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ArribaAbajoCartas a un señor

«......Ha estallado la guerra entre la clase media y la artesana. No falta a esta razón en muchas de sus quejas: se ve desmoralizada, pisoteada por la clase media, que, poco cristiana, sólo tiene ilustración de oropel muchas necesidades y muy poca caridad. Pero, por otra parte, este mismo pueblo, a lo menos la parte de él que habita en los grandes centros industriales y está sometida a detestables jefes, rebosa de ignorancia, de codicia y de irreligión.

»El mal de arriba ha engendrado al de abajo y a cualquier parte que tienda el sacerdote sus miradas no ve partido al cual se deba consagrar. La clase media representa el orden material y el desorden moral; la clase cortesana que, considerada en conjunto, goza de más moralidad, tiene también por lote la violencia y una facilidad extraordinaria para seguir los más detestables caminos. ¿Qué arbitrio, pues, sino en nombre de la verdad y de la caridad del Evangelio constituirse en mediador, obligando a ambos partidos a que oigan sus faltas y sus recíprocos deberes, y tratando de conducirlos, por la consideración de los males que unos y otros han experimentado, a una transacción fundada en la ley de Cristo?»

(Carta del P. Lacordaire a M. Augusto Nicolás.)




ArribaAbajoCarta primera

Nunca es peligroso decir la verdad


Muy señor mío: Ha tenido V. la bondad de acoger con benevolencia y favorecer con su aprobación las Cartas a un obrero, pero V., persona ilustrada, habrá notado que la Cuestión social apenas se conocía allí más que bajo el punto de vista de los errores y de las faltas del pobre, y como el rico faltas comete también, errores tiene, y si acerca de ellos guardáramos silencio, sobre dejar la cuestión a medio discutir y la obra manca, parecería como que no nos atrevíamos a decir la verdad más que a los pequeños para contentamiento de los grandes, adulándolos con el silencio, cosa tan ajena a nuestro carácter, como a la índole de nuestra Revista. Nada hay más contrario a la caridad que la mentira calculada que se llama adulación, o el silencio temeroso que se hace cómplice del mal, dejándolo pasar sin reprobación ni anatema.

Caridad es amor, y no ama al rico el que no procura contribuir a que se perfeccione, y por temor de excitar su enojo, merece su desprecio.

Debo manifestar a V., con franqueza, lo que alguna persona muy sensata me ha dicho acerca de los inconvenientes de dirigirle estas cartas por medio de la prensa, inconvenientes que pueden resumirse así: peligro de que los pobres conviertan en un arma la verdad que digo a los señores.

Verdad peligrosa, me parece algo así como santidad impía, o claridad obscura. Tengo fe en la verdad, como en Dios, de quien es hija, y cuando no la contemplamos pura, cuando la rodeamos de errores y pasiones, es frecuente hacerla responsable de los males que causa aquel acompañamiento desdichado. Lo más que podemos conceder es que haya alguna ocasión rara, en que por breves momentos convenga aplazar la predicación de la verdad. Ni esa ocasión ni esos momentos son de la época actual; todo se discute; no hay doctrina, por absurda que sea, que no tenga apóstoles; los argumentos tienen el carácter de arremetidas, y el campo de la discusión parece más bien arena de lucha. ¿Cómo en tal situación ha de ser peligroso llegar entre los combatientes, y decirles algunas palabras a impulsos del amor a los hombres y de la fe en Dios? Que no las oigan, lo comprendemos, pero que en esta hora puedan hacer mal, es como suponer que la débil mano de un niño puede activar el fuego de un volcán en erupción.

Si no tenemos escrúpulo de que los ricos abusen de las verdades que decimos a los pobres, ¿por qué hemos de temer que éstos conviertan las que dirigimos a las clases acomodadas en armas de combate? La plebe, se dirá, recurre a la violencia, y ¿recurre ella sola? Todas las clases, todos los partidos, ¿no apelan a la fuerza para sobreponerse a la ley? La violencia es criminal, es abominable, pero todos se manchan con ella, y si hay algún medio eficaz de combatirla, es diciendo la verdad e invocando la justicia.

Además, en esta hora urge mucho que las clases acomodadas comprendan sus deberes y los cumplan y no desoigan el aviso que la Providencia les ha dado. Mal las sirve el que les haga creer que el peligro pasó, que el pequeño amago es el gran golpe, y que la tempestad ha desencadenado todos sus huracanes. Hemos visto desórdenes y crímenes, con dolor de que fuesen tantos, con asombro de que no fueran más. ¿Cómo no ha sido mayor el choque de las masas abandonadas a sus iras, a su descreimiento, a sus errores? Todavía el virus no había penetrado en toda la sustancia; todavía no se habían extinguido todas las voces de la conciencia, ni estaban rotos todos los frenos del deber ni todos los lazos del amor; pero no nos durmamos sobre el abismo; si el volcán no nos ha sepultado, si no hubo gran erupción, en las pequeñas corrientes pudimos apreciar la temperatura de la lava, y ¡ay del día en que corra en mayor cantidad, día inevitable, si no apartamos las materias de que se forma!

Alejémonos de la arena política, donde suelen sonarse peligros y seguridades; prescindamos de tal suceso que inspira temor, y de tal otro que da confianza; dejemos las superficies movedizas y reflejadoras, engañosas de todo lo que por encima pasa, y penetremos en el fondo de la sociedad. ¿Ha desaparecido alguna de las causas que la conmovieron? ¿Hoy como ayer, el pueblo no es ignorante? ¿Hoy como ayer, los hombres sin amor de Dios, sin fe en Él, sin esperanza en otra vida, no se arrojan sobre ésta y quieren devorarla como una presa que se les disputa? ¿Hoy como ayer, el materialismo, impío en las clases elevadas, brutal en el pueblo, no le impulsa a los placeres de los sentidos, únicos que comprende su espíritu irreligioso y poco cultivado? ¿Hoy como ayer, la desigualdad de goces no está en pugna perenne con la igualdad de derechos, no establece un desacuerdo que tiene que convertirse en hostilidad? ¿Hoy como ayer, la miseria no da un mentís doloroso a los progresos de la civilización, y horribles consejos a sus víctimas? ¿Hoy como ayer, no es, además de una virtud, una necesidad social la resignación, imposible para los que sufren mucho y no creen nada? ¿Hoy como ayer, no hay fanáticos que arrastran ilusos, ambiciosos que explotan ignorantes; manos, en fin, prontas a poner fuego a tanto combustible acumulado por la pasión, el dolor y la ignorancia? Pues si en nada han cambiado las condiciones esenciales de la sociedad, si en el fondo tiene las mismas corrientes, iguales abismos que ayer, ¿cómo suponemos que mañana no caerá en ellos, porque hoy se note en la superficie esta o la otra apariencia tranquilizadora? Las causas subsisten, los efectos vendrán ahora, después o luego; la sociedad no tiene asiento sólido ni idea elevada; el mundo blasfema desesperado; los individuos se suicidan, las colectividades se rebelan, y no hay que tomar las intermitencias de la enfermedad por la calma de la salud.

Y no es que yo desespere de la humanidad, no señor; creo que bajo la mano de la Providencia camina a un porvenir menos triste que su pasado, pero creo también que le esperan jornadas penosas, horas de prueba, y que ha menester rodearse de la luz de la verdad para no caer en abismos, de donde saldría, pero después de haber sufrido dolores horrendos y cometido culpas graves, que puede y debe evitar.

La hora es solemne, el peligro grave, y las conciencias rectas deben agruparse, y las voluntades firmes formar cuadro, y todo el que tiene fe, decirlo muy alto y erguida la frente, porque hemos llegado a tal confusión y locura, que las señales de fuerza se toman como signos de debilidad, y el descreimiento y el egoísmo tienen la increíble pretensión, no sólo de dictar leyes, sino de inspirar respeto.

Por estas y otras muchas razones, creo, caballero, que el silencio no es prudencia, sino cobardía; que no es hora de poner mordazas a la verdad cuando el error se pregona con tantas trompetas, y que si los pobres tienen errores de posición, lo propio acontece a los ricos, porque cada clase vive en atmósfera distinta, pero dañosa muchas veces para la conciencia, y que, por ser habitual, se respira como si fuera sana. Las clases, como los individuos que las componen, no son impecables; ninguna puede tirar la primera piedra, y en momentos supremos como el actual, bien es que hagamos todos examen de conciencia y confesemos a Dios nuestros pecados, y los confesemos en alta voz como los primeros cristianos, porque al punto a que han llegado las cosas, esta confesión es necesaria, da buen ejemplo, fortifica las conciencias, y más calma que irrita a los perjudicados por la culpa, y que la saben.

Es lógico, pero es triste, que un país que con frecuencia ventila sus asuntos por la fuerza, escrupulice tanto cuando se trata de someterlos a la razón; que tema más la verdad que la pólvora, y que, rehusando discutir las opiniones, las arme. Yo no sé cuál será su parecer de usted, caballero; el mío es, que si se quiere salvar algo, o mucho, es necesario discutirlo todo, y que ningún problema puede ya resolverse a obscuras. Por eso he determinado dirigir a V. estas cartas, con las cuales, lejos de cometer una imprudencia, me parece a mí que cumplo con un deber.




ArribaAbajoCarta segunda

Lo que entendemos por pobres y por señores


Muy señor mío: Antes de entrar en materia, debo fijar la significación de las palabras señor y pobre, sin lo cual podría haber grandísima confusión en las ideas. Todo el mundo sabe, poco más o menos, lo que son señores y pobres, pero este poco más o menos, que en algunos casos carece de importancia, puede tener mucha cuando se discuten ciertas cuestiones, como la pequeña diferencia de un número puede despreciarse cuando está solo, pero que si se repite en muchos constituye una cantidad que, despreciada, produce una solución errónea del problema.

Hay mucho de relativo en lo que se entiende por señor y pobre. En una miserable aldea, pasa por señor el que juzgaría pobre un príncipe o un magnate, así como en un lugar compuesto de chozas, se llama palacio a una mala casa. Conviene que sea lo menos inexacto, variable y relativo posible lo que entendamos por pobre y señor, y por eso creo necesarias las explicaciones en que voy a entrar.

Un eminente autor francés, que ha unido al bien pensar y al bien decir, el bien obrar, Carlos Lucas, dice que el deber en los pobres es negativo, y en los ricos es positivo. Estas pocas palabras, si de ellas se sacan las consecuencias lógicas, constituyen todo un tratado de moral. Reflexionemos sobre ellas para comprender la profunda verdad que encierran y las obligaciones que nos imponen.

Los ricos, las personas acomodadas, por lo general, no suelen meditar mucho sobre sus deberes ni consultar muy detenidamente su razón y su conciencia para cerciorarse de que los han cumplido; pero aunque sumariamente, y como si dijéramos al por mayor, algunos piensan a veces en lo que mutuamente se deben ellos y los pobres, y comparando cómo cumplen unos y otros, y el mérito respectivo, resulta el suyo mucho mayor, no siéndolo realmente. Equivocación como la que padecen los que creen que la estadística se reduce a números, sin que para determinar su verdadero valor entren la lógica y el raciocinio. Hagamos, aunque brevemente, un paralelo entre las dificultades que halla el pobre y las facilidades del rico, y esto nos conducirá a determinar en qué se distinguen esencialmente.

El pobre no suele ser bien venido al mundo; los cuidados que le da su madre exigen una pérdida de tiempo que para el necesitado es dinero, y su aparición en la familia se significa con una frase que la indiferencia no repara, pero que es terrible: se dice que es una boca más. En la penuria en que viven los pobres, luchando con la necesidad, muchas veces con el hambre, un hijo más supone una ración menos, y aunque el amor paternal no calcule ni regatee los sacrificios, el pobre los hace grandes para sustentar la prole, y con frecuencia cercena para ella del preciso alimento: tiene, pues, mérito, a veces un gran mérito, en criar a sus hijos.

El pobre tiene poco tiempo que dedicar a la educación de sus hijos, y lo que es peor todavía, no tiene idea de lo que es educación; no la ha recibido, no sabe en qué consiste, no puede darla.

El pobre, ignorante, no ve un mal en que su hijo lo sea; es necesario tener instrucción para comprender sus ventajas. Si tal vez sabe leer, escribir y contar un poco, como no le han servido gran cosa aquellos imperfectos conocimientos, no da importancia a que su hijo los adquiera, y como desde muy pequeño le sirve de algo, como muchas veces no puede darle de comer si no le ayuda, no le envía a la escuela.

El pobre, luchando siempre con el hambre, con la intemperie, con los agentes físicos, apenas comprende más triunfos que los que se alcanzan sobre la materia, ni más goces que los materiales.

El pobre nace, crece, vive y muere, en una tarea ruda; por grados se va habituando a ella: de pequeño le dejan llorar, le pegan cuando es mayor, y si no se endureciera su cuerpo y su alma, sucumbiría.

El pobre, en sus ratos de ocio y en sus días de descanso, ni en sí, ni en lo que le rodea, halla disposición para los goces del espíritu, y busca los de los sentidos, únicos al alcance de su inteligencia y de su bolsillo.

Usted, que ha visto pobres, sabe que todo esto es verdad; y sólo la excelencia de ese destello de Dios que se llama alma, y de esa ley de amor que se llama religión de Jesucristo, puede hacer que en tales condiciones el hombre sea todavía un ser moral, y que muchas veces nos admire con rasgos que revelan una grande elevación de espíritu.

El pobre es, pues, una organización que se sostiene con dificultad: una inteligencia que no se cultiva; una conciencia que no se ilustra ni se afirma; una sensibilidad que se embota: todavía en tales circunstancias siente la inspiración divina, y es libre, responsable, moral; pero pretender que en la gran mayoría de los casos su virtud sea positiva, es desconocer absolutamente el hombre y la sociedad en que vive.

El pobre que no abandona a sus padres, ni a sus hijos; que no maltrata a su mujer; que no se embriaga; que no roba; que no es pendenciero ni da escándalo; que no es tramposo; que no hiere ni mata ni se rebela contra las leyes, es un hombre honrado. Pretender que tenga una grande iniciativa para el bien; que positivamente haga por sus padres, por sus hijos, por su mujer, por la sociedad, todo lo que convendría para la felicidad y perfección de todos, es querer un imposible, y negarse a la evidencia. Yo creo que toda criatura racional puede hacer positivamente algún bien, pero creo al mismo tiempo que, dado el estado moral, intelectual y económico de la gran mayoría de los pobres, sólo por excepción puede esperarse que hagan otra cosa que abstenerse del mal. Acompañemos mentalmente al pobre desde que se levanta para ir a trabajar, hasta que, fatigado, se acuesta; apreciemos bien la limitación de sus ideas, el estrecho círculo en que su espíritu gira, lo escaso de sus recursos materiales, que apenas bastan para cubrir sus necesidades, y digamos en conciencia, si en su lugar podríamos tener iniciativa para contribuir a la perfección y a la felicidad de nuestros semejantes.

Aun la persona menos religiosa, si es razonable y un tanto ilustrada, comprenderá el valor moral y social de las Obras de Misericordia, que en algunos casos (creemos que en muchos) se deben de justicia. ¿Qué artículos puede practicar el pobre, de este código bendito cuya aplicación sería la honra y el consuelo de la humanidad?

¿Cómo ha de dar de comer al hambriento, ni vestir al desnudo, el que padece de desnudez y hambre; ni hospedar al peregrino el que en su reducida vivienda apenas tiene cama para sí; ni redimir a nadie de ningún cautiverio el que tan necesitado se halla de ser redimido él mismo? ¿Qué enseñará el que nada sabe? ¿Qué consejos dará quien necesita consejo? ¿Cómo corregirá el error quien tan expuesto se halla a caer en él, y tan falto de prestigio para hacer triunfar la verdad? ¿Qué consuelo llevará al triste quien, falto de medios materiales, de recursos en su inteligencia, ha sido tantas veces objeto de compasión sin inspirarla, y apenas comprende mayor desdicha que la suya? ¿Puede el pobre, sino por alguna rara excepción, realizar algunas de estas obras y salir de su virtud pasiva de no hacer mal, para tener virtud activa y hacer bien?

El rico, la persona regularmente acomodada, no tiene mérito en la mayor parte de las acciones que constituyen la virtud del pobre, porque virtud supone combate, sacrificio, esfuerzo, vencer alguna dificultad que lo sea o que lo ha sido, antes que la persona llegue al grado de perfección en que toda acción buena es natural.

El rico no se quita el pan de la boca para dárselo a sus hijos; su mérito no está en criarlos, sino en educarlos; no en evitar que mueran de necesidad, sino en hacer que vivan dignamente. Si su educación no es completa, tiene la bastante para comprender sus ventajas, y con la instrucción le sucede lo propio; si no siempre facilidad, tiene siempre posibilidad moral y material de educar a sus hijos.

Ni el hambre, ni el frío, ni la abyección, ni la ignorancia, ni la compañía de los criminales, la empujan al robo. Ni tentación ni mérito tiene en no ser ladrón. Su mérito no está en respetar la hacienda de otro, sino en dar de la suya aquello que pueda, para contribuir a que el dolor disminuya y la perfección aumente.

Los vicios groseros, como la embriaguez, repugnan al rico, que desde la infancia los ve considerados como cosa vil, indigna de su persona, y que le rebajarían al nivel de los que desprecia. Su educación, su género de vida, contienen el incremento de las pasiones que impulsan a la violencia: no contrae, pues, mérito en abstenerse de faltas o crímenes repulsivos a su manera de ser, sino en dar ejemplo de las opuestas virtudes.

El que tiene cubiertas sus necesidades, no se ve en la de pedir prestado lo que no puede pagar, ni de perder aquella dignidad que tanto peligra en el hombre que carece de lo preciso: su mérito no está en no contraer deudas, sino en pagar aquellas que la conciencia reconoce a favor de la humanidad doliente y miserable.

El que tiene alguna instrucción y algún desahogo, no oye el mal consejo del hambre, ni la ignorancia le extravía; su mérito no está, pues, en no seguir al primero que le excita a la rebelión, sino en apartar de ella al menos afortunado, en hacer cuanto pueda para que el error no extravíe las conciencias, y la miseria no encienda las pasiones.

Podríamos continuar esta especie de paralelo, y resultaría siempre que son meritorias en el pobre acciones que en el rico no tienen mérito alguno, y que la virtud del primero consiste más bien en abstenerse, tiene más carácter pasivo, y la del segundo en hacer, y es esencialmente activa.

Resulta también, que si el deber es una cosa absoluta, obligatoria para todos, grandes y pequeños, la manera de cumplirle es muy relativa a la posición de cada uno, y que para ser rico honrado se necesita, si no hacer más esfuerzos, producir mayores resultados que para ser honrado pobre, porque el deber no es una capitación que pide a todos igual cantidad, sino una obligación que exige de cada uno proporcionalmente a lo que tiene. Así, pues, todos estos cálculos que hacemos al comparar nuestro valor moral con el del pobre, suelen flaquear por la base; damos a los números un valor que no es el suyo, decimos dos o cuatro, sin saber si son onzas o quintales, y con sumandos de naturaleza heterogénea, la suma resulta absurda, que en el orden moral quiere decir injusta.

Sabiendo que hay en la sociedad individuos cuya posición da a su virtud necesariamente, y por punto general, un carácter negativo, y otros cuya virtud le tiene positivo, llamamos a los primeros pobres, y a los segundos señores. Vamos a usar, pues, la palabra señor, en el sentido de que lo es todo el que activamente puede emplearse en el bien de sus semejantes. Es señor, el pobre de bienes materiales, pero rico de inteligencia o de instrucción, que puede transmitirla a los que de ella carecen; es señor, el que tiene autoridad, y con ella medio de contribuir de un modo cualquiera al bien; es señor, el que por el nombre que lleva, por la posición que ocupa, tiene un prestigio que puede utilizar a favor de sus semejantes; es señor, el que siente la inspiración del arte, que puede convertir en palanca poderosa para conmover el corazón y elevar el sentimiento; es señor, el que con alguna cantidad o valor cualquiera, puede contribuir a una buena obra; es señor, en fin, el que puede dar trabajo material por no necesitar todo el suyo. Es pobre, el que ninguna de estas cosas tiene ni puede dar, hallándose tan necesitado material e intelectualmente, que cuanto posee ha menester para sí, significando para él donativo, privación de lo necesario.

Ve V., pues, caballero, la significación que en estas cartas tendrán las palabras pobre y señor.

He dicho y repito, tratando del pobre, que en lo general es pasivo, porque realmente no concibo situación alguna, por desdichada que sea, en que el hombre, alguna vez y para alguna cosa y no pueda ser activo; pero se necesita tal esfuerzo de virtud para que lo sea el pobre y convierta en hecho la posibilidad, que no hay que calcular partiendo de un heroísmo que no es exigible.

En cuanto a los señores, cuyos deberes son activos, no es necesario añadir que de ningún modo pueden eximirse de los pasivos; el primero de todo hombre es no hacer mal, este es absoluto; después entra el de hacer bien, que es relativo y proporcional a la situación de cada uno.

Lejos, pues, de admitir yo Cuarto Estado, no comprendo más que dos estados sociales: el de aquellos cuyos deberes sociales son generalmente negativos, y los que además tienen deberes positivos. Una vez hecho este deslinde, podrá haber error en lo que voy a decir a usted, pero no habrá confusión, y tenemos una probabilidad más de entendernos.




ArribaAbajoCarta tercera

Plan de los asuntos que trataremos en estas cartas.-La cuestión religiosa.-Su influencia en los problemas sociales


Muy señor mío: Este trabajo, que lleva en primer término el título de Cuestión social, bien podría tener el de Cuestión moral, y es el que le hubiera dado, sin el temor de que el nombre diese una idea equivocada de la cosa. Si en todos los países la cuestión social es cuestión moral en gran parte, en el nuestro mucho más, porque la inmoralidad tiene proporciones que en pocos alcanza, y porque si los señores se moralizasen, estaba resuelto, a mi parecer, el problema social respecto a los pobres. Éstos, entre nosotros, son aún en su mayor parte resignados, sumisos y dispuestos a dejarse conducir por el buen camino, si hubiese quien por él los llevara.

Con alguna excepción, la regla es que nuestro pueblo no tiene aún aspiraciones imposibles de satisfacer, ni odios que ningún amor aplaca. Causas que no necesitamos investigar, producen este efecto, y en España, más que en ningún pueblo, con una moralidad, no digo perfecta, sino tolerable, estaba resuelto, por ahora al menos, o mejor dicho, no habría problema social. Esta es, entre otras, una razón para que yo hablé en estas cartas menos de Economía política que de moral, además de que V. no es ignorante ni yo docta, para que convierta mis epístolas en lecciones de la ciencia de la riqueza. Este libro no es una obra didáctica, sino un resumen memento; lo que yo voy a decir, lo dice todo el mundo: y entonces, dirá V., ¿para qué lo digo yo? Porque son cosas que se hablan a la media voz del miedo, o con la voz ronca de la ira, y se dicen acá y allá sin orden, y a veces sin concierto: al dirigirme a V., mi objeto es hablar alto sin gritar; y hablar con método, agrupando lo disperso y recordando lo olvidado; no aspiro a que V. diga: ¡Es profundo, es sublime, es admirable! sino: ¡Es CLARO!

En cuanto a la afirmación de que entre nosotros se resolvería la cuestión social sin más que con un poco de moralidad por parte de los señores, podrá parecerle a V. aventurada, pero tengo la seguridad de que opinarán como yo todos los que en España hayan tratado pobres y los conozcan lo cual no es lo mismo. Cuando se tienen relaciones con una clase con prevención hostil, desdeñosa o en exceso benévola, se la trata sin conocerla; esto es frecuente entre pobres y ricos, siendo posible y aun probable que V. desconozca al pueblo aunque haya tratado con él.

No podemos juzgar con acierto las faltas de los pobres si no sabemos las nuestras, y podría suceder que echando bien la cuenta, resultasen en el cargo partidas que figuran en la data. Quisiera contribuir un poco al examen de conciencia que debe hacer nuestra clase, y a poner en claro si son o no pecados muchos de que acusa a la otra o de los que se cree limpia, y en qué cuestiones puede tirar la primera piedra.

Como la brevedad no está reñida con el orden, he de procurar tenerle, y diré a V. el que me propongo seguir.

El estudio de las cuestiones sociales es, más o menos profundo, más o menos directo, el de los hombres que componen la sociedad, de modo que no se puede prescindir de su naturaleza, ni ser independiente del modo de ser individual la existencia colectiva. No ver más que el individuo, o prescindir de él, son dos errores en que no ha de incurrir el que piensa rectamente, porque ni el hombre puede vivir sin sociedad, ni ésta existir sin hombres. Al tratar, pues, una cuestión social, breve o extensamente, en uno u otro sentido, hemos de partir del hombre, tal como es, no como se lo representan los que sueñan perfecciones en la naturaleza humana, o los que la calumnian.

¿Qué es el hombre?

  • Sentimiento que elevar.
  • Voluntad que rectificar.
  • Conciencia que ilustrar.
  • Inteligencia que cultivar.
  • Cuerpo que alimentar.

No se puede prescindir de ninguna de estas cosas ni dar a cualquiera de ellas exagerada importancia, sin desconocer la humana naturaleza y alterar los datos que han de servir para la resolución de todos los problemas. Así, pues, la cuestión social, si ha de comprender las partes esenciales del hombre, y, por tanto, integrantes de la sociedad, ha de ser:

  • Cuestión religiosa.
  • Cuestión moral.
  • Cuestión científica.
  • Cuestión económica.

Estas cosas no son idénticas, pero tampoco independientes, ni menos hostiles, y de su movimiento armónico resulta la posible perfección, la felicidad. La religión influye en la moral; la moral en la religión; la ciencia en las dos y en la economía, y ésta en las otras tres: las condiciones materiales en que se halle el hombre, pueden facilitar, dificultar, y casi imposibilitar que se perfeccione en las esferas religiosa, moral y científica. La pretendida independencia de las grandes cuestiones, el haber prescindido de una parte del hombre al querer dirigirle, ha contribuido mucho a que se extravíe.

Siguiendo el orden que hemos indicado, hablaremos hoy de la religión, haciéndolo con aquella sinceridad de que no puede prescindir ninguna persona honrada, y con la firmeza necesaria en asunto muy ocasionado a censuras acres y ostentosas reprobaciones. Me dirijo:

  • A los que tienen religión.
  • A los que la fingen.
  • A los que la desdeñan.

Dirán los primeros que los calumnio; llevarán a mal los segundos que procure arrancarles la careta; tendrán los otros la cuestión por ociosa, y por impertinencia tratarla, y más con tal aparato de solemne gravedad. Preveo también, y es muy triste previsión, que algunos se escandalizarán sinceramente, pero ensenaba el Divino Maestro que hay horas en que el escándalo es necesario. Y el escándalo ¿viene del que hace el mal, o del que, con deseo de remediarle, le pone de manifiesto? Muchos piensan lo que voy a decir, y muchos también con sus acciones lo corroboran; no pocos no quieren pensar en estas cuestiones ni menos tratar en público de ellas, como si la paz de la conciencia consistiera en imponerle silencio, y la respetabilidad, en contemporizar con las cosas que deben combatirse.

Supongo, caballero, que V. comprenderá toda la importancia de la religión, y que tenga poca o mucha para V., no tendrá la ligereza de prescindir de la que tiene para los otros. La religión nos envuelve por todas partes a la manera de la atmósfera en que vivimos, y así como las máquinas más poderosas y apropiadas no consiguen hacer el vacío completo, la impiedad más atrevida no alcanza nunca a extinguir el sentimiento religioso que de todas las mutilaciones retoña, como brote inmortal de árbol eterno. Lo mismo que el pulmón respira el aire que le rodea, el alma alienta en la idea de Dios; por ella se comprende, se eleva y se fortifica; ella es luz en las tinieblas, norte en la tempestad, fuerza en el desaliento, consuelo en el dolor; ella, en fin, permite penetrar algo del terrible misterio de nuestra existencia. Sin Dios no puede explicarse el hombre, contradicción desgarradora o divina armonía.

No tratamos de teología, no vamos a discutir dogmas ni a penetrar misterios, y cualquiera que sea el modo de pensar y sentir respecto de unos y otros, convendrá V. en que los hombres que viven en sociedad, más o menos, mejor o peor comprendida, tienen religión, siendo ésta, en consecuencia, un elemento social.

Por desgracia, este elemento no es entre nosotros lo que debería ser; la religión, por regla general, no se comprende ni se practica bien en España, donde es grande el número de personas irreligiosas.

La religión no consiste en fórmulas exteriores, en prácticas casi mecánicas, en palabras cuyo sentido se ignora o se olvida, en preceptos que verbalmente se respetan, pero que prácticamente se quebrantan. La religión es una cosa íntima, que arranca de lo más profundo de nuestro corazón y de lo más elevado de nuestra inteligencia, que tiene manifestaciones exteriores como señales de lo que en el interior existe, no para suplirlo; palabras para comunicar con los otros hombres que elevan el alma a Dios, a fin de fortificarse en esta comunión, y también para procurarla. La religión no es el precepto que se invoca cuando conviene, sino que se practica siempre; es la aspiración a perfeccionarse, es la justicia, es el amor, es la unión íntima del espíritu con Dios, que le eleva y le sostiene en la desgracia y en la prosperidad.

El hombre no es religioso como es militar o empleado, ni puede echar la llave a su conciencia como a su pupitre. Hay quien va a la iglesia, reza una oración y dice: He cumplido mis deberes religiosos.

Después se ocupa en su profesión, en su oficio, o en nada. Fuera del templo, o concluida la plegaria doméstica, la religión no interviene en su trabajo ni en sus ocios. ¿Por qué? Porque no es verdadera. La verdadera religión acompaña al hombre a todas partes, como su inteligencia y su conciencia; penetra toda su vida e influye en todos sus actos. Sus deberes religiosos, no los cumple por la mañana, por la tarde o por la noche, sino todo el día, a toda hora, en toda ocasión, porque toda obra del hombre debe ser un acto religioso, en cuanto debe estar conforme con la ley de Dios. Hay religión en el trabajo que se realiza, en el deber que se cumple en la ofensa que se perdona, en el error que se rectifica, en la debilidad que se conforta, en el dolor que se consuela; y hay impiedad en todo vicio, en toda injusticia, en todo rencor, en toda venganza, en todo mal que se hace o que se desea. La religión no consiste sólo en confesar artículos de fe, y practicar ceremonias del culto, infringiendo la ley de Dios. Al hombre religioso no le basta ir al templo, es necesario que lleve altar en su corazón, y que allí, en lo íntimo, en lo escondido, ofrezca sus obras a Dios, como un homenaje, no como una profanación y un insulto. Cuando llega la noche, y examina en su conciencia cómo ha empleado el día, si no ha evitado todo el mal que en su mano estaba evitar, si no ha hecho todo el bien que pudo hacer, no puede decir con verdad que ha cumplido sus deberes religiosos.

Amaos los unos a los otros, sed perfectos como vuestro Padre Celestial. Este es el mandato del Divino Maestro. ¿Cómo le obedecemos en España? ¿Cumplimos la ley de amor aborreciéndonos hasta el punto de recurrir de continuo a la violencia, de empuñar las armas, y en continua y abominable matanza, manchar con sangre las manos fratricidas y el alma con el más horrendo pecado? Si la religión dijera aborreceos, podíamos llamarnos ¡ay! un pueblo muy religioso; pero como dice amaos, ¿no parecemos un pueblo impío?

¿Cumplimos mejor con la ley de perfección que con la ley de amor? Siendo una misma, no puede ajustarse a la una quien infringe la otra, y nuestra imperfección viene a dar testimonio de nuestra impiedad.

Personas sencillas, fáciles de contentar, deseosas de ver realizado el bien que desean, se congratulan porque en ciertos templos y en días dados, acuden los fieles en gran número. ¿Dónde están las obras de esa fe? Jesús ha dicho: El árbol se conoce por sus frutos. ¿Cuál es el de ese árbol que parece vivo porque está en pie, que parece muerto porque no da fruto? ¿Cuál es el de esa religión que llena simultáneamente los templos, las orgías, las casas de expósitos, de juego, de prostitución, los presidios, y las calles y las plazas de gente que debería estar en ellos? La corrupción de las costumbres llega al punto de que la deshonestidad no escandaliza; la desenfrenada afición al juego, en vez de perseguirse, se explota; la vanidad despliega su lujo ante la miseria sin ningún miramiento; el egoísmo, bajo todas sus formas, se ostenta del modo más cínico; la usura es tan general, que el usurero no atrae sobre sí el desprecio que merece, ni aun se llama por su nombre; la apropiación de lo ajeno es tan general, que se hace impunemente si se trata de la hacienda pública, y de la privada muchas veces, y lejos de señalarse con el dedo los que se enriquecen contra conciencia, se notan los que la tienen porque son muy raros, y si no se desdeñan, no se respetan tampoco.

Es tan crecido el número de los que se enriquecen pecando, que la opinión pública, lejos de lanzarles su anatema, los tolera y aun los aplaude, mirando a los hombres de conciencia y de honor con una extrañeza en que no se sabe si hay más desdén que respeto. La honra y la vida no se respetan más que la hacienda, y la procacidad en el hablar se iguala a la cruel prontitud en herir, que tiene en presidio 7.000 homicidas, e impunes nadie sabe cuántos.

Tanto vicio y tanto crimen, la timidez apática del bien, la insolente audacia del mal, la virtud que no se honra, la perversidad que no se anatematiza, el dolor que no se compadece, las costumbres babilónicas, todo, en fin, ¿no está diciendo que no se comprende o no se practica la religión de Jesucristo, y que no se adora a Dios en espíritu y en verdad?

Hay una frase muy usada y muy gráfica del modo que tiene el vulgo (elegante o mal vestido) de entender la religión; se irrita contra los gobernantes impíos que quieren quitársela. Como si aquella íntima comunicación con Dios, lo más recóndito que hay en el hombre, lo más elevado, lo que mora en el corazón y la conciencia, lo que está sobre y fuera del alcance de todos los poderes humanos, pudiera ser quitado por ninguno. Pecan, y muy gravemente, los poderes que no respetan la religión, los que permiten persecuciones o insultos a los que la practican; pero atribuir a ninguno el poder de quitarla, es buena prueba de que no se comprende.

Y aun lo más fácil y lo más ostensible, ¿cómo se practica? Basta observar la gente que acude al templo cuando no hay cosa que llame la atención y sólo se trata de cumplir los deberes religiosos; en este caso apenas se ven más que mujeres, y en todos su número excede tanto al de los hombres, que en la proporción más favorable para éstos, cuando hay música, orador notable, función de buen tono o de partido, etc., no suelen llegar a la cuarta parte. Y de ellos, ¿cuántos asisten por conciencia y no por apariencia? ¿Cuántos van para elevar el corazón a Dios y no por engañar a los hombres? ¿Cuántos acuden obedientes a un precepto y no para que los vean y para ver? Esta cuenta exacta sólo Dios puede llevarla; pero aproximada, fácil es de echar a cualquiera.

Desde luego, a la simple vista, y por una mímica muy elocuente; en el mirar acá y allá, a derecha e izquierda, y al techo y a la entrada, y a todas partes menos al tabernáculo; en el arreglar el cabello, y ver de que los puños salgan lo necesario; en el rectificar la posición de la corbata; en las asiduas precauciones para que no se altere la brillante superficie del recién planchado sombrero; en el hincar una sola rodilla en tierra sobre el blanco pañuelo precisamente al elevar la hostia, en estas y otras señales se reconoce bien el que no va a la iglesia para, oír misa.

A este número, no muy corto, de los que denuncia la mímica, puede añadir cada uno el que aquellos cuyo modo de pensar conoce, y sabe que no creen lo que aparentan practicar, y otros cuyos hechos son de tal naturaleza, que su presencia en el templo es una verdadera profanación.

Si de las iglesias vamos a las casas, ¿qué sucede, caballero, en las que V. y yo y otros muchos conocemos bien? Cierto que hay algunas en que el jefe de la familia y los hijos varones, movidos de verdadera piedad, cumplen con sus deberes religiosos; pero en la mayor parte, la religión es cosa de las mujeres; ellas solas van a misa, a ellas incumbe la cuenta con Dios, como la cuenta de la lavandera..... ¡Qué variedad de hombres irreligiosos conocemos!

Los hipócritas que quieren engañar.

Los calculadores que manejan la religión como un capital del que se puede sacar buen rédito.

Los viciosos para quienes la religión es un freno que rompen.

Los que no creen, y no razonan.

Los tímidos que no quieren dar escándalo.

Los cínicos que se complacen en darle.

Los que viendo en la religión un bien, no quieren privar de él a los que aman, y aparentan fe por no debilitar la de su familia.

Los que miran la religión como una cosa propia de su clase o de su partido, y hacen que la tienen como personas de buenas ideas y de buen tono. De éstos hay una parte, y no pequeña, que no cubren apariencia alguna, que no practican nada, pero que en toda ocasión declaman contra los impíos.

Si mentalmente colocamos en cada una de estas variedades a todos los que a ellas corresponden, formarán agrupaciones muy numerosas por desgracia, en las cuales hay grandes diferencias, pero que tienen el carácter común de carecer de religión.

Huyendo de las ciudades, ¿se ha refugiado en los campos? La perversión de costumbres revela que no está allí tampoco, y aunque no tan graduada, existe diferencia, mucha diferencia, entre los dos sexos. Pongámonos a la puerta de la iglesia de un miserable lugar en un día festivo. Las mujeres van entrando, alguna llega a una parte del rosario o a todo. De los hombres, según las comarcas, van más o menos, pero en la mayor parte faltan muchos, en algunas los más. Los que asisten se quedan a la puerta de la iglesia, hablando mucho y muy alto, cosas a veces nada edificantes, y turbando el recogimiento de los que oran. Hasta el momento preciso de empezar la misa no quieren entrar: se toca una campanilla como señal, y aun no basta y a veces hay que salir a llamarlos.

Y ¿en qué consisten las prácticas religiosas de la mayor parte de las personas que de buena fe practican? Oír una misa que parece larga si para decirla se emplea el tiempo fijado por los cánones, y hacer una confesión siempre de los mismos pecados, y que no determina la enmienda; esta es la regla general.

Tratándose de millones de individuos, lo que nos parece regla, ha de tener y tiene dichosamente numerosas excepciones; hay muchas personas que comprenden bien la religión, que sinceramente la practican, y no todos los hombres son indiferentes o hipócritas; los hay verdaderamente piadosos, pero por desgracia no puede dudarse que están en gran minoría.

Y ¿a quiénes falta principalmente religión, a los de arriba o a los de abajo? Dios, que lee en la conciencia, sabe la culpa de cada uno; pero según las reglas que guían los más rectos juicios humanos, puede afirmarse que ni los pobres ni los señores tienen verdadera piedad; que hay individuos, no clases piadosas, debiendo todos cubrir de ceniza la frente y entonar los salmos penitenciales. Un poco más de cinismo o de brutalidad, un poco más de reserva o de hipocresía, es todo lo que se observa, y no siempre, según la posición social de cada uno.

Ciertas solemnidades religiosas de que se congratulan, unos de veras y otros hipócritamente, ¿pueden servir de argumento contra lo dicho? Si del gentío que presentan como prueba de religiosidad, se separan los que no son verdaderamente religiosos, los que no llevan al De profundis, al Te Deum o la procesión, la ociosidad, el compromiso, la rutina, el deseo de oír música o ver tropa, de distraerse o divertirse, ¿cuántos quedarían en la iglesia, en la calle y en los balcones de la carrera? Y no hablo de las autoridades, de los empleados y de la tropa que van por razón de oficio o por obediencia. ¿No ha visto V. a los que asisten a las primeras catedrales en los días más solemnes, y a procesiones tan famosas como las de Sevilla y Valencia, escandalizarse de la falta de compostura y de respeto aun de parte de los que debían dar ejemplo, y lamentar las irreverencias, las verdaderas impiedades que se ven, unas veces gratis, otras a veinte reales el asiento? ¿No ha oído V. lamentarse a las personas verdaderamente piadosas de lo que se ve y se oye en los templos, precisamente en los días que la Iglesia conmemora misterios y sucesos capaces de imponer, no digo a los que tienen fe, sino hasta a los incrédulos?

Se anatematiza la profanación de un templo consumada tumultuariamente por una turba impía: no creo que sienta nadie más indignación ni más pena de la que semejante atentado me inspira; pero ¿no le preparan las profanaciones de la hipocresía, las del escándalo, los que oran con los labios y son blasfemos en su conciencia, los sucesores de los mercaderes del templo, los que acuden como a una fiesta a ver pasar a Jesús atado a la columna o clavado en la cruz, sin que la representación del martirio eleve su corazón conmovido hacia el Divino Mártir?

Y en materia de religión, ¿qué clase tiene derecho para arrojar a otra la primera piedra? Si en los señores hay en algunos casos, pocos, mayor inteligencia, ¡qué inspiración sublime no tiene a veces la fe del pobre, y de qué pruebas tan terribles no triunfa! Los que la han visto brillar en las tribulaciones del miserable, sobre el lecho de enfermedad o de muerte que rodea la penuria, que aísla el abandono, comprenden que tal grado de virtud, difícil, si no imposible de manifestarse en otra clase, ennoblece aquella que la practica, y puede servir de contrapeso a impiedades en que hay más grosería que maldad verdadera. Tratándose de religión, suelen ser los pobres un poco mejores, y los ricos bastante peores, de lo que parecen.

Otra verdad que no puede consignarse sin dolor, es que los señores, y hasta las personas ilustradas en otras materias, tratándose de religión, están, por su ignorancia, al nivel de los pobres. Se ve pocas veces que estudien algo y posean conocimientos en materia de religión, aun los que tienen fe; en cuanto a las señoras, son todavía menos las que en este punto están más ilustradas que las mujeres del pueblo. Esta general ignorancia es buena preparación para el error, que cunde por todas las clases. La más elevada se mofa de ciertas groseras supersticiones de la plebe; pero no es la plebe quien cubre de terciopelo y oro y pedrería las imágenes; quien lleva a los templos todo el lujo mundano, haciendo resonar en sus cúpulas la música profana de la ópera, y brillar en sus paredes los adornos del salón, y tal vez de la orgía. No son los pobres los que pagan estas funciones, que hasta un nombre que no debían tener han tomado, en que se sustituye al arte el mal gusto, al recogimiento el bullicio, y a las melodías que parecen venidas del cielo, las que traen recuerdos de la tierra, y a la severa austeridad de la religión divina, las pueriles manifestaciones de la vanidad humana.

Si en el aniversario del nacimiento de Jesús, la plebe ebria profana los templos, si va romera y convierte en lugar de orgía las inmediaciones del santuario o tal vez el santuario mismo, no va sola, ni es ella la que, pudiendo y debiendo prohibir semejantes impiedades, las tolera, o las promueve y las explota.

Y si en esta hora tristísima, pobres y señores están muy lejos de la verdadera piedad, ¿cuál es el grado de culpa de cada uno? Dios solamente lo sabe, y ¡cuántas ignorancias invencibles habrá en las ahumadas covachas y en los espléndidos salones, que también suele haber miseria moral bajo dorados techos! Pero si individualmente fuera temerario exigir responsabilidades, la colectiva es mayor en los señores. Por ellos ha empezado la incredulidad; ellos han escrito y escriben los libros y papeles que la propagan, ellos han formulado y sostienen los sistemas que la razonan. Entre la gente del pueblo hubiera habido brutales, pero no materialistas, si los señores no hubiesen dado a las groseras afirmaciones la autoridad y consistencia de un cuerpo de doctrina. Ahora, en ciertas clases, es de buen tono creer, o hacer que se cree; un tiempo lo fue dudar o negar, y el descreimiento ha ido descendiendo como las modas, que van pasando desde la dama ilustre hasta la cocinera. De arriba partieron esas voces impías que han encontrado ecos tan prolongados; de arriba salieron esas chispas que han producido y producirán terribles explosiones; de arriba los poderes sospechosos y los poderes abusivos, que han desacreditado muchas veces las cosas santas que invocaban. Usted es demasiado ilustrado, caballero, para que tenga necesidad de esforzarme en probar que la impiedad ha empezado por los señores; y Dios sabe que ellos son los primeros que le han negado.

La semilla de la impiedad caía en terreno apropiado para que fructificase. Con la ignorancia se armonizan bien los errores; el dolor está dispuesto a la blasfemia. Una vez que la incredulidad ha llegado a las últimas capas sociales, da pavura el comprender las profundas raíces que puede echar en inteligencias tan poco cultivadas, en corazones tan heridos, en pasiones tan excitadas. En aquellos abismos de la miseria, en aquellas soledades del abandono, en aquellos desfallecimientos de la debilidad, se concibe mal fuerza que no oprima y voz que no engañe. La incredulidad ha penetrado en las masas, encarna en ellas, y no hay que desconocer ni la gravedad del mal ni la dificultad del remedio. Es una criatura bien desdichada y un ser bien peligroso, el pobre, tan infeliz en la tierra y a quien no sostiene ni contiene la idea del cielo; y una empresa bien difícil hacer que cambie de ideas y de sentimientos, y crea y espere y se resigne. Por dificultoso que sea, no es menos necesario contener los estragos que la impiedad hace y los mucho mayores que amenaza hacer, y llevar afirmaciones consoladoras donde hay negaciones brutales y desesperantes.

Aun cuando V. no crea, es probable que deplore la falta de creencias religiosas en los pobres. Pero ¿quién ha de inspirárselas, y cómo? Me parece que es el P. Félix, y si no, otro sacerdote cuya autoridad no es menos respetable, quien encarece la necesidad de que los seglares aviven la fe en el pueblo, que escucha mal a los sacerdotes, por lo prevenido que está contra ellos. Y si esto es en Francia, con un clero más ilustrado y virtuoso, ¿qué será entre nosotros, donde a otras muchas causas de descrédito hay que añadir la hostilidad de una parte del pueblo, que le mira como enemigo de las instituciones que le favorecen y atizador de guerras que le sacrifican? Sin entrar a discutir lo que puede haber de cierto o de exagerado en esta opinión, es evidente que existe, y con ella un obstáculo más para que vuelvan a la fe los pobres que la han perdido, y una necesidad mayor de que los seglares tomen parte en la obra a que llamaba a los de Francia el célebre orador sagrado. Los sacerdotes virtuosos, ilustrados, verdaderamente fieles al espíritu del Evangelio que hay entre nosotros, no pueden con la tarea inmensa de contener los progresos de la impiedad; tal vez se desalientan al ver la desproporción entre sus fuerzas y el peso que los abruma, y han menester auxiliares numerosos: estos auxiliares no pueden ser otros que los señores.

Tal vez se sonría V. con desdén, caballero, y me pregunte en son de burla si quiero que los señores se conviertan en misioneros y se dediquen a estudiar cánones y teología. No es tal mi pensamiento, aunque bien pudieran dedicarse a ese estudio muchos que no saben ni hacen nada, y provecho les resultaría de hacer y saber alguna cosa. Mas, sea de esto lo que quiera, no pretendo que los señores se conviertan en teólogos y canonistas; para que contribuyan a propagar la religión, basta que la tengan; pero en su pureza, no desfigurada; de corazón, no de aparato; sincera, no hipócrita. Siendo los señores cristianos verdaderos, será fecunda en buenos resultados la gran predicación de su ejemplo. Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ellos mismos; procurar ser perfectos como el Padre Celestial; mirar y tratar a los pobres como hermanos: esta es la ley, y cumplirla, un verdadero sacerdocio. Palabras de paz y obras de amor es lo que necesitan los apóstoles de los pobres para afirmarlos en la fe o volverlos a ella.

Note V., caballero, cómo ha penetrado la impiedad entre los pobres; note V. que su acción se parece a esos virus que están en el aire de ciertos hospitales, pero que se inoculan por las heridas: los que no las tienen, están a cubierto del mal. Miremos de cerca al pobre y veremos que está herido, y bien cruelmente herido, en su corazón, que afligen tantas penas sin consuelo; herido en su inteligencia, que no se cultiva; herido en su dignidad, que no se respeta. Del pobre se forman las masas, palabra que tiene de horrible todo lo que pueda tener de exacta. Esta masa se manipula, muchas veces con tan poco miramiento, como si fuera inerte; suele parecerlo; sufre en silencio o canta coplas como ésta:


    Yo soy como aquella piedra
Que está en medio de la calle,
Que todo el mundo la pisa
Y ella no se queja a nadie.

Las masas, en efecto, no se quejan; no rompen el silencio de los muertos sino con el rugido de las fieras, como si estuviesen persuadidas de que no pueden inspirar más que indiferencia o terror. A pesar de todas las apariencias, esas masas se componen de criaturas que sienten y que sufren, que tienen conciencia del bien y del mal y aspiraciones a la justicia. Cuando se les niega, y Dios sabe si se les niega muchas veces, una herida reciben aunque no lo digan, y como han recibido y tienen tantas, se entra por ellas el virus de la impiedad, y penetra en almas que la perversión del hombre ha preparado mal para comprender la providencia de Dios.

La conversión de los pobres tiene que ser al mismo tiempo una obra de reparación, y es necesario hacerle un poco más de justicia en la tierra si ha de escuchar al que le hable del cielo. Para colmo de desgracia, los que tienen fe en Dios y pueden inspirársela, tienen tan poca en los hombres y en que las mejoras del orden social puedan llegar hasta el pobre, que éste no puede mirar como amigos a los que no creen en su porvenir terrenal. Necesitaba quien tuviera fe en Dios y esperanza en la humanidad, y los pocos que se le acercan es para blasfemar del Creador o desesperar de la criatura. O no le hablan más que del cielo, o solamente de la tierra; así no oye o atiende en mal hora: hay excepciones, pero ésta es la regla.

Hoy es, para el pobre, sacerdote cualquiera que le predique con el ejemplo y buenas obras; pero aun a pesar de su ruda corteza, de sus extravíos, de sus blasfemias casi mecánicas, así lo creo, hay en él un gran fondo de piedad, un germen bendito que brotaría con el llanto de la compasión y la luz de la justicia. Si los señores quieren que se convierta el pueblo sin convertirse ellos antes, pretenden un imposible; si creen que hay otro medio de evangelizarle que adoptar y practicar las máximas del Evangelio, están en un error; si sostienen que la impiedad de los pobres es otra cosa que el reflejo de la suya, niegan una verdad.

¡Ah, caballero! Si me diera V. una clase elevada y media de verdaderos creyentes, yo le daría a V. sin tardanza un pueblo de sincera fe; pero pretender que la religión ha de estar en razón inversa de la riqueza para seguridad de los que la posean, es pretender lo imposible.

La superstición está haciendo a la religión un daño infinito material y moral; la superstición priva a la religión de recursos para obras verdaderamente piadosas, y la enajena muchas voluntades. Y ¿en qué se apoya principalmente? En la ignorancia y en la indiferencia religiosa. ¡En la indiferencia! Sí, señor. El sentimiento religioso tan fuerte en las mujeres, unido a la ignorancia en que por lo común viven, las predispone a ser supersticiosas. ¿Qué hacen el padre, el marido, el hermano? Reírse de sus preocupaciones y dejarlas, como si fuera cosa imposible que ellos creyeran y ellas pensaran. La religión que liga a la mujer con los extraños, la aparta de los propios, difiere de ellos en cosas esenciales de la conciencia; y el hombre, material y civilmente jefe de la familia, deja que ésta quede bajo la dictadura espiritual de otro hombre que sabe y dispone de ella más que él, y que es su verdadero jefe, porque como mens agitat molem, la autoridad en las cosas del espíritu llega en ocasiones a ser tan grande que influye hasta en las materiales, y el régimen económico revela la torcida dirección en el orden religioso. La mujer, por regla general, no se resigna a limitar su existencia a esta vida de dolores, no puede vivir sin religión, y cuando ni el padre ni el marido comulgan con ella, forma familia espiritual con alguno que comulgue, y los íntimos son ajenos, si acaso no son hostiles a esta comunión. La mujer impresionable y poco instruida no razona en materia de religión, se deja llevar por el sentimiento y por cualquiera que se dirija a él, y con frecuencia se extravía, porque ni el padre, ni el hermano, ni el esposo la acompañan para que vayan juntos por el buen camino.

De este modo, la indiferencia religiosa del hombre es causa, tal vez la primera, de la superstición de la mujer, y la superstición, con los infinitos males que en sí lleva, produce el de aumentar la irreligiosidad, porque no todos, ni los más, separan la religión de su abuso.

Cuando por regla general los que piensan no creen y los que creen no piensan, la razón y la fe no pueden constituir aquella superior armonía de que depende en parte la resolución del problema social. Usted conoce muchos señores, y yo también, que miran la cuestión religiosa como cosa baladí; V. los conocerá tan ciegos, que no ven lo que pasa en su propia casa, y menos imaginan que los Mandamientos de la ley de Dios se relacionan íntimamente con los salarios, las huelgas, las exigencias razonables o abusivas de capitalistas u obreros, y, en fin, con el modo de establecer la libertad y el orden en la esfera económica y de realizar en ella la justicia. Pero esta ceguedad, que impide el conocimiento, no suprime la influencia de la religión en los problemas sociales, ni que éstos hallen mayores obstáculos donde no se comprende bien y se practica mal.




ArribaAbajoCarta cuarta

Moral


Muy señor mío: Hemos dicho ya que la cuestión social es cuestión moral, y digo hemos, porque V. es ilustrado de sobra para no convenir en ello inmediatamente. Podemos definir la moral diciendo, que es el conocimiento y la práctica del deber, realizado por el puro amor al bien.

La moralidad más perfecta de una persona depende de que conozca más su deber y le practique mejor. Entre la moralidad del que comprende bien y practica desinteresadamente todos sus deberes, y la del que los desconoce o pisa todos o no cumple alguno sino por cálculo, hay la escala inmensa, a cuyos extremos están la virtud sublime y el cálculo miserable o el crimen horrendo.

Si el ánimo se contrista al ver la falta de religión, no se aflige menos al observar la falta de moralidad. ¿Qué digo observar? La observación supone algún cuidado para conocer la cosa observada, y no se necesita para advertir la inmoralidad que salta a los ojos por todas partes. Donde quiera que se va, se saben sin preguntarlo infinidad de historias escandalosas, que ya no causan escándalo. La falta de honestidad en las mujeres y de probidad en los hombres es tan común, que ni la mujer liviana ni el hombre indigno son rechazados de la buena sociedad; BUENA, vamos al decir, según la frase intencionada de un escritor satírico.

Cuando un mal toma las proporciones que la inmoralidad tiene entre nosotros, no puede estar limitado a una clase, y si esto era dudoso para alguno, las revoluciones políticas han puesto en evidencia que se carece de virtudes abajo, en medio y arriba; ha entrado la tienta en todas las capas sociales, y ¡cosa tristísima! de todas salió pus. La enfermedad, con variaciones accidentales de forma, se ve que es esencialmente la misma en grandes, pequeños y medianos.

A esta hora verá todo el que de buena fe mire, que el mal es general y esencial, y que los cambios de forma son tan inútiles como los de postura para el doliente que tiene todo su cuerpo llagado. En vez de acusaciones injustas y esperanzas locas, tengamos propósitos firmes de enmienda, porque mientras la ley moral se infrinja, inútiles son todas las otras, por justas que sean y equitativas que parezcan. Sin una reacción moral, fuerte, muy fuerte, continuaremos como esos dolientes a quienes se hacen operaciones dolorosas para extirpar síntomas de una enfermedad que se reproduce bajo el bisturí o la cuchilla porque está en toda la sustancia.

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Los renglones de puntos suspensivos significan algunas cuartillas en que se mencionaban ciertas inmoralidades de más bulto; pero me han parecido tan negras estas páginas, que las he roto.

Vale más echar un velo sobre cuadro tan repugnante. ¡Ojalá que el cinismo no le rasgara! ¡Ojalá que no fuese imposible evitar a la virtud el espectáculo del vicio e imponer silencio a la voz del escándalo! Los ecos del mal son tan numerosos y tan prolongados, que si es posible resistirse, no lo es dejarle de ver; que al menos no se refleje en estas cartas de modo que ofenda el candor de la inocencia, y sean otros los responsables de esa propaganda que la favorece revelando los misterios de la iniquidad.

Usted convendrá conmigo, ¡ay, cómo no convenir! en que la inmoralidad es grande. Las clases y los partidos se dirigen mutuamente la acusación de inmoralidad, y los acusados suelen probar con sus hechos el dicho de los acusadores. De esta especie de juicio contradictorio resulta el convencimiento íntimo de que la corrupción es general.

Hemos definido la moral, el conocimiento y la práctica del deber, realizado por el puro amor al bien. Se ve, pues, que la moral es:

El conocimiento de lo que debe hacerse.

La voluntad de practicar aquello que se conoce.

Que son muy comunes los hechos calificados de inmorales por la conciencia general, es evidente para todos; lo que no es tan claro para muchos, es la inmoralidad de ciertas acciones que, siendo malas, no son reprobadas. De todas las ciencias, la Moral me parece ser la que menos se estudia. No se enseña formalmente en parte alguna, como si fuese cosa de poca importancia o fácil que el hombre tenga principios fijos, reglas exactas a que ajustar sus acciones, idea clara de sus deberes y de sus derechos; como si la justicia fuera una cosa tan sencilla de comprender y de practicar, de modo que bastasen a realizarla el sentido común más preocupado y la voluntad menos firme. Yo creo, por el contrario, que el conocimiento de la verdad moral es una cosa tanto más difícil, cuanto que no le basta, como a otras, vencer obstáculos en la esfera de la inteligencia, sino que le opone muchos la voluntad torcida a sabiendas o no; porque no se trata de sustituir una teoría a otra, sino que en moral el reconocimiento de un error lleva consigo un cambio en el modo de proceder. El decir me equivoqué es confesar hice mal, lo cual cuesta mucho, y más repararlo. Es incalculable lo que las prácticas viciosas dificultan las teorías verdaderas. Las acciones perversas tienen emanaciones mefíticas y forman densas nubes, donde la verdad se asfixia. Cuando una sociedad se pervierte, la atmósfera moral se contamina, en términos, que hay que elevarse mucho para respirar aire puro. Cuando es muy repetida la infracción del deber, ni la ley ni la opinión persiguen a los infractores, y los que recuerdan sus severas máximas, no es raro que pasen por extravagantes o visionarios.

La reforma necesitaría ser radical, y es difícil, porque a los muchísimos que no practican el bien, hay que añadir no pocos que no comprenden su teoría. El hombre colectivamente obedece a su idea, es como discurre, y mientras la opinión no rechace tantas acciones perversas como aprueba, se cometerán ¡cosa tristísima! con tranquilidad de conciencia.

Todo el mundo sabe que hay que estudiar para ser médico, ingeniero o farmacéutico; mas para ser hombre honrado, no suele ocurrir que se necesite estudio alguno, lo cual es tanto menos cierto, cuanto que en el conocimiento moral casi siempre es necesario un trabajo doble: aprender lo que se ignora, y olvidar lo que se ha aprendido, si es erróneo. Es indispensable saber sus deberes como su profesión o su oficio, y razonar cuáles acciones, y por qué, son buenas o malas, voluntarias u obligatorias. Después que esto se sepa, se cumplirán o no; pero es preciso empezar por saberlo. Hay una cosa más triste que ver el mal, y es que pueda hacerse con aplauso; que nacido en el espíritu perverso, camine sin obstáculos por entre los hombres de buena voluntad, viviendo de las conciencias que mata, como esas masas de nieve que, desprendidas de las altas montañas, con lo que a su paso destruyen, aumentan su poder de destrucción.


    «El oro, la maldad, la tiranía,
Del inicuo procede y pasa al bueno.
¿Qué espera la virtud, o en qué confía?.»



Yo no sé, caballero, cuál es más urgente a esta hora, si atajar los males de la práctica, o desvanecer los errores de la teoría; ambas labores son harto apremiantes; pero los que no podemos poner la mano en el siglo, como ha dicho un hombre soberbio; los que no podemos ponerla más que sobre el corazón antes de hablar en conciencia, por nuestro escaso poder está marcada nuestra reducida tarea, que es contribuir un poco, muy poco, al esclarecimiento de la verdad, sin cuyo resplandor no puede verse la justicia ni alcanzarse la perfección.

Comprendo todos los obstáculos que opone la práctica del mal a la teoría del bien. No conozco ni tengo noticia de persona alguna que, faltando a muchos de sus deberes, no desconozca otros; parece que los malos hechos tienen, como las heridas nocivas, vapores que suben a la cabeza y la trastornan, y que es su primer castigo vedar al hombre el puro goce que siente al contemplar la verdad: ofuscación, pena, o entrambas cosas, es lo cierto que la ley moral se desconoce en proporción y a medida que se infringe. Dudo si es posible que quien comprende bien todos sus deberes, no cumpla los principales; pero suponiendo que tal persona exista, siempre será una excepción. La práctica torcida se opone al recto juicio. Esto, que manifiesta la dificultad de que se penetre de la razón quien se separa de la justicia, prueba también su íntimo enlace, su acción recíproca y la utilidad de dirigirse a la inteligencia, que, siendo esencialmente activa, si es influida, puede también influir; si se obscurece, puede también brillar, y a la larga y con el tiempo, el hombre tiende a ver realizadas las cosas que se le han probado ser verdaderas.

Deseo, pues, contribuir, en la escasa medida de mis fuerzas, a que se aprecie el valor moral de ciertas acciones, tenidas generalmente por aceptables o por buenas, y que, a mi parecer, no lo son. Corro un velo, como dije, sobre las grandes maldades que penan las leyes, o que al menos está escrito que deben penar, para ocuparme en otras, reprobadas, a mi parecer, por la moral, y que la opinión aplaude, o cuando menos tolera. El cuadro podrá parecer menos repugnante, pero es todavía más triste, porque la perversión de la conciencia está menos en el mal que se hace y se condena que en el que se desconoce y se aprueba, no habiendo posibilidad de enmienda en quien ni a los otros ni a sí mismo confiesa su pecado.

Prescindiendo, pues, de todas las acciones que penan las leyes vigentes, diré algo de las que, a mi parecer, son reprobables en alto grado, y debía condenar la opinión, y en algunos casos el Código penal también. El asunto es largo, inmenso; me limitaré a los puntos principales en que le dividiré para evitar la confusión, los siguientes:

  • 1.º Deshonestidad.
  • 2.º Ociosidad.
  • 3.º Juego.
  • 4.º Modo de adquirir.
  • 5.º Modo de gastar.
  • 6.º Modo de divertirse.
  • 7.º Deberes domésticos y deberes sociales.
  • 8.º Relación entre lo que se puede y lo que se debe.
  • 9.º Fraternidad.
  • 10.º Cuestión intelectual.
  • 11.º Cuestión económica.

Cuestiones que serán objeto de cartas sucesivas.




ArribaAbajoCarta quinta

Deshonestidad


Muy señor mío: Si yo tuviera necesidad de conocer un pueblo, y para llegar a este conocimiento se me hubiera de suministrar un solo dato, a mi elección el que quisiera, preguntaría por la pureza o relajación de sus costumbres, y si las mujeres eran deshonestas y había licencia en los hombres. Como el termómetro marca la temperatura, la honestidad revela los grados que sube y baja un país, no sólo en escala moral, sino en todo lo que constituye su verdadera grandeza. Tratándose de deshonestidad, tal vez, más que en cosa alguna, se ve la triste exactitud con que puede aplicarse la frase de Rioja:

«Del inicuo procede y pasa al bueno.»



Además de la extensión del mal, verdaderamente contagiosa, muchos, que no le contraen en toda su gravedad, presentan síntomas que deberían ser alarmantes y pasan inadvertidos. Las costumbres forman el lenguaje, y éste es tan poco comedido, que en casas honradas se habla delante de niños y jóvenes de una manera tan libre, con una falta de respeto a su inocencia, que prueba hasta qué punto el espectáculo continuo de la deshonestidad disminuye la repulsión que inspira. El lenguaje de los hombres entre sí es a veces asqueroso, y la presencia de las señoras no siempre basta a contenerlos, ni aun en los límites de una decencia relativa, siendo raro conservar idea de la verdadera pureza y de lo que debe ser el lenguaje de personas honestas, en quienes la limpieza de la frase corresponde a la del pensamiento. Las mujeres, que podían y debían contener la libertad en el hablar, muchas veces la toleran, muchas la fomentan con silencio complaciente o reprobaciones picantes que, más bien que un freno, parecen un estímulo.

El lenguaje indecoroso es a la vez un mal y un síntoma de otros muy graves. Las mujeres honradas ostentan en aristocráticas reuniones su desnudez elegante, y las madres intachables llevan sus hijos a ver indecentes espectáculos. La pureza verdadera parece que no se conserva ya ni como aspiración.

Si entre las mujeres se exige poca honestidad, en los hombres no se tolera. Es horrible, pero es cierto, que un hombre honesto es un ser extravagante y ridículo, desdeñado por su sexo, y lo que es más, por el otro. La pureza de pensamientos, palabras y obras, esa gran prueba de fuerza en el hombre, se mira como una especie de debilidad; el que tiene a raya sus pasiones y sus apetitos, inspira desdeñosa lástima: parece que la misión del hombre sobre la tierra, es encenagarse en la crápula; su dignidad, colocarse muy por debajo de las bestias; su prestigio, dar escándalo; su mérito, no resistir a ninguna mala tentación; su ley, practicar el vicio y escarnecer la virtud.

No hay prueba más concluyente de los estragos de la deshonestidad, que el partido que entre las mujeres tiene el calavera, y la coqueta entre los hombres. Entregarse a la vida libre, introducir la corrupción y la discordia en las familias, son cosas que no impiden a un hombre ser honrado y caballero, ni obtener las simpatías de las señoras. Si ha tenido alguna aventura muy escandalosa, si en su hoja liviana hay alguna hija de familia sacada de la casa paterna, alguna mujer que se haya suicidado por causa suya, si hirió o mató al que había ofendido primero, tanto mejor, es un verdadero personaje, y el día en que se digne casarse, puede con toda seguridad aspirar a un buen partido.

La coqueta es la mujer sin corazón, que tiene vanidad en ser ostensiblemente galanteada; que oye palabras amorosas de todo el que quiere decírselas; que da esperanzas a cualquiera que no le conviene alejar; que hace de la vida una comedia, y del amor una farsa; a quien la pasión verdadera da risa o miedo; que juega con los corazones como con un dije vistoso; que calcula cuál de sus galanes le convendrá para marido, y que, si no materialmente corrompida, absolutamente desmoralizada, guardando una especie de mentido decoro, en realidad ha prostituido su alma. Y no obstante, este tipo tan inmoral y odioso, a fuerza de verse mucho, se mira sin extrañeza y sin repugnancia; esta mujer tan impura, se tiene y es tenida por honrada, y sus padres no le oponen ningún obstáculo, ni le halla para encontrar marido. A todas horas se oye: Fulana es un poco coqueta, pero, muy buena muchacha: como si dijéramos, muy blanca, aunque un poco negra.

Como hablamos solamente de personas honradas, las madres que lo son aspiran a casar a sus hijas. Este es el fin; en cuanto a los medios, no reparan tanto como la dignidad exigía. Llevarlas donde pueden ser vistas, sea al espectáculo indecente o al baile donde no hay decencia; admitir galanteos de hombres cuyos antecedentes se ignoran o que se sabe que son malos; permitir libertades de palabras o de acciones que el decoro no tolera; ejercer una vigilancia que debieran haber hecho innecesaria, y que es una ofensa a sus hijas o al pudor, cosas son que en fuerza de verse mucho, no están mal vistas.

¡Cuántas deshonestidades que no se tienen por tales aplaude o tolera la opinión! La mujer que estaba para casarse con un hombre y a los pocos meses o semanas se casa con otro; la que perdió un marido que la amaba y a quien parecía amar, y le sustituye inmediatamente en su corazón, y en su tálamo así que expira la prohibición legal; la joven que se casa con un anciano rico que puede ser su abuelo, y tantas y tantas deshonestidades en que puede incurrir una mujer sin que la opinión la tenga por deshonesta, prueban cuánto se ha generalizado la deshonestidad.

Esto en las mujeres, a quienes, aunque groseramente, aun se traza alguna regla: en cuanto a los hombres, al lado del joven calavera y del solterón crapuloso, está el casado de perversas costumbres; que tiene hijos a quienes da mala sangre y malos ejemplos; que sacrifica a su mujer; que hace del matrimonio una granjería, o le mira como un cálculo equivocado; que no respeta en la madre de sus hijos la virtud, que no compadece en ella la desgracia por él cansada; que es un malvado, en fin, y no deja por eso de ser tenido por persona digna, por caballero; y aun se escribirán comedias para probar que la mujer debe tolerarlo todo, sin límites para la paciencia, ni reglas para su deber como madre y su dignidad como persona, y se aplaudirán y representarán mucho, y los poetas serán pensionados, en prueba de que el vicio en los hombres no es una mancha, y que deben ser bien venidos a los brazos de sus mujeres, siempre que se dignen volver a ellos: el ideal de la esposa parece haberse tomado en Oriente, y el marido pródigo tiene reminiscencias de sultán.

A través de este caos de hediondez, se ven resplandores diáfanos como los de la aurora, y se perciben brisas perfumadas como las de una mañana de Abril. E n medio de la ley imperfecta o impotente y de la opinión pervertida, hay hombres honestos, mujeres castas, virtudes a prueba de todo sacrificio y tentación, purezas que atraviesan inmaculadas el fétido caos, como un rayo de luz las emanaciones de un pozo inmundo; hay matrimonios ejemplares, y amores puros, sublimes, como los que se sueñan para el cielo. Puedan semejantes almas, ara bendita del fuego sagrado, propagarle y purificar con él esta tierra llena de fango pestilente; puedan convertirla y hacer que pida misericordia a la justicia de Dios.




ArribaAbajoCarta sexta

Ociosidad


La vagancia, según las vicisitudes legislativas, constituye o no un delito; pero es necesario saber bien lo que ha de entenderse por vagancia. Se califica de vago al que no tiene modo de vivir conocido, es decir, que el legislador o la opinión, no se preocupan de la inmoralidad del legislado hasta que ofrezca un peligro material e inmediato para la sociedad, y parece discurrir así: El que no sabe de qué vive, ni quiere decirlo, vive de alguna cosa que no puede decir: robo, estafa, complicidad en alguna de las malas acciones penadas por la ley, y se le condena por esta sospecha convertida en evidencia, toda vez que él no la desvanece. Lo que se censura o se castiga en el vago, es el hecho de vivir sin saber de qué, y de ningún modo el de no dedicarse a labor alguna: diga el vago de qué vive, y ya no es justiciable, ni censurable. Ha disminuido el número de los que no trabajan nada absolutamente, de los que piensan que no debe trabajar el que no lo necesita para comer; pero todavía es grande el de ociosos, y éstos muy considerados, con tal que tengan bienes de fortuna. Puede ser todo un caballero y persona digna, honrada, intachable, el que vive de sus rentas, sin ocuparse en cosa alguna: es decir, que el trabajo no se tiene por obligatorio, sino cuando es necesario para la vida material; se ve su lado bruto, no su lado moral, y siempre que el hombre, al parecer, no necesite mantenerse a cuenta de otro, puede holgar por la suya cuanto quiera. Que el trabajo es tan necesario para sostener el alma, como sus frutos para sustentar el cuerpo, que el ocioso ataca directa y gravemente a la sociedad, es un hecho que desconocen a la vez la ley y la opinión.

En cuanto a mí, caballero, estoy con el apóstol San Pablo: El que no trabaja, que no coma, y por la definición que da el Diccionario de la Lengua, de vago, diciendo, que es: El hombre sin oficio y mal entretenido. Todo el que no trabaja es vago, porque además de no hacer nada, se entretiene peor o pésimamente, pero siempre mal: el sentido común parece haberle comprendido así, afirmando que la ociosidad es madre de todos los vicios, y no puede tener derechos materiales quien semejante prole engendra.

Fijemos nuestra atención en estas verdades:

  • 1.ª No es posible estar ocioso sin desmoralizarse.
  • 2.ª No hay derecho a cosa que sea elemento de perversión.
  • 3.ª Los derechos y los deberes son mutuos, armónicos y personales.

NO ES POSIBLE ESTAR OCIOSO SIN DESMORALIZARSE. Yo no he conocido, y supongo que usted tampoco, ninguna persona ociosa que no sea desmoralizada, y lo que es más, no concibo que exista. Cuando la moralidad se pasa por un tamiz tan gordo que deja colar acciones muy vituperables; cuando es tan de pacotilla que parece nacida y criada en presidio, y no condena más que el robo, el incendio, el asesinato, etcétera, etc., puede sostener que no es inmoral el hombre que no trabaja; pero que ningún modo si se eleva sobre el nivel de las cárceles, aunque no suba mucho ni sea muy severa.

El hombre es un ser esencialmente activo: necesita hacer algo; si no, se aburre. El aburrimiento es una cosa que le mortifica mucho, y para evitarle, cuando no hace bien, hace mal. El hombre es acción, y las acciones son malas o buenas, no hay medio, y las que parecen indiferentes, es porque no se sabe clasificarlas. Cuando hablo de acciones no indiferentes, claro está que me refiero a las que tienen relación con la vida moral, porque un hombre puede hacerse el vestido de un color o de otro, o irse a paseo por la derecha o por la izquierda, sin que estos hechos, en sí y aisladamente, sean malos ni buenos.

¿Qué hará el hombre que no hace nada? Si no tiene medios de subsistencia, buscarla en el fraude, en el robo, en uno de los infinitos modos que hay de apoderarse de lo ajeno contra la voluntad de su legítimo dueño. Si tiene con qué vivir, procurar distracciones. ¿Cuáles? Recuerde V. mentalmente los ociosos que conoce, y recuerde cada uno sus conocidos, y hagamos la lista de ellos, y tomemos nota de sus distracciones, y veremos que rara vez, muy rara, dejan de ser viciosas, aun en el sentido más vulgar de la palabra, y calificadas por la moral menos severa. Pero supongamos una excepción rarísima: el ocioso que no juega, que no infama, que no contrae deudas, que no insulta con su lujo, que no bebe con exceso, ni fomenta las casas de prostitución, ni deshonra otras, honradas hasta que él entró en ellas, ni, en fin, escandaliza de ningún modo. Este ocioso modelo (y pase la absurda combinación de estas dos palabras), si por acaso no tiene grandes vicios, los fomenta y sostiene en criados, mayordomos, administradores, todos los que manejan la hacienda que debía cuidar, y le explotan y le esquilman; en torno de cada rico ocioso hay siempre un grupo de activos que le defraudan, como sobre un cadáver gusanos que le roen. Y no parezca la comparación absurda, porque la ociosidad produce una verdadera descomposición moral con emanaciones malsanas.

El ocioso no puede llenar sus deberes de familia; para ser buen padre, buen hijo, buen esposo, se necesita trabajar; en casos, trabajar mucho, y ¡cuántos hemos visto en que la pereza ha sido motivo de faltar a sus obligaciones más sagradas! No sin razón se ha puesto aquella entre los pecados capitales.

El ocioso se embrutece, rebaja sus facultades morales e intelectuales, que no cultiva ni ejercita, porque todo ejercicio y cultivo exige trabajo, todo sacrificio esfuerzo, y el que se enerva en la inacción de la holganza, arrastrado fatalmente por la ociosidad, adopta por ley el egoísmo. Perezoso y egoísta, cuando no es u na misma cosa, son cosas muy parecidas, que van juntas y se armonizan perfectamente.

Si el ocioso no cumple sus deberes de familia, menos todavía cumplirá los sociales, que empieza por desconocer su moral, pervertida por los malos hábitos de una corruptora indolencia.

El ocioso no tiene de la dignidad de hombre, ni la idea. No se avergüenza de ser deudor voluntario e insolvente de la sociedad, de quien lo recibe todo sin dar nada, y de la que es un miembro, no sólo inútil, sino perjudicial; de no formar parte de ella sino para comer una ración y dar un mal ejemplo, y de asemejarse a esos animales dañinos que, por más que se medita, no se acierta su destino, y que al verlos ocurre preguntar: ¿Para qué los habrá criado Dios?

Mucho sentiría, caballero, que no fuese para usted evidente, como lo es para mí, que el ocioso, aun en los pocos casos en que es menos malo, lo es todavía mucho, que no tiene dignidad de hombre ni cumple con los deberes de tal, y, en fin, que no es posible estar ocioso y no desmoralizarse.

NO HAY DERECHO A COSA QUE SEA ELEMENTO DE PERVERSIÓN. Me parece que la facultad que tiene un padre de dejar sus bienes a sus hijos, es un derecho natural, pero ninguno hay absoluto e ilimitado; todos están sujetos a condiciones, y el que no trabaja porque heredó, debe comprender que no puede heredarse para no trabajar, porque no puede ser justo adquirir un medio de depravarse. La herencia es legítima a condición de no convertirse en un elemento de perturbación; necesita ciertas circunstancias en el que ha de recibirla, y así como el menor, el demente y el penado, no tienen aptitud legal para disponer de ella según lo tengan por conveniente, el ocioso no tiene aptitud moral para heredar, si lo heredado ha de ser causa de que no trabaje, de que se deprave, porque sería como decir que alguno tiene derecho a un perjuicio, a un mal, cosa evidentemente absurda. El hombre que no trabaja, moralmente, no puede considerarse como hombre; las riquezas del que siendo pobre trabajaría, y porque es rico está ocioso, no deben llamarse bienes, sino males de fortuna: en buen hora le hubiera desheredado su padre, y en conciencia y en justicia debería hacerlo, porque nadie puede tener derecho o cosa que sea elemento de depravación.

LOS DERECHOS Y LOS DEBERES SON MUTUOS, ARMÓNICOS Y PERSONALES. Un heredero ocioso se presenta a la sociedad con un saco de oro, y entre los dos, si no con palabras, con hechos, se entabla el siguiente diálogo:

Heredero.-Porque tengo estas monedas, me darás:

  • Alimento.
  • Vestido.
  • Albergue.
  • Protección.
  • Asistencia, esté sano o enfermo.
  • Placeres, etc., etc.

Trabajarán asiduamente para mí, a veces con riesgo de su vida, muchas con el de su salud:

  • El bracero y el hombre de ciencia.
  • El filósofo y el pastor.
  • El sacerdote y el soldado.
  • El comerciante y el artista.
  • El labrador y el poeta.
  • El que va por canela a Ceilán, y el que saca metal de las entrañas de la tierra.

Sociedad.-Y en cambio de tantas cosas como tantas personas hacen para ti, ¿qué haces tú para ellas?

Heredero.-¿Yo? ¿No ves este saco? Voy dando monedas, chicas o grandes, muchas o pocas, según el servicio que me prestan.

Sociedad.-Pero ¿cuál es el que en cambio prestas tú?

Heredero.-Mi padre le prestó.

Sociedad.-Tu padre pudo trabajar para ti, no por ti; pudo dejarte un capital, no un derecho que él no tenía ni tiene nadie, ni eximirte de un deber que, como todos, es personal. Si robaras y fueses acusado de ladrón, ¿te defenderías diciendo que tu padre había respetado la propiedad ajena? Pues lo mismo es que, acusado de holgazán, respondas que tu padre trabajó. Es una circunstancia agravante, pues de tu propia confesión resulta que no has seguido el buen ejemplo que te dieron.

Heredero.-¿Cómo es posible que yo deba trabajar, cuando no lo necesito?

Sociedad.-Porque los deberes no dejan de serlo aunque no se necesiten para comer, y si el ser rico no te da derecho a ser mal esposo ni mal padre, tampoco a ser holgazán; no hay derecho a envilecerse y degradarse, y la necesidad del deber es moral y no física, y la de trabajar, cuando no lo sea para alimentar la bestia, lo será siempre para moralizar al hombre.

Heredero.-Según eso, ¿ninguna ventaja me resulta de haber nacido rico?

Sociedad.-Si no sabes aprovecharla, te resultarán muchos inconvenientes. Llamas ventaja, y solamente tienes por tal, la de pasear tu holganza repleta por entre trabajadores que acaso tienen hambre; la de darles el mal ejemplo de tus vicios, y tal vez la tentación de imitarlos; la de irritar su pobreza viendo el uso que haces de tu fortuna; la de conducirlos a negar el derecho de poseer, viendo para lo que te sirve tu hacienda. No, no. El derecho a holgar es tan absurdo como el derecho al trabajo, y mucho más repugnante; no puede haber derechos imposibles ni corruptores. ¿No te parece útil la riqueza si no se te da la facultad de convertirla en un veneno para tu alma? ¡Ah! Eres bien desdichado y bien miserable con ella, si no la concibes como un medio de perfección. El pobre trabaja como puede y en lo que puede; tu puedes elegir trabajo. Si supieras que hay un mundo entre estas dos situaciones; si supieras, prescindiendo de otras mil diferencias, lo que significa ésta, caerías de rodillas dando gracias a Dios, en vez de blasfemar porque no te permiten apoderarte de un instrumento para matar tu virtud.

Heredero.-Todo eso me parece pura declamación, y no prueba de ningún modo, que no pueda comprar con mi dinero el trabajo de los otros mientras se lo pueda pagar.

Sociedad.-Tu dinero no es tuyo incondicionalmente, y así como no puedes emplearlo en comprar asesinos ni sobornar funcionarios públicos, tampoco en corromperte a ti mismo.

Heredero.-En todo caso, esa es cuenta mía, y el que yo sea más o menos virtuoso, no es razón para que me impongan el deber de trabajar.

Sociedad.-Te engañas. Yo tengo derecho a contener al que ataca las bases esenciales de mi existencia. No puede existir sin cierto grado de moralidad y de tu trabajo; tu holganza y tus vicios son un doble atentado contra mi existencia. Si todos heredaran como tú, e hicieran igual uso de lo heredado, nadie podría vivir; un modo de ser que, generalizado, es imposible, que tiene como condición el privilegio y como consecuencia el perjuicio de todos, incluso del privilegiado, recibe el anatema de la razón, y tarde o temprano recibirá el de la humanidad.




ArribaAbajoCarta séptima

Juego


Muy señor mío: El Diccionario de la Academia da la siguiente definición del Juego: «Entretenimiento, o diversión. Cada una de las invenciones que sirven para jugar.» Evidentemente, muchas cosas entran, sin ser juego, en esta definición. Entretenimiento y diversión son una comedia, un a corrida de caballos, las habilidades de los acróbatas, los fuegos artificiales, y otros mil entretenimientos y diversiones que no son juegos, y de éstos, los hay que no divierten ni entretienen, sino, por el contrario, ocupan y mortifican. Diciendo juego, pueden significarse cosas tan diferentes, que si se nombran con una misma palabra, no deben comprenderse en una misma definición. ¿En qué se parece el que juega los años, como suele decirse, con un anciano que se aburre o un convaleciente que necesita distracción, al que en un garito lleva la banca, al que hace trampas para ganar, al que se arruina perdiendo?

Prescindiremos aquí del juego en cuanto es sólo entretenimiento no censurable, porque ni ocupa un tiempo que debo emplearse en cosa más útil, ni se propone cuantiosa ganancia. En el que trabaja, sobre todo mentalmente, las distracciones son, no sólo convenientes, sino necesarias: puede ser una de ellas, jugar, aunque se atraviese alguna cantidad muy corta, para que haya formalidad, como suele decirse. Tampoco trataremos del juego cuando llega a constituir delito, porque mi objeto es ocuparme sólo en aquellas infracciones de la moral que no infringen ninguna ley.

La opinión tiene con respecto al juego una tolerancia que causa horror y da vergüenza. Engendra el monstruo; le mira crecer, lo alimenta en su seno, y cuando le ve fuerte, dañino, rodeado de víctimas que desgarra, se estremece y pide que le encadenen: excusado es añadir que lo pide en vano.

¿Dónde está la línea divisoria entre el juego que persigue, y el que no persigue la autoridad? ¿Hasta dónde es legal, y cuándo deja de serlo, arruinarse o arruinar a los otros; adquirir una fortuna sin más trabajo que hacer la desgracia del que la poseía; buscar esos instantáneos cambios de posición, contra los cuales es raro que no se estrelle la virtud; tener una alegría que es un insulto, o un dolor que hace reír; reunir en foco malas pasiones y perversos instintos, para que radien todo género de ignominias y de dolores, y, en fin, abrir al crimen ancha vía, para que camine triunfante con el saco del usurero, el puñal del asesino o el revólver del suicida? Todos estos horrores morales y materiales, y otros muchos, ¿cuándo se autorizan y cuándo no pueden autorizarse?

De hecho, se juega donde se quiere, como se quiere, y cuanto se quiere. De cuando en cuando se sorprenden algunos jugadores pobres y se ocupan algunos reales, dejando tranquilos a los que tienen sobre el tapete muchos miles de pesetas. A estos raros amagos de justicia, da el público una explicación que no puede escribirse, pero que se comprende, vista la impunidad de que gozan los establecimientos elegantes donde se juega siempre, mucho y públicamente, y aun otros de menor categoría que jamás son sorprendidos. Las casas de juego viven como las fiebres perniciosas, en medio de las emanaciones que las producen. El Gobierno que tiene en su mano la baraja, deja para los jugadores comunes los azares de la suerte, y el jugador privilegiado no juega sino porque está seguro de ganar. A pocos repugna oír pregonar por dos reales veinte mil reales, ni ver a niños haraposos y descalzos ofrecer por medio duro la fortuna a los caballeros. ¿Cómo han de reprenderlos éstos si los ven jugar a la baraja los cuartos que ganaron en la venta del billete? ¿Por ventura hacen ellos otra cosa que buscar ganancia sin trabajo, ni más ni menos que el señor que les compró el décimo, y que les enseña con el ejemplo que no es cosa mala jugar para enriquecerse? Si la riqueza es cosa de azar, ¡quién sabe cuántos tentará el muchacho para alcanzarla!

Una parte del público juega a la Bolsa, que es todavía peor que jugar a la lotería. Al que en este juego se arruina, se le tiene por imprudente o poco entendido; al que gana, por diestro o afortunado; a ninguno de los dos por hombre inmoral, ni al que afirma que lo es, por persona que habla en conciencia y dice verdad. En el juego de la Bolsa hay cosas análogas a ver las cartas del contrario, a señalarlas, y circunstancias que no tiene juego alguno, propias para depravar al jugador y hacer de él un monstruo.

Las cartas del jugador de Bolsa son los fondos públicos, y si él puede averiguar, antes que sea conocido, un suceso que determinará un alza o una baja, vende o compra engañando a sabiendas al comprador o vendedor que con él trata, conociendo perfectamente que le arruina, dándole por veinte lo que al día, a la hora siguiente, valdrá diez o cinco. Dícese que una casa conocida en todo el mundo por sus inmensas riquezas, tiene el origen siguiente: «Se oía el último tiro de la batalla de Waterlóo. En la tierra empapada en sangre yacían miles de muertos, y pedían socorro en vano miles de heridos. Napoleón estaba prisionero; los cosacos iban camino de París. Ante aquel espectáculo, ¿quien no se mueve a piedad? ¿Quién no se siente impulsado a llevar un poco de agua a los que tienen sed, y una palabra de consuelo al que expira? ¿Quién siquiera no medita un instante en la suerte de los imperios, en las vicisitudes humanas, en las fascinaciones de la gloria, en las catástrofes de la ambición? ¿Quién? Un jugador. Inglaterra tiene un interés vital en la derrota de Napoleón: si él vence, los fondos ingleses van a bajar quién sabe hasta dónde; si es vencido, subirán extraordinariamente; en la duda no están altos. El jugador acecha la batalla; las cartas son miles de hombres heridos y muertos, y después que los ha visto, corre reventando caballos a Calais. El Estrecho está malo; ningún barco quiere salir: ofrece dinero; es en vano; ofrece más, y más, hasta que al fin,


«La codicia, en manos de la suerte,
Se arroja al mar»,



y llega a Inglaterra con el secreto de la derrota de los franceses. El jugador interesa a otros en la jugada; él solo no puede comprar tanto como le conviene. Adquieren gran cantidad de papel, porque el mar continúa malo, y la buena noticia no llega: cuando se supo, los que vendieron habían perdido muchos millones, y los jugadores se habían hecho millonarios.

En menor escala, sin las circunstancias dramáticas de los riesgos del mar, etc., pero moralmente iguales, se hacen jugadas, se pierden y se ganan todos los días fortunas, con los fondos públicos, que suben y bajan con las vicisitudes de la política y los azares de la guerra. Es frecuente oír: Tal noticia falsa, se ha propalado para hacer que baje la Bolsa, o que suba, y es verdad, y lo es también que la moral pública está pervertida hasta el punto de que se puede ser jugador de Bolsa, aun de la categoría de los que hacen trampas, de los que no juegan al azar, sino viendo las cartas del contrario, y ser tenido por persona decente y honrada.

El que juega a la baja en tiempo de guerra, desea desastres, tal vez para su partido, para su patria, hasta para su familia..... Él, para no arruinarse, necesita que bajen los fondos, lo necesita a toda costa, y habiéndose colocado en situación en que necesita heroísmo para no ser un monstruo, lo es.

La opinión, vergüenza causa decirlo, da pábulo a todas estas abominaciones, sanción a las ganancias de tan repugnantes fraudes, y llama a los defraudadores hombres de negocios, que juegan a la Bolsa, sin perseguirlos en lo más mínimo con su reprobación.

Si el jugador de Bolsa no es execrado, ¿cómo ha de serlo el de casino, círculo o reunión con cualquier nombre, donde concurren personas decentes, para arruinarse honradamente, es decir, sin hacer trampas? Los caballeros principales acuden al establecimiento, que ocupa en la calle principal uno de los mejores edificios amueblado con lujo. A él van personas de calidad; coches se ven a la puerta con escudos que un resto de pudor no hace cubrir siquiera, y son buen argumento contra la herencia de títulos que se profanan. El Sr. D. H. o D. R. se arruinó; redujo a pobreza a sus inocentes hijos, a su virtuosa mujer; los sacrificó cruelmente; es una desgracia para ellos, pero no una infamia para él, y con tal que pague todas sus deudas, todavía es una persona decente, y un caballero, a veces sin pagarlas.

Como el juego, bajo cualquier forma, es tan bien recibido por la opinión, se recurre a él hasta por personas buenas, y para objetos benéficos. Hay loterías, cuyos productos, unas veces son íntegros para la beneficencia, otras recibe solamente una parte, y otras nada, según las manos en que cae la baraja, porque en cuan to a los jugadores, no se preocupan lo más mínimo de las circunstancias del banquero. ¡Por dos reales diez y seis mil reales! La opinión pide un billete, le guarda, mira el número, ve si es el premiado, y no averigua más. ¿Para qué? Si hay casos en que aquel juego es una verdadera estafa; en que, con pretexto de caridad, se hace una combinación para llevar la mayor parte de la ganancia, alguna vez toda, cosas son que a la opinión no le incumben. Ella tiene sus reglas, su moral, su criterio, que resume así: Por dos reales diez y seis mil reales, añadiendo mentalmente: Sin trabajar.

La opinión que sanciona tanta clase de juegos, ¿qué prestigio ha de tener para condenar otros? Es el gran semillero de jugadores, cuando, formados a su amparo, son ya fuertes y robustos, no la necesitan, pueden vivir sin ella y contra ella, en los casos raros en que, como aguijoneada por las leyes santas que pisa, viene a poner su veto con la autoridad de un hombre ebrio que declamase contra la embriaguez. ¿Qué significa la prohibición de ciertos juegos y la persecución de ciertas casas donde se juega? En teoría, parece como un grito de la moral expirante; en la práctica..... no se puede decir lo que parece y lo que dicen que es.....

Son inútiles las leyes, los reglamentos, y el celo de este alcalde o el otro gobernador que quiera perseguir un delito preparado por la complicidad general, y que tiene en la extraviada conciencia pública tan hondas raíces. A ella hay que dirigirse, empezando por las personas buenas, que sin notarlo contribuyen a tan grande mal por no haber reflexionado cuáles son los medios legítimos de adquirir, no con la legitimidad de la ley escrita, que puede ser inmoral, como la que autoriza la lotería, sino conforme a la ley natural, a la ley de Dios, grabada en las conciencias que no extravían el mal ejemplo y la sanción del derecho positivo. Todo está reducido, pues, a responder en razón a esta pregunta: ¿Qué medios legítimos hay de adquirir?

No hay más que un medio moral de adquirir, que es el trabajo; todos los demás, aunque estén sancionados por la ley, deben rechazarse en conciencia. Dirigiéndome a una persona ilustrada como V., no creo necesario extenderme en la demostración de esta verdad, que va siendo cada vez menos controvertida, que pronto no hallará quién la combata, y que en un día (me atrevo a esperar que no lejano) aparecerá tan evidente como que cuatro y cuatro son ocho.

Creo, pues, que para V., para mí, y para todo el que de buena fe estudie el asunto, es indudable que:

No hay más medio moral de adquirir, que trabajar.

Lo que por medio del juego se adquiere, es sin trabajo.

Luego el juego es un medio de adquirir inmoral.

Luego ninguna persona moral puede adquirir por semejante medio.

Luego los que por él adquieren, hacen una cosa inmoral.

La línea divisoria del juego permitido, moralmente hablando, y el que no puede permitirse, es fácil de establecer. Todo juego en que lo que se busca principalmente es la ganancia, es prohibido por la moral. Sin ofenderla, se puede jugar por entretenimiento, nunca como medio de adquirir. El interés permitido en el juego es sólo, como dijimos, un medio de darle cierta regularidad, y puede limitarse muy fácilmente, diciendo que ni la pérdida, ni la ganancia tengan importancia pecuniaria, ni para el jugador, por ser insignificante y varia la suerte, ni para nadie que de él dependa ni por él pueda ser favorecido. He oído a los que juegan por diversión algún pequeño interés con personas de buena fe como ellos, que al cabo del año no se atraviesa nada, y vienen a quedar en paz, frase gráfica, brotada de la conciencia, en oposición a la horrible guerra que se hacen entre sí los jugadores inmorales. He visto en alguna casa, que la señora exigía de los jugadores afortunados un tanto por ciento, y muy crecido, de la ganancia, para los pobres, que venían a ser, al cabo del año, los únicos gananciosos.

Sabiendo el juego que es en conciencia lícito y el que no, fácilmente se distinguen las casas donde se juega que deben respetarse, de las de juego que deben perseguirse. Es casa de juego todo establecimiento público donde se juega, y además, aquellas que, sin ser públicas, admiten personas conocidas, a jugar en condiciones en que el juego es inmoral.

El juego que no sea censurable por la ganancia ni pérdida de dinero, puede serlo por la de tiempo, si se emplea en jugar más del que puede dedicarse al preciso descanso y diversión honesta. Jugadores he conocido que no perdían una peseta, pero malversaban el capital que no puede reponerse una vez perdido, la vida.

Si, como es cierto, el árbol se conoce por sus frutos, con ver los del juego bastaba para saber lo que es, y admira que siendo tan visibles, no se conozcan, y que conociéndolos, no se anatematice la causa que tales efectos produce. Vicio, crimen, desolación, ruina, vergüenza; tales son los frutos del juego, que empieza por parecer inofensivo, y concluye por matar.

Como de todos los juegos inmorales el de la lotería es indudablemente el menos malo: como hay muchas personas muy honradas a quienes parece bueno, voy a repetir aquí lo que de él dije hace algún tiempo, no porque tenga motivo para creer que he convencido a nadie, al contrario, sino porque creo en el poder de la repetición, y porque probándose, a mi parecer, la inmoralidad del mejor de los juegos, demostrada queda la de aquellos que evidentemente son peores.1

«No nos dirigimos a criminales y viciosos, sino a personas buenas, de sana conciencia y que, sólo por no haber pensado bien lo que hacen, juegan a la lotería.

»La lotería no es tan mala como otros juegos, principalmente, por tres razones:

»1.ª No se pierde tiempo.

»2.ª No hay agrupación de jugadores y foco de infección moral que de ella resulta.

»3.ª No se exalta el ánimo, y el jugador no es arrastrado a perder grandes cantidades: hay algún caso, pero muy raro, de ruina a consecuencia de este juego.

»Decir, pues, que la lotería es juego como los otros y tan malo como ellos, es una exageración; pero sostener que no hay en él inmoralidad, es no haberse fijado bien en lo que es moral o en lo que es la lotería.

»No se puede adquirir en conciencia valor alguno sino por medio del trabajo, o por donación de alguno que trabajando honradamente lo había adquirido. Los demás medios serán posibles, fáciles, y para vergüenza y desgracia del mundo, podrán ser hasta legales; pero no son muy honrados. Esto es claro, sencillo, incuestionable, elemental; y siendo cierto que el dinero cobrado en virtud de un billete de lotería ni es producto de nuestro trabajo ni del de nadie, no podemos percibirlo ni apropiárnoslo y usar de él sin cierta infracción de la ley moral. La cantidad que cobramos está allí en virtud de una serie de acciones inmorales, tantas como individuos han contribuido a formarla; y en lugar de ser fruto del trabajo, es con secuencia de la culpa, que siempre la hay en pedir ganancias a la suerte sin consultar a la conciencia, y en no reparar en el desdichado conducto por donde viene aquel dinero que nos trae la fortuna. El acto, pues, de cobrar un billete agraciado de la lotería, es percibir indebidamente un valor que no ha podido ponerse a nuestra disposición sin que un cierto número de jugadores falte a su deber. ¡Y personas buenas cobran este dinero con satisfacción! ¡Qué aturdimiento!.

»Y al tomar un billete de la lotería, ¿qué hacemos? Para comprenderlo bien, fijémonos en algunos puntos esenciales de moralidad y buena economía social:

»1.º La tendencia de la riqueza es a acumularse; las instituciones, directa, y si no es posible indirectamente, deben evitarlo, porque esa acumulación tiene inconvenientes graves en el orden económico, moral y político. La lotería acumula la riqueza.

»2.º Toda riqueza cuyo origen no sea honrado, lleva en sí un pecado original, una especie de virus que contamina al que de ella usa, depravándole más o menos, pero siempre mucho. La riqueza de la lotería es de inmoral procedencia.

»3.º Una causa segura de desmoralización son los cambios repentinos de posición social; el ánimo no está preparado a ellos; el infortunio o la prosperidad venida inesperadamente, son huéspedes que de seguro se reciben mal; y el hombre, en su imperfección, halla aún más dificultad para hacer frente a la fortuna repentina que a la desgracia. Tal vez choque la frase hacer frente a la fortuna. ¿No viene a favorecernos? ¿Es, por ventura, algún enemigo contra el cual debamos ponernos en guardia? El bien, ¿no es oportuno siempre? El bien, seguramente que debe ser bien recibido a cualquier hora con los brazos abiertos; pero una cantidad de dinero puede ser un bien o un mal, según el uso que hagamos de ella; y cuando llega sin esperarla y sin haberla ganado honradamente, puede asegurarse que es un mal; se necesita una grande, una inmensa superioridad, para que la riqueza en estas condiciones no deprave. No recordamos un solo ejemplo que nos haga modificar este juicio, y estamos seguros que si nuestros lectores observan y recuerdan lo que han visto, serán de la misma opinión. La riqueza repentina e inesperada produce primero un grande aturdimiento; todas las cualidades buenas y malas giran en derredor de ella como disputándosela; parece un momento indecisa, da esperanza de ser poderoso auxiliar de los sentimientos generosos; pero en breve triunfan y se apoderan de ella la vanidad y el egoísmo, bajo las mil formas que entrambos tienen, y el favorecido revela mil vicios y defectos que antes estaban ocultos, como gérmenes de animales inmundos a quienes ciertas condiciones atmosféricas dan vida repentinamente. Que los ricos improvisados son vanos y suelen hacerse viciosos y holgazanes, cosa es que todos saben; y aun hay frases que revelan ser esta verdad del dominio común.

»La prueba de la experiencia está confirmada por el raciocinio. Los hombres no suelen tener ni gran profundidad de pensamiento, ni gran fijeza de principios, ni grande elevación de miras; por manera que ni abarcan un gran horizonte, ni tienen fuertes amarras, ni brújula muy segura y norte fijo en los mares de la vida. Para una situación dada, a la cual han venido con preparación, formando en ella hábitos, tienen ciertas reglas de razón y de equidad a las cuales se ajustan; además, la carencia de recursos, la imposibilidad material de satisfacerlas, tiene a raya muchas inclinaciones viciosas: cuando la prosperidad llega inesperada, y faltan a la vez la regla segura del raciocinio y el freno de la pobreza o de la medianía, natural es que el espíritu incierto quede a merced del oleaje de las pasiones, y que la virtud naufrague muchas veces.

»Es un desatino pensar que todos son capaces de ser honrados en todas las situaciones: como si la virtud tuviera una fuerza eclesiástica instantánea e infinita, que no posee ninguna de las facultades del hombre. Si un comparsa no puede hacerse en un día primer actor, ni un albañil arquitecto, ni un tambor director de orquesta, ni un soldado general, ¿por qué ha de pretenderse que el pobre sepa ser rico, sin haber tenido tiempo de aprender a serlo? ¿Es, por ventura, más fácil armonizar los sentimientos, que los sonidos, y se necesita más energía y más inteligencia para mandar soldados que para hacerse obedecer con las pasiones ahitadas por la prosperidad? El papel de rico es mucho más complicado y difícil que el de pobre para desempeñarle bien; además de disposición, se necesita tiempo para ensayarle. En física se hace un experimento. Un imán sostiene un gran peso sobre el hierro que atrae, con tal de que se vaya cargando paulatinamente; si se le pone de una vez, todo viene al suelo. Lo propio sucede al hombre con la prosperidad. Si la recibe despacio, va armonizando su moralidad con ella; sus ideas van poniéndose acordes, y sus instintos groseros, a medida que disponen de más medios de satisfacerse, van teniendo más razones de enfrenarse; pero si la fortuna llega de repente, la virtud se viene al suelo. Esta es la regla general; no negamos que pueda haber alguna excepción, pero afirmamos que no hay papel tan difícil de desempeñar a conciencia, como el de rico improvisado. La lotería improvisa ricos.

»4.º No hay medio más seguro de desmoralizar a un hombre, que darle muchos medios cuando tiene poca educación. Reducido el número de sus ideas, grande el de sus errores, grosero en sus inclinaciones y apetitos, desde el momento en que la necesidad no le sirve de aguijón y la imposibilidad de freno, se deprava indefectiblemente en la holganza y en el vicio. La lotería enriquece ciegamente, lo mismo al hombre ilustrado y culto, que al grosero que carece de educación.»

«Reflexionando un poco sobre estas verdades, no podemos dejar de convencernos de que ese dinero que damos por un billete de lotería, es una cantidad que ha de contribuir a una obra mala, pésima, como lo es aumentar los medios de corromper a los hombres. Si se tuviera la historia verídica de la inversión y resultados de los premios de la lotería, las personas honradas se afligirían de ver los males a que por falta de reflexión habían con tribuido. Nosotros sabemos de verdaderos desastres económicos, efecto de grandes premios de la lotería: los agraciados sabían manejar su modesta fortuna, pero no la grande improvisada, y las perdieron entrambas en mal calculadas especulaciones; sabemos de algún drama horrible que no tuvo más causa determinante que el premio mayor de la lotería. Pero dejando estos casos, no tan raros como tal vez se supone, pero que podrían parecer rebuscados con el propósito de confirmar nuestra opinión, es lo cierto que, por regla general, los premios de la lotería, si son pequeños, se despilfarran en caprichos y fruslerías, se dan sin saber cómo; si son grandes, depravan y desmoralizan; y sean grandes o pequeños, no son valores bien adquiridos. El dinero empleado en la lotería sería muchísimo mejor tirarlo; no era entonces más que un valor perdido. Empleado en sostener aquel juego, es una cantidad que contribuye a un mal y fomenta precisamente todo lo que en una sociedad moral y bien organizada debe perseguirse.»

Yo no sé, caballero, si llegará un tiempo en que no haya jugadores; pero creo que alguna vez dejarán de tenerse por personas honradas. Hagamos cuanto posible nos sea para apresurar ese día, aun persuadidos de que en los nuestros continuaremos presenciando la cosa más triste de ver, que es el mal fomentado, y aun practicado, por las personas buenas.




ArribaAbajoCarta octava

Modo de adquirir


Muy señor mío: La ley pena, en teoría al menos, ciertos modos de adquirir, que llama robo, fraude, estafa, hurto, etc., etc., dejando sin condenar, unas veces por falta de poder, y otras de voluntad, el mayor número de medios de adquirir reprobados por la moral.

La opinión, lejos de ser más severa, se muestra aún más tolerante, como, por ejemplo, en las defraudaciones al Estado, que la ley pena en teoría, y la opinión absuelve. Uno, ciento, mil empleados y altos funcionarios se enriquecen por medio del fraude, gastan en un mes el sueldo de todo el año, no pocos se hacen ricos, y cuando lo son, se los considera, aun sabiendo el vergonzoso origen de su fortuna. Ellos se tienen y son tenidos por personas decentes: la decencia en España nada tiene que ver con la moral: como la contribución, se mide por la renta. El que viste bien, come mejor, tiene alfombra y sillería con muebles, es decente: si va en coche, distinguido. Es mucho el decoro que da a una persona el tener lacayo. Todo esto sale de un bolsillo que se llenó vaciando las arcas del Estado. En rigor, no puede negarse que valiera más que aquella fortuna tuviese otro origen; pero ¿qué se le ha de hacer? Hay tantas así, que viene a ser imposible rechazarlas. No ha de pasar uno la vida averiguando la de los otros; bien sería que fuesen mejores; pero, en fin, hay que tomarlos como son o vivir en triste aislamiento, sin relaciones que son tan agradables, y pueden ser tan útiles, porque el mundo no es de los impecables, ni hay que exagerar las cosas, pensando que puede haber inmoralidad en aprovecharse del favor de un hombre inmoral. Además, existe gran diferencia entre robar a un particular y robar al Estado; aunque de resultas de estos robos se exija al pobre por contribución los últimos céntimos de que puede disponer y necesitaba para pan; aunque se le venda su ajuar; aun que los niños se mueran en la Inclusa y los enfermos en los hospitales, por falta de fondos para atenderlos debidamente; aunque miles de personas perezcan en la miseria porque el Gobierno no les paga; aunque la primera enseñanza se abandone, preparando con la ignorancia el terreno donde germinará el error y el delito; aunque se abandonen las obras públicas, y las vías intransitables aumenten el precio de los artículos de primera necesidad, y en proporción la miseria; aunque no haya con qué acudir a los que las inundaciones u otras inevitables calamidades arruinan; aunque el soldado herido no tenga a veces un vendaje, ni una camisa que sustituir a la que empapó con su sangre y le sirve de cilicio.....; aunque el soldado en campaña enferme o muera porque se le alimente mal, no se le vista bien, o se le dé vino nocivo; aunque estas y otras cosas sean en gran parte efecto de los fraudes que se cometen en la administración de rentas públicas, hay mucha diferencia entre robar a un particular y robar al Estado; así lo afirma la opinión, y no hay para qué decir si los defraudadores se apresurarán a utilizar el beneficioso distingo.

Y, en verdad, bien considerado, puede, en efecto, hacerse distinción, porque aunque en la esencia es igualmente vituperable el hecho de privar de lo que es suyo a un particular o al Estado, en este último cabe un daño mayor, que hecho a sabiendas constituye mayor delito. El que roba a un particular puede saber a quién roba, y hasta cierto punto el daño que hace; no así el que roba al Estado, siéndole imposible calcular si con aquella cantidad que sustrajo, privó de alimento al niño de la Inclusa que muere de hambre, o de socorro al soldado herido que por falta de él sucumbe. Si no hubiera más ladrones que los que roban a los particulares, con ser muchos, aun se concibe orden y moralidad, que hacen de todo punto imposible los que roban al Estado: ellos son los que convierten las ruedas administrativas en focos de corrupción, contribuyendo a contaminar la atmósfera moral, infinitamente más que los que están en presidio: el delito que se reprueba y se pena, no ataca en sus fundamentos a la sociedad, sino el que queda impune y se honra.

No hay para qué decir la impotencia de la ley para reprimir fraudes que ella condena y la opinión absuelve. Pero esta falta de armonía entre una y otra, que existe tratándose de los que defraudan al Estado, no se nota al juzgar otros medios inmorales de adquirir, aprobados por entrambas de común acuerdo.

Los propietarios y comerciantes grandes y pequeños, los industriales, los capitalistas, los hombres de negocios, ¿qué regla tienen para fijar ganancia? Que ésta sea la mayor posible, en general, y en la práctica no se descubre otra. En todo contrato, sea verbal o escrito, trátese de comprar patatas, corbatas, dehesas o títulos del 3 por 100, el precio y la ganancia, ¿tienen algún límite moral? No puede hallarse a veces diferencia esencial entre ciertas especulaciones y ciertos hurtos; parece que la distinción aparente está en que aquéllas constituyen contratos libremente aceptados.

Primeramente, en muchos contratos entra el engaño, es decir, el fraude, y la aceptación no es libre, porque nadie puede estar conforme con que le perjudiquen y le engañen. Además de la falta de conocimiento, hay a veces la imposibilidad de sustraerse a las condiciones del contrato, que no puede rehusar el que las acepta aunque le parezcan injustas, como cuando se cobra un precio excesivo por artículos absolutamente necesarios. El consumidor no tiene libertad para no comprar pan, porque no la tiene para vivir sin comer; de modo que en muchos casos, ciertas especulaciones pueden distinguirse del robo, en que no hay violencia; pero del hurto, sólo en que las autoriza la ley.

Suponiendo que haya conocimiento claro, y verdadera libertad en el que compra o vende, ¿basta esto para moralizar la acción de comprar o vender? El que uno quiera pagar un precio exorbitante, ¿basta para que otro deba llevarle? El que uno quiera dar una cosa por la mitad de su valor, ¿basta para que deba comprarse? ¿Desde el momento en que se dispone a vender o a comprar, el hombre se despoja de una de las cualidades esenciales que le hacen persona, prescinde de toda moralidad, y convertido en una máquina de lucro, gana, gana, gana, sin más medida que el poder de ganar? Así, por lo común, viene a suceder de hecho, y el no tener precios fijos las cosas, ni esto chocar con la opinión, ni prohibirse por la ley, es prueba bien clara de la falta de ideas sanas en este punto. Moralmente hablando, hay pocos espectáculos más repugnantes que unos cuantos muchachos, detrás de un mostrador, capitaneados por el principal; en la edad en que para toda la vida se forman hábitos y se falsea la conciencia, aprendiendo teórica y prácticamente a mentir y a engañar para sacar dinero; pasando en esta ocupación desde que amanece hasta muy entrada la noche; convertidos en una máquina de fraude, y viendo que el que la monta, maneja y aprovecha, si hace con ella buenos negocios, es considerado y tenido por persona principal, y lo que es más, por honrada. El pedir por una cosa dos, tres, cuatro veces más de lo que vale; el dar un género de una clase, haciendo creer que es de la superior que se pide; el llevar según se puede, y según el comprador es o no inteligente, sabe o no el precio corriente, es la regla de los comercios en que no hay precios fijos, que son casi todos. Es de ver y deplorar la maligna complacencia del chicuelo que en sus primeros ensayos de vendedor encaja como bueno un género malo, lleva por otro doble de lo que vale, y se muestra, en fin, apto para el comercio, dejando bien al que le recomendó, y adquiriendo primero la reputación de listo, y la de entendido después.

Por punto general, en los comerciantes; que venden a otros, no hay este repugnante manejo: el comprador, en este caso, se sabe que es inteligente, no ocurre la idea de engañarle, y hasta suele haber buena fe y verdadera moralidad; pero suele prescindirse absolutamente de ella por los que venden al público, sin precio fijo, ni más límite para el que cobran, que la imposibilidad de llevarle mayor. Y lo más grave de este proceder, no es que sea inmoral, sino que no lo parezca, y que la opinión sancione como equitativas, cosas que tanto distan de la equidad.

En la industria no es tan general la inmoralidad. Suele haber más trabajo, más inteligencia en el que produce, y también en el que compra, cosas todas propias para evitar la tentación constante y el pecado seguro. Industrias hay, sin embargo, muy en desacuerdo con la moral, como, por ejemplo, las que cercenan constantemente el peso convenido de los productos, y constantemente también llevan por ellos un precio conocidamente excesivo, a pesar de las leyes de la libre concurrencia, que si lo son, se parecen a las de España en lo mucho que se infringen.

Profesiones hay convertidas en industrias por los que las ejercen, puesto que la principal mira, si no la única, que llevan, es vender mucho y muy caros los productos. El farmacéutico poco escrupuloso; el autor que sólo trata de gustar, para que su obra se venda mucho, yéndose con la corriente de pasiones, errores y extravíos intelectuales, en vez de oponerse a ellos; el militar que no piensa más que en ascender; el empleado que no se ocupa más que de cobrar; el escribano que justifica la reputación poco envidiable de los de su clase; el artista que en lugar de elevarse a las regiones del arte, se arrastra por el mercado o se contenta con aplausos que no merece; el médico que en vez de estudiar el modo de curar las enfermedades, estudia el de tener muchos enfermos; el letrado que no rechaza nunca un pleito si el que le promueve puede pagar los alegatos, que defiende a sabiendas la injusticia, y hasta se envanece de hacerla triunfar con su habilidad y talento; el ingeniero más dispuesto a dejarse tentar por la ganancia que a cultivar la ciencia; el profesor de enseñanza que vende lecciones a tanto una, haciendo mucho para que se le paguen más, y poco o nada para que estén conformes con la verdad y a la altura de su elevada misión; el sacerdote que piensa más en el regalo de su cuerpo que en la salvación de las almas: todos éstos convierten su profesión en oficio, en industria inmoral, que hasta donde es posible debiera estar prohibida por la ley y absolutamente condenada por la opinión.

Y ¿qué pensar de la moralidad del que hace casas para pobres, o al heredar procura que se le adjudiquen, porque son las que reditúan más? ¿Qué idea formar del armador que hace salir con temporal su barco, tal vez muy viejo y asegurado ha dos días, tal vez con carga excesiva, tal vez con gran número de desdichados pasajeros sobre cubierta, y a quienes con la tripulación pone a riesgo de perder la vida por realizar él una buena ganancia?

¿Cómo calificar al que saca un enorme producto de la casa que alquila para el juego o la prostitución, codicioso cómplice de tanta maldad e ignominia, y que puede llevar alta una frente tan manchada?

Y V. que los conoce, caballero, ¿qué piensa de los hombres de negocios, atentos sólo al suyo, falange corrompida y corruptora, que hace tanto para que en sus manos aumente el precio de las cosas, sin hacer nada para aumentar su valor; unas veces vendiendo papeles como quien da moneda falsa, y otras comprándolos como se adquiere un cuadro cuyo mérito no sospecha el vendedor; que descienden con frecuencia por debajo de los usureros más abyectos, y cuando se elevan más, están a nivel de los revendedores de billetes? No hago a V. el agravio de pensar que juzgará menos severamente que yo esos especuladores desenfrenados, que teniendo la ganancia por única ley, se burlan de todos, que cuentan como activo su cinismo y su osadía, que utilizan todos los vicios, que escarnecen todas las virtudes, y apoyándose en la corrupción que aumentan, se elevan sobre la ruina que causan. Pero la opinión los tolera, rubor causa decirlo, tal vez los ensalza, y las honradas frentes que salpican con las ruedas de sus carruajes, se inclinan como abrumadas por el peso de la común ignominia.

No acabaría nunca si hubiera de indicar todos los medios inmorales de adquirir que la opinión sanciona o tolera. Después de escribir un tomo, cualquiera podría notar que estaba incompleto y añadirle muchas páginas, tanta es la variedad de modos de apropiarse lo que en justicia no se puede poseer, algunos de los cuales decorosamente no se pueden decir. ¡Desdichada la sociedad en que la conciencia pública no rechaza ni aun aquello que ofende a los oídos!




ArribaAbajoCarta novena

Modo de gastar


Muy señor mío: Si la opinión sanciona, o cuando menos tolera, muchos medios de adquirir inmorales, es todavía más complaciente con los modos de gastar, tanto, que, según ella, el derecho de propiedad es el uso y el abuso de lo que se posee, y cuando ve que una persona derrocha, malversa, despilfarra, emplea su hacienda en fomentar propios y ajenos extravíos, se encoge de hombros diciendo: Gasta de lo suyo. La fortuna, que así se llama al dinero, da no sólo derecho a las comodidades, a los regalos, a los goces, sino también a los vicios caros y a los escándalos lujosos; al que paga mucho, la opinión le sirve haciendo cortesías y con el sombrero en la mano, encontrando un no se sabe qué de excelente, que la fascina, en todo aquel que hace brillar a sus ojos muchas monedas de oro: es horrible, pero es cierto; parece una ramera, cuyos favores son para el que puede comprarlos.

Favorecidos por ella los derrochadores, viciosos o criminales, llevan muy alta la frente, con tal que puedan pagar mucho, encontrando muchas personas que los envidien, y pocas que los desprecien. Es un axioma sancionado por la conciencia pública, que el modo de gastar lo que se posee no tiene más regla que la voluntad de su dueño, que hará unas veces mejor, otras peor, pero que siempre está en su derecho.

Todo derecho supone alguna condición en el que ha de ejercerle; no hay ninguno tan lato, que sea incondicional, porque siendo limitado el hombre, nada en él puede carecer de límites. El derecho de propiedad no puede sustraerse a esta ley, es condicionado, y si cuando ésta se adquiere es conforme a ciertas reglas, ¿cómo no ha de tener ninguna cuando se gasta? ¿Por qué se prohíben ciertos medios de adquirir? Porque son inmorales, malos, perturbadores del orden social. Y ¿no le atacan también, y hay inmoralidad y perversión en ciertos modos de gastar?

El hombre no puede tener ningún derecho, sino como ser moral y racional, y cuando sin razón ni moralidad gasta, si lo hace legalmente, es por error o impotencia de la ley, que no ampara más que fines buenos, o que juzga tales, y que, puede equivocarse, como los hombres que la hacen, pero cuyo propósito es siempre realizar el bien. En principio no se sostiene, no puede sostenerse, que absolutamente pueda hacer uno de lo suyo todo lo que quiera, porque prescindiendo de aquellos modos de emplear lo suyo que constituyen delitos, hay otros que no se autorizan, por suponer al que los emplea fuera de razón. Si un hombre tira su trigo al mar, o comerciando en cristal se entra por en medio de él dando palos, se le quitan las llaves del almacén y del granero, aun que sean suyos, porque se le supone loco, y el juicio es una condición para disponer libremente de lo que le pertenece. La razón condiciona la cualidad de propietario; no puede serlo el que carece de ella. Sin duda, el que pierde el juicio debe considerarse como un hombre incompleto; pero ¿no está en el mismo caso el que pierde la conciencia? ¿Puede existir el hombre racional sin el hombre moral? ¿Debe la ley coartar más al que destruye un valor porque no sabe lo que hace, que al que a sabiendas emplea este valor en propio y en ajeno daño? ¿Cuál es peor: tirar su dinero al río, o fomentar con él vicios, y tal vez preparar crímenes? La inmoralidad notoria, como la notoria locura, ¿no necesitan, relativamente a los medios materiales de que disponen, igual freno y por análoga razón?

La ley articula tímidamente algunas palabras contra la prodigalidad superlativa, y habla de tutores ejemplares; pero su letra es muerta, y cada cual puede arruinarse y arruinará su mujer y a sus hijos, dándoles todo género de malos ejemplos, sin que el juez le pida cuenta de la gestión de su hacienda: suya es, y la tiene para emplearla bien o para escandalizar con ella, según le dé la gana.

Y es que el juez, y el fiscal, y el ministro de Gracia y Justicia, y todos los ministros y todos los hombres, aprenden desde niños, que de lo suyo puede hacer cada cual lo que le acomode, y olvidan, o no llegan a saber, que la voluntad no basta para determinar un hecho equitativo, ni cuando está torcida puede constituir un derecho. Las cosas que son nuestras, MUCHO MÁS NUESTRAS que el dinero de que somos propietarios, ¿podemos por esta razón hacer de ellas lo que queramos? La inteligencia, la actividad, la libertad, porque nos pertenecen, ¿podemos emplearlas en hacer mal? Si yo empleo mi libertad en privar a otro de la suya, ¿no me dirá el juez que la recibí para el bien, y que en el momento que para el mal la uso, es necesario coartarla? Pues si con mi dinero hago daño, ¿no me puede decir igualmente que no es mío sino a condición de que no le convierta en instrumento de mal? La circunstancia de ser una cosa mía, es razón para que otro no quiera quitármela, pero no para que yo haga mal uso de ella; yo la poseo en calidad de persona racional y moral, si no, no; ni puedo ser legítimo dueño de aquello que empleo en infringir la ley moral. Se quita un arma de manos de un niño o de un loco; y ¿debe dejarse en las del pródigo corrompido el instrumento de su perdición, y el hecho de poseerle ha de constituir el derecho de usarle en mal hora para él y para la sociedad?

Nada hay que demandar a la ley; lo que en esta materia preceptúa con justicia, lo mandará en vano, arrollada por la corriente impura de la opinión. Mientras no se modifique, mientras tenga por imprescriptible el derecho a mal gastar, no hay que pedir que ningún tribunal condene a los que están ampliamente absueltos por la extraviada conciencia pública.

En cuanto a mí, al ver a un hombre elevado en la escala social, que podía dar alto ejemplo y da repugnante escándalo; que podía contribuir a la prosperidad de su país, y contribuye a corromperlo; que falta a su mujer y desmoraliza a sus hijos; que se arruina contrayendo deudas a pagar cuando muera su padre, su suegro, o nunca, y que, no obstante, es un caballero, a quien se considera y condecora; cuando veo hechos semejantes, una y otra vez, y mil, pienso que acaso en alguna época sucedan cosas tenidas hoy por imposibles; que a Nerón, con ser tirano feroz, no le ocurrió que podía expropiar a un ciudadano de Roma, y que si un día no se establece algo parecido a expropiación por causa de moralidad pública, no digan nunca los hombres que el mundo progresa mucho.

Una sociedad que tiene poca elevación de ideas y poca vida íntima, donde todo va muy por bajo y por afuera, es terreno apropiado para cualquier género de vanidades, que germinan y fructifican siempre que la moral se relaja y se pervierten las costumbres. La vanidad, dice Benjamín Constant, se coloca donde puede, y halla siempre lugar para colocarse, en conciencias torcidas, espíritus superficiales y caracteres rebajados. El que no tiene dentro de sí ninguna cosa que merezca respeto, quiere ser admirado por las exteriores, y sustituir el brillo de la virtud o de su ciencia, con el barniz de sus muebles y el lustre de sus botas. El que no lleva en su corazón ningún sentimiento elevado, ningún afecto profundo, ni oye interiormente voces armónicas, vive de la alharaca de afuera, y la aprecia y la busca, como esos filarmónicos de esquina que se paran a escuchar con gusto una música insoportable para oídos delicados. El que no sabe ser digno, es vanidoso, y según la desmoralización crece, la vanidad va teniendo alimento más ruin: mísera esclava de un tiranuelo soez, se corrompe a medida de él, hasta llegar a ser nada más que la ostentación de las cosas que se compran con dinero. Causa y efecto de inmoralidad, luce el rico traje comprado con el precio de la honra, y ofreciendo otro más vistoso, tienta la vacilante virtud. Unos pueden dar pábulo a la vanidad, porque han faltado; otros faltan para poder competir con ellos. En su altar se sacrifican el honor y la virtud, el deber y la dignidad, y queda en cambio la envilecida diosa, y largas torturas, humillaciones frecuentes, placeres efímeros, porque es condición suya ser ridícula e insaciable. Apenas obtiene un triunfo, la vanidad busca otro; no puede pararse satisfecha porque todo goce inmoral dura poco, y necesita renovar las impresiones fugaces de lo que es torcido y somero. La vanidad es ridícula, porque aspira siempre a ostentar un poder que no tiene, y su mentira se ve, y su impotencia se descubre, excitando una sonrisa de desdén, en vez de la admiración que buscaba. Como se va siempre con la corriente de la opinión, cuando ésta es turbia, se mancha, y cuando es ponzoñosa, se envenena, derramando sobre sus adeptos toda su podredumbre y suciedad. De los estragos que hace en las personas a quienes por completo domina, no es fácil formarse idea a no observarlas con mucha detención. Las hemos visto completamente depravadas, no habiendo principio sano que no inficionasen, ni sentimiento elevado que no rebajaran, y lo que es peor, sacrificando los más sagrados deberes a las menores fruslerías. Esto, que a primera vista parece extraño, si se medita, es lógico. Desde el momento en que se saca al exterior la vida íntima; que se hacen consistir los goces y los disgustos en lo que murmura éste o aplaude aquél, tengan o no razón, que se traslada a las cosas pequeñas la importancia que sólo debe darse a las grandes; que se mienten prosperidades y medios de que en realidad se carece; que se oculta como una ignominia la escasez, la pobreza, aunque sea tan honrada que debiera dar orgullo; desde el momento, en fin, en que se cifra en algunos trapos o trebejos la importancia de la persona, ésta se rebaja, se deprava con tantas infracciones de la ley moral, que para colmo de desdicha pueden disfrazarse con varios nombres, y hasta con el de decoro, y hacerse con la pretensión de no faltar a deber alguno. Antes confesará un asesino que lo es, que un vanidoso, si de la confesión no resulta material perjuicio: las debilidades se ocultan más cuidadosamente que los crímenes.

La vanidad tiene numerosa prole en mal hora nacida, y un hijo en todo digno de madre tan poco honrada. el lujo. ¡Qué no se ha dicho y se ha escrito contra él! Moralistas y predicadores, en nombre de la religión y la moral, han anatematizado el lujo, como causa de corrupción y ruina. Ciertamente, al enumerar los males que produce, es difícil señalarlos todos, por ser tantos y estar muchos escondidos en los repliegues de la vanidad y aparentes conveniencias: causa de graves daños, efecto de ideas erróneas y hábitos viciosos, seduce todas las clases, establece toda especie de alianzas, se infiltra en todas las situaciones, hallando medio de penetrar ¿quién lo diría? hasta en el tugurio de la miseria.

Decir que mientras el error ocupe el lugar de la verdad; mientras todo sea exterior y rastrero; mientras la virtud aparezca como un a excepción tan rara que pueda negarse, y se den al vicio atavíos espléndidos para ocultar con ellos su deformidad; mientras la conciencia pública escrupulice tan poco en los medios de adquirir, y tan nada en el modo de gastar; mientras el convencimiento del poco valor de la persona lleve a tantos miles de ellas a ostentar el de sus muebles o su vestido; mientras, en fin, el hombre vano sustituya al hombre digno; sostener que mientras todos estos hechos lo sean, el lujo es inevitable, como lo son los efectos de causas que subsisten, es afirmar una cosa por desgracia muy cierta, comprendiendo la extensión y hondas raíces del mal: lo que no se comprende es cómo puede sostenerse que sea un bien.

Aquí, caballero, me veo en la necesidad de decir cosas tan triviales; de entrar en la explicación de cosas tan claras, que dirigiéndose a un sujeto ilustrado como V., parece como ofenderle suponiéndole una ignorancia que de seguro no tendrá. Pero como personas de nuestra clase y nuestro siglo dicen, y lo que es más, escriben que el lujo es útil porque da de comer, a muchos pobres, y contribuye al esplendor de las artes, preciso será hacer sobre la materia algunas reflexiones, deplorando mucho la necesidad de hacerlas, y encareciendo la extrañeza de que verdades tan obvias sean desconocidas por personas ilustradas: una prueba más de cómo las malas prácticas engendran las erróneas teorías, y la voluntad que se tuerce altera la rectitud del juicio. Pero volvamos a la utilidad del lujo, que da de comer a pobres y favorece las artes.

Primeramente, aunque fueran ciertas estas dos proposiciones, que son falsas, no quedaba con ellas probada la utilidad del lujo, como de ninguna cosa que produzca alguna ventaja y muchos inconvenientes. Una fábrica de moneda falsa o de sellos, da de comer a varios pobres que tal vez dejan de serlo, y en España a muchos, y aun muchísimos, sin que por este motivo pueda decirse que es útil; y si para hacer una Venus ha sido necesario depravar a la mujer que sirvió de modelo, no es útil esta obra de arte. Esto quiere decir que la utilidad no es un hecho bruto, ni un problema cuya solución depende de un solo dato material, y que no se puede dar de comer a los pobres ni enriquecer los museos, sino con cuenta y razón de probidad y justicia. Si el lujo corrompe, si el lujo deprava, maldito mil veces aunque dé pan a muchos pobres, aunque de él comieran todos, que con dolerme mucho ¡y Dios sabe si me duele! que tengan hambre, más los quiero hambrientos que corrompidos: jamás vacilaré entre la virtud de un hombre y su cuerpo; perezca éste, sí, muera, antes que aquélla sucumba.

Pero Dios no ha establecido estas odiosas contradicciones proclamadas por la impiedad de los hombres. El lujo que corrompe, empobrece; el lujo que perjudica a la moral, rebaja el arte.

¿Cuál puede ser la causa del error que atribuye al lujo la utilidad de dar pan al pobre? Sabemos el hecho, por cierto horrible, de una mujer que, ayudada por otra, mató a su marido, ahogándole con patatas cocidas, que a la fuerza le introdujo por la boca, hasta asfixiarle. El que hubiera sostenido la utilidad de dar de comer a semejante desventurado, sería un observador tan profundo como los que sostienen la utilidad del lujo porque da de comer a algunos pobres. Una vara de encaje de Bruselas cuesta no sé cuánto, no quiero saberlo; una perla vale un capital. ¿Qué sería de los pescadores de perlas y de los que hacen los encajes, sin el lujo que consume los productos de su industria? Luego el lujo los mantiene, luego el lujo tiene su utilidad para aquellos pobres, que sin él quedarían sumidos en la miseria. Esto se ha visto, y sólo esto, que ciertamente es bien poco ver. Observación tan superficial y error tan craso me obligan a entrar en explicaciones que podían pasar hablando con un obrero, pero bien extrañas dirigiéndome a un señor, y más, recordando lo que usted sabe y dije más arriba, cuando a los señores les ocurre sostener que dos y dos son cinco, preciso es afirmar que hacen cuatro, aunque la cosa sea trivial y parezca excusada.

La sociedad es un a asociación de personas que, bajo ciertas condiciones materiales y morales, viven en armonía trabajando y cambiando los productos de su trabajo.

Si la riqueza no se distribuye con mucha desigualdad, y hay pocos miserables y pocos ricos, será grande el consumo de las cosas necesarias, y escaso el de las superfluas; habrá pocos que vayan descalzos, y pocos que lleven botas de pieles costosas, con primorosa labor; pocos que estén sin camisa, y pocos que la gasten de batista pespunteada y bordada, y los trabajadores se dedicarán, por regla general, a producir las cosas de general consumo y verdadera necesidad.

Se, desnivelan las fortunas, se aumenta el número de ricos, y no la moralidad; viene el lujo, que, comprendámoslo bien, como no es un capital, no puede producir aumento de trabajo, sino diferencia en el modo de trabajar. No se dan más jornales porque no hay más dinero, sino que el jornalero emprende distinta obra, y en vez de hacer veinte camisas sencillas en veinte días, y vestir con ellas otros tantos hombres, emplea todo este tiempo en hacer una lujosa con que ataviar a uno solo, dejando desnudos a los otros diez y nueve.

Lo mismo sucede con el paño, los zapatos, los sombreros y las casas. El lujo que para adornar una, tiene haciendo molduras y dorados a centenares de obreros, disminuyendo el número de las viviendas cómodas; que a la fabricación de telas baratas con que abrigarse modestamente sustituye la fabricación del terciopelo, no aumenta el trabajo, varía su dirección y hace que los trabajadores, en vez de producir cosas baratas que consumirían ellos mismos, o cambiarían entre sí, fabriquen las que no están al alcance de su fortuna, y usará sólo el que pueda pagarlas.

Hay más. Los capitales empleados por el lujo en alimentarle, podían y debían dedicarse al aumento de la pública riqueza y bienestar. Esos trabajadores que pulimentan mármoles y doran molduras, podían hacer casas cómodas para obreros, donde vivieran racionalmente, y más; aquellos que fabrican telas preciosas, podían abrir un canal de riego que fertilizara una estéril comarca, sin que los capitalistas que los pagan renunciasen a sus racionales comodidades, y con aumento de la riqueza de todos.

Hay más aún. Los obreros que emplea el lujo, expuestos a sus caprichos y a las veleidades de la moda, son víctimas de inevitables oscilaciones: hoy, trabajan noche y día, inclusos los festivos; mañana, no tienen trabajo porque el buen tono rechaza sus productos. Cuando hay alguno raro, el lujo le paga a exorbitante precio, visto lo cual, la producción aumenta y abarata; entonces ya no es lujo, y se desdeña; va descendiendo por la escala de la vanidad, hasta, que llegado al último peldaño, cae en el desuso o depreciación, y deja sin trabajo a los obreros que ocupaba.

Hay más. El lujo, con la corrupción que engendra, rebaja, desmoraliza, crea ficticias necesidades, y devora con la economía que pudiera ser reproductiva, la limosna del necesitado: todo le parece poco para deslumbrar con su brillo, y en vez de socorrer la miseria, la insulta. Es evidente, pues:

1.º Que el lujo, no es un capital, sino la malversación de los capitales.

2.º Que no es fuente de trabajo, ni da de comer a nadie, sino torcida dirección a una parte de la actividad humana.

3.º Que los capitales que emplea abajo, se sepultan en sus simas, de donde no salen más que escándalos y provocaciones, podían y debían emplearse en empresas útiles, que aumentaran la pública moralidad, la riqueza y el bien estar.

4.º Que con sus cambios caprichosos, deja con frecuencia sin trabajo a los obreros que emplea.

5.º Que corrompiendo el corazón, le endurece, y devorando toda economía, deja vacías las manos que habían de socorrer al desdichado, y secos los ojos, que no tienen una lágrima para su desventura.

6.º Que ostentándose entre la miseria, después de contribuir a producirla, la insulta, la irrita, encendiendo pasiones y provocando iras que, ciego o hipócrita, atribuye a muy diverso origen.

Réstame sólo decir algunas palabras de la utilidad del lujo para las artes.

¡El arte! ¿Qué idea tienen de ella los que presumen servirla extraviando las ideas y rebajando los caracteres? ¿Es, por ventura, alguna ramera que da sus favores a cualquiera que los paga? El arte se inspira en las elevadas ideas, en los profundos sentimientos, en las firmes creencias; sale de alguno que piensa alto y siente hondo, no de los escaparates de bisutería, ni de las arcas de los banqueros. El artista que necesita dilatados horizontes, auras puras, luz brillante, ecos infinitos, nace, pero no crece ni vive, entre el lujo corruptor y corrompido de sociedades, donde todo es limitado, bajo, obscuro; donde las voces de lo alto se pierden en el vacío; donde se apaga la luz como en los pozos inmundos. El artista no se forma solo: es un compuesto de lo que tiene en sí, y de lo que halla fuera de sí: mira al cielo, pero se apoya en la tierra, y si alguna vez, con vocación de mártir, vive de olvido y soledad, opone desdén a desdén, cifra en el porvenir toda su esperanza, y se alimenta de su propia fe; si alguna vez puede elevarse bastante para perder de vista la sociedad degradada que le rodea, la regla es que caiga, que venda su primogenitura por un plato de lentejas, que llame al aplauso gloria, y se deje ataviar grotescamente con cascabeles y oropel. El arte es inmortal, como todo lo bueno y lo bello; pero sino muere su sentimiento, se debilita sin la fe y sin la virtud. Nada que contribuya a depravar las costumbres y rebajar los caracteres, como contribuye el lujo, puede favorecer al arte.

Observemos, caballero, esos palacios levantados con dinero, sin más idea que vana ostentación o goce sibarítico. Lujo tienen, no hay duda; pero ¿dónde está el arte? Recorramos sus salones: por todas partes se ven los productos del industrial, en ninguna la inspiración del artista. Recorramos plazas y calles, veamos templos y dependencias públicas, y notaremos lo mismo: entremos en los teatros: lujo en la decoración, lujo en los espectadores; en cuanto al arte, con la moral está en un obscuro rincón, gimiendo entrambas al ver lo que allí pasa.

O es preciso negar que el lujo corrompe, o no se puede sostener que favorece al arte, al arte verdadero, cuya idea se pierde con la de la sana moral. ¡Deplorable y constante armonía de todas las degradaciones! Se rebaja al artista con el hombre, y se hermana el mal proceder con el mal gusto.

Creo que no me atribuirá V. la idea de desterrar las artes con la severidad bestial de Esparta, como yo no supongo en V. el pensamiento de fomentarlas con la podredumbre del Bajo Imperio, y los dos convendremos en que los que compran al mismo tiempo cuadros y conciencias, no son los llamados a levantar el arte de su degradada postración.

Antes de concluir lo que sobre esta materia tengo que decir a V., debo manifestarle que yo no entiendo por lujo todo gasto innecesario, sino aquel que es además perjudicial o inútil. El rico que forma una buena galería de pinturas, no sostendré que en esto tiene lujo, porque puede hacer con ella un verdadero servicio, y más si tiene la buena idea de abrirla al público para que los artistas vean modelos, y el pueblo empiece a sentir las elevadas inspiraciones del arte. Lo mismo y más puede decirse del que le proporcione buena música o haga gastos considerables, en cosas que no tienen ventaja material, pero contribuyen a suavizar las costumbres, depurar el gusto, y levantar el espíritu: no sólo de pan vive el hombre, y bien haya la riqueza del rico que levanta una estatua al genio o le despierta.

Si V. piensa como yo, caballero, si le parece evidente que puede haber y hay inmoralidad en el modo de gastar como en el modo de adquirir, procuremos en la medida de nuestras fuerzas contribuir a desvanecer el error, primero e indispensable paso para corregir el extravío. La práctica de los pródigos continuará; pero que no tengan la avilantez de formular teoría; sépase bien lo que son y para lo que sirven; escarnezcan la miseria, pero guarden silencio ante la razón, y hablen en nombre del vicio y de la vanidad, no en nombre del arte y de la ciencia económica.

Se ha escrito bastante contra las manos muertas; resta que escribir mucho más contra las manos podridas.




ArribaAbajoCarta décima

Modo de divertirse


Muy señor mío: Nada más que en momentos de felicidad suprema, o de suprema angustia, el hombre quiere estar consigo a solas, e identificado con aquel pensamiento que le da la vida o le hace desear la muerte, no busca otro compañero. Llena de néctar o de hiel la copa de su vida, no siente el vacío de la soledad, no busca auxiliares exteriores para su alma, que se sustenta con la plenitud de su ventura o de su dolor. Fuera de estos casos excepcionales, y de aquellos momentos en que el pensador y el artista necesitan escuchar en silencio la voz de la inspiración, y recogerse dentro de sí, el hombre ha menester salir fuera, buscar a su actividad alimentos exteriores, y procurar, unas veces completarse, otras olvidarse, y otras encontrar consuelo.

Observemos tina multitud cualquiera, y veremos que los hombres que la componen procuran salir fuera de sí, por el trabajo o por la distracción, por la obra meritoria o por el hecho vicioso y hasta criminal, pero en fin, por alguna cosa que los libre del peso de estar a solas consigo. ¡Condición desdichada de la humanidad! ¡Prueba de su pequeñez y de su imperfección! Así le vemos, que, cuando no trabaja, se divierte, se distrae, y cuando ni trabajo, ni placer, ni diversión tiene, se cansa, se aburre, se fastidia, se hastía, que con todas estas palabras y otras indica el peso de la existencia el hombre que no tiene medio de salir de sí.

De esta condición orgánica, digámoslo así, de nuestro espíritu, resulta que el trabajo, además de un deber y una necesidad para cubrir las materiales, es una ventaja para el hombre, a quien libra de aquel terrible malestar que abruma al que no hace algo, porque no hay medio, por muchos que tenga el vicioso, de que no pese el tiempo al que sólo busca pasatiempos. Pero el trabajador no puede trabajar siempre; necesita descanso, necesidad que en parte es material y en parte no. Quienquiera que él sea, no le basta el reposo, y a poco que se prolongue, busca alguna distracción. Aun el hombre del pueblo que hace una labor ruda, dispone de algún tiempo en que procura distraerse, y si no el día de trabajo, el festivo le tiene entero para descansar y aburrirse, si no se distrae. El que se dedica a trabajos intelectuales, necesita igualmente a más de descanso material, distracción, que es el descanso del espíritu, y si no le tiene, no sólo se resentirá su fuerza física, sino la intelectual. Hasta cierto punto, puede descansarse de un trabajo con otro, prolongar más la tarea variándola, y hasta procurarse distracciones verdaderamente útiles; pero, en último resultado, son necesarias al hombre, de cualquiera condición que sea, y las busca en el café o en la taberna, en el museo de pinturas o en la plaza de toros, oyendo un trozo de música sublime, o jugando con una mugrienta baraja. En todos los pueblos y en todas las clases, el hombre que descansa busca distracción, y lejos de vituperarle por ello, debe reconocerse que procura satisfacer una necesidad natural y legítima.

Conviene no equivocar el distraerse con el disiparse, entendiendo que hace lo último aquel que se distrae como ocupación, y no para buscar descanso del trabajo, sino para huir del hastío de la ociosidad: bastante hemos dicho ya de ella, para que sea necesario condenar de nuevo a estos disipadores de la hacienda y de la vida.

La distracción, que es una necesidad, es también un peligro, y gran peligro. El trabajo, bendito sea, lleva en sí un poder moralizador, que sólo al que no le observe y le comprenda puede dejar de admirar, y el que ha dicho que era una oración, si no dijo una cosa absolutamente exacta, estuvo lejos de afirmar un absurdo. Parece, en efecto, que eleva al cielo aquel modo de actividad que hace tanto bien en la tierra, y que hay algo semejante a la comunicación con Dios en esa labor que preserva al hombre de tantos extravíos, y disminuye sus males, y le sostiene en sus penas. Mas como ya dijimos, y todo el mundo sabe, no es posible trabajar siempre, y la distracción, que es una necesidad, es también un peligro. El hombre que descansa, quiere distraerse, divertirse, gozar, y por la puerta que se abre al legítimo y honesto recreo, no es raro que se entren la ociosidad, el vicio y hasta el crimen. El hombre, cuando trabaja, parece que está bajo la mano de Dios, y como amparada su alma por una egida, la aparta y queda al descubierto. Por eso no hay cosa más importante que indicarle los peligros del descanso; por eso las diversiones debían ser asunto muy serio para el filósofo, el moralista, el legislador, el hombre de Estado y el caritativo y el filántropo, que deberían ver en ellas el escollo donde se estrellan tantas virtudes, y el manantial emponzoñado de tantos vicios. Si de mí dependiera organizar una poderosa asociación con un fin benéfico a mi voluntad, sin vacilar la destinaría a moralizar las diversiones públicas, persuadida de que ninguna cosa podría hacer más útil, ni tanto.

Las diversiones públicas son un atentado permanente contra la pública moral, sin que grandes ni pequeños ni medianos parezcan echarlo de ver, ni menos intenten poner diques a esa corriente infecta, que

«Del inicuo procede y pasa al bueno».



Los toros, diversión que basta ella sola para la ignominia de un país, en que lo menos feroz es lo que se llama la fiera; lo menos absurdo exponer la vida por dinero y para diversión; lo menos triste la muerte de nobles, indefensos animales, no siendo sus intestinos, que cuelgan, lo más repugnante. Los toros, fiesta que parece corresponder al siguiente programa: Un espectáculo propio para excitar los instintos sanguinarios, para sofocar los buenos sentimientos, para embrutecer las nobles facultades, para torcer los rectos juicios, para familiarizar con palabras soeces y cosas absurdas, para reunir las clases en comunión depravada, poniéndose todas al nivel del último individuo de la última; para mezclar la crueldad del circo romano con las pasiones ridículas del Bajo Imperio, y en fin, para hacer pública ostentación de infringir las leyes que debe guardar todo pueblo culto y cristiano. Tal es la corrida de toros, diversión aristocrática y popular, donde van el jefe del Estado y los ministros, y los magnates, y lo que es más, las señoras.

Y este padrón de infamia, lejos de reducir sus proporciones, las extiende, se hacen nuevas plazas, y a comarcas exentas de semejante ignominia llega con las facilidades que dan los caminos de hierro. Para una obra benéfica no se encuentran fondos; los hay para improvisar un redondel: toda obra pública, si no se para, camina lentamente; ésta crece como por encanto, se trabaja con afán, y en pocos días se termina. Los magnates que no tienen un asiento en su mesa, ni una moneda en su bolsillo, para rendir un tributo tal como ellos pueden darle, a los representantes del arte o de la ciencia, en obsequio de las notabilidades del toreo dan festines, y lo que es más, asisten como convidados cuando pagan los diestros. ¿Se quiere más? Pues si más se quiere, estando enfermos a un tiempo mismo un lidiador de toros, y uno de esos pocos hombres públicos de fama merecida y nombre limpio, para informarse de la marcha de su enfermedad incurable, pocos acuden a su casa; la del torero está llena, y también la lista que tiene en el portal.

Caen y se restauran monarquías; se levantan repúblicas y se hunden, sin que ningún gobernante de ningún gobierno, ningún legislador de ningún poder legislativo, intente nada contra la diversión bárbara por excelencia. En cuanto a la opinión pública, no se sabe si aplaude o reprueba; lo que aparece claro es que con la complicidad de su silencio autoriza aquello que debiera reprobar enérgicamente.

La gente que sale de los toros, de diferentes clases y condiciones, sólo se reúne allí; después se separa, buscando pasatiempos a medida de su gusto y su fortuna. Tabernas y cafés, cantantes o no, teatros, bailes, garitos de todas categorías, donde se come y se bebe, y se juega y se baila, ofrecen variedad de recreos, que suelen tener de común la perversión del buen gusto y de la sana moral, cuando no son resueltamente un cínico escarnio de toda virtud y de toda decencia. Con excepciones muy raras, las diversiones públicas pueden considerarse como envenenadores permanentes de la moral pública. El baile obsceno, el drama o la comedia inmoral, van acostumbrando los ojos y los oídos, y la conciencia y el espíritu, a todo género de absurdos o impurezas, siendo el primer paso para hacer el mal sin remordimiento, el poder mirarle sin horror: hay menos distancia de la que se cree, entre ser espectador de ciertos indecentes espectáculos, y ser actor en ellos; en la escala moral, sólo Dios sabe a veces quién bastará más arriba; y en todo caso, si no hubiese quien pagara los espectáculos inmorales, no habría quien por interés los diera. ¿Cómo se hace posible el torero, el bailarín, la bailarina, el autor y el actor de obras que pervierten, el empresario de establecimientos y espectáculos cuyo solo nombre parece manchar el papel donde se escribe? Todos estos gusanos estarían en germen sobre la podredumbre social, sin acrecentarla, a no recibir de ella el calor que necesitan, y que se llama dinero. Tratándose de indignidades, no sé que haya esencial diferencia entre el que las vende y el que las compra.

Y ¿qué dice la opinión de toda esa masa de gentes que cobran por pervertir, o que pagan para ser pervertidos? Cuando no aplaude, guarda silencio, de tal modo, que al ver que no es reprobado, se va perdiendo la idea de lo que es espectáculo reprobable; los que se divierten no para descansar, sino para ocuparse, quieren divertirse a toda costa, la conciencia se presta a nuevas concesiones cada día, y llega uno en que el escándalo no escandaliza, y en que se hace la apoteosis del mal, declarando la infalibilidad de los que le aplauden.

Tal es nuestro estado en materia de diversiones, y entre los que no quieren ninguna, y los que las admiten todas, no se ve medio justo que procure las honestas, y las promueva, medio de los más eficaces para contrarrestar las que no lo son. Dado que el hombre ha de distraerse, sino halla modo fácil de hacerlo bien, lo hace mal, y cuando tiene pocos medios intelectuales y pecuniarios, es bien difícil que haga una buena elección si se le deja solo como lo está.

La sanción de la ley, el firme auxilio de la autoridad, el enérgico impulso individual, el poder colectivo de la asociación: todos estos elementos armonizados se necesitaban para empezar a sanear la atmósfera moral de la infección creciente de las diversiones públicas. Usted dirá, caballero, que es bien difícil una empresa que tales elementos necesita; no pretendo yo sostener que sea fácil; pero, en fin, el deber no deja de serlo por dificultoso, y a él faltamos usted y yo, y todos, y la sociedad entera, que no ve que sus hijos se depravan al distraerse, o lo ve impasible, sin conciencia de criatura racional, y sin entrañas de madre.

Si en vez de encogerse de hombros cada cual, y decir: Yo, ¿qué puedo hacer en esto? pensara: ¿Qué debo hacer yo? y, averiguado, lo pusiese por obra, se empezaría la grande y urgente de poner coto a la perversión que se difunde entre gran parte de la gente que se divierte. No confundirse con ella, es lo que hacen los mejores, estando tan rebajado el nivel moral, que quien no la escarnece pública y groseramente, se tiene y es tenido por modelo de virtud.

No desconsuela menos que el modo de divertirse, ver las ocasiones en que el público se divierte. Que corra sangre a torrentes, que los campos estén asolados, que las ciudades agonicen en medio de los horrores del hambre, se desplomen a compás del estruendo de la artillería, o sean presa de las llamas, el día y a la hora acostumbrados se llenan el redondel y el teatro, y el café y la taberna. Después de haber rebajado el arte y la moral, se ultraja la patria y se escarnece la humanidad. ¿Qué son sus grandes intereses ni sus catástrofes al lado de la pirueta de una bailarina, del chiste de un gracioso y de la habilidad de un diestro? Leídas las noticias de la guerra, se mira la sección de espectáculos, y si hay alguno que gusta, ¿por qué no ir? Bueno sería que porque allá se muera entre horrores, aquí no se viviera alegremente. Las manos que aplauden lo que es digno de vituperio, impuras están e incapaces de ninguna santa ofrenda, y los ojos que se recrean en la deformidad, no tienen lágrimas compasivas. Hay armonía entre el cómo y el cuándo se divierte el público; entre el espectador desmoralizado, el ciudadano sin patria y el hombre sin corazón.




ArribaAbajoCarta undécima

Deberes domésticos y deberes sociales


Muy señor mío: En una sociedad poco honesta, donde los ociosos y los jugadores son bien acogidos; que no escrupuliza en el modo de adquirir, de gastar ni de divertirse, inevitable es que se comprendan mal todos los deberes, y se practiquen peor.

Ya sabe V., caballero, lo que entiendo por pobres y por señores, incluyendo en esta última categoría a todos aquellos cuya virtud es o debe ser activa, y que además de no hacer mal, pueden hacer bien. Teóricamente, el número es grande; en la práctica, muy reducido, por ser muy pocos los que reconocen más obligación que la de abstenerse de hacer daño, siendo la generalidad de las personas acomodadas pobres, y hasta miserables de buenas obras.

A poco que se reflexione sobre la materia, se presenta esta cuestión: ¿Es posible dejar de hacer malcuando, pudiendo, no se hace bien? Yo no sé cómo la resolverá V.; en cuanto a mí, no vacilo en resolverla negativamente, y menos por razones a priori, aunque hay muchas, que por observaciones hechas en la práctica. No he conocido una sola persona que, teniendo medios de hacer bien, cifre su honradez en sólo abstenerse del mal, no le haga. Los hijos que no consuelan a sus padres; los padres que crían a sus hijos y no los educan; los maridos egoístas que no ultrajan a su mujer, pero la hacen desgraciada; los hermanos cuya armonía es sólo aparente, y cuyo afecto no está a prueba del más mezquino interés; los que ven siempre todas las cuestiones del lado de su derecho; los que, ateniéndose estrictamente a la letra de la ley escrita, infringen de continuo la ley moral; los que son exactos en sus contratos, duros en sus condiciones, implacables en sus exigencias, pertenecen generalmente a esa clase de hombres que, no reconociendo la obligación de hacer bien, creen cumplirlas todas con no hacer mal; Dios sabe si le hacen, y los que de cerca los ven tampoco lo ignoran.

Esto, que afirma la experiencia, lo corrobora el raciocinio. El hombre moral no se fracciona en varias e independientes partes, de las cuales unas cumplen, y otras dejan de cumplir con la ley del bien que constituye la armonía del todo. Es uno, solo, el mismo, y cuando se desmoraliza y se endurece y se deprava, es para todo y para todos, siendo imposible que el alma desierta de generosos sentimientos, tenga oasis para las severas virtudes, y que pueda inspirarse a la vez en el cálculo mezquino y en la generosa abnegación. No sucede: de entre los hombres que pudiendo no hacen bien, salen los que hacen mal; los grandes egoístas son el plantel de los grandes malvados.

El señor de las virtudes negativas comprende mal y cumple peor sus deberes de familia, y en más grande proporción desconoce y falta a sus deberes sociales. El instinto, los afectos, las conveniencias, el cariño, a veces el cálculo o la vanidad, hacen que el hombre, en parte al menos, llene sus deberes domésticos; teniendo un poco de moral, aunque sea de pacotilla, no puede prescindir de ellos completamente; pero los que se refieren a la sociedad, ni los sabe, ni los averigua, y lo que es más, si alguno se los recuerda, los niega. Él trabaja en su empleo, en su arte o en su oficio; cumple fielmente sus contratos; paga a sus criados y a sus proveedores; satisface sus trimestres de contribución, y aun alguna vez permite que su mujer dé alguna limosna. ¿No es un ciudadano modelo? ¿Puede exigirse más a un hombre honrado? Y nada más se le exige: la conciencia pública, lo mismo que la suya particular, como decididamente no sea un pícaro, le tiene por una excelente persona. De resultas del gran número de estas personas excelentes, nada bueno se puede hacer, y toda empresa beneficiosa halla dificultades de tal magnitud, que por regla general no puede vencerlas.

Esa multitud egoísta, rémora de todo pensamiento útil, obstáculo para toda buena obra, ¿falta a deberes que reconoce, o los ignora? Creo esto último, porque, dada la calidad de las personas y su gran número, no es posible suponer que falten a sabiendas, y constantemente, además que de vez en cuando se les oyen razonamientos por donde se nota cuán fuera de razón van, y lo extraviados que andan por el mundo moral. Así discurrían su padre y su abuelo con los abuelos de ellos, y aunque la autoridad de los mayores no sea grande en estos tiempos, es raro que se desconozca cuando su yugo es la guirnalda del festín, y sus preceptos, invitaciones al placer y a la holganza. El niño nace, vive y crece, en la idea de que a la sociedad sólo se le debe lo que exige el Gobierno, y que no hay más que dos clases de deberes: los domésticos y los legales; cuando es mozo y cuando es hombre, está bien persuadido de esta verdad, y tanto más dispuesto a creerla evidente, cuanto que si resultara ser error, tendría, no sólo que modificar sus ideas, sino sus acciones. Si llega a su oído alguna voz lejana que sobre esto suscita alguna duda, pronto se desvanece. Aquellas opiniones cómodas y verdaderas que él profesa, son las de todo el mundo; combatirlas es una especie de extravagancia intelectual; el parecer de ocho mil contra ocho tiene todas las probabilidades de ser razonable, y más si es cómodo para el que lo adopta.

Confieso a V., caballero, que al hablar de los deberes sociales que se desconocen, me veo en una situación algo parecida a la del que tuviera que probar esos primeros principios que no pueden probarse, ni es necesario, porque son evidentes por sí mismos. Un corazón sano, una conciencia recta, una razón clara, un espíritu, en fin, que ama la verdad incondicionalmente, sea cómoda o molesta, ¿no ve, no comprende por intuición, que el hombre debe a la sociedad a medida y en proporción que recibe de ella? ¿Puede darse nada más axiomático ni más elemental en materia de equidad? Cuando verdades semejantes se desconocen, más que probarlas parece necesario apartar de la conciencia de quien las niega todos aquellos errores que, como otros tantos cuerpos opacos, le impiden ver la luz; de poco vale que brille esplendente para el que se ha puesto en situación de no poderla ver.

Tomemos como tipo del que desconoce sus deberes sociales uno de esos hombres que no han recibido de padres ni parientes fortuna ni educación; de esos que dicen que se han formado solos, que se lo deben todo a sí mismos: es, a no dudarlo, el caso menos frecuente y más favorable para imaginar que no tienen deudas con nadie. Y ¡cuántas han contraído, no obstante, con esa sociedad que los amamantó como hijos y en quien no reconocen ningún derecho de madre!

La primera causa de error en esta materia es el no penetrarse de que el hombre, ni material, ni moralmente, puede vivir aislado; que perecería de hambre, de cansancio, o víctima de animales dañinos, si estuviera solo, y que, caso de que pudiera vivir, estaría muerto para el sentimiento y para la inteligencia. Lo primero parece evidente, y de lo segundo puede formarse alguna idea, aunque no cabal, observando lo que son los sordo-mudos que no se educan, y eso que no están completamente aislados, y que el amor maternal hace verdaderos milagros para romper ese muro que los incomunica con la humanidad. Sin ese amor, al grito salvaje del que no oye, correspondería el impulso bestial del que no comunica, y se tendría una pequeña muestra de lo que puede ser fuera de la sociedad el hombre intelectual y afectivo.

Aunque no tan marcados, se ven los estragos del aislamiento en los pastores y labriegos que viven casi siempre solos. Es un error que sólo puede tener el que no los haya observado de cerca, las pretendidas virtudes de estas gentes sencillas, que son, en realidad, insensibles, feroces, egoístas, con tan pocos sentimientos benévolos, como ideas elevadas. Debemos a la sociedad casi todo lo bueno que pensamos y sentimos. ¡Qué de elementos de educación moral e intelectual, de felicidad y de virtud, en la comunicación de ideas, en la inspiración de sentimientos, en tanto amor como han acumulado sobre el niño que nace, los que amaron al hombre, y por su bien y su derecho y su justicia han arrostrado la fatiga, la pobreza, la calumnia, el desdén, la persecución y hasta la muerte! ¡Ah! Los que hallan garantizado su derecho y definido su deber, y tienen a su disposición medios de ser más dichosos y más perfectos, no debieran olvidar lo que ha costado esta bendita herencia, distribuida gratuitamente, comprada a tan alto precio. El hombre no adelanta sino por medio del sacrificio; siempre que hay un progreso, se puede asegurar que hay un mártir. ¡Y si bastara uno solo!

La segunda causa de error, para el que cree formarse por sí solo, es que no tiene en cuenta más que los obstáculos que venció, haciendo caso omiso de las facilidades que ha encontrado, y que, aunque no las nota, son siempre en mayor número, preponderan aun en la empresa más dificultosa: sólo para quien no observa nada puede dejar de ser esta verdad evidente. Y esas facilidades, ¿a quién se las debe, sino a esa sociedad que le fue prestando en su camino auxilios que, ciego, no ve, o ingrato, desconoce? Dedíquese a las artes o a las ciencias, sea sacerdote o soldado, forme un establecimiento fabril o industrial, ¿qué vale ni significa lo que él, pobre y débil individuo, puede hacer, para lo que le da hecho la sociedad? ¿Qué poderosa cooperación no recibe de ella en medios materiales e intelectuales, desde que aprende a leer hasta que ve los recursos del crédito, los caminos de la industria, o escucha las revelaciones de la ciencia, o contempla los inmensos horizontes del arte? Casi todo lo que se le da es gratuito, y aun por aquellas cosas que a su parecer paga, no satisface sino una insignificante parte de su valor. Si, por ejemplo, retribuye una lección, paga al profesor que se la enseña; pero la ciencia y el arte son gratuitos, e incalculable su valor, acumulado en la sociedad en miles de años por generaciones de trabajadores entre los cuales ¡ay! se encuentran no pocas víctimas; aquel capital se da sin recibir, en cambio, retribución alguna. Lo mismo si compra un teodolito que una vara de percal, sólo paga una ínfima parte de su valor, que la ciencia y la industria han ido disminuyendo a medida que los procedimientos se han perfeccionado. Y ¿qué es la perfección sino inteligencia y trabajo acumulados, cuyos productos da la sociedad gratuitamente? El que viene a ella, cuanta más actividad despliega, cuanto mayor número de relaciones establece, más aumenta el de las cosas gratuitas que halla, y de facilidades que convierten en hacedero lo que sin ellas sería imposible.

Si quiere ser artista, encuentra establecidas academias y reunidos modelos.

Si cultivar las ciencias, halla universidades y museos y libros.

Si industrial, tiene máquinas y procedimientos y escuela.

Si comerciante, recibe noticias detalladas, conocimientos ordenados, y todas las artes y las ciencias se prestan complacientes a proporcionarle datos de cuanto produce el globo, medios de llegar a los antípodas, y sondar los mares, y perfeccionar los barcos que han de surcarlos.

Todas estas facilidades se reciben sin notarlo, como el aire que se respira; pero no hay duda que constituyen una riqueza social que todos los capitales particulares reunidos no podrían pagar, y que gratuita está a disposición del que quiere utilizarla, y hasta beneficiosa para el mismo que directamente no la emplea. El trabajo del hombre que hace más, es insuficiente, podría decirse imperceptible, comparado con el que le da hecho esa sociedad a quien imagina no deber nada.

La tercera causa de error es suponer que los obstáculos que vence el que a sí mismo se lo debe todo, los venció solo. Si con menos amor propio y más deseo de hallar la verdad estudiara las circunstancias de esas luchas y de esas victorias cuyo mérito exclusivamente se atribuye, notaría que había contribuido a ellas la sociedad, representada por éste, aquél o el otro, por circunstancias que hacen las personas, y por casualidades que no lo son, sino consecuencias lógicas. La personalidad más poderosa es débil para vencer sin auxilio el más pequeño obstáculo. El sentido común lo comprende así, diciendo que no hay hombre sin hombre. Aun aquellos que parecen menos necesitados de ajeno apoyo, no pueden prescindir de él, y en la historia de todos los que se dan a conocer por sus talen tos, hay siempre algún auxiliar, algún protector, persona o corporación sin la cual no hubieran podido abrirse paso. El favorecido suele pensar y decir que no le hicieron más que justicia; y caso de que así fuese, ¿debe poco a la sociedad el que justicia recibe? ¿La hallaría, por ventura, en los inhabitados bosques o entre las tribus salvajes?

A veces la sociedad no es justa con algunos de sus hijos, y, por desdicha, los mejores; pero no son éstos los que le niegan los derechos de madre; de entre los favorecidos por ella con exceso, suelen salir aquellos que no se reconocen deudores de ningún servicio ni favor.

La cuarta causa de error es que, puesto que ese fondo común de facilidades y bienes que se reciben gratuitamente, como son legado de las generaciones pasadas, no obligan nada para con la presente. Es imposible hacer un corte entre unas y otras generaciones: la anterior y la presente, y la futura, se entrelazan y confunden : con el niño, que contribuirá al bien del porvenir, está el anciano, bienhechor del presente; al lado de la joven, que amamanta al que servirá un día a su patria, llega la anciana, viuda del que por ella murió. ¿Quién sabe lo que debe el presente a los que en él viven, y cuántas víctimas de su prosperidad y cuántos mártires pasan a nuestro lado sin que lo notemos? No existe época ni país tan desgraciado en que no haya suficiente número de abnegaciones para sonrojar al egoísmo, si en su helada frente no fuese imposible que dejara huella el rubor honrado.

La quinta causa de error es suponer que, después de recibir los bienes gratuitos que da la sociedad, pagamos bastante los servicios que nos prestan directa y actualmente sus individuos. No es para este momento investigar las causas, pero sí hacer constar el efecto, de que hay trabajos muy mal retribuidos, que aprovechamos por completo pagando sólo una mínima parte, quedando en deuda con los trabajadores. El desenfreno de la concurrencia, por ejemplo, cuando no halla coto ni valla, rebaja el precio de las cosas de tal modo, que no se paga el trabajo que ha costado hacerlas. ¿Quién no ha oído decir muchas veces, al ver la suma baratura de un objeto manufacturado: No sé cómo lo hacen? ¡Cómo! A veces por prodigios de la industria, otras por refinamientos de la crueldad, que no se apiada del pobre obrero, disminuyen do el precio del trabajo en proporción que aumenta el número de los que se ofrecen a hacerle. Esas camisas que se compran hechas, próximamente por el valor de la tela, significan centenares, miles de mujeres que trabajan noche y día para morir de miseria. El que las compra, satisface el precio que tienen en el mercado, no el valor que en conciencia deberían tener.

El que vive en una cómoda casa, ¿cree pagar con su alquiler la vida del albañil que se mató cayendo de un andamio y dejó a su mujer y a sus hijos en la miseria?

El que va cómodamente en un coche de primera, los pies sobre el calorífero, ¿cree pagar con el precio del billete la vida del maquinista, del fogonero, del guardafreno, del que espala la nieve o guarda la vía, que con el exceso del frío contraen una enfermedad que los mata, o del que murió al hacer el camino?

¿Cuánto ha costado el túnel de Hoosac? Trece millones de duros. Aunque difícil, es posible sacar el rédito de este capital; pero el comerciante ni el viajero, por altas que tuvieran las tarifas, ¿pueden pagar la vida de CIENTO CUARENTA Y DOS hombres que murieron para hacer la obra?

El que compra un espejo, ¿paga la salud del obrero que para hacerle estará convulso todos los días de una viela que abrevió en la mina de azogue?

Podría hacerse una lista larga, demasiado larga, de los trabajos que no se pagan por su valor equitativo, y de otros fatales para la salud del trabajador, que ponen en riesgo su existencia por una retribución reducida, y resultaría otra lista, no más corta, de acreedores desconocidos para esos que se lo deben a sí mismos todo, y que cuando han pagado al carnicero y al sastre, el billete del ferrocarril y de los toros, creen que con la sociedad no tienen ya deuda alguna.

Tal vez me pregunten en son de burla: Cómo han de ir averiguando el precio equitativo de su camisa, el estado de salud de los que sirven el camino de hierro, y si las casas que va ocupando se concluyeron sin víctimas? Responderé que esa cuenta, hasta cierto punto, no sería tan imposible ni tan absurda como en su ignorancia de la justicia les parece, y que, en todo caso, lo que importa es reconocer en principio las deudas sociales y tener voluntad de pagarlas; para la forma del pago cabe grande latitud, pudiendo cada uno acudir con su trabajo y su limosna a aquella obra para que tenga mayor disposición o le inspire más simpatía, salvo en casos donde deberes terminan tes no dejan lugar a elegir, imponiendo una indemnización que la ley no exige, pero manda la conciencia.

La sexta causa de error es que la sociedad está organizada o desorganizada de tal modo, que se contribuye a veces para conseguir ventajas de que no se participa. Por ejemplo: la subvención de un ferrocarril se paga de los fondos del Estado, a que contribuyen personas que no le utilizarán para nada, y lo que es más, algunas a quienes causa perjuicio. A los gastos de la Universidad contribuyen los que no van ni pueden ir a ella, etc., etc. Sé que estas cosas producen, al menos en principio, una utilidad que, si no directa, indirectamente alcanza a todos; pero ni aun en principio se puede negar que el que viaja, comercia, o el que sigue una carrera que le proporciona una brillante posición, saca más ventaja del ferrocarril y de la Universidad que el pobre artesano o arrinconado labriego; que los primeros no pagan, ni con mucho, los gastos que ocasionan; que a esta parte que se les da gratis, otros contribuyen, y que en Dios y en su conciencia deben reconocerse deudores de ellos y de la sociedad por quien están representados.

Reconocidos estos errores, a mi juicio evidentes, parece que es preciso reconocer los deberes sociales, cumplirlos, o renunciar al título de hombre honrado; pero yo le confieso a usted, caballero, la poca confianza que me inspira el resultado de mis razonamientos. El que de ellos necesite; el que pisando alfombras, cubierto de ricas telas, alimentado con exquisitos manjares, gozando de entretenidos espectáculos, poseedor de grandes conocimientos, no oye una voz interior que le dice: Debes dar de comer al hambriento, vestir al desnudo, consolar al triste y enseñar al que no sabe, difícil es que atienda las voces exteriores. No debemos callar, no obstante: alguna opinión errónea puede conmoverse, alguna razón extraviada aparecer clara, algún propósito débil fortalecerse, alguna buena inspiración tomar cuerpo. ¿Quién sabe en qué circunstancias llega la verdad a una conciencia que vacila? En todo caso, el equilibrio del error no es esencialmente estable; procuremos romperle una y otra vez, y muchas, que al cabo se romperá.

Tal vez se me diga que pretendo hacer obligatorios actos que deben ser voluntarios, no sólo desnaturalizándolos, sino quitándoles el mérito del bien espontáneo, que brota de los nobles impulsos del corazón, sin necesidad de los apremios de la conciencia.

Responderé primeramente que la moralidad de impulsos, cuando no es sospechosa, es muy dada a mudanzas y muy poco de fiar; que el bien que se deja enteramente al arbitrio del bienhechor, se ve con frecuencia cercenado, y que las personas constante y sólidamente buenas, son las que reconocen más deberes para con la sociedad, las que miran como una obligación lo que no suele calificarse de tal, y como una falta no haber sobrado mucho por la medida del egoísmo. En ellas, los nobles impulsos del corazón se hermosean más, fijándose con la consistencia del deber, en vez de tomar las varias y a veces extravagantes formas del capricho; en ellas, las ráfagas pasajeras son luz constante; en ellas, el bien, que se practica como regla, imprime carácter; en ellas, en fin, hay una fuerza constante, única, con que se puede seguramente contar para vencer los obstáculos. Para todo alto fin conviene encontrar personas que sean buenas por principios.

Seguramente, las buenas acciones pueden clasificarse en:

  • Obligatorias según la ley;
  • Exigidas por la opinión;
  • Mandadas por la moral;
  • Voluntarias.

Pero debe notarse que, a medida que los pueblos elevan el nivel de su moralidad (que, dicho sea de paso, es el verdadero progreso), van exigiendo más la ley, la opinión y la moral, en términos de que, aumentando el número de las buenas acciones exigidas, queda más reducido el de las voluntarias. La compasión, desconocida en las hordas salvajes, voluntaria en los pueblos bárbaros, toma carácter de obligatoria en los pueblos cultos, llamándose beneficencia pública. En las sociedades y en los individuos, la perfección moral consiste en ir reconociendo mayor número de deberes y cumpliéndolos mejor, cosas correlativas; de modo que la voluntad, más recta cada vez, se crea en menos casos facultada para dejar de hacer todo el bien que puede. No hay duda que llamamos obras de justicia a muchas que se han tenido por obras de caridad, y que no pocas que reciben hoy este nombre, serán nada más que justas en los siglos venideros. Entonces, estos deberes sociales que hoy se desconocen, aparecerán bien claros, y se comprenderá difícilmente cómo no lo han sido siempre, y cómo las voluntades torcidas pudieron obscurecer los entendimientos hasta el punto de negar que las imperfecciones inevitables de la máquina social y las injusticias consiguientes, pueden y deben estar compensadas, hasta cierto punto, por la perfección moral que lleva la equidad y la justicia donde la ley no podrá llevarla nunca.

En cuanto a mí, tengo mucha confianza en la buena voluntad, muy poca en la voluntad arbitraria, y me parece el ideal del progreso que toda acción buena se tenga por obligatoria, que parezca mal todo bien que, pudiendo, deja de hacerse, y, en fin, que se confundan y nombren con una sola palabra la CARIDAD y la JUSTICIA.




ArribaAbajoCarta duodécima

Relación entre lo que se puede y lo que se debe


Muy señor mío: Aunque haya de repetirme, voy a recordar a V. lo que decía en mi segunda carta sobre la distinción que debe hacerse entre la virtud de los señores y la de los pobres, siendo la de éstos, por lo común, pasiva, y actita la de aquéllos. Si esta distinción se comprendiera bien, si se aceptaran sus consecuencias, practicando los deberes que de ellas resultan, muchos grados subiríamos en la escala de la perfección moral.

Aunque no se hagan reflexiones profundas, parece que basta la buena fe y el buen sentido para conocer que debe haber una relación directa y constante entre el poder y el deber, y que el pobre y el rico, el sabio y el ignorante, el débil y el poderoso, no han de tener idénticas obligaciones disponiendo de tan desiguales medios. Y en efecto, así en principio, parece que no se niega; pero ¿se aceptan sus consecuencias?

Y aceptadas, ¿se obra conforme a ellas? Por regla general, muy general, no. El que tiene talentos, posición social o riquezas, un medio cualquiera de influir beneficiosamente en la sociedad, no se ocupa en determinados deberes que corresponden a este poder, ni en poner en práctica la proporcionalidad que en justicia existe. El nacimiento, la riqueza o la ciencia, sirven para brillar, para gozar, para satisfacer la vanidad, el orgullo o el apetito; pero no se entiende que hayan de recibirse con la carga moral de emplear una parte de esos medios en un fin benéfico y humano. Y estos dones que gratuitamente recibimos, ¿con qué objeto se nos darán? ¿Será para que equitativamente los compartamos, o para que egoístamente los aplique cada cual a sí propio, a su sola familia cuando más? ¿Cabe en lo moralmente posible que los bienes se nos den para el mal? Y ¿no resulta mal, y mucho, de esta idolatría de nuestra persona, de este olvido de los otros, de este desconocimiento de verdades tan sencillas como que Dios, suma equidad y suma sabiduría, no puede darnos poderosos medios, sino con buen os fines de esta ingratitud, y podría decirse de esta vileza, de recibir tanto y no pagar nada?

Tenemos en nuestra lengua, para expresar deuda y obligación, una sola palabra, deber, y a la verdad que en esto el sentido común se ha elevado mucho y entrado muy hondo. Debo a Pedro tal cantidad, debo hacer tal cosa, es decir, la obligación por deuda reconocida en el deber que a un mismo tiempo cumple y paga. Cada cual tiene sus deudas a medida que ha recibido dones y deberes en proporción de las deudas. ¿Paga el rico el don de su riqueza, el poderoso el de su influencia, el inteligente el de su talento, el artista el de su inspiración, con gozar de las ventajas que estas dotes procuran? ¿No es una verdadera impiedad suponer la mano de Dios ungiendo la frente del sabio o del poeta para que vaya en busca de lucro miserable, o aplauso vocinglero? ¿Se darán las cosas más altas para arrastrarlas por el lodo y los más poderosos medios para llevar a cabo una obra de egoísmo y vanidad? No, no; con buen fin recibimos los medios, y en proporción de nuestras deudas están nuestros deberes.

¡Nuestras deudas! Empezamos por desconocerlas, ¿cómo no hemos de concluir por no pagarlas? Nos parece cosa muy justa nacer duques, pintores, fuertes, inteligentes, ricos, y que otros nazcan plebeyos, débiles, pobres y sin capacidad, no con las consecuencias que deben tener estas desigualdades, sino con las que nosotros sacamos. Aun a los ricos, y más a los que heredan la riqueza, alguna vez se les acusa de hacer mal uso Y no dar, o dar muy poco, de lo que tienen sin trabajo ni mérito suyo. No seré yo quien niegue la justicia de la acusación; mas ¿por qué limitarla a los ricos de dinero? ¿Por ventura no se recibe más que lo que se hereda? ¿No es tan gratuito el don de una aptitud como el de un marquesado, la inteligencia no es un medio tanto y más poderoso que la posesión de una finca, y puede eximirse del deber de concurrir a buen fin? Si del uso que hizo de sus riquezas se ha de pedir cuenta al rico, más estrecha tiene que darla quien recibió inteligencia, ya porque es cosa en sí de más valor, ya porque es mucho más el bien que puede realizarse con ella. ¿Qué es todo el mal que puede hacer un rico derrochando su hacienda, comparado al que hace el hombre inteligente difundiendo el error y estimulando la maldad? ¿Qué comparación cabe entre el bien posible al millonario y el que es dado realizar a un talento de primer orden? Sobre que con el dinero solo no se hace pensar, ni sentir, ni arrepentirse, ni elevarse a ningún hombre; sobre que solamente dirigidos por el espíritu, y como instrumento, tienen valor los medios materiales, son ellos por esencia efímeros y limitados, se gastan y se agotan. Un rico que da todo lo que tiene, se queda pobre; un sabio que enseña todo lo que sabe, aumenta el caudal de sus conocimientos. ¡Divino privilegio de la inteligencia el multiplicarse por el tiempo y el espacio, el ser inagotable y casi infinito como aquel de quien es destello!

Yo creo, caballero, que los ricos de bienes materiales no cumplen por regla general como deben, ni dan conforme han recibido; pero no juzgo que faltan menos los poseedores de bienes intelectuales, siendo, a mi parecer, más grande su responsabilidad por el mayor conocimiento que deben tener de su deber y el mayor daño que se sigue de que a él falten. Si los ricos egoístas tienen que dar una complicada cuenta, no será más sencilla la de los hombres de talento, de un talento cualquiera, que le emplean exclusivamente en provecho suyo o que no escrupulizan en utilizarse de la ignorancia que debían ilustrar, cometiendo la mayor obra de iniquidad, que es prostituir el espíritu, convirtiéndole en vil esclavo de la materia. Si las ideas erróneas no fueran tan comunes, no serían tan generales las malas acciones, y si los talentos, a medida que se cultivan, se convirtieran en un medio de hacer bien, mucho, muchísimo, se limitaría el poder del mal. De todas las llagas sociales, no hay tal vez ninguna tan profunda como el des conocimiento o el olvido de la alta misión de la inteligencia y de los deberes que impone.

La opinión pública es aún menos exigente con el talento que con la riqueza, y le deja todavía mayor libertad de no hacer bien o de hacer mal, sin dirigirle cargo alguno, como si el talento no se recibiera gratuitamente y los conocimientos en gran parte no se heredaran. Los conocimientos acumulados, ¿no constituyen una verdadera herencia para el que se propone adquirirlos? ¿Qué magnate deja a sus descendientes patrimonio tan rico como el legado por los hombres de ciencia a sus sucesores? Se dirá que éstos no pueden aprovecharle sin trabajo; cierto, y esta cualidad aumenta su excelencia. Pero en el que posee un talento, sea el que fuese, hay o puede haber una parte meritoria y otra que no tiene mérito alguno y suele ser la mayor. El mérito está en cultivar la inteligencia y emplearla bien; mas ¿qué ha hecho para merecerla el que la recibe? Parece un don bien gratuito y por ser de tanta valía, deuda que lleva consigo proporcionado y gran deber. Si una persona que tiene medios intelectuales, sea matemático o poeta, filósofo o naturalista, entra en sí misma y sigue la marcha de su entendimiento, ¿qué observa? Que halla en sí aptitudes anteriores e independientes a todo trabajo suyo, e inspiraciones que elevan su espíritu. Si cree en Dios, piensa que le vienen de Él; si no, ignora su origen; pero creyente o descreído, si es observador y sincero, todo el que cultiva su inteligencia puede distinguir la parte que en los resultados que obtiene corresponde a su voluntad, y la que es independiente de ella. Se cree vulgarmente que no hay inspiración más que en la poesía y las bellas artes, lo cual es un error; si bien se observa, todo el que crea está inspirado, lo mismo si se trata de un método o de una máquina, que de una melodía o de un poema épico; todo el que se ejercita en algún trabajo intelectual puede ver que hay algo que le viene de fuera, y que, unido a su esfuerzo, da por resultado la obra. Las proporciones varían según la persona y la clase de labor: A veces se nota palpablemente que se recibe más, que se pone menos; otras hay que trabajar mucho; pero la voluntad sola no basta nunca, en lo cual se ve una prueba evidente de que no basta querer para tener este el otro talento, esta o aquella aptitud.

Resulta, pues, que el que dice mi talento, mi aptitud, mi inspiración, habla de una cosa que es suya, pero que sólo en parte ha ganado; que la otra, la mayor tal vez, la recibió, y no pudo recibirla sino para hacer bien, y constituye una deuda que lleva consigo un deber.

La obligación de dar en proporción que se recibe y se tiene parece de buen sentido moral, y aquella proporcionalidad entre los medios materiales o intelectuales de que se dispone, y los buenos fines que se cumplen, parece más evidente si se considera la situación respectiva de los que pueden hacer bien y los que necesitan recibirle. Bueno es prestar auxilio a cualquiera que le necesita, pero será todavía mejor si el que ha menester recibirle se halla en muy penosa situación, que es el caso de la generalidad de los pobres.

Convendría, para comprender bien el estado respectivo de los pobres y los señores, que nos fijáramos en una cuestión capital, y como estos últimos tienen ventajas esenciales, les imponen altos deberes hablo de la libertad; ya comprenderá V. que no trato de la política.

Libertad es, en todo, cosa opuesta e incompatible con fatalidad. Aunque sea triste, y por lo mismo que es triste hay que decirlo, caballero, el pobre está rodeado de fatalidades, cosa muy grave y que debe hacernos reflexionar profundamente.

¿Qué es la libertad de disponer de los bienes para quien nada posee?

¿La de pensamiento para quien carece de ideas?

¿La de votar para quien no tiene opinión?

¿La de trabajo para el que no puede elegirle, porque la ignorancia y el hambre le obligan a aceptar el más fácil o el que encuentra más pronto?

¿La libertad de comercio y de industria para el que no tiene capital alguno?

¿La libertad de asociación para el que ignora los resultados que puede dar?

¿La de enseñanza para el que no tiene dinero para pagarla, ni tiempo para aprender, ni idea de lo que el saber vale?

A cada una de estas libertades suele corresponder en el pobre una fatalidad, consecuencia de la miseria material e intelectual en que nace, crece, vive y muere. Casi todos los obstáculos que halla son invencibles; no se halla en estado de salir por sí solo del laberinto de sus errores o de sus ignorancias; es el enfermo del Evangelio, que no se puede curar si no hay quien le lleve a bañarse en las aguas de la salud. La mayor parte de las libertades que se dan al pobre son como manjares a que no puede tocar, cosa que al parecer no advierten los que en su obsequio preparan el festín.

Se habla de las tiranías políticas y de la del capital, que seguramente no son buenas; pero la más terrible para el pobre, es la de la fatalidad, compuesta de un conjunto de circunstancias de que no dispone, que influyen sobre él malamente y le rodean como un círculo de hierro imposible de romper; que le sujetan de modo que su voluntad se contraría, se pervierte y hasta se aniquila, por decirlo así, en la ignorancia del bien a que debía aspirar.

Trasladémonos en espíritu a la casa de un pobre, y observemos su numerosa familia, desde el niño recién nacido, hasta el anciano decrépito; allí la ley más imperiosa, la ley suprema, es la necesidad de comer; a ella se subordina todo, en términos de que la parte material de la vida prepondera hasta absorber todas las otras. Esta necesidad:

Deja a la criatura que acaba de nacer en el abandono durante muchas horas, le expone a la intemperie, o a mil peligros, en brazos de un hermano poco mayor;

La viste de sucios harapos, y la habitúa a respirar suciedad, y a verla por todas partes en su casa y persona, sin repugnancia;

No la permite adquirir instrucción alguna, o al menos la que merezca este nombre, porque necesita ayudar a sus padres a ganar la comida;

La tiene en ignorancia invencible de las cosas más necesarias para su vida moral e intelectual;

La obliga a dedicarse, no al trabajo para que tenga más aptitud, sino al que halla más fácil y en que pueda ganar más pronto. Como no se la educó moral ni intelectualmente, tampoco recibirá educación profesional; no se puede hacer de ella un instrumento perfecto, sino utilizarla cuanto antes.

Siempre en lucha con las cosas materiales, ve materia, siempre materia, de tal modo, que casi no tiene satisfacción ni dolor que, a su parecer, no venga de ella.

No permitiéndole educar sus facultades, ni elevar sus sentimientos, vive de instintos.

Si no tiene mucho poder de vida, sucumbe o arrastra una existencia enfermiza; si triunfa de los agentes que tienden a destruirla, crece, se hace fuerte, se tiene y es tenida en alguna cosa; luego se debilita, no puede ya resistir fatiga material; dicen que no vale para nada, así lo comprende, y aunque conserva apego a la vida, siente que es bien triste.

Esto hace la necesidad con una, con ciento, con miles, con millones de criaturas, a quienes rodea desde la cuna de tupidas mallas, que no pueden romper, que es imposible que rompan; así nacen, crecen, viven y mueren generaciones de pobres bajo el yugo que no tienen fuerza ni deseo de romper. No es lo más terrible, con serlo mucho, que padezcan hambre y frío; lo más doloroso es la inevitable miseria moral, es que se amamanten en la indiferencia por las cosas elevadas, que tengan las facultades de su inteligencia como un instrumento que se ha inutilizado por no usarlo, que su voluntad se halle como atrofiada, que se habitúen a vivir en las tinieblas del espíritu, y tengan tanta repugnancia a instruirse, como descuido tienen para lavarse.

Observando al pobre, siguiéndole desde la cuna al sepulcro, se ve claramente lo que dije a usted, que está rodeado de fatalidades, que apenas tiene libertad para elegir cosa alguna, ni para variar el curso de su vida, encarrilada por el hambre, la ignorancia y todo lo que ve, oye y siente, desde que viene al mundo. Hijo del Padre Celestial, revela su origen en la incorruptible conciencia, en la distinción del mal y del bien, en nobles impulsos, heroicos a veces, que como ráfagas de divina luz brillan en las tinieblas de su espíritu; pero aparte de la libertad moral, esencial en el hombre, e indestructible, el pobre no tiene otra, y Dios, sólo Dios puede saber si aun ésta se halla a veces coartada e incompleta, por penalidades perturbadoras e ignorancias invencibles. Prescindiendo de esta duda y de este juicio, que no es de la competencia humana, es cierto que el pobre no tiene más que libertad moral, y que todas las otras son para él ilusorias. Poco le vale que no se oponga nadie al desarrollo de sus facultades, si la fatalidad pesa sobre ellas. Esa libertad exterior tan preconizada, es como un canal primorosamente hecho, para que corran las aguas de un manantial cegado; sólo pueden darle esencial importancia las tendencias materialistas de la época, que combinándose con tantas fatalidades, más adecuada es para hacer hombres sueltos que hombres libres.

Comparada con la fatalidad que pesa sobre el pobre, parece más hermosa la libertad del señor, que aumenta con sus medios, y le permite elegir, y saber, y divisar dilatados horizontes, y marchar por diferentes caminos. Al señor no se le imponen las leyes de la materia como un yugo que no puede romper; sobre ellas puede levantar su espíritu y su corazón, y domeñándolas, comprender y cumplir su alto destino. El señor puede tener vocación; el pobre, no. ¡Qué de diferencias en esta sola, y cuán altos deberes lleva consigo!

Si cada uno debe en razón de lo que puede; si el pobre puede tan poco, que apenas puede nada; si para muchas cosas se halla como atado de pies y manos, al señor incumbe la iniciativa, la actividad, la dirección de las empresas beneficiosas. Dicho sea en honor de la verdad y de su clase, de los señores salen siempre los defensores de los pobres, y los que abogan por su causa, y los que mueren por ella; pero si para iniciarse toda alta empresa ha menester heroísmos, para consolidarla y extender sus beneficios se necesitan virtudes, y si no se establece nada grande sin el poderoso impulso de la fe, que hace los mártires, tampoco se cimenta con solidez cosa alguna, sin la conciencia ilustrada y la voluntad recta que persevera con el conocimiento del deber y el propósito de cumplirle: no basta la iniciativa de unos pocos; se necesita la cooperación de muchos, de todos.

El pobre no tiene medio de romper el yugo de las fatalidades que sobre él pesan; el señor, único que puede, debe redimirle del cautiverio que le degrada, que los degrada a entrambos. Por abandono de la obligación, y más todavía por no comprenderla bien, los señores para quienes poder es deber, son muy pocos; la inmensa tarea social los abruma, y decaen de ánimo, o sucumben al exceso de la fatiga. Así, poco se puede avanzar, si es que se adelanta algo; mientras el cumplimiento del deber sea una excepción, el mal bajo diversas formas ha de ser la regla.

Un señor de bendita memoria, que ha comprendido bien la relación entre lo que se puede y lo que se debe obrando en consecuencia, Degerando, dice que los favorecidos de la fortuna están altos, para atraer como las elevadas montañas las aguas del Cielo, y derramarlas por el valle como riego benéfico, y no a manera de asolador torrente. ¡Bella imagen, aspiración generosa! ¡Pueda un día verse realizada para honra y consuelo de la humanidad!




ArribaAbajoCarta decimotercera

Fraternidad


Muy señor mío: La fraternidad, que se predica como precepto divino, o se ensalza como progreso humano, más veces se ve escrita en banderas y papeles, que grabada en los corazones.

Al cabo de diez y nueve siglos que el Divino Maestro enseñó que, hijos del Padre Celestial, todos los hombres eran hermanos, no lo hemos aprendido, o lo olvidamos.

No hay que adular a la época en que se vive, pero tampoco es justo calumniarla, ni hacerle cargos por pecados que no son suyos o en que tiene sólo una pequeña parte. La nuestra, ciertamente, es responsable del mal que haga, del bien que deje de hacer, pero no del que sea superior a sus fuerzas, ni de aquellas injusticias cuya raíz no puede extirpar una sola generación. Las castas, la esclavitud, la servidumbre, las aristocracias, resultado de las conquistas, que han formado la nobleza con los vencedores, y la plebe con los vencidos; tantos privilegios como se obtenían cuando nadie pensaba en mejorar la ley común, sino en sustraerse a ella, estas y otras causas han impreso un fuerte sello a las sociedades pasadas, transmitiendo a la presente ideas, hábitos, modos de ser que no puede cambiar en un día.

Los señores suelen heredar el desdén hacia los de abajo, que juzgan inferiores; los pobres heredan a veces el odio a los de arriba, que creen tiranos, y la prosperidad y la penuria, la fuerza y la debilidad, el saber y la ignorancia, cosas que habían de armonizarse por la enseñanza, la protección y el amor, se hostilizan, como dos bajeles que se debieran mutuo auxilio porque sin brújula ni timón chocan entre sí a impulsos del huracán. No hace mucho tiempo que los pobres eran como rebaños o bestias de carga, sin voz, ni voto, ni derecho: no es posible que borren de pronto las señales del yugo, y pasen de la abyección a la dignidad, ni que los señores, en una, ni en dos, ni en cuatro generaciones, puedan limpiarse de la lepra de injusticia transmitida en triste herencia. Es preciso tener a raya las impaciencias imprudentes, aun que sean generosas; no se camina de prisa hacia el bien; no hay progreso, si merece tal nombre, que no sea lento; la ley es dura, pero es ley.

No aspiremos, pues, a que en un día ni en un año pobres y señores depongan sus mutuas prevenciones, y fraternicen; pero debe procurarse que, en la medida de lo posible, se aproximen suavemente por las vías de la justicia, en vez de chocar por los caminos de la iniquidad. Se decreta la igualdad ante la ley; buena es, o puede ser, según los casos, pero aun en el más favorable, vale poco en lucha con la desigualdad ante la opinión, que es un gravísimo obstáculo para la fraternidad.

Las diferencias, cuando son, o se creen, esenciales, producen alejamiento. Los seres se unen, se armonizan, se aman, a medida que se asemejan, de tal modo, que identificarse, es decir, tener un modo de ser esencialmente idéntico, equivale a unirse, amarse, confundirse, por decirlo así, en un solo ser espiritual y afectivo.

Podemos formar una escala, desde el animal que sea más diferente de nosotros, hasta el hombre que se nos parezca más, y veremos que los grados de simpatía corresponden exactamente a los de semejanza: aplastamos un gusano sin lástima, nos la inspira ver matar a un perro, y nos aflige profundamente ver morir a un hombre. Es una ley de nuestra naturaleza la de atracción por todo lo que se nos parece, el amor a nuestros semejantes, en quienes, sólo por serlo, reconocemos instintivamente derechos. Cuando se acusa a la aristocracia de no tener entrañas, algo de verdad se dice; persuadida de la distancia inmensa que la separa de la plebe, no puede sentir por ella compasión, que se aviene mal con el desdén, altanero por naturaleza, frío y duro. Cuando se dice en tono despreciativo: Esa gente es de otra especie, de otra masa, etc., etc., con dificultad quien así lo cree fraternizará con ella. La historia pasada, y la contemporánea; muchas leyes que se han derogado, y otras que tardarán en derogarse; opiniones que se perpetúan, y procederes que se modifican, tienen su raíz más profunda en la desigualdad ante la opinión; mientras mutuamente nos despreciamos, no hemos de cumplir el divino mandato de Amaos los unos a los otros.

Sé que los señores no pueden romper en un día el encadenamiento de los afectos y de las ideas, que lo tienen como los sucesos, ni hacer del mundo y del drama social comedia de magia; sé que en la sociedad no basta tirar de unas cuantas cuerdas, que se llaman artículos de constitución, para que una cárcel se convierta en palacio, una serpiente en paloma, y falte el suelo y se hundan las cosas buenas o malas, sin dejar huella ni vestigio. Pero si las transformaciones instantáneas son una locura, las inmovilidades tenaces pueden ser una falta, y es preciso aprender y enseñar la igualdad esencial entre los hombres, y que sus accidentales diferencias pueden constituir méritos, proporcionar ventajas, pero no dar derecho al desprecio.

Ya comprenderá V., caballero, que no estoy con los niveladores: sé que la posición social de los hombres no puede ser idéntica cuando ellos son diferentes, y que las diferencias son necesarias para el progreso, y hasta condición de sociabilidad. Pero si la igualdad absoluta es un absurdo, la absoluta desigualdad es otro; en medio de estos dos extremos está la razón, que, dejando aparte excepciones monstruosas, nos demuestra en todo hombre un semejante en las cosas que pueden llamarse los puntos cardinales del alma. En la esfera moral, la semejanza, la identidad, podría decirse es tan esencial, tan indeleble, que se revela a través de todas las diferencias; el hombre rudo sabe y practica el deber a veces tan bien, muchas veces mejor, que el hombre ilustrado, y en las grandes catástrofes, y en las públicas calamidades, y en las privadas desventuras, virtud, abnegación, heroísmo, hay en los que no son capaces de pronunciar sabias lecciones, pero que saben dar altos ejemplos. Esos corazones amantes, esas almas puras, que salen de la multitud en horas de prueba, demuestran que todo hombre, pobre o rico, tiene la chispa divina, y el que desconoce su dignidad, yerra o peca gravemente.

Dios ampare a usted, hermano, es una bendita frase cuando el que la pronuncia no puede amparar al que la implora, cuya pena compadece; pero suele ser una fórmula hipócrita que se aplica con los labios y se desmiente con el corazón. Aun para el que se halle bien dispuesto, es difícil fraternizar de veras con criaturas tenidas por esencialmente inferiores. ¿Por qué en siglos de fe viva en la ley de amor, eran los pequeños tan poco amados por los grandes? ¿Por qué se trataba al pobre con tanta dureza? Porque se le despreciaba. De aquellos rebaños de plebe se hacían esclavos, siervos, vasallos y pecheros; ninguna ley era común entre ellos y los señores, y la dureza con que se les trataba era consecuencia de lo poco en que se los tenía. Se ha citado una carta de Mme. de Sevigné como prueba de lo que voy diciendo. Da en ella cuenta a su hija de los repetidos suplicios y ejecuciones capitales de criminales obscuros, y lo hace en tales términos, con una jovialidad tan horrible, que da gana de preguntar si aquella mujer tuvo corazón alguna vez, o dónde se le había endurecido. Y, no obstante, la que así escribía, dicen que era una madre tierna y apasionada, una persona virtuosa y sensible, que de seguro habría hallado frases elocuentes y conmovedoras para hablar de la ejecución de uno de sus pares; que hubiera derramado y hecho verter lágrimas refiriendo lo que dijo al confesor y al verdugo el conde de H o el marqués de R, pero a quien no podían inspirar interés aquellas criaturas viles, degradadas, sin tierras, ni educación, ni genealogía, ni nombre, que eran de otra especie, que sentirían de distinto modo, o que no sentirían, y de las cuales no había que ocuparse más que para utilizar su fuerza, contenerla o aniquilarla. Esta madre, que no pensaba siquiera en que la tendrían aquellos cuya muerte relataba con chistosa ferocidad, ¿dónde se había endurecido? ¿Dónde? En su clase. La gran señora había pervertido la mujer, y el desvanecimiento que causa la fortuna y las ideas absurdas de superioridad, habían engendrado una moral monstruosa, aniquilando la compasión y la fraternidad. Cuando se nace, se crece y se vive en una atmósfera de errores cómodos, de injusticias que lisonjean el amor propio, ¿quién es capaz de calcular el límite de la perversión, ni puede decir que la resistiría? Comprobarla, reconocerla, deplorarla y procurar su remedio, es lo que debe hacer cada cual en la medida de sus fuerzas, sin presumir de ellas y pensar que nos habrían sostenido firmes en esas alturas artificiales donde tantos se bambolean y se les va la cabeza. Terraplenarlas es lo que se necesita, porque nadie se crea de otra especie, ni con una superioridad esencial que no tiene sobre otro hombre, ni le mire a una distancia que no existe, ni le considere indigno de un aprecio que merece.

Se ha andado algo, mucho, por este camino; pero ¡cuánto falta que andar! ¡Cuán distantes estamos de apreciar debidamente a todos los hombres, para poder fraternizar de veras con ellos! ¡Cómo la clase de cada uno influye en los sentimientos que despierta, en la compasión que inspira! Si se fusila a un soldado, o se da garrote a un zapatero, sin duda que mueve a lástima; pero ¿cuánta más no inspira ver pasado por las armas a un general, o en manos del verdugo a una persona de importancia? Que las justas, buenas, sensibles, se interroguen en conciencia, respondan en verdad, y se verá si la clase de la persona que sufre, influye en el dolor que su desdicha inspirase. Habrá excepciones, pero la regla es que todavía las diferencias que se imaginan y las distancias que se abultan, influyen en las simpatías, en daño de la fraternidad.

Hoy nos parecen muy injustas ciertas desigualdades que han desaparecido de las leyes, sin reparar en otras cuya injusticia no nos permite ver el hábito. Ejemplos numerosos pueden citarse, hay desgraciadamente en qué escoger.

Los que sirven al Estado, tienen ciertos derechos, y sus viudas y sus huérfanos, según su categoría. Ya veremos más adelante lo que se entiende y debe entenderse por servir al Estado; ahora sólo hace a nuestro propósito consignar, que la viuda de un coronel, de un magistrado, de un empleado de cierta categoría, y sus hijos, tienen viudedad y orfandad, mientras que un escribiente, un sargento y un alguacil no dejan a su mujer y sus hijos derecho alguno. Es decir, que aquellos que por recibir un sueldo mayor tienen posibilidad de hacer economías y de educar a su familia de modo que halle en sí recursos, legan a los suyos una renta, y los que no pueden educarlos sino muy imperfectamente, ni economizar nada, no tienen derecho pasivo alguno, ya se inutilicen, ya mueran; es decir, que se hace precisamente lo contrario de lo que debía hacerse; que se da auxilio a los que podían pasar sin él, y se niega a los que le necesitan.

Se hace una obra de pública utilidad, y se indemniza, generalmente con exceso, al propietario a quien se toma una tierra o un edificio; el pobre a quien se priva de su modo de vivir, no recibe indemnización ni auxilio alguno.

Se tienen a veces servidores en condiciones que los depravan. Por ejemplo, braceros ocupados en el pastoreo o el trabajo de los campos, que viven a grandes distancias de las poblaciones, con las que rara vez comunican; sin sociedad, sin religión, sin enseñanza, casi sin familia, poco más inteligentes y mucho más feroces que los perros del ganado que guardan, tan estériles para el bien como la tierra que cultivan, cuando no llueve.

Se emplea a los obreros en trabajos conocidamente fatales para la salud, sin hacer nada de lo mucho que se podía hacer para sanearlos, y cuando en ellos han enfermado y están inútiles, se los despide sin indemnización alguna.

Se hace muy poco o nada para disminuir el peligro de ciertos trabajos, y aun esto poco que se hace, parece ser para evitar los perjuicios que se siguen a la obra al mismo tiempo que perece el obrero: inválido, no recibe auxilio del que lo empleaba; ni muerto, su vivida ni sus hijos de corta edad.

Podríamos hacer una lista larga, muy larga, de injusticias que no se lo parecen a los señores, porque son pobres los perjudicados con ellas. ¡Son tantos! ¿Cómo se ha de atender a todos? Ya se sabe que sólo cierta clase de personas tiene derecho a ciertas clase de cosas. Los pobres, es cierto que sufren más, pero también sienten menos. La viuda de un señor con hijos y sin medios, es horroroso; la de un pobre, es distinto. Esa gente halla más recursos: va al río, asiste, vende naranjas o compra trapos, cose, hace media, y además tiene el hospicio y el hospital y puede pedir limosna..... Pero ¡una persona decente!.....

Usted, caballero, lo mismo que yo, habrá oído razonar así a personas muy buenas, que tal vez se escandalicen de la dureza de Mme. Sevigné y no ven la suya, que tiene el mismo origen: las preocupaciones y los errores de clase; que promulgan dos justicias distintas, una para aplicar a los pobres, y otra que conviene a los señores.

Apenas se puede dar un paso sin hallar pruebas de esto mismo, y por eso le decía a usted que la desigualdad ante la opinión era un grande obstáculo para la fraternidad; porque a todas horas, en todas partes, todas las personas, en todas las cuestiones, llevan, por regla general, cierta cantidad de injusticia que puede llamarse de clase, que no ve, que no siente, que tal vez es muy pequeña, pero que, sumada con otras ciento y otras mil y otras centenas de millón, producen una enorme suma de injusticia no sospechada, que es la peor de todas. Es tan cómodo ser honrados sin sacrificio, tan agradable hallar ventajas gratuitas y equitativas, tan natural al hombre creerse merecedor del bien que tiene, y tomar el privilegio por derecho, que en todos estos errores de clase hay que deplorar mucho, pero no debemos extrañar nada.

He dado a la cuestión moral demasiada extensión tal vez para la paciencia del lector, poca para su importancia: no es un tratado lo que me he propuesto escribir, sino de las infinitas fases de este asunto observar aquellas que a mi parecer lo habían sido menos cuidadosamente, o que urge más ver a buena luz. Cierto que todo fenómeno moral es social, puesto que pasa dentro de la sociedad e influye en ella; pero los hay de mayor importancia, ya porque la tengan en sí, ya porque la reciban de prácticas viciosas, ideas erróneas y pasiones excitadas. Hay, sin duda, cuestiones más urgentes que otras en momentos dados; de éstas he escrito, no para resolverlas, que no presumo tanto, sino a fin de hacer lo que de mí depende para que se discutan.

La inmoralidad, cuando toma las proporciones que entre nosotros tiene, ¿cómo ha de limitarse a una clase? No se podría pecar tanto, si no pecaran todas. Pero no hay duda que aquella que está más visible debe tener más cuenta consigo para no dar mal ejemplo; la que recibe más, ha de reconocer más deudas; la que tiene más medios de perfeccionarse, ha de ser más perfecta, y en fin, que de la corrupción, bajo todas sus formas, tienen la principal responsabilidad los señores, por lo mucho que contribuyen al mal, y lo poco que procuran el remedio. Los pobres, en su lugar, ¿harían mejor? No lo creo; pero no se trata de eso. Las faltas que otros cometerían en nuestro lugar, supuestas, o aunque fuesen verdaderas, no pueden eximirnos de los deberes que nuestra situación nos impone. El deber es esencialmente subjetivo; antes que a los otros nos debemos a nosotros mismos ser justos, y aunque fuera cierto, que no lo es, que no teníamos con los demás hombres deudas de gratitud y de humanidad, no sería menos imperioso el deber de conducirnos honradamente con ellos, si aspirábamos al título de honrados, porque a nadie le ocurra que haya derecho para robar al que roba, ni calumniar al calumniador.

Y digo esto por haber oído con frecuencia disculpar y aun motivar las faltas propias con las ajenas, y el olvido del deber con la inutilidad de cumplirle cuando tantos faltan al suyo. Cada grupo social recapitula las prevaricaciones de los otros, no para procurar corregirlas, sino para cohonestar las suyas, como si el mal ejemplo fuera obligatorio, sobre todo para los que pueden y deben darle bueno.

Suponiendo que todos pequen igualmente, ¿de quién debe ser la iniciativa de la corrección, sino de aquellos que tienen más medios materiales y morales de corregirse? ¿Sería infructuosa la predicación del ejemplo? No lo es, no lo ha sido, no puede serlo nunca, es de ley que no lo sea. Un ejemplo bueno da siempre buen fruto, aunque no sea inmediato. Negar la utilidad del bien, si no constituye un recurso hipócrita del egoísmo, revela falta de conocimiento de lo que son el bien y el mal. No hay bien inútil ni mal inofensivo; toda acción es una fuerza puesta en movimiento, que produce un resultado perjudicial o provechoso. Si nos preocupáramos más de la bondad intrínseca de nuestras acciones, y menos de los resultados, éstos serían mayores. Parecemos usureros, que no damos nada sin asegurarnos de un rédito crecido, y confundiendo el por con el para qué, y dando a este último una significación errónea o mezquina, cortamos las alas de nuestro espíritu, o empanamos su brillante pureza. No siendo invencible error, me parece gran pecado y ofensa a Dios suponer que alguna acción buena puede ser inútil, y no comprendo cómo es más evidente la claridad de la luz que la utilidad del bien. Que los que pueden estudien y aprendan su esencia, para que al menos las faltas sean llamadas por su nombre y no vistan el disfraz de la circunspección, y hasta el de la justicia. El problema es trascendental, porque si en algún caso el bien fuera inútil, no sería obligatorio, y aunque fuera así por excepción, el egoísmo la convertiría en regla: cuando el error abre una brecha en la moral, las pasiones se precipitan por él como en dique perforado aguas que tienen mucha altura. Hagamos el bien porque es bueno, porque es obligatorio, y propósitos firmes de enmienda, no recriminaciones que probablemente serían injustas o exageradas, porque no sabemos con exactitud la parte que corresponde a cada época en la reforma social. Unos siglos reciben a veces de otros desdichadas herencias, a que no pueden renunciar; su mérito está en legarlas disminuidas: pueda el nuestro tenerle; pueda presentarse ante el Supremo Juez, dejando al porvenir más fraternidad y más amor que recibió del pasado.




ArribaAbajoCarta decimocuarta

Cuestión intelectual


Muy señor mío: Yo pienso que la verdad es buena y útil en absoluto, sin excepción alguna de tiempo ni de lugar, y como la ciencia no es más que el conocimiento de la verdad, pienso que es provechosa la ciencia. Verdad perjudicial, verdad peligrosa, me parece una frase absurda, y hasta una idea impía, porque si el conocer pudiera ser un mal, ¿cómo y para qué nos dio la inteligencia el Sumo Bien? Si no pudiéramos dedicarnos con entera confianza a ejercitar nuestro entendimiento, si el temor de la verdad nos detuviera, todo trabajo intelectual fecundo sería imposible, y toda perfección un sueño irrealizable, o una palabra vana. El hombre se perfecciona a medida que conoce, y hasta los impulsos más elevados, hasta los sentimientos más rectos, como, por ejemplo, el de la justicia, se rebajan y se tuercen cuando el conocimiento no los guía.

No concebimos la divinidad sino como Suprema Inteligencia, y la idea de alguno que supiera más que Dios es tan absurda, tan antipática a nuestra razón, que la rechaza sin necesidad de pruebas, como esos errores que no han menester demostrarse por ser de innata evidencia las verdades opuestas. Y ¿cómo puede ser perjudicial ni peligroso para la criatura aproximarse cuanto le sea dado a las perfecciones del Criador? Si no puede haber peligro en esforzarse a tomar como modelo la Suma Bondad, ¿por qué ha de haberle en el ideal de la Suma Sabiduría? ¿Cómo puede haber mal en la aspiración a saber, a saber mucho para acercarse cada vez más al que lo sabe todo? Si en cual quiera obra de Dios hay una esencial bondad, ¿cómo el conocimiento no ha de ser esencialmente bueno? ¿Por ventura la creación es como esas guaridas de los perversos, de donde conviene alejarse, o donde se debe entrar con los ojos cerrados para no ver lo que allí pasa? ¿Hay en la obra de la Providencia partes, repugnantes, sobre las cuales debe echarse un tupido velo, regiones en que no se puede penetrar sin peligro para la virtud? Que las creaciones del hombre se rodeen de misterios y de vetos lo comprendo, deleznables e imperfectas, pueden temerlos fuertes choques y la clara luz; pero decir que la obra de Dios pueda ser conmovida ni rebajada por las investigaciones del entendimiento, es como asegurar que la cordillera de los Andes se podrá desplomar al contacto con una pompa de jabón, y que la belleza sublime, mejor que a los resplandores del sol se aprecia en la obscuridad. En razón me parece absurdo, y en conciencia malo, no mirar el conocimiento como el elemento principal de la perfección, y ésta como necesaria para cumplir la ley de Aquel que dijo: Amaos y sed perfectos.

Pero se replica: ¡Ved cuánta ciencia; qué de centros de instrucción; qué de asociaciones para generalizar la enseñanza; qué de libros y de cátedras para extenderla! Y al mismo tiempo, ¡qué de maldades y desdichas! ¡Cuántos errores, cuántos vicios, cuántos crímenes, cuánta desolación! Más valía la ignorancia de otros siglos que en brazos de la fe y de la autoridad caminaban con paso más firme y corazón más tranquilo, por vías menos ásperas y ensangrentadas. La ciencia es fatal al hombre; sufre en proporción que sabe, se extravía a medida que conoce.

En estas cartas, dedicadas al presente, no puedo abrir una información al pasado, ni hacer que comparezcan los siglos que fueron, a prestar declaración sobre sus crímenes. Como sus virtudes, están consignados, y creo, caballero, que V. sabrá bastante historia, para comprender cuán poco justas y cuán poco científicas son esas afirmaciones de superioridad de otros siglos sobre el nuestro. Suelen los moralistas decir que aquel en que viven es peor, como los enfermos tener por la más penosa la enfermedad que padecen; además, los siglos forman parte de las épocas, únicas que razonablemente pueden compararse; de otro modo, se compararían, no organismos, sino fragmentos; no historias, sino hechos aislados, que hasta podrían ser inconexos. Formamos parte de una época que Dios y la posteridad juzgarán, que nosotros no podemos juzgar; todo lo que está en nuestro poder y nuestro deber es procurar con propios y buenos hechos, que recaiga sobre ella un favorable juicio. ¡Papel desdichado representan los que calumnian a su siglo, contribuyendo con sus acciones a que pueda ser acusado sin calumnia! El siglo es como la patria; debemos amarle, porque hemos nacido en él. Dios sabe cuándo y dónde señala nuestra tarea; a nosotros sólo nos incumbe aceptarla, y hacerla con la perfección posible. Que donde y cuando quiera que vivamos, nuestra frente pueda elevarse inmaculada, y nuestras manos estar puras, es lo que importa; y en cuanto a la mayor conveniencia de haber nacido en otro país o en otra época, no somos de ella jueces. No es probable que en ningún siglo ni país hiciera gran labor quien no acepta humilde y valerosamente la que la Providencia le ha señalado. Entre las mayores miserias de una época, debe contarse la de renegar de ella, en vez de volver los ojos al Cielo y decir: Señor, amo el tiempo y el lugar en que has señalado mi paso por la tierra; mi corazón me dice que no puedo dejar de amarlos sin ofenderte; mi vida, aquí y ahora, es presente tuyo, y como tal, bueno y bendito. Si la vía es dificultosa, tú me ayudarás a allanarla; si vacilo, tú me darás apoyo; si caigo, para levantarme no me ha de faltar tu auxilio, ni en la tribulación me has de negar consuelo. Tú, que existes en la eternidad y en el infinito, tú solo sabes cuándo y dónde debía yo venir a sufrir mi prueba, perfeccionar mi espíritu, y conocer y cumplir tu ley santa. Gracias, Señor, porque me has dado amor para todas las épocas y para todos los hombres, y muy particularmente para éstos con quienes vivo, que no me puedes tú haber puesto más cerca de ellos sino para que más los ame.

Aunque no entre de lleno en esta cuestión, no he debido pasar cerca de ella, sin consignar que quisiera a mi época y a mi patria mejores, pero que las amo tales como son: en cuanto al juicio de los siglos, ya indiqué a V. que no me parece de la competencia de los que en ellos viven.

Es cosa verdaderamente extraña, y casi incomprensible, que se hable de los peligros del saber, cuando en teoría no los tiene, y en la práctica sólo pueden apreciarse los del ignorar. En efecto, ¿cuántos saben y cuánto saben? Por rarísima excepción hay una persona verdaderamente instruida: hablo de España, aunque mucho de lo que voy a decir creo que tenga aplicación a los países más adelantados. En el nuestro, se llama instruido al hombre que sigue una carrera, y sabido es que muchas pueden terminarse conociendo muy poco, casi nada, de lo que el título indica. En la suposición más favorable, suponiendo que el farmacéutico sepa farmacia, el médico medicina y el abogado leyes, no saben más, de donde resultan esas inteligencias que, desarrolladas en un sentido solo, tienen algo de monstruoso; esas personalidades jactanciosas sin idea de que el que no sabe más que una cosa, no puede saberla bien; esas especialidades que, incapaces de generalizar y elevarse, todo lo empequeñecen y aun tuercen; esos autorizados maestros de una ciencia incompleta, que tan fácilmente se convierten en oráculos de la ignorancia.

Después de los que concluyen su carrera con lucimiento, vienen los que la acaban de cualquier modo;

Los que no tienen carrera alguna y aprenden un poco de leer, escribir y aritmética, nociones de historia y geografía, y hasta algo de francés, con lo que pueden ser empleados de categoría y aun ministros;

Los que absolutamente no saben más que leer, escribir y contar;

Los que hacen esto mismo mal, sin que sea obstáculo para que tengan buenos sueldos y figuren entre las personas decentes;

Los que lo hacen aún peor;

Los que absolutamente no saben nada;

La mitad de la población, las mujeres, entre las que es una verdadera rareza saber algo.

Tenemos, pues, un cortísimo número de personas verdaderamente instruidas, que además de su profesión, si la tienen, han adquirido una cultura general indispensable para que la especial produzca todas sus ventajas, y no tenga inconvenientes: un número de personas de instrucción muy incompleta, y que descienden hasta tocar con la masa inmensa de entrambos sexos, del todo ignorante.

Cuando la ignorancia es la regla general con tan raras excepciones, ¿cómo de nada de lo que sucede puede hacerse responsable a la ciencia?

Los iniciados en ella son tan pocos, que en ningún sentido pueden impulsar la mole; pero su corto número, que debiera ponerlos a cubierto de toda responsabilidad en este punto, los hace el blanco de agrias acusaciones, porque las mayorías se creen todas infalibles e impecables, y más cuanto son mayores. Diez y seis millones de ignorantes declaran autores de sus desdichas a mil hombres instruidos, y se necesita que pasen unos cuantos siglos para que se declare la nulidad del injusto fallo.

Los males, como las ideas, tienen relación unos con otros; pero a fin de estudiarlos mejor, podrían clasificarse y formar grupos que, sin aislarlos completamente, permitieran conocer mejor su índole y sus causas. ¿Cuáles son, por ejemplo, las de ese grupo de males gravísimos, de dolores acerbos, que se llama guerra? Dicen que la ambición, las pasiones, los fanatismos: cierto; pero la raíz y la base y el apoyo de todo esto es la ignorancia. La guerra la encienden y la impulsan, y la dirigen, y la explotan los ambiciosos y los calculadores; pero ¿quién la hace? Los ignorantes, aquellos que ningún interés tienen en hacerla, los que no sacarán ni honra ni provecho, los que padecen y mueren en ella, como instrumentos, como cosas, teniendo ¡ay! de personas la facultad de sufrir y de hacer llorar a los que los aman.

Para aquellos espíritus que no pueden familiarizarse con el mal por verle muchas veces, siendo imposible que se habitúen a él; para los que conservan íntegras las nociones de justicia, y puros los sentimientos de respeto y de amor, la guerra es un espectáculo tan extraordinario, lleva en sí tal cúmulo de errores y de absurdos, que por perversos que se considere a los hombres, no se concibe que puedan hacerla si supieran lo que hacen. Cuanto más se observa y se estudia, mayor es la extrañeza de que seres racionales repitan tantos y tan dolorosos actos de sinrazón, hasta que analizando se llega al principal elemento constitutivo de esta horrible locura, el soldado. Estudiando al soldado en el campamento y en el cuartel, en la instrucción y en el alojamiento, en marcha y en el hospital, sano y herido, durante la enfermedad y a la hora de la muerte, se comprende la guerra con todas sus iniquidades. La causa de la guerra no es este ministro ni aquel rey, ni tal emperador, ni esotro cura; está en la ignorancia del soldado en la irracionalidad de millones de hombres que padecen y matan y mueren sin saber por qué ni para qué, recibiendo la injusticia como la lluvia cuando no hay donde guarecerse, y con un espíritu tan sin actividad, tan esencialmente pasivo, que no reacciona ni contra el absurdo, ni contra la equidad, ni contra el dolor. Produce creciente asombro la inercia intelectual de aquella mole, y hondísima pena ver que los que carecen de aptitud para pensar, tengan sensibilidad para sufrir y corazón para amar, y sean susceptibles de entusiasmo y de sacrificarse con abnegación por el mismo que los inmola sin conciencia. Delante de una masa de hombres armados puede haber una idea que se invoca con más o menos sinceridad; detrás, y en el fondo, hay siempre un error, sin el cual no se encomendaría a la fuerza la suerte del derecho, ni estaría el sacrificio en razón inversa de la utilidad que de él se ha de reportar. La pasión o el cálculo podrían preparar las armas, pero sin la ignorancia, no habría quién las empuñase: ella reúne esas multitudes inconscientes, que alternativamente esclavizadas o tiranizadas, rebaños o jaurías, víctimas o verdugos, levantan pudores sobre montones de cadáveres, fortunas sobre abismos de miseria, famas sobre lagos de sangre, y sirven de instrumento para afligir a los hombres y ofender a Dios. Dicen que habiendo preguntado a un capitán veterano qué se necesitaba para hacer la guerra, respondió que tres cosas: Dinero, dinero y dinero; si hubiera sido filósofo, creo que hubiera dicho: Ignorancia, ignorancia e ignorancia.

He citado la guerra, porque es el mal de mayor bulto y más deplorado; pero en cualquiera de los que afligen a la sociedad, si con cuidado se estudian, entra como principal componente la ignorancia. El abuso de la fuerza, la dureza de la crueldad, el prestigio del error, las exacciones de la codicia, los amaños del fraude, las insultantes puerilidades de la vanidad, los criminales atrevimientos del cinismo, tienen algunos cómplices interesados, muy pocos, y que serían inútiles o imposibles sin la inmensa e inconsciente complicidad de la ignorancia, que convierte a los hombres en instrumentos de su propia ruina.

Usted habrá oído, caballero, como yo, muchas veces estas o semejantes palabras: Véase de qué sirve el saber. Fulano y Zutano son personas de talento e instruidas; más valdría que no supieran nada, visto el uso que hacen de sus conocimientos, empleados en su provecho exclusivo, para encumbrarse y medrar sin reparar en el cómo, ni desechar medios, aun aquellos reprobados por la conciencia menos exigente; etc., etc.

De todos los espectáculos que repugnan, no hay seguramente ninguno tan repugnante como la prostitución de la inteligencia, y el hombre que la convierte en medio de hacer mal. No comprendo pecado más grande ni envilecimiento mayor. Escupamos nuestro desprecio sobre esas frentes que después de haberse elevado han ido a hundirse en el cieno, y donde la luz no brilla sino para hacer más visibles las hediondas manchas.

Pero sin atenuar la culpa de esos renegados del bien, ¿dónde hallan principalmente los medios de hacer mal? ¿Bastarían, para consumarle, su inteligencia depravada y su voluntad torcida? Toda su malevolencia, ¿no quedaría chasqueada si no obrasen sobre masas ignorantes, explotables y extraviables mina para la codicia, eco de la ira, apoyo de la ambición? El peligro de las inteligencias cultivadas y torcidas está en las ignorancias generalizadas, que hacen posible la elevación y la fama y la riqueza de los que están muy abajo en la escala moral. Estúdiese la prosperidad de los indignos, y se verá que todos, absolutamente todos, han tenido menos cómplices interesados que apoyadores inconscientes, a quienes engañan y fascinan del modo más grosero. No es necesario estudiar, basta la más ligera observación para ver que, sin la complicidad de las muchedumbres, el mal no puede generalizarse, que ningún pueblo tiene interés en que el mal impere, y que cuando es general, sólo puede ser efecto del error, es decir, de la ignorancia.

La masa de los electores no está interesada en que el diputado desatienda las cuestiones de utilidad común, para cuidar de su personal provecho.

La masa de los soldados no está interesada en que el jefe ignore el modo de dirigirla bien, y economizar sus penalidades y su sangre, en que el médico no sepa o no quiera curarla esmeradamente, en que el comisario le dé alimentos nocivos.

La masa de los contribuyentes no está interesada en que los tributos pesen con desigualdad, se distribuyan sin justicia, y por caminos que veda la moral y hasta el Código, pasen de las arcas del Estado a los bolsillos particulares.

La masa de los enfermos pobres no está interesada en que los hospitales se administren mal, y algunos engorden con la sustancia que falta al caldo.

La masa de los que tienen correspondencia no está interesada en que las cartas se retrasen, en que se extravíen, en que se abran para sustraer de ellas valores, y en tener que dejar la suscrición de los periódicos porque se los apropian los que no se han suscrito.

La masa de los ciudadanos no está interesada en que se den títulos de médico a los que no saben medicina, de abogados a los que no saben leyes; etc., etc., etc.

La masa de los que necesitan justicia, que, más o menos directamente, son todos los miembros de la sociedad, no está interesada en que los tribunales se compongan de hombres ineptos, o débiles, o venales.

La masa de los que viajan no está interesada en que los caminos no ofrezcan la comodidad apetecible o la seguridad necesaria, por culpa de los que debían procurar una y otra.

Sería casi interminable la enumeración de todas aquellas cosas que no pueden hacerse mal sin perjuicio de las masas, y concluiré preguntando: La masa de los gobernados, ¿está interesada en que los gobernantes olviden el bien público para cuidar del suyo personal o satisfacer su amor propio?

Todo el mal que se hace en todos los ramos, en todas las esferas, es en perjuicio de la inmensa mayoría de los asociados. Y téngase en cuenta que no hablo del mal tomado en sentido muy lato, y que puede dar lugar a la duda de si es inevitable, no; sino del que se hace faltando, no ya sólo a la ley moral, sino a la ley escrita. Aunque ésta no llega a donde debe, no es tal como sería de desear que fuera; con que se cumpliese, se realizaría un bien inmenso en la sociedad. Y ¿por qué la ley es mejor que el pueblo que rige? Y ¿por qué no se cumple, cuando la gran mayoría está interesada en hacerla cumplir? ¡Por qué! Porque las mayorías tienen el horrible y degradante nombre de masas, y le merecen. Porque las multitudes son ignorantes, no discurren, no saben, no raciocinan, y se dejan pisar, explotar, extraviar, sin medio entre la abyección y la violencia. Porque no tienen idea de cómo está constituida la sociedad; de cómo debe estarlo; cuál es la causa de sus desdichas, y cuáles se pueden remediar y cuáles son irremediables. Porque ignora la ley escrita, la ley natural, todas las leyes y todas las reglas y lo que constituye la sociedad humana, y sus medios, y su objeto, y, en fin, cuanto pasa en el mundo intelectual. Por eso hay leyes injustas, y no se cumplen las que son conforme a justicia; por eso las garantías poco o nada garantizan, y son inútiles las declaraciones de derechos, que se estrellan contra el hecho de la ignorancia general.

Es un absurdo, una desdicha y un peligro grande, inmediato, constante, una agrupación social tan falta de armonía como lo está la nuestra. Millones de hombres completamente ignorantes, y unos pocos que saben algo o que saben mucho, que, por regla general, no tienen creencias religiosas, ni principios morales bien fijos; que quieren poder y riqueza, que la buscan con desenfreno; que no temen la opinión débil o extraviada; que saben la impotencia de la ley, y que, incapaces de nada noble y elevado, los goces que no pueden darles una conciencia pura y un espíritu elevado, se los demandan a los sentidos y a la vanidad. Desde el secretario de Ayuntamiento del pueblo más miserable, que es su cacique y le maneja, hasta el general en jefe de un ejército, que le manda; desde el abogado que dirige a sus clientes, hasta el presidente del Consejo de Ministros que gobierna la nación; todos los que reciben de la sociedad medios para servirla, que convierten en su propio servicio cuando manejan, y mandan, y dirigen, y gobiernan mal, la causa primera y permanente está en la ignorancia de los manejados, mandados, dirigidos y gobernados; que si ellos, que son muchos, supieran lo que les conviene, era imposible que los pocos pudieran obrar sin otra mira que su propia conveniencia. Observe V. un mal, no de los inevitables, sino de los que se hacen; analice V. un abuso cualquiera, y encontrará en sus elementos constitutivos ignorancia, ignorancia, siempre ignorancia: el saber descreído y desmoralizado la explota; es abominable sin duda, pero si no existiera, no podría explotarla.

La primera materia de todo abuso en grande escala, de toda general infracción de la ley moral o escrita, está en la masa ignorante: el que quiere poder o venganza, aplausos o dinero, acude allí, y la manipula, y saca de ella aplausos, o motines, una tropa armada con que herir, o un coche en que pasearse. Admíranse algunos al ver tantos abusos y maldades; motivo son de pena, pero no de admiración: con multitudes absolutamente ignorantes, y minorías más o menos doctas y desmoralizadas, el mal es deplorable, pero lógico. Aun, a priori debía suponerse mayor con semejantes elementos, y es que en la naturaleza humana, por grosera que sea o extraviada que se halle, está la chispa divina. En las masas ignorantes hay sentimiento y conciencia, y en los pocos que saben, no todo es cálculo depravado ni egoísmo cruel; todavía se halla amor, pureza, abnegación. Esto hace que podamos existir; pero no basta para que vivamos bien.

Es de notar la mayor falta de armonía que, bajo el punto de vista intelectual, existe en nuestra época, comparada con las que la han precedido. Ya comprendo que siendo de transición, es inevitable; pero también creo que cuando hay un abismo, y es preciso salvarle, no se debe negar que existe, o cubrirle de flores, o prolongar el camino a su orilla, o dejarle sin luz, sino avisar que está allí, hacer la vía más corta y alumbrarla.

En la época que ha precedido a la nuestra, los hombres eran igualmente ignorantes; unos pocos sabían algo, y procuraban, y conseguían muchas veces, dirigir a los otros en nombre de Dios y por medio de una religión tan esencialmente buena, que hacía mucho bien a pesar de la humana maldad. De esta ignorancia general resultaba un pueblo bárbaro, cuya organización era muy sencilla, con relaciones limitadas, de modo que el saber podía explotar a la ignorancia y la explotaba, pero en un círculo reducido y en virtud de derechos que se tenían por incontestables. Los abusos de la fuerza se tenían por la forma del derecho, y la tiranía del saber por yugo blando, y lo era, comparado con los otros de aquellos tiempos de hierro. Esto daba fijeza al organismo social. La razón humana dormía, y cuando en alguno despertaba, o seguía el camino marcado, o no podía seguir ninguno. La máquina podría ser grosera, dar resultados poco satisfactorios, y triturar al que quisiese mejorarla; pero estaba sólidamente construida; las ruedas engranaban bien, y el rozamiento no era muelle. Atraso en todos, y en todo; ni el noble ni el plebeyo sabían leer; no había camino, ni escuela, ni libro, ni faro. Poca importancia a las cosas de este mundo, que nunca valen mucho, y entonces valían menos; mucha fe en el otro; los males considerados como pruebas y medio de merecer bienes: todo esto daba una explicación al entendimiento, y le preservaba de la rebeldía. Era una organización buena o mala, pero sólida.

Pasó esa época porque debía pasar, y no seré yo quien desee que vuelva; pero no es esta razón para cerrar los ojos a los males y peligros de la nuestra, donde en vez de lógica y armonía hay contrastes irritantes y contradicciones perturbadoras. La cultura intelectual ha progresado por arriba, quedando estacionaria por abajo. Algunos se consuelan cándidamente comprobando que es mayor el número de escuelas que en otro tiempo, y de los que aprenden a leer y escribir. De éstos que, según las estadísticas, figuran como instruidos en la enseñanza elemental, hay que quitar la mayor parte, que sólo saben trazar malamente letras, y deletrear con trabajo, y la casi totalidad del resto, porque es ignorante el hombre que no sabe más que leer y escribir, y aun pueden estos conocimientos, limitados y sin dirección o teniéndola torcida, convertirse en elemento de error. El escribir y leer no es la cultura, sino el medio de adquirirla, medio neutral, digámoslo así, entre la verdad y el error, que lo mismo puede llevar a la una que conducir al otro, por la pasión. Más vale el hombre rudo, absolutamente inculto, sin otros conocimientos que algunas verdades cardinales inspiradas por la conciencia, que el que sabe leer y ha leído solamente aquello que puede extraviarle. Es necesario verlo para comprender los estragos que hace un mal papel o un mal libro en hombres ignorantes, tal vez agriados, tal vez heridos y tratados con injusticia. La idea, en este caso, no es la luz que alumbra el camino, sino la chispa que incendia materias inflamables y produce una explosión. Yo he visto hombres que de resultas de algunas lecturas no tenían idea sana, un principio fijo, un juicio recto, siendo su espíritu alguna cosa como torbellino que en momentos de reposo desprendía emanaciones pútridas, y caos iluminado a intervalos por la luz de la tempestad. De todas las fases de la ignorancia, el error es la más desdichada y peligrosa.

Si las multitudes tuvieran alguna instrucción que mereciera este nombre, no se llamarían las masas; se denominan así, porque se componen de criaturas ignorantes, que, caso de que hayan adquirido un instrumento para instruirse, no le emplean. No me parece que podía ser en tiempo de las Cruzadas mucho más ruda la gran mayoría de los hombres del campo, y en cuanto al pueblo de las ciudades, que llamamos bajo, es porque lo está, en efecto, su nivel intelectual; si sabe algunas verdades más que los campesinos, están mezcladas con tantos errores, que su instrucción acaso deba figurar con signo negativo. Esto que voy diciendo podría parecer a usted absurdo a primera vista; pero tal vez nos pondríamos de acuerdo, no teniendo por instruidas a todas las personas que saben leer y escribir, y comprendiendo la inexactitud con que se llama instrucción primaria a poseer de un modo muy imperfecto un instrumento para instruirse, que no se emplea.

Aunque V. no participe enteramente de mi opinión en este punto, y aunque crea que por abajo se ha progresado bastante, habrá de convenir en que el progreso es incomparablemente mayor por arriba, y que no ha habido jamás desigualdades intelectuales parecidas a las que existen en estos tiempos en que se les dice a los hombres que son iguales. Cuando no había ciencias, las artes estaban atrasadas, y las industrias eran groseras, la igualdad intelectual era la regla, con excepciones rarísimas, y aun en ellas, con diferencias poco marcadas. No han existido en otras épocas distancias intelectuales, inconmensurables, puede decirse, como las que hay de un soldado que maneja un cañón, al que dirige la fabricación de la pieza y los medios de moverla; entre el que calcula y construye una máquina prodigiosa, y el que le echa grasa; entre el ingeniero que perfora los Alpes o el istmo de Suez, y el peón que lleva una carretilla. Semejantes desigualdades no las hubo nunca: cuanto más se eleva el nivel de los conocimientos, ha de haber mayor distancia entre los que saben todo y los que no saben nada.

¿No comprende V., caballero, el peligro y el absurdo de predicar a los hombres la igualdad precisamente cuando son más desiguales? ¿Qué sucede? Que la igualdad es una mentira, aun esa que se llama ante la ley; que se sueñan otras igualdades imposibles que no pueden destruir la realidad de diferencias, tales como no existieron nunca, correspondientes a las intelectuales, y a los medios que una civilización adelantada pone en manos del que se sirve de ellos, y son inútiles, y acaso perjudiciales, para el que ni directa ni indirectamente los puede utilizar. No puede haber paz ni estabilidad cuando no hay armonía, ni puede existir armonía en organismo compuesto de partes que tienen movimientos antagónicos, y chocan y pugnan, sin ley superior que dirija sus fuerzas ni haga eficaces para el bien sus afinidades. No comprendo cómo puede abrigarse la aspiración de una sociedad bien organizada cuando está mal instruida, ni sólidamente asentada cuando tiene tales desniveles intelectuales y semejantes contradicciones: el equilibrio ha de ser inestable, y más bien se debe llamar cansancio. Rebeldías de fieras que se despedazan, sumisiones de rebaño que con tirarle el palo va en esta o la otra dirección, todo se refiere al mismo origen, la ignorancia.

Los que tienen en la escala social un asiento cómodo, piensan, o hacen como si pensaran, que el embrutecimiento de las masas, caso de ser perjudicial, lo será para ellas solas, y que, si no una ventaja, tampoco es un inconveniente para los que están más arriba. Prescindiendo de toda dignidad y de toda conciencia, este cálculo es equivocado. Como la tierra gira con su atmósfera, la sociedad gira con la suya, formada por las emanaciones de todo lo que la constituye, y a que nadie puede sustraerse por completo. Moviéndose con violencia en la obscuridad, las masas arrollan a los que parecían estar muy distantes durante su reposo. ¡Cuántos calculadores que se juzgaban gananciosos salen perjudicados, y cuántas víctimas entre los fuertes que se creían más seguros! Cuando la mole se lanza acá y allá a voluntad del que la mueve, ¿quién puede afirmar que no será aplastado por ella? ¿De qué sirve conocer el derecho y tenerle, si los que lo ignoran se prestan a pisarle con la fuerza? El número no confunde la razón, pero atropella la justicia, y los que, más o menos ilustrados, no se preocupan de la ignorancia general, recogen sus frutos en el tren que descarrila por culpable y grosero descuido que se repite porque queda impune, en el camino que no se puede transitar, en el fallo injusto, en la contribución exorbitante, en la enseñanza incompleta o errónea, en los ataques a su hacienda, a su honra, a su vida. Se habla de este tirano y de aquel déspota; se acusa a una persona, y se anatematiza un nombre, como si la tiranía y el despotismo no fueran siempre multitud. Culpables, y mucho, son sin duda los que la extravían y explotan; pero ¿carecen de responsabilidad los que ven con la indiferencia de mal calculado egoísmo, cómo se van acumulando elementos para levantar la obra de iniquidad, o materias inflamables para producir la explosión? Se deplora el poder de unos pocos malos sin ver que le sacan de los muchos ignorantes, y en lugar de ir a la raíz, se calcula y se discute el medio de podar las ramas, que retoñarán eternamente con esta o la otra forma, mientras el árbol arraigue.

Tratándose de ignorancia, habrá V. de convenir, caballero, que la de los pobres es invencible por regla general, y casi exclusiva de los señores la responsabilidad de los males que produce. Los señores faltan de dos modos:

Por su ignorancia voluntaria;

Por no transmitir lo poco o mucho que saben.

Que, salvas raras y honrosas excepciones, la ignorancia de las personas acomodadas es grande en España, es cosa tan notoria, que no hay que insistir mucho sobre ella, hasta el punto de que no se tiene ni la idea de lo que debe ser un hombre, para no verse todos los días convertido en cosa a sabiendas o sin saberlo. Las personas que a sí mismas se califican de decentes forman también masa un poco más limpia que la otra, pero no mucho más culta. ¿Para qué hemos de señalar una por una eso que se llama clases, si en todas es general y casi increíble la carencia de conocimientos? ¿No se queda V. asombrado de oír a los caballeros y personas principales, decir los mayores absurdos en cuanto se trata de cualquiera cosa seria? ¿No se asombra V. todavía más de ver lo que se escribe y lo que se aplaude, y las reputaciones que se forman merced a la ignorancia bien vestida, que no es, como la haraposa, modesta, que tiene ademanes de gran señora porque se ve engalanada, y la terquedad del que no sabe, y la jactancia del que ocupa un lugar que no merece? Ella forma las reputaciones, son como obra suya, y una vez formadas, van a explotar o conmover la otra masa, más numerosa y más grosera.

Esto es efecto del poco amor al trabajo, de la falta de idea de la misma dignidad, del severo deber, y también de lo innecesaria que es la cultura para lograr provecho y consideración.

El que no quiere trabajar, no puede instruirse, y como hay tantos que trabajar no quieren, hay muy pocos instruidos. El trabajo intelectual parece atractivo, pero en los principios debe ser, sin duda, penoso para los más, puesto que es tan corto el número de los que a él se consagran. Y ¿a qué fin? Para medrar no se necesita ser hombre ilustrado ni tampoco para hacer papel airoso entre gente que sabe poco. En cuanto a la dignidad, ¿cómo ha de consistir en la instrucción, ni ser un deber el adquirirla y el comunicarla? La dignidad consiste en comer bien, tener la casa bien puesta, vestir con elegancia, fumar buen tabaco; y el deber, en no hacer nada de lo que el Código pena, ni faltar a las obligaciones de familia. Nada tiene que ver la moral con la instrucción. ¿No puede ser un hombre distinguido, bueno e ignorante? Eso dicen.

Sed perfectos, dijo el Divino Maestro; y ¿cómo se ha de perfeccionar el que no conoce ni sabe? La perfección consiste en conocer más y hacer mejor, y obliga en la medida de los medios que se tienen de adquirirla. La ignorancia invencible es una gran desgracia; la voluntaria me parece un gran pecado, porque el ignorante desprecia el más hermoso don que ha recibido de Dios; convierte en daño un inapreciable beneficio; hace mal con el instrumento más poderoso del bien; priva a la sociedad de aquella cooperación que le debía, dándole, en cambio, un mal ejemplo, y se rebaja en vez de elevarse. ¿Le parece a V., caballero, que hay dignidad en aplicar los medios que se poseen para regalar el cuerpo, sin procurar al espíritu cultura ni perfección? ¿Merece el nombre de decente una persona muy esmerada en la limpieza de sus uñas y cabello, y que no se cuida de lavar su alma de la roña del error? ¿Hay muchas cosas más repugnantes que el contraste del brillo de afuera y la obscuridad interior, la altura material y la intelectual bajeza, y la altivez del que puede, con la humillación del que ignora? ¿Hay degradación más grande que aceptar con gusto la miseria intelectual, y ostentar como galas los harapos de la ignorancia?

Pocas cosas son para mí más incomprensibles que lo satisfechos que de sí viven, y la consideración de que gozan los que, teniendo medios de ilustrarse, vegetan en voluntario embrutecimiento. Ellos se admiran de cómo puede vivir el mendigo que huele mal, y lo desdeñan, no sospechando, sin duda, que una impresión parecida a la que les causa aquel cuerpo sucio, produce su espíritu en los que le contemplan como está y le comprenden como debería estar.

El mal de la ignorancia de los señores es grave y difícil de remediar: se parece a la suciedad de los pobres: se encuentran bien con ella, pero en fin, hay que combatirla porque es un deber: además, algo se adelanta, y cuando se ve progreso, no queda disculpa para no apresurarle. Los señores ignorantes son muy dignos de censura; todavía más de lástima. Esa región en que no quieren penetrar, es la más elevada y más serena, donde hay goces más independientes de las humanas vicisitudes, horizontes más dilatados y armonías más sublimes. Allí, la satisfacción íntima del conocer, las grandes inspiraciones de la verdad, la firmeza de la reflexión, los tesoros que se aumentan dándolos; allí, en fin, el puerto, si es posible hallarle en las tempestades del corazón, el aproximarse cuanto es dado a la sabiduría infinita, y a pesar del tiempo, la eterna juventud del alma. ¡Ah! Si los señores supieran lo que podían ser, no serían lo que son. Cultivando su entendimiento dilatarían su existencia, se enriquecerían verdaderamente, proporcionándose medios de hacer bien a los demás y a sí propios, de tener goces que no llevan consigo la saciedad y la impotencia, de evitar el hastío, su enemigo inevitable; las horas que les pesan, pasarían rápidamente, y los años que los abruman y los degradan, los rodearían de una aureola, siendo un título al respeto. ¡Qué cosa más venerable que la experiencia docta de un anciano! ¡Qué cosa más despreciable que el hombre que sólo cuidó de su cuerpo, cuando éste se afea y debilita!

Si los señores son culpables de lo mucho que ignoran, también faltan por no comunicar a los pobres lo que saben. La instrucción primaria, aun tal como ellos suelen entenderla, no se generaliza; es muy raro el que la promueve, y más raro todavía el que personalmente contribuye a ella. En un momento dado, tienen algunos veleidades de enseñar, como las tienen de armarse; pero pasan estos impulsos, y los maestros pagados, o que debían estarlo, son lo únicos encargados de la enseñanza. En días de crisis, y cuando se hable de abnegación y de fe, el esfuerzo máximo consiste en aumentar algunas escuelas con maestros mal retribuidos, donde algunos niños aprenden a mal leer, escribir y contar, cosas que acaso olviden, que de poco o nada le servirán o que tal vez sepan para mal suyo. ¿Y los hombres? Estos, se dice, son ineducables: por punto general, las escuelas de adultos suelen dar malos resultados, y como la empresa es realmente difícil, se la declara imposible. Yo no la creo tal; pienso que saliendo de la rutina de los métodos de enseñanza, y buscando las ocasiones oportunas de enseñar, y sobre todo, enseñando no por oficio, sino por cumplir un alto deber, una obra humanitaria, enseñando con amor y constancia, si no todos los hombres rudos del pueblo, los más aprenderían. Esto lo dice la razón, la mía al menos, y la experiencia, aunque apenas puede invocarse, por desgracia, no lo desmiente. No puedo resistir al deseo de citar a usted un ejemplo.

Allá en una playa de Andalucía, hay una obra que en el extranjero sería muy conocida y celebrada, y en España no se celebra, ni se conoce, el Faro de Chipiona. No es de mi competencia ni de este lugar el juicio de su mérito científico y aun artístico, los inteligentes le celebran, en el deplorable aislamiento que tiene entre nosotros quien hace justicia al saber. Yo le cito porque su construcción, que hace honor a un hombre de ciencia, probó también la aptitud para aprender de hombres rudos que nada saben. En la Revista de Obras públicas, núm. 6, correspondiente al 15 de Marzo de 1868, se lee lo siguiente:

«..... El Sr. Font (el ingeniero que ha construido el faro), cuyo entusiasmo por esta obra no ha decaído un instante, a pesar de otras muchas obligaciones del servicio que sobre él pesaban, estableció una clase de geometría elemental, de geometría descriptiva, y de estereotomía, para los canteros, y era cosa peregrina, según nos han referido testigos presenciales, ver aquellos pobres hombres, rendidos por el trabajo físico de todo el día, pero llenos de noble emulación, robando horas al sueño y al descanso, que acudían a oír las explicaciones teóricas, a resolver problemas en la pizarra y a dibujar con sus toscas manos pliegos de corte de piedras relativamente difíciles y complicados, mostrando algunos de ellos, a pesar de su rudeza y de su ninguna preparación científica, un talento clarísimo y una razón sólida y penetrante: ocho canteros gallegos, sobre todo, y entre ellos dos, llegaron a donde no parece creíble a no presenciarlo: no ya aprendían por instinto la solución de los problemas, sino que seguían el razonamiento de cada demostración, con admirable lucidez. ¡Nobles inteligencias, que años y años de trabajo físico, la falta de instrucción, las privaciones y fatigas, no habían podido embotar!

»El ilustrado profesor de la Escuela Industrial de Sevilla, Sr. Márquez, recogió con gran interés, y conserva como cosa por extremo notable, la colección de geometría descriptiva dibujada por aquellos inteligentes trabajadores, y en un excelente artículo que publicó en el periódico La Andalucía, sobre el Faro de Chipiona, hace mención especial de tan interesante circunstancia.»

¡Ah, caballero! Si yo fuera pintor, haría un hermoso cuadro de aquel joven ingeniero explicando, y de aquellos canteros comprendiendo la explicación de los elementos de una ciencia. ¡Qué contraste tan artístico entre el hombro fino y los hombres rudos, entre las manos callosas y los ojos chispeantes, y la atención profunda y la expresión de inteligencia que necesariamente habían de revelarse en la frente de los que tenían tanta! ¡La playa, el mar, el cielo de Andalucía, el gigantesco faro, y aquel grupo de hombres comunicando la ciencia y recibiéndola con el entusiasmo de una obra grande, asunto era para inspirar al que tenga verdadero sentimiento del arte, y quiera darle noble participación en el progreso humano!

Canteros como los de Chipiona, sin duda que los habrá donde quiera que se labra piedra con algún esmero; lo que falta es una persona inteligente y de voluntad, que, impulsada por un buen sentimiento, los instruya. ¿Qué ha sido de aquellos hombres rudos, inteligencias privilegiadas que un momento salieron a la superficie para volver a sumergirse en el olvido de su obscuridad? No se sabe; hasta sus nombres se ignoran; nadie los pronunciará con respeto y con cariño; toda abnegación, como todo mérito, es anónima entre los pobres; su vida se desconoce, y su tumba no tiene epitafio.

Usted, caballero, asiduo y desinteresado profesor de una escuela de, adultos, ha ido viendo la deserción del corto número de sus compañeros; tiene V. noticia de que lo propio sucede en otras, y no debe extrañar que en tierra tan mal cultivada, el fruto sea escaso. De todas las obras de misericordia, la menos practicada, aquella que en ningún caso se cree que se debe de justicia, es enseñar al que no sabe, y ciertamente, ninguna me parece más necesaria, ni más meritoria, ni más urgente. Al punto a que han llegado las cosas, no veo remedio a los males, sino en el saber, y hasta la fe, la fe ciega, se va, y no puede volver sino auxiliada por la ciencia y aceptada por la razón. No basta ya decir que la impiedad es pecado; urge más cada día probar que es absurda, prueba que no puede darse a gente sumida en la ignorancia. Si se hiciera la experiencia perseverate y general, de que era imposible instruir a los hombres del pueblo, podían dirigirse todos los esfuerzos a los jóvenes y a los niños, a fin de darles instrucción, pero instrucción verdadera.

Usted, visto que no tengo por tal la llamada primaria, me preguntará tal vez qué extensión deseo darle. Voy a decir mi pensamiento: yo tengo la pretensión, que tal vez parezca extraña, de que los hombres todos sean racionales.-¿Inclusos los del pueblo, los que se dedican a trabajos rudos, y están todo el día haciendo una tarea puramente mecánica?-Sí, señor, inclusos ésos.

Es bien deplorable en algunos casos el poder del hábito: por él pasan inadvertidas cosas que debieran notarse, y lo que es aún peor, se aprueban las que merecen decidida reprobación. ¡Qué espectáculo ver miles, millones de hombres groseros, embrutecidos, sin una idea, sin vida intelectual, sin saber el cómo ni el por qué ni el para qué de nada, sufriendo su mala suerte sin hacer nada para mejorarla, o rebelándose contra ella por medios que la hacen peor, sin más goces que para los sentidos, ni más aspiraciones que a cosas materiales, y luchando a ciegas, para vegetar, no para vivir, porque no es verdadera vida la del ser racional que muere sin haber hecho uso de su razón! ¡Cómo! ¿Dios nos ha dado la inteligencia a todos para que unos pocos solamente hagan uso de ella, con perjuicio de la humanidad y ofensa de la Sabiduría divina? Los ojos se nos dieron para ver, y el entendimiento para discurrir; o no debíamos haber recibido inteligencia, o debemos cultivarla. Su ejercicio ¿constituye un peligro? Pues entonces, a embrutecernos todos para mayor seguridad del orden social, y enmendemos la plana a la Providencia, que incurrió en el error de darnos razón, sin tener en cuenta los daños que pueden venir de que seamos racionales.

Los argumentos contra la instrucción sólida del pueblo creo que pueden reducirse principalmente a tres:

Falta de tiempo en los que se dedican a trabajos mecánicos, para dedicarse a los mentales;

Falta de medios pecuniarios para generalizar una instrucción sólida;

Inconvenientes para la sociedad de que la instrucción esté generalizada,

La educación del hombre empieza desde la cuna y concluye en el sepulcro; así debe ser al menos. Mientras vivo, debe aprender o instruirse; ser discípulo de los que saben más, y maestro de los que saben menos, bien entendido que para enseñar no es preciso poner escuela ni tener cátedra. Y comprendiendo así la educación y la instrucción, ¿pretendo que se generalice? El pueblo, la plebe, no sólo ha de aprender lo que se enseña en la escuela, sino que ha de continuar después instruyéndose y cultivando su espíritu? Entonces, ¿cuándo y quién se ha de ocupar en los trabajos materiales? Veámoslo.

El poderoso auxilio de las máquinas va haciendo cada vez más innecesario el trabajo material del hombre; ellas representan millones de brazos, y hacen la obra bruta, dando cada vez más tiempo y más medios al ser racional para la obra inteligente. Algunos no ven en las máquinas más que el medio de abaratar los productos, y aunque esta sea una de sus ventajas, no es la única ni la mayor, que consiste en realizar mucho trabajo mecánico, y dejar a la sociedad tiempo para pensar en que no sólo de pan vive el hombre, y que éste puede ganar su vida material, sin perder la del espíritu. Digo la sociedad porque en conjunto es como debe apreciarse todo progreso, y no aisladamente y bajo el punto de vista de una clase que no le utiliza, o de otra que abusa de él. Considerando a un pueblo como una gran familia, si halla un procedimiento para hacer más labor con menos trabajo, ¿qué cosa más natural ni más justa, que al menos una parte del tiempo ganado se deje a aquellos individuos que carecían del necesario para instruirse y vivir la vida del espíritu? ¿Cabe en conciencia decirles, que aunque la familia es más rica, ellos serán igualmente pobres; que aunque es más instruida, ellos serán igualmente ignorantes, y que aunque no hay necesidad de que su trabajo sea tan asiduo, habrán de seguir abrumados con él para mayor solaz de los otros? Esto, si por un momento ha sido, no será, y empieza a no ser.

La cuestión de las horas de trabajo es una que hace tiempo se agita en el mundo civilizado, y aunque haya Gobiernos que no le presten atención, no hay pueblo en que más o menos no se trate de ella. Se empezó por los niños, cruelmente condenados a una labor constante, que hacía imposible su desarrollo y educación, haciéndose luego extensivo a los adultos aquel protectorado de la buena voluntad inteligente. La justicia de reducir las horas de trabajo, de la opinión va pasando a la ley, y pasivamente pasará a las costumbres. Ocho horas de trabajo parecerán pocas tal vez a los que trabajan dos o tres o ninguna; pero son bastantes a juicio de los que saben por experiencia lo que es trabajar. Esta opinión se va generalizando, y empiezan a adoptarla, no sólo los que quieren lo justo, sino los que buscan lo útil, poniéndose de manifiesto una vez más las armonías de la utilidad y la justicia. El hombre, aun para los que no le consideran más que como una fuerza material, es una máquina que se cansa, que se agota, y si tal o cual individuo puede trabajar más en diez y seis horas que en ocho, la colectividad no, porque se extenúa, se aniquila, enferma. Numerosas observaciones, y el parecer de personas competentes, van poniendo en evidencia que con ocho horas de trabajo material, el hombre produce el máximo de su efecto útil.

Ya comprenderá V., caballero, que si no le produjera, sería lo mismo para los que no le consideramos como una máquina; que un abuso no puede motivarse con otro, y que no había de ser razón para privar al obrero de la vida intelectual, el que contra justicia se utilizara un trabajo mecánico que apenas le dejaba tiempo para reparar sus fuerzas. Aunque fuera preciso para que la industria ostentara más prodigios, para que la prosperidad material tuviera más incremento, no habíamos de sacrificar en mal hora el espíritu del hombre a la manipulación más cómoda o vistosa de la materia. Pero hay, gracias a Dios, más armonías de las que se han visto y de las que se quieren aprovechar; bueno es que se vayan comprendiendo, y que lo justo parezca a todos útil, como acontece con la reducción de horas de trabajo.

No puede darse una regla general. El que trabaja en una mina de azogue puede trabajar menos tiempo que el que explota una de hierro, y éste menos que el que conduce un carro o cuida de una noria. Creo que con el tiempo, para gran número de obreros, se limitarán aún más las horas del trabajo; pero supongamos que son ocho, como acontece ya en algunas partes, y es de esperar que suceda en todas, porque la tendencia parece irresistible.

Partiendo de que son ocho, y dejando para el sueño, la comida y el aseo del cuerpo once, que dan cinco que pueden dedicarse a la vida intelectual, y V. habrá de convenir que muy pocos señores le consagran tantas: de modo, que si los pobres no viven la vida del espíritu, no será por falta de tiempo, ni porque haya obstáculo ni imposibilidad material. La imposibilidad es moral, está en la voluntad, que no puede moverse hacia lo que no puede apetecer, ni apetecer lo que por completo desconoce. El mundo de la inteligencia es como si no fuese para el obrero rudo; no sabe que existe, y si por acaso le percibe entre lejanas brumas, ni puede desear llegar a él, ni, caso de que lo apetezca, puede parecerle posible la realización de este deseo. Comprendo la dificultad de inspirárselo, y de que, a pesar de los mayores esfuerzos, el que a los veinticinco años es completamente ignorante, no podrá ser a los cincuenta verdaderamente instruido, no por falta de tiempo, sino por no adquirir lo que podríamos llamar hábitos intelectuales, necesidades del espíritu: habrá excepciones; mas por regla general, para que la inteligencia dé los frutos que debe dar, es necesario empezar a cultivarla pronto. Esto no quiere decir de ningún modo que se abandone la instrucción de los adultos; dándosela con amor y con arte, uniendo la lección a alguna idea que pueda entusiasmar, a algún sentimiento que pueda conmover, todavía los hombres pueden ser dóciles como niños y suplir hasta cierto punto con la voluntad la falta de costumbre de ejercitar el entendimiento.

El ejército permanente, por ejemplo, en medio de los muchos males que consigo lleva, podía hacer el gran bien de instruir sólidamente todos los años a muchos miles de hombres, que diseminándose por todo el territorio, difundirían la instrucción con título o no de maestros, porque el que sabe enseña más o menos, pero enseña siempre.

Cualquiera que sea su opinión de V. respecto a la posibilidad de instruir a los adultos y a los jóvenes, convendrá conmigo en que ningún obstáculo intelectual se opone a la instrucción de los niños. Observando lo pronto que aprende un niño (si se le sabe enseñar) a leer y escribir, admira que la mayoría lo aprenda mal, o no lo aprenda, y que se tenga por un gran triunfo el que un 50 por 100 lo sepa. No es de esta instrucción de la que yo hablo, y si deseo que los niños todos sepan escribir y leer, es para que tengan un instrumento con cuyo auxilio puedan formar idea de la religión, de la moral, del derecho, del mundo físico y de la organización social. Entonces serían obreros entendidos y hábiles, no malgastarían su tiempo y su fuerza en procedimientos rutinarios, imperfectos y muchas veces absurdos, y esta ventaja, con ser grande, mucho mayor, infinitamente mayor de lo que se cree, sería pequeña, comparada a las que se obtendrían en el orden moral e intelectual.

Y ¿cuántos años necesitarían los niños para aprender tantas cosas? Muchos, pero no muchas horas cada día. Y ¿cómo habían de distraerse por tanto tiempo de los trabajos mecánicos con que ayudan a sus padres? En la primera edad, dando de comer en la escuela a los pobres, como hoy se hace en algunas: después, con un trabajo moderado, proporcionado a sus fuerzas, y más productivo porque sería más inteligente. Y ¿dónde se encontrarían maestros para enseñar en todas partes tantas cosas? Al principio habría gran dificultad, pero se irían formando si había una noble emulación entre los que pudieran enseñar gratuitamente, y se retribuía bien a los que su escasa fortuna no permitiera enseñar gratis. Y ¿de dónde habían de sacarse fondos para tan cuantiosos gastos? Aplazo la respuesta a esta última pregunta para cuando trate la cuestión económica, y ahora solamente diré a usted que la dificultad es más intelectual que pecuniaria, y que si se tuviera la verdadera instrucción como una necesidad, se hallarían medios de proveer a ella. ¿Cómo se hallan siempre para hacer la guerra?

Usted, caballero, creo que es demasiado ilustrado para reírse ni temer por una sociedad compuesta de seres racionales; pero acaso podría haber personas a quienes dé risa o inspire terror la sólida instrucción generalizada. Un cantero con nociones de geometría; un albañil que entienda un plano; un minero que sepa algo de geología; un labrador que tenga nociones de química y de botánica, y todos estos hombres con ideas rectas de derecho, sea tal vez una suposición ridícula o monstruosa.

Yo no he estado en la América del Norte; pero personas dignas de fe, después de observar aquel país, afirman que no hay allí lo que entre nosotros se llama plebe, pueblo bajo, masas, absolutamente ignorantes y desconocedoras del mecanismo político y de la organización social. Sin duda está lejos de llegar allí la instrucción del pueblo a lo que puede y debe ser, y a lo que un día será, pero se ha extendido y elevado lo suficiente para que puedan apreciarse sus beneficiosos resultados, y que, lejos de ser un peligro, sea un elemento de prosperidad y una garantía de orden.

Lo que debe inspirar temor no es la instrucción, en la ignorancia del pueblo, y más a esta hora, en que cree poco, se resigna mal, y da oídos fácilmente a los que le dicen: ¡Eres el más fuerte, levántate! Lo que debe inspirar temor no es que las masas adquieran la noción del derecho, sino que, rebeladas, recurran a la fuerza. Lo que debe inspirar temor no son los hijos del pueblo instruidos, sino los salvajes de la civilización, que no participando de sus beneficios, quieren aniquilarla. Lo que debe inspirar temor no es la luz de la inteligencia brillando sobre la frente del obrero, sino las tinieblas en que se mueve a impulso ajeno y sin saber a dónde va. Lo que debe inspirar temor no es el conjunto de hombres que discurren, sino el hacinamiento de embrutecidos que se irritan, que se exaltan, que se desesperan, y, semejantes a las materias inflamables acumuladas, no necesitan más que una chispa para producir una explosión. El peligro, el gran peligro, no está en el saber, sino en el ignorar, abajo, en medio y arriba.

Los que pretenden explotar, dominar y extraviar a las multitudes, natural es que las deseen ignorantes y llenas de errores; pero sólo por uno de los más deplorables, pueden no abogar calurosamente por la sólida instrucción del pueblo las personas de buena voluntad que quieren paz y justicia. Cierto que cuando los obreros sean más instruidos serán más caros; es el modo más seguro, el único seguro, de elevar de una manera permanente los salarios, y disminuir el número de los asalariados. Pero ¿quién ve en esto un mal? El mal, y muy grave, está en la insuficiencia de los jornales, en que en Madrid, por ejemplo, el bracero gane siete u ocho reales cuando trabaja, y pague dos y medio o tres por una vivienda apenas habitable. Suponiendo que tenga trabajo todo el año, su posición que no suele realizarse, quitando los días festivos y alguno que esté enfermo, ¿qué le queda para alimentar a su familia dado el alto precio que tienen los mantenimientos? De educarla no hablemos, es imposible. Esta situación, verdaderamente angustiosa, es la de miles de millones de trabajadores, que si no fueran ignorantes, estarían mejor retribuidos; tal estado económico, además de una gran desgracia, es un constante peligro: hace mucho tiempo que se dijo, con razón, que es mala consejera el hambre.

Otra dificultad insuperable, al decir de los que se oponen a la sólida instrucción del pueblo, es que no habría quien se dedicara a los trabajos rudos, lo cual es otro error. Lo que sucedería es que habría menos trabajos rudos, ya porque se generalizase más el uso de las máquinas, ya porque harían los animales mucha de la labor penosa que hoy desempeña el hombre. Esos enormes pesos que hoy mueven las embrutecidas criaturas, que se debilitan y enferman con tan excesivo esfuerzo, se reducirían a la mitad o a la cuarta parte, y se llevarían solamente cortos trechos. Los trabajos peligrosos e insalubres no se ejecutarían sin medios de seguridad y precauciones higiénicas: no se hallaría quien por un jornal miserable comprometiera su salud o arriesgara su vida, para, inválido, pedir limosna, o muerto, que la pidieran sus hijos. Al trabajador instruido no se le haría trabajar sino racionalmente y por una retribución proporcionada a su mérito o al peligro a que se exponía, y la concurrencia no sería una fuerza tan ciega y tan destructora de la equidad, cuando los concurrentes fueran racionales y conocedores de la justicia, y se asociaran para realizarla.

Con la sólida instrucción generalizada habría posibilidad de que se revelasen tantas aptitudes como nacen y mueren desconocidas en la masa ignorante. Mayor número de elevadas inteligencias saldrían de la muchedumbre, y la jerarquía natural no sería una excepción rara.

La igualdad absoluta es un absurdo, pero la desigualdad exagerada, otro. Que fuesen igualmente retribuidos el ingeniero que dirige un puente, el picapedrero que labra la piedra, y el bracero que lleva una carretilla, sería injusto; pero tampoco hay justicia en que la diferencia de la retribución sea tal, que el uno pueda tener lujo de lo superfluo, y los otros carezcan de lo necesario. Sin duda, la dirección facultativa es más difícil y meritoria, pero no es más necesaria, téngase en cuenta, que la ejecución material, y si de un camino no se puede suprimir el trazado, tampoco el movimiento de tierras. En las demás profesiones sucede lo mismo, y sucede aun más, porque las diferencias intelectuales son menores, a veces no existen, a veces están en razón inversa de las retribuciones, lo cual es cómodo para los favorecidos, pero poco conforme a la justicia. En los Estados Unidos, los mantenimientos están baratos, y la mano de obra cara: podrá contribuir a esto el que no suelen sobreabundar los trabajadores, pero el ser ellos más inteligentes y tener más idea de su dignidad, ha de entrar también por mucho en esta aparente contradicción económica. Allí, las retribuciones de los funcionarios públicos no tienen tanta desproporción, los primeros tienen menos, y los últimos más que en Europa. Allí, durante la guerra, los soldados eran tratados como personas. Sin contar con los inmensos auxilios que recibían del patriotismo y de la caridad privada, cada uno costaba al Estado veinte reales diarios: bendito dinero que economizó tantas vidas, porque no hay ejemplo de guerra en que las enfermedades hayan hecho tan pocas víctimas proporcionalmente, y nueva prueba de que las multitudes son tratadas según sus grados de instrucción y dignidad.

Si la razón y la justicia no son temibles, no veo por qué haya de temerse que, elevando los obreros su moralidad y su inteligencia, aspiren a ser tratados como personas, y lo consigan, no por la violencia, que no alcanza nada, sino en virtud de la fuerza de las cosas y de la gravitación moral, que existe como la física.

Profundicemos un poco más, para desvanecer completamente el temor de que, generalizada la instrucción sólida, convertidos los hombres en personas, ninguno querría dedicarse a las faenas más penosas. Ese temor indica poco conocimiento de la naturaleza humana y de la Providencia divina. El hombre es esencialmente sociable; sólo asociado puede existir y progresar: el hombre es un ser racional; su sociabilidad y su racionalidad no pueden ser antagónicas, sino armónicas; debe aumentar la una a medida de la otra, de lo contrario, una perfección sería causa de destrucción, lo cual es evidentemente absurdo a priori. La experiencia viene en confirmación del discurso. La sociedad es tanto más perfecta, cuanto los asociados son más inteligentes, lo cual se prueba por la inferioridad de los pueblos salvajes y bárbaros, respecto de los pueblos civilizados. Dios no había de habernos dado la inteligencia, su más hermoso presente, para que fuera un obstáculo a la asociación, nuestra imprescindible necesidad; lejos de esto, ha impreso fuertemente en nuestro ser instintos de sociabilidad, impulsos espontáneos o irreflexivos, por los cuales la agrupación de los hombres, de material se hace armónica, convirtiéndose en sociedad. El hombre, naturalmente, respeta la jerarquía; se guía por una dirección; se resigna con la desigualdad: esto es esencial de su naturaleza; se ve en la historia, en la calle, en casa, en el cuartel y en el convento; en los niños que organizan sus juegos, y en los malhechores que combinan sus crímenes. ¿Por qué en ocasiones las turbas desbordadas no salen de ciertos límites y vuelven con facilidad a su cauce primitivo? ¿Por qué siempre la resistencia material que oponen a someterse, una vez rebeladas, no está en proporción de su fuerza? ¿Por qué se someten los que valen más y lo saben, a los que valen menos, si ocupan un grado más alto en la escala social? ¿Por qué la consideración que aun en los tiempos de anarquía inspira la autoridad? ¿Por qué, cuando no hay ninguna, se crea inmediatamente por el pueblo, aterrado de no tenerla? Suelen explicarse estos fenómenos con el prestigio de un nombre, o las excelencias de una institución; pero su causa verdadera es que el hombre sociable tiene los instintos de la sociabilidad, y se ajusta a sus condiciones sin reflexionar cómo respira, cómo cierra los ojos cuando se acerca a ellos un objeto que pueda lastimarlos. No hay fuerza humana que destruya la ley natural; el hombre se asocia al hombre porque es condición de vida; podrán variar las condiciones de la asociación, pero ésta subsistirá siempre.

Como la sociedad no puede existir sin trabajar, sin que se hagan todos los trabajos necesarios, todos se ejecutarán. Aunque se levante mucho el nivel de la instrucción, quedarán desigualdades naturales y sociales, y necesidades perentorias; los que sepan o puedan menos, harán la faena más ruda, y si la hacen en mejores condiciones, tanto mejor para ellos y para la justicia. Cuando la instrucción se generalice, la ignorancia no podrá aspirar a los primeros puestos en ninguna línea, ventaja que no necesita encarecerse. Si llegara el caso de que ciertos trabajos no encontraran operarios; de que, por ejemplo, no hubiera mujeres que en húmedos sótanos tejieran, rivalizando con las arañas; ni hombres que contrajeran enfermedades sumergidos en el fondo del mar en busca de cierta clase de ostras, no creo que sean indispensables para la prosperidad y el buen orden las perlas de Oriente y los encajes de Bruselas.

Otra inestimable ventaja de la elevación moral e intelectual de los trabajadores, sería la dignidad del trabajo material. Es hipócrita y mentida esa consideración que se le tributa, aparece en los discursos y en los impresos, pero no está en el corazón de los que para el público hablan o escriben: un hombre decente que se dedicara a un trabajo mecánico, se creería envilecido. En una situación apurada, qué de indignidades no puede cometer, no comete a veces un señor; pero trabajar materialmente, nunca. Las personas más exigentes, las que menos propicias se muestran con él, al enumerar los medios de que puede valerse para vivir, dicen: No ha de coger una espuerta: parece que el trabajo material, para el que tiene o tuvo levita, es de imposibilidad metafísica y evidente. No hay que extrañarlo; la degradación del obrero se refleja en la obra, pero como no hay ninguna esencialmente vil, todas pueden ser ennoblecidas por la dignidad del que las ejecuta. Entre otras pruebas pueden citarse las labores de la mujer. La inferioridad que en ella se suponía, la falta de vida exterior, que limitaba su actividad al hogar doméstico, hicieron que las mujeres hilaran, hicieran media, cosieran, no desdeñando el cuidado de la despensa, y hasta el de la cocina. Aunque muy despacio, algo se ha elevado el nivel intelectual de la mujer, algo ha ganado su dignidad, sin que crea perderla por coser. Una señora, lo mismo que una mujer del pueblo, repasa la ropa de su marido y de sus hijos, y lejos de rebajarse, se cita con elogio a la que, muy mujer de su casa, dirige a la cocinera, la suple si es necesario, o la aventaja en hacer platos esmerados cuando hay un enfermo o quiere obsequiar a los que ama: esto no la impide tocar el piano y ser elegante. He aquí, pues, los trabajos manuales ennoblecidos por la dignidad de la trabajadora, y una prueba concluyente de que no hay en ellos nada esencialmente bajo. Lo que rebaja al obrero, no es hacer mesas o zapatos, es no hacer otra cosa. Se habla de la tiranía del capital; hay otra más dura, la de la opinión, y el codicioso no podría explotar al obrero, si el desdén público no se lo entregase degradado.

Si perjudica tanto al obrero no ejercitar más que sus fuerzas físicas, el dejarlas en la inacción no es menos perjudicial para la gente acomodada cuya decadencia física es mayor cada vez; de ahí señoras nerviosas e histéricas, niños escrofulosos, hombres que no lo parecen, incapaces de sufrir ninguna fatiga, que se precaven de toda intemperie, que evitan todo esfuerzo, y sin la delicadeza de las mujeres, tienen su debilidad. En vano los médicos experimentados y previsores dan la voz de alarma, y dicen que la raza decae, se degrada, predisponiéndose cada día más a una vida enfermiza y a una muerte precoz; en vano recomiendan ejercicios corporales, gimnasia; los señores siguen enervándose en la inacción. He subrayado la palabra ejercicios muy de propósito. ¿Qué médico que esté en su juicio había de aconsejar a un señor trabajos materiales? Que haga gimnasia, es decir, esfuerzos sin más resultado que ejercitar la fuerza, como esos penados ingleses que mueven un molino que no muele. Todo esto parece muy regular y razonable: esperemos que no lo parecerá siempre.

Hay una necesidad industrial, que se ha presentado como fatalmente causadora del embrutecimiento del obrero, la división del trabajo. Se hace una pintura del trabajador, bastante favorecida, cuando él solo hace una obra, ejercitando y perfeccionando en ella variedad de facultades, y se le compara con el que ejercita nada más que una, porque no hace más que una parte, siempre la misma, de un objeto cualquiera. Los pesimistas se han apoderado de este hecho, proclamando la inevitable inferioridad intelectual del obrero moderno, a quien la civilización embrutece más cuanto es más perfecta. Corrijamos las exageraciones y desvanezcamos los errores de que se compone este terrible anatema.

Primeramente, cuando el obrero no tiene educación alguna intelectual, el distinto modo de ejercitar sus fuerzas físicas, en algunos casos no establece diferencia alguna para su espíritu, y en otros, en que produzca alguna, no es esencial. Un obrero hace solamente un palo de cierta forma, siempre el mismo, para una silla; otro, labra todos los que la componen, teje el asiento, y la arma; si los dos carecen igualmente de toda instrucción literaria, si no saben leer ni escribir, ni discurrir, ni pensar, un poco más o menos de variedad en su trabajo mecánico, ¿constituirá una verdadera superioridad intelectual del uno sobre el otro? Y si el que no labra más que un palo, siempre el mismo, recibe educación, ejercita su inteligencia, tiene tiempo de alimentar la vida del espíritu, y le aprovecha, la monotonía de su trabajo material, ¿podrá embrutecerle? Seguramente que no, y ni la diferencia de ocupaciones, puramente mecánicas, establece ninguna esencial entre los operarios, ni éstos se degradan cuando unen al ejercicio material, cualquiera que él sea, el del espíritu.

En segundo lugar, la habilidad del operario que hace siempre la misma cosa, no crece indefinidamente, llega a un máximo del cual no pasa, no puede pasar, y el obrero entonces no hace más que ejercitarla. Resulta de aquí que en vez de una especialidad, pueden tenerse varias, y podrían tenerse aún más si los obreros tuvieran educación intelectual, ya por las facilidades que dan a la práctica los conocimientos teóricos, ya porque es infinitamente más apto para cualquiera labor mecánica el que tiene más cultivada la inteligencia. La variedad de ocupaciones mecánicas, posible ahora, sería fácil para obreros inteligentes, y ventajosísima en las varias vicisitudes y crisis industriales. Los ladrones, sobre todo en algunos países, pueden servir de ejemplo de la perfección con que pueden hacerse varias labores, y también de prueba de cuan poco sirve variar las ocupaciones materiales para los progresos del espíritu.

Sería horrible, y no es exacto, que el progreso material tenga como consecuencia inevitable el atraso intelectual, y que para que una obra sea esmerada y barata, haya que embrutecer a los que la ejecutan. Unas veces se dan los hombres demasiada prisa a generalizar, otras generalizan poco, y muchas más atribuyen al progreso material males que provienen de atraso moral e intelectual. Si el que tiene mayores comodidades no tiene mayor elevación de ideas; si el que recibe más no está dispuesto a hacer mejor; si se aceptan los derechos sin los deberes; si se arregla una vida sin trabajo, y una virtud sin sacrificio, y se cree que la civilización es alfombra, pavo trufado, coche de primera y cigarros habanos, se le hace responsable de males que no son obra suya, que no están fatalmente en los progresos materiales, sino injustamente en los hombres.

No queriendo más desigualdades que aquellas que están en la naturaleza de las personas y en la esencia de las cosas; comprendiendo que si la razón es un bien, no puede ser un mal cultivarla; que la sociedad más perfecta se compone de elementos más perfeccionados; la paz más sólida es la que se cimenta en la justicia; la organización más fecunda la que tiene más fuerzas armónicas; teniendo algún conocimiento de la naturaleza humana y alguna fe en la Providencia divina, no sé qué inconvenientes pueden verse en la sólida instrucción popular, ni qué temor puede inspirar que la humanidad se perfeccione.

Las sociedades antiguas no creían su existencia posible sin esclavos; las modernas no la comprenden sin brutos: confesemos que el progreso, no es grande, y esperemos que las futuras podrán vivir compuestas de seres racionales.