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-¡Pobre gente! -le decía a su primo Hulot-. Hace usted bien en interesarse por ellos, porque son muy buenas personas y lo merecen. Apenas pueden vivir con lo mil escudos de sueldo del subjefe, y desde la muerte de mariscal Montcornet están empeñados. Es una verdadera barbarie eso de que el Gobierno quiera que un empleado que tiene mujer e hijos viva en París con dos mil cuatro cientos francos de sueldo.

Una joven que parecía tenerle amistad, que se lo decía todo para consultarle, que la adulaba y que parecía dejarse guiar por ella, pasó a ser al poco tiempo más amada por la prima Bela que todos sus parientes.

Por su parte, el barón, admirando en la señora Marneffe una decencia, una educación y unos modales que no habla visto en Jenny Cadine, ni en Josefa, ni en ninguna de sus amigas, se había enamorado de ella, en un mes, con pasión de anciano, pasión insensata que parecía razonable. En efecto, no veía allí ni burlas, ni orgías, ni gastos locos, ni depravación, ni desprecio por las cosas sociales, ni aquella independencia absoluta que, en sus relaciones con la actriz y la cantante, había sido causa de todas sus desgracias. Tampoco veía en ella aquella rapacidad de cortesana, comparable a un estómago insaciable.

La señora Marneffe, que se había convertido en su amiga y confidente, hacía mil remilgos para aceptar la menor cosa de él.

-Pasemos por los ascensos, las gratificaciones y todo lo que pueda usted lograr del Gobierno; pero no empiece a deshonrar a la mujer a quien dice amar tanto -decía Valeria-, porque si no, no le creeré... y a mí me gusta creerle -añadía, dirigiendo al cielo una mirada de santa.

Cada regalo que le hacía aceptar era una especie de violación de conciencia, la toma de una fortaleza. El pobre barón empleaba estratagemas para ofrecer una bagatela, que no dejaba por eso de costarle cara, y se felicitaba de haber encontrado al fin una virtud, de haber hallado la realización de sus sueños. En aquel hogar primitivo -se decía- el barón era tan dios como en su casa. El señor Marneffe parecía hallarse a mil leguas de creer que el Júpiter de su ministerio tuviese la intención de descender sobre la casa de su mujer como una lluvia de oro, y hacíase criado de su augusto jefe.

La señora Marneffe, de veintitrés años de edad, mujer de la clase media, pura y timorata, flor escondida en la calle del Deanato, debía ignorar las depravaciones y la desmoralización cortesanescas, que causaban ahora disgusto horrible al barón, pues éste no había conocido todavía los encantos de la virtud que lucha, y la tímida Valeria se los hacía saborear, como dice la canción, a todo lo largo del río.

Una vez planteada así la cuestión entre Héctor y Valeria, nadie se asombrará de saber que Valeria hubiese sabido por Héctor el secreto de la próxima boda del gran artista Steinbock con Hortensia. Entre un amante sin derechos y una mujer que no se decide fácilmente a convertirse en una querida hay luchas orales y morales en que la palabra descubre frecuentemente el pensamiento, del mismo modo que, en un asalto, el florete adquiere la animación de la espada del duelo. El hombre más prudente imita entonces al señor de Turena. El barón había dejado, pues, entrever toda la libertad de acción que el matrimonio de su hija le daría, para responder a la amable Valeria que, más de una vez, había exclamado:

-¡No concibo que una mujer cometa una falta por un hombre que no pueda ser todo suyo!

El barón le había jurado ya mil veces que, desde hacía veinticinco años, todo había terminado entre la señora Hulot y él.

-¡Dicen que es tan hermosa! -replicaba la señora Marneffe- Quiero pruebas.

-Las tendrá usted -dijo el barón, feliz con aquel deseo de Valeria que la comprometía.

-¿Cómo? Sería preciso que no me dejase usted nunca -había respondido Valeria.

Héctor se había visto entonces obligado a revelar sus proyectos en ejecución de la calle de Vanneau, para demostrar a su Valeria que pensaba en darle aquella mitad de vida que pertenece a una mujer legítima, suponiendo que el día y la noche participan por igual de la existencia de las gentes civilizadas. Habló de separarse con decoro de su mujer, dejándola sola, una vez que su hija se hubiese casado. La baronesa pasaría entonces todo el tiempo en casa de Hortensia y en la de los jóvenes esposos Hulot, y estaba seguro de la obediencia de su mujer.

-Desde entonces, mi angelito, mi verdadera vida, mi verdadero hogar estará en la calle de Vanneau.

-¡Dios mío, cómo dispone usted de mí!... -dijo entonces la señora Marneffe- ¿Y mi marido?

-¿Ese guiñapo?

-Lo cierto es que, comparado con usted, es eso... -respondió ella riendo.

La señora Marneffe sintió unas ganas atroces de ver al joven conde de Steinbock después de haber sabido su historia; quizá quería obtener alguna joya suya, mientras viviesen bajo el mismo techo. Esta curiosidad desagradó tanto al barón, que Valeria juró no mirar nunca más a Wenceslao. Pero después de haberse hecho recompensar el abandono de aquel capricho con un pequeño servicio

completo para té, de porcelana antigua de Sevres, guardó ese deseo en el fondo de su corazón, escrito como en una agenda. Así, pues, un día en que había rogado a su prima Bela viniese para tomar el café juntas, en su habitación, puso sobre el tapete la cuestión de su novio, con el fin de saber si podría verle sin peligro.

-Amiguita mía -dijo ella, pues se trataban mutuamente de amiguitas-, ¿por qué no me ha presentado usted todavía a su novio? ¿Sabe usted que se ha hecho célebre en poco tiempo?

-¿Él célebre?

-Pero... ¡Si no se habla más que de él!

-¡Bah! -exclamó Sabela.

-Va a hacer la estatua de mi padre, y yo puedo serle muy útil para el buen éxito de su empresa, pues la señora Montcornet no puede, como yo, prestarle una miniatura de Sain, una obra maestra hecha en 1809, antes de la campaña de Wagram, miniatura que le fue dada a mi pobre madre cuando Montcornet era aún joven y guapo.

En tiempo del Imperio, Sain y Augustin compartían el imperio de la pintura en miniatura.

-¿Dice usted, amiguita, que va a hacer una estatua? -Preguntó Sabela.

-De nueve pies, encargada por el Ministerio de la Guerra. Pero ¿de dónde sale usted? ¿He de tener yo que darle esas noticias? El Gobierno le va a dar además al conde de Steinbock un taller y casa en el depósito de mármoles del Gros-Caillou, del que tal vez sea director su polaco... Una plaza de dos mil francos, que le vendrá como anillo al dedo.

-¿Cómo sabe usted todo eso, cuando yo no sé nada? -dijo al fin Sabela, saliendo de su estupor.

-Vamos a ver, mi querida prima Bela -dijo graciosamente la señora Marneffe-, ¿es usted capaz de sentir una amistad verdadera, a toda prueba? ¿Quiere usted que seamos como dos hermanas? ¿Quiere usted jurarme que no tendrá nunca secretos para mí, como yo no los tendré para usted, y quiere usted ser mi espía como lo seré yo suya? ¿Quiere usted, sobre todo, jurarme que no me venderá nunca a mi marido ni al señor Hulot, y que no dirá nunca que he sido yo la que le he dicho...?

La señora Marneffe se detuvo en su plática, pues le asustó el aspecto de la prima Bela. La fisonomía de la lorenesa se había vuelto terrible. Sus ojos negros y penetrantes tenían la fijeza de los tigres. Su cara se parecía a las que atribuimos a las pitonisas, pues apretaba los dientes para impedir que castañeteasen, y una espantosa convulsión hacía temblar sus miembros. Había metido su ganchuda mano entre su gorro y sus cabellos para empuñarlos y sostener su cabeza, que le parecía se había vuelto demasiado pesada: ardía. El humo del incendio que la consumía parecía salir a través de sus arrugas, cual si fuesen grietas producidas por una erupción volcánica. Aquello fue un espectáculo sublime.

-Pero ¿Por qué se detiene usted? -le dijo con voz ronca, hueca- Seré para usted todo lo que era para él. ¡Oh! Le hubiera dado mi sangre.

-¿Le amaba usted, pues?

-Como si fuese mi hijo.

-Bien -repuso la señora Marneffe respirando más a gusto- Si no le ama usted más que como hijo, se va usted a poner muy contenta, pues ¿usted quiere verle feliz?

Sabela respondió con un movimiento de cabeza rápido, como el de una loca.

-Se casa dentro de un mes con la primita de usted.

-¡Con Hortensia! -gritó la solterona, dándose un golpe en la frente y levantándose.

-¿Cómo? ¿De modo que ama usted a ese joven? -preguntó la señora Marneffe.

-Amiguita mía, vamos a unirnos hasta morir -dijo la señorita Fischer-. Sí; si usted tiene afectos, me serán sagrados. En fin, los vicios de usted se convertirán para mí en virtudes, porque voy a necesitar de sus vicios.

-¿De modo que vivía usted con él? -exclamó Valeria.

-No; quería ser su madre.

-¡Ah! Pues entonces no puedo entender nada -repuso Valeria-, pues entonces no ha sido usted burlada ni engañada, y debe sentirse muy dichosa al ver que hace un buen matrimonio, al verle lanzado. Por lo demás, todo ha acabado para usted, no lo dude. El artista va todos los días a casa de la señora de Hulot tan pronto como usted se va a comer.

-¡Adelina! -exclamó Sabela- ¡Oh! ¡Adelina, me la pagarás! ¡He de hacer que te vuelvas más fea que yo!

-Pero ¡está usted pálida como una muerta! -repuso Valeria-. Pero ¿hay algo entre ustedes? ¡Oh! ¡Qué estúpida soy! -exclamó la señora Marneffe-. Cuando la madre y la hija se ocultan de usted es porque temen que opondría obstáculos a ese amor; pero de todos modos, si usted no vivía con ese joven... Todo esto, amiguita, resulta para mí más oscuro que el corazón de mi marido.

-¡Oh! Usted no sabe -repuso Sabela-, usted no sabe lo que es esa artimaña: es el último golpe que mata. ¡Y cuántos, cuántos golpes he sufrido yo en el alma! ¡Usted ignora que desde la edad en que se siente yo me he visto inmolada a Adelina! Me daban golpes y a ella le hacían cariños. Iba yo a misa como una desastrada y ella vestida como una señora. Yo cavaba el jardín, mondaba las legumbres y ella no movía los dedos más que para arreglar sus trapillos. Ella se ha casado con el barón, ha venido a brillar a la corte del emperador, y yo permanecí hasta el año 1809 en mi aldea esperando un partido conveniente durante cuatro años. Ellos me sacaron de allí, pero para hacerme obrera y para proponerme empleados y capitanes que parecían porteros... Yo he tenido durante veinticinco años todas sus sobras... Y he aquí, que, como en el Antiguo Testamento, el pobre posee una sola oveja, que constituye su dicha, y el rico, que tiene rebaños, ambiciona la oveja del pobre y se la roba... sin advertírselo, sin pedírsela... ¡Adelina me arrebata mi dicha! ¡Adelina!... ¡Adelina! ¡Te veré en el lodo y más baja cien veces que yo! Hortensia, a quien yo amaba, me ha engañado... El barón... No, eso no es posible. Vamos a ver: dígame usted lo que hay de cierto en todo.

-Cálmese usted, amiguita mía.

-Valeria, ángel mío querido, voy a calmarme -respondió aquella extraña joven, sentándose-. Una sola cosa puede volverme la razón: deme usted una prueba.

-¡Pero si su prima posee el grupo Sansón, cuya litografía ha publicado una revista! Hortensia lo pagó con sus economías, y el barón es quien, considerándolo ya como su futuro yerno, lo lanza y le consigue todo.

-¡Agua! ¡Agua! -gritó Sabela después de haber fijado sus ojos en la litografía, bajo la que se leía: Grupo perteneciente a la señorita Hulot de Ervy- ¡Agua! ¡Mi cabeza arde! ¡Me vuelvo loca!

La señora Marneffe trajo agua; la solterona se quitó el gorro, se soltó sus cabellos negros y metió varias veces la cabeza en la palangana que sostenía su nueva amiga; mojó así varias veces su frente, conteniendo el amago de congestión. Después de esta inmersión, recobró todo su imperio sobre sí misma.

-¡Ni una palabra! -le dijo a la señora Marneffe al mismo tiempo que se secaba-. ¡Ni una palabra de todo esto! ¿Ve usted? Ya estoy tranquila y todo está olvidado. Ahora estoy pensando en otra cosa.

-Seguramente que mañana está en el manicomio -se dijo la señora Marneffe, mirando a la lorenesa.

-¿Qué hacer? -repuso Sabela-. Mire usted, ángel mío, es preciso callarse, inclinar la cabeza e ir a la tumba como va el agua directamente al río. ¿Qué puedo intentar yo? Yo quisiera reducir a polvo a toda esa gente, a Adelina, a su hija, al barón; pero ¿qué puede una parienta pobre contra toda una familia rica?... Sería la historia del puchero de barro contra el puchero de hierro.

-Sí, tiene usted razón -respondió Valeria-; vale más sacar de todo esto el partido que se pueda. Ésta es la vida en París.

-Y no lo dude -dijo Sabela-, yo moriré pronto si pierdo a ese muchacho, a quien creía poder servir siempre de madre y con quien contaba vivir toda mi vida.

Las lágrimas aparecieron en sus ojos y se detuvo. Esta sensibilidad en aquella muchacha de azufre y de fuego hizo temblar a la señora Marneffe.

-Menos mal -dijo, cogiendo la mano de Valeria- que la tengo a usted, lo que me sirve de consuelo en esta gran desgracia... Nos amaremos mucho... Y ¿por qué nos hemos de separar? Yo no seré nunca un estorbo para usted. A mí no me amarán nunca. Todos los que me han querido se casaban conmigo a causa de la protección de mi primo... ¡Tener energía para escalar el paraíso y emplearla en procurarse pan, agua, guiñapos y una guardilla! ¡Ah, amiguita mía! ¡Esto sí que es martirio! En él me he consumido.

Dicho esto, se detuvo bruscamente y fijó en los azules ojos de la señora Marneffe una mirada negra que atravesó el alma de aquella mujer bonita como la hoja de un puñal hubiese atravesado el corazón.

-¡Y para qué hablar! -exclamó, dirigiéndose un reproche a sí misma-. ¡Ah! Jamás he dicho otro tanto. ¡La lucha volverá a manos de su amo! -añadió después de una pausa, empleando una frase del lenguaje infantil-. Como usted dice muy bien, agucemos los dientes y procuremos el mayor provecho posible.

-Tiene usted razón -dijo la señora Marneffe, a quien espantaba aquella crisis, y que no recordaba haber emitido este apotegma-. Creo que está usted en lo cierto, hijita mía. Ande, la vida no es tan larga; hay que sacar de ella todo el partido que se pueda empleando a los demás para placer nuestro. Yo, que soy aún joven, ya estoy desengañada. Fui educada con gran mimo; mi padre se casó por ambición y casi me olvidó después de haber hecho de mí su ídolo, luego de haberme educado como a la hija de una reina. Mi pobre madre, que me hacía soñar un gran porvenir, murió de pena al verme casada con un empleadillo con mil doscientos francos, viejo y frío libertino, a los treinta y nueve años, corrompido como un baño de esclavos, y que no veía en mí más que lo que han visto en usted; un instrumento de fortuna. Pues bien, he acabado por ver que este hombre infame es el mejor de los maridos. Me deja en libertad, prefiriendo a las sucias perdidas de la calle, y si se queda para sí el sueldo, jamás me pide cuentas acerca del modo que tengo de procurarme recursos...

A su vez, la señora Marneffe se detuvo, como mujer que se siente arrastrada por el torrente de las confidencias, y admirada de la atención que le prestaba Sabela, creyó conveniente estar segura de ella antes de hacerla dueña de sus últimos secretos.

-Vea usted, amiga, cuál es mi confianza en usted -repuso la señora Marneffe, a la que Sabela contestó con un signo excesivamente tranquilizador.

A veces se jura con los ojos y con un movimiento de cabeza con más solemnidad que ante los tribunales de justicia.

-Yo tengo las apariencias de la honradez -repuso la señora Marneffe, poniendo su mano sobre la mano de Sabela como si fuera a prestar juramento-. Soy una mujer casada y hago lo que quiero, hasta tal punto que, por la mañana, al salir para el ministerio, si le da la ocurrencia a Marneffe de decirme adiós y se encuentra cerrada la puerta de mi cuarto, se va tan tranquilamente. Quiere a su hijo menos de lo que yo quiero a uno de los niños de mármol que juegan al pie de uno de los dos Ríos, en las Tullerías. Si yo no vengo a comer, come muy bien con la criada, pues la criada es toda para el señor, y todas las noches sale después de la cena para no volver hasta media noche o la una de la madrugada. Desgraciadamente, hace un año que estoy sin doncella, lo cual quiere decir que hace un año que estoy viuda... No he tenido más que una pasión, una dicha... Era un rico brasileño que hace un año marchó, ¡ésa es mi única falta! Se marchó a vender sus propiedades, a realizarlo todo para poder establecerse en Francia. ¿Qué encontrará de su Valeria? Un estercolero. ¡Bah! Después de todo, suya será la culpa, y no mía. ¿Por qué tarda tanto en volver? Además, ¿quién sabe si no habrá naufragado, como mi virtud?

-Adiós, amiga mía -dijo bruscamente Sabela-; no nos separaremos ya nunca. La quiero a usted, la estimo y soy toda suya. Mi primo me atormenta para que vaya a vivir en su futura casa de la calle de Vanneau; yo no quería, porque he adivinado la razón de esta nueva bondad.

-Sí, ya sé que usted me hubiera vigilado -dijo la señora Marneffe.

-Ésa es la razón de su generosidad -replicó Sabela-. ¡En París la mitad de los beneficios son especulaciones, como la mitad de las ingratitudes son venganzas! Con una parienta pobre se obra como con las ratas cuando se les pone un pedazo de tocino como cebo. Aceptaré el ofrecimiento del barón, porque esta casa se me ha hecho odiosa. En cuanto a eso, tenemos las dos bastante talento para callar lo que nos daña y decir lo que debe decirse; de modo que nada de indiscreciones y una amistad...

-¡A toda prueba! -exclamó gozosamente la señora Marneffe, satisfecha de tener una confidente, una especie de tía honrada-. Escuche usted, veo que el barón se porta perfectamente en la calle de Vanneau.

-Ya lo creo -repuso Sabela-. ¡Como que se ha gastado treinta mil francos! No sé de dónde los ha sacado, porque Josefa le había desangrado por completo. ¡Oh! Ha caído usted bien -añadió-. El barón es capaz de robar para la que tiene su corazón entre unas manitas blancas y satinadas como las de usted.

-Bueno, amiguita mía -repuso la señora Marneffe, con la seguridad de las mujeres, que no es más que indiferencia-, tome usted de esta casa lo que pueda servirle para su nuevo albergue: esta cómoda, este armario de luna, esta alfombra, la colgadura...

Los ojos de Sabela se dilataron por efecto de un goce insensato, pues no se atrevía a creer en semejante regalo.

-¡Hace usted más por mí en un momento que mis parientes ricos en treinta años! -exclamó-. ¡Nunca se han ocupado de si tenía o no muebles! En su primera visita, hace algunas semanas, el barón hizo una mueca de rico al ver el aspecto de mi miseria... Pues bien; gracias, amiga mía, yo le haré recobrar centuplicado lo que esto vale. Más adelante verá usted cómo.

Valeria acompañó a su prima Bela hasta el descansillo, donde las dos mujeres se besaron.

-¡Cómo hiede la condenada! -se dijo la mujer bonita cuando estuvo sola-. Procuraré no besar con frecuencia a mi primita. Sin embargo, hay que andar con cuidado, debo mimarla mucho, porque me será muy útil y tal vez me haga hacer fortuna.

Como verdadera criolla de París, la señora Marneffe aborrecía la pena, tenía la negligencia de las gatas, que sólo corren y se mueven forzadas por la necesidad. Para ella la vida debía ser todo placer y el placer no debía tener dificultades. Le gustaban las flores, con tal que se las llevasen a casa. No concebía una noche de teatro sin tener un buen palco entero para ella y un coche para volver a casa. Valeria había adquirido estos gustos de cortesana de su madre, mimada por el general Montcornet durante las estancias que hacía en París, y que, durante veinte años, había visto todo el mundo a sus pies; pero como era una gastadora lo había disipado todo y se lo había comido con esa vida lujosa cuyo programa se ha perdido desde la caída de Napoleón. Los grandes del Imperio han igualado con sus locuras a los grandes señores de antaño. Durante la Restauración, la nobleza se ha acordado siempre de haber sido perseguida y robada; de modo que, aparte dos o tres excepciones, se ha convertido en económica, juiciosa, previsora; en fin, burguesa y sin grandeza. Después, el año 1830 consumó la obra de 1793. En lo sucesivo, en Francia habrá grandes nombres, pero no grandes casas, a menos de grandes cambios políticos difíciles de prever. Todo toma aquí el sello de la personalidad. La fortuna de los más juiciosos es vitalicia. Se ha destruido la familia.

El poderoso abrazo de la miseria, que estrangulaba a Valeria el día en que, según la expresión de Marneffe, había hecho a Hulot, había decidido a esta joven a tomar su belleza como medio de hacer fortuna. Así es que hacía algunos días sentía la necesidad de tener a su lado, al igual que una madre, una amiga adicta de esas a quienes se confía lo que se debe ocultar a una doncella de servicio y que puede obrar, ir y venir y pensar por nosotros; un testaferro, en suma, que consienta en un reparto desigual de la vida. Ahora bien; Valeria había adivinado, lo mismo que Sabela, las intenciones que llevaba el barón al relacionarla con la prima Bela. Aconsejada por la temible inteligencia de la criolla parisiense, que se pasa las horas tendida sobre un diván, paseando la linterna de su observación por todos los rincones oscuros de las almas, de los sentimientos y de las intrigas, había ideado convertir en cómplice a su espía. Probablemente su terrible indiscreción era premeditada; había reconocido el verdadero carácter de la ardiente y apasionada muchacha, y quería atraérsela. Esta conversación se parecía, pues, a la piedra que arroja un viajero a un abismo para hacerse la demostración física de su profundidad. Y la señora Marneffe había sentido miedo al ver que aquella muchacha, en apariencia tan débil, tan humilde y tan poco de temer, era a la vez un Yago y un Ricardo II.

En un instante, la prima Bela se había mostrado tal cual era; en un instante aquel carácter de corso y de salvaje, al romper las débiles ligaduras que le sujetaban, había recobrado su amenazadora altura, como la rama de un árbol se escapa de las manos del niño que la ha doblado hasta él para quitarle los frutos.

Para el que observe el mundo social será siempre objeto de admiración la plenitud, la perfección y la rapidez de las concepciones en las naturalezas vírgenes.

La virginidad, como todas las monstruosidades, tiene riquezas especiales, grandezas absorbentes. La vida, cuyas fuerzas están economizadas, adquiere en el individuo virgen una resistencia y una duración incalculables. El cerebro se ha enriquecido con el conjunto de sus facultades reservadas. Cuando las gentes castas necesitan su cuerpo o su alma, y recurren a la acción o al pensamiento, ven que sus músculos son de acero, que su inteligencia posee una ciencia infusa, la magia negra de la voluntad.

Desde este punto de vista, la Virgen María, no considerándola por un momento más que como un símbolo, eclipsó por su grandeza todos los tipos indios, egipcios y griegos. La Virginidad, madre de las grandes cosas, magna parens rerum, tiene en sus hermosas manos blancas la llave de los mundos superiores. En fin, esa grandiosa y terrible excepción merece todos los honores que le confiere la Iglesia católica.

En un momento, pues, la prima Bela se convirtió en el mohicano, cuyos lazos son inevitables, cuyo disimulo es impenetrable y cuyas rápidas decisiones están fundadas sobre la perfección inaudita de los órganos. Fue el odio y la venganza sentidos sin transición, como se sienten en Italia, en España y en Oriente. Estos dos sentimientos, que son engendrados por la amistad y por el amor llevados a lo absoluto sólo son conocidos por los países bañados por el sol. Pero Sabela fue sobre todo hija de Lorena, es decir, se resolvió a engañar.

No emprendió de buena gana esta última parte de su papel; hizo una tentativa singular, debido a su profunda ignorancia. Pensó que la cárcel era lo que creen todos los niños que es; confundió el guardar en secreto con el encarcelamiento. El guardar en secreto es el superlativo del encarcelamiento, y este superlativo es el privilegio de la justicia criminal.

Al salir de casa de la señora Marneffe, Sabela se fue a casa del señor Rivet y lo halló en su despacho.

-Bueno, mi buen señor Rivet -le dijo, después de haber echado el cerrojo a la puerta-, tenía usted razón; los polacos son todos unos canallas; gentes sin fe ni ley.

-Sí, gentes que quieren incendiar a Europa -dijo el pacífico Rivet-, arruinar el comercio y a los fabricantes, por una patria que, según dicen, está llena de pantanos y de espantosos judíos, sin contar los cosacos y los aldeanos, especie de bestias feroces difícilmente clasificadas dentro del género humano. Esos polacos desconocen los tiempos actuales. ¡Nosotros no somos ya bárbaros! La guerra se va, mi querida señorita, se ha ido con los reyes. Nuestro tiempo es el triunfo del comercio, de la industria y de la formalidad que creó la Holanda. Sí -dijo, animándose-, estamos en una época en que los pueblos deben obtenerlo todo por el desenvolvimiento de las instituciones constitucionales; he aquí lo que los polacos ignoran, y yo confío... ¿Qué dice usted, hermosa mía? -añadió, deteniéndose al ver, por la actitud de su obrera, que la alta política estaba fuera de su comprensión.

-Aquí está el legajo -replicó Bela-. ¡Si no quiero perder mis tres mil doscientos diez francos será preciso meter a ese pillo en la cárcel!

-¡Ah! Ya se lo decía yo a usted -exclamó el oráculo del barrio de San Dionisio.

La casa Rivet, sucesor de Pons hermanos, seguía siempre establecida en la calle de las Malas Palabras, en el antiguo palacio de Langeais, construido por esta ilustre casa en la época en que los grandes señores se agrupaban en torno del Louvre.

-¡Por eso le he colmado de bendiciones mientras venía hacia aquí! -respondió Sabela.

-Si él no sospecha nada podrá ser detenido a las cuatro de la mañana -dijo el juez, consultando su almanaque para ver la hora de la salida del Sol-; pero esto no podrá hacerse hasta pasado mañana, porque no se puede prender a nadie por deudas sin conminarle antes al pago. Así es que...

-¡Qué ley más estúpida! -dijo la prima Bela- De ese modo el deudor se escapa.

-Tiene perfecto derecho -replicó el juez, sonriendo-. Así, mirad, he aquí cómo...

-En cuanto a eso, yo cogeré el papel -dijo Bela, interrumpiendo al cónsul-, se lo entregaré diciendo que me he visto obligada a buscar dinero y que mi prestamista ha exigido esa formalidad. Como conozco al polaco, sé que ni siquiera abrirá el papel y continuará fumando su pipa.

-¡Ah! No está mal, no está mal, señorita Fischer. Bueno, esté usted tranquila, que se arreglará el asunto. Pero un instante... No es todo el encerrar a un hombre; ese lujo judicial no se emplea más que para coger su dinero. ¿Cree usted que cobrará así? ¿Quién le pagará?

-Los que le dan dinero.

-¡Ah! Sí, ya no me acordaba que el ministro de la Guerra le ha encargado del monumento erigido a uno de nuestros clientes. ¡Ah! Esta casa ha hecho muchos uniformes para el general Montcornet, el cual no tardaba en ennegrecerlos con el humo de los cañones. ¡Qué valiente era! ¡Y pagaba puntualmente!

Un mariscal de Francia habrá podido salvar al emperador o a su país, pero el ¡pagaba puntualmente! siempre será su mejor elogio en boca de un comerciante.

-Bueno, hasta el sábado, señor Rivet, que tendrá usted sus grandes platos. A propósito: le advierto que abandono la calle del Deanato y voy a vivir a la calle de Vanneau.

-Hace usted bien, porque la veía con pena en ese agujero que, a pesar de mi repugnancia para todo lo que imita a la oposición, deshonra, ¿me atreveré a decirlo? Sí, deshonra el Louvre y la plaza del Carrousel. Adoro a Luis Felipe, es mi ídolo, es la representación augusta y exacta de la clase sobre la que ha fundado su dinastía, y no olvidaré nunca lo que ha hecho por la pasamanería al restablecer la Guardia Nacional.

-Cuando le oigo hablar a usted así -dijo Sabela-, me pregunto por qué no es usted diputado.

-Temen mi adhesión a la dinastía -respondió Rivet-. Mis enemigos políticos son los del rey. ¡Ah! Es un carácter noble, una hermosa familia. En fin -repuso, continuando su argumentación-, es nuestro ideal; costumbres, economía, todo. Pero la terminación del Louvre es una de las condiciones que le impusimos para darle la Corona, y la lista civil, a la que no se ha señalado límite, estoy conforme en ello, nos deja el corazón de París en un estado lamentable... Por lo mismo que soy partidario del justo medio me gustaría ver el justo medio de París en otro estado. El barrio donde usted vive hace temblar. Si siguiera usted en él, la hubieran asesinado un día u otro... Pues bien; ya tenernos al señor Crevel como jefe de batallón de su legión... Confío en que seremos nosotros los que le proporcionemos sus charreteras.

-Hoy como en su casa, y procuraré enviárselo.

Sabela creyó que tendría para ella al livonio tratando de cortar todas las comunicaciones entre el mundo y él. No trabajando más, el artista se vería olvidado como un hombre enterrado en una cueva, adonde sólo ella iría a verle. Tuvo de este modo dos días de dicha, pues esperaba asestar golpes de muerte a la baronesa y a su hija.

Para ir a casa del señor Crevel, que vivía en la calle de los Saucedales, tomó por el puente del Carrousel, el muelle Voltaire, el muelle de Orsay, la calle Bellechasse, la calle de la Universidad, el puente de la Concordia y la avenida de Marigny. Aquella ruta ilógica estaba trazada por la lógica de las pasiones, siempre excesivamente enemiga de las piernas. La prima Bela, mientras pasó por los muelles, miró hacia la orilla derecha del Sena, andando con lentitud. Su cálculo era justo: había dejado a Wenceslao vistiéndose y pensaba que tan pronto como el enamorado se viera libre de ella iría a casa de la baronesa por el camino más corto. En efecto, en el momento en que pasaba arrimada a lo largo del parapeto del muelle de Voltaire, devorando la ribera con sus miradas, y marchando con el pensamiento por la otra orilla, descubrió al artista en cuanto desembocó por el postigo de las Tullerías para ganar el puente Real. Alcanzó allí a su infiel y pudo seguirlo sin ser vista por él, ya que los enamorados rara vez vuelven la cabeza; lo siguió hasta la casa de la señora Hulot, donde le vio entrar como hombre acostumbrado a venir con frecuencia.

Aquella última prueba, que confirmaba las confidencias de la señora Marneffe, puso a Sabela fuera de sí.

Llegó a casa del jefe del batallón, recientemente elegido, en ese estado de irritación mental que hace cometer asesinatos, y encontró al padre Crevel esperando a sus hijos, el joven matrimonio Hulot, en el salón.

Pero Celestino Crevel es un representante tan ingenuo y tan verdadero del advenedizo parisiense, que es difícil entrar sin ceremonia en casa de este feliz sucesor de César Birotteau. Celestino Crevel es por sí solo todo un mundo; por eso merece, más que Rivet, los honores de la paleta, a causa de su importancia en este drama doméstico.

-¿Habéis notado que en la infancia o en los comienzos de la vida social nos creamos con nuestras propias manos un modelo, muchas veces sin darnos cuenta de ello? Así es como el dependiente de una casa de Banca sueña, al entrar en el salón de su amo, con poseer un salón semejante. Si hace fortuna, veinte años más tarde, no será el lujo que esté entonces de moda el que entronice en su casa, sino el lujo de antes, que tanto le fascinara. No se conocen todas las tonterías que son debidas a esa envidia retrospectiva, del mismo modo que se ignoran todas las locuras debidas a esas rivalidades secretas que llevan los hombres a imitar el tipo que se han formado y a consumir sus fuerzas para hacerse notar. Crevel fue teniente de alcalde porque su amo lo había sido, y era jefe de batallón porque había envidiado las charreteras de César Birotteau. También, impresionado por las maravillas realizadas por el arquitecto Grindot, en el momento en que la fortuna sopló a su amo, Crevel, como él decía, no se había parado en barras cuando se trató de decorar su habitación; se dirigió con los ojos cerrados y la bolsa abierta a Grindot, arquitecto que estaba entonces completamente olvidado. No se sabe cuánto tiempo duran las glorias pasadas, sostenidas por las admiraciones anteriores.

Grindot había reproducido allí por milésima vez su salón blanco y oro, tapizado de damasco rojo. El mobiliario de palisandro, esculpido como se esculpen las obras corrientes, sin finura, había sido dentro de la fabricación parisiense un legítimo orgullo para la provincia cuando la Exposición de productos de la industria. Las lámparas, los brazos, el cenicero, la araña y el reloj pertenecían al género rocalla. La mesa redonda, inmóvil en medio del salón, ofrecía un mármol incrustado de todos los mármoles italianos y antiguos venidos de Roma, donde se fabrican esas especies de mapas mineralógicos semejantes a muestrarios de sastres y que causaban periódicamente la admiración de todos los burgueses a quienes Crevel recibía. Los retratos de la difunta señora de Crevel, de Crevel, de su hija y de su yerno, debidos al pincel de Pedro Grassou, pintor de gran fama entre las gentes de la clase media, a quien Crevel debía lo ridículo de su actitud byroniana, guarnecían las paredes, formando pareja los cuatro. Los marcos, pagados a mil francos cada uno, armonizaban perfectamente Con todo aquel lujo de café que seguramente hubiese hecho encogerse de hombros a un verdadero artista.

El oro jamás ha perdido la menor ocasión de mostrarse estúpido. Se contarían hoy diez Venecias en París si los comerciantes retirados hubiesen tenido ese instinto de las grandes cosas que distingue a los italianos. Aun en nuestros días, un negociante milanés lega quinientos mil francos al Duomo para el dorado de la Virgen colosal que corona la cúpula. Canova ordena en su testamento a su hermano que construya una iglesia de cuatro millones, y el hermano añade algo de lo suyo. Un burgués de París -y todos ellos sienten, como Rivet, un gran amor por su París-, ¿pensaría nunca en hacer levantar los campanarios que faltan en las torres de Nuestra Señora? Ahora bien; contad las sumas recogidas por el Estado en herencias sin herederos. Se habrían acabado los embellecimientos de París con el importe de las tonterías de cartón piedra, de pastas doradas y de esculturas falsas consumidas en quince años por los individuos de la clase de Crevel.

Al extremo de aquel salón se hallaba un magnífico gabinete amueblado con mesas y armarios imitación de Boule.

El dormitorio, tendido con pieles de Persia, daba también al salón. La caoba en toda su gloria infestaba el comedor, donde unas vistas de Suiza, provistas de ricos marcos, adornaban los tableros. El padre Crevel, que soñaba con hacer un viaje a Suiza, tenía interés en poseer aquel país pintado hasta el momento en que fuese a verlo en la realidad.

Crevel, antiguo teniente de alcalde, condecorado, guardia nacional, había reproducido fielmente, como se ve, todas las grandezas, hasta las mobiliarias, de su infortunado predecesor. Allí donde uno había caído, cuando la Restauración, éste, completamente olvidado, se había levantado, no por un extraño azar de la fortuna, sino por la fuerza de las cosas. En las revoluciones, lo mismo que en las tempestades marítimas, los valores sólidos se van a pique y sólo quedan a flote las cosas ligeras. César Birotteau, realista, gozando de favor y siendo envidiado, pasó a ser el punto de mira de la opulencia burguesa, mientras que la triunfante burguesía veíase asimismo representada por Crevel.

Aquella habitación, que costaba mil escudos de alquiler y rebosaba de todas esas cosas vulgares que procura el dinero, ocupaba el primer piso de un antiguo palacio situado entre patio y jardín. Todo estaba allí conservado como los coleópteros en casa de un entomólogo, pues Crevel paraba allí muy poco.

Aquel local suntuoso constituía el domicilio legal del ambicioso burgués. Servido allí por una cocinera y un ayuda de cámara, tomaba dos criados más y encargaba las comidas de cumplido a casa de Chevet cuando obsequiaba a los amigos políticos, a gentes a quienes quería deslumbrar, o cuando recibía a su familia. El sitio de la verdadera vida de Crevel, que estaba antes en la calle de Nuestra Señora de Loreto, en casa de la señorita Eloísa Brisetout, habíase transferido, según se ha visto, a la calle de Chauchat. Todas las mañanas el antiguo negociante -todos los plebeyos retirados se titulan antiguos negociantes- pasaba dos horas en la calle de los Saucedales resolviendo sus asuntos, y el resto del tiempo se lo dedicaba a Zaida, lo que a ésta le atormentaba mucho. Orosmario Crevel tenía un trato cerrado con la señorita Eloísa; ella le debía quinientos francos mensuales de dicha, sin reciprocidad. Además, Crevel le pagaba la comida y todos los extraordinarios. Este contrato con primas, pues le hacía muchos regalos, parecía económico al ex amante de la célebre cantante. Solía decir, respecto a este punto, a los negociantes viudos que amaban demasiado a sus hijas, que era preferible tener caballos alquilados por meses que cuadra propia. Sin embargo, si se recuerda la confidencia hecha por el portero de la calle de Chauchat al barón, ya se sabrá que Crevel no ahorraba ni el cochero ni el groom.

Como se ve, Crevel había hecho de modo que su excesivo amor a su hija redundase en beneficio de sus placeres. La inmoralidad de su situación estaba justificada por razones de alta moral. Además, el antiguo perfumista sacaba de aquella vida -vida necesaria, vida desarreglada, Regencia, Pompadour, mariscal Richelieu, etc-. un barniz más de superioridad. Crevel aparecía como hombre de grandes vuelos, como gran señor de pie pequeño, como hombre generoso, sin pequeñez de ideas, y todo ello por mil doscientos o mil quinientos francos al mes. No era todo esto efecto de una hipocresía política, sino efecto de vanidad burguesa que, sin embargo, daba el mismo resultado. En la Bolsa, Crevel pasaba por ser superior a su época y, sobre todo, por un hombre que sabía vivir.

En esto Crevel creía haber dejado al buen Birotteau a cien codos por debajo de él.

-¡Cómo! -exclamó Crevel lleno de rabia al ver a la prima Bela-. ¿Es usted la que casa a la señorita de Hulot con un joven conde a quien usted ha educado para ella?...

-¡Cualquiera diría que eso le contraría! -respondió Sabela, fijando en Crevel una mirada penetrante-. ¿Qué interés tiene usted en impedir que mi prima se case? Porque usted hizo abortar, según me han dicho, su matrimonio con el hijo del señor Lebás...

-Usted es una muchacha buena y muy discreta -repuso el padre Crevel- Ahora bien; ¿cree usted que yo perdonaré nunca al señor Hulot el crimen de haberme quitado a Josefa... y, sobre todo, para convertir a una joven honrada, con quien yo hubiera acabado por casarme allá en mi vejez, en una perdida, en una saltimbanqui, en una corista de la ópera? ¡No! ¡No! ¡Nunca!

-Y, sin embargo, el señor Hulot es un buen hombre -dijo la prima Bela.

-¡Amable, muy amable, demasiado amable! -repuso Crevel-. Yo no le deseo ningún mal; pero quiero tomarme la revancha, y me la tomaré. ¡Es mi idea fija!

-¿Y es ese deseo la causa de que no vaya usted ya a casa de la señora de Hulot?

-Tal vez...

-¡Ah! ¿De modo que le hacía usted la corte a mi prima? -dijo Sabela, sonriendo-. Lo sospechaba.

-Sí, y me ha tratado como a un perro; peor aún, como a un lacayo; mejor dicho, ¡como a un detenido político! Pero saldré vencedor -añadió, cerrando los puños y golpeándose la frente.

-¡Pobre hombre! ¡Sería espantoso que hallase a su mujer faltándole, después de verse abandonado por su querida!

-¡Josefa! -exclamó Crevel- ¿Lo ha dejado Josefa? ¿Lo ha despedido? ¿Lo ha arrojado de su lado?... ¡Bravo, Josefa! ¡Josefa, me has vengado! ¡Te enviaré dos perlas para que adornes con ellas tus orejas, mi ex bicha!... No sabía nada de eso, porque, después que la vi a usted al día siguiente de aquel en que Adelina me echó de su casa, me fui a casa de los Lebás, a Corbeil, de donde ahora vuelvo. Eloísa ha hecho lo imposible para enviarme al campo, y ya he sabido la razón de su deseo: quería estrenar sin mí la habitación de la calle de Chauchat, con artistas, histriones y gentes de letras... ¡He sido burlado! Pero la perdonaré, porque Eloísa me entretiene. Es una Dejazet inédita.

¡Qué tunantuela es esta muchacha! He aquí la carta que encontré ayer por la noche:

«Viejo mío, he alzado mi tienda en la calle de Chauchat. He tomado la precaución de que mis amigos viniesen a secar las paredes. Todo está dispuesto. Venga usted cuando quiera, señor. Agar espera a su

«Abraham.»

-Eloísa me dará más noticias, pues conoce al dedillo la vida bohemia.

-Pues mi primo ha recibido impasible ese desengaño -respondió la prima.

-¡No es posible! -dijo Crevel, deteniéndose en su paseo, semejante al ir y venir de un péndulo.

-El señor de Hulot tiene ya sus años -hizo observar maliciosamente Sabela.

-Le conozco -repuso Crevel- Los dos nos parecemos en cierto punto: Hulot no podrá pasar sin algún amorío. Es capaz de reconciliarse con su mujer -se dijo- Sería novedad para él, y entonces ¡adiós mi venganza! ¿Se sonríe usted, señorita Fischer?... ¡Ah! ¿Usted sabe algo?

-Me río de las cosas de usted -respondió Sabela- Sí, mi prima está aún bastante guapa para inspirar pasiones; yo, si fuese hombre, la amaría.

-¡Quien tuvo, retuvo, -exclamó Crevel- ¡Usted se burla de mí! El barón habrá encontrado algún consuelo.

Sabela movió la cabeza, haciendo un gesto afirmativo.

-¡Ah! ¡Qué feliz es pudiendo reemplazar a Josefa de la mañana a la noche! -dijo Crevel, continuando-. Pero no me asombra, porque él me decía una noche cenando que, en su juventud, para no estar nunca desprovisto, tenía siempre tres queridas; la que estaba a punto de abandonar, la reinante y la que cortejaba para el porvenir. ¡Debía de tener de reserva alguna modistilla en su vivero, en su parque de los Ciervos! ¡Es muy Luis XV el mocito! ¡Oh! ¡Qué feliz es, siendo guapo! Sin embargo, envejece mucho..., está marcado..., habrá ido a dar con alguna obrera...

-¡Oh! No -respondió Sabela.

-¡Ah! -dijo Crevel- ¡Qué no daría yo porque no se pudiera poner el sombrero! Me será imposible recobrar a Josefa, porque las mujeres de esa clase no vuelven nunca a su primer amor. Por otra parte, como suele decirse, una reconciliación no es un amor nunca. Pero prima Bela, yo daría, es decir, yo me gastaría cincuenta mil francos por quitarle la querida a ese guapo, probándole que un hombre como yo, con faja de jefe de batallón y cabeza de futuro alcalde de París, no se deja soplar la dama sin coronar al peón.

-Mi situación -respondió Sabela- me obliga a oírlo todo y a no saber nada. Puede usted hablar conmigo sin temor, pues no digo nunca lo que me confían. ¿Por qué quiere usted que yo falte a esta ley de mi conducta? Nadie tendría ya confianza en mí.

-Ya lo sé -replicó Crevel-. Es usted la perla de las solteronas... Pero ¡qué diablo!, hay excepciones. Mire usted, nunca le ha procurado rentas la familia.

-Pero me queda el orgullo de no ser gravosa para nadie -dijo Bela.

-¡Ah! Si usted quisiera ayudarme a vengarme -repuso el antiguo negociante- yo pondría a su nombre diez mil francos en renta vitalicia. Dígame, hermosa prima, dígame quién es la sustituta de Josefa, y tendrá usted con qué pagar el alquiler, el desayuno y aquel buen café que le gusta tanto, sustituyéndolo por moka puro, ¿eh? ¡Oh! ¡Qué bueno es el moka puro!

-Me interesa más seguir siendo discreta que esos diez mil francos en renta vitalicia, que me proporcionarían cerca de quinientos de renta -dijo Sabela-; porque, además, mi buen señor Crevel, el barón se porta muy bien conmigo: va a pagarme el alquiler.

-¿Sí? ¡Ya verá cuánto tiempo se lo paga! ¡Confíe en él! -exclamó Crevel-. ¿De dónde va a sacar el dinero el barón?

-¡Ah! No lo sé. El caso es que él se gasta más de treinta mil francos en la habitación que destina para su nueva dama.

-¡Una dama! ¡Cómo! ¿Es por ventura alguna mujer honrada? ¡Qué suerte tiene el muy bandido! No hay como él para eso.

-Una mujer casada, muy distinguida -repuso la prima.

-¿De veras? -exclamó Crevel, abriendo unos ojos movidos tanto por el deseo como por aquellas palabras: Una mujer muy distinguida.

-Sí -contestó Sabela-; lista, toca el piano, veintitrés años, cara cándida, cutis de deslumbradora blancura, dientes de perrita, ojos como estrellas, frente soberbia... y ¡unos piececitos! Nunca los he visto iguales..., no son más anchos que la ballena de su corsé.

-¿Y las orejas? -preguntó Crevel vivamente interesado por aquella filiación amorosa.

-Orejas dignas de ser esculpidas -respondió ella.

-¿Y manos pequeñas?

-En una palabra, le digo que es una verdadera alhaja. ¡Tan honesta! ¡Tan pudorosa! ¡Tan delicada!... Un alma hermosa, un ángel que posee todas las distinciones, pues su padre es un mariscal de Francia.

-¡Mariscal de Francia! -exclamó Crevel, dando un salto prodigioso sobre sí mismo- ¡Dios mío! ¡Caramba! ¡Recontra! ¡El muy maldito! Dispénseme, prima, me vuelvo loco... ¡Yo creo que darla cien mil francos...!

-Sí, ya está usted fresco; ya le digo que es una mujer honrada, una mujer virtuosa. Únicamente que el barón ha sabido componérselas.

-Pero ¡si le digo a usted que no tiene un céntimo!

-Ha habido por medio un marido ascendido...

-¿Por dónde? -dijo Crevel con amarga risa.

-Nombrado subjefe; y ese marido, que sin duda será complaciente..., está hecho para llevar además una cruz.

-El Gobierno debiera tener cuidado y respetar a los que ha condecorado no prodigando de ese modo las cruces -dijo Crevel con aire molesto-. Pero ¿qué tiene ese maldito barón para tener tanta suerte? ¡Yo creo que valgo tanto como él! -añadió, mirándose en un espejo y poniéndose en posición-. Eloísa me ha dicho muchas veces, en el momento en que las mujeres no mienten, que yo era asombroso.

-¡Oh! -replicó la prima-. A las mujeres les gustan los hombres gordos, porque casi todos son buenos y, entre usted y el barón, yo le escogería a usted. El señor Hulot es ocurrente, guapo, airoso; pero usted es sólido y, además, ahí tiene, ¡parece usted aún más truhán que él!

-¡Parece mentira! ¡Cómo les gusta a las mujeres este aire, hasta a las devotas! -exclamó Crevel tan contento, que fue a coger a Bela por la cintura.

-La dificultad no está en eso -dijo Bela, continuando-. Ya comprenderá usted que una mujer que tiene tantas ventajas no va a ser infiel a su protector por una bagatela, y la cosa costaría más de cien mil francos, pues esa dama ve ya a su marido jefe de oficina antes de dos años... La miseria es la que empuja a ese pobre angelito al abismo.

Crevel se paseaba de un lado a otro de su salón como un loco.

-¿Y él debe de estar interesado por esa mujer? -preguntó después de un momento, durante el cual su deseo, avivado así por Sabela, se convirtió en una especie de rabia.

-¡Figúrese! -repuso Sabela-. Como que yo no creo que haya obtenido aún ni esto -dijo, haciendo sonar la uña de su pulgar contra una de sus enormes paletas blancas-, y ya lleva gastados más de diez mil francos en regalos.

-¡Oh! ¡Qué buena broma si yo llegase antes que él! -exclamó Crevel.

-¡Dios mío! ¡Qué mal hago yo en decirle nada de esto! -repuso Sabela, fingiendo sentir remordimientos.

-No. Quiero avergonzar a su familia de usted. Mañana mismo voy a poner a su nombre una suma al cinco por ciento, de modo que tenga seiscientos francos de renta; pero me lo dirá usted todo, ¿verdad? El nombre y la casa de la Dulcinea. A usted ya puedo decirle que nunca he tenido una mujer distinguida, y la mayor ambición mía es poder conocer una. Las huríes de Mahoma no son nada en comparación con lo que yo me figuro de las mujeres de la buena sociedad. En fin, ése es mi ideal, mi locura; tanto que, mire usted, la baronesa Hulot no tendrá nunca cincuenta años para mí -dijo Crevel sin saber que había tratado con una de las mujeres de espíritu más delicado del siglo pasado-. Atienda usted, mi buena Sabela; estoy decidido a sacrificar cien, doscientos... ¡Chitón! ¡Que vienen mis hijos! Los veo que atraviesan el patio. Yo no diré nunca que he sabido nada por usted, le doy mi palabra de honor, pues no quiero que pierda usted la confianza del barón, sino todo lo contrario. ¡Y debe de amar mucho a la mujer mi compadre!

-¡Oh! ¡Está loco por ella! -dijo la prima-. No ha sabido encontrar cuarenta mil francos para casar a su hija y los ha hallado para esta nueva pasión.

-¿Y le cree usted amado? -preguntó Crevel.

-¡A su edad!... -respondió la solterona.

-¡Oh! ¡Qué estúpido soy! -exclamó Crevel- ¡Yo que le tolero un artista a Eloísa, enteramente lo mismo que Enrique IV le consentía a Gabriela que tuviese a Bellegarde! ¡Oh! ¡La vejez! ¡La vejez! Buenos días, Celestina; buenos días, cielo mío. ¿Y tu rorro? ¡Ah! ¡Aquí está! Palabra de honor, empieza a parecérseme. Buenos días, Hulot, amigo mío, ¿cómo va?... Pronto tendremos un casamiento más en la familia.

Celestina y su marido hicieron una seña mostrando a Sabela, y la hija le respondió descaradamente a su padre:

-¿Cuál, pues?

Crevel tomó una actitud maliciosa como si diese a entender que su indiscreción iba a ser reparada.

-El de Hortensia -respondió pero aún no está decidido. Vengo de casa de Lebás, y se hablaba de la señorita Popinot para nuestro joven consejero de la Audiencia real de París, a quien no le disgustaría ser nombrado primer presidente en provincias... Vamos a comer.

A las siete Sabela volvía a su casa en ómnibus, pues tenía prisa de volver a ver a Wenceslao, que la tenía engañada hacía veinte días y al cual llevaba aún el saco lleno de frutas apiladas por el mismo Crevel, cuyo cariño hacia su prima Bela había duplicado. Subió a la guardilla con una rapidez capaz de quitar la respiración a cualquiera, y encontró al artista ocupado en terminar los adornos de una caja que quería ofrecer a su querida Hortensia. El grabado de la caja representaba hortensias, con las que jugaban unos amorcillos. El pobre enamorado, para sufragar los gastos de aquella caja que tenía que ser de malaquita, había hecho para Florent y Chanor dos hacheros, dos obras maestras, teniendo que cederles la propiedad.

-Amiguito mío, hace algunos días que trabaja usted demasiado -dijo Sabela, enjugándole la frente cubierta de sudor y besándosela- Semejante actividad me parece peligrosa en el mes de agosto. La verdad es que podría resentirse su salud... Mire, aquí tiene melocotones Y ciruelas de casa del señor Crevel... No se canse tanto; he pedido prestados dos mil francos, y a no ser que ocurriese una desgracia, podremos devolverlos si usted vende su reloj... Sin embargo, tengo dudas acerca de mi prestamista, pues acaba de enviarme este papel timbrado.

Diciendo esto, colocó el auto de prisión debajo del boceto del mariscal Montcornet.

-¿Para quién hace usted esas cosas tan bonitas? -le preguntó tomando las ramas de hortensias, de cera roja, que Wenceslao había dejado para coger las frutas.

-Para un joyero.

-¿Que joyero?

-No lo sé. Stidmann me rogó que hiciera esto, que le corre prisa.

-¡Pero si son hortensias! -dijo con voz hueca-. ¿Cómo es que no ha trabajado usted nunca en cera para mí? ¿Tan difícil le era inventar un anillo, un cofrecito o cualquier otra cosa, un recuerdo? -dijo, dirigiendo una mirada horrenda al artista, cuyos ojos estaban por fortuna distraídos- ¡Y usted dice que me ama!

-¿Lo duda usted, señorita?

-¡Oh! ¡Vaya un señorita más caluroso! Mire, usted ha sido mi único pensamiento desde que le vi moribundo ahí... ¡Cuando le salvé, usted se entregó a mí, y yo no le he hablado nunca de este compromiso, pero yo me creí comprometida conmigo misma! Me dije: «¡Puesto que este muchacho se entrega a mí, quiero hacerle feliz y rico!» Ahora bien; yo he logrado hacer su fortuna.

-¿Cómo? -Preguntó el pobre artista, en el colmo de la dicha, y demasiado ingenuo para sospechar que aquello pudiera ser un lazo.

-He aquí cómo -respondió la lorenesa.

Sabela no pudo resistir el placer salvaje de mirar a Wenceslao, el cual la contemplaba con un amor filial que reflejaba su amor a Hortensia, lo que engañó a la solterona. Al ver por primera vez en su vida la llama de la pasión en los ojos de un hombre creyó haberla ella encendido, y le dijo:

-El señor Crevel nos da cien mil francos en comandita para fundar una casa de comercio si usted quiere casarse conmigo. Ese hombre gordo tiene ideas muy raras. ¿Qué le parece a usted? -preguntó ella.

El artista, que se había puesto pálido como un muerto, miró a su bienhechora con una mirada que permitía adivinar sus pensamientos. Permaneció absorto y atontado.

-¡Jamás me han dicho de un modo tan elocuente que soy horriblemente fea! -repuso Sabela con amarga risa.

-Señorita -respondió Steinbock-, mi bienhechora no será nunca fea para mí; yo siento por usted un vivo afecto, pero no tengo aún treinta años y...

-Sí, ¡y yo tengo cuarenta y tres! -dijo Bela-. Mi prima Hulot, que tiene cuarenta y ocho, despierta aún pasiones frenéticas; ¡pero ella es guapa!

-¡Quince años de diferencia entre nosotros, señorita! ¿Qué casamiento haríamos? Por nosotros mismos creo que debemos reflexionarlo. Ciertamente que mi agradecimiento igualará sus beneficios. Por otra parte, le devolveré a usted su dinero antes de pocos días.

-¡Mi dinero! -exclamó ella-. ¡Oh! Me trata usted como si fuera un usurero sin corazón.

-Perdóneme, Pero ¡me habla usted de él con tanta frecuencia! -repuso Wenceslao- En fin, usted que me ha creado, no me destruya.

_Ya veo que quiere usted abandonarme -dijo, moviendo la cabeza- Pero ¿quién le ha dado fuerzas para ser ingrato, usted que era dúctil como un guante? ¿Ya no tiene usted confianza en mí, que soy su genio protector? ¡Yo, que he pasado tantas noches trabajando para usted; yo, que le he entregado las economías de toda mi vida; yo, que durante cuatro años he partido con usted mi pan, el pan una pobre obrera, con usted, y que se lo daba todo, hasta mi valor!

-Señorita, ¡basta!, ¡basta! -dijo el artista, arrodillándose y tendiendo las manos hacia ella-. No añada usted una palabra más. ¡Dentro de tres días hablaré, se lo diré todo; déjeme -le dijo, besándole las manos-, déjeme ser feliz! Amo y soy amado.

Pues bien; sé feliz, hijo mío -dijo Sabela, levantándole.

Después le besó la frente y los cabellos con el frenesí que debe sentir el condenado a muerte al saborear su última mañana.

-¡Ah! Es usted la más noble y la mejor de las criaturas -dijo el pobre artista-; es usted igual a la que amo.

-Yo le quiero aún a usted lo bastante para temer por su porvenir -repuso Sabela con aire sombrío- ¡Judas se ahorcó!... ¡Todos los ingratos acaban mal! Usted me abandona y ya no hará nada bueno. Tenga usted en cuenta que, sin casarnos, soy una solterona, lo sé, no quiero agostar la flor de su juventud, su poesía, como usted dice, en mis brazos, que son sarmientos de viña; pero sin casarnos, ¿no podemos permanecer juntos? Escúcheme, tengo espíritu comercial, y en diez años de trabajo puede lograrse una fortuna, pues me llamo Economía; mientras que con una joven, que sólo representará gastos, lo disipará usted todo y sólo pensará en hacerla feliz. La dicha no crea nada más que recuerdos. Yo misma, cuando pienso en usted, permanezco con los brazos caídos durante horas enteras. Ahora bien, Wenceslao, quédate conmigo... Mira, ahora lo comprendo todo; tendrás queridas, mujeres bonitas, semejantes a esa pequeña Marneffe que quiere verte, que te dará la dicha que no puedes hallar conmigo. Luego, cuando yo te haya procurado treinta mil francos de renta, te casarás.

-Señorita, es usted un ángel, y no olvidaré nunca este momento -respondió Wenceslao, enjugándose las lágrimas.

-Así es como quiero verte, hijo mío -dijo, mirándole con embriaguez.

Es tan fuerte en nosotros la vanidad, que Sabela creyó en su triunfo. ¡Había hecho tan gran concesión ofreciendo a la señora Marneffe! Experimentó la emoción más viva de la vida, y por primera vez sintió que la alegría inundaba su corazón. Por disfrutar de otra hora semejante hubiera vendido su alma al diablo.

-Estoy comprometido -respondió él- y amo a una mujer, contra la cual ninguna otra podrá prevalecer. Pero usted es y será siempre la madre que yo he perdido.

Estas palabras cayeron como una avalancha de nieve sobre aquel cráter ardiente. Sabela se sentó, contempló con aire sombrío aquella juventud, aquella distinguida belleza, aquella frente de artista, aquella hermosa cabellera, todo lo que despertaba sus comprimidos instintos de mujer, y algunas lágrimas que se secaron muy pronto humedecieron por un instante sus ojos. Se parecía a esas frías estatuas que los escultores de la Edad Media colocaron sentadas sobre las tumbas.

-No te maldigo -dijo, levantándose con brusquedad- porque no eres más que un niño. ¡Que Dios te proteja!

Y bajó, encerrándose en su habitación.

-¡Pobre criatura! Me ama -exclamó Wenceslao-. ¡Ha sido calurosamente elocuente! Está loca.

Este último esfuerzo de la naturaleza seca y positiva para conservar a su lado a aquella imagen de la belleza y de la poesía había sido tan violento, que sólo puede compararse a la salvaje energía del náufrago haciendo la última tentativa para llegar a la orilla.

Dos días después, a las cuatro y media de la mañana, en el momento en que el conde de Steinbock dormía con el más profundo sueño, oyó llamar a la puerta de su guardilla; salió a abrir y vio entrar a dos hombres mal vestidos, acompañados por un tercero cuyo uniforme anunciaba a un desgraciado alguacil.

-¿Es usted el señor Wenceslao, conde de Steinbock? -le preguntó este último.

-Sí, señor.

-Caballero, me llamo Grasset, sucesor del señor Lonchard; soy guardia de comercio...

-Bien ¿y qué?

-Queda usted detenido, caballero, y es preciso que nos siga a la cárcel de Clichy... Vístase usted... Como usted ve, hemos guardado las formas: no traigo guardia municipal y tengo abajo un coche.

-Va usted a ser embalado con todo género de miramientos... -dijo uno de los corchetes-; así es que contamos con su generosidad.

Steinbock se vistió, bajando la escalera sujeto cada uno de sus brazos por un corchete; cuando estuvo dentro del coche, el cochero partió sin recibir órdenes y como hombre que sabe adonde ir; al cabo de media hora, el pobre extranjero se hallaba bien y debidamente registrado en el libro de entrada de la cárcel, sin haber formulado ninguna reclamación, pues tan grande era su sorpresa.

A las diez fue llamado a la escribanía de la cárcel y allí encontró a Sabela que, hecha un mar de lágrimas, le dio dinero para que viviese bien y se procurase un cuarto bastante espacioso para poder trabajar.

-Hijo mío -le dijo ella-, no hable usted a nadie de su detención, no escriba a alma viviente, porque eso perjudicaría su porvenir. Hay que ocultar esta mancha; pronto le habré puesto en libertad; voy a reunir esa suma...; esté usted tranquilo. Escríbame diciendo lo que debo traerle para sus trabajos. O moriré o quedará usted pronto libre.

-¡Oh! Le deberé a usted dos veces la vida -exclamó-, porque perdería más que la vida si me creyesen un mal sujeto.

Isabela salió con el corazón lleno de alegría: teniendo al artista bajo llave, confiaba poder hacer que abortase su casamiento con Hortensia, diciéndole a ésta que era casado y que, indultado por los esfuerzos de su mujer, había salido para Rusia. Así, para ejecutar este plan, a eso de las tres de la tarde se trasladó a casa de la baronesa, a pesar de no ser el día en que ella acostumbraba a comer; pero quería gozar de las torturas de que iba a ser presa su primita en el momento en que Wenceslao tenía costumbre de ir.

-¿Vienes a comer, Bela? -preguntó la baronesa, ocultando su desconcierto.

-Sí.

-¡Bueno! -respondió Hortensia- Voy a decirles que sean puntuales, porque a ti no te gusta esperar.

Hortensia hizo una seña a su madre para tranquilizarla, pues se proponía decirle al ayuda de cámara que despidiese al señor Steinbock cuando éste se presentase; pero el criado había salido. Hortensia viose obligada a hacer su recomendación a la camarera, y ésta subió a su cuarto a buscar su labor con el fin de permanecer en la antesala.

-¿Y mi novio? -dijo la prima Bela a Hortensia cuando ésta hubo vuelto- Ya no me hablas nunca de él.

-A propósito, ¿qué es de él? -dijo Hortensia- Veo que se hace célebre. ¡Qué contenta debes estar -le susurró al oído a Bela- al ver que no se habla más que del señor don Wenceslao Steinbock!

-¡Ya lo creo! -respondió la solterona-. El caballero se desordena. Si no se tratase más que de encantarle hasta el punto de hacerle olvidar los placeres de París, conozco mi poder; pero dicen que para traerse a un artista semejante, el emperador Nicolás le indulta...

-¡Ah! ¡Bah! -respondió la baronesa.

-¿Cómo sabes tú eso? -preguntó Hortensia, que sintió oprimido su corazón.

-Porque una persona que está unida a él por los lazos más sagrados le ha escrito ayer -repuso la atroz Bela-. Quiere marcharse. ¡Ah! Sería muy estúpido dejando Francia por Rusia.

Hortensia miró a su madre, inclinando la cabeza; la baronesa apenas tuvo tiempo para coger a su hija, desmayada y blanca como el encaje de su pañoleta.

-Isabela, ¡has matado a mi hija! -exclamó la baronesa-. Has nacido para nuestra desgracia.

-¡Ah! ¿Qué culpa tengo yo de esto, Adelina? -preguntó la lorenesa, levantándose y adoptando una actitud amenazadora, a la que la baronesa, en medio de su turbación, no prestó atención ninguna.

-Perdóname -respondió Adelina, sosteniendo a Hortensia- Llama.

En este momento se abrió la puerta y las dos mujeres volvieron la cabeza a un tiempo y vieron a Wenceslao Steinbock, a quien la cocinera, en ausencia de la camarera, había abierto la puerta.

-¡Hortensia!- exclamó el artista, dando un salto hasta el grupo formado por las tres mujeres.

Besó a su prometida en la frente, ante los ojos de su madre, pero tan piadosamente, que la baronesa no se enfadó. Este beso era mejor que todas las sales inglesas contra el desmayo. Hortensia abrió los ojos, vio a Wenceslao y recobró los colores. Un instante después se encontraba completamente bien.

-¿Esto es lo que usted me ocultaba? -dijo la prima Bela, sonriendo, a Wenceslao y fingiendo adivinar la verdad por la confusión de sus dos primas- ¡Cómo me has robado a mi novio! -le dijo a Hortensia, conduciéndola al jardín.

Hortensia contó inocentemente la novela de su amor a su prima. Su padre y su madre, persuadidos de que Bela no se casaría nunca, habían autorizado, según ella decía, las visitas del conde de Steinbock. Únicamente que Hortensia, como perro viejo, atribuyó a la casualidad la adquisición del grupo y la venida del autor, el cual, según ella, había querido saber el nombre de su primer adquirente. Steinbock fue al cabo de un rato a unirse con las dos jóvenes, para dar las gracias con efusión a la solterona por su pronta libertad. Isabela respondió jesuíticamente a Wenceslao que como el acreedor no le había hecho más que vagas promesas, ella pensaba ir a sacarlo al día siguiente, y que el prestamista, avergonzado de aquella innoble persecución, se había sin duda adelantado a ella. Por otra parte, la solterona pareció feliz y felicitó a Wenceslao por su dicha.

-¡Mal hijo! -le dijo delante de Hortensia y de su madre- Si usted me hubiese confesado anteayer que amaba a mi prima Hortensia y que era correspondido, me habría evitado muchas lágrimas. Creía que iba usted a abandonar a su antigua amiga, a su institutriz, mientras que, por el contrario, va a ser primo mío; en adelante me pertenecerá usted por lazos débiles, es cierto, pero que bastan a los sentimientos que usted me inspira...

Y besó a Wenceslao en la frente. Hortensia se arrojó en los brazos de su prima y rompió a llorar.

-Te debo mi felicidad -le dijo- No lo olvidaré nunca...

-Prima Bela -dijo la baronesa, abrazando a Isabela durante la embriaguez que sentía al ver que las cosas se hablan arreglado tan bien-, el barón y yo tenemos una deuda contigo y queremos pagártela; ven al jardín a hablar de negocios -dijo, llevándosela.

Isabela representó en apariencia el papel del ángel bueno de la familia; se veía adorada por Crevel, por Hulot, por Adelina y por Hortensia.

-Queremos que no trabajes más -dijo la baronesa-. Suponiendo que puedas ganar dos francos diarios, excepto los domingos, hacen seiscientos francos al año. Pues bien; ¿a cuánto ascienden tus economías?

-A cuatro mil quinientos francos...

-¡Pobre prima! -dijo la baronesa.

Alzó los ojos al cielo; tan enternecida estaba al pensar en las penas y privaciones que suponía aquella suma amontonada durante treinta años. Isabela, que se ofendió por aquella exclamación, vio el desdén burlón para la advenediza, y su odio adquirió una dosis formidable de hiel en el momento en que su prima abandonaba todos sus recelos acerca del tirano de su infancia.

-Aumentaremos esa suma con dos mil quinientos francos -repuso Adelina- y colocaremos el total a tu nombre, como usufructuaria, y a nombre de Hortensia como única propietaria; de este modo tendrás seiscientos francos de renta.

Isabela pareció estar en el colmo de la dicha. Cuando volvió del jardín con el pañuelo en los ojos y ocupada en secar lágrimas de alegría, Hortensia le contó todos los favores que llovían sobre Wenceslao, el bien amado de toda la familia.

En el momento en que el barón entró, encontró, pues, a su familia toda reunida, pues la baronesa había saludado oficialmente al conde de Steinbock con el nombre de hijo y había fijado la boda, reservándose la aprobación de su marido, para de allí en quince días. De modo que, apenas se presentó en el salón el consejero de Estado, viose rodeado de su mujer y de su hija, que corrieron a él, la una para hablarle al oído y la otra para abrazarle.

-Ha ido usted demasiado lejos comprometiéndome de ese modo, señora -dijo severamente el barón-. Ese casamiento aún no está hecho -dijo, dirigiendo una mirada a Steinbock, a quien vio palidecer.

El desgraciado artista se dijo:

-Conoce mi arresto.

-Venid, hijos míos -añadió el barón, llevándose al jardín a su hija y a su futuro.

Y fue a sentarse con ellos en uno de los bancos del quiosco, carcomido por el musgo.

-Señor conde, ¿ama usted a mi hija tanto como yo amaba a su madre? -le preguntó el barón a Wenceslao.

-Más, señor -dijo el artista.

-La madre era hija de un aldeano y no tenía un céntimo.

-Deme usted a la señorita Hortensia tal como está ahora, hasta sin canastilla de boda...

-¡Le creo a usted! -dijo el barón, sonriendo-, Hortensia es hija del barón de Hulot de Ervy, consejero de Estado, director del ramo de Guerra, gran oficial de la Legión de Honor, hermano del conde de Hulot, cuya gloria es inmortal y que dentro de poco será mariscal de Francia. ¡Y... tiene dote!...

-Es verdad -dijo el artista-, parezco tener ambición; pero aunque fuese mi querida Hortensia la hija de un obrero, me casaría con ella.

-Eso es lo que quería saber -añadió el barón-. Vete, Hortensia, déjame hablar con el señor conde; ya ves que te ama muy sinceramente.

¡Oh, padre mío! Ya sabía yo que usted bromeaba -respondió la feliz joven.

-Mi querido Steinbock -dijo el barón con una gracia infinita de dicción y un gran encanto en los modales cuando estuvo solo con el artista-, constituí a mi hijo una dote de doscientos mil francos, de los cuales el pobre muchacho no ha tocado un céntimo, ni tocará. La dote de mi hija será de doscientos mil francos, que usted reconocerá haber recibido...

-Sí, señor barón.

-¡Qué aprisa va usted! -dijo el consejero de Estado-. Haga el favor de escucharme. No se puede pedir a un yerno la abnegación que tiene uno derecho a esperar de un hijo. Mi hijo sabía todo lo que yo podía hacer y todo lo que haré por su porvenir: será ministro, y así hallará fácilmente los doscientos mil francos. En cuanto a usted, joven, es otra cosa. Recibirá usted sesenta mil francos en una inscripción al cinco por ciento a nombre de su mujer. Ese haber estará gravado con una rentita que se dará a Isabela; pero ésta no puede vivir mucho, pues está tísica, lo sé. No diga usted este secreto a nadie; que la pobre joven muera tranquila. Mi hija tendrá una canastilla de veinte mil francos; su madre invierte en ella seis mil francos de sus diamantes...

-Señor, me colma usted -dijo Steinbock, estupefacto.

-En cuanto a los ciento veinte mil francos restantes...

-Basta, señor -dijo el artista-, no quiero más que mi querida Hortensia.

-¿Quiere usted escucharme, joven ardiente? En cuanto a los ciento veinte mil francos no los tengo; pero los recibirá usted...

-¡Señor!

-Pero los recibirá usted del Gobierno en encargos que yo obtendré para usted, doy mi palabra de honor. Va usted a tener un taller en el depósito de mármoles. Exponga algunas hermosas estatuas, y le haré entrar en el Instituto. En las altas esferas nos miran con benevolencia a mi hermano y a mí, y espero salir airoso pidiendo para usted trabajos de escultura en Versalles por una cuarta parte de la suma. Finalmente, recibirá usted algunos encargos de la ciudad de París y de la Cámara de los Pares; tendrá usted tanto trabajo, querido mío, que se verá obligado a tomar ayudantes. Así es como le pagaré. Vea usted si la dote, de este modo pagada, le conviene... Consulte sus fuerzas...

-Me siento con fuerzas para hacer yo solo la fortuna de mi mujer si todo eso me faltase -dijo el noble artista.

-¡Así me gusta! -exclamó el barón- ¡La hermosa juventud sin dudar de nada! ¡Yo hubiese derrotado ejércitos enteros por una mujer! Vamos -dijo, cogiendo la mano del joven escultor y golpeándosela-, tiene usted mi consentimiento. El domingo que viene se firmará el contrato, y el sábado siguiente al altar, ¡el día del santo de mi mujer!

-Todo va bien -dijo la baronesa a su hija, que estaba pegada a la ventana-; tu futuro y tu padre se están abrazando.

Al entrar por la noche en su casa, Wenceslao descifró el enigma de su libertad: encontró en la portería un gran paquete sellado que contenía el expediente de su deuda con un recibo en regla, redactado debajo del juicio y acompañado de la siguiente carta:

«Mi querido Wenceslao:

«Esta mañana, a las diez, he ido a verte para presentarte a una alteza real que deseaba conocerte. Allí he sabido que los ingleses te habían conducido a una de sus islitas, cuya capital se llama C1ichy's Clastle.

«Al instante he ido a ver a León de Lora, a quien he dicho riendo que no podías dejar la campiña donde estabas por falta de cuatro mil francos y que ibas a comprometer tu porvenir si no te presentabas a tu real protector. Bridau, ese hombre de genio que ha conocido la miseria y que sabe tu historia, estaba allí, por fortuna. Hijo mío, entre los dos han reunido la suma, y he ido a pagar por ti al beduino que ha cometido un crimen de leso genio encerrándote. Como yo tenía que estar a mediodía en las Tullerías no he podido ir a verte aspirando el aire libre. Como sé que eres hidalgo he respondido de ti a mis dos amigos, pero ve a verles mañana.

«León y Bridau no querrán tu dinero; pero te pedirán cada uno un grupo, y tienen razón. Esto es lo que piensa el que quisiera poder decirse tu rival, y que no es más que tu compañero

«Stidmann.»

«P. D.-He dicho al príncipe que no volverías del viaje hasta mañana, y ha dicho: '¡Está bien, hasta mañana!'»

El conde Wenceslao se acostó sobre las sábanas de púrpura y sin una arruga que nos tiende el Favor, ese celeste cojo que para las gentes de genio camina más lentamente aún que la Justicia y la Fortuna, porque Júpiter ha querido que no tuviese una venda en los ojos. Fácilmente equivocado por las galas de los charlatanes, atraído por sus costumbres y por sus trompetas, gasta en ver y pagar sus paradas el tiempo que debía emplear en ir a buscar a las gentes de mérito en los rincones donde se ocultan.

Ahora es necesario explicar cómo el señor barón de Hulot había llegado a reunir las cifras de la dote de Hortensia, y a satisfacer los horrorosos gastos de la deliciosa habitación donde debía instalarse la señora Marneffe. Su concepción financiera llevaba el sello del talento que guía a los disipadores y a las gentes apasionadas a los barrancos donde tantos accidentes les hacen perecer. Nada demostrará mejor el singular poder que comunican los vicios y al cual se deben los golpes hábiles que de vez en cuando dan los ambiciosos, los voluptuosos; en fin, todos los devotos del diablo.

La víspera, por la mañana, el anciano Juan Fischer, por no tener los treinta mil francos que había cogido de la caja su sobrino, se veía en la necesidad de declararse en quiebra si el barón no se los remitía.

Este digno anciano, de cabellos blancos y de setenta años, tenía una confianza tan ciega en Hulot, que para aquel bonapartista era una emanación del sol napoleónico, que se paseaba tranquilamente con el dependiente del Banco por la antecámara del pequeño piso bajo de ochocientos francos de alquiler, desde donde dirigía las diversas empresas de granos y de forrajes.

-Margarita ha ido a buscar los fondos a dos pasos de aquí -le decía.

El hombre vestido de gris y con galones de plata conocía tan bien la honradez del viejo alsaciano, que quería dejarle los treinta mil francos en billetes; pero el anciano le obligaba a quedarse, objetando que aún no habían dado las ocho. Un cabriolé se detuvo y el anciano salió precipitadamente a la calle y tendió la mano con sublime certeza al barón, que le dio treinta mil francos en billetes de Banco.

-Vaya usted tres puertas más allá, ya le diré por qué -dijo el anciano Fischer-. Aquí tiene usted la suma -dijo el anciano, volviendo a entrar y entregando el dinero al representante del Banco, a quien acompañó hasta la puerta.

Cuando el dependiente del Banco se perdió de vista, Fischer hizo volver el cabriolé donde esperaba su augusto sobrino, el brazo derecho de Napoleón, y le dijo, llevándole a su casa:

-¿Quiere usted que se sepa en el Banco de Francia que me ha entregado usted los treinta mil francos que había usted endosado?... Ya es mucho el que haya puesto la firma un hombre como usted.

-Vamos al fondo del jardinillo, padre Fischer -dijo el alto funcionario-. Es usted fuerte -añadió, sentándose bajo un cenador y midiendo de pies a cabeza al anciano como un comerciante de carne humana mide a un sustituto.

-Fuerte para colocarme en renta vitalicia -respondió alegremente el ancianito seco, delgado, nervioso y de ojos vivos.

-¿Le perjudica el calor?

-Al contrario.

-¿Qué le parece el África?

-¡Un bonito país!... Los franceses fueron allí con el cabito.

-Se trata para que nos salvemos todos -dijo el barón-, de ir a Argelia.

-¿Y mis negocios?

-Un empleado de la Guerra, que toma el retiro y que no tiene de qué vivir, le compra su casa de comercio.

-¿Qué haré en Argelia?

-Proveerá usted los víveres de guerra, granos y forrajes; ya tengo su nombramiento firmado. Encontrará usted las provisiones en el país al setenta por ciento más barato del precio que le pondremos aquí.

-¿Quién me las entregaría?

-Los razzias, los achours, los califas. Hay en Argelia (país poco conocido, aunque sea nuestro desde hace ocho años) infinidad de granos y forrajes. De modo que cuando estos géneros pertenecen a los árabes, se los cogemos bajo infinidad de pretextos; después, cuando están en nuestro poder, los árabes se esfuerzan por recobrarlos. Se combate mucho por los granos; pero no se sabe nunca exactamente las cantidades que han robado ambas partes. No hay tiempo en el campo raso de contar los hectolitros como en el mercado, como los henos en la calle del Infierno. Los jefes árabes, lo mismo que nuestros spahis, como prefieren el dinero, venden estos géneros a precios muy bajos. La administración militar tiene necesidades fijas; compra géneros a precios exorbitantes, calculados por la dificultad de procurarse víveres y por los peligros que corren los transportes. He aquí la Argelia desde el punto de vista del empleado aprovisionador.

Es un embrollo atemperado por la botella de tinta de toda Administración naciente. Nosotros, los administradores, no podremos ver claro en esta cuestión hasta dentro de doce años; pero los particulares tienen buenos ojos. Así, pues, le envío allí a hacer su fortuna; le coloco a usted como Napoleón colocaba a un mariscal pobre a la cabeza de un reino donde se podía proteger secretamente el contrabando. Estoy arruinado, mi querido Fischer. Me hacen falta cien mil francos de aquí a un año...

-No veo ningún mal en cogérselos a los beduinos -replicó tranquilamente el alsaciano-. Eso se hacía así cuando el Imperio.

-El comprador de su establecimiento vendrá a verle a usted esta mañana, y le entregará diez mil francos -repuso el barón de Hulot- ¿No es eso todo lo que usted necesita para ir a África?

El anciano hizo un signo de asentimiento.

-Respecto a los fondos, allá lejos, esté tranquilo -repuso el barón-. Cobraré el resto del precio de la venta de su establecimiento. Lo necesito.

-Todo lo mío le pertenece, hasta mi sangre -dijo el anciano.

-¡Oh! No tema usted nada -dijo el barón, atribuyendo a su tío más perspicacia de la que tenía-; respecto a nuestros negocios de achour, su honradez no sufrirá lo más mínimo; depende todo de la Autoridad, y como soy yo quien la ha colocado allí, estoy seguro de ella. Esto, papá Fischer, es un secreto de vida o muerte; le conozco, y por eso le he hablado sin rodeos ni circunloquios.

-Iré -dijo el anciano-. ¿Y durará mucho?

-Dos años. Tendrá usted cien mil francos para vivir feliz en los Vosgos.      -Se hará como usted desea; mi honor es el suyo -dijo tranquilamente el ancianito.

-Así me gustan los hombres. Sin embargo, no se marchará usted sin haber visto a su sobrinita feliz y casada; será condesa.

El achour, la razzia de las razzias y el precio dado por el empleado de la casa Fischer no podían aportar inmediatamente sesenta mil francos para la dote de Hortensia, incluido en ella el ajuar, que costaría unos cinco mil francos, y los cuarenta mil gastados o por gastar con la señora Marneffe. En fin, ¿de dónde había sacado el barón los treinta mil francos que acababa de llevar? He aquí de dónde. Algunos días antes, Hulot había ido a asegurarse por una suma de ciento cincuenta mil francos y por tres años en dos Compañías de seguros sobre la vida. Provisto de la póliza de seguridad, cuya prima había sido pagada, había sostenido esta conversación con el señor barón de Nucingen, par de Francia, en cuyo coche se hallaba al salir de una sesión de la Cámara de los Pares para ir a comer con él.

-Barón, necesito setenta mil francos y se los pido. Usted me indica un testaferro en quien yo delegaré por tres años la cuota empeñable de mi sueldo, que asciende a veinticinco mil francos anuales y que suma en total setenta y cinco mil. Usted me dirá: «Se puede usted morir.»

El barón hizo una seña de asentimiento.

-Pero aquí tiene usted una póliza de seguro por ciento cincuenta mil francos que le será transferida hasta la cantidad de ochenta mil -respondió el barón, sacando un papel de su bolsillo.

-¿Y si le destituyen? -dijo el barón millonario, riéndose.

El otro barón antimillonario se quedó pensativo.

-Tranquilícese usted, pues sólo le hago esta obgueción paga hacegle veg que le hago algún favog degandole la suma. Veo que se encuentra usted muy apugado.

-Caso a mi hija -dijo el barón de Hulot-, y carezco de fortuna como todos los que continúan empleados en la Administración en una época ingrata, en que jamás las Cámaras sabrán recompensar espléndidamente a sus servidores adictos, como lo hacía el emperador.

-Vamos, ha tenido usted a Gosefa, lo cual lo explica todo -dijo el par de Francia-. Aquí, paga entre nosotros, el duque de Hegouville le ha hecho un gran favog quitándole de encima a esa sanguigüela.

-Conozco esa desgracia y sé compadeceg -añadió, queriendo citar un verso francés- Escuche usted un consego. Ciegue usted su tienda; si no, se va a veg pegdido.

Este sospechoso negocio se hizo mediante la intervención de un usurero llamado Vauvinet, uno de esos negociantes que van a la vanguardia de las grandes casas de Banca, como ese pececillo que parece ser el criado del tiburón. Este aprendiz cancerbero estaba tan satisfecho de poder conquistarse la protección de aquel gran personaje, que prometió al señor barón de Hulot negociarle treinta mil francos de letras de cambio a noventa días, comprometiéndose a renovarlas cuatro veces y a no ponerlas en circulación.

El sucesor de Fischer debía dar cuarenta mil francos para obtener aquella casa, pero con la promesa de la provisión de los forrajes en un departamento próximo a París.

Tal era el dédalo espantoso en que sumían las pasiones a uno de los hombres más probos hasta entonces, a uno de los trabajadores más hábiles de la Administración napoleónica: la concusión, para saldar la usura, y la usura, para dar pasto a sus pasiones y para casar a su hija. Aquella ciencia de prodigalidad, todos aquellos esfuerzos, los hacía para aparecer grande a los ojos de la señora Marneffe, para ser el Júpiter de aquella Dánae de la clase media. No se despliega más actividad, más inteligencia y más audacia para hacer honradamente una fortuna que la que desplegó el barón para meter la cabeza en un avispero; atendía a las ocupaciones de su cargo, daba prisa a los tapiceros, iba a ver a los obreros e inspeccionaba minuciosamente los menores detalles de la casa de la calle de Vanneau. Entregado por entero a la señora Marneffe, no dejaba por eso de asistir a las sesiones de las Cámaras, se multiplicaba, y ni su familia ni nadie echaba de ver sus preocupaciones.

Adelina, estupefacta al saber que su tío estaba salvado y al ver que figuraba una dote en el contrato, sentía una especie de inquietud en medio de la dicha que le causaba el matrimonio de Hortensia, realizado en condiciones tan honrosas; pero la víspera del matrimonio de su hija, combinado por el barón de modo que coincidiese con el día en que la señora Marneffe tomaba posesión de su habitación de la calle de Vanneau, Héctor hizo cesar el asombro de su mujer mediante esta comunicación ministerial:

-Adelina, he aquí ya casada nuestra hija; así es que todas nuestras angustias respecto a este punto han cesado. Ha llegado para nosotros el momento de retirarnos del mundo, pues ahora, apenas transcurran tres años, tendré el tiempo necesario para tomar el retiro. ¿Por qué hemos de continuar gastos inútiles en lo sucesivo? La casa nos cuesta seis mil francos de alquiler, tenemos cuatro criados y nos comemos treinta mil francos al año. Si quieres que yo cumpla mis compromisos, pues he empeñado mi sueldo por tres años a cambio de la suma necesaria para establecer a Hortensia y para el vencimiento de la letra de tu tío...

-¡Ah! Has hecho bien, amigo mío -dijo Adelina, interrumpiendo a su marido y besándole las manos de contento.

Aquella confesión ponía fin a los temores de Adelina.

-Tengo que pedirte algunos sacrificios -repuso, soltando sus manos y depositando un beso en la frente de su mujer-. Me han encontrado en la calle de Plumet, en un primer piso, una habitación hermosa y digna, adornada con magníficos entarimados, que no cuesta más que mil quinientos francos, en la que sólo necesitarás una doncella para ti y donde yo me contentaré con un criadito.

-Sí, amigo mío.

-Sosteniendo nuestra casa con sencillez, sin dejar de conservar las apariencias, tú no gastarás más allá de seis mil francos al año, excepción hecha de mis gastos particulares, de los cuales me encargo yo.

La generosa mujer se abrazó al cuello de su marido, loca de alegría, exclamando:

-¡Qué dicha para mí el poder demostrarte de nuevo lo mucho que te amo! -exclamó- ¡Y qué hombre de recursos eres!

-Recibiremos una vez a la semana a nuestra familia, y yo, como ya sabes, como muy pocas veces en casa. Tú podrás, sin comprometerte, ir a comer dos veces a casa de Victorino y otras dos a casa de Hortensia. Ahora bien, como creo que podré lograr una completa reconciliación con Crevel, comeremos una vez a la semana en su casa, y estas cinco comidas y la nuestra llenarán la semana, suponiendo algunas invitaciones fuera de la familia.

-¡Oh! De ese modo haré economías -exclamó Adelina.

-¡Ah! Eres la perla de las mujeres.

-¡Mi bueno y divino Héctor! -respondió ella- Yo te bendeciré hasta mi último suspiro porque has casado bien a nuestra querida Hortensia.

Así fue como empezó la mengua de la casa de la hermosa señora de Hulot y, digámoslo, su abandono solemnemente prometido a la señora Marneffe.

El gordo y pequeño Crevel, invitado, como es natural, a la firma del contrato de matrimonio, obró como si no se hubiese realizado la escena con quien comienza este relato y cual si no tuviese queja alguna contra el barón de Hulot. Celestino Crevel estuvo amable; siguió siendo un poco demasiado «antiguo perfumista»; pero empezaba a elevarse a lo majestuoso a fuerza de ser jefe de batallón. Habló de bailar en la boda.

-Hermosa señora -le dijo graciosamente a la baronesa de Hulot-, las gentes como nosotros saben olvidarlo todo. No me destierre usted de su casa y dígnese embellecer algunas veces la mía viniendo a ella con sus hijos. Puede estar tranquila, jamás le volveré a recordar nada de lo que yace en el fondo de mi corazón. He obrado como un imbécil y perdería demasiado no pudiendo verla.

-Caballero, una mujer honrada no tiene oídos para los discursos a que usted hace alusión; y si cumple usted su palabra, no dude del placer que tendré viendo cesar una división siempre aflictiva en las familias.

-Pero vamos a ver, rencoroso -dijo el barón de Hulot, llevando a la fuerza a Crevel al jardín-, veo que evitas encontrarme en todas partes, hasta en mi casa. ¿Es que dos aficionados al bello sexo deben reñir nunca por unas faldas? Vamos, a decir verdad, eso es cosa de tenderos.

-Señor mío, yo no soy tan guapo como usted, y mis pocos medios de seducción me impiden reparar mis pérdidas tan fácilmente como las repara usted.

-¿Ironía? -respondió el barón.

-Está permitida contra los vencedores cuando uno es el vencido.

La conversación comenzada en este tono terminó con una completa reconciliación; pero Crevel mostró gran interés en hacer constar su derecho a tomar una revancha.

La señora Marneffe quiso ser invitada a la boda de la señorita de Hulot. Para ver a su futura querida en su salón, el consejero de Estado viose obligado a invitar a todos los empleados de su división, hasta a los subjefes. Entonces se hizo necesario un gran baile. Como buena mujer de su casa, la baronesa calculó que una velada sería más barata que una comida y permitiría recibir más gente. El matrimonio de Hortensia tuvo, pues, gran resonancia.

Fueron testigos el mariscal príncipe de Wissemburgo y el barón de Nucingen, por parte de la futura, y el conde de Rastignac y Popinot, por parte de Steinbock. La celebridad adquirida por éste había contribuido a que los más ilustres miembros de la emigración polaca le hubiesen buscado; así es que el artista se creyó en el deber de invitarles. El Consejo de Estado y la Administración de que formaba parte el barón; el Ejército, que quería honrar al conde de Forzheim, iban a estar representados por sus más distinguidos miembros. Se contó con unas doscientas invitaciones obligadas. ¿Quién no comprenderá desde este momento el interés de la señora Marneffe en aparecer en todo su esplendor en medio de una asamblea semejante?

Hacía un mes que la baronesa consagraba el valor de sus diamantes al hogar de su hija, si bien conservando los más hermosos para que formasen parte del ajuar. Esta venta produjo quince mil francos, de los cuales cinco mil fueron empleados en el ajuar de Hortensia. ¿Qué eran diez mil francos para amueblar la habitación de los recién casados si se tienen en cuenta las exigencias del lujo moderno? Pero los jóvenes esposos Hulot, el padre Crevel y el conde de Forzheim hicieron importantes regalos, pues el anciano tío tenía en reserva una suma para el servicio de plata. Gracias a tantos auxilios, una parisiense exigente hubiese quedado satisfecha de la instalación del joven matrimonio en la habitación que habían escogido en la calle de Santa Dominica, cerca de la explanada de los Inválidos. Todo estaba allí en armonía con su amor, tan puro, tan franco y tan sincero por una y otra parte.

Por fin llegó el gran día, pues debía ser también un gran día lo mismo para Hortensia y Wenceslao que para el padre: la señora Marneffe había decidido estrenar su nueva casa con una juerga al día siguiente de su falta y del matrimonio de los dos enamorados.

¿Quién no ha asistido una vez en su vida a un baile de boda? Cada cual puede hacer una llamada a sus recuerdos, y se sonreirá seguramente al evocar a todas aquellas personas endomingadas, tanto por su aspecto como por el atavío de rigor. Si el hecho social ha probado alguna vez la influencia del medio, nunca mejor que en este caso. En efecto, el endomingamiento de los unos ejerce tal influencia sobre los otros, que las gentes más acostumbradas a ir bien vestidas parecen pertenecer a la categoría de aquellos para quienes la boda es una fiesta señalada en su vida. En fin, recordad aquellas gentes graves, aquellos ancianos para quienes es todo de tal modo indiferente que conservan sus trajes negros de diario; los casados viejos, cuya cara anuncia la triste experiencia de la vida que los jóvenes comienzan; los placeres, que son allí como el ácido carbónico en el champaña; las jóvenes envidiosas, las mujeres ocupadas del éxito de su tocado; los parientes pobres, cuyo traje contrasta con el de la generalidad; los golosos, que sólo piensan en la cena, y los jugadores en el juego. Todo está allí, ricos y pobres, envidiosos y envidiados, filósofos y gente llena de ilusiones, agrupados como las plantas de un ramillete en torno de una flor rara: la recién casada. Un baile de boda es el mundo en pequeño.

En el momento más animado, Crevel tomó al barón por el brazo y le dijo al oído, con el aire más natural del mundo:

-¡Pardiez! Vaya una mujer bonita aquella del color rosa que te fusila con sus miradas...

-¿Quién?

-La mujer de aquel subjefe a quien tú asciendes Dios sabe cómo, la señora Marneffe.

-¿Cómo sabes tú eso?

-Mira, Hulot, procuraré perdonarte las que me has hecho si quieres presentarme en casa de esa mujer. Yo te prometo a mi vez presentarte en casa de Eloísa. Todo el mundo pregunta quién es esa criatura encantadora. ¿Estás seguro de que no habrá ninguno en tus oficinas que explique el porqué del nombramiento de su marido? ¡Oh! Feliz pillastre, vale más que un despacho... ¡Ah! De buena gana pasaría por su despacho... Bueno, seamos amigos, Cinna.

-Más que nunca -dijo el barón al perfumista-, y te prometo ser buen muchacho. Dentro de un mes te invitaré a comer con ese angelito, porque ahora me trato con los ángeles, amigo mío. Te aconsejo que hagas como yo, que renuncies a los demonios...

La prima Bela, instalada en la calle de Vanneau, en una bonita habitación, en el piso tercero, dejó el baile a las diez, para volver a ver los títulos de los mil doscientos francos de renta en dos inscripciones, de los cuales eran propietarias la condesa de Steinbock y la señora del joven Hulot. Ahora se comprenderá cómo el señor Crevel había podido hablar a su amigo Hulot de la señora Marneffe y conocer un secreto ignorado por todo el mundo, pues el señor Marneffe, ausente, la prima Bela, el barón y Valeria eran los únicos que conocían aquel misterio.

El barón había cometido la imprudencia de regalarle a la señora Marneffe un traje demasiado lujoso para la mujer de un subjefe; así es que las demás mujeres sintieron envidia del lujo y de la belleza de Valeria. Esto dio lugar a cuchicheos por detrás de los abanicos, pues la apurada situación de los Marneffe era tanto más conocida entre sus compañeros cuanto que el empleado solicitaba recursos en el momento en que el barón se había enamorado de su señora. Por otra parte, Héctor no supo ocultar su embriaguez viendo el éxito de Valeria, la cual, decente, llena de distinción, envidiada, fue sometida a ese examen atento que tanto temen las mujeres al entrar por primera vez en un mundo nuevo.

Después de haber metido a su mujer, a su hija y a su yerno en el coche, el barón halló medio de evadirse sin ser notado, dejando a su hijo y a su nuera el cuidado de desempeñar el papel de señores de la casa. Subió al coche de la señora Marneffe y la acompañó a su casa; pero notó que estaba muda y pensativa, casi melancólica.

-Valeria, veo que mi dicha le causa tristeza -dijo, abrazándola en el fondo del coche.

-Amigo mío, ¿cómo no quiere usted que una pobre mujer no esté siempre pensativa al cometer su primera falta, aun cuando la infamia de su marido le devuelva la libertad?... ¿Cree usted que carezco de alma, de creencias y de religión? Usted ha demostrado esta noche la más indiscreta de las satisfacciones y me ha pregonado odiosamente. La verdad es que un colegial no hubiese sido tan fatuo como usted. Todas esas mujeres me han molestado por su culpa con miradas y palabras picantes. ¿Cuál es la mujer que no mira por su reputación? ¡Usted me ha perdido!¡Oh! Ahora soy bien suya, no tema, y para excusar esta falta mi único recurso es serle fiel. ¡Monstruo! -añadió, riéndose y dejándose besar- ¡Qué bien supo usted lo que hacía! La señora Coquet, la mujer de nuestro jefe, ha venido a sentarse a mi lado para admirar mis encajes. «Son de Inglaterra -ha dicho- ¿La cuestan muy caros, señora?» «No lo sé -le contesté-. Estos encajes provienen de mi madre. No soy lo bastante rica para comprarlos semejantes.»

Como se ve, la señora Marneffe había acabado por fascinar de tal modo al guapo del Imperio, que éste creía que le hacía cometer la primera falta y le había inspirado una pasión capaz de hacerla olvidar sus deberes. La joven se decía abandonada por el infame Marneffe al cabo de tres días de matrimonio por espantosos motivos. Después había seguido siendo la muchacha más juiciosa y más feliz, pues el matrimonio le parecía una cosa horrible. De esto provenía su actual tristeza.

-¡Si fuese lo mismo el amor que el matrimonio! -dijo llorando.

Estas lindas mentiras, que dicen casi todas las mujeres en la situación en que se hallaba Valeria, hacían entrever al barón las rosas del séptimo cielo. De este modo, Valeria hizo mil remilgos, mientras que el enamorado artista y Hortensia esperaban tal vez impacientemente a que la baronesa hubiese dado su última bendición y su último beso a la cándida y pura doncella.

A las siete de la mañana el barón, en el colmo de la dicha, pues había hallado en su Valeria a la más inocente joven y al diablillo más consumado, volvió a su casa a devolver su libertad al joven matrimonio Hulot. Aquellos bailadores, extraños casi todos en la casa y que habían acabado por apoderarse del terreno como en todas las bodas, se entregaban a esas interminables contradanzas últimas, llamadas cotillones; los jugadores estaban aferrados a sus mesas, y el padre Crevel ganaba seis mil francos.

Los periódicos distribuidos por los repartidores contenían en las gacetillas el siguiente suelto:

«Esta mañana se efectuó, en Santo Tomás de Aquino, el matrimonio del conde de Steinbock con la señorita Hortensia de Hulot, hija del barón Hulot de Ervy, consejero de Estado y director del Ministerio de la Guerra, y sobrina del ilustre conde de Forzheim. Esta solemnidad llevó allí a mucha gente, entre la cual se veía a nuestras celebridades artísticas: León de Lora, José Bridau, Stidmann, Bixiou; a las notabilidades de la Administración militar y del Consejo de Estado, a varios miembros de ambas Cámaras y a lo más distinguido de la emigración polaca, como los condes Paz, Laginski, etc.

«El señor conde Wenceslao Steinbock es sobrino segundo del célebre general de Carlos XII, rey de Suecia. El joven conde, que tomó parte en la insurrección, vino a buscar asilo a Francia, donde la justa celebridad de su talento le ha valido el adquirir carta de naturaleza.»

Así, a pesar de la espantosa situación del barón Hulot de Ervy, no faltó nada de lo que exige la opinión pública, ni siquiera la celebridad dada por los periódicos al matrimonio de su hija, cuya celebración fue en un todo semejante a la de su hijo con la señorita Crevel. Esta fiesta atenuó los rumores que corrían acerca de la situación financiera del director, del mismo modo que la dote de su hija explicó la necesidad en que se había visto de tener que recurrir al crédito.

Aquí termina, en cierto modo, la introducción de esta historia. Este relato es el drama que la completa lo que son las premisas en una proposición, lo que es la exposición en toda tragedia clásica.

Cuando en París una mujer ha resuelto comerciar con su belleza, no siempre eso es una razón para que logre hacer fortuna. Hay en esta ciudad admirables criaturas, muy inteligentes, que están en una mediocridad espantosa y acaban muy mal una vida comenzada por los placeres. He aquí por qué dedicarse a la vergonzosa carrera de las cortesanas con intención de obtener beneficios, conservando las apariencias de una burguesa casada y honesta, no basta. El vicio no obtiene fácilmente sus triunfos; en esto se asemeja al genio, pues ambos exigen un concurso de circunstancias felices para operar el cúmulo de la fortuna y del talento. Suprimid las extrañas fases de la Revolución y el emperador no existiría, no hubiera sido más que una segunda edición de Fabert. La belleza venal sin aficionados, sin celebridad, sin la cruz del deshonor que le da la fama de fortuna disipada, es un Corregio en un desván, es el genio expirando en su guardilla. Una Lais, en París, debe, pues, ante todo, encontrar un hombre rico que se apasione por ella lo bastante para darla un precio. Ella debe, sobre todo, conservar una gran elegancia, que para ella viene a ser su anuncio; tener bastante porte para halagar el amor propio de los hombres y poseer ese ingenio a lo Sofía Arnould que despierte la apatía de los ricos; debe, en fin, hacerse desear por los libertinos pareciendo ser fiel a uno solo, cuya dicha es entonces envidiada.

Estas condiciones, que esa clase de mujeres llaman suerte, se realizan con bastante dificultad en París, a pesar de ser una ciudad llena de millonarios, de desocupados y de gentes hastiadas. La Providencia ha protegido fuertemente en esto, sin duda, a los matrimonios de empleados y a la pequeña burguesía, para quienes estos obstáculos están por lo menos duplicados a causa del medio en que realizan sus evoluciones. Sin embargo, hay todavía en París bastantes señoras Marneffes para que Valeria deba figurar como tipo en esta historia de costumbres. De estas mujeres, unas obedecen a la vez a pasiones verdaderas y a la necesidad, como la señora Colleville, que estuvo liada durante mucho tiempo con uno de los oradores más célebres del partido de la izquierda, con el banquero Keller; otras se sienten empujadas por vanidad, como la señora Baudraye, que siguió siendo casi honrada a pesar de su huida con Lousteau; aquéllas son arrastradas por las exigencias del lujo, y estas otras por la imposibilidad de atender a los gastos de su hogar con sueldos demasiado exiguos. La parsimonia del Estado o de las Cámaras causa muchas desgracias y engendra muchas corrupciones. En este momento se habla mucho acerca de la situación de las clases obreras y se las considera explotadas por el fabricante; pero el Estado es cien veces más duro que el industrial más ambicioso: en materia de sueldos lleva la economía hasta un límite imposible. Trabajad mucho y la industria os pagará en razón de vuestro trabajo; pero ¿qué da el Estado a tantos oscuros y adictos trabajadores?

Desviarse del sendero del honor es, en la mujer casada, un inexcusable crimen; pero hay en esta situación muchos grados. Algunas mujeres, lejos de ser depravadas, ocultan sus faltas y siguen siendo honradas en apariencia, como las dos cuyas aventuras acaban de ser relatadas, mientras que otras unen a sus faltas las ignominias de su especulación. La señora Marneffe es, pues, en cierto modo, el tipo de esas ambiciosas casadas que desde un principio aceptan la depravación con todas sus consecuencias y están decididas a hacer fortuna divirtiéndose sin tener en cuenta los medios; pero que tienen casi siempre, como la señora Marneffe, a sus maridos por embaucadores y cómplices. Estos Maquiavelos con faldas son las mujeres más peligrosas, y de todas las malas parisienses son las peores. Una verdadera cortesana, como las Josefas, las Schontz, las Málagas, las Jenny Cadine, etc., lleva en la franqueza de su situación una advertencia tan luminosa como la linterna roja de la prostitución o como las lámparas del treinta y cuarenta. El hombre sabe entonces que se expone a la ruina. Pero la almibarada honradez, las apariencias de virtud y los manejos hipócritas de una mujer casada, que no deja nunca ver más que las necesidades vulgares de un hogar y que se niega aparentemente a las locuras, provoca silenciosas ruinas, que son tanto más singulares cuanto que todo el mundo las excusa al no poder explicárselas. Es el innoble libro de gastos y no la gozosa fantasía el que devora las fortunas. Un padre de familia se arruina sin gloria y le falta en la miseria el gran consuelo de la vanidad satisfecha.

Esta retahíla va como una flecha al corazón de muchas familias. En todas las esferas de la vida social se ven señoras Marneffes, hasta en medio de las Cortes, pues Valeria es una triste realidad moldeada en vivo hasta en sus menores detalles. Desgraciadamente, este retrato no corregirá a nadie de la manía de enamorarse de los ángeles de dulce sonrisa, de aire soñador y de cara cándida, pero cuyo corazón es una caja de caudales.

Unos tres años después de la boda de la señorita Hortensia, en 1841, el barón Hulot de Ervy pasaba por haberse moderado, por haberse desuncido, según la expresión del primer cirujano de Luis XV, y, sin embargo, la señora Marneffe le costaba dos veces más que lo que le había costado Josefa. Pero Valeria, aunque iba siempre bien vestida, afectaba la sencillez de una mujer casada con un subjefe; guardaba el lujo para sus batas, para su casa, y así sacrificaba sus vanidades de parisiense en favor de su querido Héctor. Sin embargo, cuando iba al teatro se presentaba siempre con un bonito sombrero y un traje de última moda, y el barón la acompañaba en coche para llevarla a algún palco escogido.

La habitación de la calle de Vanneau, que ocupaba todo el segundo piso de un palacio moderno situado entre patio y jardín, respiraba honestidad. El lujo consistía en colgaduras de Persia y hermosos y cómodos muebles. Por excepción, el dormitorio ofrecía las profusiones hechas para las Jenny Cadine y las Schontz, tales como cortinas de encaje, casimires, colgaduras de brocado y una guarnición de chimenea cuyos modelos habían sido hechos por Stidmann, y una pequeña vitrina llena de maravillas. Hulot no había querido ver a su Valeria en un nido inferior en magnificencia al cenagal de oro y perlas de una Josefa. Las dos piezas principales, el salón y el comedor, habían sido amuebladas, la una con damasco rojo y la otra con encina tallada. Pero llevado del deseo de ponerlo todo en armonía, al cabo de seis meses el barón había añadido el lujo sólido al lujo efímero, regalándole grandes valores muebles, como, por ejemplo, un servicio de plata cuya factura pasaba de veinticuatro mil francos.

La casa de la señora Marneffe adquirió en dos años reputación de ser muy agradable. Se jugaba en ella, y la misma Valeria viose pronto señalada como una mujer amable y distinguida. Para justificar el cambio de su situación corrió el rumor de un inmenso legado que su padre natural, el mariscal de Montcornet, le había transmitido mediante un fideicomiso. Pensando en el porvenir, Valeria había añadido la hipocresía religiosa a su hipocresía social. Puntual a los actos religiosos del domingo, tuvo todos los honores de la piedad. Presidió mesas petitorias, se hizo dama de la caridad, entregó el pan bendito e hizo algunas obras buenas en el barrio, todo a costa de Héctor. Todo en su casa era honrado. Así, muchas gentes afirmaban la pureza de sus relaciones con el barón, objetando la edad del consejero de Estado, a quien atribuían un gusto platónico por la gentileza de ingenio, los modales, el encanto y la conversación de la señora Marneffe, casi semejante al del difunto Luis XVIII por las billas bien torneadas.

El barón se retiraba a eso de media noche con todo el mundo y volvía un cuarto de hora después. He aquí el secreto de este profundo secreto:

Los porteros de la casa eran el señor y la señora Olivier, los cuales, por recomendación del barón, amigo del propietario, habían pasado de su oscuro y poco lucrativo cuarto de la calle del Deanato a la productiva y magnífica portería de la calle de Vanneau. Ahora bien; la señora Olivier, antigua costurera de la casa de Carlos X, que había perdido su posición al caer la monarquía legítima, tenía tres hijos. El mayor, pasante ya de notario, era objeto de la adoración de los esposos Olivier. Este Benjamín, amenazado de ser soldado durante seis años, iba a ver interrumpida su brillante carrera, cuando la señora Marneffe le libró del servicio militar pretextando uno de esos vicios de conformación que los consejos de revisión saben descubrir cuando así se lo recomienda algún poder ministerial. Olivier, antiguo piquero de Carlos X, y su esposa se hubieran dejado, pues, matar por el barón de Hulot y por la señora Marneffe.

¿Qué podía decir la gente, que desconocía el antecedente del brasileño señor Montes de Montejanos? Nada. Por otra parte, la gente se muestra siempre llena de indulgencia con una dueña de un salón donde uno se divierte. A todos sus atractivos, la señora Marneffe añadía la ventaja de ser un poder oculto. Por eso, Claudio Vignon, que había pasado a ser secretario del mariscal príncipe de Wissemburgo y que soñaba con pertenecer al Consejo de Estado en calidad de refrendario, era habitual en aquel salón, adonde acudían también algunos diputados, buenos muchachos y jugadores. La sociedad de la señora Marneffe se había formado con sabia lentitud; las agregaciones sólo se admitían tratándose de gentes de opiniones y costumbres regulares, interesadas en sostenerse, en proclamar los méritos infinitos de la dueña de la casa. Retened este axioma: el compadrazgo es en París la verdadera santa alianza. Los intereses acaban siempre por dividirse, mientras que las gentes viciosas se entienden siempre.

Al tercer mes de su instalación en la calle de Vanneau, la señora Marneffe recibía ya al señor Crevel, nombrado casi en seguida alcalde de su distrito y oficial de la Legión de Honor. Crevel vaciló algún tiempo; se trataba de dejar aquel célebre uniforme de guardia nacional, con el que se pavoneaba en las Tullerías, creyéndose tan militar como el emperador; pero la ambición, aconsejada por la señora Marneffe, fue más fuerte que la vanidad. El señor alcalde había juzgado sus relaciones con la señorita Eloísa Brisetout completamente incompatible con su actitud política. Mucho tiempo antes de su advenimiento al trono burgués de la Alcaldía, sus galanterías fueron rodeadas del más profundo misterio. Pero como se comprenderá, Crevel había pagado el derecho a tomar la revancha del rapto de Josefa tan frecuentemente como quisiese, mediante una inscripción de seis mil francos de renta a nombre de Valeria Fortin, esposa separada en bienes del señor Marneffe. Valeria, dotada quizá por su madre del genio particular de la mujer de vida alegre, adivinó al primer golpe de vista el carácter de aquel grotesco adorador. Las palabras: «Jamás he poseído a una mujer de mundo», dichas por Crevel a Isabela y repetidas por ésta a su querida Valeria, habían sido cobradas con usura en la transacción a que debió ella sus seis mil francos de renta al cinco por ciento. Después procuró no perder su prestigio a los ojos del antiguo viajante de César Birotteau.

Crevel había hecho un matrimonio por interés casándose con la hija única de un molinero de la Brie, cuyas herencias formaban las tres cuartas partes de su fortuna, pues la mayor parte de las veces los detallistas se enriquecen, más que con los negocios, con la alianza de la tienda y de la economía rural. Gran número de cortijeros, de molineros, de ganaderos y de labradores de las cercanías de París sueñan con las glorias del mostrador para sus hijas y ven en un detallista, en un joyero o en un cambista un yerno con más satisfacción que si fuese notario o procurador, cuya elevación social les inquieta; temen ser despreciados después por estas eminencias burguesas. La señora Crevel, mujer bastante fea, muy vulgar y muy tonta y que murió con oportunidad, no había procurado a su marido más placeres que los de la paternidad. Ahora bien; al principio de su carrera comercial este libertino, encadenado por los deberes de su profesión y contenido por la indigencia, había desempeñado el papel de Tántalo. En relación, según él, con las mujeres más distinguidas de París, las acompañaba hasta la puerta con saludos de tendero, admirando su gracia, su manera de llevar las modas y todos los efectos anónimos de lo que se llama la raza. Elevarse hasta una de aquellas hadas de salón era un deseo concebido desde su juventud y comprimido en su corazón. Obtener los favores de la señora Marneffe fue, pues, para él, no sólo la realización de su quimera, sino además una cuestión de orgullo, de vanidad y de amor propio, como se ha visto. Su ambición se acrecentó con el éxito. Sintió enormes goces de cabeza, y cuando la cabeza está perdida, el corazón se resiente y la dicha se decuplica. La señora Marneffe presentó por otra parte a Crevel refinamientos que él no sospechaba, pues ni Josefa ni Eloísa le habían amado, mientras que la señora Marneffe juzgó necesario engañar bien a aquel hombre, en quien veía una caja eterna. Los engaños del amor falso son más encantadores que la realidad. El amor verdadero implica disputas de gorriones en que se hiere en lo vivo; pero la querella en broma es, por el contrario, una caricia hecha al amor propio del burlado. De esta suerte, la rareza de las entrevistas mantenía en estado de pasión el deseo de Crevel. Chocaba siempre contra la virtuosa dureza de Valeria, la cual fingía remordimientos y hablaba de lo que su padre podía pensar de ella en el paraíso de los valientes. El buen hombre tenía que vencer una especie de frialdad de la que la astuta comadre le hacía creer que triunfaba, pareciendo ella ceder a la pasión loca de aquel burgués; pero recobraba, como avergonzada, su orgullo de mujer decente y sus aires de virtud enteramente lo mismo que una inglesa y aplastaba siempre a su Crevel con el peso de su dignidad, pues Crevel la había juzgado virtuosa desde el principio. En fin, Valeria poseía especialidades de ternura que hacían fuese tan indispensable a Crevel como el barón. En presencia del mundo ofrecía el encantador enlace del candor púdico y soñador, de la decencia irreprochable y del ingenio realzado por la gentileza, por

la gracia y por los modales de la criolla;- pero en la conferencia íntima y familiar excedía a las cortesanas y era picaresca, entretenida y fértil en invenciones nuevas. Este contraste resulta agradabilísimo para los tipos como Crevel, que se sienten adulados creyendo ser los únicos autores de aquella comedia, de la cual se figuran disfrutar solos, y que se ríen de aquella deliciosa hipocresía, admirando a la actriz.

Valeria se había apropiado admirablemente al barón Hulot y le había obligado a envejecer mediante una de esas finas adulaciones que puede servir para dar una idea del espíritu diabólico de esta clase de mujeres. En las organizaciones privilegiadas llega un momento en que como una plaza sitiada que se resiste por mucho tiempo, se declara al fin la verdadera situación. Previendo la próxima disolución del guapo del Imperio, Valeria juzgó necesario precipitarla, seis meses después de aquella unión clandestina y doblemente adúltera.

-Viejo gruñón, ¿por qué te compones tanto? -le dijo-. ¿Tienes acaso pretensiones? ¿Quieres por ventura serme infiel? A mí me gustarías más si no te atildases tanto. Hazme el sacrificio de tus gracias postizas. ¿Crees tú acaso que te amo yo por el betún de tus botas, por tu cinturón de caucho, por tu chaleco de fuerza o por tu tupé postizo? Además, que cuanto más viejo seas, menos temor tendré de que una rival me arrebate a mi Hulot.

Creyendo en la amistad divina tanto como en el amor de la señora Marneffe, con la cual contaba acabar sus días el consejero de Estado había seguido este consejo privado cesando de teñirse las patillas y el cabello. Después de haber recibido de Valeria esta conmovedora declaración, el grande y hermoso Héctor se presentó un día completamente canoso. La señora Marneffe le probó fácilmente a su querido Héctor que había visto cien veces la línea blanca formada por el crecimiento de los cabellos.

-Los cabellos blancos sientan admirablemente a su cara -dijo ella al verle-: la suavizan; está usted mucho mejor...; así está encantador.

En fin, el barón, una vez lanzado por esta senda, se quitó el chaleco de piel y el corsé y se desembarazó de todas sus correas. El vientre entonces cayó y la obesidad se hizo patente. El roble se convirtió en una torre, y la pesadez de los movimientos fue tanto más espantosa cuanto que el barón envejeció prodigiosamente, desempeñando el papel de Luis XII. Las cejas siguieron siendo negras y recordaron vagamente al guapo Hulot, del mismo modo que en algunos restos de ruinas feudales se conserva un ligero detalle de escultura para hacer ver lo que fue el castillo en sus buenos tiempos. Esta discordancia tornaba la mirada, animada y joven aún, tanto más extraña en su cara morena, cuanto que allí, adonde por mucho tiempo florecieron tonos de carne a lo Rubens, se veían, por ciertas ajaduras y por el profundo surco de las arrugas, los esfuerzos de una pasión en pugna con la naturaleza. Hulot fue entonces una de esas hermosas ruinas humanas en las que la virilidad se nota en esos mechones de pelo en los oídos, en la nariz y en los dedos, produciendo el efecto de los musgos que brotan sobre los monumentos casi eternos del Imperio romano.

¿Cómo había podido Valeria mantener a Crevel y a Hulot a un mismo tiempo en su casa, cuando el vengativo jefe de batallón deseaba triunfar ruidosamente sobre Hulot? Sin responder inmediatamente a esta pregunta, que será contestada por el drama, hemos de advertir que Isabela y Valeria habían inventado entre las dos una prodigiosa máquina cuyo poderoso juego contribuía a este resultado. Marneffe, al ver a su mujer embellecida por el medio ambiente que ocupaba, como el sol de un sistema sideral, parecía a los ojos del mundo haber sentido encenderse su pasión y se sintió loco de amor por su mujer. Si estos celos convertían al señor Marneffe en un gran estorbo, daban en cambio un valor extraordinario a los favores de Valeria. Marneffe daba, sin embargo, muestras de gran confianza en su director, confianza que degeneraba en una bondad casi ridícula. El solo personaje que le irritaba era precisamente Crevel.

Marneffe, destruido por esos excesos propios de las grandes capitales, que fueron descritos por los poetas romanos y para los que nuestro pudor moderno no tiene nombre, se había vuelto horrible como una figura anatómica de cera. Pero aquella enfermedad ambulante, vestida de hermoso paño, balanceaba sus piernas como espátulas en un elegante pantalón. Aquel pecho descarnado se perfumaba con blancas ropas, y el almizcle ocultaba los fétidos olores de la podredumbre humana. Aquella fealdad del vicio expirante pero lleno de afeites y de lujo, pues Valeria había puesto a Marneffe en armonía con su fortuna, con su cruz y con su destino, asustaba a Crevel, el cual no sostenía fácilmente la mirada de los blancos ojos del subjefe. Marneffe era la pesadilla del alcalde. Al notar el singular poder que Isabela y su mujer le habían conferido, este malvado pillo se divertía con él y lo manejaba como un instrumento; siendo las cartas el último recurso de aquella alma tan gastada como el cuerpo, desplumaba a Crevel, que se creía obligado a ser complaciente con el respetable funcionario ¡a quien engañaba!

Al ver a Crevel tan niño ante aquella horrible e infame momia, cuya corrupción era para el alcalde un secreto, y al verle sobre todo tan profundamente despreciado por Valeria, que se reía de Crevel como se ríe uno de un bufón, el barón se creía tan al abrigo de toda rivalidad, que le convidaba constantemente a comer.

Valeria, protegida por estas dos pasiones alerta y por un marido celoso, atraía todas las miradas y excitaba todos los deseos en el círculo en que reinaba. Así es que, guardando las apariencias, había llegado en tres años a realizar las condiciones más difíciles del éxito que buscan las cortesanas y que tan rara vez realizan, ayudadas por el escándalo, por su audacia y por el brillo de su vida pública. Como un diamante bien tallado por Chanot admirablemente, la belleza de Valeria, escondida poco antes en la mina de la calle del Deanato, valía más de su valor y hacía desgraciados a muchos... ¡Claudio Vignon amaba a Valeria en secreto!

Esta explicación retrospectiva, bastante necesaria cuando se vuelve a ver la gente al cabo de tres años de intervalo, viene a ser el balance de Valeria. He aquí ahora el de su asociada Isabela:

La prima Bela ocupaba en la casa Marneffe la posición de una parienta que hubiera acumulado en sí las funciones de señora de compañía y camarera; pero ignoraba las dobles humillaciones que afligen la mayor parte del tiempo a las criaturas que tienen la desgracia de tener que aceptar estas posiciones ambiguas. Isabela y Valeria ofrecían el espectáculo conmovedor de una de esas amistades tan vivas y tan poco probables entre mujeres, que las parisienses, que siempre son demasiado ocurrentes, en seguida las calumnian. Aquel contraste de la naturaleza seca y varonil de la lorenesa con la hermosa naturaleza criolla de Valeria sirvió de pasto a la calumnia. Por lo demás, la señora Marneffe había dado apariencias de verdad, sin saberlo, a la chismografía, con los cuidados que tributó a su amiga, llevada de un interés matrimonial que había de hacer completa la venganza de Isabela, según se va a ver en seguida. En el modo de ser de la prima Bela se había operado una inmensa revolución; Valeria, que quería vestirla, había sacado de esto un gran partido. Aquella singular muchacha, sometida ahora al corsé, tenía un talle fino, gastaba bandolina para sus lisos cabellos, aceptaba sus vestidos tal como se los entregaba la costurera, llevaba borceguíes escogidos y medias de seda grises, todo ello incluido en las facturas de Valeria y pagado por quien de derecho le correspondía. Restaurada de este modo, siempre con casimir amarillo, Bela no hubiese sido conocida por los que la hubiesen vuelto a ver después de esos tres años. Este otro diamante negro, que es el más raro de los diamantes, tallado por una mano hábil y convenientemente montado, era apreciado en todo su valor por algunos empleados ambiciosos. El que veía a Bela por primera vez, se estremecía involuntariamente al notar la agreste poesía que la hábil Valeria había sabido poner de relieve cultivando con adornos a aquella Nona sangrienta, y sabiendo encuadrar con arte, mediante espesas bandas de pelo, aquella cara seca y verdosa en la que brillaban unos ojos de un color negro semejante al de los cabellos. Bela, al igual de una Virgen de Cranach y de Van Dyck, como una Virgen bizantina, salidas de sus cuadros, conservaba la rigidez y la corrección de aquellas caras misteriosas, primas hermanas de Isis y de las divinidades puestas en las repisas por los escultores egipcios. Aquello era una especie de granito, de basalto o pórfido que andaba. Libre de la miseria para el resto de sus días, Bela tenía muy buen humor y llevaba consigo la alegría a todas las casas adonde iba a comer. Por otra parte, el barón pagaba el alquiler del cuartito, amueblado, como es sabido, con los desechos del tocador y del cuarto de su amiga Valeria.

La solterona solía decir:

-Después de haber empezado una vida como una cabra hambrienta, la acabo como una leona.

Continuaba confeccionando las obras más difíciles de la pasamanería para el señor Rivet; pero, según ella, lo hacía para no perder el tiempo. Y, sin embargo, como se va a ver, su vida estaba excesivamente ocupada; pero en la inteligencia de las gentes llegadas del campo está grabada siempre la idea de no abandonar nunca el modus vivendi, semejándose en esto a los judíos.

Todas las mañanas, la prima Bela iba por sí misma al mercado, muy temprano, con la cocinera. En el plan de Bela, el libro de gastos que arruinaba a Hulot tenía que enriquecer a su querida Valeria y, en efecto, la enriquecía.

¿Cuál es la dueña de casa que desde 1838 no ha experimentado los funestos resultados de las doctrinas antisociales extendidas entre las clases inferiores por escritores incendiarios? En todas las casas la plaga de los criados es hoy la mayor de las plagas financieras. Con muy raras excepciones, que merecerían el premio de la Virtud, los cocineros son ladrones domésticos, ladrones descarados, de los cuales se ha hecho encubridor el Gobierno desarrollando de este modo la inclinación al robo, autorizando casi a las cocineras con la antigua broma acerca de la sisa. En las casas en que estas mujeres buscaban antes dos francos para un billete de Lotería, toman hoy cincuenta francos para la Caja de Ahorros. ¡Y los fríos puritanos que se entretienen en hacer en Francia experiencias filantrópicas creen haber moralizado al pueblo! Entre la mesa de los amos y el mercado los criados han establecido su impuesto secreto, y la ciudad de París no es tan hábil para percibir sus derechos de consumos como lo son ellos para sacar los suyos de todo. Además del cincuenta por ciento con que gravan las provisiones de boca, exigen grandes aguinaldos a los comerciantes. Los tenderos de más talla tiemblan ante este poder oculto, y todos, sin distinción, lo subvencionan: cocheros, joyeros, sastres, etc. Al que intenta vigilar a sus criados, éstos le contestan con insolencia o con las costosas tonterías de una fingida torpeza; hoy toman ellos informes de los amos como antes los amos los tomaban de ellos. El mal, que ha llegado ya al colmo y contra el que los tribunales empiezan, aunque en vano, a proceder, no puede desaparecer más que por una ley que obligue a los criados a la cartilla del obrero. Entonces el mal cesaría como por encanto. Estando obligado todo criado a presentar su cartilla y los amos a consignar en ella la causa de la expulsión, es indudable que la desmoralización encontraría un gran freno. Las gentes que se ocupan de la alta política de actualidad ignoran hasta dónde llega la depravación de las clases inferiores en París; iguala a la envidia que les devora. La estadística no consigna el espantable número de obreros de veinte años que se casan con cocineras de cuarenta y cincuenta, enriquecidas con el robo. Se tiembla al pensar en las consecuencias de semejantes uniones desde el triple pie punto de vista de la criminalidad, de la degradación de la raza y de los malos matrimonios. Respecto al daño puramente financiero producido por los robos domésticos, es enorme desde el punto de vista político, La vida, encarecida así el doble, prohíbe lo superfluo en muchos hogares. ¡Lo superfluo!... Es la mitad del comercio de los Estados, como es la elegancia de la vida. Para muchas gentes, los libros y las flores son tan necesarios como el pan.