Escena
II
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MARGARITA y
BERTA, por la derecha,
primer término.
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MARGARITA.- ¡Ah!... ¡Berta!... Ven,
acércate. ¿Por qué no te acercas?
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BERTA.- (Desde la puerta,
levantando el tapiz y en voz baja.)
¿Estás sola, Margarita?
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MARGARITA.- Sola estoy; no temas.
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BERTA.- (Acercándose poco a
poco con precaución, y después de mirar a la segunda
puerta del mismo lado.) Pero él....
¿no vendrá?
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MARGARITA.- ¿Hablas de Walter?
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BERTA.- Calla, no pronuncies su nombre.
Sí, de él te hablaba.
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MARGARITA.- Pues nunca viene a esta sala de
propio impulso, y cuando hasta ella, por acaso, acompaña a
Jacobo, ya se le oye bajar la escalera, que su paso lento y firme
hace crujir la vetusta armazón.
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BERTA.- Es que si yo lo viese, si clavase en
mí su mirada... ¡Margarita, hija mía, yo creo
que me moriría de espanto!
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MARGARITA.- Para tal espanto no hay causa, ni
hay razón. Más que a ti me repugna ese feroz hereje,
ese calvinista cruel, que en Francia y en Alemania fue azote de
católicos, que con sangre de nuestros hermanos está
manchado, y que es, aquí en Ginebra, gran consejero de
Calvino; pero entre la repugnancia y el espanto hay buen trecho que
andar, mi pobre Berta.
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BERTA.- Ya; a ti ningún mal puede
hacerte; antes debe estarte agradecido, si de agradecimiento es
capaz Walter; pero a mí... es distinto.
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MARGARITA.- ¿Por qué, Berta?
(Con interés.) ¿Le
conociste en otro tiempo?
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BERTA.-
(Pensativa.) Acaso. ¡Ah!...
¡Suceden cosas, tan extrañas!
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MARGARITA.- Tú me ocultas algún
secreto, madre mía. En las dos semanas que Walter
está en mi casa ni una vez has querido verle, y huyes cuando
él se acerca, como huirías de la muerte.
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BERTA.- Esa es la palabra; como huiría de
la muerte.
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MARGARITA.- Te ruego que me expliques tu
conducta, y callas y lloras.
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BERTA.- ¿Qué otra cosa he de
hacer?
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MARGARITA.- Insisto, y huyes también de
mí. ¡De mí, que te quiero como si fueses mi
madre!
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BERTA.- No; de ti no, hija mía, mi
querida Margarita. Tú eres muy buena y muy hermosa. Hermosa
como las madonas que veíamos en Italia; buena como los
ángeles que tiene Dios en el cielo.
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MARGARITA.- No me adules así, que tal
adulación como ésta dejes tiene de blasfemia.
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BERTA.- No fuera maravilla que a blasfemia
sonase; ¡quién no blasfema teniendo cerca a
Walter!
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MARGARITA.- ¡Otra vez!
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BERTA.- ¡Sí, otra vez! ¡Ah
Margarita!, ¿por qué le admitiste en tu casa?
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MARGARITA.- Por Dios, madre, ¿qué
querías que hiciese? Horrible paroxismo le acomete al pasar
por delante de ella y cae desplomado a sus mismos umbrales; ayuda
nos piden Calvino y Nicolás, que con él
venían; baja Jacobo con nosotros y declara con la autoridad
de su ciencia y la energía de su carácter que en esta
casa ha de quedarse Walter si ha de salvarle la vida..., y
aquí se queda, y aquí le tenemos.
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BERTA.- Mal hecho.
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MARGARITA.- Pero en aquel estado,
¿había de cerrarle mi puerta?
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BERTA.- Si la peste negra llamase a ella, aun
viniendo en compañía de Calvino, que sí
vendría, ¿le abrirías la de tu casa?
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MARGARITA.- ¡Oh Berta, no me digas cosa
tal! Walter es hereje, es infame, es maldito; pero con ser todo eso
es criatura de Dios, y yo no podía rechazar su cuerpo
inanimado, ni negar a su alma, con una hora de vida para ese
cuerpo, el arrepentimiento y la salvación tal vez.
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BERTA.- ¡Ojalá no te pese!
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MARGARITA.- Haga yo lo que deba, y haga
después Dios su voluntad soberana. Esto me
enseñó mi santa madre.
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BERTA.- Eres un ángel; pero los
ángeles no son para esta tierra de herejes. Hija mía,
Conrado volverá pronto, y cuando vuelva...
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MARGARITA.- ¡Seré su esposa!
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BERTA.- ¿Y dejaremos Ginebra para
siempre?
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MARGARITA.- Para siempre, los tres.
¡Aragón me espera con la casa solariega de mis padres,
el cielo de mi patria con su alegre azul!
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BERTA.- ¡Cuándo llegará ese
día!... Pero..., oye.... una trompeta lejana..., es un
pregón...
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MARGARITA.- (Asomándose al
balconcillo.) Sí. ¡Allá, en la
orilla del lago.... un sonido estridente... tortura y dolor
anuncia!... ¡Pero escucha, aquí en la plaza..., otro
pregonero!... Allí lejos le veo..., mantellina negra pende
de su metálica trompeta...; con roncos y destemplados sones
llama a la gente...; eso no anuncia tortura: ¡Anuncia
suplicio!... ¡Dios mío!
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BERTA.- ¿Qué dice?
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MARGARITA.- Nada se oye, está muy
lejos.
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Escena
V
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WALTER y
JACOBO.
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WALTER.- Tendré paciencia; eres mal
cristiano, pero buen médico.
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JACOBO.- Discípulo de Servet.
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WALTER.- ¡Que Dios confunda!... ¡O
que Dios ponga en mis manos, que como en ellas caiga, ya le
confundiré yo!
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JACOBO.- Pues a la obra, Walter, porque cerca
anda.
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WALTER.- ¿Quién?
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JACOBO.- ¿Quién ha de ser? El
«malvado español», como dice Zuinglio.
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WALTER.- (Levantándose con
ímpetu.) ¿Qué?... ¿En
Ginebra?... ¡Servet!... ¿Servet ha venido?
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JACOBO.- Así lo anuncia un pregón
que oí sobre el puente.
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WALTER.- ¡Al fin!... ¡Ah!...
¡Justicia de Dios!... Pero ¿es verdad?
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JACOBO.- Al menos lo suponen los
síndicos.
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WALTER.- Sí; lo será. Él es
osado, y el abismo atrae.
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JACOBO.- (Hablando lentamente, con
tono irónico y como en forma de
pregón.) Pues requeridos los dichos
síndicos por Calvino, en forma de acusación contra el
hereje, «mandan y ordenan a todos los ciudadanos libres de
nuestra libre ciudad de Ginebra que lo denuncien y
entreguen», bajo las penas de costumbre y otras nuevas y
severísimas que lo especial del caso exige. Así
gritaba allá arriba, cuando pasé, un enorme
jayán de destemplada voz, entre cuatro suizos con picas, dos
trompeteros con sendas dalmáticas y buen golpe de gente,
que, desocupada o bobalicona, a escuchar el pregón
acudía de todas las callejas.
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WALTER.- Así; bien hacen; darle caza.
¡Y después, el suplicio, la hoguera, con él su
infame libro, y sobre aquella frente que inspiró
Satanás, una buena corona de paja empapada de azufre! Esto,
no más, hay que prevenir para ese infame discípulo de
Maniqueo.
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JACOBO.- ¡Pobre maestro, quién te
trajo a esta ciudad de Ginebra!
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WALTER.- La voluntad de Dios, que antes de nacer
nos marca a todos camino, y derrotero, y término.
Santificada sea hoy, como siempre, y hoy más que nunca, pues
nos manda a Servet y a su Restitución del
cristianismo, ese libro abominable de que ayer me hablabas con
entusiasmo mal contenido.
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JACOBO.- Pero que, por mi desgracia,
jamás leí.
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WALTER.- Por tu buena fortuna, dirás
mejor; que si en tus manos estuviese, no habrían de servirte
ni tu ciencia, ni la salud que me has dado, ni todas tus artes,
porque a la más negra mazmorra del Consistorio ibas a dar
con tus huesos.
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JACOBO.- Nunca me forjé grandes ilusiones
sobre tu gratitud, Walter.
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WALTER.- La gratitud es crimen cuando ataja el
camino de la justicia.
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JACOBO.- Pues no hablemos de gratitud, hablemos
de justicia; y en ley de justicia te digo que fueras injusto porque
si en mi poder cayese el tal libro, infame o sublime, que poco me
importa lo que sea, yo te juro que no habría de engolfarme
ni en sus metafísicas, que han trastornado el seso a mi
pobre maestro, ni en sus, teologías, que le van aparejando
una buena hoguera de leña verde; y que dando de mano a
Plotino y Porfirio, al mismo Hermes Trismegisto y al
mismísimo Zoroastro, sólo habrían de buscar
mis ojos «una página»... No, «dos
páginas», que serán gloria eterna para el
aragonés. Dos páginas, repito, que no
lograríais quemar, aunque en el brasero amontonaseis
más leña que leña hay en todos los bosques de
vuestras montañas helvéticas; aunque sobre la llama
soplaseis, para avivarla, más odios que odios hay en
vuestros corazones, y eso que cuento con el de Calvino; aunque
levantaseis más fuego en la hoguera, entre católicos,
luteranos y calvinistas, que fuego venís encendiendo hace
veinte años en estas maltrechas y peor aconsejadas tierras,
por campos, ciudades, plazuelas y encrucijadas.
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WALTER.- ¿Dos páginas dices?
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JACOBO.- No más.
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WALTER.- ¿Hay encanto o brujería
en ellas?
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JACOBO.- Y no flojo encanto, ni brujería
de baja ralea, sino de lo más exquisito y alambicado de la
quiromancía.
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WALTER.- ¿Dan muerte?
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JACOBO.- Dan vida y dan gloria; y a la postre,
inmortalidad.
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WALTER.- ¿A quien las lee?
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JACOBO.- ¡No; a ése danle
sólo placer singularísimo, y unas así como
lucecillas por dentro de ese hueso redondo que se llama
cráneo.
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WALTER.- Pues ¿a quién dan
inmortalidad?
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JACOBO.- A quien las escribió.
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WALTER.- ¿A Servet?
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JACOBO.- Ni más ni menos; a Miguel
Servet, aragonés de origen, vecino que fue de Villanueva,
perturbador contumaz de iglesias protestantes, escándalo de
católicos y enemigo a muerte de Calvino.
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WALTER.- Pues entrégame al autor de esas
páginas con las dos famosas que dices, y vuelve en busca de
esa inmortalidad de que hablabas cuando yo te avise.
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JACOBO.- Por el desgraciado Servet
temería la prueba: por ellas no.
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WALTER.- ¿De qué tratan?
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JACOBO.- De un gran misterio.
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WALTER.- ¿De la Santísima
Trinidad?
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JACOBO.- No acertaste.
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WALTER.- ¿Del verbo increado?
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JACOBO.- Menos aún.
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WALTER.- ¿De la gracia? ¿Del
bautismo?
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JACOBO.- Aunque te rompas el tuyo, ni por gracia
das con ello.
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WALTER.- ¿No es nada de eso?
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JACOBO.- Nada de eso, mi sublime
teólogo.
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WALTER.- ¿Pues de qué tratan?
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JACOBO.- De una quisicosa que se llama, o
pudiera llamarse, «la circulación de la sangre».
¿Sabes tú lo que eso significa?
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WALTER.- Sangre he visto correr, y mucha.
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JACOBO.- Y aun has ayudado a que corriese.
¿No es así, Walter?
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WALTER.- A veces; siempre que lo exigió
la religión; cuando lo apeteció la venganza.
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JACOBO.- «Correr» no es
«circular»; es lo contrario.
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WALTER.- ¿Pues por dónde
circula?
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JACOBO.- A lo que yo comprendo, por dentro de
toda tu máquina; ahora mismo y aprisa, por tu cerebro, en
esa danza de picota de que hace poco te doliste.
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WALTER.- Embustes o hechicerías. Si son
engaños, como presumo, buen embaucador es tu maestro; si
fuesen verdades, como supones, ¿de qué las sabe
él? ¿Ni quién se las dijo? ¿Ni
cómo descubrió lo que Aristóteles ignoraba?
Pacto con algún espíritu de las tinieblas
tendrá, y bastará esta prueba, si otras no hubiere,
de que practica magias y hechizos y artes abominables.
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JACOBO.- Será lo que quieras, pero media
vida diera yo por leer ese pasaje de su libro.
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WALTER.- Y como a leer el libro de Servet te
dieses, de la otra media vida yo me encargaba.
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JACOBO.- Gracias, Walter; pero no aspiro a la
gloria de Pedro Gruet, ni apetezco lo que a la pobre Juana
habéis preparado.
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WALTER.- ¿Fallaron los
síndicos?
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JACOBO.- ¿No has oído unas
trompetas destempladas y lúgubres?
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WALTER.- Sí. ¿Acaso eran...?
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Escena
VII
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MARGARITA,
WALTER, JACOBO y NICOLÁS LAFONTAINE, por el
fondo.
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WALTER.- Nicolás, bien venido.
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NICOLÁS.- Walter, bien hallado.
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WALTER.- (A MARGARITA, en voz
baja.) No quiero recordar lo que has dicho, y con no
recordarlo, si mucho hiciste por mí, no hago yo menos en tu
favor.
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NICOLÁS.- (A WALTER.) Ni cuando
argumentabas en el Consistorio te vi color más
encendido.
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WALTER.- La frente me arde; me hierve el pecho;
no estoy bueno, Nicolás.
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NICOLÁS.- Y aun así, argumentabas
cuando llegué.
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WALTER.- La santa doctrina ha de sustentarse
hasta en la hora de la muerte.
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NICOLÁS.- ¿Era contra Jacobo?
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JACOBO.- ¡Dios me libre!
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NICOLÁS.- Entonces..., si no eres
tú... Que..., ¿sería?
(Señalando a MARGARITA.)
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WALTER.- Dudas, que yo quise resolver,
sometió a mi experiencia.
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NICOLÁS.- Consulta te traigo
también, Walter; pero de mayores alturas viene.
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WALTER.- ¿Es de Calvino?
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NICOLÁS.- Precisamente.
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WALTER.- Honor y grande sería para
mí, si en estas materias cupiesen vanidades humanas.
Discutiremos. (Pequeña pausa.)
¿Y se trata...?
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NICOLÁS.- De Servet y de su proceso.
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WALTER.- ¿Dieron con el malvado
español?
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NICOLÁS.- Todavía no; pero se
dará con él.
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WALTER.- ¿De suerte que Calvino por
anticipado se ocupa...?
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NICOLÁS.- De su acusación ante el
Consejo. Yo la sostendré como parte criminal; el hermano de
Calvino será mi fiador; los puntos teológicos vienen
en ese papel.
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WALTER.- ¿Cuántos son?
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NICOLÁS.- Treinta y ocho.
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WALTER.- Con uno me basta para encender su pira
en esa plaza.
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JACOBO.- (Aparte, a MARGARITA.) Y con los
restantes a mí para encender la suya en el infierno.
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WALTER.- ¿Los principales?
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NICOLÁS.- Son éstos. Se le acusa
de negar la Trinidad santísima, la divinidad de Cristo y la
inmortalidad del alma. En fin, aquí están todos.
(Mostrando un papel.)
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WALTER.- Pues ven, ven; ahora mismo quiero
verlos. (Dirigiéndose a la puerta de la
escalerilla.)
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NICOLÁS.- Sin embargo..., si tu cuerpo
anda débil...
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WALTER.- Mi voluntad es fuerte.
(Sigue marchando; NICOLÁS le
sigue.)
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JACOBO.- (Desde su puesto y riendo
irónicamente.) ¿Tu voluntad, Walter?
¿De voluntad hablas? ¿Luego con libre albedrío
te supones? ¡Como yo fuera miembro del Consistorio o del
pequeño Consejo, sin una buena acusación de hereje no
te escapabas de mis manos!
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WALTER.- (Desde lo alto de la
escalerilla y ya junto a la puerta, pero volviéndose a
JACOBO, que está
siempre en primer término.) ¡Pues a
ello, y a ver cómo prueba algo contra mí el
médico famoso de los filtros endiablados!
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JACOBO.- Que tú aprovechas.
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WALTER.- Pero que tú fabricas.
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JACOBO.- ¿Quién es más
culpable?
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WALTER.- El que lo es por oficio.
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JACOBO.- Que da la vida.
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WALTER.- Pues más dijera yo que va la
muerte conmigo. (Salen él y NICOLÁS.)
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Escena
XIII
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MARGARITA,
BERTA, CONRADO y SERVET; los dos últimos, por el
fondo.
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MARGARITA.- Sí, madre; cumplir mi
obligación.
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CONRADO.- (A SERVET, desde que
entran.) ¡Ésa..., ésa es mi
Margarita!...
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JACOBO.- ¡Él!...
¡Servet!...
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BERTA.- (A MARGARITA.) ¡El
proscrito!... ¡El hereje!
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MARGARITA.- (A BERTA.) Lo
sabía. (Adelantando unos pasos hacia
SERVET.)
Señor... (Todo esto,
rápido.)
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SERVET.- Conrado lo ha querido; fuerzas me
faltaban, y cedí a su ruego. Pero al verte, niña
angelical, vacilo entre dos contrarios impulsos: el de la gratitud
me lleva a tus plantas; el del remordimiento me arroja otra vez a
esa triste plazoleta, en donde me recogió Conrado, y que fue
reposo de un instante en esta eterna calle de mi amargura.
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|
MARGARITA.- No harás eso, si de algo
sirve mi súplica.
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JACOBO.-
(Adelantándose.) Eso
harás, si algo vale para Miguel Servet el leal consejo de un
compatriota, de un amigo, de discípulo.
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SERVET.- ¡Ah!... ¡Jacobo!...
¡Mi buen Jacobo! (Se
abrazan.)
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|
JACOBO.- Sí, tu buen Jacobo, que te dice:
huye de esta casa; quiso salvarte, y al abismo te arroja.
(Señalando a CONRADO.)
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CONRADO.- ¡Yo!... ¡Al abismo!
¿De qué modo?
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JACOBO.- Trayéndole a donde está
Walter.
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CONRADO.- ¡Walter aquí!
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JACOBO.- Y por si él no bastase, arriba
tienes a Nicolás Lafontaine.
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CONRADO.- ¡Ira de Dios!...
(A SERVET.)
¡Huyamos!
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SERVET.- ¡Sea! Pero dejadme, dejadme solo;
me fatiga esta lucha. Yo mismo me entregaré al primer
esbirro que encuentre, diciéndole: «Yo soy Miguel
Servet y éste es mi libro; no nos busquéis
más, que al triunfo o al martirio venimos los dos.»
(Dice esto mostrando un libro bajo la ropilla y
hablando con exaltación.)
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CONRADO.- No; eso, no. Pero ven por allí.
(Señalando hacia el fondo.)
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MARGARITA.- Eso, tampoco; por allá, al
pabellón del jardín. (Señalando
la primera puerta de la derecha.)
¿Dónde más seguro que en la misma casa que
ocupa Walter? ¿Quién ha de buscarle en ella?
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CONRADO.- Es cierto.
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JACOBO.- En eso, bien mirado, razón
tienes.
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MARGARITA.- Walter, ya restablecido por
completo, saldrá mañana; tú me lo asegurabas
ha poco. (A JACOBO.) Y
después nos queda la buena sombra de su mala sombra que
sólo por obra de Dios pudo convertirse en algo bueno cosa
tan funesta. Creedme, tan seguro estará aquí Miguel
Servet como jamás estuvo en parte alguna.
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|
CONRADO.- ¡Oh Margarita, si no fuese mi
amor adoración fervorosa para el alma que Dios puso en ti,
orgullo sería sin límites por el peregrino ingenio
que le plugo darte! Ya lo veis; todos perdemos el juicio y el
sentido, menos ella, y la mejor prueba de juicio y de sentido que
nos resta por dar, creedme a mí también, es
obedecerla ciegamente. Al pabellón del jardín.
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|
JACOBO.- Pues sea, que a discreción nadie
le gana, y me doy por vencido. (Con rapidez, como
todo lo que sigue.)
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|
BERTA.- (Aparte.)
¡Dios mío! ¡Ese hombre en nuestra casa!
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MARGARITA.- (A SERVET.) Ven.
|
|
CONRADO.- Sí, Servet, vamos.
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JACOBO.- Y pronto, porque si bajan...
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|
MARGARITA.- No temas; cerré aquella
puerta, y, además, se les oye venir.
|
|
CONRADO.- (Invitando a
SERVET.) No
obstante...
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|
SERVET.- Un momento. Bien pensado, yo no puedo,
pobre niña, aceptar tu sacrificio. ¿Qué culpa
tienes tú de que yo quisiese luchar con Calvino? ¿Ni
menos aún de que el infame, ¡él, un
protestante!.... me delatara a la Inquisición
católica de Francia en el Delfinado? ¿Por qué
has de pagar tú, Margarita, mis imprudencias o sus
crímenes? A Miguel Servet, la hoguera ginebrina, si
éste es su destino; a su verdugo, el fuego eterno de los
réprobos; a vosotros, el amor, la felicidad, la vida.
(Dirigiéndose a CONRADO y a MARGARITA.)
Adiós; Él os bendiga, por el bien que me
habéis hecho. (Quiere salir, pero CONRADO y MARGARITA le
detienen.)
|
|
MARGARITA.- No, Servet. Conrado te debe la vida,
¿no es cierto?
|
|
SERVET.- A mí, no; a Dios.
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|
CONRADO.- Y a la ciencia y a la caridad que Dios
puso en ti.
|
|
MARGARITA.- (Con
entusiasmo.) Pues si él vive por ti, no
sería mucho, aunque los dos te diésemos la vida que
te debemos.
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|
CONRADO.- (A MARGARITA, con ansia.)
¡No; calla! ¿Morir tú? ¡No; eso, no! Pero
¿quién habla de morir? ¿Qué mezquinos
alientos tenéis? ¿No está enfrente el lago?
¿No hay barcas que lo crucen? ¡Pues dentro de dos o
tres días, a Zurich, y eres libre, y Calvino se abrasa de
ira en su propio fuego, por no lograr abrasarte en el de sus
hogueras!
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|
SERVET.- (Tristemente; luego, con
animación) ¡No me persuadas, Conrado!
¡No hay para mí paz, ni descanso, ni albergue seguro
en ningún rincón del globo! Me odian por igual
católicos y protestantes; malvado español,
me llaman todos. Alemania, y Francia, y Suiza, condenan mis obras a
una voz, lo mismo la Geografía de Tolomeo, que la Biblia,
anotada, que La restitución del Cristianismo.
Sentencias de muerte llueven sobre mí, como fuego del cielo;
oía esta tarde pregonar mi cuerpo, y aún zumbaba en
mis oídos el lúgubre vocear del pregonero de
Lyón.
|
|
CONRADO.- ¡Servet, mi buen amigo!...
|
|
SERVET.- ¡Sí; bien trataban a tu
buen amigo en el Delfinado!
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CONRADO.- Por Dios, Servet, habla más
bajo y calma tu delirio.
|
|
JACOBO.- (Queriendo
llevarle.) Adentro, Servet, que ya más tarde
nos contarás tu historia.
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|
SERVET.- No; es inútil. Saldré de
esta casa, volveré a la hospedería de la Rosa, y que
Dios disponga de mí lo que sea servido. ¡Ah! ¡Si
yo os digo que Miguel Servet nació para consumirse en las
llamas, qué mucho que entregue esta carne miserable a las de
una hoguera, si las de la ciencia han abrasado todo mi pensamiento,
si las del amor divino han inflamado, sublimándolo, mi
espíritu (Animándose por grados, a
pesar de las muchas protestas de todos, y reuniéndolos a su
alrededor.) ¡Por eso, por eso me odia Calvino!
¿No lo sabíais? No soy yo, es este libro la causa de
su inquina. La restitución del Cristianismo,
¡esto, esto es lo que le muerde en las entrañas, y por
esto le asaltan a una, como tres furias, la envidia, la rabia, y la
impotencia!
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|
JACOBO.- Basta, por Dios santo.
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|
SERVET.- (Exaltándose cada
vez más.) No, si no le temo; llegué a
Ginebra y fui el mismo día al templo donde predicaba.
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|
CONRADO.- ¡Insensato!
|
|
SERVET.- ¡No! ¡Calvino, él,
él el insensato! Espíritu frío, seco,
estrecho, jamás sintió sobre su frente, en las largas
hozas de la silenciosa noche, el beso místico de su Dios,
¡y yo sí! El misterio de la Trinidad, el más
profundo de cuantos rodean la esencia eterna del solo Dios, ante
cuya grandeza me humillo, fue para él, como para todos,
misterio incomprensible, símbolo vacío, cancerbero
espantable, como yo le digo aquí. (Golpeando
el libro.) Algo, en suma, que no está hecho
para espaciarse por su frente, más estrecha y más
oscura que correaje pastor luterano. En cambio, mi Dios no ha
tenido para mí ni sombras ni misterios, y lo siento todo luz
en mi alma, toda fuego.
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|
CONRADO.- En él acabarás, si no
atajas los insensatos vuelos de tu fantasía.
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|
JACOBO.- Ven, Servet; Walter y Nicolás
pueden sorprendernos.
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MARGARITA.- ¡Sí, por Dios!
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BERTA.- (Aparte.)
¡Ah, este hombre ha de perdernos al perderse!
(Dicen lo que precede afanándose todos, menos
BERTA, que está en
acecho alrededor de SERVET.)
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|
SERVET.- (Como volviendo en
sí.) Perdonad; tenéis razón.
Pero ¡hace tanto que no puedo contar a nadie estas cosas!...
Adiós, niña; no quiero trocar tus bodas en funerales;
sé feliz. Adiós, Conrado; eres digno de ella.
Adiós, Jacobo; en tu frente hay luz, y fuego en tu alma.
¡Adelante!... Adiós, amigos míos; dejadme
salir.
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CONRADO.- Pero ¿tú imaginas que yo
he de permitirlo?
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MARGARITA.- No, Servet; no es posible.
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CONRADO.- Aunque tengamos que atarte como a un
loco, aquí te quedas.
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JACOBO.- Y, bien mirado, quedarás,
maestro, como lo que eres.
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SERVET.- (Sigue
andando.) ¡Sois muy buenos!... Pero es
preciso.
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CONRADO.- (Poniéndose
delante.) ¡No!
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MARGARITA.- ¡Servet!...
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JACOBO.- ¡Oh! ¡No le
detengáis! ¡Sí él lo quiere! Corre,
corre al abismo; entrégate a Calvino, entrégale ese
libro, ¡y ya verás cómo no sólo tu
cuerpo, sino tu nombre, tu gloria, tus portentosas creaciones, tus
admirables descubrimientos, todo es humo, que un instante se mece
sobre esa colina, que por algo se llama el Campo del Verdugo, y que
luego la brisa del lago se lleva a sus montañas para
siempre! ¿Quién fue Servet? Un insensato o un brujo,
a quien quemaron en Ginebra. Sigue, maestro, sigue.
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SERVET.- (Que, al oír las
primeras palabras de JACOBO, se detuvo y escuchó
atentamente, se va acercando al proscenio poco a
poco.) ¡No!... ¡Mi libro, no!
(Apretándolo contra su pecho.)
En eso, verdad dices. Sólo quedan dos ejemplares en el mundo
de toda la edición de Baltasar Arnollet y de Guillermo
Gueroult. ¡Los demás los han quemado! ¡Los han
destruido! ¡Ya no son! Pero ¿comprendes tú
esto? ¡Infames! ¡Impíos! ¡Malvados!...
Toma, Jacobo; toma, hijo mío; guárdalo, ¡es mi
alma, mi alma entera, abrasada en el amor de Cristo, lo que
aquí te entrego!
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JACOBO.- ¿A mí?... ¡A
mí tu libro!... ¡Ah!... ¡Sí!...
(Con loca alegría. Desde este momento,
él también se exalta y aparece tan loco como
SERVET.)
¡Sí, maestro, dame!... ¡Ah.... por fin!
¡Por fin lo tengo.
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SERVET.- Tú lo pondrás a salvo,
¿no es verdad?
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JACOBO.- (Apretándolo
contra su pecho.) Antes perderé mi vida que
perderlo. Aquí está el gran misterio. ¿No
está aquí? (Los dos, separándose
de los demás personajes, van a colocarse a la izquierda,
cerca de la mesa, y allí hablan en voz no muy alta, pero con
exaltación mal contenida. Quedan, pues, divididos en dos
grupos: a la izquierda, SERVET y JACOBO; a la derecha, MARGARITA, BERTA y CONRADO.)
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SERVET.- ¿El del hombre-Dios? Sí;
ahí está.
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JACOBO.- No es eso.
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SERVET.- ¡Ah!, ¿el del Dios trino?
También está.
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JACOBO.- No, maestro; tu gran descubrimiento, tu
gloria imperecedera, tu adivinación maravillosa.
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SERVET.- ¿Cuál mayor gloria, ni
maravilla mayor que las dichas, ni quién, antes que yo, las
pudo comprender?
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JACOBO.- No hablo de esas teologías,
Servet.
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SERVET.- ¡Ah! Tú vuelas firme, pero
no tan alto. El de la Encarnación. Por él me
preguntas.
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JACOBO.- Más bajo aún, pero
más firme.
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SERVET.- Pues no sé.
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JACOBO.- Maestro, el misterio de la vida humana:
¡el de la circulación de la sangre!
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SERVET.- (Con
desdén.) Ya..., ¡era eso! Sí,
ahí está. Pero ¿qué importa ni
qué vale, pobre Jacobo? (Entre tanto, hablan
en voz baja, dando muestras de impaciencia y señalando hacia
ellos, MARGARITA,
BERTA y CONRADO. En el calor de la
conversación, y como buscando algún pasaje, pone
JACOBO el libro sobre la
mesa y lo abre y examina, discutiendo con SERVET.)
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BERTA.- ¡Ah, qué tiempos y
qué hombres, y cómo desprecian la vida cuando se
enfrascan en sus sueños y delirios!... ¡Su vida... y
la de los demás!...
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CONRADO.- (Dirigiéndose a
JACOBO.)
Loco estás tú también, Jacobo, tanto como tu
maestro; con su teología, él; tú, con tu
ciencia, y sobre ambos van a caer Walter y Nicolás, que
será dar que reír al diablo y dar nuevos
huéspedes a los calabozos del Consistorio.
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JACOBO.- (Como volviendo en
sí.) Bien dices. Sigue a Conrado.
(A SERVET,
dejando abierto el libro sobre la mesa.)
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CONRADO.- Ven conmigo.
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SERVET.- No; he de ir solo y por allí.
(Se dirige al fondo; en la puerta le detiene
CONRADO.)
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JACOBO.- (Se aproxima al grupo que
en el fondo forman SERVET
y CONRADO.)
¡Ah, maldita obstinación, y qué cara has de
pagarla!
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CONRADO.- Que no pasas. ¡Ni Aragón
y Navarra juntos han de ganarme en terquedad!
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SERVET.- ¡Conrado!
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MARGARITA.- (Acercándose a
la segunda puerta de la derecha y prestando
oído.) ¡Pronto! Creo que bajan; hay
tiempo, pero el preciso no más.
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BERTA.- ¡Sí, ya viene; por Dios y
su Santísima Madre, huid!
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SERVET.- Adiós, ¡adiós para
siempre! (Los personajes están colocados en el
orden siguiente: MARGARITA
y BERTA, a la derecha,
segundo término; la primera ha subido los escalones y
está junto a la puerta; la segunda, al pie de la escalera.
SERVET, CONRADO y JACOBO, en el fondo; SERVET, pugnando por salir; los otros
dos, cerrándole el paso. En todos, profunda ansiedad; hablan
en voz muy baja y con rapidez.)
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CONRADO.- ¡Pues, no pasas, aunque todos
nos perdamos contigo!
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MARGARITA.- ¡Pronto!... ¡Pronto!
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JACOBO.- ¡Por ella al menos!
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BERTA.- (Huye de la escalerilla y
viene a colocarse en la puerta del primer término,
disponiéndose a salir.) ¡Aquí
están!
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WALTER.-
(Golpeando.) ¿Quién
cerró?... ¡Eh!... ¡Margarita!
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SERVET.- (Dirigiéndose a la
derecha.) ¡Ah!.... pues bien..., por ella....
¡pero mañana!
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BERTA.- (Llamándole desde
la puerta.) ¡Venid!
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JACOBO.-
(Acompañándole desde la puerta del
fondo hasta la primera de la derecha. El mismo movimiento hace
CONRADO.)
Sí.... pronto...
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WALTER.- (Golpeando la
puerta.) ¡Margarita!... ¡Jacobo!...
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SERVET.- ¡Ira de Dios!... ¡Esa es la
que caerá sobre ti!... (Deteniéndose un
instante. BERTA y
SERVET salen por la
derecha.)
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CONRADO.- ¡Gracias al Cielo!
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MARGARITA.- (Disponiéndose
a abrir la puerta.) ¿Ya?
(Preguntando a JACOBO.)
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JACOBO.- Sí.
(Después de pronunciar esta palabra, y
mientras MARGARITA abre la
puerta, recuerda que el libro quedó sobre la mesa, y se
precipita a recogerlo.) ¡Ah!
(Dirigiéndose a la mesa.)
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Escena
XIV
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MARGARITA,
CONRADO, JACOBO, WALTER y NICOLÁS. La colocación y
movimiento de los personajes son los siguientes: MARGARITA, cuando JACOBO dice que sí, abre la
puerta, baja los escalones y se retira a un lado. WALTER y LAFONTAINE aparecen en ese momento, y
queda WALTER dominando la
escena desde lo alto de la pequeña escalera. CONRADO, en la puerta de la derecha.
JACOBO se ha precipitado
para coger el libro de sobre la mesa, pero ya WALTER está en lo alto de la
escalerilla y sorprende este primer impulso. Empieza a anochecer:
poca luz en la escena.
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WALTER.- (A JACOBO, deteniéndole con el
ademán y hablando con enojo.) ¿Por
qué huías? ¿Qué llevas ahí?
¿Quién cerró la puerta? ¿Somos fieras
para enjaularnos de este modo? (Bajando los escalones
y avanzando. NICOLÁS le
sigue.) Y tú, Margarita, ¿es
así cómo honras y respetas a tus huéspedes?
¡Hola, hola!... ¿Aumentó el ilustre senado?
¿Quién es aquél?
(Señalando a CONRADO.) ¿No
contestáis?
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JACOBO.- Ni huía, ni sé
quién os enjauló, como tú dices. Y si de
enjaular se tratase, ten por cierto que no sois vosotros quienes
más lo merecen. En cuanto a lo que llevo en este libro,
pregúntaselo a la droga endiablada que te dio la vida, que
de él ha salido.
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NICOLÁS.- (A WALTER, en voz baja.)
Serenidad finge y muy oscuro está para verle el rostro, pero
no sé qué turbación hay en su acento.
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WALTER.- (A MARGARITA.) Y
tú, ¿nada dices?
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MARGARITA.- Digo que mía fue la
inadvertencia, señor.... y has de perdonarme... Por lo
demás, conversábamos cuando llegasteis..., y nada
oímos... Y ése.... ése... es mi prometido.
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WALTER.- Muchas cosas pregunté, y en
montón y sin orden van llegando las respuestas.
¿Dices que tu prometido es aquél?
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MARGARITA.- Sí, señor.
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WALTER.- (A CONRADO, que permanece en la primera
puerta derecha.) ¿Suiza por patria?
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CONRADO.- No; España.
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WALTER.- ¿Castellano?
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CONRADO.- Aragonés.
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WALTER.- ¿Tu nombre?
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CONRADO.- Conrado.
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WALTER.- ¿Conrado? ¡Ah, Conrado!...
Sí; ¿por qué no? (Pequeña
pausa. Los personajes están en el orden siguiente, de
izquierda a derecha: JACOBO, NICOLÁS, WALTER, MARGARITA, CONRADO. NICOLÁS observa con curiosidad
a JACOBO, que se muestra
un tanto inquieto.) Casi con enojo me hablas, y, sin
embargo, me agrada tu voz. Hay en ella no sé qué que
me complace y me regocija. El espíritu de gracia debe de
estar contigo. Sigue, di más; ya te oigo.
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JACOBO.- Dios os guarde. (Haciendo
un movimiento para salir.)
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WALTER.- Espera, te necesito; mi cabeza va cada
vez peor; pero no me interrumpas. Ven, Conrado, quiero ver tu
rostro, y en esta sala ya no hay luz. Acerquémonos a esa
ventana y aprovechemos la última claridad del
crepúsculo. (Le lleva a la
ventana.)
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NICOLÁS.- (Aparte, y
observando a JACOBO y su
libro.) Yo conozco otro libro muy parecido a
ése. De las prensas lionesas..., o algo así..., ha
salido; no hay más. Sabueso soy de herejías, y cuando
este médico lo guarda y lo acaricia, no hay que decir si
merecerá un buen rescoldo. (Se acerca
más a JACOBO;
éste se retira, le alcanza, sin embargo, y hablan en voz
baja, señalando el libro.)
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WALTER.- El mismo noble reposo que hay en tu
voz, hay en tu mirada, mancebo. Pero aguarda...; no hay duda...;
sí.... yo te he visto otra vez.
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CONRADO.- ¿A mí?
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WALTER.- Ciertamente.
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CONRADO.- ¿En dónde?
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WALTER.- Junto al lago.
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CONRADO.- ¿Cuándo?
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WALTER.- Una tarde.
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CONRADO.- No lo recuerdo.
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WALTER.- Yo, sí; escucha.
(Viene con CONRADO al primer término
MARGARITA se acerca; los
tres forman un grupo. Otro grupo, JACOBO y NICOLÁS. El primer grupo, hacia
la derecha; el segundo, algo retirado, pero hacia la
izquierda.) Salía enojado del Consistorio,
esa tarde que te digo, por no sé qué disputa
teológica; abrasaba mi frente; mis labios estaban secos,
irresistibles impulsos de destrucción se agitaban en el
fondo de mi ser. Llegué junto al lago, caí sobre una
piedra que de banco servía; en un grueso tronco apoyé
la espalda, sobre su ruda corteza mi sien para contener sus
latidos, y cerré los ojos. ¿Dormir?, creo que no,
¿Pasó mucho tiempo?, no lo sé.
¿Logré descansar?, eso sí; descansó mi
cuerpo y descansó mi espíritu. Sobre mi abrasado
rostro sentía la fresca brisa del lago, los tibios rayos del
sol poniente, no sé qué efluvios dulces, consolados y
amorosos, como los de otros tiempos que ya pasaron. Abrí los
ojos y tú estabas cerca y me mirabas distraído; pero
no eras nota discordante en toda aquella armonía; antes
bien, en la primera vaguedad del despertar, porque ahora creo que
había dormido, me figuré que luz y calor, y brisa y
efluvios emanaban de un solo foco, y que ese foco de misteriosa
calma... eras tú... ¡Pero bravas cosas te estoy
diciendo, y bueno es que Walter ande al fin de sus años con
mimos y lagoterías!
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CONRADO.- No tienes en verdad esa fama.
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WALTER.- Ni tampoco la apetezco. Todo ello es
que yo conozco y distingo al primer golpe de vista los
réprobos y los elegidos, y conocí que eras uno de los
últimos. Mancebo, sé feliz.
(Volviéndose.) ¿Y
tú, qué haces, Nicolás, que no llevas mis
notas a Calvino? (Los personajes quedan de izquierda
a derecha, en el orden siguiente: JACOBO, NICOLÁS, WALTER, CONRADO y MARGARITA; los tres primeros, hacia el
segundo término; los dos últimos, en el
primero.)
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NICOLÁS.- Disputaba con Jacobo.
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WALTER.- ¿Sobre qué?
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NICOLÁS.- Asegurábale yo que ese
libro no es de prensa lícita y conocida.
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WALTER.- ¿Y él?
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NICOLÁS.- Lo negaba.
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WALTER.- ¿Y acabasteis la disputa?
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NICOLÁS.- No acabó, que antes se
encrespaba cuando tú nos interrumpiste, y a punto
estábamos, de ponerle yo cien coronas de oro contra un
maravedí de Castilla.
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WALTER.- ¿Y aceptó él?
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NICOLÁS.- No quiso.
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WALTER.- Pues pronto se desvanece la duda en
viendo el libro.
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JACOBO.- ¿Dudas? Yo no las tengo.
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NICOLÁS.- Pero yo sí.
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JACOBO.- Pues buen provecho te hagan, que con
ellas te dejo. (Al decir esto pasa delante de
NICOLÁS y quiere
salir.)
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WALTER.- Mal corazón y buena
descortesía.
(Deteniéndole.)
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JACOBO.- Él responde de ella.
(Golpeándose el pecho.)
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MARGARITA.- (En voz baja, a
CONRADO.)
¡Dios mío!
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CONRADO.- (Lo mismo, a
MARGARITA.)
Silencio.
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WALTER.- Dame ese nido de víboras.
(Extendiendo el brazo. CONRADO deja a MARGARITA y va a colocarse al lado de
JACOBO.)
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JACOBO.- Lo mío es mío, y nadie
pone en ello mano sin que yo se la taladre con este hierro.
(Golpeando el puñal.)
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WALTER.- Nadie que no tenga derecho, pero
ése lo tiene.
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NICOLÁS.- Y por tenerlo...
(Intenta coger el libro. JACOBO retrocede hacia la derecha y
queda junto a WALTER: con
una mano, como para huir de NICOLÁS, retira el libro, que
de este modo queda al alcance de WALTER, con la otra coge el
puñal y hace frente a LAFONTAINE.)
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JACOBO.- ¡Ni tú ni el mismo
Calvino!
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WALTER.- Pues, en su nombre te lo arranco!
(Le quita el libro.)
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JACOBO.- ¡Miserable!
(Puñal en mano se arroja sobre WALTER. CONRADO le contiene: después
los dos vienen al primer término y con MARGARITA forman un grupo. Los gritos
que siguen casi simultáneos.)
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CONRADO.- ¡Jacobo!
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MARGARITA.- ¡No!
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WALTER.- (A NICOLÁS, que se dirige a
él, dándole el libro.) Toma y mira.
(NICOLÁS, mirando el libro junto
a la ventana; delante y como defendiéndole, WALTER; más allá,
formando un grupo, JACOBO,
CONRADO y MARGARITA.)
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MARGARITA.-
(Aparte.) ¡Dios mío!
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CONRADO.- (Aparte, a JACOBO.) Calma....
calma, Jacobo.
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JACOBO.- ¡Déjame, déjame,
Conrado!... ¡Yo basto para los dos!... ¡Ese libro es
mío!... ¡Es mío!
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WALTER.- (A NICOLÁS.)
¿Qué es ello: árabe o turco?
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NICOLÁS.- Espera.... ¡por
Cristo!... ¡No!... ¡Me engaña el deseo!
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WALTER.- ¿Qué ves?
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NICOLÁS.- Detén a ese hombre.
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JACOBO.- (Recobrando la
serenidad.) No huía.
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WALTER.- (A NICOLÁS.)
¿Qué libro es ése?
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JACOBO.- El de Servet. Yo te lo digo antes que
él te lo diga.
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WALTER.- No es cierto.
NICOLÁS-Lo
es.
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WALTER.- (Poniéndole la
mano en el hombro.) ¡Ah!... En nombre del
Consistorio, eres mío.
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JACOBO.- No es maravilla que ha tiempo di mi
alma al diablo.
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CONRADO.- ¡Walter!, él te
salvó.
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WALTER.- De salvarle trato.
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MARGARITA.- ¡Te dio la vida!
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WALTER.- ¡La del cuerpo y la del alma voy
a procurarle! (Volviéndose a NICOLÁS.) Avisa
a Calvino: vuelve con gente; yo entre tanto de él respondo,
y bien pronto ha de ver la cristiandad regocijada cómo
Ginebra reprime herejías, consume réprobos y aplica
la ley del Dios de las justicias a los impíos que hicieron
rebosar la copa de sus misericordias.
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TELÓN
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