-¡Basta señor Crevel basta! -dijo la señora de Hulot, sin disimular más su disgusto y dejando resplandecer sobre su rostro toda su bondad.- Ahora me veo castigada mucho más de lo que a mi pecado corresponde. Mi conciencia, retenida violentamente por la mano de hierro de la necesidad, me dice ante este último insulto que tales sacrificios son imposibles. Ya no tengo más orgullo, ya no me indigno como antes, ya no le diré: «¡Salga usted de aquí!» después de haber recibido este golpe mortal. He perdido el derecho, pues me he ofrecido a usted como una prostituta... Sí -repuso ella, respondiendo a un gesto negativo-, he manchado mi vida, pura hasta ahora, con una intención innoble, y ya sé que no tengo excusa. Merezco todas las injurias que usted quiera echar sobre mí. ¡Que se cumpla la voluntad de Dios! Si desea la muerte de dos seres dignos de ir hacia Él, que mueran... Lloraré y rezaré por ellos. Si quiere la humillación de nuestra familia, inclinémonos bajo la espada vengadora, y siendo, como somos, cristianos, besémosla. Ya sé cómo expiar esta vergüenza de un momento que será el tormento del resto de mi vida. Ya no es la señora de Hulot la que le habla, caballero sino la pobre, la humilde pecadora, la cristiana cuyo solo sentimiento, el de arrepentirse, y que se entregará por completo a la oración y a la caridad. Yo sólo puedo ser ya la última de las mujeres y la primera de las arrepentidas por la fuerza de mi falta. Usted ha sido el instrumento que me ha hecho volver a la razón, a la voz de Dios, que ahora habla en mí. Le doy las gracias.
Temblaba con aquel temblor que desde aquel momento ya no la abandonó más. Su voz, llena de dulzura, contrastaba con la febril palabra de la mujer decidida a deshonrarse para salvar a una familia. La sangre se alejó de sus mejillas, perdió el color y sus ojos quedaron secos.
-Por otra parte, qué mal desempeñaba mi papel, ¿verdad? -repuso ella, mirando a Crevel con la dulzura que los mártires debían poner en sus ojos al mirar al procónsul-. El amor verdadero, el amor santo y fiel de una mujer tiene placeres muy distintos de los que se compran en el mercado de la prostitución... Mas ¿para qué estas palabras? -dijo, volviendo sobre sí misma y dando un paso más hacia la senda de la perfección-. Parecerían irónicas, y yo no las siento. ¡Perdonádmelas! Por otra parte, señor, quizá no haya querido herir más que a mí misma...
La majestad de la virtud y su luz celestial habían barrido la impureza pasajera de aquella mujer que, resplandeciente con la belleza que le era propia, pareció agrandarse ante los ojos de Crevel. Adelina fue en aquel momento sublime, como esas figuras de la religión, sostenidas por una cruz, que los antiguos venecianos pintaron; pero además expresaba toda la grandeza de su infortunio y la de la Iglesia católica, donde ella se refugiaba en un vuelo de paloma herida. Crevel quedó deslumbrado, ensordecido.
-Señora, soy suyo incondicionalmente -dijo en un impulso de generosidad-. Vamos a examinar el asunto. ¿Qué quiere usted? Aunque me pida lo imposible, lo haré. Depositaré papel en el Banco, y dentro de dos horas tendrá usted su dinero.
-¡Dios mío!, ¡qué milagro! -dijo la pobre Adelina, echándose a sus pies.
Recitó una plegaria con una devoción que conmovió tan profundamente a Crevel, que la señora Hulot le vio algunas lágrimas en los ojos, cuando se puso en pie, terminada su oración.
-Señor, sea usted amigo mío -le dijo-. Usted tiene el alma mejor que la acción y que la palabra. El alma se la ha dado Dios, mientras que las ideas le provienen del mundo y de sus pasiones. ¡Oh, cuánto le querré a usted! -exclamó con un amor angelical, cuya expresión contrastaba singularmente con sus malvadas coqueterías.
-No tiemble usted así -dijo Crevel.
-¿Acaso tiemblo? -preguntó la baronesa, que no notaba aquel achaque tan rápidamente adquirido.
-Sí; mire usted -dijo Crevel, tomando el brazo de Adelina y haciéndole ver que tenía un temblor nervioso-. Vamos, señora -repuso con respeto-, cálmese; yo voy ahora al Banco...
-¡Vuelva usted pronto! Piense usted amigo mío -dijo ella, entregando sus secretos-, que se trata de impedir el suicidio de mi pobre tío Fischer, comprometido por mi marido, pues ahora que confío en usted se lo diré todo. ¡Ah! Si no llegamos a tiempo, conozco la delicadeza del mariscal, y sé que le costaría la vida.
-Entonces, me voy -dijo Crevel, besando la mano de la baronesa-. Pero ¿qué ha hecho ese pobre Hulot?
-Ha robado al Estado.
-¡Ah! ¡Dios mío! Corro, señora; la comprendo a usted y la admiro.
Crevel hincó una rodilla en tierra, besó la falda de la señora de Hulot y desapareció diciendo:
-Hasta pronto.
Desgraciadamente, para ir de la calle de Plumet a su casa, a coger los títulos, Crevel hubo de pasar por la calle de Vanneau y no pudo resistir al deseo de ver a su duquesita. Llegó con el rostro aún descompuesto. Entró en el cuarto de Valeria y la encontró peinándose. Ésta examinó a Crevel en el espejo, y extrañole, como a toda esa clase de mujeres, sin saber nada aún, al ver con una emoción tan fuerte de que ella no era la causa.
-¿Qué tienes, mono mío? -le dijo a Crevel-. ¿Se entra acaso así en casa de su duquesita? No seré ya para usted una duquesa, caballero, pero soy siempre su nena, viejo monstruo.
Crevel respondió con una sonrisa triste y señaló a Reina.
-Reina, hija mía, basta por hoy. Yo misma acabaré de peinarme. Dame la bata chinesca, pues mi señor me parece lindamente achinado.
Reina, muchacha cuyo rostro estaba picado como una espumadera y que parecía haber sido hecha expresamente para Valeria, cambió una sonrisa con su ama y le llevó la bata. Valeria quitose el peinador. Estaba en camisa y se metió en su bata como una culebra bajo la alfombra de hierba.
-¿Diré que no está en casa la señora para nadie?
-Es claro -dijo Valeria-. Vamos a ver, gatito mío, ¿qué pasa? ¿Ha bajado el papel de la ribera izquierda?
-No.
-¿Temes que el palacio se encarezca?
-No.
-¿Crees acaso que no eres el padre del pequeño Crevel?
-¡Qué tontería! -replicó el hombre, seguro de ser amado.
-Pues a fe que no te entiendo -dijo la señora Marneffe-. Pues mira, yo, cuando tengo que sacar las penas como quien saca los corchos de las botellas de Burdeos, lo dejo todo... Conque vete, me cargas.
-Si no es nada -dijo Crevel-. Necesito doscientos mil francos para dentro de dos horas.
-¡Oh! Ya los encontrarás. Mira, yo no he empleado los cincuenta mil francos del juicio verbal de Hulot, y puedes pedirle cincuenta mil francos más a Enrique.
-¡Enrique! ¡Siempre Enrique! -exclamó Crevel.
-Pero gran Maquiavelo en agraz, ¿crees acaso que yo voy a despedir a Enrique? ¿Francia desarmaría su flota? Enrique es el puñal en su vaina colgado de un clavo. Ese muchacho -dijo ella- me sirve para saber si me quieres, y hoy veo que no me quieres.
-¿Que no te quiero, Valeria? -dijo Crevel-. Te quiero más que a un millón.
-No es bastante -respondió ella, sentándose en las rodillas de Crevel y pasándole ambos brazos en torno del cuello, como alrededor de una pátera para colgarse de ella. Quiero ser amada como diez millones, como todo el oro de la Tierra, y más aún. Enrique no permanecería cinco minutos sin decirme lo que llevaba dentro. Vamos a ver: ¿qué te pasa, mono mío? Cuéntaselo todo a tu nenita.
Y frotaba el rostro de Crevel con sus cabellos, retorciéndole la nariz.
-¿Será posible tener una nariz semejante -repuso- y guardarle un secreto a su Vava-lele-riaria?
Cuando decía Vava, la nariz poníala hacia la izquierda; cuando decía lele, a la derecha, y cuando decía riaria, la volvía a poner en su sitio.
-Pues bien, acabo de ver...
Crevel se detuvo y miró a la señora Marneffe.
-Valeria, joya mía, ¿me prometes por tu honor, es decir, por el nuestro, no decir nunca una palabra de lo que voy a decirte?
-¡Entendido, alcalde! Levanto la mano..., mira, y hasta el pie.
Se puso de un modo capaz de volver a Crevel, como ha dicho Rabelais, limpio de cerebro hasta los talones; tan atrevido y sublime fue el desnudo visible a través de la niebla de la batista.
-Acabo de ver la desesperación de la virtud.
-¿Es que tiene virtud la desesperación? -dijo Valeria, meneando la cabeza y cruzándose de brazos a lo Napoleón.
-Esa pobre señora de Hulot necesita doscientos mil francos; si no, el mariscal y el padre Fischer se levantarán la tapa de los sesos; y como tú eres en parte la causa de todo esto, mi duquesita, yo voy a reparar el mal. ¡Oh, la conozco, es una santa mujer y me lo devolverá todo!
Al oír la palabra Hulot y la cantidad de doscientos mil francos, Valeria lanzó una mirada que cruzó por entre sus largas pestañas como el resplandor de un cañonazo.
-¿Pero qué te ha hecho esa vieja para inspirarte lástima? ¿Qué te ha enseñado? ¿Su religión?
-No te burles de ella, corazón mío, porque es una noble, santa y piadosa mujer, digna de respeto.
-¿Yo no soy también digna de respeto? -dijo Valeria, mirando a Crevel con aire siniestro.
-Yo no digo eso -respondió Crevel, comprendiendo lo mucho que aquel elogio de la virtud debía herir a la señora de Marneffe.
-Yo también soy piadosa -dijo Valeria, yendo a sentarse en su sofá-; pero no comercio con la religión y me escondo para ir a la iglesia.
Permaneció callada y no hizo ya caso de Crevel. Éste, excesivamente inquieto, fue a ponerse ante el sofá donde se había hundido Valeria, y la encontró sumida en las ideas tan tontamente despertadas.
-Valeria, ángel mío.
Profundo silencio. Una lágrima bastante problemática fue enjugada furtivamente.
-Una palabra, nena mía.
-¡Caballero!
-¿En qué pensáis, amor mío?
-¡Ah, señor Crevel! Pienso en el día de mi primera comunión. ¡Qué hermosa estaba! ¡Qué pura! ¡Qué santa! ¡Que inmaculada! ¡Ah! Si alguien hubiera ido a decir a mi madre: «Su hija será una arrastrada: engañará a su marido. Un día, un comisario de Policía la encontrará en una casita, vendiendo a Crevel para engañar a Hulot, dos viejos horribles...»¡Puah!... ¡Ah! La pobre mujer me quería tanto, que habría muerto antes de acabar la frase.
¡Cálmate!
-Tú no sabes cuánto es preciso amar a un hombre para imponer silencio a estos remordimientos que vienen a herir siempre el corazón de una mujer adúltera. Me molesta que Reina se haya ido, porque te habría dicho que esta mañana me encontró llorando y pidiendo perdón a Dios. Mire usted, señor Crevel, yo no me burlo nunca de la religión ¿Me ha oído usted alguna vez hablar mal de ella?
Crevel hizo un gesto negativo.
-Hasta prohíbo que hablen delante de mí. Yo charlaré acerca de todo lo que se quiera: de los reyes, de política, de hacienda, de todo lo que hay de más sagrado para el mundo, de los jueces, del matrimonio, del amor, de los jóvenes, de los viejos, pero ante la Iglesia Y ante Dios me detengo. Yo ya sé que hago mal y que les sacrifico a ustedes mi porvenir... y ¡aún duda usted de lo grande de mi amor!
Crevel juntó las manos.
-¡Ah! Sería preciso penetrar en mi corazón y medir toda la extensión de mis convicciones, para saber todo lo que le sacrifico. Yo me siento de la madera de una Magdalena. Por eso habrá usted notado el respeto con que trato a los sacerdotes. Cuente usted los regalos que hago a la Iglesia. Mi madre me educó en la fe católica y comprendo a Dios. A las pervertidas es a las que nos habla con más severidad.
Valeria se enjugó dos lágrimas que rodaban por sus mejillas. Crevel se asustó, y la señora Marneffe se levantó, exaltada.
-¡Cálmate, nena mía! Me asustas.
La señora de Marneffe se dejó caer de rodillas.
-¡Dios mío, yo no soy mala! -dijo, juntando las manos-. Dignaos recoger a esta oveja descarriada, heridla, anonadadla, para sacarla de las manos que la convierten en infame y adúltera. Ella se acurrucará gozosa en vuestro regazo y volverá completamente feliz al hogar.
Se levantó, miró a Crevel y éste sintió miedo al ver las extraviadas miradas de Valeria.
-Además, Crevel, ¿sabes?, hay momentos en que tengo miedo. La justicia de Dios lo mismo le alcanza a uno en este mundo que en el otro. ¡Qué puedo esperar yo de Dios! Su venganza alcanza de todas suertes al culpable, tomando prestados todos los caracteres de una desgracia. Todas las desgracias que se ven en este mundo y que los imbéciles no saben explicarse, no son más que expiaciones. Esto me decía mi madre en su lecho de muerte, hablándome de su vejez. ¡Y si yo te perdiese! -añadió, agarrando a Crevel con un furioso abrazo de salvaje energía-. ¡Ah, moriría!
La señora de Marneffe soltó a Crevel, se arrodilló de nuevo ante su sofá, cruzó las manos (¡y en qué arrebatada postura!) y dijo con increíble devoción la siguiente plegaria:
-Y vos, Santa Valeria, mi buena patrona, ¿por qué no visitáis más a menudo la cabecera del lecho de la que os está confiada? ¡Oh! Venid esta noche como habéis venido esta mañana a inspirarme buenos pensamientos, y así abandonaré el mal sendero, renunciaré, como Magdalena a los goces engañosos, al brillo embustero del mundo y hasta a aquel a quien tanto amo.
¡Nena mía! -dijo Crevel.
-¡Ya no hay más nena mía, caballero!
Y se volvió, altiva, como una mujer virtuosa, con los ojos humedecidos por el llanto; mostrose digna, fría, indiferente.
-Déjeme usted -dijo, rechazando a Crevel-. ¿Cuál es mi deber? Ser de mi marido. Este hombre está moribundo, y ¿qué hago yo? Le engaño al borde de la tumba. Cree que es suyo nuestro hijo. Voy a decirle la verdad. Voy a empezar por implorar su perdón antes de pedir el de Dios. Separémonos. Adiós, señor Crevel -añadió, poniéndose de pie y tendiendo a Crevel una mano helada-. Adiós, amigo mío; únicamente nos veremos en un mundo mejor. Usted me debe algunos placeres criminales, muy criminales y, ahora, sí, ahora, quiero ganarme su estimación.
Crevel lloraba a lágrima viva.
-¡Gran cornudo! -exclamó ella, soltando una carcajada infernal-. Éstas son las mañas que emplean las mujeres piadosas para dar un timo de doscientos mil francos. ¿Y tú, que hablas del mariscal de Richelieu, del original Lovelace, te dejas coger de ese modelo como dice Steinbock? ¿Cuántos doscientos mil francos te arrancaría yo de ese modo, si quisiera, gran imbécil? ¡Guarda tu dinero! ¡Y si tienes de sobra, esa sobra me pertenece! Si le das los cuartos a esa mujer respetable que causa nuestra piedad porque tiene cincuenta y siete años, no volveremos a vernos nunca, y la tomas a ella como querida; al día siguiente volverás a mí herido por sus caricias angulosas y harto de sus lágrimas, de sus gorritos flojillos, de sus gimoteos, que deben convertir sus favores en chaparrones...
-La verdad es -dijo Crevel- que doscientos mil francos es mucho dinero...
-¡Las mujeres piadosas suelen tener mucho apetito!... ¡Ah, infeliz! Venden mejor sus sermones que nosotras lo más preciado y más seguro que hay en el mundo: el placer. ¡Hacen cada novela! ¡Bah! Las conozco, porque he visto muchas en casa de mi madre. Se creen que la Iglesia se lo perdonará todo... Mira, deberías estar avergonzado, tú, bicho mío, tan poco espléndido... pues a mí, ¡tú no me has dado doscientos mil francos!
-¡Ah! Sí -repuso Crevel-. Sólo el palacio costará eso...
-¿De modo que tienes cuatrocientos mil francos? -dijo ella con aire soñador.
-No.
-¿De modo que querías prestarle a esa vieja horrorosa los doscientos mil francos de mi palacio? He aquí un crimen de lesa nenita...
-Pero escúchame.
-Si al menos le dieses ese dinero a cualquier idiota institución filantrópica, pasarías por ser un hombre de porvenir -dijo ella animándose-, y yo sería la primera en aconsejártelo; porque tú eres demasiado inocente para escribir algunos libros de política que te labraran una reputación, ni tienes bastante estilo para adobar algunos volúmenes, podrías colocarte como todos aquellos que están en tu caso y que dan gloria a su nombre poniéndose al frente de una cosa social, moral, nacional o general... Te han robado la beneficencia, porque ahora se lleva poco... Las pequeñas obras de justicia, a los que obran mejor entre los pobres diablos honrados, está gastado. Quisiera verte inventar, por doscientos mil francos, algo más difícil, más realmente útil. Se hablaría de ti como de una capita azul, de un Montyon, y yo estaría orgullosa. Pero tirar doscientos mil francos en una pila de agua bendita, prestárselos a una beata abandonada por su marido por algún motivo, ¡bah, siempre hay algún motivo! (¿me abandonan a mí?), es una estupidez que en nuestra época no puede germinar más que en el cerebro de un antiguo perfumista. Eso huele a mostrador. Dentro de dos días ni tú mismo te atreverías a mirarte al espejo. Anda, corre a depositar el dinero en la caja de amortización, corre, pues no vuelvo a recibirte sin el recibo de la suma. Anda y de prisa.
Empujaba a Crevel fuera de su cuarto, viendo sobre su rostro florecida de nuevo la avaricia. Cuando la puerta de la habitación se cerró, dijo:
-Ya está Isabela más que vengada. ¡Qué lástima que esté en casa del viejo mariscal! ¡Lo que nos hubiéramos reído! ¡Ah! La vieja quiere quitarme el pan de la boca. Ya la arreglaré yo.
Obligado a tomar una habitación en armonía con la primera dignidad militar, el mariscal Hulot se había instalado en un magnífico palacio, situado en la calle de Montparnasse, donde se encontraban dos o tres casas regías. Aunque la había alquilado, no ocupaba más que el piso bajo. Cuando Isabela fue a gobernar la casa quiso subarrendar en seguida el primer piso que, según decía, daría lo suficiente para que la habitación del conde le saliese casi de balde; pero el veterano se negó. Hacía algunos meses que el mariscal estaba agitado por tristes pensamientos. Había adivinado los apuros de su cuñada y, sin penetrar la causa, sospechaba sus desgracias. Aquel anciano, dotado de una sordera tan alegre, se volvía taciturno y pensaba que su casa sería algún día el asilo de la baronesa de Hulot y de su hija, y les reservaba aquel primer piso. La escasez de fortuna del conde de Forzheim era tan conocida, que el ministro de la Guerra, el príncipe de Wissemburgo, había obligado a su camarada a que aceptase una indemnización para la instalación. Hulot empleó aquella indemnización en amueblar el piso bajo, donde todo era conveniente, pues según decía, no quería llevar a pie el bastón de mariscal. Habiendo pertenecido el palacio bajo el Imperio a un senador, los salones del piso bajo habían sido restaurados con gran magnificencia, en blanco y oro, todo tallado, y estaban bien conservados. El mariscal lo había amueblado con lujo; tenía en la cochera un magnífico coche, en cuyos tableros estaban los dos bastones cruzados en aspa, y alquilaba caballos cuando tenía que ir in fiocchi, ya al Ministerio o ya al palacio, a alguna ceremonia o a alguna fiesta. Como hacía treinta años que le servía de criado un antiguo soldado, de sesenta años de edad, cuya hermana era su cocinera, podía economizar unos diez mil francos, con los que iba formando un pequeño tesoro destinado a Hortensia. El anciano iba a pie todos los días, de la calle de Montparnasse a la calle de Plumet, por el bulevar, y al verle venir, todos los inválidos se cuadraban y le hacían el saludo militar, agradecido por el mariscal con una sonrisa.
-¿Quién es ése por quien usted se ha cuadrado? -le decía un día un joven obrero a un anciano, capitán de inválidos.
-Voy a decírtelo mocito -le respondió el oficial.
El muchacho se puso en la actitud del hombre que se resigna a escuchar a un charlatán.
-En 1809 -dijo el inválido-, protegíamos nosotros el flanco del Gran Ejército mandado por el emperador, que se encaminaba a Viena. Llegamos a un puente defendido por una triple batería de cañones instalados sobre una especie de roca, y que, formando tres reductos, uno sobre otro, enfilaban el puente. Nosotros íbamos a las órdenes del mariscal Massena. Ése que ves era entonces coronel de granaderos y yo iba con él... Nuestras columnas ocupaban un lado del río, y los reductos estaban al otro lado. Tres veces se atacó el puente, y tres veces hubo que retroceder. «¡Que vayan a buscar a Hulot -dijo el mariscal-. Sólo él y sus hombres son capaces de apechugar con ese trozo.» Entonces llegamos nosotros. El último general que acababa de retirarse delante del puente detuvo a Hulot bajo el fuego para decirle lo que había de hacer, embarazándonos el camino. «No necesito consejos, sino sitio para pasar», dijo tranquilamente el general, franqueando el puente al frente de su columna, y en seguida una descarga de treinta cañones sobre nosotros...
-¡Al diablo! -exclamó el obrero-. Debió de ser una cosa para sembrar muletas.
-Si tú hubieses oído decir tranquilamente aquella frase como yo, créeme, pequeño, saludarías a ese hombre hasta besar la tierra. Esto no es tan conocido como lo del puente de Arcole; pero tal vez es más hermoso. Nosotros llegamos a la carrera con Hulot hasta las baterías, «¡Honor a los que han sobrevivido!», dijo el mariscal, quitándose el sombrero. Los Kaiserliks quedaron aturdidos del golpe. El emperador nombró conde al viejo a quien has visto, nos honró a todos en nuestro jefe, y los de ahora han hecho muy bien al nombrarle mariscal.
-¡Viva el mariscal! -dijo el obrero.
-¡Oh! Ya puedes gritar... El mariscal está sordo de tanto oír retumbar el cañón.
Esta anécdota puede dar una idea del respeto con que trataban los inválidos al mariscal Hulot, cuyas invariables opiniones republicanas le valían las simpatías populares de todo el barrio.
La aflicción, embargando aquella alma tan noble, tan pura y tan serena, era un espectáculo desolador. La baronesa, con esa astucia propia de las mujeres, sólo podía mentir y ocultar a su cuñado toda la espantosa verdad. Durante aquella desastrosa mañana, el mariscal, que dormía poco, como todos los ancianos, había obtenido de Isabela confesiones acerca de la situación de su hermano, prometiéndole casarse con ella como premio de su indiscreción. Todo el mundo comprenderá el placer que tuvo la solterona dejándose arrancar confidencias que desde su entrada en la casa deseaba hacer a su futuro; sobre todo cuando así consolidaba su matrimonio.
-Su hermano es incurable -gritaba Isabela en la oreja buena del mariscal.
La voz fuerte y clara de la lorenesa le permitía hablar con el anciano. Es verdad que fatigaba sus pulmones, pero se proponía demostrar a su futuro que nunca sería sordo para ella.
-¡Haber tenido tres queridas -decía el anciano- teniendo a una Adelina! ¡Pobre Adelina!
-Si quiere usted hacerme caso -gritó Isabela-, debe aprovechar su influencia con el príncipe de Wissemburgo para lograrle a mi prima una plaza honrosa, pues buena falta le hará, teniendo como tiene el barón empeñada la paga por tres años.
-Voy a ir al Ministerio -respondió- a ver al mariscal para saber lo que piensa de mi hermano y para pedirle su activa protección para mi hermana. ¿Qué plaza le parece a usted digna de ella?
-Las damas de caridad de París han formado una asociación de beneficencia de acuerdo con el arzobispo; necesitan inspectoras honrosamente retribuidas, empleadas en reconocer las verdaderas necesidades. Tal cargo convendría a mi querida Adelina, porque estaría de acuerdo con su corazón.
-Mande usted a buscar los caballos -dijo el mariscal-, yo voy a vestirme. Si es preciso iré a Neully.
-¡Cuánto la ama! La hallaré, pues, siempre y en todas partes -dijo la lorenesa.
Isabela imperaba ya en la casa, pero lejos de las miradas del mariscal. Había inspirado temor a los tres criados, se había procurado una camarera y desplegaba su actividad de solterona, haciéndose dar cuenta de todo, examinándolo todo y buscando en todo el bienestar de su querido mariscal. Tan republicana como su futuro, Isabela le gustaba mucho al militar por sus ribetes democráticos; además, lo adulaba con una habilidad prodigiosa; y desde hacía dos semanas, el militar, que vivía mejor y se veía cuidado como un niño por su madre, acabó por ver en Isabela una parte de su sueño.
-Mi querido mariscal -le gritaba, acompañándole hasta la puerta-, levante los cristales de las portezuelas y evite las corrientes; hágalo por mí.
El mariscal, aquel solterón que no habla sido nunca mimado, aunque llevaba el corazón lacerado de dolor, no pudo menos de sonreír a Isabela al marcharse.
En aquel mismo momento, el barón de Hulot dejaba las oficinas de la Guerra y se trasladaba al despacho del mariscal, príncipe de Wissemburgo, que le había mandado llamar. Aunque no tuviese nada de extraordinario el que un ministro llamase a uno de sus directores generales, la conciencia de Hulot estaba tan enferma, que vio no sé qué de siniestro y frío en la cara de Mitouflet.
-Mitouflet, ¿cómo está el príncipe? -preguntó, cerrando su despacho y alcanzando al ordenanza, que marchaba delante.
-Debe de tener algo contra usted, señor barón -respondió el ordenanza-, porque su voz, su mirada y su cara denotan la tormenta.
Hulot se puso lívido y guardó silencio, atravesó la antesala, los salones y llegó a la puerta del despacho con grandes palpitaciones de corazón. El mariscal, que contaba a la sazón setenta años, con los cabellos completamente blancos, con la cara tostada como los ancianos de esa edad, llamaba la atención por una frente tan espaciosa, que la imaginación parecía ver en ella un campo de batalla. Bajo aquella cúpula gris cargada de nieve brillaban, sombreados por el pronunciado saliente de dos tupidas cejas, unos ojos de un azul napoleónico, ordinariamente tristes y llenos de pensamientos amargos y de penas. Aquel rival de Bernadotte había esperado sentarse sobre un trono. Pero sus ojos se convertían en dos formidables rayos cuando algún sentimiento grande se pintaba en ellos. La voz, cavernosa casi siempre, lanzaba entonces estridentes sonidos. Encolerizado, el príncipe se convertía en soldado, hablaba el lenguaje del subteniente Cottin, y ya no se cuidaba de nada. Hulot de Ervy vio a aquel viejo león con los cabellos dispersos como una melena, de pie ante la chimenea, con las cejas fruncidas, el hombro apoyado en el mármol y los ojos en apariencia distraídos.
-Aquí estoy, a vuestras órdenes, príncipe mío -dijo Hulot, con amabilidad y aire desenvuelto.
El mariscal miró fijamente al director sin decirle palabra durante todo el tiempo que tardó en llegar del umbral de la puerta a dos pasos de él. Aquella mirada de plomo fue como la mirada de Dios. Hulot no pudo soportarla y bajó los ojos en actitud confusa.
-Lo sabe todo -pensó.
-¿No le dice a usted nada su conciencia? -dijo el mariscal con voz sorda y grave.
-Príncipe mío, me dice que probablemente he hecho mal en hacer razzias en Argelia sin consultarle. A mi edad y con mis gustos, después de cuarenta y cinco años de servicio, estoy sin fortuna. Usted conoce los principios de los cuatrocientos elegidos de Francia. Esos señores envidian todas las posiciones, han escatimado el sueldo de los ministros, que es todo lo que se puede decir. ¡Id, pues, a pedirles dinero para un anciano servidor! ¿Qué esperar de gentes que pagan tan mal como lo está la magistratura; que dan a los obreros del puerto de Tolón seis reales diarios, cuando hay imposibilidad material de que ninguna familia pueda vivir allí con menos de dos pesetas; que no reflexionan en la atrocidad de los sueldos de los empleados con seiscientos, mil y mil doscientos francos en París? ¿Qué esperar de gentes que desean para sí nuestras plazas cuando son de cuarenta mil francos y, en fin, que niegan un bien de la Corona, confiscado a la Corona en 1830 y una adquisición hecha con los dineros de Luis XVI, cuando se les pedía para un príncipe pobre?... Si no tuviese usted fortuna, príncipe mío, le dejarían, como a mi hermano, con su sueldo pelado, sin acordarse de que salvó al Gran Ejército conmigo en las llanuras pantanosas de Polonia.
-Usted ha robado al Estado, usted se ha expuesto a ir a la cárcel -le dijo el mariscal- como cajero del Tesoro, ¿y toma usted eso, caballero, con esa ligereza?
-¡Qué diferencia, monseñor! -exclamó el barón de Hulot-. ¿Acaso he metido yo las manos en la caja que me estaba confiada?
-Cuando se cometen semejantes infamias -dijo el mariscal-, se resulta doblemente culpable, por su posición y por hacer las cosas torpemente. ¡Usted ha comprometido innoblemente nuestra Administración, que era hasta ahora la más pura de Europa! Y todo eso, caballero, por doscientos mil francos y por una perdida... -dijo el mariscal con una voz terrible-. Usted es consejero de Estado, y se castiga con la muerte al simple soldado que vende los efectos del regimiento. He aquí lo que me dijo un día el coronel Pourin, del segundo de lanceros... En Saverna, uno de sus hombres amaba a una joven alsaciana que deseaba un chal; la tunanta hizo tanto, que aquel pobre diablo de lancero, que debía ser ascendido a sargento y era desde hacía veinte años el honor del regimiento, vendió efectos de su compañía para regalar el chal... ¿Sabe usted lo que hizo el lancero, señor barón de Ervy? Se comió los vidrios de una ventana, después de machacarlos, y murió
a las once horas en el hospital... Procure usted morir de una apoplejía para que podamos salvarle el honor.
El barón miró al anciano guerrero con ojos extraviados y el mariscal, al ver aquella actitud reveladora de un cobarde, sintió el rubor en sus mejillas y sus ojos se encendieron.
-¿Sería usted capaz de abandonarme? -dijo Hulot, balbuceando.
En este momento, el mariscal Hulot, habiendo sabido que su hermano y el ministro estaban solos, se permitió entrar y, como todos los sordos, se fue derecho hacia el príncipe.
-¡Oh! -gritó el héroe de la campaña de Polonia-. Ya sé lo que vienes a hacer, mi antiguo camarada; pero todo es inútil.
-¿Inútil? -repuso el mariscal Hulot, que no oyó más que esta palabra.
-Sí, vienes a hablarme por tu hermano; pero ¿sabes tú lo que es tu hermano?
-¿Mi hermano? -preguntó el sordo.
-Pues bien -gritó el mariscal-; es un ladrón indigno de ti.
Y la cólera del mariscal le hizo lanzar aquellas fulgurantes miradas que, semejantes a las de Napoleón, quebraban las voluntades y los cerebros.
-Has mentido, Gottin -respondió el mariscal Hulot, poniéndose lívido-. Olvida tus galones como yo olvido los míos... Estoy a tus órdenes.
El príncipe se encaminó hacia su compañero, le miró fijamente y le dijo al oído, estrechándole la mano:
-¿Eres un hombre?
-Ya lo verás.
-Pues bien, mantente fuerte. Se trata de la mayor desgracia que puede ocurrirte.
El príncipe se volvió, tomó una carpeta de encima de la mesa y la puso en manos del mariscal Hulot, gritándole:
-Lee.
El conde de Forzheim leyó la siguiente carta, que estaba sobre la carpeta:
«Al Exmo. Sr. Presidente del Consejo (confidencial).
Argel...
Mi querido príncipe: Tenemos entre manos un malísimo negocio, como puede usted ver por los documentos que le envío.
En resumen, el barón Hulot de Ervy ha enviado a la provincia de Orán a uno de sus tíos para traficar con los granos y con los forrajes, procurándole la complicidad de un guardaalmacén. Este guardaalmacén ha hecho confesiones para hacerse el interesante y ha acabado por evadirse. El fiscal ha llevado el asunto con toda severidad, no viendo en él más que a dos subalternos encausados; pero Juan Fischer, tío del director general, al verse amenazado de ir a presidio, se ha dado muerte en la cárcel con un clavo.
Todo habría acabado aquí si este hombre digno y honrado, engañado seguramente por su sobrino y por su cómplice, no hubiese escrito al barón de Hulot. Esta carta, que llegó a la Audiencia, asombró tanto al fiscal, que éste vino a verme. Sería un golpe tan terrible el arresto y procesamiento de un consejero de Estado, de un director general, que cuenta tan buenos y leales servicios, pues nos salvó a todos después del Beresina, reorganizando la Administración, que he hecho que me entregasen todas las piezas.
¿Debe seguir su curso este asunto, o toda vez que ha muerto el principal culpable visible, se hace condenar al guardaalmacén en rebeldía?
El fiscal consiente en que las piezas os sean remitidas, y estando el barón de Ervy domiciliado en París, el proceso corresponderá a esa Jurisdicción real. Aunque no es completamente legal, hemos hallado medio de salvar por el momento esta dificultad.
Lo único que le recomiendo, mi querido mariscal, es que tome pronto una resolución. Se habla ya demasiado de este deplorable asunto, que nos haría mucho daño si la complicidad del gran culpable, que sólo es aún conocida por el fiscal, por el juez de instrucción, por el procurador general y por mí, llegase a hacerse pública.»
Al llegar aquí, el papel cayó de las manos del mariscal Hulot, que miró a su hermano y vio que era inútil compulsar el documento; buscó la carta de Juan Fischer y se la tendió, después de haberla leído en un segundo.
«Desde la cárcel de Orán...
Sobrino mío: Cuando lea usted esta carta ya no existiré.
No tema que se encuentren pruebas contra usted. Muerto yo y habiendo logrado escaparse el jesuita Chardin, el proceso quedará suspendido. La figura de nuestra Adelina, tan feliz por usted, me ha hecho la muerte muy grata. Ya no necesita usted enviarme los doscientos mil francos. Adiós.
Esta carta le será entregada por un detenido con quien creo que puedo contar.
Juan Fischer.»
-Le pido a usted perdón -dijo, con conmovedora altivez, el mariscal Hulot al príncipe de Wissemburgo.
-¡Vamos, sigue tuteándome, Hulot! -replicó el ministro, estrechando la mano de su viejo amigo-. El pobre lancero no mató a nadie más que a él -dijo, clavando a Hulot de Ervy con una mirada.
-¿Cuánto ha tomado usted? -dijo severamente el conde de Forzheim a su hermano.
-Doscientos mil francos.
-Mi querido amigo -dijo el conde, dirigiéndose al ministro-, antes de cuarenta y ocho horas tendrá usted los doscientos mil francos. Jamás podrá decirse que un hombre que lleva el apellido de Hulot ha perjudicado en un cuarto a la cosa pública.
-¡Qué niñería! -dijo el mariscal-. Yo sé dónde están los doscientos mil francos y voy a hacer que los restituyan. Presente usted su dimisión y pida su retiro -repuso, haciendo volar una hoja de papel hasta el sitio de la mesa donde se había sentado el consejero de Estado, cuyas piernas temblaban-. Este proceso sería una vergüenza para todos nosotros; así es que el Consejo de Ministros me ha facultado para obrar con la libertad que obro. Puesto que acepta usted la vida sin honor y sin mi estimación, una vida degradada, tendrá usted el retiro que le corresponde; pero procure usted hacerse olvidar.
El mariscal llamó y dijo:
-¿Está ahí el empleado Marneffe?
-Sí, monseñor -dijo el ordenanza.
-Que entre.
-Usted -exclamó el ministro viendo a Marneffe- y su mujer han arruinado a ciencia cierta al barón de Ervy, aquí presente.
-Señor ministro, le ruego que me perdone; nosotros somos muy pobres: sólo tengo un sueldo para vivir y tengo dos hijos, el menor de los cuales ha sido traído a mi familia por el señor barón.
-¡Qué cara de pillo! -dijo el príncipe al marisca Hulot, señalando a Marneffe-. Basta de discursos a lo Sganarello -repuso-: o devuelve usted los doscientos mil francos o va usted a parar a Argel.
-Pero, señor ministro, usted no conoce a mi mujer, se lo ha comido todo. El señor barón invitaba todos los días a seis personas a comer. Se gastaban en mi casa cincuenta mil francos anuales.
-Retírese -dijo el ministro con voz formidable, que sonaba como en las cargas de los campos de batalla-. Dentro de dos horas recibirá usted la orden de su traslado. Váyase.
-Prefiero presentar la dimisión -dijo insolentemente Marneffe, marchándose-. Sería demasiado: tras de cornudo, apaleado.
Y salió.
-¡Qué pillo más sinvergüenza! -dijo el príncipe.
El mariscal Hulot, que durante aquella escena había permanecido en pie, inmóvil, pálido como un cadáver, examinando a su hermano a hurtadillas, fue a tomar la mano del príncipe y le repitió:
-Dentro de cuarenta y ocho horas el daño material quedará reparado, pero el honor... Adiós, mariscal, éste es el último golpe, el que mata. Sí, a mí me acarreará la muerte -le dijo al oído.
-¿Por qué diantre has venido esta mañana? -le respondió el príncipe, conmovido.
-Venía por su mujer -replicó el conde, señalando a Héctor-, que no tiene pan que llevarse a la boca, y sobre todo ahora.
-Tiene su retiro.
-No, porque está empeñado.
-Se necesita tener el diablo en el cuerpo -dijo el príncipe, encogiéndose de hombros-. Pero ¿qué filtro le dan a usted esas mujeres para quitarle así el sentido? -le preguntó a Hulot de Ervy-. ¿Cómo ha podido usted, que conoce la minuciosa exactitud con que la Administración francesa lo escribe todo, consumiendo resmas de papel para hacer constar la entrada y la salida de unos cuantos céntimos; usted, que deploraba que fuese preciso centenares de firmas para la menor cosa, para librar un soldado, para comprar estribos, cómo confiaba en tener oculto un robo durante mucho tiempo? ¿Y los periódicos? ¿Y los envidiosos? ¿Y las gentes que quisieran robar? ¿Os quitan el sentido esas mujeres? ¿Os ponen una venda en los ojos? ¿O es que son ustedes distintos a los demás? Era preciso que dejase el servicio del Estado cuando se convenció que ya no era un hombre, sino un temperamento. Si ha sido usted tan tonto en la comisión de los crímenes, no quiero decirle dónde acabará.
-Prométeme ocuparte de ella, Cottin -dijo el conde de Forzheim, que no oía nada y sólo pensaba en su cuñada.
-No tengas cuidado -dijo el ministro.
-Bueno, gracias, y adiós. Venga usted conmigo, caballero -le dijo a su hermano.
El príncipe miró con aparente tranquilidad a los dos hermanos, tan distintos en su actitud, en su carácter y en su conformación, al valiente y al cobarde, al voluptuoso y al rígido, al honrado y al concusionario, y se dijo:
-Ese cobarde no sabrá morir, y mi pobre Hulot, tan probo, lleva la muerte en el alma.
Dicho esto se sentó en un sofá y reanudó la lectura de los despachos de África, con un movimiento que denotaba a la vez la sangre fría del capitán y la piedad profunda que engendra el espectáculo del campo de batalla, pues no hay nadie, en realidad, más humano que los militares, tan rudos en apariencia y a quienes el hábito de la guerra comunica ese frío glacial, tan necesario en los campos de batalla.
Al día siguiente, algunos periódicos contenían, bajo títulos diversos, estos diferentes artículos:
«El señor barón Hulot de Ervy acaba de pedir su retiro. Los desórdenes en la contabilidad de la Administración argelina, que causaron la muerte y la huida de dos funcionarios, han influido en la determinación tomada por este funcionario. Al saber las faltas cometidas por empleados en quienes desgraciadamente había depositado su confianza, el señor barón de Hulot sufrió en el despacho del ministro un ataque de parálisis.
«El señor Hulot de Ervy, hermano del mariscal, cuenta cuarenta y cinco años de servicios. Esta resolución, combatida en vano, ha sido vista con pena por todos los que conocen al barón de Hulot, cuyas cualidades privadas igualan a sus méritos administrativos. Nadie ha olvidado la abnegación del ordenador en jefe de la Guardia Imperial en Varsovia, ni la actividad maravillosa con que supo organizar los diferentes servicios del ejército improvisado en 1815 por Napoleón.
Es una de las glorias imperiales que van a abandonar la escena. Desde 1830, el señor barón de Hulot no ha cesado de ser una de las lumbreras necesarias en el Consejo de Estado y en el Ministerio de la Guerra.»
«Argel.-El asunto llamado de los forrajes, al que algunos periódicos dieron proporciones ridículas, ha terminado con la muerte del principal culpable. El señor Juan Wisch se ha matado en la cárcel, y su cómplice ha huido, pero será juzgado en rebeldía.
Wisch, antiguo abastecedor de los ejércitos era un hombre honrado y muy estimado, que no ha podido soportar la idea de haber sido engañado por el señor Chardin, guardalmacén huido.»
En las gacetillas de París se leía lo siguiente:
«El ministro de la Guerra, para evitar en lo sucesivo todo desorden ha resuelto crear una oficina de Subsistencias en África. Se designa al jefe de negociado señor Marneffe para ir a encargarse de esta nueva oficina.»
«La plaza del barón de Hulot excita todas las ambiciones. Según dicen, esta dirección está prometida al conde Marcial de la Roche Hugon, diputado, cuñado del señor conde de Rastignac. El señor Massol, refrendario, será nombrado consejero de Estado, y el señor Claudio Vignon, refrendario.»
De todas las especies de mentiras, la más peligrosa para los periódicos de la oposición es la mentira oficial. Por astutos que sean los periodistas, resultan a veces engañados, voluntaria o involuntariamente, por la habilidad de aquellos que, como Claudio Vignon, han pasado desde la Prensa a las elevadas regiones del Poder. El periódico sólo puede ser vencido por el periodista. Así puede decirse, parodiando a Voltaire: «La noticia no es aquella que un pueblo vano piensa.»
El mariscal Hulot se llevó a su hermano, el cual ocupó en el coche la bigotera, dejando respetuosamente a su hermano mayor el asiento del fondo. Ni uno ni otro cambiaron palabra; Héctor estaba anonadado. El mariscal permaneció pensativo, como hombre que procura reunir sus fuerzas para soportar un peso abrumador. Al llegar a su palacio, sin pronunciar palabra y hablando únicamente por gestos, condujo a su hermano a su gabinete. El conde había recibido del emperador un magnífico juego de pistolas, fabricadas en Versalles; sacó de un secreter, donde la guardaba, la caja que las contenía, sobre la cual velase grabada la inscripción: «Regaladas por el emperador al mariscal Hulot» y, mostrándosela a su hermano, le dijo:
-Ahí tienes tu médico.
Isabela, que miraba esta escena por la puerta entreabierta, corrió al coche y dio orden al cochero para que la llevase a escape a la calle de Plumet. A los veinte minutos próximamente, ya estaba de vuelta con la baronesa, después de haber enterado a ésta de la amenaza hecha por el mariscal a su hermano.
El conde, sin mirar a su hermano, llamó a su factotum, veterano que le servía hacía treinta años.
-Beaupied -le dijo-, vete a buscar a mi notario, al conde Steinbock, a mi sobrina Hortensia y al agente de cambio del Tesoro. Son las diez y media, y a las doce quiero que todo el mundo esté aquí. Toma coches, y ve más de prisa aún que eso -dijo, hallando una frase republicana que en otro tiempo tenía a menudo entre sus labios.
E hizo la terrible mueca que tan atentos ponía a sus soldados cuando él examinaba las retamas de Bretaña en 1799 (véanse Los chuanes).
-Mariscal, se cumplirán sus órdenes -dijo Beaupied, haciendo el saludo militar.
Sin ocuparse de su hermano, el anciano volvió a su gabinete, tomó una llave escondida en un secreter y abrió una cajita de malaquita con incrustaciones de acero, regalo del emperador Alejandro. Por orden del emperador Napoleón había ido a devolver al emperador ruso algunos objetos suyos, cogidos en la batalla de Dresde por los cuales esperaba Napoleón obtener Vandamme. El zar recompensó espléndidamente al mariscal Hulot, regalándole aquella cajita, y le dijo que esperaba poder tener algún día ocasión de obsequiar de igual modo al emperador de los franceses; pero conservó Vandamme. Sobre la cubierta de aquella caja, guarnecida toda de oro, veíanse grabadas, también en oro, las armas imperiales de Rusia. ¡El mariscal contó los billetes de Banco y el oro que allí guardaba; poseía ciento cuarenta y dos mil francos! y, al verlos, dejó escapar un movimiento de satisfacción. En aquel momento entró la señora Hulot en un estado capaz de enternecer a jueces políticos. Se arrojó sobre Héctor, contemplando alternativamente, con mirada extraviada, la caja de las pistolas y el mariscal.
-¿Qué tiene usted contra su hermano? ¿Qué le ha hecho a usted mi marido? -dijo ella con voz tan vibrante, que el mariscal la oyó.
-¡Nos ha deshonrado a todos! -respondió el veterano de la República, haciendo un esfuerzo tan grande, que se le volvió a abrir una de sus heridas-. ¡Ha robado al Estado! Ha hecho mi nombre odioso, me hace desear la muerte, me ha matado... Sólo me quedan fuerzas para llevar a cabo la restitución. He sido humillado ante el Condé de la República, ante el hombre a quien más estimo, al cual he dado injustamente un mentís, ante el príncipe de Wissemburgo... ¿Es esto nada? He aquí la cuenta con la patria.
Se enjugó una lágrima y repuso:
-Ahora le toca a su familia. Os roba el pan que yo os guardaba, el fruto de treinta años de economías, el tesoro de las privaciones del veterano. ¡He aquí lo que os destinaba! -dijo, enseñando los billetes de Banco-. Ha matado a su tío Fischer, noble y digno alsaciano, que no ha podido soportar como él la idea de una mancha sobre su nombre de aldeano. En fin, Dios, llevado de su inaudita clemencia, le permitió escoger a un ángel entre todas las mujeres, por esposa una Adelina, y él la ha traicionado, ha amargado su vida a fuerza de penas, la ha abandonado por perdidas, por tunantes, por actrices, por bailarinas, por Cadines, por Josefas, por Marneffes. ¿Eres tú el ser a quien yo consideré como hijo y en quien cifraba todo mi orgullo? Anda, desgraciado, sal, si tienes valor para aceptar la vida infame que te has preparado. Yo no tengo fuerza para maldecir a un hermano a quien tanto quise, y soy con él tan débil como usted misma, Adelina; pero que no vuelva a parecer ante mí. Le prohíbo asistir a mi entierro, seguir mi ataúd. Si no tiene remordimiento, que tenga al menos el pudor del crimen.
El mariscal, que se había puesto lívido, dejose caer sobre el diván de su despacho, agobiado por aquellas palabras solemnes, y quizá por primera vez en la vida dos lágrimas brotaron de sus ojos y surcaron sus mejillas.
-¡Pobre tío Fischer! -dijo Adelina, yendo a arrodillarse ante el mariscal-. Viva usted para mí... Ayúdeme en la obra que voy a emprender para reconciliar a Héctor con la vida y hacer que se enmiende de sus faltas.
-¡Él! -dijo el mariscal-. Si vive, aún no ha acabado de cometer crímenes. Un hombre que ha desconocido a una Adelina y que ha dejado apagar en él los sentimientos de verdadero republicano, aquel amor al país, a la familia y al pobre, que yo me esforzaba por inculcarle, ese hombre es un monstruo, un puerco... Lléveselo de aquí, si le ama usted aún, porque siento en mi interior una voz que me dice que cargue las pistolas y le levante la tapa de los sesos. Matándole os salvará a todos y le salvaría a él mismo.
El anciano mariscal se levantó en una actitud tan temible, que la pobre Adelina exclamó:
-¡Ven, Héctor!
Cogió a su marido y se lo llevó, abandonando aquella casa, arrastrando tras sí al barón en un estado tan deplorable, que se vio obligada a tomar un coche para transportarlo a la calle de Plumet, donde se metió en cama. Aquel hombre, casi aniquilado, permaneció varios días en el lecho, negándose a tomar todo alimento, sin decir palabra. A fuerza de lágrimas, Adelina lograba que tomase algunos caldos y le velaba sentada a la cabecera de la cama, no sintiendo ya de todos los sentimientos que poco antes habían embargado su corazón más que una profunda piedad.
A las doce y media Isabela introducía en el despacho de su querido mariscal, al cual ya no dejó un momento, pues tan asustada estaba al ver los cambios que se operaban en él, al notario y al conde Steinbock.
-Señor conde -dijo el mariscal-, le ruego que dé a mi sobrina, su mujer, la autorización necesaria para vender una inscripción de renta de la que ella no posee todavía más que la nuda propiedad. Señorita Fischer, espero que usted consentirá en esta venta renunciando al usufructo.
-Sí, querido conde -dijo Isabela sin titubear.
-Bien, querida mía -respondió el veterano-. Espero vivir lo bastante para poder recompensarla. No dudaba de usted; es usted una verdadera republicana, una hija del pueblo.
Tomó la mano de la solterona y puso en ella un beso.
-Señor Hanequin -dijo al notario-, haga usted inmediatamente el poder, de modo que lo tenga aquí para las dos, a fin de poder vender la renta hoy mismo en la Bolsa. Mi sobrina, la condesa, tiene el título, va a venir y firmará el poder tan pronto como usted lo traiga, lo mismo que esta señorita. El señor conde le acompañará a su casa para darle la firma.
El artista, a una seña de Isabela, saludó respetuosamente al mariscal y salió.
Al día siguiente, a las diez de la mañana, el conde de Forzheim se hizo anunciar en casa del príncipe de Wissemburgo y fue recibido inmediatamente.
-¡Hola, mi querido Hulot! -dijo el mariscal Cottin, presentando unos periódicos a su viejo amigo-. Ya ve usted que hemos cubierto las apariencias... Lea.
El mariscal Hulot colocó los periódicos sobre la mesa y le tendió doscientos mil francos, diciéndole:
-He aquí lo que mi hermano ha robado al Estado.
-¡Qué locura! -exclamó el ministro-. Nos es imposible -añadió, tomando la trompetilla que le presentó el mariscal y hablándole al oído-. Nos veríamos obligados a confesar las concusiones de su hermano y hemos hecho ya todo lo posible para ocultarlas.
-Hagan ustedes lo que les parezca, pero yo no quiero que en la fortuna de la familia de Hulot haya ni un céntimo robado al Estado -dijo el conde.
-Seguiré las órdenes del rey respecto a este punto. No hablemos más -respondió el ministro, reconociendo la imposibilidad de vencer la sublime testarudez del anciano.
-Adiós, Cottin -dijo el anciano, tomando la mano del príncipe de Wissemburgo-; siento mi alma helada.
Después de haber dado un paso, se volvió, miró al príncipe, a quien vio sumamente emocionado, abrió los brazos para estrecharle entre ellos, y el príncipe abrazó al mariscal.
-Al decirte adiós a ti -dijo- me parece que me despido de todo el Gran Ejército.
-Adiós, pues, mi bueno y antiguo camarada -dijo el ministro.
-Sí, adiós, porque me voy adonde están todos aquellos de nuestros soldados que tanto hemos llorado.
En aquel momento entró Claudio Vignon. Los dos viejos despojos de las falanges napoleónicas se saludaron gravemente, haciendo desaparecer toda huella de emoción.
-Príncipe mío, debe usted estar contento de los periódicos -dijo el futuro refrendario-. Me las he compuesto de modo que he hecho creer a todos los periódicos de oposición que publican nuestros secretos.
-Desgraciadamente todo es inútil-replicó el ministro, mirando al mariscal, que se alejaba por el salón-. Acabo de dar un último adiós que me ha hecho mucho daño. Al mariscal Hulot no le quedan tres días de vida; bien lo vi yo ayer. Ese hombre, que es una de esas honradeces divinas, un soldado que fue respetado por las balas, a pesar de su bravura, recibió ayer en aquel sofá y de mi mano el golpe mortal por conducto de un papel. Llame usted y pida mi coche. Me voy a Neully -dijo, guardando los doscientos mil francos en su cartera ministerial.
A pesar de los cuidados de Isabela, tres días después el mariscal Hulot había muerto. Tales hombres son la honra de los partidos a que pertenecen. Para los republicanos, el mariscal era el ideal del patriotismo; así es que acudieron todos a su entierro, que fue seguido por una multitud inmensa. El Ejército, la Administración, la corte, el pueblo, todo el mundo fue a rendir el último homenaje a aquella acrisolada virtud, a aquella intacta probidad, a aquella gloria tan pura. No todo el que quiere puede llevar al pueblo a su entierro. Aquellas exequias fueron uno de los testimonios llenos de delicadeza, de buen gusto y de corazón que recuerdan de tarde en tarde los méritos y la gloria de la nobleza. Detrás del ataúd del mariscal se vio al anciano marqués de Montauran, hermano de aquel que había sido desgraciado adversario de Hulot en el levantamiento de los chuanes en 1799. Al morir, herido por las balas de los azules, el marqués había confiado los intereses de su joven hermano al soldado de la República (véanse Los chuanes). Hulot cumplió tan bien el testamento verbal que le confió el noble, que logró salvar los bienes de aquel joven, emigrado entonces. Así se concibe que el homenaje de la antigua nobleza francesa no le faltara al soldado que nueve años antes había vencido a Madame.
Esta muerte, ocurrida cuatro días antes de la última proclama de matrimonio, fue para Isabela el rayo que incendia la mies amontonada en la granja. El mariscal había muerto a consecuencia de los golpes dados a aquella familia por ella y por la señora de Marneffe. El odio de la solterona, que pareció apaciguado con el éxito, creció al ver frustradas todas sus esperanzas. Isabela fue a llorar de rabia a casa de la señora de Marneffe, pues habiendo subordinado el mariscal la duración de su arriendo a la de su vida, se encontró sin domicilio. Para consolar a la amiga de su Valeria, Crevel tomó sus economías, las dobló espléndidamente y colocó aquel capital al cinco por ciento, haciendo cesión del usufructo a la solterona y poniendo la propiedad a nombre de Celestina. Gracias a esta operación, Isabela poseyó dos mil francos de renta vitalicia. Al hacer el inventario se encontraron cuatro cartas del mariscal dirigidas a su cuñada, a su sobrina Hortensia y a su sobrino Victorino, encargándoles que diesen mil doscientos francos de renta vitalicia a la que debía ser su mujer, a la señorita Isabela Fischer.
Adelina, viendo al barón entre la vida y la muerte, logró ocultarle durante algunos días la defunción del mariscal, pero Isabela se presentó vestida de luto, revelando así la fatal verdad a los once días de los funerales. Este terrible golpe devolvió energías al enfermo, el cual se levantó y encontró a toda su familia reunida en el salón, vestida de luto y, al verla, permaneció silencioso. En quince días, Hulot, que había adelgazado como un espectro, mostró a su familia una sombra de lo que había sido.
-Hay que tomar una decisión -dijo con apagada voz, sentándose en una butaca y contemplando aquella reunión en la que faltaban Crevel y Steinbock.
-No podemos seguir aquí-advirtió Hortensia en el momento en que su padre apareció-; el alquiler es demasiado caro.
-Respecto a la cuestión de albergue -dijo Victorino, rompiendo aquel penoso silencio- yo ofrezco a mi madre...
Al oír estas palabras, que parecían excluirle, el barón levantó la cabeza, inclinada sobre la alfombra, cuyas flores contemplaba, sin verlas, y dirigió al abogado una deplorable mirada. Los derechos del padre son siempre tan sagrados, aun cuando sea un infame y esté despojado del honor, que Victorino se detuvo.
-A su madre... -repuso el barón-. Tiene usted razón, hijo mío.
-La habitación de nuestro pabellón, que está sobre la nuestra -dijo Celestina, acabando la frase de su marido.
-¿Os molesto, hijos míos? -preguntó el barón con la amabilidad de las gentes que se condenan a sí mismas-. ¡Oh! No temáis por el porvenir, porque en lo sucesivo ya no tendréis que quejaros de vuestro padre, y no le volveréis a ver hasta el momento en que no tengáis ya más que avergonzaros de él.
Fue a coger a Hortensia y la besó en la frente. Abrió los brazos a su hijo, que se arrojó en ellos adivinando las intenciones de su padre. El barón hizo una seña a Isabela, que se acercó, y la besó en la frente. Después se retiró a su cuarto, adonde le siguió Adelina, cuya inquietud era muy grande.
-Adelina, mi hermano tenía razón -le dijo, cogiéndola de la mano-. Yo no soy digno de la vida de familia. Sólo desde el fondo de mi corazón me he atrevido a bendecir a mis pobres hijos, cuya conducta ha sido sublime; diles que no he podido hacer más que abrazarles, pues de un hombre infame, de un padre que se convierte en asesino, en azote de la familia, en lugar de ser su protector y su gloria, una bendición podría ser funesta; pero todos los días les bendeciré desde lejos. En cuanto a ti, sólo Dios, porque es todopoderoso, puede darte las recompensas proporcionadas a tus merecimientos. Te pido perdón -dijo, arrodillándose ante su mujer, cogiéndola las manos y mojándolas con sus lágrimas.
-¡Héctor! ¡Héctor! Grandes son tus faltas, pero la misericordia divina es infinita, y puedes repararlo todo permaneciendo conmigo... Inspírate en sentimientos cristiano, amigo mío... Soy tu mujer y no tu juez. Soy tu cosa, haz de mí lo que quieras y llévame adonde tú vayas, pues me siento con fuerzas para consolarte, para hacerte la vida soportable, a fuerza de amor, de cuidados y de respeto... Nuestros hijos están ya colocados; no tienen necesidad de mí. Déjame que trate de ser tu distracción, tu entretenimiento. Permíteme compartir las penas de tu destierro, de tu miseria, para mitigarlas. Yo te serviré siempre para algo, aunque sólo sea para ahorrarte el sueldo de una criada.
-¿Me perdonas, mi querida y muy amada Adelina?
-Sí; pero levántate, amigo mío.
-¡Pues bien, con este perdón podré vivir! -repuso, levantándose-. He entrado en nuestro cuarto para que nuestros hijos no fuesen testigos de la humillación de su padre. ¡Ah! Ver todos los días ante sí a un padre criminal como yo, es algo espantoso que aniquila el poder paternal y disuelve la familia. Yo no puedo, pues, permanecer entre vosotros, y os dejo para ahorraros el odioso espectáculo de un padre sin dignidad. No te opongas a mi huida. Sería cargar por ti misma la pistola con que me levantaría la tapa de los sesos... En fin, no me sigas tampoco a mi retiro, porque me privarías de la única fuerza que me queda: la del remordimiento.
La energía de Héctor impuso silencio a la moribunda Adelina. Aquella mujer, tan grande en medio de tantas ruinas, sentía renacer su valor con su íntima unión con su marido; le veía suyo y percibía la sublime misión de consolarle, de devolverle a la vida y de reconciliarse consigo mismo.
-Héctor, ¿quieres, pues, dejarme morir de desesperación, de ansiedad y de inquietud? -dijo ella al ver que iba a perder el principio de su fuerza.
-Volveré, ángel descendido del Cielo para mí; volveré, sólo por ti; volveré, si no rico, al menos en buena posición. Escucha, mi buena Adelina, yo no puedo permanecer aquí por una multitud de razones. En primer lugar, mi pensión, que será de diez mil francos, está empeñada por cuatro años; no tengo, pues, nada. ¡No es esto sólo! Dentro de unos días dictarán contra mí auto de prisión, a causa de las letras de cambio suscritas a Vauvinet. Así es que tengo que ausentarme hasta que mi hijo, a quien voy a dar instrucciones precisas, haya rescatado esas letras. Mi desaparición facilitará mucho el arreglo. Cuando mi pensión esté libre, cuando Vauvinet esté pagado, volveré. Tú descubrirías el secreto de mi destierro. Tranquilízate, no llores, Adelina. Sólo se trata de un mes de ausencia...
-¿Adónde vas? ¿Qué harás? ¿Qué será de ti? ¿Quién te cuidará, que ya no eres joven? Déjame desaparecer contigo; nos iremos al extranjero -dijo ella.
-Bueno; ya veremos -respondió.
El barón llamó, dio orden a Marieta de que reuniese todos sus efectos y que los metiese secreta y rápidamente en unas maletas. Luego rogó a su mujer, después de abrazarla con una efusión de ternura a la que no estaba acostumbrada, que le dejase solo un momento para escribirle a Victorino las instrucciones necesarias, prometiéndole que no saldría de casa hasta la noche y con ella. Tan pronto como la baronesa hubo vuelto al salón, el astuto anciano se fue por el gabinete tocador a la antesala y salió, entregando a Marieta un pedazo de papel, en el cual había escrito lo siguiente: «Dirija usted mis maletas, por el ferrocarril de Corbeil, al señor Héctor, lista de Correos, Corbeil.» El barón, que había tomado un coche, corría ya por París, cuando Marieta fue a enseñarle a la baronesa aquel papel, diciéndola que el señor acababa de salir. Adelina se trasladó al cuarto temblando más fuertemente que nunca; sus hijos, asustados, no tardaron en alcanzarla, al oír un grito penetrante. Levantaron a la baronesa desmayada, siendo preciso meterla en cama, presa de una fiebre nerviosa que la mantuvo entre la vida y la muerte durante un mes.
-¿Dónde está? -era la única palabra que se obtenía de ella.
Las indagaciones de Victorino resultaron infructuosas. He aquí por qué: El barón se había hecho conducir a la plaza del Palacio Real. Allí, aquel hombre, que recobró todo su ingenio para realizar un proyecto meditado durante los días en que había permanecido en la cama, anonadado de dolor y de pena, atravesó el Palacio Real y se fue a tomar otro coche de alquiler magnífico a la calle del Joquelet. Cumpliendo las órdenes recibidas, el cochero entró en la calle de la Villa l'Évèque y penetró en el palacio de Josefa, cuyas puertas se abrieron a la voz del cochero y a la vista de aquel espléndido coche. Llevada por la curiosidad, Josefa salió; su ayuda de cámara le había dicho que un anciano impedido, incapaz de dejar el coche, le rogaba que bajase al instante.
-Josefa, soy yo.
Sólo por la voz reconoció la ilustre cantante a su Hulot.
-¡Cómo! ¿Eres tú, pobre viejo mío? Palabra de honor que te pareces a las monedas de veinte francos lavadas por los judíos alemanes y rechazadas por los cambistas.
-¡Ay de mí! Sí -respondió Hulot-. Salgo de los brazos de la muerte. Pero tú sigues tan hermosa como siempre. ¿Serás buena conmigo?
-Según; todo es relativo -repuso ella.
-Escúchame -añadió Hulot-. ¿No podrías albergarme por algunos días en un cuarto de criado, en las guardillas? Estoy sin un céntimo, sin esperanzas, sin pan, sin pensión, sin mujer, sin hijos, sin asilo, sin honor, sin valor y sin amigos, y lo que es peor aún, amenazado de ir a la cárcel.
-¡Pobre viejo! ¡Cuántos sin! ¿Estás también sin calzones?
-¡Tú te ríes, pero estoy perdido! -exclamó el barón-. Sin embargo, contaba contigo como Gourville con Ninón.
-Según me han dicho, ¿es una mujer de mundo la que te ha puesto de este modo? -le dijo Josefa-. Las farsantes entienden más que nosotras en eso de desplumar pavos... ¡Oh! Estás como un esqueleto abandonado por los cuervos; se ve la luz a través de tus huesos.
-Josefa, el tiempo urge.
-¡Entra, viejo mío! Estoy sola y mis criados no te conocen. Despide tu coche. ¿Lo has pagado ya?
-Sí -dijo el barón, bajando apoyado en el brazo de Josefa.
-Si quieres, pasarás por mi padre -dijo la cantante, apiadada.
Hizo sentar a Hulot en el magnífico salón donde éste la había visto la última vez.
-¿Es verdad, viejo mío, que mataste a tu hermano y a tu tío, que has arruinado a tu familia e hipotecado la casa de tus hijos, y que te has comido con la princesa algo del gobierno en África?
El barón inclinó tristemente la cabeza.
-Está bien, me gusta esto -exclamó Josefa, levantándose llena de entusiasmo-. Eso es una quema general, es Sardanápalo, es grande, es completo. Podrá ser uno canalla, pero prueba tener corazón. Prefiero un despilfarrador apasionado por las mujeres como tú, que no esos fríos banqueros sin alma que se dicen virtuosos y que arruinan a millares de familias con sus rieles, que son de oro para ellos y de hierro para los tontos. Tú no has hecho más que arruinar a los tuyos, sólo has dispuesto de ti y, además, tienes una disculpa física y moral...
Adoptó una actitud trágica y dijo:
-Es Venus por entero agarrada a su presa...
-¡Ahí está! -agregó, haciendo una pirueta.
Hulot se veía absuelto por el vicio, el cual le sonreía en medio de su desenfrenado lujo. La grandeza de los crímenes era allí, como para los jurados, una circunstancia atenuante.
-¿Es guapa, al menos, tu mujer de mundo? -preguntó la cantante, procurando, como primera limosna, distraer a Hulot, cuyo dolor le causaba piedad.
-Caray, casi tanto como tú -le respondió astutamente el barón.
-Y me han dicho que es muy farsante.¿Qué te hacía? ¿Es más original que yo?
-No hablemos de eso -dijo Hulot.
-Dicen que ha engatusado a mi Crevel, al pequeño Steinbock y a un magnífico brasileño.
-Es muy posible.
-Vive en un palacio tan bonito como éste, que la regaló Crevel. Esa tunanta es mi preboste, porque acaba a aquellos que yo he comenzado. Ahí tienes, viejo mío, por qué tengo tanta curiosidad por saber cómo es. La vi un día en el Bosque, en coche, pero desde lejos. Carabina me ha dicho que es una redomada ladrona. Trata de comerse a Crevel, pero no podrá más que roerlo. Crevel es un rata. Un rata buena persona, que dice siempre que sí, pero que no hace más que lo que quiere. Es vanidoso, apasionado y frío para dar dinero. No hay manera de sacarle más de mil a tres mil francos mensuales, pues es de esos que se detienen ante los gastos excesivos como asnos delante de un río. No es como tú, viejo mío; tú eres un hombre apasionado, capaz de vender a tu patria. Mira, por eso estoy dispuesta a hacerlo todo por ti. Tú me has lanzado, eres mi padre, y esto es sagrado. ¿Qué necesitas? ¿Quieres diez mil francos? Seré capaz de cambiarme el carácter por buscártelos. Respecto a mesa y habitación, eso no es nada. Tendrás aquí cubierto puesto todos los días, puedes ocupar un buen cuarto del segundo piso y dispondrás de cien escudos mensuales para el bolsillo.
El barón, conmovido ante aquella recepción, tuvo un último arranque de nobleza.
-No, hermosa mía; no he venido para que me mantengas -dijo.
-A tu edad no es pequeño triunfo -añadió ella.
-He aquí lo que deseo, hija mía: tu duque de Herouville tiene en Normandía inmensas propiedades, y quisiera ser su administrador con el nombre de Thoul. Tengo capacidad y honradez, pues aunque haya robado al Gobierno, soy incapaz de coger un céntimo de una caja.
-¡Eh, eh! -dijo Josefa-. El que hace un cesto hace ciento.
-En suma: lo único que deseo es vivir ignorado durante tres años.
-Eso es cuestión de un instante -dijo Josefa-. Esta noche, después de comer, no tengo más que hablarle. El duque se casaría conmigo si yo quisiese; pero tengo su fortuna, ¿puedo pedir más?, y su cariño. Es un duque a la alta escuela. Aunque enano, es noble, distinguido y grande como Napoleón y Luis XIV juntos. Además, yo he hecho con él como la Schontz con Rochefide: gracias a mis consejos, acaba de ganar dos millones. Pero escúchame, viejo mío. Te conozco, sé que te gustan las mujeres y que vas a correr allá abajo detrás de las normandas, que son muy guapas, hasta que algún padre o algún marido te rompa un hueso y el duque se vea obligado a despacharte. ¿Acaso no veo, por la manera que tienes de mirarme, que el joven no ha muerto en ti, como dijo Fenelón? Esa administración no es lo que te conviene. Mira, viejo mío, no se renuncia tan fácilmente a París y a nosotras. En Herouville te morirías de aburrimiento.
-¿Qué hacer, pues? -preguntó el barón-. Porque yo sólo quiero permanecer en tu casa el tiempo necesario para tomar una determinación.
-Vamos a ver: ¿quieres que te diga lo que opino? Mira, viejo, tú necesitas mujeres, porque esto te consolará de todo. Escúchame bien. Más abajo de la Courtille, en la calle de San Maur del Temple, conozco yo una pobre familia que posee un tesoro. Una niña más bonita que yo cuando tenía dieciséis años. ¡Ah! ¡Ya se te encandilan los ojos! La pobre trabaja dieciséis horas al día bordando preciosas telas para los comerciantes de las sederías, y gana ochenta céntimos diarios, cinco céntimos por hora: una miseria. Come como los irlandeses, patatas, pero fritas con grasa de rata, pan cinco veces a la semana, y bebe agua del Oureq en las fuentes públicas, porque la del Sena es demasiado cara; no puede establecerse por su cuenta por falta de siete u ocho mil francos. Tu familia y tu mujer te aburren, ¿verdad?..., es claro. Por otra parte, no es posible ser nada allí donde uno ha sido dios. Un padre sin dinero y sin honor es algo que se rellena de paja y se coloca en una vitrina.
El barón no pudo por menos que sonreír al oír aquellas tremendas bromas.
-Ahora bien; la pequeña Bijou vendrá mañana a traerme una bata bordada, una preciosidad en la que han empleado seis meses de trabajo. Nadie tendrá nada parecido. La Bijou me quiere porque la doy golosinas y ropa usada. Además envío bonos de pan, de carne y de leña a su familia, la cual sería capaz de romperle las dos piernas por mí a cualquiera. En fin, procuro hacer el bien, porque sobradamente sé lo que sufrí cuando tenía hambre. La Bijou me ha hecho algunas confidencias íntimas y por ella sé que la pobrecilla sueña con llevar bonitos trajes como los míos y sobre todo con ir en coche. Yo le diré: «Hijita mía, ¿querrías un señor?...» ¿Qué edad tienes? ¿Setenta y dos? -dijo, interrumpiéndose.
-Yo ya no tengo edad.
-«¿Quieres, le diré, a un señor de setenta y dos años, muy limpio, que no toma tabaco, que está sano como una manzana que vale tanto como un joven? Te casarás con él por detrás de la iglesia, él vivirá alegremente con vosotros, os dará siete mil francos para que os establezcáis por vuestra cuenta y te amueblará toda una habitación de caoba; además, si eres juiciosa, te llevará alguna vez al teatro. Te dará cien francos al mes para ti y cincuenta francos para el gasto.» Conozco a la Bijou y sé que es como yo cuando tenía catorce años. ¡Salté de alegría cuando aquel abominable Crevel me hizo estas atroces proposiciones! Ahora bien, viejo, así estarás arreglado por tres años. Ella es juiciosa y honrada y además tendrá ilusiones para dos o tres años, no más.
Hulot no dudaba, estaba decidido a negarse; mas para darle las gracias a la buena y excelente cantante, que hacía el bien a su modo, pareció titubear entre el vicio y la virtud.
-¡Ah! ¿Qué es eso? Te quedas frío como una losa en diciembre -repuso ella asombrada-. Mira, de ese modo harás la dicha de una familia compuesta de un abuelo que trota, de una madre que se mata trabajando y de dos hermanas, una de ellas muy fea, que ganan entre las dos seis reales diarios quedándose ciegas. Esto compensará la desgracia que has causado en tu casa, y así purgarás las faltas divirtiéndote como una entretenida en Mabibille.
Hulot, para poner término a aquella seducción, hizo el gesto de contar dinero.
-No te apures por los medios -repuso Josefa-. Mi duque te prestará diez mil francos: siete para una tienda de bordados a nombre de la Bijou y tres mil para muebles y, además, cada tres meses contarás con seiscientos cincuenta francos. Cuando recobres tu pensión, le devolverás al duque esos diecisiete mil francos. Entretanto serás feliz como un gallo empapujado y ocuparás un escondite en el que ni la policía será capaz de encontrarte. Te pondrás una gran levita de paño y tendrás todo el aspecto de un propietario acomodado del barrio. Llámate Thoul, si es ese tu gusto, y yo te presentaré a la Bijou como un tío mío llegado de Alemania, y serás mimado como un dios. ¿Quién sabe, papá? Tal vez no eches nada de menos. Si por casualidad te aburrieses, conserva algunas de tus ropas y así podrás venir aquí algún día a comer conmigo y a pasar la velada.
-¡Yo que quería hacerme virtuoso, moderado! Mira, haz que me presten veinte mil francos y me voy a hacer fortuna a América, siguiendo el ejemplo de mi amigo Aiglemont cuando Nucingen lo arruinó.
-¡Tú! -exclamó Josefa-. Deja esas costumbres para los tenderos, para los ciudadanos franceses, que sólo poseen su virtud para hacerse valer. Tú has nacido para ser algo más que un zamacuco. Tú eres como hombre lo que soy yo como mujer, un genio...
-La noche le hace a uno reflexionar. Mañana hablaremos de todo eso.
-Vas a comer con el duque; mi HerouvilIe te recibirá cortésmente, cual si hubieses salvado al Estado, y mañana tomas una resolución. Vamos, alegría, viejo mío. La vida es un vestido: cuando está sucio, se cepilla; cuando está agujereado, se remienda; pero se permanece vestido mientras uno puede.
Esta filosofía del vicio y de sus atractivos disiparon las crudas penas de Hulot.
Al día siguiente, a las doce, después de un suculento almuerzo, Hulot vio entrar a una de esas animadas obras maestras que sólo París puede fabricar, a causa del incesante concubinato que en él existe del lujo y de la miseria, del vicio y de la honestidad, del deseo reprimido y de la tentación renaciente, que convierten a esa ciudad en heredera de las de Nínive, Babilonia y la Roma imperial. La señorita Olimpia Bijou, muchachita de dieciséis años, tenía el rostro sublime que Rafael creó para sus Vírgenes, y unos ojos dotados de una inocencia entristecida por los excesivos trabajos, ojos negros y soñadores, provistos de largas pestañas, y cuya humedad era secada por el ardiente fuego de la noche laboriosa, ojos ensombrecidos por la fatiga, más una tez de porcelana casi enfermiza, una boca como una granada entreabierta, un ceño tumultuoso, formas llenas, manos bonitas, dientes de aristocrático esmalte y cabellos negros y abundantes. Todo vestido con un traje de indiana de setenta y cinco céntimos el metro, adornado con un cuello bordado, zapatos de piel sin clavos y decorado con unos guantes de a seis reales. La niña, que no conocía su valor, se había vestido con la mayor elegancia posible para ir a casa de la gran dama. El barón, presa otra vez de las garras de la voluptuosidad, sintió que toda su vida se le escapaba por los ojos y lo olvidó todo ante aquella sublime criatura. Hizo como el cazador que descubre la caza; ante un emperador se echa la escopeta a la cara.
-Se garantiza su virginidad y honradez -le dijo Josefa al oído-. Y sin pan. He aquí lo que es París. Lo mismo fui yo.
-Hecho -replicó el anciano, levantándose y frotándose las manos.
Cuando Olimpia Bijou se hubo marchado, Josefa miró al balcón con aire malicioso y le dijo:
-Papá, si no quieres tener disgustos, sé severo como un fiscal en su estrado. Mira, tenle corta la rienda a la pequeña. Sé Bartolo. Cuidado con los Augustos, con los Hipólitos, con los Néstores, con los Víctor. ¡Todos fuera! Porque una vez que se haya vestido bien y esté bien alimentada, si levanta la cabeza te verás arrastrado como un ruso. Voy a ver si acabo de arreglarte. El duque hace bien las cosas: te presta, es decir, te da diez mil francos y pone ocho en casa de su notario, el cual quedará encargado de darte seiscientos cada trimestre, porque yo te tengo miedo. ¿No soy buena?
-¡Adorable!
Diez días después de haber abandonado a su familia, en el momento en que ésta, arrasada en lágrimas, estaba agrupada en torno al lecho de Adelina, moribunda, la cual decía con voz débil: «¿Qué hace?», Héctor, bajo el nombre de Thoul, se hallaba con Olimpia en la calle de San Maur, al frente de un establecimiento de bordados, bajo la sinrazón social Thoul y Bijou.
Victorino Hulot recibió de la desgracia que se encarnizaba con su familia esa última lección que perfecciona o desmoraliza al hombre. Se hizo perfecto. En las grandes tempestades de la vida se imita a los capitanes que afrontan las tormentas aligerando al buque de las más pesadas mercancías. El abogado perdió su orgullo interior, su visible aplomo, sus aires de orador y sus pretensiones políticas. En suma, fue como hombre lo que su madre era como mujer. Resolvió aceptar a su Celestina, que no realizaba ciertamente sus sueños, y juzgó sanamente la vida viendo que la ley común le obliga a uno a contentarse en todo con las aproximaciones. Le causó tanto horror la conducta de su padre, que se juró a sí mismo cumplir con sus deberes. Estos sentimientos se fortificaron a la cabecera del lecho de su madre el día en que ésta quedó salvada. Esta primera dicha no vino sola. Claudio Vignon, que iba todos los días de parte del príncipe de Wissemburgo a enterarse del estado de la señora de Hulot, rogó al diputado reelegido que le acompañase a casa del príncipe de Wissemburgo, diciéndole:
-Su excelencia desea tener una conferencia con usted sobre asuntos de su familia.
Victorino Hulot y el ministro se conocían hacía ya tiempo; así es que el mariscal le recibió con una amabilidad característica y de buen augurio.
-Amigo mío -le dijo el viejo guerrero-, en este despacho juré a su tío el mariscal que cuidaría de su madre. Me han dicho que esa santa mujer va a recobrar la salud, y creo llegado el momento de curar sus llagas. Tengo doscientos mil francos para usted y voy a entregárselos.
El abogado hizo un gesto digno de su tío el mariscal.
-Tranquilícese usted -dijo el príncipe, sonriéndose-. Es un fideicomiso. Mis días están contados, yo no estaré siempre aquí y le ruego que tome esta suma y que me reemplace en el seno de su familia. Puede usted servirse de ese dinero para pagar las hipotecas que gravan sobre su casa. Estos doscientos mil francos pertenecen a su madre y a su hermana. Si yo diese esta suma a la señora de Hulot, su ceguera por su marido me haría temer que los disipase, y la intención de los que la dan es que sea el pan de la señora de Hulot y de su hija, la condesa de Steinbock. Usted es un hombre juicioso, digno hijo de su noble madre y digno sobrino de mi amigo el mariscal. Querido amigo, usted es aquí apreciado lo mismo que en otros sitios. Sea usted, pues, el ángel tutelar de su familia y acepte el legado de su tío y el mío.
-Monseñor -dijo Hulot, tomando la mano del ministro y estrechándosela-, los hombres como usted saben que el agradecimiento en palabras no sirve nada, que el agradecimiento se prueba.
-¡Pruébeme usted el suyo! -dijo el veterano.
-¿Qué es preciso hacer?
-Aceptar mis proposiciones -dijo el ministro-. Quieren nombrarle a usted abogado de lo Contencioso de Guerra que, en la sección de los ingenieros, se encuentra recargado de asuntos litigiosos por causa de las fortificaciones de París; además abogado consultor de la prefectura de Policía y consejero de la lista civil. Estos tres cargos le darán a usted dieciocho mil francos de renta sin privarle de su independencia. Votará usted en la Cámara según sus opiniones políticas y según su conciencia... Obrará usted con completa libertad, ¡quién lo duda! Aviados estaríamos si no tuviésemos una oposición nacional. Cuatro letras de su tío dirigidas a mí algunas horas antes de que exhalase el último suspiro han bastado para que yo supiese la norma de mi conducta para con su madre, a quien tanto quería el mariscal. Las señoras de Popinot, Rastignac, Navarreins, Spard, Gandlieu, Carigliano, Lenoncourt y La Batie han creado para su querida madre una plaza de inspectora de beneficencia. Estas presidentas de sociedades benéficas no pueden hacerlo todo, necesitan una dama de confianza que pueda suplirlas activamente para visitar a los desgraciados, saber si la caridad está o no bien hecha, ver si los socorros han sido entregados a los que los han pedido, penetrar en casa de los pobres vergonzantes, etc., etc. Su madre desempeñará la misión de un ángel, sólo se relacionará con los señores curas y con las damas de caridad, tendrá seis mil francos al año y coche. Joven, ya ve usted que desde el fondo de su tumba, el hombre puro, el hombre noblemente virtuoso, sigue protegiendo a su familia. Nombres como el de su tío son y deben ser una égida contra la desgracia en las sociedades bien organizadas. Siga usted, pues, las huellas de su tío, persista en ellas, pues ya sé que usted va por ellas.
-Príncipe, no me asombra tanta delicadeza en el amigo de mi tío -dijo Victorino-; procuraré responder a todas sus esperanzas.
-Vaya usted en seguida a consolar a su familia... ¡Ah! Diga usted -repuso el príncipe, cambiando un apretón de manos con Victorino-: ¿es cierto que ha desaparecido su padre?
¡Ay de mí! Sí.
-Tanto mejor. Ese desgraciado ha tenido lo que no le falta nunca: ingenio.
-Tiene encima unas letras de cambio que le amenazan.
-¡Ah! Recibirá usted seis meses anticipados del sueldo de sus tres destinos -dijo el mariscal-. Estas pagas anticipadas le ayudarán, sin duda, a retirar esos títulos de manos del usurero. Por otra parte, yo veré a Nucingen y tal vez pueda desempeñar la paga de su padre sin que le cueste un céntimo ni a usted ni a mi ministerio. El par de Francia no ha hecho desaparecer al banquero. Nucingen es insaciable, y pide una concesión de no sé qué.
A su vuelta a la calle de Plumet, Victorino pudo, pues, realizar su proyecto recibiendo en su casa a su madre y a su hermana.
El joven y célebre abogado poseía por toda fortuna uno de los inmuebles más hermosos de París, una casa comprada en 1834, en previsión de su matrimonio, y situada en el bulevar, entre la calle de la Paz y la calle de Luis el Grande. Un especulador había construido dos casas, que daban una a la calle y otra al bulevar, y entre ellas, situado entre dos jardinillos y un patio, había un magnífico pabellón, despojo de los esplendores del gran palacio de Verneuil. El hijo de Hulot compró por un millón aquella soberbia propiedad, en pública subasta, pagando únicamente al contado quinientos mil francos. En un principio se instaló en el piso bajo del pabellón, esperando que podría hacer el pago con el importe de los alquileres. Pero si las especulaciones con casas en París son seguras, en cambio son lentas y caprichosas, pues dependen de circunstancias imprevistas. Como han podido notar los callejeros parisienses, el bulevar comprendido entre la calle de Luis el Grande y la calle de la Paz mejoró muy lentamente; se limpió y se embelleció con tanto trabajo, que hasta 1840 el comercio no fue a establecer allí sus espléndidos escaparates, el oro de los cambistas, los caprichos de la moda y el lujo desenfrenado de sus tiendas. A pesar de los doscientos mil francos pagados por Victorino en siete años, la deuda que pesaba sobre el inmueble se elevaba todavía a quinientos mil francos, a causa de la abnegación del hijo por el padre. Afortunadamente, la elevación continua de los alquileres y lo hermoso de la situación del edificio daban en aquel momento todo su valor a las dos casas. La especulación se realizaba a ocho años de plazo durante los cuales el abogado se había aniquilado pagando intereses y sumas insignificantes a cuenta del capital debido. Los comerciantes proponían ellos mismos ventajosos alquileres por las tiendas, a condición de que los alquileres fuesen por dieciocho años. Las habitaciones adquirían mayor valor a causa del cambio del centro de los negocios, el cual se fijaba entonces entre la Bolsa y la Magdalena, asiento que fue luego del poder político y de la Banca de París. La suma entregada por el ministro, unida al año pagado por adelantado y a las fianzas de los inquilinos, iban a reducir la deuda de Victorino a doscientos mil francos. Los dos inmuebles, completamente arrendados, iban a dar unos cien mil francos anuales; de manera que al cabo de dos años, durante los cuales el hijo de Hulot tenía que vivir de sus honorarios, duplicados por los sueldos de sus destinos, se encontraría en una posición soberbia. Aquello era el maná caído del cielo. Victorino podía dar a su madre todo el primer piso del pabellón y a su hermana el segundo, donde Isabela tendría dos cuartos. En fin, dirigida por su prima Bela, aquella triple casa soportaría todas sus cargas y presentaría una superficie honrosa, cual convenía al célebre abogado. Los astros del palacio se eclipsaban rápidamente, y el hijo de Hulot, dotado de profunda oratoria y de severa probidad, era escuchado por los jueces y por los consejeros, estudiaba los asuntos, no decía nada que no pudiese probar, no defendía indistintamente todas las causas y honraba la toga.
Su casa de la calle de Plumet era tan odiosa a la baronesa, que se avino a trasladarse a la calle de Luis el Grande. Gracias a los cuidados de su hijo, Adelina ocupó, pues, una magnífica habitación, y no tuvo que cuidarse de las nimiedades de la existencia, pues Isabela aceptó la misión de reanudar los milagros económicos realizados en casa de la señora de Marneffe, al ver así un medio de hacer pesar su sorda venganza sobre aquellas tres nobles existencias, objeto de un odio atizado por la pérdida de todas sus esperanzas. Una vez al mes, Bela iba a ver a Valeria, a cuya casa era enviada por Hortensia, que quería tener noticias de Wenceslao, y por Celestina, sumamente inquieta con las relaciones confesadas y reconocidas de su padre con una mujer a quien su suegra y su cuñada debían su ruina y su desgracia. Como se supondrá, Isabela se aprovechó de esta curiosidad para ver a Valeria con tanta frecuencia como quería.
Transcurrieron unos veinte meses, durante los cuales la salud de la baronesa mejoró mucho, sin que por eso cesase su temblor nervioso. La santa mujer se puso al corriente de sus deberes, que ofrecían nobles distracciones a su dolor y alimento a las divinas facultades de su alma. Vio en ellos un medio de encontrar a su marido con motivo de los azares que la conducían a todos los barrios de París. Durante este tiempo, las letras de cambio de Vauvinet fueron pagadas y la pensión de seis mil francos que le correspondía al barón de Hulot quedó casi libre. Victorino pagaba todos los gastos de su madre, así como los de Hortensia, con los diez mil francos de intereses del capital que le había entregado el mariscal en fideicomiso. Ahora bien; el sueldo de Adelina era de seis mil francos, y esta suma, unida a los seis mil francos del barón, debían producir pronto a la madre y a la hija una renta de doce mil francos libres de toda carga. La pobre mujer casi hubiera sido feliz, a no ser por sus perpetuas inquietudes acerca de la suerte del barón, a quien hubiera querido hacer gozar de la fortuna que comenzaba a sonreír a la familia, y a no ser también por el espectáculo de su hija abandonada, y por los terribles golpes que inocentemente le daba Isabela, cuyo infernal carácter halló ocasión de desarrollarse libremente.
Por otra parte, una escena que ocurrió a principios del mes de marzo de 1843 va a explicar los efectos producidos por el odio persistente y latente de Isabela, ayudada siempre por la señora de Marneffe. Dos grandes acontecimientos se habían realizado en casa de la señora de Marneffe. En primer lugar, había echado al mundo un hijo no viable, cuyo ataúd le valía dos mil francos de renta; después, en cuanto al señor de Marneffe, he aquí la noticia que Isabela había dado a la familia once meses antes, de vuelta de una exploración hecha al palacio Marneffe.
-Esta mañana, esa horrible Valeria -había dicho aquélla- ha mandado llamar al doctor Bianchon para saber si no se engañaban los médicos que la víspera desahuciaron a su marido. Este doctor dijo que esta misma noche aquel hombre inmundo pertenecerá al infierno, que le espera. El padre Crevel y la señora Marneffe acompañaron al médico, al que su padre de usted, mi querida Celestina, le dio cinco monedas de oro por esta buena noticia. Al volver al salón, Crevel ha tocado las castañuelas como un bailarín y ha abrazado a aquella mujer, diciendo: «¡Ah! ¡Al fin serás la señora de Crevel!» Y cuando nos ha dejado solos para ir a ponerse a la cabecera del lecho de un marido que agonizaba, su honorable padre de usted me ha dicho a mí: «¡Con Valeria por mujer llegaré a ser par de Francia! Compraré una posesión que me gusta, la posesión de Presles, que la señora de Serizy quiere vender, y seré Crevel de Presles, me convertiré en miembro del Consejo general del Sena y Oise y diputado. ¡Tendré un hijo! En fin, seré todo lo que quiera ser.» «Bueno -le he dicho-; ¿y su hija?» «¡Bah! Es una hija -me ha respondido- que se ha vuelto demasiado Hulot, y Valeria tiene horror a esa familia... Mi yerno no ha querido venir nunca aquí. ¿Por qué se las echa de mentor, de Espartaco, de puritano, de filántropo? Además, yo he rendido cuentas a mi hija y ésta ha recibido ya toda la fortuna de su madre y doscientos mil francos más de los que le correspondían. De modo que puedo obrar a mi antojo. Juzgaré a mi yerno y a mi hija después de que me case; lo que ellos hagan haré yo. Si son buenos para su madrastra, ya veré. ¡Yo soy todo un hombre!» En fin, todas estas tonterías dichas colocado en su napoleónica postura.
Los diez meses de viudez oficial ordenados por el código de Napoleón habían expirado hacía ya algunos días. La posesión de Presles había sido ya comprada. Victorino y Celestina habían enviado aquella misma mañana a Isabela en busca de noticias a casa de la señora de Marneffe, acerca del matrimonio de esta encantadora viuda con el alcalde de París, convertido en miembro del Consejo general del Sena y Oise.
Celestina y Hortensia, cuyos lazos de afecto se habían estrechado al vivir bajo el mismo techo, estaban casi siempre juntas. La baronesa, llevada de su sentimiento de probidad que le hacía exagerar los deberes de su cargo, se sacrificaba en aras de la beneficencia, de la que era intermediaria, y salía todos los días, de once de la mañana a cinco de la tarde. Las dos cuñadas, unidas por los cuidados de sus hijos, a los que vigilaban en comunidad, permanecían juntas trabajando en casa. Habían llegado a pensar en voz alta, ofreciendo la conmovedora armonía de dos hermanas, la una feliz y la otra melancólica. Hermosa, llena de desbordante vida, risueña y ocurrente, la hermana desgraciada parecía desmentir su situación real por su exterior; mientras que la melancólica, amable y tranquila, pensativa y reflexiva habitualmente, hubiese hecho creer en la existencia de penas ocultas. Tal vez este contraste contribuía a su viva amistad. Aquellas dos mujeres se prestaban una a otra lo que les faltaba. Sentadas en un pequeño quiosco en medio de un jardinito, que la paleta de la especulación había respetado por un capricho del constructor, que creía conservar sus cien pies cuadrados para sí mismo, gozaban del nacimiento de las primeras filas, fiesta primaveral que sólo es saboreada en toda su extensión en París, donde los parisienses viven durante seis meses en el mayor olvido de la vegetación, entre los muros de piedra en que se agita su océano humano.
-Celestina -decía Hortensia, respondiendo a una observación de su hermana, que se quejaba de que su marido tuviese que estar en la Cámara con tan buen tiempo-, creo que no sabes apreciar bastante tu dicha. Victorino es un ángel y tú a veces lo atormentas.
-Querida mía, a los hombres les gusta ser atormentados. Ciertas triquiñuelas son una prueba de afecto. Si tu pobre madre hubiese sido no exigente, pero sí dispuesta siempre a serlo tal vez no hubieseis tenido que deplorar tantas desgracias.
-¡Isabela no vuelve! Voy a cantar la canción del Mambrú -dijo Hortensia-. ¡Cuánto me tarda el tener noticias de Wenceslao! ¿De qué vivirá? En dos años no ha hecho nada.
-Victorino me ha dicho que lo vio el otro día con esa odiosa mujer y supone que es ella la que lo mantiene en ociosidad. ¡Ah! Si tú quisieras, hermana querida, aún podrías atraer a tu marido.
Hortensia hizo con la cabeza un gesto negativo.
-Créeme, tu situación no tardará en ser intolerable -dijo Celestina, continuando-. En el primer momento, la cólera, la desesperación y la indignación te han dado fuerzas. Después, las desgracias inauditas que han caído sobre nuestras familias: dos muertes, la ruina y la catástrofe del barón de Hulot, ocuparon tu alma y tu corazón; pero ahora que vives en la calma y el silencio, no soportarás fácilmente el vacío de tu vida, y como tú no puedes ni quieres salir del sendero del honor, sería preciso que te reconcilies con Wenceslao. Victorino, que te quiere tanto, es también de esta opinión. Hay algo más fuerte que nuestros sentimientos, y es la naturaleza.
-¡Un hombre tan cobarde! -exclamó la altiva Hortensia-. Quiere a esa mujer porque le mantiene. ¿Habrá ella pagado sus deudas?... Dios mío, noche y día pienso en la situación de ese hombre. Es el padre de mi hijo y se deshonra.
-Mira a tu madre, amiga mía... -repuso Celestina.
Celestina pertenecía a ese género de mujeres que, cuando han escuchado razones suficientes para convencer al más terco, repiten por centésima vez su razonamiento primitivo. El carácter de su figura, un poco vulgar, frío y común; sus cabellos, de un castaño claro, dispuestos en rígidas ondas; el color de su tez, todo indicaba en ella a la mujer sin encantos, pero también sin debilidad.
-La baronesa bien desea estar al lado de su marido deshonrado para consolarle y ocultarlo en su corazón a todas las miradas -dijo Celestina, continuando-. Ha hecho arreglar arriba el cuarto del señor de Hulot, cual si de un día a otro fuese a encontrarlo e instalarlo allí.
-¡Oh! ¡Mi madre es sublime! -respondió Hortensia-. Es sublime a cada instante, todos los días, desde hace veinte años; pero yo no tengo su temperamento... ¿Qué quieres? A veces me enfado conmigo misma. ¡Ah! Celestina, tú no sabes lo que es tener que pactar con la infamia.
-¿Y mi padre? -repuso tranquilamente Celestina-. Es indudable que está en la misma senda en que pereció el tuyo. Mi padre tiene diez años menos que el barón, ha sido comerciante, es cierto, pero ¿cómo acabará? Esa señora Marneffe, le ha convertido en su perrito, dispone de su fortuna, de sus ideas, y nadie puede hacerle ver claro. En fin, tiemblo al pensar que se han publicado ya las proclamas de su matrimonio. Mi marido intenta un esfuerzo y considera como un deber el vengar a la sociedad y a la familia y el pedir cuentas a esa mujer de todos sus crímenes. ¡Ah! Hortensia querida, las almas nobles como la de Victorino, los corazones como los nuestros, comprenden demasiado tarde el mundo y sus medios. Esto, hermana querida, es un secreto que te confío, porque te interesa; pero ni una palabra, ni un gesto que se le revele a Isabela, ni a tu madre, ni a nadie, porque...
-Aquí está Isabela -dijo Hortensia-. Buena prima, ¿cómo va el infierno de la calle del Barbet?
-Mal para vosotras, hijas mías. Tu marido, mi buena Hortensia, está más entusiasmado que nunca con esa mujer, la cual hay que confesar que siente por él una pasión loca. Su padre de usted, mi querida Celestina, está completamente ciego por ella. Esto no es nada, porque es lo que veo cada quince días, y verdaderamente me considero feliz de no haber conocido nunca a ningún hombre. Son verdaderos animales. Dentro de cinco días Victorino y usted, querida mía, habrán perdido la fortuna de su padre.
-¿Se han publicado las proclamas? -preguntó Celestina.
-Sí -respondió Isabela-. Acabo de defender vuestra causa. Le he dicho a ese monstruo, que sigue las mismas huellas que el otro, que si quería sacaros del apuro en que estabais, desempeñando la casa, le ayudaríais agradecidos y recibiríais a vuestra suegra.
Hortensia hizo un gesto de espanto.
-Victorino dará su opinión -respondió fríamente Celestina.
-¿Sabe usted lo que me ha contestado el señor alcalde? -repuso Isabela-. Me dijo que se alegraba de que estén apurados, porque a los caballos sólo se les doma por el hambre, la falta de sueño y el azúcar. El barón de Hulot valía más que el señor Crevel. Así es que, hijas mías, ya podéis poneros luto por la herencia. ¡Y qué fortuna! Su padre ha pagado los tres millones por la posesión de Presles, y aún le quedan treinta mil francos de renta. ¡Oh! No tiene secretos para mí. Habla de comprar el palacio de Navarreins en la calle del Bac. La señora Marneffe posee, por su parte, cuarenta mil francos de renta. ¡Ah! Ahí está nuestro ángel guardián. Aquí está tu madre -exclamó al oír el rodar de un coche.
En efecto, la baronesa no tardó en descender la escalinata y unirse al grupo de familia. A los cincuenta y cinco años, agobiada por tantos dolores, temblando sin cesar, como si estuviese atacada de un temblor febril, Adelina, pálida y llena de arrugas, conservaba su hermoso talle, líneas correctas y su nobleza natural. Al verla, decía la gente: «Ha debido de ser muy hermosa.» Devorada por la pena de ignorar la suerte de su marido y de no poder hacerle participar de aquel oasis parisiense, en el retiro y en la soledad, del bienestar de que su familia iba a gozar, ofrecía la suave majestad de las ruinas. A cada destello de esperanza frustrada, a cada indagación inútil, Adelina caía en negras melancolías que desesperaban a sus hijos. La baronesa, que había salido por la mañana con una esperanza, era impacientemente esperada. Un teniente general, obligado a Hulot, al que debía su fortuna administrativa, decía haber visto al barón en un palco en el teatro del Ambigú Cómico, con una mujer de una hermosura espléndida. Adelina se dirigió a casa del barón de Vernier. Este alto funcionario, aunque afirmó que había visto a su antiguo protector y que la manera de estar durante la representación con aquella mujer acusaba un matrimonio clandestino, acababa de decir a la señora de Hulot que su marido, para evitar su encuentro, había salido mucho antes de terminar la función.
-Estaba como un hombre en familia, y su porte denotaba miseria oculta -acabó diciendo.
-¿Qué hay? -preguntaron las tres mujeres a la baronesa.
-El señor de Hulot está en París, y el saber que está cerca de nosotras es para mí un destello de dicha -respondió Adelina.
-Al parecer no se ha enmendado -dijo Isabela, cuando acabó Adelina de contar su entrevista con el barón de Vernier-. Se habrá liado con alguna obrera. Pero ¿de dónde sacará el dinero? Apuesto a que se lo pide a sus antiguas queridas, a la señorita, Jenny Cadine, o a Josefa.
La baronesa sintió doblemente excitados sus nervios, se enjugó las lágrimas que acudieron a sus ojos y alzó sus miradas dolorosamente hacia el cielo.
-No creo que un oficial de la Legión de Honor haya descendido tan bajo -dijo.
-¿Qué no haría por darse gusto? -repuso Isabela-. Ha robado al Estado, y será capaz de robar a los particulares, y quizá de asesinar.
-¡Oh! Isabela -exclamó la baronesa-, guárdate esos pensamientos para ti.
En aquel momento Luisa se acercó al grupo formado por la familia, al cual se habían unido los dos pequeños Hulot y el pequeño Wenceslao para ver si los bolsillos de su abuela contenían golosinas.
¿Que pasa, Luisa? -le interrogaron.
-Un hombre que pregunta por la señorita Fischer.
-¿Qué hombre es? -dijo Isabela.
-Señorita: está lleno de andrajos, va cubierto de plumón como un colchonero, tiene la nariz roja como un tomate, y apesta a vino y a aguardiente. Debe de ser uno de esos obreros que apenas si trabajan media semana.
Esta descripción poco grata dio por resultado el que Isabela saliese al patio de la casa de la calle de Luis el Grande, donde encontró a un hombre que fumaba en una pipa cuyo culottage anunciaba al fumador artista.
¿Por qué viene usted aquí, padre Chardin?. -le dijo-. Habíamos convenido en que estaría usted todos los primeros sábados de cada mes a la puerta del palacio Marneffe, en la calle de Barlet de Touy. Llego ahora; he estado allí cerca de cinco horas y usted no se presentó.
-He estado, mi respetable y caritativa señorita -respondió el colchonero-; pero había una gran partida de honor en el café de los Sabios, en la calle del Corazón Volante, y cada uno tiene sus pasiones. La mía es el billar. A no ser por el billar, podría yo comer en platos de plata; pero fíjese usted bien -dijo, sacando un papel del bolsillo de su desgarrado pantalón-: el billar trae las copitas y las guindas en aguardiente... Es ruinoso, como todas las cosas buenas, por los accesorios. Conozco la consigna; pero el viejo está en un apuro tan grande, que me he atrevido a venir al terreno prohibido... Si nuestra crin fuera toda crin, se dormiría bien encima; pero allí hay mezcla. Dios no es igual para todos, como dicen, sino que tiene preferencias; está en su derecho. Aquí está el escrito de su estimado pariente, tan buen amigo del colchón... Ésa es su opinión política.
El padre Chardin trató de hacer algunos zigzags en la atmósfera con el índice de su mano derecha.
Isabela, sin escuchar, leía estas dos líneas:
«Querida prima: ¡Sea usted mi providencia! Deme hoy mismo trescientos francos.
Héctor.»
-¿Para qué quiere tanto dinero?
-¡El propietario! -dijo el padre Chardin, que seguía tratando de dibujar arabescos-. Además, mi hijo ha vuelto de Argelia por España y... no ha podido traer nada, contra su costumbre. Porque, crea usted, está acabado, con perdón, mi hijo. ¿Qué quiere usted? Tiene hambre; pero nos devolverá lo que le prestemos, pues dice que va a hacer una gorda; tiene ideas que pueden llevarle lejos...
-Sí, a la cárcel -repuso Isabela-; es el asesino de mi tío y no lo olvidaré nunca.
-¿Él? ¡Si no podría sangrar a un pollo, respetable señorita!
-Bueno; aquí tiene trescientos francos -dijo Isabela, sacando quince monedas de oro del bolsillo-. Váyase y no vuelva nunca más aquí.
Esto diciendo, acompañó al padre del guardaalmacén de víveres de Orán hasta la puerta, y una vez allí, le dijo al portero:
-Siempre que ese hombre venga, si por casualidad vuelve, no le deje entrar y dígale que no estoy en casa. Si quisiese saber si el hijo del señor Hulot o si la señora baronesa viven aquí, le responderá usted que no conoce a estas personas.
-Está bien, señorita.
-Le va en ello su colocación, en caso de una torpeza, aunque sea involuntaria -le dijo la solterona al oído a la portera-. Primo mío -le dijo al abogado, que llegaba entonces-, está usted amenazado de una gran desgracia.
-¿Cuál?
-Dentro de algunos días tendrá usted por suegra a la señora de Marneffe...
-¡Ya lo veremos! -respondió Victorino.
Hacía ya medio año que Isabela pagaba puntualmente todos los meses una pequeña pensión a su protector, el señor barón de Hulot, de quien era la protectora; conocía el secreto de su morada y saboreaba las lágrimas de Adelina, a la cual solía decir, cuando la veía alegre o esperanzada: «Espere usted ver algún día el nombre de mi primo en la sección de Tribunales.» En esto, como precedentemente, iba demasiado lejos en su venganza, tanto que había despertado la prudencia de Victorino. Éste había resuelto acabar con aquella espada de Damocles mostrada incesantemente por Isabela y con el demonio hembra a quien su madre y la familia debían tantas desgracias. El príncipe de Wissemburgo, que conocía la conducta de la señora Marneffe, apoyaba la empresa secreta del abogado y le había prometido, como promete un presidente del Consejo, la intervención secreta de la Policía para instruir a Crevel y para salvar toda una fortuna de las garras de la diabólica cortesana, a la que no perdonaba ni la muerte del mariscal de Hulot ni la ruina total del consejero de Estado.
Aquellas palabras. «se lo pedirá a sus antiguas queridas», dichas por Isabela, ocuparon durante toda la noche a la baronesa. Como los enfermos desahuciados que se entregan a los charlatanes; como las gentes llegadas al último círculo dantesco de la desesperación, o como los abogados que toman las estacas flotantes por amarras, acabó por creer cierta la bajeza, cuya sola sospecha le había indignado, y se decidió a recurrir a alguna de aquellas odiosas mujeres. Al día siguiente, por la mañana, sin consultar a sus hijos, sin decir una palabra a nadie, se fue a casa de la señorita Josefa Mirah, prima donna de la Academia Real de Música, a fin de realizar o de ver desvanecida la esperanza que acababa de relucir como un fuego fatuo. A mediodía, la camarera de la célebre cantante la entregaba la tarjeta de la baronesa de Hulot, diciéndola que esta señora esperaba a la puerta, después de haberla preguntado si la señorita podía recibirla.
-¿Está arreglado el salón?
-Sí, señorita.
-¿Han sido renovadas las flores?
-Sí, señorita.
-Pues dile a Juan que dé un vistazo para que nada falte, antes de introducir a esa señora, y que procure tener con ella las mayores consideraciones. Anda, y vuelve a vestirme, porque quiero estar lo más hermosa posible.
Y diciendo esto, fue a mirarse en su espejo, pensando:
-Acicalémonos. Es necesario que el vicio se presente armado ante la virtud. ¡Pobre mujer! ¿Qué me querrá?... Me conmueve el ver
¡De la desgracia a una víctima augusta!...
Acababa de cantar este célebre aire, cuando la camarera volvió.
-Señora -dijo la camarera-, esa dama parece presa de un temblor nervioso.
-Ofrécela agua de azahar, ron, un caldo...
-Ya lo he hecho, señorita; pero lo ha rechazado todo, diciendo que era un pequeño ataque de los nervios.
-¿Dónde la habéis hecho entrar?
-En el salón grande.
-Date prisa, hija mía, vamos, mis zapatillas más lindas, la bata de flores que me hizo Bijou, todos mis encajes. Hazme un peinado para que asombre a una mujer. Esa señora representa un papel opuesto al mío. Que le digan a esa dama (porque es una gran dama, hija mía, ¡qué digo!, es más aún: es lo que tú no serías nunca, es una mujer cuyas oraciones libran a las almas de vuestro purgatorio) que estoy en la cama, que representé ayer y que me estoy levantando.
La baronesa, introducida en el gran salón de la casa de Josefa no notó el tiempo que había pasado allí aunque esperó durante media hora larga. Aquel salón, renovado ya desde la instalación de Josefa en aquel palacio, estaba cubierto de sederías color massaca y oro. El lujo que antaño desplegaban en sus casas los grandes señores, y del que tantos magníficos restos son testimonio de aquellas locuras que tan bien justificaban su nombre, brillaba con la perfección debida a los medios modernos en las cuatro estancias abiertas, cuya temperatura estaba mantenida por un calorífero de bocas invisibles. La baronesa, aturdida, examinaba cada objeto de arte con profundo asombro, encontrando en ellos la explicación de aquellas fortunas fundidas en el crisol bajo el que la vanidad y el placer atizan un fuego devorador. Aquella mujer que, desde hacía veintiséis años, vivía en medio de las frías reliquias del lujo imperial, cuyos ojos contemplaban alfombras de flores deslucidas, bronces desdorados, sederías tan marchitas como su corazón, entrevió el poder de las seducciones del vicio examinando sus resultados. No era posible dejar de envidiar aquellas hermosas cosas, aquellas admirables creaciones a las que habían contribuido los grandes artistas desconocidos que constituyen el París actual. Allí todo sorprendía, por la perfección de la pieza única. Rotos los modelos, las formas, las figuritas y las esculturas eran todas originales. Era aquélla la última palabra del lujo moderno. Poseer cosas que no estén vulgarizadas por dos mil opulentos burgueses, que creen vivir con lujo por haber adquirido esas riquezas que llenan los almacenes, es el sello del verdadero lujo, el lujo de los grandes señores modernos, estrellas efímeras del firmamento parisiense. Examinando jardineras llenas de las más raras flores exóticas, guarnecidas de bronces grabados, según el estilo de Poulle, la baronesa quedó espantada ante las riquezas que contenía aquella habitación. Necesariamente, este sentimiento hubo de reaccionar sobre la persona en derredor de la cual corrían a torrentes aquellas profusiones. Adelina pensó que Josefa Mirah, cuyo retrato, debido al pincel de José Bridau, brillaba en el vecino tocador, era una cantante de genio, una Malibrán, y esperaba ver una verdadera leona. Sintió haber ido. Pero iba empujada por un sentimiento tan poderoso, tan natural y tan poco calculador, que procuró armarse de valor para sostener aquella conferencia. Además iba a satisfacer aquella curiosidad que la punzaba, de estudiar el canto que poseen esa clase de mujeres, para extraer tanto oro de los yacimientos avaros del suelo parisiense. La baronesa se miró al espejo para saber si no formaba un contraste en medio de todo aquel lujo; pero iba bien con su traje de terciopelo, sobre el que se ostentaba un cuello de magnífico encaje; su sombrero, de terciopelo del mismo color, le sentaba admirablemente. Viéndose todavía imponente como una reina, siempre reina, aunque se viese aniquilada, pensó que la nobleza de la desgracia valía tanto como la nobleza del talento. Después de haber oído abrir y cerrar varias puertas, notó al fin la presencia de Josefa. La cantante se parecía a la Judit de Alloris, grabada en el recuerdo de todos los que la han visto en el palacio Pitti, cerca de la puerta del salón grande: la misma postura altiva, el mismo rostro sublime, cabellos negros y retorcidos sin apresto y una bata amarilla con millares de flores bordadas absolutamente semejante al brocado con que está vestida la inmortal homicida creada por el sobrino de Broncino.
-Señora baronesa, me confunde usted con el honor que me hace viniendo a mi casa -dijo la cantante, que se había comprometido a desempeñar bien el papel de gran dama.
Acercó por sí misma una butaca a la baronesa y ella tomó para sí una silla. Notó la marchita belleza de aquella mujer y sintió una profunda piedad viéndola agitada por aquel temblor nervioso que la menor emoción hacía convulsivo. Leyó con una sola mirada aquella vida santa que en otro tiempo la pintaban Hulot y Crevel, y no sólo abandonó la idea de luchar contra aquella mujer, sino que, comprendiendo su grandeza, se humilló aún más ante ella. La sublime artista admiró aquello mismo que sirviera de burla a la cortesana.
-Señorita, vengo empujada por la desesperación, que nos hace recurrir a todos los medios...
Un gesto de Josefa le hizo comprender a la baronesa que acababa de herir a aquella de quien tanto esperaba, y se quedó mirando a la artista. Aquella mirada llena de súplica apagó la llama de los ojos de Josefa, que acabó por sonreír. Fue esto, entre aquellas dos mujeres, un diálogo mudo de horrible elocuencia.
-Hace ya dos años y medio que el señor de Hulot dejó a su familia, e ignoro dónde está, aunque sé que vive en París -repuso la baronesa con voz emocionada-. Un sueño me ha sugerido la idea de que usted ha debido interesarse por el señor de Hulot. Si usted pudiese hacer que yo volviese a ver al señor Hulot, ¡oh, señorita!, mientras yo viviese rogaría a Dios por usted todos los días.
Dos gruesas lágrimas que brotaron de los ojos de la cantante anunciaron su respuesta.
-Señora -dijo con acento de profunda humildad-, le he hecho daño sin conocerla; pero ahora que tengo la dicha al verla, de haber conocido a la imagen de la virtud que hay en la Tierra, créame que comprendo todo el alcance de mi falta y que siento un verdadero arrepentimiento; así es que estoy dispuesta a todo para repararla.
Tomó la mano de la baronesa sin que ésta pudiera oponerse a semejante movimiento, se la besó de la manera más respetuosa y se humilló hasta el punto de hincar una rodilla en tierra. Después se levantó altiva, como cuando entraba en escena representando el papel de Matilde, y llamó a su ayuda de cámara.
-Tome usted un caballo -le dijo-, reviéntelo si es preciso, búsqueme a la pequeña Bijou en la calle de Saint-Maur del Temple y tráigamela en coche, dándole al cochero una buena propina para que venga al galope. No pierda usted un minuto... o le despido. Señora -dijo volviéndose hacia la baronesa y hablándola con tono respetuoso-, debe usted perdonarme. Tan pronto como tuve por protector al duque de Herouville despedí al barón, al saber que por mí estaba arruinando a su familia. ¿Qué más podía hacer? En la carrera del teatro todas necesitamos protección cuando empezamos. Nuestro sueldo no basta para sufragar la mitad de los gastos y por eso nos procuramos maridos temporeros. Yo no quería al señor de Hulot, que me hizo abandonar a un hombre rico, a un animal vanidoso. Seguramente el padre Crevel se hubiera casado conmigo.
-Él mismo me lo ha dicho -dijo la baronesa, interrumpiendo a la cantante.
-¿Lo ve usted, señora? De ese modo, hoy sería una mujer honrada, habiendo tenido un solo marido legal.
-Señorita, tiene usted excusas, y Dios las apreciará -dijo la baronesa-. Pero yo, lejos de hacerle reproches, he venido, por el contrario, a contraer con usted una deuda de agradecimiento.
-Señora, pronto hará tres años que sostengo al señor barón...
-¿Usted? -exclamó la baronesa, llorando-¡Ah! ¿Qué puedo hacer yo por usted? Sólo puedo rogar...
-Yo y el señor duque de Herouville, un noble corazón, un verdadero hidalgo -repuso la cantante.
Y Josefa contó la llegada y el concubinato del padre Thoul.
-De modo, señorita -dijo la baronesa-, que gracias a usted mi marido no ha carecido de nada.
-Señora, para lograrlo hemos hecho cuanto hemos podido.
-¿Y dónde está ahora?
-Hace unos seis meses me dijo el señor duque que el barón, a quien su notario conoce por el nombre deThoul había agotado los ocho mil francos que sólo debían serle entregados por partidas iguales de tres en tres meses -respondió Josefa.- Ni yo ni el señor de Herouville hemos oído hablar más del barón. Nuestra vida está tan ocupada, que no he tenido tiempo para seguirle los pasos al padre Thoul. Además, hace seis meses que Bijou, mi bordadora, su... ¿cómo diré yo?
-Su querida -dijo la señora de Hulot.
-Su querida -repitió Josefa- no ha venido aquí. Pudiera muy bien haber ocurrido que la señorita Olimpia Bijou se haya divorciado... El divorcio es muy frecuente en nuestra clase.
Josefa se levantó, fue recorriendo las flores raras de sus jardineras e hizo un encantador, un delicioso ramillete para la baronesa, cuya atención estaba, digámoslo francamente, equivocada. Al igual que esos buenos burgueses que consideran a los genios como una especie de monstruos que comen, beben, andan y hablan de distinto modo que los demás hombres, la baronesa esperaba ver a Josefa la fascinadora, a Josefa la cantante, la insinuante y amorosa cortesana, y se encontraba con una mujer tranquila y sosegada que poseía la nobleza de su talento, la sencillez de una actriz que sabe que sólo reina durante la noche y, en suma, algo mejor aún, la sinceridad de la muchacha que con sus miradas, su actitud y sus modales tributaba un pleno y completo homenaje a la mujer virtuosa, a la Mater dolorosa del himno santo, que hacía florecer las llagas, como en Italia las hace florecer la Madona de las rosas.
-Señora, ahora viene la madre de la Bijou -se presentó a decir el ayuda de cámara, vuelto al cabo de una hora-; pero lo que es con la pequeña Olimpia me parece que no debe usted contar. La bordadora de la señora se ha vuelto mujer de su casa: se ha casado.
-¿Por detrás de la iglesia? -preguntó Josefa.
-No, señora, se ha casado de veras. Está al frente de un magnífico establecimiento. Se ha casado con el propietario de un gran almacén de novedades, donde se han gastado millones, en el bulevar de los Italianos, y ha dejado su establecimiento de bordados a sus hermanas y a su madre. Se llama hoy la señora de Grenouville. Este gran negociante...
-¡Un Crevel!
-Sí, señora --dijo el criado-. Ha reconocido treinta mil francos de renta en el contrato de matrimonio de la señorita Bijou. Según se dice, su hermana mayor va a casarse con un rico carnicero.
-Su negocio me parece que va mal -dijo la cantante a la baronesa-. El señor barón no está ya donde le había puesto.
Diez minutos después anunciaron a la señora Bijou. Por prudencia, Josefa hizo pasar a la baronesa a su gabinete tocador, corriendo la cortina. -
-La intimidaría usted -le dijo a la baronesa-, y sabiendo que está usted interesada, no diría nada de lo que deseamos saber. ¡Déjeme usted confesarla! Ocúltese aquí y lo podrá oír todo. Esta escena se representa con tanta frecuencia en la vida como en el teatro. ¡Hola, madre Bijou! -dijo la cantante a una mujer vieja, que llevaba un traje de tartán y que parecía una portera endomingada-. ¿Conque ya son ustedes felices? Su hija ha tenido suerte.
-¡Oh, felices! Mi hija nos da cien francos mensuales y va en coche, come en servicios de plata y es miyonaria. Olimpia bien podía haberme puesto fuera de cuidados. A mi dad trabajar, ¿es cosa agradable?
-Hace mal en ser ingrata, por que a usted le debe su belleza -repuso Josefa-, pero ¿por qué no ha venido a verme? Yo fui la que la saqué de apuros casándola con mi tío.
-Si, señora, el padre Thoul; pero está muy viejo y muy cascado.
-¿Qué han hecho ustedes, pues, de él? ¿Está en su casa? Hizo mal en abandonarlo, porque hoy es millonario.
-¡Ah! ¡Dios de Dios! -dijo la madre Bijou-. ¿Cree usted que no se lo decíamos cuando se portaba mal con el pobre viejo, que era la amabilidad misma? ¡Ah! ¡No sabe usted lo que la hacía rabiar! Señora, Olimpia ha sido pervertida.
-¿Cómo?
-Señora, con su perdón, conoció a uno de la claque, sobrino de un viejo colchonero del arrabal de Saint-Marceau. Ese holgazán, como todos los mozos guapos, semejante rufián es la peste del bulevar del Temple, donde trabaja en las obras nuevas, y cuida las entradas de las actrices, como él suele decir. Por la mañana almuerza, y antes de la función como para ponerse en situación; en fin, le gustan los licores y el billar desde la cuna. ¿Acaso es esto una profesión, como le decía yo a Olimpia?
-Desgraciadamente es una profesión -dijo Josefa.
-En fin, señora, Olimpia había perdido la cabeza por ese muchacho, que frecuentaba muy malas compañías, tan malas, que estuvo a punto de ser preso en la taberna donde se reúnen los ladrones; pero el señor Braulard, jefe de la claque, lo reclamó. Llevaba pendientes de oro y vivía sin hacer nada, colgado de mujeres que enloquecen por esos buenos mozos... Se comió todo el dinero que el señor Thoul le daba a la pequeña. La tienda iba muy mal. Lo que se ganaba con los bordados se lo llevaba el billar. Por entonces, señora, ese mozo tenía una hermana muy bonita que hacía la misma vida del hermano, no gran cosa en el barrio de los estudiantes.
-Una entretenida del barrio de la Cabaña -dijo Josefa.
-Sí, señora -añadió la madre Bijou-. Idamoro, así se llamaba como nombre de guerra, pues el suyo verdadero es Chardin, supuso que su tío debía tener más dinero del que decían, y halló la manera de enviar a nuestra casa como obrera, sin que mi hija lo sospechase, a su hermana Elodia (le ha dado un nombre de teatro). ¡Dios de Dios! ¡Lo que nos ha revuelto todo! Pervirtió a todas aquellas pobres muchachas, que se volvieron tales que ya no se las podía limpiar. Hizo tanto, que logró conquistar al padre Thoul y se lo llevó no sabemos dónde, lo cual nos ha colocado en un gran apuro a causa de las letras. Aún estamos sin poder pagar...; pero mi hija, que está en ello, vigila los vencimientos... Cuando Idamoro vio al viejo en su poder por mediación de su hermana, plantó a mi pobre hija y está ahora con una primera corista de los Funámbulos. De esto provino el matrimonio de mi hija, como va usted a ver.
-Pero ¿sabe usted dónde vive el colchonero? -preguntó Josefa.
-¿El viejo padre Chardin? ¿Acaso se puede llamar vivir a lo que él hace? Está borracho desde las seis de la mañana, hace un colchón al mes, se pasa el día en las lóbregas tabernas y haciendo poules.
-¿Cómo haciendo poules?... ¡Es un gallo altivo!
-No me entiende usted, señora; se trata de la poule en el billar, de las que gana tres o cuatro todos los días y se las bebe.
-¡Caldos de gallina! -dijo Josefa-. Pero Idamoro funciona en el bulevar y, dirigiéndose a su amigo Braulard, se le encontrará.
-Señora, no sé, porque estos acontecimientos ocurrieron hace ya seis meses. Idamoro es uno de esos jóvenes llamados a ir a la cárcel, de allí a Melun, y después...
-A presidio -dijo Josefa.
-¡Ah! Veo que la señora lo sabe todo -dijo la madre Bijou, sonriéndose-. Si mi hija no hubiese conocido a ese pillo sería... De todos modos, me dirá usted que ha tenido mucha suerte, porque el señor de Grenouville se enamoró hasta tal punto que se ha casado con ella.
-¿Y cómo se hizo ese matrimonio?
-Por la desesperación de Olimpia, señora. Cuando se vio abandonada por la corista, a la que le dio una sopapina... ¡la claveteó!... y vio que había perdido al padre Thoul, que la adoraba quiso renunciar a los hombres. Por entonces el señor Grenouville, que iba a comprar mucho a nuestra casa, doscientas estolas de China bordadas por trimestre, quiso consolarla; pero ella, cierto o no, no quiso escuchar nada a no ser en la alcaldía y en la iglesia. «Quiero ser honrada o pereceré», solía decir siempre, y se mantuvo firme. El señor Grenouville consintió en casarse con ella con la condición de que renunciase a nosotros, y nosotros lo hemos consentido.
-¿Mediante una prima? -dijo la perspicaz Josefa.
-Sí, señora, diez mil francos, y una renta a mi padre, que no puede ya trabajar.
-Yo rogué a su hija que hiciese feliz al padre Thoul, y lo ha sumido en un lodo. Eso no está bien. Nunca más me interesaré por nadie. He ahí lo que resulta de dedicarse a la beneficencia. Decididamente la beneficencia no es buena más que como especulación. ¡No venir siquiera a decirme nada Olimpia, de todos esos cambios! Si encuentra usted al padre Thoul antes de quince días le daré mil francos. -Mi buena señora, la cosa es muy difícil; pero en mil francos hay muchos duros, y yo voy a procurar ganar ese dinero.
-Adiós, señora Bijou.
Al volver a su gabinete tocador la cantante encontró a la señora de Hulot completamente desmayada; pero a pesar de haber perdido los sentidos, el temblor nervioso continuaba agitándola, como se agitan los trozos de una culebra recién cortada en pedazos. Algunas sales fuertes, agua fresca y otras cosas de costumbre, volvieron la vida a la baronesa o mejor dicho, el sentimiento de sus dolores.
-¡Ah, señorita! ¡Hasta dónde ha caído! -exclamó al reconocer a la cantante y viéndose sola con ella.
-Tenga usted valor, señora -respondió Josefa, que se había arrodillado en un cojín a los pies de la baronesa y la besaba las manos-; ya lo encontraremos y, si está en el fango, bueno, ya se limpiará. Créame, para las personas bien educadas, esto es cuestión de hábitos... Permítame reparar mis culpas con usted, porque al ver que ha venido usted aquí, comprendo lo mucho que quiere usted aún a su marido, a pesar de su conducta... ¡Diantre! A ese pobre hombre le gustan las mujeres... Bueno, si usted hubiera tenido un poco de nuestro chic, le hubiera usted impedido corretear, porque hubiera usted sido lo que nosotras sabemos ser: todas las mujeres para un hombre. El Gobierno debiera crear una escuela de Gimnasia para las mujeres honradas. Pero los Gobiernos son tan mojigatos... porque están formados por los hombres a quienes nosotras manejamos. Yo compadezco a los pueblos... Pero ahora se trata de trabajar para usted y no de reír. Señora, váyase usted a su casa, esté usted tranquila y no se atormente más. Yo le devolveré a su Héctor como era hace treinta años.
-¡Oh, señorita, vamos a casa de esa señora de Grenouville! -dijo la baronesa-. Ella debe de saber algo, y tal vez podré ver hoy al señor de Hulot y podré arrancarle inmediatamente de la miseria, de la vergüenza...
-Señora, empezaré por testimoniarle el agradecimiento profundo que le he de guardar por el honor que me ha hecho haciendo que nadie vea a la cantante Josefa, a la querida del duque de Herouville junto a la imagen más hermosa y más santa de la virtud. La respeto a usted demasiado para presentarme acompañada de usted. Y no tome esto como una humildad de cómica, sino como un homenaje que la rindo. Señora, usted me hace arrepentirme de no haber seguido su senda, a pesar de las espinas que ensangrientan sus manos y sus pies; pero ¿qué quiere usted? Yo pertenezco al arte como usted pertenece a la virtud.
-¡Pobre joven! -dijo la baronesa, conmovida en medio de sus dolores por un singular sentimiento de simpatía y conmiseración-. Yo rogaré por usted, porque veo que es usted víctima de la sociedad que necesita espectáculos. Cuando empiece a ser vieja haga penitencia y será perdonada si Dios se digna escuchar las plegarias de una...
-De una mártir, señora -dijo Josefa, besando respetuosamente la falda de la baronesa.
Pero Adelina tomó la mano de la cantante, la atrajo hacia sí y la besó en la frente. Roja de placer la cantante, acompañó a Adelina hasta su coche, haciendo las demostraciones más serviles.
-Debe de ser alguna dama de caridad -dijo el ayuda de cámara a la camarera-, porque no es así con nadie, ni aun con su buena amiga la señora Jenny Cadine.
-Señora, espere usted algunos días -dijo-, y lo verá, o renegaré del Dios de mis padres, lo cual, para una judía, ya ve usted, es tanto como prometerla el éxito.
En el momento en que la baronesa entraba en casa de Josefa, Victorino recibía en su despacho a una vieja de unos setenta y cinco años, la cual para llegar hasta el célebre abogado había echado por delante el terrible nombre del jefe de Policía de Seguridad. El ayuda de cámara anunció:
-La señora de Saint-Esteve.
-He empleado uno de mis nombres de guerra -dijo, sentándose.
Victorino sintiose presa de un estremecimiento exterior, por decirlo así, ante el aspecto de aquella espantosa vieja. Aunque iba ricamente vestida, causaba espanto por los signos de fría maldad que ofrecía su cara vulgar, horriblemente arrugada, blanca y musculosa. Marat, de mujer y a aquella edad, hubiese sido, como la Saint-Esteve, la imagen animada del Terror. Aquella vieja siniestra denotaba en sus ojillos claros la avidez sanguinaria de los tigres. Su nariz aplastada, cuyas fosas agrandadas en agujeros ovales parecían despedir el fuego del infierno, recordaba el pico de las peores aves de presa. El genio de la intriga parecía asentarse en su frente baja y cruel. Los largos pelos de su barba, brotados al azar de todos los huecos de su cara, anunciaban la virilidad de sus proyectos. Cualquiera que hubiese visto a aquella mujer hubiese creído que ningún pintor había sabido representar a Mefistófeles.
-Mi querido señor -le dijo con aire protector-, desde hace mucho tiempo no me dedico a nada. Lo que voy a hacer por usted va a ser por consideración a mi querido sobrino, a quien quiero más que si fuese mi hijo... Ahora bien, el prefecto de Policía, a quien el presidente del Consejo dijo dos palabras al oído referentes a usted, ha conferenciado con el señor Chapuzot, y ambos han acordado que la policía no debía figurar para nada en un asunto de este género. Han dado carta blanca a mi sobrino; pero mi sobrino no intervendrá en ello más que para aconsejar, pues no debe comprometerse...
-¿Es usted tía de...?
-Ha acertado usted y me siento un poco orgullosa de ello -respondió, cortando la palabra al abogado-, porque es discípulo mío, pero un discípulo que no tardó en convertirse en maestro. Hemos estudiado su asunto y lo hemos juzgado ya. ¿Da usted treinta mil francos si le dejamos libre de todo estorbo? Yo le liquido el asunto y usted no paga hasta que el negocio esté hecho.
-¿Conoce usted las personas?
-No, mi querido señor; espero sus informes. Nos han dicho que hay un bienaventurado viejo que está en manos de una viuda... Esta viuda, de veintinueve años, ha desempeñado tan bien su oficio de ladrona, que tiene ya cuarenta mil francos de renta sacados a dos padres de familia. Está a punto de tragarse ochenta mil francos de renta casándose con un infeliz de sesenta y un años; arruinará a toda una familia honrada y dará toda su fortuna al hijo de algún amante, desembarazándose prontamente de su anciano marido. Éste es el problema.
-Exactamente -dijo Victorino-. Mi suegro, el señor Crevel...
-Antiguo perfumista, un alcalde; vivo en su distrito bajo el nombre de señora Nourrison -respondió ella.
-La otra persona es la señora Marneffe.
-No la conozco -dijo la señora de Saint-Esteve-; pero dentro de tres días estaré en situación de decirle a usted hasta las camisas que tiene.
-¿Podría usted impedir el matrimonio? -preguntó el abogado.
-¿En qué estado se halla?
-En la segunda proclama.
-Habría que secuestrar a la mujer. Estamos en domingo y no quedan más que tres días, porque se casarán el miércoles. ¡Es imposible! Pero podríamos matarla.
Al oír esta- dos últimas palabras, dichas con gran sangre fría, Victorino de Hulot no pudo menos de dar un salto de hombre honrado.
-¡Asesinar! -dijo-. ¿Y cómo se las compondría usted?
-Señor, hace ya cuarenta años que reemplazamos al Destino -respondió con un orgullo formidable- y que hacemos en París cuanto queremos. ¡Uy! Más de una familia, y del arrabal de Saint-Germain, me ha puesto al tanto de sus secretos. He hecho y he roto muchos matrimonios, he anulado muchos testamentos y he salvado muchas honras. Guardo aquí -dijo, señalando su frente- un montón de secretos que me valen treinta y seis mil francos de renta, y usted será uno de mis corderos. Una mujer como yo, ¿sería lo que soy si dijese los medios que empleo? Yo obro. Mi querido señor, todo lo que yo haga será obra de la casualidad, y usted no tendrá el más ligero remordimiento. Le ocurrirá a usted como a las gentes que curan las sonámbulas que, al cabo de un mes, creen que la Naturaleza lo ha hecho todo.
Victorino sintió un sudor frío. El aspecto del verdugo no le hubiera espantado tanto como el de aquella hermana sentenciosa y pretenciosa del presidio, cuyo vestido color de vino pareciole empapado en sangre.
-Señora, renuncio al auxilio de su experiencia y de su actividad si el éxito ha de costar la vida a alguien y si se ha de realizar el más insignificante crimen.
-Señor, es usted un niño grande -respondió la señora de Saint-Esteve-. Quiere usted permanecer probo a sus propios ojos, sin dejar de desear que su enemigo sucumba.
Victorino hizo un gesto negativo.
-Sí -repuso la vieja-, usted quiere que esa señora Marneffe abandone la presa que tiene entre los dientes; pero ¿cómo haría usted para arrancarle a un tigre su pedazo de carne? ¿Pasándole la mano por el lomo y diciéndole: gatito, gatito? No es usted lógico. Usted ordena que se realice un combate y no quiere que haya heridas. Está bien, voy a hacerle merced de esa inocencia que tanto anhela; siempre he visto en la honradez el disfraz de la hipocresía. Dentro de tres meses vendrá un día un pobre sacerdote a pedirle cuarenta mil francos para una obra pía, para un convento arruinado en Levante, en el desierto... Si está usted contento de su suerte, dele al buen hombre los cuarenta mil francos, que más tendrá usted que vaciar sobre el fisco. Eso no será nada comparado con lo que usted recogerá.
Se irguió sobre sus anchos pies, contenidos apenas en unos zapatos de satén, de los que se desbordaba la carne, saludó sonriéndose y se retiró.
-El diablo tiene una hermana -dijo Victorino, levantándose.
Acompañó a aquella horrible desconocida, evocada de los antros del espionaje, como del escotillón de la ópera se yergue un monstruo al golpe de la varita de virtudes de una hada en un baile de espectáculo. Después de haber terminado sus asuntos en la Audiencia, Victorino fuese a casa del señor Chapuzot, jefe de uno de los servicios más importantes de la Delegación de Policía, con el fin de pedirle informes acerca de aquella dama desconocida. Al ver solo al señor Chapuzot en su despacho, Victorino le dio las gracias por su concurso y después le dijo:
-Me ha enviado usted a una mujer que podría servir para personificar a la ciudad de París, considerada desde el punto de vista criminal.
El señor Chapuzot colocó los lentes sobre sus papeles y miró al abogado con aire de asombro.
-Yo no me hubiera nunca permitido enviarle a nadie sin advertírselo antes o sin darle por lo menos una carta de presentación.
-Entonces, acaso haya sido el señor prefecto.
-No lo creo -dijo Chapuzot-. La última vez que el príncipe de Wissemburgo comió en casa del ministro de la Gobernación vio al señor prefecto y le habló de la situación en que usted estaba, una situación deplorable, preguntándole amistosamente si podía acudir en su socorro. El señor prefecto, vivamente interesado por el afán que su excelencia mostró con relación a este asunto de familia, tuvo la complacencia de consultarme sobre este punto. Desde que el señor prefecto tomó las riendas de este ramo de la Administración tan calumniado y tan útil, se ha propuesto no intervenir para nada en cuestiones de familia. En principio, y como moral, ha tenido razón; pero en realidad ha hecho mal. Desde 1799 a 1813, en los cuarenta y cinco anos en que yo figuro en ella, la policía ha prestado inmensos servicios a las familias. Desde 1820 la Prensa y el Gobierno constitucional han cambiado por completo las condiciones de nuestra existencia; así es que yo le aconsejé que no se ocupase de semejante asunto, y el señor prefecto ha tenido la bondad de seguir mi consejo. El jefe de la Policía de Seguridad recibió la orden delante de mí de no seguir adelante, y si por casualidad ha recibido usted a alguien de su parte, yo le reprenderé. Podría ser motivo para una destitución. Se dice muy pronto: «La policía hará esto.» ¡La policía! ¡La policía! Pero señor mío, el mariscal y el Consejo de Ministros ignoran lo que es la policía. Sólo la policía se conoce a sí misma. Los reyes, Napoleón, Luis XVIII sabían los negocios de la suya; pero los de la nuestra sólo Fouché, el señor Lenoir, el señor Sartines y algunos prefectos, hombres de talento, la han conocido. Hoy todo ha cambiado, habiéndonos quedado empequeñecidos, desarmados. Yo he visto germinar muchas desgracias privadas que se hubieran evitado con cinco escrúpulos de arbitrariedad. Se nos echará de menos por los mismos que nos han aniquilado, cuando se encuentren como usted ante ciertas monstruosidades morales que sería preciso recoger, como se recogen los lodos. En política la policía está llamada a prevenirlo todo tratándose del orden público, pero la familia es sagrada. Yo sería capaz de hacerlo todo por descubrir e impedir un atentado contra la vida del rey. Haría que fuesen transparentes las paredes de una casa; pero ir a meter nuestras garras en los hogares, en los intereses privados, nunca, mientras yo ocupe este despacho, porque temo...
-¿A quién?
-A la Prensa, señor diputado del centro izquierda.
-¿Qué debo hacer? -dijo el hijo de Hulot, después de una pausa.
-Usted representa a la familia -repuso el jefe de división-, conque, obre como le parezca; pero ¿es posible que yo le ayude, que convierta la policía en un instrumento de las pasiones y de los intereses privados? Mire usted, ahí está el secreto de la persecución necesaria, que los magistrados juzgaron ilegal, dirigida contra el predecesor de nuestro jefe actual de Seguridad. Bibi-Lupin empleaba la policía por cuenta de los particulares. Esto encerraba un inmenso peligro social. Con los medios de que disponía aquel hombre hubiese sido formidable, hubiera sido una especie de Fatalidad.
-Bueno, pero ¿qué haría usted en mi lugar? -dijo Hulot.
-¡Oh! ¿Me pide usted una consulta, siendo el que las vende? -replicó el señor Chapuzot-. Vamos, señor mío, no se burle usted de mí.
Hulot saludó al jefe de división y se fue sin notar el imperceptible movimiento de hombros que hizo el funcionario cuando se levantó para acompañarle.
-¿Y éste quiere ser un hombre de Estado?. -se dijo el señor Chapuzot, disponiéndose a reanudar su trabajo.
Victorino volvió a su casa conservando sus dudas y sin poder comunicárselas a nadie. A la hora de la comida, la baronesa anunció alegremente a sus hijos que antes de un mes su padre podría participar de su desahogo y acabar apaciblemente sus días con su familia.
-¡Ah! De buena gana daría mis tres mil seiscientos francos de renta por ver al barón aquí -exclamó Isabela-. Pero mi buena Adelina, no te apresures a concebir tamaños goces, te lo ruego.
-Isabela tiene razón -dijo Celestina-. Mamá querida, espere usted los acontecimientos.
La baronesa, toda corazón, toda esperanza, contó su visita a Josefa, juzgó desgraciadas a todas las entretenidas en medio de su dicha y habló del colchonero Chardin, padre del guardaalmacén de Orán, mostrando de ese modo que no se entregaba a una falsa esperanza.
Al día siguiente, a las siete de la mañana, Isabela iba en un coche por el muelle de la Tournelle, haciéndolo parar en el ángulo de la calle de Poissy.
-Vaya usted -le dijo al cochero- a la calle de los Bernardinos, número siete, que es una casa con pasillo y sin portero. Suba usted al cuarto piso, llame a la puerta de la izquierda, en la que leerá usted un letrero que dice: «Señorita Chardin, obrera de encajes y de casimires.» Saldrán a abrirle, y entonces preguntará usted por el caballero. Le responderán «ha salido», y entonces usted contestará «ya lo sé»; pero búsquele, porque su criada está en un coche en el muelle y desea verle.
Veinte minutos después un anciano que parecía tener ochenta años, con los cabellos completamente blancos, nariz enrojecida por el frío, cara pálida y arrugas como una vieja, caminando con paso arrastrado, metidos los pies en unas zapatillas de orillo, encorvado de hombros y vestido con una levita de paño despeluzado, no ostentando condecoración alguna, saliendo sus muñecas de las mangas de un chaleco de punto y la camisa de un amarillo inquietante, se presentó con timidez, miró al coche, reconoció a Isabela y se aproximó a la portezuela.
-¡Ah, querido primo mío! -dijo ella-. ¡En qué estado se encuentra usted!
-Elodia se lo guarda todo para sí -dijo el barón de Hulot-. Estos Chardin son unos asquerosos canallas.
-¿Quiere usted volver a nuestro lado?
-¡Oh, no, no! -respondió el viejo-. Desearía irme a América.
-Adelina le sigue su pista.
-¡Ah, si pudiesen pagar mis deudas!-repuso el barón con desconfiado acento-. Porque Samanon me persigue.
-Aún no hemos pagado los atrasos, y su hijo debe todavía cien mil francos.
-¡Pobre muchacho!
-Su pensión no quedará libre hasta dentro de seis o siete meses. Si quiere usted esperar, yo traigo aquí dos mil francos.
El barón tendió la mano con un gesto ávido, espantoso:
-Dame, Isabela; que Dios te recompense; dámelos, que yo sabré adónde ir.
-Pero ¿me lo dirá usted, viejo monstruo?
-Sí. Puedo esperar esos ocho meses, porque he descubierto un angelito, una buena criatura, una inocente que no tiene aún bastantes años para estar depravada.
-Piense usted en la cárcel -dijo Isabela, que acariciaba la idea de ver allí algún día a Hulot.
-¡Es en la calle de Charona! -dijo el barón de Hulot-. Un barrio donde todo ocurre sin escándalo. ¡Oh! Nunca podrán encontrarme. Isabela, me he disfrazado de padre Thorec; me tomarán por un antiguo ebanista; la pequeña me ama y ya no me dejaré explotar.
-Está bien -dijo Isabela, mirando la levita-. ¿Y si yo le acompañase a usted allí, primo?
El barón subió al coche abandonando a la señorita Elodia, sin decirle adiós, como se arroja una novela después de leída.
Media hora después, durante la cual el barón de Hulot no habló de otra cosa más que de la pequeña Atala Judice, pues había llegado por grados a esas espantosas pasiones que aniquilan a los ancianos, su prima lo dejó, provisto de dos mil francos, en la calle de Charona, en el arrabal de San Antonio, a la puerta de una casa de sospechosa y amenazadora fachada.
-Adiós, primo; desde ahora será el padre Thorec, ¿verdad? No me envíes más que recaderos, y tómalos siempre en lugares distintos.
-Convenido. ¡Oh! ¡Qué feliz soy! -dijo el barón, cuyo rostro viose iluminado por la alegría de una nueva y futura dicha.
-¡Ah, no le encontrarán! -se dijo Isabela, despidiendo al coche en el bulevar de Beaumarchais, desde donde se fue en ómnibus hasta la calle de Luis el Grande.
Al día siguiente Crevel fue anunciado en casa de sus hijos, en el momento en que toda la familia estaba reunida
en el salón después del almuerzo. Celestina corrió a arrojarse al cuello de su padre y lo trató como si lo hubiese visto la víspera, siendo así que después de dos años era aquélla la primera visita que les hacía.
-Buenos días, padre mío -dijo Victorino, tendiéndole la mano.
-Buenos días, hijos míos -dijo el importante Crevel-. Señora baronesa, a los pies de usted. ¡Dios mío, cómo crecen estos niños! ¡Éstos nos empujan y parecen decirme: «Abuelo, yo también quiero un puesto al sol.»! Señora condesa, usted sigue estando admirablemente hermosa -añadió, mirando a Hortensia-, y aquí está el resto de nuestros escudos, mi prima Bela, la virgen juiciosa. ¡Pero si están ustedes todos tan bien aquí! -dijo, después de haber distribuido aquellas frases a cada uno, acompañadas de grandes carcajadas que removían difícilmente las rubicundas masas de su ancha cara.
Luego miró el salón de su hija con una especie de desprecio.
-Mi querida Celestina, te doy todo el mobiliario de la calle de Saussayes; estará muy bien aquí. Tu salón necesita ser renovado... ¡Ah! Aquí está ese pillastre de Wenceslao. ¿Qué hay, hijos míos, somos juiciosos? Es preciso tener buenas costumbres.
-Sí, por los que nos las tienen -dijo Isabela.
-Mi querida Isabela, ese sarcasmo no me concierne. Hijos míos, voy a poner término a la falsa posición en que me encontraba hace ya tiempo y, como buen padre de familia, vengo a anunciaros, así, francamente, mi matrimonio.
-Tiene usted derecho a casarse -dijo Victorino-. Y por mi parte, le devuelvo la palabra que me dio al concederme la mano de mi querida Celestina.
-¿Qué palabra? -respondió Crevel.
-La de no casarse -respondió el abogado-. Usted me hará la justicia de confesar que yo no le exigía ese compromiso y que usted lo adquirió a pesar mío, porque en aquella época recuerdo perfectamente que le hice observar no debía usted comprometerse de ese modo.
-Sí, me acuerdo, amigo mío -dijo Crevel, avergonzado-. Y mirad, hijos míos, si vosotros quisieseis vivir bien con la señora Crevel, no tendríais por qué arrepentiros. Victorino, su delicadeza me conmueve y nadie es impunemente generoso conmigo. Vaya, ¡qué demonio!, acoged bien a vuestra suegra, venid a mi casamiento.
-Padre mío, aún no nos ha dicho usted quién es la novia -dijo Celestina.
-Ése es el secreto de la comedia -repuso Crevel-. Pero vaya, no juguemos al escondite. Isabela ha debido decíroslo.
-Mi querido señor Crevel -replicó la baronesa-; hay nombres que no pueden ser pronunciados aquí.
-Pues bueno, es la señora de Marneffe.
-Señor Crevel -respondió severamente el abogado-, ni mi mujer ni yo asistiremos a esa boda, no por motivos de interés, pues acabo de hablarle con sinceridad. Sí, celebraría que fuese usted feliz con esa unión; pero me veo movido en esta ocasión por motivos de delicadeza y de honor, que usted debiera comprender y que yo no puedo expresar, porque abrirían heridas que aquí están sangrando aún.
La baronesa hizo una seña a la condesa, y ésta, tomando a su hijo en brazos, le dijo:
-Wenceslao, vamos a tomar el baño. Adiós, señor Crevel.
La baronesa saludó a Crevel en silencio, y éste no pudo menos de sonreír al ver el asombro del niño cuando se vio amenazado de aquel baño improvisado.
-Señor -exclamó el abogado cuando se quedó solo con Isabela, con su mujer y con su suegro-, se casa usted con una mujer cargada con los despojos de mi padre y que le ha conducido fríamente al estado en que se halla; con una mujer que vive con el yerno después de haber arruinado al suegro y que causa las penas mortales de una madre. Y ¿cree usted que han de vernos sancionando su locura con nuestra presencia? Mi querido señor Crevel, le compadezco a usted sinceramente, porque no tiene el espíritu de familia, ni conoce la solidaridad del honor, que une a todos sus miembros. Por desgracia, sé de sobra que las pasiones no razonan. Las gentes apasionadas son sordas y ciegas. Su hija Celestina conoce demasiado sus deberes para decirle nada en son de vituperio.
-¡Estaría bonito! -dijo Crevel, que trató de cortar aquella filípica.
-Celestina no sería mi mujer si le hiciese a usted una sola observación -repuso el abogado-; pero yo puedo intentar detenerle antes de que ponga el pie en el abismo, sobre todo después de haber dado pruebas de mi desinterés. No es ciertamente su fortuna, sino usted mismo, lo que me preocupa, y para que conozca usted a fondo mis sentimientos, puedo añadir, aunque sólo sea para tranquilizarle respecto a su futuro contrato de matrimonio, que mi situación de fortuna es tal, que no tenemos nada que desear.
-Gracias a mí -exclamó Crevel, cuya cara se tornó violácea.
-Gracias a la fortuna de Celestina -respondió el abogado-; y si siente usted haberle dado a su hija como dote entregada por usted sumas que no representan la mitad de lo que la dejó su madre... estamos dispuestos a devolvérselas.
-Señor yerno -dijo Crevel, poniéndose en posición-, sepa usted que, al cubrir con mi nombre a la señora de Marneffe, no tiene que responder ya al mundo de su conducta más que en calidad de señora de Crevel.
-Eso es muy bonito para dicho y muy generoso tratándose de cosas del corazón -dijo el abogado-; pero yo no conozco ley, nombre ni título que puedan cubrir el robo de trescientos mil francos innoblemente arrancados a mi padre. Mi querido suegro, le digo claramente que su futura es indigna de usted, que le engaña y que está locamente enamorada de mi cuñado Steinbock, cuyas deudas ha pagado.
-No, el que las ha pagado he sido yo.
-Bueno -repuso el abogado-, lo celebro por el conde de Steinbock, que así podrá verse libre algún día; pero lo cierto es que es amado, muy amado, amado con bastante frecuencia.
-¡Amado! -dijo Crevel, cuyo rostro denotaba un desconcierto general-. Amigo mío, calumniar de ese modo a una mujer es cobarde, es sucio, es mezquino, es bajo... Cuando se anuncian hechos de esa índole es preciso probarlos.
-Le daré a usted pruebas.
-Las espero.
-Mi querido señor Crevel, pasado mañana le diré a usted el día, la hora y el momento en que estaré en disposición de hacerle ver la espantosa depravación de su futura esposa.
-Muy bien, lo celebraré -dijo Crevel, recobrando su sangre fría-. Adiós, hijos míos, hasta la vista. Adiós, Isabela.
-Isabela, síguele -dijo Celestina a la prima Bela, al oído.
-¡Cómo! ¿Se va usted así ya? -dijo Isabela a Crevel. -¡Ah! -dijo Crevel-. Mi yerno se ha formado, se ha hecho hombre. La Audiencia, la Cámara, las tunantearías judiciales y las políticas le han transformado por completo. ¡Ah! Sabe que me caso el miércoles próximo, y el domingo, dentro de tres días, ese señor se propone demostrarme que mi mujer es indigna de mí. No está mal la cosa. Me vuelvo a firmar el contrato. Vamos, ven conmigo, Isabela, ven; ellos no sabrán nada. Yo quería dejar cuarenta mil francos de renta a Celestina, pero Hulot acaba de portarse de un modo que ha perdido mi cariño para siempre.
-Padre Crevel, aguárdeme diez minutos, espéreme con su coche a la puerta, que yo voy a dar una disculpa para marcharme.
-Convenido.
-Amigos míos -dijo Isabela, que encontró a la familia en el salón-, me voy con Crevel, porque esta noche se firma el contrato y así podré deciros sus disposiciones. Probablemente, ésta será mi última visita a esa mujer. Vuestro padre está furioso y va a desheredaros.
-Su vanidad se lo impedirá -respondió el abogado-. Ha querido poseer la posesión de Presles, y como le conozco, sé que la guardará. Aunque tuviese hijos, Celestina siempre recogerá la mitad de lo que deje, pues la ley le impide dar toda su fortuna. Pero estas cuestiones no son nada para mí; ahora sólo pienso en nuestro honor. Vaya usted, prima, y escuche bien el contrato -dijo, estrechando la mano de Isabela.
Veinte minutos después Isabela y Crevel entraban en el palacio de la calle de Barbet, donde la señora Marneffe esperaba con grata impaciencia el resultado del paso que había ordenado. A la larga, Valeria acabó por sentir por Wenceslao ese prodigioso amor que una sola vez en la vida se apodera de las mujeres. Aquel artista frustrado se convirtió entre las manos de la señora de Marneffe en un amante tan perfecto como ella lo había sido para el barón de Hulot. Valeria tenía una zapatillas en una mano, y la otra estaba entre las de Steinbock, en cuyo hombro apoyaba su cabeza. Ocurre con la conversación que habían entablado después de la marcha de Crevel como con esas grandes obras literarias de nuestro tiempo, en cuya portada se lee: Queda prohibida la reproducción. Como es natural, aquella obra maestra de poesía íntima hizo acudir a los labios del artista quejas amargamente expresadas.
-¡Ah, qué desgracia que me haya casado! -dijo Wenceslao-. Porque si hubiese esperado, como me aconsejaba Isabela, hoy podría casarme contigo.
-Se necesita ser polaco para desear convertir en mujer a una querida adicta -exclamó Valeria-. Cambiar el amor por el deber, el placer por el aburrimiento.
-¡Como sé que eres tan caprichosa! -respondió Steinbock-. ¿No te he oído hablar con Isabela del barón Montes, de ese brasileño?
-¿Quieres desembarazarme de él?
-Sería el único modo de impedir que le vieses -respondió el ex escultor.
-Querido mío -respondió Valeria-, sabe que yo lo manejaba para convertirlo en mi marido, porque a ti te lo digo todo... Las promesas que he hecho a ese brasileño... (¡Oh!, antes de conocerte -dijo, respondiendo a un gesto de Wenceslao-), esas promesas en que él se basa para atormentarme, me obligan a casarme casi en secreto: pues si él supiese que voy a ser mujer de Crevel, sería capaz de matarme.
-¡Oh! Respecto a ese punto, no temas -dijo Steinbock, haciendo un gesto de desprecio, que quería decir que aquel peligro debiera ser insignificante para una mujer amada por un polaco-. Tened en cuenta que, como valiente, no hay la menor fanfarronería entre los polacos, pues son real y seriamente bravos.
-Y ese imbécil de Crevel, que quiere dar una fiesta y que se entrega a sus gustos de fasto económico con motivo de mi boda, me pone en un apuro del que no sé cómo salir.
¿Podría Valeria confesar a aquel a quien adoraba que, desde la ruptura con el barón de Hulot, el barón Enrique Montes había heredado el privilegio de ir a su casa a cualquiera hora de la noche, y que a pesar de su astucia, no había podido encontrar una causa de riña, en la que el brasileño creyese tener toda la culpa? Conocía demasiado bien el carácter semisalvaje del barón, que se parecía mucho al de Isabela, para no temblar pensando en aquel Otelo de Río de Janeiro. Al ruido del coche Steinbock dejó a Valeria, a la que tenía abrazada por el talle, y cogió un periódico, en cuya lectura le encontraron absorto. Valeria bordaba con minuciosa atención unas zapatillas para su futuro.
-¡Cómo la calumnian! -dijo Isabela al oído de Crevel en el umbral de la puerta, mostrándole aquel cuadro-. ¿Ve usted su peinado? ¿Está acaso deshecho? De dar fe a Victorino, ahora debiera usted de haber sorprendido a los dos tortolitos en el nido.
-Mira, mi querida Isabela -respondió Crevel, en posición-, para hacer de una Aspasia una Lucrecia, basta inspirarla una pasión.
-¿No le he dicho yo a usted siempre que a las mujeres les gustan los grandes libertinos como usted? -respondió Isabela.
-Es que también sería muy ingrata -respondió Crevel-, porque ¡cuánto dinero no he empleado yo aquí! Sólo Grindot y yo lo sabemos.
Y enseñaba la escalera. En el arreglo de aquel palacio, que Crevel miraba como suyo, Grindot había procurado competir con Clereti, arquitecto de moda, a quien el duque de Herouville había encargado la casa de Josefa; pero Crevel, incapaz de comprender las artes, había querido, como todos los burgueses, gastar una suma fija, señalada de antemano. Teniendo que sujetarse a un presupuesto, le fue imposible a Grindot realizar su sueño de arquitecto. La diferencia que distinguía al palacio de Josefa del de la calle de Barbet era la misma que existe entre las cosas originales y las corrientes. Lo que en casa de Josefa se admiraba no se veía en ninguna parte, mientras que lo que brillaba en casa de Crevel se podía comprar en cualquier sitio. Estos dos lujos se ven separados por el río del millón. Un espejo único vale seis mil francos, y el espejo inventado por el fabricante que lo explota cuesta quinientos. Una araña auténtica de Boule llega en pública subasta a tres mil francos, y la misma araña moldeada puede fabricarse por mil o mil doscientos francos; lo uno es en arqueología lo que un cuadro de Rafael en pintura, lo otro es la copia. ¿Qué vale una copia de Rafael? El palacio de Crevel era, pues, un magnífico modelo del lujo de los tontos, así como el de Josefa era el más hermoso tipo de una habitación de artista.
-Tenemos guerra -dijo Crevel, yendo hacia su futura.
La señora de Marneffe llamó.
-Vaya usted a buscar al señor Berthier -dijo al ayuda de cámara- y no vuelva sin él. Padrecito mío -dijo, abrazando a Crevel-, si tú hubieses salido airoso hubiéramos retrasado nuestra dicha y habríamos dado una fiesta espléndida; pero amigo mío, cuando toda una familia se opone a un matrimonio, la decencia exige que se haga sin aparato, sobre todo cuando la novia es viuda.
-Al contrario, quiero ostentar un lujo a lo Luis XIV -dijo Crevel, que desde hacía algún tiempo juzgaba pequeño el siglo XVIII-. He encargado coches nuevos, tenemos el coche del señor y el de la señora, dos bonitos cupés, una calesa y una berlina de aparato con un soberbio asiento que tiembla como la señora de Hulot.
¡Ah! ¿Quiero? ¿No serás ya mi cordero? No, no, animalito mío, harás lo que yo quiera. Esta misma noche vamos a firmar el contrato entre nosotros. Después, el miércoles nos casaremos oficialmente como en realidad se casan, en catimini, según decía mi pobre madre. Iremos a pie la iglesia, vestidos con sencillez; mandaremos decir una misa rezada y nuestros testigos serán Stidmann, Steinbock, Vignon y Massol, hombres todos de talento, que se hallarán en la Alcaldía como por casualidad y nos harán el sacrificio de oír una misa. Por excepción, tu colega nos pasará a las nueve de la mañana. La misa es a las diez, y a las once y media ya estaremos aquí para almorzar. He prometido a nuestros convidados que no nos levantaremos de la mesa hasta la noche. Tendremos a Bixiou, a Tillet, tu antiguo camarada; a Lousteau, a Verniset, a León, de Lora, a Vernou, la flor de los talentos, que no sabrán que estamos casados; los engañaremos, nos alegraremos un poco, e Isabela también vendrá, porque quiero que aprenda el matrimonio. Bixiou tiene que hacerle proposiciones... y avisparla.
Durante dos horas la señora de Marneffe dijo multitud de locuras, que contribuyeron a que Crevel se hiciese esta juiciosa reflexión:
-¿Cómo puede estar depravada una mujer tan alegre? Locuela, sí; pero perversa..., no lo creo.
-¿Qué te han dicho tus hijos de mí? -preguntó Valeria a Crevel en un momento en que lo tuvo a su lado en la confidente-. ¿Muchos horrores?
-Afirman que estás enamorada criminalmente de Wenceslao -respondió Crevel-, tú, que eres la virtud misma.
-Ya lo creo que le quiero a mi pequeño Wenceslao -exclamó Valeria llamando al artista, cogiéndole la cabeza y besándosela-. ¡Pobre muchacho! Sin apoyo, sin fortuna despreciado por una jirafa color de zanahoria. ¿Qué qui res, Crevel? Wenceslao es mi poeta, y le quiero a la luz del día, como si fuese mi hijo. Esas mujeres virtuosas ven el mal en todas partes y en todo. ¡Ah! Ellas no serían capaces de permanecer junto a un hombre sin pecar. Yo soy como los niños mimados a quienes nunca se les ha negado nada: los bombones ya no me causan ninguna emoción. ¡Pobres mujeres! Las compadezco.¿Y quién era el que me criticaba de ese modo?
-Victorino -dijo Crevel.
-¿Y por qué no le has cerrado el pico a ese lorito judicial contándole lo de los doscientos mil francos de la mamá?
-¡Ah! La baronesa había huido -dijo Isabela.
-Que tengan cuidado, Isabela -dijo la señora de Marneffe, frunciendo las cejas-; o me recibirán en su casa con todo género de consideraciones y vendrán a casa de su suegra todos, o los haré caer más bajo que está el barón...; díselo de mi parte. Quiero hacerme mala al fin, porque creo, palabra de honor, que el mal es la hoz con que se arregla el bien.
A las tres, el notario Berthier, sucesor de Cardot, leyó el contrato de matrimonio, después de una corta conferencia entre él y Crevel, pues ciertos artículos dependían de la resolución que tomase el hijo de Hulot y su esposa. Crevel reconocía a su futura esposa una fortuna compuesta: primero, de cuarenta mil francos de renta, cuyos títulos eran designados; segundo, del palacio y todo el mobiliario que contenía, y tercero, tres millones en dinero. Además, hacía a su futura esposa todas las donaciones permitidas por la ley, le dispensaba de todo inventario y, en el caso de que los contrayentes no tuviesen hijos al morir uno de ellos, se daban mutuamente la universalidad de sus bienes muebles e inmuebles. Este contrato reducía la fortuna de Crevel a dos millones de capital. Si tenía hijos con su nueva mujer, reducía la parte de Celestina a quinientos mil francos, a causa del usufructo de la fortuna concedida a Valeria, lo cual era aproximadamente la novena parte de su fortuna actual.
Isabela se fue a comer a la calle de Luis el Grande, con la desesperación pintada en el rostro. Comentó el contrato de matrimonio, lo explicó, y pudo notar que lo mismo Celestina que Victorino se mostraron insensibles ante aquella desastrosa nueva.
-Hijos míos, habéis irritado a vuestro padre -les dijo-. La señora de Marneffe ha jurado que recibiríais en vuestra casa a la mujer del señor Crevel y que iríais a la suya.
-¡Nunca! -dijo Hulot.
-¡Nunca! -dijo Celestina.
-¡Nunca! -exclamó Hortensia.
Isabela sintió deseos de vencer la actitud soberbia de todos los Hulot.
-Parece que tiene armas contra nosotros -dijo. Yo no sé aún de qué se trata, pero lo sabré. Ha hablado vagamente de una historia de doscientos mil francos que atañe a Adelina.
La baronesa de Hulot se dejó caer suavemente en el sillón en que se hallaba y empezó a ser presa de espantosas convulsiones.
-Id allá, hijos míos -gritó la baronesa-. Recibid a esa mujer. El señor Crevel es un hombre infame, merece el último suplicio... Obedeced a esa mujer... ¡Ah! ¡Es un monstruo! Lo sabe todo.
Después de estas palabras, mezcladas con lágrimas y con sollozos, la señora de Hulot sacó fuerzas de flaqueza para subir a su habitación, apoyada en el brazo de su hija y en el de Celestina.
-¿Qué quiere decir todo esto? -exclamó Isabela al quedarse sola con Victorino.
El abogado, plantado de pie, lleno de una estupefacción muy concebible, ni siquiera oyó a Isabela.
-¿Qué tienes, Victorino?
-Estoy asustado -dijo el abogado, cuya mirada se volvió amenazadora-. Desgraciado el que toque a mi madre, porque entonces no tendré escrúpulos. Si pudiese aplastaría a esa mujer como se aplasta a una víbora. ¡Ah! Ataca la vida y el honor de mi madre.
-Mi querido Victorino, tú no digas nada, pero acaba de decirme que os hundirá a todos aún más bajo que a vuestro padre, y ha reprochado acremente a Crevel el que no os hubiese tapado la boca con ese secreto que tanto parece asustar a Adelina.
Se mandó a buscar a un médico, porque el estado de la baronesa empeoraba. El médico recetó una poción de opio, y Adelina, después de tomarla, cayó en profundo sueño; pero toda aquella familia viose presa del más vivo terror. Al día siguiente el abogado se fue muy temprano a la Audiencia y pasó por la Prefectura de Policía para suplicar al jefe de Seguridad Vautrin que le enseñase a la señora de Saint-Esteve.
-Señor, nos han prohibido que nos ocupásemos de usted; pero la señora de Saint-Esteve es negociante, y se pondrá a sus órdenes -respondió el célebre jefe.
De vuelta a su casa, el pobre abogado supo que la razón de su madre inspiraba serios temores. El doctor Bianchon, el doctor Larabit y el profesor Angard, reunidos en consulta, acababan de decidir el empleo de medios heroicos para evitar la aglomeración de sangre en la cabeza. En el momento en que Victorino escuchaba al doctor Bianchon, que le detallaba las razones que tenía para esperar que aquella crisis fuese pasajera, aunque sus compañeros desesperaban de ello, el ayuda de cámara acudió a anunciarle al abogado que su cliente la señora de Saint-Esteve le esperaba. Victorino dejó a Bianchon con la palabra en la boca y bajó las escaleras con la rapidez de un loco.
-¿Habrá en la casa algún principio de locura contagiosa? -dijo Bianchon, volviéndose hacia Larabit.
Los médicos se fueron, dejando a un interno encargado de velar a la señora de Hulot.
-¡Toda una vida de virtud!
Tal era la única frase que la enferma pronunciaba después de la catástrofe.
Isabela no abandonaba la cabecera de la cama, velaba a Adelina y era admirada por las dos jóvenes.
-¿Cómo va el asunto, mi querida señora Saint-Esteve? -dijo el abogado, introduciendo a la horrible vieja en su despacho y cerrando después las puertas.
-¿Ha reflexionado usted ya, amiguito mío? -dijo, mirando a Victorino de un modo irónico.
-¿Ha hecho usted algo?
-¿Da usted cincuenta mil francos?
-Sí -respondió Hulot-; porque es preciso obrar. ¿Sabe usted que esa mujer ha puesto en peligro la vida y la razón de mi madre con una sola frase? Conque... adelante.
-Ya hemos hecho algo -replicó la vieja.
-¿Qué? -dijo Victorino convulsivamente.
-¿No pondrá usted reparo a los gastos?
-Al contrario.
-Es que se han gastado ya veintitrés mil francos.
El hijo de Hulot miró a la Saint-Esteve de un modo estúpido.
-¡Hombre! ¿Sería usted tonto acaso, siendo considerado como una de las lumbreras de la Audiencia?. -dijo la vieja-. Por esta suma podemos comprar la conciencia de una camarera y un cuadro de Rafael, lo cual no es caro. Hulot seguía en actitud estúpida, abriendo desmesuradamente los ojos.
-Bueno -repuso la Saint-Esteve-;hemos comprado a la señora Reina Tousard, para quien la señora de Marneffe no tiene secretos.
-Comprendo.
-Pero si ha de andar usted con cicaterías, dígalo.
-Pagaré lo que se me pida -respondió-. Adelante. Mi madre me ha dicho que esas gentes merecían los mayores suplicios.
-¡Ya no se engaña a nadie! -dijo la vieja.
-¿Me responde usted del éxito?
-Déjeme usted hacer -respondió la Saint-Esteve-. Su venganza se prepara.
Miró el reloj, que señalaba las seis de la tarde.
-Su venganza no está lejos. Los hornillos del Rocher de Cancale están encendidos, los caballos de los coches piafan, mis hierros se calientan. ¡Ah! Me sé de memoria a esa señora de Marneffe; todo está preparado, las ratoneras están armadas; mañana le diré si el ratón se envenenará. Yo creo que sí. Adiós, hijo mío.
-Adiós, señora.
-¿Sabe usted inglés?
-Sí.
-¿Ha visto usted representar Macbeth en inglés?
-Sí.
-Pues bien, hijo mío, ¡tú serás rey!, es decir, tú heredarás -dijo aquella espantosa bruja adivinada por Shakespeare y que parecía conocerlo.
Dejó a Hulot alelado a la puerta de su despacho.
-No olvides que la citación es para mañana -añadió, como pleitista consumada.
Veía llegar a dos personas y quería pasar a sus ojos por una condesa de Pimbeche.
-¡Qué aplomo! -se dijo Hulot, saludando a su pretendida cliente.
El barón Montes de Montejanos era un elegante, pero un elegante inexplicable. El París de la moda, la gente de las carreras de caballos y las mujeres de vida alegre admiraban los chalecos especiales de aquel señor extranjero, sus botas de brillo irreprochable, sus bastones incomparables, sus envidiados caballos, sus coches guiados por verdaderos negros esclavos y muy bien arreglados. Su fortuna era conocida, pues tenía un crédito por setecientos mil francos en casa del banquero Tullet; pero se te veía siempre solo. Si iba a los estrenos ocupaba generalmente una butaca de orquesta, no frecuentaba ningún salón, no había dado nunca el brazo a ninguna mujer de vida alegre y no se podía unir su nombre al de ninguna de las mujeres conocidas. Por pasatiempo jugaba al whist en el Jockey Club, y la gente no podía hacer otra cosa que calumniar sus costumbres o, lo que es más raro aún, su persona. Le llamaban Combabus. Bixiou, León de Lora, Lousteau, Florinalla, señorita Eloísa Brisetout y Nathan, cenando en casa de la ilustre Carabina, con muchos elegantes y mujeres de moda, habían inventado esta explicación excesivamente burlesca. Massol, en su calidad de consejero de Estado, y Claudio Vignon, en su calidad de antiguo profesor de griego, habían contado a las ignorantes libertinas la famosa anécdota recogida en la Historia antigua, de Rollin, concerniente a Combabus, aquel Abelardo voluntario encargado de guardar a la mujer de un rey de Asiria, de Persia, Bactriana y Mesopotamia y otras comarcas propias de la geografía propia del antiguo profesor Bocage, que continuó Ambille, el creador del antiguo Oriente. Este apodo, que hizo reír más de un cuarto de hora a los convidados de Carabina, dio materia para una multitud de bromas sobrado ligeras en una obra a la que la Academia podría no dar el premio Monthyon, pero entre las cuales se notará el nombre que le quedó al hermoso barón, a quien Josefa llamaba un magnífico brasileño, cual si dijese un magnífico Catoxantha. Carabina, la más ilustre de las pirujas, aquella cuya distinguida belleza y graciosas ocurrencias hablan arrancado el cetro del tercer distrito de las manos de la señora Turquet, más conocida con el nombre de Málaga, la señorita Serafina Sinet (pues tal era su nombre), era al banquero Tillet, lo que Josefa Mirah al duque de Herouville.
Ahora bien; la mañana misma del día en que la Saint-Esteve profetizaba el éxito a Victorino, Carabina había dicho a Tillet, a eso de las siete de la mañana:
-Si fueses tan amable que me dieses una comida en el Rocher de Cancale y llevases a Combabus. Queremos saber al fin si tiene querida. Yo he apostado a favor... y quiero ganar.
-Siempre está en el hotel de los Príncipes; pasaré a buscarle y nos divertiremos -respondió Tillet-. Que estén allí todos nuestros compañeros-. el mozo Bixiou, el mozo Lora; en suma, toda nuestra pandilla.
A las siete y media, en el salón más hermoso del establecimiento, donde ha comido Europa entera, brillaba sobre la mesa un magnífico servicio de plata, hecho expresamente para las comidas en que la vanidad pagaba el exceso en billetes de Banco. Torrentes de luz caían cual cascadas sobre la plata, haciéndola brillar. Multitud de criados, que un provinciano habría tomado por diplomáticos, se mantenían serios, como gentes que sabían que habían de ser espléndidamente pagados.
Cinco personas llegadas esperaban a otras nueve. Eran en primer término, Bixiou, sal de toda cocina intelectual aún con reputación en 1843, con una provisión de bromas siempre nuevas, fenómeno tan raro en París como la virtud. Después, León de Lora, que era el mejor paisajista y marinista que había, pues tenía sobre sus rivales la ventaja de que nunca descendía. Las mujeres de vida alegre no podían pasarse sin estos dos reyes de la broma. No había almuerzo, ni comida, ni jira alguna sin ellos. Serafina Sinet, apodada Carabina, en su calidad de querida del anfitrión, había sido una de las primeras en llegar y hacía resplandecer sobre los manteles llenos de luz sus hombros, sin rival en París; un cuello como torneado por un tornero, sin un pliegue, y su rostro picaresco. Llevaba un traje de raso brochado, azul sobre azul, adornado con encajes de Inglaterra, en cantidad suficiente para que con su producto pudiera mantenerse por espacio de un mes toda una aldea. La bonita Jenny Cadine, que no trabajaba en su teatro, y cuya figura es sobradamente conocida para que digamos aquí nada de ella, llegó con un tocado de riqueza fabulosa. Una jira es siempre, para esta clase de mujeres, un Longchamps de vestidos donde cada cual quiere obtener que sus millonarios ganen el premio, diciendo a sus rivales:
-He aquí lo que yo valgo.
Una tercera mujer, sin duda en los comienzos de su carrera, miraba casi avergonzada el lujo de aquellas dos comadres tan ricamente compuestas. Sencillamente vestida, con un traje de casimir blanco, adornado con pasamanerías azules, había sido peinada con flores por un peluquero de la clase de los Merlan, cuya torpe mano había sabido, sin quererlo, comunicar las gracias de la inocencia a unos adorables cabellos rubios. Incómoda aún con su vestido, según la frase consagrada, tenía la timidez inseparable del primer estreno. Llegaba de Valognes para dar salida en París a una frescura desesperante, a un candor capaz de excitar los deseos de un moribundo, y una belleza digna de todas las que Normandía ha proporcionado ya a los diferentes teatros de la capital. Las líneas de aquella cara intacta parecían el ideal de la pureza de los ángeles. Su láctea blancura relucía de tal modo que parecía un espejo. Sus finos colores parecían haber sido puestos en sus mejillas con un pincel. Se llamaba Cydalisa. Como se va a ver, era un peón necesario en la partida que jugaba la señora Nourrison contra la señora Marneffe.
-Hijita mía, ¡vaya unos brazos más hermosos! -había dicho Jenny Cadine a aquella joven cuando Carabina le presentó aquella obra maestra de dieciséis años de edad. En efecto, Cydalisa ofrecía a la admiración pública unos brazos magníficos, de un tejido apretado, granoso, coloreados por una sangre pura.
-¿Cuánto vale? -Preguntó Jenny Cadine, en voz baja, a Carabina.
-¡Una herencia!
-¿Qué quieres hacer de ella?
-Quiero hacerla la señora Combabus.
-¿Y cuánto te dan por ello?
-Adivínalo.
-¿Un servicio de plata?
-Tengo tres.
-¿Diamantes?
-Los vendo.
-¿Un mono verde?
-No, un cuadro de Rafael.
-Pero ¡qué caprichos tienes!
-Es que Josefa me está dando la lata con sus cuadros y quiero llegar a tenerlos mejores que los suyos -respondió Carabina.
Tillet acompañaba al héroe de la comida, al brasileño, y el duque de Herouville lo seguía, acompañado de Josefa. La cantante se había puesto un sencillo traje de terciopelo, pero en torno de su cuello brillaba un collar de ciento veinte mil francos, collar de perlas, apenas distinguibles sobre su piel de camelia blanca. Entre los mechones de su pelo llevaba una sola camelia roja, una mosca de un efecto despampanante, y se había puesto once brazaletes de perlas en cada uno de sus brazos. Al entrar fue a dar la mano a Jenny Cadine, la cual le dijo:
-¿Me prestas tus mitones?
Josefa se quitó los brazaletes y, colocándolos en un plato, se los ofreció a su amiga.
-¡Qué lujo! -dijo Carabina-. ¡Ni que fuera una duquesa! ¡Vaya unas perlas! Señor duque, ha agotado usted los mares para adornar a esa muchacha -añadió, volviéndose hacia el pequeño duque de Herouville.
La actriz tomó sólo dos brazaletes, colocó los otros veinte en los brazos de la cantante y la dio un beso.
Lousteau, el gorrón literario; la Palferina y Málaga, Massol y Vauvinet y Teodoro Gaillard, uno de los propietarios de los más importantes periódicos, completaban el número de los invitados. El duque de Herouville, cortés con todo el mundo como un gran señor, dirigió al conde de la Palferina ese saludo especial que, sin acusar estimación o intimidad, parece decir a todo el mundo: «Somos de la misma familia, de la misma raza, valemos tanto el uno como el otro.» Este saludo el sihvoleth de la aristocracia, ha sido creado para desesperación de las gentes de talento de la alta burguesía.
Carabina tomó a Combabus a su izquierda y al duque de Herouville a su derecha. Cydalisa ocupó el otro lado del brasileño y Bixiou se sentó junto a la normanda. Málaga se puso al lado del duque.
A las siete empezó el ataque a las ostras. A las ocho, entre los dos servicios, se tomó el ponche helado. Todo el mundo conoce el menú de estos festines. A las nueve se charlaba como se charla después de cuarenta y dos botellas de diferentes vinos, bebidas entre catorce personas. Los postres, esos horribles postres del mes de abril, habían sido servidos. Aquella atmósfera embriagadora sólo había emborrachado a la normanda, que tarareaba un villancico. Excepto ésta pobre muchacha, nadie había perdido la razón, pues lo mismo los bebedores que las mujeres de aquella cena eran de lo más selecto del París de noche. Los espíritus estaban alegres, y los ojos, aunque brillantes, seguían llenos de inteligencia, pero los labios se inclinaban a la sátira a la anécdota, a la indiscreción. La charla, que había versado hasta entonces sobre carreras de caballos, jugadas de Bolsa y conocidas historias escandalosas, amenazaba hacerse íntima, fraccionándose en grupos.
Éste fue el momento en que, a unas miradas dirigidas por Carabina a León de Lora, a Bixiou, a la Palferina y a Tillet, se comenzó a hablar de amor.
-Los médicos notables no hablan nunca de medicina, los verdaderos nobles no hablan nunca de sus antepasados, las gentes de talento no hablan de sus obras -dijo Josefa-, ¿por qué hablar de nuestra profesión? Yo, que he hecho suspender la función de hoy de la ópera para venir, no lo he hecho ciertamente para trabajar aquí. Así que no posemos, amigas mías.
-Si se habla del verdadero amor, querida mía -dijo Málaga-, de ese amor que le hace a una hundirse y que le decide a uno a vender a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, y que se vaya hacia Clichy.
-Entonces, hablad -repuso la cantante-, porque de ese amor... no entiendo.
¡No entiendo! Esta frase, pasada de la jerga de los golfillos de París al vocabulario de la piruja es, con ayuda de los ojos y en boca de esas mujeres, todo un poema.
-¿No la amo yo a usted, Josefa? -dijo el duque en voz baja.
-Usted podrá amarme verdaderamente -dijo la cantante al oído del duque, sonriéndose-; pero yo no le amo con el amor de que se habla aquí, con ese amor que hace que el mundo parezca todo negro sin el hombre amado. Me es usted agradable, útil, pero no indispensable, y si mañana me abandonase, en lugar de un duque, tendría tres.
-Pero ¿acaso existe el amor en París? -dijo León de Lora-. Nadie tiene aquí tiempo para hacer su fortuna. ¿Cómo se ha de entregar, pues, nadie al amor verdadero que se apodera de un hombre como se apodera el agua del azúcar? Es necesario ser inmensamente rico para amar, porque el amor anula a un hombre dejándolo poco más o menos como nuestro querido barón brasileño, aquí presente. Hace ya mucho tiempo que lo he dicho: los extremos se tocan. Un verdadero enamorado se parece a un eunuco, porque para él las demás mujeres están de sobra en la Tierra. Es misterioso como un verdadero cristiano solitario en su Tebaida. Ved a ese buen brasileño.
Toda la mesa examinó a Enrique Montes de Montejanos, que sintiose avergonzado al ver que era el blanco de todas las miradas.
-Hace una hora que está allí, pensativo, sin notar que tiene por vecina, no diré yo a la mujer más hermosa de París, pero sí a la más fresca.
-Aquí todo está fresco hasta el pescado, que es la especialidad de la casa -dijo Carabina.
El barón Montes de Montejanos contempló al paisajista con una mirada amable, y le dijo:
-Muy bien, bebo a su salud.
Y saludó a León de Lara haciendo un movimiento de cabeza, llevó a sus labios un vaso lleno de vino de Porto y bebió magistralmente.
-¿De modo que ama usted? -dijo Carabina a su vecino, interpretando así su brindis.
El barón brasileño pidió que le llenasen de nuevo la copa, saludó a Carabina y repitió el brindis.
-A la salud de la sen-ora -dijo entonces la libertina con un tono tan bromista, que el paisajista, Tillet y Bixiou, soltaron una carcajada.
El brasileño permanecía grave, y esta sangre fría irritó a Carabina. Sabía perfectamente que Montes amaba a la señora de Marneffe; pero no se esperaba aquella fe brutal y aquel silencio obstinado del hombre convencido. Generalmente, lo mismo se juzga a una mujer por la actitud de su amante que al amante por el porte de su amada. Orgulloso de amar a Valeria y de ser amado por ella, el barón dirigió a aquellos distinguidos conocedores una sonrisa irónica, y todo su porte era en realidad digno de ser visto: los vinos no habían alterado su color, y sus ojos, que brillaban con el resplandor propio del oro bruñido guardaban los secretos del alma. Carabina no pudo menos de decirse para sus adentros:
-¡Qué mujer! ¡Qué ciego le tiene!
-Es una roca -dijo a media voz Bixiou, que no veía en todo ello más que una carga dada al brasileño y que no sospechaba la importancia dada por Carabina a la rendición de aquella fortaleza.
Mientras que estas palabras, tan frívolas en apariencia, se pronunciaban a la derecha de Carabina, la discusión acerca del amor continuaba a su izquierda, entre el duque de Herouville, Lousteau, Josefa, Jenny Cadine y Massol. Trataban de indagar si tan raros fenómenos eran producidos por el amor, por la testarudez o por la pasión. Josefa, muy fastidiada con esas teorías, quiso cambiar de conversación.
-Hablan ustedes de lo que ignoran por completo. ¿Hay alguno que haya amado bastante a una mujer, y a una mujer indigna de él, para comerse su fortuna y la de sus hijos, para vender su porvenir, para empañar su pasado, para exponerse a ir a presidio robando al Estado, para matar a un tío y a un hermano y para dejarse vendar los ojos de tal modo que no pensase que se los tapaban, a fin de impedir que viese el abismo adonde lo lanzaban como última burla? Tiene debajo de la tetilla izquierda una caja. León de Lora, su talento; Bixiou se reiría de sí mismo si amase a otra persona que no fuera él; Massol tiene una cartera ministerial en el sitio del corazón; Lousteau no lleva ahí más que una víscera, él, que se ha dejado abandonar por la señora de la Baudraye; el señor duque es demasiado rico para poder probar su amor con su ruina; Vauvinet no cuenta con lo que descuento al descontador del género humano. Así es que vosotros no habéis amado nunca, ni yo tampoco, ni Jenny, ni Carabina... En cuanto a mí, sólo una vez he visto el fenómeno que acabo de describir. Me refiero -dijo Josefa a Jenny Cadine- a nuestro pobre barón de Hulot, cuya pérdida voy a anunciar como si fuese un perro, porque quiero encontrarle a toda costa.
-¡Caramba! -se dijo Carabina, mirando a Josefa de cierta manera-. ¿Tendrá la señora Nourrison dos cuadros de Rafael?
-¡Pobre hombre! -dijo Vauvinet-. Era muy grande. ¡Magnífico! ¡Qué estilo! ¡Qué porte! Tenía el mismo aire de Francisco I. ¡Qué volcán! ¡Y qué habilidad y qué genio desplegaba para buscar dinero! Dondequiera que estaba, buscaba, y ahora debe de extraerlo de esos muros hechos con los huesos que se ven en los arrabales de París, cercado de las barreras, donde sin duda está escondida.
-Y todo por esa pequeña señora de Marneffe -dijo Bixiou-. ¡Vaya una pájara!
-Se casa ahora con mi amigo Crevel -añadió Tillet.
-Y está loca por mi amigo Steinbock -dijo León de Lora.
Aquellas tres frases fueron como otros tantos pistoletazos que Montes recibió en pleno pecho. Se puso lívido, y sufrió tanto, que se levantó penosamente.
-Son ustedes unos canallas -dijo-. No debieran mezclar el nombre de una mujer honrada con los de todas estas perdidas, y sobre todo para hacerlo blanco de vuestras bromas.
Montes fue interrumpido por una salva de bravos y de unánimes aplausos. Bixiou, León de Lora, Vauvinet y Massol dieron la señal, y aquello fue un verdadero coro.
-¡Viva el emperador! -dijo Bixiou.
-¡Que le corone! -exclamó Vauvinet,
-¡Un gruñido para Medoro! ¡Viva el Brasil! -gritó Lousteau.
-¡Ah! ¿Conque amas a nuestra Valeria, barón cobrizo? -dijo León de Lora-. ¿Aún no estás hastiado?
-Lo que ha dicho no es parlamentario -advirtió Massol-, pero es magnífico.
-Pero ¡cliente mío!, tú me has sido recomendado; soy tu banquero y no puedo consentir tu inocencia.
-¡Ah! Hable usted que es un hombre serio -dijo el brasileño a Tillet.
-Gracias por el favor que nos hace a todos -exclamó Bixiou, saludándole.
-Dígame usted algo positivo -dijo Montes, sin fijarse en las palabras de Bixiou.
-Pues tengo el honor de decirte que estoy invitado a la boda de Crevel -respondió Tillet.
-¡Ah! ¡Conque Cambabus toma la defensa de la señora de Marneffe! -dijo Josefa, levantándose solemnemente.
Aproximose con un aire trágico a Montes, diole un amistoso cachete en la frente, meneando la cabeza al mismo tiempo que le contemplaba un instante, denotando en su rostro cierta admiración cómica.
-Hulot es el primer ejemplo del amor a pesar de todo; aquí está el segundo -dijo ella-; pero éste no debería contarse, ¡porque viene de los trópicos!
En el momento en que Josefa golpeó suavemente la frente del brasileño, Montes desplomose sobre su silla, y dirigiéndose con la mirada a Tillet le decía:
-Si soy objeto de una de vuestras bromas parisienses, si habéis querido arrancarme mi secreto...
Y rodeó a la mesa entera con un círculo de fuego, abarcando a todos los convidados con una ojeada en donde llameaba el sol del Brasil.
-¡Por favor, decídmelo! -dijo con un aire suplicante y casi infantil-. Pero no calumniéis a la mujer a quien amo.
-¡Hombre! -le respondió Carabina al oído-. Y si fuese usted indignamente engañado, burlado, traicionado por Valeria, y yo le diera pruebas dentro de una hora en mi casa, ¿qué haría?
-No puedo decírselo aquí, delante de todos estos Yagos -dijo el barón brasileño.
Carabina entendió magos, en lugar de Yagos.
-Bueno, cállese -le respondió, sonriendo-; no se preste a ser burla de los hombres más ocurrentes de París; venga a mi casa y hablaremos.
Montes estaba anonadado.
-¡Pruebas! -dijo, balbuceando-. Piense usted que...
-Las tendrá sobradas -dijo Carabina-. Pero cuando a sola sospecha te descompone tanto, llego a temer por tu razón.
-¡Será testarudo ese muchacho! Es peor que el difunto rey de Holanda.
-Vamos a ver, Lousteau, Bixiou, Massol, ¿no habéis sido invitados para pasado mañana por la señora de Marneffe? -preguntó León de Lora.
-Yes -respondió Tillet-. Barón, tengo el honor de repetirle que si por casualidad tuviese usted intención de casarse con la señora de Marneffe, será usted rechazado como un proyecto de ley y sustituido por una bola que llevará el nombre de Crevel. Amigo mío, mi antiguo compañero Crevel tiene ochenta mil francos de renta y usted de seguro no habrá enseñado otro tanto, porque de otro modo hubiese sido usted preferido.
Montes escuchó con un aire medio soñador y medio sonriente, que pareció terrible a todo el mundo. En este momento un mozo fue a decirle al oído a Carabina que una pariente suya estaba en el salón y deseaba hablarle. La libertina se levantó, salió y encontrose con la señora Nourrison, bajo un velo negro de encaje, que empezó diciéndola:
-¿Tengo que ir a tu casa, hija mía? ¿Ha mordido?
-Sí, mamaíta. La pistola estaba tan bien cargada, que temo mucho que se dispare -respondió Carabina.
Una hora después, Montes, Cydalisa y Carabina, de vuelta del Rocher de Cancale, entraban en la calle de San Jorge, en el saloncito de Carabina. La licenciosa vio a la señora Nourrison sentada junto al fuego, en una poltrona.
-¿Cómo? ¿Está aquí mi respetable tía? -dijo.
-Sí, hija mía, soy yo que vengo a buscar en persona mi pequeña renta. Aunque tengas buen corazón, me olvidarías, y mañana tengo que pagar unas letras. Una tendera perseguida siempre es molesto. Pero ¿a quién traes contigo? Este señor parece muy disgustado.
La horrible señora Nourrison, cuya metamorfosis era en aquel momento completa, y que parecía ser una buena vieja, se levantó a abrazar a Carabina, una de las ciento y pico de muchachas que había lanzado a la horrible carrera del vicio.
-Sí, es un Otelo que no se engaña y que tengo el honor de presentarte: el señor barón Montes de Montejanos.
-¡Oh! Lo conozco por haber oído hablar de él; le llaman a usted Combabus porque no ama más que a una mujer, lo cual en París es como si no se amase a ninguna. ¿Se trata acaso de vuestro amor, de la señora de Marneffe, la mujer de Crevel? Mire usted, querido señor, bendiga su suerte en lugar de maldecirla. Esa mujer no vale nada. Conozco sus mañas.
-¡Oh! Tú no conoces a los brasileños -dijo Carabina a quien la señora Nourrison acababa de entregar una carta al mismo tiempo que la abrazaba-. Son hombres que se dejan matar por cosas del corazón. Cuanto más celosos son, más quieren serlo. El señor habla de destruirlo todo y no destruirá nada, porque ama. En fin, traigo aquí al señor barón para darle las pruebas de su desgracia, que tengo gracias a Steinbock.
Montes estaba ebrio y escuchaba como si no se tratase de sí mismo. Carabina fue a quitarse el sombrero de terciopelo y leyó el facsímile de la siguiente esquela:
«Gatito mío: Él se irá esta noche a comer a casa de Popinto y vendrá a buscarme a la Ópera a eso de las once; yo me iré a las cinco y media, y cuento hallarte en nuestro paraíso, donde encargarás que nos sirvan la comida de la Maison d'Or. Vístete de modo que puedas acompañarme a la Ópera. Podremos disponer de cuatro horas. Me devolverás estas cuatro letras, no porque tu Valeria desconfíe de ti, pues ya sabes que daría mi vida, mi honor y mi fortuna, sino porque temo las bromas del azar.»
-Ten, barón; ahí tienes la cartita que ha recibido esta mañana el conde de Steinbock. El original acaba de ser quemado.
Montes volvió y revolvió mil veces el papel, reconoció la letra y acabó por ver claro en el asunto, lo cual prueba que su cabeza no estaba tan trastornada.
-¿Qué interés tiene usted en desgarrarme el corazón, cuando ha comprado el derecho de tener en sus manos esta esquela el tiempo bastante para hacerla litografiar? -dijo, mirando a Carabina.
-¡Gran imbécil! -dijo Carabina, obedeciendo a una seña de la señora Nourrison-. ¿No ves a esta pobre Cydalisa, una niña de dieciséis años, que te ama con locura hace tres meses y aún no ha podido obtener una mirada tuya?
Cydalisa se llevó el pañuelo a los ojos y empezó a llorar.
-A pesar de su aire inocente, está furiosa al ver que el hombre por quien está loca es engañado por una tunanta -dijo Carabina, siguiendo-, y mataría a Valeria.
-¡Oh, eso es cosa mía! -dijo el brasileño.
-¿Matar? ¿Tú? -dijo la Nourrison-. Eso ya no se estila aquí.
-¡Oh! -repuso Montes-. Yo no soy de este país; vivo en un lugar donde me burlo de las leyes, y si ustedes me diesen pruebas...
-¡Hombre! ¿Y no es nada esta carta?
-No -dijo el brasileño-; yo no creo en escrituras, quiero ver.
-¡Oh, ver! -dijo Carabina, comprendiendo a las mil maravillas un nuevo gesto de su falsa tía-. Ya te lo harán ver, tigre mío; pero con una condición.
-¿Cuál?
-Mire usted a Cydalisa.
A una seña de la señora Nourrison, Cydalisa miró cariñosamente al brasileño.
-¿La amarás, la harás feliz? -preguntó Carabina-. Una mujer tan hermosa bien merece un palacio y un coche, y sería una monstruosidad dejarla a pie. La pobre tiene deudas. ¿Cuánto debes? -dijo Carabina, dando un pellizco en el brazo a Cydalisa.
-Vale lo que vale -dijo la Nourrison-. Basta con que haya quien la compre.
-Escuche usted -exclamó Montes, fijándose, al fin, en aquella admirable obra maestra femenina-. ¿Me harán ustedes ver a Valeria?
-Y al conde de Steinbock, ¡pardiez! -dijo la señora Nourrison.
Desde hacia diez minutos la vieja observaba al brasileño, y como le viese en situación de servirle de instrumento y bastante ciego para no notarlo, intervino en el asunto, diciendo:
-Mi querido brasileño, Cydalisa es sobrina mía y, por consiguiente, este asunto me concierne un poco. Todo esto es cuestión de diez minutos, porque una amiga mía es la que le alquila el cuarto donde tu Valeria toma en este momento su café, un café muy extraño, pero ella le llamaba a aquello su café. Entendámonos, pues, Brasil; a mí me gusta el Brasil porque es un país cálido. ¿Cuál será la suerte de mi sobrina?
-¡Vieja avestruz! -dijo Montes, llamada su atención por unas plumas que la Nourrison llevaba en su sombrero-. ¿Por qué me has interrumpido? Si me haces ver..., ver... a Valeria y a ese artista juntos.
-Tan juntos como tú mismo quisieras estar -dijo Carabina-, entendido.
-Pues bien, tomo a esta normanda y me la llevo.
-¿Adónde? -preguntó Carabina.
-Al Brasil -respondió el barón-; me casaré con ella. Mí tío me ha dejado diez leguas cuadradas de terreno invendibles, y por eso poseo aún aquella propiedad. Entre negros, negras y negritos, tengo allí más de cien, comprados por mi tío.
-¡El sobrino de un negrero! -dijo Carabina, haciendo una mueca-. ¡Pues no es nada, Cydalisa, hija mía! ¿Eres negrófila?
-Bueno, basta de chanza, Carabina, que el señor y yo estamos hablando de negocios -dijo la Nourrison.
-Si vuelvo a querer a una francesa, la quiero toda mía, se lo advierto a usted, señorita -repuso el brasileño-. Yo soy un rey, pero no un rey constitucional, sino un zar que he comprado todos mis súbditos, y nadie sale de mi reino, que se halla a cien leguas de todo lugar habitado, viviendo en él salvajes en el interior, y estando separado de la costa por un desierto tan grande como Francia.
-Prefiero una guardilla aquí -dijo Carabina.
-Eso es lo que yo pensaba -replicó el brasileño-, puesto que he vendido todas mis tierras y todo lo que poseía en Río de Janeiro para venir a buscar a la señora de Marneffe.
-No se hace un viaje de esa índole por nada -dijo la normanda-. Usted tiene derecho a ser amado por sí mismo, siendo como es tan guapo; porque es muy guapo, ¿verdad? -le dijo a Carabina.
-Muy guapo, más guapo que el postillón de Lonjumeau -respondió la libertina.
Cydalisa tomó la mano del brasileño, el cual se desembarazó de ella del mejor modo que pudo.
-Había venido para llevarme a la señora de Marneffe -repuso el brasileño, continuando-. ¿No saben ustedes por qué invertí tres años en volver?
-No, salvaje -dijo Carabina.
-Me había dicho muchas veces que quería vivir sola conmigo en un desierto.
-Esto ya no es un salvaje -repuso Carabina, lanzando una carcajada-, sino que pertenece a la tribu de los tontos civilizados.
-Me lo había dicho tantas veces -repuso el barón, insensible a las burlas de la mundana-, que hice construir una casa deliciosa en el centro de aquella inmensa propiedad. Vine a Francia a buscar a Valeria, y la noche en que volví a verla...
-¿Verla? La palabra es decente -dijo Carabina-; me quedo con ella.
-Me dijo que esperase la muerte de ese miserable de Marneffe, y yo consentí, perdonándole el que hubiese aceptado los homenajes de Hulot. No sé si el diablo se habrá puesto faldas; pero es lo cierto que desde aquel momento esa mujer ha satisfecho todos mis caprichos y todas mis exigencias; en fin, no me ha dado motivo para sospechar de ella ni un minuto.
-¡Tiene gracia la cosa! -dijo Carabina a la señora Nourrison.
La señora Nourrison meneó la cabeza en señal de asentimiento.
-Mi fe en esa mujer es igual a mi amor -dijo Montes llorando-. Hace un momento, en la mesa, he estado a punto de abofetear a toda aquella gente.
-Ya lo he visto -dijo Carabina.
-Si me engaña, si se casa, si está en este momento en los brazos de Steinbock, esa mujer merece mil muertes y la aplastaré como se aplasta a una mosca.
-¿Y los gendarmes, hijo mío? -dijo la señora Nourrison, con una sonrisa de vieja que ponía carne de gallina.
-¿Y el comisario de Policía, y los jueces, y la Audiencia, y todo lo que sigue? -dijo Carabina.
-Es usted un tonto, amigo mío -dijo la Nourrison, que deseaba conocer todos los proyectos de venganza del brasileño.
-¡La mataré! -repitió fríamente el brasileño-. ¡Ah! Me habéis llamado salvaje; pero ¿creéis que voy a imitar la estupidez de vuestros compatriotas, que van a comprar veneno a las farmacias? Mientras veníamos, por el camino, he pensado mi venganza para el caso de que Valeria me engañe. Uno de mis negros lleva sobre sí el más seguro de los venenos animales, una enfermedad terrible que vale más que el veneno vegetal y que sólo se cura en el Brasil. Se la haré coger a Cydalisa y la cogeré yo también en unión de Crevel y de su mujer, y cuando la muerte se encuentre en las venas de éstos, yo me hallaré más allá de las Azores con vuestra prima, que se curará y pasará a ser mi mujer. Nosotros, los salvajes, tenemos nuestros procedimientos. Cydalisa es el animal que me falta -dijo, mirando a la normanda-. ¿Cuánto debe?
-Cien mil francos -dijo Cydalisa.
-Habla poco, pero bien -dijo en voz baja Carabina a la señora Nourrison.
-¡Estoy loco! -exclamó el brasileño, con voz ronca dejándose caer en una otomana-. ¡Me moriré! Pero quiero verlo, porque me parece imposible. ¿Quién me dice que no es obra de un falsificador una carta litografiada? ¡Amar el barón de Hulot a Valeria! -dijo, recordando las frases de Josefa-. No, la prueba de que no la quiere es que la deja vivir. Yo no la dejaré vivir para nadie si no es toda mía.
Causaba espanto el ver a Montes, y más espanto aún el oírle. Rugía, se retorcía, rompía cuanto tocaba, y la madera de palisandro parecía vidrio.
-¡Vaya una manera de romper cosas! -dijo Carabina mirando a la Nourrison-. Hijito mío -añadió, dando un golpecito en el hombro del brasileño-, Orlando el furioso está muy bien en un poema, pero en una habitación es prosaico y caro.
-Hijo mío -dijo la Nourrison, levantándose y poniéndose delante del brasileño-, yo soy de tu religión... Cuando se ama de cierto modo, que se ha unido uno hasta la muerte, la vida responde del amor. El que se va se lo lleva todo; es una demolición general. Cuenta con mi estimación, con mi admiración y con mi consentimiento, sobre todo por tu proceder, que me va a convertir en negrófila. Pero tú amas, te echarás atrás.
-¡Yo! Si es una infame le aseguro..,
--Vamos, después de todo, hablas demasiado -repuso la Nourrison, volviendo a ser ella misma-. Un hombre que quiere vengarse y que se dice salvaje obra de otro modo. Para que te hagan ver el objeto de tu amor en su paraíso tienes que tomar a Cydalisa, fingir que entras allí por un error de una criada, con tu amiga, pero sin armar escándalo. Sí quieres vengarte, hay que hacer fullerías, poner cara de desesperado y hacerte golpear por tu querida. ¿Estamos conformes? -dijo la señora Nourrison, viendo al brasileño sorprendido ante tan sutil maquinación.
-Vamos, avestruz -repuso-, vamos; te comprendo.
-Adiós, mi perrillo -dijo la señora Nourrison a Carabina.
Y haciendo seña a Cydalisa de que bajase con Montes, se quedó sola con Carabina para decirla:
-Ahora, nena mía, lo único que temo es que estrangule. Me pondría en un aprieto, pues no me convienen asuntos ruidosos. ¡Oh! Creo que te has ganado tu cuadro de Rafael; aunque dicen que es un Mignard. No te importe, porque es mucho más bonito. Me han dicho que los Rafaeles estaban todos negros, mientras que éste es lindó como un Girodet.
-Lo único que quiero es superar a Josefa -gritó Carabina-, y me es igual que sea un Mignard o un Rafael. ¡Lo que es esa ladrona, llevaba unas perlas esta noche que había para condenarse por tenerlas!
Cydalisa, Montes y la señora Nourrison subieron a un coche que estaba parado a la puerta de Carabina. La señora Nourrison indicó en voz baja al cochero una casa del barrio de los Italianos, adonde podían llegar en pocos instantes, pues desde la calle de San Jorge la distancia era de siete a ocho minutos; pero la señora Nourrison le ordenó que pasase por la calle de Le Peletier y de ir muy despacio, a fin de pasar revista a los coches allí estacionados.
-Brasileño -dijo la Nourrison-, a ver si ves por aquí los criados y el coche de tu ángel.
El barón señaló con el dedo el carruaje de Valeria en el momento en que el coche pasaba por delante de él.
-Ha dicho a sus criados que viniesen a las diez, y ha ido en un coche de alquiler a la casa donde está con el conde de Steinbock. Comerá allí, y vendrá a la Ópera dentro de media hora. ¡No está mal pensado! -dijo la señora Nourrison-. Eso te dará la explicación de cómo puede haberte engañado tanto tiempo.
El brasileño no respondió. Metamorfoseado en tigre, había recobrado la sangre fría, imperturbable, tan admirada durante la comida. En fin, estaba tranquilo como un quebrado al día siguiente de hacer balance.
A la puerta de la fatal casa estaba estacionado un coche de dos caballos, de los que se llaman Compañía general, del nombre de la Empresa.
-Quédate en el coche -dijo la señora Nourrison a Montes-. No se entra aquí como en una taberna. Ya vendrán a buscarte.
El paraíso de la señora de Marneffe y de Wenceslao no se parecía gran cosa a la casita de Crevel, que éste había vendido al conde Máximo de Trailles. Aquel paraíso, paraíso de mucha gente, consistía en un aposento situado en el cuarto piso, dando a la escalera, de una casa sita en el barrio de los Italianos. En cada piso de aquella casa, en cada descansillo, había un cuarto dispuesto antaño para servir de cocina a cada habitación; pero la casa se había convertido en una especie de posada que servía de refugio a los amores clandestinos a precios exorbitantes, y la verdadera señora Nourrison, tendera en la calle Nueva de San Marcos, había juzgado con razón que sus cocinas tendrían mucho más valor convirtiéndolas en una especie de comedorcitos. Cada una de aquellas piezas, formadas de dos grandes paredes medianeras y con vistas a la calle, se hallaba completamente aislada por medio de puertas batientes, muy gruesas, que hacían un doble cierre sobre el descansillo; de modo que mientras se comía allí, podía hablarse de toda suerte de secretos sin temor a ser oído. Para mayor seguridad, las ventanas estaban provistas de persianas por fuera y de puertas por dentro. A causa de todas estas particularidades, aquellos cuartos costaban trescientos francos mensuales. Aquella casa, llena de paraísos y de misterios, estaba alquilada por veinticuatro mil francos a la señora Nourrison I, la cual, un año con otro, ganaba veinte mil, después de pagar a su gerente, a la señora Nourrison II, pues no la administraba por sí misma.
El paraíso alquilado por el conde de Steinbock había sido alfombrado, y la frialdad de un pavimento de rojos ladrillos no se sentía en los pies, bajo la mullida alfombra. El mobiliario consistía en dos bonitas sillas y una cama en una alcoba, medio oculta a la sazón por una mesa cargada de restos de una comida ya terminada, y donde dos botellas de vino y una de champán, agotada, dentro del hielo, jalonaban los campos de Baco cultivados por Venus. Enviados sin duda por Valeria, veíanse además allí una mecedora, una otomana y una bonita cómoda de palo rosa, con un espejo encuadrado según el estilo Pompadour. En el techo una lámpara producía una semiclaridad aumentada por la que producían las bujías de la mesa y las que decoraban la chimenea.
Esta descripción pintará urbi et orbi el amor clandestino en las mezquinas proporciones que le imprime el París de 1840. ¡Ay de mí! ¡Cuán distante está todo esto del amor adúltero simbolizado por las redes de Vulcano hace tres mil años!
En el momento en que Cydalisa y el barón subían, Valeria, de pie delante de la chimenea, donde ardía alguna leña, se hacía atar el corsé por Wenceslao. Éste es el momento en que la mujer que no es demasiado gruesa, ni demasiado delgada, como le pasaba a la fría y elegante Valeria, ofrece bellezas sobrenaturales. La rosada carne, de tonos húmedos, solicita entonces una mirada de los ojos más somnolientos. Las líneas del cuerpo, tan poco velado entonces, son acusadas con tanta fidelidad por los pliegues de las enaguas y por el bombasí del corsé, que la mujer es irresistible, como todo aquello que uno se ve obligado a abandonar. El rostro feliz y sonriente en el espejo, el pie que se impacienta, la mano que va reparando el desorden de los rizos del peinado mal rehecho, los ojos radiantes de agradecimiento y el fuego de la satisfacción que, cual una puesta de sol, abarca los menores detalles de la fisonomía, todo a aquella hora sirve de imperecedero recuerdo... A decir verdad, el que echando una mirada a los primeros errores de su vida recuerda algunos de estos deliciosos detalles, comprenderá quizá las locuras de los Hulot y de los Crevel, sin excusarlas. Las mujeres conocen tan bien su poder en aquel momento, que siempre encuentran lo que puede llamarse el aperitivo para la siguiente cita.
-Vamos, hombre, después de dos años no sabes todavía atar el corsé a una mujer. La verdad es que eres demasiado polaco. Mira, ya son las diez, Wenceslao -dijo Valeria, riéndose.
En este momento, una malvada sirvienta hizo diestramente saltar con la hoja de un cuchillo la aldaba de la puerta, que era toda la seguridad de Adán y Eva. Abrió bruscamente la puerta, pues los inquilinos de esos edenes suelen disponer de poco tiempo para ellos, y descubrió uno de esos encantadores cuadros de género expuestos con tanta frecuencia en el salón, a la manera de Gavarni.
Cydalisa entró, seguida del barón Montes.
-¡Pero si hay gente!... Dispense usted, señora -dijo la normanda, asustada.
-¡Cómo! ¡Si es Valeria! -exclamó Montes, cerrando violentamente la puerta.
La señora de Marneffe, presa de una emoción demasiado viva para ser disimulada, se dejó caer en una butaca del rincón de la chimenea- miró a Montes, examinó a la normanda y soltó una carcajada forzada. La dignidad de la mujer ofendida disimuló la incorrección de su tocado a medio hacer y, encarándose con el brasileño, le miró de un modo que sus ojos brillaron como carbones.
-¿Ésa es la fidelidad que tiene usted? -le dijo, señalando a Cydalisa-. Usted, que me ha hecho promesas capaces de convencer a un ateo en amor, usted por quien yo hacía tantas cosas y hasta tantos crímenes. Tiene usted razón, señor mío, yo no soy nada al lado de una muchacha de esa edad y de esa belleza. Ya sé lo que va usted a decirme -repuso, señalando a Wenceslao, cuyo desorden era una prueba demasiado evidente para ser negada-. Esto es cosa mía. Si yo pudiese amarle después de esta infame traición, porque usted me ha espiado y ha comprado cada uno de los peldaños de la escalera, a la dueña de la casa, a la criada y tal vez a Reina... ¡Oh! ¡Qué hermoso es todo esto! Si yo conservase un resto de amor por un hombre tan cobarde, le daría disculpas capaces de redoblar su amor. Pero señor mío, le dejo a usted con todas sus dudas, que se convertirán en remordimientos... Wenceslao, mi traje.
Tomó su traje, se lo puso mirose al espejo y acabó de vestirse sin mirar al brasileño, enteramente lo mismo que si estuviera sola.
-Wenceslao, ¿está usted listo? Vaya usted delante.
Por el espejo, y de reojo, Valeria había examinado la fisonomía de Montes y vio en él y en su palidez un indicio de esa debilidad que hace que un hombre fuerte se fascine ante una mujer; y tomando al brasileño por la mano y acercándose a él para hacerle respirar esos terribles perfumes amados que embriagan a un enamorado, le miró en actitud de reproche y le dijo:
-Le permito que vaya a contar su expedición al señor Crevel, el cual no le creerá nunca, y por eso tengo derecho a casarme con él; será mi marido pasado mañana... Le aseguro que le haré muy feliz. Adiós, y procure usted olvidarme.
-¡Ah, Valeria! -exclamó Enrique Montes, estrechándola entre sus brazos-. Es imposible... ¡Vente al Brasil!
Valeria miró al barón y vio en él a su esclavo.
-¡Ah! Enrique, si siguieses amándome dentro de dos años sería tu mujer; pero en este momento tu cara no me parece franca.
-Te juro que me han emborrachado, que unos malos amigos me han echado en brazos de esta mujer y que todo es obra de la casualidad -dijo Montes.
-¿De modo que aún puedo perdonarte? -le dijo ella, sonriéndose.
-Pero ¿te casarás? -preguntó el barón en medio de horrible ansiedad.
-¡Ochenta mil francos de renta! -dijo ella con entusiasmo semicómico-. Y Crevel me ama tanto que se morirá.
-¡Ah, te comprendo! -dijo el brasileño.
-Bueno; dentro de algunos días nos entenderemos -dijo Valeria.
Y bajó triunfante.
-Ya no tengo escrúpulos -pensó el barón, que permaneció inmóvil algunos instantes-. Ahora lo veo todo. Esa mujer piensa servirse de su amor para desembarazarse de ese viejo imbécil como se desembarazó de Marneffe. Yo seré el instrumento de la cólera divina.
Dos días después aquellos convidados de Tillet que se complacían haciendo tiras de la piel de la señora Marneffe se hallaban sentados a su mesa, una hora después de haber cambiado ella de piel, trocando su nombre por el glorioso, de un alcalde de París. Esta ligereza de lengua es una de la cosas más comunes de la vida parisiense. Valeria había tenido el placer de ver en la iglesia al barón brasileño, a quien Crevel, convertido en un marido completo, invitó por fanfarronería. La presencia de Montes en el almuerzo no asombró a nadie. Hacía mucho tiempo que todos aquellos hombres de talento estaban familiarizados con la cobardía del amor y con las transacciones del placer. La profunda melancolía de Steinbock, que empezaba a despreciar a aquella a quien había adorado, pareció de excelente gusto. El polaco parecía declarar de aquel modo que entre Valeria y él todo había terminado. Isabela fue a abrazar a su querida señora Crevel, excusándose por no asistir al almuerzo a causa del doloroso estado de salud de Adelina.
-No tengas cuidado -le dijo a Valeria al despedirse-. Te recibirán en su casa y tú los recibirás en la tuya. Sólo por haber dicho yo estas tres palabras: Doscientos mil francos, se ha puesto la baronesa a la muerte. ¡Oh! Con esta historia los tienes cogidos; pero ¿me la contarás?
Un mes después de su matrimonio Valeria estaba en su décima disputa con Steinbock, el cual le exigía explicaciones acerca de Enrique Montes, le recordaba sus frases durante la escena ocurrida en el paraíso y, no contento con dirigirle palabras de desprecio, la vigilaba de tal modo, que Valeria, entre los celos de Wenceslao y el amor de Crevel, no tenía un momento de libertad. No teniendo ya a su lado a Isabela, que la aconsejaba admirablemente, se enfadó de tal modo, que llegó a reprochar duramente a Wenceslao el dinero que le había dado. El orgullo de Steinbock se despertó de tal manera, que no volvió más al palacio Crevel, logrando así Valeria su objeto de alejar a Wenceslao durante algún tiempo para recobrar su libertad. Valeria esperó un viaje al campo que Crevel debía hacer con el conde de Popinot a fin de negociar la presentación de la señora de Crevel, y de este modo pudo dar una cita al barón, que deseaba tener todo un día junto a ella, con objeto de darle disculpas que habían de redoblar el amor del brasileño. La mañana misma de aquel día, Reina, juzgando de su crimen por la gruesa suma recibida, trató de avisar a su ama, la cual, como es natural, le interesaba más que los desconocidos; pero como había sido amenazada de volverla loca y encerrarla en la Salpetrière en caso de indiscreción, sintió miedo y se limitó a decirla:
-La señora es ahora tan feliz, que no sé por qué sigue con ese brasileño. A mí no me gusta nada.
-Es verdad, Reina -respondió-, y por eso quiero despedirle.
-¡Ah, señora! Me alegro, porque me asusta ese negrito. Le creo capaz de todo.
-¡Qué tonta eres! Por quien hay que temer es por él cuando está conmigo.
En este momento entró Isabela.
-Cabrita mía, hace ya mucho tiempo que no nos vemos, y yo soy muy desgraciada -le dijo Valeria-. Crevel me aburre y ya no estoy con Wenceslao, porque hemos reñido.
-Lo sé -respondió Isabela-, y por él vengo. Victorino lo ha encontrado, a las cinco de la tarde, en el momento en que entraba en una fonda de un franco veinticinco céntimos, en la calle de Valois, le ha hablado y lo ha traído a la calle de Luis el Grande. Hortensia, al ver a Wenceslao flaco, enfermo y mal vestido, le tendió la mano. Ya ves cómo me has hecho traición.
-Señora, aquí está don Enrique -fue a decir el ayuda de cámara al oído de Valeria.
-Isabela, déjame, mañana te explicaré todo esto.
Pero como vamos a ver pronto, Valeria no podría contar nada a nadie.
A fines del mes de mayo la pensión del barón de Hulot quedó completamente libre de toda carga, gracias a las entregas de dinero que Victorino había hecho sucesivamente al barón Nucingen. Sabido es que los semestres de las pensiones no se pagan a no ser mediante la presentación de la fe de vida, y como se ignoraba el paradero del barón de Hulot, los semestres retenidos en favor de Vauvinet permanecían acumulados en el Tesoro, siendo indispensable hallar al interesado para poder cobrar los atrasos. Gracias a los cuidados del doctor Bianchon, la baronesa había recobrado la salud. Mediante una carta, cuya ortografía denunciaba la colaboración del duque de Herouville, la buena Josefa contribuyó al completo restablecimiento de Adelina. He aquí lo que la cantante escribió a la baronesa, al cabo de cuarenta días de activas pesquisas:
«Señora baronesa: Hace dos meses, el señor de Hulot vivía en la calle de los Bernardinos, en compañía de Elodia Chardin, que se lo quitó a la señorita Bijou; pero se ha marchado, dejando allí todo cuanto poseía, sin decir una palabra y sin que se pueda saber adónde ha ido a parar. No por eso me he desanimado, y he puesto en su busca a un hombre que cree haberle encontrado en el bulevar Bourdon.
La pobre judía cumplirá la palabra hecha a la cristiana. Que el ángel ruegue por el demonio, como ha de ocurrir algún día en el Cielo.
«Con el mayor respeto se repite siempre suya, humilde servidora,
Josefa Mirah.»
Como Victorino no oyese ya hablar de la terrible señora Nourrison, viese a su suegro casado, hubiese reconquistado a su cuñado, vuelto bajo el techo de la familia, no tuviese ningún disgusto con su nueva suegra y viera a su madre cada día mejor, se entregó a sus trabajos políticos y judiciales, arrastrado por la rápida corriente de la vida parisiense, donde los días parecen horas. Encargado de hacer un informe para la Cámara de los Diputados, al final de una sesión se vio obligado a pasar toda la noche trabajando. Habiendo entrado en su despacho a eso de las nueve, cuando esperaba que su criado le llevase los candelabros provistos de pantallas, pensaba en su padre.
Reprochabas el que la cantante se ocupase en su busca, y se proponía ver al señor Chapuzot al siguiente día respecto a este punto, cuando vio aparecer en su ventana, al resplandor del crepúsculo, una sublime cabeza de anciano, de cráneo amarillo, cubierta de cabellos blancos.
-Mi querido señor, dé orden de que permitan entrar en su casa a un pobre ermitaño llegado del desierto y encargado de postular para la construcción de un santo asilo.
Esta visión que recordó de pronto al abogado una profecía hecha por la terrible Nourrison, le hizo temblar.
-Haga entrar a ese anciano -ordenó a su ayuda de cámara.
-Va a apestar el despacho del señor -respondió el criado-, porque lleva un sayal que no se lo ha mudado desde que fue a la Siria, y además va sin camisa.
-Haga entrar a ese anciano -repitió el abogado.
El anciano entró; Victorino examinó con desconfianza a aquel fingido peregrino, y vio en él un soberbio modelo de aquellos monjes napolitanos cuyos sayales son hermanos de los andrajos del lazarone y cuyas sandalias son guiñapos de cuero, como el monje mismo es un guiñapo humano. Parecía tan auténtica la figura que, aunque seguía desconfiando, el abogado lamentó el haber creído en los sortilegios de la señora Nourrison.
-¿Qué me pide usted?
-Lo que usted crea que debe darme.
Victorino tomó una moneda de cinco francos y se la tendió al extranjero.
-Esto es muy poco a cuenta de cincuenta mil francos -dijo el mendigo del desierto.
Esta frase disipó todas las incertidumbres de Victorino.
¿Y ha cumplido el Cielo sus promesas? -dijo el abogado, frunciendo sus cejas.
-La duda es una ofensa, hijo mío -replicó el solitario-. Si no quiere usted pagar hasta que se hayan celebrado las pompas fúnebres, está usted en su derecho; volveré dentro de ocho días.
-¡Las pompas fúnebres! -exclamó el abogado, levantándose.
-Así se ha tratado, y la muerte va de prisa en París -dijo el anciano, retirándose.
Cuando Hulot, que bajó la cabeza, quiso responder, el ágil anciano había desaparecido.
-No entiendo una palabra -se dijo el hijo de Hulot-; pero si dentro de ocho días no aparece mi padre, le daré el encargo de buscarlo. ¿De dónde sacará la señora Nourrison semejantes actores?
Al día siguiente el doctor Bianchon permitiole a la baronesa bajar al jardín, después de haber examinado a Isabela, que guardaba cama hacía un mes por causa de una ligera enfermedad de los bronquios. El sabio doctor, que no se atrevió a decir nada acerca de Isabela antes de haber observado los síntomas decisivos, acompañó a la baronesa al jardín para ver el efecto que producía el aire libre, después de dos meses de reclusión, en el temblor nervioso que le preocupaba. La curación de esta neurosis intrigaba al talento del de Bianchon. Al ver que aquella eminencia se sentaba y les concedía algunos instantes, la baronesa y sus hijos tuvieron con él una cariñosa conversación.
-¡Hace usted una vida muy laboriosa y muy triste! -le dijo la baronesa-. Yo ya sé lo que es emplear los días en ver miserias o dolores físicos.
-Señora -respondió el médico-, ignoro los espectáculos que la caridad le obliga a contemplar; pero a la larga se acostumbrará a ellos, como nos acostumbramos nosotros. Tal es la ley social. El confesor, el magistrado, el abogado no podrían vivir si el espíritu de profesión no encalleciese el corazón del hombre. ¿Cómo vivir si no fuese por este fenómeno? En tiempo de guerra, ¿no presencia el militar espectáculos mucho más crueles que los nuestros? Y todos los militares que han entrado en fuego son buenos. Nosotros tenemos el placer de realizar una cura que tiene éxito, como ustedes tienen el goce de salvar una familia de los horrores del hambre, de la depravación o de la miseria, devolviéndola al trabajo y a la vida social; pero ¿cómo se consuelan el magistrado, el comisario de Policía y el abogado, que se pasan la vida escudriñando las combinaciones más infames del interés, ese monstruo social, que conoce los dolores de no haber triunfado, pero que no se arrepentirá nunca? La mitad de la sociedad pasa la vida observando a la otra mitad. Hace ya tiempo que yo tengo un amigo procurador, retirado ahora, que me decía que de quince años acá los notarios y los procuradores desconfían tanto de sus clientes como de los adversarios de sus clientes. Su señor hijo el abogado, ¿no se ha visto nunca comprometido por aquel cuya defensa hacía?
-¡Oh, a menudo! -dijo Victorino, sonriéndose.
-¿De dónde proviene ese profundo mal? -preguntó la baronesa.
-De la falta de religión -respondió el médico- y de la invasión del amor al dinero, que no es otra cosa que el egoísmo solidificado. Antaño el dinero no lo era todo y había cosas superiores a él; había la nobleza, el talento, los servicios prestados al Estado; pero hoy la ley lo convierte en peldaño general en base de la capacidad política. Ciertos magistrados no son elegibles. Por ejemplo, Juan Jacobo Rousseau no sería elegible. Las herencias perpetuamente divididas le obligan a uno a pensar en sí mismo desde la edad de veinte años. Pues bien; entre la necesidad de hacer fortuna y la depravación de las combinaciones, no hay obstáculo, pues el sentimiento religioso falta en Francia, a pesar de los laudables esfuerzos de los que intentan una restauración católica. Esto es lo que dicen todos los que como yo contemplan las entrañas de la sociedad.
-¡De qué pocos placeres disfrutará usted! -dijo Hortensia.
-El verdadero médico -respondió Bianchon. se apasiona por la ciencia y lo soporta todo, tanto por ese sentimiento como por la certidumbre de su utilidad social. Mire, usted, en este momento siento un goce científico, y muchas gentes superficiales me tomarían por un hombre sin corazón. Mañana le voy a anunciar a la Academia de Medicina un hallazgo. En este momento estoy observando una enfermedad perdida, por otra parte una enfermedad mortal, contra la cual somos impotentes en los países templados, que sólo se cura en las Indias. Una enfermedad que reinaba en la Edad Media. Crean ustedes que es hermosa la lucha del médico contra semejante enemigo. Hace diez días que pienso a todas horas en mis enfermos, pues son dos: la mujer y el marido. ¿No están ustedes emparentados con él? Porque, si no estoy equivocado, señora, usted es hija del señor Crevel -añadió, dirigiéndose a Celestina.
-¡Cómo! ¿Es mi padre a quien se refiere? --dijo Celestina-. ¿Viven en la calle Barbet de Jouy?
-Eso es -respondió Bianchon.
-¿Y es mortal la enfermedad? -dijo Victorino, asustado.
-Me voy a casa de mi padre -exclamó Celestina, levantándose.
-Señora, se lo prohíbo a usted terminantemente -dijo con tranquilidad Blanchon-; esa enfermedad es contagiosa.
-Bien va usted, señor -replicó la joven-. ¿Acaso cree usted que los deberes de la hija no son superiores a los del médico?
-Señora, un médico sabe cómo preservarse del contagio, y la irreflexión de vuestro sacrificio me prueba que no tendría usted mi prudencia.
Celestina se levantó, se fue a su cuarto y se vistió para salir.
-Caballero, ¿espera usted salvar al señor y a la señora de Crevel? -dijo Victorino a Bianchon.
-Lo espero y no lo espero -respondió Blanchon-. El hecho es inexplicable para mí. Esta enfermedad sólo es propia de los negros y de las tribus americanas, cuyo sistema cutáneo difiere del de las razas blancas. Pero no puedo establecer ninguna relación entre los negros, los cobrizos y los mestizos con el señor y la señora de Crevel. Por otra parte, si la enfermedad es hermosa para nosotros, es horrible para todo el mundo. La pobre joven, que según dicen era muy bonita, está bien castigada por donde ha pecado, pues su fealdad es hoy horrible. Se le caen los dientes y el pelo, tiene el aspecto de los leprosos y se causa horror a sí misma. Sus manos, que producen espanto, están hinchadas y cubiertas de pústulas verdosas; las uñas se le mueven y se le quedan en las llagas al rascarse; en una palabra, que todas las extremidades se le pudren.
-Pero ¿cuál es la causa de todos esos desórdenes? -preguntó el abogado.
-¡Oh! -dijo Blanchon-. La causa está en una repentina alteración de la sangre, que se descompone con rapidez espantosa. Espero atacar la sangre y la he mandado analizar; vuelvo a mi casa para recoger el resultado del trabajo de mi amigo, el famoso químico Duval, para tomar una de esas decisiones desesperadas que nosotros adoptamos a veces contra la muerte.
-Yo veo en eso la mano de Dios -dijo la baronesa con voz profundamente emocionada-. Aunque esa mujer me haya causado males que me han movido a impetrar en momentos de locura la justicia divina en contra suya, deseo, no obstante, ¡Dios mío!, que usted logre su curación, señor doctor.
El hijo de Hulot sentía vértigos, y miraba alternativamente a su madre, a su hermana y al doctor, temiendo que adivinasen sus pensamientos. Se consideraba un asesino. Hortensia encontraba a Dios muy justo, Celestina se presentó para rogar a su marido que la acompañase.
-Señores, si van ustedes allá, por toda precaución permanezcan a un metro de distancia del lecho de los enfermos. Ni usted ni su mujer deben abrazar al moribundo. Señor de Hulot, acompañe usted a su señora para impedir que olvide mis recomendaciones.
Adelina y Hortensia, que habían quedado solas, fueron a hacer compañía a Isabela. El odio de Hortensia contra Valeria era tan violento, que aquélla no podía contener su explosión.
-Prima, mi madre y yo estamos vengadas -exclamó-. Esa venenosa criatura ha debido morderse y se está descomponiendo.
-Hortensia, en este momento no eres cristiana -dijo la baronesa-. Deberías rogar a Dios que inspirase arrepentimiento a esa desgraciada.
-¿Qué dicen ustedes? -exclamó Bela, levantándose de su silla-. ¿Hablaban de Valeria?
-Sí -respondió Adelina-. Está condenada y va a morir de una enfermedad tan horrible, que su sola descripción hace temblar.
Los dientes de la prima Bela castañetearon, un sudor frío invadió todo su cuerpo y una profunda sacudida reveló la honda amistad que la unía con Valeria.
-Me voy allá -dijo la solterona.
-Pero... ¡si el doctor te ha prohibido salir!
-No importa, me voy. ¡En qué estado debe de estar ese pobre Crevel, que tanto quiere a su mujer!
-También se está muriendo --replicó la condesa de Steinbock-. ¡Ah! Todos nuestros enemigos están en manos del diablo.
-¡De Dios..., hija mía!...
Isabela se vistió, tomó su famoso casimir amarillo, su capota de terciopelo negro, se puso los zapatos y, rebelde a los consejos de Adelina y de Hortensia, salió como empujada por una fuerza despótica. Llegada a la calle de Barbet algunos instantes después que el joven matrimonio Hulot, encontró al doctor Bianchon con siete médicos que él había llevado para observar aquel caso único. De pie en el salón, aquellos señores discutían acerca de la enfermedad, la observaban, yendo del cuarto de Crevel al de Valeria, y volvían con un nuevo argumento basado en aquellas rápidas observaciones.
Dos grandes opiniones compartían entre aquellos príncipes de la ciencia. Uno de ellos, único en su opinión, creía en un envenenamiento y hablaba de una venganza particular, negando que hubiese aparecido aquella enfermedad que existiera en la Edad Media. Otros tres lo achacaban todo a descomposición de la linfa y de los humores. La otra opinión, la de Bianchon, afirmaba que aquella enfermedad era causada por un vicio de la sangre corrompida por un principio morbífico desconocido. Bianchon llevaba el resultado del análisis de la sangre, hecho por el profesor Duval. Los medios curativos, aunque desesperados y completamente empíricos, dependían de la solución de este problema médico.
Isabela quedó petrificada a tres pasos del lecho donde moría Valeria, al ver a un vicario de la iglesia de Santo Tomás a la cabecera de la cama de su amiga y a una hermana de la Caridad cuidándola. La religión veía un alma que salvar en aquel montón de podredumbre que, de los cinco sentidos de la criatura, sólo conservaba uno: la vista. La hermana de la Caridad, que era la única que había aceptado la tarea de cuidar a Valeria, se mantenía a cierta distancia. De esta suerte, la Iglesia católica, ese cuerpo divino, animado siempre y en todo por la imposición del sacrificio, asistía bajo su doble forma de espíritu y de carne a aquella infame e infecta moribunda, prodigándole su mansedumbre infinita y sus inagotables tesoros de misericordia. Los criados, asustados, se negaban a entrar en el cuarto de los señores, no pensando más que en sí, y juzgaban a sus amos justamente castigados. La infección era tan grande, que a pesar de estar abiertas las ventanas y haber empleado los perfumes más penetrantes, nadie podía permanecer en el cuarto de Valeria mucho tiempo. Sólo la religión se mantenía allí. Y ¿cómo una mujer de tanto talento como Valeria no había de comprender el interés por que permanecían allí aquellos dos representantes de la Iglesia? La moribunda había escuchado la voz del sacerdote, y el arrepentimiento de su alma había arraigado en aquella alma perversa proporcionadamente a los estragos que la devoradora enfermedad hacía en su cuerpo. La delicada Valeria había ofrecido menos resistencia que Crevel a la enfermedad, y debía de morir primero, sin contar que había sido la primera atacada.
-Si no hubiese estado enferma hubiera venido a verte -dijo al fin Isabela, cambiando una mirada con los ojos abatidos de su amiga-. Hace quince o veinte días que no salía de mi cuarto; pero al saber tu situación por el doctor, he acudido.
-¡Pobre Isabela! Ya veo que tú sigues queriéndome -dijo Valeria-; Escucha, no me quedan más que uno o dos días de vida. ¿Lo ves? Ya no tengo cuerpo, soy un montón de basura, pero en fin, sólo tengo lo que merezco. ¡Ah! ¡Cuánto quisiera reparar todo el mal que he hecho!
-¡Oh! -dijo Isabela-. Si hablas de ese modo, estás bien muerta.
-No impida usted que esa mujer se arrepienta y déjela en medio de sus pensamientos cristianos -dijo el sacerdote.
-Nada -dijo Isabela, asombrada-. Ya no reconozco ni sus mismos ojos ni su boca. No le queda ni un rasgo suyo. Hasta el espíritu ha desaparecido ¡Oh! ¡Esto es espantoso!
-Tú no sabes lo que es la muerte -repuso Valeria-, lo que es pensar continuamente en la otra vida y en lo que se encontrará en el ataúd: gusanos para el cuerpo; pero ¿qué para el alma? ¡Ah! Isabela, siento que hay otra vida y me aqueja un terror que me impide sentir los dolores de mi carne descompuesta... Yo, que le decía en tono de risa a Crevel, burlándome de una santa, que la venganza de Dios se presentaba bajo las formas de la desgracia, era profeta. No juegues con las cosas sagradas, Isabela, y si me quieres, imítame, arrepiéntete.
-¿Yo? -dijo la lorenesa-. He visto la venganza en todos los objetos de la Naturaleza. Los insectos perecen por satisfacer la necesidad de venganza cuando les atacan, y esos señores -dijo, señalando al sacerdote, ¿no nos dicen que Dios se venga y que su venganza dura una eternidad?
El sacerdote dirigió a Isabela una mirada llena de dulzura, y le dijo:
-Señora, usted es atea.
-¿No ves el estado en que me encuentro? -dijo Valeria.
-¿Y de dónde te proviene esa gangrena? -preguntó la solterona sin abandonar su incredulidad de aldeana.
-¡Oh! He recibido una carta de Enrique que no me deja duda alguna acerca de mi suerte. Él me ha matado. ¡Morir en el momento en que quería vivir honradamente, y morir siendo objeto de horror! Isabela, abandona toda idea de venganza. Sé buena para esa familia, a quien yo he dejado ya, por un testamento, todo cuanto la ley me permite. Anda, hija mía, aunque tú seas hoy el único ser que no se aleja de mí con horror, te lo suplico, vete, déjame, pues sólo me queda tiempo para entregarme a Dios.
-Está delirando -se dijo Isabela en el umbral de la puerta.
El sentimiento más violento que se conoce, la amistad de una mujer por otra mujer, no tuvo la heroica constancia de la Iglesia. Isabela, sofocada por los miasmas deletéreos, abandonó el cuarto, y entonces vio que los médicos continuaban discutiendo; pero la opinión más acertada era la de Bianchon, y ya sólo se discutía acerca del modo de realizar la experiencia.
-Siempre será una magnífica autopsia -decía uno de los médicos-, y tendremos dos ejemplares para poder establecer comparaciones.
Isabela acompañó a Bianchon, el cual, yendo a la cabecera de la enferma, cual si no notase la fetidez que exhalaba, le dijo:
-Señora, vamos a probar en usted una medicación poderosa que puede salvarla.
-Y si me salvan ustedes, ¿estaré hermosa cómo antes?
-Tal vez -dijo el sabio médico.
-Ya conozco lo que es el tal vez de ustedes -dijo Valeria-. Me quedaré como esas mujeres que se han quemado la cara. Déjeme por completo entregada a la Iglesia. Ahora ya sólo puedo adorar a Dios. Voy a intentar reconciliarme con Él, y ésta será mi última coquetería. ¡Oh, es preciso que haga a Dios!.
-Ésa es la última frase de mi pobre Valeria; la reconozco en ella -dijo Isabela, llorando.
La lorenesa creyó que debía pasar al cuarto de Crevel, donde halló a Victorino y a su mujer sentados a tres pies de distancia de la cama del pestífero.
-Isabela -dijo el enfermo-, me ocultan el estado en que se halla mi mujer, y tú acabas de verla. ¿Qué tal va?
-Está mejor, y se cree salvada -respondió Isabela, permitiéndose aquella broma para tranquilizar al enfermo.
-¡Ah! Bueno -repuso el alcalde, porque temía ser la causa de su enfermedad-; no en vano se ha sido viajante de perfumería. Yo me recrimino, y si la perdiese, ¿qué sería de mí? Hijos míos, palabra de honor, adoro a esa mujer.
-¡Oh, papá! -dijo Celestina- Si se pone usted bueno, hallo voto de recibir a mi suegra.
-¡Pobre Celestina! -repuso Crevel-. Ven a abrazarme.
Victorino detuvo a su mujer, que se disponía a arrojarse sobre su padre.
-Señor, ¿ignora usted que su enfermedad es contagiosa? -dijo el abogado con amabilidad.
-Es cierto-respondió Crevel-. Los médicos celebran haber encontrado en mí no sé qué peste de la Edad Media que creían perdida y que discutían en sus Facultades. ¡Qué cosa más rara!
-Papá -dijo Celestina-, sea usted valiente y triunfará de esa enfermedad.
-No tengáis cuidado, hijos míos, porque la muerte se lo mira mucho antes de herir a un alcalde de París -dijo, con una sangre feria cómica-. Además, si mi distrito es tan desgraciado que haya de perder al hombre a quien dos veces ha honrado con sus votos, sabré hacer mi equipaje. ¿Veis cómo me expreso con facilidad? Además, he sido viajante y estoy acostumbrado a ponerme en viaje. ¡Ah, hijos míos! Soy un hombre de carácter.
-Papá, prométame usted que recibirá a la Iglesia.
-Nunca-respondió Crevel-. ¿Qué queréis? A mí me ha amamantado la Revolución, y aunque no tengo el espíritu del barón de Holbach, tengo su misma fuerza de voluntad. ¡Pardiez! Yo soy más Regencia que nunca. Mi pobre mujer, que pierde la cabeza, acaba de enviarme a un hombre con sotana, a mí, al admirador de Beranger, al amigo de Liseth, al hijo espiritual de Voltaire y de Rousseau. Para tentarme, para saber si la enfermedad me abatía, me ha dicho: «¿Ha visto usted al señor cura?» Pues bien, yo he imitado al gran Montesquieu. Sí, he mirado al médico así -dijo, poniéndose de perfil, como en su retrato y tendiendo la mano con autoridad-, y he dicho:
| ... Ese esclavo ha venido,
ha enseñado su orden y nada ha conseguido. |
Su orden es un bonito juego de palabras, que prueba que el señor presidente Montesquieu conservaba en la agonía toda la gracia de su ingenio, porque le habían enviado un jesuita... Me gusta ese pasaje..., no puede decirse de su vida, sino de su muerte. ¡Ah! ¡El pasaje! Un chiste todavía, el pasaje Montesquieu.
El hijo de Hulot contemplaba tristemente a su suegro, preguntándose si la estupidez y la vanidad no poseían una fuerza igual a la de la verdadera grandeza de alma. Las causas que ponen en movimiento los resortes del alma parecen ser completamente extrañas a los resultados. ¿Será acaso igual la fuerza que despliega un gran criminal a la que causa orgullo a un Champcenetz yendo al suplicio?
A fines de la semana la señora de Crevel estaba enterrada, después de inauditos sufrimientos, y Crevel siguió a su mujer dos días después; de modo que los efectos del contrato de matrimonio quedaron anulados y Crevel heredó a Valeria.
El día siguiente mismo del entierro el abogado volvió a ver al monje y le recibió sin decirle palabra. El monje tendió silenciosamente la mano, y silenciosamente también Victorino le entregó ochenta billetes de Banco de a mil francos, tomados de la suma que se encontró en el secreter de Crevel. La hija de Crevel heredó la posesión de Presles y treinta mil francos de renta. La señora de Crevel había legado trescientos mil francos al barón de Hulot. A su mayor edad el escrofuloso Estanislao debía recibir el palacio Crevel y veinticuatro mil francos de renta.
Entre las numerosas y sublimes asociaciones instituidas en París por la caridad católica existe una, fundada por la señora de Chanterie, cuyo objeto es casar civil y religiosamente a las gentes del pueblo que se han unido de buena voluntad. Los legisladores, que sólo se preocupan de los productos del Registro, y la burguesía reinante, que sólo se preocupa de los honorarios del notario, fingen ignorar que las tres cuartas partes de la gente del pueblo no pueden pagar quince francos por su contrato de matrimonio. El colegio de notarios está en esto por debajo del colegio de procuradores de París. Los procuradores de París, clase bastante calumniada se encargan gratuitamente de los procesos de los indigentes, mientras que los notarios no han decidido aún hacer gratis el contrato de matrimonio de los pobres. En cuanto al fisco, habría que remover toda la máquina gubernamental para lograr que él suspendiese su rigor respecto a este punto. El Registro es sordo y mudo. La Iglesia, por su parte, percibe derechos por los matrimonios. La Iglesia es en Francia excesivamente fiscal y se entrega en la casa de Dios a innobles tráficos de sillas y bancos, que indignan a los extranjeros, cual si pudiese haber olvidado la cólera del Salvador al arrojar a los vendedores del Templo. Si la Iglesia se desprende difícilmente de sus derechos, llamados de fábrica, es preciso creer que éstos constituyen hoy uno de sus recursos, y en su caso la culpa no es suya, sino del Estado. La reunión de estas circunstancias en un momento en que se ocupan, tal vez con exceso, de los negros, de los menores condenados por la policía correccional en vez de ocuparse de las gentes honradas que sufren, hace que en muchos hogares honrados se viva en amancebamiento, por no tener los treinta francos, último precio, para que el notario, el Registro, la Alcaldía y la Iglesia puedan unir a dos parisienses. La institución de la señora de la Chanterie, fundada para encauzar a las gentes pobres por la senda religiosa y legal, va en busca de esas parejas, a las cuales les salen al paso con tanta más facilidad cuanto que las socorre como gentes indigentes antes de saber su estado civil.
Cuando la señora baronesa de Hulot estuvo completamente restablecida, reanudó sus ocupaciones, y entonces fue cuando la respetable señora de la Chanterie fue a rogar a Adelina que uniese la legalización de los matrimonios naturales a las buenas obras de que era intermediaria.
Una de las primeras tentativas de la baronesa en este género tuvo lugar en el siniestro barrio llamado antaño La pequeña Polonia, el cual está comprendido entre la calle del Rocher, la calle de la Pépinière y la calle Miromesnil. Existe allí una especie de sucursal del arrabal de Saint-Marceau. Para pintar aquel barrio bastará decir que los propietarios de ciertas casas habitadas por industriales sin industrias, por peligrosos tratantes en hierros viejos y por indigentes dedicados a peligrosos oficios, no se atreven a reclamar sus alquileres y no encuentran alguaciles que quieran expulsar a los inquilinos insolventes. En este momento, la especulación, que tiende a cambiar la faz de ese rincón de París y a construir en el solar que separa la calle de Amsterdam de la calle del Faubourg-du-Roules, modificará sin duda su población, pues la paleta del albañil es en París más civilizadora de lo que parece. Construyendo hermosas y elegantes casas con porteros, tiendas y magníficas aceras, ocurre que el precio del alquiler aleja a las gentes sin ocupación a los hogares sin mobiliario y a los malos inquilinos. De este modo los barrios se desembarazan de esas poblaciones siniestras y de esos chiribitiles donde la policía no pone su planta más que cuando lo ordena la Justicia.
En junio de 1844 el aspecto de la plaza de Laborde y de sus alrededores era todavía poco tranquilizador. El paseante acicalado que desde la calle de la Pépinière subía por casualidad a una de aquellas espantosas calles se asombraba de ver a la aristocracia lindando con un barrio de bohemios. En aquellos barrios donde vegetan la indigencia ignorante y la horrible miseria florecen los últimos escritores públicos que se ven en París. Allí donde veáis escritas estas dos palabras: Escritor público, en gruesa letra, hecha a mano sobre un papel blanco pegado al ventanal de algún entresuelo o de algún fangoso piso bajo, podéis imaginaros sin temor que el barrio oculta muchas gentes ignorantes y, por lo tanto, desgraciadas y criminales. La ignorancia es la madre de todos los crímenes. Un crimen es, ante todo, una falta de juicio.
Ahora bien; durante la enfermedad de la baronesa, este barrio, para el cual era ella una segunda Providencia, había adquirido un escritor público, establecido en el pasaje del Sol, cuyo nombre es una de esas antítesis familiares a los parisienses, pues el tal pasaje es excesivamente oscuro. Aquel escritor, reputado de ser alemán, se llamaba Vyder y vivía maritalmente con una joven, de la cual estaba tan celoso que no la dejaba ir más que a casa de unos honrados fumistas de la calle de San Lázaro, italianos, como todos los del oficio, y que vivían en París hacía muchos años. Esta familia había sido salvada de una quiebra inevitable, que los hubiese lanzado a la miseria, gracias a la señora de Hulot, que obró por cuenta de la señora de la Chanterie. En pocos meses, el desahogo reemplazó a la miseria, y la religión entró en aquellos corazones, que poco antes maldecían a la Providencia, con esa energía propia de los italianos fumistas. Una de las primeras visitas de la baronesa fue, pues, para aquella familia. La baronesa se sintió feliz ante el espectáculo que se ofreció a sus miradas en el fondo de la casa donde vivían aquellas gentes, en la calle de San Lázaro, cerca de la del Rocher. Sobre los almacenes y el taller, entonces bien provistos, donde pululaban aprendices y obreros, todos italianos, del valle de Domodossola, la familia ocupaba una pequeña habitación, donde el trabajo había traído la abundancia. La baronesa fue recibida cual si fuese una aparición de la Virgen Santísima. Después de un cuarto de hora de examen, Adelina, obligada a esperar al marido para saber cómo iban los negocios, empezó su santo espionaje, preguntándole a aquella familia por los desgraciados que conocían.
-¡Ah, mi buena señora! -dijo la italiana-. Usted, que sería capaz de salvar a los condenados del infierno, podrá proteger a una joven que hay muy cerca de aquí y retiraría de la perdición.
-¿La conoce usted bien? -preguntó la baronesa.
-Es nieta de un antiguo patrón de mi marido, llamado Judici, que vino a Francia cuando la Revolución, en 1799. En tiempo del emperador Napoleón el padre Judici fue uno de los más acreditados fumistas, y murió en 1819, dejando a su hijo una bonita fortuna. Pero el hijo de Judici se lo comió todo con malas mujeres y acabó por casarse con una que fue más astuta que las demás, de la cual tuvo una muchacha que acaba de cumplir quince años.
-¿Qué le ha ocurrido? -dijo la baronesa vivamente impresionada por la semejanza de aquel Judici con su marido.
-Pues mire usted, señora: esa pequeña, que se llama Atala, ha abandonado a su padre y a su madre para venir a vivir aquí al lado con un viejo de ochenta años lo menos, llamado Vyder, el cual se ocupa de los negocios de todas las gentes que no saben leer y escribir. Si ese viejo libertino, que dicen que compró a la pequeña por mil quinientos francos, se casase al menos con ella, como le quedan pocos días de vida y como tiene, al parecer, algunos miles de francos de renta, la pobre niña, que es un angelito, se libraría del mal y sobre todo de la miseria, que acabará por pervertirla.
-Le doy a usted las gracias por haberme indicado esa buena acción que hacer -dijo Adelina-; pero hay que obrar con prudencia. ¿Qué tal es ese anciano?
-¡Oh, señora! Es un buen hombre, que hace feliz a la pequeña y no carece de buen sentido, porque, mire usted, creo que dejó el barrio de los Judíos para salvar a esa niña de las garras de su madre. La madre estaba celosa de su hija; tal vez contaba con sacar partido de su hermosura convirtiéndola en una perdida. Atala se acordó de nosotros, aconsejó a su señor que se estableciese cerca de nuestra casa, y como el buen hombre vio quienes éramos, la dejó venir aquí. Pero cásela usted, señora, y hará una acción digna de usted... Una vez casada, la pequeña será libre, y por este medio saldría del poder de su madre, la cual la acecha continuamente, y para sacar partido de ella quisiera verla en el teatro o haciendo fortuna en la horrible carrera a que la han lanzado.
-¿Por qué no se ha casado con ella ese anciano?
-No era necesario -dijo la italiana-; que aunque el buen Vyder no sea malo del todo, creo que es bastante astuto para querer ser dueño de la pequeña, mientras que casado el pobre viejo teme a lo que brota en la frente de todos los viejos.
-¿Puede usted enviar a buscar a la joven? -dijo la baronesa-. La vería aquí y sabría si puede hacerse algo.
La mujer del fumista hizo seña a su hija mayor, la cual partió inmediatamente. Diez minutos después la joven volvió, llevando de la mano a una joven de quince años medio, de una belleza completamente italiana.
La señorita de Judici había heredado de su padre el color que, siendo amarillo a la luz del día, parece deslumbrante de blancura a la luz artificial. Unos ojos de un tamaño, de una forma y de un brillo oriental, pestañas tupidas y arqueadas, que parecían pequeñas plumas negras, cabellera de ébano y esa majestad nativa de la Lombardía, que le hace creer al extranjero, cuando se pasea un domingo por Milán, que las hijas de los porteros son otras tantas reinas. Atala, advertida por la hija del fumista de la visita de aquella dama de quien tanto habla oído hablar, se había puesto a toda prisa una bonita bata de seda, unos borceguíes y una elegante manteleta. Un gorro con cintas color cereza decuplicaba el efecto de su cabeza. Aquella pequeña se mantenía en una actitud de sencilla curiosidad, examinando con el rabillo del ojo a la baronesa, cuyo temblor nervioso le causaba gran asombro. La baronesa lanzó un profundo suspiro al ver a aquella joya femenina en el barrio de la prostitución, y juró conquistarla para la virtud.
-¿Cómo te llamas, hija mía?
-Atala, señora.
-¿Sabes leer y escribir?
-No, señora; pero eso no importa, porque ya sabe el señor.
-¿Te llevaron tus padres a la iglesia? ¿Has hecho la primera comunión? ¿Sabes el Catecismo?
-Señora, papá quería que hiciese cosas que se parecen a lo que usted dice, pero mamá se oponía a ello.
-¿Tu madre? -exclamó la baronesa-. ¡Qué mala debe de ser!
-Me pegaba siempre. No sé por qué, pero es lo cierto que yo era objeto de continuas disputas entre mi padre y mi madre.
-¿De modo que no te han hablado nunca de Dios? -exclamó la baronesa.
La niña abrió desmesuradamente los ojos.
-¡Ah! Papá y mamá decían a veces frases mezcladas con el nombre de Dios -respondió con deliciosa ingenuidad.
-¿No has visto nunca iglesias? ¿No te ha dado nunca la idea de entrar?
-¡Iglesias!. ¡Ah! Nuestra Señora, el Panteón. Las he visto de lejos cuando papá me llevaba a París, lo cual no ocurría muchas veces. En el arrabal no había esa clase de iglesias.
-¿En qué arrabal estabais?
-En la calle de Charona, señora.
Los habitantes del arrabal de San Antonio nunca llaman más que arrabal a este barrio célebre. Para ellos es el arrabal por excelencia, el arrabal soberano y hasta los fabricantes, cuando pronuncian esta palabra, sólo se refieren al arrabal de San Antonio.
-¿No te han dicho nunca lo que está bien hecho y lo que está mal?
-Mamá me pegaba cuando no hacía las cosas a su gusto.
-Pero ¿no sabías que cometías una mala acción dejando a tu padre y a tu madre para ir a vivir con un viejo?
Atala Judici miró con aire severo a la baronesa, y no le respondió.
-Es una muchacha completamente salvaje -se dijo Adelina.
-¡Oh! Señora, hay muchas como ella en el arrabal -dijo la mujer del fumista.
-Lo ignora todo, hasta el mal. ¡Dios mío! ¿Por qué no me respondes? -replicó la baronesa, intentando tomar a Atala por la mano.
Atala, irritada, dio un paso atrás, diciendo:
-Es usted una vieja loca. Mi padre y mi madre estaban en ayunas hacía una semana. Y mi madre quería hacer algo peor, puesto que mi padre le pegó llamándola ladrona. Entonces el señor Vyder pagó todas las deudas de mi padre y les dio dinero, ¡oh!, un saco lleno, y me trajo aquí. Por cierto que mi pobre papá lloraba. Pero era preciso separarnos. ¿Qué, está mal esto? -preguntó.
-¿Y quiere usted mucho a ese señor Vyder?
-¿Si lo quiero? -dijo-. Ya lo creo, señora. Me cuenta cuentos todas las noches. Me ha dado buenos trajes, un chal, voy arreglada como una princesa y ya no llevo zuecos. Además, hace dos meses que no sé lo que es hambre. Ya no como tampoco patatas. ¡Me trae bombones, avellanas, almendras, chocolate! ¡Y qué bueno es el chocolate! Por un saquito de chocolate hago todo lo que quiere. Además, mi buen padre Vyder es tan cariñoso y me cuida tanto, que me hace ver cómo debiera haber sido mi madre. Ahora va a tomar una criada para cuidarme, pues no quiere que me ensucie las manos cocinando. Hace un mes que gana bastante dinero y me trae todas las noches tres francos, que yo meto en una hucha; lo único que me prohíbe es que salga de casa, a no ser para venir aquí. Es un buen hombre y hace de mí todo lo que quiere. Me llama su gatita, mientras que mi madre me llamaba bestia, ladrona, reptil y qué sé yo cuántas cosas más.
-Dime: ¿Por qué no te casas con el padre Vyder?
-Ya lo he hecho -dijo la joven sin ruborizarse, con cierto aire altivo, mirando a la baronesa con ojos serenos, con la frente pura-. Ya me ha dicho que soy su mujercita; pero es bien poco agradable eso de ser mujer de un hombre. ¡Si no fuese por los bombones!
-¡Dios mío! -dijo en voz baja la baronesa-. ¿Quién será el monstruo que se ha atrevido a abusar de una inocencia tan completa y tan santa? Traer a esta niña al buen sendero es evitar muchas faltas. Yo, por mi parte, sabía lo que hacia -se dijo, pensando en su escena con Crevel-; pero ella lo ignora todo.
-¿Conoce usted al señor Samanon? -preguntó la pequeña con atrevimiento.
-No, hija mía; pero ¿por qué me preguntas eso?
-¿De veras? -dijo la inocente criatura.
-Atala, no temas nada de esta señora, que es un ángel -le dijo la mujer del fumista.
-Es que mi viejo teme ser hallado por ese Samanon, y se esconde, y a mí me gustaría que pudiera ser libre.
-¿Y por qué?
-¡Diantre! Porque me llevaría a Bobino y tal vez al Ambigú.
-¡Qué criatura más excelente! -dijo la baronesa abrazando a aquella niña.
-¿Es usted rica? -preguntó Atala, que jugaba con el manguito de la baronesa.
-Sí y no -respondió ésta-. Soy rica para las niñas buenas como tú, cuando se dejan instruir por un sacerdote en sus deberes de cristiana y marchan por el buen camino.
-¿Por qué camino? -dijo Atala-. Yo voy muy bien con mis piernas.
-¡Por el camino de la virtud!
Atala miró a la baronesa con aire socarrón y risueño.
-Mira cómo la señora es feliz desde que ha entrado en el seno de la Iglesia -dijo la baronesa señalando a la mujer del fumista-. Tú te has casado del mismo modo que se aparejan las bestias.
-¿Yo? -repuso Atala-. Si quiere usted darme lo que me da el padre Vyder estaré muy contenta por no tener que casarme. ¡Es una sierra! ¿Sabe usted lo que es?
-Es que una vez que una mujer se ha unido a un hombre, la virtud exige serle fiel -repuso la baronesa.
-¿Hasta que se muera? -dijo con astucia-. ¡Oh! Entonces no me quedará para mucho tiempo. ¡Si viera usted cómo sopla y cómo tose el padre Vyder! ¡Je, je! -dijo, imitando al anciano.
-La virtud y la moral exigen que el matrimonio sea consagrado por la Iglesia, que representa a Dios, y por la Alcaldía, que representa a la ley -repuso la baronesa-. Mira cómo la señora está casada legítimamente.
-¿Es que así será eso más divertido? -preguntó la niña.
-Serás más feliz -dijo la baronesa-, porque nadie podrá reprocharte tu matrimonio. Además, agradarás a Dios. Pregúntale a la señora si se ha casado sin haber recibido el sacramento del matrimonio.
Atala miró a la mujer del fumista.
-¿Y qué tiene más que yo? -preguntó-. Yo soy más bonita que ella.
-Sí; pero yo soy una mujer honrada -objetó la italiana- y a ti te pueden dar un nombre feo.
-¿Cómo quieres que Dios te proteja si pisoteas las leyes divinas y humanas? -dijo la baronesa-. ¿No sabes que Dios reserva el paraíso a los que siguen el mandato de su Iglesia?
-¿Y qué hay en el paraíso? ¿Hay teatros? -dijo Atala.
-¡Oh! El Cielo encierra todos los goces que tú puedes imaginarte -dijo la baronesa-. Está lleno de ángeles, cuyas alas son blancas; se ve a Dios en su gloria, se comparte su poder y se es feliz a todas horas y por toda una eternidad.
Atala Judici escuchaba a la baronesa como si hubiese escuchado música, y Adelina, al ver que no se hallaba en estado de comprenderla, pensó que era preciso tomar otra senda y dirigirse al anciano.
-Vuélvete a casa, hija mía, que yo iré a hablar a ese señor Vyder. ¿Es francés?
-Es alsaciano, señora; pero será rico. Si quiere usted pagar lo que debe a ese maldito Samanon, ya os devolverá lo que le deis, porque dentro de pocos meses tendrá seis mil francos de renta e iremos a vivir muy lejos, al campo, a los Vosgos.
Estas palabras, los Vosgos, hizo caer a la baronesa en profunda meditación. ¡Volvió a ver su aldea! La llegada del fumista, que iba a darle nuevas de su prosperidad, la sacó de aquel sueño.
-Señora, dentro de un año podré devolverle el dinero que me ha prestado, que es el dinero de Dios, el de los pobres y el de los desgraciados. Si hago fortuna, algún día pondré mi bolsillo a su disposición, a fin de socorrer a los demás por mediación suya, como yo fui socorrido.
-En este momento no le pido dinero, sino su cooperación para una buena obra -dijo la baronesa-. Acabo de ver a la pequeña Judici, que vive con un anciano, y quiero casarlos religiosa y legalmente.
-¡Ah! El padre Vyder es un buen hombre, muy digno, tanto, que en dos meses que lleva en el barrio tiene ya mucha gente que le quiere. Me pone mis cuentas en limpio. Yo creo que es un valiente coronel que ha servido al emperador. ¡Ah! ¡Cómo quiere a Napoleón! Está condecorado, pero no lleva nunca sus condecoraciones. El pobre hombre espera rehacerse, pues yo creo que tiene deudas y que se esconde por miedo a los alguaciles.
-Dígale usted que yo pagaré sus deudas si quiere casarse con la pequeña.
-¡Ah! Bueno, en seguida quedará arreglado. Vamos allá, señora, pues es a dos pasos de aquí: en el pasaje del Sol.
La baronesa y el fumista salieron para ir al pasaje del Sol.
-Por aquí, señora -dijo el italiano, señalando la calle de la Pépinière.
En efecto, el pasaje del Sol está al principio de la calle de la Pépinière y desemboca en la del Rocher. En medio de aquel pasaje, de reciente creación, y cuyas tiendas pagan muy módicos alquileres, la baronesa descubrió, encima de una vidriera cubierta de tela verde hasta una altura que no permitía a los transeúntes lanzar indiscretas miradas, un letrero que decía: «Escritor público», y sobre la puerta:
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DESPACHO DE NEGOCIOS SE REDACTAN PETICIONES, SE PONEN MEMORIAS EN LIMPIO, ETC.-DISCRECIÓN, PRONTITUD |
El interior se parecía a esas oficinas de tránsito donde los ómnibus de París hacen esperar los asientos de correspondencia a los viajeros. Una escalera interior conducía sin duda a la habitación del entresuelo, alumbrado por la galería y que dependía de la tienda. La baronesa vio allí una mesa de madera blanca ennegrecida, algunas carpetas y un mal sofá comprado de lance. Un gorro y una pantalla de tela verde, toda grasienta, denotaban las precauciones tomadas para disfrazarse, o una debilidad en la vista bastante concebible en un anciano.
-Debe de estar arriba -dijo el fumista-. Voy a subir a advertirle que está usted aquí para que baje.
La baronesa se dejó caer el velo y se sentó. Un paso pesado hizo temblar la pequeña escalera de madera, y Adelina no pudo contener un grito penetrante al ver a su marido, al barón de Hulot, vestido con chaqueta gris, un pantalón de muletón gris y en zapatillas.
-¿Qué quiere usted, señora? -le dijo galantemente Hulot.
Adelina se levantó, abrazó a Hulot, y le dijo con voz entrecortada por la emoción:
-¡Por fin te encuentro!
-¡Adelina! -exclamó el barón, estupefacto, cerrando la puerta de la tienda-. José -gritó al fumista-, váyase por el pasillo.
-Amigo mío -dijo la baronesa, olvidándolo todo en medio de su alegría-. Puedes volver al seno de la familia; somos ricos; tu hijo tiene sesenta mil francos de renta; tu pensión está desempeñada, y con una sencilla fe de vida puedes percibir quince mil francos. Valeria ha muerto, legándote trescientos mil francos. Tu nombre ha sido olvidado; puedes volver a frecuentar el mundo y vivir con tu hijo, en cuya casa hallarás una fortuna. Ven, nuestra dicha será completa. Hace ya tres años que te busco, y tenía tal seguridad de encontrarte, que tengo habitación preparada para recibirte. ¡Oh! Sal de aquí, sal de la espantosa situación en que te hallas.
-Bien lo veo; pero ¿podré llevarme a la pequeña?
-Héctor, renuncia a ella, hazlo por tu Adelina, que no te ha pedido nunca el menor sacrificio. Te prometo casar a esa niña, dotarla bien y hacer que la instruyan; que no se diga que no has hecho feliz a alguna de las que te han hecho feliz, y no vuelvas a caer en el fango y en el vicio.
-¿Eras tú la que querías casarme? -repuso el barón, sonriéndose-. Espérame un instante -agregó-, que voy a vestirme arriba; tengo en una maleta ropa conveniente.
Cuando Adelina quedó sola y contempló aquella horrible tienda rompió en amargo llanto, diciendo:
-Él vivía aquí y nosotros estábamos en la opulencia. ¡Pobre hombre! Bien castigado ha sido, él que era la elegancia misma.
El fumista fue a despedirse de su bienhechora, y entonces ésta le dijo que buscase un coche. Cuando el italiano volvió, la baronesa le rogó que recogiese a Atala Judici en su casa y que se la llevase en el acto.
-Dígale usted que si quiere ponerse bajo la dirección del señor cura de la Magdalena, el día que haga la primera comunión le daré treinta mil francos de dote y un buen marido, algún hermoso joven.
-Señora, mi hijo mayor tiene veintidós años y adora a esa muchacha.
En este momento bajaba el barón con los ojos humedecidos por el llanto.
-Me haces dejar a la única criatura que se ha parecido a ti en quererme -le dijo al oído a su mujer-. Esa pequeña se derrite en llanto y no puedo abandonarla de ese modo.
-No temas, Héctor; va a quedar en compañía de una familia honrada y te respondo de ella.
-¡Ah! Entonces puedo seguirte -dijo el barón, acompañando a la baronesa al coche.
Héctor, que se había vuelto a convertir en el barón de Ervy, habíase puesto un pantalón y una levita azul, un chaleco blanco, una corbata negra y unos guantes. Cuando la baronesa estuvo ya sentada en el fondo del coche, Atala se llegó hasta ella, deslizándose con un movimiento de culebra, diciéndola:
-¡Ah, señora! Déjeme acompañarle e ir con usted. Mire, yo soy buena y obediente y haré todo lo que quiera, pero no me separe de mi bienhechor, del padre Vyder, que me daba cosas tan buenas. Ahora me pegarán.
-Vamos, Atala -dijo el barón-; esta señora es mi mujer, y tenemos que separarnos.
-Ella, tan vieja y que tiembla como una hoja -respondió la inocente-. Menea así la cabeza -añadió en tono de burla, imitando el temblor de la baronesa.
El fumista, que corría detrás de la pequeña Judici, se acercó a la portezuela del coche, y entonces la baronesa le dijo:
-Llévesela.
El fumista cogió a Atala en sus brazos y se la llevó a su casa a la fuerza.
-Gracias por este sacrificio -dijo Adelina, cogiendo la mano del barón y estrechándosela con delirante goce-. ¡Qué cambiado estás! ¡Cuánto debes de haber sufrido! ¡Qué sorpresa para tus hijos!
Adelina hablaba de mil cosas a la vez, como los amantes que se ven después de una larga ausencia. En diez minutos el barón y su mujer llegaron a la calle de Luis el Grande, donde Adelina encontró la siguiente carta:
«Señora baronesa: El señor barón de Ervy ha permanecido un mes en la calle de Charona con el nombre de Thorec, anagrama de Héctor, y ahora está en el pasaje del Sol, con el nombre de Vyder. Se dice alsaciano, hace copias y vive con una joven que se llama Atala Judici. Señora, tome usted mu-
chas precauciones, porque actualmente se busca al barón, aunque no sé con qué objeto.
La cómica ha cumplido su palabra, y se repite, como siempre, señora baronesa, como su humilde servidora,
J. M.»
La vuelta del barón provocó transportes de alegría que le convirtieron a la vida de familia. El anciano no tardó en olvidar a la pequeña Judici, pues los efectos de la pasión le habían hecho adquirir esa movilidad de sensaciones que distingue a la infancia. La dicha de la familia había sido turbada por los cambios observados en la persona del barón, el cual, habiendo dejado a sus hijos joven aún, volvía casi centenario, cascado, con el rostro demacrado por el vicio. Una comida espléndida, improvisada por Celestina, recordó las comidas de la cantante al anciano, el cual quedó asombrado del esplendor de los suyos.
-Celebráis la vuelta del padre pródigo -le dijo al oído a Adelina.
-Silencio; todo ha sido olvidado -respondió ésta.
-¿E Isabel? -preguntó el barón, al no ver a la solterona.
-¡Ay! La pobre está en la cama, no se levanta y me parece que tendremos la pena de perderla -respondió Hortensia-. Espera verte después de comer.
Al día siguiente, al amanecer, el hijo de Hulot fue advertido por su portero de que los guardias municipales cercaban toda la casa. Los agentes de la Justicia buscaban al barón de Hulot. El guardia de comercio, que seguía a la portera, presentó al abogado documentos en regia, preguntandole si quería pagar por su padre: se trataba de diez mil francos en letras de cambio suscritas a favor de un usurero llamado Samanon, el cual sólo habría dado, probablemente, dos o tres mil francos. El hijo de Hulot rogó al guardia de comercio que hiciese retirar a la fuerza armada y pagó.
-¿Será esto todo? -pensó con inquietud.
Isabela, que se consideraba muy desgraciada con la dicha de que gozaba su familia, no pudo soportar la idea de aquel feliz acontecimiento. Empeoró tanto, que el doctor Bianchon anunció su muerte para una semana después. Murió al verse vencida al fin en aquella larga lucha que tantas victorias le había proporcionado, y guardó el secreto de su odio en medio de la espantosa agonía de una tisis pulmonar. Por lo demás, tuvo la satisfacción suprema de ver a Adelina, a Hortensia, a Hulot, a Victorino, a Steinbock, a Celestina y a todos los niños llorando en torno de su cama y considerándola como el ángel de la familia. El barón de Hulot, entregado al régimen sustancial que le faltaba hacía ya tres años, recobró fuerza y volvió a reponerse alegrando tanto esto a Adelina, que la intensidad de su temblor nervioso disminuyó.
-¡Acabará por ser feliz! -se dijo Isabela la víspera de su muerte, al ver la especie de veneración que el barón sentía por su mujer, cuyos sufrimientos le habían sido contados por Hortensia y por Victorino.
Este sentimiento apresuró el fin de la prima Bela, cuya muerte fue llorada por toda la familia.
Al verse llegados a la edad del reposo absoluto, el barón y la baronesa de Hulot cedieron a los condes de Steinbock las magníficas habitaciones del primer piso, albergándose ellos en el segundo. Gracias a la influencia de su hijo, el barón obtuvo una colocación en ferrocarriles a principios del año 1845, con seis mil francos de sueldo, los cuales, unidos a los seis mil de la pensión y de la fortuna que le legó la señora de Crevel, formaron una renta anual de veinticuatro mil francos. Como Hortensia hubiese estado separada en bienes de su marido durante los tres años de riña, Victorino no titubeó en colocar a nombre de su hermana los doscientos mil francos del fideicomiso, que le daban una pensión de doce mil francos. Wenceslao, marido de una mujer rica, no cometía ninguna infidelidad, pero callejeaba de continuo sin poder resolverse a hacer obra alguna, por insignificante que fuese. Convertido de nuevo en artista in partibus, tenía muchos éxitos en los salones, era consultado por muchos aficionados y acabó por hacerse crítico, como les ocurre a todos los impotentes que no confirman el valor de sus primeras aptitudes. Cada matrimonio gozaba, pues, de una fortuna propia, aunque vivían en familia. Instruida por tantas desgracias, la baronesa dejaba a su hijo el cuidado de dirigir sus negocios y reducía de este modo al barón a su sueldo, esperando que lo módico de la renta le impediría volver a caer en sus antiguos errores. Pero por suerte extraña, con la que no contaban ni la madre ni el hijo, el barón parecía haber renunciado al bello sexo. Aquella tranquilidad, puesta a la cuenta de la naturaleza, había acabado por tranquilizar de tal modo a su familia, que ésta gozaba por completo de la amabilidad y de más encantadoras cualidades del barón de Ervy. Lleno de atenciones para su mujer y para sus hijos, los acompañaba al teatro y a las reuniones y hacía con exquisita gracia los honores del salón de su hijo. En fin, aquel padre pródigo reconquistado causaba la mayor satisfacción a su familia. Era un agradable anciano completamente aniquilado, pero ocurrente, y que sólo había conservado del vicio lo que podría creerse una virtud social. Como es natural, se llegó a tener una seguridad completa en él. ¡Los hijos y la baronesa ponían en las nubes al padre de la familia, olvidando la muerte de los dos tíos! ¡La vida está llena de grandes olvidos!
Celestina que, gracias a las lecciones de Isabela, dirigía con talento aquella enorme casa, viose obligada a tomar un cocinero. El cocinero hizo necesaria una ayudante de cocina. Las ayudantes de cocina son hoy unas criaturas ambiciosas que se ocupan de sorprender los secretos del cocinero y que se hacen cocineras tan pronto como saben revolver salsas. De aquí que cambien de casa con mucha frecuencia. A principios del mes de diciembre del año 1845, Celestina tomó como ayudante de cocina a una gruesa normanda de Isigny, de talle corto, hermosos brazos, rostro vulgar y estúpida, la cual se decidió difícilmente a abandonar el clásico gorro de algodón que acostumbran a usar las hijas de la baja Normandía. Aquella muchacha, dotada de una gordura de nodriza, amenazaba reventar las ropas que envolvían su cuerpo. Eran tan duras sus facciones, que su cara parecía tallada en una roca. Como es natural, no se hizo ningún caso en la casa al entrar esta muchacha, llamada Ágata, la cual era tan grosera en su lenguaje y en sus modales que ni siquiera agradó al cocinero, para el cual fue objeto de desprecio. El cocinero cortejaba a Luisa, camarera de la condesa de Steinbock, así es que la normanda, al verse además maltratada, quejose de su suerte diciendo que el cocinero la hacía salir de la cocina con un pretexto cualquiera siempre que tenía que hacer algún plato o una salsa.
-¡Vamos, está visto que no tengo suerte; tendré que irme a otra casa! -decía la normanda.
Sin embargo, aunque había dicho ya por dos veces que quería marcharse, se quedó.
Una noche Adelina fue despertada por un extraño ruido, y como no viese a Héctor en la cama que éste ocupaba a su lado, pues dormían en una misma habitación y en camas gemelas, como conviene a los ancianos, esperó más de una hora la vuelta del barón. Llena de miedo, creyendo en alguna catástrofe trágica, o tal vez en la apoplejía, subió al último piso, ocupado por los criados, y se encaminó hacia el cuarto de Ágata, llevada tanto por la mucha luz que salía de la puerta entreabierta como por el murmullo de dos voces. La pobre mujer se detuvo asustada al reconocer la voz del barón, el cual, seducido por los encantos de Ágata y ansioso de vencer la calculada resistencia de aquella atroz maritornes, le decía estas odiosas palabras:
-A mi mujer le queda poco tiempo de vida, y si tú quieres podrás ser baronesa.
Adelina lanzó un grito, dejó caer la palmatoria y huyó.
Tres días después, la baronesa, sacramentada la víspera, estaba en la agonía y veíase rodeada de su desolada familia. Un momento antes de expirar cogió la mano de su marido, se la estrechó y después le dijo al oído:
-Amigo mío, sólo podía darte mi vida, y dentro de un momento serás libre y podrás hacer baronesa a la que quieras.
Y, ¡cosa rara! Después de estas palabras se vieron salir lágrimas de los ojos de una muerta. La ferocidad del vicio había vencido a la paciencia del ángel, el cual, al borde de la eternidad, dejó escapar de sus labios el único reproche que había hecho en su vida.
El barón de Hulot se fue de París tres días después del entierro de su mujer. Al cabo de once meses, Victorino supo indirectamente el casamiento de su padre con la señorita Ágata Piquetard, que se había celebrado en Isigny el 1 de febrero de 1846.
-Los padres pueden oponerse al matrimonio de sus hijos, pero los hijos no pueden impedir las locuras de sus padres cuando están chochos -dijo el hijo de Hulot a Popinot, segundo hijo del antiguo ministro de Comercio, que le hablaba de aquel matrimonio.