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El señor don Juan León Mera, distinguido literato compatriota nuestro, ha publicado una composición poética en quichua sobre la prisión y muerte de Atahuallpa, y opina que es obra de algún poeta o aravec ecuatoriano de los últimos tiempos del Reino de Quito: nosotros juzgamos que esa pieza no es indígena sino española, pues en ella están de manifiesto el carácter y la índole de los romances históricos castellanos y el tono de la elegía clásica. El autor de esa composición fue, sin duda, algún ingenio quiteño, conocedor de la lengua quichua, en la cual versificaba, sujetando la lengua del inca a las reglas de la métrica castellana, pues hasta procura guardar la asonancia o rima imperfecta casi en toda la composición. No hay, por lo mismo, ni siquiera un solo verso auténtico de nuestros antiguos indios.
Tampoco pueden ser verdaderamente auténticos o provenientes de los antiguos indígenas ecuatorianos los yaravíes o tonadas populares, que se acostumbran cantar ahora en nuestras aldeas, y menos los que se conservan entre el pueblo de las ciudades. De los de Quito hizo una colección el señor don Marcos Jiménez de la Espada y la presentó al Congreso de Americanistas, reunido en Madrid en 1881. De los coleccionados por el señor Espada, pudieran ser auténticos y haberse conservado por tradición entre nuestros indios los siguientes: el Masalla, el Jaguay-jaguay o cantar de la ciega, el Yumbo, el Mayordomo y, acaso, otros dos más.
Mera, Ojeada histórico-crítica sobre la poesía ecuatoriana (Capítulo primero. Quito, 1868).
Congreso de Americanistas. Actas de la cuarta reunión, Madrid; 1881 (Tomo segundo).
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Hay documentos históricos, dignos de todo crédito, por los cuales consta que, en el territorio de lo que ahora es República del Ecuador, se hablaban varios idiomas, y que la lengua quichua, llamada del inca, no era generalmente entendida por los aborígenes ecuatorianos. Estos documentos son los siguientes.
Varias informaciones presentadas por eclesiásticos, en las cuales se alega como mérito para ser agraciado con beneficios parroquiales el entender y hablar, ya la lengua materna de los cañaris, ya la de los puruhaes, etc., además de la lengua general del inca. Estas informaciones pertenecen todas por sus fechas a la segunda mitad del siglo decimosexto, y se conservan originales en el Archivo de Indias en Sevilla.
Las descripciones geográficas de Indias, de las cuales unas pocas se han dado a luz, y otras se conservan todavía inéditas, entre los manuscritos pertenecientes a la Real Academia de la Historia, en Madrid. Por éstas consta evidentemente que había lenguas diferentes no sólo en un distrito o provincia, sino hasta en las parcialidades de un mismo pueblo.
El año de 1583 celebró en Quito su primer sínodo diocesano el obispo don fray Luis López de Solís, y en el capítulo tercero de las constituciones dispuso, que se compusieran catecismos de la doctrina cristiana en las lenguas maternas de los indios, porque no entendían todos generalmente la lengua del inca. He aquí el texto del decreto. Capítulo tercero. Que se hagan catecismos de las lenguas maternas, donde no se habla la del inca.
| El original de este sínodo se conserva manuscrito en el archivo eclesiástico de esta Curia Metropolitana de Quito. | ||
Por estos testimonios se deduce claramente, que en el territorio de la antigua Audiencia y Obispado de Quito se hablaban varias lenguas además de la quichua o del Cuzco, que era no diremos la general, sino mejor, la oficial para comunicarse los incas con los pueblos ecuatorianos, vencidos y avasallados por ellos.
El padre Hervás enumera más de cien tribus o parcialidades distintas en el Reino de Quito, y asegura que éstas hablaban idiomas diversos.
Cieza de León refiere que los Caranquis hablaban una lengua; que los Otavalos tenían otra distinta y que los de Panzaleo poseían otra, diferente de ambas.
Cieza de León, Crónica del Perú (Parte primera, Capítulo cuarenta y uno).
Garcilaso de la Vega, Comentarios reales de los Incas (Libro séptimo, capítulo tercero).
Hervás, Catálogo de las lenguas (Lenguas americanas. Tratado primero, Capítulo quinto).
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Cabello Balboa, Historia del Perú (Capítulo catorce). «Cuando Huayna Capac se sintió próximo a la muerte, hizo su testamento, según costumbre. Se escogió un bastón largo o especie de cayado, en el cual se trazaron rayas de diversos colores, por cuyo medio debía tenerse conocimiento de su última voluntad, y, hecho esto, se lo confió a la custodia de un quipo-camáyoc»
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Montesinos, Memorias antiguas del Perú (Capítulos cuarto y decimocuarto). Este autor dice que se escribía en hojas de plátano secas, y en piedras, en tiempos anteriores al reinado de los últimos incas, que conoce la Historia.
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Acosta, Historia natural y moral de las Indias (Libro sexto, Capítulo octavo).
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Castellanos, Elegías de varones ilustres de Indias (Primera parte. Elegía a la muerte de Benalcázar. Canto primero).
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He aquí una palabra compuesta de dos elementos diversos, como lo vamos a ver. Aycha es término quichua y también aymará, y en ambas lenguas tiene la misma pronunciación e idéntico significada, pues quiere decir carne. Tamal es voz, que no pertenece ni a la lengua quichua ni a la lengua aymará; pero se halla en la lengua quiché, idioma hablado por una de las más célebres naciones indígenas de la América Central, que habitaba en el territorio de Guatemala. En el idioma quiché, Tamal es un participio de presente del verbo activo Tam, que significa juntar, recoger lo esparcido, aumentar: Tamal es, por lo mismo, el que junta, el que recoge lo esparcido, el que aumenta.
¿De dónde una coincidencia tan notable? El que recoge carne u hombres, puesta la parte por el todo. A no ser que haya de escribirse el nombre del río de este otro modo Tamal-Ichah que, a nuestro juicio, es el propio y verdadero. En efecto, Ich en quiché es nombre sustantivo, y significa posesión, poseído; y de ich sale ichah, que quiere decir comida, hierba y toda otra cosa comestible.
Las pocas palabras, que nos han quedado de la lengua materna de los cañaris, no pueden menos de hallarse necesariamente muy desfiguradas, pasando como han pasado por boca de tres pueblos diversos hasta llegar a nosotros: los cañaris, que hablarían y pronunciarían su lengua materna con acento nativo propio; los incas peruanos, que la pronunciarían acomodando las palabras a la pronunciación de la lengua que ellos hablaban, que era la quichua, y los conquistadores, que estropeaban todas las palabras de las lenguas americanas y las pronunciaban a la castellana. En la provincia de los cañaris han de haber dado los conquistadores españoles a las palabras indígenas pronunciación semejante a la pronunciación de las dos lenguas más generales del Perú, la quichua y la aymará. Añadamos a esto la mala redacción y la peor ortografía castellana de la Descripción geográfica de la provincia de Cuenca, de donde hemos sacado las palabras de la lengua materna de los cañaris, y nos convenceremos de la dificultad de hacer de ellas una interpretación acertada.
La Descripción geográfica de Cuenca se conserva original entre los manuscritos que posee la Real Academia de la Historia en Madrid.
Brasseur de Bourbourg, Gramática de la lengua quiché, con un corto vocabulario, en francés, castellano y quiché, París, 1863. El idioma quiché tiene dos dialectos que son el cakchiquel y el tzutuhil.
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Leo-quina podría interpretarse de la manera siguiente.
Teuh en quiché es verbo y significa enfriarse, sale del sustantivo Teu, que es lo mismo que frío en castellano. Can nombre sustantivo común, significa culebra, serpiente. La i en quiché equivale al pronombre recíproco se en castellano y hace refleja la acción del verbo. La A simplemente, o ha escrito con hache y, por lo mismo, aspirado, es agua. Así pues Leo-quina podría haber sido, tal vez, Teuh-can-i-ha, que correspondería a la siguiente circunlocución castellana: Enfriarse-culebra-se (a ella, a sí misma) agua, es decir: Agua, donde la culebra se enfrió a sí misma. Debemos tomar en cuenta la manera de pronunciar la lengua, para comprender cómo las palabras cambiaban completamente en boca de los conquistadores españoles, que no tenían, ni era posible que tuviesen entonces, ni la más leve sospecha siquiera acerca de la índole sintética de las lenguas indígenas americanas.
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Guap-don deleg pensamos que debería ser Cah-al-bom-be-teh, pues cah es cielo; bom, hermoso; be, camino, y teh, verbo que significa abrir, ensanchar: la partícula pospositiva al se junta con los nombres sustantivos y los determina, dándoles en cierta manera el carácter de adjetivos; así es que, en este caso significaría: Camino que se ensancha, hermoso, como el cielo, es decir, ancho, extenso, espacioso. Las lenguas americanas son polisintéticas y forman palabras compuestas, agrupando en una sola expresión muchos vocablos de sentido diverso.
En el acta de la fundación de Cuenca, que se guarda original en el archivo municipal de la ciudad, se dice que la llanura en que se fundó la ciudad se llamaba Paucar-bamba, nombre, como se ve, compuesto de dos términos quichuas, y que equivale, por lo mismo, a llanura florida. Aquí están de manifiesto las dos lenguas que se hablaban en la provincia del Azuay: una, la quichua o peruana, traída por los incas; y otra la lengua materna de los aborígenes de la provincia, muy distinta de la primera. En la provincia del Azuay tenemos, pues, un sitio, designado con dos nombres distintos en dos lenguas diversas, y ese sitio es precisamente la campiña en que está fundada la ciudad de Cuenca, llamada en quichua Paucar-bamba o llanura florida, y en cañari apellidada Cahalbombeteh o campo espacioso como el cielo. Fácil es notar que el un nombre se refiere a una circunstancia del terreno, y el otro a otra diversa, sin que pueda decirse que el un término sea traducción del otro.
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Peleu-si pudiera ser, tal vez, según la ortografía y pronunciación del idioma quiché, Uleu-zih: uleu significa tierra, lugar; zih quiere decir árbol de flores blancas. También es verbo y entonces significa alegrarse: de zih se forma además el adjetivo zihzic, que significa derecho, liso. El nombre zihzic existe en el Azuay, y es el de un pueblo de la provincia de Cuenca.