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1

Cfr. ANTONIO DOMÍNGUEZ ORTIZ, «Don Leandro Fernández de Moratín y la sociedad española de su tiempo», en Revista de la Universidad de Madrid, n. 35, IX, 1960, pp. 606-642.



 

2

El realismo es propio de la cultura burguesa. Para AZORÍN es indicio de romanticismo: «Moratín hizo comedias clásicas aliñadas y simétricas: en ellas había un fondo de realismo, que ya era mucho de la futura sustancia romántica» (Rivas y Larra, Madrid, Renacimiento, 1916, p. 11). Cfr. también GUIDO MANCINI: «Yo diría que [M.] ve más bien el problema de la sociedad que la sociedad; más el problema de la vida que la vida en sí. Por esto me parece casi impropio definir la comedia moratiniana como realista, si bien adoptando este término en su acepción más genérica. Su realismo es demasiado complementario o, si se prefiere funcional, poco desinteresado y apasionado» («Perfil de Leandro Fernández de Moratín», en Dos estudios de literatura española, Barcelona, Planeta, 1970, p. 260).



 

3

SPIRE BLONDEL, L'Art pendant la Révolution, Paris, s. f. p. 87.



 

4

Cfr. FERNANDO LÁZARO CARRETER, «Poseía la misma fe que Luzán en el poder regenerador de las reglas» («El afrancesamiento de Moratín», en Papeles de Son Armadans, t. XX, n. LIX, p. 147).

El riguroso preceptivismo de M. se ha visto a menudo, siguiendo la opinión de Menéndez y Pelayo, como signo inequívoco de afrancesamiento cultural. Cfr. sobre este particular, ENRIQUE MORENO BÁEZ, quien afirma rotundamente: «Sentado que el Neoclasicismo es más europeo que específicamente francés» («Lo prerromántico y lo neoclásico en «El sí de las niñas», en Homenaje a la memoria de don Antonio Rodríguez Moñino (1910-1970), Madrid, Castalia, 19, 1975, p. 477) y el mismo LÁZARO CARRETER: «Gracias a Moratín, podemos hablar de un neoclasicismo español, cargando el acento sobre esta última palabra [...] El sistema estético a que obedecía era más que francés: europeo» (ibíd., pp. 147-148).

Para la mayoría de los críticos, el neoclasicismo de M. y la sujeción a las reglas son simple expresión de perfección formal. Así JOSÉ MONTERO PADILLA («Leandro Fernández de Moratín: la vida del hombre y una comedia», en Boletín de la Biblioteca de Menéndez Pelayo, XXXIX, enero-septiembre, 1963, p. 191) o JERÓNIMO TOLEDANO: «espíritu académico siempre, propugnador decidido de reglas y preceptos» («Centenario: Don Leandro Fernández de Moratín», en La Gaceta Literaria, 1.º de julio, n. 37, 1928), o como algo postizo que sofocó su verdadero talento, de acuerdo con el parecer de MENÉNDEZ PELAYO: «fue hasta cierto punto mártir de la doctrina literaria cuyas cadenas parecía llevar con tanta soltura y desembarazo» (MARCELINO MENÉNDEZ Y PELAYO, Historia de las ideas estéticas en España, vol. III, siglo XVIII, Madrid, CSIC, 1962, p. 420).

Por lo que se refiere al neoclasicismo de M. en la reforma del teatro español, cfr. RENÉ ANDIOC, Teatro y sociedad en el Madrid del siglo XVIII, Madrid, Fundación Juan March, Castalia, 1976, ANTONIO OLIVER, «Verso y prosa en Leandro Fernández de Moratín», en Revista de la Universidad de Madrid, n. 35, IX, 1960, pp. 643-674, PAUL MERIMÉE, «El teatro de Leandro Fernández de Moratín», en ibíd., pp. 729-761. V. asimismo PABLO CABAÑAS, «Moratín y la reforma del teatro de su tiempo», en Revista de bibliografía nacional, Madrid, CSIC, t. V, 1944, pp. 63-102.



 

5

JOAQUÍN CASALDUERO, «Forma y sentido de 'El sí de las niñas'», en Estudios sobre el teatro español, Madrid, Gredos, 1972, pp. 198-223.



 

6

Cfr. CHARLES V. AUBRUN: «con las tinieblas va ligado el error», y que la obra «acaba con la aurora de la felicidad para la joven pareja» («'El sí de las niñas' o más allá de la mecánica de una comedia», en Revista Hispánica Moderna, XXXI, Nueva York, 1965, p. 32).



 

7

Aparte de cierta confusión que se observa en la crítica entre la religiosidad de M. y la que se desprende de la obra, las palabras del propio dramaturgo a propósito de la religión, «por más que reflexione la filosofía» (LEANDRO FERNÁNDEZ DE MORATÍN, Obras póstumas, III, Madrid, 1867-1868, p. 587), demuestran que el patrimonio y sentimiento religiosos habían pasado por la reflexión y análisis propios «des philosophes».

El retrato hostil a Moratín de ALCALÁ GALIANO muestra cuán cerca de los volterianos se hallara nuestro autor: «laxo por demás, si hemos de tomar por testimonios sus obras, donde se complace en satirizar no sólo la superstición, sino la devoción» (Recuerdos de un anciano, Biblioteca de Autores Españoles, LXXXIII, p. 27). De hecho las palabras de ENRIQUE MORENO BÁEZ ponen igualmente de manifiesto la afinidad de M. con los iluminados de Europa, desde Locke hasta Voltaire: «dominado [el arte de M.] por la mesura que templa su anticlericalismo, que nunca llega a ser anticristiano, no sabemos si por su aversión a la extremosidad o por ambas cosas» (op. cit., p. 480). Para Mancini, hay en M. ausencia de un «sentimiento religioso particularmente profundo» (op. cit., p. 242). Cfr. también F. LÁZARO CARRETER, «Moratín en su teatro», Cuadernos de la Cátedra Feijoo, Oviedo, 1961, pp. 37-39.



 

8

LUIS FELIPE VIVANCO sitúa la figura de M. en el umbral del último período de la ilustración, que él da en llamar «mágico», representado precisamente por el Mozart de esta obra (Moratín y la ilustración mágica, Madrid, Taurus, 1972, p. 169).



 

9

A excepción de CASALDUERO (op. cit.), las interpretaciones de este final, tantas veces comentado, difieren netamente de la presente. Cfr. entre otros CHARLES V. AUBRUN, op. cit., p. 32 y GUIDO MANCINI, op. cit., p. 315.



 
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