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Lectura escolar, canon y nación: Machado en la antología de Montero Alonso

Reyes Vila-Belda

En 1928 el Premio Nacional de Literatura recayó en la Antología de poetas y prosistas españoles de Manuel Montero Alonso1. La convocatoria para ese año, modificada respecto a las anteriores que premiaban obras publicadas, buscaba una antología para las escuelas nacionales que sirviera como libro de texto de lectura escolar. No se indicaba la edad de los estudiantes. Un jurado, integrado por hombres, concedió el galardón2. La colección ganadora, publicada por Renacimiento en 1930 muestra, como pedían las instrucciones, una visión panorámica de la literatura española, desde la edad media hasta el presente. Es un canon tradicional y masculino, con un total de sesenta y ocho poetas, novelistas y dramaturgos3, de los que solo tres son mujeres4. Diez de esos autores estaban todavía vivos, entre los que destaca Antonio Machado. Su presencia llama la atención porque su selección es una de las más extensas, con un total de siete páginas, ocupando más espacio incluso que la del Quijote.

Durante las primeras décadas del siglo XX se publicaron en España diversas antologías para divulgar la creación poética y consagrar a los poetas más representativos del momento. Destacan La corte de los poetas (1906) de Emilio Carrere, el Parnaso español contemporáneo (1914) de José Brissa, la famosa Poesía española (1932) de Gerardo Diego y la importante Antología de la poesía española e hispanoamericana (1934) de Federico de Onís5. Todas estas compilaciones, más la de Montero, se publicaron en vida de Machado e incluyen una selección suya, por tanto contribuyeron a dar a conocer su obra pero también a su reconocimiento. En conjunto, trazan el proceso de canonización del poeta sevillano. Se diferencian en que las cuatro últimas se limitan a ofrecer un canon de la poesía moderna -cubriendo distintas décadas contemporáneas-, mientras que la de Montero incluye otros géneros, aunque más de la mitad de las selecciones son de poesía, y ofrece un panorama histórico que abarca varios siglos.

No cabe duda de que a Machado le favoreció figurar en la antología de Montero unido a los autores de máximo prestigio nacional y que sus versos aparecieran junto a fragmentos del Poema del Cid, el Quijote de Cervantes, el Lazarillo o la poesía mística de San Juan de la Cruz. Su inclusión establecía su autoridad al situarle en el Panteón sagrado de la literatura española. Asimismo, se benefició del capital cultural de la transmisión a la imaginación infantil y de su propagación a las nuevas generaciones6.

Distintos críticos han destacado la importancia de la pedagogía en la formación del canon, aspecto fundamental de la colección de Montero. John Guillory ha resaltado la función de los centros de enseñanza en la selección de autores y sus obras, escogidos como representantes de valores ideológicos o hegemónicos dominantes, para el consumo de los alumnos7. En las antologías didácticas, ese capital cultural se transmite con el objetivo de dejar una huella en los niños que leen esos textos y de este modo, como comenta Bárbara Mujica, contribuyen a perpetuar «the nation's sense of collective identity»8. Partiendo de estos planteamientos, el propósito de este ensayo es doble. Primero, analizar esta antología, de clara intención nacionalista, como canon pero también como historia literaria, situándola en el contexto de la producción de textos de lectura escolar de esa época. El otro objetivo es estudiar la selección machadiana en relación a los propósitos nacionalistas de la compilación. La yuxtaposición de los poemas seleccionados de Machado junto a textos de célebres autores de la literatura española, escogidos por sus valores patrióticos, podría dar a entender que comparten su carácter nacionalista y castellano. Sin embargo, la realidad es muy diferente. Mi tesis es que los poemas incluidos de Machado se alejan deliberadamente de la intención de esta antología, lo que me lleva a cuestionar la autoría de la selección.

El canon literario está estrechamente unido al concepto de nación. Como afirma Wadda Ríos-Font, la construcción de la nación está vinculada a la cohesión socio-cultural de un grupo, unido por una misma lengua y por su literatura9. Los textos literarios que integran el canon construyen un patrimonio común en el que se reconocen los factores originales y diferenciadores de esa nacionalidad10. Bajo Alfonso X, el castellano se convirtió en la lengua de la nación, aunque la conciencia histórica no se adquirió hasta el siglo XVIII. Muchas de las primeras antologías asumen la forma de historias literarias que transmiten a los lectores dos objetivos nacionalistas: la gloria de España, asociada simbólicamente con Castilla y lo castellano; y el sentido de identidad nacional. Existe, pues, una estrecha conexión entre las historias de la literatura, las antologías y el canon, ya que son fruto de un proceso de selección cuyos criterios reconocen o rechazan valores hegemónicos de una sociedad y reflejan la ideología de una cultura. Este rasgo se observa en la Antología de Montero, que José Antonio Ibáñez-Martín define como una «especie de Historia de la Literatura en sus textos», en la que figuran muchos nombres consagrados, junto a unos pocos ya olvidados -como Salvador Rueda o Enrique de Mesa-, todos escogidos porque ejemplifican valores nacionales11.

Desde el siglo XIX, España venía arrastrando el debate sobre el nacionalismo, y la crisis de 1898 puso de manifiesto su debilidad como nación. El fin del imperio provocó una profunda desilusión política, con implicaciones sociales y culturales. Carolyn Boyd señala que la pérdida de Cuba expuso la incompetencia de las élites, el atraso tecnológico del ejército y la alienación de las masas, y ese descontento impulsó a vincular la regeneración nacional con la reforma educativa12. Tras el desastre, era urgente crear una nueva imagen de España. Boyd precisa algunas iniciativas que puso en marcha el gobierno para «nacionalizar» a los españoles13. Entre otras, desde 1910, las escuelas primarias pasaron simbólicamente a llamarse «escuelas nacionales»14. Asimismo, las autoridades estatales descubrieron la importancia de la escuela como lugar donde inculcar a los niños valores culturales comunes. Como muestra, Boyd recoge una cita del Real Decreto de 5 de mayo de 1913 en el que el gobierno de Romanones daba instrucciones a las juntas locales que supervisaban las escuelas para que la enseñanza tuviera un carácter «eminentemente patriótico», pidiendo a los maestros que inculcaran a sus discípulos «preceptos morales» para «despertar en ellos el sentimiento del deber»15.

Durante las décadas siguientes, el estado emprendió una serie de reformas educativas como parte del esfuerzo por establecer su autoridad sobre la educación, aunque la oposición también buscó vías para influir en los contenidos de la enseñanza escolar. Entre ellas, destacan los intentos de diferentes bandos políticos por disponer de libros de texto patrióticos que sirvieran, como precisa Boyd, para construir una identidad colectiva entre los jóvenes16. La importancia ideológica del libro de texto y su función en el proceso educativo lo convirtieron en objeto de discordia. Las continuas disposiciones legales contradictorias y las tensiones entre distintas agrupaciones políticas despertaron reacciones enfrentadas, aunque pronto se hizo evidente que los partidos en el poder estaban más interesados en imbuir el patriotismo a los estudiantes que en la enseñanza cívica. Con la proclamación de la II República, dejaron de interesar los objetivos patrióticos para la selección de libros de texto pero se retomaron después bajo el franquismo.

La producción y venta de libros escolares estaba marcada por la corrupción y la falta de una legislación que regulara el mercado editorial17. A pesar de todo, durante este período, el sector de libros de textos se fue consolidando y mejoraron la calidad en la presentación y los contenidos. Los manuales educativos pasaron a convertirse en instrumentos imprescindibles para los maestros mal preparados y exhaustos, como recoge Machado en su poema «Recuerdo infantil», que suplían con ellos sus limitados conocimientos y eran una herramienta didáctica eficaz para atender a estudiantes de distintos niveles en una misma aula18.

Libros escolares y nacionalismo

Entre los diferentes proyectos de textos escolares que se fueron sucediendo durante las tres primeras décadas del siglo XX, sobresalen dos que intentaban estimular la lectura del Quijote y promover su figura como símbolo nacional. José-Carlos Mainer ha destacado la importancia que tuvo la conmemoración del tercer centenario del Quijote en 1905, como punto de referencia del nuevo patriotismo19. En 1912 un decreto del ministro Santiago Alba impuso su lectura obligatoria en las escuelas. Años después, en 1920, otro decreto del ministro conservador Natalio Rivas dictó que se comenzara la jornada escolar leyendo un pasaje de la novela cervantina para que los alumnos aprendieran de la sabiduría de sus muchos refranes, pero también como lección de patriotismo. Ambas iniciativas fracasaron20. En 1921, tras el grave desastre de Annual, la derrota militar más importante desde la pérdida de las colonias que vino acompañada de una nueva crisis nacional, se convocó el concurso del «Libro de la Patria». Se buscaba un libro de lectura, en forma de un viaje ideal, para enseñar a los niños «lo que es y representa España y hacerla amar», y transmitir la idea de nación21. El modelo era Le Tour de la France par deux enfants de G. Bruno (Paris: Éditions Belin, 1877) que tuvo gran éxito en el país vecino, un texto en el que se combinaba la lectura con la enseñanza de la geografía y la lengua. Según precisa Boyd, era la primera vez que el Estado español se preocupaba por supervisar los libros de lectura escolares, misión que hasta entonces había delegado en la Iglesia22. A pesar de que se presentaron numerosos participantes, el concurso de 1923 quedó desierto debido a las diferencias insalvables entre los grupos políticos, que no lograron ponerse de acuerdo sobre las ideas de nación e identidad. Algunos de los textos sometidos se publicaron posteriormente, como por ejemplo Un viaje por España: las regiones, su formación, su riqueza, sus costumbres, su historia (Madrid: S. Calleja, 1922), atribuido al editor Saturnino Calleja, hijo del fundador de la editorial de libros infantiles, que Boyd califica de tratado regeneracionista23, o La emoción de España: libro de cultura patriótica de Manuel Siurot (Madrid: Voluntad, 1923) que, aunque no se adoptó como texto nacional obligatorio por ser muy reaccionario, se utilizó para la enseñanza en escuelas privadas conservadoras y llegó a vender tres ediciones24. Siete años después, la Antología de Montero respondía a un nuevo intento del gobierno por encontrar un texto de lectura que divulgara los valores nacionales y fomentara el sentimiento patriótico en los escolares.

La compilación de Montero adoptaba también, en cierta medida, el espíritu pedagógico iniciado por la Institución Libre de Enseñanza, cuyos principios inspiraron la reforma escolar de 1901 y las sucesivas enmiendas25. Si bien no seguía su planteamiento utópico de rechazar por completo los libros de textos, continuaba su esfuerzo por animar a que los niños leyeran directamente a los clásicos o por medio de selecciones26. El espíritu institucionista fue recogido después en la reforma del Bachiller de 1926, que insistía en acercar los textos primarios a los estudiantes. Este decreto imponía la lectura «de autores castellanos» y obligaba al estudio de la historia de la literatura27. Por otro lado, como antología de la historia literaria, la obra de Montero conectaba con la fascinación por los clásicos que se produjo en España a comienzos del siglo XX. Muestras de este mismo interés fueron la creación del Centro de Estudios Históricos fundado en 1910, dirigido por Ramón Menéndez Pidal, dedicado a estudiar los orígenes del castellano y a los escritores primitivos, así como la colección Clásicos Castellanos, lanzada también ese mismo año. Estos esfuerzos fomentaban lo que Mainer ha definido como un «nacionalismo filológico» y respondían al intento de fijar un canon de la literatura española28. Esa canonización, como afirma Carme Riera, iba acompañada de una carga ideológica al proponer a los clásicos «como compendio de características nacionales»29.

La Antología de Montero, texto patriótico

El objetivo nacionalista de la Antología de Montero se manifiesta en la selección de autores y de textos. Respecto a los autores, la mayoría son castellanos o vivieron parte de su vida en tierras castellanas, excepto Rosalía de Castro, a quien define como «el alma de Galicia» (307) y Juan Maravall, de quien resalta que es catalán pero también «profundamente español» (312). De Emilia Pardo Bazán, a quien dedica la semblanza más corta, solo menciona que muchos de sus libros están ambientados en tierras gallegas, pero nada dice de su amor y defensa de Galicia (299). Componen una muestra muy limitada de las otras literaturas hispánicas, escasamente representativa de las otras nacionalidades.

Al tratarse de una antología que se rige por principios históricos, comienza exaltando la épica, el nacimiento de una lengua y su literatura. Con ello, continúa los esfuerzos de la época por crear una identidad nacional vinculada con el centralismo castellano. Vemos esto en los comentarios que hace Montero al describir el Poema del Mío Cid como «profundamente español» (12). Tras destacar que es el primer texto de la literatura española, Montero reconoce en él su «gran aliento nacional» y su «fuerte sabor castellano», y compara la emoción intensa del héroe cidiano con el paisaje de esa región, identificando a Castilla con la nación (12).

Otro de los rasgos nacionalistas es la mitificación de los grandes héroes destacando su españolidad. Del Mío Cid resalta sus «tradicionales virtudes castellanas: el patriotismo, el culto a los afectos familiares, la lealtad invencible», la generosidad y la honradez (12). Del Quijote, símbolo español, reconoce que es «obra nacional y universal» y que el quijotismo se ha convertido en «una romántica virtud de España» (97). Destaca determinadas formas de escritura porque se adaptan mejor que otras para expresar los rasgos de la sicología nacional. Para Montero, los romances y el teatro, a los que luego añade la novela picaresca, son las creaciones «más vigorosas» y genuinas «del espíritu español» (44). Define al romancero como la «voz del pueblo», y de los romances viejos afirma que son los primeros pasos de la poesía netamente española. Considera que el romancero y el teatro son las dos manifestaciones literarias en las que brilla de forma «más pujante el brío de nuestra raza» (44). Y al referirse al Lazarillo, ejemplo de prosa castellana, considera a la novela picaresca como otro género profundamente español, del que resalta sus ambientes populares, «estudio perfecto de nuestra psicología» (113). Volviendo al teatro, identifica la producción teatral de Lope de Vega con la historia y el espíritu de España (143). Sus obras reflejan «el gran espíritu nacional» y la diversidad española (142). Leer su teatro es sentir, de forma emocionada, «el antiguo latido español» (143). Montero también encuentra rasgos nacionales en el teatro de Calderón, a quien califica como «poeta de España», que «lleva en sus versos un trozo palpitante de vida nacional» (160). Del Romanticismo, ensalza a Zorrilla, a quien considera el poeta más popular de España. Califica su obra de «españolísima» y a él lo equipara con «la tradición, es España, es la raza» (233-34).

Juan Domingo Vera Méndez ha destacado el carácter regeneracionista y la construcción ideológica nacional de muchas de las selecciones de los autores de esta antología correspondientes al siglo XX30. Sobresale Unamuno que, para Montero, encarna el espíritu de la España moderna por su permanente conflicto entre la fe y la razón, el pensamiento y la vida (363). Mainer advierte una distinción entre el nacionalismo del XIX y el del XX. Vincula al primero con la cultura como «patrimonio nacional» y con las emociones de la historia de la patria; mientras que asocia el nacionalismo del siglo XX con una percepción menos historicista y más «estética», que se traduce en la emoción por el paisaje31. Vera Méndez observa que, de la abundante producción narrativa de Azorín, Montero solo seleccionó aquellas obras que destacan parámetros ideológicos nacionales, valores espirituales y el paisaje castellano, como El alma castellana, Castilla o La ruta de Don Quijote, mientras deja en el tintero otras alejadas de estos ideales, como La voluntad o Las confesiones de un pequeño filósofo.

Entre los autores vivos, es especialmente relevante para nuestro estudio la semblanza de Manuel Machado. Como observan José Montero Reguera y Alexia Dotras Bravo, el antólogo emplea el método comparativo en algunas de sus semblanzas, como hace con Garcilaso y Fernando de Herrera, o San Juan de la Cruz y Santa Teresa32. En esta ocasión compara a los hermanos Machado. De Manuel destaca que es menos grave que Antonio, resaltando su fuerte carácter andaluz: «Más airoso, más garboso, más florido. Más andaluz, más sevillano» (391). Los poemas escogidos de Manuel son «Cantares», de fuerte tono andalucista, y «Castilla», en el que rememora el emotivo encuentro del Cid con la niña en Burgos, un poema que se ajusta al carácter nacionalista de la antología. De Antonio, enfatiza que en él, «la tierra austera de Castilla ha puesto su acento pausado» (390). Esta asociación de Antonio con la tierra castellana es paradójica pues la destaca en la semblanza de Manuel, pero no hace ninguna referencia a ella en la suya. De hecho, el amor y la vinculación de Antonio con el paisaje castellano no se mencionan ni en su semblanza ni en su selección, lo contrario de lo que hace con otros autores como Unamuno o Azorín. El autor del perfil antológico rehúye claramente establecer cualquier vinculación de la poesía de Antonio con lo castellano. Es igualmente enigmático que la mayoría de los poemas escogidos del autor de Campos de Castilla no provengan de esa colección, ni tengan nada que ver con lo castellano, ni con los propósitos nacionalistas de la antología y se alejen de la intención patriótica que conforma la compilación.

La selección machadiana de la Antología

La selección de Antonio Machado se compone de una breve semblanza, con unas pocas palabras en las que se destaca la claridad y sencillez de su verso: «Sobriedad, austeridad, emoción honda e íntima. Pensamiento grave» (395). Esta presentación va acompañada por una famosa cita del propio poeta, de la que no se incluye la fuente bibliográfica, en la que resalta: «Pensaba yo que el elemento poético no era la palabra por su valor fónico, ni el color, ni la línea, ni un complejo de sensaciones, sino una honda palpitación del espíritu», en la que no se hace referencia alguna ni a lo castellano ni al patriotismo (395)33. Es, además, la única semblanza de la antología en la que se delega la justificación de la selección a una cita. Incluye seis poemas: cuatro procedentes de Soledades. Galerías. Otros poemas, a saber, «El viajero», «Yo voy soñando caminos», «Y no es verdad, dolor...» y «Renacimiento»; uno, «Retrato», de Campos de Castilla, y, por último, «A D. Francisco Giner de los Ríos», de 1915, que luego Machado incorporó a la segunda edición de esa obra.

Los cuatro primeros poemas reflejan distintos aspectos de su inicial período simbolista, ese mundo de visiones fabricadas por el poeta: el recuerdo intimista de «El viajero» (396-97); el sueño del crepúsculo y el diálogo con la naturaleza de «Yo voy soñando caminos» (397-98); la búsqueda personal y angustiosa de verdades infinitas en «Y no es verdad, dolor» (398-99); sin olvidar el mundo de las galerías, ese proceso interior que busca los recuerdos como estímulo creativo, representado en «Renacimiento» (399) y que juntos constituyen el culmen de su proceso introspectivo. Estos poemas componen una visión simbolista que no encaja en una antología que se caracteriza por identificar Castilla y su paisaje con España. Por otro lado, teniendo en cuenta el propósito de la compilación, extraña que no figure «Orillas del Duero» (IX), el primer poema castellano de Machado que incorporó a la colección Soledades. Galerías. Otros poemas tras su inicial visita a Soria en mayo de 1907 para tomar posesión de la cátedra de francés. Recogen sus primeras impresiones emocionadas al contemplar el paisaje soriano:

¡Chopos del camino blanco, álamos de la ribera,

espuma de la montaña

ante la azul lejanía,

sol del día, claro día!

¡Hermosa tierra de España!34



El último verso trasciende la visión estética para ofrecer una emoción patriótica que algunos podrían interpretar de nacionalista35.

La inclusión de «El viajero» es igualmente misteriosa. Relata la vuelta de un familiar que marchó a América y que regresa sin haber triunfado. Es un poema melancólico que describe el fracaso, el cansancio y la desilusión del pariente que ha regresado tras una larga ausencia. Es una vuelta a la patria que no tiene nada de heroica. De la primera edición de Campos de Castilla selecciona «Retrato» (399-401), poema que marca su distanciamiento con el modernismo y en el que no está presente su emoción por el paisaje castellano. En cambio, no incluye poemas como «A orillas del Duero» o «La tierra de Alvargonzález», más próximos al tópico castellanista que se buscaba destacar en este volumen. Varios críticos han señalado diferencias entre la aproximación castellana de Machado con la de otros escritores de la época. Para Carlos Moreno Hernández, las verdaderas vivencias castellanas de Machado son emocionales y quedan fuera del tópico generacional36. Por su parte, Carlos Blanco Aguinaga resalta que, a diferencia de otros escritores finiseculares, Machado en sus poemas paisajísticos no cae en la evasión esteticista o en la literaturización de las tierras castellanas, como hace Azorín. Para Blanco Aguinaga, sus versos son un instrumento crítico de un pasado que hay que rechazar37.

Por último, la selección concluye con el primero de los «Elogios», «A D. Francisco Giner de los Ríos» (401-02). De todos los poemas escogidos, es el único que refleja su interés por el paisaje castellano, identificándolo con España, y que termina con una ligera exaltación patriótica: «Allí el maestro un día / soñaba con el florecer de España» (402).

Vera Méndez ha observado el marcado carácter regeneracionista de la compilación que se refleja en los perfiles de los autores finiseculares de Azorín, Maragall y Unamuno, pero esto no se detecta en el de Machado. Además, sorprende la extensión de su selección, el tono diferente y enigmático de la semblanza, que en nada se asemeja a la de su hermano Manuel, así como la amplia representación de poemas de su etapa simbolista, en lugar de aquellos que muestran su posterior preocupación castellana, tema que privilegiaba la propia antología. Todo ello hace plantearnos quien fue el responsable de la selección.

En la construcción de antologías de la época era una práctica frecuente delegar al propio poeta la selección completa o parcial de sus obras, ya bien para aligerar la tarea del antólogo, especialmente en las compilaciones con una nómina muy extensa, o por amistad con los antologados. Machado no era ajeno a esta costumbre, pues es algo que hizo en otras antologías de la época, como en la de Carrere (La corte de los poetas), donde aprovechó para incluir nuevas variantes de poemas ya publicados38. Por otro lado, Montero coincidió en Segovia con Machado, donde ambos eran colegas del instituto, y a partir de entonces mantuvieron su amistad39. No es descartable, pues, que Montero delegara la selección en su amigo. Si bien, el autor de la selección rehuye que se le identifique con preocupaciones nacionalistas.

La correspondencia personal de Machado revela que, por esos años, al poeta le preocupaban otras cuestiones que le alejaban del interés por la tradición y la vuelta al pasado. Es en esa época cuando concibe a los poetas apócrifos, que marcaron un giro definitivo en su producción. En carta fechada el 15 de mayo de 1928, en respuesta a una misiva de Ernesto Giménez Caballero que le había escrito para pedirle algún poema para La Gaceta Literaria, Machado le responde con evasivas, diciendo que andaba metido en otros proyectos y que, tras la creación de Abel Martín y Juan de Mairena, estaba escribiendo Pedro Zúñiga, otro apócrifo. La invención de estos poetas era un intento por «crear una nueva tradición» que respondía, en palabras del poeta sevillano, a la nueva objetividad hacia la que se estaba encaminando el arte40. La creación de los apócrifos era una nueva forma de indagar la realidad porque, de acuerdo con Jocken Mecke, a Machado la vuelta a la vieja tradición le parecía ya impracticable41.

En conclusión, la antología de Montero fija un canon nacional y debe ser enmarcada en el contexto de escribir la nación de las primeras décadas del siglo XX. Como selección de textos literarios nacionales destinados al público infantil contribuye, como los otros proyectos gubernamentales de libros de lectura escolar, a la construcción de lo que Benedict Anderson ha definido como la «comunidad imaginada», integrada por las clases lectoras que comparten un consumo de productos culturales y un mismo sistema educativo que, junto a los esfuerzos de filólogos, gramáticos y otros intelectuales, dieron forma tardía al nacionalismo español42. La inclusión de Machado en esa antología supuso su reconocimiento canónico. Pero todo parece apuntar que el autor de la selección, muy probablemente el propio poeta, no quería que sus poemas contribuyeran al carácter nacionalista de la compilación. Según este planteamiento, Machado no rechazó figurar en la Antología de su amigo, pero los poemas que escogió son un claro esfuerzo para evitar que su obra se identificara con la ideología que proclama la colección.