- XV -
Nada en La Joya había removido nunca tanto la emoción. Inútilmente se evocaban los más trágicos sucesos de seis o siete años a la fecha. Ni la violación y muerte de la mudita de once años, vendedora de merengues; ni el guardia civil desollado en el lagar de Jarrapellejos aquella Nochebuena; ni el recaudador matado a garrotazo limpio en plena plaza y en plena tarde del Señor; ni el descuartizamiento de Rosa la Manteca por su amante, el maestro albardonero; ni el asesinato de la familia entera del molino por un chico, al estilo de París... Y si la mayor parte de éstas y otras cosas había quedado impune, así, alentando los instintos de asesinos y borrachos, ahora la indignación del pueblo pedía escarmiento duro y ejemplar para los ignotos desalmados...
Tres días transcurridos y aún, como el primero, seguía la multitud yendo detrás del juez, del escribano, del capitán y los civiles a contemplar la ermita, en tanto aquéllos, dentro horas y horas, escribían e investigaban. Según del misterio de tales actuaciones se iban trasluciendo pormenores, inspiraba el ferocísimo crimen más horror. Las huellas de sangre y barro en la tapia del arroyo; el pañuelo sucio encontrado en el jardín; las macetas destrozadas; la puerta del dormitorio de Isabel arrancada de los goznes; los muebles y espejos hechos añicos, y sobre todo los cadáveres de la madre y de la hija, de las mártires, cuya virtud se recordaba con lágrimas del corazón y de los ojos, ambas en camisa, sorprendidas en el sueño, una sobre un lago de sangre entre el lecho y la mesita, con cinco puñaladas en el pecho, en el vientre, casi segada la cabeza...; otra, en su cama, de través, colgando el pelo y la cabeza, al aire el hermoso cuerpo, lleno de arañazos, heridos los pies por vidrios, hundidos hasta el hueso; la cara negra, la lengua fuera, ensangrentada, y como santo escapulario en la garganta un medalloncillo, en que tenía a la Virgen del Carmen y al novio, que no la pudieron amparar. ¡Pobre Cidoncha, cuando a la siguiente mañana acudió de los primeros, y tuvieron que sacarlo accidentado! ¡Pobre Roque, a su precipitado regreso de Trujillo! ¡Pobres mujeres!...
La curiosidad y la compasión hacían que, llorando la gente, contemplase cada uno de aquellos rastros y huellas que se podían ver al exterior, y muchos auxiliaban o despistaban así, sin querer, a la justicia. Una botella con restos de aguardiente, encontrada cerca de la cruz. Gotas de sangre con dirección al pueblo, por la puerta principal; pero otras también en el caballete del tapial trasero, como si el asesino hubiese podido huir al mismo tiempo hacía Lo Joya y lejos de La Joya. Marcas de zapatos bastotes de tachuelas en la húmeda margen del arroyo, y otras aún mejor determinadas de botas finas de tacones. Dábase parte de los hallazgos a los guardias y alguaciles transmitíanselos éstos a sus jefes y el juez, el capitán, el escribano salían inmediatamente a confirmarlos y a llevarse en bien sacados témpanos de tierra las pruebas preciosísimas..., las pruebas que, sin embargo, los desorientaban con su multiplicidad y diversidad... «¡Viva el juez!», alentábale la crispada muchedumbre cuando, oyéndole jurar que no descansaría hasta descubrir al asesino, volvía a verle entrar en el tétrico edificio, tenaz infatigable; allí solían llevarle el almuerzo y la comida...; allí solía permanecer hasta más que puesto el sol, y al retirarse para continuar ordenando y meditando en su despacho los datos recogidos, la gente se retiraba a comentarlos en los casinos, en las tabernas o en sus casas. La ermita, con la sombra de las muertas ya enterradas, quedaba en el fúnebre abandono de la noche como un lugar maldito de leyenda, por donde nadie se atrevía a cruzar...
Don Pedro Luis en persona había ido a la ermita dos o tres veces con el Juzgado desde que sacaron los cadáveres. Sabíase bien su pena y su indignación por el bárbaro y horroroso fin de aquella hermosa Fornarina, a quien tanto quiso...; sabíase su resuelta voluntad de encontrar al criminal, aunque fuese debajo de la tierra, para echarle todo el peso de la ley y hacerle ahorcar delante mismo del teatro de la hazaña, y esto infundía confianza inmensa a todo el mundo. Quererlo él era como tener cogido al miserable. Había telegrafiado al gobernador, había puesto en movimiento la Policía de la provincia, y no contento aún con los recursos de su grande inteligencia, ayudaba incluso al médico Barriga. El paño de la mesa a cuyo pie cayó la madre infortunada, y en el cual se habría apoyado el malhechor, mostraba el dibujo de su mano, bastante bien impreso con sangre. En barro, el cristal de la ventana tenía dactilogramas verdaderos y perfectos. Y ambas cosas fue don Pedro quien las hubo de reparar y señalárselas a la atención del juez y del forense.
No iba al Casino de puro enfrascado en seguir las pistas del suceso. Su opinión, transmitida al juez con todas las fuertes convicciones de su fuerza racional, consistía en descartar los móviles del robo, desde luego, puesto que se hallaron en los baúles de Cruz tres mil y pico de pesetas, e intactos los efectos de algún valor, las ropas y hasta la sortija y el medallón de oro que tenía puesto la pobre de Isabel. Quedaba indiscutible el crimen pasional, y, dado que la fama de belleza de la joven se tendía por las próximas aldeas, donde no faltaban malas almas, era de creer que algún granuja, de paso hacia Trujillo, viera salir a Roque de la ermita, viera quedarse a los dos mujeres solas, entrase, saltando por la tapia, aprovechase la ocasión de que Cruz, para acostarse tal vez, cerrara la ventana.... y se metiese de un empujón y la matase para impedirla gritar.... estrangulando luego, en fin, a la hija, a la virgen brava y pudorosa, en la inútil lucha feroz por poseerla...
Efectivamente. Juntos Barriga y Carrasco en la autopsia, habían establecido que Cruz debió morir primero, e instantáneamente, por una de las puñaladas que la atravesaban el corazón, pues en otro caso hubiese corrido al cuarto de la hija, y que ésta, con muchos arañazos en los muslos, y muerta por el doble efecto de la estrangulación y la sofocación (roto el tiroides y heridas de presión de labios y carrillos contra los dientes), no había sido desflorada (íntegros los signos de la virginidad, aunque con próximos equimosis)...; el sátiro macabro, ya muertas las dos, comprobando el imposible de violar el cadáver de la hija, habría violado el cadáver de la madre, en cuyo aparato genital se encontró abundante semen, y también señales de violencia...
Tales los fallos de la ciencia y de don Pedro. No obstante, en el Casino poníanles variantes y reparos. El canalla, o los canallas (dos, sin duda, como demostrábanlo las pisadas diferentes y el haber huido el uno por un lado y el otro por el otro), debieron pasar del huerto al interior, no porque la Cruz entonces estuviese cerrando la ventana, sino porque, ya acostada, se hubiese levantado y abierto a mirar quién hacía ruido; entonces, cada cual, se habría encargado de una, impidiéndolas reunirse, y forzando a la Cruz el que se quedó con ella, naturalmente, antes de matarla. Por lo demás, no admitía duda que fueron forasteros, hombres que habrían seguido después hacia Trujillo; lo corroboraba el forro de un librito de fumar del que usan los labriegos, manchado de sangre, hallado en la carretera, cerca de Gibraleón, por los civiles.
Pero todavía alguien permitíase, con lógica no escasa, extremar las variantes; era Saturnino, vuelto ayer de la feria con Mariano y con el Gato, y sentado esta noche en la reunión enfrente de Mariano, que callaba, cansadísimo de las juergas y los toros. Para él, sólo uno habría sido el criminal. Fundábase, primero, en que la pobre Cruz no debió de ser violada viva, ya que entonces, a los gritos, la hija hubiese volado en su socorro; segundo, a ser dos y forasteros, es decir, desconocidos para ellas, habrían podido amarrarlas, separarlas, ayudándose mutuamente en el atropello de Isabel, y marcharse luego sin matarlas tan tranquilos... El mismo hecho de la muerte, ¿no implicaba el temor a la denuncia?... Luego implicaba también la plena conciencia del matador de ser conocido por las víctimas... Además, y por último (esto era grave, pero... pero lo había oído decir... ), ¡el autor de todo debió de ser... Cidoncha!... Una persona respetable, cuyo nombre reservaba («¡El conde!, ¡el conde!», pensaron los demás), hízole reparar esta mañana en todo lo siguiente: Cidoncha, anarquista, sin conceptos del deber y del honor, era un mal bicho; Cidoncha, catedrático, de clase social distinta que Isabel y novio suyo, que hablábala constantemente de casarse y nunca se casaba, no seríalo sino con miras al engaño; y no pudiendo pretender los favores de la joven con fincas o dinero, como otros, recurrió a la hipocresía; Cidoncha, desesperado de no encontrar propicia a la muchacha, y siendo el único que conocía la casa bien y el proyecto del padre de marcharse a la feria aquella noche, debió pensar aquella noche abusar de la infeliz... Iría, saltaría el hastial, citado quizá con Isabel. misma a la ventana, como para hablarla de algo definitivo y trascendente de la boda...; saltaría violentamente, queriendo atropellarla, no pudiendo.... y asesinaríalas, en fin, viéndose vencido... Luego, su insaciada lujuria o su afán de despistar acerca de lo que constituyó la única obsesión y el único designio, le lanzarían a cebarse en el cadáver de la Cruz...
-No tiene vuelta de hoja ni más posible explicación -concluyó el ex alumno de los padres jesuitas- tal hecho comprobado; porque, si no, el que viva o muerta hubo de poseer a la madre, pudo lo mismo haberlo conseguido con la hija.
Hubo un silencio. Fijas a él todas las miradas, se le había escuchado en una congoja de atención. -¡Chacho!
-¡Chacho! -prorrumpieron después algunos.
-¡Oh cierto, cierto!... ¡Puede ser verdad!
-¡Oh!, el conde, el conde...; es tu tito quien lo dice.
-¡No!
-Sí, sí; y el caso es que tal vez lleve razón...; que por eso son de señorito el pañuelo y las pisadas. El corro había ido engrosándose con toda la gente del Casino, y contemplaban, contemplaban suspensos a aquel que, más certeras esta vez que las del juez y de don Pedro, aportábales las sagacidades del siempre mudo e invisible conde de la Cruz...
Pero de pronto se volvieron las miradas, convergiendo en otro sitio. Mariano Marzo desvanecíase en una convulsión como de síncope.
-¿Qué tienes, Mariano?
-¿Qué te pasa?
Muy pálido. Sin embargo, reaccionóse y sonrió:
-¡Que me caigo a pedazos de sueño y de cansancio! ¡Que me voy ahora mismo a dormir..., y vosotros arreglaréis eso del crimen!
Se levantó y le hizo una seña a Saturnino. En la calle ambos, éste reprochó:
-¡Has de tener ánimos, Mariano!
-Y tú, prudencia..., o todo irá perdido. ¿A qué meterte a desviar la expectación «de unos forasteros» que nunca hayan de encontrarse? ¿A qué acusar determinadamente a Cidoncha ni a nadie de ese modo?
-A eso. A que se encuentren. Lo que nos importa no es que no encuentre a nadie la justicia, sino al revés, que tenga a alguno responsable para que cese de buscar.
-¡Bah!, no sigas por Dios, bebiendo ahora, Saturnino. Estás borracho. No sabes lo que hablas.
-Quien no sabe...
De un codazo enmudeció. Se acercaba don Macario Lanzagorta, y siguió con ellos plaza arriba. Una urgencia de momentáneo interés, mayor que la del crimen, traíale a prevenir a Saturnino de algo que personalmente le afectaba. Sabía que al mediodía, en la taberna del Jumos, y aludiendo al incidente de la noche aquélla, Saturnino, ausente el Garañón, le había injuriado gravemente...; sabía también que, enterado Gregorio, habíase puesto hecho un energúmeno..., y los dos deberían evitarse un disgusto, como gente de buena educación.
-¡Hombre! ¡Hombre, don Macario, pues ahí estaba tan prudente!
-Porque lo es, Saturnino; pero he tenido que reñirle para que no salga tras de ti..., y no dudes que cuando te vea solo...
-¿Sí?... ¡Que se descuide!
Dos, tres días más.... en medio de la efervescencia que el crimen de la ermita iba aumentando, Gómez había llenado con el relato de él La Voz de la Joya, copiada por la prensa de Badajoz, lamentándose de la incapacidad del juez, y los diarios de Madrid, sin corresponsales en el pueblo, y ahora sin los espontáneos, había resumido la noticia del suceso en sueltos de diez líneas. Jarrapellejos mismo, que odiaba, que de siempre prohibía los corresponsales, porque le disgustaba la inmixtión ajena en los asuntos del cerrado coto de su mando, a la sazón casi deploraba no tenerlos. No cejaba su interés por descubrir al criminal. La opinión pronunciábase cada vez más contra Cidoncha; y, aunque hubo de conferenciar don Pedro con el conde, persuadiéndose de que no fue quien hubo de lanzar ni remotamente tal sospecha, los dos llegaron a prohijarla, después de discutida.
Fijos en aquel anarquista peligroso y taciturno, los hombres sensatos, las honradas familias, el clamor general, aunque con la nota discordante del Liceo, iban formándole un alegato formidable. A las razones que adujo Saturnino se agregaban muchas más. Impresionado por ellas el propio juez, volvía sobre su acuerdo. Efectivamente, resultaba absurdo suponer que la pobre Cruz, para cerrar una ventana al acostarse, aguardara a estar desnuda; y más, que levantada de la cama creyendo sentir en el jardín ladrones, la abriese para oírlos; y como constituía otro hecho confirmado que alguien desde dentro descorrería el cerrojo, ya que no tenía la puerta señales de fractura, sólo la hipótesis de Isabel, en cita con el novio, o abriéndole al sentirle llamar y conocerle, resultaba verosímil. Absolutamente a nadie más que a Cidoncha habrían podido darle semejante ocasión confiadísima de entrar dos mujeres que estaban solas en mitad del campo y de la noche. Esta argumentación, para colmo unida a lo del pañuelo sin marca y las pisadas de señorito, tenía una fuerza enorme. Y respecto al proceder de Cidoncha, bien mirado, antes venía a robustecérsela que a menguársela. El público, que había seguido en masa las incidencias del asunto y paso a paso, señalaba al fin como equivocas y extrañas las exageraciones de dolor que días antes hubieron de conmoverle en el impávido Cidoncha: cayó éste en una especie de epilepsia al ver la primera vez los cadáveres, tal como fueron hallados en la ermita; volvió a caer desvanecido al querer presenciar la autopsia; presidió el duelo del entierro tambaleándose, blanco como un papel, y teniendo que ser auxiliado varias veces...; ahora, finalmente, no iba a clase, no iba al Liceo ni recibía a sus amigotes del Liceo; no salía de su hospedaje, que era la casa de los abuelos de las víctimas, en donde Roque habíase recogido, y a pretexto de gran pena, aun dentro de la casa, confinábase siempre mudo y sombrío y solo en su despacho... ¿Pena, verdaderamente, todo esto, o cobardías y remordimientos de asesino que disfrazándose de pena esquivaban la revelación de su maldad?... Para pena, excesiva, ciertamente; mayor que la del marido y padre, que no se accidentó...; y en él, en él, en el frío, en el inmutable, en el impávido Cidoncha, en el hombre de sordas pasiones, de tan enormes pasiones y altiveces, que había reñido con Octavio..., que aspiraba frente a don Pedro Luis, a constituirse en jefe de partido..., y que así, sin más ni más, fuérase a casar con una pobre panadera...
Al sexto día, otra vez el profesor llamado por el juez para prestar declaraciones sobre cosas generales (corrió, eléctrica, la nueva), le detuvieron. Roque sufrió un nuevo interrogatorio, por la tarde: -¿Se portaba bien Cidoncha con ustedes?
-Sí, señor.
-¿Era digna su conducta como novio?
-Sí, señor.
-¿Nunca oyó usted a su hija quejarse de que la hubiera requerido malamente?
-Nunca. No, señor.
-¿Y... no cree usted que haya sido el asesino?
-¡Oh, bah, cómo! ¡él!... ¡Quite usted, por Dios!... ¡Es el único que nos ha querido en este pueblo! Al juez le fastidiaba, casi le enojaba, la torpe buena fe del infeliz..., que últimamente, acosado acerca de sobre quién o quiénes pudiesen recaer sus dudas, en vista de los antecedentes que nadie como él tendría de las personas que frecuentaran la ermita o desearan a Isabel..., resolvióse a romper su timidez de escarmentado con la confesión de la íntima creencia que guardaba desde que supo la catástrofe: contó de qué manera impensada la noche de autos se detuvo en la taberna, y terminó con una explosión de llanto:
-¡Señor juez, me lo dijo d'un salto el corazón, asín que recibí el parte de mi suegro, y pa mí que no pué sé más que el Gato el asesino!
No le abonaba al Gato su historia; prestábale cuerpo también a la sospecha el forro del librito, del papel Duc, hallado cerca de Trujillo. Una hora después compareció el Gato, y a indicaciones suyas comparecieron también Mariano Marzo y el sobrino del conde de la Cruz. La plena garantía de éstos le exculpaba. Quedó terminantemente establecido que no se separó de ellos un momento; que serían las dos cuando entró Roque en la taberna; que diez minutos más tarde llegaron los caballos; que a las dos y media estaban en la carretera..., y mal podía haber gozado del don de ubicuidad para realizar, por otra parte, un crimen que, según los médicos y el cálculo de todos, debió de consumarse a las tres de la mañana. Fue puesto en libertad, y Cidoncha en prisión definitiva.
No se dudó más. Había que haber visto la diferencia entre el aplomo del Gato ante la horrible acusación y las tremendas demudaciones de Cidoncha, que no acertó ni a contestar. Hubo aquella noche un conato de pública protesta de la gente del Liceo, y se apaciguó con el ingreso de otros cuantos en la cárcel.
Ahora sí; como todo lo relativo al crimen apasionaba a las gentes, el Gato quedó más sincerado de inocencia por las aseveraciones de Mariano y Saturnino sobre la capital circunstancia de no haberse separado de ellos que no por la exactitud de lo que al tiempo referíase. Muchos labradores habían visto los caballos en la puerta de la taberna hasta bien después de amanecer; y otros, al despuntar el sol, a los jinetes saliendo hacia la feria. «¡Bah! ¡Estarían borrachos, don Saturnino, don Mariano!... ¿Qué saben ellos nunca, tan célebres, de las horas del reloj?», se comentó con simpatía.
Y La Joya respiraba satisfecha.
A cada uno lo suyo. Ya estaba en vías de cumplirse la justicia: el Gato, restituido a las casi consideraciones que la amistad de los señoritos le prestaba, los cabecillas del extemporáneo conato de protesta, en la cárcel municipal, a pasarse a la sombra una semana para que fuesen aprendiendo; y el profesor, en aquella de donde se salía para la horca...
Reanudáronse las diarias peregrinaciones a la ermita, con el repugnante criminal fuertemente amarrado entre civiles, y la muchedumbre, viéndole los ojos en el suelo, mudo, pálido, cobarde y dolorido por el hierro torturador de las esposas, que oprimíanle las muñecas, al paso de la triste procesión quería lincharlo y escupirle, y le lanzaba insultos a montones. En previsión de esto, a las órdenes de un comandante, se había reconcentrado mucha Guardia Civil de la provincia.
-¡Matailo!
-¡Matailo, a ese cochino!
-¡Que le apreten la caena!
No conformes con que le hubiesen de ahorcar delante de la ermita, algunos proponían encerrarle en ella, tapiarla, y allí dejar que entre los espectros de su crimen, la sed y el hambre le acabasen. Porque cada día, a cada nueva actuación del Juzgado, más y más se comentaba la ignominia del que todo lo negaba..., del que no sabía otra defensa que negar... La marca sangrienta, en buena hora recogida por don Pedro, era de su mano; las huellas de pisadas, de sus botas; las manchas del cristal de la ventana, de sus dedos. Una vecina de la Cuesta Melitón, Rita la Loreta, habíale visto al ser de día. Otro vecino, Melchor López, al volver con los caballos, también había visto un bulto que se le esquivó, y que juraría que era Cidoncha. Y, en fin, en casa del profesor, registrando sus cajones, encontráronse bocetos de pintura con la cara de Isabel, diseños de desnudos (lo cual revelaba la obsesión y la indecencia del hipócrita, que quería parecerle tan casto a todo el mundo), un revólver bulldog, una pistola browning y un cuchillo, que, aunque estaba en la cocina y bien lavado, tenía ciertas impregnaciones de sangre y justo el ancho de las cuatro heridas punzantes de la Cruz.
Abrumadora iba resultándole la prueba. Los más contumaces en juzgarle un hombre honrado empezaron a ceder: Octavio, que hubo de indignarse por la prisión del ex amigo, prometiéndole su inmediata libertad a la comisión de socios del Liceo que estuvo a visitarle; Gómez, que en los primeros momentos amenazó con artículos que encendiesen lumbre en su periódico; los mismos correligionarios de Cidoncha, aplastados, tanto o más que por aquella pasajera detención los más caracterizados, por las declaraciones de Melchor y La Loreta, y hasta Roque, el buen Roque, vacilante ante las datos de la mano, de las botas, del cuchillo..., del cerrojo, que por nada del mundo le habrían abierto su hija y su mujer a unos extraños...
Duro le resultaba a Roque creer en tanta infamia de Cidoncha, en tanto maleficio de la fatal belleza de su desgraciadísima Isabel...; pero no menos resistióse a creer la infamia de don Pedro, y por un empeño igual estuvo si manda o no manda a presidio a un inocente. ¡Gran Dios, a quién pudiera uno confiarse en esta vida!... Sin embargo, una oleada de fe del corazón persistió en decirle que no, que no podía ser el malvado el novio de su hija, y cuando, en vista de las circunstancias, trató con los abuelos de si debía seguir llevándole a la cárcel la comida, que siquiera le libraba del rancho inmundo, el acuerdo fue piadosamente favorable. Don Juan no tendría dinero. El director del colegio hablase apresurado a «imponerle un castigo», negándole las ciento veinte pesetas de su sueldo devengadas en el mes; así a la abuela se lo dijo. Por lo demás, esta piedad no les imponía ninguna otra de orden moral a los piadosos que no podían hablarle ni verle: estaba incomunicado con rigor inquebrantable.
Tratábase esta noche de efectuar importantes diligencias. Completos y metodizados por el juez los términos de la acusación, el reo iba a sufrir el primer interrogatorio de conjunto acerca de su hazaña. Desde la ermita acababan de traerlo al despacho del Juzgado, que estaba en las escuelas. Venían de una reconstitución del crimen. La Guardia Civil, incluso de a caballo, que hablase visto negra para contener a la nutrida muchedumbre en el trayecto, procuraba ahora aplacar los mueras y silbidos en la vieja plazoleta. Aguardaban el regreso hacia la cárcel, de donde había visto traer tres presos para ponerlos en rueda con Cidoncha.
Dentro, la mesa del salón, decorada de rojo, alrededor de un crucifijo de plata, ostentaba los objetos de la prueba. Augustamente satisfecho el Juez de su pericia, habíale dado al acto resonancia, y llenaban los estrados personas importantes, mas o menos compatibles con el santo secreto del sumario: el escribano, el alcalde, los médicos, el comandante y el capitán de la Guardia Civil, el registrador, el jefe de Telégrafos, don Atiliano de la Maza y don Macario Lanzagorta...
Sonó una campanilla. Se hizo entrar al reo. El juez tosió, apoyó la frente entre ambas manos, dejó que se agrandase la trágica solemnidad con el silencio, y empezó luego sus preguntas a propósito de las sociales y políticas ideas del profesor. Presentábale libros encontrados en su casa y que él iba reconociendo como suyos: La conquista del pan, de Kropotkin; La sociedad futura, de Grave; Socialismo y anarquía, de Naquet..., y otros, en francés.
-Otros, señores, en francés, que establecen, como éste, la indecencia descarada del autor y de todo aquel que los posea, y cuyo indecoroso título resístese a mis labios...
Lo mostraba. Sobre la blanca cubierta, el título campeaba en letras rojas..., rojas como el rubor que le daba al digno magistrado pronunciarlo. Mas como muchos no acertaban a leerlo desde lejos, se decidió, apagando la voz para que no lo oyesen siquiera los civiles:
-La joie de vivre, señores.
Escándalo. Estupefacción.
Asombro, también, por parte de Cidoncha, sobre la ignorancia del juez y de todos. Abandonando su sistema de respuestas secas, tuvo que aclarar:
-El gozo de vivir es lo que el título de esa novela significa, y no otra cosa.
Sorprendido el juez, y no seguro de que no fuese esto una treta del taimado, disimuló su confusión aprovechando la oportunidad de ordenarle a un alguacil que cerrase una ventana. Los mueras y los gritos no dejaban entenderse.
-Bien; resulta, y esto es lo esencial, que es usted ateo, materialista y anarquista.
-No, señor; socialista.
-Bueno, socialista; da lo mismo; pasemos a otra cosa... ¿Quiere decirme el procesado si siempre trató con los debidos respetos a su novia?
-Siempre.
-¿Porque ella impusiéraselos a usted, o porque usted se los guardaba?
-Por los dos.
-Entonces hágame el favor de mirar estas pinturas. ¿Son de usted?
-Sí.
-En ésta, por ejemplo, aparece bosquejada la cara de su novia, y detrás un pedazo del cuerpo de una mujer enteramente en cueros. ¿Qué propósitos llevaba usted de traicionar los pudores de su novia, componiendo acaso para su íntimo recreo una estampa pornográfica?
-Ninguno, señor juez; ese torso es de una Venus..., y no tiene nada que ver un dibujo con el otro. -Pero de una Venus... sin ropa; conste así.
Hecha la indicación al escribano, prosiguió:
-¿Se obstina el procesado en sostener que siempre trató a su novia con absoluta, con completa, con perfecta dignidad?
-Sí, señor.
-¿Así..., en redondo?
-Sí, señor.
-Pues alguien ha visto lo contrario, y está su espontánea declaración en el proceso. Una noche, volviendo ustedes a la ermita, de una procesión, por la carretera, delante usted y la novia, los padres detrás, usted la llevaba la cabeza cerca de la suya y enlazada por el talle. ¿Osa usted negarlo?
-No, señor; pero eso no creo que fuese tratarla con indignidad, con indecencia.
-¡Ah! ¿Lo cree usted propio de dos personas decentes?
Cidoncha se exaltó:
-¡Lo creo propio de ella y de mí, señor juez! ¡No tiene derecho nadie a insultar la memoria de la muerta!
-Cálmese el procesado. Para defender a la muerta estoy aquí... contra quien pudo agraviarla en la vida y el honor de manera harto más grave. Consten, señor escribano, dos cosas: que el procesado confiesa haber llevado abrazada en público a su novia y que se enoja porque a esto se le llama una indecencia... ¡Tal es su concepto del decoro!
Pronunciada la filípica, que tuvo la rápida eficacia de abatir al reo, dejóse de ironías, para decirle mansamente:
-Usted, como es lo lógico, había recorrido muchas veces el huerto de la ermita.
-Sí, señor.
-¿Conoce usted el arroyo que va por la trasera de las tapias?
-Sí, señor.
-¿Y un tronco seco que cae por fuera junto a éstas?
-No, señor.
-Lo cual es raro..
-¿Por qué?
-En primer lugar, porque se le ha hecho a usted esta misma noche gatearlo, y luego, porque... no sería la primera vez que lo subiese para entrar en la ermita.
-¡Para entrar en la ermita, entraba por la puerta!
-¿Y nunca por allí?... Contésteme, contésteme. La pregunta no envuelve más que la natural suposición de que bien puede entrar por una tapia un novio cuya novia no se enfada porque en público la abracen.
Tornó a inmutarse Cidoncha; pero esta vez forzó su indignación al dolor de una humildad:
-Suplico al señor juez más consideración para la memoria de una mártir.
-Y yo le recuerdo por segunda vez al procesado -apresuróse el juez, duro, a replicar- su falta de derecho para hacerme observaciones. Justamente mi creencia en que la acendrada virtud de la mártir no le permitiría a usted entrar a verla por la tapia, es la que me hace pensar que sin la voluntad de ella entrara usted una sola vez por todas juntas. ¿No fue por allí por donde saltó la noche de autos?
Cidoncha cerró los ojos e inclinó la frente. El juez quiso aprovechar el momento de debilidad del acusado.
-Si no por allí, diga usted cómo entró.
-Por ninguna parte.
-Bah, se aferra usted a una negativa para todo, que más le compromete. ¿Cómo demuestra que no pasó en la ermita las horas transcurridas en la noche del 20 al 21 del próximo pasado desde la una hasta las tres? ¿Dónde estuvo, si no?
-En mi casa. Durmiendo.
-Eso, fíjese bien el procesado, no es probar lo que importa que nos pruebe. Lo sería si nos dijera: estuve aquí o allí, con tal o cual amigo.
-Pero no puedo decirlo, porque no estuve con nadie a tales horas. Estuve durmiendo, señor juez.
-Bien; ¡quiere decirse -limitóse el sagaz a lamentar- que ese sueño le sería todo lo honradamente habitual que quiera usted, pero que esta vez le perjudica!
Cidoncha, más pálido en su palidez, tornó a cerrar los ojos.
-¡Hábil, muy hábil, el juez! -le comentó Barriga a don Macario Lanzagorta.
A lo que éste rechazó:
-Hombre, no lo creo. Más bien de esto resulta la inocencia de Cidoncha. ¿Es que le avisaron que iba a haber un crimen, y que él se tendría que sincerar, para citarse excepcionalmente aquella noche con amigos?
La campanilla judicial impuso orden al rumor, aunque con una gratitud de aquel que la tocaba y que había oído el elogio de Barriga.
Y venía una novedad.
El señor juez había tomado una cajita, e hizo que un civil se la pasase a Cidoncha.
-Examínelas bien. Son del papel mismo que usted fuma, comprobado en la prisión. ¿Reconoce esas tres puntas de cigarro?
Miradas, Cidoncha concedió:
-Pueden ser mías.
-Perfectamente. Han sido recogidas en el cuarto-dormitorio de la madre de su novia. ¿Cómo explica usted que estuviesen en el cuarto dormitorio?
Había causado impresión este detalle, y más la turbación momentánea del mísero acusado. No se esperaba, y sorprendió al fin la reposadísima respuesta:
-El cuarto de la señora Cruz es la habitación mas grande y clara de la ermita, en donde, por lo mismo, ella y su hija se sentaban a coser. Yo las acompañaba.
-¿Cómo a coser? ¿Eran costureras o eran panaderas?
-Panaderas, pobres panaderas, que en los ratos de vagar tenían que atender a sus costuras.
-Y..., hombre..., ¡mire que...! Y... ¿cosieron la tarde del día del crimen?
-Sí, señor juez.
Desarmado éste, no pudo insistir. Don Macario movía la cabeza, como creyendo más cada vez en la sagacidad, o acaso en la inocencia, de Cidoncha. Sentía tener que marcharse a Sobrón al día siguiente... Despertábasele el fondo de honradez hidalga y quijotesca que había podido conservar en su apartamiento de la política del pueblo. El proceso ofrecía psicológico interés, y no cabía dudar que acababa de salir Cidoncha de un mal paso.
Otro se abocaba: el del cuchillo. Cuando Lanzagorta resurgió de su abstracción, ya lo tenía Cidoncha delante de los ojos. El duelo entre el acusador y el acusado fue terrible, personal, como un exasperado cuerpo a cuerpo. No reconocía el uno la siniestra arma. Subrayaba el juez lo chocante de tal falta de memoria, puesto que el cuchillo, de aguda punta y ancha y afilada hoja, «destinado a usos domésticos en la casa donde moraba el profesor, debía de serle familiar». «No es un cuchillo de mesa; es un cuchillo de matanza, de cocina.» «¡Eso, eso, justo!..., de cocina, de donde lo tomó usted la noche de autos y donde lo volvió a dejar después de... la matanza.» «¡Oh, señor juez!» «Y el hecho marca en toda su amplitud lo que llamamos premeditación en términos jurídicos.» Igual que siempre, a estos extremos, Cidoncha enmudecía y bajaba la cabeza.
El interrogatorio prosiguió con visible desventaja para el reo. Una hora, dos.... dos horas y cuarto. Infernal evocación de cómo el criminal hubo llegado a la ventana, asesinado a la madre al ver que era ésta quien le abrió, y no la hija, acercándose a la puerta de ésta, que tuvo apenas tiempo de despertar y empujar por dentro, horrorizada..., la lucha, el nuevo asesinato del que no pudo lograr su lúbrico designio..., y para despistar de él, «precisamente», la odiosa violación de una de las interfectas...»¿Por qué, por qué no violó usted, si no, muerta también, a aquella más bella y valerosa joven, con quien lo intentó viva inútilmente?» Esta había sido la pregunta maza del indignado valedor de la justicia, y Cidoncha, temblándole la boca, bajaba, bajaba la cabeza. Sólo habíase permitido al principio un argumento: «Señor juez, en cita o sin cita con mi novia, para entrar, hubiese llamado en la ventana de su cuarto, y no en la de su madre.» Pero echáronse de menos, ¡oh!, aquellas epilepsias que hubieron de atacar al farsante en tanto quiso enternecer a la opinión como hombre sentimental y dolorido...
Lanzagorta vacilaba, reservándose para los reconocimientos en rueda que se acababan de anunciar.
Entrados los tres presos, y puestos en fila (no había más en la cárcel: dos gitanos y un buhonero, arrugadito) compareció el sereno de la calle Pacos, a decir que a las once de la noche de autos, según costumbre, vio retirarse a don Juan Cidoncha del Liceo; le saludó:» ¡Vaya usté con Dios, don Juan!» Este estaba conforme con la exacta referencia.
Y apareció Melchor.
-¿Conoce usted al profesor del colegio de esta villa don Juan Cidoncha?
-No, señó.
-¿Ni de nombre? ¿Ni de vista?
-No, señó.
-Perfectamente. A las dos de la noche del 20 al 21 del pasado, yendo usted con unos caballos a la taberna de su amo, Pedro Ramas, vio usted un bulto como de persona bien vestida, que al sentirle se escapó. ¿Sabe usted quién era?
-No, señó.
-Si se lo presentaran a usted, ¿sería capaz de reconocerle?
-Dispense usía...; le vide tan de prisa que no sé...
-Bien. Tenga la bondad de examinar a esos cuatro hombres, y decirme si es alguno de ellos.
Momentos de congoja. Imposible más sincera la nobleza del testigo. Se fijó, se nubló su cara, y dijo, señalando a Cidoncha con el dedo:
-¡Ése es!
A las consideraciones del juez sobre la fugacidad con que habríalo visto aquella noche y lo grave de la acusación no sabía más que insistir, convencidísimo: «¡Ése es! ¡Ése es!»
Y Cidoncha, con su faz sardónica, bajaba la cabeza. Patente la contradicción. Había dicho que se recogió a las once, y a las dos andaba por las sombras de La Joya.
La angustia subió de punto al presentarse la Loreta, una mujer de treinta años, que tenía toda la traza de una honrada campesina.
Preguntas previas, y en seguida lo importante:
-Vive usted en el arrabal que da frente a la Cruz. A las cuatro de la madrugada del 21 del próximo pasado habíase usted levantado y abría la puerta para que saliese con la yunta de borricas su marido. De pronto, estando éste en la cuadra, usted vio pasar un hombre, y se asustó, por su modo extraño de ir casi corriendo. Repuesta, se asomó usted un poco y le divisó debajo de un farol, en la esquina todavía. ¿Le conoció usted?
-No, señó. Únicamente me paeció qu'era un señorito.
-Hágame el favor de mirar si pudo ser alguno de estos hombres.
Se hallaba afectadísima la pobre labradora. Desde luego que giró y divisó a los presos a su espalda el espanto descompúsola los ojos. Retrocedía, fija en Cidoncha. Hubo que darla agua. Al fin, habló con honrado y sordo acento, más aterrado por las previas advertencias del juez acerca de que sus palabras pudieran llevar a un inocente al patíbulo.
-... Debo confesal que aquella noche, señó jué (y a mi hombre se lo dije), me paeció mesmamente el que corría el señorito Saturnino, el sobrino del señol conde, poco ma-j-o meno del cuerpo y naturá d'este señol; no salió de dambos de nosotro, por sel tan grave, al sabel al meyodía que habían matao a lasde l'armita; pero rnos dijimo yo y mi hombre: «¡Fue el d'anoche!»Y ahora, señol jué, al vel a este señol y sabel que este señol mató a las probes de mi arma, que clavás las tengo aquí, ¡Dios premita castigalme si m'engaño!, pero tengo que decirlo: fue el qu'aquella noche pasó juyendo por mi puerta. El concurso se fijó en que Cidoncha era menos enclenque que el sobrino del conde de la Cruz, a la verdad, pero no más alto; en lo oscuro, bien pudo ser tomado el uno por el otro.
Y era tal en la mujer aquélla la honrada equivocación de su mentira, de su confusión, pues no cabía duda que habría visto pasar a alguno; de su autosugestión por el ambiente de monstruoso error formado en torno al crimen, que el mismo Cidoncha lo advirtió.
-Señora -dijo austera y dulcemente-, Por ese Dios que invoca la ruego que repare...
Un espasmo de la asustada y un fuerte rumor hostil del auditorio, impidiéronle seguir. Entonces sintió el frío de todos los humanos desamparos, y doblando más abrumadamente que nunca la cabeza, tuvo que apoyarse en el banco.
Todo concluido. Era la una y media de la noche cuando, con su ruido de cadenas, y escoltado por los guardias emprendió entre la apretada muchedumbre el retorno hacia la cárcel.
-¡Matailo!
-¡Cochino! ¡Cochino! ¡Criminal!
-¡Matailo!
-¡Matailo de un jinchazo!
A la misma hora, en casa de la Pelos, llegando el uno cuando el otro iba a salir, los dos por la Guerrita (una de aquellas «toreras»cordobesas que habían vuelto de Trujillo), Saturnino y el Garañón daban lugar a un suceso lamentable. Pocas palabras de Saturnino, que iba como una cuba; tirada de puñal..., e inmediata ristra de puntapiés y trompazos del Garañón, que le dejaron fuera de combate y sangrando de las muelas. Las mujeres, sin cuya intervención habría pasado más, recogieron del suelo el puñal y a Saturnino. Quería lanzarse por la puerta tras el otro, y revolvíase contra las que, sujetándole, se burlaban también un poco de su segunda tardía acometividad y de su cobardía. «Pero, niño, que te v'haser porvo,...; ¿ónde quies tú í?...» La Guerrita, enchulada, sin duda, con Gregorio. Ciego Saturnino, quiso coger el puñal y matarla, al tiempo que vociferaba en una especie de demencia sus títulos de bravo: «¡Ven, so guarra! ¡Sal de ahí! ¡Verás si tengo agallas para matar a una mujer!...¡No sería la primera... que me he visto de sangre hasta las corvas, so guarra, so cochina!...»
Acudió un sereno al griterío. Le calmó. Le dio respetuosa escolta por la calle...
Entonces la Guerrita abrió la alcoba Y salió desemblantada.
-¡Est'es er qu'ha matao a esas mujeres de la ermita! -le proclamó a la Pelos y a la otra-. ¡En Trujillo me enseñó un arañazo así en sarva sea la parte, y me dijo que la que se l'había echo a patás con las uñas de los pies fue a contarlo al otro mundo! ¡To porque yo me enfurrusqué y quería dormir y él no quería!
-¡Quítate, criatura!
-¿Que no, tía Pelos?... ¡Por éstas! ¡Había que ve cómo llevaba de sangre la camisa y de gorpes toíto er cuerpo!
El terror retrospectivo de la joven se impuso a su paisana y a la Pelos.
Ésta aconsejó:
-Pues chito y a callá. Sea o no sea, na de dile con el cuento a la justicia.
Y a la misma hora, Octavio, aristocrático y gentil, dichoso con su doble conseguido ensueño de la representación en Cortes y de tener por amante a una condesa..., a la bellísima condesa hablábala del crimen en el noble lecho perfumado, durante un reposo de sus ansias. Nadie lograba sustraerse a la obsesión de las muertas de la ermita; ni Ernesta, un poco supersticiosamente sobrecogida de terror por los dramas que la belleza de una mujer podía engendrar, por la tragedia que la belleza de la pobre Fornarina había causado..., ni Octavio, ex íntimo amigo del matador, sin saber que fuese un monstruo. Gozaban la luna de miel, interminable, yendo él a pasar las noches enteras con ella, excepción hecha de algún sábado...; y ella, tan dichosa como él, ya calmada su conciencia de traición, había ido advirtiendo con sorpresa de cuán extraño modo este cielo secreto de su carne y de su alma reconciliábala completamente con La Joya, con la vida, y volvíala mejor y más amable, incluso con el conde. Ahora, sin embargo, de espaldas sobre el brazo del feliz, en abandono de infinito, jugando con una rosa, según costumbre suya, a s'efleurer unas veces los ojos, otras los labios y otras las puntas de los senos, siempre altivos y gloriosos en la gloria de su busto estatual, estremecíase al vago horror de una pregunta.
-¿No crees tú que me mataría el conde si alguna vez nos sorprendiese?
«El conde». Nunca decía «mi marido». Placíala así ponerse en una situación teatral como de leyenda, como de ruido de historias y blasones, para más avalorar el dulce y augusto sacrificio a que el amor hubo de arrastrarla.
Con toda naturalidad sabía corresponder el hidalgo amante a la alcurnia de este sentimiento, y contestó:
-Para matarte, !oh condesa mía!..., para matarte, Ernesta, antes tendría que matarme a mí.
Solemne. Perfectamente caballeresco y romancesco.
Tanto, que en otro estremezón repuso Ernesta -tal vez después de imaginarse, sobre las sedas mismas de esta cama, negra y con la lengua fuera, estrangulada por el conde:
-¡Oh, no! Pero es que yo no quiero morir... ¡Qué fea dicen que quedó la Fornarina!...
Y esta caída a lo humano, a lo mortal, a la realidad de lo vulgar..., hizo a Octavio sonreír y ver también «al conde»en su vulgarísima realidad de vejete cursi y preocupado de los quesos y el aceite. -¡No le sería tan fácil matarme ni matarte, al pobre de tu marido! -exclamó dándola un beso de succión de caramelo en una oreja, que no era, en verdad, muy legendario, al quedarse atenido a la otra única e inconmovible realidad de la hermosura de la hermosa.
Filósofo a la moderna, a la vez que aristócrata a la antigua, se puso a razonar acerca de estas cosas de muertes y crímenes y amor. Cidoncha había matado salvajemente a su novia por verdaderos atavismos salvajes del modo como España seguía entendiendo las cuestiones sexuales: las mujeres, un perenne juego platónico de provocaciones y esquiveces; los hombres, una perpetua irritación de insaciadas rabias pasionales, y la consecuencia natural, harto frecuente, la puñalada, el escándalo, el melodrama bufo y triste del honor y de la vida. A impulsos de un mal comprendido paganismo, al que le faltaba el gesto de arte consustancial de Grecia, París, en cambio, había saltado de pronto a una reacción exagerada: la del libre bestialismo, más o menos bien vestido..., la de la desvergüenza de la mujer, que sin el sentido de la delicadeza que les da a los hombres la instrucción, y perdidos los pudores, llegaban a la indiferente y torpe ostentación, igual que de la cara, de los más escondidos rincones de su cuerpo. Esto era asqueroso, por mucho que una refinada perversión quisiese sublimarlo ... Y él, Octavio (y constábale deliciosamente además a Ernesta, sabía arrancarle al amor carnal todas, todas sus delicias, sin que ninguno de los dos perdiese aquel perfume de alma ni ella el del recato que hacíala semicubrirse rápidamente entre las sedas; así que había pasado el deliquio de pasión. A bas les pattes!, entraba ganas de decirles a las francesas con el apache estribillo parisién.
Deducía:
-Tal el amor civilizado, mitad animal, mitad angélico..., y entre París y La Joya, justamente, con nuestro amor, Ernesta mía flota la verdadera definición del digno humano amor del porvenir. Verás, recorramos un poco la historia...
-Oh la, la -le interrumpió en francés, trop humaine la condesa, más humanizada por aquella fulgurante alusión a sus delicias-. Tu n'est pas un ange, toujours, bien vrail!... à m'etouffer, à m'epanouir, à me tuer, méchante..., à me faire mourir de toi et de la rageuse envie d'apeller à tout le monde à mon secours!...
En castigo, dejando de filosofar, quiso infligirla Octavio nuevamente el tormento de los cielos..., y ella lo impidió, rota, muerta todavía...
-¡No!, ¡déjame, por Dios!... Formales ahora, muy formales. Sabes que quiero decirte una cosa de importancia, y puedo decírtela al fin: mis dudas, nuestras dudas del pasado mes, ya no lo son... ¡Alégrate, Octavio de mi alma!... ¡Estoy embarazada!
Ansiada novedad. Contingencia esperadísima. Salvo el temor de Ernesta a que él la quisiera menos cuando el vientre la creciese, los dos se volvieron locos de alborozo. Y el resto de la noche lo pasaron calculando el modo de que Octavio se ofreciese de padrino en cuanto ella proclamara públicamente la noticia...
Una siesta, Melchor, tumbado en un poyo del portal, miraba andar las moscas por el techo y pensaba en cómo diablos podrían las moscas andar cabeza abajo... Luego púsose por milésima vez a pensar que el Gato se llevaba el producto casi entero de lo que en esto de la emigración trabajaba él, y no el Gato, por los pueblos; que el Gato se divertía de juerga con los señoritos, mientras que a él teníalo como un criado en la taberna; que Gato se calzaba mensualmente treinta duros, y él quince nada más, de lo que en Madrid ganaba Petra; que el Gato le impedía, de miedo a que le cortase el pescuezo, irse a Madrid para llevarse la primer vida con su mujer y sus cuñadas...
Y repentinamente, pensando también que si ahorcasen al Gato él pudiera realizar aquel empeño, se levantó, atrancó la puerta de la casa, buscó pluma, tintero, una hoja de libreta y púsose a escribir, empleando en cada letra media hora:
«SeÑo juEr. debOd ecirle Asuseñaría qel Gato es quien amatao las de la Hermita poR ayudaunos señorito der pueblo.»
Cuando el señor juez recibió este anónimo, lo leyó y lo releyó, lo consideró, lo meditó unos diez minutos y lo tiró al cesto de papeles. Sólo que se le ocurrió enseguida que podría servir quizás de contraprueba, en el caso de ser necesario o conveniente descubrir que lo hubiese escrito algún oficioso amigo de Cidoncha, y lo recogió y lo unió a los autos.
-¡Bah! -pensó-, alguno del Liceo.
- XVI -
Atascado en lo horrible el monstruo de ignominia que fuese el profesor, el empujón de la justicia no lograba últimamente hacerle avanzar mucho hacia la horca. El juez desesperábase. Ni aun habiendo recurrido al secreto y siempre eficaz recurso de dejar que le apaleasen, que le torturasen de mil modos, acababa de arrancarle nada decisivo. Un día pusiéronle el cuerpo negro a vergajazos, curados después con vinagre y sal; otro le acuñaron los tobillos y rompiéronle un dedo de la mano por torsión..., y allá seguía, en su incomunicación completa de la cárcel, flaco y blanco como un espectro, lleno de barbas como un ogro, tirado entre las ratas y los guiñapos de su cueva como un guiñapo más, mudo, pidiendo, antes que confesar, que acabaran de matarle...
Sí, sí..., el pueblo se resignaba mal a aquella paralización en medio de la angustia; Gómez volvía a pedir en La Voz de La Joya el nombramiento de un juez especial, y don Arturo, que había ido consiguiendo borrar la antipatía de su aspecto de tardo y arrugado sapo con su enorme actividad en este proceso (el primero en que para lucir sus dotes dejaba libertad don Pedro Luis), se desesperaba y tornaba a recaer en el público descrédito.
Las puntas de cigarro, las huellas de la mano y los dedos, la ventana sin fractura, el cuchillo, los lúbricos dibujos, los testimonios del sereno, de Melchor, de la honradísima Loreta..., el cúmulo de abrumadores datos, en fin, amontonado en los primeros días con tanta rapidez, no acababa de confirmarse ni con una confesión o siquiera cotradicción del pertinaz, ni con el hallazgo de ensangrentadas ropas o de cualquier cosa de terminante acusación, tan repetida y minuciosa e inútilmente buscadas en su casa. Al revés, en cuanto de un modo personal refirióse a la prueba por Cidoncha, más bien se perdía el terreno. Habíasele permitido escribir a su familia sin otro objeto que confíarle en que no se le revisarían las cartas, y abiertas las suyas y las respuestas y vueltas a cerrar con cuidados exquisitos..., ¡nada!, ternuras, austeridades, la misma hipocresía... «Se me acusa, ¡oh, ya veis!, de haber sido el asesino de Isabel.» «Ayer me quitaron el retrato de ella que guardaba en la cartera. Era mi único consuelo de fe y de llanto en este encierro. Mandadme aquel pequeño que os mandé.» «No, no vengáis. Lo paso bien. El padre y los abuelos de Isabel me siguen enviando la comida. El error, madre, se desvanecerá, tarde o temprano, y yo seré quien vaya junto a ti. Giradle únicamente, si podéis, algún dinero a Roque»... Habían venido su padre y un hermano, habían vuelto a marcharse con el desconsuelo de no poder ver al criminal, con la pena de no poder hacer en su descargo absolutamente nada más que dejarle al juez otras antiguas cartas del malvado, y su presencia de pobres campesinos no había servido, en todo caso, sino para rectificar el que Cidoncha fuese de distinta condición social que Isabel, por su origen de familia, y aquellas nuevas cartas no habían hecho más que corroborar la hipocresía de sus cariños. «Madre, esta mujer es una santa, me casaré con ella, y estarás orgullosísima de la madre de mis hijos.» «Creo que en octubre se efectuarán al fin las oposiciones. Las ganaré, y la boda se efectuará inmediatamente»... ¡Nada! ¡Nada!¡Nada!...
Así habían ido transcurriendo los días y las semanas; así quedaban como única, fría y triste verdad en el camposanto aquellas muertas, gala de La Joya poco hacía con su virtud y su belleza, y que ahora con su horrible gesto eterno esperarían el rigor de la justicia de los hombres. Y así amenazaba transcurrir Dios supiese cuánto tiempo.
Pero terco, más terco que Cidoncha, el juez no se rendía. Otra paliza. Otro intento de tortura, encargando a los guardianes que voceasen los nombres de Cruz y de Isabel y que diesen gritos como de ultratumba por las noches. Otra y otra investigación desbaratando muebles, alzando uno por uno los ladrillos y excavando en los corrales de la casa del bandido... Cuando menos, esto, que permitía no cesar en las siempre aparatosas salidas del Juzgado, entretenía las ansias de don Pedro Luis y del pueblo entero, sobre todo, extraviado en fantasías locas que servíanle de pasto a la sorda murmuración con motivo de las frases por Saturnino pronunciadas en casa de la Pelos... Él habría sido el matador..., durante alguna de aquellas furiosas inconsciencias de demente a que las borracheras le arrastraban; y Saturnino, el dignísimo sobrino de condes y marqueses, con su mera presencia hacía cesar las conversaciones del crimen en cuanto entraba en el casino; no las sacaba nunca, por su parte, y extrañando aquella muda hostilidad, se iba pronto y se emborrachaba solo, para olvidar la exaltación infame y pasajera de las gentes. Mariano Marzo, harto de ser acosado con la absurda especie relativa al camarada, en las tertulias, también había ido a refugiarse en los desiertos de un cortijo.
Y he aquí que una tarde, Roque, que, venciendo su horror hacia la ermita por el no menos horrible afán de descubrir a los malvados, solía acudir a ella desde que los demás la fueron dejando en abandono, tuvo un hallazgo singular: un farol, rodado frente a la fatídica ventana, bajo las terreras hojas anchas de unas matas de sandía... Era nuevo. No era suyo. Si perteneciese al criminal y estuviese allí desde la noche lúgubre, bien claro proclamaba la torpeza con que la gente de justicia, después de tanta búsqueda, hubo de buscar. Desconfiado de estas gentes de justicia que de tal manera torpe y cruel mantenían la acusación contra Cidoncha, tomó el farol, no dijo una palabra, y entregóse a indagaciones por sí mismo. Al día siguiente, Benito López, uno de los tres hojalateros de La Joya, reconocíalo como construido en su tienda para el Gato: fecha, dos meses atrás: reconfirmaciones absolutas, la del oficial que lo manufacturó, con el detalle de las correderas de recambio para aceite y para vela, y la del aprendiz que lo llevó... ¡Ah!, nuevamente brincó en las entrañas de Roque el instinto que gritábale que no podía ser más que el Gato el asesino. Llorando recabó y obtuvo de los hojalateros la promesa de no negarle al juez la que a él le confesaban, y llorando de triste certidumbre le llevó el farol al juez..., que enfurecido al pronto con Roque por suponerle obseso contra el Gato y capaz incluso de querer perjudicarle con cualquier falsedad, acabó reconociendo que no sería fácil que el farol estuviese en poder del pobre Roque, medio tonto, si no lo hubiese hallado tal como lo decía. Hizo, pues, comparecer a los tres hojalateros, y recordó, en fin, a la vista de las rotundas afirmaciones, el forro del librito manchado de sangre, y el anónimo (ya probado de letra extraña a Roque y a sus suegros) en que señalaban la complicidad del Gato para «ayudar a un señorito». Bah, esto sí, principalmente..., porque no destruía la realidad fundamental de que el señorito era Cidoncha.
Noche de reconstitución mental de hechos y de nuevas reflexiones para el juez. Recluido en el Juzgado, hasta las doce permaneció con el anónimo y el librito delante de los ojos. Éste había cobrado una importancia colosal desde que, enviado a la Real Academia de Madrid, fue devuelto con un autorizadísimo dictamen: sólo eran de sangre humana sus manchas, y no las del cuchillo. Por cuanto al anónimo, decía: «...Por ayudaunos señorito der pueblo...»; y dejando por cuenta de la malísima escritura aquellas de unos en plural, quedaba un señorito... ¡Cidoncha! Todo le iba bien a don Arturo mientras no le quitasen al profesor de entre las uñas, y hasta convenía la novedad con las dobles huellas de pisadas de la ermita. «Cidoncha habría pagado al Gato para que sujetase o matase a la madre en tanto él se entendía con Isabel».
Sin embargo, prudente, e imitando el proceder de Roque, al otro día recorrió en persona los estancos. Pudo sentir el sagaz los calofríos de su victoria: la marca de libritos Duc únicamente se expendía en dos; y en el más próximo a la oficina-taberna del Gato, comprobáronle que éste «la gastaba». Orden de detención. Otra comparecencía del Gato, tan sereno, en el Juzgado; pero esta vez, tras de sus contradicciones y negativas en sus careos con Roque y los tres hojalateros acerca de que el farol fuese suyo, con su cínica serenidad y todo, fue a la cárcel.
Tres días después, grandes noticias recorrieron eléctricas La Joya: la culpa de ambos presos estaba manifiesta: el señor juez, que siempre ahora personalmente dirigía las investigaciones, y que, calculando que el doble rastro de sangre por la puerta y la tapia deberíase a que los criminales se apartasen al salir, escapándose Cidoncha por el lado del arroyo..., entre el alpechín y los limos del fondo del arroyo había encontrado un encendedor mecánico de níquel, caro, con mecha y borlas de seda, de los que para fumar usan nada más los señoritos, y en el pozo del corral del Gato una chambra de campesino y un cuello planchado y unos puños sin gemelos, horriblemente manchado todo ello de sangre.
Los hechos comenzaban a arrojar sobre el proceso sus terribles elocuencias: «el Gato y Cidoncha se habrían reunido en la casa de aquél, y después del crimen, para lavarse, para mudarse de ropas, para hacer desaparecer todos los rastros...; y se recordaba que no fue a las dos, sino ya al amanecer, cuando muchas gentes habían visto al Gato con Marzo y Saturnino partir hacia la feria; que bien podía el Gato haberse separado de éstos una hora a pretexto del arreglo de su mula en el corral, que hasta tal cosa de tener con él toda la noche en la taberna a personas respetables pudo ser para el taimado la preparación de la coartada..., y que, fiando en que Marzo y Saturnino estuviesen como uvas, Cidoncha osara volver a la casa del cómplice, quizás saltando también por tejados y bardales. Y últimamente, si en el pormenor pudiese haber puntos confusos, en lo principal, en lo tan esperado por todos, en la prueba de hechos y de cosas, allí estaban el farol y la chambra del Gato..., el mechero, los puños, el cuello y el pañuelo de Cidoncha. ¡Claro es que ninguno de los dos reconocíanlos como suyos! Pero ¡ya era esto lo de menos!»
Volvía el proceso a la agudeza de interés, con sus declaraciones solemnes y sus procesionales salidas de los reos y del Juzgado. Entre los hierros de las esposas veíasele al profesor (que ya no era sombra de sí mismo, sino algo inmundo y repugnante) una mano entablillada, y entre las barbas, equimosis y heridas de los golpes. El Gato, en su primera conducción a la ermita, no llevaba por la cara señal de golpe alguno; en las siguientes, sí, y esto confortaba a las gentes. Le habían odiado tanto como habían temido, en particular el grupo de señores por él atracados tiempos atrás, al salir de la ruleta; y bien sujeto esta vez por las argollas de un delito más terrible que la muerte aquella del pobre aperador, casi se alegraban de que lo hubiese cometido para verle, al fin, en rápido camino, hacia la horca. de donde no se vuelve, como de Ceuta...
-¡A la jorca!, ¡a la jorca con los dos!
-¡Matailos!
-¡Cochinos! ¡Granujas! ¡Criminales!
A Cidoncha temblábale la boca de dolor, y no alzaba los ojos. El Gato lanzaba miradas tremebundas.
Una noche se desmayó en la plaza una joven forastera. Era la Guerrita, llegada con la Pelos a presenciar la triste procesión, igual que el pueblo entero de La Joya.
-¡Pobresillo! -había exclamado con gran estrépito de llanto al paso de Cidoncha-. ¡Debían sortarlo y prendé a... otro, que asín son las cosa d'este mundo!
Y como, oída y comprendida por unos socios del Liceo, éstos iniciaron en favor de su ex jefe una protesta, la Guardia Civil, por lo pronto, de orden del juez, realizó tres o cuatro detenciones; de orden del alcalde, a las veinticuatro horas se hizo salir de La Joya a la Guerrita, y, antes de terminar la semana, quedó clausurado el Liceo y disuelta la Sociedad Obrera, de orden del señor gobernador de la provincia.
¿Oyó, entendió Cidoncha aquellos gritos, que en su rigurosa incomunicación de cuarenta y tantos días llegábanle como primero y mínimo consuelo?
Acaso no. Atravesaba ya la multitud envuelto, con la fija imagen de Isabel, en la majestad de su calvario. Las injurias, los escupitajos de abominación caíanle sobre una coraza impenetrable. Dijérase que no esperaba ni deseaba sino la purificación de la ignominia de la muerte para unirse, en no se supiese qué regiones de pureza, mártir también, con la bella mártir por la afrenta y la barbarie arrancada de la vida.
Por eso no advertía siquiera que desde que prendieron al Gato, el odio, mayor a éste, o lo que fuese, amenguaban las públicas sañas contra él. Por eso no advertía tampoco que en la especie de teatro fúnebre en que las vanidosas tolerancias del juez seguía convirtiendo para unos cuantos los interrogatorios del proceso (don Atiliano de la Maza, el registrador y el jefe de Correos, Lanzagorta... Gil Antón, ahora llegado con sus estrellas de teniente), la antigua cerrada hostilidad de los extraños iba dulcificándose en piedad.
-¿Conoce usted este cuello y estos puños?
-No, señor.
-Vuelva a fijarse bien. No están limpios; pero puede reparar en la forma y los pespuntes y decirnos sí son suyos.
-No, señor.
La suegra de Roque tampoco los había reconocido como pertenecientes al profesor, cuya ropa lavaba y planchaba. Además, el cuello de pajarita, y Lanzagorta y muchos recordaban que Cidoncha usábalos a la marinera.
-Vea el procesado con más calma que otras veces si es de su propiedad este mechero.
Lavado del cieno del arroyo, aparecían nítidos su níquel y el sedoso borlón verde y escarlata de la mecha.
-No, señor -dijo monótono Cidoncha, sin más que una leve obediencia de examen por mera cortesía.
-Pero ¡señor! ¡Si no se fija usted!... ¡Hágame la merced de tomarlo entre las manos!
Obedeció Cidoncha, venciendo las fatigas infinitas que le causaban la pesadísima cadena y las más pesadas y estúpidas preguntas; y, sin mirarlo apenas, insistió con desaliento, después de unos segundos: -Para afirmar que no es mío, no creo tener que fijarme, señor juez. No he gastado nunca encendedor.
Roque, los suegros de Roque, el director del colegio y varios socios del Liceo, efectivamente, habían hecho constar que nunca le vieron a Cidoncha este lujoso y llamativo mechero, ni ninguno. Para colmo, Lanzagorta y el señor de la Maza, que veíanlo limpio por primera vez, se estaban cambiando visajes de horror y de sorpresa al recordar aquel colorinesco borlón de sedas pendiente del bolsillo de Saturnino de la Cruz.
-«¡De él, de Saturnino!»
-«¡Sí, de Saturnino!» -cambiaron en voz baja.
Y lo mismo que ellos, seguramente, corroboraríanlo cuantos estaban hartos de admirarle o de envidiarle al sobrino del conde el bonito encendedor comprado en Córdoba. Habíalo sacado siempre en el casino con igual fanfarronería que lo llevaba por las calles con la borla fuera del bolsillo, a modo de punta de pañuelo, y él propio les explicaba que tal era la moda de llevarlo, y de seda la mecha, por eso, a cuantos extrañaban que así lo guardase.
¡Ooooh! ¡Gravísima la consecuencia de este indicio!... Pero, volvía el juez a las preguntas, y don Atiliano y don Macario le restituyeron su atención.
-En la noche del 20 al 21 de mayo, luego que a las once hubo salido del Liceo, ¿estuvo usted haciendo tiempo por las calles, o en su casa, para ir después a una taberna?
-No, señor.
-¿Conoce usted a Pedro Ramas Izaguirre, llamado el Gato, vulgarmente?
-Sí, señor; de vista y de nombre.
-¿Desde cuándo? ¿Tiene con él intimidad?
-No le he hablado nunca.
-¿Hasta la noche del crimen?
Silencio e inclinación consabida de la frente en el reo. Indignación e impaciencia en el juez.
Se hizo pasar al Gato. Tanto más su situación se había empeorado, cuanto que la sangrienta marca del paño de la mesa y las huellas de rústicas pisadas examinadas mejor por los médicos Carrasco y Pardo del Corral, en vista del fracaso de Barriga (que afirmó de sangre humana las del cuchillo en que hubo de negarla la Real Academia de Madrid) coincidían exactísima, palpable, indubitablemente con su mano y con los zapatos de clavos encontrados en su casa.
-¿Dónde arrojó usted el cuchillo con que mató a Cruz López Benito?
-En denguna parte. Yo no he matao a naide, señor jué.
-¿Nunca? ¡Hombre, qué inocencia! ¿Ni al aperador del señor Rivas?
-Por aquello cumplí lo mío, y na tié naide que decí.
Tosió significativo Lanzagorta. Letrado también, desaprobaba los comentarios y la manera de interrogar del compañero.
-Bien. Si la blusa hallada en el pozo de su casa no es de usted, según afirma, ¿cómo explica que en el pozo se encontrara con los puños y el cuello del procesado Cidoncha?
-¿De quién? ¿D'este señó?... No lo puó explicá de mó denguno. Si er tiró er cuello y los puños ar pozo de mi casa, ér tiraría tamién la blusa y sabrá de quién demónganos pua sé.
-¿Conoce usted a don Juan Cidoncha y Moyo?
-No, señó.
-¡Hombre, qué afán de negar y de contradecirse! ¿No acaba usted de decir que es este señor? ¿No comprende que así se perjudica?
-¡Contra! Qué prejudica ni... Conocele claro está que le conozco, sobre to dende que con ér m'han traío ostés aquí...; pero, vamos, quió decí que no le trato.
-¿Que no le trataba usted... hasta la noche del crimen, o, con mas exactitud, hasta que algunos días antes de buscase a usted para ajustar la muerte de la Cruz López por un tanto?
-¡Coile! -revolvióse el Gato hacia Cidoncha-, ¿ér ha dicho eso?
-No -apresuró a aclarar el juez-. Lo digo yo, infiriéndolo de hechos comprobados.
-Pos miente osté, señor jué... y perdóneme su señoría.
Fue llamado al orden. Lanzagorta volvió a darle al colega de la Maza con el brazo y aun le susurró: «¡Se le emplea! ¡Es torpe y tonto don Arturo como él solo!»
Y siguió el contrariado juez su táctica de supuestos:
-¿Cuánto percibió usted de Cidoncha por el compromiso de ayudarle? ¿Cien pesetas?... ¡Hay motivos que permiten creer que cien pesetas!
-Pero, ¡hombre! Por las ánimas bendita, señor jué! ¡Cien peseta!... ¡Bueno!, ¡cien peseta!... ¿Es que asín, sin más ni má, pa matá un cristiano, por cien cochinas peseta cré osté que se pué comprá un hombre como yo, que gana er triple en una hora que quiá en su oficio regolverse?... ¿Es, además, que cré osté que en toa su vía ha podio tenel este señó pa mandal rezal a un ciego?... ¡Hombre, señor jué, por Dios y por los santos, que va osté iciendo casandés que canta el credo.... y usía que disimule si le farto!
Irrespetuosa la réplica, pero formidable el argumento. El profesor, que apenas había tenido para comer en casa de unos pobres, mal tendría para comprarle el compromiso de su vida a un hombre que nadaba en la abundancia. Y se desconcertaban el juez y el auditorio, porque si resultaba absurda la complicidad de ambos procesados por dinero, más absurda resultaba por una alianza de amistad que nunca habían tenido; a estas cosas se iba con los íntimos, y nada más; y justamente los íntimos del Gato, por colmo de confusión y de ironía, y por mucho que en su contra hablaran los hallazgos del pozo, eran dos personas respetables que persistían en declarar no haberse separado de él aquella noche.
Un lío. Un lío del que el juez no sabía desenredarse. Como siempre, cortó su irritación haciendo salir a los presos. Un alguacil se le acercó, a una señal imperceptible. «¡Que le den leña en firme, hasta hacerle confesar!» «¿A los dos?» «¡No al Ramas!», limitó el juez, compadecido siquiera del contraste de humildades de Cidoncha con las insolencias del Gato insolentísimo.
Y dio por terminada la sesión.
-Bueno, compañero -manifestábale en la puerta Lanzagorta-; ¡para mí que Cidoncha es inocente! Bufó el juez y le dejó con el sarcasmo de aquella fe en las inocencias de un canalla entre los labios. A pesar de lo cual, no fue otro que el tema de la posible inocencia de Cidoncha, defendido por el bilioso y corpulento don Macario, y aun apoyado por don Atiliano de la Maza, el comentario de la tarde en el casino. Ambos aludieron insidiosa y repetidamente al bonito encendedor..., aunque sin permitirse nombrar a Saturnino, como no lo habían hecho ni entre ellos propios a la vuelta del Juzgado, por no agravar el terrible runrún que corría respecto a aquél, con algo de directa y fundada inculpación ya más terrible.
«¡Ese hombre, ese desgraciado de Cidoncha, no debía seguir un minuto más en la cárcel!»
Tal la conclusión de Lanzagorta, aprobada por muchos, y especialmente por Gil Antón, con la indignada entereza del justiciero y recto espíritu militar aprendido en la Academia.
Y..., ¿qué? ¿Por qué no se veía a Saturnino en las tertulias? ¿Era que, siendo un criminal, temíale a su conciencia, o que, siendo sencillamente un cobarde, huía del Garañón, desde aquella tanda de trompazos en casa de la Pelos?... Preso el Gato, enemistado el Garañón, Marzo en su cortijo, el Curdin-club se había disuelto; o cuando menos, quedaba reducido a la pareja que formaban su eternamente mudo e insociable presidente y el sobrino del conde de la Cruz. Uno y otro, sin hablar, ¡muuú!, borrachos como cubas, cruzaban sombríos el pueblo, recorriendo las tabernas.
Pero la opinión obstinábase cada día más en creer culpable a Saturnino. Siempre usó los cuellos de pajarita, y era, principalmente, abrumador el dato del mechero. La misma pertinaz ausencia del noblote Marzo le acusaba porque quería significar, sin duda, que sabría el crimen, realizado por su amigo y por el Gato, mientras él aquella noche, apercibiéndose a la feria, hubiese ido a su casa por dinero y por el potro; y que por no tener que defenderle o delatarle se apartaba de las gentes.
Volvía el proceso a atascarse, entre la irritación creciente de La Joya. El juez volvía a recibir anónimos tachándole de inepto. Algunos, tres, cuatro, en pocos días, de letras varias y correctas, indicaban:
«El encendedor es de Saturnino de la Cruz.»
¡Caramba!
Otro, otros dos, en poco tiempo:
«El encendedor es de Saturnino de la Cruz.»
Acabó por preocuparse. Alejado de tertulias, y sordo a insidias de la vulgar maledicencia, los públicos rumores no llegaban hasta él. Los rechazaba, los atajaba, cuando se los querían comunicar sus subalternos, como había hecho al intentar don Macario razonarle la inocencia de Cidoncha. Un sensato magistrado, y principalmente si ya tenía la buena pista, no debía en manera alguna dejarse influir por neurosismos. Sin embargo, percibió la importancia de dilucidar si el mechero fuese o no del profesor: «Si lo fuese, su condenación quedara explícita; y si no, si perteneciese en realidad a Saturnino, la cuestión, sin quitarle ni ponerle nada a la culpa de Cidoncha, quedaríase reducida al extravío de un más o menos valioso objeto, que se le devolvería a su amo.» Delicadamente, pues, una mañana, presto a ahorrarle a una persona digna las siempre odiosas expectaciones del Juzgado, con el escribano y un amanuense, que hubieran de consignar la resultancia, se fue a ver al sobrino del conde.
Eran los doce. Pura, al recibirlas, sufrió una crisis nerviosa. El galante juez poeta tranquilizó a la bella dama. La informó. La entregó el mechero, puesto que su señor marido hallábase durmiendo aún, y no había que levantarle.
-Se trata, señora, únicamente, de que nos diga si es suyo..., y en caso tal, puede, desde luego, retenerlo.
Pura Salvador, muy pálida, con la niña en brazos, a los diez minutos, tornó a aparecer en el antiguo salón, alhajado austeramente por el párroco don Roque, y que realzábala sus plenas dignidades de madre en un santo ambiente familiar. Habíala costado trabajo despertar al marido de una profunda borrachera.
-No, señor Juez; dice que no es suyo.
«¡Luego es... del otro!», pensó el juez. Y hecha constar la manifestación en los autos, acabó la diligencia.
Otra larguísima semana. Los presos, en su fondo de la cárcel; el público, impaciente; el Juzgado, en la tarea de depurar lo respectivo a los puños y el mechero. Ya que la visita a los estancos resultó para el librito, visitábanse las tiendas. Mecheros como aquél no se vendían en La Joya. Los fenómenos, en cambio, mostraron cuellos y puños idénticos a los que habían sido devueltos por la Academia de Madrid con el dictamen de ser de sangre humana sus manchas; sin embargo, expendían muchos a mucha gente, y no podían determinar a quién ni cuándo hubiésenles vendido aquéllos.
«¡A Saturnino Cruz, sin duda!», les manifestó a sus dos hermanos el hermano mayor de Los fenómenos, que era el más feo, así que el juez hubo traspuesto, 35, el número del cuello. Nadie tiene el pescuezo tan delgado como él.
Y lo que por miedo a la justicia, tratándose de quien se trataba, especialmente, dejó de figurar en el sumario, desde la boca de Los fenómenos mismos fue misteriosamente pasando a engrosar, como prueba irrecusable, el público rumor.
Don Macario de la Maza, Gómez y Gil Antón arreciaban sus defensas de Cidoncha.
Gómez volvió en su quincenario a publicar sendos artículos, que a toda plana encabezó con letras grandes:
«NO HAY DERECHO A SOSTENER LA PRISIÓN DEL PROFESOR, Y MENOS SU INCOMUNICACIÓN ABSURDA, INÚTIL Y ANTIHUMANA.-EL COMERCIANTE QUE VENDIÓ LOS CUELLOS Y LOS PUÑOS SABE A QUIEN SE LOS VENDIÓ.»
No osaba a mayores determinaciones. Hallábase descorazonado, porque los colegas de Badajoz, en vista de que la prensa de Madrid no decía nada del crimen, tampoco hablan vuelto a copiarle ni a mencionar siquiera sus trabajos.
Gil Antón, en cambio, una noche, incapaz su caballeresco espíritu, cultivado por la religión de honor de la Academia, de resistir más la iniquidad que se estaba cometiendo, se encerró en casa y escribió un valiente artículo para El Liberal. Después de relatar el crimen sumariamente, clamaba por la libertad inmediata de Cidoncha, del mártir cuya inocencia demostraba examinando y echando abajo una por una las acusaciones del sumario.
No habían logrado hallar en su vivienda un solo dato no ya comprometedor, que ni siquiera sospechoso. Al revés, muchos que le abonaban: las cartas de su familia, como prueba de la pasión noble por la novia con quien pensaban casarse; la especie de divinización de ésta hecha en el retrato para el estandarte de la Virgen; los solícitos cuidados de los parientes de Isabel, novia del preso; las francas declaraciones de los mismos acerca de haberle sentido entrar la noche del crimen a las once, según costumbre, sin haber vuelto a percibir ruidos de puertas... Y. por otro orden, sus antecedentes de honradez acrisolada; su falta de recursos para comprar complicidades; la plena claridad con que el marido y padre de las víctimas establecía su persuasión de no creerle delincuente y de la posibilidad de encontrar colillas de cigarros suyos en el cuarto de la Cruz, porque allí ellas se sentaban a coser y Cidoncha a acompañarlas. Destruidas, pues, en el alegato acusador aquellas sospechas del cuchillo, de las huellas de las manos y los dedos, que correspondían a los del Gato; del encendedor inconfundible, del cuello, de los puños, pertenecientes al otro verdadero criminal, y el testimonio de Melchor sobre haberle visto a las dos de la mañana por las calles, tanto más dudoso cuanto que Melchor, criado del Gato, habríalo así depuesto falsamente por intimaciones y consejos de su dueño (con lo cual resultara encubridor, y, lógicamente, procesable, a pesar de hallarse absurdamente libre todavía...) sólo quedaba en pie y con alguna fuerza aquel otro testimonio, sincero, sin duda, pero equivocado, de la Loreta, referente a HABER CREÍDO VER al profesor volviendo de la ermita al rayar el alba-«Ahora bien: la buena mujer, cuyo contagio de la pública obsesión contra Cidoncha, en los primeros días de desorientación, fue el que debió inducirla a una tal afirmación alucinada, en sus propias declaraciones había hecho constar de un modo espontáneo que al principio pensó que fuese el fugitivo... otro señorito del pueblo..., justamente aquel sobre quien recalan ahora todas las sospechas, llena la cara aún de señales de arañazos, amigo íntimo del Gato, dueño del cuello, de los puños, del encendedor..., y que sin embargo, por hallarse emparentado con altos personajes, continuaba, lo mismo que el Melchor, en la misma libertad incomprensible. Lejos del ánimo del articulista la delación, absteníase de citar nombres que aún no habían figurado en el proceso; pero recogía hechos que eran ya verbo de fe en la conciencia popular, generosa aunque tardíamente reaccionada en favor del profesor, y pedía, fundado en ellos, que, se encarcelase o no a quien juzgaran oportuno, cesara inmediatamente, cuando menos, aquella infamia de hacer pagar las culpas de otro a un inocente..., a un hombre de meritisima historia de trabajo y de humildad, de altruismos, de virtud, de abnegaciones y bondades bien probadas en La Joya.
Escrito esto con vibrantes tonos en el aislamiento de quien no necesita juicios ni auxilios de los demás para dejar cumplido un mandato de su honor, el joven lo envió a Madrid sin decirle a nadie una palabra; y fue una bomba de fuego o de luz El Liberal, llegado a los tres días con el artículo en sitio predilecto.
La Joya se conmovió. Se vio al juez y al alcalde y a Jarrapellejos andar azoradísimos en secretas conferencias. Gil Antón cobró aureola espléndida de héroe.
-¡Oh, sí! -atrevíase Lanzagorta a proclamar en el hervidero del Casino-. ¡Sin duda que en la educación militar van quedando refugiados los últimos deberes de una sociedad que se pudre a todo escape!
Decíase que iban a procesar a Gil Antón; que iban, si no, a solicitar su arresto, de sus jefes, por infracción de la ordenanza referente a la pública emisión de juicios y protestas sobre asuntos de justicia. Mas no lo procesaron. Lanzagorta, De la Maza, Gómez y el mismo Octavio..., ¡al fin!, el mismo Octavio, apareciendo en el Casino, sostenían, después de haber sostenido éste, con su autoridad de diputado, igual criterio contra el juez, que si el joven teniente pudo incurrir en alguna culpa, harto redimido quedaba de ella por su intento generoso...
Fueron a verle por la tarde. La explosión de compasiones por Cidoncha ahogaba a todo el mundo. Urgía volver al alma del martirizado infeliz algún rayo de esperanza, algún resquicio de claridad por donde pudiese empezar a vislumbrar que el mundo no era tan torpe, tan miserable y tan cruel que le hubiese dejado enteramente en abandono. Entre Lanzagorta, Gómez y Gil acordaron quebrantar la incomunicación del preso con una estratagema: visitaron sin pérdida de instante a Roque y a los abuelos de Isabel, que estaban llorando de alegría y de gratitud; conviniéronse con ellos; metieron el recortado artículo de El Liberal en el interior de un panecillo... y aquella noche, en su cena, el desdichado pudo, acaso, si no llegó a estorbarlo la inspección del carcelero, recibir por primera vez la inmensísima alegría de saber que alguien, fuera de la cárcel, preocupábase de retomarle a la vida y al decoro.
Gil Antón recibió telegramas de El Liberal y de más de veinte periódicos rogandole diarias informaciones del crimen. Pero, cumplida su única obligación de alta humanidad para con Cidoncha, y esperando el resultado, comprendió que no debía insistir. Gómez y un joven auxiliar de las escuelas, socio del Liceo, (que continuaba clausurado), tomaron el encargo por su cuenta. Aquella misma noche llevaron a Telégrafos despachos nada cortos para El Liberal, para El Imparcial, el Heraldo, La Tribuna, el A B C..., sino que antes de que pudieran gozar la satisfacción de verlos impresos, y Gómez particularmente, ya que en ellos autobombeaba de lo lindo su periódico, Jarrapellejos, tan pronto como al día siguiente se hubieron levantado, mandólos llamar a la Alcaldía y les desilusionó completamente: los despachos no habían salida de La Joya. Valiéndose de súplicas, primero, y de razones (siempre diplomático), les quiso hacer entender la improcedencia de complicar el ya de suyo más que complicado crimen de la ermita con ruidos y alborotos de la prensa de Madrid. Esto no conduciría absolutamente a nada, como no fuese a dejar a merced de extraños los asuntos de La Joya. Y, en fin, por si no le bastasen al arisco Gómez las dulzuras, se cuadró en sequedad lo suficiente a dejarles clarear que seguiría interceptando los telegramas y aun la correspondencia postal, a ser preciso..., aparte suspenderle al uno La Voz de La Joya y al otro la auxiliaría de las escuelas en cuanto volviese a llegar sobre el asunto ni una letra impresa de Madrid.
Partidos éstos, cabizbajos..., el gran Jarrapellejos, hombre de verdadera majestad en las grandes ocasiones, hizo venir a Gil Antón a su presencia. Sonriendo ahora, porque le temía bastante más que a las rebeldías y a los puños de Gómez a la entereza militar mostrada por el chico, empezó por darle un puro y explicarle que el crimen de la ermita, dada su complejidad y su misterio, y hasta dado lo que de tiempo atrás se susurraba acerca de la culpabilidad... de cierto joven pariente de respetabilísima persona, y sobre cuya honra se arrojaría una imborrable y sensible mancha si al cabo no pudiera confirmarse tal culpabilidad..., merecía ser tratado con toda discreción, sin. apremios ni algaradas de la prensa. Eructó, porque acababa de almorzar, y recalcó:
-¿Comprendes, Gil?... Tú, que eres un hombre de honor, imaginarás la especie de moral y aleve asesinato que significara tal baldón para otro hombre, a ser injusto, lanzado sobre el suyo.
Lo comprendía Gil, sin necesidad de que don Pedro Luis se lo advirtiera, por lo que había reservado cuidadosamente el nombre del presunto cómplice del Gato, a pesar de todos los indicios...; y conforme, desde luego, con dejar libre en este punto la acción de la justicia, no lo estuvo tan del todo en el requerimiento de don Pedro acerca de que volviese a telegrafiarle a El Liberal y demás periódicos que le habían solicitado, asegurándoles que, salvo en el posible error respecto a Cidoncha, el crimen, vulgar por sí, no tenía importancia...
-No, don Pedro, yo no digo eso.... que en cierto modo valdría tanto como meterme a falseador de la verdad. Diré, por complacerle, que he transferido a usted la misión de telegrafiar, y... usted se lo telegrafía, si quiere, por su cuenta.
-¡Bravo, muy bien, Gilito; da lo mismo! -agradeció Jarrapellejos-. Lo haré para que nos dejen en paz y no nos empiecen a marear con corresponsales. Capaces serían de inundarnos esto antes de tres días. Y por cuanto a Cidoncha, descuida; saldrá libre. Acabo de indicarle al juez que lo traslade a un calabozo mejor, y que le levante la incomunicación cuanto antes.
Gil Antón quedaba satisfecho. Partió.
Jarrapellejos recapacitó un instante, volvió a eructar y púsose a escribir:
«Muy señor mío y de mi consideración más distinguida: En este tranquilo pueblo, modelo de vida honrada y de virtudes, por excepción, se ha cometido un crimen vulgar...»
Así empezaba la carta circular y de índole privada (sí, sí, preferible a despachos telegráficos) que iba a remitirle a la prensa de Madrid.
- XVII -
La Joya acogió con alborozo la mejoría en el trato de Cidoncha, si bien lo del levantamiento de la incomunicación, dispuesto pocos días después de la promesa de don Pedro, no resultaba verdad completamente. Recluido Lanzagorta en la pasiva satisfacción del triunfo, y ausentes Gil Antón y Octavio (únicos con interés y autoridad para llegar al preso), aquél, por haber tenido que incorporarse en la Remonta de Jerez a su destino, y el elegante diputado, por tener que recibir en Madrid inspiraciones de la Junta central de las fiestas constantinianas, que iban a comenzar en toda España con gran pompa, no se permitía a nadie ver al profesor; y menos a los amigotes del Liceo; y menos aún a Gómez, temiendo a la interviú, en su periódico. Haberle dejado celebrar una sola y sentidísima entrevista con Roque y los suegros de Roque y cruzar con Antón dos cartas, de inmensa gratitud del corazón las suyas, de oferta de no desampararle hasta obtener su libertad, las del teniente; consentirle la correspondencia otra vez con la familia y leer a diario El Imparcial. A esto reducíase todo.
Sin embargo, bueno era haber iniciado el paso atrás, hacia la vida, hacia la restitución de dignidades, en el feroz camino de crueldad inaudita que se quiso llevar con tanta rapidez hacia adelante..., hacia el escarnio, hacia el patíbulo.
Y otra de las inmediatas consecuencias del artículo famoso, contra el cual trinaba Gómez, porque había logrado un éxito que él no pudo conseguir con ciento en su bonito quincenario, fue la prisión de Melchor, como encubridor o cómplice, seguro. Negaba, igual que el Gato; negaba que él hubiese visto ropas con sangre ni hubiese ayudado a nadie a lavarse ni a ocultarlas; negaba que el Gato hubiérase movido de la taberna aquella noche; negaba la nueva perspicaz suposición del juez referente a que don Saturnino y don Mariano hubiesen estado tan borrachos que hubiéranse dormido un par de horas sin noción del tiempo ni de lo que les pasara alrededor..., y, naturalmente, tras varios de estos inútiles interrogatorios, el juez mandó que le zurrasen...
Iba a recibir hoy la segunda paliza. A presencia de un alguacil, el enterrador y carcelero Tinoco le había amarrado de bruces a un tablón, le había puesto, como novedad, un torniquete en un tobillo, y requería el vergajo, arremangándose hasta el codo.
Melchor le observaba con espanto, y sentía el aviso de dolor del torniquete. En la urgencia de evitarse la tortura del hierro aquel que le iría a partir los huesos meditaba. No tenía por qué callar. Hubiera de resultar más que estúpido sufriendo por el Gato, cuando justamente estaba deseando que le ahorcasen. Cantar, pues, decirlo todo, y que a él inmediatamente le soltasen para tomar el tren mañana mismo e irse a vivir con la Petrilla como un duque. ¿A qué, si no, escribió el anónimo?... Y puesto que ya el apaleador se escupía las manos, exclamó:
-¡Eh! ¡Arto, tío Tinoco! ¡No me pegue!... ¡Voy a hablá! ¡Ahora mesmo les quió contal a ostés lo sucedío..., y er que l'haiga hecho que la pague! ¡Er Gato er mataó, y don Mariano Marzo y er señorito Saturnino!
Quedó el vergajo por el aire. No muy sorprendido el alguacil al nombre del señorito Saturnino, mas sí de oír mezclar el de don Mariano Marzo directamente en el crimen, se acercó y escuchó el segurísimo relato que le hizo el maniatado.
-Bueno..., y todo eso, ¿se lo repetirías lo mismo al señor juez?
-¡Y a la Custodia!
-Perfectamente.
Le aflojó las ligaduras; dejó a Tinoco en vigilancia, vergajo en mano, por si acaso; partió..., y a los veinte minutos llegó el juez al calabozo. El alguacil, esta vez, actuaba de escribiente.
-Pos sí señó, señó jué, verá usía lo que pasó. Unas cosa las vide yo mesmo, por mis ojo; algotras de endenantes, y de las que hición los tres en la ermita con aquellas probe infelice, se las he dio oyendo recordal al Gato y al señorito Saturnino mientras se jateaban de aguardiente creyéndome dormío. Dormío aquella noche, me despertó er Gato a cosa la una y cuarto y me mandó di por los caballos de don Mariano y del señorito Cruz. Fui. Cuando gorví, en custión de media hora, n'había naide en la taberna. Paice sé que tío Roque había cruzao con sus mula pa Trujillo, qu'había entrao por misto viendo lu, por haberse orvidao l'hombre los chisque, y qu'esto les dio a los señorito la mardecía tentación de acostase con su hija que esté en gloria. Güeno, pos yo, seno jué, qu'había atao las bestias a la puerta, y que sentao drento a esperal m'había güerto a dormí, sentí de pronto qu'e1 Gato, lleno to e sangre, me daba una patá y que me decía: «¡Ven ascape! ¡Si n'haces to lo que te mande sin chistá, te rebano a ti también el tragaero! ¡Aire pal corral!...» Deseguía llegó er señorito Mariano; ar poco er señorito Saturnino, con sangre en los puños y en la cara, y en er cuello e la camisa, más blancos los dos que una paré. Iba amaneciendo. Yo estaba espantao, y ya osté ve, señó jué, que no tuve más remedio que ayudalos. Se lavaron los tres la sangre y el barro, y la navaja en un barreño; se remuó de chambra er Gato, y er señorito Saturnino de camisa, con una mía, pa no mentil, que por cierto no me l'ha degüerto, porque compraría otra fina en Trujillo y no la trujo, y despué de tirá el lío e lo sucio ar pozo, to como azogaos, porque tenían prisa en tomá el tole pa la feria, a fin de podel decí qu'estaban a muchas leguas der pueblo a aquella hora, va er señorito Cruz y me da un billete, ar mismo tiempo que er Gato m'alvertía: «Tú, Melchó, mañana, aluego, cuando sepas lo que tengas que sabel, a callate com'un muerto y a decil, si cualisquiá te lo apregunta, qu'aquí n'ha pasao na..., qu'antes de las dos salimos nosotros pa Trujillo...; y si no, con er cuello que lo pagas, asín te metas bajo tierra más jondo qu'una hormiga...» Ya v'usté usía, señó jué, yo que m'acreí que habrían herío a arguien en quimera, me queé muertito e pena y de doló al sabé al meyodía quiéne jeran las dos probesitas muertas infelice... Interrumpióse el declarante. Había juzgado oportuno subrayar con algunos suspiros y sollozos su ternura, y suspiraba y sollozaba.
-Ahora sólo quió rogale a usía que vea qu'amenazao de muerte como estaba no podía de mó denguno...
Pero el juez, que con una estupefacción de asombro y de mundos que se le viniesen encima había estado escuchándole sin acción ni para guiarle, según su hábito, a preguntas, halló al fin la oportunidad de dirigirle una de importancia:
-Bien. O usted miente ahora, o ha mentido antes. En el sumario, y como principal acusación contra don Juan Cidoncha, consta que usted le vio a las dos de aquella noche. ¿Cuál de las dos declaraciones es verdad?
-Ésta, señó jué, ésta. Yo no conocía siquiá a don Juan Cidoncha. Si dije que le vide fue porque, aluego que le tuvieron aprendío, el Gato fue y m'agarró asín por la chaqueta y me dijo una mañana: «Jala, Merchó, vaite ar Juzgao y adeclara que quiés asín como arrecordá que viste a don Juan aquella noche.» «Pero... ¡señó Ramas! -contesté-, ¿es que va uno a echar a un inocente ar mataero?» «¡Aire! -m'obligó-, si no quiés que... «Y la mejó prueba de no sé aquello, señó jué, más que calunia, y de que yo le tengo ar Gato mieo, qu'es pa tenelo, la verdá, y por eso, cara a cara, no tuve l'aquel de dilatalo, ni lo dilataría de no sabel que cuando a mí me suerten hoy ostés érhabrá de seguí bien trincao..., está en que yo mesmo jui quien lo dilató con cuatro letras sin firmá, antes que naide ni siquiá lo sospechase. Era un dato. El juez buscó entre los legajos el anónimo. Melchor lo reconoció inmediatamente como suyo, y lo comprobó con unas líneas al dictado.
¡Terrible la revelación!
En tanto el alguacil se la hacía firmar al preso en un papel provisional, aterrado el juez, en un rincón, reflexionaba: «¡Terrible, terrible la revelación! ¡Gravísima cualquier medida que él tomase sin previa consulta con don Pedro Luis Jarrapellejos!»
Se imponía verle. Haciendo desatar a Melchor, se fue con la escrita declaración a ver a don Pedro Luis. ¡Pobre don Pedro..., pobre conde de la Cruz, tan dignos, y cada cual la perspectiva de un sobrino carnal ajusticiado!...
Don Pedro acababa de almorzar con su honorabilísima familia. Alarmado por la lividez temblona del juez, y pasados al despacho, él también quedóse lívido al leer el documento. No hablaron palabra. Tragaban saliva ambos. Jarrapellejos, últimamente, se levantó:
-Don Arturo, dé usted las necesarias órdenes para que nadie, absolutamente nadie, pueda volver a hablar con los presos hasta que yo lo diga.
Se despedía, acompañándole a la puerta; y desde la puerta se dirigió a las cuadras y ensilló un caballo por sí mismo.
A la hora y media estaba conferenciando con su sobrino en el cortijo del Pedroso.
-¡¡Mi sobre!! ¡¡Mi pañuelo!! ¡¡Han encontrado mi sobre y mi pañuelo!!- profirió Marzo medio muerto al oírle al tito que el Juzgado le acusaba.
Referíase al pañuelo y al papel en que se hubo de limpiar el barro de las manos, que arrojó tan imprudentemente en el huerto de la ermita, sin pensar que la simple aventura de lujuria fuera ser de asesinatos..., y cuyo recuerdo, desde el día siguiente, habíale constituido la más grande inquietud en la terrible pesadilla. Mil veces había estado para ir a buscarlos y recogerlos por sí mismo antes que los hallasen los guardias, y le faltó el valor para llegar a la ermita a medianoche.
Y, sin embargo, el sobre, cuando menos, no había sido encontrado por el juez. En vano, cuando supo esto por el tito, quiso Marzo reaccionar y negar su participación en el crimen. La revelación estaba hecha...; y don Pedro, que ya venía sospechando más que demás de Saturnino y creyendo en Mariano una simple complicidad de silencio, tuvo que agregarle a su sorpresa el dolor de propio deshonor de la familia. Situación poco propicia a negaciones ni embustes, Mariano confesó..., confesó..., aduciendo, al menos, en defensa propia, con sólo encomendarse a la verdad su inocencia en lo respectivo a las muertes... A Isabel (¡la evocación le espeluznaba!) la mataron entre el Gato y Saturnino, por estrangulación, por sofocación, al sujetarla, sin darse cuenta, borrachos como estaban, y seguramente sin querer...; y luego, a Cruz, el Gato.
-¡¡Oh, Mariano, qué horror!!
-¡Oh, sí, tío, verdad! ¡¡Qué horrible!! ¡Qué horrible!
Lloraba el uno. Miraba el otro como a sus mismos pies la sima de la vergüenza.
Al partir don Pedro, el joven le pidió la salvación, besándole las manos.
-¡Mira, tito Pedro, para darme un tiro, veinte veces he tenido el revólver en la mano! ¡Por ti, por nuestra familia, más que por nada, por la infamia que os arrojo!
-Bien. Déjate de tiros, y no te muevas de aquí.
El camino de retorno lo hacía don Pedro más despacio. Muy grave cualquier resolución. Meditaba..., resurgía ante la adversidad su enérgico dominio, y... en el fondo, por lo que al hecho mismo referíase, empezaba a hallar disculpas de aturdimiento, de juventud, de calaverada, de borrachera..., de la ciega pasión por las mujeres, que no sabemos jamás adónde pueda conducirnos. Por aquella desgraciada y hermosa Isabel se concebía todo..., y él propio estuvo a punto de arruinarlas y de echar a presidio a un infeliz... Ahora sí, por las consecuencias del hecho, del insensato crimen que de tal manera había exaltado la pública opinión por todos estos pueblos..., el problema no podía ser más peliagudo... Conferenciaría con el conde de la Cruz.... paralizaríanlo todo el tiempo indispensable, y ya iríase viendo poco a poco... Lo tremendo de las circunstancias le hacía recapacitar en filósofo también. Sacó un puro. Lo encendió. La digestión se le reanudaba normalmente, hasta permitirle lanzar algún eructo... En clase de educador todopoderoso, pensaba que se iban relajando mucho las costumbres; tiempos atrás eran sólo de la gente humilde los asesinos, las prostitutas..., las mujeres que se daban en recreo a los señores...; ya, no; lo iban siendo hasta los Cruz y los Jarrapellejos..., y lo mismo podían mandarse hoy dos de éstos a la horca que a la prisión, por adúltera, a la mujer del conde..., con Octavio..., según había confirmado él, después de saberlo confidencialmente por Orencia... y según sabíalo ya toda La Joya, menos el pobre marido mentecato, tan contento y orgulloso de saber a Ernesta embarazada y de ir a reforzarse espiritualmente el parentesco de Octavio con un lazo más por el padrinazgo del chiquillo... ¡Sí, sí; había que suprimir alguna escuela, aquella laica especialmente, influenciada aún por el Liceo difunto, y robustecer la religión, aumentando con cuatro o cinco curas más los diecisiete de La Joya! ¡Habría que ir educando algo mejor y reformando las costumbres!... Pero... ¡bruuú! (otro eructo fisiológico). ¡Qué mujer, después de todo...,qué mujeres la Isabel y la condesa!...
Melchor sufrió la decepción de ver que el tiempo transcurría sin que el juez le pusiese en libertad. Y un jueves, tras de haber leído Sidoro en la Academia de poetas los versos tan tierna y eficazmente educadores de Gabriel y Galán, y don Atiliano de la Maza, y Barriga, y Cordón, y don Arturo, y el jorobadito Raimundo, constructor de jaulas de perdiz, sus nuevos madrigales y sonetos, todo con cierta prisa, porque desde principio de la semana estaba saliendo al ponerse el sol, y con lujo nunca visto de arcos e iluminaciones y campanas, la procesión del jubileo, Jarrapellejos retuvo al juez unos momentos, y hubo de ordenarle:
-Suelte usted esta tarde a Cidoncha, anochecido, cuando la gente esté concentrada en la plaza por la fiesta, y pueda salir de la cárcel sin provocar expectaciones.
Transmitida la reservada orden desde el juez al alguacil, y desde el alguacil al alcaide, éste, que era un buen sujeto, quiso notificarle personalmente la grata nueva al profesor. No hacía media hora que le habían entrado El Imparcial y la cesta de la cena. Cidoncha, sentado al pie de una mesita, le escribía a su madre. No esperaba, a la verdad, que él mismo pudiese ir a darla contra el corazón estos abrazos que la estaba consignando en la escrita despedida. El alcaide le entregó los siete duros, tres pesetas y quince céntimos (puntual) hallados en su poder el día que le prendieron, y además, el retrato grande de Isabel. Cidoncha guardó la reliquia recobrada, estrechó la mano del alcaide, y al verse en la plazuela soledosa creyó salir de un sueño. De un sueño horrible, tremendo, en el que habría sido mentira que nadie hubiese matado a su Isabel, que su Isabel y la madre no estuviesen ahora esperándole dichosas en la calma honrada de la ermita, y que él hubiérase pasado sesenta y cinco días en aquella mazmorra de arañas y ratones, acusado de asesino... Débil su cuerpo, débil su razón, iba avanzando incierto y pensando con espanto de alegría si no estuviera loco..., si los locos no creerían con firmeza igual los delirios de su mente... Mas, ¡oh!, sonaban, sonaban las campanas, subían los cohetes por el aire detrás de los tejados..., y esto imponíale con espanto inverso las realidades de La Joya.
En El Imparcial había ido leyendo el fausto con que se efectuaba en toda España el jubileo. En el calabozo, el rumor lejano de músicas y campanas le había ido advirtiendo diariamente cómo se celebraba aquí. Cerradas las puertas, no había un alma por las calles. Se apresuró. Tenia que cruzar el pueblo para llegar a la de Roque. Iba al fin en una especie de estúpida paralización del pensamiento. Arrimado a las paredes, como un autómata fantasma que volviese al mundo sin tener nada que ver con el mundo, llevaba en la mano el paquetillo de sus papeles; y una inmensa sensación de impregnaciones de infamia le inundaba de vagas vergüenzas de sí mismo, que ya le impedían pensar si Cruz e Isabel estuviesen muertas o vivas, y si a él hubiesen estado a punto o no de ahorcarle... ¡Nada! ¡No pensaba nada! ¡Guiñapo de la humanidad, una fuerza fatal le seguía impulsando hacia lo ignoto, como antes le pudo empujar hacia el patíbulo!...
Pero, ya a su paso, al querer salvar el barrio céntrico, tuvo que pararse. Desde una esquina acababa de vislumbrar en otra el cruce de la procesión. Curas, cirios, mucha gente, música y vivas al emperador Constantino. Estrecha y larga la calle, hallábase él de la muchedumbre a más de doscientos metros. Pasó un Cristo en una apoteosis de resplandor; y, en seguida, unas bengalas rojas y verdes alumbraron las rojas sedas de un estandarte de plata. Esto volvió súbito a despertarle el pensamiento, suspenso bajo la adivinación de aquel otro estandarte azul en que él había pintado la imagen de Isabel. Le tomó un ansia de angustia, y tal que un alucinado se fue acercando, en vez de rodear por otra parte, como pensó al principio.
Detúvose otra vez, no lejos, donde no pudiera nadie conocerle, en el límite de penumbras marcado por el esplendor de cirios y bengalas. Pocas personas estaban de espectadores en la esquina, lo cual le permitía reconocer a los que pasaban en la procesión, que había absorbido como actuante a todo el pueblo. Primero, Orencia, con la alcaldesa y Pura Salvador, en guardia de purezas a la Virgen. Luego, la condesa de la Cruz, bella, un tanto deformado por el embarazo el talle, y..., ¡ah!, Octavio. Cidoncha había leído su regreso de Madrid, anteayer, en un número de La Voz que le llevaron envolviendo una tortilla. Dejada la presidencia de la procesión para ir junto a la amante, el triunfante diputado le evocó al triste sus traiciones de amistad, sus olvidos y abandonos (porque tal vez pudo ser tan miserable que le creyera el asesino), y la presencia de los dos en otras noches para ver a Isabel y a la condesa, tan ajenos a hipócritas beateríos... Ahora (La Voz le había informado)el demócrata y filósofo materialista de otro tiempo, y sin duda por afianzar el acta, figuraba como aristocrático y devoto organizador de estas fiestas junto al conde.
Y un temblor del corazón y de los ojos clavó de pronto el pensamiento y la mirada en Cidoncha. En otra explosión de luz, detrás de las Hijas de María vírgenes que rodeaban a su Virgen, el estandarte azul mostrábale la efigie de Isabel... la efigie de la Santa... la efigie de la Mártir... Lejos los cohetes y la música, un silencio de verdadero respeto religioso rodeábala. La pararon. Rezaban las Hijas de María. Él, entonces, cayó de rodillas, y a través de las lágrimas siguió contemplando a AQUÉLLA en éxtasis de un dolor tan grande que fue casi glorioso...
Cuando pasó, cuando quedó oculta por la esquina, todavía la diáfana congoja de las lágrimas del que por ELLA y hasta la memoria de ella muerta volvía a explicarse la pena de vivir, creyó seguir mirándola un rato excelsa y luminosa por los aires... ¡Mártir, mártir, sí.... que aquí quedara los años de los años marcándole a las vírgenes incautas la única y gran futura religión del Amor y de la Vida!
Jarrapellejos, detrás, sucio, sonriente. Había podido venerar por última vez el profesor lo único que ligaríale siempre al pueblo de maldición y de barbarie, y se levantó y retrocedió buscando otro camino. Avanzando nuevamente por un barrio abandonado, temía que halláranse también en la procesión Roque y sus suegros. Mas no; el luto de las almas reteníalos lejos de la gente. Llegó a su antigua casa, llamó, y el asombro de la pobre abuela al verle como un espectro se resolvió en un abrazo de congojas. Pronto, en el mismo abrazo, uniéronse Roque y el abuelo.
-¡Se ha escapado usted, don Juan!
-No, no, señor Pedro; me han soltado.
-¡Sin decir na! ¡Sin avisanos!
Entre llantos y sollozos, rodeado por los brazos, lleváronle a la luz de la cocina. Sufrieron una admiración. Ellos, que no habían querido ver a don Juan en sus calvarios por el pueblo hacia el Juzgado y la ermita; ellos, que sólo le habían podido hablar unos momentos en la oscura cárcel, advertíanle de pronto ahora con el pelo todo cano, todo blanco.
-¡Oh, don Juan!
Los llantos recrudecíanse en torceduras y alaridos de piedad y de dolor. Inútiles las palabras de consuelo, profanadora de la angustia que estaban sintiendo todos cualquier alusión a LAS DOS que faltaban para siempre, la sombra blanca de las muertas los unió más cuando la agudísima tortura del recuerdo de ELLAS los apartó para seguir llorando cada uno su íntimo lloro silencioso...
Y fue la abuela la que, al fin, heroica como mujer, dominó su sentimiento y quiso confortar al libertado. Con solicitudes que no podría tener más grandes la madre de él si en este instante hubiese podido recibirle, se empeñaba en darle vino, pan, un trozo de jamón; pero Cidoncha había cenado, y sólo accedió a aceptarla una taza de café.
Mientras se hacía pasaron al despacho y alcoba en donde había sido tan feliz el profesor tiempos atrás. Nuevas lágrimas, que todos querrían ahorrarles a los otros, cada memoria brotada de las cosas. En el respaldar de hierro del tintero la abuela había tenido para el triste ausente la delicadeza de poner, prendidos, la cadenilla y el medallón que quitaron de la muerta, con los retratos de Cruz y de Cidoncha. Este tomó la santísima reliquia, la ungió con callado llanto y con un beso que sublimó antes en la frente de la abuela, y la guardó.
-¡Sí, sí, era de usté; era pa usté!
Un desastre, por lo demás, el paso del Juzgado. A pesar de los arreglos, veíanse destrozos en el interior del baúl y los cajones de la mesa, en los libros, en la caja de pintura, en los forros de las ropas... en los ladrillos del suelo y la cal de las paredes..., cual si hubiesen querido buscar la prueba criminal por trampas y escondrijos... Y como en tanto Juan revisaba esto a la ligera, y Roque y el abuelo seguían sin saber más que llorar, la abuela se puso a hacer la cama..., Juan, advirtiéndolo, se volvió a la noble anciana y la avisó:
-No se moleste, Luisa. Mi madre me esperará. La diligencia sale a las diez para el tren de Andalucía, y habré de partir sin pérdida de instante.
-¡Cómo, don Juan!
A ella, a los hombres también, así, de pronto, les sonó la decisión a ingratitud. Eran ya casi las diez. Reuniéronse a protestar con su cariño, y no tardaron en entender los justísimos derechos de aquel otro cariño hacia una madre.
-Pero, don Juan... ¡d'aquí a unos días!
-Pero, don Juan... ¡cuando descanse!
-¡Claro está! ¡Siquiá mañana! ¡Paicería, si no, que l'echamos de la casa, que no l'hamos querío ni recogé!
Él se obstinaba:
-¡Oh, Roque! ¡Nada nos inquiete lo que pueda parecer a los extraños..., a las gentes cuya obra ha sido lo que ha sido! Eternamente vivirán ustedes en mi corazón. Déjenme consolar cuanto antes a mis padres.
Resignados, no quedaba sino ayudar en sus urgencias al viajero. Minutos, cuestión de minutos nada más. Señá Luisa trájole el café y una servilletita con el jamón, para merienda. Tío Roque y el abuelo encordelábanle el baúl. Iban a darle dinero, y Juan lo rechazaba. Tenía lo preciso para el tren, aunque no para pagarles los gastos que en estos meses...
-¿.Qué? -le interrumpieron-. ¡Por Dios, don Juan, por Dios!... ¡Si n'ha dejao de girarnos su familia, que n'había pa qué pa na!
Quieras que no, íntegros hiciéronle tomar los sesenta y nueve duros recibidos de Grazalema en cuatro giros. Y vino en seguida otra alarma. Juan, de pie, pendiente del reloj, abrasándose al beber a grandes sorbos el café, exponíales su deseo, bien natural, de no querer ser visto por nadie más del pueblo; y suplicaba, por lo tanto, que Roque le llevase el baúl a la diligencia, dejándole a él ir solo a esperarla en el puente...
-¡Oh, por Dios, hijo mío, don Juan..., ni acompañale!
Abrazos, lágrimas aún. Sensaciones de feroz arrancamiento. En el horror del infortunio se habían formado el fuerte amparo de las almas, y no seríales fácil entender qué cruel necesidad les forzaba a separarse.
En la misma noche calurosa, Cidoncha, un momento después, volvió a sentir el frío del mundo y de las gentes allá lejos congregadas por una pública y divina religión...; y más que nunca el confortado llevaba en la conciencia la plena persuasión de que la religión eterna y verdadera estaba en estos secretos cultos humanos de la vida...
Llegó al puente y se sentó. La Joya recortaba su sombría silueta a la luz de las estrellas. No podía quitar del pueblo el espasmo de los ojos. Con su abundancia de torres, cúpulas y cimborrios de tanta iglesia, parecíale una monstruosa vegetación de hongos sobre un enorme estercolero. Sí, sí; pueblo monstruoso, de monstruosa humanidad en putrefacción, en fermentación de todos los instintos naturales con todas las degradaciones de una decrépita sociedad en la agonía. Allí, para llegar a la posesión del pan y de la hembra -esto que consiguen los pájaros con su bella y sencilla libertad- se pasaba a través de la mentira, de los hipócritas engaños, del robo, hasta del crimen. Damas que lograban los más altos prestigios por la prostitución y el adulterio, como Orencia y la condesa; cándidas muchachas rendidas al dinero o al despotismo de hombres como don Pedro Luis y el Garañón; curas con hijos y públicas queridas y curas alcahuetes, como don Roque y el tuerto don Calixto; novias atropelladas por la autoridad, como aquella del barbero; cristianos condes vendedores de reses muertas de carbunco...; alcaldes ladrones de los pósitos; estafadores a lo Zig-Zag; bandidos en toda la extensa gama que iba desde el Gato a Marzo y Saturnino; jueces libertadores de asesinos y encausadores a sabiendas de inocentes...; y encima, flotando con la siniestra sombra de un murciélago brutal, Jarrapellejos, amparador de todos los crímenes y robos y engaños y estafas del inmenso pudridero...
¡Ah!, sí, sí... putrefacción, fermentación que iba corrompiendo lo sano y asimilándose lo que ya quedase bien podrido. A los presidiarios se les hacía guardas de la cárcel y serenos. A los arruinados por el vino y por el juego, alcaldes. Al que resistíase un tanto en su innata probidad y estorbaba un poco, diputado... Siempre el agasajo y el favor como germen de fermento. En cambio, los buenos, los trabajadores, los incorruptibles, los inatacables por la intensa pestilencia del hervor, por el hervor mismo, eran lanzados fuera del horrible estercolero, hacia otros pueblos, hacia otras tierras, hacia otra vida... como él mismo y Gil Antón y Roque y señor Pedro y señá Luisa..., o hacia la muerte, como Cruz, como Isabel... Y en tanto que esto podía pasar en un pueblo de España, en quién supiese cuántos pueblos de España, el Gobierno y los partidos no se preocupaban más que de remover la nación entera con aquella ardua cuestión del catecismo.
Dobló la frente. Por un rato sólo supo percibir el olor a cieno del río y el croar estridente de las ranas. Luego la alzó y miró al opuesto lado con un ansia de espacio, de mundo, de vida de redención. Pero no acertó a ver más que lo obscuro.¿Adónde ir?... Clamábale la ternura de su madre en Grazalema... y, en Grazalema, fuera de la ternura de su madre, volvería a encontrar las mismas gentes de barbarie y de estulticia... Más lejos, más lejos, pues, a otros pueblos..., a Madrid a Sevilla a Barcelona... ¡Sería igual, aunque disfrazada la barbarie de finural...; más lejos aún, a Francia, entonces, a Inglaterra...
¡Oh, oh, a Francia, a Inglaterra...a Nueva York!... ¡Sería igual! ¡Sería igual... por más iluminada que estuviese de arco voltaico la bárbara finura!... De Nueva York recordaba los linchamientos, los archimillonarios que no venían a ser sino los Jarrapellejos de los reyes, los que arruinaban al Brasil de un solo golpe de trust contra el caucho, y los procesos policíacos y los presidentes de República que comprando votos con millones se sabían ganar la presidencia; de Londres, a Jak el destripador, a su ejército de noventa mil prostitutas y a su no menos numeroso ejército de hambrientos y de tísicos...; y de París, de toda Francia, en fin, el pueblo-luz, el pueblo también de los apaches, de la banda trágica de los Bonnot y de los Caillemin, de los niños asesinos y las mujeres bestialmente lujuriosas, él acababa de leer, en la prisión, aquel affaire Caillaux en que la mujer de un ministro, sacadas por Le Figaro a la pública vergüenza sus lascivias, mató a Calmette y estaba dando ocasión, con el ruidosísimo proceso, de hablarle a la hipócrita miseria del mundo entero de la hipócrita miseria de la Francia: supremos magistrados de justicia vendidos a la influencia, tal que el miserable don Arturo, de La Joya; estafadores en grande escala salvados de la condenación por los altos personajes a quienes aprovecharíanles las estafas, como a don Pedro Luis las de Zig-Zag; ministros prevaricadores, falsos... Cidoncha apoyó el codo en el parapeto y alzó esta vez al cielo la mirada. En el desastre de liquidación mental que iba haciendo del mundo, únicamente le restaba algo que no era ya del mundo..., algo que era ya de la eterna bondad del universo, de la perenne verdad de las estrellas: ISABEL.
Y aquella que no era ya del mundo, tuvo la excelsa virtud de reconciliarle un poco con el mundo. ¡ELLA! ¡Por ELLA!
Vio. Era LUZ, y llegó la luz al cerebro, al corazón, casi a los ojos del inmenso desolado.
No sería cuerdo desesperanzar del porvenir, por el presente. No sería justo -si se contemplaba el problema con la Justicia que está por encima de justicias e injusticias- abominar de la humanidad porque aún la mayoría de los humanos yaciese en un degenerado salvajismo, en un mundial atasco de barbarie... envilecida por la domesticidad. Los libres pájaros, con menos alma que los hombres, seguían diciéndoles a éstos por las frondas de la redondez plena de la tierra cómo era posible un dulce y bello salvajismo, progresivo, civilizado enteramente, desprovisto de barbarie, y sin débiles cordeles o pesadísimas cadenas de honor y de virtud. Las flores estaban diciéndolo también con su misma candorosa desnudez... Y que viviesen para la triste humanidad Cidoncha y los que fuesen como él, en el propio infierno de la actual humanidad, clamábanlo los que eran como aquella Isabel gloriosa, como Cruz, como Roque y Luisa y Pedro, como Gil Antón... Iguales los habría también en los otros pueblos iguales a La Joya..., y en Madrid, en Londres, en París, en Nueva York..., futuros pájaros y flores del futuro paraíso de la tierra... ¿Qué importaban los Jarrapellejos, que en todas partes cerrasen los Liceos y las escuelas?... Segada o no al nacer la siembra, la semilla de salvación, de libertad, quedaba por él depositada en la conciencia de este pueblo de serviles...
Brilló verde un farol. Al verlo, el profesor vio de paso los eléctricos puntitos de luz de las calles de La Joya. Estrellas caídas del cielo... semillas, en el estiércol, de aquel pensamiento suyo y del genio redentor de Edison, de Cajal... de sembradores que desde no importara dónde ni cómo iban sembrando el mundo de resplandor de ideas y de cosas de resplandor... ¡Nada mejor que lo podrido para toda clase de semillas!
Paró la diligencia, y subió Juan.
Volvió a correr la diligencia.
La Joya, la cárcel, las muertas..., quedábanse atrás, se perdían...
-¡Adiós! -dijo en la ventanilla, con los labios Y la mano y la vida entera, el profesor...
Iba desde la dura lucha de la vida a la lucha de la vida, por amores a la Vida, con la imagen santa de una muerta.
Sería su fe inmortal.
¡LA MUERTA!...
- XVIII -
El hombre de las grandes decisiones llamó al juez una tarde, a su despacho.
Era el hondo despacho lleno de escopetas y polvorientos legajos de papeles, donde tantas veces se habían resuelto difíciles lances de amor y los graves asuntos de La Joya.
El juez, al entrar, vio lo primero la banda y la insignia de la gran cruz de Carlos III, concedida ahora a don Pedro Luis por los méritos contraídos cuando la ya casi olvidada visita del ministro. Se la habían traído esta mañana; del juez había sido la iniciativa para regalársela por suscripción, habiéndola encabezado con treinta duros..., y le contrarió hallar la rica condecoración displicentemente abandonada en una silla... Las condecoraciones, ¿qué le importaban a este hombre que las repartía más prácticas en nombramientos de jueces, de diputados, y que ostentaba la de su «ponerse el mundo por montera» en manchas de la ropa?
-Mi enhorabuena, don Pedro, muy de corazón.
-Gracias, don Arturo. Estimando. Ya sé que usted es el promotor del regalito. Gracias. Siéntese. Eructó, porque acababa de almorzar, y, luego de considerar al juez con la duda de una mirada inquisitiva a su torpeza insigne, consultó:
-Vamos a ver, don Arturo. Usted, como abogado y hombre experto, ¿sabría de algún eficaz recurso para que aquí, en la misma Joya, y sin pasar la causa a juicio oral, pudiera continuar el proceso y condenar y ahorcarse a esos dos malvados del Gato y de Melchor?
¡Caracoles!
La pregunta era de órdago. Asombrado el juez, miró a Jarrapellejos, pareciéndole imposible que un hombre así pudiera hacerla.
-No, señor, don Pedro. No se me ocurre... o, a mejor decir, no existe procedimiento legal que evite el juicio oral para conocer en estas causas.
Disponíase a razonar la afirmación, y don Pedro Luis, que sabía más que el mismo don Arturo de leyes, y que, por consecuencia, esperaba aquella negativa -aunque hubiese hecho desesperanzadamente tal consulta, por si acaso-, le alargó un puro, y le atajó:
-Bien, don Arturo; entonces, inmediatamente ordene usted que pongan a Melchor y al Gato en libertad. Muy malvados son, y harto merecían la muerte por la de las pobres Isabel y Cruz; pero, por lo mismo, habiendo tenido la indudable habilidad de aprovecharse de la estancia de aquella noche en la taberna de dos inocentes, de mi sobrino y del señor conde de la Cruz, para dificultar el proceso embrollándolos en el crimen, ni por asomo se puede consentir que el proceso siga y que públicamente siga manchando la calumnia a dos hombres honrados.
-Señor don Pedro, la verdad resplandecería al fin a favor de la inocencia inmaculada de Saturnino Cruz y don Mariano.
-Sí; pero... ¿y la afrenta siquiera de la duda, mientras durase el juicio?... Han sido hábiles, ¡qué diablo! ¡Nos han ganado por la mano!... Póngalos, póngalos en libertad..., y adviértales bien, personalmente, a uno y a otro, que si vuelven a hablar de mi sobrino y del conde, será cuando se los ahorque sin remedio.
Partió don Arturo, porque el gran Jarrapellejos volvía a la ocupación, de sus papeles.
No habría transcurrido una semana más, cuando Mariano Marzo, nombrado gobernador civil, desde el campo mismo partió hacia Badajoz para suceder a don Florián en el Gobierno.
En Las Gargalias despidióle Saturnino Cruz, nombrado alcalde de La Joya, en sustitución y de acuerdo con su suegro.
«¡Sí, sí -pensaba don Pedro Luis, también en la estación-, es preciso hacer olvidar el mal asunto de éstos a fuerza de prestigios y de honores! ¡Nadie podrá creer que fuesen los asesinos al verlos de políticos jefes respectivos del pueblo y la provincia!»
La cosa, después de todo, al volteriano espíritu de don Pedro hacíale gracia. «¡Viva nuestro alcalde! ¡Viva el gobernador! ¡Viva nuestro gran Jarrapellejos!», gritaban veinte o treinta hombres, capitaneados por Sidoro y por Zig-Zag.
Y lo que todavía tenía más gracia era que, días antes, apenas soltados Melchor y el Gato de la cárcel, no fue Melchor, sino el Gato, quien se largó a Madrid a pasarse una vida de príncipe con la mujer de Melchor y sus hermanas...
Al pobre Melchor, tapándole de paso la boca sobre el crimen de la ermita, tuvo el gran Jarrapellejos que contentarle con el cargo de guarda de la cárcel.
Por cuanto al estúpido del juez, sería ascendido. Mejor cuanta menos gente quedase aquí enterada de las. cosas. Ya estaba en el Ministerio su propuesta.
Y gritaba, a voz en cuello, el grupo de joyenses:
-¡Viva nuestro gran Jarrapellejoooos!!!...
«Villa Luisiana». Ciudad Lineal, Madrid, mayo de 1914.