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La catedral sumergida

Augusto Casola



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ArribaAbajoPrólogo

Augusto Casola (EL LABERINTO, 1972; 27 SILENCIOS 1975) afirma con este libro, LA CATEDRAL SUMERGIDA, una presencia creadora cada vez más definida. Creo que también cada vez más punzante. Su novela inicial anticipaba un diseño narrativo cuyos trazos fundamentales se ven ahora -como es frecuente esperar de un autor joven aunque no siempre lleguen a cumplirse los vaticinios- decididamente firmes. Estos trazos no se agotan en un repertorio funcional de instrumentos formales, en la utilería retórica que corre siempre el riesgo de quedarse o en la sola profusión o en la novedad sola. Implican, en lo esencial, una visión, un ámbito de existencia que resumen una totalidad. Esta visión y este ámbito son, en Casola, la cotidianidad, ese espacio vital múltiple y vario del acontecimiento que se nos enmascara, ocultándose, en una unidimensionalidad falsa, no por equivoca, sino por muda.

El espacio de lo cotidiano es, pues, a mí modo de ver, el lugar en que Casola escoge, no que encuentra, sus significantes. Desde luego, lo cotidiano es el contexto en el que nos constituimos como hombres. Es también el lugar en el que la historia se pulveriza en sus determinantes. Nuestro ser hombres en medio de una historia que nos transcurre -somos su paso, su hueco, su polvareda- se desdobla, traduciéndose con erratas, en la objetividad de lo cotidiano.

Casola asume precisamente esta objetividad -urgencias biológicas, imposiciones de la costumbre y otras humanidades o residuos- y la hace estallar por acumulación hiperbólica de sí misma. Es decir: como un globo lleno de aire que, al anularse como límite, se descubre sólo como portador -enmascarador- del vacío. De la inmensa, sí bien repetitiva, población de situaciones y formas (o de situaciones-forma) que constituyen esta objetividad, Casola se apropia de algunos signos: la vejez, por ejemplo, que se formaliza en objetos que remiten a un pasado devorador que erosiona el presente borrando las diferencias. O el sueño, la alucinación, la ebriedad o la locura que no ejercen en su contenido de mundo ninguna transmutación, sino que lo exageran, lo multiplican, revelando, por acumulación frenética, su perversidad, su nulidad o su absurdo.

Un autor -que es un hombre con su hambre y con su don, con la peculiaridad de que su don viene de su hambre- es una conciencia dentro de una historia. Su tentación diabólica específica está en llegar a considerarse, de buena fe, conciencia de esa historia. Lo grato de Casola es que él parece estar ajeno a esta tentación que acosa, en especial, al escritor latinoamericano. Él está y se siente estar en una historia, una historia que le interpela y a la que juzga enjuiciándose a sí mismo. Esta historia es, en su base, la de un hombre de clase media asuncena y, en segundo lugar, la de una sociedad en su conjunto que sufre la   —8→   crisis, pero que la sufre en el espacio -que es tiempo detenido- de una enajenación. Esa situación de duermevela, de irrealidad (por emposamiento de realidad insignificante), de totalidad malsana, de identidades por confusión, de no-lenguaje, en suma, constituye el significado de la cotidianidad capturada por la escritura de Casola.

Esta lectura del texto implícito de LA CATEDRAL SUMERGIDA es, que duda cabe, cuestionable. Es por completo cierto que debe haber otras, situadas a diversos niveles semióticos. Una de esas otras lecturas, la única imprescindible para Ud. es la de Ud. mismo.

Comience ahora esa estimulante aventura, esa enriquecedora tarea. No sería improbable que, al final, nos volviésemos a encontrar.

Julio, 1983

F. PÉREZ-MARICEVICH



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ArribaAbajoPresentación

Presentar un libro es una faena grata al espíritu, aunque a veces entrañe un riesgo crítico cuando quien lo bautiza no es desmenuzador de textos ni analista profesional.

Augusto Casola me ha elegido -él sabrá por qué razones- para que lo ponga ante Uds. en este día en que otro fruto de sus vigilias y reflexiones ve la luz después de un largo proceso de gestación.

Casola no es un desconocido en el difícil ministerio de las letras, pues como poeta y fabulador tiene notorios antecedentes en libros publicados como «El Laberinto», su novela primigenia, que obtuvo el primer premio en un concurso de narrativa. No se quedó allí, varado, regodeándose con el beneficio de la distinción y la publicación de su obra, sino que fiel a una acendrada vocación persiste en la tarea emprendida.

Ahora, en este acto, con sello editorial de La República, presenta su tomo de cuentos que titula «La Catedral Sumergida». En un cuento, con el mismo nombre, el autor teje una fantasía erótica, algo que parece un sueño irreal o una pesadilla sexual, en un templo sumergido, relacionándolo con el impresionismo de la célebre pieza musical de Debussy. Este cuento no condice con el impacto real, a veces desolado, de los otros, fundados en la vida, extraídos de hechos diarios, en que la compleja trama de una humanidad doliente se extiende sobre hombres y mujeres como inmensa telaraña que los aprisiona entre sus hilos sutiles, pero asfixiantes. Como dice el crítico Francisco Pérez Maricevich en el prólogo de esta primera edición

«lo cotidiano es el contexto en el que nos constituíamos como hombres. Es también el lugar en el que la historia se pulveriza en sus determinantes. Nuestro ser hombres en medio de una historia que nos transcurre -somos su paso, su hueco, su Polvareda- se desdobla, traduciéndose con erratas, en la objetividad de lo cotidiano».



Los cuentos de Casola agregan a nuestra escasa narrativa, un hito más. Pero cabe considerar que el autor no se fija en mitos ni trata de hacer un realismo mágico en el que las irrealidades son primordiales y las realidades, secundarias. En las páginas de este libro no hay juegos de palabras ni una morosa delectación en describir paisajes ni hacer literatura barroca. Es más, podría decir con honrada sinceridad, que Casola huye, como de un fantasma, de todo barroquismo. Su pintura, su escritura, se ciñe al hecho directo, en forma tal que quien lo lee se siente sorprendido por esa descarnada actitud de marginar lo poético, que sería arrequive, para clamar, por medio de la prosa, en lo dolorosamente prosaico que es el vivir en un mundo caótico, triste y tan duramente inhumano por ser, valga el término, demasiado humano en una dimensión opuesta a todo romanticismo. No todo lo que escribe Casola en sus 20 cuentos ocurre en la ciudad, devoradora de vidas. También hay escenarios campesinos, con personales atados a la tierra, dependientes de ella, Situados en un entorno que al menos tiene aristas coloridas y no grises.

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En suma, nuestro autor, ingeniero de profesión, mensura tipos y psicologías diversas, para ofrecernos una muestra, planificada, de las vicisitudes del hombre.

Casola, es miembro del Pen Cub del Paraguay y la entidad, a través del que estas deshilvanadas reflexiones hace, se siente honrada en presentar este libro de un conspicuo socio.

JOSÉ ANTONIO BILBAO

5-Abril-1984

Presidente del P.E.N. Club del Paraguay





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ArribaAbajoLa madrugada del día siguiente

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La luna tempranera de las tres de la tarde, moneda incompleta, cuarto creciente, especie de mancha transparente, extemporánea sobre el cielo brillante y azul, soplo de viento que agita el verdín y el calor, enmarcan la hora en la cual Luciano inicia la cochura del chipá, que alienta en un humo oloroso y blanco, volviendo constantemente la cabeza hacia el sendero polvoriento, esperando, como hace todas las tardes de luna tempranera.

-¿No llegó todavía?

-Ya te dije que no puede, que no va a venir más, contesta su mujer, mientras acomoda en el canasto, la primera hornada de la tarde.

-Yo sé que va a venir -insiste Luciano y aspira el sahumerio que brota del horno de adobe y arcilla colorada- ¡Vos qué sabés! Te digo que va a venir nomás, porque ayer soñé una cosa rara y seguro que es buen anuncio.

La luna premonitoria sigue desvaída en el cielo intenso de la tarde cuando Luciano saca la segunda hornada, tan apetitosa, que apenas puede resistir el impulso de meter uno de los panecillos en la boca. Lo detiene la mirada dura de su mujer.

-Hoy vendimos mucho -comenta ella-. El segundo canasto ya se acabó.

Luciano se rasca el cuello, torturado por los mbarigüí: -¡Cómo pican estos bichos! -exclama- Me parece que va a llover un día de éstos.

La mujer carga el aromático manjar en el canasto grande que trajo la chica. El bolsillo delantero del delantal abulta en billetes apelotonados y su cuerpo, ancho y ondulante, se mueve con lento vaivén de las nalgas, al caminar.

Volviéndose hacia el hombre que sigue dándose palmadas dice: -No te hagas ilusiones. Hace tres meses que sigue éste calor y no hay esperanza de que cambie. Mirá nomás cómo está el cielo... Esos bichos te pican de puro hambrientos.

Luciano ceba el tereré en la guampa ornamentada con sus iniciales.

-A mí me parece que no pasa otra semana sin lluvia. Hay muchas nubes: el sudor resbala sobre las mejillas del hombre y marca, en su rostro, una larga cicatriz rosada que se abre paso entre la polvareda que forma una segunda epidermis sobre su piel, antes de gotear en la camisa transpirada.- Te estaba contando pues ese sueño raro que tuve -le dice a su mujer sorbiendo la infusión. Yo no aparecía, pero había un perro blanco, muerto, que se caía de espaldas en un precipicio.

-Yo no entiendo de sueños -la mujer coloca el canasto sobre la cabeza de la chica y siente como le crujen los huesos raquíticos-. Esta es la última tirada -dice-. A ver si vendés pronto porque después quiero que levantes la ropa, antes que sea de noche.

Luciano deja la guampa a un lado y queda mirando el camino que sigue la muchacha. El apteraó, aplastado sobre su cabeza, se confunde con los cabellos desgreñados: -Va a   —14→   venir por ahí- señala con el mentón-. Vos no me creés pero yo sé lo que te digo. Ese sueño que tuve...

-¿Porqué no te levantás y hacés algo? -responde Gumersinda con voz agria-. No sé lo que te pasa por ahora. Vos sabés bien que no puede ser -se dirige al rancho balanceando las nalgas inmensas-. Luciano, dejate de soñar y vení a tomar cocido o qué, ¿querés? No sé lo que vas a conseguir repitiendo siempre la misma cantinela.

El hombre levanta la vista hacia el cielo y vuelve a bajarla hasta sus pies descalzos.

-A la pucha que no me dejas en paz...

-Si te dejo, vas a estar todo el día haraganeando en esa silleta y hay un montón de cosas que hacer. Mirá nomás cómo está la casa. Hace años que nadie le pinta y el catre ese donde duerme la ñorsa va a caerse un día de éstos. Tiene todos los tornillos flojos y vos, lo único que querés, es estar ahí, sin hacer nada.

-Le estoy esperando, nomás -responde Luciano sin abandonar la mirada soñadora.

Quedaron muy lejos, en el horizonte de los recuerdos, los días en que Luciano iba a los bailes pueblerinos, persiguiendo muchachas y trabándose en discusiones por asunto de naipes o polleras. Al juntarse con Gumersinda, dejó todo eso para trabajar en su capuera y en la producción casi industrial del chipá, que logró alcanzar renombre hasta en la capital. En esa época, Luciano era incansable.

Construyó el rancho y, cuando Gumersinda descubrió su estado de gravidez, el hombre duplicó la actividad de los hornos, contratando gente que lo ayudara a fabricar y a vender el producto, llegando a enviar cien tiradas por día, que distribuían las camionetas, provistas de altoparlantes, anunciadores del sabor.

María Isabel conocía a su padre por el olor a tabaco, mezclado con el aroma del chipá recién hecho y por las interminables frases cariñosas pronunciadas con voz gruesa, en la dulce entonación de su idioma ancestral. A los tres meses reían juntos, a los seis, ella gateaba entre las piernas de Luciano y las montañas de chipá, acumuladas en el patio y de las cuales, María Isabel, probaba algunos trocitos que derretía entre sus encías sin dientes. Por momentos, Luciano dejaba de amasar, introducir y sacar del horno los panecillos y se dedicaba a jugar, diciendo cuantas ternuras pasaban por su cabeza, a las que María Isabel respondía con largas carcajadas sin dientes, de puro contento, sin entender nada.

El día de su primer cumpleaños, la casa estaba completa, con olor a pintura fresca hasta en el patio, donde los árboles lucían un aspecto alegre después del blanqueo de sus troncos. El pueblo, unas treinta familias, fue invitado a festejar el acontecimiento, y desde las ocho de la mañana, el rancho reluciente, se convirtió en el centro del desfile multicolor de matronas engalanadas y señores que, al influjo de los aperitivos, convertían sus bocas en torbellino de risas o se dedicaban a relatar anécdotas gloriosas de los años de guerra, mientras sus mujeres atendían a los niños, el asado, los chorizos, las morcillas, yendo de aquí para allá y sirviendo las bebidas que corrían en abundancia. Para la ocasión, Luciano hizo traer ciento cincuenta docenas de globos en la variedad más increíble que pudo imaginar y, durante una semana, la chiquilinada se pasó inflándolos hasta sentir los pulmones empequeñecidos, la boca seca y las rodillas temblorosas, pero al llegar el gran día, colgaban del techo, en las ventanas, de los árboles, en cada rincón de la casa, hasta la carreta y los cuernos de los bueyes se adornaron con globos inmensos.

Después del chocolate (que Gumersinda preparó en una olla gigante de cincuenta   —15→   litros) y las chipitas con cada una de las letras del nombre de su hija, Luciano y los demás invitados varones, se sentaron a truquear hasta la noche. Se encendieron los faroles a querosén y a los sones de la orquesta, contratada en la capital, bailaron los jóvenes, que no iban a desperdiciar esa oportunidad que quizás no volvería a repetirse.

Cerca de las tres de la mañana, la nena despertó sobresaltada, con sus ojos negrísimos atravesando la oscuridad que no comprendía. Bajó de la cuna, cruzó el pastizal entre las parejas que bailaban, se acercó a Luciano que no la vio y siguió caminando, hacia el bosque, atraída por los miles de ruidos, apenas audibles, de los animales nocturnos y el crujir de la hojarasca, pisada por sus pies helados. Se internó en la maraña de yuyos y ramazonas fantasmales, en pos del llamado que la despertó del sueño. Cruzó el arroyo, dejó marcas de unos dedos pequeñitos en la arena blanca de la orilla y se perdió en la oscuridad indecisa de la madrugada del día siguiente a su primer cumpleaños.

Se dieron cuenta cuando la mamá fue a ver si la nena estaba mojada para cambiarle los pañales. Nadie supo decir nada ni la vio. Luciano y cuantos hombres podían estarse en pie, iniciaron la búsqueda desesperada de la niña que se internó en la selva, sin importarle los globos, ni la música, ni la torta de tres pisos, ni su futuro en el rancho junto a sus padres, ni nada sino el insistente requerimiento del bosque que la impulsó a mezclarse con la maleza, dejando impreso sus dedos redondos, en la arena del venero como prueba de esa extraña nostalgia.

Nueve días después, rendidos por la fatiga y Luciano presa de una angustia desconsolada, volvieron a la casa que aún tenía algunos globos, desinflados y tristes, colgados de las ramas dormidas de los árboles.

-Ha de volver -exclamó sentándose en la hamaca- una criatura así no puede irse tan lejos. A lo mejor se quedó dormida dentro de algún tronco, en el bosque, pero seguro que va a volver...

Gumersinda limpió la casa, quitó los residuos de la fiesta, salpicó con agua de balde el piso de ladrillos y salió al patio, respirando a pleno pulmón, mientras de sus ojos caían lágrimas silenciosas y en la boca, le daban vueltas y vueltas las palabras que necesitaba decir a gritos, sin hallar el cauce por donde dejarlas escapar.

-Va a volver uno de estos días -le contestó Luciano cuando ella quiso saber, después de siete meses de la desaparición si debía guardar luto por la hija-. Se viste negro por los muertos y María Isabel no está muerta, así que déjate de preguntar macanas.

Gumersinda encendió esa noche tres velas a San Judas Tadeo y rezó un rosario porque fuesen ciertas las alucinaciones de su marido. Desde aquel día en que fueron a buscar a su hija sin hallarla, le seguían persiguiendo las lágrimas y dándole vueltas en la boca las palabras que no podía pronunciar.

Volvieron a preparar chipá, el negocio anduvo bien y Luciano no recordó más a su hija hasta tres años después, el día de su cumpleaños.

-Hoy cumple cuatro -le dijo a su mujer.

-Cuatro ¿qué?

-María Isabel -respondió Luciano muy serio tenemos que preparar la fiesta.

-Pero si no está.

-Ya sé, pero ha de venir.

-No viene más, Luciano, te digo que no viene más.

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El hombre no le dirigió la palabra en todo el día, pese a los esfuerzos de la mujer, que procuraba reconciliarse con el marido, uniendo a él su dolor común.

Gumersinda sentía que las viejas palabras iban a brotar, mezcladas con el aire refulgente del campo verde, fresco, oloroso. Salir, aunque Luciano se negara obstinado a reconocer esa realidad, acaso superior a su capacidad de resistencia.

La hora de los mosquitos y el chillido de los grillos tomó a Luciano sentado en la silleta del patio, frente a los hornos sin humo, en melancólico trasluz de rojo fuego, que extendía los brazos, desgarrando el vientre de la selva. Estaba quieto, formando parte del crepúsculo que huía entre el alboroto desafinado de pájaros invisibles y los cambiantes matices de una naturaleza triste, con la camisa desabotonada, flotando en la brisa. Así lo vio su mujer, al acercarse con un tazón de chocolate que había pedido y le escuchó decir, en voz baja, las palabras que abrieron ante ella todo el universo de su desolación, las que durante años anduvieron revolcándose bajo el paladar de Gumersinda.

-Mi hijita..., mi pobre hijita -al tiempo que de sus ojos, fijos en alguna lejanía interior, caían dos lágrimas impregnadas de los reflejos del recuerdo, provenientes de la línea perdida del arroyo, donde quedaron las formas de unos dedos pequeñísimos.

Estiró otra silleta y se sentó a su lado, en la penumbra, bebieron juntos el chocolate, dejando pasar las horas, hasta que la oscuridad fue completa y sólo una espesa vía láctea de luciérnagas inquietas, emitía destellos intermitentes al reflejar, sobre la superficie del campo, el brillo de las estrellas.

Al volver la chica con el canasto vacío, Gumersinda la esperaba en el mecedor de mimbre, que se deshacía en chirridos, al arrastrar su cuerpo de matrona, para delante y hacia atrás, en una sucesión inacabable de vaivenes.

-Aquí te dejo la plata, la señora -dijo.

-Bueno, andá a bañarte ahora antes que haga más fresco.

Luciano se acercó a su mujer sentándose en el otro sillón.

-¿Qué estás pensando? -preguntó.

-Nada ¿y vos?

-Nada.

Permanecieron sin hablar, escuchando a la muchacha sacar el agua del pozo, el ruido de la roldana, su deslizarse de pies descalzos sobre la arena del patio, cómo vaciaba el contenido del cubo en la palangana grande, el chapoteo del líquido, alzado con las manos para mojar el cuerpo teñido de luna.

Casi podían oír cómo tiritaba al frío contacto y el deslizarse de la toalla sobre su piel. Se puso los zapatos, el vestido color ciclamen y fue a sentarse frente al portón. Recién entonces, la pareja de ancianos, se percató del largo silencio que los había envuelto en una tenue capa de armiño impalpable. Luciano encendió un cigarro, aspiró el humo de tabaco fuerte, secado al sol, recorrió con la vista las paredes del rancho vacío, cada hendidura, cada recova desconchada y, sin poder soportar por más tiempo el hábito que pesaba sobre sus años de esperar inútilmente el sueño de la juventud, dijo, dejando gotear las palabras:

-No vino, otra vez..., mañana puede ser.

-Puede ser, Luciano, puede ser -contestó su mujer y permanecieron silenciosos, mirando la noche, con los ojos tristes y desolados, que en aquella madrugada, se opacaron para siempre.



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ArribaAbajoWhisky & ice

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Le digo «Delcy» y ella me mira con sus ojos, negros y sin emoción, fijos en los míos, acostumbrados como están a mirar sin ver, con la opacidad que se les habrá contagiado del tiempo que lleva trabajando en esa whiskería -últimamente, si uno analiza bien, se da cuenta que las denominaciones de las cosas, los lugares, las personas y las actividades que se desarrollan o ellas desarrollan, han sido rebautizadas, con nombres más sofisticados y eufemísticos, a los que estábamos acostumbrados en mi juventud.

Así, a los advenedizos se los llama consecuentes, a los ursos, financistas. A los ladrones, estafadores, coimeros y otras alimañas afines, se les confiere la cualidad de portentos comerciales. A los chiquilines petulantes y mal educados se les dice conflictuados, a las casas de cita, moteles y a los quilombos, whiskería. Podría seguir mencionando nuevas designaciones de las viejas costumbres, usos y sitios, si no fuera porque me resulta fastidioso dar la impresión de ser un cínico de ingenio, lo que no soy, o al menos, ingenioso, aclaro, antes de recibir el comentario de algún avisado observador de los que hay por ahí. Solamente a las reas se les sigue llamando putas, sin retaceos.

Le llamo «Delcy» y me mira entre los destellos de las luces estroboscópicas, música beat y jóvenes in. Yo solía decir antes música moderna, nuevaoleros, etcétera, pero se quedaba sin entenderme, por eso, cuando dije «Delcy», no me asombró que me observara de tan lejos, con sus pupilas estáticas en el pestañeo de las luces, sin dar importancia a lo que oía, ni a la música beat del casetero, que desliza sus melodías entre los dedos de las parejas que bordean la pista donde nadie baila, absortas en las caricias preliminares, matizadas con las risas agudas de las mujeres.

Las piezas tienen luz roja, filtrada por los agujeros de los ojos y bocas de las máscaras de isopor que les sirve de pantalla y son toda la iluminación, cuando uno entra a los tropezones con la silla o la cama hecha por décima vez y me dice: -Tenés que pagarme antes

-No -respondo- mejor cuando terminemos.

-El patrón quiere que se cobre adelantado.

-Así no quiero. Te voy a dar después.

La música sigue sonando y llega algo diluida hasta nosotros. Ya no digo «Delcy». La acaricio y desprendo el bretel de su corpiño. Ella ríe, con esa risa opaca y afectada, de tanto andar en la penumbra.

-¡Si ya me conocés! -exclamo haciéndome el molesto- No sé porqué me pedís que te pague antes.

-El otro día me jodieron

-Aha...

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Me acuesto después de haber puesto mis ropas sobre el respaldo de la silla. Su piel desnuda adquiere la coloración púrpura que vomitan las máscaras. En el salón siguen las risas, las conversaciones en voz baja y los dedos que investigan entre las minifaldas, que exhiben muslos y bragas, teñidas de historias nostálgicas.

Digo «Delcy» pero no me escucha. Canturrea la melodía que atraviesa las rendijas de la puerta cerrada tras la cual, está otra habitación con su pareja, la latita de cerveza medio tibia sobre la mesita de noche, su ropa a un costado sobre la silla, la mediabombacha y las botas blancas, bajo la cama.

Cierro los ojos sin decir nada pues ya no es Delcy, sino una masa sudorosa de carne marchita unida a la mía, que desprende, al transpirar, su olor a jabón y perfume baratos, y me contagia esa languidez de su mirada sin vida, oscura, inerme a causa de los reflejos rojos que brotan de dos esquinas de la habitación. Hacemos el amor con rabia -lo digo así para no resultar chocante- como si cada acción, cada movimiento, buscara separarnos, con una intensidad en la que nada tienen que ver las emociones y tratando de lograr lo antes posible ese placer obtuso y alucinado, proveniente de ésta masturbación de a dos, en la cual, el último gemido está cuajado del sabor amargo aposentado en nuestra angustiosa soledad, más vasta y desolada tras esa cópula lasciva, que culmina en la caricatura grotesca de un orgasmo sin ternura, condicionado a los reflejos involuntarios de mi cesión.

No digo más nada. Enciendo dos cigarrillos y dejo uno entre sus labios. Vuelvo a dar una mirada accidental a las máscaras, que siguen brillando con su risa fija y repulsiva, al humo que sale de nosotros y se expande en el ambiente, como extoplasma de nuestros cuerpos y a la palma de mis manos, en las cuales, olfateo su aroma peculiar, antes de repetir «Delcy», en un susurro final que permanece colgado de las sombras.

Ella no habla. Mejor. Prefiero que siga así, de ser posible desde que la saludo hasta la hora de despedirme. Puede ser que un día me anime a decirle:

-Apagá la luz esa, por favor, no quiero verte -pero tengo miedo a que me mal interprete y se enoje conmigo. Pero me doy cuenta que comienza a ponerse inquieta. Va a hablar. Ya se levanta. Tiene las botas puestas. Saco del bolsillo un billete arrugado que le alcanzo sin abrir la boca. Yo sigo tendido para verla vestirse con prisa. Arregla sus cabellos largos.

-Vamos pues afuera -exclama, sin más preámbulos.

-Ya enseguida.

Es poco más de las once y empiezan a llegar otros hombres que, al encontrar pareja, forman extrañas figuras chinescas en la semioscuridad de luces estreboscópicas -digo bien, ahora. En un rincón veo a Delcy tomada del brazo de un tipo corpulento, cuya grasitud excede su cintura y cuelga siguiendo la circunferencia del vientre, por encima de los límites del pantalón. Yo tomo otra cerveza, sentado en uno de los divanes y la veo dirigirse hacia el cuarto que acabamos de abandonar. El gordo ríe y la abraza, como si quisiera aplastarla, Delcy, ríe.

-No, gracias, salí recién, nomás. Estoy tomando una cerveza nomás.

Parece frustrada cuando vuelve a la pista, con el gordo detrás suyo, serio y jadeante, observando a su alrededor, como si temiera encontrarse con algún conocido, tal vez, y enseguida escapa hacia la calle.

¿Todavía no te fuiste?

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-No. Estoy haciendo tiempo.

-¿Querés entrar otra vez?

-No.

-Dame un cigarrillo, entonces.

Va al encuentro de un nuevo cliente. Tiene buena planta y me alegro por Delcy -echa humo por los agujeros de la nariz y sonríe entre sus labios pálidos, los ojos negros, negros, clavan la vista atónita en los chisporroteos de las luces giratorias, las luces negras, las luces estroboscópicas o como quieran llamarlas mientras continúa la música, las risas y los ajustes de precio entre Delcy y un caballero muy elegante de traje y corbata floreada que fuma cigarro, mientras otro tipo se divierte introduciéndole la mano por debajo de la minifalda y canturrea, haciéndose el desentendido.

- ¡No pues! -dice Delcy y se vuelve a medias. El caballero la sigue al cuarto mientras el cargoso repite su juego con otra de las chicas.

Yo salgo dando paso a cinco muchachos barullentos que ahora llegan, con olor a alcohol y despedida de soltero. Salgo y voy, por las calles que me alejan de Delcy, que debe estar con el elegante, encamados, la corbata sobre la silla, su pollera sobre la silla, sus olores mezclados, impregnándolo todo y las botas blancas, bajo la cama.



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ArribaAbajoLa hija chica

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Cuando nació nuestra hija chica, vivíamos desde varios años atrás, en la casona que pertenecía a la familia de Estela, mi mujer. Teníamos ya cuando eso una hija de tres años y medio.

La casa era de una arquitectura bien arcaica, con un largo corredor yeré interno que limitaba el amplio patio central, dando al conjunto la apariencia de esas construcciones auténticamente coloniales cuyas vigas, exageradamente grandes y semipodridas, descansaban sobre una hilera de cariátides de mirada sonámbula, como fantasmas aburridos de tanto estarse ahí quietos, soportando la presión del techo decrépito, todo cubierto de moho, tela de araña y humedad.

No habían muchas piezas desocupadas pues, desde los tiempos del bisabuelo de Estela hasta la fecha, la situación económica de la familia hizo honor a aquél célebre aforismo de «abuelo panadero, hijo caballero, nieto pordiosero» y no sólo eso, ya que en realidad cambiaron mucho los tiempos, desde la época del bisabuelo al de sus descendientes, tíos y primos de mi esposa, que, en dos o tres generaciones, no dieron muestras de talento comercial y uno a veces pensaría que hasta de lucidez. Lo cierto es que uno a uno fueron refugiándose en el caserón, lo mismo que Estela y yo cuando nos casamos, y allí cada uno vivía o vivió, en esas piezas su propia vida, casi sin preocuparse de los demás habitantes del colmenar y hasta reaccionando con violencia a los muy escasos intentos de intromisión a las celdas de sus hábitos, por parte de los otros cenobitas, sea quien fuere el intruso, excepto, tal vez, la tía Carolina, a quien conocí poco antes de su muerte y me pareció la única persona normal de la casa.

Cuando yo llegué, quedaban dos piezas abiertas donde nos ubicamos con Estela y después Elena, nuestra primera hija. La habitación ocupada por el tío Jerónimo no se abría nunca y se le dejaba la comida en una banqueta junto a la ventana enrejada de donde la retiraba -no sé si él o alguna de las ratas que cruzaban de vez en cuando el patio. Las cinco piezas contiguas estaban cerradas, selladas con sendos pasadores de hierro, asegurados con candados grandes y herrumbrados. Estela me explicó que habían sido las habitaciones de otros tantos miembros de la familia que murieron muchos años atrás y que, a partir de entonces, no las volvieron a abrir, por orden de la tía Carolina, siguiendo la costumbre familiar. Ahora bien, la razón que motivara esa tradición no se me explicó ni yo insistí demasiado en averiguarla, tal vez porque soy poco curioso por naturaleza, o, acaso, porque en realidad, todas esas piezas cerradas, con sus pasadores cubiertos de telarañas, me produjeron siempre un cierto desasosiego que procuraba esconder, aún cuando no me considero de esas personas imaginativas a quienes de pronto se le ocurre tener miedo y entonces crean un miedo para terminar teniendo miedo de su propio miedo.

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Pero uno se acostumbra a todo o a casi todo, en realidad, y de a poco fui identificándome con el ambiente de la casa, y, lo que en un comienzo considerara excéntrico e irreal, terminó resultándome rutinario, como los conciertos de mandolín del tío Jerónimo, que, a veces, los iniciaba a las dos de la madrugada para acabarlos bien entrando el amanecer.

Cuando nació Elena, nuestra hija mayor y fue creciendo, quedábamos en la casona nosotros y el tío Jerónimo, a quien pude ver fugazmente la noche del velorio de su hermana, tía Carolina. Y fue después de la medianoche, cuando no estaban sino los parientes más cercanos (a la mayoría de los cuales había visto una sola vez, el día que nos casamos Estela y yo).

El tío Jerónimo apareció en la puerta de la pieza de la tía Carolina vestido con un camisón largo, llevando en una mano el gorro con pompón y en la otra, su mandolín. Estaba tan pálido como la hermana colocada en el cajón y eran muy parecidos, ojerosos ambos, la piel pegada a los huesos, los labios finos, la frente característica de la familia, alta y noble, coronada por una espesa mata de cabellos blancos que le llegaban hasta el cuello. Fue sólo un momento, pero los observé primero a él, después a ella y me corrió un escalofrío, como si se hubiesen repetido las imágenes y volvieran a ser uno solo. Pero el tío Jerónimo se alejó enseguida y la impresión de que por algún influjo mágico la muerta y su hermano se habían unido (sorbiendo el que aún vivía alguna clase de aliento postrer de la tía Carolina), desapareció y volví a estar en un velorio común y corriente, solo que no me abandonaba la impresión de que recién después de irse el tío Jerónimo, la tía Carolina se murió del todo. Un rato después llegaron, hasta los que permanecíamos acompañando a la difunta, las pulsaciones del mandolín y quedé dormido.

Al día siguiente cuando desperté, el féretro se encontraba cerrado y en la sala. Observé también que la habitación de tía Carolina tenía echado el pasador de hierro y colocado un candado grande, parecido a los de las otras piezas cerradas del corredor.

Cuando murió el tío Jerónimo, algo así como un mes antes del nacimiento de nuestra hija chica, yo no estaba porque había viajado al interior por un asunto de negocios. Sólo al volver me enteré del suceso y cuando pregunté, me contestaron que el mandolín lo llevó un tal Eusebio, un hijo natural que tenía el tío Jerónimo -me enteré ahí nomás aunque parece que todo el mundo lo conocía, ¡quién lo hubiera imaginado!- y, por supuesto, la puerta de su cuarto estaba cerrada, candadeada y ya empezaba a semejarse a las demás. Como dije antes, uno se acostumbra, a todo, aún a una casa como la nuestra de la cual se ha de pensar que es medio rara, con todas esas puertas sin abrir y esas estatuas-columnas y esos ruidos que uno escucha de vez en cuando, cuando se acomodan los goznes resecos o cae la llovizna negra del polvillo en que se va transformando el techo, por el comején, o cuando las ratas roen los muebles que quedaron encerrados en los cuartos hieráticos o cuando la argamasa reseca de las paredes se descorcha, agotada de años y agostada por el calor y la humedad. Bueno, lo cierto es que tanto Elena, como nuestra hija chica, alegraban mucho la vieja casona y se divertían de lo lindo, haciendo más ruido del que se habrá escuchado en ella en por lo menos cincuenta años.

Ni a Estela ni a mí se nos ocurrió abrir nunca las piezas clausuradas, en parte por parecernos sacrílego romper la tradición y, en parte, porque con las dos habitaciones que utilizábamos, la cocina y la sala, era suficiente espacio para nosotros y las niñas, pues si bien teníamos algunas comodidades como el juego de living y el televisor que le regalé a   —27→   Estela en nuestro aniversario pasado, los muebles apenas disimulaban los inmensos ambientes de casa vieja que, en realidad, eran demasiado grandes para nuestras escasas pertenencias.

No le dije nada a Estela, pero volví a sentir el casi olvidado desasosiego de otras épocas y una constante opresión en el pecho, a medida que iba creciendo nuestra hija chica, pero no le dije nada y, sin embargo, sabía que algo raro estaba ocurriendo, pues me daba la impresión de percibir una respiración profunda desplazándose dentro de las mismas paredes, agazapada tras las puertas y ventanas clausuradas, como si por entre las rendijas casi invisibles de suciedad, escapara el aliento áspero y pastoso de las piezas, tanto tiempo aisladas de la casa y de su vida cotidiana.

En realidad, al principio yo tampoco me percaté del cambio, porque después de todo, ella era una criatura como otra cualquiera, que deja sus zapatos en cualquier lado y se sabía que eran suyos por la forma que tenían y porque estaban uno aquí y el otro debajo de la mesita de la sala; o uno aquí frente al sofá y el otro a su lado, con las medias a medio metro una de la otra y de cada zapato, y cosas así, que se ven todos los días cuando se tiene una hija chica, y que a nadie llama la atención porque después de todo, esos desórdenes y rarezas son propios de las niñas. Y yo creo que ni ella notaba nada, porque seguía igual que siempre, un poco más llorona de lo que la paciencia podía soportar, a veces, un poco más cariñosa, cuando quería algo, o de balde nomás, dejando su muñeca en la sala, el portafolios de la escuela, en el zaguán, el guardapolvos en la mesa de la cocina y un cuaderno sobre la tele y la caja de lápices en la heladera, como hizo una vez y le dije a Estela cuando se enojó, bueno - ¡no es para tanto! si al fin de cuentas, ella es la hija chica... Me parece que fue Elena, su hermana mayor, quien lo supo desde el principio, pero no dijo nada, porque estaría aburrida de que nosotros no la entendiéramos y nos pusiésemos otra vez a recriminarle con eso de que porqué siempre tenía que estar en contra de su hermanita o era que no le quería luego y que era chica y no entendía todavía las cosas. A mí me parece que Elena se dio cuenta antes que nadie y no dijo nada, por eso.

Pero después el asunto se volvió más peliagudo. Ya no eran el guardapolvos, los zapatos y el portafolios los que aparecían y desaparecían por las habitaciones de uso diario en la casa y Estela empezó a llevarse cada susto que, al principio, le daba risa pero después ya no tanto, cuando empezaron a salir muñecas de tres ojos y piernas sin cuerpo recorrían en cualquier momento del día o de la noche el patio, taconeando con energía. Pero resultaba todo esto especialmente desagradable por la noche, porque uno, ya adormilado o durmiendo, a veces, se despertaba con el lógico sobresalto que corresponde al ver flotando encima de la cabeza alguna figura informe y alucinada, fosforescente en la oscuridad. Por supuesto, mi esposa y yo comenzamos a preocuparnos y le preguntamos a Elena si qué le parecía a ella que estaba ocurriendo en nuestra casa y, como hace siempre, primero nos miró de arriba y abajo y vuelta arriba, mientras de la cocina venía flotando una mano que asía el sandwich, que recién yo había preparado para cenar, y respondió, como la cosa más natural del mundo: -Tu hija chica está soñando ya otra vez -y salió al patio perseguida por dos piececitos de cartón pintado que, por las apariencias, pertenecieron alguna vez a una muñeca despedazada quien sabe dónde. Llegamos hasta nuestra hija y al despertarse nos dijo que sí, que estaba soñando precisamente eso. Todas las cosas insólitas desaparecieron y en la pieza quedó el desorden habitual de ropas y útiles escolares, que hay siempre   —28→   esparcidos en las casas, cuando sobra espacio o cuando se tienen hijas chicas.

Nos fuimos acostumbrando a ver cosas raras cuando nuestra hija menor dormía y la mayor se distraía, sin darle importancia a las plantas que surgían de las patas de las camas o a las cabezas que iban flotando en el aire, husmeándolo todo y hablando entre sí sin articular sonidos, y parecían de verdad y por eso fue que se asustó tanto la muchacha nueva, cuando estaba repasando la sala y encontró un cuerpo sin cabeza sentado en el sofá y unos brazos gesticulantes en el sillón de al lado. Pero se asustó tan grande, que tuvimos que pagarle el día entero y encima un taxi, porque temblaba que ni podía caminar, y eso que tratamos de explicarle que no había motivos para tener miedo, que era un sueño nomás. Lo cierto que se fue y después que nos ocurrió lo mismo con otras tres o cuatro fámulas, decidimos realizar nosotros mismos los quehaceres domésticos, aunque Elena protestó, diciendo que ella ya otra vez tenía que hacer cosas por culpa de su hermana y la otra porqué yo voy a tener la culpa y Elena vos sos la que tenés esos sueños que le asustan a la gente y la otra yo no tengo la culpa porque mis sueños le asusten a la gente.

Más adelante decidimos no salir más ni recibir a nadie. Ya por entonces la casa se había transformado en un manicomio y era de locos vernos a nosotros mismos paseando por el patio, por entre las estatuas cuyos ojos parecían seguir el movimiento de nuestros cuerpos imaginados, figuras que de pronto desaparecían tras las puertas cerradas y volvían a aparecer a nuestro lado o detrás nuestro, cubiertas de un polvillo gris, que olía a oscuridad y encerrona y que, supusimos, era el vaho existente dentro de las piezas. A veces nos encontrábamos corriendo de un lado a otro, buscando Estela mi yo real y yo buscando a la Estela real, mezclándonos tanto que, al final, no sabíamos si estábamos hablando entre nosotros o con un sueño de nosotros. Chocábamos con las imágenes y no se sabía si uno hablaba con sueños o con personas, pues unos y otras contestaban algo a las preguntas y hasta me conversaba a mí mismo y, de pronto, debía escapar dando saltos desesperados, huyendo de las grietas que se abrían de golpe en el suelo o taparme los oídos para no escuchar el ensordecedor lamento plañidero del mandolín, que sonaba todo el tiempo, y cada vez peor, porque nuestra hija chica se fue desinteresando de cualquier otra cosa que no fuera soñado y vivía durmiendo.

En un momento que estuvo despierta, cuando volvió el silencio y desaparecieron las figuras que nos venían acosando y la casa readquirió su aspecto agotado y triste y la vieja y pesada arquitectura de cariátides el mismo aire de estolidez en sus ojos vacíos, pude encontrar a Estela y le dije que llamáramos a un médico, pero ya la hija chica cabeceaba como un borracho, a pesar de los sacudones que le dábamos, y de sus oídos escaparon, aleteando, un enjambre de luciérnagas enloquecidas, acosadas por una espesa nube de libélulas que chocaban entre sí y, todas juntas, luciérnagas y libélulas, tropezaban con nosotros, queriendo metérsenos en la nariz, en los ojos, en la boca. La única tranquila seguía siendo Elena que no dejó de mirar la tele dando de tanto en tanto, uno que otro manotazo para alejar a los insectos.

¡Pero qué pasa! -exclamé asustado. Elena seguía viendo la tele cuando comenzamos a flotar con todo lo que había en la pieza y, a nuestro alrededor, las sillas, la mesa, el televisor, al que se asió con fuerza Elena para no perder un minuto de su programilla favorito y yo, pataleando cabeza abajo y mi esposa aferrada al velador que también se pone a volar. Le grito desde una esquina del techo.

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-Hay que despertarle a la hija, hay que despertarle a la hija- demasiado tarde. Entramos a girar en un remolino que nos acerca a su vórtice y me veo despedazado en miles de partes repetidas que se mezclan con los ladrillos de la casa, las tejas del techo, los pisos, las puertas cerradas, que son arrancadas con violencia, aumentando la furia de la tempestad e inundando el ambiente con el aliento pútrido de su encerrona, y, a través de los marcos, desencajados y pálidos, tengo tiempo de ver los rostros de los tíos y las tías sentados en sus féretros desteñidos, cubiertos de telaraña y polvillo, observándome un segundo, ojerosos e impávidos, antes de ser también absorbidos por el torbellino y ya no sé dónde están las realidades y donde las ilusiones al divisar, en el fondo del abismo, a mi hija chica que sonríe dulcemente a sus sueños de los cuales, ahora entiendo, entraremos a formar parte definitivamente.

P.S.

Ayer pasé por enfrente de la casa de nuestros vecinos y me pareció raro que la puerta cancel estuviera cerrada con el pasador de hierro, echado por fuera y un candado viejo y mohoso. No sabía que hubieran salido de viaje, a pesar que no les veía más desde hace dos o tres días.



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ArribaAbajoLa herencia

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Iban por quince días de soplar un viento norte asfixiante y acedo, y cerca de seis años de repetir, don Lezcano, su vieja historia de la herencia que nunca acababa de llegar.

-Se los ve siempre juntos -con el saco flecudo y los bolsillos agrandados de contener cuantas porquerías encuentra entre los desperdicios de las casas- a don Lezcano y al viento norte, que lo rodea en su mantilla pegajosa de arenisca y hojas secas. Van y vienen acompañándose, y hasta se diría que el uno no podría existir sin el otro, como si entre ambos mantuvieran un incesante coloquio, reproducido luego en el palpitar de las hojas de los árboles, a la hora sedienta de la siesta o en el gemebundo crepitar de su silbido entre las rendijas añosas, dejadas por el burdo acabado de las puertas y ventanas de tabla de los ranchos.

Llegó al pueblo y allí se quedó. Tal vez impresionado por la iridiscencias cambiantes del río al reflejar en él sus matices de sangre, el sol que moría cada atardecer entre las hileras superpuestas de nubes inmóviles. Se quedó. Con el viento norte, sus ojos negros enrojecidos por el alcohol, su olor a humedad, y arena blanca, adherida a la frente surcada de arrugas. Casi nadie descubrió la presencia del intruso hasta unos años después de concluida la fábrica, cuando quedó mudo el aserradero que con sus hojas gastadas, jamás produjo tirantes sin defectos para los techos de las viviendas de bloques de cemento, construidas para el nuevo personal que iría a vivir allí.

Durante la construcción de las viviendas, los obreros fueron reclutados del lugar y de los pueblos vecinos de aguas arriba, donde años atrás floreciera una antigua fábrica explotadora de quebracho que, ahora, se había transformado en una mole inerte y deshabitada en la cual ni siquiera querían vivir las cucarachas. Y por entonces, ya todos lo conocían, especialmente el dueño del almacén, donde solía pasar el sábado de tarde hasta bien entrada la noche, sentado frente al vaso de caña, jugando maca-í con otros parroquianos, tan indolentes como él, e indiferentes a cualquier cosa que no fueran las cartas o los tragos. Por esos días fue que comenzó de nuevo la correr la voz de que don Lezcano sería pronto dueño de una respetable fortuna en la capital, lo que le sirvió un tiempo, para obtener créditos que no podía pagar, a no ser que llegara la tan mentada herencia. Se terminó la construcción de la fábrica y el dinero se volvió esquivo. Hasta las fiestas bulliciosas de todos los días de la semana, excepto sábados y domingos, suspendidas por instrucciones del paí (dadas desde el púlpito), se fueron espaciando y las mujeres, gritonas y alegres, juntaron sus ropas brillantes, sus perfumes olorosos, el oropel de sus joyas y un buen día desaparecieron del pueblo, tan repentinamente como habían llegado. Sólo don Lezcano, el río, las piedras blancas, el viento norte y la pobreza, permanecieron en el lugar. En la fábrica no querían viejos, los créditos se cerraron y el hombre se vio obligado a recorrer las calles polvorientas, haciendo aquí y allá alguna changa, especialmente en el atracadero, donde una o dos veces por semana se arrimaba un lanchón cargado de provisiones: galleta, ropas, zapatos y bebidas en general y cargaba las bolsas que esperaban su embarque en la ribera,   —34→   en el depósito de la fábrica. Con algunos indios de los alrededores, descargaban las bodegas y las volvían a llenar con las bolsas que harían el viaje río abajo, recibiendo a manera de jornal, una botella de «arí», un buen plato de locro y algunos billetes que nunca alcanzaban para apagar la sed o saciar el hambre hasta el próximo embarque.

Cuando se consideró que la herencia no llegaría nunca, ni las pocas mujeres, viejas desdentadas, que seguían prestando sus servicios a los obreros de la fábrica, se interesaron más en él, y los niños descalzos lo seguían donde quiera encaminara sus pasos lentos, de viejo vagabundo, acosándolo como un enjambre de abejas y repitiendo sin cesar en letanía:

-Lezcaña... Lez...ca...ña... Lezcaña...

-Un día de éstos van a ver, pendejos pelotudos, les voy a cagar a patadas si le agarro ahora van a ver -y el corrillo seguía a sus espaldas, a distancia prudencial, por miedo a ser tomados por las manos grandes y velludas del viejo que recorre tambaleante uno u otro sentido del sendero arenoso, agitado por el viento áspero y macizo que no cesa de levantar la polvareda seca que se prende a la frente sudorosa y al saco harapiento del hombre que va, sin ir a ningún lado.

La luna llena se deslizó sobre la superficie oscura del río -semejante a una sábana inmóvil- limitado por las altas paredes rocosas a un lado y la vegetación negra, exuberante por el otro, y transformó al pueblo en diáfana fulguración pálida de calles lunares, marcadas por el pisar inseguro de don Lezcano, que todas las noches, busca un rincón abrigado para protegerse del rocío del amanecer. Flota en el aire ese frío tembloroso y sin nubes que baja del espléndido cielo, increíble y brillante. Tomó los últimos cinco tragos que sobraban en la botella, la arrojó lejos de sí y se acomodó lo mejor posible, embozándose en el saco sin botones del que levantó las solapas para cubrir sus orejas.

El día amaneció hermoso, flotando en la brisa que respira del río y penetra hasta el alma de los ribereños. Se puso de pie y caminó hasta el embarcadero, por si hubiese llegado alguna barcaza. Lo saludó el susurro del agua, corriendo mansa entre los pilotes carcomidos. Sentía la boca seca y un hormigueo incesante cosquilleándole la garganta. Hacia las tres de la tarde, escuchó el ronroneo del avión correo dando vueltas sobre el pueblo y que aterrizó fuera del alcance de su vista.

Sin darle importancia, siguió caminando. Fue cerca de la casa del administrador de la fábrica donde le alcanzaron las voces urgentes de una persona que corría tras él repitiendo su nombre: -«¡Eh, don Lezcano, espere, don Lezcano!».

A lo mejor es un changa pensó.

-Don Lezcano -era el hombre del correo-. Vino un sobre grande para usted, con muchos sellos -hizo una pausa-. A lo mejor nomás es la herencia...

-Y, a lo mejor -respondió el viejo.

Llegaron hasta la pista de aterrizaje a cuyo terraplén llamaban pretenciosamente aeropuerto. Un grupo de vacas angulosas, con la piel que les hacía de bolsa de huesos, masticaba el pasto en medio de la pista. Para entonces, el aeropuerto estaba lleno de gentes curiosas que hablaban todas juntas haciendo todo tipo de conjeturas.

-¿Sabés que ahora don Lezcano es rico? Allá viene. ¿Viste que se fue don Molinas luego a buscarle?

-Por lo he visto era cierto nomás eso de la herencia. ¡Qué bárbaro!

-Y por lo he visto. Yo creía que era pura bola de él, para chupar fiado, pero por lo he   —35→   visto...

Cuando el viejo recibió el sobre, bastante abultado por cierto, lanzó sobre la concurrencia una mirada benévola, algo despectiva. Rasgó el papel y todos callaron. Se podía escuchar cómo abría en dos partes el sobre. Los vecinos seguían llegando y hasta la fábrica cerró dos horas antes a causa del acontecimiento, ya que nadie trabajaba, desde que escucharon el comentario de que la herencia de don Lezcano había llegado, por fin.

-¿Y...? ¿después? -lo urgió don Molinas ya inquieto ante la lentitud del hombre en leer la misiva.

Don Lezcano lo miró sin prisas, clavando en él una mirada profunda y calmosa:

-La herencia -contestó- murió mi padrino y los abogados me hacen saber que me dejó la herencia.

Aquello fue el pandemonium. Los hombres gritaban y se abrazaban, las mujeres lloraban de alegría, corriendo a cubrir de besos al afortunado, que seguía sonriente y tranquilo como siempre. Las campanas de la iglesia repiquetearon y se levantó agudo el silbido de la sirena de la fábrica, uniéndose al júbilo del momento.

Los perros, entre asustados y aturdidos por el bullicio descomunal, ladraban agitando las colas alegres y, del extremo de la pista, surgió un mugido saturado de regocijo.

-Tengo que irme a la ciudad -dijo don Lezcano- pero no tengo para mi pasaje.

-Pero si le vamos a regalar, hombre, ¡usted puede salir mañana mismo en éste avión! -exclamó Molinas sin aflojar su abrazo.

Esa noche no durmió nadie. Se bailó en el patio de la escuela hasta el amanecer, con la orquesta de los muchachos de la secundaria. Don Lezcano comió como nunca y bebió como siempre. Todas las chicas lo sacaron a bailar y, aunque no era muy diestro en las danzas modernas y cayó cuatro veces al piso, nadie se burló de él, ni cejaron las mujeres en disputarse la pareja.

Cerca de las ocho de la mañana don Lezcano subió al avión, rodeado de la gente del pueblo que vitoreaba su nombre.

-Volvé pronto, don Lezcano, no te vaya a olvidar de nosotros.

Los cocoteros se transformaron en puntos espesos y el río semejó una larga serpiente inmóvil. El viejo, recostado contra el respaldo del asiento en el pequeño espacio del avión, se sentía satisfecho.

-No podía fallarme luego mi padrino -pensó-. Ahora que se murió voy a poder vivir tranquilo con su negocio de café. Siempre le dije que quería esos sus cajones con termo para vender en la cancha. Y no me falló.



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ArribaAbajoPedazo de sol

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Estaba sentada ahí, a la sombra del mangal, frente a los horcones del corredor, viendo distraídamente a las hormigas ir de las ramas del jacarandá, encendido en lila, al suelo arenoso y ardiente en lenta, interminable caravana y pensaba (la muerte ha de ser así) en la muerte. Doña Josefina llegó hasta ella -rebozo liado a la cabeza- cabellos grises y arrugas en la cara, en los párpados y sobre todo, en la comisura lánguida de sus labios.

-Pedazo de Sol... Pedazo de Sol -el viento norte orea con lasitud mañosa su madrigal de hojarasca seca y arenilla y levanta del patio, una alta polvareda salpicada de ramas agrietadas por el tiempo- Pedazo de Sol.

-Me parece que fue por agosto o sino por Julio cuando se fue en la ciudad para ver si conseguía trabajo. Esta foto es del viernes ése que nos fuimos a despedirle en la estación, allí estamos todos junto y se le ve medio atrás de Eulalio.

La tarde cae ahogada en el lago del cielo -dedos asidos a las ramazones de los árboles y, simultáneamente, de los tejados negruzcos de las casas.

El empedrado se tiñó de rojo y las ventanas tuvieron un breve centelleo antes de quedar opacas y desleídas en la oscuridad.

-Yo le visto una vez cuando me fui en la ciudad pero ella hizo que no me reconoció y miró otro lado, ya andaba bien vestida luego y no con esas ropa medio sucia de cuando vivía aquí en el pueblo.

-No te habrá querido saludar nomás, porque andaba luego haciéndose la chusca y no quería que se sepa que venía del pueblo.

El tren eructó la humareda pegajosa de sus intestinos y el fotógrafo los metió a todos dentro de la cámara, bajo el mantón negro con que se cubría la cabeza.

-Ponete más adelante para poder salir bien y que se te vea, mi hija.

La estación quedaba triste después, y, los que miraban cómo desaparecía el tren, sentían la extraña congoja llena de humo y viento norte de los viernes.

-¡Hay que ver qué triste que se puso doña Josefina!

-Y el pobre viejo también.

La mujer espantó una mosca moviendo frente a sus ojos la pantalla que descansaba sobre su falda y fijó la vista en el recuadro de la fotografía, cuyo vidrio, cubierto en parte con horruras de cucarachas, presentaba un contorno amarillento y ajado. Por la ventana se introdujo el fresco de la tardecita agitando las cortinas en la penumbra de la habitación.

-Si no venís pronto ya no vas a verle más a tu mamá. Está por morirse.

-Ahora ya no puede decir que no nos conoce y si no viene es porque no quiere nomás saber nada de nosotros.

-Hace rato luego que yo ya no tengo más hija.

-Pero y porqué usted no se va a traerle de nuevo, don Eulalio, si sabe bien lo que ella hace en la ciudad.

-Si ya me fui una vez y me dijo que me deje de joder porque ella gana más plata que   —40→   yo trabajando todo lo día en la capuera y me miró como si no fuera su padre porque estaba con mi ropa gastada y mi sombrero pirí en la mano y parecía luego que quería que me vaye porque no sé quien lo que tenía que venir.

-Este año tenés que hacer tu primera comunión...

-En el catecismo me enseñaron que no se puede comer la hostia si se tiene pecado porque después cuando te morís, te sale por la boca y uno se va en el infierno.

Dejó de jugar con el encaje de la pollera. Sintió las manos sudadas por el miedo a irse con el señor gordo, aunque lo mismo tenía que hacer lo que decía la señora o se mandaba a mudar. Pero sentía asco y algo que le daba vueltas en el estómago. Después se levantó, entraron en la piecita de atrás y él le puso la plata dentro del corpiño. Se reía y le echaba en la cara el mal aliento de cerveza rancia que escapaba de su boca.

-Lástima por don Eulalio, después de todo, él tanto que le quería a su hija.

-Pobre, de vera. Y me parece que doña Josefina se enfermó despué de que supo eso de Pedazo de Sol.

Después que comenzaron a vivir juntos, ella salía poco a la calle y los mandados los hacía la muchacha. De noche tenía que cerrar los ojos para no verlo cuando se desvestía, bufando por el calor, pero mejor eso que volver de nuevo a esa casa de puterío, con la vieja roñosa, las reas y esos borrachos. Mejor así.

-No viniste a verme, Pedazo de Sol, y me morí sola. ¿Porqué no viniste aunque sea una vez?

Pensó que las palabras le cayeron desde arriba, del techo carcomido por el termite, que cada día se condensaba algo más, para transformarse en llovizna fina y negra, cubriendo el suelo de una costra menuda, semejante a ceniza pero más oscura y desapacible, y sin la alegría del chisporroteo bullicioso en que se deshacían las pavesas del horno cuando, recargado por el calor del fuego del interior, donde se preparaba el chipá-guazú anticipando la comilona del Miércoles Santo, preanunciado en la tristeza somnolienta del Jueves, que desemboca en la desoladora melancolía del Viernes, a las tres de la tarde, cuando el cuerpo del Jesús de madera de la iglesia, era bajado de la cruz, envuelto en lienzos, y los ojos húmedos por las lágrimas, se retraían para esperar la gloriosa resurrección.

Después desapareció y no la vio más en sueños, ni cuando estaba sola en la casa, esperando a que volviera el hombre a quitarse la ropa, bufando; pero desde aquel día siempre tuvo miedo, y más aún porque doña Josefina no parecía enojada -estaba triste, nomás- la cabeza cubierta por su rebozo negro y los ojos mirando lejos, como si no estuviese frente a ella.

-Cuando se murió su hombre se le quedó la casa donde vivían y otras que alquila. Ahora ya no tiene porqué preocuparse, si vive bien, dicen, pero no sale nunca de su pieza porque está llena de manchas y llagada por su cara y en el cuerpo. Parece lepra pero no es, no se puede curar.

-Y han de ser sus pecados, o qué...

Siempre quise agarrar una mariposa, pero cuando estoy cerca se me escapa y tengo que andar siguiéndole por todo el patio hasta que, de puro cansada, me voy a sentar debajo del mango o sino junto a mamá, que cocina cerca del horno, en la olla vieja y me dice Pedazo de Sol, andá traeme la cacerola o, Pedazo de Sol, no rompas ese plato.

La foto la observa mientras sus manos revientan en flósculos azulados y la pieza se llena de las miasmas pestilentes que destila su cuerpo que mira con ojos sanguinolentos, desorbitados, próximos a reventar, sin moverlos, por temor a que se caigan de las órbitas.

-Después si que ya no vino más. Ni siquiera cuando se murió su mamá, ella que se hacía la hija mimada, se fue nomás a terminar como cualquier puta con suerte que, porque es   —41→   linda, encuentra un macho que le mantiene. Y te acordás cómo se hacía que ni a su papá no le quiso recibir y cuando uno del pueblo se encontraba por ella, era como si nunca te vio y miraba a otro lado para no saludarte.

Doña Josefina se perdió entre las sombras -sin ruido- tal cual había llegado. Se quedó sola, la fotografía en frente y con miedo, Pedazo de Sol, que no te fuiste un poco a verme y me morí sola. Ella se levantó pero no había nadie y las cortinas se estremecieron con el viento.

Sintió que la boca se le torcía hacia abajo y la nariz le chorreaba sobre los labios mientras su piel seguía abriéndose en los pimpollos hediondos de la descomposición y los pedazos de su cuerpo, desparramados, alrededor de la silla, parecían gusanos queriendo asirse a algo, los dedos, los brazos, las piernas y toda ella explotando, convertida en nuevas porciones pútridas de vida. Quiso atajar uno de los ojos pero ya no tenía manos y la bolita resbaló hasta el suelo donde reventó con un «puf» que dejó escapar el pequeño torrente de lágrimas guardadas entre sus paredes exangües.

Desde la ventanilla del tren veía pasar los cocoteros, las vacas, los campesinos que saludaban con las manos y el sol, desangrándose entre los matorrales, esparcidos sobre la tierra roja, recién mojada por la lluvia de la siesta, y el humo de la locomotora deslizándose hasta ella como una culebra insidiosa, envolviéndola para otra vez dejarla suelta, libre de nuevo, sola, avanzando hacia la ciudad.

-Pedazo de Sol -la fotografía, los miembros esparcidos y el cuerpo sobre la silla, próximo a derrumbarse sobre el lago de animales reptantes que eran ella, el único ojo clavado de espanto sobre el rostro sin formas, deslizándose hacia el abismo de silencio que vislumbraba, pues al querer abrir la boca y lanzar un alarido de terror, toda su sangre escapó a borbotones, en un vómito interminable que cubrió el piso donde se ahogaron los gusanos de sus manos, de sus pies y toda ella, sumergida en el océano de su cuerpo.

-Pedazo de Sol..., dejale a las mariposas -ya flotando hasta desaparecer, hundida en la marca de su vida, con la foto que la observa entre tímida y risueña, Pedazo de Sol, despidiéndose de todos en la estación antes de comenzar su tránsito entre los cocoteros, el campo, la ciudad. Se ahogó sin gritar, con sus miembros muertos mirándola desde los ojos sin cuencas, Pedazo de Sol, donde éstas que veo tu muerte desde afuera y soy otra vez yo, frente a mí, sola, Pedazo de Sol.



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ArribaAbajoLa catedral sumergida

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Más que verla, la presiento, tendida en esa posición disciplente, tan característica en ella y que siempre me resultó excitante, aún ahora, porque sé que anuncia el siguiente suspiro de mujer ansiosa o satisfecha, sosteniendo todavía en la mano el pene semi erecto y la rodilla izquierda recogida y algo separada de la derecha que, con la pierna, descansa extendida, toda ella laxa y lánguida, como si su fuerza, que a veces transforma en rabia y otras en gemido, existiera sólo para el amor, cuando con experta maestría de sacerdotisa, discurre el rito sin olvidar ningún detalle, sin perder de vista el momento precedente ni descuidar el que se aproxima, alerta a las vibraciones que recorren la nave del templo que es su cuerpo, atenta al temblor que sobresalta y a los leves sonidos que escapan gemebundos de la boca de quien, a su lado, es iniciado y dios a un mismo tiempo, arrullado por los acordes, sublimes en matices que van y vuelven ronroneantes, a sus labios, proyección de las intrincadas profundidades de esa carne tibia y oscilante que se aleja y aproxima, en el enajenante vaivén del ritual, cubierta de humedad la tersa orografía de su cuerpo cuyos senos, salpicados de brillante rocío, suben y bajan la oscura cima de pezones negros, duros, exigentes, acompañando los murmullos que la agitan y recorren, en el sudor nacido de ellos, en descendente manantial que busca el páramo sin grietas del vientre, para perderse en un costado, antes de alcanzar el ribazo que bordea sus muslos, capiteles de las columnas perfectas del Santuario, convergentes en el espeso follaje protector de la puerta de la catedral sumergida en silencio y misterios guardados dentro de la caverna temblorosa de ansiedades, a la vez tímida e impúdica en su forma de darse cuando quiere, virgen sin recato, vestal dormida en los brazos del dios a quien entrega una vez más los pétalos caídos de su pureza extraña y repetida en el vientre terso, en los muslos ansiosos, embebidos en la transpiración pegajosa de la superficie de su piel, para unirse aún más al cuerpo que escudriña, que hurga, que urde, que investiga con anhelo insaciable, sin dejar de susurrar las guturales invocaciones premonitorias del placer que busca y rehuye en frenesí, por obligar a una concentración absoluta que ni acepta ni reconoce retaceos. Ella es la hierofante de sí misma y de la vida de quien con ella, arde, se extingue y desaparece para integrarse y ser otra parte de ella, que, en imagen de mujer es toda hembra, primitiva ansiedad de génesis en cada fibra, en cada nervio, cada aliento, resumen de gemidos y anhelos guturales, heridos al vibrar el aire entre sus labios, entreabiertos en ese gesto de dolor placer, restallando en los dientes blancos y pequeños que surgen, en una media sonrisa, desde el primer momento, cuando clava con sus ojos y las uñas resbalan sobre la piel ajena del dios, de mi piel, de mi presencia plena flotando dentro de la catedral desnuda y tibia, entre la neblina que no cambia y persiste reflejada en el aura palpitante de los cuerpos.

-«Englutié» quiere decir, sumergida.

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Por las noches, especialmente los sábados, cuando nos quedamos en casa, suele sentarse al piano con un cigarrillo colgándole de los labios y los ojos entrecerrados, irritados por el humo. Le gusta dejar a sus dedos blancos y nerviosos, salpicados de pecas, deslizarse sobre el teclado de marfil amarillento, interpretando a Debussy. Cuando le pregunté, me dijo «englutié» quiere decir, sumergida.

Las puntas góticas, los muros espesos, el ritmo de su sangre, el contrapunto de la respiración sincopada a su piel, en el terso arcón que despide el aliento profundo de vida, arcaica y nueva, renovada a cada instante de copulación mística y mítica, arrojándonos a playas desconocidas en pleamares vehementes, de aromas y suspiros entrelazados al sudor de los cuerpos, síntesis de humor humano e incienso, confundidos en la catedral de la sacerdotisa como siempre que unimos nuestros alientos, moléculas informes, ajenos, solos, vivos, Vibrantes en el frenesí que crea y destruye, que exige y empuja las palabras a los silencios inconexos, en la materia de formas, única y presente, en momentos y segundos reglamentados, donde somos otra vez distintos y otra vez somos pareja en vez de uno solo, al derrumbarse la catedral y renacer del polvo de argamasa deshecha, revuelta entre las cumbres y las simas, entre los muslos entreabiertos y el vello arcano, húmedo aún por la explosión de esa entrega del instante que no fue mío, que presiento más que veo en la mano crispada, en el sudor frustrado, en el calor hecho exudación y muerte, en los ojos abiertos, vidriosos de espanto y de vacío y su boca, de dientes blancos, mostrándose obscenos entre los labios, por cuyas comisuras, bajaron dos hilillos de sangre que mojaron las sábanas, antes de coagularse y que, pronto, adquirirán el tinte herrumbroso del olvido y la calma plácida de ausencia y me siento flojo y extraño, contemplando esos ojos que se pierden, fijos, igual a cuando me miran sin ver y le pregunto en qué piensas.

Te contemplo ahora, aunque sienta heladas mis entrañas, que se abrieron dando paso al grito desgarrador de vísceras ardientes, locas por llenar de sangre tu boca y mis manos que también cuelgan lánguidas como yo, flotando como yo, presintiendo ese cuerpo que no es mío y el sexo derramado e inútil en una mancha espesa que miro absorto, hipnotizado por la traición muerta en esa carne extraña, en esos ojos de mirada extática, que nunca comprendieron, ni yo, ahora que los veo, templo mío, acercándose de a poco al frío que ya debe ir royéndote los huesos e integrándose a tu sangre aún tibia pero inmóvil, en su premonición de eternidad, mientras de entre la humareda del derrumbe, va surgiendo la catedral, poblada de fantasmas, ni dioses ni cuerpos, espíritus tangibles, informes, lejanos, horrorosos, que surgen lentamente, de entre las brumas.



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ArribaAbajoCrónica para el álbum familiar

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I

El rostro de Mariela (vetusto y humillado como la casona, el cortinaje y su soledad) tuvo un ligero sobresalto al escuchar las pisadas que, se le antojaron, en el zaguán como una prolongación opaca del gemido de la puerta cancel al abrirse. «El cuerpo boca abajo, la cabeza ladeada a la izquierda, estaba replegado sobre sí mismo, y la mano derecha crispada contra el vidrio de la puerta, parecía querer aferrarse al péndulo del antiguo reloj de pie, que no se detuvo, en las casi ochenta horas transcurridas desde el momento del supuesto crimen, hasta su descubrimiento, por parte de las autoridades».

Respiró el aliento del jazmín antes de entrar a la sala donde Gilberto se entretenía revisando las fotos del viejo álbum familiar. Lo contempló desde la puerta que, a propósito, golpeó al cerrar. Se volvió hacia ella sobresaltado. Inés ya puso la mesa pero todavía no tengo ganas de cenar. A mí, el solo verte todo el día sentado y sin hacer nada, ya me quita el apetito.

Llegaba hasta ellos el monótono tac tac del péndulo del reloj:- No sé porqué tenés que humillarme siempre y sobre todo cuando hay gente extraña. Vos sabés bien que no estoy así por mi gusto. Me tiene atado esto «Al abrir la puerta cancel, el hedor se hizo insoportable. Mire que lo veníamos sintiendo desde tiempo atrás, creídos que se trataba de un animal muerto, un perro o una rata, pero nunca hubiéramos imaginado esto. Yo, particularmente, suponía que se llevaban bien, claro, ni ella, ni la Luisa, se dieron nunca con nosotros, aunque la veíamos subir a los coches que, de fija, se ponían a bocinar de madrugada. No se puede decir que fueran buenos vecinos»

Ese es tu problema y no necesito nada de vos. Sola, me puedo arreglar muy bien. Estoy podrida de escenas. Vos y tus amigos no respetan nada. ¡O creés que nadie sabe a qué viene el desfile de autos frente a casa!

Vos no hables. Vos si que no tenés nada que decir. En vez de estar agradecido, que se te tiene que limpiar hasta el culo desde hace diez años y lo único que hacés es compadecerte. ¿No sabes ya de memoria las fotos que están en el álbum? ¡Si hasta podés decir cuál viene primera y cuál después!

«Llamó la atención de los investigadores, así lo expreso el comisario inspector Ignacio Martínez, encargado del caso, el hecho de encontrar, bajo el cuerpo de la víctima, una fotografía vieja amarillenta desde la cual, por extraña ironía, el grupo familiar sonreía despreocupado. Tal vez signifique algo, o acaso, haya sido un mero recuerdo sentimental. Una ironía cruel, escondida entre los tantos misterios que rodean a éste apasionante caso» Gilberto cerro el álbum e hizo girar las riendas de su silla para encarar a Mariela:

-Siempre fuiste despiadada.

-Digo lo que siento. No hace falta mentir si una es lo suficientemente fuerte para   —50→   soportar sus propias verdades. Vos sabés bien que siempre dije que la mentira es el escondrijo de los débiles.

-Como yo...

-Como vos y todas las personas que han vivido a mi alrededor. Es una maldición que tengo. Nunca encontré a nadie que valiera la pena: vos, paralítico y Luisa que nos transformó en el hazmerreir del barrio.

Luisa cerró la puerta (temblorosa y con la respiración entrecortada) mientras siguen los gritos de Mariela, el llanto angustioso de Inés, la ventisca acompañada de esa llovizna interminable de julio y el frío del este, el miedo en los ojos negros de Inés y el olor a miedo, que transpira su piel oscura, escapando por las axilas para llenar la habitación y empapar la casa con su aliento ácido de espanto.

-A la calle ¡rea de mierda! Ese es tu lugar -Gilberto sin distraerse de las fotografías, se repetía: -Esta es de cuando fuimos por primera vez a Buenos Aires. Esta es en el Parque Caballero, junto a la estatua de los leones y en el fondo se ve el riacho Caracará, con el caserío -Rió bajito, entro dientes, como queriendo hurtar el sonido de su risa- Esa vez me fijé en el invierno y en cómo caían las hojas de los eucaliptos.- A la calle, ni un minuto más bajo mi techo. ¡Ni un minuto más voy a soportar seguir viviendo junto a una asquerosa como vos!

-Pero si mañana ya me voy a irme junto de mi tía, la señora, si ahora no tengo plata. Qué lo que voy a hacer...

Escuchó el portazo y debió realizar un esfuerzo para llegar hasta la ventana y correr los visillos, a tiempo para distinguir la figura enjuta y encogida que doblaba la esquina, con el vestido sacudido por el viento, desnudando y aplastándose contra las piernas flacas y huesudas que se perseguían inseguras, queriendo alcanzarse la una a la otra, para darse fuerzas.

Fueron tres golpes en la cabeza y un tajo profundo producido en la espalda, cuando el cuerpo caía. Este hecho, pone de manifiesto el ensañamiento del asesino, ya que la muerte acaeció, a más tardar, al segundo impacto. Casi con seguridad, podríamos decir que el criminal atacó presa de una furia incontrolable y demente, cuando la víctima se encontraba distraída».

-¿Quién estará caminando por ahí adelante? -miró el reloj. Las diez. El primer gong de las diez, el segundo, el tercero.

Gilberto abrió los ojos sobresaltado. Se había dormido. La luz del velador daba directamente sobre el álbum. La tía Petronila, con Irene y Francisca, en el parque. Un retrato sofisticado de Mariela vestida a la moda charleston, cigarrillo con boquilla y muslos generosos bajo los flequillos de otomán, y Gilberto sonriente, con el sombrero panamá ladeado a lo golfo, cigarrillo prendido entre los dedos y el traje color crema -me acuerdo bien- cruzado y con botamangas anchas enredadas a las piernas.

-Estuve dormitando pero me pareció escuchar algo. A lo mejor era parte del sueño. ¿Cuál era mi sueño? Me parece recordar esas imágenes, su rostro mirándome con ojos fijos e inexpresivos, injertados en las facciones de los fantasmas que se cruzan conmigo cuando recorro las aceras. Pasan a mi lado y siento la amenaza constante -no sé qué van a hacerme, ni cómo- de esos rostros poseídos por un rencor sordo y extraño. Ya no tengo la seguridad de que fuera así. Nunca puedo recordar con claridad ese sueño, pero sé, que,   —51→   bajo los ojos que me observan, existe sólo una mancha blanca, húmeda y pringosa.

«Resalta el hecho de que a nadie se haya visto en la casa desde el momento de cometerse el crimen hasta el atroz hallazgo. Los vecinos comentaron con nuestro periodista, especialmente enviado para obtener la información auténtica y de primera mano, que satisfaga la exigencia de nuestros apreciados lectores, que desde dos meses atrás, aproximadamente, los autos de los habitués dejaron de visitar el lugar de manera sorpresiva y, a pesar de mis esfuerzos, explicó una vecina, no pude ver más a Luisa subir o bajar de ningún coche, y eso que gran parte de mi tiempo, sobre todo de noche, me quedo detrás de las persianas del balcón, no porque sea chismosa ni nada, sólo que me gusta saber qué hace la gente que vive a mi alrededor, ya ve usted lo que pasa... Además, fue tan raro todo. Una a veces llegaba a tener miedo de ellos. Ya le habrán contado cómo no hace mucho le echó a patadas (perdone usted la expresión, pero es así) a la criada y la pobre fámula salió a la calle con un paquetito bajo el brazo y tiritando a más no poder porque soplaba un viento este con llovizna y la chica ésta, muerta de frío, con su vestidito corto y un saquito bánlon de morondanga que no le protegía nada, porque parece que ni tricota tenía abajo».

«Le cuento nomás para que se haga idea de cómo era la gente ésa. Y después, orgullosa, eso sí, por el apellido, cómo les picaba por arriba, porque no tenían un mango, pero les picaba. Nunca hablaban con nadie del vecindario, ni salían a sentarse en la vereda en verano, pero lo que se dice nunca. Ellos metidos ahí adentro y desde las diez los bocinazos y la Luisa entrando y saliendo con un tupé que mejor no le digo».

Mariela quedó inmóvil. No escuchaba ningún ruido y ese silencio espumoso de la casona la inquietó más que las anteriores pisadas. Sólo el reloj emitía el acompasado palpitar de su corazón metálico y, en medio de la habitación, se confundía con el del pecho de la mujer, resonando juntos, hasta no distinguirse si fuera o dentro de ella, o si era su propio corazón el que la había abandonado, introduciéndose en el mecanismo del reloj, para darle esa continuidad implacable que lo mantenía vivo. Luisa acomodó el vestido celeste de la muñeca, la hizo sentar en la butaca colocada frente a su cama y permanecieron largo tiempo mirándose sin decir nada.

-A vos te quiero, te quiero mucho -la muñeca parpadeó al intentar una sonrisa y dejó escapar el gorgorito de siempre, como si gimiera.- Te quiero porque soy tu mamá. No vayas a tener miedo, pero no sirve que salgas afuera. Mejor te sentás en tu silloncito y mirás cómo cae la lluvia que moja los árboles y la enramada del jardín. Si te portás mal, Jesús puede enojarse y no te va a querer más. Ahora vení, dame un besito.

Jesús estaba colgado en un cuadro de la sala, con sus ojos dulces, las palmas de las manos exhibiendo las heridas causadas por los clavos de la cruz y el corazón abierto, de donde manaba una sangre espesa y brillante: -Yo nunca le tuve miedo a Jesús -Luisa lanzó una carcajada, corrió los visillos de la ventana y siguió riendo hasta que un nuevo ataque de tos la hizo arquear hacia adelante.

«No se conoce ningún móvil, pues las joyas y bastante dinero en efectivo, se encontraron en el ropero de la víctima, por eso, nos preguntamos, qué abismo de locura habrá ocupado el cerebro enceguecido del criminal, para ensañarse tan horriblemente con el cadáver».

-Estoy agotado pero es necesario huir, debo alejarme, olvidar todo ese espanto que sigue tras de mí, ese cuerpo grotesco. Estas calles son interminables y a ésta hora, con la   —52→   sombra de los árboles que se le adhieren a uno, con su suavidad obscena y se retuercen y estiran para retenerme. En cada esquina, surge el rostro de Mariela. Yo acelero aunque se me adormezcan los brazos de tanto presionar las ruedas. Me odia por ésta silla, porque no puedo moverme y reviso mil veces el álbum, donde ella creía enterrado sus recuerdos. Tiene miedo, porque voy a saberlo todo, porque su vida está entre mis manos, en los rostros gastados de las fotografías. Lo que nunca se confesó, lo que nunca dijo, sus terrores secretos, lo que no volvió a pensar.

«Los golpes fueron dados con el péndulo del reloj de pie».

Mariela retrocedió con las manos cubriendo el grito al ver reflejada en la pared la sombra que se abatía sobre ella. Abre la boca sin emitir sonidos porque es su figura -larga y opaca- la que recibe el impacto y se desliza hacia el suelo transformada en grotesca sombra chinesca, al tiempo que, el reloj, se transmuta en una ensordecedora caja de resonancias que explota en el silencio de la hora vacía.

«El segundo alcanzó la nuca».

Tengo que seguir, no aguanto más ésta casa, ni ese reloj, ni el álbum que no acaba de mostrar su intestino de rostros y más rostros, sonrisas y más sonrisas. Escucho todavía su último grito, ese clamor que pide vida- si ya sabíamos que iba a ocurrir, si hace un mes que se le avisó. Pero lo peor son éstas sombras en los zaguanes, donde pueden reaparecer los ojos de Mariela clavados en su máscara de cera.

«El tercero alcanzó el cráneo y la sangre empapó los cabellos canosos de la occisa».

El taconeo es urgente, el péndulo cae con un ruido seco y metálico. La muñeca gira y gime antes de estrellarse contra los visillos y destrozar el cristal de la ventana que salta hecho añicos. Abre la puerta.

-Me asfixio.

Las ramas se cierran cada vez con mayor fuerza y todo porque quedó atrás eso, esa podredumbre que nadie quiere ni quiso jamás. Levanta las manos tratando de desprender las garras que se estrechan. Giró antes de saltar al vacío refulgente y tibio, integrándose al agobiante vaivén del péndulo que sigue repitiendo su monótono golpeteo tras la puerta de vidrio del sarcófago del tiempo. Mariela alza los brazos y extiende sus dedos para formar otra figura contra la pared, al trasluz del velador. Todo es negro y su sombra acaba unida al cuerpo, inmóvil sobre el charco de sangre, que crece alrededor de sus cabellos.

La sangre ya no está en el corazón, ni en las llagas de la imagen de Jesús. Desciende del cuadro en un largo hilillo que se esparce sobre el suelo y moja la alfombra.

«El cuarto golpe fue descargado contra la columna vertebral abriendo un profundo tajo que lanzó al aire las vísceras, cuando el cuerpo caía arrastrando consigo la foto familiar y el velador que se tumbó, rompiendo la cristalería del aparador».

El viento helado choca contra el rostro de Luisa, atraviesa su ropa y se le introduce bajo la piel, girando en remolino, antes de ver abierta, una vez más, la puerta crujiente y escuchar el llamado hipnótico del péndulo repitiendo ven, ven, ven y arrojarse al abismo oscuro entre el latido insidioso del antiguo reloj, que seguía marcando los segundos.




II

Cuándo, dónde, cómo, empieza la ruptura, el génesis de la grieta apenas observable al principio y que se va ensanchando, se extiende, desgarra la superficie del suelo entre las   —53→   fauces del cataclismo final, que se vuelve horror, realidad, vivencia súbita, algo esponjoso y palpable cerca de uno, algo que se encontraría al volver la cabeza, una masa informe, obtusa, aborrecible, brotando de la grieta, un endriago que surge de las profundidades abisales que separan a personas tan extrañas como son, la una a la otra, dos individualidades que han vivido juntas a lo largo de sus vidas, sumergidas en las brumas irreversibles de la soledad, alucinados en la isla lúgubre y silenciosa, en su repetición de derrumbes y resurrecciones íntimas, sus apocalípticos ensueños, desconocidos para los demás, ante quienes se presentan como simples rostros, facciones cuyos músculos se hallan preparados para adecuarse a los acontecimientos, a las necesidades del momento, a los matices inconstantes que exige la vida de relación, la cambiante fisonomía de las conveniencias, las irrealidades del hacer o no hacer, o decir o no, hablar o, simplemente, guardar silencio, mientras alrededor de uno se gestan, crecen y agotan las consecuencias eventuales de circunstancias casuísticas que, al final no conducen a nada, pero persisten, flotando alrededor de uno, algo así como el aura que dicen ver los que creen en esas cosas, todos los avatares, moviéndose parecidas a culebras alrededor de nuestros cuerpos, pero a nivel astral. Interesante. ¿Porqué no?

Durante éstas largas horas de estar a solas con mis recuerdos, muchas veces me extravío y se me escapan los hilos que me mantienen unido a la realidad, casi siempre tan escurridiza e inasible. Es entonces cuando me largo a ensartar sandeces. Cómo odia Mariela que, de repente, comience a decir disparates, emita razonamientos absurdos, deducciones cargadas de sofismas, alegorías metafísicas, palabrerío hueco, lo sé bien y yendo a lo vulgar y populachero, güirezas, si lo sabré yo. No me engaño. Es parte de la mise en scene que a veces se me ocurre representar, al fin de cuentas, ¡qué diversiones le quedan a un hombre como yo!, paralítico a los cincuenta y cinco años, desde hace diez y a quien su mujer, no puede ver ni en caja de fósforo, tan hastiada que ni siquiera se detuvo alguna vez a pensar, si ésta piltrafa de hombre en que me he convertido, pudiera tener deseos. No me la imagino a Mariela quitándose el calzón para venir a horquetarse conmigo en ésta silla de ruedas. Y sin embargo cada tanto, ahí estoy sin saber qué hacer con una erección inesperada e inoportuna a la semana, como cualquier jovencito en sus primeros momentos, sólo que mucho más avergonzado, porque lo natural en la adolescencia no es sino una caricatura grotesca a los cincuenta y cinco años y agradezco que Mariela no haya descubierto, hasta hoy, esa vana persistencia de sexualidad que, en mi caso, resulta obscena, para no decir ridícula. Sólo me resta como consuelo, insistir en revisar el viejo álbum y deshacerme por la noche de esta pesada osamenta en la cual se apoya mi vida, para de una manera casi insensible, transformarme en lo que realmente soy, en el alma del viejo reloj de péndulo y yo, una sola vibración viviente dentro de la caja oscura, cargada de todas las horas que transcurrieron deslizándose sigilosas por entre los millones de resquicios de la argamasa que adhiere entre sí los ladrillos, parecidos a diminutos ataúdes macizados de arcilla, las horas escondidas tras el vidrio tallado, de apariencia inocente y transparente, que ofrece mostrar a quien posea suficiente paciencia para detenerse, en el vertiginoso trajinar de cada día, ese hipnótico contrapunto del péndulo reluciente, con los dos cilindros negros que le sirven de contrapeso a sus engranajes vitales, los cuales, recién lo supe anoche, requieren con urgencia de nueva savia que debo proveer para no perder mi condición atemporal.

Luisa no salía de su asombro. Había escuchado como unos pasos rápidos desplazándose   —54→   hacia la habitación de Mariela y luego, el golpe seco de la puerta al cerrarse. A continuación crujió la puerta de al lado y oyó el sonido metálico de la campanada del reloj dando el cuarto de hora, breve y resonante, en medio de la calma tediosa de la hora.

-No sé cómo he podido soportar tantas desgracias a lo largo de mi vida. Ahora me miro al espejo para encontrar, ¿qué?, una vieja gastada, una vieja para quien la vida se reduce a aparecer ante los demás con la frente alta y la mirada despectiva de señorío, como si en realidad su vida, los años pasados y malgastados, le resultasen insignificantes al lado del orgullo y la dignidad mantenidos a cualquier precio, aún cuando se ha visto humillada por los bocinazos con que esa pelandusca transformó ésta, en casa de levante, y vos ahí, sin decir, nada, sin mover la vista de esas hojas malolientas del álbum. ¡Qué es lo que te da tanto miedo! ¡Cuántos años hace que no me mirás a la cara, o no hacés nada por verme! ¿Tengo lepra, acaso? Eso es lo que te molesta, infeliz, éstas manchas de mi rostro te dan asco, ¿verdad? Hasta el culo tuve que lavarte y ahora te doy asco. ¡Infeliz!

Un rayo de luna surgió de entre las nubes blanqueando el rostro de Luisa. Abrió los ojos. Sin sentarse en la cama, con los labios apretados, trató de aguzar los oídos. El corazón le golpeaba el pecho con violencia y se sintió incapaz de mover un músculo, aún presintiendo algún horror indecible en la otra habitación: -No sé de dónde saco esa idea de que en la pieza de Gilberto está ocurriendo algo.

A su alrededor la noche no podía ofrecer un aspecto más tranquilo - ¿Serán las once o las doce de la noche? Tendría que levantarme a ver qué pasa..., sin embargo, para qué, para encontrarme con Mariela, para volver a escuchar sus mil veces repetidos sarcasmos contra mí o contra el pobre infeliz de Gilberto, al que no puede ni ver. Al fin de cuentas, cada una debe sobrellevar su vida, su historia, su propia tristeza. Hasta ayer yo era feliz. Sin darme cuenta, feliz en los brazos de ese hombre a quien nunca pude llamar por su nombre, ¿porqué tendría que decirle nene en vez de llamarlo por su nombre? Hoy ya ni siquiera puedo expresar cuál es el sentimiento que me recorre el cuerpo, esa especie de vacío que flota entre el pecho y el estómago, como un pleamar de miedo, de desolación, de angustia desesperada, yendo y viniendo sin detenerse nunca... ¿porqué? Yo sé que él me ama tanto como yo y que está sufriendo, igual que yo, pero después de las palabras que nos dijimos ayer, tras haber hecho el amor como nunca y sentirme del todo bien, lo que se dice, bien...

Vinieron las palabras, nos herimos, buscamos la forma más sutil de penetrar nuestros miedos ocultos y ya no pudimos detenemos, seguimos avanzando en esa selva aborrecible de las palabras, enredándonos en su ramaje, desgarrándonos hasta hundir del todo el puñal, cada uno en el pecho del otro, como dos personas que se hubiesen odiado toda la vida, como si fuésemos enemigos mortales, ubicados frente a frente para destruirse..., y veníamos del bulín, de hacer el amor y yo me sentía tan bien, y él me había dicho lo mismo... Sí Luisita..., puta, según la buena de Mariela, aunque sea raro que manche sus labios con esas palabrotas de placera... Ella siempre tan orgullosa, tan gran dama, una señora.

Mierda, eso es, pura y simple mierda en estado natural. Asquerosa, malvada, hipócrita.

Luisa se levantó al escuchar un golpe seco y concreto que ya no podía ser imaginación de sus sentidos, embotados por el sueño. Tras cubrirse con el batón que tenía siempre al lado de la cama fue corriendo hasta la pieza de Gilberto. Encendió la luz del pasillo y vio que un largo hilo de sangre se deslizaba por debajo de la rendija de la puerta. Al abrirla, el   —55→   resplandor intenso que brotaba de la caja del reloj de péndulo la deslumbró y no pudo visualizar el cuadro que luego surgió ante sus ojos. Mariela yacía echada boca abajo y la cabeza, torcida hacia la izquierda en un ángulo grotesco, casi desprendida del cuello, mostraba su rostro manchado, con la boca abierta y un ojo vidrioso clavado en Luisa, tratando de decirle lo que su boca había enmudecido.

-Dios mío -exclamó Luisa y observó que Gilberto conservaba la mirada baja- Dios mío, qué pasó aquí, Gilberto... como..., pero si vos no tenés fuerza para golpearle así a Mariela.

-Yo no fui -respondió el hombre en un susurro, pero tenemos que huir, Luisa, y hay una sola escapatoria, el reloj..., por favor, por favor, hoy tuve una horrible pesadilla, pero ya comprendo que esto que ocurrió no es sino una trampa del tiempo, tenemos que irnos. Vos también. Ahora recién comprendí todo. Es el reloj, el péndulo.

La puerta de vidrio tallada resplandecía con la luz mortecina que surgía de su interior y Luisa, como hipnotizada, empujó lentamente la silla de Gilberto hacia ese universo de tiempo que se le ofrecía delante, desvaído, inalterable, insinuándole penetrar a ese brillo esplendente que la fue envolviendo en la calma tersa y acariciante que había buscado siempre y que, al fin, la penetraba al entregarse, lánguida, al profundo vacío de la boca del reloj. La habitación quedó sola, con el cuerpo sin vida de Mariela, sus facciones desagradables, más aún ahora que estaba muerta, pero al menos, ya nadie volvería a sentir en la vieja casa la agobiante presión de su voz aguda martirizándolos, haciéndoles la vida imposible, «pues al fin de cuentas, Mariela era una vieja arpía que se las sabía todas, y le voy a ser sincero, inspector, a la gente decente del barrio, a nosotros, que constituimos la ciudadanía honesta, los que tomamos tereré y vamos a la iglesia, le puedo asegurar que no nos entristece la desaparición de esa gente tan afectada y, de veras, si había alguien más o menos sensato entre ellos, era el pobre viejo ese, como que se llamaba, ah, sí, don Gilberto, pero hace no sé cuanto tiempo está paralítico y me parece que quedó medio ido también después de ese derrame que tuvo».

El inspector Ignacio Martínez subió a la camioneta policial. Ya habían retirado el cuerpo y la casa fue limpiada por personal de la comisaría del lugar. Se sentía un poco herido en su amor propio pues, en realidad, después de una semana de investigaciones, no llegó a ninguna conclusión que pudiera dejarlo satisfecho y la prensa, si bien los primeros días lo transformó, de oscuro funcionario a un brillante Poirot, ahora más bien tendía a desmentirlo y se mostraba bastante satírica con él, lo caricaturizaban rascándose la cabeza, que comenzaba a mostrarse calva, con un pequeño péndulo de reloj de pie, haciendo de pivote sus dedos índice y pulgar. ¡Disparates! Como si él pudiera saber qué diablos pasó en esa casa de locos, la noche del crimen, que, al final, si es que uno se ponía a pensarlo bien, la Mariela ésta, después de lo escuchado, hasta él tendría ganas de retorcerle el cuello, pero eso ya es otra cosa, un funcionario no tiene que pensar así. De cualquier manera, el caso se iría olvidando hasta terminar por mencionárselo como algo del pasado, te acordás de ese crimen que no se pudo saber nada más de la gente de la casa..., y lo extraño era la desaparición de la Luisa y el paralítico, porque nadie los vio más, como si se los hubiera tragado ese maldito reloj, que hasta me ponía los pelos en punta con su tacatacataca y justo, cuando estás más concentrado en algo, se larga a dar campanadas... que más de una vez me hicieron saltar de susto, caramba.

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El auto policial arrancó para dirigirse al centro. Ya no había más que hacer. La casa tiene valor, no va a faltar algún pariente por ahí que se venga a quedar con ella, me imagino, pero ese ya no es mi problema, para mí, es cosa terminada.

El inspector Ignacio Martínez sacó un cigarrillo, lo prendió. Estaba insatisfecho por los resultados, pero el jefe lo felicitó por la actividad, en fin, por semejante viejuca, no vale la pena pensar demasiado, se consoló y quien la pasó a mejor vida..., bueno, habrá tenido razones de peso.





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ArribaAbajoNombre y apellido

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Nombre y Apellido.

Responde, aunque no alcanzó a oír lo que dice. Tembloroso como yo, que estoy detrás suyo, como todos los de la sala, en esa fila interminable, uno tras otro, con el mismo temblor, controlados por los uniformes, de cabeza cubierta con casquetes metálicos, que cuidan la cola. Los uniformes contienen figuras viscosas, indefinidas, humanoides medio mezclados con la bruma que flota en la humedad del ambiente.

Las ventanas son altas, las paredes grises y opacas, como las baldosas, gastadas de soportar tanto arrastrarse de pies, que, constantemente, van haciendo avanzar a los temblores, pastosos de sudor.

Soy el siguiente y no quepo dentro de mi horror, mezcla del tufo a catinga y miedo que se me incrustaron cuando pisé la sala, grande, inhóspita, silenciosa.

Uno tras otro nos acercamos a la mesa del escribiente, movidos por el ronroneo monótono de las preguntas y respuestas idénticas, repetidas en un accionar lento y consecutivo que daba oportunidad a que fuera uno sintiéndose menos uno y más desvalido, entregado a ese universo torvo, el cual, por uno u otro motivo, se convirtió de pronto en nuestro hábitat. Aquí todos somos iguales. El tecleo monocorde de la máquina de escribir fue acercándose a mí, cada vez más claro y amenazador y distinguía la voz del que hacía las preguntas de rigor: nombre y apellido, edad, sexo, estado civil, domicilio, ocupación, altura, peso, nombre y apellido, edad, sexo. Ahora sólo queda delante mío el tipo éste de la camisa remendada, pantalón arrugado, entrecano y medio encorvado, la camisa sobre el pantalón, el cuello sucio, arrugado, lleno de repliegues, que se mueven constantemente, acompañando los movimientos rítmicos de la cabeza al responder el interrogatorio. No pude ver su cara.

Edad... Contesta tras un intervalo de dudas. Y después estoy yo, y, ¿después?... Mi culpa es vender menos, sí, lo confieso, en cada kilo cien gramos, sí, confieso, confieso, mi culpa es mirar, no puedo evitarlo, es que mis ojos se dan vuelta solos, no me responden, giran, vuelvo a mirar. Yo no puedo vivir sin él, yo hablé demasiado, siempre estoy hablando demasiado. Sí, he recibido, he dado, miento tap, tap, tap, tap, tap, tap sigue el tecleo anotando las declaraciones de toda esa gente que estaba antes que yo, el carretel gira, retorna, anota datos de fechas, las edades, número de ficha y plop, a comenzar de nuevo. Nombre y apellido - taptap tap tap.

Los uniformes nos siguen apuntando con los lápices de terminaciones agudas. Protegen sus cuerpos sosteniendo en la mano izquierda enormes gomas de borrar que les sirve de adarga. Escuché que la fila se amotinó una vez.

Sus miradas, vacías, resbalan sobre nuestras figuras temblequeantes, y pienso en la ventana   —60→   de casa que quedó abierta, la que da al patio y ahora mi casa está sin protección, pero al final... ¿qué importa? ya no puedo perder nada, y sin embargo ésta preocupación no me abandonó un solo instante y sigo con esa inquietud, aún cuando frente a mí sólo quede éste tipo, cada vez más tembloroso y que parece que va a desmoronarse en cualquier momento.

Me gustaría preguntar al de atrás; -¿Cómo me ves? -le diría- ¿Doy la impresión de estar muerto de miedo? -pero siento en mi nuca su balbuceo entrecortado, como si estuviera rezando. O a lo mejor es sólo el castañeo de los dientes al golpear, descontrolados, unos contra otros, de puro pavor, mientras piensa después de éste, estoy yo.

Los uniformes y trajes de calle, que también los hay, nos cuidan sin apartar de nosotros sus ojos secos cuando conversan entre sí (los lápices a la cintura y apuntándonos, y con los papeles en blanco y carbónicos listos para aplastar cualquier intento de rebeldía). Se mantienen serios y circunspectos. Me pregunto de qué hablarán, submersos como están todo el día en ésta atmósfera infecta del olor ácido y húmedo a sudor y el penetrante y casi palpable aroma del miedo. Ayer, cuando me trajeron, había un olor peor todavía, por culpa de ese infeliz que no pudo aguantar más y se cagó todo.

La ventana de casa abierta y yo aquí, obligado a formar fila, con los nervios destrozados de ver a los que ya pasaron frente a la mesa del dactilógrafo que anota todo lo que dicen, en esas planillas impresas amontonadas a un costado de su mesa escritorio (las hojas llenas van a unos biblioratos que se guardan en el costado de la derecha). Ni me atrevo a volver la vista.

La cola se mantiene igual desde la mesa hasta la puerta de entrada, sólo yo avancé hasta donde estoy, siguiendo los pasos del fulano éste que responde con voz menos audible a medida que avanza el interrogatorio: ¿Sexo? -le pregunta sin mirarlo- ¿Sexo? vuelve a repetir levantando los ojos sobre las gafas deslizadas hacia la punta de su nariz- tiene que declarar, señor, de lo contrario, esto no vale.

-Masculino -respondió. Tap, tap, tap.

Ella ya habrá llegado a casa y no va a saber donde estoy y, al encontrar la ventana abierta, empezará a gruñir en voz baja. La conozco bien, por algo tenemos tantos años de casados. Va a empezar con su cantinela, aunque no esté nadie para oírla, porque le gusta escuchar sus propios plagueos.

Y que no pienso en nada, y que los ladrones y que siempre luego fui así, un irresponsable que no se acuerda ni de cerrar la puerta y que ella tiene que cuidar todo o sino voy a perder hasta la cabeza y que esto y que aquello. Hasta me consuela un poco estar aquí para no encontrarme con ella y recomenzar ese antiguo diálogo, repetido e inútil, que no conduce a nada.

Está haciendo calor y en ésta sala tan cerrada apenas se puede respirar. Ojalá llegue enseguida y cierre la ventana. Eso podría como culpa, no se me ocurre otra cosa y algo tengo que declarar. Ha de servir, total, lo único que hace es teclear mecánicamente con sus dedos chatos, sin prestar atención a lo que uno va diciendo. «Culpable de distracción al salir de casa», pondría el número a la ficha y yo también «plop», a formar parte del archivo. ¿Cuántos habrán pasado hoy? Dejó de teclear sólo dos veces, para limpiar los cristales empañados de sus anteojos y secarse la frente. Estoy cansado,

Escucho: «patear basureros los días feriados». Me llega el turno. La camisa y el pantalón   —61→   tiemblan desacompasadamente, gira el rodillo y las teclas tap, tap, tap... el número de ficha. Limpia de nuevo sus gafas, guarda el pañuelo, alza los ojos y la camisa, el cabello entrecano, el cuello arrugado y sucio hacen «plop» y desaparecen dentro del bibliorato y éste dentro del cajón. Antes de dirigirme la palabra, el hombre de la máquina de escribir ubica mejor una mano que salía afuera y el zapato que exhibía un agujero ridículo en la plantilla. Se vuelve hacia mí:

-¿Nombre y Apellido?



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