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La traición busca el castigo

Francisco de Rojas Zorrilla



Personas
 

 
DON ANDRÉS DE ALVARADO.
DON JUAN OSORIO.
DON GARCÍA DE TORRELLAS.
DON FÉLIX.
DOÑA LEONOR DE CABRERA.
DOÑA JUANA TORRELLAS.
INÉS,   criada.
MOGICON.
Músicos





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Sale MOGICON huyendo de DON ANDRÉS, vestidos de soldados.

 
DON ANDRÉS.
O me tenéis por menguado,
o os parezco muy sufrido,
hermano, ¿os he recibido
por consejero o criado?
MOGICON.
Que agradezcas es razón
que te he aconsejado bien.
DON ANDRÉS.
¿Por qué ha de querer también
discurrir un berganton?
MOGICON.
Si moralicé leal
ya te dejo tu albedrío.
DON ANDRÉS.
¿Moral me sois, hijo mío?
A Granada a ser moral.
MOGICON.
Conmigo eres un Nerón.
DON ANDRÉS.
Idos.
MOGICON.
¿Que aquesto has de hacer?
DON ANDRÉS.
¿Por ser Nerón queréis ser
mi Séneca, picarón?
¿No os vais?
MOGICON.
No estés temerario.
DON ANDRÉS.
Esto he de elegir por medio.
MOGICON.
¿No hay remedio?
DON ANDRÉS.
No hay remedio.
MOGICON.
Pues cuenta, y venga el salario.
DON ANDRÉS.
Pues que siempre obedecí
cuanto habéis aconsejado,
yo he sido vuestro criado,
pagádmelo vos a mí.
MOGICON.
Pues si airado y temerario
dices que no has de pagar,
vive Dios que he de cobrar
en consejos mi salario.
DON ANDRÉS.
Pues yo no me he de burlar
si más consejos dais vos,
y os juro también a Dios
que no os tengo de pagar.
MOGICON.
No importa.
DON ANDRÉS.
Pues empezad.
MOGICON.
Mi naturaleza obre.
Aconseje yo y no cobre.
DON ANDRÉS.
No pague y aconsejad.
MOGICON.
Darle consejos intento.
DON ANDRÉS.
No pagarle determino.
MOGICON.
Esto quiero.
DON ANDRÉS.
Esto imagino.
MOGICON.
Adiós salario; oye atento.
DON ANDRÉS.
Tente, que el intento dejo.
MOGICON.
¿Es porque no te reprehenda?
DON ANDRÉS.
Llévate toda mi hacienda
y no me des un consejo.
MOGICON.
Pues determinado estás,
perdona esta impertinencia,
sólo te pido licencia
de preguntarte no más
lo que deseo saber,
que es raro tu nuevo modo.
DON ANDRÉS.
Pues pregúntame, que a todo
te quiero satisfacer.
MOGICON.
Cuanto a lo primero es
lo que quiero preguntar,
¿por qué has de galantear
a cuantas mujeres ves?
¿Para qué pretende errada
tu llama desvanecida
desde la más conocida
hasta la menos ajada?
Tú por tema peregrina,
que no puede ser pasión,
de las damas del balcón
eres el galán de esquina;
cuando huye de ti tirana
dama con desdén bizarro,
la enamoras de catarro
tosiéndole a la ventana,
y enhebra tu idolatría
tal suspiro por despojo,
que le metes por el ojo
de cualquiera celosía;
dama que en terrado viva
de ti no se ha de escapar,
porque la has de enamorar
también de tejas arriba;
y para que tu pasión
se conozca en su porfía,
haces la figutería
de tentarte el corazón;
deste estado a otro más bajo
mil veces te vengo a ver,
porque sueles descender
desde el moño al estropajo.
Y, en fin, tan mal te aconsejas
de tu tema satisfecho,
que haces lo que nadie ha hecho,
que es enamorar a viejas.
De noche, yo he de decillo,
de celos libre y desdén,
vas a repasar también
las damas del baratillo;
las niñas y viejas, loco
procuras, según te escucho,
unas porque saben mucho,
y otras porque saben poco;
tanto a todas te provocas
que te he visto muy severo
enamorar a un toquero
sólo porque traía tocas;
y así yo soy de opinión,
viendo tu perpetuo arrobo,
que eres grandísimo bobo
o muy grande socarrón.
DON ANDRÉS.
Mira, Mogicon.
MOGICON.
Señor.
DON ANDRÉS.
Yo, aunque ves que peno y muero,
a todas pienso que quiero
y a ninguna tengo amor;
cuando a una y otra mujer
doy una alma en sacrificio,
es que tengo este mal vicio
de enamorar sin querer;
cuando finge mi rigor
celos con justos desvelos,
no me han pasado los celos
por la puerta del amor;
y pues de mi saber quieres
cómo a todas se enamora,
oye esta cartilla agora
para todas las mujeres.
Llamo a la hermosa deidad,
y digo con gran mesura
que no alabo su hermosura
sino aquella honestidad;
cuando en otras ocasiones
rendirá a una fea intento,
digo que su entendimiento
rendirá los corazones;
cuando a una vieja a hablar llego,
que esta es la mayor pensión,
la digo muy socarrón
que cautiva aquel sosiego;
cuando con tranquilidad
llego de una gorda al puerto,
la aseguro que soy muerto
por damas de gravedad;
si a una flaca llego a ver,
la digo muy admirado,
fingiéndome enamorado,
¡qué espíritu de mujer!
Fingiendo amorosa llama
si una puerca se me ofrece,
la digo: ¡Qué bien parece
el descuido en una dama!
A las que van por la calle
les dice mi desvarío,
a la pequeña: ¡qué brío!
a la Giralda: ¡qué talle!
Y fingiendo que me muero,
engañando aquí y allí,
unas me quieren a mí
y otras piensan que las quiero;
y así sin queja y desdén,
muy señor de mi albedrío,
de las que me aman, me río,
y de las que no, también.
MOGICON.
Tú has tomado un ejercicio
en que no te has de perder,
alégrome de saber
que enamorabas de vicio;
mas sabe que me consumo
que tan poco amor te cueste,
aunque mejor vicio es este
que tomar tabaco en humo;
mas dime, Señor, agora,
pues lo puedo preguntar,
di, ¿por qué has de enamorar
a mujer que otro enamora?
Si hay otro que ame primero
que tú a otra dama, al instante,
si él es religioso amante,
tú su hermano compañero;
sácame de esta duda,
de aquel que está enamorado.
¿Qué demonio te ha tentado
a ser su amante de ayuda?
¿De una vez no me dirás,
pues tú no te satisfaces
de su dama, por qué lo haces?
DON ANDRÉS.
Por darle celos no más;
¿Hay cosa que mejor sea,
ni la puede haber mejor
como ver mudar color
a un amante de jalea?
¿Hay gusto como saber,
cuando yo empiezo a fingir
que él por mi la ha de reñir
y ella ha de satisfacer?
Y así tú te desengaña
sin que te venza el temor,
que ya que haya mal amor
ha de haber linda cizaña.
MOGICON.
¿Y si hallas en tus desvelos,
cuando en estas cosas das,
uno que supiese más
de estocadas que de celos,
y cuando a fingir empieza
tu amor con muy linda maña,
a cuenta de la cizaña
te rompiese la cabeza?
DON ANDRÉS.
Dos cosas hay olvidadas,
que son, si saberlas quieres,
el reñir por las mujeres
y las calzas atacadas;
que están ya, por vida mía
todos con muy lindo seso;
Allá en tiempo de don Bueso
era cuando se reñía;
que el que con feliz estrella
logrará su dama intente,
con ella ha de ser valiente,
mas no ha de reñir por ella.

 (Llaman.) 

MOGICON.
El diablo te entenderá,
¿han llamado?
DON ANDRÉS.
Sí.
MOGICON.
¿Quién es?
DON GARCÍA.

  (Dentro.) 

¿Está en casa don Andrés
de Alvarado?
MOGICON.
En casa está:
entre quien es.
DON ANDRÉS.
Ya se ha entrado.
¿Qué es lo que queréis mandar?
 

Sale DON GARCÍA.

 
DON GARCÍA.
A solas os quiero hablar.
DON ANDRÉS.
Seguro es este criado.
DON GARCÍA.
Que es caso de honra advertid
y a determinarle vengo.
DON ANDRÉS.
Yo sé el criado que tengo.
DON GARCÍA.
Pues escuchad.
DON ANDRÉS.
Pues decid.
DON GARCÍA.
Yo me llamo don García
de Torrellas, con mi nombre
de mi fama y de mi sangre
digo las obligaciones.
Nací en mi casa el segundo,
tan bien quisto de lo noble,
que con decir que lo soy
conoceréis que soy pobre;
sea en las justas de amor,
o en la palestra de Jove,
si no es segundo mi ingenio,
es el primero mi estoque;
y si asta acerada esgrimo,
postro a la fiera bicorne,
alimentos que da el cielo
siempre a los hijos menores.
Tres lustros gozaba apenas,
cuando el Dios por ciego torpe
en el papel de mis años
quiso imprimir sus arpones.
Junto a mi casa, ¡ay de mí!
vivía una dama, ¡oh, logren
esta voz la lengua y labio
la queja y la voz conformes!
Tan hermosa, pero aquí
sobran las ponderaciones,
que siempre es mayor belleza
la que un infeliz escoge;
supo mi amor de mis ojos,
que no hay tan honestas voces
como aquellas que el recato
a la pasión interpone.
Y, al fin, como es elocuente
de amor el llanto, entendióme,
dando a mis atrevimientos
indignados suspensiones;
disculpéme en su hermosura,
y viendo su enojo entonces,
de la más airada Venus
fui el más recatado Adonis;
mas no pudiendo aguardar
de sus iras el desorden,
si obediente a sus decretos
obstinado a mis ardores,
a irritar volví su llama,
hasta que mi afecto indócil
lo que en lágrimas no pudo
quiso conseguir en voces;
díjela, en fin, mis cuidados,
porque no es razón que ahorre
miserable de mi voz
decentes adulaciones;
solicitada a mi queja
y persuadida, creyóme,
porque es muy de la hermosura
dar crédito a las pasiones.
Pedí a su padre a Leonor,
que este es de mi dama el nombre;
pero como son molestos
los agasajos de un pobre,
desatento a mis verdades
y airado a mis persuasiones,
si antes de Leonor descuida,
desde hoy a mi dueño esconde;
y viéndome fluctuar
por el mar de mis dolores,
y en el golfo de mi llanto
perdido el imán y norte,
y viendo que ya el aurora
con perezosos ardores
de su sol erró el aviso
y de sus luces el orden,
errado y ciego llamé
a mi sufrimiento a voces,
y al puerto de mi silencio
todas mis iras se acogen;
y como sólo un tabique
de nuestras dos casas pone
estorbos a nuestro amor,
amor que imposibles rompe,
por la frágil quebradura
de una pared, permitióme
tal vez su voz a mi oído
tal mi llanto a sus temores;
desta manera ha seis años
que roca a mi queja inmóvil,
de mi desengaño mismo
estoy sufriendo los golpes,
y como por el resquicio
desta pared me dispone,
o su voz, o mi desdicha,
mal declarados favores,
sufro amante, espero firme
a que enlace o que eslabone
artífice el Himeneo
yugos de dos corazones:
ya labrado en sus finezas,
purificado en sus soles
el diamante de mi fe
se mira lucir al tope;
y cuando no hay en Valencia
quien este amor no pregone
con retórico silencio
cuando no con mudas voces,
vos solo desentendido,
o mal advertido joven,
Argos hecho de su calle,
sois lince de sus balcones,
desde que luciente el alba
en nuestro oscuro horizonte
sumiller de plata al sol
la rubia cortina corre,
hasta que para enmendar
lo que ha borrado la noche,
de luces prestadas borda
montes la diosa triforme.
De su balcón y su puerta
sois estatua tan inmóvil
que ni la luz os extraña
ni la sombra os desconoce;
si va a divertir pesares
Leonor, como el sol, en cocke,
sois la sombra de su luz,
y si a corregir las flores,
la escuela de algún jardín
Leonor primavera escoge,
vos, con vuestra flor de amante,
miráis sus ojos por norte;
si a Leonor miro de lejos,
me usurpáis mis atenciones;
si al templo voy a rezar,
repasáis mis estaciones;
si al campo voy a la caza
a divertir mis dolores
buscando a mi Dulcinea,
os hallo en él, don Quijote;
no llego a corro en la plaza
donde luego no me topen
vuestros deseos por ver
si hablo de Leonor entonces;
no hay acción que no os incite:
si toser quiero, acabóse,
pensando que es seña al punto
toséis con catarro doble;
tanto, que de llano un día
con la daga me di un golpe
por ver si el diablo os tentaba
a daros otro de corte.
Pues perdóneme mi dama
y el recato me perdone,
que si por su casa y calle
movéis los pasos veloces,
y si por cuidado o yerro,
que en vos todos son errores,
donde yo pongo sus plantas
ponéis imaginaciones;
y si viéndome parado
no camináis por entonces,
y si cuando galanteo
no os vais de la parte donde
hayan puesto mis deseos
modestas inclinaciones,
voto a Dios, que a cuchilladas
tan justa venganza cobre...;
mas ya todo mi amor dije;
mi enojo ya se conoce;
Leonor estima mis penas,
yo idolatro sus dos soles,
reprimirme es imposible,
yo soy amante y soy noble;
vos sabéis que a Leonor quiero,
y veis mis obligaciones;
sufriros fuera desaire,
no avisaros yo desorden;
pues reprimid, pese a vos,
o enmendad vuestras pasiones,
haciendo siempre al revés
cuanto haga al derecho, porque
vengaré mañana en iras
lo que hoy aviso en razones.

 (Vase.) 

DON ANDRÉS.
Pues si así se satisface
vuestra injuria, oíd mi amor.
 

(Va tras él DON ANDRÉS y detiénele MOGICON.)

 
MOGICON.
No vayas tras él, Señor,
que eso es hacer lo que él hace.
DON ANDRÉS.
Déjame ver, Mogicon,
castigada su osadía.
MOGICON.
Detente, por vida mía,
mira, no tienes razón:
«Dos cosas hay olvidadas,
que son, si saberlas quieres,
el reñir por las mujeres
y las calzas atacadas.»
DON ANDRÉS.
Dices bien, que ya me acuerdo
de lo que te dije aquí.
MOGICON.
Pues si eso es, Señor, así,
pórtate prudente y cuerdo.
DON ANDRÉS.
Otra cosa habla pensado
que mayor riesgo tenía,
y a fe que el tal don García
me dio un poco de cuidado.
MOGICON.
Pues ¿qué cuidado, Señor,
a más recelo te llama
que galantear su dama
y entrarte a buscar?
DON ANDRÉS.
Mayor.
MOGICON.
No puede ser: no lo creo.
DON ANDRÉS.
Pues esas dudas allana.
MOGICON.
¿Qué es?
DON ANDRÉS.
Que éste tiene una hermana,
y también la galanteo.
MOGICON.
¡Ya escampa! ¿Y no has de dejar
a su dama?
DON ANDRÉS.
No podré.
MOGICON.
¿Y no me dirás por qué?
DON ANDRÉS.
Porque en llegando a pensar
que hay otro amante que intente
que apague a ardiente mi ardor,
no hay salsa para mi amor
como el mismo inconveniente;
y aunque olvidarla quisiera,
que no he de poder infiero,
porque solamente quiero
donde quieren que no quiera.
MOGICON.
Mira, por Dios, que barrunto
que cuanto mudable aquí
enamoras de por si
vendrás a pagar por junto.
DON ANDRÉS.
Desde hoy a Leonor adoro,
y obre el acierto después.
 

Sale DON FÉLIX.

 
DON FÉLIX.
¡Ha desta casa!
DON ANDRÉS.
¿Quién es?
¿Quién se ha entrado aquí?
MOGICON.
Otro moro.
DON FÉLIX.
Don Andrés.
DON ANDRÉS.
Señor don Félix,
en hora dichosa venga
a honrar esta casa suya;
¿Qué mandáis?
DON FÉLIX.
Sólo quisiera
que echéis de aquí este criado.
MOGICON.

 (Aparte.) 

Oigan el diablo la tema
que tienen todos conmigo.
DON ANDRÉS.
Seguro es.
DON FÉLIX.
Aunque lo sea.
DON ANDRÉS.
Pues vete.
DON FÉLIX.
Toma esta silla.
DON ANDRÉS.
Empezad.
MOGICON.

 (Aparte.) 

Esta es pendencia
un poco más sosegada.
DON FÉLIX.
¿No os vais?
DON ANDRÉS.
Acaba, ¿qué esperas?

 (Vase al paño.)  

MOGICON.
¡Hay tal viejo! Yo me voy
a escuchar aunque no quiera.
DON FÉLIX.
¿Conocéisme?
DON ANDRÉS.
Ya os conozco.
Don Félix sois de Cabrera.
DON FÉLIX.
Es mi sangre...
DON ANDRÉS.
Vuestra sangre
se iguala a vuestra nobleza.
DON FÉLIX.
Mi hacienda...
DON ANDRÉS.
También la sé:
dos mil ducados de renta.
DON FÉLIX.
¿Sabéis que tengo una hija?
DON ANDRÉS.
Sé también que su belleza
es norte a los corazones
que en el mar de amor navegan.
DON FÉLIX.
Su virtud...
DON ANDRÉS.
Es conocida.
DON FÉLIX.
Su discreción...
DON ANDRÉS.
¿Quién la niega?
DON FÉLIX.
Pues supuesto que sabéis
de mi sangre, de mi hacienda,
de mi hija y su hermosura,
de su recato y prudencia,
a una merced que os suplico
me dad prudente respuesta:
don Andrés, si sois prudente,
y sabéis con experiencias
cuán escrupulosa es
de un noble honor la conciencia,
aconsejad mi cuidado;
me arrojo desta manera
porque errores del silencio
se han de enmendar con la lengua;
digo, pues, que vos amante,
o amor obstinado sea,
o sea fácil deseo
que el enojo fragua en temas,
habrá seis meses que espía
de mi casa y de mis rejas
andáis mirando por dónde
se puede entrar esta fuerza;
mas yo que de mi honor soy
vigilante centinela,
sintiéndoos por enemigo,
toqué al arma de mis penas;
señor don Andrés, el alba
asoma apenas risueña
cuando os averigua Clicie
del sol de mi amada prenda,
cuando Argos de mis balcones
con atención desatenta
sacrílego profanáis
el templo de mi nobleza;
ya vuestros intentos son
conocidos en Valencia;
vos de las murmuraciones
sois indicente materia,
y mi honra fluctuando
en el mar de tantas lenguas,
cuando allí próspera corre,
allí dudosa tropieza;
el recato de Leonor
todos a una voz confiesan;
pero también puede haber
alguno que no lo crea.
Señor don Andrés, yo tengo
muchos años y experiencia,
y no acabo de entenderos
aunque examinaros quiera;
vos no miráis a mi hija
para dama, es cosa cierta,
porque sabéis su virtud
y no ignoráis mi nobleza;
vos para propia mujer
tampoco, que si eso fuera,
quien sabe por fuerza amarla
me la pidiera por fuerza;
pues en mi casa no hay
después de Leonor quien sea
pretensión de vuestro amor,
si no es que a mi me pretenda.
Don Andrés, hablemos claro,
por rica, noble y discreta,
tengo tratado casar
por cartas en Orihuela,
con un hidalgo a Leonor,
de tan conocidas prendas
que él la merece, si hay
alguno que la merezca;
espérole cada día,
y así quiero antes que venga,
pues vos queréis a mi hija,
pagaros yo esta fineza;
y si por saber acaso
esta mi intención secreta
para pedirme a Leonor
no se atrevió vuestra lengua,
pues sois rico y principal,
sea esta la vez primera
que pide el honor partidos
al mismo que los desea.
Casada tuve a Leonor,
mas viene a ser conveniencia
romper por una palabra
porque un honor no se pierda;
y hoy, lo que ninguno ha hecho,
mi honor y mi fama os ruegan
con Leonor, por sanear
de una vez tantas sospechas:
descífrese ya esta enigma
tan difícil, aunque cierta,
que con entenderla todos,
no hay ninguno que la entienda;
favorable el Himeneo
en suaves brazos prenda
dos corazones que une
y dos almas que concierta.
Ea, ¿qué me respondéis?
¿Qué os embaraza, qué os hiela?
¿Tan retórico el deseo
y vuestra voz tan suspensa?
¿Qué respondéis, don Andrés?
Ea, decid.
DON ANDRÉS.
Que me pesa
de haber tenido con vos
tan imprudente paciencia.
 

(Levántanse de las sillas.)

 
DON FÉLIX.
Pues decid, ¿qué ofensa os hago
que me habláis desa manera?
DON ANDRÉS.
Si me venís a casar
¿puede haber mayor ofensa?
Debiera desafiaros
si vuestra edad menos fuera,
o a los cantones de Italia,
o al neutral país de Lieja.
DON FÉLIX.
Pues advertid...
DON ANDRÉS.
¿Qué decís?
DON FÉLIX.
Que si otra vez desatenta
o indócil vuestra pasión...
DON ANDRÉS.
Todo aquello que no sea
que me caséis, sufriré.
DON FÉLIX.
Si solicitáis mis puertas,
si por mi calle pasáis...
DON ANDRÉS.
¿Oís? De aquesa manera
le amenazaban a Zaide
en el libro de las guerras.
DON FÉLIX.
Este es desprecio.
DON ANDRÉS.
Es valor.
DON FÉLIX.
Pues don García Torrellas
es tan bueno como vos,
y esto nadie...
DON ANDRÉS.
¿Quién lo niega?
DON FÉLIX.
Pues no le he dado a Leonor,
aunque amante sufre y ruega
y aunque la pide, y a vos
os la doy...
DON ANDRÉS.
Esa fineza
agradezca don García,
pues tiene tan buena estrella
que no la queréis casar
aunque casarse pretenda,
y yo soy tan desgraciado
con vos en esa materia,
que a mí sin que yo os la pida
me queréis casar con ella.
DON FÉLIX.
En fin, ¿no admitís mi ruego?
DON ANDRÉS.
Tengo el alma muy soltera.
DON FÉLIX.
Pues de hoy más si procuráis...
DON ANDRÉS.
Vuestras iras ¿qué aprovechan?
No me caséis, y matadme.
DON FÉLIX.
¡Hay tal desprecio!
DON ANDRÉS.
¡Hay tal tema!
DON FÉLIX.
Yo cumplí mi obligación
de mi honor en mi promesa.
DON ANDRÉS.
Yo cumplo con no admitirla
la de mi naturaleza.
DON FÉLIX.
Pues dadme agora palabra...
DON ANDRÉS.
No tengo palabras hechas.
DON FÉLIX.
De no querer a Leonor.
DON ANDRÉS.
De buena gana os la diera;
mas ¿qué sé yo si podré
aunque quiera no quererla?
DON FÉLIX.
Pues admitid mi deseo
si la queréis.
DON ANDRÉS.
Eso fuera
no quererme bien a mí.
DON FÉLIX.
A resolución tan nueva
hay acero y hay valor.
DON ANDRÉS.
Esto no ha de ser pendencia.
DON FÉLIX.
Sí, porque ha de ser venganza.
DON ANDRÉS.
Lo que vos quisiereis sea.
DON FÉLIX.
Pues yo casaré a Leonor.
DON ANDRÉS.
Casalda.
DON FÉLIX.

  (Aparte.) 

Porque merezcan
escarmiento estos intentos;
y supuesto que no venga
don Félix, que ya le espero,
de aquestas cenizas muertas
llamas han de renacer
mas airadas y sangrientas,
que el valor no tiene canas
aunque el semblante las tenga.

 (Vase.) 

MOGICON.
El viejo va despachado;
mas lindo despacho lleva.
DON ANDRÉS.
¿Mogicon?
MOGICON.
Señor.
DON ANDRÉS.
Casarme
quería.
MOGICON.
Buena la hicieras.
DON ANDRÉS.
¿Escuchaste?
MOGICON.
Soy criado;
¿Mas dime agora qué intentas?
¿Piensas proseguir?
DON ANDRÉS.
Sí pienso.
MOGICON.
Los estorbos son pimienta
del amor.
DON ANDRÉS.
No dices mal.
MOGICON.
En mi vida quise hembra
que me costase barata;
cuando dos almas se estrechan
y en lo mejor de los lazos
hay una madre a quien teman:
«Guarda no oiga la vecina,
guarda mi hermano no venga,
ay si vendrá mi marido»,
y deudos desta ralea.
Este sí es amor que pica;
pero cuando hay desvergüenza,
-¿Quién es?- tu tía, -no importa;
tu hermano, -este se halla fuera;
tu madre, -no entrará acá;
tu vecino, -que me vea;
tu marido, -que ya salgo;
este es amor con llaneza,
y así no daré por él
ni dos higos ni dos brevas.
DON ANDRÉS.
Siempre los inconvenientes,
como es ave amor, le celan;
y tanto es esto verdad
que como hoy me han hecho fuerza
don Félix y don García
para que a Leonor no quiera;
aunque venga mal tocada
esta Leonor, he de verla,
he de hablarla, he de servirla,
y aún pienso que he de quererla.
Ea, vamos a su calle.
MOGICON.
Pues, Señor, ojo a la reja
y manos a don García.
DON ANDRÉS.
Calla, necio, no le temas,
que cuando quiera reñir,
sólo porque no se pierda
la honra de la tal dama,
me ha de sufrir.
MOGICON.
Esa cuenta
sin la huéspeda: su espada
hecha está, mas no bien hecha.
DON ANDRÉS.
Ea, vamos.
MOGICON.
Vamos, pues.
DON ANDRÉS.
A que don García vea...
MOGICON.
¿Quién se ha entrado en esta casa?
 

Sale DON JUAN OSORIO vestido de camino.

 
DON JUAN.
Quien con mil deseos llega
a recompensar en lazos
cuanto ha llorado en ausencias.
DON ANDRÉS.
Amigo don Juan Osorio,
¿qué es esto? ¿Vos en Valencia?
DON JUAN.
Sí, amigo.
MOGICON.
Señor don Juan...
DON JUAN.
Mogicon, amigo.
MOGICON.
Seas
más bien llegado que el plazo
de una paga cuando es cierta.
DON ANDRÉS.
¿De dónde venís?
DON JUAN.
De Flandes.
DON ANDRÉS.
Y ¿qué hay en Flandes de guerra?
DON JUAN.
Que entró el príncipe Tomás
talando toda la tierra,
que su Alteza fue a Cambray.
DON ANDRÉS.
Ya yo sé también que en ella
dio calor o dio socorro
a un tiempo a las dos fronteras.
DON JUAN.
El Rey de romanos baja,
y aquesta campaña esperan
que el ejército que estaba
en la Alsacia a Flandes venga.
DON ANDRÉS.
¿Y después que yo me vine
ha habido alguna interpresa?
DON JUAN.
Desde el Esquenque ninguna;
y dejando esta materia
para otro tiempo, sabed
que en otra Flandes más nueva
vengo a militar amante
del amor en la bandera,
y como soldado alisto
mis sentidos y potencias
en la mejor compañía
que puede elegir la idea;
aventajado soldado
soy de una beldad tan bella,
que fue el socorro y la paga
permitirme que la quiera,
sabed...
DON ANDRÉS.
Habladme más claro.
DON JUAN.
Pues porque mejor se entienda
mi deseo...
DON ANDRÉS.
¿Cómo fue?
Acabad.
DON JUAN.
Desta manera:
ya os acordáis cuando en Flandes
fue nuestra amistad estrecha
pienso que la más segura
después de ser la primera:
ya galanes en el circo,
valientes en la palestra,
fuimos envidia de Adonis
y fuimos de Marte afrenta.
Cuando sonoro el clarín
hirió el viento en diferencias,
puesto que tal vez irrita
y tal en las lides templa,
a embestir y a retirar
tal impulso nos gobierna,
que si nos manda la ira
nos atajó la obediencia,
sin reservar el trabajo
de la fajina y trinchea,
del artificial reducto,
de la espía y centinela;
al riesgo siempre dispuestos,
fuese sangre o fuese estrella
lo voluntario en los dos
pensábamos que era fuerza;
éramos comparación
de la amistad verdadera,
porque nunca la estrechó
ni interés ni conveniencia.
Supistes que vuestro padre
era muerto, y siendo fuerza
venir a España a tomar
posesión de vuestra hacienda,
pedistes licencia en Flandes
y conseguisteis licencia
a intercesiones y ruegos
del de Aytona y del de Lerma
(Téngalos Dios en su gloria;
mas, vive Dios, que me pesa
que estén tan presto en el cielo
porque hacen falta en la tierra);
volvisteis, al fin, a España,
quedé sin vos en Bruselas
muy sin mí, porque erais vos
móvil desta inteligencia;
pasaron, en fin, tres años,
y habrá dos meses apenas
que mi padre me escribió
que hiciese las diligencias
posibles para venirme,
porque casado en Valencia
me tenía por conciertos
con una deidad tan bella
que enviándomela pintada
la idolatré verdadera;
pedí licencia con plazo,
dificultoso alcancéla,
tomé postas, dejé a Flandes,
dime en Dunquerque a la vela,
desembarqué en la Coruña,
llegué a Madrid, vi las fiestas
que al Rey de Roma triunfante
celebra el cuarto planeta;
y, en fin, habrá quince días
que sin que haya quién me vea,
en Valencia con recato
juez de mi causa mesma
examino las virtudes
de mi esposa, si hay en ella,
sea de sangre o de honor
defectos que el vulgo crea.
Por la sumaria de celos
hay testigo que confiesa
que hay aquí dos caballeros,
de igual calidad y prendas,
que ambos son de su sol rayos
y ambos de sus luces señas;
sólo el nombre sé del uno,
mas sé que los dos intentan
del fuego en lo insuperable
arder con nueva materia,
y en el descargo de honor
todos dicen que desprecia
la que espero por esposa
su constancia y su fineza;
los más dicen su virtud
y los menos su prudencia,
y es porque nunca el recelo
su voz permitió a la lengua;
su calidad es sabida,
es conocida su hacienda,
y su hermosura es tan grande
como mi amor, pues no pierda
por ser querida mi esposa;
defecto es de su belleza
y no de su inclinación
que haya quien la adore y quiera;
mejor es para mujer
por ser más segura y cuerda
la que resiste rogada
que la buena a quien no ruegan;
que si una no fue querida
y otra rogada desdeña,
esta no puede blandear
y puede torcer aquella;
y así tengo de querer
al alma de mis potencias,
al móvil de mi albedrío
y a la luz de mis tinieblas.
Vos habéis sido mi amigo
en la paz como en la guerra;
se anuden segunda vez
la fe y voluntad estrechas:
no os vengo a pedir consejo,
porque esta pasión secreta
si primero estuvo lince
agora se obstina ciega;
que me ayudéis como amigo
es lo que mi amor desea;
yo la he visto, obró el deseo;
yo la adoré, fue violencia;
busco el premio, soy amante;
para que a un tiempo merezca
deseo, amor y esperanza,
premio, lealtad y fineza.
DON ANDRÉS.
Amigo, yo he estado atento,
y vive Dios que me pesa
que se casen mis amigos;
mas si ello ha de ser por fuerza
y no podéis más con vos,
que yo bien sé que pudiera
no casar, más si queréis
que a ser vuestro amigo vuelva,
me haced gusto de enviudar
lo más presto que ser pueda.
¿Y quién es esa señora?
DON JUAN.
Conmigo habéis de ir a verla,
y luego sabréis quién es.
DON ANDRÉS.
¿Y no es posible que sepa
quién son estos dos galanes
que a esta dama galantean?
DON JUAN.
Es el uno... mas no quiero
hablar en estas materias
hasta que estemos muy solos;
lo que me falta es que venga
a servirme Mogicon,
que tengo un criado fuera
desde ayer.
DON ANDRÉS.
¿Qué, fue a llevar
a vuestro padre la nueva
de la venida?
DON JUAN.
Sí, amigo,
está de aquí treinta leguas;
y ha más de seis años ya
que no le he visto.
DON ANDRÉS.
Pues ea,
Mogicon, ve con don Juan.
MOGICON.
Obedezco lo que ordenas.
DON ANDRÉS.
Ea, vamos a casarnos.
DON JUAN.
Dentro de casa me espera,
en tanto que Mogicon
avisa a su padre.
DON ANDRÉS.
Ea,
aquí os espero.
DON JUAN.
Pues luego
voy a buscaros la vuelta.
DON ANDRÉS.
En fin, ¿que os queréis casar?
DON JUAN.
Es influjo de mi estrella.
DON ANDRÉS.
Muy linda estrella tenéis.
DON JUAN.
Yo no la escogí.
MOGICON.
¿Qué esperas?
Ea, vamos a nupciarnos.
DON JUAN.
Deja siempre aquella tema
de no querer a ninguna.
DON ANDRÉS.
A una adoro.
DON JUAN.
¡Cosa nueva!
¿Por qué?
DON ANDRÉS.
Porque me han pedido
por fuerza que no la quiera.
DON JUAN.
Ese es apetito solo.
DON ANDRÉS.
Y es también naturaleza.
DON JUAN.
Luego me diréis quién es.
DON ANDRÉS.
Y vos, quién es vuestra prenda.
DON JUAN.
Amigo.
DON ANDRÉS.
Deso me precio.
DON JUAN.
Adiós.
DON ANDRÉS.
Adiós.
MOGICON.
Bien se ordena.
DON JUAN.
Luego vuelvo.
DON ANDRÉS.
Yo os aguardo.
DON JUAN.
Quiera el cielo...
DON ANDRÉS.
El cielo quiera...
DON JUAN.
Que os vea yo enamorado.
DON ANDRÉS.
Que yo sin amor os vea.
 

(Vanse.)

 
 

Salen DOÑA LEONOR, sin manto, y DOÑA JUANA con él, y INÉS, criada, cerrando la puerta.

 
DOÑA LEONOR.
Entra, acaba, doña Juana,
ese hombre me tiene muerta;
¿no has cerrado ya la puerta?
INÉS.
Sí.
DOÑA LEONOR.
Pues cierra esa ventana.
INÉS.
Ya la ventana he cerrado.
DOÑA LEONOR.
¡Que tenga yo esta pensión!
DOÑA JUANA.
¿No me dirás la ocasión
que te obliga a este cuidado?
DOÑA LEONOR.
Repáralo todo, Inés.
DOÑA JUANA.
Di, ¿qué te inquieta, Leonor?
Dime, ¿es amor?
DOÑA LEONOR.
No es amor,
aborrecimiento es.
INÉS.
Nuestro tal don Andrés tarda,
pero que vendrá imagina.
DOÑA LEONOR.
Amiga, junto a esa esquina
tengo un amante de guarda
que ha dado en que me ha de amar,
yo en que le he de aborrecer;
mis desdenes le hacen ser
más firme, y hago cerrar,
porque cuando le desdeña
todo mi enojo, imagina
que en vez de irse de la esquina
responde con una seña,
y cierto de aquesta suerte...
DOÑA JUANA.
Quitarme el manto querría,

 (Quítase el manto.)  

Pues mi hermano don García
sabe que he venido a verte,
y como te quiero tanto...
DOÑA LEONOR.
De tu amistad estoy cierta.
INÉS.
¿Para pasar una puerta
de aquí a tu casa traes manto?
DOÑA LEONOR.
Quítasele, acaba.
DOÑA JUANA.
Ten.
INÉS.
Tarde pienso que te irás.
DOÑA LEONOR.
Parece que triste estás.
DOÑA JUANA.
Y tú estás triste también.
DOÑA LEONOR.
Pues declara tu dolor.
DOÑA JUANA.
Tus sentimientos humana.
DOÑA LEONOR.
Dime tu mal, doña Juana.
DOÑA JUANA.
Dime tu pena, Leonor.
DOÑA LEONOR.
Yo vivo sin albedrío.
DOÑA JUANA.
Y mi daño es inmortal.
DOÑA LEONOR.
Mi padre causa mi mal.
DOÑA JUANA.
Y mi hermano causa el mío.
DOÑA LEONOR.
Mi anciano padre indignado
me castigó con crueldad,
pues contra mi voluntad
me pretende dar estado.
DOÑA JUANA.
A todo tu mal es llano
que igual mi mal viene a ser,
pues no me deja querer
a quien me adora mi hermano.
DOÑA LEONOR.
Luego mayor es mi mal.
DOÑA JUANA.
Luego más es mi dolor.
DOÑA LEONOR.
Dile, veamos si es mayor.
DOÑA JUANA.
Dile, veamos si es igual.
DOÑA LEONOR.
Pues para esta pena mía
toda tu atención prevén,
sabe que yo quiero bien
a tu hermano don García.
DOÑA JUANA.
Igual esta llama es
al incendio en que yo muero,
que yo quiero a un caballero
que se llama don Andrés.
DOÑA LEONOR.
¿De Alvarado?
DOÑA JUANA.
Amiga, sí.
DOÑA LEONOR.
Que estás engañada infiere,
que ese caballero quiere...
DOÑA JUANA.
¿A quién quiere? Dilo.
DOÑA LEONOR.
A mí.
DOÑA JUANA.
No dese triunfo blasones,
a mi me ama don Andrés.
DOÑA LEONOR.
Ese caballero es
por quien cierro los balcones.
DOÑA JUANA.
No el curso a mi voz impidas
cuando a esta ignorancia pasas,
que como están nuestras casas
tan juntas y tan unidas,
presume tu desvarío,
que no tu imaginación,
que enamora tu balcón
y es que está mirando el mío.
DOÑA LEONOR.
¿Y cuando se llega aquí
y por fuerza quiere hablar?
DOÑA JUANA.
Eso es por disimular
que me está queriendo a mí.
DOÑA LEONOR.
¿Eso cómo puede ser,
porque cómo ha de haber, di,
hombre que me quiera a mí
a la luz de otra mujer?
DOÑA JUANA.
Ni conmigo habrá en rigor
hombre si lo has de advertir,
que aunque empezase a fingir
no me cobre luego amor.
DOÑA LEONOR.
Pues que a mí me quiere infiero.
DOÑA JUANA.
Yo digo que me enamora.
DOÑA LEONOR.
¿Mas para qué quiero agora
que me quiera quien no quiero?
DOÑA JUANA.
Dices bien, déjame a mí
el galán que estimo y precio.
DOÑA LEONOR.
Como no sea en mi desprecio
yo lo dejo.
DOÑA JUANA.
Al caso.
DOÑA LEONOR.
Di.
DOÑA JUANA.
Mi hermano, airado y cruel,
viéndole galantear,
digo que ha dado en tomar
tan grande temor con él
que con indignos recelos
hoy salió a darle a entender...
DOÑA LEONOR.
¿Ves cómo se echa de ver
que esos que tienes son celos?
DOÑA JUANA.
Que son de mi honor infiere.
DOÑA LEONOR.
Ya es cansada esta porfía
pues los tiene don García
de ver que esotro me quiere.
DOÑA JUANA.
Dime si mi hermano es
en quien pusiste tu amor,
¿qué te importará Leonor,
que me quiera don Andrés?
DOÑA LEONOR.
Querer a tu hermano intento.
DOÑA JUANA.
Pues ¿por qué te has indignado?
DOÑA LEONOR.
¿Pues para qué me has contado
que me ama de cumplimiento?
DOÑA JUANA.
Pues tu enojo se mitigue,
ya digo por tu decoro
que yo soy la que le adoro.
DOÑA LEONOR.
Ahora dices bien, prosigue.
DOÑA JUANA.
Prosigue tú, que no estoy
para esperar tu porfía.
DOÑA LEONOR.
Digo, pues, amiga mía
que tan infelice soy...
mas no sé cómo lo digo
que mi padre ¡pena fiera!
que llegue a Valencia espera
por instantes mi enemigo;
este repetido ardor
que logre tu hermano espero,
mas como ha de ser primero
mi obediencia que mi amor,
temo que...
 

Sale INÉS deteniendo a DON GARCÍA.

 
INÉS.
Tente, Señor.
DON GARCÍA.
Deja entrar.
INÉS.
Es un delirio:
mira mejor.
DON GARCÍA.
Estoy ciego.
INÉS.
Considera.
DON GARCÍA.
Estoy perdido.
DOÑA LEONOR.
¿Quién es?
DON GARCÍA.
Quien a vuestro cielo
aún más que amante rendido
sin ceremonias dedica
toda un alma en sacrificio;
el que a ver su vida y muerte
quiere parecer más fino,
que el morir de aquel dolor
en vivir de aqueste alivio;
una mariposa es,
que por suerte o por instinto
viene a recobrar tu llama
parasismo a parasismo.
El que quiere descontar
con ver tu rostro divino,
entes de razón que al alma
como verdaderos finjo.
DOÑA LEONOR.
Tened, señor don García,
decidme, ¿quién os ha dicho,
decid, que ser arriesgado
es lo mismo que ser fino?
Inés, cuida desas puertas.
¿Qué violencia o qué destino
os embaraza arrojado
y os precipita remiso?
Dentro en mi casa os entráis,
anteponiendo atrevido
todo un deseo tan vuestro
a todo un honor tan mío;
en el contrato de amor
sabed que es mal parecido
con máscara de fineza
querer venderme un delito;
yo os quiero a vos algo más
de lo que me amáis, y os pido
que más mío recatéis
cuanto más vuestra reprimo,
ese no poder sufrir
dejad para el apetito,
que no es amante el amante
que no sabe ser sufrido;
moderad...
 

Sale INÉS.

 
INÉS.
¿Señora?
DOÑA LEONOR.
¿Inés?
¿Qué quieres?
INÉS.
Buena la hicimos;
tu padre...
DOÑA LEONOR.
¿Le ha visto entrar?
INÉS.
No lo sé, pero te aviso.
DOÑA LEONOR.
No se ha de esconder.
DOÑA JUANA.
¿Por qué?
DOÑA LEONOR.
Porque vengo hacer delito
de mi inocencia segura.
DOÑA JUANA.
Recatarlo solicito.
DOÑA LEONOR.
Ábrele y entre.
INÉS.
Yo voy.
DOÑA JUANA.
Advierte que...
DON GARCÍA.
Estoy perdido.
DOÑA JUANA.
Viéndole aquí...
DOÑA LEONOR.
¿No es mejor,
porque si acaso entrar le ha visto
que le halle cortés amante,
que no galán escondido?
DOÑA JUANA.
Mira que tiene recelo.
 

Sale DON FÉLIX.

 
DON FÉLIX.
Albricias, hija, te pido,
de que el Señor don García...
¿Qué de indicios averiguo?
¿Vos en mi casa? ¿Qué es esto?
DON GARCÍA.
En este instante he venido
por mi hermana.
DON FÉLIX.
Está muy bien;
pero agora no habéis de iros,
que sin que salgáis de aquí
habéis de ver que he cumplido
con mi honor.
DON GARCÍA.
¿De qué manera?
DON FÉLIX.
Como en este instante mismo
he de casar a Leonor.
DON GARCÍA.
¿Qué decís?
DON FÉLIX.
Esto que digo;
con esto la dejaréis.
DON GARCÍA.

  (Aparte.) 

¿Hay dicha igual? Él ha visto
mi amor y su obligación,
y por sanar los indicios,
de haber entrado en su casa
quiere casarla conmigo.
DOÑA LEONOR.

  (Aparte.  

Pues en el mar de mi llanto
surquen mis ojos tranquilos,
pues me ha dado por esposo
al que por amante elijo.)
Agradecida, Señor...
DON GARCÍA.
Humilde y agradecido...
DON FÉLIX.
No me agradezcáis los dos
lo que hago por mí mismo.
DOÑA LEONOR.
¡Hay tal dicha!
DON GARCÍA.
¡Hay tal contento!
DOÑA LEONOR.
Feliz soy.
DON GARCÍA.
Dichoso he sido.
 

Sale MOGICON.

 
MOGICON.
Don Juan Osorio, el que viene
a ser indigno marido
de doña Leonor, vuestra hija,
licencia viene a pediros
para tomar posesión
de su mujer.
DON FÉLIX.
Ya le he dicho
que suba.
DOÑA LEONOR.
¡Cielos, qué es esto!
DON GARCÍA.
¡Qué es esto, cielos; qué he oído!
DOÑA LEONOR.
Luego yo...
DON FÉLIX.
Ya estás casada.
DON GARCÍA.
Luego yo no he merecido...
DON FÉLIX.
¿Ya no os he desengañado?
DOÑA LEONOR.
Adviértele que yo digo...
DON FÉLIX.
No me repliquéis ahora;
pues ¿cómo tú?
DOÑA LEONOR.
No replico.
INÉS.
El novio.
DOÑA LEONOR.
¡Infeliz estrella!
¡Muerta estoy!
DON GARCÍA.
¡Estatua vivo!
 

Sale DON JUAN y DON ANDRÉS.

 
DON ANDRÉS.
Llegad, don Juan, ya que habéis
hablado a su padre. (Aparte.  Altivos
pensamientos de mi infamia,
dejadme vivir conmigo.)
DON JUAN.
A vuestra grande hermosura,
a vuestros ojos divinos,
que de los yerros de amor
son imanes atractivos,
por milagro o por deidad
un amor os sacrifico,
si con audacias de joven
con los temores de niño.
Hermosísima Leonor,
objeto no merecido,
para pintado imposible
y posible para visto,
hoy llego...
DOÑA LEONOR.
Tened, Señor,
¿para qué son los suspiros,
que quiero...  (Ap.  No sé fingir.)

 (Díceselo a DON ANDRÉS.)  

DON FÉLIX.
Decidme, ¿a qué habéis venido
a mi casa, caballero?
¿No sabéis que si me indigno,
serán mi voz y mis ojos
para daros el castigo
si ella incapaz, rayo ellos,
inmortales basiliscos?
¿Quién os ha traído agora
a intentar...
DON JUAN.
Yo le he traído.
DON FÉLIX.
Pues advertid...
DON JUAN.
¿Qué decís?
DON FÉLIX.
Que don Andrés...
DON JUAN.
Es mi amigo.
DON FÉLIX.
Ha intentado...
DON JUAN.
Acompañarme.
DON FÉLIX.
Solicitar atrevido...
DON JUAN.
Que no me case, es verdad.
DON FÉLIX.
¿Por qué?
DON JUAN.
Ya sé sus designios;
porque le parece mal
que se casen sus amigos.
DON FÉLIX.
Pues no ha de estar en mi casa
hasta que...
DON JUAN.
Acabad, decidlo.
DON FÉLIX.
Hasta que estéis desposado.
DON JUAN.
Obedeceros elijo.
DON FÉLIX.
¿De qué suerte?
DON JUAN.
Esta es mi mano.
DON ANDRÉS.
No os caséis: parad, amigo,
no me echéis a mi la culpa
de lo que hacéis por vos mismo.
DON JUAN.
Yo a Leonor estimo y quiero.
DOÑA LEONOR.
¡Hay tal pena!
DON GARCÍA.
¡Hay tal martirio!
DON JUAN.
Permitidme vuestra mano.
DON FÉLIX.
Acabad.
DOÑA LEONOR.
¡Cielos divinos!
Pues que siempre tan airados,
sed sola esta vez propicios.
DON ANDRÉS.

  (Aparte.) 

¡Que se viniese a casar
con la dama a quien yo sirvo.
Ignorante de mi amor,
el mayor amigo mío!
DON JUAN.
Ea, ¿no me dais la mano?
DOÑA LEONOR.

  (Ap.  

Enigma de nieve asisto.)
Esta es mi mano, señor
Don García; mas ¿qué he dicho?

 (Turbada y volviendo la cara a DON GARCÍA.) 

DON GARCÍA.
¿Me llamáis?

 (Llégase.)  

DOÑA LEONOR.
No hablo con vos.
DON JUAN.

 (Aparte.) 

¡Viven los cielos divinos!
Que es este aquel caballero
de quien supe por indicios
que a Leonor pretende amante;
disimular es preciso.
DON GARCÍA.

 (Aparte.) 

¡Que el corazón se pasase
a mi lengua!
DON JUAN.

  (Aparte.) 

¡Que haya oído
equivocado aquel nombre
con mi nombre!
DON GARCÍA.

 (Aparte.) 

¡Que haya visto
agora en poder ajeno
el dueño que fue tan mío!
DON ANDRÉS.

  (Aparte.) 

¡Que haya tres inconvenientes
que aviven mi incendio tibio!
DON FÉLIX.

  (Aparte.) 

¡Que pronunciase Leonor
el nombre de mi enemigo!
DON JUAN.

 (Aparte.) 

¿Que aqueste es el don García
que amante la ha pretendido!
DOÑA LEONOR.

 (Aparte.) 

¡Que inadvertido mi padre
me forzase mi albedrío!
DON GARCÍA.

 (Aparte.) 

Pues apagase esta llama
que es indigno precipicio
querer mujer a quien logran
otros abrazos más dignos.
DON ANDRÉS.

 (Aparte.) 

Pues arda eficaz mi incendio
si cuanto más le resisto,
el mismo querer vencerle
es aumentarle más vivo.
DOÑA JUANA.

 (Aparte.) 

Pues corríjase mi pena
a colegir por indicios,
que es para Leonor su amor,
pues es para mí su olvido.
DON GARCÍA.

 (Aparte.) 

De hoy más no la he de querer.
DON ANDRÉS.

 (Aparte.) 

De hoy más amarla imagino.
DON JUAN.

 (Aparte.) 

Disimular es forzoso.
DOÑA LEONOR.

 (Aparte.) 

Templar mi llanto es preciso.
DON FÉLIX.
Vamos, Leonor.
DOÑA LEONOR.
Señor, vamos.
DON FÉLIX.
Venid, don Juan.
DON JUAN.

 (Aparte.) 

Muerto vivo.
DON GARCÍA.
Ven, hermana.
DOÑA JUANA.

 (Aparte.) 

¡Qué de penas!
MOGICON.
Inés, esto que te digo.
DOÑA JUANA.
Adiós, Leonor.
DOÑA LEONOR.
Él te guarde.
DON ANDRÉS.
Pues adiós, don Juan.
DON JUAN.
Amigo,
vámonos
DON ANDRÉS.
¿Qué hay de nuevo?
DON JUAN.
Tengo mucho que deciros.
DON ANDRÉS.
¿Tan presto?
DON JUAN.
El mal nunca tarda.
DON ANDRÉS.
¿No sabéis lo que imagino?
DON JUAN.
¿Qué?
DON ANDRÉS.
Que aún no os habéis casado
y ya estáis arrepentido.

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