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Arriba Acto III

 

La misma escena. Ha pasado una hora escasa desde que concluyó el acto anterior.

 
 

En escena se encuentran de nuevo, en traje de casa, SANTIAGO y JUAN. El niño entre ambos, como al comienzo del acto segundo.

 

JUAN.-  ¿Viste? Mano de santo.

SANTIAGO.-  Es verdad.

JUAN.-  Duerme como un lirón.

SANTIAGO.-  Falta le hacía al pobre.

JUAN.-  Según la ayudante del doctor Lostau no era enfermedad grave lo que padecía, ¡caramba! Y es de las que te llevan al sepulcro en dos semanas.

SANTIAGO.-  Quería dar a entender que tenía remedio fácil.

JUAN.-  Pues tampoco es cierto. Hambre, se llamaba su dolencia.

SANTIAGO.-  Hambritis, podríamos llamarla.

JUAN.-  Hambroma.

SANTIAGO.-  Como gustes.

JUAN.-  He llegado a la conclusión de que las enfermedades que terminan en «oma»» son mucho más graves que las que terminan en «itis». Apendicitis, gastritis, estomatitis... ¡Bah! Insignificancias. En cambio: sarcoma, glaucoma, coma, no quieras tú saber...

SANTIAGO.-  Llámala a tu gusto.

JUAN.-  Y la hambroma es una de las enfermedades peores del mundo y de las más difundidas: Como que es epidémica. Ataca a cuantos disponen de menos recursos que apetito. Sus primeras manifestaciones, en el período inicial, son inofensivas y se reducen a hacer bostezar al paciente, con frecuencia, y a producirle flojedad en las piernas. En lo que pudiéramos llamar período secundario, lleva a robar carteras y a asaltar bancos. El enfermo, en período terciario, atenta contra las instituciones, derriba tronos si hace falta y se lía a tiros con su padre.

SANTIAGO.-  Profilaxis: pan, huevos, pescado y carne.

JUAN.-  Despáchese con la mayor frecuencia posible.  (Se dirige al niño.)  ¿Tú estabas dispuesto a la revolución social? Pobre crío. En fin, se le ha dado de comer y hay un anarquista menos. Análogo tratamiento ha tenido el mismo éxito, más de una vez con las personas mayores.

SANTIAGO.-  Habrá que apuntar la hora... en que vino Engracia.

JUAN.-  ¿Me prometes contestar sinceramente a una pregunta que te quiero hacer?

SANTIAGO.-  Bueno.

JUAN.-  De verdad, ¿qué te pareció Engracia?

SANTIAGO.-  Hombre, muy simpática.

JUAN.-  Estupenda, ¿no? ¡Mira que la papeleta era de aúpa!... Y, oye, ni vaciló un momento, ¿sabes? Dejó todo lo que tenía entre manos, que vete tú a saber lo que era, tomó un taxi y, a los pocos minutos, del Capitol aquí.

SANTIAGO.-  Se ha desarrollado mucho. Antes era esmirriadita.

JUAN.-  Sí, sí, esmirriadita... ¡Caray! Hoy es una matrona.

SANTIAGO.-   (Que se deja traicionar por su secreto amor alas matronas.)  ¡Como se debe ser!  (JUAN le mira, sorprendido de este descubrimiento.)  Que ya está uno muy harto de figurines. Hollywood nos ha robado el placer de vivir.

JUAN.-  Engracia se ofreció a volver... Pero a mí me parece que, realmente, eso sería abusivo.

SANTIAGO.-  ¿Para cuánto tendrá carga esta criaturita?

JUAN.-  Chico, no sé cuál será su radio de acción... Tres horitas, creo yo que están garantizadas.

SANTIAGO.-  Después, ya se verá.

JUAN.-   (Melancólico.)  Lo que vimos, seguramente no lo volveremos a ver.

SANTIAGO.-  Seguramente.

JUAN.-  Con qué desenvoltura le dio el pecho, ¿eh? Oye, y lo que más me asombra, con qué castidad, ¿te acuerdas?  (Simula, sobria, fina, graciosamente, ese característico movimiento de la mujer cuando se desabotona la blusa, se saca el pecho y se lo ofrece al niño.)  ¡Y qué perfección! ¿Eh, Santiago? Qué blancura y qué curvas... Y Santiaguito, pif, pif, pif...  (Le imita el mamar. Al niño.)  Empiezas bien, muchacho. Si continúas así te espera una carrera triunfal. Tu primer almuerzo ha sido en el jockey.

SANTIAGO.-  Escucha, hermano. Morigera tus entusiasmos.

JUAN.-  Hombre, morigera... Para que me hagas reproches por emplear palabras pedantes.

SANTIAGO.-  He querido decir que te moderes y que no evoques, tan a lo vivo, esa escena embriagadora.

JUAN.-  Bien. Ya me callo.

SANTIAGO.-  Y, si te parece, cumplimentemos la segunda parte del programa, tomemos una decisión.

JUAN.-  Santiago, nos ronda un peligro muy serio. La esclerosis, no de las arterias, sino del espíritu: ¡El egoísmo! Vamos rompiendo amarras, poco a poco, con cuanto puede movernos a generosidad y a llenarnos de emoción el alma. Para saber qué porcentaje de obra muerta llevamos en este cuerpo que sube, baja, piensa, ríe o se aburre, no hay sino preguntarnos: ¿Por quién seríamos capaces de una transfusión de sangre, si fuera necesaria?

SANTIAGO.-  Yo por ti, Juan.

JUAN.-  Y yo por ti, Santiago. Pero por nadie más. Hay dos mil millones de seres repartidos en el mundo para que se comuniquen, se ayuden y se amen. Y de esos dos mil millones resulta que tú amas a uno y yo a otro. La proporción no puede ser menor. Hasta hace poco existía nuestra madre. Hoy, hemos quedado tú y yo, frente a frente. O cambiamos, Santiago, o estamos perdidos.

SANTIAGO.-  Pero, hermano...

JUAN.-  Hay que ahorrar el corazón. Meter cosas y sueños y personas dentro de su tejido maravilloso, para que el corazón no se empequeñezca o se acorche y se nos quede inútil. Una mujer es, acaso, pieza demasiado grande y complicada y ya no cabe en él, pero un niño, Santiago, un niño sí.

SANTIAGO.-  Date cuenta de lo que esto significa, Juan.

JUAN.-  Porque me doy cuenta te lo pido, Santiago.

SANTIAGO.-  Basta, Juan, no hablemos más. ¿Nos quedamos con el niño?

JUAN.-  Claro que nos quedamos con el niño. ¡Y yo que comer la ingratitud de hablar mal de los señores de Balboa! De esos querubines gracias a los cuales mi día de hoy es no sólo distinto, que ya significa mucho, sino mejor que el de ayer. ¡Vivan las barbas, los bastones con puños de marfil y las migas de pan que da a sus palomas el señor! ¡Y hurra, que es grito de marinero, por el mascarón de proa de la señora!

SANTIAGO.-  Cállate, hombre, que se me saltan las lágrimas.

JUAN.-  Pues claro, ¿no se te han de saltar? Pero, ¿sabes por qué? Porque tú, igual que yo, notas que hay algo en el aire que nos sonríe, que aprueba lo que hemos decidido y que nos felicita, en suma. Y ese algo es lo que queda, todavía, en la tierra, de nuestra madre, que, después de veinte años de reñirnos porque volvíamos de madrugada, porque descuidábamos la misa de los domingos, porque dejábamos pasar estérilmente la edad en la que aún estábamos en sazón de formar una familia nueva que sucediera a la suya, se nos acerca al oído, disuelta en este sol de nieve, en este calor de la casa que, no sé por qué, se nos ha hecho más tibio que el de costumbre, en la luz de esta mañana de diciembre, y nos dice, a ti y a mí: ¡No desmentís mi sangre! ¡ Qué orgullosa me siento de vosotros! ¿Lo comprendes, hermano, lo comprendes?

 

(Se abrazan los dos, conmovidos.)

 

SANTIAGO.-  Bueno. Hay que ver a qué gastos nos va a obligar la criatura.

JUAN.-  A los que sean, Santiago. Yo renuncio a la Gámez.

SANTIAGO.-  Hay que tomar un ama, lo primero, como es natural.

JUAN.-  Evidentemente.

SANTIAGO.-  Oye, ¿tú crees que estamos muy obligados con Fermín para eso del regalo? A mí me parece que con invitarle una noche a comer a los dos cumplimos.

JUAN.-  Bueno, cítale en Riesgo el viernes.

SANTIAGO.-  ¿Y por qué en Riesgo? Los llevamos, con la disculpa de que mejor es un sitio típico, a la Arrumbambaya y quedamos de maravilla, ya verás, por la tercera parte del dinero.

JUAN.-  Allá tú, hormiguita de la casa.

SANTIAGO.-  ¿Qué calculas que puede costar un ama?

JUAN.-  No tengo ni idea.

SANTIAGO.-  Es que me faltan datos..., puntos de referencia..

JUAN.-  Hombre, eso no. Por ejemplo, ¿qué vale un litro de leche?

SANTIAGO.-  Cuatro pesetas, según las cuentas de Martina.

JUAN.-  ¿Y qué puede necesitar el niño? ¿Un litro diario?

SANTIAGO.-  Supongo yo.

JUAN.-  Pon treinta duros al mes.

SANTIAGO.-  No te olvides que en nuestro caso tenemos que alimentar la vaca.

JUAN.-  Ya...

SANTIAGO.-  Y que la vaca, pues, seguramente querrá ayudar a los hermanitos pequeños que dejó en el Valle de Pas... y comprarse unas medias de vez en cuando, y hasta ir al folklore alguna noche, porque a todas las vacas les vuelve locas el folklore.

JUAN.-  Claro, claro... Pues no sé, calcula setecientas u ochocientas pesetas...

SANTIAGO.-  ¿Tanto? Si eso es lo que gana; si te descuidas, Jacinto Menéndez, que está en la aduana de Fuentes de Oñoro.

JUAN.-   (Mira en torno suyo, temeroso, de ser escuchado.) Pero, querido hermano, ahora que no nos oye don Aníbal, ¿es que tú crees que un ama es mucho más útil a la sociedad que Jacinto Menéndez?  (Le imita en el acto de registrar unos imaginarios equipajes.)  «A ver, a ver... ¿Sólo ropa usada? ¿Cigarrillos, licores gire declarar? ¿Qué lleva este paquete?»» Confesémoslo, Santiago: fruslerías... Y antipáticas de cumplir, aunque Jacinto les eche toda la simpatía del mundo. En cambio, un ama... ¡Caramba, que se dice pronto! Y no creas que es que yo haga de menos a nuestro Cuerpo, nada de eso. Que para mí un ama es más importante que un Delegado de Hacienda. ¡Y hay qué ver lo que es un Delegado de Hacienda!

SANTIAGO.-  No, no, si tienes razón. Y más importante que un Director General.

JUAN.-   (Como un frío tasador.)  Qué quieres, eso ya no se... ¡Demonio!... Un Director General... Tal vez exageremos... Bueno, allá, allá se andarán.

SANTIAGO-.  Total, hermano, hay que rehacer el presupuesto de arriba a abajo.

JUAN.-  Se rehace. No te olvides, por añadidura, que, cada hijo, trae su pan debajo del brazo.

SANTIAGO.-  Cada hijo, Juan, pero éste no lo es nuestro.

JUAN.-  Y si Dios se lo pone al mandarle a la vida, para que pese menos a sus padres que están obligados a quererle, a nosotros, que le vamos a querer sin obligación alguna, ¿crees que nos dejará sin ración?

SANTIAGO.-  Realmente es muy poco probable, hermano.

 

(Suena el timbre, JUAN abre la puerta sin preocupaciones, como si ya no temiera ninguna amenaza de ella, EMMA aparece en el umbral.)

 

JUAN.-  ¡Caramba, inesperada visita

 

(EMMA avanza unos pasos, ve al niño en la canastilla, le coge en los brazos y se dispone a marcharse a la calle. El estupor de los dos hermanos arete la actitud de EMMA es enorme.)

 

EMMA.-  Vaya... Enhorabuena.

SANTIAGO.-  ¿A dónde va usted?

JUAN.-  ¿Qué significa esto?

EMMA.-  Supongo que les causo una alegría extraordinaria. Me llevo al niño.

JUAN.-   (Con mesura y decisión.)  Perdón, señorita. Vayamos por partes. ¿Le importa, primeramente, dejar donde estaba al señor Villanova junior?

 

(Y, sin esperar su conformidad, le arranca, con cierta vehemencia, la canastilla, y se la entrega a SANTIAGO.)

 

Y mientras el señor Villanova junior se retira a sus habitaciones particulares...

 

(Le hace un ademán a SANTIAGO, que se va por la izquierda, y al que se le oye cerrar la puerta tras sí. Inmediatamente vuelve a escena.)

 

...¿quiere usted explicarnos qué es eso de que se lo lleva?

EMMA.-  Me parece qué la cosa está clarísima. Desde ahora mismo el niño pasa a las manos de quienes han de hacerse cargo de él.

JUAN.-   (Con un punto de emoción.)  ¿Apareció la madre?

EMMA.-  No.

JUAN.-   (Aliviados sin que él mismo se dé cuenta.)  Bien. Y si la madre no apareció, ¿quién reclama al niño?

  

EMMA.-  Al salir de esta casa, hace una hora, me di perfecta cuenta de lo gravoso que iba a ser para ustedes este chiquillo. Pienso que estuve un poco dura y les suplicó que me dispensen.

SANTIAGO.-  No se preocupe, señorita, por eso.

EMMA.-  Mientras bajaba las escaleras, iba pensando en todo lo que les había dicho y dándole vueltas al asunto, y entonces se me ocurrió que acaso lo que fuera motivo de engorro para ustedes podría serlo de alegría para otros. Y me fui a visitarles.

SANTIAGO.-  ¿A quiénes?

EMMA.-  A los otros. A los señores de Fernández Roig. Muy buena gente... Él está casado en segundas nupcias. Tuvo del primer matrimonio seis chicos y del segundo siete, y como andaba muy molesto por el número, que él es supersticiosísimo, recogió uno de esos niños austríacos que han venido a España, para no ser trece sino catorce.

SANTIAGO.-  ¿Y a esa puerta ha ido usted a llamar con el número quince?

EMMA.-  Sí, así lo he hecho. Y con un éxito total. Mi experiencia no me engaña y yo sé que ésos son los hogares más asequibles siempre a la caridad con los de fuera.

SANTIAGO.-  Total, que han admitido al niño en ese Instituto.

EMMA.-  Así es. Y aun le diré que otro matrimonio, el de los señores de Robles, que no sé cómo se ha enterado de lo que sucede, está en este justo momento disputándoselo a los Fernández Roig por teléfono. Mire usted, mi profesión me fuerza a andar la mayor parte del día entre miseria y viendo solamente lo que tenemos de animalitos; pero yo le aseguro a usted que, si por suerte hubiera un cruce que me permitiera seguir esa conversación, me sentiría orgullosa de nuestra condición humana.

JUAN.-  Señorita: se va usted a poner loca de contento, y hasta temo que, después de escucharnos, se forje usted una visión idílica de la vida y crea que todo el monte es orégano. Mucho cuidado con deducir consecuencias equivocadas. Pero sepa usted que ni al Instituto Fernández Roig, como le llama mi hermano, ni al del Cardenal Cisneros, permitimos nosotros que se lleve usted al niño. Reunidos ««los dos grandes», aquí don Santiago y don Juan, hemos resuelto que el pequeño continúe, per secula secolorum, bajo nuestro techo.

SANTIAGO.-  A propósito, señorita: ¿cuánto cuesta alquilar un ama?

EMMA.-   (Se ríe.)  Buscaremos una a precio de fin de temporada.

JUAN.-  Tiene usted una risa encantadora, señorita.

EMMA.-  Emma es mi nombre.

JUAN.-  Pues sí, da gusto oírla reír, palabra. Sobre todo después del tiempo que llevamos con las caras largas, señorita Emma.

EMMA.-  ¿Están resueltos, verdaderamente, a quedarse con el niño? ¡Ah! Pues entonces yo les ayudaré en cuanto pueda y ya verán cómo no resulta la tarea demasiado pesada.

JUAN.-  ¿Qué hará usted para ayudarnos?

EMMA.-  En primer lugar, decir a cuantos se pongan en mi camino que nunca ha habido dos hermanos tan nobles y tan buenos, que son ustedes dos santos de vacaciones en la Tierra.

JUAN.-  Largas, a ser posible, ¿eh, señorita?

EMMA.-  Y, después, colocarles bajo mi protección profesional.

JUAN.-  ¡Qué maravilla! ¿Oyes esto, Santiago?

SANTIAGO.-  ¡Ya lo creo!

EMMA.-  Así se les relevará de todas las pequeñas servidumbres de la paternidad. Aspiro a que los pañales, el talco, los biberones y el hule sean siempre, para ustedes, términos tan vagos como lo han sido hasta ahora.

JUAN.-  ¡Magnífico!... Y oiga usted, el niño ¿qué le parece?

EMMA.-  Muy guapito el pobre.

JUAN.-  Y muy grande para su tiempo, ¿no?

EMMA.-  Como no sé cuál es...

JUAN.-  A pesar de eso. Fuerte, ¿no?

EMMA.-  ¡Ah, sí, sí! Normal.

JUAN.-  ¿Normal nada más?

EMMA.-  Si usted anduviera por mi mundo se daría cuenta del valor que tiene poder decir de alguien eso, que es normal. Tanta desdicha manda la vida, que hay ocasiones en las que lo normal me parece que pasa a ser anormal y a la inversa. ¿Sabe usted?  (Le pregunta, sin palabras, su nombre.) 

JUAN.-  Yo me llamo Juan. Mi hermano, Santiago. Es un nombre mucho más feo, se nota a simple vista.

EMMA.-  ¿Sabe usted, don Juan?...

JUAN.-  No, doña Emma.

EMMA.-   (Se ríe.)  ¿Sabe usted, Juan, la oración que rezaba mi padre todas las noches? No decía sino esto: «Demos gracias a la Providencia que nos hizo normales».

JUAN.-  Es una oración que no la puede rezar nuestro jefe.

EMMA.-  ¡Qué malo...! Bueno, yo traía todo lo necesario para que mamara el niño.

JUAN.-  ¿Qué es lo necesario, a su juicio?

EMMA.-   (Sin entender o sin dar a entender que entiende.)  Un biberón.

JUAN.-   (Lo coge y lo mira con curiosidad y un poco despreciativamente. Piensa, sin poderlo evitar, en Engracia.)  Está visto que el hombre, cuando se pone a imitar a la Naturaleza, hace el ridículo siempre.

EMMA.-  Voy a dárselo.

JUAN.-  Oiga usted, Emma. Le prevengo que el niño ha sido ya alimentado a conciencia, hace treinta minutos escasos.

EMMA.-  ¿Ah, sí? ¿Fueron a buscar la leche?

JUAN.-  No. Conseguimos que nos la sirvieran a domicilio.

EMMA.-  ¡Caramba, qué influyentes!

JUAN.-  Somos así los de Aduanas.

SANTIAGO.-  ¿No cree usted que convendría esperar un poco?

EMMA.-  Sí, sí. ¿Quién lo duda? Antes de tres horas no hay necesidad de repetir la alimentación. Voy a hacerles un plan, ¿quieren?

SANTIAGO.-  ¡Ah, sí, sí, encantados!

EMMA.-  ¿Tienen ustedes un papel?

SANTIAGO.-  Claro que sí.

 

(Lo saca del cajón de la cómoda. JUAN le ofrece la estilográfica.)

 

EMMA.-  Vamos a ver, ¿a qué hora tomó la leche?

 

(EMMA se va sentado. JUAN y SANTIAGO están de pie, a sus espaldas.)

 

SANTIAGO.-  A las doce.

EMMA.-  ¿Qué cantidad de leche tomó?

 

(Los dos que no esperaban esa pregunta, se miran sorprendidísimos.)

 

JUAN.-  Pues...

EMMA.-  ¿No la midieron ustedes?

JUAN.-  No, la verdad.

EMMA.-  Debieron haberla medido.

SANTIAGO.-  Ya sé lo advertí a Juan.

EMMA.-  Pero, ¿como cuánto sería? ¿Como esto?  (Les muestra el biberón.) 

JUAN.-  ¡Mucho más!

SANTIAGO.-   (Simultáneamente.)  ¡Mucho menos!

EMMA.-  ¿En qué quedamos?

JUAN.-  Mire usted, Emma..., ¿podría telefonear al Capitol?

EMMA.-   (Sin comprender el motivo de su llamada.)  No necesitan mi permiso... ¡Ah, pero es para esto! ¡Por Dios, qué chiquillada! No hace falta. Enséñenme el recipiente.

JUAN.-  Es que lo tenemos en el Capitol.

EMMA.-  Entonces no vale la pena de que se molesten. Miren, hagamos otra cosa. Si el niño sigue sin llorar, a las dos, y si llora, cuando llore, le dan ustedes este biberón. ¿Comprendido?

SANTIAGO.-  Ya.

EMMA.-  Y otro a las cinco, y así cada tres horas.

SANTIAGO.-  Muy bien.

EMMA.-  El niño necesitará alguna ropa.

JUAN.-  Hablaremos con el sastre.

EMMA.-  ¿Cómo el sastre?

JUAN.-  ¡Ah, bueno, claro! He dicho una tontería.

EMMA.-  Me preocuparé de traerle un par de muditas del depósito de los Fernández Roig.

JUAN.-  Entonces, ¿volverá usted por aquí?

EMMA.-  Sí, sí, desde luego. Y si no viniera yo, vendría mi hermana.

EMMA.-   (Como si se le descubriera un mundo nuevo.)  ¡Ah! ¿Tiene usted una hermana?

EMMA.-  Sí.

SANTIAGO.-  ¿Menor que usted?

JUAN.-   (En gran caballero.)  Menor, no es posible, Santiago.

EMMA.-  Mayor, tampoco lo es.

SANTIAGO.-  ¡Caramba!

EMMA.-  Somos gemelas.

SANTIAGO.-  ¡No diga!

EMMA.-  E iguales, hasta el punto que ni se lo imagina.

SANTIAGO.-  ¡Qué curioso!

EMMA.-  ¿Ven ustedes este lunar?

 

(Se lo muestra en la mejilla que mejor le siente.)

 

JUAN.-  No vemos otra cosa desde hace media hora, señorita.

EMMA.-  Es falso, de quita y pon. Lo llevo para distinguirnos. Sin él se nos confundiría fácilmente. Nuestro padre decía que yo era la pinta.

SANTIAGO.-  Y su hermana, ¿es enfermera también?

EMMA.-  Sí, trabajamos juntas.

SANTIAGO.-  Venga con ella.

EMMA.-  Si está libre, desde luego: Le gustaría mucho conocer al chiquillo. Bueno, renuncio a escribirles el plan ahora. Se lo traeré muy detallado, después.

SANTIAGO.-  Perfecto. Y en caso de que no pudiera traérnoslo, nos lo manda con su hermana.

EMMA.-  No se preocupe. Miraré al chiquillo por si necesita algo.

SANTIAGO.-  Ahí lo tiene.  (EMMA hace mutis por la izquierda. Los dos se miran.)  ¿Qué te parece?

JUAN.-  Su voz no se muere nunca, ¿te fijas, Santiago? No la oímos, pero suena aún. Su sonrisa ha perfumado esta casa para los próximos cinco años...

SANTIAGO.-  ¿Será cierto lo que dice de la hermana, que sólo se distingue de ella por el lunar?

JUAN.-  Si es así, qué placer verlas juntas, andando, iguales, como dos versos. ¡Ay, si no estuviéramos clausurados hermano mío! Mejor dicho, para no engañarnos... Si la vida no nos hubiera invitado a echar el cierre ya...

SANTIAGO.-  Qué invitación, ¿eh?, tan fastidiosa.

JUAN.-  ¿Te acuerdas cuando éramos jóvenes y novios, justamente, de dos hermanas y daban las tres de la madrugada en el café de Jorge Juan? «¡Eh, que se va a cerrar!», nos decía el mozo. Y aquel último cuarto de hora era el mejor.

SANTIAGO.-  ¿Qué se te pasa por la cabeza, hermano?

JUAN.-  Algún dislate, con seguridad.

 

(Sale por la izquierda.)

 

EMMA.-  He cerrado las persianas. El reflejo de la nieve de los tejados podría despertar al niño.

JUAN.-  Ha hecho muy bien.

EMMA.-  Me parece triste. ¿Se arrepintió ya de quedarse con él?

JUAN.-  ¡No, no, qué locura!

EMMA.-  A tiempo están. Yo he de ir a ver a los Fernández Roig para decirles que Dios les ha negado, de momento, su decimoquinto hijo, a sabiendas de que les causo una desilusión, porque según ellos, se sienten muy solos, o sea que, con llevarles éste, asunto concluido.

SANTIAGO.-  No, Emma. Se queda con nosotros.

JUAN.-  Únicamente a la madre se lo cederíamos.

EMMA.-  Entonces, hasta luego.

JUAN.-  Hasta luego, Emma.

SANTIAGO.-  Salude a su hermana en nuestro nombre.

EMMA.-   (Con gracioso sigilo.)  Voy a decirles una cosa, en voz baja para quitarle solemnidad, pero muy de corazón: ¡que Dios les bendiga!

 

(Y hace mutis, presurosa, por la puerta del foro. JUAN regresa en silencio y preocupado hacia primer término. SANTIAGO, llegado allí antes que él, se ha sentado, abstraído en sus pensamientos. Es, tal vez, para JUAN, la ocasión del cigarrillo. La pausa es larga.)

 

JUAN.-  ¿Nieva aún?

SANTIAGO.-  No lo sé.

 

(JUAN hace mutis por la lateral derecha y regresa a los pocos momentos.)

 

JUAN.-  Ya dejó de nevar. Ésta es la hora del lucimiento de los Alcaldes.

SANTIAGO.-  Me importa un bledo que se luzcan.

JUAN.-  ¡Psch!... Modales, hermano.

 

(Se instala junto a él. Los dos se sienten tristes. No sabrían decir exactamente por qué. Nadie podría prever tampoco la duración de su silencio si, de pronto, no sonara el teléfono. Su timbre les sacude como un amigo que les palmoteara en la espalda.)

 

SANTIAGO.-   (Con enorme zozobra.)  ¿Qué hora es?

JUAN.-  ¡Las doce y media! Tenemos que marcharnos. Mejor dicho, yo, por lo menos. Aun puedo llegar a la oficina y evitar una catástrofe.

SANTIAGO.-  De allí debe ser la llamada.

JUAN.-    (Se dispone a marchar. Rectifica su decisión.)  Diga..., ¿quién es?... Sí... sí... sí...  (Estos tres síes tienen un enorme valor. Los pronuncia muy espaciadamente y de mayor a menor. El último, con un tono grave, casi sin modular, como si respondiera a una pregunta inútil.)  ¿Y... con quién hablo?... Ya entiendo: la madre.  (SANTIAGO se ha ido interesando, progresivamente, por las contestaciones de JUAN. Ahora, le mira, transido de mil dispares pensamientos.)  En efecto, señora, con nosotros está su hijo. En fin... por lo menos un niño de muy pocos días... No dudo que usted será la madre, pero... Sí, en efecto, hemos oído el disco... Pues bien, sí, repítalo... Eso dice, sí. La prueba es concluyente... ¿Y cómo ese disco, señora, tan... regocijado, para acompañar a un envío tan... dramático...? ¡Ah, ya comprendo! Lo impresionaron días antes de que naciera su hijo, a su espera, con la ilusión de que fuera niño...  (Que da a entender que repite las palabras de la madre para que SANTIAGO siga el diálogo.)  ... en una tarde alegre... Ya me doy cuenta... El disco hacía innecesario todo lo demás... Y, dígame, ¿por qué se le ocurrió confiarnos a su hijo? ¡Ah, sí!  (Dedicado a SANTIAGO.)  Conocía nuestra bondad... nuestra hombría de bien... ¿Y qué le determinó a abandonarle?... Le escucho, señora. Pero, óigame, usted no me mandó su hijo a mí solo, sino a mi hermano. Y mi hermano está aquí y tiene derecho, también, a saber por qué el destino de esa criatura y el nuestro se han entrecruzado hoy. Discúlpeme si, cuanto me dice a mí, voy repitiéndoselo después a él, con sus mismas palabras.  (Hay un silencio prudencial. En cada cláusula del relato se reproducirá.)  Su nombre es Gloria. Hace dos años conoció a un hombre del que se enamoró perdidamente. Él estaba casado. No lo supo al principio, sino cuando ya le amaba. Él no había tenido hijos en su matrimonio. Cuando supo que iba a tener uno, quiso separarse, definitivamente, de su mujer. Gloria se lo impidió. Aguardaban al hijo con una ilusión casi obsesiva. El hijo nació hace quince días. Hace siete murió su padre una noche, repentinamente, en casa de la mujer. No lo supo sino dos horas después de haber sido enterrado. Hoy por la mañana, enloquecida, decidió suicidarse. Dejó su hijo en nuestra puerta y huyó... Le ha faltado El valor. Ha decidido afrontar la vida, por dura que venga, y nos anuncia...

SANTIAGO.-  ¡Que quiere recoger el niño!

JUAN.-  Justo, que quiere recoger al- niño.  (Transición. Ha cesado el monólogo de la madre. Ahora es JUAN quien habla, serenamente, pero no sin emoción.)  Señora: nada tengo que oponer a sus deseos. Está usted en perfecto derecho. Pero voy a decirle a usted algo que acaso le sorprenderá. Mi hermano y yo, a la vuelta de varias alternativas, le veremos marcharse de nuestra casa con mucha melancolía. Es extraño, ¿no? Y, sin embargo, palabra de honor que le hablo con el corazón... Bien. ¿Mandará esta tarde por él? ¿Cómo? ¿Ahora mismo?  (A SANTIAGO.)  Dice que nos habla desde la cabina del bar de abajo y que sube en el acto...  (Al teléfono.)  No, no, a su gusto, señora. No se preocupe. No intentaremos verla. La entiendo. Así será... ¡No, por favor, eso no! A mi hermano y a mí nos hiere un poco: no nos dé las gracias. Buenos días, señora.  (Cuelga. Pausa.) 

SANTIAGO.-  ¿Entonces?

JUAN.-  Ya habrás comprendido. Nos pide que no intentemos conocerla: Que le dejemos el niño donde le encontramos, que ella tocará el timbre tres veces, cuando le haya recogido, y que tardemos un poco en salir después.

SANTIAGO.-  Está bien.

JUAN.-  Pues, hale, Santiago. No vale andar con rodeos. Tráelo, y demos esto por concluido.

 

(Mutis de SANTIAGO por la izquierda que regresa enseguida con la canastilla del niño.)

 

SANTIAGO.-  Vuelve a nevar. Es absurdo que salga a la calle con este frío.

JUAN.-  Ni tú ni yo tenemos fuero sobre él. ¿Sigue durmiendo?

SANTIAGO.-  Sí.

 

(Cogen la canastilla, entre los dos, y se dirigen a la puerta del foro. Inesperadamente, la canastilla tropieza con uno cualquiera de los muebles.)

 

¿Se habrá hecho daño el niño?

JUAN.-    (Sonríe, conmovido, como si a través de la momentánea preocupación de su hermano, leyera toda la enorme ternura de su alma.)  No, Santiago, no ha sido nada.

 

(Depositan la canastilla en la mesita)

 

SANTIAGO.-  Mira, ha abierto los ojos.

JUAN.-  O no sé nada de la vida, hermano, o es que se ríe.

SANTIAGO.-  Se ríe, sí.

JUAN.-  ¡lorito real!...  (Imita el loro, como antes.)  Fíjate, ahora le gusta. Lo que hace el alimento. Porque el loro es el mismo.

SANTIAGO.-  Una mariposa, una mariposa...  (Reproduce su juego anterior.) 

JUAN.-  ¡Adiós, don Santiaguito!

SANTIAGO.-  Espera...

 

(Va al perchero, coge la bufanda y le abriga con ella.)

 

Adiós, chavea.

JUAN.-  Hale, no perdamos tiempo.

 

(La melancólica procesión llega al umbral dé la puerta. La abren, y dejan al niño como lo encontraron. Cierran. Avanzan un poco, pero no pasan del límite que forma con el vestíbulo la puerta d e la habitación. Larga pausa.)

 

¿Recuerdas el disco? Quiero ser ingeniero de minas». Sería bonito que llegara a serlo.

SANTIAGO.-  No sé. Me preocupa un poco. Creo que están apretando enormemente en los exámenes.

JUAN.-  ¿Ah, sí?

SANTIAGO.-  Eso tengo entendido.

JUAN.-  ¿No oyes? Es el ascensor que sube.

SANTIAGO.-  Sí.

 

(Se acercan, instintivamente, a la puerta de la calle.)

 

JUAN.-  Ya está, viene aquí. No hay duda.  (Pausa.)  ¿Qué te dije?

SANTIAGO.-    (Se oye abrir la cancela.)  Abren la cancela.  (Y de pronto los tres timbrazos.) 

JUAN.-    (En voz alta, que la emoción quiebra.)  ¡Qué la Virgen le guarde, señor ingeniero!  (Pasan unos segundos. Con melancolía.)  ¡Se fue!  (SANTIAGO, disimuladamente, se enjuga una lágrima y avanza a primer término. JUAN tarda algo en seguirle. Habla, ahora, resueltamente.)  Bien, Santiago. En el breve espacio de tres horas de esta mañana de diciembre, hemos tenido un hijo y le hemos perdido. Sólo si nos dejamos llevar del histerismo le haremos grandes duelos. Lo normal es que todo quede reducido a una historia simpática que contar en Aduanas. ¿No te parece?

SANTIAGO.-  Estás en lo justo, hermano.

JUAN.-  Pues bueno, marchemos de una vez a la oficina. Santiaguito nos ha cogido ya una delantera respetable.

SANTIAGO.-  Vámonos.

 

(SANTIAGO se pone su gabardina, sus guantes, su sombrero.)

 

JUAN.-  Toma mi bufanda.

SANTIAGO.-  Te advierto que no tengo frío.

JUAN.-  Pero me llevas un año.  (Antes de abrir la puerta suena el teléfono.)  Ahora sí que es la oficina... Dígame...  (Alegremente.)  ¡Ah! De parte de la señorita Emma... Muy bien, muy bien... Sí, no me extraña que no haya podido. Hemos estado comunicando mucho rato. Deme, deme su recado... ¡Ajajá! ¡Muy bien! A las cuatro. Bueno.

 

(Mientras JUAN habla, SANTIAGO se le acerca y, en voz baja, pero modulando mucho, no hace sino sugerirle.)

 

SANTIAGO.-  La hermana, la hermana...

JUAN.-  ...Dígale usted que... O si no, no le diga nada. Muchas gracias. Adiós.  (Cuelga.)  De parte de Emma. que tengamos preparado un baño a treinta y seis grados para el niño. Que vendrá a las cuatro... con su hermana.

SANTIAGO.-  ¡Caramba! Oye, Juan. Si no me equivoco, el orden normal de las cosas es éste: primero, la mujer, y después los niños, ¿no?

JUAN.-    (Sin saber por dónde va.)  Sí. Como en los naufragios.

SANTIAGO.-  Sería gracioso que se invirtieran los términos y que, en nuestro caso, fueran los niños, primero, y después las mujeres.

JUAN.-  Sí, tendría gracia.  (Inicia el mutis, por enésima vez, y el teléfono, implacable, se lo corta.)  Dígame...  (A SANTIAGO.)  ¡Don Aníbal!... Sí, el teléfono estuvo estropeado toda la mañana. Ya le explicaremos.

 

(Coge el teléfono, lo tira al aire y lo vuelve a coger, de vez en vez, mecánicamente, sin prestar atención a la catilinaria de su jefe .)

 

Perdónenos, don Aníbal... Ya le explicaremos... Perdón, don Aníbal. Sí, sí, ahora mismo. (Y cuelga.) 

SANTIAGO.-  ¿Como está? ¿Hecho una fiera?

JUAN.-  Dos.

SANTIAGO.-  Andando.

 

(Abren la puerta. Desaparecen tras ella y van a cerrarla, cuando el teléfono vuelve a sonar. Deshacen el mutis, JUAN toma el teléfono. SANTIAGO se acerca.)

 

¿Quién podrá ser?

JUAN.-  Dígame... ¡Ah, sí! Lo celebro, lo celebro.  (Habla con verdadera efusión.)  ¡Ah, sí, qué alegría! Pues, muchas gracias. Se lo estimaremos de verdad.  (Cuelga.)  Es la madre... Dice, hermano, que nos está muy agradecida y que, si queremos, algún día nos traerá al niño, más adelante, para que lo veamos.

 

(Y ahora sí hacen mutis, camino de la Dirección General de Aduanas los dos hermanos Villanova, don JUAN y don SANTIAGO. Se les ve -caso curio- rejuvenecidos. Llevan la conciencia en paz y aunque, con certeza, sigue nevando en la calle, un sol saliente de esperanza les anima por dentro el alma. Los hermanos Villanova abren la puerta y la cierran tras sí. Y a los tres o cuatro segundos, sobre la escena vacía, cae lentamente el

 


 
 
TELÓN
 
 


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