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ArribaAbajoCapítulo XII

Don Juan Ignacio Molina


Nacimiento y primeros años.- Sus padres.- Se radica en Talca.- Se establece en Imola primero y después en Bolonia.- Labor científica.- Su consagración a la enseñanza.- Sus relaciones con don Nicolás de la Cruz y don Ignacio Opazo.- Recibe la visita del Obispo Cienfuegos.- Últimos años y muerte.


- I -

El abate don Juan Ignacio Molina, fundador del Liceo de Talca nació en las casas de la hacienda de Huaraculén, situada un poco al Oriente de la actual Villa Alegre, provincia de Linares, el 24 de junio de 1740.

Mucho se ha discutido sobre el lugar en que nació el abate. No nació en ciudad alguna, sino en las casas de la hacienda Huaraculén, que a la fecha de su nacimiento, 1740, pertenecía a la jurisdicción del partido del Maule, cuyos límites eran Vichuquén e Itata. La cabecera del partido era Talca, junto al convento de los agustinos, residencia del corregidor y del escribano, donde dos años después se fundó San Agustín de Talca, capital que fue del partido del Maule hasta 1768, fecha en que se dividió en los de Cauquenes y Maule propiamente dicho. Las casas de Huaraculén medían 21 1/4 de varas de «tamaño» y 7 1/4 varas de ancho, eran de adobe y de madera de ciprés y canelo, cubiertas de carrizo y totora, según un documento del año 1756.

Fueron sus padres don Agustín Molina Navejas y doña Francisca González Bruna. Había nacido don Agustín en la ciudad de Concepción, en un noble hogar, formado por el general don Pedro Molina Valiente de la Barra, capitán en 1674 y corregidor en 1714, donde había casado con doña Gabriela Navejas Villegas. Fue notable por su firmeza de carácter y adhesión al orden y la disciplina. De él se contaba que cuando veía un elevado y corpulento árbol, exclamaba: «¡Buen árbol para ahorcar a un revoltoso!».

Don Pedro no dejó bienes de fortuna72 y a su muerte sólo pudo disponer de unas pobres tierras en el valle de Hualqui, que fueron la única herencia de sus hijos. La real hacienda le quedó adeudando varias mensualidades, deuda que dio origen a una cobranza judicial que inició a principios de 1737 su hijo Agustín. Para acreditar su entroncamiento con el general Molina y demás antepasados, rindió en Concepción información de nobleza, precioso documento en el que constan los nombres de los antepasados del abate, que él siempre recordó, y según el cual descendía del conquistador extremeño Jerónimo de Molina, famoso por su boato y largueza.

Con esta información pudo don Agustín concurrir a los estrados de la Real Audiencia y reclamar el dinero debido.

Su madre, doña Francisca González Bruna, era hija del capitán Francisco González López y de doña María Bruna Amigo, que llevó en dote al casarse con Molina cuatrocientas cuadras de tierra de la estancia de Huaraculén, antiguo feudo de los Gómez de las Montañas, conquistadores del Reino. En estas tierras y en su casa del siglo XVII vivió la familia Molina73.

Don Agustín Molina era un hombre de cierta educación y buenos sentimientos, y amaba entrañablemente a su familia. Vivió como un señor, rodeado de indios de servicio y esclavos, que labraban sus tierras y atendían a los menesteres domésticos. Hombre cuidadoso, conservaba entre sus papeles la información rendida en Concepción. Al pie de ella fue colocando de su puño y letra la fecha del nacimiento de cada uno de sus hijos. Son notas curiosas que nos han servido para saber la fecha exacta del nacimiento del abate. Dicen así:

Nació Pedro Molina el 18 de octubre de 1736. Nació María Ignacia, el 8 de agosto de 1738. Nació Juan Ignacio el año cuarenta a veinticuatro del mes de junio; se le echó agua y crisma. Fueron sus padrinos don Juan de Lisperguer y doña María Bruna. Nació José de Molina el año cuarenta y uno, a veinticuatro de octubre. Se le echó agua y crisma y fueron sus padrinos don Andrés González y doña Casilda González.

Cuando la nueva ciudad de San Agustín llevaba apenas unos cortos años de existencia, pasó a residir a ella don Agustín Molina acompañado de su familia. El pequeño Juan Ignacio contaba cinco años de edad. Don Agustín recibió un buen solar a una cuadra de la Plaza, «sala y cuadra, tienda y trastienda y nueve cuartos a la calle, todo de teja», dice el expediente de fundación de la villa, debiéndose hacer notar que en aquellos años sólo los vecinos principales tenían casa de teja.

Por elección efectuada el 1.º de enero de 1746 entró don Agustín a formar parte del Cabildo, con el cargo de alcalde de segundo voto. Su vida y actividades ciudadanas fueron de corta duración, pues falleció por el año 1748. En 1780, sus pariente don Dionisio Opazo Castro decía, refiriéndose a las circunstancias de que en 1745 había sido su apoderado, que años más tarde «no lo vio más y supo que había muerto».

Doña Francisca González Bruna, amargada por la muerte de su esposo, y por la pérdida que anteriormente había experimentado con la muerte de dos pequeños hijos, Pedro y María Ignacia, no encontró más consuelo que en el cuidado de sus pequeñuelos Juan Ignacio y José Antonio. Fervorosa cristiana y piadosa católica, extremó su devoción desde sus primeros años de vida conyugal a San Ignacio de Loyola. A tres de sus cuatro hijos les puso el nombre de Ignacio, en recuerdo y protección del fundador de la poderosa orden.

Satisfacción grande fue para ella saber que los jesuitas se radicaban en la misma ciudad. Se establecieron en la manzana llamada de las Arboledas, donde construyeron su casa de residencia. En la esquina norte levantaron en sus primeros años una mísera vivienda de «quincha y tejado de paja», lugar que les sirvió para instalar una escuela de primeras letras, obligación que les imponía el decreto de instalación de 10 de junio de 1748.

Las mejores familias de la villa les entregaron sus hijos para que los educaran. Reuniendo así para darles enseñanza cristiana a lo más granado de la juventud talquina, concurrieron a recibir sus primeras lecciones, entre otros, Juan Ignacio y José Antonio Molina y los hermanos de la Cruz y Bahamonde.

En la primitiva vivienda de quincha y techo de paja, que se conservó hasta la fecha de la expulsión de la orden, profesaron las primeras letras. De allí a poco se dividieron los estudios en dos cursos: en el primero se estudiaba lectura, escritura y canto y en el segundo gramática, ortografía y rudimentos de latín. Fue en poder de estos maestros anónimos que don Juan Ignacio Molina hizo su aprendizaje de las letras humanas.

Molina se dio a conocer como un talento fácil, de rápida asimilación, y él mismo dio comienzo, con la anuencia de sus superiores, a sus labores de maestro en la escuela de primeras letras. Una prolija investigación nos ha permitido descubrir el nombre de algunos de sus discípulos, entre los cuales puedo citar a sus parientes Ignacio y Dionisio Brisio Opazo y don Vicente de la Cruz Bahamonde.

Cuando apenas tenía 15 años, el 15 de noviembre de 1755, prestó la promesa de ingresar a la Compañía de Jesús. Fue sometido a un largo y severo noviciado en Talca, Concepción y Bucalemu.

En las soledades de esta última residencia se despertó su afición por las ciencias naturales y el estudio de los clásicos. Sus progresos fueron muy rápidos y antes de cinco años ya tenía sólidos conocimientos de latín, griego, francés e italiano. Tales progresos le valieron ser llevado en 1760 a la residencia que los jesuitas tenían en Santiago y colocado en el cargo de bibliotecario.

El 22 de julio de 1761, ante el escribano Juan Bautista de Borda, y en una de las salas del Colegio Máximo, hizo renuncia testamentaria de sus bienes. En ella se declara natural de Talca y nombra por sus herederos a su madre doña Francisca González y en segundo lugar a su hermano José Antonio, y se reserva cien pesos para la adquisición de libros.

Su ingreso al Colegio Máximo de Santiago lo hizo abandonar las atenciones de su cariñosa madre. La severidad de los reglamentos, sus preocupaciones religiosas, sus estudios de noviciado y particularmente de las ciencias naturales y de la historia, le impedían verla. Se recuerda un viaje que hizo a Talca en 1766, con el propósito de conocer un sobrino que acababa de venir al mundo, llamado Agustín Molina Martínez, hijo de su hermano José Antonio, único vástago varón de su familia en quien se cifraban las esperanzas de perpetración de la varonía, que según la propia expresión del abate tenía más de doscientos años. Después de esta fecha no volvió a ver a su madre.

Su hermano José Antonio era una personalidad en Talca. Había ocupado en 1763 el cargo de alcalde ordinario, y había consagrado sus energías al cultivo de la estancia de Huaraculén. Falleció antes de los treinta años de edad, dejando dos hijos, el ya nombrado Agustín, y María Ignacia.

Estos pequeños pasaron junto con su madre doña Josefa Martínez Castro, a vivir a casa de su abuela doña Francisca González Bruna. Amargada con la separación de su hijo predilecto, fue a aumentar su dolor el prematuro fallecimiento de su hijo y el desamparo en que se hallaron sus nietos.

La existencia de esta respetable matrona se fue apagando con rapidez. Sin tener quién le trabajara las tierras de Huaraculén y molesta por los pleitos que le interpusieron su hermano José Ascencio González, las preocupaciones, la postraron en cama por largo tiempo. Su viudez y ancianidad no encontraron amparo en la justicia provincial. Como último recurso acudió al Gobernador, elevando a su conocimiento un memorial en el que le pintaba su precaria situación, desamparada, anciana, enferma, postrada en cama, sin recursos y sin parientes.

Pocos meses sobrevivió a esta desgraciada situación. Gravemente enferma, atendida por su nuera doña Josefa Martínez Castro, mandó llamar al corregidor don Francisco Polloni, para extender su testamento. En él dejó por sus bienes cuatro esclavos, la casa en que vivía y la estancia de Huaraculén, y reconoció por sus únicos herederos a sus nietos Agustín y María Ignacia Molina Martínez.

Bien pronto se supo en la vecindad la gravedad de su estado. Los principales vecinos se congregaron junto a su lecho. Entre los que acudieron se hallaban, además del corregidor, don José Luis Donoso y Arcaya, don Juan Manuel y don Vicente de la Cruz, don Francisco Eusebio Polloni, don Matías Nicolás de la Fuente y el maestre de campo don Tomás de Silva.

Doña Francisca González Bruna cerró sus piadosos ojos el 31 de agosto de 1775. Fue enterrada en la iglesia de la Compañía de Jesús, que en esa fecha era ocupada por los mercedarios.




- II -

Juan Ignacio Molina y González fue sorprendido, en circunstancias que desempeñaba las funciones de bibliotecario del Colegio Máximo, siendo hermano estudiante, por la orden de la expulsión de la Compañía de Jesús. A fines de enero de 1768 fue embarcado hacia el Callao. Después de dos meses de estada en Lima, emprendió viaje a Italia, fijando su residencia en Imola. Permaneció en esta ciudad cuatro años hasta 1773, fecha en que se ordenó de sacerdote y pasó a vivir a Bolonia.

Bolonia fue el sitio que escogió para sobrellevar el destierro. Allí vivió cincuenta y cinco años, con sólo dos cortas interrupciones, provocadas por dos viajes que hizo a Roma. En medio siglo de estudio consagró su actividad al campo de las ciencias naturales, físicas, matemáticas y a la historia. Unió a su sabiduría la bondad y suavidad de su carácter. Tenía todas las condiciones del maestro, deseado y buscado por los que aman el saber. No fue en el refugio de su destierro un sabio adusto y huraño, sino el amigo y el amado de sus discípulos.

En su juventud había llamado la atención por su facilidad para el aprendizaje de los idiomas, lo que le permitió componer versos en griego y latín. Sus estudios teológicos habían dejado admirados a sus maestros; mas su vocación parecía inclinarse a otra clase de estudios. Él mismo dijo:

«Mi carácter me llevó desde mis más tiernos años a observar la naturaleza y particularmente los animales, por lo cual mientras viví en el país hice todas las investigaciones posibles. Un conjunto de circunstancias conocidas de todo el mundo me obligaron a interrumpir mis observaciones.



Los estudios y observaciones hechos en Chile le sirvieron para componer su primera obra científica, intitulada Historia Natural de Chile, que vio la luz en Bolonia en 1776, sin nombre de autor.

Este primer trabajo de Molina sirvió para dar a conocer a Chile en Europa, y desvanecer todas las leyendas que sobre estas regiones circulaban en aquel continente. En 1782 rehízo su primera obra, ampliándola con el título de Ensayo sobre la historia de Chile. Cinco años más tarde, en 1787, dio a la estampa su segunda obra, titulada Ensayo sobre la historia civil de Chile.

Su admirable estilo, claro, elegante y sencillo, unido a su espíritu filosófico y positivo, dio a sus obras el carácter de maestras. En sus trabajos preparatorios era muy laborioso; visitaba las bibliotecas y sacaba notas de todo lo que pudiera interesarle. Nuestro Archivo Nacional conserva, en numerosas tiras de papel escritas de su propia mano, el testimonio de su laboriosidad.

Sus obras, circularon en Europa traducidas del italiano, al francés y al alemán. Su Historia Natural, tuvo una segunda edición de lujo, impresa en 1810, dedicada al Virrey de Nápoles, Eugenio de Beauharnais.




- III -

Muchos jóvenes principales de Bolonia fueron sus alumnos. Les daba lecciones de latín, retórica, geografía e historia. Vivía en una modesta casa llena de libros y objetos de su predilección. Sus discípulos lo querían por lo ameno de su trato y su carácter bondadoso de maestro.

A la apacible tranquilidad de su retiro llegó, en septiembre de 1805, el eminente sabio Alejandro de Humboldt. El célebre hombre de ciencia quiso conocer a Molina y conversar con él sobre algunos puntos científicos, mas la suerte dispuso que no se viesen, por cuanto el jesuita chileno, había salido a tomar algunas vacaciones al campo por esos mismos días.

Su prestigio científico lo llevó a ocupar un asiento en el Instituto Pontificio o Universidad de Bolonia. También se le distinguió con el nombramiento de miembro del Instituto Italiano.

Sus trabajos científicos fueron expuestos en las cátedras de la Universidad, en diversas memorias sobre la Historia Natural, Geografía y Física terrestre, que sus discípulos publicaron en dos volúmenes en Bolonia en 1821. En una de esas memorias, titulada Las analogías poco observadas de los tres reinos de la naturaleza, sostuvo que la materia tenía principios de vida y que eran sensibles algunos metales, hipótesis que sublevó algunos espíritus supersticiosos y provocó una acusación de impiedad. Su discípulo, el ilustre Ronzoni, censor de la Universidad de Bolonia, llevó el asunto a Roma. Molina fue suspendido de su cátedra y de sus funciones sacerdotales, pero poco tiempo después se le absolvió como un homenaje a su saber y a sus virtudes.

Molina compuso sus estudios históricos haciendo abstracción de todos los hechos pintados con caracteres milagrosos, de que habían hecho caudal los historiadores de la colonia.




- IV -

Molina no olvidó jamás su tierra nativa en su largo y amargo destierro. Cargado de merecimientos, halagado y tratado como hombre eminente, recordaba continuamente a los suyos. Se sentía orgulloso de ser natural del nuevo continente, y de haber llevado un rayo de luz a uno de los principales centros culturales de la vieja Europa. En una de sus polémicas afirmó que no sentía ningún rubor por ser americano.

De los jesuitas chilenos residentes en Bolonia, fueron sus mejores amigos Pedro Pazos y Manuel Bachiller, su pariente por línea materna. Su coterráneo, el acaudalado comerciante de Cádiz don Nicolás de la Cruz y Bahamonde, en uno de sus dilatados viajes por Europa, pasó a verlo. Durante la entrevista, Molina ofreció a Cruz enviarle a Cádiz un ejemplar de su Historia Natural y Civil.

Cruz y Bahamonde era amante de los acontecimientos humanistas. Al recibir la Historia de Molina en 1787, «con la cual por un efecto de su bondad me quiso favorecer el autor», la hizo traducir al castellano, agregándole algunas notas y el retrato del abate. Fue impresa por la imprenta de Sancha en Madrid, en 1795.

Años más tarde Cruz recibió, en reconocimiento de los servicios que prestara a Fernando VII durante la dominación francesa, el título de Conde del Maule, en recuerdo de las tierras de su padre. La amistad de Cruz y de Molina perduró hasta los últimos días de ambos.

Ya en esta época el futuro Conde del Maule desplegaba gran actividad para obtener los títulos de ciudad y de muy noble y muy leal para Talca. Entre las consideraciones que hizo valer para reclamar tales distinciones, incluyó la de ser natural de esa ciudad el autor de la Historia Natural y Civil del Reino de Chile.

Molina no dejó de interesarse ni un instante por la suerte de los suyos. Con su familia sostuvo correspondencia hasta 1795. Supo la muerte de su madre, de su hermano y de su sobrino Agustín Molina, único varón de la familia y heredero de la fortuna de sus abuelos. El ingrato sobrino, que jamás tuvo una deferencia para el tío que vivía desterrado más allá de los mares, se casó con doña Manuela Vergara, con quien no fue feliz ni tuvo sucesión. A su muerte, ocurrida repentinamente en las casas de la hacienda de Huaraculén en febrero de 1815, pasaron sus bienes a su tío que era el único heredero.

Su pariente don Ignacio Opazo Castro, dueño de Panimávida y vecino de don Agustín, se hizo cargo provisoriamente de sus bienes, que consistían en la referida hacienda, y la casa de Talca situada a una cuadra de la Plaza de Armas, solar que había sido donado a su abuelo a la fecha de la fundación de la ciudad. Del inventario que se hizo de ellos se llegó a la conclusión de que tenían un valor de $12.670. Con fecha 20 de febrero de 1815, le escribió desde Loncomilla a Bolonia dándole cuenta de esta diligencia.

El abate recibió con profundo dolor tal noticia y le contestó por carta fechada en Bolonia el 11 de diciembre de 1815, que dice así:

«Querido sobrino: No dudo que me permitas tratarte como hijo, pues siempre te tuve por tal el tiempo que fuiste mi discípulo. He recibido tu carta, parte con gran gusto, por saber que vives y gozas de salud, y parte con increíble dolor por la funesta noticia que me das de la muerte de mi sobrino Agustín, que apenas conocí. En él fenece mi familia, que se había conservado de padre en hijo por más de doscientos años. Yo espero partir de aquí, con nuestro común pariente Bachiller, en el mes de abril o mayo y embarcarme en Cádiz, a la vuelta de mi amado Chile. Entre tanto te ruego que administres la hacienda del difunto en mi nombre, con poder absoluto y en caso que yo muera en el viaje, dejaré a Bachiller mi última disposición concerniente a los bienes que existieran, de los cuales tú tendrás una parte. No me dices nada de tu madre, ni de Josefina, las cuales temo sean muertas. Eran más de veinte años que no había recibido carta de Chile, no obstante que no dejaba de escribir, cuando se proporcionaba la ocasión. Sin embargo, de mi edad avanzada, me hallo todavía bastante robusto y en estado de emprender el pasaje del mar. El deseo de volver a la patria, de abrazarte tiernamente y de morir entre los míos, me lo hará suave y corto. Dios me conceda esta gracia, que desde que salí de allá siempre he deseado y para que tenga el gusto cumplido el mismo Señor te conserve muchos años con perfecta salud. Hasta la vista, querido Ignacio. Tu tío que siempre te ha amado y te ama».



Esta carta nos muestra el ardiente deseo que albergaba su bondadosa alma de volver a estar entre los suyos, ver la tierra de sus padres y descansar para siempre en la tierra que le vio nacer.

Contaba setenta y cinco años, cuando pensó volver a Chile. Junto con la noticia de la independencia de las colonias hispanoamericanas, tuvo la de que la Corona española había restablecido la orden jesuita en sus dominios. Con tan buenos augurios pensó trasladarse a Cádiz, con su pariente Manuel Bachiller, a casa de su compatriota y amigo el Conde del Maule.

Sus deseos no se pudieron realizar en 1816, pues don Ignacio Opazo no le alcanzó a remitir tres mil pesos que le pidió de su herencia para el viaje, pues falleció en Santiago el 15 de octubre de 1815. En vista de esto lo postergó para la primavera del año siguiente, «para hacerlo en compañía de los otros chilenos que deben partir de aquí», según le decía en carta fechada en Bolonia el 20 de agosto de 1816.

Con la muerte de su sobrino don Ignacio de Opazo, sus bienes quedaron entregados a diversos administradores y en completo abandono. Confundidos en 1817 como los de un español ausente, fueron secuestrados y destinados al fomento de la primera escuadra nacional. Molina, al imponerse de esta resolución, exclamó con voz conmovida:

-¡Oh, qué determinación más bella la que han tomado las autoridades de la República! ¡De ningún otro modo podían haber interpretado mejor mi voluntad que como lo han hecho, con tal de que todo haya de ser en beneficio de la patria!

Por acuerdo del Senado de 27 de mayo de 1820, le fueron devueltos.

- V -

Molina siguió en Bolonia, rodeado del cariño y admiración de cuantos le conocían. De sus compañeros de destierro sólo residía a su lado Agustín Zambrano, que como él era nonagenario.

En 1823 recibió la visita de don José Ignacio Cienfuegos, estrechamente vinculado a su familia en Talca. Momentos felices fueron éstos para el anciano abate. Cienfuegos le puso al corriente de la situación por que atravesaba el país y le dio extensas noticias sobre el desarrollo de la revolución. A pesar de su avanzada edad, Molina experimentó nuevamente deseos de emprender viaje a su terruño:

«Quiso volverse conmigo -dice Cienfuegos- para tener el placer de ver a su amada tierra, cuya libertad había sido tan plácida, y deseaba con ansias venir a dar abrazos a sus compatriotas, lo que no pudo conseguir por su avanzada edad».



En sus conversaciones con Cienfuegos le manifestó sus deseos de dejar su fortuna para la fundación de una casa de educación en Talca. Cienfuegos recibió los poderes necesarios para llevar a cabo aquellos propósitos y tener la administración de los bienes.

Vuelto a Chile, Cienfuegos se hizo cargo de la fortuna de Molina, y le envió la suma de seiscientos pesos para sus necesidades. Su primera iniciativa para dar cumplimiento al encargo del abate, consistió en elevar una solicitud al Gobierno, el 31 de julio de 1827, pidiendo la autorización necesaria para fundar un Instituto Literario en Talca. Manifestaba en ella que la buena educación e ilustración de la juventud hacían la felicidad de los pueblos, que la fundación la hacía con el auxilio de nuestro ilustre patriota el abate Molina, y por último que en el Instituto se enseñaría gramática castellana, latín, filosofía y teología.

La autorización solicitada fue dada por decreto de 5 de julio de 1827, que lleva la firma del Vice-Presidente Francisco Antonio Pinto y de don Melchor José Ramos, Oficial Mayor del Ministerio del Interior.

En vísperas de un segundo viaje a Roma, don José Ignacio Cienfuegos, para vindicarse de ciertos cargos que le hiciera el Nuncio Muzzi, dio poder como apoderado del abate, el 29 de noviembre de 1827, ante el Notario de Valparaíso don José Manuel Menares, a su sobrino José María Silva Cienfuegos, para que vendiese a don Feliciano Encinas la estancia de Huaraculén. Esta propiedad fue vendida en la suma de ocho mil pesos, y la escritura correspondiente extendida en Linares el 23 de enero de 1828.

En su segundo viaje no pudo Cienfuegos ver al abate. Una vez de regreso a Chile le escribió desde Valencia el 25 de enero de 1829. Le remitía la Gaceta Ministerial del Gobierno de Chile, en la que se publicaba el decreto supremo autorizando la fundación del Instituto Literario, «para que tenga el placer de leer en ella la fundación de dicho Colegio, por la donación que Ud. ha hecho».

El abate tuvo, pues, la satisfacción de ver iniciada su obra. Desde 1814 había sentido decaer su salud, pero se mantuvo en buenas condiciones hasta 1825; podía leer con facilidad y hacer su cotidiano paseo. Desde entonces la llama de su existencia se fue apagando lentamente. Confinado en su casa, la idea de la muerte enturbiaba su pensamiento. Su verdadero mal era la ancianidad, en sus últimos días una agonía lenta y dolorosa lo hizo padecer grandes amarguras y una sed constante y devoradora. «¡Agua fresca de la Cordillera!», pedía en sus delirios. El 12 de septiembre de 1829, a las ocho de la noche, rindió por fin su alma a la eternidad.

Sus restos fueron depositados en la bóveda de los hombres ilustres del Cementerio de Bolonia74.