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Once años antes de que Havelock Ellis realice esta indudablemente atrevida confesión personal en su obra autobiográfica, se puede recordar una narración señera que, leída inicialmente como pornografía, recibirá sin duda con posterioridad un acercamiento interpretativo mucho más profundo. Se trata de Historia del ojo (1928), del francés Georges Bataille, aunque publicada bajo el provocador seudónimo de Lord Auch. En ella, y en concreto en el capítulo titulado «Bajo el sol de Sevilla», se encuentra un inquietante episodio de urolagnia, que se caracteriza por el tono marcadamente transgresor propio de Bataille. Así, los protagonistas, Sir Edmond y la seductora Simone, visitan el hospital de la Caridad, a cuya entrada se encuentra la humilde tumba del mítico don Miguel de Mañara. Al contemplar ambos la losa sepulcral de cobre, «Se multiplicaron nuestras risas desatadas. Al reírse, Simone se meaba a lo largo de las piernas; un hilillo de orina se deslizó a sobre la lápida. // El incidente tuvo otro efecto: al mojarse, la tela del traje, pegado al cuerpo, se puso transparente; poniendo en evidencia la vulva negra»
(Bataille, 1989, p. 115). En el comienzo de lo que no será sino una escena orgiástica y tumultuosa, la desinhibición de la mujer tiene su inmediato efecto sobre el protagonista: «El conjunto sensual y suntuoso, los juegos de sombras y la luz roja de las cortinas, el frescor y el aroma de las adelfas, al mismo tiempo que el impudor de Simone, me incitaban a dejar curso libre a mis sentidos»
(Bataille, 1989, p. 116).
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Cf. igualmente Alarcón Sierra, 1998, pp. 302-305.
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Perteneciente al círculo literario de Francisco Villaespesa, para más datos sobre su fascinante y compleja trayectoria, cf. Correa Ramón, 1996.
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El colofón de Alma infanzona indica que se terminó de imprimir el 22 de marzo de 1910, mientras que la novela de Baroja debió de publicarse en el otoño de ese mismo año, ya que en el n.º 201 de El Cuento Semanal (Madrid), correspondiente al 4 de noviembre, aparece una reseña consignando su reciente publicación.
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El motivo del hidalgo aparecerá en todos los géneros literarios del periodo que nos ocupa. Según Melchor Fernández Almagro, habría que situar el renacimiento de esta figura en la obra de José Martínez Ruiz, Los hidalgos (1900), a partir de la cual el tipo se va desarrollando progresivamente, demostrando un cada vez más firme arraigo (Fernández Almagro, 1943).
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El escritor portugués, que sucumbiría a una tendencia autodestructiva muy habitual también en el fin de siglo (como bien estudió Ricardo Gullón en su clásico Direcciones del modernismo), suicidándose a los veintiséis años, fue autor de una sorprendente novelita, que se podría adscribir al modernismo decadente y estetizante, titulada lapidariamente Incesto (1912), temática provocadora que transgrede el anteriormente explicado tabú bíblico y antropológico, y que se encuentra presente en otras obras del periodo como la misma Sonata de invierno (1905), de Valle-Inclán, o la inconclusa La historia del rey Gonzalvo y de las doce princesas, de Pierre Louÿs (cf. Alexandrian, 1990, p. 291). En esa línea, no se puede perder de vista la fascinación que sobre el arte y la literatura del periodo ejerció una figura bíblico-legendaria como la de Salomé, aureolada de sensualidad prohibida e incestuosa, que retrata de manera casi obsesiva en sus lienzos y dibujos Gustave Moreau. Pero también aparece en multitud de obras literarias: Oscar Wilde, Eugenio de Castro, Rubén Darío, Francisco Villaespesa, Emilio Carrere, Julián del Casal y un largo etcétera le dedicarán poemas, narraciones y textos dramáticos. En cuanto a otras artes, Richard Strauss creará su ópera basándose en la obra teatral de Wilde, que representará con éxito mundial la bailarina Tórtola Valencia. También la mítica Theda Bara, prototipo de la femme fatale del cine mudo, protagonizará «Salomé» (1918); y en España, Margarita Xirgu encarnará para el teatro el personaje de la ambigua hija de Herodías (Cf. Toledano Molina, 1992, VV. AA., 1995, y Salvador, 2005).
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De hecho, se pueden recordar explícitas condenas, como la proferida por el Dr. Manuel Roldán Cortés, un año antes de la publicación de Alma infanzona, cuando afirmaba tajante: «la perversión sexual es causa de muy varias y hondas psicopatías»
(Roldan Cortés, 1909, p. 49). La obra de dicho doctor, titulada significativamente Literatura y psicopatías. Ligeros apuntes sobre la influencia de la literatura contemporánea en las enfermedades mentales, debe ser situada claramente -si bien que de manera más tardía- en la estela ideológica de la muy influyente Degeneración (1893), de Max Nordau, a quien siguió de cerca en España, entre otros, Pompeyo Gener, autor de Literaturas malsanas (1894). A éstos contestó, invirtiendo en una genial carambola literaria los términos del binario sano/insano, el nicaragüense Rubén Darío con su obra Los raros (1896) (cf. Cardwell, 1998).
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A quien, por cierto, como prueba de admiración, Isaac Muñoz dedicará su novela Morena y trágica (1908a) con encendidas palabras: «Dedico estas páginas, violentas y supersticiosas, al más ilustre de los escritores de España, a D. Ramón del Valle-Inclán».
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Luis Antonio de Villena ha llegado a afirmar que Isaac Muñoz representa «Nuestro mejor decadentismo [...] mucho más aquilatado que Vargas Vila o que Hoyos y Vinent», y que «escribió probablemente la prosa más decadente y enjoyada de nuestro modernismo simbolista, en su matiz orientalizante»
(Villena, 2001, pp. 196 y 195).
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Aunque conviene precisar que nunca se encuentra tal término en la obra del escritor, quien, sin embargo, sí que convierte a menudo en protagonistas de sus novelas a mujeres dotadas de un fuerte y dominante instinto sexual, connotado por palabras del campo semántico «calentura / calenturienta / caliente», etc. Por ejemplo, en su narración breve titulada Los ojos de Astarté (1911) encontramos: «Y las mujeres se envolvían en sus velos negros, y al paso nos miraban con ojos de lontananza y de calentura»
(Muñoz, 1911, p. 12). O en la ya citada La fiesta de la sangre: «De la ciudad ascendía un olor de fieras, de mujeres calientes»
(Muñoz, 1909, p. 32).