleitosos; la gente viste más polida que ricamente. Usan baños, hay gran trato de lienzo, porque hilan mucho y bien las mujeres; hay por mar gran contratación.

Vivían aquí muchos mercaderes y cosarios que, como daban el quinto al rey, enriquecían la ciudad de ropa, dineros y esclavos cristianos. Es reino antiguo, y los reyes de noble sangre, y que por su grandeza se solían llamar reyes de Africa, poseyendo casi trecientas leguas de costa que hay de Trípol a Bujía.

De la fuga de Barbarroja. -Alvar Gómez Zagal.

Dije ya la retirada de Barbarroja; llegó a Bona, donde con solos sus turcos, diciendo que no los había vencido con su ejército el Emperador, sino los esclavos de las alcazabas con su traición; que si tenían voluntad de seguirle de corazón, que los llevaría donde se vengasen a su placer y contento; por tanto, que le ayudasen a armar once galeras que tenía varadas allí en Jadog, río pequeño, sacándolas a la mar, en las cuales fuesen con su ropa y armas a Argel, de donde con ellas y con otras tantas que allá tenía corriendo las costas de España y las de Italia, Mallorca y Menorca, navegasen a Constantinopla.

Ellos le ayudaron de grado, por no ser presos de cristianos o muertos de alárabes, como vencidos. Hicieron un baluarte fuera del río y pusiéronle algunas piezas de artillería, para espantar, como espantaron, las galeras que Andrea Doria envió; el cual, con acuerdo del Emperador, hizo que luego fuesen quince galeras, y por capitanes de ellas Adán Centurión y Joanín Doria. El Centurión fué muy alegre, pensando tomar a manos a Barbarroja y ganarse toda la honra. Mas visto que ya el cosario tenía catorce galeras a punto de pelear y un fuerte con artillería, se tornó como fué, o por saber poco de aquella costa, o por ser el contrario Barbarroja, que si bien vencido, era de temer.

Sintióse mal, y hablaron peor los imperiales de un descuido como éste, que les parecía no haber hecho nada, pues se les había ido de las manos Barbarroja. Disculpábase Centurión con que se lo aconsejaron los suyos, por llevar pocos soldados en las galeras, españoles y sicilianos. Fué sin duda, la pérdida grande, y si los ginoveses fueran esta vez hombres, como lo han sido tantas, podían quemar las catorce galeras o embarazar a Barbarroja, hasta

que fuera ayuda, con la cual, o le prendieran o mataran, o hicieran huir, de manera que la victoria fuera de todas maneras cumplida.

Corrióse Andrea Doria, y fué allá con cuarenta galeras; mas ya cuando llegó era ido Barbarroja. Tomó a Bona, y luego el castillo, y puso en él a Alvar Gómez Zagal con su compañía de españoles. Fué Alvar Gómez Zagal uno de los valientes españoles de su tiempo, hijo de otro tal llamado Pero López de Horosco, caballero noble de esta antigua familia, a quien los moros, por ser tan valiente, llamaron Alzagal, que esto quiere decir en arábigo. Hacen memoria de sus hechos las historias del arzobispo don fray Francisco Jiménez, lib. 4 y 6, c. 15, y lib. 9, c. 39, y Mármol en la de Africa como libertad de la guerra. Oscureció algún tanto sus hechos y sangre Alvar Gómez, o la envidia de enemigos, que le levantaron, que por ser demasiadamente codicioso y por otros vicios, se perdió, de manera que por no verse justiciar se mató con sus proprias manos. Mas sus hijos litigaron esta causa contra el fiscal real ante los alcaldes de corte, y condenaron al fiscal, y pagó el rey don Felipe veinte y cuatro mil ducados que se habían confiscado de los bienes de Alvar Gómez, porque su muerte fué natural de una enfermedad de tiricia, y sus grandes servicios en la guerra eran merecedores de mayores bienes. Residen en Guadalajara sus descendientes.

La ciudad de Bona, en la provincia de Numidia y reino de Túnez, era pueblo ya pequeño, y hecho de las piedras y ruinas de Hippo, donde fué obispo San Agustín, abundante de trigo, de ganado y manteca, y de azofeifos; tiene coral. Mandóla el Emperador asolar cuando fué sobre Argel, y se perdió.

Sale el Emperador de Túnez. -Capítulos de lo que el Emperador asentó con Hacem, rey de Túnez. -Lo que el César dijo al rey Hacem despidiéndose de él.

Estuvo el Emperador seis días tratando con el rey de Túnez las cosas del reino, y a 27 de julio salió con su campo y se alojó en Rades o Rada, y Luda, dos millas y media de la Goleta, riberas de un riachuelo, porque los moros volviesen a la ciudad, que con miedo se habían ausentado. De Luda se pasó 1.º de agosto a la torre del Agua, donde parte de los soldados tudescos y italianos saquearon los tenderos del real, diciendo que no habían habido nada en Túnez, como los españoles, mas fueron castigados, y el Emperador mandó repartir doce mil ducados, en que se apreció el daño que los mercaderes recibieron.

Vino allí Hacem por el reino a 4 de agosto, y a 6 se concluyeron los capítulos y condiciones con que el Emperador le hizo merced dél, las cuales fueron:

«Que el rey de Túnez, reconociendo cómo había sido echado de su reino por Barbarroja, y que el Emperador en persona, con poderosa armada, había venido y expelido de él al tirano, tomándole las fuerzas y ciudad de Túnez, y puesto y restituido en ellas el rey Hacem, agradeciendo el rey un bien tan grande, se obligaba a restituir todos los cautivos cristianos que hubiese en su reino y darles libre pasaje, sin consentir que ahora ni en algún tiempo se les hiciese mal tratamiento.

»Que de aquí adelante, él ni sus sucesores en el reino no consentirán cautivos, ni se cautivarán algunos cristianos del Imperio, ni coronas de España, Nápoles y Sicilia, ni de otras tierras sujetas al Emperador, ni tampoco el Emperador, ni rey don Fernando, su hermano, ni otro príncipe de sus sucesores consentirán que haya cautivos ni que se cautiven moros de las tierras sujetas al rey de Túnez.

»Que el rey de Túnez consentirá que en sus tierras haya iglesias y cristianos pacíficamente, y vivan en la fe católica, y celebren los oficios divinos sin que se les ponga estorbo ni perturbación alguna.

»Que el rey de Túnez no consentirá en su reino moro alguno de los nuevamente convertidos, así de Valencia y Granada como de otras partes sujetas al Emperador, y los echará fuera de sus tierras.

»Que el rey de Túnez cede y traspasa en el César la acción y derecho que tenía a la ciudad de Bona, Biserta, Africa y otras fuerzas marítimas que eran del reino de Túnez y el cosario Barbarroja las tenía usurpadas, para que el César y sus sucesores en los reinos de España puedan expeler cualesquier cosarios, y hacer de ella lo que como señores quisieren, librando al rey y reino de Túnez de semejantes enemigos.

»Que porque es importante la conservación de la Goleta, por ser la llave y fuerza de la ciudad de Túnez, y el rey Hacem no tenía fuerzas, por estar tan gastado, para la fortificar y sostener, y por haberla tomado el César con tanto gasto y peligro y muertes de los suyos, el rey de Túnez cedía y traspasaba cualquier derecho que a ella tuviese o pretendiese algún tiempo tener, con dos millas de tierra alrededor, para que el César y sus sucesores la tuviesen y defendiesen, con que la gente de presidio que en ella estuviese no impidiesen a los vecinos de Cartago el sacar agua de los pozos que están cerca de la torre que llaman del Agua.

»Que el rey de Túnez, sin contradicción alguna, deje libremente andar, tratar, comprar y vender a los cristianos que en la Goleta estuvieren, por todo su reino, pagando los derechos acostumbrados, y siendo las personas que el capitán de la Goleta señalare; y los que cometieren algún delito sean castigados por solo el capitán, el cual ha de jurar de guardar estos capítulos.

»Que el rey de Túnez dé y pague para el sustento de la Goleta doce mil ducados de oro cada año, los seis mil día de Santiago, a 25 de julio, y los otros seis mil en fin del mes de enero, y no los dando el capitán general, los pueda cobrar de las rentas del reino de Túnez.

»Que la negociación y contratación en el reino de Túnez fuese libre a todos los vasallos del Emperador, y haya un juez puesto por el César para que pueda conocer, juzgar y castigar a todos sus vasallos que trataren en el reino de Túnez, sin que los jueces ni justicias otras del rey se entremetan en ello.

»Que el rey de Túnez y sus sucesores darán y pagarán cada un año al Emperador y a sus sucesores reyes de España, y alcaide de la Goleta, en su nombre, el día de Santiago, que es a 25 de julio, seis buenos caballos moriscos y doce halcones, y esto en perpetuo y verdadero testimonio y reconocimiento de señorío y vasallaje, so pena de cincuenta mil ducados de oro por la primera vez que faltare, y por la segunda cien mil, y por la tercera en perdimiento del reino, para que los reinos de España lo puedan tomar y ocupar realmente y de su propria autoridad; y que el rey de Túnez ni otro de sus vasallos harán liga ni capitulación ni alianza con algún príncipe cristiano ni moro, en perjuicio, directa ni indirectamente, del Emperador ni de los reyes de España sus sucesores, y asimismo se obligó el Emperador de no hacer otra semejante liga contra el rey de Túnez ni sus sucesores, no dando ocasión para ello.

»Que entre el Emperador y sus sucesores y el rey de Túnez y los suyos, haya perpetua amistad, buena y pacífica y mutua vecidad, y contratación, por mar y por tierra, de todas mercadurías lícitas y permitidas, por las cuales los vasallos y sujetos de una parte y otra podrán venir, ir y negociar recíprocamente.

»Que el rey de Túnez y sus sucesores no recogerán en sus puertos ni tierras a los cosarios, piratas ni robadores que andan por la mar, ni otro cualquier enemigo que será del César ni de sus sucesores; antes los echará, y hará todo el mal que pudiere. Firmaron estos capítulos el Emperador y el rey Hacem de Túnez, estando presentes, llamados por testigos, mícer Nicolás Perronot, señor de Granvela, del Consejo de Estado; el doctor Hernando de Guevara, del Consejo de Su Majestad; el capitán Alvaro Gómez de Horozco, el Zagal, y Mahomet Pansen, y Hamet Gamarrazán, y Abderramen, moros criados del rey de Túnez, y rubricadas de don Francisco de los Cobos, comendador mayor.»

Estos capítulos, muy a la larga, fueron escritos en castellano y arábigo, y se puso el año de Mahoma por complacer al rey Hacem, que fué el de novecientos y cuarenta y dos. Selláronlos con el sello imperial y real, y cada uno llevó dos, uno en romance y otro en arábigo. Juró el Emperador de los guardar y cumplir, sobre una cruz de Santiago, besando primero la mano con que la tocó; y el rey por su Alcorán, tocando la guarnición de su alfanje, que le sacó un poco. Con esto Hacem quedó contento y obligado, dando muchas gracias al Emperador por las grandes mercedes que había recibido, y se volvió a Túnez, donde fué recibido como rey, pero no se puso corona, que la veda el Alcorán de Mahoma.

Débense notar unas palabras dignas de memoria que dicen que el César dijo a este rey moro cuando se despidió de él, que fueron: «Yo gané este reino derramando la sangre de los míos; tú le has de conservar ganando el corazón de los tuyos; no olvides los beneficios que has recebido, y trabaja por olvidar las injurias que te han hecho.» Palabras dignas de tal príncipe.

Es tanta la falta de agua en esta tierra, que el rey le enviaba desde Túnez al Emperador cargas de agua en presente, y algunas cestillas de fruta, no mucha, pero con muestras de mayor voluntad. Pidió al Emperador cuatro mil españoles para guarda y seguridad de su ciudad y persona, porque no se fiaba de los suyos; el Emperador no se los dió, diciendo que bastaban los que dejaba en la Goleta.

Quiso pasar el César contra Argel. -Qué causas hubo para no hacer esta jornada. -Ruy Díaz de Rojas, valiente caballero.

Quisiera el Emperador, acabada la conquista de Túnez con tanta felicidad, ir en seguimiento del cosario Barbarroja, y echarse sobre Argel y ganar aquella ciudad que tanto ha costado a España, que fuera un hecho notable, y excusara una de las mayores pérdidas que la Cristiandad padeció, y es cierto que la reputación que con la conquista de Túnez se ganó fué tanta, que no fueran bien llegados a vista de Argel, cuando se le rindieran y le abrieran las puertas, y con trabajo se le escapara Barbarroja. No sé quién en el consejo de guerra estorbó la jornada, y quitó al Emperador la voluntad que para hacerla tenía. Las razones principales que se hallaron fueron que el tiempo no daba lugar, que faltaban bastimentos, que la flaqueza y enfermedad de los soldados no lo permitía, que ya morían muchos, principalmente tudescos, que sin orden, impacientes con el calor, bebían y comían, y se metían en el agua vestidos y se tendían en ella como si fueran lechones.

De los caballeros y gente de cuenta, murieron Antón Ramírez de Arellano, hermano del mariscal de Barobra, el cual, muriendo, dijo que no sentía su muerte, sino porque no era peleando contra sus enemigos, en servicio de Dios y de su rey. Murió monsieur del Agisonera, comendador de Calatrava, hermano de monsieur Falconete, mayordomo del Emperador, y don Alonso Rebolledo, caballero del hábito de Santiago, y el hijo primogénito de Gutierre Quijada, y Gonzalo de Monroy, comendador mayor de Alcántara, y otros; de lo cual todo, da cuenta el Emperador en las cartas que escribió a España a 16 de agosto.

Murió asimesmo Ruy Díaz de Rojas, a quien el Emperador, por su carta, pidió que se hallase en esta jornada, si bien era ya viejo, de edad muy anciana, porque fué uno de los señalados y valientes caballeros de su tiempo, y se mostró en grandes ocasiones y desafíos particulares, y en todos salió vencedor.

«EL REY

»Marqués de Cañete, pariente nuestro, virrey, lugarteniente, capitán general en el nuestro reino de Navarra. A 30 del pasado escribimos el suceso de la empresa de Túnez, como habréis visto, vuelto de allí a la Goleta, adonde estaba nuestra armada para ver y deliberar lo que más se debía y podría hacer contra los enemigos, según el tiempo y las vituallas que en ella quedaban, como quiera que siguiendo la victoria para acabar de deshacer de todo punto los dichos enemigos, por lo que esto importa al bien público de la Cristiandad, y a nuestros reinos y vasallos, particularmente, deseamos y quisiéramos más que otra cosa hacer la empresa de Argel, porque en esta coyuntura, con la reputación de vitoria, rompimiento, expulsión y huída de los enemigos de este reino, juntamente con el quebrantamiento de los ánimos que les ha quedado, se pudiera hacer más fácilmente que en otro tiempo; hanse hallado tantas dificultades para no poderse ejecutar, que necesariamente ha convenido mudar consejo, y entre otras muchas las más principales, ha sido una: ser la navigación desde aquí a Argel larga, por estar el verano tan adelante; la otra, estar la gente cansada y fatigada del trabajo, que después que se desembarcó ha pasado y pasa, así de los calores, que son grandes, como de falta de vituallas frescas, y de abundancia de aguas, y haber mucha parte de ella, demás de los que han sido heridos, adolescido de cámaras y calenturas y otras indisposiciones. La otra y más principal y que nos ha forzado dejar la dicha empresa, ha sido haber hallado gastada con la mucha gente que aquí ha concurrido, y con el crecimiento de los cristianos cautivos, que se pusieron en libertad en la entrada de Túnez, tanta parte de la provisión de la armada, que la que quedaba, aunque de los nuestros reinos de España, Nápoles, Sicilia y Cerdeña no se han dejado de traer como se traen continuamente, y de Génova y otras partes, lo cual ha sido mucha ayuda para que no se hayan acabado antes, no bastaba en alguna manera, aunque se reglara y estrechara cuanto se pudiera hacer, para ir a la dicha empresa ni a otra alguna. Y vistas estas dificultades ser de calidad que sobrepujan a toda la provisión y diligencia que se podía hacer, conformándonos con el tiempo y con 1a posibilidad de las cosas, y con lo que al tiempo que determinamos embarcarnos en esta armada, escribimos a nuestros reinos de Nápoles y Sicilia, y avisamos a Su Santidad, a los príncipes y potentados cristianos, así de la Germanía como otros, que lo hacíamos para ir a visitar aquellos reinos, proveyendo de camino lo que viésemos convenir contra los infieles enemigos, y en beneficio de la Cristiandad, habiendo tomado primero con el rey de Túnez el asiento que veréis por el sumario de la sustancia del que os mandamos enviar con la parte, para que tengáis noticias de él, y dejando reparada la fuerza de la Goleta, para que de presente se pueda sostener y conservar, y a don Bernardino de Mendoza en ella con mil hombres para guarda de ella, con provisión de vituallas, el cual ha de haceredificar la fuerza que para seguridad de la dicha Goleta se ha de hacer luego, conforme a la traza que le dejamos ordenado, para cuya obra mandaremos venir luego los maestros oficiales y materiales necesarios de Sicilia, además de los que le quedan, dejándole también entretanto que esta se hace, para proveimiento y guarda de la dicha fuerza diez galeras, y asimismo en Bona, a la cual el dicho Barbarroja y los otros cosarios y turcos que huyendo de Túnez se habían recogido allí, habiendo por nuestro mandado, cuando partimos de la Goleta para Túnez, ido algunas galeras de nuestra armada a reconocer de la manera que estaban las que Barbarroja allí tenía, y entendido que las sacaba del río donde estaban, y las aderezaba y ponía en orden. Después el príncipe Andrea Doria, con treinta o treinta y nueve galeras para tomarlas antes que llegase con ellas, huyendo con las dichas galeras, la habían desamparado por temor de nuestra armada y quedó en nuestro poder; dejamos proveído que queden seiscientos infantes en la fortaleza de la ciudad de Bona, con Alvar Gómez Zagal, a quien habernos proveído por alcaide de ella con la provisión necesaria de vituallas, artillerías y municiones, con asiento que habernos tomado con el dicho rey de Túnez, que quedando por Nos y en nuestro nombre la dicha fortaleza, él asegure los habitantes en aquella ciudad, y lo torne a poblar y nos pague en cada año, de las rentas y provechos de ella, ocho mil ducados para ayudar el gasto que se ha de hacer en guardar la dicha fortaleza, y que los demás de las dichas rentas, que dicen serán hasta diez y seis mil ducados, le quede a él para guardar la dicha ciudad. Hecho esto, y no habiendo en parte posibilidad para hacer la dicha empresa de Argel por las dificultades dichas, principalmente por la falta de las vituallas, considerando los grandes gastos que se han hecho y aun en el sostenimiento de esta armada y ejército, y los que para entretenello adelante serían necesarios continuarse, y que por el tiempo que durare el invierno sería sin provecho, y es más útil guardarlo, que en esto se había de gastar para cuando sea menester. Nos, habiendo resuelto en deshacer la dicha armada y ejército, y embarcándonos luego, enviar con el marqués de Mondéjar la parte de la armada y de la infantería española que vino de España, sacando de ella lo que queda en la Goleta y Bona y las capitanías de los jinetes que asimismo vinieron de allá la vuelta de España, para que se despida en Málaga o en otro de los puertos de aquella costa donde llegare y la gente asimismo se derrame, si no hubiere remedio de podella entretener toda parte de ella en el reino de Tremecén, como a algunos parece que se podría hacer sin paga, dando orden que fuesen proveídos de vituallas, la cual pudiéndose hacer, sería provechoso, porque de allí con brevedad se traerían, ofreciéndose necesidad, donde quiera que fuese menester, y de aquí a entonces sería ejercitada y usada el campo, y considerando que Barbarroja ha llevado de Bona quince galeras, y que en Argel tiene once, según lo que se entiende, y en los Gelves dos, que podría aderezar y juntar con las otras, con algunas galeotas y fustas, como quiera que según el daño que ha recibido y de la manera que va deshecho y roto, es de creer que atenderá antes a guardarse que a ofender y hacer daño. Todavía, por la seguridad de las costas de nuestros reinos y para excusar los que podría hacer no habiendo provisión, enviamos en acompañamiento de la dicha armada las quince galeras de España, que están a cargo de don Alvaro de Bazán, y otras diez con ellas para que residan por las dichas costas y las aseguren y excusen los daños que podrían hacer los enemigos, y con las otras galeras que quedan y con lo demás de la armada que vino de Génova, Nápoles, Sicilia, iremos a desembarcar en aquel reino, habiendo primero corrido por las tierras de la costa de este reino que tenían ocupado los enemigos que están a la parte de Levante para asegurarnos de ellas, para visitar aquel reino y tener parlamento, y proveer en las cosas de la buena gobernación y administración de la justicia de él. Y luego como allí lleguemos, enviaremos de las galeras que nos quedan otras veinte y cinco o treinta, para que con las otras veinte y cinco que agora van, estén y residan en las costas, islas y partes donde más provechoso sea para guardar y asegurar las costas de nuestros reinos, y hacer a los enemigos el daño que ser pudiere, y excusar el que ellos podrían hacer, y tenerlos en cuidado y gasto, para que al tiempo los consuma, porque según el daño que, como dicho es, ha recibido, y de la manera que quedan, no parece que pueden durar mucho, y de lo demás de la armada haremos aquello que más viéramos que convenga; y acabado lo que en Sicilia se ha de hacer, en lo cual nos ocuparemos los menos días que se pueda, pasaremos a Nápoles a hacer lo mismo en lo de allí, y guiar y enderezar en lo que convenga en los negocios de la fe, y otros públicos de la Cristiandad. Fecha en nuestra galera, cerca de la Goleta de Túnez, a 16 de agosto, año de 1535. -YO EL REY. -Por mandado de S. M. -COBOS, comendador mayor.»

[Partida de la flota imperial]

En tanto que pasaban las cosas que he referido, llegó Andrea Doria de la toma de Bona; venido, se puso luego en orden, y aprestaron su camino, proveyendo antes el Emperador que la torre de la Sal, y la del Agua, se echasen por tierra, porque si los alárabes y moros se apoderaran y hicieran fuertes en ella, pudieran ofender mucho a la Goleta.

Hubo poca dificultad en allanar la torre de la Sal, y a lo de agosto, yendo los capitanes en sus compañías, traían fajina a cuestas de los olivares, para fenecer el bestión que en la Goleta se hacía, el cual era de dos estados en alto, de ancho hasta nueve pies. Ayudaron todos a esta obra, y el marqués del Vasto, por animar a los soldados, era el primero que a caballo traía con ellos su parte.

Quedó por alcaide de la Goleta y capitán general, don Bernardino de Mendoza con mil españoles, soldados viejos y algunos maestros que la reparasen. Todo el tiempo (que por días he contado) gastó el Emperador desde que embarcó en Barcelona hasta 12 de agosto que se metió en su galera, si bien no salió del puerto, en lo cual parece el engaño del dotor Illescas, que dice, con otros engaños, que gastó en conquistar el reino de Túnez solos veinte y seis días.

Despidió el Emperador las armadas de Castilla y Portugal. Diéronse todos priesa a derribar las tiendas y recogerse a las galeras, y aún dicen que el Emperador daba tanta priesa, que pegó fuego a algunas tiendas, porque se detenían. Saltaba cada día en tierra a oír misa, y en oyéndola se volvía a la galera.

A 14 de agosto se acabó de minar la torre del Agua, y poniendo barriles de pólvora en los cimientos, que estaban puestos sobre puntales de madera, la volaron. Deteníase el Emperador esperando viento, y que se acabasen los reparos hechos para fortificación de la Goleta.

Estando casi todos embarcados se levantó borrasca, y padecieron algún género de tormenta, perdiéndose algunos vasos. Finalmente, a 17 de agosto la galera capitana en que iba el Emperador hizo señal y tendió las velas, comenzando a navegar. El infante don Luis tomó la derrota de Barcelona; el Emperador fué derecho contra la ciudad de Africa, pensando tomarla de camino (de la cual diremos largamente adelante, y cómo había en ella cosarios que corrían las islas de Sicilia y Cerdeña). No pudo el Emperador llegar esta vez a ella por desaparecerse las naves de su armada con temporal recio; unas dieron en Sicilia, otras en Nápoles.

Y a 20 de agosto entró en Trápana, ciudad de Sicilia, con poca salud, que del trabajo de la guerra y mar tenía. Fué recibido con grandísimo gusto de los naturales, y en saltando en tierra fué a visitar a Nuestra Señora de Gracia, monasterio de frailes agustinos, y aposentóse en el castillo. Murió aquí, camino de Palermo, don Bernardino de Toledo, de enfermedad, habiendo servido bien en esta guerra; y al Emperador dolió la pérdida de este caballero, y mucho más a su hermano don Hernando de Toledo, duque de Alba.

Quiso el Emperador (ya que él no pudo) enviar sobre la ciudad de Africa, que tuvo deseo de ganarla. Ordenóse en consejo de guerra que fuesen sobre ellas las galeras y galeón de Andrea Doria y ciertas carracas y naos, y en ellas cinco mil soldados, dos mil tudescos y tres mil españoles; y por general don Hernando de Gonzaga, hermano de Federico Gonzaga, primero duque de Mantua y segundo marqués de este nombre. Aprestándose para esto, llegó el galeón del príncipe y las treinta naos que venían de Africa, y no de cabo Pájaro, a los cuales sucedió que faltándoles agua cuando estaban determinados de batir la ciudad, estando en consejo el príncipe de Salerno, Fabricio Maramaldo y Cristóbal Forindoria y otros capitanes y coroneles de españoles, italianos y tudescos, determinaron que saliese el príncipe de Salerno con toda la infantería, y que en tanto que peleaba con los moros, tomasen agua los marineros de unos pozos junto a la marina, no lejos de la ciudad. Estando en esta determinación llegó un bergantín con carta del Emperador, escrita en Trápana, para que se alzasen de la conquista de Africa y fuesen a Sicilia, donde los esperaba. Con esto cesó por agora la conquista de esta ciudad, hasta el año de 1550, que se ganó por Hernando de Vega y don García de Toledo, a 9 de setiembre, lo cual en llegando a este tiempo diré.

[Escribe el rey al marqués de Cañete.]

Ultimo de agosto, estando ya el Emperador para salir de Trápana, escribió a la Emperatriz, grandes y virreyes de España, dándoles cuenta de su camino, diciendo cómo a 16 del presente, desde la galera cerca de la Goleta de Túnez, había escrito con una galera que mandó ir a Barcelona para llevar las cartas y aviso de su embarcación y venida al reino de Sicilia. La del marqués de Cañete decía:

«EL REY

»Marqués de Cañete, pariente nuestro, visorrey y lugarteniente, capitán general en nuestro reino de Navarra. A 16 del presente, desde la galera cerca de la Goleta de Túnez, os escribí con una galera que mandé ir a Barcelona para llevar las cartas de mi embarcación para venir a este reino por las dificultades que tuve para no poder ir a Argel, con todo lo que más había que decir según habréis visto. El día siguiente, martes, por la mañana, salimos con las galeras del golfo de Túnez delante de la Goleta, donde había estado y estaba nuestra armada y surgimos a veinte millas en el cabo de Zafrana, así para tomar agua para provisión de las galeras, como para esperar allí las naos de la parte de la armada que había de venir con Nos, adonde estuviésemos esperándolas todo aquel día, y el miércoles y el jueves, hasta después de mediodía, que llegaron todas las dichas naos; y partimos para seguir nuestro viaje a la ciudad de Africa que es en la costa del reino de Túnez a la parte de Levante, lugar fuerte y muy importante en que Barbarroja ha tenido guarnición y guarda de turcos para proveer de camino que se conquistase, y asegurarnos de él, y surgimos a diez o doce millas adelante, porque el tiempo para navegar el dicho viaje era contrario, y aunque con las galeras a remo no sin trabajo se andaba, las naos no lo podían hacer, y así estuvimos y anduvimos a vista de las dichas naos, y cerca della, entreteniéndonos y esperando que el tiempo se pusiese de manera que se pudiese hacer el viaje, hasta el sábado en la tarde, que lo comenzó a hacer tan recio, que las naos no se pudieron tener más por la fuerza del viento, y fué necesario dar las velas y atravesar el golfo para venir aquí. Y visto que sin ellas -en las cuales venía la gente y vituallas para ella, y la artillería, municiones y las otras provisiones necesarias para lo que se había de hacer-, no se podía aquello efetuar, fuimos forzados a hacer lo mismo con las galeras. Y así, domingo 22 del presente, después de medio día, llegamos a esta ciudad con todas nuestras galeras, adonde hallamos ya surtas parte de las naos de la dicha nuestra armada, y otras eran pasadas a Palermo y a Nápoles, y algunas de las cuales (las más eran aquellas donde venía la infantería) corrieron hasta Africa, y estuvieron surtas en la playa, delante aquella ciudad tres o cuatro días, hasta que teniendo aviso nuestro por un bergantín que mandamos enviar para buscarles, que éramos venido aquí, vinieron asimismo, y llegaron dos días ha; de manera que toda la armada, gracias a Dios, ha aportado en salvamento.

»En este lugar nos hemos detenido y reposado estos días, por esperar a saber dónde habían aportado las dichas naos, y que viniesen aquí, para resolvernos y dar orden en lo que se había de hacer de esta armada, y así, visto que el tiempo del verano está tan adelante, que en lo que de él queda, no se puede ya con ella hacer fruto, y haberla de sostener el invierno sería cosa de mucho gasto y sin provecho, nos habemos resuelto en deshacerla, reteniendo para acompañamiento y guarda de nuestra persona y corte, la infantería española vieja, que para servir en la empresa pasada se trujo de deste reino y del de Nápoles, y dos mil alemanes escogidos de la Alemaña, he despedido todos los demás de ella, y la infantería italiana, pagándoles aquel sueldo del tiempo que han servido y se les debe dar para volver a sus casas, se envían en los navíos, que para llevarlos bastan con los mantenimientos necesarios a desembarcarlos en la ribera de Génova, y en otros puertos de Italia que son más a propósito, así para que los italianos vayan a sus casas, como para el camino que han de llevar los alemanes para ir a las suyas, con los cuales se envían comisarios que las lleven y hagan proveer de las cosas necesarias.

»Las naos de la dicha armada que van con esta infantería, van de aquí despedidas y pagadas de su sueldo, para que siendo desembarcada la infantería, hagan lo que bien les estuviere; las otras, que se ha ordenado pasen en Nápoles con la hacienda, caballos y gente de nuestra corte, de la que vino a nos servir de aquel reino, que aquí, ño se ha desembarcado, para que desembarcando estos, sean también despedidos.

»Y conociendo que para la seguridad de estos reinos, y para quitar a los infieles y cosarios la oportunidad de poderse valer y dañar desde la dicha ciudad de Africa, por el sitio y disposición que para ello tienen, importa mucho haber aquella ciudad a nuestras manos, y pareciéndonos que en lo que queda de este verano se puede hacer la empresa, o a lo menos por no dejar de tentarlo, esperando que con ayuda de Nuestro Señor terná efecto, habemos ordenado que el príncipe Andrea Doria vaya a ello con las galeras que han quedado para poder servir, que las de Su Santidad son ya idas, y las que nuevamente se armaron en estos reinos, algunas tienen necesidad de reposar y repararse, y con ocho o diez naos buenas en que vaya la dicha infantería española, y alemanes que retenemos para nuestro acompañamiento, con el artillería, municiones y vituallas, y otras provisiones necesarias para la empresa, y para dejar proveída la ciudad por algún tiempo si se ganare, y dejando proveído lo que para esto se requiere, y quedando aquí el dicho príncipe con nuestros oficiales, que en estas cosas entienden, y con las personas que conviene, para ejecutar todo lo susodicho, nos partimos hoy por tierra para ir a Palermo, donde reside nuestro Consejo y Chancillería de este reino, y tenemos mandado convocar y juntar el Parlamento y estados de él, para tenerlo, y dar orden en lo que convendrá para la buena gobernación y administración de la justicia y establecimiento de ella, y entenderemos en ello con tal diligencia, que brevemente nos desembarcaremos para pasar adelante a Nápoles a hacer lo mismo en aquel reino, según tenemos escrito.

»El dicho príncipe con la afición con que nos sirve, y con su buena diligencia y providencia, tenemos por cierto que la usará tal en esto, que ha de hacer que en pocos días se despachará y saldrá de aquí, y esperamos en Nuestro Señor, que con su ayuda la empresa terná el fin que conviene, y acabada esta, verá el tiempo y la oportunidad, de las cosas, si podrá reducir la isla de los Gelves a nuestro servicio, y a la observancia de lo que con los que se asentó y capituló en nuestro nombre por don Hugo de Moncada, y pasará a la Goleta de Túnez a ver lo que estará hecho en la fortificación y reparación de aquella fuerza, y por darle mayor reputación, y dar orden que quede como conviene, para que esté esto con toda seguridad y buen recaudo, y lo mismo hará en Bona, si el tiempo diere lugar, y discurriendo por toda la costa se volverá a Palermo, si pudiere, antes que de allí partamos a Nápoles, a darnos razón de lo que habrá hecho, y ver lo que más después se deberá hacer.

»De Trápana, último de agosto de 1535. YO EL REY. -Por mandado de Su Majestad. -DIÁQUEZ.»

Es el secretario Alonso de Idiázquez, de quien adelante hablaremos, que ya en este tiempo servía al Emperador en este oficio.

Entra el Emperador en Mecina. -Entrada en Nápoles. -Muerte de Francisco Esforcia. -Malos oficios que el rey Francisco hacía al Emperador. Alzan pendones en Milán por el Emperador.

De Trápana fué el Emperador a Monreal cazando por el camino; detúvose en Arcano, tierra de la condesa de Módica. Los tudescos quedaron alojados en Trápana. Los españoles fueron a alojar en Marzara, y allí esperaron a don González de Mendoza, hermano de Garci-Manrique, virrey que fué de la Abruza, que venía a tomarles muestra, y con él Francisco Duarte, contador y proveedor de las armadas del Emperador.

Detúvose el Emperador en Monreal hasta doce de setiembre, que entró en Palermo, donde fué solemnemente recibido, hallándose presentes los señores de título de aquel reino, y otros muchos caballeros. Llevó el estoque don Juan de Mendoza, justicia mayor. Daban voces por las calles mujeres y niños, diciendo: «Justicia, justicia», por la mucha falta que de ella había en el reino.

A los 20 de octubre de este año, salió el Emperador de Palermo, y vino a San Plácido, monasterio de monjes benitos blancos, donde fué aposentado, y de allí entró en Mecina, haciéndosele suntuoso recibimiento. Salió el arzobispo vestido de pontifical, y doce canónigos con doce mitras en las cabezas, el archimandrita con sus abades mitrados, y proto-papa con los clérigos griegos, y toda la demás clerecía y frailes, que hacían una larga y vistosa procesión. Hizo una gran salva el artillería y arcabucería de muchos soldados, que salieron en escuadrones. La ciudad le presentó diez mil ducados de oro, y después de haber estado en Mecina algunos días, atravesó en galeras el Faro y vino a Rijoles en Calabria, y visitando el reino de Nápoles, a 25 de noviembre entró en la ciudad tres horas antes de la noche, donde se le hizo un recibimiento digno de la grandeza de sus ciudadanos, que son de los más ricos y nobles de Europa.

Llevaba el estoque en la entrada del César el marqués del Vasto, como camarero mayor del reino. Eran innumerables las personas eclesiásticas, clérigos y frailes, obispos y arzobispos, que pasan de ciento y veinte y cuatro los que hay en el reino, con muchos señores de título, y caballeros que le acompañaban.

Halláronse aquí el príncipe Doria, y Antonio de Leyva, príncipe de Ascolí, como naturales del reino, el duque de Alba, el conde de Benavente, el marqués de Aguilar, el marqués de Cogolludo, con otros muchos españoles; el conde de Potencia, de la casa de Guevara, español, y todos los señores de título del reino de Nápoles, y de fuera de él. Vinieron aquí a darle el parabién de la victoria de Túnez, y a otros negocios, Pedro Luis Farnesio, hijo del Papa, y Juan Picolomino, obispo de Ostia, cardenal de Sena; y Alejandro Cesarino, título de Santa María Inviolada, cardenal diácono, legados del Papa, y Hércules de Este, duque de Ferrara, algo descontento del Papa, pero del Emperador muy favorecido. Entró con grande ostentación en Nápoles de criados y gentileshombres ricamente vestidos.

Los legados del Papa, después de dado el parabién, trataron de la paz, entre el Emperador y rey de Francia. Monsieur de Belli, embajador del rey en la corte imperial, pedía por parte de su señor el ducado de Milán, para el duque de Orleáns. Vinieron el duque de Urbino y cuatro embajadores de Venecia, y Alejandro de Médicis, duque de Florencia, hijo del duque Lorenzo y sobrino de los pontífices León X y Clemente VII, venía con luto por la muerte de Hipólito de Médicis, cardenal de San Laurencio Indámaso, y en entrando en la corte dejó el luto. Traía una compañía de arcabuceros de a caballo, y muchos gentileshombres. El Emperador le recibió muy bien.

Vinieron desde Roma con él don Fernando y don Juan de la Cerda, hijos de don Juan de la Cerda, duque de Medinaceli, y don Francisco de Toledo, de la casa de Alba, y otros caballeros españoles. El duque de Urbino se confederó aquí con el Emperador, y se partió a hacer gente a su estado y a la vuelta de la Morea.

Vino también Marino de Caracioles, napolitano, a quien el Papa poco antes había dado el capelo a instancia del Emperador, de manera que la corte imperial de Nápoles estaba llena de cardenales y perlados, de señores de título y caballeros de aquel reino y otras partes, que jamás se vió con mayor grandeza Nápoles.

Aquí llegó nueva de cómo el rey de Francia había convalecido de unas cuartanas. Casó el Emperador su hija natural, madama Margarita, con Alejandro de Médicis, duque de Florencia, como lo había tratado con el papa Clemente VII. Quisiera Felipe Stroci, mercader riquísimo, estorbar estas bodas, y los florentines de su opinión que andaban desterrados; y a los cardenales Salviati, y Rodolfo, y Stroci, ofrecía una gran suma de dinero, porque no se hiciese. Jugó el Emperador cañas, y se corrieron toros a uso de España, vestido a la morisca, con su cuadrilla, que regocijó mucho la ciudad por los días de Carnestoltas, y en saraos y banquetes fué con máscara, por entretenimiento de las damas y señoras napolitanas, que se lo suplicaron. Proveyó con atención las peticiones que le dieron con quejas de los señores y jueces, y pidiéndole mercedes.

Estando aquí, escribió a los potentados de Alemaña, que tenía aviso que contra la paz que últimamente se había capitulado con ellos, los demás sus valedores hacían algunas fuerzas, y ocupaban los bienes de las iglesias que siendo así lo sentiría mucho, y de ninguna manera pasaría por ello.

Estando el Emperador en Nápoles, a 24 de octubre, y, según otros, a primero de noviembre de este año de 1535, murió en Milán el duque Francisco Esforcia, ejemplo de buena y mala fortuna, en quien se acabó la sangre nobilísima de los Eforcias, que según algunas historias, descendían de Anglo, nieto de Eneas, y de Mucio Scevola, varón romano. A 4 de noviembre entró en Nápoles con la nueva Juan Bautista Gastaldo.

Con la muerte del duque, revivieron las pasiones entre el Emperador y el rey Francisco, y nacieron otras ocasiones de nuevas guerras; porque la codicia grandísima que el rey tenía por este Estado no le dejaba vivir con quietud, pidiéndole y procurándole con las armas, habiendo renunciado ocho años antes el derecho todo que a él y al reino de Nápoles pudiese tener, como yo lo he visto en largas pieles de pergamino y letra francesa en el archivo de Simancas, con las mayores fuerzas y juramentos que en derecho se pueden hallar, y junto con esto entregó cuatro escrituras tocantes a Nápoles y Milán, que hacían en favor del derecho que la casa real de Francia pretendía tener a estos Estados, como quien de todo punto se apartaba de ellos y de su pretensión, y juró que si en otro algún tiempo hallase otros papeles, los daría al Emperador, como consta por la concordia hecha en Madrid; y con todo esto, porfiaba el rey, y porfió hasta que acabó la vida, siendo causa este tesón de infinitas muertes y que demás de las dichas, aquí se dirán, y queriendo el Pontífice, con santo celo, juntar los príncipes cristianos contra el Turco, sólo el rey de Francia no quiso entrar en esta liga, si el Emperador no le daba a Nápoles y a Milán, alzándose en su reino con la mitad de los beneficios, diciendo que los quería para cobrar a Milán, pues era muerto el duque Esforcia; y para esto se vió este año con el rey de Ingalaterra, que como sabía que estaba mal con el Emperador, quería acabar con el que le hiciese guerra, y escribió a los protestantes de Alemaña, quejándose del César, de cosas que en él no cabían, diciendo que las guerras que el Turco hacía, eran por causa del Emperador y su hermano el rey don Fernando, que se querían alzar con todo, y a los que sabía que eran católicos en Alemaña escribía que el Emperador tenía la culpa de las herejías, que si él quisiera castigar a Lutero y atajarle los pasos, no hubieran prevalecido tanto los luteranos que había en aquellas partes.

Y a 19 de diciembre de este año, envió a Gillelmo Belayo por su embajador a los protestantes que estaban en Smalcalda, pidiéndoles que le ayudasen y se ligasen en él, sin decirles contra quién. Más los protestantes, teniendo respeto a que eran vasallos del Emperador, respondieron que de muy buena gana, con que no fuese la liga contra el César; y hizo que el rey de Ingalaterra les pidiese lo mismo, y de la misma manera respondieron a él. Finalmente, trajo los tratos que se han visto y verán con el Turco, en tan gran perjuicio de la Cristiandad. Por manera que este príncipe no dejó piedra que no moviese, no mirando a quien era; y lo que más es de ponderar y sentir, es que andaba en estos tratos Francisco cuando el Emperador aventuraba su vida y la de sus vasallos, honra y hacienda, peleando en Africa, no con otro príncipe como él, sino con cosarios y ladrones, por la defensa de la Iglesia.

Es terrible el corazón de un rey airado, y no pudiendo ya más el rey Francisco encubrir ni disimular su pasión, comenzó a mover guerra en el Piamonte, mandando a Felipe Chabos, almirante de Francia, que entrase por las tierras del duque de Saboya, con un grueso ejército, diciendo que el rey su señor mostraría el derecho que tenía a aquel Estado, porque sabía que el Emperador había de salir luego a la defensa del duque, por el deudo y amistad que con él tenía, como fué y se dirá.

Muerto, pues, el duque Esforcia, y enterrado con la solemnidad que merecía, el conde Maximiliano levantó en el castillo el estandarte imperial, y apellidaron: «Imperio, Imperio», y al tiempo del enarbolar el pendón, dispararon la artillería, andando en esto, y en apoderarse del pueblo, tan valeroso como siempre, Antonio de Leyva.

Tuvo cartas el Emperador de la Emperatriz, diciéndole cómo a 25 de diciembre de este año, en la villa de Madrid, murió el príncipe de Piamonte, primogénito de Saboya.

Fin de Abrahim, gran privado del Turco, que fué el que suele haber en las privanzas de esta vida. -Animo cristiano y celo católico del rey Francisco. -Murió el marqués de Denia don Bernardo; sucede en el servicio de la reina, don Luis.

Por lo que la Cristiandad debe a Abrahim Basa, grandísimo privado del Gran Turco Solimán, diré aquí su fin, que es el que ordinariamente tienen los más allegados a los reyes, cuando en ellos no hay la prudencia y moderación debida. Valía tanto Abrahim con Solimán, que de ninguna manera se hacía más de lo que él quería. Era Abrahim, de nacimiento, cristiano, natural de Albania, de un lugarejo que se llamaba Parga, y renegado, si bien se tenía por cierto, que en lo secreto servía como podía a Jesucristo, y deseaba y procuraba el bien de los cristianos, y hacía esto con tanta afición que se le echaba bien de ver; que no es posible encubrirse la voluntad más que el oro, y sus enemigos le llamaban turco fingido y cristiano disimulado.

De la merced grande que el Turco le hacía, por ser prudentísimo Abrahim, conoció el peligro de su vida, o a lo menos la caída que podía temer, y así suplicó al Turco que no le diese tanto favor, que temía le había de costar la vida o una gran desventura. El Turco juró solemnemente que él no se la quitaría mientras viviese; con este seguro de su vida se quietó mucho Abrahim.

Este Abrahim, con la fama que había de los hechos del Emperador, y la defensa que hacía a la Cristiandad, era grande aficionado suyo, y favorecía y autorizaba sus hechos entre los turcos en gran manera, y se dijo que le escribía y daba avisos de importancia. Sucedió que el Turco estaba indiferente este año sobre si haría jornada contra Tammas, gran Sofi, rey de Persia o contra cristianos.

Tenía el Turco una mujer hermosísima, llamada Roxolana, a la cual amaba, y hubo hijos de ella. Esta y su madre eran enemigas por extremo de cristianos, y de Abrahim sobremanera. Persuadían al Turco con muchas razones, que hiciese su jornada contra cristianos, pues era obra meritoria y acepta a Mahoma, segura y honrosa, más que ir contra los persas, que al fin eran turcos y de una ley como ellos. Al contrario, Abrahim persuadía al Turco que dejase a los cristianos y fuese contra el persa. Pudieron tanto sus razones, por el favor grande que el Turco le hacía, que valió su parecer. El Turco caminó contra el Sofi, y fuéle tan mal en la jornada, que volvió roto y deshecho, con pérdida de la gente que llevó.

Con esta ocasión acudieron la suegra y mujer del Turco, y otros enemigos de Abrahim, y cargaron tanto la mano contra él, que el Turco se persuadió que Abrahim no le servía limpiamente, y determinó de matarle. Estaba de por medio la palabra que dije le había dado, que no le mataría mientras viviese; para esto, disimulando algunos días, le llamó, como que quería comunicar con él negocios de importancia; quedóse solo en la cámara y nunca más pareció.

Dice Laurencio Surio, monje cartujo, varón doctísimo, que el gran Turco le trató asperisímamente de palabra, y que aunque Abrahim se le echó a los pies con muchas lágrimas y humildad, no pudo desenojarle, y en la noche siguiente, a 16 de marzo de este año de 1535, estando el triste Abrabim durmiendo, vencido de la melancolía, como es ordinario, sobre un estrado, entró un verdugo y con un alfanje le corté la cabeza. Las afrentas que le hicieron después de muerto, y cómo le confiscaron los bienes, dejando sólo el dote de su desdichada mujer, fueron notables, y hubo de ellas que decir en el mundo. Tal fué el fin de un hombre a quien tanto levantó fortuna, y tal es la firmeza que tienen las privanzas y aún las coronas de la tierra. Sola aquella es firme, que se afirma en Dios; y donde más contento, seguridad y descanso, donde hay menos desta vanagloria.

Así decía el famoso Angelo Policiano en cinco versos que se habían de escribir con letras de oro, y saberlos como regla segura desta vida los príncipes del suelo:

Faelix ille animi, divisque simillimus ipsis,

Quem non mendaci respiendens gloria suco

Solicitat non fasto si mala gaudia luxus:

Sed tacitos finit ire dies, et paupere cultu

Exigit innocuae tranquilla silentia vitae.


De donde los tomó aquel que, preso, por sí decía:

Aquí la envidia y mentira

Me tuvieron encerrado;

Dichoso el feliz estado

Del sabio que se retira

De aqueste mundo malvado.

Y con pobre mesa y casa

En el campo deleitoso,

A solas la vida pasa,

Con sólo Dios se compasa,

Ni envidiado ni envidioso.


Y el desdichado príncipe Sultán Corcut, perseguido de su hermano el Gran Turco Selim, se escondió por los montes, y fatigado de la hambre, se fué a la cabaña de un pastor, y el mal villano lo descubrió, y fué preso, y el cruel hermano sin quererlo ver lo mandó matar; y el triste príncipe, sabiendo su muerte, hizo estos versos en su lengua arábiga, quejándose de su hermano, que en la nuestra son:

Impía, cruel, nefanda y mala suerte

Fortuna para mi terrible y dura,

¿En qué, di, te ofendí, que tanto fuerte

Cambiaste mi bonanza en amargura?

¿Y en este duro trago de la muerte

Muestras tu fiereza en mi figura,

Y haces de mi vida anatomía

Mostrando tu poder en este día?

Quisiera Alá, que yo nunca naciera,

O ya que ya nací, que me criara

En un estado bajo, sin manera,

Sin ser, y sin valor que me ilustrara:

Que si esto el triste hado concediera,

Aquesta cruel dadino se arraigara

En el pecho malvado de mi hermano

Pérfido, alevoso, cruel, tirano.


Acuérdome haber leído un epitafio y letra castellana antigua, en que con estilo elegante y lleno representaba la vida quieta, dichosa y descansada que el que allí yacía había pasado, libre de las ondas de este mundo, libre de sus alturas y grandezas, contento con la vida de una aldea. La redondilla de la sepultura, era:

Aquí yaz Juan labrador,

Que por jamás al rey vido,

A nadie envidió ni ha sido

Testigo, reo, ni actor.

Mozo y con su igual casó,

Hijos y nietos gozó,

Sin deuda, un sustento asaz,

Con su mujer vivió en paz,

Y cual cristiano murió.


En este año de 1535 se juntaron y visitaron en la ciudad de Cambray, las dos hermanas Leonor, reina de Francia, y doña María, reina viuda de Hungría, gobernadora de Flandes, ambas hermanas del Emperador. No se publicó el fin de la junta, más entendióse que era para tratar la paz y amor de los príncipes que a ambas tanto tocaban.

Por el mes de enero de este año sucedió una cosa en París, que por haber mostrado en ella el rey Francisco ser verdaderamente cristianísimo, me pareció deber ponerla en esta historia, pues él tiene tanta parte en ella. Fué, pues, el caso, que en el palacio real y en otras casas principales de la ciudad de París y en lugares del reino se fijaron unos escritos de las herejías de Zuinglio, en las cuales con palabras afrentosas y desvergonzadas, como las usan los herejes, hablaron mal del Santísimo Sacramento de la Eucaristía. Movió este hecho grandemente el ánimo cristiano del rey y mandó luego que se hiciese una procesión pública, llevando el Santísimo Sacramento de la Eucaristía, con grandísima solemnidad, por las calles de París, en la cual procesión fueron el rey, a pie y descubierta la cabeza, con una hacha encendida en las manos, y junto a él la reina Leonor, con los príncipes y grandes de la corte, todos con muestras de devoción; y después de hecha se predicó un sermón dotísimo y elegante, en detestación y aborrecimiento de la herejía, y exhortando al pueblo a la fe católica y amenazando de parte del rey a los que no la tuviesen; diciendo el mismo rey que si sintiese que su brazo derecho estaba tocado de semejante peste, él mismo se le cortaría.

Y luego otro día se hizo inquisición de los herejes que en la dicha ciudad había, y la misma mandó hacer por todo el reino, y se prendieron y hizo castigar infinitos de ellos, atándolos en una machina que los levantaba en el aire, y debajo se encendían grandes fuegos, y dejábanlos caer en ellos, y en tostándose un poco, volvíanlos a levantar, hasta que, finalmente el verdugo les cortaba la soga y caían dentro en el fuego, donde se volvían ceniza.

Fué cierto el rey Francisco entre otras muchas virtudes y valor grande que tuvo, celoso de la religión cristiana y de no consentir herejías en su reino, lo cual le fuera fácil, aunque el reino es grandísimo, si las guerras que trabó con el Emperador no le estorbaran y fueran ocasión de los grandes males que padeció la Cristiandad y aún hoy día padece aquel reino que tan católico fué siempre y tantos santos tiene en el cielo.

En este año de 1535, murió el marqués de Denia, don Bernardo de Sandoval, que, como dije, año 1518, recibió el título de gobernador y mayordomo mayor de la casa y persona de la reina doña Juana; y luego la Emperatriz, que gobernaba estos reinos, dió los mismos títulos, cargo y preeminencias que don Bernardo tenía a su hijo el marqués don Luis, mandando en esta carta lo mismo que en las de don Bernardo estaba mandado, en Madrid a 15 de mayo de 1535.

Libro veintitrés

Muerte de la reina doña Catalina de Ingalaterra.

Volveré en este libro a tratar de las importunas y sangrientas guerras que entre los dos príncipes cristianos, Carlos V, máximo Emperador de Alemaña y rey de las Españas, y Francisco, rey de Francia, pasaron el año de 1536 y en el que sucedió de 1537.

Diré antes la muerte de la serenísima doña Catalina, infanta de Castilla, hija de los Reyes Católicos y reina de Ingalaterra, que pasó de esta vida a la del cielo, según se cree de su gran virtud, en el mes de enero de este año. Fue poco dichosa en esta vida. Casó con dos hermanos, dispensando el papa Julio. Tuvo mala vida con el suegro, que queriendo casar con su manceba, le daba de comer por onzas, y peor con el marido segundo que por casar con su criada la desechó. Fue muy hermosa, y así, trabajó el rey Enrico VIII de haberla por su mujer. Murió habiendo padecido tres años de martirio, con el mal tratamiento que su marido la hizo. Dejó una sola hija, que fue la serenísima reina María, con quien casó el católico rey don Felipe, siendo príncipe de España, y por ella fue rey de Ingalaterra, aunque poco tiempo, malogrado por morir la reina sin dejar hijos.

No gozó mucho Ana Bolena su prosperidad real, porque en el mes de mayo de este año, hallándola el rey en un mal caso con un su hermano de ella y otros adulterios, la mandó degollar en medio de la plaza de Londres. Dejó una hija que es la que agora reina, Isabela.

Otro título del Emperador al Estado de Milán. -Pídelo el rey de Francia. -Mueve con este achaque guerra. -El derecho que el rey de Francia decía tener a Saboya, y justificación de esta guerra. -Engaño de Jovio. -Justifica el coronista francés la guerra en el Piamonte. -Entra en el Piamonte contra el duque de Saboya.

Murió, como dije, Francisco Esforcia, duque de Milán, el cual no dejó hijos, y nombró en el testamento por su heredero y sucesor al Emperador Carlos V, que fue otro nuevo y fuerte título y derecho que se le añadió para ser señor de Milán.

Envió luego el rey de Francia sus embajadores pidiendo al Emperador el ducado de Milán para su hijo Carlos, alegando las razones de que siempre se valió para decir que era suyo. El Emperador no le respondió a gusto, porque no le pasaba por el pensamiento dárselo, ni caía en buena razón desheredarse a sí por vestir a su enemigo.

Enojado el rey Francisco, luego se puso en armas, y mandó, como ya dije, que su almirante entrase con el ejército por Saboya, para provocar al Emperador. El color que el rey daba a esta guerra contra su tío, el duque, era por el amistad que tenía con el Emperador, y que le tenía ocupada la ciudad de Aste, y que tenía en poder del Emperador, como en rehenes, a su hijo mayor; y que no le daba lo que por su madre, madama Luisa, se le debía en paz; que así, lo quería cobrar por guerra. Tales son las causas que generalmente dan de esta guerra, y no sólo la pretensión de Niza, como dice Jovio y su secuaz Illescas, sino que pedía todo el Estado, y de ahí saltar como el fuego en Lombardía. Decían que por ser hijo de Luisa de Saboya, le pertenecían Saboya y el Piamonte.

Y para que se vea el derecho con que lo pretendía, digo que Felipe, señor de Bressa, fue hijo de Amadeo III, o, según otros, de Luis, duque de Saboya, y por la muerte de unos sobrinos suyos que murieron sin hijos, heredó él aquellos Estados. Este Felipe fue casado dos veces, la una con Margarita, de la casa de Borbón, de la cual tuvo dos hijos; el uno fue Filiberto y el otro la madama Luisa, madre del rey, que casó con Carlos I, duque de Angulema, que antes solamente se intitulaban condes los de aquel Estado.

Muerta Margarita de Borbón, casó el duque de Saboya segunda vez con Claudia, de la casa de Pontibre, de la cual hubo a Carlos, a quien agora el rey quería despojar, y el hijo mayor Filiberto, muerto su padre Filipo, heredó el Estado y murió sin hijos, y por esto decía el rey de Francia que después de Filiberto había de heredar su madre, Luisa, aquel Estado, aunque fue mujer, sin embargo de tener hijo varón, que era éste Carlos, moderno duque; porque se vea si teniendo uno hijo varón, si bien sea menor que la hembra, dejó jamás de heredar.

Y como el negocio era tan vergonzoso, dábanle color los franceses con que ya que esto no se sufriese, que a lo menos se sufría que, como bienes partibles, se dividiesen o partiesen entre el hermano y el hijo de la hermana, habiendo sido muerto el Filiberto cuando este antojo del rey de Francia, cerca de veinte años había y no habiendo pedido en todo este tiempo que había que lo poseía el Carlos, cosa ninguna el rey, ni en vida de su madre, cuando parece que viniera más a propósito, si lo hubiera en el mundo para semejante cosa, hasta que agora murió el duque de Milán, que entonces halló que le pertenecía el Estado de Saboya. Es verdad que también demás de esto se trataba, del empeño de Niza.

De esta manera volvió el francés por lo del empeño de Niza, en lo cual no le pasó por el pensamiento al de Saboya entregalle al francés la ciudad de Niza, como dice el Jovio, porque es la más principal cosa que él tiene, y más importante, y era desjarretar de todo punto los Estados saboyanos. Y aún no contentándose el francés con las causas dichas, también trataba otra, que era decir que se restituyesen a los marqueses de Saluzo ciertos lugares que los duques de Saboya les tenían tomados, y otras galanterías como éstas, que todas tiraban a una sola de punta en blanco, que era al ducado de Milán, que siempre fue la piedra del escándalo, que costó quinientas mil vidas y otros innumerables males. Parecíale al rey de Francia que tomado el Piamonte le sería fácil ganar a Milán.

El duque de Saboya estaba confiado en la amistad y favor del Emperador, y afinidad de parentesco que entre ellos había, porque la Emperatriz era hermana de la mujer del duque. Y demás de esto, el Emperador, por obligar al duque de Saboya y apartarle de la amistad del rey de Francia, le había dado en el ducado de Milán el condado de Aste.

Bellario, coronista francés, escribe cuán leves eran las causas que el rey Francisco tuvo para hacer guerra al duque de Saboya, si bien con largas palabras y flacas razones la quiere justificar. Quitáronle al duque brevemente la ciudad de Niza con su puerto y todos los lugares, o mayor parte de Saboya. Pasó hasta Turín, en el Piamonte, y después al Fosano, Peñaroloy y Quier, plazas muy importantes, en las cuales puso buena guarnición. No pudo tomar a Vercel, porque se adelantó Antonio de Leyva, y metió gente que la defendiese. Llevaba términos el almirante de ganar parte del Estado de Milán, sino que se puso de por medio el cardenal de Lorena, y le hizo requirimientos que estuviese quedo y no quebrase la paz que entre el Emperador y rey de Francia estaba asentada, porque estorbaría los conciertos que las reinas trataban en Cambray.

Era tanta la autoridad del cardenal y lo que valía con el rey de Francia, que no osó el almirante pasar de allí, que le hubiera de costar después la honra y la vida, por los cargos que le hizo el rey de Francia y por otras ocasiones de pesadumbres que hubo con el rey y por la emulación que había entre este almirante y monsieur de Montmoransi, ambos privados del rey, y así enemigos, según suele ser.

Viéndose, pues, Carlos, duque de Saboya, despojado de la mayor parte de sus tierras, tomó su mujer y hijos, y fuese para el Emperador.

[Alianzas del Emperador con varios pueblos, y preparativos para la guerra con Francisco I]

En todo el tiempo que el Emperador se detuvo en Nápoles, que fueron más de cuatro meses, si bien en lo público no se entendía sino en fiestas y regocijos, en lo secreto se trataba muy de veras de la guerra que se había de hacer al rey Francisco por reprimir su ímpetu furioso y vengar las injurias hechas al duque de Saboya.

Trató el Emperador con los venecianos, que demás de lo que con ellos tenía capitulado sobre la paz y amistad, se entendiesse que corría la misma que con Francisco Esforcia tenían capitulada en lo tocante a Milán. Los venecianos quisieran que el Emperador no incorporara el Estado de Milán en su patrimonio, sino que escogiera a su gusto una persona a quien lo diera; de lo cual el Emperador les dio esperanzas entreteniéndolos con buenas razones, y con ellas holgaron de venir en lo que se les pedía.

Aquí dice Novio que el Emperador capituló con los venecianos que defenderían a Milán como cuando era de Francisco Enforcia, y que el Emperador quedó de nombrar señor particular, y no es así; ni por palabra ni por escrito prometió tal cosa; sólo dijo que, en lo que se le pedía, que él tenía tantos con quien cumplir, deudos, amigos y criados, que por fuerza había un día o otro de disponer, no sólo de aquello, mas aún de otras tierras más patrimoniales suyas; y esta manera de decir, no tiene que hacer con promesa, antes son palabras que el derecho llamaba enunciativas, que no disponen cosa alguna, y no fueron más que respuesta del pedimiento y por eso no se escribieron en la capitulación. Y si el Emperador tuviera voluntad de dar a Milán, y lo prometiera, escribieras, sin duda, en el contrato, como se escribieron otras cosas que no eran de tanto peso.

Hecha así la paz con los venecianos, trató luego el Emperador de concertarse con los suizos, y al fin le prometieron de no pasar contra él en Italia, ni moverse de sus casas, cuando sus procreas causas no les obligasen a ello. Envió dineros al rey de romanos para que levantase gente en Aledaña.

Echó repartimiento a Sicilia, y Nápoles y a Milán, y todos contribuyeron de buena gana. Sirvió Castilla con trecientos mil ducados. Mandó que la Casa de Contratación de Sevilla recogiese todo el dinero que viniese de la Nueva España y del Pirú.

Papeles de importancia para esta historia.

Seguía y acompañaba en esta jornada al Emperador el conde de Nieva, don -Diego de Velasco, caballero discreto y valeroso, el cual, con curiosidad, escribía al condestable de Castilla largas relaciones de los pasos y aun de los pensamientos que el Emperador tenía en las guerras que pensaba hacer, por las cuales me guiaré con harta más verdad y cumplimiento de la historia que los demás han escrito; que por estas papeles que el condestable me dio, veo la diferencia que hay de escribir por originales de los príncipes o por librillos y relaciones de particulares personas.

En tres o cuatro materias, que son las Comunidades, el depósito y entrega de los delfines, la jornada de Argel, las Cortes de Toledo del año de 1538 y la famosa entrada de este año en Francia, en que estos papeles me han ayudado, hallo lo mucho que importan, y lo poco que hay que fiar de libros que no se escriben con este cuidado y con tales ayudas y trabajos.

Dice, pues, el conde en una carta cifrada que desde Seña, a 24 de abril, escribió al condestable:

Carta del conde de Nieva.

«El Emperador se detuvo en Nápoles de no partir hasta que su gente de armas estuviese pagada, y la infantería española, y que se acabase de hacer la infantería italiana. Hóminis detenido aquí en Gaeta más de lo que se pensaba, porque siempre andamos con el Papa. No se deja de tener alguna esperanza de concierto de paz; con ir hacia esto, se determina llegarnos a Roma o algo más adelante. Tiéntese por cierto que el rey de Francia, ni sus capitanes, no tienen tanta gente junta como se decía, sino que tiene un buen ejército para acabar de tomar el ducado de Saboya, y que quiere sostener el ejército lo que quedare del verano y todo el invierno, por entretener al Emperador en Italia con un gran ejército y hachuela consumir un pozo de oro. Si esto se hace hay opiniones. Unas son, que el Emperador acabe de romper la guerra y le vaya a buscar adonde estuviere, y la jornada se acabe de una vez. Otros son de parecer que se procuren paces. Si hay paz, Vuestra Señoría crea, sin duda alguna, que el Emperador mandará ir este verano su armada a Argel, y podría ser que en agosto o en setiembre fuésemos a España, mas si agora nos quedamos es con determinación que de hoy en un año hemos de estar en Nápoles embarcándonos para Constantinopla; ansí lo dijo el Emperador a quien a mí me lo dijo. Mire Vuestra Señoría en qué dos extremos estamos; de ninguno podremos librar sino mal. El duque de Alba entra continuamente en consejo, y el Emperador le trata muy bien.»

Esto dice la memoria del conde, y cierto admiran los altos pensamientos del César, pues no eran menos de ir a buscar al Gran Turco en su casa; perdone Dios a quien tanto le estorbó estas y otras grandes hazañas.

Entra el Emperador en Roma. -Quéjase el Emperador del rey Francisco delante del Papa.

Hechos estos apercibimiento, partió el Emperador de Nápoles a 22 de marzo de este año 1536. Fue a dormir a Adversa, y de allí otro día a Capa; de allí a Gaeta, donde estuvo cuatro días, y le pareció muy bien, porque es una de las mejores fuerzas que hay en cristianos, y ninguna más importante para guardar el reino de Nápoles.

De aquí salió a 29 y fue a dormir a Fundé, y de Fundé llegó a 2 de abril a Terecina, lugar primero del señorío del Papa. Mandó Su Santidad que por todos los lugares de la Iglesia que el César pasase se le hiciesen solemnes recibimientos. Era de ver salir tantos niños y mujeres con ramos de olivas en las manos delante del César gritando: «Imperio, Imperio.» Llevaba el Emperador cuatrocientas lanzas gruesas y quinientos caballos ligeros a cargo del duque de Alba, con mucha y buena infantería. Envió el Papa sus legados que acompañasen al Emperador. Llegando cerca, no permitió que se apeasen. Acompañáronle hasta San Pablo, extramuros de Roma, donde hizo noche para entrar otro día solemnemente.

Miércoles a 5 de abril de este año de 1536, salieron de Roma veinte y dos cardenales, quedando otros cuatro con el Papa, y asimismo salieron muchos arzobispos y obispos, y abades, perlados y dignidades de aquella gran ciudad, con los varones ciudadanos romanos, y encontraron a el Emperador, que llegaba a San Sebastián, y hecha su reverencia volvieron para la ciudad.

Venía el marqués del Vasto en la vanguardia con tres mil y quinientos infantes, armados de buenos coseletes y ricamente vestidos; luego, el duque de Alba, en un caballo de armas encubertado con otros muchos caballos de su persona, con los pajes y continuos vestidos de brocado y de sedas de diversas colores. En pos de él, quinientos hombres de armas; luego, algunos criados de varones y señores, las familias de los cardenales, la caballería del Emperador, en cada caballo un paje.

Entró el conde de Benavente, con todos sus criados vestidos de tela de oro. Seguíase luego la familia del Papa, vestidos de grana, según su costumbre, conforme a sus oficios. El Senado romano dio librea a cien estaferos o lacayos, vestidos con jubones de tela de plata, sayos y ropas de raso y terciopelo leonado, vestidos a lo antiguo; los senadores, síndicos y chancilleres, ellos y sus caballos de brocado aforrado en armiños, con caperuzas de lo mismo. Ciertos gentileshombres de los romanos tomaron el palio, debajo del cual entró el Emperador.

Tras el Emperador iba un escuadrón de señores de título, italianos, alemanes y de otras provincias. Después de los cardenales iban los arzobispos y perlados, con mil y quinientos soldados de retaguardia, los mil arcabuceros.

Llegando al castillo de San Angel, estaba el capitán del castillo con su guardia, y soldados armados de coseletes, celadas y morriones; el alférez bajó la bandera, poniendo la punta en el suelo; los soldados se arrodillaron todos; el Papa con los cuatro cardenales que dije, y otros perlados, estaban a la puerta de San Pedro de fuera, donde se había hecho un estrado; allí se apeó el Emperador y llegó a besarle el pie. El Papa le abrazó muchas veces, y por el gran ruido de la artillería o instrumentos de música que se tocaban, no se pudo oír lo que los dos príncipes se dijeron.

Hecha oración en la iglesia de San Pedro, el Papa se entró en su aposento acostumbrado, y diósele al Emperador la mesma posada que cuarenta y dos años antes se había dado al rey Carlos VIII de Francia, en tiempo de Alejandro VI. Trató con el Pontífice y cardenales, que se hiciese Concilio general, pues tanto importaba para el bien de Alemaña y reformación de las herejías, que fue cosa por el César grandemente deseada. Estuvo la Semana Santa en Roma, y el Jueves de la Cena lavó los pies a doce pobres con tanta humildad, que causó admiración a los que se hallaron presentes, que sin perder el César punto de su gravedad, fue humilde y llano.

El Sábado Santo, acompañado de doce caballeros, anduvo las estaciones; visitó siete iglesias. El día de Resurrección dijo el Pontífice la misa, en la cual se halló el Emperador vestido a la usanza antigua de los Césares. Tenía el cetro el marqués de Brandemburg, su camarero mayor, uno de los siete electores; tuvo el estoque monsieur de Busay, caballerizo mayor; el mundo, Pero Luis Farnesio. Quitábale y ponía la corona Ascanio Colona, condestable de Nápoles, y el birretillo, el marqués del Vasto. Hacía el Emperador las mesmas ceremonias que el Papa, levantándose y sentándose cuando él, y quitando la corona imperial cuando quitaban al Pontífice la tiara. Comulgó de mano del Papa, y comulgaron asimesmo otros señores que aquí se hallaron.

Anduvo disfrazado por Roma, y para mejor poder mirar su antigua grandeza, subió encima de la Redonda, maravillado de tan suntuoso edificio.

Un día antes que de Roma partiese, tuvo el Emperador aviso que los embajadores del rey de Francia andaban públicamente quejándose del Emperador, diciendo que había prometido de dar a su rey el ducado de Milán, y que le había faltado la palabra, y que así sería justísima la guerra que le pensaba hacer. Demás de esto, se desmandaban más de lo justo en palabras, culpando al César así en las guerras pasadas como en las que se esperaban tener, y llegaban a tanto, que decían ser causa de la venida del Turco, y daños que hacía en la Cristiandad, y de las herejías que en ellas Lucifer había inventado. De lo cual el César se indignó tanto, que quiso por su persona responder públicamente a tantas calunias; que no hay cosa que tanto indigne al corazón noble y hidalgo, como semejantes tratos y calunias, de que usan los que son bajos.

La satisfación que el César determinó hacer contra sus detractores, ordenó que fuese delante del Pontífice y Senado apostólico de los cardenales, hallándose en él presentes los embajadores de todos los príncipes cristianos que en la corte romana estaban, para lo cual pidió al Pontífice que los mandase juntar a todos. Hízose así segundo día de la Pascua de Flores, a 17 de abril, acudiendo infinita gente, y los mismos embajadores de Francia, con los que eran de su parcialidad y afición.

El Emperador habló en lengua castellana, con aquella gravedad que pedía su grandeza y de que naturalmente era dotado, llevando sus palabras tanto peso y majestad, que suspendían los ánimos de todos. Tomó el principio de su oración y arenga muy desde su origen y nacimiento de las causas, y pasiones y competencias entre las casas de Francia y Austria. Trajo muchos ejemplos para probar que ni el rey Francisco ni sus antecesores, habían jamás guardado palabra que diesen, ni dejado por sus intereses de romper las paces y treguas, sin respeto de las gentes, ni de los juramentos que a Dios hubiesen hecho. Quejóse con gran sentimiento de la sinrazón y notoria injusticia con que el rey Francisco le tenía usurpado el ducado de Borgoña, con otras tierras de los Países Bajos, y de haberle faltado en la fe y palabra de dos o tres casamientos que con él y con sus hermanos se habían concertado, y asimesmo con sus padres y abuelos. Dio en rostro al francés con su ingratitud, porque habiendo sido su prisionero, usando con él las mayores cortesías del mundo, que iguales no se podían pedir a un emperador, ingratamente se había olvidado de tales y tantos beneficios, y había feamente dado mal por bien, no cumpliendo cosa de cuantas por su libertad había prometido, faltando como cruel y desagradecido, cerrando los ojos a todo hasta olvidarse de su juramento. Que había revuelto el mundo contra él, y, sin respeto de rey cristianísimo, traído y levantado al Turco, enemigo cruel de la Iglesia, sediento de su sangre. Lo cual todo nacía de la envidia que le consumía las entrañas, y por codicia del Estado de Milán, que tantas veces tan caro le había costado, quitándoselo Dios muy con su daño, porque no era suyo, ni tenía derecho alguno a él; pues, como a todos era notorio, Milán era suya por diversos títulos, demás del feudo imperial, y que siendo él Emperador de romanos, legítimamente electo y coronado, no debía desmembrar aquel Estado de las otras tierras del Imperio, pues aquél era la llave o puerta por donde había de entrar a visitar sus tierras y proveerlas como buen príncipe, administrando en ellas justicia; y que sabían todos cuán indecente sería que un Emperador del mundo, que cada día se le había de ofrecer pasar de Flandres en Italia, y de allí en España, hubiese siempre de pedir paso seguro a los reyesde Francia ni a otro alguno, de manera que la gobernación del mundo viniese a colgar de la voluntad de otro que del mismo que la había de gobernar; y que agora, ya que al rey de Francia le había ido tan mal con esta pretensión, se volvía rabiando contra el duque de Saboya, que no le había ofendido, usando con su propio tío, a quien debía honrar y respetar como a padre, de una crueldad y término semejante, que ningún rey, por bárbaro que fuera, tal usara; y todo esto, a fin de llegarse más cerca de Italia y del Estado de Milán, sobre que era su rabia, heredada de algunos reyes que antes de él fueron en Francia; y Dios, que es bueno y justo, les había siempre pagado conforme a sus intenciones, pues jamás salieron con cosa, y nunca dejaron de volver a sus casas, las manos en la cabeza.

Y ya encendido en cólera, dijo en alta voz, con semblante severo y, enojado: -¡Qué desvergüenza y maldad es que diga el rey Francisco, y digan sus ministros, que yo he dado palabra de conceder a él o a sus hijos el Estado de Milán, y que anden por los cantones y lugares públicos disfamándome de lo que jamás me pasó por pensamiento! ¿Soy yo, a dicha, tan loco, que tengo de dar a nadie lo que es mío, y me viene tan a cuento? ¿Tengo yo, por ventura, de hacer pobres mis hijos, por enriquecer los ajenos? Donosa cosa es que quiera el rey Francisco, con mi hacienda, engrandecer sus hijos y dejarlos iguales en reinos y potencia, dando al mayor el reino de Francia y a Bretaña, al otro el ducado de Orleáns, y a otro el de Milán, y que no guarde yo de lo mío con que haga bien a los míos. Pues sepa el rey Francisco, y sepan todos los que me oyen, y con ellos todo el mundo, que ni tengo de dar a nadie lo mío, ni tomar tampoco lo ajeno, ni disimular las injurias del duque de Saboya. Entiendan todos mi propósito. No diga el rey que le quiero engañar, ni tomarle de sobresalto; de aquí me iré con el favor de Dios a Lombardía, juntaré allí el mayor ejército que pudiere, y con él entraré por Francia y procuraré vengar mis injurias y las de los míos, como a mi oficio conviene hacerlo. Mas lo mejor de todo, será excusar los grandes males y daños que suelen seguirse de la guerra, a donde padecen ordinariamente los que no tienen culpa.

«Hayámoslo nosotros dos de bueno a bueno; pongamos el negocio en las armas. Haga el rey campo conmigo de su persona a la mía, que desde agora digo que le desafío y provoco, y prometo de matarme con él, cómo y de la manera que a él le pareciere, que yo confío en mi Dios, que, como hasta hoy, me ha sido favorable, y me ha dado vitoria contra él y contra todos los enemigos suyos y míos, me la dará agora y ayudará (que es justo) a mi causa tan justa.

Dijo esto el César tan de veras y con tanta eficacia, en tono tan alto, que no pudo el Pontífice dejar de levantarse y interrumpirle la prática. Fuese a él con alegre rostro, abrazóle y dióle paz, y con palabras mansas y llenas de su gravedad y prudencia, díjole:

-No más, hijo mío, no haya más; desenójese Vuestra Majestad y no tome pasión, remita con cordura vuestra natural clemencia algo de la muy justa indignación que tiene. Nunca Dios quiera que tal campo se haga, ni que se dé lugar que vuestra persona, que tanto importa en el mundo, se ponga en este riesgo y peligro.

Volvióse dicho esto de presto el Pontífice a los embajadores, que iban a responder, y mandóles que callasen. Levantáronse luego todos los cardenales con los humores conformes a la pasión que tenían. Los que estaban sin ella quedaron satisfechos de lo que el Emperador había dicho; y todos ciertos de que habría una bien reñida guerra. El embajador de Francia pidió al Emperador que le diese por escrito lo que allí había dicho, para enviarlo a su rey, porque como no sabía español, no entendió bien lo que había dicho. El Emperador, alegremente, se lo volvió a repetir, y para mayor justificación escribió este mesmo día, lunes de Pascua, a Juan Habart, vizconde de Lombegi, su embajador en Francia, para que, a la larga, dijese su intención al rey, y porque le señalaba veinte días para que respondiese, los alargaba a veinte y cuatro.

Partió luego de Roma por la posta el cardenal de París con la nueva y relación de lo que el Emperador había dicho, y de la determinación que tenía de romper muy de veras. En este día hubo aviso, y por cartas de Milán, que el rey de Francia tenía seis mil suizos, y ocho mil alemanes y doce mil hombres de la tierra, que andaban en tierras del duque de Saboya haciendo el daño que podían.

Parte el Emperador de Roma. -Aviso discreto que dio el Emperador a Alejandro de Médicis. Llega el Emperador a Aste; aquí se engañó Illescas en lo que dice de Fosán. -Poderoso ejército del Emperador contra Francia. -Pásase el marqués de Saluzo a servir al Emperador. -El duque de Alba era general de la gente de armas.

Otro día, a diez y ocho de abril, partió el Emperador de Roma la vía de Casia. Hízosele en Sena, y por todo el camino hasta Florencia, toda la fiesta y regalo posible, y más que en otra parte, en la mesma ciudad de Florencia, adonde su hija y yerno le tenían aparejado un solenísimo recibimiento y fiestas muy costosas. Aposentóse en la riquísima casa de Cosme de Médicis; visitó la fortaleza que había hecho en Florencia su yerno, Alejandro de Médicis.

Contentóle su grandeza y fuerte obra, los tiros y municiones que tenía; aconsejóle que diese priesa en acabarla, y viviese con cuidado, mirando mucho por sí, porque comenzaba un nuevo señorío en ciudad libre, y que no se fiase de todos, y en particular de los desterrados. Parece que el César adivinaba su miserable fin y perdición de Alejandro, como presto veremos.

Salió de Florencia a una muy hermosa casa de placer que Laurencio de Médicis labró, que se llamaba Villa Cayana; de allí visitó a Pistoya, Pisa, Luca, y fue a reparar en Aste. Aquí se engaña la Pontifical, diciendo que vino Antonio de Leyva muy alegre, o esperaba en esta ciudad al Emperador, porque acababa de ganar a Fosán; engañáronle, y yo diré lo que dice el conde de Nieva, que andaba al lado del Emperador, y vilo en sus cartas originales que escribió al condestable de Castilla.

Llegó el Emperador en Aste a 22 de junio; quiso ir a un lugar que se llama Savillan, que es una legua de Fosán, porque el Emperador deseaba ver a Fosán antes que lo tomasen, que lo tenía sitiado Antonio de Leyva con quince mil infantes alemanes, italianos y muy buena caballería. No se le había puesto este día la batería por no ser llegada toda la artillería que para esto era menester, mas dentro de dos días le pusieron encima treinta cañones gruesos de batir, con esperanzas que en dos días le podrían dar el asalto después de la batería. La gente que dentro tenía el rey de Francia eran cuatro mil infantes, y trecientas lanzas, y sesenta gentileshombres criados de la casa real, y se decía que venía otra mucha gente francesa a socorrerla y en favor de Turín, de lo cual no pesaba a los imperiales, que deseaban tener en qué entender, porque, según el poder grande que ya el Emperador tenía, no podía venir gente que les diese cuidado, antes se sabía que el rey estaba en León y con más miedo que esfuerzo o, como dicen, vergüenza. Y pensaba el Emperador, acabado lo de Fosán, echarse sobre Turín, y luego todos pasearse por Francia muy a placer.

Los suizos que el rey de Francia pudo sacar fueron seis o siete mil, y hasta cuatro mil alemanes, de manera que toda la fuerza de su gente era de nueve mil alemanes y suizos; que los demás, si bien eran muchos, valían poco. Y el Emperador tenía cerca de treinta mil alemanes y diez mil españoles y veinte mil italianos, y parte de esta gente se había levantado en Roma, aunque con poco gusto del Papa, que quisiera quitar que anduvieran las cajas en aquella ciudad por la neutralidad que profesaba entre los dos príncipes, Carlos y Francisco; mas como el Emperador estaba presente, no se atrevió a vedarlo, y no estaba tan sólo que dejase de haber miedo en sus enemigos, y poco aficionados, porque en pocos días se le juntaron diez mil hombres de guerra escogidos, los cinco mil españoles, soldados viejos.

Deseaban mucho los imperiales que los alemanes y suizos franceses pasasen los Alpes a toparse con ellos, porque, sin duda, los pensaban degollar a todos, y éstos deshechos, no le quedaba al rey de Francia hombre para tomar pica en la mano.

El marqués de Saluzo, que toda su vida fue francés, vino en estos días a concertarse con el Emperador y a servirle, la causa por que dejó agora al rey de Francia dijeron que fue porque tenía su hacienda allí alrededor donde estaba el gran ejército imperial, y temió que se lo habían de abrasar. El decía y daba color a su mudanza, que la hacía por ser feudatario al Imperio.

Despachó el Emperador desde Aste, este día 22 de junio, al príncipe de Salerno para Génova, con orden que se metiese en las galeras del príncipe Doria y de don Alvaro Bazán, con cuatro mil alemanes y seis mil italianos. Llevaba el duque de Alba toda la gente de armas, así la que vino del reino de Nápoles como la que trajo de Flandres, que era muy honrado oficio, y donde dio muestras para merecer lo que después tuvo con tantas ventajas

Orden que se dio de marchar. -En Francia se temen del poder de su enemigo. -Entra por la parte de Flandres el conde Nasao. -Otros doce mil alemanes para enfrenar los suizos. -Consejeros de guerra del Emperador. -Dicho de Antonio de Leyva, que fue autor de esta jornada. -Discreta respuesta del rey al desafío que hizo el Emperador en Roma.

El Emperador partió de Aste a 22 de junio; llegó a dormir a un lugar que se llamaba Alba. Salió de allí la víspera de San Juan muy de mañana, y porque una puente que los caballeros y gente de armas habían de pasar estaba mala, pasó el escuadrón que Su Majestad llevaba por un río, y allí un gentilhombre de la boca, flamenco, que se llamaba monsieur de Gramon, yendo en medio de todos se ahogó, que no pudo ser socorrido; que hizo gran lástima, porque era hombre de bien y yerno de monsieur de Granvella. Llegaron allí aquel día, víspera de San Juan, y la noche antes que partiesen de Alba llegó nueva de cómo los de Fosán se rendían.

Pensó el Emperador estar en Savillan solos tres días, y estuvo tres semanas; la causa fue que los franceses que estaban en Fosán, como supieron que el Emperador iba, acordaron de rendirse, con que entregarían el lugar dentro de doce días con toda la artillería y munición y todos los caballos grandes. Tomaron este término para hacerlo saber al rey de Francia, y así le escribieron, y les respondió muy bien, y que holgaba de lo que habían hecho, a más no poder; y con esto, salieron a seis de julio con sus banderas tendidas y tocando los atambores.

Entregóse Fosán a seis de julio, no por no le haber proveído el marqués de Saluzo, como dice Jovio, porque no se rindieron por falta de bastimentos, sino de manos, y porque las hubo en los imperiales batiéndolos reciamente, y se les ganó el monasterio de la Anunciación, que está cerca del lugar, que fue bien defendido por los franceses, cosa que importaba para más breve despacho de aquel negocio.

Tres días antes de esto, fue el Emperador, y con él fueron todos, al campo, que estaba dos millas adelante de Fosán, y puestos en orden, que aunque no eran muchos, era hermosa cosa de ver, porque había un escuadrón de diez mil españoles, y tres escuadrones, cada uno de a seis mil alemanes y dos mil italianos. Estaba en un alto don Fernando de Gonzaga con ochocientos caballos ligeros. No estaban allí todos los caballos ni alguna gente de armas, y faltaban de la infantería seis mil italianos y cuatro mil alemanes que estaban sobre Turín, y seis mil alemanes que habían estado sobre la Mirándula. De manera que el campo imperial era de sesenta mil infantes y cien piezas de artillería que tenía en Génova don Pedro de la Cueva, comendador mayor de Alcántara, para llevarlas por mar a Niza.

El orden que este día se había dado para partir de Savillán era que había de marchar don Hernando de Gonzaga con sus caballos, a trece; el duque de Alba, con seiscientos hombres de armas, a catorce; el conde de Benavente, con el escuadrón de la casa real, a quince; monsieur de Sestan, con mil hombres de armas alemanes, a diez y seis. Esta gente de a caballo fue por cerca de la marina.

Tres millas más a la mano derecha hay otro camino por donde fue el Emperador con la infantería de esta manera: El marqués del Vasto, con los españoles, delante; tras ellos, diez mil alemanes; allí iba el Emperador; tras él, cuatro mil italianos, y en retaguardia de ellos, los demás alemanes. Acompañaban la persona del Emperador los señores y los de la Cámara, y algunos de la boca; habíanse de juntar todos en Niza.

Sabíase en Francia todo esto, y el gran poder con que el Emperador los iba a buscar, que les ponía harto miedo. Habíase dado orden al conde Nasao para que a primero de julio entrase por la parte de Flandres con veinte mil infantes y mil caballos.

Y la reina María, la valerosa hermana del César y gobernadora de Flandres, puso también la mano en esto, que sin faltar punto había comenzado la guerra furiosamente, divertiendo y fatigando al rey de Francia con dos ejércitos tan poderosos y tan apartados el uno del otro, que al rey tenían en harta confusión y aún hacía lastima a muchos. Demás de esto, tenía el Emperador hechos otros doce mil alemanes cerca de los cantones de suizos, para que si éstos bajasen a servir al rey de Francia, entrasen aquellos alemanes en sus casas y se las detruyesen y quemasen, que fue una gran provisión para que los suizos no se osasen mover o, a lo menos, para que el rey de Francia no sacase tantos como solía sacar.

Hízose esta jornada con grandes veras, y con determinación de acabar de esta vez con el rey de Francia. Y aunque aquí en Savillán nombró el Emperador muchos del Consejo de guerra, entre los cuales fueron el conde de Benavente, el marqués de Aguilar, el príncipe de Bisiñano, Ascanio Colona, el príncipe de Salerno, caballerizo mayor, y otros, el principal consejo y parecer que el Emperador seguía era de Antonio de Leyva, que solía decir que las bestias fieras se habían de buscar en sus cuevas, y aseguraba con demasiada confianza la victoria; y por ser dado a creer en agüeros y juicios, decía que un grande astrólogo lo había pronosticado, que había de morir en Francia y sepultarse en San Dionís, y que a él le parecía que moriría victorioso y cerca de París, donde estaba el monasterio real de San Dionís, que es de la Orden de San Benito, y sepultura común de todos los reyes de Francia, desde los tiempos de Carlomagno.

De contrario parecer era el marqués del Vasto, y no mal acertado; que con mucha prudencia decía que sería mejor ganar a Turín, que era fácil, y que tras ella eran ganadas todas las tierras de Piamonte, y se cerraba de todo punto la puerta para que el francés no pudiese jamás entrar en Italia. Buen consejo era éste al parecer de muchos, pero ya estaba tan adelante la determinación contraria, que casi no tenía remedio.

También había prometido Andrea Doria de traer gente de Cataluña por Narbona y hacer puente con sus galeras en el río Ródano, para que llegasen a juntarse con el César. Con esto se puso luego a punto la jornada para Marsella.

Hubo diversos pareceres sobre el camino que se tomaría, y al fin se acordó que se entrase en Francia por donde diez años antes había entrado el marqués de Pescara.

No se descuidaba el rey Francisco, porque sabía que le convenía, viéndose acometer de un enemigo tan poderoso. Respondió largamente a las razones que el Emperador había dicho en Roma escura y flacamente, y cuanto al desafío dijo que sus espadas eran cortas estando ellos tan apartados.

Parte el Emperador de Savillán. -Desembarcan la artillería. -Gana el Emperador a Rañi. -El rey trata de defenderse. -Don Hernando de Gonzaga se encuentra con franceses. -Saquean a Bruñola.

Lunes a 17 de julio, partió el Emperador de Savillán con todo su campo, y tardaron en pasar las montañas ocho días, con grandísimo trabajo, porque era el camino de manera que se perdieron y despeñaron muchos caballos y acémilas, y aun algunos hombres, y como era tierra de enemigos no hallaban qué comer.

Llegaron a Niza día de Santiago. Apeóse el Emperador para visitar a la duquesa de Saboya, que era llegada, y estuvo con ella una hora; y en este tiempo llegó el duque de Alba con sus quinientos caballos, hombres de armas, y el conde de Benavente con la casa, y pasaron luego todos a un lugar pequeño que se llama San Lorenzo, que es tierra de Francia. Halláronle despoblado y aun saqueado. A la hora partieron las galeras para Frexus, que es un lugar cerca de la marina, y será de quinientos o seiscientos fuegos, y en llegando las galeras se rindió, si bien tenía docientos caballos y cinco mil hombres; y en sabiéndolo el Emperador, partió de San Lorenzo, y en tres jornadas llegaron a Frexus, donde, a 2 de agosto, comenzaron a desembarcar la artillería para caminar. si bien no estaban resueltos en el camino que tomarían.

Dio el Emperador a mosén de Sistán la vanguardia con seiscientos caballos alemanes. El duque de Saboya llevaba la batalla con mil hombres de armas; el marqués de Aguilar, con la retaguardia, con ochocientas lanzas, tudescos. La vanguardia de la infantería llevó siempre el marqués del Vasto, y llevábanla a días las tres naciones, uno alemanes, otro españoles y otro italianos.

La gente que antes llevaba el duque de Alba se juntó con la batalla. En este día habían tomado los imperiales cinco o seis lugares de Francia, y todos eran a la marina, salvo Gada, que es dos leguas dentro en tierra; que ésta se rindió a don Hernando de Gonzaga, el cual, llegando a correr por allí, halló dentro della trecientos caballos franceses, y luego la desampararon. Hallóse allí en Gada y en Frexus o Ferrus (olim Forum Julii) algún trigo o vino.

Estaba ya el Emperador veinte y dos leguas de Marsella y poco más de León. Marsella estaba muy fuerte; León con gran temor; el duque de Alba, muy sentido, porque le habían quitado la vanguardia. Decían que el delfín y mayordomo mayor venían con cuarenta mil hombres; no lo creían, según lo deseaban, por tener por muy cierta la vitoria, fiados en la muy buena gente que el Emperador tenía.

En Marsella ofrecían no sé qué trato para éntregar la ciudad; salió falso, o fue falsa la fama que de esto hubo.

Llegó el Emperador a la ciudad de Antipoli y tomóla; que agora llaman Rañi; costóle tomarla más de trecientos hombres. Ganó después a Gracia sin sangre, y poniendo en ella guarnición bastante, pasó de Ferrus o Forum Julii camino de Marsella.

Cuando el rey de Francia se vió metido en tan gran peligro, conoció bien el yerro grande que su almirante había hecho en no proseguir la guerra como la llevaba comenzada. Apercibió sus gentes, así las ordinarias como de los señores y caballeros que suelen servir, y mandó a todos que con la brevedad posible acudiesen a León, donde él se metió con intención de recoger allí sus gentes y pasar con ellas en Aviñón para impedir el paso a los que quisiesen ir de España a juntarse con el Emperador. Por otra parte, mandó poner recaudo en Picardía, porque el conde de Nasanse le entraba con gran poder por Francia. Tenía también en Italia a Guido Rangón con ocho mil infantes y dos mil caballos que de sus amigos había juntado, para que acometiesen a Génova.

También el marqués de Saluzo, que ya servía al Emperador, y Jacobo de Médicis, que fue el marqués de Mariñán, y un señalado capitán, como en esta historia veremos, estaban sobre Turín y porfiaban con harta sangre de ganarla, no faltando cada día puñadas con los franceses. Levantó su campo el Emperador de Ferrius, la vía de Marsella. Hallaba todos los lugares desamparados y llenos de bastimentos al principio, aunque cuanto más iba entrando menos hallaba, porque el rey había mandado que se desamparasen los pueblos y se destruyesen las vituallas. Y ninguna otra cosa hacían ciertos capitanes que andaban por aquella tierra, sino salvar lo que podían, y quemar lo demás, porque los del Emperador no se aprovechasen de ello.

Salió don Hernando de Gonzaga una vez en busca de los que quemaban los bastimentos, y topándose con ellos, necesitólos a venir a las manos, y habiéndolos reñido muy bien, alcanzó de ellos la victoria tan de veras, que afirman que no quedó hombre ni capitán con vida que pudiese llevar la nueva. Luego saquearon a Bruñola, y de los que allí se prendieron, hubo aviso cómo el rey de Francia estaba en Aviñón sin propósito de salir a pelear, hasta ver si le venían suizos, que las esperaba cada día.

Andrea Doria tomó entre tanto a Tolón, el puerto y la torre, por mayor seguridad; llegó el Emperador con su campo hasta Aix, no lejos de Marsella. Fue por su persona a dar vista a la ciudad por informarse del sitio y fortificación, y también pensando que dentro había movimiento alguno, como se esperaba. El marqués del Vasto entró por Arlés, y trajo al campo muchos cautivos.

Muerte de Francisco, delfín de Francia malogrado: hallaron en el cuerpo señales de veneno.

En esta coyuntura sucedió la muerte de Francisco, hijo mayor del rey de Francia, y príncipe que daba de sí largas esperanzas de ser muy semejante a su padre en el valor y ingenio, y otras mil buenas gracias de gran príncipe, que el malogrado tenía. Murió de edad de diez y ocho años; y la muerte, o achaque de ella, fue de resfriado por beber un jarro de agua sudando, acabando de jugar a la pelota. Túvose vehemente sospecha en Francia que había muerto de veneno, y que por industria del marqués del Vasto y de Antonio de Leyva; y sobre ello estuvo preso el conde Sebastián de Montecúculo, y fue arrastrado en cuatro caballos que le despedazaron; pero fue maldad y fingimiento, y el pobre caballero confesó lo que no había hecho por miedo de los tormentos. No usaron jamás semejantes traiciones los caballeros ni capitanes del Emperador, sino como valientes pelearon, y como nobles guardaron siempre lo que tales deben hacer. Ni por la muerte del delfín aseguraban la victoria de Francia, porque al rey le quedaban otros dos hijos, y cuando todos faltaran había en Francia otros señores de la casa y sangre real que bastaban para gobernar y defender el reino.

Pareció esto con evidencia después, y haber sido mal muerto el triste conde, se tuvo por cierto que este príncipe malogrado, entre muchos de Francia, fue muerto por orden de su hermano Enrico, duque de Orleáns, aconsejado de su mujer, Catalina de Médicis, mujer de recia condición, ambiciosísima, por, verse reyes de Francia, como lo fueron. Pudo ser que la muerte desgraciada que después tuvo Enrico la permitiese Dios en castigo de la que tan mal se hizo en el inocente Francisco. Son estos juicios del vulgo incierto; lo verdadero, en el final se sabrá.

Siéntese falto y apretado el Emperador. -Peligro en que se vio Génova. -Mejórase el rey.

En estas dilaciones, como las galeras estaban lejos del campo imperial y por toda la tierra se habían gastado y corrompido las vituallas con estarse el rey metido en Aviñón, y no sucediendo como pensaron el trato de Marsella, el negocio de la guerra se iba empeorando; cada día se sentía más la falta de los bastimentos y de la salud, que era muy grande con el mucho calor y mal regimiento, porque apenas comían pan por falta de moliendas, sino trigo cocido, y otros manjares dañosos y de mala digestión. Los que más peligrosamente enfermaban eran los tudescos, porque a falta de vino estrujaban las uvas en los capacetes y celadas, y bebían el mosto; tanto aborrece esta gente el agua pura. Con que se morían del flujo de vientre sin remedio.

Trabajaba dende la mar Andrea Doria por proveer de pan y otras cosas, pero no bastaban para tanta multitud. Con todo, porfiaba el Emperador de no se mudar, con saber que al rey le venían socorros de Alemaña y de otras partes, y que ya los suizos, bien pagados, bajaban a le servir.

Antonio de Leyva, lleno de melancolía de ver cuán mal salían sus pensamientos, no se levantaba de la cama; el marqués del Vasto, que ya lo mandaba todo, era de parecer que se levantase el campo y se fuese en busca del rey hasta cercarle en Aviñón, o que por, la vía de León se pasasen a Borgoña. Estando indiferentes en esto, llegó nueva cómo Guido Rangón y Pedro Strozi pasaban de la Mirándula para Génova. Andrea Doria envió luego, por mandado del Emperador, a su sobrino Antonio Doria con ochocientos soldados en ocho galeras, y que de Alejandría fuesen mil tudescos; y Gómez Juárez de Figueroa fue con otros mil tudescos. El socorro llegó tan a tiempo, que si tardara un poco más, hallaran a Génova en poder de franceses, porque de los ciudadanos, unos eran de parecer que se recibiesen los franceses; otros, se salían con sus mujeres y haciendas por no irse en otra como la del año de 1528, pero Augustino Spínola saltó en tierra el mesmo día que Guido llegó a Génova, y dióse tan buena maña, que le hizo volver a Lombardía, y él, de camino, saqueó a Cariñán y a Carmañola, en el marquesado de Saluzo.

Con esta buena nueva de Génova, y con que se supo casi a un tiempo que el conde Nasau andaba vitorioso y que quería poner cerco a Perona, se recibió en el campo imperial algún contento; pero de ahí a poco se supo que venían a juntarse con el rey de Francia pasados de veinte mil suizos, que se habían salido por su propia autoridad, sin licencia de sus magistrados, por el buen dinero que les dieron, y de lástima de ver al rey de Francia acorralado.

Cobró ánimo el rey con la ayuda de esta gente, y por consejo de su condestable, Anna de Montmoransi, salió de Aviñón a recoger los que venían en su ayuda. Alojóse, junto al río Durenza, en un lugar que se dice Caballón, con lo cual el Emperador y todos sus capitanes acabaron de perder las esperanzas de poder hacer cosa que importase en Francia, porque las fuerzas del rey crecían cada día, y las suyas menguando iban con las enfermedades y falta de los bastimentos. Antonio de Leyva hubo de acabar, siendo gran parte, sobre sus graves enfermedades, la melancolía causada del poco fruto que se había sacado de esta jornada hecha por su cabeza.

Muere Antonio de Leyva en casas de Francia, a 15 de setiembre, y quién fue este capitán.

Murió el famoso capitán Antonio de Leyva dentro en Francia, aunque no vitorioso; pero no vencido, que en esto fue verdadero el pronóstico. Pasó a Italia por teniente de la compañía de hombres de armas de su tío, Sancho Martínez de Leyva, que fue mayordomo del Rey Católico, con Luis Puertocarrero, señor de Palma, cuando llevó socorro al Gran Capitán a Nápoles. Dio muestras en aquella guerra contra el francés de lo que después fue, y más en la de Lombardía, cuando los lanzó de allí León, papa. Cobró fama en Pavía, donde lo cercó el rey Francisco el año que fue preso, y encumbróla en Milán, cuando hizo rendir al duque Francisco Esforcia, y se defendió de Lautrech, y ganó y sustentó aquel ducado. Fue a Viena al tiempo que la cercó el Turco, llamado por el Emperador, que se quería regir allí por su consejo. Escogiéronlo por su capitán el Papa y el Emperador, y venecianos, y los de la liga defensiva que se hizo en Bolonia, por el mejor que había en Italia. Fue gobernador en Milán tras la muerte del duque Francisco Esforcia. Entró en Francia como consejero mayor de esta guerra, donde murió de dolores de todas sus coyunturas.

Fue siempre buen capitán y nunca pareció ser vencido, venciendo muchas veces, y algunas llevándole en andas o silla, que la gota le tenía gafo de piernas y brazos. Llamáronle por excelencia el Señor Antonio, no se lo quitando el Emperador, que fue honrado renombre. Hubo por sus servicios el principado de Ascoli y Amonza, con otras cosas. Fue muy rico, y así dejó a doña Constanza, su hija, que casó con don Francisco de la Cueva, marqués de Cuéllar, casi docientos mil ducados, que fue el primer gran dote, sin mayorazgo, de aquellos tiempos en España.

Mereciera ciertamente Antonio de Leyva compararse con los grandes capitanes antiguos, si no fuera áspero, cruel, codicioso y agorero, como lo debe de contar Jacobo de Valgrana, que escribe su vida. Empero, la rosa, de las espinas nace, y por milagro hay gran virtud sin algún vicio. Sepultóse en San Dionisio, de Milán, y no en el de París, que no hay creer en agüeros; sólo en Aquel se debe creer, que ni engaña ni puede ser engañado.

Resuélvese el Emperador en dejar a Francia. - Véngase la muerte de Garcilaso. -Retírase con pérdida de gente que murió de peste.

Con la muerte de Antonio de Leyva, que la sintió el Emperador, se acabó de resolver esta jornada, y todos fueron de parecer que convenía retirarse como mejor pudiesen la vuelta de Italia, por los mismos pasos que el marqués de Pescara se volvió la vez que vino sobre Marsella. Levantó el Emperador lo más brevemente que pudo su campo, y recogiendo las guarniciones que se habían puesto por los lugares ganados, dio la vuelta para Génova. En el camino vengó la muerte de Garcilaso de la Vega y Guzmán. Mataron villanos a Garcilaso de la Vega, combatiendo la torre de Muey en la salida de Provenza; diéronle con una esquina en la cabeza, subiendo por fuerza la torre. Lleváronle a curar a Niza, en el condado de Terranova, donde acabó sus días. Depositaron su cuerpo en un monasterio de frailes dominicos.

Era Garcilaso natural de Toledo, gran poeta; murió mozo, mereciendo larga vida; y pagaron los matadores su pecado, con que no quedó alguno de ellos vivo.

No siguió el alcance ni quiso molestar al Emperador el rey temiendo (según él dijo después) que si acaso él hacía algún daño en los tudescos imperiales, sus tudescos no lo habían de poder sufrir, y se le habían de amotinar. Perdió el Emperador, que se murieron de enfermedad más de treinta mil personas, y aun la suya propria se vio en harto peligro, por falta de salud.

Guerra de Picardía. -Suspenden las armas y no las malas voluntades. -Provee el Emperador las cosas de Italia y da la vuelta a España.

Por la parte de Picardía anduvo el conde Nasau con veinte mil infantes y seis mil caballos que sacaron de Flandres. Entraron por las tierras de Francia, robando y talando los campos. Tomaron a Braya, ribera del río Sona, y a Guisa, matando los que estaban de presidio; la fortaleza se dio a partido. Llegaron a vista de San Quintín, donde poco antes había entrado monsieur de Florenza o Florencio, mariscal de Francia. Fueron sobre Perona, que espantó a los de París, y acudieron todos a fortalecer la ciudad, nobles y no nobles, hombres y mujeres. Los duques de Vandoma y de Guisa, que con poca gente iban picando las espaldas de los flamencos, enviaron a que se metiese en Perona el mariscal Florencio con mil soldados y docientos caballos. Los flamencos se pusieron sobre Perona y la combatieron reciamente, dándole otros dos asaltos; mas sin efecto, aunque con muertes de los cercados y cercadores. Fue cosa muy notable, que sin saber los unos de los otros, acaeció levantarse el Emperador de Aix el mismo día que se alzó el conde Nassau de Perona.

El rey Francisco acudió a lo de Flandres y ganó a Hedin, que lo sintió harto el Emperador; después, la reina María cercó a Teruana, y pasaron algunas cosas de poca importancia, con que se quedó la guerra por entonces, y las voluntades, tan enconadas y enemigas como adelante se verá.

Volvió el Emperador con el ejército, por el mes de octubre, para Italia, dejando en Niza un tercio de infantería española, y con ella el maestre de campo Juan de Vargas; que el tercio era de Garcilaso de la Vega y Guzmán, que murió en Niza, y así quedó Juan de Vargas por maestre de campo de aquel tercio, con toda la demás gente.

Y dejando el Emperador al marqués del Vasto por gobernador y capitán general de Lombardía, pasó a Génova, donde se detuvo algunos días por falta de salud, y en tanto que su jornada le aparejaba para España, donde era muy deseado. Detuviérase más allí, sino que Andrea Doria le daba priesa por temor del invierno que se iba cerrando, que era ya fin de octubre.

Finalmente, el Emperador salió de Génova en los últimos de noviembre, y llegó a Barcelona con buen tiempo, dejando la guerra trabada en el Piamonte y Lombardía, como adelante veremos.

[Polémica entre el Emperador y el Papa.]

A 19 de octubre partió de Roma Tello de Guzmán con avisos que el conde Alferrez enviaba al Emperador del estado en que estaban las paces y condiciones de ellas, que se trataban entre el César y rey de Francia, siendo medianero el Sumo Pontífice, al cual había algunos días antes entregado el secretario Ambrosio los capítulos en que el Emperador venía y se concordaba con el rey; los cuales, el conde Alferrez suplicaba a Su Santidad quisiese ver y considerar, cuán considerados eran, y que no podía el rey de Francia por razón rehusarlos, si había gana de la paz.

Y vistos por el Pontífice, dijo que le parecían bien casi todos, y que en ellos veía poca dificultad, y que el César pedía cosas justas y honestas, mas que le parecía ser difícil la conclusión de esta paz en dos puntos principales; que aclarándose esto, en todos los demás esperaba en Dios que se daría remedio. Y era el uno, que casando el duque de Angulema con la hija del rey de romanos, era necesario estar apartados cuatro años antes que se consumase el matrimonio, por la poca edad de los contrayentes. Que en este medio tiempo, los franceses no venían en alguna manera en que Su Majestad tuviese en sus manos y poder las fortalezas y gobierno del Estado de Milán, porque así no se hacía el efecto de la paz, a causa que en estos cuatro años no se les daba sino escrituras. Y lo otro, que si por caso se hiciese el matrimonio del duque de Angulema con la duquesa, viuda del duque Francisco Esforcia y sobrina del Emperador, y se consumase de presente, que querría, Su Majestad que antes que se entregasen las fortalezas y gobierno, al dicho duque, el rey de Francia cumpliese con efecto todo lo contenido en los capítulos, y tanto más tenía esto por dificultoso, cuanto dijo que el Emperador había dicho al secretario Ambrosio que era necesario que el rey de Francia se fiase del Emperador, y que en este artículo, aunque los franceses pidiesen que se pusiesen en depósito las dichas fortalezas y gobierno en poder del rey de romanos, que el Emperador no lo haría, y por esto parecía al Pontífice que con estas condiciones la concordia iba muy fuera de conclusión, si no fuese de una manera, que se pusiesen en tercería. Porque el rey de Francia no querría confesar ser hombre de menos verdad que Su Majestad, pues de necesidad lo había de confesar, haciendo lo que el Emperador quería, que era que el rey de Francia se fiase de él y él no del rey.

A lo cual se respondió al Pontífice que en lo de la tercería el rey de Francia no tenía razón en quererla, ni Su Santidad en venir en que se pidiese, por muchas razones, y entre ellas, considerando la bondad y verdad del César y el modo con que siempre había negociado; lo que no se podía decir del rey de Francia, por haber faltado a su palabra tantas veces. Y que poniéndose en tercería, sería un agravio y perjuicio si se pusiese, porque no se suele hacer sino con los que tienen poco derecho y fuerzas, y esto iba fuera de esta plática, porque el Emperador poseía, y lo daba libremente de su voluntad, por donde sería justo y honesto que el rey de Francia se fiase del Emperador, y el Emperador no de él.

Y demás de otras muchas pláticas que sobre esto hubo, dijo el Pontífice que si el casamiento de la duquesa viuda con el duque de Angulema se efetuase, como se podía hacer, supuesto que tenían edad para ello, junto con haber modo de cumplir las demás cosas que el Emperador pedía, sin esperar tiempo para entregar el ducado de Milán, que llevaría camino de paz, que con la hija del rey de romanos por falta de edad parecía haber dificultad en la materia, y para facilitar esto dijo más el Pontífice: que los franceses ofrecían entregar el ducado de Saboya de presente, con que se viese su derecho y se concluyese lo del ducado de Milán para el duque de Angulema; insistía, demás de esto, el Pontífice, si bien por indirectas, en lo de la tercería, que los imperiales tenían por perjudicial y fuera de toda razón y propósito, y aún sospechaban ser negociación que los franceses habían tratado con el Papa para ganarle la voluntad, y tanto más hubo estos recelos de él, porque apretándole de parte del Emperador que se declarase en la liga que se procuraba para la pacificación de Italia, y con el infante don Luis, en caso que no se hiciese el concierto con Francia, respondió con muchas palabras largas y generales, cuánto convenía estar neutral y no coligarse con nadie; pero que cuando el trato de la paz estuviese sin esperanzas, en tal caso él se juntaría con aquél que se llegase a la razón, no solamente con las armas espirituales, mas temporales; y que hasta agora, aunque tenía al César por príncipe justo y honesto y para con él tanto crédito tenía, no entendía bien las razones, que daría el rey de Francia; ni le parecía justo que agora se determinase, dando, sin embargo de esto que decía, a entender que los franceses tenían por duros algunos de los capítulos, si bien del todo no estaban fuera de la razón.

A lo cual se le replicó que el César no podía dejar de proveer en las cosas de Italia, dejando gente y ejército en ella por obviar, castigar y remediar a quien quiera que la quisiese perturbar e invadir, y aunque pondría todas sus fuerzas por conservar la paz que hasta entonces había sostenido por el bien de ella, que no sería razón dejar agora toda la carga a Su Majestad, pues a Su Santidad tanto le obligaba su dignidad y oficio, y como a natural de ella, la conservación de la paz en Italia, de donde pendía la de toda la Cristiandad. Porque no ayudándole Su Santidad y los otros potentados, no podría ser menos, sino que hubiese desorden y trabajo con la gente, como en otros tiempos ha habido.

No hicieron efecto estas réplicas en el Pontífice, ni la instancia que se le hizo; antes, cerrando los ojos, respondió con buenas palabras que se juntaría con el que más se llegase a la razón, y dijo los inconvenientes que había en la ida del Emperador en este tiempo a España, lo uno por estar el Concilio tan cerca de celebrarse, que demás de haber dicho Su Majestad al papa Clemente que, se hallaría presente, era cosa necesaria que Su Majestad se hallase en él, porque una de las más principales cosas que se habían de tratar era reducir a la fe la parte de Alemaña que estaba desviada de ella. En la cual Su Majestad tenía la autoridad y poder que algún otro príncipe; lo cual afirmó con otras muchas razones a este propósito, y también porque tratándose de la paz, que de tanto momento era y bien de la Cristiandad, así por atajar las diferencias y daños que resultan, de la guerra como por las cosas del Turco, de los cuales se entendía que estaban muy adelante, por los aprestos que era fama que hacía para el año siguiente contra la Cristiandad, le parecía que no se debía ir a España, porque no conocía otro que tuviese más cuidado de ella que Su Majestad.

A lo cual se respondió al Papa que el Emperador tenía precisa necesidad de visitar los reinos de España, así para contentamiento y buen gobierno de ellos como para ser mejor servido y ayudado con dineros, como lo habían siempre hecho, y también. por no tener Su Majestad más de un hijo varón, que era una cosa de gran importancia y necesaria a príncipe y Emperador de tantos reinos y señoríos, y haciéndose esto, el César tenía tan grande armada por mar, que pareciéndole necesaria su venida en Italia, así para el Concilio como para otra cualquier cosa de importancia, lo podría muy presto hacer. Y cuanto al inconveniente de que el Pontífice decía de tratar de la paz, desde España la podría tratar y concluir. Que no era justo ni razonable, habiéndose visto tan pocas señales en el rey de Francia de quererla, que el César la estuviese esperando en Italia.

Por estos papeles que aquí he referido parece que el Emperador propuso de dar al infante don Luis de Portugal, su cuñado, el ducado de Milán, y que el Papa no se descontentaba de ello. No he hallado en qué forma, ni con qué condiciones, más de lo que en esta instrucción dice el conde Alferrez, que es lo que aquí, digo.

Por qué causa entró el Emperador en Francia tan poderosamente y con tal determinación. -Por qué causas se pasó el marqués de Saluzo a servir al Emperador. -Lo que sintió de la entrada que el Emperador hizo en Francia. -Sobre la muerte de Francisco, delfín de Francia. -Lo que hizo el Emperador entrando en Francia. -Jovio calla en Bruñola los hechos de los españoles, cuando no puede morderlos.

Ya que dije la entrada famosa que el Emperador este año hizo en Francia con tan altos pensamientos de sus capitanes y soldados, diré agora algunos puntos que serán declaración de lo dicho.

Faltan los autores en decir el fundamento sobre que se armó toda la máquina y edificio de esta guerra y entrada del Emperador en Francia, lo cual se debe poner, por ser pundonor de mi príncipe, y que no la he visto escrita por alguno de los que de él han tratado. Fue, pues (como queda dicho), que estando el Emperador en Nápoles, muerto ya el duque Esforcia, comenzaron a andar los tratos entre el rey y el Emperador sobre lo de Milán, pidiendo el uno al otro que le diese aquel Estado para su hijo el de Orleáns, porque allende de que decía pertenecerle por cierto derecho muy sabido, decía también agora que recibiría particular beneficio en ello por quitar de pendencias a sus hijos sobre lo del ducado de Bretaña (que se van asiendo unas materias a otras, para que el lector padezca estas digresiones). Fue el concierto que así como el hijo mayor había de heredar el reino de Francia, heredase el segundo, si fuese varón, en cualquier ocasión de las venideras que lo hubiese, el ducado de Bretaña. Y como aquel rey Luis no tuvo hijos varones, sino dos hembras, heredó solamente la mayor el ducado de Bretaña y casóla su padre, Luis, con el que había de heredar a Francia, que fue este rey Francisco, el cual tenía de su mujer (que a esta sazón muchos años había era muerta) tres hijos, por esta orden de edad: Francisco, Enrico, Carlos. El mayor, que era el príncipe heredero, o como los franceses llaman, delfín, había de heredar el reino; el segundo era el duque de Orleáns, estado ya apropriado para los hijos segundos; el tercero era duque de Angulema, Estado de su abuelo paterno, porque éste fue el de su padre, primero que fuese rey, y después, por falta de sucesión de Luis, heredó, como está dicho.

Por esta cuenta venía el Enrique de Orleáns a ser duque de Bretaña, Estado muy necesario para estar unido con el mesmo reino de Francia, porque siendo de señor particular, estando donde está, que es ribera del mar Océano, y teniendo otras calidades que tiene, puede correr algunas veces trabajo y riesgo la misma Francia, como lo corrió hartas en los tiempos de los reyes franceses pasados. Y visto esto, para mayor estabilidad del mesmo reino, había incorporado el rey Francisco a Bretaña con Francia, en perjuicio de su hijo segundo, Enrique, el cual siempre amenazaba y daba a entender que cada y cuando que ellos heredasen a su padre, había de trabajar para que su hermano no se le quedase con Bretaña. Pues eran diferencias que agora, muerto el duque Esforcia, decía el francés y apuntaba que atajase el Emperador con dalle el ducado de Milán a su hijo Enrico, porque con aquello alargaría el derecho de Bretaña, y el Emperador respondía que a él le era necesario el Estado de Milán, dejado aparte los derechos que a él tenía, y que cuando hubiese de disponer de él y dallo a franceses, había de ser a Carlos, hijo tercero, contentándose de esto los potentados de Italia, y usándose caminos y modos muy ciertos para que él quedase asegurado de que no habría novedad jamás entre las cosas de Francia y suyas, y habiendo platicado esto sin determinación alguna con monsieur de Beli, embajador francés, vino el Emperador a Roma y pasó la víspera de su partida, la oración y plática ante el Papa, no tan brava ni arrogante como la ponen, que el Emperador no lo era, y los reyes y príncipes trátanse con mucha moderación, si bien es verdad, que dije lo que muchos dicen.

Respondió por escrito a todo lo que el Emperador había dicho, y que en lo del desafío estaban muy lejos, y las espadas eran cortas; que si la guerra los hacía acercar el uno al otro, como sería en la batalla cuando se topasen, no le negaría tres golpes de lanza, ni su persona. Y a esto replicó el Emperador que, pues lo del desafío guardaba para en la guerra y batalla general, él entraría por su reino y por su tierra, y estaría de asiento en ella treinta días alojado en campaña; y aún estuvo treinta y tres en Asaes, como lo prometió, esperando que viniese el rey a darle la batalla, donde se podían ver de persona a persona, pues el rey para entonces lo dilataba, y más que estuviera y pasara adelante, ocupando todo lo que pudiera en aquella provincia, si la hambre y enfermedades de su ejército no lo estorbaran.

Entró el Emperador en Francia con intención de destruirla y ocuparla como tierras de enemigos, pero principalmente por cumplir lo que había dicho, y ganar aquel, pundonor con su contrario, que es el mayor que puede haber en la milicia (cuando ya está la persona en ella metida), es la mayor honra que se puede imaginar el conseguir lo que se pretende, y haber la vitoria que se desea. Y esta es vitoria como si lo venciera, esperar al enemigo en el campo señalado y no venir dentro del término a la batalla. De manera que el Emperador estuvo esperando al francés treinta días, como queda dicho, y algunos más, y no en la raya y entrada de Francia, sino más de cuarenta leguas dentro de ella, y hecho esto, y ganada esta honra (que lo fue grandísima), vistas las incomodidades de su campo, se salió de Francia, y lo redujo, sin que nadie le hiciese salir, sino la enfermedad y hambre, que contra estos enemigos no hay fuerzas.

He dicho esto, por muchos que no entienden más que las generalidades de las cosas, a los cuales les pareció que fue de poco fruto y de poca importancia esta entrada por la Provenza en Francia, y que fue muy dañosa y costosa, y sin efecto alguno de lo que se pretendía, y es, a mi juicio, la mayor jornada y más honrosa de cuantas el Emperador hizo, con haber hecho tantas y tan sustanciales, y donde más honra ganó y más reputación.

La causa por que se pasó el marqués Francisco de Saluzo de una afición a otra y de un servicio a otro no fue la que dice Jovio, sino una pendencia que este marqués hubo con el almirante de Francia cuando éste envió al otro a deshacer ciertos italianos que estaban en Monduvi, puestos en guarnición por Antonio de Leyva, porque, como se retiró el marqués sin hacer el efecto a que fue enviado, sin quererle enviar el almirante ciertos alemanes que le había pedido de socorro, hubieron palabras, y sobre lo que entre ambos pasó fue necesario volver el de Saluzo a Francia, y allí otra vez al Piamonte con nuevas comisiones del rey, al tiempo que el almirante se volvía a la corte francesa, donde de tal manera habló de las cosas del marqués, que el rey envió al Piamonte a que lo prendiesen, y cierto corrían riesgo su vida y honra si no le avisaran secretamente; y entonces, y no antes, comenzó a tratar con Leyva, porque no podía menos, si no era aventurando su persona. Y engáñase Jovio en decir que la gente de este marqués no quiso seguille y le desampararon, porque antes pasó así que desde Coni se fue a su Estado, y allí dio cuenta a todos sus soldados de su determinación y de las causas que le movían a ella, y les dijo cómo le parecía que todos se volviesen a servir al rey de Francia, pues llevaban su sueldo, de los cuales muchos eran franceses que no podían hacer otra cosa, y que pluguiese a Dios que conociese mejor el rey sus servicios de ellos, que había conocido los de él, y así los despidió graciosamente, y allí estuvo algunos días hasta que vino a Aste, que fue a 21 de junio, ya concertado con Antonio de Leyva, no secreta, sino públicamente. Y esto, aunque lo hiciera, lo podía hacer sin fealdad alguna; pues él no era vasallo del francés, antes la cometía en serville, siendo feudatario del Imperio, y por consiguiente, vasallo del Emperador, aunque el un servicio y el otro le duró poco, pues murió en el año siguiente.

Sobre esta entrada en Francia hubo diversos pareceres Jovio pone dos italianos contra el de un español, que fue Leyva, que dicen que fue el que apretó esta jornada, y los otros que recobrase lo que era perdido en el Piamonte. Este aprueban los que saben poco de guerra; guiándose por el mal suceso de la jornada, sin mirar a más que los sucesos, por allí juzgan los principios y medios de los hechos. Supuesta la palabra que el Emperador había dado, de que dentro de su reino le esperaría treinta días, parece que era forzosa la entrada. En el camino que se tomó, hallaron no haber acertado Antonio de Leyva, ni en haberse, ya que se tomó, detenido tanto en Asaes, y querer tener por frontera a Aviñón, donde el rey había venido a hacer el cuerpo de su defensa, sino que tomara otro camino sin tener necesidad de pasar el Ródano hasta León, que hubiera tan pocos en Francia para defendello, según el miedo había, que sin dificultad se hiciera la jornada y se ganara León, y saqueada, que fuera uno de los sacos ricos que hiciera más alegres y orgullosos del mundo a los soldados, y que se pudiera pasar adelante, y siempre muy cercano a tierras imperiales desde que se viera en León, para reducirse en salvo a ellas, cuando el tiempo y la coyuntura pidiera. La otra es que no hubiera muerto la gente que murió y las enfermedades que hubo, para que durara aquel vigor en aquel solo cuerpo del ejército, porque en particular no faltaba a alguno de los que andaban sanos; que si hubiera salud, sin embargo, del Ródano ni de Aviñón, saben los que entienden de guerra dónde se pusieran las águilas y castillos y leones de España; pero no era obligado Antonio de Leyva, como el Jovio lo adivina; después de acontecido el caso, a saber, las hambres y enfermedades que había de haber en aquel ejército, si bien no se puede negar que la opinión del Vasto y Gonzaga de ganarse el Piamonte, era buena y acertada; mas ¿quién hay que todo lo vea? Este príncipe murió de resfriado por beber estando sudando (como dije). Queríale el Emperador como a hijo, y el príncipe al Emperador y españoles, y no había cosa que él más desease que casar en España; aborrecía las guerras que su padre hacía, deseaba la paz, y así pesó al Emperador mucho de su muerte, porque era muy diferente de Enrico, que sucedió, según después lo mostró. Duró mucho tiempo esta opinión mala en Francia, y se escribió que le habían muerto, y que imperiales habían sido en ello. Escribiólo, en su historia Guillermo Paladino con harto cargo de conciencia.

Tomó el Emperador con sus dos ejércitos de tierra y mar, más de treinta lugares, villas y ciudades. En algunas de ellas se puso guarnición de españoles. Caminó por Francia hasta hacer asiento en Aix, ciudad razonable, donde hay Parlamento o, a nuestro modo, Chancillería. Aquí estuvo el Emperador esperando al rey, y en otros lugares de Francia. Hay, desde Niza hasta Aix, cuarenta leguas españolas, y aun de aquí pasaron delante españoles.

Cuenta Paulo Jovio la jornada de Bruñola que hizo Gonzaga, sin nombrar español que se hallase en ella, y es así, que don Hernando llevó a esta jornada seiscientos caballos, los más españoles, y los menos, italianos. Los españoles fueron los capitanes don Sancho de Leyva, Vega, Rosales, Arce, Juan Ibáñez Moreno, y la compañía de Francisco de Prado, que no iba en ella, sino su teniente. Los italianos capitanes fueron el conde de Pópulo, el marqués de Anfise, Ufredo y otros dos o tres cuyos nombres no se dicen. El hecho pasó de esta manera: Que estando ya dos millas de Bruñola, envió don Hernando a don Sancho de Leyva por superior, con otros españoles capitanes, que corriesen y entrasen por los burgos de Bruñola, y comenzasen la pelea, y envió otros que corriesen la campaña alrededor del pueblo, para que si los franceses saliesen a ella para tomar la montaña, no lo pudiesen hacer. Y así, españoles comenzaron la contienda, y la mediaron y acabaron, haciendo perder a los franceses los burgos y salir fuera del lugar, donde señor Pedro Corzo, capitán bien conocido, puso en orden la infantería, como el Jovio cuenta; y aun de tal manera salió del lugar a ponella, que llevaba preso, al conde de Pópulo, en quien hace Jovio cuenta que se remató la victoria. Sino que luego llegó don Hernando con los demás, caballos por la campaña, y todos, los unos y los otros, acabaron de romper a caballos e infantes franceses, y libertar al conde, y cautivar a los que quedaron vivos, que no se escaparon más que siete, de más de mil trecientos, y luego fue el lugar saqueado, como dice Jovio. La cual rota fue viernes por la mañana, a 4 de agosto deste año 1536, que de esto no dice Jovio cosa. Y así volvieron Gonzaga y los suyos vitoriosos al campo imperial, y caminaron con el Emperador hasta Aix.

De allí tomó el Emperador una parte de su ejército y fue a dar vista a Marsella, y después de considerada y bien vista, se volvió a su puesto. Dice Jovio que se espantaron todos, no sabiendo ni pudiendo entender la causa por que se había presentado delante de aquella ciudad, y es claro que sería, o por el trato que hubo de que la entregarían, o por ver una ciudad de tanto nombre, o para, si se había de sitiar, reconocerla. Después de esta vista, se comenzaron a hacer tantas correrías y daños por la tierra, que sería largo decirlas.

Lo que hizo Barbarroja huyendo de Túnez. -Mata a Baeza el renegado. -Engaña en Menorca a los mahoneses. -Avisan unos frailes franciscos que son cosarios. -Piérdese una carabela de valientes portugueses. -Piérdese mosén Oliver por socorrer valerosamente a Mahón. -Ríndese Mahón a Barbarroja. -Martiriza Barbarroja al guardián.

Antes de acabar este año habré de decir lo que en él hizo Barbarroja, despojado y corrido, huyendo del Emperador. Quiso este enemigo seguir las galeras de Adán Centurión, como las sintió medrosas; dejólo por temor que sobrevernían más y le atajarían el camino de Argel, donde llegó y mandó a los suyos que no dijesen la pérdida de Túnez y de la flota, por temer humores y algunas novedades entre los moros, que conocía ser livianos. Dijo por esto en Argel que iba por más armada para dar en la del Emperador, que sin gente ni recaudo estaba. Degolló a Baeza, el Rabadán, alcaide de Argel, porque tuvo mala guarda en los cautivos de Túnez, diciendo que por aquello perdería el reino, aunque más lo mató porque era cruel de su naturaleza, por ser español, de los cuales venía muy lastimado, conociendo que ellos le habían destruido.

Era Baeza, el renegado, muy querido de Barbarroja, y que le hizo ganar a Túnez, según allí se contó, y sirvió mucho en las guerras de los Benalcadís; pero tal pago merecía el que negó a Dios y a su nación.

Armó, pues, Barbarroja once galeras de Argel, sin las que él llevaba, y dos de los Gelves, y otros bajeles de reino, basteciéndolos muy bien. Partióse, dejando la gobernación de Argel a su hijo Azán, y la del mancebo a Salac. Fue a Mallorca con mal propósito, diciendo a los suyos ser muy rico; pero no salió a tierra por las hogueras y luminarias que se hacían por la vitoria del Emperador contra él, pensando ser ahumadas para dar aviso en toda la isla que andaban cosarios; por esto navegó a Menorca y entró con banderas de cristianos por engañar, en el puerto de Mahón.

Los mahoneses, que andaban regocijados con la buena nueva de Túnez, comenzaron a repicar las campanas de alegría y a tirar su artillería, pensando que era el Emperador, como veían treinta y cinco galeras y fustas. Lo mesmo hizo y creyó Gonzalo Pereyra, que por tormenta surgiera dentro con su carabela, no pudiendo tener con el infante don Luis. Andaban ciertos frailes franciscos a solazarse en un barco, y deseosos de saber, preguntaron en cuál de aquellas galeras venía el Emperador, que, como anocheció, no divisaban bien, y, o en el ruido, o en la respuesta conocieron ser cosarios. Saltaron de presto en tierra, corrieron al lugar dando voces que se guardasen de aquellos cosarios, y sin parar dentro se pusieron en salvo, con obra de trecientas personas. Cerraron las puertas en Mahón, volviendo su alegría en suma tristeza.

Barbarroja, que pensó entrar con poca dificultad, así por anochecer como por haber desmentido, no quiso al principio la carabela, pero como se vio descubierto, combatióla por no la perder; pero resistió tanto, que ya que la hubo, fue con mucha sangre de turcos. Mató al Pereyra y a cuantos portugueses venían dentro, los cuales pelearon valientemente, y dicen que no se perdieran, o la menos que no murieran, si tuvieran puesta la red sobre cubierta en que poder andar peleando, y si no se anticiparan a disparar la artillería, quitando las pelotas por salva.

Cercó Barbarroja el lugar con obra de dos mil turcos, y quinientos más dicen algunos, y es lo más cierto. Derribó un pedazo de la cerca, mas no podía entrar, que hallaba resistencia. Los de la Citadela, otro pueblo mayor, fueron con mosén Oliver a socorrer a Mahón, pero como no eran más de trecientos, no se osaban aventurar sin concierto de los mahoneses, ni se podían concertar, por tener en medio al enemigo; ofreciáse un bandolero por que le perdonasen, de entrar y traer respuesta, el cual lo hizo nadando.

Mosén Oliver fue a entrar, pensando hacer camino con grande ánimo de los suyos por fuerza, o hacer levantar el cerco, que así lo decían los de dentro, si bien algunos eran de parecer contrario. Pelearon, pues, aquellos menorquines con gran coraje por libertar sus vecinos y parientes de servidumbre. Mas muriendo mosén Oliver y algunos con él, y otros quedando presos, se perdieron.

Barbarroja movió partido a los de Mahón, aunque con vitoria, y que tenía ya la pared aportillada, porque se le habían defendido tres o cuatro días, y por recelo de las galeras imperiales, que si mucho allí se detenía, le venían a buscar, y que los españoles habían de volver por allí, y que con una nao o dos que atravesasen en la boca del puerto, era perdido. Ellos estuvieron en duda, pasando sus fuerzas con el peligro y temiendo tanto el cautiverio como la muerte.

Estaba con ellos un soldado castellano que decían Avila, allí casado, o, según fama, enamorado, el cual en el principio se abrasó con pólvora acaudillándolos; y oyendo el partido en la cama, les dijo que no lo hiciesen en alguna manera, porque Barbarroja se quería ir por miedo de la armada del Emperador; mas aprovechó poco su consejo, porque seis vecinos principales del lugar, de los cuales dicen que uno era clérigo y otro alcalde, aconsejaron lo contrario al pueblo, atraídos de los trujamanes, que les prometieron libertad, o ellos, como es de creer, la sacaron por concierto; de manera que se dieron a los bárbaros, los cuales no dejaron estaca en pared, porque se llevaron hasta las aldabas y cerrajas de las puertas, diciendo que más habían perdido en Túnez y en su flota.

Barbarroja dejó libres aquellos seis, porque fuesen castigados, llevando sus mujeres, hijos, ropa y parientes. Cautivó más de ochocientas personas, porque Mahón era lugar de trecientas casas. El guardián de San Francisco se había metido en el lugar por más seguro, con frailes, plata y ornamentos. Recibió el Santísimo Sacramento cuando entraron los turcos, porque no lo escarneciesen. Barbarroja, que tenía enojo de los frailes porque avisaron de su llegada, los quiso castigar, y hallando la custodia sin hostia, preguntó al guardián por ella, y respondiendo que la había consumido, se enojó mucho y le martirizó.

Fue cosa cierta que ningún mahonés de los que llevaron cautivos, por promesas ni amenazas que les hicieron quiso renegar, sino que, como muy católicos, estuvieron firmes en la fe. Los que vendieron o entregaron el lugar fueron hechos cuartos después por justicia.

Vuélvese Barbarroja al Turco. -Determina Solimán hacer guerra al Emperador. -Razonamiento de Barbarroja sobre hacer guerra el Turco al Emperador. -Levanta el Turco poderoso campo contra el Emperador. -Armada turquesca en las costas de Italia.

Fue mucho lo que Barbarroja se holgó con la presa de Mahón, porque le tuviese por buen guerrero el Turco. Tornó con ella luego a Argel, dio sebo a las galeras, proveyólas de refresco, partió de allí con ellas para Constantinopla casi en fin del año, no temiendo el invierno en la mar. Llegó allá sin acontecerle desastre, y como estaba el Turco en Persia, fuele a buscar por tierra con Zinán, judío; topóle en Coni de Caramania, donde le contó por menudo todas las guerras de Túnez, encareciendo, como discreto, las fuerzas y esfuerzo del Emperador, y cómo a gran ventura se había escapado desde Bona y había después a Mahón ganado.

Solimán, que venía con tanta pérdida como ganancia de Persia de la guerra con el Sofi, lo recibió alegremente cuando a sus pies le vio, diciendo que más estimaba la virtud que la vitoria, y que había cumplido con lo que de él esperaba, pues sin ayuda de nadie ganara el reino de Túnez y se detuviera contra el Emperador, y se salvara de su gran poder, que le parecía lo más hazañoso. Prometióle otra flota tal como la pasada o mejor, con que se vengase, por cuanto él ya trazaba una terrible guerra contra cristianos. Dicen algunos que lo hizo entonces basá y almirante. Barbarroja le besó las manos y prometió la lealtad, que para eso había llevado a Constantinopla su casa, hijos y mujer.

Anduvo Juan Foresio, embajador del rey Francisco, en la guerra de Persia, tras Solimán, pidiéndole que hiciese guerra por mar al Emperador, principalmente en Italia, prometiendo que el rey su amo armaría una gran flota, y por tierra un poderoso ejército, y aun parcialidades y rebelión en toda Italia y otras partes, afirmando que no bastaría el Emperador a mantener la guerra en Flandres y en Lombardía, donde su rey entraría poderosamente aquel verano, y en Pulla, que los turcos conquistarían. Andaban también otros cristianos en su corte diciendo lo mismo, y entre ellos fue Troylo Pignatelo, desterrado de Nápoles, por hablar bien en la guerra, como capitán de caballos que había sido del Emperador, y por saber, como natural, el sitio y fortalezas de aquella tierra, y las voluntades de los hombres, y porque le mostró ciertos patrones de defensa y de ingenios para ofender, y cómo se habían de defender los turcos tomando tierra; por lo cual le hizo su escudero de a caballo, dándole buen salario Mutfarac. En el cual oficio hay de todas naciones y leyes. Convidaban mucho al Turco estas cosas, y la codicia de Italia, y la autoridad del rey de Francia, y así llamó a consejo a sus grandes basás, berlebeys, sansacos y otros, los cuales, en su presencia, disputaron si convenía hacer guerra al Emperador, dejando la del Sofi, y después de muchas razones mandó a Barbarroja que dijese la suya, el cual dijo:

-Aunque yo, señor poderosísimo, venga con pérdida de la guerra de Africa, que con armada y nombre vuestro hice, teniendo por cierto juntar aquélla provincia con vuestro imperio, no por eso debo tener empacho de hablar en la guerra, pues demás de que me lo mandáis, es verdad que hice todo mi poder en ganar el reino de Túnez para vos, y en administrar justicia por vos después de ganado, y en defenderlo del Emperador, representándole la batalla en medio del campo raso; y si no me dejaran al mejor tiempo los moros y alárabes, gentes sin firmeza ni fe, yo lo defendiera, que ya les había tomado algunas banderas, y muerto un conde con otros capitanes. Fuera de todo esto, yo por muy buena industria me descabullí de la flota y manos de Andrea Doria. En lo demás, todos saben las continuas guerras, sacos y cautiverios que de cristianos he hecho en Italia, España y sus islas, reteniendo el señorío del mar Mediterráneo, con grande miedo y espanto de mis enemigos y reputación mía, por lo cual se debe juzgar que lo que dijere será lo que conviene. No piense vuestra grandeza que se contentara ni cansara el Emperador, siendo como es guerrero, con la vitoria que de mí hubo, sino que luego irá sobre Argel, que ya no le queda más que ganar en la costa de Berbería, y si bien yo lo dejo fuerte, artillado y con buena guarnición, sin falta si me detengo y de acá no es socorrido, lo ganará, y ganándolo, queda España libre de cosarios, que importan mucho para la guerra, especial de mar, por causa de sus galeras, y con tener a Orán, Argel y Bujía, la Goleta con el reino de Túnez, y pechero el de Tremecén, y amigo el de Vélez de la Gomera, fácilmente se hará señor de Africa y aún llegará a Egipto. Quiere sin esto conquistar la Morea, y aún querrá llegar a Constantinopla. Los españoles, italianos y tudescos de quien hace sus ejércitos, son belicosos por extremo, y gentes para mucho. De los griegos no hay que fiar, que de suyo son mudables, y se han de acordar que sus padres y abuelos fueron cristianos, que otro tanto hacen los moriscos de Granada, Valencia y Aragón cuando nos ven. No hay príncipe, por poderoso que sea, que quiera tal vecino por enemigo, ni menos por competidor de la monarquía. Es señor de las Indias y Nuevo Mundo, que sus españoles le han conquistado, de donde le vienen increíbles tesoros. Es grande la potencia de este enemigo, y crece cada día, y por no ser agorero, no digo que para nuestro mal. No dudo de vuestra potencia, señor poderosísimo, mas es mi parecer que se deje la guerra con el persa por agora, y pongáis vuestras fuerzas en deshacer este príncipe cristiano.

Estas y otras razones dijo Barbarroja para quitar al Turco de la guerra de Persia y ponerle en que con todo su poder la hiciese en Italia contra el Emperador, pues el rey Francisco y otros, ayudarían en ella.

De contrario parecer fue Belerbey de la Caramania, que venía lastimado por haber sido vencido y desbaratado por Delimates, capitán del Sofi, persuadiendo la guerra de Persia con grandísima instancia. Mas aunque el Turco estuvo algo dudoso, al fin se resolvió en seguir el parecer de Barbarroja, y en llegando a Constantinopla mandó apercebir sus gentes y armada, diciendo que las quería enviar a Hungría, porque se descuidasen en Italia, donde quería ir contra el Emperador; y antes que nadie lo creyese estaba con docientos mil hombres en la Velona, que hay más de ciento y cincuenta leguas por tierra.

Vino asimismo a la Velona su flota, cuyo general era Lufti Basá, cuñado del Turco, y tras él Barbarroja. Había en ella, según cuenta, cuatrocientos navíos, de los cuales eran docientas galeras, y dicen que llevaban tres mil piezas de artillería entre grandes y pequeñas. Envió el Turco desde allí a Lufti, y a Barbarroja, y a Troylo Pignatelo, con ochenta galeras, para que tentasen la costa de Pulla, para venir él luego con todo el resto, si hallasen algún buen aparejo, o galeras, o gente del rey Francisco. Pasaron estos capitanes contra Italia fácilmente, porque no hay quince leguas de Otranto a la Velona. Quería Barbarroja tentar a Brindiz o a Otranto, mas Pignatelo, que deseaba efectuar su mal propósito, los estorbó, diciendo que aquellas dos ciudades eran fuertes y estaban con españoles, por lo cual debían de combatir primero a Castro; que está dos leguas de Otranto.

Lufti mandó tomar tierra en Castro. Desembarcóse con los turcos Pignatelo, sacando algunos tiros. El señor de Castro, que se llamaba Mercurín Catinara, tuvo a Barbarroja temor, y con la revuelta que en el pueblo andaba, y por saber poco de guerra y estar desapercebido, no se puso a resistir, y así dio lugar por las vidas y libertad que les aseguraban el Basá y Pignatelo. Los del lugar holgaron del partido, pensando que no les harían mal, como se lo prometían, por ser los primeros que se declaraban por franceses, y creyendo que venía Juan Foresio, embajador del rey de Francia, en las galeras, según decían; mas quedó malo en la Velona, y murió allí. Los turcos saquearon el lugar, cautivando la gente sin respeto alguno de lo prometido.

Lufti Basá soltó al Mercurín, diciendo que le pesaba de lo que habían hecho los soldados, de las galeras, hombres crueles y disolutos; mas que Solimán haría soltar cuantos allí se cautivaran. Y fue así, que sabiéndolo el Gran Turco, hizo después buscar en Corfú todos los de Castro, a los cuales envió libres, porque le tuviesen por humano y liberal, y que guardaba su palabra, las otras gentes de aquel reino. Justició también a los capitanes y personas que amotinaron a los soldados a robar y cautivarlos, porque otros escarmentasen.

Pasaron asimismo en palandrias, que son naos anchas, muchos turcos con caballos, que corrieron hasta Brindiz robando ganados y hombres. Hicieran, sin duda, mucho más daño, si Scipión de Somaya, virrey a la sazón de Calabria, no se lo estorbara con su gente. Todavía se llevaron los turcos gran número de cautivos italianos aquel año, que fue el de 1537 (y quedará contado).

Y en fin del año diré lo que hizo Andrea Doria contra la armada del Turco.

Muerte de Alejandro de Médicis en Florencia.

Ocupado me han los hechos del Turco y su cosario Barbarroja, sucedidos en el año de 1537, sin darme lugar a decir otros que más tocan a nuestras gentes, en Italia y otras partes de Europa. Comenzarlos he con luto y lágrimas, cuales las hubo en la desastrada muerte de Alejandro de Médicis, primero duque de Florencia, y yerno del Emperador, a quien mató malamente un Lorenzo de Médicis, deudo suyo, a seis días del mes de enero de este año de 1537. El cual caso contaré (si bien no sea tan propio de esta historia) por el deudo que este desdichado duque tenía con él Emperador, por haber casado con su hija, madama Margarita.

Pasó, pues, así este abominable hecho. El duque Alejandro, habiendo casado en Nápoles con madama Margarita, hija del Emperador, volvió a Florencia, y comenzó a gobernar con tan buen término y madura prudencia, que a satisfacción de todo el pueblo daba fuerzas a su nuevo Estado; que si bien su edad no pasaba de veinte y seis años, el término que tenía en la administración de la justicia y el ser apacible, oyendo a todos y haciendo mercedes a sus propios enemigos, ganaba las voluntades (que por eso se dijo que dádivas y buenas razones ablandan peñas y corazones), y parecían obras de un hombre cuerdo y maduro.

Lo que le hizo el daño que contaré, fue ser demasiadamente dado a mujeres, sin mirar a su honra ni salud. Andaba de noche rodando las calles, trababa pendencias muy peligrosas, todo por este negro vicio. Tenía un pariente casi de su edad que se llamaba Lorenzo de Médicis, que en estos pasos le acompañaba, o por ser de su humor o por traerle por aquí al estado infeliz en que lo veremos. El talle, traje y semblante de este Lorenzo daban a entender, quién él era, y los pensamientos malos que tenía, porque siempre andaba solo, el gesto cetrino y amarillo, la frente arrugada; hablaba muy poco, y a pocos. Extrañábase de todos, andando por lugares apartados de la gente, con tan profunda melancolía, que unos se reían de él y le tenían por loco; otros juzgaban que éste andaba maquinando algún terrible hecho. Y más que en Nápoles le habían visto tratar con los Strozis, enemigos del duque, y hablar muy mal de él; y doblando la traición decía a Alejandro lo que oía decir a los Strozis, de suerte que este traidor usaba trato tan infame y doble, tenía tan ciego al duque y tan engañado, que, si bien Pendulfo, un gran amigo suyo, le avisó de su mal trato, y Pedro Strozis lo dijo en muchas partes, llamándole dos veces traidor, y que el duque sabia poco, pues se dejaba así engañar, no aprovechó, si bien es verdad que el duque le hizo cargo de lo que de él decían; mas el Lorenzo, sonriéndose, respondió que así era, lo que Strozis de él decía; pero que mirase cómo podía él ser espía doble y avisarle de los secretos de sus enemigos, ni saberlos de ellos, si no era haciéndoles creer que era su enemigo, y que deseaba matarlo.

Con estas palabras quedó el duque satisfecho y libre de toda sospecha mala, que su hado iba en él ejecutando el triste fin que había de tener. Demás de ser espía doble, como Lorenzo de sí decía, servíale de un mal oficio de tercero en sus deshonestidades, y en particular era este hombre inclinado a tratar con monjas, siendo un sacrilegio y pecado que tanto ofende a Dios, y que por maravilla dejan de tener fin desdichado los que esto tratan.

Era tanta la familiaridad que entre ellos había, que teniendo las casas vecinas, tenían abierta una puerta para que, todas las veces que Lorenzo quisiere pudiese entrar al aposento dónde el duque dormía, y tenían ambos llaves de esta puerta. Quería Lorenzo hacer su hecho sin peligro de la vida, para gozar, como él confesó después, de la libertad que deseaba dar a su patria, matando al duque, que llamaba tirano; y así, si bien se le ofrecieron hartas ocasiones, no quiso usar de ellas hasta verse en la más segura.

Moraba cerca de palacio una mujer principal y hermosa; pero honrada, cuales deben ser las que son tales. El duque se aficionó grandemente a ella; Lorenzo de Médicis, haciendo su oficio, dijo que él haría que aquella señora diese gusto al duque, y que podría él tener mucha mano para tratarlo con ella, por ser deuda.

Aquí se determinó Lorenzo de efectuar la traición que tenía pensada. Fue, pues, así, que a cinco de enero, en la noche, después de cenar, teniendo trazada la traición, se llegó a la oreja del duque, y mintiendo como traidor, le dijo que la señora haría su voluntad; y que aquella noche la habría, con que de ninguno fuese vista ni sentida, y que se le había de dar lo que había prometido. Luego el duque se levantó, y como solía hacerlo, se fue a la casa de Lorenzo de Médicis con el apetito de gozar lo que tanto había deseado. Despidió los criados, que así lo pidió Lorenzo, y el desdichado duque acostóse en la cama del Lorenzo para ir a casa de la dama que, según había dicho el traidor, había de ser a medianoche, porque entre el postigo del palacio del duque y la puerta de la señora no había más que una angosta calle.

Estando el duque esperando tendido en la cama, díjole Lorenzo que se quitase la espada para poder reposar más descansadamente. El duque lo hizo. Lorenzo de Médicia metió disimuladamente la pretina por la guarnición como suelen hacer para que si el duque quisiese echar mano a la espada para defenderse no la pudiese desnudar fácilmente. Hecho esto díjole que durmiese hasta que él volviese a llamarle cuando estuviese todo a punto. Salióse dejando luz en la cámara, y corrido el pabellón, cerró la puerta tras sí, que era de golpe.

Puesto todo en tal orden, llamó un lacayo que se decía Escoroncolo, a quien el mesmo duque había librado de la muerte en que por sus delitos le había la justicia condenado, y díjole Lorenzo que le cumpliese la palabra que le había dado de ayudarle a matar un hombre principal, gran enemigo suyo, que no era menester más que ánimo y no espantarse con su vista, porque el negocio se podía hacer sin peligro. El lacayo respondió animosamente, que por servirle no sólo mataría un hombre principal, mas, al mesmo duque si se lo mandase. Entonces le dijo Lorenzo: «Muy bien has adivinado; él mismo es, y aquí lo tenemos encerrado en esta cámara dormiendo.»

Luego abrieron muy paso la puerta y entraron, llevando también consigo un mozo de caballos de Lorenzo, que porque andaba muy despacio llamaban Saeta, a contrario sentido. Lorenzo, echando mano a un puñal grande, metióselo por las costillas al duque que estaba durmiendo. El duque, con el dolor de la muerte, echóse de la otra parte de la cama y andando a gatas metióse detrás de la cama, y queriéndose levantar, Saeta le dio una cuchillada en el carrillo. y los demás, viendo que animosamente había tomado un banquillo y se escudaba con él, cercáronlo, hiriéndole con fieras y crueles cuchilladas. El duque, rabiando como una fiera, arremetió a Lorenzo de Médicis, y llamándolo en voz tan alta traidor, que, como consta del dicho de unas mujeres, se oyó en toda la casa, cogióle con los dientes el pulgar de la mano siniestra y quebróselo. Lorenzo de Médicis, sintiendo gran dolor, pidió que le ayudase Escoroncolo, el cual, degollando al duque, lo derribo en el suelo muerto, echando mucha sangre por la boca,. y dándole otras muchas estocadas lo echaron en la cama sin que nadie de toda la casa acudiese al ruido, porque Lorenzo de Médicis, mucho antes, para engañar a los de su casa, solía en aquella cámara luchar con sus amigos, haciendo gran ruido con bancos, y rodelas y lanzas, todo para efecto que aunque este día de la traición hubiese ruido no reparasen en ello.

Tal fin tuvo el desgraciado Alejandro de Médicis y el casamiento de madama Margarita; no se logró más; las revueltas y alteraciones que hubo en Florencia considérelas cada uno; yo las callo, pues las escriben muchos.

Al fin, Cosme de Médicis, aunque con harta contradición, se apoderó de Florencia y se valió de Francisco Sarmiento y de los españoles contra Filipo Estroci y otros contrarios de los Médicis; vengó la muerte, de Alejandro de Médicis y procuró siempre ser muy leal servidor del Emperador y amigo de los españoles, que le valió para conservarse en el Estado y dejarlo firme a sus sucesores como ahora, lo tienen; y el Emperador le confirmó el Estado, y dióle el título de duque de Florencia, guardando aún en muerte a Clemente la amistad y favor que le prometió viviendo.

Baja gente francesa en socorro de la Teruana.

Primero día de hebrero de este año envió el rey Francisco gente para socorrer a Teruana, y llegaron una noche tan escura y tempestuosa, que sin sentir los imperiales su peligro, entraron en la ciudad, y poco después entraron de la misma manera otros docientos de a caballo. Había cada día escaramuzas entre cercados y cercadores, con igual pérdida de ambas partes; o poco diferente.

Estaban en Teruana caballeros nobles mancebos de honra y vergüenza, que habían entrado de socorro, que ni sufrían estar ociosos ni a otros daban ventaja, y como ya les faltase la comida y pólvora, envióles el rey de socorro por el mes de marzo al duque Ambaldo la Novelara con mil y docientos caballos y mucha gente de pie con bastimentos, pólvora y munición que les faltaba, llevando por guías los más principales caballeros de San Juan, franceses, italianos y albaneses. Fueron a ponerse en la Selva Fau, que es en la Bélgica, esperando los caballos que habían de venir de Teruana, los cuales, como supieron la llegada del socorro, vinieron luego, saliendo del lugar de golpe, y rompieron por el campo de los cercadores, matando algunos pocos los imperiales que estaban por aquella parte, y llegaron a juntarse con los que en la Selva esperaban. Sabido por el conde Reusio, que estaba a la parte de San Audomaro, que Aníbal había salido de la ciudad, púsole, en celada ochocientos caballos cerca de Teruana.

Descubrieron los franceses la emboscada, y echaron por otra parte, y llegaron y entraron en salvo en la ciudad con toda la provisión que traían, y Reusio se volvió descontento a su puesto.

Quedóse Anibaldo en Teruana, enviando la mayor parte de la caballería a Monstreolio.

Acto que contra el Emperador hizo el rey Francisco en París con más cólera que jurisdición, ni poder, ni justicia. -Sitian los franceses a Hesdin. -Ríndese Hesdin al francés. -Toma el francés San Pablo: pone presidio en él. -Los flamencos se echan sobre San Pablo, combaten y entran el lugar con sangre.

En el tiempo que pasaba lo sobredicho, estando el rey Francisco en París, en forma jurídica y acto público, procedió contra el Emperador, condenándole en perdimiento de los Estados de Flandres y otros dictados que antiguamente reconocían a los reyes de Francia como a soberanos señores, y los aplicó el fisco real, y condenó al Emperador dándole por rebelde y desobediente, todo a pedimiento de su fiscal; que no hiciera más si tuviera al César en la cárcel de París, como él estuvo en la de Madrid.

Y hecho esto, juntando sus gentes, nombró por capitán general del ejercito a monsieur Anna Montmoransi, que era un caballero muy lucido, y vino a ser condestable de Francia. Este, pues, con todo su ejército, partió contra Picardía, que es una parte de los Países Bajos o Germania inferior, tierra de los estados de Flandres y señorío del Emperador. Llegó Montmoransi y tomó a partido una fuerza llamada Auchiaca; de ahí pasó contra la ciudad de Hesdin y púsose sobre ella. Los que dentro estaban la defendían y aun ofendían valientemente, más no hallando seguridad en los muros ni asiento del pueblo, se retiraron a la fortaleza, que la tenía grande el castillo.

Era alcaide dél por el Emperador, Sanfonio, caballero noble de Namur y soldado de larga experiencia, señor de Borbeso. Tenía consigo quinientos soldados escogidos: era el campo del rey de más de veinte y cinco mil hombres. Minaron la fortaleza, mas no hicieron efeto; batiéronla porfiadamente y dieron con un lienzo del muro en tierra. Arremetieron luego a dar la batalla algunas banderas francesas; rebatiéronlos de tal manera, que dejando muchos y principales muertos en el foso, volvieron con más furia huyendo que llevaron acometiendo. Murió en el combate Carlos Buillo, conde de Sanxerra. Pero viendo los del castillo que no podían defenderse contra tanta multitud y sin esperanza de socorro, diéronse a partido, saliendo libremente con todas sus armas y ropa y entregaron al francés el castillo y ciudad de Hesdin, que cuando el Emperador lo supo recibió harta pena.

Pusieron los franceses guarnición, y pasaron contra San Pablo, y tomáronlo con la fortaleza, lugar que hasta agora no había reconocido rey ni señor. Mandó el rey fortificar este lugar, por orden y traza de Antonio Castelli, su ingeniero, y porque nadie pudiese impedir la obra, estuvo el ejército francés a la mira en Pernesio. Poco después, tomó a Lillero y le puso guarnición. Tomó por fuerza a Venancia, ciudad puesta en una laguna; y fue muy reñida y sangrienta la toma de este lugar. Hiciera lo mismo en Maraville, si Reusio no se adelantara con cuatro mil soldados y seiscientos caballos.

Puso el rey en San Pablo antes de acabarse la obra y fortificación a Juan Tutevillo y a monsieur de Villaboni, con dos mil infantes y seiscientos caballos, y en el castillo puso a Reinero Pallicrio, con mil soldados, los cuales todos habían de trabajar en la obra con los demás oficiales y obreros, hasta ponerla en perfección. De ahí volvió el rey a Dortlan y despidió el ejército, salvo ocho mil alemanes, que Guillelmo, conde de Furstemberg, gobernaba, al cual puso en Dortlan, añadiéndole algunos caballos de presidio, para que pidiéndolo la ocasión socorriese a San Pablo.

Había muy bien mirado Reusio la nueva obra, llegando a reconocerla con mil y docientos caballos hasta el pueblo, y en el mes de junio juntó en Lentsii la gente que pudo. Con el conde de Bura vino a San Pablo, y requirióles que abriesen las puertas al Emperador su señor; los franceses que dentro estaban respondieron que en tomando a Perona ellos mirarían lo que habían de hacer. Decían esto burlándose de los flamencos, porque no habían podido tomar a Perona, y los tudescos que en el campo imperial andaban sufrían mal estas burlas. Batieron fuertemente la ciudad, y dando con gran parte de los muros en tierra, dieron señal de arremeter, y fue con tanto denuedo y indignación, que en el asalto volaban por las ruinas de los muros llevados de la cólera.

Resistían bien los franceses, estando porfiando a la batería, unos por entrar, otros porque no entrasen. Dudosa la victoria, acometieron por la otra parte del lugar cinco banderas de imperiales, y no habiendo por allí la guardia y gente que convenía, mataron veinte y cinco hombres, que guardaban aquel puesto y entraron el lugar, y dieron por las espaldas en los franceses, que peleaban en la batería; y como los imperiales que combatían de fuera entendieron que los suyos habían entrado la ciudad, apretaron fuertemente y saltaron dentro, matando sin misericordia a todos, no perdonando a soldado ni capitán, salvo a Villabonio, Bellayo, Laubino, Blerentarcio y Jullio, con otros algunos, si bien pocos, que dejaron con las vidas y pusieron en prisiones, esperando grandes rescates.

El alférez de Jullio, viendo que los tudescos entraban el lugar, de puro dolor quedó de manera que no sabía qué hacer, y llevando la bandera, pensando que huía para el pueblo, se metió en medio de los enemigos, donde luego lo mataron; tanta fue la turbación de su ánimo, que no supo de sí ni qué camino llevaba. Otro caballero francés tuvo tanto temor que se le extinguió el calor natural, y cayó muerto súbitamente. Murieron en el lugar y en la fortaleza cerca de cuatro mil y quinientos franceses que estaban de presidio sin los ciudadanos; los tudescos bravos no perdonaron a mujeres, viejos, ni niños; tan ciegos y llenos de furor entraron, indignados por las palabras que haciendo burla de ellos, les habían dicho los franceses.

Después de haber acabado la matanza, allá a la tarde mandó el conde de Bura que trajesen ante sí los presos; estando con sus soldados en orden, envió a Villabonio a Gravelinguas; y después, dio por su libertad diez mil florines; Bellayo dio tres mil, y quedó por su fiador monsieur de Glayono.

Prosigue la guerra en Picardía. -Poderoso campo de flamencos e imperiales contra franceses.. -Pelean sobre Teruana. -Guerra de Picardía. -Rota que los flamencos dieron a los franceses. -Treguas entre franceses y flamencos. -Condiciones de treguas.

Como supo el rey Francisco que San Pablo estaba en aprieto, envió a Anna Montmoransi con su hijo el delfín Enrico con una buena parte de su ejército para que socorriesen. Supieron en el camino cómo era perdida, y la mortandad que se había hecho, y volvieron muy tristes para acudir a la defensa de otras plazas.

El conde de Bura quemó el pueblo y arruinó el castillo hasta los cimientos, luego hizo recuento de la gente que tenía y halló quince mil tudescos y ocho mil valones de infantería, y ocho mil caballos flamencos, que era un campo muy poderoso.

Caminó con él a vista de Hesdín, y llegó a batir con la artillería los muros de Monstreuli. Defendióla monsieur de Canaple, y desconfiando de poderse valer, dióse a partido de que a los naturales no se les hiciese daño, y que los soldados saliesen libremente con su ropa y armas, y entregó el lugar al conde de Bura.

A este tiempo acudieron los franceses a Teruana, y la bastecieron, temiendo, que darían sobre ella. Y a 22 de junio llegó Enrico, delfín de Francia, con Montmoransi y su gente, a Ambiano. Marcharon a Fustenbergue con la infantería que tenía, y juntaron con éstos otros cuatro mil herejes, que en las guerras de Dinamarca y Monasterio se habían hallado, de los cuales era capitán Nicolao Rustikio, que se llamó el Giboso; los cuales juntos en Abbevila, mandó Anibal que metiesen en Teruana pólvora y algunos infantes arcabuceros.

Había combatido el conde de Bura reciamente a Teruana, y maltratado los muros, y tenía la ciudad en mucho aprieto. Partió Aníbal de Hesdín con cuatrocientos escopeteros y alguna gente de a caballo, llevando cada cual al cuello una talega de pólvora, los cuales entraron sin detrimento en Teruana, y Aníbal quedó con los hombres de armas, que los franceses llamaban corazas, esperando y haciendo la retaguardia a los caballos, que fueron en conserva de los soldados que entraron en Teruana. Pero éstos, con deseo de pelear y ganar honra contra el orden que se les había dado, se trabaron con los imperiales que salieron a ellos, y hubo entre ellos una sangrienta escaramuza.

Mientras éstos peleaban, otra banda de los caballos imperiales, por camino no usado ni pensado, fue para donde estaba Aníbal sin imaginarlo él, y se le puso de cara, acometiéndole furiosamente. Trabóse en dos partes la pelea sangrientamente, llevando lo peor los franceses, porque los habían tomado las espaldas, y en lugares apretados y desiguales, por lo cual muriendo muchos, y, otros heridos, desbaratados, huyeron; y Aníbal, perdiendo el caballo, fue preso, y con él monsieur de Pienua, conde de Vilars, y otros capitanes y oficiales de las compañías que no pudieron pasar el río, que por aquella parte corre.

Cortaron la cabeza a un capitán llamado Capusenanzo, porque se había pasado del Emperador al rey Francisco. De esta manera se trataban los imperiales y franceses en Picardía, con tanta pérdida del rey Francisco, y honra de los flamencos, que les daban bien en qué entender.

Después de esto, acudió el delfín Enrico con monsieur de Montmoransi, que era como su ayo y maestro en la guerra. Traían consigo veinte y seis mil infantes, y mil y seiscientos hombres de armas, y dos mil caballos ligeros, para socorrer a Teruana, y pusiéronse en un sitio fuerte entre Guinegata y Teruana al río Conchea, donde con dificultad se les podía hacer daño, ni sacarlos a pelear, no queriendo ellos. De aquí miraban las ocasiones para socorrer a los suyos y ofender a los contrarios.

Andando la guerra con tanto furor por estas partes, a principio del mes de julio se pusieron treguas por tres meses entre flamencos y franceses, porque la guerra no servía de más que destruirse unos a otros. Trataron esta suspensión de armas el duque de Ariscot con algunos del consejo de Flandres, y Poyeto, presidente del parlamento de París, y el gobernador de San Andrés, y Nicolás Berterano, secretario del rey, los cuales concertaron con estas condiciones: Que suspendan las armas ambas partes. Que se alce el cerco de Teruana. Que los daños que los unos a los otros hubieren hecho se satisfagan. Que los franceses saquen de Picardía la gente de guerra. Que los unos no reciban los fugitivos de los otros. Que las condiciones de estas treguas se publiquen en un mismo día en cada uno de los reinos. Que el tiempo que duraren estas treguas no pueda el rey enviar gente en la tierra y lugar de San Pablo, ni ponerla en otro lugar fuerte. Que los vasallos de ambas las partes puedan libremente ir donde quisieren, y tratar los unos con los otros. Que el rey dé paso seguro por Francia, para que dos caballeros con seis criados puedan pasar con despachos de la reina María en España, para tratar con el Emperador de la paz, y esto cuatro días después de publicadas las treguas.

Publicáronse estas paces, y condiciones de ellas, a 31 de julio año 1537. Firmáronlas Enrico, delfín de Francia, la reina María, gobernadora de Flandres, Florencio Egmindio, el conde de Bura, capitán general del ejército de los flamencos, el duque de Ariscot, Anna Montmoransi, y los consejeros que fueron en tratarlas.

Guerra que hubo en el Piamonte. -Mata un tiro al marqués de Saluzo. -Bajan alemanes en favor de los imperiales del Piamonte. -Los franceses se recogen a sus presidios. -Quiere el del Vasto combatir a Quier.

Ya que dejamos en paz a los flamencos, y contadas sus guerras, si bien sumariamente, con los franceses, volveré agora por lo que se hizo en el Piamonte por muerte de Antonio de Leyva. Dio el Emperador el oficio de capitán general y gobernador de Milán a don Alonso de Avalos, marqués del Vasto y de Pescara. Este valeroso caballero hacía su oficio con tanto valor, que con él se perdía el deseo, que se podía tener, de los grandes capitanes sus pasados. La guerra andaba en el Piamonte, casi de la manera que he contado la de Picardía, siendo los sucesos tales, que se puede decir que los daños y peligros de ambas partes fueron iguales; porque los capitanes, queriendo ejercitar sus soldados, y que no holgasen en el invierno y continuar la guerra, hicieron diferentes empresas, en las cuales tomaron algunos lugares de enemigos, o los defendieron de ellos, con sangre y muertes, los lugares que cercaron y combatieron, y entrada la primavera, el marqués de Saluzo, habiendo tomado la Carmañola, quiso combatir el castillo, que defendía Estéfano Balia Modanes, y un tiro, que estaba asestado contra los de dentro, le mató, pasándole la pelota de parte a parte. No pesó a muchos su muerte, que esto ganan los que son bandoleros y tornadizos; los españoles loábanle de valiente capitán. El marqués del Vasto, en lo exterior, mostró pesarle, mas entendióse de él que sentía otra cosa.

Rindióse la fuerza, y el marqués hubo a las manos al capitán Estéfano Balia, que la defendía; mandóle ahorcar en venganza de la muerte del marqués de Saluzo, queriendo con tal sacrificio hacer exequias a su émulo. Con esto parecía, que los daños de ambas partes se igualaban, si bien no del todo, porque poco antes los franceses habían perdido al conde Aníbal de la Novelara, caballero esforzado y de noble generación. Murió el conde en un lugarejo llamado Busca, porque dando de noche un asalto le acertó acaso una bala de artillería pequeña, que le quitó la vida.

Vino en este tiempo por general del ejército francés Humerio, ayo del delfín Enrico, aunque no muy a gusto de los capitanes del campo francés. Llegó a Aste con el campo, y si tuviera resolución de combatir luego este lugar, lo tomara, porque los de dentro, vecinos y naturales, eran aficionados al nombre francés, por amistades que años atrás, siendo súbditos de Francia, habían tenido.

Estaba en guardia de Aste, con poca cantidad de gente, don Antonio de Aragón; y el marqués del Vasto tenía gran cuidado de su peligro, porque don Antonio era mozo generoso, y rico, y no muy ejercitado en guerra, y miraba más de lo que suele un buen soldado por su salud, y así, pedía con instancia al marqués que lo socorriese. El marqués envió a Francisco Ruiz, con mediana compañía de españoles, con que don Antonio cobró ánimo, y Humerio lo perdió con la esperanza de tomar el lugar. Determinó de retirarse, sabiendo que se decía que el marqués, juntaba gente para venir a pelear con él, y caminando fue fortificando la retaguardia con escogidos soldados, porque se creía que los imperiales, viendo que se retiraban, saldrían a dar en ellos, como lo hicieron, dando los imperiales en la retaguardia francesa; y Paulo de Cherri, viendo que se metían animosamente, cercólos con su infantería, y hiriendo a muchos y matando algunos, refrenó su furia y mató a Cola Toraldo, caballero napolitano, descendiente de linaje español.

Humerio, no siendo más seguido de los imperiales, fuese a Alba, y alojó su campo fuera de la ciudad. Lo cual sabido por él marqués del Vasto, juntó un buen ejército de la infantería italiana y española, y fue contra los franceses con su campo, y alojóse cerca de Aste, entre dos monasterios, y mandó a San Severino, príncipe de Bisignano, que era general de toda la caballería, que extendiese todas las bandas, por la ribera del río Tanaro, y que, estando a punto de pelear enviase sus espías, y esperase lo que los franceses querían hacer.

El marqués, viendo que monsieur de Humerio estaba quedo y mal obedecido de sus soldados, y menos respetado de los capitanes (que es lo que más destruye un ejército), con todo, como el campo francés crecía cada día, dudando de la lealtad de algunos lugares, envió al rey don Fernando, suplicándole enviase para la defensa del Piamonte dos legiones o regimientos de alemanes. El rey despachó luego a Frederico Frustembergo, caballero muy principal de Alemaña, con los dos regimientos o legiones de alemanes, que bajaron por las montañas de Trento con muy lucida caballería de Baviera y de Augusta, deudos de señores alemanes.

Este Frederico Frustembergo era hermano carnal de Guillelmo Frustembergo, que andaba en servicio del rey de Francia, pero de diferente condición, talle y trato; y Guillelmo mal cristiano, y que, como dice Paulo Jovio, demás de hacerle ladrón hasta robar el sueldo o pagas de los soldados, andaba a sueldo de un rey enemigo extranjero, en afrenta de la nación alemana.

Juntáronse los alemanes con la gente del marqués del Vasto, que eran seis mil españoles, y cuatro mil infantes italianos, con muy buena caballería. Viéndose monsieur de Humerio, con la venida de los alemanes, inferior en fuerzas y ánimo y tan desigual a los imperiales, repartió su gente por los presidios y lugares, y puso en cada uno guarnición bastante. En Quier puso a Azal, natural de la Romania, hombre más fanfarrón que valiente, y dejó con él, demás de los soldados italianos, dos banderas de gascones. En Quirasco puso a César Fregoso, en Alba a Julio Ursino. Fregoso acetó el cargo que le daban con protestación que él defendiera aquel puesto, si monsieur de Humerio cumplía como le prometió, de enviarle dentro de cuarenta días cierta cantidad de soldados y bastimentos. Julio Ursino también se cargó de Alba de mala gana, porque estaba mal reparada. Y enviando Humerio a Turín veinte y cinco mil ducados para pagar a los soldados, dejó libre al marqués y señor en el Piamonte, volviéndose a su tierra con poca honra, y el marqués del Vasto dentro de pocos días trajo todo el aparato de su campo y artillería a Quier para combatirlo.

Tenía el marqués veinte y cinco mil infantes, tres mil caballos y cuatro tiros gruesos, con los cuales a 30 de agosto cercó a Quier. Comenzóle a dar la batería por la parte de los muros que cae a la iglesia de San Agustín, por ser por allí el muro más flaco. Tenían los cercados hecho una trinchea por la parte donde los imperiales habían de entrar, y en el suelo había encajados gruesos tablones, y en ellos, clavos con las puntas afuera muy agudas, para que los que entrasen se los hincasen por los pies. Demás de esto, habían puesto en lugares escondidos mucha pólvora y materiales secos, para que dándoles fuego se levantasen las llamas de manera que abrasasen a cuantos entrasen. Habían los franceses muy bien proveído la defensa, si la ejecución fuera tal, y tal el ánimo, como fueron las palabras. Mas en comenzando a batirse el muro, cayó una parte de él, tanta cuanta bastaba para poder dar el asalto. Luego los españoles, dándoles el marqués señal, arremetieron, siguiendo los italianos, y entraron en el lugar.

En esta animosísima arremetida, Azal se hubo tan cobarde y ignorantemente, que ninguno de los suyos peleaba, ni él parecía en los lugares donde el peligro lo requería y le obligaba; y así, los imperiales pasaron sus, trincheas sin que los clavos los embarazasen un punto, ni las demás invenciones de fuego, y los franceses fueron rendidos, presos y muertos, y a Azal hallaron en un lugar poco limpio.

Al tiempo que los imperiales entraban en la ciudad, los gascones, turbados y medrosos, se metieron en un bestión que el año antes había hecho el conde Aníbal de Novelara, y no osando parar allí, queriendo huir, comenzaron a saltar en el foso de fuera que estaba sin agua. Los infantes alemanes, que habían quedado fuera en orden, como vieron esto, cerraron con ellos, y si bien se rendían, los mataron todos, que fueron hasta trescientos. Todas las mujeres del lugar, que habían huido a una torre con las joyas y riquezas que más estimaban, se rindieron. Saqueólas Diego de Arce, maese de campo, el cual, sospechando lo que fue y buscando dónde habría más rico saco, llegó primero que todos a la torre; los demás robaron como pudieron, Azal, siendo traído ante el marqués, dio que reír a todos, pues, habiendo hecho tantas prevenciones, de ninguna se había aprovechado. El pagó como cobarde y compró su libertad con gran suma de dinero.

Prosíguese la guerra en el Piamonte. -Va contra Quirasco. -Asalto sangriento. Pelean en competencia españoles y alemanes. -Ríndese Quirasco. -Los españoles van por ser valientes señalados, en los asaltos y mayores peligros. -Emulación y competencia de los italianos. -Va el marqués contra Piñarola, ciudad fuerte. -Sale el rey de Francia en socorro de los suyos contra el del Vasto.

De Quier pasó el marqués a Quirasco, y luego se le dio batería, y aunque fue por parte que parecía fácil hacerla y dar el asalto, no salió así por un hondo foso que había lleno de lodo y de mala bajada y subida. Los soldados, ardiendo por dar el asalto, arremetieron; hízoseles harta resistencia y morían más, aunque el marqués no era amigo de victorias sangrientas, sino que quería mucho la salud de sus soldados; la reputación de quien era, le obligó a persuadir en lo que esforzadamente había comenzado. Reforzaba el asalto con gente que enviaba de refresco.

Los alemanes le pidieron licencia para arremeter, envidiosos de la gloria que los españoles y italianos ganaban en los asaltos. Con la competencia que había entre estas naciones, se avivó tanto la pelea cuanto era posible; mas los soldados de Fregoso, por consejo de Pedro de Prato, habían hecho aquella noche una trinchea encima del muro caído, de basura y inmundicias, que por ser blandas tragaban las balas, de manera que en aquel muladar quedaban sepultadas sin poder pasar adelante. Con esta nueva trinchea peleaban al seguro, rebatiendo a los imperiales con arcabuzazos, alabardas y picas, de manera que daban con ellos en el foso; finalmente. habiendo durado este bravo asalto unas horas, quedaron muertos más de docientos, y fueron heridos mortalmente sobre quinientos, y entre ellos murió Vulcano Alemán, mancebo valiente y atrevido, hijo de Guillelmo Rocandolfo, capitán famosísimo. De los de dentro murió Livio, hijo del capitán Liviano, varón de famosos hechos, como queda visto. A éste, por ser de extremado valor, había hecho Fregoso su lugarteniente, porque él estaba muy enfermo de calenturas, y como supo su muerte, turbáse tanto Fregoso, que viéndose tan enfermo y desconfiando de que Humerio le enviaría el socorro que había prometido, porque ya era pasado el término que había señalado para ello, y demás de esto, hallándose sin pólvora, y muy pocos bastimentos, determinó de rendirse, si el marqués le otorgaba algún honrado partido.

De esta manera, dentro de pocos días, Luis de Gonzaga, que estaba en el campo del marqués y era deudo y amigo de Fregoso, los concertó con buenas condiciones, que el marqués holgó de acetar, doliéndose mucho de los buenos soldados que había perdido y temiendo de perder otros, porque en Quirasco había gente escogida y de honra, que antes de rendirse habían de vender muy bien las vidas. Las condiciones fueron, que César Fragoso y los suyos pudiesen irse con su ropa, armas y banderas tendidas, pero que dejasen la artillería y los mantenimientos con que el marqués pagase el trigo, y que no se hiciese daño a los ciudadanos.

De esta manera, César Fregoso, acompañándole la caballería imperial, llegó a Piñarolo, y de allí fue a Francia a contar al rey cómo le fue en Quirasco.

Puso el marqués en guarda de Quirasco a Jerónimo de Sangro y en Quier a Fernando Lofredi, y al punto fue sobre Alba; reconoció el sitio y puesto de la ciudad y plantó la artillería de la otra banda del río Tarano. Batieron luego los muros por dos partes casi juntas, y dio orden que por la una arremetiesen los españoles, y por la otra los italianos; los alemanes, por ser pesados, quedaron en guardia del campo. Quisieron decir que el marqués había reprendido a los alférez españoles porque en Quirasco, con arrogancia, se habían puesto, en lugar de penachos, unas banderetas, diciendo que querían ir así señalados por ser vistos en los mayores peligros y ser los primeros conocidamente y que después no habían sido las obras como las palabras, y que aquí en Alba pensaban mostrar que eran más sus obras que palabras. Los italianos se enojaron de que los españoles quisiesen para sí solos las honras; y el suceso desta emulación fue, que los italianos, que estaban cerca de los españoles deseando igualarse con ellos, arremetieron a manadas a entrarse por la batería, aunque no era muy grande. Esta loca presunción fue causa de que muchos entrasen en la ciudad y de que los enemigos que estaban dentro y el ejército que estaba fuera, y asimismo el marqués, viesen derribadas de lo más alto de los muros las banderas imperiales.

Fue muy reñido el asalto, en que de los italianos que por ganar honra se adelantaron, perdieron muchos las vidas, peleando valerosamente, y de una casamata se les hizo grandísimo daño. Mandó el marqués hacer señal de recoger para mudar la batería por otra parte. Julio Ursino, espantado de la multitud y determinación de los imperiales, determinó retirarse y entregar el lugar, a imitación de Fregoso, y casi con las mismas condiciones con que él salió de Quirasco, lo entregó al marqués.

Ganada Alba, el marqués se fue luego a echar sobre Piñarol, con intención de apretar con un largo cerco aquel lugar. Es Piñarol una ciudad grande y extendida, fuerte por arte y naturaleza; no podía ser ganada con artillería. Era capitán de esta ciudad, Francisco Ponteremio, y tenía cinco mil infantes italianos; vio el marqués la dificultad que había en quererla batir ni dar asalto, y así acordó de cercarla apretadamente.

Estaba el rey de Francia en la ciudad de León recogiendo gente para venir contra el marqués del Vasto, que en menos de un mes le había quitado tan importantes plazas, y envió a su hijo Carlos, acompañado de caballeros de experiencia, contra los flamencos, porque las paces se acababan, y le hacían ya guerra en Picardía por el sobrado esfuerzo y cuidado de la reina María, que gobernaba aquellos Estados.

Engaños de Paulo Jovio. -Caralle. -La pena que tienen los que se defienden temerariamente. -Casal de Monferrat: 1536, noviembre. -Lo que ganaron imperiales desde 1536 hasta 1537. -Busca, defendido de españoles valerosamente. -Los duelos y desafíos fueron generales en las naciones del mundo. -Ciudad de Aste. -Socorro de Aste: 1537. -Sancho Bravo era gran parte en el ejército imperial. -Quier: 23 de agosto de 1537. -Tómase Alba. 1537. -Van a Piñarol y Turín. -Aquí vino el rey. -Desorden de Jovio en la narración.

Contado he esta historia de las guerras del Piamonte de este año entre españoles y franceses, en la cual he ido sumariamente siguiendo unas relaciones de capitanes que se hallaron en ella; y antes de decir el poder con que el rey de Francia vino a socorrer los suyos, que fue grande, satisfaré, respondiendo a algunos engaños de Paulo Jovio, que quiso él tenerlos por decir mal de españoles y tudescos, naciones que jamás este autor pudo tragar, en tanta manera, que por decir mal de ellos hizo su historia, si bien escrita con elegancia latina, en muchas partes falsa, engañosa y sin tiempo ni orden; habré de repetir algo de lo dicho, pero será brevemente.

Dice, en la toma de la villa de Caralle (o Carallo, como él lo llama), que habiendo el marqués de Saluzo y los españoles vencido a Torresiano (que había de llamar Torresán), el cual había traído una multitud de villanos, y entrádose con ellos en Caralle, que fueron entrados y vencidos por los españoles, y que hicieron cruel matanza en los enemigos, porque el marqués Francisco les decía que matasen hasta hartar de aquella miserable turba. De lo cual había sucedido, que gran multitud de hombres (alabándolo el de Saluzo) habían sido muertos, si bien los tristes, humilmente, pedían merced de las vidas, cosa que jamas en lugar alguno hizo gente por bárbara y rabiosa que fuese, todo lo cual es falso; y la verdad del hecho en Caralle fue de esta manera.

En Torresán con once banderas de la infantería francesa y italiana, se había entrado en este lugar, pareciéndole acomodado para el propósito que tenía. Y habiendo ido el marqués de Saluzo, con cierta parte de la infantería italiana y española, por comisión del marqués del Vasto, hacia la villa del Zendal, repararon en Caralle, por verle ocupado y fortificado de enemigos. Y erró el Jovio en decir que en esta sazón estuviese allí Torresano (como él lo llama), porque ocupado el pueblo se había ido a Turín, y aun de aquella vez pasó en Francia; y quedó allí, por general o superior de aquellas once banderas, un italiano calabrés, que se llamaba Cola, y así se sitió el lugar, requiriéndoles primero que se rindiesen, y no lo quisieron hacer; si bien es verdad (porque se diga todo), que se rendían, pero no con las condiciones que Francisco Saluzo quería, que eran en efeto, que se diesen a discreción suya. Y estando así sitiados los franceses, tomóse alojamiento en los burgos. Los franceses, la noche antes que se perdiesen, echaron muchas alcancías de fuego sobre las casas del burgo, y quemáronse hartas, que eran de paja, y con la claridad del fuego hicieron muy gran daño en los españoles, tirándoles, como dicen, al terrero; y otro día, con solas dos medias culebrinas, fue batido el pueblo, y dádole batalla por tres partes, por la una parte italianos, y por las dos españoles, y fue entrado y saqueado, y muerta mucha gente de los enemigos, porque se defendían, y aunque no se defendieran.

Había una cierta causa para ello, que los generales y gente de guerra suelen tener por justa, que es querer castigar, cuando un pueblo o una fuerza no merece ser defendida, y quieren con obstinación, sin embargo de la flaqueza de su suerte, estallo ellos demasiadamente, y no porque lo están, sino porque lo quieren estar; y no por ganar honra tampoco, sino porque estos tales son como los que desesperan y se matan, que dicen muy bien los teólogos que lo hacen de puro cobardes. Así los semejantes, de pura vileza, y de no dárseles nada de rendirse después con afrentosas condiciones, y creyendo que no se les han de negar, porque otorgarán todas las que quisieren, atrévense a defender sin propósito y sin plaza que lo merezca; que cuando la hay, muy justa es la defensa, y mientras más flaca es la fuerza sobran demás esforzados en defendella. Y con todo esto, no se castigan después de rendidos los semejantes obstinados, sino cuando han hecho alguna matanza en persona o personas señaladas, que merecían morir en otra batalla de más tomo que en la que murieron; como fue en este caso de Carallo, que mataron aquellos de dentro el día antes de su perdimiento a Cristóbal Arias, sargento mayor del ejército, persona notable y en grande manera amado de todos, y muy señalado por su antigüedad y valor, y por el mucho tiempo que había que servía en los ejércitos de Su Majestad.

Asimesmo fueron allí muertos otros algunos soldados muy estimados, y fuera bien que el Jovio entendiera la diferencia que hay entre esfuerzo y obstinación, y de dos maneras de obstinaciones que hay en la guerra, como fue en la muerte del valeroso Garcilaso de la Vega, cuando unos pocos de villanos quisieron resistir la subida de una torre en la guerra y retirada pasada, y mataron aquel caballero merecedor (si la ventura quisiera) de otra muerte, venida de otras más nobles y esforzadas manos.

Con todo esto que está dicho, es así que este día (que el Jovio no dice) que. fue a los 29 de enero del año de 1537, no fueron los muertos tantos como él lo encarece. Y los que murieron fueron hasta mil hombres a lo largo, o ciento o docientos menos en ejecución de la vitoria; y todos los demás se escaparon, unos huidos por otras puertas del lugar, y otros rendidos. Y estos muertos, no sé yo por qué el Jovio los asienta más a la cuenta de los españoles, que a la de los italianos, pues unos y otros entraron en la tierra, que yo aseguro que si ello se pudiera saber el justo, como se sabe a bulto, que no se hallarían ciento muertos a manos españolas; pero no por esto digo que muriesen a las italianas, porque sé que la mayor parte de aquella gente que allí fue muerta, lo fue por los villanos del mesmo pueblo, que andaban por las calles, ni más ni menos que los soldados, matando a los que habían tenido de guarnición, porque en solos diez y siete días que allí habían estado, habían cometido los franceses tantos insultos y excesos, y los italianos de las mesma guarnición, tan abominables lujurias, que no se pueden escribir ni decir con palabras cristianas.

Así los mesmos villanos los abrían y los sacaban los hígados y entrañas y daban bocados en ellos de pura rabia, dando voces que no lo hacían por hacienda que les hubiesen tomado (aunque se la habían tomado toda), sino por las otras maldades indignas de decirse, que contra ellos y contra sus mujeres y hijos habían cometido. Y esto no es hablar al sabor de paladar, sino lo que pasó a la letra, y se puso por escrito, porque el conde Guido Rangon (general entonces en el Piamonte por Francia) escribió al marqués del Vasto sobre lo de Carallo, queriéndosela cargar, y diciendo que la guerra no se había de hacer de aquella manera, ni con aquellas crueldadas, y el marqués se descargó bastantemente de ello, y se averiguó, por fees y testimonios, lo que está dicho haber todo pasado así como está contado, sino que al obispo le pareció buen propósito para llamar a los españoles de Carallo bárbaros y crudelísimos, y los otros epítetos de que los arrea; que si por crueldades cometidas en rendidos y vencidos se hubiese de llamar lo del barbarismo, bien sé yo, y lo saben Francia y España, qué nación es más bárbara (si bien entren en ellos turcos e indios) que cuantas hay en la redondez de la tierra.

Al tercero capítulo deste libro, donde cuenta el caso del Casal, pueblo y cabeza del estado de Monferrat, el cual, en suma, se rebeló contra el nuevo señor que el Emperador les había dado, y por orden y trato de un Guillermo de Viandra, recibieron a monsieur de Buria con guarnición francesa dentro, y pusieron el pueblo por Francia, lo cual sabido que el marqués del Vasto, que estaba a la sazón en Aste, fue luego allá y peleando bravísimamente con los enemigos, tornó a ganar la tierra (y ganóla a 23 de noviembre del año de 1536), habiendo estado sólo un día (que fue el pasado 22 del dicho mes) en poder de franceses.

Llevó el del Vasto para esta jornada solos españoles, y llegó a Casal buen rato después de salido el sol, y fue una de las bien reñidas cosas que acontecieron en toda aquella guerra, y de más importancia, y adonde los españoles obraron muy esforzadamente. Porque habiendo recibido algunos de ellos en el castillo que estaba por imperiales, y otros por otras partes de la muralla, acometieron a escalavista al pueblo que estaba (especialmente la parte del castillo) fortísimamente guarnecido con cinco bestiones de demasiada defensa, y así por todas partes fueron acometidos. Y aunque en el principio fueron muertos algunos españoles, de docientos que por la parte del castillo arremetieron en la primera batalla (y entre ellos fueron don Jerónimo de Mendoza, maestre de campo, y don Hugo de Moncada, hijo del otro deste nombre, virrey de Nápoles, y herido el capitán Jaén), salió luego de golpe toda la demás gente, y peleando valentísimamente con los enemigos, los hicieron desamparar sus fuertes, y fue entrado el lugar, y saqueado como el Jovio dice, contándose por dichoso el Casal (aunque aquel día fue desdichado), pues, en virtud suya (o no sé de quién) Jovio contó la batalla, que se le dio verdaderamente, sin que tengamos necesidad de añadir ni quitar sino dos o tres pasos, no de mucha importancia.

El primero es la cuenta en este caso, de la puente que se quebró por pasar encima de ella un tiro de artillería, que impidió salir tan presto los soldados; y no fue así, sino que los mesmos enemigos pusieron fuego a la puente, que era de madera, y ésta fue la falta de la puente, y no quebrada, como Jovio lo cuenta. En lo que más dice, que entrado el pueblo, así los güelfos como los gebellinos (que es tanto cómo decir los imperiales y franceses), que todos fueron presos y rescatados por los españoles, digo que se engaña, y que no cuenta fielmente lo que pasó, porque en diciendo uno que era del bando imperial, y averiguándolo ante el marqués del Vasto (que era fácil de averiguar), luego le mandaba soltar sin rescate alguno, si bien fuese prisionero del más principal soldado, y así monsieur de Buria, superior de aquella empresa, y otros pocos franceses y güelfos, fueron solos los presos.

Y todavía, por no olvidar lo pasado, se le olvidaron al obispo dos cosas en esto de Casal, que ya que no acontecieron dentro del pueblo, acontecieron en torno de él en el mesmo día; la una fue, que en saliendo el capitán Malacarne (que así era llamado) con cien soldados, huyendo de Casal, cuando ya era entrado, yendo a la vuelta de Turín, topó con treinta soldados españoles en la campaña, y los treinta acometieron a los ciento, y peleando ambas partes valerosamente. Y estando así trabados acudió el capitán Luis Pizaño, que venía por la posta de Milán, y viendo lo que pasaba, se apeó, y animando a los treinta de su nación, hizo que la otra contraria fuese vencida, con muerte y huida de toda aquella gente. La otra es otro buen hecho de italianos; que en su olvido los quiso igualar con los españoles, que no es poco de espartar; y fue que el mesmo día, el conde Ludovico, con un Alejandro Milanés, teniente del capitán Bilorte, con sus compañías italianas, fueron al paso del Po, junto a la villa de Chibas, y deshicieron otra gran cantidad de franceses arcabuceros, que en aquel pueblo se habían recogido, y se iban cada hora recogiendo en Casal; y matando muchos y desvalijando todos, no quedó francés (aunque se defendieron bien un rato) en toda aquella comarca.

En el principio de su cuento, yerra grandemente en decir que los daños de la guerra de este año fueron iguales entre ambas partes, que no sé cómo lo puede decir, porque desde el principio del año de 37, hasta casi el fin de él, que el rey pasó los montes a socorrer sus cosas por su propia persona, y antes que esto en el fin de 36, nunca hicieron los imperiales, y el su marqués del Vasto, otra cosa sino ganar plazas fuertes sin dejar al cabo sino dos o tres a franceses, que fueron Turín y Peñarol y Saviñán, y no otra alguna. Con pasar esto así, dice que no se ganaron sino dos lugares de cada parte; y sobre todo, lo mejor que hace es contar a Arraconis por lugar ganado por franceses en la guerra de aquel año, habiéndola tornado a ganar luego los españoles, sin el cual pueblo de Arraconis ganaron los imperiales en aquel tiempo grande multitud de pueblos de importancia, sin los que poseían cada una de las partes, que no de todo se puede dar razón por menudo, pero diré algunos: Caralle, Linzo, Votillera, Carmenola, Parpalla, Reconis, que ya está contado, Casal de Monferrat, Casal Graso, Ponterol, Cambia, Saluzo, Riba de Quier, Haye, Chibas, Mencalvo, Moncarel, Carrinal, Vigón, Caiban, Quier, Quierasco, Alba y otros muchos.

Pero no vengamos a tratar sino de los particulares que el Jovio trata; y la toma de los demás lugares se queden para otros que tengan más cuidado de no hurtar a los españoles ni a alguna nación su gloria. Viniendo a lo de Carmenola, cuenta este autor que aunque se tomó el lugar y el castillo, fue muerto allí de una pelota de artillería el marqués de Saluzo, para que acabando la vida acabase ya el Jovio de decir mal de él, aunque en el paso de la muerte también lo hizo, y tanto quiso quedar debiendo al ánima del Saluzano, que (olvidando el oficio de obispo) acordó de decirle por responso que le habían muerto con razón, y otros males con que no pudo dañar el alma del marqués, sino a la suya. Para igualar la sangre pone por contrapeso de esta muerte la del conde Aníbal de la Novelare, no debiéndolos de emparejar, pues había tanta desigualdad del uno al otro (hablo en estado y calidad) que no trató de otra cosa, siendo en estas dos cosas muy aventajada la persona del marqués.

Y dice que este conde fue muerto cabe un lugar llamado Busca, y dice la verdad; pero cállala en lo tocante a este mesmo negocio, por no contar sesenta glorias de sesenta españoles que defendieron aquel pueblo a monsieur de Humieres y a todo el campo de Francia con ser el pueblo no muy fuerte. Pues pasa así que en aquesta tierra estaba un soldado español llamado Pedro de los Santos, que por causa de cierta enfermedad que tuvo cuando el Emperador entró en Francia, se quedó allí a curar, y habiendo recogido consigo sesenta españoles que he dicho, que iban a una correría hacia tierra del Delfinado (que parece que la ventura los trajo por, allí en aquel tiempo); sucedió que Humieres vino a sitiallo o, por mejor decir, a tomallo y entregarse de él, porque por tomado lo tenía no habiendo guarnición dentro; pero aunque le batieron y asaltaron, fue tan valerosamente de los sesenta defendido, que no les pudieron entrar en aquella batalla ni en otra que después les dieron, haciendo aquellos pocos españoles una hazaña maravillosa, con que dejaron espantadas en aquel tiempo a todas aquellas comarcas, y en el de después, a todas aquellas naciones que tuvieron noticia de aqueste caso. En las cuales dos batallas murieron no sólo el conde que el Jovio dice, sino otros muchos capitanes y alféreces y personas de cuenta, y entre ellas un valeroso capitán (que cierto lo era) llamado Marcozo de Asculi, con otra grande cantidad de gente, y sobre todo perdieron dos banderas los franceses, que quedaron en poder de los sesenta españoles, y llama, con todo esto, a Busca, lugarejo, porque se tenga en menos.

Acabado lo de Busca, se volvió Humieres a Francia, dejando muy principalmente guarnición a dos lugares, que Jovio cuenta, que son Quier y Quirasco, y Alba y a Sabillán, de quien no se le acordó al dicho autor; pero antes de esto había puesto sitio a Aste, de que hace mención. Mas primero dice, sobre cierto desafío de Carin de Gonzaga y César Fregoso, que solos los italianos, y no las naciones extranjeras, tienen esta costumbre de desafiarse, o cómo ellos los llaman, entrar en estacada, para concluir las diferencias y debates de personas a personas. Estoy espantado que se atreva tanto un hombre a decir semejante cosa, esto cuanto a los tiempos pasados; y cuanto a los presentes, pues por nuestros ojos, y cada día, se ve lo contrario, y se ha visto infinitas veces, y en su mesma provincia de Italia, donde en estacada combatían españoles para vengar pendencias particulares, y cuán valerosamente hayan combatido muchos de ellos, no hay aquí para qué tratallo, y acordarse el Jovio que él mesmo escribió en la vida del Gran Capitán el combate de once españoles y once franceses, y el de trece de esta nación contra otros trece italianos, y no sé yo alguna generación de gente que no tenga la misma costumbre que la que quiso aplicar el Jovio a sola Italia, en la cual confieso que se trata más esto de particulares desafíos en campo cerrado, que en otra parte; lo uno, por causa de la guerra ordinaria que suele haber en aquella provincia, y lo otro, porque Italia está dividida entre muchos señores que tienen privilegios para dar semejantes campos, lo que no tienen otras provincias que no pueden dar autoridad a tales desafíos, si no son los reyes, y éstos lo rehúsan mucho, y con razón, si no es con gran causa y para estorbar mayor mal. Acordárase también el Jovio de cuantos libros había visto escritos sobre estas materias en español y en otras lenguas, y que no es sólo su duelo el con que nos puede hacer fieros, demás de que es cosa tratada en derecho y tocada y declarada por los doctores de aquella profesión, para hacer solos italianos los grandes hombres, y solos ellos los únicos, y no otra nación alguna, de matarse por carteles en batalla particular. Y si no quiso creer al tiempo presente, fuera bien que creyera a todos cuantos tiempos ha habido, dende que Adán o pocos tiempos después fue echado del Paraíso; y ninguna edad hubo en que las naciones de aquel tiempo no combatiesen, singularmente con aprobación del superior de la provincia. Y debiósele ciertamente de olvidar con meterse tanto en la Historia, lo de la Sagrada Escritura, pues allí hallara aquel tan nombrado desafío de David y Golías. Y si de esto, se acordó y quiso disimular con la Sagrada Escritura, no se le debiera olvidar la Historia, pues no se acordó del desafío de Codamano con el armenio, ni del Tito Manlio con el francés, ni del de Marco Valerio en la mesma guerra, ni de otros infinitos y, en fin, como es notorio, todas las naciones han usado y usan, cuando hallan quien les dé el campo, y más los españoles, el desafiarse y matarse particularmente de persona a persona sobre injurias y agravios particulares, hasta que últimamente el Concilio Tridentino lo ha santísimamente reprobado y prohibido.

Pero volviendo a lo de Aste, es como Jovio dice, que el capitán general Humieres fue con su ejército y lo sitió; y sin hacer cosa que lo valiese, se levantó de aquel cerco a diez de julio, habiéndolo puesto a siete del mesmo mes, y a la retirada mataron muchos tudescos, que venían en la coronelía de Guillermo de Fuentenbergo, que quedaron aquel día al retirarse de retaguardia. Todo esto, le pareció a Jovio, que era bien callar, con no ser italianos los muertos, y aún ojalá lo callara y no añadiera lo que no pasó, diciendo que Paulo de Cherri había refrenado la furia de los imperiales, habiéndola acrecentado.

En este negocio de Aste (porque no se me olvide) dice más: que había poca gente en Aste con don Antonio de Aragón, y tiene en ello razón; pero no en decir que sola media compañía de españoles con el capitán Francisco Ruiz le entró de socorro, porque aunque esto redundaba en alabanza de españoles, en cualquier negocio, y más en los semejantes de historia se ha de contar la verdad a la letra. Así digo, que los que entraron al socorro de Aste fueron muy buenos trecientos arcabuceros, y no con solo el capitán Francisco Ruiz (como el Jovio dice), sino también con el capitán Luis Quijada, inducidos ambos capitanes para ello por Sancho Bravo, que por ausencia del marqués (que estaba en Milán y vino luego por la posta, cuando supo el caso de Aste) mandaba mucho en el ejército; y después de esto, el francés fue sobre Alba y se apoderó de ella, aunque duró poco en sus manos, que casi se puede decir que con él estar en Alba, nunca vio el día.

Después de todo esto, Humieres se volvió en Francia, dejando bastantísima guarnición en los lugares que poseía, y en cada uno de ellos una señalada persona, que son las que en principio de este capítulo contamos, sumando el de Jovio. El marqués, en este medio, dejando otras muchas cosas que primero pasaron, por contar solamente las que trata Jovio, fue con su campo sobre Quier, y llegó a él a 23 de agosto, y pasados ciertos requiebros primero entre él y el caballero Azal, que tenía a cargo el pueblo, se asentó luego la batería y se dio después la batalla, furiosamente acometida, y de la misma manera defendida; pero, en fin, se entró la tierra, ganándola valerosamente los imperiales. Y es bien de notar, cómo el Jovio en este paso, contando otras veces cosas de menos sustancia, no contó cómo el primero que subió a la batería y entró en el pueblo fue un alférez de italianos, y tras este alférez de italianos que he dicho, Juan de Solís, alférez de Ruy Sánchez Vargas, el cual iba herido, y por eso no pudo subir con la ligereza que el otro, y luego, en pos de éste, entró Arce, alférez del maestre de campo del mesmo nombre.

Pero vengamos a lo que apunta el Jovio de que el capitán y maestre de campo Arce saqueó todas las joyas de las mujeres que se habían acogido a una torre. Y dice la verdad en cierta forma, que algunas mujeres, no todas, como él cuenta, habíendose allí metido, topó Arce con ellas, y se aprovechó de aquellas joyas. Ellas fueron muy dichosas en que fuesen españoles los que las hallaron, y no otra nación de las que allí había, lo cual si sucediera, bien sé que no fueran solas las joyas perdidas, sino que quizá también las personas; a lo menos, yo certifico que si tardaran en quitar las ajorcas, que por despachar más presto el negocio, que les cortaran las manos y se hiciera otra cualquier carnicería para abreviar más aína.

Con ser estas cosas notorias y puestas en la plaza de las gentes, que estuvo el mundo lleno de ellas, y de las crueldades o piedad de cada nación, y de lo que cada una en general, que de lo particular no hablamos, es inclinada, nos quiere pintar Jovio, a pesar de nuestra naturaleza, por muy crueles y bárbaros, y con los otros galanos nombres de que nos adorna. Como si fuera algún gran mal, en un saco de un pueblo tomado por fuerza de armas, tomar todo el provecho que les viniese a las manos, pues por eso se llama saco, y con ese intento se entra en él con aquel rigor; aquel despojo en todas las guerras ha sido uno de los frutos de la victoria.

Dice también en este mesmo negocio, que los demás soldados repartieron entre sí los barrios y casas y las saquearon, y prendieron a sus dueños, haciendo que les diesen dineros por su libertad, y dice la verdad; pero no en reprendello, porque esto es lo que se sigue de los vencimientos, y lo uno anda asido con lo otro, especialmente en los pueblos totalmente enemigos, como Quier lo era, porque no había pueblo más francés en el Piamonte, y con haber todos los otros lugares saboyanos recibido por fuerza o de miedo guarnición francesa, solos los de este pueblo hicieron una civil traición (aunque nunca puede haber lo uno sin lo otro), pero ésta lo fue civilísima, que enviaron a buscar franceses a quien entregarse contra su proprio señor, y trajeron un trato con ellos para entregárseles como se entregaron en sus manos, entregando también a su pueblo a su devoción. Así, el marqués, luego ganada esta tierra, mandó prender a Bartolomé de Cepo, principal persona de aquella villa, y después de atormentado para saber de él cierto suceso de la conjuración, lo hizo ahorcar ignominiosamente, y mereció mucha más pena en esta cosa la gente de la tierra que la de guerra, porque esta última no tenía más pena de que merece el vencido, y la primera merecía mucho más por su traición.

Pero dejemos a Quier tomado y saqueado a 26 de agosto, y vamos a Quirasco, para donde de allí a pocos días partió el marqués, y puesta la batería y no queriéndose rendir César Fregosio, a cuyo cargo estaba el pueblo, se dio la batería y batalla bravamente, y fue gentilmente defendida por los de dentro, pero no con estos encarecimientos que el Jovio hace, que son las más cosas de ellas ridiculosas, y que quitados sus encarecimientos no les queda cosa de sustancia. No hay en ello más que decir, sino que este César, sin esperar segunda batalla, se rindió a los 17 de setiembre, y desde allí el marqués, con su campo y ejército, fue sobre Alba, gobernada y a cargo de Julio Ursino, con bastante guarnición que tenía dentro, como los demás que se habían tomado la tenían. Pero antes de esto, le pareció al Jovio que era bien contar cómo los españoles se habían arrogantemente alabado en Quirasco que habían de subir primero a la muralla que otra alguna nación, y que después no se habían mostrado tan animosos, y que decían que lo que no habían podido hacer en Quirasco lo habían de enmendar en Alba; y que el marqués les reprendió esto, y que los italianos se enojaron de ver que los españoles querían para sí solos la honra.

Podemos pensar y sacar de todo esto que el Jovio, por descargar a los de su nación de una bandera que perdieron en esta batalla y les fue tomada por los de dentro, y para otras desgracias bien grandes que allí les acontecieron, supo buscar una causa, diciendo que arremetieron habiendo ruin batería; y de esta causa saca primero una ocasión, que es de haber querido los italianos aventajarse a los españoles, por lo que habían dicho, y que por esto les sucedió mal en el asalto de Alba, porque no haya cosa ni se haga sin culpa de españoles.

Es el caso, cierta y brevemente, que nada de lo que cuenta entre españoles y italianos pasó, ni tal se hallara. Lo que hay que decir en esto es que la batalla se dio a los de Alba por españoles y italianos, y, bravamente dada, pero con singular defensa de los de dentro, que también los más de ellos eran italianos, peleando tan valerosamente ambas partes, que hartos ya de arcabuzazos y de los otros instrumentos de guerra, (enemigos de las fuerzas y valentías inventadas por el demonio en este postrer tercio del mundo para destruición del género humano), vinieron a las espadas y a los brazos unos con otros. En este trance y medio fue la pérdida de la bandera italiana y otros desastres como éste, que suelen andar pegados con aquel ejercicio de armas; en fin, el pueblo fue defendido y no entrado. Pero visto por Julio Ursino que se le aparejaba otra segunda batalla, no la osó esperar, y así se rindió a los 23 de setiembre de aquel año de 1537, y el marqués, ganada la tierra, puso guarnición en Alba y se partió de aquel pueblo, dejando muerto en el combate de aquella tierra un harto buen soldado español y digno de memoria, que fue el capitán Jaén, con otros muchos españoles que murieron en aquella pelea. Con esto, hace el Jovio fin a las cosas del Piamonte, dejándose de contar otras muy principales que antes y después acontecieron.

Baste agora saber que, después de esto, que solamente es lo que el Jovio quiso contar, sucedió que el marqués fue a poner sitio y a apretar a Piñarol y a Turín, que eran dos plazas que, solas con otras algunas o pocas, quedaban a los franceses, y teniéndolas bien apretadas, vino el rey de Francia con ejército, socorro y mantenimientos, y sucedió todo lo que dejo contado; y así, el francés descercó y desapretó aquellos lugares, que estaban ocupados por él. Demás de esto, tomó a Moncaler; después de lo cual, llegó la nueva de las treguas hechas por las reinas de Francia y Hungría (de que el Jovio dio cuenta antes que la diese de la guerra, de la cual habían sucedido estas treguas), y el rey se volvió a su Francia, dejando proveídos los lugares que estaban a su devoción; y el marqués, asimesmo, poniendo la orden y gente que convenía para los que el Emperador poseía.

Y con esto dejo de referir otros agravios que el obispo de Nochera, apasionado hizo en su historia a las dos naciones, tudesca y española, a las cuales dicen aborreció por el mal tratamiento que le hicieron cuando entraron en Roma con el duque de Borbón, año 1527.

Los franceses, apretados del marqués, piden socorro a su rey. -Afectos del rey de Francia en una mala nueva. -Valor grande del rey Francisco. -Cabeza grande del rey Francisco, y aparato poderoso que ordena para la guerra. -Conviene que el rey sepa su reino y que lo visite, y por su propia mano conozca y trate sus cosas.

Dióse tan buena maña, como hemos visto, el marqués del Vasto, que en pocos días ganó en el Piamonte los más fuertes lugares que tenían franceses, como fueron los que ya dije, y trajo a los capitanes franceses a términos de perder todo lo que en el Piamonte tenían, de tal manera que, viendo que los españoles y demás imperiales les habían consumido y muerto los soldados, y comido los bastimentos, desesperaban de poder defender aún la ciudad de Turín, y escribieron encarecidamente al rey de Francia, que estaban cercados de armadas y con falta de trigo, que si no los socorría con tiempo, la hambre les haría dejar la tierra en poder de los imperiales. Dicen que el rey de Francia recibió estas cartas andando a caza, y que, como las leyó, estuvo un rato suspenso, parado el caballo, y que teniendo los ojos tesos y trayéndose la mano diestra por la barba, fregándose con ella una vez y otra la frente y los ojos, sospiró gravísimamente, pero que volviendo luego con gran ánimo a pensar en lo que convenía, sin moverse de allí ordenó y trazó el socorro que se había de hacer, con tanta firmeza y grandeza de ánimo, que en espacio de media hora escribió en aquél lugar todo lo que era necesario para esta jornada, en la cual quería ir en persona, y que llamando a sus caballeros, y principalmente a monsieur Anna de Montmoransi, estando así a caballo, nombró con toda prudencia y raro discurso los hombres más competentes para cada cosa, para que cada uno proveyese con suma diligencia lo que era necesario.

Era el rey Francisco, como ya he dicho otras veces, el príncipe de más valor, capacidad, increíble y presta memoria que se sabía haber en su tiempo; y lo que aquí hizo fue una prueba manifiesta de lo que de él digo, pues sin bajar del caballo ni mudarse del lugar en que estaba, en sola media hora de tiempo trazó y ordenó cuántos y cuáles bastimentos podría dar cada provincia de su reino, qué caminos y qué ríos eran más fáciles y cercanos para llevarlos, de dónde traería caballos; finalmente, pareció a todos que tenía en su memoria medidos y contados los pasos y lugares de todo su reino, las navegaciones de los ríos, y dónde había abundancia o falta, de manera que puso harta admiración; porque si bien muchos días se consultara sobre ello y llamaran a los que más sabían del reino, no se pudiera trazar ni ordenar mejor, que cierto es la cosa que más importa a un rey, porque si el rey no conoce su reino ni sabe lo que tiene en él, más de lo que le quieren decir sus ministros y privados, él no será rey, sino los criados.

Sobre esto dije al católico rey don Felipe, nuestro señor, que Dios guarde, que convenía que Su Majestad viese y anduviese su reino y supiese de quién era rey, qué puestos tenía, qué guarda en ellos, qué provisiones, qué justicia en las ciudades, y esto, aun muy por menudo; que así lo hacían los reyes sus pasados, y sabría el reino qué rey tenía, porque del conocimiento de las cosas resulta y nace o se engendra el amor. Si el ojo del señor engorda (como dicen) al caballo, y a un labrador o padre de familia le importa estar sobre su hacienda, y si no se la roban o maltratan, ¿qué habrá menester un príncipe a quien muchos de los que le sirven, sirven más por el interés que por amor?

Fue cosa notable que con el buen orden que el rey dio, en pocos días se juntaron tantos bastimentos, acudiendo con grandísima voluntad a servir al rey desde los montes Pirineos y de las ciudades del mar de Normandía, que todos los ríos que en Francia se navegan se hincharon de innumerables navíos, y los caminos iban llenos de carros, que por una ladera de los Alpes se vieron subir pasadas de treinta mil bestias cargadas, en cuya defensa venía el rey, habiendo enviado delante a su hijo, el delfín, y a monsieur de Montmoransi, con parte del ejército, dejando el rey para sí siete mil alemanes de Guillelmo de Frustembergo, cerca de los cuales venían seis mil esguízaros y cuatro mil italianos; los demás infantes que llevaba eran gascones, y soldados escogidos de la infantería ordinaria que había en Francia. Todos los cuales llegaban a otro tanto número como eran los alemanes, esguízaros y italianos. Después de esto venía toda la nobleza de Francia, y pasaron con tanto aparato brevísimamente los Alpes. Partieron de León a 10 de octubre, el delfín con monsieur de Montmoransi delante, y el rey en su seguimiento.

El marqués se previene sabiendo que el rey venía contra él.

El marqués del Vasto, sabiendo la venida del rey, alojóse cerca de Montecalero, y envió delante a César Massio, napolitano, y a Camilo Colona, romano, para que embarazasen los pasos de los montes y valles Susanos, por donde los franceses habían de bajar. Pero el delfín y Montmoransi, con un escuadrón de caballería de nobles, si bien con trabajo, apeándose de los caballos para quebrar los yelos y poder andar sendas ásperas y estrechas, los acometieron con gran furia. De manera que los apartaron de aquellos pasos, haciéndolos volver con pérdida, a pesar suyo, y enviaron gente y bastimentos a Turín, que padecía gran hambre.

Luego bajó el rey con su gente por el camino de Susa, y sin que nadie se lo estorbase, llegaron a un lugarejo llamado Vilana, donde un capitán napolitano, que con pocos soldados estaba en guarnición de una torre antigua, defendía con docientos españoles el camino real, sin dar muestra alguna de quererse rendir. Enojóse Montmoransi, y pareciéndole que no era razón que el rey pasase por camino que no estuviese llano y sin enemigos, amenazó al capitán, que si luego no se rendía le costaría la vida. Mandó batir la torre. Los de la torre se rindieron, y Montmoransi los ahorcó, exceto al capitán, que lo asentó a sueldo del rey, porque no era español.

El rey pasó ganando algunos lugares y provisiones, por no haber guardado los capitanes lo que el marqués del Vasto les había ordenado.

El marqués fortificó los lugares más importantes, y aunque se veía con menos gente de la que el rey traía, pensó provocarle a la batalla. Y ansí mandó a toda su caballería que una noche diese en el real de los franceses y que los trajese a una emboscada donde tenía la infantería, y principalmente la arcabucería española, que suelen, cuando así los despiertan, salir con mucha furia; pero el trabajo que los imperiales tomaron fue en vano, porque los franceses estuvieron cuerdos y quedos, sin querer salir de los alojamientos.

Treguas entre el Emperador y rey. -Va el marqués a besar las manos al rey. -Fidelidad notable del conde Frederico, alemán. -Cortesía grande del rey Francisco: virtud amable en los príncipes. -Anna Montmoransi, condestable de Francia.

Entendiendo la gente del Emperador y la del rey Francisco en fortificar los lugares con nuevos presidios de soldados y bastimentos, y el marqués del Vasto con mucho cuidado en considerar y saber los fines del rey Francisco, y para dónde enderezaba sus banderas, llegaron cartas al rey en que le decían cómo las reinas María y Leonor, y Margarita, hermana del rey, a quien llamaban reina de Navarra, habían puesto treguas entre el Emperador, casi con las mismas condiciones con que siete años antes habían apagado el fuego de esta maldita guerra. El rey holgó de ello, y luego monsieur de Montmoransi envió a decir al marqués del Vasto las treguas que estaban hechas, y que brevemente tendría aviso del Emperador de las condiciones con que había de cesar la guerra.

Trataron las reinas de concordar a los príncipes sus hermanos, y para poderlo hacer pusieron treguas desde este día hasta 22 de hebrero del año siguiente de 1538, y que cada una de las partes quedase con lo que al presente poseía. Publicáronse las treguas a 29 de noviembre de parte del Emperador en Aste, y en nombre del rey en Carmañola, primero día de diciembre. El marqués del Vasto holgó de ello, porque se veía falto de dinero y habíase de sacar de Lombardía, y llegábale al alma cargar tantos tributos en la tierra y gente, que lo sentirían gravísimamente. Era el marqués de generoso corazón y poco codicioso, y deseaba conservar las tierras del Emperador, y esto hácese mejor con blandura que con rigor de tributos ni injusticias.

Quiso el marqués hacer una cosa digna de quien él era, y fue ir a visitar y hacer reverencia al rey, que estaba alojado cerca de Carmañola. Salió el marqués de su campo acompañado de la más lucida gente que en él había, todos caballeros, para que el rey viese las fuerzas y gentes en quien la parte del César confiaba, porque los españoles (que son muy amigos de ponerse bien) llevaban muchos collares y cadenas de oro y otras galas cuales las suelen usar los bizarros soldados de esta nación. Iba al lado del marqués el conde Frederico Frustembergo, el cual, viendo a su hermano Guillelmo cerca del rey, mirólo con ojos y semblante airado, como a hombre que siendo alemán y vasallo del Emperador servía contra su nación al rey enemigo, que fue muy notada y alabada la lealtad y buen miramiento del conde. Puso el rey toda su gente en ordenanza en el lugar por donde había de pasar el marqués, de tal manera, que le mostró todo su ejército, especial su infantería.

Al tiempo que el marqués llegó, hizo salva toda la artillería y acompañándole Montmoransi, el rey, por honrarle, le tomó en medio de sí y del delfín, su hijo, con tanta cortesía de aquel humanísimo príncipe, que ganaba los corazones, y haciendo sus coroneles y capitanes la misma honra a los del marqués, llegaron todos a besar las manos al rey y a su hijo.

El rey habló largamente con el marqués y trataron de las treguas y de los límites que había de tener y guardar en el Piamonte; con esto se despidieron. El marqués se tornó a Milán, y el rey, pasando los Alpes, a Francia; envió el rey por su parte al cardenal Locace.

Fueron los secretarios del Emperador Granvela y Cobos y el cardenal Juan de Lorena y Anna Montmoransi, su mayordomo mayor; y el Emperador envió a Granvela y al secretario don Francisco de los Cobos, comendador mayor, para tratar de las paces; pero no se concertaron, porque cada uno quería lo que al otro no le contentaba. Alargáronse las treguas por seis meses más; esto es, hasta 22 de agosto del año siguiente, para que en el ínterin, con más comodidad, se pudiesen concertar.

Quiso el rey de Francia pagar a monsieur de Montmoransi sus servicios y premiar su valor y ingenio, que lo tenía grande en todas las cosas de paz y de guerra, y hízole gran condestable de Francia, que es la mayor dignidad de aquel reino, como en España. Había estado este oficio sin proveerse desde la ausencia del duque Carlos de Borbón, hasta estos días, que se dio a Montmoransi, y tuvo en ellos trabajos que adelante veremos, cayendo en desgracia de su rey, por malos terceros, que con este peligro viven los que más valen con ellos.

Sale en socorro Andrea Doria, para toparse con los turcos. -Encuéntrase Andrea Doria con los turcos: rómpelos y mata.

Pues hemos acabado de contar los hechos de la tierra y dejamos a nuestros príncipes medio conformes en ella, será bien acudir a los que se hicieron en el mar este año de 1537. A la fama de que el Turco hacía la poderosa armada que dije, para venir contra Italia, fue Andrea Doria con las galeras a Mecina, por mandado del Emperador, que sabía los tratos del rey Francisco con Solimán; y sabiendo cómo ya el Turco estaba en la Valona con su gente, caminó a Grecia, y supo en el camino que la flota era partida tres días había. Llegó al Zante, y a la Chefalonia, teniendo aviso de siete esguízaros, y tres naos, que venían de Alejandría, habiendo ido de la Chefalonia a Santa Maura, y tomado agua en Fiquer, y hallando un ginovés que por entero le certificó de la flota y ejército del Turco.

Volviendo a la Chefalonia, tuvo el aviso de las naos y esguízaros del ginovés renegado, que venían cargadas de arroz, queso, bizcochos y lino y otras cosas para el ejército del Turco. Saqueó una nao veneciana que traían unos judíos con escarlatas, cariseas y otras mercaderías, y a la postre topó cerca de cabo Blanco, de Corfú, los esguízaros que buscaba, estando él en calma, Tomólos sin pelear, porque los moros, que serían hasta trecientos, no se pusieron en resistencia, pensando que aquellas galeras fuesen de turcos, o venecianos. Quemó aquellas diez naos y luego dos galeras turquescas de Junosbey, que dieron al través, huyendo de otras venecianas, como después diremos.

Supo de unos griegos que andaban en una fragata, que estaban en las islas Merleyas doce galeras; fue a ellas, remando toda la noche, paró a que descansase la chusma y a empavesar las galeras, dos leguas antes de llegar a ellas; caminó luego antes del día, guiado de las lanternas, que cada una llevaba la suya.

Venían los turcos tierra a tierra por descabullirse, aunque algunos dijeron que por pelear más a su ventaja, pues como se juntaron al son de las trompetas y clarines, dispararon los cañones de crujía y los otros tiros; entraron recio unas con otras, yendo a boga arrancada, que con los truenos y encuentros y grita no se entendían unos a otros. Combatieron más de una hora con arcabuceros y espadas valerosísimamente, y así, fue muy sangrienta la pelea, si bien desigual, pues eran de doce a treinta y cinco, porque los jenízaros y espaises, o espais, guarda escogida del Turco, que son hombres de caballo, quisieron morir peleando antes que rendirse a sus enemigos, y cuando más no pudieron, echaron a la mar sus finas cimitarras, porque no las hubiesen los cristianos; otros, ya vencidos del todo, se arrojaron al agua, pensando escapar la vida, pero también murieron a manos de Cimarotes, así que pocos de ellos o, como dicen, quinientos, fueron presos.

No se alegró mucho Andrea Doria con la vitoria, como pensaban, por perder docientos y cincuenta hombres y quedar herido Antonio Doria en la rodilla izquierda, y otros muchos. Echó a fondo las galeras cascadas, y remolcando las otras, se traspuso al otro cabo Blanco, de Corfú, por huir de algún peligro; y como entendió que Barbarroja le venía buscando con ochenta y más galeras, tomó la vuelta de Sicilia, y entró en Mecina triunfando.

Por qué dejó Solimán la guerra contra el Emperador. -Enójase el Turco con los venecianos. -Deseó el Papa hacer una liga contra el Turco. -Tratábase la paz entre el Emperador y rey de Francia. -Incendio del monte Etna en Sicilia por abril. -En este año de 1537 celebró Cortes el Emperador en Valladolid, a la Corona de Castilla, y en Monzón, isla de Aragón.

Halló más dificultosa Solimán, que pensara, la guerra de Italia, ni que le dijera Barbarroja que se la había facilitado; porque ni los pulleses se removieron ni alteraron, ni el rey de Francia acudió, como había prometido, ni Barbarroja encerró a Andrea Doria, antes él afrentó su armada en tomar delante de sus ojos los esguízaros y galeras que contamos.

Escipión de Samaya echó los turcos de a caballo, que corrían la tierra de Otranto, aunque llevaron sus palandrias llenas de hombres, ganado y ropa. Don Pedro de Toledo, que en este tiempo era virrey de Nápoles, proveyó bien los castillos de Pulla y Calabria, juntando otra mucha gente de a pie y caballo. Así también el Papa hizo ejército para defender sus tierras y para socorrer las del Emperador, siendo menester. Volvió el Turco las armas y enojo contra venecianos, dejando al Emperador, a causa que habían acogido en sus puertos a Andrea Doria, dándole bastimentos y avisándole con fragatas de cuanto hacía su armada, en lo cual mostraban estar de secreto aliados con el Emperador, que así se lo afirmaban Barbarroja y Ayas Basá y, otros. Y sin esto, porque siendo amigos, Alejandro Contarino, con seis galeras, echó a fondo cerca de Otranto dos galeras que andaban desmandadas de su flota, porque no amainaron como debían, según costumbre de marineros, ni le saludaron con la artillería ni de palabra. En las cuales dos galeras se ahogara Ustán, alcaide de Galipoli, con docientos jenízaros; y porque también Jerónimo Pésaro corriera otras dos galeras, que después quemó Andrea Doria, como dije, en que iba Junosbey, gran dragomán, o faraute, a Corfú a demandarle satisfacción, como capitán general de una nave turquesca, que los suyos anegaron, por no amainar.

Parece que Junosbey cayó en manos de albaneses, que le rescataron en muchos dineros, matando los demás turcos que pudieron coger, y por eso procuraba encender la ira del turco Solimán contra venecianos; y Barbarroja, asimesmo, por apartarse de Italia y de Andrea Doria, porque no le sucedía como al Gran Turco había dicho, pintado y prometido.

La guerra que hubo entre turcos y venecianos en Corfú no toca a esta historia, más de tratar de los deseos santísimos que el papa Paulo III tuvo de concordar al Emperador y rey de Francia y hacer una liga general de todos los príncipes cristianos contra este enemigo tan poderoso y contra los herejes de Alemaña, donde algunos de Güeldres llamaron a Guillén de Cleves, porque los quería dar el duque Carlos al rey de Francia, que lo uno y lo otro era en perjuicio del Emperador.

Por este tiempo se trataba muy de veras la paz entre el Emperador y rey de Francia, mas el demonio, enemigo de ella, ponía los estorbos que con su obrada astucia podía. Pensando el Emperador que tuviera efeto, había enviado a llamar al condestable de Castilla para acompañarse de su persona en las vistas que se concertaban con el rey; a 14 de enero del año 1538 le escribió diciendo que no habiendo sucedido la plática y trato de la paz con el rey de Francia, como por agora no sucedía, cesaba el efeto para el cual le había rogado que se llegase a Barcelona para hallarse con su persona en caso que sucediera; y que siendo justo excusarle de este trabajo, que con la buena voluntad que en cosas de su servicio siempre había tenido, acetara, satisfaciéndose de ella, como si se hubiera puesto por obra, le mandaba que por agora dejase la jornada para Barcelona, reservándose para cuando fuese menester, que cuando fuese necesario sería avisado. De suerte que, conforme a esta carta, por este tiempo, que era fin del año 1537 y principio del de 1538, no tenía el Emperador esperanzas de paz con el rey de Francia.

A 19 de octubre, en Valladolid, parió la Emperatriz un hijo, a quien llamaron Juan, estando el Emperador en las Cortes de Monzón. Duró poco tiempo el gozo de este infante, porque en el mes de marzo del año siguiente murió aquí en Valladolid.

Tuvo el Emperador cartas de un incendio grandísimo, que este año hubo en Sicilia, que pensaron ser perdidos los de aquella isla. Echó de sí el monte Etna, que debe de ser todo de piedra azufre, una pella grandísima de esta masa; no de golpe, sino poco a poco, que el fuego le iba llevando y echándola sobre los campos y lugares vecinos, de suerte que abrasaba los montes y términos, volviéndolo todo en ceniza. Mató infinitos hombres y ganados; era tan grande el humo encendido en fuego que este gran monte de sí echaba, que se veía muchas leguas, con miedo de todos los isleños. La razón natural que dan los filósofos de estos incendios es que Sicilia es tierra porosa y muy llena de mineros de piedra azufre, piedra alumbre, fuego y agua y otras cosas que son materia dispuesta para el fuego, y así se hallan en esta isla muchas fuentes calientes y salobres; y como sea natural al fuego subir estando violentado dentro en la tierra, busca por dónde salir, y así brotan los incendios, buscando caminos para respirar, y algunas veces sale con tanta violencia y fuerza, que levanta en las nubes grandes peñascos, tierra y arena, de suerte que se vive con peligro.

Escribe Trogo, lib. IV, diciendo esto y otras cosas a este propósito de Sicilia, y Estrabón dice que estuvo en lo alto del monte Etna y que lo miró todo con curiosidad. Entienden algunos, que este monte y otros semejantes son bocas del infierno y cárceles penales donde Dios atormenta las almas de los dañados, como otro monte Hecla, que es en Islandia, isla del mar Océano, en el cual hay grandes y profundas bocas que no se les halla suelo, que echan de sí fuego, ceniza, carbones, y el fuego es tal, que abrasa y consume el agua, y no la estopa. Vense allí los espíritus de muertos que en figuras pías de sus cuerpos hablan con sus conocidos; de manera que los que saben que son muertos, piensan que son los mismos, y rogándoles que se vengan con ellos los que son deudos o amigos, dicen con grandes gernidos que van al monte Hecla, y luego desaparecen. Oyense en este monte grandes y dolorosas voces, como de personas que padecen con tormentos. No cuento patrañas, sino lo que dicen graves y santos doctores, y quien de veras se considerare aquí, será más que ciego si pecare.

Este año de 1537 hubo Cortes en Valladolid, y el Emperador mandó labrar nueva moneda de oro, y fue los que llamamos escudos, bajando dos quilates la fineza del oro de la moneda que llamaban nobles.

Libro veinte y cuatro

Alteración que hubo, pensando había traición. -Fue muy notable que, estando todos con tanto miedo, el Emperador no hizo ni aún mudanza en su rostro. -No pudo acabar el Papa que se viesen el Emperador y rey. -Treguas de nueve años.

Paulo III, Pontífice romano, varón apostólico y de sanas intenciones, haciendo el oficio de verdadero padre, por las vías y medios posibles humanos y divinos, procuró concordar los príncipes cristianos, principalmente a los dos competidores, Carlos y Francisco, que con sus pasiones tenían la república cristiana en estado peligroso, creciendo la potencia del Turco y del hereje que, como fieras silvestres, deseaban asolar la viña del Señor. Así veremos, este año de 1538 en que comienzo este libro, algo favorable, quieto y pacífico, si bien es verdad fue descansar; algún tanto como los que luchan, para volver con doblado furor a la pelea.

Deseó, pues, el Pontífice, para que la concordia tuviese efeto, que el Emperador y rey Francisco se viesen, que sus intentos eran no sólo pacificar la Cristiandad, sino armarla contra el Turco, y enfrenar la potencia de esta fiera. Tenía hecha ya liga Su Santidad con el Emperador y venecianos enderezada a este fin, y faltaba para ser de todo punto poderosa, que el rey Francisco entrase en ella. Demás de esto, quería el Pontífice engrandecer su casa (que no hay carne tan sagrada y caduca que no tenga resabios de ella), casando a su nieto, Octavio Farnesio, con madama Margarita, duquesa viuda de Florencia, hija del Emperador, y a su nieta Victoria Farnesio con monsieur de Vendoma. Para todo lo cual envió al cardenal Carpio al Emperador, y al cardenal Jacobacio al rey de Francia. Los cuales acabaron con su buena diligencia, que el Emperador y el rey se viesen con el Papa en Niza, por ser aquella ciudad del duque Carlos de Saboya, que deseaba infinito aquella junta, pensando cobrar en ella su perdido Estado.

El Emperador se puso en orden para la jornada, y escribió primero al condestable de Castilla cuán importante era su viaje al bien de la Cristiandad, y que ya no esperaba sino que llegasen las galeras del príncipe Doria para se partir a 6 de abril; y a 15 del mesmo mes se volvió a le escribir que ya sabía el ayuntamiento y comunicación que los días pasados hubo entre sus diputados y los del rey de Francia para tratar la paz entre ellos, por cuya causa fue su venida en aquella ciudad, deseando venir a la conclusión por el beneficio que de ella se seguiría a la Cristiandad, y porque no se pudiendo concertar los dichos tratados por las dificultades que se ofrecieron, no querer el rey que los dos se acercasen en sus fronteras para facilitarlas, que con la misma voluntad había ofrecido acercarse con Su Santidad y con el rey en la parte de Niza, para que con su medio e intención se tratase y procurase de venir al fin y conclusión de la paz; y por que Dios y el mundo viesen que, por su parte, no quedaba ni quedaría de hacer cosa de lo que conviniese a este efeto; que ya el Papa era partido de Roma, y también el rey se acercaba, y que así él había determinado de poner en ejecución su partida, yendo en sus galeras sin otros navíos ni armas, llevando solamente lo necesario, y dejando allí sus caballos y los impedimentos de la corte, y para que, hecha la paz, dar orden con el Papa en lo que se había de hacer contra el Turco.

Partió para esto el Emperador de Barcelona, llevando en las galeras muchos caballeros españoles y hasta tres mil soldados. Pasando de Marsella, hubieron una refriega las galeras que iban delante con diez galeras francesas que se pusieron en armas, no queriendo hacer salva.

Llegó el Emperador a Villafranca de Niza, como estaba puesto. El Papa vino por tierra, aunque viejo, desde Roma a Saona, y de allí hasta Niza por agua, en las galeras que le envió el Emperador, el cual le fue a besar el pie dos días después de llegado a San Francisco, donde posaba. Estuvieron a solas hablando gran rato.

Entró después en Niza el rey de Francia con grandísima casa y corte y con gran caballería y infantería armados; besó el pie al Papa, juntamente con sus hijos Enrique y Carlos. Quedóse hablando con él a solas otro gran rato.

Estaban aposentados cada príncipe por sí: el Papa, en Niza; el Emperador, en Villafranca, y el rey, en Villanueva. Iban a días a hablar con el Papa, o enviaban. Entre tanto, la reina Leonor fue a ver al Emperador, su hermano, nobilísimamente acompañada de damas y señoras y caballeros, llevando consigo a su entenada (si bien, en amor, hija). madama Margarita, para que la viese el Emperador. Entrando, se hundió parte del pontón que había de tierra a la galera, y cayeron algunas damas en la mar, que fue caso de más espanto que daño.

Aconteció luego allí otra turbación donosa, que puso en armas las galeras y soldados, y aun en cuidado al príncipe Andrea Doria, pensando que venía Barbarroja. Lo mismo hizo al marqués del Vasto, que armado fue a decir al Emperador que se subiese a la sierra; pero Su Majestad estuvo quedo, burlando de aquel miedo y alteración vana, tan cuerda como animosamente. La cual turbación comenzaron ciertos marineros como livianos y medrosos, viendo muchas polvaredas y, a su parecer, ahumadas, que hacía un labrador en la era aventando habas. Hubo gran risa y pasatiempo entre soldados, que son decidores, después que se supo el caso, si bien se corrieron los capitanes.

Tornando, pues, a nuestro propósito, nunca pudo [conseguir] elPapa que se viesen el Emperador y el rey de Francia, por cosas que dijo ni hizo, si bien para ello se habían allí juntado, de lo cual se maravillaron todos; y el Papa se agraviaba, sintiendo que lo dejaban por su causa; no digamos ambición.

Acabó, pues, con ellos, que alargasen la tregua por diez años, los cuales se publicaron en San Francisco de Niza, a 18 de junio, año 1538, en presencia del Papa, estando allí el cardenal de Lorena y el condestable Montmoransi, de parte del rey, y el marqués de Aguilar, don Juan Manrique y don Francisco de los Cobos y Granvela, por el Emperador. Luego, tras esto, se deshizo la junta, y el Emperador, dejando concertado de verse con el rey antes de volver a España, acompañó al Papa hasta Génova, que fue por mar.

Vistas del Emperador y rey de Francia. -Confianza digna del pecho real de Francia. -Cómo recibió el rey a Andrea Doria. -Cuidado del Emperador si saldría a tierra. -Generoso ánimo del duque de Alba. -Confianza que el Emperador hizo de su libertad por consejo del duque de Alba. -Comen los reyes a una mesa: dánse dones riquísimos.

Quedaron de acuerdo el Emperador y el rey de Francia que se viesen y hablasen sin que el Papa interviniese en ello, por los respetos o pundonores del mundo, que entre los príncipes se miran más de lo justo y aun los hace vivir esquiva y extrañamente; y también por los casamientos que el Papa pedía, que por agora no gustaban de ellos, si bien el Emperador le dió presto la hija madama Margarita para Octavio Farnesio, que no había trece años cumplidos, negándola al duque de Florencia, Cosme de Médicis, por cumplir su palabra.

El rey de Francia despachó un caballero en una galera, rogando al Emperador que se viesen en Aguas-muertas, y que recibiría mucho gusto si entraba en Marsella de camino. El Emperador partió luego, y llegó con mal tiempo a las pomas de Marsella, acompañado de veinte galeras francesas, y muchos de su flota entraron en la ciudad. Hubo tan espesa niebla el día que partió de allí, siendo en julio, que corrieron peligro las galeras: una tocó en tierra, y otra quebró la espaldilla a la del Emperador, el cual surgió en Aguas-muertas, habiendo venido el condestable Montmoransi a decirle que luego sería el rey allí, y que si holgaba de ello entraría en la galera de Su Majestad Católica. El Emperador respondió con mucho amor y cortesía, y el condestable fue luego a decirlo al rey, y al punto se metió en un barco, llevando consigo al cardenal de Lorena y al mesmo condestable Montmoransi, y a Francisco de Borbón, conde de San Pol, y al mariscal o almirante Anibaldo. Y caminaron derechos a la galera del Emperador, que estaba dentro en el agua media legua de la villa.

No quisiera el Emperador, que el rey viniera a su galera, por no obligarse él a salir a tierra, por lo cual envió tras el condestable al duque de Alba, y a Cobos, y a Granvela, pidiendo al rey que no tomase trabajo de ir en barco por el peligro, sino en una galera, para que desde las popas se saludasen y hablasen; mas ya cuando estos mensajeros iban, venía el rey en el barco, y sin que nada le dijesen, subió en la galera. dándole la mano el Emperador.

Abrazáronse alegremente con las gorras en las manos, y besándose, según la costumbre de Francia, cuyo lenguaje hablaron. Sentáronse luego en popa, y llegaron a besar las manos al rey todos los caballeros españoles e italianos.

Envió el Emperador a decir con Granvela a Andrea Doria, que estaba detrás del mástil, que viniese a besar la mano al rey: vino, y hincóse de rodillas con todo acatamiento. El rey le dijo: «¿Sois vos Andrea Doria?» Y como el Emperador rogaba que le perdonase, dijo no sé qué, con muestras desabridas. Quiso Andrea Doria responder por sí, más el Emperador le hizo señas que callase. Dijo también el condestable al Emperador, que pues había venido el rey a la galera, que Su Majestad saliese a tierra. Y como el Emperador se demudase algo para responder, dijo el rey: «Dejaos de eso, condestable, que pensará en ello y hará lo que mandare.»

Y con tanto, porque se haría noche, se despidieron habiendo estado una hora juntos.

Ido el rey, el Emperador quedó pensativo sobre si saldría o no a tierra; y por determinarse con razón, pidió consejo a los caballeros y secretarios que allí estaban, de los cuales unos dijeron que no saliese, considerando los inconvenientes; otros no se determinaron, cotejando el peligro con la honra; sólo, el duque de Alba, generosamente, afirmó que debía salir, siquiera por que no le cargasen todas las culpas de la guerra y enemistades, rehusando de confiarse del rey, que tan llana y sencillamente había venido a su galera.

Determinó el Emperador salir, y salió con los que cupieron en tres esquifes de galera, mandando rigurosamente que no fuese a tierra otro alguno. Salió Su Majestad a fuero de marinero, con jubón y zaragüelles de carmesí, y borceguíes blancos, la camisa blanca, revueltas las bocas mangas a las muñecas, la gorra de terciopelo negro con oro batido por las cuchilladas, y una saltambarca de carmesí ceñida, y en la cinta una daga bien guarnecida, aunque se puso una turqueta en tierra.

Cuando llegaron a recibirle el rey y la reina con el delfín, abrazáronlo con grandísimo amor y cortesía, no cabiendo la gente de placer, y maravillándose de la confianza que había hecho el uno del otro, que sin duda fue grandísima, y en que estos príncipes mostraron grandes y generosos corazones; y la Cristiandad quedó tan gozosa, que no sabré encarecerlo; llenos todos de una cierta esperanza de paz perpetua, y otras mil felicidades que se prometían, como las hubiera, si estos príncipes no volvieran a caer en sus pasiones, con el mismo rigor que hasta aquí las habían tenido.

No hablaron en negocios por ser tiempo de fiestas y banquetes, y por estar hablados ya en Niza, y porque ni la gravedad del Emperador ni la llaneza del rey lo llevaban. Sentáronse a comer: la reina tuvo la cabecera de la mesa, la duquesa de Estampes, que valía mucho con el rey, y madama Margarita, hija del rey; a sus lados, el Emperador y el rey, y el cardenal de Lorena; a la cena estuvieron los mesmos, y más Catalina de Médicis con el delfín su marido, y madama Margarita, hermana del rey, y el duque de Orleáns.

Hubo ricas dádivas que los príncipes se dieron. El Emperador dio a Margarita, hija del rey, preciosísimas piedras, que valían más de cincuenta mil ducados, y perlas inestimables. El rey dio al Emperador un anillo con diamante labrado en forma de ojo, en prendas de verdadero amor.

Otro día, que fue a 16 de julio, se tornó el Emperador a su galera para venirse a España. Despidiéronse con el mesmo amor y ceremonias con que se recibieron. Tales fueron las solemnes vistas de Niza: y el fruto que de ellas se sacó, el que diremos.

Capítulos de la concordia de Niza.

Dije cómo el Pontífice había puesto treguas por nueve años entre el Emperador y rey de Francia. Los capítulos que en ella hubo fueron: Que las treguas comiencen desde 18 de junio de este año de 1538, y que duren diez años. Que los vasallos de uno y otro príncipe puedan libremente tratarse y entrar los unos en las tierras de los otros, y traer sus mercaderías, tratos y comercios por mar y por tierra. Que lo que al presente poseía cada uno, quede con ello. Que se restituyan las heredades a los que se las hubieren tomado. Que a los desterrados se les alcen sus destierros, salvo a los del reino de Nápoles y Sicilia, que el Emperador por aleves tenía desterrados y excetadas. Que un príncipe no dé favor al enemigo del otro. Que se perdona a los que siendo de una parte, pelearon por otra, salvo a los rebeldes. Que se administre justicia llanamente. Que el duque de Saboya, el de Florencia, señoría de Génova y todos los que quisieren entrar sean admitidos en estas treguas. Que las que se hicieron en Vormes se guarden y cumplan. Otorgáronse en Niza, a 18 de junio. Firmaron por el Emperador don Juan Fernández Manrique, marqués de Aguilar; don Francisco de los Cobos, comendador mayor de León; Nicolao Perenoto, señor de Granvelle; por el rey Francisco firmaron: Juan, cardenal de Lorena; Anna Montmoransi, condestable de Francia. Y en el mes de octubre adelante, después de las dichas vistas, se añadieron los capítulos siguientes: Que para restituir los bienes muebles que en los sacos y entradas de las tierras se han tomado, envíe el rey a la tierra que es entre Francia y Flandres a Antonio Laneto, que satisfaga a los flamencos y españoles lo que se les hubiere tomado, con que prueben las partes lo que fue. Que la reina María ponga en Bruselas a Pedro Damiano, y en Bravancia que haga la misma satisfación a los franceses sin las largas de jueces, pleitos y probanzas en que se acaban las vidas antes de alcanzar justicia. Que se restituyan al duque de Vendoma y al príncipe de Orange los bienes y tierras que les han sido tomados. Que al duque de Arisceti se le restituya el condado de Perci. Que el pleito sobre la previsión de la abadía de monte de San Juan, cerca de Terovana, se determine por jueces, árbitros y que a 7 de enero del año venidero de 1539 el rey y la reina María envíen personas a Cambray que reformen la moneda, que está depravada por usar mal de ella. Firmaron las partes estos capítulos a 23 de octubre.

Por estas paces y vistas del Emperador y rey de Francia se hicieron muchas alegrías en los reinos de España y Francia, dando muchas gracias a Nuestro Señor con procesiones solenes. Esperaban vivir unos siglos dorados, gozar años prósperos y felicísimos estando en paz, y gobernándolos con ella los dos mejores príncipes que había tenido el mundo; mas por nuestros pecados no fue así.

Motín de españoles en Lombardía. -Deshace el marqués del Vasto la gente de guerra que había en Italia.

Estando el Emperador en Aguas-muertas llegaron embajadores de Milán, quejándose de unos soldados españoles que andaban amotinados robando y haciendo cien mil insultos, a título de que se les debían muchas pagas, y no les acudían con alguna. Fue tan furioso este motín, que llegaron los amotinados a ponerse en Galerita, y de allí destruían la tierra y echaban repartimientos en los lugares de la comarca y aun a los bien desviados, con tanto imperio y rigor, que quien no pagaba luego el repartimiento en dinero, lo pagaba con la vida.

Propusieron los milaneses esta embajada con alguna pasión y cólera, hasta venir a decir al Emperador que lo remediase, si era servido, pagando lo que debía; si no, que les diese licencia, que ellos lo remediarían, castigando aquella gente como ellos merecían.

Mostró el Emperador en el rostro desabrimiento grande, viendo la libertad con que los de Milán hablaban, y no quiso responderles más de que Granvela les daría la respuesta. Fueron con esto a Granvela, y él, que ya estaba avisado, reprendiéndoles ásperamente y afeando el mal término y libertad con que habían hablado al César, después que les hubo dicho muy bien su parecer, respondió uno de ellos, que se decía Archinto: «Pues yo os prometo, señor, que si no lo remediáis con tiempo, que los de Milán se atrevan, a hacer mucho más de lo que nosotros habemos osado decir, como que sea posible que quiera Su Majestad que suframos una inhumanidad tan grande como con nosotros se usa.»

No les valió a los pobres milaneses hacer estos sentimientos, porque lo más que pudieron negociar fue una carta para el marqués del Vasto, en que se le decía que diesen orden como se apaciguase aquella gente, el cual lo hizo con la mejor maña que pudo, y contentó a los amotinados con ciento veinte mil ducados que sacó por repartimiento de entre los pueblos; y los milaneses quedaron tan desabridos del Emperador, que si entonces hubiera quien los alentara, sin duda se rebelaran.

Los soldados quedaron algo contentos y el marqués no muy en gracia del Emperador, que quisiera que se hubiera con ellos ásperamente; mas ganó el marqués con la gente de guerra el amor que con el Emperador había perdido. Limpióse por entonces Lombardía de toda esta gente porque el marqués reformó las compañías y las dejó en ocho, que quedaron en el Piamonte; de las demás hizo capitanes nuevos y una parte envió a Hungría en servicio del rey don Fernando, y por maestre de campo fue el capitán Morales, y la otra parte fue la vuelta de Génova a embarcarse, para ir en la armada que se hacía en Sicilia y a juntarse con la infantería española; dio el cargo de maestre de campo a Francisco Sarmiento.

Dicen que fueron cincuenta mil hombres los que el marqués distribuyó, y de ellos fueron a Génova para la armada de la liga, que con mucha priesa se hacía contra el Turco, como diremos. De esta manera quedó limpia Italia.

Otro motín en la Goleta. -Motín en Sicilia y alteración de soldados. -Don Alvaro de Sande, valiente caballero.

En los días que en Lombardía pasaba el motín dicho, hubo otro entre los que estaban en la Goleta, también porque no les pagaban, y fue con tanta determinación, que si no acudiera don Bernardino de Mendoza con las galeras, hicieran, según se temió, alguna cosa muy fea. Tomólos a todos don Bernardino y llevólos a Sicilia, prometiéndoles que don Hernando de Gonzaga, virrey de ella, les pagaría y daría en qué entender. Puestos en Sicilia, como el virrey no los pagaba, ni los sicilianos querían mantenerlos a discreción, como se suele acostumbrar en Italia, comenzaron a alterarse los que habían venido de la Goleta, y con ellos, otros muchos de los que antes estaban en Sicilia, y sin que sus capitanes les pudiesen resistir, pusieron el negocio en términos que se hubiera de destruir la isla. Tomaron y saquearon a Castañera, Montforte y Santa Cecilia, tres lugares bien ricos, aunque pequeños, y hicieran lo mismo de Castro si pudieran.

Como don Hernando de Gonzaga vio el negocio tan estragado, envió contra ellos a don Alvaro de Sande, que, como de aquí adelante veremos, fue muy esforzado caballero, de quien son los marqueses de la Piora y su solar en Galicia. Era en este tiempo su maestre de campo don Hernando; llevó consigo gran número de gente, pero rústica y bisoña. Pensó don Álvaro que tuvieran respeto a su persona, y por poco le mataran, si no se pusiera en cobro. Andaban entre ellos algunos soldados honrados y capitanes principales, que no quisieron perseverar en aquel motín por no mancillar su fama, y como mejor pudieron, se pasaron al servicio del Emperador; los demás, como vieron idos a sus capitanes, hicieron su tribuno y capitán general, que agora llaman electo, a un Heredia, soldado viejo, fraile renegado, y muy gran predicador sin obras, y diéronle por acompañados ciertos oficiales que los llamaban ellos los electos. Durábales a éstos el cargo no más de tres días, y al mal fraile siempre, dándole por su consejero a un vizcaíno que se decía Mondragón.

Ya que estaban tan ricos que no podían traer lo mucho que habían robado, tomaron por asiento para su bagaje, criados y mujeres, un lugar que se dice Rochela, y fueron a saquear a Randazo, en las raíces del monte Etna; saliéronles al camino los del lugar con un crucifijo en las manos, llorando y pidiéndoles por amor de Dios que no los maltratasen. Ya que lo tenían acabado con Heredia disparó uno acaso desde los muros un arcabuz y mató un soldado de los de fuera. Fue tanta la ira, de los demás, que pusieron fuego a las puertas y entraron y saquearon el lugar, echando de él a todos los vecinos, y se quedaron en él muy de asiento por más de tres meses, tan al seguro como si todos hubieran nacido allí.

Pudiera don Hernando de Gonzaga castigar por fuerza estos insultos, si no temiera las muchas muertes y daños que se habían de seguir de pelear con gente tan valiente y desesperada; pero quiso guiar el negocio con maña y acordada prudencia. Rogó al maestre de campo don Álvaro de Sande, y a Sancho Alarcón, a Juan de Vargas y Alonso de Vives, todos capitanes y personas de mucha calidad y que tenían amigos entre los amotinados, que tomasen la mano en reducirlos con algún buen medio; prometióseles perdón general y más cuatro pagas.

Al fin ellos, de consejo de su caudillo, Heredia, que les hizo un elocuentísimo sermón, vinieron en lo que se les pedía y para seguridad de lo que el virrey prometía pidiéronle en rehenes el hijo mayor, pero después se contentaron con que jurasen él y algunos de sus amigos de guardar y cumplir lo que tenía prometido, habiendo de jurar el virrey y los demás sobre el Santísimo Sacramento, y los soldados, ni más ni menos, de servir al Emperador.

Escogiéronse con Heredia veinte y cuatro caporales, de cada bandera el suyo, que tantas eran las de los amotinados. Hízose el juramento en Linguagrosa, un lugarejo cerca de Rendazo. Vióse bien que el virrey juraba de mala gana, porque cuando se hacía la solenidad, que todos alzaban las manos al cielo, apenas las quería él alzar; por lo cual, Villalobos, que allí estaba, le dijo: «Jure vuestra señoría de buena gana; si no tampoco juraremos nosotros.» Hizo el virrey que no había mirado en ello, por asegurarlos, y con esto se partieron muy contentos.

Poco después, con toda la disimulación del mundo, los repartieron de veinte en veinte y de treinta en treinta por las guarniciones.

De ahí a dos o tres meses, cuando más descuidados estaban, escribió el virrey a diversos capitanes que prendiesen a los veinte y cuatro diputados o caporales. Juan de Vargas prendió a Heredia y a Carranza, que estaban en Taurominio, y dieron con ellos en Mecina. Cuando los tuvieron a todos veinte y cinco presos, una mañana, sin que nadie supiese para qué, amanecieron en el puerto al largo de la costa veinte y cinco horcas; la una, que estaba en medio, era más alta que las otras, estando a cada lado doce bajas. Antes de mediodía sacaron a los veinte y cinco y pusieron a cada uno en la suya, y al Heredia en la de en medio, cortándole primero la mano derecha.

Después de esto dio el virrey una provisión para toda la isla, mandando a los alcaldes y gobernadores que ahorcasen a todos cuantos hallasen de los amotinados. Justiciáronse muy muchos por toda Sicilia y principalmente en Mecina. Después de haber muerto gran parte de ellos, a los demás que hallaron vivos prendieron y metiéronlos en un navío y enviáronlos a España, que fue para ellos una gran vergüenza, y hubo algunos que tomaran antes ser muertos como sus compañeros.

Con este castigo quedaron amedrantados los soldados, y don Hernando de Gonzaga con opinión de poco amigo de españoles, y no le levantaron testimonio, según los que le conocieron decían.

El Emperador gustó más de este rigor que de la blandura del marqués del Vasto, a quien la nación española debió siempre mucho amor y buenas obras como a su tío el gran marqués de Pescara, que ambos amaron los españoles como a verdaderos hermanos y gente de su sangre, solar y nación, cual era el origen de estos valerosos capitanes.

Jornada infeliz de Previsa. -Condiciones de la liga. -Consultan los capitanes de la liga dónde y cómo harían la guerra. -Esfuerzo de un capitán turco. -Sale Barbarroja a pelear. -Los de la liga quieren la batalla. -Machín de Monguía y sus valientes vizcaínos se defienden de 150 galeras de turcos, casi un día, no siendo más de 300 soldados, a 27 de septiembre. -Mofa Barbarroja de Andrea Doria.

Supo Solimán la liga y confederación que en Roma se había hecho contra él, y por buena diligencia que los príncipes cristianos se dieron para aprestar su armada, fue mayor la de Barbarroja, saliendo con gran presteza y armada de Constantinopla con ciento y treinta galeras y otras muchas fustas. Hízose esta liga a instancia de venecianos, que solicitaron al Papa y Emperador, rey de Francia y otros príncipes; que porque ellos traían guerra con el Turco en la Morea y Esclavonia, desearon armarse de esta potencia. En la cual el rey de Francia no quiso entrar, por la amistad que siempre tuvo con el Turco.

Fue el concierto de la liga que se armasen docientas galeras, sin las naves que fuesen menester, aunque no se armaron tantas. El Papa daba treinta y seis, con el patriarca de Aquileya y a Marco Grimaldo por capitán y legado. Venecianos ochenta y dos, nombrando por general de ellas a Vicente Capelo. El Emperador otras tantas con Andrea Doria, y más las naos para la gente, munición y pertrechos, y el trigo que por sus dineros quisiesen de Sicilia.

Había de ser capitán de toda la flota, el tiempo que durase la liga, Andrea Doria, y del ejército de tierra don Hernando de Gonzaga; si no pudiese ir, Francisco María, duque de Urbino; y eran para venecianos las tierras que se tomasen al Turco en Esclavonia y Grecia o en sus islas.

Publicóse esta liga en Roma delante del Papa, estando presentes don Juan Manriques, marqués de Aguilar, embajador del Emperador, y Marco Antonio Cantarino, embajador de Venecia, a 8 de hebrero, año, de 1538; mas no pudo ir Andrea Doria, hasta poner al Emperador en España desde Aguas-muertas.

Entre tanto había venido Barbarroja con la armada que dije a Candía. Saltaron en tierra muchos turcos desconcertadamente, pensando ganar a Candía, y aún se desmandaron a robar por las aldeas. Pero Andrés Griti, que guardaba el lugar, les dañó mucho con la artillería, y como reconociese su desorden, echó fuera dos compañías de italianos que los pusieron en huida; por lo cual, y por saber cómo iba el gobernador Juan Moro con ejército, tocó a recoger apriesa.

Barbarroja metióse en sus galeras por temor de los venecianos, dejó por embarcar mil y docientos hombres que andaban lejos robando, todos los cuales fueron muertos luego a manos de los isleños. De Candía fue Barbarroja sobre Retino, y sin tentarlo, que le pareció fuerte ciudad y muy artillada, pasó a la Frasquía, tres leguas de la ciudad de Candía, y de allí a Sicilia, que de miedo de él estaba sin gente, la cual quemó de enojado. De allí caminó a Modón y luego a la Previsa, por estorbar a la flota del Papa y venecianos, que estaban en Corfú.

En tanto que Barbarroja estaba en Candía, quiso tomar de camino la Previsa, con las galeras del Papa. El patriarca de Aquileya, que deseaba ganar honra, echó en tierra los italianos con algunos albaneses. Él entró por la boca del golfo, si bien le tiraban del castillo; comenzó a batir el lugar desde las galeras y también de tierra con tres tiros que sacó; sobrevinieron empero tantos turcos a pie y a caballo, que matando algunos cristianos, los hicieron retirar. No pudo embarcar los dos tiros; mas aunque con daño todavía, aprovechó aquel acometimiento, porque se supo cómo estaban las galeras turcas a la entrada del golfo.

Poco después de esto llegó a Corfú Andrea Doria, y con acuerdo del patriarca y de Vicente Capelo, se fue a la Gomeniza, lugar de muchas aguas, para esperar allí las naos que atrás dejaba. Tratóse, entretanto que llegaban, dónde y cómo harían la guerra. Contaré el consejo que cada uno de los capitanes dio, aunque el fin fue malo. Dijo don Hernando de Gonzaga, primeramente, que se debía tomar la Previsa, echando en tierra soldados y tiros, para que desde allí estorbasen a Barbarroja la salida con el artillería, pues era estrecha; y que hundiesen a la boca una gran nao llena de cantos por mayor embarazo, y que no bastando aquélla, que pusiesen el galeón Oria, y el Veneciano, y la Baracha que tenían tanta artillería, junto a la nao que hundiesen, y muy bien ancorados, para echar a fondo las galeras de Barbarroja si huir quisiese, porque cerrándole el paso y enseñoreando la marina con la infantería, era luego perdida la flota contraria por falta de agua, ya que otro no fuese.

Contradijo esto, que fuera lo mejor, Andrea Doria, con razones de buen marinero, pareciéndole un manifiesto peligro sacar a tierra la gente y artillería por dos causas: una, porque siendo en fin de setiembre, o casi, podía venir un temporal que forzase la flota a meterse en mar alto, no dejando qué comer a los soldados; otra, porque los turcos tenían muchos tiros con que poder no solamente impedir, pero matar cuantos a tierra fuesen, y que sería gran vergüenza perder los hombres o los navíos, sin hacer otro daño al enemigo que tomarle la Previsa; mas empero, que si Barbarroja no saliese a pelear por miedo, llegando a la Previsa, que saldría por vergüenza, entrando ellos por entre los Dardanelos o castillos a tomar a Lepanto y otros lugares en el golfo de Patrás, que, según los griegos afirmaban, no eran fuertes.

Acostaron al parecer de Andrea Doria el patriarca y Vicente Capelo, temiendo la tormenta más que la batalla de mar, y aún por haber a Lepanto, que ya otro tiempo fuera de venecianos, de manera, pues, que determinaron de hacer lo que dijo Andrea Doria. El cual como general de toda la flota, ordenó allí en la Gomeniza muchas cosas de la armada, de la guerra y de la navegación, a consejo de los otros generales, y porque había setenta y dos naos de pelea, repartiólas en dos partes, dando la una a Francisco Doria, que las llevaba todas, y la otra a Alejandre Bondomier, capitán del galeón veneciano.

Eran las galeras ciento y treinta y cuatro, que no se pudieron armar las docientas que prometieron; las veinte y siete del Papa, cuarenta y nueve del Emperador, que las españolas no fueron allá, cincuenta y cinco de venecianos, si bien algunos cuentan más; pero no estaban allí sino en guardia del Chipre y Nápoles de Romania, y Esclavonia. Había, sin esto, docientos y cincuenta bajeles de menos vaso, los cuales iban a su ventura. Los hombres de paga eran, sin los de galera, cinco mil italianos, once mil españoles soldados viejos de Lombardía y Africa.

Con este designio partieron de la Gomeniza, yendo delante Alejandre Bondomier con su galeón y naves y con cinco galeras que descubriesen; las cuales, en apareando y aparejándose con el golfo del Artá, vieron cuatro galeras con otras tantas galeotas turcas que atalayaban; siguiéronlas para saber las que dentro estaban. Surgió el galeón a la punta de la Previsa, y en diez y seis pies de hondo, como le fue mandado, y luego toda la flota, que, como las galeras se tendieron, parecía grandísima, como sin duda lo era, y para hacer una gran suerte tuvieron trabajo aquella noche, por andar la mar alta, pero sosegó con la venida del sol, con mostrar y dar bonanza.

Quiso al principio Andrea Doria echar gente y comida en la Previsa, mas luego mudó propósito, y por estar quedo Barbarroja y por ir a Lepanto, como se había concertado, tomó el camino de Santa Maura, remolcando las naves con las galeras; fue a surgir a Sesola, que así llaman aquella roca. Quedaban en la rezaga los dos galeones y la barca con otras veinte y cinco naos grandes. Estaba Barbarroja en el golfo del Artá con ochenta y siete galeras y treinta galeotas y treinta y cinco fustas y bergantines; armada que, si bien era grande, no era bastante para pelear con la cristiana, y por entenderlo él así, no salía, y porque aún allí no se tenía por seguro, puso las popas junto a tierra para salvar la gente y ropa, si la armada de la liga los acometiese, teniendo por menor pérdida la de los navíos que la de los hombres. Había hecho baluartes en tierra y puesto en ellos artillería, y llamado los turcos y otras gentes del despotado para defender sus galeras; y cuando vio y contó las naos y galeras de la liga tuvo gran temor, a lo que después contaron los suyos, si bien es verdad que mofaba de la mezcla de los capitanes, diciendo que no sabrían vencerlo.

Un capado que llamaban Monuc, de la Puerta del Gran Turco, que venía en la armada por acompañado de Barbarroja, lo reprendió, motejándolo de cobarde porque no le peleaba. Decíale que mostrase allí, donde más era menester, su esfuerzo y ciencia de cosario, y que mirase cuyo pan comía, que lo ahogaría Solimán si no peleaba, al cual ni le faltaría madera para otra flota ni tan buenos capitanes como él aunque se perdiese la batalla. Hubo miedo entonces el turco Barbarroja, y dijo a Salac: «Vamos a pelear; si bien nos tengan ventaja nuestros contrarios, no nos acuse este medio mujer.»

Luego hizo señal de partida y de pelea. Como estuvo fuera en mar, se puso en medio con un tercio de su flota, llevando muchas banderas en la galera por dar alegría a su gente; dio el otro tercio a Tabac, con que fuese la mano derecha; el otro dio a Salac, que por la izquierda fuese a Rapatierra para tenerla por suya, que importaba mucho habiendo batalla. Echó delante a Dragut con diez galeras y seis galeotas. Venían al remo a compás todas y concertadas, que mostró bien su arte Barbarroja.

Como Andrea Doria entendió que Barbarroja venía con ánimo de pelear, lo que no pensara, volvió alegremente a él desde Sesola, haciendo señal de batalla, la cual pedían con instancia Vicente Capelo y el patriarca. Envió a decir a los capitanes de galeras con las fragatas, que luego se armasen poniendo sus pavesadas para pelear, al primer son de trompeta, con que se ponía el estandarte mayor imperial; y a los de los navíos de armada, que se metiesen a tierra, por la ganar al enemigo y por sacarlo a pelear en alto.

Nunca hombres estuvieron con mayor gana de pelear que los de la liga aquel día, y así era de ver la priesa y alegría que tenían armándose; y muchos pensaban que Barbarroja huía. No quería pelear Andrea Doria sin las naves, y menos Barbarroja con ellas, porque llevaban muchos tiros, y fuertes soldados y por eso el uno rehusaba de acercarse a ellas, y el otro las echaba delante esperando sazón para pelear y vencer. Así, hacía grandes puntas y vueltas con sus galeras, de lo cual se maravillaban sus compañeros, que deseaban embestir, y sus enemigos también, sospechando algún engaño.

Calmó en esto el viento, que fue la perdición de la armada cristiana, porque pararon las naos y no se hallaron las galeras a tiempo. Barbarroja, que al principio temía de llegar a las naos, hizo de tres alas que llevaba dos, a manera de luna nueva, para dar batalla, y conocido el desatino de los de la liga, mandó a los suyos que arremetiesen a ellos antes que el sol se pusiese, pues era ya de mar bonanza, si bien Dragut a este tiempo combatía recio, pero en vano, con el galeón veneciano; porque Bondomier se defendió valentísimamente. Acometieron, pues, los turcos, y unos quemaron dos naos, una de Candía y otra de Venecia, que llevaban bizcocho, habiéndose ya ido la gente por su miedo a otras naos de soldados con las barcas. Otros combatieron tres naos en que iban españoles, y tomaron la del capitán Villegas de Figueroa, natural de Ocaña, que no le valió por bien que pelearon los suyos, y él se defendió, al cual soltó de allí a tres años Solimán, en gracia de un hijo que se tornó turco; a las otras no pudieron tomar, por la noche que les sobrevino, habiendo peleado maravillosamente todos con sus capitanes Bocanegra y Machín de Monguía, echando a fondo tres galeras turcas. Estuvieron sobre la de Monguía ochenta y cinco galeras y fustas que la quebraron el árbol, y las obras muertas, quemando las velas; cargaron en ella tantas por la grandísima resistencia y estrago que hacía.

No pasaban los tablones los tiros por estar escaldados con el mucho tirar. Murieron el alférez y otros veinte y siete; los demás, si bien casi todos heridos, escaparon con la mesana y trinquete, por refrescar el aire aquella noche antes que amaneciese.

Tomó asimismo Salac dos galeras venecianas de Francisco Mocinigo y del abad Viviena, que por ir a los suyos fue a los enemigos, desatinados con la oscuridad o con el miedo.

Anocheció en esto y llovió con truenos y relámpagos, y por miedo de la tormenta hicieron vela: Barbarroja, primero, y luego Andrea Doria, el cual, sin concierto ni respeto, echó la vuelta de Corfú, hacia do corría el viento, habiendo perdido aquel día la honra y fama que de buen capitán tenía, por querer saber mucho, y aun mató los faroles porque el enemigo no lo siguiese, como le seguía.

Barbarroja dijo en español muchas veces, y todas riendo a carcajadas: «¡Oh, cómo Andrea Doria mata las linternas por no ver por dónde huye!»

Ganan la armada de la liga a Castilnuovo. -Toman los de la liga a Castilnuovo. -El capitán Bocanegra murió en una escaramuza. -Tormenta que padece Andrea Doria.

Dieron los de la liga gracias al viento que los trajo a Corfú sin otra mayor pérdida, si bien afrentados por el ruin suceso de su armada sobre tanto consejo. Echaban la culpa unos a otros; decían los venecianos que Andrea Doria no había peleado por envolverlos con el Turco en mayores guerras, que así convenía para el Emperador y por particular odio que les tenían. Los genoveses decían en disculpa de Andrea Doria, que dejó de dar batalla desconfiado de los venecianos, porque iban a la colla (que también se dice a pique), habiendo de pelear, lo cual es llevar atadas con juncos las velas a las antenas, para que sin izar, suelten la vela picando un junco, y porque al principio no quisieron tomar españoles en sus galeras, pues así cumplía para confiar de la victoria; y que fueron ellos los primeros, y que primero ciaron.

Estuvieron allí quince días en esto, y en rehacerse, y en consultar qué harían, porque Barbarroja estaba en Pachú, otra isla junto a Corfú, dándoles higas; el cual, como no salían, se fue al golfo del Artá, que venía tempestad, habiendo robado primero a Parga.

Don Hernando de Gonzaga reconcilió a Vicente Capelo y a Andrea Doria, y acabó que para pelear con Barbarroja o para tomar algún buen lugar, se metiesen cincuenta españoles arcabuceros en cada galera veneciana, creyendo enmendar lo pasado.

Ido Barbarroja, se fueron ellos a Castilnovo, dando a don Hernando el cuarto de las galeras. Es Castilnovo un lugar en el golfo de Cataro o Rizano, poco fuerte, aunque con un baluarte hacia la mar y un castillo sobre peña que guardaban trecientos cincuenta turcos. Los naturales son esclavones, pero mahometanos, aunque algunos eran bautizados primero, y se acordaban que los ganó Mahomet. Habían fortificado a Castilnovo el año antes, sabiendo la liga, con las demás fuerzas de sus dos costas, así de la Grecia como de la Suria y de Europa y Asia. Desembarcaron primero los de la liga en Cataro, sacando trece piezas de artillería.

Envió don Hernando cuatro compañías de españoles a descubrir, las cuales hicieron retirar los turcos de caballo que venían al socorro, y prendieron algunos, aunque murieron seis. Echó los españoles un cabo sobre Castilnovo, que llevaron a brazos trece cañones treinta pasos; y por otros, los italianos, que llevaron dos sin trinchea. Comenzaron a batir el castillo, y el baluarte con aquellos tiros, que se había recogido allí toda la gente, y luego desde la mar, yendo las galeras de cuatro en cuatro a tirar; pero alcanzáronse unas a otras antes que pudiesen dar la vuelta, y así dieron en tierra ocho, cuyos hombres entraron por los remos en el lugar, y luego los soldados de la otra parte por escalas, y entrando murieron algunos, entre ellos un capitán italiano y otro español, que fue Bocanegra, aunque otro dice que en una escaramuza murió este capitán aquí bien nombrado.

Rindiéronse de ahí a tres días los del baluarte a Vicente Capelo, y los del castillo a don Hernando, con que se pudiesen rescatar los turcos en Ragusa por cada cuarenta ducados, pero no se guardó la condición.

El despojo fue mayor que rico. Cautiváronse mil y seiscientas personas, y muchos decían ser cristianos. Andrea Doria y don Fernando de Gonzaga metieron españoles en los castillos, contradiciendo Vicente Capelo, que los pedía por virtud del concierto, y nombraron a Francisco Sarmiento maestre de campo, que quedase allí en guarnición con ciertas compañías, en las cuales había hasta tres mil españoles, los más arcabuceros, todos soldados viejos y lucidos, o según otro dos mil y quinientos y ochenta albaneses de a pie, y veinte y cinco de a caballo, con sus capitanes Lázaro, Andrea Pinto y Jorge Copos. De manera que toda la guarnición fue de españoles, con sus capitanes Machín de Monguía, Luis de Haro, Juan Vizcaíno, Mendoza Silva, Sancho de Frías, Cusán Zambrana, Zimbrón, Arriarán, Pedro Ruiz Gallego, don Pedro de Sotomayor, que sucedió a Bocanegra, y, sobre todos, Francisco Sarmiento.

Barbarroja fue a socorrer a Castilnovo sabiendo que los de la liga lo combatían. Dióle caminando para allá una tormenta en la isla de Saseno, en la cual perdió setenta navíos y veinte mil hombres, según se dijo, por cierto, por lo cual Vicente Capelo, y aun don Hernando, quisieran ir tan a buen tiempo tras él para lo acabar; mas Andrea Doria lo estorbó, por temor de otra tormenta, porque ya era por Todos Santos, y aún porque hizo mal tiempo, estuvieron detenidos allí diez o doce días; mas luego que aclaró, se vinieron a tener el invierno a sus casas, desarmaron las galeras, porque habían trabajado mucho los galeotes aquel verano, y cesó la liga y junta de las armas, que tan poco valieron: y lo que con ellas los capitanes cristianos ganaron se logró tan poco y tan a costa de los españoles, que por sustentarlo padecieron increíbles trabajos y muertes como en esta historia veremos.

Cortes generales de Toledo. -Pónense a la larga escrituras y cartas por asegurar la verdad. -Grandes y señores que se juntaron en ellas. -Proposición de las Cortes. -Niegan la sisa por ser perjudicial: piden que los procuradores se comuniquen con ellos. -Responde el Emperador. Nombran los grandes doce caballeros, como cabezas de su Junta. -Lo que se pidió por parte del Emperador. -Don Juan Tavera, cardenal de Toledo, habla a los grandes que no querían venir en el servicio. -Oración del condestable a la junta de grandes. -Peligro que hubo en las Comunidades de Castilla. -Cristiano y valeroso pecho del condestable. -Hidalgos de Castilla. -Cédula que firmaron los grandes, movidos de la plática del condestable. -Lo que los grandes respondieron al Emperador: que suspenda las armas, que resida en el reino. -Enfadóse el Emperador, y disimula con prudencia. -Escribe el Emperador a Pedro de Melgosa sobre lo que la ciudad había votado. -Castilla lleva la carga mayor de los tributos con que el rey se sustenta.

Las Cortes del año 1538 fueron tan célebres por el llamamiento general, que el Emperador hizo de todos los grandes y señores de título de Castilla, que me obligan a decir de ellas más particularidades que de otras. Y temo mucho de cansar en esta obra, poniendo escrituras y cartas originales; confieso que no es en mi mano otra cosa, no porque me falta estilo para sacarlas en relación y sumariamente, o para decir sólo lo que es historia, que es lo más apacible al común de los lectores, mas soy tan amigo de la verdad, y de que el que leyere mis trabajos entienda que la trato y la busco, que por asegurarme y asegurar a todos he usado y usaré de poner aquí las cartas y escrituras que más hicieren a la historia, sacándolas fielmente, como ellas se escribieron. Haré lo mismo para decir lo que hubo en estas Cortes.

Juntáronse en ellas, y juraron el secreto de lo que fuese perjudicial, para siempre guardarlo, y lo que no, tanto cuanto durasen las Cortes.

El condestable de Castilla y de León, el conde de Oropesa, el conde de Palma, el marqués de Cuéllar, el duque de Maqueda, el marqués de los Vélez, el duque de Alburquerque, el conde de Urueña, don Hernando de Castro, el conde de Chinchón, don Francisco de Ribero, don Hernando de Toledo, el conde de Orgaz, el duque de Medina Sidonia, el duque del Infantado, el conde de Benavente, don Pedro Enríquez, el duque de Nájara, el marqués de Villena, el conde de Luna, don Egas Venegas, Martín Ruiz de Avendaño, el conde de Siruela, el conde de Coruña, el marqués de Elche, Luis Méndez, el duque de Sesa, don Juan de Fonseca, el marqués de Comares, el conde de Nieva, el adelantado de Galicia, el conde de Teba, el marqués de Cerralbo, el adelantado de Castilla, el conde de Osorno, Juan de Vega, el conde de Cifuentes, el duque de Béjar, el duque de Alba, el conde de Buendía, don Juan de Ulloa, el marqués de Montemayor, don Hurtado de Mendoza, el conde de Mélito, el conde de Saldaña, don Juan de Mendoza, don Juan Alonso de Mojica, el marqués de Gibraleón, el conde de Gelves, don Gonzalo Chacón, don Alonso Téllez, don Juan de Ayala, don Francisco de Monroy, Luis Carrillo, el conde de Bailén, el conde de Alcaudete, el mariscal de Fromesta, el marqués de Molina, el marqués de Berlanga, el marqués de las Navas, el conde de Aguilar, Juan de Saavedra, el conde de Olivares, don Juan de Benavides, el mariscal Hernán Díaz de Riba de Neira, el marqués de Tarifa, el conde de Medellín, don Pedro Pimentel, el conde de Monte Agudo y el conde de Módica. Por este mismo orden están escritos, que no he antepuesto ni pospuesto.

Halláronse otros muchos caballeros y perlados extranjeros, como fueron el cardenal Alejandro Farnesio, legado a latere; Federico II, conde Palatino del Rhin; duque de Baviera, elector del Imperio, con su mujer, Dorotea, sobrina del Emperador, hija de su hermana doña Isabel, reina de Dinamarca, Noruega y Suecia.

El intento del Emperador en esta gran junta fue que los tres Estados de Castilla y León le hiciesen un gran servicio, con que desempeñarse y acudir a las cosas de la guerra y defensa de sus reinos. Hízose la junta en el convento de San Juan de los Reyes, en dos salas diferentes; una, de perlados, y otra, de caballeros. En la de los perlados presidió el cardenal de Toledo, después de haber pasado muchos cumplimientos y cortesías entre él y don Francisco García de Loaisa, cardenal y arzobispo de Sevilla.

El estado eclesiástico, sin muchas dificultades, pasó y decretó lo siguiente:

«Atentas las necesidades de Su Majestad y de estos sus reinos que se les habían declarado, y el peligro que habría en no ser con tiempo socorridos y remediados, parece a los perlados que aquí están juntos por mandado de Su Majestad, es justo que todos los del reino ayuden al socorro y remedio de ellos. Para este efecto han platicado en diversos medios generales de los que se han propuesto, y hallan que socorrer la dicha necesidad por vía de sisa, siendo temporal y moderada y en cosas limitadas, sería la más fácil y mejor manera, y en que menos corrución y estorsiones habría. Que porque para esto es menester licencia y mandato de Su Santidad, suplican a Su Majestad mande tratar el despacho que para la seguridad de sus conciencias se requiere, y así son contentos de venir en el medio de la dicha sisa, como de suso se contiene.»

Jueves primero de noviembre se hizo la proposición al Estado de los grandes y señores en una sala de palacio, que era en las casas de don Diego Hurtado de Mendoza, conde de Mélito, y se señaló para las demás juntas el convento de San Juan de los Reyes. No hallo quién fue el que habló lo que aquí dice, que fue lo siguiente:

«Señores: por la noticia que Su Majestad, después de su primera venida en estos reinos ha mandado siempre dar, y por la notoriedad y evidencia de lo que en este tiempo se ha asegurado, tenéis entendidas las cosas que en él se han ofrecido, y las guerras a las cuales Su Majestad, sin poderlas excusar, y contra su voluntad, por defensión y conservación de sus reinos, y bien universal de la Cristiandad y cumplir con su dignidad y autoridad, ha necesitado, deseando siempre evitarlas con los príncipes cristianos y estar en paz y quietud por servicio de Nuestro Señor y beneficio de sus reinos y Estados de la república cristiana, y procurándola por su parte por todas las vías que parecían convenientes, poniéndose en toda justificación y deber para conseguirlo. Y no es necesario referirlas aquí particularmente, ni menos traeros a la memoria las cosas en que no perdonando por las dichas causas a algún trabajo de su persona, se ha ocupado y empleado, porque de todos está visto y sabido, ni tampoco la importancia y necesidad de las ausencias que ha hecho de estos reinos, porque se persuade que cada uno de vosotros por su prudencia tiene conocido, que la primera que hizo el año de veinte, después que por fallecimiento del emperador Maximiliano, de gloriosa memoria, fue elegido por rey de romanos, lo cual así para su autoridad como para seguridad y defensión de sus reinos y Estados, fue tan conveniente y útil, que ninguna cosa pudiera ser más; porque con allegarse aquella dignidad a la grandeza de estos reinos, ayudándose también de los otros que Dios le dio, se ha podido proveer y remediar lo que convenía en las cosas que se han ofrecido, lo cual sin ella se pudiera haber hecho con dificultad; y que la segunda fue más que necesaria, y en ninguna manera se pudo ni debió dejar, de la cual se siguió la paz entre Su Majestad y el cristianísimo rey de Francia, y que se observó hasta el año de quinientos y treinta y seis, después de las guerras que duraron desde su primera ausencia hasta entonces, y la pacificación que por medio del papa Clemente puso y dejó en Italia, que la halló que estaba toda en armas, deshaciendo la liga que contra Su Majestad tenían, y asentándola para la conservación y seguridad de ella, y la resistencia que el año de quinientos y treinta y dos Su Majestad, con ayuda de sus reinos y del Imperio, hizo contra el tirano Turco, enemigo de nuestra santa fe católica y de la república cristiana, que pasando por todo el reino de Hungría llegó hasta la ciudad de Viena, cabeza del archiducado de Austria, patrimonio antiguo de Su Majestad, de donde por él fue expulso y constreñido a volverse huyendo con pérdida de reputación y daño de sus ejércitos y gentes, con lo que entonces más trató con los Estados del dicho Imperio, para que las cosas de la fe (que, con sus opiniones y sectas que se han levantado en aquellas partes, estaban y están en gran peligro) no viniesen en mayor inconveniente; pues la tercera ausencia cuán necesaria fuese, y el beneficio que de ella se siguió para la defensión, seguridad y reparo de estos reinos y de los otros de Su Majestad, para echar a Barbarroja, capitán general de la armada, y fuerzas del dicho Turco, como se hizo, deshaciendo aquellas del reino de Túnez, que lo había ocupado con fin de molestar y oprimir de allí las costas de los reinos de Su Majestad, con lo que más en aquella jornada, pendiente esta ausencia, se hizo, todos lo tenéis entendido, y a ninguno deja de ser notorio; tampoco es necesario referir la liga que con negociación y buenos medios de Su Majestad se acordó y asentó en el año pasado entre Su Santidad y Su Majestad, y el ilustrísimo dominio de venecianos, para defensión de la Cristiandad y ofensión contra el dicho Turco, que, sin duda, según su potestad y fuerzas y la soberbia, obstinación y odio con que ha muchos años que estudia y procura oprimir la Cristiandad y los reinos y Estados de Su Majestad, principalmente como lo ha hecho de la parte del reino de Hungría, que ha podido, era y es muy conviniente y necesaria esta unión y confederación para poder resistir y reprimir sus fuerzas, y forzalle a contenerse en sus términos y proveer por este medio a la quietud y reposo de la Cristiandad, como se ha hecho este año con el armada que Su Majestad ha enviado con el príncipe Andrea Doria, para juntarse con la de Su Santidad y de los dichos venecianos, y se prepara y da orden de hacer el venidero, y adelante con el ayuda de Nuestro Señor. También tenéis entendido cómo siendo Su Majestad después de las dichas últimas Cortes de Valladolid, durando aún entonces la guerra con el dicho Cristianísimo rey de Francia, ido a Monzón para tener Cortes de los reinos de Aragón, así por dar orden en las cosas de ellas como por hallarse más cercano para proveer lo que convienese a la buena provisión y seguridad de las fronteras de ellos, especialmente de Perpiñán, donde se dudaba que se podía ofrecer, y se juzgaba instar mayor necesidad, y habiéndose comenzado a platicar de paz entre Su Majestad y el dicho Cristianísimo rey de Francia, a la cual Su Majestad siempre fue inclinado y la deseó y procuró por su parte, por consideración del bien público de la Cristiandad, suspendiendo las armas para esto por cierto tiempo, para poder más convenientemente tratar y venir a la conclusión, asentaron de enviar cada uno sus ministros y diputados al confín de Salsas, y que sus personas se allegasen también, Su Majestad a Barcelona, y el dicho Cristianísimo rey a Montpelier, para estar más cerca de los dichos sus ministros, y asentar, y consultar, y resolver más brevemente las dificultades que se pudiesen ofrecer; para cuyo efecto, habiendo, venido un nuncio de Su Santidad a exortar la paz, envió Su Majestad a ofrecerle que queriendo Su Santidad tomar trabajo de venir a Lombardía o a Niza, Su Majestad holgaría de ir a ella. Y venido Su Majestad, acabadas las dichas Cortes de Aragón, a Valladolid, donde a la sazón estaba la serenísima, muy alta y muy poderosa Emperatriz, el serenísimo príncipe y infantes, y sus Consejos; y teniendo aviso que los dichos diputados estaban juntos, volvió por la posta a Barcelona, y habiéndose, como siempre antes lo había hecho, puesto en toda razón y deber por su parte, para conseguir lo demás de las otras justificaciones que se hicieron, ofreció de disponer en beneficio de un hijo del dicho Cristianísimo rey del Estado de Milán, que por fallecimiento del último duque sin hijos, fue devuelto al Imperio, y le pertenecía, y estaba y está en su mano, naciendo dificultades entre los dichos ministros y diputados que estaban juntos, tratando de la dicha paz, Su Majestad ofreció por ellos y por los legados que Su Santidad habiendo antes desde que se comenzó la dicha última guerra hecho por su parte el buen oficio que convenía a su dignidad y oficio para enderezar la paz, envió entonces para procurarla y encaminar, uno a Su Majestad y otro al dicho Cristianísimo rey, que para que se pudiesen mejor deshacer las dudas que se ofrecían, se llegasen Su Majestad a Perpiñán y el dicho rey Cristianísimo a Narbona, porque estando el uno cerca del otro y de sus ministros, se trabajase de quitar aquéllas y venir a la conclusión de la paz, y que cuando el dicho rey Cristianísimo no se satisficiese de esto, por no dejar por su parte alguna cosa que con honestidad pudiese y debiese, por hacer, que fuese posible a la Cristiandad el beneficio que se seguiría de ella. También viniendo Su Santidad a Lombardía o Niza, y queriendo el dicho rey Cristianísimo acercarse, tomaría trabajo Su Santidad, para que con su intervención se trabajase de venir a la dicha paz, lo cual se concertó y pasó en efeto, y plugo a Dios que se siguió y asentó:

Primeramente, tregua por diez años entre Su Majestad y el dicho Cristianísimo rey, y los reinos, súbditos y mares, de la una y de la otra parte; y después, la paz y amistad que con las vistas de Aguas-muertas en Francia se confirmó y continuó entre ambos, la cual Su Majestad confía que se observará y irá adelante en crecimiento, con lo que para este efeto se hará siempre de su parte, y la buena y entera voluntad que ha mostrado y muestra el dicho Cristianísimo rey. Y sería superfluo declarar particularmente los grandes gastos y expensas que demás de las que ordinariamente han sido necesarias para las cosas de Su Majestad y de la reina, nuestra señora, Consejos, gobernaciones, guardas y provisiones de las fronteras de estos reinos y de Africa, y en el entretenimiento y sostenimiento de las galeras, que continuamente tiene y trae armadas a su sueldo, que son necesarísimas, y no sólo no se pueden excusar, mas según la potencia del dicho enemigo, conviene aún armar y entretener otras más de las que ha sostenido en el dicho tiempo con las guerras que se han ofrecido, así en la defensa de las fronteras de estos reinos de Guipúzcoa, Navarra y Perpiñán como en la recuperación de Fuenterrabía, que, pendiente la dicha primera ausencia de Su Majestad, fue ocupada, con lo que se gastó, disipó y consumió con las alteraciones que durante aquella hubo en estos reinos; en los cuales a todos es manifiesta la clemencia que Su Majestad usó, como siempre, antes y después la ha usado, y lo que por esta causa perdió y dejó de gozar de sus rentas reales, y ayudarse de los bienes que se pudieran confiscar, y en los ejércitos que ha entretenido para resistir a los enemigos y defender y asegurar sus reinos y Estados, principalmente para tener la guerra lejos de éstos por excusar los daños y trabajos que aquélla trae consigo, como se ha hecho siempre, después que recuperó la dicha villa de Fuenterrabía, y en las armadas que también por mar ha sido necesario hacerse, para resistir a las del dicho Turco y otros infieles, que de seis o siete años a esta parte haya enviado por tres o cuatro veces contra la Cristiandad y los reinos de Su Majestad, los cuales gastos han sido tan grandes y excesivos, que no sufren ni reciben alguna estimación. Y para cumplirlos, no bastando las rentas reales de estos ni de los otros reinos ni Estados de Su Majestad, ni las ayudas ni socorros que le han hecho en todos ellos, que han sido pequeños, ni lo que se ha habido de las cruzadas, subsidios y décimas que Su Santidad le ha concedido, ha sido necesario vender, empeñar y enajenar de su patrimonio y rentas grandes sumas, y aun con esto no se ha podido cumplir lo pasado; porque se deben muy gruesas cantidades de dineros, que para los dichos gastos se buscaron, y tomaron a cambio, y por no se haber podido pagar corren muchos intereses, y crece la deuda con gran detrimento de la hacienda, y aunque se venda y empeñe mucha parte de lo que de ella queda, no puede bastar para pagarse.

Así que por ser todo lo pasado notorio y evidente, no sólo a vosotros, que lo habéis podido entender y tenéis bien entendido, pero a todos generalmente, sería demasiada particular narración y repetición de ello; solamente es necesario entendáis que el patrimonio y rentas reales de estos reinos, por los dichos gastos (los cuales han sido forzosos y necesarios, y no se podrían excusar), han venido en tanta diminución y se han reducido a tal punto, que lo que de ellas queda (aun sin la obligación del cumplimiento de lo que se debe de los dichos cambios) no basta, no sólo para proveer a las necesidades y cosas extraordinarias que continua y necesariamente se ofrecen y no se pueden dejar de ofrecer por defensión, conservación, seguridad y beneficio de los reinos de Su Majestad, mas ni aún para cumplir los gastos ordinarios de las casas de Sus Majestades, Consejos, guardas, galeras, fronteras y cosas necesarias de estos reinos. Para hacer entender lo cual, hallándose el patrimonio y rentas reales, en el término que se hallan, y las dichas deudas forzosas, de que corren intereses, teniendo estos reinos por su grandeza, antigüedad, nobleza y fidelidad, como siempre ha tenido por fundamento y cabeza de los otros sus reinos y Estados, confiando enteramente que así como le han ayudado y socorrido en las necesidades que hasta aquí se han ofrecido, lo harán de presente por la afición que le tienen, por su fidelidad y por la estima en que los tiene, ha mandado convocar y celebrar Cortes generales del reino, para que en ellas se platique y mire en el remedio que conviene y se debe dar en tan extrema necesidad, para que, con parecer, resolución y otorgamiento del reino, se dé tal orden que se puedan pagar las dichas deudas y cumplir y sostener los dichos gastos ordinarios de estos reinos, y proveer en las necesidades, como a la conservación, seguridad, reposo y beneficio de ellos conviene. Para lo cual, siendo la necesidad tan grande y general, y conveniendo que así también sea el remedio y orden que se ha de dar, confiando de la voluntad que tenéis a su servicio y bien universal de ellos, Su Majestad os ha mandado asimismo llamar para que os halléis presentes a lo que se resolviere, otorgare y ordenare, y pratiquéis y intervengáis y ayudéis en el remedio de ello, como os ruega y encarga que lo hagáis.»

A la cual proposición hecha a la congregación de los grandes, respondió el condestable por todos:

«Habemos mirado en esto, que por parte de Su Majestad nos ha sido propuesto, y a lo que alcanzamos, las necesidades son tantas y tan grandes, como Su Majestad nos significa, y las más de ellas han sido forzosas, y las otras nacidas de motivos dignos de tan buen príncipe, y los inconvenientes que estas extremas necesidades nos podrían traer, mucho mayores de lo que conviene decir, y por tanto nos parece lo que aquí diremos. Que visto por lo que aquí por muchos está apuntado ser la sisa muy odiosa, nos parece que no se debe acetar, ni tampoco dejar de buscar remedio para las dichas necesidades, siendo como son forzosas. Para lo cual, si no bastaren las cosas apuntadas por los procuradores del reino, que se supla en otras que cumplan las dichas necesidades, y que de lo que hubiere de las dichas cosas se quite tanta parte de juro de lo que está vendido en menos precios que Su Majestad y los reyes que ha largos tiempos después sucedieren en estos reinos, tengan con qué cumplir los gastos ordinarios y necesarios, para conservación del estado real de ellos. Al cual remedio todos son obligados. Y que se acoten las condiciones por Su Majestad ofrecidas, y juntamente con esto le suplicamos que de hoy en adelante no venda ni empeñe cosa alguna que sea de la Corona real de estos reinos de Castilla y de León, así de lo que al presente está por vender y empeñar, como de lo que se quitare, y que de todo lo susodicho Su Majestad nos dé tales seguridades, y tan bastantes, cuales suplicamos que nos las mande dar.»

Dijeron más los grandes, que teniendo todos tanto deseo de acertar en lo que más convenía a su servicio y bien de estos reinos, les parecía, para que en esto mejor se pudiesen entender, de suplicar a Su Majestad fuese servido de mandar que se supiese el estado de los negocios, mandando a los procuradores de las ciudades platicasen y confiriesen con ellos las veces que pareciese ser necesarias, para que mejor se pudiesen entender e intervenir, y encaminar lo que fuese servicio de Dios y bien de estos reinos.

A esto respondió el Emperador, que según habían tenido tiempo después que se les hizo la proposición, creía habían tomado alguna buena resolución, y que tenía por cierto el deseo que decían tener a su servicio y bien de estos reinos, que por estar de ello muy confiado se lo propuso. Y en lo que pedían de que los procuradores de las ciudades se juntasen con ellos, parecía que en no se haber acabado de resolver, y no haber más que saber dellos de lo propuesto, no había necesidad ni había otra cosa con que se poder remediar la necesidad presente, más que la sisa, por ser la cosa que menos se sentiría y menos agraviaría; y que Su Majestad quería que esta fuese temporal, y que lo que della se sacase se convirtiese en las cosas ya dichas y no en otras; y les rogaba y encargaba que con la voluntad y amor de que estaba cierto, se resolviesen en esto, y que si hubiese otros medios que satisficiesen, se holgaría de oírlos.

Y por ser tantos los grandes y caballeros que se juntaban, y no acabar de concertarse en cosa, gastando mucho tiempo sin resolverse, con voluntad del Emperador, determinaron de elegir doce de entre sí, que fuesen como consiliarios o difinidores de esta ilustrísima junta. Y habiendo hecho todos solemne juramente de que eligerían las personas que según Dios y sus conciencias les pareciesen más convenientes, sin pasión ni afición, martes 6 de noviembre salieron nombrados por votos secretos el condestable de Castilla, duque de Alburquerque, marqués de los Vélez, conde de Oropesa, duque de Nájara, marqués de Comares, marqués de Villena, conde de Benavente, duque de Alba, Juan de Vega y el adelantado de Castilla. Los cuales todos doce, grandes y caballeros, hicieron juramento de que entre sí mesmos, y con todo secreto, tratarían y confirían el negocio para que fueron nombrados.

Estos doce caballeros volvieron a pedir al Emperador, que para tratar de negocios tan graves era menester entender el estado presente de la república, y así suplicaban los dejasen tratar y comunicar con los procuradores. Porfiaron en esto, mas no se concedió. La comisión que los doce tenían, era para que pudiesen hablar y conferir entre sí sobre la proposición que el Emperador mandó hacer a todos los que fueron llamados, y no particularmente, y que no pudiesen comunicallo contra alguna persona, sino ajuntamente con todos los que fueron llamados.

Lo que por parte del Emperador se propuso a los procuradores, fue que sostuviesen el estado de Su Majestad, y buena conservación de estos reinos, y que para ello Su Majestad daría al reino el servicio ordinario de ayuda, y que habían de sostener las galeras de España, y las de Andrea Doria, y la casa de Su Majestad, Consejos y chancillerías, guardas, fuerzas, fronteras y lugares de Africa, y que Su Majestad, con las rentas ordinarias de Castilla, y lo que viene de las islas y Indias, se desempeñaría de los cambios que pagaba.

No acababan los grandes de determinarse, y a 25 de noviembre vino a hablarles de parte del Emperador don Juan Tavera, cardenal de Toledo, acompañado de don Francisco de los Cobos, comendador mayor de León; don García de Padilla, comendador mayor de Calatrava; el dotar Guevara, y el licenciado Girón, del Consejo, y en sustancia les dijo la obligación que había de servir a Su Majestad, y que no había cosa que fuese más conveniente que la sisa ni menos dañosa en el reino. Pero por más que por parte del Emperador se apretaba este negocio, los grandes más se detenían, y se lo negaban, y viendo que en estos señores había esta libertad, porque juntos entre sí secretamente trataban y votaban esta causa, se les mandó que cada uno votase públicamente, en congregación, viva voce, todo, a fin de que no tuviesen tanta libertad, porque vean las congregaciones cuánto importan los votos secretos, para hacer las cosas sin respetos humanos.

El condestable, que fue uno de los valerosos caballeros de su tiempo, celosísimo del servicio de su rey y de su patria, habló a toda la junta de los grandes de esta manera, sacada de su propria letra:

«Señores, pues Su Majestad nos manda que votemos públicamente en lo de la sisa, y que libremente diga cada uno su parecer, y dé sobre esto las razones que le pareciere, paréceme que de hacello así cada uno de vuestras señorías, siendo las personas que son, entenderán mejor que yo este negocio. Lo que, señores, entiendo de él, es que ninguna cosa puede haber más contra el servicio de Dios y de Su Majestad y contra el bien de estos reinos de Castilla, donde somos naturales, y contra nuestras honras, que es la sisa. Contra el servicio de Dios, porque ningún pecado deja de perdonar habiendo arrepentimiento de él, sino el de la restitución que no se puede perdonar sin satisfación. La cual no podríamos hacer, a mi parecer, de daño tan perjudicial como este para honra y hacienda de tanta manera de gente. Para Su Majestad ningún deservicio puede ser igual del que se le podría recrecer de esto. Y aunque se podrían dar muchos ejemplos de levantamientos que en tiempos pasados hubo en estos reinos, con pequeñas causas, yo no quiero decir sino del que vi, y vimos todos, de las Comunidades, pocos días ha, que fue tan grande con muy liviana ocasión, que estuvo Su Majestad en punto de perder estos reinos, y los que le servimos, las vidas y las haciendas. No sé yo quién se atreva con razón a decir, que no podría agora suceder otro tanto, y la buena ventura que Dios nos dio a los que vencimos, y desbaratamos la Comunidad; no se puede tener por cierto que la tendríamos, si otro tal caso acaeciese; y los grandes príncipes se han de excusar de dar ocasión para que sus vasallos les pierdan la vergüenza y acatamiento que les deben cuanto en ellos hay. Y demás de esto, tengo por gran deservicio de Su Majestad, que siendo de edad para gozar muchos años de estos reinos, se les pusiese una tan gran carga sobre él; así que temen que en pocos años se acaben de gastar: como se acabaron los indios, y el oro que hallaban en las primeras tierras que se descubrieron, así se acabará los de estos reinos, si tanta priesa se les da. Y pues sabemos lo que Su Majestad lleva de otros reinos y señoríos, muy a servicio suyo es conservar estos para gozallos muchos años Su Majestad, y después sus sucesores. Asimismo tengo por gran servicio suyo que Su Majestad lleve adelante la buena manera de gobernación que hasta aquí ha tenido, de no hacer alguna novedad notable en alguno de sus reinos y señoríos. Y si a todos los otros ha guardado sus costumbres y libertades, mucho más razón es que nos las guarde a los castellanos, que le habemos servido y seguido con más lealtad y amor que nunca príncipe fue servido. Y viniendo a lo del bien de estos reinos, no sé yo, señores, qué cosa puede haber tan dañosa para ellos, como es la de la sisa, pues ha de alcanzar a todos; que si la hay en otras provincias, fuera de España, será porque no habrá otra manera de rentas, o porque las tierras donde la hay son tales que la pueden sufrir, o porque no lo tendrán por trabajo. En Castilla ninguno puede haber mayor, porque como lo sabemos los que tenemos vasallos, todos están tan necesitados con haber crecido tanto el servicio, y ser tan contino, que no acabamos de cobrar nuestras rentas; pues, ¿qué, habiendo sobre esto sisa? Así que todo lo que tenemos, con mucha parte de ello se nos iría en lo que pagaban nuestros vasallos a Su Majestad, y aunque viviendo Su Majestad, como placerá a Dios que viva más que nosotros, se haya de creer que nos guardará lo que nos ofrece, que sea por tiempo limitado la sisa, ¿qué seguridad puede haber de que los reyes que después hubiere lo cumplan así con nuestros sucesores? Que todos los más creo que sabemos que el servicio que agora hay, vino de las Hermandades que los Reyes Católicos pusieron al tiempo que comenzaron a reinar, y tras ellas vinieron las que se repartió para los chapines de las infantas, y cuando esto cesó, entró en su lugar el servicio, y al comienzo era muy poca cosa, y de tiempo a tiempo agora viene a ser contino, y pagarse en cada un año cien cuentos. Así que estos grandes repartimentos, en comenzándose, se van continuando y creciendo, con más facilidad se dejan de poner al principio que se quitan después, y por esto me parece que para estos reinos ninguna cosa puede haber tan perjudiciable y dañosa como la sisa, y como es tan desacostumbrada que en estos reinos la lleven los reyes, no puede haber cosa que tanto sientan toda manera de personas, porque demás de estas razones se quita a todos los lugares el remedio que tienen para sus necesidades particulares, que no se podría remediar como agora, dando la sisa que en esto habían de emplear a Su Majestad; y no se ha de hacer poco fundamento de los alaridos y gemidos que entre toda la gente pobre habría sobre esto; y pues estos tales no pueden suplicar a Su Majestad nada sobre esto, nosotros que podemos velle y hablalle, es muy gran, razón que supliquemos por el remedio de semejantes cosas, que nos hizo Dios principales personas en el reino, que no vivimos para que fuésemos para solos nosotros, sino para que con toda humildad y acatamiento suplicásemos a Su Majestad lo que toca a la gente pobre como a rey y señor natural tan católico, que se puede llamar padre de todos. Y estas obras tales son las obras pías que los grandes y señores han de hacer. El perjuicio que de la sisa se sigue a nuestras honras, conocido está, porque la diferencia que de hidalgos hay a villanos en Castilla, es pagar los pechos y servicios los labradores, y no los hidalgos; porque los hijosdalgo y caballeros y grandes de Castilla, nunca sirvieron a los reyes de ella, con dalles ninguna cosa, sino con aventurar sus personas y haciendas en su servicio, gastándolas en la guerra y otras cosas, y a la hora que pagásemos otra cosa la menor del mundo, perderíamos la libertad que derramando la sangre en servicio de los reyes de Castilla ganaron aquéllos de donde venimos. Así que, si hubiésemos de pagar algún pecho, podríamos llamarnos ricos por tener villas y lugares, mas no caballeros y hijosdalgo, pues perdíamos la libertad y la honra que nuestros pasados nos dejaron, y si la comenzamos a perder en esto, así la perderíamos en otras muchos cosas, pues esta es de tan gran estimación; toda la fama y honra de nuestros pasados se convertiría en infamia y mengua, y deshonra de nuestras personas, si perdiésemos esta libertad ganada y conservada por tantos años, y perpetuamente quedaría en nuestro linaje, para todos nuestros decendientes, la mancilla de habernos hecho pecheros, que ni bastaría riqueza ni estado, ni contratos, ni firmezas de Su Majestad, para quitarnos este nombre, si la otorgásemos, que siendo tan perjudicial para todos los hidalgos y caballeros de estos reinos, sin ser llamados y oídos cada uno de por sí, no, sé yo cómo nos determinemos nosotros a esto. Que si para condenación de hacienda es necesario ser los hombres oídos, ¿cuánto más han de ser para, condenación de honra?, y perdiendo ésta que tenemos, no sería razón que Su Majestad, siendo el más excelente príncipe y más caballero de cuantos ha habido, se sirviese de nosotros, sino que a todos nos aborreciese como a personas que tan mal habíamos mirado por nuestra honra. Que si una vez la perdiésemos, no la podríamos en tal caso tornar a cobrar. Que aunque Su Majestad pueda hacer con favores y mercedes ricos a los hombres, al que nos hizo Dios caballero de linaje, no le puede hacer Su Majestad hijodalgo, y como dije, esta hidalguía está conocida en Castilla, por no pagar pecho alguno de ninguna manera, los hidalgos. Y por todas estas razones, y otras muchas que se podrían dar, digo que se suplique a Su Majestad mil veces, si tantas lo mandare, que no haya sisa. Y que yo no la otorgo, ni soy en otorgalla, y que fuera de sisa a mi parecer será muy bien que se busquen todos los otros medios que fueren posibles, para que Su Majestad sea servido, porque siendo tan católico como es, habiéndonos hecho mil mercedes cada hora, es muy gran razón que tengamos por nuestras proprias sus necesidades, y que aunque las haya tan grandes en estos reinos, que se busquen medios para que Su Majestad sea servido. Los cuales tengo por cierto que se hubieran hallado, si nos hubiéramos comunicado con los procuradores y que asimismo se suplique a Su Majestad por la comunicación de los procuradores, y que asimismo se suplique que trabaje de tener paz universal con todos por algún tiempo. Que aunque la guerra de infieles sea tan justa, muchas veces se tiene paz con ellos, como la tuvieron reyes de Castilla con reyes de Granada, y si esto no pudiere ser, que haga la guerra por sus capitanes y que su real persona resida en estos reinos. Y que modere los gastos que tuviere demasiados con los que tuvieron los Reyes Católicos, que no aprovecharía algún servicio que a Su Majestad se hiciese, si no hace lo que es dicho, antes serían muy mayores cada día sus necesidades, que por el camino que vino a tenellas, se han de ir desechando a mi parecer. Muchas cosas que tocan al bien del reino, y principalmente de nuestro estado, había que decir a vuestras señorías, que es muy necesario se procuren agora, suplicándolas, a Su Majestad, para que sea servido de hacernos toda merced en ellas.»

Siete horas estuvieron en esta junta, y como el condestable acabó de hablar, todos los grandes y caballeros fueron de un parecer y firmaron una cédula, en que decían:

«Los grandes y caballeros, que por mandado de Vuestra Majestad están, aquí juntos a Cortes, dicen que vieron lo que últimamente les dijo el cardenal de Toledo de parte de Vuestra Majestad sobre lo de la sisa, y todos juntos conformes suplican a Vuestra Majestad, con todo el acatamiento que pueden y deben, que no se hable ya más en sisa, y así lo han votado. La misma conformidad tienen en desear servir a Vuestra Majestad; paréceles que será muy bien que se comuniquen los procuradores de ciudades con ellos para que mejor se hallen otros medios para que Vuestra Majestad sea servido, y se le supliquen las cosas que les pareciere convenientes, al servicio de Dios y de Vuestra Majestad y de estos reinos.»

Luego después de esto dieron al Emperador otro papel en que decían:

«Los grandes y caballeros, que por mandado de Vuestra Majestad somos juntos en Cortes han entendido con gran cuidado en buscar los medios que podría haber para que Vuestra Majestad fuese servido de estos reinos para remedio de la mayor parte de las necesidades por Vuestra Majestad propuestas, y parécenos el más importante y más debido a nuestra fidelidad suplicar a Vuestra Majestad trabaje por tener suspensión en guerras, y de residir por agora en estos reinos, hasta que por algún tiempo se repare el cansancio y gastos de Vuestra Majestad y de otros muchos que le han servido y servirán; pues es cosa notoria que las principales causas de las necesidades en que Vuestra Majestad está, han nacido de diez y ocho años que ha que Vuestra Majestad está en armas por mar y por tierra, y los grandes gastos que a causa de esto se recrecen, así a Vuestra Majestad como particularmente a muchos, universalmente a todos estos reinos, por las grandes sumas de dineros que se han sacado de ellos. El remedio de esto es el camino contrario, reparando estos daños con la residencia de Vuestra Majestad y quietud en estos reinos, por obviar los inconvenientes que se podían recrecer, especialmente a la vida y salud de Vuestra Majestad, en la cual está asentado el bien y alma de estos reinos y naturales de ellos, porque sería imposible dejar de sentirse tantos trabajos continos, y para aquellos en que tan justamente Vuestra Majestad se suele emplear, adelante queda tiempo para ello. Suplicamos a Vuestra Majestad con todo el acatamiento posible y amor natural que tenemos y debemos a Vuestra Majestad, se quiera inclinar a hacer merced y beneficio a todos estos reinos, en residir por agora en ellos, y aunque para todo lo susodicho sea necesario, lo es para otros muchos buenos efetos, y para los grandes y caballeros de estos reinos, por remedio de muchas vejaciones y agravios que suelen causarse de las ausencias de los príncipes, y ayudando Vuestra Majestad con esto al reino, con moderar sus gastos, en lo que moderación sufriere, y en no acrecentar oficios de por vida, nos parece que siendo Vuestra Majestad y viniendo los brazos en ello, se podrían ayudar estos reinos para ayuda al desempeño con menos daño suyo, con haber Vuestra Majestad por bien que el reino tenga por algún tiempo algunos derechos en cosas que salen fuera de él, con las limitaciones que parecieren ser necesarias. Y si estos medios no lo fueren, nos parecía que a todos los brazos compete el cuidado de buscar cómo Vuestra Majestad sea servido en el desempeño de su patrimonio y deudas, y por creer que, comunicados los brazos, estarían en esto, y de común consentimiento, Vuestra Majestad podría ser mejor, servido en el remedio de parte de las necesidades propuestas. Y porque todos los brazos que lo han así de procurar habemos suplicado a Vuestra Majestad que permitiese la comunicación de ellos, porque de otra manera no nos parecía que justamente podrían venir en medios los unos sin los otros, por ser cosas nuevas, como parece que forzosamente han de ser las que se concediesen, y por excusar que los medios en que los unos viniesen, no fuesen reprobados por los otros, y así se haría mejor el servicio, y con mayor concordia, la cual los príncipes deben querer en sus súbditos, y para todo esto le suplicarán a Vuestra Majestad en su tiempo las limitaciones, seguridades y gratificaciones que al servicio de Vuestra Majestad y bien de todos convenga. Y suplicamos a Vuestra Majestad sea servido considerar que el daño que en tantos años ha recibido el patrimonio real, no se puede remediar con brevedad, para la conservación de estos reinos que Vuestra Majestad goce muchos años tan prósperamente como se desea por ellos.»

Llevaron este papel escrito de letra del conde de Ureña, don Juan Téllez Girón, como notario mayor de Castilla, el condestable, los duques de Béjar y Nájara, y el marqués de las Navas. El tercero día de Pascua de Navidad fue el cardenal de Toledo a la junta, y con él don García de Padilla, el doctor Guevara y el licenciado Girón, y dijo las palabras siguientes: «Su Majestad oyó a los tres señores lo que le dijeron. Y él les agradece la voluntad que tienen y muestran, como siempre han hecho, y espera que lo harán en esta necesidad. En lo demás, porque algunos han dicho que no entendieron lo que se les ha dicho, y de su parte lo trayo por escrito: véanlo y provean en ello lo que conviniere.»

En diciendo esto, dio un papel al condestable y salióse con su compañía. La sustancia era que el Emperador se tenía por servido de su voluntad, y que les había encargado mirasen el remedio de la sisa, y otros, que lo tratasen con brevedad.

Lunes 28 de diciembre nombraron los caballeros diez, que fueron: el condestable, los duques de Nájara, Béjar y Alburquerque, marqués de Villena, conde de Benavente, marqués de Elche, marqués de los Vélez, conde de Coruña y Juan de Vega, señor de Grajal, para hablar en otros medios. Tornaron a tratar de que se suplicase al Emperador diese licencia para comunicar con los procuradores de Cortes, y fueles respondido, que no era servido de ello como de su parte les había dicho el cardenal. El día de los Reyes del año treinta y nueve nombraron al condestable para que hablase al cardenal en lo de la comunicación de los procuradores, y respondió con resolución que no se había de hacer.

Los nueve de los diez deputados para conferir sobre este negocio, se resolvieron en que no hallaban medio para servir a Su Majestad que no fuese perjudicial al reino, si no era suplicar le procurase la paz universal y que residiese en estos reinos, como parece por lo que el condestable dijo. Este parecer fue aprobado por toda la congregación, excepto por los duques del Infantado y Alba, y por diez y siete señores que los siguieron.

Respondió el Emperador, viendo la resolución de los caballeros, que agradecía mucho su buena voluntad, y que éstas no eran Cortes ni había brazos; que pedía ayuda de presente, y no consejo para adelante, que buscasen medios que aquéllos no lo eran.

Después de esto, propuso el condestable en la junta, que pues aquellas no eran Cortes, ni los señores brazo, que no podían tratar cosas generales sin oírlos a todos; que sería bien se tratase de sus negocios particulares, y suplicar a Su Majestad remediase algunas cosas que les tocaban. En esta junta, el duque del Infantado y el de Alba, y los diez y siete de su opinión, trataron de que se llevase al Emperador su voto, el cual fue que se cargasen derechos sobre las mercadurías que se sacaban del reino, en lo cual no se tomó resolución, y quedó para otro día.

El primero de hebrero, vino el cardenal a la sala, y con él los que solían, menos don García de Padilla, y les dijo: «Señores, Su Majestad dice que mandó juntar a vuesas señorías para comunicarles sus necesidades y las de estos reinos, pareciéndole que como eran generales, así lo había de ser el remedio, para que todos entendiesen en darle; que viendo lo que está hecho, le parece que no hay para qué detener aquí a vuestras señorías, sino que cada uno se vaya a su casa o a donde por bien tuviere.»

Acabada esta plática dijo el cardenal a los que venían con él: «¡Ah! ¿Se me ha olvidado algo?» Y respondieron: «No.» Entonces el condestable y el duque de Nájara, a la par, dijeron: «Vuestra señoría lo ha dicho tan bien, que no se le ha olvidado cosa alguna.»

Luego se levantó el cardenal, y salieron siguiéndole todos los de la junta, con lo cual se tuvo por disuelta, y deshizo el llamamiento de grandes, títulos y señores de vasallos, en que tanto se ha hablado en España y en otras partes.

El Emperador quedó enfadado por la resistencia que los grandes y caballeros hicieron en no querer otorgar la sisa que pedía, y del condestable se sintió más que de otro alguno de los grandes. Oí decir a quien me crió, que se halló en estas Cortes, y que había oído públicamente en la corte, que el Emperador había dicho al condestable algunas pesadumbres, a las cuales respondió el condestable con valor, cortesía y discreción; y que diciéndole el Emperador que le echaría por un corredor donde estaban, respondió el condestable: «Mirarlo ha mejor Vuestra Majestad, que si bien soy pequeño, peso mucho.»

Con esto se disolvieron las Cortes, quedando el Emperador con poco gusto, y con propósito que hasta hoy día se ha guardado de no hacer semejantes llamamientos o juntas de gente tan poderosa en estos reinos.

Demás de esto, escribió a las ciudades en fin de este año y principio del siguiente de 1539, y envió sus gentileshombres para que tratasen en los ayuntamientos de ella, y se les pidiese que a Su Majestad se hiciese algún servicio, y sintiéndose de que no le acudieron como debían, siendo la necesidad tan urgente; y así, envió a Burgos, y escribió a Pedro de Melgosa, regidor de esta ciudad, que habiendo visto lo que le escribieron que esta ciudad había votado en lo tocante a la consulta de Cortes, que don Juan Manrique su procurador había llevado, que se maravillaba y sentía por las razones que al ayuntamiento y corregidor escribía, sobre lo cual volvía a escribir, y mandaba que, pues era persona tan principal, que tanto crédito, con razón, tenía en el ayuntamiento, trabajase como servidor suyo que con toda la brevedad se despachase don Juan Manrique con otorgamiento, de lo cual se pedía, conforme a la consulta, como lo habían ya hecho otras ciudades y villas, cuyos procuradores eran vueltos, y cuyas provincias tenían no menos necesidad que Burgos, y que se acordasen que esta ciudad, como cabeza de estos reinos, en las Cortes pasadas siempre se adelantó a todas en las cosas de su servicio, lo cual por el mucho amor que la tenía, deseara hubiera hecho en lo de presente, y que mirase que en hacerlo así se tendría por servido, y de lo contrario con razón tendría sentimiento y enojo. Despachóse en Toledo a 7 de hebrero año 1539.

Todos estos disgustos recibía el Emperador; y sus vasallos no se los daban por mala voluntad que tuviesen, sino porque los gastos eran grandes y el reino estaba demasiadamente cargado, que los tesoros grandes que las guerras consumían, y el sustento del Imperio de Carlos y de sus Estados y reinos, Castilla los pagaba casi, como lo hace agora, y aun con todo no acabamos de tener gracia con todos, como si los castellanos por mil títulos no la merecieran.

Caso que sucedió al duque del Infantado con el alguacil en Toledo: sucedió el caso antes que se comenzase la fiesta.

Sucedió con esto otro caso que dio principio y ocasión a grandes pesadumbres, si la prudencia y espera del Emperador no lo remediara. Fue, pues, que los caballeros cortesanos ordenaron unas fiestas en Toledo, en las cuales se hallaron el Emperador y la Emperatriz. Hiciéronse estas fiestas o justas, reales fuera de la cuidad, en la vega, porque dentro de ella, por ser poco llana, casi no hay lugar cómodo.

Salieron los reyes, acompañándolos todos los grandes y caballeros de la corte. Iban los alguaciles en sus caballos apartando la gente, y dando indiscretamente, como suelen, con gruesas varas. Uno de ellos se metió entre los grandes apretándolos con el caballo al galope, diciendo que caminasen y diesen lugar al Emperador.

Acertó, por su desgracia, el alguacil, a dar con la vara en las ancas del caballo del duque del Infantado, que a su persona no tocó. Sintiendo el duque la descortesía del alguacil, volvió a él y preguntóle: «¿Vos conocéisme?» Respondió que sí, y que caminase, que venía allí el Emperador. Entonces echó el duque mano a la espada y dio una cuchillada al alguacil en la cabeza. Los demás caballeros quisieron también herirle, y sin duda los lacayos le mataran, si el duque del Infantado no los detuviera. El alguacil, herido y sangriento, se fue a quejar al Emperador.

Sintió mucho el Emperador que en su presencia se atreviesen a herir a los ministros de su justicia.

Luego acudió el alcalde Ronquillo a querer prender al duque, diciendo que el Emperador lo mandaba, y se puso a su lado, como que lo quería llevar consigo. El condestable dijo al alcalde que no tenía que ver en aquello, que él era justicia mayor y el que había de prender al duque, y no otro. El duque del Infantado y todos los grandes se agraviaron mucho de que un alcalde quisiese atreverse a prender a un grande; y queriendo Ronquillo porfiar en ponerse al lado del duque el condestable le echó de allí.

Temiendo Ronquillo no le sucediese lo que al alguacil, cuerdamente se apartó, y el duque se fue con el condestable, acompañándole casi todos los grandes y caballeros, que dejaron al Emperador con solos los de su casa, o poco menos que solo.

El Emperador disimuló prudentemente, y mandó en vía ordinaria proceder contra el duque, conforme a las leyes.

Curóse el alguacil a costa del duque, y dióle más quinientos ducados; y con esto no se habló más de ello.

Y aún dicen que el Emperador envió a decir al duque, si quería que se procediese contra el alguacil, que él lo mandaría castigar; tanta era la clemencia de este príncipe, y lo que estimaba a sus caballeros. El duque lo estimó como merced muy grande que el Emperador le hacía, y aún le valió al alguacil para que el duque, con ánimo generoso, le favoreciese y hiciese merced, mostrando en esto el duque, como en todo, su grandeza.

Cuentan así esto Ulloa en la historia que escribió en toscano, y Ponte Heutero en latín.

Otro autor lo escribe algo diferente, y dice que por relación de quien lo vio, en esta forma: Que don Iñigo López de Mendoza, cuarto duque del Infantado, salió de su posada, que era a San Andrés, en las casas de Francisco de Rojas y Ribera, señor de la villa de Larjos, y acompañado de muchos señores y caballeros llegó a la vega, donde se hacía la fiesta en aquel gran llano, entre el convento de San Bartolomé y las huertas, que estaba cercado de tablados muy altos; fue esta llegada a tiempo que entraban los del torneo de caballo. Venía adelante al galope Francisco Sánchez, alguacil de corte, con un palo, haciendo lugar a los torneadores. No pudo subir el duque a su tablado, y púsose en frente del Emperador a la parte de Toledo.

Estando allí, el alguacil acertó a dar un golpe en las camas del freno del caballo del duque, con que le hizo empinar. Dijo entonces el duque: «Ah, traidor, ¿qué has hecho? ¿Conócesme?» Respondió el alguacil: «Sí, señor, bien sé que vuesa señoría es el duque del Infantado.» Metió entonces el duque mano a la espada y el alguacil echó a huir, mas alcanzóle el duque, y dióle una cuchillada en la cabeza. Volvió el alguacil con la espada desnuda, y dio al caballo del duque en la cabeza, y empinóse y volvió las ancas. El duque daba voces para que no hiciesen daño al alguacil.

Acudió luego el alcalde Rodrigo Ronquillo, y púsose al lado del duque para llevarle preso a su posada, que ya dije la que era. Salió de través el condestable de Castilla, y dijo al alcalde que se fuese, que a él le tocaba hacer aquella prisión, y llevó al duque, acompañándole todos los grandes y señores que allí se hallaron; de manera que sólo el cardenal de Toledo, quedó con el Emperador, harto sentido de que así le hubiesen dejado.

Y otro día el duque fue a ver al Emperador, y recibióle diciendo que no estaba ofendido de lo que en su presencia había pasado: «¿Y es posible -dijo-, duque, que se os atrevió aquel bellaco? Merecía que luego allí le ahorcaran.»

Dice más este autor, que en el camino, cuando el duque iba a su posada preso, echó de ver llegando a Santa Ursula, que llevaba gualdrapa, y dijo que se la quitasen, por si acaso hubiese menester el caballo; y para esto se entró en el zaguán de la casa de Diego de San Pedro, y se la quitaron.

Peligro en que el Emperador se vio andando a caza. -Caso notable de una tempestad en Puzol, que en latín se dice Puteolos.

Después de las Cortes de Toledo el Emperador vino a Madrid, y por desenfadarse, como es costumbre de los príncipes, se fue al Pardo a caza, donde se perdió, aunque con más seguridad que en la sierra de Granada el año de veinte y seis.

Sucedióle un caso gracioso, y fue, que siguiendo a un venado se apartó mucho de los suyos, y vínole a matar en el camino real, dos leguas de Madrid. Llegó ahí a este punto un labrador viejo, que en un asnillo llevaba una carga de leña. El Emperador le dijo, si quería descargar la leña, y llevar aquel venado a la villa, que lo pagaría más de lo que la carga de leña le podía valer. Respondióle el labrador con donaire, diciendo: «¡Por Dios, hermano, que sois muy necio!... Veis que el ciervo pesa más que el borrico y la leña, ¿y queréis que lo lleve a cuestas? Mejor haréis vos, que sois mozo y recio, tomarlos a entrambos a cuestas, y caminar con ellos.»

Gustó el Emperador del labrador, y trabó pláticas con él, esperando alguno que le llevase el venado; preguntóle qué años había y cuántos reyes había conocido. El villano le dijo: «Soy muy viejo; que cinco reyes he conocido. Conocí al rey don Juan el segundo siendo ya mozuelo de barba, y a su hijo don Enrique, y al rey don Fernando, y al rey don Felipe, y a este Carlos que agora tenemos.» Díjole el Emperador: «Padre, decidme por vuestra vida; de esos ¿cuál fue el mejor? ¿y cuál el más ruin?» Respondió el viejo: «Del mejor, por Dios que hay poca duda, que el rey don Fernando fue el mejor que ha habido en España, que con razón le llamaron el Católico. Y quién es el más ruin, no digo más, sino a la mi fe, harto ruin es este que tenemos, y harto inquietos nos trae, y él lo anda, yéndose unas veces a Italia, y otras a Alemaña, y otras a Flandres, dejando su mujer y hijos, y llevando todo el dinero de España, y con llevar lo que montan sus rentas, y los grandes tesoros que le vienen de las Indias, que bastarían para conquistar mil mundos, no se contenta, sino que echa nuevos pechos y tributos a los pobres labradores, que los tiene destruídos. Pluguiera a Dios se contentara con sólo ser rey de España, aunque fuera el rey más poderoso del mundo.»

Viendo el Emperador que la plática salía de veras, y que no era del todo rústico el villano, con la llaneza que este príncipe tuvo, le comenzó a contar las obligaciones que tenía de defender la Cristiandad y de hacer tantas guerras contra sus enemigos, donde se hacían inmensos gastos, para los cuales no bastaban las rentas ordinarias que contribuían los reinos; y díjole más (como si él no fuera), que el Emperador era hombre que amaba mucho su mujer y hijos, y también la gloria de estar con ellos, si no le compelieran las necesidades comunes.

Y estando en esto, llegaron muchos de los suyos que venían en su busca, y como el labrador vio la reverencia que todos le hacían, dijo al Emperador: «Aun si fuésedes vos el rey; par Dios que si lo supiera, que muchas más cosas os dijera.»

Riéndose el Emperador, le agradeció los avisos que le había dado, y le rogó que se satisfaciese con las razones que en su descargo le había dado de sus idas y gastos. Hízole las mercedes que el labrador le pidió para sí y para casar una hija que tenía, aunque fue bien corto en pedirle.

Otro caso semejante a éste sucedió al Emperador, aunque no he podido averiguar en qué año, más de lo que andando a caza se perdió y apartó de todos los suyos en una noche bien obscura y fría, y pasado del hielo de ella, siendo más de la media noche, llegó a una pequeña aldea, y no hallando posada, preguntó por la casa del cura.

Y llegando a ella, a golpes que dio a la puerta, hizo levantar a clérigo de la cama, y díjole: «Padre, yo soy un hombre honrado que me he perdido esta noche y vengo muerto de frío; ruégoos que me dejéis acostar en vuestra cama así caliente como está, y que mandéis hacer lumbre, y asarme una gallina y traer buen vino, que yo os lo pagaré.» El cura dijo que sí haría; que le diese dineros, porque él no los tenía. El Emperador le respondió que había salido sin dineros de su posada, que los traía un criado suyo, y que a la mañana llegaría allí, y que sería bien pagado. El clérigo lo hizo con amor y voluntad, y el Emperador se lo pagó después muy bien; propuso de nunca más caminar sin traer dineros consigo.

Feneceré los cuentos de este año de 1538 con una temerosa tempestad que sucedió en el reino de Nápoles, el cual escribió un caballero de esta manera:

«En Nápoles, domingo 30 de setiembre 1538, a una hora de la noche, comenzó a revolverse el cielo con grandes relámpagos, y dio un gran trueno, tal que causó admiración, y a poco rato comenzó a llover tierra muy menuda de color de ceniza mojada. Visto que se continuaba esta cosa no acostumbrada, toda la ciudad estaba vigilante, encendidas candelas benditas, y comenzaron a andar procesiones. Otro día, lunes, amanecieron los tejados y las calles, y árboles y terreno cubierto de dos dedos de tierra, y de aquella ceniza cernida, la cual cosa perseveró hasta mediodía. Queriendo investigar dónde procedía esta novedad, vieron venir la vía de Puzol multitud de gentes, hombres y mujeres, desmandados, lagrimando con alta voz, de ellos desnudos, de ellos descalzos y medio vestidos, como los tomó la tempestad, y éstos contaron el caso acaecido, al cual yo mismo fui a ver entre los otros, y fue casi toda la ciudad, y fue de esta manera:

«Entre la villa de Puzol y entre los baños, donde acostumbraban muchos enfermos ir a cobrar sanidad, yendo por la costa de la mar entre las montañas y el agua, estaba un campo muy llano y muy extendido, y a dos millas de Puzol se abrieron dos bocas; la una, tanto como un tiro de piedra de la mar, y la otra, dentro, en la campaña, a dos tiros de arcabuz. Por las cuales bocas, cuándo por la una, cuándo por la otra, sale humo espantoso con grandísimo ímpetu, y tras el humo comienza a disparar tantos truenos y sonidos de artillería tan furiosos, que se oyó diez millas en contorno, juntamente con aquel sonido espantoso, veía salir uno como humo, prieto y grandísimo, que con éste sube hasta el cielo, el cual trae consigo multitud de agua, piedras y viento en tanta cantidad, que en toda la campaña, en torno de diez y quince leguas, según la fuerza del viento, no hay hierba verde, las heredades destruidas, y los árboles, del peso de la tierra que caía en ellos, unos desgajados y arrancados, y otros quebrados por medio. Las aves y animales, muertas, por haber sido salteadas de noche; bestia ni ganado alguno se salvó. No sé qué me diga de este negocio, sino que no puedo encarecer ni representar lo que es. Solamente digo que siendo esta boca en la campaña rasa, en sólo lunes y martes, de la tierra que salió, demás de lo que se esparció por tantos lugares, como he dicho, de las piedras y tierra más gruesa que ha caído en torno de las bocas, se han hecho montañas muy altas en gran manera. Y aconteció que el jueves siguiente, muchas personas que lo iban a ver atreviendo, pensando que aquella tempestad no iba con tanta fuerza, subieron en lo más alto de las montañas por descubrir mejor la grandeza de aquellas bocas; de improviso mudóse el tiempo y alzóse una tempestad mayor que la pasada y vino sobre ellos, de manera que se dice haber allí perecido más de treinta personas. Yo bien los vi subir, mas acordándome de la muerte de Plinio, que se ahogó de esta manera, cuando ardía la montaña de Sodoma, nunca quise subir allá. Otra cosa muy admirable hay, que por cada boca de éstas salen juntamente todos cuatro elementos: tierra, fuego, aire y agua. Rompe los aires, derriba los tejados y quiebra las vigas al través, no pudiendo incomportar la pesadumbre. Con todo esto, lo que de ello cae en la mar se sostiene sobre el agua, de manera que en el mar se ha hecho más de cuatro millas en largo de cuesta, y más de una en través, que está la tierra sobre la agua sin ir al hondo, y tanto, que yo pensara estar seco y macizo, si no viera venir un barco con remos.

«Tornando a la tempestad del jueves, digo, señor, que estando Nápoles dos leguas de aquellas bocas y siendo el día de sol muy claro, llegó allí el sonido de los truenos, y tras él un negror tan grande, que cubría toda la ciudad que parecía ser anochecido, y sin quebrarse él y lo de su nacimiento, llegó a juntarse cerca de las nubes de la montaña de Soma, que es seis millas de la otra parte de la ciudad de Nápoles, y hizo tan gran escuridad, que ninguna montaña de en torno se pudo ver por mucho espacio de tiempo. Todo esto pudo acaecer naturalmente, sin que en ello haya otro prodigio ni cosa portentosa, porque como en toda aquella parte de tierra hay mucha piedra azufre, y ello de sí sea como fuego, y hay en las montañas tanta leña en lo alto y tanta raíz en lo bajo, donde el fuego pueda bien obrar; en tanto espacio de tiempo, como ha que el mundo comenzó, no es cosa tan contra naturaleza ver semejantes alteraciones, las cuales en aquel lugar hay continuamente.»

Pérdida de Castilnovo. -Causa de la conversión del marqués de Lombay, Francisco Borja.

Entraremos en este año de 1539 con la pérdida de Castilnovo, y otra mayor, de la serenísima Emperatriz reina de España, nuestra señora.

Doce o trece días antes que falleciese la Emperatriz, se vio en España una terrible eclipse del sol a 18 del mes de abril, y luego un cometa crinito que por treinta días estuvo encima del Occidente, a la parte de Portugal, que según suele suceder en las muertes de los grandes príncipes, lo uno y lo otro fue pronóstico de la muerte digna de lágrimas de la Emperatriz.

A 21 de abril de este año de 1539, enfermó la Emperatriz en Toledo estando preñada; y fatigándola los accidentes del mal, quiso mudar la posada, y salió de las casas de don Diego Hurtado de Mendoza, y lleváronla a las del conde de Fuensalida; el jueves primero de mayo, día de San Felipe y Santiago, a las dos horas después de mediodía, siendo de edad de treinta y ocho años, uno menos que su marido, parió un niño muerto, y con él dio el alma a Dios, con notable sentimiento del Emperador y de toda la corte.

Otro día, viernes por la mañana, el cardenal de Toledo, don Juan Tavera, y su cabildo, y los capellanes de las tres capillas reales, y don Gómez de Benavides, mariscal de Castilla, señor de Fromesta, corregidor que era de Toledo, y el Ayuntamiento de la ciudad, fueron a la comendación del alma.

A las tres de la tarde de este día, el cardenal con su cabildo, y la ciudad, fueron con la mesma orden que por la mañana a las casas del conde de Fuensalida. Entró el cardenal y el cabildo, y el corregidor y Ayuntamiento quedó en la plaza de Santo Tomás esperando el cuerpo. Sacáronle treinta y dos grandes y señores, y los mayordomos del Emperador y Emperatriz, y entregáronle al corregidor y Ayuntamiento, los cuales le recibieron y llevaron en hombros hasta la puente de Alcántara en una litera cubierta de un paño de brocado negro con una cruz de terciopelo morado, en esta forma:

Delante iban todas las cofradías de la ciudad y corte, los mayordomos y oficiales con cetros y insignias, y los cofrades con velas encendidas, la cruz de la Santa Caridad y Santa Iglesia y de todas las parroquias. Seguíase luego el cabildo de la Iglesia, y con él los capellanes de las tres capillas reales de Toledo, los del Emperador y Emperatriz, los curas y beneficiados, los capellanes muzárabes de San Pedro y don Pedro Tenorio, y entre los unos y los otros, los religiosos de todos los conventos, dentro y fuera de la ciudad, menos los jerónimos de la Sisla, porque estaba allí retirado el Emperador.

Tras el cabildo iba la guarda del Emperador, los pajes del príncipe don Felipe con hachas encendidas, los maceros reales, las cruces de la capilla del Emperador y la del cardenal Tavera. Aquí iba el cuerpo, y detrás, vestido de pontifical, el obispo de Oviedo, electo de León, don Hernando de Valdés, presidente y capellán mayor de la Emperatriz; luego, el príncipe, con loba y capirote sobre la cabeza; a su lado, el cardenal Tavera, y allí junto el duque de Béjar, marqués de Villena, el conde de Cifuentes, mayordomo mayor de la Emperatriz, el marqués de Lombay, don Francisco Borja, el comendador mayor de Castilla y muchos perlados y señores del reino; al cabo, los Consejos con sus oficiales y ministros.

Fue la procesión por delante de la iglesia de Santo Tomás a la de San Salvador, por la Trinidad a la Lonja y Cuatro Calles, hasta la puente de Alcántara, donde estaban las marquesas de Lombay y Aguilar, la condesa de Faro, doña Beatriz Silveria, y otras señoras, que recibieron el cuerpo imperial y pusieron la litera sobre dos acémilas negras con sillas y guarniciones de tela de oro y carmesí pelo, y así caminó a Granada. Fueronle acompañando el cardenal de Burgos, don Iñigo López de Mendoza y Zúñiga; los obispos de León y Coria; el marqués de Villena y el de Lombay, y otros señores, y muchos criados de la Emperatriz.

Predicó a estas honras don fray Antonio de Guevara, obispo de Mondoñedo.

Ya dije quién era esta princesa, y vuelvo a decir que los que la conocieron dicen que era hermosísima, y en sus retratos que agora vemos se echa bien de ver, que lo son mucho, con haber en ellos la diferencia que hay de lo vivo a lo pintado; y si era hermosa en el cuerpo, mucho más lo fue en el alma.

Fue muy llorada su muerte en España, y en París el rey Francisco le hizo unas solemnísimas honras, que en todo era cumplido este gran príncipe. Parió muchas veces la Emperatriz, mas no se lograron, si no fue el católico y prudentísimo rey don Felipe, nuestro señor (que en este año tenía doce de edad), y doña María, mujer del Emperador Maximiliano, que hoy día vive Su Majestad, y la del cielo la sustenta y guarda, porque quiere tener santos en la tierra; saben todos que es tal su vida de esta princesa en las Descalzas de Madrid, que sin adulación puedo decir eso. La tercera que se logró fue la princesa doña Juana, reina de Portugal, madre del malogrado y infeliz rey don Sebastián, que tal fue el fruto que se logró en España.

Sintió más que todos el Emperador la muerte de su muy cara y amada mujer, que estimaba mucho su muy dulce y santa compañía.

Llegaron a Granada, y al tiempo de hacer la entrega del cuerpo de la Emperatriz, abrieron la caja de plomo en que iba, y descubrieron su rostro, el cual estaba tan feo y desfigurado, que causaba espanto y horror a los que lo miraban; y no había alguno de los que antes la hubiesen conocido, que pudiese afirmar que aquella era la figura y cara de la Emperatriz; antes el marqués de Lombay, habiendo de consignar y entregar el cuerpo, y hacer el juramento en forma delante de testigos y escribano, que era aquel el cuerpo de la Emperatriz, por verlo tan trocado y feo, no se atrevió a jurarlo; lo que juró fue que según la diligencia y cuidado que se había puesto en traer y guardar el cuerpo de la Emperatriz, tenía por cierto que era aquél, y que no podía ser otro.

Apartáronse los demás de este espectáculo, porque les causaba espanto, lástima y mal olor. Pero el marqués de Lombay, por el particular amor y reverencia que siempre había tenido a la Emperatriz, no se podía apartar ni desviar los ojos de aquella señora, que poco antes era tan hermosa y estimada en el mundo. Hizo tanto efecto esta vista en el marqués, que causó en él una profunda imaginación, y con ella una determinación y mudanza de la diestra del Señor altísimo, considerando el fin de lo más precioso de esta vida; y viendo que era tal, determinó servir a otro señor y a otra Majestad que no perece.

Esta fue la ocasión, como se escribe en la vida del padre Francisco Borja, para que él, renunciando sus Estados y pompas del mundo, se metiese en la Compañía de Jesús, en la cual fue un varón ejemplar.

Siguióse luego desde el otoño del año hasta el de San Juan del año siguiente de cuarenta, una de las mayores hambres que en grandes tiempos se había visto, y juntamente con ella vino una terrible enfermedad de modorra o calenturas pestilenciales, que murieron muchas gentes por toda España. Por manera que este año y el siguiente nos hicieron guerra los cielos, ya que faltaban los enemigos en la tierra, si bien no todos.

Piérdese Castilnovo y mueren españoles. -El capitán Vizcaíno y Alcocer. -Presunción de los janízaros. -Qué españoles señalados se hallaron cercados en Castilnovo.

Porque el Gran Turco quedó tan sentido de ver que, con favor de los venecianos, se le hubiese tomado Castilnovo, que si bien se holgó de que Barbarroja hubiese hecho retirar la armada de la liga, y, a su parecer, quedó victorioso, habiendo temido grandemente el poder de los cristianos, dio luego dineros y gente para rehacer su armada, que se había perdido (como dije) gran parte de ella por sustentar a Barbarroja en el señorío del mar. Mandó hacer guerra a los venecianos en la Morea, y que a la primavera fuesen sobre Castilnovo Barbarroja con la flota y Ulamen con ejército.

Era Ulamen persiano, y que dejó al Sofí por servir al Turco, y tenía experiencia en la guerra, por lo cual le hizo el Turco gobernador de Bosna. Este, pues, juntó para la empresa treinta mil infantes, con la caballería necesaria y con siete sansacos y otro gran número de morlacos y cimerotes, y otras gentes salvajes y pobres, mas para mucho trabajo; van descalzos o con alpargatas, son ligeros y osados, como pareció cuando tentaron de matar al Gran Turco; traen comúnmente arcos y ondas, o chuzones; algunos usan segures, aunque todos aquellos sirvieron de gastadores. Armó Barbarroja otras tantas galeras como el año pasado, y aún quieren decir algunos que más, y tres grandes mahonas para llevar artillería, pelotas, pólvora, bizcocho y otras cosas de armada. Embarcó diez mil turcos y cuatro mil janízaros, y con esta armada vino a la Velona por junio de este año 1539.

Allí fue avisado cómo Joanetín Doria había pasado con veinte galeras a proveer los de Castilnovo. Envió treinta galeras con Zinán Judío o, según otros, con Dragut, y Zefut, para que se pusiesen a la entrada del golfo de Cataro, para que no saliesen hasta llegar él con toda la flota; pero no llegaron a tiempo, porque Joanetín se volvió dentro de tres o cuatro días que llegó a Castilnovo, temiéndose de esto. Saltaron en tierra a 12 de julio mil turcos a tomar agua y a reconocer el pueblo y campo.

Salieron de Castilnovo veinte arcabuceros españoles a mirar qué gente y cuánta era, y cómo la desbaratarían, y en volviendo fueron a ellos antes de comer, el capitán Machín de Monguía y otros dos capitanes con sus compañías, y Lázaro de Corón con sus caballos albaneses, que en la conquista de Túnez tanto se señalaron; trabando una escaramuza los metieron por fuerza en la mar, quedando muchos muertos. Los cosarios tornaron con mucha más gente a la tarde, que les faltaba el agua, y por coger algún español, para informarse cómo estaban y cuán fuertes, acercáronse al lugar. Salieron Francisco Sarmiento y los capitanes Álvaro de Mendoza y Olivera y Juan Vizcaíno, con seiscientos españoles a pelear con ellos; pelearon de tal suerte, que muriendo solos doce, mataron trecientos turcos y prendieron treinta, y si fuera en llano, tornaran pocos a las galeotas. Parecía sangre el arroyo de los molinos que, como se defendían mucho, era menester matarlos, y aun por atemorizarlos, para que Barbarroja no osase cercarlos, el cual llegó a 18 de julio con mayor armada que se pensara, y comenzó luego a echar gente y artillería en tierra.

Llegó luego Ulamen con el ejército; traía grande gana de vengarse de los españoles, que habían muerto muchos turcos en Morat de Sebenigo, tomándole seis piezas de artillería, y por haber corrido veinte leguas a la redonda de su gobernación. Asentaron, pues, el real a las faldas de unas cuestas donde estaba una ermita, sin mucho daño ni ruido, y en los primeros cinco días allanaron otras dos cuestas pedregosas que había entre Castilnovo y su real, sin que se les diese nada, porque los españoles los matasen, como mataron cerca de mil turcos, si bien le pesó a Barbarroja de la muerte de Agi, capitán esforzado y amigo suyo, el cual había tiranizado a Tajora, cerca de Trípol.

Hechas las trincheas y baluartes con arcas de madera, plantaron cuarenta y cuatro piezas de artillería, en que había siete culebrinas dobles, y cuatro cañones de Rodas, y cuatro basiliscos que tiraban pelotas de metal de cien libras, y había algunos trabucos o morteros que arrojaban disformes piedras en alto con que hundían al caer las casas sobre los moradores. Puso Barbarroja su tienda con el pendón del Gran Turco en lo más alto y público del real; dio la cuarta parte de la artillería a Ulamen, para que batiese por su cuartel, que caía hacia Norte, y él, con la demás, batía por hacia Levante, y por tres cabos, teniendo cargo de los dos Tabac; y Alí, español, batió por mar Sabac: con diez, en diez galeras que llevaban a dos y aún a tres cañones gruesos cada mañana, y cada tarde, y hacíalo este Sabac con increíble maña, cuidado y destreza, fatigando demasiadamente en sus combates a los españoles, no menos animosos que diligentes, para hacer lo que a bonísimos soldados tocaba, y que en nada mostraban cobardía, por manifiesto que vieron su peligro. Todos tenían tanto concierto cuanto convenía a buenos cercadores y cercados. Los turcos traían bonetes colorados, y llegábanles hasta las orejas; los janízaros, sendas cintas de fieltro o tiras colgando de la cabeza a las espaldas, por ser conocidos, los cuales, como presuntuosos, decían que un español bastaba para dos soldados turcos, y un janízaro para dos españoles.

Así quisieron un día antes que se comenzase la batería escaramuzar, llevando todos jacos y cimitarras y aun escopetas. Salieron a ellos ochocientos españoles, la mitad arcabuceros, y fue tal la escaramuza, que mataron mil y hirieron otros tantos. Hicieron huir a los demás al mar, que al real no pudieron.

Recibió mucho enojo Barbarroja, así por la honra y reputación suya, que era grande, como por la pérdida, que fue no pequeña, porque mil janízaros eran de estimar tanto, cuanto en ellos suele el Gran Turco confiar más en cualquier ocasión de afrenta; y juntando mil muertos con los mil heridos (castigo digno de su osadía) era gran golpe, el cual sintió Barbarroja, como era razón. Conociendo, pues, Barbarroja que los españoles no tenían par en la escaramuza, mandó que no escaramuzasen más los janízaros, pues la cosa no había de ir por aquella vía. Comenzóse otra mañana la batería, y continuóse nueve días con tanta furia, que allanaron la cerca con sus reparos por hacia la ermita, igual del suelo, y derribaron muchas casas. Era tanta la presunción y valentía de los españoles, que ciertamente habían más deseado que temido el cerco, si bien Francisco Sarmiento, como capitán prudente, siempre lo temió; sin duda era de temer, y así procuró de fortalecerse desde el principio, trabajando con los soldados en hacer baluartes, abrir fosos y otros reparos, en los ocho meses o nueve que tuvo de espacio. Pero ni había céspedes, ni buen suelo de cavar, que fue gran inconveniente. Envió asimismo por socorro al capitán Alcocer a España, y a don Pedro de Sotomayor y a Zambrana a Sicilia y a Brindez, donde estaba con las galeras Andrea Doria, mas de ninguna parte se lo enviaron. No se podía defender, según la multitud de gente, fuerza y porfía que Barbarroja tuvo; y porque fue aquel cerco, combate y pelea tan recia y bien reñida, quiero poner en particular los españoles que había dentro en Castilnovo al tiempo que los turcos lo sitiaron.

Eran quince banderas y capitanes, que se llamaban: Francisco Sarmiento, general; Machín de Monguía, Álvaro de Mendoza, don Pedro de Sotomayor, Juan Vizcaíno, Luis Cerón, Jaime de Masquefa, Luis de Haro, Sancho de Frías, Olivera, Silva, Cambrana, Alcocer, Cusán, Borgoñón, Lázaro de Corón, eran menos de tres mil soldados, porque muchos se habían muerto, y otros idos; tenían obra de mil mozos y mujeres. Había cuarenta mercaderes y clérigos con Jeremías, genovés, que por ser capellán de Andrea Doria le hicieron obispo de allí. Había también ciento y cincuenta capeletes de caballo, con el capitán Lázaro de Corón, y otros muchos griegos con el caballero Jorge y con Andrés Escrápula y otros capitanes, todos gente que sentía honra.

Mortandad grande que los cercados hicieron en los cercadores. -Rabia Barbarroja, espantado de la braveza española. -Combate y gana Barbarroja un castillo. -Traidores se pasan, y avisan a Barbarroja. -Combate recio que Barbarroja dio, animando con el aviso. -Combate y último trance en que los españoles les acabaron peleando. -Valor digno de memoria de Francisco Sarmiento. -Notable esfuerzo de los españoles.

Teniendo, pues, derribada la cerca, como dije, peleaban de día y trabajaban de noche, haciendo albarradas y otras defensas, de lo cual se maravillaban mucho los turcos, que pensando hallar llana la entrada, cuando arremetían la hallaban alta y fuerte. Hubo muchos combates aquellos nueve o diez días, y en ellos gana de vencer. Hubo gran matanza porque los españoles andaban bravos como leones encerrados cuando los enojan, y una mañana salieron seiscientos con tanta furia y denuedo, que por algunas partes hicieron huir los turcos y aún janízaros, los cuales, con el gran miedo, derribaron muchas tiendas, y entre ellas la de Barbarroja, al cual, con el estandarte, llevaron por fuerza y a priesa a la galera, porque no le tomasen o prendiesen en aquella revuelta.

Mataron los españoles aquel día seis mil turcos, muriendo solos cincuenta de ellos, que parecerá increíble, y si más cargaran, como algunos querían, le ganaran el real con el artillería; pero no quiso Francisco Sarmiento aventurarlo todo así, antes les mandaba guardar los portillos y que no saliesen fuera, porque se apocaban escaramuzando. Mas ellos, a excusas de él, salían juramentados de no dejar uno a otro, y así hacían maravillosos hechos y hazañas, tan duras de creer como de acabar.

Blasfemaba Barbarroja, y no sabía qué hacer contra la osadía y esfuerzo de los españoles, que no temían ni hacían caso de la multitud de turcos, ni de la valentía de los janízaros, ni de la furia más que infernal de la artillería. Ofrecía dos pagas a los españoles, y navíos en que se fuesen, si le daban el lugar, aunque algunos dicen que fue al principio esto. Entonces repasó un judío de Nápoles, ropavejero, a decir a Barbarroja que no tomaría el lugar sin allanar primero el castillo alto; otros dicen que se lo dijo un artillero esclavón. Sea, pues, o por aviso que tuviese o por juicio suyo, él sacó de las galeras otras veinte piezas gruesas de artillería, mudando las demás al castillo alto, que no había más de la cava en medio, de manera que batía con sesenta tiros a veinte pasos, y batió cinco días, sin parar las noches, hasta que no dejó piedra sobre piedra del castillo. Y como allí era la fuerza y acudían todos los españoles a defenderla, murieron los más y mejores soldados coseletes, que al principio eran mil, y en un día lo perdieron tres veces, y lo cobraron otras tantas, los capitanes Munguía, Masquefa, Haro y el alférez Galaz: con todos los mil heridos, se metieron en el castillo bajo.

Quedaron atónitos los turcos de ver la resistencia que con grandísima sangre habían hallado en un castillejo caído, y en tan pocos hombres, y que los tenían por vencidos. Cuentan que un Ocaña, y Cortinas, y otro portugués, que llaman Vázquez, se pasaron a los enemigos, los cuales dijeron a Barbarroja que tuviese recio, porque ya los españoles eran pocos, y aquellos estaban tan mal heridos que durarían poco, si bien eran valerosos y esforzados, y que demás de sus heridas estaban ya cansados de pelear, y aun destrozados muchos, y de hacer reparos, y que casi no tenían pólvora, porque un soldado necio, que quería mal al contador Luis López de Córdoba, pegara fuego con su mecha a un barril do estaba sentado el contador que repartía las raciones, al cual con otros soldados lo abrasó, encendiéndose mucha pólvora.

Barbarroja entonces tuvo por ganado a Castilnovo, y todo medio riendo y alegre que no cabía de gozo con tan buenas nuevas, cuales no pensó oír tan presto, mandó apercibir los janízaros y los turcos de a caballo para combatir a pie. Y haciendo señal con sus trompetas, arremetieron, y con aquella fuerza y furia increíble, ganaron una torre, donde pusieron el pendón de la luna por asombrar los españoles; de allí les tiraban flechas y pelotas.

Ordenó Francisco Sarmiento que se hiciese una mina para volarlos de allí, o la tenía ya hecha, según otros; pero no aprovechó, o porque se hundió la tierra primero, o porque no prendió tan presto el fuego, el cual votando fuera quemó algunos, y en ellos al minador, que se llamaba Miguel Formín, de Zaragoza. Aconteció, sin esto, que llovió mucho a seis de agosto por la mañana, que fue jueves, cuando los turcos habían determinado de combatir hasta vencer; puso en los tristes y animosos cercados no poca cuita, en ver sus amigos los más muertos y heridos, los sanos, pocos, y sus enemigos en los apretar contumaces. Dábales grande ánimo pensar que peleaban contra infieles, paganos, turcos y más que bárbaros. No había en tanta calamidad quien rehusase peligro, ni menos excusase salida, antes a porfía quería cada uno ser el primero en salir y acometer el peligro, que fue crueldad cierto dejar de socorrer a tan fuertes guerreros, que ya que no se excusara la pérdida de aquel lugar, que no importaba mucho, a lo menos hicieran los príncipes lo que debían en no dejar perder tal gente.

Ya los pobres españoles veían los más de sus compañeros muertos, y ellos muy cerca de lo mesmo, los castillos y muros rasos hechos cenizas de la pólvora humeando. Acrecentó su dolor ver la lluvia de aquella mañana, que fue causa que del todo se perdiesen, porque les mató las mechas de los arcabuces, los cuales hacían la guerra y la matanza. Hubo con todo eso una sangrienta batalla, porque jugaron muy bien de pica, y mejor de espada, hiriendo, como suelen, a estocadas. Los turcos, que no les impedía el agua, en especial los que traían cimitarras, hicieron gran estrago en los coseletes que peleaban a pie quedo.

Anduvo aquella mañana Francisco Sarmiento animando a todos a caballo, que a pie no podía por estar mortalmente herido. Esforzaba los suyos y peleaba como valiente. Y como viese muchos heridos, se fue con ellos al castillo bajo para meterlos dentro.

Dijeron los que allá estaban, cómo tenían tapiada la puerta y abestionada, y que no se podía tan presto abrir, mas que le echarían una soga para entrar por las ventanas. Respondió él entonces: «Nunca Dios tal quiera que yo me salve y los compañeros se pierdan sin mí.»

Reprendiólos mucho, y aunque tenía tres saetadas en la cara y cabeza, volvió a pelear con ciertos janízaros que cerca estaban llamando ayuda.

Decíales el animoso capitán: «Mirad, amigos, hijos y compañeros, cómo peleáis con estos infieles, ya que la muerte cierre nuestros ojos, no sin dar muestra de firmes cristianos y valientes españoles, pues que pudiendo vivir sin pelear, nos guardamos para hacer tan honrado fin; mirad, no huya nadie; mirad cómo pelean aquéllos sobre los cuerpos ya difuntos.»

Llamó al capitán Sancho de Frías, que buscaba por dónde huir, y le afrentó, teniéndolo del brazo. Acudieron muchos allí, como si comenzaran entonces peleando, donde todos murieron por la gran carga de enemigos. Cayeron muertos Francisco Sarmiento, Sancho de Frías y Juan Vizcaíno, espaldas con espaldas, y rodeados de cuerpos que ellos habían muerto, y con tanto se acabó la pelea, y los que no podían pelear, ni tenían armas con qué, se rindieron, pidiendo (como algunos dicen) misericordia. Diéronse también los del castillo bajo, si bien se pudieran defender algo, porque no era valentía morir allí dentro.

Seis batallas valerosas tuvieron, y sangrientas, sin poderlos entrar; la una, a 24 de julio; la otra, día siguiente, que fue de Santiago; la tercera, a 4 de agosto, cuando ya el castillo de arriba y casamata y traveses estaban deshechos; la cuarta, el día siguiente, a 5 de aquel mes; la quinta, otro día, a 6 de agosto, cuando ya no había muralla en Castilnovo, sino tan abierto lo de dentro como lo de fuera, y la última fue a 7 de agosto, cuando fue entrado el pueblo y muertos los capitanes. De esta manera pasó la pérdida de Castilnovo, que fue jueves a 7 de agosto, año de mil y quinientos y treinta y nueve. Fue batido y combatido veinte y dos días con sus noches a la contina. Tiraron a sólo el castillo nueve mil balas gruesas, sin las de la cerca, por cuatro partes abierta y derribada, y sin las de las galeras.

Murieron casi todos los janízaros y diez y seis mil turcos y morlacos, aunque muchos cuentan que fueron treinta y siete mil los muertos.

Y afirman que cuando la grande agua de aquella mañana, parecía llover sangre, según corría de bermeja. Murieron todos los españoles; salváronse ochocientos de toda suerte de gentes, contando las mujeres y mozos, a los cuales, señaladamente los principales, quisieron degollar en venganza de sus compañeros, y porque no les matasen les dio Barbarroja quince mil ducados en sedas y paños. Prometió libertad y dineros a quien le trajese la cabeza de Francisco Sarmiento para la presentar al Turco; mas ni se pudo hallar ni conocer entre tantos cuerpos muertos. Rogó a Machín de Monguía que se tornase turco, loándole mucho lo de la Previsa, y porque no lo quiso hacer y le respondió como valeroso vizcaíno, le mandó luego degollar en el espolón de su galera. Mandó degollar los clérigos, como en martirio y desprecio de la santa fe, y porque andaban absolviendo y bendiciendo los soldados cuando peleaban, con cruces en las manos.

Es cosa de alabar que comulgasen todos los soldados que había, diciendo el obispo cada día misa. Echó Barbarroja a unos al remo, guardó otros para triunfar en Constantinopla, en memoria de tan esclarecida victoria, si bien sangrienta y costosa al Turco.

Relación de Gante. -Causa del levantamiento de los de Gante.

En el mes de mayo de este año comenzaron en Gante ciertos movimientos y sediciones que la larga ausencia del Emperador causó, y también por haber tantos soldados y hombres criados en la guerra que con Francia habían tenido por aquellas partes, que ya no se hallaban sino con la vida libre y suelta de la soldadesca.

Comenzaron primero los ciudadanos de Gante a conjurarse y traer malos tratos entre sí, y luego fue cundiendo por las demás ciudades y lugares de Gante, como mala ponzona. Lo cual no se pudiendo encubrir, fueron sentidos, y ellos con osadía salieron al descubierto temerariamente y tomaron las armas, echando de la ciudad los consejeros y justicias del Emperador. Derribaron las casas de muchos, que parece deprendieron de lo que se había hecho en Castilla, Valencia y Austria; rondaban la ciudad, y pusieron guardas en las puertas y torres, como si de enemigos estuvieran cercados.

La causa principal de este levantamiento fue que el año de mil y quinientos y treinta y seis, cuando ardía la guerra contra Francia, la reina María, gobernadora de Flandres, convocando los procuradores y oficiales de todas las ciudades y villas de aquellos Estados, sacó de ellos para la guerra grandísima cantidad de dinero, que dicen fueron dos millones de florines de oro, de los cuales cabían a Flandres por su parte cuatrocientos mil, haciéndose el repartimiento según la facultad y riqueza de cada ciudad y provincia. Contradijeron este repartimiento los de Gante, si bien todos los demás lugares lo consintieron y pagaron. Quiso la reina María proceder contra los rebeldes, no por rigor de armas, sino por moderada justicia. Mandó poner las principales cabezas de este levantamiento en honestas prisiones, dando cárcel a cada uno según la calidad que tenía. Repartiéronse los presos en las ciudades de Malinas, Ambers, Bruselas y otras partes, hasta tanto que la ciudad pagase lo que se le había repartido.

Sintiendo esto los de Gante, año de mil y quinientos y treinta y siete, por el mes de agosto, enviaron a Bruselas un síndico de su ciudad, hombre inquieto y malo, que se llamaba Lebuyno Blommio, para que, en nombre de la ciudad, presentase ante la reina una petición en que, con humildad, pedían soltasen los ciudadanos presos, alegando los privilegios y franquezas que la ciudad de Gante tenía, según los cuales no podían ser apremiados a pagar tributos ni pedidos extraordinarios y graves.

El primer privilegio era del conde Guido, dado año mil y docientos y noventa y seis. Otro, del conde Ludovico Neversio, su data, año mil y trecientos y treinta y cuatro. El tercero era del año de mil y cuatrocientos y setenta y siete, que madama María, duquesa de Borgoña, hija de Carlos el Batallador, les había concedido, favoreciéndolos mucho.

La reina María quiso que se viesen estos privilegios por el Senado o Consejo de Malinas, y en Bruselas, en el Consejo de Cámara que allí tenía el Emperador, prometiendo la reina de guardar lo que cada uno de estos dos Consejos determinase, pero con condición que ante todas cosas, diesen de contado los cuatrocientos mil florines si querían que los presos fuesen sueltos.

Los de Gante enviaron correos a Bruselas y a otras ciudades, pidiéndoles que se juntasen con ellos contradiciendo esta paga. Los pueblos no quisieron juntarse con ellos ni ayudarlos en tal porfía, salvo algunos lugares pequeños.

A 24 de setiembre enviaron todas las ciudades de Flandres una petición muy humilde, suplicando a la reina que mandase suspender la ejecución hasta que enviasen al Emperador sobre ello, para que, informado de este negocio, mandase lo que fuese servido. La reina les dio tres meses de término; ellos se contentaron con esto, exceto los de Gante, que siempre estuvieron pertinaces en su porfía, y último día de diciembre protestaron que el término era breve demasiado para poder venir a España y informar al Emperador de un negocio de tanta calidad, y pidieron a un escribano que les diese testimonio de este protesto y requirimiento que hacían, ofreciendo a la reina, según una costumbre antigua, cierto número de soldados a costa de la ciudad contra los franceses por tiempo limitado, y que si no quisiese acetar, que del daño o interés que en ello hubiese no les parase perjuicio, quedándose solos los de Gante; todas las demás ciudades y villas de Flandres enviaron, con voluntad de la reina, a suplicar al Emperador que proveyese lo que fuese razón y justicia.

Habiendo visto el Emperador la demanda de los flamencos y leído las cartas de la reina, su hermana, el año pasado 1538, por el mes de enero, escribió a los de Gante y a las demás villas y ciudades de Flandres que obedeciesen a la reina María como a él mismo, si presente estuviera, y que si en algo se sentían agraviados, acudiesen al Consejo de Malinas o al Consejo de Cámara, que estaba en Bruselas, para que lo determinasen, que se les haría justicia, y que pasasen por lo que allí se determinase; donde no, que procedería contra ellos como contra rebeldes y sediciosos.

Partió de España con este despacho Luis Secorio, consejero del Emperador, y en particular trajo cartas del Emperador para los de Gante, en las cuales expresamente les mandaba que hiciesen lo que la reina mandaba, y que diesen los cuatrocientos mil florines si no querían que por otro camino muy riguroso los compeliesen, y que la reina había hecho bien en echar presos a los de Gante, y tenerlos así hasta que pagasen.

Escribió también al Consejo o Senado, de Malinas, que es el Supremo de Flandres, que procediesen contra los de Gante y los ejecutasen en la dicha cuantía y de la misma manera a todos los que no quisiesen pagar.

Entendiendo esto los de Gante, endureciéronse más, y despacharon luego con una petición larga, si bien humilde, para el Emperador, y otra para la reina María, ofreciendo segunda vez, en lugar del dinero, los soldados que dije que daban. Querían con estas cartas persuadir al Emperador, que desde el tiempo que comenzó a reinar en Flandres hasta este año de 1539 había recibido de solos los flamencos casi cincuenta veces novecientos mil florines de oro; pidiendo que, pues sus pasados habían hecho tan grandes servicios de dinero, y otros muchos de otra calidad, que les fuesen guardados los privilegios que por esta razón se les habían concedido, y que así, mandase que los presos fuesen sueltos, y no se les hiciese fuerza en mandarles pagar aquel dinero.

El Emperador se enfadó de manera, que determinó de partir luego para Flandres y poner la mano a los de Gante tan pesadamente, que quedasen muy llanos.

Los de Gante se ponen en armas.

Viéndose los de Gante tan desfavorecidos del Emperador, con desesperación, inclinados ya a la rebelión, como se hallasen solos, que las ciudades de Flandres no querían entrar con ellos en estos ruidos ni seguir su opinión, y que la reina María estaba firme en no soltar los ciudadanos, antes levantaba gente y juntaba armas, que entendían eran contra ellos, y que el Senado o Consejo de Malinas había dado sentencia contra ellos, y los mandaba ejecutar, tomaron las armas y echaron de la ciudad a los que andaban ejecutando y cobrando el dinero. Hiciéronse señores de todas las plazas fuertes de la ciudad, y de las que había en su contorno, y con despecho, atemorizados, soltaron algunos de los ciudadanos que estaban presos.

Nombraron justicias, hicieron capitanes y oficiales, levantaron soldados con cajas y banderas, y enviaron con mucho secreto correos con cartas al rey de Francia, ofreciéndole que si los recibía debajo de su amparo, le entregarían la ciudad, y con ella a todo Flandres.

El rey no quiso oírlos, ni darles favor en traición semejante, porque el término de este príncipe, quitado de la pasión que tenía por Milán, fue siempre muy proprio de quien él era; y en este tiempo estaba firme en la amistad con el Emperador, y con grandes esperanzas que le había de dar el Estado de Milán, que esto valió para que los de Gante no hallasen en él el favor que pedían, que si fuera en otra coyuntura de las muchas y muy apasionadas que hubo, este caso se pusiera en grandísimo riesgo y peligro.

Escribió luego el rey avisando al Emperador de lo que pasaba en Gante, y juntamente le envió las cartas originales que los de Gante le habían escrito, que fue un hecho terrible.

No fueron en este levantamiento de Gante todos los de la ciudad, sino algunos particulares inquietos, hombres sediciosos y malignos, amigos de novedades, con esperanzas de a río vuelto ganar nombre y hacienda. Estos, con mentiras y embustes, quisieron llevar tras sí todo el pueblo.

Criminaban los grandes tributos y pechos que de tiempos atrás les habían cargado. Quejábanse que el Emperador y su hermana les quebraban sus libertades, que no hacían caso de sus privilegios, que habían sacado tanto dinero para las guerras pasadas, que pudiera comprarse Flandres con él, y levantar docientos mil combatientes por muchos años, que no habían agora tenido más de treinta mil hombres de pelea, que apenas habían tomado un lugar, y que no habían querido tomar a Terouana, ciudad enemiga de Flandres, habiéndola tenido cercada, queriendo que siempre hubiese ocasión de guerras para con achaque de ellas consumirles las haciendas y las vidas con continuos tributos. Que la reina había sacado gran suma de dinero de Flandres para enviar a su hermano don Hernando, y gastarlo en las guerras de Perona y otras ciudades de Hungría que no tocan a Flandres. Que había enviado a su hermano el Emperador mucho dinero para la jornada de Africa contra Barbarroja, y sustentaba aquella y otras guerras con el dinero de Flandres. Que a los soldados que tenía Flandres aún no les pagaban el sueldo sacando tanto dinero para ellos, ni les hacían honra alguna. Que ya no se podía sufrir el imperio de una mujer, que no tenía manos para más que robar, y que no se le había de dar el dinero como ella quería, sino por orden de las ciudades, nombrando personas que cobrasen el dinero y lo pagasen con orden y razón, porque no tuviesen más lugar los ministros del Emperador de hartar su avaricia, empobreciendo la tierra. Decían estas cosas al pueblo con gran ardor y cólera, para poner en ella a la gente común; y en lo que más insistían era en lo que dije, que la reina y sus ministros buscaban y procuraban nuevas guerras, para tener achaque con que sacarles las haciendas, cargándoles nuevas imposiciones y tributos.

Pero como vieron las treguas que entre el Emperador y rey de Francia se habían hecho, y las vistas y juntas que con tanto amor entre ellos habían pasado, y que en Flandres todos obedecían a la reina, sino ellos; que el rey de Francia no los había admitido, antes había enviado las cartas al Emperador, y que ni aún toda la ciudad de Gante estaba de su parte, de contrario parecer estaban embelesados y con desesperación suspensos, ni bien tomaban las armas, ni hallaban que les convenían, ni sabían qué consejo tomar, suspensos y sin acuerdo, y temían no sabiendo qué haría de ellos el Emperador, que sabían que estaba de camino y que había de pasar por Francia sólo para castigarlos, resolviéronse a morir porfiando en su tesón.

Jornada peligrosa que el Emperador hizo por Francia. -Costumbre santa del César.

Antes de esto tenía el Emperador ordenado de partir de España para Italia; y de allí pasar en Alemaña, para por fuerza o por amor reducir la religión cristiana a su antiguo ser, que los herejes la tenían estragada. Pero como supo el levantamiento de Gante, mudó parecer, y tomó el camino para Flandres, atreviéndose a pasar por medio de Francia, sin reparar en muchas cosas de consideración que muchos prudentemente le advertían de lo poco que se podía fiar en el francés; siendo las pasiones viejas y graves, y la codicia de Milán la misma que siempre, y que aunque el rey era gran príncipe y digno de que se creyesen sus palabras, al fin era hombre y sujeto a humores humanos, que son inconstantes, y con la codicia falsos.

Habíale ofrecido muchas veces el rey de Francia camino seguro por su tierra, y como viese que el Emperador se recelaba, le ofreció en seguro los hijos o las personas que él quisiese. De aquí toman ocasión los autores que escriben las cosas de Francia, para decir que el Emperador prometió al rey, porque le dejase parar seguro por Francia, el título de Milán; mas la promesa era grande, y de cosa que tanto había costado, por otra tan pequeña, y no forzosa, pues tenía el Emperador tantos caminos sin el de Francia para pasar en Flandres.

Fueron los caballeros españoles con quien el Emperador se aconsejó, de parecer que de ninguna manera convenía poner su persona a tanto riesgo, dando hartas razones. El Emperador, suspenso algún tanto, consideraba lo que se le decía, mas su gran ánimo le hizo determinar en ir por Francia sin esperar seguro, fiado sólo en la fe y palabra que el rey le había dado, con la cual dijo que pleitearía con el rey cuando le faltase, que Dios es el dueño de los corazones de los reyes, y los lleva donde y como quiere; que la ida con suma brevedad a Gante era forzosa, en la cual iba el servicio de Dios y de su Iglesia, y era causa suya aquélla, para poner luego en ejecución lo que por su divino juicio estaba ordenado, si no era que quisiese que con los flamencos que estaban para perderse, él también se perdiese: que fueron palabras bien dignas del César.

Envió la reina María su hermana unos caballeros dándole el parabién de su venida. Por relación que de ellos hube, digo que el Emperador estaba tan puesto con Dios. que cada día tenía tres horas de oración hincado de rodillas en su retrete, sin quitárselo el trabajo del camino; por ella le libró Dios de mil peligros, porque en El sólo puso su confianza. Y dicen más, que fue esta costumbre santa de toda su vida, orando, en todo lugar y ocasión que se hallase, dos horas de noche y dos muy de mañana, y acabada la oración oía misa y luego atendía a los negocios del reino.

Quedaron en el gobierno de Castilla el cardenal arzobispo de Toledo, don Juan Tavera, y el comendador mayor don Francisco de los Cobos. Al cardenal dejó los mismos poderes que dejaba a la Emperatriz, y orden a todos los Consejos que le consultasen como a él mismo, en todas las provisiones y negocios de gracia y justicia, y que le acompañase y guardase su guarda española, y se pasase a vivir en el palacio real con el príncipe don Felipe. Y por el mes de noviembre de este año 1539 tornó la posta vestido de luto, como viudo, y con moderado acompañamiento envió delante a Granvela con cartas para el rey, avisándole de su camino.

El rey estaba en Compieng convaleciendo de una enfermedad que le tenía muy flaco. Luego el rey envió a su hijo Carlos, duque de Orleáns, que llegase a San Sebastián a recibir al Emperador y al delfín, con el condestable Anna Montmoransi, que le esperasen en San Juan de Lus, para que los dos príncipes le acompañasen, y el rey, flaco y decaído por su mal camino en seguimiento de sus hijos, que en todo era cumplido el rey Francisco.

Dicen que cuando Carlos, duque de Orleáns, mozo brioso y gallardo, topó con el Emperador, que fue dentro en Francia, dijo a voces: «César, César, date por cautivo.» Y el Emperador, sin responderle, con los ojos alegres y risueños, le abrazó y acarició, prosiguiendo su camino.

En el cual se le hizo por donde pasaba solenes recibimientos con las demostraciones de fiestas y placeres que hicieran en Castilla.

Llega el Emperador a Castellerao. -Peligro en que se vio de ser ahogado con fuego y humo.

En el mes de enero del año 1540 llegó el Emperador a Castellerao, donde le esperaban el rey y la reina Leonor, de los cuales fue recibido con grandísima pompa.

De ahí entraron en Amboisa, siendo ya noche, y había en el castillo, que está puesto en un collado, tantas luces de hachas y teas, que parecía mediodía. Tiene esta fortaleza dos muy hermosas y fortísimas torres, en las cuales se hizo el aposento para el Emperador.

En la una de ellas, después de recogido a dormir, uno con malicia, o sin mirar lo que hacía, pegó fuego con una de aquellas hachas a un tapiz. Fuéronse encendiendo los paños, y el humo era tanto, que el Emperador y otros de su servicio se hubieran de ahogar. Mandó el rey hacer pesquisa y prendieron los que se hallaron culpados, y mandábalos el rey ahorcar, mas el Emperador rogó por ellos, y fueron perdonados.

Acompañaron los reyes al Emperador hasta Amboisa, Blois y Orleáns. En esta ciudad se detuvieron algunos días, y dicen que se trató de detener al Emperador, y que hubo pareceres que se hiciese, y que una señora, madama de Estampes, que valía mucho con el rey, era de parecer que le detuviesen hasta sacarle a Milán pero que el condestable Montmoransi lo contradijo pareciéndole que sería un hecho muy feo, indigno del rey de Francia.

Después del incendio de Amboisa comenzó el Emperador a dudar de la fe del rey, y así procuraba valerse de la duquesa de Estampes por la mano que tenía con el rey de Francia, y esta señora, con mucha gracia y discreción, daba gusto al Emperador, que estaba triste y melancólico.

Sucedió, pues, que una tarde el Emperador estaba a la lumbre, y la duquesa con él, procurándole alegrar, porque la mujer era por extremo discreta, y el Emperador gustaba de oírle sus buenas razones. Tenía el Emperador en el dedo un rico anillo con un diamante de gran precio; sacóle del dedo y trayéndole entre ellos (como suele hacer un hombre pensativo) cayósele de las manos; la duquesa se bajó por él, y con la cortesía debida dábale al Emperador. El Emperador, sonriéndose, díjole: «Ese es vuestro, duquesa, porque siempre fue costumbre de los reyes y emperadores que lo que se les cae de las manos no lo vuelvan a ellas.» Y como la duquesa, llena de vergüenza, dijese que ella no merecía joya tan preciosa, el Emperador mandó que la guardase en memoria de aquella jornada que él había hecho por aquella tierra, y de lo que entre los dos se había hablado en Orleáns. La duquesa, dando muchas gracias, prometió que siempre se acordaría de tan señalada merced, favor y honra como de Su Majestad había recibido.

Valió tanto el anillo, y la duquesa de Estampes quedó tan obligada con él, que con lo mucho que ella podía con el rey de Francia, alcanzó que no se tratase de detener al Emperador.

Otros dicen que en un sarao dijo esta señora al Emperador: «Monsieur, mira que te quieren prender.»

También el condestable Montmoransi fue gran parte para lo mismo, y le costó (según juicio de algunos) caro, como veremos adelante.

Resuelto el rey de Francia en hacer todo el buen hospedaje que pudiese al Emperador, adelantóse de Orleáns para hacerle recibir solemnísimamente en todos los lugares.

De Orleáns fue el Emperador a Fonteneblao, donde había el rey edificado un insigne palacio, y tenía en él mucha caza de fieras y volatería. Detúvose el Emperador aquí algunos días con los grandes que con él iban, y de allí llegó a París.

Solemne recibimiento que el rey de Francia hizo al Emperador en París, mostrando en él la grandeza de su ánimo y generoso corazón. -El condestable de Francia hace fiestas al Emperador en su casa. -Entra el Emperador en Valencianes con los príncipes de Francia.

El recibimiento que el rey mandó hacer al Emperador en esta ciudad fue tan grande, que es razón se diga con alguna particularidad, porque en él quiso el rey mostrar la grandeza de su ánimo y reino y buena voluntad. Díjose por cierto que al proprio rey, la primera vez que entró en París a se coronar no se había hecho tal, sólo faltó que el Emperador, por su modestia, no quiso entrar en caballo blanco.

Salió la clerecía en procesión media legua de la ciudad, y eran tantos, que de solos frailes había seiscientos franciscos, cuatrocientos dominicos, trecientos agustinos y otros de otras religiones, que eran estudiantes.

Venían casi docientas mil personas, con docientos arcabuceros a caballo, vestidos de librea de la ciudad, trecientos archeros, docientos ballesteros de la misma librea con recamos de plata; todos los oficiales comunes, vestidos de escarlata; veinte y cuatro regidores, vestidos de morado con forros de varias pieles, cien mancebos ciudadanos de los más nobles en muy hermosos caballos, vestidos de terciopelo con guarniciones de oro, todos de una manera, con doce banderas ricas de la ciudad. Luego docientos y cincuenta oficiales de la corte a caballo con ropas largas.

Detrás iba el preboste de París, acompañado de los abogados, y del Consejo y procuradores del crimen. Luego venía el Parlamento con doce virreyes en mulas, y vestidos de grana. Los presidentes, con capuces de lo mismo, aforrados en armiños, acompañados de los consejos eclesiástico y seglar. Los cuatro generales de los confines de Francia; los señores de la Cámara de las cuentas de Francia, con otra mucha nobleza y oficiales del reino. Venían después los oficiales de la Chancillería, y sobre una hacanea traían el sello real ricamente aderezados de seda y oro, y allí junto el gran chanciller de Francia vestido con los del Parlamento. Seguíase luego el Consejo real con muchos arcabuceros y piqueros, con dos prebostes del Consejo del rey. Luego la guarda ordinaria de suizos con docientos gentileshombres y dos capitanes, y los caballeros de la orden del rey, soberbiamente vestidos.

Luego iban el duque de Alba, monsieur de San Paulo y Granvela, después de dos cardenales, Tornón y Borbón; cerca de ellos iba el César en medio de los dos hijos del rey, el uno vestido de tela de oro, el otro de plata. Detrás de ellos otros seis cardenales y el duque de Vandoma, y el de Lorena, y otros señores, y cuatrocientos archeros de la guarda del rey con su librea.

El rey estaba a una ventana, y el cardenal Farnesio y la reina a otra; con ella, madama Margarita, hija del rey, con otras muchas damas. Hízose una gran salva de artillería. Fue recibido a la puerta de San Dionís debajo del palio de brocado labrado de águilas.

Había muchos arcos triunfales, y tanta gente, que dijo el Emperador que serían seiscientas mil personas. Fueron de esta manera hasta la iglesia mayor, y de allí a palacio, donde cenaron juntos los reyes, y con ellos el cardenal Farnesio y Margarita, hija del rey.

El día siguiente visitó el Emperador las santas reliquias de la Capilla Santa, donde oyó misa. Vio la corona de espinas y un pedazo de la cruz con gran devoción.

Estuvo siete días en París, haciéndole las fiestas y regalos posibles, sin querer el rey Cristianísimo hacer el oficio de rey, porque todo lo dejó al Emperador para que hiciese como si fuera rey de Francia.

Fue bien notado ver tan solo y triste y humildemente vestido al Emperador, porque no llevaba más que un sayo de paño negro y una caperuza de luto. Pero mayor admiración ponía ver juntos y en tanta concordia los dos émulos, que tantos años y con tanta porfía y sangre derramada habían competido, teniendo al mundo alterado, y en balanza y términos de perderse. Espantábanse unos de la confianza y seguridad con que el Emperador se había metido por las puertas de su enemigo, y otros encarecían la grandeza y ánimo leal y generoso del rey Francisco, que así guardaba su palabra, a quien tanto había deseado destruir.

Quedó la Cristiandad llena de grandes esperanzas que se prometía (si bien presto se helaron y perecieron) que de estas vistas había de resultar una perpetua paz y quietud a la república; ya se prometían los hombres unos siglos dorados.

Los franceses tenían creído que, pues el Emperador con ánimo tan seguro se había metido en su reino, que no dejaría de dar al rey lo que tanto deseaba, que era el Estado de Milán, siquiera en agradecimiento de la buena acogida que allí se le había hecho. Confirmaban sus esperanzas con que ya sabían que habían enviado los dos príncipes sus embajadores a Venecia (como diré) para tratar con el Senado de una buena liga contra el Turco.

Después de los siete días que el Emperador estuvo en París llevó el condestable Montmoransi al Emperador a una casa de recreación que tenía, que se llama Gentilli, donde le hizo las fiestas posibles. No se trató de negocios en todo este camino, y si bien el condestable lo apuntó algunas veces, el Emperador lo desvió, diciendo que no era aquél tiempo ni lugar acomodado, hasta que él se viese en su propria tierra, y quería, demás de esto, que se hallase presente su hermano el rey don Hernando, y aun al rey le pareció lo mesmo.

Fueron acompañando al Emperador el rey hasta San Quintín, y los hijos hasta Valencianes, donde entró a 21 de enero año 1540. En Valencianes estuvieron algunos días los hijos del rey y el condestable, y otros grandes caballeros de Francia a los cuales todos la reina María regaló con grandísima ostentación de su mucho valor y ánimo.

No entró el Emperador en alguna ciudad de Francia donde no saliesen todos en la forma que salen a recibir a su rey: el regimiento y nobleza, con el palio, y colgando por las calles los mejores paños que tenían, y le daban las llaves, y besaban la mano, gastando francamente con él y con los que le acompañaban.

En Valencianes se despidieron del Emperador los príncipes de Francia.

Año 1540 entra el Emperador en Gante. -Conoce de la culpa, y castigo que hizo. -En qué manera fueron castigados los de Gante. -Resúmense los monjes en la iglesia mayor de Gante. -Duque de Cleves parte descontento de Gante.

Mandó luego el Emperador ir a Gante una compañía de infantes tudescos, y tomando consigo los caballos flamencos que le estaban esperando en forma de ejército, caminó para Gante. Los de la ciudad, como supieron que venía tan bien acompañado, y que ellos estaban más llenos de miedo que de armas, entendieron bien que sus demasías no quedarían sin castigo. Por disimular mejor su culpa, determinaron de recibirle de paz, pues no tenían fuerzas para resistirle, y ordenaron un recibimiento más triste que alegre.

Llegó a Flandres el rey don Fernando con doce mil alemanes, con los cuales, acompañándole la reina María y casi toda la nobleza de aquellos Países Bajos, con mil y quinientos caballos entró en Gante a 24 de hebrero del año 1540. Luego mandó poner guardas a todas las puertas de la ciudad, y tomar las torres, y muros y puertas, porque no saliese alguno.

Hízose llamamiento de todas las ciudades, Consejos y Chancillerías. Salió el fiscal del Consejo Supremo a la causa, acusando criminalmente a los de Gante, acumulando contra ellos todos los delitos que habían cometido, refiriendo sumariamente las peticiones descorteses, si bien humildes, que habían dado a la reina María y respondiendo a ellas, particularmente a los privilegios de que Gante se quería favorecer. Salió también el procurador de la ciudad respondiendo por ellos.

Hecho y sustanciado el proceso, el Emperador, con los de su Consejo, dieron y pronunciaron una rigurosa sentencia último de abril deste año, y el Emperador en particular sentenció a cada uno de los alterados, y se deshizo la fortificación que habían hecho, y con los despojos de ella mandó el Emperador edificar una fortaleza en el sitio donde estaba un suntuoso monasterio de monjes de San Benito, que se decía San Baubón, y las primeras piedras de los cimientos de esta fuerza se pusieron a 12 de mayo del dicho año 1540; con tanta priesa hacía el Emperador sus cosas. Privó de oficios a todos los oficiales de Gante, justicia y regidores; dio por nulos los privilegios que los condes pasados les habían concedido; quitóles las juntas, cofradías, romerías, oficiales o cabezas de ellas, que eran como capitanes de cada oficio, porque no tuviesen ocasión de hacer juntas y, conventículos; dióles otras nuevas leyes, nuevo Gobierno, y la forma en que habían de jurar a los condes de Flandres, y los condes les habían de hacer el juramento, de manera que les ordenó una nueva república. Justiciaron veinte y seis de los más culpados, y a otros condenaron en dineros, destierros y otras penas.

Notificáronles las sentencias a los reos, estando desnudos con solas unas túnicas de lienzo hasta los pies, sin llevar sobre sí otra ropa, que fue un espectáculo lastimoso. A algunos dieron en pena que fuesen largas romerías, donde acabaron las vidas. Otros, descalzos, con ropas largas de lienzo y sogas al cuello, se echaron a los pies del Emperador; otros huyeron y acabaron las vidas sin patria, sin hacienda y sin honra, que tales frutos da la desobediencia.

A los monjes de San Benito, que estaban en el monasterio de San Baubón, donde se edificó la fortaleza, trasladaron a la iglesia mayor de Gante, y se resumieron en canónigos, y al abad se le dio título de arcediano, dándoles a todos, de las rentas de la abadía, sus cóngruas raciones en la manera que los canónigos la tenían, haciéndose esto con autoridad del Pontífice. Y esta dignidad o arcedianato, es la más rica y principal prebenda de toda Flandres, y de ordinario se aplica y da al obispo de la misma iglesia. La fortaleza que agora se hizo, en el año de mil y quinientos y setenta y seis, se desbarató por otro levantamiento que hubo en Gante y, allanados, se volvió a reedificar, año de 1585, mucho más fuerte. Edificóse ambas veces esta fortaleza, con harto sentimiento de los de Gante, porque a una ciudad libre no hay cosa más pesada que un castillo a cuestas, testigo de su infidelidad.

Estaba en la corte del Emperador el duque de Cleves con salvoconduto. Tratóse de concordia con él por la competencia que había sobre el ducado de Güeldres. Importaba mucho hacer algún buen asiento por quitar al rey de Francia que no tuviese dónde sacar infantería, como solía hacer; pero no hubo orden de concordarse, porque pedía por mujer a Christierna, sobrina del Emperador, hija del rey de Dinamarca, y viuda de Francisco Esforcia, duque de Milán. Demás de esto, pedía cosas tan demasiadas, que no se le podían conceder, y así se hubo de salir de la corte en la mesma desgracia que antes estaba.

El rey de Ingalaterra quisiera también volver a la amistad del Emperador; pero no hubo lugar de oír sus ofrecimientos, por el mal ejemplo que había dado, y por los delitos tan grandes que contra la Majestad Cesárea había cometido, y fuera mucha mengua admitir su amistad sin haber hecho entera satisfación, si bien adelante veremos cómo hubo ocasión tan apretante, que se olvidaron estos buenos respetos.

Piden los príncipes cristianos que los venecianos no se aliasen con el Turco, sino que se armen todos contra él.

Estando el Emperador en Francia, fueron a Venecia por su parte el marqués del Vasto, y por parte del rey de Francia, Annibaldo, gobernador y capitán general del Piamonte, para tratar con el Senado que de ninguna manera se concertasen con el Turco, ni tratasen de paces con él, sino que se confederasen todos y le hiciesen cruda guerra.

Deseaba el Emperador grandemente hacer esta guerra, y tenía para ella, en las islas y mares de Flandres, muchos navíos ancorados para esta jornada.

Tuvo el Turco aviso de estos tratos, y dicen que se alteró tanto, que si Antonio Rincón, español fugitivo, que servía allí de embajador del rey de Francia, no le huyera la cara, le costara la vida. Mas presto se desengañó el enemigo, y se aseguró de la amistad del rey, porque si bien en lo público hizo la embajada que dijo Annibaldo, de secreto, por el embajador antiguo que en Venecia estaba, trataba lo contrario para que se hiciesen paces con Solimán. Y siguiendo los venecianos su consejo, y dejando al Emperador, hicieron una paz nada honrosa con el Turco.

Es cierto que los venecianos no vinieron en la liga que se pedía, por fiar poco de la firmeza y amistad entre el Emperador y rey, y viéronlo al ojo, por lo que los embajadores franceses trataban, como he dicho.

El Turco fue avisado de todo, y así cuando llegó a su corte el embajador veneciano, viendo que el Senado pedía su amistad forzado, lo recibió muy mal, y les concedió la amistad con las condiciones que él quiso, y el Emperador, cuando lo supo en Flandres, mandó despedir y desarmar los navíos que tenía aprestados.

Resolución del Emperador sobre la demanda del rey. -Altera y túrbase el rey. -Enfádase el cardenal Farnesio porque el Emperador echa Dieta sobre las cosas de la fe. -Témense nuevas guerras.

Estaban en Gante por parte del rey de Francia, instando en la demanda de Milán y en los demás tratos de la paz que el rey quería muy en su favor, el condestable Montmoransi y el cardenal de Lorena; concluyendo el Emperador con ellos, les dijo:

-Ninguna cosa yo en esta vida tanto deseo ni quiero como la paz y quietud del mundo, y porque esto sea firme y verdadero, yo soy contento de conceder al rey más de lo que nunca él pensó pedir, ni yo tampoco imaginé darle.

«De dos hijas que tengo, yo quiero dar al duque de Orleáns la mayor, y darle con ella en dote los Estados de Flandres, con título y nombre de rey. De esta manera tendrá el señor rey Francisco dos hijos, entrambos reyes, y tan vecinos y comarcanos, que se podrán cada día ver y comunicar como verdaderos y buenos hermanos. Y como quiera que todos somos mortales, ya podrá ser (lo que Dios no permita) que muera el delfín, su hijo mayor, y que falte también el príncipe don Felipe, mi hijo, y entonces vendrán el duque de Orleáns y mi hija a ser los mayores señores del mundo, pues serán reyes de España y Francia y Flandres, y de los demás mis reinos y señoríos; de manera que se puede decir que doy en dote un reino muy principal, que es el de Flandres, y una muy ancha esperanza, y no imposible, de venir a conseguir otros muchos mayores. En lo que toca al Estado de Milán, no se trate de pedírmelo, porque en alguna manera entiendo darle a nadie; porque dar a Milán no sería otra cosa sino descabezar todos mis Estados. No le pese al rey, ni a quien bien le quiere, de que yo tenga en mi poder a Milán, que no la tomé a nadie por fuerza, sino antes la hube por buena y legitima sucesión, y la poseo como cosa propria del Imperio. Quitadme a Milán, y quitaréisme el paso para tomar mis tierras de Flandres, España, Italia y Sicilia y para visitar los Estados de Alemaña. Esto es lo que tengo que deciros, y si esto no os contenta, no hay para qué se trate más de este negocio.

Enviaron luego el cardenal y el condestable al rey el aviso de lo que el Emperador decía. Fue grandísima (según se dijo) la alteración que el rey sintió, y como quien hace escarnio y disimula su pasión, dijo:

-Téngoselo en merced al Emperador, por cierto, y agradézcole mucho que me quiera tanto que haga por mí más de lo que yo nunca supe desear. No quiera Dios que yo sea tan descomedido que le quiera quitar sus bienes, y lo que de sus padres heredó; buen provecho le hagan los Estados de Flandres, que son suyos, que yo no quiero ni deseo quitárselos. Y pues ni quiere darme a Milán, que tan conocidamente es mía, ni vendérmela cuando más no sea, no curemos de tratar ya más de paz.

Andaban con tanto secreto estos negocios, que con estar en Gante días había el cardenal Farnesio no a otra cosa sino a dar calor a la paz, jamás se comunicó con él cosa alguna, ni la entendió, de que no poco se corrió el cardenal. Y como por vías ocultas viniese a saber lo que allá en secreto se trataba, solía decir a Granvela por vía de donaire: «¿Cómo va de negocios, señor Granvela? Bien me parece lo que Su Majestad propone y lo que los franceses dicen.» Con esto, Granvela no sabía qué se decir, viendo que el cardenal sabía lo que él pensaba que nadie lo entendía.

Después, como el Emperador publicó dieta para Wormes, para tratar en ella del negocio de la religión, enfadóse Farnesio de veras, pareciéndole que se perdía el respeto a la Sede Apostólica, querer entremeterse el Emperador en disputar los negocios de la fe, cuyo conocimiento pertenece al Sumo Pontífice. Y tan grande fue la indignación que de esto sintió, que sin despedirse del Emperador se salió de la corte, dejando en ella por legado al cardenal Marcelo Cervino, su familiar, que después fue papa Marcelo II, año 1555.

Con la partida de Farnesio y con la desabrida respuesta del rey de Francia, se vio luego que los corazones de los príncipes quedaban harto desconformes, y que necesariamente se había de romper presto una guerra más cruel que alguna de las pasadas. Lo cual se confirmó más después que se supo cuán mal se había negociado la paz en Venecia a que fueron, como dije, el marqués del Vasto y Claudio Annibaldo.

Condena el Emperador a Reinero de Bredorada, porque se quiso alzar con Holanda. -Atrevida demanda de los protestantes en Gante. -Visita el Emperador a Holanda y Zelanda.

Estuvo el Emperador tres meses en Gante asistiendo a la administración de la justicia y acudiendo a los Consejos, como si fuera un consejero o presidente de ellos. Condenó, en perdimiento de la vida y de los bienes, a Reinero, señor de Bredorada, por haber servido en las guerras pasadas al rey de Francia y haber intentado de levantarse con Holanda y Zelanda, llamándose conde destas islas, pretendiendo ser suyas por ser descendiente de los que antiguamente lo fueron; mas, domados los de Gante (entre los cuales fue este caballero condenado), moderó el Emperador la sentencia, y estando de rodillas más de una hora ante el Emperador y Senado o Parlamento de Flandres, y el presidente de Holanda y principales señores de los Estados, el Emperador le mandó levantar y sentar, y le habló y otorgó la vida, y poco tiempo después, intercediendo por él todos los grandes de Flandres, jurando de no seguir más al rey de Francia, ni ayudar ni ser con Roberto de la Marca, el Emperador le mandó restituir sus bienes.

También acudieron aquí a Gante los protestantes, con el atrevimiento y desenvoltura ordinaria. El Emperador no les quiso dar audiencia y mandóles decir por Cornelio Sceppero, que el Emperador ni los aseguraba con la paz, ni los amenazaba con guerra. Que pedían una libertad absoluta en la religión, y que con rodeos y malicia huían de sujetarse a la determinación de la Cámara imperial, y asimesmo al Concilio de los católicos, antes parecía que con disimulación y cautela querían que el Emperador y todo el Imperio siguiesen sus opiniones. Que pensaba tener dieta en Wormes, que acudiesen allí y se vería lo que debían hacer y guardar.

Y a 13 de mayo, el rey don Fernando volvió para Austria, porque las cosas de Hungría andaban con mucho peligro.

Partió el Emperador de Gante y fue a Bruselas, y de ahí a visitar las islas de Holanda y Zelanda, y habiendo estado en las villas y ciudades principales, donde fue con grandes fiestas recibido y servido, acompañándole los doce mil alemanes que metió en Gante, volvió a Bruselas.

Pasó el Emperador en Flandres todo este año sin guerras, oyendo embajadas de diversas partes, particularmente de los protestantes, que con mucha osadía escribían y hablaban, y aunque algunas veces decían bien de la religión católica romana y potestad del Papa, era fingida y falsamente, como después pareció, que es condición de herejes y por eso los llama la Iglesia raposas.

El rey de Francia ya andaba maquinando malos contra el Emperador y mordiéndose (como dicen) las manos por haberlo dejado salir de su reino hasta que le entregara a Milán.

Veda el Emperador los libros herejes. -Tenían por novedad molestar los herejes la prohibición de libros. -Lo que sentía el Emperador de los herejes.

Estando el Emperador en Gante, era molestado con embajadas y atrevidas demandas de los herejes, y no había cosa que más lejos estuviese del pecho católico de este gran príncipe, que hacer lo que éstos pedían; así volvió el duque de Julies y Güeldres, o Cleves, muy descontento, y los demás protestantes luteranos. Y para acabarlos de desengañar, mandó promulgar un edito imperial en todos los Estados bajos de Alemaña, que ninguno fuese osado, so pena de la vida, de tener, ni usar, ni leer libros de los herejes, así de Lutero como de otros cualesquier secuaces de las nuevas doctrinas.

Sintieron gravemente esto los innovadores y los que a ellos se iban llegando, pareciéndoles novedad, y que era demasiada violencia quitarles que libremente leyesen cualesquier libros y escrituras, como si fuera nuevo en la Iglesia y entre los católicos mandarse esto, sino que ha más de mil años en el Concilio Niceno se mandó no sólo quemar los libros de Arrio y sus secuaces, mas el cristianísimo Emperador Constantino puso pena de muerte contra los que los ocultasen y no los quemasen luego, y el apóstol San Pablo, escribiendo a Tito, dice que después de una y dos veces amonestado el hereje, que se guarden de él y de comunicarle; porque sus palabras enconan y cunden más que el cáncer. Son astutos los herejes, cavilosos y falsos; tienen, finalmente, la astucia de la raposa y no todos saben discernir y juzgar entre lo verdadero y falso, y por esto es peligrosa la lectura del libro que no es católico.

Así, dice Ireneo, autor santo y del tiempo de los Apóstoles, que ni aun hablar con los herejes no es seguro; que adulteran y depravan la verdad. Y no sé si había leído esta doctrina el católico Emperador, porque estando en el monasterio de Yuste retirado, dijo a unos padres, tratando de los herejes, que cuando se vio en Alemaña apretado de ellos y el lantzgrave con tan poderoso ejército, le ofrecieron que si los oía, que le servirían con todo aquel campo, hasta ponerse con él sobre Constantinopla, y el Emperador no quiso, porque sabía de ellos que cuanto trataban eran cautelas y que no había cosa más lejos de ellos que quererse sujetar a la verdad que tiene la Iglesia católica.

También Gelasio, Pontífice Sumo y santo, que ha más de mil años que pasó, condenó los libros de los herejes y prohibió el tratar con ellos. De suerte que lo que el Emperador hacía era lo que los santos desde el tiempo de los Apóstoles habían hecho y usado.

Milagro del Santísimo Sacramento en Madrid. -Incendio notable en Madrid. -Año enfermo en Castilla.

Pues escribimos los hechos de los hombres, será bien que digamos algo de las maravillas de Dios, para consuelo nuestro, confirmación de nuestra fe y confusión grande de los enemigos de ella. Es cierto lo que digo, como se vio en Castilla, y el príncipe don Felipe, que la gobernaba, lo escribió a muchos; fue, pues, el caso:

El Jueves Santo de la cena del Señor, en la villa de Madrid, estando allí la corte, un caballero mancebo, natural de este lugar, que se llamaba don Francisco Ramírez, se llegó al altar para recibir el Santísimo Sacramento. Dábale un sacerdote asqueroso en la cara y manos, con opinión de que eran bubas, porque tenía el rostro abuhado y lleno de postillas y con las señales que causa este mal. Hubo el don Francisco asco de recibir de su mano el Santísimo Sacramento y pasóse a comulgar en otro altar, y a la hora se sintió mal dispuesto y se fue a casa de su madre, la cual, como le vio, le dijo: «¿Qué es esto, hijo? ¿Cómo venís así que parecéis en la cara a Párraga el cura?» (que así se llamaba aquel sacerdote).

Tomó don Francisco Ramírez un espejo y rniróse; vióse con aquellas bubas y postillas que él había visto en Párraga. Espantóse tanto, que luego le sobrevino una calentura, y dentro de ocho días murió.

Díjose que antes que muriese llamó al dicho Párraga y se confesó con él, y recibió de su mano el Sacramento, y acabó con grandísima devoción su vida.

Sucedió asimesmo otro caso notable en Madrid este mesmo año. Había edificado una muy buena casa el licenciado Francisco Vargas, persona muy señalada y del Consejo Real, que ya le he nombrado; demás de ser la casa nueva, grande y hermosa, era casi toda de cantería. Posaba en ella el cardenal de Sevilla, don fray García de Loaisa, confesor que había sido del Emperador y fraile dominico, y una noche, en el mes de setiembre, se pegó una candela a una estera de pared, y luego se levantó un incendio tan grande y furioso, que parecía fuego del infierno, y dentro de un breve espacio ardía la casa por todas partes con tanta furia, que si al cardenal no le guindaran por unas ventanas a la calle, sin duda pereciera, como pereció mucha hacienda suya y de la casa, que no quedó una estaca.

Afirmaron los que lo vieron, que ardían los pilares de piedra como si fueran vigas de tea, y que entrando el fuego en los cimientos de piedra, brevemente los volvía en ceniza. Son juicios de Dios: los de los hombres, entonces, de ellos cargaron sobre el dueño que había edificado la casa, y otros sobre el cardenal arzobispo de Sevilla, que había sido confesor, y debía de tener quejosos, que no es posible aplacer a todos, y consúmense así las haciendas que por malos medios crecen sin tasa ni medida.

Fue éste un año muy enfermo de fiebres pestilenciales con modorra, que murieron casi en toda España la undécima parte de las gentes, y en algunos lugares, más de la mitad. Duró la hambre mortal desde el otoño del año pasado hasta el San Juan de éste, y comenzó luego la mortandad por los pobres, que de la hambre que habían pasado quedaron flacos; después dio en los ricos.

No tenía remedio este mal con huir de un lugar a otro, porque a ninguno se podía ir que no estuviese peor o tan malo, particularmente en lugares pequeños, donde no había médicos ni medecinas. Pensaron que con el frío del invierno se remediara, y no fue ansí, porque de la misma manera murieron que con el calor, y el mesmo mal dicen que fue general en Francia, Flandres, Alemaña, Italia; y en Roma murieron personas muy señaladas.

Institución de la Compañía de Jesús. -La Cantabria antigua. -Nace Ignacio. -Es herido en el cerco de Pamplona. -Aparécesele San Pedro. -Va en romería a Montserrat, año 1522. -Va en romería a Jerusalem, año 1523. -Estudia en Barcelona. -Estudios de Alcalá, Salamanca y París. -Varones santos, y doctos que se le juntaron en París. -Voto de pobreza que hicieron, año 1534. -Viaje santo a Jerusalem, año 1536. -Dicho notable y profético de un rústico. -Ordénanse con licencia del pontífice Paulo. -Vuelven a Venecia. -Repártense por las ciudades a predicar y enseñar. -Favor que hizo Cristo a Ignacio. -Nombre de la Compañía de Jesús. -Año 1539, Paulo III aprueba la Compañía de Jesús. -Profetiza el Pontífice el bien de esta Compañía. -Confirma el Pontífice la Compañía, año 1540. Prerrogativas de esta sagrada Compañía de Jesús. -La muerte de Ignacio. -Estatura y disposición de su cuerpo.

Siendo el intento de este libro decir con la vida de nuestro príncipe los hechos de sus españoles, debo (pues son dignos de eterna memoria, y se escriben como tales en el cielo) decir los que tocan al espíritu, como digo los que fueron del corazón y virtud corporal. Saben todos los católicos el cuidado que Dios tiene con su Iglesia, como con esposa sumamente querida, a quien acude con divinos favores cuando la ve con las tempestades fatigada, y despierta en ella nuevos espíritus y valerosos soldados, y diestros marineros que la saquen en salvo, porque no ha de perecer ni anegarse.

En los tiempos muy antiguos crió en ella a un San Benito, y la multitud de santos que en su religión ha habido, que, como un Aminadab con sus carros armados, fue de los primeros que con aprobación del Pontífice abrieron caminos y sendas en el mar Bermejo, para que su pueblo pasase.

Muchos años después de éstos, sucediendo los hijos en lugar de los padres, levantó en el mundo a nuestro glorioso español Santo Domingo, y al bienaventurado San Francisco de Asís, caballeros de Cristo, hermanos en armas, para que socorriesen y ayudasen a la Iglesia como valientes capitanes en esta milicia. Y de ahí a más de docientos años, cuando en las partes septentrionales de Europa se levantaban Martín Lutero y otros bestiales herejes, que, como fieras silvestres, querían asolar la viña del Señor, levantó en el Poniente al glorioso Ignacio, sacándole de la milicia y armas de la tierra, para ponerle en otras más santas y de hechos más heroicos, y que él y los que por su mano se armasen, sucediesen en el mismo oficio de los Apóstoles de la primitiva Iglesia, y por ellos se acabase de cumplir la profecía que dice, que en la redondez toda de la tierra sonó la voz de su predicación. Lo cual ven nuestros ojos cumplido, pues los padres de esta sagrada Compañía han rodeado el mundo todo, predicando la palabra de Dios y llegado donde los Apóstoles no llegaron, porque quiso Dios guardar los nuevos mundos de las Indias Orientales y Occidentales, o a lo menos, la mayor parte de ellos, para que esta bendita gente hiciese en ellos el oficio de ministros y coadjutores de los Apóstoles, y guiándolo la Providencia divina, cuando el desventurado Lutero, pública y desvergonzadamente, con sus secuaces, deshacían la religión, las iglesias, la composición y armonía verdaderamente celestial y maravillosa de la Iglesia Católica Romana, los de la Compañía de Jesús (que con error el vulgo llama teatinos) la reedificaban y reparaban en la manera que brevemente aquí diré, pues hay de ello particulares historias.

Las tierras que los romanos llamaron en España Cantabria se dividen en cuatro provincias, que son: Navarra, Vizcaya, Guipúzcoa y Álava, en las cuales se habló y habla en la mayor parte la lengua vascongada, y son, a mi parecer, las gentes más antiguas de España, y que menos se han mezclado con extranjeros, y han tenido clarísimos varones en santidad y en armas; en las cuales, con ser pocos, es notoria la ventaja que en todas ocasiones hacen a muchos.

Año de 1492 nació en la provincia de Guipúzcoa el bienaventurado Ignacio, o Iñigo, de Loyola. Su padre se llamó Beltrán de Loyola, señor de la misma casa de Loyola, y su madre, doña María de Sonre, de gente ilustre y generosa. En la flor de su juventud siguió Ignacio las armas, y en el año de 1521, estando los franceses sobre el castillo de Pamplona, cuando, como dije, entraron en Navarra, y apretando el cerco cada día más, mostró Ignacio el valor de su persona, y poniéndose en el mayor peligro al tiempo que los enemigos le combatían, fue herido de un balazo en la pierna derecha, de manera que se la dejarretó, y casi le desmenuzó los huesos de la canilla, y una piedra del mismo muro, que con la fuerza de la pelota resurtió, también le hirió malamente en la pierna izquierda, de suerte que cayó Ignacio; mas fue para levantarse con mayor virtud y fortaleza, como dice San Pablo, porque librándose de los franceses, se fue a su casa no bien sano, y puesto en cura, padeciendo crueles tormentos que los cirujanos por curarle le daban.

Viéndose en peligro se volvió muy de veras a Dios, confesando y comulgando víspera de los apóstoles San Pedro y San Pablo, cuyo devoto él era, y luego sintió mejoría, y aún se entiende que el bienaventurado San Pedro se le apareció la misma noche de su mayor peligro, y de aquí adelante comenzó a trocar sus cuidados, mudando la vida y pensamientos vanos del mundo y convirtiéndolos en los del cielo. Usó mucho de la lección de libros espirituales y devotos, y vidas de los santos. Tocóle Dios, abriéndole el pecho de su misericordia; visitóle la Reina del cielo, y quedó como un San Pablo, aborreciendo la vida pasada, y con firme propósito de seguir otra. Y estando ya sano de sus heridas, herido de esta saeta, como el ciervo que busca las aguas, determinó de ir en romería a Nuestra Señora de Montserrat, el cual camino quiso hacer con tanta pobreza y desnudez, que sus hermanos y parientes se afrentaban de ello.

Año de 1522 hizo esta santa jornada, y en el monasterio se confesó generalmente, y de todo punto se resolvió y determinó en los buenos propósitos que traía. Dejó al monasterio la cabalgadura; y la espada y daga de que antes se había preciado, y con que había servido al mundo, hizo colgar delante del altar de Nuestra Señora. Desnudóse de sus vestidos, dándolos a un pobre por los rotos y andrajosos que traía. Vistióse un saco de sayal o estopa gruesa, con que cubrió sus carnes, y ciñóse con una soga de esparto. Armado de esta manera se presentó con grandísima devoción ante la preciosa imagen de Nuestra Señora, y veló toda una noche sus rotas armas. Retiróse a Manresa, que es un lugar hacia la montaña, tres leguas de Montserrat, donde había un gran hospital, y aquí, con el mayor fervor, devoción y humildad que sabré decir, servía a los enfermos.

Fue reciamente tentado del demonio; tuvo socorros y favores celestiales, con divinos consuelos y visiones superiores a nuestros sentidos. Año de 1523 fue a visitar la Tierra Santa, en el cual viaje padeció los peligros y trabajos que el espíritu que le llevaba era poderoso a soportar.

Y el año de 1524, siendo ya de edad de treinta y tres años, comenzó a estudiar en Barcelona, y en el año de 1526 acabó el estudio de la gramática, y se pasó a la Universidad de Alcalá, que comenzaba a florecer en este tiempo.

Aquí fue preso y perseguido y maltratado, aunque Dios le libró de sus enemigos, y de los que ciegamente le perseguían. Y de Alcalá pasó a Salamanca, donde tuvo las mismas dificultades, contradiciones y los mismos socorros y victorias de ellas, dando su vida por santa y ejemplar, sus santos ejercicios y doctrina por provechosos y de probada virtud.

De Salamanca partió para París, año de 1528, cuando andaba viva la guerra entre Francia y España, como dije; y por esto le aconsejaban muchos de sus devotos que dejase esta jornada, por el peligro que en ella había; mas él no hizo caso de él, y llegó a París sin pesadumbre ni embarazo de consideración. No faltaron en París sus dificultades ni persecuciones, cuales suele tener la virtud; todas las venció el bendito Ignacio, confortado en la que del cielo le ayudaba y favorecía.

Aprovechó en París en las letras, y en granjear varones muy doctos, y de encenderlos en su espíritu, para que, con el mismo fervor, siguiesen el camino que él llevaba. Ganó al doctor Gavea y a Pedro Fabro, Francisco Javier, Diego Laínez, Alonso Salmerón, Simón Rodríguez, Nicolás de Bobadilla, los cuales todos, acabado el curso de Filosofía, y recibido el grado de maestros, y estudiado ya Teología, año de 1534 día de la Asunción de Nuestra Señora, se fueron a la iglesia de la misma Reina de los Ángeles, llamada Mons Martirum, que quiere decir, el Monte de los Mártires, que está una legua de París, y allí, después de haber confesado y, comulgado, todos hicieron voto de dejar para un día que señalaron todo cuanto tenían, sin reservar más que el viático necesario para el camino hasta Venecia.

Y también hicieron voto de emplearse en el aprovechamiento espiritual de los prójimos, y de ir en romería a Jerusalén, hallando pasaje dentro de un año, y quedarse a vivir y morir en aquellos santos lugares; y éste fue el primer voto que estos padres hicieron.

Partió primero Ignacio para Venecia, donde pensaba esperar los compañeros, los cuales anticiparon su jornada por la tribulación de la guerra y entrada poderosa que el Emperador hizo por la parte de la Proenza y Francia, y así partieron de París a 15 de noviembre de 1536.

Ordenaron el camino de esta manera. Iban todos a pie, vestidos pobremente, cada uno cargado de los cartapacios y escritos de sus estudios; los tres que solos eran sacerdotes, esto es, Pedro Fabro, Claudio Yayo y Pascasio Broet decían cada día misa, y otros seis que eran, recibían el Santísimo Sacramento. Iban pidiendo limosna, y tratábanse pobre y ásperamente. Fue notable el dicho de un rústico el día que salieron de París, porque, maravillados algunos de ver el nuevo traje, el número y el modo de caminar de estos benditos padres, preguntaron a un labrador que con suspensión de ánimo los miraba, si sabía qué gente era aquélla, y él, movido con no sé qué espíritu, respondió en francés: «Messieurs les reformateurs, qui vont reformer quelque pays.» Que es decir: son los señores reformadores que van a reformar alguna tierra.

Llegaron, en fin, a Venecia a 8 de enero del año de 1537, y allí hallaron a su padre Ignacio con otro sacerdote que se le había juntado, y con singular gozo se recibieron los unos a los otros. Mediada Cuaresma partieron para Roma, quedando Ignacio en Venecia, sólo por parecer que así convenía al divino servicio.

Hallábase en Roma, cuando allí llegaron, el doctor Pedro Ortiz, que por mandado del Emperador trataba delante del Papa la causa matrimonial de la reina de Ingalaterra, doña Catalina, su tía. Era este doctor Ortiz muy docto y de gran reputación, y en París había mostrado a Ignacio muy poca voluntad; pero con la noticia que ya tenía de estos santos, los acogió con grandes muestras de amor y los llevó al Pontífice, encomendándole su virtud, letras e intención de servir a Dios en cosas grandes. Recibió luego como los vio Paulo III una extraña alegría; dióles licencia para ir a Jerusalén, y su bendición, y una limosna de sesenta ducados, y facultad para que los que no eran ordenados se ordenasen a título de pobreza voluntaria y de aprobada doctrina, y otros españoles y romanos ayudaron con sus limosnas, aunque ellos no quisieron aprovecharse de ellas ni tomarlas en sus manos, y así, con una misma pobreza y desnudez, se tornaron pidiendo por amor de Dios a Venecia, a donde, llegados, se repartieron por sus hospitales como antes habían estado.

Y poco después, todos juntos, hicieron voto de castidad y pobreza delante de Jerónimo Veralo, legado del Papa en Venecia, que entonces era arzobispo de Rosano, y después fue cardenal de la Santa Iglesia Romana. Y ordenáronse de misa Ignacio y los otros compañeros el día de San Juan Bautista, dándoles este alto sacramento el obispo Arbense, con maravillosa consolación y gusto espiritual, así de los que recibían aquella sacra dignidad, como del prelado que a ella los promovía. El cual decía que en los días de su vida no había recibido tan grande y tan extraordinaria alegría, en órdenes que hubiese dado, como aquel día; atribuyéndolo todo al particular concurso y gracia de Dios, con que favorecía a estos benditos padres.

No pudieron hacer la jornada o peregrinación santa de Jerusalén, y así se repartieron por las universidades y lugares de Italia predicando la palabra de Dios y enseñando su santa doctrina, y procurando ganar almas para su Compañía.

Yendo Ignacio para Roma, se recogió en una ermita desierta que estaba en el camino; aquí dicen se le apareció Jesucristo, y le dijo: «Ego vobis Romae propitius ero.» Yo os seré en Roma propicio y favorable; favor verdaderamente del cielo, y palabras con que quedaron armados y fuertes para resistir las dificultades y enemigos que habían de tener en el mundo.

Determinados ya de instituir y fundar religión, y tratando entre sí del nombre que se le había de poner para representarle a Su Santidad y suplicarle que la confirmase, Ignacio pidió a sus compañeros que le dejasen a él poner el nombre; y habiéndoselo concedido muy de voluntad, dijo él que se había de llamar la Compañía de Jesús, cuyo nombre le era dulce y amable, como a San Pablo, por los favores que de él había recibido, y éste es el nombre y blasón santo de esta religión, y no el de teatinos, que es muy diferente, y de unos clérigos a quien favoreció mucho Juan Pedro Garrafa, que después fue papa Paulo IV y antes arzobispo de Chete, y dejándole, se acompañó con Gaetano de Vicencia, y Bonifacio Piamontés, y Paulo Romano, hombres nobles y de buena vida, y del arzobispo de Chete (que en latín se dice Teatino), les quedó a estos varones, y a los que los siguieron, el nombre de teatinos, y de ellos, como he dicho, ignorando la verdad, lo aplica el vulgo a los de la Compañía de Jesús.

Año de 1538, todos los padres se vinieron a Roma, donde Ignacio estaba y juntáronse en una casa y viña de un hombre honrado y devoto, llamado Quirino Garzonio, cerca del monasterio de la Trinidad, que es de frailes mínimos. Aquí pasaron harta pobreza, porque vivían de limosnas, y éstas eran muy limitadas hasta que fueron conocidos, lo cual fue presto, por la continua predicación que hacían por las parroquias y lugares públicos de Roma, con que se cogió gran fruto y se ganaron muchas almas, y el Papa vino a tener noticia de la virtud de esta Compañía de Jesús, aunque no faltaron émulos y contradicciones, pero no fueron bastantes para deshacer la obra, que, como ya vemos, era de Dios. Y así, el papa Paulo III, que a la sazón era Sumo Pontífice, estando en Tíbuli a 3 de setiembre, año de 1539, recibió los memoriales en que Ignacio y sus compañeros se ofrecían a la obediencia de Su Santidad y de sus sucesores por voto especial que para esto habían hecho, y en que dedicaban todos sus trabajos y vida para beneficio de sus prójimos.

Y el Papa leyó los capítulos y túvolos por buenos y los remitió a tres cardenales, y aunque entre ellos hubo algunas dudas y contradicción, pero no bastaron, y movió Dios el corazón del que más contradecía, de suerte que con grande eficacia alabó el instituto de la Compañía, y el Papa le leyó y quedó tan admirado, que con espíritu de Pontífice Sumo dijo en leyéndole: «Digitus Dei est hic», que quiere decir: Este es el dedo de Dios; y afirmó que de tan pequeños y flacos principios no esperaba él pequeño fruto, ni poco provecho para la Iglesia de Dios.

De esta manera quedó confirmada la Compañía el año de 1540 a los 27 de setiembre, aunque fue con cierta limitación, la cual se alzó por Su Santidad año de 1543 a 14 de marzo, y desde este tiempo comenzó esta religión a ir creciendo con notable aumento cada día más.

Y en el año de 1550, el Papa Julio III de este nombre, la volvió a confirmar, concediéndole muchas gracias y privilegios.

El instituto y manera de gobierno de esta sagrada Compañía que el bienaventurado Ignacio les dejó y ellos han guardado y perfeccionado, es uno de los más altos y prudentes y llenos de caridad que se sabe haber habido en alguna república del mundo, y así se ve en el acrecentamiento grande que en toda la redondez del orbe, en tan breve tiempo, ha habido, los millares de monasterios y colegios que tienen, los hombres que sin encarecimiento podemos llamar doctísimos, que han criado, las provincias que han convertido, el sudor, la sangre que tantos mártires han derramado en la viña del Señor, los libros tan llenos de sabiduría y doctrina sólida que han impreso, y otras mil buenas obras que han hecho y cada día hacen, que por no ser de ésta que aquí escribo, y aún por no ser yo para ello, dejo de decir como merecen.

Tales, pues, fueron los principios del varón de Dios Ignacio, y conforme a ellos, su progreso y fin. Murió el bendito Ignacio año de 1556, último día de julio, a los sesenta y cinco años de su edad y treinta y cinco de su conversión; sería su muerte preciosa, como lo fue la vida delante de Dios. Fue de estatura mediana, o, por mejor decir, algo pequeña, y bajo de cuerpo, habiendo sido sus hermanos altos y muy bien dispuestos. Tenía el rostro autorizado, la frente ancha y sin arrugas, los ojos hundidos, encogidos los párpados y arrugados por las muchas lágrimas que continuamente derramaba. Las orejas medianas, la nariz alta y combada, el color vivo y templado, y con la calva, de muy venerable aspecto; el semblante del rostro era alegremente grave y gravemente alegre, de manera que con su serenidad alegraba a los que le miraban y con su gravedad los componía. Cojeaba un poco de la una pierna, pero sin fealdad, y de manera que con la moderación que él guardaba en el andar, no se echaba de ver. Tenía los pies llenos de callos y muy ásperos, de haberlos traído tanto tiempo descalzos y hecho tantos caminos. La una pierna le quedó siempre tan flaca de la herida que conté al principio, y tan sensible, que por ligeramente que la tocasen sentía dolor; por lo cual es más de maravillar que pudiese andar tantas y tan largas jornadas a pie.

Al principio fue de grandes fuerzas y de muy entera salud; mas gastáse con los ayunos y excesivas penitencias, de donde vino a padecer muchas enfermedades y gravísimos dolores de estómago causados de la grande abstinencia que hizo a los principios y de lo poco que después comió, porque era de poquísimo comer, y lo que comía eran cosas muy comunes y groseras. Sufría tanto la hambre, que alguna vez, por una semana entera, no gustó ni un bocado de pan, ni una gota de agua. Había perdido de tal manera el sentido del manjar, que casi ningún gusto le daba lo que comía. Y así, excelentes médicos que le conocieron, afirmaban que no era posible que hubiese vivido tanto tiempo sin virtud más que natural, un cuerpo tan gastado y consumido. Su vestido fue siempre pobre y sin curiosidad, mas limpio y aseado, porque aunque amaba la pobreza, nunca le agradó la poca limpieza, lo cual también se cuenta de los santísimos varones San Nicolás y San Bernardo en su historias, y otros muy virtuosos han tenido y tienen en esta condición.

Libro veinte y cinco

Muerte de Rincón y Fregoso, por cuya ocasión volvieron a las armas franceses contra cesarianos. -Saltean a Rincón. -Culpan al marqués del Vasto y cargan estas muertes. -Relación verdadera de la muerte de Rincón.

Ya nos llaman las pasiones de los reyes y suenan los aparatos de sus armas, que con tanto engaño pensaron los hombres que en sus días no se vieran.

Y para darles principio en este año de 1541, sucedió un caso de harta pesadumbre, y fue la muerte de Antonio Rincón, español tránsfuga, natural de Medina del Campo, que, ausente por sus culpas de España, servía al rey Francisco.

Era Rincón hombre de muchos negocios y que sabía bien cualquiera cosa, y por no ser para usar las amas por el gran impedimiento y carga que tenía de muchas carnes, ocupábale siempre el rey en negocios y legacías, y lo más del tiempo residía en Constantinopla. Cuando en Flandres, como ya dije, se trataba de la paz, alteróse Solimán y quiso matar a Rincón; sino que él se puso en cobro, salvo, viniéndose a Francia.

Después, como de los tratos de la paz nació mayor pasión y gana de guerra, tornó el rey a enviar a Rincón a Constantinopla con cartas y dineros y otros despachos para Solimán. Partió de Francia en principio de mayo de este año de 1541, y llegando a Turín, comunicó su viaje con César Fregoso, natural de Génova, y rogóle que le acompañase con una banda de caballos hasta Venecia, donde se había de embarcar para Constantinopla. Holgó Fregoso de hacerlo, y al tiempo que se habían de partir sucedióle a Rincón un mal de corrimientos o reumas, a cuya causa dijo que no quería caminar por tierra, sino irse por el Tesín al Po, y por el Po a Venecia, por agua. Fregoso se recelaba de los españoles y tuvo por peligroso este camino, y decía que lo mejor era volver atrás a los Alpes y tomar el camino por tierra de venecianos, o a lo menos correr la posta hasta Plasencia, y de allí caminar por tierra de amigos; pero por más qué lo porfió no pudo persuadirlo a Rincón, que le llamaba con fuerza su desdichado hado.

Embarcóse en el Tesín en dos barcas; en la una se metieron él y Fregoso con algunos criados, y en la otra pusieron las cartas y despachos, con una gran suma de dineros No se pudo hacer este viaje tan secreto que no lo sintiesen amigos y enemigos. Jamás se pudo averiguar quiénes fuesen los que quisieron atajar los malos pasos que Rincón llevaba contra Dios y contra su rey y señor natural.

Los que fueron, ordenaron una emboscada de barcas al entrar del Po, donde se junta con el Tesín. Salieron a embestir las barcas de Rincón algunos enmascarados, sin que alguno pudiese ser conocido, y dieron con tanta furia en la una de las barcas en que iban Rincón y Fregoso, que sin poder huir los mataron, y a cuantos iban con ellos. Los de la otra barca, donde iban los recados y dineros, escaparon huyendo, y ni ellos pudieron ser habidos, ni supieron decir lo que había sido de sus amos.

Los matadores tomaron los cuerpos de Fregoso y Rincón, y desviáronlos del camino de tal manera, que por dos meses no se pudo saber si eran vivos o muertos, hasta que ya vinieron a parecer, comidos de perros, que apenas se conocían; a Fregoso faltaba un dedo de la mano, y por aquél le sacaron. Esta mano dicen que le mandó cortar su mujer para enviar al rey de Francia, pidiéndole venganza de quien con tanta crueldad le había muerto el marido.

Túvose luego por cierto que el marqués del Vasto había sido en estas muertes, que se habían hecho con su industria, pero él lo negó siempre muy de veras, y aún puso carteles en diversas partes. El Emperador, ni más ni menos, afirmó siempre que ni lo había mandado, ni sabía quién lo hubiese hecho. Hubo en este negocio, como en todos los demás, diversos juicios en el mundo, mas ya, hasta que venga el general, no se sabrá la verdad del hecho.

En la manera dicha cuentan la muerte de Rincón y de su compañero César Fragoso, Paulo Jovio, y su secuaz Illescas. Y es la verdadera que el Rincón forajido fue hombre que con el Turco alcanzó mucha gracia, y el rey de Francia hizo grandes confianzas de él. Cada vez que venía de la corte de Solimán, avisaba desde Venecia, y le enviaban los gobernadores del rey Francisco gente que le acompañase y guardase, y de ordinario era el capitán César Fregoso, aunque hartas veces el Rincón pasaba disimulado por tierras del Emperador, hasta hacerse barbero, y haciendo las barbas, y otras veces fraile, y de otras diferentes maneras mudaba el traje; pero cuando iba por tierra de esguízaros siempre le cabía al Fregoso el cargo de acompañarlo hasta Francia.

Agora había como seis meses que era venido a comunicar ciertos negocios de su delegación con el rey, y no huyendo del Turco, como la Pontifical dice, sino muy favorecido de él, y aun aprovechado con un muy rico diamante y un sanjaco de oro, no macizo, que aquel bárbaro le dio, y trajo consigo otro embajador del Turco, pero italiano, el cual fue despachado brevemente. El Rincón se quedó el tiempo que digo, porque iba más de propósito que nunca fue a Turquía, y tan de arrancada, que llevaba toda su casa, mujer, y hijos y suegra, que de todo iba cargado; y llegando a Turín y hecho allí alto, le hizo dejar el camino de los Alpes y la aspereza de ellos, no pudiendo sin alguna lástima y dolor ir a caballo; y así, se determinó hacer el camino por agua hasta Venecia, por ir con más descanso (que le fatigaba mucho la pesadumbre grande de sus carnes), pero contra el parecer de Fregoso, y para esto, dejando su mujer y casa en Turín, por no ir tan conocidos, y enviando primero los despachos que llevaba para el Turco, y todos sus papeles con una posta, para que se los guardase el embajador de Francia, que residía en Venecia, se metieron el César Fregoso y Rincón en los barcos, y sucedió lo que dije.

El Emperador, en Wormes, disputa entre católicos y herejes. -El duque de Cleves pasa a servir al rey: despósase con hija del rey de Navarra.

Estaba el Emperador en Wormes principio de este año de 1541, y aquí hubo una gran disputa entre Juan Echio, varón doctísimo y muy católico, como de sus libros y sermones parece, y Felipe Melantón, hereje, sobre las nuevas doctrinas que se habían comenzado en Alemaña. Halláronse presentes los principales del Imperio, mas no bastó a rendir los secuaces de la mala doctrina lo mucho que Juan Echio hizo confundiéndolos con evidentes argumentos.

De Wormes salió el Emperador y fue a Belgio, Merun, Espiray, y de ahí a Ratisbona, para donde se había señalado la Dieta, o junta de los príncipes y ciudades de Alemaña; y mandado que se hallasen los protestantes, y en el principio de marzo comenzaron a venir algunos.

En el mes de mayo, cuando ya andaban los tratos enconados entre los príncipes cristianos, y sucedieron las muertes de Rincón y Fregoso, Guillelmo de la Marca, duque de Cleves, el que salió de Gante en desgracia del Emperador (como dije) echando fama que iba a la junta de Ratisbona, por camino secreto desviado, y echando los suyos por diferentes partes fue a Amboisa, donde estaba el rey de Francia. El cual lo recibió muy bien, porque pensaba valerse de él para comenzar la guerra contra el Emperador.

Trató el rey de casar a este duque con Juana, hija del rey de Navarra, niña de poca edad, y si bien los padres de la doncella no gustaban de ello, antes contradecían, hubo de ser porque lo quiso el rey; y a 12 ó 13 de junio se desposaron con gran solemnidad, y el rey los honró mucho, llevando la esposa de la mano al tálamo y haciéndoles un banquete real.

Halláronse presentes los embajadores de Ingalaterra, Portugal y Venecia, y del duque de Sajonia; el del Emperador se ausentó de la ciudad, por no hallarse en la fiesta, que bien sintió era en perjuicio de su dueño.

De allí a pocos días el duque se confederó y hizo sus capitulaciones con el rey de Francia en deservicio del Emperador, y sin tocar a la esposa, por ser niña, volvió a su tierra, dejándola en poder de sus padres.

De todo tuvo aviso el Emperador, y se quejó del duque de Cleves y del rey Francisco en la Dieta ante los príncipes y procuradores de las ciudades del Imperio, que en ellas estaban allí en Ratisbona, y mostró el derecho que tenía a Güeldres y Zulfania, por muerte del duque Carlos Egmondo. Y queriendo responder a esto los embajadores del duque de Cleves y disculpar a su amo, rogando con humildad perdonase el César el yerro en que había caído, no los quiso oír, antes mostrando enojo se levantó, por donde todos entendieron que la indignación del César había de ser dañosa al duque, como adelante veremos que lo fue.

Recesu de la Dieta en Ratisbona.

A 29 de julio, viernes, de este año 1541, se concluyó la Dieta celebrada en Ratisbona, y fueron los puntos principales que en el recesu quedaron acordados y conclusos: Que las cosas tocantes a Alemaña, y nuevas opiniones de ella, tocantes a la fe, quedasen en el estado en que al presente estaban, hasta el futuro concilio general o nacional, donde se habían de determinar; y no se celebrando el uno o otro concilio, se remitieron a la Dieta que próximamente se celebrase en Alemaña, la cual quedó acordada desde este día del recesu en diez y ocho meses. Insistieron los estados en que el concilio general fuese en la Germania, y que el Emperador tuviese en él la mano juntamente con el Pontífice, y que si los dichos concilios general o nacional no se tuviesen, Su Santidad enviase a la Dieta un legado con poder suficiente. Que los luteranos, que se decían protestantes, guardarían los artículos en que sus teólogos se habían acordado, sin predicar ni enseñar lo contrario, y que no inducirían ni atraerían a sí algunos ni los recibirían en su protección y amparo alguno de la antigua fe y religión. Que los perlados, entenderían en la reformación de las iglesias, así en general, como en lo que a cada uno tocase, en tanto que el Sumo Pontífice proveyese lo tocante a la entera reformación, lo cual los perlados expresamente acetaron y prometieron inviolablemente guardar. Que la paz hecha nueve años antes en Norimberga se observaría y quedarían todas las partes pacíficas, y cesarían las violencias, fuerzas y vías de hecho, como amplamente se especificó en el dicho recesu, so pena de contravenir a la paz del Imperio. Que las iglesias que estaban en las tierras de los protestantes quedarían en su entero ser, sin demolir alguna cosa de ellas hasta después del dicho concilio o Dieta. Que las personas de la Iglesia gozasen de sus bienes eclesiásticos que tenían en las tierras de los protestantes. Que el Emperador disputaría comisarios para determinar las causas y procesos donde hubiese controversia, si era de la religión o no, y cuanto a los que hallasen ser de la religión, los comisarios concordarían las partes, si lo pudiesen hacer, y no pudiendo, enviaran lo que hubiese hecho a Su Majestad, para que declarase en los dichos estados hasta la próxima Dieta. Que todas las otras causas profanas irían a la cámara y justicia soberana, imperial, y a las otras justicias según su cualidad. Que en la Cámara imperial se acabaría y trataría por personas que Su Majestad diputase, y si se hallase falta se reformaría, y daría en ello orden, a fin que la justicia se administrase derechamente y sin parcialidad. Que todos los dichos estados, así católicos como protestantes, entreternían la dicha Cámara imperial por tres años, si antes los dichos estados no hallasen otro remedio para satisfacerla.

Reservóse al César la declaración de las diferencias en las cosas que podían concerner al tratado de Norimberga y las demás tocantes a la religión y Cámara imperial.

Acordaron los estados de servir a Su Majestad para ayudar luego al rey de romanos, con diez mil infantes y dos mil caballos puestos en Hungría, pagados por cuatro meses, y luego se comenzó a hacer la gente. Demás de esto, ofrecieron veinte mil infantes y cuatro mil caballos, pagados por tres años, para que el César hiciese guerra al Turco, y que Su Majestad eligiese el capitán general que quisiese para esta gente. Que el Emperador pudiese libremente seguir el derecho que tenía contra el duque de Cleves Guillelmo, en el estado de Gueldres y Zulfania. Que Carlos, duque de Saboya, despojado por el rey de Francia, quedase en la protección y amparo del Imperio romano. Que ningún tudesco pudiese haber sueldo ni servir en la guerra a algún príncipe extranjero del Imperio, so pena de ser habido por traidor. Prohibióse con grandes penas la impresión de los libelos difamatorios y injuriosos.

Diputó el Emperador y señaló personas que pacificasen algunas diferencias particulares que había entre algunos príncipes de la Germania y personas eclesiásticas, así de la antigua religión como de los protestantes. Nombró comisarios para conocer amigablemente las diferencias de Maestrich.

Hízose o concertóse una liga entre el Papa, Emperador y rey de romanos, con el cardenal de Maguncia, arzobispo de Salzburz, y otros perlados, y los duques de Baviera y de Brantzuic, y otros príncipes y estados, por la defensa, sustento y amparo de la antigua y católica religión, y cosas dependientes de ella, y se consignó para ella una buena suma de dineros y gente, y se nombraron capitanes generales, por parte de la Germania, el duque Luis de Baviera, y por la otra, el duque de Brantzuic; y se nombraron capitanes, con orden de que siempre estuviesen a punto para lo que se ofreciese, si bien es verdad que todos aquellos estados quedaron tan satisfechos y contentos del modo de proceder del Emperador, y de lo que en la Dieta se había ordenado, que prometían mucha paz en todo y sujeción a lo que se había asentado, y así lo prometían y aseguraban, en general y en particular, todos.

Entraron en esta liga los Países Bajos de Flandres expresa y especificadamente, y el condado de Borgoña. Escribieron los estados con eficacia, en favor del duque de Saboya, al rey de Francia, mostrando la sinrazón que se le hacía y que si no se le satisfacía el agravio, el Imperio tomaría la causa de Saboya por propia. Sintieron mal de las liviandades del duque de Güeldres, y oyendo las justas quejas que el Emperador de él tenía, le declararon por enemigo, y el Emperador ofreció que conociendo Guillelmo su culpa, benignamente le perdonaría y daría la investidura de Cleves y Julies.

Con esto se dio conclusión a la Dieta.

Pide el francés a Milán. -Niega el Emperador el ducado de Milán que el rey pedía. -Trata el rey de romper la guerra.

Y el Emperador, con los príncipes y estados del Imperio, dieron audiencia al embajador del rey de Francia; el cual, con una elegante y prolija oración que por escrito, no fiando de su memoria, refirió, justificó cuánto pudo la parte y pretensión de su dueño, hablando hinchada y afectadamente por presumir demasiado de retórico, con que cansó y provocó más a dormir los oyentes, que a tenerle atención; de tal manera, que cuando acabó su arenga, los más de los oyentes no se acordaban de lo que les había dicho.

En este tiempo llegó al Emperador un correo con despachos del rey de Francia, pidiendo que le diese el ducado de Milán, que decía haberle prometido en Francia, para su hijo Carlos, duque de Orleáns, dándole el título y privilegio firmado y sellado con las armas y sellos del Imperio. Sabía bien el rey de Francia, que se cansaba en balde pidiendo lo que el César jamás le había de dar. Tuvo siempre este asidero para mover y levantar la guerra, que con tanta pertinacia siguió. Respondió luego el Emperador sin poder decir la respuesta, y manifiestamente dijo que por muchas razones él no podía dar el ducado de Milán, que él daría su hija doña María a Carlos con los estados de Flandres.

Sintiéndose el rey Francisco (como decía) engañado, y viendo que ya no tenía que esperar en Italia por bien, determinó romper la paz y hacer la guerra que pudiese, descubiertamente, al Emperador, y comenzó a solicitar los ánimos de los príncipes, para lo cual enviaba su embajador Rincón (como dije) al Turco. Procuró hacer una estrecha amistad con el inglés, aunque hallaba dificultad. Los suizos de los cantones respondieron que se estarían a la mira sin querer ayudar a alguna de las partes.

Comenzó a dar color y justificar su causa con la muerte de Rincón y Fregoso, diciendo que por orden del Emperador habían sido muertos contra toda razón y leyes de las gentes. Que el Emperador había quebrado las treguas. Que él no podía, sin perjuicio de su honra, pasar por tal hecho, ni dejar de vengarlo. Que si no le satisfacían de estas muertes, él había de tomar la satisfación y venganza que pudiese.

Escribió largo sobre esto Guillelmo Velayo, capitán general en el Piamonte por el rey de Francia, al marqués del Vasto; pero no bastaron las satisfaciones posibles que el marqués hizo.

Resuelto, pues, el rey en el rompimiento, prendió a Jorge de Austria, hijo bastardo del Emperador Maximiliano, arzobispo de Valencia, que de España iba por Francia, sin cuidado de estos encuentros para Flandres, y mandóle retener en León, y queriendo el Emperador pagar al rey de Francia el disgusto que le había dado con el desposorio de Juana, hija del rey de Navarra, con el duque de Cleves, fue en la misma moneda, porque en estos días casó a su sobrina Christierna, hija del rey de Dinamarca, viuda de Francisco Esforcia, con Francisco Antonio, hijo del duque de Lorena, que le escoció tanto al rey, y más, que le dio gusto el que hizo del duque Cleves con Juana de Vendoma.

Quiere el Emperador bajar en Italia, para tratar con el Pontífice del Concilio. -Es padrino el Emperador en el bautismo de don César de Avalos en Milán. -El Emperador quería ir contra Argel: -aconséjanle sus capitanes que no lo haga. -Sale el Papa a recebir al Emperador.

Acabada la Dieta, hallando el Emperador que para dar orden en el Concilio y para otros negocios de importancia le convenía bajar en Italia y verse con el Papa, despachó un correo pidiéndole que tuviese por bien de se llegar hasta Luca, para que allí se viesen.

Muchos juicios se echaron sobre estas vistas, mas yo no estoy obligado a decir lo que los hombres adivinaban, sino lo que hicieron.

El Pontífice acetó las vistas; partió el Emperador de Ratisbona con doce mil tudescos y mil caballos que para la guerra que quería hacer en África había levantado. Salióle a recebir en las montañas de Trento el duque Octavio Farnesio, su yerno, hijo de Pedro Luis y nieto del Papa, y antes de llegar a Verona salió el marqués del Vasto, con los más principales de Milán, y soldados viejos españoles. También salieron a recebirle los venecianos, ofreciéndole y sirviéndole con paso seguro, y muchos refrescos con que le regalaron.

A 3 de agosto estaba el Emperador en Munión, camino de Milán, donde pensaba estar mediado este mes y al fin de él en Génova, y al principio de setiembre no lejos de Galera, porque iba con prisa y resuelto de verse con el Papa, por los grandes calores que hacía en Lombardía, y cuando hubiese de ser, que sería cerca de Génova y no se detendría sino cinco o seis días por hacer la jornada de Argel, la cual pensaba concluir en cuarenta o cincuenta días a lo más largo, sin estar acordado dónde se había de desembarcar y tenían por más cierto que en la Andalucía.

Entró en Cremona y en Lodi, y de allí, con gran recibimiento y fiesta, fue a Milán, donde se admiraron todos de verlo, vestido de luto, que pensaron que había de entrar en hábito imperial.

Venía el Emperador triste, como viudo, y porque tenía ruines nuevas de la guerra de Hungría, que andaba muy caliente sobre Buda. Hízole la marquesa del Vasto muchas fiestas y regalos por alegrarlo, y acertó a parir allí un niño antes que el Emperador se fuese, y por contemplación suya y porque fue su padrino se llamó Carlos.

Partió de Milán para Génova, donde tuvo cartas del rey don Fernando su hermano, en que le decía la pérdida de Rocandulfo y muerte de muchos alemanes y húngaros, y que se temía que el Turco pasaría a Viena; por esto le aconsejaban Andrea Doria y el marqués del Vasto que dejase la jornada de Argel y se quedase en Italia, a lo menos por aquel invierno, que bastaría esto para detener a Solimán y para quebrar las alas a los franceses, que no deseaban sino verle lejos, para comenzar guerra en Lombardía, mayormente que ya era tarde para pasar la mar y necesariamente se había de temer alguna fortuna. Era sano este consejo por estas y otras muchas razones, pero no bastó alguna para mudarle de su propósito, que nuestra desgracia le llevaba a perder los que veremos.

En sabiendo el Papa que el Emperador estaba en Génova, aunque era por agosto, que suele ser peligroso caminar en aquella tierra, partió luego para Luca, y el Emperador hizo lo mismo de Génova en las galeras, y tomó tierra en el puerto de Luca, adonde ya estaba el cardenal Farnesio esperando para llevarle a la ciudad. Salieron todos los cardenales y muchos obispos hasta fuera de la ciudad, con grande acompañamiento, y debajo de un rico palio llevaron a Su Majestad a posar en las casas de la república, porque el Papa posaba en las del obispo. Estuvieron allí ocho o diez días, y en ellos visitó tres veces el Emperador al Pontífice, y Paulo le visitó a él una sola; siempre que se hablaban estaba presente el embajador de Francia, que venía a pedir al Emperador que le diese a Rincón y a Fregoso, que aún no eran parecidos sus cuerpos ni se sabía qué se habían hecho, y tenían todos creído que no eran muertos, sino presos. No bastaban juramentos ni satisfaciones, y decía muy bien el Emperador, que del mal sucedido a Rincón él se tenía la culpa, pues siendo enemigo de su patria se había metido donde no había nadie que no pensase que hacía servicio a Dios y a su patria y rey en matarle; y que si el rey quería entender que la tregua era quebrada por aquello, que mucho en buen hora; de otra manera, que por él no quedaría de guardarla fielmente.

El Pontífice, a todas estas palabras, callaba; con sólo decir que no quería meterse en determinar si la tregua se había rompido o no; pero, por otra parte, como persona tan prudente, no cesaba de traer a la memoria del Emperador los grandes males que de sus disensiones se seguían en el mundo, como se vía en las guerras de Hungría y en lo que los herejes hacían en Alemaña; pedíale con encaremiento y lágrimas que diese al rey de Francia el Estado de Milán, y que el rey restituiría al duque lo de Saboya. Respondió el Emperador que se agraviaba mucho de que el rey de Francia porfiase tanto en pedir lo de Milán, que con tantos títulos él poseía, y que habiendo sido tantas veces vencido por la pretensión del mismo Estado, quisiese más porfiar y alterar el mundo, y quitarle las armas de los enemigos y interrumpirle sus victorias y hacer otros excesos, indignos de un rey cristiano; y que si él pensase que con dar al rey lo de Milán acabaría con él, y que quedaría quieto y contento, que por acabar cosas se lo daría; pero que conocía muy bien la condición del rey, que no andaba sino tras poner una vez los pies en Italia, para después pedirle a Nápoles y quitarle a Sicilia, y que pues la paz que le pedían había de ser motivo de mayores males y guerras, y como la brasa o semilla de ellas, y piedra del escándalo, no había para qué hablar más en ella, porque de tal paz no se había de sacar guerra contra los infieles, sino pérdida y diminución de su patrimonio.

Viendo el Papa la resolución que en esto tenía el Emperador, no quiso tratar más, sino de persuadirle que dejase la jornada de Argel por este año y se estuviese en Italia, pues para toda la Cristiandad importaba tanto; mas tampoco bastaron razones.

Y en lo del Concilio el Papa quiso todo lo que el Emperador pedía, porque sus deseos eran buenos, y miraba como verdadero Vicario de Jesucristo por el bien de la Iglesia. Y diciendo al Emperador muchas razones de cuánto importaba la paz para que el Concilio tuviese buen fin, y de él se sacase el fruto que deseaba en la Cristiandad, para suplicar a Nuestro Señor por ello, y porque al Emperador diese próspero viaje en la jornada de Argel, Su Santidad dijo una solene misa y una letanía, hallándose presentes el Emperador y cardenales, y otro día el Emperador partió a Génova y el Papa a Roma.

Jornada infeliz de Argel: escribióla Nicolao Villagog, caballero de San Juan. -Armada y gente que el Emperador llevó.

La inclinación y deseos santos del Emperador fueron de siempre hacer guerra a los enemigos de la fe, y muy contra su voluntad (si bien amigo de las armas) a los católicos. Y se verá ser esto así, porque por más irritado que fue del rey de Francia y de otros príncipes cristianos, jamás se le pidió la paz que la negase, ni movió la guerra sin que primero se la hiciesen.

Después que salió de España hemos visto cómo allanó a Gante, pasó a Ratisbona, donde trató de la religión con mejor ánimo que suceso, ordenó las cosas del rey don Fernando su hermano contra el Turco, aunque también tuvieron mal fin; volvió a Italia, y como acabo de decir, se vio con el Papa y supo en Génova, por cartas del rey de romanos, que Solimán se había apoderado de Buda, por lo cual le persuadían y ponían en reputación, que no se apartase de Italia, para socorrer de allí al rey, o volver allá si necesario fuese; y al parecer del marqués del Vasto, lo mismo convenía para la seguridad de Lombardía, pues el rey de Francia amenazaba, por la muerte de Rincón y de César Fregoso, que poco antes aconteciera. Hizo con el rey Francisco el Emperador su cumplimiento, enviándole a don Francisco Manrique, obispo de Orense, por embajador, dándole cuenta de esta jornada y ofreciéndole muy buenos partidos cerca de lo que el rey pretendía, si bien no los que él deseaba.

Murmuraban algunos alemanes, en especial Filipe Lantzgrave, y el de Sajonia, y otros herejes, diciendo que dejaba Su Majestad a Hungría, y su casa y solar, en las fieras manos del Turco, por irse contra Azán Agá y otros morillos de África. Mas el Emperador, por el amor grande que tenía a los reinos de España, y doliéndose de los males que los de estos reinos padecían, por los continuos asaltos y robos que los corsarios en las costas hacían, quiso aventurar su persona, y ir a quitarles la ciudad de Argel, que ya otras dos veces, como dejo dicho, se intentó conquistar, y hubo mal suceso.

De Luca, despedido del Papa, cargado de bendiciones y no de dineros, fue el Emperador a embarcarse a Luni en treinta y cinco galeras o más, que puestas estaban a punto. Mandó que las naos de armada fuesen con los italianos y alemanes a Mallorca. Corrióle viento contrario y recio, que derramando la flota, lo detuvo más de dos días; al fin, entró en Bonifacio de Córcega, y de allí, con buen tiempo, fue al Alguer, ciudad de Cerdeña, donde una labradora presentó a Su Majestad un becerrillo con dos cabezas, recién nacido. Desde allí fue a Mahón, y tardó dos días, y llegaron las galeras a fuerza de brazos y sudor de los remeros, por andar ábrego, y aún se rompieron algunas velas de galera, quebrándose las antenas.

Partió de allí y fue a Mallorca, cabeza de aquella isla. Aquí estaban para esta jornada, sin la casa y corte del Emperador, seis mil españoles que llevaba don Hernando de Gonzaga, de los que estaban en Sicilia, cuyo virrey él era, y de Nápoles y de Bona, que aquel año se asolara, en ciento y cincuenta naves y cuatrocientos caballos ligeros. Había otros seis mil alemanes, con Jorge Frontispero, y obra de cinco mil italianos, con Camilo Colona y con Agustín Espínola, en más de cien naos. Eran las galeras hasta cincuenta, sin las que después diré: cuatro de Malta, otras cuatro de Sicilia con don Berenguel de Requesenes, seis de Antonio Doria, cinco de Nápoles con don García de Toledo, dos del señor de Mónaco, otras dos del vizconde Cigala, dos del marqués, que agora es duque de Terranova, siciliano, cuatro del conde Anguilara; las demás eran de Génova, y de Antonio Doria, capitán general de toda la flota.

Era mucha y buena la artillería, que con abundancia de pólvora y de pelotas y toda munición, había muchas armas de toda suerte, escalas y hachas, picos y azadas, y otras cosas tales, muchas calabazas, redomas y botillas para agua, grandísima cantidad de bizcocho, tocino, cecina, queso, habas, garbanzos y otras legumbres, vino, vinagre, aceite, manteca, higos, pasas, almendras y semejantes frutas secas; todo lo cual venía de Sicilia y Nápoles, y que según decía don Hernando de Gonzaga, bastaba para mucho tiempo a tanta gente como iba.

La flota que fue de España. -La nobleza de España que fue en esta jornada. -Don Andrés Hurtado de Mendoza, hijo mayor del marqués de Cañete. -Armada y gente.

Mandó también el Emperador hacer otra flota en España, no tan armada de gente como la de Italia, en la cual hubo sobre docientos navíos, los medios escorchapines, tafurcas y otros así pequeños, las demás naos vizcaínas y urcas de Flandres, con mucho bastimento y artillería.

La gente de guerra que llevaban fueron cuatrocientos hombres de armas de la guarnición ordinaria, y setecientos jinetes. No hubo infantería a sueldo, pero hubo tantos aventureros, así oficiales y labradores, como caballeros y hidalgos, que fue maravilla, y tan bien armados y vestidos como suelen andar en la guerra los soldados aventajados que llamaban Guzmanes.

Fueron asimismo tantos caballeros sin paga ni llamamiento, que sería largo y pesado contarlos, y con tantos criados, y libreas, y jaeces y atavíos de sus personas como nunca en naos hombres entraron para guerra.

Los señores de título que allá pasaron fueron don Fernando Alvarez de Toledo, duque de Alba, y capitán general de la flota; don Gonzalo Hernández de Córdoba, duque de Sesa; don Pedro Fernández de Córdoba y Figueroa, conde de Feria, con dos hermanos; don Fernán Ruiz de Castro, marqués de Sarriá; don Hernando Cortés, marqués del Valle de Huaxaca, con sus hijos don Martín y don Luis; don Luis de Leyva, príncipe de Ascoli; don Francisco de la Cueva, marqués de Cuéllar; Juan de Vega, señor de Grajal; don Claudio de Quiñones, conde de Luna; don Martín de Córdoba, conde de Alcaudete, que tenía a Orán; don Pedro Hernández de Bobadilla, conde de Chinchón; don Pedro de Guevara, conde de Oñate; don Josepe de Guevara, señor de Escalante; don Pedro de la Cueva, comendador mayor de Alcántara y general de la artillería; don Fadrique de Toledo, clavero de Alcántara.

Iban estos señores en quince galeras de don Bernardino de Mendoza, y llevaban sus caballos, criados, armas y aderezos en naves, y en ellas mucha comida, especial el conde de Feria. Cuento aquí esto, aunque ni llegó a Mallorca la flota, ni con el Emperador a Argel, por no cortar el hilo de la historia de lo que pasó allá, y por acabar de decir todo el aparato y armada de esta guerra, el cual, en suma, fue: sesenta y cuatro galeras, docientas naos de gavia y cien navíos chicos que no la tenían, si bien otros contaban más entonces. Veinte mil soldados, los seis mil españoles, seis mil alemanes, cinco mil italianos, tres mil aventureros de todas naciones, dos mil de caballo, a entrambas filas, sin los de la casa real.

No cuento los soldados de galera, que a no llevar cada una más de cincuenta eran tres mil, ni los mozos ni otras personas que suelen seguir el real.

Postura y asiento de Argel. -Prepárase Azán Agá para defender a Argel.

Argel es lugar nuevo, a lo que dicen los moros, y hecho de los edificios caídos de Metafuz, que los de allí nombraban Tamendifusi, y que fue Rusenrio, a Rusconia, pueblo de romanos, y aun por el nombre Rusconia parece cosa de España, donde en los tiempos pasados hubo lugares que se llamaron Ruconia.

No es Argel Tipasia, ni Tampoiol Cesárea, morada del rey Juba, que caen más hacia el estrecho; ni menos Arsenaria, como piensan otros, que según Plinio estaba del mar casi una legua. Está puesto Argel en una punta; por hacia norte se mete a la mar, y edificado cuesta arriba, como en tres rincones. Hanme dicho los que le han visto, que casi como Simancas, villa a la ribera del Pisuerga, dos leguas de Valladolid.

Tiene Argel en lo alto, donde hay una puerta, un castillo más vistoso que fuerte, aunque después de esta jornada lo han ensanchado y fortificado. Las casas, como están en ladera, gozan todas de la vista de la mar; el peñón, que ya fue de Castilla, y que llaman ellos Gezir, que suena isla, causa que haya puerto, si bien pequeño, y no seguro de cierzo, porque Haradín Barbarroja hizo, después que lo ganó, un gentil muelle de él a tierra con piedras de Metafuz que trajeron españoles cautivos. La ensenada, que va en arco de Argel a Metafuz, que le cae a Levante, rodea cinco leguas, aunque no hay sino tres de punta a punta. Tiene ruin surgidero, si no es en Metafuz, y aún se muda la arena, según pareció cuando se vieron después cubiertas las galeras y los otros navíos que dieron al través; y que diesen, tuvieron alguna culpa Andrea Doria y los pilotos, que no sabían aquella costa, puesto que la tormenta fue muy recia.

Lo llano de la tierra en que hay dos ríos, dichos Alcaraz y Sesaja, es poco, porque luego comienza la sierra, la cual tiene algunas quebradas o barrancos, especialmente cerca de Argel, y por ser grandes lo hacen fuerte. Tiene por la parte de Poniente más agria cuesta y peor mar.

Es Argel de cinco mil vecinos, y aun casas, y de buenos edificios, y de gran policía, porque cada oficio está por sí en su calle o barrio. Es rico por los robos que cosarios hacen y llevan de España y otras costas del mar, y de Italia. Fue mucho tiempo sujeto a los reyes de Tremezen, y últimamente a los de Bujía, cuando el rey don Hernando lo hizo su tributario. Encomendóse luego a Tumi Jeque, de Metafuz, y de ahí a poco a Horruch Barbarroja, el cual se alzó con él, matando al Jeque. Después lo poseyeron los Barbarrojas con gran reputación, así por la pérdida de Diego de Vera y de don Hugo de Moncada, como por el poderío y señorío grande que han tenido en la mar; y cuando allí pasó el Emperador, lo gobernaba Azán Agá, capado, natural de Cerdeña, renegado, y hombre para mucho; el cual, viendo que sentía demasiadamente el pueblo la pérdida y vencimiento de Caramani y Alí Hamet, sacó a la plaza ciertos zurrones de moneda, diciendo que con ella daría otra tal flota. Y sabiendo de la armada y voluntad del Emperador, se apercibió a la defensa, fortificando la ciudad.

La gente que dentro tenían cargo de las armas por su mandado, eran ochocientos turcos, los más a caballo, que los otros, o murieron en la de Aborán, o estaban con el Jerife en la guerra de Portugal. Tenía casi cinco mil moros, los más, naturales de allí, que los otros eran mallorquines renegados, de mucho tiempo, y granadinos, y aún muchos moriscos de España, que todos tenían escopetas y buenas ballestas de acero, arma excelente para con agua. Llamó y pagó gruesas compañías de alárabes, que son los que hacen la guerra con sus caballos en Berbería. Mandó, so graves penas, que ninguno sacase ropa de Argel, ni mujeres ni hijos, porque lo defendiesen con mayor esfuerzo, y aun castigó algunos que andaban tristes y ronceros. Y por entretener los suyos, o por desanimar los nuestros, si a sus oídos llegase, hablaba mucho con una vieja hechicera, que habiendo adivinado la perdición de Diego de Vera y de don Hugo de Moncada, agoraba también la del Emperador, y en ella no la engañó el demonio, si bien padre de mentiras, la fama de lo cual anduvo entre los españoles y campo imperial, mayormente cuando comenzó y anduvo la tormenta.

Cómo se cercó Argel. -Había dentro en Argel mil y quinientos turcos y siete mil moros. -Discreta y valerosa respuesta de Azán Agá.

Esperando, pues, el Emperador en Mallorca (por volver donde le dejamos) la flota de España, llegó allí una galera de las de don Bernardino, con aviso que toda la flota quedaba en la Ibiza y en la Formentera.

El Emperador, entonces, mandó que se fuese a Argel; envió su recámara en ciertas galeras a Barcelona por ir más desembarazado, y partióse luego que hizo buen tiempo, y en dos días llegó a la playa de Argel, el día siguiente, y otro después dieron fondo las naos donde les era mandado, como dio el galeón de Andrea Doria, su capitán, si bien algunos que se rezagaron en Mallorca pasaron a Orán sin poder aferrar allí por los recios aires que comenzaron a soplar, a cuya causa estuvo él Emperador con las galeras en Sarza detrás de Metafuz, tres o cuatro noches, y con Bernardino de Mendoza en las Caxinas, tres leguas al poniente de Argel.

Venían dos fustas de Levante, sin saber lo que pasaba o, como dijeron, de saber del Emperador; la una entró en Argel a fuerza y ligereza de remos, y a la otra hundió la galera de Cigala por tomarla.

Amaneció, pues, mansa la mar, octava de Todos Santos, que fue de este año 1541, por lo cual mandó desembarcar los españoles en los bateles y esquifes de la flota, con sus arcabuces y comida para dos o tres días.

Iba el Emperador en la popa de su galera, que le veían todos. Era su estandarte un crucifijo, y las banderas llenas de cruces. Fue cosa muy vistosa ver ir las galeras a tierra, todas igualmente al remo, con hermosas banderas, con muchos sones y tirando, los barcos llenos de hombres armados. Comenzaron, pues, los españoles a tomar tierra con poca resistencia de los naturales, si bien había muchos por la marina a pie y a caballo, a causa que las galeras tiraban su artillería.

Aquel día, y lunes y martes, desembarcaron todos los soldados, y algunos caballos y nueve tiros de artillería de campo, con sus municiones y no mucho bastimento.

Pues como el Emperador saltó en tierra, envió luego a Azán Agá pidiéndole que se diese, si no quería guerra, y que se debía dar por volver a ser cristiano, pues era hijo de padres cristianos, y porque los Barbarrojas tenían usurpado aquel lugar y reino tiranamente, y porque se lo pedía y rogaba el Emperador de cristianos y rey de las Españas, cuyo vasallo él nació, y que tan poderosa flota y ejército traía; y porque, dándose, le haría crecidas mercedes, con mucha honra y libertad, y los turcos irían libres por do quisiesen, y que asimismo los moros quedarían libres y con sus haciendas y en su secta; pero que en no se dando, pararía en lo que paró en Túnez Haradín Barbarroja, su amo, y quien lo capó, y aún peor, porque los soldados no le darían libertad, ni aun vida, en pena de sus pecados, ni él usaría de clemencia en castigo de su rebeldía.

Azán Agá respondió que no quería más honra de cumplir su pleito homenaje, y defenderse de tan grande armada o morir a manos y fuerza de tan excelente Emperador; cuanto más, que nadie libró bien siguiendo el consejo de su enemigo, ni él aún había visto por qué darse. Y que si Su Majestad llevaba buenos soldados y tiros y caballos, que también él se los tenía buenos, y en lugar fuerte y en mar brava, por lo cual esperaba en Mahoma, que Argel, que tan esclarecido era con las pérdidas de Diego de Vera y de don Hugo de Moncada, famosos capitanes españoles, sería mucho más famoso con la nueva tormenta y desventura del Emperador Carlos V.

Tal respuesta dicen que dio aquel renegado capón, o creyendo las adivinanzas de la hechicera, o sabiendo que aquel mar suele embravecerse mucho por ese tiempo.

Durmió el Emperador aquel domingo en la noche en una casilla que estaba en lo llano. Hizo luego tres haces de su campo; dio a cada una tres tiros de campo, con que atemorizar los enemigos, porque no para hombre de a caballo en sintiendo tirar. Iban los españoles delante hacia la montaña, con don Hernando de Gonzaga, porque los alárabes hacían sus arremetidas por aquella parte. Los alemanes que regía el Emperador caminaban en medio, y los italianos, con Camilo Colona, y entre ellos los comendadores de Malta, que serían hasta ciento y cincuenta, tenían la marina.

Caminando, pues, así en orden, tuvieron algunos sobresaltos con los alárabes, porque llegaban haciendo jinetadas y tirando flechas y escopetas con pelotas de estaño, y aun de noche tiraban encarando a los fuegos que por el frío encendían, por lo cual subieron tres compañías de españoles arcabuceros a la montaña, para ojear o arredrar los enemigos; mas acudieron tantos de ellos aquella noche, que la pasaron los españoles, y aun los demás, sin dormir y con harto trabajo, y se hubieron de volver al escuadrón faltándoles pólvora.

Mandó ir luego el Emperador a don Álvaro de Sandi con todos los españoles, que ganasen la cuesta y llegasen hasta junto a Argel. Ellos subieron, pero no sin trabajo y fatiga. Echaron mal juicio, porque porfiaban que no, peleando los alárabes de allí; si bien eran infinitos, asentaron sus tiendas donde les fue mandado. Caminaron los escuadrones con el concierto que digo, llevando la caballería delante, y en la retaguardia el fardaje, o bagaje, y pararon cerca de Argel a poner real entre dos grandes barrancos que servían de foso y vallado, donde no podían llegar, cuanto más entrar, los enemigos sin puente.

De lo alto donde estaban los españoles se señoreaba el lugar con la artillería; la tienda imperial, con las de la corte, se armaron entre alemanes y tudescos. De esta manera cercó el Emperador a Argel, habiendo él mismo trazado el real y guiado el ejército con grandísima diligencia y cuidado. Pensaba ganar el lugar con poca dificultad, si bien hubiese dentro muchos defensores, que de los alárabes no se hacía caso siendo tan fuerte el sitio del real; por no ser recia la cerca y estar cuesta arriba y mala de guardar, y porque al tiempo de las arremetidas, o por la batería o por escalas tirarían tanto las naos y galeras, jugando su artillería de junto al muelle, que ocupasen muchos moros allí, por lo cual habían mando a don Pedro de la Cueva y a Luis Pizaño sacar, los cañones dobles y las culebrinas, y otras piezas que fuesen de batir, y a Francisco Duarte, proveedor de la armada, que desembarcase armas, escalas, palas, azadas, picos y cuanto más vino, pan, carne, queso y cosas de comer pudiese, y al príncipe Andrea Doria, que se llegase al muelle con las galeras y navíos de armada.

Rebato que dan los alárabes en el campo imperial. -Comienza la tempestad. -Acometen los turcos al real. -Llegan los valientes caballeros de San Juan hasta las puertas de Argel. -Valeroso hecho del Emperador en una recia escaramuza. -Humanidad del Emperador.

Puesto, pues, así el ejército, y haciendo cada uno lo que le mandaba el Emperador, comenzó a llover reciamente de cierzo el martes en la tarde, con un granizo y frío que traspasaba los hombres como tenían poca ropa, y con tan furioso aire, que derrocó las más tiendas del real, y como duró toda la noche, pasáronla todos con trabajo. Amaneció el miércoles con más rigor, y así los soldados apenas podían estar en pie, que los grandes lodos del pisar y la humedad no los sufrían echados.

Conociendo esto en Argel, salieron muy de mañana y muy callando un gran tropel de turcos a caballo, y otro de moros y moriscos, mancebos escogidos, ligeros de pies. Mataron las centinelas, dieron luego en tres compañías de italianos que guardaban una puente, con grandes alaridos y grita, y como estaban desvelados, luego los pusieron en huida, matando a unos y hiriendo a otros. Despedazaron una bandera, y pasando una hoya llegaron a las primeras tiendas.

Envió luego el Emperador allá, en sabiendo lo que pasaba, y certificado del ruido, a Camilo Colona, para que refrenase los enemigos. El cual pasó una puente que entraba entre aquel tercio y la ciudad, con muchas banderas de los italianos, que tenían sus estancias allí donde se peleaba; llegado Colona, y peleando animosamente, detuvo los enemigos. Llegó don Hernando de Gonzaga, que, habiendo reprendido los italianos con grande enojo, pasión y ira, les hizo que siguiesen los turcos por cobrar su honra, contradiciéndolo mucho el Camilo.

Arremetió entonces Agustín Espínola con sus compañías de genoveses, y por fuerza hizo que los turcos mostrasen las espaldas, el cual los persiguió hasta tocar muchos de los suyos en las puertas de Argel, que de miedo se cerraron, por lo cual algunos moros no pudieron entrar, y se salvaron por otra parte. Hacíanles mucho daño desde los muros con piedras, saetas y pelotas, pero ellos no se retiraron con tiempo, esperando por ventura socorro, y cuando se retiraron no tuvieron compañeros en que hacer hincapié.

Salieron de refresco otros de caballo y de pie, que los apretaron recio, y sobrevino Azán Agá muy lucido, con muchos caballeros y peones, que los forzó a huir. Resistieron un rato los caballeros de San Juan, que llevaban celadas y coseletes, y algunos otros caballeros y buenos soldados, los cuales, a la fin, se hicieron fuertes en un puente de madera que cerca de Argel estaba, hasta irles ayuda. Pelearon desigualmente, porque eran pocos y estaban cansados y hambrientos, y les daba de cara el viento y pluvia, y los enemigos, siendo muchos, estaban holgados, y aprovechábanse bien de las escopetas y mejor de las ballestas, que no les empecía el agua, y tenían, sin todo esto, caballos que a los imperiales faltaban.

Causó este rebato desde su principio grande alboroto y arma en todo el ejército, como duró mucho, y porque los españoles no pudieron bajar al ruido, ni cumplía, por andar tejiendo delante de ellos infinitos alárabes que siempre amagaban. Mas el Emperador, que luego se puso a caballo armado, acudió con todo el ejército y tercio de alemanes, que pelean bien a pie quedo, para reparar y recoger los italianos.

Envió corriendo tres compañías de ellos adelante, los cuales se volvieron feamente sin calar las picas ni desenvainar sus espadas despuntadas, o por temor de los muchos turcos de a caballo, que con sus turbantes parecían doblados, o por ver cuán determinadamente huían los italianos.

Entonces el Emperador dio de espuelas al caballo, y con la espada desnuda en la mano los detenía y afrentaba, y a gran andar, aguijando con los demás, les decía en tudesco con grandísima majestad y semblante, que anduviesen solamente a ver huir los moros, y si algo se detuviesen como victoriosos, que les mostrasen los dientes peleando, como alemanes con él, por ensalzar la fe, por honra de su Emperador y por gloria de su nación.

Apresuraron con esto el paso, y alegres de ver delante de sí a su Emperador, que tan animosamente los esforzaba y acaudillaba, comenzaron a pelear hablando recio entre sí mismos. No los esperaron mucho los turcos, aunque estaba allí Azán Agá, por guardar sus caballos de las picas, ni los moros, que venían desarmados; todos huyeron muy contentos de la victoria pasada.

Con esto cesó la contienda aquel día, en la cual murieron trecientos soldados de la parte imperial, y en ellos tres o cuatro capitanes y ocho caballeros de Malta. Salieron heridos más de docientos, y hasta treinta caballeros de Malta, que tenían cruz blanca. Salió también herido don Felipe Lanoy, príncipe de Salmona.

Anduvo el Emperador este día excelentísimo capitán, a dichos de todos, así en el esfuerzo como en prudencia; y estando mojado, que le corría agua la camisa y fatigado del mucho trabajo que había tenido desde que desembarcó, principalmente aquel día, no quiso ir a su tienda, rogando humanamente a todos los caballeros que se fuesen a descansar, hasta poner en recaudo los heridos, que fue grande humanidad.

La tormenta grande que vino sobre la flota del Emperador.

Comenzaron a correr grandes ondas de mar, como mensajeras de la tempestad, que luego vino al mejor tiempo que se andaban sacando los caballos, los tiros y pertrechos, al pan y vino, con todo el bastimento que había de comer el ejército, por cuyo inconveniente casi no hubo tiempo de sacar nada, que fue causa de no tomarse Argel. Sobrevino, como poco antes dije, un valiente cierzo que propiamente llaman Nordeste, con tanta revuelta, fuerza y frío y aguaceros, que puso toda la flota en términos de perderse, porque se arrancaban las áncoras y se quebraban los cables, y así curían las naves unas con otras, bambaleábanse tanto que parecían tomar agua con las gavias, y se abrían del mucho ludir despidiendo las estopas calafateadas; por lo cual estaban los hombres desvanecidos y desatinados, y así algunos que pudieran pasar la tormenta, si tuvieran sufrimiento, dieron al través, diciendo que por no enloquecer.

Llegaba en tan fuerte tiempo la flota de España, y así se hundió casi toda, sino los navíos grandes y recios.

En conclusión, se perdieron brevemente obra de ciento y cincuenta navíos menores y mayores con cuanto iba dentro, salvo algunos caballos, y los hombres, aunque algunos se ahogaron, y otros alancearon los alárabes.

Esta noche de la tempestad, estando el Emperador con harta congoja, mandó llamar algunos marineros y pilotos, y preguntóles cuanto tiempo se podrían defender y sustentar los bajeles en el agua no cesando la tormenta; respondiéronle que a lo más dos horas. Preguntó qué hora era; dijeron que las once y media. Dijo luego, con semblante alegre: «Pues no desmayéis, que en España se levantan a las doce los frailes y monjas a encomendarnos a Dios.» Dicho por cierto en que este príncipe mostró la fe que en la oración tenía.

La misma fortuna pasaron las galeras, porque contrastaron con el viento, sosteniéndose al remo desde medianoche hasta muy alto el día, con gran diligencia de los capitanes y cómitres, y maestría de los pilotos. En fin, no pudiendo más, y por no perecer ahogados si se volcasen tanto dentro en mar, izaron vela y embistieron en tierra algunas galeras. Fue gran lástima (que los llantos no se oían con el ruido de las olas, que bramando quebraban en la costa y navíos trastumbados), ver cómo los alárabes alanceaban los cristianos que salían hechos agua sin armas y las manos juntas pidiendo misericordia, sin que les aprovechase cosa. Encomendábanse unos a los esclavos de galera, que con ajeno mal se rescataban, otros se tornaban a la furiosa mar por miedo de las lanzas jinetas, y otros, no sabiendo nadar, se ahogaban, ni pudiendo antes de conocer el mortal peligro de tierra, por miedo del cual se sufrieron algunas galeras haciendo mil votos los marineros y soldados, que consideraban entre la tormenta de agua, la desventura de tierra.

Cuando la galera de Juanitín Doria dio al través con otras, envió el Emperador a don Antonio de Aragón que le socorriese con tres compañías italianas, que fue causa de venirse otras a perder, y que los capitanes de muchas estorbasen a cuchilladas que no se viniesen; tanta gana tenían todos, así soldados y marineros, como galeotes y esclavos. Lo mismo aconteciera en las naos por ir seis o siete compañías de españoles a recoger la gente, lo cual, aunque fue bien proveído, no fue bien acertado, según a muchos pareció. Perdiéronse catorce o quince galeras con su artillería y con mucha ropa y plata labrada, una de las cuales era de don Enrique Enríquez, que otra suya toda la tormenta pasó sobre las áncoras; las demás se fueron todas en pudiendo al cabo de Metafuz con Andrea Doria, que muy bravo estuvo con los que fueron a dar en tierra, y con los que querían que también él fuese, y muy enojado consigo mismo por no haber acertado el surgidero, y con el Emperador, que porfió a ir tan tarde.

Hubo gran tristeza en el ejército por la pérdida de tantos navíos, que les hacían falta para volver a sus tierras, y por la muerte que dieron a tantos, sin moverse a misericordia los alárabes, no queriéndolos tomar por esclavos, aunque fuesen mujeres hermosas, y por quedar desproveídos para poder ganar a Argel, que tanto a todos tocaba; así tuvo sobre ello el Emperador que pensar.

Alzase el Emperador de Argel. -Hambre que padecían. -Metafuz: Rusconia. -Comían carne de caballo. -Tratan de revolver sobre Argel. -Hernando Cortes, marqués del Valle, se obliga la conquistar a Argel. -El conde de Alcaudete se obliga a lo mismo: piérdense estas cosas por no oír los reyes a todos. -Echan los caballos a la mar. -Valor que mostró aquí el Emperador. -Consuela el Emperador a los suyos humanamente.

Determinó el Emperador de alzarse de Argel, tomando el parecer de los del Consejo de guerra, si bien lo más que se hacía era por su cabeza, porque no viniese otra tempestad y acabase la flota, y quedasen todos perdidos, y porque no había artillería para derribar la cerca, ni comida para sustentar el cerco, la cual era el todo de aquella guerra, que los Iodos del real, o se secaron o los agotaran, aunque muchos y pegajosos eran, y el frío se remediara con la leña de muchas viñas que allí había. La falta de vestidos era también grande, porque ninguno había sacado más de lo que a cuestas traía cuando se desembarcó.

También Andrea Doria le dio priesa que se fuese con todos a Metafuz, donde llevaba las naos, por ser buen embarcadero, y seguro de los alárabes que no podían llegar con sus caballos a la lengua del agua, por haber allí un gran desbazadero.

Acordada, pues, la partida, se partieron entre soldados los caballos de la artillería, que con tiempo salieran por no haber otra comida, y después otros muchos de los hombres de armas y jinetes españoles que escaparon o se sacaron de los escorchapines y tafurcas.

El Emperador, estando fuera de su tienda, viendo cómo se recogía el campo, cubierto con un fieltro blanco preso a la garganta, y lloviznando, paseábase cercado de los señores de título y otros caballeros, sin hablar otra palabra mas de que le oían: Fiat voluntas tua, conformándose, como católico, con la voluntad de Dios.

Comenzó a retirarse jueves por la mañana todo el ejército por la orden y camino, que fue llevando en medio los enfermos y heridos. Los de Argel hacían alegrías, según desde las almenas y ventanas mostraban, así por la grande artillería y despojos de las galeras y naves que habían de gozar, como por la retirada del Emperador. Salieron muchos de caballo a picar en el ejército, más que a pelear, y lo mismo hicieron los alárabes, que andaban infinitos en lo alto de la montaña, aunque algunos allegaban haciendo halaracas, pero en sintiendo algún tiror huían a rienda suelta.

Aconteció cerca del que escribió esta relación, bajando por una quebrada, y entre viñas, que arremetió un moro de a caballo a un arcabucero español que se había desmandado mucho; el soldado, que debía ser mañoso y artero, echó pólvora en medio del arcabuz y encendióla por engañar al moro; el cual, como vio fuego, y no sintió trueno, corrió a él, pensando que de húmedo no cebaba; entonces el español puso de veras la mecha y apretó la llave, encarando, y derribóle.

Durmió el Emperador aquella noche no lejos de una gentil fuente que llaman de la Palma, y que proveyó al ejército. Estaba el real en fuerte sitio, entre la mar y Alcaraz, que venía crecido. Mas los enemigos estuvieron quedos aquella noche. Iba muy crecido Alcaraz de la lluvia pasada, y por rebosar mucho la mar; si bien a la ida se pudo vadear a pie, a la vuelta arrebataba los que intentaban de quererlo pasar, y por esto se hizo de presto una puente con antenas, mástiles, y otra madera de las galeras y naves que allí cerca se perdieron, por la cual pasaron los alemanes y los italianos, y la corte y enfermos. Los españoles y los que tenían caballos pasaron el río a pie por bien arriba de la puente, escaramuzando con los enemigos que anduvieron aquel viernes atravesando mucho y amagando; y aún, tal de ellos hubo que se allegó a picar con la lanza, si bien le costó la vida.

En pasando aquel río se volvieron los turcos a Argel y no parecieron más.

No había pan, y comían caballos y palmitos con sus majuelas, aunque duros y ruines, que hay muchos allí; otros comían galápagos y caracoles; los tudescos comían cebollas albarranas, que juntamente con beber agua (que para ellos es ponzoña), y dormir desnudos en hoyos, que parecían sepulturas, enflaquecieron malamente, por lo cual se rezagaban mucho, con otros italianos dolientes, que, como la necesidad de todos no daba más lugar, murieron algunos alanceados.

Otro día se pasó Sef Seia el agua hasta los pechos, que lo sufría el suelo. Durmióse esta noche en Metafuz, donde se aposentó el ejército con placer de todos.

Fue Metafuz, como dicen, hablando de Argel, Rusconia de Octaviano, o Ruscurio de Claudio, si bien otros piensan que Tipasa, y, a la verdad, todos estos lugares estaban en la Mauritania Cesariense, como en Plinio y otros autores se ve. Pero Tipasa caía más hacia la otra Mauritania. Fue Metafuz antiguamente grande y noble pueblo, según se ve del rastro que aún dura de templos, termas o baños, arcos, bóvedas y piedras labradas con arte. Dicen los moros que lo destruyeron godos, y que de allí se pobló Argel, aunque pudo despoblarse por falta de agua, que no la tienen, sino que la traen de lejos por canales o acueductos, los cuales hoy día están, aunque a pedazos, altos y recios. Hace la mar allí un recodo, que no es mal puerto, por estar abrigado del Nordeste, con la punta de tierra que de alto se lanza en la mar cara Noroeste, y Argel no tiene otro mejor allí cerca, y si la flota surgiera en él, no se perdieran las naves con aquella tormenta, según pilotos después decían, y Argel se tomara.

Comenzaron, pues, a sacar de las naves, que ya estaban allí, bizcocho, vino, queso y carnes saladas, y dieron primeramente a los alemanes, y luego a todos, abastada y cumplidamente, y no tardó de haber bodegones y tiendas de frutas secas y agras, y de cosas dulces, que pareció maravilla. De agua se proveían en lagunillas y carreos que había cerca.

Comenzó la gente a recrearse, mejorando de comida, bien que algunos no dejaban de comer carne de caballos, si bien desabrida, dulce y muelle; el hígado es lo mejor del caballo, a gusto de todos los que lo comían. Hubo disputa cuál era mejor, embarcar o volver sobre Argel; sobre lo cual hubo muchos pareceres. Unos temían que se revolviese sobre Argel, pues que la victoria era tan cierta desembarcando agora con cuidado lo que convenía, pues que a falta de no lo haber hecho se perdiera el primer acometimiento, y esto, parte, porque no se acertó el surgidero, lo uno, y porque se tuvo gran descuido no temiendo, tempestad, cual vino, en echar luego a tierra caballos, municiones y comida. Lo cual hecho, agora prometíase a los que eran de este parecer una certísima victoria, que, por conseguir, había Su Majestad y el ejército pasado por tantos trabajos, peligros y gastos, y aún parecía cosa vergonzosa retirarse sin hacer más daño al enemigo.

Pero estaba el Emperador tan lastimado de ver el estrago que por su armada había pasado, que ni negaba lo uno ni resolvía en lo otro. Quisiera recoger las reliquias de sus gentes, por no perderlo todo, y retornar sobre sus enemigos, pero temía la braveza del mar. Otros hubo que dijeron que lo mejor era embarcar, aunque ya no lo quisieran los soldados españoles ni muchos caballeros, y señaladamente, Hernando Cortés, marqués del Valle, que sabía de semejantes trabajos y hambres, y últimos aprietos, y fue el que más perdió después del Emperador, porque se le cayeron en un cenagal tres esmeraldas riquísimas, que se apreciaban en cien mil ducados, y nunca se pudieron hallar; y era tal su ánimo, que no sintió tanto esta pérdida como el poco caso que de él se hizo en esta jornada, porque con haber sido tan valeroso como era, y es notorio, no le metieron en Consejo de guerra ni le dieron parte de cosa que en ella se hiciese, y aún, después de pasada la tormenta, porque decía él que se viniese el Emperador y le dejase con la gente que allí tenía, que se obligaba de ganar con ella a Argel, no le quisieron oír, y aún dicen que hubo algunos que hicieron burla de él.

Ningún discreto habrá que no entienda la causa de esto, y más si conoce y sabe la soberbia del español, como si la virtud y nobleza propria no valiese tanto, y según algunos, más que la heredada.

A lo mismo que Hernando Cortés, dicen que se ofrecía don Martín de Córdoba, conde de Alcaudete y capitán general de Orán; o el Emperador no lo supo, o sus consejeros le quitaron de ello.

Mandó, pues, el Emperador, resolviéndose en la vuelta, embarcar a cada uno en el navío que vino, si lo hubiese, porque de las naos de Italia, pocas faltaban; mandó echar los caballos de todas a la mar, que fue gran lástima, por que cupiesen los hombres. Las naos se llenaron mucho, porque faltaban pocos, y muy menos que al principio creyeran, de lo cual se quejaban sus dueños, haciendo gran sentimiento por ello, como de daño particular e injurioso, pensando con lo tal amansar al Emperador, que estaba, y con razón, puesto en efectuarlo; mas el Emperador, como cristiano piadoso, antepuso la vida de un hombre, y de muchos, a la de un caballo, y caballos sin cuento que fueran. Fue muchas veces él mismo de nave en nave a los hacer echar o desjarretar, que por lindos los escondían.

Hubo gran trabajo y estrechura en repartir y embarcar la gente, por lo cual anduvo el Emperador con mucho cuidado, entrando y saliendo a menudo en la mar, a que recibiesen a todos en los navíos sin quedar alguno, y fue bien menester.

Finalmente, el autor de esta relación (que no fue a pelear, sino que era un sacerdote docto y curioso) dice que fue en la galera de don Hernando Lobos, embajador de Portugal, y que se embarcó de los postreros de todos, y notó mucho al Emperador, como lo había notado todos aquellos días, y sin lisonja dice: «Él estuvo en todo sabio a gobernar, esforzado a pelear, humano al mal ajeno y fuerte al propio; y si Dios así no lo dispusiera, era digno de acabar gloriosamente aquella empresa.»

Y el doctor Illescas dice, por relación de un caballero que se halló en esta jornada, que habiendo el Emperador sabido que Andrea Doria era desembarcado, salió de una tendezuela de lienzo que tenía por posada, para irle a visitar, luego que se alzaron de Argel, y acaso pasó por medio de un escuadrón de infantería, y como le vieron ir hacia donde estaba Andrea Doria, pensaron que se quería embarcar, y dejarlos; y comenzaron todos a murmurar y afligirse, entendiendo quedar sin él. Entendiólo el Emperador, y volvió a ellos el rostro alegre y lleno de amor, y díjoles: «No temáis, amigos, que no me voy; yo os prometo que el primero que aquí ha de quedar seré yo, y de no salir de estos trabajos hasta teneros a todos fuera de ellos.» Palabras con que les puso mil corazones.

Embarcáronse, pues, todos; italianos primero, alemanes luego y después los españoles, y antes que acabasen se revolvió el tiempo y el mar con otros aires, que se hubieron de partir cada uno cuando pudo y como pudo.

Arroja el viento al Emperador en Bujía. -Crueldad de los bárbaros y ánimo de los españoles. -Vuélvese el Emperador a Dios, con ayunos y oración. -Qué ciudad era Bujía. -Deshace el Emperador la armada. -Va el Emperador a Callar.

Cada piloto y cada hombre quisieron volver donde partió, mas los aires derramaron la flota de tal suerte, que ninguno tuvo derecha su navegación, y queriéndolo así su fortuna, las naos que habían de ir a España fueron a Bujía o a Cerdeña, y aun a Italia, y muchas de las que habían de ir a Italia vinieron a España y a Orán, partiendo todas de un puesto, aunque no a un mismo punto, cosa de contar para los siglos venideros, y que causó grandes y muchas romerías, devociones y votos.

Algunas naos de soldados españoles como fueron los postreros a embarcar y; estaban ellas cascadas de la tormenta, se hundieron en Metafuz con los torbellinos antes que pudiesen salir en alta mar; pero no se ahogó toda la gente. Dos fueron a dar en tierra, cerca de Argel, y los españoles, según después se supo, rogaron a los alárabes, que como perros a cuerpos muertos cargaron luego a ellos, que los tomasen por esclavos y no los matasen, pues en ello usarían humanidad y gentileza, como hombres de guerra; y visto que, siendo pobres aquellos berberiscos, no los querían por cautivos, y que, como crueles, decían que los tenían de matar, blandiendo sus lanzas por encima de las adargas, tomaron las armas y hiciéronse todos un ovillo, y peleando en cerco caminaron hacia la ciudad; pelearon tan diestramente, que sin morir, hirieron muchos y aun mataron algunos.

Llegaron en esto muchos turcos, que bien se conocían en el traje y tocado, a los cuales dijeron los españoles que se rendirían por esclavos si Azán Agá viniese; por tanto, que le fuesen a llamar, y entretanto los guardasen. Llamaron a Azán Agá, y vino luego, y llevólos cautivos, y así salvaron las vidas, ya que no pudieron la libertad.

Los alemanes tuvieron muy mala navegación, porque más de cuatrocientos que iban en una nao, nunca pudieron tomar puerto, aunque llegaron muchos en cincuenta días, y cuando lo tomaron estaban tan debilitados y pasados de frío y hambre, que se murieron no pudiendo digerir la vianda.

Las galeras corrieron también fortuna, y algunas perdieron la palazón, rompiendo la vela, por la cual fortuna hubieron de ir a Bujía siguiendo la costa, que así lo porfió Andrea Doria, por menor daño, aunque no lo quisiera el Emperador, sino que hicieran fuerza la vía de España; pero como allá se vio con todas las galeras y con otras muchas naos, mandó que todos ayunasen tres días, rogando a Dios por buen tiempo, y que les perdonase sus pecados, y que se confesasen, que así lo hizo él después de haber hecho tres procesiones, porque cesase la tormenta, que verdaderamente parecía que se andaba tras ellos, la cual anduvo tal, que dentro del puerto arrojó un esquife sobre una galera que mató dos remeros, y a unas galeras quebró los remos, a otras las narices, y a otras el castillo de popa; hizo también daño en las naves, porque la carraca Firnara, de Génova, dio en tierra, cascándose por la fuerza del viento y mal suelo para las áncoras, la cual suplió la grandísima falta de comida que había, porque era del bastimento, aunque no la cumplió del todo, y como eran muchos y estuvieron cerca de veinte días, hubo gran falta y carestía, y así llegó a valer una gallina una dobla, y una cabra mil maravedís, y un puerco doce ducados, y aun diez y ocho.

Los moros traían algunas aves y vaquillas a vender, que no era mal manjar para quien las podía comprar, y venía hecho a comer caballo.

Cuán grande pueblo de moros fue Bujía, y cuán noble y famoso, dije cuando fue sobre ella y la ganó el conde Pedro Navarro; ya en este tiempo no era de ver, si bien era de tener para las cosas de Berbería; y así, el Emperador trazó y mandó labrar un castillo, por más fuerza y seguridad.

Y en dando señal el cielo de seguridad y templanza despachó a don Hernando de Gonzaga con sus galeras de Sicilia y de Malta, para que se fuese a su gobernación, y las naos de Italia, con Agustín Palavicino, y al conde de Oñate a España, por capitán de las naos que allí estaban, y de la gente que no podía caber en las galeras, el cual fue a Callar de Cerdeña, forzándolo el viento a hacer tan contraria navegación.

Llegando a Callar, les hicieron los naturales las fiestas posibles, dándoles el parabién, y a Dios infinitas gracias por haberlos escapado de tan peligrosa tormenta. Tuvo allí las fiestas de la Navidad gastando muchos días antes que a España venir pudiese.

Duraba el mal tiempo y crecía la falta de los bastimentos, y así, había bien que pensar sobre tan arduos negocios como éstos dos eran: el uno constriñía a partir, el otro forzaba estar quedos, y ambos amenazaban muerte. Mandaba la hambre salir y el tiempo quedar; y en el consejo de mar unos decían que fuesen a Trípol costeando siempre, y otros a Cerdeña, forcejando al remo, o a Sicilia, navegación larga, difícil y para perecer de sed.

Quiso Dios que en esto se levantó Sudoeste, con el cual partió el Emperador de Bujía y fue a Mallorca, y de allí a Cartagena, donde fue bien recibido, como muy deseado que era, porque, según las nuevas que habían tenido y la gran tardanza que había hecho, todos, así en Italia como en España, temían su vida, y a sus enemigos no les pesaba; y este es el fin y suceso de la jornada de Argel, tercera vez acontecida, contando la de Diego de Vera y de don Hugo de Moncada.

Batalla del Carruan. -Gallarda retirada por el valor de Luis Bravo de Lagunas. -Hecho varonil de una castellana.

Después de esta triste y desdichada jornada de Argel, corriendo Andrea Doria con don Hernando de Gonzaga la costa de África, tomó a Caramini, Monasterio, los Esfaques, Susa y la Mahometa; y dejando en Monasterio a don Álvaro de Sande, con el tercio de Sicilia, le dejó orden que diese favor al rey Muley Hacén, de Túnez, contra Cidearsa, que se le había alzado con la ciudad de Carruan y se llamaba rey de ella.

Estaba Cidearsa puesto en una lengua de tierra que se hace entre dos mares, junto a Monasterio, y para pasar Muley Hacén a su tierra había de romper por fuerza al enemigo, que tenía veinte y dos mil caballos y quince mil infantes, y seiscientos escopeteros turcos, cuyo capitán era Baalij, renegado español, natural de Málaga, hijo de un carnicero llamado Cachorro. El rey de Túnez tenía hasta siete o ocho mil caballos, y los españoles eran como dos mil y quinientos infantes. Tenía puesto su campo Cidearsa una legua de Monasterio.

Los españoles determinaron darle batalla, porque de otra manera no tenían paso. Don Álvaro dio noticia al rey de Túnez de su determinación, y ordenó su gente en un escuadrón, a manera de luna, y por vanguardia una manga de cuatrocientos arcabuceros españoles, y los demás, por guarnición, al lado derecho de la batalla.

Comenzóse a pelear con tan buen orden y con tanto ánimo, que los de Cidearsa fueron de presto desbaratados, y los cuatrocientos españoles rompieron a los seiscientos turcos, que venían también por avanguardia en el campo contrario.

Siguiendo los españoles el alcance desordenados con el calor de la victoria, no se recelando de cosa alguna, salieron de través, de entre unos olivares, hasta catorce mil caballos, que estaban emboscados por Cidearsa, y embistieron en los vencedores con tanta furia, que los moros del rey de Túnez volvieron las espaldas la vía de Susa hacia Túnez.

Estaba tan adelante a esta sazón la manga de los arcabuceros españoles, que cuando quiso retirarse a su escuadrón, que aún estaba entero, no lo pudo hacer, y así la cercaron los caballos de Cidearsa y mataron como veinte o treinta soldados, antes que pudiesen ser socorridos de sus amigos.

Estando el escuadrón de los españoles a la mira, y no sabiendo qué determinación tomarían viendo huir al rey de Túnez y a sus españoles en tan conocido peligro, salió de entre todos el capitán Luis Bravo de Lagunas, hijo de Sancho Bravo (el que en Valladolid no quiso seguir la Comunidad, por ser leal a su rey), mancebo valiente y animoso, y dijo, como esforzado español, estas palabras: «Señor don Álvaro, socorramos a nuestros hermanos, no sea que por la manga perdamos el sayo.» Y de presto caló su pica, diciendo en alta voz: «Ea, soldados, todos como yo, socorramos a los nuestros.»

Fueron de tanta eficacia estas palabras, que luego todos a una dijeron: «Bien dice, señores, como caballero: vamos todos tras él.» Y de tal manera cerraron con los enemigos, que recogieron en sí a los suyos, y en muy buen orden se comenzaron a retirar a Monasterio, a donde había quedado con mucha parte del bagaje el capitán Gaspar Muñoz, herido de un arcabuzazo en la pierna.

Habiendo, pues, caminado los españoles con tan gallarda retirada, bien legua y media, dieron vuelta sobre ellos los enemigos con grande número de caballos, y embistieron en la retaguardia, donde iban muchos capitanes y personas de oficio. En los primeros golpes atropellaron algunos y rompieron tres hileras del escuadrón; en la cuarta iba Cristóbal de la Fuente, de la compañía del capitán Juan del Río, y Pedro Bernardo de Quirós, asturiano, de los nobles de este apellido, de la compañía de Luis Bravo. Estos dos dieron voces a los que marchaban delante, diciendo: «¿Dónde váis, señores; qué caballos lleváis para huir o qué castillo en que os acoger?» Con estas palabras echaron mano a las espadas, que por la espesura de los caballos no se podían aprovechar de las picas, y el escuadrón todo dio la vuelta, y con tanto ánimo pelearon, que hicieron que los enemigos volviesen las espaldas, y cobraron algunos de los capitanes, que habían sido presos en el primer acometimiento. De esta manera se fueron retirando hasta Monesterio por una vega llana de poco menos de cuatro leguas, sin perder nada del bagaje, ni pieza de artillería, de seis que llevaban de campaña, y sin perder reputación.

Hecho digno de memoria, aunque algunos, por descuido o mala voluntad a la nación española, no la hicieron de él, ni de otra hazaña que este día hizo una mujer que se llamaba María de Montano, la cual juntó de presto trecientos mozos de soldados y los armó, dándoles las picas que llevaban en los camellos, y defendió varonilmente el bagaje a quinientos caballos moros que le asaltaron, haciendo ella el oficio de capitán, con su pica, delante de todos, y diciendo: «Ea, hijos, defendamos lo que nos encomendaron; no ganen honra con nosotros estos perros.»

Por esta hazaña, de allí adelante tiró paga esta mujer como soldado, y merece tal memoria por ella.

Vuelve el francés a las armas contra el Emperador.

Agradecer podemos al francés, pues dio lugar al César para hacer la desdichada jornada de Argel, y a mí para escribirla breve y sumariamente, porque no hallé relaciones más cumplidas de quien me fiar.

La razón pedía que los príncipes cristianos y pechos generosos se condolieran de la rota y pérdida que el Emperador con tanta caballería padecieron, según dejo dicho, peleando, no con turcos, ni moros africanos, sino con los elementos sumamente alterados en tierras de enemigos infieles y inhumanos; pero piérdense los estribos donde reina pasión. Esta atormentaba tanto al rey de Francia, por la negra pretensión de Milán, en que tanto había porfiado, que sin reparar en treguas ni en otros buenos respetos, con achaque de la muerte de sus embajadores, pareciéndole la ocasión buena, por haber vuelto el Emperador tan mal tratado de la tormenta de Argel, juntándose, pues, con el rey de Dinamarca, enviaron a dar los principios de buen año con sus reyes de armas, desafiando al Emperador con soberbias y arrogantes palabras.

Despachó sus embajadores al Turco, a Alemaña, a Portugal, a los venecianos y ingleses, procurando levantarlos a todos, aunque en Venecia y Ingalaterra les dieron malas respuestas, diciendo que era cosa indigna oír a un rey que trataba con turcos y lo había metido en la Cristiandad; los demás, con el francés, mandaron pregonar la guerra a fuego y a sangre por todas las fronteras de sus reinos. Que tal fue el pésame que estos reyes, siendo cristianos, le dieron del destrozo que había padecido en Argel, por donde había ido con tan buen celo, y tan en favor y bien de la Cristiandad.

El Emperador respondió a sus desafíos como merecían, y a los pregones de su guerra con otros semejantes, en Flandres, a 24 de mayo, y vióse cuán represada estaba la ira del rey de Francia, que, como un mar detenido, rota la presa, revienta; así hizo este príncipe, acometiendo las tierras del Emperador por diversas partes: mandó continuar o volver a la del Piamonte, envió por Artoes y Teruana a Antonio de Borbón; por Brabante, a Martin Van Rosem, con ayuda del duque de Cleves; por Lucemburg, a su hijo Carlos, duque de Orleáns, y por Cataluña, sobre Perpiñán, al delfín Enrique.

Amenazaba también por Navarra, y no contento con esto, procuraba la venida del Turco, a cuyo fin le envió un gran presente de seiscientos marcos de plata, maravillosamente labrada, y quinientas ropas de seda, grana, y otras telillas ricas, para dar a los criados del Turco; esto todo contra un príncipe desapercibido y roto, no de enemigos, sino de la furia infernal del mar y vientos, sin dolor ni miramiento de la Cristiandad; pasión extraña, indigna sumamente de quien la hacía.

Hay bien que decir de estos cuentos. Lo primero que el rey Francisco procuró antes de comenzar esta guerra, fue pedir a Solimán que enviase contra el Emperador su armada.

Llevó esta embajada un caballero francés, llamado Polino, persona de harta inteligencia y buenas partes. Halló en el Turco muy buena entrada, y en sus basás y ministros, ofreciendo la guerra como el rey la podía desear. Mandáronle volver a Francia por el orden que el rey quería que hubiese, y hallándole que andaba a caza con mucho contento de las ofertas de Solimán, dentro de tres días volvió a despachar a Polino, mandándole que fuese por Venecia donde el Turco había prometido de enviar a Junusbeyo por su embajador, para que la señoría hiciese guerra al Emperador, y los dos juntos trataron con el Senado de la guerra, formando el francés mil quejas y diciendo palabras muy descompuestas contra el Emperador. Mas por mucho que el francés y el Turco hicieron, los venecianos no quisieron intentar la guerra.

Partiéronse a Constantinopla, donde ya estaban harto mudadas las voluntades del Turco, y de los basás, de manera que porque Polino trabajó, no pudo acabar que por este año de 1542 saliese Barbarroja con las galeras del Turco, aunque envió el rey otro segundo embajador, que fue Desio, comendador de San Juan.

En estas embajadas gastó el rey casi un año, y en él sucedió al Emperador la desdichada jornada de Argel, de la cual muchos de los príncipes cristianos se dolieron lo que era razón; sólo el de Francia, si bien con nombre y obligación de Cristianísimo, se holgó, pareciéndole que de aquella vez quedaba el Emperador tan quebrantado y deshecho, que no se podría defender de él, y cuando el rey Francisco pensó que tenía el favor del Turco, y que no le faltaría el de venecianos, quiso, según dicen, comenzar la guerra contra su condestable monsieur Anna Montmoransi, con quien estaba indignado y quejoso, haciéndole cargos de que era amigo del Emperador, y que le había estorbado de prenderlo cuando estuvo en Francia, que por amor de él no le había dado a Milán; finalmente, él acriminó tanto la cosa, que estuvo a pique de cortarle la cabeza, y ya que no fue, le quitó cuanto tenía, y le hizo vivir pobremente y sin honra en una granja, que en esto paran de ordinario los más llegados a los reyes, y hasta agora no sé quién se haya escapado.

Caída de la privanza del condestable de Francia.

Así cuenta la caída del condestable, Illescas, y Jovio algo mejor, y fue cierto el caso de esta manera:

Monsieur Anna Montmoransi fue desde su mocedad gran privado de Francisco, y en el mismo grado, o poco menos, lo era monsieur de Brion; y conforme a la privanza de ambos, el rey su amo, andando los tiempos, hizo al uno almirante y al otro condestable, pero siempre se trataron cada uno de estos dos por su privanza con emulación del otro (costumbre de privados ordinaria) hasta que sucedió la guerra que se comenzó año 36, en el cual pasaron palabras bien acedas, y más de lo que se sufría en semejante lugar, que era delante del rey y su Consejo de guerra, entre el condestable, que disuadía aquella guerra y la reprobaba y maldecía, y el almirante, que la persuadía y aprobaba y conforme a este su parecer se comenzó, y pasó gente los montes con el almirante, y tomaron en el Piamonte los lugares del duque de Saboya, que ya atrás quedan dichos; y como después el Emperador cargó sobre Francia y apretó aquel reino con grandísimo miedo, toda la salud de aquella provincia y la defensa de ella puso el rey en manos del condestable, dándole el cargo de aquella guerra, y así lo hizo, muy bien y acertadamente, hasta que el Emperador se retiró y salió de Francia, estando a todo esto el almirante competidor de Montmoransi, no poco desfavorecido a causa de haberse habido flojamente en lo del Piamonte, y dado lugar con su remisión a que se recobrase Fosán, y otras cosas que le imputaban, que le causó andar abatido y retirado de la corte, y estando en un lugar suyo, durando la guerra del año 1537, quieren decir malas lenguas que, por comisión del Emperador o de la reina María, gobernadora de Flandres, le enviaron una persona secretamente ofreciéndole partidos convenientes para sacarle del servicio del rey.

De todo lo cual, así de lo del Piamonte como de haber dado oídos a otro negocio y no ser avisado de ello, fue después acusado, y estuvo preso harto tiempo, alrededor de la corte francesa, hasta que el año de 40 ó 41 se determinó su negocio, teniendo ya él tramado otro, que fue haber tomado deudo con la de Estampis, persona grandemente aceta al rey, casando hermano del uno con hermano de la otra, y la causa se determinó un poco rigurosamente contra el almirante, pero acabado de sentenciar le remitió el rey todas las penas, y volvió a su oficio y privanza como de primero, puesto caso que había muy gran diferencia entre la bondad de Montinoransi y la condición del Brion; porque el condestable amaba la paz, si bien era excelente en las armas, y todo su intento y privanza la gastaba en persuadir esto a su amo; por el contrario, Brion era amigo de novedades y que su rey siempre las buscase, y que sin embargo de cualesquier juramentos y concordias tornase a la guerra siempre que hallase aparejo para ello, y a éste atribuyen la invención de acometer las tierras del duque de Saboya, para cobrarlas con la guerra que virtualmente se hacía al Emperador; y aún también por esta vía, dar molestia a su contrario el condestable, cuya mujer era de aquella casa de Saboya, hija de Renato, hermano del duque, que por otro nombre llamaban el bastardo de Saboya.

Pero tornando al propósito, como vio el condestable a su contrario enterado en su primera privanza, y que mediante mujeres la llevaba cimentada, parecióle, como dice Jovio, dejar la corte y retirarse, no pudiendo sufrir a su émulo puesto en la privanza antigua. Y así, estando la corte en Chatelerao, acabado el duque de Cleves de volverse de Francia a su estado, pidió el condestable la licencia que dijo, y se retiró a su villa de Ceutilia, con grande pesar del delfín Enrique, que le quería bien, y le pesaba grandemente de los disfavores que su padre le hacía. De manera que, resumiendo este artículo, la causa de la caída de Montmoransi fue la subida de su émulo, y no de que sospechase el rey que ocultamente favorecía las cosas del Emperador, ni tampoco corrió el riesgo de cortalle la cabeza, como cuenta Illescas, ni le quitó lo que tenía, ni el oficio, ni le hizo vivir pobre, ni en granja alguna, ni la madre del rey tenía enemistad con él, que ya en este tiempo era muerta había diez años, porque murió año 1541 a 14 de octubre. De manera que el condestable dejó de su voluntad la corte y lo que tenía en ella.

Descubre el francés la guerra en el Piamonte, tomando a traición a Clarasco. -El marqués del Vasto se paga del francés. -En Picardía comienza el francés crudamente la guerra. -Toma el duque de Orleáns a Lucemburg y ducado de Brabante. -Cobra el príncipe de Orange lo perdido de Brabante.

Después de esto, envió el rey a mandar a Guillelmo Belayo, que era capitán general en el Piamonte, que comenzase a dar principio a la guerra con alguna ocasión, la mejor que él hallase. Estos tratos no fueron tan secretos que el marqués del Vasto no los entendiese, por cierta traición que se descubrió en Alejandría de la Palla. Estaban por el rey en el Piamonte cinco pueblos principales: Turín, Monte Calerio, Sabiñano, Peñoralo y Varulengo, sin otros de menor calidad. Por el Emperador estaban Aste, Vercelle, Ulpián, Fossán, Quier, Quirasco o Clarasco y Alba. Antes que se acabase bien de descubrir la guerra, una noche acomodada saltearon los franceses a Clarasco, y escalando por tres partes, lo entraron y mataron la mitad de los soldados que estaban de presidio, y lanzó fuera los demás, y se apoderaron del lugar, que es muy fuerte, y de ahí a poco, estando la fortaleza con falta de bastimentos, el capitán Sangrio se dio a partido y la entregó, y lo mismo intentaron hacer en Alba y en Vercelli; mas no les valió, porque Francisco Landriano se lo defendió valerosamente, y el excelente poeta Jerónimo Vida Veronés, obispo de Alba, con su buena diligencia, industria y consejo.

El marqués del Vasto juntó luego su gente, ayudando con gente y dineros los milaneses, y antes que los franceses se entendiesen, les ganó doce lugares, pero de poca importancia, que todos ellos juntos no eran tanto como Clarasco. Entonces comenzó a declararse la guerra y salir a luz la intención dañada del rey de Francia, y monsieur de Vandoma se puso en campo junto a Teruana y desbarató una banda de caballos flamencos, y por otra parte el duque de Orleáns tomó a Lucemburgo, sin que la reina María se lo pudiese estorbar, y ganó en aquella comarca otros muchos lugares, porque doquiera que llegaba le abrían las puertas.

Quiso el rey hacer otro ejército para sí, y envió a Nicolao Bosum, monsieur de Longavilla, que fuese a Guillelmo, duque de Cleves y Juliers, con seiscientos caballos, y que juntase la gente que pudiese de pie y de caballo, y acometiesen a Brabante, y hiciesen allí cruel y sangrienta guerra, para embarazar a la reina María, echándole la guerra en casa, para que no pudiese socorrer a Lucemburg. Juntó el duque de Orleáns doce mil alemanes y seis mil franceses y tres mil caballos, entre los cuales había quinientos del rey de Dinamarca que había enviado, con muchos nobles de Francia en armas y en sangre, y por el mes de julio fueron contra Lucemburg y arruinaron a Dam Villerio; pusieron fuego a Jubosio, habiéndole combatido algunos días, de manera que se hubo de rendir, y pusieron en él guarnición de soldados, armas y seis tiros gruesos.

Juntáronsele aquí al duque otras diez banderas de alemanes, y dos mil caballos que los trajeron de Brabante, que como se dirá, la habían asolado Longavilla y Martín Van Rosem. Rindióseles luego Arlonio, y contra lo que había prometido, lo arruinó y pegó fuego, de lo cual le pesó después, y mandó matar el fuego. De ahí fue contra la ciudad de Lucemburg, y habiéndola tenido cercada pocos días, se dio a partido, dejando salir libremente con sus armas y ropa a los soldados que estaban de presidio, y dando que los naturales quedasen libremente con las haciendas y gobierno como lo tenían, con las cuales condiciones se le entregó.

Lo mismo hicieron Mommedio, con que quedó por los franceses el ducado de Brabante, quedando solo por el Emperador Thionvilla.

Habiendo acabado tan prósperamente el duque de Orleáns esta jornada, puso por gobernador y capitán de Lucemburg al duque de Guisa, y despidiendo la gente volvióse a su padre; mas apenas pudieron padre y hijo solenizar la vitoria, porque aún no era bien llegado el duque de Orleáns a su padre, cuando le vino nueva que el príncipe de Orange, Reinerio Nasau, con su ejército, había acometido a Lucemburg, y la había tomado con todos los lugares que franceses habían ocupado, exceto Jubosio, y los había reducido al Emperador, y que tenía cercado el duque de Guisa en Jubosio. Detúvose el príncipe de Orange en recobrar a Brabante hasta el mes de octubre, y acabada esta empresa fue contra Julia, para vengar en Cleves el daño que Brabante había recebido y pagarla con la misma pena.

El duque de Güeldria se pone en armas contra el Emperador. -Cobra el príncipe de Orange lo perdido de Brabancia. -Traición que se urdía en Ambers, para entregar la ciudad al Güeldres. -Saltean los labradores engañados. -Sale el príncipe de Orange contra Martín Rosem. -Arma con gran astucia una emboscada en campo raso, en que coge y desbarata el de Orange. -Huye el príncipe de Orange. -Túrbanse los de Ambers por la rota del de Orange. -Engaño del Jovio. -Peligro y miedo de Ambers. -Requiere Rosem que se rindan al rey de Francia y al de Dinamarca. -Responden los de Ambers, que no conocen otro sino al Emperador. -Dicen los de Rosem, que las aguas salobres tragaron al Emperador, y los peces lo comieron, en la jornada de Argel. -Destruye Rosem los edificios fuera de los muros. -Entra gente de socorro en la ciudad. -Los valientes portugueses defienden la ciudad. -Álzase Rosem de ella. -Martín Van Rosem, capitán valeroso y cruel, natural de un lugar en Güeldria que se dice Rosem: y aún dicen que fue hijo de uno que hacía cerveza. -Quiere Rosem tomar a Lovaina. -Defiéndese Lovaina. -Tratan de concierto. -Defiéndenla los estudiantes. -Álzase Rosem de Lovaina. -Cómo anduvo la guerra entre franceses y flamencos en Picardía.

Y fue el caso que cuando el duque de Orleáns hacía guerra a Lucemburg, el duque de Cleves juntó doce mil hombres y mil y quinientos caballos, a los cuales dio por capitán a Martín de Rosem, soldado principal de Güeldria, y muy escogido capitán, y echó fama que juntaba esta gente para socorrer al rey de romanos contra el Turco; y como su pensamiento era de seguir al francés y juntarse con él, y para esto había de pasar el río Mosa, y por el condado de Hornes, tomó achaque de que enviaba a Francia por su esposa.

Pidió Rosem paso a los de Liege, mas sabiendo el obispo de Cebembergue que el camino que éstos llevaban era contra el Emperador, avisólos para que de ninguna manera los dejasen pasar, y así, los de Liege, puestos en armas, les negaron y resistieron el paso, saliendo todos los labradores y gente de la tierra a la resistencia. Entendiendo los de Ambers esto, temieron que la jornada de Rosem no era para Hungría ni otra parte, sino contra ellos y su ciudad, que en aquel tiempo era una de las más ricas de Europa, y luego con licencia de la reina María, levantaron algunas compañías de gente y enviáronlas en socorro de los labradores que estaban armados para embarazar aquel paso en Pelandia.

Esta gente de Ambers, con otra de los dichos labradores, fueron contra unas banderas de Rosem, que ya habían pasado la Mosa, y dieron en ellos, de manera que volvieron por do habían venido, donde estaba su capitán Rosem, y no fiándose los de Ambers de Rosem, ni del embarazo que le hacían para que no pasase, pusieron guarda en la ciudad, y la fortificaron, y hicieron que todos los extranjeros, principalmente los que eran naturales de Cleves, jurasen de defenderla, y a los que no querían jurar los echaron fuera, y se puso todo el pueblo en armas, nombrando capitanes; enarboló banderas, ordenó las compañías y armó los soldados, reparó los muros, limpió los fosos, puso artillería en las torres y lugares más convenientes. Hicieron capitán general a Cornelio Espanga, por cuyo consejo quemaron todos los arrabales, que tenían una gran población. Pasó Rosem con toda su gente el río Mosa; apartándose de los enemigos, que les quitaban el paso, caminó sin hacer daño para Brabancia, no se mostrando enemigo, porque los de Ambers y otros se quitasen y no le hiciesen resistencia, hasta dar en ellos descuidados; lo otro, porque muchos de los soldados que llevaba no sabían que iban contra el Emperador, y si lo supieran antes de entrar en Brabancia lo dejaran y desampararan las banderas.

Por lo que luego hizo este capitán, se echó bien de ver que su camino era contra Ambers, no con esperanzas de entrar la ciudad por solas sus fuerzas, que era dificultoso, sino llamado por algunos traidores, que le habían prometido de pegarla fuego por algunas partes, y que tomarían las armas cuando el pueblo estuviese alterado con el incendio, y se harían señores de una puerta y se la darían abierta para que entrase con su gente, y saquearían aquella opulenta y riquísima ciudad de Ambers.

Eran cónsules o alcaldes de ella este año 1542, Lancelote Ursulo y Nicolao Schemero, que con los demás ministros de justicia, con suma diligencia, andaban fortificando y reparándola.

De ahí a poco se supo en Ambers que Rosem había tomado el camino, declarándose por enemigo, haciendo guerra y daño en las tierras por do pasaba, que eran del Emperador; porque como hasta allí los soldados de Rosem anduviesen sin hacer daño entre los labradores alojados por las aldeas, comiendo y bebiendo, tomando lo que les daban graciosamente, y por sus dineros, perdiendo ya con esto el miedo, los que se habían puesto en arma las habían dejado, volviéndose en sus casas y labranza, pasó Rosem sin contradición el río Mosa; luego cada soldado prendió su huésped, y porque no los matasen les daban cuanto tenían. Robaron el ganado y quemaron los campos, derribaban los edificios y iglesias, y quemaban lugares, llegando ya a ser tan bárbaros y crueles, que mataban a quien no les hacía mal; compraban, los que podían, las vidas con dinero.

Finalmente, los soldados de Rosem se hicieron tan insolentes, que ya no tenían respeto a Dios ni al Emperador.

Tuvieron aviso los de Ambers, que haciendo estos daños había ido Rosem contra Berlam y Hoochstrate, y que rindiéndosele los lugares y aldeas, había tomado la fortaleza, que era de mucha importancia, y había sacado de ella mucha artillería y munición, por lo cual los de Ambers vieron que no se engañaban en pensar que este enemigo iba sobre su ciudad, y más viendo que, trayendo tanta gente, no se embarazaba en algún lugar cerrado, con haber algunos ricos que pudiera tomar y sacar de ellos grandes bienes. Pues como Rosem se detuviese algunos días en Hoochstrate, lugar cerca de Bruselas, el príncipe de Orange, con quinientos caballos y tres mil infantes, que Ambers y buscoducanos le habían dado, a 24 de julio salió de Breda y a grandes jornadas llegó a Ambers para defender la de Breda y Hoochstrate. Partieron para Ambers los de Rosem; júntanse los caminos por donde venían el príncipe y Rosem, en el campo Brescoto y Ekera, por lo cual estaba el buen suceso en la brevedad, y llegar primero el príncipe a meterse en la ciudad o llegar Rosem a cercarla, y así, procuraron darse priesa para ganar el uno al otro la delantera; por esto caminaron con tanta furia para Brescoto.

Caminó Rosem con mayor diligencia, y ocupó a Brescoto, y con una nueva invención armó una colada al de Orange en un campo raso y llano, que en todo él no había dónde poderse encubrir un soldado, si no eran unos árboles pocos, que en un bosquecillo estaban allí cerca, y para engañar al de Orange usó de esta estratagema Rosem. Mandó poner cuatrocientos caballos de los que el rey de Dinamarca había enviado con armas negras, que por eso los llamaron los caballos negros. Estos se tendieron en ala, cerca de Brescoto; detrás de ellos puso toda la infantería de rodillas, tendidas las picas, banderas y armas, o bajas al suelo, de tal manera que estando los cuatrocientos caballos, como dije, en ala, cubrían la infantería, para que el príncipe no la viese.

Llegó el de Orange, y por falta o negligencia de los descubridores, no tuvo aviso de la emboscada que Rosem le tenía gentilmente armada en el campo abierto y claro, y como no descubrió más que la caballería, pareciéndole poca gente, no hizo caso de ella, pensando que no estaban allí para más que embarazarle el camino. Mandó el de Orange a Lubberto Turca, capitán de la caballería, que se adelantase y los acometiese, y él con la infantería caminó a su paso en orden. El Turca, con los caballos y lanzas que llevaba, disparando los pistoletes que cada uno llevaba, dio en los cuatrocientos, los cuales se fueron retirando hasta el bosquecillo, o árboles y zarzas, donde se defendían con las escopetas.

Apresuróse a este punto el de Orange con la infantería, y apenas habían comenzado a escaramuzar, cuando de una y otra parte se levantaron los soldados de Rosem y cercaron al de Orange, acudiendo al mismo punto la demás caballería y gente de Rosem, de diversos escondrijos, donde estaban metidos y emboscados, y hirieron fuertemente en los del príncipe, el cual viéndose tan apretado y salteado sin pensar, recogió la caballería a toda priesa y tomó el camino de Ambers, retirándose y perdiendo muchos de los suyos; fue harta ventura escaparse. Rindiéronse dos mil infantes arrojando las armas sin pelear, por ser bisoños y poco usados en ellas.

Entró el príncipe de Orange con muy poca compañía en Ambers a las siete de la tarde. Turbáronse mucho los ciudadanos con esta pérdida; animólos el príncipe, porque era mozo de gran valor, y la mala ventura no había quebrantado su ánimo brioso; dio orden en poner la ciudad como convenía para esperar al enemigo, y luego fue a visitar a la reina María, que tenía un valor varonil, muy semejante al de César su hermano.

De ahí a poco, después del príncipe de Orange, llegó a las puertas de la ciudad, -que también había escapado-, Lubberto Turca con algunos caballeros, aunque Jovio, con engaño, dice que fue preso, libro 41, c. 5. Hubo pareceres en la ciudad si lo admitirían en ella, porque aunque este capitán había siempre servido al Emperador, era natural de Güeldria, a quien servía Rosem; recelábanse de él.

Gozóse Rosem con la vitoria; volvió a regocijarla en Briscoto. Otro día asentó su real en los arrabales de Ambers; estuvieron ambas partes aquella noche con grandísimo cuidado y guarda, sin dormir sueño, porque los de Ambers se temían de alguna traición o fuego, que de los que dentro estaban no se fiaban; también temían de que los enemigos, con la oscuridad de la noche, acometiesen a la ciudad por la parte del muro antiguo, que era muy flaco. Rosem y Longavilla también se recelaban, y temían no saliesen de la ciudad por diversas partes, y los salteasen en el real; por manera que el miedo que los unos y los otros tenían, hizo que esta noche pasasen con harto cuidado guardas y espías.

El mayor peligro que la ciudad tenía era entre Kipdorpian y la puerta colorada; aquí pusieron los ciudadanos personas de mayor confianza. Estando en Ambers las cosas tan miradas y prevenidas para esperar al enemigo, llegó un rey de armas de parte de Rosem, y como si Rosem fuera un rey, les dijo que rindiesen al rey de Francia y al rey de Dinamarca aquella ciudad, porque Rosem, capitán esclarecido con muchas vitorias, hacía aquella guerra en su nombre, y que solamente pedía a los ciudadanos que hiciesen juramento a aquellos reyes, porque sus fueros, privilegios y libertades no solamente se los dejarían perpetuamente, sino también se los acrecentarían; y que supiesen, que si quisiesen más probar sus fuerzas que obedecer sus sanos consejos, él procuraría, plantando su artillería y echándoles encima sus soldados viejos invencibles, que su pertinacia hubiese tan desdichado fin, que tuviesen bien que llorar.

Los de Ambers respondieron que no conocían otro señor sino al Emperador Carlos V, y que sin su mandado, a ninguno que trajese armas abrirían. Dijo el rey de armas que al Emperador Carlos ya lo habían comido los peces del mar. Los de Ambers respondieron graciosamente que verían cómo dentro de tres días saldría del vientre de la ballena como un Jonás, y lo tendrían más presto sobre sí de lo que sus reyes quisieran.

Fue ardid que los enemigos del César usaron, que luego que se supo la pérdida de su armada en Argel, quisieron hacer creer a todos que el Emperador se había anegado, le habían comido los peces y que sus gentes no traían sino una estatua, con que querían entretener y engañar al mundo. Dijeron más los de Ambers, que ellos no tenían a Rosem por capitán de tan grandes reyes, sino por caudillo de ladrones salteadores, y que le avisaban, que si tocaba a los muros de la ciudad, se le daría la pena que las maldades merecían; con esta respuesta enviaron al trompeta, echándolo por la puerta Kipdorpia.

Sintió tanto Rosem la respuesta, que rabioso mandó luego deshacer todos los molinos de viento que estaban fuera de la ciudad, y andaban los suyos en cuadrillas por los campos y sembrados de Vuillibordiano, quemando los panes que estaban para segar. Contra los cuales, los de Ambers dispararon la artillería y mataron algunos. Otro día entraron en la ciudad mil y docientos soldados, mozos robustos que vinieron de la provincia de Wasiana, que es una parte de Flandres que llega hasta Gante, en la otra ribera del río Scaldis, y los gobernadores los armaron muy bien y pusieron en los puestos que más guarda requerían, y en el mesmo día salieron fuera de la ciudad los de Ambers y quemaron y derribaron cuantas casas y quintas había al derredor de la ciudad, viéndolo y llorándolo sus dueños, porque el enemigo no se favoreciese de ello para los ofender o armarles celadas.

Señaláronse muchísimo en defensa de la ciudad, harto más que los naturales, los valentísimos portugueses y algunos mercaderes italianos, alemanes, ingleses, que no como mercaderes, sino como escogidos capitanes, se pusieron en arma con sus banderas, unos en competencia de otros.

Como vio Rosem el buen orden que en la ciudad se tenía, y que no le habían dejado lugar para poderles armar alguna emboscada, ni dentro había que esperar traición, sino que todos, con suma fidelidad conforme, se defendía y le ofendían, levantó su campo a 27 de julio al amanecer, haciendo que la noche antes caminase la artillería y bagaje, y con el ruido que en el campo de Rosem se hacía al levantarse, los de Ambers pensaron que se acercaban más a la ciudad para combatirla, que esto temieron siempre, y luego se pusieron en orden con muy buen ánimo para defenderla.

Echaron fama algunos traidores en la ciudad, que el enemigo había tomado una parte de ella, y todos con gran alboroto acudieron allí donde se decía que el enemigo había llegado; y hallando que era falso, llevaron la artillería a aquel lugar fuera de la ciudad, donde se oyó el estruendo y alboroto, pensando que por allí querían acometer. De esta manera pasaron la noche toda, y entrado el día, vieron que el enemigo se iba y que ardían todos los molinos de viento, huertos, casas de placer, pero levantó el cerco sin batir a la ciudad Rosem, contra el parecer de sus capitanes, y así, se dijo que le corrompieron los de Ambers con mucho dinero, porque si se pusiera en batirla y combatirla, créese que al primer asalto la entrara, porque la gente que la defendía eran mercaderes y otros no ejercitados ni usados en las armas ni aun tenían acabadas las trincheas en más de una parte, y tenía Rosem en su ejército pasados de doce mil soldados, y dos mil caballos bien armados, toda gente valentísima, y envejecida en las armas, tanto, que decía Rosem que para vencer dos tantos en campaña, no quería meyor número de gente.

Comenzó a caminar hacia Lovaina, que en tiempo antiguo fue ciudad famosísima de los grudios. Hizo por el camino el mal que pudo: saqueó a Ranesto y Dusula, pero no osó tentar a Lira, porque los ciudadanos lo hicieron apartar ojeándole con su artillería. Asimismo le resistieron en Lovaina, porque los naturales eran muchos y la ciudad fuerte y estaban dentro gallardos mancebos estudiantes.

También había enviado la reina María para defender a Lovaina a Jorge Rollino, señor de Aimeria, con la gente de caballo de su guarda; y a Conrado, conde de Warne Bugij, con trecientos soldados, y a Felipe Dorlano, bailío de Brabante, con docientos. Más, desconfiados de poder defender con tan poca gente una ciudad tan grande, por ser sus muros muy extendidos, que aun para solas las escuelas no bastaban los que dentro para tomar armas había, atemorizados se salieron estos capitanes con su gente, que causó harto temor en los ciudadanos.

Habíase puesto Rosem con su campo a la puerta de Bruselas; supo la huída de aquellos cobardes soldados y el miedo que había en la ciudad, y envióles un trompeta, requiriéndoles que se rindiesen al rey de Francia. Fueron tan honrados y valientes los de Lovaina, que le dieron la respuesta que habían dado los de Ambers.

Pusiéronse treguas por pocos días, procurándolas algunos traidores que estaban en la ciudad, y sobornados con dineros que Rosem les dio, andaban atemorizando el pueblo, diciendo que era imposible defenderse, que Rosem traía un ejército invencible y gruesa artillería, que pues la ciudad se había de entrar por fuerza y con notable daño, que mejor era darla con notables condiciones. Comenzaron a tratar de ellas, y cautelosamente dijo Rosem que si se lo pagaban bien, que él levantaría el campo y se iría sin entrar en la ciudad. Quería descuidarlos con esto, y al mejor tiempo dar sobre ellos. Pidió que antes de alzarse le diesen bastimentos para el ejército, y la artillería más gruesa que tenía la ciudad, y más ciertas vasijas de pólvora y ochenta mil florines. Los de Lovaina, no cayendo en la traición que se les armaba, ofrecían cincuenta mil florines, vino y otras vituallas. Admitió esto Rosem, y habiendo traído el vino en cabalgaduras hasta la puerta de la ciudad para entregarlo a los enemigos, los estudiantes de aquella universidad cortaron las sogas con que venían atadas las cargas, y no consintieron que pasasen adelante con ello, recelándose discretamente y adivinando lo que se les urdía, que era embarazar las puertas con las cargas del vino, y arremeter los enemigos y meterse por ellas en la ciudad. No consintieron que se abriesen las puertas, y derramaron el vino, rompiendo los vasos en que venía, y fueron luego los estudiantes, que Dios los llevaba, a la artillería, y disparáronla en los enemigos.

Estaban a esta sazón con ellos Meyero Blehemio, capitán general de la ciudad, y Damián Gousio, que en nombre del Senado y pueblo, habían ido a tratar de los conciertos con Rosem, los cuales fueron luego detenidos, y los echaron en prisiones, diciendo que habían en la ciudad quebrantado las treguas disparando la artillería, y que les querían hacer alguna traición; hubieron con esto de dar dos mil florines por su rescate.

Perdió Rosem la esperanza que tuvo de tomar la ciudad, y despidiéndose de las musas de Lovaina, alzó su campo contra Corbeco; de ahí fue por otros muchos lugares saqueando, robando y abrasando cuanto podía, porque ellos no trataban de otra cosa, ni fueron para tomar un lugar cercado; por eso dijeron que este Rosem era capitán más de ladrones que de soldados.

Hiciéronse fuertes en un castillo ochocientos labradores; rindiéronlos, y los degollaron sin perdonar a uno. Llegaron a Flovanio, y a una abadía que allí había, que se rescató con mucho dinero que dieron a Rosem. De esta manera corrieron y maltrataron todo el condado de Namur. Pasaron el río Sombresabis; los labradores de la tierra cortaron los caminos con hondos vallados; atravesaron grandes árboles para embarazarles el paso.

Con todas estas dificultades y peligrosos caminos, iban derechos para juntarse con el ejército del duque de Orleáns, cuando estaba sobre Lucemburg, y dábanse gran priesa porque sabían que el príncipe de Orange y el conde de Bura, con poderoso ejército, iban en su seguimiento apresuradamente, por lo cual, pasando otra vez el río Mosa cerca de Masier, lugar de Flandres, asentando el real en sitio fuerte, descansaron algunos días. Y tratando aquí de repartir lo que habían robado, llegaron a desavenirse malamente Rosem y monsieur de Longavilla, y estuvieron así muy encontrados hasta que el duque de Orleáns los compuso y hizo amigos, y como el duque, ganada Lucemburg, se quiso volver para su padre, despidió la gente de Rosem y a él mandó volver a su tierra.

Tal fin tuvo la jornada que la gente del duque de Cleves hizo este año, que cierto puso en gran cuidado al ducado de Brabante, a Flandres y a la reina María, si bien su ánimo era de más que mujer.

Por otra parte, andaba la guerra entre franceses y flamencos, porque Antonio, duque de Vendoma, gobernador de Picardía, con razonable ejército tomó a Teruana, y al lugar Lilersio, y echó las fuerzas por el suelo y asoló otros lugares y castillos de aquella comarca; quemó y saqueó los campos de San Audemaro y otros lugares, hizo retirar al conde Reusio, y cargado de una gran presa volvió a Picardía y puso los soldados en los presidios. De suerte que con dos ejércitos hizo el rey Francisco este año guerra a las de Flandres, y de la misma manera se trataban en el mar franceses y flamencos, siendo los sucesos varios, unas veces favorables a unos, y otras, a otros.

Guerra en Perpiñán que hizo el delfín. -El duque de Alba fortifica a Perpiñán y se mete en él esperando al francés; sale porque se ahogaba entre paredes. -Retiróse en fin de setiembre el francés.

Tratándose las cosas de Flandres con tanto rigor que no eran menos de tres ejércitos los que por aquella parte andaban contra el Emperador, en tanto que el duque de Orleáns estaba en Lucemburg, el delfín Enrico juntó en Aviñón un ejército de cuarenta mil infantes, de los cuales los catorce mil eran suizos, y cuatro mil caballos. Partió con esta gente para Narbona derecho contra Perpiñán, cabeza del condado de Rosellón. El buen suceso que de esta jornada podía esperar el delfín estaba en la brevedad de su camino, para echarse sobre Perpiñán antes que los españoles se metiesen en ella. Mas el Emperador tuvo aviso con tiempo del marqués del Vasto, que con cuidado y gastos de espías sabía los intentos del francés.

Poco caso hizo el Emperador de esta jornada del enemigo; pero, con todo, se puso en armas toda España, con tanto aparato como si hubieran de ir a conquistar a Francia. Había falta de caballos, porque en la jornada de Argel se perdieron muchos. Dije cómo se había prohibido el uso de las mulas, para que en el reino hubiese más caballos; algunos por vejez, otros por enfermedad, deseaban las mulas, y así, el Emperador dio licencia que pudiesen andar a mula los que diesen caballos para los hombres de armas, y estando en Monzón a veinte y cinco de julio, pidió a los grandes, títulos y caballeros del reino, que le acudiesen con la gente de armas pagada por cuatro meses, representándoles las sinrazones del rey de Francia, y los demasiados cumplimientos que con él había hecho para atraerle a la paz; y cómo el rey, soberbio con las fuerzas que esperaba del Turco, hacía tales acometimientos. A los cuales quería él en persona resistir, para lo cual estaba en Monzón esperando la gente que había de salir de Castilla en socorro de Perpiñán. A lo cual acudieron todos los señores de Castilla con grandísima voluntad, procurando cada uno mostrar la grandeza de su estado y amor entrañable que a su príncipe tenía. Sería largo contar la gente que cada uno levantó, y los gastos excesivos que hicieron en armas y lucidas libreas.

De esta manera, acudieron los castellanos a la defensa de Perpiñán, y todos se dieron tan buena maña, que el francés, avisado del aparato de guerra y de que en Perpiñán se habían metido muchas gentes y municiones, venía con menos calor que había comenzado.

También esperaba las galeras de Barbarroja, que tenía creído que Polino las había de traer, que aún no sabía lo que en Constantinopla pasaba. Con el espacio del delfín, tuvieron los españoles lugar para fortalecer a Perpiñán, porque el duque de Alba estuvo allí algunos días y la reparó y ordenó, como aquel gran capitán lo sabía bien hacer. Puso en ella mucha y muy buena artillería, soldados escogidos y bastimentos, encomendóla a los capitanes Cervellón y Machicao, y porque su gran corazón no podía vivir encerrado, salió de ella y púsose en Girona, para recoger allí los hombres de armas que iban de Castilla, y de las galeras de don Bernardino.

Llegó el delfín a cercar la ciudad, y estuvo algunos días esperando a Barbarroja; como vio que no venía, y que los caballeros se le morían de hambre, y supo que el Emperador en persona venía al socorro de la ciudad, y en ella le trataron mal con algunas salidas, rociadas de artillería; perdidas las esperanzas, aconsejado de sus capitanes levantó el campo y volvióse para Montpellier, donde estaba el rey su padre.

Aseguran a Navarra, recelándose del francés. -Ordenanza del duque de Alba. -Provisión de bastimentos en Pamplona.

Antes de esto, con los temores que había de la guerra que el francés quería hacer por todas partes, mandó el Emperador visitar y proveer las fronteras y costas del reino, y entendiendo que el principal acometimiento sería sobre Navarra, donde era virrey y capitán general el marqués de Cañete, el duque de Alba fue a Pamplona para dar orden en su fortificación y defensa, y estando en la ciudad a cinco de hebrero de este año de 1542, ordenó así, para la fortificación de la ciudad y castillo, como para que se proveyese de bastimentos y municiones, que sabiendo que el enemigo la venía a sitiar, el marqués metiese en ella seis mil infantes y quinientos caballos. Que para el sustento de esta gente recogiese treinta y siete mil y setecientos robos de trigo, para cuatro meses. Que para otros mil y quinientos criados que habrá de más de la gente de guerra, encierre otras provisiones de trigo y vino, más de las dichas, hasta quince mil robos todo sin costa ni molestia de los naturales. Que se encerrasen setenta y cinco mil cántaros de vino; que haya tasa en la ciudad. Que se proveyese de diez o doce mil carneros, para que, con otros tantos que la ciudad ofrecía de meter en tiempo de necesidad, con vacas, bueyes y lechones, hubiese bastante provisión. Que encierre veinte mil robos de cebada para los quinientos caballos. Que haga esta provisión el virrey cada año repartiéndola en tres o cuatro partes del reino, y avise siempre a Su Majestad cómo la tiene hecha. Que mande a los alcaldes y justicias de los Consejos donde se hallare trigo o cebada, que sepan a quién y dónde lo venden los dueños, para que habiendo necesidad se pueda ir por ello. Que habiéndose de volver el trigo, o cebada en grano, a los dueños de quien se tomó, sea sin molestia ni costa suya. Que los bastimentos que se distribuyeren a la gente de guerra se les cuenten como costaren al rey. Que se haga cala en el reino del pan, vino y carne, y se comience luego a traer. Que se ejecute luego el orden dado, para que la gente de la tierra venga a abrir los fosos de la ciudad, que era lo que más importaba. Que luego se aderecen las atahonas del rey que hay en la ciudad, que estén muy en orden siempre. Que en el castillo de Estella se metan tres mil seiscientos y diez robos de trigo para sesenta hombres que en él se habían de poner para su defensa. Que siga y guarde dos memoriales que hizo el capitán Luis Pizaño, firmados de su nombre, para la fortificación de la ciudad y castillo, y luego comience a hacer todo lo demás que pudiere. Que se meta la artillería en el castillo y se ponga encima de las plataformas hechas debajo de los cobertizos, y mande hacer a los artilleros cargadores y cestufadores y cuñas y manuelas que los tuviesen a par de las picas, y pusiesen en carros, y metiesen a caballo. Que soterrasen la pólvora en el patio del castillo. Que los coseletes, arcabuces, picas y otras armas, se pusiesen muy en orden. Que la basura y tierra que se sacare de la ciudad se eche en la parte de las tenerías. Que se meta luego en la ciudad la infantería que hay en el reino, y los más que pudiere en el castillo, y los otros se alojen en la ciudad, donde menos pesadumbre se dé a los vecinos. Que el virrey prometa a los pueblos donde los soldados deben a sus huéspedes, que se les pagará a la primera paga. Que entrada la gente en la ciudad, se haga guardia de día en las puertas, para saber quién entra, o quién sale, y si viniere algún extranjero, el virrey le mande venir ante sí y le examine de dónde es y a qué viene. Que personas extranjeras ni sospechosas anden ni paseen la muralla de la ciudad ni del castillo, lo cual se haga con moderación y templanza, de manera que nadie pueda formar queja. Que se cierren las puertas de noche con tiempo en presencia de la guardia con su atambor, y se ponga guarda y centinelas en la muralla; y si pareciere ser menester ronda de noche, la mande el virrey hacer, y al alba, cuando se abrieren las puertas, se abran en presencia de la guardia y con su atambor. Que el virrey mande cerrar luego las puertas de la ciudad, que en el memorial de la fortificación se mandan cerrar, porque no se ocupe tanta gente en el hacer de las guardias. Tal fue la instrucción que el duque de Alba dejó al virrey, la cual he querido referir por la memoria de tan señalado capitán, y para que los que lo son, vean con qué reglas enseñaba el duque a guardar y defender las ciudades.

Ármase España contra las armas del francés. -Nombra el Emperador al condestable de Castilla por general de Navarra y Guipúzcoa. -Lealtad grande que mostró Navarra en esta ocasión y deseo de servir al Emperador. -Caballeros que se juntaron con el condestable de Vizcaya, Guipúzcoa y Álava y otras partes.

Tan alterada andaba España y tan puesta en armas con las nuevas que cada día venían de los ejércitos de Francia y venida de Barbarroja, que cada hora había mil novedades, y el Emperador estaba en Monzón, para acudir por aquella parte, porque lo que más se temía era lo de Perpiñán. Y a 17 de agosto, tuvo aviso de que el rey de Francia quería dar sobre Navarra, entrando por Fuenterrabía a San Sebastián, y luego escribió al condestable de Castilla, diciéndole que según la nueva que tenía de todas las partes, parecía que verían dos ejércitos contra estos reinos de Castilla, el uno a la parte de Perpiñán, y el otro a la de Navarra y provincia de Guipúzcoa, y que tenía aviso que habían tomado el paso de Beovia y que hacían poner en orden muchos bajeles y zabras, para venir por mar y por tierra a cercar a San Sebastián o Fuenterrabía. Y porque para la resistencia y socorro que se había de hacer en Perpiñán había ya proveído de capitán general, y para lo de Navarra y Guipúzcoa era necesario nombrar persona de calidad y estado, y acepto al mesmo Emperador, concurriendo estas calidades en el condestable de Castilla, le dio el cargo y patente de general para el reino de Navarra y provincia de Guipúzcoa, y le mandó poner luego en orden, apercibiendo su casa y deudos, y que con la diligencia posible se fuese a poner en Vitoria, donde se había de recoger el ejército, por estar más a propósito así para lo de Navarra como para la provincia de Guipúzcoa, y le dio cartas para las provincias de Guipúzcoa y Álava, y condado de Vizcaya, corregidores y cabezas de ellas, y para los grandes y caballeros cercanos a la frontera de Navarra, para que acudiesen y hiciesen lo que el condestable les mandase, como capitán general. Y porque si los enemigos viniesen a cercar las villas de Fuenterrabía o San Sebastián, el principal y más presto socorro que se podía hacer había de ser por mar, mandó el Emperador que, pues en Vizcaya y Guipúzcoa había buen recado de navíos, que se tomasen para el socorro los que eran menester, y se aprestasen y armasen con todo cuidado, de manera que fuesen bien armados, artillados y proveídos de municiones, y que se ayudasen de un navío que había hecho la religión, que estaba en el puerto de San Sebastián, muy bien artillado.

Mandó, demás de esto, que se entrasen en San Sebastián trecientos soldados viejos, y porque el capitán Villaturiel estaba enfermo y con gota, que mirase el condestable si era bien que se pusiese allí el conde de Oñate o otra persona de respeto.

Mandó a Juan de Vega, que era virrey de Navarra, que enviase pólvora, municiones y bastimentos, y cuatro mil ducados, y apercibió todo el reino de Navarra, del cual esperaba sacar seis mil infantes útiles, de los cuales, entrando los enemigos en aquel reino, tenía ordenado de echar los cuatro mil a las montañas, con el marqués de Cortes, mariscal de aquel reino y capitán general de esta gente; los otros dos mil se reservaron para en caso que los franceses entrasen por la puente de la Reina, con otro capitán de los beamonteses, y defendiesen que no le viniesen vituallas, y les hiciesen el daño que pudiesen.

Y el reino de Navarra se mostró tan leal, que los que quedaban en sus casas sustentaban a los que iban a la guerra, dando a cada soldado dos ducados cada mes, y el condestable de Navarra nombró el capitán para los dos mil hombres. Y habiendo de ir el enemigo sobre Pamplona, se había él de meter dentro con estos dos mil, y con todos sus parientes y amigos, y no yendo, habían de acudir en favor de Fuenterrabía y San Sebastián, siguiendo el orden que el condestable de Castilla diese. Esto todo contiene la carta que el Emperador escribió, como dije, al condestable, estando en Monzón, a diez y siete de agosto.

Con este bullicio y estruendo de armas estaban estos reinos de España por este tiempo tanto inquietos. El condestable, si bien falto de salud, estando recogido en la casa de la reina (que es suya), acudió a todas estas cosas con el valor y ánimo que su generosa sangre pedía.

Vinieron, asimismo, don Álvaro de Mendoza y el diputado de Álava, y el alcalde de Vitoria y el conde de Oñate, don Prudencio de Avendaño, hijo de Martín Ruiz de Avendaño, señalado caballero; don Juan Alonso de Mújica, don Juan de Artiaga, todos ilustres señores, de los solares muy antiguos de aquellas montañas, y juntas y corregidores de Vizcaya con toda la nobleza de estas partes, mostrando su antigua lealtad, nacida de la sangre noble y antiquísima española en los solares de aquellas montañas, donde, según mi opinión, se han conservado los españoles, que primeros, desde los tiempos de Tubal, poblaron a España.

A 27 de agosto determinó el Emperador ponerse en Zaragoza para poder acudir a todo igualmente, que así se lo suplicó el condestable, diciendo que era de tanta importancia lo de Navarra como Perpiñán, y que Su Majestad mandase acudir a lo uno como a lo otro. Todos estos apercibimientos cesaron por aquesta parte por haber dado el francés, según queda dicho, sobre Perpiñán, y alzádose con la ganancia dicha.

Retírase el francés de la cruel guerra que había comenzado, y la que hubo este año en el Piamonte. -Artificio con que el francés ganó lugares en el Piamonte. -Lo poco que el del Vasto podía, por falta de dinero. -Lo que importa premiar los soldados. -El capitán francés Belayo, digno de nombre y fama. -Muere en el camino Belayo.

Así cesó por este año la guerra; despidió el rey los suizos, y por descargar a Francia de gente de guerra, mandó al capitán Annibaldo que pasase con todos los italianos al Piamonte y que cercase a Cunio, villa asentada en las raíces de los Alpes, junto a Fosano y Montevico. Hízolo Annibaldo; pero no salió con ello, porque los de Cunio pidieron guarnición al marqués y se defendieron con ella valerosamente, y mataron a Guillelmo Blandrato, y hirieron mucho mal a otros capitanes, Juan Turino y San Pedro Corso.

Fueron los franceses una noche y cercaron por tres partes a Centallo; tomaron el lugar por fuerza, y la fortaleza se dio a partido. De ahí fueron contra Cariñano, y pusiéronse en un sitio fuerte, temiendo que el marqués del Vasto había de venir a socorrerlo, lo cual entendió el marqués; fue contra Quier, porque supo que el capitán francés había dividido su ejército, enviando parte de la caballería tras el Pado, y que en Carignan habían apretado de tal manera, que había entregado con ciertas condiciones la villa, y se habían metido en ella antes que pudiesen ser socorridos por los imperiales.

Después de esto, el capitán francés llamado Bellayo (que era sagaz y valeroso), con dádivas y promesas ganó la voluntad del capitán de Bargesio, de manera que le entregó el pueblo y se pasó como traidor a servir al rey de Francia, y con la misma maña ganó también la fortaleza de Montaltio o Montcalvo, cerca de Montferrat. El arte de este capitán francés estaba en que, sin reparar en gasto, sabía el humor de que pecaban los alcaides y capitanes, que por aquellos lugares tenía el Emperador, y donde le pedían el oro acudía con él, y si había otra pasión por allí, entraba discretísimamente, que es la astucia que el demonio tiene para conquistar pecadores.

El marqués del Vasto, si bien era bueno, liberal y generoso, estaba tan pobre y mal proveído, que no tenía fuerzas contra estas fuerzas, que sin duda son las más poderosas del suelo, pues dicen que quebrantan duras peñas. Debía el marqués el sueldo de muchos meses; estaban los soldados grandemente pobres, y las promesas y seguros de mercedes, donde aprieta la hambre y ejecuta la necesidad, pueden y valen nada.

Y no piensen los reyes ni príncipes que no premiando a sus soldados harán jamás suerte buena. Y sabe Dios si en estos días hay harta quiebra, y no permita El que la lloremos.

Con semejantes mañas, ganó el capitán francés más lugares para su rey que otros derramando mucha sangre, por lo cual en Francia tienen a Bellayo por uno de los capitanes dignos de memoria de su tiempo, siendo, además de los grandes hechos con que sirvió a su rey en la guerra muchos años, de muy noble gente y docto en todas artes, virtud rara entre los nobles, y peregrina entre la gente de guerra, que no trata de más que matar y robar, y aquél es mejor que más mata y hurta.

Era el capitán Bellayo ya viejo y enfermo, que es consecuente a la vejez, por lo cual estaba algo impedido para seguir la guerra. Pidió al rey le diese licencia, quiriendo retirarse al descanso de su casa. Envió el rey en su lugar, como dije, a Annibaldo con parte del ejército del delfín, y yendo Bellayo (a quien Illescas llama Langeo) a besar la mano al rey, murió en el camino, que no fue pequeña pérdida para el rey Francisco; que el marqués del Vasto y otros le reconocían por el mejor capitán que tenía Francia.

Juntó Annibaldo los bisoños que llevaba con los soldados viejos de Bellayo, y fue sobre la fortaleza de San Bovii, y tomóla, matando los que estaban en ella. Diósele el lugar de Chatillovio, saliendo los que en él estaban de su presidio con su ropa y armas. De la misma manera ganó a San Rafael y otros lugares y fuerzas, las cuales, exceto Chatillovio, echó por el suelo, por el daño que habían hecho a Turín. Volvió contra Como, y tomó por partido a Moncaller. En el ínterin mandó batir a Como con la artillería gruesa, seis días sin parar.

El marqués del Vasto, viendo que la ciudad no tenía más fortaleza que la lealtad de los que dentro estaban, envióles a Pedro Porcio Vicentino con ciento y veinte soldados viejos de a pie y de a caballo, y otros ciento con Blasio Summaro. Con este socorro y la firmeza de los ciudadanos, las veces que los franceses acometieron el lugar fueron rebatidos con harta pérdida; y, finalmente, hubieron de dejar el cerco y volverse a Carmañola. De esta manera se trataba la guerra en el Piamonte, estando el marqués del Vasto más quedo de lo que él quisiera, por la gran falta de dinero, que es el alma de la guerra.

Envía la reina María contra el duque de Cleves.

Quiso la reina María pagar al duque de Cleves la jornada y buenas obras que su capitán Rosem había hecho, y envió contra él al príncipe de Orange con muy gran poder. Partió el príncipe por el mes de, octubre de este año, y fue haciendo en las tierras del duque los daños, muertes, robos y quemas que Rosem había hecho en Brabante, pagándole (como dicen) en la misma moneda. Tomó a Zitardo, Juliaco, Hensberga y Suster. Derribó sus muros, allanó las cavas, corrió y saqueó los campos de Dura; y contentándose con esto, porque ya el invierno no daba lugar para andar en campaña, volvióse.

Quiso vengarse el de Cleves, y con ayudas del duque de Sajonia y otros príncipes de Alemaña, casi en fin de diciembre, fue contra las tierras del Emperador, y cobró todos los lugares que el de Orange había ganado, salvo Hensberga. Fortificó la ciudad de Dura, y puso en ella un grande y firme presidio y guarnición de escogidos soldados. Proveyóla de bastimentos y artillería abundantemente, adivinando la calamidad que fue sobre el vino el año siguiente, según diré.

De ahí fue contra Hensberga, porfiando en tomarla; mas acudió el de Orange a socorrerla, y el duque desamparó el cerco, recibiendo en la vuelta daño, y metióse en Julia, que poco antes había fortalecido.

Indias: Ordenanza que mandó hacer el Emperador sobre los malos tratamientos de los indios. Va el Emperador a Barcelona. -Juran al príncipe en Zaragoza. -Marqués de Cañete muere.

En este año hubo en el Consejo de Indias una rigurosa visita, y de cuatro oidores que había, privaron los dos, y se hicieron las ordenanzas que causaron hartas alteraciones en el Pirú. Mandó el Emperador castigar rigurosamente a unos que se les probó haber puesto unos carteles, dándoles las penas que se dan a los que ponen libelos infamatorios.

Fray Bartolomé de las Casas, fraile de la Orden de San Domingo, que fue obispo de Chiapa, dio memoriales al Emperador, diciendo que los indios eran muy mal tratados de los españoles: que les quitaban las haciendas y las vidas cruelmente. Que los ponían en minas, pesquerías y trabajos donde perecían, y las tierras se asolaban, como lo estaban ya grandes islas. Apretaba fray Bartolomé de tal manera, que si se hiciera lo que él quería, no fuera España señora de las Indias. Opúsosele el doctor Juan Ginés de Sepúlveda, coronista del Emperador y su capellán, hombre grave y doctísimo, y sobre todo gran latino. Tuvieron disputas y conclusiones, y el Emperador, por el celo santo que en todo tenía, mandó que ningún indio se pudiese echar en las minas, ni a la pesquería de las perlas, ni se cargasen, salvo en las partes que no se pudiese excusar, y pagándoles su trabajo. Que se tasasen los tributos que habían de dar a los españoles. Que todos los indios que vacasen por muerte de los que agora los tenían, los pusiesen en la corona real. Que se quitasen las encomiendas y repartimientos de indios que tenían los obispos, monasterios y hospitales y otros oficiales del reino, y particularmente se quitasen en el Pirú a todos los que hubiesen sido parte y culpados en las pasiones entre don Francisco Pizarro, y don Diego de Almagro, y estos indios y rentas se pusiesen en cabeza de Su Majestad.

Esta ordenanza se llevó muy mal, y la ejecución de ella levantó las gentes del Pirú, como se dirá adelante.

Había ya llegado a Rosas, puerto de Cataluña, el príncipe Doria con sus galeras, a seis de octubre, y el Emperador se resolvió de ir a Barcelona para comunicar con él cosas de importancia; y así partió de Monzón, lunes o martes, después de los seis de octubre, para entrar en Barcelona el sábado o domingo adelante. Avisó de su jornada al príncipe Doria para que acudiese allí, y mandó que el príncipe de España, su hijo, viniese a Zaragoza a ser jurado en aquella ciudad, y que de allí fuese a Barcelona para lo mesmo.

Este año murió en Barcelona don Diego Hurtado de Mendoza, hijo segundo de Honorato de Mendoza, y hermano de Juan Hurtado de Mendoza, señalado caballero que, como tal, murió en la vega de Granada peleando con los moros, en presencia del Rey Católico, por cuya muerte sucedió en la casa don Diego Hurtado, que fue primer marqués de Cañete, que desde niño sirvió en la casa real. Fue montero mayor del rey y guarda mayor de la ciudad de Cuenca, con otros oficios que en aquella ciudad tiene el marqués; fue del Consejo del Emperador, y le sirvió en la primera jornada que de Castilla hizo en Flandres; fue virrey de Navarra ocho años, y caballero de quien el Emperador hizo gran confianza, por la satisfación que de su persona tenía. Murió, como digo, en Barcelona, yendo con gente de guerra a su costa a meter en Perpiñán, cuando el francés venía contra ella.

Acabaremos con esto los cuentos del año de 1542, en que el rey de Francia tanto apretó la guerra y alteró a España. Y en el siguiente de 1543...

Lo que escribió el Emperador a los señores de España sobre la guerra del francés y jornada en Alemaña. -Poder al duque de Alba, que sea capitán general de España.

Fueron los principios tan malos como los pasados, por la guerra con que el rey Francisco amenazaba, que si bien se retiró en el pasado con más pérdida que ganancia, no se cansaba de probar su fortuna, vencido del deseo de venganza. Dejó sus guarniciones en la frontera de Ruisellón y Cerdania, Fuenterrabía y San Sebastián, y una banda de alemanes, que entretuvo en la parte de Burdeos. Gastó el invierno en hacer vituallas y otras municiones de guerra, para tornar a tentar y probar si podría hacer algún efeto en daño de estos reinos, y de su enemigo el Emperador; el cual, avisado de esto, tenía proveídas sus fronteras y señaladamente a Fuenterrabía, Perpiñán y Salsas, con la gente y demás cosas para su guarda y defensa necesarias, poniendo siempre el ojo, con cuidado y vigilancia, en los pensamientos del francés, que con espías procuraba saber, como diestro y prudente capitán.

Y estando en Madrid a 23 de enero de este año, escribió a las ciudades, grandes y caballeros de España, y perlados de ella, el estado en que las cosas estaban, apercibiéndolos para que, como buenos y leales, acudiesen al tiempo que la necesidad lo pidiese, con la voluntad y amor que siempre lo habían hecho, en su servicio y defensión y amparo de estos reinos, y acrecentamiento de las coronas de ellos. Y así, les pide que pues la presente ocasión y necesidad no es menor que la del año pasado, previniesen sus armas, deudos, amigos y vasallos, para que en caso de salir su persona, le sirviesen y acompañasen, que cuando fuese tiempo él avisaría.

Y a primero de mayo, estando ya en Barcelona, volvió a escribir a las ciudades y señores de Castilla que el rey Francisco, con suma contumacia, se preparaba para hacer la guerra, y había despertado al Turco para que entrase en Hungría, y por mar enviase su armada contra la Cristiandad, y que así le era forzoso pasar en Italia y Alemaña para proveer la defensa contra un enemigo tan poderoso, o procurar algún medio de paz, que era lo que él más deseaba en la Cristiandad, por su bien y descanso; y que aunque sus deseos eran de estar en España, tiraban de él estas cosas y el peligro tan evidente de la Cristiandad; pero prometía que, con toda brevedad, él volvería, y que en el ínterin gobernaría estos reinos el príncipe don Felipe, su hijo, con otros que adelante diré.

Y en la misma ciudad de Barcelona, a primero de marzo y en este año, dio el Emperador su poder y patente de capitán general a don Fernando de Toledo, duque de Alba, mayordomo mayor y del Consejo de Estado, diciendo que sabía el estado en que se hallaban las cosas entre él y el rey de Francia, y cómo había ido a aquella ciudad por estar más a propósito para proveer en el remedio de lo que se podría ofrecer, atendiendo a las preparaciones de guerra que el rey de Francia hacía, ayudándose de todos los medios que podía, y que el Turco, común enemigo de la Cristiandad, con su inteligencia y solicitado venía en persona con grueso ejército por tierra contra la Cristiandad por la parte de Hungría, y enviaba su armada de mar para ofenderla por todos cabos, y especialmente a todos estos sus reinos, señoríos y Estados, y que considerando la necesidad de la cosa y el peligro que se ofrecía, y lo que importaba la buena provisión y remedio, dejando el que convenía para defensión y seguridad de las fronteras de estos reinos de las coronas de Castilla y Aragón en España, tenía deliberado, y estaba resuelto, de pasar en Italia y Alemaña, para mirar, dar orden y proveer mejor con su persona en lo que se debía hacer en la resistencia de tales adversarios, y también para si podía hallar camino para tener paz en la Cristiandad, y para que, durante su ausencia, convenía, para la defensión de todo, dejar una persona de mucha autoridad, prudencia, experiencia y calidad, y acepta a todos, que tuviese especial cargo de lo hacer.

Nombraba al duque de Alba, en quien concurrían todas estas partes, y le daba su poder durante su ausencia, de capitán general de todos estos reinos de Castilla y Aragón, y de sus fronteras marítimas y de tierra, y de toda la gente de guerra.

En hebrero, tormenta que padeció el almirante de Francia en el paso de un puerto. -Van los españoles sobre Turín. -Trata el Emperador confederarse con el Papa. -Quejas que forma del rey Francisco. -Deseaba el Pontífice que el pueblo entendiese lo que hacía para concordar los príncipes cristianos. -Pragmática del reino: que ningún extranjero tenga beneficio ni pensión, ni castellano la pagase. -Aprieta el Emperador, para echar freno, al Pontífice, que haya Concilio. Viene el Pontífice en que haya Concilio.

En el fin del año pasado, cuando ya era el solsticio brumal, Claudio Annibaldo, gobernador general en el Piamonte por el rey de Francia, despidiendo parte de la gente de guerra que tenía y dejando buen recado en los presidios, partió para Francia el primero día de enero de este año 1543.

En los Alpes, en un paso del monte Senis al Novalesio, dio en él una tempestad de nieve y vientos que hacían torbellinos de la misma nieve como del polvo, que es la tormenta más peligrosa que hay en los puertos, porque ciega y hace perder el sentido y camino. Perecieran Annibaldo y los que con él iban de frío, si los naturales de la tierra no los socorrieran, que pasados del frío los llevaron a sus casas y hicieron el regalo que pudieron; mas con todo, quedaron tales, que Annibaldo anduvo toda su vida enfermo, y otros tardaron gran tiempo en convalecer, y algunos se ahogaron allí en la nieve; otros perdieron o los ojos o las manos; finalmente, ninguno de cuantos se hallaron en esta tormento tuvo entera salud los días que vivió; tanta fue la malicia del aire y rigor de frío.

Como los españoles vieron que faltaban los principales capitanes de los franceses, pensaron apoderarse de Turín usando de un ardid, que fue una emboscada de ciertos soldados metidos en unos carros de heno. Llegaron con toda disimulación hasta entrar por la puerta de la ciudad, y fue su desgracia que al entrar de la ciudad se le cayó a uno la espada, y con el ruido fueron sentidos, y de seis que iban en aquel carro, mataron los franceses los cinco, y del otro supieron lo que intentaban, y pusiéronse a tan buen recaudo, que de allí adelante estaban muy sobre aviso. Fue uno de los muertos el capitán Lezcano, que iba con la gente que había de entrar tras los carros; el capitán Mendoza se retiró con ella, y la puso en salvo.

Dióse el rey de Francia tanta priesa el año pasado, que parecía que el Emperador estaba demasiadamente quedo y que tardaba más de lo que debía en salir a satisfacerse de tantos agravios, perdiendo la reputación imperial mucho.

Quiso mostrar que no le habían tanto quebrantado el ánimo las bravas y furiosas ondas del mar de Argel, que no hubiese corazón y coraje para satisfacerse del rey de Francia y domar la soberbia de los alemanes, herejes y rebeldes. Para esto quiso ganar la voluntad del Papa y hacerse su amigo, porque ya que no le ayudase como debiera, a lo menos no estorbase, sino que se estuviese a la mira. Comenzó a tratar con él muy de veras, por sus embajadores, que se confederasen en uno contra el rey Francisco, pues con tanto escándalo y daño de la Cristiandad tenía amistad con el Turco y lo procuraba traer contra ella. Escribíóle las muchas razones que de muy atrás tenía para estar quejosísimo del rey, los juramentos que le había faltado, y los que otros de Francia siempre habían hecho con sus padres y abuelos, sin reparar en palabras, casamientos ni treguas, y afeando mucho la inhumanidad del rey Francisco, con que le había querido destruir el año pasado, haciéndole cruel guerra cuando se había de doler de él por el infortunio y destrozo que había padecido en defensa de la religión cristiana, gastando su salud y hacienda y aventurando la vida por castigar cosarios y quitar enemigos a la Iglesia. Finalmente, con un largo discurso de muchas y elegantes razones, concluía cuán digno era de que todos se volviesen contra un rey que, teniendo nombre de Cristianísimo, había en él obras tan contrarias.

Esta carta del Emperador fue tan pública y sabida en Roma, que se envió al rey una copia de ella a la cual respondió con otra tan poco cortés y bien apasionada, que entre gente muy ordinaria no se sufriera; mas la pasión envejecida que en el rey había, le hacía perder los estribos y freno de la razón. De aquí se levantaban juicios (y no mal fundados) de la cruel guerra que estos príncipes se habían de hacer muy en daño de la república cristiana.

El Pontífice, con su mucha prudencia de tan largos años, deseaba que el mundo entendiese que él, como Padre y cabeza de esta república, deseaba y procuraba su paz y conformidad entre los príncipes de ella. Y así, propuso una y muchas veces en consistorio, pública y secretamente, a los cardenales el negocio de la discordia de los reyes, para entender de ellos lo que debía hacer, porque él quisiera ni ofender a uno ni ayudar a otro.

Hallaba siempre en los cardenales los pareceres según tenían la afición, todos tan banderizados y apasionados, como lo estaban los reyes. Los de la parte del Emperador eran más y más obligados por las mercedes que de él habían recibido, como de príncipe más rico y poderoso, y las que esperaban haber; y así, había más libertad y poder en el consistorio para defender la causa del César; tanto, que muchas veces se propuso que debían declarar al rey de Francia por enemigo común, y privarle del nombre de Cristianísimo, pues contra todo derecho divino y humano tenía paz y amistad con el enemigo capital de la cruz y nombre de Cristo, y se quería valer de él en una causa de suyo injusta, contra el protector y defensor de la Iglesia y de la dignidad pontifical; y, por consiguiente, que debía el Papa confederarse con el Emperador y juntar con él sus fuerzas, para la defensa de la república. El Pontífice, que con su discreción deseaba templar estas pasiones, no quiso determinarse a romper con el rey, temiendo (y con razón) no le sucediese lo que a Clemente con el rey de Ingalaterra, que le negase la obediencia y diese oídos a los desatinos de Lutero.

Desabrido el Emperador del poco agradecimiento del Pontífice, a quien había dado su hija Margarita para su nieto, y con ella a Novara y otras tierras, hizo una ley o pragmática harto importante en el reino, y a pedimento de todo él, que ningún extranjero pueda tener beneficio, ni pensión en España, ni nadie la pagase, aunque la debiese. De lo cual no poco se alteró Paulo; pero no por eso mudó parecer, ni quiso confederarse con el Emperador.

Visto esto por Su Majestad, comenzó a apretar la plática del Concilio, porque con él se aseguraría que, a lo menos, el Pontífice estaría de por medio. Dejado aparte, que las cosas de Lutero y sus secuaces estaban en tan malos términos, que ya no se podía disimular con ellas; porque los protestantes eran muchos y muy poderosos y Lutero decía y escribía, con más libertad que nunca, cosas intolerables y de gravísimo escándalo.

El Pontífice, por muchas razones, vino de buena gana en que se celebrase el Concilio, y señaló por lugar conveniente el que los luteranos querían, para convencer su malicia, y que, sin achaque, todos, y su maestro Lutero, pudiesen venir seguramente a él. El lugar del Concilio fue Trento, ciudad de Austria. Señaló luego, después de haber dado su breve los legados a Reginaldo Polo, inglés y de la sangre real, cardenal gravísimo y muy católico y santo, que por serlo había padecido muchos trabajos y gravísimas persecuciones del rey su tío, y a Paulo Parisio, singular jurista; a Juan Morón, doctísimo cardenal y ejercitado en negocios, y con gran reputación y crédito de virtud. Con éstos envió otras cien personas doctas, escogidas en Italia y Francia.

Luego que se publicó el decreto del Papa, comenzaron a ponerse en orden todos los perlados de la Cristiandad. Dejo otras particularidades, porque no tocan a esta historia.

Reconcíliase el Emperador con el inglés en odio del francés. -Lo mucho que merece el rey Francisco, y la nobilísima nación francesa, y lo que España recibió de ella cuando se vio cautiva. -Parte el Emperador de España, y deja gobierno en ella. -Embarcóse primero de mayo en Barcelona.

Estas causas, y otras muy atrevidas del duque de Cleves, que luego diré, obligaban al Emperador a pasar en Italia, y de allí en Alemaña, y hacer cruel guerra a sus enemigos. Para esto, quiso asegurarse de todas partes, y como el rey de Francia le había echado al Turco, echarle a él a cuestas un hereje y su antiguo y capital enemigo.

Halló bien dispuesta la voluntad de Enrico, que grandemente deseaba vengarse del francés, por ciertas injurias que le había hecho salteándole, como dicen, un casamiento y paz con el rey Jacobo V de Escocia, su gran enemigo, con el cual hizo Francisco liga, y por morir Jacobo mozo, sucedió en el reino de Escocia una su hija. Esta paz del Emperador con el rey Enrico, fue para el papa Paulo sospechosísima y no poco murmurada en la Cristiandad, no reparando el Papa ni los demás murmuradores en lo que Francisco había hecho con el Turco, trayendo sus armadas a robar y cautivar todas las costas de Italia y España, y metiéndole por Hungría y alentando y dando dineros a los luteranos en Alemaña, y otras cosas, tan graves y perniciosas, que la menor igualaba con esta en que tanto quisieron cargar al César.

Y es cierto que si el Papa hiciera lo que debía, favoreciendo al Emperador o deteniendo al rey para que no se desmandara tanto, que nunca se hiciera esta amistad. Mas un ánimo irritado, cuanto más noble y generoso, tanto más se arroja, que la virtud de Carlos V y el celo de su honra, no ha tenido par en el mundo. No digo más que esta historia lo dice que procuro con suma rectitud y sin pasión de castellano y de criado de mi rey y señor natural escribirla, sin hacerme parte, sino fiel relator de la verdad.

Y del rey de Francia y de los franceses siento yo tan bien como si entre ellos naciera, porque merece mucho aquel reino cristianísimo y débeles mucho España, por casamientos de los reyes y de otros particulares y porque en el tiempo de la cautividad y pérdida de estos reinos ayudaron valerosa y cristianamente los caballeros de Francia y por acá se quedaron gran parte de ellos casando y naturalizándose en la tierra y son nuestros vecinos y muy buenos hermanos; y entre hermanos, la ambición y codicia de reinar y de la hacienda causan pasiones mortales, cuales las había entre los dos príncipes, por querernos Dios castigar con nuestras proprias manos.

Determinó, pues, el Emperador su partida para Italia, dejando al príncipe don Felipe su hijo, jurado por rey natural y gobernador de estos reinos, dando los negocios a Francisco de los Cobos y la guerra al duque de Alba don Fernando de Toledo, con título de capitán general, el cual se despachó en Barcelona a primero de mayo, año 1545.

Pidió el servicio ordinario y extraordinario, y los castellanos diéronle cuatrocientos mil ducados. Tomó prestada grandísima suma de dinero del rey don Juan de Portugal, sobre la conquista de las Molucas, y habiendo primero enviado lo necesario a don Martín de Córdoba, conde de Alcaudete, para que defendiese a Orán del rey de Tremecén, que estaba rebelado, mediado abril de este año, partió de Castilla para Barcelona, donde Andrea Doria le esperaba con las galeras.

Acompañaron al Emperador cuarenta y siete galeras y más de cuarenta naos, con mil soldados de Perpiñán; iban con él el duque de Nájara y el marqués de Aguilar, el conde de Feria, el duque de Alburquerque y no el de Alba, como dice Illescas; don Gaspar Dávalos, arzobispo de Santiago, y los obispos de Jaén y Huesca, Juan de Vega y otros muchos caballeros. Llevó de España setecientos caballos españoles y ocho mil infantes soldados viejos escogidos.

Llegó a Génova con esta armada en fin de junio; fue hospedado en la casa de Andrea Doria, con mucha grandeza y regalo. Vinieron a visitarlo el marqués del Vasto y don Fernando de Gonzaga, Cosme de Médicis, duque de Florencia, Pedro Luis Farnesio, padre de Octavio Farnesio, que desde la jornada de Argel acompañó siempre al Emperador, y volvía con Su Majestad en la misma galera con deseo de ver a su mujer.

Hizo el Emperador una cosa, que si bien se la pagaron, dio mucho contento a Italia, y fue dar a Cosme de Médicis, duque de Florencia, las fortalezas de Florencia y Liorna, que son dos importantísimas fuerzas, que suelen llamar los grillos de Italia. Dio el duque al César ciento y cincuenta mil ducados.

Estaba el Emperador con tanta necesidad de dinero, que le obligó a sacarlo de esta manera, y el duque se mostró tan agradecido, que la guarnición que puso en ellas fue de españoles y tudescos, con que dio mucho gusto al Emperador y poco a los italianos.

Vistas del Emperador y del Papa. -Terremoto espantoso en tierra de Florencia. -Langostas infinitas talaban los campos. -Juicios que ponían pavor en las gentes. -Sale el Pontífice de Roma a verse con el Emperador. -No quería el Emperador verse con el Papa. -Concertadas las vistas, el Papa se recela, porque llevaba dineros.

En cuidado puso a Italia, y con temor, la venida del César con ejército; fue mayor el miedo cuando supieron que Solimán bajaba otra vez contra Hungría, y que enviaba sus galeras con Barbarroja por el mar inferior, la vía de Francia.

Acrecentaron estos temores algunos prodigios y señales del cielo y de la tierra, que en aquella sazón acontecieron, principalmente un terremoto terrible que hubo en tierra de Florencia, en el cual se hundió la villa de Escarperia casi toda, y se cayeron más de quinientas casas de placer, con muertes de dos o tres mil personas, y mucho ganado y bestias, que pensaron todos que el mundo se acababa; y sin esto, salieron de la parte de Hungría tantas y nunca vistas langostas, bermejas y pestilenciales, que decían venir de Turquía, y pasaron por Esclavonia, Croacia y Austria, hasta entrar por Italia y llegar a España, con tanta furia, que por donde pasaban roían y talaban los campos, sin dejar cosa verde, ni árbol ni prado. Y por venir estas langostas de la parte que digo, y ser de tal color, las gentes echaban juicios, diciendo que significaban que los turcos habían de pasar hasta Italia destruyendo y arruinando las tierras por donde habían de venir.

Creían esto fácilmente; porque ya se sabía que Solimán era salido de Constantinopla, y que entraría por Hungría muy poderoso. Todas estas cosas tenían al mundo suspenso, atemorizado, y volvíanse los hombres a Dios pidiendo misericordia y el Pontífice mandó hacer plegarias en toda la Iglesia.

Y como supo la venida del Emperador, quiso salir a verse con él antes que pasase en Alemaña, y temiendo la venida de los turcos, encomendó la ciudad de Roma, por si acaso pasasen por allí, al cardenal Rodulfo Pío de Carpi, persona de grandísimo valor y grande estima, y muy aficionado al Emperador. Mandó a Vitelio que tuviese cuidado de fortalecer y reparar la fortificación que Nicolao V dejó comenzada.

Pocos días después que el Pontífice llegó a Bolonia, entró el Emperador en Génova. Ya dije cómo había salido a recibirle Pedro Luis Farnesio, hijo del Papa, y fue porque su padre le envió para tratar negocios de importancia de su parte, porque ya sus pensamientos estaban muy fuera de lo que debía tener un viejo de ochenta años, como diré. Y como el Emperador estaba tan desabrido por la resistencia que había hecho en no querer juntarse con él contra el rey de Francia, casi en ninguna cosa daba a Farnesio buena respuesta, y principalmente, siempre que trataba de las vistas, diciéndole que no había para qué, porque él no había de dejar la jornada, ni hacer paz con sus enemigos hasta verse satisfecho de ellos por sus proprias manos.

Y por hacer perder al Papa la esperanza de que le había de ver, envió a mandar a su hija madama Margarita que pasase a Pavía, porque de paso la quería ver allí.

Sintió mucho Paulo estos desvíos, y luego envió a Génova al cardenal Farnesio su nieto, cuyas buenas mañas y autoridad bastaron a acabar con el César que se viese con el Papa en Buxeto, lugar puesto en el camino entre Placencia y Cremona. Si bien el Papa solicitó las vistas con el Emperador, y por el interés que diré, después que las tuvo alcanzadas con la palabra del César, llegó la presunción del buen vicio a quererse tantear con él, diciendo que no le tenía de ver con gente de guerra sin él tener otra tanta; y algunos maliciosos lo echaban a que traía muchos dineros, y que temía no se los cogiesen para gastos de guerra.

Y así, sobre conciertos después de muchas demandas y respuestas se vieron en el lugar de Buxeto, porque es de dos señores, con cada quinientos soldados, y sus guardas de pie y de caballo, que los unos guardaban la una puerta, y los otros la otra, del castillo donde posaron entrambos, y se hablaron tres veces, sin las primeras vistas, en cinco días que allí estuvieron, las dos yendo el Emperador al Papa, y la otra yendo él al Emperador.

[Procura el Papa comprar al Emperador el Estado de Milán. -No lo consigue.]

La voz que el Papa echó para estas vistas fue al parecer santísima, y con que se acreditó entre muchos que no veían más de las cortesías, y era de pacificar al Emperador con el rey Francisco, y dar calor al Concilio; mas a la verdad, no era sino con codicia de comprar el Estado de Milán para su nieto, obra por cierto pía para ganar el cielo comprando a Milán con la sangre de Cristo, no se contentando con ver sus nietos deudos de un tan gran príncipe y de unos caballeros honrados, hechos duques de Parma y otras ciudades.

Pensaba el Papa que el Emperador, apretado con la grandísima necesidad en que estaba, daría fácilmente a Milán por dineros; de suerte que ya tenemos otro codicioso por este ducado, que tanto costó al mundo.

Pedía el Emperador luego el dinero, y el Papa, como matrero y viejo, sagaz y que se las entendía, deteníase, no osando desembolsar, por que no le dejasen burlado. Quería, demás de esto, el Emperador, retener en sí los castillos de Milán y Cremona, y otras fuerzas de aquel Estado, y el Papa decía que no había de comprar lo uno sin lo otro.

El negocio, finalmente, se apretó tanto, y la necesidad del Emperador era tal, y el dinero de Paulo tan sabroso, que tuvo por acabado este negocio.

Y muchos, que deseaban el servicio del Emperador, no sentían bien de esta compra; y don Diego de Mendoza, gobernador de Sena, caballero sabio y discreto, de los más que hubo en su tiempo, le dio un papel con tan vivas y elegantes razones de estado y buen gobierno, que por lo que aprovechó para que esta venta no se hiciese, y por lo que puede aprovechar para que jamás se haga, ni ello ni otra cosa se desmiembre de la corona real, la pondré aquí como se dio al Emperador, quitando lo superfluo y mal sonante, que con la libertad de aquel tiempo dijo.

Don Diego de Mendoza persuade al Emperador que no dé a Milán. -Cuánto vale la reputación de un príncipe. -Lo que el Emperador hizo con ella.

«Bien veo cuán gran osadía es dar consejo a algún príncipe, especialmente a Vuestra Majestad, que así por su divino juicio como por la gran experiencia de las cosas, tiene más prudencia para deliberar, y más ánimo que nadie para ejecutar; pero viendo tanto peligro de la república cristiana, es justo que cada uno socorra en lo que puede, y si no tiene caudal para ayudar en las cosas altas y de importancia, ayude en las menores y más bajas, y haciéndolo de esta manera, después a toda la necesidad y obligación común. Así, acordándome que soy cristiano, y vuestro vasallo, satisfaré en lo que pudiere a mi obligación; ya que en otra cosa no aprovechare, a lo menos haré a mi ver lo que debo. Y si la obligación excediere, la intención quedará salva, que es, ser bien encaminadas las cosas de Dios, y por el consiguiente las vuestras, porque por experiencia de lo pasado se puede justamente decir que siempre habéis obrado por su mano, y así, confiado agora en esta buena intención, digo, invictísimo príncipe, que considerado el progreso de todos los príncipes y señores del mundo, la experiencia ha dado a conocer cuánto más vale la reputación y opinión en las cosas de estado y guerra que en otra cosa. Más cosas hizo con ella Alejandro Magno, César y Anibal, que con las lanzas; más gentes trajo a la obediencia del Imperio Romano la reputación de Augusto, que las obras de los Scipiones, de los Metelos, de los Camilos y de otros invictísimos capitanes, donde ha nacido aquel proverbio: Bella fame constante. Y lo mismo ha acaecido a Vuestra Majestad, porque sin dinero, sin hombres, sin otras provisiones, con la gran opinión que vuestros enemigos han tenido de vos, los habéis vencido y sujetado. Esta sola resistió al Turco en Viena, ésta sola defendió a Nápoles de Lautrech, ésta sola ganó a Milán en contradición de todo el mundo; y últimamente, ésta ha defendido a Perpiñán, y por ella sola sois tenido por inmortal entre los hombres. César, hablando de ello, decía que más difícil era bajar del primer escalón al segundo que del segundo al ínfimo. Luego que un príncipe baja un solo grado de la reputación, los amigos desconfían, los enemigos se animan, y la natura de las cosas, por su curso ordinario, le trae al ínfimo grado. Siendo esto, pues, así, tened, invictísimo príncipe, grande cuidado de conservaros en aquella buena opinión y crédito que tenéis, porque a mi ver ninguna otra cosa os sustenta. Creed, señor, que todo el mundo sabe que tenéis empeñado vuestro Estado, consumido vuestro patrimonio, y vuestros vasallos, acabados, y con sola la anchura de la reputación se sustenta vuestro Estado, el cual, no solamente en estos tiempos podéis sustentar y mantener, pero acrecentarlo, porque a mi ver, jamás, estuvistes en mejor punta que agora. Hasta aquí todo el mundo estaba en duda de lo que valíades, y todos vuestros buenos sucesos antes los atribuían al favor de la fortuna, que a alguna provisión de Vuestra Majestad; antes a la poquedad de los enemigos, que al valor ni potencia vuestra. Agora que el rey de Francia una cosa tan pensada, tan proveída y tan asegurada, y con tanto consejo y prudencia tentada, y por persuasión de Clemente y Paulo gobernada, y guiada no fizo nada, y en lugar de ganar perdió, todo el mundo juzga lo poco que valen los dineros y las otras provisiones y lo mucho que vale la reputación, pues con sola ella le vencistes, y finalmente pusistes las cosas en tan buen punto, que todo el mundo conoce lo mucho que valéis y lo poco que vuestro enemigo puede. Con esta jornada habéis asegurado los amigos y puesto terror y espanto a los enemigos, y habéis quedado con tanta reputación, que ninguna cosa intentaréis en esta ocasión que no salgáis con ella. ¿No ve Vuestra Majestad la poca cuenta que el Papa, y todos los otros príncipes de la Cristiandad, ficieron de vos, cuando el rey de Francia os acometió, y vieron la cosa en duda? ¿No veis que después que lo vieron vencido el mucho respeto que os tienen? Todos miden sus fuerzas con las del francés, y viendo que siendo aquellas las mayores, no pudo nada contra vos, ninguno fía en las que tiene para ofenderos. Por tanto, pues tenéis tantas armas de ventaja, sabed usar de ellas, mayormente en esta ocasión, y no bajéis algún escalón más de la reputación, para cuya conservación no hallo alguna cosa más a propósito que es no hacer Vuestra Majestad de Milán y Sena lo que hecistes de Florencia; porque yo os certifico que en esta ocasión ningún error pudiérades hacer mayor, que dejar aquellas fortalezas al duque, así que por estar en vuestro poder, él estaba más seguro, y vos le entreteníades con respeto y temor, y teniéndole, era forzoso andar a vuestro gusto, y no al suyo ni de nadie. Como porque estando aquella provincia en medio de Italia, dende allí podíades poner freno al Papa y venecianos, y proveer en todas las otras cosas que se podrían ofrecer. Siendo aquella ciudad república, metía a barato toda Italia, siendo el señorío de tantos reducido a uno solo, y siendo vos el señor, podíades hacerla una de las más fuertes provincias de Italia, así por razón del sitio como por las muchas e grandes fuerzas que hay en la tierra, que de una sola batalla no se puede sujetar, porque palmo a palmo es menester ganarse, porque hasta aquí, viviendo el duque con aquella sospecha, era forzado a serviros aunque no quisiese, teniendo agora en sus manos las fuerzas de los Estados, siendo tan grande príncipe, que se puede defender de cualquiera necesidad, y no faltando quien le ayude. Tened, señor, por cierto, que antes usará de las buenas ocasiones para asegurarse y acrecentarse, que de la gratitud que os debe en haberle hecho duque, de duque de burlas duque de veras, como ordinariamente lo hacen hombres de su nación, que no miden más el honor y la fe que por solos sus intereses y necesidades. Y creed, señor, que no será de mejor ni más constante condición que su padre Joanitín de Médicis, que mudó más formas que Proteo; especialmente teniendo más aparejo que el padre para salir con lo que intentare. Y del florentín, en ningún caso de interese se puede ni debe confiar, mayormente pretendiendo que la merced que le habéis hecho no ha sido graciosa, sino una muy pura venta. Teniendo, pues, Vuestra Majestad aquellas fortalezas, ¿qué pudiérades querer de gente o dineros que no alcanzáredes? Agora que está en sus manos, de sujeto se ha hecho libre. Y pudiendo vos absolutamente mandar, os habéis necesitado a rogarlo, y lo que pudiera hacer en aquel Estado el menor soldado vuestro, no sé si podréis vos alcanzarlo. He dicho todo esto para que Vuestra Majestad vea cuán grande error hecistes en esto, y cuánto mayor lo haréis si deis al Papa a Milán y a Sena, porque viendo todos los príncipes de Italia que sin violencia os desposeéis de lo vuestro, presumirán de quitaros lo que os queda por fuerza, porque nadie podrá pensar que por justificar vuestras cosas con el mundo lo hacéis, sino por no tener ánimo ni fuerzas para defenderlo. Mire Vuestra Majestad que toda la seguridad que tenéis en Italia pende de la retención de Milán, así por ser aquella provincia riquísima y tener tan conveniente sitio para meter ejército forastero por tierra y armadas por mar, por la vecindad de Génova, la cual en ninguna manera podréis sustentar dejando a Milán, como por ser ese Estado la cosa sobre que se contiende, y tal, que con él solo se podría adquirir lo demás, y dejada de cualquier manera la presa, es confesar que no podéis más, y os dais por vencido, y entrándose así en esta opinión, no sólo abajáis muchos grados de la reputación, pero venís a poneros en el último. Y así, de esta manera, ninguna cosa segura tenéis en Italia, así por la natura de esta provincia, inconstancia y poca fe de los naturales de ella, como por la poca satisfación que hay de vuestro gobierno. Allende de esto, teniendo todo el mundo por cierto que sólo el Papa os puso en los peligros pasados y trabajos presentes, moviendo al francés y por consiguiente al Turco contra vos, por sólo necesitaros y traeros a este punto en que estáis, viendo agora que en lugar de vengaros le gratificáis, y en lugar de ofenderle os metéis a bajezas y poquedades, ¿quién estimará vuestra potencia? ¿Ni quién temerá dañaros, pues del daño nace provecho, e de la ofensa la gratificación? Y por este ejemplo, todo el mundo trabajará de poneros en la misma necesidad para traeros a su propósito, y hacer su hecho; como acaeció en Castilla al rey don Enrique IV. Lo cual cuánto daño traiga a un príncipe, aquellos tiempos lo dieron bien a conocer, y Vuestra Majestad lo ha sentido mejor, pues por aquella vía os privó del patrimonio que agora está en poder de los grandes de Castilla. Dejando, pues, a Milán, vengamos a Sena. ¿En qué conciencia, invictísimo príncipe, en qué razón, en qué gratitud ni en qué humanidad puede caber quitar a aquella república la libertad, y darla a vuestro enemigo? Acuérdese Vuestra Majestad de la grande fe, verdaderos ánimos de aquellos ciudadanos; mirad que habiéndose conjurado todo el mundo contra vos, en solos ellos quedó la fe. ¿Qué oficio de leales vasallos, qué demostración de leales amigos y, finalmente, qué obra de excelentísimos servidores, pues luego en satisfacción de la fe, pagarla agora con infidelidad del servicio? ¿Con el daño? Ni bondad, ni razón, ni virtud, ni religión lo permite; mayormente teniendo tanta causa y razón para negar al Papa lo que os pide. ¿Qué príncipe ni hombre os ha ofendido más? Ninguno por cierto; porque si queremos considerar las cosas tales, los ciegos han visto que todo el daño que os procuró el francés fue por su persuasión y traza, y por consiguiente, todo el mal que esperáis del Turco nace y nacerá de esta causa. Si queremos mirar los particulares, ¿quién no sabe las ofensas que os ha hecho? Dejando menudencias aparte, ¿qué injuria jamás habéis recebido de nadie que la que hizo en destruir la casa Colona, estando segurada sobre vuestra fe y estando fundada sobre mucha sangre, en vuestro servicio y de vuestros pasados derramada? ¿Qué mayor afrenta, o por mejor decir, bofetada, dada delante de los ojos del mundo, que la que os dio cuando, contra la palabra dada, no sólo de sustentarla, pero de restituir el Estado a Ascanio, derribó a Palomo, porque presentó vuestros poderes en Concilio? Y finalmente, ¿qué obra buena jamás os hizo por voluntad, sino por sola su necesidad e interese? Tened, señor, por muy cierto que si el rey de Francia tiene tres flores de lis en sus armas, él trae seis en las suyas, y seis mil en el ánimo, que jamás hallará segura ocasión para demostrarlo, que no lo haga. Mucho más podéis asegurar del rey de Francia en vuestras cosas que no en él, porque el rey es nacido príncipe y procederá como príncipe, y ese otro de hombre no tal, ha venido a la grandeza, en que está, y jamás dejará de obrar como quien es. ¿Queréislo ver? ¿Qué mayor desacato en el mundo se puede hallar que, habiéndoos ofendido como os ha ofendido, y sabiendo que vos lo sabéis, no solamente no tiene vergüenza de parecer ante vos, pero os demanda cosas que no sería justo pedirlas, habiéndoos redimido de turcos? Tiéneos por hombre de poco, usa mal de vuestra paciencia; tiéneos en tan poco crédito, que le parece está en su mano mudaros al subjecto que él quisiere. Y pues esto es así, y tan verdad como la misma verdad, estad, señor, sobre vos, conservad lo que tenéis, trabajad por adquirir lo demás, y manteneros en vuestra reputación, porque yo certifico a Vuestra Majestad que en esa coyuntura, con sólo hallaros fuerte de palabras, le podéis vencer sin otras armas; porque el estado de la Iglesia es más vuestro que suyo; cuanto a la afición, ¿no ven la hora que entender vuestra voluntad, para desechar el yugo que tienen? No hay príncipe en toda Italia que no esté ofendido, no hay hombre que no esté mal contento de él; usad en esta ocasión del hierro y no del ensalmo; porque sin duda conoceréis el provecho muy manifiesto. Y que esto sea así, la experiencia lo ha dado a conocer después que comenzastes a tratarle con un poco de respeto y negociar con autoridad. No podréis creer el grande miedo que tuvo cuando supo el mal recibimiento que hicisteis al legado que fue en España, y el que sintió cuando enviastes a Granvela al Concilio, y últimamente, el que ha concebido de vuestra venida en Italia, sin haber hecho cerimonia, ni cumplimiento con él. El temor de veros venir agora con gente no excede la mala consciencia, perversa y dañada intención que contra vos tiene; en nada se asegura, de todo se teme; y pues le tenéis en estos términos otra vez, exhorto a Vuestra Majestad que sepa usar de la ocasión. Haced poco caso de él; tratadle como a hombre, cuya seguridad y grandeza pende de vuestra voluntad, y pues os halláis en Italia y tenéis, como dicen, las piedras y la cuesta, no os dejéis más engañar. Tomad de veras la espada en la mano y dad fin a tantas miserias como padece la Cristiandad, y no vengáis, de ninguna manera, de concordia, porque no durará más de cuanto le estuviere bien, e ya que dure, será para seis días, que serán según la edad, e ningún Pontífice sucederá, que non impugne lo que él ha hecho; porque para remediarse a sí, e a los suyos, será menester deshacer éstos, como ellos han hecho a los pasados. Y no os mueva a pensar que lo dais a madama, pues Milán es pieza que aunque otra casa no dejásedes al príncipe, le dejábades bien heredado; pues dar a una hija natural lo que sería gran dádiva a vuestro hijo único heredero, no lo sufre la razón, mayormente siendo él varón en casa, Octavio Farnesio. Dirá, pues, Vuestra Majestad que es cosa difícil proveer a tantas cosas; antes a mi ver es fácil, porque venecianos, viéndolos tan gravemente ofendidos del francés, dándoles seguridad de no ofenderlos y mantenerlos, fácilmente podréis tener pacíficos; teniéndolos quietos en un mismo tiempo, podéis mover contra Roma y las tierras comarcanas, a Nápoles, los vecinos y coloneses ofendidos, porque ellos darán buen recado de aquello contra la comarca de Romania, etcétera, duque de Florencia, Sena y lo que es; cuanto a lo de Lombardía, vuestra persona lo podrá acabar. Conoced cuánto al rey de Francia debéis con el mismo ímpetu y tiempo acometerlo, por las partes que él os acometió con dos ejércitos, cada uno de trece mil hombres, y dos mil caballos con artillería solamente de campo, sin ningún impedimento, y haced que, dejando todas las fronteras, que son fuertes, se metan en las entrañas de Francia, que es bellísima tierra, y por todas partes comienzan todos estos ejércitos a entrar, y con una orden caminar, hasta que se junten; juntos los cuales, así por el número de la gente como por la flaqueza de la tierra y fertilidad del país, fácilmente se podrán sustentar y fortificarse, donde puedan seguramente estar, y oprimir de tal suerte al enemigo, que será forzado perderlo todo, especialmente refrescando Vuestra Majestad la empresa el año siguiente, y teniendo siempre en las fronteras sospecha; lo cual todo podéis muy fácilmente hacer, así por la virtud de vuestros soldados como por el temor y miedo que las gentes han concebido de vos y de los vuestros. Abajada así, por una vía o por otra, al francés y al Papa la furia, las cosas del Turco las hallaréis fáciles, y por ahora, aunque él venga potentísimo, no queriendo otra cosa sino defender, fácilmente lo podréis hacer, así por la gran fortaleza de Viena, como por la necesidad en que está la gente alemana, la cual no podrá dejar de defender su casa, viéndose en peligro de perdella, o ya que estuviese en este peligro, yo ternía por tan justamente ganado lo de casa, como bien conservado lo de ella; pues el Papa y el francés, olvidándose de la obligación de cristianos, porque el interés y pasiones particulares os han necesitado a desampararlo y perderlo...»

Otras cosas contiene esta carta, que por ser mal sonantes las dejo.

Pudo ser que por lo que don Diego dijo, el Emperador no dio oídos a los tratos de la venta de Milán.

[Palabra del Emperador. -Su partida a Alemaña, donde se le creía muerto.]

Procuró cuanto pudo el Papa que el Emperador dejase la guerra que quería hacer al rey de Francia y duque de Cleves; pero no lo pudo acabar, por más que dijo.

Pidióle audiencia para los cardenales que allí estaban, y el Emperador holgó de ello, con fin de informarlos (aún más de lo que estaban) de la sobrada razón que tenía para hacer esta guerra. Habló por todos el cardenal Marino Grimaldo, hombre neutral, como veneciano no más aficionado a una parte que a otra, insistió con muchas razones mover de este propósito al Emperador. A las cuales respondió el César con pocas palabras que dijo, llenas de majestad y grandeza, que en sustancia fueron: «Bien sé, padres reverendísimos, que tengo satisfecho al mundo, de que siempre deseé la paz y que la he procurado por todos los medios a mí posibles, no más de para poder emplear mis fuerzas contra los infieles. Todos sabéis, mejor que yo, cómo el rey Francisco nunca ha hecho sino estorbar mis designios y alterar el mundo con sus nuevas guerras, por defraudarme envidiosamente del fruto de mis victorias, sacándomelas de entre las manos y mostrándome, en las ocasiones que ha podido, la mala voluntad que de muchos años atrás la Casa real de Francia ha tenido con todos mis pasados y conmigo. Bien sabéis cuántas veces se me han salido de los casamientos, paces y capitulaciones, quebrantando los juramentos y promesas que conmigo y con mis mayores el rey Francisco y los suyos tenían. Acordárseos ha la resistencia que me hizo en lo de mi elección, el negocio y sobornos que trajo para sacarme el Imperio de entre las manos. Y últimamente tendréis memoria que, no contento con todos los agravios que me había hecho y yo le había ya perdonado, esperó sin propósito alguno, con achaque de la muerte de no sé qué hombrecillos, a romper la tregua que conmigo tenía, en tiempo que yo venía de pelear, no con los hombres, sino con los vientos y con el mar furioso. Levantóme una guerra cual vistes, y no contento con hacérmela él, concitó contra mí sus amigos, y aun los míos, y destruyóme con tanta crueldad como todos vieron, el Estado de Brabante; y sobre todo, mete agora moros y turcos contra mí, con tan pernicioso ejemplo y tan inaudita crueldad. Y pues todo esto así es, no hay para qué nadie trate de que yo haga paz con el rey hasta que haya castigado como merecen los rebeldes al Imperio, y tomado por mis manos satisfacción de la perfidia del duque de Güeldres y de otros que me han deservido.»

Con estas y otras semejantes razones fundó el Emperador su justicia, de tal manera que ni el Papa ni los cardenales trataron más de estorbarle la jornada. Despidióse de Buxeto y tomó la vía de Alemaña, donde con ardid diabólico, para alterar aquellas tierras y ponerlos en armas, habían sembrado y echado fama que el Emperador era muerto en Argel y que los suyos traían una estatua que se parecía mucho a él. Tenían tan creído esto las gentes, que estando el Emperador en Espira, muchas ciudades de Alemaña y todo el Estado de Lucemburque enviaron a tomar por testimonio cómo era vivo, y enviaron personas de crédito, que antes le habían visto y lo conocían, para que le reconociesen.

Dice un caballero de la cámara, que a otro escribió, lo que digo: «Vea Vuestra Majestad si ha de tener el príncipe nuestro señor mucha confianza de lo de por acá, que parece adivinaba lo que se ha visto en Flandres, que tanto cuesta a España.»

Y así se vieron en harto peligro los españoles que don Pedro de Guzmán había llevado a Flandres, porque en muchos lugares no los querían recebir, diciendo que era muerto el Emperador y que los traían para sujetar a Flandres.

Los autores de esta mentira fueron (según se dijo) el rey de Francia y el duque de Cleves, que usaron de esta mohatra para poder hacer gente de guerra. Supo el Emperador esto en Espira, y casi al tiempo que iba caminando llegaron a Trento y se presentaron al Concilio por todos los obispos de España don Gaspar de Avalos, arzobispo de Santiago; y don Francisco de Mendoza, obispo de Jaén, y don Martín de Urrea, obispo de Huesca, delante del cardenal Morón; obispo de Módena y legado del Papa.

[El Emperador, en Alemaña.]

Llegó el Emperador a Espira, ciudad libre de Alemaña, a 20 de julio, donde se detuvo quince días, para que los caballeros descansasen algo de la jornada larga que habían hecho, y porque la corte se pusiese en orden para salir en campaña.

Dio audiencia en Espira a los protestantes que habían aquí enviado, y a algunos señores alemanes, principalmente al conde de Palatín y al arzobispo de Colonia.

Suplicaron le perdonase al duque de Cleves, el arzobispo y el embajador del duque de Sajonia, y respondió que con él no habría paz, si no le entregaba las ciudades de Güeldres y Zutfania.

Acabada la Dieta de Espira, mandó el Emperador a todos los que allí estaban, en nombre del Imperio y ciudades libres, que levantasen la más gente que pudiesen, y luego partió para Bona por el río Ahim, que está cerca de la ciudad de Colonia, cuatro leguas del Estado del duque de Güeldres y Cleves y Julies, y el arzobispo le hizo un solemnísimo recebimiento.

Poco antes que el Emperador partiese de España, había partido don Hernando de Gonzaga, capitán general, para que tuviese todo el ejército junto en Bona cuando el Emperador llegase.

Volvieron el arzobispo de Colonia y el Conde Palatín a suplicar al Emperador que perdonase al duque, y Su Majestad respondió con cólera extraordinaria y palabras que él no solía decir por su mucha modestia, prometiendo que él castigaría al rapaz, de manera que otro día no se atreviese. Con la cual respuesta quedaron los alemanes bien descontentos y desconfiados de la paz.

Este arzobispo estaba ya tocado de la mala seta de Lutero, y consentía que se predicase en todo su arzobispado. El Emperador le habló sobre ello a solas, reprendiéndole su liviandad y mal ejemplo, y dicen que se calentó el César con el celo grande que de la religión tenía, que un teólogo no dijera más que él dijo. Después, representándole quién él era, y su sangre, y la dignidad tan grande que le había dado Dios en su Iglesia, de tal manera le puso, que llorando el arzobispo y pidiendo a Dios perdón, salió de la cámara de Su Majestad, prometiéndole que, en toda su vida no consintiría más en sus tierras más predicadores falsos y malos.

Hízolo así, porque los desterró luego de su arzobispado, y al punto que el arzobispo salía tan contrito, entró Granvela, y el Emperador le contó lo que con él había pasado, y le dijo que, aunque su venida de España en aquellas partes no hiciera otro efecto más que aquél, que con él se contentaba.

Justa causa con que el Emperador hizo guerra al duque de Cleves, y razón del ducado de Güeldres.

El ducado de Güeldres, al Oriente tiene a Westfalia, al Septentrión a Transiselana y seno de Zuiderzee, y al Occidente, al Estado de Utrecht y parte del condado de Holanda. Del cual, y del ducado de Brabante, se distingue al Mediodía por el río Mosa, y confina con el ducado de Cleves, el cual llega por allí hasta el río Mosa, y divide a Güeldres en dos regiones, aunque no iguales.

La mayor es la que acabamos de decir, la cual comprende al condado de Zutphen y los Estados de Veluwe, Betuwe y Maeswel. La otra contiene al Estado que llaman de Lantvan Kessel, que quiere decir tierra del castillo de Kussel. Extiéndese aquel Estado aquende y allende del río Mosa, del cual y de los otros, adelante diremos.

Llámase Güeldres de Gelduba, lugar que antiguamente estaba a la ribera del Rhin o del castillo de Güeldre, donde es ahora la villa de Pont Güelder.

Son los güeldreses, por la mayor parte, sicambros, los cuales, en tiempo de Julio César, habitaban allende del Rhin, más abajo de los ubios, en Westfalia, donde es Dusberg y el río Rura, que entra cerca de allí en el Rhin y en el ducado de Bergen, que es del duque de Julies y Cleves, del cual es la principal villa Drisseldorff. Hay allí la villa y río de Sigem, que retiene el nombre de los sicambros, los cuales llaman los alemanes Sigemberger, y Ptolomeo los pone entre los longobardos y busactores menores, el cual parece que usó de la primera y más antigua carta corográfica y descripción de Alemaña. Porque Cornelio Tácito, que fue algo más antiguo, no hace mención de los sicambros en el libro de Alemaña, los cuales Augusto César, después que Druso Germánico los hubo conquistado, los mudó de allí en Francia, y les dio aquellas tierras y campos cercanos, que tantas veces, pasando el Rhin, habían corrido y robado. Las que ellos dejaron fueron ocupadas por los camanos y angrivarios, y después por los francos. Lo cual dio ocasión de errar a muchos, llamando a los francos sicambros y teniéndolos por una misma nación, no porque lo fuesen (aunque es cierto que los francos fueron llamados sicambros), o porque habitaron en las mismas tierras que ellos dejaron, o cerca de ellos.

Otros escriben en sus crónicas de Henaut y Lieja, que los francos vienen de troyanos, y se llaman así de su capitán Francon. El cual dicen que fue hijo de Héctor, y vino con muchos troyanos a Hungría después que Troya fue por los griegos destruida, y edificó a la ribera del río Danubio una gran ciudad, la cual llamó Sicambria, de su hijo Sicambro. La cual es agora Buda, así dicha de Budo, hermano de Atila, rey de los hunos, el cual lo mandó echar en el Danubio porque se quería alzar contra él con el reino. Y que docientos años después de la destruición de Troya, los sicambros pasaron de Hungría en Alemaña y ocuparon aquella parte que, del nombre de Francon, hijo de Héctor, llamaron Franconia, porque descendían de él. De allí una parte de ellos pasó en la Baja Alemaña con dos capitanes llamados el uno Troyas y el otro Torgoto, los cuales edificaron la villa de Bona, cerca de Colonia, y a Xanto, que es Santen, en Cleves, y ocuparon toda aquella tierra, la cual llamaron Simbria inferior, donde son los ducados de Cleves, Julies y Güeldres, y lo que más ellos dicen.

De manera que, como quiera que sea, los sicambros ocupan agora buena parte de la región de los menapios, en el ducado de Güeldres y de Cleves. Habitaban los menapios, que son agora los del ducado de Julies y parte de Cleves y Güeldres, más abajo de los ubios o coloneses, cerca de los eburones, donde había muchas y muy espesas florestas y perpetuas lagunas, y las hay agora cerca de Gorckem, y en tiempo de Julio César tenían también, de la otra parte del Rhin, aldeas, casas, tierras y heredades, de las cuáles fueron echados por los usipetes, y teneteros, que fueron vencidos y muertos por César.

Después, los menapios, como Cornelio Tácito muestra, pasaron el río Mosa y quedaron repartidos en diversas partes, y entre otras, como ya habemos dicho, cabe los morinos. En el Estado de Güeldres hubo primero señores, que llamaron tutores o prefectos, los cuales fueron de la Casa de Pont, y continuóse la prefectura en los varones de aquella familia y casa por más de docientos años.

Tuvo principio, como algunos escriben, en tiempo del Emperador Carlos Calvo, y fueron los primeros tutores y prefectos de aquella región hechos por el pueblo, Ubicardo y Lupoldo, hijos del señor de Pont, en pago y gratificación del beneficio que de ellos habían recibido, porque mataron una espantosa y cruel fiera que se había criado cerca del castillo que ellos habían edificado, donde es agora la villa de Pont Güelder, la cual destruía toda aquella tierra, y parecía que en sus bramidos decía: «Guelre, guelre», y que de allí se dio nombre al castillo y a la provincia. Hubo seis tutores después de Ubicardo y Lupoldo, que sucedieron uno a otro, todos señores de Pont, los cuales fueron Gerla, hijo de Ubicardo; Gotofredo, Ubicardo, Mergoso, Uvindekino y Ubicardo, el cual dejó una sola hija llamada Adeleide, que casó con Otón, conde de Nasao, el cual fue el primer conde de Güeldres. Dióle el título el Emperador Enrico III en el año de 1079. Falleció la condesa Adeleide, y casó el conde Otón con la hija de Gerlaco, conde de Zutphen, el cual fue muerto con otros muchos por Teodorico V, conde de Holanda, en la batalla que hubo con Conrado, obispo de Utrecht, que fue el vigésimosegundo en la orden. Por aquel casamiento se juntaron los condados de Güeldres y Zutphen, y fue Otón conde de Güeldres y Zutphen.

Después del conde Otón sucedieron los siguientes condes: Gerardo, Enrico, Otón II, Otón III, el cual compró la villa y fortaleza de Niumeghem, con toda su tierra y jurisdición, de Guillermo, rey de romanos y conde de Holanda, por 21.000 marcos de plata pura, en el año de mil y docientos y cuarenta y ocho, lo cual confirmó después Rodolfo, rey de romanos. Sucedió a Otón III Renaldo, su hijo, primero de este nombre, y después Renaldo II, su nieto, el cual fue hecho duque de Güeldres por el Emperador Ludovico Bávaro en la ciudad de Francafort, en el año de mil y trecientos y veinte y nueve. Casó el duque Renaldo, como Frossardo escribe, con María, hija de Bertoldo de Malinas, hombre riquísimo, la cual falleció al cabo de cuatro años, dejando una hija llamada Isabel, y el duque se casó luego con Isabel, hermana de Eduardo III, rey de Ingalaterra. y hubo en ella dos hijos llamados Renaldo y Eduardo, que fue duque de Güeldres después que falleció el duque Renaldo, su hermano, y murió en la batalla que él y Guillermo, su sobrino, duque de Julies, hubieron con Wenceslao, duque de Brabante.

Era el duque Guillermo hijo de Guillermo, que fue el primer duque de Julies, y de Juana, hermana del duque Eduardo. Dióle también el título de duque el mismo Emperador Ludovico Bávaro, porque antes sólo tenía título de marqués de Julies. Y porque el duque Renaldo, y Eduardo, su hermano, hijos de Renaldo, primer duque de Güeldres, fallecieron sin herederos, hubo gran contienda sobre la sucesión de aquel Estado de Güeldres, entre el duque Guillermo de Julies, que estaba casado con Juana, hija del duque Renaldo de Güeldres y de la duquesa Isabel, y Juan de Blois, que tenía por mujer a Isabel, hija de la duquesa María, primera mujer del duque Renaldo; y la discordia crecía de tal manera entre ellos, que parara en cruel guerra si no la atajara la duquesa Isabel, que falleció dentro de pocos días, y sucedió en el ducado de Güeldres la duquesa Juana y su hijo Guillermo. El cual fue el cuarto duque de Güeldres, y casó con la hija de Alberto, duque de Baviera, que siendo muy niña había sido desposada con el duque Eduardo de Güeldres, tío de Guillermo, y falleciendo él sin herederos, fue hecho su hermano Renaldo cuarto duque de Julies y Güeldres.

El sexto duque de Güeldres fue Arnoldo de Egmont, al cual sucedió Adolfo su hijo, que fue el séptimo duque, padre de Carlos des Egmonts, que fue el octavo y último duque de Güeldres. Frossardo no escribe de Renaldo, cuarto duque de Julies y Güeldres, el cual falleció sin herederos, y aunque entonces el Emperador Sigismundo dio la investidura del ducado de Güeldres a Adolfo, duque de Julies y Berghen, el cual casó con la duquesa viuda, mujer que había sido del duque Renaldo, no tuvo la posesión de él sino Arnoldo de Egmonts, que fue el sexto duque, el cual era bisnieto de una hermana del duque Renaldo cuarto, o, como otros dicen, de Renaldo el segundo, que fue primer duque de Güeldres, y que Arnoldo casó con Margarita, única heredera y hija que había quedado de Juan de Arkel y de Juana, hermana de los duques Guillermo y Renaldo cuarto. Como quiera que ello sea, los duques que hubo en Güeldres son los que habemos contado. Fue el duque Arnoldo preso por Adolfo, su hijo, en Grave, de noche, cuando quería recogerse en su cámara, y le llevó de allí, descalzo y casi desnudo, por medio de los hielos que había (porque era entonces invierno) y le puso en una cruel y oscura cárcel, en la fortaleza de Bueren, que está de allí cinco leguas, donde le tuvo seis meses. Escribe Gerardo Noviomago, que hizo aquello Adolfo por consejo de la duquesa, su madre, y porque le forzaron los de Nieumeghen, por vengarse del duque Arnoldo, que los trataba mal, y que le tuvo preso siete años en aquella fortaleza de Bueren.

Filipo Comineo, caballero y muy privado de Carlos, duque de Borgoña, el cual, como él mismo en sus Comentarios escribe, entendió por mandado del duque Carlos en concertar a Adolfo con su padre Arnoldo; no hace mención de la duquesa, ni menos de los de Nieumeghen, y dice que estuvo seis meses Arnoldo en aquella cruel cárcel, y que el duque de Cleves entró con ejército por Güeldres, quemando y destruyendo la tierra, porque lo soltase. Puede ser, que le tuvo aquellos seis meses en la cárcel, y el otro tiempo, que fueron seis años y medio, fuera de ella, en la fortaleza, con buena guarda. Otros dicen que lo tuvo allí seis años; tanta es la diversidad de los escritores. Lo cual parece ser así, porque nunca lo quiso soltar, ni por guerra que el duque Juan de Cleves y Guillermo de Egmont le hicieron, ni por ruego del duque Carlos, hasta que el papa Paulo II y el Emperador Federico tercio, no pudiendo sufrir tan gran inhumanidad, enviaron al mismo duque Carlos, el cual los trajo consigo a Dorlens, y de allí a Hesdín. De donde se salió secretamente el duque Adolfo, con solo un criado, en hábito de peregrinos, y pasando el río Mosa fue conocido y llevado preso a Namur, donde estuvo detenido, o, como algunos dicen, en Courtray, hasta la muerte del valeroso duque Carlos, que le sacaron de allí los de Gante y le hicieron capitán, y fue muerto en Tornay, que estaba entonces por Ludovico undécimo, rey de Francia.

En tanto que Adolfo estuvo preso, falleció el duque Arnaldo, el cual, por la ingratitud y inhumanidad que su hijo había usado con él, dejó por heredero al duque Carlos de Borgoña. El cual pasó en Güeldres, y habiéndosele rendido Venloo, y Goth, hizo lo mismo Nieumeghen, donde estaban Carlos y Filipo, hijos del duque Adolfo, los cuales envió a Flandres para que se criasen, y de allí vino con su ejército a Lobick, donde le vinieron embajadores de Zutphem y Aernehen, y le juraron por su príncipe y señor. Y habiendo conquistado aquel Estado, dejó allí por gobernador a Guillelmo de Egmont; instituyó, según algunos dicen, el Consejo y Chancillería que en Aernehen hay; poseyó el duque a aquel Estado todo el tiempo que vivió, pacíficamente.

Después, no quiriendo los güeldreses obedecer al Emperador Maximiliano, vino a Bosseduc, y mandó hacer gente para pasar en Güeldres, y de que lo supieron los de Nieumeghen, Tiel y Bonmel, vinieron a su obediencia y le juraron. Y lo mismo hicieron los de Venloo, que se rindieron, y en fin, con la majestad de su nombre, sin derramar sangre, allanó toda aquella provincia, y le fue sujeta, hasta que volvió Carlos, hijo del duque Adolfo, de Francia en Güeldres, donde había estado después que había sido preso, con Engelberto, conde de Nasau, y otros muchos caballeros flamencos y borgoñones, en Bethuna, por los francos, que la tenían, pensando tomarla con ardid y concierto que tenían hecho con algunos de la villa, que la querían entregar al Emperador Maximiliano.

Vuelto el duque Carlos a Güeldres, en breve tiempo cobró todo el ducado, y le juraron por su señor. Fue príncipe muy belicoso, y tuvo grandes guerras con todos los príncipes comarcanos, y principalmente con Alberto, duque de Sajonia, gobernador en aquellos Estados de Brabante, Henaut, Holanda y Frisa por el Emperador Maximiliano, y Filipo, rey de España, su hijo. Y después, con los capitanes del Emperador, sobre los Estados de Utrecht y Transiselana, que él, como largamente habemos contado, tenía ocupados, los cuales le pusieron en tan grande estrecho y necesidad, que por no perder del todo su Estado, pidió paz al Emperador Carlos V y le fue concedida.

Y en Goricom, entre otras cosas que se capitularon, fue que él tuviese en feudo el ducado de Güeldres y condado de Zutphen por el Emperador Carlos V como duque de Brabante y conde de Holanda, y sus herederos que fuesen varones y habidos de legítimo matrimonio; y que si éstos faltasen, que volviesen entonces aquellos Estados a los herederos del Emperador Carlos V como duques de Brabante y condes de Holanda, y que de su vida tuviese el Estado de Groeningen y el castillo de Coevoerden con su tierra; y que después que él falleciese, volviesen al Emperador Carlos V, y así las tuvo, y después de su muerte, como está dicho, vinieron a ser del señorío del Emperador Carlos V.

Y aunque por lo que tengo dicho se puede colegir y entender claramente el derecho que el Emperador Carlos V tiene al ducado de Güeldres y condado de Zutphen, quiero, lo más breve que pudiere, escribirlo, porque sepan los venideros cuán justa causa tuvo el Emperador de cobrar por armas lo que de su patrimonio era.

Muerto Renaldo IV, duque de Julies y Güeldres, sin herederos, en el año 1424, el Emperador Sigismundo dio la investidura del ducado de Güeldres y condado de Zutphen, como feudos que eran del Imperio, a Adolfo, duque de Julies, y a sus legítimos herederos, que fuesen varones, lo cual hizo en Buda en el año 1425, pero en aquel tiempo, Arnoldo, conde de Egmont, hubo la posesión de aquellos Estados de Güeldres y Zutphen, y no aprovecharon las sentencias contra él dadas, ni menos la investidura que dio el mismo Emperador Sigismundo en Praga, el año 1437 a Gerardo, duque de Julies, hijo de Guillermo, hermano del duque Adolfo, que falleció sin hijos legítimos, para echarle de ellos. El cual, después, dio, cedió y traspasó libremente el ducado de Güeldres y condado de Zutphen en el duque Carlos de Borgoña y en sus legítimos herederos y sucesores, de lo cual se hizo instrumento público en el año 1472.

Y porque tuviesen más firmeza, procuró el duque Carlos de aplicar y juntar allí todo y cualquier derecho que el duque Gerardo y sus hijos Guillermo y Adolfo pretendiesen tener, porque el duque Gerardo de Julies y sus hijos, vendieron al duque Carlos de Borgoña, cualquier derecho que pretendiesen tener, y les pudiese pertenecer, en aquellos Estados de Güeldres y Zutphen, por precio de ochenta mil florines de oro renenses, y sólo concedieron y renunciaron y traspasaron con juramento con todas las cláusulas, firmezas y otras cosas que en tal caso se suelen poner, y le hicieron donación de todo lo que más o menos pudiese valer de aquella suma, lo cual se hizo en el año 1473. El cual contrato de venta y cesión fue aprobado y ratificado por Guillermo y Adolfo, hijos del duque Gerardo, y lo aprobó y confirmó el Emperador Federico tercio con su autoridad imperial, a suplicación de las partes, y dio la investidura de aquellos Estados de Güeldres y Zutphen al duque Carlos de Borgoña, así por causa de la bendición como por el derecho que primero había adquirido, y los poseyó el duque Carlos pacíficamente todo el tiempo que vivió; y después que él murió, el Emperador Federico tercio dio la investidura de aquellos Estados a Maximiliano, su hijo, y a la archiduquesa madama María de Borgoña, en el año de 1477.

En fin, el Emperador Maximiliano, después que falleció la archiduquesa madama María, su mujer, concedió la investidura de aquellos Estados a su hijo, el rey Filipo, y a sus legítimos herederos y sucesores, y siendo el rey difunto, aquellos Estados de Güeldres y Zutphen vinieron de derecho al Emperador Carlos, su hijo, el cual también hubo la investidura de ellos. Pero, porque en aquel tiempo los había ocupado el duque Carlos de Egmont, y los defendía con armas, el Emperador tuvo guerras contra él, como injusto poseedor y violento detenedor que de aquellos Estados era. Y por el bien público, paz y concordia común, hizo diversos conciertos con él, y entre otros el de Goricom, que habemos dicho, en el año 1528, y en Grave, en el año 1536. La conclusión de todos era que si el duque Carlos fallecía sin herederos legítimos varones, que así el ducado de Güeldres como el condado de Zutphen volviesen al Emperador Carlos V y a sus herederos y sucesores, por el derecho antiguo, y acción que tenía. Los cuales conciertos, pactos y convenios aprobó y confirmó el duque Carlos por sus cartas y escrituras públicas, firmadas y selladas de su nombre y sello, y falleció sin herederos legítimos postrero del mes de julio del año 1538.

De manera que, así por los contratos de venta y cesión de los duques Arnoldo de Egmont y Gerardo de Julies, los cuales solos tenían derecho en el ducado de Güeldres y condado de Zutphen, como por las investiduras concedidas al Emperador Maximiliano y archiduquesa madama María de Borgoña, su mujer, y al rey Filipo de España, y al Emperador Carlos, su hijo, y también por los públicos pactos, conciertos y convenciones, de derecho se debía y pertenecía el señorío y posesión de aquellos Estados de Güeldres y Zutphen a Su Majestad.

Y aunque tenía el derecho tan claro como habemos mostrado, no dejó por aquello Guillermo, hijo de Juan y María, duques de Julies, Berghen y Cleves, de pretender lo contrario; y que aquel ducado de Güeldres y condado de Zutphen habían pertenecido a los duques de Julies, sus antecesores, y que después de la muerte del duque Adolfo, que sucedió al duque Renaldo, cuarto de Julies y Güeldres, hubo la investidura de aquellos Estados el duque Gerardo de Julies, al cual había sucedido el duque Guillermo, y después la duquesa María de Julies, la cual había resignado y renunciado en él todo el derecho que en aquellos Estados podía tener, y que así por este derecho, que él había adquirido de su madre la duquesa María, como por las sentencias que habían sido dadas en favor de los duques Adolfo y Gerardo de Julies, contra el duque Arnoldo de Egmont, había podido concertarse con el duque Carlos de Egmont y, con consentimiento suyo y de los Estados del ducado de Güeldres y condado de Zutphen, adquirir la posesión de ellos, y que podía romper el derecho y acción que el Emperador Carlos V tiene y los contratos de venta y cesión hechos por los duques Gerardo y Guillermo sus antecesores; y que la cesión en sí era ninguna, parte por causa de la donación, parte por el precio y suma de dineros, que era poca, y por otras razones, que el duque Guillermo de Julies traía y llevaba, las cuales todas fueron redarguidas, confutadas y mostrado el contrario de todo, como se puede ver largamente por un libro que se intitula Asertio juris imperatoris Caroli V, que fue publicado en las Dietas de Ratisbona el año 1541.

Y no pudo el duque Guillermo ignorar lo que habemos dicho, pues eran cosas que sus antecesores habían hecho, y fue amonestado y requirido de parte de Su Majestad, antes que él se concertase con el duque Carlos, y le jurasen y recibiesen por señor en aquellos Estados, que no se pusiese en ocuparlo, que ni era suyo, ni de derecho le pertenecía, y le fueron mostrados todos los contratos y escrituras de venta, cesión, investiduras, pactos, convenciones y conciertos, y en tiempo que el duque Guillermo procuraba de ser de conjunto en afinidad y parentesco con Su Majestad, y todo no bastó. Porque el duque Guillermo fue intruso, jurado y recibido por señor en Nieumeghen y en otras villas y lugares que se rebelaron contra el duque Carlos, diciendo que las quería enajenar y dar al rey Francisco de Francia, en el año 1537, y muerto el duque Carlos, que fue luego el año siguiente 1538, y el duque Juan en el año 1539, fue jurado Guillermo su hijo por duque de Julies, Cleves, Berghen y Güeldres.

El cual, siguiendo la condición y designios del duque Carlos, hallándose el Emperador en España, comenzó a inquietar por armas las tierras y señoríos del Emperador de la Baja Alemaña, teniendo hecha secreta liga con el rey de Francia. Y muy al improviso, sin tenerse sospecha de guerra, entró Martín Van Rosem, capitán suyo, con hasta doce mil güeldreses, por Brabante, corriendo y haciendo daños en toda la tierra, y llegó cerca de Ambers, como lo habemos dicho, y viendo que era en vano su acometimiento, dio la vuelta a Lovaina, la cual fue defendida, favoreciéndose de los estudiantes que en ella había.

De allí movió por la tierra de Bruselas, y por Henaut, haciendo grandes daños, y se pasó en Francia. Entretanto que esto pasaba, el rey de Francia había entrado en el ducado de Lucemburg y destruido y quemado a Damuila, y tomado por concierto la villa de Lutzelburg, y habiendo casi destruido la tierra, fuele forzado volver en Francia, dejando en Lutzelburg y en Yvodio muy buena guarnición de soldados y gente de armas, lo cual dende a poco lo cobró todo el ejército del Emperador y echó a los franceses de todo aquel Estado.

Y al mismo tiempo, Renato de Chalon, príncipe de Orange, capitán general del Emperador, entró con mucha gente de guerra de Brabante por el ducado de Julies, y quemó y destruyó muchos lugares, y hizo rendir a la villa de Dura, a Julies, a Susteren, a Hensberg y a otros lugares, los cuales todos tornó a cobrar el duque Guillermo, excepto a Hensberg. Y al principio del año de 1543 tomó el castillo de Ansburg, destruyó mucha parte del ducado de Limburg, y en lo que quedaba de aquella guerra, acabó después de destruir Martín Van Rosem, su capitán, en el verano siguiente, y lo mismo hizo en el señorío de Valekemburg y Dalem, después que hubo hecho mortales daños en la tierra de Bosseduc, y tomado en el Estado de Utrecht a Amersfoor.

Hace el Emperador alarde de su gente. -Partió de Bona a 20 de agosto, y cerca el Emperador a Dura. -Llega al campo el príncipe de Orange con la gente de Flandres. -Baten a Dura los imperiales. -Temeraria osadía del capitán Palma.

Llegó Su Majestad a Bona a 15 de agosto, donde se detuvo cinco días en desembarcar la artillería y poner en orden cosas necesarias para la jornada; tomó muestra de la gente que llevaba, y halló quince mil alemanes altos, cerca de cuatro mil españoles y cuatro mil italianos, que iban muy conformes, porque los alemanes eran tantos, con más de dos mil hombres de armas, ochocientos caballos ligeros y con los caballeros de su casa y corte, y arcabuceros, que eran al pie de cuatrocientos caballos, los cuales parecieron bien, aunque los caballos españoles estaban muy mal tratados, por haber andado camino tan largo y trabajoso.

Hizo maestro de campo general a Estéfano Colona, y a Juan Jacobo de Médicis hizo capitán de la artillería, y a Francisco Aristino, hermano del duque de Ferrara, dio los caballos ligeros; y su lugarteniente hizo a don Hernando de Gonzaga, virrey de Sicilia; don Álvaro de Sandi y Luis Pérez, Camilo Colona y Antonio Doria eran los capitanes de más nombre de los tercios españoles.

Quiso el Emperador que le viese toda su gente, y salió al campo armado de todas armas, con las cubiertas imperiales, y descubierta sin armas la cabeza, y habló a todos animándolos, y representando la justicia que tenían en aquella guerra.

Miércoles a 22 de agosto llegó el campo a Dura, ciudad del ducado de Julies, caminando el Emperador armado, llevando la avanguardia españoles y italianos.

La tierra donde esta ciudad está es la más fértil de Alemaña. La ciudad tiene el asiento y fortificación al parecer inexpugnable; está sentada en un llano sin padastro alguno; tiene dos fosos de agua, uno pequeño y otro grande, en torno de la villa, con un grueso muro de ladrillo terraplenado, si no era dos o tres picas por una parte donde los de Dura se daban grandísima prisa a acabarla. Tenía algunos traveses, aunque pocos, y mucha artillería menuda, y meneábanla muy bien. Gruesa tenían poca, y ésa mal repartida. Estaba dentro por el duque, en su defensa, Gerardo VIatero, hombre noble y criado en la guerra; tenían dos mil soldados viejos y ochocientos caballos, escogidos uno a uno, sin la juventud de los naturales, que la había muy florida, animosa y aficionados al duque. Había muchos caballeros y hombres de cabo; tenían bastimentes y munición para un año.

Salieron de la ciudad los caballeros cuando llegaba el campo imperial, y pusiéronse en una emboscada, en la cual cayeron los caballos italianos, y murieron Huberto, natural de Mantua; Marco Buliano y otros.

El jueves de mañana, que fue a 23 de agosto, se envió a la ciudad un trompeta, diciéndoles que se rindiesen al Emperador. Ellos respondieron que no querían, con aquella braveza que suelen tener los que piensan que están muy seguros, y en tan fuerte plaza como ellos estaban.

Este mismo jueves llegó al campo imperial el príncipe de Orange con el ejército, que la valerosa reina María le había dado. Traía ocho mil alemanes bajos, dos mil borgoñones de armas y quinientos grisones, que se tratan al modo de caballos ligeros. El Emperador le salió a recebir, y él pasó con su campo a alojarse de la otra banda de la villa. Quisieron comenzar luego la batería, porque se tenía nueva que Martín Van Rosem venía con mucha gente en su socorro. Dieron la empresa de la batería y asalto a los españoles y italianos, y así, todo el día gastaron en hacer los cestones para plantar la artillería.

A las seis y media de la tarde comenzó a caminar la artillería contra el lugar, y a dos horas de la noche comenzaron los españoles a trabar escaramuza con los de dentro con todas las bandas de la villa, y si bien los de dentro se aprovechaban de la artillería, hizo poco daño en los imperiales, por ser muy oscura la noche.

Toda ella se pasó en esta escaramuza, y los del campo imperial tuvieron, si bien con trabajo, tiempo de plantar los cestones y artillería en aquella misma noche.

Viernes, día de San Bartolomé, amaneció batiéndose la villa por tres partes; no eran las dos de batería, sino ciertas piezas, para quitar sus traveses. Duró la batería hasta la una después de mediodía. La artillería del lugar, en este tiempo, hizo poco daño en los del campo, pero murieron algunos.

Siendo ya la una vieron los imperiales que la artillería hacía poco efeto, porque estaba caliente, y que los de dentro se mantenían y reparaban valientemente de su daño. Determinaron de arremeter a la muralla, y arremetieron con poca orden; desto tuvo la culpa un alférez italiano que, codicioso de ganar honra, tragada la muerte, se adelantó al arremeter, y viéndolo los españoles, arremetieron, y un capitán español que se llamaba Palma, se le adelantó, diciendo: «Si yo fuera hoy don Hernando de Gonzaga, yo os cortara la cabeza, porque una locura será hoy causa que sin orden mueran muchos buenos españoles y muchos buenos italianos», y diciendo esto arremetió a la muralla con este desorden, y así, en el primer asalto fueron muertos y heridos muchos escogidos soldados españoles.

Dan el asalto los españoles. -El capitán Monsalve, natural de Zamora, entra primero.

Poco antes que los españoles arremetiesen, los de dentro, por mostrar su buen esfuerzo, campearon una bandera mojada en sangre, y luego sacaron un fuego artificial, amenazando que a fuego y a sangre habían de morir todos los del Emperador, o echarlos de su fuerte.

Duró el combate cerca de tres horas y media, porque la batería había hecho muy poco efeto, y tan poco, que la subida era de una pica de alto, y otra la bajada, y habían de subir de uno en uno, y era tal el paso, que despacio, y sin embarazo, tenían bien que hacer en subir.

Los de Dura la defendían con grandísimo ánimo y con mucha diligencia, con arcabuces, mosquetes y piedras y fuegos artificiales, que ya que no hacen mucho daño, espantan.

El daño que los de dentro recibían de los españoles, que estaban ya encima de la muralla, encubríanlo muy bien, porque en matándoles alguno de su escuadrón hinchían luego su lugar y escondían el muerto, porque los naturales de la villa no se amedrentasen, los cuales quisieran más darse al Emperador que verse de aquella manera.

Catorce arcabuceros españoles se pusieron a una parte del muro que tenía por frente el escuadrón de los enemigos, de los cuales murieron los nueve, y los cinco se repararon con piedras y con los cuerpos de los muertos, y desde allí hicieron gran daño en los enemigos, porque hubo hombre que de siete tiros mató nueve hombres de los contrarios.

Cuatro alféreces españoles, por poner cada uno de ellos su bandera adelante, se metieron, con este peligro que digo, en una casa que estaba pegada al muro, los cuales, viendo que no se podían retirar con las vidas, según estaban adelante, y esperando ya que los españoles entrasen en la villa de este asalto, se hacían requerimientos el uno al otro, que, pues ellos habían de morir allí, que arrojasen las banderas que tenían del Emperador a los que estaban fuera, porque no se perdiesen. Esto es lo último que se puede encarecer la valentía de esta nación, que en tal tiempo, sin acordarse de las vidas, trataban de la honra de sus banderas.

A esta hora, viendo el Emperador el daño que los suyos recibían (que siempre estuvo puesto en lo más peligroso, mirando cómo los suyos combatían), temiendo lo que suele suceder cuando no se toma un lugar de un asalto, que es el retirar sin orden de los que le combaten, mandó bajar de un cerro un escuadrón de alemanes bajos y otro de hombres de armas, que se acercasen a la batería a tiro de mosquete.

Entendieron los españoles este temor, y que parecía que se les enviaba socorro, afrentados de esto, y cuando todos esperaban que ellos buscaban alguna buena coyuntura para se retirar en orden de la muralla a su fuerte, comenzaron a pelear de refresco, y cansaron de tal manera con su porfía a los de dentro, que conociéndosela un capitán zamorano que se llamaba Monsalve, echó dentro un soldado, y él saltó tras él, y otros ocho o nueve luego, los cuales dentro, pusieron tal miedo, que los enemigos no tuvieron ánimo para resistir, y en un punto entraron más de mil españoles, pagando el daño que habían recibido, porque de dos mil soldados que había dentro, no escaparon vivos trecientos.

El conde de Feria se mostró muy valiente en este combate. -Entran los españoles a Dura.

Vi una relación original, escrita de mano por un caballero que se halló presente, con la puntualidad que he dicho, que es lo que sigo, y concuerda con ella en mucho Ponte Heuterio Delfio, que escribió en latín la vida de Carlos V; sólo dice [que] el conde de Feria y don Hernando de Gonzaga animaban bravamente a los españoles y italianos, y que el capitán Ullateno estaba con un montante en la mano, en una casa muy alta, cerca de la batería, acompañado de los principales soldados de la villa, y de allí proveía a las partes que tenían más necesidad de socorro, haciendo notable daño en los combatientes, lo cual advirtió don Hernando de Gonzaga a los maestros del artillería, y luego asestaron los tiros mayores, y que más alcanzaban contra aquella casa; dieron las balas en los sobrados altos y hundieron la casa, de manera que cogió debajo y hizo pedazos al capitán y a los que con él estaban, y desmayaron con esto los de Dura, y comenzaron a defenderse cobardemente, y los españoles y italianos, de la quinta arremetida, poniendo todas sus fuerzas y haciendo reparo de los muchos cuerpos muertos de los suyos y de los enemigos, entraron a veinte y cuatro de agosto, y mataron cuantos en la ciudad había, ciudadanos y soldados, y los que escaparon, fue valiéndose del dinero que dieron por sus vidas y rescate, y a las pobres mujeres que se acogieron a los templos hicieron mil afrentas, sin tener respeto a los lugares santos, y pegaron fuego a la ciudad, todo contra la voluntad del Emperador, que no hay respeto ni majestad que baste a detener un ejército victorioso.

Murieron, de los españoles y italianos que dieron asalto, ochocientos escogidos y valientes soldados. Refirió a Ponte Heuterio esta jornada Jacobo Susio, noble ciudadano de Malinas, que se halló presente, y hizo el dístico numeral siguiente:

Dura incensa jacet, Dura cervice rebellis.

Corruit: Augusti mensis et ensis erat.


Lo que sintieron los de Dura de las armas y manos españolas. -Hácense temer los españoles, y suena su nombre. -Valencia, del conde de Feria.

Trajeron ante el Emperador un capitán de los rebeldes preso, tan asombrado, que dijo que él no entendía qué había sido aquello, porque dos credos antes que les entrasen los nueve españoles que dije, les parecía que era imposible perderse, y que solos nueve hombres que vieron dentro, les cortaron a los más pláticos las piernas, que aun para huir no las tenían. Preguntóle el Emperador cómo no se habían rendido a tan gran ejército como traía; él respondió que ellos nunca tuvieron plática, ni sabían qué cosa era pelear con españoles, que pensaban que la gente más fuerte del campo imperial eran sus alemanes, y que ellos estaban bien seguros que los alemanes en dos años no les entraran la tierra, y que en el entretanto vendría en el ejército alguna pestilencia o hambre con que se deshiciese.

Fue grande el miedo que aquellas gentes comenzaron a tener a los españoles, porque como los veían trepar por las paredes lisas, y por una delgada pica ponerse en el muro alto, y hacer pedazos los hombres, pensaban que tenían uñas como gatos para subir las cercas, y dientes de grifos, con que destrozaban las gentes. Con esto fueron tan amedrentados los que escaparon de Dura, que en las otras plazas donde se acogieron, que tenía fortificadas el duque de Cleves, decían que ellos no habían peleado con hombres, sino con diablos; que los españoles eran unos hombres pequeños y negros, que tenían los dientes y uñas de un palmo, que se pegaban a las paredes como murciélagos, de donde era imposible arrancarlos.

No hizo poco efecto este miedo que los de Dura llevaban, para la brevedad de la guerra. Señaláronse mucho, en la batería y asalto de este día, algunos caballeros cortesanos, y el que más, fue el conde de Feria, que con su valor puso grandísimo calor y esfuerzo a los españoles, y fueron pocos los que subieron primero que él en el muro, sino que al arremeter, ciertos caballeros le tuvieron de las piernas y le estorbaron que no se pusiese en tanto peligro, pues no era aquel su oficio; el conde se enojó tanto, que echó mano a la espada para uno. Veíase en el conde la sangre que tenía del Gran Capitán, su abuelo.

El primer soldado que entró en Dura fue Juan Felices de Urreta, del tercio de don Álvaro de Sande, y luego comenzaron los españoles a decir a voces: Dentro, dentro.

Los españoles que murieron en el asalto. -Saquean y queman el lugar.

Estimó el Emperador grandemente esta victoria, y tuvo por felicísimo el día de San Bartolomé, y con razón, porque no se dio tal asalto después del que dio Carlos de Borbón a Roma.

Muertos y heridos, de solos españoles, fueron trecientos y cincuenta, tan valientes y esforzados, que valían por tres mil. Escaparon muy pocos de los heridos, porque les era la tierra muy contraria, y los materiales de que se les hacían las medecinas también eran malos. Murieron hombres de sólo tener la mano pasada de un arcabuz, y otros de haberle llevado un dedo. Murieron, entre estos españoles, dos capitanes; el uno fue aquel valeroso Palma que se adelantó al italiano. Murieron los cuatro alféreces que dije, que deseaban salvar las banderas más que las vidas, y otros algunos hombres de cabo, y oficiales.

Otro día sábado, se comenzaron a aprovechar del saco los españoles y italianos. A las dos, después de mediodía, un alemán de los imperiales, por mandado de su capitán, puso fuego al lugar, rabiando de pura envidia de los españoles y italianos, y fue de tal manera el incendio, que, cuando anocheció, estaban quemadas las tres partes de la villa. Quiso Dios que ningún español peligrase de los que estaban dentro, si bien el fuego era bravo.

Tiene esta ciudad de Dura la cabeza de Santa Ana, madre de María, madre de Jesucristo, y en la tierra se tenía grandísima devoción con ella. Como vio el Emperador la furia del fuego, y que llevaba camino de abrasarlo todo, mandó que los españoles tomasen esta santa reliquia y la guardasen en el monasterio de San Francisco, que con algunas casas se había escapado del fuego.

Este día vióse en trabajo el conde de Feria con algunos caballeros cortesanos, todos españoles, por salvar la iglesia en que se quemaba la cabeza de Santa Ana y otras muchas reliquias y ornamentos, mujeres y niños que se habían recogido allí el día antes, cuando se entró la villa. Pegaron este fuego, como dije, los alemanes, envidiosos de la gloria que los españoles y italianos habían ganado, y del saco que era suyo.

Eran los alemanes tres tantos que los españoles y italianos, y así se atrevían contra ellos y andaban en gran peligro; y en este mesmo sábado tuvieron entre sí grandes revueltas, porque les quitaban algunos prisioneros y ropas de las que habían saqueado.

Dice la relación de quien saco esto: «Nosotros andamos en harto peligro entre ellos, a causa de ser tantos, y los nuestros españoles tan pocos. Bien creo yo que se ha arrepentido Su Majestad de haber traído tan pocos españoles, y así dicen que envió por más.»

Parte el Emperador contra la ciudad de Julies, y ríndesele. -Pasa a Remonda. -Ríndese Remonda. -Lo que sintió el duque de Cleves cuando supo la toma de Dura.

Domingo adelante, mandó el Emperador que los naturales de la villa se volviesen a ella dándoles patente para que viviesen seguros y les metió dentro una guarnición de alemanes bajos de hasta mil soldados, y ordenó que se reparase y acabase de fortificar la villa; y en este mesmo día se le vinieron a rendir aquí muchos lugares y villas fuertes del ducado de Julies, y el lunes a 27 del mesmo mes, partió para Julies, cabeza de este ducado, en el cual lugar estaban seis banderas de guarnición y trecientos hombres de armas, a los cuales amedrentó tanto la nueva de la toma de Dura, que no osaron esperar, con estar en uno de los más fuertes lugares del mundo y con tener dentro muy hermosa artillería.

La ciudad se rindió a Su Majestad, y dejó en ella dos mil soldados borgoñones de guarnición.

No se detuvo aquí el Emperador, ni quiso perder tiempo; luego pasó adelante la vía de Remonda, ciudad del ducado de Güeldres muy importante, por ser de mucho trato y por estar asentada riberas del río Mosa, que es por donde pasan todas las mercaderías de Alemaña para Flandres y Brabante. De esta ciudad recibieron, en todo el tiempo que duró esta guerra, Flandres y Brabante, grandísimo daño.

En llegando el Emperador sobre ella, le enviaron a pedir salvoconduto, saliendo doce ciudadanos, los cuales venidos, rindieron la ciudad, con tal que se les prometiese de guardarles sus fueros, y el Emperador lo prometió; y fue otro día a la ciudad con solos los caballeros de su corte armados y cuatro banderas de alemanes bajos que habían de quedar de guarnición. Allí hizo todo el pueblo su ceremonia, jurando al César por señor, alzando cada uno dos dedos al cielo, y Su Majestad les prometió de guardarles los fueros y mantener sus costumbres, y tratar como a fieles vasallos.

Aquí en esta ciudad se cobró toda la artillería que el príncipe de Orange había perdido el año pasado en una batalla que hubo con el duque de Cleves, que por evitar prolijidad he dejado de contar, con otros muchos encuentros que entre estas gentes hubo.

Llevó el Emperador su artillería, dejando en la ciudad lo que convenía para su guarda. Detúvose en ella cinco días, y de aquí quiso proseguir la guerra y su vitoria sin embarazo alguno; para esto, mandó que todos los clérigos y perlados y enfermos que venían en el campo se fuesen a Flandres con una escolta, y así lo hicieron, que no quedó sino el obispo de Jaén para tener cuidado del hospital y heridos del campo.

También mandó el Emperador al duque de Nájara, don Esteban Manrique, que se fuese a Flandres, que desde que entró en Alemaña no tuvo día de salud, y le hizo mucho daño quererse esforzar demasiado y andar armado y dormir en el campo, porque lo hacía así el Emperador; tanto puede el ejemplo del príncipe. Y antes que el Emperador partiese de Remonda se envió a rendir un castillo muy fuerte que quedaba atrás, por no hacer caso de él, y no se detener y embarazar algunos días, el cual se llama Citre, y con éste quedó llano y por el Emperador el ducado de Julies. Dejó fortificadas en él cuatro plazas muy fuertes, que se llaman Dura, Julies, Citre, Ayusperque.

Por la vía de Colonia supo el Emperador aquí en Remonda cómo había llegado la nueva de la toma de Dura al duque de Cleves una mañana, estándose vestiendo; y sin se acabar de vestir, bajó a los de su Consejo y les dijo: Por esta carta veréis cómo me ha tomado a Dura el Emperador, y cuántos caballeros y buenos soldados en ella me han muerto; ved en el estado que me han puesto vuestros consejos. Y salióse sin esperar respuesta.

Su madre del duque estaba mala, y alteróla tanto la toma de Dura, que murió aquel día, caso notable y ordinario en los que se atreven y descomponen con el príncipe a quien deben obediencia.

Marcha el Emperador contra Banalo, villa fuerte en Güeldria. -Fortificación grande de la villa. Reconócenlos españoles. -Requiérelos el Emperador. -Ríndese el duque de Cleves. -Clemencia grande del Emperador. -Consideración que, para rendirse, el duque de Cleves tuvo.

Miércoles a cinco de setiembre partió el Emperador de Remonda, la vía de Banalo, villa muy fuerte del ducado de Güeldres, la cual está sentada en un llano, ribera del río Mosa, sin tener padrastro alguno, sino un poco de cerro a un lado de la villa. Tenía un grande y hondo foso de agua alrededor, con la fortificación de tierra y rama (que ellos llaman Duba), tan alta como una pica. En esta fortificación tenían hechos sus traveses, que respondían del uno al otro muy en orden, y dos grandes bestiones a las dos partes del lugar, el uno hacia el campo imperial y el otro a la otra parte del campo, dentro del río.

De la otra parte del real tenían hecho un caballero de madera, que entraban a él por bocas los de la villa; todo esto estaba muy lleno de artillería; demás de toda esta fortificación, tenían la muralla de ladrillo fuerte y gruesa. Esta machina de bestiones y caballeros se habían de ganar antes que se batiese el lugar, y por esto temían que había de costar mucha gente. Había dentro dos mil y docientos soldados de guarnición, escogidos.

Los españoles la fueron a reconocer el jueves adelante, y pareciáles que estaba fuerte muy mucho, y también que la gente que estaba dentro de guarnición era plática, porque ni tiraban tiro perdido ni salían a escaramuzar sino con buen orden, aunque trece españoles arcabuceros se hallaron en una, en que mataron treinta y dos de ellos muy bien tratados. Viernes, siete de setiembre, el Emperador les envió un trompeta con un rey de armas, a decir que se rindiesen, y les daría una paga; ellos respondieron mansamente que estaban muy bien pagados de su amo y que no parecería bien a Su Majestad que ellos, recibiesen paga de otro algún señor.

Viendo esto el Emperador, mandó poner en orden para darles tres baterías, y cada día reconocían los españoles la villa y la hallaban más fuerte; «digo fuerte, para perder alguna gente, pero no para dejar de tomarla (dice éste) que a nuestra nación, por acá, a Dios gracias, no se le hace cosa imposible». En ver por dónde se había de batir y en hacer los cestones y aparejar otras cosas, se gastaron cuatro días, hasta los doce de setiembre.

Estando ya casi todo apercebido, a doce de este mes vino el duque de Cleves, el que livianamente creyera que el Emperador se había anegado en la jornada de Argel; viendo lo poco que podía fiar en las promesas del rey Francisco, determinó, dejando las armas, echarse a los pies de su príncipe, fiar más de su clemencia que de las armas y fortaleza de las ciudades.

Llegó a la tienda del Emperador con hasta quince caballeros de los suyos. Su Majestad no le quiso ver; él se fue a la tienda de monsieur de Granvela, de donde negoció que Su Majestad le diese audiencia otro día. Jueves de mañana, a los trece de setiembre, mandó el Emperador a todos los caballeros de su corte que se hallasen a las nueve en la tienda de la capilla, donde sentado en una silla con un dosel a los pies, vestido una ropa suelta de lobos cervales, esperó al duque de Cleves, el cual entró en esta tienda, y con él Enrico, duque de Branzvic, señor alemán, gran servidor del Emperador, y el coadjutor del arzobispo de Colonia, que había de sucederle, y un conde, embajador de la ciudad de Colonia.

El duque de Cleves era un muy gentil mozo, alto y muy bien hecho; en el gesto no parecía nada alemán; venía vestido a la francesa, de luto por su madre. El y los otros que tengo dicho, todos cuatro, entrando, se hincaron de rodillas delante del Emperador, sin Su Majestad les hacer cortesía alguna; antes tenía el semblante muy grave, como quien veía delante de sí un vasallo rebelde, que tanto le había ofendido.

Estando así de rodillas, comenzó el duque Branzvic una oración en alemán, que tardó cuarto de hora; en sustancia decía: que el duque de Cleves reconocía que había errado, y que pedía a Su Majestad perdón; que ponía en sus manos su Estado, sus vasallos, sus criados y su persona; que Su Majestad hiciese en todo lo que fuese servido, que él confesaba haber errado como mozo mal aconsejado, y que le castigase conforme a su voluntad.

En acabando el duque Branzvic, comenzó otra oración el embajador de Colonia, en que se detuvo otro tanto, y casi dijo lo mismo, estando todos de rodillas.

El Emperador mandó a su secretario del Imperio que respondiese, en muy pocas palabras, que le perdonaba, si bien su desacato y atrevimiento había sido grande; y acabado esto, Su Majestad le mandó levantar, y se levantó él también, y le tocó la mano riéndose con rostro alegre, que tal era la clemencia del César con los que se le humillaban, si bien gravemente le hubiesen ofendido, digna y natural condición de príncipes. Y habló allí un poco con él, y de ahí adelante le hizo mucha cortesía, como la merecía un príncipe como éste.

Hizo lástima ver de rodillas al que el día antes tenía aquel ejército puesto en cuidado.

No vino el duque tan inconsideradamente a rendirse como a algunos pareció, porque viéndose tan apretado y perdida Dura, en quien él tenía todas sus esperanzas y mayor confianza, y al Emperador tan poderoso después de muerta su madre, que estorbaba la paz por ser muy francesa, habló con el embajador de Francia, que estaba en su corte, que se llamaba don Diego de Mendoza, hijo de don Juan de Mendoza, hermano del marqués de Cañete, don Rodrigo, que se pasó a Francia cuando las Comunidades, al cual preguntándole el duque que si el rey de Francia le podría ayudar con gente y dinero para resistir al Emperador, le respondió que el rey de Francia estaba con mucha necesidad, que creía que no le podría ayudar en nada. Y que él sabía el gasto que el rey tenía, y las gentes que pagaba, y que sólo en este verano le había enviado al mesmo duque trecientos mil ducados.

También llamó a Cortes a los del ducado de Güeldres, y les pidió ayuda para resistir al Emperador, y ellos le respondieron que los gastos habían sido tantos, que no le podrían tan en breve socorrer. Viendo esto, y que debía a toda la gente de guerra siete pagas, determinó echarse a los pies del Emperador, que fue el consejo más sano que él pudo tomar. Y para asentar las condiciones con que el duque se ponía en manos del Emperador y él lo recibía, se juntaron algunos ministros de Su Majestad, y otros del duque, y hicieron los capítulos siguientes:

Condiciones con que se rindió el duque y cesó la guerra.

1.º Que el duque conservará y reterná en la fe católica y obediencia de la Iglesia Romana, todas sus tierras hereditarias, ansí las que al presente posee, como las que a Su Majestad ha de volver, por virtud de este tratado, y los vasallos de ella. Y si alguna cosa se hubiere innovado, lo remediará con toda diligencia.

2.º Que le será fiel y obediente a Su Majestad, y al ilustrísimo rey de romanos, y al Sacro Imperio.

3.º Que renuncia todas y cualesquier ligas y confederaciones que tenga hechas con el rey de Francia, y el que se decía serlo de Dinamarca, y otros cualesquier Estados y tierras hereditarias.

4.º Que adelante no trataría ni haría otras algunas contra ellos, y él y sus herederos, antes si las hiciese las exceptará en ellas expresamente.

5.º Que renunciará pura, plena y libremente en favor de Su Majestad y sus herederos, el ducado de Güeldres y condado de Zutphen, con todos sus derechos, pertenencias y cualesquier acciones, ansí petitorias como posesorias, que en cualquier manera y por cualquier causa y razón le competiesen y pudiesen en ellas pretender.

6.º Que relajará a los dichos ducado y condado, y a los Estados y súbditos de ellos, cualquier juramento que le hubiesen prestado, consintiendo que juren a Su Majestad y a sus herederos por sus veros y naturales señores, como fieles y obedientes vasallos, debajo del feudo del Sacro Imperio.

7.º Que luego llamará su gente de guerra, y oficiales que tuviere dentro de la tierra del dicho ducado y condado, y alzando y absolviéndoles de cualquier juramento que le hubiesen prestado, les mandará que luego se salgan de ellas, y las entreguen a las personas que diputaren para ello.

8.º Que ayudará y asistirá, y hará todo lo que en él fuere para que Su Majestad, desde agora, haya y tome la posesión de los dichos ducado de Güeldres y condado de Zutphen.

9.º Que restituirá y entregará el castillo de Nemberg a monsieur de Nembergi, y asimismo la villa de Amberfert, con su artillería, a Su Majestad o a los que deputare para ello.

10.º Que hará entregar la villa y castillo de Ranestani y señorío de Comella, como a feudo suyo, por razón del ducado de Brabant, para Su Majestad y de nuevo de la investidura de él, concede a Su Majestad que pueda redemir el castillo de Ranestani, dándole la recompensa en otras tierras, o en dinero, a juicio de buen varón.

11.º Que todos los súbditos y servidores de Su Majestad puedan libremente usar y gozar de los bienes que tuvieren en las tierras del duque, como los gozaran antes de la guerra, y ansimismo por el contrato los del duque en las tierras de Su Majestad.

12.º Que para que Su Majestad sea más seguro de su obediencia, se contenta que se trate entre ellos de nueva confederación y buena vecindad entre las tierras hereditarias de Su Majestad y las suyas, el cual ofrecimiento Su Majestad admitió y consintió que se tratase por los comisarios que para ello se diputaran para asentarla de nuevo e confirmar la antigua.

13.º Su Majestad remitirá y perdonará al dicho duque cualquier ofensa que por lo pasado le haya hecho en cualquier manera, y lo tomará en buena gracia, y tratará y terná adelante como a buen príncipe del Imperio, y tomará a él y a sus tierras y súbditos en su protección.

14.º Que remitirá, y relajará ansimismo, cualesquier daños, gastos e intereses que Su Majestad y sus tierras y súbditos hayan sostenido, por causa de la guerra comenzada el año pasado, hasta agora, juntamente con los frutos y rentas y emolumentos recibidos por el dicho duque, de los dichos ducados y condados.

15.º Que después de haberse cumplido por el dicho duque lo por él prometido, le restituirá el ducado de Güeldres, el cual tiene en su poder, y todo lo demás que en esta guerra Su Majestad haya ocupado, de sus dominios, para que el dicho duque y sus herederos lo gocen conforme a la natura del feudo, reconociendo en ella a Su Majestad y al Sacro Imperio, remitiendo a los Estados y súbditos de los ducados de Güeldres y Cleves el juramento de fidelidad que cuando les tomó les prestaron, excepto la fidelidad que a Su Majestad, como a Emperador, y al Sacro Imperio se debe, por razón del supremo dominio; los cuales súbditos ha de tener el dicho duque por buenos y fieles vasallos, sin hacerles algún mal tratamiento por haberse dado y sometido a Su Majestad, y prestado el juramento de fidelidad. Lo cual el dicho duque prometió de guardar y cumplir.

16.º Retuvo Su Majestad, de lo susodicho, los castillos y villas de Misversve, y a traer a su beneplácito, el cual prometió que moderaría y abreviaría, según se gobernase el duque.

17.º Reservó asimismo los feudos, de los cuales el dicho duque es obligado a reconocerle como a duque de Brabant, para que después los tomase de Su Majestad, y les prestase juramento de fidelidad, conforme a la natura del feudo.

18.º Reservó también el jusvendi, que le perteneciese en los territorios y dominios que el duque posee con título de empeño.

19.º Que restituya el dicho duque, el dicho castillo y lugar de Ranestani, ton todo su dominio, el cual es del duque: como dicho es le ha de entregar.

20.º E ansimismo, el dominio de Aventudal, Ubinendale y todos los otros bienes que pertenecían al duque, en las tierras hereditarias de Su Majestad, antes de la guerra, de los cuales haya de reconocer en feudo a Su Majestad como a duque de Brabant. Y dar, siempre que fuere requerido, entrada y salida en los castillos y fortalezas que hubiere en las tierras hereditarias de Su Majestad, y a sus herederos, duques de Brabant, y a sus ministros.

21.º Que estos bienes hayan de sostener los mismos que sostenían antes.

22.º Que remite y perdona a todos los consejeros, adjutores, servidores y súbditos del duque y del dicho ducado de Güeldres y condado de Zutphen, cualquier ofensa que le hayan hecho por haber acudido contra Su Majestad al duque, y la pena que por ello hubiesen incurrido.

23.º Que los cautivos de la una y de la otra parte se hayan de volver sin rescate, pagando solamente el gasto que hubieren hecho del comer.

24.º Que Su Majestad pedirá a los Estados de los dichos ducado y condado, que absuelvan al duque de cualquier juramento, pactos, tratados, obligaciones y convenciones que entre ellos haya.

25.º Que no se puedan exegir de los vasallos los precios de la redención de los incendios, vulgarmente dichos branst hantz, por la una a la otra parte prometidos, antes sean aquéllas libres y absueltos de ellos.

Los cuales capítulos fueron loados y aprobados por la una y otra parte, y prometidos de guardar y observar y de no venir contra ellos en manera alguna, con las fuerzas e firmezas acostumbradas de poner en semejantes tratados.

26.º Que el Emperador reciba en su gracia a Martín Van Rosem y se le restituyan sus bienes, y el Emperador lo reciba en su campo y milicia, haciendo Rosem juramento.

27.º Que el Emperador dé seguro y patente, para que Juana, hija del duque de Vendoma, venga de Francia por Flandres a Clivia.

Disolvióse el casamiento del duque y Juana de Vendoma. -Casó el duque con hija del rey de romanos. -Recibe el Emperador al duque de Cleves con mucho amor. -Juran al Emperador los de Güeldres y entregan las llaves del Estado. Facilidad con que se acabó esta guerra, por la virtud de los españoles.

Con estas condiciones se dio fin a la guerra de Güeldres y Cleves. Poco después, el duque casó con María, hija del rey don Fernando, como se dirá, porque luego que el rey de Francia y duque de Vendoma supieron que el duque de Cleves se había rendido al Emperador y compuesto con las condiciones dichas, revocando las que con Francia había hecho, y que con esto estaba en su gracia, no le quisieron dar la esposa Juana de Vendoma. El duque no lo sintió mucho, y el Pontífice dio por nulo el matrimonio hecho con Juana, por haber sido siendo ella niña, y no haber habido ayuntamiento, ni lugar para sospecharlo; quiriéndolo la misma Juana, casó con otro en Francia, y el duque con mucho contento, con María de Austria.

Recibió el Emperador, después de hechas y juradas las condiciones dichas, al duque con mucho amor y cortesía, y le convidó a su mesa.

Después vino Martín Van Rosem, senescal de Güeldres, a quien el Emperador hizo mucha merced, y recibió en su servicio, y perseveró en él de ahí adelante con toda fidelidad, y el Emperador le ocupó en muchas guerras, con cargos muy honrados, como este valeroso capitán los merecía. Y de la mesma manera lo hizo el duque, guardando la fe y amistad que había prometido a la Casa de Austria, así en los tiempos adversos como prósperos, y en esto perseveró toda la vida, como príncipe noble y verdadero. Los soldados que estaban en Banalo salieron con sus banderas tendidas, y el Emperador les hizo merced de una paga, por siete que el duque les debía, y los recibió en su servicio con otros del duque. A esta ciudad o villa de Banalo vinieron todos los procuradores de las ciudades del ducado de Güeldres, a jurar al Emperador por señor y entregarle las llaves de las villas y ciudades del Estado.

El Emperador les prometió de guardar sus fueros y de no los llevar a Brabante con las apelaciones, que era la cosa que ellos más sentían, por los bandos y enemistades que hay entre brabanteses y güeldreses, y porque antes el Emperador no los quiso quitar esta obligación de acudir con las apelaciones a Brabante, negaron al Emperador y eligieron por su duque a este Guillermo, duque de Julies y Cleves, que era su vecino.

De esta manera y con tanta honra del Emperador, en solos quince días, y con tan poca costa (que dijo Su Majestad que no eran ciento y cincuenta mil ducados) se acabó la guerra de Güeldres; que sin duda alguna, pudo este Emperador decir lo que Julio César: Vine, vi y vencí. Y es cierto, y dígolo sin afición de mi gente, que se debe esto a tres mil y quinientos españoles que ganaron a Dura, y espantaron a toda Alemaña alta y baja.

Antes que el Emperador partiese de aquí, el príncipe de Orange y Prateo partieron a tomar el juramento por el Emperador a los güeldreses y zutfanos, a los cuales el duque había soltado o alzado el juramento que le habían hecho, y con las ceremonias acostumbradas juraron por su duque y señor al Emperador Carlos V.

Llega aviso al Emperador que Barbarroja había tomado a Niza. -El duque de Orleáns entra con ejército por tierras de los Estados Bajos.

Como en esta vida no hay gozo cumplido, no lo pudo ser el de esta victoria, porque aquí en Banalo llegó un correo de Italia que trajo nueva de que Barbarroja había tomado a Niza; y de Hungría vino otra, que el Turco había tomado a Sieteiglesias y a Estrigonia, que era la más importante plaza de Hungría, y que iba sobre Alba-Real, que es otra tal. De ésta estaba muy confiado el rey, que no sólo tomaría el enemigo, porque tenía dentro cincuenta españoles.

El rey estaba para salir en campo con buen ejército; trajo esta nueva de Hungría Rodrigo de Guzmán.

También vino otro correo de Flandres con aviso de que el rey de Francia, con grueso ejército, entraba en el condado de Artois, que es frontera de Francia, y que había tomado un lugar que se llamaba Landresi, no fuerte, pero que lo fortificaba muy bien, y que el duque de Ariscot, que por el Emperador estaba en esta frontera de Flandres, le iba a socorrer, y resistir al rey, el cual duque llevaba tres mil españoles, que había traído don Pedro de Guzmán, y seis mil ingleses, y cuatro mil alemanes bajos, y dos mil borgoñones y mil quinientos hombres de armas.

En tanto el Emperador hacía la guerra al duque de Cleves, el rey de Francia, con mediano ejército, envió a su hijo Carlos, duque de Orleáns, y a Claudio Annibaldo, contra la tierra de Lucemburg. Habían recobrado los flamencos las tierras que por aquí tenía tomadas el rey de Francia, exceto Juvosio y Mommedio, que las tenían franceses bien guardadas. Entró el duque de Orleáns por la parte de Henaut, tomó a Viretonio y a Arlonio, saliendo los que estaban de guarnición. A 10 de setiembre se puso sobre Lucemburg, ciudad muy principal, y cabeza del ducado, que fue el primero título y Estado que se dio al Emperador cuando le bautizaron. Estaban dentro de esta ciudad, demás de los naturales, tres mil y quinientos infantes, con los capitanes Egidio Levancio y Juan Mentesi, con cuatrocientos caballos, que mirando poco por su honra, sin esperar un asalto, siendo tan grande la fuerza y guarnición que había, entregaron la ciudad, saliendo libres con las armas y ropa que tenían.

Puso el duque de Orleáns en Lucemburg a Longuevallo con dos mil alemanes y trecientos caballos franceses.

A 29 de setiembre vino el rey Francisco a Lucemburg, y mandó que no se hiciese daño en los edificios de la ciudad, que había pareceres que era bien arruinarla, diciendo que no se podría él llamar duque de Lucemburg si no tenía la ciudad primaria y antigua del Estado. El duque su hijo hallaba por dificultoso poderla sustentar. Un ingeniero llamado Arlonio se ofrecía de hacerla inexpugnable, con poca fortificación que se le añadiese.

El rey tenía consigo cuarenta mil hombres; hízose jurar por duque de Lucemburg, y todo el tiempo que aquí estuvo gastó en banquetes y saraos, y día de San Miguel dio el rey el hábito de San Miguel, que es la caballería más honrada de Francia, en la iglesia de San Miguel de Lucemburg, y dado el orden para fortificar la ciudad, quedando para ello Jerónimo Marino, maestro e ingeniero, natural de Bolonia y capitán de una compañía de italianos, dejando mucha infantería y caballería, de los cuales todos era (como dije) capitán general Longuevallo; salió el rey, y tomó a Theonvilla, con que acabó de hacerse señor de todo este Estado, y dio la vuelta, llevando a su hijo consigo a Francia, porque ya tenía aviso que el Emperador había allanado al duque de Cleves, y que venía con su ejército vitorioso en su busca.

Va el campo imperial contra Landresi. -Fatiga la gota al Emperador.

Tenían los franceses, con su capitán Reusio, hermano del duque de Ariscote, la villa de Landresi, donde el Emperador quería comenzar a dar a entender y sentir el enojo que tenía del rey de Francia, y la satisfacción que de él quería tomar, por las ofensas recebidas. Habiendo acabado con Güeldres repartióse el campo imperial en tres o cuatro partes, y lo que era la corte, fue por otro; y todo se había de juntar en Valencianes, frontera de Francia, a 23 de setiembre.

Cayó el Emperador en la cama por haberle tocado la gota; que ya andaba este gran príncipe fatigado de tan prolijo y doloroso mal, que sus grandes trabajos le habían puesto en ayes de viejos, no mereciendo él sino una muy larga salud y vida, pues tanto importaba en el mundo.

Eran ya 8 de octubre, y no estaba determinado dónde iría el campo. Tenía tanta gana el César de hallarse en todo, que pensando estar cada día mejor, tuvo a don Fernando de Gonzaga, su general, dos leguas de Francia, cerca de San Quintín, que es una muy fuerte plaza de aquel reino. Estaba determinado el Emperador en mejorando, salir en campaña y entrar en Francia, con ser ya (como es por este tiempo en aquellas partes) muy riguroso el invierno de aguas, nieves y fríos. Martes a 2 de octubre, los franceses, que estaban en Landresi, temiendo lo que sobre sí se les venía, se recogieron a la mitad de lo que tenían fortificado, y los flamencos que estaban sobre ellos les ganaron la otra mitad, y ganaron mala ventura, porque los tenían los franceses desde su fuerte a caballero, recibiendo mucho daño de la artillería, si bien los flamencos se las pagaban, de suerte que venían a deberse muy poco.

Había pareceres de que por este invierno quedase cercada Landresi, y que con lo grueso del ejército pasasen adelante.

El jueves siguiente tuvo el Emperador correo de Italia, que trajo [la nueva] cómo Barbarroja no osó esperar en Niza al marqués del Vasto, que había ido contra él, y que se fue llevando todos los hombres, mujeres, niños y ropa de Niza, la vuelta de Marsella. Decíase que el rey y Barbarroja andaban desavenidos, y temían muchos que le había de costar caro al rey de Francia aquella mala compañía; por lo menos las galeras, que se alzaría el moro con ellas.

Desde aquí despachó el Emperador para todos los príncipes y ciudades de Alemaña, mandándoles que a 13 de deciembre se juntasen en Espira, para la Dieta.

Avisan al Emperador que el rey de Francia venía con su campo. -Fortificación de Landresi. -Don Pedro de Guzmán se dijo don Pedro de Noche. -Demostración que hizo el rey de querer dar la batalla al Emperador. -Sitian los imperiales a Landresi. -Escaramuza entre imperiales y franceses.

Martes de mañana, a los 9 de octubre, vino don Pedro de Zúñiga, con carta de don Hernando, de Gonzaga, en que decía al Emperador que el rey de Francia había caminado mucho, y que estaba en San Quintín, o muy cerca de ella.

La vanguardia de su ejército estaba este día a tres leguas del campo imperial, de manera que sus caballos andaban ya envueltos con los imperiales. Tenía el rey Francisco muy fortalecido a Landresi. Estaba dentro el capitán Landa con bastante guarnición, y había fatigado tanto en aquellos días aquella tierra, que por llantos y ruegos de los vecinos quiso el Emperador que la primera empresa fuese a ganar a Landresi.

Arrimóse al campo imperial hasta un lugar allí cerca, que se llama Guisa, con intención de tomarle primero, antes de acometer a Landresi; pero entróse en él a vista del ejército Pedro Strozi, hijo de Felipe Strozi, con cuatrocientos caballos. Servía este Strozi al rey de Francia después de la muerte de su padre.

Pasó el campo a juntarse con el de la reina María, que estaba, como dije, sobre Landresi, con los tres mil españoles que le había llevado don Pedro de Guzmán, que llamaban don Pedro de Noche, por las canciones que componía, y solía cantar en tinieblas dulcemente.

Estando en este cerco llegó la nueva de que el rey de Francia en persona venía, y que traía cincuenta mil hombres, y determinación de dar la batalla al Emperador, porque como andaba desavenido con Barbarroja, quería, antes que le faltase y se quedase solo, probar esta ventura; de lo cual el Emperador se holgó infinito, porque era lo que él más deseaba.

Miércoles de mañana, a los 10 de este mes de octubre, se retiró el campo imperial de sobre Guisa, porque le faltaban vituallas para venir sobre Landresi. Cargaron los enemigos en la retaguardia. Don Francisco de Aste, capitán general de los caballos ligeros del Emperador, por retirar unos caballos que quedaban escaramuzando, quedó rezagado, y a una carga que los enemigos le dieron, cayó su caballo; algunos caballeros que iban con él, por socorrerle, volvieron, y fueron presos don Francisco de Aste y monsieur de Isiese, hermano de monsieur de Rin, y Alfonso Visal, gentilhombre de la boca. Los enemigos se retiraron con su presa a Guisa.

A los 7 de octubre llegó el campo imperial sobre Landresi con muy ruin tiempo; púsole don Hernando de Gonzaga, general del campo imperial, de esta banda de un riachuelo, y para ir a toparse con el rey habíase de juntar con los ingleses y flamencos y esperar que el duque de Ariscote, Buren y Galopo, sus capitanes, pasasen aquel río, y se pusiesen en sus mismos alojamientos, para que todos juntos diesen la batalla, que el rey de Francia decía que la venía a dar, y los imperiales querían y venían a lo mismo. No quisieron los capitanes flamencos hacer lo que don Hernando les ordenaba, y así hubo de pasarse él, donde ellos estaban.

El rey Francisco llegó con su campo a Guisa, y partió allí muy en orden, llevando su hijo el delfín en la vanguardia y al almirante Annibaldo en la retaguardia, y el rey llevaba la batalla. Llegó tan cerca del campo imperial, que se pudo trabar una recia escaramuza, y en el mayor calor de ella metió el rey en el pueblo gran cantidad de bastimentos, que los habían bien menester, y gente, y capitán de refresco, sacando de los que antes estaban. Perdióse esta ocasión de batalla, y el rey tuvo lugar de socorrer su pueblo, que le pareció había hecho harto, y más en representar la batalla; la cual no se dio por lo que dije de no haberse querido juntar el duque de Ariscote, y porque tampoco don Hernando tuvo mucha gana de darla, porque aún no era llegado el Emperador, ni Martin Van Rosem, ni el duque de Sajonia, que venían ya muy cerca.

Pareciéndole al rey Francisco que había hecho lo que bastaba para su reputación, levantó el campo y fuese a poner en Cambresi, poco más de una legua de sus enemigos. Detúvose allí dos días, como dicen los franceses, esperando a que el Emperador le presentase la batalla, con intención de no rehusarla, porque el Emperador era ya llegado con la gente de Rosem y Mauricio.

Cómo pasó el representar la batalla el rey al Emperador. -La gente que había en los dos ejércitos. -Sale el Emperador en campo armado, con propósito de dar la batalla al rey. -Dicho notable del Emperador. -Muerte de don Juan Pacheco. -Retíranse los franceses, no se atreviendo a esperar. -Quiere el Emperador atajar el camino al francés, que se retira. -Engaños que hubo en los dos campos por falta de espías. -Por descuido dejó de ser preso el rey de Francia. -Conoce el rey su gran peligro, y trata de huir a cencerros tapados. -Jovio culpa al capitán Salazar.

Agora diré muy por menudo este cuento, y por relación de testigos fidedignos que se hallaron presentes, y concuerdan, aunque lo escribieron sin saber unos de otros (ni aún quizá conocerse) y algunos de ellos son extranjeros. El rey Francisco, en los dos días que estuvo entreteniéndose con escaramuzas, escribió a Italia y a otras partes, gloriándose que a pesar del Emperador había proveído a Castil Landresi, y le había representado la batalla, y que el César huía de ella, y que le había de seguir hasta en cabo del mundo. Tenía el rey Francisco en su campo diez mil caballos, y más de cincuenta mil infantes, aunque no muy buenos. Eran los seis mil gascones, doce mil suizos, siete mil güeldreses y otros alemanes, dos mil italianos, veinte y cuatro mil franceses. Tenía el Emperador nueve mil caballos, los mil y quinientos ligeros, y cuarenta y siete mil infantes; los seis mil eran españoles, los siete mil ingleses, y mil italianos.

Contaré agora lo que pasó, para que todos sepan la determinación que hubo de pelear, sobre haber pasado los desafíos que se han dicho, y estar tan juntos, y aún dijo el rey de Francia que venía a dar la batalla, y que le había de seguir hasta en cabo del mundo, y acabar de una vez con el Emperador.

Llegó, pues, el Emperador a su real, jueves día de Todos Santos, que había partido de Dabenes, y el mismo día el rey se alzó de donde estaba, y se fue camino de Francia, y el campo imperial caminó tras él, y estuvieron asentados un tercio de legua un campo de otro, y el Emperador partió viernes y se fue a juntar con su campo, que marchaba en seguimiento del francés, a mediodía en tiempo que estaban los escuadrones hechos, con pensamiento de dar la batalla, y trabada escaramuza de caballos harto reñida. El campo francés estaba sentado junto a un lugar que se dice Tachio de Andresim, del obispado de Cambray, y la persona del rey y delfín dentro del pueblo.

Sábado, que pensaron fuera la batalla, salió el Emperador todo armado, salvo la cabeza, por ser conocido, en un caballo encubertado, y ordenó el ejército, animando a cada nación en su lengua; y como setecientos alemanes bajos de caballo, que se adelantaron, peleaban con parte de la caballería francesa, y los españoles, que se alargaron en dos alas hasta llegar a las trincheas, preguntaban de mano en mano a don Hernando de Gonzaga si entrarían; él dijo que no (que no debiera).

El Emperador se puso el yelmo, diciendo al escuadrón de su corte, que ya era llegado su día; por eso, que peleasen como caballeros honrados, y si viesen caído su caballo y su estandarte, que llevaba Luis Méndez Quijada, que levantasen primero el pendón que a él. Caló, diciendo esto, la visera, tomó la lanza, y caminó paso ante paso hacia los enemigos.

Era poco menos de mediodía; esperó cuatro horas quedo en un lugar, a que saliese a la batalla el rey, como lo blasonaba y decía, que sólo a darla venía, si bien lo atraían y provocaban los españoles pegados a su real. Salieron unos españoles a combatir y tomar el lugar donde el rey estaba metido, echando a la mano izquierda, y pusiéronse un tercio de legua del francés, que unas cuestas impedían que no se viesen. Jugaba reciamente el artillería, y hubo una escaramuza bien trabada y reñida, y en una carga que dieron los franceses mataron a don Jerónimo Pacheco, hermano del marqués de Cerralbo, y cuando los franceses arremetieron estaban los escuadrones imperiales de a pie y de a caballo ya ordenados, y la artillería para dar la batalla. Sonaron reciamente las trompetas, y las voces, diciendo: Arremeter, arremeter.

Cargaron más de ochocientos caballeros imperiales en siguimiento de los franceses, que se retiraban a largo paso, cuando entendieron la determinación del campo imperial, y dióseles tal carga, que mataron y prendieron de ellos más de ciento, y los encerraron en sus trincheas, y se hicieron fuertes en su real.

Luego disparó la artillería imperial, y arremetieron los españoles, caballería y infantería, tocando fuertemente las trompetas, diciendo a grandes voces todo el campo: Batalla, a la batalla, haciendo cada nación los autos y ceremonias que tienen de costumbre, cuando quieren así romper y dar la batalla. Mas el rey de Francia, con ser el que había dicho y escrito que venía a darla, se estuvo quedo, sin querer salir de su fuerte, estando los españoles arrimados a él, y con determinación de romperlo y entrar a combatirlos dentro, y los dos campos tan cerca, que vergonzosamente se pudo rehusar, si don Hernando de Gonzaga, cuando los españoles, arrimados a las trincheas, le preguntaron si entrarían, no se lo negara: dentro en su alojamiento, combatieran al rey.

Cuatro horas enteras estuvo el campo imperial de esta manera, incitando y provocando a la batalla. Como no salía, y ya el día se pasaba, el Emperador mandó tocar a recoger a un cuarto de legua del real del rey, que solas unas pequeñas cuestas quitaban el poderse verse unos a otros.

Acordóse en el campo del Emperador que otro día, domingo, se echasen unas puentes en un riachuelo que había, para tomar la delantera al campo francés y apretarle de manera que, a su pesar, peleasen. Luego se comenzaron a hacer, y sobre ellas algunas escaramuzas, en que murieron seis ingleses, y hubo otras cosas no de tanta cuenta. Hubo gran falta y descuido en las espías del campo imperial, que no pusieron el cuidado y diligencia que debieran en saber qué gente traía el rey y qué pensamientos tenía, que lo que más importa en la guerra es saber los designios o fines del enemigo. Echaron de ver los imperiales (cuando no lo pudieron remediar) que el campo del rey de Francia no era tan copioso de gente como habían pensado; que sin duda, si hubieran sabido la gente que tenía y la calidad de ella, antes de socorrer a Landresi, le salieran a dar la batalla sin esperar al Emperador, y fuera con mucha seguridad de la victoria, porque en gente y bondad les tenían conocida ventaja.

Y también el rey de Francia vino engañado, porque cuando los imperiales estaban sobre Landresi, por el recio tiempo que hacía, le dijeron que no había quedado gente en el campo del Emperador, y por eso pensaba que venía seguro y con ventajas a socorrer su fuerza, y hacia las bravatas de que había de dar la batalla y vencerla.

Y así, digo que por falta de espías, perdieron los imperiales el mejor lance del mundo, pues dejaron de prender al rey y al delfín, y desbaratar su campo. Ni tampoco, después que vieron que el sábado se había estado acorralado dentro de sus trincheas, sin querer salir a la batalla, hubo cuidado de procurar saber lo que pensaba hacer el rey, que cierto se vio muy atribulado cuando conoció su peligro, y pensó ser perdido, y según se supo, no se entendía en otra cosa, sino cada uno en salvarse; y domingo, después de comer, en tanto que los imperiales andaban ocupados en hacer las pontezuelas, los franceses andaban aprestando la fuga. Hicieron grandes fuegos en su campo, de manera que el humo impedía poder ser vistos, ni lo que hacían, y sin grita ni trompeta cargaron todo su fardaje y pusieron a punto la artillería, quitaron los cencerros y cascabeles a los caballos y bestias que la tiraban, y aún dio el rey a un carretero, porque hacía ruido, con el azote; tan callando importaba retirarse.

Tomó las llaves de Cambresi, porque ninguno saliese a dar aviso de su partida. Y luego, tras la artillería, caminó la infantería, y el rey, con ochocientos caballos, a dos horas de noche, a la lumbre de un farol, y a medianoche toda la caballería, tan sin orden ni concierto, que por el camino se dejaban los enfermos, y algunos carros de tiendas, con otros embarazos, cuales suele traer un campo, y son en él penosos, cuando es fuerzosa la huida.

Los imperiales, sin detenerse en ellos, con codicia de alcanzar al rey y romperle de todo punto, picaban a toda furia. Sintiendo el francés la priesa y cólera del enemigo, ordenaron que el delfín quedase emboscado para dar en los imperiales, que sin recelo caminaban, y saliendo a tiempo dieron sobre los que más de lo justo se habían adelantado, cargándolos con tanta furia y ímpetu, puramente francesa, que los hicieron volver, y dejar el alcance, quedando muertos parte de ellos en el campo.

Unos, por salvarse, metiéronse en la espesura de los montes, donde padecieron trabajo por no poder ser tan presto socorridos, y con dificultad y pérdida llegaron al campo imperial, donde ya estaban otros que con mejor tino tomaron el camino derecho, retirándose de la emboscada. Fue el Emperador mal engañado en esta jornada, por la falta de espías y por la traición de otros, que avisaban al francés de lo que entre los imperiales había.

Tuvo particulares avisos de un Bosio que, como traidor, le dijo, siendo criado del Emperador, que ni por el pensamiento le pasase romper, ni esperar a que le rompiesen, porque la gente que el Emperador tenía era muy escogida, y que ardían por pelear, y pedían la batalla, y que le había venido al Emperador un gran socorro de Alemaña. Súpose la traición de Bosio, corrompido con dineros; fue luego preso, y en Gante degollado, y hecho cuartos puestos en palos.

Tal fue esta jornada famosa entre franceses, gloriándose porque su rey a vista y pesar del Emperador socorrió a Landresi, y se la quitó de las uñas; mas callan la retirada, que todos cuentan como digo, que el rey hizo a 6 ó 7 de noviembre con silencio y bien, de noche, tomando el camino de Guisa.

Los que se hallaron en esta jornada culpan a don Hernando de Gonzaga, que fue general en ella, y Paulo Jovio, por salvarlo, culpa al capitán Salazar, y fue que cuando el Emperador se acercó tanto con su campo al del francés, que no había más que milla y media de uno a otro, con un pequeño río en medio, para dar al rey la batalla, habiendo dos días que estaba allí, y se la había presentado, y no la quiso acetar, aquella noche que el francés se retiró, envió don Hernando de Gonzaga al capitán Salazar para que reconociese el campo de los enemigos, el cual, tornando de lo hacer dijo a su general que el campo estaba sosegado en el mismo lugar donde aquel día había estado, y que los esguízaros hacían guardia y tenían plantada alguna artillería, y venido el día se descubrió su error, etc.

Dice esto Jovio así, y la verdad es que Salazar, reconocido el campo del francés, vino a la tienda de Gonzaga y le dijo estas palabras: «¡Señor, el rey se retira!», y le preguntó cómo lo sabía, y díjole las razones que había para ello. Mandándole volver segunda vez a que lo remirase mejor, tornó y volvió a don Hernando, y se afirmó en lo que había dicho, certificándolo de todo punto, y don Hernando le dijo que era imposible, y que no lo creyese; y con tanto, se salió Salazar de su aposento, tomando testigos de lo que había dicho.

Y así, el Emperador dijo otro día a don Hernando de Gonzaga: «Vos me habéis quitado hoy mi enemigo de las manos.» Y excusándose don Hernando con Salazar, quiso averiguar el negocio, y todo paró en palabras y en algunas voces y réplicas con el Salazar, el cual, no osando estar más en el campo, temiendo no le mandase matar el general, se vino a España, diciendo lo que le parecía contra don Hernando; y fue preso por el alcalde Ronquillo en Corte (no sé a cuya instancia), donde estuvo detenido algunos días, y quedó averiguada esta verdad por probanza, y le soltaron, mandándole que no hablase mal de don Hernando de Gonzaga.

También dice Jovio que al rey de Francia le pareció que había cumplido con representar la batalla a los imperiales. No sé qué llama Jovio representar la batalla, pues sin acabarse aquella guerra, ni levantarse los ejércitos de aquella comarca, ni la pendencia de Landresi, le presentan a él la batalla y la rehuye, y se retira, y el campo del Emperador, como vitorioso se aposentó en el mismo alojamiento (ceremonia y pundonor antiguo de la honra de la guerra) donde su contrario había estado alojado cuando se retiró; y si antes que el Emperador llegase a su campo don Hernando, no quiso pelear, pareciéndole que no tenía lugar ni ocasión buena para ello, no fue por esto, como el Jovio y la Pontifical dicen, sino que realmente, sabido por el Emperador (que estaba con sus achaques curándose) lo que pasaba, le envió a mandar que no diese la batalla de ninguna manera, hasta que él llegase, y aún hubo más necesidad que ésta, que, sin embargo de este primer mandato, con ciertas excusas que suelen tener los capitanes deseosos de pelear, lo quería aventurar el mismo Gonzaga, y segunda vez, se le envió a mandar, con monsieur de Granvela, que no diese la batalla hasta que el Emperador, que se quería hallar en ella, fuese llegado al campo; y así, en viniendo, lo primero que hizo fue presentalla a su enemigo y él huir, como queda dicho; tanto temió el rey Francisco la presencia del César, sabiendo que era venido al campo, y no se engañó, porque con dificultad se dejara vencer.

[Embajada del Emperador al inglés.]

Viendo el Emperador que Landresi estaba bien proveído de bastimentos y munición, y que el rey de Francia se le había ido de las manos, que ya el tiempo era recio, por llegarse el invierno con el rigor que suele en aquellas partes, llevando el campo marchando para Cambray, tuvo aviso el Emperador que algunos príncipes de esta ciudad estaban quejosos de él y de sus soldados, y con tanta alteración que sospechaban estar conjurados e inclinados a franceses, siendo el movedor de esta alteración el obispo de la misma ciudad de Cambray.

Quiso asegurar la ciudad, y metió en ella bastante guarnición; procuró, con prudencia y mansedumbre, componer y sosegar los ánimos alterados. Mandó edificar un fuerte castillo sobre un monte que sojuzgaba la ciudad, en el cual se puso la guarnición, y los ciudadanos quedaron llanos, o de grado o a más no poder, y por acariciarlos el Emperador, les confirmó sus privilegios, y así permanecieron en su fe y de la casa de Austria hasta que en el año de 1580 los alcaides, corrompidos con dineros, la entregaron al francés juntamente con la ciudad, de donde salían corriendo y robando las tierras de Henaut y Arras, ni se pudo sacar de las manos de franceses hasta el año de 1595. En el cual, don Pedro Enríquez de Acevedo, conde de Fuentes, que en este tiempo era general en Flandres, tomando por fuerza a Dorlan, matando los franceses, pasó con su ejército sobre Cambray y la tomó por combate, siendo casi inexpugnable, y con el favor de algunos ciudadanos se apoderó del castillo, dejando salir los franceses que en él estaban de presidio con toda su ropa, salvo la artillería.

No holgaban en otras partes las armas, porque en este mesmo tiempo que el Emperador las trataba con el rey de Francia sobre Landresi, Guillelmo, conde de Furstemberg, en nombre del Emperador, juntó doce mil alemanes y tres mil caballos, y con mucha y buena artillería, fue contra Lucemburg, que aún no estaba con los franceses bien fortificada; la cual cercó tan apretadamente, que la puso en necesidad de bastimentos y municiones. Acudió luego el rey de Francia, enviándole socorro de los mejores soldados viejos que tenía, y por su general al príncipe de Melfi, el cual fue con tanta potencia y orden, que Furstemberg se conoció inferior en la gente y aparatos de guerra, si bien no en el ánimo; levantó su campo volviendo para Alemaña. Los franceses proveyeron la ciudad de lo necesario, sacaron a Longevallo con la gente que de guarnición allí había ido, poniendo otra de nuevo, y por su capitán al vizconde de Estauge, y porque ya era insufrible el tiempo, por el rigor de los fríos, vientos y aguas, en tanta manera que los ríos y grandes lagunas se helaron, de suerte que se andaban como la tierra, repartió su gente por los presidios, deshaciendo el campo.

En el Piamonte, el capitán Buterio cercó a San Germán, pueblo pequeño, y dióle sin efeto dos asaltos, perdiendo gran parte de los suyos; pero no bastó el buen ánimo y valerosa resistencia de los cercados, porque, no siendo socorridos, muertos y heridos los más principales, se dieron a partido, saliendo con sus armas y ropa y banderas tendidas. De ahí a poco, el mesmo capitán francés tomó a Crescencio y Desnam, con gran dolor del marqués del Vasto, que por falta de dineros, no le habiendo acudido con ellos los cogedores de Milán, no tenía soldado en pie.

Quisiera harto el Emperador seguir al rey de Francia y entrarle el reino sin parar hasta cercar a París. Mas viendo que el tiempo no le daba lugar, suspendió las armas y cólera para el año siguiente. Y queriendo juntar las fuerzas posibles, envió a Ingalaterra a don Hernando Gonzaga y a Juan Bautista Gastaldo, para que tratasen y concertasen con el rey el modo que en esto se tendría, poniendo todo su poder contra el de Francia. El de Ingalaterra recibió muy bien estos capitanes, y les hizo mercedes de ricos dones, particularmente a don Hernando, y ofreció con gran voluntad la amistad con el César, y el poder y armas de su reino contra el de Francia, lo uno por lo que estimaba ser amigo del Emperador, lo otro por ser antiguo y casi natural el odio entre ingleses y franceses, y más con la nueva ocasión de lo de Escocia, en que el de Ingalaterra se sentía agraviado.

Viene Barbarroja a Francia con armada del Turco. -Va Barbarroja sobre Niza. -Lastimosa presa de niños cristianos. -Hecho escandaloso de unos frailes.

Cuando reina pasión, piérdese el respeto a lo divino y humano; la que hubo en Francisco fue tan poderosa, que con ser un príncipe tan señalado y cristiano, quiso la amistad del Turco y valerse de sus armas trayéndolas contra los inocentes cristianos, a trueque de vengarse del enemigo.

Notorias son las diligencias que para esto hizo, y si valieron más las costas y presentes que hizo a turcos, que Milán, ni Nápoles, porque fue su porfía. Trajo a Barbarroja, cosario poderoso, capitán enemigo de cristianos, con la armada y gente del Gran Turco, y dióle el rey tanta mano y entrada a su reino, que cuando quisiera echarlo de él casi no la tenía, viéndose pobre y afrentado, cargado de maldiciones que los tristes cristianos cautivos le echaban, y que el mismo turco Barbarroja, teniéndole en sus puertos, le escarnecía y mofaba.

Fue Polín, embajador del rey, por haber el armada, en seguimiento de Solimán hasta Andrinópoli, donde el Turco quiso tener el invierno, por estar más cerca de Hungría, para la guerra que pensaba hacerla. Tuvo bien que hacer Polín en alcanzar lo que pidía (si bien el mismo Solimán le había prometido la armada) por contradecirlo el bassá Solimán, eunuco que aborrecía mucho a Barbarroja, y aún se dijo que por tener las tierras de don Hernando de Gonzaga. Como se concluyó lo que deseaba, convidáronle Rustán Bassá, yerno del Turco, y el eunuco, y diéronle ciertos vasos de plata y caballos y vestidos, con cartas para el rey y para Barbarroja, con las cuales volvió a Constantinopla, y se metió en la flota que con priesa se había puesto a punto. Partió, pues, Barbarroja en fin de abril de este año 1543, con gruesa armada y muy bien bastecida.

Tuvo en Modón ciento y diez galeras y cuarenta galeotas, y otras fustas de diversos cosarios, y cuatro mahonas, con las cuales entró por el faro de Mecina; surgió cerca de Rijoles por tomar agua. Entraron algunos soldados en la ciudad, que estaba sin gente y sin ropa. Comenzaron a quemar casas. Tirábanles con artillería Diego Gaitán y otros soldados, que serían hasta sesenta españoles que guardaban este pueblo, y porque las balas mataron tres turcos y un renegado, se embraveció Barbarroja y batió con furor el castillo con unos cañones que mandó sacar de las galeras; porfió en el combate hasta que los de dentro se rindieron. Dio a saco el castillo, cautivando los hombres.

Hubo una hija del Gaitán, hermosa y música, que hizo renegar por tenerla por mujer, y a sus ruegos dejó libre la mujer del alcaide Diego Gaitán con dos criadas, y luego al padre en Tarrachina, al cual trató después como a suegro. Pasó por Poncia, Ostia, Civita Vieja, Pumblin y riberas de Génova, sin hacer daño. En Tolón le salieron a recebir tres galeras francesas, que acaso iban a pedir el cuerpo de Madalón Ornezan al príncipe Andrea Doria. Las cuales, con voces alegres, abatieron las velas tres veces delante la Capitana turquesca, y bajando el pendón real y otro de Nuestra Señora, alzaron el del Turco, cosa harto indigna de gente cristiana.

Pesóle mucho a Barbarroja por haberse parado a combatir el castillo de Rijoles, si bien ya en su vejez venía enamorado de la cautiva cristiana hija del alcaide, entendiendo cuán pocos días antes era ido de allí Andrea Doria, según después diremos.

Llegó a Marsella con toda la flota, día de Santiago, pero no entró en el puerto más de con treinta galeras, en que llevó los principales capitanes y cosarios que con él venían. Fue bien recebido (saliendo toda la ciudad a vello) de Francisco Borbón, señor de Anguien, que a la sazón era capitán general de las galeras de Francia.

Holgara ya el rey Francisco que Barbarroja no viniera, pues se había pasado la ocasión de la guerra de Cataluña, y la costa que traía era grandísima. Mas por sustentar su reputación y no caer en falta y desgracia con el Turco, mandó que fuese sobre Niza, que a otra parte no se atrevía tanto, por estar todo guarnecido, cuanto por más no incurrir en odio general de la Cristiandad.

Bramaba Barbarroja, tirándose de las barbas por haber venido tan larga jornada con aquella gruesa armada. Zahería la poca firmeza del rey; sentía el menoscabo de su propria reputación y temía la ira del Gran Turco, volviendo a Constantinopla sin haber visto al enemigo. Mas habiendo de hacer la voluntad del rey, conforme al orden que del Turco traía, partió de Marsella para Niza con toda la flota, y Francisco Borbón, con veinte y dos galeras, las tres o cuatro del conde de Anguilara, y Polín o Polibio con diez y ocho naos en que iban siete mil provenzanos, gascones, soboranos y florentinos. Desembarcaron en Villafranca de Niza, que por su miedo estaba desierta.

Envió Polín, que tenía mano en todos los negocios por el rey, a rogar a los de Niza que se diesen, si no querían ser destruídos y llevados en cautividad. Ellos respondieron que ni querían ni debían, antes escogían el morir como leales y cristianos por su príncipe y su Dios. Luego sitiaron la ciudad por tres partes. Francisco Borbón por un repecho, y Polín por la puerta por do salen a Villafranca, y los turcos, que eran más que los franceses, por su cabo, los cuales hicieron fuerte su real con tanta presteza y arte, que los otros se maravillaron.

Tiraron tanto a un nuevo torreón, que lo desmocharon todo, abriendo la cerca por junto de él, y arremetieron a entrar por allí. Los nizardos se defendieron aquel día tan valerosamente, que mataron y hirieron de muerte cien turcos, ganándoles una bandera y más de veinte florentinos, despedazando la bandera de León Estrozi, que tomaron competencia con los turcos a subir por la batería. Barbarroja, conociendo que por allí era peligroso entrar, mandó batir la torre de la puerta, que aunque parecía recia, era flaca. Por lo cual, y por el daño que hacían en las casas las galeras francesas con su artillería, se dieron los de la ciudad a Francisco de Borbón, sobre juramento que les guardaría las vidas con las haciendas, y todos sus fueros y privilegios que de los duques de Saboya tenían.

Quisieran los turcos la ciudad a saco, que debía ser concierto entre ellos, pero quedaron frustrados por aquella vez, y porque no se la dieron, y los hacían volver a las galeras, quisieran matar a Polín y a Borbón. Ganada que fue la ciudad, trataron de ganar el castillo, aunque inexpugnable pareciese, pensando que se daría, por haber tenido poco antes tratos con algunos de dentro, según adelante diré. Barbarroja, como guerrero o por ver para cuánto eran franceses, les dio a escoger que, o combatiesen el castillo o guardasen el lugar y el campo, diciendo que podrían venir enemigos, como era fama que venían; y como no se determinaron, mofó reciamente de ellos, especialmente de Polín.

Asentó con gran presteza ocho tiros de batir, los que dos eran basiliscos, con los cuales derribó las almenas y garitas del castillo, y no dejaba asomar hombre en los muros. También los franceses tiraban por su cabo, y faltándoles pólvora y pelotas, las pedían y compraban de Barbarroja, el cual, por ello, como era libre y decidor, dijo que como era estío, cargaban más barriles de vino que de pólvora, y aún quiso echar grillos a Polín: tanto se vino a enojar, diciendo que lo había burlado en Constantinopla, con encarecer el grandísimo aparato que su rey Francisco tenía para la guerra, y por no acabar la pólvora, sin la cual irían sus galeras en aventura, publicó su vuelta para Constantinopla, enojándose de veras, y diciendo que se lo merecía él, por no haber escarmentado en tratar con franceses, pues los conocía por mentirosos, livianos y flojos. No pudiera venir mayor pesar a los franceses que aquello, mayormente al Polín, que lo trajo, por lo cual se abatió a los pies del cosario como un vil esclavo, suplicándole que no se fuese y prometiéndole grandes cosas, y dineros para los janízaros. Púsose Borbón de por medio, y otros caballeros, que procuraron desenojar al bárbaro, y continuóse el cerco y batería del castillo.

Tomáronse unas cartas del marqués del Vasto para Pablo Simón, caballero de la Orden de San Juan y alcaide de allí, por cuyo esfuerzo el castillo resistía, en que le avisaba que dentro de dos días, o tres a más tardar, sería en Niza con todo su ejército, que podría muy bien pelear con los turcos y franceses. Derramóse la nueva por los reales, cayó temor en todos, y fue tal, que les parecía que ya se desgajaban españoles por aquellos montes. Llovió aquella noche, y dejando sus estancias con la artillería, huyeron sin empacho, unos a la mar y otros a la tierra. Así que, por esto como por la fortaleza del castillo, embarcaron todos de común consentimiento la artillería, levantando el cerco.

Los turcos entonces robaron la ciudad, cautivando cuantos pudieron. Envió Barbarroja al Turco, en tres naos, con una galeota, trecientos niños y niñas y monjas, pero quiso Dios que los librasen don García de Toledo y Antonio Doria, y las galeras de Malta y del Papa que corrían la costa de Grecia, porque el rey de Francia, en la otra vida, no penase por ellos, como por otros que por su causa fueron cautivos y negaron a Cristo.

Aquí sucedió un caso que fuera bien olvidarlo, mas porque por él se vea la fuerza de la pasión que en estos días había en los franceses contra los españoles, lo diré, y fue que murió en la cadena de una galera de Barbarroja un desdichado español llamado Juan Francisco, que decía ser hijo de un veinticuatro de Sevilla; y otros cautivos españoles lo amortajaron como pudieron. Juntaron entre sí hasta dos ducados de limosna, para enterrarlo y hacer por su alma. Rogaron a un renegado que se llamaba Mustafá, también de Sevilla, que lo sacase a tierra y hiciese enterrar, y diéronle los dos ducados, y con ser de ordinario los renegados peores que los mesmos turcos, tuvo piedad y se encargó de hacerlo, y teniendo ya el cuerpo en tierra a la orilla del mar, dijo a unos frailes franceses (que debían de ir en aquella santa armada) que tomasen aquel cuerpo y que lo enterrasen, y dióles los dos ducados para que hiciesen por su alma.

Los frailes se cargaron de hacerlo así, recibiendo la limosna. Pero cuando supieron que el cuerpo era de español, volvieron la moneda a Mustafá, diciendo que quemase o hiciese lo que quisiese de aquel cuerpo, que ellos no lo enterrarían. Escandalizóse tanto el renegado, que echó mano de un palo, pedazo de un remo, y a buenos palos descalabró cuatro o cinco de ellos, y metióse en la galera de Barbarroja y contóle el caso y palos que había dado, que cayó muy en gracia a Barbarroja, y se rió harto de los buenos palos.

Luego llegaron los frailes descalabrados, quejándose a Barbarroja de Mustafá, y Barbarroja les afeó con palabras muy pesadas y afrentosas su mal término, y con su licencia y de los cómitres salieron a tierra con guarda de turcos hasta ocho españoles cautivos, y enterraron el cuerpo en sagrado. Y cuando los frailes hacían esto, ¿qué no harían los franceses seglares? Si no es que digamos lo que San Agustín en una epístola, que, como nunca vio mejor hombre que un buen fraile, así no le vio jamás peor que el mal fraile.

Invierna Barbarroja en Francia. -Corren turcos la costa de España. -Castiga Dios a los que se valen de infieles.

Apenas era partido Barbarroja, cuando llegaron a Villafranca de Niza el duque Carlos de Saboya y el marqués del Vasto en las galeras de Andrea Doria y genovesas, con algunas otras, y antes de arribar se pensó perder la galera en que iba el marqués, y se quebraron y hundieron otras cuatro, dando en aquellos peñascos con un torbellino que, a deshora (como suele por agosto), se levantó. Avisó de todo ello Polín a Barbarroja, que aún estaba en Santa Margarita, rogándole que no perdiese aquella ocasión y presa tan cierta. Barbarroja partió luego, prometiendo de no faltar a lo que debía; mas paró cerca de Antibo, porque corría Sudueste, o porque no quería entrar en puerto que los enemigos tuviesen, de lo cual se maravillaron los suyos, unos riendo, y aun otros murmurando. El entonces, dijo con gentil disimulación: «Así lo debo a mi hermano Andrea Doria, por lo de Bona, y aun por lo de la Previsa.»

Volvióse de allí a Tolón, a invernar con toda su armada. Envió veinte y cinco galeras con Salac, y Azan Ghelesi, su pariente cercano, a correr la costa de España y a visitar su Argel, los cuales hicieron gran daño en Cadaqués, Rosas y Palamós, donde tomaron una galera y otra nao. Combatieron a Villajoyosa en la costa de Valencia; pero defendióseles, y luego atravesaron para Argel, cargados de ropa y gente. Tuvo este invierno Barbarroja gran familiaridad con Andrea Doria, por terceros, mas honestamente.

Hubo entonces a Dragut por tres mil ducados, que fue verdugo de cristianos. Fue muy servido y regalado del gobernador y caballeros de Proenza, y bien mantenidos los suyos. Hicieron muchos males los turcos en aquellas tierras, forzando las mujeres y niños, y echando a galera los hombres que hurtaban de noche y por los campos, como se les morían sus galeotes. No consentía Barbarroja tañer las campanas a misa ni a las otras horas.

No osaban los clérigos y frailes enterrar los esclavos españoles que morían; tan infames molestias se sufrían en Francia. Salac, en esto, volvió de Argel a Tolón con las galeras que llevara. Quiso de camino robar algo en Cerdeña, y salió a esto y a tomar agua cerca de Oristán, donde ciertos de a caballo le mataron hasta ciento de los que salieron a tierra. Barbarroja, como lo supo, envió allá gran número de galeras, siendo ya hebrero, con el mismo Salac; mas los sardos se dieron tan buena maña, que, según los cautivos españoles después contaban, mataron casi la mitad de los turcos que saltaron en tierra, y fueron los que saltaron dos mil, y los otros, volviendo a Tolón, padecieron tormenta, en que se perdieron algunas galeras y mucha palazón, y para la rehacer hubo Barbarroja remos de Génova. Ya se pasaba el verano cuando las galeras han buen tiempo de navegar, y Barbarroja se quería volver, que era lo mismo que el rey deseaba; pero andaban ambos en largas, uno por haber dineros, otro por no los dar (o por andar alcanzado no los podía dar) por las muchas guerras de aquellos tres años, que a la verdad él estaba muy pobre y necesitado de dineros, y montaba mucho el sueldo de la armada turca, que había estado un año casi a su sueldo y costa, y tiraba cada mes cincuenta mil ducados y aun más, a lo que todos decían entonces. En fin, se concertaron, y sin las pagas de la gente y bastimentos de galeras, dio el rey a Barbarroja cuatrocientos moros, alárabes y turcos, que Francisco Borbón traía remando en sus galeras, y demás de esto, le dio un rico presente de ropa blanca, plata labrada, sedas, grana; y el fruto que de esto el rey sacó ni fue el Estado de Milán, ni el vengarse de su enemigo, sino desacreditarse a sí y abrasar su reino, y ofender a Dios, pues metía en su viña la bestia más brava que había en el mundo; y no sé si en castigo de esto ha permitido la Majestad divina los muchos trabajos que desde entonces hasta agora ha padecido aquel reino, en tiempo de nuestros pasados cristianísimo escudo y amparo de su Iglesia, porque sabemos que todos los príncipes que por vengar sus pasiones han querido valerse de infieles, siempre libraron mal. Juan Paleólogo, Emperador de Constantinopla, trajo quince mil turcos, que le dio Amurates, contra Marco Cernovichi, señor de Bulgaria, y si bien lo vendió, los turcos le robaron la tierra y llevaron muchos de sus naturales cautivos, y volviendo de ahí a tres años, que fue el mil y trecientos y sesenta y tres, le ganaron por guerra a Galipoli y Andrinópoli, y otros lugares en la Romania, que fue su pago y afrenta, y aun causa que turcos pasasen en Europa.

Dicen algunos franceses que Luis, duque de Orleáns, se carteó con Bayaceto cuando venció a Sigismundo, rey de Hungría, por haber la gobernación de Francia, y aun el reino, porque estaba loco su hermano, el rey Carlos VII, el cual fue muerto después por el duque Juan de Borgoña, estando en París su primo y su competidor.

Lázaro, señor de Servia, trató con Mahomet, por donde se hubo también de perder aquel Estado. Esteban Cherzech llamó también al dicho Mahomet contra su proprio padre, rey de Bosna, y al cabo le mató el mismo Mahomet, año cerca de 1470. Luis Esforcia, duque de Milán, y florentines, incitaron, a una, a Bayaceto II contra venecianos, y el duque murió preso en Francia y los florentines perdieron después su libertad. También trató de haber favor del mismo Bayaceto II contra el rey de Francia Carlos VIII, el papa Alejandro VI, junto con el rey Alonso, para defender a Nápoles, y el Papa murió de yerbas que le dio, no queriéndolo hacer, su hijo el duque Valentín, y el rey se vio sin reino, que por miedo del rey de Francia y de sus propios vasallos que lo aborrecían, lo renunció en su hijo Fernando; Fadrique, rey también de Nápoles, pidió turcos al Bayaceto, para defenderse del rey de Francia, Luis XII, que andaba por le quitar el reino, como en fin se lo quitó; mas desconcertóse con el Turco, que vino a capitular con él sobre cuántos habían de ser, porque el rey no quería más de dos mil caballos y dos mil infantes, o cuando más, siete mil, por los poder despedir y mandar a su placer, y el mensajero turco no quería, por mandado de Bayaceto, dar menos de quince mil, la mitad a caballo, por que no recibiesen daño ni enojo en tierras ajenas, o por que se apoderasen de alguna fuerza en aquel reino. Juan, bayboda de la Transilvania, por ser rey de Hungría se sometió a Solimán contra el rey don Fernando, de donde resultaron grandes males en la Cristiandad. Y dejando ejemplos de extraños y provincias remotas, en nuestra España, cuando reinaban en ella moros, los reyes cristianos que se valían de ellos contra cristianos, llevaban siempre lo peor y aun morían en las batallas.

Sintióse tanto en la Cristiandad esta venida de Barbarroja, que se propuso en consistorio por algunos cardenales, el quitar al rey de Francia el nombre de Cristianísimo y excomulgarle por haber traído turcos y estorbar la guerra contra ellos, según los embajadores del rey Francisco procuraron en la Dieta de Espira. Mas el papa Paulo III lo disimuló, como disimulaba que viniesen, o por complacer al rey -no se le ajenase de la Iglesia-, o porque no hiciese mal en sus marinas. Y así, se dijo que una vez enviaba por su mandado el cardenal Trana, que de suyo era muy francés, un gran presente de refresco a la armada imperial, pensando ser turquesca, y cogiólo Andrea Doria por Barbarroja. Enrique, asimismo, rey de Francia, siguiendo los pasos de su padre, trajo turcos, como veremos, contra el Emperador, que hicieron mucho daño a los caballeros de Malta en el Gozzo y en Tripol, y a genoveses en Córcega; su muerte desgraciada, y otros trabajos que tuvo, son a todos bien notorios.

Dije la venida del marqués del Vasto en socorro de Niza, y retirada de Barbarroja cargado de cautivos. Reparó el marqués lo que el enemigo había dañado en Niza, y vuelto al Piamonte con el ejército, sitió a Módena, y apretóla de manera, que dio partido. Puso en ella guarnición, y porque venía el invierno, dividió la gente por los presidios y volvióse a Milán.

Este año vino de África a Italia Muley Hacen, rey de Túnez, a besar la mano al Emperador, que estaba en Nápoles de partida para Alemaña; comunicó con el César algunas cosas contra turcos. Mas por estar tan de priesa de camino para Alemaña, donde pensaba hacer jornada contra el duque de Cleves, según se dijo, le mandó quedar en Nápoles, y que allí esperase hasta que le ordenase otra cosa.

Libro veinte y seis

Casamiento del príncipe don Felipe. -Aparato y riqueza grande de Medina Sidonia. -Gasto grande del duque.

Daré principio al libro veinte y seis, antes de fenecer el año de mil y quinientos y cuarenta y tres, con el casamiento del príncipe de España don Felipe, que fue nuestro rey y señor, y en estos tiempos era de los gallardos y hermosos (como por sus retratos, al natural y verdaderos, parece) que había en el mundo, siendo sus años verdes y floridos, en éste de cuarenta y tres, solos diez y seis, y lo que hay de mayo, en que nació, al mes de noviembre, en que se veló, que tocaba en el año diez y siete de su edad; y le vimos consumir y acabar tan postrado, llagado y deshecho, y con la paciencia que Job en el muladar, cuando limpiaba las llagas con una teja, volando de esta vida a la del cielo a catorce de setiembre, año de mil y quinientos y noventa y ocho; ejemplo notable de la vida humana y vanidades de ella, pues lo más alto y precioso se marchita, deshace y consume con mayor presteza que la flor del campo verde, alegre y olorosa.

Antes, pues, que el Emperador partiese de España, dejó, como ya dije, jurado y por gobernador a su hijo único, don Felipe. Asimismo quedó concertado con voluntad y gusto de estos reinos, que casase con doña María, infanta de Portugal, hija del rey don Juan el III, y de doña Catalina, hermana del Emperador, la que nació en Torquemada. Tenía la infanta diez y siete años, cuatro meses de edad más que el príncipe su esposo. Sábado trece de octubre, entró en Badajoz don Juan Martínez Siliceo, maestro del príncipe y obispo de Cartagena, que después fue arzobispo de Toledo, con mucho acompañamiento, para recibir allí a la princesa, que ya venía de camino para Castilla. Tenía el duque de Medina Sidonia, don Juan Alonso de Guzmán, aparejadas las casas que tiene en esta ciudad con la mayor riqueza y grandeza que se puede pensar, para recebir y hospedar en ellas a la princesa; las colgaduras riquísimas de oro y seda, camas y bufetes de plata, y otras cosas de supremo precio, que si bien pudiera contarlas por menudo, las dejo por no cansar ni cargar la historia. Lunes a quince de octubre, a las cuatro de la tarde, salió el obispo a recebir al duque, el cual venía en una riquísima litera, y los frenos y clavazón de los machos que la traían eran de oro. Salió de ella el duque y subió en un caballo blanco, a la brida o estradiota.

Venían con el duque el conde de Olivares, su hermano; el conde de Niebla, su hijo; el conde de Bailén, hijo del duque de Béjar; don Pedro de Bobadilla, don Gaspar de Córdoba, Hernando Arias de Saavedra, Monsalve, Gonzalo de Saavedra, don Pedro de León, Perafán de Rivera y otros muchos caballeros, todos con la mayor demostración de criados y riquezas que pudieron traer, que había bien que ver. El duque traía cuarenta pajes con muy rica librea de terciopelo amarillo y encarnado, y treinta lacayos con la misma librea, aunque no tan costosa. Cada paje venía en un hermoso caballo, y tras ellos los atabales, trompetas y chirimías, y seis indios con sacabuches, vestidos ricamente, y en los pechos unas planchas de plata con las armas de Guzmán (eran estos indios músicos del duque). Entraron en la ciudad el duque y el obispo a su lado izquierdo, con toda la caballería y grandísimo acompañamiento. Traía el duque gran casa de criados cuatro mayordomos, cuatro maestresalas, cuatro camareros, y de esta manera todos los oficios doblados.

Tenía el duque a su mesa treinta convidados de ordinario. El obispo hacía plato a setenta. Dice esta memoria por muy gran cosa (que para lo que agora pasa con criados, es bien notable) que daba el duque a todos los que con él venían a cada acémila un real, y tanto a cada mozo de espuelas, y a cada mozo de caballos, y a cada acemilero; y, finalmente, a cada persona, y a cada bestia un real, así que de raciones y gastos de mesa se hallaba que gastaba cada día seiscientos ducados. Trajo docientas acémilas, todas con reposteros de terciopelo azul, y las armas bordadas de oro y las cenefas de tela de oro. Otro día visitó el obispo al duque, otro el duque al obispo, y de ahí a dos días, se convidaron de la misma manera. El lunes a 22 de octubre, el duque y el obispo, con toda la caballería que allí estaba, fueron a la puente de Acaya, una legua de Badajoz, para recebir la princesa, como estaba concertado; irían hasta tres mil personas de caballo. La princesa no vino; hubo varios pareceres, no sabiendo la causa porque había faltado, y así, se volvieron sin ella a Badajoz.

Casamiento del príncipe don Felipe. -Recibimiento que Salamanca hizo a la princesa. -Pedro de Santerbas, notable hombre de placer.

Miércoles 31 de octubre, llegó la princesa a la Verde la Zarzuela, donde estuvo hasta el viernes siguiente 2 de noviembre, porque el jueves fue día de Todos Santos. De aquí fue a Coria, ciudad del duque de Alba, donde fue muy bien servida, y estuvo hasta el lunes, que fue a la villa del Campo, donde vino por la posta don Antonio de Toledo, hijo del conde de Alba de Lista, con cartas del príncipe, a las cuales respondió la princesa. Aquí hubo nueva de que el príncipe vendría disfrazado a la segunda jornada a ver a la princesa.

Era la princesa muy gentil dama, mediana de cuerpo, y bien proporcionada de facciones, antes gorda que delgada, muy buena gracia en el rostro y donaire en la risa. Parecía bien a la casta del Emperador, y mucho a la Católica reina doña Isabel, su bisabuela. Traía en su acompañamiento de Portugal al arzobispo de Lisboa, que era un santo varón, y por mayordomo a don Alejo de Meneses, embajador que fue en la corte del Emperador, y por veedor a Diego de Merlo, y por caballerizo mayor a Luis Sarmiento, que estaba en Portugal por embajador. Era camarera mayor doña Margarita de Mendoza, mujer de Jorge de Merlo, cazador mayor del rey de Portugal. Trajo muchas damas castellanas y portuguesas. Sabida por el príncipe la venida a este lugar de la princesa, él y el duque de Alba, y el conde de Benavente, y el almirante, y don Álvaro de Córdoba y otros, se fueron a la abadía, que es del duque de Alba, a caza.

Y miércoles siete de noviembre salieron disimulados al camino, y la vieron comer, y por todo el camino fue el príncipe con estos disfraces, encubriéndose, por ver a la princesa, hasta Salamanca.

Paró la princesa en Aldea Tejada, una legua de Salamanca, lunes doce de noviembre; confesó y comulgó en este lugar, y después de haber comido, entre la una y las dos salió de Aldea Tejada para entrar en Salamanca. Llevaba vestida una saya de tela de plata, con labores de oro, cubierta una capa de terciopelo morado con fajas de tela de oro, y una gorra de lo mesmo con una pluma blanca, entreverada de azul, con muchos clavos de oro y puntas; y en una mula con gualdrapa de guarniciones de brocado y con sillón de plata, y otra mula delante con la mesma guarnición, cubierta con un paño de tela de oro, y un palafrén delante con una gualdrapa de muchas labores sobre raso blanco, cubierta la silla con un paño de tela de oro, sus mazas de oro delante, y tras ella su camarera mayor, y las damas por su orden, y junto a ella doña Estefanía, mujer del comendador mayor de Castilla.

Delante de la princesa venían el duque de Medina Sidonia y el obispo de Cartagena al lado derecho, y al izquierdo el arzobispo de Lisboa, y luego los demás títulos y caballeros, con la música de menestriles. Al pasar de un arroyo que llaman Zurgén, dejó la mula y púsose en el cuartago, y quitóse la capa y fue en cuerpo.

Delante de este arroyo, en un campo tres cuartos de legua de Salamanca, salieron a recibimiento hasta mil infantes muy bien aderezados con sus picas y arcabuces y montantes, en orden, con instrumentos músicos de guerra, puestos de siete en siete en hilera, y antes de llegar dispararon los arcabuces y hicieron sus vueltas y acometidas en forma de escaramuza, y los capitanes, en besando la mano, se apartaron a un lado.

Estaban dos bandas de caballos de hasta trecientos y cincuenta o cuatrocientos, puestos en dos recuestos que hacían en un altillo un llano que llaman el Tesán. Eran caballeros de Salamanca, los del bando de Santo Tomás, con marlotas de paño pajizas y blancas, y los de San Benito con marlotas rosadas, todas con muy buenos caballos, y jaeces, lanzas y adargas; que son los dos bandos de la nobleza de la insigne ciudad de Salamanca, cada bando con sus atabales y trompetas. Y comenzaron a salir de una banda y otra, y hicieron una muy vistosa escaramuza, y rodearon la infantería con tanta gallardía, que dieron mucho contento, y se hizo sin desmán alguno, si bien los caballos lo trabajaron.

Apartados los caballeros y infantería a un cuarto de legua de la ciudad, salió la Universidad con las ropas y capirotes y borlas, según sus facultades. Besaron la mano a la princesa, y habló uno, diciendo que los reyes de Castilla y de Portugal, sus progenitores, habían siempre hecho merced a esta Universidad, y se sirvieron de ella, y así suplicaban a Su Alteza que lo hiciese. La princesa respondió que así lo haría, y luego le besaron la mano.

Luego vino el cabildo de la iglesia Mayor, y hizo lo mismo que la Universidad. Vinieron los regidores y justicia, vestidos de terciopelo carmesí, calzas y botas blancas, y besaron la mano.

Fueronse luego a la puerta del río, y estuvieron esperando allí hasta que llegó la princesa, y tomaron el palio y las varas, y Su Alteza entró debajo de él. Llevaba la rienda Luis Sarmiento. En medio del corregidor y tenientes iba el conde de Monterrey, vestido como regidor. Delante de los regidores iban seis hombres labradores (que llaman sesmeros) vestidos con ropas largas de grana, que eran procuradores del común y de la tierra. Todos besaron la mano a la princesa. El príncipe anduvo todo lo dicho disfrazado, en un caballo bayo, con un sombrero de terciopelo negro y un tafetán en el rostro, y una capa con faja de raso por de dentro, y de fuera de terciopelo, y al tiempo del entrar por la puerta de la ciudad se adelantó.

Hubo ricos arcos triunfales con invenciones y letras, cuales se pueden imaginar en una ciudad donde hay tanta caballería, y las mejores letras y ingenios del mundo. Pudiera decir muy por menudo todo lo que se hizo, mas temo, aún con lo que digo, cansar. Duró el recibimiento desde la una y media hasta las siete de la noche. Mas eran tantas las lumbres y hachas, que parecía de día.

Posó en las casas del contador Cristóbal Juárez, junto con las casas del alcalde de Lugo, que agora son de don Rodrigo de Babadilla, natural de Medina del Campo. Después que la princesa entró en la ciudad, el príncipe se puso en casa del doctor Olivares, cerca de San Isidro; y la princesa lo supo, y quiso, al pasar, cubrirse el rostro con un abanillo que llevaba; y Perico, el del conde de Benavente (que fue aquel Pedro de Santerbas, que todos conocimos, hombre gracioso y apacible, sin ofender a nadie) hizo que quitase el abanillo, para que el príncipe la viese.

En esta casa donde se apeó la princesa estaba la duquesa de Alba con otras muchas damas, que a la princesa besaron la mano; y la princesa hizo grandísimo favor a la duquesa, abrazándola, cuando le fue a besar la mano.

Hachazos entre castellanos y andaluces. -Vélanse los príncipes muy a solas.

El príncipe se fue a aposentar a San Jerónimo, donde estuvo todo el martes hasta la noche. Anochecido, se vino a la ciudad y entró por la puerta de Zamora sin alguna manera de recibimiento, y las hachas muy delante. Con él venían el cardenal de Toledo y el conde de Benavente, que lo traían en medio. Delante venía el duque de Alba y marqués de Villena y almirante y marqués de Astorga y otros señores y perlados.

Su Alteza se fue derecho a apear en la casa del licenciado Lugo, pared y medio de la princesa, donde estaba hecho su aposento, y se desnudó lo que llevaba vestido, y vistió una ropa francesa, y sayo de terciopelo blanco recamado; y después de haber la princesa y el príncipe cenado, cada uno en su casa, a hora de las nueve salió la princesa de su aposento, y con ella el cardenal, y duque de Medina Sidonia, y conde de Olivares, con los que la trajeron, y ella vestida toda de terciopelo carmesí, con guarnición de cordones de oro, que hacían una manera de agredez, y una capa castellana aforrada de brocado, y la mantellina de la misma seda y aforro, asida en el un hombro y caída de los demás, que era insignia de doncella, con muy rica pedrería en la cofia de oro, y con sus damas bien compuestas, vino a la sala que para el desposorio estaba aparejada.

Sentóse debajo de un rico dosel, en una silla, de dos que allí estaban en la de mano izquierda, y las damas en pie. De ahí a poco entró en la sala el príncipe vestido de blanco, y la guarnición como la de la princesa, y delante de él todos los señores dichos, los cuales venían de diferentes y ricos vestidos.

Entrando en la sala, la princesa se levantó, y llegando el uno cerca del otro, se hicieron sendas reverencias bien bajas. Cuando el príncipe llegó al dosel donde estaba la princesa, el duque de Medina Sidonia se la entregó, y el príncipe abrazó al duque con rostro alegre y amoroso.

Hecho esto, el cardenal de Toledo los desposó, y luego tocaron ministriles. El príncipe se asentó debajo del dosel al lado derecho, y al izquierdo la princesa; ella, vuelta un poco para él, hablaban y reían, y luego comenzó el sarao.

Hubo, mientras andaba el sarao, fino hachazo entre los que trajeron la princesa y los que trajeron al príncipe; unos apellidaban Andalucía, otros Castilla; son pasiones de pajes, y si bien llegaron a las espadas, no hubo muerte.

Entre las dos y las tres, después de media noche, el cardenal de Toledo dijo misa en una sala del cuarto de la princesa, donde se velaron estos dos príncipes siendo sus padrinos el duque de Alba y la duquesa. No se hallaron a estas velaciones doce personas; que acabado el sarao, todos se habían ido a sus posadas. Fueron los que se hallaron presentes el arzobispo de Lisboa y obispo de Cartagena y León, y los comendadores mayores, y marqués del Valle y don Pedro y don Álvaro de Córdoba, y don Manrique de Silva.

Un pigmeo extrañamente pequeño. -Lluvias grandes de este año.

Trajeron unos portugueses este año por Castilla un hombrecillo pigmeo dentro de una jaula, de edad de treinta años, muy bien barbado. Era tan pequeño, que atravesada una vara por la jaula, le traían dos mozos descansadamente en los hombros; no se había visto enano que fuese tan pequeño como él, porque no tenía tres palmos de los pies a la cabeza, y las piernas tan pequeñas, que en ningún cabo, por bajo que fuese se sentaba, que llegase con los pies al suelo.

Ganaban con él largamente los que le traían, porque todos deseaban ver cosa tan monstruosa; tenía buena razón y discurso, salvo que a veces lloraba como niño, cuando se burlaban con él.

Las lluvias que por el mes de setiembre deste año comenzaron, fueron tan continuas y largas, que no hubo semana que no lloviese, hasta el mes de agosto del año siguiente de 1544. Hicieron grandes daños en los edificios, mayormente en la Andalucía y en Granada, Málaga, Alhama, Almería y Baeza. Cayéronse muchas casas, con peligro de muchos. Salieron los ríos de madre, los caminos no se podían andar por las crecientes de arroyos, no se veía el sol claro, particularmente en mayo; perdiéronse muchos panes, y las aguas eran más recias a los tres de menguante, y tres de creciente de cada luna.

Orden del Tusón. -En qué manera se llaman los caballeros del Tusón. -Notable hombre llamado Jorge David.

La caballería del Tusón, que tanto estiman nuestros españoles, trajo el Emperador a España, dándola a algunos caballeros; aunque el conde de Benavente no la quiso, enviándosela el Emperador, diciendo que él era muy castellano y que no quería insignias de borgoñones, que Castilla las tenía tan antiguas y tan honradas, y más provechosas; que la diese Su Majestad a quien quería más el collar de oro que las cruces coloradas y verdes con que sus abuelos habían espantado tantos infieles.

Agora se tiene por gran cosa la caballería del Tusón, y debe de ser porque vino de fuera, porque es rara y porque se la ponen nuestros reyes, teniendo más obligación a las de Santiago, Calatrava y Alcántara, pues gozan tantas rentas de ellas, y ser órdenes tan antiguas, cruces bañadas con tanta sangre por el nombre de Cristo.

Decía el Emperador del Tusón que era una ignorancia confirmada con los mayores príncipes del mundo. Diré, pues, en qué forma el Emperador envió a llamar este año al condestable de Castilla, que tenía el Tusón, porque quería dar el hábito o insignia del Tusón, que faltaban muchos caballeros de los veinte y uno, que es el número que había de haber de ellos. La carta de este llamamiento dice así:

«Muy caro y fiel primo. Como después del último capítulo general de nuestra Orden del Tusón de oro, que se tuvo en nuestra villa y ciudad de Tornay, en el año de 1531, sean fallecidos veinte y uno caballeros nuestros, cohermanos de la dicha Orden, a los cuales Dios por su bondad infinita perdone, y para elegir otros en su lugar, y juntamente para hacer otros actos necesarios a la dicha nuestra Orden, hayamos propuesto, y con el parecer y deliberación de los caballeros nuestros cohermanos, que están cerca de Nos, acordado y concluido de celebrar capítulo general de la dicha Orden, en nuestra villa y ciudad de Utrecht, el tercero día del mes de mayo próximo venidero, que es la solemnidad de la Cruz, y los días siguientes. Por esta causa os encargamos muy de veras, que os halléis en persona en el dicho lugar y día, para hacer vuestro deber, según los estatutos de la dicha Orden, si no fuese todavía en caso, que al dicho tiempo tuviésedes ocupación y impedimento tan legítimo, que pueda bastar para vuestra excusa. En el cual caso os encargamos que constituyáis por procurador uno de los caballeros nuestros cohermanos, así para dar vuestra excusa como para hacer de vuestra parte lo que sois obligado, enviando en el dicho caso al tal caballero cohermano en una memoria fielmente cerrada con vuestro sello, los nombres de veinte y un hombres nobles, de nombre y de armas, virtuosos sin reproche y dignos a vuestro parecer de ser recebidos en la cohermandad y amigable compañía de la dicha Orden en lugar de los muertos, avisándonos por las letras del recibo de ésta, y juntamente de vuestra intención y respuesta sobre esto, con este mismo mensajero. Muy caro y fiel primo, rogamos al Criador os tenga en su santa guarda. De Bruselas, a 5 de diciembre 1543: Charles. Por mandado de Su Majestad: N. Nicolai. El sobrescrito: A nuestro muy caro y fiel primo, caballero y cohermano de nuestra orden del Tusón de oro, el duque de Frías, condestable de Castilla.»

Los caballeros que crió el Emperador don Carlos en el capítulo I que fue de la Orden del Tusón, año de 1516, en la villa de Bruselas, en la iglesia de Santa Gaudula, que fue el capitulo XVIII de la dicha Orden, son los siguientes:

1. Francisco, rey de Francia.

2. Fernando, infante de España.

3. Frederique, conde palatín, duque de Baviera.

4. Juan, marqués de Brandemburg.

5. Guy de la Baulme, conde de Montrevel.

6. Hupoer, conde de Mansfelt.

7. Laurencio de Gorvod, barón de Marnay.

8. Jaques de Gaure, señor de Frezin.

9. Antonio de Croy, señor de Tou.

10. Antonio de Lalani, señor de Mantigny.

11. Carlos de Lanoy, señor de Saincelle.

12. Adolfo de Borgoña, señor de Beures.

13. Filiberto, príncipe de Orange.

14. Félix, conde de Berdembergue. Caballeros criados por virtud de la bula del Sumo Pontífice.

15. Emanuel, rey de Portugal.

16. Luis, rey de Hungría.

17. Miguel, señor de Volquenstani.

18. Maximiliano de Hornes, señor de Trasbeque.

19. Guillelmo, señor de Ribanpierre.

20. Juan, barón de Tracenies.

21. Juan, señor de Vassenare, vizconde de la Leyde.

22. Maximiliano de Bergues, señor de Senembergue.

23. Francisco de Melim, conde de Espinoy.

24. Juan, conde de Egmond.

Año de 1518, hallándose el mesmo don Carlos, rey de España, en su ciudad de Barcelona a 2 y 3 y 4 de marzo, nombró los siguientes caballeros, que habían de ser añadidos a los del precedente capítulo.

25. Don Diego López Pacheco, duque de Escalona.

26. Don Frederico de Toledo, duque de Alba.

27. Don Diego Hurtado de Mendoza, duque del Infantadgo.

28. Don Iñigo de Velasco, duque de Frías, condestable de Castilla.

29. Don Álvaro de Stúñiga, duque de Béjar.

30. Don Antonio Manrique de Lara, duque de Nájara.

31. Don Fernando de Remonsoque, conde de Cardona.

32. Don Pedro Antonio de S. Severin, príncipe de Besiñano.

33. Don Frederique Enríquez de Cabrera, almirante de Castilla.

34. Don Alvar Pérez Osorio, marqués de Astorga y Trastamara.

Año de 1518, a 5, 6 y 8 del dicho mes de marzo, tuvo su segundo capítulo, que fue el 19 de la dicha Orden, el sobredicho don Carlos, rey de España, en el cual eran los siguientes caballeros:

35. Christierno, rey de Dinamarca.

36. Sigismundo, rey de Polonia.

37. Jaques de Lupembourg, conde de Gaure.

38. Adriano de Croy, señor de Beaurain.

39. Guillelmo de Croy, marqués de Arfet.

Año de 1531 tuvo su tercero capítulo el dicho rey Carlos, que fue el 20 de la dicha Orden, en su ciudad de Tornay, en el cual crió los siguientes caballeros:

40. Juan, rey de Portugal.

41. Jaques, rey de Escocia.

42. Don Fernando de Aragón.

43. Don Pedro Fernández de Velasco, duque de Frías.

44. Filipe, duque de Baviera.

45. Georgio, duque de Sajonia.

46. Don Beltrán de la Cueva, duque de Alburquerque.

47. Andrea Doria.

48. Don Felipe, príncipe de España.

49. Reginaldo, señor de Brederode.

50. Don Fernando Gonzaga.

51. Nicolás, conde de Salme.

52. Claudio de la Baulme, señor de Sorlin.

53. Antonio, marqués de Bergues, conde de Balhain.

54. Juan de Emin, conde de Bonsu.

55. Carlos, conde de Calain.

56. Comys de Flandres, señor de Praet.

57. Jorge Scheync, barón de Tantembourg.

58. Felipe de la Muoy, gobernador de Tournaz.

59. Felipe de la Muoy, señor de Molembais.

60. Don Alonso de Avalos, marqués del Vasto.

61. Don Francisco de Zúñiga, conde de Miranda.

62. Maximilian Degurud, conde de Bureu.

63. Renato de Chalón, padre [de] Dominges, conde de Rasa.

Año de 1545, por el mes de enero, tuvo el dicho don Carlos, rey de España, su cuarto capítulo, y 21 de la dicha Orden, en su ciudad de Utrecht, en el cual crió estos caballeros:

64. Maximiliano, rey de Bohemia.

65. Cosme de Médicis.

66. Don Iñigo López de Mendoza, duque del Infantadgo.

67. Hernando Alvarez de Toledo, duque de Alba.

68. Alberto, duque de Baviera.

69. Emanuel Filiberto, duque de Saboya.

70. Octavio, duque de Parma.

71. Don Manrique de Lara, duque de Nájara.

72. Federico, conde de Fustemberg.

73. Joachin, señor de Ryse.

74. Felipe de Lanoy, padre de Sulmurea.

75. Ponthus de Lalain, señor de Bugnicont.

76. Lamoral, conde de Egmond.

77. Petro de Berchim, senescal de Henaut.

78. Maximiliano de Borgoña, señor de Beures.

79. Pedro Ernest, conde de Mansfelt.

80. Juan de Lignes, conde de Arembergue.

81. Don Pedro Hernández de Córdova, conde de Feria.

82. Juan de Lamoy, señor de Molembayx.

Notable fue un hombre que en este año anduvo por Alemaña, el cual, sin ser conocido, decía de sí que era sobrino de Dios, y se llamaba Jorge David, al cual las bestias salvajes, perros y pájaros traían de comer, y le obedecían, y él las hacía hablar y responder en todas lenguas, a propósito, y como si tuvieran razón.

Decía este hombre extraño que el reino del cielo estaba vacío y que por eso le había Dios enviado para adoptar los hombres y hacerlos hijos de Dios y herederos y partícipes de los frutos y bienes celestiales, y otras muchas palabras tan absurdas y sin tino, que causaban espanto en aquellas gentes, que con los errores que diversos herejes sembraban, y la llaneza natural que la gente común alemana tiene, era fácil de creer, y dar en mil desatinos. Estos causan las novedades cuando el pueblo ciegamente las admite.

Concierto con el de Ingalaterra para la guerra contra Francia. -Murmura la Cristiandad de los reyes. -Lo que se concertó entre el Emperador y rey de Ingalaterra. -Aprestos de guerra del inglés. -El duque de Alburquerque, general inglés.

El rigor del invierno retiró los reyes y suspendió las armas, pero no las voluntades y coraje para volver a ellas, venido el verano.

Vimos cómo el rey Francisco se encerró en Cambresi, y el Emperador en Cambray, y esperando que abriese el tiempo y llegase la primavera del año de 1544, que sus flores eran el bullicio y estruendo furioso de las armas, con el odio mortal que el uno al otro tenía, aparejaban las armas, solicitaban amigos, con las municiones y instrumentos necesarios par a la guerra cruel que el Emperador y rey Enrico de Ingalaterra entendían hacer al de Francia.

Y habiéndose de partir el Emperador desde Bruselas para la Dieta que tenía echada en Espira, envió al rey de Ingalaterra por sus embajadores a don Hernando de Gonzaga y a Juan Bautista Gastaldo, para que concertasen con él la manera de esta guerra, como se había de hacer este año. Y antes que don Hernando volviese de Ingalaterra, el Emperador partió de Flandres para la ciudad de Espira, donde llegó en fin del mes de enero, no siendo aún venido alguno de los electores, puesto que ya se comenzaban a juntar otros príncipes y señores de los del Imperio, y, los procuradores de las ciudades.

Luego que Su Majestad llegó a Espira, vino don Hernando de Gonzaga con el despacho de Ingalaterra, del cual recibió muchos favores, y un aparador muy rico, que se estimó en más de doce mil ducados; y en lo que tocaba a la guerra, se acordó hacerla de la manera que se dirá.

También el Emperador se concordó con el rey de Dinamarca, Christierno, tercero de este nombre, que fue cosa de que los de Flandres se holgaron mucho por la vecindad que con él tienen, y por librarse de las molestias que de él recibían; y el de Francia muy poco, porque perdía amigos, que se le volvían recios enemigos. Tenía, demás de esto, abrasado su reino con tantas guerras, malquisto en él, y peor acreditado en la Cristiandad, por los daños que por su respeto había recebido de los turcos.

También murmuraban del Emperador el Papa y sus parciales, sangrientamente, por los tratos y amistad que tenía con el rey Enrico, y decían que estaba excomulgado, por haber comunicado con él in sacris; mas él no se mostraba arrepentido, que se había, según lo que de Marco escribe Juvenal, Satyra prima, Bibit, et fruitur Diis iratis. Y Séneca, de Juno, quejosa de Hércules, porque usaba mal de isu ira: Superat (dice) et crescit malis, iraque nostra fruitur, in laudes suas mea vertit odia. Que según andaba la pasión, no sé si tragaran otras al precio, y esperar al Papa futuro por la absolución.

Determinóse con el rey, que él entrase por su cabo con ejército formado, y el Emperador otro tanto con el suyo, y cada uno con todas las fuerzas que pudiese, como si solo hiciese la guerra. El de Ingalaterra entró por Normandía en fin de mayo, con veinte y cinco mil hombres y cinco mil caballos, los infantes doce mil tudescos, los demás ingleses; los caballos, mitad ingleses, mitad alemanes. Llevaban consigo a Mos de Veorres; tenía ya hechos grandes aparatos de bastimentos y municiones, que pasaban de seis mil carros los que tenía para el bagaje; y se trató, y el Emperador dio licencia, que el duque de Alburquerque fuese, como fue, por su consejero, y general de su campo, y los españoles estaban muy contentos de que el rey Enrico quisiese hacer tanto favor a la nación castellana.

Y dice uno, que porque entendiese el Emperador si son buenos los señores de España para generales y consejeros, como los escuderos de Italia.

Sentíanse los caballeros castellanos de que el Emperador no les hiciese favor en esto, porque los había tales, que sin pasión lo merecían, como presto se vio en el duque de Alba, y, viera en otros si se les diera el cargo.

Qué príncipes se hallan en las Dietas. -Qué cosa es la Dieta y los que se juntan en ella. -Gastó en vino el duque de Sajonia treinta mil florines.

Dentro de veinte días, después que el Emperador llegó a Espira, acudieron muchos de los príncipes de Alemaña; halláronse todos los electores sin faltar alguno, y el duque de Cleves. La Dieta se comenzó y propuso a los 20 de hebrero.

Entran en estas Dietas todos los electores, que son seis, tres eclesiásticos y tres seglares, y en diferencia el rey de Bohemia. Los eclesiásticos son, el arzobispo de Maguncia, primero; el de Colonia y el arzobispo de Tréveris. Estos dos, entre sí, no tienen precedencia, sino a veces precede el uno, a veces el otro. El de Maguncia es también chanciller mayor del Imperio, y sólo puede proponer la Dieta, y alguno de los otros no, sin ser dos a lo menos. Todos tres preceden a los legos. Los electores seglares son, el conde Palatino primero, y duque de Sajonia segundo, que llevaba el estoque desnudo ante el Emperador, y el tercero es Brandemburg, que llevaba la falda cuando el Emperador va pontificalmente vestido.

De éstos, el Palatino no era llegado a este tiempo, que estaba viejo y enfermo, y murió mediada Cuaresma, y sucedió otro, a quien allí en Espira se le había dado el feudo algunos días antes, y ahora se le dio la envestidura. Tampoco eran llegados el de Brandemburg, ni el rey de romanos; mas vinieron, el rey la tercera semana de Cuaresma, y el otro al cabo de ella. Los otros todos se hallaron desde el principio, y con ellos Lantzgrave de Hesia, y todos los señores perlados y procuradores, que son por todos bien cuatrocientos; y la desventura grande era que los más de éstos eran herejes luteranos y de otras sectas.

Decían que no había memorial de hombres que hubiesen visto que así se hubiesen juntado y concurrido de grandes años atrás, en Dieta alguna, ni el Emperador se vio con tanta majestad y grandeza como en estas Cortes; y se entendía que muchos de aquellos habían venido de puro miedo, por lo que habían visto pasar por el duque de Cleves en Dura y sus Estados. Que aunque son grandes señores, si Francia estuviera queda, mejor los podría el Emperador castigar que a los de España, que de por sí, no se aunando, ni tienen hacienda ni fuerzas con que se defender.

Esta Dieta es como las Cortes de Aragón. Hay tres brazos eclesiásticos y cincuenta y cinco ciudades. Bien es verdad que las ciudades asisten y consienten, pero no tienen voto, sino que han de pasar por lo que los otros hicieren; y tampoco no se casa o anula por el voto de uno ni muchos, lo determinado, sino que la mayor parte vale, y lo que aquella vota tiene fuerza.

Júntanse éstos en una casa pública de la ciudad, que acá llaman Corte. Concurren dos veces al día, a las seis de la mañana hasta las nueve, y a las dos de la tarde hasta las cinco. A las horas de salir, ya en cada casa de los señores han tañido o tañen su trompeta, con que llaman a comer a todas sus gentes, porque todos andan muy acompañados. Siempre que salen de casa se barre la casa, que no queda perro ni gato sin que vaya acompañando al señor. Va a caballo, toda la familia a pie, delante muchos escuderos y caballeros vestidos de martas, y con cadenas de oro gruesas al cuello, y la gente de servicio detrás, en cuerpo, con sus libreas.

Los grandes señores, especial los electores, también llevan su guarda de alabarderos; de ellos dos docenas, de ellos una, como pueden. El mayor señor, que más compañía trae, es el de Sajonia, al cual acompañaba de continuo Lantzgrave, y ambos eran ahora la cabeza de los herejes, que los sustentaban.

Luego que estos dos aquí vinieron, dieron un público pregón, que cuantos a sus casas quisiesen ir a comer, o por ración, fuesen. Gastaban tanto, que era fama que el de Sajonia, en solo vino, cuando allí entró, empleó treinta mil florines, que valen a ocho reales y medio, y cuando salía al campo llevaba su gente en muy buenos caballos, y con sus armas que tenía en los lugares comarcanos, y les traían los caballos y se ponían en ellos los de su casa, chicos y grandes, hasta el mozo de cocina; y en volviendo a la posada, tornaban a enviar los caballos al alojamiento, y se quedaban a pie todos, salvo los señores.

Solemnidad con que se comenzó la Dieta.

Cuando la Dieta se hubo de comenzar, que fue, como dije, a los veinte de hebrero, en la capilla mayor de la iglesia principal estaban hechos de tablas, para este fin, a la una parte y a la otra del altar, al largo de la capilla, unos estrados con sus asientos cerrados por las espaldas, y sus antepechos para se poner de rodillas. Estaban los de la mano derecha cubiertos con tapices, y sobre ellos brocado, y por el suelo ricas alhombras, y en las partes más vecinas al altar, estaba un trono cubierto de brocado. Este era para el Emperador, dos gradas más alto que los otros asientos.

Tras éste, una grada más abajo, estaba otra silla más pequeña para el rey de romanos, y luego, otra grada más baja, estaba el banco igual, donde se sientan los electores, conforme a las preeminencias que tengo dichas, que entre sí tienen, y lo que sobraba de aquel banco era para algunos príncipes.

El estrado de la mano izquierda tenía la forma de éste, salvo que era todo igual y no cubierto de brocado, sino de terciopelo carmesí. Este era para sentarse los perlados que no eran electores, y otros algunos señores. La cabecera habían de tener los más antiguos, por su orden, salvo que cuando vino el Rey de Romanos, se pusieron allí sus dos hijos, de los cuales diré después.

Hecho este apercibimiento, el Emperador, en el día susodicho (que era miércoles), salió de palacio acompañado de cuantos había, faltando el de Sajonia y Lantzgrave, famosos defensores de los herejes, que por no oír misa no fueron, y precediendo un caballero con el estoque desnudo, que era teniente del de Sajonia, vino el Emperador a la iglesia, y puesto en su trono, y los otros en sus lugares, oyeron misa del Espíritu Santo, como es costumbre antigua para comenzar la Dieta.

Díjola el obispo de Augusta; sirvió la paz y Evangelio el cardenal de Maguncia, haciendo este oficio con las mayores ceremonias del mundo. En los lugares de los electores ausentes están sus procuradores.

Acabada la misa a la hora de las nueve, se fueron a la casa de la ciudad, y a la puerta de la iglesia estaban esperando Sajonia y Lantzgrave, y los demás que no se hallaron en la misa, y acompañaron al Emperador llevando el estoque el de Sajonia. En la casa había una estufa grande en que estaba un estrado muy alto con su trono, y cubierto de brocado, y con dosel y almohadas para el Emperador, y sus poyos de tabla, como es uso de estufas, para los otros.

Al tiempo de sentarse hubo cierta contienda, que el de Sajonia y Lantzgrave dijeron que el duque de Branzvic no debía hallarse ahí, por no ser de los principes electores, que ellos le tenían despojado y quitado del estado. No obstante esto, el Emperador mandó que se sentase, y los otros protestaron que por obedecer lo consentían, pero que no les parase perjuicio para el debate que con él tenían Y porque Lantzgrave y Branzvic venían a sentarse juntos, el conde Palatino Federico (que aún no era elector y después lo fue) dejó su lugar, y se sentó en medio de ellos, con protestación asimesmo que dejaba su lugar porque aquellos eran enemigos y no era bien que estuviesen juntos.

Acabados de sentar, este conde Palatino, en nombre del Emperador (porque allí todos hablan por procuradores, aunque estén presentes), comenzó de hablar, dándoles gracias por su venida y haberse juntado a su llamamiento. Hízoles ofrecimiento de favorecer las cosas que les tocasen, rogándoles, que así hiciesen ellos las suyas.

Tras esto, el doctor Naves, chanciller del Imperio, leyó en escrito la proposición en lengua tudesca; ella fue larga y sacada en suma.

Proposición en la Dieta de Espira. -Responden los príncipes a la proposición hecha en nombre de Su Majestad.

Excusóse el Emperador de no haber venido antes en el Imperio, como lo prometió en el recessu de Ratisbona, por haberlo impedido el rey de Francia, acometiendo sus reinos de España, a los cuales dijo haber dejado agora, no obstante la guerra que aún le hacían, y pospuesto todo lo demás de sus tierras patrimoniales, por procurar en el ayuntamiento de esta Dieta el remedio de la Cristiandad, tan necesario como veía todo el mundo claramente, y sabían especialmente los príncipes electores, y otros Estados de la Germania, y se les había declarado lo que a Su Majestad le dolía de no haber podido, a causa de la invasión susodicha, emplear los dos años pasados, y poner todas sus fuerzas, juntamente con las del Imperio, contra el Turco, común enemigo, que tan animosamente y con tanto poder había emprendido, mostrando querer sujetar, no solamente el reino de Hungría, que es la llave de la Cristiandad (lo cual haría si el reino no era ayudado), pero, en caso que viniese a señorearle, procedería a la invasión del Sacro Imperio, y esto todo por el continuo oficio que el rey de Francia hacía con el dicho Turco, dándole avisos de la disensión de la fe, y otras particularidades. Por lo cual ha hecho el dicho Turco los efectos que se han visto en Hungría y en el mar Mediterráneo con la venida de su armada, solicitada por el dicho rey de Francia.

Pareciéndole, pues, ser los dos (esto es, el Emperador y el Imperio) una mesma cosa, según lo prometieron en la Dieta de Nurumberga, se haría, mostrando todo deseo de meter la mano en el remedio de las cosas de la fe y disensiones del Imperio, como convenía, buscando algún camino para remediarlo, teniendo Concilio general o nacional, o por otra vía, cual más conveniente pareciese, lo cual todo abría lugar, quitando de por medio el obstáculo de la guerra con el rey de Francia, el cual procuraba impedir todo buen designio de Su Majestad.

Los señores del Imperio respondieron dando grandes gracias al Emperador por su buen propósito y santa intención, y por los trabajos que había pasado, y gastos que había hecho por venir a hacer esta Dieta con ellos, y entender en el remedio de las cosas del Imperio, pospuestas las suyas particulares, suplicándole que así lo continuase, pues de sólo él pendía la salud de la Cristiandad y del Imperio, que no tenía otro protector, ofreciéndole de serle siempre leales y obedientes, mostrando saber bien, y dolerse de los estorbos que el rey de Francia siempre le ponía, y daños que su liga y confederación con el Turco en la Cristiandad había hecho y hacía. Después de todo, ofrecieron a Su Majestad estar prestos para le servir, pero que le suplicaban hubiese por bien que ellos entre sí pudiesen comunicar la mejor forma y manera que en ello se podría tener, y que después de bien mirado y consultado, darían cuenta a Su Majestad de lo que hubiesen entre sí acordado.

Después de esto, ellos se juntaron diversas veces en esta casa, y tratando entre sí lo que convenía, así cerca de lo que el Emperador les pedía como de otras cosas, anduvieron en demandas y respuestas, y hubo algunas disensiones; al cabo se convinieron en declarar el Imperio por su enemigo al rey de Francia y sus aliados, y hacer una común ayuda de todo el Imperio al Emperador, la cual fue acordada en este modo.

Respuesta del Imperio a Su Majestad, y lo que ofrece para la guerra. -Humildad con que los tudescos tratan a su príncipe. -Cortesía con que trataban a los españoles. -El Papa y venecianos se espantan del socorro que Alemaña hacía al Emperador. -Requieren los alemanes a los esguízaros que no ayuden al francés.

El Imperio dió a Su Majestad veinte y cuatro mil hombres de pie y cuatro mil de caballo, pagados por seis meses, y que el Emperador los mandase hacer cuales quisiese, y poner sus capitanes, coroneles y otros oficiales, repartiendo entre los Estados y ciudades imperiales el dinero que esta gente costase, conforme a lo que cada uno tuviese, y que se diesen a cada soldado seis florines de oro, y al hombre de a caballo doce florines. Tomaron a su cargo de coger el dinero y ponerlo en una cierta ciudad del Imperio, cual bien vista fuese a todos, y que allí entregasen el dinero al tesorero del Emperador en tres tercios y pagas, que fueron primero de junio, primero de agosto y primero de octubre, y le dejaron a su voluntad, que pudiese llevar esta gente contra Francia o contra el Turco, como mejor le pareciese convenir, porque al presente tenían al francés por tan enemigo como al Turco, en razón de hostilidad.

Pusieron ciertas condiciones en el dar de esta ayuda, y fueron que Su Majestad proveyese cómo las ciudades imperiales, que están en los confines de Francia, fuesen proveídas de guarniciones para que ninguna repentina invasión de los enemigos las pudiese empecer. Que no hiciese paz con Francia, sin que también Francia la hiciese y firmase con todo el Imperio. Demás de esto, que acabada la guerra de Francia convirtiese esta ayuda que el Imperio le hacía, y más sus fuerzas, en la guerra contra el Turco. Que si por caso antes de correr los seis meses de este año se acabase la guerra con Francia, que el dinero que sobrase, que Su Majestad lo mandase guardar para lo juntar con los de los años venideros para la guerra contra el Turco. Lo cual, no obstante que se pagaría al rey de romanos la parte que le cabía para la defensa de Hungría y Austria, pero suplicaron al Emperador proveyese cómo las provisiones y vituallas de aquellas fronteras de Hungría no fuesen por los enernigos gastadas, por la falta que harían para la guerra venidera. Pidieron que el Emperador pensase y proveyese cómo los mercaderes del Imperio, que tenían las mercaderías y haciendas en Francia, no fuesen damnificados, porque sería en perjuicio de ellos y del Imperio, y del mesmo Emperador, porque tomando el francés, con ello haría guerra a Su Majestad.

Es muy de notar en estas escrituras, autos y proposición y responsión -que, por estar en tudesco, largas y confusas, dejo- la humildad y sujeción con que hablan, que es muy grande, que siendo, como son, por otra parte, soberbios, que no se puede creer la humildad con que tratan y la gran crianza de que usan, que si topaban con un español de mediano talle, se desbonetaban cuantos le veían, si bien fuesen tudescos principales, y se apartaban para dar lugar que pasasen, aunque el español fuese a caballo.

Tardaron en resolverse más de dos meses, que si bien desde el principio vinieron en servir al Emperador, no se acabaron de concertar en la manera, especial en el repartimiento del dinero: que querían los señores, la parte que a sus tierras cabía, repartirla ellos -por sacar para sí, con color del Emperador, otra buena parte-. Pareció al Emperador que esto era dañoso, y muy en perjuicio del común, y no quería dar lugar a ello, pero todavía se hubo de hacer, porque vino a determinarse por votos entre ellos, y con negociación de veinte y uno o veinte y dos que eran. Fueron de este parecer los doce, que para esto por su interese particular se juntaron entre sí unos con otros, que de parte del Emperador no hubo sino nueve.

Ya que entre sí estuvieron acordados, fueron un día todos a palacio, y allí, por medio de su chanciller, leyeron la respuesta, la cual abrazaba en suma y sustancia lo que arriba tengo puesto de la ayuda y socorro contra Francia. Túvose a mucho esta determinación, y tanto, que los que eran del Emperador entendieron que por ella estarían quedos el Papa y venecianos, y que no se osarían mover, los cuales se sonaba trataban de novedades; y luego sus embajadores les despacharon postas, avisándoles de lo que pasaba, porque los alemanes son muchos, y muy temidos, y siempre fueron tenidos por muy valientes y amigos de las armas.

Dióse esta respuesta al Emperador primero de abril, y antes que se le diese, enviaron a avisar a los mercaderes que tenían tratos en Francia para que desembarazasen y pusiesen cobro en las haciendas y dinero. Y porque los cantones de esguízaros tenían asimismo Dieta entre sí, los príncipes del Imperio les enviaron su embajador para les amonestar y requirir no sirviesen al rey de Francia, protestando contra ellos la emienda y castigo. Ellos respondieron diferentemente; los dos cantones ofreciéndose de lo hacer, como lo cumplieron, porque degollaron a los caballeros que contra su prohibición comenzaron a levantar gente para Francia; los otros cantones dijeron que querían primero avisar al rey de Francia de algunas cosas, y eran, que dejase la amistad del Turco, y su armada la echase de su reino, y les pagase cierta suma que les debía; y si esto hiciese, que le consentirían sacar gente para su defensión, y no de otra forma, y que no le servirían para ofender ni pelear contra el Emperador. Estos cumplimientos hicieron los cantones, pero es gente que raras veces guardan su fe.

Pretende el rey de Francia impedir el servicio que en la Dieta le hacían al Emperador. -Particulares pretensiones de los príncipes alemanes. Disimúlanse las cosas de la religión a más no poder, con dolor de los católicos. -Celo, prudencia, valor de Carlos V. -Caso notable de fray Hernando de Castroverde en Espira.

El rey de Francia tenía entre ellos su embajador, el cual hacía todas las diligencias posibles, trabajando que le fuese permitido enviar otro a la Dieta del descuento y razón de sí; con intención, se imaginó, de, con dineros y sobornos, corromper algunos señores del Imperio, para traerlos a su parcialidad o impedir la determinación susodicha y servicio que hacían al Emperador; pero no lo pudo hacer, ni alcanzar, ni tuvo efecto su siniestra intención.

En tanto que estas cosas en la Dieta pasaban, a vueltas se trataron otras tocantes a la Cámara y justicia imperial, y forma de gobernación, y casos y pleitos particulares, especial del duque de Branzvic contra el de Sajonia, y Lantzgrave, que desde la Dieta pasada le tenían desposeído. Y demás de se tratar por vía ordinaria ante los del Consejo, vinieron ambas partes con todos los electores y príncipes a orar sobre su causa ante el Emperador.

También el príncipe de Orange estaba desposeído de otro Estado que le pertenecía, y los mismos Sajonia y Lantzgrave se lo habían quitado; y si bien tenía sentencia en su favor, no había quien se atreviese a tomar la posesión; tan soberbios y tiranos estaban ya Sajonia y Lantzgrave, que llegaron a lo que veremos, dentro de dos años.

Las cosas de la religión, que era lo principal que importaba remediarse, por la demasía que había, por nuestra desventura se disimularon y pasaron por ellas, que si bien el celo del Emperador era santísimo estaba tan apretado con la guerra y ofensas que el rey de Francia le había hecho y quería hacer, y también lo que se temía del Turco en Hungría, que hubo de pasar por ellas porque estas gentes le ayudasen, esperando coyuntura y tiempo para asentarle la mano, como adelante lo veremos. Llevaban los católicos tal desventura, veían que la dilación era dañosa porque el mal cundía más que el enconoso cáncer, y amenazaban las demasías de los herejes una general corrupción y rompimiento, como sin duda la hubo, y lo que agora no se curó, porque no había disposición en el sujeto, con medecinas suaves, benditas y blandas, adelante lo procuraron curar con hierro y cauterios de fuego, que por brevísimo tiempo aprovecharon, pero luego volvió el cual, que dura hasta hoy día.

Es cierto que las fuerzas y autoridad del César eran grandes, mas si pusiera su poderosa mano en uno, levantáranse ciento y juntáranse con Francia y con otros enemigos, tantos, que fuera peor que el monstruoso animal de la hidra, de quien dicen que por una cabeza que le cortaban, nacían siete. Era necesario quitarles la guarida por bien o por mal, que era Francia, y después dar sobre ellos, que así lo hizo el prudentísimo príncipe con el mayor valor y esfuerzo que tuvo ninguno de los romanos, y con tan ardiente celo de servir a Dios, cual no podré aquí pintar.

Aconteció aquí en Espira una cosa, que si bien menuda, digna de memoria. Era predicador del Emperador, y andaba en su corte, un buen fraile español que se llamaba fray Hernando de Castroverde. Este predicó aquí, domingo de la Septuagésima, de este año, y dijo, hablando de la fe de España, cómo en ninguna parte estaba más inviolada, ni eran castigados los que contra ella andaban como allí, y que, por tanto, era merced particular de Dios nacer el hombre y criarse en esta provincia, y que en ella había nacido, y en ella entendía morir. Sucedió que a veinte y dos de hebrero, fue herido este fraile de una landre, y se despachó para la otra vida en cuatro días, de que hubo gran alteración en la corte, por el temor de peste; y tanto más, porque pareció a muchos que había sido juicio del cielo, y que luego le había herido con aquel castigo en pena del delito que había cometido en decir aquellas palabras. Esto decían los extranjeros que le habían oído, que fueron muchos; y los españoles sentían que el fraile era bueno y había dicho verdad.

Detiénense los herejes en Espira. -Los católicos hacen libremente los oficios divinos. -Sentían bien algunos tudescos de la disciplina y devoción de los españoles.

No se desmandaron los herejes en esta Dieta ni hubo sermones de ellos, sino privados, en casa de Sajonia, ni osaron parecer allí los principales autores de las herejías.

Los católicos procuraron dar buen ejemplo. Hubo muchos sermones católicos. La Semana Santa hicieron los cortesanos los oficios como en España, hubo procesión de disciplinantes, muy grande, sin que faltase hombre de corte, que no fuese en número de los disciplinantes o con hachas en las manos. Espantáronse los de aquella tierra de lo ver, y juzgaban de diversas maneras: los muy endurecidos decían que aquella sangre que se sacaban no era sangre, sino que mojaban las disciplinas con almagra, y con aquello se teñían las espaldas.

Otros se movían a piedad y venían a los acompañar con sus velas, y llorando de devoción, y tocaban sus rosarios en las carnes de los disciplinantes como en reliquias, y decían que en sola España había cristiandad y religión, y que por ser el Emperador señor de tan buenos cristianos, le hacía Dios merced y le daba victorias de sus enemigos. Es la gente común alemana generalmente buena y cándida, sin malicia, que por eso los engañó Lutero y engañan otros herejes.

Recelos y avisos de la amistad de Andrea Doria con el Turco y Barbarroja. -También el de Francia se teme de Barbarroja no le burle. -El de Francia solicita corazones y nuevas amistades. Pide tres cosas a Génova.

Estando el Emperador en Espira tuvo avisos de Italia (fuente y cabeza de todas las novedades y mudanzas y madre sustentadora de las guerras) que entre el turco Barbarroja y Andrea Doria había grandes tratos de amistad, enviándose cada día fregatas el uno al otro, y presentes con demandas y respuestas, de que tuvo algunas sospechas, y aun temores, el rey de Francia, no le hiciese Barbarroja alguna burla pesada, concertándose con el Emperador. Y no iba muy fuera de camino el francés, que, como hay tan poco que fiar de turcos, fácil era a Barbarroja hacerse señor de su armada y aun de Marsella, y al Emperador, si quisiera ganar este enemigo, y traerlo a esto, que el dinero todo lo puede, y tuviera el rey su merecido por haberse fiado de un bárbaro enemigo capital y sin vergüenza de la fe cristiana; por esto procuró él rey despedirlo y echarlo de sus puertos, como queda dicho.

Y demás de esto, supo el Emperador cómo el rey solicitaba corazones y procuraba amigos para ayudarse de ellos, y que había enviado a Génova pidiendo tres cosas. La primera, que le prestasen seiscientos mil ducados. La segunda, que le dejasen tener embajada allí. La tercera, que consintiesen a sus galeras arribar en sus puertos, y les diesen refresco. Respondió Génova que dineros no los tenían, porque estaban muy gastados en fortificar sus plazas, y los que tenían los habían menester. Embajador, que no había para qué lo tener, porque ellos estaban en servicio de la majestad del Emperador y no querían tratos con Francia. Y cuanto a las galeras, que a su ventura podrían ir y tomar puertos; pero que no le podrían asegurar de las del príncipe Doria, que servían al Emperador.

De esta respuesta quedó el rey muy escocido, y tanto, que se tuvo por cierto que trató con Barbarroja que con toda su armada diese sobre Génova, y hubo hartos temores, porque decían que el Turco rehacía su armada y la cebaba con acrecentamiento de otras setenta galeras, aunque no fue lo que se temió, que mejor lo hizo Dios con su pueblo, y el enemigo se fue, como dije. Mas no por eso cesó la guerra ni pararon los tratos de ella que en Francia, Ingalaterra y Alemaña había, y en el Piamonte, que en estos días andaba tan viva, como aquí diré.

Aprieto grande de Cariñán. -El del Vasto socorre a Cariñán. -Batalla entre imperiales y franceses; piérdela el marqués del Vasto. -Habla el del Vasto a los españoles, estando para romper. Vencen los españoles por su parte. -Pierde el marqués del Vasto la batalla. -Los españoles, vitoriosos, se rinden. -Honra que el rey de Francia hizo a seiscientos españoles sus cautivos.

Deshízose el campo del Emperador por la huída o retirada del rey de Francia en Landresi y entrada de invierno, tiempo tan poco aparejado para la guerra, especial en aquellas partes, que es por extremo riguroso. El rey de Francia (que sin duda era buen soldado y capitán solícito, si bien poco venturoso), visto que los imperiales eran flojos y que no se habían aprovechado de la buena ocasión que se les ofreció, cual nunca otra tuvieron, acordó, con la gente que tenía, no dormir y pasarla toda en el Piamonte.

Esto hízolo parte por necesidad, por no perder a Turín, que, como el marqués del Vasto, volviendo del socorro de Niza, ganó a Cariñán y otras plazas en contorno, teníale estrechado y apretado, quitando que no entrasen bastimentos ni socorro alguno, y no le podía el francés socorrer sino con ejército formado. Y parte también lo hizo porque, según se tuvo, fue solicitado del buen Pastor y los potentados y señorías de Italia, que no podían llevar en paciencia la pujanza y gloria del Emperador, al cual veían supremamente levantado. Cuando este campo caló en el Piamonte, no se hallaba el marqués del Vasto con fuerzas competentes para podérsele oponer y impedirle el paso, porque no tenía sino nueve o diez mil hombres, y de éstos, puestos buena parte en Cariñán, Quier y otras plazas; con los demás, se recogió y estuvo quedo, haciendo saber al Emperador la venida del francés y el estado de las cosas. Bien es verdad que luego, sabida la venida de los enemigos, el duque de Florencia le envió tres mil hombres; y al atambor, en Roma se juntaron otros quinientos españoles, y el cardenal de Trento, con un su hermano, envió otros tres mil; comenzaron a hacer cuerpo y tener forma de ejército. El Emperador tuvo su Consejo luego que entendió el estado de los movimientos de guerra, y porque los consejeros no saben por entero la necesidad, y lo que importa en semejantes ocasiones, por evitar gastos no proveyeron tan cumplidamente como convenía ni como el marqués pedía. Sólo enviaron cuatro mil tudescos que hizo Andalot, así de presto, en el condado de Tirol, cuales los pudo haber, gente flaca y desarmada. En tanto que éstos se juntaban, los franceses cercaron a Cariñán y a Quier y otras plazas, y las dieron batería, de donde se retiraron con pérdida y llenos de vergüenza, sin hacer nada. Había continuas escaramuzas y reencuentros, mejorándose a veces los unos y otras veces los otros, o saliendo de sus plazas a dar armas a sus enemigos, o topándose o poniéndose a asechanzas, que los soldados llaman emboscadas. Y señaladamente lo hicieron bien los de Cariñán, a los cuales tenían más apretados, quitándoles los bastimentos y otras cosas, que cada día salían y les mataban gente, y tomaban sus provisiones y las metían en el lugar.

Servía al Emperador en estas guerras el capitán Miguel de Perea, caballero noble, descendiente por línea recta de Rodrígo de Perea, adelantado de Cazorla y camarero del rey don Enrique III. El cual capitán era tan valeroso y ejercitado en las armas, que siendo de poca edad, en la batalla que los castellanos dieron a los franceses en la cuenca de Pamplona, año 1522 (como dejo dicho en el libro X de esta historia) quitó el estandarte real que traía el general francés y lo ganó, y por tan señalado servicio le hizo merced el Emperador y dió cédula con palabras de mucho encarecimiento y estima, para que lo pusiese en el escudo de sus armas, en el dicho año de 1522, y le hizo contino de su casa, que antes que se mudase el servicio de la casa de Castilla, era de los oficios más honrados de la casa real.

Año de 1537, por el mes de setiembre, estando el Emperador en Monzón, recelándose de que en Francia se hacía una gruesa armada de trece navíos, con tres mil hombres de pelea, con intención de ir a robar las costas de las Indias, no se fiando de la armada con que había ido Blasco Núñez Vela, mandó el Emperador que cuatro navíos que andaban guardando el mar de Andalucía se armasen muy bien, y que Miguel de Perea fuese por general de ellos y procurase juntar con Blasco Núñez, para que con más seguridad trajesen a España el oro y plata de las Indias. Hallóse antes de esto Miguel de Perea en la batalla de Pavía y en la jornada de Viena contra el Turco, y después de estos tiernpos en las guerras de Alemaña. Fue capitán y alcaide de la ciudad y fuerza de Melilla, y en otras muchas ocasiones mostró ser un gran soldado. Estaba a cuenta de este capitán el lugar y fuerza de Cariñán, y con los españoles que tenía resistían valerosamente al enemigo; pero como era poderoso no bastaban sus fuerzas, y los italianos que dentro estaban no querían pelear como debían, por el odio, emulación y envidia que de los españoles tenían, pareciéndoles que el capitán que tenían lo era, y que se hacían los españoles dueños en todo, como suele hacer esta nación, por ser de suyo altivos y de bravos corazones.

Sabiendo el marqués del Vasto la poca conformidad que en Cariñán había y que los italianos, descontentos por no tener capitán de su nación, peleaban mal, determinó quitar de allí al capitán Miguel de Perea, si bien estaba seguro que por él no se perdería, y sabía cuánto se había mostrado allí resistiendo al enemigo, como el Emperador lo escribió después, dándose por muy bien servido de él. Puso el marqués en Cariñán, en lugar de Miguel de Perea a Pirro Colona, singular capitán italiano, con setecientos españoles y otros tantos italianos y tudescos, del cual luego diremos. Ya que los cuatro mil tudescos fueron llegados, el marqués del Vasto se halló con mil y quinientos españoles y casi cuatro mil italianos, siete mil tudescos y mil caballos ligeros, porque les avisaban de Cariñán que les iba faltando la provisión, acordó de ponerse en orden para ir a socorrerlos, con determinación de dar la batalla a los que se la diesen.

Con este acuerdo, comenzó de marchar, y porque para ir a Cariñán era menester pasar el Po, que corre por entre Lombardía, donde él venía, y el Piamonte, do son Cariñán y Turín; y los contrarios, para le estorbar el paso y necesitar a batalla, se habían pasado ya del cabo que venía y héchose fuertes y asentado el real, él quiso desviarse y venirse a esguazar el río por más arriba, si bien con rodeo.

Esto era en la Semana Santa, y ya el Emperador, en Espira, tenía aviso que, Viernes de la Cruz o día de Pascua, a más tardar, se daría la batalla. Los franceses, que estaban con propósito de pelear, movieron de Carmañola donde estaban y se acercaron a un lugar que se dice Somarriba, donde el marqués iba a alojar primero día de Pascua, y allí se metieron en un bosquete, de ellos cubiertos, de ellos descubiertos, con pensamiento que, visto que eran pocos, el marqués los acometería.

Luego que fueron descubiertos por los imperiales, el marqués conoció lo que era, y para entender lo que había en el bosque hizo disparar ciertos tiros del campo a raíz del suelo, los cuales, como dieron en la gente, luego se descubrió la celada; esto era ya tarde; hubo algunas escaramuzas entre ellos, y no más por aquella noche.

Y a la mañana, viendo el marqués que no podía pasar sin pelear, acordó de ganar hora, y representóles la batalla, puesta bien en orden su gente y concertados sus escuadrones. Los enemigos, que no deseaban otra cosa, le salieron a ella de muy buena gana.

Había en el campo del marqués al pie de mil y quinientos españoles, y mil y trecientos alemanes, soldados viejos, criados en compañía de españoles, y muy amigos de ellos. De éstos se hizo un escuadrón de hasta tres mil, el cual se puso en avanguardia. Había otros seis mil italianos, de que se hizo otro escuadrón que tuvo la retaguardia. Había otros seis mil tudescos bisoños, que tenían el escuadrón segundo del batallón, y más cinco mil italianos, de que se hizo otro que tuvo la retaguardia. Los caballos, que serían hasta mil (cuyo capitán general era el príncipe de Salmona), estaban partidos en tres partes: ciento y cincuenta a las espaldas de los italianos, de al lado derecho de la avanguardia; los demás, algo adelante. A estos tres escuadrones contrapusieron los franceses otros tres, como si fueran puestos de juego de caña. El primero que respondía a la avanguardia tenía seis mil italianos; el batallón en frente de los tudescos del marqués tenía hasta siete mil esguízaros y gascones mezclados.

La retaguardia que respondía a los italianos del marqués tenía la otra gente francesa su gente de a caballo, que eran hasta tres mil; estaba dividida en dos partes, entre la avanguardia y batallón; a las espaldas era el golpe, un poco más atrás los restantes. Su artillería estaba a las espaldas de la avanguardia. Su campo estaba recostado hacia Carmañola, tendido a la parte del Mediodía, el del marqués al Setentrión. Envióse pintada esta disposición de los dos ejércitos, con la relación del hecho (como aquí lo cuento) al Emperador, estando en Espira.

Antes que el marqués respondiese, hizo una plática a los españoles, diciendo que ya sabían cómo siempre habían sido leales, y por la confianza que tenía en ellos, y tenellos en aquella cuenta, se atrevería a dejarlos sin paga por cumplir con la otra gente, y que se acordasen que servían a su rey y señor natural, y que, como siempre lo hacían, se habían de poner en los mayores peligros. Ellos respondieron muy contentos, que para ellos no era menester plática, que lo harían como siempre habían hecho, que viese lo que mandaba. Y díjoles que bien veían dónde estaba aquella artillería y el daño que les hacía, que habían de tomarla o morir por ello. Y respondieron, con gran ánimo, que eran contentos, y que así lo harían, y así se pusieron con los mil alemanes que les hicieron espaldas.

Hecha señal de batalla, y habiendo jugado la artillería, arremetió la avanguardia del marqués contra la avanguardia francesa con tanto ánimo, que si bien eran más de seis mil esguízaros, luego los rompieron y hicieron en ellos gran matanza, sin serles hecha resistencia. Y ganaron la artillería, y hecho esto pasaron adelante y dieron en sus caballos, y rompiéronlos y pasaron; y prosiguiendo su victoria, y dando en los que huían hasta que llegaron al bagaje, bien dos millas del campo, pensando que los otros escuadrones hacían lo mismo y que los enemigos eran desbaratados totalmente.

Estando la cosa en esto, los caballos imperiales, por mandado del capitán, arremetieron por en medio de la avanguardia, que ya no habían gente contra los caballos de los contrarios, a fin de les impedir que no diesen en la infantería; que puesto que la avanguardia española los desbarató y rompió por ellos, pero no para que se deshiciese su fuerza y no tornasen a juntar.

Yendo, pues, así la caballería del marqués, los otros salieron a ellos, y fueron tan malos los del marqués, que a sabiendas y de traidores, como algunos creyeron, sin romper lanza volvieron las espaldas tan llenos de temor y desatinados, que sin ver qué hacían, dieron en el batallón del marqués, que era de tudescos bisoños, y los rompieron como a tales, y malos soldados, y los hombres de armas franceses que los seguían entraron tras ellos, y unos, y otros los hallaron y desbarataron. Hecho esto así, los caballos dieron vuelta los unos y los otros por entre las dos retaguardias, y a más no poder, huyeron para Aste. Los esguízaros y gascones, como vieron el batallón del marqués desbaratado, dieron sobre los tudescos y hicieron en ellos grandísima matanza.

Aquí los que escriben andan varios, no se conformando: unos dicen que los del marqués dejaron las armas, y sin pelear dieron a huir; otros afirman que pelearon bien, y peleando murieron, sino que cargó sobre ellos, estando desbaratados, toda la fuerza de los contrarios de pie y de caballo; y los mismos tudescos, agraviándose mucho de que digan que ellos habían huido, traen en su defensa que murieron ocho capitanes, y más se quejaban de que el marqués los había puesto en mal lugar, que había mucha agua entre ellos y el batallón de los otros, y por eso no pudieron arremeter al tiempo que la avanguardia arremetió, y cargan de culpa al marqués, diciendo que antes estuvo en Aste que ellos dejasen de pelear, y juraban que con él no entrarían más en batalla si no se ponía a pie con ellos. Los italianos que estaban en retaguardia, viendo lo que pasaba, o antes que lo viesen, se comenzaron a retirar, puestos en orden, y con sus banderas y armas y ropa, marcharon camino de Aste, y sin recebir daño, ni hacerlo, se salvaron.

Deshecho el campo de los españoles, y los mil tudescos de su escuadrón de la avanguardia, que no sabiendo lo que pasaba por sus compañeros se habían tanto adelantado, que se tuvieron por vencedores; pero entendido el desbarato, se aunaron lo mejor que pudieron y se hicieron fuertes, peleando valientemente hasta que todo el campo enemigo los cercó.

Entonces, ya que no se podían escapar y que las fuerzas les faltaban por el trabajo que habían tenido, por persuasiones que les hizo Francisco Borbón, general de los franceses, se dieron a prisión hasta seiscientos españoles; bien otros tantos se salvaron con él marqués, que los había mandado estar un cierto puesto, por donde no acompañaron a los otros.

Estos que así fueron presos después se soltaron, quitando las armas y desvalijando los que llevaban presos, aunque lo más cierto es, según la relación que uno de estos soldados hizo al príncipe don Felipe (que fue nuestro rey y señor), en este año de 1544, estando en Valladolid, que enviaron los españoles a Francia, que serían hasta seiscientos, y de allí los mandó el rey a traer a España, dándoles de comer y buen tratamiento, y mandando, por todos los lugares por donde pasaban, que no los diesen grita ni se les hiciese alguna afrenta; tan hidalgo corazón y generoso pecho tenía este gran príncipe.

Y así llegaron a Narbona, donde los detuvo el capitán de aquella frontera, hasta que el marqués de Aguilar le diese dos parientes suyos que le tenía presos, y si no, que tomaría ciento de ellos, de los mejores y soltaría los otros. Y ellos enviaron un compañero a quejarse al rey de Francia, y otro al príncipe nuestro señor, que dió la relación que digo, si bien no tan cumplida como la que se envió al Emperador, que ambas las tengo y las sigo.

De los alemanes recibieron los que quisieron quedar a sueldo; los demás dejáronlos libres, con condición y juramento que no sirviesen al Emperador en los cuatro meses primeros. Murieron del campo del Emperador ocho mil hombres; de los franceses, cuatro mil.

Díjose que el rey de Francia había mandado que se diese esta batalla, y que muchos caballeros franceses, deseosos de mostrarse y ganar honra, habían venido por la posta a hallarse en ella. Y que el general se llamaba monsieur de Anguien, mozo de veinte años; el marquésdel Vasto y los que con él iban no pararon hasta Aste. Pareceres hubo que peleó valerosamente, y fue herido en una rodilla; otros dijeron lo contrario. y que la herida que llevó en una rodilla fue que, corriendo, topó con otro en la pierna. Reparó y recogió la gente en Aste, que se escapó, que serían siete mil hombres, sin otros que se libraron y derramaron por otros cabos.

Los franceses, con la vitoria, cobran ánimo y ganan amigos que se declaran contra el Emperador. -En qué día se dió esta batalla. -Llega la mala nueva al Emperador, que estaba en España. -El poco fruto que sacó el francés de esta victoria. -Ayudan muchos al marqués para repararse. -Juan de Vega señalado caballero y de los muy nobles de Castilla.

Esta fue la mayor adversidad que padeció el Emperador en cosas de guerra, porque hasta este día ninguno hubo victoria de él, ni de su campo, y fue mayor la pérdida, porque si los imperiales vencieran, era cierta la paz y sosiego de la Cristiandad, porque el francés tenía metido su resto, y a perder no le quedaba si no pedir misericordia, que demás del poder del Emperador, toda Italia se declaraba por Su Majestad, sin osar hacer otra cosa.

Pero con esta victoria cobraron nuevo ánimo los franceses, y muchos que disimulaban la mala voluntad que tenían al Emperador, se declararon por el francés; y otros, indiferentes, se estuvieron a la mira.

Es verdad que si no fue el duque de Ferrara, ninguno, de hecho y con rompimiento, se declaró contra el Emperador, que aunque perdió esta batalla viéronle muy poderoso, y el haberse declarado el Imperio por enemigo del rey de Francia enfrenó a muchos y los tuvo a raya, sin osarse mostrar.

La batalla, o la resolución de darse, fue primero día de Pascua de Resurrección, y en el segundo se dió, y es de notar que en tal día se perdió la de Ravena y la de los Gelves. No hay días aciagos ciertos; pero podría haber castigo para los cristianos que en Semana Santa, cuando se hace penitencia y se reciben los Sacramentos, tratan de los robos, y muertes y estupros y otros excesos que consigo trae la guerra.

Llegó la nueva de este desbarato y rota al Emperador; primero confusamente, por vía de Milán, y después se tuvo por cierta. El Emperador es de creer que lo sintió, pero no se mostró más triste ni alegre que solía; y a la hora despachó a Juan Bautista Castaldo para el marqués, con cartas y dineros para proveer en lo necesario.

Seis días después vino correo del marqués y refirió la jornada como se ha contado; sólo se supo el daño más en particular que se recibió, y es que ganaron hasta una docena de tiros de campaña y alguna munición y carros con bagaje. Muertos se hallaron, de ambas partes, ocho mil y trecientos, en que serían tres mil y quinientos tudescos de los imperiales, y cuatrocientos españoles; todos los demás eran enemigos, que si no fuera por la victoria y reputación, mayor daño habían recebido los franceses.

Y fueles de tan poco fruto esta victoria, que ni ganaron plaza, ni en Italia hubo alteración que les importase, si no fue que, pasados algunos días, se levantaron el conde de la Mirándula y Pedro Strozi y juntaron hasta nueve o diez mil hombres, y anduvieron por el Estado de Milán robando y gastando la tierra, de los cuales luego diré.

Los de Milán, como leales servidores del Emperador, enviaron luego al marqués cien mil ducados para ayuda a repararse, y el duque de Florencia socorrió con alguna gente; y el cardenal de Trento hizo lo mismo.

En Roma hubo diversos pensamientos, y si bien había muchos franceses, no se mostraron tanto. El de Burgos, Gambaro y Cibo dieron cuanto tenían a Juan de Vega para hacer gente.

Madama Margarita, hija del Emperador, procuró que su marido, Otavio Farnesio, viniese al campo, y porque le halló tibio, dió cuanto dinero y joyas tenía a Juan de Vega para ayuda de conducir gente. Juan de Vega tuvo propósito de se partir luego para el campo, pensando que el marqués estaba mal herido, para recoger las reliquias del ejército y amparar las plazas. Sabido que no estaba tan malo, se detuvo; después le envió a mandar el Emperador que luego partiese y se juntase con el marqués, y Juan de Vega lo hizo, llevando consigo cinco mil hombres.

Fue Juan de Vega uno de los grandes caballeros, en paz y en guerra, que en sus tiempos salió de Castilla; es su casa de la nobilísima familia que agora son condes de Grajal.

Valor con que se defiende el capitán Pirro y sus españoles en Cariñán.

Los de Cariñán quedaron lastimados, y, con la misma necesidad y aprieto, con la pérdida de esta batalla, mas no sin ánimo, porque el capitán Pirro Colona era valeroso por extremo.

Los españoles y demás soldados tales, y para mostrar a sus enemigos que no les había quebrado los bríos su victoria, salieron a ellos muchas veces y les ganaron después de la batalla nueve banderas, y les mataron más de ochocientos, y continuaban las salidas y asaltos que hacían, tomándoles los bastimentos con que se sustentaban.

Engaño de Jovio. -Vencen los imperiales a Pedro Strozi y franceses. -Lo que al Emperador importó esta victoria.

Finalmente, la necesidad terrible de bastimentos y municiones venció los fuertes ánimos de Pirro Colona y sus españoles, y se hubieron de rendir, no al cabo de cuarenta días, como dice Jovio, después del reencuentro de la de Ceresola, sino después de dos meses, cuando ya no se comía sino salvados, importando mucho cada día de los que se detuvieron después del hecho de armas para las cosas imperiales, porque de otra manera la guerra estuviera a las puertas de Milán, o quizá dentro de ella.

Como se quedaron las fuerzas enteras, y de la suerte que antes estaban, y los cercados con el mesmo vigor y coraje se defendían, fue gran parte para que el marqués se tornase a rehacer de más gente y ponerse en el punto que primero. De manera que los sitiados de Cariñán se detuvieron en su porfía, sin rendirse, hasta 22 de junio, que salieron de Cariñán, habiéndoles dado el día antes la postrera ración, sin haber para otro día más salvados que comer, sino unos pocos de caballos que aún les quedaban vivos, habiendo comido hasta allí seiscientos y tres; pero no género de pan.

Y el reencuentro de la Ceresola fue a 15 de abril, que a esta cuenta se detuvieron un mes más de lo que dice Jovio, sin rindirse en este medio tiempo; a 4 de junio por tener ellos ocupado al general Anguiano con el ejército francés que los tenía sitiados, se dió la rota al otro general, Pedro Strozi.

Cuanto a las condiciones con que se rindieron los valientes cercados y su capitán Pirro Colona, también las yerra Jovio; la escritura del concierto, al pie de la letra, es ésta:

«Yo, Francisco de Borbón y conde de Anguiano, somos contentos de que el ilustre señor Pirro Colona, y los señores coroneles de alemanes, y maeses de campo de españoles, y capitanes y soldados, hayan de salir de la villa de Cariñán, dejando la artillería y municiones, y que ellos lleven todas sus armas y banderas, y atambores y pífanos, y caballos, y bagaje, y ropa y dineros, con que salgan con las banderas cogidas y atambores callados, hasta ser pasada la puente. Y serán acompañados hasta Santa Ana por monsieur de San Julián y por monsieur de Ausun. Y que para los heridos y enfermos daremos barcas que los lleven seguros hasta Casar de Montferrat, y que hayan de pasar el río Tesin y estar entre Tesin y Hada por dos meses, y pasado este término, que los españoles se hayan de ir en España o en Nápoles, sin servir a Su Majestad ni hacer guerra al Cristianísimo, por término de ocho meses, y que el señor conde Pirro ha de estar los dichos dos meses en Italia, o do fuera su voluntad, y que después pase en la corte del rey de Francia, y que no salga de ella por ocho meses, con los dos que ha de estar en Italia sin licencia del dicho Cristianísimo rey.» Esta es la escritura del concierto a la letra.

Y después de esto, que fue viernes, el sábado el Pirro Colona dijo que antes saldría a dar la batalla y morir todos, si los españoles y tudescos hubiesen de salir de Italia. La cual obstinación viendo el Anguiano, y temiendo aquellos desesperados allí metidos, les añadió que pudiesen los españoles y tudescos quedar en Italia, con que por espacio de ciertos meses no pudiesen hacer guerra al rey. Luego, domingo 22 de junio, salieron de Cariñán.

Con la llegada de Juan de Vega al campo del marqués, los de la Mirándula y Pedro Strozi, dejado lo de Milán, estaban determinados a pasar el Piamonte o para se juntar con los que estaban sobre Cariñán para apretar más el negocio y de ahí dar consigo en Francia, de ellos, o todos juntos, porque como el rey no tenía otro ejército y por la parte de Alemaña y Flandres le entraban sus tierras, érale forzoso revocar sus gentes, que estaban en Italia para su defensa, porque así como al principio tuvo manera de divertir al Emperador de las partes donde estaba, con echar el peso de la guerra en el Piamonte y Lombardía, viendo que aquello no le sucedía bien, más de tenerle puesto en necesidad de tornar a traer su gente del Piamonte, para defender lo de Picardía.

Y parecía verdaderamente que el ejército que tenía en el Piamonte había de ser causa de su perdición, porque le sustentó todo el invierno con mucho trabajo y costa, y no hizo nada, y cuando lo había menester por verse desarmado, no lo podía haber sin gran dificultad, y sin desesperar de todo lo de Italia. Serían, según se afirmó, los que fueron a pasar el Po por junto a Plasencia, pasados de diez mil hombres, y el marqués del Vasto envió en seguimiento de ellos al príncipe de Salerno y Salmona, con hasta ochocientos caballos y siete mil infantes italianos, para les impedir el paso. No lo pudieron hacer, porque Pedro Luis, hijo de Su Santidad, con los placentinos, les dieron favor y ayuda con barcas, y pusieron estorbos a los del marqués, y desvalijaron a Carlos de Gonzaga, que venía con tres banderas a se juntar con ellos.

Y el título con que Pedro Luis hizo esto fue con que su gente damnificaba las tierras del Papa. Pero esto no embargante, pasaron tras ellos y les fueron siempre en el alcance, y diéronse tan buena maña, que junto con Sarrabal, donde habían enderezado, a ocho leguas de Génova, los alcanzaron, y tomáronlos en cabo que no pudieron huir, sino que hubieron de pelear de necesidad. Hubieron con ellos batalla, y fue así que al principio Pedro Strozi llevaba lo mejor y habían rompido los suyos una avanguardia y ganado seis banderas. Pero cargó el príncipe de Salmona con sus caballos, en que les tenía ventaja (que ellos no tenían sino docientos), y con ellos, y hasta mil arcabuceros, los rompió y desbarató y ganó la victoria. Murieron hasta tres mil, según ellos dijeron, y tomáronse a prisión cinco mil, y entre ellos Pedro Strozi, y el conde Pitillano, el duque de Soma y otros principales.

Esto acaeció a 2 de junio, y vino la nueva al Emperador a los 16, a la entrada de Mez de Lorena. Túvose en mucho esta victoria; lo uno por se haber ganado por mano de italianos, que fue la primera cosa que hicieron en servicio del Emperador a solas; lo otro, porque fue en tal sazón y coyuntura, que quebró las alas al rey de Francia y su parcialidad, y les ganó totalmente el placer que tenían de la toma de Cariñán y victoria de Ceresola. Mayormente, que en la otra el francés no ganó palmo de tierra, y perdió tanta y más gente, y ésta, sin pérdida alguna de la parte del marqués, se ganó.

Y perdió el rey de Francia todo un ejército, y no sólo le perdió, sino que quedó con mucha dificultad y trabajo para juntar otro. Verdaderamente parecía que hacía Dios las partes del Emperador, porque cuando más caídas se veían sus cosas, entonces volvían y se levantaban con mayor vigor y fuerza.

Toman los españoles a Pontestura, en el Piamonte. -Miedo de los franceses.

Al mesmo tiempo que esta victoria se hubo, los españoles y tudescos que el marqués tenía consigo, aunque pocos, como no saben cesar ni estar ociosos, fueron a una villa del Piamonte que llaman Pontestura, en la cual había setecientos gascones de guarnición, que la estaban fortificando, y en los seis de junio se la entraron por fuerza, y mataron los gascones sin dejar hombre; tornaron la plaza y siete piezas de artillería.

Serían los españoles que tenía el marqués, mil; no se atrevía a juntarlos con los italianos, porque como los españoles son altivos y de buenos pensarnientos y valientes, menguaban a los italianos, llamándolos cobardes y traidores por lo de Cariñano, y los italianos sentíanse, indignándose tanto, que se conjuraron para se revolver contra ellos en la primera ocasión y matarlos, y por esta causa los traía el marqués apartados, esperando que creciese el número de los españoles, que llegando a ser tres o cuatro mil, no se atrevieran con ellos, aunque fueran diez mil italianos.

De esto que en Pontestura aconteció cobraron tanto miedo los franceses, que muchos desampararon los lugares en que estaban en guarnición, dejándolos a los imperiales, especial una buena plaza que se dice San Salvador. Como veían las gentes que en tan breve tiempo volvía la fortuna tan favorable a la parte del Emperador, comenzaron los pronósticos y profecías, nacidas de la madre de las abusiones en que adivinando lo pasado, y visto lo presente, profetizaban que el Emperador en este año, había de perder la primera batalla, y después había de haber grandes victorias.

También se entendió de Roma que a Su Santidad no le había sabido bien la victoria de Sarrabal, porque le había costado sus dineros la gente que allí fue rota. No venía esto bien con lo que siempre publicó este Pontífice, de que él no se quería mostrar por ninguno de los príncipes, y lo tenían sus apasionados por una de las cosas más dignas de memoria, para ejemplo de los sucesores; pero por muchos testimonios se halló que la última paga que el rey hizo a la gente de sus fronteras fue con doblones traídos de Roma, si no fue que se los enviasen algún cardenal o gentilhombre de sus aficionados.

Jornada grande que el Emperador hizo contra Francia. -Landresi. -Ordena el Emperador la entrada en Francia. -Don Alvaro de Sande corre las fronteras de Francia. -Don Hernando de Gonzaga, general del Emperador, se adelanta. -Echase don Hernando sobre Lucemburg. -Ríndese, entrégase a seis de junio. -El bien que se siguió de la toma de Lucemburg. -El daño que hay, tardando las cosas de la guerra o expedición de ella. -Conquista don Hernando otro castillo, Camersi, a 15 de junio.

Ya que he dicho parte de la guerra que entre imperiales y franceses pasó este año en el Piamonte, resta agora decir lo que en la guerra de Francia sucedió, que es lo principal que toca a esta historia, por haber andado el Emperador en ella. Todo cuanto el rey de Francia hizo de dos años a esta parte, en que movió la guerra con tantos ejércitos, gastos y aparatos costosos, pérdidas de sus gentes y acabamiento del reino, fue que en el condado de Henaut fortificó a Landresi, lugar de hasta treinta casas apenas, donde fue la guerra del otoño pasado, y en el ducado de Lucemburg ocupó dos plazas, y asimismo la fortaleció; la una que se llama Lucemburg, y la otra Yboes, las cuales hizo casi inexpugnables.

Este Estado de Lucemburg se junta con Brabancia por parte de Setentrión, y confina con Lorena por Mediodía, y responde a la parte de Francia, que llaman la Campania, o Campaña en su lengua, por el Occidente. Al Oriente tiene Alemaña. Hay hasta París diez leguas, o cerca.

Teniendo intento el Emperador de entrar este año por esta parte, como lo hizo, proveyó, con muy acertado consejo, que don Alvaro de Sande, maestre de campo, con hasta dos mil y quinientos soldados que en su tercio tenía españoles, invernasen en torno de Lucemburg, a fin que de allí gastasen y molestasen la tierra de los enemigos, y también impidiesen que no entrasen bastimentos en aquella plaza.

Y don Alvaro, como famoso soldado, se dió tal maña, que cada día corría la tierra de Francia y traía las presas y prisioneros, y hizo cosas notables.

Ya que vino el verano, cuando era tiempo de comenzar la guerra, el Emperador tenía intención de que la gente se juntase en principio de junio, y no antes. La razón era por ahorrar algunas pagas, y porque cuanto más entrado el verano, habría más provisión en el campo, o por otros respetos.

Al principio, el francés juntó el ejército, según dije, de hasta ocho mil infantes, dos mil caballos, para venir a proveer a Lucemburg. Don Alvaro dió aviso, y ahincó mucho, porque le diesen gente para impedirlo, porque si Lucemburg se proveía, tendría el Emperador que hacer todo el verano en la tomar. Por esta causa mandó el Emperador a don Hernando de Gonzaga, su general (cuando estaba en Espira), que luego se partiese para ella. Y así fue, casi mediado mayo. Salió de allí solo, y con algunos caballos y gentileshombres que le acompañaron, y llegado con aquellos pocos españoles y hasta seis banderas de tudescos que recogió, se puso en campo, dando priesa a que viniese más gente, que ya estaba hecha, sino que no tenía tomada la muestra de ella ni pagada. Ello fue así, que dentro de quince días tuvo veinte mil hombres, y de ahí arriba, que era número bastante para estorbar el socorro; pero antes de haberse juntado éstos, los enemigos se acobardaron, y no osando llegar con los bastimentos, se volvieron.

Visto esto por don Hernando, y hallándose con bastante ejército, acordó de sitiar el lugar, y echóse sobre él casi al fin de mayo. Había dentro hasta mil y quinientos hombres de guarnición, que estaban con grandísima falta de bastimentos. Estos, como se vieron cercados, y sin esperanza de socorro ni provisiones, tuvieron acuerdo de tratar con don Hernando de rendirse, y entregar el lugar. Y concertaron así, que hasta los seis de junio no se hiciesen unos a otros mal, y que si para aquel día no fuese venido socorro, la villa se entregase con toda la artillería y municiones que había dentro, y los soldados se saliesen con sus armas y banderas. En fe y seguridad pusieron en rehenes cuatro capitanes y personas principales en poder de los imperiales. Hízose el concierto último de mayo.

La nueva vino a Espira con correo al Emperador, primero de junio, día de Pascua de Espíritu Santo, en el cual también llegó correo de Italia con aviso de la ida de Barbarroja; asimismo, de Flandres, cómo los españoles que se habían levantado en España, eran desembarcados, que todo dió grandísimo contento al Emperador y a toda su corte, y en particular la llegada de los españoles, que bien había echado de ver el César lo que le importaba esta gente.

Corrido el término asentado, don Hernando hizo entrar dentro de Lucemburg ciertos capitanes a reconocer si la artillería y municiones estaban gastados o no, y hallóse que todo estaba entero. La cantidad era muy grande, que había más de ochenta piezas de artillería, las cuarenta de ellas gruesas, y las otras menores, y trecientos barriles de pólvora, y muchas pelotas.

Entregado todo, los de dentro salieron con sus armas y banderas enarboladas, excepto una que dejaron en señal de la victoria, y se metieron en Francia acompañados de algunas banderas de infantería, porque no hiciesen mal en el camino, ni lo padeciesen.

Fue ésta una buena ventura del Emperador, porque sin costa de hombre, ni casi de dinero, recobró lo que tanto tiempo el francés su enemigo había afanado con gasto grandísimo, y tanto más que si por esta vía no se hubiera esta plaza, era necesario que el Emperador se detuviera largo tiempo en el cerco, y se impidía mucha parte del efecto de su jornada.

Y cierto que el rey de Francia, dado que era diligente, y muy buen capitán, se descuidó demasiado, o estaba muy flaco, pues en tanto tiempo no proveyó este lugar que tanto le importaba, sabiendo la necesidad que los suyos tenían. Entendióse que él se engañó, por tener conocido que los del Emperador eran tardos y perezosos, y que la gente no se podría juntar hasta mediado junio; y tenía razón, que verdaderarnente hay esta falta en los hechos de guerra de España, que no es poco dañosa, que nunca se provee cosa con tiempo sino cuando ya está la soga a la garganta, y déjanse ir las ocasiones de las manos cada día. Que por nuestros pecados ya se trae en proverbio, que es tardo como el socorro de España. Y lo peor es que se hace el gasto y padece el trabajo, y nada aprovecha, volviendo con vergüenza, las manos en el seno, y aun algunas veces, por la tardanza, y salir fuera de sazón, con ellas en las cabezas. Si aquí se tardaron tres días más, y don Alvaro de Sande no apresurara tanto el hecho, se perdiera este lance, que fue de los buenos que el Emperador tuvo.

Salidos, pues, los franceses de Lucemburg, y metida la guarnición imperial, el campo, sin algún detenimiento, movió de allí, y entró por los campos del ducado de Lorena, hacia la campaña, y a quince leguas de Lucemburg, y once de Mez de Lorena, en un castillo bien fuerte que llaman Camersi, que solía ser del duque y agora era del rey, que se le había tomado por fuerza, y tenía dentro italianos en guarnición, aquí reparó. Y hecho por don Hernando su requerimiento para que se lo diesen, no queriendo los de dentro, él lo sitió y batió dos días y puso tanto temor en ellos, que los que al principio con buenas condiciones no querían, se lo vinieron a dar con las que él quiso, poniéndose a merced. El tomó el castillo sin pérdida alguna de gente, y saquearon el lugar, y los de dentro, desvalijados a uso de guerra, los dejó ir libres. Esto fue a quince de junio, y a los diez y seis lo supo el Emperador, entrando en Mez de Lorena, y no se tuvo en poco, que aquí pensó el francés que tenía (según se sonó) gran estorbo con que embarazar muchos días a los imperiales.

A la misma hora vino otra nueva de Italia, de la rota de Pedro Strozi, y lo de la Mirándula, lo de Potenciana y San Salvador en el Piamonte, y cómo la armada turquesca pasaba la canal del Paulín, después de la arrancada de Vaya, que de todo dejo dicho lo que pude bien saber. Fueron muy bien recebidas estas nuevas por el Emperador y los suyos, y para el rey de Francia, por el contrario, dolorosas y malas, aguándole su corta fortuna el gozo que había recibido con la victoria de Carmagnana.

Parte el Emperador de Espira a diez de junio. -El príncipe Maximiliano acompaña al Emperador. -Nombre de Hernando, amable en España. Mez de Lorena: qué ciudad es. -Partió de Mez a dos de julio. -Campo poderoso que juntó el Emperador. -Rey de Dinamarca. -Falta de bastimentos en el campo imperial.

El Emperador salió de Espira a los diez de junio, fenecidas sus Cortes, y hecho el receso, o tenido su solio con los de la Dieta, trajo consigo a Maximiliano, hijo mayor del rey don Hernando; que era de la edad del príncipe don Felipe de España, aunque algo mayor de cuerpo, y de muy buen parecer y condición. Otro más pequeño, que se llamó don Fernando, envió el Emperador a Flandres, para que estuviese con la reina María su tía, en tanto que andaba la guerra.

Fueron con él el obispo de Huesca y los clérigos todos de la capilla, exceto media docena que quedaron para seguir el campo, y fuele acompañando el duque de Cleves, y sirviendo; el que el año pasado competía con su tío el Emperador, porque se vean las mudanzas de la fortuna. Deseaban los españoles, que andaban con el Emperador, que trajesen este infante a España, porque era muy lindo, y le amaban todos, y le ayudaba mucho el nombre de Hernando, y con razón, pues tales y tan buenos han sido cinco reyes de este nombre que ha tenido Castilla.

Llegó el Emperador a Mez de Lorena, y a los diez y seis de junio, según tengo dicho. Por todo el camino vino muy acompañado de gente de guerra, especial a la entrada, que por lo menos traía tres mil caballos, sin los de a pie. Mez es una gran ciudad, y de las mejores de aquellas partes en asiento y edificio, aderezos de casas, abundancia de mantenimientos, y todas cosas; es muy espaciosa, terná pasados de seis mil vecinos, corre por ella el río Mossella. Llamábase antiguamente Medro Matules; agora, Metio. Tenía grande clerecía, y muchos templos, y el mejor muy insigne, en el cual, entre otras cosas, había un crucifijo de oro puesto en lo alto, tan grande como suelen ser en otra parte los de madera.

Era en este tiempo ciudad neutral y libre, mas ya comenzaba a entrar en ella la mala secta de Lutero: que la libertad que este hereje daba a todo género de gente, amable y sabrosa, abría caminos no pensados. Detúvose aquí el Emperador algunos días, recogiendo la gente y formando su campo. Túvolo aquí de cincuenta mil hombres, los cuatro mil gastadores, que sirven para hacer trincheas, levantar caballeros, abrir fosos, allanar caminos y otros semejantes menesteres. Todos los demás son de pelea. Había entre ellos once mil españoles, pocos menos, siete mil caballos; todos los demás eran alemanes altos, y güeldreses, buena gente. Tenía seis mil carros de munición, llevaban puentes, molinos, hornos y otros ingenios de guerra.

Esperábanse otros cuatro mil alemanes, que el rey de Ingalaterra había mandado hacer, y habíalos despedido, y el Emperador, porque no se pasasen al francés, los recibió. Juntáronse también con el campo imperial otros quince mil soldados, que el rey de Dinamarca había hecho para dar favor al rey de Francia, y con la amistad que de nuevo tenía asentada con el César, le vinieron a servir. Eran los tres mil de caballo, muy buena gente, los cuales llegaron a Lieja, y estaban pagados hasta víspera de San Juan por el francés y traían banda blanca, y el día de San Juan la pusieron colorada, que era la imperial, de manera que fue el número del campo imperial de setenta mil hombres, los mejores y más lucidos que se habían visto.

Esto de Dinamarca, aunque sea detenerme algo fuera del propósito, fue así: que aquel reino de Dinamarca, de derecho pertenecía a una sobrina del Emperador, mujer del conde Palatino elector, y un hermano de su padre metióse en él por fuerza (con no sé qué título que aquel reino tiene, que habiendo hermano, no pasa en los hijos hasta morir el hermano) y túvole usurpado algunos años, y porque se temía del Emperador, confederóse con el francés y con los luteranos contra el Emperador. Y en las Cortes de Espira, como ya dije, envió sus embajadores para que tratasen de paz y amistad con algún buen medio, que fue que el rey dejase la liga de los luteranos, y del rey de Francia, y que diese a la princesa mujer del Palatino ciento y cincuenta mil ducados cada año por su vida, y que después ella sucediese en el reino. Por este concierto, hizo la gente que enviaba en favor del rey de Francia y se volvió en su servicio del Emperador.

Una falta sola había en el campo imperial, y harto esencial, que era de bastimentos, que por no dar a entender al enemigo, o por no se haber determinado, por dónde había de hacerse la guerra, o por negligencia, no se habían hecho las provisiones con tiempo, como era menester, y algunos dijeron haberle causado no esperar tan próspero suceso en lo de Lucemburg como el que hubo. Demás de esto había otro inconveniente, que las vituallas se habían de traer de muy lejos, y como el francés no tenía ejército para se oponer, ponía las diligencias humanas en impedir que los bastimentos no pasasen, y que en las tierras de las fronteras no los hubiese, y así tenía quemadas aquellas comarcas por donde entendió que el ejército enemigo tenía de pasar. Podían tenerse por muy desventurados sus súbditos, pues en ellos ejercitaba mayores crueldades que los enemigos hicieran, que cierto son de notar, si bien me detengo algo por que vean los reyes los daños que causan en sus reinos sus demasiadas pasiones, y los súbditos lo que deben al rey que los sustenta en paz y justamente, y sin ver cara de enemigo.

Inquietud grande del rey de Francia, y daños que hizo a su reino con ella. -Tributos y trabajos que cargaron sobre Francia.

El rey de Francia, movido con envidia o otra ciega pasión, según es de creer de la potencia del Emperador y su grandeza, que ni él ni los príncipes de Italia jamás pudieron sufrir, so color de vengar la muerte de Rincón y César Fregoso, movió guerra en el año de 1542. Y para moverla, no confiando en sus fuerzas, hizo liga con el Turco, que le envió su armada, como queda dicho; por otra parte, con el duque de Cleves, al cual, por le atraer, dió la princesa de Navarra por mujer; lo tercero, hizo lo mismo con el rey de Dinamarca, para que todos a un tiempo entrasen en las tierras del Emperador, y para esto, juntando grande ejército, atravesó con los esguízaros y italianos, por las entrañas de su reino, hollándolo y gastándolo todo, como si fuera de enemigos, hasta llegar a Perpiñán.

De ahí, visto que no le sucedía bien, con mucha costa suya y poco daño del Emperador, tornó a romper sus tierras por otra parte, y fue a lo de Lucemburg, donde hizo el efecto que he dicho. Desde allí, por ir al socorro de Landresi, llevólo por dentro de sus reinos, hasta el condado de Henaut. Tras esto, retirándose con huída, y metido en lo interior de su reino, envió para que atravesasen otra vez por el otro lado al Piamonte, de manera que no hay cosa en su Estado que los pies de soldados no hollasen, permitiéndoles toda la licencia que en tierra de enemigos tuvieran, robando, cometiendo estupros y abusos abominables.

Dejo lo que los turcos en la parte de Tolón, y toda la Proenza, hicieron, deshaciendo las iglesias, convirtiéndolas en mezquitas; vicios contra Dios y la naturaleza de que en todo el reino hubo grandes clamores; de los gastos que en mantener el ejército hizo, no hay que decir sino que fueron innumerables los trabajos en que puso sus súbditos. Faltóle luego el uno de los de su liga, que fue el duque de Cleves; también el de Dinamarca; Barbarroja, fuese desgraciado o poco contento de él, vió a su enemigo poderosísimo a las puertas de su propria casa, como agora estaba el Emperador, y hallóse sin blanca y sin gente.

Tenía sus confianzas en los italianos; desbaratáronse malamente en Sarrabal; los esguízaros y gascones estaban, los más, en el Piamonte, y ni los podía haber en breve, ni sin perder las esperanzas de allá, y por eso, como no podía haber junto ejército, no trataba de más que fortalecer sus plazas y gastar los bastimentos, y con todo echaba fama que había de dar la batalla al Emperador, siendo evidente que de ninguna manera podía ser, si del todo no estaba loco porque había de ser dentro en sus reinos, y si la perdía había de perder el reino. Y aún se platicó, que si el Emperador pasaba las fronteras, hallaría dentro hartas parcialidades, porque tenía muy desabridos sus súbditos con las grandes cargas y nuevas imposiciones de tributos que cada día les echaba.

Hartas se dijeron, y una fue terrible, que de todas las casas que en Francia había, llevaba alquiler; de esta manera, el que tenía casa propria pagaba al rey lo que pagara si la alquilara o fuera ajena; el que la tenía alquilada acudía con el alquiler al rey y no al dueño. A tal estado vino Francia, y llegó el rey Francisco, por ser tan porfiado.

Fuerzas que había de allanar el Emperador para entrar en Francia.

El intento del Emperador en esta jornada era ir sobre París, y para esto era necesario, y aun forzoso, allanar primero algunas fuerzas que había en el camino.

La primera era Camersi, que ya la había ganado y echado por el suelo. La segunda era Leni, donde al presente estaba el campo, y se decía que el rey enviaba a pedir paz, y que venía a ello el condestable monsieur de Montmoransi, que era el hombre de mayor consejo, y más amigo de ella, y aceto al Emperador. La tercera San Desir. La cuarta Reims, donde dicen se coronan y ungen los reyes de Francia, en latín Rhemi; esto es, ya en la Campaña o Campania. La quinta es Chalón, que en latín llaman Catalami, por donde corre el río Matrona, que ellos dicen Marna, y después se junta con Sequana, que va a París dos leguas de ella. Aquí se media el camino desde Mez, y está antes que Reims, y no restan sino veinte y cinco leguas francesas.

Luego, en lo interior de la Campaña o Campania, que ellos dicen, está Troya o Troes (que en latín se dice Treca), ciudad populosa y rica. Túvose por averiguado que ganando a Chalón, a la hora se rendiría ésta y otras, sin esperar que el ejército llegase. A la mano izquierda de este camino que el ejército llevaba, cae el ducado de Borgoña, sobre que fue la contienda antigua entre el Emperador y el rey de Francia, y si caminara el ejército por allí, hallara el Emperador muchos de su parcialidad. Parecióles echar por estotro camino más que por el condado de Henaut, donde anduvieron el otoño pasado, porque aquella tierra estaba muy gastada, y había en ellas dos fuerzas inexpugnables, como San Quintín y Perona, que ni tomarla fuera fácil, ni pasar sin ellas seguro ni provechoso.

Allende de esto, el ejército inglés estaba por entre la Normandía y Picardía, que es cerca de allí, y si el Emperador fuera por allí, se quitaran los unos a los otros los bastimentos.

Lo que hizo el inglés contra Francia.

El rey de Ingalaterra, por el pacto y confederación que mediante su embajador el año pasado hizo en Molín de Rey con el Emperador, había de entrar este verano por la parte de Calés poderosamente, y hacer guerra contra Francia, y porque hasta aquí la había tenido con Escocia, y era ocupado, no la pudo efectuar.

Algunos días antes de éstos hubo una victoria, y con ellas ocupó algunas plazas y saqueó otras, y retiró su campo para lo pasar en Francia. Hacía guerra contra este reino, demás que entre las dos naciones hay antigua y capital enemistad, es porque el rey de Francia le es obligado a pagar cada año cien mil ducados por el derecho del ducado de Normandía, y había ocho o nueve años que no le pagaba blanca, ni hecho con él cumplimiento alguno hasta la primera de este año, que teniendo el rey Francisco lo que ya veía, le envió a requirir con la paz y amistad, ofreciéndole la paga de todo lo que le debía.

El inglés, como con las espaldas del Emperador, que ocupaba al francés había hecho su hecho, holgara, según se dijo, de la paz, pero no quiso acetar condición alguna sin dar cuenta al Emperador y saber su voluntad, y conforme a esto envió su embajador a Espira sobre ello. El Emperador fue de parecer, y quiso que él pasase como estaba concertado, y ambos acometiesen cada uno por su parte en un mismo tiempo. Y es así que el rey de Francia temía más al inglés que al Emperador, porque el inglés es ejecutivo, y no sabe perdonar, y el Emperador jamás le negó la paz siempre que el rey la quiso, y el español es de la condición del león, que no tiene manos para los rendidos, ni sabe tener cólera donde no hay defensa, como por el contrario es terrible contra el que resiste.

Combate el campo imperial la villa de Leni, en Lorena. -Tomóse a 29 de julio. -Entran y saquean la villa españoles y tudescos. -Sandelisa se torna.

Contado he arriba cómo el campo imperial, después de rendida Lucemburg, había ganado a Camersi, que es un castillo fuerte. Desde aquí luego, sin detenimiento, fue sobre una villa que llaman Leni, que es del condado de Lorena, la cual tenía muy fortificada y proveída, así de gente como de bastimentos.

Antes que la comenzasen a batir hicieron sus requirimientos a los de dentro para que se entregasen; y no queriendo, fin detenimiento la batería anduvo, y fue tal, que los espantó, y enviaron a tratar de rendirse. En tanto que los tratos andaban, no cesaba la batería, y por priesa que se dieron los que platicaban los tratos de paz, se la dieron mayor los soldados, que entraron la villa y la saquearon. Entraron confusamente tudescos y españoles, y los tudescos acudieron al vino y cosas de comer, que había muchas; los españoles, a la ropa, que tenían allí guardada toda la de los lugares de alderredor, y hubieron muy buen saco.

Prendieron al señor de la tierra con más de ochenta caballeros, y mucho número de soldados. Demás de lo que los soldados saquearon en la casa de la munición, hallaron mucho trigo, vino y otros bastimentos que nombran provisión para el campo, para dos meses. Sucedió esto a 29 de junio. La artillería cuentan que pasaba de cien piezas.

En tomándose Leni, los caballos ligeros fueron a Sandelisa a descubrir, y hallaron que un buen lienzo del muro había derribado el río que echaron por junto para henchir los fosos, y por eso comenzó el campo de darse priesa, porque no se les fuesen los de dentro, o a lo menos no sacasen nada. Segundo de julio movió de Leni, y se escribió o trajo el aviso del muro caído. Levantóse una voz en el ejército, que peleaba Dios por el Emperador, y se le caían los muros, como en Jericó, y se le abrían las puertas de las ciudades como a Carlomagno (que así se escribe de él), porque Carlos V defendía la arca del Testamento. Tomóse fácilmente esta plaza.

Cómo trató de repararse el rey de Francia. -San Desir. -Muerte del príncipe de Orange. -Asalto peligroso que los españoles pidieron sin efecto, en que se mostró valiente Luis Bravo de Lagunas. -Lo que se padeció y perdió en los asaltos. -Entrégase San Desir a 17 de agosto.

No se descuidaba el rey Francisco, que así le convenía, viéndose acometido tan poderosamente; con la brevedad que pudo juntó sus gentes, y ante todas cosas envió al duque de Nevers, con quinientos caballos y seis mil infantes, a la campaña de Chalón, que los antiguos llamaron Catalaunum, y a su hijo el delfín envió al río Marna (que en latín llamaron Matrona), para embarazar al Emperador que no pasase a lo interior de Francia, y el rey se puso en Lallonio, donde cada día le venían gentes de diversas partes.

Llegáronle diez mil suizos, seis mil grisones, seis mil alemanes, de los cuales todos era general monsieur de Nevers. Envióle del Piamonte monsieur de Anguiano, doce mil infantes italianos y franceses; finalmente, el rey juntó un campo de cuarenta mil infantes y seis mil caballos. Con el delfín estaba su hermano el duque del Orleáns, y su ayo Claudio Annibaldo, capitán de larga experiencia y buenos hechos, que fueron a hacer cara al rey de Ingalaterra.

Por el mes de julio se puso el Emperador sobre San Desir, que era bien fuerte. Prendió a Vitio y mató los caballos y soldados que llevaban provisión a los cercados. Defendían a San Desir el conde de Sancerra, y monsieur de Landi (que en la defensa de Landresi ganó nombre), al cual a 17 de julio mató una bala desmandada, estando en su casa, que le dió por el celebro.

También de parte del Emperador murió desgraciadamente el príncipe de Orange, Reinerio Nasau, al cual, estando combatiendo el lugar, y dando una bala gruesa en las paredes de una casa caída, saltaron algunas piedras que le alcanzaron y hirieron en la espalda diestra. Lleváronlo mortal a su tienda, y el Emperador le fue luego a visitar, y le dió licencia para que testase de todo lo que sin su licencia no podía disponer. No dejó hijos de su mujer madama Ana de Lorena, y así hizo su heredero a Guillelmo Nasau, hermano de su padre, que después fue cabeza de los males y alteraciones civiles de Flandres, no haciendo lo que sus pasados hicieron, como buenos y leales, en servicio de sus príncipes. Otro día expiró el príncipe, sintiéndolo mucho el Emperador. Con esta desgracia murieron, como aquí se ha visto, dos valerosos príncipes de Orange en servicio del César.

Abrió la batería camino para dar el asalto, pero no el que convenía, para que no fuese muy peligroso y sangriento. Los españoles quisieron ser los primeros, porque son únicos en esta peligrosa pelea; pidieron licencia al Emperador, el cual se la dió, viendo sus buenos y animosos deseos, pero mandó que primero se reconociese el peligro y disposición que había. Fue Juan de Quirós, alférez del capitán Luis Bravo de Lagunas, a quien ya he nombrado en esta historia. Hizo Quirós tan temerariamente su oficio, que en llegando, sin reparar en nada, se arrojó dentro en el foso, y comenzó a pelear en la batería, y hubieron de acudir don Alvaro de Sandi y otros. Fueles tan mal, que se retiraron con pérdida de quinientos soldados.

Esto cuenta así Paulo Jovio, pero quedó muy corto, como de ordinario lo es en cosas que tocan a españoles, si no es en decir mal de ellos; lo que pasó es que habiendo los españoles ganado licencia, y determinádose para el asalto, cupo por suerte la avanguardia, o ir delante a la compañía de Luis Bravo de Lagunas, y como don Alvaro de Sandi lo supo, que era de su tercio, procurando quitar de tan evidente peligro a Luis Bravo, por ser hijo mayor del veedor Sancho Bravo, caballero tan principal como ya he dicho, a quien no era razón dar un sobresalto tan grande, si su hijo moría en el asalto, mandó al sargento mayor Onofrio Spin que trocase las compañías y quitase a Luis Bravo de lugar tan peligroso. Entendido esto por Luis Bravo, y poniendo en aquel peligro su honra, y que quitarle de él era quitársela, agraviado de don Alvaro quiso prevenir el sargento, y mandó de presto a Juan de Quirós, su alférez, que se mejorase en una trinchea que estaba entre el muro y la batería, adonde el día antes había sido muy mal herido el capitán don Guillén de Rocaful.

Entrado, pues, Quirós en la trinchea, siguióle Luis Bravo, y en pos de él otros muchos soldados principales, deseosos de mostrar su valor. Eran ya tantos, que no cabían en la trinchea, y fue forzoso quitar con las picas ciertos ramos, que los de Guillén habían puesto para cubrirse de los enemigos, con lo cual quedaron descubiertos, de manera que los franceses comenzaron a dar carga en ellos a puntería, y brevemente mataron más de treinta soldados.

Viendo Luis Bravo que de estarse quedos recibían tanto daño, y que morían sin vender sus vidas como valientes, y considerando que la retirada era no menos peligrosa que el acometer, escogió el partido más honrado, y diciendo: Santiago, y a ellos, comenzó a combatir con tanto ánimo, que a todos los que con él estaban obligó a seguirle, y don Hernando de Gonzaga mandó tocar a armar, y jugar la artillería, como ya estaba determinado que se hiciese.

De suerte que, bien mirada la desgracia que allí se recibió, antes se debe atribuir a la determinación honrada y muy digna de quien Luis Bravo era, que no a temeridad y poca prudencia suya, ni de su alférez, si bien es verdad que al principio se creyó que Quirós tenía la culpa, y si no se encubriera por algunos días, corriera peligro su persona; pero después, entendido el honrado respeto de Luis Bravo, que por no ser agraviado quitándole de su lugar, se adelantó, y después, por no morir como cobarde comenzó el combate, Quirós fue perdonado, y a su capitán se le agradeció lo que había hecho, mayormente habiéndose mostrado en otras ocasiones conforme a la obligación que un caballero español tiene.

Después de éste, acometieron ochocientos hombres de a caballo, apeándose de ellos, como suele hacerse cuando los asaltos piden, por ser peligrosos, gente de vergüenza y honra, pero no les valió la que en esto quisieron mostrar. Luego fueron los tudescos, y pelearon dos horas; tampoco hicieron más efecto que los otros, y recibieron igual daño. El Emperador mandó hacer señal para que se retirasen. Murieron en estos asaltos, de la parte ¡mperial, setecientos hombres, de los más valientes y atrevidos que en el campo había. De los franceses murieron docientos y cuarenta, de los más principales que dentro de la fuerza había.

Enojado el Emperador con la muerte del príncipe de Orange y de tantos y tan buenos soldados, y que en su presencia quisiesen porfiar así los de San Desir, mandó apretar el combate, y fue de manera, que ya los cercados no tenían fuerza para resistir, y se hubieron de rendir con estas condiciones: Que se les diesen doce días de término sin hacerles guerra, y pudiesen enviar a su rey para que los socorriese, y no lo haciendo, entregarían el lugar al Emperador. Que la caballería y infantería, con cuatro tiros gruesos, saliesen en orden militar con banderas tendidas, y tocando sus cajas, y se les diese paso seguro; y la demás artillería y municiones quedasen al Emperador. Que dentro de los doce días de treguas, no se aumentasen las municiones, ni se reparasen, sino que quedase todo en el estado presente. Que para el seguro de esto se diesen cuatro personas graves.

Trajéronse estas rehenes, y don Hernando de Gonzaga envió un caballero español para que reconociese el lugar y viese cómo en él no se hacía reparo alguno. El Emperador quiso venir en este partido, por no perder su gente y desocuparse para pasar adelante, y toparse con el rey, y apretarle para la batalla y acabar con él de una vez. El mismo deseo tenía el rey de Ingalaterra, que estaba sobre Bolonia de Francia, apretándola cuanto podía.

Envía el rey de Francia socorro a San Desir, ya de Vitriaco a saco. -Los franceses dicen que se tarde. -Desbarátale el duque Mauricio. -Toma rindió San Desir con cautela de unas cartas.

Como el rey Francisco supo la necesidad de San Desir y peligro en que estaba, envió a monsieur de Brisac con buena parte de su campo para que se metiese dentro. Supo el Emperador de este socorro, y que estaban en Vitriaco, doce millas de San Desir; envió al duque Mauricio con algunas compañías de caballos para que le tomasen una noche descuidado y lo desbaratasen. Dióse tan buena maña Mauricio, que sin perder alguno de los suyos peleó con monsieur de Brisac y lo venció, y por poco le matara; perdiéronse de los de Brisac hasta trecientos hombres, que no quisieron rendirse, haciéndose fuertes en una iglesia. Llegó Martín Van Rosem, y dió en ellos con tanto coraje, que si bien ya se rendían, no los quiso recibir a partido, sino matarlos sin dejar solo uno a vida.

Acudieron luego los tudescos a Vitriaco, y saquearon el lugar, sin que Juan Bautista Castaldo lo pudiese estorbar, si bien lo procuró. Puso el Emperador en Vitriaco ciertas banderas de tudescos, y ellos al tercero día le pegaron fuego y volviéronse al campo, lo cual sintió mucho el Emperador.

Con esta victoria de Vitriaco perdieron los de San Desir las esperanzas del socorro, y así, se rindieron, conforme a lo que estaba capitulado.

Cuenta Bellayo que el capitán Sanserrio vino en esta concordia de rendir el pueblo, por unas cartas contrahechas que en nombre del duque de Guisa un atambor francés que del lugar había salido, y pasádose al ejército imperial a rescatar unos cautivos, había llevado. Y que se las había dado disimuladamente un hombre no conocido, fingiendo que era criado encubierto del duque de Guisa, y que había al venido disimuladamente para si pudiese entrar con aquel despacho en la ciudad. Las cartas eran compuestas con todo artificio, contrahaciendo la letra, firma y sello, y estilo que tenían, que en todo parecían a la nota y mano del secretario del de Guisa; de tal manera, que no se podía poner duda en ellas. Hubo lugar para esto, dice el autor francés, porque algunos días antes Granvela había recebido en su servicio un escribiente francés, que tenía un legajo de cartas originales del duque de Guisa, por las cuales sacaron y contrahicieron las otras, que con la disimulación dicha se dieron al atambor, para que las diese al capitán Sanserrio, el cual, no dudando en ellas, entregó el lugar, como queda dicho.

Lo que las cartas en sustancia contenían, era que el rey estaba muy satisfecho de la buena y valerosa resistencia que habían hecho en el lugar, y sabía la gran falta que tenían de vituallas y munición, y así les daba licencia para que, con las mejores condiciones que pudiesen, entregasen el lugar, que él no los podía socorrer, porque aún no tenía junto su campo, y se veía acometido por cuatro partes de dos reyes poderosos, con cuatro grandes ejércitos. Sea de esta manera, como dice el autor francés, sea de la suerte que dije, que así lo cuentan todos los demás, San Desir se rindió mediado el mes de agosto, habiendo estado sitiado siete semanas.

Diversos pareceres en el campo imperial sobre proseguir la jornada. -Quiere el Emperador ir sobre París. -Da el Emperador oídos para tratar de paz. -Trátase de paz; aprieta el trato de ella, con celo santo, un fraile dominico que la reina Leonor envió. (Era estudiante en París, y no confesor de la reina, como dice Illescas.) -Vuelven a tratar de la paz primero de setiembre. -Tenía el campo francés doce mil suizos, ocho mil italianos y algunos gascones y paisanos, y cuatro mil caballos. -Marcha el Emperador de noche, por toparse con el francés. -Firma el rey de Francia los capítulos de paz, por el peligro en que se veía (que se hizo a 17 de setiembre). Destruyen los tudescos las iglesias; roban y saquean lo divino y humano; enójase el Emperador y castiga. -Justicia notable que el Emperador mandó hacer en un criado suyo, por haber saqueado una iglesia. -Conclusión de la paz. -El duque de Orleáns viene a visitar al Emperador. -Remedia el Emperador los desacatos que los tudescos hacían en las iglesias.

Ganado San Desir, y puesta en él buena guarnición, hubo en el campo del Emperador varios pareceres sobre lo que se debía hacer. Unos decían que se cercase Catalaunio, lugar allí cerca. El Emperador, al cual seguían otros, quería llevar adelante el camino de París, porque tenían relación que ni se hallaría resistencia en todo el camino, ni en la ciudad la defensa necesaria; antes estaban con grandísimo miedo los vecinos, y el que se podía salir por el río Sequana se salía sin que el cardenal Mendonio, a quien el rey la había encomendado, bastase a detenerlos. Tenía el Emperador este parecer por el más acertado, pareciéndole que por este camino, y no por otro, habría ocasión para pelear con el francés, que era lo que él más deseaba, y el rey menos; y porque la mayor parte de los votos era que se cercase Colons, lugar fuerte, levantóse el campo de San Desir con esta voz, lunes a 25 de agosto.

Detúvose el Emperador en San Desir, esperando bastimentos y dineros para dar paga. Y los alemanes, a la hora de la oración, decían a voces: Guelte! Guelte!, que es: «¡Dinero! ¡Dinero!» Y al mejor tiempo, que todos entendían que iban a Catalaunio, revolvieron sobre el camino de París y ganaron un lugar que se dice Aspernecto, donde se halló gran copia de vituallas. Tomóse una villa del duque de Guisa, llamada Sanvilla, cuatro leguas de San Desir. Saqueáronla, y pusieron en la fortaleza el alférez Maldonado, que era un valiente español, y tomaron la ciudad de Barri, del duque de Lorena.

El rey, que ya no podía con su honor disimular tantas pérdidas, pasó con su campo hasta ponerse a vista del imperial, que no estaba más que solo el río Matrona en medio. El Emperador marchaba por la una ribera del río, la vía de París, y el rey por la otra en su seguimiento, marchando los campos uno a vista de otro.

Sintiendo ya el rey su gran trabajo, viéndose tan cerca y dentro en su proprio reino, acometido de un enemigo tan poderoso, y echando de ver que le faltaban las fuerzas para poderse librar de sus manos, deseaba la paz. El Emperador, por su buena condición, holgó de ello, y viernes de agosto, estando a seis leguas de Chalón, que es una ciudad grande, de las principales de Francia, con un salvoconduto que el Emperador había dado, para que viniesen de parte del rey de Francia a tratar de los medios de paz, vinieron el almirante Claudio Annibaldo y el gran chanciller de Francia, y un secretario del rey, y con ellos más de setenta caballeros. Salieron de parte del Emperador don Hernando de Gonzaga, general del campo, y Granvela, y juntáronse en una iglesia que estaba a cuarto de legua del campo imperial, y todos juntos, y con ellos el secretario Alonso de Idiáquez, y otro secretario que se decía Maestrefox, estuvieron más de seis horas juntos.

En este tiempo, los caballeros franceses, con sus cruces blancas, y los imperiales con las coloradas, tuvieron buena conversación, de ellos blasonando de la guerra, y los más cuerdos deseando la paz, hasta que se despidieron y se fueron los franceses, y con ellos, a la venida y a la vuelta, los acompañaron de guardia el maestre de campo don Alvaro de Sandi, con mil arcabuceros españoles de la flor del campo imperial.

Otro día sábado, pensando en el campo que habían tenido efecto los tratos de paz, y que la gente se levantaba para marchar la vuelta de Flandres, comenzaron a caminar contra Chalón, y el domingo luego siguiente se pasó a media legua de esta ciudad. Este día hubo una bien reñida escaramuza, donde prendieron hasta treinta de toda suerte de franceses, y los imperiales llegaron a reconocer la fuerza.

Trataba de la paz fray Gabriel de Guzmán, fraile dominico, natural de Valdemoro y estudiante de París, y el rey de Francia le agradeció tanto lo que hizo, que le dió la abadía de Logoponte. Y en este mesmo día domingo, vino a suplicar al Emperador que quisiese detenerse y que volviesen a tratar y concluir la paz. Y así, vinieron el lunes siguiente (que no caminó el campo) el mesmo fray Gabriel, el almirante Henebaot, o Annibaldo, Carlos de Mely y el secretario Gilberto Bayardo; y por el Emperador, don Fernando de Gonzaga, y Granvela, y su secretario Idiáquez. Juntáronse en el castillo del obispo de Chalón, que estaba un cuarto de legua del campo imperial, y estuvieron juntos desde mediodía hasta la noche, y tampoco se concertaron; y así, el martes siguiente marchó el campo imperial y pasó por un lado de Chalón, algo desviado por la artillería que tiraban, y se puso una legua pequeña de la otra parte, camino de París, ribera de un río que pasa por ella, que se llama Merlier.

Deseaba el Emperador dar batalla al francés, y no la admitiendo, ponerse sobre París; llamó a su tienda todos los coroneles y maestres de campo, españoles y alemanes, y hablólos, diciendo su intento; pero que no lo podía ejecutar si ellos no le ayudaban y seguían fielmente, como siempre lo habían hecho, y que si no lo pensaban hacer así, tomaría otro camino; que sentía dos dificultades: la una, de bastimentos; la otra, de dineros para los pagar. Tenían todos tanta gana de acometer al francés, o a París, que dijeron a voces que fuesen, que esperarían, por el dinero y pagas, y que ellos buscarían la comida.

Este mesmo día martes, en la noche, tuvo aviso el maestre de campo que el rey de Francia, con el suyo, estaba tres leguas pequeñas de allí, en la ribera de un río. Y así, dejando hechos grandes fuegos y otros ardides, para que pareciese y entendiesen los de Chalón que el campo estaba quedo, mandó el Emperador a las diez de la noche, que era muy obscura, que caminase todo el campo por la ribera del río, sin tocar trompetas ni atambores, y con el mayor silencio del mundo. De esta manera caminaron toda la noche, y cuando amaneció se hallaron frontero del campo del rey de Francia, a media legua, aunque por aquella parte, en medio de los dos ejércitos, corrían dos ríos, a cuya causa, y por estar los franceses en un fuerte sitio, no pasaron.

Estaban los franceses divididos en tres partes, la una dentro del fuerte y las dos algo desviadas en unas aldeas, y cuando amaneció y asomó el campo imperial, ya estaban en escuadrones, y se iban juntando al fuerte, por donde se entendió que habían tenido aviso de la venida del campo imperial contra ellos. Este día, pasó el Emperador, con el ejército, una gran legua adelante aun valle que es ribera de un pequeño río, donde se padeció gran trabajo en pasar la artillería y bagajes, por el mal paso que había. Deseaba el Emperador hallar vado y paso en el río, para embestir con el rey y acabar con él. Encargóse a Guillelmo Fustembergo que buscase puente o vado por donde pasase el campo imperial, y este mesmo día, andando en esto, vinieron a tener una recia escaramuza, en la cual los imperiales prendieron muchos hombres de armas francesas y al príncipe de Lixamaria, sobrino de Francisco de Borbón.

También los franceses prendieron al conde Guillelmo Fustembergo, que era general de los alemanes, y prendiéronle desgraciadamente, porque le cogieron con solo un paje. Perdióse mucho en él, y el Emperador lo sintió harto. Y el rey estuvo por mandarlo matar, y así se lo aconsejaban sus amigos. No lo hizo por no indignar al Emperador, y hacer de suerte que no diese oídos a la paz, y también por haberse prendido el príncipe de Lixamaria. El enojo que el rey tenía con el conde Guillelmo dicen que fue porque estando en su servicio, se le huyó con más de cien mil ducados, y perdióse aquí, porque deseaba Guillelmo grandemente la batalla, y como él había estado en Francia, sabía la tierra, y vino de noche a reconocer el vado para pasar el ejército; toparon con él unos franceses que le conocieron, y como iba solo, prendiéronlo. Costóle la libertad treinta mil ducados o florines de oro. Había servido al rey Francisco ocho años; probósele que se había alzado con las pagas de los soldados; priváronle y castigaron. Quedó tan afrentado, que se pasó al servicio del Emperador, y fue uno de los que más aborrecían el nombre francés y que más atizó la guerra.

Era cosa lastimosa ver la manera de esta guerra, porque no hacían sino ir caminando para París; y los unos y los otros iban abrasando y destruyendo cuanto topaban, de suerte que tanto daño hacían los naturales como los extraños. Unos lo hacían como enemigos de la tierra; otros, porque sus contrarios no se aprovechasen de ella.

El miedo que había en París teniéndose por perdidos, no se escribe. Pusiéronse los estudiantes en armas, levantaron banderas, y todo lo que supieron hicieron para defender la ciudad. Mandó el rey a monsieur de Orges que se metiese en ella con ocho mil infantes y seiscientos caballos. Comenzaron a reparar y fortalecerla, mas todo fuera nada si el Emperador se echara sobre ella y la apretara como podía.

Jueves después de la escaramuza caminó el ejército imperial ribera del mismo río media legua, hasta unos prados donde había buen aparejo para pasar y echar puentes y atravesar el río y venir a las manos, que era lo que se procuraba.

Y estando esta misma noche determinado y todos avisados para que así se hiciese y dar la batalla al rey, aunque fuese dentro en su fuerte, que lo podía muy bien hacer el Emperador, según era grande el poder que llevaba, y la gente escogida, quiso Dios que esta mesma noche el rey de Francia fuese avisado, y envió luego los que habían tratado de la paz, y trajeron firmado un capítulo particular que el rey no había querido consentir y el Emperador porfiaba sobre él; y con esto se dejó la jornada, que fuera harto lastimosa; y según dicen los que más vieron y entendieron el estado de esta guerra, el rey fuera, sin duda alguna, vencido, y el Emperador se hiciera señor de París y de gran parte de Francia.

Ordenólo mejor el Señor, y dió paz a estos príncipes, aunque no más firme que las veces pasadas.

Esta noche estuvo el ejército imperial en medio de cuatro grandes lugares, los dos cercados, a los cuales habían pegado fuego antes que llegasen firmados los capítulos de la paz, y ardían tan bravamente, que los campos en derredor estaban claros como el día, porque en algunos de ellos no había casa de todo el pueblo que no ardiese. Y uno de los que se quemaban que se llamaba Perne, estaba el bastimento que el rey había traído para su campo. Y a éste pegaron fuego los mesmos franceses, por quemar los bastimentos y no dejarlos al ejército enemigo; a los otros lugares pusieron el fuego los alemanes que traía el Emperador, como lo hicieron en todos los lugares que toparon hasta que se publicó la paz, y en muchos se emborracharon con el mucho vino que había, y se perdieran si hubiera enemigos que los siguieran, y porque el Emperador los reprendió una vez, encaró uno, tomado del vino, la escopeta para le tirar.

Después, otro día siguiente, el Emperador caminó adelante hasta que llegó a una villa cerrada y grande que se llama Chatelorit, y en el camino se le alteraron ciertos soldados españoles arcabuceros, y la gente que había dentro y de los de la tierra salieron a pelear con ellos, y los españoles, los rompieron y tomaron una bandera, y entraron en el lugar con muerte de pocos hombres, y si bien los vecinos habían puesto en salvo lo principal de sus bienes y llevádolos por el río, todavía ganaron bien los soldados, y se halló mucho vino y otros bastimentos de que había necesidad. Desde aquí a París hay diez y siete leguas francesas, tan pequeñas, que con una razonable cabalgadura se podían en medio día andar.

En este lugar comenzaron a poner fuego en unas casas; no se supo quién había sido el malhechor. El Emperador lo mandó apagar, y pregonar que nadie se atreviese a hacer de allí adelante daños semejantes ni otro alguno. Este día que fue martes, a 10 de setiembre, estuvo el Emperador con su campo en una aldea pequeña, y el miércoles siguiente. Y vinieron otra vez el almirante de Francia y los demás que trataban las paces, a resolver algunas dudas, que aún no se habían determinado.

Otro día jueves caminó el ejército cuatro leguas grandes. El viernes siguiente estaban cerca de una ciudad muy grande que es en Picardía, que se llama Sansona.

A este lugar se habían adelantado el duque de Sajonia y el marqués de Brandemburg, y otro general de caballos con toda la caballería alemana, a quien el Emperador había prometido el despojo de aquel pueblo, y así llegaron cerca de la ciudad, la cual nunca se quiso rendir, aunque dentro no había gente de guerra, sino algunos naturales y otros aldeanos que se habían recogido allí. Tiraron algunas piezas de artillería hasta que el Emperador llegó, que entonces se rindieron, poniéndose en sus manos.

Entró la caballería alemana, y hicieron tanto daño en las iglesias y monasterios, que era gran compasión, porque no dejaron custodia ni cosa que no rompiesen, profanasen y saqueasen, haciendo otras cosas notablemente feas, aunque no hubo prisioneros ni muerte. En un monasterio de San Benito, abadía muy principal que estaba fuera de la ciudad, entraron un portero de cámara del Emperador, que se llamaba Hance, y era alemán, maestro de artillería de los muy privados, y que en el oficio de artillero había servido bien al Emperador en Perpiñán, y otro alemán de la guarda alemana. Rompieron la custodia del Santísimo Sacramento, y sabiéndolo el Emperador los mandó prender, y andando en rastro de ellos, pensando salvarse el Hance, trajo la plata de la custodia al Emperador, diciendo que la había tomado por que no le matasen sus compañeros, y que no la tomasen otros.

El Emperador lo mandó ahorcar de un alto muro a la puerta de la mesma abadía, y como echaron la soga al Hance quebróse, y él cayó abajo, y no se hizo mal, con estar tres picas en alto, que se maravillaron todos, según era de alto, y el alemán pesado. Fue luego el teniente de la guarda a decirlo al Emperador como caso extraño, maravilloso, y un canónigo español que se decía Argüello dio fe a Su Majestad de cómo había pasado así. No se espantó nada el César, sino dijo: «La soga debía de ser ruin; ponelde otra mejor y más gruesa.» Y así se hizo, y le ahorcaron con ella. La insolencia y demasía de los alemanes era insufrible, y disimulaba el Emperador porque así lo pedía el estado presente. Avisado tenía a los de esta ciudad cómo habían de ir allí los tudescos, para que salvasen lo más que pudiesen, y así lo hicieron muchos con barcas por un río grande que pasa por medio del lugar a París; solamente las iglesias y monasterios se confiaron, y tratáronlos como digo. Las monjas anduvieron discretas, que se habían salido con lo más preciso que tenían.

Estuvo aquí el Emperador sábado y domingo, lunes y martes, en los cuales días pasó por una puente que hay en el río, todo el ejército. En este tiempo se acabaron de concluir las paces. El miércoles siguiente, el almirante de Francia vino a besar las manos al Emperador, y Su Majestad lo recibió muy bien.

Este mesmo día, diez y siete de setiembre, caminó el Emperador la vuelta de Flandres con su corte y alguna infantería alemana y caballos, y llevaba consigo al almirante de Francia. Jueves en la tarde, estando en un lugar que se llama Arepin, vino el duque de Orleáns a besar la mano al Emperador, y salió Su Majestad a recibirlo con mucha alegría, y le aposentaron en palacio, y el viernes, él y el príncipe de Hungría, el almirante de Francia y otros caballeros franceses fueron con el Emperador, acompañándole la gente de guerra.

No se alojaba en los lugares por evitar los daños que en ellos hacían los tudescos, que eran tantos y tales, que, cansado el Emperador de sufrirlos, mandó llamar al duque de Sajonia, Mauricio, y al marqués de Brandemburg, y les dijo que estaba muy enfadado de lo que sus gentes hacían en las iglesias, y que si ansí había de ser, que antes perdería sus tierras, y jamás haría gente en la suya. Y ellos, sentidos de esto, hicieron traer muchos ornamentos y otras cosas que habían robado de las iglesias; y se pusieron en poder de una persona que el Emperador nombró, para que se volviesen a sus dueños. Eran tantos los alemanes, que se atrevían a todo; y con los españoles hicieron mil demasías, matando algunos y quitándoles lo que tenían, y quisieron acometerlos y matarlos a todos una noche. Atrevíanse demasiado por verse tantos juntos y ser tan pocos los españoles; y para remediar esto, mandó el Emperador que los españoles fuesen por una parte y los alemanes por otra.

Capítulos de la concordia entre el Emperador y el rey de Francia.

En Crespio, a 19 de setiembre de este año de mil y quinientos y cuarenta y cuatro, se publicó la concordia y asiento de la paz entre el Emperador y el rey Francisco, que ordenaron y trataron Claudio Annibaldo, almirante de Francia; Carlos Nullio y Bayardo, por el rey; don Hernando de Gonzaga, general de campo imperial; Nicolás Perenoto, señor de Granvela; el comendador de Alcántara don Pedro de la Cueva, y el secretario Alonso de Idiáquez, que ya en estos tiempos era gran parte en los negocios, y de quien el Emperador los confiaba por la fidelidad, asistencia y amor con que servía a su príncipe.

Solicitó estos tratos fray Gabriel de Guzmán (a quien la reina doña Leonor hacía merced, y se le dio por ellos la abadía de Longoponte), varón asaz docto y poco venturoso, por lo poco que los reyes suelen agradecer los servicios que les hacen.

Los capítulos de la concordia fueron:

1. Que entre el Emperador Carlos V y Francisco, rey de Francia, y los demás que quisieren entrar en esta concordia, haya firme y perpetua paz.

2. Que los súbditos de ambos príncipes paguen los tributos, derechos y portazgos de mercadurías que antiguamente solían pagar.

3. Que todo lo que desde las treguas de Niza hasta este día, de una y otra parte, se hubieron tomado, los restituyan, y no puedan sacar de las fortalezas y lugares más que la comida y tiros que sean suyos proprios.

4. Que al duque de Ariscote le quede salvo su derecho en el condado de Lienis y familia Vergica en San Desir.

5. Que al duque de Saboya se restituyan todas las villas, lugares y fortalezas que le han sido tomadas por cualquiera de las partes, y de la mesma manera al marqués de Montferrat y el duque de Mantua, duque de Lorena, duque de Etanaum. que es del ducado de Lucemburg.

6. Que el rey de Francia deje y restituya la abadía y tierras de Garayana, y se den al Emperador, y hasta que el rey cumpla estos capítulos queden en poder del Emperador el cardenal de Medoni, el duque de Guisa y conde de la Valla. Que se dé al Emperador y a sus herederos el condado de Chacoloy, para que siempre lo posean y hayan.

7. Que el Emperador y rey de Francia se junten para la guerra que se ha de hacer al Turco, y el rey dé para esta jornada seiscientas lanzas y diez mil infantes de la gente que el rey pidiere.

8. Que el rey haga cesión y traspasación rata, firme, como la hizo en la concordia de Madrid y en otras, de cualquier derecho que pretenda tener al reino de Nápoles, Sicilia, Milán, condado de Aste, derecho de patronazgo que tuvo en Flandres, Artoes, Islas, Duaco, Orchiaco, Tornay, Mortanga, San Amando.

Que el rey deje al Emperador y sucesores cualquier derecho que pueda pretender en el ducado de Güeldres y condado de Zutfania.

9. Que de la mesma manera el Emperador cede y traspasa cualquier acción y derecho que pueda pretender en algún Estado y señorío que el rey tenga, exceto el ducado de Borgoña, vizcondado de Auxona, patronazgo de San Lorenzo, condado de Masconio, Auxerre y Barra, en el río de Secuana, de los cuales se dirá después. Renuncia el Emperador el derecho que tiene en las ciudades situadas en la ribera del río Somna, en la castellanía de Perona, Mondiderio, Roiam y condado de Boloña, Guiena y Ponti, sacando Terona, Hemio, Andreovicocon, Bedeborda; finalmente, todo lo que está en los términos y Estados de Arras.

10. Que los vasallos de cada príncipe, aunque hayan servido a la parte contraria de su rey y señor natural, sean restituidos cumplidamente en los bienes que tenían antes que se pasasen de su rey natural al extraño.

11. Que los flamencos que no hubieron nacido en Francia, gocen las heredades que sus parientes allí dejaron, dando por nula y condenando la injusta y mala costumbre que llaman Auvena. Que todos los bienes confiscados por cualquiera de las partes, dados y enajenados, queden en la manera que se hubieron dado y enajenado.

12. Que los privilegios antiguos y modernos de ambas partes queden en su fuerza y vigor y antiguo estado. Y para que esta paz sea perpetuamente firme y estable, el Emperador deje y renuncie para siempre, en favor del rey y sus sucesores, todo el derecho que tiene o pretende tener en el ducado de Borgoña, vizcondado de Auxona, patronazgo de San Lorenzo, condado de Auxerre, Mascony y Barra en el río Secuana, y todo lo a estos Estados anejo y dependiente, y que procurará que dentro de cuatro meses, después de publicada esta paz, su hijo don Felipe, príncipe de España, la apruebe, jure y confirme.

13. Que el Emperador, en favor y firmeza de esta paz dé su hija la infanta doña María para que case con Carlos, duque de Orleáns, hijo segundo del rey, o la segunda hija de don Fernando, rey de romanos, y que declare en esto su voluntad dentro de cuatro meses después de publicada la paz, y que si el Emperador quisiere casar su hija con el duque Carlos, les dé los Estados de Flandres, que al presente están debajo de su obediencia, con más el ducado de Borgoña y Charlois en dote. Y que entren en la posesión de sus Estados efectuándose el matrimonio después de los días del Emperador, el duque Carlos y sus hijos varones, y en vida del Emperador juren los dichos Estados al duque Carlos, y que el príncipe de España, don Felipe, jure, confirme y apruebe esto.

14. Que hechas las bodas, el Emperador ponga en el gobierno de Flandres al duque Carlos.

15. Que el rey Francisco y su hijo, el delfín, renuncien para siempre y se aparten de cualquier derecho que al ducado de Milán tengan o pretendan tener, y al condado de Aste, y que se procure que ocho días después de la publicación, el delfín y sus hermanos, Carlos, duque de Orleáns, y madama Margarita, confirmen y aprueben esto.

16. Que si María, hija del Emperador, muriere sin dejar hijos, que los Estados de Flandres vuelvan a Felipe, príncipe de España, hijo del Emperador, y a sus herederos. Y al duque de Orleáns, le quede el derecho, salvo cualquiera que tenga, al ducado de Milán y condado de Aste. Y en el mesmo caso quede salvo el derecho que el Emperador y sus herederos tienen al ducado de Borgoña, y vizcondado de Auxona, y patronazgo de San Lorenzo, condado de Auxerre y los demás a este Estado anejos.

17. Que si el duque Carlos casare con la hija segunda del rey don Fernando, se le dé con ella el ducado de Milán, con el condado de Aste y todo lo a ellos anejo, quedando, mientras el Emperador viviere, en su poder el castillo de Milán y de Cremona, y que el Emperador les dé a ellos y sus herederos, siendo hijos varones, el título y colación imperial del Estado; y si el duque de Orleáns no tuviere hijos varones de este matrimonio, esto no obstante quede firme el dicho título y Estado al duque Carlos, y a los hijos que de segundo matrimonio tuviere, como herencia legítima paterna, pero que las segundas bodas que el duque hiciere sean y se hagan con voluntad del Emperador y del rey don Fernando, su hermano.

18. Que las bodas del duque de Orleáns no se difieran más que un año, contado desde el día de la publicación de estos capítulos.

19. Que el rey Francisco dé a su hijo el duque, en dote para este casamiento, el ducado de Orleáns y el de Borbón, Chastelleraut y condado de Angulema, y que si estos Estados no llegaren a rentar cada año cien mil libras francesas, le añada el ducado de Alanzón, señalando a la duquesa viuda del duque, que murió en Pavía, otros frutos y rentas iguales.

20. Que si el duque de Orleáns no dejare más que hijas, se den a cada una en dote cien mil libras turonenses, y si fuere sola una hija heredera, se le den cien mil libras de contado, y si el duque muriere primero, se den a la hija del Emperador, por su vida, cincuenta mil libras turonenses en cada un año. Y si fuere hija del rey de romanos, se le den treinta mil.

21. Que el rey de Francia restituya a Carlos, duque de Saboya, todas las tierras que le ha tomado, excepto Mommelio y Pignerola, [que] el rey ha de tener con presidio todo el tiempo que el Emperador tuviere los castillos de Cremona y de Milán.

22. Que el duque de Vendoma posea el condado de San Pablo, con el mismo derecho que antes de esta guerra lo poseía.

23. Que el rey de Francia tenga a Hesdín hasta que se determine el derecho que tiene.

24. Que en la causa de Enrico de La Brit, pretenso rey de Navarra, el rey no se entremeta sino como pacificador, ni en guerra que por esta causa hubiere entre ellos, ni se haga parte.

25. Que el rey dé al Emperador sus cartas en forma solemne, en las cuales se diga que Madama Joana, hija de Enrico de La Brit, hace juramento de no querer ni consentir las bodas que estaban concertadas con Guillelmo, duque de Cleves, ni haber consentido en ellas.

26. Que el rey de romanos, que fue el principal en componer esta paz, entre y se entienda en ella, y de la misma manera todos los príncipes cristianos y repúblicas que la quisieren, guardando la obediencia y sumisión que de derecho deben al Emperador.

Firmaron y sellaron la carta de esta concordia el Emperador, el rey de Francia y los caballeros y personas doctas que la ordenaron y compusieron. Poco tiempo después, por parecer que convenía así, se añadieron y escribieron:

27. Que el rey de Francia restituyese al heredero de Reinero Nasau, príncipe de Orange, el principado, de la manera que lo poseía Filiberto Chalonio.

28. Que a Felipo Croviaco, duque de Ariscoti, se haga cumplida satisfacción de todas sus pretensiones, conforme a la concordia que en los años pasados hicieron en Cambray la reina María y madama Luisa.

29. Que el rey vuelva al dicho duque todos los bienes que de su padre y madre le quedaron en Francia.

30. Que si Maximiliano de Borgoña saliere con el pleito, se le vuelvan y entreguen los lugares Creveceusio, Arleusio, Reullio, San Suppleti, Chrastilleusi y Cambresio.

31. Que se dé por nulo todo lo que prometió George de Austria, como sea más de veinte y cinco mil florines, por su rescate.

Poco después de esto, restituyó el rey de Francia al Emperador las villas de Jousio y Mommedeo, que estaban por franceses en Lucemburg, y a Landresi, en cuya fortificación tanto había hecho y gastado. El Emperador restituyó al rey, entre otras cosas, San Desir, Levio y Commercio, y de esta manera se fueron volviendo los lugares que unos a otros se habían tomado con tanta sangre y muertes, así en el Piamonte como en Lombardía y en las fronteras de Flandres y Francia, y mandó el Emperador despedir la gente y alzarse de algunos lugares donde en compañía de los ingleses estaban puestos.

Publicada la concordia, el Emperador envió con ella al secretario Alonso de Idiáquez, que era de su Consejo de Estado, del hábito de Santiago y comendador de Extremera, para que en Castilla el príncipe don Felipe, que la gobernaba, viese y tratase en el Consejo de Estado cuál sería mejor y más conveniente a estos reinos: dar los Estados de Flandres y Borgoña en casamiento con la infanta doña María, que después fue Emperatriz, al duque de Orleáns, como se dice en el c. 13, o el Estado de Milán, con la princesa doña Ana, hija del rey don Fernando, como se refiere en el c. 17 de esta concordia. Lo que en Castilla se acordó por el príncipe y su Consejo no lo sé; sé, a lo menos, que, con la muerte no pensada y tan temprana de Carlos, duque de Orleáns, cesaron estos tratos y se levantaron nuevos humores, como se dirá.

Avisa el Emperador al rey de Ingalaterra de la concordia.

No se descuidó el Emperador de enviar al rey de Ingalaterra, dándole cuenta de las paces que trataba con Francia. Estaba el rey Enrico apretando el cerco sobre Bolonia cuanto podía; el rey respondió que el Emperador hiciese lo que le estuviese bien, mas que a él no le metiese en nada, porque pensaba llevar la guerra adelante.

Combatía fuertemente el inglés a Bolonia, y defendíase muy bien la ciudad, porque estaba bien proveída de gentes y bastimentos. Vióse que el rey porfiaba a no quitarse de ella, y que era menester otro ejército tan poderoso que bastase a echarlo de allí. Hubo una falta que fue proveer para el inglés, que el capitán que defendía la ciudad, que se llamaba Vervino, sabía tan poco de guerra, y era de tan vil ánimo, que sin esperar combate sangriento la entregó al inglés, con partido que la gente de guarnición saliese libremente con armas y hacienda, y entregaron la ciudad con grandísima copia de bastimentos, munición y gruesa artillería. Por lo cual, poco después, el rey de Francia mandó cortar la cabeza a este hombre en la plaza de París.

En Monstresile, que es otro lugar que los ingleses tenían también cercado, se defendieron valerosamente los franceses de ingleses y flamencos, y guardaron el pueblo a su rey como buenos y leales. Y como se hizo la paz, y los flamencos se fueron, los ingleses perdieron las esperanzas de tomarlo, y fueronse al rey, que estaba en Bolonia, el cual, sabiendo que el rey Francisco, libre del Emperador, iba en su busca, puso en la ciudad muy buena guarnición y dio la vuelta a Calés, y de allí a Londres. Duró la guerra sobre Bolonia todos los días que el rey Enrico vivió, que hasta que murió no la pudo cobrar el de Francia.

El Emperador, sin tratar más de guerra, pasó el invierno en Bruselas, donde le vino a visitar su hermana doña Leonor, reina de Francia, y el nuevo yerno Carlos, duque de Orleáns, y dos hijos del rey don Fernando, con los cuales el Emperador tuvo muy buen invierno.

Y aquí determinó un pleito que, por la sentencia que el César dio en él, merece memoria; y fue que madama de Vergas, madre del marqués de Vergas, y madama de Bredérode, del linaje del Emperador, topándose las dos en la iglesia de Santa Gudela, de Bruselas, al entrar de una capilla, pasaron grandes porfías sobre cuál entraría delante y había de tener la mano derecha. La competencia fue de tal manera en las dos, y la gente que las acompañó se revolvió de arte, que faltó poco para trabarse una gran pendencia derramando sangre. Y no paró la porfía en esto, sino que cada una de ellas quiso probar que era mejor que la otra. Y se trató esta causa en el Consejo Supremo, el cual halló tanta igualdad en su nobleza y estados, que no pudo declarar cuál precedía a cuál, y así las dieron por iguales.

Las madamas, no contentas de la igualdad, suplicaron al Emperador que, pues él era el supremo Monarca a quien tocaba la determinación de la justicia y honra, que sentenciase esta causa. El Emperador, teniendo por liviandad tal presunción, dijo: La plus folle aille devant. Que es: «La más loca vaya delante.» Que fue un juicio digno de ánimo imperial. Que la pasión loca de querer ser unos más que otros, en todas partes y naciones reina, y tanto se desvanecen con ella, que profanan los lugares santos, escandalizan las gentes, inquietan los actos y juntas sagradas, cuando para pedir a Dios perdón de sus pecados o que alce el azote de su ira, sacan su cuerpo santísimo, y reliquias de sus santos. El discreto y sabio, si es noble, luce en el lugar humilde más que el necio bajo, si bien se encubren más que los cedros del monte Líbano, en el lugar supremo.

Parece ser la concordia en daño del Emperador. Muerte del malogrado Carlos, duque de Orleáns Nuevos recelos de la Cristiandad, y temores de la paz. -Cómo volvió Bolonia a ser del francés. -Duque de Alburquerque sirvió al inglés valerosamente. -Despide el Emperador los españoles, mandándoles que ni sirviesen al francés ni al inglés. -El rey de Ingalaterra llevó los españoles a su servicio.

Ninguno pondrá los ojos en las condiciones de la concordia hecha entre los reyes, que no imagine que el de Francia era superior, y que el Emperador, por verse apretado, vino en ellas. Y es cosa sin duda, y que aun los mesmos autores franceses la confiesan, que el rey se vio harto trabajado, y el Emperador le pudo poner en mucho aprieto, y así se verá cuál era el corazón del César, y cuán generoso pecho tenía, pues dio a su enemigo, cuando lo pudo destruir, más que cuando se vio acometido con tantos ejércitos, ni cuando estuvo en su casa y amenazado, o con recelos de que le querían detener. Por ser tan aventajadas para el rey Francisco estas condiciones, y tan graves de cumplir para el Emperador, ninguno de los que bien sentían de negocios podía creer que habían de ponerse en ejecución, porque todos tenían por cosa poco menos que imposible que el Emperador se quisiese deshacer de uno de los dos Estados de Milán o Flandres, que tan a cuento le venían. Verdad es que los que conocían la bondad y llaneza del César tenían por cierto que él cumpliría lo que había prometido, y que no quería oscurecer, con quebrantar la concordia, la gloria que había ganado con prometer lo que pudiera negar.

Pero presto se abrió un camino, por el cual, sin faltar el Emperador, se quedó con lo que tenía; porque dentro de los ocho meses que se tomaron de término para concluir los casamientos, le dio al duque de Orleáns una calentura pestilencial que le quitó en pocos días la vida, con grandísimo dolor del rey su padre y lástima de los que le conocían, porque era amado de todos, y el Emperador lo sintió con harta demostración, porque ya él había llamado al duque hijo, y estaba muy pagado de tenerlo por tal. Los que más le lloraron fueron los milaneses, teniendo ya por cierto que había de ser su señor, y esperaban de él más dulce y agradable tratamiento que de otro alguno, estando con harta necesidad de él, por el riguroso gobierno en que tantos años se habían visto, en poder de soldados franceses y españoles. Por la muerte del malogrado duque comenzaron luego los recelos y los juicios de los hombres, pareciéndoles que la paz que agora se había asentado no duraría mucho, y que habían de resucitar las guerras y pasiones viejas. Y no iban muy descaminados, que volvieron, aunque no con el calor y vida que las pasadas, porque las edades de los dos bravos competidores no tenían aquel verdor ni aceros que cuando el de Francia dijo que habían de haberse como dos enamorados apasionados por una hermosa doncella. Por agora, a lo menos, todos los príncipes cristianos quisieron venir en paz; sólo el de Ingalaterra porfió en la guerra hasta hacerse, como dije, señor de Bolonia, y dejándola a buen recaudo, que fue al tiempo que se concluyó la paz; volviéndose Enrico para su tierra, cuando se quería embarcar acudió el delfín y quitóle parte del bagaje y revolvió sobre Bolonia y estuvo muy cerca de tomarla.

Cercóla después el rey de Francia muy de propósito, y vinieron a ser tantos los daños que, por mar y por tierra, franceses y ingleses se hacían, que de puro cansados se concertaron, y Bolonia se entregó al francés por una gran suma de dinero, que había de pagar en ocho años.

La principal parte de los buenos sucesos que en esta jornada de Bolonia tuvo el inglés, fue el duque de Alburquerque, don Beltrán de la Cueva, de cuyo valor y prudencia estaba muy pagado el rey Enrico, y, como dije, pidiólo al Emperador para hacerle su general en esta guerra, en la cual el duque, con su hijo don Gabriel de la Cueva (que después le sucedió en el Estado, y fue un gran caballero) y con otros muchos deudos, sirvió al rey Enrico con tanto valor, que por su industria ganó a Bolonia. Y quedó con grandísima opinión en Ingalaterra, no sólo el duque, más la nación española, y así, sucedió que, deshaciendo el Emperador su campo en Bruselas, dejó solo el tercio de don Álvaro de Sandi, que había de pasar a Hungría, y a los demás españoles mandó pasar en España, dándoles navíos y lo necesario, y orden, con pena de la vida, a cualquiera que quedase sin su licencia, encomendándose esto al capitán Joan de Eneto, para que con rigor lo ejecutase.

Luego que fueron embarcados, el rey de Ingalaterra los procuró haber, para servirse de ellos en la guerra contra el rey de Francia, y los españoles, con la buena gana que tenían de ejercitar las armas y gozar de las libertades de la vida del soldado, a pesar de su capitán y contra la voluntad del Emperador, dieron consigo en Ingalaterra, y sirvieron al rey todo el tiempo que duró la guerra, haciendo en ella el oficio de general el dicho duque de Alburquerque.

Fin tan dichoso como este tuvo el año de mil y quinientos y cuarenta y cuatro, asentándose una paz con que todos los príncipes católicos se abrazaron, y luego pusieron los ojos en la reformación del estado cristiano, y que el negocio del concilio universal se concluyese, porque ya no faltaba otra cosa para el sosiego común de todos, sino reducir los herejes a la unión evangélica, y volver las armas contra los enemigos de la cruz, para lo cual principalmente se quedó el Emperador en aquellas partes por algunos años y hizo en ellos lo que presto veremos.

Presa que hizo Barbarroja volviendo para Constantinopla. -Combate el cosario a Puzol. -Defienden los españoles. -Sale el virrey en socorro de Puzol. -Presa grandísima que hizo. -Representaban en Constantinopla las presas de Barbarroja en afrenta de la Cristiandad.

Dejé a Barbarroja con su armada, camino de Constantinopla, salteando, robando y cautivando las costas de la Cristiandad. Dije en el principio de esta obra los viles y bajos principios de este cosario; diré agora dos cosas: lo que nos robó y cautivó, y su desventurada muerte, donde fue a ser tizón del infierno, por haberlo sido de la Cristiandad. Acabaremos con él, aunque nos dejó centellas que encendieron y causaron otros fuegos y daños semejantes, como fue un Dragut, y otros tales que aquí diré.

Fue Barbarroja de Tolón a Vadi, donde los genoveses le presentaron muchas frutas y sedas, por lo cual prometió de no hacer mal en su ribera. Juntó toda su armada, que buena parte de ella había echado por Córcega, en busca de Joanetín Doria, que poco antes había tomado dos galeotas de cosarios.

Escribió de allí Barbarroja al señor de Pomblin, rogándole mucho que le diese un hijo de Zinán Judío, su grande amigo, que tenía por esclavo en aquella ciudad desde la guerra de Túnez, para enviárselo a su padre al mar Bermejo, y a la India, donde a la sazón estaba contra portugueses; y si no se lo daba, que le destruiría la isla. El señor Apiano, que tal era su nombre, respondió que no se lo podía dar, por ser ya cristiano, sin grande ofensa de Jesucristo e infamia suya, pero que por su respeto lo haría libre y rico. Barbarroja, desdeñado porque no se lo daba, mandó robar la isla y cautivar la gente, porque otra vez no despreciasen su ruego ni su armada. Apiano entonces redimió la paz, aunque no los cautivos, con aquel esclavo. Al cual Barbarroja hizo capitán de siete galeras, tratándole como a hijo. Del Elba fue la flota a Talamón, y sacando gente y artillería con que combatía, la ganó y robó, desenterrando muertos (inhumanidad poco usada). Corrieron la tierra dos leguas adentro los turcos, con gran presteza, y trajeron mucho ganado y cautivos.

Pasó Barbarroja sobre Puerto Hércules, y subiendo artillería a lo alto (con tanta diligencia como trabajo), batió reciamente la ciudad y castillo, y aunque Carlos Mamucio y el capitán Carranza se le dieron, la destruyeron los turcos, poniendo fuego a las mejores casas. Los seneses, que hasta entonces se habían descuidado, si bien sabían el daño que Barbarroja iba haciendo, enviaron de presto

don Joan de Luna con los españoles que a la sazón estaban de guarnición en la ciudad, y a Fontacho con muchos seneses, los cuales se metieron en Orbitelo, por hallar perdido a Puerto Hércules; mas ni aun por eso dejó a Barbarroja de hacer balsas en que poner artillería para tirar de cerca a Orbitelo, que está en medio de una laguna, y es fuerte. Y ya se iban de él los españoles y seneses, cuando llegaron Esteban Colona y doce banderas de soldados, y Cipin Vitello con otras dos de caballos que Cosme de Médicis, duque de Florencia, enviaba de socorro, tanto por servir al Emperador como a Sena. Y todos, cobrando ánimos unos con otros, pelearon con los turcos, que ya estaban desbaratados por el campo y tendidos, habiendo desembarcado, y con los que porfiaban desembarcar en esquifes, y los hicieron tornar a las galeras mal de su grado. Barbarroja hizo señal de recoger, y temiendo los arcabuceros españoles que no los aguardara, y los de caballo, que siempre crecían con nueva infantería, y fuese a Gillo, isla de buen vino, allí cerca, a la cual robó cautivando todos los isleños.

León Strozi, prior de Capua, que con siete galeras francesas iba por embajador al Turco para excusar al rey Francisco, importunaba mucho a Barbarroja, que tornasen sobre Orbitelo, que importaba grandemente para las cosas del rey en Toscana, y para las del Gran Turco en aquel mar, y aun en Italia, y si no lo tomasen, que hiciesen fuerte al Puerto Hércules, y los dejasen con buena guarnición de turcos y franceses, pues en ello ganaría gran nombre, y Solimán ternía entrada en Italia y el rey en Toscana, cuya cabeza era Florencia, donde su padre Felipe Strozi ya fuera príncipe. Tal consejo daba el prior de Capua, siendo caballero religioso de San Joan. No sólo entonces lo procuró, más después lo trabajó con grandes revueltas y muertes, y al cabo murió de un arcabuzazo que allí en aquella mesma tierra le dieron, dende a doce años.

Bien conocía Barbarroja que el prior decía lo que convenía a las partes de ambos, y que fuera otro espanto para Italia como fue Otranto; pero no quiso aventurar su reputación ni su gente, viendo que los enemigos eran muchos, y aun desconfiando de franceses, porque nunca los cosarios acometen a los apercebidos. Fue Barbarroja de Gilo a Próchita y a la Iscla, víspera de San Joan, en la noche de este año mil quinientos y cuarenta y cuatro. Robólas ambas a dos, aunque no pudo al pueblo de Iscla, por ser muy fuerte y artillado, en odio del marqués del Vasto, que le había quitado del castillo de Niza. Llevó de ellas ochocientas personas, y algunos dicen que más de mil. Don Pedro de Toledo, virrey a la sazón de Nápoles, envió con toda diligencia al capitán Antonio de Barrientos, con trecientos españoles a Puzol, mandando que la gente menuda del lugar se fuese a Nápoles, y luego tras él el capitán Saavedra con otros quinientos, y con hasta docientos caballos ligeros y de armas, teniendo que lo combatirían los turcos.

Entró en Baya la flota otro día de mañana, y en tres alas se puso casi las proas en tierra, y echando turcos comenzó de batir a Puzol, y en el combate mató entre otros a Saavedra, que causó miedo y turbación en los demás, si bien por eso no dejaron de tirar con su artillería a las galeras. Los de caballo que guardaban el arrabal, escaramuzaron con los turcos y hiciéronlos embarcar, aunque uno de ellos fue preso por atollar su caballo. Juntó el virrey cuatro mil infantes y más de mil caballos, -tanta es la grandeza de Nápoles-, con los cuales salió a socorrer a Puzol. Barbarroja entonces se recogió, porfiando Salac en la batería, y caminó hacia Salerno con propósito de combatirlo; mas sobrevino Noroeste con tanta furia, que dejando en Zultfan una galeota y dos naos, de cuatro que llevaba, corrió tormenta, y hizo daño en Policastro y otros lugares. Llegó en fin a Lípari, y sacando cuarenta piezas de artillería, comenzó a batir la ciudad reciamente, y batióla doce días arreo. Los vecinos, atemorizados, se dieron por la vida, temiendo la muerte, a consejo de un ciudadano principal llamado Nicolás, y así, todos, que serían cerca de ocho mil, fueron cautivos, salvo el Nicolás, con toda la riqueza del lugar.

Pasó el faro de Mecina Barbarroja, y en Fumara de Muro cautivó mil ánimas, y en Ciriati cuatro mil, y otras muchas en aquella costa de Calabria. Tanta presa, en fin, hizo de ropa y hombres, que no cabía en las galeras, y esto todo hizo sin perder más de una, que dio al través en Galípoli de Pulla. Echó navegando muchos a la mar, maldiciendo los tristes a quien era causa de su desventura, los cuales, de hambre, sed, cansancio y hedor y pretura, se le morían. Entró en Constantinopla muy triunfante; dio a los bajás y criados del Turco, y a las damas del palacio, muchos niños, y mozas, y otras cosas. Las entradas de Barbarroja en Constantinopla, con tantos despojos de la Cristiandad, se representaban delante del Turco, no sin gran vergüenza, y por culpa de los príncipes. Causó, sin este mal, la venida del Barbarroja a Francia, que se retejasen y alterasen los moriscos del reino de Valencia, con esperanza que había de ir allá con su armada, como se lo había prometido, que fuera un terrible caso.

[Resumen de las prosperidades de Barbarrroja. -Su muerte.]

Llegó la hora miserable de este enemigo, tan valeroso como hemos visto, que de un bajo ollero, cual fue su oficio, llegó a tanto que se tomó con el Emperador y fue rey de Argel y de Túnez, y cabeza de todos los cosarios, después de la pérdida de Rodrigo de Portundo, por donde señoreó nuestros mares, haciendo tantos males en Italia y en España, y porque los hiciese mayores le hizo el Turco su general en el mar, y su bajá, que es lo que más puede dar. Ganó a Túnez con aquella armada, que fue grandísimo negocio para el Turco, y porque no ganase a Sicilia, o Cerdeña, o alguna otra isla, tuvo necesidad el Emperador de echarlo de allí, con notable provecho de la Cristiandad y gloria propria suya. Escapóse Barbarroja por su buena diligencia, que se lo tuvieron a mucho. Pidiólo, después de esto, el rey de Francia al Turco. Mas si bien vino poderoso dos o tres veces, no hizo mucho daño.

Aparejaba otra flota para tornar por acá, mas diéronle cámaras con recio flujo, que le duraron mucho, por donde se vino a tullir; acudióle calentura, y matóle, siendo de más de ochenta años.

Era bermejo, como tenía el nombre, de buena disposición, si no engordara mucho; tenía las pestañas muy largas, y vino a ver poco. Ceceaba, sabía muchas lenguas y preciábase de hablar lo castellano, y así, casi todo su servicio era de españoles. Fue muy cruel, más que otro algún cosario de su tiempo; avariento sobremanera por llegar al estado que tuvo, y muy lujurioso en dos maneras. Y dicen que se consumió con la hija de Diego Gaetán, que hubo en Rijoles. Fue decidor con agudeza, y aun malicia, soberbio y libre de lengua, especial enojándose. Suplía estos vicios con disimulación y gracias, y con sucederle todas sus cosas prósperamente. Era esforzado y cuerdo en pelear y acometer, proveído en la guerra, sufrido en los trabajos y muy constante en los reveses de fortuna, porque jamás mostró flaqueza ni miedo notable. Murió, pues, riquísimo, en las casas de Bixatar, que hizo en Pera. Dejó por heredero, con licencia del Turco, a su hijo Hazam Barbarroja, que a la sazón estaba en Argel.

Don Álvaro Bazán, general de las galeras de España. -Españoles y franceses pelearon este año en el agua. -Victoria grande que hubo don Álvaro Bazán; el que después fue marqués de Santa Cruz se halló en ella.

Don Álvaro Bazán se había retirado a su casa, dejando las galeras por haberse sentido de algunos disfavores que se le habían hecho; mas sabiendo el Emperador lo que don Álvaro merecía, y cuánto valía para servirse de él, antes que partiese de España le mandó volver al oficio de general de las galeras de Castilla, y que con toda brevedad fuese a la costa de Vizcaya y Guipúzcoa, y recogiese los navíos y gente que pudiese, por ser extremada la vizcaína en la mar y en la tierra, y que navegase con ellos a Laredo, para que don Pedro de Guzmán, caballero de Sevilla, pasase en Flandres con los dos mil españoles que dije, cuyo maestre de campo general era, y con la demás armada guardase don Álvaro las costas de España de los franceses y otros enemigos, contra quienes estaba la guerra abierta.

Partió don Álvaro de Valladolid en diez de abril; fue a Santander buscando por aquella costa navíos para su armada; juntó hasta cuarenta vasos; los quince fueron a Flandres, con la gente que llevó don Pedro de Guzmán, los demás estaban a punto.

A cuatro de julio, si bien no había en ellos más que mil soldados, que tenía García de Paredes (no el famoso, que ya era acabado), con título de maestre de campo, y estando a este tiempo por general de Fuenterrabía don Sancho de Leiva, avisó, a ocho del mes, a don Álvaro, que de aquella villa habían descubierto una armada de más de treinta naos francesas, que habían tomado dos vizcaínas, que cargadas de sacas de lana iban a Flandres.

Como don Álvaro se hallaba con tan poca gente, pidió luego a don Sancho que le enviase alguna, el cual le envió quinientos arcabuceros con el capitán Pedro de Urbina, teniendo otro correo de Galicia, que a los diez de julio habían pasado los franceses a vista de Laredo, y saqueado las villas de Laja, Curcubión y Finisterra.

Salió con toda priesa don Álvaro, en busca de los enemigos, a 18 de julio, la vuelta de Galicia, que estaba tan amedrentada o temerosa, por los daños que los franceses hacían, que aún en la ciudad de Santiago no se tenían por seguros, porque habían faltado en algunos lugares más de cuatro mil franceses muy bien armados. Pues día de Santiago, estando la armada francesa sobre la villa de Muros, y por general de ella monsieur De Sana, componiéndose por cierta cantidad de dineros, porque no los saqueasen, dio sobre ellos don Álvaro con veinte y cuatro naos; luego se pusieron en orden para pelear las dos armadas. Embistió la capitana de don Álvaro a la capitana francesa, y echóla a fondo, ahogándose mucha gente; y arribando sobre otra francesa que venía en socorro de su capitana, la rindió también. Peleaban, de ambas partes, con valor y porfía, y duró dos horas, al cabo de las cuales los franceses fueron rendidos y degollados más de tres mil; de la parte de don Álvaro fueron muertos y ahogados hasta trecientos.

Atribuyó don Álvaro, como caballero y cristiano, esta victoria al apóstol Santiago, en cuyo día y en cuya tierra se había ganado. En esta batalla se halló su hijo mayor, llamado, como él, don Álvaro Bazán, mozo que no pasaba de diez y seis años; y de esta escuela militar de su padre salió tan gran capitán, como a todos es notorio que lo fue el marqués de Santa Cruz, de quien tendrá bien que escribir el que escribiere la historia del rey don Felipe II.

Metieron en el puerto, o playa de La Coruña, toda la armada francesa que se había prendido, y quedó en guarda de ella don Álvaro el mozo, y su padre fue a dar las gracias al apóstol Santiago, donde el arzobispo, y santa iglesia, le recibieron con Te Deum laudamus. Y en toda Galicia hubo general contento. En Valladolid lo recibió el príncipe don Felipe, con la nueva de esta victoria, de la cual se avisó luego al Emperador a Flandres.

Vasallos de las iglesias.

Sentíase el Emperador tan alcanzado y falto de dineros con los gastos excesivos hechos en la guerra, que mandó a sus consejos y ministros mirasen qué arbitrios o medios se podrían tomar para remediar necesidades tan urgentes.

Acogiéronse a lo bien parado y más rendido, que eran los bienes, jurisdiciones y vasallos de las iglesias y monasterios de Castilla, que los reyes, de gloriosa memoria, y otros caballeros, habían ofrecido a Dios por el favor y ayuda que les había dado en las guerras contra los moros, enviándoles santos, que visiblemente los vieron pelear en las batallas, y habían defendido las tierras que tenían, y ganado otras muchas. Como esto no tocaba a los poderosos del reino, ni a los del Consejo, aprobáronlo, y persuadieron al Emperador que los tomase haciendo alguna recompensa a la Iglesia.

Pidió breve al Papa, y concediólo en cierta forma, conforme a la relación que le hicieron.

Mandó luego el Emperador hacer saber a las órdenes del reino cómo se servía de que le diese los vasallos que tenían, que los sus reyes progenitores les habían dado, con todo lo anejo al vasallaje, y que les daría en recompensa otras tantas rentas como les rendían al presente, sin tener respeto a lo que según justo precio valen. Pero no quiso el Emperador que se hiciese de hecho sin ser oída la Iglesia, y vinieron a la corte muchos religiosos abades de la orden de San Benito y de San Bernardo, los cuales, conociendo el pecho católico del Emperador, y que no quería hacer agravio a nadie, estimando menos el socorro para las guerras que se le ofrecían fuera de estos reinos, y más el bien de los mesmos reinos, y de todas las personas y estados de ellos, y por mostrar esto más a la clara, les mandó que cada uno le dijese lo que cerca de ello sentía, gustando de que también le diesen por escrito lo que de palabra le habían dicho. Lo cual hicieron con muy buenas ganas, no para rehusar si menester fuera de emplear en su servicio las haciendas, muebles y raíces de los monasterios, y las vidas si menester fuesen, sino para mostrar que los que esto aconsejaban y procuraban no miraban tanto lo que convenía a la conciencia, honra y autoridad del César, como a sus proprios intereses o a otros respectos, que no debían ser mirados por personas del Consejo del Emperador; siendo justo atender que había otros estados de gentes más obligados a acudir primero a esto, que las órdenes, y que empleaban lo que tenían menos bien que los eclesiásticos, y que se hallarían otros medios más lícitos y honestos para socorrer al César, que hacer esta novedad en Castilla.

Quien más se mostró en esto fue un abad de la orden de San Benito, que se llamó fray Joan de Robles, varón insigne y noble, y de los mejores predicadores que hubo en su tiempo, a quien el Emperador gustó de oír en esta materia; y valieron tanto sus buenas razones, que el Emperador dijo: «Nunca Dios quiera que yo les quite lo que no les di.» Y mandó que no se tratase más de ello, y así se suspendió por entonces.

Mas en el año de mil y quinientos y cuarenta y cuatro volvieron en el Consejo de Hacienda a tratar de lo mismo, y que se quitasen los vasallos a la Iglesia, pues había facultad para ello. Y el mesmo fray Joan de Robles, abad de San Pedro de Alanza, y fray Francisco Ruiz de Valladolid, abad de Sahagún, de los doctos hombres de su tiempo, suplicaron de ello, como antes lo habían hecho. Y el Emperador quiso que fray Joan de Robles le diese por escrito lo que había dicho en voz, y fue que, para que se entendiese y viese claramente la calidad de este negocio, convenía mirar: lo primero, si era lícito; lo segundo, si ya que fuese lícito y se pudiese justamente hacer, si era cosa conveniente, honesta y buena; lo tercero, dado que fuese lícito y honesto, si era útil y provechoso, que son tres condiciones que deben concurrir en cualquier obra virtuosa, especialmente en las obras políticas que tienen respecto al bien de muchos, cuales deben ser las de los príncipes, que no han de regular sus obras por sus intereses particulares, sino por el bien común de los reinos que gobiernan. Y cuanto a lo primero, se había de presuponer que ningún justo poseedor podía ser despojado sin causa justa, según derecho natural.

Que los derechos, acciones y jurisdiciones de las iglesias son bienes raíces, inmóviles y perpetuos, de los cuales hablan los sagrados cánones y concilios, que no se pueden enajenar ni desmembrar de las iglesias sin igual recompensa.

Que es hacienda que se posee con justo título, porque los reyes de España y otros caballeros, cuando el reino estaba lleno de enemigos infieles, la daban en cumplimiento de los votos que hacían, porque Dios les diese victoria, y fundaban y dotaban los monasterios con estos bienes.

Que sobre este título tan justo, que parece más divino que humano, tenían el de posesión de más de seiscientos y setecientos años, y, en el que menos, más de cuatrocientos.

Que no había haciendas en España poseídas con semejantes títulos.

Que jamás algún príncipe, de cuantos ha habido en España, intentó inquietarlos ni perturbarlos en esta posesión, y que estos vasallos no se sacaron del patrimonio real, sino de lo que ganaban de los moros, de aquello daban a Dios, y también otros caballeros y señores particulares los daban de sus proprios patrimonios, o comprados con sus dineros. dejándolos con cargas y obligaciones de sufragios y aniversarios perpetuos.

Que no habiendo, al presente, culpa ni causa bastante para despojar los monasterios de lo que tan lícita y justamente poseían, parece cosa indigna de un príncipe tan grande y de tanta potencia, querer poner sus manos en la gente más rendida que en su reino tenía. Que no por ser mal gobernados ni por estorbar a los religiosos el gobierno, ni por bastar a suplir las necesidades del César, se les habían de quitar; porque antes eran más bien gobernados y con más caridad y llaneza siendo los perlados, no señores, sino padres piadosos con sus vasallos, ni estorbaban a la quietud de los religiosos, antes con la jurisdición cobraban mejor sus rentas, y sin ella gastaban más en pleitos que tenían, y se distraían los ministros del Señor.

Que para suplir la necesidad del César, era miseria todo lo que ellos valían, ni luciría ni medraría jamás cuanto destos vasallos se sacase, antes consumiría este dinero como polilla juntándose con los demás dineros y rentas reales, para que nada luciese ni aprovechase.

Que para ayuda a los grandes gastos del César, la Iglesia acude con el subsidio y excusado, y pechan y contribuyen, y los que estando en el mundo y en hábito seglar, eran libres y no pecheros.

Que no se había de compensar el valor de los vasallos por lo que a los monasterios rentaban las jurisdiciones cada año, pues demás del derecho honorífico, que es de mucho valor, era claro que un regimiento de una ciudad que vale dos o tres mil maravedís cada año, no lo podía Su Majestad tomar, dando por él veinte y cuatro mil maravedís, y venderlo después por dos o tres mil ducados, porque todo aquello que se puede apreciar a dinero, y está en la hacienda, es parte de la hacienda.

Que los reyes de España, de gloriosa memoria, dejaron a los monasterios muchas preseas de hacienda, y en ellas engastadas muchas joyas de honor, preeminencias y jurisdiciones, para adorno de la Iglesia, que, como esposa de Cristo, la quiere Dios galana, honrada y estimada.

Que sería cosa indecente despojarla, sin darle lo que justamente vale tanto por tanto. Y que sería mayor el mal si se tomase lo que por descargos de conciencia se había dado.

Que no vale decir que puede el príncipe tomar lo que sus predecesores dieron, pues esto se ha de entender cuando se hubiese dado sin justo título. Y sería incurrir en las censuras que en el Concilio aureliacense, cap.14, se ponen contra los que toman lo que sus pasados dieron a la Iglesia. Y si puede el príncipe tomarlo para algún bien público, esto ha de ser dando por ello otro tal o mejor, como dice el emperador Justiniano a Epifanio, arzobispo y patriarca de Constantinopla. Y el Papa Nicolao II, escribiendo al arzobispo de Viena, y Graciano, de los emperadores Carlos y Luis, palabras gravísimas, echa maldiciones que ponen pavor contra los que tomaren estos bienes a la Iglesia. De las cuales están llenos los privilegios y donaciones de los reyes, pidiendo a Dios que sean malditos y descomulgados; que se veyan ciegos y desventurados y comidos de lepra. Que en el infierno tengan por compañero a Judas, que vendió al Señor. Y finalmente, que no vean los bienes de la celestial Jerusalén, si en algo quitaren o disminuyeren de aquello que allí dan y ofrecen a Dios.

Que el Papa puede muy bien mandar, en un evidente peligro, que una provincia favorezca a otra, y una Iglesia a otra, y unos eclesiásticos a otros, por ser doctrina de San Pablo que la Iglesia es un cuerpo, y así se ha de favorecer y ayudar un miembro a otro, el más cercano al más cercano; y cuando el más cercano no pueda, el inmediato, de manera que se guarde la conformidad que hay en un cuerpo natural; pero que esto se ha de entender cuando la necesidad fuere tal, que no pueda por otra vía remediarse, y que cesaba en este caso, como era notorio. Y que de tal manera se ha de hacer el socorro de los frutos eclesiásticos, que si es posible, no pierdan las raíces inmóviles, así como los miembros recios, que favorecen al miembro débil y necesitado, no le dan las carnes ni los nervios, que son como raíces en el cuerpo humano, sino obras y humores, y espíritus vitales, que son como frutos y bienes muebles en el cuerpo.

Que los bienes eclesiásticos son en alguna manera del Papa, pero no de todas, para poder hacer de ellos absolutamente lo que quisiere, según la doctrina de Santo Tomás, en el 4 de las Sentencias, dist. 20, c. 3, art. 3; porque el dominio de los bienes temporales que poseen los eclesiásticos no es del Papa, sino de ellos o de sus iglesias, y así, no puede el Papa transferir en nadie el dominio que no tiene.

Que el dominio de las haciendas y bienes temporales de los monasterios, los que dieron le pudieron transferir, y las donaciones reales claramente dicen que el dominio se pasó de todo punto en las iglesias y monasterios, a quien se dieron las dichas haciendas y bienes temporales.

Que ni aún de los bienes espirituales es el Papa señor, sino dispensador, por lo cual tienen todos los teólogos, que el Papa puede incurrir en el pecado de simonía, como los otros hombres. Lo cual no sería si fuese señor de los bienes de la Iglesia como lo son los seglares de los bienes que poseen. Porque si bien es despensero mayor, al fin es despensero, y no absoluto señor.

Que el doctísimo Joan Gerson declara muy bien en qué modo sea el Papa señor de los bienes eclesiásticos, en el tratado que hizo de la potestad eclesiástica, en la consideración 12, y Guillelmo Ocaro, doctor famoso, en el tratado que hace De potestate Summi Pontificis, cap. 7, alegando otros doctores cuya opinión sigue.

Y pide, finalmente, sobre todo, al Emperador, mire mucho esta razón; y es que es cosa notoria que no puede el Sumo Pontífice quitar a nadie su hacienda, especialmente lo que es secular, y aplicarla al príncipe, si no fuere ocurriendo cosa en que el que la posee la deba dar, y nadie tiene obligación de dar su hacienda sino para defensa y buena gobernación de su propria república, y para esto bastaban las rentas reales, como bastaron, cuando eran muy menores, y los trabajos y necesidades del reino mayores, y fueron suficientes para su defensa, y aun para conquistar otros reinos.

Que Su Majestad no podía pedir a Su Santidad con buena conciencia, ni Su Santidad concederlo, que sus súbditos, habiendo dado lo que la necesidad y loable costumbre les obliga, que le den contra su voluntad otra hacienda con color de la dicha defensa y gobernación, ni súbdito alguno tiene obligación de darla, aunque los príncipes gasten las dichas haciendas en cosas loables, si las tales cosas son impertinentes a la dicha defensa y buena gobernación de aquestos reinos. Y que se mirase si a Su Santidad se había hecho tal relación, con la cual no obstante todo esto, se les haya de quitar esta hacienda sin dar el justo valor por ella, y se le hubiese declarado como de hacerse esto se sigue, que sin culpa de los monasterios de señores los hacían vasallos de los que compran los territorios y lugares, donde los tales monasterios, que tan privilegiados y exentos los fundaron los reyes, sean agora súbditos y esclavos de los compradores. Y que se debía dar copia de la relación que a Su Santidad se había hecho para que la Iglesia fuese oída, y se le guardase la justicia que tiene.

Y cuanto al segundo punto, si era licito, parecía que no, porque nunca los hombres sabios hacen todo lo que pueden, no siendo honesto y conveniente, como lo enseña San Pablo, escribiendo a los corintios, ep. 2, c. 6, el cual, para encarecer esto, torna persona de quien en este mundo puede hacer, sin perjuicio de las leyes humanas, todo lo que quisiere, y dice: Todo me es lícito, mas no todo conveniente. Lícito es, según las leyes, que se ejecuten las penas puestas a los transgresores de ellas; pero no es bien que se ejecuten igualmente con todos, ni por el cabo con todos. Y porque es ansí que no han de hacer los hombres todo lo que de derecho pueden, dice Salomón en el Eclesiastés: No seas demasiado de justo, porque la demasiada justicia es injusticia; esto es, no hagas todo aquello que según rigor de justicia puedes hacer; y que para esto era bien ver si convenía que los religiosos tuviesen vasallos, porque si era bien que los tuviesen, no sería bien que se los quitasen sin culpa bastante o causa justa. Y que mirando lo que primero se dijo, de que estos vasallos vinieron en poder de los monasterios, no porque los religiosos los procurasen, sino porque los príncipes, de su mera liberalidad, y por su devoción, se los dieron con real magnificencia, no ignorando que la gobernación de los vasallos trae consigo muchos embarazos y negocios seglares, contrarios a la quietud y recogimiento que pide la vida monástica, sino que tuvieron por menos inconveniente darles cuidado del gobierno de vasallos que dejarlos con mayores y más continuos trabajos en la cobranza de las rentas que les dejaban. Por lo cual pareció a los reyes de gloriosa memoria, que porque las haciendas de los monasterios se cobrasen con más quietud, y estuviesen más ciertas y seguras, y sobre ellas tuviesen menos pleitos, convenía que en aquellos lugares donde dejaban hacienda, tuviesen entera judisdición para conservarla y cobrarla. Confiando de los religiosos, como de personas que deben tener más cuenta con sus conciencias, que podrían tales ministros, que mantenían los pueblos en justicia. Y que en este tiempo que los herejes eran tan enemigos de la grandeza y majestad de la Iglesia, no convenía desautorizarla; que los reyes grandes que ha habido en el mundo, desde David y su hijo Salomón, fueron gloriosos por los bienes que hicieron a las iglesias. Esto engrandeció el nombre de Ezequías y Joás; esto hizo a Constantino, a Teodosio y Justiniano ser contados por los más esclarecidos príncipes del mundo, por los favores que hicieron a la Iglesia, y esto dio tantas victorias a los reyes de España contra los moros. De los cuales todos, no se halla que hayan intentado de quitar a los monasterios lo que tienen, antes de aumentarlo y conservarlo.

Y pone con esto muchos ejemplos extendidos con muy buenas razones de la veneración y respeto que todas las naciones del mundo han tenido a la Iglesia. Que Roma fue señora del mundo, como dice San Agustín, por ser tan devota de sus dioses, y honradora de la religión. Y que así, aunque a los monasterios no les estuviese bien tener los vasallos, al César le estaba muy mal tomarlos, y era oscurecer la gloria de su sagrado nombre, y disminuir la grandeza de sus hazañas, en lo cual no miraba quien le aconsejaba tal cosa, y quedaría esta mancilla en su corónica. Que la ganancia que de estos vasallos se sacaría sería poca, y nunca luciría, y la pérdida grande y perpetua, pues tocaba al alma y a la honra de un príncipe tan grande y tan católico.

Alárgase mucho el abad en estas razones, las cuales fueron tan eficaces en el pecho católico del Emperador, que aunque tenía ganada la gracia del Pontífice, no quiso usar de ella, y es así que en el año de 1528, en las Cortes que tuvo en Madrid, le pidieron muchos procuradores del reino que tomase estos vasallos, y respondió que los vasallos de las iglesias y monasterios eran dotaciones que los reyes sus pasados habían hecho con gran devoción y celo que tuvieron a la religión cristiana, a lo cual él debía tener singular respeto, y que por eso no convenía al servicio de Dios ni al suyo hacer novedad alguna cerca de ello. Y volviendo, como ya dije, a tratar de lo mesmo sus consejeros y otros que trataban de arbitrios arbitrarios, respondió Su Majestad en el año de 1537: «No quiera Dios que yo les quite lo que no les di.» Y agora, estando tan apretado con tantas guerras, tan falto de dineros, tuvo este respecto tan grande, que mandó que no se tratase más de ello.

Es cierto que este gran príncipe mostró siempre en todas sus obras cuánto deseaba acertar y no hacer más de lo que era razón y justicia, con mucho temor de Dios y celo de su santo servicio, que en él siempre resplandeció desde su juventud que comenzó a reinar, hasta que se retiró en Yuste, como en esta historia se dirá. Por donde entiendo que su alma reina en el cielo con eterno descanso, como reinó en la tierra con la mayor gloria y honra que tuvo príncipe de cuantos en su tiempo hubo en el mundo.

Pero ya que en tiempo del Emperador no se ejecutó el quitar los vasallos a la Iglesia, hízose en el del rey su hijo, y hemos visto lo poco que han lucido los dineros que de ellos sacaron, los daños notables que han recebido las iglesias y monasterios, y aun los mismos vasallos, que están asolados; y conociendo el rey esto, temeroso de su conciencia, manda en su testamento que se restituyan a la Iglesia, y lo peor es que no hay cosa agora más olvidada, que ciega y causa olvido la codicia de las cosas terrenas.

Libro veinte y siete

[Paz entre los príncipes cristianos. -Trátase del nombramiento de un nuevo Papa.]

El año más descansado de la vida del César, cargado del Imperio, fue éste de 1545, porque el rey Francisco, cansado de las armas continuas y porfiadas, y de los años, que ya le fatigaban, estuvo quedo, contento con la paz que con Carlos había capitulado. El inglés, con la presa de Bolonia, se retiró a su reino. El Turco, con las guerras de Asia, dejó nuestra Europa, y los mares que el cosario Barbarroja inquietaba con la armada, quedaron algo seguros con su muerte.

Visitó el Emperador las ciudades de Flandres, trayendo consigo a su hermana la reina María. Los males de la gota y otras enfermedades le apretaban, y más un cuidado de grandísimo peso y consideración, que con celo de verdadero defensor de la Iglesia tenía, sobre la pureza de la fe católica, que en Alemaña estaba muy estragada. Sabía los tratos malos, la multitud de herejes que en aquella gran provincia había y el favor que daban a los destinos de Lutero algunos de los príncipes y ciudades del Imperio. Los cuales les pedían un remedio tan costoso de vidas y sangre, que apenas sus fuerzas bastarían.

La salud del Pontífice andaba muy quebrada, de suerte que se cuidaba más del que en la Silla Romana había de suceder, que de Paulo Farnesio, que la tenía.

Escribíanle de Roma sus ministros y aficionados, les avisase en quién Su Majestad ponía los ojos, para que ellos, con sus fuerzas y amigos, ayudasen; y el César, estando en Bruselas, a 4 de abril de 1545, escribió a Joan de Vega, su embajador en Roma, la satisfacción que tenía de las voluntades en su servicio de los cardenales Carpi y Salviati. Del uno muy poca, y del otro grande; y de la elección del futuro Pontífice, las palabras siguientes:

«En lo que toca al futuro Pontificado están en la mano de Dios lo que podrá ser. Aunque no nos querríamos empachar de la creación, sino por lo que toca a la necesidad de la Cristiandad, y obviar los inconvenientes que podrían suceder de no seguir aquella como conviene; porque cierto es gran escrúpulo de conciencia, tomar parte de estas elecciones, y de la culpa que puede haber, no siendo hechas como se deben; y así estaréis advertido para favorecer en tal caso lo que fuere más servicio de Dios, y bien común de la Cristiandad, temporizando en este medio con el dicho cardenal Salviati, con todo el recato y miramiento que veréis convenir al bien de los negocios, pues de aquí allá con el tiempo se verá y entenderá lo que se debe hacer en tal caso.»

[Quienes se Emperador cerca de la corte de Roma contra los herejes.]

El cuidado, demás de esto, que el Emperador tenía del remedio de Alemaña, y reducir al gremio de la Iglesia católica romana los que ciegamente se habían apartado de ella, era grande, y deseaba juntar las fuerzas y armas que para jornada tan importante eran necesarias.

Estando en Wormes, a 5 de julio de este año, envió a Roma a monseñor de Andalot, su caballerizo, ordenándole que en el camino visitase (y éste fuese el color de su jornada) a la duquesa de Camarino, su hija, señaladamente por su preñada, mostrándole el amor que Su Majestad la tenía y el placer que había recebido de ello, y cerca de esto hiciese con el duque de Camarino, su marido, lo mismo, con Su Santidad y con todos los de la casa Farnesa. Que habiéndose comunicado con el embajador Joan de Vega en Roma, le dijese que después del último despacho y cartas, que se escribieron a 28 de junio al dicho Joan de Vega sobre lo que se había platicado, comunicado y resuelto con el obispo Veraldo, nuncio de Su Santidad, se había continuamente entendido en ver examinar y consultar con el secreto necesario las cosas que se debían ver y proveer para hacer la empresa contra los desviados de la fe. Que como este negocio era de tanta importancia, en que iba tanto que se hiciese como convenía, y que cualquier yerro o falta que en la ejecución de ella hubiese podría traer inconvenientes irremediables, se habían hallado en la discusión dificultades, que aunque era muy contra el ánimo y deseo del César, pero se le habían apuntado tan evidentes y claras, que no obstante que de muy mala gana quería consentir en ellas, pero para no usar en esto más con afición, que con la razón que debía en todas las cosas, señaladamente en las de la guerra, serle superior, le había parecido avisar a Su Santidad realmente de lo que en esto se apuntaba; confiando que Su Santidad, con su gran prudencia y larga experiencia, miraría y resolvería lo que más viese ser servicio de Dios, y que en esto se hiciese todo lo que pareciere poderse emprender y hacer con razón; y aun confiarse en la divina clemencia y bondad, que querría asistir en este negocio por su propria causa. Y por esto le despachaba con tanta diligencia, porque haciéndola en todo, pudiese con la brevedad posible entender el parecer de Su Santidad y resolverse en lo que se hubiese de hacer; lo cual difiriría hasta su vuelta. Que demás del grandísimo deseo que tenía de entender en tan buena y santa obra, y aun tan necesaria; y sin la cual es claro que se perdiera la Germanía cuanto a la religión, y traería aún más inconvenientes en todo, veía claramente que la coyuntura y oportunidad se ofrecía muy grande, hallándose allí en persona, desembarazado de guerra contra el Turco y también de cristianos, y teniendo gente española a propósito allí y en Italia; que de todas maneras era forzoso sostenerla, y que tenía la correspondencia tan buena de Su Santidad y de su parte. Y que por ventura podría acaecer embarazo, difiriéndose esta empresa, para que después no se pudiese hacer con tan buena coyuntura y comodidad. Que sólo en contrario de esto había la brevedad del tiempo para hacer esta empresa en lo que quedaba del verano, y la imposibilidad que se hallaba en proveer las cosas necesarias. Y lo que en esto más se dudaba, no ver cómo se podía apercebir, levantar y juntar el ejército, tal y tan poderoso como se requería, aunque tuviese todo el dinero que era menester en la mano, y se hiciese toda la diligencia posible antes de Nuestra Señora de setiembre, a mediado el mes; y señaladamente la gente alemana de caballo, sin la cual no se podía hacer bastante ejército. Y iba mucho en haberla tal que se pudiese fiar de ella en lo que tocaba a la religión; demás que los enemigos harían todo lo que pudiesen para embarazar su camino y juntamiento; y serían muy poderosos la gente de a caballo, y de los mejores de la Germanía. Que también los diez mil infantes y seiscientos lanzas con que el rey de Francia había de ayudar para contra el Turco, o para lo de la religión, a voluntad del César, como Su Santidad lo tenía entendido, para enviarlos después de la requisición, tenía cuarenta días de término, se debía considerar cuándo llegaría, si bien no por ello se dejaría de hacer lo que era justo, si lo demás se pudiese proveer con tiempo.

Demás de lo cual, también había el no poder hacer los cambios del dinero de tanta suma como era menester, señaladamente sobre la concesión de los medios frutos, ventas de los vasallos de los monasterios y otros expedientes que de fuerza se habían de buscar. Y tanto más, comprendiéndose que los mercaderes de aquellas partes no querrían entender en ello por miedo de los dichos desviados, y los otros mercaderes habían hecho ya muchos cambios, por las guerras que se continuaban en Francia y Ingalaterra, y la ocasión de ellas, teníase por muy dificultoso poder hacer los cambios, y de tanta suma, y haber el dinero para servirse de él al tiempo que sería menester. También había la provisión de las vituallas, señaladamente de carne y vino, y en la parte donde se tenía fin de hacer la masa, y también la artillería y municiones, aunque en esto bien se hallaría medio. Que siendo así, que no se pudiese juntar el ejército antes del tiempo sobredicho, pero que no obstante las otras dificultades ya dichas, se hallase en ser para marchar, todavía se consideraba que no podría entrar en tierra de enemigos antes de los 25 o fin de setiembre, y que entonces ya se sentía comúnmente el frío del invierno, señaladamente en aquellas partes, y era tiempo de muchas aguas, y que viendo esto los enemigos, se deternían en defensión, esperando que no podría ser largo el ímpetu de la guerra, y aunque se ganase algo, y se quisiese sostener, sería en parte trabajosa por el rigor del invierno, y con necesidad de bastimentos que se habrían de traer de fuera, y no impedir a los enemigos que no se fortificasen, preparasen y hiciesen más fuertes durante el invierno para tornar sobre los católicos estando ya cansados, y habiendo gastado mucho con poco efecto, y comenzando la empresa sin poderla acabar; o si se determinase y quisiese hacer, y no se pudiese juntar la gente y provisiones, ni ejecutarse por falta de tiempo, cualquier de estas cosas traería inconvenientes irreparables, y se siguiría la total ruina de los católicos, perlados y otros, y pérdida de la fe, antes que se pudiese dar remedio alguno.

Demás de esto, se decía que, según se conocía de la inclinación y costumbres de aquellos desviados, y aún de su obstinación, que era común causa a todos, que comenzando a usar de la fuerza contra ellos, era menester pasarla de golpe adelante, y de manera que ellos viesen que era en tiempo y con disposición y provisión para poderlo sostener, que, como, haciéndolo así, sería el verdadero medio para sojuzgarlos y reducirlos a la razón, también, comenzando por el contrario, se seguiría, más obstinación con la asistencia de las otras setas, y aun de los anabautistas, porque no obstante que los luteranos y otras setas los aborrecían, pero cuando se trata de emprender contra ellos, se aunan y defienden como si fueran una misma cosa. Que asimismo había que el duque Guillelmo de Baviera había resueltamente respondido que no le parecía que por agora se debiese emprender contra los dichos desviados, y era de creer que aunque él tuviese la voluntad que era razón en esto, para que, como era de su cabeza, difícilmente mudaría opinión, y habría mucho que hacer para atraerlo a que viniese bien en que se hiciese luego esta empresa; señaladamente que se sabía que no tenía dineros, ni medios para poderlos hallar tan presto, ni disponer a sus vasallos para hacer la guerra. Mayormente, que se hallaba muchas y grandes deudas de su hermano, y que tenía que hacer con sus vasallos, y otras cosas que de su muerte habían procedido. Y no solamente era menester que viniese bien cuanto a sí a este negocio, mas también convenía que con su intervención, medio y parecer, se mirase cómo se debía haber la asistencia y ayuda de los eclesiásticos y otros estados católicos, y esto en su tiempo y sazón, para guardar el secreto necesario. Y a lo que se había dicho de los embarazos que podría haber, dicen que, tomando esta jornada con tiempo al principio del verano, que el Turco no la podría impedir, aunque no corriese la tregua adelante, y que ningún príncipe cristiano lo querría embarazar, ni lo podría hacer, ni haber medio para ello, usando de esta presteza; y demás de esto, que se pudiera durante aquel invierno platicar y encaminar para dividir las ciudades de los príncipes y Estados desviados, y aun incitar algunos que, con querellas particulares, y esperanza de vengarse y cobrar lo suyo, podrían particularmente dar en qué entender a estos príncipes, como al, duque de Jassa, por las competencias que tienen con él algunos vecinos, y el lantzgrave con el conde Guillermo de Nasao, y el duque de Branzuic de su parte. Y también había otros príncipes que tenían competencias con las ciudades, lo cual se platicaría y trataría en su tiempo y lugar, y con la disimulación y manera que el caso respectivamente requiría, y la sospecha y temor que entre sí tenían, y lo que entendían que contra ellos se trataba, señaladamente por cartas venidas de Roma, con lo cual estaban agora muy apercebidos y proveídos, y viendo que no se hacen las provisiones, se caería esta voz y fama que había de que se iba contra ellos, y después podrían ser más descuidados en creerlo, y hacerlas provisiones, jugando que sería como lo de agora.

Concluye diciendo el César ser esto lo que se apuntaba y ofrecía en negocio tan importante; pero que, con todo, se ofrecía a que, siendo posible vencer estas dificultades, que sobre la brevedad del tiempo se tocaban, que él estaba muy presto a entrar desde luego en esta empresa, si bien fuese con riesgo y aventura. Pero que tocando este negocio no sólo a él, mas a Dios y a Su Santidad, había querido avisar confidentemente, y con el respeto filial que debía, de lo que ocurría, para que si había medio de emprender esta buena obra, desde luego, que se hiciese en el nombre de Dios. Que ya que esto no podía ser agora por las dificultades dichas (que de fuerza se habían de confesar si bien fuesen contra lo que tanto deseaba), que eran grandes, quería también que Su Santidad supiese que su voluntad era y siempre sería la misma, para que con la ayuda de Nuestro Señor se emprendiese y hiciese el año venidero, y se comenzase a poner las manos en la obra lo más presto y temprano que ser pudiese, y que no se dejase entretanto un solo momento de tiempo de preparar con el secreto que convenía, lo que para esto era necesario, para que se hiciese de manera que Dios fuese servido con ello, y la santa fe remediada, y guardada la autoridad de Su Santidad y de la Sede Apostólica.

Y para que esto quedase firme entre Su Santidad y el César, era Su Majestad contento, y deseaba que se capitulase y tratase distinta y particularmente, según ya estaba escrito a Joan de Vega, lo que se había de hacer, y señaladamente, de asegurar, por parte del César a Su Santidad de no tratar ni hacer cosa tocante a la fe sin su expreso consentimiento, ni gastar el dinero que se sacaría de la concesión de los medios, frutos y rentas de los vasallos de los monasterios, sino en esto; ni tampoco tocar en el dinero de los docientos mil ducados que Su Santidad había ofrecido de proveer para esto.

Y también confiaba que el Pontífice, como era razón, miraría y proveería que fuesen ciertos para servir a esto en su tiempo, y asimismo los dineros que serían menester para sustentar la gente de pie y de caballo que había ofrecido. Y también miraría Su Santidad en los otros cien mil ducados, demás de los dichos docientos mil, y en lo que más sería menester, según durase la empresa, y que las diligencias se hiciesen con el duque de Baviera y con los otros Estados católicos, como se consideraba deberse hacer de parte de Su Santidad y de la del César, para el buen efecto de la empresa, y guardando el secreto que se requiría para ello.

Y asimismo era razón que Su Santidad y el César se uniesen en esto y en todas las cosas que tocasen al servicio de Dios y bien público de la Cristiandad; y señaladamente, que si por esta ocasión de remediar las cosas de la fe, algunos príncipes cristianos se quisiesen mover a embarazarlo, el sentimiento fuese común a Su Santidad y al César, y de su parte hiciese todo lo que fuese menester a su oficio y dignidad para asistir al César, y que, como en cosa común y propria de cada uno, hiciesen ambos todo lo que fuese conveniente.

Demás de esto, se había considerado sobre lo que se había apuntado de parte de Su Santidad: Que en la provisión de los dineros que se había contratado de hacer, y también de la concesión de los medios, frutos y rentas de los vasallos de los monasterios, convenía que diese razón al Consistorio, que lo que se platicara y tratara sobre esto con el Consistorio fuese con fundamento de la resistencia contra el Turco, en caso que fuese menester, incluyendo debajo de esto el sostenimiento de la fe católica, y lo que en esto se hallase ser necesario, porque con esta causa se podría justificar todo lo que el Pontífice quisiese hacer, siendo tan santa y buena obra, y miraría Su Santidad si sería bien que esto se articulase para guardar mejor la disimulación, pues iba tanto en el secreto, con el cual los desviados podrían descuidar, y también con la manera que se podría usar de consentir un coloquio y inducir otra Dieta para el invierno próximo siguiente, en la cual diría el César que se quería hallar personalmente. Pero quería que esto del coloquio y indición de la Dieta fuese sin tocar en alguna manera a lo del Concilio y progreso de él, y con el presupuesto antes dicho, de no hacer cosa alguna en lo de la fe sin consentimiento de Su Santidad, y cuando no pudiese hacer consentir aquellos desviados a que se hiciese el receso con su consentimiento (lo cual creía que no harían), tenía pensado de hacerlo de soberana autoridad imperial, y darles a entender que, si alguno de los Estados contraviniese en ello, que sería con lo que hubiese mandado por el dicho receso, en el cual pensaba poner una cláusula:

Que todas las innovaciones hechas desde el precedente receso se quitasen por incluir lo que tocaba al elector de Colonia, y también que todas cosas de hecho, y violencias, desde el dicho receso, y las que se podrían hacer, se juzgasen conforme a derecho, para incluir las ocupaciones que habían hecho el duque de Jassa, marqués de Brandemburg y otros, contra los obispos electos y otras iglesias. Pero que entretenía la cosa hasta que tuviese respuesta de Su Santidad, y también esto del receso no pasaría así sin trabajo y mucho malcontento de los desviados.

Hallábase el César con trabajo, por la obstinación del arzobispo de Colonia, y se habían tomado cartas suyas, que escribía a los Estados, en que se veía su perdición. También, por otra parte, se temían los de la Iglesia y ciudad de Colonia de él y del común popular que en todas partes se inclinaban mucho a las novedades heréticas y así se temía una gran ruina en las gentes de aquel Arzobispado. Y el César consultó sobre ello a Su Santidad, pidiéndole que con brevedad le avisase y diese su parecer para hacer lo más conveniente, siendo su fin, en caso que esta empresa no se pudiese hacer aquel verano, de volver a Flandres luego, para dar orden en las cosas de allí, y ser de vuelta en Alemaña para el día de los Reyes, para dar, con el ayuda de Dios, principio a esta santa empresa lo más presto y temprano que ser pudiese el año venidero. Y fue parecer del César, supuesto lo arriba dicho, que se debía dejar el Concilio en pie, procediendo en él en la mejor manera que ser pudiese, y que viniendo a hacerse la aperción, se metiesen adelante cosas que no pareciesen en este principio directamente contra los dichos protestantes y su seta, sino que se tratasen otros puntos que fuesen tocantes a lo general de la Cristiandad, y que se tratase de la reformación y vivir de las personas eclesiásticas, para que los desviados tuviesen menos temor; pero no de manera que lo perdiesen del todo, porque el Concilio, por una parte, y ver estar en ello la generalidad de los príncipes católicos, y la amistad entre Su Santidad y el César, y que la tendrían sobre sí si hiciesen algún motivo contra los católicos, contra el receso, los hiciese estar quedos a los perlados en el Concilio, por el favor que tan cerca tenían, y a los herejes en no ofenderlos, por el respeto y temor que habían de tener estando tan cerca el César.

Con estos avisos tan católicos y bien considerados, acaba el Emperador la instrucción y memoria con que en Wormes despachó a monseñor de Andalot, a 5 de julio de 1545.

El celo santo que tuvo de remediar los males de Alemaña, cuando no bastase el bien, con fuego y sangre. -El cuidado y pena que el Emperador tenía por las herejías de Alemaña. -Liga que con providencia humana los herejes hicieron. Presunción loca de los herejes de Alemaña.

De la cual consta cómo la cosa que más fatigaba su ánima, era la nueva religión de Alemaña y reformación de ella, porque demás de lo que tocaba a la fe católica, que era lo principal que miraba, hallaba otros graves inconvenientes que se seguían si este mal pasase adelante. Que si aquella gran provincia se dividía en nuevas actas y parcialidades sobre la religión, eran forzosas las guerras entre ellos mismos; y fuera de que aquella nobilísima gente y tierra perdía su antiguo honor y decoro, y el nombre tan célebre y honrado que siempre tuvo de cristianísima, se había de consumir en guerras civiles, y a su reputación imperial tocaba y era forzoso, tomar las armas contra sus proprios vasallos y naturales, y se gastarían sus fuerzas y vidas entre sí mesmos, que tanto importaban contra los turcos, que fueron los deseos más eficaces que el Emperador siempre tuvo, y en que el demonio le atravesó mayores estorbos.

Pensaba qué medios, qué trazas daría para curar tanto mal no con fuego, ni hierros ardiendo, ni derramamiento de sangre, sino por otros caminos suaves, fáciles y llanos. Lo cual veía dificultoso, si no era que los herejes, nuevos inventores y docmatizadores, se allanasen y volviesen a la obediencia de la Iglesia católica romana; hallaba que se podía hacer, celebrándose un Concilio general de toda la Cristiandad, con potestad plena de la Cámara imperial, y determinándose a que los herejes que rehusasen hallarse en este Concilio, no se quiriendo sujetar a lo que allí se determinase, tomaría luego las armas y les haría cruel guerra, como a rebeldes contumaces, enemigos de la Iglesia y del Imperio romano, para rendir y sujetar rigurosamente a los que con blandura no quisieron dejar sus nuevas dotrinas y notorios errores, con la potencia y furor de las armas. En lo cual esperaba el favor del cielo, cuya causa él hacía.

Este pecho valeroso y celo cristiano del César, había días que los herejes sentían y temían, y así, como hijos de este siglo y ministros del demonio, que en esto los ayudaba, con providencia humana se habían concertado y confederado diez años antes de este en la ciudad de Smalcalda y en otros muchos conventículos que entre sí habían tenido. Y habían procurado que cayesen en esta liga muchos señores poderosos de Alemaña y fuera, con grandes ciudades poderosas y ricas, cuales las hay en Alemaña. Llamaban a esta liga y conjuración Smalcalda, defensiva de la nueva religión y libertad de Alemaña. Tanto se atrevían ya los herejes de Alemaña, sabiendo el príncipe que tenían, que no estaba hecho a sufrir semejantes demasías, y de la manera que había castigado otros atrevimientos no tan pesados. Fue el atrevimiento terrible hacerse legisladores en la Iglesia, y en la república, presumiendo locamente de hacer, aquellos bárbaros viciosos, una nueva república, nuevo Imperio, nueva Iglesia y queriendo unos idiotas sensuales hacer ciegos a todos sus pasados, desde que recibieron la ley pura y limpia de la boca de los Apóstoles y predicadores santos del Evangelio; y que ellos solos habían sido los alumbrados y favorecidos del cielo para ver y conocer la libertad del Evangelio y el precio de la cruz y sangre de Cristo, con que querían comprar y gozar la vida más ancha y viciosa que tuvo nación del mundo, después que se pobló de hombres. Estos son los que agora tienen en cuidado al santo Emperador, y a mí me han de dar que decir los dos años que vienen después de este.

Muerte temprana de la princesa de España. -Murió Carlos, duque de Orleáns.

Y pues he comenzado a llorar lástimas, diré una de harto dolor, que fue de la muerte de la serenísima princesa de España, doña María, mujer del príncipe don Felipe, señor único heredero de estos reinos. Murió esta malograda princesa en Valladolid, a doce días del mes de julio de este año. Parió al príncipe don Carlos el desdichado, a 8 de julio, a las once de la noche, entrando el día nono, según cuentan los astrólogos, que se engañaron harto en lo que de este príncipe dijeron, particularmente el maestre Antonio Pacheco, catedrático astrólogo de Coimbra, y de ahí a cuatro días murió, en domingo.

Fue su cuerpo depositado en el monasterio de San Pablo de Valladolid, y a 8 de setiembre de este año, fue la muerte, que dije, de Carlos, duque de Orleáns; yendo con su padre y hermano el delfín, con poderoso ejército, a cobrar a Bolonia del inglés, enfermó de una calentura pestilencial. Murió de edad de veintidós años. Era príncipe amable por la condición y rostro que tenía.

Murmuróse mucho su muerte y la de su hermano Francisco, que también murió malogrado. Decían que les habían dado veneno, con consejo e industria de Catalina de Médicis, su cuñada, que deseó la muerte de Francisco por verse reina de Francia, y no le pesó de la de Carlos, ni aun a su marido Enrico, tocado de envidia por el favor que el rey, su padre, y el Emperador, le hacían.

Luego envió el rey a Claudio Annibaldo, dando cuenta al Emperador de la muerte de su hijo, y pidiéndole que, pues era muerto Carlos, se volviese a confirmar la paz, con otras nuevas condiciones. Esperó Claudio la respuesta del César, y no le dio otra, más de prometer que por su parte él no quebraría la concordia haciendo guerra al rey, si él primero no la hacía; y con esta respuesta tan seca, quedaron algo dudosas las voluntades.

Dieta en Wormes. -Contradicen los alemanes el Concilio en Trento.

Había el Emperador mandado que los príncipes y ciudades de Alemaña se juntasen en Wormes para tener Dieta con ellos, y porque impedido de la gota no pudo él acudir, presidió en esta junta como vicario suyo y rey de romanos, su hermano don Hernando. No se hizo cosa buena, ni por más que el rey les representó cuánto les importaba la paz, y que le ayudasen contra el Turco; no bastó razón, y faltaron muchos, aunque enviaron sus procuradores, con orden que abiertamente contradijesen el Concilio de Trento, y que ellos no obedecerían cosa que el Emperador les mandase, tocante a esto ni a la nueva religión, más de en aquello que bien les estuviese.

Con esto se deshizo la Dieta, y el Emperador, cansado ya de sufrir tantas demasías de los herejes, echó la Dieta para Ratisbona, donde, habiéndole dejado la gota, fue en persona.

Muerte de fray Antonio de Guevara, coronista del Emperador.

Debo hacer memoria de la muerte de fray Antonio de Guevara, obispo de Mondoñedo, coronista del Emperador, religioso muy docto y principal, y de gente ilustre; en cuyo oficio yo sucedí, y en los que a él le sucedieron, y en sus papeles. Murió año de 1545, y sepultóse en una rica capilla que él mandó hacer en el monasterio de San Francisco, de Valladolid. Escribió algunas cosas que andan impresas. De la historia, que era su principal oficio, muy poco y sin concierto, que no le tenía el borrón que iba haciendo, esta mesma historia. Estos papeles hallé en Almenara, aldea de Olmedo, donde él edificó una casa; vílos, aunque muy apriesa, porque los tenía una mujer, y pensaba que en ellos estaba el remedio de sus hijos.

En cuatro días saqué de ellos lo que me pareció que se podía poner en esta historia, para la cual no he tenido otra ayuda, y lo que escribió Pedro Mejía, que fue hasta el año de 1529, habiéndose cargado cinco coronistas de hacer esta obra; que en menos de un año comencé y acabé, y tardé en imprimirla, por el poco socorro que tuve, dos años.

Murieron este año en Castilla otros muchos perlados y caballeros principales, que así se acaba esta vida y las dignidades de ella, que se desvanecen como el humo y ligeros vapores de la tierra.

Alteraciones del Pirú. -Va Blasco Núñez Vela por virrey, en el año 1543. -Prende el virrey a Vaca de Castro. -Gonzalo Pizarro, procurador general. -Comienzan las juntas y alteración de ánimos. -Levantan los alterados banderas y armas. -Sello real y audiencia en Lima, 1544. -Comienza Pizarro a hacer oficio de tirano. -Caravajal, maestre de campo de Pizarro. -Mata el virrey injustamente al fator Illán Juárez. -Retírase el virrey a Trujillo. -Discordia entre el virrey y oidores. -Saquea la gente de guerra la casa del virrey, y casi los oidores le prenden. -Pónense en armas unos contra otros. -Los parientes del fator quieren matar al virrey. -Quieren los oidores enviar medio preso al virrey en España. -Requieren los oidores a Pizarro que deje las armas y derrame la gente. -Pónese Pizarro con su campo a cuarto de legua de Lima. -Amenaza Pizarro con saco y muertes a los oidores. -Dánle los oidores, vencidos del miedo, título de gobernador. -Entra Pizarro en Lima, de guerra, con aparato. -Recíbenle, a pesar de la audiencia, por gobernador. -El virrey, que se escapó de la prisión, llama gente y pónese en orden contra Pizarro. -Allanamiento del Pirú.-El licenciado Pedro de la Gasca va a pacificar el Pirú. -Gana Gasca a Hernán Mejía. -Gana a Hinojosa y otros capitanes, con la armada: principio del bien. - Pareceres sobre la venida del presidente. -Entrégase la armada al presidente. -Quiere Pizarro impedir que de la armada no saltasen en tierra. -Los partidas que de parte del Emperador se hacían a Pizarro. -Procura Lorenzo de Aldana que la gente levantada entienda el perdón y mercedes que el Emperador hacía. -Vásele gente a Pizarro. -Dicho de Caravajal, viendo írsele a Pizarro la gente. -Alzase Lima por el rey. -Deshecho Pizarro. -Acudía gente al presidente Gasca. -Marcha el presidente, con su campo, al valle de Jauja. -Tiranía grande de Pizarro. Ordena el presidente su campo para acometer a Pizarro.-Pedro de Valdivia, escogido capitán, valió mucho contra Caravajal. -Siéntese Pizarro apretado; requiere al presidente que suspenda la armada. -Alójase Pizarro en sitio fuerte para esperar al presidente. -Ofrece Pizarro la batalla. Cepeda y otros se pasan al campo de los leales. Estando para romper, se deshacía la gente de Pizarro y pasaba al presidente. -Dicho cristiano de Pizarro. Viendo que se le iban todos, ríndese y entrega. -Prenden a Caravajal. -Justician a Gonzalo Pizarro y otros. -Prudencia notable del presidente.

Diré aquí las alteraciones del Pirú y sus provincias, que causó Ia ordenanza que se hizo en Valladolid, según dije, año de 1544, porque no he de hacer más que una breve relación; y ellas duraron hasta el año 1549, en que el licenciado Pedro de la Gasca los allanó con sumo valor y prudencia, dejando aquellas tierras remotísimas, y corazones tan alterados, y de suyo altivos, muy en servicio de su rey. No podré guardar aquí el orden de contar cada cosa en su año y en su libro, sino que de fuerza juntos, y en una pella o párrafo, diré recogidamente, antes de contar los hechos de Alemaña, lo que fueron y en lo que pararon estas alteraciones desde el año de 1544, en que comenzaron hasta el de 1549 en que, acabadas, sosegada ya la tierra, Gasca volvió en España.

Dije brevemente las ordenanzas que se habían hecho cerca de las quejas que había del mal tratamiento que se hacía a los indios, las cuales se publicaron en Madrid año 1542, y luego se enviaron traslados de ellas a diversas partes de las Indias, de que se recibió muy gran escándalo entre los conquistadores, especialmente en la provincia del Pirú, donde era mayor el daño, porque a todos se les quitaban las haciendas y quedaban, como dicen, a puertas.

Murmuraban largo; quejábanse, con sentimiento, al descubierto. Acudieron muchos al Cuzco a dar sus memoriales y quejas al licenciado Vaca de Castro, que gobernaba, y por su consejo enviaron a suplicar de la ordenanza a Su Majestad. Antes que llegasen en España los procuradores de los indianos, habían proveído a Blasco Núñez Vela, caballero vecino de la ciudad de Avila, que a la sazón era veedor general de las guardas de Castilla, para que fuese por virrey, capitán general y ejecutor de la ordenanza al Pirú, y se proveyeron con él cuatro oidores para la audiencia que se había puesto en aquel reino, y todos se hicieron a la vela en el puerto de Sanlúcar de Barrameda primero de noviembre, año mil y quinientos y cuarenta y tres; y el virrey se adelantó sin querer esperar a los oidores, y fue ejecutando las ordenanzas que llevaba.

Y la primera fue que los indios se volviesen a sus naturalezas, estando fuera de ellas, y en desembarcando en Túmbez, puerto del Pirú, comenzó a ejecutar las ordenanzas en cada lugar por do pasaba, si bien le suplicaron esperase a que los oidores se juntasen en la ciudad de Lima y que los oyesen para bien informar a Su Majestad, él no quiso, de suerte que Blasco Núñez entró en el Pirú, con poco gusto de todos, y aún de los oidores sus compañeros, con quien ya venía desconforme, y ellos con él; y así, tuvo mal fin su jornada. Requirió a Vaca de Castro, con las provisiones que traía, para que él desistiese del gobierno.

Luego comenzaron a sentir el rigor del virrey, y había pareceres, y persuadían a Vaca de Castro que no le admitiesen, y que si él no quería ponerse en esto, que se estuviese a la mira, que ellos lo harían, de suerte que ya la cosa se iba poniendo en malos términos. Procuraba Vaca de Castro sosegarlos, mas no bastaba su autoridad, aunque el virrey se lo agradeció poco, y le prendió por sospechas de que era parte en los motines que había.

Recogiéronse en el Cuzco muchos de los principales, y comenzaron a juntar armas, y la artillería que había en Guamanga, con grande alboroto. Vino luego allí Gonzalo Pizarro, y nombráronle por procurador general de toda la tierra.

Era Gonzalo Pizarro hermano del marqués Francisco Pizarro y de Hernando Pizarro, principales descubridores y conquistadores de esta tierra. Pedían todos a Gonzalo Pizarro que tomase la mano y se hiciese cabeza, para suplicar de las ordenanzas. En lo cual no reparó mucho, porque tenía buen ánimo y había días que deseaba ser gobernador del Pirú. Recogió ciento y cincuenta mil castellanos, trajo consigo hasta treinta personas, y en el Cuzco le recibieron con gran aplauso, y cada día se le juntaban gentes, y de la ciudad de los Reyes venían blasfemando del virrey, diciendo mucho más de lo que hacía para indignar más los ánimos.

En el cabildo del Cuzco se hicieron muchas juntas sobre la venida del virrey; unos decían que le recibiesen, y se enviasen procuradores a suplicar de las ordenanzas. Otros, que recibiéndolo una vez y ejecutando las ordenanzas, como lo hacía, les quitaría los indios, y que una vez desposeídos, tarde volvieran a cobrarlos. Resolviéronse en que Gonzalo Pizarro fuese, como procurador general, a la ciudad de los Reyes, y suplicase de las ordenanzas en la audiencia real. Y que fuese acompañado de gente armada, porque el virrey había ya tocado atambores en la ciudad de los Reyes para castigar a los que habían ocupado la artillería, y también porque le tenían por hombre áspero y demasiadamente riguroso, y que hacía de hecho y amenazaba a muchos, y que sin la audiencia real, él no podía hacer nada. Daban otros muchos colores al venir Pizarro con gente armada, y había pareceres de letrados que lo podían hacer, y con esto levantaron banderas y hicieron gente, y con demasiada pasión se le juntaron muchos.

Y el virrey tuvo aviso de este levantamiento, y queriendo juntar gente para remediarlo, llegaron los oidores, y se recibió el sello real en Lima, con gran solemnidad, año 1544. Y se formó la audiencia, pero tan malos concertados los oidores con el virrey, como si fueran enemigos, y no sirvieran todos a un rey y señor.

Hay de esto historias particulares, la del contador Agustín de Zárate, y de otros que dicen largamente estas cosas. Diré brevemente lo que basta para ésta del Emperador. Sabido por el virrey y audiencia los aparejos de guerra que Pizarro y otros hacían en el Cuzco, despacharon provisiones, llamando gente con armas para servir al rey. Nombraron capitanes, y hízose un ejército en que había seiscientos hombres de guerra, sin los vecinos de Lima, los ciento de caballo y docientos arcabuceros, y los demás piqueros. Mandó el virrey hacer muchos arcabuces de hierro, y de fundición de unas campanas de la iglesia mayor, que para ello quitó. Prendió al licenciado Vaca de Castro y a otros caballeros, sin hacerles cargo de su prisión; Gonzalo Pizarro, justificando su causa, hizo toda la gente que pudo y salió de la ciudad del Cuzco con campo formado, y hasta veinte tiros de artillería y razonable munición; apartáronsele hasta veinte y cinco hombres principales, que sintiendo cómo el negocio iba dañado y en deservicio del rey, cumpliendo las provisiones en que el virrey y audiencia los llamaban, por caminos encubiertos y desviados de Pizarro, fueron a la ciudad de Lima para servir al rey. Lo cual sintió mucho Pizarro, y si los cogiera les costara la vida; y otros que venían en el campo de Pizarro, procuraron reducirse, viendo que Pizarro iba usurpando autoridad y mando más de lo que convenía al servicio del rey; otros como Pedro de Puelles, teniente de Guanuco, y Jerónimo de Villegas, con cuarenta de a caballo se pasaron al bando de Pizarro, y muchos eran del mismo parecer, y buscaban ocasiones para meterse en su campo, por el interés de la hacienda, que de esto y la mala condición del virrey, los asombraba.

Mató Gonzalo Pizarro algunos capitanes principales de su campo, porque sintió que se querían pasar al servicio del rey. Hizo maestre de campo a Francisco Caravajal, soldado que se había hallado en la batalla de Rávena, de los valientes y sagaces capitanes de su tiempo, aunque mal cristiano, y de sus hechos y dichos se escriben cosas notables en las dos historias que dije.

Mató el virrey dentro de su casa a puñaladas al fator Illán Juárez de Caravajal, con sospechas de que unos sobrinos suyos se habían pasado al campo de Pizarro. Sintióse mal de esta muerte en la ciudad de los Reyes, que fue domingo en la noche, 13 de setiembre, año 1545, y la Audiencia hizo proceso sobre ella contra el virrey. Con la muerte del fator acabó el virrey de caer en total desgracia del pueblo, y habiendo pensado esperar a Pizarro en la ciudad Lima, o Reyes, y pelear allí con él, para lo cual había mandado a fortificar, determinó (no se hallando ya seguro en ella) de retirarse ochenta leguas atrás, en la ciudad de Trujillo, despoblando aquella de los Reyes, y en el camino todos los lugares llanos, y haciendo subir los indios a la sierra. Los oidores no fueron de este parecer, y se pusieron en que no habían de salir de allí.

El virrey tomó el sello real para llevarlo consigo a Trujillo; puso en un navío los hijos del marqués Francisco Pizarro con el licenciado Vaca de Castro como en prisión, y no bastó razón que no sacase de allí. Supieron los oidores que el virrey les quería llevar el sello real, y ellos lo quitaron al chanciller y lo pusieron en poder del licenciado Cepeda, como oidor más antiguo. Despacharon una provisión para los capitanes y gente de guerra, mandándoles que si el virrey les quisiese hacer alguna fuerza, embarcándolos contra su voluntad, para sacar la Audiencia de allí, se juntasen con ellos y les diesen favor y ayuda para resistirle, pues era contra lo que Su Majestad tenía expresamente mandado.

Finalmente, el rompimiento fue tal entre el virrey y los oidores, que una noche se pusieron en armas unos contra otros, y por hallarse el virrey con menos gente, se encerró en su casa, y los oidores se pusieron en la plaza y dispararon algunos arcabuces de una parte y otra, y cien soldados que guardaban la persona del virrey, lo desampararon, y se pasaron a la parte de los oidores, y como la gente de guerra vieron sola la casa del virrey, la entraron y saquearon algunos aposentos de los criados.

Viéndose el virrey solo y en tanto peligro, se metió en la iglesia mayor, donde los oidores se habían metido, y se entregó a ellos, los cuales le llevaron en casa del licenciado Cepeda, oidor, armado como estaba con su cota y coracinas. Luego se proveyó que el virrey se embarcase y se viniese a España, porque si llegaba Gonzalo Pizarro y le hallaba preso, le mataría. Y también temían que algunos deudos del fator harían lo mesmo en venganza de su muerte. Tomaron con harto trabajo los oidores la armada, y antes que la tuviesen, temiendo que los parientes del fator habían de matar al virrey, como lo habían intentado, acordaron de llevarlo a una isla que está dos leguas del puerto, metiéndole a él y a otros veinte que le guardasen, en unas balsas de espadañas secas, que los indios llaman enea.

Y sabida la entrega de la armada, determinaron de enviar a Su Majestad al virrey, con cierta información que contra él hicieron, y se concertaron con el licenciado Alvarez, oidor, para que lo trajese en forma de preso.

Los oidores enviaron a hacer saber a Gonzalo Pizarro la prisión del virrey, en la cual él no creía, sino que entendía que era ruido hechizo para hacerle derramar la gente. Requiriéronle que, pues estaban allí, en nombre de Su Majestad, para administrar justicia, y pues habían suspendido la ejecución de las ordenanzas y otorgado la suplicación de ellas, y enviado al virrey en España, que era mucho más de lo que ellos habían pedido, que luego deshiciesen su campo y gente de guerra, y que viniesen de paz, y si para seguridad de sus personas quisiesen, podrían traer hasta quince o veinte de a caballo.

Pero no hallaban quién se atreviese a ir con esta provisión. Al fin fueron Agustín de Zárate, contador del rey, con Antonio de Rivera. Dificultad tuvieron en hacer su embajada, porque sabiéndola Pizarro, no gustaba de oirla.

Oyólos al fin Pizarro, avisándoles primero de lo que habían de decir; y respondió que dijesen a los oidores, de parte de los procuradores y capitanes de las ciudades, que hiciesen a Gonzalo Pizarro gobernador del Pirú, que así convenía al bien de la tierra, y que no le haciendo, saquearían la ciudad, con riesgo de sus vidas. Volvió Zárate con esta respuesta tan resuelta a los oidores, que los puso en harta confusión y miedo, y entretanto que se trataban estas cosas, Pizarro se puso a cuarto de legua de la ciudad y asentó su campo y artillería, y como vio que se dilató aquel día la provisión, envió la noche siguiente a su maestre de campo, Caravajal, con treinta arcabuceros, el cual prendió hasta veinte y ocho personas que habían favorecido al virrey, que eran de los principales de la tierra, a los cuales puso en la cárcel pública, y se apoderó de ella, sin ser parte los oidores para se lo estorbar, porque en toda la ciudad no había cincuenta hombres de guerra, que todos se habían pasado a Gonzalo Pizarro, con los cuales y con los que él traía, llegaban a mil y docientos, muy bien armados.

Y otro día amenazaron a los oidores que si no daban la provisión de gobernador a Gonzalo Pizarro, meterían a fuego y a sangre la ciudad, y serían ellos los primeros que pasarían por ello. Y Caravajal sacó de la cárcel tres o cuatro hombres principales y les colgó de un árbol, diciéndoles donaires; y de tal manera apretaron y amenazaron, que los oidores hubieron de dar la provisión para que Pizarro fuese gobernador de aquella tierra, hasta tanto que Su Majestad mandase otra cosa, dejando la superioridad a la Audiencia y haciendo pleito homenaje de la obedecer, y dio fianzas que estaría a residencia. Recibió Pizarro la provisión, y luego entró en la ciudad en forma de guerra, llevando delante de sí veinte y dos piezas de artillería de campo, con más de seis mil indios, que traían en hombros los cañones y las municiones, e íbanlos disparando por las calles.

Luego iban entrando los capitanes con sus compañías, piqueros y arcabuceros, muy en orden. Y luego seguía el mesmo Pizarro, con tres capitanes de infantería delante de sí, como lacayos, y él en un hermoso caballo, con sola la cota de malla y encima una ropeta de tela de oro. Detrás de él venían otros capitanes con el estandarte de las armas reales, y otro de las armas del Cuzco y otro de las de Pizarro, y tras ellos toda la caballería muy bien armados, a punto de guerra.

Y en la plaza ordenó su escuadrón, y de ahí fue en casa del oidor Zárate, que se había hecho malo por no ir a la Audiencia a le recibir, y los oidores le recibieron, y hizo el juramento y dio las fianzas. Después le recibieron los regidores en las casas del Cabildo con las ceremonias acostumbradas.

Esta entrada y recibimiento, y el hacerse Gonzalo Pizarro gobernador del Pirú, fue en fin de octubre, año de mil y quinientos y cuarenta y cuatro, cuarenta días después de la prisión del virrey. Y de ahí adelante, Pizarro administró las cosas tocante a la guerra, y los oidores las que eran de justicia.

El virrey Blasco Núñez Vela habíase concertado con el licenciado Alvarez, a quien los oidores le habían dado para que le trajese a Castilla, y saltó en tierra del navío en que iba en el puerto de Túmbez. Allí supo lo que Pizarro había hecho en los Reyes. Despachó provisiones llamando gente y mandando que de las cajas reales le trajesen dineros. Nombró capitanes; contra el cual envió Gonzalo Pizarro algunos capitanes para que le quitasen la gente que llamaban y le desasosegasen. Fue el capitán Bachicao por la mar, derecho al puerto de Túmbez, y pensando el virrey que era Pizarro, y que venía sobre él con todas sus fuerzas, huyó a Quito, porque no se hallaba con más de ciento y cincuenta hombres. Bachicao le tomó los navíos que tenía en el puerto y recogió otros, y cerca de docientos hombres de guerra.

Llevó Bachicao en sus navíos al oidor Tejada, y a otros dos que de parte de Gonzalo Pizarro y de la Audiencia venían a dar cuenta a Su Majestad de la prisión del virrey, y de las demás cosas que en el Pirú se habían hecho. Quiso esto Pizarro, si bien contra la voluntad de Caravajal y Bachicao, por deshacer la Audiencia y por satisfacer al pueblo, no pareciese que tan desvergonzadamente y sin respeto de su rey hubiesen procedido. Murió en el camino, de su enfermedad, el oidor Tejada. Llegaron en España Francisco Maldonado y Diego Alvarez de Cueto y pasaron a Alemaña, donde estaba el Emperador. Entre tanto que éstos hicieron su jornada en el Pirú hubo muchas cosas, que ya los atrevimientos de los levantados iban muy adelante, y si bien el virrey Blasco Núñez Vela, como caballero valeroso, puso las fuerzas posibles para rehacerse, y muchos con toda lealtad le ayudaron, deseando el servicio de su rey, y echar de la tierra tiranos, el poder de Pizarro era ya tan grande, y los capitanes tan diestros y soldados viejos, que viniendo a darse batalla campal, el virrey fue vencido y muerto, con que quedó Pizarro tan señor en la tierra, que tuvo pareceres que se coronase. Fueron muchas las guerrillas y encuentros que pasaron en el Pirú, con gran daño y destruición de la tierra y acabamiento de los españoles.

Sabido por el Emperador, que estaba en Alemaña peleando contra los herejes y haciendo la causa de la Iglesia católica, y habiéndose informado de Diego Alvarez de Cueto, cuñado del virrey, y de Francisco Maldonado, que fueron con la relación de los hechos del Pirú, aunque no sabían el último rompimiento y muerte del virrey, detúvose, como suele, el despacho, por estar el Emperador fuera de Castilla, y muy impedido con los negocios de Alemaña, y a veces fatigado de la gota; finalmente, se resolvió que fuese al Pirú el licenciado Pedro de la Gasca, que a la sazón era del Consejo de la Inquisición, de quien se tenía gran satisfacción, por la experiencia que de negocios que se le habían encomendado, de él se tenía. Llevó título del presidente de la Audiencia real del Pirú, con plenario poder para todo lo que tocase a la gobernación de la tierra y pacificación de las alteraciones de ella, y comisión para perdonar todos los delitos y casos sucedidos, o que sucediesen durante su estada. Llevó consigo, por oidores, al licenciado Antonio de Cianea, y al licenciado Rentería, con los despachos necesarios en caso que conveniese hacer guerra. Bien éstos fueron secretos, porque no publicaba ni trataba de más que de los perdones, y de los otros medios de paz que pensaba usar, y con tanto, se hizo a la vela sin llevar más gente que sus criados, por el mes de mayo del año 1546; y llegando a Santa Marta tuvo aviso cómo Melchor Verdugo había sido vencido y desbaratado por la gente de Hinojosa, capitán de Pizarro, y que le estaba aguardando en el puerto de Cartagena, y él determinó pasar al Nombre de Dios sin verse con él, considerando que si lo llevaba consigo causaría escándalo en la gente de Hinojosa, por el odio que con él tenían, y podría ser que no le recibiesen. Y así fue a surgir al Nombre de Dios, donde Hinojosa había dejado a Hernán Mejía de Guzmán con ciento ochenta hombres, que guardasen la tierra contra el Verdugo.

El presidente hizo saltar en tierra al mariscal Alonso de Alvarado, que desde Castilla había ido con él, y habló a Hernán Mejía y le dio noticia de la venida del presidente, diciendo quién era y a lo que venía, sin declararse más el uno al otro. El mariscal se volvió a la mar, y Hernán Mejía envió a pedir al presidente que saltase en tierra, y así lo hizo, y Hernán Mejía le salió a recebir en una fragata con veinte arcabuceros, dejando su escuadrón hecho en la marina, y salió en el batel del presidente y le trajo a tierra, donde le hizo muy gran salva y recibimiento, y hablándose en particular, Hernán Mejía le descubrió su pecho y el deseo que tenía de servir a Su Majestad, y que estaba muy gozoso con su venida, y por ser en ocasión que tenía allí mucha gente de Pizarro, él solo era capitán de ella, y con facilidad la reduciría, y que si quería, alzarían luego bandera por el Emperador, y que entendía que, sabida su venida, y las particularidades de ella, Hinojosa y los demás capitanes harían lo mesmo, sin contradición alguna. El presidente se lo agradeció mucho. Y acordaron guardar secreto por entonces, sin querer hacer novedad alguna.

Supo Pedro Alonso de Hinojosa, general de Pizarro, el recebimiento que Hernán Mejía había hecho al presidente, y enojóse, porque no sabía el despacho que traía, y porque se había hecho sin darle parte. Hernán Mejía fue a verse con Hinojosa, y le desenojó y puso en camino; y finalmente, el presidente se hubo con tanta prudencia con estos y otros capitanes, que sin saber unos de otros, les ganó las voluntades de suerte que ya se atrevía a hablar públicamente a todos y persuadirles lo que convenía al servicio de Su Majestad. Valió mucho la buena crianza y blandura grande de que usaba el presidente, y también la autoridad del mariscal Alonso de Alvarado. No se declaró luego Hinojosa, antes envió a avisar de la venida del presidente a Gonzalo Pizarro, y había pareceres de muchos y avisaron de ello a Pizarro, que no le convenía que el presidente entrase en el Pirú. Procuraba cuanto podía el presidente ganar al Hinojosa, alzando dél que fuese uno de los que con él venían de Castilla con cartas a Pizarro; una carta era del Emperador y otra del presidente para Pizarro, en que con mucha blandura el Emperador trata al Pizarro y le manda reciba al presidente y le dé favor y ayuda, y la del presidente la más cortés del mundo. Llevó estas cartas Pedro Hernández Paniagua, natural de Plasencia; partió de Panarná a 26 de setiembre del año de 1546.

Alteróse mucho Gonzalo Pizarro cuando supo la venida del presidente, y comunicándolo con sus capitanes y gente principal, hubo entre ellos diversos pareceres. Unos querían que pública o encubiertamente le matasen; otros, que le trajesen al Pirú, y que allí sería fácil hacer de él lo que quisiesen; otros, que le pusiesen en alguna isla con soldados de confianza, y que se juntasen en las ciudades, y se enviasen procuradores a Castilla, para pedir confirmación de lo que pretendían, y que se diese el gobierno del Pirú a Pizarro, y los descargos de la muerte del virrey, pues los había bastantes.

Para esto nombraron a fray Jerónimo de Loaisa, arzobispo de los Reyes, y a Lorenzo de Aldana, y a fray Tomás de San Martín, provincial de los dominicos, y rogaron al obispo de Santa Marta que viniese a España con ellos, y Pizarro envió en particular a Lorenzo de Aldana, su criado, para que le avisase de todo con suma diligencia. El cual, sintiendo mal de lo que Pizarro y los suyos hacían en Panamá, se ofreció al presidente, y él y Hernando Mejía apretaron a Hinojosa para que se pasase al servicio de Su Majestad, que lo hubo de hacer, y se hizo reseña de toda la armada, y se entregó al presidente, y hicieron todos pleito homenaje de le seguir, y servir a su rey, y el presidente recibió las banderas, y las volvió a dar a los mismos capitanes, y el oficio de general a Hinojosa, en nombre de Su Majestad, y embarcáronse todos, que serían como trecientos, y los perlados que venían por embajadores a Castilla se volvieron con ellos para dar el favor que pudiesen, y el presidente envió a la Nueva España y a otras partes pidiendo socorro. Quisieran los de la armada llegar al Puerto de los Reyes sin ser sentidos, por lo mucho que importaba tomar de sobresalto a Pizarro, si bien no se pudo hacer por lo que se dirá.

Pero Hernández Paniagua, que llevaba los despachos que dije, llegó al Pirú cuando Pizarro esperaba saber lo que hallaba en Panamá, mediado enero, año 1547. Lleváronle medio preso a Pizarro; mandáronle, so pena de la vida, que no abriese la boca. Dióle Pizarro audiencia delante de sus capitanes y amigos, y que hablase libremente, con protesto que si, salido de allí decía palabra, le costaría la vida. Hubo pareceres que lo matasen, y otros muy desacatados y de peligrosa resolución.

Envió Pizarro a llamar a Caravajal, y que trajese toda la plata y oro, y armas y gente que pudiese, y esto sin saber la entrega de la armada, que se había hecho en Panamá por Hinojosa al presidente, la cual llegó al puerto de Trujillo, y allí la recibió Diego de Mora, reduciéndose con otros al servicio de Su Majestad. Supo ya Pizarro cómo tenía perdida la armada, y que no tenía la seguridad que pensaba, y así, nombró nuevos capitanes y les repartió la gente.

Tocáronse atambores y dieron pregones para que todos los vecinos de los Reyes se pusiesen debajo de banderas y fuesen a recibir pagas, so pena de la vida. Diéronles dineros largamente a los capitanes para hacer gente. Luego sacaron sus banderas y hicieron reseña de la gente, y en los pendones sacaban letras y cifras que decían el nombre d e Pizarro, y otras adulaciones. Hizo mercedes y largas pagas en la reseña general, y halló en ella mil hombres tan bien armados y aderezados como se podían hallar en Italia. Había mucha cantidad de pólvora; mandó que todos los soldados se pusiesen a caballo. Gastó en todos estos aparejos más de quinientos mil castellanos de oro.

Era maestre de campo Caravajal; despachó algunos capitanes a recoger la gente que había en otras partes, en Quito, Arequipa y el Cuzco, Guamanca, con las armas y caballos que pudiesen haber. Justificaba estos hechos Pizarro con las razones más coloradas que podía, y echaba la culpa al presidente de la guerra que intentaba.

Tratóse de que el licenciado Caravajal fuese a correr la costa con gente de guerra. No se hizo porque se fiaba poco de él, y ya de todos se recelaba Pizarro, como es ordinario en los que hacen mal. Hizo que todos los vecinos de la ciudad de los Reyes jurasen de seguirle y no desampararle, haciéndoles un razonamiento muy justificado de las causas que tenía para resistir al presidente y hacerle guerra.

Tuvo aviso Gonzalo Pizarro que Lorenzo de Aldana había llegado con unos navíos al puerto, quince leguas del de los Reyes, y acordóse salir de la ciudad con toda su gente y irse a poner cerca de la mar, temiendo que si los navíos llegaban al puerto, habría tan gran turbación en la ciudad, que tendrían lugar los que quisiesen de irse a embarcar, y así se hizo; pregonando, so pena de la vida, que ninguno que pudiese tomar armas quedase en la ciudad, con lo cual había en ella tanta turbación que no se entendían.

Descubriéronse otro día tres velas en el puerto; salió Pizarro con su gente, púsose en medio del camino entre la ciudad y el puerto para quitar que ninguno de la ciudad pasase al puerto, ni del puerto a la ciudad. Proveyó Pizarro que un Juan Hernández fuese en una balsa a los navíos, y que dijese a Lorenzo de Aldana que le enviase una persona, y que él quedaría en rehenes para que se pudiesen entender y saber la razón de su venida, y como Juan Hernández pareció solo en la marina, vino el capitán Palomino en un batel, por él, y llevóle a la capitana, y Lorenzo de Aldana oyó lo que decía Pizarro, y reteniendo el Juan Fernández, envió al capitán Peña, y Pizarro mandó que Peña no entrase en el real hasta de noche, porque nadie le hablase, y entrado le dio el poder del presidente y del perdón general que el Emperador hacía, y la revocación de las ordenanzas, y dijo de palabra lo mucho que aquel reino ganaba en obedecer a su rey, y que la voluntad real era que él gobernase, y que para ello enviaba al presidente con poderes tan bastantes, sabiendo lo sucedido en la tierra. A lo cual respondió Pizarro que haría cuartos a cuantos venían en el armada, y castigaría al presidente por su atrevimiento en detenerle los embajadores que enviaba a Su Majestad y la traición que Lorenzo de Aldana le había hecho. Esto dijo delante de sus capitanes, y en particular, que le darían cien mil castellanos si le tomaba el galeón de la armada, en quien estaba toda la fuerza de ella. Mas Peña no dio oídos a esto, antes se enojó mucho de que se lo hubiese dicho, y así se volvió a la mar.

Viendo Lorenzo de Aldana que el buen suceso de esta jornada estaba en que los soldados supiesen el perdón y mercedes que Su Majestad hacía a todos, procuró ganar al Juan Fernández, y que él lo hiciese con una cautela tan discreta como peligrosa, y fue: que Lorenzo de Aldana le dio todos los despachos duplicados, y cartas para algunas personas señaladas del campo, y escondiendo las unas en las botas, trajo las otras a Pizarro, y tomándole aparte le dijo cómo Aldana le había persuadido que publicase el perdón en el campo, y que había tornado aquellos despachos, lo uno por entretener a Aldana; lo otro, porque viese el trato que traía. Pizarro le agradeció el aviso, y concibió dél gran crédito, y de ellas luego el Juan Fernández dio algunas cartas, y hizo perdedizas otras, de manera que vinieron a noticia y poder de sus dueños.

Por esta buena diligencia comenzaron a írsele a Pizarro algunos de los principales que le seguían, y si bien él hizo diligencias por cogerlos para justiciarlos, no le valieron todo lo que había menester, que ya se entendía al descubierto la tiranía, y los que le dejaban eran los más y mejores, y los que quedaban, muy temerosos de que el negocio de Pizarro estaba muy de quiebra, así en las fuerzas como en la justificación, y los demás determinaban irse. Llegó a tanto, que a vista de Gonzalo Pizarro se le fueron dos de a caballo, diciendo a voces que Gonzalo Pizarro era tirano, y apellidando al rey.

Aquí fue donde dijo Caravajal: «Estos mis cabellicos, madre, dos a dos me los lleva el aire.»

Ya Pizarro sentía su perdición y se temía de todos, y comenzó a marchar la vía de Arequipa, huyéndosele muchos cada día. Alzóse la ciudad de los Reyes por Su Majestad, pregonando públicamente con el pendón real las provisiones y perdones que traía el presidente.

Sentía ya Pizarro su perdición; envió a llamar a Juan de Acosta que se fuese a juntar con él, al cual también se le fueron muchos, y por más diligencias que hizo en prender y castigar a los que se huían, no le bastaron. Fue al Cuzco, y de allí a Arequipa, donde se juntó con Pizarro, el cual estaba ya tan deshecho, que habiendo tenido mil y quinientos hombres, no tenía más que trecientos, y todo lo que él se disminuía crecía la parte del presidente y de sus capitanes.

Habíase ya embarcado el presidente en Panamá con el resto de su ejército muy bien proveído de lo necesario para su armada, de armas y bastimentos, y otras cosas. Llevaba hasta quinientos hombres. Apuertó con buen tiempo al puerto Túmbez. En saltando en tierra, todos le escribieron, ofreciéndose a su servicio, y de todas partes le acudía tanta gente, que ya le parecía no había menester ayuda de otras provincias, y así avisó a la Nueva España, Guatimala y Nicaragua, y Santo Domingo, dando cuenta del buen suceso de sus negocios, y que no había menester sus ayudas. Proveyó que Hinojosa, su general, caminase con la gente hasta juntarse con los capitanes y ejército, que residían en Cajamalca, para que de todos se hiciese un cuerpo, y que Pablo de Meneses fuese con la armada. Y él caminó por los llanos para Trujillo, determinado de no entrar en la ciudad de los Reyes hasta dar fin a esta empresa, y mandó que todos los que estaban por Su Majestad se juntasen con él en el valle de Jauja, que era sitio conveniente para esperar o acometer al tirano, y donde había abundancia de bastimentos, y así caminó, tomando la sierra con su campo, en el cual había más de mil hombres de guerra con gran gozo esperando verse libres de la ruina de Pizarro, que todos estaban muy escandalizados, viendo muertos más de quinientos hombres principales a horca y cuchillo, que no tenían hora segura con él.

Diego Centeno fue siempre muy leal servidor de Su Majestad; vióse en grandes peligros con Pizarro, Caravajal y otros capitanes. Ahora, cuando Pizarro iba tan de caída, se topó con él; procuró ganarle por bien, ofreciéndole buenos partidos; no le valió, y un día 19 de octubre, año 1547, vinieron a toparse. Tenía Diego Centeno más de mil hombres, y entre ellos había docientos caballos y ciento y cincuenta arcabuceros, y los demás piqueros. Pizarro llevaba trecientos arcabuceros muy diestros y ochenta caballos; los demás, hasta cumplimiento de quinientos, eran piqueros.

Al fin, rompieron los unos con los otros, y por ser tan diestro Caravajal, maestre de campo de Pizarro, si bien eran la mitad menos, Diego Centeno y sus capitanes fueron vencidos, muriendo de su parte más de trecientos, y de la de Pizarro, ciento, y otros heridos. Supo el presidente la rota de Diego Centeno estando ya en el valle de Jauja, y si bien la disimuló, sintióla mucho, y comenzó a dar prisa para que se juntase su gente; mandó venir la que había en los Reyes, y algunos tiros, armas y ropa, lo cual se hizo con toda diligencia. Pedro Alonso de Hinojosa quedó por general, como lo era cuando entregó la armada; fue maestre de campo el mariscal Alonso de Alvarado, y el licenciado Benito de Caravajal, alférez general, y Pedro de Villavicencio, sargento mayor; y por capitanes de gente de a caballo, don Pedro de Cabrera y Gómez de Alvarado, y Juan de Saavedra, los más leales servidores de Su Majestad. En la última reseña se hallaron setecientos arcabuceros, quinientos piqueros y cuatrocientos caballos, y después se le fueron juntando hasta llegar a número de mil y novecientos hombres de pelea, y así salio el campo de Jauja a 29 de diciembre año 1547, caminando en buena orden la vía del Cuzco en demanda de Pizarro.

Llegó al campo el capitán Pedro de Valdivia, que habiendo venido de Chili a la ciudad de los Reyes, y sabiendo el estado de las cosas, fue luego en seguimiento del presidente para servir a Su Majestad. Y con su llegada cobraron mucho ánimo todos, porque los había espantado la victoria que Pizarro, por la gran inteligencia de su maestre de campo Francisco de Caravajal había alcanzado, y cierto le temían, y en las Indias no había quien se le osase oponer ni igualar como Pedro de Valdivia, el cual, en llegando, comenzó como principal a entender con los demás capitanes en las cosas de la guerra. Llegaron a Andaguaylas, donde se detuvieron casi todo el invierno, que fue recio, por lo mucho que de día y de noche llovía, y enfermaron más de cuatrocientos, a los cuales curaron con mucho cuidado.

Luego que comenzó a abrir la primavera de este año mil y quinientos y cuarenta y siete, salieron de Andaguaylas, y fueron a ponerse veinte leguas de Cuzco, y esperaron a que se hiciese una puente para pasar el río Apurima, doce leguas del Cuzco. Habían los enemigos quebrado todas las puentes de aquel río, de suerte que parecía cosa muy imposible poderlo pasar si no arrodeaban más de setenta leguas, y así procuraron hacer las puentes, y con harto trabajo, miedo y peligro, y pérdida de caballos, pasaron el río.

Envió el presidente a don Juan de Sandoval, caballero de estima por su valor y por ser hijo de don Diego de Sandoval, y nieto de don Pedro de Sandoval, hijo del adelantado Diego Gómez, de donde son los Sandovales de Ontiveros y otros caballeros, en que yo falté tratando de esta familia, y lo enmendaré en lugar conveniente. Pues este caballero don Juan de Sandoval fue con una banda de caballos a descubrir el campo del contrario, y corrieron más de tres leguas sin topar con hombre de Pizarro.

Pasóse al campo del presidente Juan Núñez de Prado, natural de Badajoz, y éste fue el que le dio aviso de todo lo que había en el campo de Pizarro, y que Acosta venía con más de trecientos arcabuceros a embarazarles el paso. Por estas nuevas mandó el presidente que marchasen más de novecientos soldados bien armados, y como Acosta vio tanta pujanza, retiróse, avisando a Pizarro lo que pasaba. Subió el presidente con su gente una gran sierra más de legua y media, y descansó allí tres días.

Viéndose Gonzalo Pizarro en tanta manera y por todas partes de todo punto tan apretado, envió a requerir al presidente que no pasase adelante y que suspendiese las armas hasta que se supiese lo que el Emperador mandaba. Envió asimismo a hacer grandes ofertas a Hinojosa y a Alonso de Alvarado, y que se juntasen con él. El presidente escribió a Pizarro persuadiéndole que se redujese y haciéndole muy buenos partidos, y enviábale el traslado del perdón, y esto hizo muchas veces en todo este camino, dando los despachos a los corredores, para que topando a los de Pizarro se los diesen, y como Pizarro supo que el presidente había pasado el río y tomado lo alto de la cuesta, salió del Cuzco con nuevecientos infantes y caballos, los quinientos y cincuenta arcabuceros y seis piezas de artillería, y púsose en Xaquixaguana, cinco leguas del Cuzco, en un llano al pie del camino, por donde el real del presidente había de pasar, bajando la sierra, y asentó el campo en lugar tan fuerte, que no le podían acometer sino por una ladera angosta que delante de sí tenía, teniendo a un lado de sí el río y la ciénaga; a otro la montaña, y por las espaldas una honda cava quebrada. Y desde allí, dos o tres días antes que la batalla se diese, salían a escaramuzar los más valientes, y en pasando el presidente con su campo a alojarse, salió Pizarro con su gente en escuadrones, sacadas sus mangas de arcabuceros, y en orden para dar la batalla, y comenzó a disparar la artillería y arcabuces para que sus contrarios le viesen y oyesen.

Quisiera el presidente diferir la batalla con esperanzas de que se le pasarían muchos; mas no le daba lugar su alojamiento y falta de comida, y por el gran hielo y frío que hacía, y ni aún tenía leña para remediarlo, y también les faltaba el agua. Las cuales faltas no sentía Pizarro, porque de todo estaba muy bien proveído. Quisieran Pizarro y su maestre de campo acometer aquella noche secretamente el real del presidente por tres partes, que hicieran una buena suerte; no lo hicieron, porque se les huyó un soldado llamado Nava, y así entendieron que los avisaría.

Este Nava, y Joan Núñez Prado, aconsejaron al presidente que se detuviese en dar la batalla, porque de la gente que andaba con Pizarro se le pasaría mucha, particularmente los que habían escapado de la rota de Centeno, que los traía medio forzados, y habiendo bajado la cuesta, si bien con trabajo, se pusieron en orden y se pasaron algunos al campo del presidente, como fue el licenciado Cepeda, oidor que había sido; Garcilaso de la Vega y otros muchos. Pizarro se estaba parado con su campo, creyendo que sus contrarios se le habían de meter en las manos, como lo hicieron en Guaniva.

El general Hinojosa caminó con su campo paso a paso hasta ponerse en un sitio bajo a tiro de arcabuz del enemigo, donde la artillería no le podía coger. Ibanse muchos del bando de Pizarro, y rogaban al presidente y sus capitanes que se detuviesen, porque sin riesgo de batalla desharían al enemigo, y estando en esto, una manga de treinta arcabuceros del escuadrón de Pizarro se pasó como los demás, y luego comenzaron a desbaratarse los escuadrones, por enviar tras ellos, huyendo unos para el Cuzco y otros hacia el presidente, y algunos ni tuvieron ánimo para huir ni para pelear.

Y viendo esto Gonzalo Pizarro, dijo: «Pues todos se van al rey, yo también.» Aunque fue público que Juan de Acosta, su capitán, dijo: «Señor, demos en ellos; muramos como romanos.»A lo cual dicen que respondió Pizarro: «Mejor es morir como cristianos.» Y viendo cerca de sí al sargento mayor Villavicencio, y sabiendo quién era, se le rindió y le entregó un estoque que traía en el ristre, porque había quebrado la lanza en su mesma gente que se le huía.

Fue llevado al presidente, y habló con alguna libertad, y entregáronle a Diego Centeno que lo guardase, y luego fueron presos todos los capitanes, y el maestre de campo Caravajal huyó, y pensando escaparse aquella noche, escondiéndose en unos cañaverales, se le metió el caballo en un pantano, donde sus mismos soldados le prendieron y le trajeron al presidente; siguieron el alcance; saquearon el real, donde muchos se hicieron ricos.

Otro día, después de vencido y desbaratado Pizarro, el presidente cometió el castigo, de él y de lo demás, al licenciado Cianca, oidor, y a Alonso de Alvarado, como maestre de campo suyo, los cuales procedieron contra Pizarro por sola su confesión, atenta la notoriedad del hecho, y le condenaron a que le fuese cortada la cabeza, y que se pusiese en una ventana, que para ello se hizo en el rollo público de la ciudad de los Reyes, cubierta con una red de hierro, y un rétulo que decía: «Esta es la cabeza del traidor Gonzalo Pizarro, que se levantó en el Pirú contra Su Majestad, y dio batalla contra su estandarte real en el valle de Xaquixaguana.»

Confiscáronle los bienes y derribáronle y sembraron de sal las casas que tenía en el Cuzco, poniendo en el solar un padrón con el mesmo padrón. Murió como buen cristiano, ejecutándose la sentencia aquel mismo día. Enterraron el cuerpo en el Cuzco muy honradamente. Llevóse la cabeza a la ciudad de los Reyes, para cumplir lo que la sentencia mandaba.

Fue arrastrado y descuartizado aquel día Caravajal, y ahorcados ocho o nueve capitanes, y después se hicieron otras justicias, como iban prendiendo. Dióse esta batalla en aquella provincia memorable, lunes de Cuasimodo, que fue a 9 de abril, año de 1548. Hizo el Presidente un solemne perdón en favor de todos los que en esta batalla se habían hallado, acompañando el estandarte real, de todos y cualesquier delitos que hasta aquel día hubiesen cometido. Repartió las tierras y indios de los condenados, entre los que habían servido con lealtad.

Señalóse en esta y en otras muchas ocasiones contra Pizarro y sus secuaces Alonso de Zayas, natural de la ciudad de Ecija, de los caballeros de ella de este apellido. Encomendóle a este caballero el repartimiento de Guaqui por sus servicios, que fueron particulares. Puso en orden todas las cosas del reino, con admirable prudencia, con la cual, y con sólo su bonete, allanó un negocio de los más graves y dificultosos que se ofreció al Emperador en todo su tiempo. Donde parece cuánto más valen las letras que no las armas, y la prudencia o sabiduría que la fortaleza; por donde dijo el doctísimo rey de Egipto Trismegisto, que el varón sabio se hace señor de los astros. Asentadas, pues, las cosas de esta manera, el presidente dio la vuelta para España, comenzando a navegar por el mes de diciembre de 1549, y pasó en Alemaña a dar cuenta al Emperador de su muy feliz jornada, merecedora de muy grandes premios.

Siendo yo estudiante en Alcalá, bien niño, fuí con un tío mío a visitar al licenciado Pedro de la Gasca, que era obispo de Sigüenza, y me parece que era de persona muy disminuida y ruin gesto; mas su valor era grande, como aquí se ha dicho brevemente, y merece contarse entre los claros varones de España. El hizo la iglesia de la Magdalena de esta ciudad de Valladolid, y fundó las capellanías que hay en ella, dejando el patronazgo a sus deudos, que son muy honrados caballeros, y según autores muy graves, de la antiquísima familia, noble y poderosa, de los Gascas romanos.

Los Reyes Católicos pidieron a los pontífices, diversas veces, no consintiesen los colectores que se enviaban a estos reinos a recoger y llevar los expolios de los obispos difuntos, por ser novedad y cosa no usada en Castilla, y por la autoridad y rigor que en esto usaban, sacando las haciendas antes que los obispos expirasen, y quitándolas a las iglesias y pobres, cuyas eran de derecho antiguo de estos reinos. Y en este año, en las Cortes que se tuvieron en Madrid, se suplicó por parte del reino lo mesmo, y luego sucedió la muerte de don Jerónimo Juárez, obispo de Badajoz, y sobre sus bienes hubo tantos embarazos con el colector, que el Emperador mandó al Consejo real le consultasen sobre ello. Y ellos, habido su acuerdo, dijeron que, según derecho canónico y concilios, estaba determinado que los expolios de lo que los prelados adquieren por respeto de la Iglesia, son de las iglesias y prelados sucesores en ellas, para proveer las necesidades de las mismas iglesias y de los pobres, y que si los nuncios pretendían que había alguna posesión o costumbre en contrario, la tal se comenzó a introducir pidiendo al principio y contentándose con poca cosa, y por esto no se advertía en ello; y porque no hubo quien procurase por las iglesias, y después, con opresión de las censuras y temor de ellas, ninguno salió a la defensa que convenía, y que así iba creciendo cada día de tal manera, que el daño era muy notable para estos reinos, y que no se contentaban con querer tomar todos los expolios, sino que se querían entremeter a ocupar los bienes adquiridos por intuito de las personas, queriendo y pretendiendo ser testamentarios de los obispos que mueren, no lo pudiendo ni debiendo haber de derecho, y haciendo otras molestias y vejaciones a los naturales de estos reinos; y que, por tanto, les parecía que Su Majestad, como cosa que tanto importa al servicio de Dios y bien de las iglesias, hospitales y de los pobres y huérfanos, y por el beneficio que estos reinos recibían en que la moneda no se saque de ellos, no debía permitir que estas vejaciones se hiciesen de hecho como las intentaban, pues los colectores no habían mostrado otra razón, ni la tenían para las hacer más en estos reinos que en otros de la Cristiandad, y que para efectuar esto, debía mandar que se determinase por justicia, en consejo, para que a Su Santidad se le diese lo que era suyo, y a las iglesias y pobres y naturales del reino no se les hiciese agravio ni vejación de hecho contra lo que estaba determinado por derecho, y por la misma Sede Apostólica y concilios generales. Lo cual se había pedido muchas veces por el reino.

Esto dice el Consejo al Emperador, y he visto otras consultas y pareceres del mismo Consejo cerca de este punto y de las pensiones que se cargan sobre los beneficios, calonjías y dignidades en Roma, y sobre el dar de los beneficios a extranjeros, que no cesaba el reino de quejarse por los daños que con evidencia recibe. Lo que yo puedo decir es que he visto casi todos los papeles de las iglesias y monasterios de los reinos de Castilla. Desde don Pelayo hasta estos días no se hallará pensión cargada, sino que como Dios daba los frutos, y los perlados y prebendados los llevaban, se gastaba en las mesmas iglesias y feligreses de ellas, como en sus hijos naturales, y así se enriquecían y edificaban los templos. Cuando moría un obispo, los bienes que dejaba se partían en tres suertes: una para la sacristía y fábrica de la iglesia; otra para el obispo que sucedía en ella, y la tercera para el rey, que la llevaba por razón del patronazgo y para los gastos de la guerra contra los enemigos de la fe.

Sé muy bien que en estos días los perlados ya no edifican capillas, hospitales ni monasterios, como solían, y vi una iglesia catedral de las principales del reino, donde hay ochenta prebendados, que para salir a recebir al rey no hubo entre ellos ocho mulas, y tan pobres que no se podían sustentar, no les bastando sus prebendas para pagar las pensiones que tenían cargadas, lo cual debe ser general, y así se ha quejado y queja el reino; y si Su Santidad fuese de ello bien informado, lo remediaría como padre piadoso.

Libro veinte y ocho

Llega el Emperador a Espira. Visítanle Landzgrave y el conde Palatino. -Dieta en Ratisbona. Acuden católicos y herejes. -Muerte miserable de Lutero.

Cansaban ya a Dios las abominaciones de Alemaña; ofendían al mundo las herejías; sus vidas corrompidas con torpes costumbres, pedían el remedio riguroso de las armas, si bien para esto había grandes dificultades, porque el poder de los protestantes era tan grande, que sólo parecía ser poderosa la mano de Dios, y que la del Emperador no bastaría si no era ayudado con especial favor y socorro del cielo. Eran tantas y tales las dificultades que el Emperador tenía, que no había razón ni discurso que alcanzase al medio que se podía tener para remedio de tantos males. Negociar con los protestantes por vía de bien, era nunca acabar, por ser infinitos y poderosos los pueblos que tenían esta opinión. A los cuales en largos tiempos no se podrían traer a una concordia y acuerdo razonable.

Si se quería llevar por fuerza de armas, tenía mayor dificultad, porque la confederación y liga que entre sí tenían los herejes, era tan grande, que ninguna parte había, en Alemaña, donde los luteranos no fuesen los más poderosos, excepto Cleves y Baviera, la cual, si bien en la posesión era católica, contemporizaba empero con los herejes mostrándose, por vivir, tan amiga de ellos como de los católicos, de manera que estaba neutral. Todo el resto de Alemaña, no comprendiendo las tierras del rey de romanos, y algunas pocas ciudades imperiales, estaba dentro de la liga Esmarcalda, dicha así por el lugar donde se hizo, y las que fuera de ella estaban eran declaradas luteranas.

Las católicas principales eran Colonia, Metz de Lorena, Aquisgrán y otras pequeñas y pocas. Las principales de la liga eran Augusta, Ulma, Argentina, Francfort, ciudades riquísimas y poderosas; sin estas, Juber, Biena, Brunzuic, Hamburg, ciudades principales, y juntamente con ellas otras muchas, cuya número es tan grande que por eso no lo escribo; es verdad que algunas de ellas no estaban en la liga, aunque eran luteranas. De manera que la potencia de las unas y de las otras se podía decir que era la del Imperio.

Los príncipes y señores de Alemaña que estaban en esta liga, eran todos los del Imperio, excepto el rey de romanos y duque de Baviera, y duque de Cleves, y otros algunos gentileshombres, que, por ser tan pocos, no hago relación de ellos, y aún de éstos hubo algunos que se hicieron con los luteranos, y fuera del Imperio tenían sus valedores, estando con potencia tan grande, que cada día crecía la soberbia, con ella trataban otras cosas que, demás que eran ruina del Imperio, fueran asimismo la total destruición de la república cristiana. Porque ellos maquinaban un nuevo Imperio, y juntamente con esto, todas las novedades que se requerían para ser nuevo.

En este tiempo, estaba el Emperador en Flandres ordenando las cosas que tocaban a aquella tierra, y puestas en la orden que convenía, partió para Alemaña pasando por Utreque, donde hizo el capítulo de la orden del Tusón, y allí la dio a algunos caballeros españoles, flamencos, alemanes y italianos, y visitando todo el ducado de Güeldres, vino a Mastrique sobre la Mosa, donde tuvo ciertas embajadas de señores de Alemaña, los cuales se sentían algo escandalizados de una fama que había, la cual era que el Emperador, con grande gente de armas y mucha infantería iba en Alemaña. Y más, entendido dél que no pensaba en cosa semejante, se desengañaron de lo que habían temido; porque el Emperador no llevaba por entonces más de quinientos caballos, que era la guarda ordinaria que cuando pasaba de Flandres para Alemaña traía. Y acompañado de éstos partió de Mastrique, y aquí se despidió de la reina María, su hermana, y por el ducado de Luxemburg entró en Alemaña, donde si bien las sospechas que los de ella habían tenido, estaban al parecer quitadas, no que por eso estaban tan seguros que no pudiera el Emperador verse en algún peligro, mas determinóse a todo con celo del bien común.

Y así llegó a Espira, donde el conde Palatino y su mujer, sobrina de Su Majestad, vinieron a visitarle; también el lantzgrave vino allí, cada uno de ellos por su negocio particular: el conde Palatino del Rhin, a ver si hallaría medio de algún concierto para las cosas de Alemaña y Lantzgrave pensando si podría tratar alguna que fuese a propósito de lo que pretendía. Mas el conde no halló aparejo ni disposición en las cosas, ni Lantzgrave, en el Emperador, nada de lo que quería; y así, se volvieron como habían venido, y el conde, poco después, se juntó con los de la liga luterana.

Partió el Emperador de Espira, habiendo estado en ella cuatro o cinco días, y pasando por allí el Rhin, atravesando la Suevia vino a Tonabet y a Ingolstat, y a Ratisbona, ciudad donde estaba convocada la Dieta desde el año pasado. Allí acudieron los príncipes y procuradores del Imperio, pero no el duque de Sajonia, ni el lantzgrave de Hesia, si bien fueron particularmente llamados.

Vinieron muchos hombres de letras, católicos y luteranos, porque el Emperador quería que aquí se disputasen aquellas nuevas opiniones, procurando los medios y vías posibles para desengañar aquellas gentes y hacerles acudir al Concilio de Trento, donde ya estaban muchos perlados y religiosos de la Cristiandad. Nombráronse jueces que presidiesen a las conclusiones que se habían de disputar. Señaláronse notarios, y la instrución que habían de guardar y tener en las disputas. La primera junta se tuvo a 17 de enero de este año 1546. Pedían los luteranos jueces y notarios de ellos mesmos, y porfiaron mucho sobre ella.

Hicieron otra junta a siete de hebrero; y en éste y otros siete días, se detuvieron en cualificar las conclusiones que habían de disputar, y los libros y doctores que se habían de admitir para argüir por ellos. Era la principal cabeza de los herejes en esta junta Martín Lutero, que huía todo lo posible de ella y de venir a razones, teniendo cierta su confusión, que por esto los tales huyen de la luz.

Comenzaron a dar voces y quejarse que se les hacían agravios en aquellas instruciones que el Emperador había dado, y porque con estos achaques no quisiesen huir el cuerpo a la averiguación de la verdad, se les dieron otras, como ellos las querían; mas como no lo habían de allí, y ya no había achaques de que se valer, vínoles nueva de la muerte vil de su maestro Lutero, y con esto anochecieron y no amanecieron en Ratisbona.

Acabó este miserable en estos días como había vivido, llevándole el diablo, a quien él había servido, sin saber de sí ni poderse despedir de lo que dejaba en este mundo.

Lo que el Emperador propuso en la Dieta de Ratisbona.

El Emperador fue procediendo en sus Cortes ya de todo punto determinado en la guerra. Propuso a los príncipes y procuradores que allí se hallaban las cosas siguientes:

1. Que deseaba mucho que la justicia se administrase en las ciudades y villas del Imperio, y en las de los señores y feudo de él, y que no se hiciesen los agravios que hasta allí habían hecho.

2. Que las penas de la cámara del Sacro Imperio se distribuían de mala manera en muchas partes, consumiéndolas entre sí mesmos, y no acudían al Emperador con ellas como debían y eran obligados; sobre lo cual, por parte de Su Majestad se dijeron algunas razones bien fundadas, para mostrarles la causa justa que había para adjudicarlas al Sacro Imperio, y dándoles a entender cuán grande había sido la usurpación que en esto habían hecho.

3. Que las monedas que corrían, que eran muchas y de diversa ley y estampa, fuesen equivalentes, porque se había de mirar más al bien común, que al de señores particulares, o ciudades, que por poca cosa ocurren grandes pérdidas.

4. Que las preeminencias de los lugares de los electores, y otros príncipes, por ser absolutas, y impuestas más por fuerza que por otro justo derecho, se ordenen de manera que tornen en el ser que antiguamente estaban.

5. Que las ciudades estuviesen todas unidas, como siempre, en obediencia de su Emperador natural, y su defensa, y asimismo todos los príncipes, para su servicio.

6. Que cometía lo tocante a la religión al Concilio que se tenía en la ciudad de Trento, pues estaba abierto, y se guardaba en él lo que siempre se usó y guardó en los pasados.

Respondieron a éste.

1. Que en lo que tocaba a la guarda de la justicia, no había cosa que ellos más deseasen, y deseaban que Su Majestad pusiese sus fuerzas por ella, y en deshacer agravios que habían hecho y hacían.

2. Que las penas de la Cámara imperial sabía bien Su Majestad que sus antecesores, y en su tiempo, las habían remitido y dejado, atento los servicios que el Imperio les hacía, pero que eran contentos de obedecer en todo.

3. Que Su Majestad procurase que no pasase moneda que no fuese de valor ni se estampase.

4. Que en lo que era las preeminencias de los lugares de los electores y otros príncipes, les parecía, pues hallaron así sus asientos, holgarían se quedasen sin alterarlos, pero que era bien se reformasen algunos.

5. Cuanto a la obediencia y obligación, que ellos tenían la voluntad que siempre para servir así las ciudades como los príncipes.

6. Que en lo que tocaba a la religión, que ya habían respondido otras veces, y pues hallaban experiencia del coloquio que se celebró aquí, les parecía no debían innovar cosa, sino remitirse al Concilio nacional y libre en Germania, cuando se abriese.

Esta respuesta que los alemanes dieron al capítulo 6 de la religión, es lo que ya se ha dicho, de que ellos no querían admitir el Concilio de Trento, y pedían que en una ciudad del Imperio, libre, aunque luterana, se tuviese un Concilio, no general de toda la Iglesia, sino de las iglesias y ciudades de Alemaña, que llamaban nacional, porque en su propia tierra les parecía que serían señores, y se haría lo que quisiesen, y en la ajena, que se habían de sujetar a la verdad, por más que de ella huyesen.

Trajo el rey don Hernando a la reina con cinco hijos, de ocho que tenía.

En el tiempo que aquí estuvo el Emperador, se casó la hija mayor del rey don Fernando, llamada Ana, con el hijo del duque de Baviera, y la segunda, llamada María, con el duque de Cleves.

Hubo grandes saraos y regocijos; danzó el Emperador con la reina y con la duquesa de Baviera; cuando les tomaron las manos, dióle una cadena de oro con mucha pedrería rica, que se apreció en veinte mil ducados, y el día de la boda dio tres tusones, uno al novio, otro al príncipe de Hungría, otro al de Piamonte.

Conociendo el ánimo del Emperador, comenzaban ya las ciudades de la liga y señores de ella a mostrar abiertamente cuán poco se había de concluir en aquella Dieta de todo lo que el Emperador querría. Y juntamente con esto, se escandalizaban viendo que Su Majestad tenía intención de poner los negocios en aquellos términos que al servicio de Dios y bien de la Cristiandad, y al oficio que tenía, convenían. Para lo cual habían venido algunos coroneles allí a Ratisbona por mandado suyo, y aunque tan pequeños aparejos para guerra tan grande pudieran estar más secretos, no dejaron de saberlo los procuradores de los señores y lugares que allí estaban, porque verdaderamente no les faltaba poder ni astucia.

Y así, en 21 de junio se juntaron, y el mariscal del Imperio presentó en la Dieta una petición de parte y en nombre de las ciudades y protestantes, en que decían que ellos habían sabido que Su Majestad mandaba llamar algunos coroneles y capitanes, y que esto era para mandarles hacer infantería. Que suplicaban a Su Majestad se declarase y les diese a entender para qué se hacía este ejército, porque podría ser él tuviese pensamiento contrario de ellos, y no querrían hacelle deservicio, el cual estaría en su mano, pues ellos tenían voluntad de hacerle todo servicio y placer. Que si tenía alguna guerra en alguna parte, les dijese contra quién la quería comenzar, porque ellos procurarían serville en ella, como otras veces lo habían hecho. El Emperador respondió que siempre había tenido las ciudades por buenas, y sus ciudadanos por leales vasallos y amigos, Y así, les rogaba no se alterasen, ni sospechasen alguna cosa de las que les podrían decir los rebeldes.

A los protestantes respondió que a los que quisiesen ser sus amigos, y lo eran, él les tenía en lugar de hermanos; pero que quería, como Emperador, hallarse con fuerzas, y así, había mandado hacer aquella gente para castigar algunos rebeldes del Imperio y deshacer agravios, ejecutando justicia, y que quien para esto le sirviese y ayudase, le tendría por bueno y leal servidor, y él sería buen Emperador, y como ellos dicen, gracioso Señor; pero que el que hiciese lo contrario, Su Majestad le tendría en la mesma cuenta que a los rebeldes, por cuya causa la guerra se haría.

Con esta respuesta se salieron los de la liga, y se fueron a sus posadas; y de ahí a poco a sus casas y de sus señores; y de aquí se comenzó la guerra. Diré antes que entremos en ella dónde estaba el Emperador cuando al descubierto se declaró, y los aparejos que en aquel tiempo estaban hechos, porque se entienda cómo fue tan grande la determinación, cuánto la dificultad del hecho.

[Quiénes se hallaban en Ratisbona con el Emperador.]

Estaba el Emperador en Ratisbona, donde la Dieta se había convocado, y juntádose en ella el cardenal de Trento, el cardenal de Augusta, el gran maestre de Prusia, el obispo de Panuergue, el obispo de Verguipurg, el obispo de Pasao, el obispo de Trie, el obispo de Mexperglegos, el rey de romanos, el duque de Baviera, el duque Mauricio de Sajonia, no el elector; el marqués Alberto de Brandemburg, el marqués Joan de Brandemburg, hermano del elector, gran luterano; el duque de Branzvic, que Lantzgrave tenía preso; el duque Melcheburg, el Adgraff de la Interberg, y otros señores y personas poderosas de Alemaña.

Qué ciudad es Ratisbona.

Está la ciudad de Ratisbona asentada sobre el Danubio, y es la última de las ciudades imperiales que están sobre este río, hacia la parte de Austria. Su asiento se cuenta en Baviera: es ciudad grande, y entonces muy luterana.

Desde allí a Augusta hay diez y ocho leguas, y a Ingolstat, que es el postrer lugar de Baviera, hay nueve.

El Danubio arriba, desde Ingolstat adelante hasta Colonia, toda Alemaña, exceto, algunos obispos y pocas villas, era de luteranos, y los que no, por conservarse, daban también vituallas a los enemigos como los otros. El duque de Baviera (si bien católico) trataba estos negocios tan atentadamente, que tardó en determinarse mucho tiempo. La cual indeterminación no causó poca dificultad, porque si con tiempo se determinara, tuviera el Emperador las provisiones un mes antes. Y no hubo este solo inconveniente: mas el rey de romanos, por los negocios que se le ofrecieron, tardó en venir un mes más de lo que el Emperador le esperaba; siendo su venida tan necesaria, cuanto por las cosas que con él se concertaron se puede ver. Y demás de esto no dejó de dañar poco secreto, y ningún recado que algunos tuvieron, que con pasión o con afición, no supieron callar. De manera que los enemigos lo vinieron a entender antes que los amigos del Emperador, ni cosa de las necesarias estuviesen en orden. Porque el Emperador, entonces, no tenía levantado un alemán, ni los españoles se habían juntado, ni el Pontífice había comenzado a hacer la gente que había ofrecido; solamente la determinación del Emperador era la mayor fortaleza y el poder muy limitado de los católicos que tenía en Alemaña.

Los de Augusta se ponen en armas.

Los de Augusta fueron los primeros que comenzaron a levantar gente y ponerse en arma, y esto no con nombre de ser contra el Emperador, porque en el mesmo tiempo dejaban entrar en su ciudad a todos los criados del Emperador que iban allí por armas; y en Nurumberga compraron un ingeniero, y Diego de Torralba, oficial de Francisco de Eraso, dos mil y docientos quintales de pólvora, y mil quintales de mecha de arcabuz, y otras muchas cosas para el artillería, y se llevó todo en salvamento a Ratisbona; pero antes que lo acabasen de llevar de la dicha ciudad, cuando ya no faltaban por enviar más que veinte carros de pólvora, picos y azadones, fue llamado el Torralba al Consistorio de la dicha villa o ciudad Nurumberga, y le dijeron que ellos eran servidores del Emperador, pero que el pueblo estaba medio levantado y tenían carta que Lantzgrave les había escrito, rogando le dejasen entrar con su gente hasta que llegase la gente del duque de Sajonia; por tanto, que luego a la hora se partiesen con lo que más pudiesen, si no querían ser presos, y tomado lo que tenían.

Partiéronse luego y caminaron toda la noche, y de ahí a tres días, una mañana llegaron a este lugar trecientos caballos de Lantzgrave para meterse en él con toda la gente que Lantzgrave tenía, y a primero de agosto se supo en la corte del Emperador que Lantzgrave había derribado la puente de Tanaberte, y que en Nurumberga no le habían querido recibir, y se tornaba la vía de Augusta; unos decían que a estorbar el paso a la gente de Italia, otros que al conde de Bura, que venía de Flandres.

Ya cuando esto pasaba, el Emperador había enviado sus coroneles para levantar la infantería alemana, los cuales eran Alipeando, Madrucho, hermano del cardenal de Trento, y Jorge de Renspurch, soldado viejo, y que en muchas guerras había servido al Emperador, y al Xamburg también se dio otra coronelía, y al marqués de Mariñano, el cual era general de la artillería. Cada uno de estos cuatro coroneles había de levantar cuatro mil alemanes. De estas cuatro coronelías alemanas se hicieron, según costumbre, dos regimientos; el uno se llamaba de Madrucho, en el cual entraba la coronelía del marqués de Mariñano, y el otro se llamaba de Jorge de Renspurch, en el cual entraba la de Xamburg, y después de esto se repartieron entre estos dos regimientos igualmente otras diez banderas que el Emperador mandó hacer al bastardo de Baviera y a otros capitanes. De manera que vinieron a ser cincuenta banderas de tudescos, veinte y cinco en cada regimiento.

Proveyó Su Majestad que viniese don Álvaro de Sandi, que estaba en Hungría con su tercio, que eran dos mil y ochocientos españoles, y que el maestre de campo Arce viniese de Lombardía con tres mil españoles; y el marqués Alberto de Brandemburg envió luego por los caballos con que era obligado a servir, que eran dos mil y quinientos, aunque se habían de dar parte de ellos al archiduque de Austria. El marqués Joan, hermano del elector de Brandemburg, se partió luego para traer seiscientos caballos con que servía, y el maestre de Prusia había de traer mil.

El duque Enrique de Brandemburg, el Mancebo, cuatrocientos; el príncipe de Hungría, archiduque de Austria, mil y quinientos. Mas toda esta caballería se hacía en tantas partes de Alemaña, que para juntarse hubo después grandísimas dificultades, por estar en medio de ellos y del Emperador todo el poder de los enemigos, como adelante se dirá, y el Emperador en Ratisbona, casi solo, que fue un gran milagro salir, a lo que aquí se verá. La misma ciudad estaba llena de luteranos, y lo eran casi todos los naturales, y no había de quién fiar. Súpose que por parte de Lantzgrave se hacían diligencias por poner fuego a la pólvora que se había traído de Nurumberga, y sucedió que los pajes de Su Majestad posaban en un monasterio junto a una iglesia, donde estaba toda la pólvora, y que una noche dejó un mozo de los pajes pegada una candela a una pared y durmióse, y a la media noche se pegó fuego y puso la corte en gran alboroto y confusión, porque se encendía el monasterio y se quemó mucha parte de él, y si no se socorriera de presto, se perdiera todo. Púsose todo el pueblo en arma, y los de la corte acudieron a palacio por la sospecha que se tenía; pensaron y temieron ser perdidos; porque a perder la pólvora, como los de Ratisbona eran luteranos, y el Emperador no tenía más de mil soldados, pudieran muy al seguro venir los enemigos y hacer lo que quisieran, que les fuera fácil.

Con estos sobresaltos estaba el Emperador en Ratisbona; envió el Emperador a decir al conde Palatino, casado con su sobrina, hija del rey de Dinamarca, que por qué se quería perder; que mirase quién era, y que tenía ochenta años de edad. Respondió el conde que toda su tierra se perdía, y que no podía hacer otra cosa, porque así la había hallado, y que ni ayudaría a Lantzgrave ni sería contra Su Majestad, sino que miraría por su tierra; y en lo que tocaba a la fe, que él estaría por lo que en el Concilio se determinase.

Los príncipes que ayudaron en esta guerra.

Los que en esta guerra ayudaron al Emperador fueron: el Sumo Pontífice Paulo III envió por su legado al cardenal Farnesio y ofreció doce mil infantes italianos y ochocientos caballos, pagados por seis meses, y por general de ellos a su nieto Octavio Farnesio, y más trecientos mil ducados. Pero Luis, hijo del Papa, dio docientos caballos; el duque de Florencia otros docientos infantes; el Estado de Nápoles, ochenta mil ducados; el reino de Sicilia, ochenta mil ducados. Otras señorías dieron cada cual conforme a lo que podía.

Dicen que, con gran curiosidad, el Emperador mandó que los más doctos cosmógrafos, y que mayor noticia tuviesen de todas las poblaciones, montes, valles, sitios fuertes, ríos, puentes, vados, bosques de esta gran provincia, sacasen una tabla, en la cual cada día estudiaba, y vino a tener tan entera noticia de toda la tierra, como el más natural y cursado en ella; providencia tan acordada, que valió harto para el dichoso fin de tan peligrosa guerra.

Junta poderosa de gente de guerra que levanta el Emperador. -Sebastián Xertel. Quién fue. -Camina la gente de Italia para Alemaña. -Lo que valía el nombre sólo de Carlos V.

Ya en este tiempo se sabía cómo se juntaba en Italia, así la que el Pontífice había ofrecido, como la demás que había de venir. También tenía escrito el Emperador, que el conde de Bura, Maximiliano, levantase en Flandres diez mil alemanes bajos, y tres mil caballos, y que viniese con ellos a Ratisbona.

Todo este campo junto, era bastante para combatir con otro cualquiera; mas, siendo fuerza que se había de juntar de tantas partes, no bastaba alguna de ellas por sí sola a ser tan poderosa, que con razón combatiese con alguna de los enemigos. Los cuales, antes que el Emperador tuviese juntos más de setecientos caballos y dos mil alemanes de los de Madrucho, y tres mil de los de Jorge, y los españoles de Hungría, del tercio de don Álvaro de Sandi, salieron de Augusta con veinte y dos banderas de infantería de la misma ciudad, y seis del duque de Viertemberg, y cuatro de los de Uma, y mil y quinientos caballos con veinte y ocho piezas de artillería, y debajo de nombre que iban contra los soldados que habían de venir de Italia, que decían enviaba el Papa para destruir a Alemaña y derramar en ella la sangre de sus naturales. Que en este negocio no tocaban en el Emperador, ni mostraban que por el pensamiento les pasase de alzar contra él sus banderas, sino contra la gente del Papa.

Enviaron a la señoría de Venecia, pidiéndoles que no diesen paso a la gente del Papa, y fueron derechos a la Chusa (llaman Chusa cualquier lugar que cierra algún paso). Y para que esto mejor se entienda, conviene saber que desde Italia, para venir en Baviera, se ha de pasar por Trento; y de allí a Insprug hay un camino, y desde Insprug, para entrar en Baviera, hay dos. El uno por el río abajo viene a Kopfstain, una villa cerrada y fuerte de Tirol, para entrar en Baviera; el otro es más alto hacia Suevia, el cual va por un valle, y a la boca de este valle está un castillo harto fuerte, que cierra la salida de él, y esta es la otra entrada en Baviera. Luego está Fiesen, villa del cardenal de Augusta, donde se había señalado y hecho muestra la gente del regimiento de Alipeando Madrucho, que era de su coronelía, y de la del marqués de Mariñan, que eran los dos de cuatro coroneles tudescos que el Emperador señaló. Después de Fiesen está Queinten, villa imperial de las primeras luteranas, y ambas a dos de la Jesica de Augusta.

Y aquí fue donde primero acudieron, pareciéndoles que, cerrando este paso, no pasaría la gente de Italia, que era lo que más les importaba, y así con catorce mil o quince mil hombres, y mil caballos, llevando por capitán a Sebastián Xertel, que primero fue alabardero del Emperador, y cuando el saco de Roma, tabernero, y después, en la guerra de San Desir, preboste de justicia en los alemanes de Su Majestad, con lo cual se había hecho tan rico, que ya era de los principales de Augusta, y por tal fue elegido por capitán general de esta jornada, y después lo fue en toda la guerra de la infantería que las villas daban para ella. Así que ellos, con este campo, llegaron a Fiesen, la cual Xertel tomó sin contradicción alguna, y yendo sobre la Chusa, se le entregó sin esperar golpe de cañón. Alguna culpa echan al capitán del castillo.

Estaban cerca de allí cuatro o cinco mil alemanes de los de Madrucho, y del marqués de Mariñan, porque los demás estaban en Ratisbona, asistiendo en la guarda de Su Majestad. Estos mostraron gran voluntad de combatir, mas los coroneles no lo consintieron por ser la ventaja tan conocida; y aunque no lo fuera, no era cordura aventurar la empresa por lo que se ganaba en deshacer la gente de Augusta, pues les quedaban a los enemigos otras fuerzas muy mayores. Y así, los alemanes de Madrucho, se vinieron, por mandado del Emperador a alojar junto a Ratisbona, y lo mismo hizo Jorge de Renspurg, que había hecho su coronelía cerca de las tierras de Ulma.

Luego que los de Augusta tomaron la Chusa, caminaron derechos a Insprug con intención de tomarle, que fuera empresa tan importante, si le acabaran, que pudieran acabarlo demás, porque puestos allí, eran señores de los dos caminos que dije que entran de Tirol en Baviera, y también lo fueran del que viene de Italia y Trento hasta Insprug, de manera que cerraban y señoreaban todas aquellas partes por donde al Emperador le podían venir dineros y gente, mas los de Insprug, que tenían a cargo el gobierno de la tierra, proveyeron tan bien lo que convenía, que los enemigos no llegaron allá con cuatro leguas, porque en seis o siete días se juntaron diez o doce mil hombres, y metiéndose con Castelalto, y parte de ellos dentro, los herejes desesperaron de la empresa. Y así se retiraron, dejando proveída la Chusa y Fiesen.

Este Castelalto era un coronel de los más antiguos de Alemaña, vasallo del rey de romanos, el cual después, andando la guerra más adelante, tornó a cobrar a Chusa.

Ya en estos días comenzaba a caminar la gente que el Papa enviaba, y ni más ni menos los españoles de Lombardía; y los de Nápoles se habían embarcado en la Pulla, y venían a desembarcar en tierra del rey de romanos, que es junto a la de venecianos, en una villa que se llama Fiume en la Dalmacia, y de allí por Carintia y Stiria habían de venir a Salesburg, y de ahí a Baviera. Los herejes volvieron a Augusta muy descontentos por no haber tomado a Insprug, que fuera para ellos de harta importancia, y mucho más, si cuando de Augusta salieron vinieran derechos a Ratisbona, porque hallaran al Emperador tan sin gente, que el más seguro remedio que tuviera Su Majestad era irse por el Danubio abajo fuera de Alemaña, porque entonces no estaban juntas las coronelías de Madrucho y Jorge, y los españoles de Hungría acababan de llegar, y eran pocos, pues no llegaban a tres mil. Valió el nombre del Emperador por un gran ejército, para que los enemigos no se atreviesen; hízolo esto, y principalmente Dios, cuya era esta causa. Tampoco tenía artillería, que esperaba la de Viena. Así que todo estaba tan desproveído, que si los herejes acudieran, ellos acabaran la empresa sin contradición alguna. Este fue el primer yerro que hicieron; pero, ¿qué maravilla era errar en la guerra, los que contra Dios y su príncipe erraban?

El duque de Sajonia y Lantzgrave escriben al Emperador. -Júntase el campo luterano y el número a que llegaba.

En este tiempo el duque de Sajonia y Lantzgrave escribieron una carta al Emperador, la suma era: Que ellos habían entendido que Su Majestad quería castigar algunos rebeldes y deservidores suyos, que deseaban mucho saber quiénes eran, porque se ponían en orden para servir a Su Majestad y que por ventura, si Su Majestad tenía algún enojo en ellos, y si contra ellos era la armada que mandaba hacer, que ellos estaban aparejados a dar la satisfacción que quisiese.

No respondió el Emperador a esta carta, porque no responder a ella era darles la respuesta más cumplida que su insolencia merecía. Ya cuando ellos esto escribieron, estaban juntos, dando orden en acabar de recoger el campo, del cual cuando enviaron esta carta tenían en pie una parte muy grande, y habían enviado a todas las villas de la liga y señores, por la gente que cada uno había ofrecido.

Por otra parte, Sebastián Xertel había salido de Augusta con toda la gente que llevó a la jornada de Insprug, y vino a Tonabert, que es seis leguas de Augusta y catorce de Ratisbona, el Danubio arriba, un lugar tan importante como su nombre significa, que quiere decir defensa del Danubio. Es ciudad imperial, pocos años antes hecha luterana, y de la liga. Aquélla tomó Xertel, entrándose en ella, como en lugar de su mala secta y opinión, y allí esperaba para juntarse con la gente de Sajonia y de Lantzgrave. Tenía, estando en Tonabert, gran aparejo para las cosas que tocaban a los de Augusta, porque allí era señor del río Lico, que es el que pasa por ella, y divide a la Baviera de Suevia. También tenía el Danubio, por donde le venían las vituallas de Ulma y de Viertemberg. De manera que el oficio era harto suficiente para alojarse en él un gran ejército, con las cosas que para él son necesarias. Poco después que el campo que con Xertel estaba se había alojado en Tonabert, llegaron el duque de Sajonia y Lantzgrave con el suyo, de manera que todo se vino a hacer un poderosísimo ejército, el cual se había recogido de todas las ciudades de la liga, y señores que entraban en ella. HalIábanse más de cien mil infantes y quince mil caballos, y el que menos dice, es don Luis de Avila, a quien casi en todo sigo, como a testigo de vista tan calificado, y pone de setenta a ochenta mil infantes y nueve o diez mil caballos, y cien piezas de artillería.

En los estandartes que cada ciudad o príncipe luterano traían, estaban las letras siguientes:

Las letras que los luteranos llevaban en sus estandartes.

En el estandarte de Lantzgrave, que era el general de este ejército, decía: Iam securis ad radicem arboris est: omnis igitur arbor non faciens fructum, bonum, excidetur, et ignem coniicietur. «Ya está puesta la hacha a la raíz del árbol: porque todo árbol que no diere fruto, se ha cortar y echar en el fuego.»

En otro del mesmo: Si Deus pro nobis, quis contra nos? «Si Dios es nuestra ayuda, ¿quién podrá contra nosotros?»

En las bandas de infantería: In libertatem, vocati estis fratres. «Hermanos, llamados sois para ser libres.»

En otra: Pugna pro patria. «Pelea por la patria.»

En otra: Verbum Domini manet in aeternum. «La palabra del Señor permanece para siempre.»

En otra: In verbo tuo, Domine, laxabimus tela. «Señor, confiados en vuestra palabra lanzaremos nuestros tiros.»

En otra: Voe vobis Scriboe et Pharisoei. « ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos!»

En otra: Generatio praba et adúltera. «Generación perversa y adúltera.»

En otra: Progenies viperarum, quis vos liberabit a ventura ira? Que es: «Generación de víboras, ¿quién os librará de la ira que sobre vosotros ha de venir?»

En otra: Noli timere pusille grex: «No temas, pequeño rebaño.»

En otra: Deponet potentes de sede, et exaltabit humiles. «Quitará de la silla los muy poderosos, y ensalzará los humildes.»

En otra: Non nobis Domine, non nobis, sed nomini tuo da gloriam. «No a nosotros, Señor, sino a vuestro nombre dad la gloria.»

En otra: In nomine Iesu omne genu flectatur. «Arrodíllense todos al nombre de Jesús.»

En otra: Domi ne libera populum tuum. «Señor, librad vuestro pueblo.»

En otra: In te Domine speravimus non confundemur. «No seamos confundidos, pues en vos, Señor, esperamos.»

En otra: Malos male perdet. «Destruirá muy mal a los malos.»

En otra: Ecce Babylon cadet, civitas illa magna: in quo miscuerunt nobis, miscebimus illis in duplum. «Mirad que ha de caer la Babilonia, aquella gran ciudad: pagarles hemos al doblo en los mismos males que nos hicieron.»

En otra: Qui non intrat per ostium, fur est et latro. «El que no entra por la puerta ladrón es.»

En otra: Oves meae vocem meam audient. «Mis ovejas oirán mi voz.»

En otra: Perfice Domine, opus quod eoepisti in nobis. «Perficionad, Señor, la obra que en nosotros comenzastes.»

En otra: Ideo affligimur, quia credimus, in Deum vivum. «Aflígennos porque creemos en Dios vivo.»

En otra: Gratias nos persequuntur. «De gracia nos persiguen.»

En otra: Parce illis Domine, quia nesciunt quid faciunt. «Perdonadlos, Señor, que no saben lo que hacen.»

En otra: Ab Aquilone veniunt liberatores tui. «Del Septentrión vendrán tus libertadores.»

En otra: Venite, eamus, et occidamus bestiam magnam coccineam. «Venid y vamos a matar aquella gran bestia vestida de grana.»

En otra: Mater scortationum, et abominationum peribit. «Ha de perecer la madre de las lujurias y abominaciones.»

En otra: Domine, in nomine tuo salvum me fac. «Salvadme, Señor, en vuestro nombre.»

En otra: Domine, ostende mane potentiam tuam. «Mostrad agora, Señor, vuestra potencia.»

En otra: Miserere Domine, populi tui quem redemisti. Que es: «Doléos, Señor, del pueblo que redimistes.»

En otra: Excidamus qui nos conturbant. «Echemos de la tierra a los que nos perturban.»

En otra: Venient plagae tuae, meretrix, peribis cum scortationibus tuis. «Vendrán tus plagas, ramera, has de perecer con tus lujurias.»

[Prosperidades de los luteranos.]

Con blasones tan soberbios y arrogantes traían los herejes luteranos sus banderas y estandartes, a los cuales se podía responder con la mesma Sagrada Escritura, que ellos prevaricaban, Ex ore tuo te judico, serve nequam: «Por tu propria boca te condeno, mal siervo.» Hablan soberbios como multitud, y presto los humilló el Señor, a quien ellos ciegamente ofendían. Para resistir a esta gran potencia no se hallaba el Emperador en Ratisbona con más gente de la que tengo dicha, ni otra artillería sino diez piezas que había tomado a la ciudad prestadas, porque la que esperaba no era venida de Baviera.

Las nuevas que tenía de su gente, eran que Jamburch tenía hecha su coronelía en la montaña negra, que los alemanes llaman Juareybalt, que con grandísima dificultad podía pasar, porque el camino era por tierra de Ulma, poderosísima ciudad, y enemiga, y por Vitemberg, el más poderoso príncipe de la liga, y que por esto les convenía hacer un rodeo muy grande, viniendo cerca de Constancia, por el lago de ella, y después por Tirol, camino menos peligroso que este otro, mas muy largo. También tenía nueva que los españoles de Nápoles eran embarcados, y que ya venía la gente del Papa, y que los españoles de Lombardía comenzaban a caminar, y el príncipe de Salmona, capitán de la caballería ligera, venía asimismo con seiscientos caballos ligeros, y que la artillería de Viena que por el río arriba venía con barcas, comenzaba a caminar. Todas estas eran cosas que se esperaban, y nada se tenía más del enemigo cerca, con la potencia que he dicho, y las cosas del Emperador pedían tiempo y no todas podían venir a una, y el lantzgrave y Sajonia, si con su gran ejército y sin contradición alguna podían venir a Ratisbona, y hallaran al Emperador con diez, y a lo más, doce mil hombres, y muy poca artillería, y menos vituallas, y la villa no muy fortificada, y los vecinos de ella más enemigos que amigos, pues eran los más luteranos, y aunque el lugar fuera fuerte y seguro, era cosa indigna de la majestad y grandeza de Carlos V dejarse sitiar, no teniendo otro socorro, sino la gente que esperaba. Al parecer de los que lo vieron y sabían la disposición de las cosas, si los herejes vinieran a ellos, sacaban de Ratisbona al Emperador, y sacándole de ella, le sacaban de Alemaña. Y fuerales muy fácil el venir, porque no dejaban a las espaldas cosa que los pudiera ofender, si no era una bandera de infantería que estaba en Rain, que es una villa del duque de Baviera, una legua de Tonabert, y dos banderas de infantería que estaban en Ingolstat, con don Pedro de Guzmán, caballero de la casa de Su Majestad. Y aunque había allí gente, el duque de Baviera había en ellos poca demostración de querer dañar al enemigo. Finalmente, ellos dejaron de hacer una empresa muy acabada, y este fue el segundo yerro y muy importante que ellos hicieron, no venir desde Tonabert a juntarse derecho a Ratisbona.

Más, ¿cómo es posible acertar los que, contra Dios y contra su rey se atreven? Fueron sobre Rain, el cual se les rindió sin esperar batería, dejando salir la gente que estaba dentro con sus banderas y armas, y sin hacer algún daño en ella, pusieron otra bandera dentro, y de ahí vinieron sobre Nemburg, donde asentaron su campo. La villa estaba por ellos, porque era del duque Oto Enrique, primero de los duques de Baviera, y del conde Palatino, que eran luteranos. El lugar es fuerte, y con puente sobre el Danubio, tres leguas de Tonabert y tres de Ingolstat.

El rey de romanos y duque Mauricio entran por las tierras del enemigo de Sajonia. -Bando del Imperio. Qué cosa sea. -Error del campo de los herejes. -Pirro Colona, valeroso capitán. -Sale el Emperador en campaña, y orden en que se pone. Determinación animosa del César: o morir o vencer. -El duque y Lantzgrave envían una carta al Emperador, y lo que respondió el duque de Alba a los que la traían. -Gente escogida que llegó de Italia al campo imperial a diez de agosto. -Pasa el Emperador el río, y pónese a la banda del enemigo. -Cuidado y temor del enemigo por ver al Emperador de la banda del río por donde él iba. -Semblante que mostró el campo imperial en una arma falsa. -Cuidado del Emperador en mejorarse en los alojamientos. -Orden que tuvo el campo imperial marchando. -Hacía el Emperador oficio de general y capitán cuidadoso. -El duque de Alba reconoce a Ingolstat.

Ya el rey de romanos era partido de Ratisbona para Praga, donde él y el duque Mauricio de Sajonia se habían de concertar por orden del Emperador para entrar en tierra del duque de Sajonia elector.

Este duque Mauricio es uno de los duques de Sajonia, porque según la costumbre de Alemaña, todas las casas se reparten entre los linajes de ellas con el mismo título y nombre de la casa principal y cabeza, de suerte que puede haber tres y cuatro duques y archiduques, y este Mauricio, ya que luterano, fue siempre enemigo del duque de Sajonia, su pariente, si bien al tiempo que esta guerra se comenzó, estaban en paz. Mas después de comenzada, el Emperador puso el bando del Imperio, al duque de Sajonia y al Lantzgrave, como rebeldes.

Este bando del Imperio es dar las tierras de los rebeldes a todos los que quisiesen tomar parte en ellas, y así, el rey de romanos y el duque Mauricio se juntaron para tomar el estado de Sajonia, el cual les venía muy a propósito, porque confinan todas las tierras de él con las suyas. En este tiempo llegó aviso al Emperador, que los enemigos determinaban de tomar Lacuet que es una villa del duque de Baviera, puesta en el camino de Ratisbona para Insprug, que era aquel mismo paso por donde se esperaba la gente que había de venir de Italia y de la Selva Negra, y no había otro por estar tomado el de la Chusa; y si esto ellos hicieran después de la empresa de Ratisbona, no podían hacer cosa más acertada, porque puesto allí (lo cual fácilmente pudieran hacer) dejaban al Emperador encerrado en Ratisbona; y poníanse en parte que ninguna gente de la que el Emperador esperaba (aunque salieran de Tirol) pudieran llegar a Ratisbona, porque los españoles y los italianos habían por fuerza de venir allí, y ni más ni menos los alemanes de la Selva Negra que traía Zamburc, y después de esto pudieran dejar aquel lugar fortificado y proveído, y volverse sobre Ratisbona, a donde haciendo ellos esto, pudiera ser que estuvieran los negocios del Emperador en ruines términos, y por esto él acordó de ponerse a peligro tan evidente, y con su persona ir a defender aquella tierra a la cual se enderezaba toda la fuerza de los enemigos. Y dejando en Ratisbona cuatro mil tudescos y una bandera de españoles, y artillería y municiones, que todo era venido ya de Viena, y dando el cargo de ella a Pirro Colona, aquel escogido capitán que con tanto esfuerzo defendió a Cariñano, el Emperador con el resto del campo, partió para Lancuet, donde llegó en dos alojamientos, y alojando el campo, él no quiso alojar en la tierra, sino fuera de ella.

Allí determinó de esperar a los enemigos, y la infantería que de Italia había de venir, si pudiese llegar antes que ellos. La nueva de la venida de los enemigos cada día crecía, y se sabía que habían pasado de Ingolstat, demás de las dos banderas que allí estaban, y de la gente que el duque allí tenía, que era el mayor número, docientos arcabuceros italianos; mas los enemigos pasaron sin hacer ni recebir daño, porque la gente del duque de Baviera, aunque estaban declarados por servidores del Emperador, no se habían dado por enemigos de los otros. Sabiendo el Emperador la nueva, no hizo otra provisión, sino enviar todos los soldados, que esperaban gente que les hiciese hacer conveniente diligencia, én entre tanto eligió una plaza aparejada para combatir con los enemigos cuando viniesen, porque esto era lo que él tenía determinado hacer, pues no lo haciendo se les había de dejar Alemaña en su poder pacíficamente; lo cual no quería el Emperador que fuese así, porque muchas veces le oyeron decir, hablando en este terrible guerra, que muerto o vivo, él había de quedar en Alemaña; y así, con este determinación, esperó allí a los enemigos, con los cuales pudo tanto la persona y nombre de este gran príncipe, que sabiendo ellos que Ratisbona estaba razonablemente proveída, y él puesto en parte donde ya ellos no podían quitalle la gente que le venía sin pelear con él, y sabiendo que él estaba determinado de hacello, acordaron de parar, estando ya seis leguas del Emperador, y así campeando Minique e Ingolstat se entremetieron en estos días.

El duque de Sajonia y Lantzgrave, enviaron un paje y trompeta al Emperador; el paje traía una carta puesta en una vara, como es la costumbre de aquella tierra, que cuando uno hace guerra a otro, le envía una carta puesta así, notificándosela. Estos fueron llamados a la tienda del duque de Alba, capitán general del campo imperial, el cual les dijo que la respuesta de aquello a que venían había de ser ahorcarlos, mas que su Majestad les hacía merced de las vidas, porque no quería castigar sino a los que tenían la culpa de todo, y así los dejaron volver dándoles impreso el bando que el Emperador había dado contra sus amos, por que ellos mismos se lo llevasen. No curó el Emperador de ver la carta, que según se dijo, venía llena de desvergüenzas y blasfemias contra Su Majestad y contra la Santidad del Papa, que en esto Lantzgrave y todos los luteranos eran escogidos maestros de libertades, como lo es toda la gente baja.

La infantería italiana llegó a Lancuet casi en este tiempo a 10 de agosto. La cual era una de las hermosas bandas que se había visto salir de Italia; serían diez o once mil infantes, seiscientos caballos ligeros. De todo venía por capitán el duque Octavio Farnesio. Vinieron docientos caballos ligeros que enviaba el duque de Ferrara. También llegaron en estos días los españoles del Lombardía, muy excelentes soldados, y ejercitados en gravísimas jornadas de guerra, casi siempre vencedores en ellas.

Poco después de ellos, llegaron los de Nápoles, soldados muy viejos muy buenos, de manera que estos tres tercios eran la flor de los soldados españoles, y ya los alemanes de Jamburg, hechos en la Selva Negra, habían llegado, los cuales, aunque habían rodeado, no dejaron de pasar muchos pasos, peleando con los enemigos que por todas aquellas partes aún tenían gente para poderlo hacer y impedirles el camino.

Con esto, el campo imperial tenía forma de ejército, porque tenía el Emperador, con los que estaban en Ratisbona, diez y seis mil alemanes altos, que aún eran veinte mil de paga, por las cuentas que suele haber entre las infanterías, que daban estos; había cerca de ocho mil españoles y diez mil italianos; habían venido seiscientos caballos del marqués Juan de Brandemburg por Bohemia; el marqués Alberto tenía hasta ochocientos caballos, el maestro de Prusia docientos, porque otros que hubo el marqués Alberto y suyos, y del archiduque, que serían tres mil y quinientos o cuatro mil caballos, aún no eran llegados al reino, el cual era defendido con gente de los enemigos, de manera que el Emperador, con la gente que había traído de Flandres, y con los de su corte y docientos caballos del archiduque, tenían dos mil caballos armados y mil caballos ligeros, muy escogidos todos ellos, y la infantería de la mejor que el Emperador jamás había tenido.

Después que todo esto fue junto, partió el Emperador de Lancuet y fue a Ratisbona, por tomar su artillería y la gente que había dejado, y desde allí salir en busca de los enemigos. Llegado a Ratisbona, mandó poner en orden treinta y seis piezas de artillería, parte de ellas de batería y parte de campaña, y dejando tres banderas en guarda de la artillería, se partió con todo el campo la vía de Ingolstat, que era por donde los enemigos andaban. Había desde Ratisbona a Ingolstat nueve leguas; éstas se repartieron en cuatro jornadas y así el primer día anduvo tres leguas y el otro día dos y media, y alojóse con el campo en un lugar sobre el Danubio llamado Nenstat, a 18 de agosto. Allí había un puente sobre el mismo lugar en la ribera, y demás de esta mandó el Emperador echar otras dos hechas de las barcas que traía en el campo para estos efetos, porque determinaba Su Majestad de pasar con toda presteza por allí el río.

Estando entendiendo en esto, vino nueva y aviso que el duque de Sajonia y el lantzgrave, con todo su campo, por la otra banda del Danubio, tomaban el camino de Ratisbona. El Emperador envió cuatrocientos arcabuceros españoles a caballo, y dos banderas de tudescos, los cuales pusieron tan buena diligencia, que aquella noche, como el Emperador les mandó, entraron en Ratisbona. La cual con esto estaba ya segura, porque si los enemigos no venían sobre ella, no era menester más gente, y si venían, ésta bastaba hasta que el Emperador llegase a socorrellos. Lo cual se pudiera muy bien hacer, por estar el Danubio en medio de los dos campos; mas ellos, avisados que había en Ratisbona suficiente recado, y temiéndose de que el Emperador quería pasar el río, y les podría tomar las espaldas y quitar las vituallas, habiendo llegado a Ratisbona. dieron la vuelta hacia Ingolstat, dándose mucha priesa a salir de los bosques y pasos estrechos donde se habían metido; en los cuales fue opinión que si advirtiera, se les podía hacer gran daño; mas el no haber en el campo imperial quien supiese los pasos de aquella tierra, y haber ellos hecho diligencia en salir de ellos, lo estorbó. Con todo, se enviaron algunos arcabuceros españoles y caballos ligeros; mas ya llegaron a tiempo que los enemigos habían salido a lo raso, así que no sirvieron de más que traer lengua de que los enemigos caminaban la vía de Ingolstat, aunque a mano derecha. Pasó el Emperador la ribera y alójose con su campo en un valle cerca del río. Este alojamiento estaba dos leguas de Ingolstat.

El haberse pasado con la diligencia que digo de la otra banda del río, fue de grandísima importancia, porque demás de hacer al enemigo que anduviese con cuidado recogido, y no tan señor de la campaña como había andado, fue ponerle en otro mayor, y temor de que se llevaba determinación de combatir con él cuando el lugar y la ocasión lo pidiesen. Allí se fortificó el campo imperial de una trinchea pequeña, porque el lugar donde el duque de Alba lo había alojado estaba tan bien extendido que no se requería mayor. Allí se tuvo una arma, aunque no salió verdadera.

Púsose el campo imperial en orden con tan buen semblante, que se vio la buena voluntad que tenían de venir a las manos y combatir con el enemigo. Al cabo de los dos días partió de aquí el Emperador, teniendo nueva que los enemigos se habían alojado de la otra parte de Ingolstat seis millas, porque fue tanta su diligencia para tomar aquel alojamiento, que se pusieron en él un día antes que el Emperador saliese del suyo.

Convenía mucho que el Emperador fuese con diligencia a Ingolstat, por no dejar aquella tierra en peligro que los enemigos la pudiesen tomar. Porque desde ella podían dar fácilmente grande estorbo, para que Maximiliano Egmondio, conde de Bura, con la gente que traía de Flandres, no se juntase con el Emperador, o ya que no la tomasen, que no se viniesen a entrar en un alojamiento que estaba entre ella y el alojamiento de donde el Emperador partía. Mas antes que el enemigo partiese, habiendo el Emperador considerado cuánto importaba, estando ya tan vecino a los enemigos, alojarse siempre superior de ellos, mandó que se visitase dos alojamientos, el uno a una legua grande de Ingolstat, que es el que tengo dicho, y estaba en el mismo camino, y el otro junto a Ingolstat de la otra banda, porque conviniendo tomar el que estaba más cerca de la villa, antes que el campo imperial arrancase del que tenía, llevaba intención a estos dos, para que no pudiendo ocupar el de junto a Ingolstat, se alojasen en este otro. Y por esto, el día antes había enviado a Juan Bautista Gastaldo, maestre de campo general; para que particularmente tuviese reconocidos los dos alojamientos, y él, con la mayor diligencia que pudo, otro día de mañana, a 25 de agosto, partió con todo el campo. El cual iba repartido en esta forma:

Los caballos, que eran tres mil lanzas, en tres escuadrones, el uno de mil caballos, que llevaba Maximiliano, archiduque de Austria, príncipe de Hungría. El otro, de otros tantos, llevaba el príncipe de Piamonte. Los otros mil llevaba un hijo del duque de Branzuic. Los otros mil y quinientos caballos del Papa y señores de Italia, llevaban sus proprios capitanes. Repartíase todo el ejército en tres partes, en vanguardia y retaguardia y bagaje; la artillería y bagaje iban a la mano izquierda, a la banda del rio; la caballería, a la derecha, y en medio, la infantería; primero de la avanguardia corrían mil y quinientos caballos ligeros, asegurando y descubriendo el campo. Tras estos iba la vanguardia, que llevaba el duque de Alba, en esta manera: diez mil alemanes, y a la mano derecha el príncipe Maximiliano con sus mil caballos; a la mano izquierda, una vez los españoles y otra vez los italianos, según les tocaba. Tras la avanguardia se seguía la artillería y bagaje a la parte del río, con el escuadrón de caballos que llevaba el príncipe de Piamonte, y con éstos andaba el Emperador, porque en este escuadrón se comprendía la caballería de la corte, y el Emperador andaba siempre con cinco caballos en los cuales andaban cinco pajes a cuerpo, y llevaban la bandereta de tafetán colorado, que era como la seña y guión para ser conocido Su Majestad. El cual no sosegaba mirándolo todo, cuándo la vanguardia, y cuándo la retaguardia.

Tras éstos se seguía la retaguardia, que llevaba el mismo orden de la avanguardia, con el otro escuadrón de caballos.

Caminando el Emperador con este orden, llegó al primer alojamiento de los dos que dije, y allí comió un poco, en tanto que la batalla caminaba, porque la vanguardia, ya estaba cerca, y de allí, tomando el duque de Alba consigo veinte caballos, llegó a Ingolstat, y miró el otro alojamiento, que estaba junto a él muy particularmente

Escaramuzan una banda de caballos y arcabuceros españoles con los enemigos. -Llegó voz al campo que el enemigo venía a dar la batalla. -Alójase el Emperador. -Arrogante presunción del enemigo. -Fuerte alojamiento del enemigo.

Este día, por orden del Emperador había enviado el duque de Alba al príncipe de Salmona y a don Antonio de Toledo para que, con parte de la caballería ligera y docientos arcabuceros españoles a caballo, reconociesen los enemigos, con los cuales tuvieron una muy reñida escaramuza, habiendo salido los enemigos a ella tan fuertes como es costumbre entre alemanes. Mas siendo esta escaramuza por los unos y los otros retirada, se tornó por otra parte a comenzar, y de nuevo tornaron a ella, y los enemigos salieron tan acrecentados y fuertes, que llegó aviso al Emperador que el enemigo con todo su campo venía a combatir con el suyo, y así mandó luego el Emperador que se pusiesen en orden, y mandando al duque de Alba que de punto en punto le avisase del proceder de los enemigos, él volvió al lugar donde había mandado afirmar la vanguardia, y la batalla, que era en el alojamiento que tengo dicho, que estaba en el mesmo camino que los imperiales traían, escogiendo allí puesto y sitio a propósito para combatir.

Puso la infantería en lugar conveniente, y la artillería y gente de a caballo en sus proprios lugares, y así estuvo esperando la venida de los enemigos, que se entendió, según la muestra y semblante, que querían combatir. Pareciéndole al Emperador que ya era algo tarde, y que pues los enemigos no habían dado muestra de combatir, ya no lo harían, quiso caminar. Mas el duque le envió a decir que se afirmase, porque tenía aviso que los enemigos habían dado muestra de querer combatir; mas de ahí a un rato envió a decir que Su Majestad podía caminar, porque el semblante de los enemigos había parado en recogerse dentro de su alojamiento.

Este variar fue en algo causa del partir tarde; mas viendo el Emperador cuánto más se aventuraba en esperar a llegar otro día, que no en llegar tarde aquella noche, y cuánto se daba a los enemigos en darles una noche y parte de otro día de espacio para mejorarse de alojamiento, y que habían errado en no estorbarle el paso, llegó con su campo, aunque algo tarde, a su alojamiento, el cual era de la otra banda de Ingolstat, hacia los enemigos, teniendo la villa a las espaldas y a la mano izquierda el Danubio, y un pantano a la mano derecha, y a la frente la campaña. Estas dos partes hizo cerrar el duque de Alba aquella noche, y puso tanta diligencia, que antes que viniese el día, dejó la mayor parte del campo cerrado.

No hicieron los enemigos estorbo alguno, que ellos estaban tan fiados en su multitud y ánimos que cualquier tiempo les parecía aparejado para acabar la empresa. Mas estos son los que más presto mueren.

Y ansí, con esta confianza Lantzgrave había prometido a toda la liga que dentro de tres meses él echaría al Emperador de Alemaña o le prendería. A las cuales palabras dieron tanto crédito las ciudades, y señores de ellas, que como cosa hecha venían y daban más de lo que les pedían; y con esto se hizo tan poderoso ejército, que tuvo más de ciento y treinta piezas de artillería y munición infinita. Pero ellos, aquella noche, estuvieron quedos, sin hacer más diligencia de traer algunos caballos por la campaña.

Estuvo otro día el Emperador en aquel alojamiento proveyendo lo necesario contra lo que los enemigos podían hacer. Los cuales aquel día no hicieron movimiento alguno, Otro día siguiente se fue a reconocer su alojamiento de ellos que, como tengo dicho, estaba a seis millas pequeñas del imperial, en lugar fortísimo, porque por la mano derecha y por la frente tenían un río hondo y un pantano, lo cual todo era guardado de un castillo que sobre el río estaba asentado por las espaldas de un bosque muy grande y espeso, y por el otro lado de una montañita, donde ellos tenían puesta toda la artillería. Hubo, al reconocer, una ligera escaramuza.

Otro día pusieron los enemigos su caballería e infantería en escuadrones y sacáronla en raso. Pensóse que era para venir contra los imperiales; más no fue sino para tomar la muestra de toda su gente, la cual, después de tomada, la redujeron a su alojamiento.

Otro día después, se levantaron de allí y vinieron a alojarse a tres millas del campo imperial, en un alojamiento fuerte, que era sobre unas montañuelas, las cuales, aunque tenían el agua un poco lejos, había pensado el Emperador de las tomar, porque estando más cerca del enemigo, le parecía que podía haber más aparejo de dañalle. La disposición de este alojamiento era tal, que el mismo sitio le ayudaba a defenderse.

Don Álvaro de Sandi y el capitán Arce saltean y maltratan al enemigo. -Sentían los herejes las malas noches que los imperiales les daban tocándoles arma.

Aquella misma noche que los enemigos se alojaron allí, el duque de Alba, habiéndolo consultado con el Emperador, envió a don Álvaro de Sandi y a Arce con mil arcabuceros, dándoles orden de lo que habían de hacer, y guías que sabían bien la tierra. Ellos se partieron, y atravesando por unos bosques, dieron en el alojamiento de los enemigos a la una o las dos después de medianoche, y degollando las centinelas, dieron en el cuerpo de guardia, donde mataron más de cuatrocientos de los enemigos, sin perder más que dos, que por yerro fueron muertos de sus proprios compañeros.

Duró el matar y dar en ellos, hasta que todo el campo se puso en arma, y así se volvieron, habiéndoles dado un buen sobresalto y bravísima arma, sin pérdida de más de los que dije, que con la oscuridad de la noche se tuvo por cierto que los compañeros los habían muerto. Y aun del uno se dijo que tenía ganado un estandarte.

Desde los 27 de agosto hasta los 29 no los dejaron sosegar en su alojamiento, y porque los acometían de noche con encamisadas, los llamaban en su lengua traidores, y llevaban muy mal estas malas noches que les daban.

El duque Octavio Farnesio, con Joan Bautista Sabello, capitán de la caballería del Papa, y Alejandro Vitello, capitán de la infantería, habían concertado de dar con su gente una muy mala noche a los enemigos, y ansí se comenzó a poner en orden otro día; mas los enemigos, teniendo el mismo pensamiento, habían ocupado cierto lugar en un bosque, en el cual pensaba el duque Octavio hacer su hecho, y los enemigos comenzaron dando en unos sacomanos del campo imperial que estaban en un casal cerca del bosque, y ansí aquel día hubo una escaramuza, que aunque no salió como se había ordenado, fue buena, y los enemigos recibieron daño de los arcabuceros que con Alejandro estaban, y los acometieron, y de una parte y de otra hubo algunos muertos y presos.

Acércanse los campos a tres millas. -La mucha artillería que el enemigo tenía, y gran aparato de guerra.

Estaban ya los campos a tres millas uno de otro, y no había en medio de ellos sino un pequeño río, el cual por muchas partes se pasaba, y estos pasos estaban los más de ellos muy más cerca de su campo que del imperial, de manera que las escaramuzas no podían hacerse sin que la una de las partes pasase a esperar.

Estando, pues, los dos campos en estos términos, y el Emperador pensando la manera que habría para dañar al enemigo, porque ya estaban los campos tan cerca que levantándose de allí o no levantándose convenía hacello, y teniendo respeto a que era menester gran artificio para moverse del alojamiento, por ser tan inferiores, y los enemigos muy superiores en el número de la gente y mucha artillería, estábanse quedos los imperiales, fatigando los enemigos con las encamisadas y escaramuzas. Visto por Lantzgrave este daño, y que corría peligro de los bastimentos para su ejército, porque el marqués de Mariñano había hecho un bergantín en cierto río y puesto en él una compañía de arcabuceros, y corriendo el río, él tomaba las provisiones que se llevaban al campo de los herejes.

Luego que a Lantzgrave llegaron catorce banderas de infantería, que serían siete mil hombres, a los 30 de agosto, se levantó muy en orden y comenzó a caminar en amaneciendo, llevando la artillería, la cual ellos podían traer muy bien, por ser toda aquella campaña muy abierta y desembarazada, y era tanta la artillería y munición, que llegaban a ciento y treinta tiros de bronce, y ochocientos carros de balas y pólvora, ocho mil rocines para carretear esta gran machina, trecientas barcas para hacer puentes, seis mil gastadores o azadoneros, sin esta multitud de provisiones, oficiales y ministros para gobernallas. Venían los quince mil caballeros y ochenta mil infantes (aunque otros dicen más), todos muy bien armados y con tanta voluntad de pelear como si conquistaran la casa santa de Jerusalén.

Cuando amaneció, había esta infinita gente pasado el río que tengo dicho, y caminaron derechos la vuelta del campo imperial. Dióse aviso al Emperador, y luego subió en un caballo, mandando poner el campo en orden; halló al duque de Alba a las trincheas, que estaba proveyendo lo que convenía, las cuales trincheas no estaban tan altas como el primer día que se hicieron, porque con haberse labrado más en ellas a la gente que salió del campo pasaba sobre ellas, y así estaban bajas y desbaratadas.

Orden en que venía el campo enemigo. -Había prometido Lantzgrave a las ciudades rebeldes de prender o matar o echar fuera de Alemaña al Emperador. -Pónese en orden el campo imperial para esperar al enemigo. -Pareceres diferentes sobre dar la batalla al Emperador. -Quieren ojear con la artillería y sacar de su alojamiento al Emperador. -El peligro en que se ponía el Emperador, visitando y reconociendo su campo.

Ya el día 30 de agosto era claro, y una niebla que había comenzado había esclarecido, y así se podía mejor ver el orden que los luteranos traían, el cual era éste. Ellos venían en forma de luna nueva, porque la campaña extendidísima y llana daba lugar para poderse ver todo. A su mano derecha traían el pantano que estaba a la izquierda del campo imperial, el cual era hacia el Danubio, y por esta parte venía un escuadrón de gente de a caballo grosísimo, acompañando ocho o diez piezas de artillería. A la mano izquierda de aquél, un poco apartado, venía otro escuadrón de caballos, también muy grueso, acompañando otras veinte piezas de artillería. Y de esta manera traían toda su caballería, la cual venía repartida en escuadrones, y acompañando la artillería que venía extendida por la campaña como los caballos, y no caminaban en hilera, sino a la par, porque juntamente pudiesen tirar las piezas que quisiesen o pudiesen, y con este concierto sacaron toda su artillería y caballería. Y toda la infantería venía con mucho concierto, toda puesta en escuadrones detrás de sus caballos.

Veíase muy bien la infantería por los grandes y anchurosos espacios que había entre los escuadrones de la gente de armas. De esta manera venía el lantzgrave a cumplir la palabra que había dado a las villas de la liga, de vencer y prender al Emperador, o procurar, con todas veras, echarlo de Alemaña.

Ordenóse el campo imperial para combatir conforme a los cuarteles como estaban alojados: los españoles estaban a la frente del enemigo y tenían el pantano a la mano izquierda; luego, junto a ellos, a la mano derecha, estaban los alemanes del regimiento de Jorge, con una manga de arcabuceros españoles; luego estaba dando vuelta hacia ella derecho, la más de la infantería italiana, porque alguna parte de ella se había recogido en el fuerte que se había hecho dentro del pantano. Luego, tras ellos, siempre siguiendo la mano derecha, estaban los alemanes del regimiento de Madrucho; desde ellos hasta la villa, estaba abierto, y así parte de aquel espacio se cerró con las barcas de las puentes que el campo traía, y lo demás que quedaba por cerrar, con la caballería, la cual estaba en cuatro escuadrones, porque si los enemigos con su caballería viniesen por aquella banda, estando la caballería puesta en aquel fuerte, pudiesen combatir con ellos, y también era sitio conveniente para cargar, si por la parte que las trincheas eran más bajas, estaban sus caballos, y para esto se habían dejado algunos espacios entre los escuadrones de la infantería imperial.

Luego que los enemigos llegaron a ponerse media legua pequeña del campo imperial, hicieron alto para tener consejo y haber su acuerdo sobre lo que debían hacer; porque un Agustín Berlinguer, capitán de Augusta, era de parecer que diesen la batalla acometiendo al Emperador en sus alojamientos. Lantzgrave y otros tuvieron que sería mejor a puro cañonazo sacar al Emperador fuera, y que por fuerza había de salir desconcertado, y entonces era bien cerrar con él. Y hízose así, plantando su artillería, que eran las ciento y treinta piezas, a la punta del bosque, por manera que con la orden que traían, ciñeron el campo imperial desde el pantano, que era a la mano izquierda, y derecha de los enemigos, hasta casi la mitad de la campaña que estaba a la mano derecha, tirando siempre y tan cerca, que muchas piezas de las suyas, especialmente las que tenían a la mano derecha, no tiraban seiscientos pasos de los escuadrones del Emperador.

Tiraba la artillería del Emperador, que eran solas cuarenta piezas; pero la suya era ayudada de la disposición de la tierra y asiento que tenía, más que la imperial. El Emperador había dado vuelta por todo el campo, y visto la orden que el duque de Alba había puesto en él, y después, así como estaba a caballo y armado, se volvió a poner delante de su escuadrón, y de allí algunas veces iba a los escuadrones de los alemanes y los rodeaba, y otras acudía a los españoles, y otras a los italianos, que todo lo rodeaba, y no con pequeño peligro, porque los tiros daban en los mismos escuadrones a vista del Emperador, los cuales tenían en nada viendo a su príncipe delante de sí, por donde se conoce claramente cuánto vale la presencia del príncipe o general en semejantes ocasiones, cuando tienen opinión entre sus soldados.

Batería cruda que los herejes dieron al campo imperial. -Cuidado y peligro con que andaba el duque de Alba. -Setecientas balas echaron dentro del campo imperial. -Nueve horas sin cesar jugó la artillería enemiga. -Palabras soberbias de Lantzgrave en desprecio de los imperiales. -Fortifican los imperiales sus alojamientos. -Escaramuzas vistosas y sangrientas.

Los enemigos, habiéndose acercado donde a ellos les pareció que bastaba para batir a su placer, hicieron alto con sus escuadrones de caballo y infantería, y comenzaron con todas las banderas de su artillería a batir tan apriesa y con tanta furia, que verdaderamente parecía que llovía balas, y que los demonios andaban por los aires, porque en las trincheas y en los escuadrones no se veía otra cosa sino cañonazos y culebrinazos.

El duque de Alba estaba con los españoles a la punta del campo, adonde batía de más cerca la artillería de los enemigos, una pieza de las cuales llevó un soldado que estaba junto a él, que andaba proveyendo todas las cosas necesarias a lo que se esperaba, que era que, después de haberlos bien batido los enemigos, arremeterían, de lo cual dos veces habían hecho semblante muy conocido, y había ordenado que toda la arcabucería estuviese sobre aviso a no disparar hasta que los enemigos estuviesen a dos picas de largo de las trincheas, porque de esta manera ningún tiro de los arcabuces, que eran muchos y muy buenos, se perdería, y si tiraban, de lejos, los más fueran en balde. Y así, mandó que las primeras salvas, que suelen ser las mejores, se guardasen para de cerca.

Los enemigos batían todavía de manera que parecía que de nuevo entonces lo comenzaban, hecho alto con sus escuadrones, a los cuales tiraba la artillería del Emperador, más hacía poco efecto por la disposición de la tierra, ni tampoco la de los enemigos hacía mucho daño, si bien muchas veces daba dentro de los escuadrones, tanto que en el del Emperador entraron hartos cañonazos y golpes de culebrinas, pasando las balas tan cerca de Su Majestad, que muchos dejaban de mirar su peligro por el del Emperador, especialmente una bala dio de él tan derecho y tan cerca, que cualquier golpe que hiciera, estaba el peligro muy manifiesto; guardaba Dios este príncipe por el celo con que le servía. Otra bala mató dentro del escuadrón un archero de la guarda de Su Majestad, otra llevó un estandarte; otras dos mataron dos caballos; no fue más el daño que se hizo en el escuadrón imperial, con dar muchas piezas dentro de él.

En los otros escuadrones, aunque también fueron bien batidos, se hacía poco daño. Seis piezas de las cuarenta que había en el campo del Emperador reventaron este día; una de ellas mató cinco soldados españoles y hirió dos. Los enemigos se daban tanta priesa a tirar, cuanto ellos veían que era menester para desalojar al Emperador, y así no se veía otra cosa por el campo sino balas de cañón y culebrina. Daban junto con esto los herejes voces con una furia infernal, finalmente, ellos echaron este día (que fue 30 de agosto) setecientas balas dentro del alojamiento, que tantas se hallaron, y no mataron más que diez y ocho hombres, y los dos fueron de la guarda de Su Majestad. Y con esta furia y el nunca cesar, no hubo escuadrón que se moviese; y no sólo escuadrón, mas ni un soldado se movió de su lugar ni volvió la cabeza a mirar si había otro más seguro puesto que el que teñía.

Ya había durado el batir de los enemigos siete o ocho horas sin cesar, y cuando pareció que estarían cansados de tirar y que tomaban otro disignio, y no venir a combatir viendo que estaban tan conformes, más de lo que habían pensado; lo cual conociendo el Emperador y que ya comenzaba a haber flojedad en ellos, mandó que la gente de a caballo fuese a su alojamiento, y que todos estuviesen aparejados, para que si fuese necesario volviesen a las trincheas.

Estaban dentro del campo cerrado a caballo, aunque había trincheas delante, porque como no se habían labrado más de la primera noche, estaban tan bajas por algunos cabos que fácilmente se podían atravesar, y la gente de a caballo estaba puesta donde las trincheas faltaban, y por donde los enemigos podían entrar con su gente de armas. Allí estaba la imperial, de manera que en el campo imperial estaban aparejadas por aquella misma orden que entendían que los enemigos habían de venir a los combatir. Todo el tiempo que los enemigos batían, había tenido el duque fuera de las trincheas algunos arcabuceros españoles, los cuales escaramuzaban con los contrarios que estaban en guarda de su artillería, digo de la que habían traído a la parte del pantano, junto a una casa grande y aparejada para defenderse. Esta estaba seiscientos pasos de las trincheas del campo imperial. Los enemigos la tomaron y proveyeron de arcabuceros, y desde allí defendían su artillería, que estaba delante de la casa, hacia las trincheas. Así que en un mesmo tiempo los enemigos batían y los soldados escaramuzaban, y aflojaba su artillería, y dejaba de batir, habiéndolo hecho nueve horas, y así se comenzaron a retirar más cerca de la casa y del río pequeño que dije, donde había unos molinos, junto a los cuales, y por el río arriba, habían asentado sus pabellones y tiendas haciendo una trinchea a toda su artillería, en el mismo lugar que aquel día habían tenido, salvo la que estaba a la parte del pantano, que la retiraron más hacia la casa, y así estuvieron en aqueste sitio con sus escuadrones tendidas por la campaña, hasta que anocheció, que se redujeron a donde tenían asentado su campo, el cual tenía el asiento de manera que la una punta, que estaba hacia el pantano, estaba a ochocientos pasos del campo imperial, y la otra de su mano izquierda estaba más lejos, a dos mil y quinientos pasos.

Aquella noche, estando Lantzgrave cenando, tomó una copa, y, según la costumbre de Alemaña, bebió y brindó a Xertel, diciendo estas palabras: «Xertel, yo brindo a los que hoy ha muerto nuestra artillería.» A las cuales palabras, Xertel respondió: «Señor, yo no sé los que hoy hemos muerto, mas sé que los vivos no han perdido un pie de su plaza.»

Díjose que aquel día había sido Xertel de parecer que se combatiesen las trincheas del campo imperial, y que Lantzgrave no había querido; y dicen que lo miró bien, y que, como por lo que aquel día habían hecho lo podían ver, que con ser tan furiosa la batería, no sintieron flaqueza en los imperiales, antes cuando más espesas andaban las balas salían a escaramuzar, que la gente que el Emperador tenía era tal, que con grandísima dificultad los echaran del alojamiento. Ansí que el consejo de Xertel más era atrevido, y aun temerario, que prudente.

Habiendo, pues, tirado los enemigos este día novecientos tiros de cañón y culebrina, llegada la noche se proveyó por el duque de Alba que todos los carros del campo trajesen fajina para levantar los reparos de las trincheas, y todos los soldados por sus cuarteles labraban, de manera que otro día amaneció el campo tan fortificado, que se podía estar detrás de los reparos a la defensa muy seguramente. Juntamente con esto hizo el duque alargar la trinchea aquella noche, tomando mucha parte de la campaña hacia los enemigos, por la parte que los españoles estaban fortificados de la misma manera, y la parte del campo que el día antes había estado abierta se puso en más seguridad.

Aquel día los enemigos dejaron descansar su artillería y echaron algunos arcabuceros sueltos para provocar a los imperiales que saliesen a escaramuzar, y así se hizo; porque salieron hasta ochocientos arcabuceros españoles, los cuales escaramuzaron en aquella campaña rasa, y fue la escaramuza de manera que los enemigos fueron forzados de sacar mil caballos en favor de sus arcabuceros, y éstos vinieron en tres escuadrones. El primero sería de cien caballos, los cuales venían a la deshilada, sueltos y esparcidos; los otros venían en su orden, uno en pos del otro.

Los arcabuceros españoles estaban trecientos o cuatrocientos derramados, y en su retaguardia los demás, que serían quinientos. Los cien caballos de los enemigos, que venían sueltos, embistieron con los primeros arcabuceros, confiados en que el campo era raso, donde por la mayor parte suelen tener ventaja los caballos a la gente de a pie; mas los españoles los recibieron de manera que los hicieron volver huyendo, y así, tuvieron necesidad de que el segundo escuadrón, que traía un estandarte amarillo, viniese a socorrellos cargando en los arcabuceros; mas ellos les dieron una rociada tan espesa, que le abrieron por medio, y volvió las espaldas como los primeros, cargándole siempre los arcabuceros.

Vino el tercer escuadrón, que traía un estandarte colorado, que cargándole de la misma manera que a los otros dos, le abrieron y hicieron huir hasta dentro de sus trincheas, quedando muchos heridos tendidos por el campo, y muertos, cosa que el Emperador y todo el campo alabó y encareció como merecía la virtud y esfuerzo de los españoles. Así se acabó la escaramuza y también el día.

Quiere el duque de Alba ganar una casa al enemigo.

Aquella noche mandó el duque de Alba a los gastadores (los cuales eran bohemios, y serían hasta dos mil, y son los mejores del mundo) que labrasen una trinchea nueva, la cual partió y se tiró a la parte de la casa que tengo dicho que los enemigos habían ocupado, y hasta llegar a cuatrocientos pasos de ella, de manera que los mosqueteros de una parte y de la otra se alcanzaban, de suerte que el campo imperial ya llegaba a cuatrocientos pasos del suyo. Era esta trinchea ayudada de una cierta disposición de tierra, de manera que con lo que en ella se labraba, se llegaba b¡en a cubierto hasta la distancia que dije, que había desde ella a la casa que los enemigos tenían ocupada. La cual ellos también tenían fortificada con trinchea. La del Emperador tenía a cargo don Álvaro de Sandi con su arcabucería española. Obra era de que a los enemigos les pesaba harto viendo cuán a su despecho se llegaban cerca de ellos, y conocióse bien esto por los muchos cañonazos que contino allí tiraban.

[Proyecto fallido.]

En este tiempo, el duque de Alba, con orden del Emperador, tenía ordenado de enviar al marqués de Mariñano y a Madrucho con su regimiento, y a Alonso Vivas con su tercio, a degollar tres mil suizos que estaban alojados en el Burgo de Neuburg, los cuales habían dejado allí el duque de Sajonia y Lantzgrave en guarda de cierta artillería que allí estaba, y de la tierra; mas aquel día se habían venido a su campo por mandado de ellos, y así ceso la empresa, la cual hubiera buen efeto, porque ellos estaban de la otra banda de la ribera, y lejos de sus amigos, alojados en arrabales abiertos, y no con mucha guarda. El camino por donde habían de ir los imperiales era muy encubierto y con muy buenas guías, para él; la puente por do habían de pasar junto al campo y, finalmente, todas las como que para ello se requirían, muy bien proveídas.

Baten el campo imperial con la mesma furia del día antes. -Peligro de la persona imperial. -Mil balas se hallaron dentro del alojamiento. -Alonso Vivas sale a escaramuzar.

Otro día (que fue último de agosto) los enemigos, en la misma orden que el primero, se pusieron en campo y sacando su artillería comenzaron a batir el campo imperial con la misma furia que el día pasado, aunque no acercaron todas las piezas tanto como el primero día, porque la trinchea nueva que el duque había sacado hacia la casa les hizo tener respeto, aunque por aquella parte no llegasen tanto con su artillería. La batería fue bravísima, y comenzada muy de mañana, y batieron por más partes que el primer día.

El Emperador oyó misa este día en las trincheas, junto a un caballero que estaba enfrente de ellas contra los enemigos, y allí comió entre los soldados españoles de Lombardía y de Nápoles, y muchos caballeros comulgaron con gran devoción por el notorio peligro en que tenían las vidas. Los enemigos tiraban sin cesar, mas hacían muy poco daño, porque todos los soldados estaban a los reparos, y aunque algunas veces, había piezas que los pasaban, eran pocas.

A donde el Emperador estaba murió uno, porque una pieza llevó una alabarda de las manos al que la tenía, y aquella alabarda mató a otro, que estaba cerca de él. Otra pieza de artillería pasó la tienda del Emperador, y la sala y cámara donde él dormía, que dentro de la misma tienda estaba hecha de madera.

Habiendo los enemigos batido desde la mañana hasta las cuatro de la tarde, tanto que se hallaron mil balas dentro del campo imperial, y mataron sesenta hombres, ninguno de calidad, mandó al duque de Alonso Vivas que saliese con quinientos arcabuceros españoles de su tercio a escaramuzar con unos que los enemigos habían sacado fuera; y la escaramuza fue tan buena, que les ganó la primera trinchea, de dos que tenían, y después revolvió sobre los que estaban en la casa, escaramuzando con ellos hasta que ya era tarde, y habiéndoles dado muchos arcabuzazos, se retiró con muy buen orden a su campo.

Esta noche se dio una arma a los enemigos bravísima, como fueron todas las que se les habían dado después que allí llegaron, de manera que los tenían tan desvelados, que teniendo los días en escaramuzas, las noches estaban puestos en arma, como entonces se sabía por los prisioneros, así que el ímpetu y furioso acontecimiento se comenzó a amansar, porque ya los traían tan recogidos, que sus caballos, que solían andar docientos pasos del campo imperial, reconociéndole, no se llegaban a él con mil y quinientos, porque los arcabuceros los tenían tan hostigados y apartados del real, cuyos reparos y trincheas estaban tan delante, y la que se llevaba hacia la casa, porque el Emperador los quería desalojar y echarlos del puesto que tenían, como lo hizo. Así, la trinchea se tiraba hacia la casa, la cual se ganaba con ella, y, ganada, batíase tan fácilmente todo el campo enemigo, que en ninguna manera podían dejar de levantarse.

Quiere el conde Palatino congraciarse con el Emperador.

El conde Palatino del Rin quisiera jugar a dos manos en esta guerra, ayudando con la una a los luteranos, y ésta era la verdadera, porque lo era él y con la falsa engañar al Emperador. Había enviado a los enemigos su gente: trecientos caballos ligeros, todos muy ricamente aderezados, y agora él escribió al Emperador desculpándose; y entre las que daba, era una que enviaba aquella gente al duque de Witemberg por la amistad y liga que con él particularmente tenía muchos años había, y que no la había enviado contra Su Majestad, porque nunca tuvo tal pensamiento ni había tenido jamás, sino que el duque le hizo ir por fuerza al campo de los enemigos.

Desafío de Martín Alonso de Tamayo.

Siempre hubo escaramuzas en estos días, y algunas particulares de valientes soldados; una tengo obligación de decir, por haberla hecho un montañés honrado, y el hecho tan señalado, que don Luis Zapata, en el Carlos famoso y otras relaciones y libros le escriben, mas no con la particularidad que aquí diré, que fue:

Martín Alonso de Tamayo, hidalgo de la montaña de Oña, y del lugar de Tamayo, cerca de aquel gran monasterio de San Benito, se hallaba en esta guerra y era arcabucero del tercio de don Álvaro de Sandi, con el cual se había hallado tres años en Hungría, y en la toma de Dura y otras jornadas. Este día, último de agosto, como el enemigo estaba tan pujante, mandó el Emperador echar bando, que nadie, so pena de la vida, saliese de las trincheas afuera, a escaramuzar, ni a otra cosa, por el peligro que podía haber, que suelen por una escaramuza revolverse los campos, y sin querer, darse y perderse las batallas.

Fuera de las trincheas había un foso hecho de la tierra que habían sacado, y en él mandó el Emperador estar ciertas compañías de españoles arcabuceros, para que ojeasen los caballos enemigos, que se arrimaban a las trincheas. Un tudesco, alemán enemigo, que parecía un gigante filisteo, con mucha bizarría y soberbia, había llegado estos días (como se cuenta lo del gigante Goliat) a desafiar cualquiera del campo imperial que quisiese salir a pelear con él, diciendo contra las imperiales palabras afrentosas, y que su nación era la mejor y más valiente del mundo, y los españoles unos cobardes, y que lo haría conocer peleando con uno, y aún con dos, en aquel campo; y llegaba tan cerca de las trincheas imperiales, que se oía de ellas las palabras y blasfemias que el soberbio tudesco decía, de manera que de muchos era oído y entendido; mas ninguno salía, o por el bando que se había echado, o porque no parecía cordura salir a pelear con bestia tan disforme, y que, como desesperado, venía a jugar la vida.

El se volvía dando la baya y aún haciendo otras descortesías que no se pueden decir aquí.

El Martín Alonso dijo a sus camaradas, que aunque le costase la vida, él no había de dejar de salir y dar el pago que aquella bestia merecía. Tiraban al tudesco con los arcabuces; mas era tan suelto, que huía antes que llegasen las balas, y luego revolvía haciendo los visajes y mofas que las veces pasadas, y blandiendo la pica, desafiando con ella. El Martín Alonso estaba fuera de la trinchea del foso, que se había salida para hacer la dicha trinchea, y oyendo las palabras soberbias del alemán tan en afrenta de los españoles, no lo pudo sufrir, y dejando el arcabuz tomó una pica, que no era suya, y a gatas por el suelo se fue más de cuarenta pasos por no ser sentido de los españoles, y al cabo se levantó en pie, y le vieron las centinelas de su campo, que lo dijeron al Emperador, cómo aquel soldado se iba hacia el campo de los enemigos desarmado, con sola una pica arrastrando.

El Emperador mandó que le llamasen, y le dieron voces diciéndole: «Soldado, volved acá.» Martín Alonso se hizo del sordo, y caminó adelante, y cuando se acercó al contrario hincó las rodillas en tierra y rezó encomendándose a Santa María, que él tenía por su abogada, con particular devoción; ésto hizo tres veces.

El enemigo entendió que de miedo se le arrodillaba, y comenzó a burlarse del Martín Alonso, mas costóle caro la burla, porque hecha su oración el español se levantó, y con muy buen semblante se puso con la pica en orden para acometer al tudesco, el cual hizo lo mesmo. Diéronse dos recios golpes sin hacer presa; al tercero, que parece correspondió a las tres Avemarías que Martín Alonso había rezado, su pica hizo presa por bajo de la barbada, o en la gola de la celada o morrión del tudesco, tan reciamente, que embistiendo Martín Alonso con él, le hizo caer en tierra sin sentido, y como él era tan grande y estaba todo armado, dio tan gran golpe en tierra que quedó atormentado, y sin perder tiempo saltó sobre él Martín Alonso, y con la propria espada que el tudesco traía, le cortó la cabeza con grita y regocijo de los imperiales, que estaban a la mira. Asimismo le cortó las cintas de las armas, y le sacó del pecho una bolsa larga de un palmo en que había tres vasos que valían real y medio, y una mandrágora; tomó la bolsa, y la cabeza y espada, volviéndose con ella para su campo.

Luego cargó mucha caballería de los enemigos, por donde Martín Alonso no pudo llevar la cabeza del enemigo, por correr mejor. La arcabucería del campo del Emperador, que estaba en el foso de fuera las trincheas, dispararon contra la caballería enemiga, y los hicieron retirar, y como Martín Alonso se vio libre de ellos, volvió por la cabeza del tudesco, que por defenderse de los caballos había dejado, y la trajo con la espada, y la bolsa que le había quitado, y llegó con todo a la trinchea saliéndole a recibir y abrazar muchos soldados y capitanes que le daban el parabién de la vitoria

Martín Alonso se presentó ante el Emperador pidiéndole merced de la vida, que por haber quebrado el bando y salido del foso sin orden a pelear, tenía perdida. El Emperador, con enojo, le mandó confesar y que le cortasen la cabeza. Suplicaron por él los maestros de campo y muchos caballeros y capitanes, diciendo que semejante hazaña era digna no sólo de perdón, pero de grandes mercedes, pues había sido otro David con el gigante Goliat. Con todo esto, el Emperador estaba duro, y los nueve mil españoles casi en propósito de no consentir que no le quitasen la vida. Sintió el Emperador la indignación de su gente, y como príncipe cuerdo disimuló, y dijo que perdonaba a Martín Alonso; mas fue este perdón de manera, que Martín Alonso se tuviese por seguro; y por esto, agraviado de no se ver premiado conforme a sus servicios, que los tenía hechos bien señalados, acabada esta jornada se retiró a su casa mal contento, como sucede por muchos buenos, y acabó en ella con la pobreza ordinaria de la montaña.

Vuelven otra vez los enemigos a batir el campo. -Los enemigos alzan el campo a 1 setiembre.

Otro día de mañana, bien temprano, comenzó la artillería de los enemigos a batir el campo imperial, mas ya la mayor parte de sus piezas tiraban de más lejos. Esa furia en el tirar duró hasta mediodía y cesó hasta la tarde, que tornaron a dar otra muy buena rociada.

Fueron tantos los tiros que en estos días los enemigos dispararon, que sin las balas que quedaron perdidas, y las que no entraron en el campo, que serían hartas, solamente de las que se recogieron en la tienda del capitán de la artillería, se hallaron mil y setecientas balas gruesas. No cesaban las escaramuzas, y de noche pagaban los imperiales a los enemigos los malos días que de ellos recebían, y esta noche les dieron una encamisada y arma tan ardiente, por la parte de la casa, que les hicieron estar desvelados toda la noche en peso, con las armas y campo en orden. Esto era tan ordinario, que nunca faltaban sus escuadrones de la plaza, y la trinchea del campo imperial estaba tan cerca, que el salir de ella era entrar en la del enemigo. Habían ya perdido allí muchos caballos y muchos soldados muertos y heridos, y demás de esto, la caballería imperial les hacía notable daño, salteándoles las vituallas por todas partes, y con esto pasaban muy gran trabajo. Nunca los dejaban estar sosegados, sino de noche y de día sus caballos e infantería puestos en escuadrón, de manera que ellos determinaron de levantarse de allí, viendo que no les convenía otra cosa.

Y aquella noche del primero día de setiembre pasaron el río pequeño la artillería gruesa y carruaje con tanta diligencia, que otro día antes que amaneciese no se veía tienda en todo el campo, sino solamente sus escuadrones, que comenzaban a pasar el agua que tengo dicha, aunque ya toda su infantería era pasada, porque esta era la que ellos echaban delante, y toda la caballería en trece o catorce escuadrones con algunas piezas de campaña que quedaron en retaguardia. Con esta orden caminaron la vuelta de Neubeurg; y a los cuatro de setiembre, el Emperador envió algunos caballos ligeros a reconocer bien el camino que los enemigos tomaban, y él, con el duque de Alba y algunos caballeros, fue a ver la orden que llevaban, la cual era esta que digo, que era la artillería gruesa delante y luego la infantería, y tras ella la caballería.

Era hermosísima cosa ver los campos llenos de gente, grandes escuadrones de infantería, y los altos cubiertos de escuadrones de caballos. Con esta orden, en dos alojamientos, llegaron a Neuburg. No quiso el Emperador salir a la batalla porque no tenía tantos caballos como los enemigos, que para puestos llanos son muy importantes, y era poner y arriscar a una ventura con mucha reputación, y negocio de tanta importancia. Esperaba la venida del conde de Bura, de quien ya tenía aviso que venía con seis mil caballos y quince mil infantes.

Esta jornada diré agora, con otro caso espantable que sucedió en Malinas, ciudad muy principal de Flandres, donde se crió algunos años el Emperador con su tía la princesa madama Margarita.

Notable incendio en Malinas.

A 7 de agosto de este año 1546, en la villa de Malinas, del ducado de Brabant, tenían en una torre de los muros, cerca de la puerta Necherpolian, gran cantidad de barriles de pólvora. La torre era antigua y tenía algunas aberturas, como suelen hacerlo los edificios viejos. Llamábase Santporta, que quiere decir puerta arenosa. El edeficio de esta torre, por de dentro, era de fuertes bóvedas de cantería. Estaba la pólvora en setecientos barriles en la parte más honda de la torre. Habíase recogido aquí por mandado de la reina María, para gastarla en esta guerra.

Vivía dentro de esta torre una pobre mujer vieja, que por limosna le había dado la ciudad que se recogiese allí. Esta mujer, movida de algún buen ángel, consideraba el peligro en que la pólvora estaba por cosa de las quiebras que la torre tenía, que podía por ellas entrar alguna centella y pegar en la pólvora. Dio muchas veces memoriales de esto al regimiento y justicia de la villa; no hicieron caso de ellos, como vemos que agora se hace, y más si son pobres los que los dan. Como la vieja vio que no se hacía caso de sus memoriales, tomó su ropilla y salióse de la torre, y fuese a vivir a otra casilla que buscó.

Sucedió que en el mesmo día que la vieja se salió de la casa y torre, comenzó a tronar reciamente y echar relámpagos el cielo; esto fue por la tarde, cuando la vieja llevaba su ropa. A las once de la noche volvió a tronar y relampaguear, cayó un rayo con tan mal olor de piedra azufre pestilencial, y entrando el fuego de los relámpagos por los resquicios de la torre encendieron la pólvora. La torre, que era de extraña grandeza, se levantó desde los cimientos en alto como si fuera un ligero copo de lana (tanta es la fuerza de este infernal instrumento) levantada con esta violencia; reventó en el aire antes de caer en tierra, y las piedras y sillares volaron por el aire con tanto ímpetu y violencia como sale una bala de un grueso cañón. Dio la multitud de piedras sobre las casas de la villa y derribó docientas casas, arrancándolas hasta los cimientos.

A la otra parte fuera de los muros, que estaban los arrabales, derribó otras docientas y más casas de la misma manera: otros muchos edificios quedaron atormentados; no hubo vidriera en los templos y casas que no se hiciese pedazos; hasta las puertas y ventanas, que estaban cerradas, con sola la violencia del aire se abrieron, haciéndose pedazos. No quedó teja sana en los tejados, las arcas, cofres y escritorios se abrieron de la misma manera, arrancando las cerraduras, y todo esto fue con tanta brevedad, que casi no se pudo percibir más del daño ya hecho. Murieron, de todo género de gente, más de quinientas personas; quedaron heridos más de dos mil, no quedó casa en la villa que no padeciese algún daño notable. Y lo que más admirable es, que muchos que estaban ya acostados, con el bravo estruendo se levantaron corriendo a las ventanas para ver qué cosa era, y las piedras que venían volando, con el ímpetu furioso de la pólvora, les llevaban las cabezas y lo que alcanzaban como si fueran balas de gruesos tiros; otros, con sólo el aire que les daba, caían sin sentido. En muchas casas el marido lloraba la desdichada muerte de la mujer o hijos; en otras, al contrario, que no había cosa con la repentina calamidad sino lágrimas y espanto, que los más no sabían qué era, ni se entendían, ni había ánimo ni aliento sino para llorar su desventura. Pensaron algunos que era el día ultimo del mundo, y no se engañaban mucho, porque semejante y peor mucho será. Sucedieron casos notables, que un muchacho venía de la plaza con una luz en la mano, y un sillar de los que iban por el aire le cogió como si sentara el mozuelo en él, y lo llevó gran trecho, sin le hacer daño más que perder el sentido, y así le hallaron sentado sobre la piedra.

Muchos, abrasados con la pólvora, quedaron tan desfigurados que parecían negros de Etiopía, y sus propios no los conocían. En una taberna donde se vendía cerveza, estaban dos segadores jugando y bebiendo. Había bajado la tabernera a la cuba a sacarles cerveza, y cuando subió al ruido, halló a estos hombres muertos sentados a la mesa como les había dejado, y los naipes en las manos. Ocho días tardaron en sacar cuerpos de los que habían muerto en las ruinas de las casas, y algunos mal heridos.

Hallóse un hombre desnudo metido entre dos paredes. Este preguntaba con muchas lágrimas si era aquella la fin del mundo, y si venía Cristo al juicio universal. Sucedió, como dicen en un abrir y cerrar de ojo todo lo que he dicho; lo restante de media noche adelante quedó el cielo claro, y limpio el aire y sereno, andando la justicia y regidores con hachas y teas encendidas por la ciudad para socorrer a los que pudiesen, y la ciudad toda llena de llantos y lástimas. Sacaron los muertos sin poder conocer quiénes eran unos o otros, y juntos los enterraron en el cimenterio de San Pedro. Estaban algunos cuerpos tan hinchados y negros, que causaban horror.

Fue tal la plaga que esta villa padeció, que de todo el ducado de Brabante venían a verla como cosa espantosa y notable. Y no paró en esto el mal; que fuera de los muros de la villa, de la gente de los arrabales que estaban cerca de la torre, murieron más de mil y quinientas personas, que las voló la pólvora, y hallaron a muchos por el campo, otros colgados de los árboles. Hallóse una mujer preñada, muerta en tempestad, y abriéndola sacaron del vientre una criatura viva, que antes de expirar recibió el bautismo. Otra mujer, yendo a cerrar un aposento de su casa, la fuerza del aire la arrancó la cabeza, y dio con ella un tiro de ballesta.

Y se notó mucho que una mujer con quien estaba junto en mal estado un ministro de justicia, la hallaron en carnes colgada por sus cabellos de un árbol, y las tripas de fuera hasta el suelo, que ponía asco y espanto. El foso hondo de la ciudad a docientos pasos de una y otra parte de la torre, se secó y cubrió de tierra, quedando tan igual como el llano.

El muro donde la torre estaba en la misma distancia de ambos lados, quedó sentido y quebrantado; tenía el foso más de una pica de agua de hondo. Sacó los peces fuera del agua buen trecho en la tierra, arrancó infinitos árboles, y los llevó mucha tierra lejos de su nacimiento, haciendo hacinas de ellos. Abrasó la hoja de otros que no estaban tan cerca, y parecerá duro de creer, aunque fue sin duda, que los árboles que solamente perdieron la hoja y la fruta, con ser agosto, volvieron a echar nuevas hojas y flores y fruto, y maduró algo de ello en este mesmo otoño.

El autor de quien saqué esto, dice que él leyó en la iglesia de San Pedro, donde sepultaron los que en esta tempestad murieron, que estaban escritos, antes que los calvinistas derribasen las iglesias de esta villa, unos versos numerales que dicen el año, el día y la causa de esta tempestad, así:

TVrres ContrItae LaCerant VI pVLVersIs aedes. septena AVgVsti FVlgVre MeCLinlçae.

El trabajo y peligro con que el conde de Bura, con la gente de Flandres, vino a juntarse con el Emperador.

Piden las historias alguna variedad, pues se escriben para doctrina; volviendo, pues a la guerra, he de decir el camino dificultoso que Maximiliano Egmondio, conde de Bura, trajo con su gente para juntarse con el Emperador, que no esperaba otra cosa para dar la batalla a Lantzgrave.

Púsose en camino el conde de Bura, cuando los luteranos daban la batería al campo imperial, como dije. Alojáse el primero día desde Aquisgrán en Andernaco, donde se le juntaron los españoles y italianos que habían servido en la guerra que el rey de Ingalaterra trajo con Francia, de la cual se habían apartado. Concertándose, como dije, de Adernaco fueron a Confluencia, pasada la Mosa, asentaron cerca de Tubinga. Aquí supo el conde cómo le esperaba para impedirle el paso riberas del Rin, no lejos de Francfordia. El conde de Aldemburg, con veinte y una banderas de gente escogida, y Federico Riembergo con diez banderas, estaba en el paso de Casella, frontera de Maguncia, en la ribera del mismo Rin, y el conde de Bichlingi, con cinco banderas, frontero de Oppenheinij, de manera que toda esta gente se había fortificado en pasos donde forzosamente había de venir el conde de Bura, por cerrárselos, y quitarle que no pudiese juntarse con el Emperador, que sabía cuánto les importaba. Mas el conde, usando de una militar y discreta estratagema, los burló a todos, y hizo huir y desamparar las puestos que en el río tenían. Mandó que diez banderas de infantería, con docientos caballos y muchos atambores y trompetas, pasasen secretamente de noche sin hacer estruendo, de manera que no fuesen sentidos de la otra parte del río Rin, y otro día de mañana, puestos en diversos lugares, comenzaron con grande estruendo a tocar los atambores y trompetas, las banderas tendidas con gran demostración, y caminando despacio, haciendo muestra de que todo el ejército había pasado el río Sabo, y los rebeldes creyeron que toda la gente que el conde traía era aquella que había pasado el río, y llenos de miedo desampararon los puestos que tenían a la ribera del Rin, y caminaron para Francfordia. Luego el conde de Bura, viendo el paso desembarazado, pasó su gente, parte de ella por Binga y parte por bajo de Maguncia, donde pudo hallar barcas para ello, ayudando a esta diligencia el arzobispo de Maguncia, y hízose todo tan bien, que sin pelear ni perder un hombre pasó el conde, y fue en seguimiento de los enemigos, que se habían retirado camino de Francfordia, y asentó el real a vista de la ciudad, donde estuvo una noche, y quemó un molino de papel que estaba cerca de los muros, sin salir nadie de la ciudad. Otro día levantó las banderas, y llegó a (...).

Armóle una emboscada un capitán llamado Reimbergo cerca de Francfordia, pensando coger al conde en ella; mas fue descubierta por los caballos ligeros, que iban delante corriendo la tierra, y ojearon la gente de la celada con la artillería que echaron delante. Siguió el conde su camino seguro. Otro día, bien de mañana, salió con su campo de Mildeburgo y vino a Norimberga, y poco arriba de Nimaro asentó el real; halló por su dinero en todos los lugares de este camino los bastimentos que hubo menester. Caminó de esta manera el conde de Bura con mucho tiento y prudencia, hasta que tuvo aviso que los enemigos venían a toparse con él, y temióse, porque la gente que traía era muy poca en respecto de tanta multitud, y demás de esto venían muy cansados de tan largo y continuo camino; quiso que su gente descansase tres días, considerando en este tiempo lo que fuese más conveniente. Pasados los tres días, en el cuarto, antes que amaneciese, con grandísimo silencio, puestos todos en orden, caminaron, y dejando burlado al enemigo se metió en un monte cerca de Ingolstat. Y venida la mañana, puestos todos en orden, repartidos en tres escuadrones, fue marchando a juntarse con el campo imperial, al cual llegó a 15 de setiembre con siete mil caballos, tres mil del marqués de Brandemburg, y cuatro mil borgoñones, flamencos, güeldreses y frisones, y veinte y cinco mil infantes, toda gente muy lucida, bien armada, y más cuatrocientos escudos que llevó en particular el conde de Bura.

Fueron recibidos con mucho contento del Emperador y de todo su campo, haciéndose de una y otra parte unas solemnísimas salvas, y toda la nobleza del campo imperial visitó el conde, dándole mil loores por su buena diligencia. Ya no se temía al enemigo, aunque en estos días le habían llegado de socorro que las ciudades y señores luteranos enviaban dos mil caballos y veinte mil infantes, de suerte que había en los dos ejércitos, que estaban a dos leguas uno del otro, y se veían en cinco leguas de tierra, ciento y cincuenta mil infantes y veinte y cuatro mil caballos, todos o los más soldados viejos y muy grandes capitanes, y con determinación de venir a las manos.

Fue muy loable la gran diligencia del conde de Bura, que en tan pocos días, con un ejército de tanta gente y tantos embarazos como trae un campo consigo, y la contradicción que tuvo de enemigos, pasos dificultosos, emboscadas y temores, todo lo venció la buena diligencia del conde, y su gran industria y valor, y así los estimó y agradeció el Emperador. Tardó catorce días en el camino.

No se sabía el camino que el enemigo llevaba. -Engaño del enemigo. -Asientan en Tonabert.

Después que Lantzgrave y el duque de Sajonia se habían apartado del Emperador, con pensamientos (a lo que se dijo) de salir al camino a toparse con el conde de Bura, estuvieron en Neuburg dos días, de donde vinieron al Emperador diversos avisos, porque unos decían que los enemigos pasaban el Danubio para entrar en Baviera; otros, que iban a Tonabert.

Determinó el Emperador de esperar a ver el designio que tomaban, y al cabo de dos días partieron con su campo, y en dos alojamientos fueron a Tonabert, dejando en Neuburg tres banderas de infantería para defender la tierra. Este fue otro yerro grandísimo que ellos hicieron, porque tenían allí un alojamiento fortísimo con muy gran comodidad de agua y leña, y muchas vituallas, y señores del río por el puente que Neuburg tiene sobre ella, y muchas aldeas para forraje de sus caballos. Tenían el paso libre para correr toda Baviera superior hasta Mebeque; tenían asegurado el paso de Lico, que es el río de Augusta, con la villa de Rain, que de allí tenía tomada, la cual estaba segura, porque para ir allá habían de dejar los del Emperador a Neuburg a sus espaldas. El campo del Emperador no podía ir a Augusta sin que ellos llegasen primero, ni a Ulma tampoco, porque ellos estaban en el paso; mas ellos, no mirando todas estas cosas, o por ventura teniendo respeto a otras, se levantaron de aquel alojamiento y fueron al de Tonabert, haciendo este yerro, que al parecer de muchos fue grande. Habiendo estado en Tonabert el duque de Sajonia y Lantzgrave dos o tres días, Lantzgrave fue sobre una villa del duque de Baviera, que es dos leguas de allí, llamada Lembiguen, la cual se le rindió y él metió comisarios dentro para las vituallas, y habiendo hecho esta empresa, se volvió a Tonabert, a donde tenía su campo en un sitio fortísimo.

En todo esto, Lantzgrave escribió a las ciudades muchas cartas, dándoles cuenta de todas las cosas que pasaban, encareciéndoles de manera que daba a entender haber hecho mucho más de lo que había hecho, engrandeciendo las escaramuzas y muertes, y prisiones muy principales, y todo esto fingía porque al cabo de sus cartas siempre enviaba a pedir dineros, lo cual no sería muy agradable a las ciudades, porque ya se acercaba el término en que había prometido que había de echar de Alemaña al Emperador o prendelle, y veían que no llevaba el negocio tales términos.

El Emperador sale a ver la gente que trajo el conde de Bura y quiere seguir al enemigo. -Pónese el Emperador en peligro de hacer lo que era de un capitán ordinario. -Pasa el Emperador el Danubio y alójase media legua de Ingolstat, y camina el campo diferentemente. -Ríndese al Emperador Neuburg.

En estos días vino aviso al Emperador cómo Lantzgrave había ido sobre Bendiguen, y que aquél era el camino para ir a encontrarse con el conde de Bura, y que así se afirmaba en el campo de los enemigos.

Y el Emperador envió algunos hombres pláticos de la tierra, avisándole del camino que había de tomar, para que, apartándose de los contrarios, pudiese con seguridad venirse a juntar con él, y ya que esto no pudiese ser, seguir al enemigo, y tomalle en medio.

Pasaron el Danubio diez o doce mil infantes, y algunas piezas de artillería, y hecho un fuerte sobre el río Lico, junto a Rin, los alojaron allí de manera que ellos se pusieron como hombres que querían hacer cabeza de la guerra en el sitio que habían tomado; porque con el paso del Lico aseguraban lo de Augusta, y con el de Tonabert sobre el Danubio, aseguraban lo de Ulma. Ellos, contentos con esto, se estuvieron quedos, y afirmaron muy despacio en aquel alojamiento, y en este tiempo, esperando el Emperador en Ingolstat, llegó el conde de Bura, como queda dicho.

El Emperador salió a la campaña a ver la gente que el Conde traía, que era muy escogida, así la de a pie como la de a caballo, y habiendo reposado dos días, determinó el Emperador de seguir a los enemigos, y acordó que fuese yendo primero sobre Neuburg, lugar proprio de Lantzgrave, porque no era razón dejar esta tierra, que era fuerte y bien proveída, a sus espaldas, especialmente estando sobre el Danubio, que es una ribera tan principal, y que tanto importaba al un campo y al otro. Por lo cual, quiso el Emperador mismo ir a reconocer aquella tierra, y tomando consigo la caballería ligera y alguna parte de la arcabucería española, se partió de Ingolstat muy de mañana, y llegó a Neuburg a buena hora, adonde anduvo reconociendo la tierra, y para hacello mejor se apeó, y el duque de Alba con él; en el cual tiempo, los enemigos tiraban hartos golpes de artillería menuda y arcabuces.

El Emperador se puso en este peligro, como si fuera un capitán particular, y habiendo reconocido aquella tierra, volvió a Ingolstat, y otro día mandó levantar el campo y que se echasen las puentes sobre el Danubio, que con la que había de la misma tierra eran tres; de manera que en un mismo tiempo pasó el ejército, y se alojó media legua de Ingolstat, camino de Neuburg.

Desde este día en adelante caminó el campo con diferente orden que hasta allí había caminado, porque hasta aquel tiempo iban repartidos en dos partes, que eran avanguardia y batalla. La causa de esto era ser el número de la gente tan pequeño, que si se hiciera retaguardia cualquiera parte de estas tres, fuera tan flaca que ninguna de los enemigos dejara de ser más fuerte que ella, por ser tan superiores en el número de gente, y por esto la avanguardia y batalla (que cada una de ellas era de dos escuadrones de infantería y dos de caballería) iban más fuertes, para lo que pudiese suceder. Mas como creció el ejército con la venida del conde de Bura, hubo para hacer el tercio del ejército, y así el conde de Bura una vez iba en avanguardia, con el duque de Alba; otras, cuando le cabía, llevaba la retaguardia, y otras veces el maestro de Prusia y el marqués Alberto.

De esta manera, en dos alojamientos, llegó a media legua de Neuburg, donde el mismo día, dos horas después de comer, vinieron los burgomaestros de la villa (que así se llaman los gobernadores de las tierras de Alemaña) y dijeron que darían el lugar debajo de ciertas condiciones. El Emperador los remitió al duque de Alba, que les dijo que si dentro de una hora no se daban a merced de Su Majestad, que se diesen por respondidos y que no curasen de volver más. Ellos hallaron que les convenía hacerlo así, y antes que la hora pasase, hicieron el acto de la entrega de parte de los capitanes que en ella estaban puestos por el duque de Sajonia y Lantzgrave. El rendirse fue a merced del Emperador, para que de los unos y de los otros hiciese lo que fuese servido.

Fue gran cosa que un lugar tan fuerte y tan bien proveído, y tan cerca del socorro que le podía venir, y teniendo la puente ganada de la misma tierra por donde el socorro podía venir, rendirse así; túvose en mucho. El lugar fue saqueado, aunque no con voluntad del Emperador.

Cuán acertado anduvo el Emperador en esta guerra. -Mostróse el Emperador más clemente que severo.

Ya en este tiempo los enemigos habían desamparado a Rain; solamente sostenían el fuerte que habían hecho sobre el Lico. Antes de esto, había habido muchos pareceres que el Emperador no debía ponerse sobre Neuburg, por ser tan aparejada para ser socorrida y defendida. Mas al Emperador pareció hacerlo así; lo cual sucedió tan bien como se ha dicho, que en pocas cosas erró este príncipe. Rendida esta tierra, el duque de Alba, por mandado del Emperador, hizo entrar dentro en la villa dos banderas de tudescos, y la gente de guerra que estaba en ella fue metida aquella noche en una isla que hace el río junto al castillo.

Otro día, Su Majestad, con la orden que en el día antes había traído, se vino a alojar en las huertas y arrabales de Neuburg. Allí fueron quitadas las armas a los soldados que habían salido de ella, y aunque pudiera el Emperador quitarles también las vidas, que, como herejes y rebeldes a su príncipe tenían perdidas, más quiso mostrar clemencia que severidad. Y tomándoles juramento que no servirían contra él, les mandó dar licencia. También la dio a los capitanes, habiéndoles mandado decir que no los castigaba porque sabía que, como hombres engañados, habían venido a hallarse en aquella guerra. Ellos dijeron que no solamente engañados, mas que por fuerza habían sido traídos a ella.

Muestra del ejército imperial. -Parte el Emperador en busca del enemigo. -Reconoce el duque de Alba a los alojamientos del enemigo, y dónde poder alojarse el Emperador. -Quiere el Emperador sacar el enemigo de su alojamiento, que era fuerte.

Habiendo estado el Emperador tres días en el alojamiento de Neuburg, y hecho muestra general del ejército, en el cual se halló número de ocho o nueve mil caballos, y veinte y nueve mil infantes, que aunque era más el nombre faltaban algunos, así por heridos y muertos como por otras enfermedades. Después de recibido el juramento de fidelidad de la villa y tierra, y puesto en ella gobernador, se partió en busca del enemigo, porque su intención era verse con él en lugar igual, que se pudiese combatir. Así deseaba acercársele, y por eso determinó de pasar el Danubio por la puente de la villa, y por otras que allí se hicieron, y ir la vuelta de Tonabert, donde, como dije, los enemigos estaban haciendo cabeza de aquel sitio para toda la guerra.

Llegó el Emperador en dos alojamientos a asentar el campo a una legua pequeña del de los enemigos, en un lugarejo que se llama Marquesen. Había desde allí a Tonabert lo que tengo dicho. El camino era poco, mas cuanto a la posibilidad de poderse hacer, la distancia era mucha, por ser todo un bosque espesísimo, y no había sino dos o tres caminos, que por cada uno no cabía más que un carro.

Y esta espesura comenzaba desde el campo imperial y acababa junto al enemigo, y tomaba desde el río Danubio, que estaba junto a la mano izquierda, y iba tornando a la mano derecha, y prosiguiendo siempre paraba en una villa que estaba dos leguas del campo imperial, llamada Monhan. Mandó el Emperador reconocer estos bosques, y vióse con cuánta dificultad podía un campo caminar por ellos; mas queriéndose acercar a los enemigos, parecióle que, habiendo disposición cerca de su campo de poderse alojar, que haciéndose señor del bosque, con la arcabucería se podía pasar.

Y por esto mandó al duque de Alba que reconociese la disposición que había para poner el campo entre el de los enemigos y el bosque; y así, el duque de Alba fue otro día con alguna caballería de arcabuceros, que repartió por el bosque en las partes que convenían, y él con algunos pocos que apartó pasó adelante, hasta llegar donde se acababa, que era tan cerca de la trinchea de los enemigos cuanto un tiro de sacre.

El duque tomó consigo cuatro o cinco, y a pie salió un poco fuera del bosque en lugar donde veía muy bien todo el sitio de los enemigos; los cuales estaban tan atentos en labrar, que no tuvieron cuidado de tirar allí, si bien tiraban a otras partes. El sitio que ellos tenían era de esta manera: el bosque, que estaba entre el campo imperial y el enemigo, se llegaba tan cerca de ellos, que no había en medio sino un raso, que tenía de ancho cuatrocientos o quinientos pasos. Acabado este llano, comenzaba una descendida harto áspera, y luego una subida de la misma manera. En lo alto de la subida, por toda la frente de ella, a la larga de como iba el valle que hacía esta subida y descendida, tenían los enemigos hechas sus trincheas y reparos, los cuales iban hasta que por su mano izquierda se juntaban con el bosque; por aquella parte se tornaban a juntar con su campo. De manera que en la delantera servía de foso el valle que tengo dicho, y a su mano derecha se fortificaba con el Danubio, y las espaldas con la villa de Tonabert y el río Prías, que junto a ella entra en el Danubio. De esta manera estaban los enemigos alojados.

Para alojar el Emperador su campo no había lugar, porque demás de ser el espacio que había entre el bosque y el campo de los enemigos tan estrecho que era imposible alojar ninguna parte del campo imperial, no había algún medio de tener agua, así por no habella en todo el bosque como por ser la descendida al Danubio muy difícil y áspera, y juntamente con esto, aquel poco espacio que había, donde cuatro banderas no se podían alojar, cuanto más el campo, que era todo descubierto de su artillería, estando el suyo muy cubierto de la que contra ellos allí se pusiese.

Con esta relación volvió el duque al Emperador, y viendo que por allí no era posible acercarse al enemigo por las causas dichas, comenzó el Emperador a pensar qué orden se tendría para sacar al enemigo de su alojamiento, porque estar ellos allí y el bosque en medio, era nunca llegar la empresa al cabo, y que la guerra fuese muy más a la larga, y así, se acordó que caminase el campo a la mano derecha, la vuelta de la villa que se dice Bendiguen, dejando los enemigos a la mano izquierda. Tenía el Emperador, demás de haber andado por Alemaña muchas veces y tener entendido parte de ella, una descripción universal de todo muy diligentemente hecha, la cual había tanto estudiado, que verdaderamente comprendió el sitio de las villas, y tierras donde están asentadas, con las distancias de las unas a las otras, que más parecía que las había andado personalmente que no que las había visto en pintura, y así tuvo siempre opinión que yendo con su campo sobre Bendiguen venía a estar alojado junto a Norling, y puesto allí estaba en tierra de muchas vituallas, y a las espaldas de los enemigos el sitio aparejado por quitalles todas las que de aquella parte les venían.

Escaramuzas que hubo entre los dos campos. -Toca la gota al Emperador, pero no deja la guerra. -Qué orden se guardó siempre en el marchar. -Sobresalto en el campo imperial, que venía el enemigo. -Embaraza el poder ver a los enemigos una niebla grandísima. -La diligencia grande que pusieron en caminar los rebeldes. -Nota lo que dijo el Emperador al duque de Alba diciendo que parecía que los enemigos querían la batalla. -En qué orden se puso el campo. -El príncipe de Piamonte, general del escuadrón de la corte y casa imperial. -Escaramuza el príncipe de Salmona con los enemigos.

Entretanto que el Emperador se vino a resolver en esta determinación, siempre hubo algunas escaramuzas en aquel bosque, topándose los soldados de ambos campos, que salían a buscar lo que había en las aldeas y viñas que por él había; y también algunos caballos salían otras veces, aunque pocas; no fueron muchos los que murieron.

Y el día que el Emperador había de partir, mandó levantar el campo de Marquesen, y con la orden acostumbrada, haciendo una niebla grandísima, se vino a alojar a Monhan, una villa del señorío de Neuburg.

Otro día partió de allí, y vino en la litera, por estar tocado de la gota, y llegando cerca de Bendiguen, el duque de AIba envió los burgomaestros que se habían venido a rendir. Tuvo aviso el Emperador que parecían caballos enemigos en la retaguardia, por lo cual la mandó reforzar luego de alguna arcabucería, porque para la disposición del camino, éstos eran los más necesarios, y así, se pusieron en parte donde pudieron aprovechar si los enemigos hicieran otra provisión o diligencia, mas como no la hicieron, no fue necesario que se hiciese otra alguna.

Aquel día se alojó el campo entre Bendiguen y Norling, guardando siempre esta orden: La vanguardia estaba en escuadrón hasta que llegaba la batalla, la cual, en llegando, hacía luego sus escuadrones, y alojábase la vanguardia, y la batalla esperaba que llegase la retaguardia, y, venida, alojábanse todos. Tal orden con sumo cuidado se tuvo en toda la guerra. Alojado, pues, el campo imperial en este alojamiento, se supo cómo el mismo día Norling había recebido dos banderas del duque de Sajonia y de Lantzgrave dentro en la villa, de lo cual se arrepintió bien después, según las disculpas que dio a Su Majestad, cuando se le rindió. En todo este tiempo no se supo que los enemigos hubiesen hecho mudanza más de haber puesto aquellas dos banderas en Norling aquella noche.

Después de alojado todo el campo, se enviaron caballos ligeros a reconocer los caminos a la parte de los enemigos, de los cuales se entendió que habían comenzado a descubrir alguna parte de su infantería, y dos escuadrones de caballos y algún carruaje, mas no supieron entender el camino que llevaban.

Referido todo esto, el Emperador mandó al duque de Alba que tuviese el campo en orden para cuando amaneciese. En este tiempo vino otro aviso, que los enemigos caminaban derechos contra los imperiales, y que estaban ya cerca. Esto era poco antes que amaneciese, y así, estuvo todo el campo apercebido para cuando viniese el día, el cual amaneció con una niebla tan oscura, que de ello a la noche había poca diferencia. Cabalgó luego el Emperador, y por tener la pierna derecha muy mala de la gota, llevaba por estribo una toca, como en muchos retratos le hemos visto pintado, y de esta manera anduvo todo el día.

Después, yendo a la tienda del duque de Alba, almorzó en ella, y allí se ordenó que toda la gente de caballo y de infantería estuviese en sus escuadrones, y no esperar a ordenarlos después que la niebla se alzase; porque si los enemigos venían a combatir (como se decía), hallase la orden conveniente, y el tomasen otro camino y el lugar diera ocasión, se les presentase la batalla, la cual Lantzgrave tantas veces había prometido. A estas horas, la niebla perseveraba en ser tan oscura, que verdaderamente no sólo no se podían descubrir los enemigos, mas con estar muy juntos los escuadrones, no se descubrían el uno al otro.

El Emperador estaba en la tienda del duque esperando el aviso que tendría de los enemigos, los cuales en este tiempo, ayudados de la niebla (que les fue harto favorable), prosiguieron el camino de Norling, y pasaron dos pasos, los cuales no pudieron ser descubiertos de los caballos del Emperador, ni los alemanes que el Emperador traía en su campo lo supieron avisar. Así que a estas horas, que serían las doce de mediodía, ya ellos habían pasado estos dos estrechos, y una ribera donde había un muy mal paso, y ganado la montaña por donde podían caminar hasta Norling, donde se podían defender muy bien de los que quisiesen ir contra ellos, porque así era la disposición de la tierra. Para ganar esta ventaja, ellos tuvieron harto tiempo, porque caminaron toda la noche, y después el día tan cerrado con la niebla, que les servía también de noche, y ellos caminaron con tan buena diligencia, que nunca tal se pensó de alemanes, que de ordinario suelen ser tardos y pesados.

Eran ya las doce del día, cuando comenzó a levantarse la niebla, y los enemigos fueron descubiertos sobre las montañas, cerca de Norling, las cuales eran de sitio fortísimo para quien las ocupase. Había entre ellos y el campo imperial una ribera que en pocas partes se podía pasar, si no eran veinte caballos de frente, y la infantería por la puente era el agua hasta los pechos. Esta ribera tenían los enemigos delante de sí y de las montañas que habían ocupado, de la manera que estaba la parte por donde se les había de llegar bien dificultosa.

El Emperador a esta hora tenía el campo puesto en orden, y el sol era ya muy claro, y andaba mirando los escuadrones con su toca por estribo. Andando así llegó a él el duque de Alba, que había ido a reconocer al enemigo y saber sus pensamientos; dijo al Emperador que parecía que los enemigos querían la batalla, que viese lo que era servido. A lo cual Su Majestad respondió, que en el nombre de Dios, que si los enemigos querían combatir, que él lo quería también. Estas fueron, en suma, las palabras que el Emperador dijo.

Y estando así a caballo (que por su gota no se podía apear), tomó la coraza y los brazales, y luego movió con el campo, el cual iba en esta orden:

El duque de Alba llevaba la vanguardia; iba con el conde de Bura con toda su caballería y infantería, y en esta vanguardia iba toda la infantería española, y luego iba la batalla que llevaba el Emperador, con la caballería de su casa y corte, y bandas de Flandres, que eran con estandartes. Allí iba el príncipe de Piamonte, a quien Su Majestad había dado cargo en esta guerra del escuadrón de su casa y corte. Iban también allí Maximiliano, archiduque de Austria, con toda su caballería; el marqués Joan de Brandemburg con la suya.

La infantería de la batalla era el regimiento de Madrucho y los italianos; la retaguardia llevaba el gran maestre de Prusia, y el marqués Alberto el regimiento de Jorge de Renspurg. La vanguardia llevaba diez y seis o diez y siete mil infantes en tres escuadrones y tres mil caballos; la retaguardia sería de siete o ocho mil infantes en un escuadrón, y más dos mil caballos. La caballería de estas tres partes se repartió conforme a lo necesario, poniendo los arneses negros en los escuadrones y parte que convenía, y la gente de armas con lanzas, todo en su lugar. La retaguardia y batalla iban casi a la par, porque el Emperador quiso hacer honra a los capitanes que querían que un día como aquel, en el cual se iba a combatir con los enemigos por frente tan ancha, no pareciese que no les dejaba atrás.

Antes que la niebla se hubiese quitado del todo, el príncipe de Salmona había comenzado una escaramuza con los enemigos, y a esta hora que el Emperador caminaba para ellos, aún la escaramuza andaba bien caliente, y por esto había mandado el Emperador al conde de Bura que pasase adelante un poco con sus caballos, porque era bien estar cerca de la ribera, para que si fuese menester pasarla.

Estando las cosas en estos términos, ya la batalla del Emperador estaba casi con el paraje de la vanguardia cerca de la ribera. Allí tomando consigo el Emperador al duque de Alba y otros capitanes, se subieron sobre una montañuela, donde se podía ver lo que los enemigos hacían, que en alguna manera parecía tener semblante de aceptar la batalla y decender a lo llano que entre la montaña y la ribera estaba, la cual se procuraba mucho de parte del Emperador, comenzándoles una escaramuza de nuevo con unos arcabuceros españoles que habían pasado el río; mas ellos nunca dejaron la montaña, y siempre estuvieron firmes en proseguir el camino que habían comenzado, lo cual era ya tan cerca de Norling, que su vanguardia estaba en el alojamiento, y por esto el Emperador mandó hacer alto a todo el campo y al conde de Bura, que comenzaba ya a proveer el paso de la ribera con algunos caballos, y se hacía trabajosamente por ser el paso muy estrecho. Esto era ya muy tarde, mas aquel día se combatiera, sin duda alguna, si la niebla no fuera tan oscura, que diera lugar a los enemigos para pasar en salvo los pasos donde se había de venir con ellos a las manos; en el cual tiempo ocuparon las montañetas que tengo dichas, y después, si bajaran a lo llano, como se procuró, cebándolos con la escaramuza, aunque tuvieran alguna ventaja, porque la caballería imperial había de pasar la ribera, y no muy en orden, y la infantería muy mojada, m peleara con ellos; mas habiéndoles presentado la batalla, ellos tomaron otro consejo, alojándose en un sitio tan fuerte, que cuando su ejército fuera muy menor estuvieran bien seguros. Murmuróse harto en el campo del Emperador y el duque, creyendo todos que se perdió muy buena ocasión de romper al enemigo.

Vuelve el Emperador otro día a dar vista al enemigo. -Procura el Emperador dañar al enemigo, que estaba fuerte en su alojamiento. -Toman los imperiales a Tonabert. -Alójase el Emperador en Tonabert sin embarazarle el enemigo. -Pasa el Emperador adelante. -Ríndensele otros lugares al Emperador. -Sigue una banda de imperiales a Xertel.

Era ya tarde, como tengo dicho, por lo cual el Emperador mandó volver a alojar su campo, y los enemigos hicieron lo mismo en aquellas montañas, aunque aquella noche perdieron hartos soldados y carros, que los caballos imperiales les habían tomado. Otro día acordó el Emperador de volver con su campo y acercarse al enemigo, y así, con el mismo orden que se había tenido el día antes, caminó la vuelta de ellos, y tomó su alojamiento a milla y media de su campo, donde aquel mismo, día hubo una escaramuza de caballos, lo cual fuera grande si el tiempo diera lugar, mas era tan tarde, que aun para alojar el campo no le había, y así, de ambas partes fue retirada.

En esta escaramuza, el marqués Joan de Brandemburg, con treinta caballos de los suyos, peleó muy bien, y uno de los duques de Branzuic que venía con el campo de los enemigos, fue allí herido, y de las heridas murió en Norling, y otros algunos, que eran hombres de cuenta entre contrarios, fueron muertos y heridos aquel día, y también algunos de los imperiales. Allí estuvo el Emperador alojado algunos días de este mes de octubre, procurando siempre dañar al enemigo; mas ellos estaban en sitio tan bueno, y tan acomodado de vituallas, que el Emperador halló que convenía buscar otro camino y no estar perdiendo tiempo en solas escaramuzas sin provecho, y el enemigo estaba tan fuertemente alojado, que era menester mucha maña para sacarlo de él. Y buscándola, se acordó que fuese quitándoles el Danubio, el cual era tan importante para cualquiera de los dos campos, que consistía parte de la victoria en tenerlo ganado. Porque las villas que están sobre él son de mucha importancia, por ser suyas las puentes que pasan a Baviera y a mucha parte de Suevia, y en aquel tiempo los enemigos tenían todas aquellas que estaban desde Ulma a Tonabert, y con esto eran señores de grandísimas vituallas, y tenían los pasos de Augusta muy a propósito. Pues viendo el Emperador cómo ganada aquella parte contra los enemigos, ellos perdían mucho y él ganaba gran reputación y se hacía señor de lugares muy necesarios para ganar a Ulma y a Augusta, que eran dos muy principales fuerzas de la liga, hizo una cosa harto bien considerada, y fue mandar que todos aquellos días se mostrase alguna gente a los enemigos, y una noche envió al duque Otavio con la infantería y caballería italiana, y Xamburg con sus alemanes y doce piezas de artillería, y mandóles que caminasen con diligencia a Tonabert, que era tres leguas de allí.

Y dádoles orden de la manera que habían de tener, ellas pusieron tan buena diligencia, que antes del día estaban sobre la villa, la cual comenzaron a batir sin asestarles la artillería, y a escala vista tomaron el arrabal, y luego se rindió la villa, saliendo huyendo por la puerta dos banderas de infantería que allí habían dejado de guardia el duque de Sajonia y Lantzgrave.

Tomado Tonabert, quedaron allí dos banderas de guardia, que son seiscientos hombres, y todo el resto de la gente volvió al campo con el artillería. Los enemigos no supieron alguna cosa de esta empresa hasta otro día después, porque aunque están a milla y media los campos, hízose con tanta diligencia y presteza, que, cuando acordaron, ya no había remedio de proveer de remedio. Acabado este negocio, que importaba harto por el sitio que tengo dicho que tiene aquella villa, el Emperador se levantó de su alojamiento, y en un día se puso en Tonabert, y allí se alojó, teniendo a sus espaldas la villa, y a mano izquierda el Danubio. Aquel día los enemigos no se movieron, ni pareció más gente de a caballo de la que tenían ordinariamente en su guarda, ni hicieron estorbo en cosa alguna en el camino, que hubo que pensar, por tener tanta caballería con que poder hacer daño, y más la plática y conocimiento que tenían de la tierra, en que había pasos estrechos y dificultosos de pasar, por donde habían de ir en hilera, y no con mucho concierto. Prevínose a todo por el Emperador, poniendo en los lugares convenientes arcabuceros españoles e italianos; mas no bastaran si los enemigos quisieran, que por lo menos hicieran alojar al Emperador, y perder el tiempo, en que se recibiera daño.

El Emperador llegó cerca de Tonabert, donde estuvo aquella noche, y otro día de mañana, por la ribera del Danubio arriba, fue con su campo a Tilinguen, que es una villa del cardenal de Augusta, sobre la ribera, con una puente muy buena. El camino era ancho por ser todo campaña rasa, teniendo a la mano izquierda el Danubio y a la derecha unos bosques muy anchos y espesos que estaban entre el campo imperial y el de los enemigos, y siempre iban prosiguiendo hasta llegar a acabarse junto al río Pres, que es tres leguas sobre Tilinguen, entra en el Danubio, y la campaña por donde caminaba el campo imperial tiene el mismo término; así que, caminando, llevaba a la mano derecha estos bosques, en los cuales hay dos o tres caminos que los han de atravesar los que de Norling quisieren venir a Tilinguen.

Pues llevando el Emperador este camino, se le vino a rendir una villa llamada Hoster con un buen castillo sobre el Danubio, y después Tilinguen se envió a rendir, la cual había sido tomada al cardenal de Augusta por los enemigos, y tenían dentro de ella una bandera de guardia, mas ésta se salió sabiendo la venida del Emperador, y se alojó aquel día con su campo entre Tilinguen y Lauginguen, la cual es una villa que está una milla más adelante de Tilinguen, con puente sobre el Danubio, lugar fuerte de sitio y de razonable fortificación. En ésta tenían los enemigos tres banderas. Y la que salió de Tilinguen se entró allí, con la cual fueron cuatro, que hacían mil y docientos hombres; mas aquella noche, siendo requeridos por el duque de Alba que se rindiesen a Su Majestad, respondieron muy bravos, diciendo que no querían, porque otro día esperaban socorro del duque de Sajonia y Lantzgrave; mas viendo aquella noche demostraciones de ser batidos, otro día tomaron otro consejo, y antes que amaneciese salieron por el puente llevando el camino de Augusta.

Los burgomaestres de la villa salieron a entregarse al Emperador, dando por disculpa que lo hicieran antes si la gente de guerra que dentro estaba no se lo estorbara. En este tiempo tuvo el Emperador aviso que el duque de Sajonia y Lantzgrave venían, y que traían el camino derecho de Lauginguen, a lo cual se dio crédito por haberlo dicho el día antes la gente de guerra que en ella estaba, que otro día esperaban ser socorridos, y así mandó que el campo estuviese en orden para ir a tomar cierto paso, el cual, aunque era ancho y no áspero, era harto conveniente para combatir con los enemigos, los cuales no podían venir por otra parte, habiendo de venir a Lauginguen, y viniendo por allí, no se podía dejar de combatir, o habían de volver atrás; viendo los imperiales, si combatían, el Emperador tenía su campo en sitio harto bueno, y si volvían atrás, perdían su negocio; y así, de una manera o de otra, este día se echara a parte y concluyera esta pendencia. Estando las cosas en estos términos, la villa de Lauginguen se vino a rendir, y se supo de los de ella que no sólo se esperaba socorro del duque de Sajonia y de Lantzgrave, mas que Xertel había estado allí aquella noche con sesenta caballos, y había sacado las cuatro banderas y llevádolas a Augusta. Luego Lauginguen se vino a rendir, y otra villa llamada Gundelfinguen, que está asentada cerca del río Prens. El duque de Alba, por orden del Emperador, hizo que Joan Bautista Sabello, con la caballería del Papa, siguiese a Xertel, y a estas cuatro banderas envió con él a Aldana y a Aguilera, capitanes españoles escogidos, con sus dos compañías de arcabuceros españoles a caballo, y a Nicolao Seco con la suya de italianos, y pusieron tanta diligencia que los alcanzaron, aunque Xertel, con los caballos, ya había ido delante, y con las cuatro banderas tuvieron una buena escaramuza, en la cual prendieron y mataron a muchos, y les tomaron tres piezas de artillería que llevaban de Lauginguen a Augusta. Con esto se volvió Joan Bautista Sabello al Emperador, el cual aquel mismo día, dejando en Lauginguen dos banderas, se alojó, con todo su campo, pasado el río Prens, sobre su ribera, en una aldea que se llama Solten, tres leguas de Ulma, donde el Emperador iba con designo de ponerse sobre ella, porque teniendo ganadas las tierras que quedaban sobre el Danubio, y habiendo tomado la delantera a los enemigos, quería apretar aquella ciudad, poniéndose en sitio que si ellos viniesen a socorrer los pudiesen combatir con su ventaja, lo cual estaba claro que ellos habían de procurar y si no la querían dejar perder, y así ordenó de partir otro día.

Mas a la hora que el campo había de levantarse, algunos caballos ligeros que el Emperador había enviado el día antes a la banda de los enemigos, vinieron con aviso que caminaban, y así, fue necesario, hasta reconocer lo que ellos determinaban de hacer, que el Emperador no desalojase su campo. Envió de nuevo más caballos que reconociesen el camino que los enemigos traían, los cuales habían partido el día antes de su alojamiento sobre Norling, y habían caminado dos leguas muy grandes aquel día; quedábales poco camino hasta el alojamiento que tomaron después, y haberse reconocido tan tarde no fue en todo por culpa de los descubridores, porque como no eran naturales de la tierra, no eran pláticos en ella, y así estuvieron mucho tiempo sin entender a qué parte enderezaban los enemigos; y algunos alemanes que trajeron aviso de esto estuvieron tan desatinados, que ninguna cosa cierta supieron referir.

El Emperador va con el duque de Alba a reconocer el camino del enemigo.

Ya en este tiempo, los enemigos estaban tan adelante, que saliendo el duque de Alba a reconocer la disposición de la parte por donde se pensaba que iban, sus atambores se oían muy claros, y comenzaba a parecer alguna gente suya, y así el Emperador subió en su caballo con algunos caballeros; tomando al duque de Alba en la compañía, se pusieron en una montañuela donde ya muy cerca venía la vanguardia de los enemigos, la cual traían muy reforzada de gente de caballo, y su infantería a la mano derecha, cerca de unos bosques, y algunas piezas de campaña, con las cuales comenzaron a tirar muy bien, porque Lantzgrave se preciaba de saberse aprovechar de su artillería, como en esta guerra se vio bien.

Después que el Emperador hubo muy bien mirado la manera que los enemigos traían, y entendido que iban la vuelta de Gingen, que es una villa asentada una legua del campo donde estaba alojado el Emperador, el río Prens arriba, él se volvió a su alojamiento, y los enemigos se alojaron sobre esta villa, y sobre el mismo río.

Hubo en este tiempo un poco de escaramuza, mas no cosa de consideración. Hubo pareceres que fuera bien combatir este día con el enemigo; mas mirado que cuando se tuvo aviso de su camino estaba tan cerca de su alojamiento que no se podía dar la batalla cómodamente, porque tenían muy cerca y segura su acogida, de manera que no había tiempo para sacar contra ellos algún escuadrón, ni había lugar de poner en orden el campo, especialmente habiendo de pasar el río Prens, que estaba entre los unos y los otros, tan hondo que no era posible pasarlo sin puentes, y para echarlas era menester tiempo, porque habían de ser muchas para que pudiese todo el ejército pasar con la diligencia necesaria. Así que, si hubo falta en esto, estuvo en ser los enemigos reconocidos a tiempo, que ya no le había para hacer cosa con él, y esto fue por las diversas relaciones que trajeron los corredores, de manera que cuando se vino a saber la verdadera, ya [era] pasada la ocasión, si alguna hubo.

Es verdad que se murmuró en todo el campo, creyendo todos que se perdió una buena ocasión, y se dijeron palabras harto malsonantes, y el conde de Bura, que estaba en la delantera, dijo al escuadrón de los españoles: Yo no soy luterano, pero doyme al diablo, y no creo en el Emperador ni duque, ni los veré. Y quiérome emborrachar por quince días. Decía el conde estas palabras, porque ni iba la guerra como él quisiera, y en este día culpó al duque, y aun al Emperador, porque se detuvieron en romper con el enemigo; decían que había días que estaba pronosticado que día de San Francisco había de tener el Emperador una gran victoria y deshacer a los enemigos.

Vuelto el Emperador a su alojamiento, los enemigos hicieron muestra con algunos escuadrones de caballos por un llano hacia él, y habiendo una pequeña escaramuza se volvieron al suyo; el cual, si bien estaba dividido entre sí por algunos valles y arroyos que le atravesaban, cada parte de él era fortísima, porque los alemanes saben muy bien alojarse.

Otro día, de mañana, amaneció el Emperador con mala disposición, y también el duque de Alba.

Quiso el Emperador ir contra Ulma.

Este día en la noche estuvo el Emperador en la ida de Ulma, y después de muchas opiniones, finalmente, otro día se tomo resolución de mudar el campo, porque se entendió que ya los enemigos habían enviado a Ulma los tres mil suizos y mil y quinientos soldados de la misma tierra, que era bastante gente para defender aquella ciudad, la cual estando así no era cordura ponerse sobre ella, dejando a las espaldas un ejército de más de cien mil combatientes, los cuales, sin duda, en dejando el alojamiento los imperiales, se habían de poner en él y, ocupado, quitarían las vituallas con muy gran facilidad, porque no podían venir por otra parte sino por allí, y quedaban señores de todas aquellas villas que sobre el Danubio se habían ganado ya.

Nueva manera de guerra era de alojamiento en alojamiento. -A 20 de octubre ordena el duque de Alba una gruesa escaramuza.

Ya la manera de la guerra se había vuelto con acuerdo de hacerla de otra suerte, que era de alojamiento en alojamiento, porque ambos estaban asentados a vista el uno del otro, de suerte que cada día había escaramuzas, y parecía que los enemigos querían entretener la guerra y andarse de un alojamiento en otro a vista del Emperador, aunque se decía ya que entre ellos había poca conformidad y contento y mucha falta de dinero.

A veinte de octubre quiso el duque que se hiciese una escaramuza algo gruesa más que las ordinarias. Y así, otro día de mañana, se emboscaron tres mil arcabuceros en el bosque que estaba junto al Prens hacia los enemigos seiscientos pasos, y enviando al príncipe de Salmona con algunos caballos suyos, sacó a los enemigos luego, porque comenzó a hacer daño en algunos desmandados que estaban delante de sus alojamientos, y ellos salieron viendo esto tan en grueso como acostumbraron, así de caballos como de arcabuceros a pie, partidos, parte sueltos y parte en escuadrón. El príncipe los supo tan bien traer, que los metió en el mismo lugar que le había ordenado.

Allí hubo una muy buena escaramuza ansí entre los caballos como entre los arcabuceros, y cayeron muchos de los enemigos, los cuales se veían por aquella campaña tendidos con sus banderas amarillas, que desta color las traían. En esta escaramuza ellos se aprovechaban de su artillería (como siempre), y, con todo, recibieron muy gran daño; y si bien sus caballos cargaban muy en grueso, los caballos ligeros imperiales los sostuvieron, y tornaron a cargar muy bien, porque andaban entre ellos muchos caballeros principales de todas naciones que servían allí a Su Majestad; mas porque un tudesco se había pasado a los enemigos y dádoles aviso, no se pudieron ejecutar algunas cosas que la noche antes se habían ordenado.

El Emperador mandó retirar la escaramuza, y ello se hizo (de la misma manera que lo había mandado, que no fue menester mandarlo dos veces) con tan buena voluntad de los contrarios, que juntamente se retiraron ellos por la misma orden.

Prosiguen las escaramuzas sacándoles a ellas los imperiales. -Encamisada que se dio a los herejes. -Nota lo poco que el español sabía de los coches, agora tan en perjuicio de la caballería y de la honestidad usados.

Viendo el Emperador que los enemigos salían siempre, en siendo provocados, acordó de hacelles algún daño señalado, y así ordenó que un día fuesen los caballos ligeros a las trincheas del enemigo para sacallos de ellas escaramuzando, y puso la caballería tudesca repartida en diez partes del bosque, donde podía estar encubierta, y mandó meter por él la arcabucería española e italiana, y todo el resto del campo hizo estar en orden para lo que fuese menester, y juntamente con esto hizo poner cubiertas algunas piezas de artillería en partes convenientes, y mandó al príncipe de Salmona que con los caballos ligeros hiciese lo que estaba ordenado, que era sacar los enemigos como los días pasados había hecho. Y así salieron de su campo dos escuadrones de caballos, los cuales nunca se apartaron de sus trincheas, sino tan cerca de ellas, que su artillería los podía ayudar.

Salieron a escaramuzar, pero con tanto tiento que nunca los pudieron meter donde estaba ordenado, o porque tuvieron aviso, o escarmentados de las pasadas. Todo el tiempo que se escaramuzó estuvo el campo en orden, mas habiendo pasado gran parte del día en esto, todos se volvieron a sus alojamientos. Como vio el Emperador que de día no tenían las escaramuzas el efecto que quería, mandó ordenar para una noche una encamisada, en la cual iba toda la infantería española y el regimiento de Madrucho, y el gran maestre de Prusia y el marqués Alberto con su caballería.

Con esta gente partió el duque de Alba aquella noche, y luego el Emperador mandó apercebir lo restante del ejército, y él mesmo fue a esperar en campaña en el aviso que el duque le enviaba, para proveer conforme a lo necesario.

De esta manera estuvo con algunos caballos que mandó que le acompañasen, armado de su gola y corazas, y cubierta una lobera; y porque la noche era larga y frigidísima cuales son las de aquellas partes, se puso a dormir en un carro cubierto, que en Hungría llaman coche, que ya son bien usados en España (más de lo que conviene), porque el nombre y la invención es de aquella tierra. Y así estuvo esperando los avisos que tenía, para acudir conforme a ellos.

Llegó el duque de Alba a media milla del campo enemigo, mas reconociendo que sus centinelas y guardas estaban reforzadas, sospechando lo que era, mandó hacer alto, y reconocido mejor lo que los enemigos hacían, se vio claramente cómo estaban avisados, porque tenían encendidos muchos fuegos, y también tenían grandísimo número de hachas y faroles, los cuales andaban de escuadrón en escuadrón, así que por esta causa, y por tener ellos el sitio y fortificación tan grande que aunque no estuvieran tan avisados y tan sobre aviso, y en todo tan apercebidos como estaban, se había de porfiar mucho si con ellos se llegara a las manos; no hubo lugar la buena orden que en esto le había él dado. Después se supo que aquella noche los enemigos habían sido avisados cuatro horas antes que los imperiales llegasen por una espía suya que salió del campo.

Pasando esto ansí, el duque tornó con la gente al alojamiento antes que amaneciese, porque así le fue dada la orden, y no pudo hacer otra cosa, y el Emperador también acudió en la mesma hora. Escapáronse de buena los luteranos, porque se les diera una buena mano, como se esperaba de la gente que iba, y orden que se había dado.

Fatigan mucho a los alemanes las armas que se les dan de noche. -Mano que el príncipe de Salmona dio una noche a los enemigos salteadores.

Parecía que la guerra había vuelto a los primeros tres términos, y que los enemigos estaban en alojamiento muy seguro y muy de asiento, por lo cual el Emperador comenzó a buscalles otra entrada, y se trató de ella cómo se había de efectuar para que saliesen con su intento. Mas entre tanto que esto se concertaba, no cesaron de hacerles el mal posible en las vituallas, sacomanos, ferrajeros, y dándoles continuamente arma cada noche, que es cosa que a esta gente da grandísima pena.

Entre otras cosas, un día, por orden del Emperador, el príncipe de Salmona con sus caballos ligeros, y monsieur de Barbanson, caballero de la Orden del Tusón, flamenco, con la caballería del conde de Bura, fueron hacia la escolta que los enemigos hacían a sus vituallas, y no muy lejos del campo de ellos encontraron con dos escuadrones de caballería harto gruesos, y pelearon con ellos de manera que los desbarataron y mataron, y prendieron muchos de ellos, y tomaron un estandarte con el alférez. Volvieron con esto al Emperador con grandísimo número de prisioneros, carros y caballos. De estos trajeron muchos los caballos ligeros y algunos arcabuceros españoles que con Arce se habían hallado aquel día por aquel bosque.

También hubo otras escaramuzas particulares de caballeros, que por mostrarse salían hasta las trincheas del enemigo; había heridos de ambas partes.

Muda el alojamiento el Emperador.

Determinó el Emperador de mudar alojamiento por muchas causas, y entre ellas era ver que de la empresa de Ulma no se podía ya tratar, por estar tan fortificada y guarnecida, y junto con esto el alojamiento se dañaba, así con enfermedades de soldados como por el lodo grandísimo que comenzaba, el cual, creciendo un poco, quitaría que la artillería se pudiese mover de allí, ni aun allí aprovecharse de ella; y así, pareció ser más conveniente volverse al alojamiento de Lauginguen, por ser aquel lugar más acomodado para las cosas necesarias en este alojamiento.

Antes que el Emperador partiese, murió de su enfermedad el coronel Jorge de Renspurg, soldado viejo, y que en todas las guerras del Emperador había muy bien servido.

Vuelve a Roma el legado Farnesio. -No pudieron los enemigos salir a pelear.

Casi en este tiempo, el cardenal Farnesio, nieto del Papa, que había venido por legado, se volvió a Roma, por algunas indisposiciones que en su salud tenía.

Partiendo el Emperador del alojamiento de Solten en la orden acostumbrada, vino a alojarse a Lauginguen. Aquel día los enemigos no hicieron otra demostración, si no fue mostrarse un escuadrón de cuatrocientos caballos a vista del campo imperial. Si el duque de Sajonia y Lantzgrave tuvieran gana de pelear, este día tuvieron harta ocasión; mas ellos se estuvieron quedos, aunque tenían sobradas ventajas de sitio y gente, y más, que habían reforzado el campo con quince mil hombres de Viertemberg, y al campo del Emperador faltaba, que habían enfermado muchos alemanes altos y bajos, y de los españoles, y fuera del campo habían ido otros a hacer correrías. De los italianos ya no había cuatro mil, que los demás eran muertos. Mas los enemigos, quedos, dejaron ir en paz al Emperador.

Tiene correo el Emperador de los buenos sucesos del rey don Fernando, su hermano. -Cuidado grande del Emperador con su campo. -Saludable parecer que tuvo el Emperador de proseguir la guerra, aunque fuese invierno.

El Emperador partió de Solten y se alojó en Lauginguen, donde le vino nueva de los felices hechos del rey don Fernando, su hermano, que haciendo cruelísima guerra con el duque Mauricio, al duque de Sajonia le habían tomado la mayor parte de aquel Estado. Lo cual, porque los enemigos lo supiesen luego, o porque si ya lo sabían viesen que lo sabía también el Emperador, y que se regocijaba en su campo, por lo cual mandó hacer una salva de artillería con muy grande concierto, mostrando todos grandísimo contento y significando tener alegría.

Todo el tiempo que el Emperador estuvo aposentado en Lauginguen se ponía cada día a caballo y visitaba el campo en la campaña en torno, como fue costumbre suya muy ordinaria en todas las guerras que se halló, y no dejaba de mirar los lugares que los enemigos podían ocupar contra él, o él contra ellos, los cuales habían venido dos o tres veces a reconocer un castillo que estaba guardado de cincuenta españoles, una milla del campo imperial. Mas siempre se reconocía a tiempo que no se les podía hacer daño, y así lo hicieron un día que de cerca del castillo llevaron ciertas vacas, y siendo seguidos estuvieron en peligro de recibir un gran daño, del cual se escaparon por su buena diligencia. Mas el Emperador, que aquel día había salido con la caballería para este efecto, fue adelante hacia el campo de los enemigos, y consideró que, tomando un alojamiento más cerca de ellos, se podría desde allí hacer algún buen efecto. Y como otras veces había hecho, anduvo mirando todos aquellos lugares, y entre ellos reconoció uno a su propósito, y después de visto se volvió al alojamiento, a su campo de Lauginguen, el cual estaba ya tal por los lodos tan grandes y pantanos que en él había, que no parecía poderse sufrir, y el tiempo era tan recio, que los soldados y toda la otra gente de guerra pasaban gran trabajo.

Y por esto hubo muchos pareceres, y todos conformes que el Emperador debía alojar en campo encubierto y repartillos por guarniciones convenientes, y puestos que desde ellos se hiciese la guerra; mas el Emperador tuvo a todo esto otro parecer y muy contraria opinión, y fue de proseguir la guerra. El cual fue tan saludable consejo como después se vio por experiencia.

Muda el Emperador alojamiento por mejorarse. Notoria ventaja que ya hacía el campo imperial. Ríndese Norling.

Estando así en el alojamiento, tan lleno de lodo que aun los carros de las vituallas no podían llegar a él, determinó el Emperador de ir al otro que él había reconocido, llevando el campo en dos partes. La infantería y artillería por la una, y por la otra, más a la banda de los enemigos, la artillería. Tampoco este día vinieron los enemigos a combatir, teniendo un camino acomodado y muy ancho, y muy llano para venir contra la caballería, y la infantería y artillería estaba muy lejos.

No debieron de entenderlo, y el Emperador no pudo dar a su campo otro camino, porque los demás que había para aquel alojamiento eran tan estrechos, escabrosos y llenos de bosques muy cerrados.

Alojado el campo imperial allí donde digo, hallóse el ejército muy bien acomodado, porque este alojamiento (al cual después llamaban los soldados alojamiento del Emperador) era muy enjuto, y en todas maneras muy diferente del que habían dejado. Tenía mucha leña, agua y de todas partes las vituallas podían venir a él con más facilidad, y sobre todas las bondades que tenía, era que tenía sitio harto fuerte, porque enfrente, contra los enemigos, tenía una montañeta que parecía hecha a mano, muy necesaria, sobre la cual se asentó la artillería, que tiraba por toda la campaña. A la mano derecha tenía un lago y pantanos; a la izquierda, unos bosques que también aseguraban las espaldas por no ser muy extendidos. Estaba tan cerca de los enemigos, que las guardias de ambos campos escaramuzaban ordinariamente, corrían los caballos y tomaban las vituallas que venían a los enemigos, lo cual se hacía con tanta diligencia y tan bien, que por todas las partes que les podían venir los corrían los caballos ligeros y arcabuceros de a caballo. Y así, los caminos de Norling y de Tinchpin hasta los de Ulma estaban llenos de gente muerta, y carros quebrados, y vituallas derramadas, y demás de esto, se les daban tantas armas de noche y escaramuzas de día, que no tenían hora segura.

Después que se pasaron en este campo del Emperador, comenzó notoriamente a verse la ventaja que a los enemigos se hacía. Y ellos comenzaron a acobardarse y ser remisos en las escaramuzas, que ya no salían como solían con aquel denuedo, coraje, diligencia, y aunque les llegaban a las trincheas, salían pocas veces. Y así, los prendían junto a su campo, y dentro en él comenzaron a sentir otro enemigo más fuerte, que fue la hambre, que ya era tanta que se les pasaban días sin tener bocado de pan, y lo que les causó mayor quebranto fue, cuando ellos pensaban que el Emperador había de apartarse de ellos, y recogerse por el rigor grande del tiempo, entonces se les acercaba y apretaba con más fuerza, y aún quiso más el Emperador apretarlos tomando una montañita que estaba a caballero de ellos, de la cual se podía batir su campo muy fácilmente. Esta se reconoció yendo a escaramuzar a las trincheas de los enemigos por una y otra parte.

El duque de Alba, con algunos capitanes y caballeros, vio la disposición de ella, y el Emperador acordó de tomarle, y alojar allí el campo. La orden que para ello, se había de tener era muy buena, y hiciérase así como estaba ordenado, si en este tiempo la ciudad de Norling no enviara a tratar de rendirse, lugar tan importante, que teniéndole no era menester otra fuerza para desalojar a los enemigos, pues poniendo gente de caballo en ella, se les podían quitar las vituallas y municiones cuantas viniesen a su campo, y se les ponía en el campo una hambre más brava que ningún artillería ni otro enemigo.

Quieren los herejes tratar de paz.

En estos días los enemigos estaban ya tales, que acordaron el duque de Sajonia y Lantzgrave que se escribiese una carta al marqués Joan de Brandemburg, hermano del elector, la cual se había de escribir en nombre de un caballero criado del elector. Y la sustancia de ella era que este caballero rogase al marqués hablase al Emperador y le dijese que tenían entendido que Su Majestad era un príncipe muy puesto en razón, y que así, no le parecían mal cualesquier medios de paz, y le hablase en ella poniéndole delante el bien que sería para toda la Germania, y por esto ofrecían ciertas capitulaciones que algunos años antes habían tratado con el duque Mauricio tocantes a la religión.

Esta carta escribió este caballero llamado Adam Trop, chanciller del elector de Brandemburg, con todas las palabras que pudo para reducir al hermano de su señora que lo tratase con Su Majestad, y con la disimulación posible, encubriendo la necesidad y flaqueza que todos ellos tenían.

Esta carta trajo un trompeta al marqués Joan, y él, haciendo relación de ella al Emperador, con acuerdo de Su Majestad, respondió que si el duque de Sajonia y Lantzgrave ponían sus personas y sus Estados en las manos de Su Majestad, que él entonces de muy buena gana le hablaría en la paz; mas que no haciendo esto, no se había de tratar de ella.

Oída por ellos esta respuesta, tornaron a escribir por la misma vía, diciendo que los negocios que tocaba a personas y Estados, requirían mucha deliberación, y que por esto, si le parecía que viniesen él y el conde de Bura, y que saldrían el duque de Sajonia y Lantzgrave, y que en un lugar donde les pareciese en la campaña, todos cuatro tratarían de estos negocios y hablarían más largamente. El marqués Joan, por orden de Su Majestad, les volvió a escrebir en respuesta las mismas palabras que antes había escrito, y con esto se quedaron sin haber más réplicas ni tener otra conclusión los medios que los herejes propusieron de la paz.

Quiere el Emperador desalojar al enemigo. -Parten y desamparan los enemigos el campo antes que el Emperador diese en ellos. -Sigue el Emperador al enemigo. -Va el duque de Alba a dar en ellos. -Gana el duque un cerro. -Hácense fuertes los herejes en un monte, y llano. -Falta el día. -Alójanse los unos y los otros. -Cuatro veces los desalojó el Emperador. -Diligencia grande del Emperador por que no se le fuese el enemigo. -Camina el enemigo toda la noche huyendo. -Luis Quijada va a reconocer. -Nieve y frío grande. -No bastan trabajo, hambre, frío y nieve a quitar al Emperador de seguir al enemigo.

En este tiempo, los de Norling, o por disimulación o por no poder echar las banderas que estaban en su guardia puestas por el duque de Sajonia, traían a la larga el trato de rendirse, y por esto determinó el Emperador de tomar la montañeta y desalojar al enemigo por fuerza, porque ya el estar en campaña era insufrible, y tenía voluntad que este negocio se llevase al cabo.

Y así, determinó que la víspera de Santa Catalina se levantase el campo, y en el mesmo día se batiese el de los enemigos. Para esto, mandó al duque de Alba que con toda diligencia y cuidado (como en tal caso convenía) diese orden, como estaba concertado, que pues lo de Norling se dilataba, él quería seguir este camino, que era más corto, y echar de allí a los enemigos. Esto era ya a los 20 de noviembre. En el cual día hubo una escaramuza en que fue preso un cuñado de Lantzgrave, hermano de otra mujer que entonces había tomado. A 27 de noviembre, el Emperador tuvo aviso cómo los enemigos se levantaban, y esta nueva vino, poco antes de mediodía, porque la espía que la trajo, aunque era natural de la tierra, fue tan oscura la niebla que hizo aquel día, que desatinó y perdió el camino, y así, hasta que ella se levantó no acertó a venir al campo, y por ésta se tuvo el aviso, ya que ellos eran partidos, y puesto fuego a su alojamiento. Súpose cómo habían enviado la artillería gruesa delante, y desde la media noche comenzó su infantería a caminar, dejando de retaguardia toda la caballería, con todas las piezas de campaña que solían traer de vanguardia.

Venido este aviso, el Emperador mandó que algunos caballos ligeros fuesen a reconocer claramente su partida. No se veía centinela suya; todas las trincheas estaban desamparadas. Después de haber enviado el Emperador estos caballos, él, con la caballería del conde de Bura, partió luego, y mandando que la otra caballería tudesca le siguiese, hizo que toda la infantería estuviesen en orden para lo que él enviase a mandar, y mandó que luego marchasen hasta setecientos arcabuceros españoles, y él, con los caballos que consigo había tomado, llegó al campo de los enemigos, los cuales estaban ya bien lejos de él, y habían dejado muchos enfermos, porque, a la verdad, partieron con razonable diligencia. El Emperador pasó del campo donde había ya hallado al duque de Alba; allí le vino aviso que los enemigos parecían tres millas italianas lejos, y por esto ordenó que los caballos le comenzasen a seguir entreteniéndolos con escaramuzas.

El duque de Alba pidió al Emperador la caballería del conde de Bura, y el Emperador se la dio, siguiéndole siempre con la tudesca. Ya los caballos que el Emperador había enviado para que procurasen entretener los enemigos escaramuzando con ellos, estaban revueltos con los caballos desmandados que ellos traían en su retaguardia, y habían comenzado una buena escaramuza; mas no por eso los enemigos dejaban de caminar, ganando siempre tierra, hacia una montañeta donde tenían mil arcabuceros, y habían pasado de la otra parte de ella toda la caballería, excepto dos estandartes que quedaban sobre ella junto a los arcabuceros.

Cuando el duque, con la caballería que llevaba, y la demás con que el Emperador seguía, llegó a vista de ellos casi una milla, la cual en siendo descubierta por ellos desampararon la montaña, caballos y arcabuceros, y bajaron de la otra parte a un llano que estaba en el camino que su ejército llevaba. El duque puso la diligencia posible en caminar, y ocupó la montañeta que los enemigos habían desamparado, desde la cual a otra montaña más alta, que estaba en el mesmo camino que ellos llevaban, podía haber una gran milla italiana; el espacio que había entre estos dos cerros, todo era llano y descubierto.

Los enemigos pusieron, en esta montaña que digo, seis piezas de artillería, con las cuales batían todo aquel raso por donde ya ellos bajados de la montañuela que el duque de Alba había ocupado, caminaban, llevando a su mano derecha, junto a un bosque, los arcabuceros, y la caballería repartida por el llano en ocho o nueve escuadrones. Comenzaron a escaramuzar con ellos los caballos ligeros imperiales, y un estandarte de arneses negros, que son los arcabuceros de a caballo, los cuales, por orden del duque, habían bajado de la montaña para hacer la escaramuza más gruesa, cuando el Emperador, con la otra caballería, estaba ya cerca. Mas los enemigos, a este tiempo, a muy buen trote ganaron tanto camino, que se pusieron debajo de su artillería, la cual comenzó a disparar en su defensa, y sus arcabuceros, por la orilla del bosque, con paso harto largo, se vinieron a juntar con la infantería que tenían en la guarda del artillería que tenían en la montaña, que dije.

Ya el Emperador había llegado con pocos caballos al cerro que el duque había ganado, porque los otros le seguían al paso que gente de armas puede andar, y miró lo que se podía hacer para detenellos, de manera que se hiciese algún buen efecto; mas iba el sol muy bajo y quedaba muy poco del día, y los enemigos estaban ya sobre la montaña dicha, y comenzaron a encender muchos fuegos para alojarse.

Así que, visto por el Emperador que no había sido posible en aquel día alcanzar los enemigos, por haber tenido el aviso tan tarde, y viendo que los enemigos se alojaban, determinó hacer lo mesmo, y dejando al duque de Alba en la montañuela con toda la caballería, él, ya que anochecía, se volvió a su alojamiento para sacar toda la infantería aquella noche, porque no se diese algún tiempo para que el enemigo se pudiese apartar más, porque el Emperador quería seguirle hasta hallar lugar para romper con él, y si éste no se hallaba, irlos siempre desalojando, como hasta allí había hecho cuatro veces en esta guerra, dos por arte y dos por fuerza; una en Ingolstat, otra en Tonabert, tercera en Norling y cuarta, ésta de sobre Guinguen, la cual fue por fuerza y razón de guerra, como se puede conocer evidentemente por lo que se ha dicho.

Volvió el Emperador a su alojamiento, y luego mandó poner en orden toda la infantería y la artillería, porque con esta diligencia quería ganar tiempo para otro día, y él, habiendo hecho un poco de colación, se partió, y con una niebla oscurísima y un frío terrible llegó a las dos, después de medianoche, al alojamiento donde había dejado al duque de Alba con la caballería y arcabuceros españoles.

Toda la otra infantería y artillería caminaba con diligencia, vigilancia y gran cuidado, como en tal caso requería. Los enemigos veían los fuegos de este campo, y los de éste los suyos; mas ellos, dejándolos encendidos, toda la noche caminaron, y cuando amaneció habían ya pasado el río Prens, y alojádose sobre él junto a un castillo llamado Aydeven, muy fuerte, y del duque de Viertemberg. Aquella noche fue Luis Quijada, capitán de Lombardía, a reconocer lo que los enemigos hacían, y halló que se habían levantado; el duque de Alba lo dijo al Emperador. Era ya amanecido y día claro, mas la nieve que había caído desde antes que amaneciese y caía entonces, era tanta, que subía sobre la tierra dos pies en alto, y por esto estaba toda la infantería tan fatigada y tan esparcida, buscando dónde calentarse, por ser el frío intolerable, que era gran lástima vella, y los caballos estaban muy trabajados de la mala noche, porque allí no habían tenido qué comer, y toda ella habían estado ensillados y enfrenados, de manera que el trabajo del día pasado se les había doblado; mas ni el tiempo ni los otros inconvenientes que he dicho, ni el estar los enemigos fortísimamente alojados, bastaban a quitar al Emperador la voluntad de seguirlos, si no hubiera otra cosa que se tenía por mayor inconveniente que ninguno de los otros, y fue no haber alguna parte donde poder alojar cerca de los enemigos, y que se pudiesen hallar vituallas ni forraje para los caballos, por estar ya aquellas partes muy gastadas y comidas del ejército enemigo, el cual había estado alojado tantos días por allí, y aun en el campo imperial se iban cuatro y cinco leguas por ello, que fuera un trabajo que ni los hombres ni los caballos lo pudieran sufrir, y los enemigos tenían a las espaldas a Viertemberg, tierra fertilísima. De suerte que si se hiciera lo que el Emperador pensaba con su buen ánimo, su campo se ponía en la necesidad y trabajo que tenía el enemigo, y el enemigo no la tuviera con gran parte tan grande, que la hambre y rigor del tiempo, y estar finalmente el enemigo tan adelante, quitaron el seguirlos, y así acordó de echar por otra parte, por donde (aunque el tiempo fuese tan recio como era) tuviesen qué comer y donde se alojar debajo de cubierta, porque ya en campaña era imposible.

Así que, aquella noche, tarde, volvió al alojamiento con todo el campo, que fue bien necesario, porque todos estaban muy trabajados, y se repararon algo para poder hacer lo que restaba.

Prudencia y valentía del Emperador.

Este desalojar al duque de Sajonia y al lantzgrave de Guingen fue sustancial punto de la guerra, y desde entonces fueron ellos muy de caída y aún casi rotos, por lo que adelante se dirá que comenzó de allí. Y es así que en todo lo pasado no se le ofreció ocasión al Emperador para poder pelear con el enemigo con alguna medianía de lugar y tiempo.

Si bien se ofreciera, pareció que no hubiera sido acertado romper con él, porque los sucesos de las batallas son varios, y si se perdiera por el Emperador, siendo vencida su gente, perdíase mucho, y ganandose, fuera imposible que fuera sin gran derramamiento de sangre, y grande perdimiento de hacienda, y muchos hombres menos; y hay gran razón para ello, porque los contrarios eran muchos y había entre ellos muy buenos soldados, aunque no faltaba chusma.

Y la mayor prudencia que un buen capitán, experto en el arte y ejercicio de la milicia puede tener, es conservar su ejército y gastar y consumir al contrario con trazas y buenos ardides. Y, en particular, en la guerra de Alemaña, si el Emperador diera la batalla y venciera, si su ejército quedara muy acabado por las muertes de muchos que habían de morir en él, no había tan a mano la gente para rehacerlo y ponerlo con las fuerzas que eran menester para rendir y sujetar las muy poderosas ciudades de la liga. De manera que el Emperador se hubo en esta guerra, no sólo como valiente capitán, pues tantas veces esperó y buscó al enemigo para darle la batalla, mas como muy prudente, pues sin perder su gente, le corrió y levantó de sus alojamientos, y le trajo inquieto y desasosegado hasta ponerlo en el extremo último de perdición.

Dividiéronse los enemigos; ventaja que pudieran tener. -Toma el Emperador la vía de Norling para atajar al enemigo y combatir con él.

Estuvo, pues, el Emperador en su alojamiento (que llamaban del Emperador) dos días. Allí tuvo aviso que los enemigos luego otro día como se habían alojado en Haydenen, se habían partido en dos partes: la una fue la gente de las villas, la cual parece que tomaba el camino de Augusta, y la otra, que era toda la caballería del duque de Sajonia y Lantzgrave. y sus infantes, iba con ellos. Entendióse que tomaban el camino de Franconia, y sin duda alguna, si ellos vinieran a poderse hacer señores de aquella provincia, fuera comenzar la guerra de nuevo, porque tenían gran aparejo de rescatar muchas villas y obispados muy ricos que hay en ella, donde pudieran sacar dineros en cantidad.

Tenían abundancia de vituallas y buenos alojamientos, por las muchas poblaciones que tiene, y si por ventura quisieran hacer cabeza de la guerra a Rotemburg, villa imperial, y luterana (aunque de la liga), tuvieran gran ventaja, por la población y fortificación que aquella villa tiene, a la cual fortificación ellos llaman Landeberg, que quiere decir defensa de la tierra, y tuvieran a Franconia a sus espaldas, de la cual se pudieran hacer señores por no haber en ella bastante cabeza para defenderla, y siendo señores de este sitio fueran muy más trabajosamente echados dél que de todos aquellos donde hasta entonces habían sido lanzados por el Emperador, porque iban rotos, y allí se rehicieran con las pagas de sus rescates y abundancia de vituallas, juntamente con los buenos alojamientos, que son tres cosas bastantes a reforzar un campo trabajado y roto.

Teniendo el Emperador aviso de esta intención de los enemigos, y habiéndolo él antes sospechado, con la mayor diligencia que pudo levantó su campo y comenzó a caminar la vía de Norling con un tiempo harto trabajoso de aguas y nieves y hielos, y en dos alojamientos llegó a ponerse una milla de la dicha villa en otra pequeña imperial llamada Boffinguen, porque éste era el camino derecho para ir donde tenía la intención, que era Rotemburg, por ponerse delante a los enemigos antes que llegasen, y allí combatir con ellos en el camino, porque prosiguiendo ellos el que tenían comenzado, no podía esto dejar de ser, y el Emperador podía tomarles la delantera fácilmente, porque ellos rodeaban y él iba camino derecho.

Llegado el Emperador a Boffinguen, los burgomaestres salieron a rendille la tierra; y un castillo que estaba sobre ella del conde de Fringuen, con gente de guerra, se rindió a voluntad de Su Majestad, si bien antes había braveado un poco.

Otro día vinieron los gobernadores de Norling a rendirse, porque estaba el campo tan cerca de ellos, que no había lugar de otros tratos, sino de allanarse y rendirse. El Emperador metió dentro cuatro banderas, habiéndose salido aquella noche antes, dos que estaban dentro del duque de Sajonia y de Lantzgrave, y metiéronse en un castillo que está una milla pequeña de Norling, grande y fuerte, también de los condes de Eringuen, donde ya estaban otras dos. Y así estas cuatro banderas sacaban soldados para escaramuzar con los imperiales, que allí cerca estaban alojados, y mostraban determinación de defenderse. Mas el Emperador envió al conde de Bura con su gente, y en fin, ellos vinieron a rendirse. El conde trajo las cuatro banderas al Emperador, dejando ir libres los soldados, los cuales quisieron entrarse en alguna villa imperial; mas el Emperador no se lo consintió, y así les hizo que siguiesen el camino que el duque de Sajonia y Lantzgrave habían llevado, por que fuesen como los otros iban.

El Emperador quiere romper los enemigos, antes de conquistar las ciudades.

Después que Norling quedó rendida y con gente de guerra dentro, y puesto por gobernador en todo el condado de Eringuen un hermano de los dichos condes, que era católico, y dejando al cardenal de Augusta en Norling por algunas provisiones que convenía hacerse, partió de Boffinguen, y sin querer entrar en Norling, vino a Tingipin, villa imperial y de la liga, la cual había hecho muestra de no rendirse; mas el duque de Alba había ido aquel día por orden del Emperador, con el artillería y españoles y parte de los alemanes adelante, y amonestado a los de la villa que si una vez se asentaba la artillería sobre ellos serían combatidos y dados a saco: con temor de esto, vinieron a rendirse.

El duque de Alba trajo al Emperador los burgomaestres de la villa, estando ya Su Majestad cerca de ella, y deteniéndose allí un día y dejando dos banderas de guardia, partió para Rotemburg. Tardó en este camino dos días, que no fue pequeña diligencia según el tiempo era trabajoso y los caminos, estar ya tales que en ninguna manera se podían andar.

Los de Rotemburg salieron a Su Majestad el día antes que entrase, y vinieron a ofrecerle la villa, diciendo que ellos nunca habían dado gente ni dinero contra él, y así era verdad. Supo también el Emperador cómo los enemigos no estaban lejos de allí, y que verdaderamente llevaban intención de hacerse señores de Franconia, y por esto se dio priesa a ocupar a Rotemburg, donde les tomaba los pasos por donde ellos pensaban pasar. Mas el rigor grande del tiempo no daba lugar, y así, todos los capitanes aconsejaron al Emperador que alojase su campo en Norling y en las otras tierras que sobre el Danubio se habían conquistado, y cerca de Ulma y Augusta, y para esto daban razones harto bastantes.

Mas el Emperador no quiso sino ir a defender a Franconia, poniéndose delante de los enemigos, porque la empresa de Augusta y Ulma era fácil, rotos los enemigos, y lo que más importaba era no dejarlos rehacer en Franconia. Y así, sin reparar en las dificultades que se ofrecían, determinó de caminar y atajarles el camino, o forzarles a que tomasen otro donde acabasen de deshacerse.

Este designo fue tan bien atendido como pareció después por lo que sucedió, porque sabiendo los enemigos que el Emperador estaba ya en Rotemburg, dejaron el camino de Franconia y tomaron otro a mano izquierda con un rodeo grandísimo, y por unas montañas harto ásperas, y así hubieron de dejar la mayor parte de su artillería gruesa repartida en algunos castillos del duque de Viertemberg, que estaban por allí cerca, y con esto pusieron tanta diligencia en caminar, que cuando el Emperador estaba en Rotemburg, los enemigos se habían puesto ocho leguas de él, habiendo estado tres el día antes.

Deshácense los enemigos. Tira cada cabeza por su parte. -El conde de Bura vuelve a Flandres.

Ya ellos iban tan rotos en este tiempo, que las dos cabezas que los guiaban se apartaron, y Lantzgrave se fue con docientos caballos a su casa, y pasando por Francafort, los gobernadores de la villa le fueron a hablar como a vecino y capitán general de la liga, y le pidieron consejo sobre lo que debían hacer. Y les respondió: «Lo que me parece es que cada raposo guarde su cola», que era un proverbio de que él mucho gustaba.

Y dada esta respuesta tan resoluta partió con sus caballos, y se fue a su casa.

También el de Sajonia tomó otro camino, recogiendo las reliquias del ejército que pudo, y con un grandísimo rodeo caminó hacia su tierra, componiendo por el camino las abadías que había, y sacando de ellas dinero para sustentar los soldados que llevaba; robaba los templos, y de otros lugares sacó el dinero que pudo. El Emperador los escribió consolando a los católicos, diciéndoles que los protestantes habían bien descubierto sus ánimos y malas intenciones, pues era tal su religión que en lo divino y humano así ponían sus manos, que se animasen, que esperaba, con el favor divino, que muy en breve llevarían su debido y merecido pago, que no permitiría Dios que en esta vida quedasen tantos insultos sin castigo.

Estando el Emperador en Rotemburg, y viendo cuánto se habían alejado los enemigos de él, entendiendo que el tiempo ni la tierra daban esperanza de podellos alcanzar, ordenó de dar licencia al conde de Bura para que volviese a Flandres con la gente que había traído, y mandóle que fuese por Francafort y procurase, por fuerza o maña, ganar aquella tierra; la cual es grande, rica y muy importante. Partido el conde, el Emperador, con el resto del ejército, dio la vuelta sobre las ciudades en quien consistió la fuerza de la guerra pasada, mas el ímpetu y la reputación de la victoria hacía la guerra en Alemaña muy en favor del Emperador, y así, muchas ciudades enviaron allí a Rotemburg sus embajadores rindiéndose, y otras trataban ya hacer lo mismo.

Así que, antes que Su Majestad de allí partiese, todas las ciudades y villas imperiales hasta el Rhin, y algunas de las de Suevia, y hasta Sajonia, vinieron rindiéndose a su obediencia.

Viene el Emperador a Hala de Suevia, ciudad principal rendida. -El conde Palatino procura la gracia del César. -Clemencia del Emperador.

Partido el Emperador de Rotemburg, vino en dos alojamientos a Hala, de Suevia, que era ya de las ciudades rendidas, y de las más ricas de aquella provincia, y de la liga. Allí, por indisposición de su gota, que le apretó mucho, se detuvo algunos días más de los que quisiera.

Y en este tiempo, que sería mediado diciembre, el conde Palatino comenzaba a tratar como hombre bien arrepentido, de la demostración que contra Su Majestad había hecho, y pasó tan adelante, que Su Majestad admitió el darle audiencia; que la clemencia del Emperador fue siempre tanta, que se podía decir ser propria virtud suya, y así, se dijo de él que de todo se acordaba, sino de sus ofensas.

Vino el conde Palatino allí en Hala a la corte del Emperador, un día que le fue señalada hora, y entró en la cámara donde Su Majestad estaba sentado en una silla por causa de la gota que le trababa los pies.

Llegó el conde haciendo muchas reverencias y quitada la gorra; y comenzó a dar disculpas, diciendo y mostrando que si en algo había faltado, él estaba muy arrepentido, y dijo esto con tantas palabras y humildad cuando le convenía. El Emperador le respondió: Primo, a mí me ha pesado en extremo que en vuestros postrimeros días, siendo yo vuestra sangre y habiéndoos criado en mi casa, hayáis hecho contra mí la demostración que habéis hecho, enviando gente contra mí en favor de mis enemigos, y sosteniéndola muchos días en su campo; mas teniendo yo respeto a la crianza que tuvimos juntos tanto tiempo, y a vuestro arrepentimiento, esperando que de aquí adelante me serviréis como debéis, y os gobernaréis muy al revés de como hasta aquí os habéis gobernado, tengo por bien perdonaros y olvidar lo que habéis hecho contra mí, y así es porque con nuevos méritos mereceréis bien el amor con que agora os recibo en mi amistad.

El conde de nuevo comenzó a dar disculpas, todas las que él pudo, y lo que más movió a todos fue la humildad y las vivas lágrimas con que se descargaba. Que cierto hizo compasión ver un señor de tan alta sangre, primo del Emperador, y tan honrado y principal, con aquellas canas de ochenta años descubiertas; quebrara un corazón, aunque fuera de piedra. De allí adelante el Emperador le trató con la familiaridad pasada, aunque entonces le había recibido con la severidad necesaria.

Ulma se reduce. Ciudad poderosa y rebelde.

Ya los de Ulma trataban de reducirse al servicio del Emperador en el mismo tiempo que el conde Palatino estaba en Hala. Llegaron allí, y señalándoles hora por hablar a Su Majestad, entraron en la cámara, donde le hallaron sentado, y estando el conde Palatino delante, se hincaron de rodillas, y con semblante triste y humilde, mostrando lo que tenían en los ánimos, el principal de ellos dijo, en suma, estas palabras:

Nosotros los de Ulma conocemos el yerro en que hemos caído y la ofensa que os hemos hecho, lo cual todo ha sido por falta nuestra y de algunos que nos han engañado; mas juntamente conocemos que no hay pecado, por grave que sea, que no alcance la misericordia de Dios, arrepintiéndose el pecador. Y por esto esperamos que quiriendo vos imitar a Dios, tendréis respeto a nuestro arrepentimiento y nos recibiréis a vuestra misericordia. Y así, os pedimos, por amor de la pasión de Cristo, hayáis piedad de nosotros y nos recibáis en gracia, pues nos entregamos a vuestra voluntad con determinación de serviros como buenos y leales vasallos, con las haciendas y la sangre y con las vidas, como lo debemos a tan buen Emperador.

Su Majestad le respondió que venir ellos en conocimiento de su yerro era muy gran parte para que él se lo perdonase, y que juntamente con esto, tener él por cierto que, arrepentidos de lo pasado, le habían de servir en lo venidero como buenos y leales vasallos del Imperio, hacia que de mejor voluntad les perdonase, y que así los admitía a su gracia, reservando para sí lo que en aquella ciudad convenía que se hiciese, para el bien y sosiego de todo el Imperio. Dieron los de Ulma en servicio a Su Majestad cien mil florines y doce tiros gruesos de artillería, y recibieron diez banderas de presidio.

Por qué quiso el Emperador sujetar a Viertemberg antes de pasar adelante.

Después, de ahí a pocos días, partió de allí el Emperador, porque si bien el duque de Viertemberg comenzaba a sentir que las banderas imperiales se le acercaban y blandeaba con el temor, aunque no tanto que no fuese necesario que el Emperador, con las armas en la mano, le hiciese venir a su obediencia. Porque teniendo el Emperador a Ulma, tan vecina al ducado de Viertemberg, no era conveniente cosa dejarlo libre con las fuerzas que tenía, y apartarse de él yendo a otra empresa, pues con la ausencia de Su Majestad se podía dar ocasión a cosas nuevas, porque estando Augusta en pie juntamente con aquel Estado, pudieran fácilmente hacer alguna resolución en Ulma.

Y para esto tuvieran aparejo, por la vecindad que este Estado con ella tiene, y con otros que naturalmente son inquietos y amigos de novedades, principalmente los franceses; que si Viertemberg estaba fuera de la obediencia tendrían la puerta abierta para todas las revueltas de Alemaña. Así que el Emperador, por estos y otros respetos, determinó de hacer la empresa de aquel Estado, y envió al duque de Alba delante con los españoles, y el regimiento de Madrucho y coronelía de Kamburg, y los italianos que habían quedado, que eran tan pocos, que por eso no digo el número.

Entra el duque de Alba delante. Síguele el Emperador. -Rinde y sujeta brevísimamente este Estado.

Partido, pues, el duque de Alba con la parte del ejército que digo, y alguna caballería de tudescos, y los trecientos hombres de armas que vinieron del reino de Nápoles, Su Majestad le siguió con la otra parte de los caballos, y el regimiento de tudescos (que habla sido de Jorge y entonces el Emperador le había dado al conde Juan de Nasau).

El camino fue derecho a Alprum, que es una villa imperial y fue de la liga, porque de tres entradas que hay para el ducado de Viertemberg por la banda donde Su Majestad estaba, la de aquella vista es la más llana y más abierta para llevar campo y artillería.

Llegado el Emperador a Alprum, el duque de Viertemberg comenzó a apretar más en sus negocios, porque el duque de Alba, de camino, había rendido algunas villas del Estado. Entrado más adelante había reducido a la obediencia de Su Majestad casi todas las villas de él, exceto algunas fortalezas, para las cuales eran menester muchos años de sitio, así por ser fortísimas como por estar bien proveídas.

Mas el duque de Viertemberg, tomando el consejo más saludable, vino en todo lo que el Emperador le mandaba, dándole tres fuerzas del Estado, las que Su Majestad quiso escoger. Estas eran: Ahsperg, un castillo muy grande y lleno de artillería y municiones, puesto en un sitio muy fuerte, y Kuthanderg. La tierra era otra villa llamada Porendorf, y ésta es la más fuerte, y por eso estaba la más bien proveída, porque había en ella vituallas para dos mil hombres muchos años, y artillería y munición conforme a esto.

En todas estas fuerzas se halló artillería del duque de Sajonia y de Lantzgrave, de la que por ir con más diligencia habían dejado, especialmente en esta villa, por ser señora de una entrada muy importante para aquel Estado; y entregando esto que tengo dicho, dio a Su Majestad docientos mil ducados, y prometió de hacer todo lo que él mandase sin excetar cosa alguna.

Ríndense siete ciudades en un día. -Piden misericordia en lengua española. -Amaban al Emperador los alemanes. Llamábanle padre.

Habiendo el Emperador, en tan breve tiempo, sujetado al duque de Viertemberg y asegurado aquel Estado con tener estas fuerzas en su poder, le vino aviso del conde de Bura cómo Francafort se había rendido a la voluntad de Su Majestad, y que él estaba con doce banderas. Dos días después de estas nuevas, vinieron los burgomaestres de la dicha villa, y Su Majestad los recibió con las condiciones que a los otros, reservando en sí lo que para el bien de la Germania convenía que se hiciese.

Luego otro día vinieron juntas siete ciudades, todas de la liga, entre las cuales eran Meminguen y Quenten, de manera que antes que Su Majestad partiese de Alprum ya todas las ciudades de Suevia (exceto Augusta) estaban rendidas a su obediencia, porque, como está dicho, ya la victoria y reputación del César peleaba por él en todas las partes de Alemaña. Partiendo el Emperador de Alprum, tomó su camino para Ulma, pasando por el ducado de Viertemberg, y en seis jornadas llegó a ella. Mas los de la ciudad habían enviado a los confines de su señorío sus embajadores a recebirle muy acompañados, los cuales le hablaron en español, hincados de rodillas, allí en el campo adonde habían salido a esperar al Emperador que venía de camino.

La causa de hablalle en español dicen que fue parecerles que era más acatamiento hablarle en la lengua que era más su natural y más tratable, que no en la propria de ellos. Lo que dijeron fue ofreciéndole la ciudad, y particularmente las personas y haciendas, que unos hombres muy determinados de servir a su príncipe pueden ofrecer.

Su Majestad les respondió en español, hablándoles mansa y agradablemente, como ellos dicen, llamándole príncipe gracioso, de la cual respuesta quedaron tan contentos cuanto era razón y mostraron bien la voluntad que al Emperador tenían, que generalmente era amado en toda Alemaña, tanto, que la gente de guerra, ordinariamente, le llamaban Unserlater, que quiere decir, nuestro padre.

Este nombre quiso usar un prisionero de los enemigos, que unos tudescos trajeron un día a Su Majestad. Preguntándole el Emperador si le conocía, dijo: «Sí, conozco que sois nuestro padre.» Al cual, Su Majestad dijo: «Vosotros que sois bellacos, no sois mis hijos. Estos que están aquí a la redonda, que son hombres de bien, éstos son mis hijos y yo soy su padre.»

Fueron estas palabras oídas del prisionero con gran confusión y con grandísima alegría de todos los tudescos que alrededor estaban.

Y demás de esto, con todas las otras gentes era muy bien quisto, porque aun de los que habían andado contra él en esta guerra, a los más se ofrecían a probar que habían sido engañados, y no haber sabido que era contra él, y en su arrepentimiento se vio bien, y un conde muy principal se dio de puñaladas de puro dolor de haber sido contra el Emperador sin saber lo que hacía. Y así estimaron en más volver en gracia del Emperador que las haciendas ni las vidas.

Lo que con suma humildad dijeron de su culpa. -Los de Augusta suplican al Emperador perdone a Xertel, que fue capitán de su alteración. -Temen en Augusta. Ríndese.

Estando el Emperador en una villa de Ulma, vinieron a él los embajadores de Augusta queriendo hacer lo que las demás ciudades. Pedían los de Augusta que Su Majestad perdonase a Xertel, y si no, que le dejase la hacienda para los hijos. No quiso el Emperador concederles nada desto, y ellos dijeron que Xertel estaba en Augusta con dos mil hombres y otros muchos ciudadanos, y que eran fuerzas que ellos no podrían vencer y echarle fuera. El Emperador les respondió, que él iría presto allá y le echaría.

Vueltos a su ciudad con esta resolución, fue tan grande el temor del pueblo, que acordaron de rendirse. Y estando los del Senado en la casa de su consistorio, entró Xertel y díjoles: «Señores, yo sé lo que tratáis, que es concertaros con el Emperador, y porque por mí no lo dejéis de hacer, yo me iré; por ventura este servicio que hago a Su Majestad en irme, y otros que le pienso hacer, serán causa que me perdone.»

Dichas estas palabras se fue a su casa, y lo mas encubiertamente que pudo, caminó luego fuera de la ciudad. Los de Augusta vinieron a Ulma, donde ya el Emperador estaba, y dióles audiencia sentado Su Majestad en una silla con todas las ceremonias imperiales acostumbradas; y ellos, hincados de rodillas con toda la humildad posible, dijo uno de ellos:

«Tenemos entendido los de Augusta la grandeza de nuestro pecado, y también el castigo que por él merecemos; mas conociendo por experiencia que vuestra clemencia es tanta, que todos los que os han ofendido y después, arrepentidos de sus yerros, os piden misericordia, la hallan en vos, osamos suplicar que, pues nosotros arrepentidos de los nuestros, y con ánimo de serviros mejor que todos, venimos a socorrernos de vuestra clemencia, seáis servido que la que no os ha faltado para con ellos no os falte para con nosotros, y pues nos entregamos a vuestra voluntad, suplicamos que sea de manera que la desgracia que merecemos se torne en gracia, cual de tan piadoso príncipe esperamos.»

El Emperador respondió como había respondido a los de Ulma, y después, mandándolos levantar, le vinieron a tocar la mano como los de las otras ciudades habían hecho.

Después de rendidos Augusta y Ulma, y Francafort, no faltaba sino Argentina para que las cuatro cabezas principales desobedientes se redujesen a su debida obediencia, y ella lo hizo enviando sus burgomaestres, a los cuales hizo el Emperador el favor y merced que a las demás venciendo con su clemencia más que otro príncipe hiciera con poderosísimas armas.

Condiciones con que se rindieron muchos caballeros.

Las condiciones con que el conde Palatino y el duque de Viertemberg, y otros caballeros, se redujeron al Emperador, fueron: amistad perpetua con la Casa de Austria, dando por ningunas todas las otras ligas que hayan hecho con otros. Decláranse por enemigos del duque Juan de Sajonia, y de Felipe de Hessen, lantzgrave. Castigan a todos los soldados que han salido a servir a algún príncipe contra el Emperador. Reciben gente de guerra en los lugares que el Emperador quiso poner, y sin éstas, otras condiciones muy honrosas y provechosas para el Emperador.

Lo que duró esta guerra, en la cual el Emperador hizo oficio de general.

Seis meses duró esta guerra, en la cual el Emperador hizo el oficio de capitán general, y los progresos buenos y felices sucesos que en ella hubo se guiaron por su cabeza, y muchas veces contra el parecer y voto de sus capitanes. Y es cierto que le valió tanto a este príncipe, para domar esta ferocísima gente, su buena industria y arte militar, cuanto la buena fortuna que siempre tuvo en todas sus cosas.

Quiso pasar lo restante del invierno en Ulma curándose de la gota que le fatigaba y poniendo en orden lo necesario para seguir la guerra, entrado el verano, contra el duque de Sajonia y Lantzgrave.

Muerte del Cristianísimo rey Francisco, príncipe digno de perpetua memoria y de ser contado entre los grandes del mundo.

Antes de acabar este año y libro, ya que me da lugar la guerra de Alemaña, diré la muerte del rey Francisco, que pues en vida dió tanto que decir con sus grandes hechos, razón será hacer una memoria de su muerte, que se aceleró algo acabándole los grandes trabajos de espíritu guerras y que tuvo.

Murió en París a 30 de marzo, año de 1546, de una fístula, en edad de cincuenta y cuatro años; otros dicen menos. Reinó cerca de treinta y tres; los veinte y cinco gastó en las guerras tan porfiadas que tuvo con el Emperador, como émulo de su virtud y prosperidad.

Era el rey Francisco agraciado en muchas cosas, y así representaba bien la dignidad real. Y como de su natural fuese alegre, cortés, humano y tratable, ganaba muchas voluntades, y principalmente por ser muy liberal en dar; lo cual tanto más en él resplandeció, cuanto el rey Luis, su suegro, fuera por extremo avariento y por tal, aborrecido. Era amigo de holgarse, dado a mujeres tan público que sonaba mal. Hablaba su lengua con gracia, mas era largo, y así los versos que compuso son alabados. Gobernó bien, si no fue al principio, aunque cargó de muchos pechos sus reinos. Fue muy católico, que nunca consintió en su reino luterano, y castigaba con rigor los herejes. Ninguna culpa ni falta se le pudiera poner en esto si no llamara los turcos, en daño y escándalo de la Cristiandad.

Algunos franceses y italianos le quieren igualar con el Emperador, mas no tienen razón, si bien añaden al rey lo que quitan al Emperador. Que ninguno sin pasión verá la vida, la justicia, la religión, las victorias, las guerras tan justificadas, los Estados, reinos y señoríos de Carlos V (que son las cosas que a un príncipe hacen grande) que le halle igual en el mundo.

Comenzó Francisco a reinar con grande orgullo; pasó con ejército en Italia por nuevo camino, venció los esguízaros en Marignan; ganó el ducado de Milán, prendiendo al duque Maximiliano Esforcia; trató con el papa León en Bolonia, donde se vieron, que le diese título de Emperador de Constantinopla; hizo luego en Noyon un honrado trato de paz y amistad con Carlos, príncipe de Castilla; compitió con él por el Imperio con tanta porfía como se ha visto; deseó sumamente ser duque de Milán, si bien le costó caro, pues le trajeron preso a España; revolvió otra vez a Lombardía y toda Italia, de donde resultó la prisión del Papa y saco de Roma, cerco de Nápoles, la empresa de Cerdeña y otra infinidad de males que dejo dichos; finalmente, sus afanes y continuos cuidados pararon con la muerte, que todo lo acaba, igualando a los reyes con los que no lo son.

Libro Vigesimonono

Fuentes para este libro.

Seguí en el libro pasado de la guerra de Alemaña, año 1546, los comentarios de don Luis de Avila, con algunas relaciones escritas de mano por soldados curiosos que andaban en el campo imperial, que las escribían con cuidado y enviaban a España.

En este año seguiré la relación que un soldado que calló su nombre envió al marqués de Mondéjar, cuyo criado dice que había sido y escribióla con tanta diligencia, que dice que escribe lo que vió y que la mayor parte dello lo escribía a caballo como ello iba pasando. Y esta relación es al pie de la letra el segundo tratadillo o comentario que en el librico de don Luis de Avila está, que comienza: Todo el tiempo, etc., y se imprimió en Granada, a 15 de enero, año 1549; y el soldado lo acabó de escribir en Augusta, viernes día de San Martín, año 1547. Por manera que el dicho comentario no es de don Luis, sino de este soldado no conocido. Diré lo que él dice, añadiendo lo más que hallare en las relaciones de mano.

El duque Frederico de Sajonia cobra lo que de sus tierras le habían quitado.

En el tiempo que el duque Frederico de Sajonia y el lantzgrave habían andado conformes con el campo de la liga de herejes haciendo cara al Emperador, el rey de romanos y el duque Mauricio habían entrado las tierras del duque de Sajonia, rebelde, y héchose señores de la mayor parte dellas. Mas como se deshizo el campo de la liga, el duque de Sajonia recogió una buena parte de él, y sin parar fue a recobrar su Estado, y dióse tan buena maña Joan Frederico, que no sólo cobró lo que le habían tomado el rey y Mauricio, mas aún de sus Estados les tomó parte, y extendió tanto sus inteligencias, que en Bohemia tenía amistades harto bastantes para poner aquel reino en peligro, y tomó a Jaquimis, que es un valle principal en aquel reino, y donde son todas las mineras que hay en él.

Y esta empresa fue hecha con voluntad de los bohemios, los cuales, con sus disimulaciones fingían el rendirse a la fuerza de los capitanes del duque; de los cuales el principal se llamaba Tumez, y Erne, que, como general andaba en aquella empresa, la cual al principio fue disimulada por los bohemios, mas después se declararon en ella tanto por el de Sajonia, que del todo vinieron a perder el respeto al rey, y aun la vergüenza, como adelante se dirá.

El Emperador quiere ir en persona contra el duque de Sajonia. -El poco caso que del rey don Fernando hacían en Bohemia, y el mucho que del de Sajonia.

Pues siendo este negocio de tanta importancia, y sabiendo el Emperador lo que pasaba, no sólo por cartas del rey don Fernando, mas también por otras de los que había enviado a saber, particularmente, el estado de aquel reino, dejando los negocios de gobierno en que los días que estuvo en Ulma se ocupaba con las ciudades que se habían rendido y otras que trataban de rendirse, y sin quererse detener a tomar el palo, del cual, por los trabajos pasados, tenía harta necesidad, comenzó a poner en orden su partida y todo lo que era necesario para esta guerra, en la cual se quería hallar en persona, por ser en ella de todas maneras necesaria. Porque el duque Joan Frederico estaba tan poderoso, habiendo cobrado toda su tierra, exceto a Cibicán, y tomado al duque Mauricio todo su Estado, no le dejando más que a Ties y a Lipsia, y a la Cibicán, y se hallaba con cuatro mil caballos y diez mil infantes, gente muy escogida; que era necesario acudir con tiempo, y la presencia y reputación grande de Su Majestad para atajar muchos males y guerras, que el duque de Sajonia podía causar, no le deshaciendo con tiempo, porque es cierto que él tenía toda Sajonia y Bohemia puestas en tales términos, que muy abiertamente le confesaban por amigo, sin hacer caso del rey para cuanto querían hacer por el duque.

Y llegaba la desvergüenza de los bohemios a tanto, que con una falsa disimulación detenían las hijas del rey casi como presas en el castillo de Praga.

Había el Emperador proveído, antes que saliese de Ulma, algunas cosas que parecían tanto bastantes, que con ellas se pudiera excusar el trabajo de su persona, porque envió ocho banderas de infantería y ochocientos caballos, y con ellos al marqués Alberto de Brandemburg, el cual, demás desto, llevó otros mil caballos, y ocho banderas. También envió algunos dineros, que son el nervio y fortaleza de la guerra. Eran fuerzas éstas que, juntas con las del rey y del duque Mauricio, se aventajaban a las del de Sajonia, si la manera de tratar la guerra fuera conforme al aparato della. Mas como adelante se dirá, pasó la cosa algo diferente de lo que al principio se pensó. Y porque más abundantemente fuese proveído lo que al rey tocaba, el Emperador envió a don Alvaro de Sandi con su tercio, y al marqués de Mariñano con ocho banderas de tudescos. Estas fueron mandadas detener, porque la relación de los hechos de Sajonia venía tan llena de necesidad de que la persona del Emperador se hallase presente en esta guerra, que él determinó de no perdonar a trabajo suyo, ni peligro, viendo en el que estaban su hermano el rey y el duque Mauricio, y junto con esto lo que de allí podía resultar para todo lo de Alemaña. Porque si se dejaba crecer el fuego encendido, era poner la victoria pasada en los términos que estaba antes que se alcanzase.

Consideradas así estas cosas, el Emperador se resolvió en hacer la jornada, y mandó poner en camino la infantería tudesca y española, con la artillería que tomó de Ulma.

Concordia con el duque de Viertemberg.

Con la intercesión del conde Palatino se concluyó el rendimiento del duque de Viertemberg, y se ordenó la escritura de concordia con estas condiciones:

«Que porque el duque estaba muy enfermo de la gota, nombre personas que de su parte hagan la reverencia y reconocimiento debido a Su Majestad, y que si estuviere para ello, venga en persona dentro de seis semanas. Que las constituciones que el Emperador hiciere y ordenare, las guardará y cumplirá, y que no dará favor ni ayuda al duque de Sajonia ni a Lantzgrave, ni a otro príncipe, sino sólo al Emperador. Que no hará liga ni concierto alguno con los rebeldes, ni con otro, en el cual no entraren el Emperador y rey de romanos y Casa de Austria. Que no consentirá que se haga gente de guerra en su tierra, ni entre sus vasallos, sin voluntad del Emperador. Que hará que toda la gente noble de su Estado juren y guarden este capítulo. Que dará gente de pie y caballo que acompañen y guarden la persona del Emperador, y aseguren el camino en todos los lugares de su Estado. Que dará y entregará la artillería y municiones que los rebeldes dejaron en su tierra, y más dará para los gastos de la guerra que el Emperador ha hecho a los rebeldes docientos mil florines de oro; la mitad luego, la otra mitad dentro de veinte y cinco días primeros; y hasta tanto que haga la dicha paga dará en rehenes las villas y castillos de Asburgum, Kirchemo, Scorendorsio, y recibirá presidio en ellas. Que satisfará y pagará, como el Emperador mandare, todos los daños que en esta guerra hubiere hecho a las personas que los hubieren recebido. Que el duque y su hijo, habiendo de tener pleitos, se sujetarán a los fueros y derechos y costumbres de Borgoña. Que no hará mal ni ofenderá a los súbditos de su Estado que hubieren servido al Emperador en la guerra pasada. Que el derecho que tiene el rey de romanos en Viertemberg quede ileso, entero y sano, según estaba. Que dentro de seis semanas confirmarán estas condiciones su hijo Cristóbal y él, y todos los de su Consejo. Que no se entienda ni entre en esta paz ni condiciones de ella Jorge, hermano del duque.»

Hecha y otorgada la dicha concordia, fueron los embajadores del duque a besar la mano al Emperador, y se echaron a sus pies, y en nombre del duque oraron, confesando la culpa y dando las disculpas que pudieron con toda humildad, firmaron la escritura.

Cómo se sujetaron otros lugares. -Enviudó el rey don Fernando.

A imitación del duque se sujetaron otros muchos lugares, pagando algunos suma de dineros para los gastos que el Emperador había hecho, y asimismo dando artillería y otras cosas, en pago y satisfacción de su delito.

Estando el Emperador en Ulma llegó nueva de la muerte de la reina de Hungría Ana, mujer del rey don Fernando. Dejó quince hijos y hijas. El Emperador hizo sus honras en Ulma con la solemnidad debida.

El duque de Sajonia quisiera conservar a los de Argentina; mas ellos no quisieron su amistad, sino trataron con Antonio Perenoto la confirmación de la gracia que querían del Emperador, y a 21 de marzo vinieron los burgomaestres y trajeron al Emperador treinta mil florines de oro y doce tiros gruesos. Recibieron el presidio que les quiso poner, echando fuera de la ciudad la parcialidad de los protestantes. Hízose esto aunque de parte del rey de Francia había embajadores que los procuraron estorbar.

El de Sajonia prende al duque Alberto.

Por este tiempo andaba el rey de romanos a malas con sus bohemios, que no podía acabar con ellos que tornasen las armas contra el duque de Sajonia; antes, algunos al descubierto hacían contra el rey en favor del duque. Contra éstos envió el Emperador a Alberto de Brandemburg con dos mil caballos y diez banderas de infantería, con las cuales juntó el rey de romanos otras seis banderas y quinientos caballos. Con este campo llegó Alberto a 9 de enero a un lugar, y descuidándose, tuvo el duque aviso, y último de febrero, una noche dio sobre él y lo prendió, como luego diré.

Viene rendido el duque de Viertemberg, por el mes de marzo. -Ceremonia con que hizo su satisfacción.

El duque de Viertemberg, por su enfermedad, no había podido venir, como había mandado el Emperador, señalándole tiempo para darle audiencia, mas estando ya con salud, vino el mesmo día que Su Majestad partió de Ulma a dar la obediencia que un príncipe vencido debe a su vencedor y natural señor.

Y así, estuvo esperando en la sala que el Emperador acabase de comer. Traíanle cuatro hombres en una silla, por estar tan impedido de la gota.

El Emperador salió y pasó junto a él sin mirarlo, lo cual no dejó de notar el duque. Sentóse Su Majestad, y hiciéronse las ceremonias que se acostumbran en semejantes actos, estando el mariscal del Imperio delante con la espada imperial sacada y puesta al hombro. El chanciller del duque y todos los de su Consejo se hincaron de rodillas, descubiertos, y en diciendo los títulos que según su costumbre suelen decir al Emperador, en nombre del duque dijeron:

«Con toda la humildad que puedo y debo, me presento delante de Vuestra Majestad, y públicamente confieso que le he ofendido gravísimamente en la guerra pasada, y he merecido toda la indignación que contra mí tuviere, por la cual yo tengo el arrepentimiento que debo, el cual es el que pide la razón, que para tenerlo hay. Y así vengo humilmente a suplicar a Vuestra Majestad por la misericordia de Dios y por vuestra natural clemencia que me perdone y de nuevo reciba en su gracia, porque a él sólo y no a otro alguno conozco por mi primero príncipe y natural señor, al cual prometo que en cualquiera parte que esté le serviré con todos los míos, como humildísimo príncipe, vasallo y súbdito suyo, y con toda aquella obediencia y sujeción y agradecimiento que debo, para merecer la grandísima gracia que agora recibo, y que cumpliré fielmente todo lo que en los capítulos Vuestra Majestad me ha dado y se contiene.»

A éste respondió el chanciller del Emperador.

«La Majestad Cesárea de nuestro clementísimo Emperador ha entendido lo que el duque Uldarico de Viertemberg humilmente ha propuesto, suplicado y ofrecido; y viendo su arrepentimiento, y que públicamente confiesa que gravemente ha ofendido a Su Majestad, y cuán dignamente merece perdón de todas estas cosas, Su Majestad Cesárea, por la honra de Dios y su natural clemencia, especialmente porque el pobre pueblo, que no pecó, no padezca, tiene por bien de olvidar la ira que contra el duque tenía y perdonalle clementísimamente, con condición que el duque conserve y guarde todas las cosas que le ha ofrecido y obligado de guardar.»

El duque de Viertemberg dio grandes gracias al Emperador por ello, y prometió de ser siempre fidelísimo.

A todo esto estaban de rodillas su chanciller y todos los de su Consejo. El duque estaba sentado en su silla, quitado el bonete y bajo de todo el estrado, porque antes por seis embajadores había enviado a suplicar a Su Majestad le permitiese estar de la manera que su enfermedad pedía, porque en pie, ni de rodillas, era imposible. Fue para los de Ulma esta vista harto admirable, porque como no tienen otro vecino más poderoso, parecíales éste un caso notable en que veían el grandísimo poder del Emperador, que a príncipes tan poderosos así los humillaba y domaba. Pasado esto, el Emperador se puso a caballo y prosiguió su camino.

Llega el Emperador a Gunguen. Prosigue su camino. -Prende el de Sajonia al marqués Alberto. -Deja el sajón a Mauricio y diviértese a Bohemia.

Llegó el Emperador a Gunguen, donde en la guerra pasada los enemigos habían estado alojados, y en el alojamiento tan extendido se vió bien el gran número de ellos y la fortificación que tenían hecha por la parte que se les pensó dar la encamisada, la cual parte éstos tenían tan bien fortificada y entendida, que cualquiera cosa que por allí se pretendiera fuera muy a su ventaja.

De allí vino el Emperador a Erlinge, adonde el tiempo, y no se haber purgado, se juntaron para que le cargase la gota, y túvola tan recia que le puso en tanta flaqueza que a todos quitaba la esperanza de poder convalecer tan presto. Mas él se dio tanta priesa a curarse con todo lo que al presente se podía curar, que comenzó a mejorar y a poderse levantar de la cama.

Y en este tiempo, el duque de Sajonia, acrecentándosele siempre el campo, proseguía en sus victorias, haciéndose señor de toda ella, y había deshecho al marqués Alberto y prendídole, lo cual fue desta manera:

El marqués Alberto estaba en un lugar que se llama Roqueliz, porque los que gobernaban la guerra contra el duque de Sajonia tenían repartida su gente en frontera contra él, y así el rey de romanos estaba con su campo en Tresen, y el duque Mauricio en Frayberg con la suya, y el marqués Alberto con diez banderas y mil y ochocientos caballos en este lugar que digo. Demás desto, tenían proveída a Zuibica y a Lipsia, la cual algunos días antes había sido combatida por el duque de Sajonia, mas fue muy bien defendida por los que en ella estaban. Era esta villa de Roqueliz, donde el marqués Alberto tenía su frontera, de una señora viuda hermana de Lantzgrave, la cual entretenía al marques Alberto con danzas y banquetes, que son fiestas acostumbradas en Alemaña, y mostrábale tanta amistad, que le hacía estar más descuidado de lo que un capitán debe estar en la guerra, y, por otra parte, avisaba al duque de Sajonia, el cual estaba en Garte, a tres leguas pequeñas con muy buena gente de a caballo y treinta y seis banderas de infantería, y usando de buena diligencia amaneció otro día sobre el marqués Alberto, el cual, por lo que a él la pareció, acordó de combatir en la campaña, y finalmente fue roto y él preso, habiendo peleado más como valiente caballero que como prudente capitán.

Hay muchas opiniones. Ponte Heuterio del Fro dice que la mitad de la gente de Alberto estaba dentro en el lugar, y la otra mitad en el alojamiento, y que el sajón acudió al amanecer y les tomó muy descuidados, y que a un mismo tiempo dio en el real y en el otro lugar, y entró lo uno y lo otro, y mató mil y trecientas personas, y ganó trece tiros gruesos, y prendió al marqués, y los demás huyeron. Otros dicen que el marqués salió fuera del lugar a pelear con el duque, y que si detuviera en él, llegaran presto caballos del duque Mauricio a lo socorrer. Otros refieren y afirman que quiso guardar cuatro banderas, que alojaban en el burgo de esta villa, y por eso se puso en campaña con las otras, que estaban dentro de ella.

En fin, todas estas opiniones se resumieron en que él perdió cuatrocientos o quinientos caballos muertos y presos, y mucha parte de los otros se recogieron al rey de romanos, y otros algunos quedaron en servicio del duque de Sajonia, el cual ganó todas las banderas de la infantería, de la cual murieron pocos, porque muchos se recogieron al rey, y otro, que fueron presos, juraron de no servir contra él, como se acostumbra hacer en Alemaña cuando los vencedores dan libertad a los vencidos.

El marqués Alberto fue llevado a Gota, un lugar fortísimo del duque, donde le pusieron a recado. Habida esta victoria por él, no procedió por aquel camino que todos pensaron, que era ir contra el duque Mauricio que le tenía cerca, mas dejándolo estar en Frayberg comenzó a entender en las cosas de Bohemia, y así envió a Teorez y Erne con seiscientos caballos y doce banderas, y se hizo señor del valle de Jaquimistal con muy buena voluntad de los bohemios, si bien disimuladamente era el fundamento de lo que ellos y el duque pensaban hacer. Sabida esta nueva por el Emperador, y viendo que el rey y el duque Mauricio sostenían la guerra, guardando las fuerzas principales, y no sacaban gente de ellas para tentar otra vez la fortuna, él se dio priesa a partir de Nerlinga, donde pocos días antes que partiese vinieron los burgomaestres de Argentina, ciudad fortísima, y poniéndose debajo de su obediencia, como estaba tratado, le juraron por Emperador, lo cual no habían hecho con alguno de los pasados. Renunciaron todas las ligas que tuviesen hechas, y juraron de no entrar en algunas donde la casa de Austria no entrase, y de castigar los soldados de su tierra que hubiesen sido contra el Emperador, y poniendo grandísimas penas a los que de allí adelante tomasen armas contra él.

Muerte del capitán Madrucho. -Campo que el Emperador llevaba.

Partido el Emperador de Erlinguen, tomó el camino de Noremberga, llevando consigo dos regimientos de los viejos: el uno del marqués de Mariñano, y el otro de Aliprando Madrucho, el cual poco antes que el Emperador partiese de Ulma murió de calenturas. Perdió el Emperador en él un muy buen capitán y leal servidor.

Sin estos dos regimientos mandó hacer otro de nuevo. Este hizo un caballero de Suevia llamado Hanzbalter. Llevaba también toda la infantería española, y los hombres de armas de Nápoles con seiscientos caballos ligeros, mil caballos tudescos del Tayche maestre y del marqués Joan, y del archiduque de Austria. Tenía el Emperador enviado delante al duque de Alba con esta gente, el cual había alojado en torno de Noremberga, exceto algunas banderas que quedaban para acompañar la persona del Emperador, y él estaba ya en Noremberga, donde había hecho el aposento para Su Majestad, y metido ocho banderas, que era el regimiento del marqués de Mariñano, porque la autoridad del Emperador así lo requiría, y era necesario; que aunque allí los nobles eran muy imperiales, el pueblo, que es grandísimo, desenfrenóse algunas veces, y era menester ponérsele de manera que temiesen.

El Emperador fue recibido en aquella ciudad con gran demostración de placer, y fue a alojar al castillo que era su acostumbrado alojamiento. Allí estuvo cinco o seis días entendiendo en recoger el campo, y en su salud, porque aún sus indisposiciones no eran acabadas desde Noremberga, que era el camino que el Emperador había de llevar para juntarse con el rey y duque Mauricio, derecho a la villa de Eguer, donde por la oportunidad del lugar estaba concertado que se hiciese la masa de la guerra, y se habían de juntar el rey, con sus caballos y algunas banderas de infantería, y el duque Mauricio con los suyos, y así habían concertado a día señalado que fuese en esta villa. El rey partió de Tresen, que es lugar del duque Mauricio y el duque de Frayberge, y dejando a mano derecha las fuerzas de su enemigo. Por Laytemeriz entraron en Bohemia para tornar a traversar los montes de que ella está rodeada, y juntáronse en Eguer con el Emperador. Mas los de Bohemia mostraron entonces abiertamente su intención, y declararon cómo no eran vanas las esperanzas que el duque Joan de Sajonia tenía en ellos, las cuales se extendían a tanto que fue causa de decirse muchas cosas y haber varios juicios.

El rey de romanos se había embarazado de un enemigo. -Pide gente al Emperador.

Ya el Emperador había andado tres jornadas después que partió de Noremberga, donde le vino un gentilhombre del rey de romanos diciendo cómo después de haber entrado el rey y el duque Mauricio con la caballería y alguna infantería en Bohemia, un caballero bohemio había juntado mucha gente y cortado los bosques y atajado los pasos por donde el rey había de pasar, por dos o tres partes, por las cuales había querido pasar para venir a Eguer, y éste siempre las había embarazado; que le sería forzoso rodear algunas jornadas, y pasar por las montañas por algunos castillos de ciertos caballeros bohemios que con él venían, y juntamente con esto quería algunos arcabuceros españoles para que más fácilmente pudiese pasar y ser señor de aquellos bosques.

El Emperador proveyó todo lo que convenía, aunque no fue necesario que los españoles, llegasen al paso, porque aquellos caballeros que con el rey venían le sirvieron tan bien, que le tuvieron libre y llano el camino, y el otro enemigo no llegó con su gente allí. Llamábase éste Gaspar Fluc, hombre muy principal en aquel reino, con quien el rey había tenido ciertas barajas, quitándole la hacienda por delitos suyos, y volviéndosela por le hacer merced. Mas él parece que tuvo más memoria de habérsela quitado que de habérsela vuelto liberalmente, que tal es la condición del ingrato.

Cuentan que los que se juntaron para embarazar el paso al rey don Fernando hicieron un banquete, y después echaron suertes cuál sería capitán general, y ordenáronlo de manera que cayese la suerte sobre este Gaspar Fluc, y no por que hubiese en él más habilidad que en otro para este cargo, sino porque tenía más aparejo de gente y dinero y por ser señor de aquellos montes. Finalmente, la mayor parte de aquel reino hizo una muy ruin demostración contra su príncipe y señor.

Disposición y aspereza de la tierra de Bohemia.

Ya el rey de romanos había pasado por los castillos que digo, y el Emperador, habiéndolo sabido, estaba tres leguas de Eguer, que es una ciudad de la corona de Bohemia, a los confines de Sajonia mas es fuera de los montes, porque Bohemia es toda rodeada de grandísimos bosques y espesos; solamente a la parte de Moravia tiene entradas llanas; por todas las otras partes parece que naturaleza la fortificó, porque la espesura de las selvas y pantanos que hay, hacen dificultosísimas las entradas. La tierra que se encierra dentro de estos bosques es llana y fertilísima, y llena de castillos y ciudades. La gente de ella es valiente naturalmente y de buenas disposiciones. La gente de caballo se arma como la de los alemanes; la de pie, diferentemente, porque ni tiene aquella orden que la infantería alemana ni traen aquellas armas; porque unos traen alabardas, otros venablos, otros unos palos de braza y media de largo, de los cuales cuelgan con una cadena otro de hierro de largo de dos palmos, a los cuales llaman pavisas; otros traen escopetas y hachetas anchas, las cuales tiran a veinte pasos destrísimamente.

Solían estos bohemios en tiempos pasados ser gente de guerra muy estimada; al presente no están en tanta reputación. Lo más de Sajonia confina con Bohemia desde Eguer, teniendo las montañas de Bohemia a mano derecha como van hasta pasado el Albis, que sale de Bohemia y entra en Sajonia por Laytemeriz, ciudad de Bohemia. Ha sido necesaria esta breve descripción de Bohemia para mejor entender lo que se ha de decir.

Llega el rey y el duque Mauricio donde estaba el Emperador.

Estando el Emperador tres leguas de Eguer vino allí el rey, su hermano, y el duque Mauricio, y el marqués Joan de Brandemburg, hijo del elector, que ya su padre se había concertado con el rey, y en el servicio del Emperador, y así envió su hijo para que le sirviese en esta guerra. La gente de caballo que vino con el rey serían ochocientos caballos.

El duque Mauricio trajo mil, el marqués Juan Jorge, cuatrocientos; los unos y los otros, bien en orden. Demás de esto, trajo el rey novecientos caballos húngaros, que son de los mejores caballos ligeros del mundo, y así lo mostraron en la guerra de Sajonia del año pasado de 1546, y lo mostraron agora en ésta de 1547.

Las armas que traen son lanzas largas, huecas, y dan grande encuentro con ellas. Traen escudos o tablachinas, hechos de tal manera, que abajo son anchos hasta el medio arriba; por la parte de delante se van estrechando, hasta que acaban en una punta que les sube sobre la cabeza; son combados como paveses. Algunos traen jacos de malla. En estas tablachinas pintan y ponen divisas a su modo, que parecen harto bien. Traen cimitarras, y esto que es juntamente muchos dellos, y unos martillos de unas astas largas de que se ayudaban muy bien. Muestran grande amistad a los españoles, porque, como ellos dicen, los unos y los otros vienen de los escitas.

Esta fue la caballería que vino con el rey. No trajo infantería, porque en Tresen dejó cuatro banderas, y las otras en entrando en Bohemia se fueron a sus casas; sola una bandera quedó con él, que después mandaron quedar en Eguer.

Tampoco el duque Mauricio trajo infantería, porque Lipsia y Zuybica habían de quedar proveídas, pues el duque de Sajonia estaba cerca con ocho o nueve mil tudescos muy bien armados y otros tantos soldados hechos en la tierra, que no eran malos, y tres mil caballos armados muy escogidos, porque las otras doce banderas, y el resto de la caballería, estaba con Tumez Hierne, como está dicho, y repartido por otras partes.

Parte el Emperador para Eguer, ciudad católica. -Va delante el duque de Alba. -Van en busca del enemigo, duque de Sajonia. -El duque de Sajonia estaba en Maysen, de la otra banda de Albis. -Busca vado el campo imperial. -Niebla oscurísima.

El Emperador partió para Eguer, la cual ciudad era católica, que no era poca maravilla, estando cercada de bohemios y sajones, todos herejes. Luego otro día, como el Emperador allí llegó, vino el rey, que sería a veinte de marzo, y el Emperador se detuvo la Semana Santa y Pascua de Resurrección en esta villa, y pasada la fiesta se partió, habiendo enviado al duque de Alba delante con toda la infantería y parte de los caballos, el cual envió cuatro banderas de infantería y tres compañías de caballos ligeros con don Antonio de Toledo a una villa donde estaban dos banderas del duque de Sajonia, y habiendo una pequeña escaramuza, la villa se rindió, y los soldados dejaron las banderas y las armas.

Toda aquella tierra de Sajonia, que es confín de Eguer, es áspera y llena de bosques y de pantanos; mas después que se ha llegado a una villa que se llama Plao, seis o siete leguas de Eguer, la tierra se comienza a extender y abrir, y hay muy hermosos llanos y praderías muy llenas de castillos y lugares. Toda esta provincia estaba tan puesta en armas, y el duque la tenía tan llena de gente de guerra, que muy pocos lugares había donde no estuviesen banderas de infantería, y juntamente con esto él andaba conquistando algunos lugares que hasta entonces no había ganado.

En este tiempo, el Emperador, con toda diligencia, caminó la vuelta de su enemigo, porque no había cosa que más desease que topar con él, antes que se metiese en cuatro lugares fortísimos, que son: Viertemberg, Gotta, Sonobalte y Heldrun. El cual había ganado del conde de Mansfelt pocos días antes, y cada uno con nueva tan cierta se holgó mucho. Los descubridores llegaron al lugar donde decían que estaban los enemigos, y no solamente no los hallaron, pero ni aún nueva de que aquel día hubiese parecido caballo ni soldado, sino unos que aquella mañana habían prendido unos caballos ligeros españoles, de los cuales se supo que el duque de Sajonia estaba en Maysen, de la otra parte del río Albis, y había fortificado su alojamiento.

El Emperador estuvo aquel día y otro, porque habiendo diez días que la infantería caminaba desde que partió de Eguer, estaban los soldados muy fatigados. Habiendo reposado un día, y estando con determinación de ir a Maysen y hacer allí puente y barcas, porque el duque había quemado las de la villa, y procurar pasar y combatir de la otra banda con el enemigo, le vino nueva cómo fe había levantado de allí y caminaba la vuelta de Viertemberg. Anduvo acertadísimo el Emperador en toda esta jornada, porque ninguna cosa ordenó que no se ejecutase, y ejecutada, salió como él la había pensado.

Y así, sabida esta nueva, consideró que yendo a Maysen con el campo, que era ir el río arriba, se perdería tanto tiempo, que ya el duque de Sajonia por la otra parte estaría con el suyo, no muy lejos de Viertemberg, que era el río abajo, y parecióle que, habiendo vado, por allí podía pasar a tiempo que alcanzase a su enemigo; y informándose de algunos de la tierra, le dijeron que tres leguas el río abajo había dos vados, mas que éstos eran hondos, y que se podían defender por los que de la otra banda estuviesen.

En esto vinieron algunos arcabuceros españoles a caballo con el capitán Aldana, que por mandado del Emperador había ido a descubrir a los enemigos, y deste capitán se supo cómo aquella noche se alojaban en Milburg, que es un lugar de la otra banda de la ribera, tres leguas del campo imperial, y que por allí decían que había vado, mas que sus caballos habían pasado a nado.

Pareció al Emperador que no era tiempo de dilatar la jornada, y envió luego al duque de Alba para que se proveyese lo que convenía, porque él determinaba de pasar el río por vado o por puente, y combatir los enemigos. Y fundado en esta determinación, ordenó las cosas conforme a ella, la cual a muchos pareció imposible, por estar los enemigos de la otra parte del río y el camino ser largo, y otras dificultades que había, que parecían ser estorbo para la presteza que convino tener. Mas el Emperador quiso que su consejo se pusiese en efecto, y así, mandó que la caballería y las barcas del puente luego aquel día antes que anocheciese caminasen, y la infantería española a medianoche, y luego los tres regimientos tudescos y toda la caballería en la orden acostumbrada de los otros días.

Hizo aquella mañana una niebla tan oscura, que ninguna parte deste ejército veía por dónde iba la otra, y de esto oyeron quejar al Emperador, diciendo: ¿Estas nieblas nos han de perseguir siempre estando cerca de nuestros enemigos? Mas ya que llegaban cerca del río se comenzó a levantar, de manera que ya se veía el río Albis, y los enemigos alojados en la otra ribera. Este es el Albis tantas veces nombrado por los romanos, y tan pocas visto por ellos.

Alojamiento y gente del sajón. -Reconoce el duque de Alba el río y vado. Halla el duque vado, y lengua que guíe.

Estaba el duque de Sajonia alojado de la otra banda en esta villa que se llama Milburg, con seis mil infantes soldados viejos y cerca de tres mil caballos, porque los demás tenía en Tumez Hierne, y los otros habíanse deshecho con las catorce banderas que de camino el Emperador había tomado, y juntamente tenía veinte y una piezas de artillería, y él estaba bien asegurado, porque sabía que si el Emperador iba a pasar por Maysen, él tenía gran ventaja para esperar o irse donde quisiese, y por donde él estaba era difícil pasar por anchura y profundidad del río, y por ser la ribera que tenía ocupada muy superior a esta otra, y guardada de una villa cercada y un castillo, que si bien no era tan fuerte que bastase para guardarse a sí, éralo para defender el río.

El alojamiento del campo imperial estaba ya señalado, y repartidos los cuarteles cuando el Emperador llegó, que serían las ocho de la mañana; por lo cual mandó que estuviese la gente de a caballo en la misma orden que estaba, sin alojarse. El sitio del campo imperial era cerca del río, mas había en medio de los dos campos unas praderías y bosques tan grandes que llegaban cerca del río.

A la hora que tengo dicho, el Emperador y rey de romanos tomaron algunos caballos y adelantáronse hasta topar al duque de Alba que había ido delante y había bien reconocido los enemigos. Y considerando que siendo el río defendido de ellos mostraba no haber medio de poder pasar, mandó el Emperador que se buscase algún natural de la tierra, que pudiese decir de algún vado mejor que el que se sabía por la relación que hasta allí se tenía, pues no se había de emprender cosa tan grande temerariamente, sino con mucho tiento y conocimiento de lo que se debía hacer.

En esto se puso mucha diligencia, y entre tanto, el Emperador y el duque Mauricio con ellos, se entraron en una casa a comer un bocado, y estando poco tiempo allí, salieron para ir donde estaban los enemigos.

Y yendo allá, el duque de Alba vino al Emperador y dijo que le traía una buena nueva; que tenía ya noticia del vado, y hombre de la tierra que lo sabía muy bien. Llamábase este lugar de donde el Emperador salió Xefemeser, que en español quiere decir navaja, el cual estaba no muy lejos del vado, al cual después que el Emperador llegó con el rey y duque de Alba, y duque Mauricio, vió que los enemigos estaban a la otra parte dél, y tenían repartida su artillería y arcabucería por la ribera y estaban puestos a la defensa del paso y del puente que traían hecho de barcas, el cuál estaba repartido en tres piezas para llevarlo consigo el río abajo con más facilidad.

Era la disposición del paso de esta manera. La ribera que los enemigos tenían era muy superior a la contraria, porque de aquella parte era muy alta, y sobre ella estaba un reparo, como los que hacen para cercar heredades, que en muchas partes podían cubrir sus arcabuceros. La parte imperial era tan descubierta y llana, que todas las crecientes del río corrían por allí. Ellos tenían la villa y el castillo que tengo dicho. De esta otra banda todo estaba raso, si no eran algunos árboles pequeños y espesos que estaban bien apartados del agua, la cual por aquella parte que se pensaba que era el vado tenía trecientos pasos de ancho. La corriente, si bien parecía mansa, traía tan gran ímpetu, que no ayudaba poco a la fortaleza del paso, el cual por todas estas cosas que tengo dichas estaba tan dificultoso, que era menester acompañar la determinación del Emperador con arte y fuerza.

Y ordenó que en aquellos árboles espesos que estaban apartados del agua, se pusiesen algunas piezas de artillería, y se metiesen ochocientos o mil arcabuceros españoles, y que éstos, juntamente con la artillería, disparasen y arremetiesen, porque por la artillería los enemigos se apartasen y no fuesen tan señores de la ribera, y los arcabuceros viniesen a ser señores de la suya y llegar al agua, si bien la parte era descubierta, la cual, si bien se hacía con dificultad y peligro, era menester hacerse así.

Mas en este tiempo, los enemigos, poniendo arcabucería en sus barcas, las llevaban por el río abajo, y así fue necesario que los arcabuceros españoles saliesen a la ribera abierta, lo cual hicieron con tanto ímpetu y valor, que entraron por el río muchos de ellos hasta los pechos, y comenzaron a dar tanta priesa de arcabuzazos a los de la ribera y a los de las barcas, que matando muchos de ellos, se las hicieron desamparar, y así quedaron sin ir por el río más adelante.

Esta arremetida de los arcabuceros españoles fue estando el Emperador con ellos, y él, juntamente con los demás, arremetió hasta el río. Allí se comenzó la escaramuza desde la una ribera hasta otra ribera; toda la arcabucería de los enemigos tiraba, y su artillería; mas la del Emperador y sus arcabuceros, aunque estaban en sitio desigual, les daban grandísima priesa, tanto, que se conocía ya la ventaja de la parte imperial, por parecer que los enemigos tiraban algo más flojamente, y por esto el Emperador mandó que viniesen otros mil arcabuceros españoles con el maestre de campo Arce, de los de Lombardía, para que más vivamente los enemigos fuesen apretados. Con esto anduvo la escaramuza tan caliente, que de una parte y de otra parecían salvas de arcabucería.

Cuando dejaron los enemigos las barcas, quedando en ellas muchos muertos, habían dejado puesto fuego en las más de ellas, y también muchos soldados de ellos no osaron salir por temor de la arcabucería, porque les parecía que levantándose tenían más peligro, y se quedaron tendidos en ellas.

Echanse a nado los españoles para ganar unas barcas. -Ganan las barcas los españoles. -Descúbrese el vado. -Desamparan los herejes la ribera. -El villano que descubre el vado. -Pasan el vado y río resistiendo al enemigo. -La majestad y grandeza con que el Emperador pasó el río.

En este tiempo había llegado la puente de los imperiales a la ribera, mas la anchura del río era tan grande que se vió que no bastaban las barcas para ella, y así, era necesario que ganasen las de sus enemigos, y como para la virtud y fortaleza no hay cosa difícil, tampoco lo fue a los españoles abrir camino en el gran río Albis.

Ya en este tiempo los enemigos comenzaban a desamparar la ribera, no pudiendo más sufrir la fuerza de los españoles, mas no tanto que no hubiese muchos a la defensa. Pues viendo el Emperador que era fuerza ganarles su puente, mandó que toda la arcabucería pusiese toda la diligencia posible, y así, súbitamente, se desnudaron diez arcabuceros españoles y se echaron al agua. Nadando, con las espadas traversadas en las bocas, llegaron a los dos tercios de las barcas que los enemigos llevaban el río abajo, porque el otro tercio quedaba en el río arriba muy desamparado dellas.

Estos diez arcabuceros llegaron a las barcas, tirándoles los enemigos muchos arcabuzazos desde la ribera, y las ganaron, matando los que habían quedado dentro, y así las trajeron. También entraron tres soldados españoles a caballo, armados, de los cuales el uno se ahogó en presencia de todos. Ganadas estas barcas, y estando ya toda la arcabucería imperial tendida por la ribera y señora de ella, los enemigos comenzaron del todo a perder el ánimo.

Llegó el duque de Alba a esta sazón, y dijo al Emperador que certísimamente el vado era descubierto y se podía pasar. Con esto, el Emperador mandó que caminase el campo para pasar el río, como animosamente había determinado, siendo su voluntad de combatir aquel día con el enemigo y no darle tiempo a que se metiese en alguna de aquellas fuerzas que tengo dichas, que tan bastantes eran a dilatar la guerra muchos años.

Cuando el Emperador llegó al vado, dicen que estaba el duque de Sajonia oyendo un sermón que un hereje le predicaba, según la costumbre de los luteranos. Harto descuido o demasiada devoción de un hereje era, sabiendo que tenía al Emperador porfiando de pasar el río para venir a las manos con él, estarse en sermón. Puso todas las diligencias que pudo para quitar el de la puente de los enemigos y de paso, y aprovecháronle poco o nada, porque sus soldados no pudieron más resistir a los imperiales; desampararon la ribera, y así, el Emperador mandó que la caballería pasase el vado, y que la que traían se hiciese una, para que más fácilmente pasase la infantería española, y luego los tres regimientos de alemanes.

Había puesto el duque de Alba tanta diligencia en descubrir el vado, que por todas partes había hecho buscar guías y gente plática del río, entre los cuales halló un villano muy mancebo, al cual habían tomado los enemigos el día antes dos caballos, y en venganza de su enojo y pérdida se vino a ofrecer que él mostraría el vado, y decía: «Yo me vengaré de estos traidores que me han robado; yo seré causa que hoy sean degollados.»

Parecía que tenía ánimo divino de otra fortuna mayor que la suya, pues no se acordaba de otra mayor, ni de su pérdida, sino de la venganza que había de tomar, la que ya se le representaba.

Venida toda la caballería a la ribera del río Albis, Su Majestad mandó quedar a la guarda del campo nueve banderas de alemanes, de cada un regimiento tres, y quinientos caballos tudescos, y docientos y cincuenta del marqués Alberto, que de la rota de su señor se recogieron al rey, y otros tantos del marqués Joan, y luego mandó que comenzasen a pasar los caballos húngaros, de los cuales, y de los ligeros que el Emperador tenía, ya estaban algunos en el río, y se habían puesto de la otra banda antes que los enemigos hubiesen acabado de salir de la villa, donde dije que estaban, y dado algunas cargas sobre ellos. Mas los arcabuceros españoles, con el agua a los pechos, defendían tan bravamente y tiraban tan a menudo, que los caballos imperiales estaban tan seguros en la otra ribera como en estotra, y más. Y ya que los enemigos comenzaron a alargarse, perdieron del todo la esperanza de sostener el vado; viendo que el Emperador se le había combatido y ganado, hicieron su disignio de ir a una villa que se llama Torgao, si no pudiesen ganar tanta ventaja que llegasen a Viertemberg, o combatir en el camino si para una de estas dos cosas no tuviesen tiempo.

El duque de Alba, por orden del Emperador, mandó que toda la caballería húngara y el príncipe de Salmona con sus caballos ligeros pasasen el río llevando cada uno un arcabucero a las ancas, y él luego, con la gente de armas de Nápoles, llevando consigo al duque Mauricio y los suyos, porque esta caballería era la vanguardia; luego, el Emperador y el rey de romanos con sus escuadrones llegaron a la ribera.

Iba el Emperador en un caballo español, castaño oscuro, que le había presentado mosén de Rique, caballero de la Orden del Tusón, y su primer camarero. Llevaba un caparazón de carmesí franjado de cordones de oro y unas armas blancas y doradas, y no llevaba sobre ellas otra cosa sino la banda muy ancha de tafetán carmesí listado de oro, y un morrión tudesco, y una asta casi como un venablo en la mano. Fue como lo que escriben de Julio César cuando pasó el Rubicón y dijo aquellas palabras tan señaladas que tan extendidamente escribe Lucano: «Al proprio se podía representar a los ojos de los que allí estaban, porque allí veían a César que pasaba un río armado, y con ejército armado, y que de la otra parte no había que tratar sino de vencer, y que el pasar del río había de ser con esta determinación y esta esperanza.» Y así, con la una y con la otra, el Emperador se metió en el agua siguiendo al villano que tengo dicho, que era la guía, el cual tomó el vado más a la mano derecha el río arriba de donde los otros habían ido.

El suelo era bueno, mas la profundidad era tanta, que cubría las rodillas de los que iban a caballo por grandes caballos que llevasen, y en algunas partes nadaban los caballos, si bien era poco el trecho. De esta manera salió el Emperador y su campo la otra parte de la ribera, adonde por ser el río más extendido, tenía más de trecientos pasos en ancho. El Emperador mandó dar a la guía dos caballos y cien ducados.

Ya la puente se comenzaba a hacer de las barcas que se traían en el campo imperial y de las que había ganado al enemigo, y la infantería española estaba junto a ella para pasar luego que fuese acabada, y en su seguimiento la alemana, que este orden había dado el Emperador. Ya los húngaros y caballos ligeros, dejando los arcabuceros que habían pasado a las ancas, se adelantaron; iban escaramuzando y entreteniendo al enemigo, que caminaba con la mayor orden y priesa que podía, y sin dejar en la villa de Nuburg algún soldado, lo cual al principio se pensó que hiciera, y éste fue uno de los respetos que se tuvo para hacer que pasasen arcabuceros con los caballos ligeros. Mas el duque de Sajonia con todo su campo ganaba siempre la tierra que podía, repartida su infantería en dos escuadrones, el uno pequeño y el otro grueso, y nueve estandartes de caballos repartidos de manera que cuando los caballos ligeros y húngaros imperiales los apretaban, ellos volvían cargando tan espeso, que daban lugar a que su infantería en este tiempo pudiese caminar.

El Emperador sigue al enemigo. -Lo que dijo el Emperador viendo al crucifijo maltratado de los herejes. -La gente y orden del campo imperial. -Orden y gente del sajón.-Príncipes que acompañaban la persona del Emperador.

El Emperador, con el mayor trote que podía sufrir gente de armas, seguía el camino que los enemigos llevaban, en el cual halló un crucifijo como suelen estar en los humilladeros, con un arcabuzazo por medio de los pechos. Esta fue una vista para el Emperador de tanta compasión y piedad, que no pudo disimular la ira y lágrimas, y mirando al cielo dicen que dijo:Exurge domine, iudica causam tuam. Y en nuestra lengua: «Señor, si vos queréis, poderoso sois para vengar vuestras injurias.»

Y dichas estas palabras, que quebraron los corazones de los que las oyeron, prosiguió su camino por aquella campaña, tan ancha y rasa que por el polvo que la vanguardia del campo imperial hacía, que era muy grande, que el aire lo traía a dar en los ojos del Emperador y de los que con él venían. El Emperador se puso sobre la mano derecha del aire, con que hizo dos cosas: tener la vista libre para lo que fuese necesario, y lo otro proveer al peligro que se ha visto suceder en no ir los escuadrones con la orden que conviene, porque se ha visto por experiencia que viniendo rompida una vanguardia suele romper la batalla por no ir colocada en el lugar que debe. Así el Emperador proveyó a este inconveniente con ponerse en parte, y el rey con sus dos escuadrones, que siendo su vanguardia puesta en peligro, él estaba a punto para socorrer, cargando en los enemigos, los cuales iban tan fuertes, que era necesario hacer esta prevención.

El duque de Alba, con la gente de la vanguardia, yendo escaramuzando siempre, estaba tan cerca, que los enemigos hicieron alto, y comenzaban a tirar toda su artillería, lo cual los alemanes saben hacer muy bien, y por esto el Emperador dio más priesa a igualar con la vanguardia. La infantería imperial no parecía, ni seis piezas de artillería que con ella habían de venir, y no era maravilla, porque al presente no se pudo hacer con tanta diligencia, ni el pasarla tantos pudo ser en breve tiempo. Esto era ya tres leguas tudescas del Albis, y el Emperador se daba gran priesa con la caballería, porque con ella emprendió deshacer al enemigo, y si se esperaba a la infantería tuviera lugar de ponerse en el lugar que quería, donde se ve claramente cuánto pueden en las cosas grandes los consejos determinados.

Eran los caballos de la vanguardia imperial los que aquí diré. Cuatrocientos caballos ligeros, con el príncipe de Salmona y con don Antonio de Toledo, y cuatrocientos y cincuenta húngaros, porque trecientos habían sido enviados aquella mañana a reconocer a Torgao con cien arcabuceros de a caballo españoles, seiscientas, lanzas del duque Mauricio y docientos arcabuceros de a caballo suyos, docientos y veinte hombres de armas de los de Nápoles con el duque de Castro Villa. La batalla en que iba el Emperador y su casa, que era de dos escuadrones; el del Emperador sería de cuatrocientas lanzas, trecientos arcabuceros tudescos de caballo. El del rey era de seiscientas lanzas y trecientos arcabuceros de a caballo. Toda la caballería imperial era ésta, sin bajar un soldado. Iban estos escuadrones ordenados diferentemente de los tudescos, porque ellos hacen la frente de los escuadrones de la caballería muy angosta, y los lados muy largos.

El Emperador ordenó los suyos, que tuviesen diez y siete hileras de largo, y así venía a ser la frente dellos muy ancha, y mostraba más número de gente, y representaba una vista muy hermosa, y dicen que es ésta la disposición y orden más segura, cuando la tierra lo sufre, porque la frente de un escuadrón de caballos muy ancho no da tanto lugar que sea rodeado por los lados, lo cual se puede hacer muy fácilmente en un escuadrón que trae la orden angosta, y bastan diez y siete hileras de espeso para el golpe que un escuadrón puede dar en otro. Desto se ha visto el ejemplo manifiesto en una batalla que la gente de armas de Flandres ganó a la gente de armas de Cleves, cerca de la villa de Citar, año de 1543.

Los enemigos iban en la orden dicha, que eran seis mil infantes en dos escuadrones, y nueve estandartes de caballería en que había dos mil y seiscientos caballos, y un guión que andaba acompañado de ochenta o noventa caballos. Este era el duque de Sajonia, que discurría proveyendo por sus escuadrones lo que convenía, el cual al principio, no habiendo descubierto sino la vanguardia del Emperador, porque el polvo le quitaba la vista de la batalla, parecióle que facilísimamente podía resistir a aquella caballería; mas un mariscal de su campo llamado Wolferaiz, que había mejor reconocido, le dijo que se apartase un poco a un lado y vería lo que contra sí tenía, y así descubrió la batalla donde el Emperador y el rey iban, en la manera que tengo dicha. La persona del rey iba junta con la del Emperador, su hermano, y en este escuadrón, con Su Majestad, iba el príncipe de Piamonte. Los dos archiduques de Austria, hijos del rey, llevaban el escuadrón del rey.

Descubriendo el duque de Sajonia del todo la caballería imperial, y viendo claramente en la orden y en el caminar la determinación que se traía, se envolvió entre sus escuadrones y determinó, con la mejor orden que pudo, ganar un bosque que estaba en su camino, porque le pareció que con su infantería podía estar allí tan fuerte, que venida la noche se podía ir a Viertemberg, que era lo que deseaba; que Torgao no le había parecido cosa segura, porque, según él dijo después, había oído aquella mañana golpes de artillería que tiraban a los reconocedores que allá habían ido, y él había pensado, viéndose seguido, que la mitad del campo imperial, con el duque de Alba, la ejecutaba, y que la otra mitad llevaba el Emperador a ponerse sobre Torgao, y que no siendo fuerte el lugar, aunque está sobre el Albis, que no era cosa segura dejarse encerrar. O sea esto o otra opinión -que dicen que dejó de ir a Torgao porque no se le acordó ni en aquel tiempo tuvo hombre de su Consejo que se le diese en alguna cosa de las que le convenían-, sea como fuere, en fin, él acordó de procurar ganar el bosque para Viertemberg, y si le conviniese combatir, hacerlo con más ventaja suya. Y para conseguir uno de estos dos efectos, ganado aquel bosque, que es lleno de pantanos y caminos estrechos, mandó a su arcabucería de pie y a toda la de a caballo hacer una carga en toda la caballería ligera imperial, porque más cómodamente la infantería ganase el sitio que él quería, la cual carga hicieron harto vivamente.

Iguálanse con el enemigo. -Nombre que el Emperador dio a su gente. -Carga el duque de Alba en muy buena ocasión al enemigo. -Huyen los enemigos. -Los húngaros ejecutan la vitoria, apellidando: «España, España.» -Destrozo y rota grande del enemigo sajón.

Ya en este tiempo, como está dicho, el Emperador se había igualado con la vanguardia y había hablado al duque Mauricio muy alegremente, y a la gente de armas de Nápoles, diciéndoles las palabras que en un día como aquél un capitán debe decir a sus soldados, y dándoles el nombre que era: San Jorge, Imperio, Santiago, España; así caminaron la vuelta los enemigos al paso que convenía.

Yendo así igualados todos los escuadrones, la batalla halló a su mano derecha un arroyo y un pantano grande, donde cayeron algunos caballos, y porque no cayesen todos fue necesario que la batalla se estrechase tanto, que la vanguardia pudiese pasar sin que se mezclase el un escuadrón con el otro, y se desordenasen ambos, y por esta causa vino a ser que yendo al lado pasase la vanguardia delante al tiempo que los enemigos querían comenzar la carga, la cual hicieron con muy buen orden en los caballos ligeros.

A este tiempo, el duque de Alba, conociendo tan buena ocasión, envió a decir al Emperador que él cargaba, y así lo hizo por una parte, con la gente de armas de Nápoles, y el duque Mauricio con sus arcabuceros por la otra, y luego su gente de armas; y la batalla, que ya había tornado a ganar la mano derecha, movieron contra los enemigos con tanto ímpetu que a la hora comenzaron a dar la vuelta, y los imperiales los apretaron de tal manera que a ninguna otra cosa les dieron lugar sino a huir, y comenzaron a dejar su infantería, la cual al principio hizo un poco de resistencia para recogerse al bosque; mas ya toda la caballería imperial andaba tan dentro de la suya y de sus infantes, que en un momento fueron todos rotos.

Los húngaros y los caballos ligeros, tomando un lado, acometieron por un costado, y con una presteza maravillosa comenzaron a ejecutar la vitoria, para lo cual estos húngaros tienen grandísima industria, los cuales arremetieron diciendo España, España, por el amor y sangre que con los españoles tienen, y porque a la verdad el nombre del Imperio, por su antigua enemistad, no les es muy agradable.

Desta manera se llegó al bosque, por el cual eran tantas las armas derramadas por el suelo, que ponían grandísimo estorbo a los que ejecutaban la vitoria. Los muertos y heridos eran muchos, unos muertos de encuentros, otros de cuchilladas grandísimas, otros de arcabuzazos, de manera que aunque el morir era uno, las maneras de muertes eran muy diferentes. Eran tantos los presos, que había soldado que traía quince y veinte rodeados de sí. Había muchos hombres que parecían ser de más arte que los otros muertos en el campo; otros que aún no acababan de morir gimiendo, y con las bascas de la muerte revolviéndose en su sangre.

A otros se les ofrecía la fortuna como era la voluntad del vencedor; porque a unos mataban, y a otros prendían sin haber para ella más eleción de la voluntad del que los seguía. Estaban los muertos en muchas partes amontonados, y en otras esparcidos, y esto era como les tomaba la muerte huyendo o resistiendo. El Emperador siguió el alcance una gran legua; toda la caballería ligera y mucha parte de la tudesca, y de los hombres de armas del rey, la siguieron tres leguas.

Prisión del duque de Sajonia. -Recibe el Emperador al duque de Alba con alegría por lo que tan bien había trabajado. -Los que pretendían ser autores de la prisión del sajón. -Respeto cortés y humano que el Emperador tuvo al duque de Sajonia. -Peligro en que se vió el duque Mauricio.

Ya estaba la batalla y gente imperial en medio del bosque, cuando el Emperador, que allí estaba, paró y mandó recoger alguna gente de armas, porque toda estaba tan esparcida, que tan sin orden andaban los vencedores como los vencidos, lo cual fue asegurar la vitoria, si algún inconveniente sucediera a los que iban delante, porque es cosa cierta que un capitán lo ha de mirar todo. De manera que no ha de decir después «no lo pensé», que no es palabra digna de capitán.

Habiendo parado allí el Emperador, que aquí se mostró hoy con un ánimo verdaderamente real, vino el duque de Alba, que había pasado más adelante siguiendo el alcance, armado de unas armas doradas y blancas, con su banda colorada, en un caballo bayo, sin otra guarnición alguna más de la sangre de que venía lleno de las heridas que traía en él. El Emperador le recibió alegremente, y con mucha razón.

Estando así, vinieron a decir al Emperador cómo el duque de Sajonia era preso. En su prisión pretendían ser los principales dos hombres de armas españoles de los de Nápoles, y tres o cuatro caballos ligeros españoles, italianos y un húngaro y un capitán español. El Emperador mandó al duque de Alba que le trajese, y así, fue traído delante de él.

Venía en un caballo frisón con una gran cota de malla vestida, y encima un peto negro con unas correas que ceñían por las espaldas, todo lleno de sangre de una cuchillada que traía en el lado izquierdo del rostro. El duque de Alba venía a su mano derecha, y así le presentó a Su Majestad.

El duque de Sajonia se quiso apear, y quería se quitar un guante para tocar la mano (según costumbre de Alemaña) al Emperador; mas él no lo consintió, ni lo uno ni lo otro, porque venía tan fatigado del trabajo y de la sed, y de la herida, y él era tan pesado por ser demasiado de cargado de carnes, que por esto, más que por lo que merecía, el Emperador le tuvo aquel respeto. El se quitó el sombrero, y dijo al Emperador, según costumbre de alemanes: Poderosísimo y graciosísimo Emperador, yo soy vuestro prisionero. A esto respondió el Emperador: «Agora me llamáis Emperador; diferente nombre es éste del que me solíades llamar.»

Y esto dijo, porque cuando el duque de Sajonia y Lantzgrave traían el campo de la liga, en sus escritos llamaban al Emperador Carlos de Gante, y «el que piensa que es Emperador». Y así, los alemanes que eran del Emperador, cuando oían esto decían: «Deja hacer a Carlos de Gante, que él os mostrará si es Emperador»; y por esto respondió el Emperador como digo, y después le dijo que sus pecados le habían traído en el término y estado en que se veía.

A estas palabras el duque de Sajonia no respondió palabra, sino alzando los hombros bajó la cabeza, sospirando, con un semblante que movió a compasión, con haber sido un bárbaro tan bravo y tan soberbio. El duque tornó a decir al Emperador que le suplicaba le tratase con benignidad; y éste mandó al duque de Alba que con buena guarda le hiciese llevar al alojamiento del río, que era el que se tomó aquel día mismo cuando ganaron el vado.

La alegría de la vitoria fue general en todos, porque se entendió entonces cuán importante era, y cada día se echaba de ver más.

El duque Mauricio, aquel día, yendo ejecutando la victoria, se vió en peligro de muerte, porque uno de los enemigos llegó por detrás y asestóle el arcabuz, y si le acertara a dar le matara. El cual fue luego hecho pedazos, él y su caballo, por los que con el duque iban. Fueron muertos de la infantería de los enemigos hasta dos mil hombres, y heridos muchos, que dejándolos allí se salieron y salvaron en aquella noche, y otro día fueron presos ochocientos infantes; de los de caballo fueron muertos, según se pudo estimar, más de quinientos.

El número de los preso; fue muy mayor, porque entre los alemanes imperiales hubo muchos que, como todos eran unos, pudieron se encubrir mejor. Y los que de cierto se supieron fueron tantos, que los húngaros y caballos ligeros, y la otra gente de armas, ganaron muchos, de manera que no se recogieron en Viertemberg, de los de pie y de a caballo, cuatrocientos hombres. Ganáronse quince piezas de artillería, dos culebrinas largas, cuatro medias culebrinas, cuatro medios cañones, cinco falconetes y grandísima copia de municiones.

Y otro día se ganaron otras seis piezas, que por haber caminado con mucha diligencia más que las otras, se habían entrado en un lugar pequeño. Ganóse todo el carruaje o bagaje, en lo cual la gente de a caballo imperial hubo grandísima cosa de ropa y dinero. Ganáronse diez y siete banderas de infantería y nueve estandartes de caballos, y el guión del duque de Sajonia fue preso como su dueño.

Prendieron al duque Ernesto de Branzuic, el cual en la guerra pasada era el que traía todas las escaramuzas que los enemigos hacían, y otros muchos principales, y el hijo mayor del duque de Sajonia fue herido en la mano derecha y en la cabeza, y derribado del caballo. Dijo él que había muerto con un pistolete que traía al que le había herido, y los suyos le volvieron a poner a caballo, y así se salvó y entró en Viertemberg. De la parte del Emperador morirían hasta cincuenta de a caballo con los que después murieron de las heridas que allí recibieron.

Esta batalla ganó el Emperador a 24 de abril deste año 1547, un día después de San Jorge, y víspera de San Marcos, habiendo doce días que partió de Eguer. Comenzóse sobre el río Albis a las once horas del día; acabóse a las siete de la tarde, habiendo combatido sobre el vado y ganádole al enemigo, y seguídole tres leguas como está dicho, combatiéndole siempre hasta el lugar donde con sola la caballería le prendió, rompiendo su infantería y caballería con tanto animo y buena industria cuanto se pudo desear.

[El Emperador arma caballeros a muchos que se señalaron en la batalla.]

Esta victoria tan grande, el Emperador, como católico, la atribuyó a sólo Dios, como cosa dada de su mano, y así dijo aquellas tres palabras de César, trocando la tercera como un príncipe cristianísimo debe hacer, haciendo a Dios autor de todos sus bienes: Vine, vi, y Dios venció. Pareció bien a todos la moderación que el Emperador usó con el duque de Sajonia, porque otro vencedor pudiera ser que contra quien le había ofendido como éste, no templara su ira, ni tuviera el respeto y blandura que con él tuvo; lo cual es más dificultoso de vencer, algunas veces, que vencer al enemigo. Siendo ya tarde, mandó el Emperador recoger la gente y volvióse a su alojamiento, donde llegó a la una de la noche.

Otro día se recogió la artillería y municiones que se habían ganado, y grandísimo número de armas, y de nuevo muchos húngaros y caballos ligeros. Trajeron otros muchos prisioneros, porque tres leguas más adelante de donde llegó el alcance, siguieron la victoria, matando y prendiendo.

Dio el duque de Alba en guarda al duque de Sajonia al maestre de campo Alonso Vivas, que fue un gran soldado y tuvo el oficio de los soldados españoles de Nápoles, y juntamente el duque Ernesto de Branzuic, que, como es dicho, fue preso en la batalla por un tudesco, vasallo del rey de romanos y criado del duque Mauricio.

En este lugar estuvo el Emperador dos días. Quiso el Emperador honrar a los que en esta batalla se habían señalado, y armarlos caballeros; pero viendo que con gran desorden y confusión de los muchos que acudían no podía cumplidamente acabar las ceremonias, contentóse de haber hecho un razonable número de caballeros, y para los demás dijo con voz alta en lengua española: «Seáis todos caballeros.»

[Marcha el Emperador a Viertemberg.]

En este tiempo Torgao se rindió, y el Emperador con todo el ejército determinó ir sobre Viertemberg, cabeza del Estado del duque Juan, y principal villa de las de la elección, y así, como tierra importantísima la tenía el duque fortificada, habiendo comenzado su fortificación veinte y cinco años antes, fortificándola siempre con grandísima diligencia y con grandísimo número de artillería. El camino fue por Torgao, donde estaba un castillo que es de las más hermosas cosas de Alemaña, donde el duque solía irse a recrear.

Notóse una manera de milagro en el vado que el Emperador pasó.

Caminando el campo imperial contra Viertemberg, se supo de los prisioneros cómo el duque esperaba a Tumez y Erve con la gente que había llevado a Bohemia, y veinte banderas que los de aquel reino le enviaban, y mucha gente de a caballo con ellas; mas la presteza del Emperador, que la tuvo siempre en estos negocios de la guerra muy más natural que todos los enemigos que tuvo, atajaron semejantes ligas y socorros.

Pasó el Emperador el río Albis media legua más abajo de Viertemberg por una puente hecha de sus barcas y de las ganadas de los enemigos. Notóse aquí, por cosa digna de memoria, que por la parte que el Emperador pasó el vado del río Albis, si bien hondo, otro día después de la batalla no se podía pasar sino a nado, y con grandísimo trabajo, que quiso Dios abrir aquel camino y dar paso a este príncipe, porque sabía el celo con que le servía. Otras dos cosas pasaron que por haber mirado en ellas las escribió el soldado, y son: que pasando la infantería española, anduvo una águila muy baja mansamente dando vuelos sobre ella muy gran rato, y andando así salió un lobo muy grande de un bosque, que mataron los soldados a cuchilladas en medio de un campo raso. Son acaecimientos que permite Dios Nuestro Señor en señal de su favor y voluntad divina.

Hizo aquel día muy gran calor, y estaba el sol de color de sangre, y notaron los que lo vieron que no estaba tan bajo como había de estar, según la hora que era. Fue tan advertido esto, y quedó tan recebido de todos, que ninguno puso duda en ello. Y asimismo fue notado aquel día en Noremberga, y en Francia, según el rey lo contó, y en el Piamonte, que le vieron de la misma color, con ser tierras bien distantes. Fueron todas cosas tan notadas y tratadas, que por eso hicieron memoria de ellas en las relaciones y cartas que se escribieron a Roma, Italia y España.

[Clemencia del Emperador.]

Habiendo pasado el Emperador el río Albis, se alojó entre unos bosques a vista de la villa de Viertemberg, cuyo sitio y fortificación es desta manera. La villa es harto grande en su fación y hechura, es cuadrada, muy prolongada por la parte donde ella es más extendida. Tiene el río Albis a cuatrocientos pasos lejos della. Está sentada en un llano muy raso y muy igual, el cual se descubre della sin que haya donde se pueda encubrir alguna gente. Tiene en toda la redonda un foso de agua muy ancho y muy hondo, y un reparo de sesenta pies de grueso, de tierra tan firme, que todo él está lleno de hierba crecida en él desde lo alto hasta el foso, el cual tiene al pie del reparo todo a la redonda un revellín de ladrillo y cal que se hizo para arcabucería, y tan encubierto de foso, que es imposible batirse. Tiene cinco baluartes grandes, y el castillo que sirve de caballero descubriendo la campaña.

Por esta parte del castillo viene el cuadro de la tierra a tener la frente más angosta, y por aquí estaba determinado que se batiese, y por esto el Emperador mandó que se trajesen los gastadores que el duque Mauricio había ofrecido, que eran quince mil, y que viniese artillería de Tresén, de la cual había tanto número en aquella villa, que bastaba, quedando ella proveída, a dar la que por batir a Viertemberg era necesaria. Los gastadores fueron tan mal proveídos, que de quince mil que se ofrecieron, vinieron trecientos, y éstos traídos con dificultad. Mas en este tiempo el Emperador había comenzado a oír los ruegos del marqués de Brandemburg elector, que había venido allí, el cual intercedía por el duque de Sajonia con los mejores medios que él podía. Y Su Majestad había considerado algunas cosas, entre las cuales tuvo mucho respeto al duque de Cleves, yerno del rey de romanos y cuñado del duque Juan de Sajonia, que con grandísima instancia había procurado lo que tocaba a salvar la vida al duque su cuñado, con aquella parte de su Estado que fuese posible, por donde comenzó a inclinarse más a la misericordia que se debía tener de un príncipe tan grande, puesto en tan miserable fortuna, que no a poner en efecto la primera determinación, que era cortarle la cabeza, en que como a reo del crimen de la majestad lesa o ofendida, le había condenado. Y así, apretando el duque Joachim de Brandemburg, y más la natural clemencia del Emperador, se comenzó a tratar lo que convenía, porque el duque de Sajonia fuese castigado, y junto con esto no se dejase de ejecutar la clemencia del Emperador, tan digna de un príncipe cual él era, con la cual se gana más, como dicen de Julio César, que con las armas.

Hubo diversas opiniones en lo que tocaba a la vida del duque, porque unos tenían consideración a sólo el castigo, otros consideraban la manera del castigarle con otras calidades que fuesen tan importantes que tuviesen la victoria del Emperador viva para siempre, y consideraban cuánto importaba que no fuesen reducidos a última desesperación los que tenían su confianza en la clemencia del Emperador, de la cual esperaban tomar ejemplo en lo que con el duque de Sajonia se hacía. Y así, tratando lo uno y lo otro, el Emperador se resolvió, conforme a su natural condición, en dar la vida al duque con las condiciones que fueron bastantes para que fuesen recompensa de la muerte de que según justicia era digno. Finalmente ello se concordó de esta manera, y con tales condiciones.

[Condiciones con que el Emperador hizo gracia de la vida al duque de Sajonia.]

«Que renuncie por sí y por sus herederos la dignidad de ser uno de los siete electores, y quede a voluntad del Emperador el darla a quien quisiere.

«Que entregue al Emperador las villas de Gotta y Viertemberg sacando la hacienda que tiene en ellas, con que deje la tercia parte de los bastimentos, con la artillería que hay en ellas.

«Que restituya y suelte de la prisión a Alberto de Brandemburg con todos sus bienes libremente.

«Que vuelva y restituya todas las cosas que tienen tomadas al gran maestre de Prusia Mansfeldo Volfango.

«Que renuncie los derechos de Magdeburg, Halberstan y Hallen, y se somete y sujeta al juicio imperial, y que pague los gastos hechos en su defensa.

«Que suelte libremente a Henrico de Branzuic con su hijo, y que de aquí adelante no los inquiete ni perturbe.

«Que renuncie las confederaciones que hizo contra el Emperador y rey de romanos, y no pueda hacer otras en las cuales no entren el Emperador y rey su hermano.

«Que los bienes del duque de Sajonia se adjudiquen al Emperador, y parte dellos sean por el rey de romanos, parte para el duque Mauricio, por los cuales ha de dar Mauricio en cada un año cincuenta mil florines de oro.

«Que quede con el duque de Sajonia la ciudad de Gotta derribándole la fortaleza.

«Que para que el duque de Sajonia pague lo que debe, le dé el duque Mauricio cien mil florines renenses. Y hecha esta paga, queden fenecidos y rematados cualesquier debates y cuentas que entre ellos haya habido.

«Que los sajones vasallos del duque que en las guerras pasadas han servido al Emperador, no se les haga molestia ni daño alguno.

«Que obedecerá los decretos del Emperador y del Imperio como vasallo dél.

«Que los bienes que se dejan al duque de Sajonia los hayan sus hijos y herederos y el duque sea siempre de la parte y servicio del Emperador y de su hijo Filipo.

«Que a Ernesto de Branzuic le ponga el Emperador graciosamente en libertad.»

Excluyeron de esta concordia a Alberto Mansfeldio con todos sus hijos, y al conde Bechlingo y otros, si dentro de un mes no deshiciesen la gente y banderas.

Echóse la fortaleza de Gotta por el suelo; halláronse en ella cien piezas de artillería sin la menuda, y cien mil balas, y las otras municiones conforme a esto. Entregó luego las banderas y estandartes y artillería que había ganado al marques Alberto, y el marqués estaba en Gotta, al cual mandó el Emperador que viniese luego a su corte.

En lo que tocaba a la religión, al principio estuvo muy duro, y después respondió tan blando que por entonces pareció a Su Majestad que no era menester tratar más de ello. Su hermano perdió una villa que el Emperador dio al marqués Alberto.

Entregó luego al duque todos los castillos que tenía usurpados a los condes de Manflet, y lo de la iglesia de Ulma y monasterios de Sajonia, con lo usurpado a particulares, que quedo a disposición del Emperador. El cual, viendo que lo principal que él pretendía, que era lo que tocaba a la religión, comenzaba a ponerse bien, tuvo por buenas todas estas condiciones, y no quiso que una sangre tan noble y tan antigua, y que tantos servicios había hecho a la suya en los tiempos pasados, se deshiciese y acabase del todo, y quiso más en esto seguir la equidad y mansedumbre, que no la ira y justo rigor de justicia que el duque merecía.

Y compuestas las cosas de esta manera, quedó el duque Joan de Sajonia con vida, y castigado de tal manera, que de uno de los más poderosos príncipes de Alemaña vino a ser de los particulares caballeros de ella. Humilla Dios de esta manera la soberbia de los hombres.

Fue muy notable la entereza y valor del duque, que no se le oyó una palabra, ni se le vió semblante ni movimiento de flaqueza, conforme a la fortuna presente, con derribar la adversa castillos roqueros.

[Visita al Emperador la esposa del duque de Sajonia.]

Rendida Viertemberg, salieron della tres mil hombres de guerra. Estaban dentro della la mujer del duque y su hermana, y los hijos menores. Dentro, en Gotta, estaba el mayor, que había escapado herido de la batalla.

Alzó el duque a los de Viertemberg el juramento, y luego abrieron las puertas y salieron a suplicar al Emperador que no entrase en ella soldado extranjero. El Emperador lo prometió y cumplió. Mandó el Emperador que entrasen cuatro banderas de alemanes, y al cabo de dos días Sibila de Cleves, mujer del duque de Sajonia, con su hermano Joan Ernesto y otros parientes, salió a visitar al Emperador y hacerle reverencia, y vino a la tienda donde él estaba, y con ella el hermano del duque de Sajonia y su mujer, hermana del duque de Branzuic, y un hijo del duque de Sajonia, porque el otro quedaba malo en Viertemberg, y el otro estaba en Torgao.

Venían acompañándola los hijos del rey de romanos y el marqués de Brandemburg, elector, y otros señores alemanes. Ella llegó al Emperador con toda la humildad que pudo, y no era menester mostrarla, porque una mujer que tenía a su marido en tantos trabajos, y se veía desposeída y tan humillada de la mala ventura, es claro que llevaría el semblante cual le pedía el presente estado; y así, se hincó de rodillas delante del Emperador, mas él la levantó recibiéndola con tanta cortesía, que ninguna cosa le quitó de lo que hiciera cuando ella estaba en su primera fortuna. Fue cosa que a todos movió a piedad. Habló con lágrimas y dolor, y a todo la respondió el Emperador clementísimamente, y así, se volvió a visitar, al duque su marido, que estaba en el cuartel del duque de Alba entre la infantería española, y habiendo estado con él se volvió al castillo de Viertemberg.

Visita el Emperador a la duquesa de Sajonia.

Otro día fue el César a visitar a la duquesa, y entró en el castillo. Lo cual pareció a todos muy semejante a lo que Alejandro hizo con la madre y mujer del rey Darío.

Escribió el Emperador a las ciudades y príncipes del Imperio dándoles cuenta de la guerra, y convocándolos para la Dieta que quería tener en Ulma a 13 de junio.

Embajadores de grandes príncipes. -Sacan al marqués Alberto de la prisión.

Estando el Emperador en Viertemberg le vinieron embajadores de Tartaria y de Moscovia, cerca del río Borístenes, que ahora se llama Neporties, y algunos capitanes, a ofrecerse al servicio del Emperador con cuatro mil caballos. El respondió agradeciéndoselo mucho; mas ya la guerra estaba en términos que no eran menester.

También vino un embajador del rey de Túnez con ciertos recados que su rey le enviaba, y ofreció otros tantos alárabes. De manera que de la Scitia, podemos decir, y de la Libia, venían las gentes, traídas de la grandeza del Emperador, a servirle. Ya el Emperador había enviado un caballero de su casa llamado Lázaro Esvinde, para que tuviese a Gotta con dos banderas y diese libertad al marqués Alberto, y estuviese en ella hasta que fuese derribada por el suelo; y las otras plazas fuertes se rendían por sus términos, y todo se ordenaba de la manera que convenía, sin que en Sajonia quedase nada por hacer, sino lo del reino de Bohemia, que era vecina, y estaba muy de mala manera contra el rey; mas como los de aquel reino supieron de la prisión del duque de Sajonia, dejaron las armas y enviaron al Emperador con las más blandas palabras y mayores ofrecimientos que ellos pudieron. El Emperador los oyó, y los detuvo hasta despacharlos a su tiempo.

El duque Enrique de Branzuic fue desbaratado. -Fuerzas que esperaba tener el sajón. -El lantzgrave trata de la gracia del Emperador. -Escribe lantzgrave a Mauricio y envía los capítulos y condiciones con que se rinde. -Admite el Emperador este trato. -El Emperador, aunque se trataba de paz, prosigue el camino contra Lantzgrave.

Había enviado el Emperador al duque Enrique de Branzuic, el Mancebo, con dos mil caballos y cuatro mil infantes contra los duques de Luneburque, luteranos y de la liga pasada, el cual fue desbaratado de un conde de Mansfelt, rebelde y luterano, y de Tumezbierne, capitán del duque de Sajonia, el cual, con la gente que tenía en Bohemia, por unos grandísimos rodeos se juntó con el conde de Mansfelt, y juntos estos dos tenían cuatro mil caballos y cerca de quince mil infantes. El duque Enrique de Branzuic se quejó después al Emperador de otro capitán que también con comisión de Su Majestad hacía guerra a aquellas ciudades, que no se había juntado con él a tiempo. Hubo pleito entre ellos, y el Emperador mandó prender a los capitanes. Son cuentos que importan poco a esta historia; los que escribieren las de Alemaña los dirán; sólo diré que se iban haciendo las fuerzas del duque de Sajonia tantas, que, como él decía, si el Emperador se detuviera dos días, él le saliera a recibir con más de treinta mil hombres y siete mil caballos, que era un poder harto grande, porque el Emperador no llevaba más que cuatro o cinco mil caballos, y diez y seis mil infantes, si el que las llevaba no valiera tanto que se supliera bien el número de la gente que faltaba para igualar con la del enemigo

Y vióse claro que tenía estas fuerzas, pues sin las que él tenía cuando fue preso, y con las banderas que deshicieron antes de la batalla, quedaban cumplidos cuatro mil caballos y doce o quince mil infantes, sin los que esperaba de Bohemia, y así, tenía determinado que ya que no se ofreciese de combatir con las ventajas que él quería, de repartir toda su gente, metiéndose él en Madeburque, y un hijo suyo en Gotta, y otro en Viertemberg, y un capitán en Heldrun, y otro en Sonebalt, y desta manera rodear al Emperador, y hacelle la guerra quitándole las vituallas. Mas todas estas dificultades se vencieron, y así la victoria del Emperador fue tan importante y tan poderosa, que deshizo todos estos pensamientos, y volvió en aire sus trazas, y con esto, luego que desbarataron al duque de Branzuic, se comenzaron a deshacer; y no sólo éstos, mas el lanztgrave, que en estos días no dejaba de intentar todas las cosas que él pensaba que le podían valer, las dejó caer y perdió el hilo y esperanzas de sus tramas y socorros forasteros, para los cuales tenía dados algunos dineros por aquellos que tenían tanta gana como él que las cosas del Emperador no fuesen por el camino que iban, y en esto se verá cuánto importaba en Alemaña la persona del duque Joan de Sajonia y su poder, porque después que él fue deshecho y preso, no tuvo fuerza alguna el que pensaba que gobernaba todas las cosas de Alemaña.

Mas esta victoria fue tan importante, que luego el lantzgrave comenzó por intercesores, principalmente por medio del duque Mauricio, a quien el Emperador había hecho elector, a tratar su perdón. Propuso al principio condiciones harto grandes, mas no tan bastantes que no quedasen algunas, de manera que se podía decir que negociaba bien. Entendía en ello, junto con el duque Mauricio, el elector de Brandemburg, a los cuales el Emperador tuvo grandísimo respeto, y por su contemplación oyó lo que le proponían de parte de Lantzgrave; mas por tanto no dejó de hacer lo que convenía, y así, le respondió lo que él quería que hiciese, y el lantzgrave replicó añadiendo algo, mas dejaba siempre unas cosas que le convenían, a lo cual el Emperador respondió resueltamente que él no quería tratar con el lantzgrave; que hiciese lo que le pareciese.

Esta respuesta se dio a Lantzgrave, el cual estaba ocho leguas del campo, en una villa de Mauricio que se llama Lipsia, y luego se partió con grandísima desesperación, y tanta, que ninguna esperanza le quedó de remedio, sino el que más tenía, y el que decía que por ninguna cosa de este mundo haría, que era ponerse a los pies del Emperador y valerse de su clemencia y mansedumbre tan natural, entregándose a su voluntad, y con esta determinación escribió al duque Mauricio que procurase su venida y la concertase, y de su mano escribió las capitulaciones con que se entregaba, que eran las mismas que el Emperador quería, y así se concertó.

La conclusión de todo esto tomó al Emperador en Hala, de Sajonia, camino de las tierras de Lantzgrave, para donde Emperador con su campo caminaba.

Y el mismo día que entró en Hala llegó el marqués Alberto de Brandemburg, a quien su Majestad, como está dicho, había dado libertad, y hecho volver los estandartes, banderas y artillería que había perdido, porque no le faltase alguna cosa de las que con la libertad se le podían volver. Holgó el Emperador tanto con él, que una de las más agradables cosas que en estas dos cosas le han sucedido, fue la recuperación de este príncipe, el cual llegando al Emperador le dijo: «Señor, yo doy muchas gracias a Dios y a vos.» Y no dijo más, y en estas pocas palabras dijo harto.

Dos días antes que el Emperador partiese de Viertemberg, partió el rey de romanos para Praga con dos o tres mil caballos suyos y de Mauricio y casi seis mil infantes tudescos, con los que después el Emperador le envió, que eran del regimiento del marqués de Mariñano, y el Emperador partió de Viertemberg para ir contra Lantzgrave, por ser la raíz de donde nacían los males de Alemaña, y era tan necesario arrancalla, que dejándolo de hacer por ir personalmente a Bohemia, como quisiera el rey su hermano, que aunque aquel reino se sujetase, que estaba bien alterado, no por eso Lantzgrave quedaba en término que no fuese menester comenzar la guerra con él, y sujetarle, y lo de Bohemia era más fácil, porque aquel reino y todos los rebeldes de Alemaña tenían puestos los ojos en sí.

En Lantzgrave se sustentaban, como en cabeza de quien dependían después del duque de Sajonia. Y por esto quiso el Emperador que el rey partiese luego, porque la reciente victoria y reputación della acrecentaba las fuerzas del rey, para que aquel reino, que ya temía tanto las del Emperador, pudiese con más facilidad ser traído, o por mal o por amor a su obediencia.

Un día antes que el rey partiese, los capitanes húngaros vinieron a besar la mano al Emperador y a suplicarle se acordase de socorrer a Hungría. Hicieron una plática acomodada al tiempo y a su fortuna, y el Emperador les respondió consolándolos; y escribió a los Estados de aquel reino dándoles las mismas esperanzas dignas de su persona, y mandó dar a cada uno de los capitanes una cadena de oro de trecientos escudos, y dar una paga a toda la otra gente suya, lo cual ellos estimaron mucho.

También dio allí Su Majestad al duque Mauricio la envestidura de la elección con las villas, con que ella suelen andar. Y porque entre las cosas grandes se viese que también tenía memoria de las pequeñas, mandó dar a los soldados que entraron a nado y ganaron las barcas, un vestido de terciopelo carmesí de su librea y treinta escudos a cada uno, y las ventajas en sus banderas.

Con qué condiciones se rindió Lantzgrave. -Palabras de Lantzgrave.

Llegado el Emperador en Hala, de Sajonia, que es una villa muy grande del obispado de Madelburg, aunque el duque de Sajonia la había hecho suya, el Emperador se aposentó en las casas que habían sido del obispo, y allí quiso esperar la venida de Lantzgrave para que se pusiese en efecto lo que por intercesión de los electores él había concedido. Las condiciones de la concordia fueron:

«Que Filippo, lantzgrave de Hessia, con todo su Estado se pone en manos del Emperador sin condición alguna, sino llanamente. Que parezca ante el Emperador y pida perdón y su gracia con toda humildad. Que de aquí adelante esté muy sujeto al Emperador. Que lo que el Emperador ordenare y mandare en bien y buen gobierno de Alemaña, y los mandamientos y provisiones que sobre ello despachare, guarde y cumpla puntualmente sin réplica ni malicia. Que estará a lo que la Cámara del Imperio mandare, y pagará el dinero que le mandaren. Que dará favor y ayuda contra el Turco como la dan los demás príncipes del Imperio. Que se apartará de cualquiera confederación y liga, principalmente de Scamáldica, y entregará al Emperador todas las cartas y papeles que en ellas hubiere hecho, y que no hará más concordias ni ligas, en las cuales no entren el Emperador y rey de romanos.

«Que echará de su tierra todos los enemigos del Emperador, y no consentirá algunos en ellas. Que si el Emperador mandare castigar alguno, que él no lo defenderá ni amparará. Que dará camino y paso seguro por su tierra al Emperador y rey de romanos. Que restituirá todos los bienes que hubiere tomado a sus vasallos, por haber servido al Emperador en estas guerras. Que mandará a todos sus vasallos los que están en armas contra el Emperador y rey de romanos, que las dejen, y si no, que procederá contra ellos como contra enemigos, y les tomará los bienes para el fisco imperial. Que dentro de cuatro meses dé al Emperador por los gastos que ha hecho en estas guerras ciento y cincuenta mil florines renenses de oro. Que echará por el suelo todas las fortalezas y municiones que hubiere hecho en su tierra, exceto Zegenhemo y Cassello. Y se ponga presidio en éstas, a nombre del Emperador, y no haga otra fuerza sin voluntad del Emperador. Que entregue toda la artillería y municiones, de las cuales el Emperador ponga en las fuerzas las que quisiere para su guarda y defensa. Que ponga en libertad a Enrico Bransvuico con su hijo Carlos, y les vuelva su tierra, y alce el juramento que sus vasallos le hicieron, y satisfaga los daños que le hizo. Que restituya a Wolfango, gran maestre de Prusia, y a los demás amigos del Emperador, todo lo que les hubiere tomado. Que suelte graciosamente todos los que tuviere presos por razón desta guerra. Que se allane a la justicia y determinación della con todos los que tuvieren que pedirle por agravios que haya hecho. Que sus hijos juren estos capítulos y lo mesmo hagan todos sus vasallos, nobles y plebeyos, y el que no quisiere hacer, se entregue al Emperador. Que asimismo juren estas condiciones el marqués de Brandemburg, príncipe elector, el duque Mauricio, el conde Palatino del Rin, el gran maestre de Prusia. Que en las dudas que cerca de esta concordia se ofrecieren, dé el Emperador su declaración, y se esté a ella. Que se sujetará a guardar lo que en el Concilio de Trento determinaren los padres, como lo han de hacer los demás príncipes protestantes de Alemaña.»

Alzó el Emperador el bando imperial que contra él estaba dado, y que no le tendría preso perpetuamente.

Antes que el lantzgrave viniese a presentarse, sucedió aquí en Hala un caso peligrosísimo, y fue una cuestión entre españoles y tudescos. La cual se encendió tanto y llegó tan adelante, que fue necesario que el Emperador saliese, y se puso en medio de los unos y de los otros. Sólo éste era el remedio que la cólera destas dos gentes pedía, porque ella estaba en tal punto, que sola la persona imperial bastara a templar tal desconcierto, aunque no dejaba de tener Su Majestad algún peligro poniéndose entre dos partes, que ya de furiosas comenzaban a estar ciegas y sin juicio; que la ira demasiada, una breve locura es.

Llegado el día en que Lantzgrave había de estar en Hala, de Sajonia, vino con cien caballos, y fuese a la posada del duque Mauricio, su yerno, ya elector, y otro día, que fue a 19 de junio, a las cinco de la tarde, firmó la escritura de la concordia, y luego, a la hora que el Emperador señaló, vino a palacio, acompañándole y llevando en medio el duque Mauricio y el duque de Brandemburg, y tras ellos iban Enrico Brunswico con su hijo Carlos, Filippo y Enrico, y otros muchos caballeros.

El Emperador estaba en una sala, y allí presentes el príncipe Maximiliano, archiduque de Austria, Emanuel Filiberto, príncipe de Piamonte; el duque de Alba, general del campo; el gran maestre de Prusia, el arzobispo de Artoes, el de Nurumberg y otros perlados y caballeros alemanes. Los legados del Papa, los del rey de Bohemia y Hungría, los del rey de Dinamarca, el duque de Cleves y de algunas ciudades marítimas y orientales de Sajonia, y otros muchos nobles varones. Hiciéronse las ceremonias acostumbradas en semejantes actos.

Llegado Lantzgrave delante del Emperador, quitado el bonete o gorra, se hincó de rodillas, y su chanciller también, el cual, en nombre de su señor, dijo estas palabras:

«Serenísimo, muy alto y muy poderoso, muy victorioso y invencible príncipe, Emperador y gracioso señor: Habiendo Filipe, lantzgrave de Hessia, ofendido en esta guerra gravísimamente a Vuestra Majestad y dádole causa de toda justa indignación, e inducido a otras personas a que cayesen en la mesma falta, por lo cual Vuestra Majestad podía usar de todo rigor en el castigo que él merece, él confiesa humilísimamente que con razón le pesa de todo su corazón, y siguiendo los ofrecimientos que él ha hecho para venir delante Vuestra Majestad, él se rinde a Vuestra Majestad de todo punto, y francamente a su voluntad, suplicando humilmente que por el amor de Dios y por su misericordia, Vuestra Majestad sea contento, usando de su bondad y clemencia, perdonar y olvidar la dicha ofensa, y levantar el bando del Imperio, que tan justamente Vuestra Majestad ha declarado contra él, permitiendo que pueda poseer sus tierras y gobernar sus vasallos, los cuales suplican a Vuestra Majestad sea servido de perdonar y recibirlos en su gracia, y él se ofrece para siempre jamás reconocerle a Vuestra Majestad y acatalle por su solo derechamente ordenado de Dios soberano señor y Emperador, y obedecerle y hacer en servicio de Vuestra Majestad y del Santo Imperio todo aquello que un príncipe y vasallo es obligado a hacer, y para siempre perseverar en esto, y que no hará ni tratará jamás cosa contra Vuestra Majestad, mas será toda su vida muy humilde y muy obediente servidor, y reconocerá su gran clemencia del perdón que de Vuestra Majestad ha alcanzado. Para lo cual desea y deseará toda su vida poder para servirlo pon aquel agradecimiento que es obligado; de manera, que Vuestra Majestad conozca por efecto que el lantzgrave y los suyos guardarán y obedecerán lo que son obligados por los artículos que Vuestra Majestad fue servido de otorgalles.»

[Contestación del Emperador.]

Estas fueron las palabras que el lantzgrave dijo al pie de la letra. El Emperador mandó a uno de su Consejo alemán, que estaba allí, para responder en su nombre, que dijese lo siguiente:

«Su Majestad, clementísimo señor, ha entendido lo que lantzgrave de Hessia ha dicho: que si bien el lantzgrave confiesa que le ha ofendido tan gravemente y de suerte que merece todo castigo, aunque fuese el mayor que se puede dar, lo cual a todo el mundo es notorio; mas no obstante esto, teniendo Su Majestad respeto a que se viene a echar a sus pies, y por su acostumbrada clemencia y también por intercesión de los príncipes que por él han rogado, es contento de levantarle el bando que justamente había declarado contra él, y de no le castigar cortándole la cabeza como él merecía por la rebelión cometida contra Su Majestad, ni le quiere castigar con prisión perpetua, ni menos con confiscación de sus bienes ni privación de ellos más adelante de lo que m contiene en los artículos que claramente Su Majestad le concede, y que recibe en su gracia y merced a sus súbditos y criados de su casa, entendiéndose que cumpla lo contenido en sus capítulos, y que no vaya directa ni indirectamente en cosa alguna contra ellos. Y Su Majestad quiere creer y esperar que el lantzgrave, con sus súbditos, se servirá de aquí adelante de la gran clemencia que con ellos ha usado.»

Tales fueron las palabras al pie de la letra que se respondieron a Lantzgrave, y él estuvo todo este tiempo de rodillas, y se levantó sin esperar que el Emperador ni otro lo mandase. Su Majestad no le tocó la mano, ni le hizo alguna señal de cortesía.

Era cosa harto notable verle hincado de rodillas y preso el que había el año pasado brindado a seis mil balas que había tirado contra el Emperador, y el duque Enrico de Branzuic, a quien había tenido preso, allí presente, con libertad y en pie, representación verdadera de la poca firmeza y gran inconstancia de la vida humana.

Acabado esto, el duque de Alba se llegó a él, y le dijo que se viniese a cenar con él a su posada, y rogó a los electores que le acompañasen, y así sacó a Lantzgrave de palacio, y lo llevó al castillo donde el duque de Alba posaba.

Acabada la cena, estuvieron un poco hablando, y siendo ya hora, dijo el duque de Alba a Lantzgrave que había de quedar allí aquella noche con guarda. Turbóse mucho Lantzgrave oyendo esto, y suspenso y sin ánimo, dijo a los príncipes electores que le cumpliesen la fe y palabra que le habían dado, pues fiado de ellos se había puesto en aquel estado. Así se lo prometieron, y animaron con muy buenas razones.

Encomendó el duque de Alba la guarda de Lantzgrave a don Joan de Guevara, capitán del Emperador del tercio de Lombardía. Al principio tomó Lantzgrave su prisión impacientísimamente, porque pensó que no siendo la prisión perpetua, la temporal había de ser tan liviana y disimulada, que pudiera él irse a caza a los bosques de Hessen, mas quiso Dios que se cegase el que pensaba que sabía de negocios más que todos los de Alemaña, que pudiera bien ver, que ya que la prisión no había de ser perpetua, poniéndose a voluntad indifinidamente del Emperador, podía ser tan larga y de la manera que él quisiera; diré después lo que en esto hubo. De esta manera puso Dios debajo de los pies del Emperador dos cabezas tan soberbias de los luteranos, y los humilló, pensando el de Sajonia que sabía más de guerra que otro, venciéndolo en la mesma guerra. Y el lantzgrave, que se tenía por muy entendido, habló por su boca y escribió con su mano su condenación. Son juicios de Dios de profundidad infinita.

Legado del Papa llega y da al Emperador la congratulación de parte del Pontífice, y renombre de Máximo y Fortísimo.

Estando el Emperador en Hala, llegó un legado del Papa. La embajada que trajo fue una gran congratulación de las victorias que Su Majestad había alcanzado, y en el breve que le escribió Su Santidad le puso el nombre de Máximo Fortísimo, renombres tanto bien merecidos, cuanto bien ganados.

Acabadas estas cosas, el Emperador partió de Hala habiendo proveído cómo se derribase Gotta, y se trajese la artillería della a Francafort, y también proveyó cómo se derribasen todas las fuerzas de Lantzgrave, exceto una que la dejó; y la artillería y municiones se llevasen de la una parte y de la otra a Francafort, donde mandó juntar toda la artillería y municiones ganadas en estas dos guerras, salvo las cien piezas de Viertemberg, de las cuales mandó llevar cincuenta a Milán y cincuenta a Nápoles. Las docientas que se tomaron a Lantzgrave y las ciento de Gotta, y ciento que dieron las ciudades que el Emperador rindió, cuando deshizo el campo de la liga, se juntaron allí para llevar a Flandres. Destas cuatrocientas, se trajeron a España ciento, con otras ciento y cuarenta que el Emperador tenía para lo mesmo; gran parte destas se pusieron en la Goleta, de donde nos las llevó el Turco.

Camina el Emperador costeando a Bohemia, por ponerles freno.

Partió el Emperador para Nuremberga llevando el camino de Namberga, no se queriendo apartar de Bohemia, sino irla costeando, por dar calor a las cosas del rey, su hermano, que lo habían bien menester, según estaban peligrosas en aquel reino, y inficionadas con la herejía luterana. Pasó el Emperador por Turingia, tierra muy fértil, si bien llena de pasos dificultosísimos que tenían harto fortificados, de manera que a no ir el Emperador con la victoria, fuera imposible pasarlos. En este camino salió el hijo mayor del duque de Sajonia, que estaba en Gotta, y juró y firmó lo que su padre había capitulado; el Emperador le oyó y recibió muy bien, y después de haber tratado de los negocios, le llamó y le preguntó cómo tenía las heridas de la cabeza y de la mano.

Deste favor quedó este príncipe muy contento y pagado, tanto vale la afabilidad y llaneza de los reyes y mayores, que a ellos cuestan tan poco. Llegó a Nuremberga; aquí esperó dónde se resolvería él de tener la Dieta, porque en Ulma, donde se había echado, había falta de salud. Aquí llegaron los embajadores o burgomaestres de Lubeck, ciudad poderosísima, mostrando cómo ella nunca había deservido a Su Majestad, y ofreciéndose a perseverar en su servicio. Brema, tomando al rey de Dinamarca por intercesor, trató de su perdón; los duques de Ponurania y Junemburg trataron lo mesmo, valiéndose de todos los que podían, y otros príncipes y ciudades hicieron lo mesmo. Desta manera acabó el Emperador la guerra tan nombrada de Alemaña y domó la gran soberbia de tantos y tan poderosos príncipes y ciudades en tan breve tiempo. Loaron los gentiles a Julio César, porque en diez años sujetó a Francia y engrandeció Roma, que pasase el Rhin y estuviese diez y ocho días en Alemaña. Carlomagno tardó treinta años en sujetar a Sajonia, y Carlos V en menos de un año allanó a toda Alemaña y puso a sus pies todos los príncipes de ella. Era con él, sin duda, la mano del Señor, que todo lo puede.

Reina en Francia Enrico, tan valeroso como su padre.

Había entrado a reinar en Francia Enrico, hijo del rey Francisco, de ánimo tan inquieto y valeroso como su padre, y criado con la misma ponzoña con que había vivido y muerto el rey Francisco aborreciendo al Emperador. En este mesmo tiempo se supo que había enviado a levantar gente en Mandemburg, y por esto esta ciudad estuvo entera y rebelde, que no se quiso rendir como las otras. Decían que levantaba el rey esta gente para la guarda de su persona, porque se quería coronar solemnemente en Remis; mas el Emperador se persuadía que era para mover la guerra, porque él no había querido firmar la concordia que su padre había hecho. Y así, mandó luego juntar la Dieta en la ciudad de Augusta para el mes de setiembre, ya que en Ulma tenía tan poca salud.

Levantamiento de Nápoles.

En el mesmo tiempo que el Emperador andaba victorioso en Alemaña, en Nápoles se levantó un motín harto peligroso, y fue el caso: Era virrey de Nápoles don Pedro de Toledo, persona harto más noble que de buena condición, y así era algo mal quisto, aborreciendo todos su aspereza, que en los que gobiernan es por extremo odiosa. Habíale dado el Emperador orden para que en Nápoles se pusiese el oficio de la Santa Inquisición en la forma que los Reyes Católicos la habían puesto en España. Hallábase mucha dificultad en este hecho, porque los napolitanos y todas las demás naciones, salvo la española, tienen por insufrible y más que riguroso este juicio o tribunal de la Santa Inquisición. Antes que el virrey propusiese en Consejo esta determinación, habiéndola secretamente comunicado con algunos amigos y personas de buen celo, aficionados al servicio de Dios y del Emperador, tuvo maneras cómo meter en oficios públicos a muchos destos y a otros de quien se satisfizo que serían de este parecer.

Cuando ya le pareció tiempo conveniente para entablar el negocio, propúsole en público con la moderación posible, encareciendo mucho al pueblo el servicio grande que a Dios se haría, y al Emperador, por lo mucho que Su Majestad lo deseaba para el bien de aquel reino. Sería cuando esto se comenzó a tratar en Nápoles el mes de diciembre del año 1546, casi en los mesmos días en que el Emperador acababa de deshacer el campo de la liga. Si bien el virrey temía la resistencia del pueblo, no pensó que llegara a tanto, porque fue notable la alteración que en todos hubo, cuando oyeron que se les quería poner Inquisición, y decían a gritos que antes se dejarían hacer pedazos que consentir cosa tan áspera y peligrosa, con otras palabras de grandísimo sentimiento, que, como gente apasionada, decían. Y todos a una determinaron de no consentir la Inquisición en Nápoles.

Hubo de disimular el virrey, por parecerle que era recia cosa y no hacedera, estando el pueblo todo, nobles y gente común, tan puestos en no consentirlo. Puesto este hecho en tales términos, el papa Paulo, que ya sabía lo que en Nápoles pasaba, despachó un breve por el cual declaró pertenecer el fuero eclesiástico y a la jurisdicción apostólica el conocimiento de las causas tocantes al crimen de la herejía, mandando al virrey y a otros cualesquier jueces seglares sobreseyesen en ellas y no se entremetiesen a proceder contra algún hereje por vía de Inquisición ni en otra manera alguna, y reservando en sí la determinación de las tales causas, como de cosa concerniente a la jurisdicción eclesiástica. Con este breve y otros alientos que enemigos del Emperador y sus buenas fortunas les daban, tomaron doblado esfuerzo los napolitanos para no consentir lo que el Emperador quería. El virrey, por no parecer que se dejaba vencer dellos, tornó a insistir en lo que había comenzado, y nombró inquisidores. El pueblo, ayudado de muchos nobles y grandes del reino, hacía sus juntas, y iban al virrey con demandas y respuestas; al fin la causa se barajaba de manera que ya andaban los fieros

y las amenazas, y el virrey porfiaba que se había de hacer lo que el Emperador mandaba.

Duró esto hasta el mes de enero de este año de 1547. Un día, muy de mañana, se juntó el pueblo todo en la plaza con una alteración y furor popular, y pareciéndoles que la culpa de la porfía del virrey la tenían el conservador de la ciudad, y los del consejo, a quien el virrey había dado los oficios por tenerlos de su parte, hicieron un decreto público, por el cual privaron al conservador y a otros diez de los del consejo, y dieron el oficio de conservador a micer Joan de Sesa, famoso médico, que era muy bien quisto en el pueblo. Y porque entre la gente noble y la popular no hubiese división, como se temía que lo negociaba el virrey, hicieron entre sí los unos y los otros una liga y amistad, que la llamaron ellos la Unión, por la cual con juramento se prometieron favor y ayuda para contra todas y cualesquier personas del mundo que tratasen de alterar el estado de su República, o perturbarles su libertad. Estaba a la sazón el virrey en Puzol, ciudad allí cerca; supo lo que pasaba en Nápoles; temiendo algún mal mayor acordó de disimular por entonces, y despachó luego enviando a la ciudad al marqués de Vico y a Scipión de Soma, varones prudentes y de negocios. Por los cuales aseguró al pueblo, que él no trataría más de aquel negocio, y que se quedarían como estaban, que se quietasen y dejasen las armas. Que la intención del César era no alterarles su gobierno, ni quitarles sus libertades, ni hacer más de lo que fuese servicio de Dios y bien del común. Con esta tan agradable embajada se allanó luego el pueblo mostrando gran regocijo todos. Y para dar al virrey las gracias, nombraron doce personas que fuesen en nombre de todos. Los cuales se partieron luego para Puzol. El virrey los recibió muy bien, y les hinchó las orejas de lisonjas, con las cuales volvieron contentísimos a su ciudad, y ella quedó muy segura de que ya no se trataría más de aquel negocio.

Pasados algunos días, cuando ellos más descuidados estaban, el virrey quiso proceder con rigor y secreto contra los principales movedores del motín pasado. Para esto mandó al regente de la vicaría, que así llaman en Nápoles al juez de lo criminal, que hiciese información y averiguase quiénes habían sido los cabezas en la resistencia pasada. No pudo el regente hacer esto con tanto secreto, que en el pueblo no se entendiese, y luego comenzaron a sentirse y vivir con cuidado, de manera que no cayesen en manos del virrey, cuya áspera condición temían. Y para saber el pueblo de cierto lo que sospechaba, nombraron ciertos diputados, que fuesen a saber del virrey si era ansí lo que se rugía, y a suplicarle no tratase de hacer castigo particular, por lo que toda la ciudad había hecho por público decreto y voluntad.

Estando las cosas en este punto, sucedió que llevaban preso a un hombre por deudas, y pasando asido dél un alguacil, por donde estaban cinco mancebos napolitanos nobles, que ninguno dellos pasaba de diez y seis años, el uno dellos conoció al preso, que había sido criado de su padre, y quiso quitarlo a la justicia, ayudándole los otros sus compañeros. Pidieron al alguacil que mostrase el mandamiento, y por qué le llevaban preso; el alguacil no hizo mucho caso dellos, como eran muchachos; mas como vió que iba de veras, comenzaron todos a dar voces, y a ellos a juntarse gente, y el preso dijo a grandes voces:« ¡Señores, que me llevan preso por la inquisición!»

No hubo acabado de decir esto, cuando los cinco mancebillos, y otros muchos, arremetieron al alguacil, y le quitaron el preso, con tanta furia, que fue dicha que no le matasen. Tuvo aviso de este alboroto uno de los regentes de la vicaría, acudió de presto, y prendió los cinco muchachos; púsolos en una torre, y despachó luego al virrey a Puzol, donde aún estaba. El virrey, con su acostumbrada cólera, partió luego para Nápoles, y sin fulminar proceso contra los presos, ni esperar los votos, que conforme a las leyes de aquel reino deben intervenir en las causas criminales, diciendo y haciendo mandó dar garrote dentro en la cárcel a tres de aquellos muchachos, y no contento con esto, mandólos echar muertos por las ventanas en la calle, con un pregón, que so pena de la vida, ninguno fuese osado de los enterrar, ni recoger aquellos cuerpos sin licencia suya.

Este tan áspero castigo en mozos tan nobles y de tan tierna edad, y por delito no tan atroz que mereciese tan cruel pena, fue causa de alterar los ánimos de aquella ciudad, que de suyo estaba movida y con ganas de se rebelar. Y a todos pareció mal, y al Emperador una demasía muy grande, lo que el virrey había hecho. La ciudad se puso luego en armas, y el virrey se vió en gran peligro de la vida. Púsose a caballo con hasta docientos hombres que de presto pudo juntar, y si no fuera por la buena diligencia que algunos de los magistrados y personas graves tuvieron para sosegar al pueblo, aquel día viniera con el virrey a las manos, y se derramara harta sangre.

Quiso Dios poner tiento en sus manos, y los unos y los otros estuvieron quedos, y el virrey discurrió por toda la ciudad sin pelear, aunque en sus barbas le echaron mil maldiciones y sin hacerle cortesía hombre alguno.

Otro día de mañana, sin saber quién fuese el movedor, se puso toda la ciudad en armas, porque se decía que habían salido del castillo trecientos españoles, y sin averiguar si era verdad (que no lo era), tocaron las campanas de todas las iglesias, y se juntó en la plaza todo el pueblo con propósito de pelear con los españoles; como no hallaron con quien reñir, todos juntos, con grandísima grita y alboroto, tomando por bandera un crucifijo que llevaba delante don Hernando de Avalos, marqués de Pescara, que a la sazón era niño y hizo lo que no entendía, discurrieron por toda la ciudad apellidando a gritos: «Unión en servicio de Dios y del Emperador, y en pro de la ciudad.» A cuantos topaban por la ciudad hacíanles jurar la Unión sobre el crucifijo, hasta que se otorgó por todos un instrumento público de ella, con ánimo de resistir al virrey con mano armada.

Sabía el virrey que el pueblo traía malos tratos con intención de rebelarse, y que había algunas inteligencias con príncipes poderosos, y dello había dado cuenta al Emperador, y el Emperador le había dado orden que resistiese y allanase aquella demasía. Determinó de ponerse de manera que pudiese proceder por todo rompimiento. Y otro día mandó salir del castillo algunos arcabuceros con orden de que matasen a cuantos topasen con armas. Al mismo tiempo comenzaron los tres castillos a disparar la artillería gruesa en la ciudad, haciendo grandísimo daño en todos los edificios. Pelearon tres días contínuos, y murieron de ambas partes no pocos.

Los de la ciudad querían que se entendiese que ellos no tomaban las armas contra su rey, sino contra sus malos ministros, y así levantaron un estandarte con las armas imperiales sobre la torre mayor de San Lorenzo, y de allí daban voces apellidando: España, España, viva el Emperador y mueran los marranos, que así llaman a los españoles en Italia por afrentarles. Después de cansados unos y otros de pelear y matarse, pusiéronse de por medio algunos buenos medianeros, y asentaron tregua por algunos días.

El virrey prometió de no castigar a nadie hasta tanto que diese noticia al Emperador. Despacháronse luego de la una parte y de la otra embajadores a Su Majestad. Por la ciudad fueron el príncipe de Salerno y Placidio Sanclio; y por el virrey fue don Pedro González de Mendoza, marqués de la Valsiciliana, alcaide de Castelnovo. Durante la tregua, y por todo lo que los embajadores se detuvieron en Alemaña, que era cuando el Emperador proseguía la guerra contra el duque de Sajonia, aunque no se peleaba en Nápoles, y se comunicaban los españoles y napolitanos amigablemente, no por eso dejaban de vivir los unos y los otros con cuidado, haciendo sus guardias y centinelas como en guerra conocida; recelándose ambas partes los unos de los otros. Principalmente el virrey estaba sobre aviso, porque tenía ciertos indicios de que Juan de Sesa, el conservador, y Cesaro Barmiro y el prior de Bari, fraguaban cierta conjuración y trato contra él para levantarse con la ciudad, y por esto procuraba de meter gente nueva en la ciudad, y envió a pedir al duque de Florencia, su yerno, que le enviase socorro de cuatro mil hombres, porque la gente que esperaba de España tardaba; despachó las galeras a veinte de julio para que trajesen esta gente, y el mesmo día acordaron los de Nápoles de saltear a los españoles y matar a todos los que había, antes que se pudiesen juntar más. Y por razón de la tregua estaban doce españoles sobre seguro de los de Nápoles, y, no embargante, trecientos italianos cercaron a los doce españoles y matáronlos.

Luego que se sintió el ruido tocaron el arma en el castillo y salieron los soldados, y estaban en las casas vecinas al castillo más de trecientos arcabuceros, los cuales mataron algunos soldados. Reconocieron de dónde les venía el mal, y guardáronse mejor. Los castillos comenzaron a tirar de buena manera, y con este favor comenzaron los españoles a entrar por las calles y casas, que estaban llenas de gente armada y vengaron las muertes de los doce españoles de tal manera, que en la casa que hallaban cincuenta napolitanos, los pasaban a cuchillo. Duró este desorden día y noche, sin cesar de pelear.

Como la ciudad de Nápoles se vió tan apretada, y que el virrey había enviado por gente a Florencia y la esperaba de España, alzó fuego el bando y destierro a todos los forajidos, y en un día entraron en Nápoles más de cinco mil ladrones, homicidas y otros facinorosos; de suerte que la ciudad se hizo cueva de salteadores. Estos hicieron mayores males que podían hacer los proprios enemigos. No había hacienda segura; las calles amanecían llenas de cuerpos muertos, y otros mil insultos que esta gente perdida hacía. A 22 de julio salieron del castillo los soldados de la compañía de Joan de Mendoza, y comenzaron a ganar la plaza del Olmo hasta la aduana, y parte de la rúa Catalana, con mucha pérdida de gente napolitana, y saquearon toda la rúa y plaza del Olmo, y quemaron las casas. Descuidáronse los de este barrio pensando que diez mil españoles no bastarían en Nápoles para saquear una casa, y con esta confianza no pusieron en cobro sus haciendas. Por otra parte, acometieron las compañías de Diego de Orihuela y otras, y ganaron todo el barrio de San Josef, que es un cuartel de Nápoles, y saquearon todas las casas, entre las cuales hubo el capitán Orihuela de combatir dos casas: una donde había cien hombres, y otra donde estaban cincuenta.

Entrólas dentro de dos horas y degolló a todos cuantos halló dentro, y fortificaron lo que habían ganado. Determinó el capitán Orihuela este mesmo día de ganar a Santa María la Nova, porque estaba a caballero de la Encoronada, y hacían daño a los soldados. Ganó asimesmo el monasterio sin perder seis soldados, muriendo de Nápoles más de ciento; y fortificó el monasterio de tal manera, que queriéndolo volver a cobrar los napolitanos, le dieron tres asaltos y no lo pudieron entrar, siendo más de tres mil hombres los que lo combatieron. Escaramuzaron este día en la plaza del Olmo, ni en todo el día y noche cesó la artillería de los castillos haciendo grandísimo daño en la ciudad.

Viendo los napolitanos la destruición de su pueblo, enviaron los electos y diputados para que hablasen al virrey, y trataron que las plazas que los españoles habían tomado, se estuviesen con ellas, y que no se hiciese más demostración, contra la ciudad, ni la ciudad contra españoles, hasta que los que se enviaron a Su Majestad viniesen, y que para seguridad de que Nápoles no volviera a alterarse, que se pusiesen caballeros en los términos y puestos; que los unos y los otros los tuviesen para que no consintiesen hacer algún desorden.

Esto concertado, el día siguiente, que fue a 23 de julio en la noche, los napolitanos no guardando su palabra, dieron un asalto al capitán Orihuela más de tres mil hombres para tomarle a Santa María la Nueva. Y visto que en los conciertos no había seguridad, el virrey no los quiso más oír, sino que se hiciese la guerra por mar y por tierra, y así días y noches no hacían los castillos sino tirar a la ciudad y combatirse los soldados de unos bestiones a los otros. Los forajidos tenían más ojo a robar que a vengar las injurias de Nápoles.

Habían hecho muchas bravatas contra españoles, mas a 25 de julio, cuando decían que habían de dar en los españoles, dieron en lo más seguro y mas provechoso, que fue en las casas de los proprios napolitanos robándolas y saqueándolas. Que fue para ellos una noche de harta confusión, y para los forajidos de harto provecho; pena merecida, pues en tales fiaban. Otro día, para satisfacerse los de Nápoles, pusieron fuego a un monasterio de monjas que era junto Santa María la Nueva, creyendo que el capitán Orihuela saliera al socorro para poderle matar. Las monjas se encomendaron a los españoles, de los cuales salieron hasta cien arcabuceros, y dieron sobre más de quinientos de aquellos perdidos y huyeron; y así sacaron las monjas y su hacienda y pusiéronlas junto al castillo. Quisieron los de Nápoles dar paga a sus soldados, y César Mormillo, que era su general, les hizo parlamento, diciendo que era muy gran vergüenza que tres descalzos les tuviesen ocupado y saqueado medio Nápoles, y ellos, animados con el refresco de la paga, prometieron que aquella noche tomarían a Santa María la Nueva, y que ganarían hasta la aduana. Vinieron como habían prometido, mas no hicieron más que cansarse, y morir allí muchos de ellos. A 28 de julio salieron a saquear una granjería que tenía el virrey; tomáronle muchas vacas y terneras, y a 29 salieron los continuos con algunos arcabuceros para que se juntasen con la gente de armas que venía a Nápoles que estaba quince millas de la ciudad. Hallaron toda la tierra tan contraria, que no había aldea de cinco vecinos que no les hiciese resistencia, ni les querían dar bastimentos, ni acogerlos; tan alterado como esto estaba el reino todo. Declaráronse como rebeldes Capua, Nola, Aversa, y todo lo que es tierra de labor, que no quisieron llevar un bocado de pan a los españoles, y deshacían los molinos donde solían moler para los castillos.

A 2 de agosto llegó a Nápoles el marqués don Pedro González de Mendoza, que había ido como dije a dar cuenta al Emperador de esta alteración de Nápoles. No declaró el virrey el despacho que el marqués había traído, mas de ahí a cinco días vino Placidio Sanclio, que había ido con el príncipe de Salerno, que éste no volvió, que le detuvo el Emperador. Placidio declaró a los de Nápoles cómo era la voluntad de Su Majestad que obedeciesen al virrey, y que dejasen las armas y las entregasen al virrey, y haciendo un perdón general, excetando treinta cabezas, que de éstas vino orden particular al virrey para que a su tiempo las justiciase, el virrey publicó el perdón, y que luego todos le entregasen las armas. Confusos se vieron los de Nápoles con esto, porque al virrey aborrecían por extremo, y dejar las armas hacíaseles muy duro.

Llegaron a 4 de agosto veinte y cuatro galeras al puerto de Nápoles, en que venían dos mil españoles. Luego después de comer, vinieron los diputados, y el virrey les dijo que dentro de tres días le entregasen todas las armas, artillería y municiones de la ciudad; si no, que procedería contra Nápoles como contra enemigos rebeldes a Su Majestad. Los diputados fueron a decirlo al pueblo, y volvieron a decir que se haría como se les mandaba. El día siguiente, que fue cinco de agosto, comenzaron a traer las armas, de las cuales hubo mucha risa entre los soldados españoles, porque eran unos varales de colgar paños, unos arcabuces mochos, y otras armas de esta suerte. El virrey se enojo, y dijo que si no le traían las armas con que habían peleado, que procedería contra ellos. Pusieron algunas excusas, que hasta echar los forajidos fuera de la ciudad, se las dejasen. Eran todas dilaciones con cautela, y a 7 de agosto huyeron de Nápoles los príncipes culpados, y otros muchos, que quedó la ciudad medio despoblada. Salieron este día la infantería española y hombres de armas a castigar a Nola, Capua y Aversa, las cuales luego rindieron las armas. Y a ocho de agosto los de Nápoles llevaron al castillo veinte y cinco piezas de artillería, que era toda la que Nápoles tenía, cañones dobles, y culebrinas y falconetes, y sacres, y medios cañones, y medias culebrinas.

A diez de agosto mandó el virrey venir al castillo los diputados, y en entrando se levantaron las puentes, que les puso harto temor. El virrey los dijo que el Emperador le había cometido este negocio, que lo castigase, mas que por ser causa propia, él no lo quería hacer, sino que suplicarían a Su Majestad nombrase jueces, que conociesen dello, y que él quería ser abogado de Nápoles, y no juez. Con estas y otras buenas razones, les dijo que se volviesen a sus casas; lo cual ellos hicieron de muy buena gana, alabando la clemencia del Emperador. De los exceptados huyeron unos, y se pasaron a Francia, perdiendo sus haciendas y patria para siempre. Otros, que fueron los más, dentro de seis años alcanzaron entero perdón del Emperador, que nunca supo negarle, por más que le ofendiesen. La publicación de los exceptados se hizo a doce de agosto, proveyendo el virrey que las galeras tomasen la salida por mar, y la infantería las puertas de la tierra, y luego se leyó el Edicto imperial. Condenó a la tierra en cien mil ducados, demás de los gastos y daños hechos en este levantamiento. Mandó más que Nápoles se desarmase con cuarenta millas alrededor, excepto las personas que al virrey pareciese, que para seguridad de sus personas sólo se les permitía tener espadas, y no otra arma astada, ni arcabuz, ni pistolete. Quedaron muy lastimados, de esto los de Nápoles, y muchos desampararon la tierra, teniendo por infeliz suerte vivir en ella, siendo la mejor del mundo, según todos dicen. Todos estos males trae una desobediencia a su príncipe, que bien lleno está este libro de estos ejemplos en sola la vida de un príncipe, y así fue siempre, y por eso adviertan los hombres, que el camino más seguro es hacer lo que sus mayores mandan.

Nueva pretensión del rey don Enrique de Francia. -A 10 de setiembre se comenzó la Dieta.

Cayó el Emperador por el mes de agosto de este año en una enfermedad de tercia y calenturas, que sus continuos cuidados le acabaron y consumieron la vida, por donde vino a acabarse antes de tiempo; quiso Dios darle mejoría, y convaleció de este mal, para acudir a la Dieta. En estos mismos días acababa el rey de romanos de allanar a los bohemios con las ventajas que quiso, de manera qué acrecentó las rentas reales en cantidad de setecientos mil florines al año, demás de lo que antes estaban, que para aquellos tiempos fue una suma harto grande, porque el reino no lo es.

Asimesmo asentaron treguas el Emperador y rey de romanos con el Turco por cinco años, y demás desto los cinco cantones (de trece que hay de esguízaros) que eran católicos, habían enviado embajadores que se hallasen en la Dieta de Augusta, queriendo la amistad y confederación del Emperador, por ser príncipe tan católico y guerrero.

Y los ocho que quedaban, que todos eran luteranos, visto que el Emperador procedía con tanta prudencia y mansedumbre, y que con arrebatada cólera no había degollado al duque de Sajonia, ni a Lantzgrave, sino que los quiso oír y componerse con ellos graciosamente, enviaron también sus embajadores para cumularse asimesmo en la dicha Dieta con Su Majestad universalmente. También recibió el Emperador embajadores del rey de Francia con despachos, en que el rey ofrecía su hermana, para que casase con el príncipe don Felipe, que estaba viudo, y que el hijo que tuviesen sucediese en el Estado de Milán, y la corona de Francia renunciaría el derecho que pretendía tener a él, y que quisiese Su Majestad que la hija de don Enrique de Labrit, que había estado concertada con el duque de Cleves, casase con el príncipe de Piamonte, y que el rey restituiría Turín, y lo demás que en Saboya y Piamonte tenía tomado, con que después de los días del dicho don Enrique de Labrit, fuese de la corona de Francia todo lo que el dicho don Enrique poseía en Francia de los montes allá. Y que el reino de Navarra quedase para siempre con la corona de Castilla jure hereditario, como reino justamente habido y conquistado.

Pedía junto con esto el rey de Francia que el Emperador no diese favor a los ingleses contra Francia, y por otra parte pedían los ingleses que el Emperador no los desamparase. Trataban estos dos reinos de hacerse guerra.

Ninguna destas cosas se efectuó como se propuso (si bien parecían justificadas), antes se volvió a la guerra con Francia, como adelante veremos.

La Dieta se celebró en Augusta con grandísimo concurso de príncipes y embajadores de diversas partes, y los de Alemaña desearon dar gusto en todo al Emperador. Pidióles que, pues los gastos de las guerras pasadas habían sido tan grandes, como les constaba, le ayudasen con algún servicio, pues la guerra había sido tan justa, y por la defensa del Imperio. Los príncipes y ciudades, con mucha voluntad, sirvieron al Emperador con una buena suma de dineros, de la cual, y de condenaciones que hizo en los que se hallaron culpados por haber ayudado a los protestantes y por otros delitos, dicen que llegó todo el dinero que se hizo a un millón y seiscientos mil florines de oro renenses, y demás de esto, los servicios y presentes particulares que hicieron a Su Majestad y a sus criados, por los buenos despachos que cada uno pretendía, que fue otra gran riqueza, lo cual todo con los quinientos tiros que el Emperador hubo, los sacos y robos que la gente de guerra hizo, las muertes, destruición de lugares, y otros daños que traen las guerras civiles, tales fueron las ganancias que Alemaña sacó de la bendita doctrina de Lutero, y lo que más es, la ira de Dios justa como contra herejes enemigos suyos, habiendo sido sus pasados de los más católicos que ha tenido la Iglesia.

Halláronse en Augusta en estas Cortes el rey don Fernando, la reina María la Valerosa, que vino de Flandres a ver al Emperador su hermano, el príncipe Maximiliano, archiduque de Austria, que fue el primero que habló en las Cortes; el duque de Cleves, el cardenal de Trento y otros muchos. Deseaba el Emperador que su hijo el príncipe don Felipe de España le sucediese en el Imperio, como le había de suceder en los reinos. Consideraba el Emperador que la majestad imperial no se podría conservar, antes había de caer no teniendo el Emperador las fuerzas que se requerían, como él lo había visto en las guerras de Alemaña, que si no fuera príncipe tan poderoso, señor de tantos y tan ricos reinos, no fuera posible valerse contra la potencia de Alemaña. Veía que su hermano el rey don Fernando era pobre, y que quedando el Imperio en él, cada príncipe de los de Alemaña se le había de atrever, y el Imperio caería, y aun la religión de aquellas partes con él, que parece vió lo que por nuestros pecados vemos.

Trató esto con la reina María su hermana, que era princesa en quien cabían estas cosas y otras mayores, y siendo ella del mismo parecer, el Emperador la dijo que lo tratara y acabase con el rey don Fernando su hermano, que quisiese renunciar esta dignidad en el príncipe don Felipe, a quien él esperaba allí muy presto. Agravióse grandemente el rey don Fernando, pareciéndole que se le hacía notable afrenta, porque no sólo perdía su propria autoridad y honra, sino que le tendrían en poco, y por hombre de ánimo apocado, y que ofendía y hacía grandísimo agravio a sus hijos quitándoles el derecho que al Imperio podían tener, por darlo a su sobrino. Que el príncipe don Felipe era rico y poderoso; él y sus hijos que eran muchos, no tenían sino unos reinos cortos, en rentas y fuerzas muy limitados, y que la mayor parte con que él y sus hijos se habían de sustentar era un poco de honra y reputación, y que si aquélla les quitaban por darla a quien tanta y tanto tenía, quedarían en unos hospitales. Que su sobrino don Felipe había de ser señor y rey de toda España y de la mitad de Italia y de otros muchos y riquísimos mundos, para cuyo gobierno eran menester grandes fuerzas, y que si se le añadiese la carga del Imperio, más sería confundirlo y ahogarlo con tanto peso, que levantarlo a mayor grandeza. Que mirasen que el príncipe don Felipe era hombre, y que como tal tenía fuerzas limitadas, y el ingenio y capacidad al fin de hombre; y que por tanto, convenía que el Emperador no le dejase con tan grandes obligaciones, que sin duda alguna no habría hombros para ellas y sus cargas. Que se moderase y pusiese tasa en la codicia de engrandecer a su hijo, si no quería que diese con la carga en el suelo y que una ambición desordenada destruyese la casa de Austria. Todo esto dijo este rey con tanta pesadumbre y sentimiento a la reina María su hermana, que sabiéndolo el Emperador no quiso que se tratase más de ello.

[Caso desdichado.]

Primero día de octubre le vino al Emperador correo con aviso de un caso desdichado, que a Pedro Luis Farnesio, hijo del papa Paulo III, había sucedido en Parma, el cual fue así, comenzando el cuento desde su origen. Heredó, como dije, Enrico, hijo de Francisco, con el reino de Francia la pasión de su padre y deseo de haber el Estado de Milán; quiso favorecerse de Pedro Luis, duque de Parma y Placencia, y tentó de apoderarse de la ciudad de Génova, como de puerto y entrada principal para de allí dar en Milán. Entendióse que el principal movedor de este trato fue el dicho Pedro Luis; el instrumento por cuya mano y diligencia se había de hacer, era el conde Juan Aloisio de Flisco, mancebo noble y valiente y muy llegado al príncipe Andrea Doria.

Ayudaban al conde algunos del bando contrario al de los Adornos, y entre otros el marqués Julio Cibo de Masa. La traza que dieron fue que el conde se apoderase del puerto de Génova, y de las galeras que en él estaban, matando al príncipe y a Joanetín Doria su sobrino y heredero de su casa. Lo cual se había de hacer con el favor de cierta gente que había de traer a su tiempo el marqués de Masa por tierra, y las galeras de Francia por mar desde Marsella. Y porque el negocio tuviese más facilidad, tuvo maneras Pedro Luis cómo el Papa hiciese capitán de sus galeras al conde de Flisco, para que con ellas corriese el mar Mediterráneo y usase oficio de cosarios contra turcos y moros. Con color tan honesta pudo el conde hacer su negocio sin sospecha, tanto que si bien de parte de don Hernando de Gonzaga tenía el príncipe Doria aviso de que en Génova se trataba cierta conjuración contra él, porque así lo sabía de espías que en Francia tenía, y asimesmo don Joan de Figueroa, embajador del Emperador, le advertía que se guardase del conde de Flisco. Jamás el príncipe pudo creer que persona tan noble y a quien él había hecho muchos buenos oficios le tratase traición, con lo cual el conde pudo hacer sus cosas al seguro.

Cuando ya todo estaba como era menester para ejecutar su determinación, ordenaron el conde y sus amigos, el principal de los cuales era Bautista Berrino, de hacer un gran banquete para matar en él al príncipe y a Joanetín Doria y al embajador don Joan de Figueroa. Dióse la orden del banquete y acetáronle todos los que habían de ser muertos en él sin recelo alguno. Pero quiso Dios que para el día que había de ser, le cargó al príncipe tan de veras la gota, que no pudo levantarse de la cama, y así se pasó por entonces aquella ocasión.

El conde, que de la dilación temía algun inconveniente grande y sabía que los conjurados eran más de los que se requieren para tener el secreto necesario, determinó acelerar el negocio llevándole por vía de notoria fuerza, y de acometer al príncipe con las armas tomándole descuidado en su casa. Para lo cual hizo juntar en su posada algunos de los conjurados, que fueron los principales Bautista Barrini, Gaspar Boti, Francisco Curli, Benito Cresi, Jerónimo Magroli y Pedro Francisco Flisco, a los cuales él hizo un largo y bien ordenado razonamiento, trayéndoles a la memoria la gravedad del negocio que traían entre las manos y la necesidad que había de gobernarse en él con prudencia y sin dilación alguna, pues no les iba menos que la vida y la honra, y todo lo que en esta vida podían tener.

Concertados y determinados, se resolvieron en que fuese aquella noche sin más dilación, y juntando hasta trecientos hombres muy bien armados, ordenaron que con los ciento fuese el conde a tomar el puerto y las galeras, y que Jerónimo Ottobono su hermano, y Cornelio Flisco, otro hermano menor, con cada cien hombres, acudiesen el uno a la puerta del Arco, y el otro a la puerta de Santo Tomás por donde se sale a las casas del príncipe Doria. A todos pareció que ésta era buena traza, y todos se ofrecieron a poner la vida y hacienda en aquel hecho, pareciéndoles cosa fácil. Sólo Paulo Pansa, íntimo amigo del conde, persona de muchas letras y prudencia, fue de contrario parecer, y teniendo por cierto el peligro como cosa tan atroz y llena de dificultades, como amigo verdadero del conde se puso a sus pies y procuró disuadirle aquel propósito, representándole infinitos inconvenientes que de ella necesariamente habían de resultar. Fueron muchas las razones que le dijo; pidióle con lágrimas que considerase que se tomaba con el Emperador, que no había que fiar del rey de Francia, que amancillaba su fama, casa y sangre con un hecho tan infame, matando a quien tantos bienes le había hecho. Finalmente él dijo harto, y aprovechó poco, porque estaba así resuelto y se había de ejecutar el hado de los desventurados que habían de morir; y así, la mesma noche que concertó por los conjurados, que fue a 2 de enero año 1547, el conde y sus dos hermanos con cada cien hombres armados salieron con gran silencio de la posada del conde con tanto orden y discreción, que antes que de nadie pudiesen ser sentidos tenía ya cada uno dellos puesto en ejecución lo que había tomado a su cuenta.

El conde hubo en su poder el puerto y las galeras; Jerónimo Ottobono ganó la puerta de Santo Tomás, y Cornelio la del Arco. Joanetín Doria, que se estaba descalzando para meterse en la cama, como oyó el ruido de las armas y le vinieron a decir que la ciudad estaba alborotada sin que se supiese por quién ni a qué propósito, tomó de presto su espada y rodela y salió a la calle sin saber dónde iba. Como él iba ciego y desapercebido, cayó en manos de sus enemigos antes que pudiese saber que lo eran, y matáronle a cuchilladas.

Andrea Doria, viejo y trabajado de la gota, oyendo la grita que se hundía el pueblo, y no sabiendo qué fuese, más de cuanto se oía la voz de Francia, saltó de presto de la cama medio desnudo, metióse en una fragata que halló a mano, y así, mal abrigado, haciendo un frío terrible, tomó la vía de poniente por el mar abajo.

A la mañana llegó a un lugarejo, cinco millas de la ciudad, adonde saltó en tierra y prosiguió la costa en un caballo por alejarse todo lo que pudiese de Génova hasta ver lo que en ella pasaba. Habíanse encaminado tan a gusto de los conjurados las cosas, que en menos de media hora se apoderaron de las galeras, y del puerto, y de las principales fuerzas de la ciudad; con haber muerto Joanetín Doria y haberse el príncipe puesto en huida, no les faltaba cosa alguna para salir con todo, si no les sucediera el más extraño desmán que se pudo imaginar, porque andando el triste conde de Flisco de galera en galera, quitando la gente del príncipe y poniendo de la suya, fue su desgracia, que con la priesa no miró dónde sentaba el pie, y poniéndole en tablón que servía de puente entre dos galeras, trastornóse la tabla de manera que el conde cayó en el agua, sin que le viese nadie, sino sólo un esclavo suyo, que se echó tras él en el mar, y ambos quedaron ahogados en ella. No se supo en toda aquella noche la muerte del conde, porque con el mucho ruido y alboroto unos pensaban que estaba en una parte, y otros en otra. A la mañana, como la Señoría entendió lo que pasaba, salió a la plaza puesta en armas; lo mismo hicieron todos los vecinos de la ciudad, nobles y plebeyos, sin saber los unos ni los otros qué partido tomar, ni menos contra quién se habían armado. Unos decían «Imperio», otros «Flisco y Francia», y el conde no parecía. Sabíase ya el trato y no se hallaba el autor, hasta que cayeron en la cuenta que debía de ser el conde uno que vieron caer en la mar aquella noche. Fueronlo a buscar, y halláronle muerto y armado. Lloráronle los suyos y hubiéronle lástima los que no lo eran.

Con la muerte deste desdichado, los conjurados desmayaron, los dudosos estuvieron quedos, y los imperiales tomaron ánimo, y la Señoría hizo dejar las armas y puso en sosiego la ciudad. Las otras cabezas de la conjuración huyeron, y al conde colgaron por los pies de la antena de una galera.

Enviaron postas y correos en busca de Andrea Doria, y halláronle con Luis Griti su privado, que había llegado a darle la nueva de la muerte de su querido sobrino y heredero Joanetín Doria, y que la ciudad, puerto y galeras quedaban en poder de sus enemigos. Este golpe de fortuna llevó Andrea Doria en el tiempo que ella lo suele dar a los que más ha favorecido en la vida, cuando tenía ochenta y cinco años de edad el príncipe Doria. Sufriólo con muy buen ánimo sin mostrar flaqueza alguna, y estando en esto, llegó el aviso de la muerte del conde y sosiego de la ciudad, y salud de su casa y estado en el mesmo punto que solía estar. Dio luego la vuelta para Génova, y en ella fue recibido con grandísimo aplauso, aunque con hartas lágrimas por la muerte del sobrino.

Agradeció al senado y pueblo la voluntad que a sus cosas habían mostrado, y mandó que el cuerpo del conde le volviesen a echar en la mar, para que fuese su sepultura, donde Dios había hecho el castigo. Procedió la justicia contra todos los que habían sido en la conjuración, castigándolos en los bienes, justiciando los que pudieron ser habidos. Derribaron las casas del conde, que eran de las mejores de Génova, y deshicieron su estado y familia, que era de las más nobles y antiguas.

El marqués de Masa, que venía ya con gente en favor del conde, como supo su muerte, usó de trato doble, y quiso hacer entender a Andrea Doria que venía a vengar la muerte de Joanetín, que tales dobleces suelen tener los hombres, si bien sean príncipes.

Esta conjuración, si llegara a efecto, fuera dañosísima para el Emperador, porque perdiéndose Génova corrían peligro las cosas de Italia, y estorbaban grandemente las guerras que por este tiempo el Emperador seguía en Alemaña. En todo parece que le ayudaba Dios, que era la fortuna que todos decían que le era favorable.

[Continúa la misma materia.]

Uno de los principales movedores de esta conjuración fue el duque Pedro Luis Farnesio, hijo del papa Paulo III, y si bien no jugó al descubierto, sino con tanto artificio que si bien se imaginase no se le pudiese probar, la conciencia rea, que vale por mil testigos, lo sacó a la plaza, para que a todos constase y fuese pública su maldad, y él cayese en el hoyo que había abierto: donde se conocen los juicios de Dios.

Fue, pues, que como Pedro Luis vió deshecha con tan poco fruto la trama que con el conde Flisco tenía urdida, recelándose, como suele el pecador, de que Andrea Doria tenía algunas sospechas de él, quiso satisfacerle, que no debiera, y mostrar cuán sin culpa estaba en las cosas pasadas, para lo cual envió por su embajador al conde Agustino de Landa, dándole el pésame de la muerte del sobrino, y muchas y muy buenas razones con que mostraba su inocencia, y pidiéndole que no diese oídos a hombres bulliciosos y que buscaban ruidos, que dirían lo contrario. Y que en todas las ocasiones que de allí adelante se ofreciesen, hallaría en él un verdadero amigo, y que sería muy contento de dar otra mayor satisfacción siempre que le fuese pedida, para que todo el mundo entendiese la poca o ninguna culpa que en él había.

Oyó Andrea Doria esta embajada con rostro alegre mas el corazón estaba de otra manera, porque sabía muy bien la culpa que Pedro Luis tenía. Respondió bien usando de cautela con el cauteloso, para asegurarlo y pagarle el merecido a su tiempo.

Quiso Andrea Doria aprovecharse del mismo ministro que Pedro Luis le enviaba, para vengarse de él. Sabía cuán vicioso y mal quisto era Pedro Luis en su tierra, y trató con el conde Agustino, y le persuadió que matase a Pedro Luis. Salió bien a ello el conde, pareciéndole camino cierto y seguro para librar a su patria de la servidumbre en que estaba, y para engrandecer su casa y linaje haciendo al Emperador este servicio, en premio de lo cual prometió Andrea Doria de darle una sobrina suya, hija de Joanetín, para su hijo mayor. Concertado esto así, el conde volvió con una respuesta cual Pedro Luis la podía desear, con la cual quedó muy contento y sin recelo de nada.

De ahí a pocos días comenzó este conde con otros amigos suyos a tratar de la muerte de Pedro Luis. Halló dispuestos los ánimos de casi todos los nobles de Placencia, que por extremo aborrecían a Pedro Luis y no podían llevar en paciencia una fortaleza que allí edificaba tan fuerte y casi inexpugnable, que les parecía que no había que esperar jamás su libertad. Con el conde de Landa fueron los que principalmente tomaron a cargo este negocio Juan Anguisola, Confaloner, Jerónimo Palavicino y Alejandre su hermano.

Dieron éstos avisos de todo a don Hernando de Gonzaga, para que se hallase a tiempo competente con gente cuando fuese menester. Tuvo Pedro Luis algunos indicios de que se trataba contra él alguna conjuración, y comenzó a proveerse de gente y armas por mano de Bartolomeo Villacari, su amigo y privado; pero fue tan descuidado y negligente, que los conjurados, que no dormían, tuvieron tiempo para ejecutar a su salvo la determinación.

Estando, pues, el duque bien descuidado en la citadela del castillo que labraba, un día después de comer, que fue 10 del mes de setiembre de este año, el conde Augustino, Juan Anguisola y Luis Confaloner, con otros diez o doce, entraron en la citadela con sus armas secretas.

Mataron primero con poca dificultad las guardas de la primera puerta, y subieron a lo alto de la casa, donde el duque estaba casi solo, que acababa de comer, y sus criados se habían ido a lo mismo, y diciendo: Muera, muera el tirano, le dieron muchas heridas hasta que le mataron sin que pudiese decir Dios, valme. Tomaron luego su cuerpo y colgáronle por un pie de la ventana que responde hacia la plaza mayor de la ciudad, y mostrando las espadas desnudas y sangrientas, salieron a la calle apellidando: Imperio y libertad, dos cosas muy agradables al pueblo.

Púsose luego toda la ciudad en armas, aunque nadie se movió de su casa, porque ninguno se osaba determinar si acudirían a vengar al muerto, o a defender los matadores, hasta que vieron que todo el senado y nobles holgaban de lo hecho y habían recibido alegremente y debajo de su amparo a los conjurados. Con lo cual todo el pueblo abrazó sin dificultad el dulce nombre de la libertad, y a la hora se dio aviso a don Hernando de Gonzaga, que estaba esperándolo en Cremona, el cual acudió luego a Placencia y se apoderó de la ciudad por el Emperador, con grandísimo aplauso y contentamiento de todos los Estados de ella. Estuvo el cuerpo de Pedro Luis colgado de aquella manera por todo el día.

Otro día siguiente le cortaron la soga y cayo en el foso, y después de haber estado allí otros dos o tres días, le trajeron por las calles arrastrando y estuvo bien cerca de no querer darle sepultura. Y aun dicen que después de sepultado lo volvieron a desenterrar, y no hubo quien tratase de vengar su muerte.

Verdaderamente que los mayorazgos excesivos que se hacen con bienes de la Iglesia no tienen otros fines más dichosos. Este remate tuvieron los cuidados de engrandecer Paulo III a su hijo, y dióle tanto, que en este año acabó la vida.

Hartas cosas intentó Paulo para vengar la muerte del hijo; quiso hacer liga con Enrico, rey de Francia, no hubo lugar; quiso con los venecianos y matar a Andrea Doria y echar al Emperador de toda Italia; tampoco pudo hacer nada, antes le costó la vida al marqués de Masa, que andaba en estos pasos, al cual prendió don Hernando de Gonzaga y le cortó la cabeza en la plaza de Milán.

Quiere el Emperador que los alemanes reciban el Concilio. -Enferma el Emperador en Augusta. -Ruy Gómez de Silva viene a visitarle de parte del príncipe.

El Emperador estaba en Augusta procurando que todos los príncipes de Alemaña quisiesen acetar y tener por bueno el Concilio que se había en Trento. El duque Mauricio, y el de Cleves, y el de Brandemburg vinieron en ello; mas con los otros no se pudo acabar y las ciudades no acababan de resolverse. Llegó a Augusta con gran acompañamiento la mujer de Filipo Lantzgrave, que estaba preso y con guarda de españoles. Pedía esta señora con grandes lágrimas la libertad de su marido; suplicó a la reina María intercediese por ella, y con muchas lágrimas a los príncipes electores que allí estaban; mas el Emperador no quiso por agora hacer lo que le suplicaban, por parecerle que era muy temprano.

Tuvo el Emperador en esta ciudad de Augusta una enfermedad peligrosa, que ya le fatigaban mucho los males, aunque los años no eran demasiados. Llegó la nueva de su mal a España estando el príncipe don Felipe en Monzón, donde tenía Cortes al reino de Aragón, que fueron las primeras en que este príncipe se halló. Púsole en cuidado la mala nueva de la poca salud del Emperador su padre, y mandó que Ruy Gómez de Silva, un gran caballero de los más ilustres de Portugal, y que valía mucho con el príncipe, fuese a visitar al Emperador y darle el parabién de sus victorias. Llegó Ruy Gómez a Augusta, y el Emperador se holgó infinito con la embajada de su hijo, y deseando gozar enteramente de él le envió luego a llamar, y también porque las gentes de aquellas partes que habían de ser sus vasallos viesen y conociesen el príncipe que tenían.

Volvió con este despacho Ruy Gómez a España, y trajo otro del casamiento que se había concertado del Príncipe Maximiliano, archiduque de Austria, hijo mayor del rey don Fernando, con la infanta doña María, hermana del príncipe, hija del Emperador, que es la serenísima Emperatriz que hoy día vive recogida santísimamente en el monasterio de las Descalzas de Madrid con gran ejemplo de toda la Cristiandad. Y asimismo trajo cómo don Fernando Alvarez de Toledo, duque de Alba, mayordomo mayor del Emperador y su capitán general, venía por su mandado a dar orden en el viaje del príncipe y poner el gobierno de su casa, al uso y costumbre de la de Borgoña, como se servía el Emperador su padre.

Acabadas las cortes de Monzón, que fueron largas y reñidas, el príncipe partió a 8 de diciembre, día de la Concepción, para la villa de Alcalá de Henares, donde estaban sus hermanas las infantas doña María, doña Joana y don Carlos, hijo único del príncipe. Detúvose en Alcalá algunos días en fiestas de cañas y otros regocijos, que por servirle hicieron, y llegó en este tiempo el duque de Alba con la embajada que dije. Vino con él don Antonio de Toledo, caballerizo mayor del príncipe.

Con la venida del duque se acabó de determinar la partida del príncipe, y comenzaron a poner en orden la mudanza de la casa. Partió luego el príncipe de Alcalá para Valladolid, donde se había de aprestar y poner en orden y esperar a su primo el príncipe Maximiliano, que sabía que había partido de Augusta, y llegado a Milán, y embarcado en Génova, y que ya estaría presto en Barcelona. Y así mandó el príncipe a don Pedro de Córdoba que partiese por la posta a Barcelona para que le visitase de su parte y diese el parabién de su llegada. Llegó don Pedro a Barcelona antes que Maximiliano desembarcase. De ahí a pocos días la infanta doña María envió a don Diego de Córdoba, para que de su parte visitase al príncipe su esposo, que ya le sabía que había desembarcado, y que venía para Castilla, recibiéndole y sirviendo en todos los lugares como merecía.

El príncipe recibió con mucho gusto a don Diego por el despacho que llevaba y le dio una rica cadena de oro. El príncipe de España y las infantas sus hermanas estaban en Valladolid aparejando el recibimiento del príncipe Maximiliano su primo, esposo y cuñado.

Muere Fernán Cortés, capitán digno de memoria. Muerte de Alonso de Idiáquez. -Estatuto de la santa Iglesia de Toledo contra los judíos. -Muerte de Enrico VIII, rey de Ingalaterra.

Pues he dicho las cosas generales del año, diré agora algunas particulares y menudas. Murió por el mes de mayo deste año de 1547 Francisco Cobos, natural de Ubeda, comendador mayor de León, duque de Sabiote, secretario mayor del Emperador. De lo que fue y valió con el Emperador y la nobleza que de él hay hoy día en Castilla, no tengo que decir, pues a todos es notorio. Casó con doña María Mendoza, hija del adelantado de Galicia, que viuda vivió y murió en esta ciudad de Valladolid santa y cristianamente. Francisco de los Cobos murió con algunas señales de dolor por dejar esta vida, que aunque es natural el apetito de vivir entre todos los vivientes, amarga mucho más y dolorosa es la muerte en los que con abundancia gozan de esta vida.

Fueron muchos los bienes que tuvo este fiel ministro de Su Majestad, pero no todos los que pudo, como han tenido otros con menores servicios en pocos días, los cuales no se lograrán, ni llegarán a la cuarta generación, porque las cosas que apresuradamente crecen, con la mesma presteza se deshacen y son como el humo; y como los hermosos vapores nacidos de los muladares y cienos, en el aire se consumen; solas duran aquellas que con tiento y temor de Dios se adquieren.

Murió asimismo este año Fernán Cortés, digno de perpetuo nombre y merecedor de uno de los grandes capitanes y claros varones que ha engendrado España, y que levantó su limpia y hidalga sangre a la grandeza en que está. Hay de esto historias hartas, y merece otras que cumplidamente digan lo que Fernán Cortés hizo.

Nombrado he al secretario Alonso de Idiáquez, caballero del hábito de Santiago y comendador de Extremera, del Consejo de Estado del Emperador, a quien sirvió con fidelidad y amor desde el año de 1520 hasta este de 1547. Hallóse en la conquista de Túnez sirviendo a su príncipe, año 1535, y en el año pasado de 1544, en la concordia que se hizo entre el Emperador y rey de Francia, y vino a Castilla a tratar de parte del Emperador con el príncipe don Felipe, su hijo, si sería bien dar a Carlos, duque de Orleáns, la infanta doña María con los Estados de Flandres, o la infanta doña Ana, hija del rey don Fernando, con el Estado de Milán, según dejo ya dicho. Sucediole este año al secretario Alonso de Idiáquez una mortal desgracia, y fue que volviendo de España, donde el Emperador le había enviado, a 18 -según otros, el 11 de junio-, pasando el río Albis con otros ocho que le acompañaban en una barca, cerca de Torgao de Sajonia, unos herejes de Torgao le acometieron, mataron y robaron. Sintió mucho el Emperador la muerte de Alonso, de Idiáquez, por perder en él un gran ministro de quien hacía toda confianza.

Dice Juan Bautista Castaldo, escribiendo a Paulo Jovio, que los matadores fueron unos villanos que le saltearon en el camino. Un rey de armas llamado Claudio Marión, que fue Tusón de Oro, primer rey de armas que andaba en el campo imperial, dice que le mataron, como digo, al pasar del río, y que el gobernador de Torgao fue en esta traición; por la cual Lantzgrave, queriendo dar gusto al Emperador, le mandó justiciar con los demás malhechores que pudieron ser habidos.

Hízose en este año de 1547 en la santa Iglesia de Toledo, por orden de su arzobispo, don Joan Martínez Silíceo, el santo y prudente estatuto de que ninguno que tuviese raza de confeso pudiese ser prebendado en ella. Que si bien escogió a algunos, parece muy acertado que la Iglesia primaria de España lo sea en sus ministros, como después acá lo han sido, y vivido con más quietud en el cabildo; porque donde hay alguno de tan mala raza, pocas veces la hay, que es tan maligna esta gente, que basta uno para inquietar a muchos. No condeno la piedad cristiana que abraza a todos; que erraría mortalmente, y sé que en el acatamiento divino, no hay distinción del gentil al judío; porque uno solo es el Señor de todos. ¿Mas quién podrá negar que en los descendientes de judíos permanece y dura la mala inclinación de su antigua ingratitud y mal conocimiento, como en los negros el accidente inseparable de su negrura? Que si bien mil veces se juntan con mujeres blancas, los hijos nacen con el color moreno de sus padres. Así al judío no le basta ser por tres partes hidalgo, o cristiano viejo, que sola una raza lo inficiona y daña, para ser en sus hechos, de todas maneras, judíos dañosos por extremo en las comunidades.

Ya que he dicho las muertes de nuestros naturales, diré agora la del rey Enrico VIII deste nombre entre los de Ingalaterra, que pues dio tanto que decir en su vida, sepultarle hemos con esta memoria de su muerte, poco o nada segura de la vida eterna, pues fue hereje enemigo de la Iglesia. Murió este rey en edad de sesenta años; el cual fue muy dotado de los bienes de fortuna y del cuerpo, pero no del alma. Fueralo si los empleara bien, porque era muy hermoso, rico y sabio. Casó con doña Catalina, mujer también hermosa, hija de los Reyes Católicos, don Fernando y doña Isabel, que había sido casada con su hermano Artus. Alcanzó victoria de sus enemigos personalmente cuando ganó a Teroana, quitándola al rey Luis de Francia, y a Bolonia al rey Francisco, y por sus capitanes cuando venció la flota escocesa del conde Surri Thomas Havard, cuando el mesmo conde mató al rey Jaques de Escocia en una batalla. Favoreció al Papa contra el rey Luis de Francia, y al papa Clemente cuando su prisión, en odio y enemistad del Emperador.

Escribió contra Lutero el libro de Sacramentos, por el cual le dio título de Defensor de la Fe, por Consistorio, el papa León. Hasta aquí fue excelente rey, aunque inconstante en amistades; pero después que mudó mujer y religión, fue malvado. Dejó a la reina doña Catalina, su legítima y verdadera mujer, por ponerse en mal estado con Anna Bolena, su amiga y criada, y habiéndola amado ciegamente, la degolló dentro de tres años por adúltera con Jorge Boleno, su proprio hermano, con quien ella dormía por haber algún hijo varón, y con otros dos caballeros. Tomó por mujer, luego a otro día que aquélla fue degollada, a Jana Semeria, en la cual hubo a Duarte, que murió rey.

En muriendo la Jana, envió a Cleves por Ana, hermana del duque Guillén, a la cual dejó luego por fría y que no satisfacía su lujuria, y no tardó en casarse con Catalina Havard, su sobrina, que también la degolló luego, por adúltera con dos caballeros.

Casó sexta vez con Catalina Paria, viuda, siendo de cincuenta años. Despeña de esta manera la ceguera del entendimiento.

Comenzó a sentir mal del Papa, que le condenó el repudio primero, burlando de las excomuniones y dispensaciones. Y dando cada día más en este error, se llamó soberano de la Iglesia de Ingalaterra, aplicando a su fisco las rentas eclesiásticas, que fue negar al Papa la obediencia. Sobre lo cual martirizó tres monjes cartujos y al cardenal Joan Filguer, obispo de Recostre, y a Thomas Moro, su gran chanciller. Mató asimismo, sobre seguro, a ciertos caballeros capitanes de los que se levantaron en defensa de la Fe católica. Robó las iglesias, despobló los monasterios, deshizo la Orden de Caballería de San Juan de Rodas, echó los cuerpos santos en el río y quitó, finalmente, la fe y religión católica en todo su reino. De lo cual todo hay una larga y muy docta historia.

Libro treinta

El ínterin de Alemaña, murmurado contra el Emperador. -Embajadores de Bolonia al Emperador. -Sentencia el Emperador al duque de Sajonia en privación.

Las pasiones que se encienden en los pechos secos y viejos mueren y se acaban con mayor dificultad que el fuego que vivamente entra en el hierro o madero verde. En el corazón de Paulo III de este nombre, el dolor de la muerte de su hijo Pedro Luis, encendió una pasión y vivos deseos de venganza, olvidado de su vieja y antigua edad, profesión y estado. Consumía sus huesos este fuego, y tanto más cuanto veía mayores dificultades para como deseaba vengarla.

Hizo contra Andrea Doria cuanto pudo, y en odio del Emperador compuso una liga, que nombraron defensiva, juntándose con Enrico, rey belicoso de Francia, y con los esguízaros, ordenando que el rey levantase las armas por Saboya, y el Papa por Placencia, por la muerte cruel de su hijo. Para más asegurar el francés sus fuerzas, renovó la amistad o alianza que su padre, el rey Francisco, tenía con los esguízaros por toda su vida asentada, dejando lugar al Papa y a los reyes de Portugal, Polonia, Escocia, Dinamarca, y otros duques y señores, las cuales masas, se hacían contra el Emperador, y el Papa mandó pasar el Concilio de Trento a Bolonia, por que no se hiciese lo que no le cumplía. Pero la mayor parte de los obispos españoles no quisieron salir de Trento, y cierto era ocasión para que los de Alemaña no se sujetasen a la razón, porque siendo sus principales errores sobre la potestad del Papa, y aborreciendo su jurisdición, por extremo abominando la avaricia o codicia de los tribunales de Roma, que más feamente la llaman, no se habían de meter en sus tierras, y con este achaque y no fiar en los seguros que les daban, jamás se concertarían.

Y en el principio de este año, Francisco de Vargas y don Martín de Velasco, embajadores del Emperador en Bolonia, donde estaba el Papa con la corte de Roma, y los embajadores de los reyes y señorías de la Cristiandad, en público ayuntamiento protestaron y requirieron al Papa que no tratase de transferir el Concilio, que se hacía en Trento, porque de ello se seguirían grandísimos inconvenientes y daños en la Cristiandad. Mas el Pontífice estaba tan recio y porfiado en que se había de transferir a Bolonia, que no bastaba razón. El Emperador se veía atajado, por no saber qué medio podría haber en esto, porque el Papa quería que fuese en Bolonia, los alemanes que en Alemaña, y no había hecho poco el César en acabar con algunos príncipes alemanes que fuese en Trento. Y los luteranos no querían otro achaque, más de la ocasión que el Papa les daba, sacando de Trento el Concilio, para quedarse ellos como deseaban en su libertad, que llamaban del Evangelio.

Como el Emperador vió la indeterminación que en esto había, nombró algunos hombres doctos y católicos. Estos fueron Julio Pflugio, obispo de Nertburgio, y a Michael Sidonio, y a Juan Islebio Agricole, a los cuales mandó que escribiesen una regla de lo que en Alemaña se debía guardar en lo tocante a la religión, hasta la determinación del Concilio. Este fue el libro del Interin, por el cual han querido calumniar tanto al Emperador y hacerle odioso y sospechoso en las cosas de la potestad del Papa, diciendo que se metió en la jurisdición del Pontífice romano, a quien tocaba el nombramiento de las personas que habían de hacer esto.

Y dicen ellos bien, si el Papa y sus obras fueran recebidas en Alemaña, pero aún su nombre era más que odioso, y jamás se acabara cosa con los alemanes por vía del Papa; y el Emperador, prudentemente, quería ir atrayendo y guiando aquella gente feroz, dura y obstinada, hasta ponerlos en el camino de la verdad, y sujetarlos al yugo suave de la Iglesia Católica Romana. Lo cual el César, como protector y defensor de la potestad apostólica, y capitán general de la Iglesia, pudo y debió hacer cuando no bastaban las fuerzas del Papa, y se menospreciaban sus censuras. Y es claro que agora no bastaba en Alemaña que tan extragada estaba, porque armas temporales no las tenía contra una gente brava y poderosa, y las censuras que son el cuchillo de la Iglesia, no las temían; antes mofaban de ellas y no se hacía poco, según estas gentes estaban, en reducirlos a que recibiesen y se obligasen a guardar lo que en Trento se definiese por los padres que allí se habían congregado de toda la Cristiandad, y que en el ínterin guardasen lo que hombres doctos y católicos les dijesen. Que si bien fuera que el Papa, cuyo era, los nombrara, no arrostrando los alemanes a cosas suyas, forzoso fue, por no lo perder todo, que el Emperador lo hiciese a quien amaban como a natural, respetaban como a príncipe, temían como a poderoso que los acababa de castigar. Hablo con sana intención y con el respeto que debo a la Iglesia Católica Romana, cuyo hijo obediente soy, y libro a mi príncipe de las calumnias de sus enemigos que hasta agora duran.

Tuvo el Emperador en Augusta embajadores del rey de Polonia, y dioles audiencia delante de los príncipes del Imperio. Pretendía el rey de Polonia que la Prusia tocaba a su reino, y no a las tierras del Imperio, y por esto pedía que se alzase el destierro a Alberto Brandemburg, que se había casado en Polonia y naturalizado en la tierra, y tomado el título de duque, sin autoridad del Imperio. A esto respondió el gran maestre de Prusia, mostrando bastantemente que la Prusia era del Imperio; y así, confirmaron el destierro de Alberto. A 24 de febrero justiciaron en la plaza de Augusta ciertos capitanes por mandado del Emperador, porque siendo del Imperio habían servido al rey de Francia y a los protestantes en las guerras contra el Emperador.

Y en este mismo día, juntos todos los príncipes del Imperio, con muchas ceremonias y gran solenidad, dio la sentencia en que privó al duque de Sajonia de la dignidad de elector, y la dio al duque Mauricio, poniéndole de su mano las insignias que estos príncipes usan en semejantes actos.

Manda el Emperador que se guarde el ínterin en Alemaña.

A 15 de mayo habían dado al Emperador el librillo del ínterin que Su Majestad mandó ordenar a los tres doctores que nombré. Este día, estando juntos todos los príncipes de Alemaña y procuradores y burgomaestres de las ciudades, habló con ellos largamente, significándoles el amor grande que tenía a Alernaña, y cuánto deseaba su bien, paz y quietud, lo cual no podía haber, ni ellos venir entre sí, si en la religión no eran unos, y se conformaban; y que para esto se había congregado en el Concilio en Trento, en el cual aún no se concertaban, por quererlo sacar el Papa y llevarlo a Bolonia, y que hasta tanto que esto se determinase y en el Concilio se definiesen los artículos sobre que en Alemaña se habían alterado, él había mandado ordenar aquel librico, para que en el ínterin guardasen lo que en él se contenía, lo cual encargaba a todos, general y particularmente.

Levantóse el arzobispo de Maguncia, y en nombre de todos dio las gracias a Su Majestad, y que él por todos acetaba el libro, y prometía que guardaría lo en él contenido hasta tanto que en el Concilio se definiese lo que se había de tener. Este librico salió en latín y en alemán y se murmuró harto de él. Mas ni aún lo que en él se contenía quisieron guardar los alemanes, sino estarse en sus errores, y dellos dieron en otros mayores, como hace el pecador, que da de abismo en abismo; hoy día lo están en muchas partes.

Concluyéronse los negocios de la Dieta primero día de junio, y se guardaba el librillo del ínterin en Alemaña, y guardara lo que eran obligados de la religión católica, si el Emperador estuviera en aquel reino; mas habiendo de salir de él, por ser forzoso acudir al gobierno de otras partes, los alemanes se volvieron a sus vómitos, como suelen hacer los perros.

Van los españoles contra Constancia. -Visita el Emperador las ciudades del Imperio. -Quita el gobierno a los luteranos.

La ciudad de Constancia, si bien se rendía al Emperador, pedía cosas que no se les podían conceder, y estando ella rebelde en su porfía, el Emperador mandó al maestre de campo Alonso Vivas, que con su tercio de españoles fuese contra ella. Fue y apoderóse de sus arrabales, y queriendo combatir la ciudad, los naturales la defendieron, y pelearon muchas veces con los españoles. Murieron de ambas partes algunas personas, y en un asalto mataron de un arcaburazo a Alonso Vivas, y los españoles, vengando la muerte de su capitán, quemaron cien ciudadanos en sus proprias casas. Es Constancia una gran ciudad libre, en los confines de esguízaros.

Al fin, ellos se pusieron en manos del rey de romanos, jurándole a él y a sus herederos por señores, y el rey envió quien recibiese el juramento, y puso en ella gobernadores. Habiendo, pues, el Emperador concluído gloriosamente con Alemaña, salió de Augusta, y fue a Ulma, de allí a Espira, Maguncia, Colonia y Argentina, visitando estas ciudades y quitando de ellas el gobierno de luteranos, y poniéndole de católicos. Y por el mes de setiembre entró en Flandres, trayendo consigo al duque de Sajonia y al lantzgrave. Al duque tuvo el Emperador consigo; a Lantzgrave puso en la fortaleza de Malinas con guarda española.

Envía el Emperador a llamar al príncipe su hijo y escribe a los reinos de España. -Justifica el Emperador la jornada del príncipe a Flandres.

Ya dije cómo estando el Emperador en Augusta había enfermado gravemente. Y viendo el peligro en que sus continuos males le ponían la vida, envió al duque de Alba para que viniese a España, y le llevase al príncipe don Felipe, su hijo. Escribió su determinación a los grandes y ciudades de Castilla y Aragón, diciendo que ya sabía las causas tan suficientes y necesarias que hubo para salir esta última vez de estos reinos, y pasar en aquellas partes, y cuán forzado fue por razón de los ejércitos que habían entrado en las tierras bajas de Flandres y Brabante, y los propósitos, inteligencias y pláticas que en todas partes andaban para pasar más adelante, si no se remediara y proveyera con su presencia, como con ayuda de Dios Nuestro Señor se hizo, sucediéndole la primera y segunda jornada lo que a todos era notorio, de que redundó tan gran beneficio y bien común de la Cristiandad, y acrecentamiento de sus tierras patrimoniales; asegurándolas de forma que después acá han estado en toda paz y quietud.

Y habiendo sucedido así, teniendo delante la necesidad tan evidente que había de ser lo tocante a la religión, justicia y obediencia de la Germania, puesto que siempre había procurado y trabajado en enderezarlo por otros caminos, por no venir en rompimiento, por los inconvenientes que comúnmente trae la guerra, y que, con todo, no se pudo dejar de entrar en guerra y ponerle en campo, confiando en Dios, a quien tenía encomendadas sus cosas, favorecería esta causa, como por su infinita bondad lo hizo, y lo trajo al fin que se sabía, por que continuamente le había dado y daba infinitas gracias; y que para acabarlo de poner en el punto y perfección que convenía, había mandado juntar aquella Dieta, que aunque siempre había procurado hacer sus cosas de manera que le diesen lugar para volver a estos reinos, como deseaba, que hasta entonces había diferido la ida del príncipe en aquellas partes. Pero porque habiendo de suceder en tantos Estados, convenía cuanto sé puede pensar, que los viese y visitase, y fuese conocido en ellos de sus súbditos y naturales en su presencia, para poderlo mejor industriar y enderezar en la manera y forma como se debían gobernar, cuando Dios fuese servido de ponerle en ellos; no obstante que de parte de estos reinos con el amor y afición que le tienen, se le había suplicado otra cosa.

Por estas y otras causas se había resuelto de enviarlo a llamar, y así quería que fuese luego este año, para dar fin a cosas y desembarazarse, para volverse él en estos reinos, como podía creer que lo deseaba; y que durante su ausencia y la del príncipe quería que la gobernación de estos reinos tuviesen el serenísimo príncipe Maximiliano y su mujer, la infanta María, si bien el rey de romanos, su hermano, deseaba que estos príncipes sus hijos pasasen en Alemaña, por lo que allá importaba su presencia. Y manda que los obedezcan, y que el príncipe se parta luego, y vuelve a prometer su breve venida.

Encomienda el gobierno de estos reinos a Maximiliano y María.

Viéndose el Emperador con tan poca salud, temía que antes que el príncipe don Felipe, su hijo, llegase a sus ojos, había de perder la vida. Y como príncipe celoso, del bien de sus reinos, deseando que su único hijo, que le había de suceder, acertase en el gobierno de ellos, le envió con el mismo duque de Alba una larga instrución de avisos para que supiese cómo se había de gobernar, y de quién se había de guardar, y de quién fiar, con palabras y advertencias dignas de un príncipe católico y de tan alto y generoso corazón, y pecho tan cristiano.

La instrución fue:

Avisos o instrución del Emperador al príncipe, su hijo.

«Hijo, porque de los trabajos pasados se me han recrecido algunas dolencias, y postreramente me he hallado en el peligro de la vida, y dudando lo que podría acaecer de mí, según la voluntad de Dios, me ha parecido avisaros por ésta de lo que para en tal caso se me ofrece.

«Y aunque según la continua instabilidad y mudanza de las cosas terrenas, sería imposible daros ley cierta y entera para vuestra buena gobernación y de los reinos, señoríos y Estados que yo os dejaré, todavía con el amor paternal que os tengo, y deseo que acertéis por el servicio de Dios y descargo de mi conciencia y vuestra, tocaré aquí algunos puntos para vuestra instrución, rogando a la divina clemencia y bondad, que es la que hace reinar los reyes, quiera guiar en esto y en lo demás vuestro corazón para que lo enderecéis todo a su santo servicio. Y así, por principal y firme fundamento de vuestra buena gobernación, debéis siempre reconocer todo vuestro ser y bien de la infinita benignidad de Dios, y someter vuestros deseos y acciones a su voluntad, haciendo lo cual, con temor de ofenderlo, tendréis su ayuda y amparo, y acertaréis lo que más converná para bien reinar y gobernar.

«1.º Y para que El os alumbre y sea más propicio, debéis tener siempre por muy encomendada la observancia, sostenimiento y defensión de nuestra santa fe y generalmente y en especial en todos los dichos reinos, Estados y señoríos que heredáredes, favoreciendo la debida justicia, mandando que se haga curiosamente, sin excepción de personas y contra todos sospechosos y culpados, y teniendo cuidado y solicitud de obviar en ellos por todas las vías y maneras que podréis con derecho y razón las herejías y sectas contrarias a nuestra antigua fe y religión.

«2.º Y porque después de tantos trabajos y gastos que he hecho y sostenido por reducir a nuestra dicha fe los desvíados en esta Germania no se halló otro medio ni remedio suficiente que el del Concilio, al cual, a instancia mía, se han sometido todos los Estados de ella, os ruego y encargo que si no se acabare antes de mi fallecimiento, tengáis la mano y procuréis con el rey de romanos, mi hermano, y los otros reyes y potentados cristianos, que se celebre y efectúe; hagáis en esto de vuestra parte por los reinos e señoríos y Estados que os dejare toda la buena obra y oficio debido conveniente a buen rey y príncipe obediente a nuestra Santa Madre Iglesia.

«3.º Demás desto, seréis y os mostraréis siempre obediente de la Santa Sede Apostólica, y la respetaréis y acataréis en todo como conviene a buen rey y príncipe cristiano, y si so color o sombra de ello se hicieren abusos y excesos en los dichos reinos y señoríos en perjuicio vuestro, dello tendréis siempre gran advertencia y respetos que se procure el remedio y que se haga con debido acatamiento y en cuanto se podrá evitar sin escándalo, teniendo fin solamente al remedio de los perjuicios, daños e inconvenientes de los dichos reinos y señoríos.

«4.º Y cuanto a las iglesias y dignidades y beneficios de los cuales el patronazgo, presentación o nominación os pertenecerá, debéis tener muy gran cuidado y miramiento que sean proveídos en personas de letras, experiencia, buena vida y ejemplo, y calificadas para la buena administración de los dichos beneficios y cada uno respetivamente, según su ser y fundación. Y para esto informaos maduramente y de gente que podáis hacer confianza, y sea fuera de sospecha y que no tenga otro fin que el servicio de Dios y descargo de vuestra conciencia. Y demás de esto tendréis advertencia que los tales administren y rijan sus iglesias y beneficios y hagan el oficio que cada uno es obligado, sin apartarse de ello sino con justas y legítimas causas, porque importa muy mucho por el servicio de Dios, exaltación y conservación de nuestra santa fe y religión, buen vivir y salud de las almas de todos.

«5.º Y porque la cosa que a Dios más he encomendado es la paz, sin la cual no puede ser bien servido, demás de los otros infinitos inconvenientes que traen las guerras y se siguen de ellas, debéis tener continuo cuidado y solicitud de obviarlas por todas las vías y maneras posibles, y nunca entrar en ellas sino forzadamente, y que Dios y el mundo sepan y vean que no podéis hacer menos.

«6.º Y tanto más debéis evitar la dicha guerra por lo que los dichos reinos, Estados y señoríos que heredaréis son y quedan muy cansados, gastados y trabajados de las guerras pasadas, a las cuales he sido forzado siempre por la defensión de ellos, y obviar su opresión, y según las guerras me han sido movidas tantas veces y en tantas partes con este fin, como se debe y es notorio; y así Dios me ha ayudado de manera que si bien he pasado muchos trabajos, con su ayuda (y El sea loado por ello) los he guardado, defendido y añadido a ellos otros de harta calidad y importancia; pero ha sido con gran gasto de todos ellos, tanto, que es mucho menester que descansen cuanto fuere posible, y así os lo encomiendo.

«7.º También porque no se ha podido hacer menos de enajenar y empeñar en todos los dichos reinos y señoríos por grandes cantidades, y con gran diminución de la renta y hacienda, y tener yo que hacer en rescatarlo y cobrar, en lo cual debéis entender con cuidado, como yo he siempre deseado de poder descansar y hacerlo ansí, por la obligación y afición que he tenido de continuo en los dichos reinos y Estados, y tengo, de dejarlos enteros. Y aunque de evitar la guerra y apartarse de ella no sea siempre en la mano de los que lo desearían, como muchas veces me ha acaecido, y es tanto más dificultoso a los que tienen tantos y tan grandes reinos, Estados y señoríos, algunos lejos de otros, como Dios por su divina bondad me ha dado y os dejaré, placiendo a El, y que esto consiste en la buena o mala voluntad de los vecinos y otros potentados, todavía me ha parecido avisar, según la experiencia que puedo tener de éstos, cómo os habéis de haber y guiar, y la advertencia que es menester en ellos.

«8.º La principal y más cierta amistad y confianza que debéis tener, es con el rey de romanos, mi hermano, y mis sobrinos, sus hijos, los cuales sé cierto harán toda buena y entera correspondencia con vos, y así usaréis de estrecha inteligencia con el dicho hermano mío, y procuraréis su bien y de los suyos con toda entera sinceridad, y favoreceréis su autoridad imperial y sus cosas, como de vuestro buen tío, porque demás que es esto lo que conviene, y según Dios, y obligación de parentesco tan cercano, esta conjunción y unión sera causa que los que no ternán buena voluntad dejen de mostrarlo contra él y contra vos, y la grandeza del uno favorecerá y reputará al otro; y le podréis comunicar con toda confianza, y consultar vuestras cosas, y vos avisalle también de lo que os parecerá en las suyas, con el respeto que un buen sobrino debe a un tal tío, y según lo he hallado siempre muy buen hermano.

«Y así he hecho todo lo que he podido para que fuese elegido en la dignidad de rey de romanos, y establecido en ella y enderezado para que en mi ausencia y caso de fallecimiento pueda gobernar esta Germania, y por esto haré aún todo lo que podré, y a Dios gracias, con el favor y buen suceso que me ha dado en esta postrera guerra, se han enderezado y ordenado las cosas de sus reinos y Estados del dicho mi hermano de manera que están en buena prosperidad y podrá reinar descansadamente.

«9.º Tanto más con lo que he dicho arriba, y hecho por la sumisión de esta Germania al Concilio y la orden que espero poner a la observancia de la paz y justicia en ella, y habiéndose hecho la tregua quinquenal con el Turco, y que en todo mi dicho hermano tendrá cuidado cual se conviene, para que las cosas se sustenten en estos términos, pues sabe y entiende cuánto le va, y por el bien general de esta Germania, y para que pueda gobernar en ella con debida autoridad, y también por el respeto de sus dichos reinos y Estados, que los tenga pacíficos, y en obediencia y sujeción.

«10.º Demás de esto espero acabar con los Estados de esta Germania, que se cobre y haya una buena suma de dinero pronta, para emplealla en la defensión de ella, sea contra el dicho Turco o otros extranjeros que la quisieren inquietar, y esto entiendo procurar en beneficio común de esta Germania, y aun favor del dicho rey mi hermano. Y viendo claramente, y conociendo que me sería imposible haber dineros en mis reinos y señoríos para tal necesidad, ni vos menos terníades la posibilidad de asistir al dicho rey después de mi fallecimiento, ni los reinos ni Estados lo querrían hacer, como sería justo, siendo tan gastados como están, y teniendo un continuo gasto contra infieles, sin los otros vecinos y potentados de quien vos debréis tener siempre recelo y estar sobre aviso.

«11º. Y así, viendo la imposibilidad de sacar dineros de mis reinos y señoríos, para lo que pudiese suceder acá, sin dar causa de más inconvenientes, y manifiesto riesgo de ellos, os encargo que lo excuséis enteramente, si no fuese por causa y respeto de los Estados y tierras de Flandres, y de las partes de allá, concertándolas como espero hacerlo en los Estados de la Germania; porque en tal caso sea por agora, o de aquí adelante, me parece muy bien que ellas ayuden contra el Turco y otras necesidades de esta Germania, conforme al asiento que se hiciere, y esto debe bastar para teneros descargados de otra ayuda y asistencia, cuanto a lo demás.

«12.º Y cuanto a la dicha tregua que he de mi parte ratificado, miraréis que ella se observe enteramente de la vuestra, porque es razón que lo que he tratado y trataréis, se guarde de buena fe con todos, sean infieles o otros, y es lo que conviene a los que reinan, y a todos los buenos.

«Y cuanto al dicho Turco, que importa, no solamente para lo de vuestros reinos y señoríos que heredáredes; pero aún para lo de esta Germania y toda la Italia señaladamente; y por no dar ocasión a franceses de turbar e inquietar la Cristiandad como lo han hecho en lo pasado. Y aun que a algunos podrá parecer que debéis tener solamente cuidado del gobierno de los dichos reinos, Estados y señoríos que os dejare, sin ser más codicioso de las cosas fuera de ellos, así de esta Germania como de otros, dejándolas a quien la tuviere a cargo, todavía la razón, experiencia y ejemplo de lo pasado, han mostrado que sin mirar y tener cuidado de entender los andamientos de los otros potentados y estados de las cosas públicas, y tener amistades e inteligencias en todas partes, será difícil y como imposible poder vivir descansadamente, ni obrar, proveer y remediar lo que se podría emprender contra vos y vuestros reinos, Estados y señoríos que tuviéredes; y tanto más siendo (como es dicho) apartados unos de los otros, e invidiosos, aunque sin razón, y que nunca han faltado a los malignos diversas ocasiones para inquietar y revolver, y mover guerra, y señaladamente contra los que piensan que están desapercebidos.

«13.º Y así será bien que con la buena amistad y estrecha diligencia del rey mi hermano tengáis también cuidado de entretener la amistad de los electores, príncipes, potentados de esta Germania, que es cosa que no puede sino convenir, y será a propósito de lo que ternéis, señaladamente en la parte de Italia, y hacia Flandres; pero sin gastar mucho dinero en esto, ni dar pensiones tanto cuanto pudiéredes evitar, porque los de acá quieren precisamente ser pagados; y no embargante esto, hacen poco servicio sin gratificarlos siempre, haciendo alguno; y se ha visto de contino que cuando es menester hacer gente de guerra desta Germania, se hace con el dinero en la mano, y no os faltarán, pagándolos bien, y los habréis tanto más favorablemente, por el crédito que he conservado con ellos, y con el favor del dicho mi hermano y de los suyos.

«14.º Y cuanto a los suizos, debéis tener la misma advertencia, y de no tomarlos en vuestro servicio, cuando no os faltaren alemanes, porque he siempre hallado que es lo más cierto; pero es bien mostralles buena voluntad y afición, y sí hacerles bien tratar y pagar a sus plazos, lo que se les da por la liga hereditaria que tiene la Casa de Austria y Borgoña con ellos, y también si otra cosa se tratare señaladamente por lo que tenéis en Italia, si se acaba todo la liga que agora se trata con ellos.

«15.º Y cuanto al Papa presente ya sabéis cómo se ha habido conmigo, y señaladamente, cómo ha cumplido mal lo capitulado por esta última guerra, y dejándome en ella, y la poca voluntad que ha mostrado y muestra a las cosas públicas de la Cristiandad, y especialmente en lo de la celebración de Concilio, no embargante, que con esperanza que él haría buena obra en todo, hice el casamiento de mi hija Margarita con el duque Octavio, su nieto. Pero con todo esto que ha pasado, os ruego que, teniendo más respeto al lugar y dignidad que el dicho Papa tiene, que a sus obras, le hayáis, todo el tiempo que viviere, el debido acatamiento y tengáis por encomendada la dicha mi hija, y sus hijos, y por su respeto al dicho duque Octavio; porque ella me ha sido de contino obedientísima sin otro respeto alguno, ni aun de sus hijos propios, para seguir mi voluntad, y señaladamente en lo de Placencia, y así la debéis amparar y tener cuidado de la protección de ella y de sus hijos.

«16.º Y cuanto a lo sucedido en Placencia, háme desplacido de la rnuerte del duque de Castro; pero cuanto a lo demás hecho por don Hernando de Gonzaga, como mi ministro y en mi nombre, pretendo que con buen derecho y razón la pueda y deba tener, y por la autoridad del Imperio, y por el bien público de toda la Italia, y por las obras del dicho duque, si tanto más habiendo enviado a ofrecer al Papa que este negocio se vea y examine, para hacer por vía de concierto o de otra manera, como se viere convenir y se hallara poder hacer concierto, se entendrá con él, y si no os hace privilegio del derecho imperial, para que, según se viere fundado, como tiene que es, os pongáis en razón con el Papa y los suyos, y si fuere menester con la Sede Apostólica, según veréis que fuere justo.

«17.º Demás de esto, tendréis advertencia que el Papa presente es cargado de años, y si falta después de mí, procuraréis todo lo que podréis buenamente, que la elección del futuro Pontífice se haga, como lo requiere la gran necesidad de la Cristiandad, o por menos mal, siguiendo la instrución y memoria que para esto he enviado a mi embajador en Roma, en que no se pretende otro, ni tengo otro fin, sino que se haga buena elección y se obvie a las pláticas contrarias. Y en esta y en las otras creaciones debéis hacer siempre lo semejante, confiando en Dios, que con esto El mirará y aceptará vuestra santa intención.

«18. Tenéis con el Papa tres principales dificultades. La una, la del feudo del reino de Nápoles y el concierto que sobre él se hizo con el papa Clemente; la segunda, de la monarquía de Sicilia, y la tercera, por la premática hecha en Castilla; en todo estaréis con advertencia para hacer de vuestra parte lo que es de razón, y si otras diferencias hubiese, las trataréis, como es dicho arriba, con la sumisión y acatamiento que un buen hijo de la Iglesia lo debe hacer, y sin dar a los papas justa causa de mal contentamiento; pero esto de manera que no se haga ni intente cosa prejudicial a las preeminencias reales y común bien y quietud de los dichos reinos y otros vuestros Estados.

«19º. Con los otros potentados de Italia no tendréis querella, ni pretensión alguna que se sepa, ni pienso haberles dado ocasión de ella. Y así guardaréis el tratado y liga que tengo con venecianos, por lo que toca a los reinos de Nápoles y Sicilia, y Estados de Milán, del cual os he investido, y también de Placencia, como dicho es, y mostraréis querer y guardar en todo buena amistad con ellos, favoreciéndolos como a buenos aliados todo lo que buenamente habrá lugar.

«20.º El duque de Florencia se me ha siempre mostrado, desde que le proveí del Estado, muy devoto y aficionado, y también a mis cosas, y creo que continuará esta amistad con vos, pues ha recibido de mí tan buenas obras, y que haciéndolo así será su propio bien, y por las pretensiones de franceses contra su Estado; demás de esto, por el deudo que tiene con los de la Casa de Toledo. Y así será bien que lo entretengáis en su buena voluntad y favorezcáis en todas sus cosas; porque demás de lo dicho, es de buen seso y juicio, y tiene su Estado en buena orden, y en parte que importa y puede, por estar donde el dicho Estado está situado.

«21º. El duque de Ferrara me es muy obligado por la buena justicia que le hice en lo de Módena, Rezo y Rovere, y posponiendo todos otros respetos contra el papa Clemente, por lo cual se movió a hacer muchas cosas contra mí. Y aunque el dicho duque haya siempre dicho y confesado la obligación en que me es, todavía se ha entendido que con el deudo que tiene en Francia, y estar allá el cardenal su hermano en favor, él es muy inclinado a aquella parte, y así contemporizaréis con él, teniendo advertencia de este aviso, y de mirar sus andamientos.

«22.º Del duque de Mantua podéis hacer confianza, como yo la tengo de sus tíos, el cardenal y don Fernando, y también por el deudo y parentesco que se ha tratado con su voluntad y de la duquesa, con su sobrino y hija del rey de romanos. Y demás de esto, sus Estados de Mantua y Monferrat son muy a propósito de las cosas de Italia, y el dicho Monferrat ha padecido mucho por las guerras, y haber tenido mi parte, en que la marquesa abuela, y la duquesa, madre del dicho duque, se han mostrado siempre muy aficionadas, y lo han tenido por bien los dichos cardenal y don Fernando.

«23.º De Génova no pienso asegurarme más por agora y en lo venidero, y efectuándose la cosa o no, debéis tener cuidado que ella esté en vuestra devoción, por lo que toca y importa a la seguridad de toda Italia y a los reinos y Estados de Nápoles, Sicilia y Milán, y no solamente para esto, pero aún para los otros reinos de España, islas de Cerdeña, Mallorca y Menorca, de las cuales también todos los genoveses tienen necesidad, y señaladamente de la vecindad de Milán. Y por estas consideraciones, y con los servidores que tengo de dentro de la dicha ciudad, por beneficios recebidos de mí, y con buena desteridad, espero que ellos se podrán tener en vuestra devoción, también por el respeto del rey de romanos, mi hermano, y por ser amparados de la protección y sombra del Imperio, de la cual reconocen su libertad.

«24.º Cuanto a Sena, confiamos que el rey de romanos, mi hermano, tomará la protección y amparo de ella, y como yo siempre la he tenido, por haber sido de continuo devota al Sacro Imperio, y a mí aficionadísima, y aquietándose las discordias que son al presente allá, según espero que será. Y será bien que la favorezcáis todo lo que pudiéredes, y también la república de Luca, porque ellas, por conservación de sus libertades, querrán estar debajo del Imperio y ser contrarias a todos movimientos que se recreciesen en perjuicio de la quietud de Italia.

«25.º En la dicha Italia está el conde Galeote fuera de la concordia, por el perdón del cual algunos me han hecho grande instancia, pero no lo he querido perdonar, por la gravedad de los delitos hechos por él, y respeto de su parte adversa, que me ha sido buen servidor, y creo que no faltará quien os ruegue para que intercedáis que el rey de romanos, mi hermano, le perdone, y vos lo recibáis en gracia; pero parece que conviene, por los respetos así dichos, y agora se debe hacer menos, por haber venido a mis manos Placencia, y también ha sido su vida tal, y se ha metido tan adelante con Francia, que no se podría tomar confianza alguna de él.

«26.º Cuanto a Francia, yo he hecho siempre todo lo que he podido desde que comencé a reinar, por vivir en paz con el rey francés difunto, y muy buenas obras por ello, y en su consideración hay pasados muchos tratos de paz y de tregua, los cuales nunca ha guardado, como es notorio, sino por el tiempo que no ha podido, revocar guerra o que ha querido esperar oportunidad de dañarme con disimulación; ni han aprovechado todos mis grandes beneficios hechos. Y lo que se puede imaginar y entender del rey moderno, su hijo, y de las pláticas que llevaba en todas partes, se comprende que está puesto en seguir las pisadas y heredar la dañada voluntad de su padre, y que los pasados reyes de Francia han tenido a los nuestros. Pero como quiera que sea, os aconsejo que miréis y tengáis grande advertencia de guardar con él paz, tanto cuanto pudiéredes, y señaladamente por el servicio de Dios, bien público de la Cristiandad, y por lo que importa a los reinos, Estados y señoríos que yo os dejare. Pero por cuanto se entiende ya que el dicho rey moderno no quiere pasar por los tratados hechos entre su padre y mí, y querría sin ratificarlos venir a hacer nuevos tratados, que innovasen los hechos, con fin de tornar tarde o temprano cuando pudiese hallar la oportunidad de contradecir las renunciaciones tocantes a los reinos de Nápoles y Sicilia, y los Estados de Flandres, Artois y Tornay, y el Estado de Milán, y otras cosas contenidas en los dichos tratados, y señaladamente de Madrid y Cambray, siempre os debéis firmar en que las dichas renunciaciones queden siempre y expresamente en su fuerza y ser, y en ninguna manera vais fuera de esto, porque todo lo he adquirido, os vendrá y pertenecerá con buen derecho y sobrada razón. Y si aflojásedes en cosa alguna de esto, sería abrir camino para tornarlo a poner todo en controversia, según la experiencia ha mostrado, que estos reyes, padre y hijo, y sus pasados, han querido usurpar de continuo de sus vecinos, y donde han podido, usado de no guardar tratado alguno, señaladamente conmigo y nuestros pasados, con achaque y color de no poder perjudicar a su corona; y pues esto es así, será mucho mejor, y lo que conviene, sostenerse con todo, que dar ocasión a ser forzado después de defender el resto, o ponerlo en aventura de perderse.

«27.º Y pues vuestros pasados han sostenido lo de Nápoles y Sicilia, y también las tierras de Flandres contra los franceses, con ayuda de Dios, asimismo debéis fiar en él que os ayudará a guardallos, cuando los heredáredes, y os pertenecerán con sobrado derecho, como dicho es; y siendo más poderoso en la parte de Italia, con lo de Milán y Placencia, la adherencia que ternéis en aquella parte, y por lo semejante en la de Flandres, con lo que he acrecentado y añadido, es a saber, el ducado de Güeldres y señoríos de Utrech, Frisa, Overeriel y otros, con los cuales los Estados de allá son más poderosos, y teniéndolos unidos se podrán mejor sostener y defender.

«28.º Y si os quisieren mover guerra en la parte de Italia, tenéis el dicho Estado de Milán fortificado, y será bien proveído de artillería, la que envío allí de la conquista de Saxa, y se podrá defender del primer ímpetu, que es lo que más se debe temer de franceses; si pensase pasar adelante hacia Nápoles, le sería muy difícil dejando atrás dicho Milán, con el embarazo que podrá haber en el camino de la parte de Florencia, y no se podrá ayudar de la mar, porque tendréis vos más fuerzas en ella, con las cuales se podrán resistir los dichos reinos de Nápoles y Sicilia, cuanto más que la ciudad de Nápoles está bien fortificada con dos buenos castillos, y también otras muchas tierras y castillos del reino, y proveyendo de artillería con la que asimismo envío a él. Y por semejante, el reino de Sicilia está fortificado, señaladamente las ciudades de Mecina y Palermo, y resistiendo el dicha primer ímpetu, doquiera que sea, como dicho es, franceses después vienen a perder el ánimo, y no pueden durar, según la experiencia siempre lo ha mostrado, allí y en todas partes.

«29.º Y como dicho es, debéis tener advertencia de no dar ocasión al Papa, ni a venecianos, de rompimiento, tanto cuanto lo pudiéredes evitar. Y no es de creer que los unos ni los otros sean traídos fácilmente a romperos guerra con el dicho rey de Francia, por la poca confianza que según su costumbre saben que deben tener, y por no ponerse en gasto, y no arriscar sus Estados, con quien no pudiesen sostener, ni defendellos a la larga, y conocer los poderosos reinos, Estados y allegados, y que tenéis las fuerzas de mar, con las cuales podréis enviar siempre que fuere menester, socorro de gente, y haberlo así mismo de esta parte con el crédito que os dejaré en ella, y favor del rey de romanos mi hermano. Y aunque los de Nápoles hayan mostrado ser alterados postreramente todavía, todo bien mirado, no se ha visto cosa de que el Papa ni franceses hayan podido tomar fundamento, antes se ha entendido que los que han empezado la cosa, y de quien se tiene sospecha de infidelidad y querrían innovación, son pocos, y que la generalidad del reino está con la voluntad que conviene a buenos vasallos, y demás de esto los napolitanos tienen experiencia del mal sucedido por los dichos franceses.

«30.º También se ha visto y experimentado, de la parte de Milán, que tampoco quieren en aquel Estado franceses, y si los dichos de Nápoles y Milán pueden descansar de las grandes guerras que a la verdad han sostenido hasta aquí, y con gobernarlos con buena justicia, de lo cual ternéis cuidado, ellos son y serán siempre buenos y fieles vasallos.

«31.º Y aunque os sea necesario mirar en ahorrar tanto cuanto pudiéredes, según que quedaréis adeudado, y vuestros Estados alcanzados, no por esto se podrán excusar de tener siempre alguna gente española en Italia, y conforme al tiempo, y como viéredes los andamientos de franceses y otros que os podrían ser contrarios, porque será el verdadero freno para impedir innovamiento de guerra, y que no se hagan empresas para robar tierras, y al fin será allí al propósito de la necesidad, y si se ofreciere. Pero débese tener advertencia que la dicha gente se entretenga cuanto se podrá hacer, en las plazas y fronteras, donde parecerá ser menester haber guarda, y con el menos daño y trabajo de los súbditos y allegados a vos que ser pudiere, y que los que tendrán cargo de la dicha gente de guerra, se les haga vivir en obediencia y buena disciplina y regla, y que no den indebidamente ocasión de rompimiento ni desesperación en la parte donde se entretuvieron.

«32.º Y siguiendo esto, si Dios fuere servido llevarme, he ordenado que la gente española que está acá, se pase al Estado de Milán, para que esté allí de respeto, y será a propósito para si algunos quisiesen hacer movimiento, y señaladamente franceses, y siendo allí, se terná siempre en la mano para todo lo que se pudiese ofrecer en Italia, y aun para tener los dichos franceses, que no muevan algo de nuevo en otra parte. Y en cualquier tiempo que Nuestro Señor dispusiere de mí, debéis hacer que lo de allí sea a recaudo, y proveído brevemente, y según viéredes la apariencia de algún movimiento. Y asimismo será bien tener apercebidas las fronteras hacia España, señaladamente a la parte de Navarra y Perpiñán, porque cuanto a la de Flandres, no hay que temer que de golpe franceses pudiesen hacer invasión de momento.

«33.º Y cuanto a las galeras, no veo que se puedan dejar de entretener las de España, Nápoles y Sicilia, por la guardia ordinaria de los reinos y súbditos de ellos, y contra turcos y moros, que no se puede hacer tanta confianza de la tregua con el Turco que se deba dejar de tener las dichas galeras armadas, aunque no fuese sino para obviar las correrías de piratas y cosarios, cuanto y más por el respeto de franceses, y otros que quisiesen inquietar la Italia, o hacia España; y si se dejase el entretenimiento de las dichas galeras, no podría después ser a punto de la necesidad que sobreviniese. Y por esta misma causa tengo ser necesario no dejar las galeras de Génova, y que conviene, para entretener el favor de genoveses, y también que si se despidiesen podrían ir en manos de franceses, los cuales si se hallasen superiores en la mar de Italia, sería en manifiesto peligro, y asimesmo podría pasar trabajo lo de las partes de Cataluña y otras marítimas de España, y por esto no os debéis persuadir a dejar el entretenimiento de las dichas galeras, señaladamente por el gasto, porque aunque sea grande es peor evitar lo que podría suceder en mayor daño, si no fuese, que hubiese una buena seguridad de paz con Francia, y que no hubiese que temer del Turco, en lo cual no podemos ver experiencia ni apariencia alguna, antes se nos figura inconveniente sin el entretenimiento de las dichas galeras.

«34.º Cuanto a las tierras de Flandres, ellas están fortificadas, y aún se fortifican con los deseños que he hecho hacer, y todos aquellos señoríos tienen la voluntad y fidelidad que se puede desear, y señaladamente los grandes de ellos, y con la redución de lo de Gante y castillo que se ha hecho en aquella ciudad, que se ha fortificado en Cambray, y no hay que temer de franceses, que puedan haber esperanza, así como antes se lo persuadían; y si ellos quisieren mover guerra hacia aquella parte, las dichas tierras podrán muy bien resistirles, y no faltarán de hacerlo, especialmente con que haya alguna suma de dinero de respeto, sea de las ayudas que se podrían haber de las mesmas tierras, y de otra manera, con que tengan esperanza de ser asistidas de vos, como será razón que lo hagáis, según viéredes la necesidad; y si ellas pueden descansar algún tiempo, sosternán el gasto que fuere menester allí.

«35.º Sólo hay en la parte de acá el condado de Borgoña, el cual está apartado y muy lejos de los otros Estados y señoríos, y tanto, que sería cosa dificultosa y costosa socorrer el dicho condado de ellos; y así, he tenido siempre por bien que durante las guerras pasadas tratase y estuviese en neutralidad con franceses, y se favoreciese la liga hereditaria que tiene la casa de Austria con suizos, en la cual está comprendido el dicho Estado, y se debría hacer en caso de rompimiento. Pero como no hay que fiar en los dichos franceses, ni muchos de los suizos, por lo que quieren complacer a los dichos franceses, y también porque desearían haber en sus manos parte del dicho condado que está cerca de ellos, y señaladamente las salinas, he mandado fortificar la villa de Dolo, que es la cabeza del Estado, y empleado en ella las ayudas que en él me han otorgado, y vos debréis tener la mano que se acabe la dicha obra, y la de Grey, y que se repare el castillo de Ioulx y que se fortifiquen otras tierras y que los otros servicios que se harán sea para esto, y reparo y provisión de artillería y municiones y otros gastos por el tiempo que será menester, porque el dicho condado es el más antiguo patrimonio de la casa de Borgoña y a propósito de dañar franceses por aquella parte según la ocasión, y que los vasallos de allí han tenido y tienen siempre gran fidelidad, y hecho servicios a nuestros pasados, y vos podréis ser servido dellos, y así os encomiendo la fortificación, defensión y conservación del dicho Estado.

«36.º Cuanto a la parte de España, no es de temer que franceses muevan guerra abiertamente en su nombre, ni aun asistir el señor de Albret, según que les han mal sucedido las pasadas, y que se les podría fácilmente resistir como se ha hecho hasta aquí, y si los dichos franceses pueden envadir en muchas partes, también temerán de lo mismo, y aun a ellos será imposible proveerse de gente de guerra, ni sostener el gasto en tantas partes, según se ha visto.

«37.º Y cuanto a las Indias, debéis tener cuidado de mirar siempre si los dichos franceses querrían enviar armada hacia allá a la disimulada o de otra manera, y debréis apercebir los gobernadores de aquellas partes para que estén sobre aviso, y donde y cuando fuese menester conforme a ello resistir a los dichos franceses, y aunque ellos habían emprendido, muchas veces de ir allí, se ha visto que sus armadas no han durado, y demás de esto, cuando se las resisten luego aflojan y se deshacen, y así hace mucho al caso salirles presto a la mano, y debréis tener buena inteligencia con Portugal, señaladamente por lo que tocare a las dichas Indias y defensión de ellas.

«38.º Y así no debéis en alguna manera hacer concierto con el dicho rey de Francia, con dar ni quitar cosa alguna de lo que ternéis y os pertenecerá, sino estar constante y guardarlo todo, y siempre sobre aviso, sin fiaros en plática de paz, ni palabra de amistad, y teniendo continua advertencia de fortificar y proveer lo que pudiéredes en todas partes, por ser a punto y aparejado para si os quisieren mover alguna guerra, defenderos, y que los dichos franceses no os puedan hurtar algo siguiendo su costumbre de hacerlo, señaladamente cuando muestran querer más asegurar, pero esto ofreciendo siempre a guardar los tratados pasados y buena amistad, y a estrecharla con medios razonables y conveniente seguridad, con presupuesto, y estando firme en lo que es dicho arriba; y haciéndolo así debéis confiar que Dios, como os había dado los dichos reinos, Estados y señoríos descargados de las querellas y pretensiones de dichos franceses, os ayudará a sostener y defenderlos, y no os mováis a hacer otra cosa por amonestaciones de quienquiera que sea, ni por necesidad o peligro de guerra que se os refiriesen en alguna parte.

«39.º Y basta y aun es mucho dejar suspendido el ducado de Borgoña, proprio y verdadero patrimonio mío, por respeto de la paz y tratados hechos, y así no entiendo de renovar guerra por eso; pero vos no dejaréis ni disimularéis el derecho tan justo y tan favorable, que me pertenece y os pertenecerá, al dicho condado de Borgoña, todas las veces que se ofreciere hablar de la parte de Francia de las querellas que han expresa y debidamente renunciado, y con justa y bastantísima causa y razón.

«40.º Y demás de esto, la restitución de Hesdin, que los dichos franceses deben hacer con razonable recompensa, en lo cual persistiréis cuando viéredes la ocasión; pero no por esto sólo me parece que debéis tornar en guerra, porque aunque el dicho Hesdin sea el propósito de las tierras de allá, no sólo es tanto, cuanto importa más evitar la guerra y los inconvenientes que de ello se podrían recrecer.

«41.º Y por lo que más recelan los franceses, según continuamente se entiende, es de lo que ocupan al duque de Saboya, así de acá como de allá de los montes, en la restitución de lo cual he siempre persistido, cuando se ha platicado de estrechar la amistad con los reyes defunto y moderno de Francia, según era y soy obligado por lo que se debe a la autoridad imperial, y deudo que tengo con el dicho duque, y por el respeto de su hijo, mi sobrino, y de lo que tengo capitulado con el dicho duque, y que ha dicho de continuo absolutamente que no quería hacer concierto sin lo restituido señaladamente de Piamonte, el cual, como se entiende, piensan guardar para siempre los dichos franceses, tanto más hallo dificultoso y peligroso de hacer concierto, pues se debe tener por certísimo que los dichos franceses se obtienen y guardan el dicho Piamonte para desde allí poder turbar las cosas de Italia; y con fin de tornar a ocupar el Estado de Milán, sujetar a Génova, pasar a Florencia y hacer allí lo semejante, y después ir a Nápoles y a Sicilia, y se ve claramente por todas sus pláticas, que es ésta su intención y no se podría poner límite a su ambición, que se ha siempre entendido y han mostrado los dichos franceses atrevidamente.

«42.º De manera que aquí concurre el perjuicio del Imperio, dar pie a franceses para poder turbar la Italia todas las veces que pudieren, y emprender contra los reinos y Estados que tengo allá y los demás allegados y amigos, y estar de continuo en gasto y cuidado, y no veo que pueda aconsejar tal concierto, y aun si entre ellos lo quisiesen hacer, consentillo hasta no poder más; y así, he tenido y tengo por mejor dejallo como está, que consentir o disimular cosa tan perjudicial al dicho duque, ni tan perniciosa y de tanto inconveniente; esperando que Dios podrá dar la vía para remediar esta inhumanidad y crueldad que padre y hijo han mostrado y muestran contra su propio tío y primo.

«43.º Es verdad que tengo lástima de los dichos duque y príncipe su hijo, y de que queden tanto tiempo fuera de su Estado. Pero pues han sufrido esta injuria, violencia y daño fasta agora, menos mal es que se estén ansí, aún esperando en la voluntad de Dios que dará algún medio y camino para cobrar lo que es suyo, como dicho es, y reintegrar su casa tan antigua, que hacer algún concierto quitando o dejando la principal parte de ella, y apocarla tanto ellos mismos y ser causa de tantos males que podrían suceder de esto, y el dicho duque ha mostrado estar siempre en esta voluntad. Y a lo que dice y muestra el príncipe su hijo, no va fuera de ella, y señaladamente se ha conocido en la plática que se ha movido del matrimonio del dicho príncipe con la hija del de Francia, haciendo el cual tampoco se debría esperar restitución; pues el mismo rey de Francia la niega ya expresamente. Y es de creer que de contino se obstinará más en ella, con lo que se funda de haber heredado lo que su padre ocupó al dicho duque, y como el dicho rey de Francia sabe la gran sin razón que su padre de él y él han tenido y tienen, nunca se fiaban de los dichos duque y príncipes, antes por todas las vías y maneras que podía, el dicho rey quería abajar y sujetar los dichos duque y príncipes, y señaladamente, sin respeto de tal afinidad y matrimonio, como se ha visto y es la natura de los dichos franceses, y especialmente en la del señor de Albret, siendo casado con hermana del dicho rey difunto, y aunque el dicho rey difunto haya mostrado tomar ocasión de indignación con el dicho duque de Saboya, porque inclinase de mi parte, pero ya algunos años antes y desde que el dicho duque vino a heredar, el dicho rey y su madre le habían movido la querella, y pasado tan adelante hasta desafiarle y intimarle guerra para ocuparle su Estado, como lo ha hecho, y han declarado muchas veces el dicho rey y los suyos expresamente, de manera que su fin ha sido siempre de abajar y oprimir al dicho duque y tenerle sujeto, y añadir sus dichos Estados a Francia, y tener el camino abierto para tiranizar la Italia.

«44.º Y yo, atendiendo a esto, fui siempre de parecer, y aconsejé, después que vine en rompimiento con Francia, y señaladamente, que me casé, que el dicho duque hiciese todo lo que pudiese por quedar neutral y temporizar con el dicho rey difunto y que se entretuviese con los suizos, lo que no hizo, de manera que franceses y ellos se concertaron, y le ocuparon su Estado de acá y de allá los montes, más por pasión y particular interese que por causa y respeto mío.

«45.º Pero aunque esto haya sido sin mi culpa ni haber dado ocasión a ello, he favorecido siempre al dicho duque y asistido en todo lo que he podido, y obviado que no perdiese lo que le queda; y así haréis bien de continuar buena amistad con él, por el respeto del deudo que de ellos tenéis y de la voluntad que padre y hijo muestran y han mostrado, de observarla de su parte, y de favorecerlos y asistirlos en todo lo que podréis, señaladamente por la guarda y defensión de lo que el dicho duque tiene y posee, demás de por su respeto, por ser cosa que importa a la seguridad de las tierras y cosas de Italia, especialmente del Estado de Milán.

«46.º Y cuanto a las pensiones que he constituído a los dichos duque y príncipe para ayuda de su entretenimiento, haréis en lo venidero lo que buenamente podréis, porque cuanto a lo pasado se debe contentar, pues no se ha faltado a lo que se ha podido, y que cuando otorgué la pensión al dicho duque, fue pensando que ella se cobraría del Estado de Milán, estando por entonces de manera que se podía cumplir; pero con la continuación de la guerra y sospecha de ella, y señaladamente por las cosas del Piamonte, y sostener y defender las tierras del dicho duque, hanse recrecido continuamente muy grandes gastos, y tantos, que no se ha podido hacer más con él, ni en lo venidero podría el dicho Estado sufrir tanto peso, y os podréis con razón y honestidad excusar de lo pasado con lo que se ha hecho; y en lo venidero, con decir que haréis lo que podréis. Y cuanto al dicho príncipe, será bien que proveáis la continuación de su pensión o parte de ella, según viéredes la necesidad que convenga y tuviéredes la posibilidad.

«47. Y cuanto a lo que toca a asistirles para cobrar sus Estados, debéis tener en ello mucho miramiento, y no os dejar persuadir a que ellos comiencen guerra por esto, ni que vos os metáis en ella, sin ver primero que haya buen fundamento y oportunidad, sea con el favor y asistencia del Imperio, y que franceses fuesen impedidos con ingleses, o de otra manera; que se viese ser la cosa muy a la mano, y señaladamente teniendo ojo a los suizos, y que vuestros reinos, Estados y señoríos no se aventurasen, y no se ve que esto se pueda hacer en algunos años, según están las cosas de esta Germania, y que es verisímil que los ingleses disimularán con los franceses durante la menor edad de su rey, y también por lo que es necesario y forzado que los dichos reinos y Estados que dejaréis descansen. Y demás de esto, cuando se debiese hacer, debréis mirar que franceses no puedan tomar achaque, que vais contra los tratados, ni se os pueda imputar que seais causa de revocar la guerra de la Cristiandad, y en perjuicio del bien público de ella. Y si los dichos duque y príncipe no quisieren esperar la coyuntura u oportunidad que Dios querrá enviar a sus Estados, sino concertarse con franceses, no obstante las razones y consideraciones antedichas, y viéredes que no lo podréis estorbar, en tal caso miraréis que la cosa se haga con más provecho y menos daño de ellos que ser pudiere, y ternéis advertencia de os asegurar en todo lo que hubiere lugar, por lo que toca a las cosas de Italia, y señaladamente por lo de Lombardía, como Milán, Génova, Monferrat y Florencia y otros aliados y amigos; y de manera que todos vean y conozcan que habéis tenido cuidado tal que conviene de vuestra seguridad y de ellos.

«48. Y porque he capitulado con el dicho duque y prometido de cobrar libremente las rentas de sus tierras, en las cuales hay gente de guerra mía y no tengo otro fin en esto, sino por lo que toca a la guardia y seguridad mía y suya, ternéis cuidado de entretanto que será menester haber guardia en las dichas tierras, dejar gozar de ellas al dicho duque, conforme al tratado, mirando primero de no alzar la mano de la dicha guardia, señaladamente de las tierras más importantes. Pues se podrá tener por cierto que haciéndose concierto con los dichos franceses, ellos lo cobrarían después, aunque no quisiese el dicho duque príncipe, de manera que esto toca a su proprio bien. Y demás de esto, no sería razón que hubiese yo defendido las dichas tierras en tiempo de su enemistad con franceses confiando de los dichos duque y príncipe, y que después se perdiesen por ellos, y me sucediese de esto inconveniente, sin pretender otro de las dichas tierras, sino de ser asegurado de ellas, como dicho es.

«49. Y entre otras tierras y fortalezas ternéis cuidado del castillo de Niza, y que los que ternán cargo de él sean a vuestra devoción, y si es posible os hagan juramento de no consentir que franceses se apoderen y valgan de la dicha plaza, por ser ella muy importante.

«50. Y aunque se haga el dicho concierto, no dejaréis por ello de tener por amigos los dichos duque y príncipe, pero con que tengáis siempre advertencia que franceses harán todo lo que podrán por desviarlos y apartarlos de vuestra amistad.

«51. Tendréis cuidado, de entretener amistad con los ingleses, y de guardar los tratados hechos entre el padre difunto del rey moderno y mí, porque esto importa a todos los reinos y señoríos que yo os dejare, y será también para tener suspensos a franceses, los cuales tienen muchas querellas con los dichos ingleses, así por lo de Bolonia como de las pensiones y deudas; y se tiene por difícil que puedan guardar amistad entre ellos que dure. Y demás de esto, es verisímil que el rey de Ingalaterra, que ahora es mozo, viniendo en edad, habrá sentimiento de las cosas que han hecho y harán franceses contra él en perjuicio durante su menor edad; pero miraréis de no os empachar en ello, tanto cuanto pudiéredes, y os firmaréis siempre en los tratados que tenemos hechos con los unos y con los otros, y señaladamente no haréis ni tratéis con los dichos ingleses cosa alguna que direta o indiretamente pueda ser contraria de nuestra santa fe y autoridad de la Sede Apostólica.

«52. Y cuanto a los escoseses, si se puede concertar con ellos por lo que toca a la seguridad de la contratación y navegación, no hay que hacer en lo demás en aquella parte.

«53. Cuanto al rey que posee a Dinamarca será bien que entretengáis el tratado, hecho con el fin de no entrar en querella. Por lo que toca al rey Christierno y nuestras sobrinas, por las cuales, y concertarlas con el dicho rey, haréis todo lo que pudiéredes, y por el buen tratamiento del dicho rey, pero de manera que no venga en libertad tal que procediese tornar a renovar guerra ni hacer daño a los Estados de Flandres, como otras veces.

«54. Demás de lo de arriba, va muy mucho por la seguridad y quietud de los reinos, señoríos y Estados que os dejare, que pues no podéis ser presencialmente en todos, ni visitar muchas veces como convenía, que ellos sean continuamente proveídos de buenos visorreyes y gobernadores, que tengan cuidado de entretener los súbditos en justicia y policía, y que sean calificados para ello, y la buena gobernación de los dichos reinos y Estados, cada uno según lo que se le encomendare, y demás de esto, que tengan continuo cuidado de la guardia y seguridad de ellos, y vos tendréis gran miramiento que hagan y ejerciten sus oficios como conviene, y no excedan sus instruciones, ni usurpen más autoridad de la que se les diere, y que sepan que haciendo el contrario seréis deservido y descontento de ello, y que no lo sufriréis, y lo mandaréis remediar muy de veras como quier que sea, y aunque no debréis creer las quejas, si algunas se hiciesen, de los dichos virreyes o gobernadores, no dejaréis de entendellas y informaros de la verdad, porque no lo haciendo sería dar ocasión a que los dichos virreyes o gobernadores fuesen más absolutos y a los vasallos de desesperarse.

«55. Y señaladamente, cuanto al gobierno de las Indias, es muy necesario que tengáis solicitud y cuidado de saber y entender cómo pasaran las cosas de ahí, y asegurarlas para el servicio de Dios y para que tengáis la obediencia que es razón, con la cual las dichas Indias serán gobernadas con justicia, y se tornen a poblar, y rehacer, y para que se obvie a las opresiones que los conquistadores, y otros que han sido allá con cargo y autoridad y so color de esto, y con sus dañadas intenciones, han hecho y hacen para que los indios sean amparados en lo que fuere justo, y tengáis sobre ellos y los dichos conquistadores, y sus haciendas, la autoridad, superioridad, preeminencias y conocimiento que es razón y conviene para ganar y haber la buena voluntad y fidelidad de los dichos indios, y que el Consejo de las Indias se desvele en esto sin otro algún respeto y como cosa que importa muy mucho.

«56. Y cuanto al repartimiento de los indios, sobre lo cual ha habido diversas informaciones y procesos, y se ha platicado muchas veces, y tenido diversos pareceres y respetos, y últimamente ejemplo, y mandado a don Antonio de Mendoza nuestro visorrey en la Nueva España para que se informase y enviase el suyo, como habréis entendido, la cosa es de mucha importancia para agora y en lo venidero, y será bien que tengáis grande advertencia en la determinación que en esto hiciéredes, por los respetos tocados en este otro capítulo de arriba, y así, no dejéis, habida la dicha información, de examinarla muy bien, y aun consultar todo el negocio con hombres de buen juicio, y que entiendan las cosas de allá, y que tengan principal fin y respeto de la preeminencia real, y lo que toca al bien común de las dichas Indias, y que con esto el repartimiento que se hará sea moderado y menos perjudicial que se pudiere.

«57. Allende de esto, la cosa que más entretiene los vasallos y súbditos de cualquier nación que sean en la fidelidad de sus señores, es ver que tienen hijos, en que consiste la firmeza de los Estados, con esperanza de haber cada uno de ellos señores de quien puedan ser gobernados, y tanto más por lo que toca a las dichas tierras de Flandres. Y por esto me parece no solamente conveniente, pero necesario, que os tornéis a casar, tomando parentesco y partido conveniente al bien público en cuanto se podrá hacer, y del cual con la ayuda de Dios podáis haber hijos, señaladamente por la consideración arriba dicha, y así por el amor paternal que os tengo, y lo que quiero a los dichos Estados, os aconsejo y ruego que lo hagáis.

«58. Y no os quiero apremiar al partido que debréis tomar, pero bien os aconsejo en ello principalmente miréis al servicio de Dios y bien público de la Cristiandad, beneficio y satisfacción de los dichos reinos y Estados, y si el casamiento con la hija del rey de Francia se pudiese concertar, y con la firmeza de las cosas tratadas, y restitución de lo del duque de Saboya, y bastante seguridad, me ha parecido y aún parece, que sería lo que convendría. Y si esto no ha lugar, me parecería podría convenir la princesa de Albret, con tanto que se tratase de manera que se quitase la diferencia y pretensión sobre el reino de Navarra, y con medios convenientes, y que se pudiese sacar la dicha princesa de Francia, porque aunque los franceses tuviesen de esto sentimiento, viendo la cosa hecha es de creer que lo disimularán por os ver más fuerte, con lo que tiene el señor de Albret, y no habiendo forma de poder volver de golpe hacia allá, y que ni por esto se dañaría más de lo que está la voluntad de los franceses, no debríades dejar de entrar con él, por lo que se ha algunas veces apuntado de la diferencia que podría ser de los hijos de este matrimonio, lo cual todo bien examinado no tiene fundamento, y se entiende que la dicha princesa es de buena disposición, virtudes, cuerda y bien criada.

«59. Pero si uno de los casamientos susodichos no se puede hacer, no veo por agora otro partido sino de la una de las hijas del rey de romanos mi hermano, o de la infanta hija de mi hermana, la reina viuda de Francia. Y como estos partidos no son menester para estrechar amistad y deudo, lo que más convendría sería quietar y juntar otra amistad con los respectos susodichos, y si no, os remito de escoger el partido que os satisfaciere. Mas pues la voluntad que tengo a ambas sobrinas es una solamente, ruego a Dios que acertéis por lo mejor.

«60. Y cuanto al matrimonio de mis hijas vuestras hermanas, y señaladamente de la mayor, después de examinado, y pesando todo lo que en ello se ofrece, no veo para ella partido más a propósito, y aún que convenga, como el del archiduque Maximiliano mi sobrino, porque cuanto a lo que he hablado de casarla en Portugal con el príncipe mi sobrino, ni las edades convendrían, ni sería honesto ni razonable ir contra lo que se ha tratado de su hermana del dicho príncipe de Portugal, antes en perjuicio suyo, siendo este partido muy conveniente a las edades, y todo lo demás, como lo será el de vuestra hermana mayor con el dicho duque Maximiliano, y de gran contentamiento a mi dicho hermano. Las cosas del cual, como se ha dicho arriba, se han proveído y remediado de manera que el dicho duque quedará muy bien, y el padre y él ternán más satisfación a todo lo que os tocare para lo de Italia, y la parte de Flandres, y ansí nos firmamos en que se haga con la bendición de Dios, y siguiendo lo que sobre esto, Nos y la Emperatriz, que sea en gloria, habíamos considerado por nuestros testamentos, y constituyéndole la dote y las sumas contenidas y ordenadas por nosotros en ellos. Y cuanto a lo que se había mirado por los dichos testamentos, por lo que toca a las tierras de Flandres y Borgoña, habiendo después pensado más en ello cuanto a la importancia de los dichos Estados, y que convienen a vuestra grandeza, y que demás he conquistado el ducado de Güeldres y unídolo a ellos, estamos en que los guardéis, confiando en que Dios dará más hijos, y os ruego y encargo muy mucho que este matrimonio se efectúe lo más presto que ser pudiere, teniendo respeto a que vuestra dicha hermana es de edad, y que como dicho es, no se ofrece otro partido tan conveniente.

«6l. Demás de esto, ofreciéndose vuestra venida acá, podréis traer con vos la dicha vuestra hermana, y no se podría haber ocasión ni medio más conveniente para que venga honradamente, y como se requiere a su calidad, y aunque no vengáis vos, no se debrá dejar su venida, ni diferir más el dicho matrimonio; y así, os ruego que tengáis por bien que se haga, y os lo encomiendo y encargo cuan encarecidamente puedo.

«62. Ansimismo se ha platicado muchas veces que haciéndose este matrimonio del dicho mi sobrino el archiduque de Austria Maximiliano con vuestra hermana mayor, se le podría encomendar el gobierno de los Estados y tierras de la parte de Flandres, porque como se ha visto y entendido, los de allí no pueden bien ser gobernados por extranjeros, ni tampoco entre los de la misma nación se podría hallar persona a este propósito, ni sin invidia, y así será siempre proveído de alguno de nuestra sangre. Pero no se ha dejado de apuntar que metiendo al archiduque en este cargo, no faltaría quien pusiese en su cabeza de tener fin y emprender de quedarse con los dichos Estados, y por no poder vos residir en ellos, muchas veces la gente de ellos sí se podrían aficionar a los dichos archiduques y vuestra hermana, tanto más dándoles Dios hijos, todavía siendo la cosa tan grande y de tanta importancia, se podrían dejar persuadir con él. Y por esto no he querido tomar en ello resolución hasta vuestra venida, y que hayáis visto la importancia de las tierras, y que conozcáis al archiduque Maximiliano. Es verdad que si se pudiese acabar con la reina viuda de Hungría, mi hermana, continuase el dicho cargo, que ha tanto tiempo tenido, sería lo que más convenía, porque ella lo ha hecho muy bien en paz y en guerra. Pero está puesta en descargarse de él, y, en fin, se remitirá todo hasta vuestra venida, placiendo a Dios.

«Y cuanto a mi segunda hija, vuestra hermana, debéis efectuar en su tiempo el matrimonio de ella con el príncipe de Portugal, como está concertado, por guardar buena fe, y ser lo que conviene a la Corona de España y al deudo y amistad que se debe a Portugal, a la observación de la cual tendréis siempre buena advertencia, según la afición que el rey mi cuñado ha de continuo mostrado de su parte a ello, y también el infante don Luis, y el cardenal, y lo que se debe a la reina mi hermana, que he hallado en todo lo que se ha ofrecido muy aficionada a mí y a todas mis cosas.

«Lo mismo siempre he hallado en la reina viuda de Francia y en la reina viuda de Hungría, mis hermanas, y tengo por cierto que entrambas y cada una continuará esta voluntad con vos, y así, recíprocamente debéis corresponder, y tenellas siempre por buenas tías, y favorecellas en todo lo que pudiéredes, y os lo ruego, y os las encomiendo. Y por la fin, os encomiendo muy mucho la observación y cumplimiento de mis testamentos y codicilos, y también los de la Emperatriz, que Dios haya. Y así, por lo que toca a nuestras almas, mandas pías, como en lo demás, yo confío que lo haréis enteramente como buen hijo, y lo merece la paterna voluntad que os habemos tenido y tengo, y ruego a Dios que os ampare de su mano, enderece y guíe vuestros deseos a su servicio, y para bien reinar y gobernar, y finalmente alcanzar la gloria con mi bendición. -De Augusta a 19 de enero de 1548.»

Tiene Cortes el príncipe en Valladolid, con poco gusto. -Déjase el antiguo servicio de la casa real de Castilla y toma el de la de Borgoña.

Quiso el príncipe don Felipe, antes que partiese de Castilla, llamar el reino y darle cuenta de su partida y de la voluntad del Emperador, su padre, que era, que el príncipe Maximiliano quedase por gobernador en ella. Vinieron a estas Cortes los procuradores de las ciudades; juntáronse en Valladolid. Ellas no fueron de mucho gusto, porque Castilla lleva mal las ausencias de sus príncipes.

Aquí se pidio por parte del reino, que él desempeñaría la especería de las Molucas, porque se la dejasen gozar seis años solamente, mas el Emperador no lo quiso hacer. Puso casa al príncipe a la borgoñona, desautorizando la castellana, que por sola su antigüedad se debía guardar, y más no teniendo nada de Borgoña los reyes de Castilla. Y a 15 de agosto de este año se comenzó a servir a la borgoñona. Servía de mayordomo mayor el duque de Alba, acompañado de don Pedro de Avila, marqués de las Navas; don Pedro de Guzmán, conde de Olivares; Gutierre López de Padilla y don Diego de Acevedo, mayordomos del príncipe, los cuales salieron ricamente vestidos. Y lo mismo los gentileshombres de la boca. Fue caballerizo mayor don Antonio de Toledo, de la Orden de San Juan, y tuvieron la Cámara don Antonio de Rojas, Ruy Gómez de Silva, don Juan, conde de Cifuentes; don Juan de Benavides y don Fadrique de Toledo, comendador mayor de Calatrava. Don Gómez Figueroa, que después heredó el condado de Feria, fue capitán de la guarda española, y de la alemana, un tudesco, y de los archeros, el conde de Horne. Fueron de la boca muchos mayorazgos y principales caballeros.Hízose este día el servicio de plato con reyes de armas vestidos de cotas reales y mazas, con real ceremonia y aparato.

Esperaban en Castilla al príncipe Maximiliano. Sálele a recibir el condestable de Castilla. -Despósanse Maximiliano y María.

Ya se sabía la venida del príncipe Maximiliano, aunque despacio, porque le habían dado unas cuartanas que le fatigaban, lo cual fue causa que se dejasen las fiestas que se habían ordenado, y también por ser tarde, y no poder dilatarse el viaje del príncipe, que ya era el mes de setiembre, y mediado, cuando Maximiliano llegó a Valladolid. El príncipe encomendó su recibimiento y boda a don Pedro Fernández de Velasco, condestable de Castilla, el cual mostró bien quién era en la magnificencia y grandeza con que recibió al príncipe, haciendo lo que siempre sus pasados hicieron en servicio de los reyes.

Salió el condestable con gran acompañamiento de señores deudos y amigos suyos, ricamente aderazado. Y por buena diligencia que el condestable puso para topar con el príncipe Maximiliano en la raya de Castilla y Aragón, había caminado tanto, que el condestable le halló en la villa de Olivares, cinco leguas de Valladolid, donde le hizo uno de los más altos recibimientos que nunca señor hizo a príncipe. Sabiendo el príncipe que Maximiliano era llegado a Olivares, le salió a recebir y visitar tomando la posta, acompañado del duque de Alba y del almirante de Castilla, y del duque de Sesa y de otros grandes señores y caballeros. Y habiéndose recibido y tratado con el amor y cortesía que entre tan grandes príncipes, y tan deudos, convenía, tornóse el príncipe a Valladolid para recibirle públicamente otro día, que fue su entrada, la cual, y el recibimiento que se le hizo, fue con la solemnidad que a tan gran príncipe se debía.

Llegado a palacio, se desposó aquella noche con la infanta doña María, por mano de Cristóforo Madrucho, cardenal y obispo de Trento, príncipe del Imperio, que desde Alemaña le venía acompañando, ratificando el desposorio que antes había pasado en Aranjuez por mano de don Juan Martínez Silíceo, arzobispo de Toledo, en virtud de los poderes que había dado el príncipe Maximiliano, que Tomás Perrenoto, señor de Chantonai, su camarero, había traído. El día siguiente a la mañana, el cardenal dijo la misa y los veló. Y al cabo de tres o cuatro días que fueron casados, se representó en palacio una comedia de Ludovico Ariosto, en la forma de teatro y cenas que los romanos solían representar, que fue cosa real y suntuosa.

Parte el príncipe de Valladolid, y su viaje a Flandres. -Viaje del príncipe, de Calvete.

Primero de octubre deste año, partió el príncipe don Felipe de Valladolid, dejando por gobernadores de Castilla y Aragón a sus hermanos los príncipes recién casados. Acompañaron al príncipe en este viaje el duque de Alba y el duque de Sesa, don Antonio de Toledo, caballerizo mayor; Ruy Gómez de Silva, don Juan de Benavides, gentileshombres de la Cámara; el conde de Cifuentes, don Fadrique de Toledo, hijo mayor del duque de Alba; don Pedro de Guzmán, conde de Olivares, bien nombrado en esta historia, el cual fue por su mayordomo, con su hijo don Enrique de Guzmán, que era paje del príncipe, a quien todos conocemos, y sabemos con cuánto valor y honra de la nación fue embajador en Roma, virrey de Nápoles y Sicilia, y es conde de Olivares. El marqués de las Navas, también mayordomo; Gutiérre López de Padilla, don Diego de Acevedo, don Gómez de Figueroa, capitán de la guarda española, y Reimonde de Tassis, correo mayor del Emperador. Fue su camino por Quintanilla, Aranda de Duero, Burgo de Osma, Monteagudo, donde es la raya de Castilla con Aragón, y el duque de AIba tuvo una triste nueva de la muerte de su hijo primogénito don García de Toledo. Llegó el príncipe a Zaragoza; posó en las casas del conde de Morata, don Pedro de Luna, virrey de Aragón.

De Zaragoza fue derecho a Nuestra Señora de Montserrate, monasterio de mi Orden; entró en él a 10 de octubre. Aquí se detuvo otro día y confesó y comulgó, que fue siempre este príncipe devotísimo de esta imagen, como debe decir en su historia quien la escribiere bien.

Aquí llegó por la posta don Francisco de Avalos, marqués de Pescara, hijo de don Alonso de Avalos, marqués del Vasto, tan nombrado y señalado en esta historia. Venía desde Italia en las galeras de Nápoles, con don García de Toledo, para acompañar a Su Alteza. El príncipe le recibió con la cortesía y amor que merecía tan gran caballero.

A 13 de octubre bajó el príncipe de Montserrate y fue a Barcelona. Aquí le recibió don Juan Fernández Manrique, marqués de Aguilar, que era virrey y capitán general de Cataluña, y don Bernardino de Mendoza, capitán general de las galeras de España, con toda la nobleza de aquella ciudad. Posó en las casas de doña Estefanía de Requeséns, viuda, que fue casada con don Juan de Zúñiga, ayo del príncipe, comendador mayor de Castilla y del Consejo de Estado del Emperador. Detúvose el príncipe tres días en Barcelona; de allí fue a Rosas, donde le esperaba el príncipe Andrea Doria con la armada. De allí pasó a Girona; entró con pompa y aparato real. A 19 de octubre entró en Castellón de Ampurias, que es del duque de Segorbe.

Aquí estaban infinitos caballeros esperando para embarcarse y acompañar al príncipe en esta jornada. Hay de este viaje un libro particular que escribió Cristóbal Calvete Estrella, criado del mismo príncipe; quien más quisiere de lo que aquí diré, allí lo podrá ver. Sólo digo que no sé qué príncipe del mundo ni qué emperadores romanos jamás gozaron de tantas fiestas ni triunfos como los que se hicieron al príncipe en esta jornada por toda Italia, y en lo que toca de Alemaña y Flandres.

Llega el príncipe a Bruselas. -Viuda memorable, doña Estefanía de Requeséns. -Tratan de jurar al príncipe en Flandres. -Muerte del papa Paulo III, y algo de sus condiciones. -Notable pobreza del Papa. -Julio III, nuevo Pontífice, aficionado al Emperador.

Llegó el príncipe a Bruselas, y al apearse en el palacio imperial, ya noche, la luz de las hachas era tanta, que parecía de día. Fue recibido de las reinas viudas de Francia y de Hungría, sus tías, con gran amor y sumo gozo. Juntas las dos tías, llevaron el príncipe al Emperador, que estaba en su aposento esperándole.

El recibimiento entre ellos fue cual se puede pensar entre tal padre y tal hijo. Los regocijos y fiestas ya he dicho quién los escribe, que fueron tantos y tales que merecen particular historia.

Acabadas las fiestas de Bruselas, algunos caballeros españoles trataron de volverse, como lo hizo el conde de Luna, por haber muerto la condesa su mujer y don Luis de Requeséns, comendador mayor de Castilla; porque era fallecida doña Estefanía de Requeséns, su madre, la cual, consumida de una continua tristeza y dolor tan grande que recibió de la muerte de don Juan Zúñiga, comendador mayor de Castilla, su marido, vivió tan poco, que con razón la pueden llamar otra Alcestis o Evadne, o aquella Porcia Romana, mujer de Marco Bruto, así en el amor conyugal como en otras virtudes que doña Estefanía tuvo.

Después destos caballeros, se partió el duque de Sessa por la posta a Italia, a visitar sus Estados en el reino de Nápoles. Casi en fin de junio partió el almirante de Castilla, y muchos con él, para España, y en aquella sazón se supo la resolución de lo que el Emperador trataba con los Estados de Flandres, sobre jurar al príncipe; los cuales todos, en conformidad, respondieron que, siempre que fuese servido, jurarían por su señor y príncipe futuro a don Felipe, príncipe de España, su hijo, con la cual nueva todos los señores y caballeros se pusieron en orden y se aderezaron ricamente para acompañar al Emperador y a las reinas y príncipe por todas las ciudades, villas y lugares de los Estados de Flandres, en las cuales habían de recibir y jurar al príncipe por señor y legítimo sucesor del Emperador Carlos V, Máximo.

Comenzó el príncipe este camino de ir a visitar todos estos lugares para ser jurado en ellos, por la villa de Lovaina, cabeza del ducado de Brabante y provincia de la Galia Bélgica, y de aquí fue discurriendo por los lugares y ciudades, donde se le hicieron grandísimas fiestas y le juraron de manera que los Estados que hasta aquí eran como bienes partibles, quedaron vinculados y hechos mayorazgo y herencia forzosa del heredero mayor.

Después que el príncipe volvió de tan largo viaje y fue jurado en todos los Estados de Flandres, hizo asiento en Bruselas, donde estaba el Emperador, su padre. Quisieron hacer fiestas los caballeros mozos, las cuales se suspendieron porque cayó malo el Emperador, y llegó nueva que el papa Paulo III había muerto en Roma a 10 de noviembre, víspera de San Martín. Murió este Papa de puro frío, en cinco días, y en edad de ochenta y dos años, y sin tener un cojín (siendo riquísimo) sobre que le pusiesen la cabeza sus lacayos, cuando le llevaban muerto al palacio sacro; cosa digna de notar, no porque un cuerpo, muerto haya menester almohadas, sino por lo que requiría la dignidad. Guíalo Dios así para nuestro ejemplo y consuelo, porque era este Pontífice muy polido y regalado, y tenía otras curiosidades que pararon en esto. Lo demás de su vida no me toca escribirlo. Sólo digo que él tuvo al Emperador más miedo que amor, y que en el alma tenía la flor de lis; codició demasiado lo de Parma y Placencia y quiso comprar a Milán, como queda dicho.

Sucediéndole en el Pontificado Juan María, cardenal de Monte, varón virtuosísimo, por lo cual fue elegido con voluntad de todos, llamóse Julio III. El avisó luego con un proprio al Emperador, ofreciéndosele mucho; y el Emperador mandó luego despachar a don Luis de Avila y Zúñiga, comendador mayor de Alcántara, gentilhombre de su Cámara, para que fuese a Roma y en su nombre visitase al Pontífice, y le diese el parabién de su suprema dignidad, donde Dios le había puesto y colocado. Y poco después que don Luis había partido, envió el príncipe a don Gómez de Figueroa, capitán de su guarda española, para que de su parte visitase al Pontífice y diese el parabién.

Notable esterilidad y carestía deste año en Castilla.

Hube por mi ventura un librillo de mano en que con toda curiosidad escribió un autor de aquellos tiempos todas las cosas dignas de memoria sucedidas desde el año de 1500 hasta 1556. No dice el día ni el mes, mas dice el año sin faltar punto; no las prosigue más de hacer memoria con tanta brevedad, que los cincuenta y seis años no ocupan diez pliegos de papel. Hame ayudado mucho para ir seguro y cierto de que va cada cosa en su proprio tiempo, y para algunos puntos curiosos, que si bien se digan con brevedad, recibirá gusto el curioso en saberlos, y más lo que toca a nuestra patria. Dice éste que el año de 1548 fue muy seco en Castilla, falto y caro; que valió en Valladolid a siete maravedís la libra de la vaca, y la del carnero a diez y medio, y la del aceite a diez y nueve, y valiera mucho más si no fuera por la ballena. Valió a veinte y uno la libra de las velas de sebo, y a doce la de peras, uvas y ciruelas, y a cuatro maravedís la carga de agua, y a otros cuatro el harnero de paja; dice precios «que nunca se han visto en Castilla».

Menudencia parece ésta para historia tan grave, pero si la historia es maestra de la vida humana, hasta estas poquedades ha de sufrir para que vea España el estado de las cosas presentes cuán diferente está dentro de tan pocos años, pues agora cincuenta y cuatro tenían por precios excesivos los que dije, y agora son doblados, habiendo los mismos años, la misma tierra, los mismos ganados, la mesma gente y aun menos, y tanto dinero de las Indias entonces como viene agora. Este secreto, el que lo alcanzare lo diga. Si está en el desorden de los vestidos y aderezos de casas y otros embarazos en que se han metido los castellanos, y la vida ociosa de las mujeres, peligrosa para la honestidad y profana, que no tratan de más que galas.

Juran a Maximiliano en Bohemia. -El Consejo Real contra los que sacan moneda del reino. -Nacimiento de la reina doña Ana en Cigales. -Llevan el cuerpo de la princesa doña María de Portugal a Granada.

Vino correo el año 1549 al príncipe Maximiliano, que residía en Valladolid, cómo los bohemios, dejando su antigua costumbre y libertad de elegir rey como quisiesen, le habían jurado por su rey, y señor natural, que de la mesma manera lo hubiesen y heredasen sus hijos y descendientes.

En este mesmo año, siendo ya el daño intolerable, hizo grandes diligencias el Consejo Real contra los que sacaban moneda del reino. Tomó los libros a todos los mercaderes de Castilla; no se pudo averiguar, si bien se entendía que extranjeros y naturales eran culpados en esto, como lo son agora, y tan sin remedio, que con haber venido de las Indias montes de oro y plata, está tan pobre como la más triste provincia del mundo. Y fuera de España se venden sus doblones, y los reales, y se trata en ellos, y que tan antiguo es este mal, y tan sin remedio. También pedían los moriscos de Valencia que los dejasen vivir en la ley de Mahoma; que la ley de Cristo no se ha de tomar por fuerza; sus señores no los desfavorecían, porque el interés puede más que Dios entre los ruines.

En el mes de octubre deste año 1549, doña María, reina de Bohemia, mujer de Maximiliano, parió en Cigales, lugar dos leguas de Valladolid, a la infanta doña Ana, que después fue reina de España y madre dichosa del rey don Felipe, III de este nombre, nuestro señor.

En Valladolid, a seis de marzo de este año, sacaron de San Pablo el cuerpo de la princesa doña María, mujer primera del príncipe don Felipe y madre del desgraciado príncipe don Carlos, para llevarlo a Granada; y consultaron con el serenísimo rey de Bohemia, que gobernaba estos reinos, la manera en que había de ser. El acompañamiento se ordenó así: el rey de Bohemia, luego los grandes y personas de título y perlados a su mano derecha; y a la izquierda, en pos de ellos, el Consejo Real de Castilla a una parte y a otra. Después, a la mano derecha del Consejo, los del de Aragón; y luego el Consejo de Indias y Consejo de Ordenes; y a la izquierda del Consejo de Castilla, la Inquisición, y luego el presidente y oidores de la Chancillería, y junto a ellos, los contadores mayores y contadores de cuentas. Después de todos éstos, los oficiales destos tribunales, por la misma orden y precedencia. Agraviáronse el presidente y oidores, y los del Consejo de Indias y otros; por lo cual no efectuó, y por eso salieron con el cuerpo el rey de Bohemia y los grandes y señores de título y perlados, y sólo el Consejo Real de Castilla.

Fiestas que hace el príncipe el día que nació el Emperador. -Difiere el Emperador la Dieta de Augusta para 25 de junio.

Estaba el Emperador en Bruselas en el principio deste año de 1550, con deseo de dar la vuelta en Alemaña, porque las cosas de la religión tornaban a turbarse de la manera que comenzaron. Deteníale la falta de salud y el ser fuerza dar asiento en las cosas de Flandres y sus Estados, para los cuales fue llamado el príncipe don Felipe su hijo. Día de Santa María (que es a 24 de febrero) de este año de 1550, por ser día en que había nacido el César, quisieron el príncipe y los caballeros cortesanos solemnizarlo; salieron a la plaza ricamente armados, y corrieron sus caballos con mucha gallardía. Hubo una justa real entre españoles y flamencos, y ensayándose antes de entrar en ella el príncipe, se vió en peligro de sucederle una gran desgracia, porque don Luis Requeséns, comendador mayor de Castilla, le acertó a dar un golpe de lanza en la cabeza tan recio, que por ser la celada justa y la lanza de madera dura y mala de quebrar, le dejó sin sentido y puso en cuidado a todos; de lo cual salieron presto, porque el príncipe volvió en sí quedando sin lesión ni dolor alguno.

A 13 de marzo escribió el Emperador a los príncipes y ciudades de Alemaña, que con la venida del príncipe su hijo estaba embarazado y con su poca salud detenido, y también la muerte del Papa y rigor del invierno, por las cuales causas no había podido ni podía volver tan presto como quisiera; mas que dándole Dios salud y fuerzas, él se pondría luego en camino; y que así, difería la Dieta para 25 de junio en Augusta. Que les pedía se hallasen este día allí todos o, no podiendo, enviasen sus procuradores con poderes bastantes, porque deseaba y convenía así acabar de una vez, asentar las cosas del Imperio, principalmente las que tocaban a la religión, que tan estragadas estaban, que ya en muchas partes no querían guardar aún lo que en el librillo del Interin se había, con acuerdo de la Dieta, ordenado, hasta que en el Concilio universal se determinase lo que todos habían de tener y guardar.

Quería el Emperador volver en Alemaña. -Pártense el Emperador y príncipe. -Provisión del Emperador contra las herejías que comenzaban en Flandres.

Ya por el mes de mayo no se trataba en Bruselas de otra cosa sino de la partida del Emperador para Alemaña. Estando, pues, publicada, volvió de Roma mediado mayo el comendador mayor de Alcántara, y de ahí a poco llegó también don Gómez de Figueroa, y ambos dieron muy grandes nuevas del Papa y de las buenas cosas que había hecho en el principio de su pontificado, y las esperanzas que se tenían que las llevaría adelante.

Llegó, pues, el tiempo de la partida, y el Emperador y príncipe partieron de Bruselas, sábado por la mañana, dejando a las reinas con el sentimiento que en semejantes ocasiones suele haber, cuando los que se apartan bien se quieren. Fue este día último de mayo. Tomaron el camino de Lovaina, acompañados de su corte y guardas de pie y de caballo, y de algunas de las compañías de gente de armas ordinaria de Flandres, que el Emperador solía traer en su servicio, cuando iba a tener las Dietas en Alemaña. Estuvieron en Lovaina domingo y lunes, que fueron dos de junio. Fueron a comer a Tienen o Tilemon, que en latín se llama Theuae; pasa por ella el río Gute, que entra en el río Demer. Está Tienen de Lovaina tres leguas, y otras tantas de San Tuden o Centron, donde llegaron a dormir aquella noche, y entraron en ella juntos el Emperador y príncipe su hijo. Es la primera villa del Estado de Lieja.

De aquí fue prosiguiendo su camino, y en algunos lugares juraron al príncipe y se le hicieron fiestas y servicios de dineros con demostración y amor. Y porque el Emperador tuvo aviso de que en algunos lugares de Flandres comenzaban las herejías y novedades de Lutero, antes de entrar en Alemaña despachó sus provisiones para todas las ciudades, villas y lugares de todos los Países Bajos, que llaman Estados de Flandres, mandando con gravísimas penas que ninguno tratase de innovar ni alterar el estado de la Iglesia católica romana, y a las justicias que procediesen con todo rigor contra los herejes innovadores.

Llega el Emperador a Augusta para tener Dieta. -No quieren los herejes venir a la Dieta. -Ingratitud del duque Mauricio. -Peligro grande en que se metió el Emperador con el celo de la Iglesia católica. -Los protestantes querían quitar el poder al Papa, y darle a los emperadores.

El Emperador llegó a Augusta, y a 26 de julio no eran venidos todos los que en la Dieta se habían de hallar, ni muchos de ellos querían venir ni enviar, porque sabían que el principal intento del Emperador en esta Dieta era que se castigasen los herejes y se restituyesen los bienes a las iglesias y monasterios, que se volviese el culto divino y que obedeciesen al Papa, y recibiesen el Concilio, lo cual aborrecía la mayor parte de Alemaña, y el duque Mauricio de Sajonia, a quien el Emperador había hecho tantas mercedes, defendiéndole de sus enemigos, casándole con su sobrina, hija del rey don Fernando, y dándole la honra y hacienda que había quitado al duque Juan Federico de Sajonia.

Este Mauricio se había apartado del Emperador enfadado, porque habiéndole pedido muchas veces la libertad de su suegro Lantzgrave, no lo había querido hacer. Y agora escribió al Emperador con demasiada libertad, diciéndole que él no se hallaría en la Dieta ni obedecería al Concilio, si a los doctores protestantes no se les daba seguro bastante para hallarse en Trento con los que allí estaban, para conferir y tratar con ellos los artículos en que se diferenciaban; y que el Papa, ni su legado por él, no habían de presidir o tener más autoridad que algunos de los otros perlados.

Estas y otras libertades decía Mauricio, que era tan luterano como Lantzgrave, y andaban tan rotas las conciencias de todos, que amenazaban otras nuevas guerras y males, y que el Emperador se había vuelto a meter en un peligro mayor que el pasado y más sin gente ni armas. Y esto fue tanto, que presto le veremos huir de un hermano de Mauricio ( caso harto notable). Querían los protestantes que los Emperadores deAlemaña tuviesen la majestad que los que hubo en la primitiva Iglesia. Reíanse de que los Pontífices romanos quisiesen tener superioridad alguna sobre la majestad imperial, habiendo sido muy al contrario. Que los Emperadores eran supremos, y no se hacía el Pontífice sin su voluntad y confirmación.

Con estos disparates pensaban ganar al Emperador para deshacer al Papa. Estaba Mauricio días había contra el duque de Magdeburg, donde el Emperador le había enviado con gente de guerra, porque eran rebeldes, y nunca se habían allanado, el duque y los suyos, y en la Dieta pasada, donde se mando recibir el librillo del Interin, se había mandado ir a castigarlos, y que el duque Mauricio fuese capitán de esta empresa. La guerra fue larga y porfiada, y se hacía a costa del erario del Imperio, dando cada mes a Mauricio sesenta mil florines. Y estando el Emperador aquí en Augusta, llegó el doctor Gasca con el buen despacho, llamando los levantamientos del Pirú, como queda dicho.

Otra vez volvió el Emperador a tratar con su hermano el rey don Fernando, que el príncipe don Felipe sucediese en el Imperio, y que agora le nombrasen por su coadjutor, insistiendo mucho en ello la reina María, que por sólo esto había venido a Augusta. Mas convencido el Emperador por muchas razones, y más con la presencia de su sobrino Maximiliano, rey de Bohemia, que siendo avisado de este trato había venido a largas jornadas desde España con achaque de quererse hallar en la Dieta, el Emperador nunca más trató de ello.

Sentía mucho Lantzgrave su larga prisión. -Junta en Valladolid sobre cosas de las Indias.

Impaciente por extremo estaba el lantzgrave con su prisión en Malinas, haciéndosele demasiado de estrecha y larga. Procuró hallar camino por donde librarse de ella; tratólo con un soldado español de los de su guardia, que entendía la lengua tudesca, mas entendiéronlo los demás españoles y prendieron al traidor, y pasáronlo por las picas, que es justicia ordinaria entre la gente de guerra. Hicieron este castigo delante de las ventanas de Lantzgrave, porque él lo viese y entendiese que le habían entendido.

Volvió otra vez a procurar la fuga por medio de dos caballeros alemanes que se llamaban Conrado Budestrin y Juan Romelio. Estos, desde Hessia a Malinas, en ciertos puestos pusieron caballos para que, escapándose Lantzgrave por una puertecilla de los muros de la fortaleza, que hoy día está cerrada con ladrillos, que en alemán se llama Blocpoort, que caía al jardín del cuarto donde estaba Lantzgrave, y cerca de la puerta de la ciudad que se dice de Nekerspoulia, que estaba junto a la huerta de la cárcel de Lantzgrave, que era en la calle Hergrachtia, frontera de un monasterio de monjas benitas, y pidieron licencia para entrar donde estaba Lantzgrave. Salió el capitán y preguntóles qué le querían. Quiso Conrado disparar en el capitán una pistola de tres bocas que traía secretamente, mas si bien soltó el gatillo, el pedernal no dio lumbre. Luego acudieron los soldados y allí le hicieron tajadas. Entre tanto que pasaba esto, salió al ruido Lanztgrave de su aposento, derecho a la puertecilla del jardín, mas topó con un soldado español que le detuvo, diciendo que no era aquella hora de bajar allí, e hízolo volver a su aposento.

Mataron también al otro caballero que acompañaba al muerto, y ambos a dos los sacaron al portal de la casa que salía a la plaza de los bueyes y colgáronlos de los pies, y estuvieron así veinte y cuatro horas; y después de ellas los pusieron en una horca fuera de la ciudad, a la puerta de Ambers. Túvose más rigor de allí adelante en apretar la cárcel al lantzgrave, y así no trató de huir de ella, sino procuró su libertad por otros caminos, favoreciéndose mucho del duque Mauricio.

Este año de 1550 hubo en Valladolid una gran junta sobre unos memoriales que fray Bartolomé de las Casas, fraile dominico, obispo de Chiapa, había dado al Emperador contra los españoles que andaban en la conquista de las Indias, a los cuales este fraile trataba mal, y aun dio ocasión para que otros escribiesen peor, y en ofensa de la nación, como si hubieran sido tiranos. Tratóse mucho en el Consejo de Indías esta materia, y el doctor Sepúlveda, varón doctísimo y de los mayores latinos de su tiempo, coronista del Emperador, defendió la justificación que había para que los reyes de España fuesen señores del nuevo mundo.

De la pasión sin ciencia, si bien con celo religioso, se tomó ocasión para dar memoriales contra algunos caballeros y capitanes muy en perjuicio de los españoles, y de aquí tuvieron los extranjeros motivo, por serles tan natural el odio que tienen a esta nación, para hablar mal en las historias de españoles y de hombres señalados que, más que los romanos en sus tiempos, hicieron en aquellas partes tan anchas, inaccesibles, pobladas de bárbaros, navegando mares inmensos. Y lo que peor es, que los de la misma nación, con no saber latín, quieren hinchir el mundo de libros suyos y ajenos, sin saber cómo se escriben, ni cómo se ha de buscar y examinar la verdad que el oficio de coronista pide; y guiándose por el extranjero, enemigo y ignorante, ofenden a quien deben honrar.

[Dragut. Quién fue.]

Molestaba las riberas de nuestros mares Dragut Arráez, hechura del cosario Barbarroja, heredando el oficio y la malicia de su hacedor. El cual nos dará agora bien que decir en tanto que el Emperador está ocupado en la Dieta de Augusta.

Fue Dragut natural de la Notolia, que es en la Asia Menor, de un pequeño lugar llamado Charabalac, frontero de una ciudad de tres mil vecinos, llamada Estrancoy, y de parientes villanos, viles, soeces y pobres. Que de niño salió de su tierra navegando por el mar en servicio de un arráez de su tierra, y vino a poder de Barbarroja, que se sirvió de él en muy malos y torpes oficios, y cuando ya era hombre le dio una fusta y patente de capitán general, para que los cosarios turcos que armasen le obedeciesen como a él.

Comenzó a correr el mar Adriático, en el cual topó con un proveedor veneciano llamado Pascalico, que traía unas galeras, y le tomó algunas de ellas con cierto ardid, y con esta presa fue a los Gelves, donde viendo que no las podía sustentar, las deshizo, y de la mejor madera y clavazón hizo cuatro galeotas y las armó bien, y con ellas y la fusta que Barbarroja le dio, y otros seis cosarios que con seis navíos con él se juntaron, que por todos fueron once vasos, salieron a correr la mar; con los cuales y su gran sagacidad se hacía mucho temer, por el mucho mal que hacía.

Y queriendo Andrea Doria remediar estos daños y prender al cosario, mandó a Joanetín Doria, su sobrino, que con diez galeras fuese la vía de Mecina en busca suya y lo siguiese hasta haberlo en su poder, y llevárselo preso, y en Mecina se juntó con don Berenguel Dolmos, general de las galeras de Sicilia, y embarcaron en estas veinte y una galeras, cuatrocientos y cincuenta españoles que en Mecina estaban alojados, y último de mayo, año 1540, alzaron velas y salieron del puerto en busca de Dragut Arráez, llevando su viaje a Palermo y a Trapana, y cabo de Carboneros, en Cerdeña, donde les dijo el virrey que el cosario iba la vuelta de Córcega, y sin detenerse fueron en su seguimiento al puerto de Giraleta, que es en Córcega, entre Galbi y la Yaza, a la parte de una tierra fuerte llamada Bonifacio. Llegaron martes 15 de junio del mismo año, donde el Dragut estaba bien descuidado de los que iban en su busca, y mucha de su gente en tierra, partiendo la ropa y cautivos que habían robado, y una gruesa cantidad de plata y joyas de las iglesias que habían saqueado. Reconoció luego Dragut las banderas imperiales, hizo señal a recoger en sus galeras para pelear o huir por salvarse; mas no le dieron lugar, porque le acometieron reciamente, jugando la artillería de tal manera, que no sólo los turcos que estaban en tierra no osaron volver a sus navíos, mas muchos de los que estaban en ellos se echaron al agua y salieron huyendo a tierra, y hasta seiscientos de ellos se fueron a asconder a las montañas de Córcega.

Pero Dragut y otros capitanes, aunque pelearon bien, al fin fueron presos con otros muchos turcos que se echaron al re(...)

Restituyóse la hacienda que los cosarios habían tomado, y dieron libertad a los que habían cautivado. Hecha esta presa tan venturosamente, volvió Joanetín y presentó a su tío, el príncipe Andrea Doria, al Dragut, que recibió con grandísimo contento. Deseó mucho Barbarroja poner en libertad a Dragut, y al cabo de cuatro años se la dio Andrea Doria, según dejo dicho.

[Dragut.]

Pues como Dragut se vió libre, alcanzó de Barbarroja, su libertador, que le diese una galeota proveída de artillería y armas y remeros cristianos, y gente de guerra, y una patente en que le hacía general de todos los cosarios moros y turcos que andaban en el agua. Fueron grandes los daños que este enemigo hizo en todas las costas de la Cristiandad por su mala inclinación, y en venganza de sus trabajos pasados. Ganó navíos y galeras, y corríale el tiempo próspero, por el lugar que los capitanes cristianos le daban.

Con lo que había robado en cuatro años hizo una armada de catorce navíos bien armados, y con el nombre que ya tenía, se juntaron con él otros turcos cosarios con sus galeotas y fustas, que por todas fueron hasta veinte y seis.

Ya la soberbia de sus buenas fortunas le tenía con tan altos pensamientos, que no hacía caso de Barbarroja, ni quiso acudir a sus llamamientos, si bien le había hecho juramento. Casó con una hija de un turco de Modón llamado Saraybat, que vivía en los Gelves, y recibió con ella grandísimo dote y una gran casa en que cabían los esclavos de cinco galeras, en la ribera de la mar, doce millas del lugar de Guadezuil, donde el jeque Zala, señor de los Gelves, tenía su casa. Y desde allí salía con su armada a robar las costas y mares de los cristianos.

Concertáronse don García de Toledo, virrey de Nápoles, y Juan de Vega, virrey de Sicilia, y con las galeras de Nápoles, que eran siete, las de Sicilia, que traía don Berenguel Dolmos, año 1547 salieron en busca del Dragut, y anduvieron todo el verano corriendo todo el mar, mas no pudieron topar con él. Llegaron a los Gelves, donde pensaron hallarlo, quemáronle algunos navíos que hallaron allí en los secanos, echaron gente en tierra para que hiciesen daño, y con esto dieron la vuelta para Sicilia y Nápoles.

Y como supo Dragut en el año siguiente de 1548 que todas las galeras de Nápoles, Sicilia y Génova habían venido a España para pasar al príncipe don Felipe, como, dije, salió de los Gelves, y llevó la vía de Nápoles, y llegó cerca de Puzol, ocho millas de Nápoles, y puso en grande alteración los lugares de la costa, porque estaba muy desamparada faltándole sus galeras. Llegó una noche a la villa de Castellamar, que es de mil o quinientos vecinos, y tiene castillo, y a media noche echó quinientos turcos en tierra y cautivó muchos hombres, mujeres y criaturas, y una hermosísima doncella que jamás quiso rescatar, aunque alzó bandera en Prójita, donde rescató otros muchos.

Y estando tratando de esto, descubrieron del castillo una galera de la religión de Malta, que traía veinte mil ducados, que eran del tesoro que la religión saca de aquel reino, y caminaba derecho a Nápoles, y por avisarla que se desviase de donde Dragut estaba, el alcaide del castillo, mandó disparar tres piezas y hacer tres ahumadas, que es señal de haber enemigos; y pensando el capitán de la galera que era salva que le hacían, mandó responder con otra pieza de artillería; y sintiéndolo Dragut, entendió que había novedad, y luego se puso en orden de pelear. Y como el capitán maltés caminaba sin recelo de enemigos por el cabo de Milena, a las espaldas del mar Muerto, once millas de Nápoles, metióse en la armada enemiga, y reconociéndola, y su perdición, pensando salvarse la mandó guiar a tierra. Pero si bien lo trabajó, no pudo antes que Dragut (que furiosamente venía a embestirlo) le alcanzase, y la combatió, ganó y entró, muriendo algunos caballeros y soldados en ella, y hubo el dinero y cosas que llevaban, y echó al remo la gente. Con esta y otras presas que este enemigo hizo, volvió en salvo a Túnez a visitar a Hamida, nuevo y tirano rey que había quitado el reino a Muley Hacén, su padre.

Recibió muy bien Hamida a Dragut, y le trató regaladamente, y Dragut le presentó la doncella que había cautivado en Castellarnar. El rey dio a Dragut algunas piezas de artillería, municiones y otras cosas, y trabaron una estrecha amistad. Con esto se fue Dragut a los Gelves a gozar de sus despojos.

Sale Andrea Doria a buscar a Dragut, año 1549.

Dolíanle a Andrea Doria los males que este cosario hacía, y pesábale de la libertad que le había dado, y queriéndolo remediar, año de 1549 salió de Génova con su armada, y vino a Nápoles, y aquí pidio al virrey que le diese las galeras, porque sabía que Dragut traía muy bien armadas las suyas, y con gente escogida y de afrenta, y el virrey mandó a don Alonso Pimentel que con los arcabuceros de su compañía y un oficial de cada una de las otras que estaban en Nápoles, se embarcasen arcabuceros y coseletes; y recogidos a 10 de mayo, a prima noche se hicierona la vela, camino derecho a Sicilia, y en Palermo se le juntaron las galeras de este reino con don Berenguel, su capitán general.

Caminaron la vía de Trápana, a la Fabiana y a la Goleta, donde Andrea Doria saltó en tierra con los capitanes, oficiales y muchos soldados, y estuvo allí dos días, y volvióse a embarcar y tomó el camino de Porto Farina, tierra de Berbería, y enderezaron a Monesterio, que es una villa cerrada con castillo, de dos mil vecinos, con dos arrabales y tierra del rey de Túnez, si bien entonces no le obedecían. No tengo que cansar diciendo lo que Andrea Doria hizo; rodeó y anduvo todo este verano por topar con Dragut, mas no le pudo dar alcance por diligencias que hizo, y así se hubo de volver a Génova, y las demás galeras a Nápoles y Sicilia.

Apodérase Dragut de las villas de Monasterio y Cuza.

Como supo Dragut cuán seguido era del príncipe Andrea Doria y de los otros generales de las galeras del Emperador, vió que él no podía vivir no siendo señor de algún lugar y tierra fuerte donde se pudiese recoger y tuviese seguras sus presas.

Echó el ojo a la ciudad de Africa en el reino de Túnez, a la cual llamaron los moros antiguamente Mehedia. Fiaba de la amistad del rey de Túnez, que le valdría para hacerse señor de ella, supuesto que ella no le reconocía, sino que estaba debajo de la encomienda del Gran Turco, a quien ellos se habían dado, y por él la gobernaba un Camcherivi, hijo de una hermana de Barbarroja, aunque los africanos en este tiempo le habían echado fuera de la ciudad por agravios que les había hecho, y trataban de no reconocer superior alguno, sino hacerse señoría de por sí, fiados de la fortaleza del lugar, y para esto nombraron cinco principales ciudadanos llamados Haja Hamet, Brambarac, Bayada, Hameyza y Herruz Mehudi. Pero como el gobierno entre muchos nunca es seguro ni firme, brevísimamente se desavinieron los cinco gobernadores, y la ciudad se puso en bandos.

Supo esto Dragut, y parecióle buena la ocasión para poner por obra su pensamiento, y comenzó a cartearse y trabar amistad con Brambarac, que era el principal de los cinco nombrados. Ofrecióle Dragut su ayuda para echar de la ciudad a sus contrarios, y que le haría señor de ella si le daba entrada. Cebóse con esto el moro, y comunicó la entrada de Dragut con sus parientes y amigos, y todos, por particulares intereses, holgaron de ello, y así Brambarac escribió a Dragut que viniese, que sería bien recebido él, sus galeras y navíos con los demás.

Muy alegre, puso luego en orden de sus amigos, que por todos serían treinta y seis vasos, que estaban en los Gelves, y recogiendo su gente; mediado el mes de febrero, año de 1550, se embarcó, y hizo a su alfaquí que echase suertes si sería señor de la ciudad de Africa. Salióle muy a su gusto, y así caminaron con gran contento el camino de Monasterio, que estaba de allí cuarenta millas, y quiso probar de hacerse señor de esta villa y de Cuza, por ser cercanas a Africa, con pensamientos que siendo señor de estas dos villas y de la ciudad de Africa se podría llamar rey, y poco a poco conquistar el Quernan y el reino de Túnez, y hacerse un señor muy poderoso, que no eran malos pensamientos para quien había nacido tan bajo y sido esclavo y vardage de otro tal.

Con esta intención navegó hasta llegar a Monasterio, llevando consigo un sobrino, hijo de su hermano, llamado Hessarráiz, y otro turco anciano llamado Caidaly, que era muy estimado por las guerras en que había servido al Gran Turco contra el Sofi. Llegando a Monasterio envió su embajador al gobernador y ciudadanos, pidiéndoles le entregasen la villa y fortaleza y que le jurasen por señor, amenazándolos con guerra si no lo quisiesen hacer. Ellos de miedo se le rindieron y salieron a recibirlo, y lo llevaron a la villa y aposentaron en el castillo, y le sirvieron con muchas cosas, y le juraron por señor, y él también juró de los gobernar y mantener en justicia, etc. Puso en la torre del homenaje una bandera colorada y blanca con una media luna azul, y dejó por alcaide y gobernador un turco llamado Caidehamat, y puso en el castillo quince turcos, y embarcóse y caminó derecho a Cuza, que está de allí veinte y cuatro millas, y hízose en Cuza lo mismo que en Monasterio, de suerte que él se hizo señor de estas dos villas sin pesadumbre alguna.

Supo esto Hamida, rey de Túnez, y temió que este cosario se había de hacer tirano poderoso en aquella tierra, y que él no estaría seguro en la suya, y escribió a Luis Pérez de Vargas, alcaide y general de la Goleta, avisándole de lo que pasaba, y que tenía Dragut pensamiento de hacerse señor de la ciudad de Africa, y que sería mal caso si no se remediaba con tiempo. Pidiole que le diese algunos soldados, que él se ofrecía de ir contra él y quitarle lo que había ganado, y estorbarle que no entrase en Africa. Y que si esto no hacía, lo escribiría al Emperador. Luis Pérez le respondio que, pues se mostraba tan servidor del Emperador, que le enviase todos los cristianos cautivos que tenía en su reino, y hecho esto, que no sólo le ayudaría con la gente que tenía, mas que escribiría al Emperador suplicándole que enviase un cumplido socorro.

Hallóse atajado el rey moro con la carta de Luis Pérez, porque dar los cristianos cautivos hacíasele negocio de grandísimo dinero, por ser muchos los esclavos que había en su reino y tenerlos moros poderosos, que no los darían sino muy bien pagados; por otra parte, le llegaba al alma que Dragut se quedase con las villas y se hiciese señor de Africa.

Entra Dragut en Africa.

Dejó Dragut en Cuza otra bandera en el castillo, y puso por alcaide y gobernador de la villa a Gaydali, y tomó el camino de Africa, que estaba de allí treinta y seis millas, llevando en sus navíos muchas cosas con que regalar a los ciudadanos, y meterlos por amor en el yugo que les pensaba echar. Llegando cerca de Africa envió a pedir licencia a los gobernadores para entrar, y diéronsela, con que no llevase consigo más que doce turcos. Entró con ellos, y con los dones que pensaba dar, y dio traza cómo estos doce turcos fuesen hospedados entre amigos y enemigos, porque no se entendiese que era parcial, y después de haberlos acariciado cuanto él pudo, al cabo de ocho días pidióles que se juntasen, porque los deseaba hablar cosas que tocaban a su servicio y bien de la ciudad. Juntáronse en la mezquita mayor, y fue Dragut acompañado de Hessarráiz, y de los otros que con él habían entrado, y de algunos ciudadanos, y con muy buenas razones les dijo lo que él siempre había procurado servir a aquella ciudad, por el amor y particular afición que la tenía, y que en pago de ello no les pedía más de que le recibiesen por vecino y morador de ella, con su casa, mujer y hijos, y se ofrecía de los guardar y defender de todos los enemigos del mundo que los quisiesen enojar.

Hecho el razonamiento, le mandaron salir para haber su acuerdo, y un moro llamado Hajahamet, que era el más viejo de todos, con muchas y buenas razones contradijo su venida, y que si le admitían en la ciudad verían en ella su total destruición y acabamiento, y se habían de hacer odiosos con todos los príncipes moros, turcos y cristianos, porque Dragut era cosario, y cuantos traía consigo, ladrones. Finalmente el moro habló tan bien que allí se resolvieron en que despidiesen a Dragut, si bien quedó escocido su amigo Brambarac, que le favoreció lo que pudo. Sintió Dragut grandemente esto, y fiándose de Brambarac trató con él, y se concertaron de tomar la ciudad por fuerza. Hallaban dificultad, porque era fortísima y guardábase con cuidado. No mostró Dragut su sentimiento al pueblo, sino el semblante y afabilidad que antes, y con muestras de amor y cortesía se despidio de ellos, y se fue navegando para lzfaquez. Llevó consigo a Brambarac, autor de la traición que pensaban hacer.

Metidos en alto mar, Dragut pidio a Brambarac cómo sería posible que se apoderasen de la ciudad, y Brambarac, cargado de promesas, le dijo que él le daría entrada por unas troneras y que en la ciudad sus parientes y amigos darían favor y ayuda para que, a pesar de todos los otros, se hiciesen señores.

Concertado así, dieron vista a la ciudad; despues navegaron hasta que la perdieron de vista, porque pensasen que era ido, y se descuidasen, y siendo de noche volvieron las velas y llegaron sin algún ruido junto a la ciudad, y en un esquife salieron a tomar tierra Dragut, Brambarac y otros dos o tres turcos, y fueron a reconocer las troneras, y hallaron que había disposición para poder entrar por ellas en la ciudad. Volvieron luego a la mar, y echaron quinientos turcos en tierra con sus escalas, para que entrasen por diversas partes al tiempo que los de las troneras comenzasen el ruido. Entró Brambarac por la tronera solo, y habló con los suyos, que guardaban aquella parte, y estaban va avisados, y luego comenzaron a entrar, siendo Dragut el primero, y los turcos echaron escalas para hacerse señores de los muros.

En todo hubo tan buena diligencia, que al abrir del alba ya estaban dentro los turcos y no eran sentidos, y se habían apoderado de algunas torres y muros, que donde hay traidores, no hay cosa segura. Luego mandó Dragut tocar los atambores, trompetas y otros instrumentos, con tanto estruendo, que parecía hundirse el mundo, y de la armada dispararon la artillería, de suerte que a los africanos se les dio una mala alborada. Tocaron luego al arma y acudieron luego sin orden contra los turcos. Mas como ya les tenían tomados los pasos y las torres, retiráronse a la mezquita; mas no tuvieron reparo, que valen poco muchos cogidos de repente. La ciudad se rindio, y a las diez del día Dragut era señor de toda ella, jurado y obedecido.

Sitio fuerte de Africa.

El sitio desta ciudad era fortísima; tenía su asiento sobre una roca, aunque no alta, estrecha y larga, en figura que dicen prolongada, metida dentro en la mar, que la hacía muy fuerte. La cerca también lo era; de treinta en treinta pasos tenía un fuerte torreón; la cintura de la tierra tenía de mar a mar docientos y sesenta pasos desde do comenzaba a entrar, hasta el fin de la tierra, todos cercados de un muro alto y grueso, y en él seis gruesos torreones, los cuatro cuadrados, y los dos redondos, igualmente altos. Estos y otros reparos tenía esta ciudad, que la hacían casi inexpunable. Tenía de circuito toda la ciudad cinco mil y trecientos y cuarenta pasos, que hacen más de una legua. No tenía puerto en la mar, mas tenía buena playa, que, echadas áncoras, aferraban bien. Tenía mil y quinientos vecinos, y sitio para otros tantos.

Contentísimo se vió Dragut con el señoría de Africa, y con pensamiento de hacerse señor de otras muchas y servir a Mahoma por el bien que decía que le había hecho, dándole esta ciudad. Mandó luego labrar un castillo en ella; encomendó su guardia y defensa a su sobrino Hessarráiz, con docientos y cincuenta turcos; pagó muy bien a Brambarac, al cual dejó encomendado al sobrino que en la primera ocasión le quitase la vida, porque no le vendiese a él como había vendido a su ciudad. Puesta en orden la ciudad y armada para defenderla de los naturales, si se quisiesen rebelar, y de otros si viniesen contra ella, tomó Dragut veinte y cinco moros de los más principales de la ciudad para asegurarse más de ella, y embarcóse para correr el mar y robar lo que pudiese.

Los males que este cosario hizo y el miedo que la Cristiandad le tenía, obligó a que Andrea Doria saliese en su busca con las galeras que tenía, y las del Papa, Nápoles y Sicilia, que fueron por todas cincuenta y tres galaras. Hubo diversos pareceres entre los capitanes sobre el camino que tomarían; quisieron ir a la Goleta para tomar allí lengua de Dragut; dióles un temporal que los arrimó a tiro de cañón de Africa.

Aquí tuvieron lengua de unos alárabes, que si el Emperador quería quitar esta ciudad a Dragut, era buena la ocasión que había, porque moros y turcos estaban muy desavenidos en ella, y que si viniese armada a conquistarla, ellos ayudarían con seis mil caballos. El príncipe Doria les dijo que para que él estuviese cierto que trataban verdad, que a dos personas cuales él señalase llevasen a reconocer a Africa, y que en seguro de que ellas volverían en salvamento le diesen rehenes. Los alárabes fueron contentos de ello, y trajeron a las galeras uno muy principal de ellos, y el príncipe mandó a don Bernardino de Córdoba, capitán del tercio de Nápoles, ya amador de doña María, del tercio de Malaspina, que fuesen con doce alárabes que se señalaron a reconocer el sitio y fortaleza de Africa. Estos caballeros se vistieron como los mismos alárabes y subieron en dos caballos suyos y tomáronlos en medio por que no fuesen conocidos de los turcos y moros, y fueron la vuelta de la montañeta que estaba junto a la ciudad, donde Dragut labraba un castillo, y vieron hasta ochenta turcos arcabuceros a la halda de ella, que se habían puesto allí para que los cristianos no llegasen a reconocer la ciudad, y los turcos comenzaron a disparar sus escopetas en los alárabes, y así, echaron por otra parte de la marina, y llegáronse lo que pudieron cerca de la ciudad, y reconocieron el sitio y fortificación, aunque no vieron si había foso, porque los alárabes no se atrevieron a llegar tan cerca temiendo la artillería de la ciudad. Reconocido esto, y que en la montañeta podía estar campo competente contra la ciudad, sin que se le pudiese hacer daño, volvieron a la armada, y refirieron lo que habían visto y reconocido, y que los alárabes les habían dicho que en la montañeta había pozos de agua dulce para proveer al campo si allí se sentase.

[Dragut.]

Hecha esta relación, quiso el príncipe reconocer la ciudad por la parte de la mar, y víspera de Pascua del Espíritu Santo levantó velas antes del alba, y, ya el día claro, llegó a una milla de la ciudad y reconoció lo que pudo. Los turcos estaban ya sospechosos después que vieron que los alárabes habían ido a reconocer la ciudad, y puestos en sus torres dispararon la artillería contra la armada, y alcanzó una culebrina en la popa de la capitana, que iba delante, y otra dio en el fogón, que mató cinco esclavos remeros y hirió diez soldados y marineros. No hizo caso el príncipe de estos golpes, y pasó adelante, poniéndose en parte que no le alcanzase la artillería.

Y allí mandó dar fondo, y que se juntasen en su galera don García de Toledo, y Hernando de Vega, y don Alvaro de Vega, y el prior de Lombardía, y otros caballeros y capitanes, y pidióles sus pareceres sobre lo que debían hacer. El de don García fue que se sitiase y combatiese la ciudad, y los demás, que no, porque era fuerte y grande, y en la armada no había lo que convenía, y que se perdería mucho, y mayor reputación en echarse sobre ella, y irse sin tomarla; que se podría volver con mayores aparejos y tomarla.

No bien determinados de ponerse sobre Africa (si bien don García lo quería y porfiaba, y había traído a su parecer al marqués Antonio Doria), fueron contra la villa de Monasterio, y la combatieron reciamente, y los turcos la defendieron hasta morir todos, y al fin se ganó, con muerte de ochenta soldados y otros heridos. Ganóse este lugar, segundo día de Pascua de Espíritu Santo. Aquella noche se alojó la gente en él; otro día, dejándole abrasado, se embarcaron, y navegaron para la Goleta, que estaba de allí ciento y veinte y cinco millas. Llegaron día de la Trinidad, y dieron fondo, y salieron a tierra el general y los principales caballeros y capitanes que allí iban. Holgaron allí aquel día, y otro volvieron a sus galeras, y con ellos Luis Pérez de Vargas, que tenía a su cargo la Goleta, y Andrea Doria entró con ellos en consejo sobre sitiar a Africa. Don García de Toledo estaba firme en su parecer que la cercasen.

Después de haberse hablado largamente, pidieron el parecer a Luis Pérez de Vargas, el cual fue que la empresa de Africa tenía muchas dificultades, y que eran menester más aparejos de los que en la armada había para ejecutarla, que se podría dejar para otro tiempo. El marqués Antonio Doria se arrimó al voto de don García, y en otro consejo hizo lo mismo Luis Pérez de Vargas, de quien se tenía gran satisfacción, por ser capitán de larga experiencia. Dijo que sería bien ganar por amigo al señor de Quernán, porque los alárabes favoreciesen, y que él ayudaría con lo que tenía en la Goleta, y don García de Toledo se ofreció de ir a Nápoles y pedir al virrey su padre infantería española, artillería y municiones, y otras provisiones de guerra. Con estos tres votos determinó Andrea Doria de ejecutar la jornada.

Advirtió don García que entre tanto que él iba a Nápoles se les cortasen los pasos a los de Africa, para que no se previniesen y fortaleciesen, y en todas maneras estorbasen que Dragut no se entrase en ella, porque haría muy más dificultosa la presa. Escribió Andrea Doria a Juan de Vega dándole cuenta de la determinación, y que pues era virrey de Sicilia, favoreciese con todas las fuerzas aquella causa que tanto importaba a Sicilia. Luis Pérez de Vargas envió al señor de Quernán para que hiciese que los alárabes no favoreciesen a Dragut, y él y los alárabes lo prometieron, porque no podían sufrir que Dragut se quisiese hacer tan gran señor en Africa, y ofrecieron ochocientos alárabes que guardarían la campaña de enemigos, mientras el campo imperial estuviese sobre Africa. Y Luis Pérez prometió de pagárselo, y les envió arroz, trigo y dineros, para que se pagasen aquellos ochocientos caballos alárabes, que habían de correr y asegurar la campaña dos millas del ejército y sitio del campo.

[Dragut.]

Llegaron las galeras que iban por el socorro a Sicilia y Nápoles. Juan de Vega, virrey de Sicilia, tomó con tantas veras este negocio, que él en persona quiso hallarse en él, y despachó dando cuenta de su determinación al Emperador, y comenzó a aprestar lo que para la jornada convenía. Don García de Toledo, con las buenas ganas que siempre tuvo de la conquista de Africa, alcanzó del virrey de Nápoles, su padre, todo lo que quiso.

Dióles siete cañones de batir, y entre ellos un reforzado, y dos franceses y dos morteretes grandes, de los que el Emperador había enviado de Alemaña, y cien balas de piedra para ellos, y novecientas balas de hierro colado, y seiscientas y cincuenta para cañones, y cuatrocientas y cincuenta para culebrinas, y sesenta y dos quintales de azufre, y ochenta de mecha para artillería, y veinte y ocho de pólvora, y veinte y siete de salitre, y es de advertir que cada quintal de Italia es dos de España.

Y dio más otros instrumentos y municiones, muy a contento de don García, y otras piezas de artillería que dio la ciudad de Nápoles.

Y embarcáronse con él don Hernando de Toledo, maestre de campo de la infantería del tercio de Nápoles, y don Juan de Mendoza, hijo del marqués don Pedro González, y don Alonso Pimentel, hijo del conde de Benavente, que hoy día vive en Portillo, y Pedro de Valcázar con sus compañías y el capitán Aguilera, maestre del campo, que era capitán muy antiguo y de nombre, y otros muchos caballeros y gentiles hombres entretenidos, que se habían hallado en las guerras de Alemaña sirviendo al Emperador. De todo esto dio el virrey aviso al Emperador, y de lo que importaba a su servicio y bien de sus reinos quitar aquel nido al cosario Dragut.

Puesto todo en orden, a 23 de junio se embarcó don García, y con él don Berenguel, navegaron la vuelta de Africa para juntarse con el príncipe Andrea Doria.

[Prosigue la guerra contra Africa.]

Había quedado Andrea Doria en Trápana con treinta galeras reales. De allí fue la vuelta de las Conejeras, y por ellas anduvo a vista de Africa, guardando no le entrase socorro, y como no vió manera ni rastro de él, sino que la ciudad estaba muy sosegada, fuese a la villa de la Mahometa, cincuenta millas de allí, con fin de hacer jurar por señor a Muley Hacén, y a su hijo. Llegando cerca de ella fue descubierto de los ciudadanos, y comenzaron a tomar armas para defenderse, y retraer sus mujeres, hijos y haciendas al castillo.

Andrea Doria les envió a requerir de parte del Emperador, que recibiesen al rey Muley Hacén, pues era su señor; donde no, que les haría todo el mal que pudiese. Hubieron su acuerdo, y hallaron que les convenía. Hízose así, y la armada dio la vuelta la vía de Trápana, para proveerse, que andaba falta de bastimentos, y aun de salud.

[Prosigue la guerra contra Africa.]

Si bien se hacían todos estos aparejos con la mayor disimulación del mundo, no por eso dejó de se recelar y temer Hessarráiz, capitán de la ciudad de Africa. Procuró prevenirse, bastecerse y armarse, para lo que viniese. Trajo a la ciudad vacas, terneras, carneros, y otro mucho ganado; hizo de ello mucha cecina, y otro echó en aquel montecillo que estaba dentro de los muros, donde había pasto para se poder sustentar.

Hizo balas de hierro para la artillería, y aderezó los arcos, flechas y otras armas. Fortificó y reparó todo lo que le pareció de la ciudad, sin decir la causa para qué lo hacía, sino con fin de que estuviese más segura de enemigos. Sucediole una buena suerte, que de la parte de levante vinieron a la playa de Africa dos naos cargadas de arroz y otros mantenimientos, y bien bastecidas de artillería, y munición de pólvora y balas, con cuatrocientos moros alejandrinos escopeteros y flecheros, hombres de afrenta, que traían los mercaderes para la guarda de la hacienda. Llegaron allí estos mercaderes como solían otras veces, sin pensamiento de los que Hessarráiz tenía. Llegando a la playa amainaron y echaron áncoras. Fueron bien recibidos de Hessarráiz y púsose con ellos a tomarles a buen precio toda la mercadería que llevaban; que era tanta, que bastaba el arroz y otras coma que traían a sustentar la ciudad un año.

Concertóse con los cuatrocientos soldados que se quedasen con él, que no fue pequeña ayuda, con la artillería y municiones que el navío traía. Fue causa este socorro que hubo Africa, de que la conquista fuese larga, dificultosa y costosa, y culparon a Andrea Doria por haberse apartado con la armada, que si él estuviera a vista de la ciudad, como quedó concertado, no llegara este socorro a ella. Con el cual no sólo se hicieron fuertes, mas estuvo la cosa en peligro muy grande de no salir con ella.

[Prosigue la guerra en Africa.]

Llegó Andrea Doria a Trápana, y dio aviso de su llegada al virrey, el cual le envió a decir que él quería hallarse en aquella empresa, y que como a virrey de Sicilia le tocaba ser general en ella, y le pedía le enviase galeras, y Andrea Doria se holgó mucho de ello, y mandó a Pedro Francisco Doria que con ocho galeras fuese luego a Palermo, y recogiese en ellas la gente y artillería que el virrey le diese.

[Prosigue la guerra en Africa.]

Despachó Juan de Vega, virrey de Sicilia, en busca de don Berenguel, para que a letra vista partiese con las galeras a Palermo.

Hallóle don Alvaro de Vega en el golfo, que venía con don García y las galeras de Nápoles caminando; apartóse de don García y tomó la vía de Palermo, y don García la de Trápana, donde halló al príncipe Andrea Doria. Juan de Vega se holgó cuando supo las galeras y gente que llevaba don García, y luego llegó a Palermo Pedro Francisco Doria con las ocho galeras que enviaba Andrea Doria, y supo cómo le esperaba en Trápana. Mandó embarcar la gente, artillería y municiones. Tenía consigo Juan de Vega a Muley Hacén, rey despojado de Túnez, y a Muley Ifamet su hijo, y embarcólos en las galeras, y un ingeniero famoso, llamado Hernán Molín. Embarcáronse cinco banderas de infantería española.

Dejó en la guarda y gobernación de Sicilia, en tanto que él faltaba, a Hernando de Vega, su hijo mayor; y puesto todo en orden, se embarcó en la galera patrona, de Antonio Doria. Hízose luego a la vela, y llegó con buen tiempo a la Trápana, víspera de San Juan, dos horas antes que el sol se pusiese, y Andrea Doria y don García y otros, se salieron a recibir con muchas salvas y cortesías.

[Prosigue la guerra en Africa.]

Junta toda la armada en la ciudad de Trápana, acordaron de partirse luego, y echaron bando que todos se embarcasen, y hecho, levantaron velas y llegaron a la Fabiana tres horas de noche, y dieron fondo hasta otro día, y aquí mandó Andrea Doria a Antonio María, capitán de la galera «Fiamara» de don García, que por ser muy ligera, con cincuenta soldados de la compañía, de don Bernardino de Córdoba, y una escuadra del capitán Escobar, se adelantase a la Goleta, para que Luis Pérez de Vargas se viniese a juntar con el armada.

Y otro día, de mañana, que fue el de San Juan, oyó la armada misa y luego caminaron, llevando don García la vanguardia con sus galeras y del duque de Florencia, y otras del príncipe Andrea Doria, que por todas serían quince. Recibió Luis Pérez de Vargas el aviso, y poniendo recado en la Goleta, se embarcó con el capitán Portillo y algunos soldados, y el Jerife y otros moros que le quisieron acompañar, y llegando a Cabo Bono, metido en alta mar descubrió un galeón de turcos bien armado, con artillería y gente, y mandó a los marineros guiar la galera contra él, y se comenzaron a cañonear. Los turcos conocieron la ventaja que la galera les hacía, y dieron a huir hacia Monasterio, pensando valerse allí. Luis Pérez les fue dando caza hasta la villa, y como los turcos se acercaron a ella y la vieron echada por el suelo y que no parecía gente, no se atrevieron a parar, y dieron vuelta la vía de la Mahometa; pero llegábase la noche, y temió Luis Pérez perderse, y dejó de seguir el navío, y siguió su camino derecho a Africa. La armada venía su camino. Hizo noche en la Panthanalea. Otro día viernes llegaron a la playa de Africa, y porque la artillería de la ciudad no pudiese hacer daño en la gente, y para tomar consejo sobre el orden que se tendría en saltar en tierra, Andrea Doria mandó dar fondo a cuatro millas de ella, y echadas áncoras se juntaron en sus galeras el virrey, don García y los generales del Papa y de la Religión y del duque de Florencia y los maestres de campo y capitanes.

Habido su consejo acordaron, porque era ya tarde, que otro día muy de mañana estuviesen todos a punto armados para saltar en tierra y tomar la montañeta donde se había de poner el campo. Y porque don García de Toledo era tan principal y había dado muestras en muchas ocasiones de un gran soldado, Andrea Doria y Juan de Vega, y todos, quisieron honrarle como merecía, y darle igual poder y cuidado en la tierra como el mismo virrey Juan de Vega tenía, que fue una grandeza de ánimo de Juan de Vega, y mostró bien en esto que no trataba de pundonores, sino de sólo el servicio de Dios y del Emperador. A este tiempo que la armada estaba sobre Africa llegaron los correos que Andrea Doria y los virreyes habían hecho sobre esta jornada al Emperador, que estaba, como queda dicho, en Augusta, y el Emperador se holgó mucho de ella y les mandó escribir que, pues ellos habían intentado aquella empresa sin saberlo él, mirasen bien lo que a su cargo habían tomado, y se esforzasen y procurasen dar buena cuenta de ella. Que en lo que a él tocaba, les daba todo su poder, y mandaría darles todo el socorro y favor que menester hubiesen.

[Prosigue la guerra de Africa.]

Descubierta la armada de la ciudad de Africa, su gobernador Hessarráiz y todos los turcos y moros naturales y soldados se pusieron en las torres y muros para mirarla bien, y como ya tenían sospechas y se acordaban que pocos días antes los habían ido a reconocer, luego entendieron que aquel gran aparato de guerra era contra ellos y en daño de su ciudad. Hessarráiz hizo luego señal para que toda la gente de guerra y los demás que podían tomar armas se juntasen en la mezquita mayor, y juntos, se hizo una plática, animándolos para la defensa de las vidas y de su propria ciudad.

Algunos moros de los naturales lloraban su perdición y culpaban libremente a Dragut, que por hacerse señor de ellos, con tiranía los había metido en estos ruidos y hecho que el Emperador, a quien ellos jamás habían deservido ni él hécholes mal, viniese agora a destruirlos. Disimulaba Hessarráiz y decíales que ya la causa era común y la defensa forzosa a todos, o morir; que él con sus turcos y moros alejandrinos harían lo que pudiesen y defenderían la ciudad hasta morir, que si ayudasen a ello, que a sí mesmos se ayudarían. Al fin, con las buenas razones de Hessarráiz, todos se animaron, y determinaron de tomar las armas y pelear. Y juraron sobre el Alcorán de la defender con todas sus fuerzas. Sacaron la artillería, pólvora y municiones que había en los dos navíos alejandrinos, y metiéronlo en la ciudad, y concertáronse para salir a defenderles la entrada en la tierra.

Nombraron para defender la montañeta a Maihenet con sesenta caballos, y a Caidali con trecientos escopeteros y flecheros. Concertados en esto, hicieron muestra en la plaza de la ciudad, y halláronse docientos turcos, cuatrocientos moros alejandrinos, mil y cien africanos, que por todos eran mil y setecientos y cincuenta, con escopetas, arcos, flechas, lanzas, bisarmas y otras maneras de ellas. Y hecha la muestra esperaron a ver lo que los cristianos harían.

Salta la gente en tierra y sitian la ciudad.

Sábado a 28 de junio, víspera de San Pedro y San Pablo, ya que quería abrir el alba, toda la gente de la armada estaba apercebida, y comenzó a salir de las galeras y navíos, y entrar en barcas, esquifes, bateles y fragatas para ir a tomar tierra, y habiéndose así embarcado los maestres de campo, capitanes, caballeros y toda la gente lucida y de vergüenza que venía en la armada con gran ruido de atambores y trompetas, comenzaron a caminar contra la ciudad, siguiéndolos el príncipe Andrea Doria, y el virrey y don García con las galeras por proa con la artillería y gente en orden, y así llegaron hasta una milla de la ciudad, y llegando a tierra las proas, saltaron en tierra el virrey, don García, y los maestres de campo y capitanes y caballeros, y tras ellos la infantería, de la cual los sargentos mayores de los tercios y otros oficiales comenzaron a hacer escuadrón, y con las barcas, fragatas, esquifes y bateles los marineros volvieron a las galeras, y dentro de dos horas, yendo y viniendo, recogieron toda la infantería del tercio de Nápoles, y el otro tercio de Sicilia y Malaspina y caballeros de la religión, y sacando de cada uno una manga de arcabuceros, mandó don García a don Alonso Pimentel que con la una fuese la vuelta del olivar, para asegurar la campaña de enemigos, y con la otra mandó el virrey al capitán Moreruela, que fuese la banda de levante de la mar.

Y estando ambos escuadrones en buena orden y el virrey y don García en ellos con los maestres de campo y capitanes y alféreces en medio con sus banderas llevando delante cuatro piezas pequeñas de artillería, y en medio a fray Miguel, fraile francisco, napolitano, con un crucifijo en las manos, si bien comenzó a jugar la artillería de la ciudad contra ellos, llevaron el camino de la montañeta, donde pensaban asentar el campo. Salieron luego de la ciudad Maihenet con los sesenta de caballo, y Caidali con trecientos escopeteros. Traían los caballos un pendón colorado con una media luna de plata, y los peones dos banderas de la misma divisa, y fueron camino de la montañeta, quedando Hessarráiz con muy buena guarda a la puerta de la ciudad.

Como llegaron estos moros a la punta de la montañeta, viendo la manga de arcabuceros que iba con don Alonso, comenzaron a descubrirse y salir de ella para escaramuzar con los cristianos, y como don García los vió, mandó a don Alonso que con los arcabuceros se fuese acercando a ellos, y fue enviando más arcabuceros y soldados para reforzarle y que trabase con ellos escaramuza, y comenzando a ir la manga para ellos, Caidali, que iba en una hermosa yegua, alheñada la cola, hizo retirar los turcos y moros hasta un cercado de viñas que toda la montaña ceñía, por donde estaban muchas higueras y árboles de fruta, y tomándola como amparo se hizo allí fuerte, demostrando ánimo de pelear, y mandó disparar las escopetas y flechas contra los cristianos, y lo mismo hizo la infantería española contra ellos, y comenzáronse a trabar.

Y como los escuadrones iban juntos, y ya llegaban cerca de las viñas, y don Alvaro de Vega llevaba el más cercano a ellos, sin licencia ni mandato del virrey su padre, deseando mostrarse contra los enemigos, viendo la escaramuza comenzada, mandó al sargento del capitán Moreruela, que con cincuenta arcabuceros fuese a tomarle las espaldas por la parte de la marina, con fin de que apretándolos mucho, aunque quisiesen entrar en la ciudad todos no pudiesen salvarse, y él con el escuadrón arremetió contra Caidali, Maihenet y los suyos, disparándose mucha arcabucería. De tal manera que si bien los turcos y moros hacían resistencia, por fuerza les convino desamparar las paredes de las viñas donde se habían hecho fuertes y los llevó y corrió de todas ellas hasta los echar fuera de la montañeta, que estaba seiscientos pasos de la ciudad, y los moros se fueron retirando con el mejor orden que pudieron.

Y visto por el sargento de Moreruela, que con los cincuenta arcabuceros los esperaba por las espaldas, hizo luego descargar en ellos los arcabuces, y viéndolo Hessarráiz desde las torres de los muros, mandó disparar la artillería contra ellos, y contra el campo, para que no los ejecutasen tanto, y una culebrina que estaba en la torre del homenaje mató tres soldados de la compañía de don Juan. Pero, sin embargo, el sargento de Moreruela los apretó tanto con los cincuenta arcabuceros, que temiendo Hessarráiz que a la vuelta de sus muros se entrarían los cristianos en la ciudad antes que todos los suyos se recogiesen, hizo cerrar las puertas, y los que quedaron fuera, así de a pie como de a caballo, huyeron a una montañuela por donde iban a Monasterio, y así, dentro de seis horas que la gente salió a tierra, llegó el campo a la montañeta y se alojó en ella contra la ciudad, poniendo el rostro a la tramontana y las espaldas al mediodía, y la puerta de la ciudad a la mano derecha a la banda de levante, a distancia de seiscientos pasos, poco más o menos, y don García se alojó con el tercio de Nápoles, tomando la vanguardia contra la ciudad, y en retaguardia, a la banda de poniente, mandó poner a Hernán Lobo con el tercio de Malaspina, y a la de levante se puso don Alvaro de Vega con el tercio de Sicilia y caballeros de la religión, y el virrey mandó armar sus tiendas junto a él para hacer rostro a la retaguardia por parte de la campaña; y porque no había algunas trincheas ni reparos para guardia del campo, mandó que don Hernando de Toledo hiciese la guardia con cuatro banderas de infantería, de cada tercio una, y otra de los caballeros de la Religión, y que los gastadores comenzasen a hacer las trincheas, sacando esta gente de los forzados de las galeras, griegos y sicilianos, y más docientos hombres que envió de sus galeras Andrea Doria, y armaron una gran tienda a manera de galera para hospital donde se curasen los heridos y enfermos, y para guardarle los soldados de los grandes calores del día y serenos de la noche, con las cepas que arrancaron de las viñas, hojas y agraces, hicieron chozas para se reparar. De esta manera se hizo el cerco de la ciudad por tierra, que no podía salir ni entrar moro que no fuese preso.

[Prosigue la guerra de Africa.]

Viéndose así cercados los de Africa, pusieron este orden en su defensa. A Caidali con cincuenta turcos pusieron en la puerta principal de la ciudad por do entraban y salían, y en las otras pusieron en cada una un cabo de escuadra con veinte moros, la mitad de los naturales y la otra mitad de los alejandrinos, y que rondasen de noche la ciudad docientos moros, y con ellos Mahamet, el veedor de Dragut, y en cada torreón del revellín y castillo se pusiesen doce turcos, y el muro, andén y barbacana rondasen de noche, y de día ciento, mudándose por sus tercios, para que con menos trabajo lo pudiesen todos hacer, y que se deshiciesen las obras muertas de los dos navíos que estaban en la playa, y se metiesen en la ciudad, con todo lo que en ellos estaba, y que se asentasen tres lombardas en la puerta principal del revellín; y en otro torreón que estaba tras la mezquita mayor, pusieron un cañón y media culebrina para que jugasen contra las galeras, con otras dos lombardas que estaban en el través junto al torreón, y de esta manera fueron ordenando y fortificando su ciudad, porque Hessarráiz lo sabía bien hacer.

[Prosigue la guerra en Africa.]

Domingo día de San Pedro se comenzó a sacar la artillería de las galeras para llevarla al campo, haciendo la guardia el capitán Bernal Soler con su compañía, atrincherándose a la lengua del agua, y acudio don García de Toledo con algunos caballeros y gente para más asegurarlas.

Salieron de la ciudad por unas troneras y un postigo que caían a la marina docientos moros, oficiales herreros y carpinteros a deshacer los dos navíos alejandrinos y llevar lo que en ellos había a la ciudad. Al tiempo que se estaba sacando la artillería de las galeras, llegó Luis Pérez de Vargas, que fue muy bien recibido de todos, y acudio luego a dar orden cómo la artillería se trajese presto, que no querían perder tiempo.

Este mesmo día mandó el virrey al capitán Balcázar que aquella noche con ocho soldados fuese a reconocer los muros de la ciudad, y si había foso junto a ellos, y andando reconociendo le pasaron con una bala de escopeta por los lomos, de que murió dentro de algunos días, y mataron dos soldados de los que con él iban, y con este daño no se pudo hacer bien el reconocimiento.

Con harto trabajo se plantaron esta noche tres piezas de artillería en la montañeta, y luego mandó el virrey que se jugasen contra los reparos que la ciudad tenía, y porque no estorbasen los tiros de la ciudad y hiciesen daño con la artillería a los que en la montaña la plantaban, mandó el virrey tocarles bravamente al arma, y que los arcabuceros disparasen contra la ciudad, y que alrededor donde se había de plantar la batería anduviesen dos compañías de soldados disparando, así para que embarazasen la ciudad como para que encubriesen la vista de la batería, y que con el ruido no sintiesen los golpes cuando se plantase.

Plantó Luis Pérez a cuatrocientos y cincuenta pasos diez piezas de artillería, cañones reforzados, y dos culebrinas, y en medio de cada dos piezas, dos cestones llenos de arena por mayor fuerza; y plantadas estas piezas cien pasos más abajo del lado izquierdo plantaron otras ocho piezas gruesas de batir con otra tal fuerza de cestones y sacos de arena, y púsose en guarda de ella una compañía de infantería, y desde la montañeta donde estaba el campo alojado, hasta la batería primera y segunda, se hicieron trincheas, por donde se pudiese ir sin peligro hasta la batería, aunque no podían ir tan guardados que la artillería de la ciudad no los hiciese algún daño, porque la trinchea era de arena, y pisándola la gente se deshacía, y así se trabajaba siempre en ella. Y para mayor seguridad se hizo otra contratrinchea, y otra que atravesaba de mar a mar cien pasos más bajo, y en sola una noche se puso tan buena diligencia que amaneció hecha de un estado de hondo. El asiento del campo, según la disposición del sitio, fue tal.

[Prosigue la guerra en Africa.]

Como Hessarráiz sintió el arma tan recia, y tanta arcabucería como contra la ciudad se disparaba, viendo que no se llegaban a ella, como hombre de guerra sospechó lo que era. Mandó reforzar las guardias así en las puertas y torres, como en el cuerpo de guardia, y jugar la artillería a la parte donde pudo imaginar que se plantaba la batería; mató algunos gastadores y otros soldados.

Acabada de plantar la artillería, el virrey mandó cesar el arma, y que se sosegase el campo; y al alba de otro día, martes primero de julio, tocaron todas las trompetas y instrumentos músicos de las galeras y atambores del campo, y todos los arcabuceros dispararon contra la ciudad a manera de salva, y acabado, comenzó luego la batería en un lienzo del muro del revellín y un torreón a la parte del poniente. También dispararon toda la artillería de la ciudad respondiendo a la del campo, en el cual hacían daño especialmente en los gastadores que andaban en las trincheas.

Concertaron que ochenta cristianos y treinta cristianas, que tenían esclavos en la ciudad, saliesen de noche y limpiasen todo lo que la batería de día hubiese derribado, y que se hiciesen unos traveses de madera para si llegasen por allí a dar el asalto, la artillería y escopetería que habían de estar en ellos disparasen en los cristianos, y que dentro de la ciudad se pusiesen puntas de maderos y clavos y abrojos, para que si entrasen, se clavasen en ellos, que fue la mayor fortificación que los moros pudieron hacer.

Hicieron a la parte de tierra un parapeto para poner en él cuatro lombardas para mayor seguridad y fortificación. En el campo entendían en lo mesmo, y porque las trincheas de la arena no valían cosa, acordó el virrey que de un olivar que estaba una milla del campo al poniente, se trajese fajina y rama para fortificar las trincheas.

Y demás de esto trajesen leña para que dos herrerías ardiesen siempre y se hiciesen en ellas clavos, planchas y hierros para la artillería y otras cosas necesarias en el campo, y que fuese una compañía de infantería haciendo la escolta y guardia a los gastadores que habían de ir por la leña; con esto se fortificó mucho el campo, y las galeras en que estaba Andrea Doria se metieron más a la mar, poniéndose en parte que siendo menester jugar la artillería contra ella lo pudiesen hacer.

Salen los de Africa a hacer daño en el campo.

Desmayó algún tanto Hessarráiz cuando vió la diligencia que en el campo había en fortificarse y guardarse de la artillería de la ciudad, y viendo con cuánto calor los batían y el daño que dentro en la ciudad hacían dos morteretes que estaban plantados sobre la primera batería, que habían hundido algunas casas y muerto gente; con todo quisieron mostrar que no sólo habían ánimo para defenderse en una ciudad fortísima y bien proveída, si bien ellos no eran más que mil y quinientos, y en el campo cuatro mil, mas que fuera de los muros habrían de salir a combatir con ellos, y concertaron una noche que Caidali y Maihenet, que eran los que mas sabían de la guerra, saliesen con cincuenta turcos y diesen en las centinelas y gente de guardia que estaba cerca de la puerta de la ciudad, y que Hessarráiz quedase en guarda de la puerta con otros cien turcos y otros docientos sobre el revellín.

La noche que los turcos tuvieron esta determinación cupo la guardia a los capitanes don Bernardino de Córdoba y don Juan de Mendoza, que habían de estar esta noche con sus compañías en la trinchea más cercana a la ciudad. Siendo ya las once de la noche (que fue bien oscura) salieron los cincuenta turcos, quedando los otros, como estaba concertado. Adelantóse uno a reconocer el campo, y llegó sin ser sentido hasta donde estaba una centinela muy dormido; volvió luego el turco a avisar a sus compañeros.

Caidali se adelantó con seis soldados y llegó a la centinela y cortóle la cabeza, antes que despertase. Maihenet, que era el otro capitán que salió con estos turcos, fue con los veinte y cinco de ellos contra donde estaba don Bernardino de Mendoza, y con los otro veinte y cinco fue Caidali contra don Juan.

Llegaron sin ser sentidos donde estaban otros seis soldados centinelas. Estos estaban con más cuidado y los sintieron y entendieron, que habían muerto la primera centinela, y tocaron luego al arma y dispararon sus arcabuces contra los turcos, y ellos hicieron lo mismo contra los soldados, y mataron tres de ellos. Oída la arma en el campo, tocaron los atambores de los tercios y pusiéronse en orden, y el virrey se armó y acudio donde se tocaba el arma. Salieron fuera de las trincheas don Juan y don Bernardino con sus espadas y rodelas, diciendo: Santiago y a ellos. Como los turcos sintieron la resistencia que se les hacía, y que en todo el campo se tocaba al arma, temieron perderse y volviéronse a la ciudad.

[Prosigue la guerra de Africa.]

Batíase la ciudad con toda furia, y en ella se reparaban cuanto podían. Mandó el virrey que el capitán Portillo, de la Goleta, y otro Portillo, cabo de escuadra de la compañía de don Hernando, fuesen a reconocer la batería con otros cinco soldados, los cuales fueron a la hora de mediodía con sus espadas y rodelas. No hallaron resistencia porque los turcos estaban detrás del muro y torreones por temor de la artillería.

Llegaron a la batería y reconocieron el revellín, y queriendo subir la batería para reconocer el muro, fueron vistos y luego tocaron al arma, y comenzaron a disparar las escopetas en ellos, a cuya causa no pudieron reconocer más. Y pareciéndoles que se podría dar ya el asalto, lo dijeron al virrey, y él lo trató con don García de Toledo y con Luis Pérez, y fueron de parecer que se diese, y envió la relación a Andrea Doria, y a pedirle su voto, el cual dijo que sentía lo mismo que los demás capitanes habían dicho, y así acordaron que para el martes primero, ocho días después que la batería se había comenzado, las galeras tocasen arma, y batiesen por la mar con fin de que los turcos y moros se repartiesen por los muros, torres y puertas; y porque este día sopló un poniente que alteró la mar, no se hizo, y esperaron que el mar sosegase.

Estaba dentro en la ciudad un mozo italiano renegado; arrepentido de su yerro, quiso volverse a la Iglesia, donde había nacido. Como se dijo en la ciudad que los cristianos querían dar el asalto por el revellín, doliéndose del gran daño que habían de recibir si por allí quisiesen acometer, estando en guardia de la ciudad junto a la batería entre las doce y la una de medio día, se arrojó de la batería abajo, y por mucho que los de la ciudad hicieron por matarle, quiso Dios que no le acertasen con alguno de los muchos arcabuces que sobre él dispararon. Recogiéronle en el campo y lleváronlo ante el virrey.

Dijo quién era, y confesó su pecado; avisó de la fortificación que detrás del muro que se batía hacían los turcos, si bien no supo declararse. De ahí a dos días se salió de la ciudad otro renegado, y vino al real de noche; éste era más plático que el primero, y dijo la manera de la fortificación que hacían, y que sería por allí muy peligroso el asalto, porque estaban con grandes apercibimientos.

En harto cuidado pusieron al virrey y a don García estos avisos. Juntáronse con los capitanes para ver qué orden se tendría en dar el asalto, y acordaron que el viernes siguiente se les diese muy de mañana, por la parte que la batería había hecho camino, y que fuese de, esta manera: Que algunos alféreces y gentileshombres llevasen la vanguardia derechos a la batería para entrar por ella, y llevasen ollas de fuego artificial, y siguiéndolos, el capitán Zumárraga con su compañía y otra cantidad de arcabuceros, los cuales llevasen algunos barriles de pólvora para que, estando encima de la batería, los echasen sobre los enemigos, y sus reparos, y que les fuese haciendo espaldas Pantoja, alférez del capitán Brizeño, con cuatrocientos soldados, y que entre tanto que esto se hacía, don Alonso Pimentel con su compañía procurase echar escalas a una torre que estaba a la parte del poniente; y para dar socorro a todo lo que sucediese, quedase el campo en arma, y la artillería puesta en orden.

Avisaron al príncipe Andrea Doria de esta determinación. Nombráronse los alféreces y gentileshombres que habían de llevar la vanguardia, y todos los demás se pusieron en orden conforme a lo acordado. El virrey y don García quedaron en el campo con la gente puesta en arma, y comenzaron a caminar los que estaban nombrados con grandísimo silencio, por no ser sentidos; pero aunque era de noche, echáronlos de ver y tocaron luego al arma dando grandes voces, y dispararon algunas lombardas, y dieron una rociada de escopetería, de manera que mataron y hirieron algunos, y se pudo llegar con harto trabajo a la batería del revellín, y aquí mataron al alférez Pantoja y a otros. Hallaron los demás el foso tan hondo y tan ancho, que no lo pudieron pasar. Aquí se porfió harto, y murieron muchos, y hallaron tanta resistencia en los turcos, y dificultad en los muros y reparos, que era imposible la entrada, y cierta la muerte de los que en ellos se ponían.

Don Alonso Pimentel tentó apoderarse del torreón que estaba a su cuenta, mas no pudo llegar a él por la defensa que halló hecha, y viendo el poco fruto que podía hacer y el daño grande que los soldados recibían, se retiraron con pérdida de trece o catorce soldados y más de ochenta heridos. Cortaron las cabezas de los muertos y arrojáronlas con los cuerpos hechos pedazos por los muros abajo, y la del alférez Pantoja pusiéronla en una pica levantada hacia el real, y un renegado, a grandes voces, dijo en español: «Cristianos, veis aquí vuestro capitán; venir por él.»

[Prosigue la guerra de Africa.]

Los soldados que habían ido a dar el asalto echaron bien de ver la gran fortaleza de la ciudad y el contramuro que tenía, y otros reparos que ponían harta dificultad para poderla entrar. Y el virrey, con don García y Luis Pérez, acordaron dos cosas: la una, recoger y estrechar su alojamiento, para estar mas reforzados, porque no se fiaban mucho de los moros y alárabes que les hacían amistad, y lo segundo fue enviar por más gente, artillería y municiones a Nápoles, Sicilia y la Goleta.

Juan de Vega escribió a su hijo, Hernando de Vega, que había quedado en su lugar en Sicilia, que luego le enviase gente y artillería, y lo mismo hizo don García a su padre, don Pedro, virrey de Nápoles. Fue a la Goleta el capitán Cigala con dos galeras, y sacó de ella dos culebrinas y dos cañones gruesos, y un serpentín reforzado, y docientos quintales de pólvora, y dos mil pelotas de munición, y volvió con esto para el campo.

Llegó a Palermo el marqués Antonio Doria, y sacaron de los castillos una bandera de infantería española, mil pelotas y docientos quintales de pólvora con cantidad de bastimentos y refresco que Hernando de Vega había mandado embarcar. A Nápoles fueron el prior de Lombardía y Filipín Doria, y en Nápoles dio el virrey al capitán Orihuela con su compañía de infantería española, y seiscientas pelotas de hierro colado para cañones, y ciento y cuarenta y cuatro quintales de salitre, y cuarenta y cinco de carbón de salce, para que en el campo se hiciese pólvora.

Llegó ese socorro al campo, y todo parecía muy poco para lo que era menester, y escribieron al Emperador dándole cuenta de lo que habían hecho y de la dificultad que había en el negocio por la gran fortaleza de la ciudad, suplicándole que, pues tocaba tanto a su reputación, y era del servicio de Dios y bien de sus reinos, que mandase enviarles infantería, de la que había en Lombardía, y artillería y municiones, las que fuesen necesarias. Entre tanto que fue este correo, pareció a don García y a Luis Pérez que sería bien acercar la batería docientos y diez pasos más a la ciudad, delante de la primera batería. Y porque una trinchea, que de mar en mar estaba hecha, les pareció larga, para si de allí se hubiese de hacer la arremetida, mandaron hacer otra, cien pasos más adelante hacia la ciudad, y para ir a ella otras que la correspondiesen.

Recibió el Emperador las cartas del virrey y capitanes en Augusta, y mandó luego despachar para don Hernando de Gonzaga, que gobernaba el Estado de Milán, mandándole que luego diese lo que para la conquista de Africa le pidiesen. Escribió, asimismo, al duque de Florencia y a la señoría de Génova que a su cuenta diesen todas las municiones que el virrey de Sicilia enviase a pedir.

Hazaña de un valiente portugués.

Atrevíanse los turcos a salir de noche y acometer hasta llegar a las trincheas. Una noche los dejaron bien llegar, y un portugués llamado Joan Sossa vió a un turco que venía bien armado con su celada, alfanje y rodela, y era de los más valientes y estimados que entre ellos había. Tomó Joan de Sossa una espuerta, y con ella por escudo y sola su espada, salió fuera de la trinchea y peleó con el turco, y lo venció y cortó la cabeza. Por lo cual, aunque el portugués había ido contra el bando que se había echado de que nadie saliese a pelear fuera de las trincheas, don García le honró mucho y le dio cincuenta ducados. Fueles mal esta noche a los turcos.

Estaban en el campo algunos moros amigos que habían venido con Luis Pérez de Vargas desde la Goleta. Entre ellos era Muley Hacén, rey desheredado de Túnez, y ciego, con algunos de sus hijos. Aquí murió de enfermedad, y fue muy llorado de los suyos, y lleváronlo a enterrar a Quernan.

[Dragut.]

No he hecho mención de Dragut después que salió de Africa. El corrió el mar buscando qué robar, y donde principalmente acudio y hizo mucho daño fue en el reino de Valencia, llevado y guiado de algunos moros naturales de él. Saltó en algunos lugares de la costa y hizo los males que pudo, muy sin pensamiento de los que habían venido sobre sus lugares de Monesterío y Cusa, y de lo que tenía a cuestas la su querida ciudad de Africa, mas al fin lo vino a saber de esta manera.

Dije cuando desembarcó el campo imperial que habían salido de la ciudad Caidali con trecientos turcos y moros, y Mahemet con sesenta caballos, que los arcabuceros españoles les dieron tanta priesa, que volvieron huyendo, y algunos no tuvieron lugar de entrar en la ciudad y se fueron por la montaña. Parte de éstos llegaron a los Gelves, donde estaba la mujer de Dragut, a la cual dieron cuenta de la pérdida de Monesterio y Cusa, y del campo que quedaba sobre Africa. Ella despachó luego en busca de su marido, llamándole para que viniese a socorrer su ciudad. Fue una fusta en su busca, y topó con él, que venía del reino de Valencia.

Atravesóle el corazón a Dragut la mala nueva; pidio consejo a los suyos, y acordaron que fuesen a socorrer a Africa, y que primero fuesen a los Gelves y recogiesen la gente que pudiesen, y de allí fuesen a las villas de los izfaces y querquenes y su comarca, y hiciese también aquí gente, y que con ellos, y con ochocientos turcos que de sus galeras y navíos sacase, harían por descercar la ciudad.

Llegó Dragut a los Vélez, habló luego con el jeque, pidiole su ayuda, diole que pudiese levantar gente, hasta mil y quinientos moros a su costa. Envió a pedir socorro al señor de Quernan y a su amigo el rey de Túnez, diciendo que era la salud de todos no dejar que el Emperador se hiciese tan gran señor en aquellas partes, porque se quería alzar con todo.

No halló Dragut el socorro que quisiera; el de Quernan se lo negó, el de Túnez le entretuvo, y como pudo, juntó tres mil y setecientos peones y sesenta caballos, y envió un capitán para que procurase entrar en Africa y dijese a Hessarráiz y a los demás que el día de Santiago, dos horas antes que amaneciese, estuviesen a punto con la gente de guerra de la ciudad, que él llegaría aquella hora con cuatro mil y quinientos hombres de a pie y de a caballo, y daría en el campo de los enemigos, y que a la mesma hora, en sintiendo que andaba envuelto con ellos, saliesen por su parte y diesen en ellos, procurándose juntar con él. Enviado este aviso, mandó marchar la gente la vía de Africa, que por tierra estaba ochenta y cinco millas de los Gelves, y él caminó por la mar para juntarse con ellos, donde hallase lugar. El correo que iba con el aviso a los de Africa, sabía bien la tierra, y llegó día de la Madalena, y metióse en el olivar, donde estuvo escondido hasta dos horas de noche, y pareciéndole hora, fuese ribera del mar, porque si topase con enemigos, echarse al agua y salvarse nadando o como pudiese.

Llegó a la ciudad sin que topase a nadie, y echóse al agua, y fue a entrar nadando por una tronera de las que por aquella banda tenía, y dándose a conocer le subieron con una soga, y dio su embajada a los capitanes moros, con que quedaron muy contentos, y ya les parecía que seguros con el buen socorro que Dragut ofrecía. El capitán Carmami, que venía con la gente por tierra, no pudo caminar como él y Dragut habían pensado, y a esta causa no se pudieron juntar según habían concertado.

Llegó antes Dragut a seis millas de Africa, y echó en tierra seiscientos flecheros y docientos escopeteros turcos, y mandó volver los capitanes con los navíos a los izfaquis, temiéndose que siendo descubierto por el armada imperial, embistiría con ellos. Esperó allí la gente que venía por tierra, y llegó. Y juntos, día de Santiago, llegaron cerca del olivar donde iba la gente del campo por rama y fajina, y alojóse en una casería y torre que allí estaba, encubriéndose cuanto pudieron por no ser sentidos, y de allí procuró enviar aviso a la ciudad, para concertarse y dar en el campo de los cristianos por dos partes a un mismo tiempo. Procuró coger algún cristiano desmandado para saber la disposición del campo y la gente que en él había.

[Prosigue la guerra de Africa.]

Ya dije cómo siempre que la gente del campo iba por leña al olivar le hacía escolta o guardia una compañía de infantería. Este día de Santiago le cupo a don Alonso Pimentel, el cual a la hora de las diez salió con su gente y con ciento y treinta griegos gastadores y con otros ciento y cincuenta barqueros y taberneros italianos que iban por leña para guisar la comida.

Llegando don Alonso a la tienda del virrey, le dijo el sargento mayor que no pasase adelante y hasta verse con él, y era que ya el virrey tenía aviso por algunos alárabes que venía socorro a Africa, aunque no sabían que Dragut lo trajese, y demás de esto se habían visto algunos moros por las montañas y se temían que en la tierra había enemigos.

Y más que el Jarife, amigo de Luis Pérez, había descubierto tres o cuatro moros, que querían matar un soldado cristiano, y se habían metido por unos juncales de la marina, donde entendía que había gran golpe de enemigos, y así avisó luego a Luis Pérez de lo que había visto y entendía. Diose cuenta al virrey, y hubieron su acuerdo, y fueron en que la gente fuese por la rama y con ella demás de la compañía de don Alonso, las de don Alvaro y Hernán Lobo, y otros caballeros y capitanes. Y el virrey quiso ir con ellos, y don García quedó en guarda del campo, y para que si los de la ciudad saliesen, para juntarse con los que venían, se lo defendiese.

Salieron las tres compañías con sus capitanes y los caballeros que iban debajo de la orden del capitán Amador, y el virrey se puso a caballo sin armas algunas más de la espada, y con él cuatro de a caballo, y Muley Mahemet y Bucat, hijos del rey de Túnez, que murió en el campo. Estos dos moros llevaban corazas y ballestas colgadas de los arzones de los caballos, y algunos de sus moros juntos con ellos, con carcajes de pasadores, y el Jarife con su lanza larga, y seis moros junto a él, todos con sus capuces y tocas rebozadas y lanzas en las manos. Bajados a lo llano se hizo un escuadrón de las tres banderas, el cual ordenaron Luis Pérez y Hernán Lobo, poniendo en vanguardia y retaguardia a los soldados de coseletes, diez y siete por hilera, con dos pequeñas mangas de arcabucería, que en cada una iban sesenta arcabuceros, de diez y siete en diez y siete las hileras, como de los coseletes, y la mano derecha se dio al alférez de Hernán Lobo y sargento de Amador, y otros dos cabos de escuadras. Y la izquierda a don Alonso, a la parte que iba el virrey con los tres príncipes moros, y en esta orden comenzaron a caminar para el olivar, adelantándose Luis Pérez con don Alonso y manga de arcabuceros para descubrir si había enemigos, y don García volvió a las trincheas, y los visitó, dando aviso de la sospecha que había de enemigos. Y mandóles que todos estuviesen sobre aviso y apercebidos, para si saliesen los enemigos de la ciudad y pusiesen centinelas para que pudiesen dar aviso de lo que al virrey sucedía.

Las centinelas de Dragut descubrieron el escuadrón que iba al monte y avisaron, y él, con mucha diligencia, puso en orden su gente, reconoció el orden con que todos venían, habló a los suyos, animándolos, y mandóles estar quedos hasta que él avisase. Quísolos dejar llegar más al olivar, pareciéndole que cuando más se desviasen del campo, sería más señor de ellos, y que antes que fuesen socorridos, los habría muerto.

Como llegó el escuadrón al olivar, salió Dragut del puesto de la torre y comenzó a descubrir su gente con gran estruendo de atambores y trompetas, y grita, que es cosa ordinaria entre los moros pelear de esta manera por espantar a sus enemigos. Descubriólos Luis Pérez, que se había adelantado a reconocer el campo, y avisó luego al virrey, el cual mandó que el escuadrón caminase muy junto y reforzado, derecho al olivar. Bajó Dragut con su gente una cuestezuela muy en orden, mandó que la infantería le siguiese, y dividio los sesenta caballos en dos órdenes, a fin de tomar el escuadrón en medio. Luego se mostraron diez y siete banderas de enemigos, y en vanguardia de ellas docientos turcos con partesanas, alfanjes y tablachinas. Y como Luis Pérez vió los muchos turcos y moros que venían para reforzar más la manga de arcabucería, esperó al escuadrón, y junto y reforzado fue adelante. Llegando ya a tiro de arcabuz unos de otros, Dragut dio una gran voz y arrojó la lanza contra el escuadrón, y haciendo lo mismo los de a caballo y peones, comenzaron con gran grita a arrojar lanzas y disparar sus escopetas, flechas y piedras con hondas, y los soldados cristianos a responderles con sus arcabuces, y trabóse luego entre ellos una muy reñida escaramuza. Los de la ciudad veían esto y dispararon contra el escuadrón una larga culebrina que daba con las balas en el olivar y hacía algún daño. Andrea Doria (que de todo estaba avisado) mandó jugar la artillería de las galeras, y dio una pelota por la boca de un cañón que lo reventó, y los moros quedaron harto escandalizados. Como Dragut se vió superior por la mucha gente que tenía, más que la del escuadrón peleaba con demasiada confianza.

Cargó más a la parte donde iban el alférez Hernán Lobo, y el sargento Amador y otros oficiales. Luis Pérez acudio allí, animando la gente, embarazados en la pelea; los que iban por la leña, cortaban y hacían sus cargas. Y como desde el campo se veía la escaramuza, y desde la mar las galeras, mandó don García que se tirase una pieza de campo de las que estaban en el caballero junto a la tienda del virrey a los enemigos. Una pelota mató tres turcos, y de la mar les comenzaron asimismo a tirar y hacer daño.

Como Dragut vió esto, mandó retirar su gente al canto del olivar, junto a un valladar, para guardarse de la artillería y dar carga con las escopetas en el escuadrón. El visorrey hacía el oficio de muy diestro capitán delante de todos, con la espada desnuda, sin otra arma, reuniendo y animando la gente, y lo mismo hacían otros capitanes. Y porque los arcabuceros españoles, cebados en la escaramuza, se desmandaban y desguarnecían el escuadrón, el virrey mandó a Luis Pérez y a don Alonso Pimentel que los retirasen y hiciesen juntar, porque por mala orden no se perdiesen.

Y habiendo Luis Pérez retirado y puesto en orden la mano izquierda, fue para la diestra, que se habían más desmandado, y viendo que con don Alonso hacía por los retirar y no podía, que los turcos los cargaban mucho, por haberse apartado del escuadrón más de lo justo, fuelos a socorrer y tampoco pudo, según andaba la escaramuza caliente; y temiendo Luis Pérez que aquellos arcabuceros se habían de perder, tomólos de la manga derecha para irlos a socorrer y retirarlos.

Y yendo de la una parte a la otra, llegado al derecho del escuadrón donde los arcabuceros andaban, le dieron por los pechos un balazo que le salió la pelota por los riñones, y sintiéndose herido de muerte volvió las riendas al caballo para entrarse en el escuadrón, y antes que pudiese llegar a él cayó muerto en un llano y el caballo se paró. Y pareciéndole a Dragut que debía de ser persona principal, por lo que le había visto hacer (aunque muerto), mandó a los turcos que cogiesen el cuerpo; los cuales arremetieron para tomarlo, y viéndolo un soldado de los que había llevado de la Goleta que andaba con él, a grandes voces comenzó a decir: «Españoles, socorred a Luis Pérez, que le llevan los turcos.»

Y oyéndolo, y viéndole caído, tres hileras de soldados con coseletes y diez arcabuceros, arremetieron a todo correr a defenderle, porque los turcos no lo llevasen, que llegaban ya cerca de él, y también arremetió don Alonso Pimentel con otros soldados a lo mismo. Y los unos sobre llevar el cuerpo y los otros sobre defenderlo, trabaron una brava pelea, la cual fue muy reñida, combatiendo espada contra alfanje, y pica contra lanza, y arcabuz contra escopeta.

Murieron y fueron heridos muchos, y a don Alonso dieron un arcabuzazo en la gola que si no fuera tan fuerte muriera. Mas por mucho que los turcos porfiaron, los españoles los hicieron retirar y dejar el cuerpo, y los llevaron huyendo hasta el vallado de donde habían salido. Y entre tanto, el alférez de don Alonso y otros soldados alzaron el cuerpo de Luis Pérez de tierra y lo pusieron en un caballo, y lo llevaron al campo con mucho pesar de haberlo perdido, porque era muy buen capitán.

Y como duraba tanto la escaramuza, un turco flechero había acabado de tirar todas sus saetas, y puesto sobre un vallado en menosprecio de los españoles, volvió las espaldas y levantó las faldas y comenzó a echar tierra con las manos. Apuntóle un español y acertóle tan bien que le dio en la parte que bajamente mostraba, y cayó en tierra, que fue muy reído de todos y de él muy poco llorado, porque murió luego allí. Mataron a Palomares, alférez del capitán Hernán Lobo, que peleó valerosamente. También querían los turcos llevar su cuerpo, y se trabó otra tal como la pasada, mas tampoco lo llevaron. Los gastadores habían ya hecho las cargas y volvían con ellas para el campo, y Juan de Vega, animando su gente como excelente capitán, se fue retirando.

Y viendo Dragut que se le iban, y a su pesar llevaban la fajina, puso en dos partes su gente, y mandó que los unos siguiesen al escuadrón al rostro y los otros hiriesen por las espaldas, porque ninguno escapase. Y esto podíanlo hacer mejor y más sin peligro que la primera vez que lo intentaron, porque como caminaban por dentro del olivar, iban guardados de la artillería, lo que primero no podían, porque, por temor de ella, se habían retirado al canto del olivar, y yendo peleando de esta manera mataron dos cabos de escuadras y cuarenta soldados y hirieron otros muchos, si bien ellos lo pagaban muriendo muchos más; y como apretaban tanto al escuadrón, mandó el virrey que los gastadores dejasen la leña, y que con sus hachas, armas y piedras, ayudasen a pelear, y con esta ayuda salieron del olivar, con muerte del capitán de los gastadores.

[Prosigue la guerra de Africa.]

Como el Jarife vió tanta multitud de moros contra tan pocos cristianos, sin decir nada al virrey envió a decir a don García lo que pasaba, y lo mucho que importaba enviar socorro. No lo había hecho don García por no dejar el campo sin gente; mas como vió la necesidad y aprieto en que el virrey estaba, tomó los capitanes don Juan, don Bernardino y Zumárraga con sus compañías y fue a toda furia.

Y como ya el virrey había salido con el escuadrón del olivar, mandó que los gastadores tornasen a tomar la leña y con menor daño se volvía al campo. Viendo los turcos de la ciudad salir el socorro del campo, mandó Hessarráiz juntar a un portillo cerca del revellín cuatro banderas, para que llegando más cerca Dragut, le fuesen a socorrer y clavar la artillería del campo y juntarse con él. Comenzaron a salir con gran estruendo de atabales y trompetas que se oían en el campo.

Mandó don García, viendo esto, que los tres capitanes fuesen con sus banderas a dar el socorro, y él se volvió al campo por tener buena guarda en él, y puso toda la gente en arma, así para su defensa como para ayudar al escuadrón que se venía retirando. Peleando Dragut vino siguiendo el escuadrón y socorro que llegó, dándoles carga hasta cerca del campo, y algunos alféreces turcos y moros atrevidos llegaron bien cerca del campo a unas paredes y torrecilla donde se hacía de noche la guardia, y pusieron en ellas algunas banderas.

Viendo esto Hessarráiz, y cómo Dragut peleaba con los suyos, mandó salir bien afuera de los muros las cuatro banderas, y por el portillo cerca del revellín que a la mano izquierda estaba, salió Mahemet, el veedor, con una bandera blanca y colorada en la mano, y en la otra el alfanje desnudo, y acompañado de sesenta turcos y moros escopeteros y flecheros, y con grande ánimo se fue para las trincheas donde don Hernando de Toledo estaba; y si bien del campo dispararon contra ellos toda la arcabucería, no por eso dejó Mahemet de pasar adelante, yendo determinado de poner su bandera en el bestión, que de dos botas de madera estaba hecho. Y pesándole mucho a un soldado del atrevimiento del turco, con licencia del maestre de campo, poniendo Mahemet en el bestión la bandera, arremetió para él con la espada desnuda en la mano, y le dio dos cuchilladas en la cabeza de que le derribó muerto, y al soldado dieron los que en guarda de la bandera iban, dos escopetazos de que murió.

Y como el virrey oyó el arma recia que en el campo se tocaba, mandó que don Bernardino con su bandera y otros arcabuceros quedasen con él para pelear con los turcos, y que los otros capitanes con su gente fuesen a socorrer el campo que peleaba con los de la ciudad, porque ya él estaba cerca y se iba retirando a juntar con él. Los turcos. que perdieron su alférez a las trincheas, no por eso desmayaron, antes pelearon como desesperados, siendo favorecidos desde un revellín de la ciudad; y andando así a la mano derecha de este revellín, salió otro turco con otra bandera como la primera que habían perdido, y otro que se la ayudaba a llevar, y siguiéndola otros sesenta turcos fueron a favorecer a los que habían perdido la primera con su alférez, y antes de llegar dieron al uno de los dos que llevaban la bandera, un balazo en el muslo derecho, que arrodilló del golpe, mas luego se levantó y llegó a la trinchea, y comenzó a poner la bandera en ella. Salieron dos soldados a quitarla, y acometieron al turco y diéronle tres cuchilladas en la cabeza y brazo, sin que bastase a defenderle otro turco que llegó con un alfanje y rodela a socorrerle. Sintiéndose el turco herido de muerte, se arrojó a la mar por salvarse y tuvo tanto esfuerzo que pasó por ella, si bien iba herido de muerte, y salió a tierra, donde luego expiró.

Encendiose de tal manera la escaramuza, que las banderas de todos los tercios y los caballos de la Religión comenzaron a pelear con Dragut y los suyos, a fin de que no se juntase con los de la ciudad ni pudiese llegar a ella. Y como la grita era grande y la confusión que andaba, un renegado de los de la ciudad que debía de ser italiano, por animar a los que salían y hacer que desmayasen los del campo, comenzó a decir a grandes voces: «A ellos, a ellos, que se rompen y que huyen.» Oyéndolo los taberneros y barqueros italianos, como no sabían de guerra ni tenían armas, desampararon sus tiendas y lo que en ellas tenían y dieron a huir, y con gran priesa se embarcaron y entraron dentro en el mar, mas no causaron algún desorden en los que peleaban. Los sesenta turcos se juntaron con los otros que habían llegado primero a poner la bandera, y todos reforzados peleaban muy bien, pensando que siempre salían de la ciudad en su ayuda. Don García les hizo dar muy buenas cargas de arcabucería y jugar la artillería contra el canto de la muralla donde por el agua iban a la hilera, uno tras otro, quince turcos, y una pelota de cañón, topando con el primero, los llevó todos juntos a la mar hechos pedazos, y otras pelotas y la arcabucería mataron otros veinte y cinco. Quedaron con estas muertes muy atemorizados los de la ciudad, y los del campo se fueron retirando, y hallando cerradas las puertas y viendo el daño que en ellos hacían los arcabuces, se retiraron hacia la mar y se pasaron por el agua donde estaban las troneras, y por ellas y por un portillejo que allí había se entraron.

Como vió Dragut el poco remedio que había para juntarse con los de laciudad y la resistencia que el escuadrón le había hecho habiendo peleado cinco horas sin parar, retiróse con los suyos, la cuestecilla donde habían salido combatiendo el escuadrón. Y los de la ciudad, viendo retirado a Dragut, hicieron lo mismo los unos y los otros con harto dolor, porque lo habían con enemigos que también sabían jugar las armas.

Murieron cincuenta turcos y treinta moros, y quince de caballo de la parte de Dragut, y heridos ciento y cincuenta sin los muertos y mal heridos de la ciudad. Del campo cristiano murieron ochenta soldados, y Luis Pérez de Vargas, y el capitán de gastadores, y el alférez de Hernán Lobo, y quedaron ciento y cincuenta muy mal heridos. Púsose Dragut con sus tiendas o pabellones en aquel recuesto a vista del campo y de la ciudad, y don García mandó que les tirasen con la artillería, y hacíanles daño.

[Sigue la misma guerra.]

Tuvo Dragut consejo con sus capitanes, y consideradas las dificultades que había para entrar en la ciudad, ni descercarla, acordaron que debían volver por mas gente, y venir con dobladas fuerzas para poder combatir con la gente imperial.

Veníanle de Túnez, que el rey Hamida le enviaba ochocientos caballos; mas el señor de Quernán, que estaba mal con Dragut, mandó que cuatro mil caballos los embarazasen el paso, y con mucho contento del mal suceso que Dragut había tenido en la jornada, despidio sus embajadores, que con arte los había entretenido hasta ver cómo le iba a Dragut, y les negó el socorro que le pedían, y juntó un gran regalo de cosas de comer, y enviólo al virrey, dándole el parabién y congratulando de la mano que había dado a Dragut.

Sigue la misma guerra.

Llegado a esta sazón el correo con despachos del Emperador, con los cuales. el virrey y don García fueron muy contentos, y habido su consejo, enviaron el cuerpo de Luis Pérez a la Goleta para enterrarlo en lugar sagrado, y los enfermos a Trapana, para desembarazar el campo, y escribieron al duque de Florencia, y a la señoría de Génova, y a la de Luca, pidiéndoles pelotas y munición, y a don Hernando de Gonzaga que enviase cuatro banderas de infantería española, y que se volviese a escribir al Emperador dándole cuenta de lo que pasaba, y de la muerte de Luis Pérez, para que proveyese capitán en la Goleta.

Y queriendo apretar más la ciudad, para que no les entrase aviso alguno, para quitarles la entrada de la mar, por donde habían entrado los de Dragut, dando aviso de su venida, proveyó Andrea Doria que de allí adelante hiciesen centinela cuatro galeras desviadas de la armada, dos a la parte por do habían de venir de los Gelves, y con esto quedó muy cerrada la ciudad por mar y por tierra.

[Sigue la misma guerra.]

Con grandísima diligencia hizo Marco Centurión su embajada que había ido por el socorro, y el duque de Florencia y las señorías de Génova y Luca proveyeron muy bien pelotas y pólvora y otras municiones, y el Emperador envió a mandar a don Hernando de Gonzaga que proveyese la gente que se le pidiese, y don Hernando mandó a los capitanes Solís, Antonio Moreno y don Jerónimo Manrique, que estaban en guarnición de Placencia y otras tierras, que partiesen luego con sus compañías y pasasen al campo que estaba sobre Africa, y nombró otro capitán para que levantase gente.

Recogida toda esta gente y embarcada, llegaron en salvamento a vista de la armada que estaba sobre Africa, a 6 de setiembre, y fueron muy bien recebidos con grandes salvas, y saltaron luego en tierra, sacando las provisiones y municiones que Marco Centurión traía, para juntarse con el campo. Vieron esto los de Africa, que les causó gran quebranto.

[Sigue la misma guerra.]

Llegó asimismo al campo Andrónico de Espinosa, ingeniero del reino de Sicilia, por quien el virrey había enviado. Este ingeniero y otro que había en el campo, que se llamaba Hernán Molín, acordaron que se hiciese una trinchea desde el campo hasta el muro de la ciudad, la cual fuese por debajo de la tierra, y por encima cubierta, y un galápago de madera, para que debajo de él fuese gente guardada, hasta fin de la trinchea, y juntando con el muro estando debajo de él pudiesen picarle y minarle.

Comenzóse la trinchea, mas hallaron tanta agua que no se pudo hacer más honda de medio estado. Llevaron por ella el galápago hasta el muro, y los moros, siendo ya noche, echaron por los muros sobre este galápago muchas rajas de madera seca breadas con pez y haces de juncos también breados con el mismo betún, y con mucho alquitrán las encendieron. Prendio el fuego con el galápago, mas Hernán Molín, que dentro de él estaba, puso tan buena diligencia, que mató el fuego; pero apenas fue muerto, cuando tornaron del muro a echar de aquellas teas y juncos, y volvió a encender, y por matar el fuego se quemaron algunos soldados, y si bien jugaban la artillería del campo contra los del muro, no bastó que tres veces encendieron el galápago, y quemaron una parte de él, y en esto gastaron toda la noche, y los que en el galápago se habían metido, se vieron en harto peligro, y como los tenían tan cerca, tirábanles a puntería, de manera que mataron y hirieron ochenta soldados y algunos gastadores, y al ingeniero Hernán Molín dieron un escopetazo por los pechos, del cual murió. Y siempre los enemigos estuvieron tan avisados, y recatados, que por ninguna vía se pudo hacer el efecto, así por la mucha resistencia, como por el embarazo del agua, que fue el mayor estorbo.

Y viendo cuán mal había salido, dijo Espinosa al virrey que cuando venía de Sicilia había reconocido por el mar ser aquella parte lo más flaco de la ciudad, y que sería bien darle batería a la parte de levante en el lienzo que confinaba con el torreón más cercano de la mano derecha por junto a tierra, y porque por allí le parecía no estar el agua honda, y hecha la batería, si bien los soldados se mojasen a la rodilla, o más alto, podrían entrar la ciudad, porque no había revellín ni otro fuerte, y que si por allí no se ganaba ternían mucho trabajo en ganarla. Pareció bien al virrey este aviso, y quiso reconocerlo, y así, tres horas depués que anocheció, él y don García, con Andrónico de Espinosa y otros, fueron a reconocer aquella parte de muro, y lo primero a la batería que se había hecho en el revellín, porque don García decía que la quería hacer muy mayor, para que por ella se tornase a tentar de entrar la ciudad. Y habiéndola reconocido, lo mejor que pudieron, aunque de lejos, Andrónico lo contradijo, y pasaron adelante, y desde tierra mostró el lienzo que se había de batir y a todos pareció que por allí se batiese, y le mandaron hacer los ingenios necesarios para ello.

Y hechos los ingenios para meter en el agua la artillería y en parte del campo que Luis Pérez había dejado señalado, comenzadas ya las plataformas, jueves en la noche 27 de agosto plantaron veinte y dos piezas gruesas de artillería, y al romper del alba de otro día viernes, con muy buen orden comenzaron a jugar de ellas contra el muro o lienzo del revellín que estaba docientos y treinta pasos del campo; y como la artillería era más gruesa y mejor, y la pólvora más fina, y la batería cogía más en lleno, hizo grande operación, y en muy poco tiempo derribó gran parte del muro. Viendo Hessarráiz la gran batería que sin parar por aquella parte le daban, hizo juntar los esclavos y algunos turcos y moros de la ciudad, para limpiar lo que la batería derribaba, con el fin de fortificarse y hacer un bravo reparo; y como de día no osaban limpiarlo por la mucha piedra que la artillería derribaba, limpiaban lo que dentro caía de noche.

Andándolo limpiando a la parte do los moros andaban, cayó un pedazo del muro y torreón, y mató treinta de ellos, y maltrató a otros, de lo cual quedaron tan espantados que no se atrevieron por entonces a entender más en ello. La batería hacía grandísimo daño en el muro, tanto que no bastaban los moros a limpiarlo de noche, ni hacer reparos por aquella parte, y los moros metieron sacas de lana y algodón en el torreón que batían, mas la batería había rompido un gran pedazo que había del muro de la marina a la ciudad; pero tenía una dificultad, que ya que por allí subiesen a la batería por la parte de dentro, estaba tan hondo que no se atreverían a pasarlo ni entrar. Estas y otras dificultades había, y los moros se defendían valerosamente, y aun ofendían a las galeras que se ponían en centinela, tirándoles la artillería, con que mataron algunos marineros y soldados.

[Sigue la misma guerra.]

Como el virrey vió el buen efecto que la batería hacía, la mandó continuar sin que cesase un punto. Proveyó que se batiese un torreón que estaba junto al muro que se batía para procurarle ganar y defender de allí los soldados cuando diesen el asalto; mas halláronle tan fuerte, que por más que le batieron no le pudieron igualar con la batería que estaba hecha.

Mandó Hessarráiz que unos turcos saliesen por las troneras que caían a la mar y que se entrasen en uno de los navíos alejandrinos que estaban en la playa, y en una galeota, y que desde ellos disparasen las escopetas en la gente que estaba en las trincheas. Los cuales siendo en ellas como estaban guardados de la artillería del campo, mataron e hirieron a algunos, y para estorbar esto hicieron otra trinchea, que llegaba a la lengua del agua, al derecho de la popa de la galeota, y como allí la mar era muerta y la arena mojada y menuda, se fortificó con tablas y fajina, y hecha, estorbaba mucho los daños que los turcos hacían.

Dábase priesa Espinosa en hacer lo que era necesario para la batería que se había de dar por la mar, y pareciéndole a don García cosa muy larga y enfadosa, el hacer de los bancos y tablamentos para asentar la artillería consultándolo con el virrey acordaron que se diese la batería desde dos galeras y envióse la relación a Andrea Doria, y aprobóla, y mandó dar una de sus galeras, llamada la «Brava», y el virrey dio otra de las de Sicilia, llamada la «Califa», a las cuales Espinosa hizo quitar los árboles, remos y velas, y juntarlas, ligándolas fuertemente con clavazón y maderas, para que no se pudiesen desasir, y hízoles sus troneras de tabla, y púsoles por costados nueve piezas de artillería; y por las proas, donde descubrían de la ciudad otro reparo de maderos gruesos de una pica de alto, y cercólas de botas betunadas porque el agua no las abriese ni entrase, y para ayudar a sustentar el gran peso de la artillería. Ligadas, pues, las galeras, y puesta la artillería en ellas para poder batir, el domingo en la noche, otro día después que las galeras con la infantería de Lombardía llegaron, el virrey mandó entrar en algunas galeras algunas soldados, para que fuesen a ganar la galeota y dos navíos en que los turcos se habían metido, porque hacían mucho daño.

Como Hessarráiz los vió embarcar y ir las galeras contra sus navíos y galeota, desde el muro a grandes voces mandó retirar los turcos y disparar la artillería contra las galeras para echarlas al fondo y estorbar no llevasen los navíos. Mas a pesar suyo llegaron las galeras y cogieron los navíos y galeota y los llevaron a la armada. Y así, este mesmo domingo en la noche, 7 de setiembre, estando ya reconocido donde las galeras se habían de plantar para hacer la batería, llevando en cada una de ellas dos artilleros que gobernasen cada pieza y un sota cómitre, y diez marineros por ayudantes, y otros dos que continuamente bañasen las troneras para que con el fuego de la pólvora no se quemasen las galeras, y diez carpinteros, y diez calafates para reparar lo que se abriese y quebrase y más los capitanes de las mismas galeras: ordenado esto así, al alba otro día lunes comenzaron a batir el lienzo que caía a la banda de la mar, y junto con esto mandó Andrea Doria juntar una escuadra de galeras, para que ayudasen a dar la batería más recio, y todas a un tiempo comenzaron, y de la ciudad contra ellas a jugar su artillería, la cual comenzaba a hacer mucho daño, porque una pelota llevó la maroma de una galera y la áncora, y las manos a uno, y las cabezas a cuatro, y los marineros hubieron temor y enviaron a decir a Andrea Doria que para qué era aquella batería, pues por allí no se había de dar el asalto, y sintiendo su miedo Andrónico de Espinosa envió a decir a don García que le diese gente que sin temor le ayudase. El cual le envió al sargento Pallarés de la compañía de don Juan, con cincuenta soldados, con los cuales Andrónico puso mayor diligencia. Pero el daño que hacían era grande, y Andrea Doria quiso retirar las galeras; mas por gran diligencia que en ello se puso, no las pudieron mover más que si estuvieran encalladas, y así hubo de pasar la batería adelante.

Y cierto fue cosa de milagro, porque como aquí se verá, fuera muy dificultosa de tomar esta ciudad por otra parte, y por esta sola se pudo abrir camino. Y porque del través que tras la mezquita mayor estaba (donde se veía una bandera que Dragut había tomado a una galera del duque de Florencia), jugaba muy a menudo la artillería contra las galeras, y contra la escuadra, y hacía mucho daño, y el sargento Pallarés y sus soldados estaban muy cansados, mandó don García que entrase en las galeras el capitán Orihuela con sesenta soldados, porque nunca cesase el batir, y mandó plantar cuatro piezas de artillería en una punta de la tierra que se metía en la mar, que descubría los lienzos y torreón que se batían. Y como Orihuela y los soldados fueron dentro, y las cuatro piezas se plantaron, las baterías por mar y por tierra anduvieron muy vivas y espesas sin cesar, tanto que se quebró una pieza de artillería de las galeras del Papa. Y porque jugando las cuatro piezas contra las defensas del través los turcos recibían daño, mudaron su artillería por muchas partes de los muros y torreones, y la jugaban contra las tres partes que combatían, y contra la trinchea donde estaba la gente de guerra por hacerle muy mayor. Con esta gran furia batieron todo este día, y otro día por la mañana tornaron a jugar, pero no con tanta braveza, porque en la batería del día pasado habían reventado algunas piezas, y en su lugar se hubieron de poner otras. Procuraban los moros hacer sus reparos particularmente a la parte de la mar limpiando lo que la batería derribaba para hacer foso hondo con otro tal reparo, como en la batería primera; pero era tanto lo que de día se derribaba, que no bastaban a limpiarlo de noche. Batió la artillería de tierra trece días arreo, y la de las galeras y las cuatro piezas lunes y martes.

Y el día de Nuestra Señora de setiembre, queriendo don García regocijar el campo, sacó toda la infantería y la trajo en orden algo desviados de la ciudad, y hicieron dos salvas alrededor de ella, y los turcos a la primera y segunda salva dispararon una culebrina, que si bien dio en medio de la gente no hizo mal alguno. Y queriendo dar a entender los turcos en cuan poco estimaban su gallardía, hicieron otra salva contra el campo, disparando todas las escopetas y tiros, que duró mucho más que la que los españoles habían hecho, de manera que puso a todos admiración su ferocidad.

Orden en dar el asalto a la ciudad. -Murieron tres hermanos que se llamaron Moreruela, teniendo uno tras otro la bandera. -Fortaleza de Africa y fin de su conquista.

Consideradas las baterías y daños que en ellas habían hecho, acordaron el virrey y don García de que prosiguiese la batería aquel día y medio del siguiente, por abrir más la entrada, y que luego se diese el asalto en esta forma. Que se arremetiese a la ciudad por tres partes, y por cada una de ellas cinco banderas. Y porque no se agraviasen los maestres de campo y capitanes diciendo que echaban a unos por lo más fuerte y peligroso y a otros por lo más flaco y de menos peligro, que las banderas de los tercios fuesen revueltas unas con otras, y que don Hernando de Toledo arremetiese contra la batería nueva con los caballeros de la religión, y capitanes don Alonso Pimentel, Moreruela y don Bernardino de Córdova con sus compañías, y Hernán Lobo, y con él don Juan de Mendoza, Zumárraga, Solís y Antonio Moreno, y las suyas por la batería de la mar. Y don Alvaro de Vega, con los capitanes Orihuela y Briceño, Amador y Pagán con sus banderas por la batería vieja, que se tenía por más peligrosa, por los muchos reparos que allí habían hecho los enemigos, y así había poca esperanza de poderse entrar por ella, sino por embarazar a los enemigos y divertirlos, y que cada cinco banderas se recogiesen y juntasen una hora antes del alba de otro miércoles, junto a las tiendas de los maestres de campo, y que cuando oyesen jugar dos cañones gruesos y tocar una trompeta, arremetiesen, y que los que fuesen a entrar por la batería vieja, llevasen algunas granadas de alquitrán para arrojarlas dentro, y que la demás gente del ejército quedase en guardia de la artillería y del campo.

Concertado esto y así avisado Andrea Doria, todos se apercibieron, y a los caballeros de Malta se les dio que se juntasen con quien quisiesen, y que Hernando de Silva, don Pedro de Acuña y otros estuviesen como sobresalientes para lo que se ofreciese. Publicóse un jubileo del Papa en que perdonaba los que allí muriesen, con que se confesasen. Hizo pregonar que ningún soldado se ocupase en saquear ni cautivar hasta ser la ciudad del todo ganada. También mandó Andrea Doria que ningún soldado de las galeras saliese a tierra, y tocando sus clarines rodeó el lugar con sus galeras que iban muy galanas, y a las tres de la tarde, en 10 de setiembre, comenzó a lombardear la ciudad para divertir los vecinos. Juan de Vega entonces hizo señal de arremeter, la cual entendieron muy bien los africanos, y se pusieron en orden para se defender. Tocaron arma todos los atambores del campo, trompetas y clarines de las galeras. Salió primero Hernán Lobo con sus cinco banderas, y tras él los otros, y un fray Miguel delante con un crucifijo en las manos.

Hessarráiz andaba muy solícito proveyendo a todas partes, y ansí hubo grandísima resistencia y matanza, y Hernán Lobo, cinco pasos antes que del artillería saliese, fue muy mal herido de un escopetazo en un muslo, que cayó en tierra, y levantándose como valiente caballero, pasó adelante, y a tres pasos que anduvo, le dieron otro balazo, que no pudo pasar adelante, y mandó a los capitanes y alféreces que pasasen adelante, y como llegaron a emparejar con don Hernando, siguieron el estandarte, y al fray Miguel y otro fray Alonso que iba con unas corazas y celada, y ceñida una espada, para aprovecharse de ella cuando sus devociones no le valiesen. Hubo grandísima resistencia y matanza. Quisieron señalarse don Hernando, y con su espada y rodela subió la batería arriba, y don Alonso Pimentel; mas los turcos peleaban sin miedo, como desesperados. Hirieron a don Alonso en una pierna y tres veces derribaron en tierra a don Hernando, y de una gran pedrada le quitaron la rodela del brazo, dejándoselo atormentado.

Mas por mucho que hicieron, les ganaron la batería y pasaron un tablón que Hessarráiz tenía puesto con ciertas sogas, para tirar de él cuando lo quisiesen quitar, como si fuera puente levadizo, y servía este tablón en un gran portillo que había entre las cercas que ceñía por tierra y la que tocaba en la mar, y quitado éste era dificultosa la entrada. Ganado, pues, el tablón, fueron el muro adelante veinte y cinco pasos hasta dar sobre el lienzo que había rompido la batería de la mar, y comenzaron a querer pasar otros para seguirlos y reforzarlos; mas como el tablón era estrecho y la gente mucha y deseosa de pasar, y la caída abajo muy honda, por pasar con tiento se ocupaban y embarazaban, y unos a otros se impedían. Viéndolo un turco que entraban por el tablón, arremetió con gran furia y trabó de la cuerda para derribarle, y teniéndola en la mano le derribaron muerto de un arcabuzazo. Ganó don Hernando esta batería, mas con muerte de trecientos soldados. Y en esto, Portillo, alférez de don Hernando, subió al torreón batido y puso su bandera, aunque antes había subido un caballero de la Religión llamado Monroy, y un soldado que se decía Godoy, que habla quitado del torreón una bandera turquesca. Contra la batería de la mar donde iba Hernán Lobo, aunque quedó herido, los capitanes Melchor de Zumárraga, natural de Segovia; Antonio Moreno, y los demás con sus compañías arremetieron, contra los cuales tiraron espesos tiros por diversas partes de la ciudad y se vieron en el aprieto que luego diré, los capitanes Moreruela, Briceño, y Amador y Sedeño, alférez de don Alvaro, y otro de Orihuela que contra la batería vieja arremetieron con las cinco compañías. Como ésta era tan dificultosa por los grandes reparos que tenía, peleaban y morían muchos de ellos, y acertó una lombarda al alférez de Moreruela, que era su hermano, y llevóle ambos los muslos; caído en tierra con la espada en la mano peleaba defendiendo su bandera, y luego llegó otro golpe de la misma lombarda, que le hizo pedazos, y otro soldado levantó la bandera.

Y así mataron también al alférez de Amador, a escopetazos, porque los turcos tiraban a derribar las banderas. Y como los soldados no vieron por allí manera de poder entrar, y el gran daño que en ellos hacían, sin licencia de sus capitanes desampararon las banderas y fueron a juntar con los que estaban en las otras baterías, y sus capitanes hubieron de hacer lo mismo, yendo unos a la batería nueva y otros a la ribera de la mar.

Don Hernando, que había entrado por el tablón, y llegado sobre el muro abierto de la batería de la mar, como vió que los turcos se defendían por allí, reciamente quiso ganar una pared de piedra seca, cuanto un palmo de alta, que estaba a la parte de tierra que Hessarráiz había mandado hacer allí. Los soldados la ganaron con grandísima presteza, y con aquellas piedras comenzaron a dar en los turcos cogiéndolos por las espaldas y en las cabezas; eran las piedras grandes, y hicieron notable daño en ellos. Y con este daño, y con el que los caballeros de la Religión y soldados que estaban sobre la batería nueva que sojuzgaba y tenían a caballero, habían hecho y hacían, los hicieron retirar algún tanto.

Sintiendo, pues, en ellos tal flaqueza, apretáronlos de manera que les hicieron desamparar la batería, y se la entraron, y la ciudad adentro, aunque muriendo de todos. Y dando gracias a Dios don Hernando de ver así la ciudad entrada, teniéndola ya por ganada, volvió por el muro doce pasos atrás con los soldados que con él habían entrado, y con otros muchos que iban entrando, y bajó por una escalera de piedra que estaba en fin de ellos, que iban a dar a una calle muy estrecha, la cual salía a una pequeña plaza donde estaban juntos y recogidos cerca de trecientos enemigos, los más de ellos turcos, que Hessarráiz había puesto allí para guardarla. Los cuales comenzaron a tirar contra don Hernando y los suyos y de los torreones y casas que por allí había lo mismo; mas no les bastó para quitarles que dejasen de bajar a la ciudad.

Ibanse los soldados arrimando cuanto podían a las paredes y a los muros por guarecerse de los tiros que contra ellos arrojaban. Lo que don Hernando no hizo, sino que con una temeraria osadía pasó tan adelante, que viéndole los turcos tan atrevido, le salieron a recibir tirándole botes de lanzas y algunas arrojadizas, y diéronle dos lanzadas en el muslo izquierdo y dos escopetazos en el peto, que si no fuera de prueba le mataran. Mas si bien se libró de estos golpes, no fue tan venturoso que pudiese salvar la vida, porque le dieron otro en el muslo izquierdo que le hicieron pedazos los huesos y arrodilló muy mal herido. Y viéndole así los caballeros y soldados que estaban sobre el muro, por defender que no le matasen, disparaban en su favor los arcabuces, desviándole los enemigos; mas Hessarráiz hizo arremeter los turcos, y en tierra como estaba caído, le tiraron muchos golpes de alfanje, conociendo por las armas que llevaba que era persona principal; y estando en tanto aprieto llegó en su socorro un soldado llamado Antón López, natural de Málaga, y rompió la pica en un moro, y puso mano a la espada y comenzó a defenderlo valientemente.

Y teniéndolo así amparado llegó don Tristán de Urrea, hijo del conde de Aranda, con la espada desnuda en la mano, y se juntó con él, y comenzaron a pelear; mas como los turcos eran muchos, tratábanlos mal, y hirieron a don Tristán de cuchilladas y pedradas, y a Antón López de algunos escopetazos, y no viendo remedio, ni que acudiesen a socorrerlos, se retiraron. En esto, habiendo ya entrado por el tablón sesenta soldados con Jaques, alférez de don Alonso, con su bandereta tendida y la espada en la mano, fueron por aquella parte contra los enemigos, los cuales para resistirlos se hicieron un cuerpo y peleaban unos por ganar la plaza y otros por defenderla, cayendo muchos muertos y mal heridos. Y pasando Jaques poco delante de donde don Hernando estaba caído, le dieron un balazo en la cabeza, del cual cayó muerto, y en un soldado que le seguía, alzó la bandera pasando adelante Zumárraga y los otros capitanes entraron por una calleja, habiendo ganado la batería de la mar peleando con los enemigos, y a pocos pasos que dieron mataron a arcabuzazos y lanzadas a Sedeño, alférez de don Alvaro de Vega, que había, peleando valerosamente, y guardando y defendiendo su bandera, sido el primero que la había metido en la ciudad. Y por quitar los moros de los torreones, y ventanas y muros, de donde hacían grandísimo daño, los caballeros de la Religión y los soldados de Nápoles les dieron tantas y tan recias cargas, que los hicieron quitar, y entre tanto tuvieron muchos lugar de pasar el tablón y entrar la ciudad a reforzar los que dentro de ella peleaban. Y andando Mayhenet animando los turcos cayó del muro abajo y se quebró un brazo.

Y Zumárraga con sus compañeros salieron al fin de la calle a dar en otra placeta pequeña, al canto de la cual estaba Hessarráiz, que hacía muy bien su oficio, y viendo entrada la ciudad daba voces a los turcos y moros que peleasen y echasen fuera de la ciudad a los cristianos. Con esto apretaron contra Zumárraga y los demás, y aquí se encendio la pelea reciamente. Muchos soldados estaban amparando a don Hernando, porque no le acabasen de matar, y no querían pasar adelante, y entendiéndolo él, dijoles que, pues Dios les había dado entrada en la ciudad, que pasasen adelante, que él poca falta haría donde había tan buenos capitanes y soldados. Quedaron con don Hernando unos criados suyos y dos caballeros, y los demás pasaron combatiendo con los enemigos y retirándolos hasta la plaza; y viendo Hessarráiz el daño que por aquí se les hacía, proveyó que docientos turcos y moros acudiesen a aquella parte, y que contra ella disparasen la artillería, y de tal manera hicieron la resistencia, que convino a los caballeros y soldados retirarse a la calleja, para poner en orden de escuadrón la infantería, y a don Hernando lleváronlo debajo de un portalejo, cerca de donde le habían herido, porque no le acabasen de matar. Zumárraga y los otros capitanes y soldados se hicieron un cuerpo muy cerrados, continuando la entrada de la ciudad llegaron al cantón de la placeta, donde estaba una casa grande y muy fuerte, con muchas troneras y ballesteras, bien proveída y llena de gente y armas, donde habían acudido muchos de los que habían desamparado la batería de la mar, y fueronla a combatir, y los de la casa disparaban sus escopetas y ballestas con que hacían mucho daño. Y aunque Zumárraga y los demás hacían por ganar la casa, no podían, ni aun hacerles daño, y dos veces rompidos se volvieron atrás por reforzarse, y porfiando los turcos que desde los muros ayudaban a los de la casa, dieron a Zumárraga un escopetazo por cima de la celada, que se la pasaron, y de una parte a otra las sienes, de que cayó muerto, y junto con él otros oficiales y soldados muertos y mal heridos. Y como se vió la fuerza grande que en la casa había, y el daño intolerable que desde ella hacían, para estorbar el favor que les daban desde los muros, los soldados de la batería nueva dispararon contra ellos los arcabuces de tal manera, que por guardarse a sí dejaron de guardar la casa. Y en el entretanto, los capitanes y soldados arremetieron con valeroso denuedo y ánimo a ella, y aunque cayendo y muriendo, sobre ganarla, con muchas muertes que en los moros y turcos hicieron, se la ganaron.

Luego entraron todas las banderas en la ciudad, que ya no había fuerzas para resistir, por más que Hesarráiz hacía. Huían los turcos y moros a la puerta donde estaba Caidali, y juntáronse allí muchos, que comenzaron a pelear como desesperados; particularmente peleó un moro negro, que se afirma que antes que lo matasen derribó quince o diez y seis soldados. Por la grita y estruendo de los arcabuces que andaba en la ciudad, entendió el virrey que los enemigos se defendían mucho, y mandó que todos los arcabuceros que habían quedado en guarda de campo fuesen a la ciudad, quedando solos los coseletes y piqueros. Fueron con muy buenas ganas, y como hallaron la entrada llana y sin defensa, entraron, y con su llegada los españoles doblaron los ánimos, y los enemigos los perdieron. Juntos todos los caballeros y soldados, hechos escuadrones, fueron a la montañeta, donde en bajo de ella en un torreón de un fuerte estaban muchos turcos y moros en guarda de muchas mujeres y niños que allí se habían acogido, con los cuales pelearon más de media hora, y al fin los rompieron, y comenzaron a cautivar.

Y viéndose ya perdidos, se fueron retirando a los torreones, do se pensaban hacer fuertes, siguiéndolos los cristianos sin dejarlos parar, y los que mayor resistencia hacían eran veinte turcos, que iban amparando y guardando a los demás, llevando delante mucha cantidad de mujeres y niños llorando su desventura. Y yendo así peleando, Monroy, caballero de la Religión, y con él cuatro soldados, desalentados con el gran trabajo, cayeron muertos sin que se les diese herida. Y más adelante, en una placeta, un caballero que se decía Lope de Ulloa, peleó tanto con los turcos, que forzados del daño que dél recibieron le dejaron con diez y seis heridas, de las cuales murió. Mataron los caballeros de la Religión a Caidali, que defendía la puerta, y los moros y turcos que la guardaban se rindieron. También fue preso Hessarráiz, sobrino de Dragut, capitán general de Africa, por lo cual dio Cigala trecientos ducados para trocarlo por un hijo suyo que tenía Dragut. Muchas cosas particulares había que contar, que sucedieron en este día y toma de Africa; basta decir que los turcos y moros la defendieron valentísimamente, y los cristianos, siendo muy pocos para lo que una fuerza tan grande había menester, la conquistaron por ser tan valerosos, y Juan de Vega y don García de Toledo tan esforzados generales, que nunca otros príncipes, como fueron los reyes de Sicilia, los de Nápoles, ni aun los de Francia, se atrevieron a intentar de ganarla. Derramóse mucha sangre de unos y de otros; los maestres de campo don Hernando de Toledo y Hernán Lobo y el capitán Moreruela quedaron tan mal heridos, que muy presto murieron. Murió el capitán Melchor Zumárraga, natural de Segovia, y los alféreces de don Alvaro de Vega, de Moreruela, de don Alonso Pimentel, de Amador y de Briceño, y el sargento de don Juan de Mendoza, y otros diez y seis sargentos y cabos de escuadra. Murieron ciento y quince soldados del tercio de Nápoles, y fueron heridos, y muy mal, trecientos, sin otros muchos que por no ser tan grandes sus heridas andaban en pie. Murieron de los otros tercios y de los comendadores pasados de cuatrocientos, sin otros muy muchos heridos. De manera que, según afirmaron los que contaron las compañías, murieron en sólo este día, quinientos soldados y fueron mil muy mal heridos, de los cuales murieron muchos.

De los turcos murieron todos los principales excepto Hessarráiz, que cautivó un soldado, y Mayhenet, con un brazo quebrado, que hubo un cabo de escuadra. Murieron también ciento y cincuenta turcos, y seicientos moros africanos, y docientos alejandrinos, que por todos fueron nuevecientos y cincuenta, sin otra muchedumbre de mal heridos. Por manera que entre muertos y cautivos pasaron de siete mil personas entre hombres y mujeres y niños.

Mandó el virrey enterrar los muertos; los infieles, en los vallados de las trincheas, y para los cristianos hizo bendecir la mezquita, que era un hermoso y antiguo edificio. Púsose recado en la ciudad y en el campo y alojáronse todos para descansar otro día, que fue jueves 11 de setiembre.

Entró Andrea Doria a ver la ciudad y gozar de la victoria. Africa, por decir más su fortaleza, estaba en una punta de tierra como suela de chinela, que se mete a la mar por la parte de levante, la cual rodea la mar por las tres partes que la fortalecían mucho. Por la otra parte de tierra tenía la cerca barbacana y cava que dije, contando las baterías. Era la cerca treinta pies ancha, y las torres tan juntas como dije, y la puerta fortísima. El puerto era por arte con muelle y cadena, tenía buen surgidero, por que prendían bien las áncoras. Era, en fin, Africa tan fuerte, que los moros la tenían por inexpugnable. Celebróse en toda la Cristiandad esta victoria por muy señalada.

Enviaron luego el virrey y caballeros del campo correos con el aviso de ella al Emperador. Fue mucho lo que hizo don García de Toledo en esta conquista; he dicho algo y hizo mucho más, porque fue uno de los señalados caballeros y capitanes de su tiempo, y por él se dijo que tenía mayor dicha en las cosas de Berbería que su tío don García, que, como vimos, murió en los Gelves. Dragut andaba buscando favores, mas no los hallaba como los había menester. Supo Juan de Vega que estaba en los Gelves y mal avenido con el jeque, y quiso ir en su busca. Dejó en Africa a su hijo don Alvaro de Vega con mil españoles de guarnición, y embarcóse en sus galeras, que eran veinte, la vuelta de los Gelves. Dos días después que partió el virrey murió don Hernando de Toledo, y a siete después que le hirieron, y Hernán Lobo a los cinco, viviendo diez días, tres más que don Hernando. Sepultáronlos haciéndoles las honras funerales que se usan en la guerra, tocando los atambores destemplados y arrastrando las banderas. Don Hernando se mandó enterrar atravesado en la puerta principal por donde entraban en la nueva iglesia, y Hernán Lobo frontero de ella, junto al altar mayor, poniéndoles sus banderas y armas encima de sus sepulturas.

Temieron mucho los pueblos comarcanos de Africa, cuando vieron que en ella quedaba guarnición de españoles, porque ellos no pensaron que iban sino a echar de aquella fuerza al cosario Dragut, mas el Emperador quería sustentarla como a la Goleta, por refrenar los turcos y los cosarios, a consejo también de Juan de Vega, que lo deseaba por haberla ganado, y así envió allá por alcaide y capitán a don Sancho de Leiva. Pero como era costosa, y no de mucho interese, según afirmaron los capitanes de galeras, tornó el Emperador a enviar de allí a tres años o cuatro a don Hernando de Acuña, para que la asolase (como lo hizo), trayendo los soldados que de presidio allí estaban a Italia.

[Embajada del Turco al Emperador y respuesta de Su Majestad Imperial.]

Huyendo Dragut de Africa, cuando vió que sus fuerzas no alcanzaban a socorrer los suyos, procuró haberlas y aumentar su ejército con favor de amigos, para revolver sobre ella. No le sucedio como pensaba, ni bastó su esfuerzo, saliéndole vanas las esperanzas que en amigos tenía, y el pensar que tan pocos españoles no serían poderosos a conquistar ciudad tan fuerte. Llegó a los Gelves, pidio gente a Zalaz, mas él no se la quiso dar. Mandóle salir de la isla, porque no lo envolviese con españoles en guerra.

Despedido de aquí envió a pedir ayuda a Calabrón Amarat, señor de Tajora, el cual le dio cien flecheros. Envió asimismo a Alí Mamín con una galeota a Mozafarán, capitán de la Cefalonia, que le dio dos naos con ochenta turcos de guerra, y mucho trigo, flechas y pólvora. Rehizo los que dejó en los Alfaques y Querquenes y apercibióse. Mas entendiendo en esto, supo la pérdida de Africa, y así, mudando parecer, lo hizo saber al Gran Turco y le pidio favor, sirviendo con algunos presentes a los bajaes. El Turco, aunque enojado de él, porque usurpó a Africa, le hizo sanjaco, ofreciéndole su armada para cobrarla o sacarla de poder del Emperador. Alegróse Dragut como debía con la merced y favor de Solimán, el cual salió en principio de abril del año de mil y quinientos y cincuenta y uno a correr las costas por ganar algo, y a mirar dónde emplearía la flota del Turco.

Así fue con veinte bajeles a Sicilia por vengarse de Juan de Vega, y no pudiendo allí hacer el mal que deseaba, hizo en otras partes los acometimientos y daños que pudo en compañía de otros capitanes del Gran Turco, como adelante se dirá, porque el Turco, indignado contra el Emperador, dio a este cosario el favor que pudo, enviando sus capitanes y armada poderosa contra las costas de Italia, sin reparar en las treguas que con el Emperador y rey don Fernando había asentado. Antes cargaba la culpa en el Emperador y se quejó de él al rey don Fernando, pidiendo restituyese a Dragut en la ciudad de Africa, o diese por rota la tregua que entre los tres se había hecho. A lo cual respondio el César que en las treguas hechas entre príncipes no se comprendían cosarios ni ladrones comunes. Que Dragut no era su vasallo, pues él no tenía tierras de consideración en Africa.

Irritado el Turco con esta respuesta, levantó sus banderas contra la Cristiandad, si bien no con la fortuna y aumentos que este enemigo pensaba.

Libro treinta y uno

El rey Enrico de Francia quiere mover guerra, descontento de la paz que su padre hizo. -Métense franceses en Parma. -El Papa, de suyo pacífico, sale forzado a la guerra. -El Papa y Emperador cercan con sus gentes a Mirándula y Parma.

El espíritu del francés es inquieto y belicoso, y más cuando de él se apodera la pasion y envidia. Estas, en el rey Francisco hicieron lo que vimos, y las mismas obraron con igual fuerza en su hijo Enrico, junto con ser de su natural amigo de las armas, para que, heredando el reino, quisiese seguir los pasos de su padre y aun adelantarse de ellos. Así, estaba mal contento con la paz que entre Carlos y Francisco dos años antes se había capitulado. De manera que ya no era en su mano disimular ni sufrir la gana y vivos deseos que tenía de romperla, y para hacerlo más a su salvo y tomar al Emperador descuidado y ponerle en más aprieto, comenzó de secreto a buscar favores en Italia, y particularmente solicitó al duque Octavio Farnesio, para que se pasase a su bando y recibiese en Parma gente de guarnición francesa.

No halló dificultad el francés en el duque Octavio para ponerlo en esto, por la llaga reciente de la muerte de su padre, teniendo por cierto que el Emperador había sido causador de ella, por quitarle a Placencia y Parma, y demás de esto era hombre mal sufrido y de poca experiencia, y sin mirar al deudo que con el Emperador tenía estando casado con su hija Margarita, y al juramento que como confaloner o capitán de la Iglesia no podía tirar sueldo de otro príncipe alguno sin expresa facultad del Pontífice, y como feudatario y vasallo suyo tampoco podía recibir en Parma gente alguna que fuese ocasión de perturbar la paz común de Italia.

Sin respeto de estas cosas ni otro (que fuera bien tuviera), esciribió a su hermano Horacio Farnesio, que había partido a Francia para casarse con Diana, doncella hermosísima, hija bastarda del rey Enrico, que en su nombre se concertase con el rey e hiciese los capítulos de esta confederación.

Hechos, pues, mandó el rey a monsieur de Termes, su capitán general, nuevamente nombrado para la jornada que pensaba hacer en Italia, que con gente de a pie y de a caballo se metiese luego en Parma y hiciese guerra al Emperador y al Papa. Hizo el rey general de la caballería a su yerno Horacio, y de la infantería a Pedro Strozi, uno de los desterrados de Florencia. Comunicándose estos capitanes para ordenar su jornada, metieron en Parma la gente que traían de Francia, y Pedro Strozi fue a la Mirándula, que era tierra donde tenía amigos, y levantó gente. Habíanse entendido estos tratos de Octavio, y si bien el papa Julio era de su condición enemigo de guerras, concertóse con el Emperador para resistir a Octavio y allanarle, y para justificar más la guerra le envió un monitorio mandándole que sin dilación alguna renunciase el sueldo que tiraba del rey de Francia y que echase de Parma la gente de guerra que allí tenía, o pareciese dentro de cierto término en Roma, a decir por qué no lo debía hacer. El duque se hizo sordo a lo uno y a lo otro, porque ni quiso deshacer la gente, ni parecer en juicio, por lo cual el Papa se indignó grandísimamente y demás de formar proceso contra Octavio, declararle por rebelde y anatematizado, privándole de cualquier beneficio, gracia y feudo que de la Iglesia hubiese recibido o tuviese, determinó de poner el negocio en armas, y haciendo su capitán general a Juan Bautista de Monte, su sobrino, mandó que fuese a poner cerco a la Mirándula.

Por otra parte, el Emperador sintió el atrevimiento de Octavio, y mandó a don Hernando de Gonzaga que cercase a Parma; el un cerco y el otro se puso a un mismo tiempo. Quiso el rey Enrico disculparse con el Papa, por haber metido sus gentes en Parma y la Mirándula, y envióle sus embajadores; mas el Pontífice no se satisfizo de sus razones viendo las obras tan contrarias.

Usa Enrico de las artes del rey su padre. -Quiere inquietar a Alemaña. -Renueva y confirma la amistad con el Turco.

También el rey Enrico procuraba sembrar cizaña en Alemaña. Sintió que el duque Mauricio estaba desabrido con el Emperador porque no quería soltar de la prisión a Lantzgrave, y hizo secretamente su confederación y tratos de amistad con él en perjuicio del Emperador. Y así, Mauricio, aunque hacía la guerra contra los de Magdeburg, no la trataba con veras ni calor, sino por puro cumplimiento, entreteniendo y alargándola por ser señor de un ejército a costa ajena y por no hacer mal a los que eran de su opinión.

Envió también el francés a confirmar la amistad que su padre había tenido con el Turco, y hallóle bien dispuesto para todo mal, por el enojo que tenía de la toma de Africa. Pidiole que enviase su armada como lo había hecho los años pasados, que a tanto llegó su pasión. Tales masas se hacían contra el Emperador, y entraban en ellas príncipes tan obligados a servirle, mas no guarda fe ni ley el apetito miserable de reinar.

Acabando, pues, ya el francés de quitar la máscara y jugar al descubierto, mandó salir sus galeras, que estaban en Marsella, y que se juntasen con las galeras del Turco, que ya traía Dragut. Acometieron a once naos flamencas de mercaderes que, descuidadas de enemigos, con el seguro de la paz iban a España; y aún dicen que dentro en sus mismos puertos, donde habían arribado como amigos.

Y León Strozi, prior de Capua, con veinte y siete galeras francesas tomó una galera española dentro en el mar de Barcelona.

Había vuelto la reina María de Augusta a Flandres cuando los franceses tomaron las urcas, y para satisfacerse de este daño mandó embargar las mercaderías que los franceses tenían en los Estados de Flandres, y a 26 de setiembre hizo pregonar en Bruselas guerra contra Francia a fuego y a sangre.

Dragut, favorecido del Turco y rey de Francia, se quiere vengar. -Andrea Doria lleva provisiones a Africa, y corre el mar buscando a Dragut. -Enciérrale, y escápasele maravillosamente en la canal de Cantara. -Engaña Dragut a Andrea Doria.

Animado Dragut con los favores que el Turco le ofrecía, y otros alientos que el rey de Francia le daba, pensaba satisfacerse del mal que los capitanes del Emperador le habían hecho en Africa, y en principio de abril, cuando el rey de Francia había comenzado la guerra, salió a correr las costas y mirar dónde emplearía la flota de su amo el Turco. Así que fue con veinte bajeles a Sicilia, por vengarse de Juan de Vega, y no pudiendo hacer allí el mal que deseaba, rodeó a Malta, espiándola, corrió hacia Calabria, y en Esparteviento robó una aldea.

Combatió luego dos naos que venecianos enviaban con quinientos hombres a Corfú, por sospechas de turcos; mas no las tomó por sobrevenir obra de treinta galeras venecianas que las defendieron. Volvió de allí a los Gelves con poca ganancia, y entendiendo que iría socorro y bastimentos a Africa, se puso a estorbarlo. Juan de Vega envió cuatrocientos españoles a reforzar la guarnición de Africa en una nao, y avisó a Andrea Doria de cómo Dragut era salido. El cual fue con once galeotas a Nápoles y tomó otras siete con españoles; de allí a Trápana, donde Juan de Vega estaba. Trataron ambos del socorro de Africa y hechos de Dragut.

Andrea Doria partió para Africa, llevando veinte y siete galeras bien armadas, y en ellas sobre dos mil y quinientas hanegas de trigo. Dejó en ella lo que llevaba y partió en busca de Dragut, porque le dijo don Alvaro de Vega cómo andaba cerca. Buscóle, pues, en los Alfaques y Querquenes y Gelves, donde le dijeron unos que prendio en dos navíos de mercadería, que despalmaba ciertas galeras y galeotas en la canal de Cántara. Fue, pues, allá, y habiéndolo hallado le tiró algunas pelotas, y por ser noche y no recibir daño, surgió donde no le alcanzase la artillería, muy gozoso, pensando tener atajado al cosario.

Dragut temió, viendo galeras de cristianos, por se hallar en aquel estrecho; pero considerando que si en algún tiempo le fue menester esfuerzo y maña, que allí le cumplía, animó los suyos que titubeaban, puso buena guardia, comenzó un bestión junto a una torrecilla que había sobre la entrada de la canal, trajo aquella noche tanta gente y diligencia, que lo tenía hecho cuando el sol salió, y puestos en él muchos tiros y hombres armados, con que hacía más demostración que daño.

Andrea Doria amaneció también con sus galeras empavesadas, teniendo voluntad de pelear, mas no le pareció cordura, mirando el bestión, especialmente que le dijeron algunos esforzados cómo Dragut no podía salir sino por aquella boca. De manera que por hacer el negocio mejor, envió por más galeras y gente a Nápoles y a Génova, creyendo que habría tiempo de venir. Trató con el jeque Zalal, que prendiese a Dragut, y envió entre tanto ciertas galeras por agua, mandando que saliesen cuatrocientos o más soldados, con los galeotes. Dragut, que los vió ir, hizo que fuesen trecientos turcos allá, temiendo que le iban a tomar las espaldas; pelearon sobre tomar agua, pero fueron pocos los que murieron.

Hizo Andrea Doria reconocer la canal con ciertos pilotos en una fragata, para entrar con las galeras a combatir el bestión de los enemigos, y luego las galeras fueron ellos tanteando lo hondo, y dejando señal se volvieron. Envió Dragut cien turcos en una galeota a quitar la señal, y quitáronla primero que llegasen los de Andrea Doria a estorbárselo con las fragatas armadas, tras lo cual tiraron las galeras sus cañones, pero tampoco aprovechó más de para matar algunos turcos.

Conoció Dragut su perdición, pues ya el enemigo sabía el paso para entrarle, y temiendo la fuerza por aquella parte, y por otra la hambre (que es la mayor), se dispuso a pasar sus navíos por los secanos, si bien algunos le aconsejaban que saliese a deshora por entre los enemigos, pues la osadía suele vencer más que la gente. Así que, a fuerza de brazos y dineros, ahondó los secanos, trabajando en la zanja dos mil hombres, tanto que pudieron pasar las galeras; hacía entre tanto algunos rebatos por descuidar a Andrea Doria; el cual ni lo miraba ni lo imaginaba. ¿Y quién había de pensar que nadie cavase la mar y abriese camino en ella? Pero la necesidad todo lo tienta, y siendo, pues, acabada la zanja, salió por ella Dragut con todos sus navíos, en haciendo el sol su curso, y llegándose la noche, sin ser visto ni sentido, como era muy a trasmano de Andrea Doria, el cual quedó corrido de que Dragut se le hubiese así ido de las manos; su error fue no entrar en llegando y cerrar con el enemigo.

Volvióse a Sicilia y Génova luego sin parar, con mucha ropa que tomó en seis naos de mercaderes infieles.

Toma Dragut en los Querquenes la patrona de Sicilia.

Escapado de allí Dragut, entró y tomó en los Querquenes la galera patrona de Sicilia, que volvía con aviso del socorro que contra él venía. Azotó a Muley Búcar que iba en ella y echólo al remo con los demás. Tras esto navegó hacia la Morea, no teniéndose por seguro, y también por solicitar la armada turquesca. Vió el galeón de Venecia, que llevaba sobre cien mil ducados a Corfú, según tuvo por nueva. Combatiólo por cuatro cabos aquel día, y otros dos, sin parar las noches, si no fue a descansar a ratos la gente; mas los que iban en él se defendieron gentilmente, que llevaban artillería en abundancia, y al fin se libraron con un viento fresco que le dio en popa. El entonces despachó a Constantinopla una galeota con aviso de lo que con Andrea Doria había pasado, y pidiendo la flota, certificando al Turco que ganaría a Malta.

Apercíbense en Italia, con rumor de la armada del Turco. -Armanse Sicilia y Malta.

Dije ya cómo luego que el Emperador supo la toma de Africa envió a su hermano el rey don Fernando para que despachase un embajador al Turco, o que el que tenía en Constantinopla le dijese cómo los capitanes de su armada, yendo tras Dragut, cosario, que había robado muchos lugares y naves de sus vasallos, tomaron a Africa, donde se recogía, y que por ello no se quebraban las treguas, que por cinco años ambos hermanos con él habían asentado, pues Dragut no estaba en ellas, y era un público ladrón que andaba a toda ropa; y si Dragut se entendía en ellas, que las había el quebrado, usurpando a Monasterio, Cuza y Africa, pueblos del reino de Túnez, su tributario; por lo cual mereció ser castigado como quebrantador de las tales treguas y usurpador de lo ajeno.

Viendo, pues, que no admitía el Turco alguna justa excusa y que armaba muy de propósito amenazándolos, mandó llevar docientos españoles a la Goleta, y mil ochocientos a Sicilia con don Juan Pinelo, y cuarenta piezas de artillería gruesa que Juan de Vega le pedía. El cual hizo grandes diligencias para guardar aquella isla, probando cualquiera vía de remedios, y proveyendo de reparos, artillería, armas y hombres a Palermo y Mecina.

Y también don Pedro de Toledo envió a visitar y bastecer las fortalezas de la costa del reino de Nápoles con el capitán Juan de Vergara. Mandó que no acogiesen alguna flota ni galera en los puertos sin saber primero cuya fuese, porque decían que los turcos traían calzas amarillas y cruces como españoles, y las banderas con armas del Emperador, para engañar la gente. Hizo con cuidado registrar los caballos de trabajo que había en Nápoles por si fuesen menester; halló en sola la ciudad siete mil. Apercibió asimismo los señores y caballeros, que hubo muchos a caballo. Juntó seis mil soldados italianos, que repartió por toda la costa, y mil y quinientos de a caballo, trecientos de los cuales llevó a la Pulla el conde de Altamira, su yerno.

También se proveyó Juan Omedes, gran maestre de San Juan, de lo necesario, por afirmarse que venía sobre él la flota turquesca. Metió en Malta tres mil hombres isleños con armas, dando el cargo de ellos a Jorge Adorno, prior de Nápoles. Puso en el castillo mil y quinientos arcabuceros, sin quinientos del hábito que guardasen su persona. Envió trecientos soldados a Trípol, donde había otros seiscientos y mil moros, escribiendo a Chambarin, francés, que tuviese buena guardia. Envió otros trecientos al Gozzo con el comendador Sese, y guarneció los demás lugares que convino. Cerdeña, Mallorca y otras islas se fortificaron; asimismo muchos soldados españoles que envió el Emperador.

El cual, de Africa tuvo gran cuidado, solicitándolo Juan de Vega, y así fueron Antonio Doria y don Berenguel de Requesenes, en quince galeras, a llevar mil italianos, que hicieron don Diego Hurtado de Mendoza en Romania, y don Pedro de Toledo en Nápoles, y docientos españoles con el capitán Atienza, y ocho piezas de artillería con quinientos cahices de trigo, y otras cosas de munición, y echó grande bastimento de refresco en las galeras, y otras cosas, porque deseaba Juan de Vega mucho sustentar a Africa como obra de sus manos; pero tuvieron tal fortuna en principio de julio, que perdieron ocho galeras en Lampadosa con mil y quinientas personas y sesenta piezas de artillería, de las cuales sacó Juan de Vega las cuarenta con harto trabajo.

Tuvo culpa en ello Antonio Doria, que contra el voto de don Berenguel y de otros porfió a pasar el Gozzo. Llegaron, en fin, allá con las otras galeras, y estuvo cerca de costarle la vida, atarse a su parecer. Las galeras que llegaron fueron siete, y así Africa quedó proveída; y don Alvaro de Vega la tenía bien fortificada, y de ahí a poco fue don Sancho de Leiva, que había estado en Fuenterrabía.

Da sobre Malta la armada del Turco.

Solimán estuvo mal enojado con Dragut, que usurpó a Africa, habiéndola tenido Azanchelevi y otros turcos, y lo mandaba castigar si no la entregase; mas como supo que la tenía el Emperador, hízole su sanjaco, por entender era plático, y aun por tener achaque y color de hacer guerra en Italia con su armada, como se lo rogaba el rey Enrico de Francia, diciendo que el Emperador había quebrado las treguas en perseguir a Dragut, su capitán, y en haber entrado en Africa estando por él; así que, dando al Emperador estas excusas por respuesta, se salió de las treguas que había entre los dos y el rey de Romanos.

Hizo capitán de su armada a Sinán, que otros nombran Senaju, yerno de Rustán Bassá, yerno de Solimán, así por ser muerto Haradín Barbarroja como por la importancia del negocio; empero, por ser mozo y poco plático, diole por acompañados y consejeros a Salac y Dragut. Juntó, pues, el Sinán, noventa galeras, sin cincuenta fustas y galeotas de cosarios, dos mahonas de bizcocho, pólvora, pelotas y sillas de caballos, que se los prometían, y un galeón de Azán Barbarroja para ochocientos turcos y janízaros y para sesenta tiros grandes y muchos pequeños.

Era la gente más de diez mil hombres de guerra, los tres mil y quinientos janízaros. Vino a Negroponte, y allí esperó a Salac y Dragut y la instrución de Solimán, la cual no había abierto hasta la Previsa. Después que llegó a ella (que así venía en el sobre escrito), y abierta, trataron de la guerra; pues había de ser en Malta y no en Corfú, asomaron sobre cabo de Esparteviento, asombrando aquella costa de Calabria, y luego a todo el reino. Surgieron en la foz que dicen de San Juan. Echó Sinán en tierra ciertos que hablaban italiano en un esquife, para rogar al capitán don Alonso Pimentel, que acudio allí con diez caballos ligeros, entrase en su galera capitana o le llevase al gobernador, que traía muchas cosas que decirle, tocantes al Emperador.

A esta causa envió Aníbal de Jenaro, que con seiscientos hombres estaba en Rijoles, al capitán Jerónimo de Santa Cruz y otro soldado dicho Puga, que sabía turco. A los cuales dijo Sinán que su venida era por cobrar a Africa; par tanto, que supiesen de Juan de Vega si se la quería dar. Aníbal de Jenaro despachó luego un correo con aquella nueva a Nápoles, y otro a Mecina a Juan de Vega, el cual respondio con Pedro Sánchez -que había sido esclavo en Constantinopla-, que no la podía dar sin mandamiento del Emperador, mas que lo sabría dentro de quince días, si quería esperar aquel poco tiempo. Sinán replicó que no podía, y que daba las treguas por deshechas, y habiendo muy bien pagado lo que allí tomó, pasó a Sicilia, y emparejando con Agosta, hizo salir a tierra mil y quinientos hombres, los cuales combatieron dos días el castillo, que el lugar ya estaba despoblado; ganáronlo, si bien a costa de sangre. Acudio allá don Hernando de Vega con docientos y cincuenta caballos, mató más de ciento de los que se desmandaron por las viñas y huertas, prendio catorce, de los cuales se informó de la intención del Turco más enteramente. Tentaron algunas galeras la torre del Puzallo, y dejáronla con perder dos turcos, llevándose una nao de Melazo con trigo.

Llega la flota a Marco Muxeto, puerto apartado de Malta.

A 18 de julio llegó la flota a Marco Muxeto, que sicilianos llaman Maestre Mucheto, puerto de Malta, aunque aparte. Salieron luego a tierra mil y quinientos janízaros, que hicieron daño en algunas aldeas. Envió contra ellos Homedes a Bernaldo Guimarán con docientos arcabuceros, el cual, escaramuzando, mató cinco y prendio dos, que le informaron a él y al maestre de todo, y de la gente que Sinán traía, y que venía principalmente a tomar a Malta, palabra que hizo temblar la barba, pero él estaba fuerte y proveído.

Subió Sinán a San Telmo con Salac y Dragut a reconocer el castillo para lo batir, y como lo vió tan fuerte, riñó a Dragut ásperamente diciendo que había engañado a Solimán.

-Quien no aventura -respondio Dragut-, no ha ventura, que así lo hicieron españoles en Africa.

Preguntó Sinán lo que habían hecho, y como dijo que morir hasta vencer, lo deshonró. Tras esto, se pasó a la cala de San Pablo con toda la flota, dos leguas de Marco Muxeto, y enviando algunas galeras a reconocer el Gozzo, sacó a tierra cinco mil soldados.

Entretanto salieron del castillo ciertos comendadores con buen golpe de arcabuceros, que mataron y prendieron ciento y cuarenta turcos que andaban talando los huertos, y habían quemado a Marsa, casa deleitosa. Los cinco mil hombres hicieron sus estancias en las puertas del arrabal del castillo, y Sinán, con muchos de ellos, llegando a reconocer a Malta por tierra, se asió con los que de la ciudad salieron. Matáronle y descalabraron muchos turcos. Viendo, pues, que Malta era fuerte, si bien no como el castillo, y que ambos tenían buenos defensores, tornó a embarcar la gente y artillería que tenían fuera del galeón, mostrando gran flaqueza.

Pasó al Gozzo, isla vecina, cuatro días después que llegó a Malta, y como sintió que algunos murmuraban de ello, dijo que por hacer algo, ya que habían venido, lo hacía. Sacó en el Gozzo muchos soldados y nueve piezas de batir, sin otras muchas de campo. Requirió al comendador Sese que le diese la villa por la vida, y respondio que no se la daría sino por fuerza, por lo cual hizo trincheas y plantó artillería, batió el castillo y entrólo por fuerza. Murió Sese de un tiro, que hizo mucha falta; los demás se defendieron bien para los pocos que eran y el lugar donde estaban, matando docientos turcos, y al cabo fueron cautivos más de seis mil personas, con gran llanto de las mujeres y niños. Fue buen saco el que hicieron. Dragut taló los árboles y quemó el lugar en venganza de un su hermano que los años pasados allí le habían muerto, aunque dijeron que por no haber tenido parte en el despojo.

Toman los turcos a Tripol.

Del Gozzo fue Sinán a Tripol, y habiendo hecho sacar de las galeras primero más de seis mil hombres y cuarenta piezas de artillería grandes, salió él de la galera, miró un castillo que hay sobre la punta del puerto, y pareciéndole fuerte, acordó requirir a Chambarin, gobernador de Tripol, le diese la ciudad, y que le dejaría ir libre con los cristianos. Pero como se lo negó, abrió trincheas, asentó artillería y comenzó a batir la tierra. Entonces, un francés llamado Chaballon, que tenía hijos y mujer allí, se descolgó de noche por una soga que ató de las almenas. Este dijo a Sinán que si no mudaba la batería, no ganaría la ciudad. Mostróle las torres de Santiago y Santa Bárbara, afirmando ser lo más flaco de la ciudad.

Sinán tomó su consejo y batió aquellas torres reciamente. Chambarin, que pensaba defenderse por la batería primera, temió perder a Tripol por la segunda. Mas todavía daba que hacer a los turcos, hasta que aquellas torres quedaron mochas. En tanto que pasaba esto en Tripol, vino a Malta con dos galeras y un bergantín Aramón, que volvía por embajador del rey de Francia a Constantinopla, según se decía en público, si bien otros decían que a negociar en Tripol con Sinán como amigo del francés, para llevarlo a Tolón, donde tenía el rey Enrico grandísima cantidad de bizcocho, carne y otras viandas para la flota del Turco. Y porque la tierra no se escandalizase, decía que eran de mercaderes.

El gran maestre le rogó hiciese con Sinán que dejase a Tripol; Aramón se lo prometió así; fue a la armada y luego al real, donde Sinán, que lo conocía, lo recibió cortésmente. Chambarin, o por su llegada o por flaqueza, dijo a los caballeros que se debían dar y no morir, pues no podían defender a Tripol; ellos se lo rechazaron con buenas palabras y mala cara. Empero, él, que según se sospecha, tenía cartas de Aramón y del rey francés, habló aparte con Simón de Sosa, portugués, y don Pedro de Herrera, aragonés, y otro mallorquín, caballeros de la Orden, y con Pedro de Aresta, su alguacil, y con García de Guevara, que aprobaron su determinación, y dejando las llaves del castillo al Simón de Sosa, grande amigo suyo, salió al real por una puerta falsa con Pedro de Aresta y con Filipo, griego, que entendía la lengua turca. Estuvo en secreto con Aramón; en fin, ofreció la ciudad, con que todos los cristianos que dentro había fuesen libres con sus haciendas a Malta en las galeras de Aramón.

Caballon, entonces, arrepentido de su maldad, se llegó a la cerca y dijo a los de dentro, pidiéndoles perdón, cómo no saliera por su grado, sino por fuerza; por lo cual, y por haberse salido Chambarin, creyeron todos venir la armada del Turco, contra ellos con tramas del rey de Francia. Acercóse, pues, Chambarin a llamar a Sosa, para que entregase las llaves a Sinán, saliendo todos con su ropa.

Hubo gran sentimiento en la ciudad, mas hubieron de salir a 14 de agosto. Sinán hizo que los desnudasen, diciendo que fuesen todos esclavos, porque no se dieron antes de hacerse la trinchea y batería. Chambarin entonces quisiera que no hubieran salido, mas fue tarde su arrepentimiento. Lo que pudo acabar fue que todos los del hábito y otros, que serían hasta docientos, tuviesen libertad a trueco de los turcos que presos quedaron en Malta. Así Aramón los trajo a Malta, pero no esperó los turcos ni osó ver al maestre, según dicen.

Pidio Dragut a Tripol, procurando que los moros fuesen castigados, pero Sinán, que lo desamaba, los dio a Morat, señor de Estajora, por dineros, y por el bastimento que le diera, con que hizo juramento de volverlo cada y cuando que por el Turco le fuese mandado. Y con tanto se volvió a Constantinopla. Fue gran pérdida la de Tripol, al cabo de cuarenta años y más que los cristianos la poseían. Dicen que si los maestres hubieran hecho en la ciudad de Tripol la fuerza que en Malta, fuera muy mejor para las cosas de Berbería, y no pasaran estrago tan grande en su honra. El gran maestre examinó al Chambarin y a don Pedro de Herrera y a Sosa y a los otros, y por sus confesiones los echó presos, ahorcó los seglares con acuerdo de los consejeros, y degradó los religiosos para justiciarlos. El rey de Francia, cuando lo supo, escribió por ellos al gran maestre, disculpándose de la mala fama en que le habían puesto, y los franceses que allí se hallaron, lo descargaron mucho; pero hallarse allí su embajador no tiene disculpa.

Guerra entre el Papa y Octavio Farnesio. -Prestó dineros el Emperador al Papa para la guerra de Parma. -Bula de medios frutos que el Papa concedio al Emperador. -Detiénese el Emperador en Augusta esperando lo que hace el francés y armada del Turco. -Responde el Papa al Emperador.

En este tiempo andaba la guerra en Italia entre el Papa y Octavio; en los cercos de Parma y la Mirándula sucedieron algunas escaramuzas y cosas notables, que por no me alargar tanto, no las cuento. Los de la Mirándula se defendieron valientemente, hasta que al fin se metieron personas graves de por medio, que concertaron al Papa y a Octavio. Fue su desgracia del Pontífice, que en el mismo día que se capituló con él la paz en Roma, le mataron a Juan Bautista, su sobrino, en la Mirándula, desdichadamente. El cerco de Parma se alzó luego tras el de la Mirándula, porque la paz se hizo con esta condición, y a Octavio se le restituyó el Estado, como lo tiene hoy día. Y al fin vino en gracia del Emperador poco tiempo después, y se dio a madama Margarita, su hija, el gobierno de los Estados de Flandres.

Antes de concluirse esta paz y suspender las armas, había pedido el Papa prestados al César docientos mil ducados para los gastos de la guerra contra Farnesios, los cuales el Emperador le dio liberalmente y con gran voluntad, y para asegurar al Papa de ésta y tratar de otras cosas de importancia, estando en Augusta a 7 de setiembre de este año de mil y quinientos y cincuenta y uno, envió por su embajador a don Juan Manrique de Lara, hijo de los duques de Nájara, don Antonio Manrique y doña Juana de Cardona, hija del duque de Cardona, clavero mayor de Alcántara y su mayordomo, y capitán general de la artillería, caballero notable en valor, virtud cristiana y gran servidor del César y de su hijo, el rey Filipo, porque desde que tuvo solos doce años sirvió con las armas, hallándose cuando las alteraciones de Castilla en la toma que los caballeros hicieron de Tordesillas, quitándola a los comuneros, y en la batalla de Villalar por coronel de los vizcaínos y guipuzcoanos, que ellos mismos le eligieron, y desde estos años, hasta que el Emperador dejó los reinos, nunca faltó de su servicio en todas las jornadas de paz y de guerra.

El orden o instrucción que para esta embajada se le dio fue: que el Emperador se sentía muy obligado por las grandes demostraciones de amor con que Su Santidad había procedido, así en las cosas públicas como particulares tocantes a Su Majestad, después que tan méritamente fue promovido al Pontificado; y en agradecimiento de esto le enviaba a visitar y besar de su parte el pie con persona tan acepta.

Que el dinero que llevó su tesorero, Montepulchano, que fueron los docientos mil ducados que con el obispo de Imola envió a pedir para contra su feudatario rebelde, ofreciendo de jamás apartarse de su amistad, conociendo su buen ánimo y amor y voluntad, que era cual el César merecía.

Luego que entendió el desacato e inobediencia del duque Octavio, y el inconveniente que disimulándolo pudiera seguirse a su reputación y a la quietud y sosiego de Italia, no solamente le ofreció su asistencia y ayuda, y se la dio con efecto, mas aun le acomodó de la dicha suma tan prontamente y de tan buena gana como se vió por la obra, y podía estar así cierto haría en todo cuanto se le ofreciese; lo cual haría asimismo su hijo el príncipe, que sabía era ésta su voluntad.

Que pues Su Santidad sabía la intención y fin con que el rey de Francia y Farnesios se movieron, debía tanto más estar sobre sí y tener cuenta con el grado y lugar que Dios le había dado en su Iglesia para mirar por la conservación y autoridad de la Sede Apostólica, en cuya protección y amparo se haría de su parte (como quien siempre había pospuesto su particular por el público) el oficio que Su Santidad le persuadía, y que por tantos respetos le debía.

Que fue como convenía la templanza y sufrimiento con que Su Santidad escuchó los partidos movidos por Monluc tocantes a lo de Parma, no dejando por eso de proceder a la ejecución de la empresa. Y que aunque se echaron juicios sobre la benignidad que Su Santidad había mostrado con los Farnesios a los principios, y la sintieron y interpretaron diferentemente, imputándole la salida del cardenal Farnesio de Roma, tan a su salvo, y que daba muchos oídos a las pláticas del concierto con alguna quiebra de su dignidad y reputación de la Sede Apostólica, Su Majestad tenía por cierto que la causa de esta su blandura con el cardenal, allende de su natural inclinación a ella, fue con todo buen fin y para obviar a los inconvenientes que dice, y proceder más justificadamente en el caso; y estaba cierto que Su Santidad no haría concierto alguno sin le dar parte y esperar su consentimiento, como se lo ofrecía y lo pedía la razón, habiéndose puesto tan adelante por su respeto.

Que diese las gracias a Su Santidad por la concesión de la bula de los medios frutos, y que había sido como se esperaba, habiéndose de convertir lo que de allí se sacase en cosa tan santa y necesaria como es la guarda y defensión de las fronteras para que no pudiesen ser infestadas de la armada del Turco.

Que el remedio que a Su Santidad se le ofrecía para obviar a las pláticas vivas y perniciosas que sobre el Pontificado andaban, era haciendo una creación de cardenales, que ofreciéndose la Sede vacante, tuviesen delante de sus ojos el servicio de Dios y bien público, y le suplicase que, pues Su Santidad decía que franceses eran once votos y españoles sólo cuatro, se sirviese de darles hasta ocho capelos que pudiese repartir entre personas beneméritas naturales de sus reinos, de cuya vida, letras y ejemplo, Su Santidad tuviese satisfacción, para que, contrapesándose con su residencia en Roma, la nación francesa se atuviese a lo que Su Santidad deseaba en beneficio público, como era la intención de ambos.

Que el haber venido la armada del Turco este año en daño de la Cristiandad, y que hubiese sido a instancia del rey de Francia, como aún en aquel reino se debía y publicaba, era verisímil y se vería en lo que paraba, y según su progreso así se miraría en lo que se debía hacer para obviar a sus designios, y a este propósito se hacían algunos buques de galeras en los arsenales de sus reinos.

Que pues Su Santidad, con su prudencia, conocía mejor que nadie que lo más importante que agora se ofrecía a la Cristiandad era el Concilio y prosecución de él, para remedio de la religión, le representase solamente el aparejo grande que al presente había para esperar el buen fruto que se había deseado, viéndose buena parte de la Germania harto más inclinada para obedecer y enmendar sus costumbres de lo que algunos juzgaban, y que aunque eran de mucha consideración las dificultades que Su Santidad tocaba, que también lo eran de no menor las que por la otra parte se ofrecían, pues alzar en esta coyuntura la mano de cosa que llevaba tan buen principio y que iba tan bien encaminada, sería desesperar toda la Germania, mayormente habiéndoles dudo cierta esperanza de la prosecución. La cual sola había sido parte para hacer ir a Trento los electores eclesiásticos y muchos otros perlados de aquella provincia.

Que tomando este negocio tan de veras como su calidad requería y Su Santidad había comenzado, era de esperar en Nuestro Señor, cuya era la causa, se le había de hacer un señalado servicio; pero que si se viese tibieza, quedarían todos perpetuamente escarmentados y sin esperanzas de remedio.

Que no había para qué encarecer cuánto importaba apagar aquel fuego de herejías, no solamente por lo que tocaba a Germania, sino aun por la soltura en que a ejemplo della se iban infestando las otras provincias, pues la causa en sí era de tan gran momento, que ninguna mayor, y que agora que en muchas partes parecía que se iba entendiendo la maldad, y causadores de ella, era el verdadero tiempo de apretar la llave, porque de otra manera, no obviando el daño que en las otras partes nacía con el remedio del Concilio y atajándole a los principios como tan contagioso, pasaría mucho tiempo, según por experiencia se había visto en Alemaña, antes que se redujesen al gremio de la Iglesia católica con notable perjuicio de las almas y no menos disminución de la autoridad de la Sede Apostólica, como ya se veía en Francia, Ingalaterra, Polonia y las otras partes donde iban sembrando estas nuevas opiniones, a cuya causa era tanto necesario sostener este Concilio con la presente autoridad, y así le suplicaba mandase luego partir sus perlados a Trento.

Que dijese al Pontífice que habiendo deliberado de partirse a Flandres, lo había deferido, así por causa de las cosas de Italia, hacia donde parecía que el rey de Francia quería acometer, como por ver en qué paraba la armada del Turco: quería hallarse allí más a mano para poder acudir a todas partes, juntamente con tener en paz y sosiego la Germania e impedir con su presencia que de ella no se sacase gente para Francia, y dar calor a lo de la religión y Concilio.

Que si el embajador don Diego de Mendoza no se hallase en Roma, pasando por Sena, donde estaría, le comunicase esta instrucción para que, como informado en los negocios, le advirtiese y alumbrase lo que le parecía que para el bien de ellos convenía.

Con este despacho partió don Juan Manrique para Roma, donde trató con el Pontífice lo que el Emperador le había ordenado. Hízose la paz con Octavio Farnesio, dando el Pontífice parte a don Juan de ella. Estuvo ocupado en esta embajada hasta el año siguiente, que resultó la guerra de Sena, donde acudio, como adelante veremos.

Bien claro consta por papeles originales firmados del César el celo católico que tenía del bien de la Iglesia, autoridad y aumento de la Silla apostólica romana, y lo mucho que siempre insistió por el Concilio general, del cual esperaba la reducción de la Germania, y de las otras provincias inficionadas con las torpes herejías de Lutero y otros tales herejes.

El Pontífice, a instancia de don Juan Manrique, hizo en este año la reasunción general del Concilio de Trento por la bula que para esto expidio. Tuviéronse grandes esperanzas de que de ella habían de resultar crecidos bienes y aumentos en la Cristiandad; pero las cosas de Alemaña quedaron tan estragadas como de antes estaban, y por los pecados de las gentes permitió Dios que creciesen sus males, dando, como hace el pecador, de un abismo en otro, en los cuales están ciegos el día de hoy, y otros muchos con ellos, habiendo prevaricado y faltado en la fe pura que sus padres y mayores tantos años tuvieron, y en ella se criaron y murieron en el Señor varones notables y santísimos.

Hizo don Juan Manrique su embajada, y despachó lo que el César le ordenó con la prudencia que este caballero tuvo junta con el valor en las armas, y así, dándose el Emperador por bien servido, estando en Inspruch, a 18 de marzo año de mil y quinientos y cincuenta y dos le volvió a enviar a Italia, para que juntamente con don Hernando de Gonzaga (que en la instrucción llama el señor Fernando) proveyese y reforzase la gente de guerra que estaba sobre Parma y la Mirándula, y que se reformasen muchas compañías de españoles y se pusiese orden y tasa en las raciones y sueldos, y asimismo en las ventajas de que capitanes, maestros de campo y otros entretenidos tenían, que eran excesivas, y muchas incompatibles con otros oficios, y que en el Piamonte se reforzasen en las plazas y presidios de más importancia, y de los demás se sacasen los españoles para henchir o cumplir las compañías de Italia, de manera que tuviesen hasta trecientos infantes, que estaban muy faltas, y que en Milán acariciase al Senado, que estaba muy sentido del gran chanciller Taberna, y se habían vivamente quejado de él y de los términos deshonestos y descomedidos con que los había hablado.

Y demás de esto hiciese proveer el castillo y pagar bien los soldados, pues tanto importaba, y viese si sería bien hacer el otro castillo que le aconsejaban, y se continuase la fortificación del castillo, dejadas todas opiniones y pareceres que sobre ello se discurrían. Y porque se entendía que en lo de la religión había más soltura y libertad en aquel Estado de lo que convenía, tratase del remedio y comunicase con el gobernador Fernando si sería bien (como al César parecía) que se renovasen los editos, y mirasen si para praceder con más fundamento sería bien tratar con Su Santidad que dos senadores eclesiásticos se juntasen con el inquisidor, y que pareciéndoles este negocio conveniente lo negociase en Roma, y que los nombrase cuales les pareciesen más a propósito para entender en semejante materia. Estas y otras cosas de buen gobierno de paz y guerra encomendó el Emperador a don Juan Manrique porque las cosas de Italia estaban estragadas entre la gente de guerra, padeciendo como suelen los soldados, y procurando hacerse ricos los capitanes, y temíase que el francés había de alterar aquella provincia, como presto veremos, que su ánimo inquieto y belicoso no le dejaba sosegar.

A esta embajada respondio el Pontífice enviando al Emperador una larga carta, aunque no escrita de su mano, por tenerla impedida de la gota, de lo cual se disculpa, pero ditada, como dice, toda por su cabeza. Que había vuelto su tesorero con el dinero que a Su Majestad plugo de darle, por el cual le da muchas gracias. Que si él hubiera podido por otra parte remediarse, no le hubiera dado en esto pesadumbre. Que una de las causas que habían movido al rey de Francia y a los franceses a conspirar contra él era saber en cuánta desorden había dejado el papa Paulo, su predecesor, la hacienda de la Iglesia, y persuadirse que Su Majestad daría buenas palabras, y no el dinero, y daba a Dios gracias por haber así sus enemigos quedado burlados. Que siempre se había preciado de tener un ánimo generoso y grande, y así no caía en él sospecha ni miedo de que le hubiese de faltar defensa de algunas malas y siniestras relaciones.

Que luego que tuvo alguna noticia de los tratos en que andaban los Farnesios con el francés, hizo todo lo posible con unos y otros, por quietarlos y apartarlos de sus vanos pensamientos, exhortándolos y amenazando que se opondría contra ellos, y aventuraría todo su ser, si bien le costase perder lo su todo y andar desterrado por el mundo, porque veía que el fin dellos no era otro que conturbar las cosas de Su Majestad, y que él no quería tener este cargo con Dios y con los hombres, de que por su culpa y negligencia se le hiciese estorbo en Italia, cuando andaba Su Majestad ocupado en reducir los herejes y resistir al Turco y remediar la ruina de la religión cristiana, con peligro y incomodidad de su persona y crecidos gastos, y le sería mal contado, que habiéndole él dado por ayuda el Concilio, quedase engañado de él y desamparado.

Que los Farnesios le daban buenas palabras de no hacer cosa contra su voluntad, y que los franceses, que de su natural son soberbios, habían imaginado que la conquista de Parma era un otro reino, y puerta de Italia; con su acostumbrada arrogancia respondían que el rey movería guerra en aquellas partes, y que Su Majestad se guardaría de tenerla con él, y más, que a él quitaría la obediencia de Francia. De lo cual resintiéndose él, y con el dechado de ejemplo del Salvador, cuando el demonio le tentó sobre la honra, le respondio: que si una vez le quitase la obediencia de la Francia, él quitaría al rey la obediencia de la Cristiandad, a lo cual creía que algún día sería necesario venir, y se había dicho esto por un discurso. Que es bien notable esto que dice el Papa del discurso o juicio, o figura que se levantó sobre la fe y obediencia de Francia, y la declaración que se hizo en nuestros días.

Dice más: Que hechas todas las diligencias, así en Italia como en Francia, y viendo la obstinación que en ellos había, procedio en el proceso contra Octavio y envió al obispo de Imola su secretario a Su Majestad, para que le diese cuenta de todo lo que allí había pasado, y de su imposibilidad, y cómo estaba resuelto y aparejado de resistir a estos movimientos y juntarse con Su Majestad y correr en todo y por todo una misma fortuna con él. Que de esta su determinación y oferta que le había hecho no se había arrepentido jamás ni movido de este propósito, ni se movería en su vida; y si Su Majestad le desamparase (lo cual no creía) él no le desampararía, por no ser tenido por inconstante, vario y mudable, el cual defecto, a su parecer, había tenido algún Pontífice pasado. Que cuando envió a Su Majestad al obispo de Imola, entendió que le había de suceder todo lo peor del mundo, y acabar de empobrecer totalmente, perdiendo la obediencia y expediciones de Francia y la obediencia de un hombre liviano, cual era Octavio, y cobrar a Parma consumida y arruinada dentro y fuera, lo cual todo había pospuesto, por conservar la inseparable unión y amistad de Su Majestad y suya, y el beneficio público, reparación y establecimiento de toda Italia.

Que tenía escritas muchas cartas al obispo de Imola, después que de allí había partido, y al obispo Fano, sobre las dificultades que se ofrecían en aquella empresa, y que lo que a él tocaba, estaba aparejado a sobreseer y esperar la salida de la armada turquesca, y entre tanto ayudarse de las excomuniones, lo cual decía por no engolfar más a Su Majestad en esta empresa, pareciéndole que desistiese algún tanto y esperase ver qué fin o intento tuviese Octavio, lo cual no obstante pareció después a Su Majestad y a su prudencia lo que a su parecer había sido buena resolución, que no se debiese dar tiempo a los enemigos de fortificarse, y así, en lo que a él tocaba, no habría faltado punto de hacer lo posible, y harto más de lo que él mismo pensaba poder hacer, de manera que no se le debía imputar culpa ni de demasiada solicitud, primero que Su Majestad se resolviese, ni después de alguna tardanza, y por esto no se le podía echar culpa por haber sido duro en conceder los medios frutos, de los cuales nadie jamás le había hablado, y cuando se lo dijo respondio que en tal caso sería bien primero ver qué camino tomaba el Concilio, y que entre tanto Su Majestad se podría valer del Jubileo y Cruzada.

Que aunque a su tesorero se le hiciese duro tomar los dineros con título de empréstido, no era por desconfiar de poderlos volver, aunque su necesidad era grande, ni creía que Su Majestad le descomulgaría por ellos, ni le entraría los alguaciles a casa. Que era fuerza decir de sí una cosa, que había cuarenta años que se ocupaba en continuo ejercicio de gobiernos, de los cuales a su parecer había salido con honra en todas sus acciones, lo cual le engendraba un poco de vanagloria en el ánimo por haber procurado hacer sus cosas con arte, con ingenio y recato. Que le pesaba mucho de haber dado oídos a Monluc, cuando le propuso algunos tratos de paz, los cuales eran tan deshonestos para ofrecerlos a Su Majestad y a él, como si estuvieran ambos presos en Francia, y la respuesta que le dio fue mandar a los capitanes que cuanto pudiesen apretasen la Mirándula. Que le pesaría se entendiese haber sido con él en plática estrecha de alguna concordia, que pensase hacer sin sabiduría y aprobación de Su Majestad, aunque le fuesen dados y entregados cien reinos de Francia, y más que era simplidad pensar, estando las cosas tan adelante, que entre el rey, los franceses y él pudiesen jamás haber seguridad ni confianza. Que le pesaba se le echase culpa por no haber detenido al cardenal Farnesio. Que él no había hallado con qué razón o color lo pudiese hacer; y más, antes de ser condenados Octavio y Horacio, fueran nulos los procesos, nulas las sentencias y condenaciones, y pudieran alegar con razón que no debían parecer ante él, habiendo de hecho prendido un cardenal. Que después que se fue, viendo que el rey no se avergonzaba de ajuntarse con el Turco ni de favorecer los herejes, ni de oprimir un Papa, de tomar la defensa de un tontillo su rebelde, con tanto ímpetu y obstinación, y más que había detenido en su reino once cardenales y había quitado de allí al cardenal de Pornone y Ferrara, estaba determinado de castigar los dos hermanos cardenales, traerlos a su obediencia, ponerlos en lugar tan seguro que no pudiesen maquinar ni hacer masa contra él con los demás cardenales llaves del rey. Que él no querría ser tenido por frío o tibio en las cosas que tocaban a Su Majestad, y eran la honra, la sustancia y su misma esencia. Que era contento de conceder los medios frutos. Que no rehusaba tomar los docientos mil ducados en nombre de empréstido, pero que, pues de la piedra no se podía sacar sangre, fuese con condición que no los pudiendo volver, no fuese obligado a volverlos en este mundo ni en el otro. Que si no fuese la muerte, y aun por ventura ésta no le apartaría del servicio y amistad de Su Majestad.

Que le suplicaba no diese oídos a malas lenguas, que no sabían las entradas de su corazón ni él se las quería descubrir. Que no decía esto por don Diego de Mendoza, al cual quería mucho por ingenio y valor que tenía, y tenía en él la misma fe que Su Majestad; pero que donde se trataba el interese público, el particular y privado podía poco con él, y si alguno había hablado con Su Majestad lo hizo por su cortesía, y no por comisión que para ello él diese. Que de una vez quiso decir lo que en su alma tenía, que Su Majestad lo recibiese en buena parte, y remitiese en otras cosas al obispo de Fano.

Tales eran los tratos entre el Emperador y este buen Pontífice, que se logró poco en la Silla, y helos querido referir por el gusto que dará saber cómo se trataban estos príncipes entre sí, y el celo que del bien común tenían, y que no era sólo el Emperador el que se quejaba del francés, por los malos tratos que con el Turco traía, y favor que daba a los herejes, y estorbo que hacía al Concilio, pues el mismo Pontífice le cargó estas culpas, y se siente y queja de la cizaña que pretendía sembrar en Italia dando favor a sus feudatarios vasallos, para que se le rebelasen, y los cardenales alterasen a Roma y Sacro Colegio, ofendiendo a su Pontífice y señor, lo cual no hicieran faltándoles el favor y aliento del rey.

Vuelve el príncipe en España con poderes para gobernar. -Carta del Emperador a Castilla.

Estando el Emperador este año de mil y quinientos y cincuenta y uno en la ciudad de Augusta con el príncipe don Felipe, su hijo, y rey don Fernando, y reina doña María, sus hermanos, y la duquesa de Lorena viuda, con otros muchos príncipes, habiendo dado fin a la Dieta, trató Su Majestad que convenía volver el príncipe en España, y con él Maximiliano, rey de Bohemia, para llevar la reina María su mujer.

Diole para esto una carta en forma de poder, en la cual, hablando con los reinos de Castilla y Aragón, dice que salió de ellos por las muchas causas y graves negocios que le obligaban con pensamienmientos de dar presto la vuelta, como era su deseo. Pero que cargando tanto los negocios de gran ser y peso, si bien sus deseos eran de volver a reposar en ellos al cabo de tan largos y continuos trabajos que había sufrido en paz y en guerra, y con sus ordinarias indisposiciones, especialmente por el gran amor que con razón tenía a estos reinos, así por su fidelidad y lealtad como por el continuo cuidado con que le habían servido; pero que las cosas sucedieron de manera que no sólo no lo pudo poner en ejecución, cuando y como lo deseaba, que fue al tiempo que se acabó la última guerra y se dio buen principio en asentar y sosegar las cosas de la Germania, y en lo tocante a la religión, antes fue forzoso y necesario que el serenísimo príncipe don Felipe su hijo pasase en aquellas partes y se juntase con él, para ver y visitar en su presencia los Estados que allá tenían, y ser conocidos por los súbditos de ellos, que fue de gran importancia. Y que habiendo ido en aquellas partes el rey de Bohemia por cosas importantes al bien de los negocios, y no poder dejar de hacer agora lo mismo la reina su mujer, que habían tenido cargo de la gobernación de estos reinos; y que si bien él quisiera poner por obra lo que está dicho de su venida, pero viendo los muchos e importantísimos negocios que por allá tenía, y de nuevo se le habían acrecentado, y los movimientos de Italia e inteligencias que algunos tenían, por impedir la paz, cuya conservación tanto había deseado, especialmente la continuación del sacro Concilio, por lo que importaba al bien de la Cristiandad; y que esto y el estado de las cosas públicas tenía necesidad de su presencia para acabar y dar fin a lo que con favor de Dios y con todas sus fuerzas y ánimo trabajaba, no pudiendo al presente venir en estos reinos, ni convenir a ellos, ni a los otros sus Estados que se ausentase de aquellas partes, había deliberado de enviar a ellas al serenísimo príncipe, para que durante su ausencia entendiese en la buena administración y gobierno que convenía hubiese en ellos.

Y quería que en su nombre ocurriesen a él todos, y que proveyese en las cosas y negocios que se les ofreciesen, y que no tuviesen necesidad de ir en seguimiento suyo, que les sería muy trabajoso y costoso.

Y que así, conociendo la mucha virtud, grandes calidades y loables costumbres que concurrían en el dicho serenísimo príncipe, y el amor que tenía a estos reinos, y el que ellos le tenían, había acordado de enviarle y elegirle, para que volviese y residiese en su lugar. Por tanto, usando del poderío y majestad real absoluto, como rey y señor natural, no reconociente superior en lo temporal, lo elegía y señalaba, constituía y nombraba al dicho príncipe, para que fuese su lugarteniente general, y gobernador de los dichos reinos y señoríos de Castilla, de León, de Granada y de Navarra, etc., y le daba todo su poder de hecho y de derecho, para que entre tanto que él estuviese ausente, pudiese gobernarlos y hacer todo lo que él haría y hacer podría estando presente. Finalmente le da un poder bastantísimo y que pudiese hacer mercedes y gracias, proveer oficios y dignidades y todo lo que pudiera hacer siendo rey absoluto. Y manda que lo reverencien, respeten y obedezcan como a su misma persona, y que este poder tenga la solemnidad y fuerza como si se hubiera otorgado en Cortes generales; y es su data en la ciudad de Augusta, a 23 de junio, año mil y quinientos y cincuenta y uno. Después deste poder, dio otro al dicho príncipe su hijo, para que pudiese hacer todo lo arriba contenido, y porque como principalmente fuese enderezado su fin e intención a resistir a los infieles y enemigos de nuestra santa fe católica, estando con propósito de hacer contra ellos una jornada, y temiendo de algún mal suceso (como suele acontecer por ser varias las suertes de la guerra) que embarazase la libertad de poder tratar, proveer y entender libremente en las cosas de sus Estados y reinos, y las otras cosas tocantes a su deliberación y bien de sus súbditos y tranquilidad y pacífico estado de la Cristiandad, y en otras semejantes; pero le da poder para que acaeciendo en la dicha jornada el dicho caso, pueda libremente tratar y concluir por sí y por sus embajadores y diputados con cualesquier personas, príncipes, potentados de cualquier calidad y condición que sean, cualesquier contratos, capítulos de paz y concordia, tregua, y treguas temporales o perpetuas, y hacer y jurar otros cualesquier medios que convengan, etc., y es su data de este dicho poder en la mesma ciudad de Augusta, el mismo día, mes y año.

Poder especial que el Emperador dio al príncipe su hijo.

En estos poderes que el Emperador da a su hijo el príncipe don Felipe se ven los cuidados gravísimos en que estaba, pero mucho más en un poder especial que juntamente con éstos le dio, en que dice, hablando con los reinos de Castilla.

«Habemos deliberado de enviar a ellos al dicho serenísimo príncipe por nuestro lugarteniente general de los dichos reinos y señoríos de Castilla y León, etc., con poder cumplido para la gobernación y administración de ellos, y para todo lo que Nos mismo podíamos hacer, según más largamente en el poder que para ello le habemos dado, fecho en esta ciudad de Augusta a veinte y tres días del mes de junio de este presente año se contiene, y como quiera que por virtud de él puede proveer y hacer durante la ausencia todo lo que le pareciere convenir al bien de nuestros reinos, y nuestro servicio, de cualquier cualidad o condición que sean. Y porque a causa de los grandes gastos que habemos hecho en las guerras pasadas, así en los ejércitos que tuvimos para la defensión del reino de Navarra, y para la recuperación de la villa de Fuenterrabía, que la habían ocupado, estando yo el rey ausente de estos dichos reinos, y en sostener los ejércitos que tuvimos en Italia para conservar y defender los reinos de Nápoles y Sicilia, y especialmente en la ¡da que el año pasado de 1527 hicimos a Italia a recibir las coronas del Sacro Imperio, y después a Alemaña, y en la resistencia que hicimos al Turco las dos veces, que ha venido contra la Cristiandad con poderoso ejército por la parte de Viena en Alemaña y en la jornada que hicimos al reino de Túnez y la armada que el año pasado de 1537 envió contra el nuestro reino de Nápoles, que todo ha sido en beneficio general de la Cristiandad y bien de nuestros reinos y señoríos, y en los ejércitos que estos años pasados habernos juntado y sostenido para los efectos arriba dichos, y en la paga de la gente de guerra que tenemos en guarda de las fronteras de los dichos nuestros reinos de Castilla y los lugares que tenemos en Africa, y de los que son menester hacer para defender los dichos nuestros reinos y señoríos y resistir y ocurrir a los que los quisieren perturbar y envadir, y en otras cosas que han sido y son muy necesarias, que no se podrían ni pueden excusar, están gastadas y empeñadas mucha parte de nuestras rentas reales, y aquéllas no bastan para sostener, defender y conservar los dichos nuestros reinos, y para resistir a los enemigos y cumplir las otras necesidades que pueden suceder en esta jornada. Y porque podría suceder en ella detención de la persona de mí, el rey, y como quiera que tenemos entera confianza que en tal caso los nuestros reinos de Castilla y los súbditos y naturales de ellos, siguiendo su antigua y gran lealtad, y fidelidad y correspondencia al amor que Nos les tenemos, nos servirían, y pornían sus personas y haciendas por nuestra delibración y por la defensión de ellos, y proveer las otras cosas que conviniesen cerca de ellos, como siempre en las necesidades que hasta aquí se nos han ofrecido lo han hecho, porque podría ser que no bastase la ayuda que así nos hiciesen, y convendría vender de nuestras rentas y derechos de la corona y patrimonio real de los dichos nuestros reinos y señoríos de Castilla y León, y asimismo empeñar y vender algunos vasallos, jurisdiciones, villas y lugares de los dichos nuestros reinos y señoríos, con facultad de poderlos quitar y redimir pagando el precio por que se vendieren, habemos acordado de dar poder especial para en tal caso al dicho príncipe. Por ende, por la presente, de nuestro proprio motu, y cierta ciencia y poderío real absoluto que en esta parte queremos usar, como rey y señor natural, no reconociendo superior temporal, damos nuestro poder libre, etc.»

Partió con estos poderes el príncipe don Felipe de Augusta, y vino a Mantua, Milán y Génova, donde se embarcó en las galeras de Andrea Doria, y desembarcó con muy buen viaje en Barcelona, a 12 de julio.

No mucho después de su partida de Augusta hicieron lo mismo el rey don Fernando y su hijo, el rey de Bohemia, para Hungría, de donde volvió por la reina en España, quedando el Emperador en Augusta con algunos príncipes de Alemaña.

Lo que el Emperador se recelaba de una nueva guerra, que ya se temía, con el Turco, con el francés y con luteranos.

Esta guerra que el Emperador da a entender en estas escrituras, por ellas parece que se tenía por peligrosa, pues el Emperador, que en tantas y tan graves se había hallado, se recelaba de ser detenido en ella, teniendo algún mal suceso, no le habiendo tenido casi en toda su vida. Era lo cierto que el rey Enrico de Francia, que no tenía menos coraje que su padre, o por vengar injurias pasadas, o porque quedó en sus entrañas la pasión viva de Francisco su padre, con envidia de las buenas fortunas del César, y pareciéndole agora a Enrico que ya el Emperador era viejo, enfermo, gotoso, cansado de tantos trabajos largos y continuos, y que era el tiempo proprio en que podía competir con él probando su fortuna con la antigua del César, esperando satisfacerse de los daños pasados. Lo cual todo le salió al revés, y si el Emperador y su hijo don Felipe quisieran apretar al francés, le pusieran en mayores trabajos que su padre tuvo.

Habíase pasado al servicio del rey Enrico el príncipe de Salerno, don Fernando San Severino, por enemistad que tenía con don Pedro de Toledo, virrey de Nápoles (que la condición áspera de un superior causa muchos males), y ofrecíale la conquista de Nápoles facilísima. Sentíase Enrico poderoso con la amistad del Turco. Traía sus inteligencias y tratos con Mauricio de Sajonia, ligándose con él y con otros señores alemanes para hacer guerra al Emperador, como diré en el año siguiente, que salió en público lo que en rincones habían tratado. Por esto se prevenía al Emperador, y sus hermanas las reinas María y Leonor, que estaban en Bruselas, fueron a Brujas, ciudad trece leguas de Bruselas, y juntaron los gobernadores y otras cabezas de las ciudades de Flandres, y representándoles la guerra que se fraguaba, pidieron que ayudasen con dineros, los cuales dieron con voluntad y amor, y nombraron a Martín Van Rosen para que levantase gentes, y él hizo una legión de muchos y muy escogidos soldados viejos, y fue con ellos contra las fronteras de Francia, porque ya el rey Enrico tenía en la campaña a Francisco de Cleves, duque de Nevers, con el cual se topó Rosen, y lo desbarató y trató muy mal, y salió en su favor Antonio de Borbón, duque de Vendoma, que estaba en Picardía, ayudándole sus hermanos Francisco y Luis, y con cuatrocientos caballos y cerca de diez mil infantes entró por Flandres, y fue a buscar a Rosen; mas como lo había con un capitán sagaz y experimentado tanto en la guerra, si bien apenas tenía tanta gente como Borbón, le armó tales redes, que en ardides y emboscadas le mató muchos de los suyos y tomó algunos puestos de importancia.

Atrevimiento de un hermano del duque Mauricio contra el Emperador. -Capítulos entre Enrico, rey de Francia, y Mauricio y Augusto. -Júntanse los alemanes pidiendo la libertad de Lantzgrave.

El duque Mauricio, que estaba con la gente del Imperio sobre la ciudad de Magdeburg, como él era luterano en la opinión, y en la voluntad estaba tan lejos del servicio del Emperador, a quien él tanto debía, ingratamente dio lugar a que un hermano suyo llamado Augusto, con dos hijos de Lantzgrave, cuñados de Mauricio, desirviesen al Emperador, con achaque de la libertad de Lantzgrave. Y Mauricio, concertado con el francés para hacerle guerra, no hacía lo que debía contra esta gente, sino de puro cumplimiento, y por desembarazarse de esta guerra que él hacía de tan mala gana, concordóse con los de Magdeburg de esta manera:

«Que pidiesen perdón al Emperador por sus desobediencias. Que no harían jamás deservicio a la casa de Austria ni Borgoña. Que se ponen en el juicio de la cámara imperial. Que guardarán el último decreto de la Dieta de Augusta. Que en los pleitos y pretensiones que han tenido, estarán a lo que dispone el derecho. Que se derriben las municiones y fortificación que se han hecho en la ciudad. Que en todo tiempo recibirán el presidio que el Emperador les quiera poner, y estará la ciudad llana y patente a Su Majestad. Que darán al Emperador ciento y cincuenta mil florines de oro y doce tiros gruesos de artillería. Que soltarán libremente al duque de Meckelburg, y los demás presos. Que deshaciendo el presidio que tienen, puedan irse los soldados donde quisieren.»

Este último capítulo hizo Mauricio con cautela, porque después su hermano Augusto recogió toda esta gente, que era dos mil infantes y docientos caballos, para hacer lo que diré. Otro día después de asentada y firmada la concordia, entró Mauricio en la ciudad con toda la gente más lucida de su campo, y recibió el juramento que hicieron los ciudadanos, y en secreto trató largamente con el Senado sobre la observancia de las herejías de Lutero, y conservación de su libertad, y les abrió el pecho muy a lo claro, y dijo la determinación que tenía sobre la libertad de Lantzgrave y hacer por ella todo el mal que pudiese al Emperador.

Los ciudadanos, con mucho contento, le ofrecieron su ayuda, de suerte que no habían bien salido de una, cuando daban en otra. Este fruto se sacó de Magdeburg habiendo estado más de un año cercada, y aquí se urdieron las marañas entre Mauricio y su hermano, y hijos de Lantzgrave, y el rey Enrico de Francia, autor de estos movimientos y nuevos humores, incitando y alterando los ánimos inquietos de los alemanes con el dulce nombre de libertad.

Y para justificar su celo y guerra hizo escribir un libro con largas y coloradas razones, y en el principio dél mandó estampar un sombrero entre dos puñales, y debajo de él un título del rey, llamándose libertador de Alemaña, que así fue tenido entre los antiguos el bonete o sombrero por símbolo de libertad, y cuando la daban a un esclavo decían: Servos ad pileum vocato, esto es, a la libertad. Y así se halla en monedas antiguas, el bonete entre los dos puñales; sienten algunos que los matadores de Julio César usaron de este blasón.

Siendo, pues, el rey Enrico tan curioso como bravo y valiente, usó en esta ocasión del símbolo de la libertad, que tanto deseaban los rebeldes de Alemaña, para levantar la dura cerviz contra su príncipe y señor natural. La sustancia de lo que entre sí capitularon fue:

«Que el rey Enrico, por su parte, daría para los que en Alemaña con él se confederasen, cada un mes cuarenta mil florines, y que con este dinero se levanten en Alemaña docientos mil soldados y ocho mil caballos. Que si el Emperador saliere con campo contra ellos, que envíe socorro de Francia para que los ayude. Que llegará a la raya de Alemaña con ejército poderoso para acometer al Emperador y embarazarle y dividirle las fuerzas. Que enviará el rey otro ejército bastante contra la parte de Flandres, y les hará mortal guerra.»

Y para dar color Mauricio a su atrevimiento y que muchos de los señores alemanes se enojasen con el Emperador, procuró que le pidiesen la libertad de Lantzgrave en primero del mes de deciembre, estando en Insbruch, y en nombre suyo y del rey de romanos, Alberto, duque de Baviera, y los duques de Luneburg, rey de Dinamarca, conde Palatino y otros muchos, vinieron embajadores y cartas que pidían esto encarecidamente, para que, negándolo el Emperador, muchos de estos señores tuviesen ocasión de enojarse viéndole tan porfiado. No quebró el Emperador de su entereza, y respondióles que era cosa de mucha consideración, y tal que requería otro tiempo para poderla tratar. Que esperaba al duque Mauricio, y a otros de los príncipes del Imperio, y que, llegados, y el tiempo en que había de ser, se trataría la libertad de Lantzgrave, que por ahora él estaba bien allí. Quedaron muy descontentos los alemanes con este despacho, y así se resolvieron en la guerra que veremos el año siguiente.

Juran en Navarra al príncipe don Felipe.

Luego que el príncipe don Felipe entró en España fue a Navarra, y los navarros, en la ciudad de Tudela, le juraron por su príncipe y señor natural. Y en fin del año partieron de España Maximiliano, rey de Bohemia, y la reina María, su mujer, los cuales fueron en las galeras de Génova que trajo Andrea Doria, y estuvieron en peligro en el camino, porque el prior de Capua, general y almirante del rey de Francia, sabiendo de esta jornada, salió de Marsella con veinte y cuatro galeras muy bien armadas para combatir con él. Descubriólo cerca de Tolón, y como Andrea Doria no traía sino solas veinte galeras y no muy bien armadas, recelándose de la mala intención del prior y entendiendo que eran más sus galeras, se retiró. Siguiólo el prior un poco, sin provecho, y así Andrea Doria llegó a Génova. Desembarcaron los reyes, fueron su camino a Trento, donde todos los perlados que allí estaban les hicieron un solemne recebimiento, y el cardenal Madrucho, que fue muy gran servidor del Emperador, y la ciudad de Trento, les hicieron la costa algunos días, y otros grandes servicios. Llevaban un gran elefante, que el rey don Juan de Portugal les había dado. De ahí partieron a visitar al Emperador, tío y suegro de Maximiliano, y padre de María.

Palabras y papeles graves y injuriosos entre los príncipes. -Hízose esta liga por medio de Juan Friginio, obispo de Bayona.

La pasión con que la guerra se comenzó el año pasado era tan grande, que llegaron a tratarse de palabra y por escrito sangrienta y feamente, y no con la moderación que entre reyes y príncipes debe haber. Derramáronse libelos, pusiéronse carteles, unos en favor del rey de Francia, culpando al Papa y al Emperador por la guerra y rompimiento de las treguas; otros, por parte del Emperador, cargando la culpa al francés, y cargándole otras muchas, y junto con esto aparejaban las armas.

Admirábanse muchos y tenían por atrevido al rey de Francia en quererse tomar con el Emperador, capitán tan guerrero, antiguo y venturoso en las armas, y que tenía una gente que parecía invencible. Otros decían que la sangre nueva, viva y valerosa del rey Enrico, criado en la escuela militar de su padre, sería para más que la vieja, cansada y enferma del Emperador. Sobre todos lloraban los que tenían celo de la Iglesia, porque con estas guerras entre los príncipes cristianos tomaban fuerza los herejes para prevalecer en los errores, y que se atreverían a volver a las armas contra quien acababa de domarlos.

Y no contento Enrico con haber rompido la guerra por el Piamonte y por las demás partes de Italia y otras, concluyó la liga con los de Alemaña, en la cual entraron Mauricio, que fue el capitán de ella; Augusto, su hermano; el hijo mayor del duque de Sajonia, el preso; otros dos hijos de Lantzgrave, el duque de Luneburg, el marqués Alberto de Brandemburg, el marqués Jorge de Loburg y otros muchos barones y condes de menor nombre. Prometió el rey a la liga de depositar cuatrocientos mil ducados, y alargóse a dar cada mes cien mil por todo el tiempo que durase la guerra, con que los alemanes hiciesen un ejército de veinte mil infantes, y cuatro mil caballos, y que luego vendría él en Argentina con sesenta mil infantes y ocho mil caballos ligeros y cuatro mil hombres de armas. Lo cual todo se hizo sin faltar punto, y con tanta presteza y secreto, que antes que el Emperador se pudiese poner en orden, ni aun asegurar su persona, que se estaba casi solo en Insbruch.

Ya la liga cuando vino el mes de marzo de este año había sacado en campaña un muy buen ejército. Los capitanes imperiales tenían bien que hacer en defender a Clarasco en el Piamonte, siendo general de esta guerra don Hernando de Gonzaga, y el príncipe de Piamonte era capitán general de la gente de armas. El rey don Fernando estaba en Viena, y el rey, su hijo, en Praga.

La reina María la Valerosa hizo un muy buen ejército, pero estaba tan lejos en Flandres, que podía muy mal socorrer a su hermano. Fueron los alemanes confederados primero contra Suecia, y de camino se apoderaron de muchos lugares y sacaron de ellos dinero y artillería, y quitaron el gobierno a los que le tenían de mano del Emperador, que eran católicos, y pusieron los luteranos. Apoderáronse de Augusta, dándoles la ciudad libremente entrada. Combatieron a Ulma, que estaba con presidio imperial, mas diéronles diez y ocho mil florines, y pasaron adelante la vía de Insbruch, con intención de haber en su poder la persona del Emperador, o a lo menos echarle de Alemaña, que no deseaba otra cosa Mauricio, general de esta gente.

Sale Enrico con poderoso campo contra el Emperador.

Por otra parte, el rey Enrico en persona había salido con su campo, en que iban más de cincuenta compañías de soldados franceses, y tres regimientos de alemanes, con Sebastián Sdertel o Jertel, Ringrave y Rincors, y mil y quinientos hombres de armas, y dos mil y quinientos caballos ligeros, y por general de esta gente monsieur de Montmoransi, que después de la muerte del rey Francisco había vuelto a su antigua dignidad de condestable de Francia, y a ser muy estimado del rey Enrico, como él merecía. Fue derecho este campo tan poderoso a la parte de Lorena, echando voz que iba a dar favor a los alemanes sus amigos y librarlos de la servidumbre en que estaban.

Súpose esto en Trento y que en Augusta estaban los mauricianos, y que iban derechos a tomar la Clusa, que es el paso de Italia para Alemaña. Huyeron la mayor parte de los perlados y personas del Concilio que allí estaban. Supo el francés la toma de Augusta y de los demás lugares; quiso caminar a priesa por coger al Emperador en Insbruch desapercebido y obligarle por fuerza a que hiciese lo que él quería.

Caminando con este intento, habiendo dejado el gobierno del reino a doña Catalina, su mujer, tuvo correo que había enfermado peligrosamente. Encomendó el ejército al condestable, y volvió a visitar a su mujer y ver en qué paraba su mal. Tomó Montmoransi, a partido, a Tulle y Verdunio, ciudades del Imperio, y puso presidio en ellas. Pasó a Pont-Mosonio, lugar de Lorena, que es cabeza de marquesado. Tomó por fuerza otro castillo fuerte, llamado Gorciano, matando los que estaban de guarnición, sin querer dar a alguno la vida.

De ahí fue a Metz de Lorena, ciudad importantísima. En esta ciudad hubo notable descuido, y fueron muy culpados los ministros del Emperador, por donde se vino a perder; que, como dice el doctor Illescas, sirviendo él a don Alonso de Aragón, y estando en Venecia por los días de Navidad del año pasado de 1551, vino a don Alonso un hombre, y sin querer decir quién era, lo dijo. «Señor, pues sois tan pariente y allegado de la casa del César, avisad a Su Majestad mande poner mucho recaudo en Metz de Lorena; si no, que sepa que presto se la sacará de entre manos el rey de Francia, porque se negocia de su parte una traición.» Avisó don Alonso al Emperador, y a uno de sus secretarios; no hicieron caso de ello, como> suelen en otras ocasiones semejantes: que son desdichados los reyes, que muy pocos los sirven con amor, ni se duelen de sus cosas, sino su cuidado es el interés que esperan de ellos.

La traición se hizo de esta manera: Asentó Montmoransi su real cerca de la ciudad, y envió al regimiento los capitanes Bordillonio y Tabanban, pidiéndoles que diesen al rey de Francia, que venía allí, paso seguro por la ciudad, sin que de una ni otra parte se hiciesen daño, atento que él iba a librar a Alemaña de la servidumbre y tiranía en que estaba, y que les diesen bastimentos por sus dineros.

Estaba la ciudad dividida en bandos muy antiguos y enconados, entre la nobleza y la gente plebeya. De éstos tenía el rey de Francia corrompidos con dineros y promesas gran parte, y eran los más de la gente común del pueblo, toda gente ordinaria y baja, si bien, por ser muchos, poderosos; y siendo menos los leales, a pesar suyo se abrieron las puertas de la ciudad al francés, con tal que sólo Montmoransi con la gente ordinaria de su guarda pudiese entrar en la ciudad, y para el ejército dieron los bastimentos que pidieron y quisieron comprar. El condestable Montmoransi puso tres veces tanta guarda de la que solía tener, escogiendo los más valientes y valerosos soldados del ejército. Lo mismo hizo en los criados de su casa, yendo todos armados, y cubiertas las armas con ricos vestidos sobre ellas, y a 10 de abril entraron con esta disimulación en la ciudad.

Luego se juntaron con los franceses los ciudadanos traidores, y sintiendo los leales la traición, dando voces acudieron a cerrar las puertas de la ciudad, todos armados, unos a pie y otros a caballo. Mas el condestable se apoderó de una puerta, y sonriéndose la defendía, diciéndoles que se sosegasen, que él no les quería hacer fuerza, antes les quería guardar la ciudad y quitarlos de gastos, que los franceses la guardarían hasta que el rey viniese, y que no les haría agravio ni les quitaría su libertad. Con estas buenas razones los entretenía, y iban cargando franceses y entrando, de manera que los de Metz se vieron perdidos y vendidos por la gente más vil y baja de la ciudad, y la vendieron y pusieron debajo del yugo francés, que no es el más suave del mundo.

Mejoró la reina francesa; supo el rey el feliz principio de su campo y partió luego a Tullime y Verdunio, y hizo que los de Metz le diesen la obediencia y que jurasen, y luego partió para Nancy, cabeza de Lorena.

[Hecho arbitrario y cruel con la duquesa de Lorena, del rey de Francia.]

Había algunos días que Cristierna, duquesa de Lorena, sobrina del Emperador, estaba viuda por muerte de Francisco, duque de Lorena, su marido, del cual le había quedado un hijo que se llamó Carlos, por el deudo y amor de Carlos V, a quien la duquesa amaba y estimaba, como tal tío merecía; no tenía el niño más de nueve años. El rey Enrico entró con la potencia que digo en esta tierra, y si bien tuvo a la duquesa el respeto debido, púsose en tomarle el hijo, y enviólo a Francia, diciendo que se criaría en su casa y lo casaría con Claudia, su hija. Esto costó a Cristierna las lágrimas que suele costar a una madre perder un hijo solo que tiene.

Era maestro de este duque Carlos (antes cautivo que hombre) monsieur de Bardon; sacóle el rey de este cuidado por darle a Broseo, para que en cuanto pudiese le hiciese francés. Quitó el rey a la duquesa el gobierno y administración del ducado de Lorena, y dióle al conde Nicolao Valdemón, tío del niño Carlos, hermano de su padre; hízose el rey curador del niño y gobernador de Lorena, y echó de allí todos los criados antiguos, particularmente los que eran devotos del Emperador, y puso en su lugar franceses. La pobre duquesa, desdichada antes que nacida, pues nació de padres reyes desheredados, y casó con dos duques que la dejaron temprano, retiróse a vivir en una aldea, sin hijo y sin Estado.

[Progreso de las armas francesas.]

De Nancy vino el rey a Pont Musonio, y poniendo presidio en él, a 18 de abril entró en la ciudad de Metz, con gran demostración de su grandeza, para poner pavor en los ciudadanos. Desarmó la ciudad, puso presidio en ella, hizo que todos le jurasen, derribó parte del pueblo que no pudo fortificarse y recogióla más, fortificándola conforme a las trazas que le dio Artur Cossa, insigne ingeniero, y en la parte más fuerte edificó una fortaleza. Tal fue el yugo que Enrico puso a Metz, para que fuese testimonio de su falta de palabra; y esto es lo que ganan los lugares que no son unos en la fe que deben a su conservación y lealtad, ni jamás dio otro fruto la discordia.

[Ambición del rey de Francia.]

Era ya el fin de abril, cuando el rey Enrico partió de Metz. Envió delante muchos de sus capitanes con parte del ejército, para que procurasen tomar a Tréviris, pensando haberla con las buenas artes que hubo a Metz. Eran tan altos los pensamientos de este rey, que habiendo leído que antiguamente los términos de Francia llegaban al río Rhin, había tratado con los del su Consejo de Cámara de querer ganar lo que en estos tiempos faltaba de aquella antigua raya. Parecíale a Enrico, o engañábale su corazón altivo y bravo, que pues el Emperador Carlos V en menos de un año había sujetado a toda Alemaña, podría él tomar en el mismo tiempo los lugares que faltaban desde la raya de su reino hasta el Rhin. No era buena la cuenta que hacía Enrico, que si pudo Carlos en menos de un año sujetar a Alemaña, fue porque no las hubo con otro Carlos; mas Enrico ni aun tomara a Metz si no fuera por arte, que las había de haber con Carlos V, como presto lo veremos.

Va contra Tréveris Enrico. -Pasa contra Argentina. Vale mal. -Gana a Haganoam. -Los herejes protestantes agradecen al francés su entrada en Alemaña.

Ufano Enrico con la toma de Metz y otros lugares fue contra Tréveris; los de esta ciudad, como cuerdos, miraron por sí mejor que los de Metz, y de una voluntad se aparejaron para defender la ciudad, lo cual entendido por el rey, enderezó para Argentina, que lo deseaba mucho; pero la aspereza del camino trató mal al ejército, junto con que ya sentía la falta de bastimentos, y demás de esto la gente de tierra maltrataba a los que hallaba desmandados, del ejército, matando los que podía sin duelo, andando a caza de ellos como si fueran fieras.

Caminó el rey con gran trabajo, pasando caminos ásperos, hasta llegar a Argentina; pensó haberse con ella, como con Metz, mas engañóse, porque, escarmentados de lo que sabían que había hecho en Metz, temiendo la soberbia francesa, todos se guardaban de él, no fiando en sus palabras halagüeñas ni promesas, y se habían prevenido en los lugares, fortaleciéndolos para le resistir. Como vió el rey que era cosa sin fruto estar sobre Argentina, levantóse de allí y fue para Haganoam; pidió que le diesen entrada, y negáronsela; mas como vieron asestarles la artillería y que el pueblo era flaco y desarmado, abriéronsele las puertas y hicieron lo que el rey les mandó.

De allí partió para Vuisiburg, donde se detuvo algunos días; comenzó a sentir falta de bastimentos, y en las cosas de Alemaña no todo lo que pensaba, y trató de volverse. Temió que viendo los alemanes que se había apoderado de Metz y puesto guarnición en ella, volverían sobre sí y contra él. Los gobernadores que por la Cámara Imperial estaban en Espira, viendo por una parte contra sí a los mauricianos, y por otra a los franceses que les hacían guerra, y que el Emperador estaba desarmado, recogiendo sus haciendas se salieron de Espira, acogiéndose cada uno donde pensaba estar más seguro.

Después de esto llegaran al campo del francés de parte de los protestantes y herejes de Alemaña, dándole muchas gracias por su venida, y pidiéronle que no pasase adelante, porque ya el Emperador estaba tan apretado que de fuerza había de venir en hacer lo que los príncipes y ciudades del Imperio querían (esto fue en buen romance despedirle), y si él porfiara en querer ir adelante con su campo, le resistieran, y los que le habían llamado como amigos se volvieran contra él, hechos enemigos.

Retírase el francés apresuradamente. -Estragos y muertes que el francés hizo. -Toma el francés a Ivosio.

Dividio el francés su campo, y por cuatro caminos diferentes, con grandísima dificultad y trabajo, volvió al ducado de Lorena, y de allí a Francia. Diose priesa, y puso diligencia en caminar, porque la reina María la Valerosa había juntado quince mil infantes y tres mil caballos, y dádolos a los capitanes Reussio y Martín Van Rosen, los cuales le habían entrado por Francia, haciéndole cruel guerra. El francés, apretado por esto y por la hambre, y que se le moría la gente, caminaba con toda diligencia derecho a Lucemburg.

Tres cosas hicieron volver tan aceleradamente al rey: la primera, que Martín Rosen le había tomado a Estaineo, lugar fuerte y de mucha importancia, y le destruía toda aquella tierra; la segunda, que ya el duque Mauricio se allanaba y quería paz, componiéndole el rey don Fernando con el Emperador, como diré, y así el rey don Enrique no se fiaba de él; la tercera, que no pudo tomar a Argentina, y le iban faltando las vituallas.

Recogió, pues, todo su ejército y llegó con él, pasando el río Mossa, a Estaineo, y cobrólo. Acometió a Lucemburg y después cercó a Rodemarco. Estaban en este lugar, y en la fortaleza de él, mil soldados de presidio con gran multitud de gente rústica, niños, mujeres y viejos, que por miedo de la guerra se habían allí acogido.

Tomó el rey por fuerza el lugar, haciendo en él su gente extrañas crueldades, muertes, sacos, incendios y otras que la furia francesa suele hacer cuando goza de la victoria. Después de esto, cerca de Lucemburg quemaron el templo de San Juan el Monte y Solario y Rodemarco, y a éste le fortalecieron por estar frontero de Treunville.

Llegó Claudio Anibaldo con gente de refresco y tomó a Dampuilleria, saliendo la gente libre, con su ropa, pero sin armas, aunque faltando la palabra que habían dado los franceses, les salieron al camino y los desvalijaron a todos y mataron muchos de ellos. Fue el rey contra Ivosio, y comenzó a combatirlo reciamente. Estaba dentro Pedro Ernesto, conde de Mansfeldio, gobernador por el Emperador del Estado de Lucemburg. Tenía buen presidio de soldados de diferentes naciones, los más de los cuales eran alemanes. Combatióla el francés algunos días con gruesa y mucha artillería; defendióla valientemente el conde, y como la batería, estuviese ya abierta por muchas partes, caídos los muros y reparos, poniéndose en orden los franceses para dar el asalto, envióles el condestable Montmoransi un trompeta requiriéndoles que se rindiesen. Los del lugar estaban fuertes en no quererlo hacer, sino esperar el combate, principalmente los soldados, que eran flamencos, que los alemanes no tenían tanto ánimo ni voluntad al servicio del Emperador, y dijeron que la villa no estaba para poderse defender: que ellos no estaban desesperados para tomar con sus manos la muerte, que tan cierta era. Porfiaba el conde con ellos que no hiciesen cosa tan fea, mas no le aprovechó, porque ellos estaban conquistados con el dinero francés.

En esto los franceses se aparejaban para dar el asalto, que no fue menester, porque como el conde Mansfeldio se vió desamparado de los alemanes, y con solos los flamencos, no era poderoso para resistir, y forzado, sin condición ni pelea hubo de entregar el lugar, y los franceses lo entraron. Y saliendo Mansfeldio, le dijo el condestable: «Camina apriesa, Mansfeldio, que los franceses, sin que se lo manden, entran el lugar.» respondióles Mansfeldio: «No hicieran ellos eso, si tuvieran hoy los flamencos por amigos a los alemanes.»

Tomado de esta manera Ivosio, lo saquearon sin piedad. Prendieron al conde Mansfeldio con cuatro compañías de soldados que dentro había, y tuvieron lo mucho tiempo en el castillo de la selva de Vincena, cerca de París; a los soldados enviaron afrentosamente, sin armas, mereciéndolo así, pues la rindieron sin querer usar de ellas, como lo debe hacer el bueno hasta morir o vencer.

[Cuán mal iba en Picardía al francés.]

Por la parte de Picardía andaba tan viva la guerra, que los franceses pagaban lo que su rey hacía en Lucemburg, porque los capitanes Reusio y Martín Rosen, con el ejército flamenco, se las daban muy buenas. Tomaron y abrasaron a Noyon, Neslam, Chaunio, Roiam, Follem, Branam la Real y otros muchos lugares, casas y fortalezas, prendiendo mucha gente noble y común, y pusieron otra vez tanto miedo a la ciudad de París, pensando que habían de dar sobre ella, que si vieran asomar las banderas, la desampararan, y aun sin verlas huían muchos tan de gana, que no los podían otros detener, porque la ciudad estaba abierta y derramada, y como es tan grande, no se puede bien defender.

Y con este achaque, pocos años después de esto, el rey Enrico sacó a los naturales una gran suma de dineros para fortificarla.

Supo el rey cuán mal iba a los de Picardía, y mandó a Vendoma que con una parte del ejército fuese a la socorrer; mas antes que él pudiese llegar, los flamencos habían tomado a Hesdin con la fortaleza, saliendo de ella y dejando en ella las armas y artillería los capitanes franceses, con la guarnición de soldados que tenían, y Reusio encomendó la guardia del castillo a su hijo.

[Retirada final del rey de Francia. Conclusión de esta jornada.]

Habiendo el francés fortificado a Ivosio, diólo en tenencia a monsieur de Blens y caminó con su campo para Mommedio. y rindiósele la guarnición que allí estaba, concediéndoles las vidas, armas y haciendas, con las cuales salieron libremente.

Y en fin del mes de junio, Roberto de la Marca, que con título de senescal servía a Enrico en esta guerra, tomó la fortaleza de Bolonia, ilustre y de estima, por haber sido del duque Gotifredo, que ganó a Jerusalén, y de sitio inexpugnable; no la tomó por fuerza de armas, sino de dinero, con que ganó el corazón del capitán que la tenía.

Anduvo de esta manera el rey Enrico haciendo el mal que pudo, pero ya traía el ejército tan deshecho por los trabajos que en tres meses y medio de campaña, hambre y malos temporales de grandísimas aguas había padecido, que a 17 de julio deshizo su campo, poniendo la gente que tenía en presidios, y él se volvió a Francia.

Tal fue el fin de esta jornada famosa de Enrico, en la cual los alemanes no ganaron nada y Enrico quedó con honra de valeroso, pues que con un ejército tan grande, atravesó montes y tierras asperísimas, y entró en Alemaña, y ganó muchos lugares de importancia con que extendió los términos de su reino, y se volvió riendo de los alemanes, y diciéndoles el refrán común, que está más cerca la camisa que el sayo, porque ellos pensaron que el rey iba a hacer su negocio contra el Emperador, y no hizo ni trató otra cosa más del propio interés de su reino, honra y reputación, sin mirar otra cosa.

Mauricio se altera.

Las fronteras y Estados de los Países Bajos de Flandres estaban tan bien apercebidos, que era poco el daño que el francés los podía hacer. Mas en Alemaña, donde el Emperador estaba, andaban Mauricio y los hijos de Lantzgrave, marqués Alberto, tan descontentos y alterados viendo que el Emperador ni por sumisiones que hacían, ni intercesión de muchos príncipes, quería dar libertad al lantzgrave, antes la dilataba sin dar esperanzas ciertas y seguras de ella, que ya trataban de levantar gente de guerra para en deservicio del Emperador corresponder al desordenado apetito del rey de Francia, aunque no en tanto número ni tan buena como en los principios sonó.

Los que en estos días tenían su gente hecha y más a punto eran los hijos de Lantzgrave, por haberse servido del Reyngrave y Reymfembergh, y otros criados del francés, los cuales, como no tuviesen ni atendiesen a otro fin sino servirle, ponían en esto sus fuerzas. El Mauricio no jugaba ni usaba sus malos tratos al descubierto; cubría su faz con disimulación, por el natural respeto que debía a su príncipe, que tanto bien le había hecho, y por el temor que tenía de caer en desgracia de toda aquella Germania. Los hijos de Lantzgrave y enemigos descubiertos pusieron parte de la gente a la una banda del Rhin y la otra en la otra, mostrando esperar allí la que les había de venir del duque Mauricio, que aún no era levantada (si bien de mucho tiempo antes estaba apercebida), o por estorbárselo sus súbditos, o porque aún tenía esperanzas de poderse concertar con el Emperador, o por no haber acabado de resolverse en tan gran maldad. También el Jartel convocaba soldados desde Basilea, incitando todos los alemanes que podía para que tomasen las armas; llevarlos en servicio del rey de Francia, si bien recibía impedimento en ello, por los que estaban puestos en guardia sobre las tierras por donde habían de pasar; lo cual visto por este rebelde, con el deseo que tenía de cumplir y efetuar lo que al rey tenía prometido, procuraba haber suizos en lugar de los alemanes, si bien se le pensaba también estorbar y impedir por los señores de los cantones con justo título y color de que no deben dar sus gentes a capitanes que no sean de su nación.

El marqués Alberto, asimismo, hacía leva de gente poco a poco y no con tanto calor como había comenzado, o por faltarle dineros o por otro respeto o oculto, pues habiéndole ya corrido algún número de soldados, no le tomaba la muestra. Tales eran los movimientos de estos príncipes alemanes, y el Emperador y los suyos que se lo sentían y recelaban del peligro en que estaban entre gente tan feroz, que, perdido el respeto a Dios y a su Iglesia, querían banderas contra su príncipe y natural señor. Es verdad que el duque Mauricio servía todavía con humildad y muestras de lealtad y amor a Su Majestad, y en una proposición que hizo a sus Estados, usó de los mismos términos que solía antes de esta alteración y tumultos, y en todas las partes que en ella hacía mención del César, le tenía muy gran respeto, y sólo se quejaba y mostraba sentimiento de no haber podido en tanto tiempo alcanzar de Su Majestad la delibración del lantzgrave, su suegro, y que en fin, por cumplir con su palabra, estaba determinado de meterse en las prisiones y poder de los hijos de Lantzgrave, rogando a sus Estados quisiesen entre tanto obedecer a su hermano, el duque Augusto, que pensaba dejarles por su gobernador. Respondiéronle a Mauricio sus Estados, exhortándole que todavía instase con sumisión con el César, suplicándole quisiese ya dar libertad al lantzgrave, que podía ser que Su Majestad, movido de su intercesión y de la de tantos príncipes que se lo habían rogado, a los cuales había respondido clementísimamente, prometiendo de resolverse en este punto de la libertad de Lantzgrave cuando el Mauricio viniese a Su Majestad, para donde se había ya puesto en camino, y que pues así era, mirase de complacerle, tomando de aquí la mano a persuadirle a que en alguna manera se dejase inducir a apartarse del servicio de Su Majestad, pintándole cuál era el rey de Francia y representándole lo poco que se podía fiar de él, y que lo viese y escarmentase en los príncipes de Alemaña, que había destruido y echado a perder, dejándolos a lo mejor del juego; que creyese a sus súbditos, vasallos leales, y no a algunos malos rebeldes, que por hacer su negocio procuraban de meterle con sus vasallos y Estados en peligro y pérdida, acordándole demás de esto los juramentos con que era obligado al Emperador, y lo que había hecho por él; y esto por tales términos, y con tanto encarecimiento, que no se podían usar mejores por los mayores servidores del César. De lo cual se esperaba que el duque Mauricio se reduciría y echaría de ver cuán bien le estaba este consejo de sus vasallos, que tan acordada y prudentemente le daban, y más por la negociación que por medio del rey de romanos, que procuraba lo mismo, se trataba; el cual suplicaba al Emperador, su hermano, fuese servido dar orden en apaciguar estos tumultos y dañosos motivos, así por respeto de sí mismo, para quedar más desembarazado, para poderse mejor oponer al rey de Francia, como porque revuelta que fuese la Germania, el Turco no tuviese más poderosa mano contra sus Estados para apartarle del rey de Francia; y que llano Mauricio, fácilmente, por ser la cabeza, caerían los demás en lo mismo, y el rey de Francia se hallaría solo y apretado más de lo que pensaba, costándole muy caro lo intentado; estando principalmente todas las ciudades sajónicas con las demás firmes y perseverantes en la devoción del César y poco inclinadas a Mauricio.

Junto con estos tratos se traían otros con los príncipes y principales Estados de la Germania, y se hacían las diligencias que parecía convenir para entretenerlos firmes en la parte y devoción del César, y muchos, o los más, mostraban buena voluntad; y los cuatro electores del Rhin enviaron a disuadir a Mauricio y desviarle de tan feas pláticas, y el que sobre todos le solicitaba era el marqués de Brandemburg, así por la afición que al Emperador tenía, como por el daño que temía que de esto podría suceder a la Germania. Y también porque pensaba que esto podría apartar al Emperador de la voluntad que tenía, de por contemplación suya, y del Mauricio, y ruego de muchos príncipes, libertar al lantzgave; en la prisión del cual se hallaba él también embarazado.

Tales eran las diligencias que por quietar aquellas gentes se hacían por parte del Emperador, y arrancar la cizaña que el francés procuraba sembrar en la Germania para disminuir las fuerzas del Emperador y engrosar las suyas. Pero como el mal puede tanto entre las gentes, la alteración pasó muy adelante, hasta querer acometer al Emperador en el lugar donde desapercebido estaba y detenerlo allí, hasta tanto que al lantzgrave diese libertad, que éste era el color con que se alteraban y ponían en armas contra su César Emperador.

Retírase el Emperador del atrevimiento de Mauricio. -Conciértase el Emperador con el duque Mauricio.

Como el Emperador vió la determinación tan grande del duque Mauricio y los de su liga, mandó recoger la gente que pudo y que fuesen a la Clusa a estorbar el paso a los enemigos; mas como era grande el poder de la liga, fácilmente hizo huir ochocientos soldados que se pusieron allí, tomándoles las municiones que hallaron en el camino. Prendió y mató el enemigo muchos de los que pudo alcanzar, tomó otros lugares y castillos y pasó los montes, si bien son asperísimos; y todo esto hizo con tanta presteza, que a poner un poco más, cogiera al Emperador en Insbruk.

Quedó el Emperador maravillado de que Mauricio con tanta brevedad hubiese ganado la Clusa y otros pasos y vencido la gente que en ellos tenía; y viéndose solo (caso en que jamás se pensó hallar), salióse de Insbruk, porque allí no podía esperar al enemigo si no se quería ver en sus manos, y retiróse, que en rigor es huir, y fue de tal manera, que aun no hubo lugar de recoger la recámara y ropa del Emperador; y el Emperador salió a medianoche, y aún dicen que salía él por una puerta y la gente de Mauricio, con su hermano Augusto, que venía por capitán con los dos hijos del lantzgrave, entraban por otra; tan apretada estuvo la cosa.

El Emperador se fue a Vilac, habiendo dado primero libertad a Juan Federico, duque despojado de Sajonia, porque Mauricio no se gloriase que él se la había dado. Agradeció tanto el duque esta merced, que quiso antes irse con el Emperador que quedar con Mauricio.

Entró Augusto, hermano de Mauricio, en Insbruk, y dio a saco a sus soldados lo que en ella hallaron del Emperador y del arzobispo de Augusta, y no tocó en la casa del rey de romanos. Mataron algunos criados del Emperador; a los naturales no hicieron daño.

Supo la reina María la Valerosa el aprieto en que estaba el Emperador, su hermano, por el mal miramiento de Mauricio, y para socorrer con gente juntó muchos príncipes y capitanes en Aquisgrán, con los cuales hizo una liga contra la de los herejes, prometiendo todos tomar las armas y pelear contra ellos por la defensa de la Fe católica y servicio del Emperador.

Al mismo tiempo se trataba la paz entre el Emperador y Mauricio; mas no por eso dejaba su gente de molestar la tierra y hacer en ella los daños posibles. Pusiéronse sobre Francafort, donde había guarnición de los imperiales, y mataron en un encuentro, de un arcabuzazo, al duque Jorge de Meckeburg, que venía en el campo de los rebeldes. Tomaron contra su voluntad al conde Palatino ocho tiros para batir esta ciudad, amenazándole que si no los daba le destruirían la tierra. Púsose de por medio el rey don Fernando para concordar al Emperador con los príncipes de la liga, yendo de una parte a otra, que le costó algunos caminos y trabajo.

El Emperador estaba muy entero, sin perder un punto de grandeza (si bien desamparado de los suyos). Finalmente, se concertaron último de julio de esta manera:

«Que los confederados dejen las armas dentro de doce días, y deshagan el ejército, si no es que quieran servir al rey de romanos o a otro príncipe, con que no sea contra el Emperador ni en perjuicio del Imperio. Que para doce de agosto, Filipo, lantzgrave de Hessia, sea puesto en libertad, en su castillo de Rinefeldia al Rhin, con que primero dé seguridad de cumplir todo lo que prometió al Emperador cuando fue preso; y que sean fiadores de que lo hará así, el duque Mauricio y el gran maestre de Prusia, Wolfango, y el duque de Vilpont. Que sentencien el pleito que hay entre el lantzgrave y el conde Nassavio, los que ellos en concordia nombraren de los siete príncipes electores, y de ellos nombre el Emperador jueces que dentro de un año lo determinen. Que dentro de seis meses se tenga Dieta, y en ella se determinen las cosas de la religión, y en el ínterin todos en general y en particular vivan en paz. Que los protestantes sean obligados de guardar y cumplir lo que la Cámara Apostólica mandare. Que se restituya a Ottón Enrico Palatino todo su Estado. Que los confederados renuncian y se apartan de la confederación de Francia. Que no se pidan los daños hechos en esta guerra hasta que la Dieta lo determine. Que si el rey de Francia se sintiere agraviado del Emperador o Imperio, ponga la causa en manos del duque Mauricio para que él informe al Emperador y le pida la satisfacción. Que el Emperador perdona a todos los que han tomado las armas en esta guerra, o en servicio del rey de Francia, con que las dejen dentro de tres meses y se vuelvan en sus casas. Que si Alberto de Brandemburg, dentro del dicho término dejare las armas y despidiere la gente, sea comprendido en esta concordia. Que el que no guarde esta concordia, sea tenido y declarado por enemigo del Imperio.»

Firmaron esta concordia el Emperador y el rey de romanos, el duque Mauricio, y los demás príncipes que se hallaron presentes, y por los ausentes firmaron sus procuradores. No gustó mucho de esta concordia el rey Enrico de Francia, pero como él no pudo más, hubo de pasar por ella, disimulando con los alemanes, por no perder su amistad.

A 3 de agosto, Mauricio y el hijo de Lantzgrave sacaron sus banderas de Francafort; los de Lantzgrave enviáronlos a Hessia; Mauricio dio las suyas al rey don Fernando, para la guerra que esperaba tener con el Turco. Rifembergio fue con su legión a servir a Alberto de Brandemburg, porque no quiso firmar las paces, y por eso quedó con las armas, y dejando a Francafort púsose con su gente sobre Maguncia, y en la ciudad le recibieron, y él hizo que los ciudadanos le jurasen.

Vuelve el Emperador a Augusta, con intento de castigar a los alemanes. -Alberto de Brandemburg hace guerra.

Hecha la paz volvió el Emperador de Vilaca a Insbruk, y de allí fue a Augusta, porque su intención era castigar a los alemanes, y hacerles otra guerra más cruel que la pasada, como sus atrevimientos lo merecían. Iba haciendo su campo juntándose cada día banderas de alemanes, bohemios, italianos y españoles que habían llegado con el duque de Alba en principio de julio a Génova, y si no se hubiera ya capitulado la concordia sobredicha, sin duda alguna fuera esta segunda guerra más sangrienta y peligrosa que la primera en Alemaña. Mas Mauricio, no queriendo tentar más la fortuna del Emperador, viendo que había salido con parte de lo que quería, deseó la paz, hallando que para todos era el camino más seguro.

No lo hizo así Alberto, de Brandemburg, mostrándose enemigo de la casa de Austria y de todos los católicos, a los cuales todos hacía el mal que podía, corriendo las tierras de los arzobispos de Maguncia, Espira, Tréveris, Norimberg y Franconia y otros muchos. Fue en su busca el Emperador, huyó de él queriendo esperarle a verle ocupado en la guerra que sabía había de tener con Francia. Salió Lantzgrave de la cárcel, sacándole con mucha honra, y la reina María mandó que los soldados españoles que le habían guardado en Malinas le acompañasen hasta ponerle en Hessia, y que en todas las ciudades por donde pasase se le hiciese muy buena acogida.

Entra en Augusta el Emperador. -Entra en Argentina. -Duque de Alba, general del campo imperial.

Entró el Emperador en Augusta, ordenó y puso las cosas de la ciudad, deshaciendo lo que los protestantes habían hecho, y dejando en ella guarnición de soldados, partió primero de setiembre, y despidió para que se fuese a su casa a Juan Frederico de Sajonia, habiéndole aconsejado que guardase la fe católica y dejase novedades. Fuese Juan, aunque Natalis Comes dice, que murió en la cárcel, pero engañóse. Murió él despojado, y los hijos de Mauricio gozaban lo que se quitó a Juan y se dio a Mauricio, año de 1598. Llegó el Emperador a Franconia, no quiso pasar por ciertos capítulos de concordia que los perlados electores habían asentado con Alberto de Brandemburg; quitóle muchos amigos, hizo que no le acudiesen algunos lugares con tributos que le pagaban. Pasó adelante el Emperador por la tierra de Witemberg, sin tocar en los campos de Ulma, no queriendo que la gente de guerra los dañase, deseando hacer bien a esta ciudad, por la fe que le había guardado. Llegó a Espira, y a quince de setiembre entró en Argentina con sola la guarda y acompañamiento ordinario, y el ejército se alojó en la comarca. Fue recebido con gran magnificencia del Senado y ciudadanos, que le hicieron ricos presentes. Aquí nombró al duque de Alba por general de su campo.

Sitia el Emperador la ciudad de Metz a 22 de octubre. -Poderoso campo del Emperador.

Juntábansele en el camino al Emperador muchas banderas. Temió Alemaña cuando le vió con ejército tan poderoso, y no podían adivinar contra quién iba, ni sabían qué decir del fin de esta jornada. Vinieron asimismo a servir al Emperador con gente muy escogida Juan de Brandemburg, duque de Holsaria, y Emanuel Filiberto, duque de Saboya. Llegando el Emperador a Argentina vino allí a visitarle su sobrina Cristierna, viuda de Francisco, duque de Lorena, y lloró con él sus duelos y desdichas. El Emperador la consoló lo que pudo, y dijo que se fuese con su tía, la reina María. Tomó el Emperador el camino de Lorena, y a 22 de octubre puso cerco a la ciudad de Metz, que el rey Enrico había tomado, como dije. Hallóla el Emperador muy fortificada, porque el rey de Francia y los suyos sabían bien que el Emperador no se la había de dejar gozar en paz.

Llegaron al campo imperial muchos de la nobleza de Flandres; comenzóse a apretar fuertemente el cerco. Estaban dentro, por la parte de Francia, Francisco de Lorena, duque de Guisa, y Pedro Strozi, que eran los capitanes principales, con ocho mil soldados escogidos y tres mil caballos, la flor de Francia; habían reparado los muros y torres, y fosos, y las demás fortificaciones que la ciudad tenía, de suerte que había de ser la conquista larga y costosa, por la resistencia que con tanta gente y aparejos habían de hacer. Quitaron todos los edificios de los arrabales, monasterios y casas que había fuera de los muros, dejando la ciudad exenta y libre.

Cerca de Metz estaba Alberto de Brandemburg con cincuenta banderas de infantería y mucha caballería, porque no se habiendo concertado con el rey de Francia sobre el sueldo y dineros que le pedía, desgracióse dél y procuró la gracia del Emperador, y ofrecióse con aquella gente a su servicio. Era poderosísimo el ejército que el Enperador tenía; y la ciudad, en la manera que estaba, no lo era menos para se defender. Había cada día escaramuzas entre los imperiales y franceses; los sucesos fueron varios; morían de ambas partes algunos varones nobles. Quisiera el rey de Francia quitar la vida al duque Alberto y desbaratarle la gente, porque no sirviese al Emperador. Encomendó al duque de Angulema y a otros, que con artificio procurasen con algunos de los de Alberto que le matasen.

Tuvo Alberto aviso de este trato, y sabiendo que el duque de Angulema venía con gente para ejecutarlo, tomó Alberto sola la caballería que tenía, y sin alterarse nada, con toda la disimulación del mundo, dejó la infantería en orden y caminó con los caballos, y salió al camino al duque; acometióle por tres partes, y queriendo el duque de Angulema defenderse, le hirieron y echaron del caballo, y al fin lo prendieron. Escapóse Juan Fuxino, obispo de Bayona, huyendo a uña de caballo. Murieron muchos nobles franceses y gente común, que serían entre todos ochocientos, y quedaron presos otros más; otros huyeron. Alberto, gozoso con la vitoria, volvió cargado de cautivos y despojos al campo del Emperador, que lo recibió con muy buen rostro y mandó alojar su gente cerca de la abadía de San Martín, por donde Metz mira a Francia, y de allí quitaba a los cercados que por aquella parte no les entrase algún socorro ni bastimento, y detuvo las salidas que los franceses harían cada día.

No había estado el Emperador en el campo, sino en Theonvilla, por causa de la gota, y a diez de noviembre vino a él, y apretaron más la ciudad con recias baterías, tanto que dijeron haber oído los truenos de la artillería en Argentina, que está diez y ocho millas de Metz, que son cerca de cinco leguas, y siete si tres millas alemanas hacen una legua. Mas con todo, la ciudad se defendía valerosamente. El tiempo los ayudaba, que era el corazón del invierno, que de ninguna manera se podía estar en el campo, y los soldados, con los grandes fríos y aguas, enfermaban. Viendo esto el Emperador, determinó edificar un fuerte sobre Metz, que le fuese un duro padrastro, y levantarse de allí, como lo hizo. No fue como quiera el mal que entró en el campo, corrompidos los soldados con los hielos y aguas, que los campos parecían ríos, y aires insufribles, que de cien mil hombres de pelea que el Emperador tuvo en este campo sobre Metz, murieron de enfermedad cuarenta mil.

Nunca el Emperador se vió con ejército tan poderoso hecho a sola su costa, porque tenía en él seis mil españoles, cuatro mil italianos, cuarenta y nueve mil alemanes altos y bajos, cinco mil gastadores, diez mil caballos, y más los de su corte, éstos alistados a su sueldo, y sin ellos otros muchos, y los que traía el marqués Alberto, que todos llegaban a los cien mil, y ciento y veinte y siete mil pelotas, cuatro mil quintales de pólvora y cinco mil caballos de artillería, y municiones. Era general de este gran ejército el duque de Alba; capitán general de la artillería, don Juan Manrique. El Emperador estaba alojado dentro de una casilla de madera; preguntaba a don Juan Manrique y don Luis de Avila y a otros caballeros qué tiempo hacía; si le decían que malo, y que nevaba, dábanle pena, y mostrábalo tanto, que estos caballeros no le visitaban. Notándolo el Emperador, los llamó, y preguntó que cómo no le veían. Don Juan Manrique le dijo: «Señor, si visitamos a Vuestra Majestad y decimos que hace mal tiempo, recibe pena; pues decir que lo hace bueno siendo malo, es engañarle, y echar a perder este hecho que pende de la cabeza de Vuesa Majestad.» El Emperador respondió: «Ya veo que tenéis razón, y que no es bien que me digáis que el tiempo es bueno, siendo malo. Y así no hay que esperar más, sino que nos vamos.» Porfió el Emperador en el sitio de Metz, siendo el tiempo tal, porque se traía trato con algunos de la ciudad que la entregarían. No hubo lugar, si bien merecía el francés perder la ciudad con las artes que la ganó.

Los que de esta jornada sin fruto se gozaron hicieron este dístico:

Qui celsas cupis Herculis superare columnas,

Siste gradum Metis, nam meta tibi fuit.


[Varios sucesos.]

Pues por este año hemos acabado con las cosas de Alemaña alta y baja, habré de volver a otras que quedan por decir, sucedidas en este año, si bien no fenecidas en él; la principal de ellas es el levantamiento de Sena contra el Emperador y sus españoles, que pasó así. Es Sena una nobilísima ciudad, que desde la declinación del Imperio Romano siempre fue libre, sin reconocer señor. Su asiento es en la tierra que los romanos llamaron Tuscia en los siglos pasados. Perdió esta ciudad su antigua libertad por bandos y disensiones civiles, que ordinariamente son cuchillo de las repúblicas, por poderosas que sean. Pidieron al Emperador Carlos V que les diese cien españoles soldados para allanar algunos ciudadanos inquietos. El Emperador les dio a don Diego de Mendoza. Con los cien soldados arrimóse don Diego a uno de estos bandos y comenzó a oprimir a los contrarios, de manera que no hizo oficio de pacificador, sino de enemigo, y absoluto señor de Sena. Fabricó una fortaleza a la puerta que sale para Florencia, que llaman puerta Camolia, y compelió al pueblo que llevase allí todas las armas que tenían. Viendo los ciudadanos hecho este fuerte y que les quitaban sus armas, sentíanlo con extremo y hacían corrillos y juntas, muy en perjuicio de los españoles.

Había dos bandos principales; el uno se decía de los Danove, y este imperial, y el que favorecía a los españoles; los demás eran todo el pueblo, que estaban sumamente cansados de españoles por agravios que de ellos recibían, y acabaron de reventar viendo el fuerte que sobre su ciudad se hacía y que se les quitaban las armas. No les faltaron esfuerzos de parte de Francia, con los cuales se determinaron de hacer lo que aquí veremos. Don Diego de Mendoza, a cuya cuenta estaba Sena, hubo de ir a Roma, y allí supo la venida de la armada turquesca contra las costas de Italia, y para guardar a Sena y lo demás que él pudiese, levantó tres mil italianos, que se entregaron al conde de Petillano, enemigo disimulado de españoles. Este, ganado por el rey de Francia, procuró que esta gente que se había hecho contra los turcos, volviese a Sena contra los españoles. Fuele fácil hacer esto, por ser tan general el odio que casi todas las naciones del mundo tienen contra la española (señal certísima de su virtud). Estando don Francisco de Alava, maese de campo, una tarde en su alojamiento con ciertos caballeros sus amigos, se halló una carta, y dentro de ella venía un medio cuatrín, que es tanto como media blanca.

Venía en la carta el aviso de la traición. que el conde Petillano había tratado, y decía el que enviaba aquel medio cuatrín, y se quedaba con el otro medio, para que en algún tiempo se pudiese mejor mostrar quién había sido el fidelísimo que tal avisara y tal había hecho.

Entendióse la traición claramente, y don Francisco envió luego a Juan Gallego para que reconociese la puerta de la ciudad, y que llevase consigo cincuenta soldados, de los cuales no volvió alguno, porque los enemigos, así ciudadanos como los soldados del conde Petillano, se habían juntado y habían quemado y derribado la puerta de San Marcos y la puerta Romana, y acometieron a los cincuenta soldados, y de ellos no se salvaron sino tres, que se hicieron fuertes en la puerta Romana, y allí se defendían con notorio peligro de la vida. Recogiéronse en una torre pequeña de la puerta Romana, y allí se defendían como podían, queriendo vender bien sus vidas. Viendo Petillano el ánimo de los tres soldados, mandó poner fuego a las puertas para espantarlos con esto; mas no bastó el fuego ni las armas para rendirlos.

Entraron en la torre monsieur de Termes y el prior de Lombardía, caballeros franceses, y estimando los soldados, los llamaron a voces, y asomándose ellos a una pequeña ventanilla, les dijeron: «Valientes españoles: lo que el señor prior y yo queremos no es otra cosa más de librar vuestras personas de la muerte, pues es razón que hombres tan esforzados como vosotros sean favorecidos, a cuya causa os rogamos que os rindáis, y si quisiéredes servir al rey de Francia se os darán las pagas dobladas. Ya veis que ahí no podéis vivir, pues no tenéis que comer, ni os podréis defender de tantos.» Uno de los tres respondió dando por todos las gracias, y que el rey de Francia era tan bueno que no le faltarían soldados; y ellos eran tan leales, que antes querían perder las vidas que dejar de servir a su rey y señor natural, y a lo que dicen que nos falta la comida, sepan que tenemos abundancia de ladrillos, y cuando nos falta el pan a los españoles, con éstos molidos nos sustentamos.

Los franceses quedaron tan pagados del valor de los tres, que los sacaron de allí y los pusieron en salvo. No murieron tampoco los cincuenta soldados que fueron con Juan Gallego a reconocer las puertas, sino siendo acometidos del conde Petillano y de los tres mil italianos, les fue fuerza haberse de retirar a la ciudadela, donde se detuvieron algunos días, y habiendo un capitán francés llegado a poner su bandera junto a Fuenteblanda, entre Santo Domingo y la ciudadela, una noche, estando los enemigos bien descuidados, los cincuenta españoles hicieron una encamisada, y dieron en ellos con tanto ímpetu, que les ganaron una bandera azul con la cruz blanca, y los desbarataron y prendieron muchos, de manera que los dejaron con cuidado; pero no se pudiendo sustentar mucho tiempo estos españoles, desampararon la ciudadela, saliéndose una noche secretamente, y fuéronse a Puxihonce, y de allí a Liorna y a Orbitelo, donde se hicieron fuertes, si bien monsieur de Termes pensó hacer presa en ellos.

[Prosigue la misma materia.]

El duque de Florencia estaba a la mira, mostrándose indiferente en esta ocasión, sin querer salir a la defensa de los españoles, como le corrían las obligaciones, pues era hechura del Emperador, de cuya mano tenía recebido el bien que tenía, y demás de esto, no mirando lo que le iba en no tener junto a su Estado un enemigo tan poderoso como el francés, amparados de los Strozis, émulos capitales de los Médicis. Entendíanse algunos tratos que el rey Enrico con el duque traía, los cuales el duque daba oídos inconsideradamente, pareciéndole que ya el Emperador estaba cansado, enfermo, viejo, y que sus cosas iban algo de caída, principalmente en el Piamonte y Lombardía, y que le sucedía en el reino un príncipe mozo, poco guerrero, y que el de Francia estaba en los años de mayor vigor, que su valor y coraje, y inclinación a las armas, excedían al rey Francisco, su padre; que tenía amistad con el Turco, y esperaba su armada; que el Papa mostraba poca afición a las cosas de España. Y como los príncipes italianos vivían con razones de Estado, éstas que he dicho y otras, con intereses y partidos secretos que se le ofrecieron, tuvieron al duque suspenso y casi determinado de no declararse en esta guerra.

Residían en Roma estos días don fray Juan de Toledo, arzobispo de Santiago y cardenal de Compostela, y don Francisco de Mendoza, hermano del marqués de Cañete, obispo de Burgos y cardenal, varón insigne y valeroso; los cuales, viendo estas cosas en tanto peligro, y que la salud de Sena consistía en querer el duque de Florencia salir a la defensa, para desengañarle y ponerle en camino le escribieron desde Roma a tres de agosto la carta siguiente:

«Ilustrísimo y muy excelente señor: Habiendo entendido por la de XXX que vuesa excelencia escribió a su embajador la dificultad que hay en socorrer al castillo de Sena, y cómo ha dado orejas a los partidos que los seneses le habían movido, nos ha parecido, por el deseo que tenemos al bien universal y al particular suyo, escribir ésta a vuesa excelencia, con temor de los daños y males que en general y particular trae esta novedad de Sena, si con toda celeridad no se remedia; porque aunque tenemos por cierto que vuesa excelencia con su mucha prudencia lo tiene todo muy pensado y considerado, y sabemos con el valor y resolución que vuesa excelencia suele tratar todas las cosas, viendo las dificultades que parece hay en el remedio, y los oficios que con tanta instancia de diversas partes, por diversas maneras se hacen para apartar a vuesa excelencia de esta empresa, esperamos que con su mucha prudencia ponderará maduramente, cuanto mayores son los inconvenientes que se siguirán de no proveer el remedio que se podría dar al mal presente, que los que se pueden seguir de las dificultades que representan en ponelle; y de no dejarse persuadir de las palabras y promesas de los contrarios, que no hay quien entienda el fin con que se hacen y lo que sobre ello se puede reposar.

«Pues claramente consta que, no oponiéndose a los franceses, teniendo ellos esta ciudad, y estando a su devoción y disposición, será causa para tener la guerra siempre viva en Italia, y de allí corrella, hasta que se enseñoreen de ella, como pretenden. Y aún se sabe que se ha dado al rey de Francia un discurso, facilitándole la monarquía, haciéndose una vez señor de Italia, el cual le ha contentado mucho, y trae siempre consigo; de manera que ha de ser una de dos cosas, o que nunca falte guerra en Italia o que franceses hayan de ser señores della.

«Los males que se siguen de la guerra no son menester decirlos, y mucha mayor parte de ellos cabrá a quien es más vecino.

«Lo segundo es la ruina de todos, y tanto será mayor cuanto los franceses son vecinos a Italia, y con el fortificar las tierras que toman y ponelles guarnición ordinaria de ellos mismos, y la fuerza que el rey de Francia tiene de dinero para sustentallas, se viene a continuar el Imperio de Francia y Italia, de manera que se hace casi un mismo reino. Y particularmente se ha de tener por cierto que no han de contentarse con dejar el Estado de Florencia de la manera que al presente está, por muchas razones.

«La primera, por la antigua amistad y devoción de ella con Francia, y por pretender que ésta fue la principal causa de la mudanza del Estado.

«La segunda, por los muchos forajidos de Florencia que no han pensado ni trabajado otra cosa de noche ni de día, sino el deshacer este principado, de los cuales los más principales son de mucha autoridad con el rey, y son los que le han puesto en todas estas empresas, y servídole con sus personas y haciendas, como hoy día le sirven, particularmente en esta empresa que sé comenzó con sus dineros, y todos ellos enemigos de vuesa excelencia y de su ilustrísima casa.

«La tercera, porque la reina pretendo particular derecho a este Estado, y ha mostrado muy grande deseo y pasión por esta cosa de Sena, por tener la puerta para el de Florencia, como se sabe de persona con quien ella habló en ello.

«La cuarta, porque cuando ella y el rey no lo pretendiesen, que no hay causa por que pensar que no lo deseen y pretendan, los mismos florentines, despertados con el ejemplo de los seneses y con la facilidad que pueden ellos hacer lo mismo, pues en diez horas se pueden representar en Florencia cinco o seis mil hombres de Sena, que harán que el rey lo emprenda, y tanto cuanto es mayor el poder y discurso de los florentines que el de los seneses, tanto se ha de tener esto por más cierto y más fácil, especial que, conforme a la profesión que el rey hace, y de que tanto se precia, y así se entiende de persona que ha oído estos días atrás a monseñor de Miraboes y a Roberto Strozi en ello, que su principal intento es con el favor de la armada turquesca y francesa, y la gente que se hallara en Sena y la que engrosara de Lombardía, descargar en Florencia.

«Y pensar que no se les oponer vuesa excelencia a esto de Sena ha de bastar para que por ello lo dejen de hacer, vuesa excelencia es prudente, mas a los que consideran las razones dichas, parece que sería manifiesto engaño, y si bien por el presente podría ser que volviesen la furia al reino, a otra parte adelante, es claro que no se aseguran de que se esté lo de Florencia como está porque si no pueden enseñorearse de lo demás que pretenden, se convertirán a esto, que les parecerá que tienen en su mano y que pueden ganar sin formar ejército; como se ha hecho esto de Sena, y con la devoción le los mismos florentines, no basta alguna provisión para no estar a discreción y virtud de sus enemigos. Y en caso que son tan interesados, meterse en este riesgo, ya se ve el inconveniente, que es el remedio de las fortalezas, y éste es alguno más bastante a donde no se espera tanta fuerza que señoree la campaña.

«Y si por caso salen con las conquistas que pretenden de Nápoles y de Milán, en ninguna razón cabe que hayan de satisfacerse de dejar un príncipe tan grande y tan disidente en medio, y que tantos procuran hacelle daño. Considérese lo que han hecho los franceses en el reino de Escocia, con el duque de Saboya, con el marqués de Saluzo, con el duque de Lorena este año, y de ello se verá lo que harán con los demás, que con tan gran interés suyo podrán deshacer, y casi toda la grandeza que tienen en Francia les ha venido por esta vía.

«Confiar que cumplirán las palabras y promesas que dan en tiempo que les cumple dallas, cuando les cumplirá no guardallas, parecería gran yerro; llenas están las historias de ejemplos que nos muestran lo contrario.

«Pues hacer caso de lo que publican, que se hará parentado de una hija de vuesa excelencia con el hijo del duque Octavio, no es fundamento para hacer una determinación tan grande como será dejar anidar los franceses en lugar tan peligroso para vuesa excelencia, y tan cómodo para sus disignos.

«Menos parece que se puede mucho confiar de lo que Su Santidad y otros potentados harían en su favor, por las razones que vuesa excelencia puede considerar.

«De manera que no habiendo otra causa para que vuesa excelencia deje salir a los franceses con esta novedad, sino por se excusar de indignallos, no parece suficiente para ello, pues no es sola la indignación porque le han de querer sacar del Estado, sino las que se han tocado, y otras muchas que se podrían tocar, de mucha consideración.

«Resta ver las dificultades que hay en el remedio, y lo que se puede hacer, y las que por la letra de vuesa excelencia se entienden son la poca provisión que hay en el castillo, la incomodidad de socorrer, habiéndose perdido la puerta de Camolia, y con éstas se juntará el embarazo en que se halla su señoría y lo mal que han sucedido las cosas de la guerra en Parma y en el Piamonte, el daño que puede venir a vuesa excelencia de ponerse en este socorro y tomar sobre sí esta guerra.

«Y aunque no se puede negar que no sean de mucho momento las dichas dificultades, parece que son de muy mayor inconveniente dejar descomponer a los franceses por respeto dellas.

«La primera, que es la falta de vituallas, nos ha maravillado escrebir vuesa excelencia que no tenía de comer sino para cuatro días, porque se entiende que por lo menor, tienen provisiones para un mes, y esto se sabe por muchos soldados que aquí hay, que han visto la carne y harina y otras provisiones en la fortaleza. Así se colige por la carta de don Francés de Alava, que habemos visto aquí originalmente, y la razón quiere que sabiendo dos días antes lo que sucedió, y temiendo tanto tiempo ha que había de suceder, y siendo señores para poder tomar todo lo que quisieron en la ciudad, no hayan dejado de meter toda la mas provisión que pudieron. Los mismos seneses y franceses confiesan que tienen provisión por hartos días, y así, por carta de don Francés, de veinte y ocho del pasado, no se entiende esta falta.

«La segunda, de ser menester ejército formado, éste casi está hecho, porque con la mitad de la gente del Estado de vuesa excelencia, con tres mil soldados que levante Ascanio de la Corna, que en toda esta semana se enviará recaudo para acabarlos de pagar por este mes; con los alemanes que habían de venir a Nápoles, si no son embarcados, o con los que están ya en Italia del conde Lodrón y del bastardo de Baviera, y los caballos y artillería de vuesa excelencia, y con que si el tiempo da lugar al señor virrey, podrá enviar de la gente de Nápoles tres o cuatro mil infantes, o de los del Estado de Iglesia se podrán hacer, si está el ejército formado, y tal que podrá resistir a lo que del armada se podría temer, y romper fácilmente al de los enemigos, que es más junta de gente tumultuaria que ejército. El gasto de la gente hasta hacer este efecto no es mucho, y a Su Majestad toca la mayor parte, y aunque va alcanzada la paga de lo que ha de pagar, Su Majestad, en cosa que tanto le importa, es de creer que lo proveerá con todo calor. Y los alemanes que vienen de nuevo pagados, deben de venir, y al cabo Su Majestad no deja de pagar; y el efecto que ha de hacer en poco tiempo, es fuerza que se haga, y para socorrer el castillo basta entrar en la primera puerta de Camolia, y aquélla difícilmente la pueden defender los enemigos; y no se puede cercar tanto de trincheas, que por otra parte no pueda socorrelle alguna infantería, y aun cuando fuese perdido el castillo, sería de pensar cuál sería mayor inconveniente, dejar asentar sus cosas a los franceses en Sena, o antes que las asienten hacerles fuerza posible para sacallos de ella.

«El embarazo en que se halla Su Majestad no deja de ser muy grande; mas lo que tiene en Italia es tanto, que basta para ello; y cuando no bastase, esto es, de calidad que podrá ser que de lo que allá tiene enviase acá alguna buena parte, y en tal estado podrían estar allí las cosas que convertiese acá, aunque esto, ilustrísimo señor, sería poco menester cuando vuesa excelencia se resuelva, como esperamos que hará. Y pues estas cosas de Sena se han hecho y se sustentan más con dineros y inteligencias de los amigos aficionados del rey que con sus fuerzas, no es de creer que las de Su Majestad y de vuesa excelencia hayan de ser menores. Y del ejemplo de lo del Piamonte y Parma no hay acobardarnos, porque dél se queda con experiencia y escarmiento, y se atenderá a la provisión de esta empresa de otra manera que se ha entendido a lo de Parma y Piamonte; y con la asistencia de vuesa excelencia y el ayuda que puede hacer entre tanto que la provisión de Su Majestad viene, cuando tardase algo, es cierto sería muy diferente cosa. Y no es de tener en poco la ayuda que del señor virrey de Nápoles se podría esperar, porque sería no cortar de raíz el mal que se espera en el reino, no dejándoles salir con esto, y por el respeto particular de vuesa excelencia.

«El daño que a vuesa excelencia le puede venir de tomar sobre sí esta guerra, no es igual al que (mirándolo sin pasión) le vendrá haciendo bueno a los franceses lo que han hecho, porque dejando aparte todo lo que está dicho, mucho importa a los príncipes en sus resoluciones tener gran cuenta con su reputación y la de sus amigos, y con cuán poca suya, Su Majestad se desistiría de lo comenzado, no hay quien no lo vea. Los franceses y el mundo pensarán que por temor lo deja, y por tener las cosas de Su Majestad por perdidas; Su Majestad no podrá dejar de sentir mucho que vuesa excelencia no siga su fortuna, la cual con su fuerza y asistencia, parece que ha de ser por razón superior a la de los contrarios. Y debe vuesa excelencia abrazar esta ocasión y mostrar al mundo su valor, y al Emperador su devoción, juntándose con él, y trayendo así las fuerzas y gentes de Su Majestad, no parece que es sin demasiada consideración de peligro, y ésta suele ser muchas veces mayor peligro, el cual a ninguno desplacería mas que a nosotros. Mas por no incurrir en el que se seguría de dejar de socorrer a los del castillo o de apagar este fuego lo más presto que ser pueda, que será muy mayor sin comparación, nos ha parecido de comunicar con vuesa excelencia todo lo susodicho.

«Y no hablamos en los medios y partidos con que se podría atajar, porque nos parece que los podemos más desear que esperar, estando los franceses dentro en Sena y habiéndose hecho lo que se ha hecho con dineros y espadas del rey de Francia, y habiendo capitulado los seneses con ellos lo que han capitulado. Todo lo que proponen y platican es para meter tiempo en medio, para forzar su parte, desmayar la nuestra, y al fin salir a mano salva con su intento, como saldrán, si vuesa excelencia no pone la mano en ello, como la ha de poner. Y a decir todo lo susodicho tanto nos ha movido el deseo particular que tenemos de su servicio y conservación como el del beneficio público y del de Su Majestad nuestro señor, que la ilustrísima, muy excelente persona y estado de vuesa excelencia guarde y acreciente como desea. De Roma, a tres de agosto 1552.»

Entre los de Italia no hay más ley ni vida de lo que es Estado; por eso los cardenales españoles cargaron tanto la mano para probar con razones cuán necesario y forzoso era al duque de Florencia levantar las armas contra los seneses si quería su conservación y perpetuidad en el nuevo Estado de Florencia. Y es cierto que no le convenció, a hacer esto el reconocimiento que debía a los beneficios recibidos del César, cuanto ver al ojo que si el francés entraba en Sena era tener a las puertas de la casa su total perdición; sabiendo principalmente que la reina Catalina de Médicis tenía pensamientos de ser duquesa de Florencia, y que los espíritus de esta reina eran altos y codiciosos, sin atender a más que adquirir nuevos Estados. Abriendo, pues, los ojos conoció que el allanar a Sena y no consentir que en ella el francés hiciese pie, era causa propia suya.

Hallábase asimismo a esta sazón en la corte romana don Juan Manrique de Lara, que, como dejo dicho, en el principio de este año había venido a reformar las cosas de Italia y a tratar otras con el Pontífice. Este caballero, sabiendo el levantamiento de Sena y peligro en que estaba de perderse aquella república y apoderarse de ella el rey de Francia, sin esperar orden del Emperador ni de otro príncipe, a su propia costa tocó atambores en Roma, hizo la leva de las gentes que pudo, mandó venir parte de la que estaba en los presidios de Nápoles, Milán y Sicilia, tomó para sí el cargo de general, pidio y sacó más gente de señores aficionados al César, y vasallos suyos, nombró capitanes, maestros de campo y, finalmente, formó un razonable ejército, yendo por general de la caballería ligera don Juan de Acuña Vela, que hoy día vive en esta corte con oficio de general de la artillería, y caminó derecho a juntarse con la demás gente de guerra, que en Sena defendía la parte imperial.

Encamisada que el marqués de Mariñano dio al francés. -Fortifícase el marqués, y da vista al enemigo senés. -Ríndense los enemigos de Sena en Ayvola.

Reducido el duque de Florencia, viendo lo que le tocaba Sena y no tener en ella tan mal vecino como el francés, envió su capitán Otón Monteacuto con ochocientos hombres que se metieron en Sena y se juntaron con don Francés; mas los de Sena estaban ya tan poderosos, que los echaron fuera. Yendo, pues, la cosa tan de rota, el duque de Florencia encomendó esta jornada a Jacobo Medicín, marqués de Mariñano, que siempre fue un escogido capitán, y le dio bastante gente, la que pareció que convenía para vencer a los franceses y allanar a Sena. Caminó el marqués con los suyos, aunque con recio tiempo de aguas, truenos y relámpagos, y con la mayor prisa que pudo llegó con su gente a un castillo de la Baldosa llamado Eolle, y allí hizo alto y estuvo dos días alojado, porque los soldados venían fatigados del lodo y agua, que había en los caminos hasta la rodilla. Pasados estos dos días marcharon contra el fuerte que los enemigos tenían, y ordenó el marqués, estando cerca de ellos, que se les diese una encamisada.

Pusiéronse en orden hasta trecientos soldados de los más escogidos; con las camisas sobre las armas, los cuales, con gran silencio, antes de ser de sus enemigos sentidos dieron en las primeras centinelas que cerca del fuerte estaban, bien descuidados, y sintiéndose de esta manera salteados, retiráronse a un torreón, donde otros muchos con el mismo descuido estaban durmiendo. Despertaron al ruido de las armas, y tomando las que tenían, llenos de temor y espanto, comenzaron a defenderse con tanta grita y estruendo de los arcabuces, que los de Sena lo sintieron y salieron luego muchos de ellos, acudiendo a la parte donde sonaban las armas. Encendióse la pelea, mas el no saber cuántos eran los enemigos, ni entenderse, como gente salteada, les hacía no tener ánimo ni orden.

Los del marqués peleaban como valientes, y determinados para aquello, y mataban a muchos sin recebir daño. Los de Sena desmayaron, y volviendo las espaldas se encerraron dentro de sus muros, llenos de miedo, y acordaron de enviar luego a pedir socorro a Francia, temiendo ya su perdición; y con esta facilidad quedó el marqués con el fuerte, si bien mucha de su gente herida, y sin la artillería, que aún no había llegado; por lo cual dio orden en fortificarse. Hecha su fortificación y alojamiento, quiso el marqués dar una vista a los enemigos, y salió con su gente puesta en orden, tomando el camino para un lugar llamado Ayuola, y antes de llegar a él, les envió un trompeta, requiriéndoles que se rindiesen. Respondieron que ellos no tenían tal propósito, si por fuerza no los compelían.

Visto por el marqués, mandó que les arrimasen la artillería, y comenzaron a batir los muros. Fue tan grande el miedo del pueblo, que, a pesar de los capitanes y gente de guerra que dentro había, abrieron las puertas para que sus enemigos, entrasen. Viendo las puertas así abiertas, Rodolfo Baglión, con la mayor parte de su infantería se metió dentro, matando a muchos. El marqués mandó que no matasen más de aquella gente rendida, sino que le trajesen presos los principales. Allí fue preso el capitán Pindo, que habiendo servido mucho tiempo al Emperador y robádole las pagas de los soldados, se pasó al rey de Francia, y el marqués le mandó ahorcar, con otros algunos, de las almenas de esta villa.

Acomete el marqués y rinde otros lugares. -Pedro Strozi, con otros capitanes y franceses, viene a socorrer a Sena.

En Ayvola dejó el marqués con guarnición al capitán Otón, y salió con su campo, y fue a tomar la torre o castillo, que llaman de la Columba, lo cual se hizo con poca dificultad. Luego tomaron la Coquiola y al Pino, lugares puestos en las faldas de Sena; de allí fueron a combatir a Belcaro, lugar principal, y porque se defendieron y esperaron el asalto, pasaron a cuchillo gran parte de los vecinos. El marqués puso guarnición en él, y pasando adelante con el ejército, fue marchando por la hondura de un valle, y descubrieron el castillo que llaman de la Rofia, donde había gente de guerra que estaban bien proveídos para se defender, mas el capitán no tuvo ánimo para esperar al marqués, y rindióse llanamente.

Aquí se detuvo el marqués algunos días, fortificando el castillo, y puso en él buena guarnición. Tuvo aviso de un gran socorro que había llegado a los seneses, que el rey de Francia enviaba con Pedro Strozi y otros buenos capitanes franceses, que era bien menester, por haberlo de haber con el marqués de Mariñano, que fue uno de los acertados y valientes capitanes de su tiempo, y traía consigo a don Juan Manrique de Lara, prudentísimo caballero y de experiencia en la guerra, con muy lucida infantería española y italiana, y los capitanes Rodolfo Baglión y Vitello, el conde Sigismundo y a Santaflor, con otros, todos varones claros, ilustres y nombrados por sus hechos.

Arman una traición al marqués. -Matan a traición quinientos soldados españoles y italianos. -El prior de Capua urdió esta traición.

Corría el marqués los campos de Sena, haciendo los daños posibles; arruinó el Domo, que era una casa principal. Aquí le llegó un hombre que fingió venir huyendo de la ciudad, y díjole quería hablar en secreto, y fue, que si quería tomar el castillo de la Chusa, que él se le daría en las manos. Deseaba mucho el marqués esto, y agradeciólo al soldado, dándole y ofreciéndole algunas cosas. Mandó luego el marqués a Rodolfo Baglión que tomase este negocio a su cargo. Rodolfo escogió quinientos caballos, y tomó consigo al conde Juan Francisco con otros ciento, y una noche, secretamente, llegaron a la muralla del castillo, a la parte que el traidor del soldado les había dicho, y como los del marqués hallaron la puente echada y abierta la puerta del castillo, sin reparar en nada se metieron por ella dando voces: «¡Vitoria! ¡Vitoria!» Antes de entrar la puerta, alzaron la puente, que era levadiza, y cerraron la puerta los de dentro, que estaban apercebidos, dejando, a los del marqués entre la puerta y el rastrillo, en una plazuela, donde ni podían volver atrás ni ir adelante. Tenían puestas en una parte, para esto, ciertas piezas de artillería, la cual comenzaron a disparar en ellos, tirando a montón; mataron la mayor parte de ellos, y al capitán Baglión, hermano del prior de Capua, que servía al rey de Francia, y fue el que urdió esta traición. Murió el conde Juan Francisco, y Ascanio de la Corna, que había venido en pos de él con cincuenta de los suyos, fue preso. Todo esto se hizo antes que amaneciese; y venido el día, abrieron los enemigos la puerta del castillo y salieron por ella hasta mil infantes y cuatrocientos caballos, y fueron contra una bandera de Pedro Pagoltosingui, que había venido en retaguardia de los desdichados muertos.

Arremetieron contra ella, y si bien hallaron resistencia, como eran muchos los que acometían, hiciéronle retirar. Llegó en su socorro el conde Bagno; con su ayuda revolvieron sobre sus enemigos, y los apretaron de manera que los hicieron volver más que de paso a su castillo. Sintió el marqués la pena que tal pérdida pedía, mas consolóse presto con la venida a su campo de Chiapin Vitello, el cual venía de Córcega con muy buena gente, que traía de la fuerza de San Florencio.

Quiso luego el marqués pagarse de la traición, y ordenó un escuadrón de gente bien armada, con el cual él mismo en persona se fue sobre una iglesia, llamada de Observancia, donde estaban los enemigos fortificados. Envióles a requerir que se rindiesen; ellos no lo quisieron hacer, y al fin los combatieron y entraron, quitando a muchos las vidas. De aquí envió el marqués al capitán Leónidas Malatesta a poner orden y guarda en Pisa; y fue su desgracia, que andando poniendo en orden su gente, los enemigos le mataron de un mosquetazo, que se perdió en él un buen capitán. Llególe socorro al marqués, que serían hasta cuatro mil infantes, con alguna gente de a caballo y los capitanes Donato, Montepulciano y Vincencio Jalto con las cuales fuerzas el marqués se hallaba poderoso para deshacer al enemigo.

Muerte del prior de Capua, gran servidor del rey de Francia. -Tiro con que un labrador mató al prior y a otro. -Tópanse en Pistoya el marques y Pedro Strozi. -Toma Strozi a Santa Bonda. -Acude el marqués sobre Bonda. -Viene Strozi a socorrerla. -Socorro de españoles, y escaramuza apretada. -El duque de Florencia quiere rematar la guerra en una batalla, por excusar los gastos.

Habíase fortificado el marqués con todo su campo, y de la otra parte de este fuerte asomó por un gran llano el prior de Capua, que después de haber desembarcado con su gente junto a Piombino, había corrido todos aquellos lugares y hecho mucho daño. Tomó un castillo del duque de Florencia llamado Scarlino, donde degolló mucha y muy buena gente, y tomando el camino para Sena, a juntarse con Pedro Strozi, su hermano, iba abrasando la tierra. Un labrador, viendo quemar su casa, tomó una larga escopeta muy bien cargada y encaró contra el prior, que estaba algo apartado de su gente, y diole con la bala por los pechos con tanta fuerza, que pasándole de parte a parte, llegó la bala a dar a un sargento que venía junto al prior, y ambos cayeron de este golpe muertos, y el labrador, corriendo como un viento, se fue para el fuerte donde estaba el marqués, y tuvo tan buenos pies, que si bien le siguieron, se salvó.

Supo el marqués la muerte del prior, y pensando coger a su gente sin cabeza, salió con la suya en su seguimiento; mas no tuvo lugar de hacer efeto, porque ellos se supieron bien gobernar, y luego acudió Pedro Strozi, que fue avisado de la desgraciada muerte de su hermano el prior, y llegó antes que expirase, y metiéronse en Sena, donde dio sepultura Pedro Strozi a su hermano. Hecho esto, cogió la mejor gente que tenía y salió de Sena contra Pisa, haciendo grande estrago. Hubo algunas escaramuzas y muertes; tomó a Montecatini, Pescia y Montecarlo, y dio la vuelta para Luca, donde hicieron provisiones de vituallas. No se detuvieron mucho, porque supieron que el marqués de Mariñano venía en su seguimiento, a cuya causa Pedro Strozi, mudando nuevo designo, hubo de dar la vuelta la vía de Pistoya. El marqués le entendió y se adelantó, y entró en ella y la defendió valientemente; y no contento con esto, siguió los enemigos hasta las puertas de Sena, y Pedro Strozi pasó a Montalchino, donde había dejado sus banderas con la demás gente que tenía. Como el marqués vió que no había podido venir a las manos con el enemigo, determinó de embestir con la puerta Romana, y cuando estaban para dar el asalto, llegó nueva de que Pedro Strozi se había reforzado de gente, con la cual a toda furia entendía dar sobre el marqués, y como la gente del marqués era inferior en el número, y del camino pasado estuviese muy fatigada, acordaron de retirarse a su fuerte. Partido el marqués para su fuerte, Pedro Strozi, como señor de la tierra, dio muy a su salvo una vista por el campo, y de allí volvió para Montalchino.

Quiso Pedro Strozi no estar cerrado dentro de los muros de Sena, y determinó de salir y dar en la gente que guardaba la abadía de Santa Bonda. Salió secretamente con trecientos soldados escogidos, y púsose sobre Santa Bonda; halláronla desproveída, y así con facilidad se apoderaron de ella. Tomada que fue Bonda, Pedro Strozi se volvió a Sena, dejando guarnecida a Bonda, y los franceses muy gozosos con la presa que habían hecho en ella. Otro día el marqués, acompañado de los suyos, partió del fuerte, y fue para Bonda. Salieron los franceses a escaramuzar, mas el marqués los encerró, cercó y batió reciamente los muros, de manera que los franceses comenzaron a desmayar; pero un francés tomó un paño de lienzo y atólo a una pica, y subióse en la murilla y comenzó a decir a grandes voces: «Strozi, Strozi; Francia, Francia», y por más que los del marqués le tiraron, no le acertó bala. Con esto entretuvo su gente, y hubo lugar de que Pedro Strozi, con muy gran parte de su gente, viniese en su socorro, y se entretuvo la guerra y puso de manera, que el marqués se vió muy apretado, y estando así llegó don Juan Manrique con su gente, y con él don Juan de Luna, caballero aragonés, hermano de don Pedro de Luna, conde de Morata, y juntamente con él don Luis de Lugo, adelantado de Canaria, y otros caballeros y capitanes.

Con este socorro quedó muy bien puesta la parte del marqués, y salieron a resistir el socorro que venía a los de Santa Bonda. Trabóse entre ellos una recia y porfiada escaramuza, peleando los unos y los otros valerosamente; pero los franceses no pudieron sufrir la carga que los españoles y florentines les daban, y volvieron las espaldas. Los que estaban dentro en Bonda, viéndose desamparados, se rindieron, y hallando el marqués costa y dificultad en sustentarla, mandóla echar por el suelo. Cada día se probaban en las escaramuzas, mostrando los capitanes su valor, y Pedro Strozi salía de Sena y corría la tierra, haciendo algunas presas. Los franceses salieron a tomar a Fovano; el marqués de Mariñano trazó un fuerte sobre una montañuela que sujetaba el castillo donde el mismo Pedro Strozi estaba alojado. En este mismo puesto había querido Pedro Strozi hacer este baluarte, y ni le dieron lugar sus enemigos, porque el marqués no le dejaba ejecutar cosa que intentase. Andando el marqués trazando este fuerte le llegó nueva de que le habían ganado el Foyano, que le dio pena por lo mucho que allí se había perdido, y por algunas personas de cuenta que allí habían muerto. Y el marqués determinó de ir a cobrarlo, y vengar estas muertes. Marchó con su campo, y con increíble brevedad se puso a dos millas del enemigo, y alojóse en Marchano.

Avisaron al marqués que si quería ver el fin de sus enemigos tomase los caminos de Mulin y de Rapolano, por donde les atajaría las vituallas.

Los franceses lo entendieron, y viéndose en este peligro, determinaron de dar batalla, que era lo que al marqués persuadía don Juan Manrique, y como dice un autor, llamándole primer ministro del César en Italia, le hizo un parlamento para resolverle en esto, y le dio una copa de oro en nombre del César. Comenzándose ya a trabar entre ellos, quería el conde Gayazo, que estaba en la ciudad, asentar la artillería de tal manera, que jugando la pudiese ayudar a los suyos y dañar a los del marqués.

Apretados se vieron los imperiales y florentines en este alojamiento de Marchano, porque el enemigo era superior en sitio y gente, y ser socorrido de los seneses, lo cual todo faltaba en la parte del marqués, porque el duque de Florencia a quien tanto tocaba el buen suceso de esta guerra, y felices progresos de ella andaba muy remiso, tibio y corto, en proveer lo necesario para ella; las vituallas eran pocas, las municiones y pólvora faltaban, la gente descontenta y mal pagada.

Lo cual sentía don Juan Manrique más que otro, y habiendo recibido aquí en Marchano una carta del duque (donde dice habían venido a fin de hacer venir al enemigo a combatir con ellos, y que por obligarle más se habían metido en Vetuila con un medio cañón y algunos sacres, los cuales no hacían efeto alguno) le responde que a 29 de aquel mes vino Pedro Strozi, y ocupó una coma que viene de la tierra Versolachana, la cual ellos hubieran ocupado, si no fuera porque dejaban por costado la tierra, que era un gran inconveniente, y era poco sitio para poder asentar el campo, y así fueron forzados por no estar lejos de la tierra tomar otro sitio razonablemente fuerte, aunque un poco en parte inferior a la misma Marchano. Que para esto sostuvo la escaramuza todo el día debajo del fuerte del enemigo dándose las cargas a pie y caballo grandísimas, y tales que por lo que decían prisioneros se les había hecho mucho daño; que el enemigo se había alojado y fortificado en el mismo sitio, pero que no sabían qué fin tenía.

Lo cierto era que ni él venía a pelear ni sería cosa razonable que ellos peleasen con el Marte adverso, porque aunque la necesidad lo podía traer, si hubiese otro expediente se había de tomar. Que creyese su excelencia que si lo viese le pesaría de haberles dado tanta priesa, porque sin duda los había puesto en un manifiesto peligro. Que su excelencia le perdonase si le hablaba libremente. Que antes de meterlos en aquel riesgo era obligado por hacer cosa prudentísima obviar a todo lo que les daba causa de deshacerse, como falta de paga, la careza de las vituallas, y si falta de gente había, suplilla, y no poner en jornada de un día el negocio, y con tal encarecimiento que parece que el marqués es tan tomado, que ande huyendo antes que otra cosa. Que sabía que si él viese con sus ojos el estado de aquel ejército, que mudaría propósito, y no sólo le mudaría, mas si tal pensara le hubiera mudado. Que él estima poco la pérdida antes que venga; venida, sabía que su excelencia se quejaría; mas que agora, que presto se vería el fin de todo. Que se persuadiese que jamás se vió en tierra tan difícil para hacer hombre su voluntad. Cuándo habían de alojar por fuerza lejos del enemigo. Cuándo en sitios flacos y desaventajados, y que si querían arrimarle al enemigo y quitarle las vituallas con la caballería, no había palmo en lo llano que no estuviese lleno de fosos, de manera que no había visto cosa que más le confundiese. Que ningún día se podía oponer el marqués al Strozi, si no fue cuando se levantó de la puente de Lachano, y estaba el ejército en el alojamiento de Chivitella, que como era fuerte para que no les entrase el enemigo, era asimesmo fuerte para salir que no se juntara el ejército en cinco horas, y así no se pudo tratar de salir aquel día, y que después que se le había puesto delante de Oliveto, quisieron ir a Vera y a punto de combatir, era ido, que la causa de esto era que eran mal avisados y tarde, que era cosa ordinaria en los campos que se había hallado haber falta de espías, y la misma había visto tener a los enemigos, y no había quién lo creyese. Que después que lo llevaron delante no habían tenido otra ocasión que aquella maldita en que estaban, que fuese Dios servido de darles otra más conveniente, que los dejase satisfacer a su excelencia, aunque fuese con daño, pero sin pérdida. Que el día antes estaba el marqués puesto en ponerlos en otro trance peor y mayor peligro, y había quien le siguiese, si bien fue la resolución de sostenerse y no combatir al enemigo, sino en escaramuza; pero que estaban tan faltos de pólvora, que si otra escaramuza como la del día antes tenían, no quedaba para otra grano; y demás de esto, ver al soldado que se le daba pólvora y munición descontándoselo de su sueldo, era cosa que le hacía desesperar, y ver que siete onzas de pan le costaban cuatro o cinco cuatrines. Que creyese su excelencia que era menester que los dueños de las empresas pongan mucho de su casa y pierdan muchas municiones y vituallas, porque no tenga falta su ejército, y si sobre esto no está segura, la paga es lo último. Que había hablado largo y claro, que si bien hasta aquí no bastase con razones quitarle el ánimo, estaba cierto que si viese dónde estaban, que no sólo le quitaría, mas por diversa manera y causa le inquietaría. Que todos los presidios de aquella parte pedían gente, y se había de suplir del ejército, y que así nunca aquel ejército crecería, antes menguaría. Que en los fuertes había enfermos, y también pedían gente, y no había tanto paño, si bien de caballería estaban mejor que el enemigo.

Hizo efecto esta carta para que el duque de Florencia acudiese con dineros, gente y bastimento, de suerte que el campo se mejoró. Junto con esto, sucedió una desgracia en el campo de Strozi, y fue que un soldado de los que habían prendido de la parte imperial, con el secreto que pudo, puso fuego a la pólvora y municiones que tenían, y fue tan grande el estrago que hizo, que los franceses desmayaron mucho, y Pedro Strozi lo sintió tanto, que a la hora mandó pregonar que el que tuviese prisionero lo matase luego, y así, con inhumana crueldad, mataron infinitos inocentes soldados y capitanes presos y de los ciudadanos leales hombres y mujeres, sin alguna misericordia ni temor de Dios. De aquí adelante comenzaron a mejorar los sucesos del marqués y de su campo, y ir de caída los de Strozi.

Sintióse apretado Strozi. -Resuélvese en la batalla. -Vence el marqués a Pedro Strozi.

De manera que viéndose Pedro Strozi cogido entre puertas, de tal manera que por fuerza había de morir de hambre, o salvarse por las manos, puso en orden su gente y hablólos, animándolos para dar la batalla, o escapar por lugares secretos, sin que su enemigo lo sintiese; esto no lo pudo hacer, porque las espías del marqués lo sintieron y le avisaron. Entendido por el marqués el destrozo que los franceses habían hecho en el lugar, y que se le querían ir, como dicen, a cencerros tapados, él se puso en orden, y le fue siguiendo hasta tanto que ya Pedro Strozi no pudo excusar la batalla. Detúvose y comenzó a ordenar su gente para darla. Visto por el marqués que los enemigos hacían cara, porque mejor y más ciertamente la hiciesen, don Juan de Luna, con su hijo don Diego de Luna, con las compañías de españoles, y su capitán Enrique de Esparza, y otras banderas de tudescos, dieron la vuelta por detrás de un montecillo, de donde bajaron a un gran llano y tomaron las espaldas al enemigo.

Aún no eran aquí bien llegados, cuando el marqués cerró con los enemigos reciamente. Los primeros que acometieron fueron dos compañías de soldados bisoños españoles, los cuales, sin orden ni concierto, no curando de su general ni capitanes, se revolvieron con los franceses, y les dieron tal mano, que en breve espacio mataron muchos de ellos. Era coronel de los españoles don Juan Manrique de Lara, el cual, viendo su gente envuelta, con los enemigos, entró con ellos peleando como valiente caballero, y lo mismo hicieron muchos capitanes y soldados florentines y españoles. Viéndose tan apretados los franceses, comenzaron a volver las espaldas, y daban en los españoles y tudescos, que llevaron don Juan y don Diego de Luna, para tomárselas, como ya dije. Vióse perdido Pedro Strozi, y como diestro y astuto capitán, mandó que todos los suyos se repartiesen y que llegasen a hacer un cuerpo en una montañuela para hallar en ella espaldas y defensa.

Hicieron esto con grandísima presteza, y el marqués hubo de ordenar su gente de otra manera. Hízose fuerte Pedro Strozi al pie de la montañuela. Anochecieron aquí los unos y los otros, y esta mesma noche le llegaron al marqués el duque Paliano, Marco Antonio Colona, con mucha y muy escogida gente; el señor Camilo, con trecientos hombres, Frederico Gonzaga, con mucha caballería, Ghiapin Vitello, con otros muchos principales capitanes. Otro día de mañana llegaron Gozadino y Juan Becaro, de suerte que las fuerzas del marques se aumentaron mucho; también acudieron en favor de Pedro Strozi monsieur de Termes, con otros muchos capitanes y soldados, de manera que casi era superior el campo de Strozi al del marqués. Púsose en orden para volver a la batalla, repartió su gente en tres escuadrones, dio el uno al conde Teófilo, y el segundo a monsieur de Termes; él quedó con el tercero. Mandó poner toda su artillería en lo alto de una cuesta escondida entre unas viñas, de modo que desde allí pudiese hacer daño en los enemigos. Habló a los suyos esforzándolos, no para dar la batalla, sino para que rompiendo por los enemigos, caminasen la vía de Sena. En comenzando a marchar, salieron los del marqués a dar en ellos, y recibiéronlos con tan buen semblante que los hicieron detener.

Viendo esto el marqués, mandó que un escuadrón en que había tres mil infantes y dos mil caballos, y con ellos don Juan de Luna y otros capitanes españoles, fuesen a tomar las espaldas al enemigo, atravesando por encima de una montañuela. Hízose esto con buena diligencia, y llegaron a tiempo que pudieron dar en ellos, y viéndose así acometidos, juntáronse los tres escuadrones. Peleaban con tanto ánimo, que pusieron en cuidado al marqués, porque les iba muy mal a los suyos. Movió el marqués con un escuadrón de los mejores en favor de los suyos, y apretaron de tal manera a los contrarios, que ya no se les sentía el vigor con que habían acometido la pelea.

Conoció Pedro Strozi su perdición, porque ya no bastaban sus voces para concertarlos, ni buenas razones para ponerles ánimo, y como viese su suerte sin remedio, hubo de hacer lo que los demás, y volvió las espaldas tomando el camino de Sena. Retiráronse algunos de los franceses a un lugar que se llamaba el Pozzo; el marqués mandó parar los suyos, que dejasen el alcance hasta otro día que pensaba dar glorioso fin a esta jornada. Los unos y los otros se alojaron y fortificaron lo mejor que pudieron. Llegaron esta noche en favor de los franceses muchos grisones y otras gentes, que dificultaron harto la vitoria que el marqués tenía por cierta.

Hacen muestra ambas partes para volver a pelear. -Rota de Pedro Strozi.

Otro día por la mañana, el marqués mandó hacer muestra de su gente para ver cuáles podrían hallarse en aquel encuentro; lo mesmo hicieron los contrarios. Conoció el marqués que los enemigos estaban fuertes, porque demás de la muy lucida gente que monsieur de Termes tenía, había muchos tudescos y grisones, y otras gentes, italianos y franceses, que se le habían juntado muchos que el día antes se habían escapado por los montes. Hizo el marqués tres escuadrones de su gente. El uno tomó Chapin Vitelo, el otro el duque de Paliano, Marco Antonio Colona, y el tercero tomó para sí, repartiendo la caballería a cada escuadrón. Vitelo fue el primero que acometió, hallando en los enemigos los corazones muy enteros. La batalla se encendio bravamente, comenzando a caer de ambas partes. Mostráronse en ella mucho los españoles; mató el capitán Enrique Desparza por su espada al conde Ungaro, que era un valiente soldado, y hizo harta falta a los suyos. Cerró luego el conde Teófilo con el segundo escuadrón de los enemigos en favor del primero, con cuya llegada los del marqués recibieron notable daño, mas con todo no llevaban ventaja.

Arrancó Pedro Strozi con el resto de su campo, y contra el marqués de Mariñano, de suerte que ya los seis escuadrones, tres contra tres, peleaban y se derramaba mucha sangre. Don Juan de Luna y su hijo don Diego peleaban valientemente, y fue su desgracia que, llegando rompiendo por los enemigos hasta cerca de los muros de Pozzo, de ellos dispararon una pieza de artillería, que acertó a don Diego y le hizo pedazos, a vista de su padre, y para darle la desgracia mayor dolor al triste padre, la sangre del hijo le bañó las armas y la cara. Finalmente, la vitoria se declaró por el marqués, y Pedro Strozi huyó, dejando la mayor parte de los suyos presos y muertos.

Don Juan Manrique fue gran parte para allanar a Sena y vencer a Pedro Strozi.

Como Pedro Strozi se vió roto y perdido, recogió quinientos caballos y cada uno un arcabucero a las ancas o grupa, y pasó huyendo por la posta la vuelta de Luciñano, donde pensó rehacerse. Pero como el marqués, entrando en Pozzo, no le halló allí, luego sin más parar, tomando la mayor parte de su gente, fue en su rastro y seguimiento, el cual, como llegó a Luciñano, mandó poner sobre él su cerco y le apretó de manera que los naturales del lugar se querían rendir; mas Pedro Strozi los entretuvo con buenas razones, hasta que él, sin ser sentido de nadie, con parte de los suyos se salió por una puerta falsa del castillo, y a largas jornadas huyó para Francia, y los del Luciñano se rindieron al marqués, que pensaba que Pedro Strozi estaba muy mal herido en el castillo y que lo tenía en su poder, y cuando vió la burla que le había hecho, quiso ahorcar a los naturales, pensando que le habían engañado; mas enterado de que Pedro Strozi había engañado a todos, los perdonó, y pasó con su campo y se puso sobre Sena, apretándola reciamente, y a 22 de abril del año de 1555, habiendo estado cercados quince meses, se concluyeron los tratos, que fueron: Que los de Sena queden perpetuamente en la protección y amparo del Imperio. Que el Emperador no edifique fortaleza en la ciudad sin voluntad de los ciudadanos. Que se derriben los fuertes que se han hecho en la ciudad. Que tenga el Emperador presidio en la ciudad de la gente que él quisiere, y que sea a su costa. Que el Emperador pueda ordenar la forma y estado de Sena para que quede como él quisiere. Que se les perdonan a los de Sena los delitos y excesos que han cometido, exceto a los que fueren vasallos del Emperador, que en la ciudad han estado y tomado armas contra él. Que los franceses salgan con todas sus armas, ropa y bagaje libremente, y pasen con esta seguridad por Florencia.

Hechos y otorgados estos capítulos, entraron en la ciudad por el Emperador dos mil españoles, saliendo por otra puerta los franceses, italianos y ciudadanos que no quisieron quedar allí. Salieron quinientos franceses con el capitán Cornelio Bentivollia, las banderas enarboladas, tocando los tambores, las mechas encendidas, con grandes cortesías que hicieron al marqués de Mariñano, y el marqués a ellos. El de Mariñano puso su campo sobre Puerto Hércules, donde estaba Strozi; mas Strozi no se quiso dejar cercar, y huyó de él. Combatiéronlo, el duque por tierra, y por mar las galeras de Andrea Doria, y a tres asaltos que le dieron fue entrada en el mes de junio del año 1555. Murieron en los asaltos quinientos hombres de los cercados, y fueron presos otros muchos con todos los capitanes y personas principales que dentro estaban.

Cortaron la cabeza por mandado de Andrea Doria a Jerónimo Fusco. Luego se rindieron todos los lugares de la señoría de Sena, y el Emperador mandó que la gobernase el cardenal don Francisco de Mendoza. El marqués de Mariñano volvió a Florencia, donde el duque y toda la ciudad le recibieron con gran triunfo, como sus hechos merecían. Fue el marqués uno de los señalados capitanes de su tiempo, y por su valor, de un pobre soldado llegó a grandes honras y ser general de grandes ejércitos, y fue siempre muy constante en el servicio del Emperador. Estando en Milán, año 1555, enfermó y murió cuando comenzaba la guerra con Paulo IV. Sepultóse en aquella ciudad, en la iglesia mayor, en la sepultura que merecía; hallóse el duque de Alba con toda la nobleza de la ciudad a su entierro.

El Emperador había mandado a don Pedro de Toledo, virrey de Nápoles, que viniese sobre Sena, y queriendo hacer la jornada le dio una recia enfermedad, de la cual murió en Florencia en casa de su hija la duquesa, y le sucedió en el estado y oficio su hijo don García de Toledo. Fue don Pedro, por su mujer, marqués de Villafranca, y por su valor, comendador de Azgava y virrey de Nápoles; era hombre grave y de autoridad, y así representaba bien el cargo. Usó retamente su oficio, por lo cual fue malquisto, y daba también ocasión su recia condición, que en los príncipes es cosa fea. Sacó gran suma de dinero para el Emperador por vía de servicios y empréstitos. Ennobleció a Nápoles con muchos edificios y fuentes, y con el castillo de San Telmo, que hizo fortísimo; murió año 1553.

Tal fue el fin de la guerra de Sena, la cual cargaban los seneses y otros, a don Diego de Mendoza, y un día se vió en peligro de la vida, que por matarlo mataron el caballo en que iba paseando la fortaleza que les hizo, y fue causa que los indinó y levantó. Como el duque de Florencia hizo el gasto principal desta guerra, y el marqués de Mariñano fue el general de su gente, y era tan escogido y señalado capitán, diósele el nombre, honra y gloria de la vitoria; mas por cartas del Pontífice, Emperador y rey, su hijo, parece haber sido don Juan Manrique de Lara uno de los señalados, y el que más hizo en esta empresa, y como a tal le dan las gracias de esta vitoria, que fue de harta importancia para que el francés no volviese a inquietar a Italia.

Rencuentro de Andrea Doria con Sinán, turco. El rey Enrico pide al Turco que envíe su armada sobre Nápoles. -Alteración de Nápoles viendo la armada turquesca. -Quéjanse los turcos del rey de Francia. -Andrea Doria y don Juan de Mendoza están dudosos de lo que harán.

Después de haber tomado Sinán a Tripol dio vuelta con su armada para Constantinopla, y como el rey de Francia andaba levantando los ánimos en todas partes, pensó hacer en Nápoles una gran jornada. Para esto envió a Aramón por su embajador a Constantinopla, pidiendo al Turco la flota que trajera Sinán sobre Tripol, para ir con ella contra el reino de Nápoles, prometiendo que cuando llegase hallaría un ejército de veinte mil hombres a pie y a caballo sobre aquella ciudad. Solimán no la quería enviar, diciendo que nunca el rey cumplía cosa que prometiese. Aramón, a Bustán y a los otros basás replicó que no sólo el rey su señor, mas don Fernando de San Severino, príncipe de Salerno, que se había pasado a Francia, y otros señores y pueblos de aquel reino tenían de juntar el ejército por enemistad del virrey don Pedro de Toledo, y aborrecimiento de los españoles, que a su despecho y deshonra mandaban aquel reino. Solimán entonces se lo otorgó, aconsejado de los basás, que tenía sobornados el francés y aun Dragut. Mas fue con condición que toda la gente, ropa, naves y artillería que se tomase, fuese suya. Armó, pues, Sinán, a cuyo cargo estaba la flota, ciento y tres galeras, cuatro galeotas y fustas y dos mahonas de municiones, con las cuales y con tres galeras que había llevado Aramón, partió de Galipoli.

En pasando la Morea, que así estaba mandado, abrió la instrución de Solimán, que decía ayudase a los franceses con el ejército y armada que estaban sobre Nápoles, y que invernase donde ellos quisiesen, si no lo ganasen. Así que llegó a Ríjoles en principio de julio de este año 1552 y saltaron en tierra muchos turcos, y los italianos y franceses de Aramón pusieron fuego al lugar, porque lo hallaron desierto, y aun a los panes, y aquellos franceses cogieron algunos hombres y los vendieron a turcos. Pasó Dragut entretanto la mayor priesa que pudo a dañar en tierra de Mecina con doce galeras; mas hizo poco mal, por la caballería que contra él salió. Hubo en Nápoles grande alteración cuando vieron sobre sí toda la armada turquesca, la cual no paró hasta Próchita, isla donde reposó doce días, así por esperar al prior de Capua, León Strozi, el que murió en la guerra de Sena, que había de ir con las galeras a Francia, como por haber muchos enfermos.

No se atrevió Sinán a echar gente en tierra, por ver que don García de Toledo andaba por la marina con muchos caballeros; por lo cual envió diez y ocho galeras a mirar qué había en Nápoles, con las cuales escaramuzó don Berenguel de Requesenes con sus diez galeras. Quejóse mucho Sinán del rey de Francia y de Aramón, diciendo que traían engañado al Gran Turco, y que no le trataban verdad; Aramón decía que no podía tardar León Strozi, y que si tardaba era huir de Andrea Doria, que tenía fuerte armada, y que viéndose tomado el paso por él, no se atrevía, por traerla él menos pujante; pero que venido él se alzaría el reino por el príncipe de Salerno, que venía con él, y que pues traía su flota falta de comida, que se fuese a Tolón, do el rey le tenía muchos bastimentos. Sinán, por esto, si bien lo contradecía Dragut, fue a tomar agua en Escauli. Los que salieron a tierra vieron banderas de Francia en Traieto, que pensando los vecinos que con la llegada de los turcos se rebelaría todo el reino, las habían puesto por ganar honra y alguna franqueza. Caminó luego allá Sinán con algunos, escogió los muchachos y mozas que mejores le parecieron, y volvióse, mandando saquear el lugar. Hiciéronlo así los turcos, ayudando los franceses. De esta manera fueron esclavos los que pensaban ser señores. En Terrachina dieron presente a Sinán, y sebo, que había menester, los romanos y cardenales franceses, y en Sermoneta mucho bizcocho. Camilo Caetano dio dos cristianos, que de la armada habían huído a la cisterna, los cuales murieron luego empalados, según se dijo después. Excusábase aquel caballero, diciendo que lo había hecho por guardar su tierra de mal. Supo Sinán en Ostia de unos que prendió, si ya no eran amigos (como algunos dijeron), que Andrea Doria salió de Génova con treinta y nueve galeras, para tomar en la especie dos mil o más tudescos para la guarnición de Nápoles, por el cual aviso se volvió a Ponza, isla despoblada, para cogerle a su salvo, pues decía Dragut que tenía de pasar por allí.

Despalmó algunas galeras y mejoró de remo otras para seguirlo si fuese necesario, y puso muchos, como en celada, en la Palmerola y otras islas allí cerca. Vino, pues, Andrea Doria preguntando por la amada turquesca, y supo en Ostia cómo era vuelta a Ponza para lo acechar. Llamó a consejo sobre ello a don Juan de Mendoza, que llevaba las galeras españolas, y a Antonio Doria, Marco Centurión y otros. Hubo diferentes pareceres; quién decía que pasasen allí aquel tiempo entretanto que los enemigos hacían mudanza, y que allí parasen; quién, que se tornasen. Otros, que fuesen a Cerdeña.

Empero, determinaron de continuar su derecha navegación para Nápoles, yendo muy desviados de aquellas islas, a consejo de don Juan de Mendoza; mas en lugar de alejarse de ellas, fueron derechos, que debió de ser culpa de los pilotos, si bien cuentan cómo Andrea Doria no creyó que allí estuviesen las galeras enemigas. Así que llegaron a las puestas del sol menos de dos leguas de Ponza sin ver nada, porque Sinán se cubrió con ella, pasaron adelante burlando algunos del temor que habían tenido, mas no tanto que temieron de veras, porque antes de medianoche, como hacía luna, vieron y mirando atrás, los enemigos que con doce galeras acosaban la Granada de España, que iba rezagada. Don Juan, que vió la perdición, túvose a la mar recogiendo sus galeras, aunque le mandaban seguir la capitana. Tomaron los turcos aquella noche dos galeras con poca fuerza, y cuatro en la mañana sin casi resistencia. Dragut quiso embestir una galera de España, dicha Santa Bárbara, que no siguió a su capitán. Combatieron gran rato entrambas a solas, y ya la española tenía a la otra rendida, cuando sobrevinieron dos galeras francesas que la vencieron, y así quedó con las otras seis en poder de los turcos, los cuales se tornaron a Ponza, y luego a Prochita, triunfando de Andrea Doria. Pasaron por Capri y por el Faro sin mas aguardar, por no tener qué comer. Con esto se volvieron a Constantinopla. Andrea Doria y todos los otros capitanes se juntaron y volvieron a Cerdeña, y de ahí a Génova; de allí llegaron a Nápoles, en fin, no con mucha fama ni alegría. Que no fueron las suertes de Andrea Doria tan venturosas con turcos como tuvo la fama.

Este año de 1552, el príncipe don Felipe tuvo Cortes en Monzón, aunque con poco gusto, por lo poco que pudo acabar en ellas, y la infanta doña Juana, su hermana, fue a casarse a Portugal con el príncipe don Juan. Acompañáronla don Pedro de Acosta, obispo de Osma, y don Diego López Pacheco, duque de Escalona; Luis Venegas, aposentador mayor, y Lorenzo Pérez, embajador del rey de Portugal; recibiéronla en Caya el duque de Aveiro y el obispo de Coimbra.

Asimismo partieron de España, para el Concilio que se celebraba en Trento:

Don Juan de Samillán, obispo de Túy.

Don Alvaro de la Cuadra, obispo de Venosa en el reino de Nápoles.

Don Juan Fernández Temino, obispo de León.

Don Martín de Ayala, obispo de Guadix.

Don Juan de Salazar, obispo de Laciano en Nápoles.

Don Francisco de Salazar, obispo de Salamina.

Don Francisco de Navarra, obispo de Badajoz.

Don Juan Bernal Díaz de Lucu, obispo de Calahorra.

Don Pedro Guerrero, arzobispo de Granada.

Don Gutierre de Caravajal, obispo de Placencia.

Don Gaspar Jofre, obispo de Segorbe.

Don Cristóbal de Sandoval y Rojas, obispo de Oviedo.

Don Francisco Manrique, obispo de Orense.

Don Pedro Augustín, obispo de Huesca.

Don Juan de Fonseca, obispo de Castellamar en Nápoles.

Don Juan de Moscoso, obispo de Pamplona.

Don Gaspar de Acuña, obispo de Segovia.

Don Francisco de Benavides, obispo de Mondoñedo.

Don Fernando de Loaces, obispo de Lérida.

Don Juan Jubino, obispo de Constantino, titular, y catalán.

Don Juan Merlo, portugués, obispo de Algarbe.

Don Pedro Ponte, obispo de Ciudad Rodrigo.

Don Antonio del Aguila, obispo de Zamora.

Don Esteban de Almeida, obispo de Cartagena.

Don Pedro de Acuña, obispo de Astorga.

Don Luis Cola, obispo de Ampurias.

Don Francisco de la Cerda, obispo de Canaria, murió en el camino; sucediále fray Melchor Cano, varón doctísimo, de la Orden de Santo Domingo.

Don Francisco Pacheco, obispo de Jaén, estuvo en el Concilio, y allí fue electo cardenal, y así pasó en Roma.

Fray Bartolomé de Miranda, provincial de Santo Domingo, que después fue arzobispo desdichado de Toledo.

Fray Domingo de Soto, de la misma Orden.

Fray N. de Ortega, provincial de San Francisco.

Fray Alonso de Castro, de la mesma Orden.

Fray Juan Regla, de la Orden de San Jerónimo.

Alonso Salmerón, doctísimo, de la Compañía de Jesús.

El padre Diego Laynez, de la misma Compañía.

El doctor Juan de Arce, canónigo de Palencia.

El maestro Gregorio Gallo, catedrático de Salamanca.

El doctor Garcés, de Zaragoza.

El doctor Ferruces, de Valencia.

El doctor Heredia, de Girona.

El doctor Martín de Olave, de Vitoria.

El doctor Francisco de Toro, de Sevilla.

El doctor Medrano, de Carrión.

El doctor Velasco, jurista.

El licenciado Vargas, jurista.

Vuelve el Emperador a Flandres. -Guerra cruel entre Mauricio y Alberto. -Desafíanse bravamente los dos enemigos Mauricio y Alberto.

Dije cómo en el principio de este año el Emperador se había retirado del cerco de Metz de Lorena por el rigor grande del invierno y por los muchos que en su campo murieron y enfermaron. Partió el Emperador de Theonvilla para Flandres, y mandó que la gente de Alberto de Brandemburg quedase en los campos de Tréveris hasta que les pagasen, y hecha la paga partió Alberto cargado de moneda para Alemaña, y levantó más gente, con la cual volvió a continuar la guerra que el año pasado había hecho a los obispos de Norimberg y de Franconia. Procuraron muchos señores concordar a Alberto con los perlados, mas no pudieron concluir cosa, si bien el Emperador y el rey de romanos, su hermano, se pusieron en ello con otros príncipes alemanes, y se gastaron en demandas y respuesta los meses de marzo, abril y mayo.

Visto esto, y que no bastaba razón para hacer que Alberto dejase las armas, confederáronse muchos para proceder contra él a voz de Imperio. Entraron en esta liga los de Norimberga, el arzobispo de Maguncia, el arzobispo de Tréveris y el duque Mauricio, capital enemigo de Alberto; Enrico Bruns Uvicano, Wolfango, gran maestre de Prusia, y otros. Nombraron por general de esta liga al duque Mauricio. Sintiendo Alberto y temiendo las fuerzas que contra él se juntaban, procuró no perder las suyas, y con suma diligencia juntó un buen ejército antes que los confederados se juntasen. Púsose en campaña y entró por Brunsuic, Norimberga, Prusia y Franconia, que eran las tierras de sus enemigos, haciendo en ellas los daños y estragos que pudo. Andaba tan soberbio Alberto, que no parecía sino que se quería hacer rey de Alemaña. Ya los confederados, y con ellos el rey de romanos, habían juntado su gente, y salieron en busca del enemigo con determinación de aventurarlo todo en una batalla, para lo cual le enviaron a desafiar, señalando el primero día del mes de julio.

Enviáronle el cartel de desafío en nombre del rey de romanos y del duque Mauricio. Llevo este cartel un caballero mozo, al cual respondió Alberto estas palabras:

-Decid a Mauricio que, como hombre infame, ha rompido tres veces y quebrado la fe y palabra, y lo mismo trata de hacer agora cuarta vez; cumpla lo que dice, y salga a la batalla, que en el campo me hallará, y veremos quién es el hombre.

Volvió con esta brava respuesta el caballero y diola a Mauricio, y oyéndola, sonrióse, diciendo:

-Esto esperaba yo de Alberto, que ha días que con pensamientos de ser rey de Alemaña, suele llamar y tratar de esta manera a los príncipes que no son de su opinión, y gloriarse de que muchos le obedecen.

Estaban con Alberto, cuando llegó esta embajada y él dio tal respuesta, los que trataban de las paces, y como vieron la cólera que entre estos príncipes había, y que era por demás intentar de componerlos, dijeron a Alberto:

-Si vos, señor, habláis de esa manera, ¿qué hacemos nosotros aquí?

Respondió Alberto:

-Comed y bebed, y idos cuando quisiéredes.

Quiso Alberto justificar su causa con el Emperador y envióle un caballero de los suyos, dirigido a Enrico Brunswic, que estaba en la corte disculpándose de aquella guerra y cargando toda la culpa de ella a los confederados, diciendo que tenían alterada a Alemaña, y que lo que hacían era desprecio de la Majestad Imperial, y que él era el que miraba por ella y la defendía, gastando su hacienda y aventurando su vida, que por esto sólo peleaba. El Emperador le respondió que no estaba a cuenta de Alberto la dignidad y majestad del Imperio, sino a la suya; que si en Alemaña hubiese rebeldes, que él los sabía allanar; que dejase las armas y se reconciliase con los alemanes, que era lo que más le importaba. No hizo caso Alberto de lo que el Emperador le había escrito, y pasando el río Vísurgio fue contra Sajonia, con una presteza que Mauricio quedó admirado, y por más diligencia que puso, no pudo recoger toda la gente ni esperar a que se juntase, porque Alberto se había adelantado, y así, con la que pudo caminó en su seguimiento a toda priesa por estorbar los grandes daños que Alberto haría en Sajonia, no habiendo quien le fuese a la mano.

No podía el valeroso corazón de Mauricio sufrir que Alberto le hollase sus tierras sin llevar lo que merecía. Llegaron a juntarse los dos ejércitos, todos alemanes, en Visurgio, y a nueve de julio se pusieron en orden para dar la batalla, mejorándose en los puestos y orden de sus gentes como mejor supieron, que ambos eran escogidos capitanes. Hiriéronse primero con la artillería, luego cerró la caballería, y así se revolvieron unos con otros, peleando como capitales enemigos. Fue roto y vencido Alberto y huyó, desamparando el campo; Mauricio quedó tan mal herido, que acabando de despachar un correo al obispo de Wiciburgi, expiró mozo, en la fuerza mayor de su edad, que no tenía más que treinta y tres años, valeroso príncipe, y de excelente corazón. Dejó una sola hija que se llamó Ana, que después casó con Guillelmo Nasau, príncipe de Orange. Cumplióse en estos dos príncipes el refrán: «El vencido, vencido, y el vencedor. perdido.»

Murieron con Mauricio en esta batalla Carlos y Filipo, hijos de Enrico, duque de Brunswic. Alberto perdió cerca de cinco mil caballos, y él escapó huyendo a uña dél. La infantería, viendo la mortandad y rota de la caballería, sin pelear se rindió. Trajeron a Mauricio antes que expirase, por alegrarle, cincuenta y cuatro banderas de la infantería y catorce de la caballería que se habían ganado a Alberto, el cual quedó tan quebrantado con tanta rota, que nunca más pudo levantar cabeza. A los imperiales y alemanes no pudo suceder mejor suerte que ésta, en la cual se libraron de dos príncipes tan belicosos, perpetuos inquietadores de Alemaña, quedando el uno muerto y el otro totalmente deshecho.

Otro día después de la batalla llegaron al campo de Mauricio quinientos caballos bohemios, que el rey de romanos enviaba, y otros setecientos que le enviaba el lantzgrave de Hessia. Sucedió a Mauricio en la dignidad de elector del Sacro Imperio y en otras tierras que no caían en la herencia de hembra, su hermano Augusto, que estaba casado con hija del rey de Dinamarca, si bien pretendieron volver a ella Juan Frederico de Sajonia y sus hijos. Quiso rehacerse Alberto y volver sobre sus enemigos; recogió los que pudo de la rota pasada y levantó otros. Los príncipes de la liga nombraron por general en lugar de Mauricio al duque de Brunswic, y a trece de setiembre se dieron otra batalla, en la cual Alberto fue también vencido, con gran pérdida de los suyos.

De esta manera se trataban los príncipes alemanes, y se consumía aquella gran provincia en guerras civiles, y de ellas ha venido al estado en que está, en las cosas de la fe y en otras. Primero día de diciembre de este año, la Cámara Imperial, con una gravísima ceremonia, declaró al marqués Alberto de Brandemburg por enemigo común, perturbador de la paz y quietud de Alemaña, y dio que le pudiesen hacer guerra y matarle. Alberto escribió al Emperador, suplicando intercediese por él. Respondió el Emperador que no era oficio suyo impedir la justicia ni cerrar el camino derecho, ni ir contra la razón legítimamente instituida. Que dejase las armas y se allanase a la justicia, y que si haciendo esto no se le guardase, que entonces él haría oficio de Emperador. Desconfiado Alberto, echando un libelo en que decía que los jueces eran sus enemigos y estaban corrompidos con dádivas, declinó jurisdición, y públicamente la protestó, apartándose del Foro Imperial. El Senado dio sentencia contra Alberto, desterrándole para siempre de Alemaña y condenándole en otras penas.

Guerra en Picardía entre franceses y flamencos. -Toma el francés a Hesdin. -Teruana, ciudad frontera de los Países Bajos.

En Picardía andaban tan vivas las armas como en Alemaña entre franceses y flamencos, corriéndose unos a otros las tierras con muertes, robos, incendios, que no hicieran más daño los turcos o otras bárbaras naciones que las entraran.

Antes que entrase el verano de este año, casi con el rigor del invierno, Antonio, duque de Vendoma, a cuya cuenta estaba el gobierno de Picardía, acometió a Hesdin, llevando con ingenios no pensados los carros con la artillería por las lagunas y pantanos que con las muchas aguas había grandísimos. Batió reciamente a Hesdín hasta abrirle los muros y cegar el foso, de suerte que los que lo defendían se vieron sin remedio, y entregaron el lugar, dejándolos salir libres con su ropa y armas. Sintió el Emperador la pérdida de Hesdín, y mandó juntar las banderas de soldados viejos y otra gente de a caballo, y diola a Reusio, y por otra parte envió a Martin Van de Rosen con un buen ejército contra Lucemburg, para que tomando a Mansfeldio se juntase allí con Reusio y fuesen contra la Teruana, ciudad y fuerza importante, y enemiga dañosa a las tierras fronteras de Flandres. Llegaron el conde Reusio y Martin Rosen con su campo, y pusiéronse sobre Teruana; asentaron la artillería y comenzaron a batirla reciamente, hasta romper el muro y ponerlo en disposición que se podía dar el asalto. Y estando para ello, llegó al campo Ponto Lalaino, señor de Biguicurcio, con nueve banderas de infantería, y púsose con ellas para combatir la ciudad por otra parte, de suerte que se combatía por dos lados. Envió el rey de Francia en socorro de la ciudad a Roberto de la Marca, que se llamaba duque de Bullón, y otro capitán con él, para que juntos con Montmoransi, hijo mayor de Anna de Montmoransi, condestable de Francia, procurasen entrarse y defender la ciudad. Detuviéronse los imperiales en dar el asalto, porque enfermó el conde Reusio, su general, y murió, y así quedó en el gobierno y oficio de general Adriano de Rus, mayordomo mayor del Emperador, y del su Consejo de Estado. Procuraba el duque de Vendoma con las estratagemas y ardides posibles, que los flamencos levantasen el cerco que con porfía tenían sobre Teruana, si bien pensaba no mudar el sitio que tenía y esperar en él al rey de Francia, que a toda furia recogía gente y juntaba sus fuerzas para venir en persona en socorro de Teruana. Los imperiales, con coraje, apretaban cuanto podían el cerco con las baterías y asaltos que al lugar de contino daban. Y a doce de junio de este año mandó el general imperial que se diese un asalto general, echando en él el resto de su potencia. Diose animosamente, queriendo señalarse los flamencos; mas los franceses los rebatieron con doblado ánimo, pero no sin muertes de ambas partes, porfiando en pelear y morir estas dos naciones, largas diez horas. Cansados y sin aliento, se hubieron de retirar los flamencos, porque el lugar era de suyo y por arte fortísimo, y acertaron a batirlo por la parte más fuerte que tenía, y así hubieron de mudar la batería. Hallóse en el campo imperial un soldado ingeniero, el cual prometió de hacer unos hornillos para volar el terrapleno, haciendo espacio bastante para entrar la infantería de treinta en treinta juntos. Era coronel en este campo Luis Quijada, el cual tomó el asiento con el ingeniero para que cumpliese lo que decía.

A diez y nueve de junio, la infantería española fue de guardia en las trincheas, y por las bocas que tenía hechas al foso bajaron hasta trecientos soldados con el ingeniero, siendo cuando así bajaron las cinco de la mañana. Fue luego el ingeniero a buscar a Luis Quijada, y hallóle almorzando con los maestres de campo y otros oficiales del ejército. Díjole que pusiese la infantería en orden, que él había cumplido su promesa, abriendo lugar para que por las minas pudiesen entrar los soldados de treinta en treinta. Acudió Luis Quijada con buen ánimo, puestos los españoles en orden; mas las minas salieron imperfetas y más dañosas a los imperiales que franceses, con lo cual no tuvo efeto, y salió vano, el sudor y trabajo del soldado ingeniero.

A este tiempo llegó al campo con patente de general dél, que el Emperador había dado, Filiberto Manuel, príncipe de Piamonte, trayendo consigo a don Juan Vélez de Guevara, maestre de campo de españoles. Ordenó luego el príncipe un duro asalto, batiendo primero los muros por dos partes, y con la fuerza de los tiros abrieron, los muros por dos partes. Hecho camino, a un mismo tiempo arremetieron los españoles a dar el asalto por las dos baterías, y si bien la resistencia y esfuerzo con que los franceses se defendían era grande, vieron manifiesta su perdición, y que no era posible defenderse; y estando en el fervor de la pelea, un martes levantaron de parte de la ciudad una bandera, saliendo algunos a tratar medios convenibles, con que se querían rendir.

Descuidáronse con esto los que guardaban una parte del muro, y los españoles, impacientes, antes de la conclusión arrimaron las escalas, y como aves muy ligeras se pusieron sobre el muro, diciendo a grandes voces: ¡Victoria! ¡Victoria! El lugar es tomado. Con este ruido y vocería, los que habían venido a tratar de componerse para entregar la ciudad, viéndose perdidos, se contentaron con que les otorgasen las vidas. Los que estaban peleando por la otra banda de la ciudad se vieron acorralados de los de fuera y de los que habían entrado el lugar, y cogidos en medio. Fueron todos muertos y presos, por manera que en este día se vió esta fuerte ciudad vencida y entrada por la parte que los españoles daban el asalto, y por otra peleando con esperanzas de la victoria y defenderse; y mataron al primer ímpetu más de cuatrocientos y dos, y muchos, huyendo, se ahogaron en el foso. Fueron presos monsieur de Montmoransi, hijo del condestable, y todos los oficiales, y hasta trecientos soldados.

Saqueóse el lugar y echáronle por el suelo hasta los cimientos, siendo una de las principales fuerzas que por aquella parte Francia tenía. De la destrucción y ruina de Teruana, hizo un soldado poeta dos versos numerales:

Nunc seges est ubi tunc Morinum resecandaque falce.

Luxuriat Franco sanguine pinguis humus.

Junius ex morinis victricia signo potenti

Dat. Carolo. Francus vidit et indoluit.


Los que pudieron escapar, se metieron en Hesdin con algunos capitanes que se redimieron, donde poco después infelizmente perecieron, parte en el rompimiento de unas minas, y otros con la propia pólvora que cada uno traía, en un desgraciado encendimiento. Aquí también en el incendio murió Horacio Farnesio y otros muchos. Tomóse Teruana a diez de junio de este año mil y quinientos y cincuenta y tres, que en tiempos pasados fue el batidero de las guerras entre franceses y flamencos; y unas veces estuvo por los franceses y otras por los flamencos; y, finalmente, llegó su día en que hubo de perecer, como lo tienen todas las cosas de esta vida.

Prosigue la guerra el duque de Saboya contra franceses. -Desgracia lastimosa en la fortaleza de Hesdin.

Quiso pasar el príncipe contra Mostículo; entendiólo Vendoma, y metió en él seis mil infantes y dos mil caballos, y por esto mudó propósito y fue contra Hesdin, cuyo castillo era muy fuerte. Iba por coronel de la infantería española Luis Méndez Quiijada, señor de Villagarcía, y mayordomo del Emperador. Estaban en el lugar y castillo Roberto de la Marca, duque de Bullón, y el duque Horacio Farnesio, hermano de Octavio Farnesio, duque de Parma, y el conde de Villeiri y otros muchos títulos y caballeros de la flor de Francia. El príncipe duque de Saboya tomó luego el lugar; la dificultad estaba en el castillo, por ser tan fuerte, y estar en él gente tan honrada, que es la mayor fortaleza.

Combatiéronle con tanta furia, y minaron por tantas partes, que ya parecía más que temeraria su defensa. Trataron de rendirse, no se concertaban, ni aun llevaban camino de ello, y andando en este trato sucedió una notable desgracia, y de gran lástima y, fue que la pólvora que tenían en la fortaleza se encendio, quemando muchos de los que dentro estaban. Llegó el fuego con su gran furia a las minas que de parte del campo se habían hecho, y volaron parte de la fortaleza, y acudiendo el duque Farnesio y otros muchos de los caballeros franceses a querer remediar aquel incendio, las ruinas de la fortaleza, que las minas volaron, los hicieron pedazos. Murieron más de trecientos. Sucedió esta desgracia a veinte y ocho de julio. Entraron luego los imperiales la fortaleza, prendiendo a Roberto de la Marca y a otros, y porque este lugar y castillo habían sustentado la guerra treinta años sin cesar, haciendo muchos daños en Flandres, hicieron en él lo que en Teruana, echándole todo por el suelo, y no se apartó el de Saboya hasta ver hecha la ruina de todo el lugar. Estas minas se hacían por mandado del Emperador, que estaba en Bruselas, a cuarenta leguas de su ejército, y cada día tenía aviso de lo que en él sucedía. En el año siguiente mandó el Emperador hacer allí cerca un fuerte entre unos pantanos; dicen los que escriben de él que inexpugnable, si bien los soldados de este tiempo se ríen de las fuerzas que m tenían por tales agora cincuenta años.

Escaramuzas continuas entre franceses y imperiales. -El francés arma una emboscada. Sálele mal.

El condestable de Francia, no se hallando con fuerzas iguales para ponerse a vista del duque de Saboya, juntaba la gente que podía y esperaba al rey su amo. Púsose en Picquinio; súpolo el duque, y fue luego a ponerse en el mesmo lugar. Deseaban los caballeros y soldados, mozos amigos de honra, así franceses como imperiales, venir a las manos; no se pasaba día sin escaramuzar. Los franceses se hallaban mal alojados y pidieron al condestable que mudase alojamiento y los pusiese en parte que los enemigos no los molestasen con la ventaja del puesto. El condestable fue a ponerse en un sitio propio para poder armar a los enemigos emboscadas.

Quiso luego aprovecharse de esta comodidad y pagar a los imperiales el atrevimiento con que cada hora le molestaban; mandó poner en una parte encubiertos los mejores caballos y soldados que tenía, y que los demás saliesen a escaramuzar y fuesen trayendo los enemigos hasta meterlos bien en la celada. Salieron como solían los imperiales, y con mucha osadía y sin recelo de emboscada se fueron metiendo y encarnizando en los franceses. Y habiendo peleado un rato unos franceses que sabían de la celada, comenzaron a huir hacia aquella parte, porque los imperiales los siguiesen. Los otros franceses, que no sabían la causa porque sus compañeros se retiraban, pensando la fuga no era fingida con arte, sino de veras, volvieron ellos también las espaldas, y de tal manera se atropellaron, que el fingido huir fue huir de veras. Mataron y prendieron a muchos. Hizo señal el duque de Saboya para que no se alargasen más y recibiesen daño de la artillería del campo francés; mas los imperiales iban tan cebados sobre los enemigos, que sin temor de su artillería, ni querer obedecer a la señal que se les hacía, teniendo en poco a los franceses, pasaron tan adelante que dieron de ojos en la emboscada.

Volvió de nuevo la pelea; unas veces con igualdad, otras llevando lo peor, hasta que los franceses, por estar tan cerca de su alojamiento, se ayudaron de tal manera, que los imperiales hubieron de retirarse poco a poco; mas llegando donde la artillería los asestaba, por librarse de ella alargaron el paso, habiendo perdido lo ganado por no obedecer a su general. Mandó el duque que saliese la caballería para que amparasen los soldados, y acudieron otras banderas de infantería, con cuya ayuda los que fueron atrevidos se libraron de la muerte. No quisieron los franceses dar la batalla, si bien tuvieron ocasión harto favorable. La causa no se supo.

Perdieron los franceses este día docientos hombres, y de los imperiales murieron y fueron presos quinientos. Prendieron a Felipe de Xevres, duque de Arscot.

El rey de Francia se halló en el campo este día. -Retírase el de Saboya a Valencianes por no se hallar igual al enemigo. -Llegó el rey a Cambray. -Demostración que hizo el rey de dar la batalla cerca de Valencianes. -Retírase el rey y deshace su campo.

Andaba ya en el campo francés el rey Enrico, y hallóse en él el día de esta sangrienta escaramuza; llegáronle nuevas ayudas de suizos y grisones; levantóse de este alojamiento y fue a un lugar llamado Piequinio, donde llegó a 26 de julio. Sentíase el duque de Saboya desigual, por ser muy grueso ya el ejército francés, y pasóse a Valencianes. Pasó el condestable con la vanguardia del ejército a dar una vista a Raupama, lugar fuerte, y llegando a reconocerle salieron a escaramuzar algunos caballos, y avivóse tanto la escaramuza, que los franceses llegaron bien cerca del foso de la ciudad, donde la artillería despedazó muchos de ellos, y otros muy mal heridos se retiraron. Pasó el rey contra Perona y otros lugares, haciendo la guerra a fuego y a sangre, y en el principio de setiembre entró por el condado de San Paulo.

Llovió tan reciamente estos días, que el agua mataba los fuegos que los franceses encendían en los lugares, que fue harta parte para que el estrago y daño no fuese tan grande y para que muchos tiros y ropa del bagaje de los franceses quedase en manos de los imperiales, porque los caminos no se podían andar. A seis de setiembre se puso el rey con todo su campo cerca de Cambray y envió un trompeta a la ciudad, requiriéndola que le abriese las puertas y diese entrada. Respondiéronle con la artillería y con palabras, dándole a entender lo poco que le temían, porque la ciudad estaba bien guarnecida, y salieron de ella a escaramuzar con los franceses. A diez y ocho de setiembre pasó con su campo a Valencianes, con semblante de querer dar la batalla a los imperiales que allí estaban; alojóse cerca de Valencianes.

Estaban dentro de la ciudad parte de las banderas imperiales, y los españoles fuera con el duque de Saboya; en la fortaleza de Famaan y en el cerro Monviaco y en un valle que cae debajo, habían puesto otras banderas de arcabuceros españoles con tal disposición, que habiendo necesidad, podían ser socorridos. Pelearon muchas veces en estos lugares con varios sucesos, atreviéndose los franceses con grandísimo peligro a llegar hasta las trincheas de los imperiales; la cual temeridad se les pagó muy bien, matando y despedazando los tiros muchos de ellos. Entendiendo el rey que el campo imperial se aumentaba cada día, y aún era fama que venía el Emperador en persona, si bien la gota le estorbaba y tenía muy impedido, a 22 de setiembre, muy de mañana, levantó con gran silencio su campo, y dio la vuelta para Francia, abrasando la tierra por do pasaba.

Traía en su campo ciento y treinta banderas de infantería y más de seis mil caballos; y en San Quintín deshizo su gente, poniendo parte de ella en algunos presidios. Y lo mismo hicieron los imperiales, que ya el tiempo por las muchas aguas no daba lugar para andar en campaña.

Guerra en Lombardía entre franceses e imperiales. -Toma don Fernando a Orfanela. Fortifícala.

De la misma manera anduvo este año la guerra en Piamonte y Lombardía entre franceses y imperiales. Primero día de agosto, don Hernando de Gonzaga, gobernador y capitán general de Milán, salió en campaña, y en Anfisa, tierra a diez millas de Alejandría, juntó el ejército, y tomó algunos lugares que estaban por franceses. Monsieur de Brisac, general del ejército francés, que estaba en campaña en Castillón, tierra a tres millas de Cortamilla, se retiró al Piamonte, pasó el río Tanar, por Alba, y fue la vuelta de Quier.

Don Fernando pasó con el ejército el Tanar, junto a Aste, y en tres alojamientos fue a Montferrat, tierra nueve millas de Aste. Rindiosele el castillo de Montferrat, que tenían franceses, y Tillola y otros lugares de Montferrat. Fue en dos jornadas a Brutillera, dos millas de Quier, donde Brisac estaba con el ejército francés. Y estando los dos ejércitos a dos millas el uno del otro, después de haber habido una grande escaramuza, se pusieron treguas entre los dos campos por un mes comenzando a correr del primero de setiembre; la cual se alargó en fin del mes por otros diez días.

Y con esto, imperiales y franceses se estuvieron en sus alojamientos ordinarios. Pasada la tregua, don Fernando juntó su ejército en Aste y en las tierras de su contorno, y a 29 de otubre partió de Aste, y en dos alojamientos que hizo (cosa no pensada por los franceses) puso el campo en Dusin y San Miguel, tierras a media legua de Orfanela, y dos de Villanova, lugar fuerte, que estaba por franceses, y entróla último día de otubre. Los franceses que estaban en el castillo de Orfanela se rindieron viernes a tres de noviembre, siendo el sitio de Orfanela fuerte y aparejado para defenderse y ofender a los imperiales. Quiso don Fernando fortificarlo, y por acabar más presto la obra, dio cargo al príncipe de Asculi con la gente de armas de un caballero, y a don Francisco de Este con la infantería italiana de otro caballero, y a don Manuel de Luna, maese de campo, con la infantería española de otro, y a Alejandro de Gonzaga con los gestileshombres y caballería ligera de otro, y a don Alvaro de Sandi se encargó el castillo, con todo lo demás de las cortinas que los alemanes y gastadores hicieron.

Saltean los franceses a Vercel. -Va don Hernando de Gonzaga a socorrer a Vercel. -Retírase el francés de Vercel.

Estando don Fernando ocupado en esta fortificación de Orfanela, monsieur de Brisac, capitán general en el Piamonte, tuvo ciertos tratos con los de Vercel, en el cual lugar estaba por gobernador el maese de campo de San Miguel con sola una compañía de españoles, viernes en la noche, a 18 de deciembre, habiendo hecho bajar en barcas por el Po mil infantes franceses, y con ellos el gobernador de Veral, y desembarcados diez millas de Vercel, y otros mil caballos que el Brisac llevaba.

Caminaron toda la noche, y llegaron a Vercel antes del día, sin ser vistos ni sentidos, por una niebla muy espesa que hacía, que fue parte para salir con lo que intentaron; y por la parte del portal del castillo llegaron a la muralla, y sintiendo el rumor la centinela que sobre ella estaba, y diciendo, «¿Quién vive?» y los de fuera «Francia», los del tratado, que dentro estaban esperando, oyendo el nombre de Francia, de cuatro españoles que en el cuartel hacían guardia, mataron los tres, y rompieron y abrieron el portal por donde los franceses entraron, y por la muralla, que ya con escalas habían comenzado a subir dando voces: «Francia, Francia, libertad, libertad.» Estaba en el castillo con algunos italianos un hermano de Tomás de Valperger, comisario del duque, y salió a tomar el puente; los del pueblo no tomaron armas, ni hicieron defensa, antes algunos decían: «Libertad y Francia.» Estaba tomado de la gota en la cama el gobernador San Miguel, y sintiendo la traición se puso luego a caballo, y acudió a la plaza, donde ya los franceses se hacían fuertes.

Acudió también su alférez y algunos soldados, y combatiendo con los franceses, resistieron y defendieron las calles de los que la vuelta de la ciudad iban; y en tanto que los españoles alojados en torno de la ciudad se iban juntando a las murallas para recogerse en la ciudadela, en la cual estaba por castellano Juan de Paredes. Recogidos los soldados, el maese de campo San Miguel, con el alférez y soldados se retiraron a la ciudadela, y una parte de soldados en la puerta, y caballos, se recogieron y hicieron fuertes en ella, cogiendo todas las vituallas que hallaron en las casas vecinas, y luego dieron aviso a todos los gobernadores de los presidios imperiales, que más vecinos estaban, y a don Hernando de Gonzaga, con toda la diligencia que San Miguel pudo, el cual de los más fue socorrido; y el primer socorro que les vino, y en la ciudadela entró, fue el capitán Pagán con cincuenta soldados italianos; y hallándose don Fernando en Orfanela a treinta y dos millas de Vercel, domingo cuatro horas antes del día, Juan de Quirós, soldado español, llegó con el aviso del suceso de Vercel, y luego, sin más esperar, don Fernando envió a don Francisco de Este con la caballería ligera, y gran parte de la infantería a caballo, la vuelta de Vercel; y después de haber hecho meter en Orfanela toda la artillería, y municiones, y gente que para su defensa bastaba, que fueron cinco compañías de infantería española, tres de italianos, seis de alemanes y tres de caballos ligeros, quedando con esta gente don Alvaro de Sandi en Orfanela, pasado medio día partió don Fernando con el resto del ejército, y caminó doce millas, hasta una tierra que se dice Tonco, a donde llegó a media noche, y esperando el día con más cuidado que reposo, pasó el resto de la noche, siendo socorrida la ciudadela y Vercel. Y teniendo aviso Brisac del socorro que de todas partes venía, y más que don Fernando y don Francisco de Este, con la caballería, estaban en Casal, habiendo estado dos días en Vercel, lunes a 25 del dicho mes, antes que amaneciese, el Brisac con sus soldados salió de Vercel habiendo saqueado algunas casas de la tierra, y la ropa de los españoles, y el palacio del duque, y retiróse la vuelta de la Dora, llevando en prisión solamente a monsieur de Chilan, lugarteniente del duque de Saboya. Tuvo aviso don Fernando de la retirada del francés, y tornó su vuelta de Orfanela, y ganó a Vaudiquir, lugar cinco millas de Aste, y cinco de Orfanela. Alojó en la villa y en la campaña todo el ejército, donde estuvo hasta los diez de deciembre esperando que Orfanela se fortificase, y en ella se metiesen vituallas y municiones.

El príncipe de Salerno. Por qué dejó al Emperador. -Condiciones con que el Turco ofrece su armada al francés.

De esta manera se trataba la guerra entre imperiales y franceses, y por otra parte la armada turquesca, ayudada de la francesa, hacía el mal que podía en las costas de los cristianos. Dije los acomecimientos y daños que hizo Sinán, general del Turco, y su retirada con gruesa presa a Constantinopla, tras el cual fue el príncipe de Salerno con veinte galeras francesas, para rogarle quisiese volver con la armada sobre Nápoles, porque sin duda habría mudanzas y novedades.

Y como en el camino no pudo acabarlo, con él llegó a Constantinopla, que así se lo mandaba el rey de Francia. Suplicó a Solimán por su armada, echándose a pies de los basás, como si fuera un esclavo, cosa harto vergonzosa para hombre tan ilustre; pero un corazón apasionado ríndese a semejantes bajezas. Este caballero comenzó livianamente en Nápoles a tomarse con el virrey don Pedro de Toledo, pareciéndole que lo desfavorecía el Emperador, habiéndole servido mucho.

Tentó novedades en el reino, por donde se hubo de ir a Francia y perder su Estado. Para cobrarlo y vengarse del virrey y meter franceses en Nápoles, fue por turcos. Castiga la Iglesia gravemente a los que se ayudan de infieles y los llaman y les dan armas o consejos, con descomunión mayor, y la justicia les quita las haciendas por leyes. Y sin esto, permite Dios que se pierdan por donde se piensan ganar. Estaban diferentes los basás y consejeros del Turco en lo que el de Salerno pedía, por las faltas, como ellos decían, del rey Enrico trayendo a propósito agora las del rey Francisco su padre.

Pero valió el voto de Rustán basá y su autoridad, que favorecía la causa y pretensión del Salerno por respecto de Sinán, que ya lo deseaba. Y así, respondió Solimán que se holgaba de favorecer a su amigo el rey de Francia y darle gusto en esto que le pedía, y luego capitularon las condiciones con que había de venir la armada a primero de febrero de este año de mil y quinientos y cincuenta y tres, las cuales fueron las siguientes:

«Que Solimán dé al rey Enrico de Francia contra Carlos V, Emperador, sesenta galeras y veinte galeotas por cuatro meses, contando desde el primero día de mayo. Que pague por ellas el rey trecientos mil ducados. Que dé rehenes hasta los pagar a contento de Sinán, o sus galeras en prendas. Que las fortalezas que se tomaren de Cotrón hasta el río Trento, sean de Solimán, y en tal caso que no lleve dineros por la flota. Que toda la tierra que se tomare de Cotrón adelante sea del rey Enrico con el artillería. Que hayan los turcos todas las personas, galeras, naves, ropa que quisieren, usando en todo a discreción de su capitán general, que así lo concertó el rey Francisco, diez y siete años antes. Que si el príncipe de Salerno entregare a Sinán una fortaleza de cuatro que nombró, no lleve los trecientos mil ducados. Que haya de haber el dicho príncipe treinta mil ducados de Solimán, entregando la tal fortaleza por su buen servicio y fidelidad. Juraron estos capítulos, y otros que no se supieron, Rustán basá por parte de Solimán, y por la del rey Enrico, don Fernando de S. Severino, príncipe que se decía de Salerno, y monsieur de Aramón, embajador del rey de Francia.»

Toman los turcos a Bonifacio.

Partió, pues, Sinán de Galípoli al principio de mayo con ciento y cincuenta velas, en que había veinte galeras francesas y cincuenta bajeles de cosarios. Costeó la Pulla y Calabria, poniendo más miedo que haciendo daño. Llegó en Sicilia a Catania, mostrando que quería desembarcar, pero ni allí ni en Córcega osó, por ver gente armada; quiso tomar agua en Puzallo, mas estorbáronselo a lanzadas.

Convínole sacar a tierra mil y quinientos hombres, los más italianos y franceses, los cuales se metieron lejos, pensando que no había más de ciento de caballo, que parecían; pero púsoles una emboscada don Guillén de Belvis, gobernador de Módica, que iba con docientos caballos y cerca de dos mil infantes, con los cuales mató cuarenta turcos y franceses, y prendió seis, que confesaron los conciertos entre Solimán y Enrique. Sinán, sintiendo la muerte de uno que se nombraba Cabil, fue a Licata y tomó el castillo; mataron unos pocos españoles que contra el parecer de Juan de Vega lo quisieron defender. Eran hasta treinta soldados revoltosos de Africa y de mala manera, que por tales los tenían allí. Probó a hacer agua en Jaca y otros cabos, y como halló tanta resistencia, dejó a Sicilia y navegó a Pantaleanea. Hubo el lugar a partido, que se dio al de Salerno; mas Dragut lo quebrantó por cosas pasadas, y cautivó cerca de mil personas. De allí echó Sinán al Elba, donde perdió una galeota y una galera francesa; tentó de tomarla, que la deseaba el rey para entrar en Toscana con los florentines desterrados, mas viendo su fortaleza y guarda, pasó las armas sobre Córcega contra ginoveses, y a poca fuerza, con los muchos soldados que salieron de las galeras, tomó la Bastida; dicen también que hubo trato el príncipe con los suyos.

Cercaron a Calvi con gran diligencia del capitán Pedro Corzo, mas defendiéndoseles por estar dentro acaso tres compañías de españoles que iban a Italia. Echáronse luego todos sobre Bonifacio, diéronle dos baterías y combates, y como era tan fuerte, trataban ya de alzarse los turcos. Aramón entonces, y otros, prometiéronles, según se dijo, diez mil ducados y la artillería, porque no alzasen el cerco, viendo que tenían parte dentro, porque Diego Santo, un hidalgo isleño, se carteaba con Antonio de Caneto, que mandaba el pueblo, por lo cual estuvieron hasta que se dio a inducimiento del Caneto, que si no se diera, haciendo traición a Génova, nunca turcos ni franceses lo tomaran por fuerza, tanto es fuerte Bonifacio.

No llevaron Sinán ni Dragut sino los corsos que se quisieron ir con ellos y la artillería y cuatro mil ducados de contado, y rehenes por otros seis mil. Quedó la guerra trabada con esto en Córcega, y así luego fue allá monsieur de Termes con hasta cinco mil infantes y contra él Andrea Doria, con veinte galeras suyas, y siete de Nápoles, y doce naos con nueve mil soldados, y de allí a poco fueron otros dos mil y quinientos españoles con don Alonso Luis de Lugo, adelantado de Tenerife. Pagó el Emperador la mitad del gasto de esta guerra. Hubo grandes enfermedades en el ejército, a cuya causa se vino a deshacer. Todavía se cobraron la Bastida, San Lorenzo y otros lugares pequeños, y los franceses se quedaron con Bonifacio, Ayazo y algunas aldeas. Sinán se volvió antes de esto a Constantinopla, y con esto dejaremos la guerra este año.

Quiso el príncipe de España casar con su tía, infanta de Portugal. -Conciértase con la reina de Ingalaterra.

El príncipe don Felipe, que estaba este año en Castilla, trató de casarse con doña María, infanta de Portugal, hija del rey don Manuel y hermana de la emperatriz, madre del príncipe. No tuvo efeto esto por el deudo tan cercano que entre ellos había; y así, se pusieron los ojos en otro casamiento más rico e importante a Castilla si fuera Dios servido que se lograra, ya que se hizo. Antes de llegar a tratar de él, que será en el año siguiente, diré agora cómo murió Duarte, o Odoardo, VI de este nombre entre los reyes de Ingalaterra, con sospecha de ponzoña, en edad de diez y seis años.

El cual dejó por sucesora del reino, teniendo dos hermanas, a sus primas, hijas de María, que casó con el rey de Francia Luis XII, y después con Carlos Brandon, duque de Sófole, a inducimiento del duque Juan, duque de Nortumberland, su ayo y su tutor. Pregonó el duque de Nortumberland por reina de Ingalaterra a Juana, hija mayor de María, que fue reina de Francia, y del duque de Sófole, la cual era su nuera -casada con su hijo Gelibert, conde de Brawic-. Por otra parte (y era el camino derecho), María, hija legítima del rey Enrico, se llamaba reina de Ingalaterra. Hizo gente, salió en campaña, y esperó al duque de Nortumberland a la batalla, que venía contra ella con ejército, el cual se rindió sin pelear, y de a pocos días fue degollado por traidor, y después su hijo Gelibert y su nuera, y otros muchos de su parcialidad, y quedó María pacífica en el reino.

Y por el mes de octubre de este año fue coronada en Westmunstery, y luego tuvo Cortes en Londres. Mandó echar los herejes del reino y poner graves penas contra ellos, mandando tener lo que la Iglesia católica romana nos enseña. Y para que esto fuese más firme trataron que la reina casase con el príncipe don Felipe de Castilla, siendo el Sumo Pontífice, y en su nombre el cardenal Reginaldo Polo, los que lo trataban. Dolía mucho este casamiento a muchos grandes de Ingalaterra, y llegaron a tomar las armas contra la reina; mas la reina era tan valerosa, que los allanó y castigó, de manera que estuvieron quedos; y en la plaza de Londres, a doce de febrero del año siguiente de 1554, los degolló públicamente, con el duque Sófole y su hija Juana y su marido. Y para que estas bodas se efetuasen, el Emperador envió a llamar al príncipe su hijo que se llegase a Bruselas, donde él estaba.

Y envió sus embajadores a la reina María para hacer los tratados y conciertos del matrimonio. Los cuales se hicieron, y por lo poco que esto aprovechó no los pongo aquí. Uno de los principales, que por parte del Emperador y del príncipe su hijo, llevaba poderes para tomarse las manos, en nombre del príncipe, con la reina, concertado ya todo con gran solemnidad, hecho el desposorio, armado de punta en blanco (como es costumbre de aquella tierra), estuvo un poco acostado con la reina sobre una cama o estrado. Luego mandó la reina prender a su media hermana doña Isabel, que es la que agora reina, y que la pusiesen en una fortaleza, por haber algunas sospechas de que había sido culpada con los que habían justificado por traidores. Allí estuvo esta señora hasta que el Católico rey don Felipe, su cuñado, la sacó, muy contra la voluntad de la reina, su mujer.

No gustaban mucho los ingleses de este casamiento, porque era con príncipe extranjero y tan poderoso; pero hubieron de pasar por ello, porque lo quiso la reina, y se pusieron unas condiciones en los contratos con que los del reino quedaron contentos, las cuales, porque no tocan a esta historia, callo, para que otro las diga en la del rey don Felipe. El cual podía sentir menos gusto, porque si bien la reina era santa, era fea y vieja, que tenía cumplidos treinta y ocho años, y el rey por extremo galán y mozo, que no pasaba de veinte y siete. Hizo en esto lo que un Isaac, dejandose sacrificar por hacer la voluntad de su padre, y por el bien de la Iglesia.

En este año volvió la pretensión de quitar a la Iglesia sus vasallos, y consultando hombres doctos sobre la justificación del hecho, el maestro fray Melchor Cano, obispo de Canaria; fray Bartolomé de Miranda, maestro y provincial de la Orden de Santo Domingo; el doctor Gallo, catedrático de Biblia en Salamanca; fray Alfonso de Castro, predicador de Santo Francisco de Salamanca, sábado 26 de agosto, presidiendo en una consulta sobre este caso el príncipe don Felipe en las casas de su palacio en Valladolid, dieron por escrito a Su Alteza lo siguiente:

«Lo que de parte de Su Majestad manda Su Alteza consultar a los que aquí responden es, si Su Majestad podrá con buena conciencia pedir a Su Santidad licencia para vender los vasallos que los obispos y iglesias de estos reinos tienen. Para resistir la armada del Turco y asegurar la mar y puertos de sus reinos, y por la gran potencia de los infieles y herejes y por la ayuda que tienen, son menester muchas fuerzas, y las necesidades de Su Majestad son tan grandes, que ni de las rentas de su patrimonio, ni de las ayudas que tiene, puede resistir a los enemigos de la Iglesia. Y pues es público bien de ella resistir a estos infieles y herejes, querría ayudarse con licencia de Su Santidad de lo que se sacase vendiéndose estos vasallos, presupuesto que su intención es dar a los perlados y iglesias las rentas que agora tienen, y recompensa bastante por el señorío y vasallos que se les vendieren.

«Lo que a esta duda se ha de responder es, que Su Majestad ni puede con buena conciencia pedir esta licencia a Su Santidad, ni él darla, ni ya que se pidiese y concediese la venta sería segura en conciencia, por las razones siguientes:

«La primera, porque el Papa no tiene el señorío de estos bienes de las iglesias, sino los perlados y las mismas iglesias, y por esto, sin consentimiento de los verdaderos señores no se puede justificar la licencia para esta venta, y consta que sería contra la voluntad de ellos.

«La segunda, porque estos bienes muchos de ellos se mandaron a las iglesias en testamentos, y contradecir a la voluntad de los defuntos es cosa injusta, por ser tan contra todo derecho divino y humano, y allende de esto serían los tales testadores desfraudados de muchos sufragios, que por tales legados se obligaron las iglesias a hacerles, y el mismo inconveniente hay en frustrar las intenciones de aquellos que por vitorias o votos o devociones dieron en su vida lugares y vasallos a las iglesias.

«La tercera, por la injuria que se hace al estado eclesiástico, en que siendo la necesidad común de todos, padezca más el remedio de ella el estado más privilegiado, como es el eclesiástico, quedando los demás libres, pues no se trata de vender vasallos de ningún otro estado; y constará la tal injuria más si se considera bien lo que de este tal estado eclesiástico se ha ya sacado y saca en las tercias, que son perpetuas, y en los subsidios, y en haberse enajenado de este mismo estado las rentas de las Ordenes militares. Y aun también se les hace otro agravio en que los montes y las heredades que la Iglesia tiene en los lugares que se le vendiesen, valdrían menos de ahí adelante, y no se podría cómodamente aprovechar de todo ello, estando la jurisdición de esto en poder de otros; antes se teme que por las molestias que recibirían de los señores que compraren estos vasallos, serán constreñidos a vender a menos precio las tales heredades. Demás de este agravio se les hace otro en la cobranza de su hacienda, la cual será muy dificultosa, y en que ordinariamente están en comarca de las tales iglesias estos lugares, y si se les diese la renta en otras partes más distantes serían forzados a hacer más costa en la cobranza. Y sobre todo no se les da equivalencia del valor de los vasallos y de la jurisdición y de la calidad de la renta que se les quita.

«La cuarta, porque a los mismos vasallos se les hace agravio, en que sin culpa suya les den otros señores de quien no se espera que serán tratados con aquella piedad y misericordia con que consta que son tratados del estado eclesiástico, especialmente porque se entiende que comprarán estos lugares algunas personas de tal calidad, que se ha de temer que pretenderían más intereses excesivos que buena gobernación de los vasallos.

«La quinta, porque la necesidad de agora no es tal ni tanta que justifique esta venta, porque había de ser la suma y extrema cuando se viniese a este remedio, y aun entonces no se había de comenzar de este reino, pues la principal necesidad no es de él, ni de los lugares de las iglesias, y la libertad de las personas y haciendas eclesiásticas es y fue siempre más privilegiada que la de los hidalgos y caballeros.

«Y ciertamente, aunque Su Majestad pudiera lícita y santamente pedir la tal licencia, y el Papa darla, no era cosa conveniente por muchas razones.

«La primera, porque los herejes se favorecerían mucho de este ejemplo, viendo que un príncipe tan cristiano, que en estos tiempos ha sido amparo de la Iglesia, y ha pretendido remediar los daños y agravios que los príncipes de Alemaña han hecho en este mismo caso a las iglesias, agora de mismo, en reinos tan católicos, quiera quitar los vasallos a sus iglesias y perlados de ellas. Porque aunque la causa y intención de Su Majestad es muy diferente, el hecho los parecía muy semejante al suyo, y en éste particularmente se ha de considerar la puerta que Dios ha abierto en el reino de Ingalaterra, a cuya reducción los príncipes católicos, y señaladamente Su Majestad y Su Alteza, han de insistir. Lo cual se podrá mal hacer sin que en aquel reino se restituyan a la Iglesia los bienes y rentas que les tienen usurpadas, y en tal sazón haría gran daño tratarse acá de negociación de bienes eclesiásticos.

«La segunda es el escándalo de los fieles, que considerando que muchos de estos bienes fueron dados a las iglesias por príncipes religiosos en reconocimiento de victorias y por votos para alcanzarlas, se lastiman y sienten mal que aquella religión pasada, en estos tiempos no solamente no se imite, mas se deshaga lo que tan religiosamente fue hecho.

«La tercera, porque los otros príncipes cristianos tomarían de aquí ocasión para que con menos causa hagan lo mismo en sus reinos, mayormente en Francia, donde pequeñas ocasiones les bastan para agraviar a las iglesias, y si el rey esto hiciese crecerían las fuerzas de los enemigos de Su Majestad.

«La cuarta, porque se quita la autoridad a los perlados, la cual es necesaria en la Iglesia para castigo de los súbditos, y para resistir a los poderosos vecinos y comarcanos, que suelen hacer injuria a las iglesias. Y aunque en este tiempo por la justicia y potencia de los reyes que tenemos, no hay que temer esto, podrían adelante suceder otros tiempos. Es también necesaria tal autoridad y potencia de la Iglesia para resistir a los herejes, que se podrían levantar, como se ha visto por experiencia en Alemaña, donde con el favor y sombra de Su Majestad por la potencia temporal que allá tienen los perlados, se han conservado en religión sus súbditos y vasallos, y faltando esta no hubiera quedado esa poca religión que hay en aquellas partes.

«La quinta, porque consta que de esta venta sucederán muchos y grandes pleitos, como se ha ya comenzado a ver por experiencia de las cosas que de las iglesias se han enajenado en nuestros días.

«La sexta, porque se abre la puerta y hace camino llano para que adelante se acaben de vender todos los bienes de las iglesias de España. Y así despojadas de todo, estarán abatidas, y sus ministros tenidos en poco; y así no se hallarán tales, ni tan suficientes como para el servicio de Dios y bien de las almas se requiere.

«La séptima, porque perderían los pobres de estos lugares, que así se vendiesen, las limosnas que los eclesiásticos suelen hacer. Porque aunque en alguno falte esta piedad, lo más común es que necesidades de súbditos y vasallos de la Iglesia son mejor remediadas de eclesiásticos que de legos.

«La última, y a que se debe mucho atender, es que al servicio de Su Majestad no conviene que se haga esta venta. Porque de hacerse redunda gran daño en su patrimonio, el cual en efeto se vende, pues dél se ha de hacer la recompensa de los vasallos y de las otras rentas que se quitaren a las iglesias. Y también porque no se remedia con esta venta la necesidad que Su Majestad al presente tiene. Porque los lugares no se venderán todos juntos, sino poco a poco y en muy largo tiempo, de suerte que se aproveche menos del dinero. Y demás de esto, abreviarse han las oraciones que en la Iglesia se suelen hacer por los reyes, las cuales, por las limosnas y beneficencias que se hacen a las iglesias, suelen aumentarse; y aún acaecería que comprasen estos lugares algunos grandes señores, que haciéndose más poderosos de lo que convernía en tiempo de otros reyes, podrían causar inconvenientes. Y débese tener consideración en esto, que algunas veces se han visto ejemplos de malos sucesos a príncipes por haber querido lo que era de las iglesias, y en todo tiempo se ha tenido por sacrilegio, que lo que una vez se ha ofrecido y consagrado a Dios se convierta en otros usos.

«Todas estas razones aquí brevemente apuntadas, sin confirmaciones que a ellas hay de muchos y grandes testimonios de derecho divino y humano, y de muchos santos doctores, que se dejan por excusar prolijidad y no dar molestia a Su Majestad y Alteza en leer cosa tan larga, prueban muy bien mon intento y otras cosas a él anejas.»

[Concierto matrimonial del príncipe.]

Concertado el casamiento entre el príncipe y reina de Ingalaterra en la manera dicha, el Emperador envió a llamar al príncipe, porque en su ausencia convenía que en los reinos de Castilla quedase, en lugar del príncipe, la persona que para su gobierno convenía. El Emperador envió sus poderes a la princesa doña Juana su hija, reina viuda de Portugal por muerte del príncipe don Juan su marido, que en el principio de este año falleció, quedando ella preñada del desdichado rey don Sebastián, que murió en Africa, y la princesa, en pariendo, se volvió luego a Castilla, donde todos la conocieron, y acabó sus días santamente en la villa de Madrid, y aquí edificó el religiosísimo monasterio de las monjas Descalzas. Despacháronse los poderes en la villa de Bruselas, a 31 de marzo año de 1554, refrendados del secretario Eraso, y librados por el dotor Figueroa, en los cuales dicen: Don Carlos y doña Juana, etc. Que por lo que tenían escrito sabrán estos reinos las causas que hubo, para que el príncipe don Felipe su nieto, e hijo, hubiese pasado en aquellas partes, que fueron muy urgentes y necesarias, y las que después le movieron a dar orden que volviese a residir y estar en estos reinos, como lo hizo, ya que el Emperador, por el bien de los negocios generales y particulares, no lo pudo hacer como deseaba, y así por dar orden en la pacificación de Alemaña y asentar las cosas de ella, como por la continuación del Concilio, que con tanto trabajo se había procurado por el bien de la religión cristiana; y que estando en esto, el rey de Francia, sin causa ni justa razón, rompió la guerra a fin de perturbar lo uno y lo otro, como lo hizo, anticipándose a tomar las tierras que no le pertenecían en el Piamonte, y muchas naos de mercaduría de sus súbditos y naturales por los mares de poniente y de levante, y trayendo tramas e inteligencia en Alemaña, y juntándose con los que contra la fidelidad y lealtad que debían emprendieron lo que era notorio, habiendo recibido de nos dice tanto honor y beneficio, para remedio de lo cual fue forzado y necesitado todo a levantar el ejército, que el año pasado levantó pasando por Alemaña, y viniendo a ponerse sobre Metz, ciudad imperial y principal, para probar si la pudiera tomar o cobrar y sacar de poder del rey de Francia, y no habiéndose podido hacer por el tiempo y otras incomodidades, se había dado aquella tierra, donde luego comenzó a proveer lo necesario, y se reformó nuevo ejército, con el cual plugo a Nuestro Señor que tomasen a Teruana y Hesdin, plazas importantes y sustanciales para el bien, seguridad y quietud de aquellos Estados, y se hicieron otros efetos, hasta que habiéndose visto los dos campos muy cerca, con harto desorden y daño suyo se retiró el francés, y el imperial se quedó en el lugar que tenía, y de allí se fueron a alojar los que habían de quedar en las fronteras, y los otros se despidieron.

Y que después, habiéndose tratado el matrimonio entre los serenísimos príncipe y reina de Ingalaterra, y héchose los tratados y capitulaciones, fue servido Nuestro Señor que se concluyese por palabras de presente, en virtud del poder que el dicho serenísimo príncipe envió, que era negocio de grandísima calidad e importancia, y muy útil y conveniente no sólo para el bien universal de la Cristiandad, pero para sus señoríos y Estados y conservación de ellos, y especialmente para estos reinos de Castilla, así por apartarle y quitarle de la obligación que tienen al sostenimiento continuo de los Estados de Flandres, que es tan costoso, dificultoso y trabajoso, como por el trato y comercio que ternían sus súbditos y vasallos libremente con el dicho reino de Ingalaterra, de que se les podía seguir mucho beneficio por la vecindad que tienen. Y que confiaba en Dios que por este medio reduciría y traería las cosas a términos que sus enemigos no puedan tan fácilmente como hasta aquí ponerle en forzosas necesidades, que lo sentía cuanto era razón y debía, por lo que deseaba aliviar sus súbditos, y que era de tanta importancia la breve pasada del dicho serenísimo príncipe y efetuar y consumir este matrimonio, y tomar la posesión de aquel reino, como marido y conjunta persona de la dicha serenísima reina su mujer, que para hacerlo había puesto en orden la armada necesaria que se sabía. Que demás de lo susodicho, aunque el príncipe había estado en aquellas tierras y las había visitado, y fue jurado en ellas, como se detuvo tan poco tiempo, no pudo ser conocido ni tratado como fuera razón, por no haber entendido en la gobernación ni otros negocios comunes ni particulares; y que también era necesario y conveniente para la conservación de aquellos Estados bajos, tornarlos a visitar, y pasar a hacerlo cuando fuese tiempo, para que los naturales de ellos le amasen y obedeciesen, como era cierto lo harían, según su fidelidad y lealtad. Y que, puesto que una de las cosas que más deseaba era verse en estos reinos con reposo y descanso, que así lo entendía poner por obra con la brevedad posible. Y porque durante su ausencia y la del príncipe su hijo, convenía que hubiese persona que entendiese en la administración y gobierno del reino, a quien en su nombre pudiesen acudir en las causas y negocios que se ofreciesen, y no tengan necesidad de ir en su seguimiento, que les sería muy trabajoso y costoso, y lo que con más razón podía satisfacer a todos en general era que, habiendo persona de la sangre real, quedase en ella el gobierno. Por ende, que acatando y conociendo la virtud, grandes calidades y loables costumbres que concurrían en la serenísima princesa e infanta doña Juana, su muy cara y amada hija, y el amor que a los dichos reinos y súbditos tenía, y que por el consiguiente había de ser de ellos amada, y entendiendo que así cumplía el servicio de Dios Nuestro Señor y al suyo, la nombraba y elegía para que quedase en su nombre y lugar. Y por el poderío real absoluto, de que en esta parte quería usar, como reyes y señores naturales, no reconociente superior en lo temporal, la elegía y señalaba, constituía y nombraba a la dicha serenísima princesa e infanta doña Juana por gobernadora de estos reinos de Castilla, de León, de Granada, de Navarra y de las islas de Canaria y de los otros reinos y señoríos de la corona de Castilla, y le daba todo su poder, con todas las fuerzas y solenidades que un amplísimo poder pide, según derecho.

Llegó el conde de Agamón a Valladolid con los despachos del casamiento.

Llegó a Valladolid, donde estaba el príncipe, a 8 ó 10 de mayo con estos despachos el conde de Agamón, y con relación de cómo ya estaba hecho el desposorio del príncipe con la reina de Ingalaterra, y luego el príncipe mandó despachar sus cartas a todos los grandes y ciudades del reino, en que les decía que debían saber cómo por fallecimiento de Eduardo, rey de Ingalaterra, había sucedido en el reino su muy cara y amada tía, con la cual Su Majestad había tratado y concertado de casarle, pareciéndole ser cosa muy necesaria a la conservación y aumento de sus Estados, y la paz universal de la Cristiandad, y principalmente por lo mucho que convenía a estos reinos de Castilla la unión de aquel reino con ellos, por su quietud y sosiego, y que con la conclusión de este matrimonio eran ya venidos los embajadores de la serenísima reina a pedirle que luego, con la mayor brevedad que ser pudiese, fuese a efetuarlo, y que lo pensaba hacer así, y se andaba con toda diligencia aprestando para su partida; y que después de estos embajadores había llegado el conde de Agamón con cartas y despachos del Emperador, de quien lo había sabido más particularmente, y que también escribía cómo había acordado de dejar la gobernación de estos reinos, durante su ausencia, a la serenísima princesa de Portugal su hermana, por parecerle ser lo que más convenía al bien de ellos, y de que más contento todos habían de recibir, lo cual le había parecido hacer saber a todos, como era razón.

Queda la princesa doña Juana por gobernadora de Castilla, y la instrucción que el príncipe dejó. El de Mondéjar, en Indias. -El de Cortes, en Ordenes. -Don Antonio de Rojas, ayo del príncipe. -Don García de Toledo, mayordomo mayor de la princesa.

Dejó el príncipe a la princesa su hermana una larga instrucción y orden que había de guardar en las cosas del gobierno harto notable, en que se echa de ver el celo que siempre tuvo de la justicia, como lo mostró después en los años que reinó.

Encargóle mucho que tuviese especial cuidado de la administración de la justicia, y que en las cosas que a ella tocasen, no tuviese respeto a persona alguna ni suplicación de nadie, sino que mandase administrarla enteramente, y que tuviese las consultas ordinarias los viernes de cada semana, y se hallase en ellas sola con los del Consejo, como el Emperador y él lo habían acostumbrado y hecho siempre. Y porque muchas veces en las consultas se ofrecen cosas que según la calidad de los negocios conviene más mirarse, estuviese con cuidado que cuando tal caso hubiese, respondiese en las consultas que quería pensar en ello, y después llamase al presidente del Consejo en presencia de Juan Vázquez, y con ellos viese lo que se debía proveer. Que no se diese lugar que se viesen pleitos fuera de la orden que se tenía en el Consejo y en las chancillerías, salvo si, comunicado con el presidente y los del Consejo, no pareciese que convenía a la buena administración de la justicia. Dejó señalados para el Consejo de Estado al presidente del Consejo arzobispo de Sevilla, y al marqués de Mondéjar, y al marqués de Cortes, y a don Antonio de Rojas, y a don García de Toledo, y a Juan Vázquez, que cuando se tratasen negocios de la corona de Castilla, se hallasen presentes el licenciado Otalora y el dotor Velasco; y cuando fuesen de la corona de Aragón, se hallase el vicechanciller, y uno de los regentes del reino. Y que en las cosas ordinarias de la guerra entendiesen el marqués de Mondéjar, y el marqués de Cortes, y don Antonio de Rojas, y don García y Juan Vázquez. Y cuando se ofreciesen cosas donde fuese menester letrado, llamasen al dotor Velasco y el marqués de Mondéjar señalase las provisiones y cartas que la princesa hubiese de firmar y que se juntasen dos días de cada semana de ordinario, y más si se ofreciesen negocios que lo pidiesen. Que con las fronteras se tuviese mucho cuidado y se mirase mucho los que ponían en ellas. Que la gente de guardas estén en orden y bien aprestados. Que la princesa oyese siempre misa públicamente, y señalase algunas horas del día para dar audiencia, y que reciba las peticiones y memoriales, y las remita dando respuestas generales y de contentamiento. Que se hiciese siempre el Consejo Real en palacio, como era costumbre, y asimismo los Consejos de Estado, y Guerra, y Cámara, y Hacienda, y el de Aragón, Ordenes y la Contaduría. Que en la expedición de la cámara entendiese el licenciado Otalora y el dotor Velasco, del Consejo, y el secretario Juan Vázquez. Ordena otras cosas tocantes a la Contaduría, guardas del reino y fronteras y Consejo de Hacienda, en las cuales todas dice que se halle Juan Vázquez, y que de ninguna manera la princesa provea oficio ni beneficio de las Ordenes sin parecer y consulta de presidente y los del Consejo de ellas y de Juan Vázquez. Que si sucediese alguna peste o otra causa por donde fuese menester mudar a la reina y al infante de donde están, sea con parecer de los del Consejo de Estado. Que los obispos y perlados residan en sus iglesias y no se les permita estar fuera, y que el presidente de Granada obispo de Avila residiese en su Iglesia cada año a lo menos noventa días, en los cuales entrase la Cuaresma. La cual instrucción con otras muchas particularidades que encarga mucho el príncipe a su hermana, y manda guardar puntualmente, se despachó en La Coruña a 12 de julio de este año 1554. Demás de esto, limita los poderes a la princesa para que en la cámara no se den legitimaciones a hijos de clérigos, ni habilitaciones para usar oficios personas que hayan resumido corona, ni facultad para mayorazgos, sino a caballeros y personas de calidad, y no a mercaderes ni gente baja, porque así se dé entender la ley de Madrid. Que en las iglesias del reino de Granada no se ponga alguno que no sea limpio de raza de judío, porque así conviene. Limita otras muchas cosas que por tan largas las dejo. Dejó instrucciones para todos los Consejos, todas enderezadas a que se hiciese justicia y se sirviese Nuestro Señor y el reino fuese bien gobernado, que es harto notable el celo que siempre conocimos en este príncipe, y los ojos que ponía en las cosas, por menudas que fuesen, con deseo de acertar, como debe decirlo quien escribiere su historia, no por memoriales que los noveleros o gaceteros escriben y venden sin orden ni verdad, que tales son sus gacetas, sino por los papeles de sus secretos y Estado. Antes de embarcarse el príncipe envió delante al marqués de las Navas, uno de sus mayordomos, a visitar a la reina y darle el parabién con un riquísimo diamante, prenda de su buena voluntad.

[Embárcase el príncipe.]

Y a trece días del mes de julio se embarcó en La Coruña, llevando una flota de setenta naves y veinte urcas, acompañado de muchos nobles, grandes y señores de títulos, y otros caballeros españoles, que fueron el almirante de Castilla, a quien sólo pidio el príncipe que en esta jornada le acompañase; el duque de Alba, mayordomo mayor; el conde de Feria, capitán de la guarda; Ruy Gómez de Silva, sumiller de Corps, don Juan de Benavides, de la Cámara, y después fue marqués de Cortes; don Fadrique de Toledo, el marqués de Vergas, don Juan de Acuña, que fue conde de Buendía, mayordomos del príncipe; el conde de Olivares, el marqués de las Navas, don Diego de Acevedo, Gutierre López de Padilla, don Pedro de Córdova, hermano del duque de Sesa; don Diego de Córdova, primer caballerizo; el duque de Medinaceli, el marqués de Aguila, el marqués de Pescara, el conde Chinchón, el conde de Módica, el conde de Saldaña, el marqués de Valle, don Hernando de Toledo, hijo del duque de Alba; don Hernando de Toledo, hermano del marqués de las Navas; Garcilaso de la Vega, el conde de Ribadavia, don Luis de Haro, don Pedro Enríquez, que es conde de Fuentes, y otros muchos caballeros hijos de éstos, y otros señoríos principales de España, con cuatro infantes, todos españoles, y con otras treinta naves bien armadas, que don Luis de Caravajal llevaba en retaguardia. Tuvo próspera navegación, y en siete días llegó jueves a diez y nueve de este mes en isla de Huic, y allí surgió aquella noche. Salieron a recibir seis naves inglesas muy armadas y otras de los Estados de Flandres, y el viernes, a los veinte, saltó en tierra en el puerto de Antona, donde llegó en una barca grande pintada de verde y blanco el almirante de Ingalaterra. Salieron con ellos grandes señores españoles, y al tiempo que desembarcaban llegó el conde de Arondala, inglés, y de parte de la reina le dio la bienvenida, y le presentó la Orden de la Jarretera, y el rey se fue derecho a la iglesia con una jarretera ligera, y la que la reina había enviado, que era pesada por la mucha pedrería que tenía, la llevó en un cofrecico don Enrique de Guzmán, hijo del conde de Olivares, uno de los cuatro pajes de cámara que tenía el rey, que hoy día es conde de Olivares. Presentaron asimismo a Su Majestad doce cuartagos ricamente aderezados. Sábado a los veinte y uno desembarcó la demás gente, exceto los marineros y soldados, que mandaron pasar al puerto de Plemua. Llegaron todos los grandes y caballeros de la reina a besar la mano al que iba para ser su rey. La reina estaba en Vinchestre, cinco leguas de allí. Descansó el príncipe cuatro días en Antona, y al quinto llegó a Vinchestre. Fue derecho sin se apear a la iglesia mayor, en la cual dio gracias a Nuestro Señor por el buen viaje que le había dado. Recibiéronle el obispo y clerecía, con los nobles del pueblo, solemnemente. Y habiendo dejado el hábito de camino y puéstose de rúa, en anocheciendo pasó a palacio, donde estaba la reina acompañada de poca gente, y allí estuvo con la reina tratándose con mucha cortesía y amor. Y cuando el príncipe quería despedirse, en la mesma sala llegó el regente Figueroa, y le entregó una bolsa de terciopelo carmesí, y dentro de ella los privilegios y títulos de la donación que el Emperador le había hecho de los Estados de Italia en favor de este casamiento, y con esto se volvió el nuevo rey o príncipe a cenar retirado aquella noche, y otro día comió en público, y no le servían a la mesa sino los criados de la reina, aunque los españoles no lo llevaban bien, ni el mal tratamiento y hospedaje que los ingleses les hacían, que es ordinario entre gentes de diversas naciones haber pesadumbre, y más cuando los unos van a mandar o tener alguna superioridad en los otros. Había cada día pendencias y muertes, y el rey puso freno a los españoles mandándoles que sufriesen; pero siendo ya las demasías grandes, se vino a enfadar de los ingleses, de manera que los dejó y se volvió a servir de los españoles, queriéndolo así la reina, que era muy aficionada a la nación española. Envió el príncipe a su gran privado Ruy Gómez de Silva, para que de su parte visitase a la reina y la llevase unas joyas que la traía, que serían como de tan gran príncipe. Fueron un collar, unos brazaletes, otra para poner en el copete o frente, que se apreció en cien mil ducados.

Casamiento del príncipe de España, y reina de Ingalaterra. -Llámase rey de Nápoles don Felipe. -Aclaman a don Felipe rey de Ingalaterra.

A veinte y cinco de julio, día de Santiago, el príncipe y la reina, riquísimamente vestidos, fueron a la iglesia, que estaba cubierta de colgaduras de gran valor, y cerca del altar mayor, el sitial o cortina donde los reyes habían de estar, y el obispo de Vincestre vestido de pontifical, allí junto, una grada más alto, y junto a él otros perlados de reino, y a los lados de los reyes, los caballeros españoles y ingleses, y los embajadores de príncipes y el embajador del Emperador, que era el conde Egmondio, y otros. Hallóse aquí el regente Figueroa con una carta del Emperador o privilegio escrito en latín con el sello imperial pendiente, en la cual renunciaba en el príncipe su hijo el reino de Nápoles y le hacía título de él, de suerte que desde este día se llamó y fue rey de Nápoles y duque de Milán. Declarólo al pueblo en la lengua inglesa y en voz que todos lo pudiesen oír. El obispo preguntó luego a los reyes si eran contentos de casarse, como entre ellos estaba concertado, y hechas las solemnidades acostumbradas en semejante acto, les tomó las manos, y en acabando de decir la misa pusiéronse al pie del altar cuatro reyes de armas, vestidos con sus cotas reales, y en lengua latina, francesa y inglesa, dijeron en voz alta: Felipo y María, por la gracia de Dios rey y reina de Ingalaterra, Francia, Nápoles, Jerusalén, Escocia, defensores de la sacra y católica fe, príncipes de las Españas y Sicilia, archiduques de Austria, duques de Milán, de Borgoña y Brabante, condes de Hanspurg, Flandres y Tirol, etc. Acabada la misa ofrecieron a los reyes bizcocho y vino, de lo cual todos cuantos allí estaban, nobles y plebeyos, tomaron lo que quisieron. Luego el rey tomó de la mano a la reina y la fue así acompañando hasta el palacio real.

La reina estaba vestida a lo francés y tenía en el pecho un diamante de increíble grandeza y hermosura, que todo lo había bien menester para suplir la que le faltaba. Esta joya la había enviado el rey su marido desde España con el marqués de las Navas, como dije. En una gran sala de palacio estaban puestas siete mesas grandes, de las cuales la que era para los reyes era menor y estaba levantada cuatro gradas. Comió con los reyes a su mesa el obispo que los había velado. Acabada la comida, el rey y la reina tomaron sendas tazas, y el rey brindó a todos los caballeros ingleses, y la reina a los españoles que habían comido en las seis mesas. Y con esto se acabó la comida, y salieron a ver las fiestas, que duraron el día todo y parte de la noche. Dejaremos así a los recién casados, por volver a lo que queda arrasado de las guerras de este año.

La guerra que hubo en Picardía. -Lugares que el rey tomó cerca de Mariemburg. -Julián Romero, valiente español. -Duque de Saboya, general de campo imperial, sale a resistir al francés. -Braveza del rey Enrico. -Destruye los lugares de Henaut.

En este año anduvo la guerra muy viva en Sena, como la dejo contada. Húbola en Picardía y en el Piamonte, como lo diré aquí, y comenzaré por la de Picardía, la cual comenzó el mariscal de Francia San Andrés, que a diez y nueve de junio fue con parte del ejército francés contra Marienburg, un lugar que la reina María la Valerosa había fortificado y hecho de nuevo y dado nombre, y a veinte y seis de julio, sin disparar un tiro, por pura flaqueza del capitán Martignio que la tenía, se le rindió y entregó. Dice Ponti Heuterio Delfio, que escribió en latín las cosas de Flandres, que en el año de 1560 vió en París a este infame y cobarde capitán, tan miserable, pobre y desechado, que nadie se preciaba de hablar con él; donde finalmente, el miserable, siendo por justo juicio castigado, murió con suma pobreza, que tal es siempre el fin de los traidores cobardes, que aun el mismo que recibe el beneficio de la traición le aborrece. La otra parte del ejército real, que llevaban el condestable Anna de Montmoransi y Vendoma, partió contra Avenan, tomando otra vez a Treslonio, Glayono y Chiaman, a los cuales todos pusieron fuego. La otra tercera parte del ejército que el rey había juntado, llevaba el duque de Nevers.

Fue contra la selva de Advennan, y tomó a Orchimonte, y los soldados que estaban de guarnición desampararon feamente a Villaria, Jedinesio, y los franceses se apoderaron de ellos. Y de esta manera fueron tomando algunos lugares y haciendo las crueldades posibles; y a primero de junio se juntaron las tres partes del ejército y se hizo uno de más de treinta mil infantes, los ocho mil lanzquenetes y otros ocho mil suizos, y seis mil caballos, y mucha y muy buena artillería. Caminó el rey al río Mosa, y púsose sobre Dinan, villa del condado de Namur; combatióla y entróla. Defendíase la fortaleza valientemente, mas era grande el poder del rey, y se hubieron de rendir. Fue preso allí el capitán Julián Romero, que había poco antes entrado con algunos españoles, saliendo a tratar de rendirse, que fue su culpa y poco saber, porque raras veces moran en uno valentía y prudencia, si bien adelante mostró este capitán tenerlo todo, pues fue uno de los nombrados de nuestro tiempo. Saqueóse el lugar.

De la otra banda del río Mosa hicieron los franceses otros daños. El Emperador, acometido de un enemigo tan poderosamente, mandó recoger su gente y nombró por general al duque de Saboya, y que juntase el ejército en Namur. Nombró por acompañado del duque a Juan Bautista Gastaldo, varón claro en las guerras de Alemaña y otras partes. A trece de julio partió el rey con su campo de Dinam y llegó a ponerse dos millas de Namur, donde en cada día iba creciendo el campo imperial, y temiéndose el rey de que podían aumentarse tanto las fuerzas del ejército imperial que se viese en algún aprieto, levantóse de ahí y partió para Bins y Marimont, que es una gran fortaleza y casa de recreación que la reina María había hecho en el condado de Henaut, en la cual casa había hermosas huertas de arboledas, y llegando a ellas el rey sacó la espada de la vaina y cortó con ella él mismo algunos enjertos y ramas de árboles, dando principio a la destrución que mandó hacer, cortando y quemando cuanto había, y echando por el suelo las casas reales, queriéndose vengar donde no había resistencia de los enojos que a su padre y a él había dado la valerosa reina María. Destruido Marimont, fue contra Bins, donde la reina también había edificado un suntuoso palacio. El lugar no era fuerte, si bien había en él guarnición que resistió algún tiempo, pero húbose de rendir sin condición alguna.

Dejaron salir la gente y soldados sin armas, si bien los capitanes y hombres ricos compraron la libertad con muy buen dinero. Luego pusieron fuego al lugar y palacio, que fue una crueldad sin fruto. De esta manera anduvo Enrico por todo el condado de Henaut abrasándolo sin dejar cosa en pie, dejando el francés una triste memoria en toda aquella tierra de su cruel jornada. Sintieron ya que los imperiales los seguían, y marcharon haciendo los mismos daños donde podían. Llegaron los corredores de su campo hasta las puertas de Bergarum, en el mesmo condado de Henaut. Puso el rey su campo en el camino que está en Valencianes y Quesnao, que ya en el campo se sentía falta de bastimentos. Llegaba el duque de Saboya en su alcance ya cerca, y alcanzó al mariscal San Andrés en un arroyo, cerca de Quesnao, cuando pasaba la caballería francesa, y acometiólos, prendiendo y matando algunos, y hiriendo a muchos cogióle casi todo el bagaje. Los demás se acogieron al campo del rey.

Sale el Emperador en seguimiento del rey. -Provoca el Emperador al francés a la batalla. -Rehúsala el rey. -Gruesa escaramuza. -Retírase el campo francés, no queriendo la batalla. -Revuelven los franceses sobre parte de los imperiales. -Válense valientemente los españoles. -Los que en los reencuentros murieron. -El francés deshace su campo, contento con lo que había hecho. -El Emperador se vuelve a Bruselas. -El de Saboya destruye el condado de San Pablo. -Lo que el de Saboya destruyó riberas del río Somona.

Tenía ya el Emperador casi todas sus fuerzas juntas, habiéndole venido de diversas partes mucha y muy lucida gente. Salió a toda priesa en seguimiento del rey para darle la batalla donde quiera que le hallase. Supo esto el rey, y hallaba su campo deshecho y cansado por lo mucho que había andado, por lo cual no se atrevió a esperar, antes a largas jornadas se fue retirando en Francia, y en fin de julio se reparó de vituallas y púsose cerca de Cambray el ejército imperial, y llegó a ponerse casi a vista del francés, tomando la ciudad de Cambray, parte donde se pudiesen valer de ella. Temía el rey de venir en rompimiento de batalla, y por esto procuraba alojarse en parte que el Emperador no le obligase a darla. Y segundo día de agosto se le fue retirando, entrando las tierras de Arrás, y haciendo en ellas los incendios y muertes que pudo, como había hecho en el condado de Henaut. De ahí pasó con su campo y púsose sobre Rentin, con que puso miedo y turbación en las tierras del Emperador. Siguióle el campo imperial, y púsose en Marquij, una milla de Rentin. Los franceses batieron reciamente la fortaleza, mas los soldados que dentro estaban, sabiendo que tenían al Emperador cerca, la defendieron esforzadamente.

Arrimóse más el Emperador al francés, y determinó de tomar un collado que estaba muy vecino al campo francés, en cuya falda barruntándole le armó una celada. Mandó el Emperador que fuesen a tomar este montecillo cinco banderas de la infantería alemana y cinco de españoles arcabuceros con algunos hombres de armas y tiros de artillería, y que el resto del ejército se pusiese en orden en un llano cerca de los franceses. Ellos, impacientes por estorbar esto, salieron de la emboscada y trabaron una gruesa escaramuza, creciendo de continuo el número que iban cargando de un cabo a otro. Salió en ayuda de la infantería imperial Gunteo, conde de Subarth Semburg, con trecientos caballos negros, con cuya ayuda y esfuerzo, muriendo muchos franceses, desampararon el monte o bosque donde se habían metido.

Luego se hicieron los imperiales señores de aquel puesto, haciéndose fuertes en él los alemanes y españoles con los trecientos caballos que llevó en su socorro el conde. Los campos imperiales y franceses, puestos en orden como si se hubieran de combatir, estaban mirando la escaramuza de los suyos, y dando muestras de quererse dar la batalla. Mas como los franceses se vieron echados del montecillo sobre que tanto habían peleado, dejando a Rentin y echando delante la artillería y bagaje, y en su seguimiento la infantería, a toda priesa comenzaron a marchar, quedando la caballería en retaguardia, haciendo espaldas al campo que caminaba. Avisólos un fugitivo que del campo imperial se les pasó, que eran muy pocos los que estaban en aquel montecillo; pensaban los franceses que la mayor parte de los imperiales se habían hecho fuertes allí, y con el aviso que el fugitivo les dio volvieron del camino a dar en ellos toda la caballería francesa, con más una legión de alemanes. Acometiéronlos con un ímpetu francés, y hicieron huir al conde Subarth Semburg, capitán de los trecientos caballos, y dieron luego en el conde Nasau y los suyos, que por el mucho calor que hacía estaban desordenados.

Los españoles, cuyo capitán era Alonso de Navarrete, por su gran ligereza, sin perder el orden, jugando con mucha destreza de sus arcabuces, se defendieron valientemente en el soto; los demás, antes que del ejército imperial pudiesen ser socorridos, fueron rotos con muerte de muchos; de suerte que los que acababan de vencer quedaron vencidos; y hecho este daño, ya que se pasaba el día, la caballería francesa volvió en seguimiento de su campo, que iba marchando, sin tocar atambor, dejando en el camino algunos tiros gruesos de artillería por no se detener a reparar los carros que se habían quebrado. La pérdida de ambas partes casi fue igual, porque de dos veces que se toparon, en la primera fueron los franceses rotos y muchos muertos en la revuelta que hicieron; vengáronse bien por ser ellos doblados y coger a los imperiales sin orden ni cuidado.

Acabárase este día con los franceses si la infantería del conde Nasau peleara y los entretuvieran hasta que la caballería imperial llegara, o si al principio se atrinchearan con los carros y otros reparos donde la infantería española se metiera y hiciera fuerte, y detuviera a los caballos franceses, valiéndose con estos reparos del ímpetu de los caballos. Murieron de ambas partes en los encuentros que tuvieron. cerca de tres mil personas, y los más fueron de la legión o regimiento del conde Nasau, que por andar sin orden se perdieron. Llevaron al rey las banderas que les ganaron, mas no la artillería, antes perdieron de la suya, porque huyeron en haciendo el salto. Ya sé que Paradino, coronista francés, dice lo contrario, y ellos celebran esta victoria, y en Francia la regocijaron, y no me espanto; que, como nunca la alcanzaron del Emperador, contentábanse con poco. Este autor escribió la vida de Enrico segundo en francés, y en latín la puso en epítome Comerio. Hay algo de falta en las historias francesas, por faltarles algo de la verdad y elegancia.

No quiso el rey esperar más, sino a largas jornadas llegó a Abbevilla, de ahí a Ambiano, y últimamente a Compiegne, donde en fin de agosto despidió los suizos y casi todos los alemanes, y él metióse en Francia; la demás gente puso en presidios, dando parte de ella a Vandoma, gobernador y capitán general de Picardía. El Emperador, por la poca salud que tenía, entregó el ejército al duque de Saboya, su general, y volvióse a Brusellas. Pasó el duque el río Authia en seguimiento de los franceses, y tomó la fortaleza de Auchiaca, y pasando el río Somona, que divide la tierra de Arrás de Picardía, tomó y quemó a Dampterra, Durthiam, Machium, Mantinaum, San Riquerio y otros muchos lugares de la ribera del río Authia, volviendo el ejército al condado de San Pablo, y de ahí a Mostreulio y Dorlan, quemó y destruyó todos los lugares de aquella comarca, y comenzóse la reedificación y fortificación de Hesdin entre unos pantanos, mucho mayor y más fuerte que nunca estuvo. Reparó aquí el duque con todo el ejército imperial hasta que se acabó la fortificación. Acabada esta obra, volvió a pasar el Somona y entró por Picardía abrasando y consumiendo todo lo que la vez pasada había dejado en pie, y fue tan grande el estrago y crueldad que en venganza de la que el rey Enrico había usado con los de Henaut y Arrás, ejecutaron los imperiales en aquellos desventurados picardos, que en medio del día el humo que salía de los fuegos con que abrasaban los lugares escurecía el sol, y en grande distancia de tierra no parecía si no la misma noche muy oscura, y no lo podía remediar Vendoma, si bien andaba en seguimiento del ejército; pero de lejos, como quien teme al más poderoso, y algunas veces si se desmandaba en acercarse algo, le castigaban de manera los imperiales, que no osaba parar en tres ni cuatro leguas del ejército.

No dejó el duque de Saboya lugar ni aldea en todas las riberas del río Somona, hasta llegar a Cambray, que no los abrasase. Esta manera de guerra de los unos y de los otros cierto que era más inhumanidad que valentía, pues hacían tantos males a los pobres inocentes, que no habían dado causa para ellos; han de pagar los súbditos los enojos de sus reyes. Era ya mediado diciembre cuando el ejército llegó a Cambray, y aquí se despidió la caballería y los regimientos alemanes, y a los flamencos pusieron en las fronteras de aquella tierra con las de Francia, y lo mismo hizo Vendoma de su gente, porque ya el tiempo no sufría andar en campaña.

La guerra que hubo en el Piamonte. -Don Alvaro de Sandi, valiente español, fatiga al francés. -Cerca el francés a don Alvaro en Valfanera. -Gómez Juárez de Figueroa socorre a don Alvaro. -Don Alonso Luis de Lugo.

Por no haber sido la guerra del Piamonte de tanto momento como la de Picardía, diré brevemente algo de ella en fin de este libro. El Emperador envió a llamar por el mes de marzo de este año a don Hernando de Gonzaga. Partió para Flandres, y dejó en su lugar por capitán del ejército, en el Piamonte y Lombardía, a Gómez Juárez de Figueroa, que era embajador en Génova, y fue a residir en el Casal de Montferrat. Don Alvaro de Sandi quedó en Valfanera con la infantería y caballería, el cual, sin descansar, no cesaba de dar asaltos y trabar escaramuzas con los franceses que estaban en el Piamonte con su general monsieur de Brisac, y de tal suerte los trataban, que con ser señores de casi todo el Piamonte, no podían sufrir una sola fuerza que los imperiales tenían, y queriendo Brisac echar de allí los españoles, los cercó en Valfanera, y les tomó los caminos para que no pudiesen ser socorridos.

De suerte que don Alvaro de Sandi se vió apretado, porque ya le faltaban los bastimentos y no tenía sino pan de salvados, y de ello no daba más que ocho onzas a cada soldado para cada día, y alguna carne de caballos que comenzaban a matar. Avisó al embajador Gómez Juárez de Figueroa, pidiéndole socorro, y el embajador juntó en Aste la gente que pudo, y martes a cuatro de setiembre partió de Aste con el ejército y llegó a Villafranca, siete millas de Aste, donde los franceses habían hecho un fuerte, y con la voz de que venía el ejército imperial se habían retirado y desamparado todos los fuertes que habían hecho. Entró Gómez de Figueroa en Valfanera, y abastecióla de vituallas y municiones.

Detúvose en ella catorce días; sacó a don Alvaro y la gente de guerra que con él había estado, y puso en su lugar al capitán Retuerta con tres compañías de españoles, y tres de italianos, y dos de alemanes, y a los diez y ocho de setiembre tornó a Aste, y a veinte y tres del dicho mandó volver la gente a los presidios, de donde la había sacado, y los alemanes que de Valfanera habían salido envió a Valencia del Po, y él, con su guarda, tornó a Casal, y cerca de Aste, donde Brisac se atrevió a llegar corriendo la tierra. Don Juan de Figueroa, capitán de la caballería, salió con seis compañías de a caballo, y el maestre de campo don Manuel de Luna, con cantidad de arcabucería española, se toparon con los franceses, y les dieron tal carga que, como venían cansados del camino y los españoles salían de refresco, prendieron más de ciento y cincuenta caballos ligeros y otros cincuenta hombres de armas, y rescataron al capitán Juan Bautista Romano y otros soldados que en esta correría habían preso.

No descansaron las armas en Córcega tampoco este año entre franceses, cuyo capitán era monsieur de Termes, y genoveses, a quienes ayudaba el Emperador con dineros y soldados españoles, de los cuales fue coronel don Alonso Luis de Lugo, adelantado de Tenerife, y viniendo este monsieur Pablo de Termes en socorro de Pedro Strozi en la guerra de Sena, se topó con el Fadrique Colona, y le rompió y ganó en una batalla diez y siete banderas francesas.

Libro treinta y dos

Muerte de la reina doña Juana, en Tordesillas, a once de abril, en edad de setenta y tres años.

Comenzaré este año por muertes de príncipes; que ninguno de los reyes tiene más en esta vida, ni es de mejor condición en lo que a esto toca que un pobre labrador o mendigo.

La reina doña Juana, señora proprietaria de estos reinos y madre del Emperador, enviudó, como vimos, por muerte del rey don Felipe, su marido, año 1506, siendo de edad de veinte y siete años. Y habiendo estado poco menos de cincuenta viuda en la villa de Tordesillas, falta de juicio, si bien con continua salud del cuerpo, siendo ya de edad de setenta y tres años enfermó gravísimamente en el principio de este año, y fue tan grande el trabajo que se tuvo con ella para que se dejase curar y quisiese comer, que he visto cartas que el marqués de Denia escribió a la princesa y a otros, en que se lastimaba mucho del gran mal que la reina tenía, y cuán impaciente y furiosa estaba, y que de día y de noche no hacía otra cosa sino dar voces, con que a todos sus criados traía fatigados y con pena, y el bueno del marqués que lo sentía grandemente.

Duróle este mal desde enero hasta once de abril. Y Dios que la tenía guardada para sí, a lo que podemos creer por su infinita misericordia, pocos días antes que la llevase de esta vida le dio muy diferentes sentidos y juicio de lo que hasta allí había tenido. Y a los once de abril, jueves de la Cena en la noche expiró, hallándose a su muerte el padre Francisco Borja, aquel duque ejemplar de Gandía,que dejando sus estados ricos y nobles, tomó el estado y vida de los jesuita, que el vulgo llama teatinos. Escribió una carta al Emperador en que decía que con un correo que a diez de abril había despachado el marqués de Denia dando cuenta a Su Majestad de la indisposición de la reina, hiciera relación de la merced que Nuestro Señor hizo a Su Alteza en su enfermedad, por haberla dado, al parecer de los que se habían hallado presentes, muy diferente sentido en las cosas de Dios del que hasta allí se había conocido en ella, y que el contador Arizpe daría más particular cuenta, como hombre que siempre tuvo mucho cuidado del bien espiritual de Su Alteza, y que tanto había trabajado para que se pusiesen todos los medios para traerla en el recuerdo de Dios Nuestro Señor; que daba muchas gracias a la Majestad divina por la satisfacción que a todos estos reinos quedó del buen fin que Su Alteza hizo, cuyas últimas palabras, pocas horas antes que expirase, fueron: «Jesucristo crucificado sea conmigo.»

Y el marqués de Denia escribió al Emperador diciendo lo mismo, enviando con este despacho a Juan Pérez de Arizpe, contador de la reina, y dice que lo envía para que en particular diese cuenta a Su Majestad del católico fin de la reina, como por muchas cartas lo había escrito. Y junto con esto, para que representase a Su Majestad la suma pobreza con que la reina había muerto, y quedaban sus criados, que era tan gran lástima, que por no dar pena a Su Majestad, no lo decía en particular, y por no desampararlos no iba él en persona a suplicar por el remedio de todos ellos.

Y lo mismo escribió al Emperador la princesa de Portugal, su hija doña Juana, que gobernaba estos reinos, y a su hermano el príncipe don Felipe, rey de Ingalaterra; y al arzobispo de Sevilla, inquisidor general, escribió lo mismo. Luego que el Emperador supo la muerte de la reina su madre, le hizo las honras funerales que su grandeza merecía en Bruselas, donde le llegó la nueva, y en Brabante. Y lo mismo hizo el rey don Fernando, que estaba, como diré, en la Dieta de Augusta.

Residían en Valladolid la princesa doña Juana, gobernadora de estos reinos, y el príncipe don Carlos, los cuales hicieron las honras reales solemnísimamente en San Benito el Real, de esta ciudad, como en casa suya propria. El príncipe estuvo con luto, y con todos los grandes y Consejos en lo bajo de la iglesia, junto al túmulo. La princesa, en el coro alto, que no quiso ser vista ni mostrarse en este acto funeral en público, por mostrar mayor dolor por la muerte de su abuela, cuyo nombre tenía puesto a su devoción.

[Mala voluntad del nuevo Pontífice.]

También murió este año, sábado a 23 de marzo, el papa Julio, III de este nombre, varón santísimo y de muy sanas entrañas y católicas intenciones, habiendo tenido la Silla Pontificial cinco años cumplidos. Sucedióle en la Silla Marcelo, II de este nombre, y semejante en la virtud y santidad cristiana a los muy santos de sus antecesores. Logróse poco, porque no vivió más de veinte y dos días después que fue puesto en la Silla, con grandísimo dolor de los que le conocían, porque se esperaban de él grandes cosas y muy importantes al bien de la Cristiandad en la Iglesia. Sucedióle en el Pontificado Paulo IV, que se llamó el cardenal Teatino, Juan Pedro Garrafa, de nación napolitano, hombre que antes de llegar al Pontificado tuvo nombre de un santo, y siendo arzobispo de Tieti renunció la dignidad y se retiró a hacer vida solitaria, y aún dicen que fue monje benito y que tomó el hábito de esta religión en el monasterio de San Severino, de Nápoles, y después de colocado en la Silla Pontifical, con ser viejo de más de ochenta años, se revistió de un espíritu tan recio y bravo, que se tomó con el Emperador y con su hijo el rey don Felipe, y les movió guerra, confederándose con sus enemigos, y sacó de aquellas cenizas de su viejo pecho unas brasas de cólera y indignación contra las cosas de estos dos príncipes, que parece quiso vengar las pasiones antiguas de Nápoles en el levantamiento que hubo siendo virrey don Pedro de Toledo. Veremos aquí algo de esta pasión, y comenzará con ella el que escribiere la vida del católico rey don Felipe, II de este nombre.

Avisaron al Emperador de la mala voluntad del nuevo Pontífice don Juan Manrique de Lara, su embajador, y don Juan de Acuña Vela, que por estar sin salud don Juan Manrique hacía este oficio, y Marco Antonio Colona, y Julián Cesarino, y otros que secretamente se congregaron en casa del cardenal Santa Flor, y que esta eleción de Paulo no había sido legítima, por muchas causas, y que sería bien ponerse en ello y deponerle. A lo cual respondió el Emperador que, pues en ella habían concurrido tantos cardenales, no convenía alterar la Iglesia, y si bien ellos y otros insistieron en que para poner freno a la mala voluntad del Papa, que cada día iba descubriendo en las cosas del César, convenía poner duda en su elección y amenazarle con el Concilio; el Emperador no lo consintió ni dio oídos, antes mandó a don Juan Manrique que de su parte y de la del rey su hijo le visitase y diese el parabién de la suprema dignidad en que Dios le había colocado, y que holgaría Su Majestad que a su sobrino don Carlos Garrafa honrase y favoreciese, y a sus deudos, y que las cosas en que don Carlos había deservido a Su Majestad, las tenía olvidadas, que eran mocedades de que no se había de hacer caso, y que así le podía dar su capelo: lo cual el Papa hizo luego con ser su sobrino, no merecedor de él, sino muy indigno y que había alterado y revuelto a Nápoles, y así andaba huido de él, sirviendo contra el Emperador a franceses, que los príncipes, si bien poderosos, han de saber disimular a veces, y es acto de suma prudencia. El Papa, que por su larga edad y experiencia la debiera tener, no usaba de ella, antes entró con unos bríos más que verdes, de querer sublimar la Silla Pontifical no menos que con las armas, quitando todo lo que los príncipes seglares tenían usurpado de su patrimonio. Pensamientos por cierto ajenos de su edad, y que le pusieron en harto trabajo, y al Emperador dieron pena; porque sus deseos ya no eran de guerras y jamás lo fueron con los pontífices, sino de venerarlos como se les debe.

Dieta en Augusta. Preside en ella el rey don Fernando.

Ya que he acabado con los muertos, diré ahora algo de lo que hicieron los vivos. Tenía mandado el Emperador que para principio de este año se juntasen en Augusta los príncipes y ciudades del Imperio para tener Cortes o, como ellos dicen, Dieta, en la cual se pensaba hallar. Esto no fue posible, por la guerra que tenía trabada con Enrico, rey de Francia; por sus grandes enfermedades, que le tenían tan impedido y acabado, que casi ya no era hombre, con unas melancolías mortales, que no se dejaba ver ni tratar de nadie.

Dio la presidencia de esta Dieta a su hermano el rey don Fernando, el cual propuso allí a los Estados el deseo grande que la majestad del César tenía de ver puestas en sosiego y paz las cosas de la religión en Alemaña, y rogó a los príncipes encarecidamente tratasen entre sí de la forma que para esto se podría tener. Que si bien era así, que el verdadero camino para conseguir esto era la conclusión del Concilio que tantas veces se había comenzado, que por entonces no se hallaba medio para volver a él, todavía debían buscar otro razonable camino para venir a lo que tanto debían desear, y que si les pareciese que se tornase a comenzar el Concilio, que de su parte y de la del César, su hermano, se haría todo lo posible, hasta darle el fin y conclusión que tanto convenía.

Detuviéronse sobre este punto algunos días, y resolviéronse en que de allí adelante, sobre las cuestiones de la religión, ninguno hiciese a otro guerra, y que ni el Emperador ni sus amigos pudiesen molestar a los protestantes de la confesión Augustana, ni ellos pudiesen faltar en su servicio, quedándoles su libertad para poder gozar del ínterin en lo tocante a la mesma confesión Augustana, con tanto que las otras sectas diferentes, pareceres y opiniones quedasen fuera de esta paz y capitulación. De esta manera se ordenaron algunas cosas que no tocan a esta historia; sólo digo que con esto, si bien no fue muy favorable para la parte de los católicos, quedó Alemaña razonablemente compuesta, y se remediaron algunos desafueros y males que de la discordia entre ellos había cada hora.

Vuelven a las armas imperiales y franceses. Júntanse para concordar los príncipes.

Habían estado quedos los capitanes fronteros imperiales y franceses lo que duró el invierno; mas luego, como abrió el verano, volvieron a las armas con el mismo coraje que las habían usado el año pasado. El mariscal de Francia, monsieur de San Andrés, entró por el condado de San Pablo haciendo los daños, muertes y incendios que podía. Corrió toda aquella tierra y la de Arrás, procuró impedir la fortificación que se hacía en Hesdin, mas no salió con ello, y así volvió contra Cambray, destruyendo los campos; tomó a Cambresi y destruyólo, matando los que en él estaban de guarnición. Apoderóse de otros lugares del marquesado de Montferrat. Por manera, que por ser esta banda, entre franceses y flamencos no había otra cosa sino fuego, sangre, muertes, robos y estragos infernales, que los unos contra los otros hacían sin piedad ni respeto de que eran cristianos, ni aun hombres de razón; tanto ciega una pasión desordenada.

Para dar fin a tantos males y tomar algún medio de concordia entre los reyes, se juntaron en Maré, que cae entre Artois, Calés y Gravelingas, por parte del Emperador: don Juan de la Cerda, duque de Medinaceli; Antonio Perresin, obispo de Arrás, y los presidentes Viglies y Briarre; y por parte del rey de Francia: el cardenal Carlos de Lorena y los obispos de Vanes y Orleáns, y Carlos Marillas y Claudio de Aubespina, secretario del Estado, y estaba también el cardenal Reginaldo Polo, inglés, como legado del Papa, y que procuraba mucho por las paces. Detuviéronse en esta junta hartos días, sin conclusión alguna, y así quedaron las cosas en el ruin estado que antes estaban, y volvieron a ejecutar las armas con el mismo rigor que antes.

Fortifica el francés a Marienburg para embarazar con el Emperador. -Los españoles rompen a los franceses.

Temíase el rey Enrico de que el Emperador, aunque viejo, enfermo y cansado, irritado había de dar sobre él con todas sus fuerzas, quiso atajarle los pasos fortificando a Marienburg y Masseria, y puso en ella muy buena guarnición, basteciéndolas de vituallas y municiones todo lo que pudo. Andaba por esta parte Martin Van Rosen con un buen ejército, al cual los franceses temían, porque era un capitán valeroso, experimentado y sagaz, como en esta historia se ha visto, y el Emperador hacía mucha confianza de tanta, que no faltaban émulos envidiosos, cuales la virtud suele tener.

El duque de Saboya fortificó a Ghibeya, ribera del río Mosa, haciéndola casi inexpugnable, y púsole nombre a esta fortaleza Carolomonte, digna memoria del Emperador Carlos V. Intentó el francés impedir esta obra, mas el duque estaba tan poderoso, que los hizo estar a raya. Aquí en Carolomonte murió el capitán Martín Van Rosen, señor de Pourroie, digno de nombre y larga memoria por sus hechos y por la lealtad y amor con que sirvió a su príncipe, después que en Dura lo recibió en su gracia. Díjose que le habían dado veneno en una paloma cocida (que era muy amigo de comerlas), con envidia de la merced que el Emperador le hacía. Vino en su lugar al ejército Guillermo Nassau, príncipe de Orange, el cual acabó de fortificar Carolomonte, fue contra el castillo de Fragnolio y tomóle por fuerza, y echólo por el suelo y levantó otro en el lugar de Saltorio, sitio arriscado, y lo hizo muy fuerte, y dióle nombre Felipovilla, en gracia del rey don Felipe, hijo del Emperador.

Hiciéronse otros dos fuertes en el condado de Henaut y de Namur, a la raya de Francia, en un monte o selva que llaman Arduenna, y deshicieron a Marienburg, y como los franceses viesen que no eran parte para impedir estas obras, intentaron tomar a Saltorio y Chimao, y pasaron contra el nuevo Hesdin, amenazando a los de Arrás; pero los españoles que estaban en la guarnición de Hesdin y en otros presidios vecinos, se juntaron, y armaron a los franceses una celada, en la cual cogieron toda la caballería y les dieron tal mano, que mataron la mayor parte de ellos y prendieron otros, y escaparon muy pocos.

Abrásanse en guerras franceses. -Flamencos destruyen los campos. -Rompe Orchimont a los franceses.

Deseando vengar este daño monsieur de Humerio, gobernador de Perona y general de aquella frontera, y Jallayo, capitán de los aventureros, que siendo llamados del rey son obligados a seguirle a su costa en la guerra cuatro meses del año, acometieron a los de Arrás y corriéronles la tierra, haciendo gran presa de los rústicos y ganados. Salió contra ellos Maximiliano Melunio, vizconde de Granden y gobernador de Arrás, con la gente que tenía de guarnición en Arrás; mas como vio la multitud de los franceses en que era tan desigual, volvióse a la ciudad. Estaba en Baupama monsieur de Orchimon; salió con toda la caballería que pudo juntar, y recogió los rústicos labradores de la comarca y armólos como pudo, y púsoles encubiertos en lugares estrechos por donde los franceses, cargados de su presa, habían de pasar, dándoles a esta gente capitanes diestros que los gobernasen.

Los labradores tomaron las armas muy de gana, por la que tenían de cobrar sus haciendas que los franceses les llevaban, y vengar las injurias que de ellos habían recebido. Volviendo, pues, los franceses cargados de grandísima presa y sin pensamiento de hallar la tierra tan armada, el señor de Orchimont les puso aquélla de manera que los acometieron por los dos costados, y otros por las espaldas. El, con la caballería, se les puso delante, y de tal manera los apretaron y pelearon los labradores, que en breve espacio los rompieron y mataron a muchos, huyeron muy pocos, cobraron toda la presa y quedaron presos los dos capitanes, Humerio y Jayllio o Jallao, malamente heridos, con otros nobles franceses, y perdieron más de mil.

Don Hernando de Gonzaga, señalado en esta historia por su gran valor y hechos.

Las guerras que con Enrico, rey belicoso de Francia, se hicieron en Picardía, Lombardía y Piamonte, si bien Felipe, rey de Ingalaterra, tenía la investidura y títulos de Nápoles y Milán, por orden del Emperador se hacían, que era rey de España, y con sus dineros y gente, nombrando él los capitanes, que nunca el Emperador alzó la mano del gobierno de todos sus reinos, hasta que de todo punto los dejó y se vino al monasterio de Yuste, como presto veremos.

Digo esto por haber visto un pedazo de historia compuesta de diversas relaciones mal ordenadas, donde la guerra del Piamonte entre imperiales y franceses la cuentan con título de historia del rey don Felipe, que si lo fuera debía de contar otras mil cosas que pasaron estos años.

Digo, pues, que con la misma rabia y furor que en Picardía se hacían la guerra imperiales y franceses, se trataban, mataban y destruían en el Piamonte, corriéndose la tierra unos a otros, procurando con ardides tomarse los lugares y fortalezas. Unas veces prevalecían unos, y los que se veían inferiores encerrábanse en sus fuertes y dejaban la campaña, no habiendo jamás entre ellos jornada que llegase a todo rompimiento.

Viernes primero de marzo de este año de 1555, a las veinte y dos horas, partieron los franceses de Sancial, que es a veinte millas de Casal. Iban con esta gente monsieur de Monen, monsieur de la Mota Gondrin, monsieur de Salvason, gobernador de Veruga, y el gobernador de Cortamilla; serían por todos hasta mil franceses, y con voz de que iban a la escolta caminaron toda la noche hasta junto a Casal, y con barcas, que al llegar ya estaban aparejadas, pasaron por el Po, y con cuatro escalas por la parte de la roqueta, entraron sábado de mañana, a las diez horas, que son dos horas antes del día. Y el embajador Gómez Juárez de Figueroa, que estaba dentro, y don Juan de Guevara y otros españoles y alemanes, viéndose así salteados, se recogieron al castillo, y don Ramón de Cardona y el conde de Valencia se salieron por la muralla y se fueron a Aste.

Había el Emperador enviado a llamar a don Hernando de Gonzaga, porque dieron contra él a Su Majestad muy malos memoriales de quejas y cargos que le imponían, y como la guerra andaba tan viva en el Piamonte y del Papa no se tenía mucha satisfacción, quiso el Emperador poner en Italia un capitán de quien se tuviese entera satisfacción, que tendría manos para todo, y dio el gobierno de Milán y Nápoles a don Hernando de Toledo, duque de Alba, con poderes amplísimos, para lo que era de gobierno y de guerra, con seiscientos mil ducados, los ciento y sesenta mil luego, los demás librados en España, y alguna caballería alemana, y que en Milán se hiciesen armas, artillería y municiones. Partió el duque de Flandres a grandes jornadas para Lombardía, y entró en Milán a trece de junio. Y este mesmo día que el duque entró en Milán, monsieur de Brisac, general en el Piamonte, con el ejército francés, había tomado la tierra y castillo de Poma, y la de San Salvador, y vino sobre Valencia, estando en ella Gómez Juárez de Figueroa, y el marqués de Pescara, y don Alvaro de Sandi, con una parte del ejército, y salieron en campaña; y hubo entre ellos grandes escaramuzas, en las cuales perdieron los franceses, y se hubieron de retirar.

[Entrada del duque de Alba en Italia.]

El crédito con que el duque de Alba entró en Italia fue tan grande, que a muchos causó temor, y a los franceses puso en cuidado no pequeño para defenderse de un capitán de tanto nombre. Y monsieur de Brisac, general francés en el Piamonte, envió a pedir al rey de Francia le ayudase con nueva gente para ponerse con más fuerzas y tentar fortuna si fuese posible romper el primer ímpetu del duque de Alba para hacerle caer de su opinión. Juntó Brisac su ejército en Casal, y una noche quiso romper la puente que había de barcas en el río Po junto a Valencia, para que Gómez Juárez de Figueroa perdiese la esperanza de poder socorrer este lugar, y deshacer dos tercios de infantería española que estaban alojados de la otra banda del Po, pareciéndole que con esto embarazaba al duque, para que no hiciese fuerte de nombre y que perdiese el que tenía.

El rey de Francia Enrique, viendo que por los Países Bajos el Emperador no le hacía guerra de consideración, más de la que tengo dicha, que era abrasar los campos y lugares, aparejaba un ejército poderoso para enviarle en Italia. Monsieur de Brisac sacó de los presidios de menos importancia la gente que pudo, y juntó hasta catorce mil infantes, y tres mil caballos, y una noche a buena hora envió ocho barcas cargadas de arcabuceros, para que rompiesen la puente de Valencia, llevando los aparejos necesarios para este efecto, y que, rompida, se pusiesen los arcabuceros a la parte de Valencia, estorbando que no pasen barcas con gente que pudiese socorrer a los españoles. Y que monsieur de Brisac, parando por debajo de Casal la fente que allí había, fuese sobre los dos tercios, cuyos maestros de campo eran Sancho de Mardones y don Manuel de Luna, juzgando que si deshacía esta gente el duque de Alba, no tendría fuerzas, y el embajador Gómez Juárez de Figueroa desampararía a Valencia, que estos y otros designios tuvo el capitán francés en esta empresa. Los cuales se entendieron por los apercibimientos que hizo, y Gómez Juárez ordenó que don Lope de Acuña, caballero natural de Valladolid, capitán de caballos ligeros, con su compañía y la del capitán Jorge Zapando Albanés, que también era de caballos, y dos de infantería italiana del conde de Valencia, se metiesen en Poma, lugar poco fuerte, entre Casal y Valencia, para cortar el camino a los franceses y hacer espaldas a Valencia.

Y temiendo don Lope que le viniese a cercar el ejército francés, por no verse en lugar donde se podía hacer tan poca resistencia, cada noche salía con la caballería a la campaña, dejando dentro la infantería, poniendo centinelas hasta el burgo de San Martín, y así pasaba malas noches a caballo y armado, porque los franceses no le cogiesen descuidado, y como la noche en que monsieur de Brisac envió las barcas para romper la puente fuesen vistos de las centinales de don Lope de Acuña, dispararon dos arcabuces (que era la señal que se les había dado) y fue un caballo ligero a decir lo que pasaba. Y luego llegaron hasta treinta caballos, y dando en dos centinelas preguntaron los unos a los otros quién vivía, y conociendo que eran franceses, quedándose una centinela, la otra fue a todo correr del caballo a dar aviso, que causó alteración en los franceses irse el uno y quedar el otro, y recelándose que estuviese allí toda la caballería de Valencia, volvieron a buscar su gente, que eran hasta trecientos caballos, con cien arcabuceros a caballo, que monsieur de Brisac enviaba a Valencia para que a un tiempo tocasen armas a la villa, y con la turbación no acudiesen a defender la puente, y los que iban tuviesen lugar de desbaratarla, y creyendo los treinta caballos franceses que en aquel paso de las centinelas los esperaba la caballería de Valencia, se volvieron a su ejército, que estaba en Casal. Don Lope de Acuña, juntando su caballería, envió la compañía de albaneses a gran trote a avisar a Valencia de las barcas que iban por el Po, y mandó que en una torre de Poma se hiciesen grandes fuegos y ahumadas, avisando que era grande el número de gente que iba, y el mismo don Lope fue con su compañía, haciendo espaldas a los albaneses. Entendido en Valencia lo que pasaba, dispararon dos piezas de artillería, para que los españoles estuviesen sobre sí, y los de Valencia acudiesen a la defensa de la villa y puente. Los franceses, viéndose descubiertos, acordaron de volverse por tierra dando con las barcas al través, por la dificultad de subillas contra la corriente del río. Y siendo ya de día salió don Alvaro de Sandi con alguna gente. Y viendo las barcas con una invención de molino que venía en ellas, desamparadas, corrió la ribera y prendió ciento y cincuenta franceses, que halló derramados, y con ellos se volvió a Valencia.

Frustrado Brisac del primer intento, va sobre los españoles de Brema y Sartirana. -Avisan dos villanos de una emboscada francesa.

Monsieur de Brisac, sentido del mal suceso, acordó de ir sobre los dos tercios españoles, que estaban sobre Brema y Sartirana, y deshacellos con las dos compañías de caballos de don Lope de Acuña, y levantando su campo se fue a alojar a Gerola, milla y media de Poma. Y la noche antes Gómez Juárez había enviado al teniente de don Antonio de Tejeda con veinte celadas para tomar lengua de lo que los franceses hacían, el cual a boca de noche fue a Poma a ver lo que sabía don Lope de Acuña, y lo que le aconsejaba que hiciese, y con esto pasó la vuelta de Casal. Otro día por la mañana el teniente de la compañía albanesa avisó a don Lope que la vuelta de Casal se sentían muchos arcabuzazos, y que debía de ser el teniente de don Antonio de Tejeda que escaramuzaba con los franceses, y yendo a gran priesa a socorrerle llevando consigo cien infantes arcabuceros que dejó en lo alto de una cuestecilla o cerro, para que si la mucha caballería que había en Casal le cargase, le amparesen, y pasando adelante vio un tropel de hasta veinte y cinco caballos que a su vuelta venían al galope, y ochenta que los seguían a gran priesa, y creyendo que eran los caballos de la compañía de don Antonio de Tejeda, se apresuró para socorrellos; pero vio las banderas blancas con cordones leonados, que era seña francesa, y de la compañía de monsieur de Ambila, general de la caballería francesa. Por lo cual mandó apartar sus dos compañías, en que había ochenta caballos y que se pusiesen a los lados, porque ya los franceses iban llegando, y ordenó a los albaneses que si los franceses los cargasen se fuesen retirando muy cerrados, y que él se quedaría para embestirlos por costado, y que al mismo tiempo revolviendo ellos les diesen por la frente, y que esto se hiciese a priesa, antes que llegase en otros escuadrones que va parecían por la campaña, y cine si le acometiesen los franceses ellos hiciesen lo mesmo de embestillos por el costado. Llegando, pues, los franceses y reconociendo las casacas verdes (que era la librea de la compañía de don Lope de Acuña), dejándolos fueron sobre los albaneses, los cuales, yendo muy cerrados sin dejar su paso, mostraron tener poco miedo, porque ya don Lope, bajas las lanzas, iba a embestir los franceses; por lo cual, apartándose los franceses con vuelta redonda, excusaron su encuentro, procurando de ille entreteniendo hasta que llegase su caballería, que habiendo sido avisados desde el principio, iban a gran priesa, no se viendo por aquella campaña sino escuadrones que, levantando gran polvareda, caminaban aquella vuelta, por lo cual los albaneses llevaban con desorden su retirada a Poma.

Y como vio don Lope que si dejaban su orden eran perdidos por la mucha gente que llegaba, dejando su compañía a Miguel Díaz de Almendárez y a su alférez Gonzalo Fernández Montejo, y al galope, atravesó su escuadrón al de los albaneses para irse con ellos. Y saliéndole al través dos franceses sin que los viese, el uno le encuentró con la lanza por el lado izquierdo, por entre los espaldazetes, pero sin herirle se quebró presto, y abrazándose con él procuraba de prenderle con el favor del otro francés. Pero don Lope hizo gran fuerza para soltarse, y revolviendo de presto contra el otro francés, no le oso esperar, y así tuvo lugar de llegar a los albaneses, los cuales, juntamente con los españoles, en buen orden se fueron hasta junto a Poma, sin que los franceses (si bien muchas veces lo intentaron) pudiesen rompellos.

Y habiéndose roto de ambas partes algunas lanzas, llegaron al pie del collado o cerro, adonde don Lope de Acuña había dejado su arcabucería, que siendo vista de los franceses, no osaron pasar adelante, volviéndose a los suyos, y si bien eran más de trecientos caballos, no llevaron un solo prisionero. Don Lope de Acuña, desde lo alto de la cuestecilla o collado, vio que la infantería y artillería del campo francés hacía alto en Gerosa, adonde aquel día hizo su alojamiento, y que la caballería en nueve escuadrones, en que habría cerca de cuatro mil caballos, pasaba adelante, y acercándose a la cuesta, la cercaron con intención de encerrar aquella caballería y infantería de los españoles en Poma, para que llegando otro día el artillería la tomasen a manos. Había en el campo francés muchos caballos ligeros albaneses, que en su lengua (que pocos de los demás entendían) decían a voces a los albaneses del capitán Zapando, que se retirasen, porque ya caminaba un grueso golpe de infantería a tomalles el paso.

Llegaron en esto dos villanos muy sudados, y sin sombreros, que dijeron que desde media noche estaban emboscados en un carcavón que estaba entre Poma y Valencia hasta trecientos caballos, que se pensaba que estaba aguardando a que se retirase don Lope de Acuña con la gente de Poma a Valencia. Nada turbó a don Lope que los enemigos supiesen que tenía esta orden, cuando viese el ejército enemigo sobre sí, porque habiéndosela enviado de palabra el marqués de Pescara con un soldado italiano, conoció que luego la sabrían los enemigos. Pero diole cuidado que estando atajado el paso con tanta caballería, era imposible pasar, porque el carcavón era muy hondo y largo y por los lados con despeñaderos para gente de caballo imposibles de subir, y por medio atravesaba un arroyo hondo, que se pasaba por una puente de fajina angosta, que veinte hombres la podían defender.

[Prosigue la misma materia.]

Con este cuidado que don Lope tenía, apartándose con los villanos se informó cómo estaba puesta la gente francesa, lo cual le dijeron muy bien, porque habían sido presos, y aquella noche, estando atados porque pagasen la talla, se habían saltado. Y habiendo pagado don Lope a los villanos el aviso que le dieron, y proveídolos de sombreros y zapatos, envió a decir a Gómez Juárez de Figueroa que si no enviaba al carcavón alguna arcabucería, que echase aquella caballería francesa, él era perdido; y demás desto, ordenó a los soldados que llevaban este recado, que si por caso fuesen presos, dijesen que iban a dar aviso que aquella gente de Poma estaba sin esperanza de salvarse por tierra, que les enviasen barcas para retirarse por el río. Y por otra, envió a don Bernardino de Ossorio para que reconociese siguiendo por debajo de los ribazos, despeñaderos del río, viese si entre ellos y el agua, aunque hubiese de nadar un poco, hallaba paso. Y dejando de cintinela a su alférez Montejo, para que viese los movimientos de la caballería francesa, se entró en Poma, y comenzó a reparar el castillo, por si hubiese de quedarse en él, porque don Bernardino Ossorio le desconfiaba de aquel paso del río. Los cuatro caballos que se enviaron a Valencia, como cada uno iba de por sí, llegaron ayudados de la espesura de los árboles, pasando por entre escuadrón y escuadrón de los franceses. Gómez Juárez de Figueroa, vista la esperanza que daba don Lope de poder salir de Poma, envió a don Manuel de Luna y a Cesaro de Nápoles para que con la arcabucería y alguna caballería ligera echasen los franceses del carcavón, lo cual hicieron, dando a los franceses una gran rociada, y salieron a gran furia como atronados y esparcidos, cada uno por su parte. Viéndolo don Lope de Acuña, teniendo ya cargados los bagajes con gran presteza, y llegado donde estaba Cesaro de Nápoles, se vio en salvo. Hubo este día gran diferencia entre don Alvaro de Sandi y don Manuel de Luna, sobre que don Alvaro, que era maestre de campo del tercio de Lombardía, había apartado tanto la infantería española de Valencia, que dio lugar a que si cargara la caballería francesa la rompiese. A lo cual respondió don Manuel, que, teniendo el carcavón a sus espaldas, era tan dificultoso y fuerte que ninguna caballería, por mucha que fuese, le podía enojar, y que cuando bien llevara infantería yéndose por el carcavón al ojo hasta la ribera del río, y por ella hasta Valencia, toda la gente del mundo no le podía hacer daño.

Bate Brisac a Poma, y rindesele; pasa a sitiar a Valencia. -Los imperiales salen y le hacen rostro.

Sintió mucho Brisac que aquellas dos compañías de caballos y infantería de Poma se hubiesen salvado por su inadvertencia. Y llegando otro día sobre Poma, la comenzó a batir, y como los de dentro ni esperaban socorro ni se podían defender, se rindieron, y Brisac con el campo pasó a Valencia, con intención de asentar el ejército de la otra parte del carcavón, entre la puerta de Alejandría y San Salvador, y ver la demostración que hacían los de dentro. Y teniendo Gómez Juárez tanta gente en Valencia, quiso que saliesen y se mostrasen a los franceses, y mandó que don Manuel de Luna, con su tercio y el de Nápoles, se pusiese a la puerta de Poma, y que cuatro mil alemanes del conde Alberico de Lodrón se pusiesen a la puerta de Alejandría, y un poco más adelante nueve estandartes de hombres de armas, de los cuales era cabo don Antonio de Vivero, teniente de don Hernando de Gonzaga, porque no había capitán en alguna de estas compañías; y más adelante de la gente de armas estaba el marqués de Capestrano, primo del marqués de Pescara, con diez y seis cuadretes de caballos ligeros, y con el comisario general de la caballería, Juan Bautista Romano, y por estar enfermo el marqués de Pescara, no salió fuera este día, y más adelante a la punta del carcavón a don Lope de Acuña con cuatro compañías de caballos ligeros y docientos arcabuceros españoles, con los cuales con continua escaramuza defendía que los franceses, que pasaban delante de la punta del carcavón, no entrasen en la llanura entre el carcavón y Valencia, que era lo que más deseaban. Lo cual maravillosamente defendían los arcabuceros españoles viéndose amparados de las cuatro compañías de caballos, y tirando de mampuesto cubiertos desde los bordes altos del carcavón, hacían mucho daño en la infantería francesa, que descubierta quería a pura fuerza subir a lo alto, y habiendo tomado a la infantería francesa un carro de pólvora, para que tomasen de ella los que no la tenían, un arcabucero español con más priesa que recato llegó con su cuerda y dio fuego a un barril, y aquél a los otros, que abrasaron a más de ciento, de los que tomaban pólvora, de los cuales se dijo que murieron allí treinta luego.

[Baeza.]

El ejército francés, cuando pasaba lo que queda dicho de la pólvora, estaba en el sitio adonde había de alojar, que era la otra parte del carcavón, y con cuatro piezas de artillería, que se habían puesto en un collado, comenzaron a batir los escuadrones imperiales que estaban en el descubierto de ella, y habiendo muerto cinco soldados del escuadrón de los alemanes con un tiro, causó tanto espanto en ellos, que sin poderlos tener se metieron en la villa, no mostrando mayor ánimo la gente de armas, porque atemorizados de algunas balas que habían dado cerca de ellos, retirándose a mano derecha de la puerta de Alejandría, se metieron entre unas grandes honduras; solamente la caballería ligera, sin mostrar algún temor, si bien estaba más cerca de la artillería enemiga, con gran sufrimiento estuvo queda, sustentando la compañía, no cesando la artillería de batirla con más estruendo y espanto que daño, porque no mataron más de dos caballos y un soldado.

Y como pareció que por aquel día no trataban los franceses sino de asentar su campo, don Alvaro de Sandi, y Cesaro de Nápoles, con la compañía de caballos de Lázaro de Mezuca, capitán de la guarda de Gómez Juárez, fueron a reconocer el continente del enemigo para, conforme a ello, o retirarse a la villa o estar en campaña. Los caballos ligeros y la gente de armas había hecho alto en el carcavón que estaba entre la sierrecilla (adonde tenían el artillería), y Valencia para dar lugar a que se asentase su campo sin impedimento de los españoles, y como se acercasen don Alvaro de Sandi, y Cesaro de Nápoles, y el alférez Baeza, que había ido de Alejandría con cien infantes españoles, salió de una ermita adonde estaba, viendo a don Alvaro de Sandi, y se fue por los trigos adelante, que a la sazón estaban altos, que era víspera de Corpus Christi, hasta ponerse encima del carcavón, comenzando desde allí a dar arcabuzazos en los franceses, con mayor ánimo que cordura.

Los franceses, viéndose tirar de parte tan desviada de Valencia, y hallándose más de tres mil caballos juntos, sin perder punto cargaron con gran furia contra el Baeza, y no hallando reparo en don Alvaro, en cuya confianza había hecho aquella demasía, sin poder hacer alguna defensa fue con sus soldados atropellado, pasando toda la caballería sobre ellos, sin que escapase alguno que no fuese muerto, sino sólo el Baeza, que viéndole armado de buenas armas, le tomaron preso por codicia de la talla. Fue Baeza preso este mismo año otras cuatro veces, porque siendo de ánimo temerario y poco cuerdo, acometía sin mirar el fin (en que ha de poner los ojos todo soldado prudente en cualquier hecho peligroso).

Don Alvaro de Sandi, y Cesaro de Nápoles no pudieron remediar a tanta infantería, ni resistir a esta caballería, y así volvieron retirándose hacia el marqués de Capestrano, en el cual no hallaron más socorro del que halló en ellos la infantería, y todos quien más podía iban a meterse por las puertas de Valencia, viéndose desde el carcavón, hasta el entrar en la villa, un gran tropel de caballos muy grueso, que como corriente arroyo no cesaban de seguir unas a otros, sin otros muchos caballos que por todas partes se veían con tanta priesa y desconcierto, que al entrar de la puerta caían muchos en el foso, y otros que atravesando la campaña se iban a meter por la puerta de Poma, adonde estaba la infantería española, o por las de Basiñana, yendo a salir al lado del castillo. Y este feo espectáculo acrecentaban en gran manera los vivanderos y gente del servicio del ejército, que con la gente de la villa habían salido a ver lo que pasaba, que siendo muchos con gran grita y alboroto caían unos sobre otros y se atropellaban.

Socorre don Lope de Acuña valerosamente y remedia el desorden de los suyos.

En esta turbación hallándose don Lope de Acuña el postrero, no viendo esperanza de remedio, y pareciéndole que era perdido, cerrando bien su escuadrón fue para embestir a los franceses, cuatrocientos pasos encima de la villa, porque ya iban tan adelante, y él quedaba tan atrás, que no podía salir a su frente, y encargando la vanguardia al capitán Chucarro el Mozo, soldado animoso, dio una vuelta a su gente, amonestándoles que fuesen bien cerrados, y que entendiesen que en aquella ocasión iban las vidas de sus amigos y suyas y la reputación de todos. Esta amonestación no fue en todos de provecho, porque algunos, estimando más la vida que la honra, desampararon el escuadrón y se fueron a la puerta de Poma huyendo, que sería más de la quinta parte. Y porque entre ellos se huyó un paje francés que llevaba la pica de don Lope, tomando la de Villaluena su soldado, acometió a los franceses con tan venturoso suceso, que fue el único remedio, porque los franceses, viéndose debajo de la villa y acometidos de tan poca gente por el costado, tuvieron por cierto que no lo hacían como hombres que iban a perderse, sino confiados en grandes espaldas, y así hicieron alto con tanta polvareda y confusión, que no se conocían los unos a los otros, haciéndoles muy gran falta sus cabezas, que con la larga carga que habían dado, unos quedaban atrás y otros venían por los lados.

Los españoles prendieron allí a muchos franceses y libraron a Juan Bautista Romano, el cual, habiendo caído del caballo, un francés le hirió en una nalga, con un golpe de lanza, y dando libertad a otros que estaban caídos, revolviendo a muy buen tiempo el marqués de Capestrano con la caballería, porque viendo que con la furia de don Lope había parado la de los franceses, dio vuelta sobre ellos animosamente, parando los unos y los otros con tanto temor y confusión, que con estar frente a frente a diez pasos unos de otros, no había quien hablase ni se moviese, tan cubiertos de espesa polvareda, que parecía una escura niebla muy cerrada. Y acaeció (cosa raras veces vista) que estando con esta suspensión y temor, que un trompeta francés, puesto en medio de los unos y de los otros, con más ánimo de lo que conviniera, comenzó a tocar su trompeta incitando a los suyos a que cerrasen, y viéndolo Figueroa, soldado de don Lope de Acuña, arremetió a él y le asió de la trompeta y dio tres cuchilladas en la cabeza, de que cayó muerto, y con la trompeta y el caballo por la rienda se volvió a su capitán, sin que hubiese francés que se moviese. Y concibiendo de este hecho gran temor los franceses, viendo que de la muralla habían disparado dos piezas de artillería, aunque con incierta puntería por el mucho polvo, sin discernir cuáles eran amigos o enemigos, matando a un sobrino del capitán Lázaro, Mezuca (mancebo de gran esperanza), dando la vuelta sobre la mano izquierda se comenzaron a retirar con mucha conformidad de la caballería del ejército español, que sin hacer demostración alguna se retiró por el otro lado, poniéndose en un altillo cien pasos atrás.

Culpa de la gente de armas del ejército imperial.

La gente de armas del ejército español tuvo este día mucha culpa, porque habiéndose metido en aquellas honduras cerca de la puerta de la villa que va a Alejandría, no lejos de donde todo esto pasó, no salió a dar calor a las cosas que estaban en necesidad extrema, porque con sólo mostrarse, hubiera sido de grandísimo provecho en Ia retirada del marqués de Capestrano, y de muy gran eficacia a la llegada de don Lope de Acuña, y procediendo tibiamente, ni salieron, ni se mostraron hasta que los franceses se retiraban la vuelta de otros sus estandartes de gente de armas que, haciéndoles espaldas, sin desordenarse ni entrar en el ruido, estuvieron muy cerrados guardándose para el último trance. Tomaron en el último paso, adonde llegó don Lope de Acuña, hasta sesenta franceses, y más se tomaran si al principio los soldados dieran en ellos, los cuales, si bien veían muchos caídos, y que por las armas doradas y casacas recamadas conocían que eran hombres principales, no los prendían, no se teniendo a sí mismos por seguros, según el paso en que se hallaban.

El marqués de Capestrano con gran contento de tal suceso en un caso perdido, no queriendo aguardar otro tal, dejando mandado que obedeciesen a don Lope de Acuña hasta que volviese, fue a la villa a dar cuenta a Gómez Juárez y al marqués de Pescara de lo que había pasado. Fue este día tan apretado para el ejército español, que hubo muchos que teniendo el negocio por perdido, entrando por una puerta de la villa, se salían por la del Po; y porque don Alvaro de Sandi había hecho quitar algunas barcas de la puente, para que no huyesen, se echaron a nado y se ahogaron muchos. Y habiendo sabido Gómez Juárez lo que pasaba, y en el estado que las cosas quedaban, y que los franceses desde lo alto de la tierra miraban el asiento de Valencia, para resolverse en lo que habían de hacer, pareciendo que convenía que la gente descansase, mandó a don Lope que quedándose con su compañía, mirando atentamente los designios del francés, toda la demás caballería se recogiese a su cuartel. Quedóse don Lope hasta las cinco de la tarde en el campo, sin que los franceses bajasen a él, y Gómez Juárez le envió a mandar que se fuese a descansar, lo cual hizo dejando algunas centinelas.

Quieren los franceses desbaratar dos compañías del príncipe de Piamonte y conde de Potencia. Mata un tiro a don Hernando de Bobadilla.

Estando apeado don Lope y desarmado, oyó gran grita y arma que se tocaba en lo alto del carcavón, de que le pesó por ver a sus soldados cansados, y los caballos flacos y fatigados, y subiendo en su caballo, que estaba ensillado, mandó a sus soldados que se armasen, y saliendo a ver lo que era y mirando la vuelta de Basiñana, vio que dos compañías de gente de armas iban al galope y sus caballos y bagajes a más correr delante, y mirando a los estandartes, y hallando que ambos eran rojos, y que el uno tenía un sol dorado, conoció que ambos eran del príncipe de Piamonte y del conde de Potencia, y luego llegó Ginés de Escocer, que era de aquellas compañías, que iba delante a tocar arma, y mostró con la mano un gran golpe de franceses que habiendo bajado un collado alto, que estaba sobre su mano derecha la vuelta de Pece, venían a gran priesa atravesando la campaña para atajar los estandartes, los cuales serían como mil caballos, hombres de armas y caballos ligeros.

Estos franceses, con industria de guerra, por detener aquellas dos compañías, hasta que ellos llegasen, echaron delante sesenta caballos, para que escaramuzasen con ellos y los detuviesen, si bien fuese con daño; pero como vieron que los hombres de armas iban bien cerrados y en orden y que eran ciento y cincuenta, no los osaron esperar ni embestir por frente, sino rodeándolos llegaron a picarlos por la retaguardia, y sacaron siete soldados del escuadrón, que prendieron, no curando los otros de revolver para ayudarlos, temiéndose que si se detenían en esto se les acercaría el cuerpo grueso de los franceses y correrían peligro. Y aunque los sesenta franceses volvieron a cargar, no pudieron, porque don Lope de Acuña estaba alojado fuera de la villa, y la compañía de Zapando salió luego que oyó tocar al arma, y lo mismo hicieron don Manuel de Luna y otros, y defendieron que aquellos estandartes no recibiesen daño. Los franceses, como vieron libres los hombres de armas, hicieron una vuelta para coger a don Lope y a don Manuel, y los demás, metiéndose entre ellos y el carcavón, y conociendo el intento se les torcieron, dando una vuelta, de suerte que salieron de entre sus manos encontrándose por un lado y rompiendo muchas lanzas.

Levantóse tal polvareda, que casi no se conocían unos a otros, y como hubiesen subido algunos arcabuces a lo alto de la ribera, que eran de la compañía del capitán Saavedra, y por el polvo no conociesen cuáles eran españoles ni cuáles franceses, tiraron a vuelto una rociada de arcabuzazos y mataron nueve caballos de la compañía de don Lope, y algunos franceses, y los que iban en ellos fueron luego muertos por la gente de pie. Y como la caballería francesa vio salva la gente de armas y oyó la arcabucería, se apartó de aquel carcavón, retirándose a su alojamiento. Fue una buena suerte librarse las dos compañías de hombres de armas, que eran de las mejores del ejército, y hubo hartas ocasiones para perderse, porque don Alvaro de Sandi había quitado las puentes o barcas de la puente, porque los que estaban en Valencia no se saliesen y la dejasen sola con temor de los enemigos, y quiso que esta gente pasase por Basiñana, que era añadiendo desorden a desorden, echarlos en las manos de los franceses y hacerlos presa suya. Alojáronse los franceses en el sitio que habían tomado de la otra parte del carcavón, donde habían tenido la artillería.

Aquí estuvieron dos días tirando a los que salían. Mataron de un tiro a don Hernando de Bobadilla, y levantado el campo se fueron a alojar de la otra parte de Valencia, teniendo a Poma a las espaldas, para desde allí batir la puente que estaba sobre el Po.

Viene el duque de Alba a socorrer a Ulpián con poderoso campo. -Llega el duque a Valencia a 18 de julio. -Bate el duque el castillo de Poma, y tómale. -Socorre el duque a Ulpián. -Los franceses desamparan las plazas con temor del duque. -Provisiones y gente que el duque metió en Ulpián. -Queda mal proveído Ulpián, y descontentos los soldados. -Envía el duque a reconocer a Santián. -Parecer de don Alvaro de Sandi sobre sitiar a Santián. -Engaño de los capitanes del duque. -Resuélvese el duque de echarse sobre Santián. -Sitia el duque a Santián. -Conoce el duque haber sido engañado. -Retírase el duque de Santián. -Fortifica el duque a Puente Astura.

El duque de Alba, que ya estaba en Milán, había juntado en pocos días un ejército en que había cerca de treinta mil infantes y tres mil caballos con la artillería necesaria. De este tan gran aparato de guerra, y de que ya se aprestaba para salir en campaña, tuvo aviso monsieur de Brisac, y que el duque quería socorrer a Ulpián, que tenía gran falta de vituallas, y viendo que en vano era batir la puente de Valencia sobre el Po, se retiró a Casal, y de allí a Turín, llevando artillería para batilla, y teniéndola plantada supo cómo ya el duque de Alba había salido de Milán, pareciéndole que si allí se detenía le alcanzaría antes que pudiese hacer efeto. Pasando la Dora hizo demostración de querer defender aquel paso y dar la batalla al duque, antes que consentirle meter provisiones en Ulpián, haciendo romper todos los caminos y subidas de la Dora y cortando grandes árboles con que por todas partes atajaban aquella ribera.

Llegó el duque de Alba a Valencia a 18 de julio, y otro día, a 19, llegaron los maeses de campo don Manuel de Luna y Sancho de Mardones con sus tercios. Puso el duque en orden las lanzas alemanas, y herreruelos que habían bajado de Alemaña, que era gente de mejor parecer que obras. Partió sobre el castillo de Poma, diéronle este día una recia batería y tomáronle por batalla, matando los franceses que dentro estaban. Y a 20 del mesmo mes partió al campo de Valencia, caminó nueve millas este día y fue sobre Frixene del Po, en cuyo castillo estaban hasta cincuenta franceses, y envió el duque de Alba a requirirles que se rindiesen. No quisieron, haciendo de los valientes; púsoles la batería, y en sintiendo los golpes de ella se rindieron, y por el desacato de haberse puesto cincuenta hombres a resistir a un ejército real (que esta ley dicen que guarda la vida del soldado.), mandó el duque ahorcar al castellano y a otros cuatro, y los demás envió a galeras y echó el castillo por el suelo. Otro día, que fue 23 de julio, se hizo una puente sobre el río Po, y pasando por ella caminaron dos millas y alojóse el ejército en la granja de Abadía. Y el día siguiente, a 24, caminó el ejército nueve millas hasta Tilciro, a seis millas de Beral, y dos del Torrión, que estaba por franceses. Y este día Cesaro de Nápoles, que iba con la infantería de vanguardia, fue al Torrión y con seis piezas de artillería lo comenzó a batir. Los franceses que dentro estaban se rindieron y enviáronlos a Casal de Monferrat. Estuvieron allí hasta 28, y de aquí pasaron a se alojar a Castil Merlin, a cinco millas de Telcero.

A los 29 fueron a alojar a Liorno, y martes a 30 pasaron a Saluce, donde se puso puente a la Dora para dar socorro y vituallas a Ulpián, que estaba muy falto de bastimentos y apretado del francés, y parecía que por entonces estaba allí el peso de la guerra, por la demostración grande que monsieur de Brisac hacía de querer defender la Dora y quitar que Ulpián no recibiese el socorro que tanto había menester.

Llegó el duque a Saluce, y luego los franceses se retiraron de todas las partes fuertes que habían hecho en torno de Ulpián, y así vino al duque Tiberio Brancacio con veinte soldados diciéndole que no había enemigo con quien pelear y que seguramente podía socorrer a Ulpián y meterle vituallas. Y era así, porque monsieur de Brisac, hallándose inferior, que no tenía más de ocho mil infantes y hasta mil caballos, viendo la determinación del duque, desamparó la Dora y dejó libre a Ulpián y repartió la gente en los presidios.

El duque, llegado sobre la Dora, asentó allí su campo, y viernes 2 de agosto envió a don García de Toledo, hijo de don Pedro, al marqués de Pescara y Vespasiano Gonzaga, y don Alvaro de Sandi, con parte del ejército, con los bastimentos y municiones que eran menester para abastecer a Ulpián y renovar el presidio, cuya gente estaba cansada y enferma por los grandes trabajos que había padecido. Llevaban setecientos pares de bueyes, con carros cargados de vituallas, y docientos carros de caballos, que los herreruelos habían prestado, y otros docientos caballos de particulares que traían provisiones al campo. Caminóse con todo este aparato, y aquel día llegaron con él a Ulpián, y descargando todas las vituallas que llevaban, sábado a 3 de agosto volvieron a Saluce, donde el duque estaba esperando con el resto del ejército. Y como a los soldados que estaban en Ulpián se les debiesen muchas pagas, y el duque de Alba estuviese con falta de dinero, esperando a Luis de Barrientos que había venido a España por ellos, que eran los cuatrocientos y cuarenta mil ducados que se habían librado para esta guerra, y los soldados se quejasen pidiendo sus pagas a don García, por el poco remedio que había de darles socorro de dinero, por huir de sus quejas, si bien justas, sin hacer tanta diligencia como convenía, a lo menos en la mudanza de la gente, dejó aquel presidio muy mal reparado y falto de gente y dijo el duque que Ulpián quedaba muy bien bastecido, que no le faltaban sino mantequillas de Guadalajara. Domingo 4 de agosto pasó el ejército a alojarse a Liorno, y aquella noche don García de Toledo y don Alvaro de Sandi con la arcabucería española fueron a reconocer con la infantería española a Santián, adonde era gobernador Ludovico Birago, rebelde del Estado de Milán, y monsieur de Bonivet era coronel de la infantería francesa, personas de reputación y nombre en la guerra, y tenían dos mil soldados escogidos y docientos caballos ligeros.

Y según la relación de quien se halló presente, eran los que estaban dentro tres mil hombres de guerra con escogidos capitanes y bien proveídos, porque era plaza de importancia. Hubo pareceres en el consejo del duque que se dejase Santián y que fuesen sobre Berruga, lugar fuerte de la otra parte del Po, y muy importante, para que los españoles pasasen el Po, sitio apropiado para dar mano a todos sus fuertes. Y que poniéndose allí el campo, necesitaba los franceses a poner guarniciones en la mayor parte de sus fronteras, y tan gruesas y bien proveídas, como si tuviera cada uno sobre sí el enemigo, que era un cuidado penoso y costoso. Pero volviendo don García y don Alvaro de Santián, don Alvaro, como hombre que de su natural era altivo, dijo públicamente comiendo con el duque, que Santián era plaza tan flaca, que se podía tomar con espada y capa, cosa que se hizo dura de creer, porque demás de haber estado el campo francés mucho tiempo fortificándola, y que había en ella muy escogidos capitanes, y por general monsieur de Bonivet, que como coronel de la infantería francesa había llevado la mejor y más valientes capitanes, sin otros ventureros, que por su gusto y por ganar honra seguían la guerra.

A la opinión de don Alvaro de Sandi ayudó una nueva que Birago y Bonivet, espantados de la fama del ejército del duque y conociendo no poder defender a Santián, se habían ido la vuelta de Ibrea, para desde allí ir a Turín, y esta nueva fue verdadera cuanto a la salida, mas no cuanto al efeto, porque estando estos capitanes franceses determinados de defender a Santián, hacían todo lo que en esto podían. Y así, entendiendo que Galloni, castillo muy fuerte a cuatro millas de Santián, era a su propósito para que en él pudiesen hacer escala los que por la parte de Ibrea los fuesen a socorrer, le fueron a ver, y qué gente pondrían en su defensa, de donde resultó la falsa nueva que desamparaban a Santián, y afirmando con esto don Alvaro la flaqueza de Santián, quedaron sin conclusión las opiniones de los que aconsejaban que se fuese sobre Berruga, y el duque se resolvió de ir contra Santián, pareciendo a la mayor parte que un fuerte tan reciente no podría resistir a tanta y tan buena artillería como el ejército llevaba, que era la mayor que hasta aquel tiempo se había visto en Lombardía, y sabiéndose que los muros y reparos de Santián eran de una arena gruesa y seca, que jamás pegaba, y que batiéndola, con facilidad se desmoronaba y caía. Y juzgaban que tomándose esta fuerza y degollando la gente que en ella estaba, siendo tan buena se pondría tanto miedo a los demás presidios franceses, que ninguno tendría ánimo para defenderse, ni aun para esperar que se le pusiesen encima. Resuelto el duque en ir sobre Santián, lunes a 5 de agosto pasó el campo a se alojar en Bianca, adonde don García de Toledo y don Alvaro se juntaron con la gente que con ellos había ido con todo el resto del campo. Caminóse aquel día con la infantería española a una villa que se llama Troncán, dos millas de Santián.

Otro día caminó todo el ejército, y pasó de la otra banda de Santián, donde se asentó el campo, y se hicieron las trincheas y plantaron la artillería y le comenzaron a batir; más no hallaron la batería tan fácil como se habían prometido los que persuadieron esta empresa, porque habiendo vuelto Birago y Bonivet de Gallani, se reparaban con grandísima diligencia, y si bien la artillería tiraba a menudo, no hacía efeto de consideración, porque con mucha madera que habían echado en los caballeros, suplían la falta del terrapleno, que era de muy mala tierra. Había cada día muy reñidas escaramuzas, y monsieur de Brisac recogió toda la gente que pudo y envió a Francia para que le viniese más, con intento de descercar este lugar o socorrello de manera que los españoles no lo ganasen.

Conoció el duque de Alba haber sido engañado en lo que pensaba de Santián, porque halló en él más resistencia de lo que pensaba, por ser fuerte y serlo la gente que le defendía. Faltábale ya el dinero, y lo que esperaba de España no le iba, ni aun había esperanza de ello. Los soldados se quejaban de que no hubiese paga, y a los alemanes se les debía muchas del tiempo de don Hernando de Gonzaga y de Gómez Juárez, y andaban para amotinarse. Acordó de levantarse y irse a fortificar a Ponte Astura, lugar sobre el Po y de grandísima importancia, porque demás que cortaba el paso a los que bajaban de Turín, Chibas, Berlengoy y Berruga, la vuelta de Casal, quitandoles totalmente el río que les era importante para las empresas que quisiesen hacer en el Estado de Milán, daba gran mano a los que habían de pasar de Aste y Alejandría a Turín, Vercel, Crecentín y San Germán, fuertes de la otra parte del Po.

Jueves, pues, a 22 de agosto, mandó el duque llevar a San Germán muchas municiones de pólvora y balas, y artillería, y hato, y doce piezas que quedaron en las trincheas. Quiso el duque que se llevase esto, porque de Santián a San Germán hay más de dos millas, por si acaso (como lo era) viniesen los enemigos, le hallasen más desocupado. Y el sábado 24 de agosto, día de San Bartolomé, se retiró todo el ejército, y fue a alojar una milla de San Germán cerca de Vercel, volviendo el duque con poca honra de esta jornada, que aún se dijo que había perdido parte del bagaje, que buenamente no pudo llevar.

Y de Santián salieron a picar en la retaguardia, mas hiciéronlos volver bien de paso. Y el lunes a 26 caminó el ejército a Trecello, y toda la artillería y municiones se llevaron otro día domingo a Vercel. En Trecello estuvieron hasta el miércoles 28, y de ahí se fueron a alojar junto al Po, frente del puente Astura, donde se hizo una puente, y pasó el ejército, y cincuenta soldados franceses que estaban en el castillo de puente Astura se rindieron.

Y el jueves 29 de agosto acabó de pasar el ejército y en puente Astura, y en torno de ella, se alojó el campo todo. Viendo el duque que el sitio de puente Astura, importaba conservarse, quísolo fortificar, para ser (como dije) señor del Po, y haber parte en Montferrat, y sujetar a Casal, que los franceses tenían ocupado. Y luego se comenzó la obra, y de los cuatro caballeros que en ella había de haber, encargó el uno a su hijo mayor don Fadrique de Toledo, el segundo a don García de Toledo, el tercero a don Juan de Figueroa, castellano de Milán, hermano del conde de Oropesa, y tomando para sí el cuarto, trabajaban en todos con grandísimo cuidado no sólo los gastadores, mas los soldados de todas las naciones. Crecía la obra trabajando todos en competencia.

Va don Lope de Acuña con paga a San Germán. Vese en peligro. -Avísale una vieja. -Segundo peligro en que se vio don Lope. -Don Lope de Acuña, quién fue.

Había días que no se daba paga, y en el campo y en los presidios se padecía. Buscó el duque dineros, y hallados con harto trabajo, dio una paga y envió otra a los presidios. La que se había de llevar a San Germán cometió al marqués de Malaspina, con su compañía de caballos ligeros, y como sabía que en Santián había caballería, y que por estar San Germán no más de dos millas de allí corría peligro, procuró con el marqués de Pescara que enviase a otros.

Y así, ordenó a don Lope de Acuña (a quien no tenía buena voluntad) que hiciese aquella jornada. Esto sintió don Lope, porque se mira mucho en la caballería que habiéndose dado una orden a uno se mande ejecutar a otro. Pero obedeció don Lope, y con muy buen esfuerzo entró en San Germán y pagó la gente, y hecho esto volvió a salir, sin que bastasen ruegos ni protestos para que no lo hiciese, porque se sabía que salía caballería de Santián para cogerle en el camino. Y media milla de San Germán topó con una mujer, que puestas las manos le pidió que no pasase adelante, porque le estaban esperando en el camino más de trecientos caballos franceses, que la habían preguntado si los españoles eran salidos de San Germán. Agradeció don Lope a la mujer el aviso, y la dio algunos dineros, y mandó a los soldados que muy bien cerrados acometiesen a cualquiera gente que se les pusiese delante, y le siguiesen. Y él, dejando el camino real, que era cerrado por los lados con dos fosos de agua, por no ser tomado en lugar tan estrecho, pasó el foso a mano izquierda, y llegando a ver los franceses sin ser visto, con maravillosa astucia los engañó; porque ellos pensaron ser descubiertos en un camino, que era el que don Lope había llevado a San Germán, y irle a coger en el otro que iba a Vercel, y que se le metería en las manos. Mas don Lope los entendió y dejó burlados, sintiendo mucho el Birago haber perdido esta suerte, que ellos esperaban buena.

Tuvo después de esto don Lope de Acuña una peligrosa escaramuza con manifiesto peligro de la vida o de ser preso, escapando de una emboscada que los franceses le armaron, que si bien antes la sintió, no la pudo excusar, por haber hablado mal un herreruelo, capitán alemán, diciendo que los españoles no eran para más que andar de aquí para allí sin hacer nada, y éste fue después el que puesto en la ocasión huyó primero; y el marqués de Pescara y otros capitanes, si bien vieron el peligro en que estaba don Lope de Acuña, se estuvieron a la mira. Libróle Dios, con confusión de todos ellos, y después con el duque de Alba encarecían su valor, para pagarle en esto lo que en no socorrerle habían faltado con vergüenza y confusión suya. Fue don Lope uno de los buenos capitanes de su tiempo, y de la noble familia de los de Acuña, caballero de tanta virtud, que nunca juró, ni jugó, ni bebió vino; fue natural de Valladolid.

Monsieur de Brisac y el duque de Aumala vienen contra Puente Astura. -Don Alvaro de Sandi, enfermo, defiende a Ponte Astura, mal fortificada, de treinta mil franceses. -Levántase el francés de Ponte Astura. Pasa a Moncalvo. -Infame hecho de Cristóbal Díaz, ruin capitán.. -Hecho notable de don Alvaro castigando al cobarde capitán.

Faltáronle al duque de Alba dineros, y más lo que se le había prometido de que embarazarían al francés, haciéndole guerra por Picardía, para que no pudiese echar todas sus fuerzas en el Piamonte, lo cual no se hizo, y monsieur de Brisac solicitó tanto a su rey, que le envió a monsieur de Aumala con mucha y buena gente, que llegó Brisac a tener ejército de cinco mil caballos escogidos, y veinte y cinco mil infantes, y en él era general el duque de Aumala. Estando en la obra de Puente Astura, cuando los cuatro caballeros llegaban a la mitad de lo que habían de ser, llegó nueva de que el ejército francés marchaba contra ellos por el camino de Casal. Ordenó el duque que en Puente Astura quedase cantidad de infantería española, italiana y alemana y algunos caballos, y encargo a don Alvaro de Sandi (aunque estaba enfermo), que quedase con ellos, y él acetó de muy buena gana, y el duque caminó a la vuelta de Valencia, sin querer esperar al francés, porque no tenía campo para ello. Supo don Alvaro que los franceses eran llegados a Casal de Montferrat, y entendiendo que habían de venir sobre él daba priesa en hacer reparos o parapetos en los caballeros, para que la infantería pudiese estar cubierta, y para el artillería cuando llegasen a dar el asalto. Llegó el ejército francés a vista de Puente Astura, hicieron sus alojamientos en lo llano, asentaron la artillería de tal manera, que dentro de la tierra y bestiones metían las pelotas, y llegada la vanguardia a lo llano, mandó don Alvaro que saliese la infantería a escaramuzar con los franceses, y el caballo enfermo y flaco, andaba en la escaramuza; duró gran rato, hasta que los enemigos hicieron sus alojamientos. Don Alvaro mandó al sargento mayor que retirase la gente, y andándola retirando, le dieron un arcabuzazo, del cual murió luego allí.

Reconoció Brisac el fuerte para asentarle la batería, y en todas partes en torno dél hallaba a don Alvaro con su gente fuera, y aunque los caballeros estaban bajos y la obra muy imperfecta, por el poco tiempo que para acabarla había habido, el francés no paró allí, y caminó la vuelta de Moncalvo.

Estaba en Moncalvo una compañía de españoles con el capitán que se llamaba Cristóbal Díaz, puesto de mano de don García de Toledo, y antes que los franceses viniesen a Puente Astura llamó don Alvaro a este capitán y le dijo que el campo francés había de venir sobre Puente Astura, y que también creía iría a Moncalvo, que si tenía ánimo para defender el castillo que se lo dijese; si no, que él metería otro en su lugar, y si había menester más gente y municiones, vituallas y otras cosas semejantes, que se las daría. Respondióle Cristóbal Díaz que él no había menester nada, que defendería su castillo. Llegados, pues, sobre él los franceses, comenzaron a batirle de manera que al segundo día el capitán se rindió con tal partido, que la bandera, armas y ropa fuesen salvos; y así, acompañados de franceses, vinieron a Puente Astura. Don Alvaro, que tuvo aviso cómo le habían rendido tan vilmente y que venían donde él estaba, salió al camino, y en unas praderías esperó con alguna cantidad de soldados, y como llegaron el capitán, y alférez, y soldados, preguntóles don Alvaro cómo se habían rendido; comenzó el capitán a excusarse. Dijo don Alvaro a los soldados que con él habían venido: «Amigos, peláme estas gallinas», y no lo hubo bien dicho, cuando al punto fueron todos desvalijados, como si fueran enemigos.

Mandó poner en prisión al capitán y alférez, y otros oficiales, y dio aviso al duque de Alba, que estaba en Milán. Y el duque mandó cortar la cabeza al Cristóbal Díaz, y a un cabo de escuadra que le arrastrasen por un pie, y desterraron del ejército al alférez y soldados. Castigo muy merecido de cobardes, y hecho digno del gran valor de don Alvaro de Sandi.

El duque de Aumala, incitado de un soldado, quiere sitiar a Ulpián. -Mala suerte de Garcilaso de la Vega.

Hallábanse los franceses superiores por la grandeza de su ejército y porque el duque de Alba, por falta de dineros, había deshecho el suyo, dejando a Juan Bautista Gastaldo con una pequeña parte dél, que era muy inferior, y el duque de Aumala, deseando ganar honra, se ponía en orden para ir sobre Ulpián, a lo cual le incitaba un italiano llamado Mantin, que habiendo sido mucho tiempo capitán de infantería en Piamonte, siendo preso de los de Ulpián, le habían tenido en aquella villa con menos recato de lo que en semejantes partes conviene tener a los prisioneros. Y como era hombre de experiencia, y hablase con muchos soldados italianos de aquella guarnición, y conociendo que la fortaleza de aquella villa consistía más en opinión que en otra cosa, queriendo dar reputación a monsieur de Aumala le persuadía a aquella empresa, a lo cual ayudaba, que los días pasados se puso el señor de Brisac a tomalla por hambre, y ocupádose en ello mucho tiempo para que el rey de Francia entendiese que no había dejado de ganarla por hierro, ni falta de militar disciplina, y que el haber perdido tanto tiempo sobre aquella plaza no había sido inconsideradamente, y le había escrito que Ulpián era inexpugnable, y tal que con dificultad se podía tomar.

Y sabiendo el duque de Alba la llegada del duque de Aumala y falta de gente que Ulpián tenía, porque la mayor parte de los soldados estaban enfermos a causa de no se haber renovado el presidio cuando fue avituallado, acordó de enviar a meterse en él a Garcilaso de la Vega, hermano del conde de Palma, caballero mancebo, de quien según su manera y brio se podía tener buenas esperanzas en las cosas de guerra, con cien caballos ligeros y seicientos españoles, y llegando al Po junto a Gaso, que es el mejor vado que por aquella parte se sabe, y hallando el río muy crecido por las nieves de la montaña, que era el principio de agosto, espantado de las dificultades que los soldados le ponían, como hombre mozo y sin experiencia se volvió al campo, con mucho sentimiento del duque de Alba, que con aquella gente que tan a tiempo había enviado le parecía que había dado buen asiento por entonces a lo de Ulpián. Y así se resolvio de enviar a don Manuel de Luna, maestre de campo del tercio de infantería española de Lombardía, con seicientos infantes y cien caballos, para que dejando dentro los infantes se volviesen los caballos, pues dentro estaban dos compañías de caballos de Cesaro de Nápoles y Demetrio Basta Albanés, sólo se reparaba en hallar capitán de caballos, que venciendo la dificultad del río metiese dentro aquella gente y se volviese en salvo.

El duque de Aumala tiene sitiado a Ulpián. -Consulta el duque de Alba con don Lope de Acuña cómo socorrer a Ulpián, y encomiéndale esta empresa con gran encarecimiento. -Responde don Lope ofreciéndose a la empresa.

El duque de Aumala, que ya estaba con su ejército sobre Ulpián, sabiendo que la gente española que traía Garcilaso se había vuelto del vado, le hacía guardar de noche y de día con gran diligencia, poniendo gente en los castillos del Monferrato, que estaban de la otra parte del río, para que avisasen con fuegos o humos de su venida, si acaso otra vez lo intentasen.

Y pareciendo al duque de Alba que aunque don Lope de Acuña estaba con calenturas sería a su propósito, le envió a llamar, y delante del marqués de Pescara estuvo tratando y consultando con él la orden que se podría tener para meter aquella gente en Ulpián, mandándole el duque de Alba que de la caballería española escogiese cien celadas sobre las suyas, y que al amanecer le fuese a hablar, que le daría la orden de lo que habían de hacer.

Llegada la hora, el duque, con un largo razonamiento, le dijo la importancia de aquel socorro con cualquier número de gente que se pudiese, mandándole, que si los franceses le acometiesen por lado o por espaldas, no volviese a ellos, y que solamente atendiese a romper los que se le pusiesen delante, y que mandase a los caballos ligeros que llevando a sus espaldas bien abrazados a los infantes, no procurasen otra cosa sino caminar, y que si cayese cualquier hombre, si bien fuese don Manuel de Luna, dijese a los soldados que no se detuviesen un momento a levantalle, sino que le dejasen caído. Y que pues en aquella empresa estaba toda la honra del duque y todo cuanto hasta allí habían servido al Emperador, le rogaba cuanto podía que con el valor y ánimo que habían hecho las cosas en que se habían hallado, acabase aquélla, que era el sello y remate de todas ellas. Y que si ¡bien hasta aquel punto tenía determinado que se volviese a salir con la caballería, visto que en aquello habría dificultad, se quedase en Ulpián y se conformase con don Manuel de Luna, que también se conformaría con él. Y creyese cierto que si él y los franceses se habían puerto en aquella empresa, no era porque entendía que tomarían a Ulpián, sino que como sentían tanto aquella fortificación de Pontestura, con que les quitaba el Po, hacían aquella demostración para removelle de ella, y que fuese a socorrer a Ulpián, y que en poniendo a Pontestura en defensa, le prometía que, aunque vendiese a su mujer y hijos, y cuanto en esta vida tenía, les iría a socorrer, y así lo podía decir a todos, y asegurarles de ellos, pues a él iba mas que a ninguno. Respondió don Lope de Acuña que tenía en grandísima merced la que le hacía encargándole cosa de tanto peso y calidad, y que su excelencia estuviese seguro que el socorro entraría en Ulpián o él quedaría muerto en el campo, en señal de que no había podido más. Y despedido del duque, se fue a ejecutar su empresa.

Parte don Lope a socorrer a Ulpián.

Estando recogida la caballería que había de llevar don Lope de Acuña, se fue a poner entre Pontestura y Moncalvo, que era el lugar donde se recogía la caballería que estaba señalada para aquel socorro, y aunque ya era llegado don Manuel de Luna, se detuvieron tres horas, porque los infantes se juntaban mal, por no haber tantos que tuviesen caballos rocines, y así hubieron de tomarlos de los villanos que traían provisión al campo. Y viendo tan larga detención, y amotinándose don Lope de Acuña y Francisco Ibarra, contador mayor del ejército y amigo de don Lope, le dijo que no se matase, porque no llevaba más de docientos y cuarenta infantes.

Y partiendo la vuelta de Moncalvo, revolvieron a la mano derecha sobre Corona, y poco más adelante se volvió al maese de campo Cesaro de Nápoles, que como había diez y ocho años que tenía el gobierno de Ulpián y había hecho aquella fortificación, adonde se enriqueció (que el gobierno era suyo), no quiso ir a meterse dentro, porque conocía que iban a ser degollados, y con sus amigos se reía de que al cabo de sus años quisiese el duque que fuese a defender a Ulpián, lugar flaco y mal proveído, porque justamente quería el duque que, pues Cesaro de Nápoles le había tenido tanto tiempo y hecho la fortificación a su modo, con tanto gasto de dinero, la defendiese. Y como desde Cocoma adelante, desde los castillos fuesen con humos, avisándose los franceses de la ida de los españoles, bajaban de los montes y salían de los castillos algunos que los arcabuceaban, si bien era de noche.

Y llegados al vado de Gaso, cuatro millas de Ulpián, aunque hallaron el río crecido y que de la obra parte estaban dos compañías de infantería y una de caballos franceses de guarda, se echaron con gran determinación al agua, jugando sin cesar los franceses su arcabucería, que se lo procuraban impedir. Y visto por los franceses que sin curarse de sus arcabuces la caballería española caminaba por el río desamparando la defensa, huyeron por entre aquellas espesuras. Pasado el río, recogida la gente, comenzaron a caminar por donde las guías les mostraban, y topándose con una compañía de caballos que hacía la guardia y dando en ella, la rompieron, matando a algunos soldados y tomándoles los caballos, en que subieron soldados, que venían mal a caballo, oyéndose ya en este tiempo grandísima grita y estruendo de trompetas, que por todas partes resonaban de la caballería francesa, que de mano en mano acudía la vuelta del río en socorro de la compañía rota y infantería huida, a lo que los españoles con gran ánimo respondían tocando siete trompetas que llevaban, y gritando: «España, España», acompañando las voces con continuos arcabuzazos, porque los franceses (si bien hacía luna) no podían comprender el número de los españoles, y creyendo que era toda la caballería y herreruelos del campo del duque de Alba, se recelaban sin osarlos acometer. Y si alguna vez lo intentaban, los ponían en huida, siendo cosa casi increíble el ver la multitud de escuadrones de caballos, que por la frente y lados se les mostraban, que con tanta facilidad yendo la vuelta de ellos, los hacían huir.

De la cual felicidad iban los españoles tan alegres, nombrando «Santiago y España», que les parecía que nadie podía impedilles el paso. Y llegando a ochocientos pasos de la puerta de Ulpián, hallaron un escuadrón de más de seis mil esguízaros con sus mangas de arcabuceros a los lados, tan turbados con el estruendo que andaba, que sin saber bajar pica, los rompieron la mano izquierda, por donde pasaron juntamente con la manga de la arcabucería, y metiendo de ellos un golpe de gente que tomaron delante en prisión, se entraron en la villa. Y no hay duda sino que si aquella noche fueran cuatro mil caballos, que todo aquel campo fuera deshecho, porque el alboroto de los franceses fue tan grande, que no sabían dónde se andaban. Para lo cual aprovechó mucho que el duque de Aumala había alojado toda su caballería en San Bilen y Leñi, lugar junto a Ulpián, para tenerla más descansada. Entraron en Ulpián infantes y caballos ciento y ochenta y cuatro hombres, porque los más, por llevar ruines caballos, no se atrevieron a pasar el río; otros, por ser tan larga la jornada, y por ir en yeguas y caballos flacos, se cansaron luego, y toda aquella noche se tocaron las campanas de Ulpián para que pudiesen atinar a la villa los soldados que se habían quedado atrás, y todavía acudieron catorce o quince. Y los franceses, entendiendo por qué se hacía, tomaron algunos.

Salen los cercados animosamente a dar en los cercadores.

Otro día bien de mañana, don Lope de Acuña y don Manuel de Luna, con los demás capitanes, fueron viendo el lugar y la fortificación, mostrándoselo Sigismundo Gonzaga, que era gobernador por Cesaro de Nápoles, y artillería y munición, quedando todos muy descontentos, porque demás de estar la villa muy flaca y mal reparada, tenía la artillería rota, y la gente en quien consistía la importancia, deshecha y enferma.

Y mandando hacer nota de los que eran, compañía por compañía, no se hallaron más de cuatrocientos y ochenta hombres de pelea, y los enfermos que eran de ningún provecho pasaban de seicientos, y partiendo entre sí las baterías, tomó don Lope de Acuña con los caballos ligeros y arcabuceros a caballo de la guarda del duque de Alba y de don García de Toledo, y parte de los soldados italianos de presidio, la defensa del caballero alto de la montaña, que estaba el castillo, y don Manuel de Luna la de la villa, hallando tan mal aparejo de palas y azadones con que trabajar, que en toda la villa no había más de sesenta, y con ellos trabajan de día en la batería de don Manuel, y de noche en la de don Lope, que enfermo estaba, siempre echado sobre un haz de cáñamo en su caballero, por dar calor a lo que se hacía, porque el duque de Aumala, sintiendo que tan poca gente con tanto daño y vergüenza de su campo hubiese entrado, con grandísima solicitud apretaba la empresa, haciendo que continuamente jugase el artillería acercándose cada día con dos grandes trincheas a la batería de la montaña, que era la parte más flaca, y con otra trinchea a la parte de abajo, adonde estaba don Manuel de Luna. Y entre tanto que esto hacían los franceses, los españoles, queriendo dar a entender al duque de Aumala que había en la villa más gente de lo que pensaban, salieron con todos los caballos de repente, buenos y malos, siendo el primero Teodoro Basta, mancebo valiente, alférez de Demetrio Basta, por ser plático en la tierra, que mucho tiempo había estado en ella aquella compañía, y llevando consigo veinte soldados de su compañía, salieron tras él don Lope de Acuña y el capitán Lázaro Mezuca, y don Antonio de Vivero, con hasta docientos y treinta caballos, cuya repentina salida causó gran grita en todo el campo, dándose gran priesa los franceses en volver el artillería con que batían, tirando con ella a la caballería española, haciendo más daño en su gente que en ella, porque del segundo o tercero salto entraban balas por el cuartel de sus esguízaros.

Esta salida no fue de tanto efecto como pudiera, porque el alférez Basta, viendo dos tenientes de infantería francesa que se andaban paseando apartados de su guarda, cargando sobre ellos los prendió, y siguiéndole don Lope (que no sabía la tierra), erraron el golpe, porque si fueran camino arriba, como se había concertado, al salir de la puerta rompieran fácilmente tres compañías de infantería francesa que hacían la guarda, porque los franceses estaban tan asegurados de aquel repentino asalto, que habiéndose ido a pasear, quedaban pocos en la guardia, y aquéllos desarmados, tanto, que teniéndose por perdidos se comenzaron a retirar con sus banderas, hasta que cargó en su socorro toda la gente que alojaba en aquella parte, y de aquella salida tomaron aviso para reforzar siempre la guarda y hacer una trinchea honda y levantada al través del camino, para quedar seguros de cualquier ímpetu de caballería, aunque no les aprovechaba, porque saliendo (como se hacía) bandas de diez y doce caballos mataban y prendían muchos franceses, porque contenían a Ulpián cercado alrededor, y de trecho a trecho también sus banderas plantadas, pudiéndolo hacer, por estar aquella villa muy metida en sus tierras y tener guardados los pasos de los ríos con su caballería.

Muchos franceses, por no andar alrededor de las trincheas, que con gran anchura abrazaban la villa por todas partes, atravesaban por la llanura, y eran muertos o presos de los caballos, y por librarse de aquel peligro, se dieron tanta priesa a batir la puerta por donde salían, y el revellín que estaba delante de la batería quedó todo tan derribado y deshecho, que fue necesario terraplenar la puerta, y perder aquella sola salida que había para los caballos, porque las demás puertas, por estar en partes descubiertas, desde el principio las habían terraplenado. Estaba dentro de Ulpián el capitán Piantanida Milanés, soldado de gentil ánimo y experiencia, aunque falto de vista, el cual, viendo que la mayor fuerza que los franceses hacían era por la parte del caballero del castillo, que según su hechura y grandeza se pudiera más justamente llamar montaña, porfiaba que se debía atravesar con una trinchea, porque cuando hubiesen batido las tenazas y frente de aquel lado, hallasen dentro otro nuevo reparo, con que quedasen burlados de su trabajo. Reprobaba don Lope de Acuña este consejo como pernicioso, diciendo que el hacer aquella trinchea tan apartada de la frente que se batía daría lugar a que apoderándose los franceses de la punta de las tenazas, y plantada allí su artillería, como en lugar más alto, en una hora desharían el trabajo de muchos días, y que aquella trinchea se debía hacer junto a la misma batería. Y que demás de que allí estaba la tierra más alta y fácil para con mayor brevedad ponella en perfección, tenían a los enemigos más afuera, sin dejarles lugar adonde pudiesen tomar plaza para su artillería. Pero don Manuel de Luna, por fatal desdicha suya, se inclinó al parecer del Piantanida, y labrándose luego la obra se desculpaba de secreto con don Lope, diciendo que conocía muy bien que su consejo era más a propósito, pero que habiéndose de defender aquella tierra con infantería italiana, pues era el mayor número, convenía contentallos. Ya en este tiempo los franceses llegaban con las dos trincheas de la montaña a cincuenta pasos del caballero, yendo a embocar con ellas a la punta de la tenaza, en el cual foso hacían cada noche guarda docientos infantes, como en la parte más necesaria, y adonde los enemigos hacían todo su fundamento. Y hallándose allí una tarde don Lope de Acuña, y con él los capitanes Lucas Hernández, y Pedro Montañés, Pedro Venegas, Luis Venegas, y Lázaro Mezuca, y otros hombres particulares, les dijo que le parecía cosa fuera de toda razón que aquel foso tan bajo, flaco y peligroso de guardar, se defendiese con tanto número de soldados como allí ponían cada noche, que si se perdían quedarían tan enflaquecidos, que no sólo no tendrían gente para defender las baterías, ni aun para el lugar, si los quisiesen acometer a escala vista.

Y pareciendo bien lo que don Lope decía, reprobaban la mala orden que hasta entonces en aquello se había tenido, especialmente el capitán Pedro Montañés, y llegando a la sazón un soldado, que les dijo que don Manuel de Luna y los demás capitanes los aguardaban en el caballero para tratar de lo que convenía a la defensa, fueron a cumplir lo que se les ordenaba.

Honrado respeto de Garcilaso de la Vega. -Diversos pareceres entre los capitanes de Ulpián.

Estaban con don Manuel de Luna, Garcilaso de la Vega (que, como caballero honrado, corrido del yerro que había hecho por el mal consejo que le dieron, sin algún cargo quiso ir a mostrar que lo que le había acaecido no fue por falta suya) y Sigismando Gonzaga, Tiberio Brancacio, el capitán Piantanida y los demás capitanes italianos, y un teniente de la compañía de alemanes que allí estaba, y sentados en unos ribazos junto a una capilla que estaba dentro del caballero, propuso don Manuel cómo ya veían cuán cerca del foso llegaban los franceses, en cuya defensa estaba la salud o peligro de aquel presidio, por lo cual les pedía que cada uno dijese lo que le parecía para la salud de aquella villa, mostrando en sus palabras que era de opinión que se defendiese el foso con más gente de la que entonces tenía.

Y como Garcilaso estaba sentado a la mano derecha de don Manuel y le tocaba hablar primero, conformándose con don Manuel dijo que se pusiesen trecientos infantes, y sabiendo todos que Garcilaso era muy acepto al duque de Alba, y confiando que su amistad les sería algún día de gran provecho, no queriendo contradecirle, fueron de su voto, mas el capitán Pedro Montañés, que antes lo había contradicho; y llegando la vez a don Lope de Acuña (que por estar sentado a mano izquierda de den Manuel fue el postrero), dijo que sin algún respeto, sino sólo atendiendo a la necesidad del caso, servicio de su príncipe y honra de su capitán general, le parecía que no sólo no se añadiese gente a la que se solía meter en el foso, sino que se sacasen todos, sin quedar más de veinte y cinco arcabuceros, que haciendo el efecto que al presente hacían todos, no hiciesen más que tirar de ordinario a los que estaban en las trincheas, y que en las casas matas se metiesen otros tantos para que cuando los franceses, creyendo que había mucha gente en el foso, le acometiesen, pudiesen desde ellas asaetearlos, sin algún peligro suyo, y dar lugar a que los veinte y cinco, del foso se retirasen por el mismo foso a la puerta, y con toda la artillería, que por aquel tiempo se tendría un poco atrás retirada de los parapetos, para que no fuese quitada de la francesa, la cual debía de estar muy bien cargada de guijas, y asomándola prestamente y disparándola en ellos les darían en descubierto, con tan pesado granizo, que los harían advertir mejor otra vez en su forma de acometer, y que así, con salvar su gente, la conservarían para mayor necesidad, y para dilatar con arte lo que no podían con fuerzas, hasta que el duque de Alba, que no se debía descuidar de ellos, los socorriese, en que estaba el remedio de aquel presidio.

Don Manuel de Luna, ni del todo tomando el parecer de don Lope de Acuña ni desechando el consejo de Garcilaso de la Vega, mandó que de los trecientos soldados que decían que se metiesen en el foso, hiciesen de allí adelante guarda ciento cincuenta. Pero como ya los franceses estaban a treinta pasos del foso, una noche, a dos horas después de anochecido, con gran grita acometieron el foso con una terrible tempestad de arcabuzazos de la una parte y de la otra, porque los españoles que estaban dentro aquí en aquella noche había tocado la guarda, cuyos capitanes eran Pedro Montañés y León de Bellaguarda, ayudados del capitán Piantanida los recibieron animosamente matando muchos de ellos, que saliendo al descubierto daban certísimo blanco para tirar. Y acudiendo don Lope de Acuña (que estaba solicitando la trinchea que se hacía) al rumor, halló a don Manuel y a Garcilaso de la Vega con grandísima turbación, porque el Piantanida y las capitanes que estaban dentro, habiendo perdido mucha gente pedían más, y llegado a ellos les dijo que le pesaba de ser tal adevino de un caso que les había de ser de tanto daño, como aquella noche se les aparejaba, porque estaba claro que llegándose los franceses con las trincheas que llevaban al foso, no había duda sino que las hacían para aquel efecto; pero que pues aquello ya no tenía remedio, hubiesen de buscarle, para que aquella noche no se perdiesen.

Don Manuel dijo que el capitán Piantanida pedía gente, y que era imposible enviársela, y que le pedía que fuese al foso y viese si se podía retirar aquella antes que se perdiese, o lo que se podría hacer. Salió don Lope al foso con sólo Bernardino Osorio; halló que los españoles y italianos peleaban mano a mano con los franceses; para más seguridad suya había llevado muchos gaviones rodando con que se reparaban de los arcabuzazos de los españoles, y que la última parte que era guardada de Temiño, teniente de la guarda del duque de Alba, estaba desamparada porque el Temiño, habiéndole muerto parte de sus soldados se retiró por la otra parte del caballero hacia una puerta falsa que había, y el capitán Pedro Montañés, que guardaba el foso delante de las casas matas, siendo muy apretado, estaba arrinconado y metido en la punta de la vuelta que hacía el foso a mano izquierda de las casas matas, y que el capitán León de Villaguardia, don Marcos de Toledo, Gaspar Osorio y otros soldados defendían aquella vuelta junto a las casas matas, de los cuales, dos soldados pasando don Lope por el uno le mataron de un arcabuzazo, y que toda la gente que había de haber en aquellas dos vueltas del foso era muerta o se había retirado a la parte que guardaba el Piantanida con los italianos, porque los franceses no apretaban tanto en aquella parte, y volviendo a don Manuel le contó el peligroso término en que se hallaban, y que si luego no eran socorridos, Pedro Montañés y León de Villaguarda serían muertos con los demás que estaban fuera.

Baten las casas matas, flacas y mal hechas. -Caen las casas matas.

Don Manuel de Luna que se vio en tan mal término, rogó a don Lope de Acuña que volviendo a salir fuera, procurase de retirar aquellos capitanes y aquella gente, porque enviar socorro nuevo era imposible. Esta retirada pareció a don Lope que tenía del todo imposibilidad, porque estando los españoles peleando mano a mano con los franceses y haberse de retirar más de docientos pasos, hasta la puerta donde estaba don Manuel, no había razón ni camino para ello, si Dios milagrosamente no los ayudaba; pero viendo que convenía, remitir aquel caso a la fortuna, y saliendo don Lope, y tomando aparte al capitán Piantanida, le dijo que cuando le pareciese que el mismo don Lope habría llegado a los españoles, hiciese que sus soldados, dando la más terrible y animosa grita que pudiesen, apellidando Santiago, disparasen juntamente sus arcabuces, y que al momento, entretanto que los franceses creían que eran socorridos, con sosegada diligencia se retirasen a la puerta, porque lo mismo harían los españoles que estaban más adelante, y no se estorbarían los unos a los otros.

No faltaron los italianos a esta orden (como aquellos que verdaderamente, en cuanto esta empresa duró, pelearon valerosísimamente con gloria de su nación), y dando una grita dispararon y se retiraron, con gran sobresalto de los franceses, que creyendo que era nuevo socorro de la villa, aunque los vieron volver las espaldas, no hubo hombre que los siguiese ni osase echar pie adelante. Hicieron lo mismo los españoles, sin que nadie los siguiese. Retirada la gente, los franceses, pasando adelante con sus trincheas, dentro de dos días llegaron con ellas al foso, y haciendo una boca en el Argen del que venía a salir frontero de la junta que hacían las dos tenazas, plantaron una gruesa pieza de artillería, con que comenzaron a batir las dos casas matas que estaban juntas. Había hecho en medio de ambas tenazas esta fortificación el maese de campo Cesaro de Nápoles tan inconsideradamente, que en todo aquel caballero que estaba delante del castillo, con ser como reduto o pedazo de montaña, no había dejado sino aquellas dos casas matas, que estaban dentro en el mesmo caballero, en lo hondo que hacían las dos puntas a manera de tijeras, y porque el tiro que desde allí habían de hacer era largo, y siendo con arcabuces o mosquetes, se podían hallar muchos reparos fáciles contra ellos, como gaviones y tablas gruesas, quiso que las casas matas fuesen tan grandes, que teniendo dentro artillería, hiciesen mayor contraste a los que quisiesen entrar en el foso, y que no lo pudiesen hacer sino con grandes reparos, siendo forzoso para que las piezas pudiesen entrar dentro y jugar como convenía, dejase dentro tan gran concavidad que con el gran peso del terrapleno de encima venía a quedar en falso y hundirse.

Y para remediar este segundo inconveniente y que las casas matas, que no eran de bóveda por lo alto, sino de madera, no cegasen como luego lo empezaban a hacer, fue necesario apuntar la madera del techo con gruesos y espesos maderos, con que del todo quedaron las casas matas incapaces de tener la artillería, para que habían sido hechas, y muy aparejadas, para que a cuatro cañonazos que recibiesen hacer una gran batería, cayendo toda aquella obra falsa y mal entendida, y comenzando a batir los franceses con el cañón que habían plantado en seis horas, hizo más efecto que en diez y seis días habían hecho diez y ocho piezas de artillería, que contra aquel caballero batían, derribando ambas casas matas con gran pedazo del caballero, con infinita alegría y grita de los franceses y mucha tristeza de los españoles.

Revienta la mina en favor del francés. -Arremeten los franceses. Rebátenlos.

Derribadas las casas matas y pedazo del caballero, los franceses por aquella parte quedaron libremente señores del foso, y sin cesar su batería comenzaron a picar el caballero por aquella frente y hacer una mina para volar los que estaban encima y allanar la subida. Garcilaso de la Vega, que allí había quedado en lugar de don Lope de Acuña (que muy apretado de enfermedad de calenturas se había ido a curar a importunación de don Manuel de Luna y de todos), asistía, juntamente con los capitanes, con mucha diligencia a los reparos y defensa que la necesidad mostraba ser necesarias, no pasando menos trabajo don Manuel de Luna en la batería que los esguízaros hacían por la parte de la villa, que si bien no era de tanto peligro como la otra ni la gente tan hábil para el asalto, sin perder punto no dejaba de repararse cuanto podía, y ya con la continua batería le habían derribado el revellín de la puerta y la misma puerta, y un largo lienzo de la muralla, llegando con la trinchea hasta el Argen del foso; porque era lleno de agua y cenagoso, procuraban de hinchir con sacas de lana que habían para ello traído de Turín, poniendo otras en los parapetos por reparo, contra los continuos arcabuzazos que los españoles tiraban, con que en ambas baterías habían muerto a muchos soldados y capitanes señalados, esguízaros y franceses.

Viendo, pues, don Manuel de Luna que las cosas se iban cada día apretando, y que la mina le tenía en gran confusión, y había días que se había comenzado, por lo cual era de creer que no tardaría en reventar, y habiéndolo comunicado con don Lope de Acuña, le pareció que, pues ya la trinchea del Piantanida era acabada, si bien con trabajo excusado, se sirviesen de ella, pues no tenían otro reparo, y Garcilaso y los demás capitanes que estaban en la defensa del caballero, al tiempo que entendiesen que los franceses querían volar la mina, se metiesen dentro en la trinchea con su artillería a punto, pues ya en otra parte no era de servicio, y que dejasen dos hombres de confianza cerca de la mina, con quince picas y quince arcabuceros que estuviesen muy advertidos, para que como la diesen fuego, acudiesen a ella y se saliese, de arte que si juzgasen que no se podía defender, la desamparasen, retirándose a la trinchea, y si saliese de manera que se pudiese defender con las picas y arcabuceros, entretanto que los franceses reconocían si podían dar asalto, y arremetían, los entreternían hasta que saliendo Garcilaso y su gente fuesen a tiempo de socorrerlos; porque el estar Garcilaso en la misma batería al tiempo que volase la mina, lo tenía por muy peligroso, y que si la mina salía mal, no sería a tiempo de retirarse con la gente, y podría suceder algún desastre, perdiendo la villa y la gente a un tiempo. Este parecer aprobaron don Manuel y todos los demás capitanes.

Los franceses, entretanto que se labraba la mina, habían hecho una casa de madera de tan gruesos tablones, que aun con arcabuz no los podían pasar, y cabían en ella doce arcabuceros, que tirando por pequeños agujeros sin peligro, hiciesen daño en los soldados que se descubriesen, la cual estaba puesta sobre unos husillos a manera de aquellos con que suben y bajan las vigas de los lagares, con que con gran facilidad la bajaban y subían, y hacían tanto daño en los españoles, que no descubrían las cabezas para ver lo que los franceses hacían, cuando luego eran muertos o heridos, con que los tenían puestos en gran estrecho y temor, y del todo, con esta sola invención, bastaran a deshacerlos, sino que los franceses no osaban alzar mucho la casa para sobrepujar, porque una vez que lo habían probado, habiéndoles desde un torreón del castillo asestado una pieza, había dado en lo alto de la casa, con daño y grande espanto de los que estaban dentro. Y estando a punto la mina la dieron fuego, y reventó con tanta violencia, que levantando un terrapleno y muralla que estaba en el caballero, hizo una muy llana subida, y muy conforme al deseo de los franceses, y pasando la polvareda y reconocido que salió a su propósito, arremetieron algunas banderas, que con facilidad fueron detenidas de los españoles, los cuales con sus picas y lanzas estando bien cerrados, animosamente los esperaron, haciendo caer abajo a los que presumiendo de valientes se querían aventajar, y matando con su arcabucería gran número de franceses, y fueran muchos más los muertos si el temor de la casa de madera no los detuviera, la cual hacía notable daño en ellos, porque no eran tan presto descubiertos cuando eran pasados con las balas de sus arcabuces.

Y el capitán Piantanida, con mayor ingenio que ventura, había hecho ciertos fuegos artificiales en unas grandes cajas de madera como arcas, en que había cantidad de pólvora y otras mezclas apropiadas para ello, en las cuales había unas cuerdas atravesadas, que teniendo encendidos los cabos que estaban la parte de fuera de la batería, y los españoles que estaban detrás teniendo en las manos los otros cabos que eran más largos, para que tirando de ellos y corriendo las cuerdas pasasen los cabos encendidos por la pólvora, y pegando el fuego y ella en los demás fuegos artificiales, hiciesen gran daño a los franceses. Y como para hacer lugar que subiesen los franceses, y los fuegos hiciesen su efecto, los españoles se apartasen adentro, dieron larga ocasión a que se hubiera de perder el caballero, porque creyendo los franceses que huían, subieron a gran priesa tras ellos, y tirando los españoles de las cuerdas, el fuego no hizo efecto, sino que la pólvora, como un fácil soplo, se resolvio en humo sin encender las otras mechas, con tanto espanto de los franceses, que temiendo fuese algún engaño en que se abrasasen, no sólo no osaron pasar adelante, mas con gran grita se tuvieron atrás, dando lugar a que los españoles, viéndose en tanto peligro, con ímpetu volviesen a cobrar su perdida plaza, comenzándose de nuevo a dar grandes golpes de picas y arcabuzazos, y usando los franceses del ardid que habían tenido en el ganar del foso de traer delante sus gaviones, comenzaron a subir rodando algunos, viniendo ellos cubiertos detrás.

Y viendo el capitán Lucas Hernández enderezar uno, como animoso soldado arremetió a los que le levantaban, estorbándolo con su pica, y descubriéndole los de la casa, le dieron un arcabuzazo con que cayó muerto en tierra.

Cinco horas y media duró el asalto.

Había durado el acometimiento que hacían los franceses con gran mortandad suya, cinco horas y media, que sin parar, refrescando su gente con enviar nuevas banderas a la batería, apretaban cuanto podían a los españoles, porque sabiendo el duque de Aumala, como soldado plático, cuán buena gente eran los defensores, juzgaba que no se podía ganar aquella plaza sino con larga porfía, porque siendo tan pocos como eran, al fin los vendrían a cansar y consumir.

Y este pensamiento no le salió en vano, porque al fin de aquel tiempo Garcilaso se hallaba muy fatigado, así por haber dado licencia a los heridos para que se fuesen a curar a la villa, como porque inadvertidamente había dejado ir con cada uno un amigo suyo para que le ayudase, y habiendo sido tantos los que se habían ido, sin que volviese alguno, que se hallaba muy falto de gente, no hallándose en menor necesidad don Manuel de Luna, porque habiéndole dado los esguízaros el asalto, había cinco horas que se peleaba en la batería baja, le había enviado a decir que se valiese como mejor pudiese de la gente que tenía, porque no había otra cosa alguna que dalle; a lo cual se juntaba que, como Garcilaso era nuevo en la guerra y no le hubiese hallado en semejante trance, ni sabía lo que se había de proveer, no había mandado llevar barriles de pólvora para que, acabada la de los soldados, tomasen la que quisiesen, y como los soldados la pedían, viéndose faltos della, y de gente, volviéndose a los capitanes que estaban presentes les preguntó lo que debía hacer, y según se dijo, el capitán Pedro Venegas le respondió que se retirase a la trinchea, porque con el artillería que estaba en ella haría gran daño a los franceses que entrasen en el caballero; porque desde el principio que se entró en Ulpián, Pedro Venegas, como hombre solícito había tomado a cargo el artillería que estaba en el caballero, que era muy poca y toda rota; y habiendo puesto las piezas detrás de la trinchea, las tenía cargadas con guijas y pedazos de hierro, porque engañado del mismo deseo del Piantanida dio aquel dañoso consejo a Garcilaso, y creyendo que sería tan fácil el hacello como el decillo, mandó retirar la gente, palabra que no fue tan presto oída como ejecutada. Y viendo los franceses su huida, entraron furiosamente sin perder tiempo tras ellos, matando cuantos alcanzaban, en venganza de los muchos que de su parte habían sido muertos aquel día.

Habían los españoles dejado a un lado de la trinchea una abertura a forma de puerta para pasar de una parte a otra, y tan estrecha, que apenas cabía un hombre armado, y apretando los traseros a los delanteros, embarazándose con las picas y armas, cayeron algunos, y cerrando aquel angosto paso con miserable principio, fue causa que, cayendo unos sobre otros, fuesen cruelmente muertos de los franceses, y si algún francés quería salvar alguno, los que venían detrás se le mataban. Murió allí Garcilaso de la Vega, y casi de los primeros, porque pareciéndole fea tal retirada, de que había sido causa, y retirándose más despacio de lo que en caso tan perdido le convenía, siendo alcanzado, y habiéndosele caído un morrioncillo negro, a prueba de arcabuz, que traía, le dio un francés una cuchillada en la cabeza al través, que se la abrió toda, matando también a don Pedro de Silva de un arcabuzazo por las espaldas, mancebo animoso y de grandes esperanzas.

Mataron también con muchas heridas al sargento mayor Rascón, gran soldado y experimentado, con otros muchos hombres particulares muy señalados en las armas. Ganaron los franceses en aquel punto el lugar, y se metieron por la puerta que estaba entre el castillo y la villa, porque los que huían se la habían dejado abierta; pero los soldados del castillo, viendo aquella infelice huida, acudieron a un torreón que estaba encima de ella y matando a los que iban delante hicieron detener a otros, que pararon arrimados a la trinchea del Piantanida, que por ser de una pica de alto los cubría del castillo; y de esta manera aquella desgraciada trinchea fue causa de la perdición de los españoles y amparo de los franceses, que firmes en ella, cubiertos del castillo quedaron señores del caballero.

Solos diez y ocho españoles, y pocos italianos se hallaban en Ulpián. -Quiere rendirse don Manuel de Luna.- Don Lope lo contradice.

Fue culpado don Manuel de Luna porque no dio orden a Garcilaso y a los capitanes que con él estaban para que ejecutasen el consejo de don Lope de Acuña. Porque si al volar de la mina no se hallaran más de los treinta soldados, se pudieran retirar a su placer, sin que aquel día se perdiera el caballero y tanta gente. Y don Manuel, cargando la culpa a Garcilaso, decía que se lo había así ordenado; pero los que conocían la puntualidad de Garcilaso en obedecer a los que sabían mas que él en la guerra, le defendían diciendo que si don Manuel se lo mandara, lo ejecutara, y que también lo hubieran entendido los capitanes que con él estaban, y así quedó el punto de este yerro indeterminado, y sobre el muerto (como casi siempre acaece en aquellos que no pueden responder por sí) cargada la culpa.

Estaban ya los de Ulpián en la última necesidad, porque habiendo retirado los esguízaros de la batería baja, quedando algunos en el revellín que han ganado los españoles, dejando veinte y cinco soldados en la batería, se habían ido a curar los heridos y saber de sus amigos si eran muertos o vivos, no se viendo por la villa sino hombres con diversas suertes de heridas bañados en sangre, buscando cura; porque entre las otras faltas que allí tenían, era no haber medicinas, ni cirujanos, sino que era menester que se curasen unos a otros, con que se acrecentaba el espectáculo de su desventura, cayéndose muertos en las calles muchos, enflaquecidos por la sangre perdida y grandeza de las heridas; y otros que con gemidos, sin poder ir atrás ni adelante, pedían socorro a los que pasaban. Lo cual, retirándose don Manuel de la batería, remedio lo mejor que pudo, mandándoles llevar al castillo, y que los curasen los que sabían curar de ensalmo. Y andando aquella noche con cuidado, por no ser tomados a escala vista, a la mañana echó el tanteo de los sanos.

No se hallaron de los españoles más de diez y ocho, y los italianos no estaban mejor librados, como aquellos que en toda aquella empresa habían peleado con mucho esfuerzo por ser soldados viejos y gobernados de valientes capitanes, porque la nación italiana es tan sujeta a sus capitanes, que si son buenos hacen maravillas en la guerra.

De los tudescos había mayor número, porque como desde el principio habían andado tan mal, no se hacía cuenta dellos, y como don Manuel de Luna viese las cosas en tal estado, hablando con los capitanes acordaron de rendirse y no esperar que a mano salva los degollasen los franceses y saqueasen aquella villa. Y acudiendo a dar cuenta a don Lope de Acuña deste acuerdo, que estaba en la cama, pues ni era bien dejar saquear lugar que tanto había servido, ni perder la caballería que podía ser de tanto servicio, pues del duque no había que esperar socorro, don Lope de Acuña, aunque muy enfermo, rogó a don Manuel que ni mirase en saco de la villa, ni en la pérdida de la caballería, pues era mejor que abrasasen el lugar que dejársele entero para gozalle, y que no dando lugar a que se dijese que un maese de campo español se había rendido, cosa jamás oída, y se metiese en el castillo gobernándose conforme a las ocasiones, pues era imposible que el duque los dejase de socorrer.

Todos con alegre rostro aprobaron el consejo, y don Manuel de Luna prometió de meterse en el castillo con los que le quisiesen seguir, pues los demás no querían pelear, y un teniente de infantería italiano, que allí estaba, le dijo que no había para qué echar culpa a los italianos, que todos morirían con los españoles, y llegando a la sazón un teniente de los alemanes de la compañía que allí estaba, dijo que se resolviesen en lo que habían de hacer, porque los franceses se iban allegando para dar asalto. Y yendo don Manuel a proveer en lo que convenía, se trató de entregar la villa, y envió a decir a don Lope, con Miguel Díaz de Armendáriz, que se habían rendido por no poder más.

Replicó don Lope con el mismo que rogaba a don Manuel que se acordase de lo que había prometido, y que en todo caso se retirase al castillo, pues tanto convenía a su honra y a todos. Don Manuel dijo que lo había mirado, y que pues retirándose al castillo había de rendirse dentro de dos días, que quería acabar de una vez, pues el duque no los socorría. Salió don Manuel de Luna con toda la gente de Ulpián adonde todavía estaba el duque de Alba, y ésta, fue la salida de Ulpián, indigna ciertamente, si se ha de mirar a la fama y honra que habían ganado los que tan animosamente socorrieron aquel presidio, en la cual empresa perdieron los franceses casi tres mil hombres de los mejores que tenían, y entre ellos cincuenta y dos capitanes.

Pelean en el agua imperiales y franceses. -Desesperado hecho de los flamencos holandeses.

La misma guerra se hacían en el agua estas gentes. Por el mes de agosto deste año se toparon flamencos y franceses; venían de España veinte y cuatro urcas de flamencos cargadas de mercaderías, a los cuales acometieron veinte y seis navíos armados de franceses. Combatiéronse mucho tiempo; llegaron a aferrar, porque con la ventaja que los franceses tenían, por ser todos sus navíos de guerra, procuraban que no se les fuese alguna de las urcas. Peleaban los flamencos, aunque menos, y no tan armados, valientemente. Mas como los navíos franceses estaban más descargados y artillados, hacíanles ventaja en la ligereza con que los rodeaban y embestían.

Desesperados los flamencos, y ya como perdidos, porque su enemigo no gozase la victoria y presa, encendieron su propia pólvora, queriendo morir quemados con ella por abrasar a los enemigos. Encendiéronse en un punto sus urcas, y los navíos franceses que con ellas estaban amarrados, de suerte que casi fue el daño igual en todos, muriendo franceses y flamencos, ardiendo encima del agua. Pudieron escapar pocos, solos aquellos que tuvieron lugar de desamarrarse. Escapáronse algunas de las urcas que de entre las llamas fueron huyendo a Holanda; las capitanas y capitanes de ambas partes se abrasaron. Llevaron los franceses cinco urcas de los flamencos, sin hombres y sin mercaderías, medio quemadas, y entraron con ellas en Diepa, de donde habían salido, llevándolas como trofeo o despojos de tan triste victoria. La ganancia fue ninguna, porque demás de lo que consumió el fuego, echaron en la mar el oro y plata y todo lo precioso que los flamencos llevaban, porque los franceses no se aprovechasen de ello.

Suspenden las armas imperiales y franceses. -Tregua por cinco años. -Mueve la guerra el Papa, aunque Papa y muy viejo, y llegó a lo que otros dirán.

Cansados y aun destruídos con tantas guerras imperiales y franceses, el Emperador enfermo demasiadamente, el rey Enrico gastado y pobre, su reino perdido con los tributos que para la guerra se le habían sacado, suspendieron las armas, juntándose en Cambray los comisarios para tratar las condiciones de la concordia y paz. Y no se concertando por las dificultades que había, acordaron una tregua, esperando que de ella se siguiría la paz. Concertóse por cinco años, si bien contra voluntad del rey don Felipe, que no quería que fuese por más de tres.

Publicóse con que comenzase a correr desde el mes de hebrero del año de mil y quinientos y cincuenta y seis. Que en este tiempo en todos los reinos y Estados de ambas coronas cesasen las armas y viviesen en paz. Que lo que hasta aquel punto cada una de las partes hubiese ocupado lo retuviese. Que el comercio fuese libre por mar y tierra. Que cualquiera que fuese transgresor de esta tregua y la quebrase fuese castigado en pena de la vida. Que no se comprendiesen en esta tregua los rebeldes y forajidos napolitanos. Que no se hiciese violencia alguna en las tierras que de presente poseía el duque de Saboya. Que ningún francés con ocasión de trato o mercadería alguna pudiese pasar a las Indias sin licencia de la majestad imperial. Que el marqués Alberto de Brandemburg no fuese comprendido en esta tregua. Que el rey Enrico de Francia pague lo que por razón de la donación hecha por su padre el rey Francisco se debía a la reina Leonor. Fue jurada esta tregua y suspensión de armas por parte del Emperador, y del rey don Felipe su hijo, por el conde Carlos de Lalain, gobernador del condado de Henault; Simón Reynardo y Carlos Tisnac, dotores del Consejo, y Filiberto de Bruselas, también del Consejo, y Juan Bautista Esguizo Cremones, regente del Consejo de Italia. Y por parte del rey de Francia la juraron el almirante Gaspar de Coliñy, Sebastián de Laubespin, del Consejo y secretario de Estado; el abad de Bassefontaine y el abad de San Martín, también del Consejo.

No contentó a muchos de los de Italia esta tregua, ni al cardenal Carrafa, ni a los de su casa y familia, y mucho menos al papa Paulo IV, que con su vieja pasión ardía aquel sujeto seco, y sin poder más fingir la santidad con que tanto tiempo había engañado, quitando la máscara a su hipocresía, antes que este año se acabase movió la guerra y perturbó la paz en odio del Emperador, moviéndose contra Marco Antonio Colona, y tratando con el rey de Francia de ganar el reino de Nápoles. Y si bien esta guerra comenzó en este año de mil y quinientos y cincuenta y cinco, y pudiera con este título escribirla, no puedo acabarla dentro del tiempo que el Emperador reinó, porque renunció en este año los Estados de Flandres y todo lo de Italia, y en el principio del siguiente de mil y quinientos y cincuenta y seis el Imperio y los reinos de España, y así dejo la guerra con Paulo IV para el que escribiere la vida de Felipo II.

Qué motivo tuvo el Papa para mover la guerra al Emperador, y rey su hijo.

Sólo diré brevemente el motivo que el Papa tuvo y las diligencias que el Emperador y el rey su hijo hicieron para atajar la guerra y quietar el Pontífice. Quien principalmente movía al Pontífice era una mala voluntad que de tiempo muy antiguo tenía al Emperador y a sus cosas; junto con esto, sus sobrinos, codiciosos y inquietos, que le encendían su viejo pecho en cólera y le ponían en que descompusiese algunos príncipes de Italia por componerse a sí mismos con lo que les quitasen.

La primera ocasión o achaque que el Papa tuvo para mover esta guerra e inquietar a Italia fue tal. Tenía en Civitavieja el prior de Lombardía, hermano del cardenal de Santa Flor, dos muy buenas galeras, y habiéndose dado orden por medio del cardenal y de don Fernán Ruiz de Castro, marqués de Sarria, embajador de España en Roma, que se pasasen al servicio del Emperador, porque antes el prior servía con ellas al francés, el Papa se enojó grandísimamente, y puso en prisión al cardenal de Santa Flor, y nunca le quiso dar libertad hasta que volvieron las galeras a Civitavieja, lo cual se hizo por temer el peligro del cardenal, que se tuvo creído que le costaría la vida.

El segundo motivo que el Papa tuvo fue un edito que propuso, por el cual mandó que para cierto día pareciesen en Roma personalmente todos los señores feudatarios de la Iglesia, y que toda persona lega de cualquier estado y condición que fuese, que tuviese tierras o bienes temporales de la Iglesia. Acudieron muchos a reconocer este vasallaje y recibir nueva confirmación del feudo; sólo Marco Antonio Colona no fue, temiendo alguna fuerza, y no se teniendo por seguro en sus tierras, se metió en Nápoles. El Pontífice procedió luego contra él y privóle de todas sus villas y lugares, con el rigor posible, haciendo gracia de ellas a sus proprios deudos. Como Marco Antonio se vio así despojado, y el cardenal de Santa Flor preso, acudieron al Emperador y a Felipo su hijo, suplicándoles mirasen por ellos, pues era cierto que por ser sus servidores padecían por el odio antiguo que los Carrafas tenían a las cosas del Emperador.

Luego el Papa se comenzó a poner en armas, y no bastaron las diligencias que el marqués de Sarria, de parte del Emperador, hizo para quitarle de ellas.

Sabido por el Emperador y rey su hijo lo que en Roma pasaba, no quisieron romper con el Pontífice, sino con toda humildad enviarle a suplicar se desenojase, y que perdonase al cardenal, y a Marco Antonio volviese sus tierras, y que mirase con mejores ojos sus cosas. Enviaron para esto por su embajador a Garcilaso de la Vega, hijo de don Pedro Laso de la Vega (de quien ya dije quién era), para que en compañía del marqués de Sarria hiciese este oficio, dándole el Emperador su instrución de lo que había de hacer, que fue: que dijese al Pontífice con toda blandura y modestia que siendo la observancia que el Emperador había tenido y tenía a la Sede Apostólica, la que todo el mundo sabía y se había visto por lo que continuamente había hecho por su beneficio, conservación, autoridad y aumento, sin perdonar algún gasto ni trabajo de cuerpo y espíritu, no hubiera creído que un caso tan leve como el de las galeras, especialmente queriéndose su dueño apartar espontáneamente del servicio de un rey que trae los turcos para ruina de La Cristiandad, por entrar en el de quien es el verdadero propugnáculo y defensa de ella, lo hubiera Su Santidad tomado tan ásperamente y procedido con tanto rigor contra la persona del cardenal de Santa Flor y Camilo Colona.

Y que no contento con esto, haya desposeído sin causa, con tanto alboroto y escándalo, a Marco Antonio Colona y a los demás de sus tierras, que eran sus vasallos, y podía Su Santidad castigarlos. Debiera también tener alguna cuenta con que eran servidores aficionados muy antiguos suyos, si no para disimular sus faltas, si en alguna habían caído, a lo menos para mandar templar y suspender el proceder hasta hacer con el Emperador como con amigo algún cumplimiento, y esperar la respuesta de lo que se había consultado por su embajador al duque de Alba. Y que tanto más hallaba Su Majestad por extraño no haber querido tener cuenta con lo que te podía tocar, siendo en tiempo que con tan entera voluntad y sumisión se le había dado la obediencia y feudo del reino de Nápoles, y declarádole por su embajador la voluntad que tenía de serle muy buen amigo y obediente hijo, y haber hecho por los suyos lo que parece por los efectos.

Allende que la experiencia de las cosas pasadas y justificación de que siempre había usado en todas sus acciones podían ser harta prueba para persuadirse Su Santidad, que no le había de ir a la mano en cosa que fuese diminución de su autoridad ni de la Santa Silla, sino antes ayudársela a conservar, como fue siempre el oficio del César.

Y que aunque el de Su Santidad era de ser común Padre, como quiera que los hijos debieran ser tratados y regalados, según las obras de cada uno, para no ser medidos indiferentemente con una misma medida, le había desplacido mucho que en esta ocasión no se pudiese aún decir que Su Santidad haya querido usar de la igualdad que debiera, pues habiéndose disimulado a franceses tantos desacatos y insolencias como habían cometido en tierras de la Iglesia, y robado la hacienda ajena, que es lo peor, se pudiera bien proceder con más blandura contra los que, por salvar la suya propria de los que se la tenían tiranizada, se aprovecharon de la ocasión. Y que haberse con unos blandamente disimulado sus violencias y poco respeto a la Sede Apostólica, y con otros con tanto rigor, en cosa que por ventura no pensaron ofenderla, se dejaba a consideración de Su Santidad si era esta buena manera de guardar neutralidad, allende de lo que las gentes podían decir y juzgar, que por ser éstos servidores y aficionados del César fuesen peor tratados, y que esto no fuera de tanto momento, si con estas demostraciones no se diera materia de escándalo a la Cristiandad, viendo que por tan liviana causa como esta de las galeras, no habiendo el cardenal ni alguno de los otros desobedecido a Su Santidad, ni hecho cosa que no fuese de su servicio, hubiese querido mover tan arrebatadamente las armas en Italia, sin considerar que de menores principios que éstos se ha venido otras veces a perturbar la Cristiandad, siendo tan proprio y de su oficio sosegar y corregir con caridad y blandura, a imitación de Cristo, los que quisiesen desviarse del camino del deber y de la razón. Pero que, pues ya era hecho, y era de creer que Su Santidad se habría conformado con ella, no había querido Su Majestad dejar de representarle lo arriba dicho, y suplicarle con la humildad y respeto debido, que teniéndolo a sus acciones de buen deseo, que era de serle obediente hijo, y si la Sede Apostólica quisiese de allí adelante tener mas cuenta con sus cosas, para que conociese el mundo, que eran tratadas como de padre, que las sabía tener con las obras de cada uno; y que al cardenal Santa Flor, Camilo Colona, Marco Antonio Colona y los demás les favoreciese, admitiese y conservase en su buena gracia, como de primero, sin acordarse del enojo recibido, pues su intención no fue de desagradarle ni de serle los unos ni los otros desobedientes. Y que así mismo instase por sus grados, y en su lugar y tiempo, con toda buena manera y blandura por el remedio de lo que por ventura no se hubiese del todo acabado, como sería si el cardenal y los otros estuviesen aún sobre fianzas, o todavía se retuviese con alguna de las plazas que había ocupado del Estado de Marco Antonio o de los otros de la casa de Santa Flor y Ursina, de manera que la cosa viniese a quedar como de primero.

Y que procurase lo que tocaba a las galeras se viese por justicia con toda brevedad, de manera que no padeciese el prior, y que también se diese libertad al abad Briceño, significando que siendo persona que iba con comisión y despachos de ministro del Emperador, y sobre cosas de su Estado y servicio, se había de tener más miramiento a no detenerle, como él le mandara tener, si fuera criado de Su Santidad, y que mandase alzar las fianzas a Julián Cesarino, y favorecer a doña Juana de Aragón, con los demás que dependían de aquella casa. Y que si vueltas las galeras, el Papa no hubiese venido en lo arriba dicho, antes continuase en lo comunicado, que sería clara conjetura de tener las cosas más fundamento, porque la rotura en tal tiempo, tanto más en éste, y con el Papa se debe excusar cuanto mas fuere posible, y que el enojo del César sería con nuevo fundamento mayor, si habiéndole vuelto las galeras, que fue el principio de su enojo, y siendo el cardenal y los demás muy obedientes, sin haber faltado en nada ni querer repugnar a su voluntad, no desistiese de ello y le pidiese afectuosamente se aquietase y desarmase, y los quisiese admitir a todos en su gracia y restituirles sus haciendas por contemplación y respeto del César. Pues de lo contrario se seguirían grandes inconvenientes y daños en la Cristiandad por estar el César más que obligado junto con favorecer y amparar sus amigos y allegados, a mirar también por la quietud de Italia, por lo que incumbía a su dignidad y oficio proveer a la seguridad de sus reinos y Estados; porque cuando después de hechos tantos cumplimientos, protestos y diligencias, Su Santidad quisiese proceder con tales modos, él quedaría más descargado delante de Dios y de todo el mundo, siendo forzado a tomar camino tan contrario a su buena intención y costumbre.

Otras muchas cosas advierte el Emperador a Garcilaso, para que procurase atraer al Papa a que quisiese la paz y dejase el mal propósito que de las armas tenía, por donde claramente parece cuán contra su voluntad se hizo esta guerra, y que la procuró excusar cuanto fue en sí. Y sé que el Emperador y su hijo el rey consultaron con todos los hombres doctos de la Cristiandad si era lícita esta guerra, y vistas las causas, determinaron, como parece por sus firmas, que están en el Archivo de Simancas, que el Emperador y rey su hijo tenían muy justificada su causa y el Papa no, y que era lícita y justificada la guerra que contra él hacían. De estas y otras muchas cosas advierte el Emperador a Garcilaso de la Vega, en las cuales si bien manda prevenir al duque de Alba y a don Bernardino de Mendoza y a otros capitanes, y que soliciten al duque de Florencia, y a don Hernando de Gonzaga y a otros, siempre quiere que se guarde el debido respeto al Papa. Dióse esta comisión a Garcilaso en Bruselas, a cuatro de otubre, año de mil y quinientos y cincuenta y cinco.

Instrución que el rey dio a Garcilaso. -Palabras cristianísimas del rey Felipo.

Y a siete días del mes y año, y en la villa de Bruselas, el rey don Felipo dio otra particular instrución a Garcilaso, en la cual se remite a la que el Emperador le había dado, y dice más: que de su parte, hallando que el Pontífice llevase adelante el mal propósito que había comenzado, haga el mismo oficio con la Santidad del Papa, dándole su carta, usando de los términos y palabras que viere sea a propósito, para que, tratándose con el autoridad que conviene, se use toda templanza y buen modo, para que no sólo a Su Santidad, pero a todo el mundo conste de la observancia y respeto con que le trataban, y también vean la justificación que en todas sus obras querían usar y tener. Y que demás de lo que en la instrución de Su Majestad se contenía, dijese a Su Santidad, que a él y al Emperador su padre les ha parecido muy extraño que no se tuviese cuenta con que acaban de darle por sus embajadores la obediencia por el reino de Ingalaterra, después de haberse acabado el servicio, que con el favor y ayuda de Nuestro Señor se hizo, por medio de la reina y suyo, a Su Santidad y a aquella Santa Sede en reducir a su obediencia un reino como aquel, que estaba tantos años había apartado de ella, y que estando él entendiendo en asentar las cosas de la religión en él, se tuviese tan poca cuenta con las suyas, y con las que tocaban a sus servidores y ministros, y que no fuesen tratados con el respeto y consideración que se ha tenido a las cosas de los que inquietan y perturban la Cristiandad y ayudan y traen a los enemigos de la fe, en daño y en vergüenza de ella. Y que le dijese más la diferencia que de razón había de haber en tratar los hijos, y cómo se deben abrazar y regalar los obedientes, como él y el Emperador su padre lo habían sido. Y encarga mucho a Garcilaso que lo que de su parte dijese a Su Santidad fuese con la templanza y respeto que él bien sabría usar; pero de manera que también entendiese cuán diferente consideración se debiera tener de lo que en esto había tenido. Siempre este príncipe cristianísimo tuvo este buen miramiento, digno de su real pecho. Encárgale otras cosas, todas enderezadas a sosegar al Papa; escribe al cardenal de Santa Flor y a doña Juana de Aragón y a otros agraviados, consolándolos y pidiendo procuren en cuanto pudieren sujetarse al Papa y agradarle, y junto con esto ofreciéndoles su favor.

Esta embajada hizo Garcilaso de la Vega con la misma diligencia y valor que el Emperador y rey se la habían encomendado. Y mostró tantos aceros al Papa, que sin miedo ni recelo del peligro de su vida (que le tuvo muy grande), después de quince meses de muy apretada prisión en el castillo de San Angel, por el mucho brío y valor con que le fue a la mano. Y le dijo secamente muchas verdades que le escocieron. Y en Roma se estimó el valor grande de Garcilaso, y dura hasta hoy día su memoria.

Pérdida de Bujía. -Marqués de Cañete, virrey del Pirú.

Y porque con las pesadumbres del Papa y rey Enrico de Francia no lo olvidemos todo, diré agora la pérdida de la ciudad de Bujía en Africa, como fue este año.

La ciudad de Bujía, en el reino de Tremecén, que el conde Pedro Navarro ganó año de mil y quinientos y diez, como queda dicho, fue muy antigua, y tan grande, que en su prosperidad tenía más de veinte mil casas pobladas, la cual, según opinión de algunos, fue poblada por los romanos en el lugar donde agora está puesta en la halda de una gran cuesta o sierra que cae sobre el mar Mediterráneo Sardo, treinta leguas a levante de Argel y doce a poniente del castillo de Gigel, en el paraje de Densa o Dunia. Después que la ganó el conde, estuvo en poder de cristianos y por los reyes de Castilla treinta y cinco años, y de ordinario estaban en ella quinientos soldados de presidio repartidos en tres fortalezas, de las cuales salían y hacían correrías, algunas veces recibiendo daño por ser los moros de aquellas tierras belicosos, y haber muchos escopeteros azuagos, que siempre iban a correr a Bujía. Siendo, pues, capitán general desta ciudad y frontera don Alonso de Peralta, caballero natural de Medina del Campo, Salh Arráez, gobernador de Argel, a persuasión de un morabita llamado Cidi Mahomet el Haxi, fue sobre ella con una armada de veinte y dos bajeles por mar, y un campo de más de cuarenta mil hombres por tierra, entre los cuales iban diez mil tiradores. Y habiendo ocupado el castillo imperial, que los cristianos desampararon, pareciéndoles que no se podía bien defender, cercó el castillo de la mar y lo batió cinco días, y después de algunos asaltos lo entró por fuerza de armas, habiendo en él solos cuarenta soldados españoles que pelearon animosamente. De allí fue luego sobre el castillo grande, donde estaba don Alonso de Peralta con toda la otra gente, y lo batió veinte y dos días, al cabo de los cuales, faltándole a don Alonso ánimo, o movido de piedad de las mujeres y niños, fiado del partido que el moro le hizo se rindió, habiéndole prometido que le dejaría ir libre a él y a los que con él estaban, y les daría bajeles en que pasasen a España. Con esto el moro entró el castillo a veinte y siete de setiembre, día de San Cosme y San Damián. No se cumplió con Peralta lo que habían prometido, porque el Turco o moro los tomó a todos por esclavos, dando solamente libertad a don Alonso, y a otros veinte con él. Los cuales vinieron en España, y el Emperador mandó prender al don Alonso y a los que le aconsejaron que se rindiese; y tratándose esta causa en Consejo, acusando el fiscal a don Alonso, fue condenado a muerte. Y en Valladolid, a cuatro días del mes de mayo, año de mil y quinientos y cincuenta y seis, le sacaron de la cárcel pública armado, y con pregones le trajeron por las calles, quitándole en cada cantón o parte más pública una pieza de las armas, y de esta manera, con pregones afrentosos, le fueron desarmando, hasta llegar a la plaza Mayor, donde sobre un tablado le cortaron la cabeza como a cobarde, que le fuera mejor perder como valiente y como quien él era y lo habían hecho sus pasados.

Si bien el doctor Gasca hizo con su mismo valor en allanar las tierras del Pirú todo lo que vimos, pedían con todo un gobernador que las sustentase en paz y justicia y obediencia de su príncipe. Teniendo el Emperador experiencia de los grandes y leales servicios que don Andrés Hurtado de Mendoza, marqués de Cañete, le había hecho, y de que era sujeto capaz cual convenía para el gobierno de aquellas grandes y remotísimas provincias, le nombró este año por virrey de ellas, que entiendo fue la última provisión que Su Majestad hizo, y bien acertada, porque, como a todos es notorio, el marqués fue y sirvió su oficio cinco años, hasta en el de mil y quinientos y sesenta, en el cual murió, habiendo allanado y pacificado aquel reino con la buena gobernación y justicia que con singular prudencia administró, haciendo demás de esto muchas obras públicas y pías, con que ilustró muchos lugares, ayudándole su hijo don García de Mendoza, marqués que agora es de Cañete, que en sus muy tiernos años ejercitó las armas y el gobierno en la provincia de Chile, peleando y venciendo gentes bravas y indómitas, aventurando su persona en notables peligros; pobló ocho ciudades, como lo dirá quien escribe la historia de don Felipe Segundo.

Renuncia el Emperador en el rey su hijo los Estados de Flandres. -Razonamiento elegante que hizo en la renunciación Feliberto de Bruselas, gran chanciller y del Consejo de Cámara. -Encarga a los flamencos la religión católica.

Hallándose el Emperador ya muy cansado, así en el ánimo como en el cuerpo, falto de salud, quiso dar un ejemplo al mundo de la mayor grandeza que en él había hecho: que fue dejar la monarquía del Imperio y reinos que tenía, y retirarse a la más pobre y solitaria vida que puede hacer un triste fraile, como se verá en lo que presto contaré. A ocho de setiembre envió a llamar al rey don Felipe su hijo que estaba en Ingalaterra. Llegó el rey acompañado de muchos caballeros españoles y ingleses. Holgó el Emperador con la vista de su hijo único y amado, y luego mandó llamar los grandes y procuradores de los Estados de Flandres y Brabante que para 26 de octubre estuviesen en Bruselas.

Juntos todos, habiendo celebrado capítulo con la caballería del Toisón, trató con ellos en Cortes la determinación que tenía de renunciar aquellos Estados en su hijo, y aun el Imperio en su hermano, el rey de romanos don Fernando, reservando para sí una pobre suma de dinero para el gasto ordinario de su casa. Determinación fue digna de considerar, y uno de los hechos más heroicos que el Emperador hizo en su vida que causó extraña admiración al mundo, viendo que un príncipe tan grande y tan bien afortunado en sus hechos, así se deshiciese de todo y lo quisiese dar de su mera libertad, contentándose con la vida pobre de un escudero honrado, y que tuviese en nada la majestad del mundo, sus pompas, la adoración de los hombres y, finalmente, la vida espléndida y real, escogiendo una pobre y humilde vida de un monasterio, queriendo esto, no por más de dar a Dios una breve parte de su vida y hacerle sacrificio de ella, acabándola en la contemplación y ejercicios saludables a su alma y quietud del cuerpo.

No es oficio del coronista, ni lo permite el estilo que ha de tener la historia, predicar en ella; mas este hecho de Carlos V me mueve y saca (como dicen) de mis quicios, considerando los años en que comencé esta obra, cuando nació este príncipe, el contento de sus padres y abuelos, los regocijos de sus reinos, los juicios que se echaron, las esperanzas que se concibieron, la adoración que le hacían, la estimación en que estaba, la envidia que de sus privados había, lo que todos procuraban serlo y valer con él, y luego que comenzó a reinar, los inmensos cuidados y trabajos que le cargaron; los reinos y Estados casi todos se le levantaron en España, Austria, Flandres, Italia, Alemaña, Sicilia, Cerdeña, Indias, que, como hemos visto, en todas estas partes hubo levantamientos y alteraciones peligrosas. Demás de esto, las guerras continuas que tuvo por ganar, por conservar, por defender y pocas por ofender a sus enemigos, y por otros respetos humanos, que todo lo representó a todos los ojos, no sé por qué ángel, en aquellas visiones espantables que en Lombardía (como dije) se vieron año de mil y quinientos y diez y siete. Duró esta vida cincuenta, y años, que son un punto o nada, respecto de la eterna, y todos estos afanes pararon en lo que presto veremos de la vida que este gran príncipe hizo en el monasterio de San Yuste. No sé qué espejo más claro y cristalino de la vida humana, para que mirando en él sean santos los que fueren más perdidos. Algunos días antes de éstos, había el Emperador tratado su determinación y pedido parecer a sus hermanas, la valerosa reina María y doña Leonor, reina de Francia, y ellas, considerando que el gusto del Emperador era retirarse a descansar en España y acabar el resto de la vida, viéndole tan fatigado con sus enfermedades, tan quebrantado de tantos y tan largos trabajos de las continuas guerras y gobierno de sus Estados, no sólo le disuadieron su buen propósito, antes loaron y aprobaron su intención, suplicándole las trajese en su compañía para acabar con él las vidas. Resuelto el Emperador en esto, ordenadas las escrituras que sobre ello había de otorgar, estando juntos los caballeros y procuradores de las ciudades y Estados de Flandres, a 28 de octubre, habiendo oído misa, día de San Simón y Judas, entregó a su hijo, el rey don Felipe, y renunció en él el maestrazgo y señorío del Toisón, que es la Orden de caballería de la casa de Borgoña, encargándole mucho procurase siempre conservar la grandeza y dignidad de aquella insignia militar, mirando la persona y mérito a quien la daba.

Hecho esto comió, y luego bajó a una gran sala aparejada para este acto, vestido de luto por su madre, la reina doña Juana, y con el collar del Toisón, acompañándole su hijo el rey don Felipe, y su hermana, la reina María, y su sobrino Manuel Filiberto, duque de Saboya, y todos los caballeros y embajadores de príncipes que había en su Corte. Sentóse el César en una silla que estaba algún tanto levantada, y eminente sobre otras, y mandó sentar al rey su hijo y a su hermana la reina María; y al duque de Saboya, y a algunos grandes, para los cuales estaban puestos asientos. Entraron y se hallaron presentes los procuradores de Cortes y otros varones ilustres, los cuales todos cabían bien, porque la sala era capaz, y el autor a quien aquí sigo dice que se coló dentro por amistad que le hacían algunos de la guarda, y que tenía veinte años de edad en éste de mil y quinientos y cincuenta y cinco. Estando todos así congregados con gran silencio, levantóse Filiberto de Bruselas, presidente del Consejo de Flandres, y habló de esta manera:

«Si bien, grandes y clarísimos varones, de las cartas que por mandado del Emperador habéis recibido, podréis en parte haber entendido la causa para que os habéis aquí ayuntado, con todo eso ha querido su Cesárea Majestad que agora, y en este lugar, más larga y claramente os sea por mí declarada.

«Saben muy bien muchos de los que aquí están presentes, que ha años que el Emperador Maximiliano, abuelo paterno de nuestro César, le emancipó y sacó de la tutela y curaduría en que estaba, cediendo en él y traspasando el señorío y gobierno de los Estados de Flandres, y de la misma manera es notorio de la suerte que en todo este tiempo ha procurado con suma diligencia la paz, quietud y sosiego de todos sus vasallos; ninguno creo que puede ignorar esto; y si el César, provocado con las injurias de algunos, no ha podido siempre estar en tal propósito ni ejecutarlo como deseaba, sino por vuestra causa tener graves y peligrosas guerras, y algunas veces por causa de ellas le ha sido forzoso dejar el gobierno de los reinos y provincias a él por Dios encomendadas, no pudiendo asistir por su persona en ellas, ha velado con el cuidado posible, poniendo todas sus fuerzas, ausente como presente, en defenderos y ampararos y librar vuestras tierras de las invasiones de vuestros enemigos, para que vuestras causas se gobernasen con suma quietud, equidad y cumplimiento de justicia, haciendo el oficio de un buen príncipe y padre verdadero de esta república. Lo uno, porque siempre tuvo tal amor a sus súbditos, heredándolo con los reinos y Estados de sus padres y abuelos. Lo otro, porque vuestros méritos, nacidos de los servicios y amor que a él y a sus pasados habéis tenido y hecho, lo pedían así, principalmente por la naturaleza que en estos Estados tiene, por haber nacido y criádose en ellos y por una larga experiencia que de vuestras obras tiene. Sabe y reconoce el César la voluntad y amor con que en todas ocasiones le habéis servido, y pagado el amor que a todos tiene, porque habéis siempre hecho lo que unos buenos y leales vasallos deben a su príncipe y que todo ha sido, no forzados, ni con amor fingido, sino con todo corazón, como por las obras ha visto. Y tiene en poco el haber padecido por gobernaros y defenderos de vuestros enemigos, trabajos y molestias, peligros, pérdida de hacienda y aun la propia salud con la vida, porque conoce que la vida, y lo que pudo hacer en ella por los suyos, siendo ellos tales, era deuda que se les debía. Y quisiera él mucho tener siempre este cuidado y no descargarse de él hasta el fin de sus días, y acabar en vuestro favor lo que le resta de las fuerzas del ingenio y de la vida, si no fuera que el cuerpo, ya cansado con tan inmensos trabajos, aunque la edad no es mucha, no podría sufrir carga tan pesada, principalmente estando tal que ya no es señor de sí, como lo veis, tan inútil e impedido, para poder bien gobernar. Y no sólo por esta causa levanta el César la mano y se descarga de esta monarquía, poniendo en su lugar otro, que para el gobierno de estos Estados sea su igual y tan idóneo, sino por otras muchas causas que le incitan, mueven y fuerzan a ello. Quéjanse los españoles, que ha doce años que no vieron la cara de su rey, y cada hora y momento claman por él; lo mismo desean los de Italia; los de Alemaña, de día y de noche piden la presencia de su príncipe, a los cuales todos hubiera el César satisfecho y dádoles gusto si la gran falta de salud no le impidiera y le forzara a dar el remedio que agora se trata. Habéis visto y sabido a qué estado le ha traído su fuerte mal, y aquí presentes lo veis, y no sin gran dolor. No está, por cierto, el César en edad que no fuera muy bastante para gobernar, mas la enfermedad cruel, a cuya fuerza no se ha podido resistir con todos los medicamentos y medios humanos, esta enemiga le ha tratado así, derribado, postrado su caudal y fuerzas. Es un mal terrible y inhumano el que se ha apoderado de Su Majestad, tomándole todo el cuerpo, sin dejarle por dañar parte alguna desde la cabeza a la planta del pie. Encógense los nervios con dolores intolerables, pasa los poros el mal humor, penetra los huesos hasta calar los tuétanos o meollos, convierte las coyunturas en piedras y la carne vuelve en tierra, tiene el cuerpo de todas maneras debilitado, sin fuerzas ni caudal; tiene los pies y manos como con fuertes prisiones ligados; los dolores continuos le atraviesan el alma, y así su vida es un largo y crudo martirio. Quiso el Señor justo, santo, sabio y bueno, dar al César en lo que resta de su vida tal guerra con un enemigo cruel, invincible y duro. Y porque las frialdades, aires y humedad de Flandres le son totalmente contrarias, y el temple de España es más apacible y saludable, Su Majestad se ha determinado, con el favor divino, de pasar allá, y antes de partirse renunciar en su hijo el rey don Felipe, y entregarle los Estados de Flandres y Brabante. Sintiera mucho el César y le llegara al alma, si después de haber padecido tantos trabajos por mar y por tierra por vuestra defensa y tranquilidad, cayérades en algún gran trabajo, pérdida o daño por causa de su ausencia, falta de príncipe, que os defendiera y amparara. Una sola cosa le consuela en esta determinación y mudanza que hace, movido y guiado por la mano de Dios, y no por codiciar la ociosidad, ni amar el descanso, ni tampoco forzado, ni por miedo de algún enemigo, sino por desear y querer lo que os está mejor, os pone y entrega debajo del gobierno del rey don Felipe, que está presente, su hijo único, natural y legítimo sucesor, a quien poco ha jurastes por vuestro príncipe, que está en edad propria, varonil y madura para os gobernar, y casado con la reina de Ingalaterra, y para bien de estos Estados juntado con ellos aquella Isla. Que, pues, en los años de atrás gobernó los reinos de España con tanto crédito y gusto de todos, dando ilustres muestras de sí, no hará menos en el gobierno de estos Estados, ni dejará de henchir el vacío de la Majestad Católica, principalmente siendo de vosotros ayudado con obras y consejos, como el César espera, por la experiencia que de vuestra lealtad tiene. Pues, como por el continuo dolor de la gota, el César no pueda más asistir al gobierno que del cielo le fue encomendado, da a Dios muchas gracias, y las reconoce, que a él y a vosotros hizo tanta merced, por le haber dado lugar para gobernar a Flandres hasta tener hijo que lo pudiese hacer y sucederle en su monarquía. Y con esto no se puede temer que vengáis en los peligros y males en que grandes reinos han venido hasta perderse, que suele ser cuando en la administración y gobierno suceden los que por poca y no madura edad o por otra falta de los sujetos, sin valor ni experiencia, son inútiles para gobernar. El César está muy seguro que por esta causa no os perderéis, y que su hijo tiene valor para seguir sus pasos, y en él hay caudal para os gobernar, defender y amparar. Y que no hará menos de lo que debe hacer un buen príncipe, que con todo amor y benevolencia trata y gobierna a sus vasallos. Por lo cual tiene por cosa muy conveniente a Flandres y a todos sus reinos traspasar en él, ceder y renunciar, como poco ha comenzó, todos sus reinos y Estados, porque yéndole entregando en esta manera los Estados, se entenderá mejor con ellos y acertará a gobernarlos, que si de golpe o juntamente le echase la carga de todos sus reinos y señoríos, con tanto peso apremiado, para mal suyo y de todos, daría con la carga en el suelo. Por las cuales causas se ha movido el César, en presencia de todos, oyéndolo los que aquí estáis, a renunciar, como renuncia, los Estados de Flandres, y los entrega a su hijo, y pone debajo de su imperio y mando. Y a él, desde este punto, como a legítimo heredero y sucesor, le da entera y legítima posesión, para que de aquí adelante use de ella y haga de ellos como de cosa suya propria, lo que más viere que le conviene. Y pide a todos que seáis contentos y tengáis por buena esta cesión y renunciación que el César hace. Y os absuelve y alza el homenaje y juramento que le hecistes, y os da poder para que le hagáis al rey don Felipe su hijo, con toda la solemnidad que a un príncipe juran y prometen sus vasallos. Una sola cosa os pide el César, que todo lo que en la gobernación de los Estados de Flandres con sumo trabajo y cuidado por su hermana la reina María, que no es como quiera la parte que deste trabajo ha tenido y lo que hasta agora hizo, lo toméis en buena parte, y tengáis entendido que sus intentos y mayores deseos fueron de acertar, porque él no entiende haber dejado cosa que en alguna manera el entendimiento humano pudo alcanzar, ni pensar que conviniese a vuestra república, ni dejó de hacerla pudiendo. Y que le duele grandemente verse tan imposibilitado por su enfermedad y por la multitud de negocios y estado del tiempo. Y que él quisiera harto haber podido haberlo hecho mejor, que por las obras constará claramente su limpio y verdadero deseo, que del bien común y de acertar en todo tuvo. Que muy bien conoce Su Majestad que todo el caudal y ser que de Dios y de la naturaleza recibió lo debía emplear de esta manera, en bien de sus fieles, buenos y leales vasallos, porque no dejastes de hacer cosa en algún tiempo que para confirmar la obediencia de los pueblos y la paz, y conservar la autoridad de vuestro príncipe fuese necesaria, por lo cual os da infinitas gracias. Y de la misma manera por las buenas obras y servicios que en todas ocasiones le hecistes, o teniendo necesidad de vuestra hacienda, o de vuestro consejo, o pedidos extraordinarios de dineros, que como sabéis, se gastaron con los españoles y italianos, para la defensa, conservación y amparo de los Estados de Flandres. Por estos vuestros merecimientos, ninguna cosa siente más el César que es no os dejar libres de guerras antes de partirse, y con la paz y quietud que él quisiera; mas sois todos muy buenos testigos de los trabajos en que se ha puesto por salir con esto. Y la reina María, en la última junta que hizo en Flandres, declaró sabiamente lo que con los franceses se había hecho, y cuán lejos estuvieron de querer nuestra paz. Dios, ciertamente, que es justo juez de todos los hechos humanos, sabe bien quién fue el autor de las guerras pasadas y causador de los males que de ellas han resultado. Y estad ciertos que el rey Felipo, siendo ayudado de vosotros, no dejará cosa que para defenderos y ampararos él pueda pensar ser necesaria, y que la paz que el César siempre ha deseado, la procurará, y quedando su dignidad y autoridad sin quiebra, ni perder su reputación, mirará por la honra, y provecho de todos. Vuestra obligación es, como siempre lo hicistes, no le faltar ni a vosotros mismos, sino poner todo vuestro poder en lanzar de vuestras fronteras los enemigos y conservar vuestras tierras, y si así lo hiciéredes, jamás os faltarán las riquezas y favores de los demás reinos y provincias sujetas a su hijo. Resta que tengáis por muy encomendada la religión católica, que fue de vuestros pasados, que así lo pide el César, manda y encarga, y que viváis con cuidado, porque los innovadores no la perturben y dañen, sino que conservéis su autoridad entera, sana y limpia, obedeciendo a la Iglesia Católica Romana como verdaderos hijos suyos, guardéis constantemente sus mandamientos para tranquilidad y sosiego de la religión en que vivieron y murieron vuestros abuelos y para el bien público de estos Estados. Esto mesmo manda y encarga el César a su hijo, y antes que se parta volverá a mandárselo. Débeos mover el ejemplo que tenemos de las ciudades y provincias vecinas, porque el servir a Dios constantemente es el verdadero reinar, y vivir libremente, por lo cual, si permaneciéredes firmes en la religión de vuestros pasados y guardáredes la fe y piedad cristiana a Dios debida, como todo bien de El sólo procede, no hay por qué temer los daños y incómodos de los herejes, ni la tiranía de los innovadores. No os encomienda el César cosas nuevas, jamas oídas, ni os obliga a cargas intolerables, sino lo que es la cabeza y el fundamento de todas las leyes, y de la cual todas las demás penden. Esta que vuestros abuelos guardaron, os manda guardar, y que la defendáis como la misma vida. Y si ésta os falta, jamás habrá cosa firme en vosotros; destruida y acabada la fe, todos seréis perdidos, y cayendo ella, caeréis todos. Estando ella, como debe, levantada, estaréis floreciendo, y como la palma floreceréis. Su vida será la vuestra, porque en ningún tiempo ninguna otra religión conoció Alemaña, no tuvo otra Francia, ni España, ni Italia, ni Grecia, ni Asia, ni Africa, desde el tiempo en que se dejó el culto vano de los falsos dioses, ni tuvieron otras ceremonias ni costumbres de la religión cristiana, externos ni internos cultos más de los que llaman sacramentos y ceremonias, que son los que nuestros abuelos y mayores con la Iglesia romana firmemente hasta este día guardaron. Y si, como dije, permitiéredes que falte esta fe, faltaros ha Dios, y dejaros ha caer en grandes calamidades, porque ninguna cosa castiga Dios con mayor severidad que el desprecio y quebrantamiento de su ley, como las divinas letras nos lo enseñan y testifican, y los ejemplos temerosos de los pueblos y reinos, que por este respecto se acabaron. Guardando la fe católica, y la justicia que después de la religión el César os encomienda, quedarán enteros sus derechos, sin que haya falta en ellos. Mas si este fundamento falta, ningún edificio de la república será firme, porque si bien sean muchas y poderosas las provincias de Flandres, y ellas entre sí, en costumbres, condiciones, leyes y lenguas distintas, los lazos de la caridad y religión cristiana harán de ellas un cuerpo y reino fortísimo, y un miembro que será una provincia ayudará a otro, y serán, unidos, una fortaleza inexpugnable, contra la cual no habrá poder en la tierra, ni bastarán fuerzas para los apartar, ni dividir, ni oprimir. Y juntos bastarán a hacer temer a los príncipes muy poderosos, como muchas veces la experiencia lo ha mostrado. Últimamente os encomienda el César a su único hijo, el rey Felipo, a quien os pide que obedezcáis y améis como a vuestro príncipe y señor natural, y hagáis con él lo que siempre habéis hecho con el César, lo cual os pide tanto por su autoridad cuanto por vuestro provecho. Y debéislo hacer así, pues es cierto que la voluntad del rey Felipo no puede ser mejor, ni el amor y ánimo que a vuestras cosas tiene, mayor. Procurad, pues, varones ilustrísimos, que no se pueda en algún tiempo decir que por vosotros haya quedado, y que os tengan por indignos de este amor tan grande que el pecho real de nuestro César sobre vosotros ha derramado, y que puedan teneros por indignos de tales príncipes, sino que así se puedan preciar de tales vasallos, como os debéis honrar y tener por dichosos, por haber tenido tales señores vuestros naturales, nacidos en vuestro suelo, y por los beneficios y crecidas mercedes que estos Estados de ellos y de sus pasados han recibido.»

Con esto calló el presidente Bruselas, quedando todos admirados y con los ánimos suspensos, mirándose unos a otros sin hablar, espantados de la determinación nunca pensada del Emperador. Dolíales dejar un señor que tan valerosa y prudentemente los había gobernado y defendido. Y que los dejase en tiempo que en Francia había un rey tan belicoso y capital enemigo suyo, y cuando aquella nación belicosa, ardía con envidia y odio del bien y riquezas de aquellos Estados, contra la nación flamenca. Y esperando congojados qué fin tendría aquella junta, estaban como atónitos. Lo cual, visto por el Emperador, para más declarar lo que Bruselas había dicho, repitiendo algo de lo referido y añadiendo otras cosas que quiso que allí se entendiesen, levantóse en pie con un palo en la mano derecha, y poniendo la otra sobre el hombro de Guillermo Nasau, príncipe de Orange (que poco después de venido el Emperador inquietó aquellos Estados, revelándose como ingrato contra el rey Felipo) y habló de esta manera:

Lo que dijo el Emperador después de la oración de Filiberto.

«Si bien Filiberto de Bruselas bastantemente os ha dicho, amigos míos, las causas que me han movido para renunciar estos Estados y darlos a mi hijo, el rey don Felipe, para que los tenga, posea y gobierne, con todo eso os quiero decir algunas cosas por mi propia boca. Acordárseos ha que a 5 de hebrero de este año se cumplieron, cuarenta en que mi abuelo, el Emperador Maximiliano, siendo yo de quince años de edad, en este mismo lugar y a esta misma hora me emancipó y sacó de la tutela en que estaba y hizo señor de mí mismo. Y en el año siguiente, que fue de diez y seis de mi edad, murió el rey don Fernando el Católico, mi abuelo, padre de mi madre, en cuyo reino, siendo yo muchacho de diez y siete años, comencé a reinar, porque mi muy amada madre, que ha poco que murió, desde la muerte de mi padre quedó con el juicio estragado, de manera que nunca tuvo salud para poder gobernar. Y así en el año diez y siete de mi edad, por este nuestro mar Océano fuí a España. Luego sucedió la muerte de mi abuelo, el Emperador Maximiliano, en el año de diez y nueve de mi edad, que hace agora treinta y seis años, en el cual tiempo, aunque era muy mozo, en su lugar me dieron la dignidad imperial. No la pretendí con ambición desordenada de mandar muchos reinos, sino por mirar por el bien y común salud de Alemaña, mi patria muy amada, y de los demás mis reinos, particularmente los de Flandres, y por la paz y concordia de la Cristiandad, que cuanto en mí fuese había de procurar, y para poner mis fuerzas y las de todos mis reinos en aumento de la religión cristiana contra el Turco. Mas si bien fue este mi celo, no pude ejecutarlo como quisiera, por el estorbo y embarazo que me han hecho parte de las herejías de Lutero y de los otros innovadores herejes de Alemaña, parte de los príncipes vecinos y otros, que por enemistad y envidia me han sido siempre contrarios, metiéndome en peligrosas guerras, de las cuales, con el favor divino, hasta este día he salido felizmente. Demás de esto hice con diversos príncipes varios conciertos y confederaciones, que muchas veces por industria de hombres inquietos no se guardaron y me forzaron a mudar parecer, y hacer otras jornadas de guerra y de paz. Nueve veces fuí a Alemaña la Alta, seis he pasado en España, siete en Italia, diez he venido aquí a Flandres, cuatro en tiempo de paz y de guerra he entrado en Francia, dos en Ingalaterra, otras dos fuí contra Africa, las cuales todas son cuarenta, sin otros caminos de menos cuenta, que por visitar mis tierras tengo hechos. Y para esto he navegado ocho veces el mar Mediterráneo y tres el Océano de España, y agora será la cuarta que volveré a pasarlo para sepultarme; por manera que doce veces he padecido las molestias, y trabajos de la mar. Y no cuento con éstas la jornada que hice por Francia a estas partes, no por alguna ocasión ligera, sino muy grave, como todos sabéis. Demás de esto, muchas veces y mucho tiempo estuve ausente de Flandres, dejando por gobernadora a mi hermana, que aquí está presente; de la manera que haya gobernado y puesto sus fuerzas en defenderos no es menos notorio a todos estos Estados que a mí mesmo. La mitad del tiempo tuve grandes y peligrosas guerras, de las cuales puedo decir con verdad que las hice más por fuerza y contra mi voluntad que buscándolas, ni dando ocasión para ellas. Y las que contra mí hicieron los enemigos resistí con el valor que todos saben. Y digo que ninguno de estos trabajos me fue más penoso ni afligió tanto mi espíritu como el que agora siento en dejaros, y ya que os dejo, que no sea con la paz y descanso que yo quisiera. Y la causa de esto, mi hermana María os la dijo en la última junta que con vosotros tuvo, y a todos es notorio que yo ya no puedo entender en estas cosas sin grandísimo trabajo mío, y pérdida de los negocios, pues los cuidados que tan gran carga pide, el sudor y trabajo, mis enfermedades y quiebra grandísima de salud me acabarían en un punto, pues aun a los muy sanos y descansados bastarían a fatigar, y el solo mal de la gota consume y acaba. Sé que para gobernar y administrar estos Estados y los demás que Dios me dio ya no tengo fuerzas, y que las pocas que han quedado se han de acabar presto. Y es cierto que por esta causa ha días que hubiera echado de mí esta carga y retirádome, si la poca edad de mi hijo y la incapacidad de mi madre para tratar de gobierno no hubiera forzado mi ánimo y mi cuerpo para pasar con la carga hasta llegar a este tiempo, por no desampararos, no defenderos en tiempos tan turbados y con tantos enemigos. Tenía determinado esta última vez que fuí a Alemaña de hacer lo que agora veis; mas no me resolví y entretuve mi determinación, doliéndome del miserable estado de la república cristiana, viéndola con tantos tumultos, novedades, opiniones en la fe, herejías temerarias y escandalosas guerras más que civiles y, finalmente, puesta en un turbulento y miserable estado. También me detuve porque entonces no era tanto el mal que agora siento, y porque esperaba que se daría algún corte en las cosas, para que hubiese la paz que os deseaba. Y con estas esperanzas me detuve, por no faltar a lo que debía, sino gastar mis fuerzas, mi hacienda, la quietud y, lo que más es, la vida por el bien de la Cristiandad y defensa de mis vasallos, y habiendo ya salido con parte de la que tanto deseaba, el rey de Francia y algunos alemanes, faltando a la paz y concordia que habían jurado, vinieron contra mí y me quisieran prender, y el francés se apoderó de la ciudad de Metz, y yo, por sacársela y volverla al Imperio, en el corazón del invierno, con el rigor de los fríos, aguas y nieves, fui con poderoso ejército, hecho a mis expensas, y vieron los alemanes que por mí no quedaba despojado el Imperio, ni menos acabado de su autoridad y de la majestad que siempre tuvo. Y no pudiendo hacer lo que quería, por ser tan contrario el tiempo, volvíme a esta tierra entre vosotros, y fui y tomé a Teruana y Hesdín, hice que el rey de los franceses se retirase muy de paso en su reino, cuando con muy poderoso ejército entró por Henaut y Arrás; fuile a buscar a Valencianes, hícele huir como a salteador y correador de los campos, y no como guerrero. Y en el año pasado, habiendo el mesmo rey tomado por trato a Mariaburg y vuelto otra vez con su ejército contra Henaut y Arrás, salí en su busca hasta Namur con intento de dar la batalla y acabar con él de una vez y libraros de las molestias de la guerra; mas retiróse el francés a lugar seguro, y seguíle hasta Rentin, donde no quiso esperar, antes se metió en su reino perdiendo de su reputación, y me pesó harto de no tener lugar para ponerle muy bien la mano. Finalmente, yo hice lo que Dios fue servido, porque los sucesos de las guerras no todas veces están en manos de los hombres, sino en la voluntad de Dios; nosotros habemos según nuestro caudal, fuerzas e ingenio, y Dios da la vitoria o permite la rota. Hice lo que pude, y ayudóme Dios, por lo cual debemos darle infinitas gracias, que él ha sido el que en los mayores trabajos y peligros me ha siempre socorrido. Y parece cierto cuánto es lo que debemos a la Majestad Divina, pues no nos podemos quejar de alguna gran pérdida ni daño notable que hayamos recebido, antes le debemos gracias por muchas y claras vitorias, que de su larga mano habemos recibido. Y porque ya en este tiempo me siento tan cansado, que no os puedo ser de algún provecho, como bien veis cual estoy tan acabado y deshecho, daría a Dios y a los hombres estrecha y rigurosa cuenta, si no hiciese lo que tengo determinado dejando el gobierno, pues ya mi madre es muerta, y mi hijo el rey Felipo por la gracia de Dios está en edad bastante para poderos gobernar, del cual espero que ha de ser un buen príncipe a todos mis amados súbditos. Por tanto, determiné, y ya de todo punto estoy resuelto por las causas dichas, de renunciar estos Estados. Y no quiero que penséis que hago esto por librarme de molestias, cuidados y trabajos, sino por veros en peligro de dar en grandes inconvinientes, que por mis enfermedades os podrían resultar. Por tanto, estoy determinado de pasar luego en España, y dar a mi hijo Felipo la posesión de estos Estados, y a mi hermano el rey de romanos el Imperio. Encomiéndoos mucho mi hijo, y pídoos por amor de mí que tengáis con él el amor que a mí siempre tuvistes, y el mismo amor y hermandad guardéis entre vosotros, y que seáis muy obedientes a la justicia y celosos de la guarda de las leyes, y a todo guardéis el respeto debido y deis la autoridad y poder que se les debe; y principalmente habéis de mirar y guardaros no dañen ni inficionen la pureza de vuestra fe, las novedades y herejías de las provincias vecinas; y si acaso entre vosotros han comenzado a echar algunas raíces, arrancaldas luego con toda diligencia, si no queréis que vuestra república se acabe y consuma y se vuelvan las cosas de arriba abajo, dando con vosotros en mil desventuras y despeñaderos. En lo que toca al gobierno que he tenido, confieso haber errado muchas veces, engañado con el verdor y brío de mi juventud, y poca experiencia, o por otro defecto de la flaqueza humana. Y os certifico que no hice jamás cosa en que quisiese agraviar a alguno de mis vasallos, queriéndolo o entendiéndolo, ni permití que se les hiciese agravios; y si alguno se puede de esto quejar con razón, confieso y protesto aquí delante de todos que sería agraviado sin saberlo yo, y muy contra mi voluntad, y pido y ruego a todos los que aquí estáis me perdonéis y me hagáis gracia de este yerro o de otra queja que de mí se pueda tener.»

Acabó con esto el César, y volviéndose a su hijo el rey don Felipe con abundancia de lágrimas y palabras muy tiernas le encomendó el amor que debía tener a sus súbditos, y el cuidado en el gobierno, y sobre todo la fe católica, que con tanto fervor habían guardado sus pasados. Y con esto acabó su plática, porque ya no podía tenerse en los pies, que como estaba tan flaco faltábale el aliento para pronunciar las palabras, el color del rostro con el cansancio de estar en pie y hablar tanto, se le había puesto mortal, y quedó grandemente descaído; tan grande era su mal, que es harto notable en edad de cincuenta y cinco años estar tan acabado. Podemos ver en esto cuáles fueron sus cuidados y fatigas, que son las que, como dice el sabio, secan y consumen los huesos, parte más fuerte del cuerpo humano. Oyeron todos lo que el Emperador dijo con mucha atención y lágrimas, que fueron tantas, y los sollozos y suspiros que daban, que quebraran corazones de piedra, y el mismo Emperador lloró con ellos, diciéndoles: «Quedaos a Dios, hijos; quedaos a Dios, que en el alma os llevo atravesados.»

Responde en nombre de los Estados al Emperador el doctor Jacobo Masio.

Luego Jacobo Masio, síndico de Ambers (que es un oficio muy honrado) en nombre de todos los que allí estaban, y de todas las ciudades y villas de aquellos Estados, con una larga y elegante oración (porque lo era él mucho), respondió y dijo en suma: Que los de aquellos Estados eran muy obedientes vasallos de Su Majestad, y no querían salir un punto de lo que fuese su voluntad, si bien su persona imperial les había de hacer grandísima falta, que sola la grandeza de su nombre bastaba para los amparar y defender de sus enemigos, y que así, de fuerza había de sentir mucho su ausencia, y que todos recibían por su natural y supremo señor a su hijo el rey don Felipe, y le obedecerían y harían en su servicio los oficios que como muy leales y obedientes y naturales vasallos le debían sin faltar en nada. Pero que suplicaban encarecidamente a Su Majestad que los dejase muy encomendados al rey Felipo su hijo, y que no los desamparase antes de acabar la guerra, y que la paz se procurase y concluyese. Y le daban infinitas gracias por los saludables consejos que les daba, sabiendo que salían de un ánimo mas que paternal, y que con todas sus fuerzas procurarían que la religión cristiana, y con ella la justicia, tuviesen en aquellos Estados el lugar y autoridad que siempre habían tenido, y aquellos Estados estuviesen muy concordes y firmes, y el culto divino con la puntualidad y grandeza de que siempre aquella nación se había preciado, y sería asimismo obedecida la Iglesia romana, como lo había sido en tiempos pasados, hasta aquel día, pues era cierto que estaba en esto la perpetuidad y firmeza de aquellos Estados. Y pidiendo a Dios que al César y a su hermana la reina María diese próspero y feliz viaje, acabó su oración.

Lo que dijo el rey Felipo. -Habla el cardinal Granvela, obispo de Arras, en nombre del rey. -Despídese la reina María y pide perdón de su gobierno. -Responde por los Estados el mismo dotor Jacobo. -Jura el rey Felipo los fueros de aquellos Estados y ellos le juran por príncipe y soberano señor. -Carta de renunciación de los Estados de Flandres.

Levantóse luego el rey Felipo y púsose de rodillas delante del Emperador su padre diciendo que se sentía indigno de tanta honra, y que no hallaba en sí fuerzas para tomar la carga que Su Majestad quitaba de sus hombros, y si bien siempre había tenido por malo hacer cosa contra la voluntad de Su Majestad ni aun contradecirla, pero que tendría por muy peor, si en algo de lo que aquí había dicho, y en esta determinación no consintiese; y así, desde luego obedecía y le daba todas las gracias que podía por la merced que le hacía, y desde luego acetaba la renunciación que los Estados de Flandres en él hacían, que él procuraría con el favor de Dios de los gobernar y sustentar en justicia, de manera que nadie pudiese quejarse de él. Dicho esto se levantó, y vuelto a los caballeros dijo:

«Quisiera haber deprendido también a hablar la lengua francesa, que en ella os pudiera decir larga y elegantemente el ánimo, voluntad y amor entrañable que a los Estados de Flandres tengo; mas como no puedo hacer esto en la lengua francesa, ni flamenca, suplirá mi falta el obispo de Arras, a quien yo he comunicado mi pecho; yo os pido que le oigáis en mi nombre todo lo que dijere, como si yo mismo lo dijera.»

Levantóse el obispo de Arras, Antonio Perenoto, que después fue el cardenal Granvela, que murió en Madrid, como vimos, año 1586, y habló a los Estados en nombre del rey de esta manera:

«Mandóme el príncipe y rey nuestro señor, varones gravísimos, que en breves razones os representase cuán poca necesidad había de que el Emperador nuestro señor renunciase estos Estados, si Dios fuera servido de darle en esta edad la salud corporal que le falta, que según orden de naturaleza pudiera muy bien tener. La cual, como de Su Majestad oístes, le ha quitado el mal de la gota, derribando y acabando un sujeto harto robusto, que con tanto valor defendía y gobernaba estas provincias, y los demás reinos por Dios a él encomendados, no habiendo cosa en el mundo que más gusto diere al rey, como que su padre durara en la administración y señorío de sus reinos, hasta la fin de sus días. Mas como viese postrada la majestad cesárea de su padre con continuos dolares y mortales quiebras de su salud, y que sobre cuerpo tan enfermo no era posible cargar tantos trabajos sin acabarle de todo punto, por la poca virtud que ya tiene vencido con el mandamiento y voluntad de su padre, quiso obedecer y descargarle de tan pesada carga, y cuanto en sí fuese darle descanso, y esto con más voluntad y prontitud, por ver y entender el gran amor que los Estados de Flandres le han mostrado. Por lo cual el rey mandó que en su nombre os dijese las causas que al César han movido.

«Pues como el rey vea que su padre lo quiere así, y que vosotros gustáis de ello, admite y acepta el gobierno y señorío que el Emperador su padre le ha dado de estos Estados, en la misma forma que el Emperador lo ha renunciado, y por vosotros ha sido recibida y admitida, confiando que no le faltaréis en consejos ni en obras, antes como leales vasallos estaréis siempre en su servicio. Promete el rey que con el favor de Dios y el vuestro pondrá todas sus fuerzas por la justa y derecha administración de estos Estados, y por su defensa hasta perder la vida, si la necesidad lo pide, estando siempre, como pedistes, con vosotros, cuando el estado de las cosas diere lugar; y que si se ausentare volverá, y que obedecerá a su padre, agora mucho mejor, porque es muy conforme a su condición. Demás de esto procurará y velará con todo cuidado, y pondrá sus fuerzas y hacienda, para que la fe católica y culto divino esté siempre en su Estado, siendo cierto que le ha de ayudar Dios en esto, conforme al celo que tiene. Gobernaros ha el rey con suma equidad y justicia, guardaros ha las libertades de vuestros privilegios, leyes y costumbres antiguas; para que como hasta aquí viváis con ánimos concordes en paz y buena tranquilidad, y os defendáis y ofendáis a los enemigos que a vuestras buenas fortunas hicieren guerra. Y aunque ha poco que juró esto todo, queriéndolo vosotros volverá a hacer el mismo juramento, en general, y en particular a cada provincia; y finalmente hará todo lo que un buen príncipe debe a una república, que con lealtad, y amor, como aquí lo habéis prometido al César, sirve a su señor.»

Acabó con esto el obispo de hablar y sentóse. Luego se levantó la reina María, hermana del Emperador y gobernadora de Flandres, y habló de esta manera:

«Habéis entendido, varones prudentes, de lo que mi hermano el Emperador os ha dicho, su voluntad y cómo renunciando en su hijo Felipo los Estados de Flandres, le haya dado la posesión y soberano imperio de ellos. Lo cual por sola una cosa os debe ser de mucho gusto, porque al César por sus continuas enfermedades veis tan acabado, que no está para gobernar; y su hijo el rey Felipo, en la flor de su edad, y más cumplido juicio, y razonable experiencia, ayudado por vosotros bastará para esta carga. He tenido con voluntad de todos, ausente y presente el Emperador mi hermano, muchos días el gobierno de estos Estados, he padecido grandes trabajos, hanme atormentado los cuidados de la paz y de la guerra. De los cuales viéndome ya en esta edad, pedí al Emperador que me sacase y quisiese llevar consigo a España; y alcancélo más fácilmente porque luego que me cargué de este gobierno, fue con que no lo había de tener sino pocos años. Pero forzada con los muchos negocios y doliéndome de verlo tan enfermo, he tenido con harta pesadumbre veinte y un años este cuidado, importunando siempre a mi hermano que me descargase dél, dándole muchas causas y razones que para ello había de mis pocas fuerzas, de que mi caudal al fin era de mujer, y que el tiempo y las ocasiones pedían otro mayor. Y como estas excusas aprovechasen poco, sirvieron sólo de darme personas de valor y letras que me ayudasen. Hice lo que pude, y espero del Emperador mi hermano y del rey Felipo mi sobrino y de vosotros que, en premio de mis trabajos, se me darán gracias por mis buenos deseos. Ha gustado el Emperador de quitarme este cuidado, porque le quiero acompañar en la jornada de España, para acabar con él en aquella tierra lo que me queda de la vida, en quietud. Por tanto, si en este gobierno no he satisfecho a mi hermano ni dado gusto a vosotros, errando como ignorante, estad ciertos que no ha sido falta de mi voluntad, sino de fuerzas, porque como mujer no he tenido las que convenía. Que si yo tuviera tanta experiencia y ingenio cuanto sido el amor y buen deseo con todos los de Flandres, y la sinceridad de mi ánimo con que procuré acertar, estoy cierta que ningún príncipe jamás pudo quedar más satisfecho de su ministro, ni alguna provincia fue más bien gobernada que la de Flandres, a lo menos con mayores deseos de acertar, porque todo cuanto caudal Dios me dio lo empleé en su defensa y prospera conservación. Por lo cual, encarecidamente ruego a mi hermano el Emperador, y a mi sobrino el rey Felipo, y a todos los que en nombre de estos Estados aquí estáis, que reciban con buen ánimo todo cuanto en este gobierno he hecho, y la industria que en ello puse, echándolo a buena parte y al buen fin que en todo tuve, que por eso no dejo de confesar que he errado. Mas como no se pueda atribuir a malicia ni a mala voluntad, sino a mi poco saber y natural fragilidad y flaqueza, que confieso, débeseme conceder el perdón que pido, principalmente porque no hice cosa fiada en mi propio juicio, sino con pareceres y consejos de grandes hombres y de los Consejos de estos Estados, lo cual puedo mostrar con muy pocas palabras, pues aquí están muchos presentes que se hallaron en la mayor parte de los negocios y podrán decir cuál fue mi gobierno y la intención que en él tuve. Y el Emperador y el rey y yo nos podemos tener por bien servidos y gozarnos, dando por ello a todos muchas gracias, y que cualquier bien y provecho que de ahí resultó fue para vosotros y para vuestras casas y hijos. Y en lo que a mí toca, ninguna cosa pido por los trabajos que he padecido, sino que viváis todos muy conformes, acordándoos siempre de lo que poco ha que mi hermano el Emperador, santa y discretamente os dijo, por sí y por Filiberto Bruselas, y agora también os lo amonesta, aconseja y manda, si queréis permanecer en el feliz estado en que estáis, y ser mejores que todas las naciones del mundo; y si no lo hiciéredes, sed ciertos que, os habéis de ver en grandes desventuras. Yo os deseo todos los bienes del mundo, y no falta quien procura vuestra perdición; mas si servís a Dios y obedecéis a la Iglesia católica y a vuestro príncipe, no tenéis de qué temer. Dondequiera que yo esté miraré por vuestro bien y hallaréis en mí el favor que quisiéredes; la que siempre hasta aquí fui para vosotros seré hasta el fin de mis días; jamás os faltaré siempre que os queráis valer de mí, esto se ha de entender consintiéndolo y queriéndolo el rey Felipo mi sobrino, vuestro señor.»

Acabando de hablar la reina María respondió en nombre de todos largamente Masio; dio gracias a la reina encareciendo su buen gobierno, y los bienes y mercedes que de su mano aquellos Estados habían recibido, de los cuales habría en ellos siempre la memoria y conocimiento debido, y harían lo que el Emperador les aconsejaba y mandaba, y rogarían a Dios por su buen viaje y la salud que deseaban, etc., y con esto se despidieron. Y a veinte y siete de octubre los mismos procuradores de los Estados, a las nueve antes del mediodía se juntaron acompañando al rey don Felipe los caballeros del Toisón, y sentándose el rey en una riquísima silla juraron solemnemente las leyes y privilegios, franquezas y libertades de las provincias, y ellos le juraron en la forma que le habían jurado por su príncipe. Luego hicieron el mismo juramento los de Brabante, Limburge, Lucemburg y Güeldres; y de esta manera todas las demás provincias de aquellos Estados, y le besaron la mano como a príncipe y señor natural.

La carta en que el Emperador hizo y otorgó esta renunciación y la firmó con su mano decía:

«Don Carlos, por la gracia de Dios Emperador de romanos, rey de las Españas, etcétera. Sea a todos notorio los presentes y futuros que Nos, por estar ya en edad mayor y enfermo en el cuerpo, y por otras grandes causas hallarnos impedido para el gobierno de los Estados de Flandres, y que nuestro hijo Felipo, rey de Ingalaterra, y Francia, y Nápoles, haya venido a edad madura y juicio, para poder regir los Estados de Flandres, que ya le tienen jurado por príncipe y legítimo heredero, y para resistir y echar fuera de ellos al enemigo, principalmente habiendo Dios aumentado su poder, por haber juntado con estos Estados el reino de Ingalaterra por el casamiento que con la reina María hizo. Pues por estas causas, habiéndome de partir para España, y lo que resta de la vida acabarlo libre de negocios y cuidados del gobierno, decimos: Que de nuestra libre voluntad cedemos y traspasamos en el dicho nuestro hijo Felipo, y lo nombramos por príncipe y señor de los Estados de Flandres, en manera que por la presente carta le cedemos y nombramos y damos la absoluta potestad en todos los ducados, marquesados, principados, y condados, baronías, dominios, ciudades, villas y lugares, castillos, fortalezas y municiones, que jure hereditario, o en otra cualquier manera nos sean sujetas, y transferimos en él el supremo derecho, imperio y señorío que en ellos tenemos, con todos los beneficios, patronazgos, libertades de príncipes, etc. Dale finalmente todo el derecho, absuelve y suelta del juramento que le tenían hecho a todos los Estados, señores, ciudades, perlados, comunidades; manda le acudan con todos los derechos, rentas, etc., en la forma y manera que a él solían acudir. Y dice ser ésta su última y absoluta y determinada voluntad. Fecha en Brusellas de Brabancia a 26 de octubre, año de mil y quinientos y cincuenta y cinco.»

[Anuncia el Emperador su renuncia del gobierno de España.]

Poco después de esto, estando el Emperador con voluntad de acabar de echar de sí la carga del gobierno, que ya le pesaba, por verse libre y desocupado para tratar de otros reinos de mayor importancia, llamó a su cámara todos los criados españoles que tenía, y estando en la cama les dijo la determinación que tenía de dejar los reinos de España, como había hecho, según habían visto, los de Flandres, para retirarse donde con quietud acabase lo que de la vida le restaba; que les agradecía lo que le habían seguido y servido y el amor que siempre le habían mostrado; que viesen lo que querían, o venirse con él a España, o quedar con el rey su hijo, porque de cualquier manera serían acomodados y gratificados sus servicios. Ellos le besaron la mano por la merced que les hacía, unos con lágrimas, otros con pensamientos de cómo tendrían con el nuevo príncipe el lugar, que semejantes con tanta ansia apetecen. Y quedaron así las cosas por algunos días, hasta que tuvieron la conclusión que veremos.

Treguas entre el Emperador, el rey su hijo y el rey de Francia. -Prende el Papa a los cardenales devotos del Emperador y al embajador Garcilaso.

A 5 de hebrero del año de mil y quinientos y cincuenta y seis, el Emperador y su hijo el rey don Felipe hicieron treguas con el rey Enrico de Francia por cinco años con estas condiciones:

«Que las treguas comiencen a correr y se entiendan desde 5 de hebrero de este año de mil y quinientos y cincuenta y seis, y duren cinco años cumplidos, y que se guarden, en todas las tierras y mares de los dichos príncipes, sin que se hagan guerra, fuerza ni injuria.

Que ni los unos ni los otros den favor ni ayuda a los enemigos de cualquiera de las partes.

Que cada uno se quede con lo que al presente posee.

Que los súbditos puedan libremente andar en sus tratos y entrar los unos en las tierras de los otros, pagando los derechos acostumbrados.

Que los que en las guerras han sido despojados, sean restituídos en los bienes y heredades que les tomaron, y de la misma manera se vuelven a los que siendo vasallos de un príncipe sirvieron en la guerra al otro, y por eso le quitaron los bienes.

Que pierda la vida el que quebrantare estas treguas.

Que no se entiendan en estas treguas los rebeldes y forajidos de Nápoles ni Italia.

Que al duque de Saboya no se le haga guerra en las tierras que posee.

Que los franceses no puedan pasar a las Indias con mercadurías, ni a conquistar ni descubrir tierras, sin consentimiento del Emperador y de su hijo el rey.

Que no se comprenda en esta concordia Alberto de Brandemburg.

Que el rey Enrico dé a la reina Leonor, viuda de su padre el rey Francisco, lo que en su testamento la mandó.»

Ordenaron esta concordia, por parte del Emperador y del rey su hijo, Carlos de Lanoy, conde y gobernador de Henaut; Simón Reynardo, Carlos Tisnackeo, Filiberto de Bruselas, Juan Bautista Milanés, consejeros del Emperador. Por parte del rey Enrico, el almirante de Francia Sebastián Laubespina, el abad de Basefontaine y el abad de San Martín, del Consejo del rey. Firmaron el Emperador en Bruselas y el rey Felipo en Ambers.

Con esta paz quedó el Emperador descansado y tuvo lugar para embarcarse y pasar en España, que la guerra que ya andaba con el Papa no le daba cuidado, no siendo favorecido del rey de Francia ni de otro príncipe poderoso, si bien el Papa hacía del valiente, más de lo que su estado y edad pedían. Echó presos los cardenales que eran de la amistad y parte del Emperador, y atrevióse a prender a Garcilaso de la Vega, que, como dije, estaba por embajador del César en Roma, y hizo otras cosas que ya dije que no las había de contar en esta historia.

[Renuncia de Carlos V. ]Escribe el Emperador a los grandes y perlados de España la causa de su renunciación. -En Valladolid alzan pendones por el rey Felipe.

Quiso el Emperador acabar de echar de sí la carga del Imperio y reinos para retirarse al monasterio de San Yuste, que había días que para este fin se reparaba y edificaba en él un hermoso cuarto trazado para la vivienda de Su Majestad. Y estando en la villa de Bruselas a 16 de enero, año de mil y quinientos y cincuenta y seis, ante Francisco de Eraso, su secretario, otorgó la carta de renunciación, en que dejaba y traspasaba en su hijo el rey don Felipe los reinos de Castilla, León y Aragón, en la forma siguiente:

«Conocida cosa sea a todos las que la presente carta de cesión y renunciación y refutación vieren, como Nos don Carlos, por la divina clemencia Emperador siempre augusto, rey de Alemaña, de Castilla, de León, de Aragón, de las dos Sicilias, de Jerusalén, de Navarra, de Granada, de Toledo, de Valencia, de Galicia, de Mallorcas, de Sevilla, de Cerdeña, de Córdoba, de Córcega, de Murcia, de Jaén, de los Algarves, de Algecira, de Gibraltar, de las islas de Canaria, de las Indias, islas y tierra firme del mar Océano conde de Barcelona, señor de Vizcaya, de Molina, duque de Atenas y de Neopatria, conde de Rosellón y Cerdania, marqués de Oristán y de Gociano, archiduque de Austria, duque de Borgoña y de Brabante, conde de Flandres y de Tirol, etc. Hallándonos impedido y enfermo a causa de los muchos trabajos, grandes y continuas guerras que por la pacificación de Alemaña, tranquilidad, sosiego y unión de la Iglesia y nuestra religión cristiana personalmente habemos tenido, como también en defender nuestros reinos contra los turcos e infieles, enemigos de nuestra santa fe católica, y no menos contra el rey de Francia, por cuya causa continuamente se nos han recrecido continuas indisposiciones, grandes y graves enfermedades, que habemos padecido y padecemos. Por las cuales no podemos atender y asistir a la buena gobernación y administración de nuestros reinos y expedición de los negocios de ellos; ni tampoco nuestra edad nos ayuda para poderlos ver y visitar personalmente, como querríamos y somos obligados. Todo lo cual, por Nos bien visto y entendido, conociendo la suficiencia, valor y prudencia que en vos, don Felipe, nuestro muy caro y muy amado hijo primogénito, rey de Ingalaterra y de Nápoles, príncipe de España, hay, la cual por la experiencia en la buena gobernación de los nuestros reinos de España, que en nuestra ausencia habéis gobernado, mostrastes. Y asimismo lo que habemos visto y conocido en vos, en la buena administración y pacificación del vuestro reino de Ingalaterra, juntamente con la serenísima reina María, vuestra mujer, reina y señora de él, etc., y del reino de Nápoles y Estado de Milán, que antes de agora os habemos concedido y refutado. Todo lo cual, de algunos días atrás, habiéndolo sobre mucho acuerdo pensado y mirado, acordándonos de la obligación grande que a la buena administración y utilidad pública de nuestros reinos y señoríos y Estados, por descargo de nuestra conciencia, deseándonos recoger para mejor poder dar cuenta a Nuestro Señor de los reinos y grandes Estados que por su infinita clemencia han estado, y al presente están a nuestro cargo, siendo justo que, como hombre mortal, consignemos alguna parte de nuestra vida para ello, de nuestra libre, espontánea, absoluta y agradable voluntad, propio motivo, y cierta ciencia, no habiendo sido rogado ni inducido a ello, entendiendo que así conviene al bien y pro de nuestros súbditos y vasallos, habemos deliberado y determinado de ceder, renunciar y refutar en vos el dicho rey nuestro hijo primogénito, príncipe jurado de España, como rey, que no reconoce superior en lo temporal, previniendo e anticipando el último juicio y voluntad de nuestra fin y muerte, como por la presente en vos cedemos, renunciamos y refutamos como en inmediato y próximo sucesor en nuestros reinos, señoríos y Estados, los nuestros reinos de Castilla y León, Granada y Navarra, Indias, islas y tierra firme del mar Océano, que al presente están descubiertas y por descubrir, y maestrazgos de Santiago, Calatrava y Alcántara, cuya administración perpetua por autoridad apostólica tenemos como rey de Castilla y León, sin que nos, ni en Nos quede cosa alguna para que con la bendición de Dios y nuestra los administréis y gobernéis, hayáis y tengáis en propiedad posesión y señorío, plena de la forma y manera que Nos los hemos tenido y al presente tenemos y podríamos haber y tener, con todos los frutos, rentas y emolumentos, servicios ordinarios y extraordinarios que, como rey y señor natural de ellos, debéis haber y tener, y gocéis de todo ello desde el día de la fecha de esta mi carta, para siempre jamás, según y como Nos habemos tenido y gozado, sin que por nuestra parte ni de otra persona alguna se os pueda poner, ni ponga embargo ni contradición alguna de hecho ni de derecho. Y os damos poder y facultad tan cumplida como de derecho se requiere, y Nos le podamos dar y otorgar, para que os llaméis e intituléis rey de Castilla y León, y para que los gobernéis y administréis, según y como nos lo hemos llamado, y al presente llamamos e intitulamos y gobernamos y administramos, y como lo pudiérades hacer después de nuestros días, como nuestro hijo primogénito, príncipe jurado y llamado a la sucesión de los dichos nuestros reinos y señoríos y Estados, conforme a la ley de la Partida y a las otras leyes, fueros y derechos, y costumbres de los dichos nuestros reinos. Y rogamos y encargamos al ilustrísimo infante don Carlos, nuestro muy caro y muy amado nieto vuestro hijo primogénito, y mando a los infantes, prelados, duques, marqueses, condes, ricos homes, caballeros y escuderos, y a todas las nuestras ciudades, villas y lugares de los nuestros reinos y señoríos, y a ellos agregados y ayuntados, y a los vecinos y moradores de ellos, os hayan y tengan por su rey y señor natural, y levanten pendones por vuestros, para intitular y llamar, y tener por rey de Castilla y León, y de todos los otros reinos y Estados y señoríos anexos a ellos, y en cualquier manera pertenecientes a la nuestra corona real de Castilla y León; y hagan y presenten el homenaje a vos, o a quien vos mandáredes en vuestro nombre, que, como rey y señor natural suyo, son obligados a hacer, conforme a las leyes y fueros de los dichos reinos. Y a los treces y comendadores mayores, caballeros, priores, conventos y otros comendadores, caballeros, y fieles de los dichos maestrazgos de Santiago, Calatrava y Alcántara, y a las ciudades, villas y lugares y moradores de ellos, que desde en hoy en adelante os hayan y tengan por administrador perpetuo de ellos, y como a tal os obedezcan y cumplan vuestros mandamientos. Y así mandamos a los alcaldes de todas las fortalezas, castillos y casas fuertes y llanas de los dichos nuestros reinos y señoríos, maestrazgos y Estados de la corona real de Castilla y León, en cualquier manera que lo sean, que os acudan a ellas, y hagan pleito homenaje por ellas, sin embarazo del que a Nos tienen fecho, el cual si necesario es, les alzamos y quitamos, y como a tal os acudan con las rentas, pechos, derechos, servicios ordinarios y extraordinarios y otros emolumentos debidos y pertenecientes a la dignidad real de la dicha nuestra corona real de Castilla y León, y maestrazgos, y os obedezcan, guarden y cumplan vuestros mandamientos en todo y por todo, como de su rey y señor natural, de la forma y manera que a Nos han acudido y acuden, y obedecido y obedecen, y cumplan los vuestros como lo hicieran después de nuestra fin y muerte. Y os encargamos y afectuosamente rogamos continuéis la buena administración y gobernación de los dichos nuestros reinos, Estados y señoríos, manteniendo a todos igualmente en justicia y paz, como hasta aquí lo habéis hecho, y sois obligado a hacer y lo merece la gran bondad y fidelidad que en todos los moradores de los dichos reinos ahí tienen, y la voluntad con que siempre nos han servido y sirven, y la que tienen de os servir, y desde hoy día en adelante nos desapoderamos y desistimos, quitamos y apartamos de la cruel corporal tenencia, posesión y propriedad, y señorío, y de todo el derecho y acción y recurso que a todos los dichos nuestros reinos, señoríos y Estados de suso declarados habemos tenido y nos pertenecía, y puede y debe pertenecer, y todo ello lo concedemos, refutamos, renunciamos y traspasamos en vos el dicho rey nuestro hijo, para que en todo ello enteramente sucedáis, y os damos y otorgamos entero y cumplido poder para que cada, y cuando que quisiéredes y por bien tuviéredes, vos, o quien vuestro poder para ello tuviere, por nuestra propia autoridad, o como bien visto vos fuere, podáis tomar y aprehender la posesión de los dichos nuestros reinos, Estados y señoríos, para que sean vuestros propios, y de vuestros herederos y sucesores, y hacer de ellos y en ellos todo lo que, como rey y señor natural de ellos, podéis y debéis hacer. Y entre tanto que tomáis y aprehendáis la posesión de los dichos nuestros reinos y señoríos y Estados de la corona real de Castilla y León, arriba dichos y declarados, nos constituimos por poseedor de ellos en vuestro nombre, y en señal de la posesión os damos y otorgamos en presencia de Francisco de Eraso, nuestro secretario, y escribano de la Cámara, y notario público en todos los reinos y señoríos, y de los testigos de suso escritos, esta escritura de cesión, refutación, renunciación y traspasación, la cual prometemos y nos obligamos de tener, guardar, cumplir y no la revocar, contradecir ni reclamar de ella, ni ir ni pasar contra ella, ni parte de ella, de palabra ni escrito, en tiempo alguno, ni por alguna manera, ni por algún caso de los que el derecho permite, que se puede revocar esta dicha escritura; y si la revocáremos o contradijéremos, o de ella reclamáremos, que no nos vala, y todavía se cumpla, y haya entero efecto todo lo en ella contenido. Para lo cual así tener, guardar y cumplir, nos obligamos en nuestra fe y palabra real, y renunciamos y apartamos de Nos y de nuestro favor y ayuda, todas y cualesquier leyes, fueros y derechos, y costumbres de que nos podríamos aprovechar, como si cada una de ellas aquí fuesen insertas e incorporadas, y nuestra voluntad es que se guarde y cumpla lo en nuestra carta contenido. La cual, como rey y señor que en lo temporal no reconoce superior, queremos que sea habida, tenida y guardada por todos por ley, como si por Nos fuera fecha en Cortes, a pedimento y suplicación de los procuradores de las ciudades, villas y lugares de los dichos nuestros reinos, Estados y señoríos de la nuestra corona real de Castilla y León, y como tal publicada en la nuestra corte y en las otras ciudades y villas de los nuestros reinos y señoríos donde se suele y acostumbra hacer, supliendo como suplimos todos y cualesquier defectos que en ella haya de substancia o solemnidad, así de hecho como de derecho. Y así el dicho serenísimo rey de Ingalaterra y Nápoles, príncipe de España, que presente estaba, hincadas las rodillas, besó la mano a Su Majestad Imperial, por tan gran merced y gracia como le hacía, y dijo que aceptaba y recibía la dicha merced en su favor que Su Majestad hacía y otorgaba, según y como se contiene en esta dicha escritura de renunciación, cesión, refutación y traspasación. Yo el rey. Que fue fecha y otorgada esta presente escritura en la villa de Bruselas, que es en el ducado de Brabante, jueves diez y seis días del mes de enero, de mil y quinientos y cincuenta y seis años, en la sala pequeña del Parque, estando presente la Cristianísima reina de Francia, y la serenísima reina de Hungría, y el duque de Saboya, y otras muchas personas que vieron y oyeron decir a Su Majestad cómo lo otorgaba, y siendo llamados y requeridos especialmente por testigos para ello el duque de Medinaceli, el conde de Feria, el marqués de Aguilar, el marqués de las Navas, el comendador mayor de Alcántara, don Luis de Zúñiga, don Juan Manrique de Lara, clavero de Calatrava; Luis Quijada, mayordomo de Su Majestad y coronel de su infantería española; don Pedro de Córdoba, Gutierre López de Padilla, mayordomos del serenísimo rey de Ingalaterra, y treces de la Orden de Santiago, y don Diego de Acevedo, mayordomo, asimismo del dicho rey, tesorero general de la corona de Aragón, y los licenciados Minchaca y Birviesca, del Consejo de Su Majestad. En presencia de los cuales firmó Su Majestad en esta carta y en el registro de ella, y dijo que firmaría todos los demás duplicados que fuesen menester, por estar los de aquí a España impedidos, por razón de la guerra; y los sobredichos testigos especiales lo firmaron de sus nombres en el registro que queda en mi poder. E yo, Francisco de Eraso, secretario de Su Cesárea y Católica Majestad y su escribano de Cámara público en la su corte y en todos los sus reinos y señoríos, presente fuí en uno con los dichos testigos de suso declarados a todo lo que dicho es, y pedimiento y mandamiento de Su dicha Majestad, que esta escritura otorgó y firmó de su propia mano, la escribí según que ante mí pasó, y por ende fice aquí este mi signo a tal. En testimonio de verdad. -Francisco de Eraso.»

De esta general renunciación reservó solamente el Emperador la causa de don Hernando de Gonzaga, para juzgar lo que era la visita que contra él fueron a hacer al Estado de Milán don Francisco Pacheco de Toledo y don Bernardo de Bolea, en que mostró la buena voluntad que a don Fernando tenía por los señalados servicios que deste generoso caballero había recibido.

Escribió el Emperador a todos los perlados y grandes de Castilla y Aragón, dándoles cuenta de los sucesos que sus cosas habían tenido después que salió de España, y la causa porque en tantos años no había podido volver, que fueron las guerras de Alemaña y con el rey de Francia, y que agora, viéndose viejo, cansado y enfermo, había determinado de renunciar estos reinos en su hijo, pidiéndoles encarecidamente lo tuviesen por bien, y que fuesen tan buenos y leales vasallos de su hijo como lo habían sido suyos. Y el rey don Felipe escribió de la misma manera, y confirmando los poderes que la princesa doña Juana su hermana tenía, suyos y del Emperador su padre, para gobernar estos reinos. Y llegando estos despachos a Valladolid, donde a la sazón estaba la corte, y la princesa doña Juana, y el infante don Carlos, hijo del rey don Felipe, a veinte y ocho días del mes de marzo, año de mil y quinientos y cincuenta y seis, a las cinco horas después de mediodía se levantaron pendones por el rey don Felipe nuestro señor, y levantólos el príncipe don Carlos, su hijo, en la manera siguiente:

A las tres horas del dicho día se juntaron en palacio el embajador de Portugal, don Duarte de Almeida, y el obispo don Antonio de Fonseca, presidente del Consejo de Su Majestad, y el obispo de Lugo, el duque de Sesa, el almirante de las Indias, el marqués de Mondéjar, el conde de Tendilla su hijo, el conde de Buendía, el conde de Gelves y otros muchos caballeros, y los del Consejo de Justicia, y el presidente y oidores de la Chancillería, y los contadores y oidores de la Contaduría Mayor. Y fue Su Alteza desde palacio a la plaza Mayor acompañado con esta y otra gente, con dos reyes de armas delante, y en ella estaba un cadalso grande, bien aderezado, con su dosel de brocado muy rico, y debajo de él un estrado de tres gradas en alto, y en él una silla donde se asentó el infante, y al embajador pusieron en el dicho estrado, arrimado a un pilar dél a la mano izquierda, y los perlados, grandes, Consejo y Chancillería y Contaduría abajo, alrededor, en pie, por su orden, y los dos reyes de armas y dos ballesteros de maza, delante del dicho estrado. Y de ahí a una tercia de hora vino la Justicia y regimiento de la villa y subió al cadalso, trayendo consigo un pendón cogido de las armas de España, y el infante se levantó y fue a un andén del cadalso que estaba en medio de la plaza, y allí hizo de escoger el pendón, y tomándolo en la mano, ayudándole a ello (porque era grande) don Antonio de Rojas, su ayo y mayordomo mayor, dijo una vez: «Castilla, Castilla por el rey don Felipe nuestro señor.» Y al punto el licenciado Contreras, procurador fiscal de Su Majestad en el su Consejo, pidió que se le diese por testimonio, y después al mismo punto, Alonso de Santisteban, alférez de la villa, tomó el dicho pendón y fue con él, y en su compañía la Justicia y regimiento por todas las calles de la villa, con los dos reyes de armas delante, y Su Alteza se volvió a palacio.

Parte el Emperador para España.

Determinada ya la partida para España, envió el Emperador antes al rey de romanos, su hermano, la escritura de renunciación del Imperio, que otorgó a diez y siete de enero de mil y quinientos y cincuenta y seis, con el príncipe de Orange, lisamente, sin reservar cosa alguna, que se había pretendido, que el rey don Felipe quedase por vicario del Imperio en Italia, y lo cual el rey don Fernando llevó muy mal, y así se dijo.

Dio el Emperador a su hijo el rey muy buenos consejos. Viniéronse a despedir de él Maximiliano con la reina doña María, su mujer, desde Austria, y con lágrimas y dolor de todos, despidiendo los embajadores de diversos príncipes, con sesenta velas guipuzcoanas, vizcaínas, asturianas y flamencas, quedando el rey don Felipe en aquellos Estados de Flandres, se embarcó entrado el mes de setiembre, y a veinte y ocho dél llegó a tomar puerto en Laredo, bien flaco y fatigado de su enfermedad. Y de Laredo le trajeron poco a poco, unas veces en silla a brazos de hombres y otras en litera. Venían con él sus hermanas, las reinas Leonor y María. Saliólos a recibir don Pedro Fernández de Velasco, condestable de Castilla y de León, haciéndolos la costa con tanta grandeza, cual siempre la usaron estos señores en servicio de sus reyes. Entró el Emperador en Burgos con las reinas, donde fueron muy regalados y servidos del condestable, y de esta generosa ciudad. Partieron de Burgos, y en Torquemada llegaron muchos caballeros, y el obispo de Palencia, don Pedro Gasca, aquel varón notable, que con buena crianza y suma prudencia allanó el Pirú, a le besar las manos. Vinieron a Dueñas, donde don Fadrique de Acuña, conde de Buendía y señor de esta villa, los recibió y hospedó magníficamente. A veinte y tres de octubre entraron en Valladolid. El Emperador no quiso que se le hiciese recibimiento alguno, sino que todas las fiestas se hiciesen otro día, que habían de entrar las reinas sus hermanas, lo cual se hizo así.

En esta jornada del Emperador hubo una cosa que parece milagrosa, y fue que por el agua trajo bonísimo tiempo y feliz navegación, y en desembarcando Su Majestad se levantó una tormenta tan recia aquella misma noche, que la armada, con estar en el puerto, corrió peligro, y la nao en que había venido Su Majestad se hundió y la tragó el mar, que parece que no esperaba más para perderse, de que este glorioso príncipe saliese de ella; favor, sin duda, del Cielo. Sintió notable mejoría en Castilla, como él mesmo dijo, porque le dejaron gran parte de los tormentos y dolores, que le solía causar la gota. Detúvose en Valladolid solos diez días, por traer ya determinada su vida, y el fin de ella en el monasterio de Yuste. Y así, miércoles cuatro de noviembre (aunque llovía muy bien) partió de Valladolid, no bastando suplicaciones que le hicieron, para que más se detuviese. Quedaron aquí en Valladolid las reinas con la princesa doña Juana que gobernaba el reino, y príncipe don Carlos, y toda la corte, sin consentir que algún grande ni otra persona fuese con él, sino dos médicos, dos barberos y pocos hombres de servicio.

De esta manera caminó como si fuera un escudero el mayor príncipe, el mayor Emperador y invencible guerrero que ha tenido el mundo. Y se contentó con diez o doce mil ducados cada año para su gasto ordinario, sin querer recibir más, y aun éstos a disposición del prior de Yuste. Y como en todas las cosas siempre los pareceres son varios, hubo muchos que dijeron que no era mucha prudencia dejar los reinos y Estados al cabo de tantas guerras y trabajos inmensos cuales fueron los que este príncipe padeció. Pero decían esto los que no sentían el espíritu que llevaba, ni les había tocado una centella de fuego que reinos y vidas pone en olvido y desprecio, por gozar de la quietud del alma y favores divinos, que hace Dios a la que se da a la contemplación de las cosas altísimas, que es tal que más que el sol que nos alumbra, ciega y deslumbra los ojos, para no ver los cetros ni coronas preciosas, más que el polvo y basura, como decía San Pablo, que juzgaba todas las cosas criadas a trueque de ganar a Cristo, y que ni la vida, ni la muerte, ni lo más alto que son los mismos cielos, ni lo más bajo que es todo cuanto hay en esta vida, le quitarían de esto. Que más vale un regalo de Cristo entre cuatro paredes, que las majestades todas de la tierra. Y la carne que gusta este espíritu, pierde los sentidos de todo lo terreno, como el mismo San Pablo dice.

Y es mucho de notar la priesa con que el Emperador se deshizo de cuanto tenía, porque a veinte y seis de octubre del año de mil y quinientos y cincuenta y cinco renunció los Estados de Flandres con todos los condados y tierras de los Países Bajos. Y a diez y seis de enero del año de mil y quinientos y cincuenta y seis renunció los reinos de España, sin reservar para sí más de los doce mil ducados en cada un año, para el gasto ordinario de su casa. Y a diez y siete del mismo mes de enero del mesmo año de mil y quinientos y cincuenta y seis renunció el Imperio en su hermano don Fernando, y acabó de echar de sí la carga de toda su monarquía, que ya tanto le pesaba y cansaba, poniéndose a la ligera para la jornada del cielo.

Hostibus evictis haec est victoria, sese

Vincere, perduram hanc difficilemque puta:

Hunc tamen evicto cum sese vicerit hoste.

Victorem dixit orbis, et obstupuit.


Historia de la vida que el emperador Carlos V rey de España hizo retirado en el monasterio de Yuste

[Diferente género de historia.]

Otra vida diferente de la pasada, aunque no tan larga, veremos aquí. En la precedente vimos al Emperador armado de la gloria, potencia y riquezas del mundo; para conquistar el mismo mundo, en Yuste se retira y deja el mundo pobre, humilde, solo, enfermo y olvidado (porque lo quiso él así) para conquistar el cielo; porque como aquellas armas son necesarias en la tierra, las de humildad son las más fuertes y de más efecto para el cielo. En la historia referida he tratado de su vida y hechos; aquí diré su vida y de sus hechos, pues se deshizo de los Estados, reinos y del Imperio, humillándose a la vida común de un escudero. Derriba Dios así la altura de los cedros del monte Líbano y deshace las estatuas, como la sal en el agua, si bien sean de plata y oro y otros más firmes metales, porque estriban sobre la inconstante arena.

La princesa doña Juana, hija del Emperador y gobernadora de estos reinos, deseando saber la vida y fin que su padre había tenido, envió pedir una relación de ella, y fray Martín de Angulo, prior de este monasterio de Yuste en el mismo tiempo que el Emperador allí vivió y murió, envió una, diciendo el sitio y disposición del monasterio, manera del aposento del Emperador y de sus criados, la vida y muerte, con otras cosas que cuanto más menudas, tanto mayores y dignas de memoria, considerada la majestad del César, por quien pasaron. La misma relación original que fray Martín envió a la princesa, y firmada de su nombre tengo, y la quisiera poner aquí como el prior la escribió; mas temo usar tanto de este estilo y entiendo que ya se dará entero crédito a mis relaciones como a los originales, por el cuidado con que han visto escribir la verdad que pide la historia.

[El monasterio de Yuste.] No tenía el Emperador más que una haca y una mula vieja. -No tenía cabeza para andar a caballo.

Es el monasterio de Yuste de los religiosos verdaderamente monjes solitarios del glorioso padre San Jerónimo, que, como a todos es notorio, son de los más observantes y del mejor gobierno que tiene la Iglesia de Dios, y guardan el recogimiento y autoridad que pide la vida monástica, y por eso, con mucha razón, han sido y deben ser estimados de los reyes de España.

Tiene su asiento este monasterio de Yuste en La Vera, obispado de Plasencia, siete leguas de la misma ciudad, en un despoblado fresco y de muchas aguas de fuentes, con infinidad de frutas de todo género, de invierno y verano, que, según todos dicen, y el nombre de Placencia que el rey don Alonso le dio ut placent Deo et hominubus, es la tierra más apacible y de mayor templanza y más recreación que hay en España. El lugar más cercano de este monasterio, donde pasaban los criados de Su Majestad que estaban con él en el monasterio, se dice Coacos, de hasta quinientos vecinos, y está un cuarto de legua del monasterio, y no se ve de él, porque entre él y el monasterio media una cuestecilla que quita la vista del uno al otro.

El monasterio está en la ladera de este cerro o collado, hacia la parte del Setentrión de la iglesia, que es a la parte de arriba. Tiene dos claustros; el uno era nuevo en este tiempo; el otro razonable (si bien viejo).

A la parte de abajo de mediodía se hizo el aposento de Su Majestad arrimado a la iglesia, en el cual se hicieron seis piezas principales bajas y otras seis altas. De las bajas se servían poco; una de las piezas altas salía al altar mayor, y al mismo peso de él, adonde se abrió una puerta con un arco que tendría seis pies de ancho, por donde oía misa y los oficios divinos, a las veces en la cama y otras levantado, y por allí entraban a darle la paz y a comulgar.

Este aposento alto de Su Majestad sale al peso del suelo bajo del claustro nuevo, de manera que Su Majestad se podía salir por el claustro a la huerta sin subir ni bajar escalón, y aun si quería, cabalgando. Fuera de este aposento, más adelante, y al mismo peso pegado con el claustro nuevo, estaba el aposento de los barberos y de la Cámara y ayudas y del relojero Janelo; todo esto al Mediodía, a la vuelta del Oriente. Junto con el claustro estaban todas las oficinas o las más, de manera que todos los aposentos estaban fuera del monasterio y arrimados a él. Y aunque había puertas de los aposentos al monasterio, siempre quería Su Majestad que estuviesen cerradas; sólo se tomó del monasterio el capítulo para cava y otra pieza para botica, y la hospedería para el médico, cerveceros y panaderos.

Debajo del aposento de Su Majestad estaba la huerta principal y jardines del monasterio, sobre los cuales caían todas las ventanas de los aposentos del Emperador, y se enseñoreaban de todo ello. Esto fue lo que tomó para su servicio, y puso hortelanos y jardineros en él, y el monasterio hizo otra huerta de la parte de arriba al Setentrión, de la cual se sirvió todo el tiempo que vivió. Y porque ni frailes ni otra persona que no fuese de sus criados pudiese pasar a otras huertas que estaban dentro del cercado, de las cuales asimismo se enseñoreaban las ventanas del cuarto de Su Majestad allende de la huerta y jardines que había tomado para su servicio, se atravesó una tapia con su puerta entre la huerta que se hizo nueva para el monasterio, y todo lo demás para que Su Majestad gozase de ello sin que hubiese ni se atravesase cosa que le ofendiese la vista. Y conociendo que era este el gusto de Su Majestad, se hizo así, aunque él no lo mandó; pero holgóse cuando lo vio hecho. Dentro de aquel cercado, y al cabo de él estaba una ermitilla bonita casi dos tiros de ballesta de su aposento, adonde se iba algunas veces a holgar, porque desde su aposento hasta esta ermita estaba llano, así lo de dentro de casa como lo que duraban las huertas, sin haber cuesta ni paso; aunque hiciese sol, se podía andar sin él, porque todo el camino estaba lleno de castaños que hacían muy buena sombra, con otros árboles de fruta.

Donde una vez quiso ir sobre una haquilla bien pequeña (que no tenía otra cabalgadura, sino aquesta y una mula vieja) y puesto en lo haquilla, apenas dio tres o cuatro pasos cuando comenzó a dar voces que le bajasen, que se desvanecía, y como iba rodeado de sus criados, le quitaron luego, y desde entonces nunca más se puso en cabalgadura alguna. Tal era el sitio de Yuste y aposento dél.

La pobreza grande de su casa. -Deseos que tuvo en vida de la Emperatriz desta perfección. -Cómo mandó sepultar su cuerpo y el de la Emperatriz. -Lo que dijo dél su confesor sobre la dejación de los Estados. -No quiso tener médico particular, sino sólo el del convento. -Lo que dijo a su barbero sobre el hacer sus honras antes de morir. -La humildad y obediencia que mostró en el monasterio.

De las ocupaciones y ejercicios en que Su Majestad pasaba la vida, que todo fue un dechado no sólo de seglares, hombres del mundo, pero aún de religiosos perfectos. Vivía tan pobremente que más parecían sus aposentos robados por soldados que adornados para un tan gran príncipe; sólo había en todos ellos unos paños negros como de luto, y no en todos, sino en sólo aquel en que Su Majestad dormía, y una sola silla de caderas, que más era media silla, tan vieja y ruin que si se pusiera en venta no dieran por ella cuatro reales; pues los vestidos de su persona eran harto pobres y siempre de negro. Lo que tenía de más valor era un poco de plata para su servicio, y la plata era llana, que no había en toda ella una pieza dorada ni curiosa.

El mostró cierto por obra sus buenos deseos que años antes había que tenía puestos en el alma, como lo dijo al prior de Guadalupe y al dicho fray Martín de Angulo, delante de su confesor, fray Juan Regla, de cómo estando casado con la serenísima Emperatriz, su mujer, tenían concertado entre sí de recogerse ambos, ella en un monasterio de monjas y él de frailes, y que, como se murió la Emperatriz, y a él se le ofrecieron tantos embarazos, como los que en esta historia se han dicho, en ninguna manera pudo verse libre de ellos para cumplir tan santo propósito, porque a dejarlo entonces se perdiera la Cristiandad. Y esto es lo que quiso decir en aquellas palabras del codicilo que hizo en Yuste al fin de su vida, adonde hablando de su entierro dice que su cuerpo sea sepultado en Yuste debajo del altar mayor, y que se traiga allí el cuerpo de la serenísima y su muy amada mujer la Emperatriz, y que ambos sean enterrados debajo del dicho altar, de manera que la mitad de los cuerpos estén debajo del altar, y la otra mitad debajo de la peana, de suerte que el sacerdote que dijere la misa pise encima de ellos, para cumplir en la muerte lo que en vida no pudieron, que era el retirarse a los monasterios.

Y dice más el codicilo: «Salvo si al rey mi hijo otra cosa le pareciere.» Y demás de esto mostró esta voluntad santa, pues vemos que luego que se halló desembarazado de cosas y que su hijo el rey tenía edad y talento para gobernar, hizo la dejación que dije de sus Estados.

Y dice fray Martín que muchos años antes oyó él decir a un santo varón, fray Diego de San Pedro, su confesor, que él sabía de Su Majestad que si con buena conciencia pudiera dejar sus Estados, que lo hiciera. Y aquí en Yuste dijo al prior y a otros padres graves de la casa que lo que él había más deseado era de ser fraile o donado de un monasterio, y servir allí como el menor de la casa, más que venir a ser servido, y por esto, ya que sus grandes enfermedades no le daban lugar para servir, quiso ser servido con la pobreza que digo, no por no poder más, ni porque su hijo le dejase de dar cuanto él quisiese, como indiscretamente dice el vulgo, sino porque él lo quiso así, que a un médico particular no quería tener, diciendo que le bastaba el médico con que se curaba el convento, hasta que después, importunado de caballeros, y pidiéndolo así sus extremas necesidades de enfermedad y pobreza, recibió más criados, y situado para ellos, que fue doblado de lo que él quisiera.

De manera que ya que no fue fraile en la profesión, fuelo en las obras, porque amó cuanto pudo la pobreza.

Y demás de lo dicho sucedió que estando un día en la cama bueno, siete o ocho días antes de la enfermedad de que murió, afeitábale su barbero, que se decía Nicolás, criado antiguo, y díjole:

-Nicolás, ¿sabes qué estoy pensando?

Respondió:

-¿Qué, señor?

-Que tengo ahorradas dos mil coronas y querría hacer mis honras con ellas.

Y como Nicolás replicase (que era hombre decidor):

-No se cure Vuestra Majestad de eso, que si muriere nosotros le haremos las honras.

Díjole:

-Oh, cómo eres necio; igual es llevar el hombre la candela delante, que no detrás.

Como si profetizara su muerte, que luego malo del mal que murió y con las mesmas coronas se compró la cera y lutos con que fue sepultado, y se le hicieron las honras. Por manera que el mayor caudal y ahorro del César, que tantos millones había tenido en esta vida y gastado en ella, eran dos mil escudos, y éstos dedicados para su sepultura.

La obediencia que mostró en este monasterio fue mayor que si realmente fuera fraile, porque quiso obedecer sin ser mandado. El cuidado que tenía de que los religiosos no fuesen inquietados, que jamás consintió que criado suyo entrase al cuarto de los frailes ni que se recibiese huésped seglar en casa, de suerte que estaban más quietos y sin ruido que si Su Majestad no estuviera en el monasterio.

Lo que le sucedió con los visitadores de la Orden. -Pide el Emperador que no lleguen mujeres cerca del monasterio.

Vinieron los visitadores generales de la Orden, fray Nicolás de Segura y fray Juan de Herrera, a visitar este monasterio, y en llegando fueron a besar las manos a Su Majestad y pedirle licencia para visitar el monasterio, el cual los recibió con muy buena gracia y les dijo que holgaba mucho dello, y que visitasen y hiciesen justicia, como si él no estuviera allí. Dijéronle que el intento de la Orden era que todo aquel convento sirviese a Su Majestad, y en todo conformase con su voluntad, y le diesen el contento y alegría que pudiesen, que si por ventura o por ignorancia o por falta de consideración se hiciese alguna cosa que a Su Majestad no pareciese tan bien, que le suplicaban fuese servido de los mandar advertir de ello, porque su principal cuidado sería remediarlo. Respondió Su Majestad que una sola cosa se hacía que no le parecía bien, y era que venían muchas mujeres mozas por limosna al monasterio, y que hablaban con los frailes (porque era la hambre tan grande aquel año, que acudían infinitos a la portería, y todo lo veía el Emperador y se lo decían sus criados, y como salían algunos frailes a ayudar al portero, notábalo). Los visitadores dijeron que lo remediarían, y llamaron de los criados de Su Majestad para informarse de ellos si sabían algo que se debiese castigar o remediar en el convento. Uno que se llamaba Guillermo no quiso decir hasta que fue a Su Majestad y le dijo lo que pasaba, y el Emperador le dijo:

-Andá y decí vuestro dicho, que si a mí me lo piden yo lo diré también.

Repara el Emperador en que la visita fuese tan breve. -Manda pregonar que las mujeres no lleguen cerca del monasterio.

Como acabasen la visita, volvieron al Emperador, diciendo que ellos habían hecho su visita; que si era servido que hiciesen su difinición para irse. Díjoles que no le parecía bien aquella visita tan breve, que en cuatro días que habían tardado poco podrían haber hecho, que cuando él mandaba visitar un Consejo o Chancillería tardaban un año y dos, y que cómo era posible visitar en cuatro o cinco días cincuenta frailes y toda la casa. A lo cual satisfacieron a su contento, dándole razones suficientes de la diferencia que había de lo uno a lo otro, y así les mandó que hiciesen su difinición, y como entre las otras cosas que mandaron fuese una que la limosna que el monasterio daba a la puerta se diese en los lugares comarcanos, cociéndose en cada lugar tantas hanegas de trigo y repartiéndolas los alcaldes del tal lugar a los pobres, y que no viniesen pobres al monasterio, en saliendo de capítulo fue un fraile luego a decírselo, y fue tanto el placer que el Emperador recibió, que luego mandó pregonar en los lugares comarcanos que so pena de cien azotes mujer alguna no pasase de un humilladero, que estaba como dos tiros de ballesta del monasterio.

Los cargos que los visitadores le hicieron, y lo que Su Majestad sintió. -Temor o respeto del César de lo que le dijo un fraile.

Yendo ya los visitadores a despedirse de Su Majestad, les preguntó cómo se habían habido con uno que había sido general, que vivía allí; dijéronle los cargos que le habían hecho y penitencias que le habían dado. Sacó luego el visitador más viejo un papelillo del seno, y teniéndolo en la mano le dijo:

-Si Vuestra Majestad nos da licencia y de ello es servido, unos carguillos tenemos aquí que decir a Vuestra Majestad.

Y el Emperador, como después contaba, medio turbado, les dijo:

-Decid, padre.

Y el visitador le tornó a decir:

-No serán, señor, por vía de cargos, sino por vía de suplicación, para que de aquí adelante no se haga, y no son sino cuatro. El primero es que nosotros, en nombre de toda la Orden, suplicamos a Vuestra Majestad que de aquí adelante sea servido de no mandar al convento de esta casa pitanza alguna extraordinaria.

Respondió:

-Pocas he mandado dar por recrearlos alguna vez.

Díjole el visitador:

-No conviene, señor, al servicio de Dios ni al de Vuestra Majestad, porque la Orden está tan bien concertada que antes manda dar un poquito más a los religiosos que quitalles un pelo, porque anden alegres y contentos en el servicio de Dios; pues si sobre esto viene la abundancia que Vuestra Majestad manda dar como quien es, ¿qué resta, sino que en lugar de darse a Dios y a la contemplación y aparejarse y disponerse para los oficios divinos para en ellos servir a Vuestra Majestad, se echen a dormir y se anden parlando y perdiendo el tiempo? Y aún quiera Dios que no vengan en otros pensamientos, no tan buenos.

Respondió Su Majestad:

-Paréceme que tenéis razón; yo lo emendaré; decid más.

-Lo segundo, suplicamos a Vuestra Majestad en el mismo nombre, que a ningún fraile de la Orden que viniere a Vuestra Majestad, si bien sea llamado por Vuestra Majestad y venga a proprios negocios de Vuestra Majestad, no le mande dar dineros algunos, porque ninguno vendrá a quien la Orden no provea suficientemente de todo lo que hubiere menester para venir, tornar y estar, y dándole Vuestra Majestad conforme a quien Vuestra Majestad es, dale ocasión a que aquél ofenda a Dios en la propriedad, porque le parecerá que aquél puede libremente gastar aquellos dineros, y de hecho los gasta, en lo que a él se le antoja, y no lo pueda hacer; porque el fraile ninguna cosa puede adquirir que no sea del monasterio.

Respondió Su Majestad:

-A ningún fraile he dado yo dineros.

Dijo el visitador:

-Sí ha dado, señor.

Y pensando un poco Su Majestad, dijo:

-Es verdad que a un frailecillo chico le mandé dar tantos reales, y dígoos de cierto que siempre me pareció mal aquel frailecillo, yo lo emendaré. ¿Hay más que decir? Decildo.

-Lo tercero que a Vuestra Majestad en el mismo nombre suplicamos, es que ningún fraile de la Orden que se viniere encomendar a Vuestra Majestad sobre cosa que tocare a disciplina, corrección o castigo de la Orden le dé favor, ni por sí ni por la serenísima princesa su hija (que al presente gobernaba), porque esto podría venir en gran detrimento de la buena disciplina de la Orden, por el respeto que a Su Majestad y a las personas reales se debe.

Respondió que siempre había tenido aquella consideración, y que mucho más la tendría de allí adelante; que si había más que decir, que le dijese.

-Lo cuarto y último que a Vuestra Majestad en el dicho nombre suplicamos es, que si Vuestra Majestad de algún fraile de la Orden, si bien sea el general se quisiere servir para cualquier cosa, lo mande, porque luego dejará el oficio que tuviere y vendrá a servir a Vuestra Majestad, pero que haga esta merced a la Orden, que para cosa de oficio de honra o dignidad no haga memoria de fraile alguno, porque le parece a la Orden que si de algún fraile de ella hiciese caso para honralle, por el mismo caso habría perdido todo lo que había servido, y deseaba servir a Vuestra Majestad.

A esto mostró una benignidad, y no respondió, sino dijo si había más, y como le dijeron que no, los despidió, y después contaba cuán bien edificado había quedado de aquel viejo, y que le parecía que nunca había habido tanto temor como cuando le vio el papelejo en la mano y le dijo que le quería hacer cargos, por donde se podrá echar de ver cuán rendido tenía su ánimo el santo Emperador.

Ejercicios espirituales de la oración y contemplación. -Amigo de música. -Oído que tenía en ella.

En estos ejercicios espirituales de la oración, lección y contemplación era tan continuo, que aun a los muy perfectos del monasterio confundía. Rezaba el oficio divino, y si por alguna indisposición no podía, rezaba por él su confesor delante de él. Todas las fiestas oía la misa mayor con grande solemnidad, y las más en canto de órgano, aunque su mal le quitase el poderse levantar, y por ninguno dejaba cada día de oír misa rezada.

Oía continuamente sermones después de comer, y nunca se cansaba de ellos por largos que fuesen. Cuando no tenía sermón le leía el confesor una lección de San Agustín, oía vísperas y completas, y las fiestas en canto de órgano, que duraban dos horas, sin recibir jamás fastidio. Era muy amigo de la música y que le dijesen los oficios en canto de órgano, con tal que no cantasen sino frailes, que si bien eran catorce o quince los músicos, porque se habían llevado allí los mejores de la Orden, conocía si entre ellos cantaba otro, y si erraban decía: «Fulano erró», y en tanto los conocía y quería que no cantasen seglares entre ellos, que unas vísperas vino un contralto de Placencia muy bueno y llegóse al facistol con los cantores y cantó con ellos un verso muy bien; pero no tornó a cantar el segundo, porque luego vino uno de los barberos corriendo, y dijo al prior que echase aquel cantor fuera del coro, y así se le hubo de decir que callase. Y entendía la música y sentía y gustaba de ella, que muchas veces le escuchaban frailes detrás de la puerta, que salía de su aposento al altar mayor, y le veían llevar el compás y cantar, a consonancia con los que cantaban en coro, y si alguno se erraba decía consigo mismo: «Oh, hideputa bermejo, que aquel erró», o otro nombre semejante. Presentólo un maestro de capilla de Sevilla, que yo cocí, que se decía Guerrero, un libro de motetes que él había compuesto y de misas, y mandó qué cantasen una misa por él, y acabada la misa envió a llamar al confesor y díjole:

-Oh hideputa, qué sotil ladrón es ese Guerrero, que tal pasó de fulano, y tal de fulano hurtó.

De que quedaron todos los cantores admirados, que ellos no lo habían entendido hasta que después lo vieron.

Entreteníase con los criados con toda llaneza.

Tenía también algunos ratos de entretenimientos con sus criados, no menos graciosos y honestos. Hacía llamar al cocinero, y decíale:

-Ven acá, Adriano; no echaste en tal manjar la canela que había de menester.

Respondió el Adriano:

-Señor, el mayordomo tiene la culpa, porque compra canela añeja y no tiene tanta fuerza como había de tener.

Decíale:

-Oh Adriano, Adriano, que de días ha que te conozco, que siempre tus culpas quieres echar a otro. Y el gusto, ¿adónde estaba?

Otras veces llamaba al panadero, y decíale:

-Ven acá, Pelayo; como tienes cuidado de emborracharte siete veces cada semana, no tendrías cuidado de hacer un poco de buen pan que yo pudiese comer -porque tenía falta en los dientes.

Otras veces, como todos los criados que tenía eran flamencos, y enemigos grandemente de berenjenas y amigos de cebollas, iba algunas veces el hortelano de los frailes con una cesta a la huerta de Su Majestad a traer de aquellas berenjenas. No sabía qué llevaba; hizo llamar a un Morón que era de los más principales, a quien había dado cargo de la huerta, y díjole muchas veces:

-Viene este hortelano de los frailes y no sé que nos lleva de la huerta.

Respondió el Morón:

-Señor, por berenjenas viene, que nosotros no las comemos, y danos cebollas en trueca.

Dijo:

-Bien está.

Celo grande de la le y lo que dijo de la prisión de Cazalla. -Dice que erró en no matar a Lutero.-Que era peligroso tratar con herejes.

Resplandecía en él un celo ardiente de la fe grande que tenía. Estando un día con este prior y otros frailes principales y su confesor, hablando de la prisión de Cazalla y de otros herejes, díjoles:

-Ninguna cosa bastaría a sacarme del monasterio sino ésta de los herejes, cuando fuese necesario; mas para unos piojosos como éstos no es menester. Ya yo tengo escrito a Juan de Vega, que entonces era presidente, que dé todo el calor posible a ello, y a los inquisidores que pongan toda diligencia; porque no habían de dejar de quemar a alguno de éstos, aunque habían de trabajar que muriesen cristianos, porque ninguno de ellos sería adelante verdadero cristiano, que todos éstos son dogmatizantes, y errarse hía si los dejasen de quemar, como yo erré en no matar a Lutero; y si bien yo, le dejó por no quebrantar el salvoconduto y palabra que le tenía dada, pensando de remediar por otra vía aquella herejía, erré porque yo no era obligado a guardalle la palabra por ser la culpa del hereje contra otro mayor señor, que era Dios; y así yo no le había ni debía de guardar palabra, sino vengar la injuria hecha a Dios. Que si el delito fuera contra mí solo, entonces era obligado a guardalle la palabra, y por no le haber muerto yo, fue siempre aquel error de mal en peor, que creo que se atajara si le matara.

Y como pasase adelante en la prática, dijo:

-Es muy peligroso tratar con estos herejes que dicen unas razones tan vivas y tiénenlas tan estudiadas, que fácilmente pueden engañar al hombre, y así yo nunca los quise oír disputar de su secta. Y es así que cuando íbamos contra Lantzgrave y duque de Sajonia y los demás vinieron a mí cuatro príncipes de entre ellos en nombre de los demás y me dijeron: «Señor, nosotros no venimos contra Vuestra Majestad por hacerle guerra, ni quitarle la obediencia, sino sobre esta nuestra opinión que nos llaman herejes, y nos parece que no lo somos; suplicamos a Vuestra Majestad que nos haga esta merced, que pues nosotros traemos letrados y Vuestra Majestad también, sea servido que en presencia de Vuestra Majestad disputen esta nuestra opinión, y nosotros nos sujetamos y obligamos a pasar por lo que Vuestra Majestad determinare.» Yo les respondí (dijo el Emperador) que yo no era letrado, y que los letrados entre sí lo disputasen, y que después mis letrados me informarían. Y esto hice, porque a la verdad yo sé poca gramática, porque comenzándola a estudiar siendo muchacho, sacáronme luego a negocios, y así no pude pasar adelante; y si por ventura se me encajara en el entendimiento alguna razón falsa de aquellos herejes, ¿quién bastara a desarraigarla de mi alma? Y por eso no quise oírlos, aunque me prometían que si lo hacía bajarían con todo el ejército que traían contra el rey de Francia, que venía contra mí, y había ya pasado el Rhin, y le harían guerra hasta entrar por sus tierras y sujetarlas a mi servicio.

Ofrécenle los herejes de ir con su ejército hasta Constantinopla, porque los oya. -Lo que respondió. -Lo que dijo de la prisión de fray Domingo de Guzmán. -Cuán gran hereje fue Constantino.

Dijo más el Emperador, que cuando iba retirándose de Mauricio con solos seis de a caballo, que le salieron al camino otros dos príncipes de Alemaña, y le dijeron en nombre del dicho Mauricio, y de los demás príncipes del Imperio, que le suplicaban que los quisiese oír sobre su opinión, y de no los llamar ni tener por herejes, que ellos le prometían en nombre de todo el Imperio de bajar todos contra el Turco, que entonces venía contra Hungría, de no tornar a sus tierras hasta llegar a Constantinopla y le hacer señor de ella o morir en la demanda, y que él les había respondido:

-Yo no quiero reinos tan caros como esos, ni con esa condición quiero a Alemaña, ni a Francia, ni a España, ni a Italia, sino a Jesucristo crucificado, y di de las espuelas al caballo.

Otras muchas cosas contaba de esta manera a los religiosos de este monasterio, y es de creer que diría verdad, y no por jactancia o vanagloria, en las cuales se echaba bien de ver su gran santidad.

Cuando prendieron a fray Domingo de Guzmán en Sevilla, dijo:

-Ese, por bobo, le pueden prender.

Y cuando prendieron a Constantino, canónigo de Sevilla, dijo:

-Si Constantino es hereje, será gran hereje.

Y salió así, que dijo después uno de los inquisidores que le condenaron que había sido uno de los mayores herejes del mundo. Contaba estas cosas y otras con tanta gracia y dulzura, que no se sentía el tiempo oyéndole, y decían los frailes que cuando el Emperador fuera un ciudadano particular, con solas las gracias naturales que tenía de su persona, afabilidad y prudencia, ganara las voluntades de todo el mundo.

Era muy amigo de que se hiciese justicia, jamás quiso dar carta de favor para su hijo. Una alcanzó con harto trabajo una señora de Barcelona, para que la princesa la favoreciese en cierta causa, y fue la carta tan limitada, que más trataba de que se hiciese justicia que gracia. Retiróse tanto de los negocios del reino y cosas de gobierno, como si jamás hubiera tenido parte en ellos.

Prosigue la empezada materia.

Estas cosas cuenta este padre, y de otros del mismo crédito y Orden oí, que volviendo el Emperador de la pérdida de Argel y jornada de Italia, se recogió en la Mejorada, que es un insigne monasterio cerca de la villa de Olmedo, del cual ya he dicho, y que estuvo en él muchos días, y viernes de la Semana Santa, a la hora de comer, se paseaba por unas calles de cipreses, muy hermosas, que tienen en un cercado; preguntó qué comía el convento; dijéronle que pan y agua, y mandó que le trajesen dos panecillos de los que los religiosos comían y un jarro de agua, y en pie, paseándose, lo comió y bebió el agua, y con aquello pasó aquel día.

Y en lo que toca a ser muy amigo de justicia, me dijeron que los alcaldes de Corte habían condenado a uno a muerte por delitos que se le probaban, y si bien los testigos le condenaban, él siempre estuvo firme negando haber cometido tal delito. Consultaron los alcaldes al Emperador, diciendo lo que se le probaba y lo que el hombre negaba. Respondió el Emperador:

-Pues se le prueba, ahorcalde, que si no hubiere hecho este delito, había hecho otros por donde merezca la muerte.

Y fue que estando ya en la horca dijo que él no había hecho aquel delito por que le ahorcaban, y confesó haber hecho otros, por donde justísimamente se le dio la muerte.

[El Emperador y San Francisco de Borgia.]

El conde de Oropesa, don Fernando Alvarez de Toledo, que fue un caballero de los discretos y ejemplares de su tiempo, se mostró muy servidor del Emperador, y visitábale a menudo en este recogimiento.

Preguntábale el Emperador por el padre Francisco Borgia, que dejando el ducado de Gandía se había recogido en la Compañía de Jesús y tomado el hábito, dando notable ejemplo de sí al mundo, y que cómo no le visitaba. El conde lo escribió al padre Francisco Borgia, y así hubo de venir, y el Emperador se holgó mucho y ordenó a Luis Quijada, que era el mayordomo, que le aposentase en el convento, y él mismo le señaló el aposento que le habían de dar, y cómo le habían de aderezar. La princesa doña Juana había dicho al padre Francisco Borgia que el Emperador su padre se había maravillado de que él hubiese escogido la religión nueva de la Compañía, dejando otras más antiguas y tan aprobadas, y que tenía propósito de persuadirle la primera vez que le viese que, dejando el hábito que tenía, se pasase a la de San Jerónimo o a otra, digna de quien él era.

Quiso el padre Francisco Borgia satisfacer de esto al Emperador, que por sus ocupaciones, y porque muchos con ignorancia y pasión hablaban mal de la Compañía, estaba dudoso de que el padre Francisco hubiese acertado, y no tenía el crédito que esta gente de Dios merece. Llegó a besar la mano al Emperador puesto de rodillas; el Emperador no se la quiso dar, y mandóle levantar y sentar. El padre Francisco suplicóle le dejase estar así, y que así le oyese, y tornando el Emperador a mandarle con instancia que se sentase, habló de esta manera:

-Suplico humilmente a Vuestra Majestad que me deje estar de rodillas, porque estando delante de su acatamiento, me parece que estoy delante el acatamiento de Dios, y si Vuestra Majestad me da licencia, deseo tratar de mi persona, mudanza de vida y religión, y hablar con Vuestra Majestad como si hablase con Dios Nuestro Señor, que sabe diré verdad en todo lo que dijere.

Entonces el Emperador dijo:

-Pues vos lo queréis, sea así; yo holgaré mucho de todo lo que cerca de esto me dijéredes.

-Yo, señor -dijo el padre-, por muchos títulos me conozco obligado a dar razón de mí a Vuestra Majestad, como vasallo y criado suyo, y como quien tantas y tan señaladas mercedes ha recibido de su poderosa mano. Hasta agora no ha habido coyuntura para hacerlo por la larga ausencia de Vuestra Majestad; y por cartas no se podía bien hacer. Yo, señor, fuí gran pecador desde mi niñez delante de Dios, y di muy mal ejemplo al mundo con mi vida y con mi conversación y algo puede Vuestra Majestad saber del tiempo que estuve en su imperial corte y servicio. Plugo a la divina bondad de abrir mis ojos y darme algún conocimiento de mis culpas. Propuse, mediante su divina gracia, corregir mis pasos y hacer enmienda de la vida pasada, y para esto apartarme del mundo y entrar en alguna religión donde con más perfeción pudiese conseguir este intento. Supliqué a Nuestro Señor que me encaminase a aquella religión en que El se había más de agradar. Puse de mi parte todos los medios que yo pude entender que serían eficaces para alcanzar esta gracia del Señor, y ofreciéronse muchas oraciones y misas por muchos siervos de Dios a esta intención. En esta deliberación yo me inclinaba, si tengo de decir verdad a Vuestra Majestad, a entrar en la religión de San Francisco, así por la antigua devoción de mis padres como porque yo desde mi niñez me crié en ella y siempre me agradó la pobreza, humildad y menosprecio del mundo, que profesa esta religión. Pero como los consejos y caminos de Dios son tan diferentes de los nuestros, certifico a Vuestra Majestad que todas las veces que me iba a determinar en esto, sentía en mi corazón una sequedad y desconsuelo tan grande, que me causaba grande admiración, porque no acababa de entender cómo deseando tanto mi alma una cosa tan santa y que a mi ver me estaba tan bien, la misma alma hallaba dentro de sí tantos desvíos y embarazos en la determinación y ejecución de ella, que la hacían no querer lo que quería, ni poner por obra lo que deseaba. Estos mismos efectos, y aun con más fuerza y claridad sentía, cuando quería entrar en cualquier otra de las religiones antiguas, ahora sea de las monacales, ahora de las mendicantes. Por otra parte, cuando se me ponía por delante la Compañía de Jesús regalaba Nuestro Señor mi espíritu con tal suavidad y dulzura, que la abundancia de esta consolación vencía la primera esterilidad y sequedad. Y esto, Sacra Majestad, me acaeció no una vez ni un día, sino muchas veces y largo tiempo, y habiendo pensado y considerado atentamente, me pareció que no era pequeña señal de la voluntad de Dios Nuestro Señor acerca de la elección de mi vida. No porque yo entendiese por esto que la Compañía era más perfecta y santa que las demás, sino que el Señor quería servir-se de mí más en ella que en las otras, y con esta diferencia de regalo y desconsuelo declararme su voluntad. Tras esto dábame el Señor por su misericordia un vivo y ardiente deseo de huir la honra y gloria del siglo y de buscar y abrazarme con el menosprecio y bajeza, y temía que si entraba en alguna desotras religiones que son respetadas por su antigüedad, sería tenido en algo, y por ventura hallaría en ellos lo que iba huyendo, y sería más honrado (como lo han sido otros sin quererlo) que lo fuera en el siglo. Lo cual no podía temer entrando en la Compañía, porque por ser religión nueva y la postrera que ha sido confirmada, por la santa Iglesia, no es conocida y estimada, antes es aborrecida y perseguida muchos, como sabe Vuestra Majestad, pasando en esto por la fragua que pasaron las demás religiones en sus principios. Y también consideraba que si un gran príncipe (cual Dios ha hecho a Vuestra Majestad) plantase algún nuevo jardín para su recreación, tendría en más acepto servicio cualquiera cosa por pequeña que fuese, que para ornato de él le presentasen, que si para otros jardines y vergeles muy acabados que tuviese, le ofreciesen otras cosas de mucho precio y estima; y parecióme que, pues todas las santas religiones son como unos huertos deleitosos y cerrados que Dios tiene en su Iglesia, habiendo yo de ofrecer a Su Divina Majestad como una plantilla desaprovechada y miserable le haría más grato servicio en ofrecérmele para este nuevo jardín de la Compañía, que él comenzaba a plantar, que si me ofreciera para cualquiera de los jardines de las otras santas y antiguas religiones, que están ya tan asentadas y acabadas. Y aunque estas y otras razones me persuadían que hiciera lo que hice, pero por no fiarme de mí en cosa tan grave, no lo quise hacer hasta que lo comuniqué con algunas personas espirituales de las mismas religiones antiguas, que eran varones de conocida prudencia y doctrina, y tenidos por siervos de Dios; los cuales, oídas mis razones, las aprobaron, y me encaminaron a la Compañía, y confirmaron esta elección, y puedo afirmar a Vuestra Majestad que siempre me ha hecho el Señor muchas misericordias en ella, y me ha tenido y tiene muy contento, y consolado y obligado por esta vocación y estado, a darle infinitas alabanzas y mil vidas que tuviese por su amor.

[Prosigue la materia empezada.]

Atento estuvo el Emperador a este razonamiento del padre Francisco, y con alegre semblante le respondió:

-Mucho me he holgado de saber de vos mismo todo lo que me habéis dicho de vuestra persona y estado, porque no os quiero negar que me causó admiración esta vuestra determinación, cuando me lo escribistes de Roma a Augusta; porque me parecía que una persona como vos, en la elección de religión debía anteponer las religiones antiguas, que están ya aprobadas con la experiencia y curso de largos años, a una religión nueva, que no tiene tanta aprobación, y de la cual se habla diferentemente.

-Sacra Majestad -dijo el padre, ninguna religión hay tan antigua y tan aprobada que en algún tiempo no haya sido nueva y no conocida, y no fue por el tiempo que fue nueva; antes la experiencia nos enseña que los principios de las religiones, y aun del mismo Evangelio y ley de gracia han sido los más floridos y más fervorosos y más abundantes de varones aprovechados en devoción y santidad. Y aunque la aprobación y experiencia de muchos años da crédito y autoridad a las religiones antiguas; pero no deben de ser desechadas las nuevas por faltarles esta aprobación que no pueden tener, pues tienen otra que no es menos cierta y segura para los fieles, que es la confirmación y aprobación de la Sede Apostólica, que alaba y da por bueno su instituto y modo de vivir. Bien sé que muchos hablan de la Compañía diferentemente, como dice Su Majestad, y que no falta quien, o por no saber la verdad, o por ventura por alguna pasión, nos impone cosas falsas e impertinentes. Pero paréceme a mí que se debe dar más crédito a los que vivimos en ella que a los que están fuera, y la miran de lejos y murmuran de lo que no saben. De mí aseguro a Vuestra Majestad, con aquella verdad que por tantas razones estoy obligado a decir en su acatamiento, que si yo supiera de la Compañía cosa mala o indigna de santa y perfecta religión, nunca pusiera los pies en ella, y si agora que estoy en ella lo supiese, luego me saldría de ella. Porque no sería justo que yo hubiese dejado esa miseria que dejé, y el mundo estima en algo, pudiéndola poseer en buena conciencia, para entrar en una religión donde Dios Nuestro Señor no fuese muy servido y glorificado.

-Yo lo creo por cierto como lo decís -respondió el Emperador-, porque siempre hallé en vuestra boca verdad. Mas ¿qué me responderéis a esto que se dice, que todos son mozos en vuestra Compañía y que no se ven canas en ella?

-Señor -dijo el padre-, si la madre es moza, ¿cómo quiere Vuestra Majestad que sean viejos los hijos? Y si esta es la falta, presto la curará el tiempo, pues de aquí a veinte años tendrán hartas canas los que agora son mozos. Y no somos tanto como se dice, que yo cuarenta y seis años he vivido, aunque pudieran ser mejor empleados. Y aun algunas casas nos envía Dios a la Compañía, que aquí viene conmigo un sacerdote viejo, que siendo de cerca de sesenta años, se nos vino a ser novicio, varón de aprobada doctrina y virtud.

Que era el padre Bartolomé de Bustamante, al cual mandó llamar el Emperador, y en viéndole le reconoció, y se acordó que había tratado con él negocios de mucha importancia en Nápoles, adonde le envió el cardenal don Juan Tavera, su amo, al Emperador, al tiempo que acababa la jornada de Túnez se detuvo algunos meses en aquella ciudad.

Más de tres horas gastaron en este razonamiento el Emperador y el padre Francisco, y el remate y el fin de él fue decirle Su Majestad que se había holgado mucho de haber oído del padre todo lo que le había dicho, y que él creía ser así. Y que aunque había estado dudoso y con alguna sospecha acerca de la Compañía por lo que había oído de ella, pero que agora, con su testimonio, quedaba muy satisfecho de la verdad y virtud que en ella había, y que de allí adelante la favorecería, así por servir en ello a Nuestro Señor como por estar en ella su persona. Y que en el señal que lo había de hacer, le quería dar algunos buenos consejos para la conservación y aumento de su religión. Y así lo hizo con grandes muestras de amor.

[Idem.]

Díjole después el Emperador:

-¿Acordáisos que os dije el año de 1542 en Monzón que había de retirarme y hacer lo que he hecho?

-Muy bien me acuerdo, señor -dijo el padre Francisco.

-Pues sabed cierto -dijo el Emperador -que no lo he dicho a nadie sino a vos y a fulano -nombrándole otro caballero principal.

Aquí respondió el padre Francisco:

-Bien entendí el favor que Vuestra Majestad me hacía en decirme lo que entonces me dijo, y así he guardado secreto y no lo he dicho a nadie; pero ahora bien me dará Vuestra Majestad licencia que lo diga.

-Agora que yo lo he hecho bien lo podéis vos decir -dijo el Emperador.

-También se acordará Vuestra Majestad que en aquel mismo tiempo yo le dije la mudanza que pensaba hacer.

-Tenéis razón -respondió él-, que bien me acuerdo. Bien habemos cumplido ambos nuestras palabras.

Preguntóle después de varios razonamientos el Emperador de sus penitencias y oración, y si podía dormir vestido.

Respondió el padre Francisco:

-Las muchas noches que Vuestra Majestad veló armado, han sido causa que agora no pueda dormir vestido. Pero hagamos gracias a Nuestro Señor, que tiene Vuestra Majestad merecido más en haber pasado las noches armado defendiendo su fe y religión, que merecen muchos religiosos por dormir vestidos de cilicios en sus celdas.

Con esto se acabó el coloquio digno de memoria entre el Emperador y padre Francisco Borgia, el cual, habiéndose detenido tres días en Yuste, pidió licencia, y el Emperador le encargó mucho que le volviese a ver, y mandó a Luis Quijada que le diese docientos ducados de limosna, y que no le admitiese réplica alguna para no tomarlos, y que le dijese de su parte que, aunque era poca la limosna, que en respecto de lo poco que al presente Su Majestad tenía, nunca le había dado tanto en cuantas mercedes le había hecho, cuando estaba con la carga de su Imperio.

El Emperador escribió algunos de sus hechos. -Juramento ordinario del Emperador.

Otras dos veces estuvo en Yuste el padre Francisco Borgia; la una, llamándole el Emperador para enviarle a Portugal a dar el pésame de la muerte del rey don Juan y tratar cierto negocio de importancia con la reina doña Catalina, su hermana, y la otra, cuando volvió con la respuesta de esta embajada. Una de estas veces le preguntó el Emperador si le parecía que había algún rastro de vanidad en escribir el hombre sus propias hazañas, porque él había escrito todas las jornadas que había hecho, y las causas y motivos que había tenido para ellas; y que no le había movido apetito de gloria, ni de vanidad, sino sólo porque se supiese la verdad; porque los coronistas de aquellos tiempos que él había leído la oscurecían, o por no saberla o por sus aficiones y pasiones particulares. También pidió al padre Francisco Borgia que le avisase de algunas personas y cosas muy importantes tocantes a su imperial servicio y al bien de los reinos, y habiéndolo hecho el padre como el Emperador se lo mandaba, y suplicado a Su Majestad que le guardase secreto y no supiese nadie lo que él le escribía, lo guardó tan puntualmente, que volvió los papeles de su propria mano al mismo padre, diciéndole:

-Bien podéis creer que ninguno los ha visto sino yo.

En que se ve la gran prudencia, modestia, celo y verdad del glorioso Emperador, y cuán bien decía de sí que se preciaba más de hombre de bien que de Emperador, porque los hombres de bien eran pocos y los Emperadores muchos, y así su juramento ordinario era A fe de hombre de bien.

Otras cosas muchas he oído del Emperador y su gran virtud, dignas cierto de memoria; entiendo bastan las que desde su juventud he contado para conocer que fue uno de los mejores príncipes que ha tenido el mando. Diré agora su muerte, que no fue menos ejemplar que la vida.

Muerte del Emperador a 21 de setiembre, año 1558, en edad de cincuenta y siete años, siete meses y veintiún días, habiendo reinado cuarenta y tres años y gobernado al Imperio treinta y ocho con suma justicia y satisfacción de las gentes. -Pide la unción con la ceremonia que se da a los frailes. -Devoto del sacramento de Eucaristía. -Llega Carranza, arzobispo de Toledo. -Muere con el nombre de Jesús en la boca. -Con esta voz murió la reina su madre. -Cometa que precedió su muerte.

Dicho tengo cómo el Emperador en el tiempo más florido de su Imperio tenía cada día hora señalada para retirarse a la contemplación; lo mismo hacía en Yuste, aunque le fatigaban sus penosos ages. Decía de ordinario, levantando los ojos a Dios y pidiéndole la paz y uniformidad de la Iglesia: In manus tuas Domine tradidi Ecclesiam tuam, que es: «En vuestras manos, Señor, puse vuestra Iglesia.» Lloraba y confesaba sus faltas, diciendo de ordinario que en toda su vida no había servido un solo día como era obligado a Nuestro Señor, que cierto confunde al religioso más perfecto.

El argumento y título de esta historia fue de la vida y hechos del Emperador Carlos V, Máximo, Fortísimo, y acabo con la muerte y hechos de ella, porque ninguno de los reyes tuvo más.

Estando, pues, Su Majestad con la vida ejemplar y santos ejercicios en Yuste, que he dicho, llegó su hora. Habíale dejado la gota por muchos días; vínole una terciana al contrario de otras que solía tener, que le duraba doblado tiempo el frío más que la calentura, por lo cual le sangraron dos veces, y en lugar de quitársele dobló, y fue tanto creciendo, que se alcanzaba la una a la otra, y así iba desfalleciendo cada día más, y si bien Su Majestad tenía cuenta con la salud del cuerpo, haciendo lo que los médicos ordenaban, mayor cuidado puso en lo que tocaba al alma, confesándose a menudo; hizo su testamento y última voluntad, ordenando en él lo que diré.

Y como ya estuviese muy al cabo, comulgó, y luego pidió la extremaunción, la cual le trajeron a la noche, y pareciéndole al prior que estaba congojado y que las ceremonias de la unción de los frailes era larga, porque se habían de decir los siete salmos penitenciales con su letanía y versos y oraciones, dijo el prior a Luis Quijada, que estaba junto a la almohada, que le preguntase si quería que dijesen la larga de los frailes o otra breve. Respondio que le oleasen como a fraile, y así se hizo, y el Emperador iba respondiendo a los versos de los salmos con los frailes, y después comenzó a estar un poco mejor. Quitósele totalmente la gana del comer, en tanto que, como Luis Quijada le importunase llorando que Su Majestad tomase alguna cosa, díjole:

-No me seáis molesto, Luis Quijada, yo veo que me va la vida en ello, y con todo eso no puedo comer.

Y a la mañana dijo que quería tornar a comulgar, y como le dijese el confesor que ya había tomado la extremaunción y que no era menester tornar otra vez, a comulgar, respondió:

-Si bien no sea necesario, ¿no os parece que es buena compañía para jornada tan larga?

Y así tornó a comulgar, diciendo con lágrimas ardientes de devoción: In me manes, ego in te Maneam, que es: «Estás en mí, yo estaré en ti»; porque era devotísimo del santísimo sacramento de la Eucaristía, y todo el tiempo que estuvo en Yuste le decía el convento una misa cada jueves del Sacramento con gran solemnidad en canto de órgano. Y aquella tarde, antes que le oleasen, llegó el arzobispo de Toledo, Carranza, el Desdichado, aunque no le pudo hablar aquella tarde, al cual había estado esperando con gran deseo después que desembarcó de Ingalaterra, porque tenía gana de reñir con él sobre que le habían dicho algunas cosas no tan bien sonantes de sus opiniones, porque como él tenía aquella fe tan viva, no había cosa que fuese contra aquello que no le diese mucha pena.

Y como tornase el otro día para hablar a Su Majestad, por el conde de Oropesa, que se lo suplicó, le mandó entrar y mandó que le diesen silla; pero no le habló, y a la noche tornó a empeorar, y después de las dos de la media noche, estando todos sosegados dijo: «Ya es tiempo; dad acá aquella vela y aquel crucifijo», y con estar tal que cuatro barberos apenas le podían rodear en la cama, se volvió del lado con tanta ligereza como si no tuviera mal, y tomando en la una mano la candela y en la otra el crucifijo, estuvo un poquito mirando en el Cristo sin hablar, y luego dio una voz grande, que se pudo oír en los otros aposentos, diciendo: «Ay, Jesús.» Y con ella dio el alma a Dios; lo cual no pareció que se pudiese hacer sin milagro, que expirando pudiese dar naturalmente aquella voz tan recia y bien formada, por manera que este glorioso príncipe y su madre murieron con el dulcísimo nombre de Jesús en la boca. Pasó de esta vida a 21 de setiembre, año 1558, habiendo 58 menos siete meses que nació.

Ataúd en que pusieron el cuerpo.

Muerto el Emperador, todo aquel día y el siguiente hasta la tarde estuvieron aderezando el cuerpo y haciéndole un ataúd de plomo en que le metieron y soldaron, y aquél en otro de tablas de castaño grueso de donde no se podía salir cosa que se deshiciese del cuerpo, y quedó tan pesado, que apenas le podían menear diez o doce hombres, y encima de las tablas lo cubrieron de terciopelo negro, y así le llevaron al altar mayor por la puerta que sale de su aposento, y le metieron debajo del altar, como él había mandado, ayudando a ello el arzobispo, conde de Oropesa; el comendador mayor de Alcántara, Luis Quijada; haciendo los frailes el oficio del entierro con hartas lágrimas, y no hacían mucho, pues yo, que por sola relación sé su vida, las derramo.

También me dijeron por cosa muy particular de este príncipe, que muchos años trajo consigo el ataúd en que había de ser puesto, y se lo ponían debajo de su cama. No sé si es cierto; sé que lo hizo su abuelo Maximiliano. El prior no lo dice; pudo ser, y despues parecer que no era conveniente, y así hicieron el de plomo y el de castaño. Tráelo un padre bernardo en el libro que compuso intitulado Monarquía mística de la Iglesia; en el símbolo quinto, folio 79, dice que seis años antes que muriese hizo hacer su mortaja, y la trajo consigo. y cita a Pedro Gregorio, lib. 6, e. III, p. 8, y entiendo que ambos se engañan, porque cosa tan notable como aquí digo no la callara el prior de Yuste, que por tan menudo cuenta su vída y muerte en el monasterio.

Viene el corregidor de Placencia, y quiere apoderarse del cuerpo. -Sacan de la sepultura el ataúd y ábrenlo. -Un pájaro notable que se vio cinco noches arreo.

Dos días después de la muerte del Emperador vino el corregidor de Placencia, acompañado de todos sus ministros y letrados, y hizo ciertos autos y protestos, diciendo que Su Majestad había muerto en su jurisdición y que a él tocaba poner cobro en su cuerpo, so pena de que le castigarían, y que lo habían de depositar en parte segura, y como le dijeron que lo depositase en poder del prior del monasterio, dijo que le placía; pero que el escribano diese fe y testimonio del depósito y de lo que depositaba, y así que era necesario desenterrarlo y verle el rostro.

Y no obstante que el prior dijo que él le conocía, y que él lo había sepultado, y que él mismo se constituía por depositario, no aprovechó, sino que se hubo de deshacer el tabique y sacarle fuera, y abrir los ataúdes, y descoserle las mortajas hasta verle el rostro, y así se hizo el depósito en el dicho prior de Yuste. Hiciéronle las honras los tres días siguientes, y el arzobispo de Toledo dijo la misa los tres días, y por diácono el prior del monasterio, y subdiácono otro prior de Granada. Mandáronse decir quince misas rezadas cada día, y los jueves la del Sacramento cantada, conforme a la devoción del santo Emperador.

Mandó Su Majestad al monasterio todas las provisiones que tenía hechas para su casa, y la botica, y a todos los cantores y predicadores que por su respeto habían venido allí, a cada uno cincuenta ducados para vestirse y volverse a sus casas, y al prior ciento, y a los hijos del monasterio que eran cantores y al sacristán cada cincuenta, y al confesor cuatrocientos ducados de por vida, los cuales se le dieron en una pensión. Acabadas las honras de los tres días, se partieron todos los criados a Valladolid, exceto tres flamencos, que quedaron a guardar algunas cosas que no se podían llevar luego.

Y dice el prior que antes que éstos se fuesen, que fue dentro de ocho días, la noche que se cumplía el setenario, una hora poco más después de anochecido, queriéndose él acostar oyó un ladrido como de perrillo, y pensando que era un perrillo que tenían los flamencos, salió de la celda y vio muchos frailes echados de pechos sobre los corredores, que hacía muy clara luna, y díjoles el prior:

-Este perrillo nos ha de dar mala noche si no le echamos fuera.

Respondieron los frailes:

-Padre, no es perrillo, sino aquella ave que está encima del tejado de la capilla, la cual vieron venir de hacia Jarandilla, que es de la parte del Oriente, y ha dado cinco gritos con algún intervalo de uno a otro.

Y miró el prior, y viola, y era tan grande como un cisne, salvo que de medio adelante era negra, y la otra parte blanca, y estúvose queda un rato, y después voló hacia Gargantalaolla, que es hacia parte del Poniente, y veíanla tan claramente como si fuera de día, porque demás de ser muy clara la luna estaban los padres casi en el mesmo peso del tejado, porque el claustro está de la parte de arriba tan alto y más que la iglesia, y con esto se fueron a dormir sin tratar más de ello. Y la noche siguiente, a la mesma hora, volvió aquella ave de la parte de Oriente, como la noche antes, y se asentó en el mesmo lugar encima del tejado, en derecho de la sepultura donde estaba el cuerpo de Su Majestad, y dio los mesmos gritos y al mesmo compas.

Y como los frailes estaban alterados de lo que habían visto la noche antes, al primer grito no quedó fraile en el monasterio que no acudiese a verla, y volándose fue de la mesma manera que la noche pasada, y por el mesmo lugar, y así quedaron como espantados todos; y lo mismo hizo, sin faltar punto, la tercera noche, y la cuarta, y la quinta, y nunca más volvió, ni pareció, ni hubo fraile que dijese haber visto ave como aquélla, que parecía como un buitre grande, y de las dos colores, la mitad del cuerpo negro y la otra mitad hasta la cabeza blanco, ni en aquella tierra jamás se vio semejante pájaro. Y si bien es verdad que podía ser alguna ave extranjera, que anduviese perdida por aquella tierra, pero considerando que vino siempre a una misma hora y por una parte, y que daba los cinco gritos a un mismo compás, y se ponía en un mesmo lugar y se iba sin parecer más, imaginaban que debía de ser alguna señal del cielo, como las suele Dios dar, según se lee de muchos santos, que o están ya gozando de El, o en camino de salvación para los gozos eternos.

Honras por el Emperador.

Hicieron en San Benito el Real, de Valladolid, las honras del Emperador. Predicó el padre Francisco Borgia, duque que fue de Gandía, y de la Compañía de Jesús, tomando por tema: Ecce elongavi fugiens, et mansi in solitudine. «Alejéme huyendo y permanecí en la soledad.» Lo que más encareció de los hechos de este príncipe, y con razón, fue el haber dado de mano al mundo, y despedídose de él antes que el mesmo mundo le despidiese, como suele. Y que fue mayor esta vitoria, más glorioso este triunfo, que los que alcanzó de tantos enemigos, poniendo a los pies de Cristo las coronas Imperial y Real, para mejor buscarle y gozarle a sus solas, y alcanzar la eternidad bienaventurada para que fuimos criados. Dijo, entre otras alabanzas del César, que había oído de su boca que desde que tuvo veintiún años de edad había tenido cada día un rato de oración mental.

Era presidente de Castilla en este tiempo Juan de Vega, señalado caballero, de valor y prudencia notable. Escribió una carta luego que se supo la muerte del Emperador al padre Diego Laínez, prepósito general de la Compañía de Jesús, diciendo en ella con graves y sentidas palabras el fruto que de la muerte del Emperador se podía sacar. Y porque de la carta lo saquemos la pondré aquí, como Juan de Vega la escribió:

Carta de Juan de Vega sobre la muerte del Emperador.

«El Emperador (dice) Nuestro Señor Dios fue servido de llevarle para sí, que, según las buenas señales que de cristiano dio en su fin y la devoción y esperanza con que murió, así se puede esperar y piadosamente creer. Falleció a los 21 de setiembre en aquel monasterio de Yuste con tan poco ruido de los grandes ejércitos que por mar y por tierra trajo, con que tantas veces hizo temblar el mundo, y tan poca memoria de sus falanges armadas, y estandartes, y señas tendidas como si todos los días de su vida hubiera vivido en aquel yermo. Ha sido cierto cosa de gran consideración para lo que se debe estimar este mundo, si quisiésemos mirar en ello, haber visto el fin del mayor hornbre que ha habido en él, grandes tiempos ha, tan cansado de él y tan desengañado, que antes que se acabase la vida no pudo sufrir su manera de vivir, ni los trabajos que traen consigo la gloria y grandezas de él; y de todo ello no se aprovechó, sino antes le tuvo por superfluo y dañoso en su fin, sino ocurrir a la misericordia de Dios y a los méritos de su pasión. Encomendóse siempre a un crucifijo que tuvo en las manos, con que murió la Emperatriz que haya gloria, que desde entonces tuvo guardado para aquella hora. Bien creo que vuestra paternidad habrá hecho encomendar el ánima de Su Majestad Cesárea a Dios por todas las casas de la Compañía, porque allende de haber muerto rey y príncipe natural, fue bienhechor de ella por los colegios que fundó en Sicilia. De Valladolid, 7 de octubre 1558.»

Honras que el rey don Felipe mandó hacer en Bruselas en la iglesia de Santa Gúdula, jueves y viernes 29 y 30 de diciembre año 1558.

Estando el rey don Felipe en Arrás después de haberse levantado con su campo del cerco de Durlan, que fue en fin del mes de octubre, tuvo nueva cierta que el Emperador era muerto a 21 de setiembre. Mandó al conde de Olivares que viniese a Bruselas a dar orden y mandar aparejar lo que fuese menester para las honras, el cual vino y hizo y ordenó lo que convenía. Después de mandado esto y dado orden en otras cosas, vino el rey a una abadía que está dos leguas de Bruselas, que se llama Grumandala, donde estuvo hasta miércoles 28 de diciembre, que supo estaba todo aparejado, y así entró en Bruselas de noche.

Mandóse que en esta villa y en todos los otros pueblos de aquellos Estados se doblasen las campanas de todas las iglesias y monasterios cuarenta días antes que las honras se hiciesen, tres veces al día, a las seis de la mañana, a mediodía y a las seis de la tarde, y que en todas las iglesias y monasterios se hiciesen honras particulares, asistiendo en ellas los gobernadores de cada tierra, como se hizo. Mandaron cesar las máscaras y todo género de regocijo, que en este tiempo suele haber en la villa. Dióse luto a toda la casa de Su Majestad y a los pensionarios que fueron criados de la Majestad Imperial, que serían hasta dos mil personas; y vistieron de lobas y capirotes docientos pobres de estos Estados que fuesen a las honras. Y porque siendo las principales conquistas las que en tiempo del Emperador se habían hecho en la mar, pareció que sería bien hacerse una nao, en que fue la memoria de todas las vitorias, y se hicieron dos columnas de la divisa de Su Majestad que iban detrás de la nao. Aparejáronse fuera de esto muchas banderas y estandartes cubiertas de caballos, y otras insignias, que se llevaron a las vísperas con la divisa y orden que se dirá.

La orden que se tuvo en el caminar a las honras de Su Majestad Imperial, jueves 29 a vísperas, con ocho insignias que se llevaron.

Iban primeramente en procesión toda la clerecía y frailes de las iglesias y monasterios de Bruselas con cruces delante, y vestidos con sus capas y casullas, y velas de cera blanca ardiendo en las manos, que era muy gran número de personas.

Iban luego los capellanes y cantores de la capilla del rey por orden, de dos en dos, y tras éstos los abades, obispos y perlados de estos Estados vestidos de pontifical, con la orden que los capellanes, en que hubo veinte y una mitras. Seguíanse luego los abogados y otras personas de letras de esta villa, y diputados de los Estados; y tras ellos, el presidente de la Cámara de Cuentas de Brabante y Lucemburg y los oidores de las cuentas. Iba luego el presidente o chanciller de la Chancillería de Brabante, y con él, el droser de Brabante y preboste. Luego se seguían los docientos pobres que se vistieron con lobas y capirotes puestos sobre las cabezas, y cada uno con una hacha de cera ardiendo, y en cada hacha puestos dos escudos de las armas de Su Majestad Imperial.

La casa del rey iba con el orden siguiente.

Todos los oficiales de mano y de la caballeriza que son armeros, silleros, guarnicioneros, sederos, carpinteros, pintores, entalladores, relojeros, cerrajeros, herrador y de otros oficios, y las ayudas de furrieres y furrier mayor; luego, las ayudas de oficios de la casa de la Majestad Imperial, los porteros de la casa de Su Majestad y de Consejo, los alguaciles de Corte con sus bastones negros en las manos. Iban luego los aposentadores, los jefes de oficios y los jefes pensionarios de la Majestad Imperial y los continos de la casa del rey, los cirujanos, médicos, boticarios y barberos, y médicos de Cámara. Seguíanse luego los ayudas de cámara, guardarropa, guardajoyas y los pajes con su ayo y capellán y ayuda de capellán, y luego los costilleros de la casa del rey, y los barleservans, los gentileshombres y pensionarios del Emperador.

Tras éstos iban cuatro atabales que los llevaban dos hombres cubiertos con cubiertas de tafetán cubierto de oro, excepto el águila negra; los trompetas, con sus banderas desplegadas, y al contrario sobre el lado izquierdo. Luego se seguía un rey de armas del Emperador, y a mano derecha del otro, porservante con cota del de Henaut y a mano izquierda otra de Artoes.

Luego iba un estandarte (que se dice corneta) de tafetán, que era largo y angosto, tan ancho en la punta como en la lanza, en que iba pintado, todo de oro fino, el Plus Ultra, con sus columnas, y la aspa de Borgoña con su eslavón y pedernal de la Orden del Toison, y la resta llena de llamas de oro, el cual llevaba don Pedro de la Cerda, gentilhombre de la casa del rey. Iba luego otro estandarte, que dicen el Guidon, de colores, que era de tafetán negro, y en él pintadas las armas del Emperador, todo cubierto de oro fino, excepto el águila negra, que iba de la color de la seda; llevábale monsieur de Castro, gentilhombre de la casa del rey. La tarja iba luego de la misma seda que el Guidon y con las mismas armas, y junto a él, el yelmo de justa, y llevábanlo, la tarja, a la mano derecha. Próspero de Lalin, y el yelmo, a la izquierda, don Juan de Castilla, gentilhombre del rey.

La nao se seguía luego, que era larga, a manera de galera, excelentísimamente fabricada, la cual iba llena de banderas de todos los reinos de Su Majestad, y en la popa iba la Caridad vestida de raso carmesí, que llevaba el Heme, y al mástil mayor la Fe, vestida de blanco, llevaba en la mano izquierda un cáliz y en la derecha una cruz, y a la proa iba la Esperanza, vestida de morado, y llevaba el áncora en las manos. En los costados de esta nao iban pintados de muy excelente mano los triunfos siguientes:

La conquista de la Nueva España, la del Pirú, y cómo los convirtió a la fe de Cristo; cómo echó los tiranos de Génova y la libertó. La conquista del Estado de Milán tres veces con dos batallas, y cómo la volvió las dos veces al Imperio, y la tercera al duque natural. Cómo resistió al Turco en Viena. La conquista de Túnez, y cómo la restituyó al rey su vasallo, y diez y nueve mil cautivos que libertó. La batalla que ganó a Barbarroja con la toma de la Goleta. Cómo ganó a Modín y Corron. Dos batallas en el mar que se ganaron contra turcos. Cómo ganó el Estado de Güeldres. Cómo pasó el Emperador el río Albis y pacificó a Alemaña y Bohemia. Cómo ganó a Africa y Monasterio. Cómo ganó a Tremecén y se volvió al rey su vasallo. Más arriba, y en las velas de esta nao, que eran de tafetán negro, en una que iba tendida iban unas letras en latín que decían:

Imperatori Ces. Carolo Max. P. F. Aug. Gal. Indico, Turc. Aphrico. Saxo. victori triumphatorique multarum gentium. Tametsi res ab eo terra, marique gestae, singularis humanitas, incomparabilis prudentia, ardentissima religio, satis terrarum orbi conspicuae sunt: Respublica tamen christiana ob memoriam iustitiae, pietatis, virtutisque eius, victoriam navim quae mundum circumiscit, quem suis ipse victoriis illustravit.

P. D. S. R. P.

Proeterea, quod novum orbi nostro orbem patefecerit exteris, gentibus christiano nomine additis, multisque regnis, provincisque aucto Hispaniarum Imperio.

Quod Solimanum turcarum imperatorem cum CCC. eqq. M. peditum Germaniae impendentem ruptis in fuga pontibus, amissisque XX. M. eqq. in suos fines compulerit Germania servata.

Quod classe Penopolesum invadens civitates turcarum Metonem, et Coronem vi coeperit.

Quod Barbarroxam tyrannum cum CC. M. peditum XVI. M. eqq. proelio ad Cartaginem superatum, arce Goleta LX. trirremibus, multis piraticis navibus, omni nautrio, bellicique aparatu, ipsa tuneto Hippone, novo Hippone Regio civitatibus captis regno Tunetano, imperioque Lybiae spoliaverit, restituto vectigalique facto veteri legitimoque rege.

Quod unde viginti christianorum millia eo bello liberata in patriam reduxerit.

Quod regnum Tremecen de iusto proelio Mauritaniae regi restituerit.

Quod Aprhodisium Lybiae nobilissimum emporium Sussam Monasterium et Clupeam classe coeperit maritimasque Lybiae civitates, principesque vectigales fecerit.

Quod duas turcarum classes nostrum mare infestantes duobus poeeliis, altero ad littus Mauritaniae altero ad Siculum deleverit.

Quod assiduis piratarum rapinis mare infestatum navigantibus securum reddiderit.

Quod pristinam genuensium reipublicae libertatem restituerit.

Quod ducatum mediolanensem exercitibus hostium repulsis, tribusque magnis proeliis deductis. Imperio romano bis, duci semel restituerit.

Quod incredibili celeritate ducatum geldrensem armis suae ditioni restituerit.

Quod praeclaro rei militaris peritiae exemplo primum cunctando: mox longis difficilibusque itineribus celerrime confectis, Albique trammisso, tumultuantis Germaniae motus, pacata insuper Bohemia victor sedaverit.

Quod plures germanorum principes et provintias tumultuantes compresserit, praesidia, civitatesque vi coeperit, ducibus copiarum fussis, et pacata Germania.

Quod Romanorum imperator Albin trajecerit, atque hostibus praelio victis civitatibusque in ditionem acceptis, urbibus captis, ducibusque victor inde redierit.

Quod contra Christi nominis hostes sponte, contra christianos non nisi lacessitus, et iniuriam propulsans, arma sumpserit.

Fortisimo catholico optimoque principi titulos tropheaque additis Tumulo, regnorun signis devictarumque gentium imaginibus eadem Christiana respublica munivit Majestatique ejus devotissima. P.

Ad Indias.

Non auri sitis, aut fame ambitiosa cupido,

Non sceptri persuasit amor tot adire labores,

Humani sed te generis pia cura coegit,

Navibus ignotas investigare per oras.

Quis sacra inferres, populos Christoque dicares

Membra salutifere lustrans aspergine limphe.


Ad Indos.

Successus neque te, Caesar, spes certa petiti

Destituit, donec de littore solvit Ibero,

Neptuno sternente viam et tritonibus undis

Auspiciis veneranda tuis trausque equora vecta

Religio tandem auriferis allabitur oris.

Luce nova erradians mersas caligine mentes.


Illius triumphi ordine recensentur.

1. Orbe novo invento,

2. Fide Indis invecta (que reductis,

3. Tuneto capto etrestituto captivis,

4. Asserta Genua.

5. Germania Bohemiaque sedatis,

6. Geldria, recepta,

7. Aphrodisio deleto,

8. Mari pacato,

9. Tremisseno restituto,

10. Solymano prosligato.

11. Metone, Caroneque vi captis,

12. Mediolano vindicato.

Ad Columnas.

Iure tibi Herculea sumpsisti signa columnas

Monstrorum domitor temporis ipse tui.

Domino nostro Imperatori Caes. Carolo Pio Felici, August. Regi multorum regnorum, triumphatori multarum gentium, victori Indorum, victori Lybiae, victori maurorum, victori turcarum,victori piratarum, liberatori Germaniae, liberatori Italiae, liberatori maris, liberatori captivorum, pacatori Germaniae, pacatori Italiae, pacatori Hispaniae, pacatori maris, restitutori multorum pricipum, arbitro multorum principum, gloriossisimo catholicorum principi, respublica christiano exemplum justitiae, clementiae, fortitudinis ejus pientissimo filio praeponens devotissime dicavit.

Deus optime, maxime, trinus et unus hos tibi titulos tropheaque populus christianus consecrat, ob memoriam rerum gestarum Caroli Caes. Augu. quem romanorum Imperatorum, regemque multorum regnorum tu fecisti: cujus pietatem, iustitiam, clementiam, prudentiam, magnanimitatem, fortitudinem orbis miratui, imperium ipse regnaque tuis auspiciis auxit, illud fratri haec filio vivens relinquit, cum exemplo virtutum, quas mortuus secum ad te defert.

El romance del latín de atrás.

Al Emperador Carlo César Máximo Augusto, victorioso en Francia, en Indias, Turquía, Africa, Sajonia, vencedor y triunfador de muchas gentes. Aunque las cosas que hizo por tierra y mar juntamente con su singular humanidad y prudencia incomparable y gran cristiandad son harto notorias a todo el mundo; no obstante esto, en memoria de su justicia, piedad y virtud, la república cristiana le dedicó rogando a Dios por él, la nave «Victoria» que dio vuelta a todo el mundo, el cual, dejó lleno de sus victorias.

Demás de esto, porque descubrió otro nuevo mundo, juntando a la Cristiandad gentes extrañas, acrecentando el Imperio de España con muchos reinos y provincias.

Porque viniendo el Turco sobre Viena con trecientos mil caballos y cien mil infantes, le hizo salir huyendo de los términos de Alemaña, dejando rotas las puentes por donde pasaba, y con pérdida de quince mil caballos.

Porque yendo su armada a la Morea por fuerza de armas tomó las ciudades de los turcos que se llaman Motín y Corron.

Porque cerca de Cartago dio la batalla al tirano Barbarroja, que tenía docientos mil infantes y diez y seis mil caballos, y lo venció y deshizo del reino de Túnez y imperio de Africa, tomando la Goleta, donde había sesenta galeras y otros muchos navíos de cosarios con vituallas y munición de guerra, y a Túnez con otras dos ciudades, en lo cual restituyó al rey antiguo que legítimamente lo era, haciéndole su tributario.

Porque en esta misma guerra sacó de cautivos diez y nueve mil cristianos y los envió a sus tierras.

Porque yendo su armada, tomó por asalto a Africa, que es muy principal lugar de trato en aquella provincia, y la Cusa y Monasterio, y Cheppa, y hizo sus tributarios todos los príncipes y ciudades marítimas de Africa.

Porque en dos batallas navales desbarató su armada a dos armadas del Turco, que hacían mucho daño en nuestra mar. La una cerca del estrecho de Gibraltar, y la otra en el mar de Sicilia.

Porque aseguró la navegación a los que navegaban, que antes recibían mucho daño con los continuos daños de los cosarios.

Porque restituyó en su antigua libertad a la república de Génova.

Porque restituyó el Estado de Milán dos veces al Imperio y una al duque, haciendo que se retirasen los enemigos seis veces con sus ejércitos y venciéndoles en tres batallas señaladas.

Porque con increíble presteza tomó por fuerza de armas el ducado de Güeldres y lo restituyó a su señorío.

Porque haciendo grandísima dernostración de entender muy bien las cosas de la guerra, al principio deteniéndose, y después caminando con mucha presteza largos y difíciles caminos, y pasando el río Albis, siendo vencedor, se sosegó toda Alemaña, que estaba llena de movimientos, y apaciguó a Bohemia, que se había levantado.

Porque contra los enemigos de la fe siempre tomó las armas por su voluntad y contra los cristianos nunca, sino siendo provocado, y para defenderse.

Por todas estas y otras muchas cosas, la mesma república cristiana, devotísíma de Su Majestad, dedicó a su sepultura y honras del fortísimo, católico y óptimo príncipe, los ditados y vitorias, y banderas de sus reinos, y las figuras de la gente que venció.

A las Indias.

No codicia de tesoros, ni ambición de fama, ni deseo del Imperio te compelió a tantos trabajos, sino el piadoso cuidado del género humano, y buscar con navíos las tierras no conocidas, y llevarles y darles cosas sagradas, y dedicaste los pueblos a Cristo con el salutífero sacramento del bautismo.

A los indios.

O César que tan poco faltó buen suceso a la cierta esperanza de lo que pretendías; porque en tu buena dicha, desde que tu armada partió de la ribera de Andalucía, haciendo Neptuno el camino con sus tridentes mojados, la religión cristiana fue llevada desotra parte del mar, y al fin llegó a las regiones donde se cría el oro, dando claridad con nueva luz a las almas hanegadas en la escuridad.

A las columnas.

Domador de los monstruos de su tiempo, justamente tomaste por insignias las columnas de Hércules.

Esta nao iba encima de una mar sin que nadie viese con qué se llevaba, y en esta mar había algunas islas de tierra que significaban las Indias, y en ellas banderas abatidas. Iban dos monstruos marinos en la delantera desta nao, que parecían salir del mar.

Detrás, a ocho pasos, venía una mar, y en ella dos peñas, donde iban asentadas las dos columnas que eran muy grandes, y encima de ellas las coronas imperiales, y dos monstruos marinos de extraña manera, que parecía que nadando por la mar las guiaban, y en las columnas la letra de arriba. Luego iba el caballo de justa encubertado hasta el suelo con una cubierta de los colores que Su Majestad imperial traía, que son amarillo, morado y pardo, en que iba pintado un Santiago a caballo, y las dos columnas de Plus Ultra con las armas del Emperador, y el aspa de San Andrés de Su Majestad imperial, con el eslabón y pedernal de la orden del Toisón, el cual llevaba de diestro Francisco Marles de Malla y Antonio de Broselle, gentileshombres de la casa del rey.

Seguíale el grande estandarte de las mismas colores y armas, todo cubierto de oro y plata, el cual llevaba Estéfano Doria, gentilhombre de la boca, y tras él los gentileshombres de la cámara del rey, y de la Majestad Imperial. Luego los señores de título, condes, marqueses y barones, y detrás un rey de armas con cota del Imperio, y a la mano derecha otro rey de armas de Brabante, y al izquierdo otro de las armas de Flandres. Luego iba un caballo encubertado todo de tafetán doble, y en la cubierta pintadas las armas del condado de Flandres, de oro y plata, y encima de la testera, puesto un penacho de plumas grandes de las mismas colores, al cual llevaban de diestro don Juan Mausino y Gueri de Breth, gentileshombres de la casa del rey, y la bandera de Flandres luego en que ya iban las mesmas armas de un lado y de otro, que llevaba Filipe de Lanov, de la boca del rey. Tras él iba otro caballo de Güeldres, en que iban las armas del mesmo ducado de Güeldres, que lo llevaban de diestro don Pedro de Reinoso y Costonfo de Villet, gentileshombres de la casa del rey, y la bandera con las mismas armas de un cabo y de otro, que la llevaba monsieur de S. Pené, de la boca. Luego otro caballo de Brabante con las armas de aquel Estado, llevándolo de diestro don Juan Niño de Portugal y Mos de Charrani, gentileshombres de la casa del rey, y una bandera con las armas del mismo estado de un cabo y de otro, que llevaba don García Sarmiento, de la boca del rey.

Iba otro caballo encubertado que llevaba las armas de Borgoña, y lo llevaban Juan Bautista Suárez y Charles de Armestor, gentileshombres de la casa del rey, y la bandera con las armas del mesmo ducado de Borgoña, que llevaba Héctor Espínola, de la boca. Otro caballo en que iban las armas de Austria, que llevaban don Martín de Goñi y Andrés de Vacañera, gentileshombres de la casa del rey, y una bandera con las mismas armas, que llevaba don Juan Tavera, de la boca.

Iba un rey de armas con la cota de armas del Imperio, y a la mano derecha otro con las de Austria, y a la izquierda, otro con las de Borgoña. Iba otro caballo encubertado en que iban las armas del reino de Córcega; llevábanlo don Felipe de Silva y monsieur de Iaso, gentileshombres de la casa del rey, y luego la bandera con las armas del mismo reino de una parte y de otra, llevaba Lelio Doria, de la boca. Iba otro caballo con las armas del reino de Cerdeña, y lo llevaban don Carlos de Arellano y Charles Venderno, gentileshombres, y don Pedro Manuel, de la boca, con la bandera de las armas del mismo reino. Y las armas del reino de Sicilia en otro caballo, que llevaban Mos de Mol y monsieur de Mariñín, gentileshombres, y el conde de Salma, de la boca, con la bandera de las armas de este reino. Las armas del reino de Mallorca en otro caballo, que llevaban dos Diego de Rojas y Bransion, gentileshombres de la casa del rey, y las armas del mismo reino en su bandera, don Gonzalo Chacón, de la boca. Y en otro caballo encubertado las armas del reino de Galicia, y lo llevaban don Pedro de Velasco y Godofre de Bauromburque, gentileshombres de la casa del rey, y la bandera con las armas de este reino, don Juan de Avalos de Aragón, gentilhombre de la boca. Las armas del reino de Valencia iban en otro caballo, que llevaban don José de Acuña y Felipe de Venacut, gentileshombres de la casa del rey, y don Rodrigo de Moscoso, de la boca, la bandera con las armas del mesmo reino; y en otro caballo iban las armas del reino de Toledo, que llevaban don Francisco Manrique, caballerizo, y Charles de Longastie, gentileshombres, y monsieur de Mengoval, de la boca, la bandera con las armas. Las armas de Granada en otro caballo encubertado, que llevaban Gómez Pérez de las Mariñas y Jerónimo de Mos, gentileshombres, y la bandera con las armas, don Antonio de Velasco, de la boca. En otro caballo venían las armas del reino de Navarra, y lo llevaban don Luis de la Cerda y Juan de Venastien Vega, gentileshombres, y Mos de Peten, de la boca del rey, la bandera con las armas. Las armas del reino de Jerusalén en otro caballo que llevaban Arnobe Crimengen y Felipe Brandomere, gentileshombres, y don Luis de Ayala, de la boca, la bandera con las mismas armas. Iba otro caballo con las armas del reino de Sicilia, y lo llevaban don Felipe Manrique y Jaques de Cuarrey, gentileshombres, y la bandera con las mismas armas, monsieur de Sobrenon, de la boca. En otro caballo encubertado, las armas del reino de Nápoles, que llevaban don Luis Vique y Felipe Esconova, gentileshombres, y la bandera con las mismas armas, Garcilaso Puertocarrero, de la boca. Iba otro caballo en que iban las armas del reino de Aragón, que llevaban Juan de Herrera y Guillén de Henchath, gentileshombres, y la bandera con las armas del mismo reino. Las armas del reino de León iban en otro caballo que llevaban don Pedro Bazán y Felipe de Cortavilla, gentileshomb;es, y la bandera con las mismas armas, don Francisco de Mendoza, de la boca. En otro caballo las armas del reino de Castilla, y lo Ilevaban don Juan de Vivero y Pierre de Momberque, gentileshombres, y la bandera con las armas del mismo reino, monsieur de Ras Sanguien, de la boca.

Seguíanse luego los reyes de armas con cotas de armas del Emperador. Llevaba el conde de Fuensalida el pendón con las armas del Emperador, de oro con el Aguila negra; la bandera que dicen el Guidon, con las armas imperiales de oro, de una parte y de otra, y el Aguila negra, el vizconde de Gante; otro caballo iba encubertado con una bandera de brocado con las armas imperiales, y lo llevaban don Pedro de Ulloa y Mos de Verten, de la boca, y el gran estandarte, con las mismas colores y armas imperiales, el conde de Policastro, y en otro caballo con una cubierta de brocado hasta el suelo, y un penacho en la testera, de las colores y armas del Emperador, llevábanlo don Pedro de las Roeles y Camilo de Correjo, de la boca, y el conde del Castellar llevaba la gran bandera cuadrada con las mismas armas y colores. Luego iban cuatro escudos con las armas de los cuatro cuartos del linaje del Emperador, los dos primeros llevaban el conde de Rus y el conde de Ribadavia, y los otros dos, el conde de Coruña y marques de Cerralbo. Iban luego, con el yelmo y timbre el duque de Simonera, y a la mano derecha el duque de Aries con el escudo doble y su corona, y el príncipe de Asculi llevaba la espada de armas por la contera; el príncipe de Salmona en un bestión llevaba la cota de armas.

Seguíanse luego los maceros de la casa del rey, y tras ellos tres reyes de armas imperiales. A éstos seguía un caballo encubertado con paramentos de terciopelo negro hasta el suelo; encima de ellos una cruz roja que llevaban don Manrique de Lara y don Carlos de Ventivilla, gentilhombre de la boca, y el conde de Susamburcho, en un cojin de tela de oro, el collar de la Orden del Toisón.

El marqués de Aguilar llevaba el cetro imperial, y el duque de Villahermosa la espada imperial. El príncipe de Orange llevaba el mundo, y la corona imperial don Antonio de Toledo, prior de León, de la Orden de San Juan y caballerizo mayor del rey.

Los grandes se seguían por su orden. Iba el conde de Olivares y el marqués de las Navas, y el duque de Alba, mayordomo mayor, con su Toisón y un bastón levantado, con el Toisón de oro, y una cota de brocado con las armas imperiales, y puesto el gran collar que solía traer.

Iba luego el rey, cubierta la cabeza con el capirote. Llevaba el cabo de la loba, de la mano derecha el duque Enrico de Branzuic, y de la mano izquierda, el duque de Arcos, que iban a los lados de Su Majestad, y la cola de la loba llevaba el conde de Melito Ruy Gómez de Silva, camarero mayor del rey. Iba el duque de Saboya solo, y llevaba la cabeza cubierta, como príncipe de la sangre.

Los caballeros de la Orden del Toisón, de dos en dos, y después los tres oficiales de la misma Orden, que son chanciller, tesorero y grafier.

Iba el duque de Francavilla como presidente del Consejo de Italia y Aragón, y de los Consejos de España, y todos los regentes de los Estados de Su Majestad, y los consejeros de las Finanzas y Burgos.

El teniente de los archeros, y los archeros con él, y la guarda de los alemanes y españoles iban de un lado y de otro de la calle pegados con las vallas.

Por las calles por donde fue Su Majestad desde palacio hasta la iglesia había vallas puestas de un lado y de otro, y en ellas muchas hachas de cera, que las tenían vecinos del pueblo por su orden, en que había hasta 2.500 hachas, y por esta orden llegó Su Majestad a Santa Gula a las cuatro de la tarde; si bien salió de palacio a las dos se tardó este tiempo en llegar a la iglesia.

Estaba la nave principal de la iglesia de Santa Gula atajada de un cabo y de otro, de manera que no se podía entrar a ella sino por una de tres puertas que había. Estaba el cabo de la nao entre los dos arcos de ella antes de llegar al crucero un chapel ardiente sobre cuatro pilares hechos con tal artificio, que llegaban hasta el cimborrio de la iglesia, y en lo alto de él estaban tres coronas, y otra imperial, y por remate el mundo, que parecía muy bien.

Ardían en este chapel tres mil velas de cera puestas por muy buena orden. Debajo de este chapel, entre los cuatro pilares de él, estaba hecho un tablado de cuatro gradas en alto y encima de él una tumba cubierta con un paño de terciopelo negro, y encima de él otro de brocado tan grande que caía por encima de las gradas abajo, y encima una cruz de raso carmesí, y en cada uno de los cuatro pilares estaba un escudo de armas, como los de los cuartos, que cada uno le tenía un rey de armas, y delante del chapel ardiente y atrás estaban puestas muchas hachas de cera. Diez pasos más adelante estaba, hecho un tablado muy grande, que se subía por cuatro gradas a él, y arrimado a la pared del coro un altar adonde se dijo la misa, y a los lados de este tablado estaban de un cabo y de otro puestos asientos para los perlados y clerecía y órdenes, y por de fuera puestas muchas hachas de cera blanca por todo el tablado.

Estaba toda esta nave toldada de paños negros, y el crucero de la iglesia, y encima de los paños puesta una cenefa de terciopelo negro de un ana en ancho, y en ellos muchos escudos de las armas de Su Majestad Imperial. Encima de estos paños a la redonda de toda la nave había mucha cantidad de velas ardiendo por su orden. Y también había cinco candeleros de azófar, los tres en la nave, y los dos en el crucero, que los tiene aquesta iglesia, en los cuales había puestas muchas velas de cera que ardían al lado derecho de la nave. De frente del chapel estaba hecho un estrado para el rey, de tres gradas en alto, todo cubierto de paños negros, donde estuvo Su Majestad.

Luego debajo cuatro pies estaba el asiento del duque de Saboya, de dos gradas de alto. Tres pasos más abajo estaba el asiento para los grandes, de una grada, con un banco delante de ellos. Cuatro pies más abajo estaba un banco muy largo, en que se sentaron los de los Consejos de España y de estos reinos y Estados. Al lado izquierdo de la dicha nave, de frente del chapel, había un asiento en que estaba el embajador del Emperador, don Fernando, y el embajador de Portugal, y el de Venecia, los cuales aguardaron allí a Su Majestad, que no vinieron con el acompañamiento porque se les ordenó así. Más abajo tres pies estaba un banco de una grada, en que estaban los caballeros del Toisón, que serían hasta veinte, y otros tres más abajo estaba un banco muy largo, en que se asentaron los condes, marqueses y señores de título, y los demás caballeros.

Encima del asiento de los embajadores, entre los dos pilares de un arco estaba hecho un tablado para los cantores que oficiaban la misa. Entre otros dos pilares estaba hecho un tablado cercado de todas partes, como el de arriba, en que estaba la duquesa de Lorena y sus damas y otras señoras, y así en todos los otros arcos de la nave de un lado y otro estaban hechos tablados cercados, en que había muchas señoras y damas, que vinieron de muchas partes a ver estas honras.

En medio de la nave enfrente del chapel ardiente estaban puestos muchos bancos, en que se pusieron los estandartes, banderas y insignias que se llevaron a las honras, porque la nao, columnas y caballos se quedaron a la puerta de la iglesia.

El cetro y el mundo con la corona imperial, que eran del pontifical, con que Su Majestad Imperial se coronó, se pusieron en la tumba; el cetro la mano derecha, el mundo a la izquierda, y la corona a la cabecera, y la espada se llevó al altar. Luego el viernes siguiente salió el rey de palacio a la iglesia con la mesma orden que había ido a las vísperas, aunque no iba la clerecía y perlados, porque estuvieron en la iglesia aguardando a Su Majestad, todos vestidos de pontifical, y la clerecía y frailes como habían ido a las vísperas, los cuales así vestidos salieron a recibir a Su Majestad a la puerta de la iglesia.

Tampoco se llevaron las insignias que a las vísperas, ni los pobres llevaron las hachas que habían llevado, sino sendos escudos en las manos de las armas de Su Majestad Imperial. Estaban en las vallas de las calles las hachas, que la villa puso con los hombres que las tenían, y lo mismo a la vuelta que hizo Su Majestad a palacio.

Entró Su Majestad en la iglesia a las once, donde estaban esperando los embajadores, y todos se pusieron en sus asientos por su orden. Dijo la misa el obispo de Lieja, que era un perlado principal y uno de los principales de Alemaña.

Al tiempo de la ofrenda tomaron los caballos, banderas e insignias los que las habían llevado, y entraron en la iglesia por el mismo orden que habían ido, con un rey de armas delante de cada insignia y caballo, y lo ofrecían allí delante del preste, y al tiempo que pasó el caballo encubertado de negro (que era el postrero y llaman el del duelo) frontero de los caballeros del Toisón, Mos de Bosu, que fue uno de ellos, y caballerizo mayor de la Majestad Imperial se puso de rodillas, y medio postrado por tierra estuvo llorando largo cuarto de hora.

Hubo sermón en francés, el cual dijo el sufragáneo del obispo de Arras, que era persona muy eminente en estos Estados.

En las vísperas y misa, al tiempo que Su Majestad entraba en la nave de la iglesia se quedaba la guarda por de fuera en las otras naves. Salió Su Majestad de la iglesia a la una, y se volvió a palacio por la misma orden que había venido.

En Bolonia, en el Colegio de los Españoles, se le hicieron suntuosas honras, y se le puso entre otros este epitafio:

Fortunatissimo, clementissimo, invicto, ac pio, semper, augusto, Imp. Carolo V. Hispaniarum regi, triumfatori Max. Collegium hispanorum bonon. Maiestati eius devotum.

P. M. D. LIX.

Imp. Carolus V qui vixit ann. LVII mens.

VII dies XXI, Imperium, Roma administravit

ann. XXXVIII.

Regnavit in Hispania, Sicilia et Sardinia

ann. XLIIII.

An. XII post Philippi patris regis obitum,

IIII autem an. postquam regnare coepit in

Hispania Caesar a Germanis appellatus est.

An. XI post diademate a Clemente VII Ponti.

Max. Bononiae insignitus, et Imp. dictus est.

An. L mens. VII antequam e vita exiret, imperio,

regnisquee omnibus, ac potestate se abdicavit,

jusque omne regendi Hispaniam, et alias

provincias Philippo filio, quem unicum habuit

XXX annum agenti dedit: fratri autem Caesari

Ferdinando imperium rom. consentientibus

electoribus permisit.

Honras en Roma

En Santiago de los españoles de Roma, el año de 1559. Ascanio Caraciola, caballero napolitano, ministro de la Majestad del rey Felipe, por mandado y comisión suya, hizo las honras y exequias de la sacra, cesárea y católica Majestad del Emperador Carlos V, a cuatro días del mes de marzo, en las cuales se hallaron 19 cardenales y todos los embajadores y obispos. Dijo la misa el obispo de Cáliz; oficiáronla los cantores del Papa, diéronse grandes lutos vistiéronse muchos pobres, hiciéronse muchas limosnas, hubo gran aparato, autoridad y majestad en todas las cosas, echáronse por las ventanas de la casa a una parte y otra de las plazas grandísimo número de candelas al pueblo. Acabada la misa con aquella solemnidad acostumbrada, se dijo una oración en latín, hecha por Juan Paulo Flavio, napolitano y familiar de su Santidad, hombre doctísimo y lector público en las escuelas de Roma, la cual trató de la progenie, vida, victorias, hechos heroicos y hazañas altísimas, triunfos supremos e inauditos y de la muerte de la cesárea y católica majestad. Acabada la oración, se pusieron cuatro obispos en los cuatro cantones o esquinas del túmulo, asentados en sus escabelos, y cada uno de ellos, cantado un responso, se levantaba y daba dos vueltas en rededor incensando, y tornado a su lugar, se cantaba otro responso, y luego el otro obispo hacía lo mesmo, y de esta forma hicieron todos, y el que dijo la misa después del quinto responso concluyó con la ceremonia, cantando su oracion como los otros cuatro obispos primeros, según la costumbre. Acabado todo lo dicho se fue cada uno a su casa, y yo me quedé en la iglesia, considerando y contemplando todo lo que en ella había, por dar alguna relación a los que no se hallaron presentes ni lo vieron.

Estaba, pues, la iglesia adornada delicadísimamente, y más en orden que los vivos se acuerdan habella visto en semejante caso, en parte alguna, cubiertas las paredes y pilares desde el suelo y pavimento hasta la vuelta de las capillas cubiertas de paños negros finos, con un remate y guarnición de terciopelo negro, y los dichos paños estaban cubiertos con gran proporción de las armas imperiales, triunfos, despojos, trofeos, estandarte imperial y banderas, con otras insignias y significaciones de gran consideración.

Estaban las paredes y frontispicio de una parte y otra de la iglesia, cubiertos de armas imperiales grandes y pequeñas, puestas y asentadas con tal orden y proporción, que daban gran deleite a la vista.

Entrando en la iglesia por la puerta principal que corresponde a las escuelas romanas, alzando un poco la cabeza y levantando los ojos, se veía el estandarte imperial, el más costoso y vistoso, labrado ricamente sobre tafetán carmesí, con las armas imperiales labradas de oro y puestas en el pecho de la águila imperial de dos cabezas, que significa la cura del Oriente y Poniente, que ha de tener el Emperador mirando a todas las partes del mundo.

Más adelante, caminando por medio de la iglesia, hacia el altar mayor, en la nave o capilla de medio estaba edificado un castillo con muy grande arquitectura, sobre doce columnas muy altas y gruesas del género dórico, cubiertas de tafetán amarillo; las basas y capiteles dorados. La planta de estas columnas era en cuadro perfecto, de líneas iguales, y todos los ángulos perfectos. En cada línea había cuatro columnas, porque las de los cantones, tenían vez de dos. Las cuales formaban tres espacios o puertas, de tal modo que la de medio era en dupla proporción a cada una de las otras colaterales.

Sobre estas columnas estaba la moldura, labor y guarnición acostumbrada, del architrabe, freso y cornija, y otras molduras necesarias y proprias al género dórico, entre el toscano, jónico, corintio y composito, por el más conveniente a obsequias.

En las esquinas de la cornija estaban levantados unos trofeos, y colgados de unos maderos y troncos de árboles con sus despojos, con mucha diversidad de armas diferentes, ofensivas y defensivas, escudos y otras vestiduras de soldados vencidos, que prendían en la tal batalla y rota; todo lo cual colgaban de un tronco de un árbol desmochado, y cortadas las ramas porque se viese mejor de lejos, en memoria de la victoria habida en el tal lugar.

Y como todas estas cosas estaban pintadas con diversidad de colores, campeaba tan bien, que causaban no poco contento y deleite a la vista. Esta forma se tomó de los antiguos vencedores, y durará siempre por memoria.

Los dichos despojos eran conforme a las vestiduras antiguas, y a manera de coseletes y corazas sin brazales, con los extremos dorados y plateados, con sus bandas, listas o jirones de tafetán, y diversos colores, y sobre sí unos yelmos, y a los lados unas adargas, escudos y broqueles, que significaban todos los instrumentos que por la mayor parte se suelen hallar en semejantes guerras y batallas, en las cuales Carlos V siempre fue vencedor con mucha honra y victoria y fama, sobre cuantos ha habido hasta su tiempo, ni habrá; y de esta forma se entenderán todos los despojos que diremos en el discurso de la relación general de las victorias que Su Majestad alcanzó en Europa, Asia, Africa y las Indias.

En el freso, puesto entre el architrabe y cornija, según la orden de arquitectura, se hallaban ciertos animales pintados, en los cuadros dichos metopes puestos entre los triglifos, como conejos y liebres, que significaban la provincia de España, y otros con espigas denotando la isla de la Sicilia, granero de la Europa, y en otros, carneros y vacas, por la abundancia que se halla de los tales animales en el reino de Nápoles, y así de otras provincias. Y porque comprendas y seas capaz de lo que aquí se dirá, has de saber lo primero, que el dicho castillo tenía cuatro partes, las cuales se retiraban, minoraban y estrechaban poco a poco según la proporción de lo alto y ancho del edificio.

La primera ha sido de las columnas, trofeos y despojos, y de todo lo demás que se ha dicho, lo cual se tenga en memoria, porque va ascendiendo de mano en mano.

La segunda parte estaba fundada sobre el llano de la cornija, cargando el peso sobre el vivo de las columnas de medio el edificio, dejando a los lados un paso de lugar y espacio, para efecto de gobernar todo lo necesario, y para remediar si algún incendio acaeciese en el edificio y fábrica, y también porque la forma del castillo lo pedía, que si fuera de una sola superficie, no se dijera castillo, sino torre. Mas considerando la significación y ventaja que hace el castillo a todas las otras fuerzas, como dije en el diálogo, y que en él estaba encerrado el león nunca vencido, se hizo de aquella traza y forma ya dicha.

También esta segunda parte era de forma cuadrada según la planta y la alteza repartida en tres partes, que formaban un cuadro y dos espacios prolongados, en los cuales estaban dos virtudes en forma de doncellas excelentemente pintadas: la de la mano derecha tenía a los pies un letrero, que decía: Providentia, y en la una mano el mundo, y en la otra el cornucopiae.

Hay diversas opiniones acerca del dicho cuerno; él, en general, significa abundancia; quién dice que es el que Hércules arrancó de la cabeza del toro, en el cual se había convertido y transformado Achelao para pelear contra Hércules. Hoc Naiades acceptum, et omnium fructuum primitiis refertum copiae consecrarunt. Amaltheae cornu idem quod copiae cornu. Se tomó de la fábula de la cabra Amalthea, que dio la leche prima a Júpiter, etc. Siempre que se nombrare el dicho cuerno se entiende por abundancia de todas cosas.

César Ripa dice que la Providencia se ha de pintar con dos cabezas y vestirse de color de azafrán, el cual denota sabiduría. Las dos cabezas dan a entender que para proveer en lo futuro es necesaria la cognición pretérita. El compás de la izquierda muestra que se han de medir todas las cosas según la cualidad, disposición y tiempo.

A la mano contraria estaba otra virtud o doncella, dicha Abundantia. Tenía solamente el cornucopiae.

En medio de las dichas figuras estaba el epitafio principal del Emperador, escrito con letras de oro sobre tafetán azul; decía lo que se sigue:

IMP. CAES. CAROLO V. AUGU. GALLICO.

APHRICO. SAXONICO. INSULARUM

CONTINENTISQUE NOVI ORBIS DOMINATORI

REIPUBLICAE CHRISTIANAE ADVERSUS TURCAS

PERPETUO, TERRA MARIQUE PROPUGNATORI

PHILIPPUS REX, FI. PATRI INVICTO ET

MEMORIAE EIUS AETERNAE.


Quiere decir: «Al Emperador César Carlos V Augusto, vencedor de Francia, Africa, Sajonia. Señor de las islas y tierra firme del Nuevo Mundo, perpetuo defensor por mar y por tierra de la república cristiana contra los turcos, Felipe rey su hijo al padre nunca vencido y a su memoria eterna.»

Con estas pocas palabras se da a entender cómo el Emperador Carlos V fue señor y vencedor de las cuatro partes del mundo: Europa, Asia, Africa y del Nuevo Mundo.

A la mano derecha del dicho letrero estaba otra virtud en figura de doncella delicadamente pintada, a un lado del mismo epitafio, que estaba puesto en las cuatro superficies del castillo, porque de todas partes se leyesen sin estorbo ni impedimiento alguno, la cual se decía: Munificentia. Tenía en la mano una cabeza de elefante, que quiere decir franqueza y liberalidad, el mayor animal de los terrestres, el cual se olvida de su grandeza por hacer servicio al hombre, deseando ser tenido dél en cuenta, y por eso fue tenido de los antiguos por indicio de humanidad.

A la mano izquierda estaba otra virtud dicha Fides, con un cáliz en la mano derecha, se viste de blanco con una cruz en la otra mano, para denotar que la fe y caridad son dos virtudes muy necesarias.

A la mano siniestra del castillo se hallaban dos figuras, una a la diestra y otra a la siniestra del epitafio. La de la diestra se decía: Immortalitas. Tenía en la mano derecha un ramo y en la izquierda una flor. Esto significaba que así como el ramo verde y la flor no faltan generalmente en la tierra, así no faltará la memoria del Emperador en el mundo.

La inmortalidad se declara también con una mujer vestida de oro, con un arco de oro, que es metal menos corruptible, y el círculo sin principio ni fin, y en la otra mano el ave fénix, que se engendra de nuevo y se hace inmortal.

También mostraba con el dedo un césped, con la hierba siempreviva, que perpetuamente está verde, donde da a entender que las obras de César serán sin olvido ni fin, siempre claras, verdes y notorias a todo el mundo.

A mano izquierda había otra doncella con este letrero: Veritas. La cual tenía en la mano derecha una bolsa, y en la izquierda el cuerno de abundancia, significando que todos aquellos premios y liberalidades de las cosas útiles siempre se hallaron en Carlos y estuvieron aparejadas y dispuestas con suma verdad, digna del recipiente, y del verdadero dador de premios verdaderos sin poner en medio cosa contraria que fuese a su verdad prometida, a quienquiera que fuese.

En la superficie opuesta al altar grande había ni más ni menos otras dos doncellas muy vistosas; la de la mano derecha se decía Hilaritas. Tenía en la mano derecha la palma, en la izquierda el cornucopiae, señales de las victorias que el gran Carlos alcanzó, y con el fruto de sus vencimientos sustentó y proveyó las cosas necesarias a sus súbditos.

A la mano siniestra se vía otra figura dicha Aequitas, con el peso o balanza, que declara la igualdad de Carlos en todas las cosas, principalmente en la Justicia.

Fuera de las maravillosas figuras ya dichas con sus significaciones sobre los cantones, de esta segunda parte estaban sus águilas grandes de bulto y relieve, representando el señorío sublimado que tuvo el Emperador en el mundo.

La tercera parte del edificio era menor que la segunda, según la proporción de la arquitectura. Tenía sus cuadros en medio con el blasón Plus Ultra, que campeaban admirablemente: invención de Luis Marliano, médico de Su Majestad, milanés, la mejor y más vistosa y de mayor significación empresa que nunca se vio. La inteligencia de la cual es que Su Majestad Cesárea pasó en la conquista del mundo más adelante que Hércules, y con mayor trabajo y dificultad, y así mereció mucho más que Hércules sin comparación, porque abrió la puerta para la navegación y descubrimiento no solamente del poniente, pero aún del septentrión, mediodía y oriente, en las cuales partes ha acrecentado y aumentado la ley evangélica y fé de Cristo de tal modo y manera, que antes de muchos años o edades se verá convertida la mayor parte del mundo, mediante el Emperador y los reyes de España y sus ministros de religiosos.

A los lados de los dichos cuadros, a una parte y otra, hacia el altar mayor, estaban dos figuras vistosas; la de la mano derecha se decía Felicitas. Tenía el caduceo de Mercurio, que es una vara con dos serpientes y dos alas rodeadas por ella. Denotaba los buenos conceptos del príncipe Augusto, porque con tal cetro tiene muchos significados en los tratados de la paz, por la cual nace la felicidad de la quietud y sosiego. Y así los embajadores lo llevaban consigo cuando iban a tratar la paz, de donde se dijeron caduceadores.

Las sierpes denotaban, así rodeadas mirándose la una a la otra, los dos ejércitos combatientes ya pacíficos y quietos estar juntos, lo cual muchas veces aconteció en las acciones de los abatimientos que fueron hechos del Emperador. Daba a entender asimismo el cetro, la fama de las cosas hechas y tratadas, con el nudo herculáneo en la paz y en el matrimonio. Las alas significaban el veloz y ligero entendimiento que pasa por el cielo, aire y tierra y abismo, y por todas las acciones de las cosas bien consideradas, de la mutación en bien, la cual grandemente conviene a las cosas de la vida del Emperador, que no solamente ha mostrado al mundo cuánto amase la fidelidad de sus reinos y súditos en las cosas terrenas, mas mostró seguir aquella de la salud y felicidad eterna, acerca de que en toda cosa se conserva.

La vara del caduceo fue hallada de Apolo y dada a Mercurio por la lira; después Mercurio, yendo a Arcadia con su vara en la mano, halló dos sierpes peleando, y poniendo la vara en medio de ellas las apartó y puso en paz, de donde se tomó el caduceo para embajada de paz.

La del otro lado se decía Pax Aug. Tenía en la mano izquierda el cuerno de la abundancia lleno de fruto, que, denota las fatigas de las cosas del victu humano que se ganan con la cultura. En la mano derecha tenía una raja o tea escondida con la cual quemaba las armas que le estaban a los pies. Significaba el gran deseo que tuvo siempre el Emperador de apaciguar el mundo, si bien algunos lo procuraron de estorbar. Suélese vestir la tal virtud de encarnado, con una guirnalda en la cabeza de olivo y un manojo de espigas, para dar a entender la paz, porque el olivo fue hallado de Palas, diosa de la paz, o un lobo con un cordero, yuncidos puestos cabe una doncella asentada.

En frente de la puerta de la iglesia estaban otras dos virtudes. La de la mano derecha se decía Religio. Tenía en la mano un pelícano sobre el mundo, significaba la piedad de Dios acerca del Emperador, y la de Carlos acerca de las cosas religiosas y de sus súbditos, que con su persona y propria vida, y con su facultad y muchos peligros, había sostenido los extraños casos del peso imperial, no sin celo de religión. El altar que estaba a los pies, con ciertas llamas muy encendidas en medio dél, denotaba el ardor y calor del ánimo de César, con el cual se volvió siempre a la Divina Majestad, suplicándole piadosa y humildemente le ayudase y confortase en las audaces empresas comenzadas de los discordes.

A la parte izquierda, en compañía de la Religión, estaba otra virtud llamada Letitia. Tenía en la mano derecha una corona a modo de guirnalda, significando la alegría, descanso y placer y regocijo que el Católico Augusto César tiene coronado en la gloria, por haber reconocido la piedad, procurando de aumentar y conservar la santa religión y defensión de todos sus enemigos.

A la mano derecha del edificio había otras dos virtudes en figura de doncellas de mucha majestad y gravedad. La de la mano derecha, nombrada Pietas Aug., tenía en la mano derecha una rueda y una cigüeña cabe sí, significando la virtud del príncipe, que así como la cigüeña limpia la tierra de animales venenosos y serpientes ponzoñosas, así el Emperador purgaba su señorío, lleno de ladrones y hombres perversos y malos, en sus obras y dotrinas. Y como la cigüeña sustenta a su padre en el nido cuando es viejo y necesitado, así Carlos sustentó tantos necesitados de su favor y ayuda y los libró de todos sus enemigos, poniéndose en la rueda de la fortuna y ofreciéndose a muchos peligros, no sin gran piedad, por librarlos.

A la otra mano estaba otra virtud y doncella dicha Salus. Tenía el cornucopiae en la mano izquierda y en la otra una copa, con la cual criaba una culebra, que subía sobre el altar que tenía a los pies, y se extendía a la dicha copa. Significaba que no solamente el Emperador ha dado el sustento humano a muchos de sus súbditos, mas a todos los que le sirvieron en cargos y oficios y en la guerra, y esto con gran piedad y religión, y no sólo a los proprios, pero a los que se le encomendaron, como en Túnez y otras partes, a los cuales libró.

En la otra banda del cuadro estaban las últimas figuras; la una se decía Justitia. Tenía en la mano derecha la palma, y el camello cabe sí, animal muy justo en su carga, tanto, que no se levantará si le echan más carga de la que buenamente puede llevar, el cual significa la verdad del príncipe, dando a entender que no había fatigado, apremiado ni cargado más a sus súbditos y vasallos de lo que decente, fácil y honestamente podían sufrir, llevar y sustentar; y esto por deseo y celo que tuvo siempre de la justicia, la cual procuró siempre de conservar y poner en ejecución. Para aviso de lo cual mandaba traer a los ministros de justicia una vara en la mano en lugar de espada y cuchillo, y así Su Majestad el más tiempo de su vida gastó en hacer restituir reinos y señoríos, desagraviando no sólo a sus súbditos, pero a todos los que se le encomendaban con causa, razon, y justicia.

A la mano izquierda estaba la virtud dicha Spes Aug., que cogía una flor con la mano derecha y con la izquierda tenía levantada la falda de la ropa, demostrando que en el Emperador nunca fue otro ánimo que de la buena esperanza de quietar y apaciguar las turbaciones y desasosiegos que cada día y hora acontecían en el señorear, deseando siempre coger de su flor el fruto que convenía a la Imperial Majestad.

En lo alto sobre todo el edificio, por remate de la pirámide, estaba la victoria asentada en un carro triunfal, al cual tiraban cuatro caballos blancos y muy grandes, tan bien formados que parecían vivos, guiados de la vitoria, la cual tenía en la mano derecha una corona de olivo, y en la izquierda la palma, y tenía dos alas, mostrando que llevaba el ánima del Emperador volando sobre los cielos, triunfante de los deseos mundanos, lo cual declara su santa fin, pues por reinar en el cielo dejó todas las riquezas, Imperio, reinos y señoríos, y mando de este mundo: ejemplo rarísimo y digno de perpetua memoria. En derredor del edificio no había más de dos órdenes de candelas, porque no perjudicase la vista a los que miraban las cosas maravillosas que había en toda la iglesia, así de edificio como triunfos, banderas, trofeos, águilas, escudos y otras maravillas y cosas de notar con gran proporción. Había en toda la iglesia tantas antorchas, que fue necesario romper las vidrieras del templo para que saliese el humo y calor, que de otra manera no se pudiera hacer el oficio en alguna manera.

Declaradas las partes principales del edificio, castillo, túmulo o pirámide, con la composición de todas ellas, será bien necesario y justo, antes que nos partamos de aquí, acabar de notificar lo que quedaba sin declarar, que era la cama o lecho, puesto y asentado debajo un cielo de tafetán amarillo, en medio de todas las doce columnas, cubierto con un paño de brocado riquísimo, labrado y bordado con hilo de oro y plata, y perlas de valor y aljófar, con las cuales se labraron las armas y águilas imperiales, y la empresa de las columnas y Plus Ultra, de la cual ya se dijo largamente. También se veían en el dicho paño o sobrecama la invención del pedernal y eslabón, con los bastones y leño, si bien fue invención sin mote y ánima, no por esto dejó de ser tenida por una de las mejores que ha habido. Con la cual significa el duque Carlos de Borgoña tenía aparejo y poder para siempre que quisiese encender la guerra y hacerla a quienquiera que fuese. Y esto significa la invención, con la cual se compuso la cadena que adorna el toisón, el cual fue y la orden dél inventada e instituída, de Felipe, conde de Flandres y de Borgoña, el año de mil y cuatrocientos y veinte y nueve, como narra la genealogía de los condes de Flandres, escrita en lengua francesa con estas palabras: De l'ordre de la Toison d'or. Que significa la orden de los caballeros del Toisón de oro. Por esta última palabra, que dice de oro, se puede inferir que el toisón, que es un vellocino de un carnero tresquilado, que algunos dicen que es el de Jasón, porque es de oro, que trajeron los argonautas; otros, que es de Gedeón, por lo cual dice Jovio que duda si los caballeros que lo traen saben cuál de ellos es. Yo diría (no obstante que sea de oro) que es el de Gedeón, que no fue de oro, porque significa fe incorrupta, y la fundación de la orden no ha de ser sobre fábula, sino sobre cosa verdadera, como fue el vellocino de Gedeón, que tiene altos misterios.

En los cuatro cantones o esquinas de la cama, tan bien adornada y tan ricamente cubierta con el dicho paño acompañado con dos cojines y almohadas de brocado, y del cetro y corona imperial de oro, estaban cuatro hombres cubiertos de luto, asentados en sus escabelos, con unos ventalles en las manos o mosqueadores, significando con este acto (por ventura) aquello que denotaba acerca de los antiguos la libertad del ánima y la confirmación del paso de los hombres mortales, solían acostumbrar los príncipes grandes y otros señores poderosos, dejar en sus testamentos libres a los esclavos, de donde la ley de ello quería que cualquier siervo que fuese visto echar las moscas a su señor con un moscador, al extremo y último de la vida fuese y quedase libre. Así también, partiéndose el príncipe de acá y desatándose de esta vida, mostraba con cualque señal la libertad del ánima de su cuerpo, y aquella de sus esclavos fieles, que era lo alcanzado del premio de la digna servidumbre. La causa porque el edificio fue solamente del género dórico es ésta. Cuando los antiguos dedicaban un templo a Minerva, Marte o Hércules, lo hacían del género dórico, como dice Vitrubio en su primer libro de arquitectura con estas palabras: Minervae, ex Marti et Herculi, aedes Doricae fient: his enim Diis propte virtutem, fine delitiis aedificia constitui decet. De manera que si a Minerva, Marte y Hércules, por su virtud, poder y fuerza les convenía la gravedad del género, con cuánto más merecimiento y valor le compete al verdadero Hércules y Marte, que con aventajada virtud y ánimo ha peleado y vencido tantos enemigos y perseguidores de la fe cristiana.

Si Hércules con su clava mató la mayor parte de los centauros, por lo cual los demás, atemorizados, huyeron, ¿qué hizo el invitísimo Carlos V en la guerra de Alemaña sino matar y perseguir los centauros en apariencia de hombres cristianos y dentro infieles y perseguidores de la fe de Cristo, de los cuales tuvo victoria?

Y si Hércules mató al león y se vistió de su pellejo, con más ventaja lo hizo César venciendo al Turco muchas veces, matándole infinita gente, que fue su muerte, vistiendo a su ejército de grandes despojos y riquezas, y así de honra. Hércules sacó a Alcestes del poder del Cervero Tricipite que la defendía y guardaba, y le mató con sus tres cabezas. Carlos V venció al rey de Francia y le mató el ejército, aunque tenía tres cabezas, que fueron él, el de Navarra y el de Escocia, y le sacó de su poder la Galia Cisalpina o Togata.

Y si Hércules mató el dragón que guardaba las manzanas de oro del jardín del rey Atlante, César mató a Barbarroja, que guardaba las fuerzas de la Africa, y le despojó de todos sus deleites, con inmortal memoria.

Y si Hércules mató la hidra de las muchas cabezas, con más verdad el Emperador cortó las cabezas del cosario Dragut, que fueron Africa, Monasterio y otras fuerzas marítimas, en lo cual se mostró César valeroso y constante en no cesar de la demanda, hasta que castigase al dicho cosario, doliéndose del daño y pérdida que sus súditos habían recibido dél.

Y si Hércules, peleando con Acheloo, salió vitorioso arrancándole de la cabeza el cuerno derecho, en el cual tenía el toro su mayor fuerza, cuánto más Carlos V salió vencedor y con mayor honra y gloria en la expugnación de Dura, destruyéndola, quitando al duque de Gleves y güeldreses la mayor fuerza de su señoría y Estado.

Y si Hércules mató a Caco, famoso ladrón y robador, ¿qué hizo el magnánimo Emperador continuamente sino perseguir y destruir a todos los ladrones y robadores, salteadores y piratas, que por mar y tierra andaban inquietando a todo el mundo, a los cuales castigó, y con gran cuidado y diligencia persiguió y acabó por el celo que tenía de conservar a sus súbditos en paz y concordia y quietud?

Y si Hércules castigó al engañador Diomedes, porque recibía los huéspedes con engaño y buen tratamiento y después los mataba, así Carlos V, con mucha razón, castigó a todos aquellos que fingidamente trataban prometiendo de guardar la paz y concordia y no la guardaron con lealtad, antes prevaricaron.

Y si Hércules mató al gigante Anteon entre los brazos, no dejándole respirar ni tomar tierra, mejor castigó el Emperador a Lutreque, no consintiendo que pusiese el pie en el suelo ni ganase lugar en el reino, antes mató a él y a todo su ejército.

Al jabalí que destruía y gastaba toda la región de Calidonia, matando todos los hombres que encontraba, mató Hércules con la clava; así César castigó largamente a todos los cosarios que depredaban y destruían todas las costas de cristianos, matando y cautivando, y arruinando y saqueando todas las tierras marítimas, de los cuales largamente se vengó con razón.

Si Hércules le mató el can de dos cabezas al rey Gerión de España, también el Emperador quitó el reino de Túnez, y le privó de otras muchas fuerzas, matándole y destruyéndole su gran can. Barbarroja, que era tenido por invencible, como el perro de Gerión.

Como viese Hércules al gigante Atlas encima del monte Atlante sustentar con sus hombros el cielo y enclavar en él las estrellas que se caían, rogado del gigante que le ayudase a sustentar un poco el cielo para descansar, el Hércules lo hizo de buena gana y puso sus hombros debajo, y así lo sustentó.

Este esforzado y grande Hércules es el que sustentó el cielo y cielos, que son los doctores y predicadores, que con su dotrina levantan y llevan las almas al cielo, y si alguna cae procuran de levantarla y enclavarla en el cielo. Y en esto se ocupó el buen César: en sustentar los religiosos, santos hombres, para que con su santidad aumentasen la santa fe de Cristo nuestro Salvador.

Pues hemos contado y dado relación del edificio y de todo lo demás, será bien que tornemos a la puerta de la iglesia, para notificar lo que resta de decir acerca de las vitorias y batallas, vencimientos, triunfos y trofeos, despojos y señales de vitoria, de las cuales se pusieron pocos en respeto de los que se debían poner a un tan alto Emperador tan vitorioso. Mas por ser la capacidad del templo tan pequeña, no se pusieron sino trece triunfos, que si todas las vitorias se significaran, no cupieran en el templo de Diana, de Efeso.

El primero que inventó el triunfo fue Baco. Tres juicios concurrían al verdadero triunfo: el honor que daba el ejército a su general y capitán, el consentimiento y voluntad del Senado, la confirmación general de todo el pueblo. Y así solía entrar el vencedor en un carro triunfante, con muchos despojos de los vencidos y con algunos enemigos presos y ligados a unos troncos de árboles, como en el discurso se dirá luego, y de aquí se tomó el modo y costumbres de estas pinturas, las cuales significan al vivo lo que en efecto pasó y pasa cada día en las guerras.

Y estos son los despojos y trofeos que los antiguos dedicaban a la diosa Belona y al dios Marte y a los otros abogados suyos de las batallas, a cuya imitación se ponen hoy día en semejantes actos, honras y memorias de los emperadores, reyes y capitanes generales y famosos.

Estaba lo primero, sobre la puerta de la entrada del templo, el triunfo de las Indias, pintado en un cuadro, de pincel y mano del más famoso pintor que había en Roma, solamente de blanco y negro, sin otra diversidad de colores alegres, porque así lo requería la significación de la tristeza. En el dicho cuadro estaba un ángel escribiendo en un escudo esta dicción: Victa. Tenía el pie derecho sobre un yelmo; a los lados estaban los trofeos y despojos con unos escudos y lunas, y ciertas rosas. Al pie del cuadro estaba un letrero, que decía lo que se sigue:

NOVUS ORBIS ANTIPODUM SUBACTUS,
ET CHRISTIANA RELIGIONE IMBUTUS
ET LEGIBUS. ANNO M. D. XXXIII.

Quiere decir: El Nuevo Mundo de los antípodas, sojuzgado y instruído en la religión cristiana y sus leyes.

Encima del cuadro estaba el estandarte imperial, que dijimos al principio, y sobre él una águila grandísima, arrimada a la pared.

El provecho y utilidad y bien que ha hecho al mundo la conquista de las Indias Occidentales notorio es a todos los que tienen alguna noticia de las historias. Mas porque esta inteligencia está lejos de los más, no será fuera de camino (con una breve digresión) dar alguna noticia en este lugar ofrecido a propósito.

El primer descubrimiento de las Indias fue hecho por Christoforo Colombo, genovés, el año de mil y cuatrocientos y noventa y dos, con licencia y comisión de los Reyes Católicos, al cual le armaron una nave y dos carabelas, y le mandaron ir al descubrimiento, y fue Dios servido que en poco tiempo descubrieron las dos grandes islas llamadas Santo Domingo y Cuba, con otras muchas.

Después, en tiempo del Emperador, se descubrió la Nueva España, dicha primero Annavac, de la cual entre otros descubridores fue el principal el marqués del Valle. La Nueva España comienza en el río Panuco, contiene muchos reinos y provincias, entre las cuales es la principal el reino de Méjico, que tiene cuatrocientas leguas el largo y ancho y en todo él no se halla por maravilla hombre que no sea cristiano, y de tal vida y devoción, que (como se cuenta en las historias) acontece en una procesión ir cien mil disciplinantes; tanta es la devoción y penitencia que hacen los indios, que espanta.

Hay entre la Nueva España y el Pirú un estrecho de tierra de diez y ocho leguas, por el cual deja el Pirú de ser isla. En los extremos de este estrecho hay dos ciudades con sus puertos, la de la parte septentrional se dice Nombre de Dios, puesta al mar océano occidental, llamado así, que es a la parte del norte; y al mar del Sur está Panamá, el cual mar fue hallado por Vasco Núñez el año de mil y quinientos y trece. El Fernando Magallanes halló su estrecho para pasar a él año de mil y quinientos y diez y nueve. Dura el estrecho cien leguas en largo y dos en ancho. Pasan por medio del Pirú, del estrecho de Magallanes hasta la Nueva España, unas montañas y sierras, las mayores de todo el mundo, que tienen de largo dos mil leguas. El principal conquistador del Pirú fue Pizarro, que prendio al Inga,el mayor rey y más poderoso de las Indias. Hay tanta multitud de indios cristianos en todas las provincias y reinos del Pirú, que todo el mundo debe dar gracias a Dios por la gran misericordia que ha usado y hace siempre, recibiendo en su Iglesia santa aquella gente, que estaba antes fuera del gremio de los suyos, y esto mediante la diligencia y solicitud del Emperador Carlos V y de los demás reyes de España, que con gran cuidado han procurado y procuran siempre por servir a Nuestro Señor como católicos principes, así en las obras como en el nombre, mostrar la voluntad que siempre tuvieron en conservar y aumentar la fe de Cristo, como claramente se ve en sus reinos y señoríos. Por lo cual todos los que son verdaderos católicos se deben holgar y alegrar de la felicidad de Carlos, pues fue en el discurso de su vida declarada su buena intención.

Después de la solicitud espiritual, como parte primera y más necesaria a la vida del alma, es necesaria asimismo la diligencia corporal para sustentar y conservar la vida humana, la cual requiere el común y ordinario mantenimiento de la naturaleza humana, porque sin él no se puede vivir, y en tanto obra y merece el hombre, en cuanto vive. Y este subsidio se ha de procurar con industria y trabajo, y como no se halle el comer de balde, ni comúnmente trocando una cosa por otra, como se hacía antiguamente y se hace en algunas partes, fue necesario a los descubridores y conquistadores del Nuevo Mundo procurar de sacar de las entrañas de la tierra el oro y la plata y otros metales, y de los que lo tenían, por los cuales se halla fácilmente en todo el mundo todo lo necesario para la vida humana. Y hallando aparejada la tierra para saciar su apetito, descubrieron, y de cada día van hallando tanto tesoro, que dice un autor que tiene por cierto que Dios, misericordiosamente, reservó estos tesoros para el Emperador Carlos, porque sabía los había de gastar en su servicio contra los luteranos, herejes y turcos, enemigos de su santa fe y ley, como todo el mundo sabe.

El uso de las minas de España y tesoros cesó con los que cada día vienen de Indias, si bien hoy día se hallan los mesmos pozos de las mesmas minas, que daban cada día a Aníbal trescientas libras de plata, como narra Plinio, y como Solino y Pomponio Mela dicen, que la España abunda de hierro, plomo, cobre, plata y oro de tal forma, que cuando se quemaron los montes Pirineos, derretidos los metales corrían por todos sus valles en abundancia.

Antes que se descubriesen las minas del Pirú, las más tenidas fueron las de España, por los quilates y fineza de la plata y por la abundancia sobre todas las provincias.

Mas descubierta la mina de Potosí en el Pirú, cesó el nombre y fama de las demás de todo el mundo. Y por ser cosa maravillosa y casi increíble a los más la abundancia de la dicha mina, diré el sitio y asiento de ella, con otras cosas de notar y tener en memoria.

El montecillo o cerro de Potosí está en la provincia de las Charcas, en el reino del Pirú. Dista de la equinocial, a la parte del Polo Antártico, casi a veinte y dos grados, de forma que está debajo la tórrida zona, y con todo esto hace tanto frío como en la Cantabria de España; la causa es su gran alteza y los continuos vientos fríos y desabridos que hacen tan estéril la tierra, que no engendra ni cría fruto alguno ni hierba, y así es inhabitable. Mas la fuerza del tesoro que se halla en ella la hace tan habitable, que concurriendo la codicia a buscarlo, se ha hecho una población de dos leguas de circuito al pie del cerro, en la cual se hallan todas las cosas necesarias a la vida humana, más largamente que en España, y con más abundancia, porque el dinero las trae, así de frutas, hortaliza, sedas, brocados, telas de lino, de oro, de plata y, finalmente, todo cuanto humanamente se puede pedir y se halla en todas las partes del mundo, se halla allí, sin criar la tierra de suyo nada, y por esto es la mayor contratación de todas las Indias.

El dicho cerro tiene de asiento una legua en circuito en su falda, y en alto un cuarto de legua. Es de forma de un pan de azúcar o pabellón. Descubrióse el dicho montecillo o cerro doce años después de entrados los españoles en el Pirú, ni los ingas alcanzaron estas minas riquísimas de Potosí; gozaron de otras muchas que había en sus reinos.

El descubrimiento del dicho cerro fue de este modo: Un indio llamado Gualpa, corriendo tras un venado por la cuesta del cerro arriba, por tenerse echó mano de una rama de un coscojo, la cual se le quedó en la mano, y mirando la raíz y vacío que dejó la rama nacida en la veta más principal, conoció bien que era metal muy rico, que tenía la mitad de plata.

Las vetas principales que se hallaron estaban levantadas sobre la superficie de la tierra como riscos, las cuales son cuatro las principales, sin otros ramos muchos que nacen de ellas. La mayor que se descubrió primero, tenía trecientos pies de largo y trece de ancho, todo metal, la mayor parte plata finísima, la cual se va cavando sin topar agua. Lo que se saca de este cerro cada año serán siete millones y más, porque el rey tiene de toda la mina el quinto. De manera que de esta mina, y de las que hay en todas las Indias de todos metales, vendrán a España cada año, al menos diez o doce millones del rey, de mercantes y de otras personas particulares.

Con este tesoro se enriquece España, y los demás reinos y provincias de Europa, como es a todos notorio, pues se sabe que la moneda que ordinariamente en Francia, Flandres, Alemaña, Italia, Hungría y aun en Turquia corre, es la mayor parte el oro y plata que viene a España de las Indias cada año. Por lo cual, no solamente España, mas aún todos los reinos, deben rogar a Nuestro Señor por el alma del Emperador y suplicarle le dé descanso en su santa Gloria, pues a todos hizo bien, y gastó el tiempo y facultad ensalzando su santa fe todo el tiempo que vivio.

Luego, caminando hacia la mano derecha, estaba una bandera de tafetán, con cuatrolunas, y un despojo debajo.

Más adelante había un triunfo pintado en un cuadro, como el pasado, en el cual estaba una figura de hombre, atadas las manos atrás a una columna o madero, con ciertos escudos y despojos y estas palabras:

CAPTUS IN AGRO MEDIOLANENS. DUX S. POLI.
CESIS FUSISQ. GALLORUM COPIIS.
ANNO M. D. XXIX.

Quiere decir: Preso en el territorio de Milán el duque de San Polo, muerto y roto el ejército francés.

Sobre el cuadro estaba un escudo con un rostro salvático, del cual salían ciertas flordelises, y sobre todo una águila grande de bulto.

Tras esto, al primer ángulo de la igesia había una bandera de tafetán azul con cinco lunas; debajo de ella estaba un despojo.

Caminando un poco más, se hallaba otro triunfo, en un cuadro grande, en el cual estaba debujada una figura de turco, atadas las manos atrás, con una barca y ciertos escudos y lunas. Tenía a los pies este epitafio que se sigue:

URBES PELOPONESI. PATRAE. ET CORONE
VI CAPTAE. ANNO M. D. XXIX.

Quiere decir: las ciudades del Poloponeso, Modón y Corrón tomadas por fuerza.

Encima del cuadro estaba un escudo con una guirnalda y dos lunas, y sobre todo una águila grande. Después se seguía una bandera de tafetán verde, con tres lunas, y un despojo debajo.

Tras lo dicho se seguía un triunfo delicadamente pintado en un cuadro grandísimo, en el cual se hallaba una gran mujer asentada a un canto o borde de una barca. Estaba recostada sobre el brazo derecho y muy triste. Tenía encima de la cabeza figurada una media cabeza de elefante a manera de montera, que significaba la provincia de Africa, abundante de tales animales. Tenía a los lados un despojo, con ciertos escudos y lunas. Decía el letrero:

TUNES CAPT. ARIADENO EJUS TIRANNO
ATQ. IMMANIS ARCHIPIRATA. FUSO FUGATO.
EXERCITU CLASSQ. EXUTO XX MILLIB.
CHRISTIANIS IN LIBERTATEM ASSERTIS.
ANNO M. D. XXXV.

Quiere decir: Túnez, tomada; Barbarroja, tirano y crudelísimo príncipe de cosarios, vencido, roto el ejército y de la armada despojado, siendo veinte mil cristianos en libertad puestos.

Aquí se mostró asimismo el Emperador liberalísimo y piadoso, que no solamente dio libertad a todos los esclavos de cualquier nación que fuesen, mas aún les dio dineros y bajeles en que salvamente se fuesen a sus tierras y casas, sin obligarlos a servicio alguno. Sobre el cuadro estaba un escudo con un rostro y ciertas rosas, y encima de todo un águila grande de bulto; pasando algunos pasos mas adelante se veía una bandera amarilla con tres lunas: tenía debajo un despojo o trofeo de los dichos.

Tras esto se seguía un cuadro, en el cual estaba debujado un triunfo, con un hombre y una mujer ligados a un tronco de árbol, cubierto con un despojo, y dos escudos a los lados, con ciertas rosas. Decía en el epitafio que tenía a los pies esto:

MENAPI EXPUGNATIONE DUBAE RECEPTI.
ANNO M. D. XLIII.

Quiere decir: Cobrados los güeldreses, por la vitoria de Dura.

Sobre el cuadro estaba una mujer pintada en un escudo, y en lo alto una águila de relieve grande.

Caminando un poco más, estaba una bandera morada con tres lunas, y debajo de ella un despojo.

Inmediatamente estaba otro cuadro. Las figuras que señalaban el triunfo eran un hombre ligado y dos escudos, con lunas y estrellas. Decía el letrero:

GALLORUM AD MEDIOLANUM, FUSO
EXERCITU, DOMINIUM INSUBRUM
FRANCISCO II. SFORTIAE RESTITUTUM.
ANNO M. D. XXIII.

Significa: Roto el ejército francés a Milán y restituído el dominio del Estado de Lombardía a Francisco II Sforcia.

Encima del dicho cuadro estaba una águila de bulto. Tras esto se seguía una bandera azul, con cinco lunas, debajo de la cual estaban tres escudos. El uno tenía tres lunas, el otro tres flor de lises y el tercero, con la flor de lis, una guirnalda y una luna debajo.

Luego sucedía un cuadro, en el cual estaba debujado un triunfo con dos hombres atados a un madero, ligadas las manos atrás, y un despojo con ciertos escudos, con estrellas y flor de lises, y sobre todo estaba un águila grandísima de relieve. Decía el epitafio así:

PRAELIO TICINENSI, REX GALLOGUM SIMUL
CUM REGE NAVARRAE CAPTUS, CAESO FUSOC.
EXERCITU GALLICO. ANNO M. D. XXV.

Quiere decir: En la batalla de Pavía, el rey de Francia, juntamente con el rey de Navarra preso, y roto el ejército frances.

Más adelante había una bandera azul con tres lunas; estaba debajo un escudo y un despojo.

En los pilares de la capilla mayor había, a la mano izquierda, una bandera amarilla con seis lunas. Tenía debajo un escudo y un despojo; a la mano derecha estaba una bandera verde de tafetán con cinco lunas, debajo de la cual había un escudo y un despojo.

Caminando, a pocos pasos se descubría un cuadro, en el cual estaba pintado un triunfo con estas figuras: dos hombres con las manos ligadas a un tronco de un árbol, y dos escudos con ciertas medallas, y sobre todo estaba un águila de relieve; decía el letrero:

INGENS MOTUS GERMANICUS CONSILIO
ET CUNCTATIONE COMPREHENSUS.
ANNO M. D. XLVI.

Quiere denotar: El gran tumulto de Alemaña, con consejo y tardanza reprimido.

Al tercer ángulo de la iglesia estaba una bandera azul con cuatro lunas. Tenía debajo un escudo con un rostro feo y ciertas rosas, con un despojo debajo. Pasando hacia adelante, se veía un cuadro pintado con dos figuras, la una de hombre y la otra de mujer, ligados las manos atrás a un madero, cubierto con un despojo, y unos escudos con lunas y estrellas; en lo alto, una águila grande. Decía el epitafio:

OBSIDENTE CLASSE TURCARUM, COMMEATUS
PATRAS CORONAEQUE IMPORTATUS.
ANNO M. D. XXXIII.

Significa: Teniendo la armada de los turcos cercadas las ciudades de Modón y Corrón, fue metido dentro el bastimento.

Tras esto se seguía una bandera de tafetán amarillo con cuatro lunas; debajo de ella estaba un escudo con una medalla y ciertas flores y un despojo.

Luego estaba un triunfo muy bien pintado en un cuadro grande. Las figuras que tenía eran un hombre ligado las manos atrás, huyendo en una barca, y una mujer mirando al cielo, con un escudo en la mano izquierda y un martillo en la derecha, con ciertos despojos, escudos y lunas. Decía esto el epitafio que tenía a los pies:

FUGATUS E SUPERIORE PANONIA SOLIMANUS
TURCARUM REX CUM INNUMERABILI
EXERCITU. ANNO M. D. XXIX.

Quiere decir: Echado de Alemaña la alta Solimano, rey de los turcos, con un innumerable ejército.

Más adelante estaba una bandera de tafetán azul con sus lunas; tenía debajo un despojo.

Había otro triunfo significado en un cuadro de esta forma: Un hombre ligado en un madero con un despojo, y un carro con ciertos escudos y flor de lises en ellos. Encima tenía una águila grande, y un escudo con un rostro en medio de él, y ciertos ramos. Decía el letrero esto:

DELETO EXERCITU GALLORUM, ITALICIQ.
FOEDERIS RECEPTUM REGNUM NEAPOLITA-
NUM. ANNO M. D. XXVII.

Quiere decir: Roto el ejército de los franceses y de la liga de Italia, el reino de Nápoles recobrado. Tras esto se ofrecía una bandera de tafetán verde con cinco lunas y un despojo.

Luego se seguía otro triunfo, debujado en un cuadro. Tenía dos hombres atados a un madero, ligadas las manos atrás; había también un despojo con unos escudos, el uno con una luna, los otros con caballos y ciertas figuras. Encima del cuadro estaba un escudo con cuatro lunas y una estrella en medio; más alto estaba una águila de relieve grande. Decía la letra:

GENUA LIBERTATIS VISQUE LEGIBUS
REDDITA. ANNO M. D. XXVII.

Quiere decir: Génova, restituída en su libertad y leyes.

Al cuarto y último ángulo del templo estaba una bandera de tafetán amarillo, con tres lunas y un despojo debajo.

El último cuadro que había tenía un triunfo de esta manera: Un hombre ligado a un tronco de árbol con su despojo y ciertos escudos, con unas rosas en medio en lo alto; otro escudo con una medalla, y rostro, y una águila grande encima de todo. El letrero decía:

ALBIS FLUVIUS VADO TRANSITUS, DUX
SAXONUM CAPTUS. ANNO M. D. XLVI.

Quiere decir: El río Albis pasado a nado y el duque de Sajonia preso. Luego estaba una bandera de tafetán azul con cinco lunas y un despojo debajo.

Para consuelo de los devotos del César, quiso Dios revelar la salud de su alma en esta manera. Año de 1582, en la Nueva España, en la provincia del nombre de Jesús, de Guatemala, estando un santo fraile, que en su vida fue muy aficionado al Emperador y con particular cuidado le había encomendado a Nuestro Señor, ya en lo último de sus días, en este paso riguroso descubrió a su provincial una revelación que había tenido; y de lo que este santo fraile le dijo, el provincial tomó un testimonio autorizado y lo envio al rey don Felipe, nuestro señor, y Su Majestad lo mandó guardar en San Lorenzo el Real del Escurial. Yo le pedí al padre fray Miguel de Santa María, prior de este monasterio, para ponerlo en esta historia, pues todos teníamos tanta obligación a este príncipe, y muy particular aquella real casa, por ser hechura de su hijo, y que tocaba a nuestra honra librar al César de las calumnias y malos juicios de algunos extranjeros enemigos, que con pasión y demasía han querido poner mácula en la perfeción de su vida y respeto a la Iglesia romana. Y a diez y seis de julio de este año de mil seiscientos y dos en que comencé y acabé esta larga historia, por manos del padre fray Martín de Villanueva, procurador general de San Lorenzo el Real, me envio una escritura del tenor siguiente:

Testimonio de una revelación que tuvo un santo fraile de como el emperador se salvo

«Fray Juan Casero, de la Orden de los Frailes Menores, ministro provincial de la provincia del Nombre de Jesús, de Guatemala. A todos los que vieren la presente relación, hacemos fe y damos verdadero testimonio, que no tiene palabra más ni menos de las que me fueron dichas por el muy reverendo padre fray Gonzalo Méndez, cuyo tenor y circunstancias son las que se siguen:

«En el año de mil y quinientos y ochenta y dos, viernes a cuatro días del mes de mayo, en nuestro convento de San Francisco, de Guatemala, que es una de las provincias que nuestra sagrada religión en estas Indias de la Nueva España tiene fundadas, y a cargo de su dotrina desde los principios de su conquista, estando el muy reverendo padre fray Luis González Méndez, provincial de ella, a lo último de su vida, pues luego, sábado cinco de mayo murió, siendo de edad de setenta y siete años o poco más, de los cuales había gastado cuarenta y un años entre los indios de esta tierra, predicando y confesando y administrando los religiosos de esta provincia y la de Yucatán, siendo en ella ministro, provincial y custodio, estando ya en lo último me mandó que me confesase y fuese a decir misa, y cuando vine me mandó, por santa obediencia, que a nadie en su vida dijese lo que me quería decir, y que había enviado a llamar al señor presidente y al señor obispo para decirles este caso, y no habían venido, y se le acababa la vida; y después de haber dado muchos suspiros y sollozos, y derramado muchas lágrimas, me dijo: «Tan viva tengo la representación de lo que os quiero decir, que jamás a hombre ni aun en confesión dije, ni puedo abstenerme, ni dejar de causarme alteración grande en el alma de contento, mezclado de una tristeza, si acaso será conmigo tan justo Dios, siendo como he sido mayor pecador, que sean más los años de mis penas, y aun esto sería consuelo. No temo muerte ni pena, como yo no pierda a Dios.» Consoléle entendiendo era causa triste, y tomándome las manos, me mandó otra vez a jurar, y luego dijo: «Desde que yo tuve uso de razón, tuve tan particular amor al Emperador Carlos V, que todos los días de mi vida, hasta cuatro años de su muerte, hice particular oración por él, y con más ahinco que por alguna otra cosa, hasta los cuatro años después de la muerte del dicho, que, acabando yo de decir misa, en la cual le encomendé a Dios, y yiéndome al coro, y estando en la acostumbrada oración por él, vi una visión, ni sé si en cuerpo o fuera del cuerpo. Sé que fue en breve tiempo, y que fue estando yo despierto y libre, que ni era hora de sueño ni yo estaba en disposición de ello, pues me hallé, acabado el caso, de rodillas como antes lo estaba. Vi un juicio de Dios formado, y sola una silla de Majestad, en la cual Nuestro Señor estaba asentado, cerca de todos los santos y ángeles, y vi entrar en el juicio un hombre afligido y como que salía de una larga prisión aherrojado y cansado, al cual acusaron los demonios de gravísimos pecados que había cometido, de que jamás había hecho penitencia, y atestiguaban con los ángeles y santos, los cuales todos confirmaron ser así, que había hecho casos enormes en que no le habían visto peniente, y el Emperador Carlos V (que yo le conocí en el aspecto), aunque todos le acusaban, no parecía temer nada, ni habló en su disculpa; sólo levantó con grande acatamiento los ojos y los puso con mucha confianza en Dios, como que le pedía declaración de la verdad; y sin hablar, Dios les mostró en sí mismo a todos los santos y ángeles que aquellas cosas de que el Emperador era acusado no habían sido en él culpas, porque las había hecho por particular revelación suya, y que en ellas no había sido sino ministro de la justicia divina, por particular orden divino, y que antes había merecido en ello; y con esto se le llenó el rostro de alegría al Emperador, y todos los santos ángeles adoraron a Dios en aquel secreto, y muy contentos y alegres aventaron a los demonios, y tomando por la mano Dios al Emperador, le llevó consigo a su Gloria.» Esto, me dijo, quisiera yo decir a su hijo, nuestro rey, y pues no puedo, al menos a su presidente, para que se lo escribiera; pero si yo muriese, os mando lo consultéis, y si para gloria de Dios conviniese dar aviso, le déis.

«Este es el caso que me contó, y luego al punto le escribí, y de aquel original, éste es un verdadero trasunto. En testimonio de lo cual di ésta, firmada de mi nombre y sellada con el sello mayor de mi oficio, que es fecho en nuestro convento de San Francisco, de Guatemala, día de Todos Santos de 1583.

«Este padre fray Gonzalo Méndez tomó el hábito en la provincia de Santiago, y el año del Señor de mil y quinientos y treinta y nueve a 18 de deciembre, como por relación escrita de su mano consta, siendo general de la Orden el reverendísimo padre Lunel, y provincial de la provincia de Santiago el padre fray Gabriel de Toro; salió de aquella provincia con otros cinco frailes para ésta de Guatemala, pagando el flete y matalotaje el reverendísimo don Francisco Marroquín, de buena memoria, primero obispo de Guatemala. Llegado a esta tierra vivio en ella el sobredicho padre fray Gonzalo santa y ejemplarmente, con grandísimo celo de la conversión y dotrina de los naturales. Su vida fue tan inculpable en la virtud de castidad, que fue extremo el suyo en el huir conversación de todas las mujeres; su pobreza, tan estrecha, que jamás tuvo más que un hábito de grosero sayal y un breviario; los pies, descalzos en tierra tan fragosa como ésta, caminando de ordinario por decir misa y bautizar indios, jornadas muy largas, que día de Pascua de la Natividad de Cristo le acaeció andar nueve leguas de tierra penosísima en camino, para decir en tres pueblos tres misas, porque eran pueblos principales y no estuviesen sin misa, y tanto guardó esto de andar a pie y descalzo, que la última enfermedad de que murió, le vino de sufrir un hombre tan flaco y de tanta ancianidad una cuesta de cinco leguas grandes, la más agria que tiene toda esta tierra, la cual subió a pie y descalzo, como tengo dicho. Su cama fue siempre una tabla en el suelo y un madero por cabecera, y en la enfermedad de que murió jamás consintió otro regalo, y siendo la enfermedad muy penosa, hasta un día antes que muriese se hacía llevar por dos compañeros al coro, a maitines, y a todas las horas, y a decir misa, diciendo que en la tierra no había otro cielo sino coro y altar, que no le privasen de él en tanto que viviese. Murió santamente, con mucho conocimiento de Dios, exhortando muy de ordinario a los religiosos a la guarda de su regla, y al obispo de esta ciudad, en una visita que le hizo, le exhortó con tanto celo a la vigilancia de sus ovejas, que salió notablemente edificado. Por las cosas que pasaron se puede presumir que Dios le reveló el día de su muerte, pues queriéndole poner unos paños menores y hábito limpio que él mismo había mandado lavar, dijo: «No me lo habéis de poner agora; guardaldos limpios para que mañana me enterréis con ellos.» Y así fue, que el día siguiente murió, a cuya muerte acudio gran multitud de indios, como a padre que tiernamente amaban. Vino toda la ciudad, religiones, audiencia real y dos obispos, el de esta ciudad y el de la Verapaz, todos con voz de santo, y aun personas de calidad, tomando las rosas y flores de que iba adornado su cuerpo como reliquias, y aun en presencia de todos llegaron matronas principales, queriéndole enterrar, a besarle las manos, lo cual hicieron con muchas lágrimas. Lo más de lo contenido en esta relación vi yo por mis ojos, y lo demás es pública voz y fama de los que lo vieron e oyeron. Fecha en el sobredicho día, mes y año. F. Juan Casero, ministro provincial.

«Digo yo, fray Pedro Oroz, comisario general de las provincias de la Nueva España, de la Orden de los Menores de nuestro seráfico padre San Francisco, que este traslado está fielmente sacado de un original que me envio el padre fray Juan Casero, provincial de la provincia de Jesús de Goatemala, sellado con el sello mayor de su oficio, y firmado de su nombre, y en testimonio de verdad va sellado con el sello mayor de mi oficio y firmado de mi nombre. En Coatlichan, a 24 de marzo de mil y quinientos y ochenta y cuatro años. F. Pedro Oroz, comisario general.

«Digo yo, fray Francisco de la Concepción, guardián del dicho convento de San Miguel, de Coatlichán, y notario del muy reverendo padre fray Pedro Oroz, comisario general, arriba nombrado, que es verdad que yo cotejé el sobredicho traslado con el original arriba contenido, y está verdaderamente sacado, y es verdad todo lo contenido en el auto precedente. Testigos que fueron presentes: fray Pedro Serrano, fray Cristóbal Sánchez y fray Antonio Bocardo y fray Gabriel Arias. Fecha 24 de marzo de mil y quinientos y ochenta y cuatro años. F. Francisco de la Concepción, notario.»

Testamento del emperador Carlos V de gloriosa memoria

«Año del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo de mil y quinientos y cincuenta y cuatro, a seis días del mes de junio, en la villa de Bruselas, en la casa de palacio, donde estaba y posaba la Majestad Cesárea y Católica, don Carlos, por la divina clemencia Emperador de los romanos, rey de Alemaña, de Castilla, de León, de Aragón, etc.; archiduque de Austria, duque de Borgoña y de Brabante, conde de Flandres, etc. Pareció Su Majestad personalmente, y mostró en presencia de nos los escribanos, y del obispo de Arrás, del su Consejo de Estado, y de Guillelmo de Nassao, príncipe de Orange, y Juan de Pope, señor de Laxao; don Luis de Zúñiga, comendador mayor de Alcántara; don Fernando de la Cerda, Florencio de Memoransi, gentilhombre de la casa de Su Majestad, y el regente Juan de Figueroa, del Consejo, testigos para ello llamados y rogados, cuatro cuadernos o volúmenes de papel, de los cuales es éste el uno, e dijo y afirmó que ante todos o cada uno de ellos estaba escrito, y se contenía un testamento y última voluntad, y había hecho los dicho cuatro cuadernos y escritura en una misma sustancia, firma y tenor, los dos en lengua latina, y los dos en lengua castellana, respectivamente, para perpetua memoria, para que cuando sea menester haga cierta fe y probanza. E asimismo dijo Su Majestad que revocaba y revocó cualesquier testamento y codicilos que hubiese hecho y otorgado antes de agora, hasta el día de la fecha de ésta, para que no valgan, ni hagan fe, y que quería y ordenaba que los dicho cuatro volúmenes, y cada uno de ellos, estén y queden secretos, cerrados y sellados con los sellos de Su Majestad, hasta que la voluntad de Nuestro Señor sea servido de llevarle, y le haya llevado de esta presente vida, y requirió a los dichos testigos que sobreescribiesen y firmasen este otorgamiento, los cuales vieron sobreescribir y firmar a Su Majestad en los dichos cuatro cuadernos, y cada uno de ellos de su propria mano y sellos, y cada uno firmaron en todos ellos, en fe y testimonio de todo lo sobredicho. Yo, el rey. -Peronet, obispo de Arrás; Guillelmo de Nassao, príncipe Lachaul, y don Luis de Zúñiga y Avila, don Fernando de la Cerda, Francisco de Montmorency, Juan de Figueroa, y nos Francisco de Eraso, y Diego de Vargas, y Juan Babe, todos tres secretarios de Su Majestad, y notarios públicos, que a todo lo susodicho nos hallamos presentes, requeridos para ello, y vimos a Su Majestad firmar en presencia de los dichos testigos en los dichos cuatro cuadernos, y asimismo sellados y cerrados vimos firmar en ellos a los dichos testigos, y cada uno de ellos a requisición de Su Majestad lo sobrescribimos, y los dos de nos lo signamos, en fe de todo lo susodicho, con nuestros signos acostumbrados. Francisco de Eraso, Diego de Vargas y Juan de Babe, año, mes y día y lugar sobredichos.

«En el mismo instante, los dichos testigos, excusando que no traían consigo sus sellos para ponerlos en este dicho testamento, requirieron y rogaron al dicho obispo de Arrás, que tenía su sello, que pusiese aqueste en lugar y nombre de todos, lo cual fue fecho en presencia de nos los dichos secretarios y notarios, Babe y Diego de Vargas, Francisco de Eraso.

«En el nombre de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres personas y un solo Dios verdadero, y de la gloriosa siempre Virgen madre suya, Santa María, Nuestra Señora, y de todos los santos y santas de la corte celestial. Nos, don Carlos, por la divina clemencia Emperador de los romanos, de Alemaña, de Castilla, de León, de Aragón, de las dos Sicilias, de Jerusalén, de Hungría, de Dalmacia, de Navarra, de Granada, de Toledo, de Valencia, de Galicia, de Sevilla, de Mallorca, de Cerdeña, de Córdoba, de Córcega, de Murcia, de Jaén, de los Algarbes, de Algecira, de Gibraltar, de las islas de Canaria, de la India, islas y tierra firme del mar Océano; archiduque de Austria, duque de Borgoña, de Brabante, de Loteringia, de Corincia, de Carniola, de Luzaburque, de Luemburque de Güeldres, de Atenas y Neopatria; conde de Brisna, de Flandres, de Tirol, de Abspurque, de Artoes y de Borgoña, Palatino de Nao, de Holanda, de Zelanda, de Ferut, de Fribuque, de Amuque, de Rosellón, de Aufania, Lantzgrave de Alsacia, marqués de Borgoña y del Sacro Romano Imperio de Oristán y de Gociano, príncipe de Cataluña y de Suebia, señor de Frisa, y de la Marca, y de Labono, de Puerta, señor de Vizcaya, de Molina, de Salinas, de Tripol, etc.

«Conociendo que no hay cosa más cierta a los hombres que la muerte, ni más incierta que la hora de ella, queriendo hallarme y estar prevenido para ir a dar cuenta a quien murió, siempre que por El fuere llamado de lo que por su infinita bondad en este mundo me tiene encomendado, habemos deliberado y deliberamos de hacer nuestro testamento y postrimera voluntad estando sano de nuestro cuerpo, seso y entendimiento, que Dios Nuestro Señor nos quiso conceder, en la manera y forma siguiente:

«Lo primero, confesando firmemente, como creemos y confesamos todo lo que tiene y cree la Santa Madre Iglesia y lo que nos enseña, encomendamos nuestra ánima a Dios poderoso, nuestro Redentor, suplicándole humilmente que por su infinita misericordia y por los méritos de su sacratísima pasión, que por todos los pecadores quiso sufrir en la cruz, haya piedad de mi ánima y la ponga en su santa Gloria; y suplico a la sacratísima y purísima Virgen, Madre de Dios, abogada de los pecadores y mía, y al Arcángel San Miguel, y a los bienaventurados San Pedro y San Pablo, San Jacobo, San Andrés, San Carlos y San Gregorio, Santa Ana, la gloriosa Madalena, Santa Caterina y a todos los santos y santas, que sean para esto intercesores ante la Santísima Trinidad, Ordenamos y mandamos que doquier que nos halláremos, cuando Nuestro Señor fuere servido de nos llevar para la otra vida, nuestro cuerpo sea sepultado en la ciudad de Granada, en la capilla real de los Reyes Católicos, de gloriosa memoria, nuestros abuelos, y del rey don Felipe, mi señor y padre, que santa Gloria haya, están enterrados; que los dichos Reyes Católicos mandaron edificar, y dotaron, y Nos, después, mandamos acrecentar y dotar, en el lugar y parte de la dicha capilla, que pareciere a mis testamentarios, con que sea que mis padres y abuelos sean preferidos. Y cerca de mi cuerpo se ponga el de la Emperatriz, mi muy cara y muy amada mujer, que Dios tenga en su Gloria; y si Dios nos llamare estando fuera de España, en parte donde luego no pueda ser llevado nuestro cuerpo a la dicha ciudad de Granada, queremos que sea depositado en la ciudad más cercana que sea de nuestro patrimonio, en la iglesia principal de ella; y mandamos a nuestros testamentarios, que lo más presto que se pueda, lo trasladen y lleven a la dicha ciudad de Granada, donde sea sepultado como dicho es. Y ordenamos que las obsequias funerarias sean celebradas y fechas devotamente, a servicio y honra de Dios, sin pompa, como a mis testamentarios les pareciese.

«Otrosí, ordenamos y mandamos que dentro del año de nuestro fallecimiento, y lo más breve y antes, que dentro del dicho año sean celebradas en diversos monasterios y religiones reformadas, y si a mis testamentarios pareciere, también en algunas iglesias parroquiales treinta mil misas, que la mayor parte de ellas sean de la Pasión, y las otras se digan de la Virgen Nuestra Señora y de la cruz y de réquiem. Las cuales se repartan en las partes y provincias de nuestros reinos y señoríos que a mis testamentarios pareciere, para que brevemente se digan; y daráse de limosna por cada una misa que en España se dijere un real, y por las que se dijeren en nuestros Estados de Flandres y tierras bajas, tres placas. Y porque en nuestra vida habemos mandado hacer capellanías y decir misas cantadas y rezadas en la capilla real de Granada, Nos ordenamos de nuevo otras misas y sacrificios perpetuos, y encomendamos afectuosamente a nuestros ejecutores y testamentarios,que ellos impetren por mí de la Sede Apostólica jubileo e indulgencia plenaria, las cuales desde ahora para entonces Nos pedimos, y para ello suplicamos, para que las dichas misas que se dijeren y limosnas que se hicieren sean más afectas a Dios y de mayor gracia para la salud de mi ánima.

«Otrosí, ordenamos y mandamos que dentro del dicho año de mi fallecimiento se distribuyan treinta mil ducados de limosna en esta manera: Diez mil para redimir cristianos cautivos en tierras de infieles y los que más justos parecieren, prefiriendo a los que hubieren sido cautivos en nuestras armadas, donde nos hayamos hallado presentes, y después los que en las otras armadas nuestras hubieren sido cautivos; y los diez mil en casar mujeres pobres necesitadas, prefiriendo las que fueren huérfanas y de buena fama, y los diez mil restantes, para pobres vergonzantes que más necesitados sean.

Otrosí, porque después que fuimos jurados por rey y señor de los reinos de la corona de Castilla y de Aragón, a nuestro parecer sin culpa nuestra se nos han ofrecido grandes guerras así contra el Turco, enemigo de la Cristiandad, como contra otros príncipes y potestades de ella, de cuya causa se nos han seguido grandes e inevitables gastos, y habemos venido en grande necesidad, por lo cual no hemos podido hacer lo que deseábamos, que era cumplir enteramente los testamentos del rey don Felipe, nuestro señor y padre; de los Reyes Católicos, Emperador Maximiliano y madama María, mis abuelos, que hayan santa Gloria, como teníamos obligación, por ende, mandamos que lo más presto que ser pudiere, sean observados, cumplidos y ejecutados en todo lo que faltare y restare por cumplir de ellos, y que en especial se cumpla lo que toca a la construción y dotación de la capilla del dicho rey don Felipe, nuestro señor padre, que mandó hacer en nuestra casa de Bruselas, y sea una misa cantada perpetuamente en la dicha capilla cada día.

«Otrosí, mandamos que ante todas cosas se paguen todas las deudas y cargos, así de partidos como de quitaciones y salarios, acostamientos, tenencias y sueldos, descargos, deservicios y otro cualquier género de deudas, cargos e intereses de cualquier cantidad especial y calidad que sean, que se hallare yo ser obligado a pagar, así en nuestros reinos de Castilla y Aragón como en nuestros señoríos de Flandres, tierras bajas y cualesquier otras partes, las cuales mando que mis testamentarios averigüen, paguen y descarguen lo más presto que pueda ser, sobre lo cual muy estrechamente les encargo la conciencia; y para el cumplimiento y ejecución de esto obligamos y sometemos todos y cualesquier bienes nuestros muebles presentes y venideros. Y mandamos y es nuestra voluntad, que todos los tales bienes que dejáremos a la hora de nuestra muerte, por nuestros herederos y súbditos sean luego puestos, y con efeto y derecho librados en las manos y poder de nuestros ejecutores y testamentarios, o de la mayor parte de ellos, para que se cumpla sin dilación, y paguen las dichas deudas y todo lo que somos obligados; pero queremos y ordenamos que las piedras preciosas, joyas de valor, tapicería rica y otras cosas que se hallaren en nuestros bienes muebles, en especial algunas joyas e cosas amacinas, que hayan sido de nuestros abuelos e bisabuelos, que viéndolas el príncipe don Felipe, nuestro hijo y nuestro heredero, le sean dadas y las pueda tomar en precio moderado a arbitrio de mis testamentarios, con que sea obligado que dentro de dos años dará en manos de ellos el valor en que fueren apreciadas las sobredichas cosas.

«Otrosí, por cuanto Nos procuramos con nuestro muy santo padre León X, y después con Adriano, que incorporase en nuestra corona de Castilla y de León los tres maestrazgos de Santiago, de Calatrava y Alcántara, y así fueron incorporados perpetuamente, lo cual es claro y cierto haber sido y ser en mucha utilidad y provecho de la dicha corona real y bien y pacificación de ellos, ordenamos y mandamos, conforme a un breve que para ello tenemos de nuestro muy santo Padre, que nuestros herederos o sus tutores (sobre lo cual les encargamos las conciencias) hagan librar y libren, acudan y recudan a nuestros testamentarios con los frutos y rentas y todos derechos, en cualquiera manera pertenecientes, mesas maestrales de los dichos tres maestrazgos por nueve años primeros siguientes después de nuestro fallecimiento, pagados los salarios y gastos de alcaides y otros ministros que se suele acostumbrar pagar, para que de lo que ha pasado lo remedien y enmienden como convenga, que por la presente de mi propio motivo y poderío real absoluto revoco, caso y anulo, e doy por ninguno y de ningún efecto y valor cualquier uso y costumbre que hubiere e haya habido, para que dél no se puedan los dichos grandes caballeros ni otras personas aprovechar ni alegarlo en tiempo alguno, para tiempo de prescripción, ni dejar de incurrir en las penas en que caen los que usurpan la jurisdicción real. Y porque la Reina Católica, mi abuela, en su testamento dejó y declaró que daba por ningunas y de ningún efeto y valor las mercedes que hizo de las cosas pertenecientes a la corona real de sus reinos, y afirmó que no emanaron de su libre voluntad; por ende, conformándome con lo contenido en el dicho testamento, ordeno y mando que la cláusula del que en esto habla, sea guardada como en ella se contiene. Y digo que declaro, que si yo alguna merced he hecho de las cosas de la dicha corona real, y de mano de cualquiera de mis reinos y senoríos o manda o dispensa contra ella, haciendo de nuevo, aprobando o o confirmando lo que por los reyes, mis predecesores, estaba hecho en perjuicio de la dicha casa real, e de mano e patrimonio de ella, yo lo revoco y doy por ninguno y de ningún valor y efeto, para que de ella no se pueda persona alguna aprovechar en algún tiempo.

«Otrosí, porque a causa de las grandes necesidades que he tenido, hube vendido y vendí mucha suma de maravedís de juro de alquitar, los cuales yo tenía gran deseo y voluntad de quitar y rescatar luego que Dios me librase de las dichas necesidades; por ende, encargo a mi heredero que por tiempo fuere, o sus tutores, que por todas las vías y formas justas que hallaren y pudieren, tenga manera de lo quitar y sean tornadas y vueltas a la corona real lo más presto que ser pueda; lo cual es nuestra voluntad, y queremos que se entienda no solamente en los maravedís de juro vendido, como dicho es, en los nuestros reinos en la corona de Castilla, mas en lo vendido con facultad de lo poder quitar en cualquier manera, empeñado en los nuestros reinos de la corona de Aragón, Nápoles, Sicilia, para que aquello se rescate y vuelva a la corona y patrimonio real, y de mano, y lo mismo en lo que toca a los bienes vendidos y empeñados, por las necesidades en los nuestros Estados de Flandres y tierras bajas, para que aquéllos se quiten y rediman en todo lo que se pudiere.

«Otrosí, porque los Reyes Católicos, mis abuelos, y yo vendimos algunos maravedís de juros, y hicimos otras mercedes de por vida a algunas personas, encargo la conciencia a mi heredero, que luego que las personas a quien fueren vendidos los dicos juros de por vida, o fuere hecha la tal merced murieren, se consuman y vuelvan a la corona real, y que no se les pase ni alargue por otra vida, ni más o menos tiempo; y a sus tutores y gobernadores mando que no hagan ni puedan hacer otra cosa, y que si lo hicieren, sean ninguno, y de ningún valor ni efeto. E ansimismo mandamos que las donaciones hechas por nuestra vida a los oficiales y servidores, criados y criadas de la Emperatriz, que haya santa gloria, no se puedan como quier ceder, vender ni proveer a otras personas algunas, antes se consuma todo, según las formas de las consignaciones que se les fueren hechas.

«Item, porque debo a Dios Nuestro Señor, y por el grande amor paternal que tengo al serenísimo príncipe, mi muy caro y amado hijo, deseando más el aumento de sus virtudes y salvación de su alma que del acrecentamiento de los bienes temporales, afetuosamente le encargo y mando que, como muy católico príncipe, y temeroso de los mandamientos de Dios, tenga muy gran cuenta de las cosas de su honra y servicio, y sea obediente a los mandamientos de la Santa Madre Iglesia, especialmente le encargo e mando que favorezca y haga favorecer al Santo Oficio de la Inquisición contra la herética pravedad y apostasía, por las muchas y grandes ofensas de Nuestro Señor, que por ella se quitan e castigan; y guarde y haga guardar a las iglesias y personas eclesiásticas sus libertades, y favorezca y haga favorecer las religiones, y procure el aumento y reformación de ellas donde fuere menester, y que sea celador y que tenga mucho cuidado del culto divino, y que con todo corazón y ánimo anime a la justicia, la cual haga administrar sin excepción de personas, teniendo, como es obligado, mucha vigilancia y cuidado de la buena gobernación de los reinos y señoríos, en que después de Nos sucederá, y de la paz y sosiego de ellos, y que sea benigno y humano a sus súbditos naturales, y no les consienta que sean fatigados, ni les sean hechos agravios, y que señaladamente le he encomendado la protección y amparo de las viudas y huérfanas, pobres, miserables personas, para que no permita sean vejados o presos, ni en manera alguna maltratados de las personas ricas y personas poderosas, a lo cual los reyes tienen grande obligación.

«Item, conformándome a lo que debo y soy obligado, de lo que así restare sean pagadas y satisfechas nuestras deudas y cargos, y todo lo que restare en los dichos nueve años de los dichos maestrazgos dende ahora lo aplicamos y consignamos para lo susodicho, por virtud del dicho breve y facultad apostólica que para ello tenemos, pues que las dichas deudas previenen de los que hemos sido y somos forzados gastar por el bien público y defensión y conservación de la cristiandad de nuestros reinos. Y porque puede ser que por razón de los grandes gastos y costas que habemos tenido por las dichas guerras que no habemos podido excusar, por ventura los sobredichos muebles, fruta, y rentas y consignaciones señaladas no bastaren para pagar y satisfacer los cargos y deudas que así debemos, en tal caso ordenamos y mandamos al príncipe nuestro hijo y nuestros herederos y sus tutores que realmente y con efecto ellos libren en poder de nuestros ejecutores y testamentarios de la renta de nuestros reinos tanta suma de maravedís en dinero cuanto fuere menester al cumplimiento de lo susodicho, y encargamos y mandamos a nuestros herederos y a sus tutores que por ninguna necesidad que se ofrezca se deje de librar, cumplir e pagar, por manera que nuestra ánima sea descargada, y todos los Consejos y lugares, y personas particulares a quien se debieren, sean satisfechos y pagados enteramente todo lo que les fuere debido. Y encargamos y mandamos a los dichos nuestros testamentarios, que tengan especial cuidado de pagar a mis criados todos las quitaciones y gajes que se les debieren infaliblemente, y con mucha atención y equidad, teniendo respeto, a que los pobres y personas que tuvieren más necesidad sean preferidos a los ricos, para ser primero pagados. Y quiero y es mi voluntad, que no se haga diferencia entre los naturales de los reinos de España a los otros naturales de los otros nuestros reinos, Estados y señoríos, criados nuestros que nos han servido en los dichos reinos, en el tiempo y pagas que se les han de hacer de sus deudas; antes, teniendo respeto y consideración que los que estuvieren fuera, y quieren volver a ellas, sean satisfechos con la mayor presteza que ser pueda.

«Otrosí, por cuanto a causa de las dichas necesidades, que nos han ocurrido después que sucedimos en estos nuestros reinos de la corona de Castilla y Aragón, y señoríos de ellos, y tolerado que algunos grandes y caballeros hayan llevado las alcabalas, tercias, pechos y derechos pertenecientes a la dicha corona y patrimonio real y de nuestros reinos, y no he podido cumplir ni ejecutar la cláusula que dejó en su testamento la Católica Reina, mi señora y abuela, que habla sobre las dichas alcabalas, las provisiones que mandó dar y dio antes que falleciese. Por ende, porque los dichos grandes, caballeros y otras personas, a causa de la dicha tolerancia y disimulación que hemos tenido, no pueden decir que tengan uso y costumbre, ni prescripción pueda perjudicar al derecho de la corona y patrimonio real, y a los reyes que después de nosotros sucedieren en los dichos reinos y señoríos, y por la presente, por descargo de mi conciencia, digo y declaro que la tolerancia y disimulación que ha tenido cerca de lo susodicho no pare perjuicio a la corona y patrimonio real, y a los reyes que después de nosotros sucedieren en los dichos reinos y señoríos, y de nuestro proprio motu y cierta ciencia y poderío real absoluto, de que en esta parte queremos usar e usamos como rey y soberano señor, no reconociendo superior en lo temporal en la tierra, revoco y anulo, y doy por ninguno, e de ningún efeto y valor la dicha tolerancia, y cualquiera disimulación o licencia de palabra o por escrito que yo haya fecho o dado, en cualquiera transcurso de tiempo, aunque fuese tanto que bastase causar prescripción, aunque fuese de cien años o más tiempo, que no se tuviese memoria de hombres en contrario, para que no les pueda aprovechar, y siempre quede el derecho de la corona real salvo, ileso, que pueda yo, o los reyes que después de mí sucedieren en los dichos reinos e señoríos, incorporar en la corona y patrimonio real las dichas alcabalas, tercias, pechos e derechos reales, como cosa anexa a la dicha corona, y que de ella no se ha podido, ni pueda apartar por alguna tolerancia, disimulación, permisión o transcurso de tiempo, ni por expresa licencia e concesión que hubiese de Nos o de los reyes nuestros predecesores, mas por le hacer merced le hago gracia, donación de lo que hasta aquí han llevado, para que en algún tiempo a ellos ni a sus herederos le sea pedido ni dernandado.

«Otrosí, por cuanto yo he sido informado que algunos grandes y caballeros de mis reinos y señoríos, por formas y maneras que han tenido, han dado y hecho e puesto impedimento a los vecinos y moradores de sus tierras para que no apelen de ellos, ni de sus ministros de justicias para Nos e nuestras chancillerías, como por derecho y leyes de nuestros reinos lo pueden y deben hacer; y si esto pasase adelante y no se remediase, sería en mucho detrimento de la justicia y preeminencia real e suprema jurisdición y daño de los súbditos y naturales de nuestros reinos. Por ende, por descargo de mi conciencia digo y declaro que si algo de lo susodicho he pasado y quedado por remediar, ha sido por no haber claramente venido a mi noticia, y encargo y mando al príncipe, mi hijo, mis herederos o sus tutores, que no le consientan ni permitan, e pongan diligencia en saber la verdad de lo que en esto de derecho e leyes, e establecimientos de mis reinos, Estados e señoríos, establezco e instituyo por mi heredero y sucesor universal en todos los dichos mis reinos e señoríos, así de Castilla, de León, de Aragón, Cataluña, Navarra, Galicia, Sevilla, Granada, e las islas de Canaria y de las Indias y tierra firme del mar Océano, mar del Norte y mar del Sur y otras cualesquier islas y tierras descubiertas, e que se descubrirán e señorearán de aquí adelante, como en todos los otros mis reinos de Nápoles, Sicilia, Mallorca, Menorca, Cerdeña y de todos los demás señoríos y derechos, como quiera que sean pertenecientes a la corona de Castilla, Aragón, en los mis Estados, señoríos de Borgoña y de Brabante, Lucemburg, Arianburg, Güeldres, Flandres, Holanda, Zelanda, Frisa, Namur, Artoes, Henaut, Malinas y en todos los otros Estados, tierras y señoríos en las tierras bajas o cualquiera otra parte a nos pertenecientes, en cualquiera manera, y sus derechos y acciones, y pertenencias al serenísimo príncipe don Felipe, mi muy caro y amado hijo primogénito, heredero, el cual quiero que los haya, herede y suceda en todos ellos y en todo el derecho título que me pertenecen y pertenecer pueden en cualquier manera a todo ello, y las haya con bendición de Dios y con la mía después de mis días. El cual, luego que Dios me llevare de esta presente vida, se intitule, llame y sea rey, como se hizo conmigo después de la muerte del Rey Católico, mi señor abuelo. Y mando a todos los perlados, grandes, duques, condes y marqueses, e ricos hombres, e a los priores, comendadores, alcaides de casas fuertes y llanas, y a los caballeros, adelantados, merinos y a todos los Consejos, justicias, alcaldes, alguaciles, regidores y oficiales, hombres buenos, y a todas las ciudades, villas y lugares, y tierras de mis reinos y señoríos, y a todos los visorreyes, gobernadores, castellanos, capitanes y guardas de las fronteras de allende y aquende el mar, y a otros cualesquier ministros y oficiales de los mis reinos, así de la corona de Castilla e Aragón, Nápoles, Sicilia, como de los nuestros Estados y señoríos de Borgoña, Brabante, Flandres y de todos los demás de las tierras bajas a nos pertenecientes y de suso declarados, y a todos los otros mis vasallos y súbditos, y naturales de cualquier Estado y preeminencia y dignidad que sean, por la fidelidad y reverencia, sujeción, vasallaje que me deben, y son obligados como a su rey y señor natural y en virtud de los juramentos y fidelidad, y pleito homenaje que me hicieron al tiempo que sucedí en los dichos reinos, Estados y señoríos, cada y cuando que pluguiere a Dios me llevar de esta presente vida, a los que se hallaren presentes, y a los ausentes, dentro del término que las leyes de los dichos reinos y señoríos en tal caso disponen, vengan, hagan y tengan, y reciban al dicho don Felipe, mi hijo, por su rey y verdadero señor natural proprietario de los dichos mis reinos, Estados, tierras y señoríos, y alcen pendones por él, haciendo las solemnidades que en tal caso se suelen y acostumbran hacer, según el estilo, uso y costumbre de cada provincia, y así le nombren e intitulen dende en adelante, y le den presentes, y exhiban, y le hagan prestar y exhibir toda la fidelidad, lealtad y obediencia que, como sus súbditos y naturales, son obligados a su rey y señor. Y mando a todos los castellanos, alcaides de alcázares, fortalezas, castillos y casas llanas y fuertes y sus lugares tenientes de cualesquier ciudades, villas y lugares y despoblados, que hagan pleito homenaje y juramento, según costumbre y fuero de España, de los que fueren de las coronas de España, y en los otros Estados y señoríos de Flandres, y las tierras bajas, según la costumbre de la provincia donde serán por ellas al dicho príncipe don Felipe, mi hijo, y de las tener y guardar para su servicio durante el tiempo que se las mandare tener. Lo cual todo lo que dicho es, y cada una cosa y parte de ello, les mando que cumplan e hagan realmente y con efeto, so aquellas penas y casos en que caen e incurren los rebeldes e inobedientes a su rey y señor natural, y quiero y así lo otorgo y mando al serenísimo príncipe, mi hijo, que en cuanto viniere la serenísima y muy alta y muy poderosa reina, mi señora madre, reine juntamente con ella, según y por la orden que yo lo he hecho y hago al presente, y por aquella misma manera. Y mando al dicho príncipe mi hijo, y a cualquiera heredero mío y sus tutores y gobernadores, que la sirvan y acaten, y hagan que sea servida y acatada, como a su real persona conviene y es necesario, y le hagan acudir e acudan, e señalen e sean señalados los cuentos de maravedís que yo le he mandado librar, y de todo lo que ha menester cada año para la provisión y salarios, y quitaciones de su casa y criados, sin que en ello haya falta ni defecto alguno. Y ordenamos y mandamos que cuando Nuestro Señor pluguiere de llevar para sí a Su Alteza (que sea después de muchos años), su cuerpo sea llevado a la ciudad de Granada y sepultado en la capilla real arriba dicha, cerca del rey don Felipe, mi señor y padre, que haya santa gloria, con las solemnidades y pompa que a su real persona conviene.

«Otrosí, encargo al dicho príncipe mi hijo y heredero, que mire mucho por la conservación del patrimonio real de los dichos reinos, Estados y señoríos, y que no venda ni enajene, ni empeñe algunas de las ciudades, o villas, o vasallos, o jurisdiciones, rentas, pechos y derechos, ni otra cosa alguna perteneciente a la corona real de los dichos reinos e patrimonio de ellos, y de los otros Estados y señoríos, y que haga guardar y mirar las preeminencias reales en todo aquello que al cetro real y al señorío convenga, y guarde y mande guardar a los hijosdalgo sus libertades y exenciones, como su gran lealtad y fidelidad lo merece, y le encargamos que haga mercedes y mande hacer buen tratamiento a los criados de la reina mi señora, y míos.

«Item, porque se ha considerado que sería muy conveniente por justas causas y respetos procurar con nuestro muy Santo Padre que se dispensasen y efetuasen tantas canonjías en las iglesias catedrales de España, en los obispados principales, donde residen los inquisidores contra la herética pravedad, para que de cada uno de ellos tuviese una reprensión en el obispado principal del partido do reside, con el cual el Santo Oficio sería más honrado y favorecido, y los dichos inquisidores mejor entretenidos, y se siguirían otros provechos, afetuosamente encargo al dicho serenísimo príncipe mi hijo que si cuando Dios me llevare de esta presente vida no estuviere despachado, lo haga despachar, y procurar y efetuar como cosa en que Dios será muy servido y el Santo Oficio favorecido como dicho es. Y después de los días del serenísimo príncipe suceda en los dichos mis reinos y señoríos el serenísimo infante don Carlos su hijo y nieto, y después de él, su hijo mayor varón, si lo hubiere, y en defecto, de varón, su hija mayor, siendo siempre un solo sucesor, con declaración cuanto a los Estados y señoríos de Flandres y tierras bajas que adelante en este testamento se pornán y especificarán. Y si por ventura, lo que Dios no quiera ni permita hubiese llevado de esta presente vida al dicho príncipe don Felipe mi hijo al tiempo de su fin y muerte, en tal caso desde luego establezco y constituyo por mi heredero y sucesor universal en todos los mis reinos y señoríos con la dicha declaración que de suyo se dirá, al dicho serenísimo infante don Carlos su hijo, mi nieto; el cual mando que sea habido y tenido después de mis días por rey, según por la forma que está dicho y declarado en la persona del dicho príncipe mi hijo, padre de dicho infante, teniendo siempre la obediencia e acatamiento que está dicho a la Católica reina mi señora madre, como a su real persona es debida. Y en caso que del dicho infante don Carlos no quedase sucesión legítima y hubiese quedado otro hijo, el tal hijo o hija suceda en todo según de suso, prefiriendo siempre el mayor al menor y el varón a la hembra, y en igual línea y grado, el nieto o nieta, hijo del primogénito que murió en vida del padre al hijo segundogénito, que se halló vivo al tiempo de la muerte del padre; conforme a la disposición de las leyes y premáticas de las Partidas y otras de nuestros reinos y señoríos.

«Y por cuanto en los días pasados con voluntad y expreso consentimiento y poder suficiente nuestro y del serenísimo príncipe don Felipe se concertó matrimonio entre él y la serenísima reina de Ingalaterra y de Francia, María I de este nombre, y sus legítimos procuradores, y se contrajo el dicho matrimonio por palabras de presente, en la forma que se ordena y tiene ordenada la Santa Madre Iglesia, y entre otras cosas que en el tratado del dicho matrimonio se asentaron y concertaron y prometieron, hay un capítulo que dispone cerca de la sucesión de los dichos Estados de Borgoña y Brabante, Flandres y todas las tierras bajas. Por ende, decimos y declaramos, ordenamos y mandamos, conformándonos con lo capitulado, asentado, aprobado y ratificado en el tratado del dicho matrimonio, que consumiéndose aquel matrimonio y quedando hijos de tal matrimonio, que el hijo mayor varón de allí procedido suceda en todos los dichos nuestros Estados y señoríos de Borgoña, de Brabante, Güeldres, Flandres, Holanda, Zelanda y todas las tierras bajas que a nos pertenecen y pertenecer pueden en cualquier manera, enteramente. Y si hijo varón no quedare ni fincare del dicho matrimonio, que suceda la hija mayor que de él procediere en todo y por todo como está dicho en el hijo. Y para en cualquiera de los dichos dos casos de hijo o hija del tal matrimonio, porque mi última voluntad se conforme con lo capitulado y asentado en el dicho tratado matrimonial y todo venga en una conformidad y entre nuestros herederos y los reyes que después de Nos vinieren no hayan diferencia alguna por falta de declaración mía y última disposición, queremos y ordenamos y mandamos lo asentado en este caso y contratado por causa onerosa sea guardado inviolablemente, y el dicho serenísimo infante don Carlos nuestro nieto sea apartado y excluido de la sucesión de los dichos Estados y señoríos de Borgoña, Brabante e Güeldres, Holanda y Zelanda, Flandres y Frisa y todos los otros que a nos pertenecen y pertenecer pueden en las tierras bajas, porque así conviene al servicio de Dios Nuestro Señor y bien de su santa católica religión y a la paz universal de la Cristiandad contra los infieles y enemigos de ella, y a la guarda y aumento y conservación de todos nuestros reinos, Estados y señoríos, así de la corona de Castilla, Aragón, como de las dichas tierras bajas y las demás, y a la quietud y sosiego, aumento, tranquilidad y sosiego y satisfacción de todos nuestros súbditos y naturales de todas partes, y por otras muy importantes causas honestas e justas, e debidos respetos. Pero cuando del dicho matrimonio no quedase hijo ni hija, en tal caso el dicho ilustrísimo infante don Carlos suceda en todos los dichos Estados de Borgoña, Brabante, Güeldres, Flandres, Holanda, Zelanda y todas las tierras bajas, bien así como está dispuesto en la persona del dicho serenísimo príncipe don Felipe mi hijo, y como si el dicho tratado matrimonial no fuese hecho ni otorgado. Y en caso que hijo quedase del dicho matrimonio que haya de suceder en los dichos Estados por falta de varón, ordenamos y mandamos, conformándonos con un capítulo del dicho tratado, que la tal hija, casándose con hombre que sea originario inglés o de las dichas tierras bajas, lo puede hacer libremente; pero que si quisiere casarse con otro fuera de Ingalaterra o de las dichas tierras bajas, no originario de la una ni otra parte, que sea obligada a tomar para ello consejo y tener consentimiento del dicho infante don Carlos su hermano, nuestro nieto, y que cuando así no se cumpliese, que al dicho infante le quede su derecho a salvo para suceder en los dichos Estados y tierras bajas.

«Y en caso que al dicho príncipe mi hijo don Felipe, ni al dicho infante don Carlos no quedase sucesión legítima, nombro por universal heredera y sucesora de todos los dichos reinos y señoríos de todas las dichas partes a la serenísima infanta doña María, reina de Bohemia, nuestra hija; la cual mandamos que luego sea jurada por reina y señora, según y como está dicho en la persona del dicho serenísimo mi hijo, teniendo respeto y acatamiento y reverencia que es debida a la Católica reina mi señora madre. Y después de los días de la dicha infanta reina nuestra hija, nombro a su hijo varón mayor legítimo, y en defeto de varón, su hija mayor legítima, con prerrogativa del mayor al menor, y el varón a la hembra, y el nieto hijo del primogénito al segundo, según de suso está declarado.

«Y cuando acaeciere fallecer la dicha infanta doña María nuestra hija sin sucesión legítima, en tal caso ordenamos y mandamos que suceda en todos los dichos nuestros reinos y señoríos, la serenísima infanta doña Juana, princesa de Portugal, nuestra segunda hija, y después de ella su hijo el mayor varón, y en defecto, de varón su hija mayor, prefiriendo siempre el varón a la hembra, y el mayor al menor, y el nieto al hijo segundogénito del último rey o reina que falleciere, según de suso está dicho y repetido.

«Y en caso que la dicha infanta princesa nuestra hija, doña Juana, falleciere sin dejar descendientes legítimos, en tal caso llamamos e habemos por llamado a la sucesión de los dichos reinos, Estados y señoríos universalmente al serenísimo infante don Fernando, rey de romanos y Hungría, nuestro hermano, teniendo el acatamiento y reverencia que está dicha a la Católica reina mi señora madre, y después de los días del dicho serenísimo rey mi hermano, a su mayor varón legítimo, y en defecto de varón su hija mayor legítima, con las prerrogativas y declaraciones susodichas.

«Y en defecto de sucesión legítima del dicho nuestro hermano, declaramos y establecemos por nuestra heredera universal de todos los dichos reinos, Estados y señoríos, de suso declaramos, a la Cristianísima reina viuda de Francia doña Leonor mi hermana, y después de sus días a su legítima sucesión, según de suso está puesto y repetido.

«Y en defecto de sucesión legítima de la Cristianísima reina, ordenamos y mandamos que suceda en los dichos nuestros reinos, Estados, tierras y señoríos, la persona que debiese suceder, según derecho y razón, leyes de las partidas y de las otras susodichas.

«Item, porque la serenísima Emperatriz y reina mi mujer, que haya santa gloria, por un codicilo otorgado en la ciudad de Toledo a 27 de abril del año de 1539 dispuso que el tercio y remanente del quinto de sus bienes, derechos y acciones quedase a nuestra disposición, porque su voluntad era de mejorar y mejoraba en ello al príncipe nuestro hijo, o a la infanta doña María, o infanta doña Juana nuestras hijas, o a cualquier de ellas, que Nos declarásemos en nuestra vida o última voluntad, dándonos facultad para que lo pudiésemos dar o repartir entre ellos como nos pareciese e viésemos más convenía, instituyendo en todo lo demás (cumplido su testamento) por universales herederos a los dichos príncipes don Felipe, infanta doña María y doña Juana nuestras hijas por iguales partes, revocando cuanto a lo suso dicho, si necesario era, su testamento que primero había hecho, según que en el dicho codicilo más particularmente se contiene, y más queriendo usar como usamos de la dicha facultad a Nos dada por la dicha serenísima Emperatriz y reina cerca de la dicha mejora del tercio remanente del quinto de sus bienes, derechos, acciones,considerando lo que está hecho, tratado y asentado en los casamientos de las dichas infantas nuestras hijas, que pasa de esta manera. Al tiempo que se concertó el casamiento de la infanta doña Juana mi hija con el príncipe de Portugal, se nombraron por dote a la dicha infanta nuestra hija, trecientos y cincuenta o trecientos y sesenta mil cruzados de valor de a cuatrocientos reis cada uno, moneda de Portugal, los docientos mil de nuestras partes, y por lo que de Nos le podía pertenecer, y las ciento y cincuenta o ciento y sesenta, por lo que le podía pertenecer de la legítima y herencia de la serenísima Emperatriz y reina su madre, creyendo entonces, y siéndonos dicho que no montaban más la dicha legítima. Y después de aquello, estando Nos en Alemaña, se concertó el casamiento de la infanta doña María nuestra hija mayor con el rey de Bohemia, y se le prometió en dote trecientos mil ducados o escudos, docientos mil por nuestra parte y cien mil de la legítima de su madre, como por la capitulación parece, no habiendo entonces recuerdo de lo que a la infanta doña Juana su hermana se la había dado, ni teniéndose noticia de lo que sus legítimas maternas podrían montar, y le podía pertenecer, por lo cual después estando en Inspruch mandamos en un codicilo que se le diesen cincuenta o sesenta mil ducados que faltaban para la igualar con la dicha infanta doña Juana su hermana. Y para mayor satisfacción nuestra e averiguación de la verdad, y que la cuenta se hiciese de raíz y con fundamento, mandamos escribir a España, para que el serenísimo príncipe nuestro hijo lo hiciese bien ver y examinar, y habiéndose hecho así allá y acá, y conmigo consultado, se ha determinado que las joyas y muebles que quedaron y fincaron de la serenísima Emperatriz se han de juntar con las novecientas mil doblas que trajo en dote, y que todo junto es herencia de sus hijos. Lo cual todo, sacadas ciertas partidas de las dichas joyas, que se debieron sacar y reducir, monta líquidamente un millón y ciento y sesenta mil y ochocientas y sesenta y dos doblas, las novecientas mil del dicho dote y los restantes del valor de las dichas joyas y bienes muebles. De la cual suma, sacando el tercio y quinto entero, porque las mandas hechas por la serenísima Emperatriz Nos las hecimos cumplir por otra parte, que monta tercio y quinto quinientas y cuarenta y seis mil y cuatrocientas y siete doblas, lo remanente se ha de repartir por iguales partes entre los dichos serenísimo príncipe e infantas nuestras hijas, como legítimas que a cada uno de ellos pertenece, que monta cada legítima docientas y ocho mil y ciento y cincuenta y cinco doblas; de manera que el que de nuestros hijos fuere mejorado en el tercio y quinto, ha de haber de ello y de la legítima setecientas y cincuenta y cuatro mil y quinientas y cincuenta doblas. Y nuestra voluntad ha sido siempre y es, y así lo declaramos, de mejorar como mejoramos en el dicho tercio y quinto enteramente al dicho don Felipe, nuestro hijo, para que lo haya e goce, de más e allende de lo que de su legítima le cabe, y cada una de las dichas nuestras hijas reina de Bohemia y princesa de Portugal haya las dichas docientas y ocho mil y ciento y cincuenta y cinco doblas de su legítima materna, con que se cumple el dicho un millón y sesenta mil y ciento, novecientas y sesenta y cinco doblas, lo cual así declaramos. Y mandamos que cada una de las dichas reina de Bohemia, princesa de Portugal, infantas doña María y doña Juana, nuestras muy caras y muy amadas hijas, se cumpla por su legítima materna la suma de las dichas docientas y ocho mil e ciento y cincuenta e cinco doblas, la cual se ha de cumplir en la manera aquí expresada, conviene a saber: la serenísima reina de Bohemia tiene señalados cien mil ducados por la legítima de su madre, como dicho es, y por éstas, y por las docientas mil que de nuestra parte se le señalaron, se les responde y da por su entretenimiento y sustentación de su casa y Estado, en cada un año lo que montare a razón de diez por ciento, en tanto que no le fuese pagada toda la suma o señalada renta perpetua por ella; y así mandamos que se haga y cumpla sin dilación y falta alguna, y que lo que estuviere por pagar al tiempo de mi fallecimiento, así de lo principal como de lo que a ella se ha de dar para su entretenimiento, se le dé y pague, para que la suma toda se convierta y cumpla en renta ordinaria para seguración de sus dotes y sustentación de su Estado, conforme a lo asentado en los capítulos del matrimonio. Demás de esto tiene recibido de las dichas joyas que fincaron de la Emperatriz que haya gloria, que por iguales partes fueron partidas entre todos los hermanos, el valor de noventa y siete mil y quinientas y setenta y siete doblas, según el precio justo y tasación que se hizo, de las dichas joyas, así que, juntando esta suma con los cien mil ducados o escudos señalados por legítima, faltarían para cumplimiento entero de las dichas docientas y ochenta mil y ciento y cincuenta e cinco doblas a satisfacción cumplida su legítima materna diez mil y quinientas y sesenta y ocho doblas, las cuales hemos mandado que se le paguen de contado. Y porque con esto se cumpla con la dicha reina María mi hija todo lo que le es debido, queremos y mandamos que la suma de los dichos cincuenta o sesenta mil ducados que le habíamos mandado añadir, cese y no se le paque.

«Item, lo que toca a la serenísima infanta princesa doña Juana, lo que más pasa es que cuando se concertó su casamiento con el príncipe de Portugal, y el de la infanta doña María, hija del serenísimo rey de Portugal, con el serenísimo príncipe don Felipe nuestro hijo, se prometieron por el dicho serenísimo rey a su hija quinientos y cincuenta hasta quinientos y sesenta mil cruzados, y Nos prometimos a la dicha infanta doña Juana nuestra hija trecientos y cincuenta hasta trecientos y sesenta mil cruzados, por manera que se presupuso que lo que había de recibir en dote el dicho príncipe nuestro hijo eran docientos mil cruzados más que lo que el príncipe de Portugal había de haber en dote con la infanta nuestra hija, y en efeto, no ha recibido más, de los cuatrocientos mil. Fueron en descuento de otros tantos de lo que habíamos de dar a la infanta nuestra hija, que fue la parte que señalamos por lo que le podía pertenecer de la legítima de la serenísima Emperatriz, que haya gloria, porque los docientos mil fueron señalados de nuestra parte y por lo que de Nos le podía pertenecer, como dicho es, y por el tratado de los dichos casamientos parece por un capítulo de ellos, la obligación de los otros ciento y cincuenta o ciento y sesenta mil cruzados, quedó a Nos para con nuestra hija. Y porque el matrimonio de entre ella y el dicho príncipe de Portugal es disuelto por muerte de él, quedando ella viuda, aunque con hijo del dicho matrimonio, es mi voluntad y mando que si yo no hubiere de otra manera cumplido con ella lo que toca a la suma de los dichos ciento y cincuenta o ciento y sesenta mil cruzados, que se vea lo que de razón y justicia se debe hacer, y aquello se haga, y lo que se hallare ser debido se cumpla, porque nuestra intención no fue ni es de hacer perjuicio a alguno. Y asimismo decimos y declaramos que la dicha capitulación en cuanto toca a los ciento y cincuenta o ciento y sesenta mil cruzados que el príncipe nuestro hijo ha recibido menos en dote con la princesa su mujer, que haya gloria, por razón del dicho descuento, no le pare perjuicio al infante don Carlos su hijo, nuestro nieto, sino que se les haga justicia y razón como está dicho en la de la infanta doña Juana. Y porque ella tiene recibidos del valor de las dichas joyas que fueron de la serenísima Emperatriz, la suma de las noventa y siete mil y quinientas y sesenta y siete doblas, como dicho está, decimos, declaramos y mandamos que sobre la dicha suma se haya de cumplir lo que fueremos obligados de razón y justicia, hasta ser cumplido lo que de su legítima materna le toca y arriba está declarado, para que ambas hermanas queden iguales. Y por cuanto el repartimiento de las dichas joyas que fueron de la dicha serenísima Emperatriz, que haya gloria, y sus muebles, se hizo por virtud de una carta nuestra escrita desde Augusta a la serenísima reina de Bohemia nuestra hija, que entonces gobernaba en España, estando con Nos el serenísimo principe nuestro hijo, por la cual le escribíamos que nuestra voluntad era, y así lo habíamos colegido de voluntad de la Emperatriz, que haya gloria, que las joyas se repartiesen entre el príncipe y sus hermanas, por iguales partes, y que así se hiciese como en efecto se hizo, y se entregó cada uno de su tercia parte. La cual carta se escribió después de Nos haber determinado de mejorar en el dicho tercio y quinto de los bienes que fincaron de la dicha serenísima Emperatriz al dicho príncipe don Felipe nuestro hijo, y de hecho lo habemos así ordenado y dispuesto en el testamento que en Bruselas antes habíamos otorgado. Y nunca fue nuestra intención de perjudicar por la dicha carta ni tocar al tercio y quinto, sino que de lo que de las joyas se diese a cada una de nuestras hijas fuese en cuenta y pago de lo que de su legítima materna le podía caber. Por ende, desde ahora, para mayor claridad, lo decimos y disponemos y mandamos así, que el dicho príncipe don Felipe haya e lleve enteramente en el dicho tercio y quinto de mejora de más de su legítima, segun que de suso está dicho e declarado. Y en lo que toca, a los docientos mil cruzados que por nuestra parte, y lo que de Nos podía pertenecer a la dicha infanta princesa nuestra hija, mandamos que lo que no estuviere en ello cumplido se cumpla y satisfaga enteramente como le fue señalado en lugar de la legítima, que de Nos le podía caber; y así instituímos a cada una de las dichas nuestras hijas, infanta doña María y doña Juana, reina de Bohemia, y princesa de Portugal, por nuestras herederas, a cada una de las cuales se satisfará de sus legítimas, que de Nos les pueden pertenecer, con los docientos mil ducados que le están señalados a cada una, y en todo lo demás tocante a nuestros reinos y señoríos, bienes muebles, derechos e acciones que nos pertenecen o pertenecer pueden, excluímos y hemos por excluídas a las dichas nuestras hijas, y a cada una de ellas, porque con la suma susodicha está cumplido suficientemente con ellas.

«Item, es mi voluntad, declaro e ordeno y mando que las sumas que se debieren al tiempo de mi fallecimiento a las dichas reinas de Bohemia, e infanta princesa doña Juana, mis hijas, por razón de sus dotes y legítimas, por ser cargo de los reinos y deuda que yo debo como rey y padre suyo, se paguen de las rentas reales y patrimonio de los dichos reinos y señoríos, y no se toque para la satisfacción de esto a la renta de los tres maestrazgos de Santiago, Calatrava y Alcántara, que yo dejo consignado por virtud del Breve Apostólico que tengo para la paga y satisfacción de otras deudas que debo y soy obligado a pagar por descargo de mi conciencia, y lo mismo declaro y mando que se entienda y guarde en las sumas que fueren debidas a mercaderes por asientos y cambios que con ellos se hayan hecho, los cuales han sido por cosas que no se han podido excusar para la defensa y amparo y conservación de mis reinos, por la autoridad y reputación de nuestra persona, y por tanto son a cargo nuestro como rey, y de nuestro sucesor, y se han de pagar de las rentas reales y patrimoniales de nuestros reinos, Estados y señoríos, y no de los dichos maestrazgos. Y así, encomiendo y encargo al dicho príncipe mi hijo que lo haga inviolablemente guardar y cumplir, pues también la satisfacción de los dichos cambios le cumple a él por la conservación del crédito que tanto habrá menester. Y cuando sobrare algo de las rentas de los dichos maestrazgos, pagadas las otras deudas para que están señaladas, allí se quedará, para que lo goce el dicho príncipe mi hijo, como administrador que ha de ser de ellos, pues de la tal sobra yo no dispongo que se gaste en otros usos. Y a mis testamentarios mando que guarden, y cumplan y ejecuten lo susodicho, según está declarado.

«Item, porque la manda que hago arriba de los treinta mil ducados para casamientos de mujeres pobres, y redención de cautivos, y limosnas a pobres evergonzados no se defiera ni en ello haya estorbo, ni dilación, ni impedimiento alguno por algún respeto ni causa, ni que se diga que no hay dineros aprestados para ello, y que sean menester esperar que se hayan; por ende, ordeno y mando que los treinta mil ducados que ya antes agora tengo mandados, que se metan en una arca con tres llaves y se depositen en la fortaleza de Simancas, y allí estén hasta el tiempo que Dios fuese servido de me llevar de esta presente vida, los cuales treinta mil ducados son de los que se cogen de los derechos de once y seis al rnillar, que algunos años ha que lo mando recoger, y que adelante se contiene, estos mismos treinta mil ducados de este depósito se conviertan y empleen todos en el cumplimiento y efetuación de la dicha manda, y en aquellas mismas tres obras pías precisamente, y no en otra cosa alguna. Y para este efeto mando a las personas que las tres llaves de la arca tuvieren del dicho depósito, que las entreguen luego a mis testamentarios, que en España se hallaren al tiempo de mi muerte, y ellos se apoderen de los dichos treinta mil ducados para en cumplimiento de lo susodicho; y al alcaide de la dicha fortaleza y su lugarteniente mando, en virtud de la fidelidad que nos deben, homenaje que nos tienen fecho, y so pena de caer en caso feo, que libremente y sin dilación alguna dejen a los dichos mis testamentarios, o a quien ellos enviaren, sacar la dicha arca y dinero.

«Item, mando y es mi voluntad que si cuando yo falleciere quedare viva la reina mi señora madre, que del dinero recogido y depositado en Simancas se tomen diez mil ducados y aquéllos se distribuyan en obras pías por el ánima de Su Alteza, como yo antes de ahora le tenía mandado, y la distribución se haga al servicio de Dios como a mis testamentarios parecerá, de quien yo confío. Y si demás e allende de la suma de los dichos treinta mil ducados del dicho depósito, y de los diez mil ducados, se hallare alguna cantidad de dineros de lo perteneciente a los dichos derechos de once y seis al millar, que habemos, como dicho es, mandado recoger y que adelante se contiene, de los cuales dineros no hayamos dispuesto en vida, mandamos que la tal cantidad se convierta y distribuya en obras pías de las demás susodichas, como a mis testamentarios les pareciere, de manera que se haga como más cumpla al servicio de Dios Nuestro Señor y beneficios de mi ánima. Y para este efeto, encomiendo mucho al príncipe mi hijo que provea y mande que se tomen y fenezcan las cuentas con los que hubieren tenido cargo de cobrar los dichos derechos, por manera que haya buen recaudo, y no permita ni dé lugar a que cosas de estas consignaciones que se haya cobrado, o fuere corrido, o se debiere hasta el día de mi muerte, se convierta en otro uso alguno.

«Otrosí, en lo que toca al cuento de juro en las Indias, que el duque de Alba, mi mayordomo mayor, me suplicó que le perpetuase y confirmase, y declaré por una cédula que fue inclusa en mi testamento, que otorgué en Bruselas a 19 de mayo, año de 1550, lo que habrá en aquel negocio pasado, y dispuse y mandé lo que en ella se había de hacer y ejecutar, y otra del mismo tenor irá incluso en este testamento, y después estando yo en Augusta, y difiriéndose por embarazos que había con el cumplimiento de la merced que le hizo sobre el Estado de Neobuc, cuando se acabó la guerra de Sajonia, se la mudé y pasé en las Indias por le hacer merced, donde le consigné ciento y treinta y seis mil ducados de trecientos y setenta y cinco maravedís, por esto el duque se apartó de la pretensión del dicho cuento y confirmación dél, y dijo y ofreció que entregaría los títulos que de ello tenía, para que se rasgasen, e ansí me ha escrito el príncipe mi hijo que se ha hecho. Por ende, ordeno y mando que lo que no estuviese fecho y cumplido con lo que el dicho duque ofreció y consintió, como de lo que en la dicha cédula se contiene, se efectúe y cumpla, que gozando el dicho duque el dicho cuento por sus días en el servicio y montazgo donde le fue señalado en lo que toca a las Indias, no hayan él ni sus herederos recurso alguno, y se haya por ninguna la confirmación que de ello hubo, e de ningún valor y efeto, porque por tal yo la pronuncio por las causas en la dicha cédula montenidas. Y demás de esto mando que se cobre el título primero del dicho duque don Fadrique, abuelo del duque que hoy es, que hubo del Rey Católico mi señor y abuelo el dicho cuento, y se rasgue, pues demás de lo que está dicho, y aquello se inovó ha más de treinta años, y se permitió y dio recompensa con voluntad del dicho duque don Fadrique, y de la recompensa han usado y gozado hasta el día presente, y el título que quedó ya es ninguno, por aquello y otras causas, y por tal yo le doy, y pronuncio, y mando que de él no se use en tiempo alguno direta ni indiretamente.

«ltem, por cuanto estando en estas partes de Flandres, antes que casase ni desposase, hube una hija natural, que se llama madama Margarita de Austria, la cual al presente es casada con el duque Octavio Farnesio, y así al tiempo que se casó con el duque Alejandro de Médicis, su primero marido difunto, como después cuando casó con el dicho duque Octavio, la dotamos suficientemente, declaramos que el dicho serenísimo príncipe nuestro hijo no sea obligado a hacer con ella más, si no fuese su voluntad, teniendo ella en algún tiempo necesidad; pero bien le encargamos que la honre y favorezca, y mande honrar y favorecer como hija nuestra, y según su mucha virtud y bondad.

«Item, por cuanto el año pasado de 1557, habiendo Nos acabado la guerra de Alemaña, el duque de Castro Pero Luis Farnesio fue muerto por algunos de la ciudad de Plasencia, con protestación de no quererlo por señor y otras causas, y después de su muerte los que corregían y gobernaban la ciudad, con acuerdo de los del pueblo, enviaron a llamar a don Hernando de Gonzaga, gobernador y capitán general nuestro en el Estado de Milán, y le entregaron la dicha ciudad y sus pertenencias, como cosa aneja, y tocante al dicho Estado de Milán y al Sacro Romano Imperio, con ciertos apuntamientos que en el dicho don Fernando hicieron para seguridad de sus personas y otras cosas. Y después la dicha ciudad y sus pertenencias ha estado a disposición y obediencia nuestra, y se ha aguardado y tenido en justicia por nuestros ministros, pareciéndonos después de haber en ello mucho mirado, conferido y consultado, que así lo debíamos de hacer y éramos obligados, por lo que debíamos al dicho Sacro Imperio, y a la conservación de sus preeminencias e prerrogativas, y que no podíamos ni debíamos soltar la dicha ciudad de nuestra mano por muchas razones, hasta que por justicia se averiguase no pertenecernos, ni al Sacro Imperio, ni al dicho Estado de Milán. Y porque dado que por parte del Santo Padre Paulo III, de felice recordación, y los suyos ante de su muerte, nos hubo pedido y hecha instancia, para que la mandásemos restituir en persona del dicho Octavio, hijo del duque. Pero Luis muerto, y en persona de la dicha nuestra hija madama Margarita, para que la hubiesen y tuviesen, y después de ellos sus hijos, como dicen la tenía el dicho duque de Castro, por cierta donación e investidura que de ella le hizo el Papa, y por respeto de la dicha nuestra hija e sus descendientes, y por conceder a lo que Su Santidad había pedido, y a que el duque Octavio nos había entonces servido, holgamos de lo hacer; pero no se pudo, ni ha podido hacer ni efectuar por las causas ya dichas, y por no salir del deber, y lo que al dicho Sacro Imperio somos obligados y hasta agora, aunque se haya por nuestra parte pedido que se mostrasen los títulos que la Iglesia romana tiene a aquella ciudad, y se hayan presentado algunas escrituras, las cuales fueron vistas y examinadas por personas dotas y de retitud y buenas conciencias, en presencia del mundo, Su Santidad el papa Paulo no pareció ni ha parecido haber fundamento ni cosa de sustancia en ellas, y por otra parte se ha alegado y mostrado haber sido aneja y pertenecer al dicho Estado de Milán, y que no se halla causa por donde se haya podido apartar ni desmembrar dél, todavía por descargo de nuestra conciencia, y porque no es ni ha sido nuestra intención ni voluntad, que por Nos ni de los que de Nos hubieren título y causa, sea retenida cosa alguna sin justo título, y deseando que en esto de Plasencia se aclare la verdad y se haga lo que fuere servido y justicia, ordenamos y mandamos, y así afetuosamente lo encargamos al dicho serenísimo príncipe don Felipe nuestro hijo, que si al tiempo de nuestro fallecimiento no estuviere determinado y dado asiento a lo que toca a la ciudad de Plasencia y sus pertenencias, que con la mayor brevedad que ser pueda se averigüe, determine y declare lo que se debe hacer de justicia, y siendo conforme a ello determinado, que Nos no la podemos retener ni dejar a nuestros sucesores, ni pertenecer al dicho Estado de Milán, se haga luego de ella restitución llanamente a la Iglesia romana y sus ministros en su nombre, y no a otra persona particular alguna por conjunta que sea a Nos, habiendo en esto el recaudo que conviene con la solemnidad que se requiere. Y porque algunas personas devotas y aficionadas al Imperio han procurado e insistido en que nos quedásemos con la dicha ciudad, como miembro del dicho Estado de Milán, y haciéndose la dicha restitución podría ser que fuesen maltratados, encargamos al serenísimo príncipe nuestro hijo que haga tener la mano para que las tales personas sean seguras de no ser molestadas ni injuriadas por tal causa y razón.

«En lo que toca al reino de Navarra, nos remitimos a lo que va escrito en una hoja suelta, firmada de nuestro nombre, inclusa en este testamento, y aquello mandamos que se cumpla, como cláusula y parte de él, y asimismo mandamos que cualquiera otra hoja o pliego firmado de nuestro nombre, que vaya inclusa y pasada por los hilos de cualquier de los volúmenes de nuestro testamento, valga como cláusula y disposición de él, con lo que arriba está dicho y ordenado, habemos dispuesto y declarado a nuestra voluntad, y lo que debemos hacer cuanto a la sucesión de nuestros reinos y señoríos, y la orden y forma que en ello se ha de tener, para que conformemente vengan en el dicho serenísimo príncipe don Felipe nuestro hijo y sus decendientes, que a todos los demás se han de preferir, con la declaración que está hecha tocante al tratado matrimonial de Ingalaterra, aunque confiamos en la infinita bondad y misericordia de Dios Nuestro Señor, que el dicho serenísimo príncipe nuestro hijo será vivo al tiempo de nuestra muerte. Pero si, lo que Dios no quiera, faltase y hubiese de suceder el dicho infante don Carlos su hijo quedando en la edad menor de catorce años, en la cual edad no podrá regir ni gobernar por su persona los dichos reinos y señoríos, en tal caso nombramos por sus tutores y gobernadores, así para su persona como para los dichos reinos y señoríos durante la menor edad para que los de la corona de Castilla y Aragón, y todo lo de Italia, a las personas que cuando nos pareciere nombráramos y señaláremos en otra escritura, aparte fuera de este nuestro testamento, las cuales, conforme a las leyes, fueros y constituciones y capítulos, y premáticas, buenas y leales costumbres de los dichos reinos y señoríos, teniendo a la Católica Real Majestad reina mi señora la reverencia, respeto y acatamiento que está dicho en lo del serenísimo príncipe nuestro hijo como a su alteza se debe tenga cargo de regir y administrar la persona del infante don Carlos, que luego ha de ser habido y tenido por rey e señor natural jurado y obedecido por tal, en la manera que está dicho, en la del serenísimo príncipe mi hijo de la administración y gobierno de los dichos reinos y señoríos; para lo cual les damos poder y facultad tan bastante y cumplido como es menester para dicho efecto. Los cuales, antes que entren en el gobierno y administración, y tutoría, jurarán solemnemente aquello que son obligados, y deben jurar, de mirar con gran vigilancia y cuidado por la vida y salud, y buena crianza del dicho infante, como al real estado conviene, y de fiel y bien regir y gobernar sus reinos con toda fidelidad, y teniendo a Dios ante sus ojos, para que en todo sigan las cosas a su servicio, y del dicho infante rey niño, bien e utilidad pública de los dichos reinos y señoríos declarados, como Nos de ellos y cada uno de ellos muy enteramente confiamos; y por esto los habemos nombrado y señalado para la cosa de más importancia que después de nuestros días podría suceder en los dichos reinos. El cual dicho cargo e administración ha de durar hasta que el dicho infante por sí sin ellos Pueda regir los dichos reinos, como verdadero rey y señor natural de ellos, y para los cuatro años que faltara de edad para cumplimiento de los veinte o más o menos, según las leyes, fueros y costumbres de los dichos reinos y señoríos de él, Nos perpetuamente dispensamos, para que, no obstante que no haya cumplido los años susodichos, pueda regir y gobernar sus reinos, Estados y señoríos por su persona, derogando para esto todas y cualesquier leyes, capítulos que en contrario disponen por esta vez, y lo habilitamos al dicho infante don Carlos, nuestro nieto, y lo hacemos hábil y capaz, bien así como si hubiese cumplido la edad de los dichos veinte años o otra mayor. Y si fuese menester (quedando en lo demás las dichas leyes y fueros en su fuerza y vigor para adelante, y la dicha dispensación y cumplimiento de edad), queremos y es nuestra voluntad y merced que se entienda generalmente que en todos los reinos, Estados y señoríos de todas partes y en lo que toca a la gobernación y administración de los nuestros señoríos de Borgoña y Brabante, Flandres, y los otros Estados a ellas anejas, y todos los de las partes bajas, durante la menor edad del dicho infante en el caso que en ellos ha de suceder, hasta haber cumplido los dichos veinte años, nombramos por su tutora, curadora de las dichas partes, a la serenísima madama María, reina viuda de Hungría, nuestra hermana, para que ella, durante la menor edad del dicho infante don Carlos, nuestro nieto, tenga cargo de regir, e administrar, e gobernar, los Estados y señoríos y tierras de las dichas partes, a la cual afetuosamente rogamos que quiera aceptar el dicho cargo por servicio de Dios, y satisfacción y contentamiento nuestro, como confiamos que lo hará. Y en defeto de la dicha serenísima reina, nuestra hermana, nombramos para el dicho cargo a las personas que nombraremos y señalaremos en otra escritura aparte, como está dicho, en lo que toca a los reinos de la corona de Castilla, Aragón y lo demás de Italia.

«Otrosí, por cuanto habiendo sido devuelto a Nos y al Sacro Imperio el Estado de Milán con sus pertenencias por línea finida y rematada de los Esforcias, y muerte del duque Francisco Esforcia, último duque y poseedor del dicho Estado por investidura nuestra, y no se hallando ni habiendo persona alguna que pueda tener derecho ni razón bastante para suceder en él, perteneció a Nos tener, poseer, gozar del dicho Estado, como Emperador y soberano señor, hasta que hiciésemos concesión e investidura de la otra persona. Y así, después, fallecido el dicho duque Francisco Esforcia, por Nos y nuestros ministros en nuestro nombre, fue aprehendido, tenido, poseído el dicho Estado, y lo habemos regido, e amparado, e defendido en nuestro nombre y del Sacro Imperio. Y habiendo muchos pensado, y tratado, y conferido sobre la persona a quien convenía investir el dicho Estado y darle el título de duque de Olque, fuese a nuestra satisfacción y de los Emperadores que después de Nos vernán, y con quien se conservase la honra e autoridad del Imperio, y sus preeminencias, y que la tal persona sea poderosa para amparar y defender el dicho Estado, de quien sin razón ni derecho lo quiera inquietar e invadir al ejemplo de lo pasado, y con quien las cosas de Italia estén en paz, tranquilidad y sosiego, como siempre ha sido nuestra intención. Finalmente, después de haber en lo susodicho mucho mirado, deliberado y consultado con comunicación de personas principales, prudentes, expertas y de buena conciencia, naturales de la Germania y otras partes, todas devotas y aficionadas al Sacro Imperio, y devotas de la paz y bien de la Cristiandad, y considerando que las veces que el dicho Estado ha sido en poder de quien no ha tenido otros señoríos y tierras, ha habido con él conmociones, y desasosiegos, y guerras, y de allí se han extendido por toda Italia y la Cristiandad, por no haber tenido los duques fuerzas ni caudal para por sí poderse defender, considerando lo dicho y que la sustentación del dicho Estado ha costado a nuestros reinos de la corona de Castilla e Aragón, y los muchos vasallos y súbditos nuestros de todas partes, que sobre la defensa de él han muerto y derramado su sangre, nos determinamos y resolvemos con maduro consejo y deliberación, y parecer de las personas susodichas, que ninguna había más conveniente ni al propósito para todos los buenos fines de suso declarados, que la del serenísimo príncipe, nuestro hijo, universal heredero y sucesor en nuestros reinos y señoríos; y así el año pasado de 1546 le hecimos concesión y investidura del dicho Estado en ampla forma y con las solemnidades que se requieren, como por el tenor de la escritura de ella más particularmente parecerá; el cual, habiendo aceptado la dicha investidura y hecho el juramento que se requiere a Nos y a los Emperadores que después de Nos sucedieren en el dicho Sacro Imperio, de manera que en efecto él es ya duque y señor del Estado, aunque por algunas causas retuvimos en Nos la administración de él con voluntad del dicho serenísimo príncipe y con voluntad de se la dejar después de algún tiempo, para que en vida mía él, por sí, y sus ministros, gobernasen e rigiesen el dicho Estado como legítimo duque y señor de él, y así lo entendemos agora hacer muy en breve. Por ende, ordenamos y mandamos, que si al tiempo de nuestro fallecirniento no estuviere aún entregado al dicho príncipe nuestro hijo, y puesto en la tal posesión, administración y gobierno de él, que luego que Dios nos llevare de esta presente vida, le sea entregado el dicho Estado con todas sus fuerzas, pertinencias, derechos, exenciones e acciones, como duque y señor que es de él, y estrechamente encargamos e mandamos al que fuere a la sazón gobernador y capitán general nuestro del dicho Estado, y a todos los otros gobernadores, castellanos, alcaides y sus lugarestenientes, así de las ciudades de Milán, Cremona, Alejandría, Lodi, Pavía y las otras ciudades, villas, tierras y lugares del dicho Estado y sus pertenencias, que hayan, y tengan, e obedezcan al dicho serenísimo príncipe nuestro hijo por duque y verdadero señor del dicho Estado, por virtud de la dicha concesión y investidura, y le acudan y hagan acudir, entregar y entreguen, ellos y cada uno de ellos, las dichas ciudades, tierras y villas, lugares y castillos, fortalezas, roquetas, casas fuertes y llanas, de cualquier calidad que sean, entregándolas a su persona o a las que él para este efecto nombrare, y cuando se tardare de enviallas a tomar, las tengan en su nombre, y por el tiempo que fuere su voluntad de se las dejar tener a quien en ellas se hallare al tiempo que Nos falleciéremos, lo cual todo les mandamos que hagan y cumplan, y no falten en esto cosa alguna en virtud de los juramentos que nos tienen fechos, y so la pena de ello, y la fidelidad que nos deben, y so las penas y casos feos en que caen e incurren los que caen e vienen contra juramentos e homenajes, e a la fidelidad y lealtad que son obligados tener a su verdadero señor. Asimismo mandamos al presidente y a los del reverendísimo Senado, y a los magistrados, y a cualesquier otros tribunales, capitanes de justicia y otros ministros de ella, y todos los marqueses, condes, varones, gentileshombres, caballeros, oficiales, pueblos y otros cualesquier súbditos del dicho Estado y sus pertenencias, y todos los coroneles, maestres de campo, capitanes, así de gente de armas como infantería, caballos ligeros, alférez y otros hombres de cargo, y cualesquier soldados en general y particular que están a nuestro sueldo, de cualquier grado, nación y condición que sean que hayan, tengan y obedezcan por duque y señor del dicho Estado al dicho serenísimo príncipe don Felipe, nuestro hijo, y le sirvan, y obedezcan, y acudan con todas sus fuerzas, como él les mandare o quien sus veces terná, so pena que cualquiera que lo contrario hiciere, siendo natural del dicho Estado, sea habido y tenido por la presente desde agora para entonces lo habemos, tenemos y declaramos por inobediente, rebelde a su señor verdadero y legítimo duque de Milán, y le habemos por caído e incurrido en las penas corporales y confiscación de bienes en que caen e incurren los que son rebeldes, según las leyes, constituciones y ordenamientos del dicho Estado, y a los otros coroneles, capitanes y hombres de guerra de otras partes, so pena de caer e incurrir en las penas e casos en que caen o incurren los inobedientes y los que faltan a lo que deben, según derecho, leyes y costumbres del ejército y arte militar, que serán habidos, allende de lo susodicho, por inobedientes a su rey y señor natural, sin embargo, los subditos nuestros. Y todo lo de arriba contenido, así cuanto a las personas de paz y de guerra como a las personas declaradas, queremos y mandamos que haya lugar en la ciudad de Plasencia y sus pertenencias, y si al tiempo de nuestro fallecimiento estuviere como agora está en nuestro poder y gobierno, no hubiéramos mandado hacer otra cosa de ella, conforme a la cláusula arriba contenida, en lo que toca a la ciudad de Plasencia.

«Y para la buena ejecución y cumplimiento de este nuestro testamento y postrimera voluntad, nombramos por ejecutores y testamentarios para lo que toca a los dichos reinos de la corona de Castilla y Aragón, así a los que están dentro de España como fuera de ella, y para todo lo de Italia, al dicho serenísimo príncipe don Felipe, nuestro hijo, y a don Fernando de Valdés, arzobispo de Sevilla, inquisidor general, y a don Antonio de Fonseca, patriarca de los Indias, presidente de nuestro Consejo, y a Juan Vázquez de Molina, nuestro secretario, y al licenciado de Briviesca de Mañatones, alcalde de nuestra corte, de nuestro Consejo. Y queremos que que si alguno de los dichos testamentarios muriere, los otros que quedaren puedan elegir otro en su lugar, que sea persona de autoridad y buena conciencia, el cual tenga tanto poder como si yo en este testamento le nombrase.

«Y para lo que toca al cumplimiento de este mi testamento en los nuestros reinos y señoríos de Flandres y tierras bajas, nombramos por nuestros ejecutores y testamentarios a la serenísima madama María, reina viuda de Hungría, nuestra hermana, y al dicho serenísimo príncipe nuestro hijo, y a Antonio Perenot, obispo de Arrás, de nuestro Consejo de Estado, y a don Luis de Flandres, señor de Prast, y a Charles de Lalain y a Juan de Lanoy, señor de Molan Bues, y a Odoardo de Brisaques, nuestro limosnero, preboste de Santo Omart, y a Charles, señor de Verlamon, del nuestro Consejo de Hacienda.

«Y queremos que en caso que alguno de los dichos testamentarios muriere, los otros que quedaren puedan elegir otro en su lugar, persona de autoridad y buena conciencia, como arriba está dicho, el cual tenga tanto poder como si Nos en este testamento le nombráremos. Y porque siendo muchos testamentarios si se hubiera de esperar a que todos estuviesen juntos para entender cada cosa de las contenidas en este mi testamento, la ejecución de él se podría algo diferir y retardar, quiero y mando que tres de los suso nombrados, estando los otros ausentes de la corte, entiendan en la ejecución de este mi testamento, bien así como si todos juntos se hallasen presentes. Y en lo que toca a los dichos señoríos de Flandres y tierras bajas, hallándose al presente la serenísima madama María, reina viuda de Hungría, nuestra hermana, con uno de los testamentarios, aunque estén ausentes los otros, valga lo que hicieren y ejecutaren como si todos fuesen presentes, y faltando la dicha serenísima reina, que todos los nombrados que se hallaren presentes en la nuestra villa de Bruselas puedan cumplir y ejecutar este mi testamento, bien así como si todos los otros testamentarios fuesen presentes. Para lo cual todo así hacer y cumplir y ejecutar, doy por la presente mi poder cumplido a los dichos mis testamentarios y ejecutores de suso nombrados, según que mejor e más curnplidamente se requiere y es menester, de mi poderío real absoluto, y por la presente les apodero en todos los dichos mis bienes de oro, plata, moneda, joyas y todas las otras cosas que de suso hemos nombrado, declarado y consignado, para pagar y satisfacer las nuestras deudas y cargos, mandas, legados y les doy poder cumplido con libre y general administración, para que puedan entrar y entren, ocupar y tomar los dichos bienes como dicho es, para que libremente con ellos puedan descargar mi ánima y cumplir y satisfacer todas mis deudas y cargos; y doy poder a los dichos mis testamentarios para que declaren todas y cualesquier deudas que hubieren cerca de este mi testamento, como si yo mismo las declarase; y con toda eficacia les encargo cumplan este mi testamento, y todo lo en él contenido, con la más presteza y brevedad que ser pueda; y les ruego mucho y encargo que tengan tanto cuidado de las rehacer y cumplir como si cada uno de ellos fuese sólo para ello nombrado, y que con toda diligencia que se cumpla todo lo que de más ser pudiere dentro del año de mi fallecimiento, y lo que no fuere posible cumplirse, se haga en el segundo año y años, en el tiempo que sea necesario para el cumplimiento y ejecución entera de todo lo en este mi testamento contenido; por manera que cumpla e acabe de cumplir lo más presto que será posible. Es mi voluntad y mando que esta escritura valga por mi testamento, y si no valiere por testamento, que valga por codicilo, y si no valiere por codicilo, que valga por mi última y postrimera voluntad, en la mejor manera y forma que puede y debe valer, y más útil y provechoso puede ser. Y si alguna mengua y defeto hay en este mi testamento, o falta de sustancia o solemnidad, yo de mi propio motu y ciencia y poderío real absoluto, de que en esta parte quiero usar y uso, suplo y quiero que sea habido y tenido como tal suplido, y alzo y quito todo obstáculo y empedimento, así de hecho como de derecho, y quiero y mando que todo lo contenido en este mi testamento se guarde y cumpla, sin embargo de cualesquier leyes, fueros y derechos comunes y particulares de los dichos mis reinos, Estados y señoríos, que en contrario de esto sean y ser puedan, y cada cosa y parte de este mi testamento y de lo en él contenido quiero y mando que sea habido, tenido y guardado por ley, y que tenga fuerza y vigor de ley fecha y promulgada en Cortes con grande y madura deliberacion, y no la embargue ni estorbe fuero ni derecho, ni costumbre, ni otra cosa alguna, según derecho; porque mi merced y voluntad es que esta ley que yo aquí hago, derogue y abrogue, como postrera, cualesquier leyes, fueros y derechos, estilo y usanzas, y otra cosa cualquier que lo pueda contradecir, y por este mi testamento revoco y doy por ninguno e de ningún valor ni efeto cualesquier testamento o testamentos, codicilo o codicilos, manda o mandas, postrirnera voluntad que yo haya otorgado hasta aquí en cualquiera manera, las cuales y cada una de ellas, en caso que parezcan, quiero e mando que no valgan ni hagan fe, en juicio ni fuera de él, salvo éste que agora fago y otorgo en mi postrimera voluntad, como dicho es. En fe y testimonio de lo cual, yo, el sobredicho Emperador y rey don Carlos, lo firmé de mi nombre y mano y lo mandé sellar con mis sellos pendientes de Castilla y Aragón, y las tierras bajas, que fue fecha y otorgada en la nuestra villa de Bruselas, a seis días del mes de junio, año de Nuestro Señor Jesucristo de mil y quinientos y cincuenta y cuatro años. -YO EL REY.»

Codicilo del emperador Carlos V de gloriosa memoria

«In Dei nomine, amén. Notorio sea a todos los que este instrumento público de codicilo vieren, cómo en el monasterio de Yuste, de la Orden de San Jerónimo, que es en la vera de Plasencia, a nueve días del mes de setiembre del año del Nacimiento de Nuestro Señor de mil y quinientos y cincuenta y ocho, en presencia de Martín de Gaztelu, escribano de Su Majestad, y de los testigos infraescritos, la S. C. C. M. del Emperador don Carlos, nuestro señor, estando enfermo en su buen juicio y entendimiento natural, dijo que por cuanto Su Majestad ha fecho y otorgado su testamento ante Francisco de Cesajo, su escribano y secretario, estando en la villa de Bruselas, que es en el ducado de Brabante, en seis días del mes de junio del año que pasó de quinientos y cincuenta y cuatro, a que se refirió. Por tanto, que quedando el dicho testamento en todo lo demás, exceto en lo que en este codicilo será declarado y especificado, en su fuerza y vigor, y no innovando, ni derogando, revocando y anulando, enmendando ni limitando en otra cosa alguna, es su voluntad que los albaceas en el dicho testamento y en este codicilo nombrados, cumplan todas las mandas y cosas en ellas contenidas; con tanto que los testamentarios, que de nuevo aquí se nombrarán y acrecentarán, puedan por sí solos, sin consultarlo con los demás, cumplir las cosas en este codicilo especificadas y declaradas, el cual quiere Su Majestad que valga en aquella mejor vía e forma que puede y debe, y de derecho hay lugar, en la manera siguiente:

«Primeramente, puesto que luego como entendí lo de las personas que en algunas partes de estos reinos se habían preso y pensaban prender por luteranos, escribí a la princesa mi hija lo que me pareció para el castigo y remedio de ello, y que después hice lo mismo con Luis Quijada, a quien envié en mi nombre a tratar de esto. Y aunque tengo por cierto que el rey mi hijo, y ella, y los ministros a quien toca, habían hecho y harán las diligencias que les fueren posibles para que tan grande daño se desarraigue y castigue, con la demostración y brevedad que la calidad del caso requiere, y que la princesa, conforme a esto y a lo que últimamente le escribí sobre ello, mandará proseguir en ello hasta que se ponga en ejecución; todavía por lo que debo al servicio de Nuestro Señor y ensalzamiento de su fe, y conservación de su Iglesia y religión cristiana, en cuya defensión he padecido tantos y tan grandes trabajos, y menoscabo de mi salud, como es notorio, y por lo mucho que deseo que el rey mi hijo, como tan católico, haga lo mismo, como lo confío de su virtud y cristiandad, le ruego y encargo con toda instancia y vehemencia, que puedo y debo, y mando, como padre que tanto lo quiero, y como por la obediencia que me debe, tenga de esto grandísimo cuidado, como cosa tan principal y que tanto le va, para que los herejes sean oprimidos y castigados con toda la demostración y rigor, conforme a sus culpas, y esto sin ecepión de persona alguna, ni admitir ruegos, ni tener respeto a persona alguna, porque para el efecto de ello favorezca y mande favorecer al Santo Oficio de la Inquisición por los muchos y grandes daños que por ella se quitan y castigan, como por mi testamento se lo dejo encargado; porque demás de hacello así, cumplirá con lo que es obligado y Nuestro Señor encaminará sus cosas y las favorecerá y defenderá de sus enemigos, y dará buen suceso en ellas y a mí grandísimo descanso y contentamiento.

«Item, que por cuanto en una cláusula del dicho testamento decía y declaraba que doquier que me hallase, cuando Dios Nuestro Señor le pluguiese de me llevar de esta presente vida, que mi cuerpo se sepultase en la ciudad de Granada, en la capilla real, en que los Reyes Católicos, de gloriosa memoria, mis abuelos, y el rey don Felipe, mi señor y padre, que santa gloria hayan, están sepultados, y que cerca de mi cuerpo se pusiese el de la Emperatriz, mi muy cara y muy amada mujer; y que si Dios me llevase estando fuera de España, en parte donde luego no pudiese ser llevado mi cuerpo a la dicha ciudad de Granada, se depositase en otra mayor y más cercana de mi patrimonio. Y porque después que otorgué el dicho testamento hice renunciación de todos mis reinos, Estados y señoríos en el serenísimo rey don Felipe, mi muy caro y muy amado hijo, que al presente posee, y me retiré a este dicho monasterio, donde agora estoy y tengo voluntad de acabar los días de mi vida, que Dios será servido concederme. Por tanto, digo y declaro que si yo muriese antes y primero que nos veamos el rey mi hijo y yo, mi cuerpo se deposite y esté en dicho monasterio, donde querría y es mi voluntad que fuese mi enterramiento, y que se trajese de Granada el cuerpo de la Emperatriz, mi muy cara y muy amada mujer, para que los de ambos estén juntos. Pero sin embargo, tengo por bien de remetillo, como lo remito al rey mi hijo para que él haga y ordene lo que sobre ello le pareciere, con tanto que de cualquiera manera que sea, el cuerpo de la Emperatriz y el mío estén juntos, conforme a lo que ambos acordamos en su vida, por cuya causa mandé que estuviese en el entretanto en depósito, y no de otra manera, en la dicha ciudad de Granada, como lo está, para que esto haya efeto, cuando Dios sea servido de disponer de mí.

«Otrosí, ordeno y mando que si yo muriere antes de verme con el rey, mi hijo, y si acordare y le pareciere que mi enterramiento y el de la Emperatriz sea en este dicho monasterio, que en tal caso se haga una fundación por las ánimas de ambos y de mis difuntos, con los cargos y sacrificios que al rey y mis testamentarios a quien lo remito pareciere.

«Y asimismo yo ordeno y mando que en caso que mi enterramiento haya de ser en este dicho monasterio, se haga mi sepultura en medio del altar mayor de la dicha iglesia y monasterio en esta manera: que la mitad de mi cuerpo, hasta los pechos, esté debajo del dicho altar, y la otra mitad de los pechos a la cabeza salga fuera dél, de manera que cualquier sacerdote que dijere misa, ponga los pies sobre mis pechos y cabeza.

«Item, ordeno y es mi voluntad, que si mi enterramiento hubiere de ser en este dicho monasterio, se haga en el altar mayor de la iglesia dél un retablo de alabastro y medio relieve del tamaño que pareciere al rey y a mis testamentarios, y conforme a las pinturas de una figura que está mía, que es del «Juicio Final», de Tiziano, que está en poder de Juan Martín Esteur, que sirve en el oficio de mi guardajoyas, añadiendo o quitando de aquello lo que vieren más convenir. E asimismo se haga una custodia de alabastro o mármol, conforme a lo que fuere el dicho retablo, a la mano derecha del altar, que para subir en ella haya cuatro gradas para adonde esté el Santísimo Sacramento, y que a los dos lados de ella se ponga el busto de la Emperatriz y el mío, que estemos de rodillas con las cabezas descubiertas y los pies descalzos, cubiertos los cuerpos como con sendas sábanas del mismo relieve, con las manos juntas, como Luis Quijada, mi mayordomo, y F. Juan Regla, mi confesor, con quien lo he comunicado, lo tienen entendido de mí. Y que en caso que mi enterramiento no haya de ser ni sea en este dicho monasterio, es mi voluntad que en lugar de la dicha custodia y retablo se haga un retablo de pincel de la manera que pareciere al rey mi hijo y a mis testamentarios, y así lo ruego y encargo.

«Otrosí, ordeno y mando que después de yo fallecido se hinchan y entreguen los privilegios y cédulas de pensiones firmadas en blanco del rey, mi hijo, que están en poder de Martín de Gaztelu, escribano sobredicho y mi secretario, conforme a la cantidad que en nuestra nómina, firmada de nuestro nombre, está señalado, de pensión a cada uno de mis criados, para que gocen de ella durante sus vidas, y las pensiones de que no hubiese acá los privilegios y cédulas, se despachen conforme allí declaré. Y porque he entendido que las pensiones que mandé señalar a mis criados que quedaron en Flandres, y fueron desde Garandilla al tiempo que en este monasterio entré, han sido mal pagados de ellas, ruego y encargo mucho al rey mi hijo, que así a los dichos mis criados que están en Flandres y Borgoña como a los que me están sirviendo aquí, les mande consignar sus pensiones en receptores particulares, para que sean bien pagados a sus tiempos, sin que haya falta, mandando que no se les toque a la consignación que así les mandará señalar por algún caso ni necesidad que se pueda ofrecer, ni se les descuente cosa alguno de sus pensiones, sino que aquéllas se les paguen cumplida y enteramente, porque así es mi voluntad.

«Asimismo, ordeno y mando que además de darse a mis criados los dichos despachos de las pensiones que han de gozar después de mis días, como dicho es, se les dé juntamente con ellos las ayudas de costas que van señaladas en dicha nómina de que les hago merced, para que puedan volver a sus tierras, y que se cumpla con brevedad, antes que alguna otra cosa, de la mitad de lo corrido de los dichos seis y once al millar, que había de ser hasta el fin del año pasado de quinientos y cincuenta y seis, y lo que después acá habrán corrido y correrán hasta el día de mi fallecimiento; porque la otra mitad, a curnplimiento de lo que montare, ha de mandar el rey, mi hijo, dar de limosna en las fronteras de los Estados de Flandres, como entre los dos está acordado, mandando al factor general, Hernán López del Campo, o a la persona o personas a cuyo cargo estuviere la cobranza de los dichos juros, que de ellos entreguen lo que en esto se montare la nómina de ello al dicho Martín de Gaztelu, para que lo dé a mis criados, conforme a ella. Y ruego a la serenísima princesa, mi hija y gobernadora, de estos reinos,que para descargo del dicho fator o de la persona que lo pagare, mande dar el recaudo necesario para que esto haya efeto con brevedad, para que los dichos mis criados se puedan luego volver a sus tierras.

«Asimismo ordeno y mando que las treinta mil misas que dejo ordenado por el dicho mi testamento, que se digan, se cumplan, y la limosna que para ellas está señalada, de la mitad de dichos derechos. Y mando, asimismo, al dicho factor o a la persona o personas a cuyo cargo estuviere la cobranza de ellos, que cumpla y pague lo que en ella se montare a las personas que mis testamentarios ordenaren. Y ruego a la princesa que dé el despacho necesario para la ejecución y cumplimiento de ello.

«Otrosí, es mi voluntad de crear de nuevo, como de nuevo creo y ordeno por mis testamentarios albaceas, a Luis Quijada, mi mayordomo, y a fray Juan Regla, de la Orden de San Jerónimo, mi confesor, y al dicho Martín de Gaztelu, escribano y mi secretario, para que les ayude y asista con ellos en lo que fuere, por la confianza e satisfacción que tengo de sus personas y el amor con que me han servido, para que juntamente con los demás albaceas y testamentarios entiendan en el cumplimiento de lo que por mi testamento y este codicilo, y conforme a ello, dejo dispuesto, ordenado y mandado.

«Otrosí, ordeno y mando que atento el cuidado y trabajo con que algunos frailes, hijos de esta casa y de otras fuera de ella que residen aquí, me han servido, es mi voluntad que se les dé y señalé por vía de limosna, con que vuelvan a sus casas y favorezcan a sus parientes, lo que a los dichos Luis Quijada y fray Juan Regla y Martín de Gaztelu parezca, como personas que los conocen y han visto servir, teniendo respeto a la calidad de sus personas y al tiempo y a lo que han servido. Y mandado al dicho factor Hernán López de Campo o a la persona a cuyo cargo estuviere la cobranza de dichos derechos de seis y once al millar, que lo que esto montare lo paguen y cumplan de lo corrido de ellos hasta el día de hoy; y para el efeto y ejecución de ello ruego a la princesa, mi hija, que dé luego el recaudo para el descargo del dicho fator o de la persona a cuyo cargo estuviere y lo pagare, porque así es mi voluntad, sin que en ello haya dilación.

«Asimismo ordeno y mando que a fray Juan Regla, mi confesor, se le señale el entretenimiento que les pareciere a los otros mis testamentarios, para que goce de él desde que saliere de su casa y monasterio todo el tiempo que estuviere y residiere fuera de él en la corte, entendiendo en mis descargos, para con que se pueda sustentar, y que se le den después de yo fallecido cuatrocientos ducados de ayuda de costa por una vez, para con que vuelva a su casa y monasterio, y que éstos se le paguen de los dichos derechos de seis y once al millar, juntamente con lo de la limosna que se ha de dar a los dichos frailes, como dicho es en el capítulo antes de éste. Y asimismo ruego al rey, mi hijo, que dé al dicho fray Juan Regla cuatrocientos ducados de pensión sobre alguna dignidad donde le sean bien pagados.

«Otrosí, ordeno y mando que todo lo demás que sobrare de la mitad de lo corrido de los dichos derechos hasta el año de mi fallecimiento, como dicho es, cumplido que se haya todo lo sobredicho, se cobre luego y convierta en casar huérfanas y obras pías a parecer de mis testamentarios, como está declarado en el dicho mi testamento.

«Otrosí, ordeno y mando que en caso que la voluntad del rey sea que yo me entierre en el dicho monasterio, y atento el cuidado que en él se ha tenido de servirme, y el gasto que de ello se ha seguido a la casa, por haber acrecentado más frailes, y en otra manera, es mi voluntad que se haga la merced y gratificación que al rey mi hijo parecerá, porque yo no les he hecho alguna por tenerlo remitido hasta su venida; y lo mismo le ruego en caso que mi enterramiento haya de ser aquí, aunque en éste se ha de tener diferente consideración, habiéndose de hacer fundación, como dicho es.

«Asimismo es mi voluntad que el trigo, cebada, carneros, vino y otras cosas de comer que al tiempo de mi muerte se hallaren en el guardamengier y fuera de él, se dé luego a este dicho monasterio, de que yo le hago limosna, porque tengan los frailes de más cuidado rogar a Dios por mi anima; y asimismo la botica con las medicinas, drogas y vasos que en ella se hallaren, con que no sea ni se entienda de oro, ni plata, ni cosa de esta calidad; lo cual hagan y ejecuten los dichos Luis Quijada y fray Juan Regla, Gaztelu, sin aguardar a consultallo con el rey ni los otros testamentarios, por ser cosa poca.

«Otrosí, es mi voluntad que el dinero que sobrare dél, que se provee para mi gasto y entretenimiento de los tres meses en que yo falleciere, pagado a mis criados lo que se les debiere de sus gajes, y los otros gastos, así ordinarios como extraordinarios, se dé de limosna como pareciere al dicho Luis Quijada, y mi confesor, y al dicho Gaztelu, sin aguardar a consultallo con los otros testamentarios, porque yo lo tengo por bien, por ser cosa de limosna.

«Item, asimismo ordeno y mando que los dichos mis criados contenidos en la dicha nómina que llevaren mis gajes, se les pague enteramente el tercio de sus meses en que yo falleciere, aunque no los hayan servido ni sean cumplidos, conforme a lo que cada uno ha de haber.

«Asimismo ruego y encargo a la princesa, mi hija, que mande luego dar cédula para que las penas aplicadas para la cámara de las condenaciones que el licenciado Murga ha hecho y hapá durante el tiempo que ha residido y residirá en mi servicio en Cuacos, juntamente con las que aplicare el juez que le sucederá adelante, y se den a la persona que los dichos Luis Quijada, fray Regla y Gaztelu nombrarán, para que ellos las hagan dar de limosna, señaladamente a pobres del dicho lugar de Cuacos, sin que tenga necesidad de consultallo con alguno de los otros testamentarios, porque así es mi voluntad, que las que se han cobrado y cobraren estén en el entretanto en deposito, en poder de persona abonada.

«Otrosí, que, acatando el mucho tiempo y bien que Luis Quijada, mi mayordomo, me ha servido, y la voluntad y amor con que lo ha hecho, y el que mostró en su venida aquí, trayendo a su mujer y casa, como de mi parte se le pidió, sin embargo de las incomodidades que se le ofrecían, y atenta la poca merced que en recompensa de todo ello le he fecho, ruego y encargo mucho al rey, mi hijo, que demás de la que es mi voluntad que se le haga en su casa, según va declarado en la dicha nómina, tenga memoria dél para hacerle merced y honrarle; porque demás que él lo tiene tan servido y merecido, me hará en ello mucho placer, por el amor y buena voluntad que siempre le tuve.

«Item, por cuanto el dicho Martín de Gatzelu ha recibido por mi orden y mandado diferentes sumas de maravedís que la serenísima princesa, mi hija, gobernadora de estos reinos, ha mandado enviar para mi gasto y entretenimiento, después que entré en este recogimiento, de que hasta ahora no se le ha tomado cuenta, es mi voluntad que se dé razón de todo el cargo que el dicho Gaztelu ha recibido desde que entré aquí adelante al dicho Luis Quijada, mi mayordomo, para que le tome cuenta de todo ello, como persona que se ha hallado presente y sabe las cosas que ha pagado, y en qué y cómo; y que todo aquello que el dicho Luis Quijada recibiere y admitiere en cuenta al dicho Gaztelu, se le dé finiquito de ello en forma para su descargo y seguridad. Y junto con esto quiero y tengo por bien que los dichos Luis Quijada y Martín de Gaztelu prosigan y fenezcan las cuentas que han comenzado a tomar por mi mandado a algunos frailes y otras personas deste dicho monasterio, de los dineros que han recibido, así del dicho Gaztelu como de otras personas, para el gasto de la despensa ordinaria y extraordinaria de mi casa y obras, y otras cosas, con la limitación que le he dicho de palabra, y sin pedilles otros recados más de los que ellos presentaren; y que se dé finiquito a las partes, con aprobación de las dichas cuentas, y a los dichos Luis Quijada y Gaztelu por libres y quitos de todo ello. Y con estas cláusulas y declaraciones, y limitaciones, y mandas y revocaciones, es mi voluntad y mando que lo contenido en este dicho mi testamento y en el codicilo, y en la nómina, que dentro de él estará firmada de mi nombre, haya efeto y se cumpla por los testamentarios en ella declarados, no derogando ni revocando, alterando ni innovando al dicho mi testamento en otra cosa alguna más de en lo en este mi codicilo contenido, como dicho es, quedando todo lo demás en su fuerza y vigor. De lo cual todo, según y de la manera que dicha es, otorgó Su Majestad Cesárea esta carta por vía de codicilo o como mejor de derecho haya lugar, estando en el dicho monasterio de San Jerónimo, de Yuste.

«Y demás de lo susodicho, es mi voluntad que si se hallare otra cualquier hoja o pliego de papel escrito de mi mano o de ajena, firmada de mi nombre y sellada con mi sello secreto, pegado o cosido en este codicilo, demás de lo contenido en él y en el dicho mi testamento, ora sea de mandas o de otra cualquiera calidad, quiero y mando que valga como cláusula e parte dél, como mejor de derecho haya lugar todo lo que en el dicho escrito se hallare. Y mando a mis testamentarios que cumplan y ejecuten lo en él contenido, con lo demás en el dicho testamento en el codicilo. Y para mayor firmeza, lo firmé de mi nombre. -CARLOS.»,

NOMINA.

«Nómina de mis criados y otras personas que me han servido y sirven en este monasterio de Yuste de la Orden de San Jerónimo, y lo que cada uno de ellos tiene de gajes al año, y la pensión que en lugar de ellos les he mandado señalar, para que gocen de ella durante su vida, desde el día que Nuestro Señor sea servido de disponer de mí en adelante, para que, conforme a esto, y después de yo fallecido, se hinchan los privilegios y cédulas en blanco, firmadas del serenísimo rey, mi hijo, que están en poder de Martín de Gaztelu, mi secretario, y para que dé las pensiones que aquí irán señaladas, y no estuvieren acá los despachos de ellas, los mande dar el rey, mi hijo, y así lo ruego, conforme a lo que aquí ira declarado, a cada una de las partes con la más brevedad que ser pudiere. Y es mi voluntad que demás e allende de lo susodicho se les den los maravedís de ayuda de costa que les hago merced, librados señaladamente en los derechos corridos de seis y once al millar, como va declarado en una cláusula de mi codicilo, para con que vuelvan a sus tierras, como abajo irá especificado en esta manera.

AYUDAS DE COSTAS. -PENSIONES.

«Primeramente, en lo que toca a Luis Quijada, mi mayordomo, como quiera que yo haya escrito al rey, mi hijo, y díchole de palabra al conde Ruy Gómez de Silva que no podía dejar de servirme dél, e pareciéndole bien envió comisión al dicho conde, para que, con mi licencia, lo tratase y le ofreciese lo que a mí me pareciese, y porque las cartas en que le enviaba esta comisión llegaron a tiempo que él estaba de partida para Flandres, y no se pudo hacer, mandó tratar con Luis Quijada sobre su quedada aquí, y que trajese su mujer y casa, lo cual aceptó de buena voluntad, sin embargo de las incomodidades que se le ofrecían, aunque se le apuntó que dejara lo que pretendía, él se excusó de tratar de ello, remitiéndolo a mí, por cuya causa lo cometí al rey, y le escribí sobre ello, y el ayuda de costa que se le debía. A lo cual debe responderme con el arzobispo de Toledo lo que en ambas cosas había acordado. Pero todavía, porque no es llegado aquí, ni sabello de cierto, es mi voluntad que de cualquiera manera que sea, atento a lo sobredicho de hacer merced al dicho Luis Quijada, que el entretenimiento que el rey mi hijo le había señalado, o me avise qué le parece, se le podría señalar en cada un año de los que me sirviese y residiese aquí, que aquéllo se le dé, y sitúe y pague por pensión durante su vida, librado por una libranza en rentas del reino, residiendo en su casa, o hasta que le haga otra merced equivalente en ella, y que haya de gozar desde primero día de junio del año pasado de cincuenta y siete, que acordó el dicho Luis Quijada a venir aquí a servirme traer su mujer y casa, en adelante, y asimismo tengo por bien de hacelle merced de otros dos mil ducados de ayuda de costa, por una vez, que montan setecientos y cincuenta mil maravedís.

«Al dotor Enrique Mathesio, mi médico, que tiene y se le paguen aquí ciento y cuarenta y nueve mil maravedís de ellos, en lugar de las treinta placas que tenía y llevaba de gajes al día en los libros de la casa del rey, mi hijo, por razón de su asiento, y los cuarenta mil maravedís restantes que yo les mandé señalar en cada un año de los que aquí residiere y me sirviere por vía de ayuda de costa, atento lo que dejó de ganar en su oficio por no estar en la corte, tengo por bien de señalarle y hacerle merced, en lugar de lo sobredicho, de cuatrocientos florines de a diez placas cada uno de pensión al año, para que goce de ellos desde el día que yo falleciere en adelante por toda su vida, como dicho es, y de ciento y cuarenta y nueve mil y quinientos maravedís de ayuda de costa por una vez.

«A Guyón de Maorán, mi guardarropa, que tiene cuatrocientos florines de pensión al año, tengo por bien de hacerle merced, en lugar de ellos, de trecientos florines de pensión al año, para que goce de ellos durante su vida desde hoy día en adelante, y de ochenta mil maravedís de ayuda de costa por una vez.

«A Martín Gaztelu, mi secretario, que tiene ciento y cincuenta mil maravedís de salario al año, es mi voluntad de hacelle merced de los mismos ciento y cincuenta mil maravedís que tiene en cada un año para en toda su vida, situados en Navarra o en Castilla, por una libranza cual más quisiere; y demás de esto, otros ciento y cincuenta mil maravedís de ayuda de costa por una vez.

«A Guillermo de Male, ayuda de mi cámara, que tiene trecientos florines de gajes al año, es mi voluntad que si tomare la posesión y comenzare a gozar antes de mi fallecimiento de la conserjía de la casa de Bruselas que el rey mi hijo le ha hecho merced, para después de los días del que lo posee, tengo por bien de hacelle merced en tal caso de sesenta y dos florines al año de pensión por su vida, y después de yo fallecido, mientras no gozare de la dicha conserjía, de ciento y cincuenta florines al año de pensión, hasta que vaque, y desde que vacare que le den y goce los dichos sesenta y dos florines de como dicho es, que lo demás se consuma, y demás de esto, sesenta mil maravedís de ayuda de costa por una vez.

«A Charles Pubest, asimismo ayuda de mi cámara, que tiene asimismo otros trecientos florines de gajes al año, es mi voluntad de hacelle merced en lugar de ellos de docientos y veinte florines de pensión al año por su vida y sesenta mil maravedís de ayuda de costa por una vez.

«A Ogier Bodant, mi ayuda de cámara, que tiene otros docientos florines de gajes al año, tengo por bien de le hacer merced en lugar de ellos de docientos florines de pensión al año por su vida, y otros sesenta mil maravedís de ayuda de costa, por una vez.

«A Materu Donjart, ayuda de mi cámara, que tiene otros trecientos florines de gajes al año, tengo por bien de le hacer merced en lugar de ellos de docientos florines de pensión por su vida al año, y de sesenta mil maravedís de ayuda de costa, por una vez.

«A Juan el Lotoriano, mi relojero, que tiene sesenta y cinco mil maravedís de gajes al año, le hice merced en Flandres de docientos escudos de pensión en Milán por su vida, y por esto no se le da ahora alguno; pero tengo por bien de hacelle merced de sesenta y cinco mil maravedís de ayuda de costa por una vez, y demás de esto y de lo que ha recebido a buena cuenta por el pie del reloj que me ha fecho, es mi voluntad que se le pague lo que justamente pareciere que había de haber.

«A Nicolás Beringue, barbero de mi cámara, que tiene docientos y cincuenta florines de gajes al año, tengo por bien de señalarle y hacerle merced en lugar de ellos de ciento y ochenta florines, de pensión al año por su vida, y de cincuenta mil maravedís de ayuda de costa por una vez.

«A Guillermo Wick Eiflort, barbero de mi cámara, que tiene docientos y cincuenta florines de gajes al año, tengo por bien de hacelle merced en lugar de ellos de ciento y ochenta florines de pensión al año, y de cincuenta mil maravedís de ayuda de costa por una vez.

«A Dirck, barbero, asimismo, de cámara, que tiene docientos y cincuenta florines de gajes al año, tengo por bien de hacelle merced en lugar de ellos de ciento y ochenta florines de pensión al año, por su vida, y de cincuenta mil maravedís de ayuda de costa por una vez.

«A Grabiel de Suet, asimismo barbero de mi casa y cámara, que tiene docientos y cincuenta florines de gajes al año, tengo por bien de hacelle merced en lugar de ellos de ciento y ochenta florines de pensión al año por su vida, y de cincuenta mil maravedís de ayuda de costa por una vez.

«A Pretevan Oberistraten, mi boticario, que tiene otros docientos y ochenta florines de gajes al año, es mi voluntad que en lugar de ellos tenga ciento y ochenta florines al año de pensión por su vida, y de cincuenta mil maravedís de ayuda de costa por una vez.

«A Petre Guillén, ayuda de la botica, que tiene ochenta florines de gajes al año, tengo por bien de hacelle merced de cincuenta florines por su vida, y de diez y seis mil maravedís de ayuda de costa por una vez.

«A Andrés Platineques, que sirve en la panatería, y tiene docientos y veinte florines de gajes, tengo por bien de hacelle merced de ciento y sesenta florines de pensión al año por su vida, y de cuarenta y cuatro mil maravedís de ayuda de costa por una vez.

«A Pretervan Wocis, ayuda en la panatería, que tiene ochenta florines de gajes al año, tengo por bien de hacelle merced en lugar de ellos de cincuenta florines de pensión al año por su vida, y de diez y seis mil maravedís de ayuda de costa por una vez.

«A Cornelio Bugeión, que sirve en la cava, que tiene docientos y veinte florines de gajes al año, tengo por bien de hacelle merced en lugar de ellos de cento y sesenta florines de pensión al año por su vida, y de cuarenta y cuatro mil maravedís de ayuda de costa por una vez.

«A Ubet Crispián, que sirve de ayuda en la cava, y tiene ciento y diez florines de gajes al año, tengo por bien de hacelle merced de noventa florines de pensión al año por su vida, y de veinte y dos mil maravedís de ayuda de costa por una vez.

«A Enrique Van der Hesen, que hace la cerveza, y tiene docientos y cincuenta florines al año, es mi voluntad de hacelle merced en lugar de ellos de ciento y cuarenta florines de pensión por su vida, y de cincuenta mil maravedís de ayuda de costa por una vez.

«A Francisco Imbreschsic, que sirve de tonelero, y tiene ciento y diez florines de gajes al año, tengo por bien de hacelle merced en lugar de ellos de ochenta florines de pensión al año por su vida, y de doce mil maravedís de ayuda de costa por una vez.

«A Adrián Guardel, que me sirve de cocinero, y tiene docientos florines de gajes al año, tengo por bien de hacelle merced en lugar de ellos de ciento y cincuenta florines de pensión al año y cuarenta mil maravedís de ayuda de costa por una vez.

«A Enrique de la Puerta, que servía asimismo de cocinero, y tiene ciento y diez florines al año, tengo por bien de hacelle merced de ochenta florines de pensión por su vida, y de veinte y dos mil maravedís de ayuda de costa por una vez.

«A Jerónimo de España, mozo de cocina, que tiene sesenta y cinco florines de gajes al año, tengo por bien de hacelle merced en lugar de ellos de cincuenta florines al año de pensión por su vida, y de quince mil maravedís de ayuda de costa por una vez.

«A Antonio Flahault, asimismo mozo de cocina, que tiene otros sesenta y cinco florines de gajes al año, tengo por bien de hacerle merced de cincuenta florines de pensión al año por su vida, y de quince mil maravedís de ayuda de costa por una vez.

«A Cornelio Gutiman, que sirve de pastelero, y tiene ciento y ochenta florines de gajes al año, tengo por bien de hacelle merced en lugar de ellos de ciento y diez florines de pensión al año, y de treinta y seis mil maravedís de ayuda de costa por una vez.

«A Enrique Van Ofestad, que sirve en el estado, tiene ciento y ochenta florines de gajes al año, tengo por bien de hacelle merced en lugar de ellos de ciento y diez florines de pensión al año, y de treinta y seis mil maravedís de ayuda de costa por una vez.

«A Geliborturle, ayuda en el estado de la cámara, y tiene ochenta florines de gajes, tengo por bien de hacelle merced en lugar de ellos de cincuenta florines de pensión al año, y de diez y seis mil maravedís de ayuda de costa por una vez.

«A Nicolás de Merne, que sirve en la salsería, y tiene docientos y veinte flor¡nes de gajes al año, tengo por bien que se le den en lugar de ellos cincuenta florines de pensión al año por su vida, y cuatro mil maravedís de ayuda de costa por una vez.

«A Utin de Austrevi, ayuda en la salsería, que tiene ochenta florines de gajes, tengo por bien que se le dé en lugar de ellos cincuenta florines de pensión al año, y diez y seis mil maravedís de ayuda de costa por una vez.

«A Francein Ningali, que sirve en la frutería, y tiene ciento y ochenta florines de gajes al año, tengo por bien que se le den en lugar de ellos ciento y diez flor¡nes de pensión al año por su vida, y treinta y seis mil maravedís de ayuda de costa por una vez.

«A Martín Raliot, que ayuda en la frutería, que tiene ciento y diez florines al año de gajes, tengo por bien que en lugar de ellos tenga noventa florines de pensión por su vida, y veinte y dos mil maravedís de ayuda de costa por una vez.

«A Juan Balin, relojero, que tiene docientos florines de gajes al año, tengo por bien que se le den en lugar de ellos noventa florines de pensión al año por su vida, y cuarenta mil maravedís de ayuda de costa por una vez.

«A Hipólita, lavandera de corpus, que tiene cuatrocientos florines de gajes al año, tengo por bien que se le den en lugar de ellos ciento y diez florines de pensión al año, y ochenta mil maravedís de ayuda de costa por una vez.

«A Isabel Plantin, que es lavandera de boca, que tiene trecientos y sesenta y cinco florines al año, tengo por bien de señalarle, en lugar de ellos noventa florines de pensión por su vida, y treinta y cinco mil maravedís de ayuda de costa por una vez.

«A Juani Esterch, ayuda de guardajoyas, que tiene ciento y cincuenta florines al año, tengo por bien de señalarle en lugar de ellos a razón de noventa florines al año de pensión por su vida, y de treinta mil maravedís de ayuda de costa por una vez.

«A Juan Gaetán, que sirve de ayuda en la cerería, mandé dar licencia como a otros criados, al tiempo que entró en este monasterio, y las cinco placas que tenía de gajes cada día, se le pagasen en Valladolid, como y cuando a los otros mis criados españoles que allí están, aguardando hasta que el rey mi hijo acordase lo que pensaba de ellos en sus casas, y visto que había aquí necesidad del dicho Juan Gaetán, se le mandó que quedase después a servir, como lo hace para tener cuenta con ver lo que se le entregase al guardamanger y cocina, y labrar la cera que fuese menester, y sobre las dichas cinco placas que tenía, le mando acrecentar otras cinco a cumplimiento de diez, de las cuales goza desde primer de enero del año pasado de quinientos y cincuenta y siete que sirve en adelante. Y comoquiera que entre los despachos de mis criados, que el rey mi hijo me envió, venía una cédula, por la cual hace merced al dicho Juan Gaetán de diez mil y novecientos y cinco maravedís en cada un año por su vida, librados en su casa en Valladolid, que estos se le crezcan a cumplimiento de diez y ocho mil y docientos y cincuenta maravedís, que sale a razón de cinco placas al día, respetivamente, por cada placa diez, que se le dé cédula de ellos, rasgándose la que está aquí, para que se le paguen por una libranza en su casa, durante el tiempo de su vida, y asimismo le den treinta y seis mil maravedís de ayuda de costa por una vez.

«A Cristóbal Pérez, panadero, natural de Vizcaya, que tiene ciento y diez flor¡nes de gajes al año, es mi voluntad que en lugar de ellos tenga quince mil maravedís en cada un año por su vida, librados por una libranza en rentas del reino, y veinte y dos mil maravedís de ayuda de costa por una vez.

«A Martín Arche, panadero, alemán, que tiene otros ciento y diez florines de gajes al año, tengo por bien de le señalar en lugar de ellos ochenta florines de pensión por su vida, y veinte y dos mil maravedís de ayuda de costa por una vez.

«A Juan Rodríguez, español, ayuda de litera, que al presente tiene cincuenta y cinco florines de gajes al año, es mi voluntad, que en lugar de ellos tenga doce mil maravedís de que le hago merced en cada un año de su vida, librados en rentas del reino, y de otros once mil maravedís de ayuda de costa.

«A Diego Alonso, español, ayuda asimismo de litera, que tiene otros cincuenta y cinco florines de gajes al año, es mi voluntad que en lugar de ellos tenga doce mil maravedís, que le hago merced en cada un año por toda su vida y de otros once mil maravedís de ayuda de costa por una vez.

«A Antonio Solaiguies, ayuda de litera, que tiene los mismos cincuenta y cinco florines de gajes al año, tengo por bien que se le den sesenta florines de pensión por su vida, y de once mil maravedís de ayuda de costa por una vez.

«A F. Juan Alis, de la orden de San Francisco, natural de Flandres, que ha entendido en confesar mis criados y administrarles los sacramentos, y aunque para su sustentación de él y un compañero le han dado a razón de a cuatro reales cada día, todavía es mi voluntad que se le den en lugar de ellos, por vía de limosna, catorce mil y seiscientos maravedís en cada un año por toda su vida, que sale a cuarenta maravedís al día, para libros y otras cosas de que tendrá necesidad, y que se le paguen en Salamanca, donde está su casa, o en la parte de estos reinos donde residiere, y si quisiere ir a Flandres, se los libren allá, de manera que dondequiera que estuviere sea bien pagado con cargo de decir una misa cada día de los que pudiere por mi ánima, y veinte mil maravedís de ayuda de costa por una vez.

«A Hans Fait, natural de los Estados de Flandres, que sirve de gallinero, y tiene cuarenta y cinco florines de gajes al año por su vida, y nueve mil maravedís de ayuda de costa por una vez.

«A Juan Ballestero, cazador, natural español, que tiene cuarenta mil maravedís, que le mandé señalar salario en mi casa, es mi voluntad que en lugar de ellos se le libren en la suya los gajes que tenía en su asiento en la casa del rey mi hijo, que dicen que son diez y ocho mil maravedís por toda su vida, librados por una libranza, y de hacelle merced de veinte mil maravedís de ayuda de costa por una vez.

«A Pascual Gómez, que me sirve de hortelano y tiene doce mil maravedís de salario, es mi voluntad que se le den otros doce mil de ayuda de costa por una vez.

«A Martín de Soto, que me sirve de escribiente en el oficio de fray Lorenzo y tiene de salario dos ducados cada mes, que sale a razón de a nueve mil maravedís al año, es mi voluntad que se le libren otros nueve mil de ayuda de costa por una vez.

«A Jorge de Diana, mozo de Janelo mi relojero, es mi voluntad que se le den siete mil y quinientos maravedís de ayuda de costa por una vez.

«Al licenciado Murga y Juan Rodríguez su escribano, y Francisco de Malaguilla su alguacil, que me han servido y sirven en Cuacos, ruego y encargo a la princesa mi hija que les dé la ayuda de costa que le pareciere, a lo cual me remito.

«Por manera que montan las dichas pensiones que arriba están señaladas en la manera que dicha es, cinco mil y novecientos y sesenta y cinco florines y un cuarto, respetando por cada florín docientos maravedís. Y ruego afetuosamente al rey mi hijo que, conforme a lo que aquí he declarado, mande dar los privilegios y cédulas que faltan, demás de las que acá están, a las personas que los han de haber, con la mayor brevedad que ser pueda, como dicho es, y la dicha ayuda de costa que monta dos cuentos y seiscientos y treinta y un mil maravedís. Y mando al fator general Hernán López del Campo, o a la persona o personas cuyo cargo estuviere la cobranza de los dichos dineros de seis y once al millar, que de lo corrido de ellos y de lo que correrá hasta el día de mi fallecimiento, cumpla y pague luego los dichos dos cuentos y seiscientos y treinta y un mil y quinientos maravedís a la persona a quien en mi codicilo dejo nombrada. Y mando y ruego a la princesa mi hija que dé el recaudo necesario para el descargo del dicho fator e de la persona o personas que lo pagaren, porque es así mi voluntad. Fecha en San Jerónimo de Yuste a 9 de setiembre de mil y quinientos y cincuenta y ocho. -CARLOS.»

Copia de una carta que el rey nuestro señor escribió de Flandres a los testamentarios de emperador nuestro señor, que sea en gloria.

EL REY:

«Testamentarios de los descargos del Emperador y rey mi señor, que sea en gloria. Vuestras cartas de 30 de otubre del año pasado, 10 y 15 de enero de este presente año habemos recebido, y entendido por ellas y la relación particular que Gaztelu nos ha hecho, la indisposición de Su Majestad y de su buen fin, y del depósito que de su cuerpo se hizo en Yuste, y cómo se abrieron sus testamentos y codicilo, y la orden que diestes para que se dijesen luego las treinta mil misas, y lo que habíades dado y quedábades dando sobre las distribuciones de los treinta mil ducados que estaban depositados en Simancas, conforme a lo que Su Majestad dejó ordenado, y la causa por que comenzastes a ejecutar estas cosas antes de consultarnos, ni aguardar orden nuestra para ello, con lo demás que acerca de esto decís, lo cual nos ha parecido bien, y en ésta se os responderá y satisfará a lo necesario de ello.

«En lo que toca al cuerpo de Su Majestad por la que os escribimos últimamente, cuya duplicada va con ésta, habréis entendido y sabréis lo que en esto habemos acordado cerca de su traslación a Granada, en que no hay que decir, sino que en el entre tanto que está en depósito en el monasterio de Yuste, se continúen las quince misas que cada día se dicen por su ánima, como allá se acordó, pues son las que se pueden decir según los frailes sacerdotes que hay en aquella casa, que llegado yo a esos reinos, veré lo que en ello se debe hacer, según lo que dejó Su Majestad ordenado en su codicilo.

«En lo que toca a lo que entre Su Majestad y mí pasó sobre la consignación que hace por su testamento sobre los maestrazgos y de sus bienes muebles, para el cumplimiento de sus descargos, yo espero con el ayuda de Dios ser brevemente en esos reinos, y llegado a ellos me lo acordaréis, que entonces entenderéis lo que en todo me pareciere y se debiere hacer. En lo de la orden que pedís para lo demás del cumplimiento del testamento para Su Majestad, no convernía que se alzase la mano ni dejase de pasar adelante, por lo que se podría juzgar. Y lo que junto con esto nos traéis a la memoria, os agradecemos mucho, que es conforme a lo que se debe esperar de tan buenos criados de Su Majestad y míos, y a lo que debéis para cumplir con vuestra obligación, y la mía es tan grande, y el amor y obediencia que a Su Majestad tuve y debo, que aunque estuviese en mayores necesidades de las en que me hallo, que son las que sabéis, no tengo de dejar de cumplir todo lo que dejó ordenado, y mandado en su testamento y codicilo, como es razón. Y entretanto que se asienta y da orden a ello, pues la examinación y comprobación de muchos descargos, especialmente de los principales, no se podrá hacer con tanta brevedad que no seamos primero llegado a esos reinos, habemos acordado de mandar señalar desde luego, para que comience a entender en ello, ochenta mil ducados en cada un año, los diez mil de ellos librados en derechos de seis y once al millar, que se presupone que montarán esto, o lo que más o menos fuere; veinte mil que Su Majestad tiene consignados sobre las minas en cada un año, para los gastos y entretenimientos de su casa y estado; treinta mil ducados en la casa de la contratación de Sevilla, sobre el primero oro o plata que viniere de Indias, prefiriendo esto a todas las otras consignaciones, hasta que se cumpla esta cantidad. Y porque en los reinos de la corona de Aragón habrá algunos descargos, y será justo que se habrán de cumplir, sea del servicio que otorgaren, y que dél se reserve y tome alguna parte para este efecto, es nuestra voluntad que se consignen los veinte mil ducados restantes a cumplimiento de los dichos ochenta mil ducados repartidos prorrata entre los dos reinos, según lo que cada uno de ellos otorgare. Y pues yo tengo de tener las Cortes entonces, seremos a tiempo de mirar a qué plazos se pagaren, y que todo esto comience a correr desde primero de enero de este presente año de quinientos y cincuenta y nueve en adelante. Para cuya cobranza y tener cuenta con ello, habemos nombrado al fator Hernando López del Campo por el tiempo que fuere nuestra voluntad. Y porque se excuse de acrecentar nuevo oficio y salario para todo esto, y que como fuere recibiendo el dinero se vaya poniendo en una caja, esté en su poder con tres llaves, la una en él, y las dos en el vuestro, para que no se pueda disponer ni convertir este dinero sin vuestra sabiduría ni en otra cosa, sino en cumplir y descargar, y que se le haya de tomar cuenta en fin de cada año, no embargante que se hubiese ya nombrado allá persona para este efecto, porque ésta es nuestra voluntad. De todo lo cual daréis cuenta a la serenísima princesa mi hermana, para que mande ordenar ella los despachos necesarios con esta sustancia en la forma que convenga, y que se nos envíe luego por duplicadas vías, para que los firmemos, avisándonos de cómo se hace.

«La copia del inventario que trajo Gaztelu de la recámara de Su Majestad que tenía en Yuste, al presente está en esa villa, habemos visto y mandado declarar y señalar en la margen de la copia de él, que se os envía con ésta, lo que veréis; y es mi voluntad que se guarde y no se disponga de ello, y hacerlo heis así y proveeréis que aquello se aparte y divida de lo otro, porque llegado yo a esos reinos los mandaré ver y determinar lo que de ello se habría de hacer, y de lo demás contenido en el dicho inventario podréis disponer por la orden que se acostumbra, y viéredes más convenir, que yo os lo remito.

«En lo que está a cargo de Bartolomé Conejo, he visto la relación que nos enviastes en el dicho Gaztelu, y en aquélla no hay por ahora de qué disponer, sino que esté así a su cargo, como está, sin hacer mudanza ni tocar nada hasta que llegue yo a esos reinos, que lo mande ver y ordenar como me parecerá.

«Lo mismo se hará en lo que toca al armería que está a cargo de Juan de Ortega, de que he visto la relación que envió don Antonio de Toledo.

«También vi la relación de lo que está en Simancas a cargo de Piti Juan Buene, ya difunto, y agora está al de su mujer, de que tan poco se disporná de nada hasta que seamos en esos reinos, si ya no lo habéis hecho. Enviaréis con el primero el inventario que de nuevo había de ir a hacer el licenciado Birviesca y Ledesma por duplicado.

«En lo que toca a lo corrido de seis y once al millar, cuya cobranza está a cargo del fator, visto lo que entre Su Majestad y mí estaba acordado, y deja mandado en su codicilo, y lo que el dicho Gaztelu me ha referido de vuestra parte, escribí a la serenisima princesa mi hermana la carta que va con ésta para que si no se hubiere hecho, mande tomar luego cuenta al dicho fator de todo lo corrido de los dichos derechos, desde que en su nombre se tomó la posesión de este oficio hasta el fin de quinientos y cincuenta y ocho pasado, haciéndole cargo del alcance que se hizo a los herederos de García de Castro, ya difunto, su antecesor, y Alonso de Herrera, que después tuvo cuenta en el ejército de este oficio, durante el tiempo que estuvo vaco. Y de lo que líquidamente se alcanzare al dicho fator escribimos que cumpla seis mil ducados que aquí se tomaron a cambio para dar de limosna en las fronteras de estos Estados en cuenta de lo que en ellos se ha de dar, y todo lo más que quedare y cobrare le dé y pague por la orden y las personas que vosotros nombráredes, para que aquello se dé de limosna en esos reinos a quien y conforme a lo que Su Majestad dejó ordenado, porque lo demás que correrá de los dichos derechos desde primero de enero de este presente año en adelante, para en parte de la dicha consignación de los descargos, de cuya cobranza con lo demás temá cargo el dicho fator, según arriba está dicho.

«Avisamos héis particularmente con el primero; qué género y calidad de descargos pensáis, según lo que tenéis entendido que se vernán a pedir ante vosotros; y para cualquiera cosa es bien que estéis prevenidos de no admitir demanda calificada, como de vasallos, tierras y otras cosas principales y de calidad, sin consultarlo primero, y avisarnos de lo que os pareciere sobre ello, porque hay algunas cosas en que es menester mucho mirar. También podrían ser, que acudiesen algunos mercaderes con deudas de cambios hechos con Su Majestad para los gastos que se le ofreciesen en ejércitos, que juntó para conservación y defensa de la religión y de sus reinos y Estados, que monta mucho; en esto habéis de tener entendido que la paga o cumplimiento de ello le habemos tomado y está a nuestro cargo, así por confirmaciones que habemos hecho de los tales asientos, como por nuevas negociaciones en que se han incorporado aquéllos, socorriéndonos de nuevo con más dineros para ayuda a los gastos.

«En lo que toca al sueldo de la gente de guerra, como quiera que aquél les va corriendo y que es deuda y mucha parte de ella del tiempo de Su Majestad, y lo demás del nuestro después que hizo la renunciación, escribíamos que la paga de lo uno y de lo otro está a nuestro cargo, y así se va pagando según la posibilidad, y se continuará, con que parece que se ya descargando primero lo de Su Majestad. De lo cual y de lo que toca a las deudas de los dichos mercaderes, nos ha parecido preveniros, porque si os ocurriere alguna cosa sobre ello nos lo avisaréis.

«Cuanto al sueldo de las naos y gente de las armadas, que han ido a empresas que se han hecho en tiempo dé Su Majestad y otros viajes particulares; porque en esto no hay continuación de servicio y es diferente de lo sobredicho, por habérseles dado licencia después de haber acabado las dichas jornadas y viajes y ser todo deudas hechas antes de la renunciación, que parece que Su Majestad está directamente obligado, todavía miraréis si esto se entiende que pueda ser conforme a lo de arriba, y de calidad que se haya de descargar, de que también nos avisaréis no embargante que queríamos que de los más pobres, viudas, huérfanos, se prefiriesen a los otros, y pudiéndose buena y honestamente hacer sin notable agravio de nadie.

«Miraréis si cumpliendo primero con lo que Su Majestad dejó ordenado por su testamento, sobre los diez mil ducados que se han de convertir en redención de cautivos, de los treinta mil que están depositados en Simancas, se podría emplear alguna parte de ellos en rescatar algunos de los de Ciudadela, en manera que el año pasado se perdió, que son muy pobres, porque demás de éstos me dicen que llegan a cuarenta mil los que turcos tienen en su poder del reino de Nápoles, verlo héis en pudiéndose buenamente hacer, holgaríamos de ello.

«Ternéis, sobre todo, gran cuidado de juntaros todas las veces que pudiéredes y dieren lugar los negocios en que estuviéredes ocupados para tratar de los dichos descargos, porque deseo mucho, como es razón, que en el cumplimiento de ellos haya gran brevedad, que demás que cumpliréis con vuestra obligación, me haréis particular placer y servicio. De Bruselas, a veinte y dos de marzo de mil y quinientos y cincuenta y nueve años.»

Virtud catolica y cristiana del emperador

Hizo pintar el retablo de San Jerónimo, de Yuste, y mandóse poner en él de pincel al natural, a la mano derecha del retablo, de rodillas y desnudo, cubierto con una sábana como pobre, y a la mano izquierda, sobre otra vasa de la misma manera, la Emperatriz, su muy cara y amada mujer.

Juan Ruiz de Velasco, caballero tan verdadero y cristiano como todos sabemos, y secretario de la cámara, me dijo que en la jornada que el Católico rey don Felipe, nuestro señor, hizo a Aragón, yendo por Burgos y Navarra, estando Su Majestad en la ciudad de Logroño de paso, le mandó abrir una cajuela de un escritorio que llevaba consigo, y le mostró un crucifijo pequeño que estaba dentro, y unas velas de Nuestra Señora de Montserrat, y le dijo que se acordase bien para cuando lo pidiese y fuese menester, que estaban allí en aquel cajón de aquel escritorio aquellas velas y aquel crucifijo que fue del Emperador, su padre, el cual había muerto devotamente con él en la mano, porque de la mesma manera lo pensaba él hacer, y cuatro o cinco días antes de su muerte le mandó sacar el dicho crucifijo y velas, como si el día antes hubiera hecho la dicha prevención para ello que le hizo en Logroño, y que así lo sacó luego, y habiendo abierto la caja vio que estaban dentro con el crucifijo dos disciplinas. Y diciendo Juan Ruiz que la una estaba muy usada, respondió que no la había él usado, sino su padre, cuyas eran, y dice que estaban llenas de sangre; y mando que se mostrasen al rey nuestro señor y a la serenísima infanta doña Isabel.

He dicho en la historia cuán dado era a la oración y que las ocupaciones de tantos y tan graves negocios no le hacían perder un punto de las horas que tenía señaladas para retirarse a orar. Visto se ha la fe y sujeción que tenía a la Iglesia católica, y la reverencia con que trata a los Pontífices romanos en las instrucciones y cartas que daba a sus embajadores, que por eso he puesto las que he podido haber al pie de la letra en la historia. Tuvo costumbre este príncipe siempre que se había de acostar, puesto de rodillas delante de una imagen, con la fe y devoción que podía hacer, la protestación siguiente, que todo fiel cristiano debe hacer sin cesar día alguno.

Protestación muy devota que el emperador Carlos V, Que es en gloria, hacía cada noche cuando iba a dormir

«Jesús sea en mi entendimiento. Benditísimo Dios Nuestro Señor, yo creo de corazón, y confieso de boca, todo aquello que la Santa Iglesia nuestra madre cree y enseña de Vos, y lo que un buen cristiano es obligado a creer; protesto que quiero vivir y morir en esta santa fe. Reconózcoos, mi Dios, por mi Creador y Redentor de todo el linaje humano, y como vuestra criatura y siervo sujeto os doy la fe y homenaje de mi cuerpo y de mi ánima, que de vos tengo misericordiosamente como de mi soberano, señor, con todos los demás bienes naturales, y espirituales y temporales que tengo, tuve y espero tener de vos en este mundo y en el otro. De mi corazón os alabo y doy gracias; en señal de reconocimiento os ofrezco este pequeño tributo, y es que con fe y esperanza y caridad os adoro de corazón, y confieso de boca, lo cual pertenece solamente a vuestra divina Majestad, mi Dios y mi criador. Yo os pido perdón de todos mis pecados, que con el pensamiento, palabra y obra he yo cometido y dado ocasión de cometer, desde la hora que supe pecar hasta la presente; de los cuales me arrepiento por amor de Vos, y grandemente me pesa de os haber ofendido, Dios y Redentor mío. Yo protesto en este paso y oración, que mediante vuestra gracia y ayuda me apartaré de pecar, y propongo por amor de Vos de no tornar a ofenderos, y suplícoos me queráis guardar y confirmar en este buen propósito, mi Dios, mi glorificador. Yo prometo de me confesar de todos mis pecados, mediante vuestra gracia y ayuda y favor, lo mejor que yo supiere, según vuestros santos mandamientos. Suplícoos, Señor, tres cosas: La primera, que hayáis misericordia de mí, y perdonéis mis graves pecados que, contra vuestra voluntad y mandado yo he cometido. La segunda, que os plega de me dar gracia con que os pueda servir, cumpliendo y guardando vuestros santos mandamientos sin incurrir y caer en algún género de pecado mortal. La tercera, que en mi muerte y postrera necesidad me queráis socorrer y dar gracia, para que pueda acordarme de vuestra pasión, y tener verdadera contrición de mis pecados. Y suplícoos y pido por merced a la serenísima reina de los ángeles, Virgen María, con los señores Apóstoles San Pedro y San Pablo, y Santiago, y San Juan Bautista, a quien yo he tenido y tengo por abogados, con todos los otros santos y santas de la corte del cielo, que sean en mi ayuda y especial amparo, y me quieran esforzar y consolar a la hora de mi muerte, y defender mi ánima de los enemigos por sus santos ruegos y peticiones, porque los santos ángeles con el de mi guarda, me lleven y pongan en la bienaventuranza. Amén.»

Fue el Emperador devotísimo de Nuestra Señora de Montserrate, monasterio de la Orden de San Benito, en el principado de Cataluña, en tanto grado que todas las veces que se le ofrecía ir por allí, lo hacía con gran gusto por llevar consigo la bendición de la santa imagen de la madre de Dios. Y solía decir a sus privados: «Las paredes de este santuario están ahumadas, y siento de ellas tanta devoción, y una cierta deidad, que no lo sé significar.» Y mostrábalo bien Su Majestad, pues gustaba comer con los monjes en refitorio, y mandaba sentar al perlado al cabo de la mesa mayor consigo. Y en ausencia del abad, comió con el Emperador fray García Pascual, prior, Pascua de Resurrección: comiendo el Emperador carne y los monjes pescado (porque en refitorio nunca se come carne en esta santa casa), le dijo el prior, dadas las gracias: «Ande, señor, que nos habéis corrompido el refitorio.» Era aragonés este padre, y llevó con mucha gracia el Emperador lo que le dijo, porque conoció en él la virtud que este monje tenía.

Mostrólo también Su Majestad, que la primera vez que vino en este santuario, vacando la sacristía mayor de los reyes de Aragón y su corona, nombró y dio privilegio perpetuo al abad y abades sucesores de este monasterio, de sacristán mayor de la corona de Aragón, año de 1520.

Siendo Su Majestad y los reyes de España patrones de las dignidades de esta corona de Aragón y presenteros, hizo merced a este monasterio de patronazgo de dos abadías, filiaciones de esta santa casa, San Ginés y Santa Cecilia, cosa que se estima en mucho por ser del patronazgo real, año 1542.

Teniendo este monasterio pleito pendiente con una villa suya que se dice Aulesa, la cual pretendía no ser del monasterio, mandó se declarase de justicia, y dada la sentencia en favor del monasterio, hizo nueva merced del señorío y jurisdición, año 1520, como parece por el privilegio que en memoria de tan señalada merced pondré aquí. Fue tercero en Villafranca de Niza con el papa Paulo III, para que moderase la mediannata de este monasterio y no la tasase con rigor, y así se hizo, que fue de importancia, año 1538.

Cuando las iglesias de esta corona daban socorros a Su Majestad para sus guerras, y lo daba esta casa, se lo mandaba volver, y una vez que se fue a defender a Salsas, y esta casa le envió treinta hombres de armas, no quiso que el monasterio los pagase más de que para aparejarse se les dio docientos ducados, año 1524.

Todo el tiempo que Su Majestad vivió pidió se le dijese una misa cotidiana en el altar de Nuestra Señora por su intención, y se hizo, y mandó dar limosna, año 1523.

Porque la misa privilegiada de ánimas del altar de Nuestra Señora estaba concedida a beneplácito del Pontífice, la alcanzó durante su vida; y porque el papa Adriano era cosa suya, y maestro de Su Majestad, nos alcanzó muchos favores, confirmaciones de gracias y nuevos indultos.

Nueve veces se halla por los libros que, Su Majestad visitó esta santa casa, y debieron de ser más, pues venía de Barcelona estando allí a fiestas que se celebraban es este monasterio; muchas limosnas dio, y cada vez que venía la mandaba dar; no quería que se supiese lo que mandaba dar; parece cantidad de veinte mil ducados por los libros; en una partida se hallan mil ducados, que mandó librar en Zaragoza, año de 1524.

En lo que Su Majestad mostró mucho la devoción a este santo monasterio fue en dalle favor en todos sus negocios, para que todos los obispos y perlados de España y Sicilia le favoreciesen, y los ministros de Cruzada no impidiesen a sus ministros en pedir limosna.

A contemplación de Su Majestad, la Emperatriz doña Isabel dio a esta santa iglesia un portapaz de grande obra, que vale mil y quinientos ducados; pagó el retablo antiguo del altar de Nuestra Señora de la iglesia vieja, que costó seis mil ducados, que el de la nueva la Majestad del rey don Felipe II, nuestro señor, lo dio con otras muchas mercedes y favores.

Tuvo grandísima devoción con las velas que se traen de Montserrate, como vimos que las tuvo guardadas con un crucifijo, hasta el punto que sintió que se le arrancaba el alma, la cual devoción heredó su hijo el rey Católico.

Quien leyere con atención lo que en este largo discurso de la vida de este príncipe se dice, entenderá el pecho y valor cristiano que siempre tuvo, y el aborrecimiento notable contra los herejes, pues cuando era de no más que veinte y un años, en la Dieta de Wormes hizo lo que dije, y escribió de su mano aquella confesión católica, digna de quien él era, y de una eterna memoria, y mandó luego despachar el edicto vormacense, para que en todo el Imperio y reinos de su dominio se promulgase contra Lutero y los demás herejes, y con el mismo cuidado vivió toda la vida, procurando guardar sus vasallos de esta peste. A 13 de marzo, año 1527, en el condado de Borgoña, en la corte del Parlamento de Dela se pregonó por su mandado que todos sus sujetos, de cualquier condición que fuesen, no pudiesen disputar ni defender las proposiciones y dotrina dañada de Lutero ni de otros herejes sus secuaces, contrarios a la fe católica, y se puso pena a los hostaleros o mesoneros, y a todos los demás que no pudiesen recoger ni retener en sus casas a alguno de la dicha secta, y se les prohibió el tener sus libros, ni poderlos leer, so pena de la vida y perdimiento de bienes. Y que luego se procediese contra ellos, y con este rigor. Y a nueve de marzo del año 1533 mandó despachar otra provisión que se leyó en todas aquellas partes, contra los que trataban con herejes o su dotrina, y que los que supiesen de tales tratos los declarasen y descubriesen, so pena de caer en las dichas penas puestas a los mismos herejes. Y a tres de hebrero, año 1536, que ninguno pudiese imprimir, traer, ni vender, ni tener libro ni memorial de herejes, particularmente uno que se decía Sumario y breve relación, impreso en Venecia por Pedro de Ponte, año 1529, ni otros contrarios a la fe católica, so pena de perdimiento de bienes y la vida. Y que los visitadores y procuradores generales hiciesen diligente pesquisa de ellos y quemasen como falsos y dañados los que hallasen públicamente en los días de mercados, para que todos los viesen, procediendo contra los que se hallasen haber ten¡do y encubierto tales libros. Y a 15 de julio, año 1535, mandó por sus edictos que se leyeron en todas las universidades, que los catedráticos, regentes y maestros de las escuelas, so pena de la vida, no pudiesen leer un libro intitulado Colloquia Erasmi, ni los libreros venderlo, ni otros libros nuevamente compuestos o impresos, sin que primero fuesen vistos y examinados por el lugarteniente general del lugar, o señorío en que estaban las tales escuelas y universidades, y hubiese hombres de letras, y seguros en la fe, señalados para los ver y examinar. Y en este mesmo año, a siete de setiembre, se promulgó otro edicto, quitando a los mismos maestros, doctores y lectores, que ni en público, ni en secreto, pudiesen leer los tales libros, particularmente unos recopilados por Ulrico de Hutten, Melanchton y otros herejes. Y a tres de hebrero 1536, que ninguno pudiese hallarse en los sermones y juntas que se hacían en algunos lugares de aquellas provincias, ni a los tales predicadores herejes los pudiese ningún mesonero ni otro acoger a sus casas, ni darles de comer, ni beber, ni otro socorro, favor o ayuda, ni tratar ni hablar con ellos, so pena de la vida y perdimiento de vienes, y lo mismo se mandó por Su Majestad a 8 de marzo, año 1536. Y a 29 de abril, año 1538, prohibió los libros de la Moria y Parafrases de Erasmo sobre los evangelios, y otro libro intitulado Refutationes Lutheri, y sus epístolas. Y año 1550, a 24 de mayo, que no pudiesen traducir la Biblia en lengua vulgar, ni francesa; ni los Evangelios, epístolas de los Apóstoles ni otro libro sagrado, ni comprar ni tener los que de esta manera hubiese. Con tal vigilancia y cuidado procuraba el César guardar sus gentes de los lobos infernales que en el mundo se criaban.

Conocidas y celebradas fueron las virtudes de este príncipe por varones religiosos y doctísimos en sus proprios días. No teniendo más de treinta y un años, cuando su edad verde y no madura le podía distraer con los gustos de este mundo, fray Francisco Titelman, varón en letras y santidad, insigne catedrático de escritura en la Universidad de Lovaina, le dedicó la exposición dulce y sabrosa que sobre los Salmos de David hizo, y en la carta dedicatoria le compara al real profeta David, diciendo ser su semejante, así en la gloria del reino como en la piedad del corazón, y que los dulces cantos de David, por decirlo todo en una palabra, no se debían dedicar sino a otro David; el cual nombre le daba, por verse en el pecho las costumbres y la misma vida del viejo David, como en imagen viva que en sí mesmo representaba, por la gracia de Dios, que le aventajó en las bendiciones de dulzura, y antes que le diese la corona de la piedra preciosa; de manera, que toda la Iglesia católica dignamente le diese el nombre de David, y pudiese gloriarse de tener un tal David por su Emperador y caudillo. Porque si consideramos (dice) la devoción de David con Dios, la mansedumbre con sus perseguidores, el ardiente celo contra los enemigos de Dios y de la verdad, la paciencia constante en las adversidades, la modestia y tranquilidad de ánimo en los prósperos sucesos, la prudencia, el cuidado y diligencia en los negocios, el odio y aborrecimiento grande contra los malos, el amor perfecto de la virtud, finalmente, todo cuanto en David pinta y encarece la Sagrada Historia, de tal suerte se hallaba en el César, y se venía a los ojos de todos, que más parecía tomarse el nombre de David que tratar de imitarle. Y hace grandes protestos este dotor que no es adulación o falsa lisonja, pues a todo el mundo era ya notorio, y sólo para gloria de Dios lo refiría, y los proprios enemigos eran jueces de ellos. Y dice que no le era fácil decir cuál era más fuerte para vencerlos, la espada imperial que traía, o la bondad de virtud, que tan natural le era, y encareciendo (si encarecimentos sin agraviar puedo decir) las vitorias que por virtud divina, más que con fuerzas humanas, en doce años había ganado, concluye sus alabanzas, diciendo que, como otro David, pudo el César cantar en alabanza del Señor, de quien tantos bienes había recibido, el Salmo 26: Dóminus, illuminatio mea, et salus mea, quem timebo, etc. El Señor es mi luz, y salud, a quien temeré, etc.

Surio, monje cartujo, casi de estos mesmos tiempos, en los breves comentarios que hizo de las cosas sucedidas en el orbe desde el año de 1500 hasta el de 1567, dice, entre otras alabanzas y grandezas que refiere al César, que muchos le llamaban el amor y los regalos del género cristiano, como de Tito, Emperador de romanos, se escribe.

Largos elogios eran menester, y hechos por ingenio diferente del mío, para decir las alabanzas del César. Dije lo que con verdad supe, seguro de ser tenido por apasionado, que el que más supiere y bien considerare sus hechos y vida católica, me tendrá por corto en esta obra.

El padre fray Juan de Salcedo

De la orden de San benito Abad, de Nuestra Señora de Valvanera, devotísimo del César, a sus exequias, túmulo y memoria perpetua los dedica y consagra

Invictus Carolus periit quum vicerat orbem

Indignus mundo, numine dignus obiit.

Alter apud Gallos magnus: sed hic ortus ab alto

Maximus, ut terris nullus abesset honor.

Illo uno vixere omnes, quo regia virtus

Protulit hic tumulus quam grave pondus habei.

Flent Charites, Bellona potens, Urania, Apollo,

Flet Tethis, Helicon, docta Minerva, Ceres:

Flet Pietas, flet castus Amor, Clementia et ultrix

Justitia ad superos flet quoque Religio.

Gesta manent quae durus Arabs, quae Turca, vel Indus,

Gallia, Germani, novit uterque polus.

Errantes domuit populos, orbemque cadentem

Sustinet: hic axis profide firmus erit.

Terror erat bellis, hostes sola umbra fugabat:

Bellandi parvo Marte peregit opus.

Quantum sors valuit, tantum largita, quod ultra

Plus potuit, vacuas fregit et ipsa rotas.

Tandem obiit, nec iam Fortune nomen in orbe

Invenies: reperit Cesar in orbe nihil.

Atropos antra tenent, multum indignata labore,

Nescia quod mortem, non bene morte ferit.

Nam Carolus morti, mors est, mors ipsa superbis:

Et sese vicit, mors quoque victa jacet.

Mira loquer, coelo coniunxit pondere terram,

Natus homo divus, vixit, et astra tenet.

Stantaliis statue regum, sacra gloria saxo,

Missus honor, caelis stemmata Caesar habet.


Que en romance dicen:

Murió el invicto Carlos, que la máquina

Del mundo sujetó, digno de título

Más de deidad, que de este mundo mísero.

Segundo Carlos Magno entre los gallicos,

Mas éste (de lo alto ilustre dádiva)

Ennobleció las tierras con ser máximo,

Sola su vida fue el arrimo y báculo

De cuantos amparó su virtud regia,

Cuán grave peso ocupa aqueste túmulo:

Llorando Pasithea, Aglaya, Eufrosine,

La potente Belona, Apolo, Urania,

Tethis, Ceres, Minerva (que en Castálida

Fue de todas las artes luz clarísima)

Llorando la piedad, y el amor cándido,

La severa justicia, y la clemencia,

Y la religión santa, por tal lástima

Vierte a los cielos compasivas lágrimas.

Y tales fueron sus proezas ínclitas,

Que el alemán, el turco, el indio, el árabe

Las conoció, y el ártico y antártico:

Fue domador de mil naciones bárbaras:

Y el mundo que caía (como en mármoles)

En su valor restriba, eje firmísimo

Donde carga la fe, su peso válido.

Fue en las guerras espanto y terror bélico,

Pues sólo de su sombra y nombre célebre

Temblaban y huían sus contrarios.

Las guerras feneció con poco ejército.

Dióle fortuna cuanto pudo, alzándolo

A la cumbre, y quebró las ruedas frágiles,

Porque no deslizase su ser próspero.

Finalmente murió, y con esta pérdida

Feneció la fortuna feliz y única,

Y César en el orbe no halla un átomo.

Aquestas tumbas tienen en sí a Atropos

Indignadas de ver sus fuerzas débiles

Que ignoran, que no bien la muerte indómita.

Ferida de otra muerte pierda el ánima.

Fue Carlos muerte de la muerte pálida,

Muerte de los rebeldes y soberbios,

Y venciéndose a sí, a la muerte véncela.

Extrañas cosas digo, mas al lúcido

Cielo juntó la tierra baja y ínfima:

Pues si hombre nació, murió santísimo,

Y agora pisa las estrellas fúlgidas.

Son de otros reyes los honores últimos

Solas estatuas: mas al mármol fúnebre

De César, los trofeos, las insignias

Bajan del Cielo a ornar su rico círculo,

Por ser de tanta gloria benemérito.


FIN DEL TOMO TERCERO
Y DE LA
«HISTORIA DE LA VIDA Y HECHOS
DEL EMPERADOR CARLOS V»