1
El único ejemplar conocido de esta edición de 1499, que de todos modos es la más antigua de que hay noticia, carece de la primera hoja, empezando por la sign. A-II (Argumento del primer auto desta comedia) y tampoco indica al fin el lugar de la impresión; pero tiene el escudo de Fadrique alemán de Basilea, que estampó en Burgos muchos y buenos libros desde 1485 hasta 1517.
Hay que advertir, sin embargo, que el último pliego de dicho ejemplar es contrahecho, al decir de los que han tenido la fortuna de verle; indicando la filigrana del papel que hubo de ser reimpreso en 1795. Queda, pues, la duda de si este final fue copiado de otro ejemplar auténtico, o el escudo y la fecha son una completa falsificación, la cual no parece verosímil; porque ningún mérito podía añadir al libro.
Sea de Fadrique Alemán, o de otro impresor: haya salido de las prensas de Burgos o de las de cualquiera otra ciudad castellana, esta edición tiene que ser necesariamente anterior a la de Salamanca, 1500, donde apareció ya el texto actual de La Celestina. Nada pierde, por consiguiente, de su aprecio el ejemplar llamado de Burgos, único que nos conserva el primitivo texto de la tragicomedia (o comedia como en ella se intitula) antes que su propio autor la refundiera. Desgraciadamente este ejemplar no se halla a nuestro alcance. No debía de estar ya en España a fines del siglo pasado, cuando los eruditos de aquel tiempo no le mencionan.
No carece de curiosidad la historia de los precios que en ventas públicas ha obtenido. Apareció por primera vez en la biblioteca de Ricardo Heber (1837) y fue tal la insensatez o ligereza de los bibliófilos (desencantados quizá por la circunstancia del pliego falso), que fue vendido en la irrisoria cantidad de dos libras y dos chelines. Adquiriole M. de Soleinne, y en la venta de su riquísima colección dramática llegó ya a 409 francos. Procedente de la del Barón Seillière, y haciendo antes escala en la de Heredia, fue subastado nuevamente en París hace pocos años, y adquirido por el librero Quaritch, de Londres, que en su catálogo de 1895, le anunció en 145 libras esterlinas. Ignoramos quién sea el poseedor actual de esta joya, que importa al honor nacional rescatar cuanto antes de manos extrañas.
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Los catorce primeros actos de la edición de Burgos corresponden sustancialmente a los catorce primeros del texto actual: el acto decimoquinto al vigésimo, el decimosexto al vigesimoprimero. Los cinco actos que ahora se numeran desde el decimoquinto al decimonono, fueron añadidos por Rojas, y se designan en antiguas ediciones con el nombre de Tractado de Centurio, por la gran intervención que en ellos tiene un rufián así llamado. Hay, además, innumerables diferencias de pormenor. Don Pascual de Gayangos, varón doctísimo y de respetable memoria (de quien es la interesante nota inserta en el catálogo de Quaritch) daba la preferencia al primer texto y opinaba que Rojas, en la segunda redacción, dilató el final innecesariamente, repitiendo la escena del jardín, e intercalando la vulgar intriga de la venganza de Areusa, Elicia y Centurio. Me parece, no obstante, que fue adición muy feliz y de gran efecto dramático, el acto decimosexto, en que los padres de Melibea razonan sobre las bodas que proyectan para su hija, y ella a escondidas oye con lágrimas su conversación.
3
El Auto de Traso e sus compañeros, que está intercalado entre el 18 y el 19 de las ediciones corrientes, aparece ya en la edición de Toledo, 1526, por Ramón de Petras, y se repitió en una de Medina del Campo (¿1530?), en la de Toledo, por Juan de Ayala, 1538, y quizá en alguna otra, de las más raras. Seguramente no es de Rojas, puesto que al principio se dice que «el proceso deste auto fue sacado de la comedia que ordenó Sanabria». Puede verse reproducido este Auto, como curiosidad bibliográfica, en el catálogo de Salvá.
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Por lo menos desde la edición de 1500. Como la de 1499 está falta de la primera hoja, no podemos saber cuáles eran sus preliminares; pero en tan corto espacio no se comprende que cupiera otra cosa que la carta de El autor a un su amigo, a la cual faltaría acaso el párrafo en que se anuncian los versos: «Para disculpa de lo cual todo, no solo a vos pero a cuantos lo leyeren, ofrezco los siguientes metros».
5
Entiéndese esto respecto de la primitiva redacción en dieciséis actos: única a la cual se refiere la carta; no respecto de los cinco actos añadidos mucho después, según el mismo Rojas declara: distinción que conviene tener muy presente, y que han solido olvidar los críticos: «Viendo estos... dísonos y varios juicios, miré a donde la mayor parte acostaba, y hallé que querrían que alargase en el proceso de su deleite destos amantes. Sobre lo cual fuí muy importunado, de manera que acordé, aunque contra mi voluntad, meter segunda vez la pluma en tan extraña labor e tan ajena de mi facultad, hurtando algunos ratos a mi principal estudio, con otras horas destinadas para recreación».
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Véase dicho Perdón reproducido en los apéndices de la traducción que don José Quevedo, bibliotecario del Escorial, publicó en 1840 de los diálogos De motu Hipaniae de Juan Maldonado, pág. 346. El nombre de Fernando de Rojas está a continuación del de otro Rojas (Francisco) vecino de Toledo.
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Su autor, Cosme Gómez Tejada de los Reyes.
8
«Fernando de Rojas, autor de La Celestina, fábula de Calisto y Melibea, nació en la Puebla de Montalbán, como él lo dice al principio de su libro en unos versos de arte mayor acrósticos; pero hizo asiento en Talavera: aquí vivió y murió, y está enterrado en la iglesia del convento de monjas de Madre de Dios. Fue Abogado docto, y aún hizo algunos años en Salamanca oficio de Alcalde mayor. Naturalizose en esta villa y dejó hijos en ella». (Historia de Talavera, antigua Elbora de los Carpetanos, póstuma: escribiola en borrador el Lic. Cosme Gómez de Tejada de los Reyes. Sacola en limpio Fr. Alonso de Ajofrín, profeso del Monasterio de Santa Catalina, Orden de San Gerónimo. MS. en folio de 263 hojas: Biblioteca Nacional, V-184, fols. 256-7).
Vulgarizó esta noticia, tomándola de los extractos de Gallardo, don Manuel Cañete, en su erudito prólogo a las Farsas y Églogas de Lucas Fernández (1867).
9
«Martio ¿qué decís de Celestina? pues vos mucho su amigo soléis ser.
Valdés. De Celestina me contenta el ingenio del autor que la comenzó, y no tanto el del que la acabó. El juicio de todos me satisface mucho, porque esprimieron a mi ver, muy bien y con mucha destreza las naturales condiciones de las personas que introdujeron en su tragicomedia, guardando el decoro dellas desde el principio hasta la fin». (Diálogo de la Lengua, ed. de Usoz y Río, 1860, p. 190.)
10
Hay en este artículo observaciones muy agudas. «En el primer acto apenas empieza a desenvolverse la acción: sólo se prepara una trama complicada, de la cual no se puede formar idea hasta que se ha leído la comedia entera; que en punto a intriga natural y verosímil, es muy superior a la de los mejores dramáticos de España. Lo cierto es que si Rojas hubiera adivinado las intenciones de otro, y llenado el imperfectísimo borrón del primer acto, como dice, su obra mostraría talento más grande y perspicaz aún que el que nos presenta, suponiendo ser toda suya. Lo que me parece a mí más cierto es que de los que hablan de La Celestina, pocos la han leído con atención; pues a haberlo hecho, bien pronto se persuadirían que la invención y estilo nacen de una misma fuente desde el principio hasta el fin». (Periódico trimestre intitulado Variedades o Mensajero de Londres, 1823, t. I, pág. 228.)