Talca, Cauquenes, Parral, San Javier de Loncomilla, Curicó, La Huerta, Linares y Constitución.- Sus primeros pobladores.- Autoridades y Cabildos.- Extensión del corregimiento.- Divisiones que experimentó durante el coloniaje.
Ni la influencia de los particulares, ni las necesidades estratégicas lograron obtener, en los aciagos días de 1655 a 65, se fundase una ciudad en la región del Maule. Los múltiples esfuerzos que gastaron en aquella época, en el Cabildo de Santiago, los encomenderos de Huenchullami y de Purapel, don Andrés García y Neyra y don Antonio de Jara-Quemada, se estrellaron ante el egoísmo de los cabildantes santiaguinos. El Cabildo se engolfó en estériles controversias y la Real Audiencia y el Gobernador, a pesar de haberse interesado por el asunto en un principio, abandonan después toda iniciativa, quizás por no ir en contra la opinión de los cabildantes.
La vida social se desarrolló en aquellos años y en los posteriores en las vecindades los conventos que las órdenes religiosas fundaron en esa comarca. Los agustinos se radicaron en las orillas del Maule, ribera norte, en el asiento de Talca, dando origen a la ciudad de Talca; los hospicios franciscanos de Unihue y de San Francisco de Alcántara en la Huerta de Vichuquén, respectivamente.
Los vecinos, movidos por su espíritu religioso, construyeron sus casas en las vecindades de las iglesias, operándose una especie de agrupación de viviendas que sirvió de base para las futuras fundaciones.
Si las necesidades militares no obligaron a los hombres de 1655 a que se fundase una ciudad, circunstancias notables, exigencias de la vida social, hicieron que se llevase a cabo, lo que los hombres de un siglo atrás habían pensado realizar.
La fundación de las ciudades fue una necesidad imperiosa de la vida social: con ellas se obtenía mayor seguridad de las vidas, se facilitaba el comercio y se domesticaba a los indígenas. Bien claramente lo decían las cédulas reales «para que hagan vida social, política y cristiana».
Desde los antiguos años de la colonización se distinguió el «asiento de Talca» como un lugar poblado y residencia de los corregidores.
Esta agrupación, se debió como ya lo hemos dicho, al establecimiento de los agustinos, que después de haber andado de un punto a otro se establecieron definitivamente en el año de 1651 en la casa y sitio que les legó doña Isabel de Mendoza viuda de don Gil de Vilches.
Las tierras de don Gil de Vilches y Aragón se componían de su gran estancia de Talca o Talcamo, de más de mil cuadras, provenientes de dos títulos que le fueron otorgados en 1609 y 1613.
Donde actualmente está el convento de los agustinos, estaban sus casas de residencia.
Había nacido en la ciudad de Baeza en 1581, hijo legítimo de Juan de Vilches y de doña Marta de Aragón, y vino a Chile con las tropas de Alonso de Ribera en 1602. Obtuvo el grado de capitán y pasó a residir a la ribera del Maule por 1608. Fue casado con doña Isabel de Mendoza y Valdivia, natural de Valdivia, y vivió hasta sus últimos días en sus estancias de Talca o Talcamo. Fue corregidor en los años de 1632-34.
Don Gil de Vilches tenía hábitos de gran señor y vivió con cierto lujo en sus posesiones. En la sala principal de su casa tenía un retrato suyo, colocado al lado de un cuadro de Nuestra Señora de la Visitación.
En el poder para testar que dio a su esposa, manifestó que donaba sus posesiones a los agustinos, pero con la condición de que éstos dieran los terrenos necesarios «para cuando S. M. deseara fundar una ciudad, villa, aldea o lugar».
Esto ocurría en 1641, fecha de la muerte de don Gil. De 1655 a 1665 se desarrolló la gran sublevación indígena que determinó una gran acumulación de gente en la ribera norte del río. Se pensó fundar una villa frente al fuerte de Duao, idea que no prosperó.
Los padres agustinos manifestaron al Gobernador, don Tomás Marín de Poveda, la necesidad de fundar una villa en esa región y señalaban que fuese en el ángulo de la confluencia del estero, que más tarde se llamó Baeza, con el Piduco y de ambos con el río Claro. El Gobernador aceptó esta proposición y aún llegó a formular la delineación de las calles.
La población delineada por el capitán General no prosperó. El terreno era sencillamente inadecuado, y si se había elegido fue por las magníficas defensas que prestaban las faldas de los cerros vecinos apropiadas para construir fuertes.
Fracasada la tentativa de Marín de Poveda, pasaron más de cincuenta años antes de darse principio a la definitiva fundación.
Los agustinos hicieron pública donación del terreno necesario para la planta de la ciudad y sus chacras.
Durante el gobierno de don José Manso de Velasco, y encontrándose en Concepción, comisionó el 17 de enero de 1742 al corregidor del partido don Juan Cornelio de Baeza para que fundase una nueva ciudad entre Santiago y Concepción, «dada la gran distancia entre las dos ciudades», en la doctrina de Talca, junto al convento de los agustinos, eligiese el sitio más cómodo y lo delinease en forma de calles.
Baeza no se apresuró a ejecutar lo ordenado por Manso, y sabedor de que éste deseaba hacer la fundación personalmente, lo esperó hasta su llegada, que fue en el mes de Mayo. Su atraso se debió al recibimiento que hizo en Concepción a la escuadra del Almirante José Pizarro.
El 12 de mayo de 1742, Manso, acompañado del corregidor Baeza, de fray José Solís, maestre prior de los agustinos, y de un crecido número de capitanes y de caballeros, tomó posesión de las tierras donadas, eligiendo el sitio de los Perales, a cuatro cuadras al sur del convento.
La toma de posesión se hizo con todo el ceremonial exigido por las leyes.
Manso dio las instrucciones necesarias a Baeza para dar inmediatamente comienzo al delineamiento de los solares. Sobre el reparto de ellos le dijo que los graduase, según la calidad del sujeto, su aproximación a la plaza, y según el número de familia, medio o solar entero.
Ordenó el traslado del cura de la doctrina a la nueva población, como asimismo al escribano, para que abriese su oficina en la nueva planta.
Dadas estas instrucciones, partió Manso a Santiago, dejando a Baeza y a don Mauricio Morales encargados de seguir la obra de la fundación y delineamiento, que fue a cuatro cuadras en su contorno (sitio de toma de posesión, o sea, los Perales, que pasó a ser la plaza mayor) una por cada costado, y siguiendo la braza se delinearon seis manzanas, todas cuadradas que cada una en su latitud consta hasta lo presente de seis cuadras (1742).
Un año más tarde volvió Manso al sitio de Talca, en octubre de 1743, la encontró bien delineada, pero de casas pobres, pues los hacendados no habían hecho las suyas.
Desilusionado el Conde de Superunda ordenó, por bando de 12 de octubre de ese año, multar fuertemente a los hacendados que no construyesen sus casas.
Los ricos se resistían a hacer el nuevo gasto y quedar en iguales condiciones con los pecheros, pues ambos serían de casa y solar.
El bando de Manso fue eficaz, pues al año siguiente se habían construido varias casas de ricos estancieros de la comarca.
En un informe enviado por Baeza el 18 de abril de 1744, consta que la población tenía ochenta y ocho vecinos con sus familias, de los cuales sólo cinco no tenían casa, pero sí solares cerrados. Agrega que la ciudad cuenta con cuatro puentes de madera, para atravesar el estero que cruza la población.
Viendo Manso el adelanto de la fundación, nombró, por decreto de 9 de diciembre de 1744, su primer Cabildo: Alcalde ordinario de primer voto a don Francisco de Silva; de segundo a don José Aguirre; Alférez Real, a don José Oróstegui; regidores a los señores José de Besoaín, Hilario Velasco y Alcalde provincial, a don Bernardo de Azócar.
El desarrollo de la nueva ciudad fue rápido. Un año después, el 8 de marzo de 1745, vuelve a informar Baeza, diciendo «que la población consta de ciento veinticuatro vecinos, de los cuales cien tienen sus casas y se hallan viviendo con sus familias; de los veinticuatro que recibieron solar después del primer repartimiento. Hay de ellos catorce con solares cimentados y diez con sólo posesión aprehendida». Le agrega que la ciudad tiene cuatro puentes, dos iglesias y que se está construyendo el edificio de la cárcel.
Los primeros pobladores de las treinta y seis manzanas de la población, exceptuando los sitios para Plaza Mayor, iglesia parroquial y de San Agustín, cárcel y Cabildo, fueron los siguientes:
Acevedo Domingo y Juana; Águila, Pedro; Aguirre, José; Albuerna, Lorenzo; Alegría, Pedro; Aliaga, Luis; Astudillo, José; Bravo, Juan; Cabrera, Esteban; Calderón, Antonio; Castillo, Pedro; Calestino, Pedro; Cepeda; Céspedes, Manuel; Contanzo, Lázaro; Contreras, Juan; Cherinos, Antonio; Díaz, Luis; Espejo, Josefa; Espino, Juan; Figueroa, José; Fuente, José de la; Guerrero, José; Henríquez, Lorenzo; Herrera, Eugenio y Sebastián; Jara, Miguel de la; Jiménez, Diego; Juan, indio verdugo; Leiva, Antonio y Juan; Luis, indio (zapatero); Maciel, Francisco; Maldonado, Luisa y María; Martínez, María Nicolasa; Medina González, Luis; Molina, Antonio, Joaquín y Juan; Morales, Juan y Mauricio; Moya, Rosa; Muñoz, Joaquín; Nieto de la Silva, Juan; Olave, José y Luis; Olivarez, Ramón; Arelleno (Orellana) Ramírez de Gabriel; Oróstegui, Joaquín; Painaguales, María; Palacios, Francisco; Paz, Lucas de la; Poblete, Antonio; Guillermo, José y Javier; Ponce, Luis; Prieto, José; Ramírez, García; Ríos, Ignacio de los; Rodríguez, Martín; Romani, Nicolás; Rojas, Antonio Dionisio, Juan, Manuel y Miguel; Salas, Diego; San Martín, Alonso; Santiago, Manuel; Santander, Pedro; Sepúlveda, Félix y Juan; Silva, Francisco de y Pascual; Soloaga, Melchor; Taboada, Pascual; Toledo, Manuel y Nicolasa; Torres, Francisco y Juan de la; Urra, Pedro; Valenzuela, Fernando y Juan de; Velasco, José Hilario; Verdugo, Mateo; Vergara, José; Vilches, Juan; Zambrano, Francisco.
CAUQUENES
Nuestra Señora de las Mercedes de Manso o de Tutuben
Una de las doctrinas más pobladas desde la llegada de los primeros conquistadores, fue la de Cauquenes, asiento de curato y de la encomienda de Cauquenes.
Casi al mismo tiempo que se erigía Talca, se trazaban las calles de esta ciudad, en virtud del decreto de 9 de mayo de 1742.
Se fundó en el mismo sitio donde se encuentra actualmente, entre los ríos Tutuben y Cauquenes. Los antecedentes de su fundación no aparecen en las fuentes documentales que hemos consultado; las noticias que siguen provienen de diferentes partes.
Tres años después de hechos los primeros trámites, en 1745, la naciente ciudad se componía de 87 sitios, con dieciséis casas, veinticuatro oficinas, una iglesia, un cepo y en el cuadrado de la plaza una picota para «hacer la real justicia».
Intendente de la obra era don Manuel Paiba, que tenía casa y morada.
En 1748, fue nombrado don José Perfecto Salas para visitar y anotar el estado de las poblaciones que se estaban levantando en el corregimiento, que eran Talca, Cauquenes y Curicó. Salas llegó a Cauquenes a fines de mayo de 1749 y mandó levantar un padrón de sus habitantes.
Cumpliendo las órdenes del visitador, se citó por bando del Maestre de Campo don Cristóbal López, que ejercía el cargo de Justicia Mayor, a todos los vecinos para el día 31 de Mayo, ante las puertas de su casa.
El acta levantada comienza así:
Comparecieron ochenta y un vecinos que declararon su edad, estado, nombre de su mujer, hijos y número de servidores que mantenía en su casa.
A fines del siglo XVIII (1796), el número de habitantes no había aumentado. Tenía cien vecinos, con un total de setecientos quince habitantes, que ocupaban treinta y cuatro manzanas.
Por decreto de 11 de enero de 1795 se nombró el primer Cabildo, cuyos miembros fueron: Alcalde de primer voto, don Vicente Macaya; de segundo voto, don Cristóbal Villalobos; alférez real, don Matías Macaya; regidores don Juan Macaya, Guillermo Vega, Manuel Moraga y Felipe López.
Aunque separada del corregimiento del Maule por real cédula de 1768, siguió siempre dependiendo en lo militar de esta ciudad hasta 1773. En 1786, se cambió el nombre de corregidor por el de Subdelegado.
Los vecinos fundadores de Cauquenes que comparecieron en el empadronamiento de 1748, fueron los ochenta y uno siguientes: Paiba, don Manuel; Gallardo, don Francisco Diez; Vergara, Fermín; Soto, Andrés de; Rojas, Juan; Acuña, Juan de, Campos, Francisco; Araya, Benito; Pedrerías, Julio; Jara, Lázaro; Díaz, José; Jara, Pedro; Jara, Miguel; Orbes, Andrés; García, don Felipe; Montero, don Tomás; Salgado, doña Catalina; Henríquez, don José; Jofré, don Francisco; Molina, Juan; Molina, Rosa; Ormazábal, José; Avarena, Antonio; de la Torre, don Sebastián; Pérez de Valenzuela, Margarita; Molina, Mariana; Cano, Sebastián; Amigo, Alejo; Ximenes, don Francisco; Moya, Francisco; Valdés, Esteban; Palma, Jerónimo; León, Santiago; Valdés, Pedro; Rodríguez, Juan; Amigo, Juan Antonio; Galdames, Miguel; Soto, don Francisco; Pereira, Gaspar; Salazar, Pablo; Molina, Esteban; Rojas, Manuel; Canales de la Cerda, don Tomás; Morales de Albornoz, don Manuel; Morales, don Fabián; Faúndez, Matías; Valenzuela, don Pedro; Rodríguez, José; Pinto, Francisco; Aravena, don Esteban; Quiroz, Diego, Aguilera, Francisco; Fuentes, don Pedro; Paz, Lázaro de la; Jerez, Miguel; Aravena, don Marcelo; Ayala, Silverio; Aravena, Ventura; Aravena, Fernando; Muñoz, Agustín; Rodríguez, Francisco; Mier, Ignacio; Tapia, don Manuel de; Vásquez, Santiago; Hernández, Miguel; Pereira, Agustín; Soto, Bernardo; Torre, Bartolo; Rodríguez, doña Ventura; Henríquez, Pascual; Araneda, José; Díaz, Nicolás; Morales, Marta; Salgado, Dionisia; Hernández, Bartolomé; Guzmán, Juan Pérez de; Hernández, Simón; Araya Faúndez, Felipe; Gallardo, don Francisco; Aravena, José; Fuentes, don Diego; Galdames, don Ascencio.
CURICO
San José de Buena Vista
El Gobernador Manso de Velasco, que se había empeñado en las fundaciones de Talca y Cauquenes, dispuso por auto de 14 de agosto de 1744, que don Félix Alonso, teniente del corregidor, y don Manuel Olaso procedieran a buscar un sitio para fundar una villa.
Los comisionados eligieron un sitio a orillas del estero de Curicó, que resultó ser húmedo y bajo; ante tal situación los vecinos comarcanos se resistieron a elegir solares.
La casi imposibilidad de poblarlo, hizo pensar en un traslado a un punto más adecuado; así fue como por decreto de 10 de octubre de 1747 se comisionó a don Juan Cornelio de Baeza, corregidor del partido del Maule, para que reconociese un lugar a propósito para una nueva fundación. Asesorado por el cura de la doctrina de Curicó, don José de Maturana, resolvió elegir el terreno cedido el día 7 de octubre de 1747, doña María Donoso, viuda del comisario Lorenzo Labra, «terreno situado en una loma baja y pareja, que se halla continua al cerrillo de la Vega de Curicó, y al lado sur en distancia de tres cuadras dando vista al convento de Curicó, y casas de don Pedro Barrales», esto es, al pie de la colina de Bella Vista y a orillas del estero de Guaquillo.
Superintendente o sea director de la obra de la fundación y encargado del reparto de solares fue nombrado el teniente de corregidor de la isla de Curicó, partido del Maule, general don Juan Ignacio de Maturana y Hernández.
Dividió el nuevo trazado en treinta y ocho manzanas, donando los solares según el rango del futuro vecino. Los más próximos a la plaza fueron entregados a los pobladores más distinguidos.
Su desarrollo posterior fue lento; en 1796 dice un historiador:
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«Sus edificios nada valen y su población no pasa de cien vecinos, tiene un convento de recoletos franciscanos». |
Sujeta en lo temporal al corregidor de Talca, esta situación perduró hasta 1792, fecha en que se nombró un corregidor, al crearse la nueva subdelegación de Curicó, con algunos distritos desprendidos del partido de Colchagua.
Con fecha 25 de agosto de 1791, se ordenó al corregidor de Talca propusiese anualmente los sujetos dignos de ocupar los cargos concejiles del Cabildo recientemente creado. Le tocó el primer Cabildo de Curicó a don Vicente de la Cruz, quien propuso a don Francisco Pizarro para alcalde ordinario, y para procurador, a don Juan Fernández de Leiva, que fueron confirmados por decreto de 23 de septiembre de 1791. Después de los primeros años de vida independiente, vino a tener esta ciudad un Cabildo completo.
Los primeros fundadores fueron los siguientes: Bastidas, Agustín; Ponce, Marco; Donoso, don Félix; Bustamante, Mateo; Donoso, Domingo; Barahona, don Juan Gregorio; Valderrama, don Prudencio; Maturana, don Juan Ignacio; Quezada, don José Cornelio; Sotomayor, Mateo; Canales, Francisco; Cruzatte, Calixto; Farías, Jacinto; Arriagada, don Francisco; Valenzuela, don Jacinto; Urzúa, don Pedro.
LA HUERTA
San Antonio de la Florida
Por real cédula de 29 de julio de 1749 se mandó continuar la obra de fundaciones entre el valle de Quillota y Bío-Bío, principalmente en Perquilauquén, Isla del Maule y la Huerta.
En cumplimiento de ella, el Gobernador dispuso, por decreto de 20 de octubre de 1752, que los corregidores de toda esa región publicasen bandos en las cabeceras de sus partidos, que eligieran sitios cómodos, fértiles, sanos y abundantes de agua, para fundar villas y repartir solares.
Don Antonio de Sarabia, corregidor del Maule, cumpliendo lo ordenado, mandó por bando publicado en Cauquenes el 30 de marzo de 1754 que todos los que se encontrasen entre los ríos Loncomilla hasta la boca del Maule se reuniesen en el paraje de la Huerta entre el 5 ó 6 de diciembre.
Sarabia llegó el día 11, junto con el juez eclesiástico, cura y vicario de la doctrina, don José Manuel de Loyola, y el R. P. Valeriano de la Cerda, presidente del Hospicio de Jesús, José y María o la Huerta; hizo el reconocimiento y elección de sitio, que fue próximo a este convento.
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«Una vez elegido se mandó quitar el monte, operado esto, se delineó la ciudad partiendo de un cuadrado perfecto, fijado por cuatro estacones de madera». |
Tomó posesión con las fórmulas ya descritas, al grito de: «¡Viva el Rey!».
Por auto de 13 de diciembre de 1754, se nombró superintendente a don Juan Miguel de Opazo y Castro. Al año siguiente, por nota de 2 de enero, el corregidor Sarabia dio cuenta a la Junta de Poblaciones de todo lo obrado, y de su resolución de asesorar en las tareas al superintendente, don Felipe Echavarría, «tanto por la atención de su cuidado, cuanto por parecerme no ser de la viveza, actividad y vigilancia que se requiere».
El día 12 de diciembre de 1754, se repartieron los solares entre don Juan Miguel de Opazo, don Cristóbal de Villalobos, Jacinto de la Vega, Bernardo de la Fuente, Eugenio González, don Cristóbal de Aravena, don Mateo de Aravena, don Felipe Echavarría, don Simón de la Fuente, don José de Opazo y Castro, don José Rodríguez, Fernando Vergara, don Isidro Bravo y don Luis Valdés.
SAN JAVIER DE LONCOMILLA
Por decreto de 14 de diciembre de 1754, se ordenó publicar una bando en el lugar de Licura, para una reunión que se efectuaría el día 16, con el objeto de elegir un sitio para nueva fundación.
El día indicado, Saravia y los vecinos se reunieron para elegirlo, «pero fue tanta la variación de los sujetos en sus dictámenes que se juntaron cuatro días, sin que se pudiera coordinar los ánimos, que ya apasionados, se dirigían algunos a ocasionarse graves perjuicios».
Loyola y una veintena de vecinos pidieron que se fundara «en una meseta, algo del molino de Felipe Amigo, Cunaco». Esta idea fue aceptada por Saravia y tomó posesión del sitio de Cunaco, el día 6 de febrero de 1755.
Nombró intendente de la obra a don Francisco de Xaque, capitán y le dio por decreto de 30 de septiembre de ese año, el nombre de San Javier de Bella Isla.
Meses después se pensó trasladarla a las tierras de doña Cecilia Lobos. El corregidor mandó consultar a los vecinos «libres de empeño, contemplación e interposición de persona alguna».
El intendente Xaque, publicó a son de cajas el bando «en alta voz, cuyo oficio hizo Juan, indio del servicio del Maestre de Campo, don Dionisio de Opazo, el día 4 de enero de 1756». Igual pregón se hizo en Putagán.
Pronto se dividieron las opiniones: doña Cecilia Lobos con veintidós vecinos se opuso al traslado, y Saravia concedió la suspensión de toda actuación. Para informar al Gobierno, pidió los autos de encabezamiento del presunto traslado y Xaque le contestó con suma sencillez: «Señor, me los pité en tabaco».
Con esta frase terminaron todas las diligencias. Pasaron largos años antes que se arraigara definitivamente esta villa de San Javier entre las tierras de Licura y las de Cecilia Lobos.
Los vecinos que recibieron sitios en el primer reparto fueron: Gutiérrez, Manuel; Osses, don Manuel; Narváez, Ignacio; Vásquez, Ignacio; Ximenes, Juan; López, Félix; Xaque, Francisco; Tapia, Santiago; Cabrera, Francisco; Tapia, Juan Agustín; Tapia, Teodoro; Barros, Jerónimo; Barros, Pedro; Tapia, Miguel; Ibáñez, Bernardo; Vásquez, Ramiro; Vásquez, Francisco; Oliveira, Agustín; Soto, Andrés; Jordán, Pablo; Tapia, Adrián de; Montecinos, don Félix; Albornoz, Francisco Solano; Salinas, Antonio; Lobo, Bernardo; Lobo, Andrés; González, don Claudio; Castro, don Felipe; González, Fernando; González, don José; Vasconcelos, Bartolomé; Caba, Francisco; Vásquez, José; Sazo, José; Cerda, doña Ana de la; Bravo, don Isidro; Bravo, doña Leonor; Castro, don Alonso.
PARRAL
San José de la Floridablanca o Reina Luisa
Dieciocho vecinos de la doctrina de Parral se dirigieron al Gobernador con fecha 16 de diciembre de 1788, pidiendo una fundación al lado de la Capilla de Parral.
Se aceptó lo solicitado y se pidieron informes al Subdelegado de Cauquenes, don Juan de Dios Viscur, y al cura de la doctrina don Bernardo Barriga, quien dijo: «Será el colmo de felicidad a la amenidad de este sitio». Y agregó que estaba dispuesto a donar cincuenta cuadras para la fundación.
Reconocido el sitio por una comisión de vecinos, poco tiempo después, aun sin existir fundación especial, principiaron algunos vecinos a construir sus casas. El Intendente de Concepción, señor Mata Linares, en viaje que hizo al norte, pasó en 1794 por esta región y observó que la nueva «planta tenía más de veinte edificios, algunos de ellos muy buenos, y que si muchos se resistían lo era por no estar delineada la villa». El Intendente pidió se le diese el nombre de San José de Floridablanca, más O'Higgins, para adular a la reina de España, María Luisa de Borbón, esposa del inepto Carlos IV, ordenó en el decreto declaratorio de villa, de 27 de febrero de 1795, se llamase Reina Luisa.
Desconocemos los autos de repartimiento de solares. Suponemos que no existen, ya que su fundación se debió a una lenta agrupación de vecinos.
LINARES
San Ambrosio de Vallenar
Las dificultades que se presentaron para trasladar la nueva fundación de San Javier de Loncomilla al sitio de Cecilia Lobo, movió a los habitantes de la isla, a fundar otra ciudad a orillas del estero de Batuco, en Liuchura o en Pilocoyán, terrenos de don Jerónimo de Barros.
En 1787, un grupo de vecinos principió a hacer erogaciones para una fundación en el sitio mencionado, para lo cual elevaron una solicitud al Intendente interino de Concepción, Dr. Rozas, pidiendo una población con el nombre de San Ambrosio de Vallenar.
Don Juan Martínez de Rozas, se trasladó a la doctrina de la isla y se instaló, según creemos, en las casas de la hacienda de Pilocoyán, de doña Ángela Vásquez viuda de don Jerónimo Barros, donde permaneció algún tiempo, el necesario para las primeras tramitaciones.
Después de diversos informes y consultas con el vecindario, se optó por elegir el sitio de Batuco, en Pilocoyán, en la donación de mil cuadras hecha el 12 de agosto de 1789, por doña Ángela Vásquez.
Todas estas diligencias y trabajos no dieron un resultado positivo. Vuelto el Dr. Rozas a Concepción, por la llegada del nuevo Intendente, don Francisco de Matta Linares, y preocupado el Gobernador O'Higgins con los asuntos de la frontera, tenían aún que pasar cinco años para dársele un delineamiento duradero.
Sólo el 23 de mayo de 1794 se dictó un decreto en que se mandaba erigir una ciudad en el sitio señalado por el señor Rozas, con el nombre de «Villa de Linares». Se dispuso que en la primavera se trasladasen al sitio de Pilocoyán, Matta Linares y Rozas, para «trazar y delinear esta nueva población». Ambos cumplieron con lo ordenado por el irlandés.
O'Higgins, viendo el empeño de Linares, le rogó por nota que le pusiese a la nueva Villa su propio nombre «San Francisco de Linares», mas éste se excusó; los vecinos resolvieron la cuestión y la llamaron San Ambrosio de Linares, nombre del Gobernador y apellido del Intendente.
El delineamiento y reparto de solares, estaba ya terminado en diciembre de 1794. El día 21 de ese mes y año se le dio un auto de privilegios y exenciones, y se nombró Superintendente a don Manuel Jiménez, juez diputado que lo era de Putagán «por haber promovido y diligenciado su fundación», dice el decreto mencionado.
Por decreto de 11 de noviembre de 1789, se le separó del corregimiento de Cauquenes, creándose el de Linares, que vino a tener real confirmación por cédula de 27 de noviembre de 1795.
El reparto de solares y la lista de fundadores nos son desconocidos, por haber sido destruidos los autos de su fundación en la revolución de la independencia. Según un certificado dado por un Escribano de la villa, don Martín Madariaga, pocos años más tarde, éstos junto con muchos otros documentos, sirvieron para carga de cañones.
CONSTITUCIÓN
Nueva Bilbao
En la desembocadura del río Maule o la boca del Maule, como se le denominaba antiguamente, se establecieron desde los primeros años de la conquista, moradores españoles, que trataron en diversas épocas de tener astilleros.
Uno de los más importantes ribereños fue el conquistador don Juan Jofré, que tuvo un astillero en Pocoa. El hijo del conquistador Antonio Núñez, don Luis Núñez de Silva, tuvo tierras en ambas orillas del Maule, en su desembocadura una parte por merced y otra que adquirió por remate de los bienes de su cuñado Pedro Recalde, capitán mercante, quien seguramente eligió el sitio de la boca para construir buques que le prestarían buenos servicios en sus continuos viajes al Perú con mercaderías. De aquí viene seguramente el nombre que tuvieron esas tierras al llamarse estancias del Astillero, la que pasó a poder de su hijo Luis Núñez Cedeño. Concursado este vecino, remató sus tierras del astillero don Fernando Bravo de Villalva y de la Cámara, corregidor del partido en 1677-79, que era dueño de tierras en Conculán que lindaban con la estancia de este nombre, del capitán Juan de Rojas de Tutucura del capitán Jacinto de Rojas, y la Pichinguileo de los agustinos, según merced de mil cuadras dadas en 6 de junio de 1674. Del corregidor Bravo pasaron a su nieta doña Josefa de Mendoza y Bravo, esposa de don José de Bernal, que las vendió en 1768 a don Ramón Olivares.
En el último cuarto del siglo XVIII se había instalado en la boca del Maule un astillero, a cargo de don Santiago Oñederra, capitán de maestranza, natural del señorío de Vizcaya.
En el año de 1786, poco después de su instalación, se construía un buque para don Ignacio de Irigaray, de treinta y siete varas de eslora y doce de manga. Después de haberse invertido en él más de 40.000 ó 50.000 pesos, Irigaray resolvió donarlo al servicio público, a fin de obtener la explotación exclusiva de las ricas maderas que había descubierto en los montes ribereños.
Nada sabemos del destino que tuvo esta donación, más la suspensión de los trabajos del comerciante Irigaray trajo por consecuencia dejar sin trabajo a un grupo de obreros, que por intermedio de su jefe Oñederra pidieron al superior gobierno les concediera sitios donde instalarse, «según se observa y practica en todos los astilleros de la Corona».
La solicitud de Oñederra tuvo aceptación «por ser justa» y el Gobernador Benavides ordenó al corregidor de Talca, mensurar las tierras y dar los solares pedidos.
Se mandó hacer un censo de los vecinos de las riberas del Maule con demostración de sus títulos.
Siete años transcurrieron antes de realizarse el pensamiento de Oñederra. Varios informes se dieron en 1794, negando la posibilidad de fundar una villa o un astillero, pero Oñederra, infatigable en la prosecución de sus propósitos, batalló constantemente contra la indiferencia de los hombres de gobierno y gastó hasta el último centavo. Él mismo lo dice en un escrito al corregidor de Talca:
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«Ya no tengo con qué comprar papel, ni caballo en que bajar a esa ciudad». |
La constancia del vasco triunfó sobre todas las dificultades que se presentaron, pues por decreto de 18 de julio de 1794 se ordenó fundar la villa de Nueva Bilbao. El día 20 de noviembre, el corregidor de Cauquenes, don Juan de Dios Ojeda, mandó publicar un bando en que se anunciaba a los vecinos del partido la nueva fundación.
Por el mismo decreto de fundación se comisionó a don Santiago Oñederra para que hiciera la delineación y reparto de solares de la villa, el que se ejecutó al día siguiente después de la solemne toma de posesión. Se repartieron solares a sesenta y nueve pobladores.
El progreso posterior de la villa fue muy lento, a pesar de haberse dedicado a la construcción de buques de mayor calado, como el que poseían don Vicente y don Juan Manuel de la Cruz. Estos caballeros fracasaron en la construcción de fragatas.
En 1803, un informe elevado por el subdelegado de Cauquenes, don Juan Ramón Azerete, dice que la nueva fundación se compone de algunos ranchos pajizos, dos molinos de pan, un aserradero de maderas y que se comenzaba a construir una iglesia. De su población dice que consta de sesenta y dos familias con un total de seiscientos habitantes.
Los fundadores de Constitución fueron los siguientes: Oñederra, don Santiago; Ojeda, don Juan Ventura; Sorondo, don Fernando; Travi, don Paulino; Aguirre, don Lorenzo; Bustos don Matías; Seroni, don Carlos; Ayarse, don Esteban; Aluisu, don Esteban; Verdugo, don Francisco José; Quintana, don Manuel; Bernal, don Francisco; Rojas, José; Barrios, don Juan; Ramírez, Ramón; Urra, don Francisco; Loyola, don Juan; Becerra, don Francisco; Valdés, don Luis; Núñez, don Enrique, José; Ymas, don José; Varas, don Martín; Ruiz, don José María; Martínez don Felipe; Gorostiaga, don José; Ruiz, don Mariano; Sepúlveda, Juan Francisco; Fuenzalida, don Benancio; Cartagirona, don Juan de; Somonti, José María; Ruiz, don Pedro; Letelier, don Raimundo; Núñez, don Joaquín; Chamorro, don Francisco; Loyola, don Nicolás; Quintanilla, don José Santiago; Loyola, Antonio; Madueño, Francisco; Contreras, Pedro; Muñoz, Bernardo; Contreras, Pablo; Pu-Maraboli, Ramón; Albornoz, Teodoro; Moena, Miguel; Barrios, don Pedro; Fernández, don María Antonio; Espinosa, Pedro; Soto, Agustín; Quintana, José; Núñez, Leonardo; Concha, Toribio; Chamorro, Antonio; Espinosa, Andrés; Navarro, Lorenzo; Amaya, Francisco; Ormazábal, Pedro; Chamorro, Santiago; Romero, José María; Cáceres, Antonio; Díaz, Pascual; Aguilar, Domingo; Concha, Tomás; Loyola, Pedro Nonato.
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Los límites jurisdiccionales del partido del Maule eran extensos, abarcaban la región comprendida por el norte por el estero de Nilahue y cerrillos de Teno, por el sur, los ríos Perquilauquén y Cauquenes (formado por el estero de la Raya y el San Juan).
Toda esa región estuvo hasta 1768 gobernada por un solo corregidor y subdividida en diversas doctrinas a cargo de un teniente de corregidor.
Las fundaciones de ciudades trajeron por consecuencia la división del corregimiento. Desde antes que se dieran los primeros pasos para la fundación de Talca, se había pensado en dividir su jurisdicción. El Gobernador don José Manso de Velasco propuso esta idea al Rey por carta de 24 de octubre de 1738. En ella le manifestaba que la extensa y dilatada longitud y latitud del corregimiento aconsejaba su división, porque era imposible que un solo corregidor pudiera cumplir con las obligaciones de su ministerio.
A la carta de Manso respondió la Corona con fecha 6 de noviembre de 1740, pidiendo se le informase sobre el número de pueblos y habitantes que tenía el partido. Manso pidió informes a su vez al corregidor, que lo era don Juan Cornelio de Baeza.
El informe de Baeza, fechado en Talca el 9 de diciembre de 1742, es un documento interesante, pues nos revela el estado en que se hallaba el partido después de siglo y medio de colonización.
Principia por manifestar la necesidad de dividir el partido, para una mejor dirección y administración de justicia, expresando que a pesar de colocarse en las doctrinas a buenos tenientes de corregidores es de todo punto difícil encontrar para tales empleos «hombres de iguales partes». El mando militar se hacía particularmente difícil para un solo corregidor, dada la grande distancia de una doctrina a otra. A su juicio, «los dos corregimientos serían grandes y dignos de lustre y autoridad y respeto anexo al empleo», y «parece, agregaba, que a este fin dispuso el cielo o la naturaleza que este caudaloso nombrado río de Maule dividiese este partido haciéndolo dos partes iguales».
Refiriéndose a los principios del corregimiento consignaba:
Al referirse a las milicias, dice:
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«Que se componen de dos batallones, uno de cada lado, ambos con más de mil cien hombres, fuera de las familias, indios y precarios poseedores». |
En su opinión el corregimiento tenía una población masculina capaz de cargar armas de 2.336 hombres, a los cuales había que sumar 75 pardos libres y una población de indios de 600, ya fueran tributarios o no, encomendados o reservados por sus edades. Estas cifras las daba un padrón hecho en 1742.
La población indígena, que en los primeros años de la conquista española (1544) ascendía como lo hemos hecho notar en el primer capítulo de este trabajo a 7.244 almas, la encontramos ahora reducida a 600. Estaba principalmente confirmada en nueve pueblos: Cauquenes, Chanco, Loanco, Reloca, Catentoa, Vichuquén, Huenchullami, Lora y el del cacique Huentecura, en tierras de este último. Los múltiples pueblos que encontramos en los primeros años de la dominación española desaparecieron por una rápida despoblación.
Haciendo un cálculo, aproximado, podemos decir que por estos años de 1742, fecha en que se iniciaban las fundaciones en el partido, su población total ascendía a unos cuarenta mil habitantes.
Esta cifra subió considerablemente al finalizar el siglo XVIII. Según el escritor Carvallo Goyeneche, la parte norte del partido, lo que se llamó corregimiento del Maule, tenía una población de veintinueve mil trescientos dieciséis habitantes16; la sur o sea, el corregimiento de Cauquenes, según censo levantado por el Intendente de Concepción Matta Linares, ascendía a treinta mil ciento sesenta y seis habitantes, lo que da un total de cerca de sesenta mil habitantes.
Los deseos de Manso de Velasco y del corregidor Baez sólo tuvieron una sanción real por la cédula de 25 de junio de 1768, firmada en Madrid, que ordenó dividir al antiguo corregimiento en dos, al norte y al sur del río, el del Maule y el de Cauquenes.
En ambos se colocó un corregidor, pues Cauquenes desde su fundación tenía un teniente de corregidor que dependía del de Talca.
A esta primera división del partido se siguió la realizada en 1788, con la división del corregimiento de Cauquenes en dos, hecha a raíz de la fundación de Linares.
Como la anterior, obedecía a razones de buena administración. Así lo hace notar el Dr. Rozas, que visitó el partido por orden de O'Higgins, en el informe que elevó al gobierno desde Loncomilla el 8 de diciembre de 1788. Manifiesta que desde Cauquenes a Linares medían de veinte a treinta leguas, que era «imposible hacer y administrar justicia en una región donde existía un considerable número de ladrones, vagabundos, ociosos y facinerosos de que se halla infestado este territorio».
El pensamiento del asesor Rozas era formar una buena subdelegación o partido con las doctrinas de Parral e Isla del Maule, o sea, la región que queda comprendida por los ríos del Maule, Perquilauquén y Loncomilla.
Rozas visitó palmo a palmo la región, reconoció todas sus necesidades:
Según el plan del asesor, el antiguo partido de Cauquenes, creado en 1768, quedaría con las doctrinas de la villa cabecera o sea Cauquenes, con una población de 12.756 almas, y con la de la Huerta de 5.137 almas en total con 17.893 habitantes.
El nuevo partido de Linares se compondría de las doctrinas de la Isla, con 6.515 habitantes y de la de Parral, con 5.758, con un total de 12.273 habitantes.
La Junta de la Real Hacienda ordenó, el 22 de agosto de 1789, aceptar este plan, que fue confirmado por O'Higgins por decreto de 11 de noviembre. Fue sancionado por cédula de 27 de noviembre de 1795.
El corregimiento del Maule, o de Talca, se mantuvo más tiempo indiviso. La ciudad de Curicó, fundada en 1747, siguió bajo el mando de un teniente de corregidor dependiente del de Talca. Esta situación se mantuvo hasta 1793, fecha en que se nombró un corregidor.