«Míos hijos, por el mío consejo vos haréis así como ahora os diré: lo primero, amaréis y serviréis y temeréis a Dios que os hizo, y os dio razón y entendimiento para hacer bien y saberos guardar del mal. Ca dice en Santa Escritura que el comienzo de la sabiduría es el temor de Dios. Y por ende el que a Dios teme siempre es guardado de yerro; y desí guardaréis sus mandamientos con gran temor de no le fallecer en ningunos de ellos, y señaladamente guardaréis aquel en que manda que honre a su padre y a su madre si quiere haber buen galardón sobre la tierra. Y mal pecado, más son los que se inclinan a tomar el mal consejo, pues a su voluntad es, que el bueno: para el hombre de buen entendimiento, cuando el mal consejo y el bueno ven y lo entienden, acógese antes al bueno maguer sea con deleite y a su voluntad; así como aconteció a un rey mancebo de Armenia, comoquiera que vivía a su voluntad.»
Dice el cuento que este rey iba a caza y halló un predicador en el camino que predicaba al pueblo, y díjole: «Predicador, yo voy a caza a gran prisa, y no puedo estar a tu predicación, que lo alongas mucho; mas si la quieres abreviar, me pararía a oírla.» Dijo el predicador: «Los hechos de Dios son tantos y de tantas maneras que no se pueden decir en pocas palabras, mayormente a aquellos que tienen ojo por las vanidades de este mundo más que por castigos y las palabras de Dios, e id vos a buena ventura, y dejad oír la predicación a aquellos que han sabor de oírla y se pagan de conocer la merced que Dios os hizo en les dar entendimiento para oírlas y aprenderlas; pero mémbreseos que por un pecado solo fue Adán echado de paraíso; y por ventura si querrá acoger en él a quien fuere encargado de muchos».
Y el Rey fuese, y anduvo pensando en lo que le dijo el predicador, y tornose. Y entrando por la villa vio un físico que tenía antes sí muchos orinales, y díjole: «Físico, tú que a todos los enfermos cuyos son estos orinales cuidas sanar, ¿y sabrías melecinas para sanar y guarecer de los pecados?» Y el físico cuidó que era algún caballero, y díjole: «Tú, caballero, ¿podrás sufrir la amargura de la melecina?» «Sí», dijo el Rey. «Pues escribe», dijo el físico, «esta receta por preparativo que has a tomar primero para mudar los humores de los tus pecados, y después que hubieres bebido el jarope, darte he la melecina para desembargarte de tus pecados. Toma las raíces del temor de Dios y meollo de los sus mandamientos, y la corteza de la buena voluntad de quererlos guardar, y los mirabolanos de la caridad, y simiente de atemperamiento de mesura, y la simiente de la constancia, que quiere decir firmeza, y la simiente de la vergüenza, y ponlo a cocer todo en caldera de fe y de verdad, y ponle fuego de justicia, y sórbelo con viento de sapiencia, y cueza hasta que alce el fervor de contrición, y espúmalo con cuchar de paciencia, y sacarás en la espuma las horruras de vanagloria y las horruras de la soberbia, y las horruras de la envidia, y las horruras de la codicia, y las horruras de lujuria, y las horruras de ira, y las horruras de avaricia, y las horruras de glotonía, y ponlo a enfriar al aire de vencer tu voluntad en los vicios del mundo, y bébelo nueve días con vaso de bien hacer, y madurarán los humores endurecidos de los tus pecados de que no te arrepentiste ni hiciste enmienda a Dios, y son mucho ya endurecidos, y quiérente toller de pies y de manos con gota halaguera, comiendo y bebiendo y envolviéndote en los vicios de este mundo, para perder el alma, de la cual has razón y entendimiento y todos los cinco sentidos del cuerpo. Y después de que tomares este jarope preparativo, tomarás el ruibarbo fino del amor de Dios una dracma, pesado con balanzas de haber esperanza en Él que te perdonará con piedad los tus pecados. Y bébelo con el suero de buena voluntad, pero no tornarás más a ellos. Y así serás guarido y sano en el cuerpo y en el alma.» «Ciertas, físico», dijo el Rey, «mucho es amarga esta tu melecina, y no podría sufrir su amargura, ca de señor que soy, me quieres hacer siervo, y de vicioso lazrado, y de rico pobre». «¿Cómo?», dijo el físico, «¿por tú querer temer a Dios y cumplir sus mandamientos cuidas que serás lazrado? Ciertas no lo cuidas bien, ca Dios, el que teme y cumple sus mandamientos, sácalo de lacerio y de servidumbre del diablo y hácelo libre; y al humildoso y paciente sácalo de lacerio y de cuidado y ensálzalo; y al franco y mesurado del su haber acreciéntale sus riquezas». «Caballero», dijo el físico, «para mientes que muy amargas son las penas del infierno que esta melecina, y por ventura si las podrás sufrir; pero la buena andanza pocos son los que la saben bien sufrir, y la mala sí, ca la sufren amidos, maguer no quieran. Onde, pues buen consejo no quieres tomar, miedo he que habrás a tomar mal consejo de que te hallarás mal. Y acontecerte ha como aconteció a un cazador que tomaba aves con sus redes». «¿Y cómo fue eso?», dijo el Rey.
Dice el cuento que un cazador fue a caza con sus redes, y tomó una calandria y no más, y tornose para su casa, y metió mano a un cuchillo para degollarla y comerla. Y la calandria le dijo: «¡Ay amigo, qué gran pecado haces en matarme! ¿Y no ves que no te puedes hartar de mí, ca soy muy pequeña vianda para tamaño cuerpo como el tuyo? Y por ende tengo que harías mejor en darme de mano y dejarme vivir; y darte he ya tres consejos buenos de que te puedes aprovechar si bien quisieres usar de ellos.» «Ciertas», dijo el cazador, «mucho me place, y si un buen consejo me dieres, yo te dejaré y darte he de mano». «Pues doyte el primero consejo», dijo la calandria, «que no creas a ninguno aquello que vieres y entendieres que no puede ser; el segundo, que no te trabajes en pos la cosa perdida, si entendieres que no la puedas cobrar; el tercero, que no acometas cosa que entiendas que no puedas acabar. Y estos tres consejos semejantes uno de otro te doy, pues uno me demandaste». «Ciertas», dijo el cazador, «buenos tres consejos me has dado». Y soltó la calandria y diole de mano, y la calandria andando volando sobre la casa del cazador hasta que vio que iba a caza con sus redes, y allá fue volando en derecho de él por el aire, parando mientes si se acordaría de los consejos que le diera, y si usaría de ellos. Y andando el cazador por el campo armando sus redes, llamando las aves con sus dulces cantos, dijo la calandria que andaba en el aire: «¡Oh mezquino, cómo fuiste engañado de mí!» «¿Y quién eres tú?», dijo el cazador. «Yo soy la calandria que diste hoy de mano por los consejos que yo te di.» «No fui engañado según yo cuido», dijo el cazador, «ca buenos consejos me diste». «Verdad es», dijo la calandria, «si bien los aprendiste». «Pero», dijo el cazador a la calandria, «dime en qué fui engañado de ti». «Yo te lo diré», dijo la calandria. «Si tú supieras la piedra preciosa que tengo en el vientre, que es tan grande como un huevo de estrús, cierta soy no me dieras de mano, ca fueras rico para siempre jamás si me la tomaras, y yo perdiera la fuerza para acabar lo que quisieres.» El cazador cuando lo oyó fincó muy triste y muy cuitado, cuidando que era así como la calandria decía, y andaba en pos ella por engañarla otra vegada con sus dulces cantos. Y la calandria como era escarmentada guardábase de él y no quería descender del aire, y díjole: «¡Oh loco, qué mal aprendiste los consejos que te di!» «Ciertas», dijo el cazador, «bien me acuerdo de ellos». «Puede ser», dijo la calandria, «mas no los aprendiste bien, y si los aprendiste no sabes obrar de ellos». «¿Y cómo no?», dijo el cazador. «¿Tú sabes», dijo la calandria, «que dije al primero consejo que no quisieres creer a ninguno lo que vieses y entendieses que no podría ser?». «Verdad es», dijo el cazador. «¿Pues cómo», dijo la calandria, «has tú a creer que en tan pequeño cuerpo como el mío pudiese caber tan gran piedra como el huevo de ostrús? Bien debías entender que no es cosa de creer. El segundo consejo, te dije que no trabajases en la cosa perdida si entendieses que no la pudieses cobrar». «Verdad es», dijo el cazador. «Pues ¿por qué te trabajas», dijo la calandria, «en cuidar que me podrás prender otra vez en tus lazos con tus dulces cantos? ¿Y no sabes que de los escarmentados se hacen los arteros? Ciertas bien debías entender que, pues una vegada escapé de tus manos, que me guardaré de meterme en tu poder, y gran derecho sería que me matases como quisiste hacer la otra vegada, si de ti no me guardase. Y en el tercero consejo te dije que no acometieses cosa que entendieses que no pudieses acabar». «Verdad es» dijo el cazador. «Y pues tú ves», dijo la calandria, «que yo ando volando por donde quiero en el aire, y que tú no puedes subir a mí, ni has poder de hacerlo, ca no lo has por natura, y no debías acometer de ir en pos de mí, pues no puedes volar así como yo». «Ciertas», dijo el cazador, «yo no holgaré hasta que te tome por arte o por fuerza». «Soberbia dices», dijo la calandria, «y guárdate, ca Dios de alto hace caer los soberbios».
Y el cazador, pensando en cómo podría volar para tomar la calandria, tomó sus redes y fuese para la villa; y halló un trasechador que estaba trasechando antes muy gran gente, y díjole: «Tú, trasechador, que muestras uno por al y haces creer a los hombres lo que no es, ¿me podrías hacer que semejase ave y pudiese volar?» «Sí podría», dijo el trasechador. «Toma las péñolas de las aves y pégalas a ti con cera, e hinche de péñolas todo el cuerpo y las piernas hasta en las uñas, y sube a una torre alta y salta de la torre y ayúdate de las péñolas cuanto pudieres.» Y el cazador hízolo así, y cuando saltó de la torre cuidando volar, no pudo ni supo, ca no era de su natura, y cayó en tierra y quebró y murió. Y gran derecho era, ca no quiso creer el buen consejo que le daban, y creyó el mal consejo que no podía ser por razón de natura.
Y el Rey, cuando oyó esto, tuvo que el físico le daba buen consejo, y tomó su castigo y usó del jarope y de la melecina, maguer le semejaba que era amarga y no la podría sufrir, y partiose de las otras levedades del mundo, y fue muy buen rey y bien acostumbrado, y amado de Dios y de los hombres; en manera que por el amargor de esta melecina que le dio el físico, usando y obrando de ella, excusó las amarguras de las penas del infierno.
Y vos, míos hijos, dijo el rey de Mentón, siempre parad mientes a los consejos que os dieren los que viereis que son en razón y pueden ser a vuestra pro y a vuestra honra. Recibidlos de grado y usad de ellos y no de los que fueren sin razón, y que no pueden ser a vuestra pro y a vuestra honra, y que no pueden ser amados y honrados y apreciados de Dios y de los hombres: la primera es aprender buenas costumbres; la segunda es usar de ellas onde la una sin la otra poco valen al hombre que a gran estado y a gran honra quisiese llegar.
Amigos hijos, habéis a saber que en las buenas costumbres hay siete virtudes, y son estas: humildad, castidad, paciencia, abstinencia, franqueza, piedad, caridad, es decir, amor verdadero. De ellos oiréis decir adelante, y aprenderéis sus propiedades de cada una en su lugar. Y creed que con las buenas costumbres en que yacen estas virtudes, puede ser dicho noble aquel que de ellas fuere señor; ca dice un sabio: «Ni por el padre ni por la madre no es dicho noble el hombre, mas por buena vida y buenas costumbres que haya.» Y otro sabio dice a su hijo: «Creas que puede ser noble por la alta sangre, ca del linaje ni por las buenas costumbres de ellos, mas por las costumbres, si en sí ellas hubiere.» Y por ende dicen que la mujer apuesta no es de lo ajeno compuesta; ca si de suyo no hubiera la apostura, poco mejoraría por colores postizos, onde ninguno se puede bien loar de bondad ajena, mas de la suya propia.
Y así, míos hijos, aprendiendo buenas costumbres y usando bien de ellas, seréis nobles y amados y preciados de Dios y de los hombres. Pero debéis saber que el noble debe haber en sí estas siete virtudes que de suso dijimos; y demás que sea amador de la justicia y de la verdad.
El noble, cuanto es más alto, tanto debe ser más humildoso, y cuanto es más noble y más poderoso, tanto debe ser más humildoso, y cuanto más noble y más poderoso, tanto debe ser mesurado. Ciertas, muchos embargos ha de sufrir el que quiere ganar nobleza, ca ha de ser franco a los que pudieren y paciente a los que erraren y honrador a los que vieren. Onde el que quiere ser noble y use bien de ellas, conviene que sea de buenas costumbres y que use bien de ellas, y debe perdonar a cuantos le erraren y debe hacer algo a los que se lo demandaren, y no debe parar mientes a la torpedad de los torpes. Ca dice un sabio: «Si quieres ser de buenas costumbres de algo que pediste y no te lo dio, y perdona al que te hizo mal y hazle bien, ca tú haciéndole bien pensará y entenderá que hizo mal y arrepentirse ha; y así harás de malo bueno». Y sabed que todas estas cosas son mester a los que quieren ser de buenas costumbres: la una es que sea mesurado en sus dichos y en sus hechos; la otra es que sea franco a los que hubieren mester. Y míos hijos, cuando os hiciere gran merced, si usarais de ella bien, duraros ha, y si no, sabed que la perderéis, ca Dios no deja sus dones en el que no lo merece ni usa bien de ellos. Ca derecho escrito es que merece perder la franqueza del privilegio que le dieron el que mal usa de él; y no queráis departir ante aquel que tenéis que os desmentirá, y no pidáis aquel que cuidáis que no os dará, y no prometáis lo que no podéis cumplir ni tuviereis en corazón de dar; y pugnad en ser con hombres de buena fe, ca ellos raen de los corazones la orín de los pecados. El que ama ser de los buenos es alto de corazón, y el que hace buenas obras gana prez. Y si quisieres cumplir los mandamientos de la ley, no haréis a otro lo que no querríais hiciesen a vos. Sabed que en amor de Dios se ayuntan todas las buenas costumbres.
Onde, míos hijos, debéis saber que la primera y la preciada de buenas costumbres es castidad, que quiere decir temperanza, por que hombre gana a Dios y buena fama. Y sabed que castidad es amansar y atemperar hombre su talante en los vicios y en los deleites de la carne y en las otras cosas que son contrarias de la castidad y mantener su cuerpo y su alma, ca ninguna alma no puede entrar en paraíso sino después de que fuere purgada y limpia de sus pecados, así como cuando fue enviada al cuerpo. Y ciertas, de ligero podrá hombre refrenar su talante en estos vicios si quisiere, salvo en aquello que es ordenado de Dios, así como en los casamientos. Mas los hombres torpes dicen que, pues Dios hizo másculo y hembra, que no es pecado; ca su pecado es que Dios no se lo debía consentir, pues poder ha de vedárselo, y yerran malamente en ello, ca Dios no hizo al hombre como las otras animalias mudas a quien no dio razón ni entendimiento y no saben ni entienden qué hacen pero en sus tiempos para engendrar, y en el otro tiempo guárdanse. Y por eso dio Dios al hombre entendimiento y razón, porque se pudiese guardar del mal y hacer bien, y diole Dios su albedrío para escoger lo que quisiese, así que si mal hiciese que no recibiese galardón. Y ciertamente, si el entendimiento del hombre quisiese vencer a la natura, sería siempre bien. Y en esta razón dicen algunos de mala creencia que cada uno es juzgado según su nacencia.
Dice el cuento que hay un ejemplo que dice así: que afirmó un filósofo y llegó a una ciudad y tomó escuela de filosofía que es para juzgar a los hombres por sus facciones de cuántas maneras deben ser. Y un hombre de la ciudad que desamaba ayuntó algunos de esos escolares y demandoles así y dijo: «¿Quien tal frente tiene, según lo que aprendistes, qué muestra?» Dijeron ellos que debía ser lujurioso. «¿Y quién hubiese tales cellas qué muestra?» Dijeron ellos que debía ser mentiroso. Y ellos dijeron: «Pues tales son las señales de vuestro maestro, y según él os enseña, de tales malas maneras había ser». Y ellos fuéronse luego para su maestro y dijéronle: «Maestro, nos vemos que vos sois tan guardado en todas cosas y tan cumplido de todo bien que se da a entender que este saber no es verdadero, ca más por aguisado tenemos de dudar de esta ciencia que de dudar de vos a firme.» Su maestro respondió como sabio y dijo: «Hijos, sabed que todas cosas codicio yo todavía y aquellas me vienen al corazón, y yo forcelo de guisa que no paso poco ni mucho a nada de cuanto la natura del cuerpo codicia, y pugno todavía en esforzar el alma y en ayudarla porque cumpla cuantos bienes debe cumplir, y por esto soy yo tal que veis, maguer muestra mi bulto las maneras que dijistes. Y sabed que dijo un sabio allá donde demandó que halló de las de los signos en astrología y del que sube en ellos, y dijo que en toda una faz suben muchas figuras de muchas maneras, y lo que sube en la faz primera, que es grado de accidente, siempre lo ama hombre que quiere todavía haber solaz con él, más que en ninguna otra cosa. Ca sabed que en la faz del mi accidente suben dos negros paños y no sé en este mundo que más codicie en mi voluntad y mande que nunca entrase hombre negro ante mí.»
Y otrosí, sabéis que un hombre demandó a un sabio que, si la nacencia del hombre mostraba que había a matar y a hacer mal, pues naciera en tal punto que lo había de hacer, ca no le semejaba que había culpa. Respondió el sabio y dijo: «Porque ha el hombre el albedrío libre, por eso ha de lazrar por el mal que hiciere.» «¿Y que buen albedrío», dijo el otro, «podría haber el que nació en punto de ser malo?» El sabio no le quiso responder, ca tantas preguntas podría hacer un loco a que no podrían dar consejo todos los sabios del mundo; pero que él pudiera responder muy bien aquesto, si quisiera: ca las cosas celestiales obran en las cosas elementales, y manifiesta cosa es que los cuerpos de los hombres son elementales y no valen cuando son sin almas que si fuesen lodo. Y el alma es espiritual, de vida que envía Dios en aquellos que Él quiere que vivan, y cuando se ayunta el alma al cuerpo, viene ende hombre vivo y razonable y mortal; y el alma sin cuerpo y el cuerpo sin alma no son para ningún hecho del mundo, ca por su ayuntamiento es la vida del cuerpo; y el departimiento es la muerte. Y porque es el alma espiritual y el cuerpo elemental, por eso ha el alma virtud de guiar el cuerpo. Y maguer que los aparejamientos de las estrellas muestran algunas cosas sobre la nacencia de algún hombre, la su alma ha poder de defenderlo de ellos si Él quisiere, por ella es espiritual y es más alta que las estrellas y más digna que ellas, ca están so el cielo nueve, y el alma viene de sobre el cielo deceno, y así lo dicen los astrólogos. Y por aquí se prueba que en el poder del hombre es defender bien y mal. Y este conviene que haya galardón o pena por lo que hiciera. Onde por esto, míos hijos, debéis saber que en poder del hombre es que pueda esforzar las vanidades del alma, ca este albedrío es dado al hombre bien y mal porque haya galardón o pena.
«Y por ende, míos hijos», dijo el rey de Mentón, «debéis creer y ser ciertos que no place a Dios ningún mal, porque Él es bueno y cumplido, y no conviene que ninguna mengua haya por Él. Y los que a Él dicen o creen bien, ni son obedientes a Dios, ni temen la pena que podrían recibir en este mundo de los reyes que mantienen la ley. Onde todo hombre que quiere ganar honra y subir a alto lugar, debe ser obediente a los mandamientos de Dios primeramente, y desí al señor terrenal. Ca la obediencia es virtud que debe ser hecha a los grandes señores, y señaladamente a los que han el señorío, de serles obedientes y hacerles reverencia; ca no vive hombre en este mundo sin mayor de todos en lo espiritual, pero que Dios es sobre él, a quien es tenido de dar razón del oficio que tomó encomendado.
Y sabed que obediencia es amar hombre verdaderamente a su señor y que le sea leal y verdadero en todas cosas, y que le aconseje sin engaño, y que pugne en hacerle servicio bueno y leal, que diga bien de él cada que le acaeciere, y que le agradezca su bien hacer consejeramente, y que amen su voluntad a ser pagado de él por quequier que le haga, si por castigo se lo hiciere. Ca sobre esto dijeron los sabios ca así debe ser hombre obediente a su rey. Y por ende dijeron: «Temed a Dios, porque le debéis obedecer.» Y sabed que con la obediencia estuerce hombre toda mala estanza y sálvase de toda mala sospecha, ca la obediencia es guarda de quien la quiere, y castillo de quien anduviere; ca quien ama a Dios ama a sus cosas, y quien ama a sus cosas ama a la ley, y quien ama a la ley debe amar al rey que la mantiene. Y los que son obedientes a su rey son seguros de no ver bullicio en el reino y de no crecer codicia entre ellos porque hayáis a hacer su comunidad; ca serán seguros de no salir de regla y de derecho. Y no debe ninguno de los del reino reprehender al Rey sobre las cosas que hiciere para endrezamiento del reino, y todos los del reino se deben guiar por el Rey. Y sabed que con la obediencia se enmiendan las peleas y se guardan los caminos y aprovecen los buenos. Y nunca fue hombre que pugnase en desobedecer al Rey y buscarle mal a tuerto, que no le diese Dios mal andanza antes que muriese; así como aconteció a Rages, sobrino de Fares, rey de Siria, según ahora oiréis.
Dice el cuento que Dios es guiador de los que mal no merecen, y puso en corazón del rey Tabor, maguer mozo, ca no había más de quince años, que parase mientes y viese y entendiese el mal y la traición en que le andaban aquellos que le debían guardar y defender; ca ya cerca eran de cumplir de todo en todo y su mal propósito, y desheredar al Rey y fincar Rages señor del reino. Y porque algunos amigos del Rey que le amaban servir, y se sentían muchas de estas cosas que veían y entendían para desheredarlo, decíanle al Rey en su puridad que parase mientes en ello y se sintiese y no quisiese andar dormido y descuidado de la su hacienda, y aviváronle y despertáronle para pensar en ello.
Y el Rey estando una noche en su cama parando mientes en estas cosas que le decían y que veía él por señales ciertas, pensó en su corazón que para fincar él rey y señor, que él con Dios y con el su poder, que había a poner las manos contra aquellos que le querían desheredar. Y semejole que para librarse de ellos que no había otra carrera sino esta, y adurmiose. Y en durmiéndose vio como en sueños un mozo pequeño que se le puso delante y le decía: «Levántate y cumple el pensamiento que pensaste para ser rey y señor, ca yo seré contigo con la mi gente». Y en la gran mañana levantose, y cuidando que fuera de los suyos mozos que le aguardaban todavía, llamolos y preguntoles si fuera alguno de ellos a él esta noche a decirle algo, y ellos le dijeron que no. «Pues así es», dijo el Rey, «prometedme que me tengáis puridad de lo que os dijere». Y ellos prometiéronselo, y el Rey contoles el mal en que le andaba Rages y de lo que cuidaba hacer con Joel su amigo y con los otros del reino. Y esto que él quería cometer que no lo podría hacer sin ayuda y consejo de ellos. Y comoquiera que ellos sabían que todas estas cosas que el Rey decía que eran así y lo vieran y entendieran, y dijo el uno: «Señor, gran hecho y muy grave quieres comenzar para el hombre de la edad que vos sois y para cuales ellos son, y de tan gran poder.» El otro dijo: «Señor, parad y mientes y guardaos lo entiendan, si no, muertos y estragados somos vos y nos; ca un día nos ahogarán aquí en esta cámara como a sendos conejos.» Y el otro dijo: «Señor, en las cosas dudosas gran consejo y ha mester, así como en este hecho, que es muy dañoso si se puede acabar o no.» Y el otro dijo: «Señor, quien cata la fin de la cosa que quiere hacer, a quien pueda recurrir, no yerra.» Y el otro dijo: «Señor, mejor es tardar y recaudar que no haberse hombre a arrepentir por arrebatarse; onde señor, comoquiera que seamos aparejados de serviros y de nos parar a todo lo que nos acaeciere en defendimiento de la vuestra persona y del vuestro señorío, como aquellos que nos tenemos por vuestra hechura y no habemos otro señor por quien catar si por Dios y por vos solo, y pedímoos por merced que sobre este hecho queráis más pensar; que nunca tan aína lo comencéis que todos los más del reino no sean con ellos, y convusco, mal pecado, ninguno; ca os han mezclado con la gente del vuestro señorío.»
Y el Rey sobre esto respondioles así: «Amigos, quiero responder a cada uno de vos a lo que me dijistes. A lo que dijo el primero que este hecho era muy grande y muy grave de cometer para cuanto de pequeña edad yo era y para cuando poderosos ellos eran, digo que es verdad; mas si la cosa no se comienza nunca se puede acabar. Y por ende nos conviene que comencemos con la ayuda de Dios, que sabe la verdad del hecho, y soy cierto que nos ayuda. Y a lo que dijo el otro que parase mientes en ello que no se lo entendiesen, que si no en un día seríamos ahogados en esta cámara, digo que aquel Dios verdadero y sabedor de las cosas que me lo puso en corazón, pensé en ello y paré y bien mientes; ca bien debéis entender que tan gran hecho como este no vendría de mío entendimiento ni de mío esfuerzo, sino de Dios que me movió a ello y me lo puso en corazón. Y a lo que dijo el otro que quien gran hecho ha de comenzar mucho debe cuidar para acabar su hecho sin daño de sí, digo que es verdad, mas ¿cuál pensamiento puede cuidar sobre el cuidar de Dios y lo que Él hace para hacerlo mejor? Ciertas, no ninguno; ca lo que Él da o hace cierto es y sin duda, y por ende no habemos que cuidar sobre ello. Y a lo que dijo el otro, que en las cosas dudosas gran consejo era mester, así como en este hecho, si se puede acabar, pues es dudoso o no, digo que es verdad, mas en lo que Dios ordena no hay duda ninguna ni debe haber otro consejo sobre su ordenamiento; ca Él fue y es guía y ordenador de este hecho. Y a lo que dijo el otro, que quien cata la fin de la cosa que quiere hacer y a lo que puede recudir no yerra, puede ir más cierto a ello, digo que Dios es comienzo de todas las cosas y medio y acabamiento de todas las cosas. Y por ende Él, que fue comienzo de este hecho, cierto soy que Él cató el comienzo y la fin de él. Y a lo que dijo el otro, que mejor era tardar y recaudar que no arrepentirse por arrebatarse, digo que en las cosas ciertas no ha por qué ser el hombre perezoso, mas que débelas acuciar y llevar adelante; ca si lo tardare, ¿por ventura no se habrá otro tal tiempo por acabarlo? Y a lo que decís todos, que nunca tan aína comencéis este hecho que todos los de la tierra no sean por los otros y por mí ninguno, digo que no es así, ca la verdad siempre anduvo en plaza paladinamente y la mentira por los rincones escondidamente; y por ende la voz de la verdad más acompañada fue siempre que la voz de la mentira; así como lo podéis ver visiblemente con la virtud de Dios en este hecho. Ca a la hora que fuesen muertos estos falsos, todos los más de los suyos y de su consejo derramarán por los rincones con muy gran miedo por la su falsedad que pensaron, así como los ladrones nocherniegos que son ciento, a la voz de uno que sea dado contra ellos, huyen y escóndense; y todos los otros que no fueron de su consejo recudirán a la voz del Rey, así como aquel que tiene verdad. Y debéis saber que mayor fuerza y mayor poder trae la voz del rey que verdadero es, que todos las otras voces mentirosas y falsas de los de su señorío. Y amigos», dijo el Rey, «no os espantéis, ca sed ciertos que Dios sera y conusco y nos dará buena cima a este hecho». «Señor», dijeron los otros, «pues así es y tan a corazón lo habéis, comenzad en buen hora, ca convusco seremos a vida o a muerte». «Comencemos cras en la mañana», dijo el Rey, «de esta guisa; no dejando entrar a ninguno a la cámara, y diciendo que yo esta noche hube calentura y que estoy durmiendo. Y aquellos falsos Rages y Joel, con atrevimiento y del su poder y de la privanza, placiéndoles de la mi dolencia, entrarán solos a saber si es así; y cuando ellos entraren, cerrad la puerta y yo haré que me levanto a ellos por honrarlos, y luego metamos mano al hecho y matémoslos como a traidores y falsos contra su señor natural, y tajémosles las cabezas. Y subiréis dos de vosotros al tejado de la cámara con las cabezas, mostrándolas a todos, y decid así a grandes voces: "¡Muertos son los traidores Rages y Joel, que querían desheredar a su señor natural!", y echad las cabezas delante y decid a altas voces, "¡Sería por el rey Tabor!" Y ciertos sed que de los de su parte no fincará ninguno que no huyan, y no tendrán uno con otro. Ca los malos nunca catan por su señor de que muerto es, y los buenos sí; ca reconocen bien hecho en vida y en muerte de aquel que se lo hace. Y todos los otros del reino recudirán a la voz del Rey así como las abejas a la miel, ca aquella es la cabeza a que deben recudir; ca el Rey es el que puede hacer bien y merced acabadamente en su señorío y no otro ninguno».
Y los donceles acordaron de seguir la voluntad de su señor, en manera que bien así como el Rey les dijera, bien así se cumplió todo el hecho. Y cuando los hombres buenos del reino recudieron a la voz del Rey, así como era derecho y razón, y supieron en cómo pasó el hecho, maravilláronse mucho de tan pequeños mozos como el Rey y los donceles acometer tan gran hecho; ca ninguno de los donceles no había de dieciocho años arriba, y aun de ellos eran menores que el Rey. Y por ende los del reino entendieron que este hecho no fuera sino de Dios ciertamente; ca cuando demandaban al Rey y a cada uno de los donceles el hecho en cómo pasara, decían que no sabían, mas que vieran la cámara llena de hombres vestidos de blancas vestiduras, sus espadas en la mano y un niño entre ellos vestido así como ellos ayudándolos y esforzándolos que cumpliesen su hecho. Onde todo hombre se debe guardar de no decir mal ni hacer mal ni buscar mal sin razón a su señor natural; ca cualquiera que lo haga, cierto sea de ser mal andante antes que muera. Y eso mismo, debe el señor a los vasallos que lealmente lo sirven, haciéndoles mucho bien y mucha merced, ca tenido es de hacerlo. Y haciéndolo así, cierto sea que Dios lidiará por él contra los que falsamente le sirvieren, así como lidió por este rey de Siria.
Otrosí, míos hijos, guardaos de hacer enojo a vuestro rey; ca aquel que enoja al Rey, empécele, y quien se alongare, no se acordará de él. Y guardaos de caer al Rey en yerro, ca ellos han por costumbre de contar el muy pequeño yerro por grande, pero que lo hombre haya hecho tan gran servicio luengo tiempo, todo lo olvida a la hora de la saña. Y quien se hace muy privado al Rey, enójase de él, y quien se le tiene en caro, aluéngalo de sí, si no lo ha mucho mester. Y ellos han por manera de enojarse de los que se les hacen muy privados y de querer mal al que se le tiene en caro. Y por ende cuanto más os alongare el Rey a su servicio, tanto más le habéis haber reverencia; ca sabed que no ha mayor saña ni más peligrosa que la del Rey; ca el Rey riendo manda matar, y juzgando manda destruir, y a las vegadas deja muchas culpas sin ningún escarmiento. Y por ende no se debe hombre ensañar contra el Rey maguer le maltraiga, y no se debe atrever a él maguer sea su privado; ca el Rey ha braveza en sí y ensáñase como león, y el amor del Rey es penador, ca mata horas ya con la primera lanza que le acaece cuando le viene la saña, y después pone al vil en lugar del noble, y al flaco en lugar del esforzado y págase de lo que hace, sol que sea a su voluntad. Y sabed que la gracia del Rey es el mejor bien terrenal que hombre puede haber, pero no debe mal hacer ni soberbia ni atrevimiento del amor del Rey, ca amor de rey no es heredero ni dura todavía. A la semejanza del Rey es como la vid, que se traba a los árboles que halla más cerca de sí, cualesquiera que sean, y sobre ellos se tiende y no busca mayores, pues que están lueñe de él.
Y míos hijos, después de esto amaréis a Dios primeramente, y el amor verdadero en sí mismo comienza, y desí os entenderéis a los otros, haciéndoles bien de lo vuestro y buscándoles pro con vuestro señor en lo que pudiereis. Pero maguer que muy privados seáis, guardaos de enojarlo, ca el que está más cerca de él más se debe guardar que no tome saña contra él ni le empezca; ca el fuego más aína quema lo que halla cerca de sí que lo que está lejos de él. Y si no hubiereis tiempo, no lo enojéis.
Ca todos los tiempos del mundo, buenos y malos, han plazo y días contados cuánto han de durar. Pues si viniere tiempo malo, sufridle hasta que se acaben sus días en que viven los hombres a sombra del señor que ama verdad y justicia y mesura. Ca la mejor partida de la mejoría del tiempo es en el Rey. Y sabed que el mundo es como letras, y las planas escritas como los tiempos; que cuando se acaba la una, comienza la otra. Y ciertos sed que según la ventura del Rey tal es la ventura de los que son a su merced. Y cuando se acaba el tiempo de los que hubieron vez, no les tiene pro la gran compaña ni las muchas armas ni sus asonadas. Y los que comienzan en la vez de la ventura, maguer sean pocos, flacos, siempre vencen y hacen a su guisa. Y esta ventura es cuando Dios los quiere ayudar por sus merecimientos. Y el mejor tiempo que los del reino pueden haber es que sea el Rey bueno y merezca ser amado de Dios, ca aquellos son siempre bien andantes a los que Dios quiere ayudar.
Y por ende, míos hijos, no os debéis atrever al Rey en ninguna cosa, sino cuando viereis que podéis haber tiempo para demandar lo que quisiereis; ca de otra guisa os podría empecer.
Pero, míos hijos, después que vos entendiereis a haber los otros, recibiéndolos y honrándolos de palabra y de hecho, no estorbándolos a ninguno en lo que le fuere mester de procurar ni diciendo mal de ninguno, primeramente amaréis los vuestros y después los extraños con caridad, que quiere decir amor verdadero; ca la caridad es amar hombre su prójimo verdaderamente, y dolerse de él y hacerle bien en lo que pudiere, pero primeramente a los suyos; ca palabra es de la Santa Escritura, que la caridad en sí misma comienza.
Ca todo hombre debe honrar y hacer bien a sus parientes, esfuérzase la raíz y crece el linaje; pero no se lo debe hacer con daño de otros, ca pecado sería de cubrir un altar y descubrir otro. Y bien hacer es temer hombre a Dios y hacer bien a los suyos parientes pobres; ca dicen que tres voces suben al cielo: la primera es la voz de la merced; la otra es del condesijo celado; la otra es de los parientes; ca la voz de la merced dice así: «Señor, hiciéronme, y no me agradecieron lo que recibieron.» Y la voz del condesijo dice así: «Señor, no me hicieron lealtad en mí, ca me despendieron como deben.» La voz de los parientes dice así: «Señor, desdéñanos y no sabemos por qué.» Y sabed que mal estanza es hacer hombre limosna a los extraños y no a los suyos, y quien desama a sus parientes sin razón, hace muy gran yerro salvo si lo merecen. Y por ende dicen que todo desamor que sea por Dios no es desamor, y otrosí, todo amor que sea contra Dios no es amor. Y sabed que no debe hombre desamar a los suyos, quier sean pobres quier ricos, no dándose a maldad porque los parientes reciban deshonra.
Ca de derecho el malo no debe recibir ningún pro de la su maldad, pero a las vegadas debe hombre encubrir los yerros de los suyos, cuando caen en ellos por ocasión y no con maldad ni a sabiendas, y no les debe descubrir ni meter en vergüenza; ca pesa a Dios cuando algunos descubren a los suyos del yerro en que cayeron por ocasión, así como mostró que le pesó cuando Cam, hijo de Noé, descubrió a su padre cuando salió del arca y se embeodó con el vino de la viña que plantó, y lo halló descubierto de aquellos lugares que son de vergüenza, y díjolo a sus hijos en manera de escarnio. Y el padre cuando lo supo, maldíjolo, y Dios confirmolo lo que dijo Noé. Y por ende, míos hijos, siempre amad y guardad a todos comunalmente, pero más a los vuestros, y no hagáis mal a ninguno aunque lo merezca, salvo si fuere tal hombre a quien debéis castigar y lo hubiereis a juzgar; ca pecado mortal es de los malos y no castigarlos quien castigarlos puede y debe. Ciertas, antes debe hombre castigar los suyos que los extraños, y señaladamente los hijos que hubiereis, debeislos castigar sin piedad; ca el padre muy piadoso, ¿bien criados hará sus hijos? Antes saldrán locos y atrevidos. Y a las vegadas lazran los padres por el mal que hacen los hijos mal criados, y es derecho que, pues por su culpa de ellos, no los queriendo castigar, erraron, que los padres reciben la pena por los yerros de los hijos; así como aconteció a una dueña de Grecia de esta guisa:
Y dice el cuento que esta dueña fue muy bien casada con un caballero muy bueno y muy rico, y finose el caballero y dejó un hijo pequeño que hubo en esta dueña y no más. Y la dueña tan gran bien quería este hijo, que porque no había otro, que todo cuanto hacía de bien y de mal, todo se lo loaba y dábalo a entender que le placía. Y desde que creció el mozo, no dejaba al diablo obras que hiciese, ca él se las quería todas hacer, robando los caminos y matando muchos hombres sin razón, y forzando las mujeres dondequiera que las hallaba y de ellas se pagaba. Y si los que habían de mantener la justicia lo prendía por alguna razón de estas, luego la dueña su madre lo sacaba de prisión, pechando algo a aquellos que lo mandaban prender, y traíalo a su casa, no diciéndole ninguna palabra de castigo ni que mal hiciera; antes hacía las mayores alegrías del mundo con él, y convidaba caballeros y escuderos que comiesen con él, así como si él hubiese todos los bienes y todas las provezas que todo hombre podría hacer.
Así que después de todas estos enemigos que hizo, vino el Emperador a la ciudad onde aquella dueña era, y luego vinieron al Emperador aquellos que las deshonras y los males recibieron del hijo de aquella dueña, y querelláronsele. Y el Emperador fue muy maravillado de estas cosas tan feas y tan malas que aquel escudero había hecho, ca él conociera a su padre, y fuera su vasallo gran tiempo, y decía de él mucho bien. Y sobre estas querellas envió por el escudero, y preguntole si había hecho todos aquellos males que aquellos querellosos decían de él, y contáronselos, y él conoció todo, pero todavía excusándose que lo hiciera con mocedad y poco entendimiento que en él había. «Ciertas, amigo», dijo el Emperador, «por la menor de estas cosas debían morir mil hombres que lo hubiesen hecho, si manifiesto fuese y cayese en estos yerros, pues justicia debo mantener y dar a cada uno lo que merece, yo lo mandaría matar por ello. Y pues tan conocido vienes que lo hiciste, no hay mester a que otra pesquisa ninguna y hagamos, ca lo que manifiesto es no hay prueba ninguna mester». Y mandó a su alguacil que lo llevase a matar. Y en llevándolo a matar, iba la dueña su madre en pos él, dando voces y rascándose y haciendo el mayor duelo del mundo, de guisa que no había hombre en la ciudad que no hubiese gran piedad de ella. E iban los hombres buenos pedir merced al Emperador que le perdonase, y algunos querellosos doliéndose de la dueña; mas el Emperador, como aquel a quien siempre él plugo de hacer justicia, no lo quería perdonar, antes lo mandaba matar de todo en todo. Y en llegando a aquel lugar donde lo habían a matar, pidió la madre por merced al alguacil que se lo dejase saludar y besar en la boca antes que lo matasen, y el alguacil mandó a los monteros que le detuviesen y que no lo matasen hasta que su madre llegase a él y lo saludase. Los monteros lo detuvieron y le dijeron que su madre lo quería saludar y besar en la boca antes que muriese, y al hijo plugo mucho: «Bien venga la mi madre, ca ayudarme quiere a que la justicia se cumpla según debe, y bien creo que Dios no querrá al sino que sufriese la pena quien la merece.» Todos fueron maravillados de aquellas palabras que aquel escudero decía, y atendieron por ver a lo que podría recudir. Y desde que llegó la dueña a su hijo, abrió los brazos como mujer muy cuitada y fuese para él. «Amigos», dijo el escudero, «no creáis que yo me vaya, antes quiero y me place que se cumpla la justicia, y me tengo por muy pecador en hacer tanto mal como hice, y yo lo quiero comenzar en aquel que lo merece». Y llegó a su madre como que la quería besar y abrazar, y tomola con amas a dos las manos por las orejas a vuelta de los cabellos, y fue poner la su boca con la suya, y comenzola a roer y la comer todos los labros, de guisa que no le dejó ninguna cosa hasta en las narices, ni del labro de yuso hasta en la barbilla, y fincaron todos los dientes descubiertos, y ella fincó muy fea y muy desfazada.
Todos cuantos y estaban fueron muy espantados de esta gran crueldad que aquel escudero hiciera, y comenzáronlo a denostar y maltraer. Y él dijo: «Señores, no me denostéis ni me embarguéis, ca justicia fue de Dios, y Él me mandó que lo hiciese.» «¿Y por qué en tu madre?», dijeron los otros. «¿Por el mal que tú hiciste ha de lazrar ella? Dinos qué razón te movió a hacerlo.» «Ciertas», dijo el escudero, «no lo diré sino al Emperador». Muchos fueron al Emperador a contar esta crueldad que aquel escudero hiciera, y dijéronle de cómo no quería decir a ninguno por qué lo hiciera sino a él. Y el Emperador mandó que se lo trajesen luego ante él, y no se quiso asentar a comer hasta que supiese de esta maravilla y de esta crueldad por que fuera hecho. Y cuando el escudero llegó ante él, y la dueña su madre muy fea y muy desfaciada, dijo el Emperador al escudero: «Di, falso traidor, ¿no te cumplieron cuantas maldades hiciste en este mundo, y a la tu madre, que te parió y te crió muy vicioso y perdió por ti cuanto había, pechando por los males y las enemigas que tú hiciste, que tal fuiste parar en manera que no es para parecer ante los hombres, y no hubiste piedad de la tu sangre en derramarla así tan aviltadamente, ni hubiste miedo de Dios ni vergüenza de los hombres, que te lo tienen a gran mal y a gran crueldad?»
«Señor», dijo el escudero, «lo que Dios tiene por bien que se cumpla, ninguno no lo puede destorbar que no se haga. Y Dios, que es justiciero sobre todos los justicieros del mundo, quiso que la justicia pareciese en aquel que fue ocasión de los males que yo hice». «¿Y cómo puede ser esto?», dijo el Emperador. «Ciertas, señor, yo os lo diré. Esta dueña mi madre que vos veis, comoquiera que sea de muy buena vida, hacedora de bien a los que han mester, dando las sus limosnas muy de grado y oyendo sus horas muy devotamente, tuvo por aguisado de no castigarme de palabra ni de hecho cuando era pequeño ni después que fue criado, y mal pecado, más despendía en las malas obras que en buenas. Y ahora cuando me dijeron que me quería saludar y besar en la boca, semejome que del cielo descendió quien me puso en corazón que le comiese los labros con que ella me pudiera castigar y no quiso. Y yo hícelo, teniendo que era justicia de Dios. Y Él sabe bien que la cosa de este mundo que más amo ella es; mas pues Dios lo quiso que así fuese, no pudo al ser. Y señor, si mayor justicia se ha y de cumplir, mandadla hacer en mí; ca mucho la merezco por la mi desventura.» Y los querellosos, estando delante, hubieron gran piedad del escudero y de la dueña su madre, que estaba muy cuitada porque le mandaba el Emperador matar, y viendo que el escudero conocía los yerros en que cayera, pidieron por merced al Emperador que le perdonase, ca ellos le perdonaban. «Ciertas», dijo el Emperador, «mucha merced me ha hecho Dios en esta razón, en querer él hacer la justicia en aquel que él sabía por cierto que fuera ocasión de todos los males que este escudero hiciera, y pues Dios así lo quiso, yo lo doy por quito y perdónole la mía justicia que yo en él mandaba hacer, no sabiendo la verdad del hecho así como aquel que la hizo. ¡Y bendicho el su nombre por ende!». Y luego lo hizo caballero y lo recibió por su vasallo, y fue después muy buen hombre y muy honrado, y fincó la justicia en aquella dueña que lo mereció, por ejemplo por que los que han criados de hacer, que se guarden y no caigan en peligro por no castigar sus criados; así como aconteció a Hely, uno de los mayores sacerdotes de aquel tiempo, según cuenta en la Biblia. Pero que él era en sí bueno de santa vida, porque no castigó sus hijos así como debiera, y fueron mal acostumbrados, quiso Dios Nuestro Señor mostrar su venganza tan bien en el padre, porque no castigara sus hijos, así como en ellos por las malas obras; ca ellos fueron muertos en la batalla, y el padre cuando lo supo cayó de la silla alta en que estaba y quebrantose las cervices y murió. Y comoquiera que el Emperador de derecho debía hacer justicia en aquel escudero por los males que hiciera, dejolo de hacer con piedad de aquellos que conocen sus yerros y se arrepienten del mal que hicieron. Y por ende el Emperador por este escudero conoció sus yerros y se arrepintió ende, porque los querellosos le pidieron por merced que le perdonase con piedad; ca dicen que no es dicha justicia en que piedad no ha en los lugares donde conviene, antes es dicha crueldad. Onde todos los hombres que hijos han, deben ser crudos en castigarlos y no piadosos, y si bien los criasen habrán de ellos placer; y si mal, nunca pueden estar sin pesar; ca siempre habrán recelo que por el mal que hicieron habrán pena, y por ventura que la pena caerá en aquellos que mal los criaron, así como aconteció a esta dueña que ahora dijimos. Y ciertas, de ligero se pueden acostumbrar bien los mozos, ca tales son como cera, y así como la cera es blanda y la puede hombre amasar y tornar en aquella figura que quisiese, así el que ha de criar el mozo, con la pértiga en la mano, no lo queriendo perdonar, puédelo traer a enformar en las costumbres cuales quisiese.
Ca de estos aprenderéis bien y no al, y debéis ser compañeros a todos, grandes y pequeños, y debéis honrar a las dueñas y doncellas sobre todas, y cuando hubiereis a hablar con ellas os debéis guardar de decir palabras torpes ni necias, ca reprehenderían luego; porque ellas son muy apercibidas en parar mientes a lo que dicen y en escatimar las palabras. Y cuando ellas hablan, dicen pocas palabras y muy afeitadas y con gran entendimiento, y a las vegadas con punto de escatima y de reprehensión. Y no es maravilla, ca no estudian en al. Y debéis ser bien acostumbrados en lanzar y en bohordar y en cazar y en jugar tablas y ajedrez, y en correr y luchar; ca no sabéis donde os será mester de ayudaros de vuestros pies y de vuestras manos. Y debéis aprender esgrima, y debéis ser mesurados en comer y en beber. Y dicen en latín abstinencia por la mesura que es en comer y en beber y en razonar, y es una de las siete virtudes; y por ende seréis mesurados en razonar, ca el mucho hablar no puede ser sin yerro, en que cayó por mucho querer decir, mayormente diciendo mal de otro y no guardando la su lengua.
Y por ende, como hace buen callar al que habla sabiamente, así no hace buen hablar al que habla torpemente. Ca dicen que Dios acecha por oír lo que dice cada lengua, y por ende bienaventurado es el que es más largo de su haber que de su palabra. Ca de todas las cosas del mundo está bien al hombre que haya abundo y aun demás, sacando de palabra, que empece lo que es además. Y por ende, mejor es al hombre que sea mudo, que no que hable mal, ca en el mal hablar hay daño y no pro, tan bien para el alma como para el cuerpo. Onde dice la Escritura: «Quien no guarda su lengua no guarda su alma.» Y si habla hombre en lo que no es necesario antes de hora y de sazón, es torpedad. Y por ende debe hombre catar que lo que dijere, que sea verdad, ca la mentira mete a hombre en vergüenza, y no puede hombre haber peor enfermedad que ser mal hablado y mal corado. Y acontece a las vegadas por el corazón grandes yerros y por la lengua grandes empiezos. Ca a las vegadas son peores llagas de lenguas que los golpes de los cuchillos. Y por ende debe hombre usar la lengua a verdad, ca en la lengua quiere seguir lo que ha usado. Y sabed que una de las peores costumbres que hombre puede haber es la lengua presta para recaudar mal.
Mas a quien Dios quiso dar paciencia y sufrencia, es bienandanza. Ca paciencia es virtud para sufrir los méritos que le hicieren, y que no recuda hombre mal por mal ni en dicho ni en hecho, y que no muestre saña ni mala voluntad, ni tenga mal condesado en su corazón por cosa que le hagan ni que le digan. Y la paciencia es de dos maneras: la una es que sufra hombre a los que son mayores que él; la otra que sufra el hombre a los que son menores que él. Y por esto dicen que cuando uno no quiere, dos no pelean. Y sabed que nunca barajan dos buenos en uno, otrosí nunca baraja uno bueno con otro malo, ca no quiere el bueno; mas en dos malos hallaréis baraja, y cuando barajan bueno y malo, alto y bajo, amos son malos y contados por iguales. Y por ende debe hombre dar vagar a las cosas y ser paciente.
Y así, puede hombre llegar a lo que quisiere, si sufre lo que no quisiere. Ca, míos hijos, si deja hombre lo que desea en las cosas que entiende que le aprovecharán, y por eso dicen que sufridores vencen. Y sabed que la sufrencia es en cinco maneras: la primera es que sufra hombre lo que le pesa en las cosas que debe sufrir con razón y con derecho; la segunda, que se sufra de las cosas que le pida su voluntad, siendo dañosas al cuerpo y al alma: la tercera, que sufra pasar por las cosas de que atiende galardón; la cuarta, que sufra lo que le pesa por las cosas de que se teme que podría recibir mayor pesar; la quinta, que sea sufrido haciendo bien y guardándose de hacer mal. Y sabed que una de las mejores ayudas que el seso del hombre así será la su paciencia.
Y siendo hombre sufrido y paciente no puede caer en vergüenza, que es cosa de que el hombre se debe recelar de caer, y débela hombre mucho preciar y tomar ante sí siempre, y así no caerá en yerro por miedo de vergüenza. Y vergüenza es tal como el espejo bueno, ca quien ende se cata, no deja mancilla en su rostro, y quien vergüenza tiene siempre ante los sus ojos, no puede caer en yerro, guardando de caer en vergüenza. Y así el que se quiere guardar de yerro y de vergüenza es dado por sabio y entendido.
Onde, míos hijos, pugnaréis en ser sabios y aprender, y no querer ser torpes, ca si lo hiciereis, os perderéis. Y por ende dice que más vale saber que haber, ca el saber guarda al hombre, y el haber a lo hombre de guardar. Onde dicen que el saber es señor y ayudador. Y sabida cosa es que los reyes juzgan la tierra, y el saber juzga a ellos. Y creed que el saber juzga a ellos, y es mucho, así que lo que no puede ninguno caber todo, pues debéis de cada cosa tomar lo mejor. Ca el precio de cada una es el su saber, y la ciencia hala de buscar el que la ama, así como quien perdió la cosa que más amaba; ca en buscándola en cuantas maneras puede y en cuantos lugares asma que la hallará. Onde dicen en latín: «Omne rarum preciosum», que quiere decir: la cosa que es menos hallada, es más preciada»; cuanto más es y más vale, cuanto más ha hombre de él.
Y el saber es como la candela, cuantos quisieren encienden en ella, y no vale menos ni mengua por ende la su lumbre. Ca el mejor saber del mundo es el que tiene pro y que lo sabe. Y sabed, míos hijos, que se estuerce la lumbre de la fe cuando se muestra el sabio por de mala creencia y el torpe por de buena; y tan poco pierde el que de buena parte el saber como la vida; ca con el saber conoce el hombre el bien y la merced que Dios le hace, y conociéndole, agradecerle ha, y agradeciendo, merecerla ha. Y la mejor cosa que el sabio puede haber es que haga lo que el saber manda; por ende poca cosa que hombre haga vale más que mucho que haga con torpedad. Y algunos demandan el saber a su servicio; y el saber es lumbre, y la torpedad oscuridad. Y por ende, míos hijos, aprended el saber, ca en aprendiendo haréis servicio a Dios. Y sabed que dos glotones son que nunca se hartan: el uno es el que ama el saber, y el otro el que ama el haber; ca con el saber gana hombre paraíso, y con el haber gana hombre solaz en su soledad, y con él será puesto entre los iguales. Y el saber le será armas con que se defienda de sus enemigos; ca cuatro cosas puede enseñorear el que no ha derecho de ser señor: la una es en saber; la otra es en ser hombre bien acostumbrado; la otra es en ser leal. Amigos hijos, con el saber alza Dios a los hombres y hácelos señores y guardadores del pueblo. Y el saber y el haber alza a los viles y cumple a los menguados. Y el saber sin el obrar es como el árbol sin fruto, y el saber es don que viene de la silla de Dios.
Y por ende conviene al hombre que obre bien con lo que sabe y no lo deje perder, y así con el saber puede hombre ser cortés en sus dichos y en sus hechos. Ca, míos hijos, cortesía es suma de las bondades, y suma de cortesía es que el hombre haya vergüenza a Dios y a los hombres y a sí mismo; ca él teme a Dios, y el cortés no quiere hacer en su puridad lo que humildoso a su voluntad. Y sabed que desobedecer el seso y ser humildoso a la voluntad es escalera para subir hombre a todas maldades. Y por ende la más provechosa lid que hombre puede hacer es que no lidie con su voluntad. Pues, míos hijos, vengaos de vuestras voluntades con quien por fuerza debéis lidiar, si buenos queréis ser, y así escaparéis del mal que os viniera. Y creed bien que todo hombre que es obediente a su voluntad es más siervo que el cautivo encerrado, y por ende el que es de buen entendimiento, hace las cosas según seso y no según su voluntad. Ca el que fuere señor de su voluntad pujará y crecerán sus bienes, y el que es siervo de ella bajarán y menguarán sus bienes. Y sabed que el seso es amigo cansado, y la voluntad es enemigo despierto y seguidor más al alma que al bien. Y por ende debe hombre obedecer al seso como a verdadero amigo, y contrastar a su voluntad como a falso enemigo.
Onde bienaventurado es aquel a quien Dios quiere dar buen seso natural, ca más vale que letradura muy grande para saber hombre mantener en este mundo y ganar el otro. Y por ende dicen que más vale una onza de letradura con buen seso natural, que un quintal de letradura sin buen seso; ca la letradura hace al hombre orgulloso y soberbio, y el buen seso hácelo humildoso y paciente. Y todos los hombres de buen seso pueden llegar a gran estado, mayormente siendo letrados y aprendiendo buenas costumbres; ca en la letradura puede hombre saber cuáles son las cosas que debe usar y cuáles son de las que se debe guardar. Y por ende, míos hijos, pugnad en aprender, ca en aprendiendo veréis y entenderéis mejor las cosas para guarda y endrezamiento de las vuestras haciendas y de aquellos que quisiereis. Ca estas dos cosas, seso y letradura, mantienen el mundo en justicia y en verdad y en caridad.
Otrosí, míos hijos, parad mientes en lo que os cae de hacer, si tierras hubiereis a mandar onde seáis reyes o señores. Ca ninguno no debe ser rey sino aquel que es noblecido con los nobles dones de Dios. Y debéis saber que la nobleza de los reyes y de los grandes señores debe ser en tres maneras: la primera, catando lo de Dios; la segunda, que conozca la su voluntad; la tercera, que ame la su voluntad. Y que estas noblezas deben ser en todo rey, pruébase por ley y por natural y por ejemplos. Onde la primera nobleza es temor de Dios; ca, ¿por cuál razón temerán los menores al su mayor, que no quiere temer a aquel onde ha el poder? Ciertas, el que no quiere temer el poder de Dios da razón y ocasión a los que deben temer que no le teman. Y por ende, con razón no puede, no hace, en consejo.
Cortesía es que se trabaje hombre en buscar bien a los hombres cuanto pudiere. Cortesía es tenerse hombre por abundado de lo que tuviere; ca el haber es vida de la cortesía y de la limpieza, usando bien de él, y la castidad es vida del alma, y el vagar es vida de la paciencia. Cortesía es sufrir hombre su despecho y no moverse a hacer yerro por ella; y por eso dicen que no ha bien sin lacerio. Ca ciertamente el mayor quebranto y el mayor lacerio que a los hombres semeja que es de sufrir, sí es cuando al que los hace alguna cosa contra su voluntad, y no se lo caloña.
Pero míos hijos, creed que cortés ni bien acostumbrado ni de buena creencia no puede hombre ser, si no fuese humildoso; ca la voluntad es fruto de la creencia. Y por ende el que es de buena fe es de laxo corazón. Y la humildad es una de las redes en que gana hombre nobleza. Y por ende dice la Santa Escritura: «Quien fuere humildoso será ensalzado, y quien se quiere ensalzar será abajado.» Y el noble, cuanto mayor poder ha, tanto es más humildoso, y no se mueve a saña por todas cosas, maguer le sean graves de sufrir; así como el monte que no se mueve por el gran viento. Y el vil, con poco poder que haya, préciase mucho y crece la soberbia. Y la mayor bondad es que haga hombre bien, no por galardón, y que se trabaje de ganar algo no con mala codicia, y sea humildoso no por abajamiento de él. Ca la honra no es en el que la recibe, mas en el que la hace. Onde quien fuere humildoso de voluntad, el bien le irá buscar, así como busca el agua el más bajo lugar de la tierra.